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diff --git a/.gitattributes b/.gitattributes new file mode 100644 index 0000000..d7b82bc --- /dev/null +++ b/.gitattributes @@ -0,0 +1,4 @@ +*.txt text eol=lf +*.htm text eol=lf +*.html text eol=lf +*.md text eol=lf diff --git a/LICENSE.txt b/LICENSE.txt new file mode 100644 index 0000000..6312041 --- /dev/null +++ b/LICENSE.txt @@ -0,0 +1,11 @@ +This eBook, including all associated images, markup, improvements, +metadata, and any other content or labor, has been confirmed to be +in the PUBLIC DOMAIN IN THE UNITED STATES. + +Procedures for determining public domain status are described in +the "Copyright How-To" at https://www.gutenberg.org. + +No investigation has been made concerning possible copyrights in +jurisdictions other than the United States. 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If you are not located in the United States, you'll have -to check the laws of the country where you are located before using this ebook. - - - -Title: Memorias de un Hombre de Acción: #6 La Ruta del Aventurero - -Author: Pío Baroja - -Release Date: December 20, 2015 [EBook #50726] - -Language: Spanish - -Character set encoding: ISO-8859-1 - -*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN *** - - - - -Produced by Carlos Colón, University of Toronto and the -Online Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net -(This file was produced from images generously made -available by The Internet Archive) - - - - - - - - - - Nota del Transcriptor: - - - Se ha respetado la ortografía y la acentuación del original. - - Errores obvios de imprenta han sido corregidos. - - Páginas en blanco han sido eliminadas. - - Letras itálicas son denotadas con _líneas_. - - Las versalitas (letras mayúsculas de tamaño igual a las minúsculas) - han sido sustituidas por letras mayúsculas de tamaño normal. - - - - - PÍO BAROJA - - MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN - - -_El aprendiz de conspirador._ - -_El escuadrón del Brigante._ - -_Los caminos del mundo._ - -_Con la pluma y con el sable._ - -_Los recursos de la astucia._ - -_La ruta del aventurero._ - -_Los contrastes de la vida._ - -_La veleta de Gastizar._ - -_Los caudillos de 1830._ - -_La Isabelina._ - -_El sabor de la venganza._ - - - LA RUTA DEL AVENTURERO - - - - - ES PROPIEDAD - DERECHOS RESERVADOS - PARA TODOS LOS PAÍSES - - - COPYRIGHT BY - RAFAEL CARO RAGGIO - 1921 - - - Establecimiento tipográfico - de Rafael Caro Raggio - - - - - PÍO BAROJA - - - MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN - - - LA RUTA DEL - AVENTURERO - - NOVELA - - - [Ilustración] - - - RAFAEL CARO RAGGIO - EDITOR - MENDIZÁBAL, 34 - MADRID - - - - - PRÓLOGO - - -ESTAS dos historias, _El Convento de Monsant_ y _El Viaje sin objeto_, -parece que fueron escritas, hace años, por un inglés, J. H. Thompson, -que vivió mucho tiempo en Málaga, donde se dedicaba al comercio de la -uva. - -Algunos dicen que el tal ciudadano no se contentaba con el comercio del -susodicho género al exterior, sino que lo consumía también en zumo y al -interior; pero esta debe ser una de tantas calumnias que se ceban en -los hombres de aspecto y costumbres distintos de la generalidad. - -Como verá el curioso o indiferente lector, en las dos narraciones -thompsonianas aparece nuestro héroe Aviraneta de una manera un tanto -episódica. - -Quizá los aviranetistas científicos o aviranetistas de la cátedra nos -pregunten: ¿Qué garantías tiene ese J. H. Thompson como historiador -veraz? ¿Qué grado de certeza pueden conceder a sus afirmaciones las -personas serias y sensatas? Lo ignoramos. - -Por ahora, a pesar de haber revisado todos cuantos diccionarios -enciclopédicos han caído en nuestras manos, no lo hemos visto citado -entre los Bossuet, los Solís, los Macaulay, los Cantú, los Thiers -y otros grandes historiadores, magníficos por su elocuencia, su -pedantería y su moral, que han contribuído a aburrir al mundo; tampoco -se sabe que el dicho Thompson perteneciera a ninguna academia de buenas -ni de malas letras, histórica, arqueológica, lingüística o filatélica, -lo cual, unido a que no tuvo, al parecer, ninguna cruz, ni encomienda, -ha hecho pensar a muchos que debió ser hombre de poca formalidad y de -poca importancia. - -Los datos que hemos podido recoger de este inglés extravagante y -jovial, proporcionados por uno de sus amigos, son los siguientes: - -Juan Hipólito Thompson era hijo de un disecador de animales de Holborn -Street, en Londres, y sobrino de un farmacéutico de Soho, de la misma -ciudad. - -J. H. pasó la infancia en el taller de su padre, entre tigres, -serpientes, caimanes, cocodrilos y otros animales disecados, llenos de -escamas, garras, uñas, picos, y de furor en vida; y de paja, papel de -periódicos, virutas, y serenidad después de la muerte. - -J. H. jugó con los ojos de cristal que habían de resplandecer en las -cuencas vacías de los monstruos; J. H. se divirtió con los dientes -afilados de las fieras; J. H. se entretuvo con las lenguas rojas de -las alimañas, con las plumas de los pavos reales y las crestas de las -abubillas. - -J. H. vió claramente que un cocodrilo nunca tiene una mirada tan -fascinadora como cuando se le ponen ojos de cristal, y que una -serpiente de cascabel nunca parece tan de cascabel como cuando se le -ata uno de estos adminículos a la cola. - -Tan grandes descubrimientos le condujeron con rapidez al escepticismo. - -Esta colección de uniformes barrocos que posee la madre Naturaleza, -esta guardarropía absurda y caprichosa, llevó a J. H. a mirar con -cierto desdén la realidad fenomenal y a sentir una gran inclinación -hacia el conocimiento de esa incógnita que los sabios llamamos lo -nouménico, y también la cosa en sí. - -Como hemos indicado antes, J. H. tuvo un tío, soltero y de alguna -posición. Este señor, bibliófilo y ex farmacéutico, que vivía rodeado -de libros y de estampas, hizo leer a su sobrino las obras de los -filósofos, entre ellos Bacon, el caballero Locke, Berkeley y Kant. - -J. H. discutió con sus amigos acerca de las grandes antinomias del -pensamiento humano. - -J. H. profundizó los tres diálogos entre Hylas y Philonous de Berkeley, -y se convenció de que el mundo, la materia, los astros, el amor y -hasta las casas de préstamos, que a veces frecuentaba por ineludible -necesidad, no tenían realidad objetiva. - -Llevado por estas ideas, o por sus inclinaciones, en vez de dedicarse -a cosas sanas, decentes y respetables, como la abogacía, el comercio -o el préstamo usurario, J. H. se dedicó al dibujo, a la caricatura, a -la pintura y a otras absurdidades que, en general, no conducen mas que -a sentir el hambre con violencia y en horas intempestivas, en que no -suenan los tres golpes de la campana del comedor de un hotel. - -A J. H., además de llevarle a la ruina, le obligaron a escapar de -Inglaterra. - ---¿Adónde ir?--se dijo J. H.--. ¿En dónde colocar la débil e insegura -planta? - -¿Conoces tú el país donde maduran los limoneros y en el follaje sombrío -brilla la naranja de oro. - -Esta pregunta se hizo J. H., como Mignon en la canción de Goethe. - -No; no conocía el país donde maduran los limoneros, ni la montaña y su -sendero brumoso, ni la tierra que se adorna con el mirto discreto y el -soberbio laurel. - -No conocía J. H. mas que las calles sucias de Londres y las tabernas -de la City; y como un ibis de los que había disecado su padre, antes -de caer bajo el plomo de un cazador irrespetuoso, extiende sus alas -sobre las aguas del Nilo y se lanza en el espacio azul, él levantó el -vuelo y se vino a España. Sus aventuras en nuestro país le impulsaron a -escribir el _Viaje sin objeto_. - -Después Thompson hizo la expedición de Missolonghi con lord Byron, se -casó en Andalucía y acabó olvidando a Kant, a Berkeley, los dibujos, -las caricaturas y vendiendo pasas. - -Ya sabemos que la mayoría de los críticos suspicaces no creerán en la -existencia de J. H.; que supondrán que es un Homunculus creado por -nosotros con una fórmula más o menos vulgar, pensando que el inglés -jovial no existe y que, a lo más, es un embolado que el editor de esta -obra trae del cabestro para entretener al público. - -Piensen lo que quieran estos críticos suspicaces, el editor no vacila -en afirmar, con la mano puesta en el corazón y con la lealtad de un -hombre que desciende, según su difunta tía, de uno de los más ilustres -caballeros de la antigüedad, contemporáneo del reino, que J. H. vivió, -existió, tuvo realidad objetiva en nuestro pequeño e insignificante -planeta. - -Algunos escépticos han intentado sembrar dudas acerca de la -autenticidad del _Convento de Monsant_, basándose en hallarse raspados, -borrados y sustituídos por otros escritos encima los nombres de los -personajes que intervienen en la acción. - -Al mismo tiempo afirman que está cambiado el nombre de la ciudad -levantina que aparece como fondo, pues la Ondara que figura aquí no es -la Ondara de la provincia de Alicante, que no es puerto de mar. - -Nada de esto ha podido quebrantar nuestra fe en la existencia de J. H. -y en la veracidad de su relato. - -Para nosotros, _El Convento de Monsant_ es tan auténtico, tan -demostrado como el _Viaje sin objeto_. - -Se podrá argüir que ambas narraciones no son brillantes, que no tienen -la magia de estilo de un poeta meridional, que están escritas, como -quien dice, en tono menor; pero todo ello depende de que la visión de -J. H. es la visión escueta y descarnada del que mira y contempla con la -pupila fría de un hombre del Norte, acostumbrado, como disecador, a ver -la entraña de las cosas. - -Hechas estas salvedades, para dejar en buen lugar nuestra seriedad -de hombres históricos y nuestro respeto por las grandes verdades de -la filosofía, la geografía, etcétera, etc., pasamos a copiar los dos -relatos de J. H., ex disecador, ex acuarelista, ex caricaturista y -vendedor de pasas. - - - - - EL CONVENTO DE MONSANT - - - - - I - - UNA CIUDAD LEVANTINA - - -A orillas del Mediterráneo y en el fondo de una ensenada hay una -pequeña ciudad blanca colocada sobre alta colina y rodeada por una -sierra que forma gran anfiteatro de montes desnudos y pedregosos. - -Ondara, nombre que unos consideran de origen griego y otros de origen -ibérico, se repliega en la falda de un cerro, promontorio destacado de -la cordillera que penetra en el mar. - -Este promontorio, llamado por los romanos Promontorio Ondaroe, tiene un -viejo castillo en la cumbre, y debió ser en otro tiempo una Acrópolis -donde se encerraban las tropas con su caudillos a la llegada del -enemigo y se guardaban los dioses lares de la ciudad. - -La gran sierra, en anfiteatro, de Ondara se levanta al acercarse al mar -en un monte más alto, denominado el Monsant. - -El Monsant limita la bahía de Ondara por el norte. Hacia el interior -tiene un picacho cónico y desnudo, gigante abrumado en la soledad, que -debió ser en otro tiempo un volcán, con sus aristas y surcos, por donde -corrió la lava. Hacia el mar avanza formando un cabo, como una proa -formidable rota por alguna convulsión ígnea en láminas negras, hendidas -por rajaduras, en cuyo fondo penetra el agua y golpea como un ariete. - -El desmoronamiento del Monsant ha dejado pequeños archipiélagos -rocosos: tritones negros que se bañan entre los meandros blancos de las -olas y de las espumas. - -Neptuno y Anfitrite, con su cortejo de nereidas y de sirenas, parecen -presidir estos locos desvaríos del mar. - -La ensenada de Ondara, cerrada al norte por el Monsant, circunscrita -por la sierra con sus rocas azules por la mañana y moradas al -anochecer, termina hacia el sur en una punta baja de arena con un faro -en su extremo. Tiene esta ensenada dos playas grandes, abiertas, llenas -de pedruscos, ennegrecidas por las algas, y un puerto natural al pie -mismo de las casas. - -Durante el primer tercio del siglo XIX Ondara era todavía pueblo de -alguna importancia estratégica; tenía un castillo y una muralla. - -El castillo había sufrido mucho durante la guerra de la Independencia; -los cañones estaban desmontados; las casamatas, destruídas; por todas -partes quedaban reliquias de una lucha violenta y tenaz. - -La muralla general del pueblo, de poco valor defensivo, era baja, -sin fosos ni obras exteriores, a trechos aspillerada y a trechos -no, interrumpida por baluartes y torreones circulares, con sus -correspondientes garitas. - -Esta pared moderna, blanca y de poca altura, que rodeaba la ciudad, se -unía al castillo y tenía hacia el puerto una explanada grande, llamada -la Glorieta, y un hornabeque con sus baterías. - -Había, además de la pared baja, que circunvalaba a Ondara, restos de -fortificaciones, antiguos lienzos de muralla de color de ámbar dorados -por el sol de los siglos y ennegrecidos por el aire del mar. - -Uno de éstos, el más extenso, cerraba un gran barranco que existía -entre el castillo y el barrio de pescadores. - -Era una cortina de piedra de grandes bloques tallados. Los eruditos no -se hallaban muy de acuerdo en señalar la época de construcción de esta -muralla. Unos la consideraban del tiempo de los etruscos, fundadores de -la ciudad; otros, de origen romano. - -Los eclécticos afirmaban que había parte de muro antiquísima; otra, -romana, y otra, reedificada por los árabes. - -El conjunto de murallas de Ondara levantadas en distintas épocas se -unía, trazando un 8, encerrando en sus dos círculos el castillo y la -ciudad. - -Se comprendía que antiguamente Ondara debió de ser fortaleza -importante, casi inexpugnable; del lado del mar tenía que ser muy -difícil su conquista, y difícil también del lado de tierra, guardando -los pasos de su anfiteatro de montañas. - -Todavía fuera de su recinto la ciudad presentaba vestigios de defensa, -y a la entrada del puerto, sobre unas rocas, se levantaban dos -torrecillas negras medio derruídas: una, llamada el Fortín, y la otra, -la Torreta. - -La ciudad de Ondara, muy vieja en sus ruinas y muy nueva en sus -construcciones, era casi en su totalidad moderna. Únicamente la iglesia -mayor, y algunas casas próximas a la muralla, procedían de edades -pretéritas. - -La iglesia mayor, de traza gótica, tenía una fachada pintada de color -azul claro, con una portada barroca y una galería con remates en forma -de jarrones. - -Esta iglesia se levantaba en el centro de una plazoleta, y se erguía -sobre el caserío ondarense con su torre cuadrada y su cúpula de -azulejos verdes. - -Por dentro, la alta nave mostraba las nervaduras de sus columnas y sus -ojivas pintadas de amarillo, y en las claves tenía escudos coloreados. - -En las capillas resplandecían los grandes altares churriguerescos, con -sus columnas salomónicas retorcidas, y las tablas antiguas pintadas por -maestros imitadores de los flamencos. - -Otra iglesia existía en Ondara, hacia el puerto; los arqueólogos no -hubiesen encontrado en ella belleza alguna; sin embargo, pintada de -azul y de rosa, daba la impresión de juventud y de fuerza de una -aldeana rozagante. - -El caserío de Ondara, agrupado en torno de la iglesia, en la colina del -castillo, tenía un aire de inocencia, de beatitud, de paz; parecía un -rebaño blanco que rodease a su pastor. En las azoteas de las casas se -secaban al sol trapos de mil colores. A los pocos tejados del pueblo la -humedad del mar los llenaba de musgo y hacía brotar en ellos hierbales -frondosos y verdes. - -Ondara no ofrecía nada de caprichoso ni de pintoresco; tenía un barrio -de campesinos y otro de pescadores. El centro lo formaban dos o tres -calles bastante anchas, con comercios importantes. Paseaban por ellas -los señoritos desocupados, los jóvenes militares, arrastrando el sable, -y los curas, con su gran teja y las manos a la espalda, recogiendo -el manteo por detrás. A ciertas horas cruzaban grupos de mocitas muy -garbosas, muy limpias y pizpiretas, que trabajaban en el embalaje de -las naranjas. - -De vez en cuando pasaba algún coche o una tartana de familia rica, y -los jóvenes sabían inmediatamente si era Vicenteta o Doloretes, o el -padre o la madre de una de éstas, la que iba en el carruaje. - -Fuera de las calles céntricas y comerciales, las demás eran rectas, -bastante anchas y desiertas. Las casas, bajas, sin alero, de grandes -puertas y rejas pintadas de verde, se alineaban una tras otra, -inundadas de sol, como ensimismadas en la calma soñolienta. - -Los transeúntes eran escasos. - -Sólo por la mañana se veían viejas vestidas de negro, de ojos -desconfiados, y alguna con su poco de barba, que sacaban una llave de -debajo del manto, abrían un postigo y cerraban después dando un gran -portazo, manifestando su desprecio para el resto de los mortales. - -El barrio de pescadores era lo más pintoresco de Ondara: allí se veían -calles estrechas y en cuesta, con casuchas pequeñas, chozas, barcas -metidas en los corrales y una población marinera expresiva, exagerada y -gesticulante. Los hombres trabajaban, hablando, gritando, en su lengua -mediterránea; las viejas, ennegrecidas por el sol, componían redes -y velas, y los chiquillos haraposos, con harapos rojos, amarillos, -verdes, de los colores más vivos, correteaban con los pies descalzos... - - * * * * * - -Si Ondara no presentaba nada extraordinario desde el punto de vista -arqueológico, poseía una luz mágica que la doraba, la hermoseaba, la -convertía a ciertas horas en una ascua de oro, en una ciudad de fuego, -y en otras le daba un aire de pueblo oriental, de inmovilidad, de calma -y de luz. - -Como todas las ciudades del Mediterráneo, nacidas del beso suave de -la tierra con el mar, Ondara tenía algo armónico por encima del caos -producido por la mezcla de muchas razas y de diversas gentes. - -Era ciudad provinciana y cosmopolita, campesina y pescadora. En ella -el ser más humilde, el pescador más mísero, llevaba en el cerebro, por -la misma limitación del mar interior, una idea del mundo. Allí cerca -estaba el Africa, con sus misterios; más lejos, Grecia, Roma, Egipto, -con sus ciudades opulentas de cielo incomparable y de suelo fecundo... - -El habitante obscuro del Atlántico mira el mar como un final ilimitado; -el habitante obscuro del Mediterráneo mira el mar como un camino. - -De ahí quizá su superioridad colectiva, su sentido social. - -Para un hombre llegado de las costas del Atlántico, las orillas -del _mare nostrum_ guardan siempre una sorpresa, que a veces toma -aspecto de lección. En estas aguas azules del mar latino, que cantan -eternamente en las costas, el hombre vive una vida ligera y elástica; -allá, a veces, parece superficial lo que en otras partes parece -profundo; allá la marea no amenaza constantemente al hombre como en el -Océano, y la vida humana se desarrolla en el contacto plácido de la -tierra con el mar; de la tierra, que es la patria y la ciudad; del mar, -que por el remo o por la vela se convierte en el camino del mundo... - -A pesar de esto, la misma magia de la decoración, la misma esplendidez -del fondo, hace en estos lugares que el hombre parezca de contornos más -limitados, más acusados y quizá por esto más pequeño. - - - - - II - - EL CASTILLO - - -EL castillo era un peñón árido que se destacaba de la sierra y avanzaba -hundiendo en el mar sus acantilados rojos y amarillentos. - -Contemplado a lo lejos apenas se advertía en él mas que alguno que -otro lienzo de muralla de color de ceniza, la torre de señales y las -baterías altas de su cumbre. - -Desde el puerto aparecía imponente con sus paredones grandes de piedra, -dorados por el sol; sus torres, sus baterías, sus fortines, sus garitas -verdinegras, los traveses, que iban trazando zig-zag por los glacis, y -los viejos cañones, que miraban al mar. - -La tierra, rojiza, de entre muralla y muralla tenía rincones con -almendros y melocotoneros, que en primavera resplandecían como ramos de -nieve y de rosa, y taludes con viñas y hierbas salvajes esmaltadas de -flores amarillas y azules. - -Subiendo al castillo y entrando en su recinto se veía que era ya una -ruina, un amontonamiento confuso de murallas viejas, griegas, romanas, -visigodas, árabes y alguna que otra moderna. - -Los militares consideraban la restauración de la fortaleza casi inútil, -y el Gobierno no tenía, al parecer, intenciones de artillarla. - -El castillo tenía tres puertas: la puerta de Tierra, que salía cerca de -la plaza de la Iglesia; la de la Marina, que miraba al muelle, y la del -Socorro, que daba al campo. - -Esta última, de extramuros, servía para recibir refuerzos y auxilios -del exterior en el caso de que la ciudad estuviese rebelada contra el -Poder o se hallara ocupada por el enemigo. - -Entrando por la puerta de la Marina y pasando por un puente levadizo, -limitado por cadenas y flanqueado por dos garitas, se atravesaba un -arco, a uno de cuyos lados estaba el cuerpo de guardia. - -Allí, en unos bancos, solía verse a los soldados sentados, mientras que -el oficial paseaba por delante del muelle o fumaba en una mecedora. - -Del arco de entrada partía una cuesta muy agria, que pasaba por -debajo de un túnel de ocho o diez pasos de largo, y al salir de él -se desembocaba en un anchurón con casamatas, parque de municiones y -almacén de pólvora. - -Desde aquí el camino se bifurcaba; uno iba por la izquierda mirando -a la sierra; el otro, por la derecha, frente al mar. Los dos se -encontraban en la explanada de una batería y rodeaban la ciudadela. - -El camino de la izquierda pasaba por encima del pueblo, amenazándole -con sus viejas torres, rojizas, guarnecidas con matacanes, y sus -baluartes del tiempo de Vauban; luego iba la contraescarpa dando vista -a la campiña, limitada por el anfiteatro de montañas, que comenzaba en -el Monsant y seguía por las otras alturas que formaban la sierra. - -El camino de la derecha presentaba puntos de vista admirables; tenía al -principio una batería enlosada, la batería de la Marina, encima mismo -del puerto. - -Los cañones de esta batería eran de bronce, verdes, con escudos y -letreros, y pesadas cureñas llenas de adornos. Era aquel sitio uno de -los más pintorescos del Castillo. Por entre las almenas se veía el mar. -Una garita de piedras, vacilantes, colgada en el vacío, con un agujero -redondo en el suelo, dejaba ver el puerto a vista de pájaro. - -Saliendo de la batería de la Marina, el camino escalaba una cuesta, -corría por encima de los acantilados, pasaba por delante de la Cueva de -Pastor, que terminaba en el mar, y llegaba a la batería de las Damas. -Aquí la vista se había alargado, ensanchado, enriquecido. - -Más arriba se hallaba la batería de San Antón, donde se encontraban los -dos caminos que daban la vuelta al monte, y, desde esta batería, subía -otro camino, que escalaba lo más alto del promontorio. Desde aquí se -divisaban dos o tres pabellones, una torre grande y cuadrada, el Macho, -una pequeña azotea convertida en jardín, el Mirador, y una última -batería, la batería del Rey, sin muralla ni troneras, desde la cual, -los morteros podían disparar en todas direcciones. - -De lo alto de aquella altísima explanada se abarcaba el paisaje y el -pueblo, excepto algunas rinconadas muy próximas al castillo. - -Dominábase desde la altura, como de ninguna otra parte, la sierra, -Ondara, el mar azul y las rocas del cabo de Monsant. - -El pueblo, acurrucado debajo del castillo, tenía un aire ensimismado y -soñoliento; centelleaban sus luceros de cristal, la cúpula de azulejos -de su iglesia, sus tejados verdosos y sus azoteas, llenas de ropas -blancas. En los alrededores, al borde de las sendas, crecían las -grandes piteras entrecruzando sus láminas verdes y agudas como puñales, -cubiertas de polvo. - -Hacia la sierra, el campo fulguraba ardoroso y requemado; en las partes -bajas algunos pequeños huertos de hortalizas regados por acequias -mostraban su verdura, y otros más grandes de naranjos brillaban en -invierno con sus constelaciones de frutos dorados entre el obscuro -follaje. En los repechos y faldas de la sierra se respaldaban alquerías -rodeadas de bosquecillos, de olivos y de almendros. En las cumbres, los -montes secos y pedregosos, como formados por ceniza y piedra pómez, -erizaban sus aristas, y los caminos blancos parecían sembrados de yeso. - -En una cuesta, dos filos de cipreses, interrumpidas por cruces de -piedra, escalaban una altura hasta llegar al camposanto. - -En lo más elevado del castillo, sobre el antiguo promontorio ardoroso -y calcinado, estaba el jardín del Mirador. Este jardín era un repecho -de la muralla, anejo al pabellón donde vivía el coronel que mandaba las -fuerzas de la ciudadela. Tenía el Mirador una torrecilla, llamada el -Castellet, y unas escaleras para subir a la batería del Rey. - -Desde allí se dominaba el mar, el mar azul, de un color espléndido, -intenso, bajo el cielo fulgurante. - -A lo lejos, sobre un acantilado que parecía de mármol, brillaba la -mancha blanca de un pueblecito. - -En el Mirador brotaban rosales con rosas de todos colores; jazmines -mezclados con mirtos y con el follaje obscuro de los naranjos. Una -adelfa, de flor encendida, parecía una cascada de fuego. - -La coronela cuidaba con mucho cariño las plantas del Mirador. - -Todos los días, los soldados sacaban agua para regar el jardín de una -cisterna, la cisterna del Moro, que era antigua, revestida de piedra y -profundísima. - - * * * * * - -En el castillo de Ondara había de guarnición dos compañías de -infantería y un destacamento de artillería. Esta pequeña fuerza, que -apenas llegaba a cuatrocientos hombres, contaba con una oficialidad -numerosa, mandada por un coronel titulado gobernador. - -Este, con su mujer, vivía en uno de los pabellones del castillo; en -otro pabellón habitaban, con sus familias, un comandante y un capitán. -Los demás oficiales tenían sus casas en el pueblo. - -Por las tardes de primavera y otoño, y el verano, por las noches, -solía haber tertulia en el Mirador del castillo. La coronela hacía los -honores en su jardín, e iban a saludarla los oficiales distinguidos de -la guarnición. - - - III - - LOS SOSPECHOSOS - - -UNA tarde de mayo, al caer el sol, después de un día ardoroso y -sofocante, el puerto de Ondara se veía más animado que de ordinario. -Estaban desembarcando dos laúdes de carbón llegados de Ibiza, y volvían -al mismo tiempo de retorno las lanchas de los pescadores. - -El mar estaba azul, de un azul casi negro, tranquilo, sosegado; sobre -su anchura brillaban, como alas mágicas, las triangulares velas latinas. - -El sol poniente iluminaba la tierra. El castillo centelleaba en sus -acantilados rojizos y amarillentos. Parte del pueblo refulgía como un -ascua, y saltaban chispas de incendio de las vidrieras, de los luceros -y de los azulejos; parte, hundido en la sombra, se bañaba en un aire de -color de violeta. - -En el muelle, los cargadores, con sus gorros rojos, iban y venían -llevando fardos; los carpinteros de ribera aserraban cuadernas y -armaban las costillas de las barcas en esqueleto, tendidas en los -arsenales; los chicos jugaban y correteaban como gorriones, acercándose -a la lancha que llegaba; las viejas componían redes, y algunos -carabineros, sentados en un banco, delante de la puerta de la Marina, -hablaban entre sí. Mozos, negros por el sol, con aire de piratas -berberiscos, cargados con cuévanos llenos de pececillos brillantes, -pasaban delante de los carabineros, pagaban unos cuartos y entraban en -las calles voceando pescado. - -En las tabernas, los marineros hablaban a gritos; otros, agrupados -en las mesas, oían las explicaciones sabias de algún piloto experto -y decidido: viejo Palinuro, conocedor de las corrientes y de los -vientos... - -En esto, a la caída de la tarde, se presentó a unas millas de Ondara -un barco, que produjo gran sorpresa en el pueblo. Era un navío de -alto bordo que, en aquel momento, se acercaba con sus velas blancas -desplegadas, fantástico, como una alucinación. - -El atalayero de la fortaleza hizo las señas con gallardetes, y el barco -izó la bandera en el castillo de popa. - -Los curiosos de Ondara se acercaron al puerto a contemplar el navío, y -los militares de la ciudadela aparecieron en la batería de la Marina y -en la batería del Rey a mirar con anteojos y gemelos. - -Alguno de los oficiales se acercó a la atalaya, y el atalayero, en -tono que no tenía réplica, dijo que el barco aquel era una polacra de -doscientas cincuenta toneladas, que llevaba bandera del reino de las -Dos Sicilias. - -Sabidos la nacionalidad y el tonelaje del navío, los oficiales de -guardia del castillo se pusieron a hacer comentarios acerca del objeto -que podía tener la polacra al acercarse a Ondara. - -Estaría la embarcación napolitana a una milla próximamente de distancia -del puerto cuando cayeron unas velas, se levantaron otras y la polacra -quedó al pairo, inmóvil. Entonces se vió que de su costado bajaba un -bote al mar, que poco después avanzaba, a fuerza de remos, hacia el -muelle. - -El coronel, gobernador del castillo, mandó que un oficial fuera a -interrogar a los del bote, y quedó él con un anteojo mirando al mar -desde la alta explanada de la ciudadela. - -La gente marinera contemplaba también, con curiosidad, la lancha de la -polacra, que iba avanzando. - -Esta se acercó, dejando una estela plateada en el agua, hasta atracar -en una de las escaleras del malecón del muelle. Inmediatamente bajaron -tres hombres. - -Eran del aspecto más heterogéneo que puede imaginarse: uno, alto, -grueso, colorado, vestido con un viejo redingote; el otro, también -alto, encorvado, amarillo, con aire de enfermo, cubierto con un carrick -negro con rayas blancas; el tercero, pequeño, engallado, rubio, -vestido elegantemente con frac azul de botones dorados, pantalones -azules, chaleco de grana y cachucha de oficial de Marina inglesa. -Los dos primeros parecían vestidos en una trapería; al tercero se le -hubiera tomado por un currutaco que iba a un baile o a una recepción -aristocrática. - -El hombre alto, al desembarcar, subió las escaleras con un saco; el -enfermo llevaba un fardel en la mano; el pequeño, rubio y elegante, -hizo que un marinero le llevase al muelle una gran maleta. - -El oficial enviado por el gobernador se acercó a los tres individuos -con el fin de interrogarles. - -Los marineros del bote, al momento que dejaron a los hombres con -sus equipajes en tierra, separándose del muelle comenzaron a remar -furiosamente y se alejaron dirigiéndose a la polacra. - ---¡Se van!--exclamaron los del público con sorpresa. - ---No; es que van a traer otros--replicaron algunos de esos seres -perspicaces que siempre están en el secreto de los acontecimientos. - -Los desconocidos acabados de desembarcar se hallaban en el malecón, -rodeados de un círculo de marineros, mujeres y chiquillos. - ---¡Bueno, bueno, basta ya!--gritaba el hombre pequeño y rubio, -dirigiéndose a la multitud--. No seáis imbéciles. Aquí no hay nada que -ver. ¡Fuera! - -En esto, apartando la gente, se acercó a los tres individuos el oficial -enviado por el coronel gobernador. - ---¿De dónde vienen ustedes?--preguntó con voz seca. - ---Venimos de Grecia, después de haber tocado en Nápoles--contestó el -hombre alto y rozagante. - ---¿Son ustedes españoles? - ---No; somos ingleses. - ---¿Qué hacían ustedes en Grecia? - ---Eramos comerciantes. Los turcos saquearon la ciudad donde vivíamos y -tuvimos que escapar. - ---¿Y por qué los han desembarcado? - ---Es que nuestro compañero se encuentra enfermo y quería a toda costa -dejar el barco. - -Un sargento que acompañaba al oficial se acercó a él y le dijo en voz -baja: - ---No vayan a tener la peste. - -El oficial dió unos pasos atrás. La frase y el movimiento no pasaron -inadvertidos para la gente, que al momento ensanchó el círculo que -rodeaba a los tres hombres. - -El oficial habló con mucha reserva con el sargento y dijo después -dirigiéndose a los sospechosos: - ---No pueden ustedes entrar en el pueblo. - ---¿Por qué?--preguntó el hombre alto. - ---Porque tienen que ir al lazareto en observación. - -Los desconocidos se miraron unos a otros. - ---¿No habrá un mozo o una caballería para llevar nuestro -equipaje?--preguntó el elegante pequeño y rubio con voz seca--. Se le -pagará lo que sea. - -Un campesino, después de vacilar mucho, dijo que él tenía una mula y -que la traería. - -Se esperó a que viniera, se sujetaron encima de la caballería el saco -y la maleta, se fué el oficial, y el sargento, dueño de la situación, -dijo severamente a los supuestos apestados: - ---Vengan ustedes detrás de mí; pero de lejos ¡eh! No hay necesidad de -acercarse. - -Los tres hombres, llevando en medio al enfermo, siguieron al sargento -y al campesino de la mula. Avanzaron por la playa. De trecho en trecho -tenían que pararse para que el enfermo descansara. Cruzaron un pequeño -barrio formado por cabañas y algunas barcazas convertidas en viviendas -y adornadas con tiestos y cajas llenas de tierra con flores. - -Allí por donde pasaban iban produciendo expectación; la voz de que eran -apestados había corrido por el pueblo. - -El sargento, dejando la parte habitada de la playa, se acercó a un -arenal desierto en donde se levantaba una casa cuadrada, medio ruinosa, -montada sobre un basamento macizo de piedra, que impedía que el agua -del mar entrase dentro en los temporales. Para subir a la casa había -unos escalones. - -Veíanse alrededor de ella cajas de mercancías abiertas y algunas -lanchas podridas. - ---Este es lazareto de Ondara--dijo el sargento--. Aquí van ustedes a -pasar la cuarentena de observación. Bajen ustedes los equipajes. - -El enfermo se sentó tristemente en una de las escaleras de la casa -abandonada, mientras los otros dos y el campesino descargaban la -caballería. - -Hecho esto, el sargento dijo como despedida: - ---No se les permite a ustedes acercarse a la ciudad bajo pena de -muerte. Por la mañana y por la noche se les traerá pan y rancho, que se -les dejará en la puerta. Ya lo saben. ¡Adiós! - -El campesino tomó el ronzal de su macho, cogió el dinero que le dió el -hombre rubio, lo contó y comenzó a alejarse despacio por la playa. - -Se quedaron los tres hombres solos, y mientras el enfermo, envuelto en -una manta, miraba el mar, los otros dos entraban en la casa solitaria. - -Abrieron las carcomidas ventanas. El sitio era destartalado y sucio: -una nave como una sala de hospital con una cocina pequeña en el fondo. - ---Puesto que aquí tenemos que estar algunos días, vamos a ver si -limpiamos esto--dijo el hombre alto. - ---Vamos allá--repuso el pequeño. - -Se quitaron los dos las levitas, y en mangas de camisa y con un cubo -cada uno, fueron a orillas del mar a buscar agua. Estuvieron después -una hora, armados de escobas, barriendo y baldeándolo todo, hasta dejar -el suelo limpio. - -Terminada esta faena, sacaron unos jergones viejos y los sacudieron al -aire libre. - -El enfermo dijo que tenía ganas de tenderse; le pusieron dos jergones -en el suelo, uno encima de otro, y se acostó envuelto en una manta. - -Los dos hombres sanos, después de acabar la tarea, quedaron a la -puerta, cansados, sin hablarse, en una plácida contemplación del -paisaje. - -Iba anocheciendo. Enfrente se veía el mar, rizado, con adornos de -plata; a la derecha brillaban las murallas del castillo con los últimos -resplandores del sol; a la izquierda se veía una punta lejana azul con -un faro, cuya luz escintilaba pálidamente en el cielo incendiado del -crepúsculo. - -Las nubes, grandes y algodonosas, tomaban un tinte cobrizo; el -viento fuerte del anochecer rizaba el agua en pequeñas olas; seguían -resplandeciendo blancas, amarillas, remendadas, las velas latinas a -lo lejos. Las barcas pescadoras volvían de dos en dos; la polacra -napolitana había encendido un fanal que parecía un gran lucero -vespertino, y con todas sus velas desplegadas comenzaba a alejarse, con -el aire misterioso de una alucinación... - - - - - IV - - ENTIERRO - - -POR la noche todo el mundo hablaba en Ondara de los tres hombres -llegados en el bote al puerto, a quienes se tenía como pestíferos. Se -recelaba que el capitán de la polacra siciliana los había expulsado de -su barco por considerarles sospechosos de padecer la peste. Algunos -vecinos afirmaban que el gobernador debió prohibirles terminantemente -bajar en el muelle; otros, más piadosos, decían que no era lícito -abandonar y dejar desamparados a unos hombres aunque estuvieran -enfermos. - -Los técnicos aseguraban que todo dependía de no tener organizados los -servicios sanitarios. Según ellos, si se hubiera ido con la lancha de -sanidad al encuentro del bote lanzado al mar por la polacra, se hubiera -impedido el desembarco. - -En la tertulia de la señora del coronel Hervés, en el mirador del -castillo, se habló mucho de los supuestos pestíferos, y un médico -militar, don Jesús Martín, y un teniente de artillería llamado -Eguaguirre, decidieron visitar a los aislados en el lazareto. - -A la mañana siguiente montaron a caballo y se presentaron en la casa -abandonada de la playa. - -Al llegar se encontraron a los dos hombres sanos, al alto grueso y al -pequeño delgado, afanados en calafatear un bote viejo. Les saludaron y -les preguntaron qué hacían. - ---Aquí estamos--dijo el alto con una alegre sonrisa--trabajando a ver -si componemos este bote. - ---¿Para qué? - ---Para salir al mar. Así podremos entretenernos un poco y pescar y -cambiar de alimentación. - ---¿Y el enfermo?--preguntó el médico. - ---Está igual. - ---¿Qué tiene? - ---Tiene unas fiebres palúdicas que le han consumido. - ---Voy a verle. Soy médico. - -El hombre alto subió los escalones de la casa, abrió la puerta e hizo -pasar al doctor adentro. Este se acercó a la cama del enfermo. Apenas -podía incorporarse con la debilidad. - -El doctor Martín reconoció al palúdico, salió de la casa y se lavó las -manos en un cubo de agua del mar. - ---Este hombre está muy grave--dijo. - ---Sí; ya se ve. - ---¿Ha tomado quinina? - ---Con poca constancia. - ---¿Cómo se alimenta? - ---Mal; ya ve usted; nos mandan rancho únicamente. Le damos el caldo, -que filtramos por una tela. - ---Bueno; pues ya enviaremos otro alimento y quinina. - ---Veremos a ver si mejora--murmuró el hombre alto. - ---No, creo que no--dijo el médico--. Está ya muy depauperado. No durará -una semana. - -Al salir el médico y el hombre alto a la playa se encontraron -al pequeño y delgado, que seguía trabajando en mangas de camisa -calafateando el bote, mientras el teniente Eguaguirre le contemplaba. - ---Veo que son ustedes gente que no se deja amilanar por la -desgracia--exclamo el doctor. - ---Está uno acostumbrado a todo. - ---Será difícil que pongan esta lancha a flote--saltó el oficial de -artillería. - ---Ya veremos--replicó el hombre delgado--. Se intentará. - ---Les voy a enviar a ustedes--repuso el médico--un bote viejo que -teníamos para el servicio de sanidad, y que ya no se emplea. Está feo y -sin pintar, pero no hace agua. - ---¡Oh, muchas gracias! - -Se fueron el médico y el joven oficial, y al día siguiente había un -bote delante del lazareto. Los dos marineros que lo tripulaban bajaron -a la playa y, desde lejos, advirtieron a los pestíferos que allí estaba -la lancha. - -El doctor había mandado llevarles un aparejo de pesca, que vieron en el -bote sobre un banco, envuelto en un papel. - -Durante una semana la vida de los dos hombres fué la misma. Por la -mañana se levantaban al amanecer, daban alimento al enfermo, almorzaban -ellos y salían a pescar en el bote; por la tarde volvían al mar, y de -noche, uno de los compañeros velaba al palúdico mientras el otro dormía. - -A los ocho días de llegar al lazareto el enfermo murió. - -El hombre delgado escribió al gobernador del castillo y al alcalde. Les -decía en su carta que había muerto de fiebre uno de los recogidos en el -lazareto, coronel inglés al servicio del Gobierno griego. Añadía que el -coronel profesaba la religión evangélica y que por este motivo rogaba a -las autoridades dijeran dónde podía ser enterrado su cadáver, para lo -cual pedía les facilitaran instrumentos: un pico y una pala para cavar -la sepultura. - -El alcalde contestó secamente diciendo que podían enterrar al muerto -cerca de la playa. Cualquier cosa era buena para malvados herejes como -aquéllos. - -El gobernador mandó a dos soldados con una pala y y un pico. - -Los dos hombres del lazareto recorrieron la playa. Encontraron lejos de -la casa un trozo de terreno firme, de arena petrificada, al pie de un -acantilado, y allí decidieron cavar la fosa. Hicieron un hoyo profundo -y, terminado éste, volvieron al lazareto. Después vistieron el cadáver, -lo metieron en el bote y se acercaron al lugar escogido. Tomaron el -muerto entre los dos sobre una escalera, cruzaron la playa y dejaron -el cadáver en la fosa. El hombre alto sacó del bolsillo una Biblia y -comenzó a leer versículos en inglés; el otro le escuchaba atento. Este, -de cuando en cuando, echaba un montón de arena en la fosa y después -quedaba inmóvil, apoyado en el mango de la pala. Hecha la obra, los dos -hombres volvieron al bote, y mientras remaban hablaron. - -El alto y grande atendía y respetaba al pequeño, a quien consideraba -como capitán. Este llamaba a su compañero por su apellido: Thompson. - ---Amigo Thompson--dijo el Capitán--, desde este momento cambio de -nombre y de personalidad. - ---¿Cómo? - ---Voy a tomar mientras esté aquí el nombre del pobre Mac-Clair, que -hemos enterrado. Llevo pasaporte de súbdito inglés con mi verdadero -nombre, pero prefiero usar el de Mac-Clair. - ---Pero usted no sabe inglés, Capitán. - ---No importa. Mac-Clair será un inglés que ha vivido en España y en -Francia y que no quiere hablar su idioma. Un inglés antiinglés de la -escuela de nuestro lord Byron. - -Llegaron en el bote a la playa, desembarcaron, encallaron la lancha en -la arena y entraron en el lazareto. Dejaron la pala y el pico en un -rincón y leyeron los papeles del muerto. Podían servir para el Capitán. -Al revisar los documentos Thompson encontró un sobre pesado. Tenía -dentro veinte libras esterlinas. - ---Se ha muerto Mac-Clair y la situación mejora--dijo Thompson. - ---Mac-Clair ahora soy yo--replicó el Capitán--. No se le ocurra a usted -decir que ha muerto. - ---Ya que usted se empeña, lo haré así. Me acostumbraré a llamar al -muerto el Coronel. El pobre Coronel tenía mala suerte. - -Al día siguiente Thompson y el Capitán salieron a pescar como de -costumbre. - -Así estuvieron viviendo un mes, aislados, sin hablar con nadie. - -Difícil hubiera sido encontrar otros hombres tan obedientes a las -órdenes dadas por las autoridades. No se acercaban al pueblo con el -menor pretexto. - -Al terminar el mes, en vez de ir ellos hacia la gente de los -alrededores, fué la gente de los alrededores la que comenzó a -aproximarse a ellos. Una vieja, que tenía una cantina en un lanchón, -sostenido por cuatro montones de piedras en la playa, se ofreció a -hacer la comida y la cena a los dos hombres sospechosos. - -Estos dejaron el rancho a algunos hambrientos, y los pescadores, viendo -que los supuestos pestíferos estaban cada vez más sanos y fuertes, se -hicieron amigos suyos y salían a pescar juntos. - -Desde el momento que se supo en el pueblo que los desterrados del -lazareto no estaban enfermos ni daban señales de impaciencia ni de -cólera, la opinión comenzó a manifestarse contra ellos. La mayoría -consideraba irritante que los tales hombres vivieran en el lazareto -como en un lugar de placer. - -También les parecía una prueba de indiferencia absurda el que no -hubiesen hecho el menor intento de entrar en Ondara, como si la ciudad -no les interesara lo más mínimo. - ---¡Qué gentes serán éstas!--se decían los ondarenses. - -El gobernador, al saber que había transcurrido el tiempo reglamentario -de cuarentena, dió la orden de que no se llevara el rancho a los -detenidos y de que desalojaran inmediatamente el lazareto. - -El Capitán y Thompson mandaron a un chiquillo en busca de una tartana. -Cuando llegó ésta metieron los equipajes en ella y fueron los dos -hombres al pueblo. - -Compraron ropa blanca y algunas prendas que necesitaban, se afeitaron -y cortaron el pelo y se presentaron en la fonda de la Marina, en donde -les contemplaron con sorpresa. - -Todo el mundo los creía unos lobos de mar, aventureros, medio piratas, -negros, barbudos, y se encontraron bastante sorprendidos al hallarse -con dos caballeros, uno de ellos elegante hasta el _dandysmo_. - - - - - V - - EL TENIENTE EGUAGUIRRE - - -AL instalarse en la fonda, el Capitán dijo a la dueña que pensaba -estar pocos días; esperaba un barco para marcharse a Francia. Thompson -aseguró que él también se dirigiría a Gibraltar cuanto antes. - -La fonda de la Marina, en donde se instalaron ambos, era bastante -cómoda y limpia. Los cuartos que les destinaron daban a un ancho balcón -corrido, que caía hacia un huerto. - -Desde este balcón se veía, delante, el castillo sobre los glacis, con -sus cubos y murallones, bañados por el sol, que los iluminaba, según -las horas, con luz diferente. - -Thompson comenzó a pintar acuarelas, poniendo por fondo las ruinas del -castillo. - -Ocupaba la fortaleza todo el horizonte. Comenzaba por un torreón de -piedra rojiza, cuadrado, con matacanes en la parte alta y saeteras -estrechas y ventanas enrejadas en la baja. - -El sol poniente solía dorar esta torre al caer de la tarde, y le daba -un color de miel. - -El torreón se unía con lienzos de paredes amarillentas, almenadas, con -otra torre que se prolongaba hasta el mar, dejando cubos y baluartes -y cortinas de piedra entre ellos. A un nivel más bajo, rodeando la -fortaleza, había una muralla blanca, moderna, con garitas redondas y -troneras que limitaba el camino de ronda. - -Desde la parte alta del castillo a la contraescarpa bajaba la colina -formando gradas de anfiteatro y taludes de tierra, cortados en diagonal -y en zig-zag por los muros de poca altura de los traveses. - -En estos taludes, cuyas trincheras estaban muy mal conservadas, -brotaban toda clase de hierbas: aquí había un jardincito con unos -cuantos rosales y un almendro; allá, unas plantas de viña. Arriba, -arriba, se veía el follaje de un laurel del mirador de la coronela... - - * * * * * - -El huerto de la casa era triste; reinaban allí el silencio y la sombra; -los naranjos altos subían en busca de sol, y un limonero mostraba en -sus ramas limones marchitos, atados a ellas con bramantes. La luz clara -y diáfana de las mañanas, la reverberación cegadora del mediodía y de -las primeras horas de la tarde, el ambiente tibio del anochecer, el -silencio, el ruido de agua en la acequia cercana, sumían a Thompson en -una gran delicia. - -En tanto el acuarelista se ocupaba de sus dibujos y de sus manchas, el -Capitán iba al puerto y quería preparar su viaje en seguida. - -En la fonda de la Marina había cuatro oficiales y algunas otras -personas de menos importancia. Entre estos oficiales, el que se -consideraba, no se sabía por qué, con más derechos, era el teniente -de artillería Eguaguirre. Eguaguirre tenía el mejor cuarto y pagaba -como los demás. Algunos intentaron protestar de esta distinción -injustificada; pero Eguaguirre siguió siendo el hombre mimado de la -casa. - -El teniente tuvo, al llegar a Ondara, dos desafíos, que produjeron -una gran emoción en la ciudad. En el primero hirió gravemente a su -adversario en el cuello; en el segundo le dieron una estocada en el -pecho que le obligó a estar en la cama cerca de un mes. - -La patrona trataba a Eguaguirre con gran consideración. Los demás -oficiales de la fonda no se atrevían a tutearle como a sus camaradas. - -Juan Eguaguirre era poco querido. - -Su impertinencia, su frialdad, su tendencia al malhumor, su manera -de hablar con desprecio de los hombres y de las mujeres le hacían -antipático. - -Era Eguaguirre alto, moreno, esbelto, de nariz fuerte y bien dibujada, -ojos negros, bigote corto, patillas pequeñas; el pelo, bastante largo, -con un mechón sobre la frente. Eguaguirre tenía una gran elegancia; los -ademanes, siempre fáciles y académicos. Vestido de uniforme, parecía -un personaje. Al contemplarle por primera vez, se veía que era un -orgulloso, un conquistador que se creía digno de todo. - -Esta seguridad de algunos hombres, que convencen con su ademán de que -tienen más derechos que los demás, la poseía él en grado sumo. Cuando -Eguaguirre entraba en algún sitio, sobre todo donde hubiera mujeres, -era el primero; sentía la convicción de su valer, que llegaba a -comunicar a los otros. - -Por lo que se contaba, Eguaguirre había tenido disgustos en su -infancia, cuando vivía con su tío el coronel del mismo apellido que fué -encausado durante la primera reacción de Fernando VII. - -Eguaguirre era puntilloso, de un amor propio exagerado, que disimulaba -con afectada indiferencia. - -El orgullo es, sin duda, planta que crece en las razas viejas y en los -pueblos en ruina. La vanidad es sentimiento de países más jóvenes y con -más ilusiones. El orgullo es lo que queda a las razas y castas caídas. - -Eguaguirre era de una antigua familia acomodada de Navarra, cuya casa y -cuyos bienes habían desaparecido. - -Al encontrarse en la mesa de la fonda de la Marina, Eguaguirre y el -Capitán se sintieron hostiles. - -El Capitán habló a Eguaguirre en tono ligero, cosa que al oficialito -produjo enorme asombro. - -No sólo hizo esto, sino que al segundo día el Capitán comenzó a -interrogarle. - ---¿Es usted sobrino del coronel Eguaguirre?--le dijo. - -Eguaguirre no contestó. - ---¿Si es usted sobrino del coronel Eguaguirre?--volvió a preguntar el -Capitán. - ---¿Por qué me lo pregunta usted? - ---Por nada, por saberlo. - ---¿Es que yo le pregunto a usted quién es, ni quiénes son sus -parientes, por curiosidad? - ---No; pero puede usted preguntármelo. Yo le contestaré si me parece. - -Eguaguirre miró con una sorpresa creciente al Capitán. El tono ligero -de éste le produjo verdadera estupefacción. - -Eguaguirre esperó a que terminara la comida, y acercándose al Capitán -le preguntó de un modo frío y seco: - ---¿Qué tenía usted que decirme del coronel Eguaguirre? - ---Yo, nada. Que es un valiente y un buen liberal. - ---¿Lo dice usted como censura? - ---No; al contrario. - -La mano derecha del Capitán hizo entonces el signo de reconocimiento de -la masonería escocesa, al cual contestó el teniente. - ---Sabía que era usted amigo o enemigo--dijo Eguaguirre--, que no era -usted persona indiferente. - ---Somos hermanos--replicó el Capitán. - ---Dígame usted qué quiere usted hacer aquí para que le ayude. - ---Mi amigo Thompson y yo--dijo el Capitán--volvemos de Grecia, donde -hemos estado en compañía de lord Byron. A la altura de este puerto -tuvimos que desembarcar y salir de la polacra siciliana donde íbamos -por imposición de los marineros, que habían supuesto que Thompson, -el enfermo y yo estábamos los tres apestados. Respecto a nuestros -proyectos, Thompson quiere marchar a España, y yo pienso ir a Marsella, -luego a Burdeos y trasladarme a Méjico. - ---Creo--repuso Eguaguirre--que lo que más le conviene a usted es ir a -Valencia. - ---No; no me entusiasma esa idea. El Angel Exterminador tiene muchos -agentes en esas ciudades del litoral mediterráneo. - ---Sí, es verdad--dijo Eguaguirre estremeciéndose y mirando a derecha -e izquierda--. Entonces tendrá usted que esperar un laúd que vaya -directamente a un puerto de Francia. - -Tras de una larga conversación a solas, Eguaguirre intimó con el -Capitán. Thompson, en cambio, nunca simpatizó con el oficial de -artillería. Este era aficionado a dar largos paseos a caballo. Thompson -prefería ir a pescar. - -El Capitán, buen jinete, comenzó a acompañar a Eguaguirre en sus paseos -a caballo por los alrededores de Ondara. Muchas veces se cruzaban -con otros militares jóvenes, y también con frecuencia con una damita -rubia y pequeña que, vestida de amazona y montada en un caballo tordo, -marchaba muy esbelta y elegante. - ---Es la coronela--dijo Eguaguirre al verla por primera vez yendo en -compañía del Capitán--. Es _mísis_ Hervés. - ---¿Inglesa? - ---Mixta, hija de un militar inglés y de una española. - ---¿Pero casada con un español? - ---Sí; con el gobernador del castillo. - -Otros muchos días se cruzaron con la coronela. - -El Capitán llegó a creer que entre la angloespañola y Eguaguirre había -algo, y que sus saludos fríos y corteses escondían una pasión o un -principio de amor. - -El Capitán, al parecer, conocía bien la vida y los tipos de la milicia, -porque pronto llegó a calar a Eguaguirre. - ---Este es un hombre de pasiones--le dijo a Thompson--, sensual, poco -inteligente. Aunque no me ha dicho nada, le creo jugador y me figuro -que está en relaciones íntimas con la coronela. - ---Parece un hombre apático. - ---No, no. Es todo lo contrario: de una sensibilidad aguzada y de un -amor propio enfermizo. Toda esa indiferencia es una comedia, una -finta. Eguaguirre, por lo que creo, es un caso curioso. Está en parte, -desesperado, porque se considera como liberal perseguido y cree que -no va a prosperar en el ejército; por otra parte, los amores con la -coronela y el juego le tienen en una continua exaltación... - -La historia de Eguaguirre era interesante. - -Al poco tiempo después de salir de la Academia, a mediados de 1822, -había sido destinado a Valencia, donde se afilió a la masonería. -Eguaguirre era valiente y estaba dispuesto a batirse para ascender en -la carrera. En 1823, después de la expedición de Bessieres, Eguaguirre -buscó la ocasión de salir al campo. - -El 19 de marzo, los cabecillas realistas Sempere y Ulman sorprendieron -Sagunto y se apoderaron del castillo. El Gobierno ordenó al coronel -Fernández Bazán que saliera a atacar a los facciosos. Bazán encontró a -los realistas entre Sagunto y Almenara, y, a pesar de que tenía menos -fuerzas que ellos, los derrotó. - -Poco después, Bazán se encontraba en Chilches con las tropas reunidas -de Sempere y de Capapé y sufrió un completo descalabro. - -Se habían unido Sempere, Capapé, Ulman, algunas compañías de Prast y -Chambó, y habían colocado sus fuerzas de artillería en un repliegue -del terreno. Bazán, al ponerse en contacto con la primera línea de -los realistas la hizo retroceder; los realistas se acogieron a su -línea de trincheras. Bazán mandó que, al mismo tiempo que avanzaba su -infantería, la caballería diera una carga por uno de los flancos; pero -el escuadrón completo, en vez de obedecer, huyó cobardemente en todas -direcciones; los realistas rodearon a los constitucionales, y éstos, -entre los cuales estaba Eguaguirre, quedaron prisioneros. - -Los realistas ataron a los constitucionales y los llevaron al castillo -de Sagunto. - -Eguaguirre, que no tenía ideas políticas muy arraigadas y a quien, -en el fondo de su alma, lo mismo le daba el rey absoluto que la -Constitución, se desesperó al verse atado como un bandido y conducido -en manada como cabeza de ganado. - -Eguaguirre tuvo que devorar durante el camino los mas violentos -ultrajes. _¡Lladres! ¡Negres! ¡Chudios!_--les llamaban las viejas. -¡Mueran los franc-masones! ¡Mueran los asesinos de Elío!--gritaban los -hombres. - -Cuando Eguaguirre llegó a entrar en el calabozo del castillo de -Sagunto, y se echó en un montón de paja, lloró de desesperación y de -rabia. - -Unos días después estaba el oficialito tendido en su camastro, -pensando en la posibilidad de ser fusilado, cuando se abrió la puerta -de la mazmorra y aparecieron dos mujeres: una de ellas, la mujer del -cabecilla Chambó; la otra, la del coronel realista Espuny, gobernador -del castillo de Sagunto. - -La mujer de Chambó era una moza bravía, de Ulldecona, frescachona y -guapa; la de Espuny era del mismo Valencia, una rubia perfilada y -redicha. - -Las dos mujeres hablaron con Eguaguirre y decidieron salvarle. Al día -siguiente, el oficial era trasladado de cuarto, y a la semana estaba -libre para andar por la ciudad. - -Entre las dos mujeres, la de Chambó y la de Espuny, se estableció una -rivalidad celosa por salvar a Eguaguirre. El oficialito se dejó querer -con su indiferencia de sultán. - -Un día, Chambó, que era hombre arrebatado y decidido, detuvo a -Eguaguirre, y, agarrándole de la solapa, le provocó a un desafío. - ---No tengo armas--le contestó Eguaguirre, pálido de cólera. - ---Yo le traeré a usted un sable--replicó el cabecilla en su acento -catalán rudo. - -Chambó volvió al poco tiempo con dos caballos y dos sables. - ---Sígame usted--dijo. - -Montaron los dos a caballo y se dirigieron por el camino de Valencia, -al trote, sin hablarse. - -No haría cinco minutos que habían salido cuando dos jinetes, al galope, -fueron tras ellos. - -Llevaban un parte urgente para Chambó. - -El cabecilla, al leerlo, se enfureció, tiró la gorra al suelo con rabia -y comenzó a lanzar juramentos. - ---Espéreme usted aquí--dijo a Eguaguirre--. Vuelvo en seguida. - ---Esperaré--contestó éste. - -Chambó desapareció, seguido de los dos hombres. Eguaguirre quedó solo -y reflexionó. Realmente, era una tontería esperar; tenía el camino -abierto ante él; un caballo bueno; era excelente jinete. Se decidió, -aflojó la brida, dió dos espolazos y se lanzó camino de Valencia. - -Llegó a la ciudad, que estaba alarmada con las noticias del avance de -los franceses. - -Eguaguirre no se unió a las fuerzas constitucionales del general -Ballesteros; tenía una señora amiga de influencia y se acogió a ella. - -Esta señora consiguió que Eguaguirre fuese purificado al terminar la -guerra y enviado a Ondara. - -A pesar de sus maniobras para ocultar el pasado, Eguaguirre no había -podido borrar del todo las huellas en su liberalismo, y los voluntarios -realistas de Ondara sospechaban de él y le espiaban. - - - - - VI - - EL MIRADOR DEL CASTILLO - - -UN día, Eguaguirre dijo a sus nuevos amigos, el Capitán y Thompson, que -la coronela quería conocerlos y que les invitaba a tomar el té en el -mirador del castillo. Aceptaron los dos invitados con satisfacción. - -Por la tarde, Eguaguirre, Thompson y el Capitán montaban a caballo -delante de la fonda de la Marina, entraban por la puerta de Tierra y -subían las cuestas de la ciudadela. - -Thompson, a cada paso se paraba, admirado, entusiasmado, a contemplar -el paisaje. El día era de viento sur, luminoso y sofocante; una -languidez pesada parecía desprenderse del cielo, azul obscuro, y del -mar, verde e inmóvil. - ---¡Qué vista más espléndida!--exclamaba el inglés, sacando el pañuelo -para enjugarse la cara. - -El Capitán sonreía, y Eguaguirre, con cierta impaciencia, murmuraba: - ---La señora de Hervés nos espera. No lleguemos tarde. - -En pocos minutos subieron a la parte alta del castillo; pasaron por -delante de una casamata, a cuya entrada se veían unos cuantos soldados; -Eguaguirre llamó a uno, le entregó las riendas y bajó del caballo. - -Thompson y el Capitán hicieron lo mismo, y se acercaron los tres al -pabellón donde vivía el coronel; llamó Eguaguirre, y les pasaron por un -patio hasta el jardín del mirador. - -La señora de Hervés les salió al encuentro, y Eguaguirre hizo las -presentaciones. - -Era la coronela una mujer de mediana estatura, más bien baja que alta, -los ojos negros, el pelo rubio castaño, la boca de almendra, el cuello -redondo y las manos muy pequeñas. - ---¿Esta señorita es la hija del coronel?--preguntó el Capitán, aunque -sabía que no lo era. - ---No; es la coronela auténtica--repuso Eguaguirre. - ---No me llame usted coronela, ¡por Dios!--dijo ella. - ---Es para convencer a este amigo de lo que es usted y de que no es -usted una supuesta hija del coronel. - ---Este señor es muy galante. - ---No; de verdad que parece usted una muchachita soltera--replicó -el Capitán--, y hace usted muy bien al protestar de que la llamen -coronela, porque esta palabra parece que ha de referirse siempre a -alguna señora vieja y avinagrada. - -Thompson cambió unas palabras con Kitty; le pidió después permiso para -contemplar las vistas desde el mirador y desde la batería del Rey. -Kitty le acompañó, señalándole los pueblos y los montes que se veían a -lo lejos. Thompson miraba el paisaje con exclamaciones de entusiasmo. - -Eguaguirre y el Capitán hablaban. El jardín aquel era pequeño y tupido. -Los rosales y los mirtos estaban cuajados de flor, y en las manchas -verdes de follaje de las enredaderas brillaban las campanillas blancas, -rojas y moradas. - -En un extremo del jardín se levantaba el castillejo o castellet, -antigua torre del homenaje, desde donde se dominaban los alrededores -casi a vista de pájaro, como desde un globo. - -Recorrieron Thompson y Kitty los rincones de la batería, y -descendieron por una escalerilla de piedra al jardín, a reunirse con el -capitán y Eguaguirre. Se sentaron en unas butacas de mimbre y charlaron -los cuatro. - -Kitty era hija de un militar inglés y de una señora alavesa, de -Vitoria. Había quedado huérfana muy joven y se había casado con el -coronel Hervés, que le llevaba más de treinta años de edad. - -Después de un largo rato de conversación, Kitty les invitó a subir a -una galería abierta que daba al jardín, por unas gradas. Esta galería -tenía unos arcos. En ella, un criado estaba preparando un refrigerio. -El Capitán y Eguaguirre tomaron café, y Kitty y Thompson, té. - -Desde la galería, a través de los cristales, se veía el cuarto de -trabajo de la coronela. Kitty les hizo pasar a sus invitados para -verlo. Tenía una pequeña biblioteca, un piano y un arpa, y cuadernos de -música clásica y de canciones populares inglesas. - -Los entusiasmos literarios de Kitty eran Walter Scott, lord Byron y -Schelley. Sentía un gran entusiasmo por Diana Vernon, la heroína de -Rob Roy, a quien confesaba había querido imitar. También tenía en la -biblioteca obras de Sterne, Fielding y Goethe. - -El Capitán miró todos los libros, las estampas y un retrato de mujer -pintado al óleo. - ---¿Quién es? ¿Quizá su madre?--preguntó. - ---Sí. - ---¿Vive? - ---No. Murió cuando yo nací. No la he conocido. - ---A juzgar por el retrato, debía ser una mujer encantadora. - ---Todos los que la conocieron hablan de ella con entusiasmo. - -Kitty quedó melancólica. - -Eguaguirre, para borrar esta impresión, instó a Kitty a que cantara, -y ella, sin hacerse rogar, cantó acompañándose con el arpa algunas -canciones irlandesas, que produjeron un gran entusiasmo en Thompson. - -Tras de recibir los plácemes de todos, Kitty fué a la mesita, donde -guardaba sus papeles de música, y sacó el _Don Juan_, de Mozart. - ---¡Ah! Mozart--exclamó Thompson--. Conozco algunas de sus sonatas. -Dicen que _Don Juan_ es de una música muy obscura. - ---Yo no lo creo así--contestó Kitty. - ---Vamos--le dijo a Eguaguirre--. Cante usted. - ---¡Oh! No, no. Por Dios. Es molestar a estos señores. - ---De ninguna manera. - -Eguaguirre insistió en que lo hacía mal; pero, al fin, cantó con gran -maestría la serenata de _Don Juan_. - - Deh vieni alla finestra. - ---¡Admirable!--exclamó Thompson--. ¡Magnífico! - -Eguaguirre perdió su habitual expresión de tedio y quedó confuso y -sonrojado de placer. - -Después Kitty entonó el aire de _Doña Elvira_: - - In quali eccesi o numi, - -y tras de éste la coronela y el teniente cantaron el admirable dúo de -_Don Juan_ y de _Zerlina_, - - La ci darem la mano, - -que tuvieron que repetir una porción de veces. - -Daban a la canción una gran malicia y desenvoltura que ocultaba, sobre -todo en ella, su entusiasmo amoroso. No había necesidad de ser muy -psicólogo oyéndolos a los dos para comprender que había entre ellos -algo más que una efusión artística. - -Era lástima viéndolos tan bellos el pensar que sólo saltando por encima -de las leyes y afrontando el desprecio de la multitud podían llegar a -unirse. - -¿Habrían dado el salto?--pensó el Capitán--. Todo hacía creer que -Eguaguirre no era de los hombres que sienten temor a coger las flores -al borde del precipicio. - -Después del concierto y del canto charlaron largamente. El Capitán -había conocido a lord Byron, por quien Kitty tenía gran admiración, -y contó sus entrevistas con el noble poeta. También había conocido a -la amazona realista Josefina Comerford, y esta dama interesaba de tal -manera a Kitty, que el Capitán tuvo que describirla con gran lujo de -detalles. - -Al anochecer se presentó en la galería el coronel Hervés, el marido de -Kitty. - -Era un hombre viejo, opaco, frío, con una amabilidad desdeñosa y una -manera de hablar balbuceante, de paralítico. - -Kitty presentó al Capitán y a Thompson, y el coronel, tomándole a -éste por su cuenta, se puso a explicarle un sinfín de menudencias -burocráticas que a él, sin duda, le parecían importantísimas. - -Hablaba de una manera fatigosa y pesada: - ---En estas cuestiones ¡ejem!... hay que atenerse a la parte ex... po... -si... ti... va ¡ejem! como a la dis... po... si... ti... va ¡ejem! -¡ejem! ¿Usted me comprende? Porque si usted no se fija mas que en la -parte dis... po... si... ti... va ¡ejem! ¡ejem! no podrá comprender el -sentido claro y preciso que el legislador ¡ejem! ¡ejem! ha querido dar -a la ley... ¡ejem! ¡ejem! - -Thompson soportó lo más amablemente los ¡ejem! ¡ejem! y las -explicaciones pesadísimas del coronel; Kitty mientrastanto sonreía con -aire de excesiva amabilidad, y Eguaguirre, con su aspecto habitual de -tedio y de desesperanza, miraba hacia el mar. - -Era ya de noche. Los contertulios se despidieron del coronel y de su -señora y montaron a caballo. - -La noche estaba espléndida. Thompson fué mostrando la Osa Mayor y -Arturus, la Estrella Polar, la Corona Boreal, Casiopea, en medio de la -Vía Láctea, y los grandes astros, como Capella, Altair y Aldebaran... - -El mar murmuraba allá abajo y se oía el rítmico batir de sus olas. - -Al acercarse a la batería de San Antón sonó el grito del centinela. - ---¡Centinela, alerta! - -Y después los alertas se oyeron más lejanos, hasta que volvieron a -acercarse. - -Llegaron a la puerta de Tierra. Eguaguirre habló con el capitán de -Llaves, y los tres pasaron al pueblo. - - - - - VII - - LOS OFICIALES - - -EN los buenos tiempos en que el castillo de Ondara era una fortaleza -importante, el cuadro del Estado Mayor de la plaza estaba completo y la -oficialidad era numerosa. Había entonces un gobernador, el teniente del -rey, el sargento mayor o mayor de plaza, el asesor, los comisarios, el -comandante de Artillería, el comandante de Ingenieros, los ayudantes y -el capitán de Llaves. - -En el tiempo de decadencia del castillo, después de la guerra de -la Independencia, ya estos cargos no tenían más valor que un valor -burocrático. En esta época de la segunda reacción de Fernando VII, el -cuadro de oficiales del ejército no ofrecía el carácter homogéneo de la -oficialidad anterior a la guerra de la Independencia; ya no era ésta -exclusivamente aristocrática, sino mezclada; los jóvenes de buenas -familias se encontraban revueltos con los antiguos guerrilleros, con -los liberales traidores y luego purificados y con los aventureros -absolutistas que habían ganado sus grados a las órdenes de Mosén Antón, -el Trapense, Bessieres o Quesada. - -Entre los oficiales de la guarnición de Ondara había individuos de -estos diversos orígenes. - -En un pueblo de escasa población y sin vida política no era fácil que -las divergencias ideológicas de militares y paisanos se hicieran -más intensas, y, efectivamente, allí se amortiguaban; en cambio, las -categorías sociales se acusaban y se llegaban a aquilatar los más -ligeros matices de riqueza, distinción y superioridad. - -Kitty había querido influír y suavizar estas diferencias en su tertulia -del jardín del Mirador. - -Al principio iban muchos oficiales de la guarnición; luego comenzaron a -faltar y, al último, quedaron una media docena. - -De las señoras nunca fueron mas que dos o tres. - -Sabido es, y ya lo demostró un fraile en un librito publicado a fines -del siglo XVIII, titulado _Los peligros de las tertulias_, que estas -reuniones tienen muchos agarraderos para las uñas del Diablo. - -Las señoras de Ondara, como la señora doña Proba, que aparece en el -librito del fraile, creían muy peligrosas las tertulias de Kitty, y no -iban. - -De los hombres, uno de los más asiduos eran don Jesús Martín, el médico -del regimiento, hombre grueso, lento en el hablar, muy gráfico y -exacto. Don Jesús era el más entusiasta de los contertulios de Kitty, -un adorador incondicional de su inteligencia y de su gracia. - -Otro de los contertulios temido por su pesadez era el capitán -Barrachina, hombre alto, de pecho saliente, que se creía conquistador. -Barrachina tenía los ojos negros, el bigote retorcido, las patillas -cortas y el color bilioso. - -Barrachina era una buena y estúpida persona, con la mentalidad de un -muchacho de diez y seis años. No había leído nada en su vida. Creía que -ser un hombre--y él suponía una gran cosa--era ser un fantoche vestido -de uniforme, con el pecho muy abombado y el ademán desafiador. - -Barrachina tenía muchos hijos, y mientras su mujer bregaba con ellos, -él paseaba su estupidez por el pueblo. - -Barrachina hacía la gracia de desacreditar a su mujer; contaba si -llevaba postizos, si se apretaba el corsé, indiscreciones que a Kitty -molestaban profundamente. - -Otro de los asiduos a la tertulia era el capitán Embun, aragonés, -hombre fuerte, alto, tosco, de pómulos salientes, que había campeado -con los realistas de Eroles, y estaba enamorado de Kitty. A veces le -decía a Eguaguirre: - ---Esta mujer me vuelve loco--y añadía--: Y está por usted. - -También solían frecuentar el pabellón de Kitty un teniente de -artillería, de anteojos, muy tímido y distinguido, que se llama Urbina, -y que vivía en la misma fonda de la Marina, y un farmacéutico muy míope -y muy pedante. - -Urbina, que tenía gran amistad con Kitty, no se hablaba con Eguaguirre. - -El coronel Hervés andaba siempre en compañía de un comandante, don -Santos, hombre de aspecto hipócrita y tan pesado como el coronel. Este -don Santos hablaba en párrafos redondos y con distingos. Los _sin -embargo_, los _si bien es verdad_, los _si es cierto que_, estaban -constantemente en su boca. - -A sus largas oraciones no se les veía el fin, eran capaces de quitar -la paciencia a cualquiera. Para hacerlas más exasperantes, terminaba -diciendo: ¿Está claro? ¿Se da usted cuenta? ¿Ha comprendido usted el -sentido? ¿Me entiende usted bien? - -En la tertulia de Kitty se jugaba al tresillo, y a veces se cantaba y -se tocaba el piano. - -De las señoras, únicamente la mujer de un capitán, una andaluza muy -graciosa que parecía un chico, iba alguna que otra vez y hablaba como -una cotorra e imitaba con mucha chispa a todo el mundo. - - - - - VIII - - URBINA - - -THOMPSON hizo amistades con Miguel Urbina, el teniente de artillería -tímido y distraído que vivía en la misma fonda y frecuentaba la -tertulia de Kitty. - -Urbina era hombre de estudio; tenía gran afición y entusiasmo por las -matemáticas y se preocupaba de los problemas científicos de la guerra. - -Estaba desde hacía tiempo escribiendo unas observaciones acerca de la -teoría analítica de las probabilidades de Laplace, trabajo que absorbía -todo su tiempo. - -Urbina no podía comunicar sus dificultades y sus dudas a sus -compañeros, porque entre los oficiales del castillo no había ninguno -que pasara de saber las cuatro reglas. - -El matemático no tenía amigos. No se entendía bien con los demás -oficiales. - -No cabe duda que el Ejército, noble y esforzado en tiempo de guerra, -se convierte en una baja institución rutinaria en tiempo de paz. El -militar formado en el campo de batalla, entre el humo de la pólvora -y el vaho de la sangre, tiene siempre algo superior a su empleo, que -borra el carácter de la reglamentación estrecha y de las ordenanzas de -una disciplina chinesca; en cambio el que no ha tenido más campo de -acción que la oficina o el rincón maloliente del cuartel, se hace el -más incomprensivo de los burócratas. - -Urbina, que era hombre de preocupaciones elevadas, no podía convivir a -gusto con sus compañeros, que no hablaban con entusiasmo mas que del -sueldo y del escalafón y cuyo único entretenimiento era jugar a las -cartas. - -Como hombre tímido y sabio, Urbina había tenido que sufrir muchas -bromas de jóvenes oficiales estúpidos y petulantes. - -Kitty, que comprendía la clase de hombre que era el teniente, le acogía -con su más amable sonrisa y sabía tratarle con tanta amabilidad, que el -Mirador del castillo era el único sitio donde el oficial se encontraba -a gusto. - -Urbina tenía esa timidez que no depende de la inteligencia, ni aun de -la voluntad, sino que parece que está en los músculos, que se niegan a -obedecer. - -El teniente era capaz de pensar con claridad, de intentar realizar lo -pensado con audacia, de marchar con ímpetu; pero llegaba un momento en -que sus nervios flaqueaban y se sentía paralizado. En esta situación de -azoramiento, cualquier cosa, abrir una puerta, saludar, salir de una -habitación, le dejaba confuso, vacilante, en una actitud de perplejidad -que a él le resultaba embarazosa y triste y a los demás muy cómica. La -gente se reía de él, y a consecuencia de esto, Urbina, al verse tan -absurdo y tan poco consecuente consigo mismo, iba aislándose. - -Urbina y Thompson se hicieron amigos y se les veía pasearse juntos con -mucha frecuencia por el castillo y por el muelle. Cuando hubo confianza -entre los dos, Urbina habló de Kitty y de Eguaguirre: - ---¿Qué vida hace la señora de Hervés?--le preguntó Thompson. - ---Una vida muy independiente. Por la mañana toma su baño, luego da un -paseo a caballo, lee, escribe, hace excursiones en lancha. Al anochecer -recibe a sus amigos. - ---¿Y el pueblo ve bien este espíritu de independencia de nuestra amiga? - ---No. ¡Ca! El pueblo entero está contra ella. Se la considera loca, -rara, absurda. - ---No es extraño. - ---Luego se habrá usted fijado en que Kitty tiene un gran desprecio por -todas las vulgaridades y lugares comunes que forman como el caparazón -constante de la gente mezquina. Muchas veces es capaz de llevar la -contraria a una persona que defiende una opinión cierta, no porque ella -piense lo contrario, sino porque tanta seguridad en una idea vulgar, -aunque sea exacta, le repugna. - ---Así, tiene que tener muchas enemistades. - ---Figúrese usted. - ---No le perdonarán esta independencia de espíritu. - ---No. ¡Ca! A un hombre no se le perdona tener ingenio y un poco de -nobleza de espíritu; a una mujer, mucho menos. - ---¡Lástima! - ---Sí. Kitty no es nada simpática en Ondara. Su originalidad ha parecido -a las señoras del pueblo una muestra de extravagancia. No se puede -encontrar por ahora en su conducta nada digno de tacha, pero se -cree que no tardará en encontrarse. Su ingenio y su cultura son muy -sospechosos para las damas ondaresas. No queremos ir a verla--dicen--. -¡Es tan sabia! Nos pregunta los libros que leemos, sabiendo que no -leemos ninguno. Para estas damas cuanto hace Kitty es una ridiculez y -una pedantería. Para ellas todo lo que no sea hablar con el novio en la -reja, si son solteras, confesarse con el curita jacarandoso u ocuparse -de trapos, es absurdo. - ---Así que Kitty estará muy aislada. - ---Completamente. - ---¡Parece mentira! ¡Una mujer tan simpática! - ---Y tan buena--repuso Urbina. - ---¿Usted cree que es buena de verdad?--preguntó Thompson. - ---Sí; muy buena y muy inteligente. No encontrará usted en ella envidia, -ni rencor, ni ningún sentimiento bajo; únicamente, orgullo; pero un -orgullo noble de verse superior a la generalidad. - ---Esto habrá contribuído a la antipatía general. - ---Seguramente; Kitty tiene la vaga sospecha de que todas las -superioridades se pagan. La finura, la gracia, la amabilidad desarman y -domestican un momento a las gentes cerriles; pero es una domesticación -pasajera, porque el bruto vuelve pronto a ser agresivo. - ---¿Y cree usted que hay algo entre Eguaguirre y ella? - ---Usted habrá notado lo mismo que yo lo que hay. - ---¿Qué le parece a usted Eguaguirre? A mí me da la impresión de un -egoísta frenético. - ---Sí; es un gran egoísta; pero, al mismo tiempo, hombre tímido, -violento y sensible. No tiene freno; el menor contratiempo le amilana y -le sume en una desesperación sombría. - ---Pues, si Kitty está enamorada de él, como parece--dijo Thompson--, -Eguaguirre la hará desgraciada. - ---Sí; por petulancia, por estupidez, por darse tono. - -Urbina contó a Thompson la causa de haber reñido con Eguaguirre. Urbina -había comenzado a galantear a una muchacha del pueblo, huérfana, de una -familia rica, a quien llamaban Dolores y también la _Clavariesa_, y -Eguaguirre se interpuso haciendo el amor a la muchacha y entrando en su -casa. - -El tutor había cogido a su pupila y la había llevado al convento de -Monsant, en donde estaba por el momento. Desde entonces, Urbina no -quería tratar con Eguaguirre, y únicamente cruzaba con él algunas -fórmulas de cortesía cuando se encontraba en su presencia delante de -Kitty. - ---No quiero tener amistad con él--concluyó diciendo--. Me busca; ha -intentado darme explicaciones, pero estoy dispuesto a no transigir. - - - - - IX - - RECOMENDACIÓN DE KITTY - - -LAS guarniciones, como los seminarios y los conventos, tienen todos los -vicios y las hipocresías de los grupos colegiados. - -La proximidad del hombre para el hombre es corruptora: un cuartel, -un colegio, o un convento siempre serán un centro de fermentaciones -pútridas. Al hombre, sin duda, le dignifica la soledad; el campo, -cuanto más deshumanizado, es más sano para el espíritu. - -La tropa de un pueblo, en tiempo de paz, es uno de los mayores focos -de corrupción. Únicamente, el clero puede ponerse a veces a la altura -del ejército en rapacidad, en lubricidad y en malas costumbres. Difícil -será encontrar en una guarnición nada alto, levantado y noble; en -cambio la envidia, la malevolencia, el odio crecen de una manera lozana -y fuerte. - -Pronto se enteraron Thompson y el Capitán de las historias y -murmuraciones de Ondara... - -Una tarde de día de fiesta, en que todo el pueblo estaba en el campo, -entró Thompson sin meter ruido en su cuarto y se tendió en la cama. -Durmió un rato. Había dejado la ventana que daba a la galería abierta, -y al despertarse oyó un rumor de conversación. - -Se asomó a curiosear, y vió al comandante don Santos que hablaba con un -joven oficial de la fonda. - -El hombre de las perífrasis y de los circunloquios excitaba al joven -oficial a que espiara a Eguaguirre y a los dos extranjeros sospechosos. -Thompson oyó toda la conversación, esperó a que se marcharan los -militares, y cuando se fueron, salió a la calle a buscar a Eguaguirre y -al Capitán, que estaban jugando al tresillo en casa de un comerciante -de la calle Mayor. - -Thompson explicó lo que había oído. - ---¿Qué ha dicho don Santos de mí?--preguntó Eguaguirre. - ---Ha dicho que un tío de usted, que comenzó su vida militar de -guerrillero con Mina, fué perseguido como conspirador, en 1816, -en Denia; que su mismo tío castigó con rudeza a los realistas de -Villarrobledo, en 1823, y que usted está en relación con él. - ---¡Bah! No es cierto. Y el oficial, ¿qué decía? - ---Decía que no; que usted es un hombre indiferente a la política; que -todas sus aspiraciones consisten en tener dinero y en hacer el amor a -las mujeres, y que es usted el amante de la señora de Hervés. - -Eguaguirre se puso serio y palideció. - ---También ha contado la historia de una novia de usted, a quien han -tenido que meter en un convento. - ---Nada; que no hay manera de vivir aquí sin que la gente se meta en lo -que uno hace y en lo que no hace--exclamó Eguaguirre furioso. - ---Y de nosotros, ¿no ha dicho nada?--preguntó el Capitán. - ---De nosotros ha dicho don Santos que somos masones y que va a mandar -las señas nuestras a la policía. - -El Capitán quedó intranquilo: - ---Ese hombre debe ser de la sociedad El Angel Exterminador--murmuró. - ---Es probable--dijo Eguaguirre. - ---¿Algún espía pagado por esa sociedad?--preguntó Thompson. - ---No; pagado, no--repuso Eguaguirre--; el comandante ejerce, -seguramente, el espionaje para prosperar, para ascender. Ya no tenemos -los militares españoles guerra, ni posibilidad de ella en mucho tiempo; -ya no se puede llegar como Mina, el Empecinado o Renovales, en seis -años, de soldado a general, y la gente que quiere hacer carrera intriga -y espía. - -El Capitán estaba pensativo. - -Las noticias que llegaban de la persecución de liberales en Valencia -y en Cataluña eran para llenar de espanto a cualquiera. Se contaban -historias terribles del Angel Exterminador. Por toda la costa del -Mediterráneo las venganzas de los absolutistas eran espantosas. - -Al ver la intranquilidad del Capitán, Eguaguirre le dijo: - ---No tenga usted cuidado. Vaya usted a ver a Kitty y háblele -francamente. El coronel hará lo que ella le indique. - ---¿Pero no contará lo que se le diga, sin malicia...? - ---No, no; puede usted fiarse en Kitty mejor que en un hombre. - -El Capitán fué a visitar a la señora de Hervés y le expuso sus temores. -Ella le tranquilizó, asegurándole que influiría en su marido y pararía -los golpes de don Santos. - -El Capitán volvió al lado de Eguaguirre diciendo que Kitty era una -mujer encantadora. - -Unos días después, la señora de Hervés escribía a Thompson una carta -rogándole que fuera a verla. - -Thompson fué y charlaron largo rato. - ---¿Quién es el Capitán?--preguntó Kitty con curiosidad--. Me ha dado la -impresión de un hombre extraño, de un personaje de novela. - ---El Capitán es un aventurero--contestó Thompson--; un tipo de estos -que, en otro tiempo, hubiera sido un _condottiere_ italiano o un -compañero de Hernán Cortés en Méjico. - ---¿Y usted dónde le ha conocido? - ---Yo le conocí en un barco, al dejar Missolonghi. El llegaba de -Alejandría, de Egipto; había ido a Missolonghi a verse con lord Byron, -y como el lord estaba enfermo, esperaba el desenlace de la enfermedad. -Al saber su muerte, se decidió a volver a Occidente y entró en la -misma corbeta griega que nosotros. En ella fuimos a Nápoles, donde nos -embarcamos en la polacra siciliana, en la que llegamos hasta aquí; el -amigo mío, que murió luego en el lazareto, se agravó en la enfermedad; -los marineros comenzaron a decir que tenía la peste, y obligaron al -capitán del barco a desembarcarlo. Yo no quise abandonar a mi amigo; -el Capitán protestó; pero como la tripulación estaba contra nosotros, -tuvimos que salir los tres. - ---¿Y de dónde es el Capitán?--preguntó Kitty. - ---Actualmente, es súbdito inglés; pero creo que ha nacido en España. - -Hablaron de otras cosas, y de pronto la coronela dijo: - ---Usted es amigo de Miguel Urbina, ¿verdad? - ---Sí. - ---Y el Capitán, ¿no le trata? - ---Muy poco. - ---Dígale usted que se haga amigo de él. Yo le quiero mucho a Urbina. Es -un corazón excelente. Miguel está enamorado de una muchacha encerrada -en un convento de aquí cerca, el convento de Monsant. - ---Sí; me ha contado sus amores. - ---¡Ah! ¿Le ha contado a usted sus amores? - ---Sí. - ---Pues yo desearía que ustedes le animaran, le ayudasen para que -hiciese algo por esa muchacha, aunque fuese una locura. El quedaría -satisfecho, y ella es posible que al verle capaz de una hombrada le -quisiera. - ---Nada, le animaremos--dijo Thompson--; intentaremos impulsarle a que -tome una actitud heroica. - -Se despidió Thompson de la señora de Hervés, y por la noche contó -al Capitán la conversación que habían tenido y el proyecto de que -hablaron. - - - - - X - - EXPLICACIÓN - - -PUESTO que nuestra encantadora amiga Kitty ha hecho a usted esa -recomendación--dijo el Capitán--, trataremos de servirla. Amor, con -amor se paga. ¿Usted ha comprendido la causa de ese encargo, amigo -Thompson? - ---No. - ---Pues yo se la explicaré a usted. Kitty está enamorada locamente de -Eguaguirre y quiere tenerlo seguro; teme alguna veleidad de su amante -por esa muchacha encerrada en el convento de Monsant, de que usted -habrá oído hablar, que llaman Dolores la _Clavariesa_, y va buscando -que Urbina se case con la Dolores. - ---¡Bah! ¿Usted cree en todo lo que se cuenta? - ---Conozco la historia en sus detalles--replicó el Capitán--. Al llegar -Juanito Eguaguirre al pueblo, había aquí dos mujeres que los poetastros -de la localidad llamaban las dos beldades de Ondara: una era Kitty; -la otra, una huérfana rica, a quien por haber tenido no sé qué cargo -honorífico en el Calvario, llamaban la _Clavariesa_; Kitty tenía el -prestigio de su elegancia, de su cultura, de su aspecto extranjero; la -_Clavariesa_ era una mujer hermosa, con la perfección de líneas de una -modelo de Praxiteles. Esta _Clavariesa_ era la pupila de un abogado -llamado Vicente Fenoller. Fenoller, uno de los grandes hombres del -pueblo, es un señor de gran fachenda, abogado elocuente, regionalista -entusiasta y católico fanático. Fenoller ha casado a un hijo suyo con -una mujer rica, y piensa casar al otro con su pupila la _Clavariesa_. -La tía de la muchacha no es nada partidaria de tal matrimonio. - -En este estado de rivalidad entre Kitty y la _Clavariesa_, vino Urbina, -y, a pesar de su timidez y de su apocamiento, fué acogido por las dos -rivales con sus más graciosas sonrisas. Urbina, si hubiera sido un -hombre valiente y de poca preocupación moral, se hubiera lanzado a -galantear a Kitty; pero no tuvo bastante ánimo para ello, y se dedicó a -hacer el amor a la _Clavariesa_, que al principio le correspondió. En -tal situación se presentó Eguaguirre en Ondara. - -Al primer mes de estar aquí el teniente había dado un escándalo; había -ganado y perdido fuertes sumas en el juego, y había tenido un desafío, -en el cual hirió gravemente a su adversario. - -Eguaguirre comenzó sus amores en Ondara por partida doble: galanteaba -a una muchacha del barrio de pescadores y a la coronela. Kitty se -divertía con este galanteo, que consideraba inocente. Eguaguirre, que -es un egoísta furibundo, se encontraba mal de dinero, y al saber que -Dolores la _Clavariesa_ era rica y huérfana, no se cuidó para nada de -su amigo Urbina, ni de la coronela, ni de la muchacha del barrio de -pescadores, y escribió a Dolores una carta de amor. La _Clavariesa_ -le aceptó con gran entusiasmo. Estas permutaciones amorosas fueron -la comidilla del pueblo. La coronela se eclipsó, y Urbina hizo lo -mismo. Entonces Fenoller, el tutor de la Dolores, advirtió a ésta que -Eguaguirre era un perdido, jugador, mujeriego, que no quería mas que su -dinero. - ---El que no quiere mas que mi dinero es usted--le contestó ella -violentamente, y aseguró que no, que no la casarían con otro. - -Fenoller cogió a su pupila, y con engaños la llevó al convento de -Monsant. Eguaguirre se olvidó al momento de la _Clavariesa_, y volvió a -ser el caballero de Kitty, que le aceptó con todas las consecuencias. - - * * * * * - ---No comprendo el éxito de Eguaguirre--dijo Thompson. - ---Mi querido amigo--replicó el Capitán--; el éxito de Eguaguirre es, -como todos los éxitos, un poco fatal y un poco injusto. Hay hombres que -tienen disposiciones para amar, para querer, y otros para ser queridos. -Hablo desde un punto de vista casi físico, sexual. Eguaguirre es de -estos últimos. Ha nacido con la facultad de ser apetecible para el -sexo contrario. ¿Cuál es esa facultad? ¿En qué consiste? ¿Cómo la ha -desarrollado? No lo sé. - ---Encuentro muy problemático lo que usted dice. - ---Es que usted cree que las mujeres se enamoran exclusivamente de los -hombres puros, angelicales, de los sabios, de los héroes. - ---No, no; ya sé que no. - ---Entonces estamos en lo mismo. Las mujeres se enamoran de hombres -altos y bajos, buenos y malos, raros y vulgares; pero entre éstos -no cabe duda que hay unos que, sin saber por qué, hacen mover con -más facilidad esa maquinaria de afectos, de deseos, de vanidades, de -inclinaciones que hay en una mujer. Esos son los donjuanes, los hombres -interesantes, los codiciados... Y uno se pregunta el por qué. ¿Es que -estos hombres tienen una perspicacia especial para ver los puntos -flacos del sexo contrario? No. ¿Es que comprenden a las mujeres mejor -que los otros? Tampoco. Como todos los demás, en estas cuestiones -amorosas disparan su flecha con los ojos cerrados; pero, a diferencia -de los demás, dan casi siempre en el blanco. Ahora usted dirá: ¿Por -qué dan en el blanco? Por la razón sencilla de que la mujer que hace -de juez y de árbitro en el juego está dispuesta a creer que para aquel -hombre escogido por ella donde dé la flecha estará el blanco. Es la -arbitrariedad de la Naturaleza. - ---Es posible que sea así--dijo Thompson--; yo, la verdad, no le -encuentro nada extraordinario a Eguaguirre. - ---¡Usted qué le va a encontrar! Ni yo tampoco. Son las mujeres las que -le encuentran algo especial. Es la mirada impertinente, es la flema, -es el desdén... Quizá le agradecen vivir exclusivamente para ellas, -cosa que a la larga debe ser aburrida. El caso es que Eguaguirre es un -Tenorio y que nuestra encantadora Kitty quiere favorecer los amores de -Urbina y de la muchacha encerrada en Monsant para tener la exclusiva de -su Tenorio. - ---Sí, sí, es posible, y lo siento. La verdad, no creo que Eguaguirre -valga la pena de tantos cuidados. - ---Amigo Thompson. Está usted hablando como un niño. ¿Es que va usted -a pretender que las mujeres no tengan derecho a enamorarse de los -imbéciles y de los egoístas? ¿Es que les va usted a privar de ese -sacrosanto derecho? Pues entonces les va usted a cercenar la vida. Es -la fruta que más les ilusiona. - -Y el Capitán se rió, frotándose las manos alegremente. - -Thompson quedó algo preocupado con las palabras del Capitán, y como no -quería ser un negador sistemático, intentó estudiar a Eguaguirre. - -No encontró en el joven teniente nada que le sorprendiera. Era de una -inteligencia menos que mediana, de una cultura casi nula, orgulloso, -sombrío, con una gran fe en sí mismo. Quizá ésta era una de sus -fuerzas. Otro atractivo podía tener el oficial para las mujeres, y era -que su vida parecía próxima a una tragedia, a una catástrofe. - -El egoísmo de Eguaguirre era monstruoso. Kant, en su antropología -práctica, encuentra que hay tres clases de egoísmo: el egoísmo lógico, -el estético y el práctico. - -El egoísmo lógico juzga sin tener en cuenta el juicio ajeno; el -estético, se contenta con su gusto, sin hacer caso de la opinión -general, y el egoísmo práctico subordina todo lo del mundo a la vida de -uno. - -Eguaguirre tenía algo del egoísmo lógico y del estético; pero el que -le poseía por completo era el egoísmo práctico. Sentía desdén por la -gente, creía despreciar a todo el mundo, lo cual no era obstáculo -para que fuera capaz de exponer la vida para que los demás, una turba -de imbéciles, según él, no creyesen que alguna vez él, el teniente -Eguaguirre, pudiera quedar mal en un asunto cualquiera. - - - - - XI - - EL PROYECTO - - -EL Capitán, siguiendo la indicación de Kitty, se hizo amigo de Urbina, -quien le contó sus amores. - ---Amigo Urbina--le dijo el Capitán--, ¿usted está enamorado de verdad -de esa chica? - ---Sí. - ---¿De verdad, de verdad? - ---Sí, hombre, sí. - ---¿Sería usted capaz de raptarla del convento de Monsant si ella -quisiera? - ---No creo que fuera muy fácil. - ---Lo facilitaremos. Todo es cuestión de tener voluntad. - ---¡Ah! Si fuera posible, con mil amores. - ---Tiene usted que hacer algo extraordinario para influír en la -imaginación de su dama Urbina--dijo el Capitán--. Kitty nos ayudará. - ---¿Querrá? - ---Sí. - -Fueron a visitar a la coronela, Urbina, Thompson y el Capitán. Le -explicaron la idea, como si no hubiese partido de ella, y se comenzó a -estudiar el proyecto. - -Primeramente era necesario hacer una visita al convento de Monsant. - -Kitty dijo que ella era amiga de la superiora y que le escribiría -pidiéndole permiso para hacerla una visita. - ---Esto es lo primero que hay que resolver--dijo el Capitán--; luego, -ya veremos si a Urbina, al ver a su novia se le ocurre una inspiración -genial que haga gran efecto en el corazón de su amada. - ---¿A mí? ¡Ca!--exclamó Urbina--. No se me ocurrirá nada. - ---Bueno, no se asuste usted tan pronto, Urbina--dijo Kitty--. Usted -no llevará la dirección del asunto, y no será usted responsable del -éxito o del fracaso de la empresa. El Capitán será nuestro director, el -Próspero de nuestra isla. - ---El Capitán no creo que haya leído _La Tempestad_, de -Shakespeare--replicó Thompson--, ni que se haya hecho cargo de la -alusión de usted; pero yo, que la he leído, afirmo que nuestro Próspero -es de lo más maravilloso que puede ser un Próspero solamente humano. - ---No me den ustedes fama antes de ver los resultados--replicó el -Capitán--. Con el éxito aceptaré los aplausos. - -Una semana después Kitty le dijo al Capitán que había recibido una -carta de la superiora diciéndola que podían ir a visitar el convento -cuando quisieran. - ---Muy bien. - ---Iremos unos cuantos--dijo la coronela. - ---¿Quienes vamos a ir? - ---El doctor y su mujer, Urbina, Thompson, usted y yo. - ---¿Y Eguaguirre?--preguntó el Capitán, indiferente. - ---No--contestó ella, mirando con atención al Capitán, para ver si en la -cara de éste se reflejaba algún pensamiento malicioso. - -El rostro del Capitán estaba impasible. - ---¿Cómo haremos el viaje?--preguntó Thompson. - ---Otras veces hemos salido de Ondara al amanecer. Embarcamos aquí, -hasta un pueblecito que está a dos horas de distancia, donde suele -esperar una tartana. Como vamos a ir más gente que de costumbre, -mandaremos que saquen unos caballos. A media tarde, o al anochecer, -podemos estar de vuelta. - ---¿De manera que usted ha estado ya en el convento?--preguntó el -Capitán. - ---Sí. Dos veces. - ---Dígame usted cómo es. - ---¿Qué quiere usted que le diga? - ---Hágame usted una descripción de él: si es grande, si es chico, si -tiene un jardín, si no lo tiene, cómo está emplazado, etc. - -Kitty hizo una descripción del convento, todo lo detallada que pudo. -El Capitán no se fijó mas que en dos detalles: en que al lado del -monasterio se cortaba la tierra, hacia el mar, en un acantilado muy -alto, y en que había muchas palomas. - ---¿De manera que hay palomas?--preguntó varias veces. - ---Sí, muchas; tanto, que las venden. - ---¡Ah, las venden! Ya tenemos un pequeño dato--dijo el Capitán--. Y el -acantilado, ¿cómo es? - -Kitty no recordaba bien cómo era, y no pudo contestar con precisión a -esta pregunta. - ---Otra cosa--preguntó el Capitán--. ¿No tiene usted un anteojo? - ---Sí. - -Kitty llamó a un criado, que vino con un anteojo, y el Capitán estuvo -mirando con él, observando la costa y la ensenada de Monsant, de la -cual no se veía mas que la entrada. - -Después llegó Eguaguirre, y Thompson y él se retiraron. - - - - - XII - - EL VIAJE - - -SE fijó como día de marcha un domingo, y por la mañana, antes de -amanecer, estaban todos los que formaban la expedición en el muelle. - -El capitán de Llaves había mandado echar el puente levadizo, en la -puerta de la Marina, más temprano que de costumbre, y acompañaba a los -expedicionarios, que formaban un grupo... - -Era la hora anterior al alba; la hora del despertar de los puertos y de -los barrios de pescadores; la hora que los antiguos representaban como -una muchacha con alas, vestida con una túnica de color violeta pálido y -acompañada de una lechuza de color de crepúsculo. El cielo, estrellado, -estaba aún negro; la Osa Mayor se inclinaba hacia el mar, que florecía -en fosforescentes espumas, y en el pueblo comenzaban a cantar algunos -gallos madrugadores, que presentían la aurora. - -Había, en la popa de una barca atracada al muelle y sujeta por una -maroma, un farolillo que se balanceaba. - -En esta barca, la _Joven Rosario_, iban a partir Kitty y sus amigos -para Monsant. - -Dos marineros, ayudados por los soldados de la guardia de la puerta -de la Marina, pasaron de una mano a otra unos cuantos fardos y varios -cestos de provisiones por la escotilla al interior de la bodega del -falucho. Embarcaron luego los pasajeros; se acomodaron en los bancos, -a popa, sobre la cubierta, y la _Joven Rosario_ se separó del malecón y -comenzó a alejarse a fuerza de remos, haciendo un ruido de chapuzones -en el agua. - ---¡Adiós! ¡Divertirse!--dijo el capitán de Llaves desde el muelle. - ---¡Adiós! ¡Adiós! Hasta la vuelta--contestaron los viajeros. - -El falucho era ancho y pesado; los tripulantes, cuatro: dos marineros, -el patrón y un grumete. - -Hacía un viento fresco; el relente de la noche dejaba la ropa -humedecida. El agua parecía tan cuajada como el cielo de estrellas, -que iban siguiendo a la barca, palpitando y temblando sobre las olas -sombrías, que pasaban por encima del abismo negro del mar... - -De pronto comenzó a rechinar una garrucha agriamente; la gran vela -latina se extendió, como una claridad fantástica, en el aire de la -noche, que tenía ráfagas turbias de luz; dió un latigazo, se inclinó la -barca por una de sus bordas, y comenzó a marchar de prisa, abriéndose -paso entre remolinos de espuma... El horizonte aclaraba por instantes; -las estrellas palidecían. Unas nubecillas grises, azuladas, habían -invadido el cielo por Levante, y estas nubecillas fueron enrojeciéndose -hasta que el sol hizo su salida triunfal, rasando con su luz dorada las -crestas espumosas de las olas. - -Las nubes se fueron esparciendo por el cielo en grandes copos rojos, -que se subdividieron y concluyeron por deshacerse. - -El grumete, que corría a proa con los pies desnudos, se puso a cantar, -con voz atiplada: - - L'airet, l'airet, l'airet - de la matinada. - Del rich estiu, del rich estiu, - del rich estiu. - ---¡Silencio!--le gritó el patrón severamente. - ---Déjele usted cantar--exclamó Kitty--; lo hace muy bien. - -El muchacho siguió con su canción, cambiando de voces con mucha gracia. - -Ya la luz de la mañana alumbraba el mar, y los viajeros se veían unos a -otros. - -Kitty iba muy sonrosada y elegante con un chal y una capucha que le -cubría la cabeza; la mujer del médico comenzaba a ponerse pálida, algo -mareada; Urbina estaba preocupado; el Capitán, silencioso, y el doctor -y Thompson se entretenían en hacer cabriolas y gansadas, exponiéndose a -caerse al agua. - -Al alejarse a una distancia de un par de millas del puerto oyeron la -diana que tocaban los tambores y cornetas en el castillo de Ondara. - -Se volvieron todos a mirar hacia atrás. El castillo brillaba como una -ascua. Parecía fundido, incendiado por el sol; el pueblo estaba todavía -en la sombra, y únicamente un rayo de oro daba en la cúpula de la -iglesia, que centelleaba con mil reflejos. - -Poco después se oyeron varios cañonazos. - -Se veía el humo blanco de la salva, que manchaba el aire azul, formando -una nube redonda, y unos segundos más tarde sonaba el estampido. - ---La Naturaleza tiene también cosas cómicas--dijo el Capitán--. Esa -diferencia de rapidez entre la luz y el sonido hace un efecto grotesco. - ---¿Tampoco quiere usted estar conforme con la Naturaleza?--preguntó -Kitty, riendo. - ---Tampoco. - -En esto se izó la bandera en el castillo de Ondara, que comenzó a -brillar al sol. - ---¡Hurra! ¡Hurra!--gritó Thompson, agitando su sombrero en el aire. - ---No me ha parecido bien ese hurra cosaco, Thompson--dijo burlonamente -el doctor--. ¿Ustedes qué opinan? - ---La verdad es que ese grito del Norte en pleno Mediterráneo parece -intempestivo--contestó Kitty. - ---Completamente intempestivo--dijo el Capitán. - ---Yo creo que el eco ha protestado con indignación--añadió el doctor. - ---¡Qué duda cabe!--repuso el Capitán--. Yo mismo he visto un delfín que -se ruborizaba al oír esa exclamación salvaje. - ---No se esfuercen ustedes más, amigos míos--exclamó Thompson--, en -convencerme que he hecho mal. Tienen ustedes razón. Había perdido la -noción geográfica, se me había confundido en la cabeza el paralelo. -Pero ahora estoy orientado, he encontrado la aguja de marear y creo que -a este grito no tendrán ustedes que poner ninguna objeción. - ---Vamos a ver--dijo el doctor. - ---¡Evohe! ¡Evohe!--gritó Thompson desaforadamente--. ¡Eh! ¿Qué tal? -¿Tengo aire clásico? - ---Parece usted un Sileno--dijo el doctor. - ---¡Evohe! ¡Evohe!--repitió Thompson. - ---Va usted hacer zozobrar la barca con sus gritos báquicos--exclamó el -Capitán. - ---Me callaré; pero ustedes confiesen que este ¡Evohe! ha estado muy -bien. - ---Yo lo confieso--dijo el Capitán--; la prueba es que el delfín, que -iba antes avergonzado y triste con sus hurras, me ha hecho una seña de -amistad y ha sonreído. - - * * * * * - -Hacía poco viento y tardaron dos horas en desembarcar en Alba, un -pueblecito de la falda del Monsant. - -Era el pueblo pequeño y blanco; se destacaba en el cielo azul intenso, -colocado sobre un acantilado calcáreo de poca altura, rodeado por un -arenal. Brillaba esta pared como si fuera de mármol veteado y manchado -por algunas plantas trepadoras. Encima se alineaban casas blancas, -cuadradas, como dados, sin alero, que refulgían al sol. - -Al pie del acantilado se extendía la playa, llena de algas de aspecto -haraposo. - -La barca se acercó y encalló en el arenal. - -Veíase éste en aquel momento lleno de gente; unos arrieros de pueblos -de alrededor compraban y cargaban pescado en carros pequeños, y con tal -motivo había gran movimiento de ir y venir. - -Los viajeros, dirigidos por Kitty, cruzaron por entre los pescadores, -salieron a una calle del pueblo y entraron en la posada. - ---¿Qué hora es?--preguntó Kitty. - ---Las ocho. - ---Entonces tenemos que esperar una hora a que vengan la tartana y los -caballos. - -Salieron todos a una galería del mesón que daba hacia la playa. - -Al lado del mar había un conjunto de chozas, unas de paja, otras -de tablas, en cuyos cobertizos y tejados se amontonaban cuerdas de -esparto. Entre barca y barca se secaban al sol las ropas de los -marineros. Los chicos y las mujeres cavaban con la azada pequeños -canales en la arena, para que las barcas que partían se deslizasen -hacia el mar, y ayudaban a subir a las que llegaban, tirando de una -cuerda que pasaba por dos poleas. - -A las nueve en punto, la moza del mesón avisó que estaban la tartana y -los caballos en la puerta, con el asistente de Urbina. - -Kitty notó en aquel momento que el Capitán llevaba en la mano un bulto -cuadrado cubierto de tela. - ---¿Qué lleva usted ahí?--le dijo. - ---Es un secreto. - ---¿No lo puedo yo saber? - ---Sí; es una jaula. Póngala usted en el coche, ya le diré a usted luego -para qué es. - -Las señoras y el médico subieron en la tartana; los demás, en los -caballos, y se dirigieron todos por una rambla llena de polvo, y -después por una cuesta pedregosa, a escalar la parte alta de un -acantilado, por donde corría un camino de herradura. Este camino, la -Volta del Rosignol, iba rodeando el monte hasta dominar la ensenada del -Monsant, una ensenada casi redonda con un islote en medio, el islote -del Farallón. A un extremo de la ensenada estaba el convento. - -Al llegar sobre la altura y comenzar el descenso del camino, el caballo -de la tartana salió con un trote descompasado, agitando la collera -y un cucurucho de cascabeles que llevaba fijo en ella y que sonaba -estrepitosamente en la marcha. - -Los jinetes picaron la espuela a sus caballos, y en hora y media -estaban todos en el convento. - - - - - XIII - - EL CONVENTO - - -ERA un magnífico lugar aquel en donde se asentaba el monasterio. -Se hallaba en una alta explanada del Monsant, al borde mismo del -acantilado de la costa; tenía delante un bosquecillo de olivos; encima -de éste, un pinar, y más arriba, cimas ásperas y pedregosas; abajo se -extendía el mar, en cuya superficie luminosa se dibujaba la sombra del -islote. Al acercarse al convento, por la Volta del Rosignol, se veía, -primeramente, la torre por encima de los viejos y mugrientos tejados, -entre los cipreses del camposanto; luego se abarcaba todo el conjunto -del edificio, circundado por una muralla con aspilleras y rejas. Dentro -de esta muralla se encerraba la iglesia, la vivienda, el jardín y el -claustro. - -Entre el convento y el bosquecillo de olivos había un raso ancho y -empedrado, con una cruz de piedra en medio. - -En aquel momento, un mendigo, envuelto en una anguarina parda, dormía -al sol. - -Llegaron la tartana y los caballos a la plazoleta; se detuvieron y -bajaron los viajeros. - -Un arco de la muralla entre dos columnas, con una puerta claveteada -y pintada de azul, daba acceso al primer patio. En el fondo de éste -se levantaba la iglesia, una fachada barroca con guirnaldas y grandes -tejas con celosías. Encima de la puerta, contorneada por una moldura -retorcida de piedra, había una hornacina con una Virgen antigua -esculpida por algún artista gótico, y a los lados de ella se destacaban -dos grandes escudos coloreados. La fachada remataba en una torre -adornada con varios jarrones y tres campanas. - -En el patio, los arrayanes decrépitos y mal cortados trazaban un -rectángulo, y en medio de éste se levantaba una gran taza de mármol, -musgosa, olvidada y triste, que en otro tiempo debió de estar -embellecida y animada por el chorro vivo de un surtidor de agua clara. - -Kitty y los amigos atravesaron el patio y se acercaron a la iglesia. - ---Thompson y yo esperaremos aquí un momento--dijo el Capitán--, luego -entraremos. - -Kitty, con la mujer del doctor, el doctor y Urbina, pasaron al patio, -y Thompson y el Capitán quedaron fuera con el asistente de Urbina y el -tartanero. - ---Oye, muchacho--le dijo a éste el Capitán. - ---¿Qué quiere usted? - ---Pasa por ahí y llama al jardinero o al portero, y dile a cualquiera -de ellos que te venda dos palomas, y pregúntale si todas las semanas -podrán vender otras dos. - ---Bueno. - ---Toma--y el Capitán le alargó unas monedas. - ---¿Ya, cuidarán ustedes de la tartana? - ---Sí, estaremos aquí. - -El tartanero entró en el convento y volvió al poco rato con dos palomas -grises. - ---¿Qué han dicho?--preguntó el Capitán. - ---Que venderán todas las que se quieran. Ahí tiene usted la vuelta. - -El Capitán dió una propina al muchacho y cogió las dos palomas, las -examinó, las encerró en la jaula y ésta la dejó dentro de la tartana. - ---¿Qué vamos a hacer ahora?--preguntó Thompson. - ---Yo voy a entrar--dijo el Capitán--; usted se queda aquí, inspecciona -esto y me hace un pequeño plano del conjunto del edificio y de sus -alrededores. - ---¡Pero entonces no voy a ver el convento! - ---Y a un luterano como usted, ¿qué demonio le importa ver un convento -de papistas? - ---¿Y el arte? - ---¡Qué arte! No sea usted amanerado, Thompson. ¿No es una obra de -arte el intentar, como intentaremos nosotros, si se puede, robar -una señorita de un convento? Le creía a usted superior a esas -supersticiones. - ---No he dicho nada. Es usted el Capitán y le obedezco. - ---Bueno. Hasta luego entonces. - -Entró el Capitán en el patio, lo recorrió y pasó a la iglesia, y -después al claustro. Aquí se reunió con Kitty y sus amigos, que estaban -en compañía de la superiora y de una mujer de una belleza espléndida, -vestida de negro. Era la _Clavariesa_. La _Clavariesa_ hablaba con -Kitty, al parecer, come con una amiga íntima. - -Precediéndolos a todos iba un sacristán cojo, vestido con una túnica -negra y armado de un llavero, abriendo puertas. - -El Capitán se acercó a Urbina y le preguntó, señalando a la -_Clavariesa_: - ---¿Es la novia de usted? - ---Sí. - ---La puede usted decir unas palabras? - ---Sí. - ---Dígale usted que una paloma gris que llegará el domingo, por la -mañana, a las doce del día, le traerá noticias de Ondara y de usted. - ---¿Qué quiere usted decir con eso? - ---Usted dígaselo en seguida. Que espere la llegada de la paloma. - -Urbina, apretado de cerca, dió el encargo a la _Clavariesa_. - -Siguieron todos visitando el convento. - - * * * * * - -Mientrastanto, Thompson tomaba notas y apuntes desde fuera. - -Comenzaba a hacer calor; la luz cegaba y el tiempo invitaba a la -pereza. Las cigarras llenaban con su chirrido el silencio del campo. - -Thompson no sabía el propósito definido del Capitán. Hizo primero un -croquis de los alrededores del convento y de la cima del Monsant, que -tenía en uno de sus cabezos una atalaya derruída, del tiempo de los -moros. - -Después dibujó el conjunto del monasterio desde la Volta de Rosignol, -con sus grandes tapias, su arco de entrada, su torre, sus tejados -musgosos y sus cipreses negros y afilados. - -Luego, abandonando el camino y alejándose de la costa, subió a un -bosquecillo de olivos. Estos árboles centenarios, negros y retorcidos, -parecían pulpos monstruosos de muchos brazos y de muchas manos que iban -ascendiendo penosamente la montaña. - -Desde aquella altura se veía la huerta del convento con una gran -alberca cuadrada, en la que el agua negra verdeaba. Detrás de los -perales y de los melocotoneros asomaban los cipreses melancólicos del -cementerio, como detrás de la vida aparece la muerte. Sobre el mar azul -revoloteaban algunas gaviotas y sobre la tierra, algunas palomas. - -Thompson dejó el bosquecillo de olivos y subió por un pinar hasta la -parte alta de una cima, desde donde se dominaba la costa al prolongarse -hacia el norte. Al principio quedó extrañado; enfrente brillaba un -peñón calcáreo erguido sobre una playa. El sol le arrancaba unos -reflejos tan extraños que aquella roca gigantesca, blanca, roja y -amarilla, parecía el fantasma de un monte vigía del mar azul. - -Thompson estuvo contemplando aquella roca un momento para cerciorarse -de que tenía realidad; luego temió quedar retrasado, cruzó el pinar y -el bosque de los olivos y bajó a la puerta del monasterio. - -Serían las once cuando los visitantes de Monsant salieron al patio. - ---¿Y por qué no ha entrado Thompson?--preguntó Kitty. - ---Tenía que hacer un encargo mío--repuso el Capitán. - ---¡Qué egoísmo! ¿Por qué no lo ha hecho usted? - ---Es que él sabe más geología que yo, y necesitaba examinar unas -piedras. Además de que los aires papistas no convienen a los luteranos. - ---No diga usted papistas. ¡Qué horror! - ---¿Es usted ferviente católica, Kitty? - ---Lo más ferviente que puedo. - -Entraron unos en la tartana, montaron los otros a caballo y volvieron -al mesón de Alba, a comer. - ---¿Qué le ha parecido a usted la _Clavariesa_?--preguntó Kitty al -Capitán. - ---Muy bien; una mujer espléndida. - ---Cuando estaba en Ondara querían encontrar rivalidad entre ella y yo. -¡Qué tontería, verdad! - ---¡Sí!; hay demasiada diferencia entre ella y usted--dijo el Capitán. - ---¿Verdad? - ---Enorme. - ---¿Tanta, tanta, cree usted? - ---Es como comparar una estrella, no con un gusano de luz, huyamos de -las exageraciones, como comparar una estrella de luz propia con un -planeta. - ---¿Y ella es la estrella de luz propia? - ---No, la estrella es usted. - ---Gracias, Capitán, es usted muy galante. - ---Es usted como esas estrellas pequeñas, brillantes, intensas, que -lanzan una mirada que vibra en el aire. - -Kitty tomó un aspecto mixto de coquetería y de tristeza. - ---Me gustaría saber, la verdad, lo que piensa usted de mí--dijo. - ---Lo que siento de usted. Sencillamente, que es usted una mujer -admirable. - ---Se quiere usted reír de mí. - ---No, no. Es usted una mujer encantadora. - ---Con eso quiere usted decir que soy loca, temeraria... ¿verdad? - ---¿Y quién no lo es? Solamente las gentes mezquinas saben hacerse un -escudo con los lugares comunes y las preocupaciones generales para -vestir su mezquindad. La poca gente noble que hay en el mundo, esa va a -pecho descubierto; si le hieren de un flechazo, la flecha penetra hasta -el corazón; si va por un precipicio y se desliza, la caída es hasta el -fondo... - ---Me da usted miedo--dijo Kitty--, debe usted odiar a la sociedad. - ---La odio... y la desprecio--contestó el Capitán en tono sombrío. - ---Pero sin sociedad, ¿cómo podríamos vivir? - ---No sé; ni me importa pensarlo. - ---Es necesario que haya leyes. - ---Sí; así al menos hay la satisfacción de violarlas--replicó el Capitán -en tono sarcástico. - ---Y de Eguaguirre, ¿qué piensa usted? - ---¡Eguaguirre!... Tiene un perfecto egoísmo a cubierto de todo ataque. -Garitas, baterías, hornabeques, galerías cubiertas: su fortaleza es -inexpugnable. No se perderá por amor al prójimo. - ---¿Tan malo le cree usted? - ---No; malo, no. Egoísta, frío, petulante. Tiene grandes condiciones de -conquistador. - -Kitty escuchó nerviosa y demudada. Al tranquilizarse un poco dijo: - ---¿También tiene usted mala opinión de Urbina? - ---No. ¡Ca! Urbina es un santo varón. Entre hacer de víctima o de -verdugo, preferirá hacer de víctima; entre ser martillo o yunque, -elegirá ser yunque. Yo le respeto y le reverencio, y si llega su -martirologio le dedicaré un recuerdo y una piadosa lágrima. - -Comieron en el fonducho de Alba y, después de pasar un rato de -sobremesa y esperar a que transcurrieran las horas calurosas de la -tarde, marcharon a la playa y entraron en la _Joven Rosario_. - -El asistente de Urbina y el tartanero fueron a Ondara por tierra, dando -una gran vuelta. - -Kitty, que se había sentado a popa, se fijó en el envoltorio que -llevaba el Capitán. - ---No me ha dicho usted para qué es la jaula--dijo. - ---¿Y quiere usted saberlo? - ---Sí. - ---Pues llevo aquí dentro dos palomas. - ---¿En dónde las ha cogido usted? - ---¿Cree usted que las he robado? No. Comprendo que hubiera estado más -en carácter robándolas; pero me he contentado con comprarlas en el -monasterio. - ---¿Y para qué las quiere usted? - ---Una de ellas servirá para llevar la carta que nuestro amigo Urbina -escribirá a su amada. - ---¡Qué idea! Pero tendría que estar advertida la _Clavariesa_. - ---Lo está. - ---¿Y la contestación? - ---Yo supongo que se necesitarán dos cartas para que haya contestación. -Si la muchacha se aviene a entrar en correspondencia con Urbina, se le -enviarán palomas del castillo, de regalo, que desde el momento que las -suelte volverán a su palomar. - ---¡Bravo! Es usted un hombre de recursos, Capitán. - -Se desembarcó en Ondara al anochecer, y el Capitán y Thompson se fueron -a la fonda de la Marina. - -Por la noche, los dos dijeron a Urbina que podía escribir una carta a -la _Clavariesa_, que iría al convento llevada por una paloma. - -Urbina, al saberlo, quedó intranquilo y nervioso, y se puso hacer -borradores, que consultó con Thompson, a quien consideraba hombre más -susceptible de sentimentalismo que el Capitán. - -Dos días después había que enviar la paloma mensajera. Se leyó la carta -definitiva, que se sometió al juicio de Kitty. Kitty hizo algunas -observaciones de psicología femenina muy agudas, que Urbina atendió, -y por la mañana del domingo subieron Urbina, Thompson y el Capitán al -Mirador del castillo. Kitty tomó entre las manos una de las palomas y -estuvo acariciándola. Según Thompson, era un ejemplar de la _Columba -Tabellaria_. Esta clase, de pequeño tamaño, es de gran instinto -viajero. El Capitán cogió la carta de Urbina, la dobló y la ató con -una cinta en el ala de la paloma. Luego Kitty dejó el ave mensajera en -el pretil del Mirador. La paloma dió unos pasos a un lado y a otro, -después se lanzó al aire, trazó una gran curva para orientarse, se -dirigió como una flecha hacia Monsant, y desapareció. - ---He escrito una tontería--dijo Urbina--. Va a creer que soy un imbécil. - ---Ya no puede usted recoger la carta del correo--exclamó el Capitán -burlonamente. - ---Se va a reír de mí. - ---¡Qué se ha de reír!--exclamó Kitty. - ---¿Cree usted que no? - ---No. Claro que no. Es usted el hombre más notable que he conocido en -mi vida. - ---¿Cómico? ¿Grotesco? - ---No. Delicado. Un carácter bueno, generoso. - -Urbina, en un arranque de emoción, se acercó a Kitty y le cogió la mano -con intención de besársela; luego no se atrevió y quedó en una actitud -de perplejidad triste. - -Al día siguiente Kitty escogió una paloma con pintas del palomar del -castillo, la metió en una jaula, puso en un cartón atado el nombre de -la _Clavariesa_ e hizo que se la llevara un cosario que recorría los -pueblos de la costa y que pasaba por Alba y por el convento de Monsant. - -A los dos días la _Clavariesa_ contestaba, y Urbina estaba loco de -contento. - - - - - XIV - - LOS ARGONAUTAS - - -EL Capitán, a quien habían asegurado que no corría el menor peligro de -ser detenido, decidió quedarse en Ondara hasta el final de la aventura -de Urbina. - -Los amores de Kitty y Eguaguirre seguían en el mismo estado de amable -galanteo; la gente sospechaba; pero nadie tenía un indicio claro de la -intimidad de los amantes. - -A las dos semanas de cruzarse cartas entre la_ Clavariesa_ y Urbina, el -oficial, por consejo de sus amigos, se puso al habla con la tía de su -novia. - -Esta señora recibió a Urbina muy amablemente, y le dijo que Fenoller, -el tutor, no cedería de ninguna manera mientras tuviera poderes. Había -decidido que Dolores se casara con su hijo, y esta solución le parecía, -porque le convenía a él, tan buena, que no aceptaba otra. - -El despotismo de Fenoller había producido tal protestes y oposición en -la tía de Dolores, que estaba deseando encontrar cualquier medio para -chasquear al despótico tutor. - -Urbina, al ver lo bien dispuesta que se hallaba aquella señora, pensó -que debía hacer un gran esfuerzo. - -Consultó con su amigo Thompson y después con el Capitán. - ---¿Usted cree que ella estará dispuesta a escaparse con usted?--le -preguntó el Capitán. - ---Yo creo que sí. - ---Pregúnteselo usted claramente. Si acepta organizaremos en seguida el -plan de evasión. - ---Creo que aceptará. - ---Pues nada ¡adelante!, como decía el general Blücher cuando se ponía -la pipa en la boca y un sombrero de mujer en la cabeza. Thompson y yo -prepararemos el rapto. Usted se queda en el pueblo. Fenoller parece que -vigila a Eguaguirre, pero no a usted. Si supiera que faltaba usted de -aquí comenzaría a sospechar. Usted obtenga la contestación categórica -de la chica. Le dice usted que su tutor no cede y que la tía está de -acuerdo con usted. - ---Eso haré. - ---Y mientrastanto nosotros estudiaremos el terreno. - ---¿Qué van ustedes a hacer? - ---Como yo supongo que por tierra no se puede intentar nada, -alquilaremos un falucho por un par de semanas y reconoceremos los -alrededores del convento. - ---Yo les cederé Roque, mi asistente. Es listo como un diablo. - ---Lo conozco. Necesitaremos tres o cuatro hombres más. - ---Eso se encuentra fácilmente. - ---Sí; creo que sí. Pongámonos de acuerdo. Nosotros, de todas maneras, -alquilamos el falucho; si no se puede emplear en la evasión, se perderá -el dinero, y nos pasearemos. - ---Bueno; no importa. - ---En seguida que nos hagamos con el falucho inspeccionaremos la costa -y veremos las posibilidades de la empresa; usted, mientrastanto, habrá -escrito a su novia y recibido la contestación. ¿Que ella acepta? Pues -le comunica usted en seguida el plan de fuga con todos los detalles; -pide usted una licencia de un mes o de dos, rapta usted a la muchacha, -se casa usted, y _laus Deo_. - ---Haremos todo lo posible para que la cosa salga bien--dijo Urbina. - ---Usted no hable ni a sus amigos íntimos del proyecto. - ---No; no los tengo. - ---La cuestión es llevar el asunto con el mayor sigilo, que no haya -posibilidad de una sospecha, y luego realizarlo con rapidez. - -Thompson fué el encargado de buscar la barca, y tras de dar muchos -pasos inútiles, encontró un contrabandista de mala fama, que vivía en -la punta del faro, que se avino a alquilarle su falucho con cualquier -objeto. - -Este contrabandista, el _Farestac_, de apodo, era hombre fornido, de -mediana estatura, silencioso, negro por el sol, la cabellera roja, que -le salía por debajo del gorro colorado y le caía sobre los hombros; las -barbas grandes, cobrizas y enmarañadas, el pecho de oso y las manos -peludas. El _Farestac_ vivía con su madre, una mujer también roja y -también selvática, en una casucha próxima al mar, medio cueva, medio -cabaña. - -El _Farestac_ era un solitario, un insociable; necesitaba espacio, -soledad, olas, espumas, huracanes. Este delfín misantrópico, a pesar de -su violencia, tenía mucho de contemplador y de quietista. Dionysios no -hubiera encontrado para sus fiestas un sátiro, un sileno, un egipan, en -cuya mirada ardiera un fuego tan intenso y tan salvaje. - -El único amigo y compañero del _Farestac_ era el _Rabec_, viejo -pescador andrajoso, de cara bronceada y llena de arrugas, la nariz de -cuervo y el gorro rojo y agujereado. - -El _Rabec_ tenía varias cicatrices, una oreja cortada y en la íntegra -un anillo de plata. - -El _Rabec_ era malhumorado y sarcástico, y gozaba fama de mala sangre. -Su risa, su _raílla_, era siempre cruel y sangrienta. - -El _Rabec_ tenía un perro de aguas, el _Dragó_, feo, sucio e -inteligente. - -En la barca del _Farestac_, que se llamaba la _Sargantana_ (la -lagartija), servía de grumete Pascualet, un muchachillo morenito y ágil -como un mono. La _Sargantana_ del _Farestac_ no era una barca limpia y -bien cuidada, sino una barca abandonada y harapienta. En su casco se -veían mapas de desconchados de su pintura verde, y sus velas estaban -llenas de remiendos de varios colores. - -La _Sargantana_ no era un lacértido respetable, sino una lagartija -bohemia y vagabunda, que conocía las sendas del mal mejor que las del -bien. - -Una tarde, al anochecer, Thompson con sus acólitos, el _Farestac_, el -_Rabec_ y el grumete, llegaron a Ondara; el inglés desembarcó y avisó -al Capitán que para el día siguiente, por la mañana, iban a salir. - -Les faltaba un botecillo, que alquilaron, y al otro día, al alba, los -argonautas de Ondara salieron en la _Sargantana_, en dirección del -Monsant. Llevaban una escalera, dos azadas, un pico, cuerdas y unas -cestas con comestibles. - -Hacía un viento vivo; el falucho marchaba rápidamente, con la vela -grande y el foque inflados por el viento, haciendo murmurar las aguas -que cortaba con la proa y dejando una estela de remolinos espumosos. - -Doblaron la punta del Monsant, terminada en un amontonamiento de -grandes rocas que formaban una cueva abierta por ambos lados; entraron -en la ensenada y se dirigieron, en línea recta, hacia el islote del -Farallón. - -El islote brillaba al sol, seco, como un trozo de lava, amarillo y -rojo, lleno de rajaduras y de agujeros, sin una mata de verde en los -resquicios. Uno de sus lados estaba cortado a pico; el otro se alargaba -en una roca horadada, que formaba un arco, por debajo del cual pasaban -las olas. - -Dieron la vuelta al islote, que desde algunos sitios, al reflejar el -sol, parecía un témpano de hielo; acercaron el falucho, a golpes de -remo, hasta un canal angosto, entre grandes piedras, y lo encallaron. -El _Dragó_, el perro de _Rabec_, fué el primero que saltó a tierra y -subió a la parte alta del Farallón, espantando a una nube de gaviotas -que tenían allí su nido. - -Había, arriba, una pequeña explanada en cuesta cubierta de esqueletos -de aves. - -Thompson y el Capitán subieron a la explanada y se tendieron a -contemplar la costa. - -Brillaba el mar, como una roca azul de diversos matices, bajo el -esplendor del cielo inflamado. El aire estaba tibio, impregnado de -esencias salobres. Un delfín jugueteaba entre las olas. - ---Vamos a estar aquí hasta mañana por la mañana--dijo el Capitán--en -que haremos un reconocimiento en el bote. Ahora, cada cual puede elegir -el entretenimiento que quiera. - ---¿Hay tantos?--preguntó Thompson. - ---Se puede dormir, pescar, jugar, bañarse... - ---¿Y usted qué va a hacer? - ---Yo me voy a dedicar a la investigación y a la reflexión. - -El Capitán sacó su anteojo y se puso a contemplar la costa y la -ensenada del Monsant, que parecía estrechar entre sus brazos el islote. - -El acantilado, en cuya cumbre estaba el convento, comenzaba en la playa -de Alba; luego seguía como un zócalo por debajo del pueblo, e iba -elevándose, al alejarse de él, hasta tomar gran altura y terminar en -una punta rocosa. - -Al comienzo, este acantilado era liso, calcáreo, sin hendiduras; de -lejos parecía de mármol; luego, al aumentar en elevación, la pared que -formaba se convertía en un peñascal, con desigualdades, con senos, en -donde penetraba el mar y trozos del monte desprendidos que avanzaban -en el agua, sembrándola de arrecifes. En algunos sitios, el suelo rojo -mostraba sus entrañas desnudas y sangrientas. - -Al lado contrario de Alba, detrás de la otra punta de la ensenada, se -erguía a orilla del mar una roca, que parecía de piedra pómez por lo -blanca y lo seca. - ---¡Qué extraña mole!--exclamó Thompson--. El otro día la miraba desde -lo alto del Monsant, y se me figuraba una nube iluminada por el sol. - ---Si parece un azucarillo--dijo el Capitán, poco dispuesto a -maravillarse. - -Desde allí, el convento se presentaba muy en alto; no se veía de él mas -que el cementerio con sus cipreses blanquecinos por el polvo, una torre -cuadrada, con una galería con matacanes, adornada por una parra, y una -muralla con aspilleras, que bajaba en zig-zag hacia el mar. - -El convento tenía, mirado desde el islote, un aire belicoso y altivo. - -A la derecha del monasterio se veía la mancha obscura del olivar, y -luego, pinares que iban reptando cada vez más claros, hasta desaparecer -en la parte rocosa y desnuda del monte. En un extremo, en uno de los -cabezos, aparecía una atalaya del tiempo de los moros con un resto de -muralla agujereada y rota. - ---¿Quién conoce bien estos sitios?--preguntó el Capitán a Thompson. - ---El _Farestac_. - ---¿Quién es el _Farestac_? - ---El patrón de la _Sargantana_; ese de las barbas rojas. - ---Es un pirata. ¡Qué tipo! Dígale usted que venga. - -El _Farestac_, que estaba preparando el almuerzo en compañía del -_Rabec_ y del grumete en un hornillo de hierro, subió a lo alto del -islote. - ---¿Qué quiere usted?--preguntó en un castellano rudo al Capitán. - ---Siéntate aquí--le dijo el Capitán--¡compañero!--y le dió una palmada -en el hombro. - ---¿Compañero de qué?--preguntó el _Farestac_ con tono burlón. - ---De piratería. Tú eres un pirata, ¿verdad? - ---¿Yo? - ---Si no lo eres en grande, no es por falta de ganas, _Farestac_. Tu -barco destila contrabando y piratería. - ---¿Y el barco de usted? - ---Yo no tengo barco--replicó el Capitán--; soy un pirata de monte. -Siéntate; somos lobos de la misma carnada. - -El _Farestac_ se sentó, mirando al hombre con sorpresa. - ---¿Conoces esta tierra que está delante de nosotros?--dijo el Capitán. - ---Sí. - ---¿Bien? - ---Mejor que nadie. - ---¿Cuántas entradas hay en esta costa? - ---¿Entradas? - ---Sí. ¿Cómo les llaman aquí? Calas. ¿Cuántas calas hay? - ---Tres--contestó el _Farestac_. - ---¿Cómo se llama aquella de enfrente? - ---¿Aquélla? - ---Sí. - ---Cala del Infern. - ---¿Y ésta que está aquí cerca de la punta? - ---La dels Capellans. - ---Y la tercera, ¿dónde está? - ---La tercera está doblando esta punta, y se llama dels Avions. - ---¿Por alguna de ellas se puede subir? - ---Por todas se puede subir. - ---¿Por cuál es más fácil la subida? - ---Por la del Infern. - ---¿Has subido tú? - ---Sí. - ---¿Cuándo? - ---Hará un año la última vez. - ---¿A dónde se sale? - ---Al cementerio del convento. - ---¿Te daría miedo subir otra vez?--repuso el Capitán. - ---Menos que a usted--contestó el salvaje marino sarcásticamente. - ---A mí no me da miedo nada, hijo mío--repuso el Capitán, dando un nuevo -golpecito en el hombro del patrón y sonriendo. - -El _Farestac_ miró a su interlocutor con curiosidad creciente. - ---¿Qué van ustedes a hacer en la cala del Infern?--preguntó. - ---Vamos a subir al convento. - ---¿A qué? - ---A robar una monja. - ---Una _moncha_. ¿De verdad? - ---Sí. Una _moncha_ joven y guapa. ¿Tú te llevarías una? - ---Una joven y guapa ¡ya lo creo!--exclamó el _Farestac_ con los ojos -brillantes. - ---Pues nada, escoge una y te ayudaremos. Formaremos una Sociedad -de Raptos y Empresas peligrosas reunidas. Razón social: Farestac, -Thompson, Rabec, etc., etcétera. Capital: el que se robe. - -El _Farestac_, que no entendía bien lo que decía el Capitán, comenzó a -mirarle con mayor extrañeza. Quizá pensó que estaba loco. - -Se comió en la parte baja del islote del Farallón, se pasaron las horas -pescando y al anochecer se tendieron todos a dormir. - -Antes de amanecer, el _Farestac_ despertó a la gente. Se decidió que -el _Rabec_, a quien nada se había contado del proyecto, quedara en el -islote cuidando de la _Sargantana_ en compañía del _Dragó_. Los demás -se metieron en la lancha y se dirigieron hacia la costa. - -En el mar palpitaban tantas estrellas, que su brillo tembloroso -producía el vértigo. - -En media hora se acercaron a la cala del Infern. Amanecía. - -No era aquella cala un pequeño golfo bien abierto e iluminado por la -luz del sol, sino un agujero irregular y tenebroso que comenzaba por -una hendidura estrecha. - -Delante de esta hendidura había rocas basálticas blancas y grises que -formaban como restos de un gran palacio, del que quedaran arcos y -galerías rotos. Al borde mismo del agua salían pinos por las grietas de -las piedras. El bote se deslizó por entre los peñascos sobre el agua -inmóvil, que parecía de cristal, y penetró en la hendidura. Llegaron -hasta el fondo y ataron la lancha, y almorzaron. - -Empezaba a entrar por arriba la claridad del sol y se iba viendo poco -a poco la extraña configuración de la cala. El mar aparecía blanco, -lechoso, entre dos paredes negras, húmedas, llena de oquedades; ya -fuera, era azul, con un color turbio de cristal; una red de meandros de -espuma cubría su superficie con un galoneado de plata. - -Comenzó a sonar la campanita del convento de una manera charlatana y -alborotadora. - ---Vamos a hacer nuestra inspección--dijo el capitán. - ---Vamos--repuso el _Farestac_. - -La hendidura era más estrecha en la boca que en el fondo. La cala -formaba dentro un seno irregular. Tenía allí unos sesenta pies de ancho -y ciento veinte de alto. El _Farestac_ aseguraba que había una senda -que a trechos se convertía en escalera y que llegaba a lo alto. - -Se encontró un resto de camino que comenzaba por el lado izquierdo -mirando hacia el interior. Al principio iba en una pendiente suave; -luego se hacía más escarpado, rodeaba la cala y pasaba al lado -derecho. Hasta la mitad de la altura se logró subir con grandes -dificultades; luego había una parte de veinte pies como un lomo de -piedra resbaladizo, que se podía escalar trepando, agarrándose a las -rendijas. De aquí el camino pasaba por un resalto medio desmoronado por -las filtraciones del agua. Este resalto, que corría paralelamente a una -hendidura horizontal, se llamaba, según dijo el _Farestac_, el Pas de -la Rabosa. - -El marino encontraba muy cambiada la senda de la cala del Infern desde -que él había estado la última vez. - -Sin duda las aguas de lluvia habían ido deshaciendo y arrancando -grandes trozos de la arena y de la piedra calcárea, echándola al fondo -de la cala. - -El Pas de la Rabosa terminaba en la pared de la derecha, en una oquedad -profunda, de donde salía otra senda a trechos con escalones que subía a -la parte alta del acantilado. Esta senda se hallaba interrumpida por un -desmoronamiento que dejaba unos quince pies sin paso. - -Al llegar a la oquedad el Capitán se detuvo, y dirigiéndose a Thompson, -exclamó: - ---Amigo Thompson, ¿tiene usted buena memoria? - ---No; pero tengo un lápiz y un cuaderno que la substituye mal que bien. - ---Bueno. Vaya usted apuntando todo lo que necesitamos para dejar -accesible la subida. - -Thompson fué apuntando lo que le dijeron: garfios de hierro, varias -tablas, cuerdas, etc. - -Arreglaron durante la mañana la subida hasta el Pas de la Rabosa. -Después comieron. Habían llevado un hornillo de hierro, donde se guisó -y se hizo café. El vino lo echaban a un porrón de hoja de lata, y de -allí bebieron todos a chorro. - -Al comenzar la tarde hicieron una maniobra de importancia y de peligro. -Ataron con la cuerda por la cintura a Pascualet; tendieron después la -escalera de un lado del abismo al otro, sujetándola en una piedra lo -mejor posible, e hicieron que el muchacho atado pasara y afirmara la -escalera con grandes clavos por el otro lado. - -Hecho este puente, cruzaron todos por él. Primero pasaron el _Farestac_ -y el Capitán; después, Roque y Thompson. Les faltaba únicamente unos -cincuenta pies para llegar al borde superior de la cala del Infert; -pero esta subida no era difícil, porque había una buena senda. La -limpiaron quitándola hierbajos resbaladizos, y cuando comenzaba a -hacerse de noche salieron a lo alto del acantilado. - -Ahora también la campanita del convento derramaba sus notas de cristal -en la calma del crepúsculo... - -El _Farestac_ y el Capitán se acercaron al cementerio, mientras Roque y -Thompson quedaban en las esquinas de la tapia mirando a hurtadillas por -si llegaba alguien. - -El capitán escaló la tapia del camposanto, y el _Farestac_ le siguió. -Se acercaron saltando tumbas a una puerta en arco que comunicaba con el -jardín del convento. Esta puerta, pintada de verde, estaba cerrada con -cerrojo y llave. - -Por una rendija miraron y vieron a la superiora y a otra monja dando -instrucciones al jardinero. - ---Hay que limar la lengüeta de esta llave--dijo el Capitán--. Teniendo -abierto esto, la fuga es fácil... Abriremos la otra puerta del -cementerio que da hacia el mar, y en un minuto la novia de Urbina puede -estar en el Pas de la Rabosa. Vámonos, _Farestac_. Por hoy ha concluído -sus funciones la Sociedad de Raptos y Empresas peligrosas reunidas. - -Salieron el Capitán y el _Farestac_ del camposanto, y reunidos con los -otros dos y el chico, comenzaron casi a tientas la bajada por la senda -de la cala del Infern hasta llegar al mar. - ---Añada usted a lo que necesitamos--dijo el capitán a Thompson--un par -de limas buenas y una tranca. - ---Está bien. - - * * * * * - -Se embarcaron en la lancha. Llegaron al islote, y poco después la -_Sargantana_, como un tritón jovial y alegre que deja por primera vez -la férula de los maestros y de los padres, marchaba hacia Ondara con -las velas desplegadas. - - - - - XV - - EL RAPTO - - -INMEDIATAMENTE que llegaron a Ondara el Capitán y Thompson fueron a ver -a Urbina. Este les mostró una carta de la _Clavariesa_, en la que se -mostraba anhelante por dejar el convento y dispuesta a escaparse. - ---Bueno--dijo el Capitán--; puede usted escribir a su novia que pasado -mañana, a las siete de la tarde, el sábado, irá usted por ella. Dígale -usted que a esa hora en punto esté delante de la puerta del jardín -del convento que da al cementerio. Allí la esperaremos nosotros y -la llamaremos. La lengüeta de la puerta estará cortada. Que abra el -cerrojo y entre en el cementerio, y caerá en los brazos de su adorador. - -Urbina escribió la carta con estas instrucciones, la mandó con una -paloma desde el castillo y para la tarde tenía la contestación. - -La muchacha estaba con ansiedad esperando el momento de la fuga; se -colocaría a la hora de la cita delante de la puerta del jardín que -daba al cementerio y, al oír que la llamaban, descorrería el cerrojo y -pasaría. - ---Esta noche saldremos a nuestra expedición--dijo el Capitán--. ¿Ha -pedido usted su licencia? - ---Sí; Kitty se encarga de facilitármela. - ---Después del rapto, ¿volveremos a Ondara? - ---¿A usted que le parece?--preguntó Urbina. - ---Yo, como usted, si tuviéramos buen tiempo y buena mar, seguiría hasta -donde se pudiera. - ---Y usted, Capitán, ¿qué piensa hacer? - ---A mí no me importa dejar esto. - ---¿Y Thompson? - ---Thompson, si quiere, se puede quedar aquí. Pasaremos por delante de -Ondara: hay que traer el bote; en él puede volver. - -El viernes, por la tarde, Thompson y el Capitán mandaron llevar al -falucho todos los útiles necesarios para la expedición, y el Capitán -añadió su equipaje. - -Salieron a media noche remolcando una lancha plana; hacía poco viento -y tardaron dos horas largas en llegar a la ensenada de Monsant; a -la luz de las estrellas se acercaron al islote del Farallón, ataron -la _Sargantana_, dejaron al _Rabec_ con el _Dragó_ de guardia en el -peñasco solitario, y con la lancha se acercaron a la cala del Infern. - -El Capitán y Thompson subieron a lo alto del acantilado, saltaron la -tapia del cementerio y comenzaron a serrar la lengüeta de la cerradura -de la puerta que daba al jardín de las monjas. Para el amanecer habían -concluído su trabajo. De miedo que la puerta chirriase al abrirla -untaron sus goznes con aceite. - ---La Sociedad de Raptos y de Empresas peligrosas reunidas es una -Sociedad prudente--dijo el Capitán--; el dinero de los asegurados puede -estar tranquilo. - ---¿Qué capital social tenemos?--preguntó Thompson alegremente. - ---El que se robe. No nos queremos distinguir de las demás Sociedades. - -La puertecilla del cementerio que daba hacia el mar estaba podrida, y -de un empujón quedó abierta. - ---¿Hay que hacer algo más?--preguntó Thompson. - ---Nada, esperar. - -Terminados estos preparativos, Thompson y el Capitán se acercaron -gateando al borde de la cala del Infern y se tendieron en la hierba. - ---Creo que voy a pescar un magnífico reúma--dijo el Capitán, al echarse -en el suelo. - ---En cambio verá usted un amanecer espléndido--replicó Thompson. - ---¿Usted cree que compensa una cosa la otra? - ---Hombre, según la importancia que se le dé al reúma. - ---Y según la importancia que se dé a la contemplación del amanecer. - -Comenzaba la hora tímida e indecisa de la mañana. Thompson, que era -hombre de cierta cultura clásica, recordó los celebérrimos y conocidos -dedos de rosa de la Aurora y habló de Faetonte y de Tithon. - ---Ahora es la Aurora una muchacha púdica--dijo--, como una niña que -va a la primera comunión. No se atreve a mirarnos, lleva la cabellera -recogida y el cuerpo cubierto por su túnica blanca; dentro de poco será -como una bacante rubia, que nos envolverá con sus cabellos inflamados y -hará arder la tierra en rubíes y el mar en perlas y en diamantes. - ---Así la quiero yo: enérgica, antirreumática. - ---Destruye usted la poesía de las cosas, Capitán, con esos recuerdos de -tisanas y franelas. - ---Es que yo soy un hombre antipoético por excelencia. - ---No lo creo así. - -El Capitán se entretuvo entonces en desarrollar ante su amigo Thompson -el funcionamiento de la Sociedad de Raptos y Empresas peligrosas -reunidas, que había ideado. - ---Sabe usted lo que estoy pensando al oírle--dijo Thompson con seriedad. - ---¿Qué?--preguntó el Capitán. - ---Que tan fantástica es esa Sociedad como nuestros actos. Es usted una -sombra que está creando otra sombra. - ---¡Bah! Literatura, amigo Thompson. ¡Sueños! - ---Toda la vida es sueño, Capitán. Si en otro tiempo se hubieran -escrito nuestras aventuras, los eruditos de hoy supondrían que no -tenían realidad. - ---No sé por qué. - ---Lo supondrían. Y no crea usted que yo lo supongo igualmente. No. Yo -creo que somos hombres de carne y hueso--repuso Thompson. - ---Yo también--dijo el Capitán--. Más hueso que carne; pero, en fin, hay -algo de carne. - ---Eso lo dirá usted pensando en sí mismo, no en mí. - ---Sí, me había olvidado de su opulencia, Thompson. Siga usted con su -argumento. - ---Decía, que siendo nosotros hombres de carne y hueso ¡con qué -facilidad se nos convertiría en símbolos de un viejo mito! - ---No veo la facilidad. - ---Yo, sí. Figúrese usted los indicios que tendría el comentarista -al leer nuestra historia, para creer en un mito y en un mito solar: -primeramente, estamos en el solsticio del año; fíjese usted bien: ¡el -solsticio del año!; segundo, vamos a robar a una dama. Esta dama, -la _Clavariesa_, es una belleza, una gran belleza; por tanto, una -encarnación de Mithras, del sol, de Venus, del amor; el convento es -la noche, en que está guardada la luz; Urbina es Marte, enamorado de -Venus... - ---Un Marte muy tímido--dijo el Capitán. - ---El sacristán del convento es Vulcano. Usted ha dicho que es cojo. - ---Y lo repito. - ---El _Farestac_ es la naturaleza salvaje, que se pone a favor de los -enamorados. - ---¿La _Sargantana_? - ---La fuerza del mar. - --¿Y yo? - ---Usted será, probablemente, una encarnación de Mercurio, dios de los -comerciantes y de los ladrones, lleno de recursos para todo. - ---¡Gracias! - ---Pascualet y yo seríamos espíritus auxiliares de poca importancia. - ---¿Y Roque? - ---Roque, la fidelidad, que en vez de vestir de blanco y llevar una -llave y un perro, va vulgarmente de asistente en la vida de los -fenómenos. - ---No falta mas que el _Rabec_--dijo el Capitán. - ---El _Rabec_ es un servidor del Cerbero, del _Dragó_, de ese perro -de aguas que nos parece insignificante y que el comentarista daría -proporciones de dios infernal. Respecto a esta cala, que se encuentra -a nuestros pies, unos dirían que era la caverna de Ténare, con sus -fauces abiertas, por donde bajaron Hércules y Orfeo a los infiernos, -según Virgilio; otros, que el antro de la serpiente Python; pero el -comentarista filósofo y racionalista comprendería que esta cueva -simbolizaba la humedad y la lobreguez de la tierra cuando no ha sido -acariciada aún por los rayos del sol. Ahí tiene usted una pequeña trama -mitológica, en donde aparecen Venus, Marte, Mercurio, Vulcano, con -acompañamiento de fuerzas de mar y tierra. Vea usted, Capitán, cómo -nuestros cuerpos mortales pueden tomar las apariencias de un símbolo. - ---Descendamos, amigo Thompson, a las realidades de la vida--dijo el -Capitán--, porque esta bacante rubia de la Aurora empieza ya a molestar -un poco. - ---Descendamos a la cala del Infern--repuso Thompson... - -El Mediterráneo se extendía verde, cerca de la costa; más lejos, azul -intenso. El viento era vivo, y las olas, al romperse, llenaban de un -rebaño de corderos blancos la superficie del mar. - -El Capitán y Thompson volvieron al interior de la cala y ayudaron al -_Farestac_, a Roque y a Pascualet en el trabajo de dejar la bajada más -fácil. - -Urbina estaba en el colmo del asombro al verse metido en aquel rincón -fantástico. - -Almorzaron y comieron allá, y al caer de la tarde comenzaron los -últimos preparativos. Se hizo que Urbina subiera y bajara desde lo alto -del acantilado hasta el mar, para que se acostumbrara. - -Urbina y el Capitán se colocaron en el cementerio. Thompson estaría en -el Pas de la Rabosa con una antorcha, que encendería al ver llegar a -la _Clavariesa_; Roque y el _Farestac_, en las cuestas resbaladizas, y -Pascualet, al cuidado de la lancha. - -A las siete menos cuarto, el Capitán y Urbina salieron de la cala -gateando para que nadie les viera, y corriendo por el borde del -acantilado entraron en el cementerio. - -Urbina tenía un aspecto encogido y avergonzado. - ---Amigo Urbina--le dijo el Capitán--, hay que adoptar una postura -gallarda. La naturalidad y el encogimiento modesto no se han hecho -para los héroes. Recuerde usted a Napoleón, que tomaba lecciones de -prestancia de Talma. - -Urbina sonrió. - -Cruzaron los dos el cementerio y se acercaron a la puerta que daba al -jardín de las monjas. - -Miraron por una rendija. - ---Se acerca ella--dijo Urbina de pronto, con el corazón palpitante. - ---Háblela usted--murmuró el Capitán. - ---Cuando venga. - ---Ande usted. No vaya a creer que no hay nadie. - ---¿Estás ahí?--preguntó Urbina con voz ahogada. - ---Aquí estoy. - ---Pregúntele usted si no la observan. - ---¿Hay alguna monja en el huerto? - ---Ahora, sí. Espera un instante. - -Esperaron unos minutos. - ---Ya no hay nadie. ¿Abro? - ---Sí. - -La _Clavariesa_ descorrió el cerrojo y empujó la puerta, cuyos viejos -y enmohecidos goznes chirriaron, y la muchacha pasó al cementerio. La -_Clavariesa_ dió la mano a Urbina, que no se atrevió a besarla. - -El Capitán sujetó la puerta con una tranca. - ---¡Adelante!--dijo--. Ya sabe usted el camino. - -La _Clavariesa_ y Urbina salieron del cementerio. El Capitán miró por -el resquicio de la puerta. No aparecía nadie en el jardín del convento. - -Cerciorado de la tranquilidad que había, corrió por el cementerio, se -deslizó a gatas por el talud y entró en la cala del Infern. - ---La Sociedad de Raptos y Empresas peligrosas reunidas es una Sociedad -prudente--dijo en voz alta--, y el dinero de los asegurados se halla en -buenas manos. - ---¿Estamos ya?--preguntó Thompson. - ---Sí. - -El inglés encendió su antorcha. - -La _Clavariesa_, muy dueña de sí misma, comenzó a bajar la senda y -cruzó el Pas de la Rabosa riendo. Urbina, con la emoción y el vértigo, -vacilaba y tuvo el Capitán que sostenerle. - ---¡Animo!--le dijo éste--; un momento de esfuerzo. Hay que dominar los -nervios rebeldes. No vaya usted a estropearnos los dividendos de la -Sociedad. - -Urbina se rehizo y siguió bajando el sendero hasta el mar. -Afortunadamente para él, estaba obscuro y su novia no pudo notar su -turbación. - -Al llegar al bote se dejó sitio a Urbina y a la _Clavariesa_ en la -popa, y los demás quedaron reunidos a proa. - ---¿Qué, no salimos?--preguntó la muchacha alegremente. - ---Esperamos a que sea de noche completa para que no nos vean. - -Serían las nueve cuando la lancha se deslizó por la hendidura de piedra -de la cala del Infern y se dirigió al islote del Farallón. - -Urbina había consultado con su novia si volver a Ondara o seguir -adelante, y ésta fué partidaria de seguir adelante. - -Entraron todos en la _Sargantana_ y ataron el bote a popa. - -Hacía viento y las olas venían erizadas de espuma. La gran vela -latina del barco se extendió en el aire y blanqueó pálidamente en la -obscuridad; después se largó el foque. La _Sargantana_ se acercó a una -milla de Ondara. - -Se veía en el ambiente de la noche estrellada la vaga silueta del -castillo y algunas luces que brillaban aquí y allá en el pueblo. - ---Bueno, Roque y yo nos vamos en la lancha--dijo Thompson. - -Thompson abrazó al Capitán y a Urbina, y estrechó la mano de la -_Clavariesa_; Roque se despidió emocionado del teniente y bajó al bote. -La barca estuvo un momento inmóvil; Thompson y el soldado comenzaron a -remar. Cuando volvieron la cabeza hacia atrás, la _Sargantana_ había -desaparecido... - - * * * * * - -A la hora en que la luz de la mañana comienza a filtrarse por entre las -nubes; a la hora en que palidece Venus y lanza sus últimos destellos -Syrio; a la hora en que las brumas se evaporan y aparece el mar azul -con sus meandros de espuma, bajo la gran claridad gloriosa del sol; -a la hora en que se abren las puertas del día y Faetonte galopa -arrastrando el carro de la Aurora por el incendio del cielo, comenzaron -a tocar a rebato las campanas de Monsant. - -Algo grave ocurría a las buenas hermanas para producir tanta alarma. - -Las gaviotas que hacían su primer viaje de exploración por entre las -rocas quedaron sorprendidas de este campaneo insólito; las palomas que -revoloteaban alrededor del convento se alejaron en son de protesta; -las golondrinas y los vencejos chillaron más; el mismo islote del -Farallón pareció asomar su lomo puntiagudo como un delfín sobre las -aguas preguntándose la causa de este alboroto. - -Poco después, desde lejos, se vió entrar en el cementerio unas siluetas -negras, las de varias monjas, dirigidas por la superiora de la -Comunidad. Fueron de aquí para allá mirándolo todo; luego se acercaron -a la cala del Infern y huyeron de ella rápidamente, haciéndose cruces... - -Y, mientrastanto, las campanas de Monsant seguían tocando a rebato -desesperadamente... - - - - - EPÍLOGO - - _«Málaga, julio de 1827._ - -SEÑOR don Eugenio de Aviraneta.--En Veracruz. - -Mi querido Capitán: He recibido su carta con los informes comerciales -que le pedí acerca de esa plaza. Muchas gracias por su diligencia -y amabilidad. De nuestros amigos de Ondara no le puedo dar buenas -noticias. El médico don Jesús, que está ahora aquí, me ha hablado de -ellos. - -El comandante don Santos, el que usted suponía, y con motivo, que -era un agente del Angel Exterminador, preparó un lazo contra nuestra -amiga Kitty y Eguaguirre, e hizo que el coronel los sorprendiera en el -mirador del castillo: a él, estrechando por la cintura a Kitty; a ella, -con la cabeza apoyada en el hombro del teniente. La escena debió de ser -terrible; al coronel, que ya estaba predispuesto a la apoplejía, le dió -un ataque, y quedó baldado y paralítico. - -Todo el mundo se enteró en Ondara de lo ocurrido, y el escándalo en el -pueblo fué sonado. Figúrese usted la alegría de las gentes que se creen -virtuosas porque van a la iglesia, al saber la deshonra efectiva de la -coronela. Kitty ha estado cuidando a su marido. ¿Y sabe usted lo que ha -hecho Eguaguirre? Ha pedido el traslado y se ha marchado a Barcelona, -donde anda de garito en garito. Tras de la muerte del coronel, Kitty, -sola, abandonada, influída por los curas de Ondara, ha entrado en el -convento de Monsant. - -Este Eguaguirre, que siempre me fué odioso por su egoísmo y por su -brutalidad, ha deshonrado, ha abandonado a nuestra pobre Kitty, tan -ingenua, tan cariñosa, tan buena. - -¿Se marchitará en la soledad, en ese suicidio lento del claustro, esta -mujer tan digna de ser feliz? Yo espero que no. - -Es de usted muy amigo, _J. H. Thompson_.» - - * * * * * - - «_Ondara, diciembre de 1827._ - -Señor don Eugenio de Aviraneta.--En Nueva Orléans. - -Querido Capitán: Le escribo a usted desde este pueblo, que tiene para -mí profundos recuerdos desde la época en que fundamos la Sociedad de -Raptos y Empresas peligrosas reunidas. - -En el tiempo que he estado aquí me han contado muchas cosas, y todas -tristes. Kitty me dicen que se encuentra enferma en el convento de -Monsant; parece que está dando pruebas de santidad. No se la puede -visitar. - -La pareja Clavariesa-Urbina vive en Valencia, y no son tampoco muy -felices. La _Clavariesa_ domina a su marido; le trae, le lleva, le -reprocha que es pobre. Las observaciones acerca de la teoría analítica -de las probabilidades de Laplace, de mi pobre amigo, se van a quedar -en el tintero. De las dos parejas que tanto nos interesaban en Ondara: -Kitty-Eguaguirre y Clavariesa-Urbina, las dos han terminado mal; en las -dos ha caído lo peor y lo más bueno. - -Como dice el refrán español: «Siempre se quiebra la cuerda por lo más -delgado». ¿Conoce usted las _Afinidades electivas_, de Goethe? Formulo -la pregunta tontamente. Ya sé que no quiere usted nada con el astro de -Weimar. - -¿Sabe usted que he visto al _Farestac_ y me ha preguntado por usted? -Tiene un recuerdo de nosotros extraordinario. Me ha dicho que si -estuviera usted cerca iría a reunirse con usted. Sigue tan salvaje como -antes. - -La verdad es que cuando vive uno en un mundo tan bestial como el -nuestro dan ganas de marcharse a una isla como la del Farallón, y no -tener más amigos que los delfines y los atunes. - -A pesar de estos lamentos pasajeros, ya sabe usted que soy un optimista -rival del doctor Pangloss, y que pienso persistir en mi optimismo. - -Su amigo cariñoso, _J. H. Thompson_.» - - * * * * * - - «_Ondara, mayo de 1831._ - -Señor don Eugenio de Aviraneta.--En Bayona. - -Mi querido Capitán: Siento mucho que no pueda usted entrar en España -todavía, y que tenga usted que estar constantemente detenido ahí. Hoy -he cumplido mi piadosa misión de visitar la tumba de Kitty. He ido al -convento de Monsant; he hablado con la superiora, una vieja escuálida -y apergaminada, a quien he dicho ser hermano de Kitty, y la he pedido -permiso para adornar con flores el trozo de tierra donde está enterrada -nuestra amiga. - -Al entrar en aquel cementerio abandonado, al ver el mar azul y el -islote del Farallón, que brota de las aguas; al llegar al pie de la -tumba, donde duerme eternamente nuestra pobre Kitty, he llorado como un -niño. - -Me perseguía el sacristán, y, para quedarme solo, he salido del -camposanto y, en aquel talud que baja a la cala del Infern, me he -sentado sobre una piedra a entregarme a mis pensamientos. - -De todos mis recuerdos relacionados con Ondara, el más fuerte en -aquel momento era el de una tarde en que estuvimos usted y yo en el -mirador del castillo. Hacía calor. Usted hablaba con Eguaguirre; Kitty, -conmigo; ustedes discutían de política; nosotros charlábamos acerca de -nuestras preferencias poéticas. - -Kitty recitó entonces la canción del _Mignon_, de Goethe, que tanto le -gustaba: - - «¿Conoces tú el país donde maduran los limoneros y en el - follaje sombrío brilla la naranja de oro?» - -Tal sentimiento puso en su canción, que, al terminarla, tenía los ojos -llenos de lágrimas. - ---Se emociona usted mucho--la dije. - ---Sí. Esta canción, en la que no se habla de nada triste--me -contestó--, me parece impregnada de la idea de la muerte, del -acabamiento. Al recordarla pienso dónde estaré enterrada cuando muera. - ---¿Y en dónde quisiera usted estar enterrada?--dije yo, echando la -pregunta a broma. - ---Ahí, en Monsant--me contestó--, al lado del mar, en una tierra -inundada de sol. - -Ya lo está. - -¡Dolor! ¡Dolor de morir! ¡Dolor de vivir! - - * * * * * - -Al volver a Ondara me he sentado en una piedra, en la Volta del -Rosignol, y he tratado de llevar el orden y el reposo a mi pobre cabeza -perturbada. - -No lo he podido conseguir. - - «¿Conoces tú el país donde maduran los limoneros y en el - follaje sombrío brilla la naranja de oro?» «¿Conoces tú la - montaña y su sendero brumoso?» - -Estos recuerdos de la canción de _Mignon_ han ido sumiéndome, durante -largo rato, en ideaciones vagas, informes, de una desoladora tristeza, -en deseos de languidez y de muerte. - -He seguido como un autómata el camino, hasta llegar a Alba, y me he -parado a descansar a la sombra de un pequeño cementerio, algo retirado -de la carretera, sobre un altozano árido y pedregoso. - -He mirado hacia dentro. En el camposanto, abandonado, las ortigas, las -cicutas, las digitales y las zarzas crecían con una fuerza salvaje. Ni -una lápida, ni una corona había resistido el impulso avasallador de la -flora parásita, bien abonada con los detritos humanos; sólo algunas -cruces de madera podrida se levantaban entre la masa espesa de los -hierbajos; un pájaro de pecho rojo y cola larga saltaba sobre una de -estas cruces y piaba dulcemente... - -Al oírle, me he acordado de otra mañana suave, brumosa, del país vasco, -en que estuve oyendo los gorjeos de un ruiseñor. - -Era cerca de Hasparren, un pueblo vascofrancés. Había estado más de -una hora, y hubiera estado la vida entera, como los encantados de las -historias infantiles, oyendo al ruiseñor, cuando las campanas de la -iglesia comenzaron a tocar, y el mágico cantor huyó. Entonces entré en -el pueblo a buscar una posada, y al mirar a la iglesia con cierto odio, -porque sus campanas habían interrumpido la serenata del ruiseñor, vi en -la torre escrita esta sentencia: _Ut fugitur umbra sic vita_ (Como huye -la sombra, así es la vida). - -Aquel terrible apotegma me hizo el efecto de un golpe de maza. - -Hoy se me ha venido a la imaginación contemplando el cementerio -abandonado de Alba, y al pájaro, que cantaba sobre un trozo de madera -podrida. Luego esta sentencia se ha convertido en un pesado estribillo -de mi cerebro. Y en el pueblo, y después en el barco, antes de llegar -y después de llegar a Ondara, mi espíritu no tenía mas que el mismo -comentario para lo que iba viendo y para lo que iba oyendo: _Ut fugitur -umbra sic vita_ (La vida huye como una sombra). - -¡Adiós, amigo mío!--_J. H. Thompson_.» - - - - - EL VIAJE SIN OBJETO - - - - - PRÓLOGO - - -UNOS días después del rapto de la _Clavariesa_ estábamos charlando -en aquel espléndido mirador del castillo de Ondara, cuando Kitty, la -coronela, me preguntó si había escrito alguna relación de mis aventuras -desde que salí de Londres. - ---Tengo varias notas--la dije--, pero dispersas y sin orden. - ---¿Por qué no las ordena usted?--me preguntó ella. - ---¿Con qué objeto? - ---Para leérmelas a mí. - ---Si usted lo desea, lo haré; pero le advierto que es muy probable que -tenga usted un desencanto. En mis andanzas no me han ocurrido grandes -cosas. - ---No importa. Cualquier relato, aderezado con un poco de imaginación, -puede ser interesante. - ---¡Ah! ya lo creo; pero es que yo no tengo imaginación. - ---Se quiere usted excusar, Thompson. - ---No, no. Créame usted. Lo único que quiero es prepararle a usted para -que no sufra un pequeño chasco. - ---No lo sufriré. Esté usted tranquilo. Sus impresiones serán para mí -siempre interesantes. - ---¡Oh! ¡Bondad!--exclamé yo--. ¿Por qué no guardaría entre mis papeles -unos parlamentos inéditos de Calderón, unos diálogos de Shakespeare, -unas baladas de Burns o unas páginas desconocidas de Mozart para -traérselas a usted? - ---No tanta modestia, Thompson. Se quiere usted escabullir. - ---No, señora. Cuando ordene mis papeles, aquí estoy. - ---¿Da usted su palabra? - ---Sí. - -Me marché a la fonda de la Marina y comencé el arreglo de mis notas. -No era fácil, ni mucho menos. A veces, yo mismo no sabía lo que había -querido decir. Cuando concluí una parte de mi trabajo, con un gran -paquete de papeles, fuí a ver a mi amiga Kitty. - ---_El viaje sin objeto_--leí en la primera página, con la voz velada -por la emoción. - ---¿Lo llama usted así?--me preguntó ella. - ---Sí; pero si lo encuentra usted mal, lo borro. - ---No, no; me parece bien. ¿Le habrá dado usted este título significando -que ha hecho usted ese viaje a la buena ventura? - ---Sí; eso es. Hubiera sido, quizá, más exacto llamarle «Viaje sin -objeto ni fin»; pero no he querido recalcar demasiado. ¿Sigo adelante? - ---Sí; siga usted... - - * * * * * - -Realmente, este _Viaje sin objeto_ es posible que sea una tontería, -porque está escrito sin pies ni cabeza, de una manera confusa y -desordenada. - -El señor Leguía, primer compilador de las _Memorias de un hombre de -acción_, tuvo que suprimir del _Viaje sin objeto_ una porción de -digresiones: itinerarios de caminos, clasificaciones botánicas, recetas -de cocina, reflexiones religiosas, y otras bagatelas que no venían a -cuento. - -Thompson tenía el vicio de expandirse, de dispersarse en el comentario; -por otra parte, quería ser muy exacto. A la manera de Jorge Borrow, -Ricardo Fox y otros viajeros ingleses, se propuso escribir un viaje -con gran minuciosidad y lleno de detalles; pero como hombre perezoso -y olvidadizo, dejaba muchas de sus ideas en embrión, y únicamente -expresaba en un título lo que hubiera querido hacer. - -En la gran hojarasca de cuestiones sin tratar y de reflexiones -inoportunas que apuntó Thompson, entró Leguía a saco, cortando y -rajando. - -Después de la poda de Leguía, el editor actual ha tenido que hacer -nuevos cortes en el manuscrito, para dar al _Viaje sin objeto_ cierta -proporción de obra de arquitectura, o, por lo menos, de albañilería -modesta. - -Ciertamente, Thompson no era un académico, ni un clásico, y es posible -que las tragedias de Racine le parecieran grandes monumentos de cartón -piedra. - -También hay que reconocer que Thompson no se mostraba siempre hombre -serio y razonable, y que muchas veces parecía no comprender la -diferencia entre lo trascendental y lo fútil. - -Lo único que se puede decir en su descargo es que Thompson no aspiró -nunca a terminar su _Viaje sin objeto_ en el Parnaso, porque, de ser -así, hubiera sido el suyo un viaje con objeto, y él creía que en el -segmento de nuestra limitada vida nada tiene objeto ni fin. - - - - - PRIMERA PARTE - - UNA VIDA INSIGNIFICANTE - - - - - I - - EL VIAJERO Y SU CANCIÓN - - -YO soy un hombre que ha salido de su casa por el camino, sin objeto, -sin saber por qué, con la chaqueta al hombro, al amanecer, cuando los -gallos lanzan al aire su cacareo estridente, como un grito de guerra, y -las alondras levantan su vuelo sobre los sembrados. - -De día y de noche, con el sol de agosto y con el viento helado de -diciembre, he seguido mi ruta, al azar: unas veces, asustado ante -peligros quiméricos; otras, sereno ante realidades peligrosas. - -Para entretener mi soledad he ido cantando, silbando, tarareando -canciones alegres y tristes, según el humor y el reflejo del ambiente -en mi espíritu. - -A veces, al pasar por delante de una casa del camino, cantaba más alto, -gritaba, quizá con jactancia, queriendo ser escuchado. - -Alguna ventana se abrirá--pensaba--y aparecerá un rostro simpático y -jovial. - -No se abría ninguna ventana, no salía nadie; yo insistía cándidamente, -y al insistir iban brotando de aquí y de allá caras torvas, miradas -hostiles, gente en guardia, que apretaba el garrote entre las manos -huesudas. - -Quizá les he ofendido--discurría yo--. Esta gente no quiere nada -conmigo, y seguía mi marcha, al azar, con la chaqueta al hombro, sin -objeto, sin saber por qué, cantando, tarareando y silbando... - -Durante mucho tiempo, esta soledad, el graznido de las lechuzas, el -aullido de los lobos, me llenaban de angustia y de inquietud. Entonces -intentaba acercarme a la ciudad; pero al querer entrar en ella me -paraban en la puerta, y me ponían como condición, para pasar, el dejar -a la entrada unos sueños gratos, más gratos que la vida misma. - -No, no; prefiero volver al camino--murmuraba--; y seguía marchando -con la chaqueta al hombro, al azar, sin objeto, sin saber por qué, -cantando, silbando y tarareando, estremeciéndome con los rumores del -campo, con el ruido del agua en el arroyo y el cantar agorero de las -cornejas. - -Después, poco a poco, me dejaron entrar en la ciudad sin condiciones; -pero dentro de las calles me sentí ahogado, estrechado, sin poder -respirar, y volví de nuevo al campo... - -Hoy, algún camarada me dice: - -«Descansa aquí. ¿Por qué no vivir entre las gentes? Hay remansos -tranquilos, hay rincones donde no se miran unos a otros con faz torva y -amenazadora.» - -Amigo--respondo yo--, yo soy un hombre de paso, algo que se mueve y no -arraiga, una partícula de aire en el viento, una gota de agua en el mar. - -Ahora me sucede como al viajero que ha creído marchar a la casualidad -por el fondo de los barrancos, y al llegar a una altura, al ver el -camino recorrido, comprende que, a pesar de sus desviaciones y de sus -curvas, llevaba instintivamente un plan. - -Ahora, en el río confuso de las cosas que pasan eternamente, siempre -cambiando y buscando su fórmula definitiva (el werden hegeliano), veo -mi existencia como una cosa que ha sido y que ha llegado a su devenir. - -Ahora, la soledad no me entristece, ni me asustan los murmullos -misteriosos del campo, ni el graznido de las cornejas. Ahora conozco el -árbol en que cantan los ruiseñores, y la estrella que lanza su mirada -confidencial en la noche. Ya encuentro suaves las inclemencias del -tiempo y admirables las horas silenciosas del crepúsculo, en que una -columna de humo se levanta en el horizonte. - -Y así sigo, con la chaqueta al hombro, por este camino que yo no he -elegido, cantando, silbando, tarareando. - -Y cuando el Destino quiera interrumpirlo, que lo interrumpa; yo, aunque -pudiera protestar, no protestaría... - - * * * * * - -Este preámbulo, que parece que quiere ser alegórico, puso J. H. -Thompson a su _Viaje sin objeto_. Su única legitimación para estar aquí -es que es tan sin objeto como todo el libro. - - - - - II - - DISECACIÓN Y FARMACIA - - -ENTRE el gran número de Thompsons que ha producido Inglaterra, yo soy -uno de ellos. - -Mi padre era disecador de animales y tenía su casa y su taller en -Gray's-Inn-Lane, una callejuela que sale a Holborn Street. - -El sitio, aunque céntrico, es poco frecuentado por gente rica, y -mi padre solía exponer sus ejemplares disecados en la mitad de un -escaparate que le cedía un frenólogo de Holborn Street, el señor -Fitzhamer, por veinte libras esterlinas al año. - -A nuestra casa, bastante sombría y negra, apenas le daba el sol algunos -días de verano. Teníamos una ama de gobierno, la señora Webster; pero -esta señora llegó a adquirir tanta confianza con nosotros, que no nos -hacía caso. - -Además, como decía una amiga suya suspirando, la señora Webster tenía -la desgracia de beber. Esta amiga quería dar a entender que el tomar la -costumbre de ir a la taberna era como padecer el tifus o la viruela. - -La señora Webster había perdido la moral doméstica y le parecían -accidentes insignificantes y que no afectaban a su honor de ama de -llaves el que la carne estuviese quemada o las patatas crudas. - -Mi padre no se quejaba. Era un tanto estoico. En sus buenos tiempos -había vivido con holgura y ganado mucho dinero; después fué cayendo, y -cayendo, hasta arruinarse. - -Mi padre fué el Rey Lear de los disecadores, un Rey Lear sin Cordelia. -Las Cordelias no abundan en el mundo. Mi padre trabajó con afán por -conseguir la elevación de sus hijos, y, efectivamente, los elevó y -ellos le olvidaron. - -Yo era el hijo más pequeño. Mis hermanos mayores se colocaron bien; mis -hermanas llevaron dote al matrimonio; mi padre, que había dado todo su -dinero a sus hijos, se quedó, el pobre hombre, sin un penique. - -Mi padre se hallaba dispuesto a seguir arruinándose conmigo y llegar a -la mayor miseria. - -Yo le recuerdo ya viejo. Era alto, robusto, con el pelo muy blanco y la -cara sonrosada. - -No he conocido a mi madre, que murió cuando yo tenía pocos meses. - -Desde la más remota infancia estoy acostumbrado a contemplar la ruina -como un estado natural de mi casa. Mi padre me puso en un colegio rico -hasta que no pudo pagar más, y entonces me sacó de allí con el pretexto -de que nos marchábamos de Londres. - -Mientras estuve en el colegio, desde los diez a los catorce años, al -volver a mi casa me encontraba invariablemente en las vacaciones con -algo menos. - -En la extrema necesidad, mi padre tenía que recurrir a empeñar y a -vender los mejores modelos de sus animales disecados, y yo vi salir de -nuestra casa leones, tigres y serpientes, ejemplares magníficos de piel -fina, brillante y sin zurcidos, y quedarse sólo en el taller los zorros -calvos, los flamencos desplumados y los buhos sin ojos. - ---¡Cuántas veces he pedido inspiración a un caimán disecado o a un -buitre sin plumas para resolver el problema de la familia! - -Yo tenía que elegir una manera de vivir. Mi padre no quería que me -dedicase al arte de disecar. Suponía que este oficio estaba en baja y -me hablaba mal de él. Así perdí yo la moral del disecador. - -Mi padre tenía varios amigos que no le abandonaban en su desgracia: -uno de ellos era Fitzhamer, el frenólogo; otro, un disecador, el -señor Sammerson, personaje alto, grande, pomposo, irreprochable en el -vestir y adornado constantemente con un gran paraguas; y, por último, -un empleado de Fitzhamer, el joven Cheene, hombre delgadito, fino e -inteligente, que se dedicaba a armar esqueletos para los estudiantes de -Anatomía. - -Se discutió entre todos la profesión que debía seguir, y la opinión de -los tres consultados fué que lo mejor sería que mi padre me llevara a -la farmacia de un cuñado suyo y tío mío farmacéutico, llamado Samuel -Cox. - -Mi padre tenía viejos resentimientos con su cuñado Samuel; pero viendo -que era la única solución para mí, le habló a mi tío, y yo entré de -practicante en la botica. - -Entonces mi padre deshizo su casa y su taller y entró de director en el -establecimiento de Sammerson. - -Yo estuve en la botica de Cox cerca de tres años, y salí no por mi -culpa. - -Mi tío Samuel era un solterón empedernido que vivía asistido por una -viuda, mistress Blount. - -La tal señora tenía un hijo que estudiaba Farmacia fuera de Londres. -Era esta viuda una mujer de unos cincuenta años, ceñuda, mandona, con -anteojos y una papalina blanca. - -Mi tío Samuel le tenía miedo y la esquivaba con mucho arte. Mi tío era -hombre de gran sagacidad, tan diplomático como Talleyrand y casi tan -egoísta. A fuerza de egoísmo se había hecho un completo poltrón, y las -recriminaciones le molestaban horriblemente. - -Mi tío Samuel y yo nos hicimos pronto amigos. Al principio me trató -como a su dependiente, pero luego se convirtió en un camarada. - -Así, mi infancia se ha deslizado parte en el taller de disecar y parte -en la botica de mi tío. He vivido al lado de una fauna y de una flora -exótica, en una fauna y una flora muerta y conservada. - -En mi niñez he puesto mi hamaca entre los leones, las panteras y los -cocodrilos disecados; en mi adolescencia he recogido el maná como los -israelitas, el _sperma coeti_ como los balleneros y la canela de Cylán -como los vedas y los cingaleses. - -Soy un hombre exótico, oriental y occidental, polar y ecuatorial. Soy -un planetario. - -Los tres años de farmacia se interrumpieron con la llegada del hijo -de mistress Blount. Entonces hubo una serie constante de riñas, de -amenazas entre la viuda, su hijo y mi tío. - -Un día supe con asombro que éste dejaba la botica. La viuda le había -puesto como condición, o casarse con ella o dejar la farmacia. -Mistress Blount tenía cartas en donde el tío Samuel le daba palabra de -casamiento. - -Mi tío no vaciló en aceptar la cesación de la botica y se alejó del -barrio de Soho para siempre. - ---Tú te vienes por ahora conmigo--me dijo. Y, efectivamente, yo, armado -de unos cuantos bártulos, me marché a su casa. - - - - - III - - LOS LIBROS DE MI TÍO - - -A pesar de ser hijo de viejo, mi padre contaba más de sesenta años -cuando yo nací, soy hombre fuerte y de gran vigor. - -Según Fitzhamer, el frenólogo, que nos cedía la mitad de su -escaparate, donde exponíamos nuestros ejemplares disecados por veinte -libras esterlinas al año, mis facultades más desarrolladas son la -adquisividad, la habitabilidad y la religiosidad. La vida no ha -destacado en mí estas condiciones pronosticadas por su frenologidad. Es -posible que la culpa sea mía. - -No sé a punto fijo cuáles son las condiciones íntimas de mi carácter, -como no lo sabe nadie o casi nadie. La divisa délfica de conócete a -ti mismo no ha fructificado en mí. Respecto a los orígenes de mis -conocimientos, son el colegio, el taller de mi padre y la botica de mi -tío. En el colegio adquirí rudimentos clásicos; llegué al latín y un -poco al griego; en el taller de mi padre aprendí a disecar y algunas -nociones de zoología, y en la botica de mi tío comencé el estudio de la -química y de la botánica y abrí las obras de los grandes filósofos. - -El tío Samuel se contaba entre los mejores bibliófilos de Londres. -Reunía libros y colecciones de estampas con una gran perseverancia. -Mientras estuve yo en la botica solía verle llegar todos los días con -paquetes de libros y rollos de papel. - -Si se le hablaba del cliente que había venido por la triaca magna o por -el aceite de escorpión, todavía en aquel tiempo se usaban estas cosas, -escuchaba, al parecer, muy atentamente; pero la verdad era que no hacía -caso. - -Cuando abandonamos la botica él y yo, fuimos a vivir a una estrecha -callejuela que comunicaba por un arco con la plaza llamada -Lincoln's-Inn-Fields. La casa era un edificio negro y alto, que tenía -delante un jardinillo desolado. Difícil hubiera sido encontrar una -vivienda que tuviera un aire más triste. El humo y la niebla habían -dejado sus paredes negras, los cristales de las ventanas empañados. En -el último piso tenía sus habitaciones mi tío. Estaban éstas llenas de -libros y de papeles. - -Los libros constituían allí una vegetación parásita; asomaban por -encima de los armarios, por debajo de las sillas y de las mesas. - -Todos los días mi tío solía hacer compras, y yo le acompañaba. Ibamos -a los baratillos, a las ferias, a las casas particulares. Mi tío tenía -alquilados varios cuartos pequeños en distintos barrios de la ciudad, -donde depositaba sus compras. - -Yo, al ver estos rincones abarrotados de libros y papeles, le pregunté -qué quería hacer con tanto libro y tanta estampa, si quería venderlos o -regalarlos al Museo Británico; después, cuando comencé a tomarle gusto -a la caza del libro y de la estampa, comprendí que la bibliofilia y -la estampofilia, como todas las chifladuras humanas que amenizan la -existencia, tienen su fin en sí mismas. Mi tío pasaba por coleccionista -humilde, y si alguien le preguntaba si compraba libros, decía que no, -que sus medios no se lo permitían. - -Ciertamente no era mi tío un bibliófilo bastante rico e ilustre para -pertenecer al Roxburg-Club de Londres; pero algunos de los individuos -de esta Sociedad le conocían y le habían invitado más de una vez al -banquete anual que celebraban en la taberna de Old-Saint-Albans, -invitación que mi tío Samuel aceptaba, porque además de bibliófilo era -un gastrónomo consumado. - -A mi tío lo encontraba siempre en tratos y cabildeos con toda clase -de libreros, anticuarios, traperos, comerciantes de papel viejo y -encuadernadores. Uno de los hombres con quien tenía más negocios -pendientes era un comerciante de papel llamado Tick, dueño de una -tienda de White Hart Sreet, callejuela próxima a Drury Lane. Tick, hijo -de un judío alemán y de una irlandesa, era un viejo alto, de barba -cana, con los ojos azules y la expresión sonriente. En su tienda era -difícil entrar, por lo estrecha y negra. En la muestra apenas podía -leerse: - - ABRAHAM TICK - - COMERCIO DE PAPEL AL POR MAYOR Y AL DETALLE - -De la tienda se pasaba a un pequeño patio atestado de papeles viejos. - -Abraham Tick tenía un hijo de mi edad, William, muchacho fuerte y -guapo, con los ojos negros, las cejas rubias y el pelo negro. - -Según el frenólogo Fitzhamer, hay que desconfiar de las personas cuyos -cabellos y cejas son de un color diferente. No sé si en todos los -casos; pero, al menos, en aquél, Fitzhamer tenía razón. - -William Tick, a quien todos llamábamos Will Tick, se hizo muy amigo -mío; mejor dicho, yo me hice amigo suyo, porque al poco tiempo de -conocerle estaba sometido a su influencia. - - - - - IV - - LA CASA DE ISRAELS Y PIPER - - -COMO mi tío Samuel vió que yo tenía afición a los libros, creyó debía -perfeccionarme en la bibliografía, y me llevó de dependiente a la casa -de Israels y Piper, de Chancery Lane. - -Chancery Lane es una callejuela que baja de Holborn a Fleet Street. -Como muchas de Londres, tiene una especialidad; es una calle de gente -de toga, de librerías de Derecho y banqueros. - -Entonces, supongo que ahora seguirá lo mismo, Chancery Lane estaba -formada por casas altas, de ladrillo, ennegrecidas por el tiempo, la -bruma y el humo, y acariciadas muy de tarde en tarde por los rayos de -un sol traducido al inglés. - -Los colores de esta calle, la gradación de matices de sus paredes de -ladrillo, los encontraba yo muy agradables a la vista; tenían en tonos -obscuros las variaciones irisadas del coral y del nácar. - -Las casas de Chancery Lane eran tan indiferentes y tan hostiles como -las demás londinenses, y un poco más: presentaban al transeúnte puertas -bien cerradas y claveteadas, verjas llenas de pinchos, rejas tupidas; -eran estas casas de leguleyos de lo más inhospitalarias, de lo más -fundamentalmente británicas que pueden ser unas casas, unas puertas y -unas rejas. - -Próxima a la salida de Chancery Lane a Lincoln's-Inn-Fields, y casi -enfrente de Cursitor Street, se hallaba la librería de Israels y Piper. -Tenía en la puerta, sobre la pared roja de la casa, este letrero, medio -borrado por las lluvias: - - ISRAELS & PIPER, LIMITED - - EDITORES DE OBRAS DE HISTORIA, FILOSOFÍA - Y GENEALOGÍA - -La librería de Israel y Piper tenía un escaparate pequeño, una tienda -reducida y casi siempre desierta, y después, un pasillo larguísimo. - -Cualquiera hubiese pensado que aquel establecimiento no tenía apenas -importancia; pero a medida que se penetraba en él, se iba haciendo -mayor y mostrando sus grandes galerías de catacumba. - -Por un lado daba el establecimiento de Israels y Piper al jardín de -Lincoln's-Inn-Fields, donde se hallaba instalada la imprenta. - -Los depósitos de la casa eran inmensos; los libros formaban calles y -más calles, y de trecho en trecho, por encima de estas calles, había -puentes de tablas y más libros encima. - -A algunos pasos de la tienda había una puerta que daba a un gran patio -enlosado y cubierto de cristales, y a todas horas estaban allí los -empleados embalando libros en cajas, que luego se cargaban en carros, y -a todas horas entraban los mozos de la imprenta, llevando montones de -papel en rama en la cabeza. - -De los dueños, Israels era un judío de unos sesenta años, de ojos -claros, nariz cortante y perilla blanca. Tenía una amabilidad excesiva -y una mirada burlona. - -El señor Piper era un buen inglés, de cabeza cuadrada, con cara de -perro dogo y aire malhumorado. - -El empleo en casa de Israels y Piper no me sedujo. Teníamos Will Tick y -yo un despacho cerca del patio, en un subterráneo muy húmedo y sombrío, -donde trabajábamos constantemente; y este vivir de topo, siempre con -luz artificial, en sitio negro y húmedo, me molestaba mucho. - -Will Tick se las arreglaba para no trabajar, y me puso al corriente de -sus mañas. - -La casa de Israels y Piper tenía grandes curiosidades: se guardaban -las prensas que se habían usado en la casa desde su fundación, los -originales de las obras publicadas y un gran archivo con ejecutorias y -manuscritos heráldicos. - -Para preservar estos tesoros de las ratas había cuatro perros -repulsivos y una docena de gatos feroces. - -Los perros enseñaban los dientes a cuanto desconocido veían, y los -gatos saltaban y bufaban como panteras. Estos animalitos eran hijos de -una gata atigrada, que atacaba y arañaba al que se acercara a ella. - -Este animal feroz era para Israels el genio familiar de la casa; -le miraba con el mismo entusiasmo que Dick Whittington, el popular -personaje, a su felino, a quien debía la fortuna y el llegar a haber -sido lord mayor de Londres. - -Entre los dependientes de la librería Israels y Piper, me hice amigo, -además de Will Tick, de un joven, Percy Harrison, muchacho simpático, -hijo de un labrador. - -Percy tendría mi edad y mis aficiones, y me convenció para que fuera -con él, de noche, a una academia de dibujo. Había visto los ensayos -de caricaturas que yo hacía, y pensaba que podría utilizar mi pequeño -talento. - -Todo el tiempo que estuve en casa de Israels y Piper, un año y -medio, fuí de noche a la academia de dibujo; pero noté que, a medida -que copiaba de estatua, la poca gracia que tenían mis caricaturas -desaparecía. - -Se lo advertí a Percy, y éste reconoció que el cultivo del arte clásico -no me convenía. - -Percy, al mismo tiempo que se perfeccionaba en el dibujo, practicaba la -litografía. Cuando creyó que dominaba este arte, proyectó comprar una -prensa litográfica y útiles para el oficio, y establecerse. - -Formamos una sociedad Will Tick, Percy y yo, y decidimos abandonar a -Israels y Piper y lanzarnos un poco a la aventura. - - - - - V - - ELOGIO DE LA LITOGRAFÍA - - -LOS primeros trabajos litográficos que hicimos entre Percy y yo fueron -vistas de pueblos, escenas pintorescas y retratos de personajes -célebres. Will Tick vendió las estampas a buen precio, y al recibir -el producto de las ventas, consideramos que un río de oro entraba en -nuestros bolsillos. - -Tras de estos tímidos ensayos, intenté yo la caricatura, y una de las -mejores que hice fué a favor de los liberales españoles y en contra del -rey Fernando VII. Esta caricatura me relacionó con algunos españoles, -entre ellos, con el hispanoinglés Blanco-White, que acababa de publicar -unas cartas sobre España, y que fué, probablemente, el que me sugirió -la idea de venir a la Península. - -Después de mi estampa antifernandina, hice otras varias, que se -vendieron mal que bien. Pronto noté que faltaba a mis caricaturas -personalidad y crueldad. No podía llegar a la sátira brutal y enconada -de un Gilray, ni a dar a mis personajes el aire tan típicamente inglés -de las estampas de Jorge Cruikshank. - ---En la caricatura--me dijo Will Tick, que en esto, como en todo, -discurría con mucha claridad--hay la cepa dulce y la cepa agria. Tú -eres de la cepa dulce, y en Inglaterra, actualmente, eso no gusta. - -Will Tick tenía razón. - -Como vi que el mercado se cansaba pronto de mis estampas, intenté dar -otro producto, y me dediqué al agua fuerte. - -El agua fuerte es un arte, indudablemente, de más interés, de mayor -individualidad que la litografía. - -Tiene, además, un encanto para el que la cultiva, y es el encanto de -las sorpresas. Estas sorpresas proceden de los efectos inesperados de -la mordedura del ácido en la plancha, y también mucho de la estampación. - -La litografía, en cambio, no tiene sorpresa alguna, y su estampación -es más mecánica. Se puede decir que cada prueba de agua fuerte es casi -tan única como un cuadro; en cambio, las pruebas litográficas son todas -iguales. - -El procedimiento del agua fuerte me gustó, por ser más personal, más -complicado y, al mismo tiempo, más libre que el de la litografía. - -En la litografía, vencida la dificultad de dibujar al revés, está -todo resuelto; en tanto que se realiza el trabajo se puede seguir su -progreso mirando la piedra directamente o en un espejo; en cambio, -en el agua fuerte, mientras se raya la plancha de cobre, ésta es un -misterio. El grabador supone que una parte le ha salido bien, que la -otra, mal; cree que esto es demasiado negro; aquello, por el contrario, -demasiado blanco; mete la plancha en el ácido, saca después la prueba, -y todas son para él sorpresas. - -La litografía es más honrada; en ella no sale ni más ni menos que lo -que se pone. - -Mis entusiasmos por el agua fuerte me quitaron la afición a trabajar -en la litografía. Me gustaba, sí, la estampa litográfica; pero más las -de los otros que las mías. Prefería ser coleccionista de estampas que -litógrafo. - -Realmente, la litografía no es un gran arte, pero es un arte simpático -dentro de su vulgaridad. Es algo como la canción de la calle, como la -melodía popularizada por un organillo. - -La fusión de la litografía con el costumbrismo y con la historia -episódica de la época ha dado origen a una clase de estampas que son -los mejores documentos de nuestro tiempo. - -Se dirá que estas láminas nos dejan una impresión falsa de las cosas. - -Cierto. - -Alguno asegurará que el arte debe dar la sensación de la realidad con -elementos artificiales y que la litografía hace todo lo contrario: dar -una impresión de irrealidad con elementos verdaderos. ¿Qué importa? -¿Es que hay una realidad fuera de nosotros? Yo, lector de Kant y de -Berkeley, no creo en más realidad que la de nuestro yo. Lo demás son -disfraces de la Madre Naturaleza, aspectos de la Cosa en sí que no -sabemos hasta qué punto existen, y si sus presentaciones ante nuestros -sentidos son o no constantes. - -Podrán otros despreciar la litografía como un arte industrial, vulgar e -insignificante; para mí ha tenido y sigue teniendo grandes atractivos. - -Estas vistas de pueblos, tan falsas en conjunto y tan exactas en -los detalles; estas escenas campestres, tan poco campestres; estos -españoles, tan poco españoles; estos griegos, tan poco griegos; estos -ríos, estas cataratas, estos personajes, estas amazonas, que son -la verdad convencional de un momento histórico, no hubieran podido -representarse tan en armonía con el espíritu de la época como con el -lápiz ligero, amable y un poco banal de la litografía. - - - - - VI - - EN PLENA BOHEMIA - - -PERCY y yo alquilamos un cuarto, y llevamos a él nuestros útiles y -algunos muebles al fiado. - -Al principio trabajamos con entusiasmo; luego, poco a poco, fuimos -flaqueando y llegamos a no hacer nada y a mirar con desdén y con cierta -sorna nuestros instrumentos de grabadores. - -Will Tick nos sacaba con frecuencia de apuros con la fertilidad de sus -recursos. Muchas veces nos llevaba a su casa para que le ayudásemos. - -Tick, padre e hijo, se dedicaban a negocios sospechosos. - -Guardaban montones de papel sellado viejo, que les debía servir para -falsificar documentos. Lavaban y cocían papeles escritos con agua de -cloro y los sacaban limpios; sabían también hacer tinta antigua y -calcar firmas. - -Todos los trabajos de la casa eran poco claros y menos lícitos. Durante -el tiempo que acudí al taller de los Tick, el negocio más legal que -hicieron padre e hijo fué decolorar y raspar unas hojas en pergamino -de unos libros capitulares y convertirlos en parches de tambores y -panderetas. - -Siempre se les veía al padre, al hijo y a un criado, albino y zambo, -en el patio, sucio y negro, borrando papeles y secándolos en una estufa. - -Abraham Tick maniobraba en aquellas cosas que no caen fácilmente bajo -la mirada de un juez. - -Una de sus especialidades consistía en inventar genealogías y -falsificar documentos nobiliarios. La impunidad estaba asegurada. Era -muy difícil que su trabajo llegara a conocimiento de la justicia, -porque el que encargaba la falsificación de una ejecutoria o de un -árbol genealógico era el primer interesado en que ningún perito -examinara con cuidado sus documentos. - -Abraham Tick nos pagaba bien cuando le ayudábamos. En su tienda conocí -mucha gente, porque el viejo Tick tenía grandes relaciones. Solían -reunirse allí una porción de tipos que andaban a la husma por las -prenderías, librerías y tiendas de antigüedades. - -Yo también me decidí a sacar la comida al husmeo, y comencé a proveer a -mi tío y a unas cuantas personas más de libros y de estampas. También -compraba retratos, que vendía después a Fitzhamer. El frenólogo los -utilizaba para sus estudios. Algunas estampas anteriores al título no -tenían nombre, y yo solía ponerlo al margen con lápiz. Era curioso -ver con qué candidez se las arreglaba el frenólogo para encontrar -en la cabeza del retratado lo que, según todo el mundo, había; cómo -adivinaba el espíritu matemático en Pascal, la gracia en Voltaire, el -sentido astronómico en Copérnico, etcétera, etc. Una confusión mía -hizo que el retrato de Fenelón pasara por el de Maquiavelo, y el de -Florián por Fouquier-Thinville, y al contrario: y hubo que admirar con -qué precisión Fitzhamer encontró matemáticamente la chistosidad y la -astuciosidad en Fenelón, tomándolo por Maquiavelo, y la destructividad -en el insípido Florián, a quien tomaba por Fouquier-Thinville. - -No siempre daba yo en el blanco en mis paseos a la busca de unos -cuantos chelines, y entonces Percy y yo nos dedicábamos a comer al -fiado. Al principio nos preocupábamos de pagar; pero llegó un día -en que el pensamiento del mañana no nos alteró lo más mínimo, y nos -dedicamos, desde entonces, a los platos más suculentos y a los líquidos -más espirituosos, con la vaga esperanza de que alguien los pagara. - -Cuando la estrechez era grande íbamos a ver a Will Tick; pero éste nos -ofrecía ya descaradamente trabajos peligrosos de falsificación, lo que -nos alarmaba. - -Los amigos de Percy y los míos, alegres camaradas, vivían de una -manera parecida a la nuestra, dispuestos a gozar, a sacarle jugo a la -existencia. - -Uno de ellos, para mí el más querido, a quien había conocido en el -colegio, era Tomás Burton, joven disipado y de familia acomodada, de la -escuela de lord Byron, que encontraba todo muy negro en la vida. - -Burton se envenenaba con opio y leía libros de astronomía, de los -cuales sacaba argumentos para deducir la mezquindad y la miseria de la -vida humana. - ---Lo mejor que puedo hacer, en obsequio de mi familia, es -arruinarla--decía--, y después suprimirme yo. El dinero nos ha hecho -desdichados. - -Otro de los comensales constantes en nuestras francachelas, Joe -Flinder, viejo estudiante de leyes, guardaba, según decía, un gran -baúl lleno de obras maestras, diez o doce poemas que hubiera firmado -Milton, y un centenar de tragedias y comedias bastante más sugestivas y -profundas que las de Shakespeare. - -A pesar de esta premisa, él pensaba que se podía afirmarla con la -seguridad de un axioma matemático, no había editor ni empresario -para sus obras. ¡Tal era la estupidez y el mal gusto de la orgullosa -Inglaterra! - -Otras personas se reunían con nosotros, sobre todo algunos jóvenes -ricos que venían acompañados por Will Tick. Will nos presentaba a ellos -como hombres de un talento enorme, bohemios incorregibles, de una -existencia pintoresca, desordenada y absurda. - -Percy y yo habíamos llegado a encontrar muy lógico nuestro sistema de -vida; generalmente no pagábamos a los proveedores, y los ingresos que -obteníamos unas veces por la compraventa de un cuadro, de un grabado o -de un libro raro, los empleábamos en una cena alegre. - -Solíamos tener grandes discusiones, debatíamos acerca de la gloria, de -la política, de la literatura, de los medios de hacer dinero, de la -Reforma, de la Constitución, y concluíamos con las caras inyectadas, -cantando a voz en grito el _Fantasma_, de Cock Lane, los _Niños en el -bosque_, o alguna canción patriótica, como _¡Rule Britannia!_ y ¡_Oh, -Bretaña_, el orgullo del Océano! - - - - - VII - - DÍAS TRISTES - - -BIEN comprendía yo que aquella vida no podía durar, que era un -paréntesis más o menos largo que se había de cerrar de un día a otro. -Efectivamente, el paréntesis se cerró pronto. Una mañana el dueño de la -casa nos avisó que habiendo aguardado mucho tiempo el cobro de nuestros -alquileres, ya no podía esperar más. Nos daba un plazo de veinticuatro -horas para desalojar la habitación. - -Poco después de este aviso llegó Flinders con la noticia de que Burton -se acababa de suicidar. Al entrar su madre en su cuarto se lo había -encontrado tendido en el suelo y muerto. - -La noticia me hizo una gran impresión. - -Percy, Flinders y yo hablamos largo rato, y yo me olvidé de mis apuros. - -Hubiéramos ido a dar el último adiós a nuestro amigo; pero temíamos -que la familia no nos quisiera dejarle ver, considerándonos como gente -perdida que quizá había arrastrado al suicida a su mal fin. - -Decidimos salir y acercarnos a la casa de Burton. Al bajar las -escaleras un muchacho me trajo una carta. - -Decía así: - - «Querido Thompson: Si te envían esta carta, es que me habrán - encontrado muerto. Me voy con gusto. Un apretón de manos y - buena suerte. - - _Burton_.» - - -Discutimos si había hecho bien, si había hecho mal nuestro camarada, -porque no hay nada que remueva tanto el espíritu como esa negación de -la vida del suicidio. - -Hablando de Burton salimos a la calle. Era al anochecer. Hacía uno -de estos días de otoño de Londres en que el cielo, invariablemente -sombrío, descarga aguaceros sobre aguaceros; toda la gran urbe -exudaba humedad negra y polvo de carbón, y los hombres, los caballos -y los perros se arrastraban sobre el fango de las calles, mientras -algunos pocos privilegiados se aburrían en sus palacios o miraban por -la ventana del club o por el cristal del coche a los desharrapados -rebozados en el barro. - -Llegamos a casa de Burton y no nos quisieron recibir; tales eran -nuestras trazas. Volver a la habitación de noche, despertando a la -vecindad, hubiera sido exasperar al propietario. Pasamos la noche a pie -firme y por la mañana me presenté a mi padre. - -Hablamos, me sermoneó un tanto y me dijo que debía ir a ver a mis -hermanos. Yo le contesté que no. Mis hermanas se sentían orgullosas de -su posición; estaban casadas con personas de calidad y no les gustaba -pensar que tenían un pariente perdulario. Mis dos hermanas mayores -eran de la misma madera; de un egoísmo perfecto y de una indiferencia -insolente por la suerte de la familia. No iban a preocuparse de mí, a -quien apenas conocían. - -Me dió mi padre unos peniques, lo único que tenía; comí y fuí a ver -a mi tío. Le dije que me hallaba en una situación difícil y que -había pensado pedir trabajo a William Tick. Luego le conté los -procedimientos que empleaba Will. - ---Sí, los ha heredado de su padre--dijo mi tío--. Se ve que es tan -granuja como todos los de su familia. Ten cuidado, no te vayan a -arrastrar a dar un mal paso. Abraham Tick está haciendo constantemente -falsificaciones; tú dibujas algo y querrán utilizarte. No seas tonto. -Haz todas las deudas que puedas; pon tu firma en todos los pagarés que -te traigan; pero nada de imitar letras, facturas, sellos o cosa por el -estilo. Esto es la cuerda o los trabajos forzados. - -La observación de mi tío me hizo mella; yo pensaba lo mismo, aunque -no me había planteado la cuestión tan claramente. El era un truchimán -listo y su consejo no cayó en olvido. - -Viví unos días en casa de Tick encerrado, pintando árboles -genealógicos, y un día Will me trajo unas láminas de un banco de la -City para que yo las calcara y luego las estampara Percy. - -Pretexté que no tenía vista. Will Tick se rió diciéndome que lo -hiciera, o que si no, me marchase. Yo opté por marcharme. - ---Te morirás de hambre--me dijo. - ---No; porque mi tío me ha encargado hacer un catálogo de su biblioteca. - -Will Tick me insultó, llamándome estúpido y egoísta; y yo fuí en -busca de mi tío. Le conté el caso; cómo me hallaba perseguido por los -acreedores, la proposición de falsificación que me había hecho Will -Tick, y le pedí que me cediese una de sus madrigueras de libros y me -diera de comer, a cambio de lo cual yo le haría el trabajo que me -indicara de copia o de calco. Después de vacilar mucho mi tío aceptó y -quedamos de acuerdo en que le restauraría algunas portadas y documentos -antiguos. Fuimos los dos a una casucha del barrio de Islington. Era un -zaquizamí del último piso, lleno de montones de libros que conservaban -polvo de muchos años. - -Un tabernero de la esquina, conocido de mi tío, me traería la comida y -no me prestaría ni un penique. - -Tomé posesión de mi cuchitril y comencé mis trabajos. - -Todo el invierno lo pasé así encerrado. Miraba desde mi palomar el -cielo bajo y sombrío de Londres con el humo espeso que salía de las -chimeneas. Por la mañana hacía las restauraciones para mi tío, y -después estudiaba francés y español, porque tenía el proyecto de -escaparme de Londres. - -De noche los ratones me hacían compañía y venían a devorar los restos -de mi comida. Algunas veces ataba con un bramante una corteza de queso -y me divertía retirándola cuando se echaban sobre ella los pequeños y -graciosos roedores. - -Los días brumosos y negros me entraba la desesperación de no hacer nada -y me metía en la cama. - - - - - VIII - - EXAMEN DE MIS APTITUDES POR EL SISTEMA - MÉTRICO DECIMAL - - -UNO de aquellos días en que me hallaba más aburrido aún que de -ordinario, hice este cuadro de mis aptitudes morales e intelectuales -por el sistema métrico decimal: - - CONDICIONES DE J. H. THOMPSON - - Amor al trabajo 5 por 100. - Benevolencia 10 » - Egoísmo 15 » - Valor personal 5 » - Sentido erótico 10 » - Moralidad 5 » - Espíritu religioso y superstición 2-1/2 » - Adquisividad (estilo Fitzhamer) 2-1/2 » - Sociabilidad 10 » - Instinto de vagabundez 15 » - -Después del cuadro sinóptico de mis aptitudes, comencé el de mis -conocimientos por el mismo sistema métrico decimal, y me resultó éste: - - Dibujo 10 por 100. - Literatura 10 » - Filosofía 5 » - Botánica y Farmacia 10 » - Arte de disecar 15 » - Geografía 5 » - Lenguas 5 » - -Por una fantasía como ésta, el frenólogo Fitzhamer cobraba bastante -dinero; en cambio, yo no me cobré nada a mí mismo. - -Mi interés en esta época consistía en elevar mis conocimientos -lingüísticos (5 por 100, según el cuadro) a un 10 o a un 15 por 100. - -Aprendía el español y el francés sin maestro, y tenía la sospecha de -que iba a entendérseme con dificultades. Sobre todo la pronunciación y -la propiedad de las palabras me fallarían. Me pasaría probablemente lo -que al inglés de una caricatura francesa, que entra en un café de París -y para pedir: _Garçon, une bouteille de biere_, hace un esfuerzo de -memoria y dice: _Celibataire, une bouteille de cercueil!_ - -Esta confusión de las cervezas con los ataúdes, lo más que podía -producir es que se burlasen de uno. - -Aunque comprendía que no me las arreglaría fácilmente, no me preocupaba -esto mucho. Lo difícil para mí era dar el primer paso, cruzar el canal -de la Mancha y desembarcar en el Continente. - -Había pensado marchar a España. Sentía hambre de sol y de cielo azul; -estaba cansado de encierro, de lluvias y de barro. - -Había leído bastante sobre España; no creía, ni mucho menos, que -fuera un país de delicias en que a cada paso ocurrieran aventuras -extraordinarias; pero pensaba ir allí. - -Aunque soy optimista, no soy de los que abrigan una confianza excesiva -en los hombres y en las cosas, y que se desilusionan al menor tropiezo. -Mi fuerza está en la perseverancia y en la resignación estoica. He sido -siempre más espectador que actor; la vida me ha dado la impresión de -una comedia, a veces amable, a veces aburrida. Tengo las decisiones -tardas. He necesitado siempre el aguijón de la necesidad imperiosa para -lanzarme a la acción. Si esta necesidad imperiosa no me azuza, miro los -acontecimientos con calma. - -Muchas veces he dicho: Veremos a ver esto adónde nos arrastra; y he -seguido a la deriva, bastante indiferente, mientras no aparecía la -cruel y urgente necesidad. - -Mi viaje a España era cuestión de momento. A veces creía si sería mejor -quedarme en Londres. Mis acreedores estaban despistados, ¿pero cómo -vivir así constantemente? La quietud me iba enmoheciendo; necesitaba -hacer algo, aunque fuesen tonterías: andar, correr, cambiar de -escenario... - - - - - IX - - ULTIMA HAZAÑA EN LONDRES - - -UN día leí en un periódico el descubrimiento de una falsificación de -billetes de Banco y la prisión de los falsificadores y encubridores, -entre los cuales se encontraba mi amigo Percy Harrison. Will Tick no -aparecía en la lista de los presos. - -¿Sería extraño al asunto? ¿O se habría escabullido de las garras de la -justicia con arte? - -Dada su habilidad y su maña, era cosa muy probable. - -Unas semanas después iba yo muy envuelto en mi gabán raído, y más -envuelto aún en una niebla espesa y rojiza, a casa de mi padre, cuando -me encontré a Will Tick hablando con una mujer. - -Me paró; le dije claramente que suponía que el instigador de la -falsificación por la cual habían prendido a Percy era él; pero Will -Tick me demostró, con argumentos, que no era cierta mi sospecha. - -Sus razones mitigaron la cólera que sentía en contra suya, y hablamos -largamente. Le dije que pensaba marcharme a España. - ---¿Tienes dinero?--me preguntó. - ---No. - ---¿Sabes a quién le podríamos sacar unos cuartos? - ---¿A quién? - ---A mi padre. - ---¿Cómo? - ---Tu tío ha dejado en depósito cuarenta libras esterlinas en casa de -mi padre para que le compre la biblioteca de un anticuario que ha -muerto. Mi padre ha visto la biblioteca y siente tener la necesidad de -comprarla para tu tío, porque en esa biblioteca hay algunos libros de -valor; pero ha dado su palabra y no se puede volver atrás; perdería un -buen parroquiano. - ---Entonces no hay nada que hacer. - ---Sí, hay mucho que hacer. Mi padre, al menor pretexto que tenga, -devuelve con gusto las cuarenta libras esterlinas. Tú vienes conmigo a -mi casa, le dices a mi padre que tu tío ha cambiado de parecer, y te -entrega las cuarenta libras, que nos las repartiremos. - ---No, no. Yo no hago eso. - ---Lo haré yo por tu cuenta; pero es necesario que tú te presentes -conmigo y recibas el dinero. - -Vacilé, porque la cosa me parecía un poco dura, tratándose de un hombre -que me había favorecido como mi tío Samuel; pero pensé también: «Si -no aprovecho esta ocasión, ¿cuándo se me presentará otra? Hay que -decidirse. ¡Adelante!» - -Fuimos a casa de Tick, y Will habló a su padre. - -El viejo falsificador escuchó largo tiempo sonriendo, moviendo la -cabeza en ademán negativo, hasta que se decidió, y sacando de un cajón -las cuarenta libras esterlinas me las puso en la mano. Will me empujó a -la salida y me dijo: - ---¡Venga mi parte! - -Le di veinte libras; luego me pidió que le diera otras cinco por la -comisión. - ---No; no te doy una más. - ---Bueno. Eres un roñoso. ¡Adiós! - -Con el dinero en el bolsillo y el espíritu lleno de remordimientos un -poco cómicos, me fuí a los muelles y averigüé que, pocas horas después, -al amanecer, salía un paquebot para Burdeos. Como temía la indignación -de mi tío Samuel, a quien quizá ya no podría pedir nunca nada en la -vida, le escribí una carta desde una taberna contándole la hazaña que -habíamos realizado a expensas entre Will y yo. Le decía que obraba -impulsado por una fuerza mayor. Después escribí otra carta a mi padre -despidiéndome de él, y al rayar la mañana bajaba en el barco por el -Támesis, camino del Continente. - ---Veremos lo que nos reserva el destino--murmuré, mientras me acercaba -a la borda, mareado y con la mano aplicada a la boca del estómago. - - - - - X - - LOS DESTINOS ABSURDOS - - -CUALQUIERA, al leer la frase final del capítulo anterior, supondrá que -yo soy un fatalista. No; no lo soy. No lo soy, pero no ando lejos de -serlo. Esta idea de fatalidad es un poco confusa. Encerrando la idea de -predestinación, es para mí falsa; pero significando sólo destinación, -me parece exacta. - -No cabe duda que si uno marca en un papel una serie de puntos, se -pueden unir éstos con una línea; tampoco cabe duda que la tal línea -tendrá un carácter: será recta o quebrada, y presentará una figura -especial. A esta figura, después de hecha _a posteriori_, le llamaremos -necesidad, destinación, y si estuviera hecha _a priori_, le llamaríamos -fatalidad, predestinación. - -En el punto 1 de la línea no sabemos dónde va a caer el punto 2, ni en -el punto 2 cuál va a ser el 3; pero trazados los puntos 2 y 3, podemos -asegurar que de ninguna manera, aunque se deshiciera el Universo, -podrían estar en otro sitio mas que en el que están. - -Tales reflexiones me hacía yo, tendido en un banco de la cubierta del -paquebot, a medida que salíamos del canal de la Mancha y se me iba -pasando el mareo. - -Cuando se disipó por completo pensé que sería práctico inventar una -finalidad para mi viaje al llegar al Continente, y se me ocurrió una -pequeña historia basada en mi tío, el sargento Cox, que había sido -un calavera y había estado en la Península con las tropas del general -Moore. Me pareció que nadie se incomodaría porque ascendiese un poco -en el escalafón a mi tío, y decidí llamarle el comandante Cox. El -comandante había muerto en la Península, dejando una pequeña fortuna, -que yo iba a recoger, ¿cinco mil libras?, ¿seis mil libras? Creo que -nadie se enfadaría si elevaba la herencia a diez mil libras. - -Animado por una perspectiva tan agradable, me levanté de mi banco y me -puse a pasearme por la toldilla. - -Había otro joven, poco más o menos de mi misma edad, que llevaba por -todo equipaje una caja de tabaco; nos pusimos a hablar, y, llevado por -esa necesidad de confidencia que se siente al viajar solo, le conté mi -historia. - ---¿Así que va usted sin objeto al Continente?--me preguntó. - ---Sí. - ---Pues a mí me pasa lo mismo; pero como soy en el fondo fatalista, creo -que adonde me lleve la casualidad allí estaría fijado mi sino. Aquí -donde me ve usted, salgo de una cárcel, donde he estado durante algún -tiempo deshaciendo cuerda. - ---¿Hizo usted alguna falsificación? - ---No; yo estaba en relaciones mercantiles con una banda de ladrones -que me alimentaban. Una vez proyectaron un robo en un hotel. Cada cual -tenía su misión; yo era el encargado de echar un pedazo de carne con -láudano al perro. Me dieron el frasquito y, como yo soy desmemoriado, -lo dejé en un rincón; luego lo confundí con una botella de una salsa, -y eché salsa a la carne que tenía que comer el perro, y, claro, no se -durmió. Resultó que la policía estaba avisada, y que me habían visto -echar la carne al perro, y que nos prendieron a todos los ladrones, -a mí con la botella de la salsa. Cuando le conté lo ocurrido a mi -abogado, éste dijo en el juicio que yo era un joven muy virtuoso, y -explicó cómo había caído en manos de malhechores, que me habían enviado -con un frasco de láudano y un pedazo de carne para echársela al perro, -y yo había dejado el láudano y cogido una botella de salsa para rociar -con ella la carne que iba a echar al guardián de la casa. - -Reconocieron todos los jueces que yo era un joven virtuoso, y me -echaron a la calle, donde empecé a morirme de hambre. - -Entonces entré en sociedad con un par de individuos que se dedicaban -a ese negocio bastante lucrativo que llaman los franceses _chantage_. -Llevaban ya en preparación uno importante; tenían documentos de un -político, con los cuales pensaban sacar mucho dinero, y me enviaron -a mí a hacer la proposición. Llegué yo a casa del político con la -lección aprendida; pero no sé cómo me las arreglé, que confundí todo -lo que tenía que decir; descubrí el juego de mis socios e hice que nos -metieran a todos en la cárcel. - -Como la otra vez, me absolvieron, y considerándome, sin duda, como un -inconsciente, me llevaron a un asilo, donde he estado durante algún -tiempo haciendo estopa. - -Al salir del asilo pensé si mi porvenir estaría en explotar a las -mujeres. Elegí una muchacha que me pareció dócil, y comencé a -cultivarla con el fin de vivir a sus expensas; pero se interpuso un -hombre, luché con él; nos llevaron a juicio, y todo el mundo creyó que -yo era un idealista y que me había pegado con mi rival por defender a -una dama. - -Ayer estaba en Hyde Park, al anochecer, pensando en la manera de quitar -a una señora, acompañada de un caballero, un collar que llevaba, cuando -vi que el señor que hablaba con esta dama era el político a quien -habíamos querido explotar. Este se acercó a mí y me dijo: - ---Si no hablas de lo que has visto, te daré veinte libras. - -Yo no había visto nada. Alargué la mano y recibí un billete. Fuí al -Arco del mármol y miré el billete a la luz de un farol. Era bueno. - -Por la mañana compré un traje, comí y me vine a este barco. Voy a -desembarcar en Francia, en donde no sé qué haré. Ya que no puedo ser un -criminal hábil, intentaré ser una persona honrada. Si no puedo ser ni -una cosa ni otra, me dedicaré al comercio. - -El joven fatalista se encogió de hombros y yo me volví a tender en mi -banco. - - - - - XI - - EN MEMORIA DE BURTON - - -EL paquebot había entrado en Burdeos. El día, de mayo, estaba -espléndido; el sol, brillante. Hacía un ligero vientecillo del norte. -Como no llevaba equipaje, salí inmediatamente del barco, fuí a la -terraza de un café y estuve contemplando la gente que pasaba y el -movimiento del puerto. Sentí cierta soñolencia y hubo un momento en -que cerré los ojos y estuve desvariando. Creí encontrarme entre mis -amigos de Londres y que interpelaba a Burton, que me escuchaba muerto y -sonriendo. - - * * * * * - -J. H. Thompson pone aquí el discurso que dirigió a la sombra de su -amigo, que aunque no viene muy a cuento lo insertamos: - ---¡Qué error el de suprimirse así del mundo de los vivos!--le dice a -su amigo--. ¡Qué error, querido Burton. Habiendo este sol y este aire -puro, y este cielo azul, surcado por nubes blancas, y estas gentes -que van y vienen, y estas extrañas apariencias de la Cosa en sí! ¡Qué -error, amigo Burton, el suprimirse! - -Oh, no; yo no te diré que estos hombres valgan la pena de ser hablados, -ni que estas mujeres sean Ofelias románticas y puras, no. Es posible -que la mayoría de todos ellos sean ganado vacuno, o quizá de cerda; -pero ¡qué cielo! ¡qué luz! ¡Cómo se siente la sangre que circula por -las venas! - -¡Qué error, amigo Burton, el de suprimirse! - -No, yo no trataré jamás de convencerte de que el amor y la fraternidad -humana nazcan con tanta facilidad como las algas en el mar, ni que la -amistad pura sea una cosa corriente. Yo reconozco, de buen grado, como -tú, que la mayoría de los hombres somos egoístas y bestias, ¿pero qué -duda cabe de que los hay inteligentes y buenos? - -Ciertamente, yo no creo en las grandes palabras; soy nihilista de todos -los nihilismos, y ateo de todos los ateísmos; pero, aun así, amigo -Burton, ¡qué error más grande el de suprimirse! - -Verdad que todo lo que nos rodea es fugitivo, es inasible; pero nos -queda el momento, ¡el minuto! ¡Cosa admirable! - -Sí, quizá las grandes palabras se encuentren un poco vacías; pero en -cambio las pequeñas, ¡qué llenas están! - -Una conversación agradable, una mujer bella que pasa, una bocanada de -aire puro de un día de verano, un libro entretenido... - ---¡Qué error, amigo Burton, el de suprimirse! - -Tú afirmarás que nuestra vida no es nada, que un guiño de una estrella -representa más que todas las existencias humanas. - -Yo te contestaré que la grandeza y la pequeñez son ideas relativas, y -que los soles de la Vía Láctea y los rayos de Sirio o de Aldebaran son -menos trascendentales para ese señor que pasa y para mí que la lámpara -que se nos apaga por la noche. - -Sí, amigo Burton; ese infinito del Universo que tanto te preocupaba -es, después de todo, un infinito de negaciones, y esas nebulosas de -estrellas no deben tener más importancia para nosotros que las nubes de -chispas que salen de una fragua. - -Tú me dirías, bajando a la vida fisiológica, que cuando el engranaje de -nuestras ruedas interiores chirria, todo es molestia y dolor. Es verdad. - -Pero aun así, en los intervalos del dolor se puede encontrar momentos -de placidez y de reposo. - -¡Qué error, amigo Burton, el de suprimirse! - -Así sigue perorando Thompson, hasta que dice que despertó, abrió los -ojos y, en vez de ver a su antiguo camarada, vió los mástiles de los -barcos, que se balanceaban en el puerto. - - - - - XII - - CHARLATANES Y SALTIMBANQUIS - - -DEJÉ el café y las divagaciones--sigue escribiendo Thompson--y fuí a -hospedarme a un _garni_ barato, desde donde escribí de nuevo a mi tío. -Le decía que William Tick había sido el inventor de la combinación para -sacarle las cuarenta libras esterlinas, y que yo no había hecho mas que -dar mi asentimiento, por encontrarme perseguido por un acreedor, que -me puso en la alternativa de pagarle inmediatamente o llevarme a la -cárcel. De tanto repetir esta invención, llegué a creerla. Comunicaba -también a mi tío mi proyecto de ir a España, y le juraba que si -conseguía encontrar trabajo le devolvería el dinero. También le escribí -a mi padre. Los dos me contestaron en seguida; mi padre, dándome -consejos; mi tío, menos incomodado de lo que yo suponía. Por lo que -me contaba, advertido por la carta que le envié al salir de Londres, -había comprado la biblioteca del anticuario antes de que se presentara -Abraham Tick. - -Tranquilizado, con relación a esto, me dediqué en Burdeos, por unos -días, al _dolce farniente_. Burdeos me pareció grande, tristón, como -un pueblo desalquilado, hecho para capital de un gran Estado y que se -queda en capital de provincia. - -Paseando por el pueblo tuve la suerte de encontrar en un tenducho un -paquete de caricaturas francesas contra los ingleses, que me costaron -quince francos. Eran las figuras lores ventrudos y ladys delgadas y -ridículas. No había podido dar con ellas en Londres. - -Las compré y se las envié a mi tío, quien reconciliado conmigo me -escribió pocos días después a Bayona, muy contento, encargándome que -cuando entrara en España no me olvidara de buscar las estampas de Goya. - -Pasados seis días en la capital de la Gironda, hice mi primer ensayo de -viandante. Había comprado un traje de verano barato, un morral de tela, -donde metí la ropa que tenía, y un mapa de Francia, con las carreras -de postas, hecho por J. B. Poirson en 1821, en París, en la calle -Saint-Jean de Beauvais. Con estos requisitos me eché a andar. - -Como me habían dicho que el camino por las Landas era poco agradable, -tomé por la orilla del Garona, con la intención de bajar hacia Orthez y -marchar de allí de nuevo hacia el mar. - -El primer día lo pasé bien, hice una caminata de seis leguas y comí y -dormí perfectamente. - -El segundo día hice unos conocimientos un tanto raros. En un pueblo del -camino, antes de llegar a Bazas, había une feria y me detuve un poco a -curiosear en sus puestos. - -Entré en una barraca de figuras de cera y pasé revista a los personajes -de la Revolución, a los generales del Imperio, a María Antonieta, a -varias víctimas y asesinos, y a un gran grupo en que se veía un cazador -devorado por tigres y leones. Aquellos animales no eran una maravilla -de exactitud. Me permití hacer unos gestos desdeñosos y manifestar mi -poca conformidad. Un señor bajete y rechoncho, vestido de negro, me -preguntó: - ---¿No le gustan a usted? - ---Poca cosa. - ---Esos animales se han copiado del natural. - ---No. ¡Ca! No puede ser. - -Y expliqué cómo y por qué esto no era posible. - ---¿Lo haría usted mejor? - ---Yo, ¡ya lo creo! Soy disecador de Londres y pintor. - ---Sí; en Londres se trabaja bien en estas cuestiones; pero en París -tampoco se hacen las cosas mal. No hay que quitarle nada a París. - -Callé, como no queriendo comprometerme demasiado, y entonces el dueño -de las figuras de cera me dijo si tendría inconveniente en trabajar -para él, modelándole en cera varias alimañas en actitud feroz, y -retocando algunas figuras como la de Danton, la de Fualdés, el -asesinado, y otras que habían perdido el color, pues la gente no se -contentaba con ver sus caras, sino que quería tocarlas. - ---¿Tanto tiempo va usted a estar aquí?--le pregunté yo. - ---No, me marcho en seguida; pero usted puede venir conmigo en mi coche. - -Quedamos de acuerdo en que le haría el trabajo y en que él me -proporcionaría los útiles necesarios, pagaría mis gastos y me daría -tres francos al día. Me instalé en su carreta de cuatro ruedas, cerrada -y con techo, y comenzamos a marchar despacio camino de Pau. - -El dueño de las figuras de cera, monsieur David, era un señor fino que -hubiera podido ser académico, notario o enterrador. Vestía de negro y -llevaba una cinta roja en el ojal. Viajaba en compañía de sus figuras -de cera y de su criado Michel. Al mismo tiempo que monsieur David, y -llevando el mismo camino, iban varias carretas: dos de un domador de -fieras, que se decía húngaro, con un león viejo, unas panteras y varios -monos; un coche de una señora que tenía cacatúas amaestradas; un furgón -de un domesticador de focas, y un tílburi de un charlatán vendedor de -específicos, prestidigitador, sacamuelas y frenólogo. - -En el camino nos encontramos con saltimbanquis, gitanos, y alguna mujer -harapienta con un carretón donde llevaba un organillo y la familia -menuda. - -En los tres días que fuí en compañía de monsieur David, puse los más -brillantes colores en las mejillas de Fualdés, el asesinado; animé los -ojos de María Antonieta, de Carrier, de Napoleón, de Danton y de Marat, -y comenzaba unos bocetos de fieras cuando nos detuvimos en una posada, -poco antes de llegar a Pau. - -Estaba lloviendo; se metieron las carretas en un corral y nos reunimos -en un cuarto de la posada, el domador húngaro y su criado, el charlatán -prestidigitador, un ventrílocuo, el domesticador de focas, la madama de -las cacatúas, monsieur David y yo. - -Cenamos juntos, y como esta gente es jactanciosa, cada cual contó -sus triunfos en los diferentes pueblos del tránsito. El domesticador -de focas hizo tales elogios de sus animales, que la gente los tomó a -broma. Apostó entonces él a que enviaba a su Baby, la mejor de sus -focas, con una carta para monsieur David, y a que se la entregaba. Se -aceptó la apuesta y se puso dinero en pro y en contra. El domesticador -salió del cuarto al patio y, poco después, vimos a la foca que avanzaba -pesadamente con sus aletas por el pasillo, entraba en el cuarto donde -estábamos, ofrecía un sobre que llevaba en la boca a monsieur David -y le hacía una ceremoniosa reverencia. Se aplaudió al domesticador -de focas y a su discípula Baby, que se dieron un beso. El charlatán -explicó sus juegos de manos, y después sacó una baraja e invitó a una -partida. Yo creí que los demás no aceptarían. ¿A quién se le ocurre -jugar a las cartas con un prestidigitador? - -Se sentaron en la mesa, y el charlatán, el domador, la madama de -las cacatúas, el domesticador de focas y monsieur David barajaron y -cortaron y se pusieron a jugar a la malilla. Yo me tendí en un diván y -me quedé dormido. - -A media noche me despertaron los gritos. - -Todos vociferaban y discutían, y tenían montones de plata y de cuartos -encima de la mesa. - -El domador debía de perder mucho; estaba anhelante, congestionado, -con una gruesa vena hinchada en la frente. A cada momento se pasaba -la mano por las patillas. La madama de las cacatúas marchaba también -mal, a juzgar por su aire humillado; el domesticador de focas estaba -indiferente; monsieur David sonreía, y el charlatán, delgado, -mefistofélico, tenía un aire plácido e insinuante y ponía derecho un -naipe en la nariz y seguía jugando. - -Mientrastanto el ventrílocuo, alto y flaco, con los brazos y piernas -recogidos en la silla, sacaba unas extrañas voces de su cuerpo. - -El final del juego se aproximaba, y, efectivamente, en una pasada, -el dinero del domador húngaro desapareció y fué a parar a manos -del charlatán y de monsieur David. El domador se irguió lanzando -juramentos, y los gananciosos, con aire compungido y los bolsillos -llenos, se prepararon a levantarse. - ---Esperen ustedes--gritó el domador--. Me deben el desquite. Vuelvo en -seguida. - -Salió el domador, y al momento monsieur David y el charlatán se -escabulleron del cuarto. El ventrílocuo, el de las focas y la madama de -las cacatúas hicieron lo mismo. - -Yo iba también a salir y me dispuse a ponerme los zapatos cuando entró -el domador de nuevo con un látigo seguido de dos panteras. - -Yo quedé horrorizado. - -Al ver que no había ningún jugador se puso a pasear por el cuarto -furioso, gritando y blasfemando y dando trallazos en el aire, mientras -las dos fieras que traía saltaban y enseñaban los dientes. - -Yo estaba espantado. El domador se fijó en mí y se acercó al diván. - -Me dijo burlonamente que el dueño de las figuras de cera y el -prestidigitador le habían robado su dinero. Era necesario que le pagase -yo. - ---Yo, hombre, ¿por qué? - ---Porque me han estafado. Venga el dinero... Si no... - ---Si no..., ¿qué pasará? - ---Se arrepentirá usted--y dió un latigazo sobre el diván, y las dos -panteras saltaron como gatos. - ---Espere usted, espere usted, no tenga usted prisa le dije yo, y me -levanté y me puse tranquilamente la chaqueta. - ---Pronto, pronto--gritó él, asombrado de mi súbita serenidad. - ---¡Ah! ¿Pronto? Pues ahora le voy a decir a usted una cosa. - ---¿Qué? - ---Que no le voy a dar a usted nada. - ---¿No? Y levantó el látigo. - ---No--le dije yo, y le pegué un puñetazo en la barba que lo tumbé al -suelo, derribando una silla y la mesa. - -Las dos panteras se escondieron en un rincón asustadas. - -Antes de que el domador pudiera levantarse, abrí el cuarto, salí al -patio y de aquí al camino. Crucé la aldea y fuí andando hasta que se -hizo de día. Estaba a poca distancia de Pau; llegué a esta ciudad, -entré en una posada, me lavé, me puse mi traje de señor y metí el otro -en el morral. Pregunté cómo podría salir para Bayona. Me indicaron el -punto donde partían las diligencias, y me encaminé hacia él con el -morral convertido en maleta. - - - - - XIII - - COMIENZO DE UNA AVENTURA ROMÁNTICA - - -ESTABA sentado en un banco de la Plaza Real esperando que dieran las -ocho y se abrieran las oficinas de la diligencia, cuando vi dos mujeres -de luto que avanzaban vacilando y mirando a derecha e izquierda. - -Se sentaron en el mismo banco que yo; pero debían estar impacientes, -porque se levantaron pronto, dejando un paquete en el asiento. - -Al notarlo llamé a las dos damas y les di lo que olvidaban. - ---¡Gracias! ¡Muchas gracias!--exclamó la mayor de las dos--. No sé -dónde tenemos la cabeza. - ---Si en algo puedo servirlas, lo haré con mucho gusto--les dije yo. - ---Venimos a buscar la diligencia que va hacia Orthez. - ---Yo también; pero me han dicho que no hay diligencia hasta el -mediodía. Ahora únicamente se puede tomar un pequeño coche, que llaman -Cuco. - ---¿Y cuándo va a salir? - ---Parece que hasta dentro de hora y media no sale. - ---¿Y qué hacemos aquí hora y media?--exclamó la joven--. Nos van a -conocer. - ---¿Usted ha tomado el billete?--me preguntó la señora mayor. - ---No; todavía, no. - ---¿Quiere usted acompañarnos? - ---Con mucho gusto. - -Nos metimos los tres en un café que acababan de abrir. - -La señora mayor tenía unos cincuenta o cincuenta y cinco años, -y llevaba tocas de viuda; la otra era una muchacha, pálida e -insignificante, de unos veintitrés años. - -La señora hablaba con un acento nervioso y asustado; la señorita estaba -como apabullada. - -Cuando pasó el tiempo necesario nos acercamos al despacho de -diligencias. Esperamos a que prepararan el Cuco, y entramos en él las -dos señoras y un capitán de la gendarmería de Bayona, que había ido a -Pau a recibir órdenes, y yo. - -El capitán y yo hablamos. La señora mayor no hacía mas que saltar en -el asiento, de impaciencia. El Cuco marchaba perfectamente, con un -movimiento suave. - -En los diferentes puntos que mudaban los caballos se presentaban los -gendarmes y preguntaban invariablemente si no iban españoles. - ---Point d'espagnols--decía el capitán--. Dos damas francesas, un señor -inglés y un capitán de la gendarmería real. - ---Perdón, mi capitán--decían los gendarmes, haciendo el saludo militar. - ---¿Por qué preguntan siempre si van españoles?--dije yo. - ---Es que se teme que haya por aquí agentes españoles -revolucionarios--contestó al capitán. - -Llegamos a Orthez por la mañana. El capitán y yo ofrecimos a las -señoras nuestra compañía, y como ellas aceptaron, fuimos hasta su -casa. El capitán dió el brazo a la mayor, y yo a la muchacha. Llegamos -delante de la puerta de la verja de una magnífica posesión y nos -despedimos de las señoras. El capitán fué hacia un lado y yo hacia el -contrario. Avancé un poco paralelamente a la verja, que era más larga -de lo que yo me figuraba, y al volver vi que las dos mujeres estaban -todavía a la entrada. - ---¿No les oyen?--les pregunté--. ¿Quieren ustedes que yo llame? - ---No, no--dijeron las dos, asustadas. - ---Lo que ustedes quieran--y me preparé a seguir. - ---¿Podría usted hacernos un favor?--me preguntó la señora con su voz -trágica. - ---Sí, con mucho gusto. - ---Querríamos entrar en el parque sin que nos viera el portero. - ---No sé la manera. - ---Hay una puerta chiquita, cerrada con solo un cerrojo, aquí, a un lado. - ---¿Y desde fuera cómo la va usted a abrir? - ---No, desde fuera ya sé que no. ¿Usted no sería capaz de escalar esta -verja? - ---¡Escalar la verja! ¿Y si le ven a uno? - ---No. No se levanta en la casa nadie hasta muy tarde. - ---Bueno; avísenme ustedes si aparece alguien. - -Sin más dejé mi fardelillo en el suelo, escalé la verja, bajé por el -otro lado, corrí hacia la puerta pequeña y abrí el cerrojo. Las dos -mujeres entraron en el jardín y yo salí al camino. - -Al pasar de nuevo por delante de la puerta de la verja estaba la señora -aguardando y me dijo: - ---Quiero darle a usted una explicación y hablar con usted. Venga usted -cuando se haga de noche a esta verja. - ---Sí, señora, vendré. - -Me fuí a una fonda con la imaginación un poco excitada, y de noche me -presenté en la verja. Al poco rato llegó la señora. Me habló durante -más de una hora con un tono inquieto, lleno de angustia, y me contó, -atropelladamente, una porción de cosas. - -Aquella dama era pariente y al mismo tiempo señora de compañía de -la muchacha joven que había venido con ella en el coche. Se llamaba -madama Domesan. La muchacha, Gabriela de Beaumont; por lo que me dijo, -vivía con su padre, su tío y una señora amiga de su padre, Enriqueta -Sarrazin, que se había hecho dueña de la casa de tal manera, que los -tenía presos a todos, sin dejarles salir de allí. - -El día anterior esta señora había marchado del castillo, y aprovechando -su salida, Gabriela y ella habían ido a Pau a hablar con un pariente -y a explicarle la situación en que se encontraban, pero no le habían -visto. - -En la casa, la Enriqueta Sarrazin mandaba como dueña, y había dispuesto -casar a su hijo, que era un perturbado, con Gabriela, y estaba aislando -a la familia de Beaumont de sus amigos y parientes, de tal manera, -que ya nadie entraba en la casa. En los planes le ayudaba un cura del -pueblo. - -Después de todos estos datos, madama Domesan me dijo que si yo tenía -valor y energía para ello, que me presentara al día siguiente en el -castillo preguntando por el vizconde Beaumont de Lomagne; que le dijera -que llegaba de Londres y que era aficionado a los árboles y a las -plantas exóticas, y que quería ver el parque y el invernadero, y me -hiciera amigo de él. - -Me sugestionaron los relatos de aquella dama y prometí seguir la -aventura. - -Al día siguiente, al mediodía, me presenté en el castillo y llamé -tirando de la cadena. - -Salió a abrir un portero viejo, con una gran librea; le di mi tarjeta, -y esperé. - -Poco después se abrió la verja, y el criado me dijo que pasara. - -Comencé a marchar por una avenida enarenada. Al final de ésta se veía -un edificio grande, pesado, de piedra, con varias torres de pizarra -adornadas con veletas. - -A un lado y a otro había árboles centenarios, altísimos, y delante de -la fachada del castillo, un estanque oval, de agua profunda y obscura, -a cuyo alrededor las hojas caídas en muchos años formaban como un marco -de plata. - -Este estanque parecía un espejo negro que reflejase el cielo a través -del follaje de los árboles. Bordeando el estanque nos acercamos al -castillo, y entramos en un gran zaguán, que parecía una cripta, con el -suelo, las paredes y el techo de piedra. Subimos la ancha escalera, -pasamos un salón grande como un museo y fuimos a un gabinete elegante, -pero también triste, en donde había dos viejos momificados sentados -el uno frente al otro, la señora y la señorita del coche y madama -Sarrazin, una mujer de cara juanetuda, de ojos claros y pelo blanco. - -El vizconde me saludó amablemente. Era un hombre alto, encorvado y -pálido, con un aire de temor y de cansancio. - -Vestía un traje del tiempo del Imperio, y al andar parecía arrastrarse. - -Su hermano, el caballero de Maslac, era un vejestorio del tipo más -completo del antiguo régimen; llevaba calzones de terciopelo de color, -medias de seda, casaca y coleta. Iba perfumado, pintado, con colorcitos -en las mejillas y en los labios; los dientes, postizos, y peluca. Usaba -constantemente un lente y una tabaquera; en los dedos, anillos, y -dijes, y, al levantarse de la butaca, se apoyaba en un bastón con puño -de oro. - -La señorita Gabriela y madama Domesan me saludaron amablemente, y la -señora Sarrazin apenas se dignó mirarme. - -El vizconde de Beaumont, que tenía la manía de la botánica, me mostró -el parque y el invernadero de su castillo. - -El parque era tristísimo; parecía que habían querido darle un aire -lúgubre, haciendo que los árboles gigantescos estuvieran tan cerca uno -de otro que, paseando por las sendas, no se veía el cielo. - -El estanque reflejaba las nubes como una pupila desesperada y sombría. - -El vizconde me enseñó la antigua torre de los Beaumont, con sus -baluartes y sus argollas, que daban al río y servían para atar las -gabarras. - -Después de ver sus plantas extrañas, dije que tenía que marcharme; pero -el vizconde me rogó varias veces que me quedara a cenar y a dormir. -Como este era mi objeto, me quedé allá. - -La cena fué siniestra. El vizconde miraba a un lado y a otro, como -poseído por el mayor espanto; el caballero de Maslac, con sus adobes y -sus dijes, parecía una momia desenterrada. - -No se habló en la mesa mas que de genealogías, y únicamente el vizconde -interrumpía esta conversación para disertar acerca de botánica. -Después de cenar jugaron una partida de cartas entre los dos viejos, -la Sarrazin y Gabriela, y madama Domesan me indicó que fuera a la -biblioteca, donde hablaríamos. - -Efectivamente, fuí a ella y hablamos largamente. Me dijo, de una manera -nerviosa y perentoria, que yo, que había sido simpático al vizconde, -debía entrar en la casa y luchar contra la influencia de madama -Sarrazin, que les dominaba a todos. - -Después me contó, con su tono dramático, la historia de un muchacho que -había galanteado largo tiempo a Gabriela, y a quien se había encontrado -ahogado en el río, y de un hombre misterioso que aparecía de cuando en -cuando en las proximidades del castillo. - -Luego me habló de su vida y de su familia. - -Me dijo que ella procedía del secretario de Felipe II, Antonio Pérez. - ---Al evadirse Antonio Pérez de la cárcel de la Inquisición de -Zaragoza--me contó--, se refugió en el Bearn y fué protegido por -Enrique IV y por Margarita de Valois. Antonio Pérez tuvo amores con una -señora de Orthez, y su hijo se estableció aquí definitivamente, y de él -procedo yo. - -Siguió la señora Domesan contando una serie de relatos de crímenes y -de sucesos extraños donde aparecían asesinos, misterios, fantasmas, y -llegué a pensar si aquella mujer estaría un poco perturbada, y sería, -sin proponérselo, una especie de Anna Radcliffe gascona. Por lo menos -era un folletín de muchas entregas. - -Al pasar a la alcoba que me destinaron, que era inmensa y obscura, no -pude dormir. Toda la noche la pasé pensando en ahogados y muertos. - -Al día siguiente comprendí que aquellas grandezas no eran para mí, y, -sin despedirme de nadie, con el pretexto de dar un paseo, me marché del -castillo y no volví. - - - - - XIV - - EN LA DILIGENCIA - - -CORRÍ con mi morral al sitio donde salían las diligencias y tomé un -asiento para Bayona. - -Me encontré con el mismo capitán de la gendarmería con quien había ido -a Orthez. Nos saludamos y nos dimos nuestros nombres. Me dijo que se -llamaba Montmartin, y me invitó a tomar una copa de coñac. - -En la diligencia iba mucha gente que subía y bajaba en los pueblos -pequeños, llevando cestas y encargos, y un comerciante bayonés, con su -mujer y dos hijas. - -Una de ellas, por lo que contó su madre, tenía una voz preciosa, y -había obtenido un gran éxito cantando la Cavatina «Una voce poco fá», -del _Barbero de Sevilla_, en una de las casas del gran mundo de Orthez. - -La otra señorita poseía, según su madre, grandes conocimientos -literarios e históricos, y sabía el inglés y el español. Había sido muy -galanteada por un joven oficial de la guarnición de Orthez, llamado -Alfredo de Vigni, que había escrito para ella una poesía preciosa. - -A pesar de hablar yo bastante mal el francés («¡Celibataire, une -boutaille de cercueil!), quedé un poco mejor que el capitán de la -gendarmería, pues éste consideraba que ante las señoras debía tomar una -aptitud rígida, como si estuviera en actos de servicio. - -Quizá influían en su tiesura las frecuentes libaciones, pues -aprovechaba todas las paradas para intoxicarse cuanto podía. - -Con este combustible se reveló en él su fondo de francés, y dijo que -Napoleón era un grande hombre, a quien los ingleses habían hecho -perecer miserablemente. Habló también de la batalla de Orthez, en que -Wéllington, con el ejército aliado, había batido al mariscal Soult, y -se deshizo en insultos contra el vencedor de Waterloo. - -El comerciante bayonés y su familia parecían desolados al oír esto, y -me miraban como pidiéndome mil perdones. - -El capitán vió que yo no me daba por aludido, se calmó, se hizo amigo -mío y amenizó el viaje con algunos cuentos de cuerpo de guardia. - -A la tardecita llegamos a Bayona, y, pasado el puente sobre el Adour, -el sargento del puesto de la gendarmería preguntó si no había viajeros -españoles. El capitán Montmartin dijo que no, y seguimos adelante hasta -la plaza de Armas. - -El capitán sintió no sé por qué un vago impulso de simpatía o de -remordimiento al despedirse de mí, quizá por haber hablado mal de -los ingleses, y me invitó a cenar con él al café del Comercio tan -insistentemente, que tuve que aceptar. - -Estaba el café, envuelto en una nube de humo, atestado de oficiales de -la guarnición. Se hablaba a gritos. - -En una mesa había un grupo de tenientes y suboficiales, y uno de -ellos leía un libro que acababa de publicarse, de un tal Paul de -Kock, llamado _Gustavo el calavera_. Los que escuchaban se reían a -carcajadas. El capitán Montmartin y yo nos acercamos al grupo, y aunque -yo apenas oía la lectura, contagiado por la risa de todos, acabé por -reírme. - -Mareado y algo intoxicado me despedí de Montmartin y me fuí a la fonda. -Al día siguiente me levanté temprano y salí a la calle. Vi muchos -grupos de españoles que me dijeron eran realistas, y entre ellos un -cura y un fraile, el uno con su gran sombrero de teja y el otro con su -cerquillo. - -Los dos tiraban al blanco con carabina y tenían una magnífica puntería. - ---Son soldados de la Fe--me dijo un francés que debía ser realista -entusiasta. - ---No cabe duda que con esa puntería--le contesté yo--han de ganar -muchas almas para el cielo. - - - - - XV - - MARY LA DE BIRIATU - - -EN la fonda de Bayona me dijeron que podía ir a San Juan de Luz a -caballo en un cacolet. No sabía lo que era esto, que resultó un -artefacto que en castellano llaman jamugas. - -Llegué a San Juan de Luz en mi cacolet; dejé el morralillo en un -fonducho de la salida del pueblo y fuí a estirarme las piernas hacia la -playa. - -Me sorprendió un chubasco y entré en un café pequeño y me senté delante -de una ventana con cristales, y estuve contemplando cómo chocaban las -gotas de agua en la tierra, y las nubes que corrían por el cielo. - -Al terminar el chaparrón volví al fonducho de la salida del pueblo e -hice mis preparativos para entrar al día siguiente en España. - -Estaba sentado en la mesa y estudiando un mapa cuando entró una -muchacha a preguntarme si quería cenar. Al verla, me pareció que el -cuarto se iluminaba; tan bonita era. - ---¿Usted me va a servir la cena?--le dije. - ---Sí. - ---No creí poder ser tan feliz. - -Ella se rió. Yo la contemplé embobado. Tenía unos ojos claros azul -verdosos, una boca burlona y un cuerpo ligero y fuerte al mismo -tiempo. Era un fruto del Norte dorado por el sol del mediodía. - -Le pregunté cómo se llamaba y me dijo que Mary; le volví a preguntar de -dónde era y me contestó que de Biriatu, un pueblecillo pequeño asentado -en un cerro próximo al Bidasoa. - ---Voy a quedarme aquí--le dije--para poder verla a usted muchos días. - ---No podrá ser--contestó ella. - ---¿Por qué? - ---Porque me marcho a Biriatu mañana. - ---Iré yo a Biriatu. - ---Es igual; no me verá usted. - ---¿Tendrá usted novio? - ---No. - ---¿Pero tendrá usted muchos pretendientes? - ---No; tampoco. - ---¿Cómo puede ser eso, siendo tan bonita? - ---No opinan todos como usted--me replicó riendo. - ---Eso es imposible--exclamé--. ¿Es que los hombres de este país no -tienen ojos? ¿Es que son como esos peces de los lagos sin luz, que son -ciegos? ¿Es que tienen alguna membrana nictitante perpetua? ¿Es que...? - -Mary la de Biriatu iba y venía trayendo platos, haciendo poco caso de -mis frases. - -Cuando se acabó la cena le dije que ya que no podía verla quería -marcharme al amanecer y que me diera la cuenta. - -Me la trajo y quise darle de propina un luis de oro. - ---No, no--me dijo--; guárdese usted su moneda de oro. No la quiero. - ---¡Pero, si yo no la pido nada a cambio! - ---Es igual; no la quiero. Le hará a usted más falta que a mí. ¡Adiós! -Buenas noches. - - * * * * * - -J. H. Thompson dice, al llegar aquí, que se metió en su cuarto y -sacando lápiz y papel escribió una poesía en inglés en honor de la -muchacha que encontró en la fonda. La tal poesía es una españolada -poco seria que no nos puede agradar a las personas sensatas, y si la -traducimos y la copiamos es, más que para otra cosa, para demostrar la -extravagancia de los extranjeros cuando se ocupan de España. Dice así -la canción traducida al pie de la letra: - - «_A Mary la de Biriatu_: - - »Tienes los ojos azul verde claros, Mary la de Biriatu, como - las olas del mar; tienes la boca burlona y fresca y el cuerpo - ágil y armónico como el de una diosa. Cuando te veo marchar - de aquí para allá, mi corazón tiembla y siente el mismo - sobresalto que si fuera una pieza de porcelana de Sèvres en - manos de una criada cerril, o la copa más fina de cristal de - Bohemia entre los dedos de un chico atolondrado. - - »Eres amable, Mary la de Biriatu, y, sin embargo, eres cruel. - Tienes la crueldad de la fuerza, que no sospecha la debilidad - ajena; tienes la exactitud del teorema matemático, que es un - tormento para la inteligencia obscura; eres soberbia como la - Naturaleza, y yo soy humilde como una cosa humana. - - »¡Si tú quisieras!, yo saldría de mí mismo como un dragón de - su agujero, y sería el hombre más turbulento y más dionisíaco - de la tierra. Pero no, no lo sería; lo soy ya. - - »Me he transfigurado, y las furias anidan en mi corazón. Ya no - soy un inglés pesado y grueso; soy andaluz y tengo sangre mora - en las venas; tengo garras como las águilas y colmillos agudos - como los tigres. Ya no diseco fieras, las mato; ya no discuto - con los hombres, los domino. - - »Ven conmigo, Mary, Mary la de Biriatu. Yo te llevaré en - mi caballo cordobés, desde el Pirineo a Sierra Nevada y - reposaremos al pie de las palmeras de Andalucía al son de las - castañuelas y las guitarras. - - »Si quieres que sea contrabandista, Mary, me haré - contrabandista; si quieres que sea salteador de caminos, lo - seré sin miedo e imitaré al bandido generoso, - - el que a los ricos robaba - y a los pobres protegía. - - »Para mí no habrá más leyes que tu capricho, Mary, Mary la de - Biriatu; para mí no habrá más cielo azul que el azul verdoso - de tus ojos. Con el trabuco al brazo, montado en mi jaca - torda, seré una exhalación. Yo me escabulliré de entre las - manos de la justicia y haré llorar de rabia a los alguaciles, - y a los alcaldes, y a los corchetes de la Santa Hermandad. - - »¿Hay que desafiar al rey, a la Inquisición, a los ángeles, a - los demonios? - - »Aquí estoy yo. Yo robaré las alhajas de la Virgen para - adornar tu garganta y te daré la Biblia de Lutero para que con - sus hojas hagas papillotes. - - »Y cuando el mundo entero esté retemblando con mi gloria como - una caldera de vapor, y mis hazañas sean cantadas por los - ciegos, tú, con tu mantilla de casco y una peineta de concha; - yo, con el calzón corto y mi capa andaluza, iremos los dos del - brazo a la corrida. - - »Ven conmigo, Mary, Mary la de Biriatu. Mira que soy capaz de - todo por ti. Mira que si no te pierdes al mismo Robin Hood con - calañés». - -Esta es la absurda e insensata poesía que J. H. Thompson dedicó a la -muchacha de la fonda de San Juan de Luz, donde estuvo hospedado, y que -ha desagradado profundamente a varias personas respetables que la han -leído. - - - - - XVI - - LA VENTA DE INZOLAS - - -DESPUÉS de descargar mi corazón en estos versos me tendí en la cama, me -quedé dormido, y por la mañana, al amanecer, me levanté y salí de casa. - ---Veremos lo que nos reserva la suerte--me dije. - -Anduve una legua antes de que saliera el sol, y me senté al pie de -un árbol y saqué del bolsillo mi mapa de España. Estaba publicado en -Londres, en 1808, por la casa John Stockdale de Piccadilly, y debió de -servir para las tropas de Wéllington que iban a la Península. - ---Como no tengo objeto--murmuré--, seguiré el meridiano. El mito de mi -tío el comandante Cox y el meridiano serían mis directrices. - -Decidí pasar uno o dos meses en el país vasco, medio año en Castilla, -e ir a parar a Andalucía. Estaba enfrascado en la observación del mapa -cuando pasó una chiquilla que se me quedó mirando. - -Me levanté y la pregunté: - ---¿Este es el camino de Navarra? - ---Sí. - -La muchacha iba hasta un caserío llamado Herburu, y yo fuí con ella. - -Encontré a un aduanero francés a quien le dije me indicara el camino de -España. Me miró con desconfianza y me mostró un sendero. - -Siguiéndolo, llegué a un bosque bastante cerrado, con una venta, la -venta de Inzola. Estaba en territorio español. Pedí en la venta que -me pusieran algo de comer, y con un gran trozo de pan, de chorizo y -de queso y una botella de vino, me senté en la hierba, en un prado. -Brillaban las margaritas y las flores del brezo; una serpentaria -mostraba su mazorca roja entre lo verde. Corría allá un vientecillo del -mar fresco y agradable; el cielo estaba muy azul; en Francia se veía -la llanura y la costa; hacia España, un laberinto de montes ceñudos y -sombríos. Unos grillos amenizaban la soledad y un cuco lanzaba su voz -irónica entre los árboles. - -Devoré mis provisiones, y después dirigí un _toast_ elocuente a la -vieja España de Don Quijote, y del Cid, y de San Ignacio de Loyola. -Añadí a Loyola, para probarme a mí mismo, que este Amadís de Gaula, -católico y papista, no sólo no irritaba mis sentimientos de protestante -de raza, sino que veía en él un hermoso manantial de energía y de tesón. - -Después de este _toast_ hice mi segunda libación brindando por las -damas españolas, los caballeros, las majas, los toreadores, los -gitanos, los corchetes, los alguaciles y los alcaldes, y, sobre todo, -por la bella entre las bellas, Mary la de Biriatu. Como me quedaba más -vino en la botella y no era desagradable, tuve que brindar por el mar, -por el cielo azul, y hasta por la Cosa en sí, y me quedé un momento -dormido. - - - - - SEGUNDA PARTE - - DEL PIRINEO A MADRID - - - - - I - - LOS PLACERES DEL CAMPO - - -CUANDO yo leía de chico las descripciones de los placeres -campestres--dice J. H. Thompson--, me parecían una de las cosas más -insulsas y más tontas del mundo. Es extraño cómo la retórica, a fuerza -de repetir las mismas frases, llega a borrar todo sentido de la -realidad. - -Los placeres campestres en las páginas de los escritores bucólicos del -siglo XVII y XVIII han sido siempre placeres amables y sociales; se -ve que para estos escritores la Naturaleza estaba representada por un -parque bien cuidado, como para Fenelón la gruta de Calipso era uno de -los subterráneos del jardín de Versalles. Los placeres campestres en la -pintura han sido también tan sosos, tan amanerados, como los descriptos -por los poetas. - -Al llegar a vivir en el campo por primera vez, nunca recordé las -descripciones que había leído en la infancia, ni los cuadros de los -pintores. No me acordé jamás de Galatea, ni de Amarilis, ni de Thirsis, -ni de Nemoroso; todas estas amables personificaciones no salieron del -estante que les corresponde en el armario de la guardarropía poética -para presentarse a mi imaginación. Me desdeñaron tanto como les -desdeñaba yo a ellas. - -Al acercarme al campo, la Naturaleza, en vez de una impresión amable, -pastoril y bucólica, me dió una sensación ruda y me habló con una voz -áspera y discordante. - -El viento y la lluvia, el murmullo de los árboles en el follaje y el -rumor del arroyo, el caminar por entre las altas hierbas o por el claro -del bosque me produjeron una sorpresa. - -Tuve también otras sorpresas y descubrimientos. Uno de éstos fué -encender hogueras. - -Pocas cosas me han parecido tan sugestivas. ¡Hacer fuego al borde de -un camino y ver cómo chisporrotean las hierbas secas, serpentean las -llamas y se desparrama el humo por el aire! ¡Qué gran placer! ¡Qué -eterna admiración! - -Siempre parece un espectáculo nuevo, como si guardara uno en el fondo -del alma el asombro del hombre primitivo, descubridor del fuego al ver -levantarse las llamas en el aire. - -Este es uno de los grandes placeres tristes y melancólicos del campo. -Mirar la llama de la hoguera, ver el humo que mancha las claridades -del crepúsculo, mientras las estrellas comienzan a presentarse en el -cielo... - -Hoy, al pensar en ello, siento melancolía, la melancolía del enamorado -de la Naturaleza unida a la melancolía del reumático. - - - - - II - - ERLAIZ EL PANADERO - - -DESPUÉS de mis libaciones dejé la venta de Inzola y comencé a marchar -hacia Vera. Enfrente tenía un enmarañamiento de montañas fragosas y -obscuras, de crestas y de barrancos. - -Por toda la zona pirenaica vasconavarra ocurre lo mismo: lo trágico y -fosco ha quedado para España; lo sonriente y amable, para Francia. - -A pesar de esto, el espíritu de los vascos de un lado y otro de la -frontera ha quedado el mismo; la misma seriedad, el mismo gusto por los -trajes negros, el mismo aire de desilusión. - -Parece que este pequeño pueblo tiene la conciencia vaga de su -desaparición, de su absorción por los de alrededor, y le queda la -tristeza y el orgullo de los pueblos viejos que se hunden sin dejar -apenas rastro de su existencia. - -Bajaba despacio de la venta de Inzola a Vera del Bidasoa cuando oí a lo -lejos el ruido de una carreta. ¡Cómo chirriaba! Tan pronto se la oía -como se perdía su sonido, como volvía a aparecer. Estas carretas vascas -tienen las ruedas de madera de una sola pieza y sujetas al eje, lo que -hace el rozamiento muy grande. - -Preguntaba unos días después a los campesinos en Vera por qué hacían -así las carretas, al menos por qué no daban sebo a los ejes, y uno me -dijo que con aquel chirrido áspero se divertían los bueyes, y otro, -que así no había que avisar a nadie del paso de la carreta, porque el -chirrido de las ruedas avisaba solo. - -Iba bajando al fondo de un arroyo, a cuyo borde se veían varios -caseríos, cuando me encontré con un viejo que marchaba seguido de su -perro. Era un hombre afeitado, encorvado, con un perfil de cuervo. - -Entablé conversación con él y, después de someterme a un -interrogatorio, me dijo que andaba buscando minas. - -En el interrogatorio tuve que decir quién era y a qué venía a España, y -eché mano del mito Cox y de la herencia, y expliqué mis planes. - -El mismo individuo me preguntó qué pensaba hacer en Vera; le dije que -pasaría allí un día nada más y seguiría adelante. - ---¿Tiene usted posada? - ---No. - ---Pues yo le llevaré a casa de un paisano amigo mío, que le hospedará -barato. - -Llegamos a uno de los barrios del pueblo al anochecer. En lo hondo de -un valle se veían unas cuantas casas viejas en fila, envueltas en la -niebla; el humo salía de las chimeneas en ligeras columnas azules. - -El viejo y yo recorrimos una calle larga, pasamos por cerca de la -iglesia y salimos a la carretera, a orilla del Bidasoa, y en una casa -con una tienda nos detuvimos. - -A la puerta estaba Erlaiz, el panadero; hablaba con un herrador de -una fragua próxima. El panadero, un hombre bajo, cuadrado, picado de -viruelas, de cara fosca y ceñuda, explicaba algo al herrador, hombre -grueso, panzudo, con una sonrisa llena de malicia. - -El panadero nos recibió ásperamente, al viejo y a mí, y a una muchacha -que estaba en la tienda le dijo que me llevara a una habitación. - -Crucé la tienda, subí a un cuarto pintado de verde, me lavé y eché -un vistazo al pueblo. El vasco es indiferente y un tanto hostil al -extranjero; aunque se le hable en español, si le ven a uno extraño, -le miran con desconfianza y con suspicacia. La gente a quien pregunté -algo, en vez de responderme dándome los datos que les pedía, me -contestaban preguntándome a qué venía y qué pensaba hacer. - -Estos vascos recelosos suponen que se les tiende un lazo al hacerles la -pregunta más sencilla. - -Pensé que no estaría muchas horas en el pueblo. - -A la hora de cenar volví a mi posada de casa del panadero, y me -hicieron pasar a un comedor, en donde se hallaban el buscador de minas, -que había encontrado en el monte, Erlaiz y un militar. - -El panadero, mi patrón, cambiado por completo de aspecto, se mostraba -sonriente y amable. Me indicaron mi sitio en la mesa, y nos pusimos a -cenar. - -El viaje me había abierto el apetito, y di un ataque formidable a los -platos, al pan y al vino. Los demás no se quedaron atrás. Después de -cenar trajeron café y licores, y nos pusimos a hablar y a cantar. Yo no -he visto compadres más alegres que aquéllos. - -El militar, guerrillero con Mina en la guerra de la Independencia, -contó sus hechos de armas, y el panadero habló de sus aventuras en -tierra de Castilla. - -Los dos estuvieron a cuál más exagerados. - -Estos buenos vascos, cuando se lanzan a ello, son un tanto fanfarrones, -como los escoceses de Walter Scott, o como los gascones. Al oírles a -ellos, cualquier encuentro de cincuenta hombres contra otros cincuenta -es una batalla de Austerlitz; una aldea con cuatro casas viejas, una -Florencia y un granero con una torre es el Louvre o el Kremlin. - -Después de las hazañas del militar y del panadero, el viejo buscador -de minas, que se llamaba Bidarraín, nos dió lecciones de botánica y de -mineralogía popular, mezcladas con algunas supersticiones. - -A las doce y media, rendido de sueño, me fuí a la cama, dormí de un -tirón hasta las diez, y, al despertar, pensé si la cena de la noche -habría sido una realidad o una fantasía. - -Me vestí, bajé a la tienda de Erlaiz y me lo encontré displicente y -malhumorado. - ---Ahí ha venido ese viejo Bidarraín a preguntar por usted--me dijo--. -En la huerta debe estar. - -Tomé el café con leche que me sirvió la sobrina de Erlaiz, salí a la -huerta y encontré al viejo buscador de minas. - -Me preguntó si quería dar un paseo con él, le dije que sí y echamos a -andar. Bidarraín me mostró varias muestras de mineral, y hablamos de -mineralogía y de botánica. Luego le pregunté qué clase de hombre era -Erlaiz, el panadero, pues me parecía de genio mudable. - ---Es buena persona--me dijo--, pero muy violento y muy terco. Cuando -se le pone una cosa en la cabeza no hay quien le pueda convencer de lo -contrario. Le hemos querido persuadir el teniente Leguía y yo de que es -una barbaridad que ponga cepos en el Bidasoa para los salmones en época -de veda; pues los pone, y aunque viniese el obispo y se lo pidiera de -rodillas, los seguiría poniendo. - -Bidarraín contó otros detalles de la barbarie del panadero. Llegamos a -mi posada; el buscador de minas se marchó y yo entré en la tienda. Pasé -a la tahona, y vi a dos viejas que amasaban los panes en una artesa, -mientras Erlaiz trabajaba con la pala en el horno. - -Murgui, la sobrina del panadero, me sirvió la comida; entablé -conversación con esta muchacha, y le pregunté qué clase de hombre era -Bidarraín. Me dijo que pasaba por hombre rico; que tenía minas de plata -y de oro. - -También le pregunté a Murgui acerca del teniente Leguía, y, por lo que -contó, deduje que a éste le consideraban como el enemigo del pueblo. - -Por la tarde volvió a presentarse Bidarraín y me llevó a una -huertecilla contigua al cementerio, donde se hallaban enterrados dos -oficiales ingleses, muertos en el pueblo al pasar los aliados el -Bidasoa, en 1813. - -Después fuimos hasta Lesaca, villa donde tuvo lord Wéllington su -cuartel general. - -Bidarraín debió hablar al panadero de mis conocimientos mineralógicos, -porque Erlaiz, por la noche, me preguntó si era ingeniero. Le dije -que no, y él pareció no creerme. Me preguntó también si tendría algún -inconveniente en ver unas minas algo lejanas. Le contesté que ninguno. -Dispusimos hacer la expedición al día siguiente. El panadero, contento, -trajo la guitarra y estuvo cantando. Cantaba de una manera bárbara y -graciosa. Cuando terminó, me fuí a mi cuarto y estuve un rato en la -ventana mirando las estrellas, oyendo el rumor del río y el canto de un -sapo (bufo músicus), que entretenía su soledad con sus notas. - - - - - III - - EL PARADOR DE SUMBILLA - - -BIDARRAÍN y Erlaiz me llevaron varias veces a ver sus minas. Estaban -empeñados los dos en que yo entendía mucho de minería; pero que, por -razones especiales, no lo quería confesar. - -Erlaiz y Bidarraín me pidieron que les escribiera varias cartas en -francés y en inglés, y cuando yo indiqué al panadero me hiciera la -cuenta, me dijo que no le debía nada. - -El teniente Leguía pensaba marchar a Elizondo con unos cuantos hombres -de su partida, y yo quedé en acompañarle y seguir después a Pamplona. - -Con este motivo se decidió obsequiarnos a los dos con una cena de -despedida en las Ventas de Yanci. - -Eramos los comensales, además del panadero, Leguía, Bidarraín y yo; -dos milicianos nacionales, sargento y cabo de la partida de Leguía, y -un liberal de Vera, que gastaba antiparras de plata, a quien llamaban -Laubeguicua (el de los cuatro ojos). - -Fuimos todos paseando a las Ventas de Yanci, que distan una legua y -media de Vera; nos sentamos a beber sidra, y se llamó al ventero y a la -ventera y se les sometió a un grave interrogatorio. - -Erlaiz, Bidarraín y el sargento de milicianos dieron a la consulta una -importancia sacerdotal. - ---Vamos a ver, ¿qué podemos comer?--preguntó Erlaiz. - ---Si quieren ustedes un cordero, ya lo asaremos--dijo la ventera, -cantando al hablar. - ---Bueno, un cordero. ¿Que más? - ---Ya tenemos también buenas truchas. - ---¿Truchas? No está mal. ¿Que más? - ---Pollos también ya tenemos. - ---¿Pollos? Bueno. ¿Qué más? - ---Jamón bueno ya pondremos. - -Así siguió la ventera explicando las provisiones que tenía, siempre -empleando esta fórmula de ya tenemos o ya pondremos. Este _ya_, de aire -germánico, me chocaba verlo empleado a todo pasto. - -Después de consultarse con la mirada Bidarraín, Erlaiz y el sargento -de nacionales, decidieron, de común acuerdo, que pusieran todo lo que -hubiese para no engañarse. - -Dispuesta la cena, seguimos bebiendo, hasta que nos dijeron que la mesa -estaba puesta. - -Al sargento de los milicianos, hombre alto, de vientre piriforme, se le -encandilaron los ojos, y frotándose las manos de gusto exclamó: - ---¡Pien, pien! Una puena cena. Esto es lo que me gusta. Puen cordero, -puenas truchas, puen pollo y puen vino. ¡A comerr! ¡A comerr! - -Comimos como buitres y bebimos hasta quedar mareados, lo que me dió -una idea bastante pobre de la sobriedad de los vascos; se habló con -entusiasmo de Mina, Riego y el Empecinado; con rabia, de las correrías -que hacían por Navarra Juanito el de la Rochapea y don Santos Ladrón, -y se cantó el _Himno de Riego_, a pesar de que el ventero y su mujer -suplicaron que callásemos, porque les comprometíamos. - -Salimos de las Ventas de Yanci a media noche; los de Vera se marcharon -a su pueblo, y Leguía, con sus dos milicianos y yo, seguimos hasta -Sumbilla. - -Nos detuvimos en el parador de San Tiburcio. El sargento del vientre -piriforme me dijo ingenuamente que con el paseo se le había abierto el -apetito, y que iba a mandar que le hicieran unas sopas de ajo. Le miré -con asombro y me fuí a acostar. - -Al despertarme por la mañana supe que Leguía había partido con sus -milicianos camino da Santesteban, dejándome una carta para un amigo -suyo de Pamplona. - -Como no tenía prisa y hacía calor, dejé la marcha hasta que cayera el -sol. Estaba en el portal del parador de San Tiburcio cuando se acercó -un carro grande, tirado por siete mulas. - -El arriero fué soltando sus animales, llamándolos uno a uno y -llevándolos a la cuadra. La Morena, la Montesina, la Capitana, la -Coronela, la Bonita, el Vigilante y la Leona fueron despacio al -pesebre, donde primero se les dió de beber. - -El posadero me preguntó: - ---¿No va usted a Pamplona? - ---Sí. - ---Pues si quiere usted, puede usted ir con este arriero. - ---¿No hay inconveniente?... - ---Ninguno. - -El arriero se llamaba Mandashay, y era un hombre de unos treinta y -cinco a cuarenta años, rubio, con unos ojos que parecían de cristal -azul. - -Me advirtió que si quería ir con él saldríamos a la mañana siguiente; -le dije que tendría mucho gusto en marchar en su compañía, y le convidé -a un vaso de vino. Quedamos de acuerdo; yo me fuí a acostar, y al -amanecer me llamaron. - -La mañana estaba fresca; había una niebla espesa que prometía un día de -calor. Mandashay sacó sus mulas y echamos a andar camino de Almandoz. - ---Cuando se canse usted puede tenderse en la galera--me dijo Mandashay. - ---No, no me canso tan fácilmente. - -La galera española es un carro grande, de cuatro ruedas, tirado por -una larga recua de mulas. En Navarra y en Castilla la Vieja se ven con -frecuencia estas galeras; en Castilla la Nueva abunda más el carromato, -que también llaman carro catalán. - -El viaje a pie detrás de un carro tiene sus encantos. El que aproximó -de un modo ideológico la galera carro a la galera barco, dándole el -mismo nombre, no estaba equivocado. El parecido de estos dos medios de -comunicación salta a la vista. El barco es una casa que flota, como el -carro es una casa que rueda. El carretero tiene algo de marino: es un -hombre que pasa y no se detiene, que lleva una ruta, que vive en un -mundo de soledad. - -Mandashay era un hombre muy interesante y ameno. Cada rincón del camino -le recordaba una historia. Aquí habían salido a robar a un rico unos -enmascarados; allá había vivido una muchacha de cabeza loca que trajo -revueltos a todos los jóvenes de los contornos. - -En algunos momentos Mandashay se agarraba a la galga, y en otros tiraba -de la brida del macho de varas, gritando: ¡Eup! ¡Eup! o ¡ueschqué! -¡ueschqué! - -Charlando llegamos a Almandoz y seguimos subiendo una cuesta hasta el -alto de Velate. El cielo estaba azul y el sol calentaba de firme. No -hacía mucho calor porque íbamos ya a bastante altura y corría aire -fresco. - -A media tarde cruzamos un bosque, que me pareció debía servir para los -misterios de los druidas, y fuimos a parar a las Ventas Quemadas, en lo -más alto del puerto. - - - - - IV - - PAMPLONA - - -SALIMOS de Ventas Quemadas por la mañana, y emprendimos la marcha hacia -la vertiente del Ebro. - -El paisaje había cambiado en absoluto. El cielo se mostraba más azul; -el campo, más seco; en los altos corrían pequeños caballos de grandes -colas y triscaban las cabras y los corderos; abajo resplandecían los -campos de trigo y alguno que otro viñedo. - -Al comenzar a descender hacia la cuenca del Ebro, me pareció que -empezaba España; todo tomaba a mis ojos un carácter más triste y más -serio: veía pueblos taciturnos, casas de paredes grises, árboles -cubiertos de polvo. - -Nos alejamos de la altura a medida que avanzábamos, y fuimos bajando -hacia el llano. En los trigales brillaban las amapolas como gotas de -sangre y los grillos nos ensordecían con sus chirridos. - -Dormimos en Villaba, y al día siguiente entraba yo en Pamplona. Me -despedí de Mandashay y fuí a parar a una posada de la calle de la -Curia. Saqué la carta del teniente Leguía; era para un capitán de -ejército llamado Iriarte. Me presenté a él, me acogió con amabilidad y -me invitó a comer. - -Durante la comida le hablé del mito Cox, y de cómo esperaba recoger una -pequeña fortuna. En tanto, le dije, me hallaba dispuesto a trabajar en -lo que se me presentase. - ---Y usted, ¿qué sabe hacer?--me preguntó Iriarte. - ---Sé francés y, naturalmente, inglés. - ---Sí; quizá esto le pueda servir de algo. - ---También tengo nociones de botánica. - ---¿Botánica? No creo que haya aquí nadie que se ocupe de eso. A no ser -algún herbolario. - ---Pues éstos son mis conocimientos. También sé disecar animales--añadí -con resignación. - ---¡Hombre! Eso quizá nos sirva. Aquí hay un profesor que todos los -pajarracos y alimañas que le dan los envía a Francia a disecarlos, lo -que le cuesta mucho dinero. - ---Voy a verle. - ---Sí, iremos juntos. - -Fuimos, efectivamente; hablamos con él, y yo me comprometí a -restaurarle algunos animales y a disecarle de nuevo otros, por el -sueldo de seis pesetas al día, mientras durara el trabajo. - -Disequé para aquel señor un caimán, un águila, un cisne y varios otros -bicharracos. - -El capitán Iriarte me recomendó una casa de huéspedes de la plaza del -Castillo y me trasladé a ella. - -Mi vida en Pamplona, mientras tuve trabajo, fué muy agradable. Por -la mañana y por la tarde trabajaba, y al anochecer paseaba por los -alrededores, y cuando no tenía tiempo de sobra iba a la Taconera. - -Allí se reunían los aristócratas y los burgueses, los militares, las -señoritas, los chicos y los curas, y algunos días de fiesta, por la -noche, se ponían unos farolillos de papel colgados de los árboles. - -Yo cultivaba mucho el mirador de la Taconera, un sitio bonito, desde -donde se ven los pueblos de la cuenca de Pamplona. - -Daba con prudencia la vuelta a las murallas. Conocía la Ciudadela y -los baluartes: el de la Reina, el de Redín, el de Labrit, el de los -Canónigos, el de Gonzaga; las cinco puertas y la poterna de la Tejería. - -Tenía algunos amigos, porque el capitán Iriarte me presentó a varios de -sus compañeros, militares liberales. - -Por entonces, entre los militares y los milicianos de Pamplona, -había gran hostilidad; los militares se manifestaban anticlericales, -partidarios de la Constitución; en cambio, los milicianos eran -fervientes católicos y monárquicos, y armaban trifulcas gritando: -«¡Viva Dios!» No parecía sino que tenían miedo de que lo mandasen matar -los liberales. Yo, como extranjero, no daba mi opinión acerca de estas -cuestiones. - -En la casa de huéspedes donde fuí por recomendación de Iriarte, eran -todos perfectamente reaccionarios, comenzado por la dueña, doña -Saturnina, señora vieja, nariguda y charlatana. - -Doña Saturnina era un producto clásico de las ciudades levíticas; -tenía la adoración por el aristócrata, por el cura, por el Don Juan -provinciano; hablaba con ternura de los mozos calaveras alborotadores, -que iban a los toros, bebían vino hasta emborracharse y hacían de -cuando en cuando alguna canallada y luego iban a confesarse con aire -hipócrita y santurrón al confesonario del cura que pasaba por más -severo, que generalmente era el penitenciario de la catedral. - -Al principio de estar en casa de doña Saturnina creí que se podría -bromear con las costumbres del pueblo, e hice algunos chistes acerca de -ese cartel que se pone en ciertos días en las iglesias de España: «Hoy -se sacan ánimas del Purgatorio»; pero pronto vi que en Pamplona las -bromas de este género tenían sus peligros. - -Doña Saturnina la patrona y un sobrino suyo me espiaron y hasta me -siguieron un domingo para ver si iba a misa. En vista de que no -frecuentaba la iglesia, doña Saturnina me interpeló con valor: - ---Dígame usted, ¿usted no es católico?--me dijo. - ---No, señora--le contesté. - ---¿Pues qué es usted? ¿Protestante? - ---Sí; soy de una clase de secta que se llama de los agnósticos, que -supone que no se sabe nada de nada. - ---¿Pero usted no cree en la Virgen y en los santos? - ---Los de mi secta creemos más bien en la substancia única, y -practicamos el culto del nuestro señor el Yo, y de nuestra señora de la -Cosa en Sí. - -A esto dijo mi patrona que esta virgen sería muy importante; pero que -los milagros de la Virgen del Camino eran mayores, porque se la había -visto elevarse en el aire y ponerse en un madero que hay en la iglesia -de San Cernín de Pamplona, a lo cual yo repliqué diciendo que bien -podía la ley de la gravitación, inventada por mi paisano Newton, ser -una costumbre o una rutina de la Naturaleza, y de nuestro espíritu, -y que, como dijo atrevidamente Protágoras, todas las cosas son -verdaderas, y que el hombre es la medida de todas las cosas, de las que -existen como existentes y de las que no existen como no existentes. - -Doña Saturnina me preguntó si este Protágoras era algún santo; yo la -dije que si no lo era, podía haberlo sido. - -Entonces, doña Saturnina me recomendó que me convirtiese al -catolicismo, y yo la tranquilicé diciendo que estudiaría la cuestión. - -En España y en pueblos como Pamplona todavía hay un gran atractivo en -ser incrédulo. ¿Cuánto durará esto? Al paso que vamos, ya poco. Cien -años; doscientos años. Nada, una miseria. - -La verdad es que, con el progreso, se priva al hombre libre de los -grandes encantos y emociones de ser perseguido. - -¿Qué vale un incrédulo, un librepensador en un país donde todo el mundo -puede serlo impunemente? Nada. En cambio, en plena persecución, ¡qué -delicia! Tener el libro prohibido bien guardado, leerlo a escondidas, -burlarse por dentro de todas las ceremonias y mojigangas, y escapar de -las tramas de esta red con la cual el despotismo judaico-cristiano ha -intentado envolver al mundo. ¡Admirable cosa! - -Los incrédulos debíamos protestar de la lenidad actual, que nos priva -de una de nuestras mayores satisfacciones... - - - - - V - - LOS CABALLEROS - - -EN la casa de huéspedes de doña Saturnina conocí a varias personas, -gentes pintorescas, cuya vida sabía luego por la misma patrona. - -Uno de los fijos en la casa era un señor alto, moreno, de pelo blanco, -vestido con traje obscuro, y que se paseaba por los arcos de la plaza -del Castillo ataviado con un sombrero de copa cubierto de hule y una -levita larga, y que cuando hacía fresco se ponía una esclavina azul -sobre los hombros. - ---¿Quién es este señor?--le pregunté a la patrona. - -Doña Saturnina me dió tres o cuatro nombres de estos compuestos y -largos que usan los españoles. - ---¿Y este caballero no trabaja?--pregunté yo. - ---No. ¡Ca! - ---¿Es rico? - ---Poca cosa. - ---¿Es de buena familia? - ---Ya lo creo. ¡Es un Pérez de Cascante! Es de los caballeros de Olite. - -Este caballero tenía un amigo que le acompañaba en sus paseos, el señor -Sánchez de Peralta. - -Doña Saturnina me explicó la genealogía de ambos. - ---Ninguno de los dos ha trabajado nunca--me decía la patrona con -entusiasmo--. Son caballeros. - -Me hizo gracia el equiparar la holganza con la nobleza, lo que en el -fondo es muy natural y lógico. - -Todos los días les veía a los dos caballeros dar vueltas y vueltas por -la plaza del Castillo, con sus sombreros de copa y sus botas, que les -crujían al andar. Los dos parecían mucho más jóvenes de lo que eran. -Siempre he creído que el no discurrir conserva la vida; por eso dijo -Juan Jacobo Rousseau, y otros lo habían dicho antes, que el hombre que -piensa es un animal depravado. - -Muchas veces he pensado que la felicidad está en ser un Pérez de -Cascante o un Sánchez de Peralta, y en dar vueltas por los arcos de -la plaza del Castillo con unas botas que crujen y una esclavina azul; -pero, puesto en esta actitud espiritual, se me ha ocurrido si no sería -aún más perfecto el ser una vaca, o quizá una ostra. - -No he decidido yo, como creo que no lo ha decidido nadie, si es mejor -la ciencia unida a la desdicha y al dolor o la estupidez mezclada a la -felicidad; pero, sin decidirlo, cuando veo algún vago de estos firmes -y constantes en su noble ocupación de no hacer nada, siempre pienso si -será uno de los caballeros de Olite, el señor Pérez de Cascante o el -hidalgo Sánchez de Peralta. - - - - - VI - - LOS ESTRATOS SOCIALES DE PAMPLONA - - -COMO era la primera ciudad española que habitaba, quise darme cuenta -clara de su contextura física y moral. Sus calles, sus plazas, los -rincones de la muralla, los conocía palmo a palmo; gracias a alguna que -otra amistad y a las explicaciones de doña Saturnina pude darme también -una idea de la vida moral del pueblo. - -Pamplona era un receptáculo de aristócratas, de leguleyos, de -militares, de curas y de perros. Yo no digo que para todo el mundo esta -clase de población sea antipática u odiosa, no; ahora, para mí sí lo -es, excepto los perros, por los cuales siempre he tenido una debilidad -de corazón. - -Pamplona se mostraba como una construcción en pisos. En el alto -había dos o tres familias aristocráticas, y estas familias tomaban -un poco cómicamente un aire de familias reales. A pesar de que doña -Saturnina quería demostrarme con todo su fuego oratorio que las dos o -tres familias del primer tramo social de Pamplona eran ilustrísimas, -la verdad es que no contaba de ellas nada que valiera la pena de -esculpirse en bronces. - -Después de estas dos o tres familias del primer tramo que miraban al -vulgo de los pamploneses como diciendo: podéis vivir, os permitimos -graciosamente la existencia, había otras seis o siete ya de menos -tono, con algunos titulillos insignificantes y algún coche destartado, -pero todavía en buen uso, en la cuadra. - -Tras de este segundo tramo venía el tercero, formado por los hidalgos, -estos hidalgos por los que doña Saturnina sentía gran respeto y -veneración y de los cuales decía: ¡Es un Pérez de Cascante! Es un -Sánchez de Peralta! - -Fuera del elemento autóctono, había otros dos elementos aristocráticos: -el ejército y el clero. El ejército en su alta esfera llegaba a veces -al primer tramo; pero lo más corriente era que se quedase en el -segundo; el brigadier y el general alternaban con el marqués o con el -conde, un poco tronados, si no tenían alguna mancha de liberalismo que -se lo impidiese, porque entonces no alternaban con nadie. - -El Gobierno constitucional en esto había defraudado al buen pueblo, -primero suprimiendo el título de virrey de Navarra, cosa que a los -pamploneses sonaba agradablemente al oído, y substituyéndole por el -de capitán general; después, enviando militares inficionados con el -virus del liberalismo. El clero era, naturalmente, aristocrático y -absolutista, y el obispo movía todos los resortes de la mecánica -pamplonesa. El obispo entraba de lleno en el primer tramo de la vida -ciudadana. El deán y los canónigos distinguidos se distribuían en el -segundo y en el tercero. Aristocracia, clero, ejército y clase media -formaban un pequeño mundo. Pamplona, encerrada en su muralla, era para -el pamplonés un microcosmos. A mí, que llevaba todavía el humo de -Londres en la cabeza, me parecía que todo el pueblo vivía enmohecido, -apegado a unas cuantas rutinas y a unos cuantos lugares comunes. - -A veces se me ocurría pensar que no estaba mal ideado aquel sistema -de categorías y de subordinaciones. Realmente, el catolicismo ha -resuelto la vida a su modo, disciplinándola y encerrándola en estrechas -casillas; esto, unido a que ha dado a las necesidades apremiantes el -carácter de vicios, ha hecho que los pueblos pobres como el español, -que viven en la estrechez y en la incuria, se crean rodeados de -placeres sardanapálicos. - -En parte, esta severidad es una ventaja, porque da a la vida un poco de -picante. - -La construcción, en tramos, de Pamplona, tenía también su parte útil. - -Cierto que a mí me parecía un poco absurda y mezquina; pero no le -parecía, seguramente, lo mismo al nacido en el pueblo. - -La verdad es que todo el aparato enfático y teatral del aristocratismo, -que pretende imponer el ánimo por su esplendor, se convierte en una -mueca cómica cuando no va acompañado de la fortuna o del poder. - -No es fácil encontrar nada tan imponente como esas damas inglesas, -hijas de algún almacenista de cacao, de un prestamista o de un -fabricante de sebo casadas con algún lord. ¡Qué orgullo! ¡Qué majestad! -¡Qué admirable desprecio por los demás mortales! - -Estas alianzas del dinero con los títulos dan buenos resultados; en -cambio, en los sitios donde las familias nobles no pueden abonar sus -campos o sus cuarteles con dinero plebeyo, los aristócratas degeneran. - -Se nota en Francia, como en España, en las ciudades de provincia, que -el pequeño aristócrata, el hidalgo, el «hobereau», es mucho más feo y -menos inteligente que el hombre de la clase media y del pueblo. Esto -depende, seguramente, del cuidado de casarse entre gentes de la misma -casta, de la endogamia, que decimos los antropólogos. - -En Pamplona, como en casi todas las capitales españolas, me parecieron -los pequeños aristócratas muy cómicos. ¡Qué gente! Unas bocas -desdeñosas, unos gestos de orgullo, unas mujeres feas y con bigote, -unos tipos morenos y escurridos que parecían micos; muy chatos o con -narices de loro; con escrófulas o con herpes. - -Este prestigio de la aristocracia no es cosa que a mí me preocupe; no -tengo la aspiración de saludar al conde ni al marqués, ni siquiera -de estrechar la mano de un Pérez de Cascante o de un Sánchez de -Peralta. A un vagabundo, como yo, no le pueden importar gran cosa las -superioridades locales ni las cuestiones de etiqueta; tampoco sé si -estos condes y marqueses de aquí proceden de las Cruzadas (como todos -los aristócratas de los folletines franceses); supongo que serán tan -antiguos como puedan serlo los de Inglaterra; pero no hay más remedio -que reconocer que son más pobres. Y, la verdad: la aristocracia, con -casas sucias y destartaladas y unos majuelos por toda propiedad; el -aristócrata, con un sombrero seboso y un pantalón con rodilleras, no -llega a imponer respeto ni a causar gran sensación. Es decir, a mí -no me la producía, porque a mi patrona, doña Saturnina, le producía -grande. Verdad que ella veía los conceptos más que los accesorios y las -formas. Doña Saturnina era un poco platoniana. - -Tras de la aristocracia pamplonesa, venía la clase media, formada por -leguleyos y comerciantes, y después, el pueblo. - -Desde arriba a abajo; desde lo alto de la pirámide hasta la base; desde -el primer tramo hasta el último, Pamplona era un pueblo intoxicado -por la clericalina. La clericalina rebosaba por todas partes; una -clericalina activísima; pues no había apenas un pamplonés que no -tuviera depósitos de este alcaloide entre la píamadre y la aracnoides. -Era una clericalina que producía un estado de estupor incurable. - -Una gota en la conjuntiva de un individuo lo envenenaba para siempre. - -Todas las aguas del Arga reunidas, no bastaban para disolver la -clericalina, la cleritoxina y el ácido clerigálico que producía la -ciudad. - - - - - VII - - PHILONOUS - - -SOLÍA yo andar con mucha frecuencia por la Taconera, y daba casi todas -las tardes un paseo por las afueras de la muralla, lo que llaman en el -pueblo la Vuelta del Castillo. Un día vi que un perrucho me seguía. Era -un perro feo y poco estético, que tenía cara de persona, lanas rojizas -y unas barbuchas lacias de filósofo cínico. - ---Bueno, bueno--le dije--. Márchate, que aquí no haces nada. - -Seguí mi camino, e iba pensando en la realidad que podían tener las -cosas, cuando vi a mi lado de nuevo al perro feo. - ---Este can me sigue--murmuré--. A ver si es un demonio como el perro de -aguas que acompaña al doctor Fausto a su laboratorio. - -Continué mi paseo, y siguió el perro feo junto a mí. - ---Bueno; que haga lo que quiera--dije--. Si el destino ha dispuesto que -este canis familiaris sea mi amigo, no me opongo. - -Pensé que si venía hasta mi casa y se unía a mí, tendría que darle un -nombre, y decidí llamarle Philonous. - -Efectivamente: entró en mi casa, le di de comer y le adopté. Unos meses -después, al llegar a Tafalla, Philonous riñó con otro perro con gran -valor; el otro perro le mordió en una pata y tuvo una llaga que le -duró mucho tiempo. - -Entonces, como tributo a su valor y como recuerdo a un héroe griego, -que padeció también una úlcera en una pierna, añadí a su nombre el de -Philotectes, y así se llamó mi perro en su vida terrena, que no es poca -cosa para un perro. - -Philonous era profundo y sentimental. En las circunstancias difíciles -se crecía. A veces era un poco cínico; estaba en su derecho, siendo -perro y perro de pobre; a veces me parecía un caballero «sans peur et -sans reproche», como Bayardo. - -Yo siempre le encontré un aire socrático. - -Me parecía que el mejor día iba a salir Minerva de su cabeza. - - - - - VIII - - LOS REALISTAS FRANCESES - - -UN día pararon en la casa de doña Saturnina unos franceses realistas. - -Estos franceses, supe, cuando se marcharon, que habían ido a reunirse -con la partida absolutista de un tal Salaverri, que merodeaba por la -ribera de Navarra. - -Los tales franceses me fueron poco simpáticos. Tenían un criterio -pequeño y estrecho. Elogiaban lo peor de Francia y de España. Para -ellos la crueldad empleada con los liberales era un gran mérito; el -talento militar consistía en hacer todas las barbaridades posibles en -perjuicio del enemigo. - -Así un vendeano cualquiera era un militar más ilustre que Napoleón. - -Nunca jamás he visto una gente más vanidosa, más necia ni más -incomprensiva. Tenían unas ideas extrañas. Según ellos, puesto que los -revolucionarios franceses habían guillotinado a Luis XVI, a su mujer y -a su hijo, ellos podían, con un derecho natural de represalia, matar a -todos los hombres, mujeres y niños del Universo. - -La carreta en donde habían ido a la guillotina estos Borbones debía ser -como el célebre carro de Jaggernath, del Indostán, que va aplastando a -todo el mundo. - -Así como nosotros, que hemos nacido mil ochocientos años después de -Cristo, tenemos la culpa de su muerte, según los místicos, y estamos -deshonrados por la mayor o menor bellaquería que hicieron unos -supuestos Adán y Eva en el paraíso, así también todos, franceses y no -franceses, tenemos la responsabilidad de la muerte de Luis XVI y de su -familia. - -¡Qué fanatismo el de aquella gente! Seguramente hubiera sido difícil -encontrar en personas de otro país un producto así de amaneramiento, de -afectación y de petulancia. - -Si no hubiera sido porque tenían modales de señores, se les hubiera -tomado a aquellos franceses por unos brutos feroces y fanáticos que no -buscaban mas que el exterminio de todo el que no pensara como ellos. - -Después de conocerles, los absolutistas de Pamplona me fueron casi -simpáticos. - -Al menos el reaccionarismo español es más natural: es la incompresión -y la brutalidad simple; el reaccionarismo francés es la incompresión -adornada; el uno es una construcción de espíritus toscos, el otro es un -gótico pestilente de confitería. - - - - - IX - - CONSPIRACIONES - - -NO me ocupaba yo gran cosa de lo que ocurría en Pamplona, ni estaba -enterado de sus cuestiones políticas, cuando el capitán Iriarte y un -francés emigrado por sus ideas republicanas, Juan Pontecoulant, me -llevaron un día a una velada masónica que se daba en el billar de un -café. - -Se trataba de celebrar el triunfo liberal obtenido en Madrid el 7 de -julio. - -Mientras esperábamos que comenzase la reunión, Pontecoulant, que tenía -bonita voz, cantó _La Marsellesa_, y después, la canción de _Los -Girondinos_, con mucho fuego y gran énfasis: - - _Par la voix du canon d'alarmes - la France appelle ses enfants._ - -Le escuchamos con gusto y coreamos sus cantos. - -Cuando se reunieron los masones, que casi todos eran militares, se -comenzó a hablar de la conspiración realista que se había tramado en -Navarra y tenía su centro en Pamplona. Yo entonces me enteré de los -manejos de los absolutistas. - -Los primeros conspiradores de Navarra habían sido el cura de Barasoaín; -el canónigo Lacarra; un tal Uriz, de un pueblo llamado Sada, y los -militares Eraso, Juanito el de la Rochapea y don Santos Ladrón de -Cegama. - -Estos tres últimos eran antiguos guerrilleros del general Espoz y -Mina en la guerra de la Independencia. Mina consideraba a Eraso como -absolutista de corazón, pero no a Ladrón ni a Juanito; a Ladrón le -tenía por hombre de ideas liberales; respecto a Juanito el de la -Rochapea, lo miraba como a hombre desleal y traidor. - -Juanito el de la Rochapea, Juan Villanueva, había sido capitán del -primer regimiento de la división Navarra, mandada por Mina. - -Cuando la tentativa liberal de éste sobre Pamplona, en 1814, Juanito -fué el que comprometió con su impaciencia al coronel Górriz, y -pasándose luego a los realistas contribuyó a su fusilamiento. - -Villanueva odiaba a Mina y le tenía miedo. Al entrar éste en Pamplona -en triunfo con la bandera constitucional, en 1820, Juanito se escapó e -hizo preguntar a su antiguo jefe si tenía que temer algo de él. Mina -le contestó que no. Juanito creyó que todo se había olvidado entre los -dos y se presentó al general, quien le miró de arriba a abajo, con -desprecio. - -Respecto a Ladrón de Cegama se había lanzado al campo por despecho y -por rivalidad con los militares que se pronunciaron por la Constitución. - -Reunidos los contrarrevolucionarios realistas, Eraso, Juanito y los -demás dispusieron una estratagema para armarse. Eraso era alcalde de -Garinoaín, pueblo del valle de Orba. Eraso mandó reunir las cendeas del -valle e hizo que oficialmente se pidieran a la Diputación provincial -trescientos fusiles y sus municiones correspondientes con destino a los -milicianos nacionales. La Diputación los proporcionó, y los trescientos -fusiles sirvieron para formar la primera expedición realista. - -La política de los católicos siempre ha sido igual. Ellos harán una -deslealtad o una infamia; pero eso sí, la harán con reservas mentales; -luego oirán su misa con devoción, se confesarán, tendrán propósito -de enmienda, se darán unos golpes de pecho, y limpios para hacer otra -canallada. - -Los fusiles del Gobierno sirvieron para preparar unas compañías -absolutistas bien armadas y equipadas. - -El general Eguía, presidente de la Junta realista, y don Vicente -Quesada, comandante general de las tropas del rey absoluto, nombraron -jefes a Guergué, a Ladrón y a Juanito el de la Rochapea, que salieron -al campo y comenzaron a operar. - -El capitán general de Navarra ordenó a las compañías del regimiento -de Toledo y a las partidas de milicianos guardasen los pasos de la -frontera, por si los realistas entraban por Francia. - -Se vigiló Vera, Zugarramurdi, Maya, el Irati y el Roncal. - -Los absolutistas tenían protectores por todas partes y no se les -encontraba; en cambio, se capturó en el Irati a ocho soldados franceses -desertores y a su capitán, llamado Adolfo, que intentaban entrar en -España con proclamas republicanas. - -El capitán Adolfo se escapó, gracias a la protección masónica del -comandante español; los otros soldados franceses, presos por los -milicianos nacionales de Salazar, fueron traídos a Pamplona. La gente -creía que los iban a fusilar, y les parecía muy lógico a los buenos -católicos que se les fusilase, por ser republicanos; pero el capitán -general mandó incorporarlos en las filas del ejército. - -Juan Pontecoulant me dijo que Adolfo era un hijo del general Berton, y -que este general, que por entonces era el jefe de los revolucionarios y -con quien más se contaba para la revolución en Francia, había estado en -San Sebastián. - -El capitán Adolfo vivió oculto en un caserío de la frontera; pero los -realistas de Ochagavia lo denunciaron y fué preso. - -La hostilidad entre el ejército y los milicianos, la conspiración -permanente de los absolutistas, los rumores que corrían de que los -exaltados de Madrid intentaban establecer la República, todo esto -hacía que la provincia de Navarra viviese en perpetua agitación. Los -realistas pamploneses se escapaban al campo con armas, y algunos se -descolgaban de noche por las murallas. Yo hubiera estado tranquilo en -Pamplona si hubiese tenido medios de fortuna; pero mis trabajos de -disecación se acababan y era indispensable levantar el vuelo. Así que -puse mis papeles en regla, gracias al capitán Iriarte y a sus amigos, y -preparé mi viaje. - - - - - X - - EL CALOR - - -SALÍ de Pamplona a mediados de julio. Hacía un tiempo bochornoso; el -cielo estaba blanquecino del vaho y del polvo, los campos de trigo -segados, los montones de gavillas en la tierra. Anduve yo largo rato -resguardándome en las sombras de los árboles y bebiendo en las fuentes; -Philonous hacía lo mismo. - -En las paradas me dedicaba a reflexionar. Una de las cosas que se -me ocurrió fué el hacer un esfuerzo en dominar las impresiones -desagradables y ver si podía llegar a contemplar el paisaje con el -máximo de ecuanimidad. Me pareció que con ese sistema se encontraría -belleza e interés en todo. El primer ensayo del procedimiento lo hice -mirando en el valle de Orba una nube de polvo sofocante iluminada por -el sol. - -¿Se puede llegar en esta contemplación a suprimir el dolor o la -molestia física? Es lo que me preguntaba varias veces en el camino. - -No cabe duda que el carácter de la contemplación es una más o menos -aparente generosidad; ¿pero es real o no este carácter? - -¿No habrá en el fondo de nuestras efusiones estéticas una raíz -utilitaria? - -Cuando ve uno un campo verde y se regocija, ¿no será esto el resultado -de que nuestros antepasados, al ver los campos verdes, han supuesto -que en ellos había algo que comer? - -El segundo punto que intenté dilucidar en el camino fué si la -contemplación desinteresada es buena o no, y saqué en consecuencia que -si es cierto que arrastra a la pereza y al aislamiento, le lleva a uno -también a bastarse a sí mismo en momentos penosos, lo cual no es poco. - -El primer alto en mi marcha lo hice en la venta de las Campanas, donde -tomé unos huevos cocidos y pan, y por la tarde seguí hasta llegar a -Barasoaín, rendido de cansancio y, sobre todo, de calor. Dormí bastante -mal en una posada y me levanté al amanecer a continuar mi ruta. - -El día prometía ser tan ardoroso como el anterior. - -Avancé todo lo que pude por la mañana. Al llegar al puente sobre el -Cidacos se despertaba una tropa de gitanos. Dos o tres hombres se -desperezaban extendiendo los brazos, una mujer hacía fuego con unas -ramas y unos chicos dormían al sol, medio desnudos. - -El calor y el bochorno seguían terribles. El cielo echaba lumbre; los -montones de gavillas parecían rebaños de oro sobre un campo ceniciento. - -A lo lejos veía pueblos con tejados blanquecinos que con la fuerza -de la luz del sol me parecían nevados. Las mujeres, montadas en los -trillos, daban vuelta a las eras. - -Cuando más apretaba el sol, muerto de sudor, llegué a Tafalla y entré -en una posada. El posadero era hombre amable que nos recibió bien a -Philonous y a mí. - -Tafalla es una ciudad colocada en una enorme llanura. Tiene una campiña -fértil y de aspecto monótono, formada por viñedos, trigales y huertas. - -Este pueblo se me figuró una granja colocada en medio de sus tierras de -labor. - -Por todas partes se notaba el reinado de Baco, de un Baco huraño -y violento. Se veía vino en las barricas, en los toneles, en las -palanganas. - -Pasé la tarde y la noche en Tafalla en una taberna. - -La gente me pareció agresiva y malhumorada. Únicamente estos ribereños -se humanizaban hablando del vino, por el cual tenían una verdadera -adoración. - -Allí el vino es un dios, un dios que hace a los hombres irritables y -violentos. - -En toda la ribera de Navarra la agresividad es una costumbre. - -El carácter de los ribereños es de una petulancia que desconocen -los vascos de la montaña. Al llegar a Castilla esta petulancia se -transforma en una serenidad arrogante, a veces un poco teatral, pero -que da cierta idea de nobleza. - -Uno de los rasgos simpáticos que encontré en estos navarros, rasgos que -quizá es común a todos los pueblos un poco primitivos, fué el tener -cierto desdén por el dinero. - -El amo de la posada de un pueblo considera mucho más al compadre suyo -que al forastero rico. - -Esto me parece muy bien. Yo soy de los que creen que el dinero no es -apenas de uno; solamente son de uno los instintos y las pasiones, las -enfermedades y los deseos. - -Salí de Tafalla de noche, antes de que apuntara la mañana, y comencé a -marchar. - -Entreví en Olite al amanecer las torres amarillentas de su castillo y -seguí por la orilla del Cidacos. Comenzó el día muy temprano. Persistía -el horrible bochorno; tuve que ir quitándome ropa, y llevándola al -brazo. Mi primera entrevista con la tierra llana española era poco -grata. Mi cuerpo marchaba en perpetuo incendio; tenía la cara roja, los -ojos inyectados, las manos abultadas por la sangre. El maldito bochorno -no desaparecía. El cielo seguía gris y el aire caliginoso. - -Almorzamos Philonous y yo en la venta del Morillete, y tuvimos que -detenernos en un pueblo requemado y polvoriento, con unas cuevas -agujereadas en una tierra blanca y arenosa y una gente áspera y -desabrida. - -Todo el mundo estaba con plan de reñir. Se lo hice notar al posadero y -éste me dijo, riendo, que a aquellos navarricos no los bautizaban con -agua, sino con vino. - -Inmediatamente que el ribereño bebe se muestra jactancioso y desafiador -y siente deseos de golpear o de herir. - -En este pueblo, donde me detuve, me contaba un mozo con satisfacción -que todos los sábados había allí trabucazos. No se podían tener faroles -en las calles porque al día siguiente estaban hechos añicos. - -Otro mozo de Ujué que estaba oyendo dijo, celebrándolo, que en su -pueblo era una cosa rara un día sin puñaladas y que había habido un -cura que tenía que ir a decir misa con el trabuco debajo del manteo, -porque si no se burlaban de él. Esto me entristeció. - ---En el fondo, la gente no tiene la culpa--dije--. Es la geografía en -connivencia con las instituciones la que produce tales efectos. - -Es imposible que la gente sea civilizada y sociable en una tierra gris, -abrasada por el sol, olvidada por las personas ricas, donde no hay -frescura, ni sombra, ni medias tintas y a la cual no llega ni el eco -más lejano de la cultura de Europa. - -Mientras marchaba por estos pueblos, Philonous me producía serios -conflictos, y yo, como Pedro, tenía que negarle más de tres veces. - -Hacía barbaridades; un día entraba en la cocina de una venta, tiraba la -olla y se la comía; otro salió de una tahona con todo el hocico lleno -de harina, perseguido por el tahonero; también se comía los pollos que -podía, pero sólo cuando estaba muy hambriento. - -Muchas veces no le veía en todo el día, pero luego, por la noche, se me -acercaba y me daba con la pata, como diciendo: Aquí estoy, amigo. - - - - - XI - - LAS MOSCAS - - -TANTO o más que el calor me molestaban en mi viaje las moscas. Había -en las calles de estos pueblos una cantidad inconcebible de moscas, -pesadas, pegajosas, repugnantes. - ---Mientras haya moscas en el mundo no habrá civilización--me decía yo -con tristeza. - -Para combatir sus ataques, me puse a filosofar acerca de ellas, en -lo perniciosas que debían ser y en la poca ciencia que demuestra la -Naturaleza, que se deja llevar de sus rutinas y de sus lugares comunes -de una manera lamentable. - -Recordé que Luciano de Samosata, el célebre satírico griego, había -hecho un elogio de la mosca, y de aquí obtuve una casi luminosa -consecuencia. - -Muchos suponen que este escritor fué cristiano, a pesar de que en la -historia de Peregrinus llama a Cristo un sofista crucificado. - -Este dato parece dar a entender que Luciano no fué cristiano; pero -el elogio de la mosca para mí es definitivo. Da el diagnóstico del -escritor greco-sirio. - -Era cristiano. ¿Hay algo más cristiano que la mosca? La mosca es -constante, persistente, zumbona. - -A la mosca le gusta andar en las llagas, en el pus, en las basuras, -como a los verdaderos cristianos. - -Alguno dirá que a los obispos y a los papas les agrada más el dinero, -la opulencia, el fausto; pero esto no demuestra más sino que las moscas -son mucho más cristianas que los obispos y que los papas. - -La mosca crece en razón directa del sol, de la suciedad, de los -establos y de las cuadras, y en razón inversa de la limpieza, del agua -corriente y de la gente razonable. Lo mismo les pasa a los frailes. - -Sorprendido por tales semejanzas obtuve la ecuación de la cultura en la -forma que expongo aquí. - -El índice de la cultura se expresa sumando la cantidad de vino, el -número de moscas y el número de clérigos, y partiendo el total por el -número de árboles. - - Vino + Moscas + Clérigos - _X_ (índice de la cultura) = -------------------------- - Arboles - -Las profundas consecuencias que se desprenden de mi descubrimiento -las entrego a la Humanidad futura. Ella sabrá plantar más árboles y -exterminar las moscas. - - - - - XII - - EN LAS BÁRDENAS - - -ESTANDO yo en Caparroso se presentó una partida de milicianos -nacionales, mandada por un capitán que iba de vanguardia de la columna -de un jefe llamado Iribarren. Saludé al capitán, a quien conocía de -Pamplona por ser amigo de Iriarte, y hablamos. - -Me dijo que se había quedado la partida sin cirujano, porque a este le -habían muerto, y me preguntó si yo podría sustituírlo por lo menos un -día. - ---Yo no soy cirujano--le dije. - ---¡Bah! Para lo que hay que hacer, lo hará usted mejor que cualquier -otro. Mañana vamos a atacar a la gente de Salaberrí, que campea por -ahí, por las Bárdenas. Necesitamos de alguien que sea capaz de poner -una venda. - ---¿Y el cirujano de este pueblo? - ---Es uno de los facciosos y anda por el monte. - -No tuve más remedio que aceptar; pero puse la condición de no seguir -después a la partida; pasada la acción, yo me marcharía por donde -quisiera. - ---Bueno. Bueno. Muy bien. - -El capitán señaló un cabo y ocho hombres para que quedasen a mis -órdenes. Sacamos el botiquín del cirujano y vimos lo que había. - -Mientras hicimos los preparativos estuve tranquilo; pero por la -noche, al tenderme en el pajar, me vino la idea de que cuando el otro -cirujano había muerto, el cargo era peligroso. Luego, la imaginación se -puso en movimiento y fué pintándome con una realidad desagradable las -perspectivas que me esperaban. - -Creer que estos forajidos realistas iban a respetarle a uno porque -llevase el carácter de cirujano o de médico me parecía una ilusión. - -Pensé en lo que me pasaría si quedaba herido al cuidado de un barbero -en un rincón sucio, con aquella temperatura al rojo blanco. - -Se me pintaron todos los horrores posibles. Comencé a agitarme de la -derecha a la izquierda, sin poder dormir. - -Al amanecer, momentos antes de salir el sol, me cogió el sueño, y poco -después me llamaron. Estaba tan fuertemente dormido, que tuvieron que -empujarme de un lado a otro para despertarme. El sol iluminaba el -campo, desolado y desierto, cuando la partida se puso en marcha. Yo -iba a retaguardia con las camillas, unas mulas y un carro. Caminamos -durante un par de horas hasta llegar a las Bárdenas. El sitio era -solitario y pobre, de una monotonía, de una tristeza y de una -fealdad desagradable, agudizada por el tiempo bochornoso. La tierra, -cenicienta, se extendía como un mar, y delante se nos presentaba unas -colinas roídas por las lluvias. - -Estaba yo pensando que los realistas rehuían el encuentro cuando -sonaron los primeros tiros. Se hallaban los facciosos parapetados en -unas lomas blanquecinas. - -Mandé yo a mis hombres con la mayor serenidad posible que abriesen el -botiquín e hicieran sus preparativos. - -Nuestros soldados se desplegaron en guerrilla y comenzaron a disparar y -a avanzar. - -Hubo que seguirlos. Las balas pasaban silbando, y yo volvía la cabeza a -un lado y a otro violentamente. Uno de los nuestros cayó. Me entró un -sudor frío; me acerqué a él; le tomé el pulso. Estaba muerto. - -De nuevo tuvimos que marchar adelante. Los enemigos habían vuelto a -ocupar otras posiciones y seguían tiroteando. Los nuestros fueron -avanzando de una manera irregular y consiguieron que la partida -absolutista se disolviera. - -El capitán tuvo que esperar largo rato a que se reunieran sus -fuerzas, que se habían desperdigado; y mientrastanto, los sanitarios -improvisados y yo comenzamos a vendar a varios heridos; y yo sangré a -uno que se trajo sin conocimiento en unas parihuelas, y que recobró el -sentido. - -Cuando se reunió la fuerza, el capitán ordenó la retirada y nos pusimos -en marcha. Los heridos venían a mi cargo en las caballerías y en el -carro. Contemplábamos a los lejos Caparroso en un collado y las ruinas -de un castillo antiguo. - -Ibamos tranquilos internándonos en un soto de álamos blancos que -llaman la Lobera cuando unos realistas apostados hicieron una descarga -que produjo el desorden en nuestra partida. Se desordenó la columna, -comenzó el tiroteo por nuestro lado, y yo me vi separado de mi gente y -en medio del soto en compañía de Philonous. - -Cuando cesaron los tiros comencé a avanzar despacio. Iba marchando -con las mayores precauciones cuando topé con el cuerpo de un realista -herido o muerto. Me paré para ver si vivía; llevaba un pañuelo atado -a la cintura lleno de sangre. Se lo corté con el cuchillo; y viendo -que pesaba me encontré que llevaba dos onzas de oro, cuatro centenes y -varias monedas de plata, que me apropié porque el hombre estaba muerto. -Salí del soto y me acerqué a la carretera. Estaba rendido de cansancio -y de hambre. Debía ser media tarde. Eché a andar por la carretera en -dirección contraria a Caparroso cuando se acercó un coche viejo y -desvencijado. - -En el coche iban un hombre, que dirigía, y un cura. - -Se paró el coche un momento, y yo le pregunté al cochero si podía -llevarme al pueblo próximo. - ---Si el señor cura quiere, a mí no me importa--me dijo, con tosco -acento. - ---Por mí, que suba--dijo el cura. - -Subí y me senté. El cura era un hombre flaco, desmayado, las cejas -como dos acentos circunflejos; los párpados, apenas abiertos, como dos -líneas, y un lente en la mano. - -Llegamos a Valtierra a media tarde; fuí a una posada-taberna, y lo -primero que hice fué pedir que me pusieran de comer. - -El pueblo me pareció grande, triste, polvoriento y abrasado. - -En la taberna, a la moza que me servía le pregunté si hacía mucho calor. - ---¿Aquí?--exclamó un hombre interrumpiendo--. Aquí en invierno se hiela -la Virgen y en verano se deshace el palio. - -Es la costumbre de esta gente el barajar siempre y con cualquier motivo -en su conversación los artefactos religiosos. - -Dormí en el corral, y de noche salí para Tudela. - - - - - XIII - - REVELACION DE LA ESPAÑA CLÁSICA - - -A pesar de que Philonous y yo salimos a media noche de Valtierra, -llegamos a Tudela, rendidos por el calor, a media mañana. - -Entré yo en una posada, pedí un cuarto y me tumbé en el suelo, porque -no podía aguantar el sofoco del jergón. Tendido y sudando estuve varias -horas oyendo el retumbar de unas campanas y el rebuzno de un burro, -hasta que el hambre me indicó que era hora de levantarme. Pregunté -a qué hora se cenaba, y me dijeron que a las nueve. Cuando empezó a -caer la tarde salí con Philonous a la orilla del Ebro, a respirar. -No se movía una partícula de viento. El cielo estaba blanquecino por -el calor; el tío, muy ancho, parecía arder, con un color rojo de -escarlata, sombreado por los bosquecillos de las riberas; el horizonte -se encendía con los relámpagos de los montes lejanos; por el puente, de -arcos desiguales, pasaban algunos carromatos. - -Estuve sentado a las orillas del Ebro hasta que empezó a obscurecer. -Su superficie roja palideció y la sombra de los bosquecillos quedó muy -negra. - -Volví a la posada y estuve hablando con el patrón, que era herrador, un -viejo canoso con unas antiparras y aire de sabio. Todavía faltaban tres -cuartos de hora para la cena. - -Salí de nuevo; había visto al llegar una parte del pueblo moderna, -insignificante. Tiré ahora por el lado contrario; seguí una callejuela; -luego otra; después pasé un arco. En aquellos callejones estrechos -había carros grandes llenos de paja que interceptaban el paso; en las -puertas de las casas la gente salía a respirar el aire ardoroso, seco y -lleno de polvo; y algunos campesinos medio desnudos pasaban montados en -un borrico o en una mula. - -Un farol debajo de un arco brillaba iluminando una hornacina y la -puerta de una iglesia. La obscuridad y el piso desigual me hacían ir -tropezando por las calles. - -Al pasar por una encrucijada me tiraron agua y tierra desde un balcón. - -Intenté volver a casa del herrador, pero me perdí, y durante algún -tiempo anduve dando vueltas por los mismos sitios y rincones. - -En esto oí una campanilla, y vi poco después, delante de un portal -estrecho, una fila de hombres con cirios en la mano que, sin duda, -acompañaban al Viático. Tenían la cabeza para abajo, iluminada por -el resplandor de los cirios. ¡Qué caras! ¡Qué aires de cansancio -y de resignación! ¡Qué miradas de abatimiento! ¡Qué español! ¿Qué -terriblemente español era aquello! - -Sin fijarme en la dirección eché a andar, salí a una plaza y de allí -encontré fácilmente la posada. - -El herrador y otros dos huéspedes me esperaban a cenar. - -Nos sentamos a la luz de un candil. Uno de los hombres era un campesino -de un pueblo próximo, hombre de unos cincuenta años, de ojos azules y -pelo rubio; el otro, un tipo de judío tan característico, que me chocó. - -El labrador tenía una idea de Tudela como de un foco de comodidades y -de placeres. Yo le dije que el campo por donde había cruzado me pareció -árido y seco; pero él me aseguró que era fertilísimo, y es posible que -tuviera razón. - -El otro, el del aire judaico, era, por lo que me dijo, saludador, -medio brujo y medio médico; hacía conjuros para que no enfermaran las -caballerías y para quitar el mal de ojo a los niños, y creía que tenía -procedimientos especiales para alargar la vida. - -Le dije que viéndole en otra parte le hubiera tomado por un judío de -casta sacerdotal, lo cual no le molestó; por el contrario, me dijo que -su padre y su familia procedían de la judería de Tudela, y que no sería -raro que él fuese de raza hebrea. - -Después de cenar se apagó el candil, me fuí yo a la cama, y tuve que -acostarme sin ropa por el calor. Afortunadamente, a media noche comenzó -una tormenta con truenos y relámpagos, cayó un copioso chaparrón y -refrescó el ambiente. - -Dormí unas horas y salí por la mañana. - -El aire era ya respirable. Inmediatamente me dirigí hacia la catedral. -Me reconcilié con el pueblo. - -A pesar de ser la mayoría de las casas de ladrillo, eran hermosas; -algunas, verdaderos palacios con grandes puertas, balcones espaciados -y una galería alta con arcadas en el segundo piso. Empotrados en las -paredes ostentaban escudos abultados y salientes de piedra blanca, -y en las ventanas se veían orlas esculpidas con los primores del -Renacimiento incrustadas en el ladrillo. - -Recorriendo este pueblo y luego visitando otros, me expliqué que en -España la gente de inclinaciones estéticas no sea muy entusiasta del -progreso; lo viejo tiene aquí su hermosura y su nobleza; en cambio, -lo nuevo es de una mezquindad que asombra por su sentido de economía, -por su sordidez trágica y completa. Callejeé largo rato por Tudela, al -amanecer; ¡qué nombres los de las calles! Calle de la Vida, calle de la -Muerte, calle del Juicio...; luego las calles de los oficios: de las -Chapinerías, de las Herrerías, de los Caldereros... - -Se iban abriendo las puertas de las casas y saliendo los labradores -para sus faenas; luego comenzaron a pasar mujeres, muchachitas y -viejas con su mantilla, camino de la iglesia, y empezó a tocar una -campana. - -Di varias vueltas a la catedral hasta encontrar una puerta abierta. -Entré y estuve sentado contemplando la majestuosa nave; luego pasé -a una capilla a mirar un admirable retablo. Estaba apoyado en un -confesonario, por el lado de la reja por donde se confiesan las -mujeres. De pronto apareció por la ventanilla una cabeza gruesa de un -cura, y, sin hablarme, me hizo con la mano un gesto de que me acercara. -Quedé paralizado, horrorizado. Quizá había cometido yo un sacrilegio. -Quizá me esperaba la Inquisición. - -Retrocedí de prisa, salí de la capilla y me dirigí hacia la puerta. No -me seguía nadie; pero, por si acaso, me marché fuera. - -Comenzaba a hacer calor, pasaban muchos curas por las callejuelas. -Llegué a la plaza y me senté. Había mercado, puestos de verduras, de -cacharros, de instrumentos de labranza.... - -En las mujeres que correteaban por allí, me pareció ver más claramente -que en los hombres dos tipos distintos: unas, morenas de óvalo -alargado, ojos negros, melancólicos, de aire un tanto judaico, y otras, -con un tipo germano, rubias, con ojos azules o claros, la cara cuadrada -y la mirada enérgica y dura. - -Fuí a mi posada. Acababan de llenar de paja el patio, y los montones -dorados de gavillas lo inundaban todo. - -Los mozos que habían trabajado, sudando a chorros, estaban bebiendo -vino. - -Este polvo, este calor, esta mezcla de barbarie y de simplicidad, este -contraste de la pobreza de los callejones del pueblo con la pompa de la -catedral me dió la revelación de la España clásica, emborrachada con su -sol, con su vino, con su fanatismo y con su violencia. - - - - - XIV - - EL SANTERO - - -EL saludador de aspecto judaico pensaba ir hasta Agreda y fuí con él en -el carro de un ordinario. En Cintruénigo se nos reunieron un santero y -un muchacho vizcaíno que iba a Madrid a buscar una _conveniensia_, como -decía él. - -El santero era un hombre flaco y denegrido, con los ojos muy brillantes -y el pelo rizado. Parecía un cuervo; llevaba una sotana raída, unas -polainas y un sombrero ancho colocado encima de un pañuelo negro que le -apretaba la cabeza. - -El vizcaíno era alto, estrecho, de nariz larga y gruesa, ojos abultados -y expresión parada. Se llamaba Belausteguigoitia, y tenía un segundo -apellido más largo que éste. - -Belausteguigoitia creía que los Belausteguigoitias eran la flor de su -pueblo en Vizcaya; que Vizcaya era la flor de España, y España, la -flor del mundo. Los Belausteguigoitias eran las delicias del género -humano, y se podía considerar como un verdadero honor el que este -exquisito molde de los Belausteguigoitias siguiera produciendo más -Belausteguigoitias y esparciéndolos por el mundo, para ejemplo de los -demás y gloria suya. - -La sociedad entera debía estar interesada en el acrecentamiento y en -la propagación de los Belausteguigoitias y de sus narices. - -Este vizcaíno habló de las grandezas de su pueblo y de su familia de -una manera tan exagerada, que provocó la réplica irónica del saludador, -quien le dijo que no comprendía cómo estando tan bien en su casa podía -dirigirse a Madrid, a pie, en busca de una _conveniensia_. - -El vizcaíno dijo orgullosamente que el saludador era un ignorante -y un plebeyo, y el saludador le contestó que había conocido mucha -gente fantasmona y vanidosa entre los vizcaínos; pero que nunca había -encontrado uno tan vanidoso y tan fantasmón como él. - -Belausteguigoitia se dió por ofendido y no nos dirigió la palabra. - -Discutimos después el santero, el saludador y yo de varias cosas; los -dos creían en el diablo como en un personaje que anduviera todos los -días cruzándose en su camino, algo como un perro que se metiera entre -las piernas. - ---Si yo creyera tanto como ustedes en el diablo y en Dios--les dije--, -dejaría al diablo que se explicara alguna vez, no fuera a tener razón. - -El santero dijo que no había oído nunca absurdo mayor; el saludador -murmuró que quizá estaba yo en lo cierto. - -En Agreda quedó el saludador; y el vizcaíno de la _conveniensia_, el -santero y yo seguimos en otro carro, camino de Almazán. - -El santero tenía que ir a Barahona a cobrar una parte de herencia. Nos -invitó a ir con él, y fuimos el vizcaíno y yo. Yo estuve a ver, de -lejos, el campo de las Brujas y un pueblo en ruinas que se llama Los -Hoyos, en donde no quedaba mas que una casa en pie y al lado una horca. - -Por la noche fuimos a cenar a casa del cura del pueblo con el santero, -y no sé por que me dió a mí la ocurrencia de decir que no era católico. - ---¿No es usted católico? - ---No. - ---Tenemos un hereje en casa--murmuró el cura, dirigiéndose al ama. - -A la mujer le entró un temblor tal, que creí se le iban a caer los -platos de la mano. No hacía mas que mirarme con gran curiosidad, para -ver, sin duda, si se me veían los cuernos. - -Interrumpí la cena con un pretexto, y me marché a la posada, y por la -noche vinieron el alcalde y el alguacil a buscarme. Estuvo el alcalde -vacilando en prenderme; pero se decidió por mandarme salir del pueblo a -la mañana siguiente. - -Desde entonces no volví a decir, ni en broma, que era protestante. - -Seguimos el vizcaíno de la _conveniensia_ y yo, a pie, nuestra marcha -por Paredes y la Venta de Río Frío a entrar en Castilla la Nueva. - -Hacía mucho calor; pero estábamos en la segunda mitad de agosto, y por -la noche refrescaba y se podía dormir. - -De vez en cuando encontrábamos arboledas, en las que solíamos -descansar. En estos países donde el árbol escasea, toma tal valor, que -un bosquecillo de chopos o de álamos parece un paraíso, una maravilla -de la Naturaleza, algo divino y admirable. - -En Jadraque encontramos un carretero, con quien nos hicimos amigos, y -en el carro de éste llegamos a Alcalá. - -Aquí me pareció lo mejor tomar la diligencia, y en la diligencia entré -en Madrid. - - - - - TERCERA PARTE - - DE MADRID A SEVILLA - - - - - I - - LA CASA DE HUÉSPEDES - - -LA llegada a las proximidades de Madrid en un día de verano, de sol, -con la tierra desnuda, sin color por la claridad y el polvo, me pareció -un tanto trágica y sombría. La puerta de Alcalá mitigó algo la triste -impresión del paisaje que había recibido. Nos detuvimos a la entrada de -la villa, y después subimos al galope por la calle de Alcalá y llegamos -a la de las Huertas, hasta una administración de coches. - -Una chusma policíaca, cínica y desvergonzada, revolvió mi pequeño -equipaje, y uno de ellos me dijo que tenía que tomar carta de seguridad. - -Fuí a cumplir este requisito y me instalé en una fonda muy mala de la -calle de la Gorguera. - -La primera impresión de Madrid fué para mí confusa. - -Afortunadamente, como venía de pueblos abandonados, no me dió la -sensación de pequeñez y de miseria que daba a otros extranjeros. - -Mi primer cuidado fué buscar un modo de vivir, pues no tenía mas que -unas monedas de cobre por todo capital. - -Fuí al café de La Fontana de Oro, tomé un refresco y pregunté al mozo -por el Gran Oriente Escocés. Me dió la dirección y me presenté en la -logia masónica. Salió a recibirme un hermano con aspecto frailuno; -me preguntó lo que sabía hacer, expuse yo mis conocimientos y dejé -las señas de mi posada. Al día siguiente me enviaron una esquelita -diciéndome que fuera al Museo de Historia Natural, en la calle de -Alcalá, y que preguntara por el director. - -Fuí, efectivamente, y el director me dijo que podía tener trabajo -durante algún tiempo, y que me pagarían cincuenta duros al mes. Me -marché satisfecho y comencé a acudir todos los días al Museo. Pronto vi -que allí no trabajaba nadie. El director tenía por costumbre no ir a la -oficina, y los demás empleados hacían lo mismo. - -Después pude comprobar que esta era una costumbre de casi todos los -centros oficiales de España. - -Como se veía en la precisión de pasar el mes entero sin cobrar un -céntimo, fuí de nuevo a la logia y me hicieron un anticipo de veinte -duros, que devolví puntualmente cuando me pagaron. - -En seguida que me encontré dueño de algún dinero, pagué la fonda y -busqué una casa de huéspedes. Un empleado del Museo me recomendó a un -oficinista amigo, que tomaba algunas personas en familia. Vivía este -ciudadano en los barrios bajos, en la calle de la Encomienda, entre -la de Embajadores y la de Mesón de Paredes; se llamaba don Nemesio -Fernández de la Encina, y era escribiente en la Contaduría general -de Valores, con poco sueldo. Su mujer, doña Mencía, patroneaba sus -huéspedes, y con esto se ayudaba un poco. - -Don Nemesio y doña Mencía me mostraron un cuarto claro y bastante -ancho, que me cederían; me explicaron con detalles lo que se comía en -la casa, y me dijeron que me llevarían diez reales. - -Al principio se negaron a aceptar a Philonous; pero como yo dije que -no quería desprenderme del perro, lo aceptaron, a condición de que lo -llevara siempre conmigo y no lo tuviera en el cuarto mas que de noche. - -La casa del señor Fernández de la Encina era una casa vieja, a la que -por una casualidad le daba el sol; tenía muchos cuartos, con un piso de -baldosas rojas que se deshacían. - -No había en aquella casa ni una arista aplomada, ni un ángulo recto; -todo parecía andar bailando, y muchas veces se me figuraba que los -techos y las paredes iban a venirse al suelo. - -Al principio, la vida en casa del señor Fernández de la Encina me -pareció un tanto monótona; pero me fuí acostumbrando hasta encontrarla -bien. - -El señor Fernández era un poco petulante, y hablaba de su familia y de -sus posesiones de Extremadura como un hidalgo venido a menos. - -Su mujer, doña Mencía, una señora de cara pálida y agria, se lamentaba -siempre de la carestía de la vida, y tenía que explicarme lo que -costaban cuantos manjares ponía en la mesa. - ---Ya ve usted, don Juan--me decía--, este escabeche que está usted -comiendo me ha costado dos reales. No sabe usted cómo está la plaza. - -Doña Mencía hablaba el castellano como un libro, con unos giros tan -académicos y una cantidad tal de palabras, que me sorprendía. - -Los otros huéspedes de la casa eran un matrimonio que había venido de -un pueblo de Andalucía. - -Los dos, muy viejecillos, tenían cierta gracia, por lo amartelados que -estaban. - -De las hijas del señor de la Encina, la mayor era una solterona ya -marchita y de mal genio, que hacía labores. La segunda, muy decidida, -iba y venía y estaba siempre en la calle; y la pequeña, la Paquita, -tenía afición a las cosas de la casa, administraba los caudales -familiares e impulsaba a moverse a la criada, una asturiana que se -dormía de pie, se olvidaba de todo y tiraba las salsas encima de los -comensales. - -El hijo, el más joven de todos, era un diablo; estaba constantemente -haciendo ruido, pegando a los gatos, y aspiraba a ser miliciano -nacional. - -La madre y las niñas se pasaban la mitad de la vida cosiendo en el -balcón, debajo de una cortina de lona. Tenían allí algunos tiestos con -geranios y claveles, y para ellas el balconcito éste era un Versalles. - -Enfrente, en la vecindad, vivían unos muchachos, y solían pasarse los -vecinos cestitas con caramelos y con cartas. - -La hija menor, la Paquita, solía bromear conmigo y me preguntaba si -tenía novia en Inglaterra. Yo le contestaba contándole mentiras, y ella -me decía: - ---¡Ay, don Juan, don Juan! Es usted un pillo. - -En el piso bajo de la casa trabajaba un sillero, picado de viruelas, -que se llamaba Deogracias y que tocaba la guitarra; en su tenducho se -reunía una tertulia de milicianos. - -Allí solía oír contar lo que ocurría en Madrid. - -Los sábados, el Deogracias y su hijo salían al portal, el uno con la -guitarra y el otro con la bandurria, y tocaban ellos y bailaban las -chicas de la vecindad. - -La Paquita, la niña pequeña de doña Mencía, bailaba con mucha gracia el -bolero. - ---Es muy bonita mi niña; ¿no es verdad, señor inglés?--me decía su -madre. - ---Ya lo creo. - -Todos los muchachos de la vecindad andaban tras ella, y los domingos, -después de misa mayor, aparecían en la calle tres o cuatro lechuguinos -con aire de Tenorio. - - - - - II - - DIGRESIONES SOBRE EL PAÍS - - -EN la sillería de Deogracias, como en el taller del Museo de Historia -Natural, como en la mesa de La Fontana de Oro, adonde solía ir de -cuando en cuando por la noche, no se hacía mas que discutir de -política. Quizá no se razonaba gran cosa; pero se ponía en las -discusiones mucho fuego y apasionamiento. - -El presenciar estos altercados me dió la idea de que España perdía por -completo su antigua homogeneidad. El país no podía transformarse en -bloque y se escindía violentamente. El Gobierno revolucionario había -dado una carrera en una senda obscura y estaba ya perdido, sin poder -orientarse. Su empujón había desgarrado más el espíritu del país y no -era posible ya un zurcido. La clase pobre en Madrid seguía su vida a la -antigua, en sus callejuelas estrechas y sórdidas, y tenía sus majos y -sus majas, sus manolas, sus toreros, sus bravucones, sus menestrales, -que empeñaban el colchón para ir a los toros; sus maestros zapateros y -herreros, que trabajaban en un portalillo o en la calle; sus aguadores, -sus rateros, sus mozas de partido, sus ciegos que tocaban la guitarra -en los rincones... - -La clase directora quería transformar esto rápidamente, y como no -podía, se quejaba del pueblo. - -Les pasaba lo que a algunos extranjeros que habían venido a España -creyendo que la Revolución iba a cambiar el país en un momento. - ---Esto no es Europa--solían decir, y hablaban de París, de Londres, de -Bruselas. - -Los tales franceses e ingleses suponían que no hay mas que un figurín -para vestir a los pueblos y un modo, uno e indivisible, de hacer su -dicha. - -Esto, por lo menos, no está probado. Yo, por mi parte, creo que cada -cual debe buscar la felicidad a su manera; cada cual bebe en la fuente -de la vida cuando puede y como puede. - -Mucha gente cree que no hay mas que una felicidad para el individuo: -ser rico, respetable, etc., etc.; pero hay hombres que son felices -contemplando un paisaje, otros interviniendo en una intriga, otros -pensando exclusivamente en las mujeres, otros trabajando en un -laboratorio, otros mirando un campo verde. La vida de cada uno tiene -sus directrices. El poder seguirlas lo más exactamente posible es el -sentirse bien, y lo mismo pasa en los pueblos. Claro que esto no se -puede conseguir fácilmente; pero, ¿por qué hemos de creer que no hay -para el hombre mas que una clase de felicidad? ¿Por qué hay que pensar -que únicamente el voto y el sistema parlamentario y lo que llaman la -democracia es la felicidad y el progreso de los pueblos? - -Algunos dicen que para saber si las cosas son buenas no hay mas que -confrontarlas con la realidad. ¿Pero cuál es la realidad? - -Hay mucha gente que cree que la realidad es sólo lo tangible, como si -el tacto fuera un sentido de exactitud matemática. Tan realidad es -una piedra como una nube; no hay más diferencia que a la piedra se le -siente con el tacto y con los ojos, y a la nube sólo con los ojos. En -la Naturaleza misma no es fácil distinguir la realidad. Y si en la -Naturaleza no es fácil distinguir la realidad, ¿cómo se va a distinguir -en los hechos sociales? - -Cuando yo discutía con mis amigos de Madrid de política y de filosofía -me tenían por un perturbador. - ---Nuestras conclusiones están demostradas; son definitivas--afirmaban -ellos. - -Es notable el afán de los políticos de concluír, de no dejar nada que -hacer a los que vengan detrás. - -Esto es lo definitivo, lo verdadero, lo inatacable--dicen los de los -ojos miopes, y lo creen cándidamente. - -¿Qué sabemos nosotros qué es lo definitivo y lo que no lo es? ¿No va -rodando la verdad por el mundo y cambiando de aspecto de época en -época? Más definitivo que la democracia y el parlamentarismo pareció -en su tiempo Júpiter con su cortejo de dioses, y se vino abajo; más -definitivo ha parecido Jehová, y ya se retira entre bastidores con su -cortejo de profetas de barba negra y de nariz de loro; tan verdadero -como el sistema de Copérnico se creyó el de Hiparco, corregido por -Ptolomeo... - -¡Qué imprudencia más ridícula hablar de lo definitivo! ¡Qué ganas de -cerrar puertas que han de abrir los que vengan detrás! - -Por eso yo le suelo decir constantemente a Philonous: - ---Amigo can. Dejemos las conclusiones para los imbéciles. - - - - - III - - SALIDA DE MADRID - - -EL ambiente de Madrid, de broma y de vida picaresca, me cogió a mí -de lleno. Vi que no se trabajaba apenas en el taller del Museo y que -nadie tomaba aquello en serio, e hice como los demás: ir cada vez más -tarde, y acabar por no aparecer. Algunos amigos masones me dijeron -que mientras ellos siguieran en el mando disfrutaría del sueldo con -seguridad; pero que cuando salieran del Poder no duraría mi empleo más -que una semana a lo sumo. - -Escribí a Will Tick diciéndole lo que había hecho en mi viaje, y me -contestó una larga carta; me contaba que le habían nombrado secretario -de una sociedad de filohelenos de Londres, y que él, a su vez, me -había nombrado agente de esta sociedad en España. Añadía que para -junio me girarían una cantidad a Sevilla con el objeto de que comprara -armas y las llevara a Gibraltar, y me indicaba que si yo conocía -algunas personas simpatizadoras del movimiento libertador de Grecia -iniciara una suscripción y me quedase con los cuartos. Pensé que si -no encontraba otro recurso acudiría a éste, preparándome de antemano -alguna máxima jesuítica y una gruesa de reservas mentales. - -Mientrastanto, ya sin ocuparme de mi destino mas que para cobrar, -comenzaba a tomarle gusto a Madrid: formaba corrillos con los -liberales y los serviles, oía las letanías de los ciegos e iba a -la vuelta de los toros a ver las manolas en los calesines y a los -picadores con los monosabios en las ancas de los caballos. - -Una persona con quien solía reunirme casi todos los días era un tal -Patricio Moore, ex fraile español, de origen irlandés, exaltado y -afiliado al carbonarismo. - -Con él andaban dos italianos de aire muy misterioso, con los bigotes -erizados, y un cómico, hombre de ciertas condiciones geniales en su -oficio, pero que abusaba del alcohol e iba enronqueciendo por momentos. - -Todos ellos eran republicanos y vivían en una exaltación perpetua, -hablando y perorando constantemente. Yo me encontraba con ellos -casi siempre en desacuerdo y me parecían proyectos utópicos los que -ellos consideraban realizables, y al contrario. Una de las cosas que -se discutía a todas horas entre ellos era si debía haber una o dos -Cámaras representativas. Parecía imposible que una cuestión así pudiera -apasionar a la gente. Claro que al pueblo esto le tenía sin cuidado; -pero ellos suponían que el pueblo era una entidad que habían inventado -y que servía para realizar las más estúpidas de las utopías. - -No comprendían estos reformadores que se encontraban en España en una -minoría insignificante, porque no sólo en el campo, en donde todos eran -realistas, sino en Madrid mismo, no estaban los liberales con relación -a los serviles en proporción de uno a diez. - -Patricio Moore y sus amigos me tachaban de poco afecto al nuevo -régimen y de que miraba las cosas serias con indiferencia. Yo no -podía entusiasmarme en el mismo grado que ellos ni llegar a la pasión -ardiente por una cuestión de palabras. - -Cuando los soldados del duque de Angulema se presentaron en la -frontera, la expectación pública se hizo enorme: algunos creían que si -entraban los franceses volvería una época como la de la Independencia; -pero la mayoría de la gente veía que los momentos eran distintos. - -En la tertulia de Deogracias, el sillero de la calle de la Encomienda, -explicó un criado del conde de Montijo cómo su amo estaba trabajando -por el partido que llamaban de los anilleros o moderados, y cómo -estaban de acuerdo los generales O'Donnell, Ballesteros, Morillo y los -amigos de Martínez Rosa en intentar el cambio de la Constitución. - -Este mismo criado de Montijo, liberal acérrimo, nos contó una escena -que ocurrió en el palacio del conde, en la plazuela del Angel, entre -Montijo y el Empecinado. - -Montijo había convidado a comer a D. Juan Martín y a su ayudante -Aviraneta y les esperó en compañía de una muchacha, querida suya. -Se sentaron los cuatro a la mesa y hablaron de cosas indiferentes. -Cuando acabaron de tomar el café, Montijo invitó al Empecinado a -pasar a su gabinete. El ayudante quedó solo con la muchacha y comenzó -a galantearla; ella se reía. En esto se oyó un estrépito de voces; -la muchacha llamó al criado, se forzó la puerta del gabinete y se -vió al conde de Montijo debajo de una mesa gritando y al Empecinado -amenazándole con el bastón en la mano. La muchacha empezó a chillar; -pero el conde le tapó la boca, y el Empecinado y su ayudante se -fueron. Uno de los criados había visto y oído lo ocurrido. El conde -había tratado de convencer al Empecinado de que era necesario cambiar -de Gobierno y acabar con la Constitución; después le había intentado -sobornar, y en vista de la frialdad del guerrillero le dijo con cólera: -«Es usted un bruto, incapaz de sacramentos». Entonces el Empecinado, -enfurecido, le dió tal bofetón al conde que le tiró al suelo, y -enarbolando el bastón intentó pegarle. - -El criado que nos contó esto nos dió tantos detalles, que no nos dejó -duda alguna de que la escena era cierta. - -Al entrar los franceses en España, la cólera de unos y el desaliento de -los otros se acentuó. - -Por esta época hubo un cambio de ministerio y me dijeron en el Museo -que habían suprimido mi plaza y que estaba de más. - -Tenía guardado algún dinero, y como no me convenía esperar, me decidí a -marcharme a Sevilla sin tardanza. Hice mi maleta, y con mis documentos -en regla y una recomendación eficaz para la logia masónica del Oriente -Escocés, dispuse el viaje. - -Me despedí del señor Fernández de la Encina y familia, que me dijeron -que me quedara con ellos hasta encontrar trabajo, y tomé la diligencia. - -Quise llevar conmigo a Philonous, pero el perro se opuso. Al subir yo -al coche se me quedó mirando como diciendo; Esto no es lo pactado entre -nosotros; y dando una vuelta, se fué. - -Le dediqué un recuerdo sentimental y seguí adelante. - -En el camino tuvimos un ligero tropiezo con una partida de realistas -que mandaba un sacristán, lugarteniente de Palillos. - -Entre Andújar y Carmona se habló constantemente, en la diligencia, del -peligro de encontrar partidas de bandoleros; pero no las encontramos, y -llegamos con toda felicidad a Sevilla. - - - - - IV - - DE SEVILLA A LA CÁRCEL DE SANLÚCAR - - -LLEGUÉ a Sevilla con bastante dinero para esperar un mes. Era ya -verano; hacía un calor respetable. - -Acudí a la logia masónica, donde trabé algunos conocimientos, y estuve -en casa de un banquero representante de Beltrán de Lis, el cual me dijo -que en seguida que recibiera el aviso de los filohelenos de Londres me -pagaría. - -Este banquero me presentó a varias personas, entre ellas a una inglesa -viuda, la señora Landon, y a su sobrina Mercedes. - -El tiempo que estuve en Sevilla lo pasé bien. A pesar de las trifulcas -políticas, la vida era allí alegre. Se bailaba en todas partes; y yo, -siguiendo el ejemplo de otros señores, fuí a una academia de baile que -dirigía un hidalgo apellidado Alvarez de Acuña. Alvarez de Acuña era -una de las personas más serias de la Península. Pocos hombres ponen -tan buena fe en su sacerdocio. El daba a la ciencia del baile todo lo -necesario, y cada pirueta suya tenía la estabilidad de un axioma y la -transcendencia de un dogma. - -Alvarez de Acuña era un hombrecito pequeño y canoso, con una cara tan -movible que parecía de goma. Exageraba la gesticulación de tal modo, -que yo me figuraba si haría gimnasia con la cara. Vestía con una -pulcritud excesiva y tenía la costumbre de taparse la boca con la mano -derecha, como considerando cínico el mostrar una mella de su dentadura. - -En la academia de Alvarez de Acuña conocí a mucha gente joven; se -supuso, no sé por qué, que yo era hombre rico, y aunque afirmé -repetidas veces que no, no se me creyó. - -Mientras yo me divertía, los asuntos de España iban de mal en peor; -los franceses ocuparon Madrid, y presencié su entrada en Sevilla y el -alboroto que armaron la gente de Triana y los gitanos en contra de los -liberales y a favor de Fernando VII. - -Una día de agosto recibí una carta de Will Tick en la que me decía -que fuese a Cádiz y esperara allí un brick-barca que vendría con un -cargamento de fusiles para Missolonghi. - -Todo el mundo me dijo que por tierra sería muy difícil llegar a Cádiz, -y que me prenderían. - -Tomé en Triana un barquito de vapor que se llamaba el _Guadalquivir_, y -bajando el río llegué hasta Bonanza. Desembarqué y fuí a hospedarme a -un fonducho lleno de oficiales franceses. - -Iba a salir inmediatamente, cuando el dueño de la fonda me recomendó no -saliera. - ---Pues ¿qué pasa?--pregunté. - ---Pasa, que la playa de Sanlúcar está llena de ladrones y bandidos y al -extranjero que lo pescan lo cosen a puñaladas. - ---¿No hay vigilancia? - ---Sí; andan rondando patrullas francesas de caballería, infantería y -gendarmes. - ---Pues yo necesito trasladarme a Sanlúcar para ir a Cádiz. - ---Le será a usted imposible. - ---¿Por qué? - ---Porque todos los barcos de estos puertos y los vapores del -Guadalquivir están embargados por las autoridades francesas para llevar -municiones al Puerto de Santa María. - ---¿Y qué se dice de la guerra? - ---La gente dice que Cádiz resistirá ya muy poco. - -Me acosté sin resolver el plan de viaje. Dormí profundamente, y a la -mañana siguiente me encontré sorprendido al ver que entraban en mi -cuarto un sargento y cuatro soldados realistas. Venían a prenderme. - ---¡Esto es una equivocación!--exclamé yo--. Yo soy una persona pacífica. - ---Sí, será cierto--me replicó el sargento--; pero tenemos la orden de -conducirle a usted preso a Sanlúcar de Barrameda. - -Pensé si me habría denunciado el fondista; aunque éste me juró que no -había hablado a nadie de mi presencia allí. - -Pagué la fonda, tomé un calesín para preservarme del sol de fuego -que caía, y al paso, y escoltado por los cuatro soldados, salimos de -Bonanza. - -El sargento de realistas subió conmigo en el calesín y fuimos hablando. -Me contó que era bodeguero y cachicán de un rico propietario de -Sanlúcar que estaba en Cádiz con los liberales, y que él había tomado -el partido de inscribirse en la Milicia realista para defender los -intereses de su amo contra la barbarie de los absolutistas, que estaban -fanatizados por algunos frailes y clérigos furibundos. - -Llegamos al pueblo de Sanlúcar, y entre grupos de campesinos y de -soldados franceses nos acercamos a casa del comandante de voluntarios -realistas. - -Entramos en una sala de estas de los pueblos españoles, llenas de -cortinas, que tienen aire de capillitas, y me llevaron a la presencia -del comandante, que estaba en compañía de un cura. - -El comandante era un hombre rechoncho, de unos cincuenta años, con -los ojos chiquitos y negros, la cara muy carnosa y roja y una levita -entallada. Le saludé y comenzó a interrogarme. - -Conferenciaron después el clérigo y el comandante y me dijeron que -tenía que ir a la cárcel pública. - -Protesté, pero fué inútil. - -Salí en compañía del sargento; tomamos de nuevo el calesín y bajamos -delante de la cárcel, en una plaza cuadrada. El sargento dió dos -aldabonazos, abrió un soldado un rastrillo, y pasamos adentro por un -corredor hasta otra puerta. Se volvió a llamar: se descorrieron varios -cerrojos; giró un postigo, y un hombre viejo y seco, con una gorrilla -en la cabeza, me hizo pasar a una cuadra grande, donde había unos cien -hombres; unos sentados, otros tendidos, unos charlando y otros fumando. - -Saludé a derecha e izquierda, sonriendo amablemente, y me retiré a un -rincón. - ---Es un francés--decían unos. - ---No; es un inglés. - -En esto dos hombres ennegrecidos y malencarados se abanlanzaron a mí, y -cogiéndome uno de ellos de la barbilla me dijo: - ---Oiga uzté, inglé. Ya zabe la obligasión de loz novatoz. - ---No sé nada. ¿Qué obligación es? - ---Apoquine uzté aquí la mitá del dinero que yeva y haga cuenta que noz -ha entendío. - ---¿Yo? ¡Ca!--exclamé. - ---Vamoz, cabayero, zuelte uzté el dinero--dijo el otro con sorna--, que -en nuestraz manoz eztará máz zeguro, porque aquí hay mucha gente perdía -y ze lo podrían robar. - -Volví yo a agitar la cabeza con energía en señal de negación, y uno de -los matones, metiéndome la mano en el bolsillo, me sacó el pañuelo. - -Le agarré yo inmediatamente de la chaqueta, y como le tenía sujeto -y él quería escaparse, se desgarró la chaqueta hasta el hombro. El -matón, al ver la prenda de vestir rota, dijo que la estimaba más que -a su propia piel y que aquella ofensa no se podía lavar mas que con -sangre. Efectivamente, abrió la navaja; pero yo, con una rapidez -extraordinaria, le agarré de la muñeca y se la estrujé con tal fuerza -que tuvo que soltar el arma, dando unos chillidos que creí que le había -roto el brazo. - -El otro matón se me acercó de lado, con la navaja escondida en la -manga; pero acerté a darle una patada tan definitiva en la parte más -redonda de su individuo, que le dejé en potencia propincua para hacer, -a estilo de Fielding, una luminosa disertación acerca de los puntapiés -en el trasero. - -Después de la batalla recogí la navaja del primer matón, que era una -navaja realista, pues en la hoja, a un lado, ponía: «Muero por mi rey», -y, en el otro: «Peleo a gusto matando negros». - -La riña mía había producido un tremendo estrépito entre los presos; -unos estaban a mi favor, otros en contra. Se gritaba y se chillaba con -exageraciones y frases cómicas que se lanzaban unos a otros. - ---Que traigan el zanto óleo para ezte zeñó, porque lo voy a -matar--decía uno. - ---Encomiéndeze uzté a Dioz--gritaba otro. - -En esto entraron los calaboceros repartiendo estacazos a diestro y -siniestro, seguidos del alcaide. El alcaide prendió a los dos matones y -me interrogó. Era un hombre tuerto, alto, seco, membrudo y malencarado. - -Le conté lo que había ocurrido y decidió sacarme de aquella cuadra y -llevarme a la alcaidía. - - - - - V - - NIEVES LA ALCAIDESA - - -EN compañía del tuerto salí de la cuadra, recorrí un largo pasillo, -subimos una escalera de madera y entramos en una hermosa casa. Era la -alcaidía. En una salita, cosiendo, había una mujer. El tuerto me dijo -que era su señora. Se llamaba Nieves. - -Era la Nieves una mujer soberbia, de unos treinta años, morena, de -tipo árabe, los ojos negros, rasgados, el pelo de ébano, los dientes -deslumbrantes y la boca pequeña. Había nacido en Ceuta. - -Explicó el tuerto a su mujer lo que me había pasado. Nos sentamos. -Luego el tuerto habló largo rato. Era un aventurero. Había sido -sargento de artillería en Orán y vivido mucho tiempo entre los moros. - -El alcaide, después de contarme largas historias muy interesantes, dijo -a su mujer que me arreglara dos comidas al día, me pusiera una cama y -me llevara lo que bien le pareciera. Dicho esto, el hombre se marchó y -nos quedamos la alcaidesa y yo solos. - -Me preguntó quién era y por qué me habían metido en la cárcel, y se lo -conté. Estuvimos charlando amablemente largo rato. - -Por la noche, antes de la hora de cenar, vino el tuerto y me dijo que -el comandante de los voluntarios realistas, el amo del pueblo en aquel -momento, había sabido mi riña en la cárcel con los matones, lo que -le hizo mucha gracia, y añadió que podía estar yo en la alcaidía con -tranquilidad hasta que se enviara la remesa de presos a Sevilla, y que -me autorizaba para salir a pasear por la ciudad con una persona de -confianza. - ---Bueno; entonses zaldrá conmigo--dijo la Nieves--. ¿Eh, qué parese -inglé? - ---Yo encantado. Si su marido lo permite. - ---Nada, nada; aquí mando yo. - -Se marchó el tuerto y quedé solo con la alcaidesa y la criada. - -Pusieron la mesa y dos cubiertos. - ---¿Su marido de usted no come con nosotros?--pregunté. - ---No; él come zolo y yo también. - -Me sirvió la sopa, un puchero con garbanzos y jamón, y un buen trozo -de carne, un plato de verdura, luego una perdiz asada, después pescado -frito, aceitunas en abundancia, todo esto regado con vino de Manzanilla -de Sanlúcar y tinto de Rota. - -Yo comí como un bárbaro, y algo arrepentido le dije a la alcaidesa: - ---He comido como un príncipe, como un príncipe hambriento; pero temo no -poder estar aquí mucho tiempo, porque esto debe costar mucho. - ---Te yevaré trez pezetaz al día--dijo la Nieves, que se había empeñado -en hablarme de tú. - ---¿Tres pesetas? - ---Zí. - ---¡Pero se va usted a arruinar! - ---Ezo a ti no te importa. Ahora me voy a veztir y noz vamoz al café. - -Esperé un momento, y poco después se presentó la Nieves muy peinada, -con grandes rizos, vestida de negro, con mantilla de casco y una rosa -roja en la mata negra del pelo. - ---¿Eztoy bien azí?--me dijo. - ---Como la mismísima diosa Venus. - ---Bueno, bueno; pocaz bromaz, que tengo mal genio. - ---Pues no sabe usted lo que a mí me gustan las mujeres de mal genio, -patrona--le dije yo. - ---Vamoz, sosón, ¡zangre gorda! Arréglate. - -La alcaidesa me miró, me arregló la corbata y se echó a reír. - -Cruzamos unas calles, salimos a la plaza de la Constitución, que ya era -de la ex Constitución, y entramos en un café lleno de gente. - -La Nieves y yo llamamos la atención de todos los espectadores; las -mujeres hablaban de mí; aseguraban que era un inglés millonario y -liberal; los franceses se entusiasmaban con la gracia y el garbo de la -Nieves. - ---¡Oh, quelle belle fille!--se les oía decir--. ¡C'est un vrai tipe -d'andalouse! Voilà una véritable manola. - -Salimos del café y estuvimos paseando por la plaza. - -Había muchas chicas bonitas, de ojos negros y vivos, en el paseo. Este -cantar que oí por entonces me pareció muy legitimado: - - Para alcarrazas, Chiclana; - para trigo, Trebujena, - y para niñas bonitas, - Sanlúcar de Barrameda. - -A las once de la noche mi patrona se cansó de pasear y nos volvimos a -la cárcel. - - - - - VI - - LAS RECOMENDACIONES - - -AQUELLA noche me acosté en una hermosa cama y dormí hasta las ocho. -Poco después la Nieves abrió la ventana y me trajo un vaso de leche -azucarada, con una torta, y me dijo que la tomase bien caliente y que -no me levantase hasta las diez. - ---Señora--le dije--: me trata usted demasiado bien; yo debo ser quien -tenga el honor de servir a usted. - ---A mí no me llamez zeñora. Erez un tonto, inglé. - ---Sí; pero soy un tonto bien cuidado. - -Me levanté de la cama y me vestí. - ---Ahora vamoz a zalir--dijo ella. - ---Bueno. - -Salimos a la calle y fuimos a la parroquia. - ---Le advierto a usted que soy protestante--le dije, para ver qué -contestaba. - ---¿Qué me cuentaz con ezo?--exclamó ella con desgarro--. ¿Que erez -hereje? Pues hijo mío, dilo en alta vo y te llevarán al palo. - -Yo quise convencerla seriamente de que todo el mundo tiene derecho a -profesar sus ideas religiosas; pero no me hizo caso y fué necesario -oír misa, tomar agua bendita y hasta darse golpes de pecho como un -verdadero papista. - -Al salir de la iglesia me dijo: - ---Ahora vamoz a ve a mi comadre, que ez prima del comandante de -voluntarioz realiztaz, a ver si hase algo por ti. - ---Vamos donde usted quiera. - -La comadre era una mujerona morenaza y atrevida. - ---¿De dónde haz zacado a ezte inglezote?--le dijo a mi patrona, al -verme. - -La Nieves le contó lo que me había pasado; dijo que yo era un inocente -completo y que quería que ella hablase al comandante de realistas para -que no hicieran una charranada conmigo. - -La comadre dijo que haría lo que pudiese; pero que la Nieves debía -hablar también al primo de una amiga del ama del cura que era consejero -del comandante. - -Por la conversación resultaba que no se hacía absolutamente nada en el -pueblo mas que por recomendaciones. - -Esta red de influencias y de manejos maquiavélicos lo tenía todo minado. - -Era imposible que hubiese así la más ligera sombra de justicia en el -pueblo. - -Después de la visita a la comadre de la Nieves volvimos a la cárcel. - -Estuve seis días en la alcaidía. Para no quedar torpe con la -inmovilidad y la buena alimentación me dedicaba a hacer gimnasia; luego -hablaba con mi patrona. - -La Nieves llevaba y traía a su marido como a un cordero; ella vestía -los pantalones en la casa, y, según las malas lenguas, empleaba de -cuando en cuando y con gran eficacia una vara de fresno, con la cual -devolvía la razón a su marido, que la perdía en la taberna, por lo -menos una vez por semana. - -Por lo que me dijeron, esta costumbre la inauguró una noche que el -tuerto, de mal humor, quiso emplear con su mujer el mismo procedimiento -que empleaba con los presos; es decir, el del garrote; pero ella se lo -quitó a tiempo y le supo administrar tal paliza que el tuerto quedó -convencido para siempre de la superioridad de su mujer. - - - - - VII - - EN EL CAMINO - - -A los seis días de vivir en casa de la Nieves la comadre suya me avisó -que a la mañana siguiente iban a trasladar a los presos a Sevilla; yo -iría a caballo con el sargento. - -Efectivamente; antes de la siete se presentó la escolta a la puerta de -la cárcel. Sacaron de ella unos ochenta presos, cincuenta milicianos y -soldados prisioneros del Trocadero, y el resto, de delitos comunes. - -El comandante de realistas y la comadre de la alcaidesa vinieron a -saludarme, y la Nieves me abrazó casi llorando. - -Subí a mi caballo, y al lado del sargento, que montaba una linda jaca -cordobesa, salimos del pueblo. - -Llegamos a las tres horas a una venta del camino entre Sanlúcar y -Trebujena y se detuvo nuestra comitiva. A los presos de delitos comunes -se les metió en un corral, debajo de un cobertizo; a los políticos se -les llevó a una cuadra, y nosotros, el sargento y yo, quedamos en el -ventorro. - -Entramos en la cocina, que era enorme, y hablamos con la ventera. Nos -dijo que si no queríamos esperar podía darnos al momento una sopa, -un puchero, una cazuela de arroz con conejo, un plato de callos y -ensalada. - ---¿Qué le parece a usted?--me preguntó el sargento. - ---Que luego es tarde, como decía mi patrona. - -Nos sentamos en una mesita pequeña, dispuestos a comer, cuando estalló -un gran escándalo en el zaguán; salimos a ver qué pasaba y vimos a un -grupo de oficiales franceses acompañados por una pequeña escolta. - -Hablaban de una manera tan despótica y tan desagradable, que para -cortar las explicaciones salí yo al portal y me ofrecí a servirles de -intérprete y de amistoso componedor. - -Los franceses querían habitaciones para dos jefes; el ventero se las -pudo proporcionar. - -Arreglada la cosa comimos el sargento y yo en paz en un rincón de la -cocina. - -Habíamos dado buena cuenta de la sopa, del cocido y del arroz con -conejo, e íbamos a comenzar con los callos cuando me acordé de los -presos liberales que venían con nosotros, y dije: - ---¿Habrá comido esa pobre gente? - ---Sí, algo tendrán. - ---¿Quiénes son estos presos políticos? - ---Son catalanes--me dijo el sargento--que estaban en el ejército de -Cádiz. Parece que hicieron una salida de la isla a los pinares de -Chiclana y se vieron rodeados por los franceses. Quisieron resistir, -pero la mitad de ellos murieron, y los demás quedaron prisioneros con -el teniente. - ---Bueno; vamos a llevarles esta fuente de callos. Les compraré unos -panes y unas botellas de vino.--Lo hice así; entramos en una tejavana, -y hablé yo con el teniente catalán, quien me confesó que tenía un -hambre que se le nublaba la vista, y que nuestra aparición en el corral -con la fuente de callos y los panes le había parecido más sublime que -todas las apariciones celestes. - -A las dos horas de llegar a la venta el sargento dió la orden de marcha -y nos formamos todos. - -Uno de los militares franceses, comandante de la gendarmería real, -estaba en el balcón de la posada. - ---¿Es que es usted el jefe de esta canalla de soldados de la Fe?--me -preguntó en francés, de una manera incisiva y seca. - ---Esta canalla se ha formado gracias a la protección y a los cuidados -de ustedes los franceses--le dije, inclinándome. - ---Ya lo sé. Es una vergüenza para la Francia. ¿En calidad de qué va -usted con esa tropa? - ---Voy como prisionero a que me identifiquen en Sevilla. - -El comandante me dió su nombre y sus señas, ofreciéndose por si me -podía ser útil en algo, y echamos a andar. - ---¿Qué le ha dicho a usted ese franchute?--me preguntó el sargento. - ---Me ha preguntado por qué iba en la comitiva. - ---¡Qué gente! Se tienen que meter en todo; ya se creen otra vez los -amos de España. - -Al salir del camino de Trebujena y desembocar en la carretera que va -de Jerez de la Frontera a Lebrija, se acercó a nosotros un escuadrón -de caballería española. Iban diez o doce jefes, entre ellos un edecán -francés, escoltando a un general. - -El general era un hombre ya viejo, de cara correcta, patillas blancas, -ojos claros y aspecto malhumorado. - -Uno de los jefes del escuadrón se paró a preguntar al sargento quién -era yo, y el sargento preguntó a su vez a un soldado quién era el -general que escoltaban, a lo que contestó diciendo que era don -Francisco Ballesteros, un militar de los liberales exaltados que -acababa de capitular de una manera más que sospechosa. - -Al anochecer llegamos a Lebrija, y el sargento y yo fuimos enviados a -casa de un labrador rico, de ideas liberales, que nos trató muy bien. - - - - - CUARTA PARTE - - PRISIONERO - - - - - I - - EL SALÓN DE CORTES - - -EL día 27 de septiembre de 1823, a las once de la mañana, llegábamos -los presos a la capital de Andalucía y hacíamos nuestra entrada -triunfal en medio de gritos y mueras y de alguno que otro tomate -podrido o troncho de berza con que nos obsequiaba el pueblo soberano. - -Fuimos todos a parar a la subdelegación de policía. - -El subdelegado estaba en Alcalá de Guadaira, y nos recibió su -secretario. - -Interrogó al sargento rápidamente y mandó que llevaran a los presos por -delitos comunes a la cárcel, a los soldados catalanes a la comandancia -militar, y a mí al Salón de Cortes. - -El sargento distribuyó su fuerza y me envió con un soldado a mi -destino. Aquel Salón de Cortes era un antiguo cuartel de artillería, -que antes había sido colegio de jesuítas. Me recibió el alcaide, un -andaluz de unos sesenta años, a quien llamaban el señor Pepe, hombre -que para dar mayor brillo a su figura vestía un frac viejo y un -sombrero de copa. - ---¿Ez uzté inglé?--me dijo. - ---Sí, señor. - ---No zé zi estará uzté bien aquí, porque loz ingleze zon muy amigoz de -comodidadez; pero véngaze al zalón, y ayí ze encontrará entre cabayeroz. - -Entré en el salón, y fuí muy bien acogido por aquellos señores -liberales presos. - -El señor Pepe, el alcaide, me alquiló dos colchones y una almohada, y -buscando sitio para hacer mi nido encontré una pequeña tribuna vacante, -donde me instalé. - -Poco después del mediodía, los presos se disponían a comer en las -mesas, formando grupos. Como yo no pertenecía a ninguno de ellos, me -senté por separado en un banco y me preparé a comer un poco de pescado -frito y pan, que me vendió el alcaide por seis reales. - -Los de la mesa inmediata me instaron a que me reuniese con ellos; -les di las gracias, diciendo que no tenía ganas; pero dos señores se -levantaron, me agarraron, me pusieron de pie y me obligaron a sentarme -a su lado. - -Comimos admirablemente, y algunos de aquellos sevillanos me dieron -broma por mi falta de apetito. - ---Un muchacho como éste, como un castillo, y además inglés--decía un -viejo--, se traga todo lo que le pongan. - -Después de comer y de tomar café se quitaron las mesas, y unos se -pusieron a fumar sentados en las sillas, y otros a pasear por la -antigua iglesia, como si estuvieran en una plazoleta. - -Hubo discusiones violentas, interrumpidas por chistes; luego un -señor se subió en una silla y echó un discurso muy retórico que fué -estrepitosamente aplaudido. - -Aquello me daba una impresión un poco rara: no se podía comprender si -iba en serio o en broma. - -La mayor parte de los presos eran caballeros y ricos propietarios de -Sevilla. - -Se pasó la tarde así, y al anochecer comenzaron a entrar en el salón -las familias, los parientes y amigos de los presos. - -A la hora estaba llena la antigua capilla. Se encendieron las lámparas, -se pusieron mesas de juego y el salón se convirtió en un gran café. - -Asistieron también muchos oficiales de artillería y algunos jefes de la -guarnición. - -Yo me paseé con un coronel llamado Rosales y un canónigo grueso que -estaba detenido como liberal: el canónigo Molinedo. - -El coronel Rosales y el canónigo dijeron que las noticias de Cádiz eran -muy malas y que el Gobierno constitucional había hecho proposiciones de -paz a los franceses. - -A las once se dió la orden de evacuar el salón por las familias y gente -extraña. Cada cual se dispuso a acostarse; yo me metí en mi tribuna, y -tendido en el colchón pasé la noche en un sueño. - - - - - II - - LA SEÑORA LANDON - - -AL día siguiente me desperté temprano, me lavé y me vestí, y salí a -pasear por los claustros del convento. - -Le dije al señor Pepe, el alcaide, que me permitiera hacer gimnasia en -el claustro, porque me apoltronaba estando quieto. - -El señor Pepe debió desconfiar, porque puso un subordinado suyo, un -hombre bajito y rubio, para que me vigilara. No tenía aquel guardián un -aire tranquilizador. Se me figuró conocerle, aunque no sabía de qué. - -Hice una porción de flexiones en el montante de una puerta, bastante -fuerte para sostenerme a mí, y anduve después con las manos, con la -cabeza para abajo y los pies para arriba. - -Me encontraba en esta actitud cuando oí risas de mujer; volví a mi -posición natural y me encontré con la señora Landon y su sobrina -Mercedes. - ---Hace usted unas planchas preciosas--me dijo Mercedes, burlonamente. - ---Sí, no las hago mal. Y ¿qué las trae a ustedes por aquí? - ---Vengo por usted--me dijo la señora Landon--. Me hablaron ayer de un -inglés que estaba preso de las señas de usted, y venimos a verle. - -Yo me incliné muy reconocido. - -Añadió la señora Landon que conocía mucho al subdelegado de policía -de Sevilla, don Lorenzo Hernández de Alba, y que inmediatamente que -volviera de Alcalá de Guadaira le hablaría para que me dejaran en -libertad. - ---Yo supongo que usted no será ningún Bruto. ¿No habrá usted matado a -ningún tirano? - ---No, no. A no ser en sueños. - ---Entonces creo que le libraremos a usted. - -Le di mis más expresivas gracias, y la señora Landon añadió que -mandaría enviar una cama y ropa blanca para mí, y que encargaría a una -fonda mi comida y almuerzo. - ---Señora--le dije--, que no me manden mucha comida, porque la comeré -toda y me pondré pesado y no podré hacer estos ejercicios. - -La señorita Mercedes se reía. Charlaron un largo rato conmigo, dijeron -que volverían al día siguiente y se fueron. - -Yo me reuní con el canónigo grueso de la noche anterior y con un joven -capitán que se llamaba Iscar. - -Iscar era un hombre muy nervioso y muy vivo, que había tomado parte en -varios movimientos revolucionarios. Fué el brazo derecho del general -Porlier cuando éste intentó levantarse en Galicia con el marqués de -Viluma. Fracasada la empresa de Porlier y fusilado el general, a -quien llamaban el Marquesito, Iscar, Viluma y los demás complicados -estuvieron presos en La Coruña durante algún tiempo. - ---Ha tenido usted la visita de una señora principal de Sevilla--me dijo -el canónigo. - ---Sí, la señora Landon. - ---Los sevillanos que están aquí han quedado un poco asombrados de la -visita, y dicen que debe usted ser hombre de gran familia y posición. - ---No, no. Soy de familia modesta. - -El canónigo sonrió con incredulidad. En esto pasó el hombrecito rubio -que me había vigilado mientras yo hacía gimnasia, y el capitán Iscar se -abalanzó a él. - -El hombre rubio miró antes a derecha e izquierda con gran alarma, -hablaron los dos un rato rápidamente y se separaron. - ---Esto está lleno de misterios--me dijo el canónigo. - -Volvimos al salón; pero la estancia allí no era del todo grata. -Entre los presos había enfermos en sus camas, algunos de tifus y de -disentería; nadie se había cuidado de resolver el modo de ventilar la -antigua iglesia, y el ambiente era ya irrespirable. - -Yo decidí dejar la tribuna y poner mis dos colchones en el claustro, a -pesar de que todo el mundo consideraba esto como una extravagancia. - - - III - - LA TORRE - - -EL último día del mes de septiembre entraron en el viejo edificio -del Salón de Cortes una nueva remesa de nacionales prisioneros del -Trocadero. Estaban asustados. Hablé con alguno de ellos, y me dijeron -que temían por su vida, pues habían fusilado varios de los suyos en el -camino. - -El mismo día el Salón de Cortes se desocupó y más de la mitad de los -presos vecinos de Sevilla quedaron libres, gracias a las gestiones -del subdelegado de policía. Esta mezcla de severidad y de lenidad me -preocupaba; a veces me figuraba que se iba a implantar el terror blanco -por los realistas; a veces, que todo era una broma. - -Al parecer, esta divergencia dimanaba de que en ocasiones mandaba el -capitán general, y en otras, el subdelegado de policía. - -El capitán general quería fusilar a todo el mundo, y, en cambio, -el subdelegado de policía pretendía dejar en libertad a los presos -políticos; de aquí esta desigualdad de procedimientos tan inquietante -y tan absurda. Yo estaba sin saber a qué atenerme; tan pronto me -parecía aquello una comedia de risa, como una cosa seria. Los presos se -escapaban con el asentimiento del subdelegado; pero de cuando en cuando -se ponía a uno en capilla y se le fusilaba por orden de un consejo de -guerra. - -Una mañana, antes de almorzar, vino a visitarme la señora Landon -con su sobrina; me dijeron que el subdelegado había dado orden de -dejarme en libertad; pero que el secretario se oponía diciendo que el -capitán general había escrito recomendando la mayor vigilancia con los -extranjeros sospechosos. - ---Así que tendrá usted que estar unos días más--terminó diciendo la -señora Landon. - ---No me importa gran cosa el encierro--le contesté--; lo que me -desagrada es ir a comer al salón, en donde ya no se puede estar por la -pestilencia que hay. Si me trasladaran a otro lado, estaría bien. - ---¿Adónde quiere usted que le trasladen? - ---¡Qué sé yo! A un rincón cualquiera de este viejo edificio. - ---Espere usted un cuarto de hora. Voy a hablar con el jefe del cuartel. - -Me quedé con la señorita Mercedes, que me imponía un poco, y media hora -después entró la señora Landon con un comandante de artillería. - -El comandante dijo que todo el edificio estaba ocupado por la tropa y -los presos políticos. - ---El único local vacío que hay--siguió diciendo--es una pequeña -habitación en el campanario, la antigua vivienda del campanero. En -este momento la ocupa un sargento guardaalmacén que ha puesto allí su -oficina; pero le podemos decir que se vaya. - ---Vamos a ver esa habitación--dijo la señora Landon. - ---Vamos--repuse yo. - -Fuimos las dos señoras, el comandante y yo; recorrimos un claustro, -pasamos una puerta y salimos a un patio abandonado y lleno de hierbas. -El comandante abrió una puerta maciza de una torre, pasamos un pequeño -zaguán empedrado y subimos por una escalerilla de piedra, de caracol -hasta el primer piso. - -La habitación del guardaalmacén consistía en un cuarto como un -gabinete y una alcoba. El cuarto tenía una gran ventana con rejas, y la -alcoba, una aspillera. - ---¿Qué le parece a usted esto?--me preguntó el comandante. - ---Muy bien. Me conviene. - ---¿Le gusta a usted?--me dijo la señora Landon. - ---Sí, mucho. Pienso inmortalizar esta torre llamándola desde ahora la -torre de Thompson. - -El comandante mandó desocupar el local e hizo trasladar mi cama. Me -pusieron una mesita y una silla, y la señora Landon prometió enviarme -unos tomos de sir Walter Scott. - ---Aquí puede usted dedicarse a contemplar Sevilla. Desde lo alto del -campanario se domina toda la ciudad--me dijo el comandante. - ---Aprovecharé el permiso. - ---¿Supongo que no se escapará usted, señor inglés?--me dijo luego el -comandante al darme la mano. - ---Si encuentro ocasión, creo que lo haré. - -El comandante se echó a reír, y la señora Landon y Mercedes hicieron lo -mismo. - -Al día siguiente de ocupar mi celda en la torre de Thompson, mi amiga -la señora Landon me envió los libros prometidos. Estuve leyendo algún -tiempo y cuando me cansé me fuí a pasear al claustro con el canónigo -Molinedo y el capitán Iscar. - -De noche subí a lo alto del campanario, desde cuyo balcón pasé horas -y horas contemplando Sevilla a la luz de la luna. Veía la Giralda, -los pináculos de la catedral, algunas torres y cúpulas lejanas que no -conocía y los tejados, bañados de luz plateada. - - - - - IV - - «MARE SERENITATIS» - - -MUCHAS extravagancias, absurdos e insensateces escribió Thompson -dirigidos a la luna, a la que contemplaba por las noches desde el -balcón de la torre. Entre sus notas fragmentarias la única que tiene un -poco de sentido es ésta, titulada _Mare Serenitatis_, y que dice así: - - «Entre los nombres extraordinarios y poéticos que los - astrónomos han puesto en la geografía de la luna, ninguno - para mí tan sugestivo como el Mar de la Serenidad (_Mare - Serenitatis_). - - Antiguamente debían creer que estos mares lunares tenían agua - y oleaje; hoy se sabe que son llanuras, oquedades entre montes - y cráteres volcánicos. - - Como ese supuesto mar tuyo, ¡oh Luna!, nosotros quisiéramos - que en el espíritu humano hubiera también otro mar de la - Serenidad en una región oculta e inexplorada... - - ¡Qué admirable descubrimiento sería llegar a él por entre un - laberinto de montañas abruptas! - - Este _mare serenitatis_ tendría un agua más sutil que la de - las lagunas de las altas cumbres, y se extendería bajo un - cielo claro y sin brillo. - - Yo no le pediría a este mar placeres indignos de un espíritu - noble, ni el olvido de las aguas del Leteo, sino la claridad, - la comprensión de los enigmas de la vida, de nuestras - brutalidades, de nuestros fanatismos y de nuestras violencias. - - Allí me gustaría verme, sin cólera y sin humildad, limitado - ante la Naturaleza y tranquilo en mi limitación; allí me - gustaría ver mi espíritu limpio de posos turbios y malsanos - como un cristal brillando a la luz del sol. - - Desgraciadamente, ni en ti, vieja Selene, pequeño satélite, ni - en nuestro espíritu humano, tan pequeño como tú, existe ese - mar de la Serenidad». - - - - - V - - EL FRAILE - - -EL segundo día de mi prisión en la torre no vinieron la señora Landon -y su sobrina; en cambio, tuve la visita del canónigo Molinedo y del -capitán Iscar. Por lo que dijo el canónigo no quedaban ya presos en -el Salón de Cortes, excepto unos milicianos, a los cuales querían -trasladar a otro pueblo. El rey iba a llegar a Sevilla, y los realistas -habían pensado, como un número de festejos para agasajar a Fernando -VII, hacer una degollina de negros; y el subdelegado de policía, -siempre paternal con los liberales, se disponía a ir sacando de Sevilla -a los más calificados y llevarlos a otra parte. Molinedo e Iscar -saldrían al día siguiente. - -El absurdo seguía; persistía el régimen mixto de severidad y de -benevolencia. Se fusilaba a las personas más inocentes y se dejaba -libres a las más comprometidas. - -El capitán Iscar me dijo: - ---¿Sabe usted aquel hombre bajito y rubio, algo bizco, que estuvo -vigilándole a usted por orden del alcaide? - ---Sí. ¿Qué le ha ocurrido? - ---Que se ha escapado. - ---Pero, ¿no era un vigilante de la cárcel? - ---¡Ca! Es un conspirador. - -Iscar me contó cómo había engañado a los carceleros. - ---Y ¿quién era ese hombre? - ---Es uno de los tipos más revoltosos de la época. Se llama Aviraneta, y -ha sido el brazo derecho del Empecinado. - ---Ahora que me habla usted del Empecinado, recuerdo a este Aviraneta. -Le he visto una vez con el general en el café de La Fontana de Madrid. -Y ¿usted le conocía de hace tiempo? - ---Sí; yo le conocía desde la intentona de Porlier. Yo fuí como emisario -de Porlier a ver al Empecinado a su finca de Castrillo de Duero, y allí -hablamos Aviraneta, él y yo. - -Se fueron Iscar y el canónigo Molinedo; yo subí al campanario y estuve -contemplando Sevilla, iluminada por los últimos rayos del sol. - -Al día siguiente, por la mañana, al despertar, experimenté la -desagradable sorpresa de ver a un fraile dominico que entraba en mi -cuarto acompañado del sargento guardaalmacén. - -Era un fraile grueso, panzudo, con un aire de ballenato putrefacto, -las barbas rubias, el pelo rojo y ensortijado, que parecía hecho con -virutas, y los ojos de míope. - ---Hijo mío--me dijo el fraile con un acento andaluz muy meloso--, he -sabido que estás preso y vengo a ofrecerte los socorros de la religión. -Supongo que tendrás cargada la conciencia y que una confesión general -aliviará tu alma. - ---¿Es que han pensado ahorcarme?--pregunté yo al sargento, saltando en -camisa de la cama. - ---No, no. Este padre ha venido aquí a confesar a otros presos y ha -querido verle a usted. - ---¡Pues así se muera de repente!--murmuré para mis adentros. - ---¿No quiere usted confesarse?--me preguntó el padre. - ---No, yo no soy católico--exclamé--. Soy inglés y de la religión de mi -país. - ---Tienes que abandonar esa herejía, hijo mío. - ---Si tengo que convertirme por la fuerza--murmuré yo--, mi conversión -no tendrá ningún valor. Me he educado en la religión reformada y no -tengo motivo ninguno para creer que sea falsa. Si me dan argumentos, -los tomaré en cuenta. - -No me atreví a decir que el protestantismo, como el catolicismo, me -parecían formados por mitos más alejados de la realidad que el de la -Cosa en sí. - -El fraile me echó una plática de las más ramplonas; en su acento dulzón -me dijo que el momento de la muerte podía estar muy próximo; que había -que prepararse para este instante terrible, y que me traería libros -religiosos. - -Se marchó el fraile con el sargento. Salté de la cama, me vestí y bajé -las escaleras hasta la puerta de la torre. Tenía ésta un cerrojo por -dentro y decidí correrlo para que no me sorprendieran visitas como -aquella. - -Acababa de echar el cerrojo cuando oí un ruido de pasos en el pequeño -portal. - ---¿Quién está aquí? ¿Quién es? - ---¡Por Dios, caballero!--dijo una voz--. No me pierda usted. - ---¿Pero quién es usted? A ver. Venga usted a la luz, que nos veamos las -caras. - -Subimos al primer piso y quedé atónito al ver una muchacha vestida de -soldado. - ---No diga usted nada, por Dios--exclamó. - ---Yo qué voy a decir, si soy un preso. - ---¿Es usted un preso? - ---Sí. - ---Pues yo he venido disfrazada de soldado a darle un papel a mi novio, -en el que le explicaba por dónde se podía escapar; pero precisamente -esta misma noche le han sacado de Sevilla. Al saberlo he intentado -marcharme; pero me he encontrado la puerta cerrada, y para que no me -vieran me he metido aquí. - ---Pues le va a usted a ser muy difícil salir. ¿No traía usted ropa de -mujer? - ---No. - ---Veremos qué se hace. Suba usted. - -La muchacha no era melindrosa. Nos repartimos los colchones, y ella -durmió en la alcoba, y yo, en el gabinete. - -Al otro día la Tránsito, así se llamaba la chica, arregló el cuarto y -lo limpió, mientras estaba la puerta de la torre cerrada. Después tuvo -que subir al campanario y pasar el día allí. - - - - - VI - - EVASIÓN - - -AL día siguiente decidí estudiar el terreno para ver si era posible una -evasión. - -Me acosté muy temprano y me levanté al amanecer. Bajé las escaleras de -mi encierro, abrí la puerta y exploré el patio. Este patio, en donde -se levantaba la la torre, se hallaba enlosado y circunscrito por tres -paredes altísimas y otra no tan alta que le separaba de un jardín -poblado de árboles. - -Examiné la tapia más baja y vi que había una antigua ventana cerrada a -una altura de tres o cuatro varas. - -Si esta ventana no tenía reja, por allí debía de ser fácil pasar al -jardín vecino. - -Vi en el patio una barrica, la empujé y la llevé debajo de la ventana; -bajé de mi cuarto una silla y la puse encima. Después me subí a la -silla, y con un palo con punta, metiéndolo en el resquicio de la -ventana, llegué a abrirla. No había reja. Cerré la ventana y me volví a -la torre. - -A las nueve de la mañana vino a visitarme el sargento guardaalmacén -que había ocupado la torre antes que yo. Traía varios libros místicos, -enviado para mí por el fraile. - -Me dijo que ya no quedaban presos políticos, pues todos habían sido -trasladados fuera de Sevilla, mientras estuviera el rey en la ciudad. - ---Y conmigo, ¿qué van a hacer? - ---No sé. A mí me han ordenado que le ponga un centinela de vista y que -le encierre con llave desde mañana. - ---Pues es una broma. - -Me convenía hacer algunas investigaciones antes de que se cerrase la -puerta, y al día siguiente, antes del alba, bajé al patio. - -La Tránsito quedaría en la ventana, y si veía asomarse a alguien -tiraría una piedrecita al suelo para avisarme. - -Cogí la silla en una mano, bajé las escaleras, abrí la puerta de la -torre, marché hacia donde estaba la barrica y la coloqué debajo de la -ventana, y encima la silla, y después a pulso entré por la ventana, -llenándome de arañazos la cara y las manos. - -Pasé al otro lado, al jardín vecino; me agarré a la rama de un árbol -y bajé por el tronco hasta la tierra. Estaba el huerto en el mayor -silencio; se oía únicamente el piar de los pájaros en el follaje. Crucé -el jardín sin hacer ruido. - -Me acerqué al árbol que estaba más inmediato a la pared que daba a la -calle; trepé por él, y de rama en rama llegué al borde de la tapia y -miré con precaución. Daba a una callejuela estrecha y desierta. La -tapia tendría seis o siete varas de alto. Me dieron tentaciones de -saltar; pero no quise dejar sola a Tránsito y volví al jardín, luego al -patio y después a mi torre. - -Hecha la excursión me lavé y me acosté. - -Al día siguiente, al levantarme de la cama, vi que en la puerta había -un artillero de centinela, con la bayoneta calada. - ---¿Es que no puedo salir?--le pregunté. - ---Esa es la orden que me han dado. - -Al mediodía se presentó la señora Landon. Le dije que mi asunto se -complicaba; que tenía un centinela de vista y que me encerraban en la -torre con llave. - ---Yo voy a ver si me escapo--continué diciendo. - ---Hará usted muy bien--exclamó ella. - ---¿Usted me podría ayudar? - ---Sí, sí; dígame usted lo que necesita. - -Yo tenía pensado mi plan. - ---Necesitaré un cordel de ochenta varas de largo, del grueso del dedo -meñique. - ---¿Y eso cómo lo voy a entrar aquí? - ---Usted mañana me regalará un almohadón; dirá usted que es mi -cumpleaños, y dentro del almohadón vendrá la cuerda. - ---Muy bien. - ---Además, tomará usted dos botellas de Jerez, vacías, que conserven las -etiquetas, las llenará usted de aguarrás, las cerrará muy bien y me las -enviará con el almohadón, como regalo. - ---Descuide usted; todo esto se hará. ¿Cómo piensa usted salir? - ---Voy a hacer una escalera con el cordel que usted me traiga, y me -descolgaré por la torre. - ---¿Y después? - ---Después pasaré al jardín de al lado por un agujero de la tapia, y de -este jardín iré a la calle. Lo que quisiera saber son las salidas de la -calle que va por ahí detrás. - -La señora Landon y yo nos asomamos a la ventana enrejada, y yo le -mostré las copas de los árboles del jardín próximo, que asomaban por -encima de la tapia. - ---Yo le podría enviar a usted un plano de Sevilla--dijo la señora -Landon--. Pero ¿para qué? Es mejor otra cosa. ¿Mañana será la -escapatoria? - ---Sí, si usted me manda el almohadón. - ---Eso vendrá sin falta. ¿A qué hora piensa usted escaparse? - ---De diez a diez y media de la noche. - ---A esa hora habrá en esa callejuela una persona apostada que le -esperará y le acompañará. - -Se marchó la señora, y yo pasé el día con la mayor impaciencia. Por la -mañana me despertaron, trayéndome los regalos de la señora Landon: el -almohadón y las dos botellas de aguarrás disfrazadas de Jerez. Al verme -solo rompí el almohadón, saqué la cuerda, y la Tránsito y yo comenzamos -a hacer la escala. Reservé un trozo de cordel de unas ocho varas. - -Cerré el cerrojo de la puerta de la torre y estuvimos trabajando en el -campanario. - -Desde allí advertimos la gran animación del pueblo. - -Iba a entrar el rey de España en la ciudad. Todos los balcones se veían -engalanados con colgaduras, con arcos de triunfo, ramas y flores. Las -calles estaban atestadas de gente. - ---Por la orilla del río se veían coches y calesines que iban hacia -la torre del Oro, y por los caminos lejanos se advertían grupos de -labradores a pie y en caballerías. - ---¡Pueblo estúpido!--exclamé yo elocuentemente--. Entusiásmate con tu -Fernando. Cuando le convenga a este truhán te calentará las espaldas. - -En todo el día terminamos la escala entre la muchacha y yo. A la hora -de retreta bajé yo a la puerta de la torre. Estaba cerrada con llave. -Escuché. No andaba nadie por el patio. - -Comencé mis pruebas. La escala no bastaba; le faltaban cinco o seis -varas para llegar desde el balconcillo del campanario al patio. Estuve -pensando en la manera de resolver esta dificultad, y me decidí a añadir -a la escala una cuerda hecha con un trozo de sábana. - ---Yo bajaré primero--le dije a la Tránsito--; esperaré en el patio y -silbaré. Si acaso, cuando llegue usted a la cuerda hecha con la sábana -le falta fuerza para sostenerse, la recogeré en brazos. - -La muchacha dijo que no tenía miedo. Entonces yo vacié mis dos botellas -de aguarrás en la palangana y fuí embebiendo la escala y el trozo de -la sábana, hasta que empaparon casi todo el líquido. El resto lo eché -por un agujero en el zaguán de la torre. - -Después até la escala al barandado de piedra del balcón del campanario, -y fuí echándola abajo. Hecho esto, metí una caja de pajuelas en el -bolsillo, y salté al lado de fuera del barandado y fuí descendiendo con -dificultades hasta alcanzar al trozo de sábana y llegar al patio. - -Silbé suavemente, y noté, por la cuerda, que la escala se agitaba y la -muchacha comenzaba a bajar despacio. Antes de que llegara al trozo de -la sábana yo acerqué la barrica y me subí a ella. Al llegar la Tránsito -al trozo de sábana pude sostener a la muchacha por los pies y luego por -el cuerpo. - -Venía la muchacha rendida. - ---Descanse usted--le dije--. Ahora vamos a ver un bonito -espectáculo--añadí. - -Saqué el eslabón, el pedernal y la mecha; até una pajuela de azufre en -el trozo de sábana en que terminaba la escala y la pegué fuego con la -mecha. - -Ardió la pajuela, después el pedazo de sábana, luego la escala, de una -manera tan discreta, que parecía desaparecer por arte de magia. - -Concluída esta parte, acercamos la barrica al ventanillo que comunicaba -con el jardín contiguo; hice pasar a la muchacha, luego pasé yo, -cruzamos el jardín y subimos por un árbol a la tapia. - -Até el trozo de cuerda que llevaba a una rama gruesa de un árbol y la -punta la eché fuera de la tapia, hacia la calle. - ---Yo me descolgaré primero--le dije a la Tránsito--; luego la recibiré -en brazos. - -Me deslicé por cerca de la pared y descendí fácilmente. Después bajó la -muchacha, que se desolló las manos, y estuvo a punto de derribarme al -sostenerla. - -Para que nadie lo advirtiera, desde la calle hice un ovillo con la -punta de la cuerda y la tiré al otro lado de la tapia hacia el jardín. - ---Ahora ¿qué hacemos?--preguntó la Tránsito. - ---¿Usted tiene sitio adonde ir? - ---Sí. - ---Pues entonces cada cual por su lado. - -La estreché la mano y me separé de ella. La noche estaba obscura; no -había un alma por aquellas inmediaciones. - -Di dos vueltas arriba y abajo por la calle, cuando se me acercó una -mujer de pobre aspecto. - -Era la señora Landon. - ---Sígame usted--me dijo. - -La seguí; en las calles céntricas se sentía el gran barullo; había -comparsas de guitarras y panderetas y gente que cantaba canciones -alusivas a la entrada del rey. Los curas y frailes pasaban seguidos -del populacho, hablando y accionando, y capitaneando a patrullas de -desharrapados. - -Todos eran gritos y vivas al rey absoluto y mueras a la Constitución, a -los herejes y a los negros. - - - - - VII - - LA CASA ABANDONADA - - -SIEMPRE tras de la señora Landon llegué a una calle muy lejana de la -cárcel y me detuve delante de un gran caserón. Cruzó mi guía un portal, -pasé yo después de ella; llegamos a un patio con jardín; luego a otro -patio, y me encontré en una casa grande y abandonada. La señora Landon -me llevó a una sala con una alcoba con columnas. Me mostró una mesa con -viandas y me dijo: - ---Cene usted y acuéstese. - ---Muy bien. ¿Nada más? - ---Puede usted estar con la luz encendida; pero no vaya usted con ella a -las habitaciones que dan a la calle. Esta casa está deshabitada y tiene -dos salidas. Si por una casualidad, que me parece improbable, vinieran -a buscarle por el lado por donde hemos entrado, puede usted escaparse -por esta otra parte. La llave está en la puerta. - ---Bueno. Entendido. - ---¿Quiere usted alguna cosa? - ---Si no le molesta a usted, le diría que cree que sería conveniente el -que fuera usted mañana al Salón de Cortes a hacer como que va a visitar -al preso y ver lo que dicen de su fuga. - ---Sí, sí; tiene usted razón. Así lo haré. - -Dicho esto, la señora Landon me dió las buenas noches y me dejó solo. -Cené, me acosté y dormí perfectamente hasta las siete. - -Me levanté a esta hora y recorrí la casa. - -Las habitaciones que daban a la calle estaban cerradas; el suelo y -los muebles, cubiertos de una capa de polvo. En los grandes espejos -deslustrados me veía en la semiobscuridad como un duende. - -Salí al momento al jardín. Era grande, tenía naranjos y palmeras y -comunicaba únicamente con el de la señora Landon. Una pared muy alta lo -separaba de un convento. - -Me paseé una hora, escudriñé en un antiguo invernadero, con las puertas -podridas y los cristales rotos y después entré en la casa; recorrí -los salones, y en uno encontré un armario abierto lleno de libros -encuadernados en pergamino. Casi todos estaban en latín, y únicamente -vi en castellano la historia de la conquista de Méjico, por el capitán -Bernal Díaz del Castillo, y el libro de mi paisano William Bowles, la -_Introducción a la Historia Natural y a la Geografía de España_. - -Leí alternativamente uno y otro libro y me engolfé de tal modo en la -lectura, que cuando miré al reloj eran las doce. - -Bajé al jardín, y la señora Landon, desde su ventana, me dijo que me -acercase. - -Había estado en la cárcel, y al llegar al patio de la torre se había -encontrado con los artilleros asombrados y risueños. - ---El inglés ha volado--le dijo el sargento guardaalmacén. - ---¿Cómo? ¿Ha huído?--le preguntó ella. - ---Sí. - ---¿Por dónde? - ---Pues no se sabe. Es un misterio. - -El sargento le contó que por la mañana, al ver la puerta cerrada -por dentro, habían creído que el inglés estaría enfermo y llamaron -repetidas veces, y en vista de que no contestaba descerrajaron la -puerta y entraron. En el cuarto del preso se vió que estaba rota una -sábana de la cama; en el campanario se encontró una peineta de mujer, y -en el zaguán de la torre un fuerte olor a aguarrás. - -Algunos creían que el inglés había huído por arte de magia. - -En aquel momento dos capitanes hacían un informe para resolver cómo se -había podido llevar a cabo la evasión. - -Después de contarme esto, la señora Landon mandó que me pasaran la -comida, y por la tarde me dediqué a leer. - -Al tercer día de cautiverio la señora Landon vino a visitarme y me dijo -que había visto al subdelegado de policía y le había confesado que yo -estaba en su casa. El subdelegado le advirtió que no me presentara en -la calle, pero que no tenía necesidad de esconderme. - -El mismo día la señora Landon me indicó que me iba a llevar por la -noche a casa de un sastre; le dije que en aquel momento yo no tenía -dinero, a lo que contestó que no importaba. Como la señora Landon era -tan dominante, tuve que ceder y fuí con ella en coche a ver al sastre, -que llegaba de Gibraltar. - -Era este sastre un francés de caricatura inglesa: alto, flaco, con los -hombros más altos que la cabeza, la cara juanetuda y amarilla y las -piernas delgadas. No le faltaba para ser un tipo de Gillrray mas que -llevar las pantorrillas al aire, coleta y papillotes, y una rana en la -mano. - -El sastre nos elogió sus telas con grandes extremos y nos mostró sus -trajes hechos. - -La señora Landon escogió una levita verde botella que, según dijo, me -venía muy bien, dos chalecos de piqué y un pantalón claro. - -Después pasamos por una sombrerería, donde me compró un sombrero de -copa; luego, por una zapatería, y volvimos con nuestras compras. - ---Ahora, señor Thompson, va usted a hacer lo siguiente: Mañana por la -mañana, antes de que se hayan levantado mis criadas, irá usted al sitio -en donde paran las diligencias con un maletín en la mano; esperará -usted que venga una, y en seguida tomará usted un coche, dará las señas -de mi casa, y se presentará usted aquí y llamará a la puerta. Pasará -usted por mi sobrino. - -Hice lo que me dijo, y al día siguiente llamaba a la puerta haciendo mi -papel de extranjero. La criada me hacía entrar en la sala, y la señora -Landon me recibía con una mezcla de displicencia y afecto, como si -fuera de verdad un pariente importuno. - - - - - VIII - - DILEMA - - -LOS días siguientes fuí presentado a los amigos como sobrino de la -señora Landon, y llegó esta señora a estar tan bien en su papel de tía, -que me acusaba de holgazán y vagabundo, como si me conociera a fondo. - -Aunque lo pasaba bien, me aburría sin salir; tenía grandes -conversaciones con Mercedes, a quien llamaba mi prima, en broma. Le -conté mi vida sin ocultarle nada, y ella me habló de su novio, un -muchacho de Sevilla, que estaba en el ejército, por quien sentía la -señora Landon un gran odio. - -Un día, la señora Landon me llamó a su gabinete, y me dijo: - ---Habla usted bastante con mi sobrina Mercedes. - ---Sí. - ---Mi sobrina, que, como habrá usted notado, es bastante coqueta, tiene -una bonita renta, y le convendría a usted, que es un vagabundo sin un -cuarto. - ---Ciertamente que me convendría--le dije--; pero como yo, aunque sea -un vagabundo, no soy un granuja, ni siquiera un ambicioso, no tengo -pretensiones con respecto a ella. No. Conozco mi situación. - ---No me entiende usted--dijo la señora Landon--. No me parece mal que -se dirija usted a ella. - ---Pero hay un inconveniente, señora. - ---¿Cuál? - ---Que ella tiene un novio. - ---Sí; un miserable botarate, raquítico, inútil para todo. - ---Pero ella le quiere. - ---Pues piense usted que no le quiere. En fin, ya sabe usted. Si usted -consigue que Mercedes olvide a ese mico, usted aquí será el amo; si no, -ya se puede usted marchar de esta casa cuanto antes. Ocho días le doy -de plazo. - -Tuve una conferencia con Mercedes, y le dije lo que me había expuesto -la señora Landon. - ---Me ha dado ocho días para hacer su conquista. Como yo no me siento -ningún Don Juan, me voy a marchar. - -Ella me dijo que no me fuera; pero como el dilema era irme o casarme -con ella, Merceditas optó porque me marchase. - ---¿Tiene usted dinero?--me dijo. - ---No. - ---Yo no tengo mas que dos monedas de cinco duros, que se las ofrezco. - ---No; no quiero. - ---Las tendrá usted que tomar. - ---Bueno; las tomaré. - ---¿Y cuándo se va usted? - ---Mañana mismo. Llevaré de la biblioteca este libro de _Historia -Natural_ de William Bowles. - ---Sí, sí; puede usted llevárselos todos, si quiere. - -Al anochecer salí de la casa y fuí a ver al banquero y representante de -Bertrán de Lis, por si tenía alguna noticia de Inglaterra. - -Al entrar en la cárcel le había escrito a Will Tick diciéndole lo que -me pasaba y encargándole que si tenía algo que decirme escribiera al -banquero de Sevilla. - -El banquero me dijo que no le habían escrito absolutamente nada. - -Únicamente sabía que, por encargo de los filohelenos de Londres, se -estaban comprando armas en Algeciras, que se llevarían en un barco que -pasaría por el Estrecho con voluntarios, en dirección a Grecia. - -Volví a casa, y por la noche escribí una carta a la señora Landon -dándole las gracias por sus bondades, y al amanecer me vestí mi -redingote viejo y la ropa que había sacado de Madrid; abrí la puerta, -crucé Sevilla y me dirigí camino de Jimena. - - - - - IX - - DE VIAJE - - -TOMÉ mi camino hacia Gibraltar por Utrera. Era a principios de -noviembre y hacía un hermoso tiempo para viajar. Las horas de sol -apretaba el calor, pero no de una manera molesta. - -Solía dormir en el campo; compraba pan en los pueblos, y con pan y -fruta me alimentaba. - -Me sirvió mucho el libro de William Bowles que había sacado de casa de -la señora Landon, y gracias a sus indicaciones pude desayunarme con los -frutos del madroño (_arbustus unedo_), del alfonsigo (_pistacia vera_) -y del algarrobo (_seratonia silicua_), que produce vainas azucaradas. -También tuve que explotar, en malas ocasiones, la _glycyrrhiza gladia_ -o regaliz y el _opuntia vulgaris_ o higo chumbo. - -Lo pasaba mal que bien siguiendo mi camino cuando, al comenzar a subir -una sierra, entre El Bosque y Ubrique, me encontré con un aldeano que -marchaba con su hija a Gibraltar; los dos a caballo. - -El era hombre de cincuenta años, muy moreno y muy seco, con patillas ya -grises. Ella tendría lo más unos quince o diez y seis, y era preciosa, -delgada, fina, con los ojos negros, llameantes, la cara redonda y los -labios rojos. - -Hablamos largamente el hombre y yo; me dijo que viajaba con frecuencia -y que hacía contrabando. El se llamaba el señor Juan; la niña, -Milagros. Yo les conté quién era y algunas de mis aventuras, y los dos -se rieron mucho. - ---Vaya, móntese usted a la grupa de mi caballo--me dijo él--, que me va -dando pena verle caminar a pie. - -Subí al caballo y seguimos conversando y marchando por entre breñales -secos, abruptos, interrumpidos muy de tarde en tarde por matas -polvorientas y lentiscos. - -En los picachos áridos, quemados por el sol, se veían algunas cabras, y -las águilas volaban trazando grandes curvas por el aire. - ---¿Y qué? ¿No tiene usted miedo a los bandidos?--me dijo de pronto ella. - ---Yo, ninguno. ¿A mí qué me van a hacer, si no tengo un cuarto? - ---Quitarle la vida. - ---¿Para qué? - ---¿No le han ofrecido allí en Sevilla un seguro para los ladrones?--me -preguntó él. - ---A mí, no. ¿Es que hay un seguro así? - ---Sí, señor. En toda Andalucía tiene usted seguros contra los ladrones. -El propietario que viaja y no quiere ser robado paga una cantidad a la -sociedad, y ésta le da un salvoconducto y a veces una pequeña escolta. - ---¿Pero el Gobierno no hace nada para acabar con esta inmoralidad? - ---Nada. El Gobierno de la Constitución parece que ha querido hacer -algo; pero con la entrada de los franceses se ha acabado todo el orden, -y la gente perdida anda por los caminos como Pedro por su casa. - -Mientras el señor Juan hablaba, su hija me examinaba con una mirada -curiosa e irónica. - -Ibamos marchando por un mal camino ardoroso y polvoriento, por la -sierra, entre grandes encinas y algarrobos. - -Antes de llegar a Ubrique paramos en una venta del camino. - ---¿Usted hará noche aquí?--me dijo el señor Juan. - ---¿Es buena venta ésta?--le pregunté. - ---Muy buena. - ---Es que no me quedan mas que unas pocas pesetas para llegar a -Algeciras y no me atrevo a gastarlas. - ---No tenga usted cuidado. No le llevarán aquí casi nada. - -Bajamos en la venta, y el ventero, un tipo no muy bien encarado, nos -llevó a los tres a la cocina. Estuvimos charlando, cenamos, y después -de cenar se armó un bailoteo de padre y muy señor mío con la Milagros y -otras chicas de la venta y unos mozos arrieros. - -Los tales arrieros me parecieron un tanto desvergonzados. El señor Juan -me presentó a ellos. - -Se llamaban el Gavilán, el Moreno, el tío Malaspulgas y el Manquillo; -todos iban muy elegantes. - -Me chocó que obedecieran al señor Juan ciegamente, y éste me dijo que -eran sus mozos. - -Yo tuve que bailar y lucir las habilidades que había aprendido en -Sevilla en la academia de Alvarez de Acuña. - ---¡Olé por el inglés! ¡Ahí la sangrecita gitana! ¡Vaya calor!--me -gritaban. - -Estuvimos de broma hasta media noche. - -Cansado y con el recuerdo de la Milagros en el cerebro me eché en un -colchón y me quedé dormido. - -Desperté ya entrada la mañana. Bajé a la cocina y no había nadie. -Llamé, no me contestaron. La puerta estaba cerrada. - -Entré en un cuarto próximo a la cocina y me chocó ver en un rincón dos -trabucos y varios paquetes. - -¿Quizá aquél era un nido de contrabandistas? Salí al zaguán y quedé -atónito y espantado al ver en el suelo un reguero de sangre. Este -reguero manchaba el portal y la cocina, seguía por un corralillo y -terminaba en un rincón, donde la tierra estaba removida. La idea de -que allí acababan de enterrar a un hombre me sobrecogió. - -Entonces recordé vagamente que de noche había oído ruido y rumores de -lucha. ¿Este señor Juan y su hija y sus mozos serían bandidos? - -Me pareció que no cabía duda, y sin pensar en más escalé la tapia del -corral, salté al campo y salí a marchas forzadas camino de Ubrique. - -Al registrarme los bolsillos vi que me habían robado el poco dinero que -llevaba, dejándome solamente unas monedas de cobre. - - - - - X - - UN LOCO - - -PASÉ Ubrique, pueblo bastante mísero, en donde todo el mundo se -dedicaba a hacer contrabando con la mayor impunidad y a coser petacas -de cuero. Me chocó que se vendiera el tabaco de contrabando a la vista -de todo el mundo, y me dijeron que el Gobierno español no se atrevía a -mandar aduaneros. - -Los ubriqueños estaban dispuestos a defender su prerrogativa de hacer -contrabando con la sangre de sus venas. - -Desde Ubrique me interné en la sierra de los Gazules y llegué a Jimena. - -Entraba en este pueblo por una callejuela cuando me vi seguido por un -hombre alto, delgado, moreno, con los ojos muy hundidos y la barba -negra, manchada de plata. Me esperaba algún nuevo percance. Me detuve -dispuesto a afrontar el conflicto. El hombre se me acercó y me dijo con -una voz bronca: - ---¿Es usted godo? - -Hice un gesto de extrañeza, que lo mismo podía ser afirmativo que -negativo. - -El hombre debió creer que decía que sí, y sacando una hoja del bolsillo -exclamó: - ---Tome usted y lea usted. - -Cogí el papel, que era un impreso, y comencé a leerlo. Se trataba -de un manifiesto anticonstitucional completamente absurdo en donde -se protestaba de las impiedades de la época. El manifiesto terminaba -diciendo: «¡Viva la religión! ¡Viva el Cid! ¡Viva el honor castellano! -¡Abajo el vil judío que mora en Gibraltar! - -»Dado en Jimena de la Frontera el 15 de agosto de 1823.--_Yo el Rey._» - -Después de leer el papel sonreí, comprendiendo que aquel pobre hombre -no andaba bien del caletre, e hice una señal de asentimiento, y el -loco, agarrándome del brazo, me dijo: - ---¿Me reconoce usted como soberano? - ---Sí, señor. - ---¿Me traerá usted la cabeza del traidor Riego? - ---Ahora mismo. - ---¿Sabe usted dónde está ese pillo? - ---Sí; necesitaría una cuerda para atarlo. - ---Ahora vengo con ella. - -El loco echó a correr y yo me metí en una posada. Pedí noticias de -aquel desdichado, y me dijeron que las cuestiones políticas le habían -sorbido el seso; se habló también de los bandidos que merodeaban en la -sierra; pero yo no dije nada ni indiqué que los conocía. - -Por la tarde salí de Jimena, y poco después comencé a ver el mar. - -El paisaje cambiaba; se veían grandes piteras y chozas con el tejado de -ramaje y de hierba. - -Ya enfrente de la bahía encontré a un guardia del resguardo, que me -indicó el camino de Algeciras. - - - - - XI - - EL COPO - - -LLEGUÉ a Algeciras un día de noviembre por la mañana, cansado y sin una -moneda de cobre; antes de entrar en el pueblo me acerqué a la playa de -los Paredones, y viendo que no había nadie me desnudé, dejé la ropa -sujeta con una piedra y me metí en el mar. - -El agua estaba templada; me froté el cuerpo con manojos de algas secas -y con arena. - -El baño me quitó la comezón del camino y me dió un gran sueño y mucha -hambre. - -Me hubiera gustado ser como el asno de Buridán, que me hubiesen -puesto a un lado una ración de comida y al otro unos colchones, para -demostrar, eligiendo, que tenía libre albedrío. - -Como no estaba de suerte, no pude satisfacer mis dos necesidades de -comer y dormir, y me decidí por aquella que no me costaba nada, y me -tumbé al lado de una barca, de manera que el sol no me diese en la -cabeza. - -Dormí bastantes horas, y cuando me desperté me encontré rodeado de un -círculo de muchachos y de algún hombre, haraposos todos, que me miraban -hablando y riendo. - ---Este es un gigante--decía uno. - ---¡Ca! ¡Es un elefante! - ---Pues las patas las tiene de camello. - ---No vaya a ser un ballenato que se ha escapado de la jaula. - ---¿A qué va a venir aquí un ballenato, compadre? - ---Quizá quiera tomar lecciones para sacar el copo. - ---Señores--dije yo, incorporándome--, no soy nada de lo que dicen -ustedes; soy un ciudadano inglés que en este momento bosteza de hambre. - ---¡Ah! Es un inglé--exclamaron todos. - ---Pues, nada--dijo uno--: si tiene usted tanta carpanta, tire usted del -copo con nosotros y tendrá usted su parte. - ---Tiraré aunque sea de una carreta por comer. - -Quizá el hombre había hecho su ofrecimiento con ironía; pero al ver que -yo aceptaba su proposición se quedó sorprendido. - -Me enteré en qué consistía el copo; me quité la levita, que dejé en -una caseta de la playa, cogí una cuerda de esparto con un corcho en la -punta y me puse a tirar de la sirga como los demás. - -Teníamos ya las redes cerca de la playa cuando se nos acercó un vejete. - ---No cogeréis más de dos pájaros--nos dijo. - -El pronunciaba _páharos_. - ---Así revientes, pájaro de mal agüero--murmuré yo. - -Se sacó el copo, salieron en la red un amontonamiento de peces grandes, -y de pececillos, y se presentaron en seguida varios hombres a ofrecer -dinero por el pescado. Se terminó la subasta y se sacaron cincuenta -reales, de los que me correspondieron a mí tres. Al parecer fué una -buena pesca. Concluída la faena me lavé y me puse la levita. - ---¿Dónde coméis vosotros?--le dije a uno de los muchachos compañeros -míos de tirar del copo. - -Cada uno me indicó un sitio distinto y me decidí a ir a un figón con -uno a quien llamaban _Cara e perro_, que me inspiró más confianza. Comí -en el muelle, en una taberna, cerca de donde sale al mar el río de la -Miel, y fraternicé con _Cara e perro_, el _Currichi_, el _Mojama_, el -_Chirri_, el _Rondeño_ y otros personajes distinguidos. - -Estaba pensando en el problema de acostarme cuando se presentó en la -taberna un hombre de unos veinticinco años, en compañía de un viejo. - -El joven se acercó a la mesa. - ---Tú, _Chirri_--dijo de una manera imperiosa--, vete a casa del -_Nacional_ y dile que mañana esté listo para las siete. - -El _Chirri_ se levantó inmediatamente y salió escapado. - ---¿Quién es este señor?--pregunté yo, señalando al hombre del bigote. - ---Este es Paquito, nuestro patrón--me dijeron--, el amo de la red de la -que ha tenido usted que tirar esta mañana, y de los botes. - ---¿El no suele estar allá? - ---No; él tiene dos barcas, una grande, con la que hace el contrabando, -que se llama el _Lince_, y otra más pequeña, la _Consolación_. - -Al mismo tiempo el dueño de las barcas y el viejo que le acompañaba -debían hablar de mí. Paquito llamó a uno de los muchachos que estaban -en mi mesa, que después se me acercó. - ---El patrón--me dijo--quiere hablar con usted. - -Me levanté y fuí a su mesa. - ---Siéntese usted--me dijo Paquito--y tome usted lo que quiera. - -Me senté y pedí una taza de café. - -Era el patrón un hombre de unos treinta años, delgado, seco, curtido -por el sol y el aire del mar, con los ojos brillantes y el bigote negro. - ---¿Es usted inglés?--me preguntó de pronto. - ---Sí, señor. - ---Me han contado que ha estado usted esta tarde tirando del copo. - ---Es verdad. - ---¿Ha sido por capricho? - ---No. Por ganar unos cuartos para comer. Se me ha concluído el dinero -que traía... - ---Eso está bien. Puede uno ser más caballero que el verbo divino y -tener las manos callosas del trabajo... ¿Viene usted de Gibraltar? - ---No, vengo por Francia. - ---Y, oiga usted, ¿ha venido usted a España por pasear nada más? - ---No. - -Y en seguida eché mano del mito Cox y lo desarrollé ante los ojos del -patrón. - ---¿Le ha gustado a usted España? - ---Mucho. Es un país por el que tengo gran simpatía. - ---Chóquela usted. No le falta a usted más que una cosa para tenerme de -su parte. - ---¿Y es? - ---El ser liberal. - ---Pues lo soy. - ---Es usted de los míos. ¿Cómo se llama usted, señor inglés? - ---Yo, Thompson. - ---Bueno, señor Thompson, aquí tiene usted un amigo. - ---Muchas gracias. - ---¿Qué necesita usted por el momento? - ---Un sitio donde comer y dormir hasta que me manden dinero de mi país. - ---Vendrá usted a mi casa. ¡Hala, vamos! - -Salimos de la taberna, tomamos por una calle en cuesta a salir a una -hermosa plaza, y de allá seguimos por una avenida hasta detenernos en -una casita de un piso solo con una puerta grande y un escalón. - ---Pase usted, Thompson--me dijo Paquito, y yo pasé. - - - - - XII - - LA FAMILIA DEL PATRÓN - - -ME presentó Paquito a su mujer y a su madre y ordenó después que me -arreglaran un cuarto. Estuvimos hablando de varias cosas. Paquito, como -todos los liberales españoles, altos y bajos, tenía la preocupación -de la política y me preguntó acerca de las costumbres parlamentarias -inglesas, estas costumbres que son, según parece, un gran honor para -todo inglés, aunque a mí, la verdad, me han dejado siempre un tanto -indiferente. - -Luego hablamos de la posibilidad de que la reacción, entronizada por -los Cien Mil Hijos de San Luis en España, se sostuviera o no. Paquito -tenía la esperanza de un movimiento revolucionario. A mí no me parecía -esto probable, y menos próximo, porque la mayoría de la gente había -quedado cansada de los ensayos infructuosos de los constitucionales. - -Acabada nuestra charla me llevaron a un cuarto pequeño y encalado que -me cedieron. - -Paquito se mostraba en su casa, a pesar de su liberalismo, -perfectamente tiránico. Era exigente, gruñón; todo lo que hacían los -demás le parecía detestable y únicamente manifestaba benevolencia para -sus faltas. - -La madre era por el estilo: una vieja que reñía por costumbre y -hablaba con una rapidez incomprensible para mí. Siempre se quejaba de -frío. - -Muchas veces que yo estaba sofocado por la tibieza del ambiente le oía -lamentarse de que no cerraban las puertas: - ---¡Jesús! ¡Dios mío! ¡Qué frío hace hoy! ¡Me quieren matar! ¡Yo no -puedo resistir este viento, que corta! Santo Cristo de la Alameda, -¿por qué no me habrá quitado Dios de en medio, que no sirvo mas que de -estorbo a todo el mundo? - -Así iba esta vieja engarzando quejas y conjurando todos los santos y -santas del calendario. - -La mujer de Paquito parecía una princesita condenada a vivir entre -piratas. Tenía un aire resignado, unos ojos claros, ingenuos y una -gran suavidad. Era hija de un militar que había guerreado en América. -Había quedado huérfana muy niña. Se llamaba Dolores. Me pareció que en -la casa no la guardaban consideración alguna y que la hacían trabajar -demasiado. - -El matrimonio tenía un chico y una chica. El chico era un salvaje de -seis o siete años, despótico y mal educado. Yo estuve muchas veces -a punto de calentarle las orejas porque se manifestaba de muy mala -intención. El chiquillo llegó a tomarme odio. - -Al cuarto o quinto día de llegar a Algeciras fuí a ver al cónsul -inglés, que me proporcionó trabajo para una temporada. - -Le dije que estaba en relación con los filohelenos de Londres, y él me -informó de que iba a llegar un barco con soldados para Grecia. - -Cuando cobré el dinero del cónsul hablé con Dolores, la mujer de -Paquito, para que me dijera lo que tenía que pagar por estar en su casa. - -Nos pusimos de acuerdo, y quedé allá, en mi cuartito pequeño, -escribiendo y pintando. Por la tarde solía dar un paseo por la playa, -y recorría también las calles del pueblo, con sus grandes caserones -blancos, con balconadas salientes, adornadas con hierros barrocos, sus -rejas, sus canalones y sus persianas pintadas de verde. - -Paseaba también por la plaza Alta y por una avenida, cuyas bocacalles -iban a dar a la bahía, y por las cuales se divisaba el cielo y el mar. - -Como se estaba en un período de política revuelta, todos los días había -algún acontecimiento. A medida que los ministros de Fernando VII se -apoderaban del Poder la represión era mayor. Se hacían prisiones, y -llegaban constantemente cuerdas de presos que el comandante del campo -de Gibraltar, don José O'Donnell, enviaba a los presidios de Africa. - -Un día vi en la plaza Alta un espectáculo triste. Un constitucional, un -hombre viejo, de noble aspecto, se escapó de la cuerda; dos voluntarios -realistas le siguieron gritando: «¡A ése! ¡A ése!» La gente fué tras -él, le cogieron y a palos lo dejaron tendido en el suelo. - -El pueblo entero manifestaba un gran fervor realista; se había -sustituído la lápida de la Constitución por otra con el letrero: «Plaza -del Rey», con las armas de la ciudad y una corona. Paquito, que estaba -señalado como liberal exaltado, no salía apenas, y muchos, entre ellos -yo, le aconsejaron que fuera a Gibraltar y que no viniese mas que de -tarde en tarde. Esto fué lo que hizo. - -Yo me alegré mucho, no por la seguridad de Paquito, que me tenía sin -cuidado, sino por hablar libremente con Dolores. La verdad es que me -iba enamorando de ella por momentos. ¡Era una mujer tan simpática, tan -buena! No me cansaba de oírla. - -Ya sé yo que hay un mandamiento, no se cuál, que dice que no se debe -desear la mujer del prójimo; pero esto siempre me ha parecido una -tontería; yo, no sólo deseaba la mujer de mi prójimo, sino que se la -hubiera quitado si hubiese podido. - -Cuando Dolores quedó sola con su suegra y los chicos, yo le decía que -saliera, que no estuviera siempre metida en casa. - -Un domingo dimos una vuelta por la bahía en el _Lince_, una barca -grande. El _Chirri_ iba al cuidado de la vela y yo al timón. - -Estaba el cielo azul y el mar casi tan azul como el cielo. - -Enfrente se divisaba el Peñón, de un color gris de ceniza, obscuro en -los sitios cubiertos de bosque y alargado hasta la punta de Europa... - -Dolores me habló de su infancia, de la que conservaba un recuerdo -confuso de idas y venidas por colegios de distintas ciudades; me contó -una serie de niñerías con verdadera gracia. Yo le hacía mil preguntas y -le oía encantado. - -El barco marchaba suavemente; veía desarrollarse ante mis ojos la línea -quebrada de los montes formada por las últimas ramificaciones de la -sierra de los Gazules. - -A lo lejos aparecía la serranía de Ronda, los montes de Gaucín y -Casares y los de Estepona. - -Más cerca la sierra Carbonera, con San Roque en un alto; El Campamento, -a orillas del mar, y luego La Línea sobre el arenal que une la tierra -con Gibraltar. - ---Vamos ya--dijo Dolores--, que la madre estará esperando. - ---¿Qué prisa tiene usted para volver?--le pregunté yo. - ---Sí, hay que hacer la cena. - ---Deje usted la cena; por un día cenaremos más tarde. ¡El día está tan -hermoso! - ---Bueno--replicó ella. - -Seguimos hablando. Avanzamos hasta la salida de la bahía. Estaba el -Estrecho lleno de barcos, que navegaban con las velas desplegadas. -Pasamos cerca de las murallas, llenas de líquenes, de la isla Verde. - -Ahora se veía el otro extremo de la gran bahía casi circular, la Punta -Carnero, y a lo lejos, la costa de Africa, el acantilado blanquecino de -los montes de Sierra Bullones y el pico de la Almina de Ceuta. - -Seguimos hablando Dolores y yo largo rato, y al caer la tarde le dije -al _Chirri_ que volviéramos. - - * * * * * - -Pasamos de nuevo por delante de la isla Verde. El sol iba retirándose -con lentitud, iba escalando las casas de Algeciras, brillaba en -los cristales, subía a los tejados, los abandonaba e iluminaba el -campanario de la iglesia con una claridad rojiza. La sierra parecía -acercarse, y al borrarse sus repliegues tomaba el aspecto de una -muralla que se levantara tras del pueblo. Las casas se destacaban con -más claridad a la luz fría del crepúsculo. - -El cielo tomaba un color de escarlata por el lado del mar y éste iba -brillando con resplandores de rosa. - -Al desembarcar, al acercarnos a Algeciras, las ventanas de las casas -comenzaban a iluminarse; se oía en las tabernas rasguear de guitarras y -se sentía un olor fuerte de aceite frío. - -Desde el muelle fuimos hasta la plaza Alta. - -Al pasar hacia casa oíamos la retreta en un cuartel. - - * * * * * - -Dos días después estaba en mi cuarto escribiendo, cuando se me presentó -Paquito, con un aire grave, dramático. - -Me advirtió que me tenía que hablar; hice ademán de oírle, y de repente -me dijo que yo era un sinvergüenza, un ingrato y un canalla que estaba -cortejando a su mujer. Negué yo el hecho, y entonces él me replicó que -el domingo anterior había ido a pasear en la lancha con Dolores y que -le había dicho que era muy guapa y otra porción de cosas. - ---¿Quién le ha dicho a usted eso? - ---Mi chico y el _Chirri_. - -Me callé y no repliqué; él siguió insultándome, y después insultando a -su mujer. - -Esto no lo pude soportar y salté. - -Ya furioso, le dije que era un botarate y que su mujer valía millones -de veces más que él; que le tenía por un vanidoso y un farsante; que -su liberalismo era una mentira, porque no era mas que envidia por -los que podían y valían más que él, y, en último término, que estaba -dispuesto a batirme con él a puñetazos, a navajazos o a tiros, porque -le consideraba uno de los seres más despreciables y más ridículos de la -tierra. - -Mi indignación le enfrió a Paquito, y sin contestarme nada se marchó, -dejándome solo e iracundo. - - - - - XIII - - MAC CLAIR - - -DESPUÉS de nuestra riña, toda la familia de Paquito se trasladó a -Gibraltar, y yo quedé en una casa de la vecindad, en la más profunda -desesperación. - -Seguía trabajando para el cónsul, cuando recibí un carta de Will Tick -anunciándome que pocos días después pasaría el Estrecho, en dirección a -Grecia, una expedición de filohelenos. - -Antes llegaría a Algeciras el coronel Mac Clair, que iba a comprar -armas y municiones de guerra. - -Saldría yo a recibirle al muelle y le reconocería, por ser un tipo -alto y delgado, vestido con un ulster negro con rayas blancas, y que -llevaría un bulto cuadrado envuelto en tela encerada en la mano derecha -y un paraguas en la izquierda. - -Efectivamente, lo reconocí. Era Mac Clair un hombre delgado, seco, de -aire enfermizo. Tenía el pelo rojo, rizado, patillas cortas, bigote -grueso y anteojos azules. Por debajo del ulster usaba redingote de -color de castaña. - -Llevé a mi casa a Mac Clair, y al día siguiente fuimos en coche a -Tarifa, donde recogimos varias cajas de fusiles, escondidas cerca de la -playa, y las embarcamos en una gabarra. - -El coronel Mac Clair marchó después a Gibraltar, donde compró un -ciento de fusiles españoles e ingleses. - -El coronel me dijo que me avisaría la llegada del paquebot que venía de -Londres con los filohelenos. - -Efectivamente, quince días después me avisó. Con un tiempo muy malo -salimos los dos en un falucho. - -Fuimos hasta Tarifa, en donde teníamos nuestras cajas de fusiles, las -embarcamos y esperamos toda una tarde y toda una noche. - -Al día siguiente, el coronel reconoció el bergantín _Fénix_, al que -esperábamos. - -Nos acercamos al barco, que parecía un gran pez negro sobre el agua, y -entramos en él. - -Al pasar por delante de Algeciras se me humedecieron los ojos con el -recuerdo de Dolores. - - * * * * * - -Estas cuartillas leí a mistress Hervés, en el mirador del castillo de -Ondara, una tarde de verano. - -Mi aventura en Grecia, quizá por ser insignificante, no la he escrito -todavía. No sé si la escribiré alguna vez. - - - Itzea-Vera del Bidasoa.--Octubre, 1916. - - - FIN DE LA RUTA DEL AVENTURERO - - - - - ÍNDICE - - - Páginas. - - PRÓLOGO 7 - - - EL CONVENTO DE MONSANT - - I.--Una ciudad levantina 11 - - II.--El castillo 17 - - III.--Los sospechosos 21 - - IV.--Entierro 27 - - V.--El teniente Eguaguirre 33 - - VI.--El mirador del castillo 41 - - VII.--Los oficiales 47 - - VIII.--Urbina 51 - - IX.--Recomendación de Kitty 55 - - X.--Explicación 59 - - XI.--El proyecto 65 - - XII.--El viaje 69 - - XIII.--El convento 75 - - XIV.--Los argonautas 83 - - XV.--El rapto 95 - - EPÍLOGO 105 - - - EL VIAJE SIN OBJETO - - PRÓLOGO 113 - - - PRIMERA PARTE - - UNA VIDA INSIGNIFICANTE - - I.--El viajero y su canción 117 - - II.--Disecación y farmacia 121 - - III.--Los libros de mi tío 125 - - IV.--La casa de Israels y Piper 129 - - V.--Elogio de la litografía 133 - - VI.--En plena bohemia 137 - - VII.--Días tristes 141 - - VIII.--Examen de mis aptitudes por el sistema - métrico decimal 145 - - IX.--Última hazaña en Londres 149 - - X.--Los destinos absurdos 153 - - XI.--En memoria de Burton 157 - - XII.--Charlatanes y saltimbanquis 161 - - XIII.--Comienzo de una aventura romántica 167 - - XIV.--En la diligencia 175 - - XV.--Mary la de Biriatu 179 - - XVI.--La venta de Inzolas 183 - - - SEGUNDA PARTE - - DEL PIRINEO A MADRID - - I.--Los placeres del campo 185 - - II.--Erlaiz el panadero 187 - - III.--El parador de Sumbilla 193 - - IV.--Pamplona 197 - - V.--Los caballeros 203 - - VI.--Los estratos sociales de Pamplona 205 - - VII.--Philonous 209 - - VIII.--Los realistas franceses 211 - - IX.--Conspiraciones 213 - - X.--El calor 217 - - XI.--Las moscas 221 - - XII.--En las Bárdenas 223 - - XIII.--Revelación de la España clásica 227 - - XIV.--El santero 231 - - - TERCERA PARTE - - DE MADRID A SEVILLA - - I.--La casa de huéspedes 235 - - II.--Digresiones sobre el país 239 - - III.--Salida de Madrid 243 - - IV.--De Sevilla a la cárcel de Sanlúcar 247 - - V.--Nieves la alcaidesa 253 - - VI.--Las recomendaciones 257 - - VII.--En el camino 259 - - - CUARTA PARTE - - PRISIONERO - - I.--El Salón de Cortes 263 - - II.--La señora Landon 267 - - III.--La torre 271 - - IV.--«Mare Serenitatis» 275 - - V.--El fraile 277 - - VI.--Evasión 281 - - VII.--La casa abandonada 287 - - VIII.--Dilema 291 - - IX.--De viaje 295 - - X.--Un loco 299 - - XI.--El copo 301 - - XII.--La familia del patrón 305 - - XIII.--Mac Clair 311 - - - - - OBRAS COMPLETAS - - DE AZORIN - - -I.--EL ALMA CASTELLANA. - -II.--LA VOLUNTAD. - -III.--ANTONIO AZORÍN. - -IV.--LAS CONFESIONES DE UN PEQUEÑO FILÓSOFO. (Aumentada.) - -V.--ESPAÑA. - -VI.--LOS PUEBLOS. - -VII.--FANTASÍAS Y DEVANEOS. - -VIII.--EL POLÍTICO. - -IX.--LA RUTA DE DON QUIJOTE. - -X.--LECTURAS ESPAÑOLAS. - -XI.--LOS VALORES LITERARIOS. - -XII.--CLÁSICOS Y MODERNOS. - -XIII.--CASTILLA. - -XIV.--UN DISCURSO DE LA CIERVA. - -XV.--AL MARGEN DE LOS CLÁSICOS. - -XVI.--EL LICENCIADO VIDRIERA. - -XVII.--UN PUEBLECITO. - -XVIII.--RIVAS Y LARRA. - -XIX.--EL PAISAJE DE ESPAÑA VISTO POR LOS ESPAÑOLES. - -XX.--ENTRE ESPAÑA Y FRANCIA. - -XXI.--PARLAMENTARISMO ESPAÑOL. - -XXII.--PARÍS BOMBARDEADO Y MADRID SENTIMENTAL. - -XXIII.--LABERINTO. - -XXIV.--MI SENTIDO DE LA VIDA. - -XXV.--AUTORES ANTIGUOS. (ESPAÑOLES Y FRANCESES.) - -XXVI.--LOS DOS LUISES Y OTROS ENSAYOS. - - - - - -End of the Project Gutenberg EBook of Memorias de un Hombre de Acción: #6 La -Ruta del Aventurero, by Pío Baroja - -*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN *** - -***** This file should be named 50726-8.txt or 50726-8.zip ***** -This and all associated files of various formats will be found in: - http://www.gutenberg.org/5/0/7/2/50726/ - -Produced by Carlos Colón, University of Toronto and the -Online Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net -(This file was produced from images generously made -available by The Internet Archive) - - -Updated editions will replace the previous one--the old editions will -be renamed. - -Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright -law means that no one owns a United States copyright in these works, -so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the United -States without permission and without paying copyright -royalties. 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You may copy it, give it away or re-use it under the terms of -the Project Gutenberg License included with this eBook or online at -www.gutenberg.org. If you are not located in the United States, you'll have -to check the laws of the country where you are located before using this ebook. - - - -Title: Memorias de un Hombre de Acción: #6 La Ruta del Aventurero - -Author: Pío Baroja - -Release Date: December 20, 2015 [EBook #50726] - -Language: Spanish - -Character set encoding: ISO-8859-1 - -*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN *** - - - - -Produced by Carlos Colón, University of Toronto and the -Online Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net -(This file was produced from images generously made -available by The Internet Archive) - - - - - - -</pre> - -<p class="box">Nota del Transcriptor:<br/><br/> - -Se ha respetado la ortografía y la acentuación del original.<br/><br /> - Errores obvios de imprenta han sido corregidos.<br/><br /> - - Páginas en blanco han sido eliminadas.<br/><br/> -La portada fue diseñada por el transcriptor y se considera dominio público.<br /></p> - - - - - - -<p class="large center p6">PÍO BAROJA</p> - -<p class="center p2">MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN</p> - - -<p class="p2"><i>El aprendiz de conspirador.</i></p> - -<p><i>El escuadrón del Brigante.</i></p> - -<p><i>Los caminos del mundo.</i></p> - -<p><i>Con la pluma y con el sable.</i></p> - -<p><i>Los recursos de la astucia.</i></p> - -<p><i>La ruta del aventurero.</i></p> - -<p><i>Los contrastes de la vida.</i></p> - -<p><i>La veleta de Gastizar.</i></p> - -<p><i>Los caudillos de 1830.</i></p> - -<p><i>La Isabelina.</i></p> - -<p><i>El sabor de la venganza.</i></p> - -<hr class="chap" /> - - - - -<p class="p6 center">ES PROPIEDAD<br /> -DERECHOS RESERVADOS<br /> -PARA TODOS LOS PAÍSES</p> - -<p class="p2 center">COPYRIGHT BY<br /> -RAFAEL CARO RAGGIO<br /> -1921</p> - -<p class="p6">Establecimiento tipográfico<br /> -de Rafael Caro Raggio</p> -<hr class="chap" /> - - - -<p class="large center p6">PÍO BAROJA</p> - -<h1>MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN<br /> -LA RUTA DEL AVENTURERO</h1> - -<p class="center">NOVELA</p> - -<div class="figcenter4em"><img src="images/page1.png" width="100" -height="124" alt="" title="" /> -</div> - -<p class="p4 center">RAFAEL CARO RAGGIO<br /> -EDITOR<br /> -MENDIZÁBAL, 34<br /> -MADRID</p> -<hr class="chap" /> - - - -<h2 id="PROLOGO">PRÓLOGO</h2> - - - -<p><span class="smcap">Estas</span> dos historias, <i>El Convento de Monsant</i> y <i>El -Viaje sin objeto</i>, parece que fueron escritas, -hace años, por un inglés, J. H. Thompson, que vivió -mucho tiempo en Málaga, donde se dedicaba al comercio -de la uva.</p> - -<p>Algunos dicen que el tal ciudadano no se contentaba -con el comercio del susodicho género al exterior, sino -que lo consumía también en zumo y al interior; pero -esta debe ser una de tantas calumnias que se ceban en -los hombres de aspecto y costumbres distintos de la generalidad.</p> - -<p>Como verá el curioso o indiferente lector, en las dos -narraciones thompsonianas aparece nuestro héroe Aviraneta -de una manera un tanto episódica.</p> - -<p>Quizá los aviranetistas científicos o aviranetistas de -la cátedra nos pregunten: ¿Qué garantías tiene ese -J. H. Thompson como historiador veraz? ¿Qué grado de -certeza pueden conceder a sus afirmaciones las personas -serias y sensatas? Lo ignoramos.</p> - -<p>Por ahora, a pesar de haber revisado todos cuantos -diccionarios enciclopédicos han caído en nuestras manos, -no lo hemos visto citado entre los Bossuet, los Solís, -los Macaulay, los Cantú, los Thiers y otros grandes -historiadores, magníficos por su elocuencia, su pedantería -y su moral, que han contribuído a aburrir al mundo; -tampoco se sabe que el dicho Thompson perteneciera a -ninguna academia de buenas ni de malas letras, histórica, -arqueológica, lingüística o filatélica, lo cual, unido a -que no tuvo, al parecer, ninguna cruz, ni encomienda, -ha hecho pensar a muchos que debió ser hombre de -poca formalidad y de poca importancia.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_8" id="Page_8">[8]</a></span></p> - -<p>Los datos que hemos podido recoger de este inglés -extravagante y jovial, proporcionados por uno de sus -amigos, son los siguientes:</p> - -<p>Juan Hipólito Thompson era hijo de un disecador de -animales de Holborn Street, en Londres, y sobrino de -un farmacéutico de Soho, de la misma ciudad.</p> - -<p>J. H. pasó la infancia en el taller de su padre, entre -tigres, serpientes, caimanes, cocodrilos y otros animales -disecados, llenos de escamas, garras, uñas, picos, y de -furor en vida; y de paja, papel de periódicos, virutas, y -serenidad después de la muerte.</p> - -<p>J. H. jugó con los ojos de cristal que habían de resplandecer -en las cuencas vacías de los monstruos; -J. H. se divirtió con los dientes afilados de las fieras; -J. H. se entretuvo con las lenguas rojas de las alimañas, -con las plumas de los pavos reales y las crestas de -las abubillas.</p> - -<p>J. H. vió claramente que un cocodrilo nunca tiene -una mirada tan fascinadora como cuando se le ponen -ojos de cristal, y que una serpiente de cascabel nunca -parece tan de cascabel como cuando se le ata uno de -estos adminículos a la cola.</p> - -<p>Tan grandes descubrimientos le condujeron con rapidez -al escepticismo.</p> - -<p>Esta colección de uniformes barrocos que posee la -madre Naturaleza, esta guardarropía absurda y caprichosa, -llevó a J. H. a mirar con cierto desdén la realidad -fenomenal y a sentir una gran inclinación hacia el conocimiento -de esa incógnita que los sabios llamamos lo -nouménico, y también la cosa en sí.</p> - -<p>Como hemos indicado antes, J. H. tuvo un tío, soltero -y de alguna posición. Este señor, bibliófilo y ex farmacéutico, -que vivía rodeado de libros y de estampas, -hizo leer a su sobrino las obras de los filósofos, entre -ellos Bacon, el caballero Locke, Berkeley y Kant.</p> - -<p>J. H. discutió con sus amigos acerca de las grandes -antinomias del pensamiento humano.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_9" id="Page_9">[9]</a></span></p> - -<p>J. H. profundizó los tres diálogos entre Hylas y Philonous -de Berkeley, y se convenció de que el mundo, la -materia, los astros, el amor y hasta las casas de préstamos, -que a veces frecuentaba por ineludible necesidad, -no tenían realidad objetiva.</p> - -<p>Llevado por estas ideas, o por sus inclinaciones, en vez -de dedicarse a cosas sanas, decentes y respetables, como -la abogacía, el comercio o el préstamo usurario, J. H. se -dedicó al dibujo, a la caricatura, a la pintura y a otras -absurdidades que, en general, no conducen mas que -a sentir el hambre con violencia y en horas intempestivas, -en que no suenan los tres golpes de la campana del -comedor de un hotel.</p> - -<p>A J. H., además de llevarle a la ruina, le obligaron a -escapar de Inglaterra.</p> - -<p>—¿Adónde ir?—se dijo J. H.—. ¿En dónde colocar la -débil e insegura planta?</p> - -<p>¿Conoces tú el país donde maduran los limoneros y -en el follaje sombrío brilla la naranja de oro.</p> - -<p>Esta pregunta se hizo J. H., como Mignon en la canción -de Goethe.</p> - -<p>No; no conocía el país donde maduran los limoneros, -ni la montaña y su sendero brumoso, ni la tierra que se -adorna con el mirto discreto y el soberbio laurel.</p> - -<p>No conocía J. H. mas que las calles sucias de Londres -y las tabernas de la City; y como un ibis de los -que había disecado su padre, antes de caer bajo el plomo -de un cazador irrespetuoso, extiende sus alas sobre -las aguas del Nilo y se lanza en el espacio azul, él levantó -el vuelo y se vino a España. Sus aventuras en -nuestro país le impulsaron a escribir el <i>Viaje sin objeto</i>.</p> - -<p>Después Thompson hizo la expedición de Missolonghi -con lord Byron, se casó en Andalucía y acabó olvidando -a Kant, a Berkeley, los dibujos, las caricaturas y -vendiendo pasas.</p> - -<p>Ya sabemos que la mayoría de los críticos suspicaces -no creerán en la existencia de J. H.; que supondrán que<span class="pagenum"><a name="Page_10" id="Page_10">[10]</a></span> -es un Homunculus creado por nosotros con una fórmula -más o menos vulgar, pensando que el inglés jovial no -existe y que, a lo más, es un embolado que el editor de -esta obra trae del cabestro para entretener al público.</p> - -<p>Piensen lo que quieran estos críticos suspicaces, el -editor no vacila en afirmar, con la mano puesta en el -corazón y con la lealtad de un hombre que desciende, -según su difunta tía, de uno de los más ilustres caballeros -de la antigüedad, contemporáneo del reino, que -J. H. vivió, existió, tuvo realidad objetiva en nuestro -pequeño e insignificante planeta.</p> - -<p>Algunos escépticos han intentado sembrar dudas acerca -de la autenticidad del <i>Convento de Monsant</i>, basándose -en hallarse raspados, borrados y sustituídos por -otros escritos encima los nombres de los personajes que -intervienen en la acción.</p> - -<p>Al mismo tiempo afirman que está cambiado el nombre -de la ciudad levantina que aparece como fondo, -pues la Ondara que figura aquí no es la Ondara de la -provincia de Alicante, que no es puerto de mar.</p> - -<p>Nada de esto ha podido quebrantar nuestra fe en la -existencia de J. H. y en la veracidad de su relato.</p> - -<p>Para nosotros, <i>El Convento de Monsant</i> es tan auténtico, -tan demostrado como el <i>Viaje sin objeto</i>.</p> - -<p>Se podrá argüir que ambas narraciones no son brillantes, -que no tienen la magia de estilo de un poeta -meridional, que están escritas, como quien dice, en tono -menor; pero todo ello depende de que la visión de J. H. es -la visión escueta y descarnada del que mira y contempla -con la pupila fría de un hombre del Norte, acostumbrado, -como disecador, a ver la entraña de las cosas.</p> - -<p>Hechas estas salvedades, para dejar en buen lugar -nuestra seriedad de hombres históricos y nuestro respeto -por las grandes verdades de la filosofía, la geografía, -etcétera, etc., pasamos a copiar los dos relatos de -J. H., ex disecador, ex acuarelista, ex caricaturista y -vendedor de pasas.</p> -<hr class="chap" /> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_11" id="Page_11"></a></span></p> - - - -<h2 id="CONVENTO">EL CONVENTO DE MONSANT</h2> - -<h3 id="I_I">I.<br /> -UNA CIUDAD LEVANTINA</h3> - - -<p>A orillas del Mediterráneo y en el fondo de una ensenada -hay una pequeña ciudad blanca colocada -sobre alta colina y rodeada por una sierra que forma -gran anfiteatro de montes desnudos y pedregosos.</p> - -<p>Ondara, nombre que unos consideran de origen griego -y otros de origen ibérico, se repliega en la falda de -un cerro, promontorio destacado de la cordillera que penetra -en el mar.</p> - -<p>Este promontorio, llamado por los romanos Promontorio -Ondarœ, tiene un viejo castillo en la cumbre, y debió -ser en otro tiempo una Acrópolis donde se encerraban -las tropas con su caudillos a la llegada del enemigo -y se guardaban los dioses lares de la ciudad.</p> - -<p>La gran sierra, en anfiteatro, de Ondara se levanta al -acercarse al mar en un monte más alto, denominado el -Monsant.</p> - -<p>El Monsant limita la bahía de Ondara por el norte. -Hacia el interior tiene un picacho cónico y desnudo, gi<span class="pagenum"><a name="Page_12" id="Page_12">[12]</a></span>gante -abrumado en la soledad, que debió ser en otro -tiempo un volcán, con sus aristas y surcos, por donde -corrió la lava. Hacia el mar avanza formando un cabo, -como una proa formidable rota por alguna convulsión -ígnea en láminas negras, hendidas por rajaduras, en cuyo -fondo penetra el agua y golpea como un ariete.</p> - -<p>El desmoronamiento del Monsant ha dejado pequeños -archipiélagos rocosos: tritones negros que se bañan entre -los meandros blancos de las olas y de las espumas.</p> - -<p>Neptuno y Anfitrite, con su cortejo de nereidas y de -sirenas, parecen presidir estos locos desvaríos del mar.</p> - -<p>La ensenada de Ondara, cerrada al norte por el Monsant, -circunscrita por la sierra con sus rocas azules por -la mañana y moradas al anochecer, termina hacia el sur -en una punta baja de arena con un faro en su extremo. -Tiene esta ensenada dos playas grandes, abiertas, llenas -de pedruscos, ennegrecidas por las algas, y un puerto -natural al pie mismo de las casas.</p> - -<p>Durante el primer tercio del siglo <span class="smcap">XIX</span> Ondara era todavía -pueblo de alguna importancia estratégica; tenía un -castillo y una muralla.</p> - -<p>El castillo había sufrido mucho durante la guerra de -la Independencia; los cañones estaban desmontados; las -casamatas, destruídas; por todas partes quedaban reliquias -de una lucha violenta y tenaz.</p> - -<p>La muralla general del pueblo, de poco valor defensivo, -era baja, sin fosos ni obras exteriores, a trechos -aspillerada y a trechos no, interrumpida por baluartes y -torreones circulares, con sus correspondientes garitas.</p> - -<p>Esta pared moderna, blanca y de poca altura, que rodeaba -la ciudad, se unía al castillo y tenía hacia el -puerto una explanada grande, llamada la Glorieta, y un -hornabeque con sus baterías.</p> - -<p>Había, además de la pared baja, que circunvalaba a -Ondara, restos de fortificaciones, antiguos lienzos de -muralla de color de ámbar dorados por el sol de los siglos -y ennegrecidos por el aire del mar.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_13" id="Page_13">[13]</a></span> -Uno de éstos, el más extenso, cerraba un gran barranco -que existía entre el castillo y el barrio de pescadores.</p> - -<p>Era una cortina de piedra de grandes bloques tallados. -Los eruditos no se hallaban muy de acuerdo en señalar -la época de construcción de esta muralla. Unos la -consideraban del tiempo de los etruscos, fundadores de -la ciudad; otros, de origen romano.</p> - -<p>Los eclécticos afirmaban que había parte de muro -antiquísima; otra, romana, y otra, reedificada por los -árabes.</p> - -<p>El conjunto de murallas de Ondara levantadas en distintas -épocas se unía, trazando un 8, encerrando en sus -dos círculos el castillo y la ciudad.</p> - -<p>Se comprendía que antiguamente Ondara debió de -ser fortaleza importante, casi inexpugnable; del lado del -mar tenía que ser muy difícil su conquista, y difícil también -del lado de tierra, guardando los pasos de su anfiteatro -de montañas.</p> - -<p>Todavía fuera de su recinto la ciudad presentaba vestigios -de defensa, y a la entrada del puerto, sobre unas -rocas, se levantaban dos torrecillas negras medio derruídas: -una, llamada el Fortín, y la otra, la Torreta.</p> - -<p>La ciudad de Ondara, muy vieja en sus ruinas y muy -nueva en sus construcciones, era casi en su totalidad -moderna. Únicamente la iglesia mayor, y algunas casas -próximas a la muralla, procedían de edades pretéritas.</p> - -<p>La iglesia mayor, de traza gótica, tenía una fachada -pintada de color azul claro, con una portada barroca y -una galería con remates en forma de jarrones.</p> - -<p>Esta iglesia se levantaba en el centro de una plazoleta, -y se erguía sobre el caserío ondarense con su torre -cuadrada y su cúpula de azulejos verdes.</p> - -<p>Por dentro, la alta nave mostraba las nervaduras de -sus columnas y sus ojivas pintadas de amarillo, y en -las claves tenía escudos coloreados.</p> - -<p>En las capillas resplandecían los grandes altares chu<span class="pagenum"><a name="Page_14" id="Page_14">[14]</a></span>rriguerescos, -con sus columnas salomónicas retorcidas, -y las tablas antiguas pintadas por maestros imitadores -de los flamencos.</p> - -<p>Otra iglesia existía en Ondara, hacia el puerto; los arqueólogos -no hubiesen encontrado en ella belleza alguna; -sin embargo, pintada de azul y de rosa, daba la -impresión de juventud y de fuerza de una aldeana rozagante.</p> - -<p>El caserío de Ondara, agrupado en torno de la iglesia, -en la colina del castillo, tenía un aire de inocencia, de -beatitud, de paz; parecía un rebaño blanco que rodease -a su pastor. En las azoteas de las casas se secaban al -sol trapos de mil colores. A los pocos tejados del pueblo -la humedad del mar los llenaba de musgo y hacía brotar -en ellos hierbales frondosos y verdes.</p> - -<p>Ondara no ofrecía nada de caprichoso ni de pintoresco; -tenía un barrio de campesinos y otro de pescadores. -El centro lo formaban dos o tres calles bastante anchas, -con comercios importantes. Paseaban por ellas los señoritos -desocupados, los jóvenes militares, arrastrando el -sable, y los curas, con su gran teja y las manos a la espalda, -recogiendo el manteo por detrás. A ciertas horas -cruzaban grupos de mocitas muy garbosas, muy limpias -y pizpiretas, que trabajaban en el embalaje de las naranjas.</p> - -<p>De vez en cuando pasaba algún coche o una tartana -de familia rica, y los jóvenes sabían inmediatamente si -era Vicenteta o Doloretes, o el padre o la madre de una -de éstas, la que iba en el carruaje.</p> - -<p>Fuera de las calles céntricas y comerciales, las demás -eran rectas, bastante anchas y desiertas. Las casas, bajas, -sin alero, de grandes puertas y rejas pintadas de -verde, se alineaban una tras otra, inundadas de sol, -como ensimismadas en la calma soñolienta.</p> - -<p>Los transeúntes eran escasos.</p> - -<p>Sólo por la mañana se veían viejas vestidas de negro, -de ojos desconfiados, y alguna con su poco de barba, -<span class="pagenum"><a name="Page_15" id="Page_15">[15]</a></span> -que sacaban una llave de debajo del manto, abrían un -postigo y cerraban después dando un gran portazo, manifestando -su desprecio para el resto de los mortales.</p> - -<p>El barrio de pescadores era lo más pintoresco de Ondara: -allí se veían calles estrechas y en cuesta, con casuchas -pequeñas, chozas, barcas metidas en los corrales -y una población marinera expresiva, exagerada y -gesticulante. Los hombres trabajaban, hablando, gritando, -en su lengua mediterránea; las viejas, ennegrecidas -por el sol, componían redes y velas, y los chiquillos -haraposos, con harapos rojos, amarillos, verdes, de los -colores más vivos, correteaban con los pies descalzos...</p> - -<hr class="tb" /> - -<p>Si Ondara no presentaba nada extraordinario desde -el punto de vista arqueológico, poseía una luz mágica -que la doraba, la hermoseaba, la convertía a ciertas horas -en una ascua de oro, en una ciudad de fuego, y en -otras le daba un aire de pueblo oriental, de inmovilidad, -de calma y de luz.</p> - -<p>Como todas las ciudades del Mediterráneo, nacidas -del beso suave de la tierra con el mar, Ondara tenía algo -armónico por encima del caos producido por la mezcla -de muchas razas y de diversas gentes.</p> - -<p>Era ciudad provinciana y cosmopolita, campesina y -pescadora. En ella el ser más humilde, el pescador más -mísero, llevaba en el cerebro, por la misma limitación del -mar interior, una idea del mundo. Allí cerca estaba el -Africa, con sus misterios; más lejos, Grecia, Roma, Egipto, -con sus ciudades opulentas de cielo incomparable y -de suelo fecundo...</p> - -<p>El habitante obscuro del Atlántico mira el mar como -un final ilimitado; el habitante obscuro del Mediterráneo -mira el mar como un camino.</p> - -<p>De ahí quizá su superioridad colectiva, su sentido -social.</p> - -<p>Para un hombre llegado de las costas del Atlántico, -las orillas del <i>mare nostrum</i> guardan siempre una sor<span class="pagenum"><a name="Page_16" id="Page_16">[16]</a></span>presa, -que a veces toma aspecto de lección. En estas -aguas azules del mar latino, que cantan eternamente en -las costas, el hombre vive una vida ligera y elástica; -allá, a veces, parece superficial lo que en otras partes -parece profundo; allá la marea no amenaza constantemente -al hombre como en el Océano, y la vida humana -se desarrolla en el contacto plácido de la tierra con el -mar; de la tierra, que es la patria y la ciudad; del mar, -que por el remo o por la vela se convierte en el camino -del mundo...</p> - -<p>A pesar de esto, la misma magia de la decoración, la -misma esplendidez del fondo, hace en estos lugares que -el hombre parezca de contornos más limitados, más acusados -y quizá por esto más pequeño.</p> -<hr class="chap" /> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_17" id="Page_17"></a></span></p> - - - - -<h3 id="I_II">II.<br /> -EL CASTILLO</h3> - - -<p><span class="smcap">El</span> castillo era un peñón árido que se destacaba de -la sierra y avanzaba hundiendo en el mar sus -acantilados rojos y amarillentos.</p> - -<p>Contemplado a lo lejos apenas se advertía en él mas -que alguno que otro lienzo de muralla de color de ceniza, -la torre de señales y las baterías altas de su cumbre.</p> - -<p>Desde el puerto aparecía imponente con sus paredones -grandes de piedra, dorados por el sol; sus torres, sus -baterías, sus fortines, sus garitas verdinegras, los traveses, -que iban trazando zig-zag por los glacis, y los viejos -cañones, que miraban al mar.</p> - -<p>La tierra, rojiza, de entre muralla y muralla tenía rincones -con almendros y melocotoneros, que en primavera -resplandecían como ramos de nieve y de rosa, y taludes -con viñas y hierbas salvajes esmaltadas de flores -amarillas y azules.</p> - -<p>Subiendo al castillo y entrando en su recinto se veía -que era ya una ruina, un amontonamiento confuso de -murallas viejas, griegas, romanas, visigodas, árabes y -alguna que otra moderna.</p> - -<p>Los militares consideraban la restauración de la fortaleza -casi inútil, y el Gobierno no tenía, al parecer, intenciones -de artillarla.</p> - -<p>El castillo tenía tres puertas: la puerta de Tierra, que -salía cerca de la plaza de la Iglesia; la de la Marina, que -miraba al muelle, y la del Socorro, que daba al campo.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_18" id="Page_18">[18]</a></span></p> - -<p>Esta última, de extramuros, servía para recibir refuerzos -y auxilios del exterior en el caso de que la ciudad -estuviese rebelada contra el Poder o se hallara ocupada -por el enemigo.</p> - -<p>Entrando por la puerta de la Marina y pasando por -un puente levadizo, limitado por cadenas y flanqueado -por dos garitas, se atravesaba un arco, a uno de cuyos -lados estaba el cuerpo de guardia.</p> - -<p>Allí, en unos bancos, solía verse a los soldados sentados, -mientras que el oficial paseaba por delante del -muelle o fumaba en una mecedora.</p> - -<p>Del arco de entrada partía una cuesta muy agria, que -pasaba por debajo de un túnel de ocho o diez pasos de -largo, y al salir de él se desembocaba en un anchurón con -casamatas, parque de municiones y almacén de pólvora.</p> - -<p>Desde aquí el camino se bifurcaba; uno iba por la izquierda -mirando a la sierra; el otro, por la derecha, frente -al mar. Los dos se encontraban en la explanada de -una batería y rodeaban la ciudadela.</p> - -<p>El camino de la izquierda pasaba por encima del -pueblo, amenazándole con sus viejas torres, rojizas, -guarnecidas con matacanes, y sus baluartes del tiempo -de Vauban; luego iba la contraescarpa dando vista a la -campiña, limitada por el anfiteatro de montañas, que comenzaba -en el Monsant y seguía por las otras alturas -que formaban la sierra.</p> - -<p>El camino de la derecha presentaba puntos de vista -admirables; tenía al principio una batería enlosada, la -batería de la Marina, encima mismo del puerto.</p> - -<p>Los cañones de esta batería eran de bronce, verdes, -con escudos y letreros, y pesadas cureñas llenas de -adornos. Era aquel sitio uno de los más pintorescos del -Castillo. Por entre las almenas se veía el mar. Una garita -de piedras, vacilantes, colgada en el vacío, con un -agujero redondo en el suelo, dejaba ver el puerto a vista -de pájaro.</p> - -<p>Saliendo de la batería de la Marina, el camino esca<span class="pagenum"><a name="Page_19" id="Page_19">[19]</a></span>laba -una cuesta, corría por encima de los acantilados, -pasaba por delante de la Cueva de Pastor, que terminaba -en el mar, y llegaba a la batería de las Damas. Aquí -la vista se había alargado, ensanchado, enriquecido.</p> - -<p>Más arriba se hallaba la batería de San Antón, donde -se encontraban los dos caminos que daban la vuelta al -monte, y, desde esta batería, subía otro camino, que escalaba -lo más alto del promontorio. Desde aquí se divisaban -dos o tres pabellones, una torre grande y cuadrada, -el Macho, una pequeña azotea convertida en -jardín, el Mirador, y una última batería, la batería del -Rey, sin muralla ni troneras, desde la cual, los morteros -podían disparar en todas direcciones.</p> - -<p>De lo alto de aquella altísima explanada se abarcaba -el paisaje y el pueblo, excepto algunas rinconadas muy -próximas al castillo.</p> - -<p>Dominábase desde la altura, como de ninguna otra -parte, la sierra, Ondara, el mar azul y las rocas del cabo -de Monsant.</p> - -<p>El pueblo, acurrucado debajo del castillo, tenía un -aire ensimismado y soñoliento; centelleaban sus luceros -de cristal, la cúpula de azulejos de su iglesia, sus tejados -verdosos y sus azoteas, llenas de ropas blancas. En -los alrededores, al borde de las sendas, crecían las -grandes piteras entrecruzando sus láminas verdes y -agudas como puñales, cubiertas de polvo.</p> - -<p>Hacia la sierra, el campo fulguraba ardoroso y requemado; -en las partes bajas algunos pequeños huertos -de hortalizas regados por acequias mostraban su verdura, -y otros más grandes de naranjos brillaban en invierno -con sus constelaciones de frutos dorados entre el -obscuro follaje. En los repechos y faldas de la sierra se -respaldaban alquerías rodeadas de bosquecillos, de olivos -y de almendros. En las cumbres, los montes secos -y pedregosos, como formados por ceniza y piedra pómez, -erizaban sus aristas, y los caminos blancos parecían -sembrados de yeso.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_20" id="Page_20">[20]</a></span></p> - -<p>En una cuesta, dos filos de cipreses, interrumpidas -por cruces de piedra, escalaban una altura hasta llegar -al camposanto.</p> - -<p>En lo más elevado del castillo, sobre el antiguo promontorio -ardoroso y calcinado, estaba el jardín del Mirador. -Este jardín era un repecho de la muralla, anejo al -pabellón donde vivía el coronel que mandaba las fuerzas -de la ciudadela. Tenía el Mirador una torrecilla, llamada -el Castellet, y unas escaleras para subir a la batería -del Rey.</p> - -<p>Desde allí se dominaba el mar, el mar azul, de un color -espléndido, intenso, bajo el cielo fulgurante.</p> - -<p>A lo lejos, sobre un acantilado que parecía de mármol, -brillaba la mancha blanca de un pueblecito.</p> - -<p>En el Mirador brotaban rosales con rosas de todos colores; -jazmines mezclados con mirtos y con el follaje -obscuro de los naranjos. Una adelfa, de flor encendida, -parecía una cascada de fuego.</p> - -<p>La coronela cuidaba con mucho cariño las plantas -del Mirador.</p> - -<p>Todos los días, los soldados sacaban agua para regar -el jardín de una cisterna, la cisterna del Moro, que era -antigua, revestida de piedra y profundísima.</p> - -<hr class="tb" /> - -<p>En el castillo de Ondara había de guarnición dos -compañías de infantería y un destacamento de artillería. -Esta pequeña fuerza, que apenas llegaba a cuatrocientos -hombres, contaba con una oficialidad numerosa, -mandada por un coronel titulado gobernador.</p> - -<p>Este, con su mujer, vivía en uno de los pabellones del -castillo; en otro pabellón habitaban, con sus familias, un -comandante y un capitán. Los demás oficiales tenían -sus casas en el pueblo.</p> - -<p>Por las tardes de primavera y otoño, y el verano, por -las noches, solía haber tertulia en el Mirador del castillo. -La coronela hacía los honores en su jardín, e iban a -saludarla los oficiales distinguidos de la guarnición.</p> -<hr class="chap" /> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_21" id="Page_21"></a></span></p> - - -<h3 id="I_III">III.<br /> -LOS SOSPECHOSOS</h3> - - -<p><span class="smcap">Una</span> tarde de mayo, al caer el sol, después de un día -ardoroso y sofocante, el puerto de Ondara se -veía más animado que de ordinario. Estaban desembarcando -dos laúdes de carbón llegados de Ibiza, y volvían -al mismo tiempo de retorno las lanchas de los pescadores.</p> - -<p>El mar estaba azul, de un azul casi negro, tranquilo, -sosegado; sobre su anchura brillaban, como alas mágicas, -las triangulares velas latinas.</p> - -<p>El sol poniente iluminaba la tierra. El castillo centelleaba -en sus acantilados rojizos y amarillentos. Parte -del pueblo refulgía como un ascua, y saltaban chispas -de incendio de las vidrieras, de los luceros y de los -azulejos; parte, hundido en la sombra, se bañaba en un -aire de color de violeta.</p> - -<p>En el muelle, los cargadores, con sus gorros rojos, -iban y venían llevando fardos; los carpinteros de ribera -aserraban cuadernas y armaban las costillas de las barcas -en esqueleto, tendidas en los arsenales; los chicos -jugaban y correteaban como gorriones, acercándose a la -lancha que llegaba; las viejas componían redes, y algunos -carabineros, sentados en un banco, delante de la -puerta de la Marina, hablaban entre sí. Mozos, negros -por el sol, con aire de piratas berberiscos, cargados con<span class="pagenum"><a name="Page_22" id="Page_22">[22]</a></span> -cuévanos llenos de pececillos brillantes, pasaban delante -de los carabineros, pagaban unos cuartos y entraban -en las calles voceando pescado.</p> - -<p>En las tabernas, los marineros hablaban a gritos; -otros, agrupados en las mesas, oían las explicaciones -sabias de algún piloto experto y decidido: viejo Palinuro, -conocedor de las corrientes y de los vientos...</p> - -<p>En esto, a la caída de la tarde, se presentó a unas millas -de Ondara un barco, que produjo gran sorpresa en -el pueblo. Era un navío de alto bordo que, en aquel momento, -se acercaba con sus velas blancas desplegadas, -fantástico, como una alucinación.</p> - -<p>El atalayero de la fortaleza hizo las señas con gallardetes, -y el barco izó la bandera en el castillo de popa.</p> - -<p>Los curiosos de Ondara se acercaron al puerto a contemplar -el navío, y los militares de la ciudadela aparecieron -en la batería de la Marina y en la batería del Rey -a mirar con anteojos y gemelos.</p> - -<p>Alguno de los oficiales se acercó a la atalaya, y el -atalayero, en tono que no tenía réplica, dijo que el barco -aquel era una polacra de doscientas cincuenta toneladas, -que llevaba bandera del reino de las Dos Sicilias.</p> - -<p>Sabidos la nacionalidad y el tonelaje del navío, los -oficiales de guardia del castillo se pusieron a hacer comentarios -acerca del objeto que podía tener la polacra al -acercarse a Ondara.</p> - -<p>Estaría la embarcación napolitana a una milla próximamente -de distancia del puerto cuando cayeron unas -velas, se levantaron otras y la polacra quedó al pairo, -inmóvil. Entonces se vió que de su costado bajaba un -bote al mar, que poco después avanzaba, a fuerza de -remos, hacia el muelle.</p> - -<p>El coronel, gobernador del castillo, mandó que un -oficial fuera a interrogar a los del bote, y quedó él con -un anteojo mirando al mar desde la alta explanada de la -ciudadela.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_23" id="Page_23">[23]</a></span></p> - -<p>La gente marinera contemplaba también, con curiosidad, -la lancha de la polacra, que iba avanzando.</p> - -<p>Esta se acercó, dejando una estela plateada en el -agua, hasta atracar en una de las escaleras del malecón -del muelle. Inmediatamente bajaron tres hombres.</p> - -<p>Eran del aspecto más heterogéneo que puede imaginarse: -uno, alto, grueso, colorado, vestido con un viejo -redingote; el otro, también alto, encorvado, amarillo, con -aire de enfermo, cubierto con un carrick negro con rayas -blancas; el tercero, pequeño, engallado, rubio, vestido -elegantemente con frac azul de botones dorados, -pantalones azules, chaleco de grana y cachucha de -oficial de Marina inglesa. Los dos primeros parecían -vestidos en una trapería; al tercero se le hubiera tomado -por un currutaco que iba a un baile o a una recepción -aristocrática.</p> - -<p>El hombre alto, al desembarcar, subió las escaleras -con un saco; el enfermo llevaba un fardel en la mano; el -pequeño, rubio y elegante, hizo que un marinero le llevase -al muelle una gran maleta.</p> - -<p>El oficial enviado por el gobernador se acercó a los -tres individuos con el fin de interrogarles.</p> - -<p>Los marineros del bote, al momento que dejaron a -los hombres con sus equipajes en tierra, separándose -del muelle comenzaron a remar furiosamente y se alejaron -dirigiéndose a la polacra.</p> - -<p>—¡Se van!—exclamaron los del público con sorpresa.</p> - -<p>—No; es que van a traer otros—replicaron algunos -de esos seres perspicaces que siempre están en el secreto -de los acontecimientos.</p> - -<p>Los desconocidos acabados de desembarcar se hallaban -en el malecón, rodeados de un círculo de marineros, -mujeres y chiquillos.</p> - -<p>—¡Bueno, bueno, basta ya!—gritaba el hombre pequeño -y rubio, dirigiéndose a la multitud—. No seáis -imbéciles. Aquí no hay nada que ver. ¡Fuera!</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_24" id="Page_24">[24]</a></span></p> - -<p>En esto, apartando la gente, se acercó a los tres individuos -el oficial enviado por el coronel gobernador.</p> - -<p>—¿De dónde vienen ustedes?—preguntó con voz seca.</p> - -<p>—Venimos de Grecia, después de haber tocado en -Nápoles—contestó el hombre alto y rozagante.</p> - -<p>—¿Son ustedes españoles?</p> - -<p>—No; somos ingleses.</p> - -<p>—¿Qué hacían ustedes en Grecia?</p> - -<p>—Eramos comerciantes. Los turcos saquearon la ciudad -donde vivíamos y tuvimos que escapar.</p> - -<p>—¿Y por qué los han desembarcado?</p> - -<p>—Es que nuestro compañero se encuentra enfermo y -quería a toda costa dejar el barco.</p> - -<p>Un sargento que acompañaba al oficial se acercó a él -y le dijo en voz baja:</p> - -<p>—No vayan a tener la peste.</p> - -<p>El oficial dió unos pasos atrás. La frase y el movimiento -no pasaron inadvertidos para la gente, que al momento -ensanchó el círculo que rodeaba a los tres hombres.</p> - -<p>El oficial habló con mucha reserva con el sargento -y dijo después dirigiéndose a los sospechosos:</p> - -<p>—No pueden ustedes entrar en el pueblo.</p> - -<p>—¿Por qué?—preguntó el hombre alto.</p> - -<p>—Porque tienen que ir al lazareto en observación.</p> - -<p>Los desconocidos se miraron unos a otros.</p> - -<p>—¿No habrá un mozo o una caballería para llevar -nuestro equipaje?—preguntó el elegante pequeño y rubio -con voz seca—. Se le pagará lo que sea.</p> - -<p>Un campesino, después de vacilar mucho, dijo que él -tenía una mula y que la traería.</p> - -<p>Se esperó a que viniera, se sujetaron encima de la caballería -el saco y la maleta, se fué el oficial, y el sargento, -dueño de la situación, dijo severamente a los supuestos -apestados:</p> - -<p>—Vengan ustedes detrás de mí; pero de lejos ¡eh! No -hay necesidad de acercarse.</p> - -<p>Los tres hombres, llevando en medio al enfermo, si<span class="pagenum"><a name="Page_25" id="Page_25">[25]</a></span>guieron -al sargento y al campesino de la mula. Avanzaron -por la playa. De trecho en trecho tenían que pararse -para que el enfermo descansara. Cruzaron un -pequeño barrio formado por cabañas y algunas barcazas -convertidas en viviendas y adornadas con tiestos y cajas -llenas de tierra con flores.</p> - -<p>Allí por donde pasaban iban produciendo expectación; -la voz de que eran apestados había corrido por el -pueblo.</p> - -<p>El sargento, dejando la parte habitada de la playa, se -acercó a un arenal desierto en donde se levantaba una -casa cuadrada, medio ruinosa, montada sobre un basamento -macizo de piedra, que impedía que el agua del -mar entrase dentro en los temporales. Para subir a la -casa había unos escalones.</p> - -<p>Veíanse alrededor de ella cajas de mercancías abiertas -y algunas lanchas podridas.</p> - -<p>—Este es lazareto de Ondara—dijo el sargento—. -Aquí van ustedes a pasar la cuarentena de observación. -Bajen ustedes los equipajes.</p> - -<p>El enfermo se sentó tristemente en una de las escaleras -de la casa abandonada, mientras los otros dos y el -campesino descargaban la caballería.</p> - -<p>Hecho esto, el sargento dijo como despedida:</p> - -<p>—No se les permite a ustedes acercarse a la ciudad -bajo pena de muerte. Por la mañana y por la noche se -les traerá pan y rancho, que se les dejará en la puerta. -Ya lo saben. ¡Adiós!</p> - -<p>El campesino tomó el ronzal de su macho, cogió el -dinero que le dió el hombre rubio, lo contó y comenzó -a alejarse despacio por la playa.</p> - -<p>Se quedaron los tres hombres solos, y mientras el -enfermo, envuelto en una manta, miraba el mar, los otros -dos entraban en la casa solitaria.</p> - -<p>Abrieron las carcomidas ventanas. El sitio era destartalado -y sucio: una nave como una sala de hospital con -una cocina pequeña en el fondo.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_26" id="Page_26">[26]</a></span></p> - -<p>—Puesto que aquí tenemos que estar algunos días, -vamos a ver si limpiamos esto—dijo el hombre alto.</p> - -<p>—Vamos allá—repuso el pequeño.</p> - -<p>Se quitaron los dos las levitas, y en mangas de camisa -y con un cubo cada uno, fueron a orillas del mar a -buscar agua. Estuvieron después una hora, armados de -escobas, barriendo y baldeándolo todo, hasta dejar el -suelo limpio.</p> - -<p>Terminada esta faena, sacaron unos jergones viejos y -los sacudieron al aire libre.</p> - -<p>El enfermo dijo que tenía ganas de tenderse; le pusieron -dos jergones en el suelo, uno encima de otro, y -se acostó envuelto en una manta.</p> - -<p>Los dos hombres sanos, después de acabar la tarea, -quedaron a la puerta, cansados, sin hablarse, en una -plácida contemplación del paisaje.</p> - -<p>Iba anocheciendo. Enfrente se veía el mar, rizado, con -adornos de plata; a la derecha brillaban las murallas del -castillo con los últimos resplandores del sol; a la izquierda -se veía una punta lejana azul con un faro, cuya luz -escintilaba pálidamente en el cielo incendiado del crepúsculo.</p> - -<p>Las nubes, grandes y algodonosas, tomaban un tinte -cobrizo; el viento fuerte del anochecer rizaba el agua en -pequeñas olas; seguían resplandeciendo blancas, amarillas, -remendadas, las velas latinas a lo lejos. Las barcas -pescadoras volvían de dos en dos; la polacra napolitana -había encendido un fanal que parecía un gran lucero -vespertino, y con todas sus velas desplegadas comenzaba -a alejarse, con el aire misterioso de una alucinación...</p> -<hr class="chap" /> -<p><span class="pagenum"><a name="Page_27" id="Page_27"></a></span></p> - - - - -<h3 id="I_IV">IV.<br /> -ENTIERRO</h3> - - -<p><span class="smcap">Por</span> la noche todo el mundo hablaba en Ondara de -los tres hombres llegados en el bote al puerto, a -quienes se tenía como pestíferos. Se recelaba que el capitán -de la polacra siciliana los había expulsado de su -barco por considerarles sospechosos de padecer la peste. -Algunos vecinos afirmaban que el gobernador debió prohibirles -terminantemente bajar en el muelle; otros, más -piadosos, decían que no era lícito abandonar y dejar -desamparados a unos hombres aunque estuvieran enfermos.</p> - -<p>Los técnicos aseguraban que todo dependía de no tener -organizados los servicios sanitarios. Según ellos, si -se hubiera ido con la lancha de sanidad al encuentro -del bote lanzado al mar por la polacra, se hubiera impedido -el desembarco.</p> - -<p>En la tertulia de la señora del coronel Hervés, en el -mirador del castillo, se habló mucho de los supuestos -pestíferos, y un médico militar, don Jesús Martín, y un -teniente de artillería llamado Eguaguirre, decidieron visitar -a los aislados en el lazareto.</p> - -<p>A la mañana siguiente montaron a caballo y se presentaron -en la casa abandonada de la playa.</p> - -<p>Al llegar se encontraron a los dos hombres sanos, al -alto grueso y al pequeño delgado, afanados en calafa<span class="pagenum"><a name="Page_28" id="Page_28">[28]</a></span>tear -un bote viejo. Les saludaron y les preguntaron qué -hacían.</p> - -<p>—Aquí estamos—dijo el alto con una alegre sonrisa—trabajando -a ver si componemos este bote.</p> - -<p>—¿Para qué?</p> - -<p>—Para salir al mar. Así podremos entretenernos un -poco y pescar y cambiar de alimentación.</p> - -<p>—¿Y el enfermo?—preguntó el médico.</p> - -<p>—Está igual.</p> - -<p>—¿Qué tiene?</p> - -<p>—Tiene unas fiebres palúdicas que le han consumido.</p> - -<p>—Voy a verle. Soy médico.</p> - -<p>El hombre alto subió los escalones de la casa, abrió -la puerta e hizo pasar al doctor adentro. Este se acercó -a la cama del enfermo. Apenas podía incorporarse con -la debilidad.</p> - -<p>El doctor Martín reconoció al palúdico, salió de la -casa y se lavó las manos en un cubo de agua del mar.</p> - -<p>—Este hombre está muy grave—dijo.</p> - -<p>—Sí; ya se ve.</p> - -<p>—¿Ha tomado quinina?</p> - -<p>—Con poca constancia.</p> - -<p>—¿Cómo se alimenta?</p> - -<p>—Mal; ya ve usted; nos mandan rancho únicamente. -Le damos el caldo, que filtramos por una tela.</p> - -<p>—Bueno; pues ya enviaremos otro alimento y quinina.</p> - -<p>—Veremos a ver si mejora—murmuró el hombre alto.</p> - -<p>—No, creo que no—dijo el médico—. Está ya muy -depauperado. No durará una semana.</p> - -<p>Al salir el médico y el hombre alto a la playa se encontraron -al pequeño y delgado, que seguía trabajando -en mangas de camisa calafateando el bote, mientras el -teniente Eguaguirre le contemplaba.</p> - -<p>—Veo que son ustedes gente que no se deja amilanar -por la desgracia—exclamo el doctor.</p> - -<p>—Está uno acostumbrado a todo.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_29" id="Page_29">[29]</a></span></p> - -<p>—Será difícil que pongan esta lancha a flote—saltó -el oficial de artillería.</p> - -<p>—Ya veremos—replicó el hombre delgado—. Se intentará.</p> - -<p>—Les voy a enviar a ustedes—repuso el médico—un -bote viejo que teníamos para el servicio de sanidad, -y que ya no se emplea. Está feo y sin pintar, pero no -hace agua.</p> - -<p>—¡Oh, muchas gracias!</p> - -<p>Se fueron el médico y el joven oficial, y al día siguiente -había un bote delante del lazareto. Los dos -marineros que lo tripulaban bajaron a la playa y, desde -lejos, advirtieron a los pestíferos que allí estaba la -lancha.</p> - -<p>El doctor había mandado llevarles un aparejo de pesca, -que vieron en el bote sobre un banco, envuelto en -un papel.</p> - -<p>Durante una semana la vida de los dos hombres fué -la misma. Por la mañana se levantaban al amanecer, -daban alimento al enfermo, almorzaban ellos y salían a -pescar en el bote; por la tarde volvían al mar, y de noche, -uno de los compañeros velaba al palúdico mientras -el otro dormía.</p> - -<p>A los ocho días de llegar al lazareto el enfermo murió.</p> - -<p>El hombre delgado escribió al gobernador del castillo -y al alcalde. Les decía en su carta que había muerto de -fiebre uno de los recogidos en el lazareto, coronel inglés -al servicio del Gobierno griego. Añadía que el coronel -profesaba la religión evangélica y que por este motivo -rogaba a las autoridades dijeran dónde podía ser enterrado -su cadáver, para lo cual pedía les facilitaran instrumentos: -un pico y una pala para cavar la sepultura.</p> - -<p>El alcalde contestó secamente diciendo que podían -enterrar al muerto cerca de la playa. Cualquier cosa era -buena para malvados herejes como aquéllos.</p> - -<p>El gobernador mandó a dos soldados con una pala y -y un pico.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_30" id="Page_30">[30]</a></span></p> - -<p>Los dos hombres del lazareto recorrieron la playa. -Encontraron lejos de la casa un trozo de terreno firme, -de arena petrificada, al pie de un acantilado, y allí decidieron -cavar la fosa. Hicieron un hoyo profundo y, terminado -éste, volvieron al lazareto. Después vistieron el -cadáver, lo metieron en el bote y se acercaron al lugar -escogido. Tomaron el muerto entre los dos sobre una -escalera, cruzaron la playa y dejaron el cadáver en la -fosa. El hombre alto sacó del bolsillo una Biblia y comenzó -a leer versículos en inglés; el otro le escuchaba -atento. Este, de cuando en cuando, echaba un montón -de arena en la fosa y después quedaba inmóvil, apoyado -en el mango de la pala. Hecha la obra, los dos hombres -volvieron al bote, y mientras remaban hablaron.</p> - -<p>El alto y grande atendía y respetaba al pequeño, a -quien consideraba como capitán. Este llamaba a su -compañero por su apellido: Thompson.</p> - -<p>—Amigo Thompson—dijo el Capitán—, desde este -momento cambio de nombre y de personalidad.</p> - -<p>—¿Cómo?</p> - -<p>—Voy a tomar mientras esté aquí el nombre del pobre -Mac-Clair, que hemos enterrado. Llevo pasaporte de -súbdito inglés con mi verdadero nombre, pero prefiero -usar el de Mac-Clair.</p> - -<p>—Pero usted no sabe inglés, Capitán.</p> - -<p>—No importa. Mac-Clair será un inglés que ha vivido -en España y en Francia y que no quiere hablar su idioma. -Un inglés antiinglés de la escuela de nuestro lord -Byron.</p> - -<p>Llegaron en el bote a la playa, desembarcaron, encallaron -la lancha en la arena y entraron en el lazareto. -Dejaron la pala y el pico en un rincón y leyeron los papeles -del muerto. Podían servir para el Capitán. Al revisar -los documentos Thompson encontró un sobre -pesado. Tenía dentro veinte libras esterlinas.</p> - -<p>—Se ha muerto Mac-Clair y la situación mejora—dijo -Thompson.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_31" id="Page_31">[31]</a></span></p> - -<p>—Mac-Clair ahora soy yo—replicó el Capitán—. No -se le ocurra a usted decir que ha muerto.</p> - -<p>—Ya que usted se empeña, lo haré así. Me acostumbraré -a llamar al muerto el Coronel. El pobre Coronel -tenía mala suerte.</p> - -<p>Al día siguiente Thompson y el Capitán salieron a -pescar como de costumbre.</p> - -<p>Así estuvieron viviendo un mes, aislados, sin hablar -con nadie.</p> - -<p>Difícil hubiera sido encontrar otros hombres tan obedientes -a las órdenes dadas por las autoridades. No se -acercaban al pueblo con el menor pretexto.</p> - -<p>Al terminar el mes, en vez de ir ellos hacia la gente -de los alrededores, fué la gente de los alrededores la que -comenzó a aproximarse a ellos. Una vieja, que tenía una -cantina en un lanchón, sostenido por cuatro montones -de piedras en la playa, se ofreció a hacer la comida y la -cena a los dos hombres sospechosos.</p> - -<p>Estos dejaron el rancho a algunos hambrientos, y los -pescadores, viendo que los supuestos pestíferos estaban -cada vez más sanos y fuertes, se hicieron amigos suyos -y salían a pescar juntos.</p> - -<p>Desde el momento que se supo en el pueblo que los -desterrados del lazareto no estaban enfermos ni daban -señales de impaciencia ni de cólera, la opinión comenzó -a manifestarse contra ellos. La mayoría consideraba -irritante que los tales hombres vivieran en el lazareto -como en un lugar de placer.</p> - -<p>También les parecía una prueba de indiferencia absurda -el que no hubiesen hecho el menor intento de entrar -en Ondara, como si la ciudad no les interesara lo más -mínimo.</p> - -<p>—¡Qué gentes serán éstas!—se decían los ondarenses.</p> - -<p>El gobernador, al saber que había transcurrido el -tiempo reglamentario de cuarentena, dió la orden de que -no se llevara el rancho a los detenidos y de que desalojaran -inmediatamente el lazareto.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_32" id="Page_32">[32]</a></span></p> - -<p>El Capitán y Thompson mandaron a un chiquillo en -busca de una tartana. Cuando llegó ésta metieron los -equipajes en ella y fueron los dos hombres al pueblo.</p> - -<p>Compraron ropa blanca y algunas prendas que necesitaban, -se afeitaron y cortaron el pelo y se presentaron -en la fonda de la Marina, en donde les contemplaron -con sorpresa.</p> - -<p>Todo el mundo los creía unos lobos de mar, aventureros, -medio piratas, negros, barbudos, y se encontraron -bastante sorprendidos al hallarse con dos caballeros, -uno de ellos elegante hasta el <i>dandysmo</i>.</p> -<hr class="chap" /> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_33" id="Page_33"></a></span></p> - - - - -<h3 id="I_V">V.<br /> -EL TENIENTE EGUAGUIRRE</h3> - - -<p><span class="smcap">Al</span> instalarse en la fonda, el Capitán dijo a la dueña -que pensaba estar pocos días; esperaba un -barco para marcharse a Francia. Thompson aseguró que -él también se dirigiría a Gibraltar cuanto antes.</p> - -<p>La fonda de la Marina, en donde se instalaron ambos, -era bastante cómoda y limpia. Los cuartos que les destinaron -daban a un ancho balcón corrido, que caía hacia -un huerto.</p> - -<p>Desde este balcón se veía, delante, el castillo sobre -los glacis, con sus cubos y murallones, bañados por el -sol, que los iluminaba, según las horas, con luz diferente.</p> - -<p>Thompson comenzó a pintar acuarelas, poniendo por -fondo las ruinas del castillo.</p> - -<p>Ocupaba la fortaleza todo el horizonte. Comenzaba -por un torreón de piedra rojiza, cuadrado, con matacanes -en la parte alta y saeteras estrechas y ventanas enrejadas -en la baja.</p> - -<p>El sol poniente solía dorar esta torre al caer de la tarde, -y le daba un color de miel.</p> - -<p>El torreón se unía con lienzos de paredes amarillentas, -almenadas, con otra torre que se prolongaba hasta -el mar, dejando cubos y baluartes y cortinas de piedra -entre ellos. A un nivel más bajo, rodeando la fortaleza,<span class="pagenum"><a name="Page_34" id="Page_34">[34]</a></span> -había una muralla blanca, moderna, con garitas redondas -y troneras que limitaba el camino de ronda.</p> - -<p>Desde la parte alta del castillo a la contraescarpa bajaba -la colina formando gradas de anfiteatro y taludes de -tierra, cortados en diagonal y en zig-zag por los muros -de poca altura de los traveses.</p> - -<p>En estos taludes, cuyas trincheras estaban muy mal -conservadas, brotaban toda clase de hierbas: aquí había -un jardincito con unos cuantos rosales y un almendro; -allá, unas plantas de viña. Arriba, arriba, se veía el follaje -de un laurel del mirador de la coronela...</p> - -<hr class="tb" /> - -<p>El huerto de la casa era triste; reinaban allí el silencio -y la sombra; los naranjos altos subían en busca de sol, -y un limonero mostraba en sus ramas limones marchitos, -atados a ellas con bramantes. La luz clara y diáfana -de las mañanas, la reverberación cegadora del mediodía -y de las primeras horas de la tarde, el ambiente -tibio del anochecer, el silencio, el ruido de agua en la -acequia cercana, sumían a Thompson en una gran delicia.</p> - -<p>En tanto el acuarelista se ocupaba de sus dibujos y -de sus manchas, el Capitán iba al puerto y quería preparar -su viaje en seguida.</p> - -<p>En la fonda de la Marina había cuatro oficiales y algunas -otras personas de menos importancia. Entre estos -oficiales, el que se consideraba, no se sabía por qué, con -más derechos, era el teniente de artillería Eguaguirre. -Eguaguirre tenía el mejor cuarto y pagaba como los demás. -Algunos intentaron protestar de esta distinción injustificada; -pero Eguaguirre siguió siendo el hombre mimado -de la casa.</p> - -<p>El teniente tuvo, al llegar a Ondara, dos desafíos, que -produjeron una gran emoción en la ciudad. En el primero -hirió gravemente a su adversario en el cuello; en -el segundo le dieron una estocada en el pecho que le -obligó a estar en la cama cerca de un mes.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_35" id="Page_35">[35]</a></span></p> - -<p>La patrona trataba a Eguaguirre con gran consideración. -Los demás oficiales de la fonda no se atrevían a -tutearle como a sus camaradas.</p> - -<p>Juan Eguaguirre era poco querido.</p> - -<p>Su impertinencia, su frialdad, su tendencia al malhumor, -su manera de hablar con desprecio de los hombres -y de las mujeres le hacían antipático.</p> - -<p>Era Eguaguirre alto, moreno, esbelto, de nariz fuerte -y bien dibujada, ojos negros, bigote corto, patillas pequeñas; -el pelo, bastante largo, con un mechón sobre la -frente. Eguaguirre tenía una gran elegancia; los ademanes, -siempre fáciles y académicos. Vestido de uniforme, -parecía un personaje. Al contemplarle por primera vez, -se veía que era un orgulloso, un conquistador que se -creía digno de todo.</p> - -<p>Esta seguridad de algunos hombres, que convencen -con su ademán de que tienen más derechos que los demás, -la poseía él en grado sumo. Cuando Eguaguirre entraba -en algún sitio, sobre todo donde hubiera mujeres, -era el primero; sentía la convicción de su valer, que llegaba -a comunicar a los otros.</p> - -<p>Por lo que se contaba, Eguaguirre había tenido disgustos -en su infancia, cuando vivía con su tío el coronel -del mismo apellido que fué encausado durante la -primera reacción de Fernando VII.</p> - -<p>Eguaguirre era puntilloso, de un amor propio exagerado, -que disimulaba con afectada indiferencia.</p> - -<p>El orgullo es, sin duda, planta que crece en las razas -viejas y en los pueblos en ruina. La vanidad es sentimiento -de países más jóvenes y con más ilusiones. El -orgullo es lo que queda a las razas y castas caídas.</p> - -<p>Eguaguirre era de una antigua familia acomodada de -Navarra, cuya casa y cuyos bienes habían desaparecido.</p> - -<p>Al encontrarse en la mesa de la fonda de la Marina, -Eguaguirre y el Capitán se sintieron hostiles.</p> - -<p>El Capitán habló a Eguaguirre en tono ligero, cosa -que al oficialito produjo enorme asombro.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_36" id="Page_36">[36]</a></span></p> - -<p>No sólo hizo esto, sino que al segundo día el Capitán -comenzó a interrogarle.</p> - -<p>—¿Es usted sobrino del coronel Eguaguirre?—le dijo.</p> - -<p>Eguaguirre no contestó.</p> - -<p>—¿Si es usted sobrino del coronel Eguaguirre?—volvió -a preguntar el Capitán.</p> - -<p>—¿Por qué me lo pregunta usted?</p> - -<p>—Por nada, por saberlo.</p> - -<p>—¿Es que yo le pregunto a usted quién es, ni quiénes -son sus parientes, por curiosidad?</p> - -<p>—No; pero puede usted preguntármelo. Yo le contestaré -si me parece.</p> - -<p>Eguaguirre miró con una sorpresa creciente al Capitán. -El tono ligero de éste le produjo verdadera estupefacción.</p> - -<p>Eguaguirre esperó a que terminara la comida, y acercándose -al Capitán le preguntó de un modo frío -y seco:</p> - -<p>—¿Qué tenía usted que decirme del coronel Eguaguirre?</p> - -<p>—Yo, nada. Que es un valiente y un buen liberal.</p> - -<p>—¿Lo dice usted como censura?</p> - -<p>—No; al contrario.</p> - -<p>La mano derecha del Capitán hizo entonces el signo -de reconocimiento de la masonería escocesa, al cual -contestó el teniente.</p> - -<p>—Sabía que era usted amigo o enemigo—dijo Eguaguirre—, -que no era usted persona indiferente.</p> - -<p>—Somos hermanos—replicó el Capitán.</p> - -<p>—Dígame usted qué quiere usted hacer aquí para que -le ayude.</p> - -<p>—Mi amigo Thompson y yo—dijo el Capitán—volvemos -de Grecia, donde hemos estado en compañía de -lord Byron. A la altura de este puerto tuvimos que desembarcar -y salir de la polacra siciliana donde íbamos -por imposición de los marineros, que habían supuesto -que Thompson, el enfermo y yo estábamos los tres<span class="pagenum"><a name="Page_37" id="Page_37">[37]</a></span> -apestados. Respecto a nuestros proyectos, Thompson -quiere marchar a España, y yo pienso ir a Marsella, -luego a Burdeos y trasladarme a Méjico.</p> - -<p>—Creo—repuso Eguaguirre—que lo que más le -conviene a usted es ir a Valencia.</p> - -<p>—No; no me entusiasma esa idea. El Angel Exterminador -tiene muchos agentes en esas ciudades del litoral -mediterráneo.</p> - -<p>—Sí, es verdad—dijo Eguaguirre estremeciéndose y -mirando a derecha e izquierda—. Entonces tendrá usted -que esperar un laúd que vaya directamente a un puerto -de Francia.</p> - -<p>Tras de una larga conversación a solas, Eguaguirre -intimó con el Capitán. Thompson, en cambio, nunca -simpatizó con el oficial de artillería. Este era aficionado -a dar largos paseos a caballo. Thompson prefería ir a -pescar.</p> - -<p>El Capitán, buen jinete, comenzó a acompañar a -Eguaguirre en sus paseos a caballo por los alrededores -de Ondara. Muchas veces se cruzaban con otros militares -jóvenes, y también con frecuencia con una damita -rubia y pequeña que, vestida de amazona y montada en -un caballo tordo, marchaba muy esbelta y elegante.</p> - -<p>—Es la coronela—dijo Eguaguirre al verla por primera -vez yendo en compañía del Capitán—. Es <i>mísis</i> -Hervés.</p> - -<p>—¿Inglesa?</p> - -<p>—Mixta, hija de un militar inglés y de una española.</p> - -<p>—¿Pero casada con un español?</p> - -<p>—Sí; con el gobernador del castillo.</p> - -<p>Otros muchos días se cruzaron con la coronela.</p> - -<p>El Capitán llegó a creer que entre la angloespañola y -Eguaguirre había algo, y que sus saludos fríos y corteses -escondían una pasión o un principio de amor.</p> - -<p>El Capitán, al parecer, conocía bien la vida y los tipos -de la milicia, porque pronto llegó a calar a Eguaguirre.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_38" id="Page_38">[38]</a></span></p> - -<p>—Este es un hombre de pasiones—le dijo a Thompson—, -sensual, poco inteligente. Aunque no me ha -dicho nada, le creo jugador y me figuro que está en relaciones -íntimas con la coronela.</p> - -<p>—Parece un hombre apático.</p> - -<p>—No, no. Es todo lo contrario: de una sensibilidad -aguzada y de un amor propio enfermizo. Toda esa indiferencia -es una comedia, una finta. Eguaguirre, por lo -que creo, es un caso curioso. Está en parte, desesperado, -porque se considera como liberal perseguido y cree que -no va a prosperar en el ejército; por otra parte, los amores -con la coronela y el juego le tienen en una continua -exaltación...</p> - -<p>La historia de Eguaguirre era interesante.</p> - -<p>Al poco tiempo después de salir de la Academia, a -mediados de 1822, había sido destinado a Valencia, -donde se afilió a la masonería. Eguaguirre era valiente -y estaba dispuesto a batirse para ascender en la carrera. -En 1823, después de la expedición de Bessieres, Eguaguirre -buscó la ocasión de salir al campo.</p> - -<p>El 19 de marzo, los cabecillas realistas Sempere y Ulman -sorprendieron Sagunto y se apoderaron del castillo. -El Gobierno ordenó al coronel Fernández Bazán que -saliera a atacar a los facciosos. Bazán encontró a los -realistas entre Sagunto y Almenara, y, a pesar de que -tenía menos fuerzas que ellos, los derrotó.</p> - -<p>Poco después, Bazán se encontraba en Chilches con -las tropas reunidas de Sempere y de Capapé y sufrió un -completo descalabro.</p> - -<p>Se habían unido Sempere, Capapé, Ulman, algunas -compañías de Prast y Chambó, y habían colocado sus -fuerzas de artillería en un repliegue del terreno. Bazán, -al ponerse en contacto con la primera línea de los realistas -la hizo retroceder; los realistas se acogieron a su -línea de trincheras. Bazán mandó que, al mismo tiempo -que avanzaba su infantería, la caballería diera una carga -por uno de los flancos; pero el escuadrón completo,<span class="pagenum"><a name="Page_39" id="Page_39">[39]</a></span> -en vez de obedecer, huyó cobardemente en todas direcciones; -los realistas rodearon a los constitucionales, y -éstos, entre los cuales estaba Eguaguirre, quedaron prisioneros.</p> - -<p>Los realistas ataron a los constitucionales y los llevaron -al castillo de Sagunto.</p> - -<p>Eguaguirre, que no tenía ideas políticas muy arraigadas -y a quien, en el fondo de su alma, lo mismo le daba -el rey absoluto que la Constitución, se desesperó al verse -atado como un bandido y conducido en manada -como cabeza de ganado.</p> - -<p>Eguaguirre tuvo que devorar durante el camino los -mas violentos ultrajes. <i>¡Lladres! ¡Negres! ¡Chudios!</i>—les -llamaban las viejas. ¡Mueran los franc-masones! -¡Mueran los asesinos de Elío!—gritaban los hombres.</p> - -<p>Cuando Eguaguirre llegó a entrar en el calabozo del -castillo de Sagunto, y se echó en un montón de paja, -lloró de desesperación y de rabia.</p> - -<p>Unos días después estaba el oficialito tendido en su -camastro, pensando en la posibilidad de ser fusilado, -cuando se abrió la puerta de la mazmorra y aparecieron -dos mujeres: una de ellas, la mujer del cabecilla Chambó; -la otra, la del coronel realista Espuny, gobernador -del castillo de Sagunto.</p> - -<p>La mujer de Chambó era una moza bravía, de Ulldecona, -frescachona y guapa; la de Espuny era del mismo -Valencia, una rubia perfilada y redicha.</p> - -<p>Las dos mujeres hablaron con Eguaguirre y decidieron -salvarle. Al día siguiente, el oficial era trasladado -de cuarto, y a la semana estaba libre para andar por la -ciudad.</p> - -<p>Entre las dos mujeres, la de Chambó y la de Espuny, -se estableció una rivalidad celosa por salvar a Eguaguirre. -El oficialito se dejó querer con su indiferencia de sultán.</p> - -<p>Un día, Chambó, que era hombre arrebatado y decidido, -detuvo a Eguaguirre, y, agarrándole de la solapa, -le provocó a un desafío.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_40" id="Page_40">[40]</a></span></p> - -<p>—No tengo armas—le contestó Eguaguirre, pálido de -cólera.</p> - -<p>—Yo le traeré a usted un sable—replicó el cabecilla -en su acento catalán rudo.</p> - -<p>Chambó volvió al poco tiempo con dos caballos y -dos sables.</p> - -<p>—Sígame usted—dijo.</p> - -<p>Montaron los dos a caballo y se dirigieron por el camino -de Valencia, al trote, sin hablarse.</p> - -<p>No haría cinco minutos que habían salido cuando dos -jinetes, al galope, fueron tras ellos.</p> - -<p>Llevaban un parte urgente para Chambó.</p> - -<p>El cabecilla, al leerlo, se enfureció, tiró la gorra al -suelo con rabia y comenzó a lanzar juramentos.</p> - -<p>—Espéreme usted aquí—dijo a Eguaguirre—. Vuelvo -en seguida.</p> - -<p>—Esperaré—contestó éste.</p> - -<p>Chambó desapareció, seguido de los dos hombres. -Eguaguirre quedó solo y reflexionó. Realmente, era una -tontería esperar; tenía el camino abierto ante él; un caballo -bueno; era excelente jinete. Se decidió, aflojó la -brida, dió dos espolazos y se lanzó camino de Valencia.</p> - -<p>Llegó a la ciudad, que estaba alarmada con las noticias -del avance de los franceses.</p> - -<p>Eguaguirre no se unió a las fuerzas constitucionales -del general Ballesteros; tenía una señora amiga de influencia -y se acogió a ella.</p> - -<p>Esta señora consiguió que Eguaguirre fuese purificado -al terminar la guerra y enviado a Ondara.</p> - -<p>A pesar de sus maniobras para ocultar el pasado, -Eguaguirre no había podido borrar del todo las huellas -en su liberalismo, y los voluntarios realistas de Ondara -sospechaban de él y le espiaban.</p> -<hr class="chap" /> -<p><span class="pagenum"><a name="Page_41" id="Page_41"></a></span></p> - - - - -<h3 id = "I_VI">VI.<br /> -EL MIRADOR DEL CASTILLO</h3> - - -<p><span class="smcap">Un</span> día, Eguaguirre dijo a sus nuevos amigos, el Capitán -y Thompson, que la coronela quería conocerlos -y que les invitaba a tomar el té en el mirador del -castillo. Aceptaron los dos invitados con satisfacción.</p> - -<p>Por la tarde, Eguaguirre, Thompson y el Capitán montaban -a caballo delante de la fonda de la Marina, entraban -por la puerta de Tierra y subían las cuestas de la -ciudadela.</p> - -<p>Thompson, a cada paso se paraba, admirado, entusiasmado, -a contemplar el paisaje. El día era de viento -sur, luminoso y sofocante; una languidez pesada parecía -desprenderse del cielo, azul obscuro, y del mar, verde -e inmóvil.</p> - -<p>—¡Qué vista más espléndida!—exclamaba el inglés, -sacando el pañuelo para enjugarse la cara.</p> - -<p>El Capitán sonreía, y Eguaguirre, con cierta impaciencia, -murmuraba:</p> - -<p>—La señora de Hervés nos espera. No lleguemos -tarde.</p> - -<p>En pocos minutos subieron a la parte alta del castillo; -pasaron por delante de una casamata, a cuya entrada se -veían unos cuantos soldados; Eguaguirre llamó a uno, -le entregó las riendas y bajó del caballo.</p> - -<p>Thompson y el Capitán hicieron lo mismo, y se acer<span class="pagenum"><a name="Page_42" id="Page_42">[42]</a></span>caron -los tres al pabellón donde vivía el coronel; llamó -Eguaguirre, y les pasaron por un patio hasta el jardín -del mirador.</p> - -<p>La señora de Hervés les salió al encuentro, y Eguaguirre -hizo las presentaciones.</p> - -<p>Era la coronela una mujer de mediana estatura, más -bien baja que alta, los ojos negros, el pelo rubio castaño, -la boca de almendra, el cuello redondo y las manos -muy pequeñas.</p> - -<p>—¿Esta señorita es la hija del coronel?—preguntó el -Capitán, aunque sabía que no lo era.</p> - -<p>—No; es la coronela auténtica—repuso Eguaguirre.</p> - -<p>—No me llame usted coronela, ¡por Dios!—dijo ella.</p> - -<p>—Es para convencer a este amigo de lo que es usted -y de que no es usted una supuesta hija del coronel.</p> - -<p>—Este señor es muy galante.</p> - -<p>—No; de verdad que parece usted una muchachita -soltera—replicó el Capitán—, y hace usted muy bien -al protestar de que la llamen coronela, porque esta palabra -parece que ha de referirse siempre a alguna señora -vieja y avinagrada.</p> - -<p>Thompson cambió unas palabras con Kitty; le pidió -después permiso para contemplar las vistas desde el mirador -y desde la batería del Rey. Kitty le acompañó, señalándole -los pueblos y los montes que se veían a lo -lejos. Thompson miraba el paisaje con exclamaciones de -entusiasmo.</p> - -<p>Eguaguirre y el Capitán hablaban. El jardín aquel era -pequeño y tupido. Los rosales y los mirtos estaban cuajados -de flor, y en las manchas verdes de follaje de las -enredaderas brillaban las campanillas blancas, rojas y -moradas.</p> - -<p>En un extremo del jardín se levantaba el castillejo o -castellet, antigua torre del homenaje, desde donde se dominaban -los alrededores casi a vista de pájaro, como -desde un globo.</p> - -<p>Recorrieron Thompson y Kitty los rincones de la ba<span class="pagenum"><a name="Page_43" id="Page_43">[43]</a></span>tería, -y descendieron por una escalerilla de piedra al jardín, -a reunirse con el capitán y Eguaguirre. Se sentaron -en unas butacas de mimbre y charlaron los cuatro.</p> - -<p>Kitty era hija de un militar inglés y de una señora -alavesa, de Vitoria. Había quedado huérfana muy joven -y se había casado con el coronel Hervés, que le llevaba -más de treinta años de edad.</p> - -<p>Después de un largo rato de conversación, Kitty les -invitó a subir a una galería abierta que daba al jardín, -por unas gradas. Esta galería tenía unos arcos. En ella, -un criado estaba preparando un refrigerio. El Capitán y -Eguaguirre tomaron café, y Kitty y Thompson, té.</p> - -<p>Desde la galería, a través de los cristales, se veía el -cuarto de trabajo de la coronela. Kitty les hizo pasar a -sus invitados para verlo. Tenía una pequeña biblioteca, -un piano y un arpa, y cuadernos de música clásica y de -canciones populares inglesas.</p> - -<p>Los entusiasmos literarios de Kitty eran Walter Scott, -lord Byron y Schelley. Sentía un gran entusiasmo por -Diana Vernon, la heroína de Rob Roy, a quien confesaba -había querido imitar. También tenía en la biblioteca -obras de Sterne, Fielding y Goethe.</p> - -<p>El Capitán miró todos los libros, las estampas y un -retrato de mujer pintado al óleo.</p> - -<p>—¿Quién es? ¿Quizá su madre?—preguntó.</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—¿Vive?</p> - -<p>—No. Murió cuando yo nací. No la he conocido.</p> - -<p>—A juzgar por el retrato, debía ser una mujer encantadora.</p> - -<p>—Todos los que la conocieron hablan de ella con entusiasmo.</p> - -<p>Kitty quedó melancólica.</p> - -<p>Eguaguirre, para borrar esta impresión, instó a Kitty a -que cantara, y ella, sin hacerse rogar, cantó acompañándose -con el arpa algunas canciones irlandesas, que -produjeron un gran entusiasmo en Thompson.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_44" id="Page_44">[44]</a></span></p> - -<p>Tras de recibir los plácemes de todos, Kitty fué a la -mesita, donde guardaba sus papeles de música, y sacó -el <i>Don Juan</i>, de Mozart.</p> - -<p>—¡Ah! Mozart—exclamó Thompson—. Conozco algunas -de sus sonatas. Dicen que <i>Don Juan</i> es de una -música muy obscura.</p> - -<p>—Yo no lo creo así—contestó Kitty.</p> - -<p>—Vamos—le dijo a Eguaguirre—. Cante usted.</p> - -<p>—¡Oh! No, no. Por Dios. Es molestar a estos señores.</p> - -<p>—De ninguna manera.</p> - -<p>Eguaguirre insistió en que lo hacía mal; pero, al fin, -cantó con gran maestría la serenata de <i>Don Juan</i>.</p> - -<p class="center p2">Deh vieni alla finestra.</p> - -<p class="p2">—¡Admirable!—exclamó Thompson—. ¡Magnífico!</p> - -<p>Eguaguirre perdió su habitual expresión de tedio y -quedó confuso y sonrojado de placer.</p> - -<p>Después Kitty entonó el aire de <i>Doña Elvira</i>:</p> - -<p class="center p2">In quali eccesi o numi,</p> - -<p class="p2">y tras de éste la coronela y el teniente cantaron el admirable -dúo de <i>Don Juan</i> y de <i>Zerlina</i>,</p> - -<p class="center p2">La ci darem la mano,</p> - -<p class="p2">que tuvieron que repetir una porción de veces.</p> - -<p>Daban a la canción una gran malicia y desenvoltura -que ocultaba, sobre todo en ella, su entusiasmo amoroso. -No había necesidad de ser muy psicólogo oyéndolos -a los dos para comprender que había entre ellos algo -más que una efusión artística.</p> - -<p>Era lástima viéndolos tan bellos el pensar que sólo -saltando por encima de las leyes y afrontando el desprecio -de la multitud podían llegar a unirse.</p> - -<p>¿Habrían dado el salto?—pensó el Capitán—. Todo -hacía creer que Eguaguirre no era de los hombres que -sienten temor a coger las flores al borde del precipicio.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_45" id="Page_45">[45]</a></span></p> - -<p>Después del concierto y del canto charlaron largamente. -El Capitán había conocido a lord Byron, por -quien Kitty tenía gran admiración, y contó sus entrevistas -con el noble poeta. También había conocido a la -amazona realista Josefina Comerford, y esta dama interesaba -de tal manera a Kitty, que el Capitán tuvo que -describirla con gran lujo de detalles.</p> - -<p>Al anochecer se presentó en la galería el coronel Hervés, -el marido de Kitty.</p> - -<p>Era un hombre viejo, opaco, frío, con una amabilidad -desdeñosa y una manera de hablar balbuceante, de paralítico.</p> - -<p>Kitty presentó al Capitán y a Thompson, y el coronel, -tomándole a éste por su cuenta, se puso a explicarle -un sinfín de menudencias burocráticas que a él, sin -duda, le parecían importantísimas.</p> - -<p>Hablaba de una manera fatigosa y pesada:</p> - -<p>—En estas cuestiones ¡ejem!... hay que atenerse a la -parte ex... po... si... ti... va ¡ejem! como a la dis... po... -si... ti... va ¡ejem! ¡ejem! ¿Usted me comprende? Porque -si usted no se fija mas que en la parte dis... po... si... -ti... va ¡ejem! ¡ejem! no podrá comprender el sentido -claro y preciso que el legislador ¡ejem! ¡ejem! ha querido -dar a la ley... ¡ejem! ¡ejem!</p> - -<p>Thompson soportó lo más amablemente los ¡ejem! -¡ejem! y las explicaciones pesadísimas del coronel; Kitty -mientrastanto sonreía con aire de excesiva amabilidad, -y Eguaguirre, con su aspecto habitual de tedio y de -desesperanza, miraba hacia el mar.</p> - -<p>Era ya de noche. Los contertulios se despidieron del -coronel y de su señora y montaron a caballo.</p> - -<p>La noche estaba espléndida. Thompson fué mostrando -la Osa Mayor y Arturus, la Estrella Polar, la Corona -Boreal, Casiopea, en medio de la Vía Láctea, y los -grandes astros, como Capella, Altair y Aldebaran...</p> - -<p>El mar murmuraba allá abajo y se oía el rítmico batir -de sus olas.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_46" id="Page_46">[46]</a></span></p> - -<p>Al acercarse a la batería de San Antón sonó el grito -del centinela.</p> - -<p>—¡Centinela, alerta!</p> - -<p>Y después los alertas se oyeron más lejanos, hasta -que volvieron a acercarse.</p> - -<p>Llegaron a la puerta de Tierra. Eguaguirre habló con -el capitán de Llaves, y los tres pasaron al pueblo.</p> -<hr class="chap" /> -<p><span class="pagenum"><a name="Page_47" id="Page_47"></a></span></p> - - - - -<h3 id="I_VII">VII.<br /> -LOS OFICIALES</h3> - - -<p><span class="smcap">En</span> los buenos tiempos en que el castillo de Ondara -era una fortaleza importante, el cuadro del Estado -Mayor de la plaza estaba completo y la oficialidad -era numerosa. Había entonces un gobernador, el teniente -del rey, el sargento mayor o mayor de plaza, el asesor, -los comisarios, el comandante de Artillería, el comandante -de Ingenieros, los ayudantes y el capitán de -Llaves.</p> - -<p>En el tiempo de decadencia del castillo, después de la -guerra de la Independencia, ya estos cargos no tenían -más valor que un valor burocrático. En esta época de la -segunda reacción de Fernando VII, el cuadro de oficiales -del ejército no ofrecía el carácter homogéneo de la -oficialidad anterior a la guerra de la Independencia; ya -no era ésta exclusivamente aristocrática, sino mezclada; -los jóvenes de buenas familias se encontraban revueltos -con los antiguos guerrilleros, con los liberales traidores -y luego purificados y con los aventureros absolutistas -que habían ganado sus grados a las órdenes de Mosén -Antón, el Trapense, Bessieres o Quesada.</p> - -<p>Entre los oficiales de la guarnición de Ondara había -individuos de estos diversos orígenes.</p> - -<p>En un pueblo de escasa población y sin vida política -no era fácil que las divergencias ideológicas de militares<span class="pagenum"><a name="Page_48" id="Page_48">[48]</a></span> -y paisanos se hicieran más intensas, y, efectivamente, -allí se amortiguaban; en cambio, las categorías sociales -se acusaban y se llegaban a aquilatar los más ligeros -matices de riqueza, distinción y superioridad.</p> - -<p>Kitty había querido influír y suavizar estas diferencias -en su tertulia del jardín del Mirador.</p> - -<p>Al principio iban muchos oficiales de la guarnición; -luego comenzaron a faltar y, al último, quedaron una -media docena.</p> - -<p>De las señoras nunca fueron mas que dos o tres.</p> - -<p>Sabido es, y ya lo demostró un fraile en un librito -publicado a fines del siglo XVIII, titulado <i>Los peligros de -las tertulias</i>, que estas reuniones tienen muchos agarraderos -para las uñas del Diablo.</p> - -<p>Las señoras de Ondara, como la señora doña Proba, -que aparece en el librito del fraile, creían muy peligrosas -las tertulias de Kitty, y no iban.</p> - -<p>De los hombres, uno de los más asiduos eran don Jesús -Martín, el médico del regimiento, hombre grueso, -lento en el hablar, muy gráfico y exacto. Don Jesús era -el más entusiasta de los contertulios de Kitty, un adorador -incondicional de su inteligencia y de su gracia.</p> - -<p>Otro de los contertulios temido por su pesadez era el -capitán Barrachina, hombre alto, de pecho saliente, que -se creía conquistador. Barrachina tenía los ojos negros, -el bigote retorcido, las patillas cortas y el color bilioso.</p> - -<p>Barrachina era una buena y estúpida persona, con la -mentalidad de un muchacho de diez y seis años. No -había leído nada en su vida. Creía que ser un hombre—y -él suponía una gran cosa—era ser un fantoche -vestido de uniforme, con el pecho muy abombado y el -ademán desafiador.</p> - -<p>Barrachina tenía muchos hijos, y mientras su mujer -bregaba con ellos, él paseaba su estupidez por el -pueblo.</p> - -<p>Barrachina hacía la gracia de desacreditar a su -mujer; contaba si llevaba postizos, si se apretaba el<span class="pagenum"><a name="Page_49" id="Page_49">[49]</a></span> -corsé, indiscreciones que a Kitty molestaban profundamente.</p> - -<p>Otro de los asiduos a la tertulia era el capitán Embun, -aragonés, hombre fuerte, alto, tosco, de pómulos salientes, -que había campeado con los realistas de Eroles, y -estaba enamorado de Kitty. A veces le decía a Eguaguirre:</p> - -<p>—Esta mujer me vuelve loco—y añadía—: Y está por -usted.</p> - -<p>También solían frecuentar el pabellón de Kitty un teniente -de artillería, de anteojos, muy tímido y distinguido, -que se llama Urbina, y que vivía en la misma fonda -de la Marina, y un farmacéutico muy míope y muy -pedante.</p> - -<p>Urbina, que tenía gran amistad con Kitty, no se hablaba -con Eguaguirre.</p> - -<p>El coronel Hervés andaba siempre en compañía de un -comandante, don Santos, hombre de aspecto hipócrita y -tan pesado como el coronel. Este don Santos hablaba -en párrafos redondos y con distingos. Los <i>sin embargo</i>, -los <i>si bien es verdad</i>, los <i>si es cierto que</i>, estaban constantemente -en su boca.</p> - -<p>A sus largas oraciones no se les veía el fin, eran capaces -de quitar la paciencia a cualquiera. Para hacerlas -más exasperantes, terminaba diciendo: ¿Está claro? ¿Se -da usted cuenta? ¿Ha comprendido usted el sentido? ¿Me -entiende usted bien?</p> - -<p>En la tertulia de Kitty se jugaba al tresillo, y a veces -se cantaba y se tocaba el piano.</p> - -<p>De las señoras, únicamente la mujer de un capitán, -una andaluza muy graciosa que parecía un chico, iba -alguna que otra vez y hablaba como una cotorra e imitaba -con mucha chispa a todo el mundo.</p> -<hr class="chap" /> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_50" id="Page_50"></a> -<a name="Page_51" id="Page_51"></a></span></p> - - - - -<h3 id="I_VIII">VIII.<br /> -URBINA</h3> - - -<p><span class="smcap">Thompson</span> hizo amistades con Miguel Urbina, el -teniente de artillería tímido y distraído que vivía -en la misma fonda y frecuentaba la tertulia de Kitty.</p> - -<p>Urbina era hombre de estudio; tenía gran afición y -entusiasmo por las matemáticas y se preocupaba de los -problemas científicos de la guerra.</p> - -<p>Estaba desde hacía tiempo escribiendo unas observaciones -acerca de la teoría analítica de las probabilidades -de Laplace, trabajo que absorbía todo su tiempo.</p> - -<p>Urbina no podía comunicar sus dificultades y sus dudas -a sus compañeros, porque entre los oficiales del -castillo no había ninguno que pasara de saber las cuatro -reglas.</p> - -<p>El matemático no tenía amigos. No se entendía bien -con los demás oficiales.</p> - -<p>No cabe duda que el Ejército, noble y esforzado en -tiempo de guerra, se convierte en una baja institución -rutinaria en tiempo de paz. El militar formado en el campo -de batalla, entre el humo de la pólvora y el vaho de -la sangre, tiene siempre algo superior a su empleo, que -borra el carácter de la reglamentación estrecha y de las -ordenanzas de una disciplina chinesca; en cambio el que -no ha tenido más campo de acción que la oficina o el -rincón maloliente del cuartel, se hace el más incomprensivo -de los burócratas.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_52" id="Page_52">[52]</a></span></p> - -<p>Urbina, que era hombre de preocupaciones elevadas, -no podía convivir a gusto con sus compañeros, que no -hablaban con entusiasmo mas que del sueldo y del escalafón -y cuyo único entretenimiento era jugar a las cartas.</p> - -<p>Como hombre tímido y sabio, Urbina había tenido -que sufrir muchas bromas de jóvenes oficiales estúpidos -y petulantes.</p> - -<p>Kitty, que comprendía la clase de hombre que era el -teniente, le acogía con su más amable sonrisa y sabía -tratarle con tanta amabilidad, que el Mirador del castillo -era el único sitio donde el oficial se encontraba a gusto.</p> - -<p>Urbina tenía esa timidez que no depende de la inteligencia, -ni aun de la voluntad, sino que parece que está -en los músculos, que se niegan a obedecer.</p> - -<p>El teniente era capaz de pensar con claridad, de intentar -realizar lo pensado con audacia, de marchar con -ímpetu; pero llegaba un momento en que sus nervios -flaqueaban y se sentía paralizado. En esta situación de -azoramiento, cualquier cosa, abrir una puerta, saludar, -salir de una habitación, le dejaba confuso, vacilante, en -una actitud de perplejidad que a él le resultaba embarazosa -y triste y a los demás muy cómica. La gente se -reía de él, y a consecuencia de esto, Urbina, al verse tan -absurdo y tan poco consecuente consigo mismo, iba aislándose.</p> - -<p>Urbina y Thompson se hicieron amigos y se les veía -pasearse juntos con mucha frecuencia por el castillo y -por el muelle. Cuando hubo confianza entre los dos, Urbina -habló de Kitty y de Eguaguirre:</p> - -<p>—¿Qué vida hace la señora de Hervés?—le preguntó -Thompson.</p> - -<p>—Una vida muy independiente. Por la mañana toma -su baño, luego da un paseo a caballo, lee, escribe, hace -excursiones en lancha. Al anochecer recibe a sus -amigos.</p> - -<p>—¿Y el pueblo ve bien este espíritu de independencia -de nuestra amiga?</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_53" id="Page_53">[53]</a></span></p> - -<p>—No. ¡Ca! El pueblo entero está contra ella. Se la -considera loca, rara, absurda.</p> - -<p>—No es extraño.</p> - -<p>—Luego se habrá usted fijado en que Kitty tiene un -gran desprecio por todas las vulgaridades y lugares comunes -que forman como el caparazón constante de la -gente mezquina. Muchas veces es capaz de llevar la contraria -a una persona que defiende una opinión cierta, no -porque ella piense lo contrario, sino porque tanta seguridad -en una idea vulgar, aunque sea exacta, le -repugna.</p> - -<p>—Así, tiene que tener muchas enemistades.</p> - -<p>—Figúrese usted.</p> - -<p>—No le perdonarán esta independencia de espíritu.</p> - -<p>—No. ¡Ca! A un hombre no se le perdona tener ingenio -y un poco de nobleza de espíritu; a una mujer, -mucho menos.</p> - -<p>—¡Lástima!</p> - -<p>—Sí. Kitty no es nada simpática en Ondara. Su originalidad -ha parecido a las señoras del pueblo una -muestra de extravagancia. No se puede encontrar por -ahora en su conducta nada digno de tacha, pero se cree -que no tardará en encontrarse. Su ingenio y su cultura -son muy sospechosos para las damas ondaresas. No -queremos ir a verla—dicen—. ¡Es tan sabia! Nos pregunta -los libros que leemos, sabiendo que no leemos -ninguno. Para estas damas cuanto hace Kitty es una -ridiculez y una pedantería. Para ellas todo lo que no sea -hablar con el novio en la reja, si son solteras, confesarse -con el curita jacarandoso u ocuparse de trapos, es absurdo.</p> - -<p>—Así que Kitty estará muy aislada.</p> - -<p>—Completamente.</p> - -<p>—¡Parece mentira! ¡Una mujer tan simpática!</p> - -<p>—Y tan buena—repuso Urbina.</p> - -<p>—¿Usted cree que es buena de verdad?—preguntó -Thompson.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_54" id="Page_54">[54]</a></span></p> - -<p>—Sí; muy buena y muy inteligente. No encontrará -usted en ella envidia, ni rencor, ni ningún sentimiento -bajo; únicamente, orgullo; pero un orgullo noble de verse -superior a la generalidad.</p> - -<p>—Esto habrá contribuído a la antipatía general.</p> - -<p>—Seguramente; Kitty tiene la vaga sospecha de que -todas las superioridades se pagan. La finura, la gracia, -la amabilidad desarman y domestican un momento a las -gentes cerriles; pero es una domesticación pasajera, porque -el bruto vuelve pronto a ser agresivo.</p> - -<p>—¿Y cree usted que hay algo entre Eguaguirre y ella?</p> - -<p>—Usted habrá notado lo mismo que yo lo que hay.</p> - -<p>—¿Qué le parece a usted Eguaguirre? A mí me da la -impresión de un egoísta frenético.</p> - -<p>—Sí; es un gran egoísta; pero, al mismo tiempo, -hombre tímido, violento y sensible. No tiene freno; el -menor contratiempo le amilana y le sume en una desesperación -sombría.</p> - -<p>—Pues, si Kitty está enamorada de él, como parece—dijo -Thompson—, Eguaguirre la hará desgraciada.</p> - -<p>—Sí; por petulancia, por estupidez, por darse tono.</p> - -<p>Urbina contó a Thompson la causa de haber reñido -con Eguaguirre. Urbina había comenzado a galantear a -una muchacha del pueblo, huérfana, de una familia rica, -a quien llamaban Dolores y también la <i>Clavariesa</i>, y -Eguaguirre se interpuso haciendo el amor a la muchacha -y entrando en su casa.</p> - -<p>El tutor había cogido a su pupila y la había llevado -al convento de Monsant, en donde estaba por el momento. -Desde entonces, Urbina no quería tratar con -Eguaguirre, y únicamente cruzaba con él algunas fórmulas -de cortesía cuando se encontraba en su presencia -delante de Kitty.</p> - -<p>—No quiero tener amistad con él—concluyó diciendo—. -Me busca; ha intentado darme explicaciones, -pero estoy dispuesto a no transigir.</p> -<hr class="chap" /> -<p><span class="pagenum"><a name="Page_55" id="Page_55"></a></span></p> - - - - -<h3 id="I_IX">IX.<br /> -RECOMENDACIÓN DE KITTY</h3> - - -<p><span class="smcap">Las</span> guarniciones, como los seminarios y los conventos, -tienen todos los vicios y las hipocresías -de los grupos colegiados.</p> - -<p>La proximidad del hombre para el hombre es corruptora: -un cuartel, un colegio, o un convento siempre serán -un centro de fermentaciones pútridas. Al hombre, -sin duda, le dignifica la soledad; el campo, cuanto más -deshumanizado, es más sano para el espíritu.</p> - -<p>La tropa de un pueblo, en tiempo de paz, es uno de -los mayores focos de corrupción. Únicamente, el clero -puede ponerse a veces a la altura del ejército en rapacidad, -en lubricidad y en malas costumbres. Difícil será -encontrar en una guarnición nada alto, levantado y noble; -en cambio la envidia, la malevolencia, el odio crecen -de una manera lozana y fuerte.</p> - -<p>Pronto se enteraron Thompson y el Capitán de las -historias y murmuraciones de Ondara...</p> - -<p>Una tarde de día de fiesta, en que todo el pueblo estaba -en el campo, entró Thompson sin meter ruido en -su cuarto y se tendió en la cama. Durmió un rato. Había -dejado la ventana que daba a la galería abierta, y -al despertarse oyó un rumor de conversación.</p> - -<p>Se asomó a curiosear, y vió al comandante don Santos -que hablaba con un joven oficial de la fonda.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_56" id="Page_56">[56]</a></span></p> - -<p>El hombre de las perífrasis y de los circunloquios excitaba -al joven oficial a que espiara a Eguaguirre y a los -dos extranjeros sospechosos. Thompson oyó toda la -conversación, esperó a que se marcharan los militares, -y cuando se fueron, salió a la calle a buscar a Eguaguirre -y al Capitán, que estaban jugando al tresillo en casa -de un comerciante de la calle Mayor.</p> - -<p>Thompson explicó lo que había oído.</p> - -<p>—¿Qué ha dicho don Santos de mí?—preguntó Eguaguirre.</p> - -<p>—Ha dicho que un tío de usted, que comenzó su vida -militar de guerrillero con Mina, fué perseguido como -conspirador, en 1816, en Denia; que su mismo tío castigó -con rudeza a los realistas de Villarrobledo, en 1823, -y que usted está en relación con él.</p> - -<p>—¡Bah! No es cierto. Y el oficial, ¿qué decía?</p> - -<p>—Decía que no; que usted es un hombre indiferente -a la política; que todas sus aspiraciones consisten en tener -dinero y en hacer el amor a las mujeres, y que es -usted el amante de la señora de Hervés.</p> - -<p>Eguaguirre se puso serio y palideció.</p> - -<p>—También ha contado la historia de una novia de -usted, a quien han tenido que meter en un convento.</p> - -<p>—Nada; que no hay manera de vivir aquí sin que la -gente se meta en lo que uno hace y en lo que no hace—exclamó -Eguaguirre furioso.</p> - -<p>—Y de nosotros, ¿no ha dicho nada?—preguntó el -Capitán.</p> - -<p>—De nosotros ha dicho don Santos que somos masones -y que va a mandar las señas nuestras a la policía.</p> - -<p>El Capitán quedó intranquilo:</p> - -<p>—Ese hombre debe ser de la sociedad El Angel Exterminador—murmuró.</p> - -<p>—Es probable—dijo Eguaguirre.</p> - -<p>—¿Algún espía pagado por esa sociedad?—preguntó -Thompson.</p> - -<p>—No; pagado, no—repuso Eguaguirre—; el coman<span class="pagenum"><a name="Page_57" id="Page_57">[57]</a></span>dante -ejerce, seguramente, el espionaje para prosperar, -para ascender. Ya no tenemos los militares españoles -guerra, ni posibilidad de ella en mucho tiempo; ya no -se puede llegar como Mina, el Empecinado o Renovales, -en seis años, de soldado a general, y la gente que -quiere hacer carrera intriga y espía.</p> - -<p>El Capitán estaba pensativo.</p> - -<p>Las noticias que llegaban de la persecución de liberales -en Valencia y en Cataluña eran para llenar de espanto -a cualquiera. Se contaban historias terribles del -Angel Exterminador. Por toda la costa del Mediterráneo -las venganzas de los absolutistas eran espantosas.</p> - -<p>Al ver la intranquilidad del Capitán, Eguaguirre le -dijo:</p> - -<p>—No tenga usted cuidado. Vaya usted a ver a Kitty -y háblele francamente. El coronel hará lo que ella le indique.</p> - -<p>—¿Pero no contará lo que se le diga, sin malicia...?</p> - -<p>—No, no; puede usted fiarse en Kitty mejor que en -un hombre.</p> - -<p>El Capitán fué a visitar a la señora de Hervés y le expuso -sus temores. Ella le tranquilizó, asegurándole que -influiría en su marido y pararía los golpes de don Santos.</p> - -<p>El Capitán volvió al lado de Eguaguirre diciendo que -Kitty era una mujer encantadora.</p> - -<p>Unos días después, la señora de Hervés escribía a -Thompson una carta rogándole que fuera a verla.</p> - -<p>Thompson fué y charlaron largo rato.</p> - -<p>—¿Quién es el Capitán?—preguntó Kitty con curiosidad—. -Me ha dado la impresión de un hombre extraño, -de un personaje de novela.</p> - -<p>—El Capitán es un aventurero—contestó Thompson—; -un tipo de estos que, en otro tiempo, hubiera -sido un <i>condottiere</i> italiano o un compañero de Hernán -Cortés en Méjico.</p> - -<p>—¿Y usted dónde le ha conocido?</p> - -<p>—Yo le conocí en un barco, al dejar Missolonghi. El<span class="pagenum"><a name="Page_58" id="Page_58">[58]</a></span> -llegaba de Alejandría, de Egipto; había ido a Missolonghi -a verse con lord Byron, y como el lord estaba enfermo, -esperaba el desenlace de la enfermedad. Al saber -su muerte, se decidió a volver a Occidente y entró en la -misma corbeta griega que nosotros. En ella fuimos a -Nápoles, donde nos embarcamos en la polacra siciliana, -en la que llegamos hasta aquí; el amigo mío, que murió -luego en el lazareto, se agravó en la enfermedad; los marineros -comenzaron a decir que tenía la peste, y obligaron -al capitán del barco a desembarcarlo. Yo no quise -abandonar a mi amigo; el Capitán protestó; pero como -la tripulación estaba contra nosotros, tuvimos que salir -los tres.</p> - -<p>—¿Y de dónde es el Capitán?—preguntó Kitty.</p> - -<p>—Actualmente, es súbdito inglés; pero creo que ha -nacido en España.</p> - -<p>Hablaron de otras cosas, y de pronto la coronela dijo:</p> - -<p>—Usted es amigo de Miguel Urbina, ¿verdad?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—Y el Capitán, ¿no le trata?</p> - -<p>—Muy poco.</p> - -<p>—Dígale usted que se haga amigo de él. Yo le quiero -mucho a Urbina. Es un corazón excelente. Miguel está -enamorado de una muchacha encerrada en un convento -de aquí cerca, el convento de Monsant.</p> - -<p>—Sí; me ha contado sus amores.</p> - -<p>—¡Ah! ¿Le ha contado a usted sus amores?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—Pues yo desearía que ustedes le animaran, le ayudasen -para que hiciese algo por esa muchacha, aunque -fuese una locura. El quedaría satisfecho, y ella es posible -que al verle capaz de una hombrada le quisiera.</p> - -<p>—Nada, le animaremos—dijo Thompson—; intentaremos -impulsarle a que tome una actitud heroica.</p> - -<p>Se despidió Thompson de la señora de Hervés, y por -la noche contó al Capitán la conversación que habían -tenido y el proyecto de que hablaron.</p> -<hr class="chap" /> -<p><span class="pagenum"><a name="Page_59" id="Page_59"></a></span></p> - - - - -<h3 id="I_X">X.<br /> -EXPLICACIÓN</h3> - - -<p><span class="smcap">Puesto</span> que nuestra encantadora amiga Kitty ha hecho -a usted esa recomendación—dijo el Capitán—, -trataremos de servirla. Amor, con amor se paga. -¿Usted ha comprendido la causa de ese encargo, amigo -Thompson?</p> - -<p>—No.</p> - -<p>—Pues yo se la explicaré a usted. Kitty está enamorada -locamente de Eguaguirre y quiere tenerlo seguro; -teme alguna veleidad de su amante por esa muchacha -encerrada en el convento de Monsant, de que usted habrá -oído hablar, que llaman Dolores la <i>Clavariesa</i>, y va -buscando que Urbina se case con la Dolores.</p> - -<p>—¡Bah! ¿Usted cree en todo lo que se cuenta?</p> - -<p>—Conozco la historia en sus detalles—replicó el Capitán—. -Al llegar Juanito Eguaguirre al pueblo, había -aquí dos mujeres que los poetastros de la localidad llamaban -las dos beldades de Ondara: una era Kitty; la -otra, una huérfana rica, a quien por haber tenido no sé -qué cargo honorífico en el Calvario, llamaban la <i>Clavariesa</i>; -Kitty tenía el prestigio de su elegancia, de su cultura, -de su aspecto extranjero; la <i>Clavariesa</i> era una -mujer hermosa, con la perfección de líneas de una modelo -de Praxiteles. Esta <i>Clavariesa</i> era la pupila de un -abogado llamado Vicente Fenoller. Fenoller, uno de los<span class="pagenum"><a name="Page_60" id="Page_60">[60]</a></span> -grandes hombres del pueblo, es un señor de gran fachenda, -abogado elocuente, regionalista entusiasta y católico -fanático. Fenoller ha casado a un hijo suyo con -una mujer rica, y piensa casar al otro con su pupila la -<i>Clavariesa</i>. La tía de la muchacha no es nada partidaria -de tal matrimonio.</p> - -<p>En este estado de rivalidad entre Kitty y la <i>Clavariesa</i>, -vino Urbina, y, a pesar de su timidez y de su apocamiento, -fué acogido por las dos rivales con sus más -graciosas sonrisas. Urbina, si hubiera sido un hombre -valiente y de poca preocupación moral, se hubiera lanzado -a galantear a Kitty; pero no tuvo bastante ánimo -para ello, y se dedicó a hacer el amor a la <i>Clavariesa</i>, -que al principio le correspondió. En tal situación se presentó -Eguaguirre en Ondara.</p> - -<p>Al primer mes de estar aquí el teniente había dado un -escándalo; había ganado y perdido fuertes sumas en el -juego, y había tenido un desafío, en el cual hirió gravemente -a su adversario.</p> - -<p>Eguaguirre comenzó sus amores en Ondara por partida -doble: galanteaba a una muchacha del barrio de -pescadores y a la coronela. Kitty se divertía con este -galanteo, que consideraba inocente. Eguaguirre, que es -un egoísta furibundo, se encontraba mal de dinero, y al -saber que Dolores la <i>Clavariesa</i> era rica y huérfana, no -se cuidó para nada de su amigo Urbina, ni de la coronela, -ni de la muchacha del barrio de pescadores, y escribió -a Dolores una carta de amor. La <i>Clavariesa</i> le aceptó -con gran entusiasmo. Estas permutaciones amorosas -fueron la comidilla del pueblo. La coronela se eclipsó, y -Urbina hizo lo mismo. Entonces Fenoller, el tutor de la -Dolores, advirtió a ésta que Eguaguirre era un perdido, -jugador, mujeriego, que no quería mas que su dinero.</p> - -<p>—El que no quiere mas que mi dinero es usted—le -contestó ella violentamente, y aseguró que no, que no la -casarían con otro.</p> - -<p>Fenoller cogió a su pupila, y con engaños la llevó al<span class="pagenum"><a name="Page_61" id="Page_61">[61]</a></span> -convento de Monsant. Eguaguirre se olvidó al momento -de la <i>Clavariesa</i>, y volvió a ser el caballero de Kitty, -que le aceptó con todas las consecuencias.</p> - -<hr class="tb" /> - -<p>—No comprendo el éxito de Eguaguirre—dijo -Thompson.</p> - -<p>—Mi querido amigo—replicó el Capitán—; el éxito -de Eguaguirre es, como todos los éxitos, un poco fatal y -un poco injusto. Hay hombres que tienen disposiciones -para amar, para querer, y otros para ser queridos. Hablo -desde un punto de vista casi físico, sexual. Eguaguirre -es de estos últimos. Ha nacido con la facultad de ser -apetecible para el sexo contrario. ¿Cuál es esa facultad? -¿En qué consiste? ¿Cómo la ha desarrollado? No lo sé.</p> - -<p>—Encuentro muy problemático lo que usted dice.</p> - -<p>—Es que usted cree que las mujeres se enamoran -exclusivamente de los hombres puros, angelicales, de -los sabios, de los héroes.</p> - -<p>—No, no; ya sé que no.</p> - -<p>—Entonces estamos en lo mismo. Las mujeres se -enamoran de hombres altos y bajos, buenos y malos, -raros y vulgares; pero entre éstos no cabe duda que hay -unos que, sin saber por qué, hacen mover con más facilidad -esa maquinaria de afectos, de deseos, de vanidades, -de inclinaciones que hay en una mujer. Esos son -los donjuanes, los hombres interesantes, los codiciados... -Y uno se pregunta el por qué. ¿Es que estos hombres -tienen una perspicacia especial para ver los puntos -flacos del sexo contrario? No. ¿Es que comprenden a las -mujeres mejor que los otros? Tampoco. Como todos los -demás, en estas cuestiones amorosas disparan su flecha -con los ojos cerrados; pero, a diferencia de los demás, -dan casi siempre en el blanco. Ahora usted dirá: ¿Por -qué dan en el blanco? Por la razón sencilla de que la -mujer que hace de juez y de árbitro en el juego está -dispuesta a creer que para aquel hombre escogido por<span class="pagenum"><a name="Page_62" id="Page_62">[62]</a></span> -ella donde dé la flecha estará el blanco. Es la arbitrariedad -de la Naturaleza.</p> - -<p>—Es posible que sea así—dijo Thompson—; yo, la -verdad, no le encuentro nada extraordinario a Eguaguirre.</p> - -<p>—¡Usted qué le va a encontrar! Ni yo tampoco. Son -las mujeres las que le encuentran algo especial. Es la -mirada impertinente, es la flema, es el desdén... Quizá -le agradecen vivir exclusivamente para ellas, cosa que a -la larga debe ser aburrida. El caso es que Eguaguirre es -un Tenorio y que nuestra encantadora Kitty quiere favorecer -los amores de Urbina y de la muchacha encerrada -en Monsant para tener la exclusiva de su Tenorio.</p> - -<p>—Sí, sí, es posible, y lo siento. La verdad, no creo -que Eguaguirre valga la pena de tantos cuidados.</p> - -<p>—Amigo Thompson. Está usted hablando como un -niño. ¿Es que va usted a pretender que las mujeres no -tengan derecho a enamorarse de los imbéciles y de los -egoístas? ¿Es que les va usted a privar de ese sacrosanto -derecho? Pues entonces les va usted a cercenar la vida. -Es la fruta que más les ilusiona.</p> - -<p>Y el Capitán se rió, frotándose las manos alegremente.</p> - -<p>Thompson quedó algo preocupado con las palabras -del Capitán, y como no quería ser un negador sistemático, -intentó estudiar a Eguaguirre.</p> - -<p>No encontró en el joven teniente nada que le sorprendiera. -Era de una inteligencia menos que mediana, de -una cultura casi nula, orgulloso, sombrío, con una gran -fe en sí mismo. Quizá ésta era una de sus fuerzas. Otro -atractivo podía tener el oficial para las mujeres, y era -que su vida parecía próxima a una tragedia, a una catástrofe.</p> - -<p>El egoísmo de Eguaguirre era monstruoso. Kant, en -su antropología práctica, encuentra que hay tres clases -de egoísmo: el egoísmo lógico, el estético y el práctico.</p> - -<p>El egoísmo lógico juzga sin tener en cuenta el juicio<span class="pagenum"><a name="Page_63" id="Page_63">[63]</a></span> -ajeno; el estético, se contenta con su gusto, sin hacer -caso de la opinión general, y el egoísmo práctico subordina -todo lo del mundo a la vida de uno.</p> - -<p>Eguaguirre tenía algo del egoísmo lógico y del estético; -pero el que le poseía por completo era el egoísmo -práctico. Sentía desdén por la gente, creía despreciar a -todo el mundo, lo cual no era obstáculo para que fuera -capaz de exponer la vida para que los demás, una turba -de imbéciles, según él, no creyesen que alguna vez él, el -teniente Eguaguirre, pudiera quedar mal en un asunto -cualquiera.</p> -<hr class="chap" /> -<p><span class="pagenum"><a name="Page_64" id="Page_64"></a> -<a name="Page_65" id="Page_65"></a></span></p> - - - - -<h3 id="I_XI">XI.<br /> -EL PROYECTO</h3> - - -<p><span class="smcap">El</span> Capitán, siguiendo la indicación de Kitty, se -hizo amigo de Urbina, quien le contó sus amores.</p> - -<p>—Amigo Urbina—le dijo el Capitán—, ¿usted está -enamorado de verdad de esa chica?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—¿De verdad, de verdad?</p> - -<p>—Sí, hombre, sí.</p> - -<p>—¿Sería usted capaz de raptarla del convento de -Monsant si ella quisiera?</p> - -<p>—No creo que fuera muy fácil.</p> - -<p>—Lo facilitaremos. Todo es cuestión de tener voluntad.</p> - -<p>—¡Ah! Si fuera posible, con mil amores.</p> - -<p>—Tiene usted que hacer algo extraordinario para influír -en la imaginación de su dama Urbina—dijo el Capitán—. -Kitty nos ayudará.</p> - -<p>—¿Querrá?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>Fueron a visitar a la coronela, Urbina, Thompson y -el Capitán. Le explicaron la idea, como si no hubiese -partido de ella, y se comenzó a estudiar el proyecto.</p> - -<p>Primeramente era necesario hacer una visita al convento -de Monsant.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_66" id="Page_66">[66]</a></span></p> - -<p>Kitty dijo que ella era amiga de la superiora y que le -escribiría pidiéndole permiso para hacerla una visita.</p> - -<p>—Esto es lo primero que hay que resolver—dijo el -Capitán—; luego, ya veremos si a Urbina, al ver a su -novia se le ocurre una inspiración genial que haga gran -efecto en el corazón de su amada.</p> - -<p>—¿A mí? ¡Ca!—exclamó Urbina—. No se me ocurrirá -nada.</p> - -<p>—Bueno, no se asuste usted tan pronto, Urbina—dijo -Kitty—. Usted no llevará la dirección del asunto, y no -será usted responsable del éxito o del fracaso de la empresa. -El Capitán será nuestro director, el Próspero de -nuestra isla.</p> - -<p>—El Capitán no creo que haya leído <i>La Tempestad</i>, -de Shakespeare—replicó Thompson—, ni que se haya -hecho cargo de la alusión de usted; pero yo, que la he -leído, afirmo que nuestro Próspero es de lo más maravilloso -que puede ser un Próspero solamente humano.</p> - -<p>—No me den ustedes fama antes de ver los resultados—replicó -el Capitán—. Con el éxito aceptaré los -aplausos.</p> - -<p>Una semana después Kitty le dijo al Capitán que había -recibido una carta de la superiora diciéndola que -podían ir a visitar el convento cuando quisieran.</p> - -<p>—Muy bien.</p> - -<p>—Iremos unos cuantos—dijo la coronela.</p> - -<p>—¿Quienes vamos a ir?</p> - -<p>—El doctor y su mujer, Urbina, Thompson, usted -y yo.</p> - -<p>—¿Y Eguaguirre?—preguntó el Capitán, indiferente.</p> - -<p>—No—contestó ella, mirando con atención al Capitán, -para ver si en la cara de éste se reflejaba algún pensamiento -malicioso.</p> - -<p>El rostro del Capitán estaba impasible.</p> - -<p>—¿Cómo haremos el viaje?—preguntó Thompson.</p> - -<p>—Otras veces hemos salido de Ondara al amanecer. -Embarcamos aquí, hasta un pueblecito que está a dos<span class="pagenum"><a name="Page_67" id="Page_67">[67]</a></span> -horas de distancia, donde suele esperar una tartana. -Como vamos a ir más gente que de costumbre, mandaremos -que saquen unos caballos. A media tarde, o al -anochecer, podemos estar de vuelta.</p> - -<p>—¿De manera que usted ha estado ya en el convento?—preguntó -el Capitán.</p> - -<p>—Sí. Dos veces.</p> - -<p>—Dígame usted cómo es.</p> - -<p>—¿Qué quiere usted que le diga?</p> - -<p>—Hágame usted una descripción de él: si es grande, -si es chico, si tiene un jardín, si no lo tiene, cómo está -emplazado, etc.</p> - -<p>Kitty hizo una descripción del convento, todo lo detallada -que pudo. El Capitán no se fijó mas que en dos -detalles: en que al lado del monasterio se cortaba la tierra, -hacia el mar, en un acantilado muy alto, y en que -había muchas palomas.</p> - -<p>—¿De manera que hay palomas?—preguntó varias -veces.</p> - -<p>—Sí, muchas; tanto, que las venden.</p> - -<p>—¡Ah, las venden! Ya tenemos un pequeño dato—dijo -el Capitán—. Y el acantilado, ¿cómo es?</p> - -<p>Kitty no recordaba bien cómo era, y no pudo contestar -con precisión a esta pregunta.</p> - -<p>—Otra cosa—preguntó el Capitán—. ¿No tiene usted -un anteojo?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>Kitty llamó a un criado, que vino con un anteojo, y -el Capitán estuvo mirando con él, observando la costa y -la ensenada de Monsant, de la cual no se veía mas que -la entrada.</p> - -<p>Después llegó Eguaguirre, y Thompson y él se retiraron.</p> -<hr class="chap" /> -<p><span class="pagenum"><a name="Page_68" id="Page_68"></a> -<a name="Page_69" id="Page_69"></a></span></p> - - - - -<h3 id="I_XII">XII.<br /> -EL VIAJE</h3> - - -<p><span class="smcap">Se</span> fijó como día de marcha un domingo, y por la -mañana, antes de amanecer, estaban todos los que -formaban la expedición en el muelle.</p> - -<p>El capitán de Llaves había mandado echar el puente -levadizo, en la puerta de la Marina, más temprano que -de costumbre, y acompañaba a los expedicionarios, que -formaban un grupo...</p> - -<p>Era la hora anterior al alba; la hora del despertar de -los puertos y de los barrios de pescadores; la hora que -los antiguos representaban como una muchacha con -alas, vestida con una túnica de color violeta pálido y -acompañada de una lechuza de color de crepúsculo. El -cielo, estrellado, estaba aún negro; la Osa Mayor se inclinaba -hacia el mar, que florecía en fosforescentes espumas, -y en el pueblo comenzaban a cantar algunos -gallos madrugadores, que presentían la aurora.</p> - -<p>Había, en la popa de una barca atracada al muelle y -sujeta por una maroma, un farolillo que se balanceaba.</p> - -<p>En esta barca, la <i>Joven Rosario</i>, iban a partir Kitty -y sus amigos para Monsant.</p> - -<p>Dos marineros, ayudados por los soldados de la guardia -de la puerta de la Marina, pasaron de una mano a -otra unos cuantos fardos y varios cestos de provisiones -por la escotilla al interior de la bodega del falucho. Embarcaron -luego los pasajeros; se acomodaron en los ban<span class="pagenum"><a name="Page_70" id="Page_70">[70]</a></span>cos, -a popa, sobre la cubierta, y la <i>Joven Rosario</i> se -separó del malecón y comenzó a alejarse a fuerza de remos, -haciendo un ruido de chapuzones en el agua.</p> - -<p>—¡Adiós! ¡Divertirse!—dijo el capitán de Llaves desde -el muelle.</p> - -<p>—¡Adiós! ¡Adiós! Hasta la vuelta—contestaron los -viajeros.</p> - -<p>El falucho era ancho y pesado; los tripulantes, cuatro: -dos marineros, el patrón y un grumete.</p> - -<p>Hacía un viento fresco; el relente de la noche dejaba -la ropa humedecida. El agua parecía tan cuajada como -el cielo de estrellas, que iban siguiendo a la barca, palpitando -y temblando sobre las olas sombrías, que pasaban -por encima del abismo negro del mar...</p> - -<p>De pronto comenzó a rechinar una garrucha agriamente; -la gran vela latina se extendió, como una claridad -fantástica, en el aire de la noche, que tenía ráfagas -turbias de luz; dió un latigazo, se inclinó la barca por -una de sus bordas, y comenzó a marchar de prisa, -abriéndose paso entre remolinos de espuma... El horizonte -aclaraba por instantes; las estrellas palidecían. -Unas nubecillas grises, azuladas, habían invadido el -cielo por Levante, y estas nubecillas fueron enrojeciéndose -hasta que el sol hizo su salida triunfal, rasando con -su luz dorada las crestas espumosas de las olas.</p> - -<p>Las nubes se fueron esparciendo por el cielo en grandes -copos rojos, que se subdividieron y concluyeron por -deshacerse.</p> - -<p>El grumete, que corría a proa con los pies desnudos, -se puso a cantar, con voz atiplada:</p> - -<div class="poetry-container"> -<div class="poetry_c"><div class="stanza"> -<div class="line">L'airet, l'airet, l'airet</div> -<div class="line">de la matinada.</div> -<div class="line">Del rich estiu, del rich estiu,</div> -<div class="line">del rich estiu.</div> -</div></div></div> - -<p>—¡Silencio!—le gritó el patrón severamente.</p> - -<p>—Déjele usted cantar—exclamó Kitty—; lo hace -muy bien.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_71" id="Page_71">[71]</a></span></p> - -<p>El muchacho siguió con su canción, cambiando de -voces con mucha gracia.</p> - -<p>Ya la luz de la mañana alumbraba el mar, y los viajeros -se veían unos a otros.</p> - -<p>Kitty iba muy sonrosada y elegante con un chal y una -capucha que le cubría la cabeza; la mujer del médico -comenzaba a ponerse pálida, algo mareada; Urbina estaba -preocupado; el Capitán, silencioso, y el doctor y -Thompson se entretenían en hacer cabriolas y gansadas, -exponiéndose a caerse al agua.</p> - -<p>Al alejarse a una distancia de un par de millas del -puerto oyeron la diana que tocaban los tambores y cornetas -en el castillo de Ondara.</p> - -<p>Se volvieron todos a mirar hacia atrás. El castillo brillaba -como una ascua. Parecía fundido, incendiado por -el sol; el pueblo estaba todavía en la sombra, y únicamente -un rayo de oro daba en la cúpula de la iglesia, -que centelleaba con mil reflejos.</p> - -<p>Poco después se oyeron varios cañonazos.</p> - -<p>Se veía el humo blanco de la salva, que manchaba el -aire azul, formando una nube redonda, y unos segundos -más tarde sonaba el estampido.</p> - -<p>—La Naturaleza tiene también cosas cómicas—dijo -el Capitán—. Esa diferencia de rapidez entre la luz y el -sonido hace un efecto grotesco.</p> - -<p>—¿Tampoco quiere usted estar conforme con la Naturaleza?—preguntó -Kitty, riendo.</p> - -<p>—Tampoco.</p> - -<p>En esto se izó la bandera en el castillo de Ondara, que -comenzó a brillar al sol.</p> - -<p>—¡Hurra! ¡Hurra!—gritó Thompson, agitando su -sombrero en el aire.</p> - -<p>—No me ha parecido bien ese hurra cosaco, Thompson—dijo -burlonamente el doctor—. ¿Ustedes qué -opinan?</p> - -<p>—La verdad es que ese grito del Norte en pleno Mediterráneo -parece intempestivo—contestó Kitty.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_72" id="Page_72">[72]</a></span></p> - -<p>—Completamente intempestivo—dijo el Capitán.</p> - -<p>—Yo creo que el eco ha protestado con indignación—añadió -el doctor.</p> - -<p>—¡Qué duda cabe!—repuso el Capitán—. Yo mismo -he visto un delfín que se ruborizaba al oír esa exclamación -salvaje.</p> - -<p>—No se esfuercen ustedes más, amigos míos—exclamó -Thompson—, en convencerme que he hecho mal. -Tienen ustedes razón. Había perdido la noción geográfica, -se me había confundido en la cabeza el paralelo. -Pero ahora estoy orientado, he encontrado la aguja de -marear y creo que a este grito no tendrán ustedes que -poner ninguna objeción.</p> - -<p>—Vamos a ver—dijo el doctor.</p> - -<p>—¡Evohe! ¡Evohe!—gritó Thompson desaforadamente—. -¡Eh! ¿Qué tal? ¿Tengo aire clásico?</p> - -<p>—Parece usted un Sileno—dijo el doctor.</p> - -<p>—¡Evohe! ¡Evohe!—repitió Thompson.</p> - -<p>—Va usted hacer zozobrar la barca con sus gritos -báquicos—exclamó el Capitán.</p> - -<p>—Me callaré; pero ustedes confiesen que este ¡Evohe! -ha estado muy bien.</p> - -<p>—Yo lo confieso—dijo el Capitán—; la prueba es -que el delfín, que iba antes avergonzado y triste con sus -hurras, me ha hecho una seña de amistad y ha sonreído.</p> - -<hr class="tb" /> - -<p>Hacía poco viento y tardaron dos horas en desembarcar -en Alba, un pueblecito de la falda del Monsant.</p> - -<p>Era el pueblo pequeño y blanco; se destacaba en el -cielo azul intenso, colocado sobre un acantilado calcáreo -de poca altura, rodeado por un arenal. Brillaba esta -pared como si fuera de mármol veteado y manchado -por algunas plantas trepadoras. Encima se alineaban -casas blancas, cuadradas, como dados, sin alero, que -refulgían al sol.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_73" id="Page_73">[73]</a></span></p> - -<p>Al pie del acantilado se extendía la playa, llena de -algas de aspecto haraposo.</p> - -<p>La barca se acercó y encalló en el arenal.</p> - -<p>Veíase éste en aquel momento lleno de gente; unos -arrieros de pueblos de alrededor compraban y cargaban -pescado en carros pequeños, y con tal motivo había -gran movimiento de ir y venir.</p> - -<p>Los viajeros, dirigidos por Kitty, cruzaron por entre -los pescadores, salieron a una calle del pueblo y entraron -en la posada.</p> - -<p>—¿Qué hora es?—preguntó Kitty.</p> - -<p>—Las ocho.</p> - -<p>—Entonces tenemos que esperar una hora a que vengan -la tartana y los caballos.</p> - -<p>Salieron todos a una galería del mesón que daba hacia -la playa.</p> - -<p>Al lado del mar había un conjunto de chozas, unas -de paja, otras de tablas, en cuyos cobertizos y tejados -se amontonaban cuerdas de esparto. Entre barca y barca -se secaban al sol las ropas de los marineros. Los -chicos y las mujeres cavaban con la azada pequeños canales -en la arena, para que las barcas que partían se -deslizasen hacia el mar, y ayudaban a subir a las que -llegaban, tirando de una cuerda que pasaba por dos -poleas.</p> - -<p>A las nueve en punto, la moza del mesón avisó que -estaban la tartana y los caballos en la puerta, con el -asistente de Urbina.</p> - -<p>Kitty notó en aquel momento que el Capitán llevaba -en la mano un bulto cuadrado cubierto de tela.</p> - -<p>—¿Qué lleva usted ahí?—le dijo.</p> - -<p>—Es un secreto.</p> - -<p>—¿No lo puedo yo saber?</p> - -<p>—Sí; es una jaula. Póngala usted en el coche, ya le -diré a usted luego para qué es.</p> - -<p>Las señoras y el médico subieron en la tartana; los -demás, en los caballos, y se dirigieron todos por una<span class="pagenum"><a name="Page_74" id="Page_74">[74]</a></span> -rambla llena de polvo, y después por una cuesta pedregosa, -a escalar la parte alta de un acantilado, por donde -corría un camino de herradura. Este camino, la Volta -del Rosignol, iba rodeando el monte hasta dominar la -ensenada del Monsant, una ensenada casi redonda con -un islote en medio, el islote del Farallón. A un extremo -de la ensenada estaba el convento.</p> - -<p>Al llegar sobre la altura y comenzar el descenso del -camino, el caballo de la tartana salió con un trote descompasado, -agitando la collera y un cucurucho de cascabeles -que llevaba fijo en ella y que sonaba estrepitosamente -en la marcha.</p> - -<p>Los jinetes picaron la espuela a sus caballos, y en -hora y media estaban todos en el convento.</p> -<hr class="chap" /> -<p><span class="pagenum"><a name="Page_75" id="Page_75"></a></span></p> - - - - -<h3 id="I_XIII">XIII.<br /> -EL CONVENTO</h3> - - -<p><span class="smcap">Era</span> un magnífico lugar aquel en donde se asentaba -el monasterio. Se hallaba en una alta explanada -del Monsant, al borde mismo del acantilado de la -costa; tenía delante un bosquecillo de olivos; encima de -éste, un pinar, y más arriba, cimas ásperas y pedregosas; -abajo se extendía el mar, en cuya superficie luminosa -se dibujaba la sombra del islote. Al acercarse al convento, -por la Volta del Rosignol, se veía, primeramente, la -torre por encima de los viejos y mugrientos tejados, entre -los cipreses del camposanto; luego se abarcaba todo -el conjunto del edificio, circundado por una muralla con -aspilleras y rejas. Dentro de esta muralla se encerraba -la iglesia, la vivienda, el jardín y el claustro.</p> - -<p>Entre el convento y el bosquecillo de olivos había un -raso ancho y empedrado, con una cruz de piedra en -medio.</p> - -<p>En aquel momento, un mendigo, envuelto en una anguarina -parda, dormía al sol.</p> - -<p>Llegaron la tartana y los caballos a la plazoleta; se -detuvieron y bajaron los viajeros.</p> - -<p>Un arco de la muralla entre dos columnas, con una -puerta claveteada y pintada de azul, daba acceso al -primer patio. En el fondo de éste se levantaba la iglesia, -una fachada barroca con guirnaldas y grandes tejas -con celosías. Encima de la puerta, contorneada por -una moldura retorcida de piedra, había una hornacina<span class="pagenum"><a name="Page_76" id="Page_76">[76]</a></span> -con una Virgen antigua esculpida por algún artista gótico, -y a los lados de ella se destacaban dos grandes escudos -coloreados. La fachada remataba en una torre -adornada con varios jarrones y tres campanas.</p> - -<p>En el patio, los arrayanes decrépitos y mal cortados -trazaban un rectángulo, y en medio de éste se levantaba -una gran taza de mármol, musgosa, olvidada y triste, -que en otro tiempo debió de estar embellecida y animada -por el chorro vivo de un surtidor de agua clara.</p> - -<p>Kitty y los amigos atravesaron el patio y se acercaron -a la iglesia.</p> - -<p>—Thompson y yo esperaremos aquí un momento—dijo -el Capitán—, luego entraremos.</p> - -<p>Kitty, con la mujer del doctor, el doctor y Urbina, pasaron -al patio, y Thompson y el Capitán quedaron fuera -con el asistente de Urbina y el tartanero.</p> - -<p>—Oye, muchacho—le dijo a éste el Capitán.</p> - -<p>—¿Qué quiere usted?</p> - -<p>—Pasa por ahí y llama al jardinero o al portero, y -dile a cualquiera de ellos que te venda dos palomas, y -pregúntale si todas las semanas podrán vender otras dos.</p> - -<p>—Bueno.</p> - -<p>—Toma—y el Capitán le alargó unas monedas.</p> - -<p>—¿Ya, cuidarán ustedes de la tartana?</p> - -<p>—Sí, estaremos aquí.</p> - -<p>El tartanero entró en el convento y volvió al poco -rato con dos palomas grises.</p> - -<p>—¿Qué han dicho?—preguntó el Capitán.</p> - -<p>—Que venderán todas las que se quieran. Ahí tiene -usted la vuelta.</p> - -<p>El Capitán dió una propina al muchacho y cogió las -dos palomas, las examinó, las encerró en la jaula y ésta -la dejó dentro de la tartana.</p> - -<p>—¿Qué vamos a hacer ahora?—preguntó Thompson.</p> - -<p>—Yo voy a entrar—dijo el Capitán—; usted se queda -aquí, inspecciona esto y me hace un pequeño plano -del conjunto del edificio y de sus alrededores.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_77" id="Page_77">[77]</a></span></p> - -<p>—¡Pero entonces no voy a ver el convento!</p> - -<p>—Y a un luterano como usted, ¿qué demonio le importa -ver un convento de papistas?</p> - -<p>—¿Y el arte?</p> - -<p>—¡Qué arte! No sea usted amanerado, Thompson. ¿No -es una obra de arte el intentar, como intentaremos nosotros, -si se puede, robar una señorita de un convento? -Le creía a usted superior a esas supersticiones.</p> - -<p>—No he dicho nada. Es usted el Capitán y le obedezco.</p> - -<p>—Bueno. Hasta luego entonces.</p> - -<p>Entró el Capitán en el patio, lo recorrió y pasó a la -iglesia, y después al claustro. Aquí se reunió con Kitty y -sus amigos, que estaban en compañía de la superiora y -de una mujer de una belleza espléndida, vestida de negro. -Era la <i>Clavariesa</i>. La <i>Clavariesa</i> hablaba con Kitty, al -parecer, come con una amiga íntima.</p> - -<p>Precediéndolos a todos iba un sacristán cojo, vestido -con una túnica negra y armado de un llavero, abriendo -puertas.</p> - -<p>El Capitán se acercó a Urbina y le preguntó, señalando -a la <i>Clavariesa</i>:</p> - -<p>—¿Es la novia de usted?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—La puede usted decir unas palabras?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—Dígale usted que una paloma gris que llegará el -domingo, por la mañana, a las doce del día, le traerá -noticias de Ondara y de usted.</p> - -<p>—¿Qué quiere usted decir con eso?</p> - -<p>—Usted dígaselo en seguida. Que espere la llegada -de la paloma.</p> - -<p>Urbina, apretado de cerca, dió el encargo a la <i>Clavariesa</i>.</p> - -<p>Siguieron todos visitando el convento.</p> - -<hr class="tb" /> - -<p>Mientrastanto, Thompson tomaba notas y apuntes -desde fuera.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_78" id="Page_78">[78]</a></span></p> - -<p>Comenzaba a hacer calor; la luz cegaba y el tiempo -invitaba a la pereza. Las cigarras llenaban con su chirrido -el silencio del campo.</p> - -<p>Thompson no sabía el propósito definido del Capitán. -Hizo primero un croquis de los alrededores del convento -y de la cima del Monsant, que tenía en uno de sus -cabezos una atalaya derruída, del tiempo de los moros.</p> - -<p>Después dibujó el conjunto del monasterio desde la -Volta de Rosignol, con sus grandes tapias, su arco de -entrada, su torre, sus tejados musgosos y sus cipreses -negros y afilados.</p> - -<p>Luego, abandonando el camino y alejándose de la -costa, subió a un bosquecillo de olivos. Estos árboles -centenarios, negros y retorcidos, parecían pulpos monstruosos -de muchos brazos y de muchas manos que iban -ascendiendo penosamente la montaña.</p> - -<p>Desde aquella altura se veía la huerta del convento -con una gran alberca cuadrada, en la que el agua negra -verdeaba. Detrás de los perales y de los melocotoneros -asomaban los cipreses melancólicos del cementerio, -como detrás de la vida aparece la muerte. Sobre el mar -azul revoloteaban algunas gaviotas y sobre la tierra, algunas -palomas.</p> - -<p>Thompson dejó el bosquecillo de olivos y subió por -un pinar hasta la parte alta de una cima, desde donde -se dominaba la costa al prolongarse hacia el norte. Al -principio quedó extrañado; enfrente brillaba un peñón -calcáreo erguido sobre una playa. El sol le arrancaba -unos reflejos tan extraños que aquella roca gigantesca, -blanca, roja y amarilla, parecía el fantasma de un monte -vigía del mar azul.</p> - -<p>Thompson estuvo contemplando aquella roca un momento -para cerciorarse de que tenía realidad; luego -temió quedar retrasado, cruzó el pinar y el bosque de -los olivos y bajó a la puerta del monasterio.</p> - -<p>Serían las once cuando los visitantes de Monsant salieron -al patio.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_79" id="Page_79">[79]</a></span></p> - -<p>—¿Y por qué no ha entrado Thompson?—preguntó -Kitty.</p> - -<p>—Tenía que hacer un encargo mío—repuso el -Capitán.</p> - -<p>—¡Qué egoísmo! ¿Por qué no lo ha hecho usted?</p> - -<p>—Es que él sabe más geología que yo, y necesitaba -examinar unas piedras. Además de que los aires papistas -no convienen a los luteranos.</p> - -<p>—No diga usted papistas. ¡Qué horror!</p> - -<p>—¿Es usted ferviente católica, Kitty?</p> - -<p>—Lo más ferviente que puedo.</p> - -<p>Entraron unos en la tartana, montaron los otros a caballo -y volvieron al mesón de Alba, a comer.</p> - -<p>—¿Qué le ha parecido a usted la <i>Clavariesa</i>?—preguntó -Kitty al Capitán.</p> - -<p>—Muy bien; una mujer espléndida.</p> - -<p>—Cuando estaba en Ondara querían encontrar rivalidad -entre ella y yo. ¡Qué tontería, verdad!</p> - -<p>—¡Sí!; hay demasiada diferencia entre ella y usted—dijo -el Capitán.</p> - -<p>—¿Verdad?</p> - -<p>—Enorme.</p> - -<p>—¿Tanta, tanta, cree usted?</p> - -<p>—Es como comparar una estrella, no con un gusano -de luz, huyamos de las exageraciones, como comparar -una estrella de luz propia con un planeta.</p> - -<p>—¿Y ella es la estrella de luz propia?</p> - -<p>—No, la estrella es usted.</p> - -<p>—Gracias, Capitán, es usted muy galante.</p> - -<p>—Es usted como esas estrellas pequeñas, brillantes, -intensas, que lanzan una mirada que vibra en el aire.</p> - -<p>Kitty tomó un aspecto mixto de coquetería y de -tristeza.</p> - -<p>—Me gustaría saber, la verdad, lo que piensa usted de -mí—dijo.</p> - -<p>—Lo que siento de usted. Sencillamente, que es usted -una mujer admirable.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_80" id="Page_80">[80]</a></span></p> - -<p>—Se quiere usted reír de mí.</p> - -<p>—No, no. Es usted una mujer encantadora.</p> - -<p>—Con eso quiere usted decir que soy loca, temeraria... -¿verdad?</p> - -<p>—¿Y quién no lo es? Solamente las gentes mezquinas -saben hacerse un escudo con los lugares comunes y las -preocupaciones generales para vestir su mezquindad. La -poca gente noble que hay en el mundo, esa va a pecho -descubierto; si le hieren de un flechazo, la flecha penetra -hasta el corazón; si va por un precipicio y se desliza, -la caída es hasta el fondo...</p> - -<p>—Me da usted miedo—dijo Kitty—, debe usted odiar -a la sociedad.</p> - -<p>—La odio... y la desprecio—contestó el Capitán en -tono sombrío.</p> - -<p>—Pero sin sociedad, ¿cómo podríamos vivir?</p> - -<p>—No sé; ni me importa pensarlo.</p> - -<p>—Es necesario que haya leyes.</p> - -<p>—Sí; así al menos hay la satisfacción de violarlas—replicó -el Capitán en tono sarcástico.</p> - -<p>—Y de Eguaguirre, ¿qué piensa usted?</p> - -<p>—¡Eguaguirre!... Tiene un perfecto egoísmo a cubierto -de todo ataque. Garitas, baterías, hornabeques, galerías -cubiertas: su fortaleza es inexpugnable. No se perderá -por amor al prójimo.</p> - -<p>—¿Tan malo le cree usted?</p> - -<p>—No; malo, no. Egoísta, frío, petulante. Tiene grandes -condiciones de conquistador.</p> - -<p>Kitty escuchó nerviosa y demudada. Al tranquilizarse -un poco dijo:</p> - -<p>—¿También tiene usted mala opinión de Urbina?</p> - -<p>—No. ¡Ca! Urbina es un santo varón. Entre hacer de -víctima o de verdugo, preferirá hacer de víctima; entre -ser martillo o yunque, elegirá ser yunque. Yo le respeto -y le reverencio, y si llega su martirologio le dedicaré un -recuerdo y una piadosa lágrima.</p> - -<p>Comieron en el fonducho de Alba y, después de pa<span class="pagenum"><a name="Page_81" id="Page_81">[81]</a></span>sar -un rato de sobremesa y esperar a que transcurrieran -las horas calurosas de la tarde, marcharon a la playa y -entraron en la <i>Joven Rosario</i>.</p> - -<p>El asistente de Urbina y el tartanero fueron a Ondara -por tierra, dando una gran vuelta.</p> - -<p>Kitty, que se había sentado a popa, se fijó en el envoltorio -que llevaba el Capitán.</p> - -<p>—No me ha dicho usted para qué es la jaula—dijo.</p> - -<p>—¿Y quiere usted saberlo?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—Pues llevo aquí dentro dos palomas.</p> - -<p>—¿En dónde las ha cogido usted?</p> - -<p>—¿Cree usted que las he robado? No. Comprendo -que hubiera estado más en carácter robándolas; pero me -he contentado con comprarlas en el monasterio.</p> - -<p>—¿Y para qué las quiere usted?</p> - -<p>—Una de ellas servirá para llevar la carta que nuestro -amigo Urbina escribirá a su amada.</p> - -<p>—¡Qué idea! Pero tendría que estar advertida la <i>Clavariesa</i>.</p> - -<p>—Lo está.</p> - -<p>—¿Y la contestación?</p> - -<p>—Yo supongo que se necesitarán dos cartas para -que haya contestación. Si la muchacha se aviene a entrar -en correspondencia con Urbina, se le enviarán palomas -del castillo, de regalo, que desde el momento que -las suelte volverán a su palomar.</p> - -<p>—¡Bravo! Es usted un hombre de recursos, Capitán.</p> - -<p>Se desembarcó en Ondara al anochecer, y el Capitán -y Thompson se fueron a la fonda de la Marina.</p> - -<p>Por la noche, los dos dijeron a Urbina que podía escribir -una carta a la <i>Clavariesa</i>, que iría al convento -llevada por una paloma.</p> - -<p>Urbina, al saberlo, quedó intranquilo y nervioso, y se -puso hacer borradores, que consultó con Thompson, a -quien consideraba hombre más susceptible de sentimentalismo -que el Capitán.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_82" id="Page_82">[82]</a></span></p> - -<p>Dos días después había que enviar la paloma mensajera. -Se leyó la carta definitiva, que se sometió al juicio -de Kitty. Kitty hizo algunas observaciones de psicología -femenina muy agudas, que Urbina atendió, y por la -mañana del domingo subieron Urbina, Thompson y el -Capitán al Mirador del castillo. Kitty tomó entre las -manos una de las palomas y estuvo acariciándola. Según -Thompson, era un ejemplar de la <i>Columba Tabellaria</i>. -Esta clase, de pequeño tamaño, es de gran instinto -viajero. El Capitán cogió la carta de Urbina, la dobló -y la ató con una cinta en el ala de la paloma. Luego -Kitty dejó el ave mensajera en el pretil del Mirador. La -paloma dió unos pasos a un lado y a otro, después se -lanzó al aire, trazó una gran curva para orientarse, se -dirigió como una flecha hacia Monsant, y desapareció.</p> - -<p>—He escrito una tontería—dijo Urbina—. Va a creer -que soy un imbécil.</p> - -<p>—Ya no puede usted recoger la carta del correo—exclamó -el Capitán burlonamente.</p> - -<p>—Se va a reír de mí.</p> - -<p>—¡Qué se ha de reír!—exclamó Kitty.</p> - -<p>—¿Cree usted que no?</p> - -<p>—No. Claro que no. Es usted el hombre más notable -que he conocido en mi vida.</p> - -<p>—¿Cómico? ¿Grotesco?</p> - -<p>—No. Delicado. Un carácter bueno, generoso.</p> - -<p>Urbina, en un arranque de emoción, se acercó a Kitty -y le cogió la mano con intención de besársela; luego -no se atrevió y quedó en una actitud de perplejidad triste.</p> - -<p>Al día siguiente Kitty escogió una paloma con pintas -del palomar del castillo, la metió en una jaula, puso en -un cartón atado el nombre de la <i>Clavariesa</i> e hizo que -se la llevara un cosario que recorría los pueblos de -la costa y que pasaba por Alba y por el convento de -Monsant.</p> - -<p>A los dos días la <i>Clavariesa</i> contestaba, y Urbina -estaba loco de contento.</p> -<hr class="chap" /> -<p><span class="pagenum"><a name="Page_83" id="Page_83"></a></span></p> - - - - -<h3 id="I_XIV">XIV.<br /> -LOS ARGONAUTAS</h3> - - -<p><span class="smcap">El</span> Capitán, a quien habían asegurado que no corría -el menor peligro de ser detenido, decidió quedarse -en Ondara hasta el final de la aventura de Urbina.</p> - -<p>Los amores de Kitty y Eguaguirre seguían en el mismo -estado de amable galanteo; la gente sospechaba; -pero nadie tenía un indicio claro de la intimidad de los -amantes.</p> - -<p>A las dos semanas de cruzarse cartas entre la<i> Clavariesa</i> -y Urbina, el oficial, por consejo de sus amigos, se -puso al habla con la tía de su novia.</p> - -<p>Esta señora recibió a Urbina muy amablemente, y le -dijo que Fenoller, el tutor, no cedería de ninguna manera -mientras tuviera poderes. Había decidido que Dolores -se casara con su hijo, y esta solución le parecía, -porque le convenía a él, tan buena, que no aceptaba -otra.</p> - -<p>El despotismo de Fenoller había producido tal protestes -y oposición en la tía de Dolores, que estaba deseando -encontrar cualquier medio para chasquear al despótico -tutor.</p> - -<p>Urbina, al ver lo bien dispuesta que se hallaba aquella -señora, pensó que debía hacer un gran esfuerzo.</p> - -<p>Consultó con su amigo Thompson y después con el -Capitán.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_84" id="Page_84">[84]</a></span></p> - -<p>—¿Usted cree que ella estará dispuesta a escaparse -con usted?—le preguntó el Capitán.</p> - -<p>—Yo creo que sí.</p> - -<p>—Pregúnteselo usted claramente. Si acepta organizaremos -en seguida el plan de evasión.</p> - -<p>—Creo que aceptará.</p> - -<p>—Pues nada ¡adelante!, como decía el general Blücher -cuando se ponía la pipa en la boca y un sombrero -de mujer en la cabeza. Thompson y yo prepararemos el -rapto. Usted se queda en el pueblo. Fenoller parece que -vigila a Eguaguirre, pero no a usted. Si supiera que faltaba -usted de aquí comenzaría a sospechar. Usted obtenga -la contestación categórica de la chica. Le dice usted -que su tutor no cede y que la tía está de acuerdo -con usted.</p> - -<p>—Eso haré.</p> - -<p>—Y mientrastanto nosotros estudiaremos el terreno.</p> - -<p>—¿Qué van ustedes a hacer?</p> - -<p>—Como yo supongo que por tierra no se puede intentar -nada, alquilaremos un falucho por un par de semanas -y reconoceremos los alrededores del convento.</p> - -<p>—Yo les cederé Roque, mi asistente. Es listo como un -diablo.</p> - -<p>—Lo conozco. Necesitaremos tres o cuatro hombres -más.</p> - -<p>—Eso se encuentra fácilmente.</p> - -<p>—Sí; creo que sí. Pongámonos de acuerdo. Nosotros, -de todas maneras, alquilamos el falucho; si no se puede -emplear en la evasión, se perderá el dinero, y nos -pasearemos.</p> - -<p>—Bueno; no importa.</p> - -<p>—En seguida que nos hagamos con el falucho inspeccionaremos -la costa y veremos las posibilidades de -la empresa; usted, mientrastanto, habrá escrito a su -novia y recibido la contestación. ¿Que ella acepta? Pues -le comunica usted en seguida el plan de fuga con -todos los detalles; pide usted una licencia de un mes o<span class="pagenum"><a name="Page_85" id="Page_85">[85]</a></span> -de dos, rapta usted a la muchacha, se casa usted, y -<i>laus Deo</i>.</p> - -<p>—Haremos todo lo posible para que la cosa salga -bien—dijo Urbina.</p> - -<p>—Usted no hable ni a sus amigos íntimos del proyecto.</p> - -<p>—No; no los tengo.</p> - -<p>—La cuestión es llevar el asunto con el mayor sigilo, -que no haya posibilidad de una sospecha, y luego realizarlo -con rapidez.</p> - -<p>Thompson fué el encargado de buscar la barca, y -tras de dar muchos pasos inútiles, encontró un contrabandista -de mala fama, que vivía en la punta del -faro, que se avino a alquilarle su falucho con cualquier -objeto.</p> - -<p>Este contrabandista, el <i>Farestac</i>, de apodo, era hombre -fornido, de mediana estatura, silencioso, negro por -el sol, la cabellera roja, que le salía por debajo del gorro -colorado y le caía sobre los hombros; las barbas -grandes, cobrizas y enmarañadas, el pecho de oso y las -manos peludas. El <i>Farestac</i> vivía con su madre, una -mujer también roja y también selvática, en una casucha -próxima al mar, medio cueva, medio cabaña.</p> - -<p>El <i>Farestac</i> era un solitario, un insociable; necesitaba -espacio, soledad, olas, espumas, huracanes. Este delfín -misantrópico, a pesar de su violencia, tenía mucho -de contemplador y de quietista. Dionysios no hubiera -encontrado para sus fiestas un sátiro, un sileno, un egipan, -en cuya mirada ardiera un fuego tan intenso y tan -salvaje.</p> - -<p>El único amigo y compañero del <i>Farestac</i> era el <i>Rabec</i>, -viejo pescador andrajoso, de cara bronceada y llena -de arrugas, la nariz de cuervo y el gorro rojo y agujereado.</p> - -<p>El <i>Rabec</i> tenía varias cicatrices, una oreja cortada y -en la íntegra un anillo de plata.</p> - -<p>El <i>Rabec</i> era malhumorado y sarcástico, y gozaba<span class="pagenum"><a name="Page_86" id="Page_86">[86]</a></span> -fama de mala sangre. Su risa, su <i>raílla</i>, era siempre -cruel y sangrienta.</p> - -<p>El <i>Rabec</i> tenía un perro de aguas, el <i>Dragó</i>, feo, sucio -e inteligente.</p> - -<p>En la barca del <i>Farestac</i>, que se llamaba la <i>Sargantana</i> -(la lagartija), servía de grumete Pascualet, un muchachillo -morenito y ágil como un mono. La <i>Sargantana</i> -del <i>Farestac</i> no era una barca limpia y bien cuidada, -sino una barca abandonada y harapienta. En su -casco se veían mapas de desconchados de su pintura -verde, y sus velas estaban llenas de remiendos de varios -colores.</p> - -<p>La <i>Sargantana</i> no era un lacértido respetable, sino -una lagartija bohemia y vagabunda, que conocía las -sendas del mal mejor que las del bien.</p> - -<p>Una tarde, al anochecer, Thompson con sus acólitos, -el <i>Farestac</i>, el <i>Rabec</i> y el grumete, llegaron a Ondara; el -inglés desembarcó y avisó al Capitán que para el día -siguiente, por la mañana, iban a salir.</p> - -<p>Les faltaba un botecillo, que alquilaron, y al otro día, -al alba, los argonautas de Ondara salieron en la <i>Sargantana</i>, -en dirección del Monsant. Llevaban una escalera, -dos azadas, un pico, cuerdas y unas cestas con -comestibles.</p> - -<p>Hacía un viento vivo; el falucho marchaba rápidamente, -con la vela grande y el foque inflados por el -viento, haciendo murmurar las aguas que cortaba con -la proa y dejando una estela de remolinos espumosos.</p> - -<p>Doblaron la punta del Monsant, terminada en un -amontonamiento de grandes rocas que formaban una -cueva abierta por ambos lados; entraron en la ensenada -y se dirigieron, en línea recta, hacia el islote del Farallón.</p> - -<p>El islote brillaba al sol, seco, como un trozo de lava, -amarillo y rojo, lleno de rajaduras y de agujeros, sin -una mata de verde en los resquicios. Uno de sus lados -estaba cortado a pico; el otro se alargaba en una roca<span class="pagenum"><a name="Page_87" id="Page_87">[87]</a></span> -horadada, que formaba un arco, por debajo del cual -pasaban las olas.</p> - -<p>Dieron la vuelta al islote, que desde algunos sitios, -al reflejar el sol, parecía un témpano de hielo; acercaron -el falucho, a golpes de remo, hasta un canal angosto, -entre grandes piedras, y lo encallaron. El <i>Dragó</i>, el -perro de <i>Rabec</i>, fué el primero que saltó a tierra y subió -a la parte alta del Farallón, espantando a una nube de -gaviotas que tenían allí su nido.</p> - -<p>Había, arriba, una pequeña explanada en cuesta cubierta -de esqueletos de aves.</p> - -<p>Thompson y el Capitán subieron a la explanada y se -tendieron a contemplar la costa.</p> - -<p>Brillaba el mar, como una roca azul de diversos matices, -bajo el esplendor del cielo inflamado. El aire estaba -tibio, impregnado de esencias salobres. Un delfín jugueteaba -entre las olas.</p> - -<p>—Vamos a estar aquí hasta mañana por la mañana—dijo -el Capitán—en que haremos un reconocimiento -en el bote. Ahora, cada cual puede elegir el entretenimiento -que quiera.</p> - -<p>—¿Hay tantos?—preguntó Thompson.</p> - -<p>—Se puede dormir, pescar, jugar, bañarse...</p> - -<p>—¿Y usted qué va a hacer?</p> - -<p>—Yo me voy a dedicar a la investigación y a la reflexión.</p> - -<p>El Capitán sacó su anteojo y se puso a contemplar la -costa y la ensenada del Monsant, que parecía estrechar -entre sus brazos el islote.</p> - -<p>El acantilado, en cuya cumbre estaba el convento, comenzaba -en la playa de Alba; luego seguía como un -zócalo por debajo del pueblo, e iba elevándose, al alejarse -de él, hasta tomar gran altura y terminar en una -punta rocosa.</p> - -<p>Al comienzo, este acantilado era liso, calcáreo, sin -hendiduras; de lejos parecía de mármol; luego, al aumentar -en elevación, la pared que formaba se convertía<span class="pagenum"><a name="Page_88" id="Page_88">[88]</a></span> -en un peñascal, con desigualdades, con senos, en donde -penetraba el mar y trozos del monte desprendidos que -avanzaban en el agua, sembrándola de arrecifes. En algunos -sitios, el suelo rojo mostraba sus entrañas desnudas -y sangrientas.</p> - -<p>Al lado contrario de Alba, detrás de la otra punta de -la ensenada, se erguía a orilla del mar una roca, que -parecía de piedra pómez por lo blanca y lo seca.</p> - -<p>—¡Qué extraña mole!—exclamó Thompson—. El -otro día la miraba desde lo alto del Monsant, y se me -figuraba una nube iluminada por el sol.</p> - -<p>—Si parece un azucarillo—dijo el Capitán, poco dispuesto -a maravillarse.</p> - -<p>Desde allí, el convento se presentaba muy en alto; no -se veía de él mas que el cementerio con sus cipreses -blanquecinos por el polvo, una torre cuadrada, con una -galería con matacanes, adornada por una parra, y una -muralla con aspilleras, que bajaba en zig-zag hacia -el mar.</p> - -<p>El convento tenía, mirado desde el islote, un aire belicoso -y altivo.</p> - -<p>A la derecha del monasterio se veía la mancha obscura -del olivar, y luego, pinares que iban reptando cada -vez más claros, hasta desaparecer en la parte rocosa y -desnuda del monte. En un extremo, en uno de los cabezos, -aparecía una atalaya del tiempo de los moros con -un resto de muralla agujereada y rota.</p> - -<p>—¿Quién conoce bien estos sitios?—preguntó el Capitán -a Thompson.</p> - -<p>—El <i>Farestac</i>.</p> - -<p>—¿Quién es el <i>Farestac</i>?</p> - -<p>—El patrón de la <i>Sargantana</i>; ese de las barbas -rojas.</p> - -<p>—Es un pirata. ¡Qué tipo! Dígale usted que venga.</p> - -<p>El <i>Farestac</i>, que estaba preparando el almuerzo en -compañía del <i>Rabec</i> y del grumete en un hornillo de -hierro, subió a lo alto del islote.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_89" id="Page_89">[89]</a></span></p> - -<p>—¿Qué quiere usted?—preguntó en un castellano -rudo al Capitán.</p> - -<p>—Siéntate aquí—le dijo el Capitán—¡compañero!—y -le dió una palmada en el hombro.</p> - -<p>—¿Compañero de qué?—preguntó el <i>Farestac</i> con -tono burlón.</p> - -<p>—De piratería. Tú eres un pirata, ¿verdad?</p> - -<p>—¿Yo?</p> - -<p>—Si no lo eres en grande, no es por falta de ganas, -<i>Farestac</i>. Tu barco destila contrabando y piratería.</p> - -<p>—¿Y el barco de usted?</p> - -<p>—Yo no tengo barco—replicó el Capitán—; soy un -pirata de monte. Siéntate; somos lobos de la misma carnada.</p> - -<p>El <i>Farestac</i> se sentó, mirando al hombre con sorpresa.</p> - -<p>—¿Conoces esta tierra que está delante de nosotros?—dijo -el Capitán.</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—¿Bien?</p> - -<p>—Mejor que nadie.</p> - -<p>—¿Cuántas entradas hay en esta costa?</p> - -<p>—¿Entradas?</p> - -<p>—Sí. ¿Cómo les llaman aquí? Calas. ¿Cuántas calas -hay?</p> - -<p>—Tres—contestó el <i>Farestac</i>.</p> - -<p>—¿Cómo se llama aquella de enfrente?</p> - -<p>—¿Aquélla?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—Cala del Infern.</p> - -<p>—¿Y ésta que está aquí cerca de la punta?</p> - -<p>—La dels Capellans.</p> - -<p>—Y la tercera, ¿dónde está?</p> - -<p>—La tercera está doblando esta punta, y se llama dels -Avions.</p> - -<p>—¿Por alguna de ellas se puede subir?</p> - -<p>—Por todas se puede subir.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_90" id="Page_90">[90]</a></span></p> - -<p>—¿Por cuál es más fácil la subida?</p> - -<p>—Por la del Infern.</p> - -<p>—¿Has subido tú?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—¿Cuándo?</p> - -<p>—Hará un año la última vez.</p> - -<p>—¿A dónde se sale?</p> - -<p>—Al cementerio del convento.</p> - -<p>—¿Te daría miedo subir otra vez?—repuso el Capitán.</p> - -<p>—Menos que a usted—contestó el salvaje marino -sarcásticamente.</p> - -<p>—A mí no me da miedo nada, hijo mío—repuso el -Capitán, dando un nuevo golpecito en el hombro del patrón -y sonriendo.</p> - -<p>El <i>Farestac</i> miró a su interlocutor con curiosidad -creciente.</p> - -<p>—¿Qué van ustedes a hacer en la cala del Infern?—preguntó.</p> - -<p>—Vamos a subir al convento.</p> - -<p>—¿A qué?</p> - -<p>—A robar una monja.</p> - -<p>—Una <i>moncha</i>. ¿De verdad?</p> - -<p>—Sí. Una <i>moncha</i> joven y guapa. ¿Tú te llevarías -una?</p> - -<p>—Una joven y guapa ¡ya lo creo!—exclamó el <i>Farestac</i> -con los ojos brillantes.</p> - -<p>—Pues nada, escoge una y te ayudaremos. Formaremos -una Sociedad de Raptos y Empresas peligrosas -reunidas. Razón social: Farestac, Thompson, Rabec, etc., -etcétera. Capital: el que se robe.</p> - -<p>El <i>Farestac</i>, que no entendía bien lo que decía el Capitán, -comenzó a mirarle con mayor extrañeza. Quizá -pensó que estaba loco.</p> - -<p>Se comió en la parte baja del islote del Farallón, se -pasaron las horas pescando y al anochecer se tendieron -todos a dormir.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_91" id="Page_91">[91]</a></span></p> - -<p>Antes de amanecer, el <i>Farestac</i> despertó a la gente. -Se decidió que el <i>Rabec</i>, a quien nada se había contado -del proyecto, quedara en el islote cuidando de la <i>Sargantana</i> -en compañía del <i>Dragó</i>. Los demás se metieron -en la lancha y se dirigieron hacia la costa.</p> - -<p>En el mar palpitaban tantas estrellas, que su brillo -tembloroso producía el vértigo.</p> - -<p>En media hora se acercaron a la cala del Infern. -Amanecía.</p> - -<p>No era aquella cala un pequeño golfo bien abierto e -iluminado por la luz del sol, sino un agujero irregular y -tenebroso que comenzaba por una hendidura estrecha.</p> - -<p>Delante de esta hendidura había rocas basálticas -blancas y grises que formaban como restos de un gran -palacio, del que quedaran arcos y galerías rotos. Al borde -mismo del agua salían pinos por las grietas de las -piedras. El bote se deslizó por entre los peñascos sobre -el agua inmóvil, que parecía de cristal, y penetró en -la hendidura. Llegaron hasta el fondo y ataron la lancha, -y almorzaron.</p> - -<p>Empezaba a entrar por arriba la claridad del sol y se -iba viendo poco a poco la extraña configuración de la -cala. El mar aparecía blanco, lechoso, entre dos paredes -negras, húmedas, llena de oquedades; ya fuera, era -azul, con un color turbio de cristal; una red de meandros -de espuma cubría su superficie con un galoneado -de plata.</p> - -<p>Comenzó a sonar la campanita del convento de una -manera charlatana y alborotadora.</p> - -<p>—Vamos a hacer nuestra inspección—dijo el capitán.</p> - -<p>—Vamos—repuso el <i>Farestac</i>.</p> - -<p>La hendidura era más estrecha en la boca que en el -fondo. La cala formaba dentro un seno irregular. Tenía -allí unos sesenta pies de ancho y ciento veinte de alto. -El <i>Farestac</i> aseguraba que había una senda que a trechos -se convertía en escalera y que llegaba a lo alto.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_92" id="Page_92">[92]</a></span></p> - -<p>Se encontró un resto de camino que comenzaba por -el lado izquierdo mirando hacia el interior. Al principio -iba en una pendiente suave; luego se hacía más escarpado, -rodeaba la cala y pasaba al lado derecho. Hasta -la mitad de la altura se logró subir con grandes dificultades; -luego había una parte de veinte pies como un -lomo de piedra resbaladizo, que se podía escalar trepando, -agarrándose a las rendijas. De aquí el camino pasaba -por un resalto medio desmoronado por las filtraciones -del agua. Este resalto, que corría paralelamente a -una hendidura horizontal, se llamaba, según dijo el <i>Farestac</i>, -el Pas de la Rabosa.</p> - -<p>El marino encontraba muy cambiada la senda de la -cala del Infern desde que él había estado la última vez.</p> - -<p>Sin duda las aguas de lluvia habían ido deshaciendo -y arrancando grandes trozos de la arena y de la piedra -calcárea, echándola al fondo de la cala.</p> - -<p>El Pas de la Rabosa terminaba en la pared de la derecha, -en una oquedad profunda, de donde salía otra -senda a trechos con escalones que subía a la parte alta -del acantilado. Esta senda se hallaba interrumpida por -un desmoronamiento que dejaba unos quince pies -sin paso.</p> - -<p>Al llegar a la oquedad el Capitán se detuvo, y dirigiéndose -a Thompson, exclamó:</p> - -<p>—Amigo Thompson, ¿tiene usted buena memoria?</p> - -<p>—No; pero tengo un lápiz y un cuaderno que la substituye -mal que bien.</p> - -<p>—Bueno. Vaya usted apuntando todo lo que necesitamos -para dejar accesible la subida.</p> - -<p>Thompson fué apuntando lo que le dijeron: garfios de -hierro, varias tablas, cuerdas, etc.</p> - -<p>Arreglaron durante la mañana la subida hasta el Pas -de la Rabosa. Después comieron. Habían llevado un -hornillo de hierro, donde se guisó y se hizo café. El vino -lo echaban a un porrón de hoja de lata, y de allí bebieron -todos a chorro.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_93" id="Page_93">[93]</a></span></p> - -<p>Al comenzar la tarde hicieron una maniobra de importancia -y de peligro. Ataron con la cuerda por la cintura -a Pascualet; tendieron después la escalera de un -lado del abismo al otro, sujetándola en una piedra lo -mejor posible, e hicieron que el muchacho atado pasara -y afirmara la escalera con grandes clavos por el otro -lado.</p> - -<p>Hecho este puente, cruzaron todos por él. Primero pasaron -el <i>Farestac</i> y el Capitán; después, Roque y Thompson. -Les faltaba únicamente unos cincuenta pies para -llegar al borde superior de la cala del Infert; pero esta -subida no era difícil, porque había una buena senda. La -limpiaron quitándola hierbajos resbaladizos, y cuando -comenzaba a hacerse de noche salieron a lo alto del -acantilado.</p> - -<p>Ahora también la campanita del convento derramaba -sus notas de cristal en la calma del crepúsculo...</p> - -<p>El <i>Farestac</i> y el Capitán se acercaron al cementerio, -mientras Roque y Thompson quedaban en las esquinas -de la tapia mirando a hurtadillas por si llegaba alguien.</p> - -<p>El capitán escaló la tapia del camposanto, y el <i>Farestac</i> -le siguió. Se acercaron saltando tumbas a una -puerta en arco que comunicaba con el jardín del convento. -Esta puerta, pintada de verde, estaba cerrada con -cerrojo y llave.</p> - -<p>Por una rendija miraron y vieron a la superiora y a -otra monja dando instrucciones al jardinero.</p> - -<p>—Hay que limar la lengüeta de esta llave—dijo el -Capitán—. Teniendo abierto esto, la fuga es fácil... Abriremos -la otra puerta del cementerio que da hacia el mar, -y en un minuto la novia de Urbina puede estar en el -Pas de la Rabosa. Vámonos, <i>Farestac</i>. Por hoy ha concluído -sus funciones la Sociedad de Raptos y Empresas -peligrosas reunidas.</p> - -<p>Salieron el Capitán y el <i>Farestac</i> del camposanto, y -reunidos con los otros dos y el chico, comenzaron casi<span class="pagenum"><a name="Page_94" id="Page_94">[94]</a></span> -a tientas la bajada por la senda de la cala del Infern -hasta llegar al mar.</p> - -<p>—Añada usted a lo que necesitamos—dijo el capitán -a Thompson—un par de limas buenas y una -tranca.</p> - -<p>—Está bien.</p> - -<hr class="tb" /> - -<p>Se embarcaron en la lancha. Llegaron al islote, y poco -después la <i>Sargantana</i>, como un tritón jovial y alegre -que deja por primera vez la férula de los maestros y de -los padres, marchaba hacia Ondara con las velas desplegadas.</p> -<hr class="chap" /> -<p><span class="pagenum"><a name="Page_95" id="Page_95"></a></span></p> - - - - -<h3 id="I_XV">XV.<br /> -EL RAPTO</h3> - - -<p><span class="smcap">Inmediatamente</span> que llegaron a Ondara el Capitán y -Thompson fueron a ver a Urbina. Este les mostró -una carta de la <i>Clavariesa</i>, en la que se mostraba anhelante -por dejar el convento y dispuesta a escaparse.</p> - -<p>—Bueno—dijo el Capitán—; puede usted escribir a -su novia que pasado mañana, a las siete de la tarde, el -sábado, irá usted por ella. Dígale usted que a esa hora -en punto esté delante de la puerta del jardín del convento -que da al cementerio. Allí la esperaremos nosotros y -la llamaremos. La lengüeta de la puerta estará cortada. -Que abra el cerrojo y entre en el cementerio, y caerá en -los brazos de su adorador.</p> - -<p>Urbina escribió la carta con estas instrucciones, la -mandó con una paloma desde el castillo y para la tarde -tenía la contestación.</p> - -<p>La muchacha estaba con ansiedad esperando el momento -de la fuga; se colocaría a la hora de la cita delante -de la puerta del jardín que daba al cementerio y, -al oír que la llamaban, descorrería el cerrojo y pasaría.</p> - -<p>—Esta noche saldremos a nuestra expedición—dijo -el Capitán—. ¿Ha pedido usted su licencia?</p> - -<p>—Sí; Kitty se encarga de facilitármela.</p> - -<p>—Después del rapto, ¿volveremos a Ondara?</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_96" id="Page_96">[96]</a></span></p> - -<p>—¿A usted que le parece?—preguntó Urbina.</p> - -<p>—Yo, como usted, si tuviéramos buen tiempo y buena -mar, seguiría hasta donde se pudiera.</p> - -<p>—Y usted, Capitán, ¿qué piensa hacer?</p> - -<p>—A mí no me importa dejar esto.</p> - -<p>—¿Y Thompson?</p> - -<p>—Thompson, si quiere, se puede quedar aquí. Pasaremos -por delante de Ondara: hay que traer el bote; en -él puede volver.</p> - -<p>El viernes, por la tarde, Thompson y el Capitán mandaron -llevar al falucho todos los útiles necesarios para -la expedición, y el Capitán añadió su equipaje.</p> - -<p>Salieron a media noche remolcando una lancha plana; -hacía poco viento y tardaron dos horas largas en -llegar a la ensenada de Monsant; a la luz de las estrellas -se acercaron al islote del Farallón, ataron la <i>Sargantana</i>, -dejaron al <i>Rabec</i> con el <i>Dragó</i> de guardia en el -peñasco solitario, y con la lancha se acercaron a la cala -del Infern.</p> - -<p>El Capitán y Thompson subieron a lo alto del acantilado, -saltaron la tapia del cementerio y comenzaron a -serrar la lengüeta de la cerradura de la puerta que daba -al jardín de las monjas. Para el amanecer habían concluído -su trabajo. De miedo que la puerta chirriase al -abrirla untaron sus goznes con aceite.</p> - -<p>—La Sociedad de Raptos y de Empresas peligrosas -reunidas es una Sociedad prudente—dijo el Capitán—; -el dinero de los asegurados puede estar tranquilo.</p> - -<p>—¿Qué capital social tenemos?—preguntó Thompson -alegremente.</p> - -<p>—El que se robe. No nos queremos distinguir de las -demás Sociedades.</p> - -<p>La puertecilla del cementerio que daba hacia el mar -estaba podrida, y de un empujón quedó abierta.</p> - -<p>—¿Hay que hacer algo más?—preguntó Thompson.</p> - -<p>—Nada, esperar.</p> - -<p>Terminados estos preparativos, Thompson y el Capi<span class="pagenum"><a name="Page_97" id="Page_97">[97]</a></span>tán -se acercaron gateando al borde de la cala del Infern -y se tendieron en la hierba.</p> - -<p>—Creo que voy a pescar un magnífico reúma—dijo -el Capitán, al echarse en el suelo.</p> - -<p>—En cambio verá usted un amanecer espléndido—replicó -Thompson.</p> - -<p>—¿Usted cree que compensa una cosa la otra?</p> - -<p>—Hombre, según la importancia que se le dé al reúma.</p> - -<p>—Y según la importancia que se dé a la contemplación -del amanecer.</p> - -<p>Comenzaba la hora tímida e indecisa de la mañana. -Thompson, que era hombre de cierta cultura clásica, recordó -los celebérrimos y conocidos dedos de rosa de la -Aurora y habló de Faetonte y de Tithon.</p> - -<p>—Ahora es la Aurora una muchacha púdica—dijo—, -como una niña que va a la primera comunión. No se -atreve a mirarnos, lleva la cabellera recogida y el cuerpo -cubierto por su túnica blanca; dentro de poco será -como una bacante rubia, que nos envolverá con sus cabellos -inflamados y hará arder la tierra en rubíes y el -mar en perlas y en diamantes.</p> - -<p>—Así la quiero yo: enérgica, antirreumática.</p> - -<p>—Destruye usted la poesía de las cosas, Capitán, con -esos recuerdos de tisanas y franelas.</p> - -<p>—Es que yo soy un hombre antipoético por excelencia.</p> - -<p>—No lo creo así.</p> - -<p>El Capitán se entretuvo entonces en desarrollar ante -su amigo Thompson el funcionamiento de la Sociedad de -Raptos y Empresas peligrosas reunidas, que había ideado.</p> - -<p>—Sabe usted lo que estoy pensando al oírle—dijo -Thompson con seriedad.</p> - -<p>—¿Qué?—preguntó el Capitán.</p> - -<p>—Que tan fantástica es esa Sociedad como nuestros -actos. Es usted una sombra que está creando otra sombra.</p> - -<p>—¡Bah! Literatura, amigo Thompson. ¡Sueños!</p> - -<p>—Toda la vida es sueño, Capitán. Si en otro tiempo<span class="pagenum"><a name="Page_98" id="Page_98">[98]</a></span> -se hubieran escrito nuestras aventuras, los eruditos de -hoy supondrían que no tenían realidad.</p> - -<p>—No sé por qué.</p> - -<p>—Lo supondrían. Y no crea usted que yo lo supongo -igualmente. No. Yo creo que somos hombres de carne y -hueso—repuso Thompson.</p> - -<p>—Yo también—dijo el Capitán—. Más hueso que -carne; pero, en fin, hay algo de carne.</p> - -<p>—Eso lo dirá usted pensando en sí mismo, no en mí.</p> - -<p>—Sí, me había olvidado de su opulencia, Thompson. -Siga usted con su argumento.</p> - -<p>—Decía, que siendo nosotros hombres de carne y -hueso ¡con qué facilidad se nos convertiría en símbolos -de un viejo mito!</p> - -<p>—No veo la facilidad.</p> - -<p>—Yo, sí. Figúrese usted los indicios que tendría el -comentarista al leer nuestra historia, para creer en un -mito y en un mito solar: primeramente, estamos en el -solsticio del año; fíjese usted bien: ¡el solsticio del año!; -segundo, vamos a robar a una dama. Esta dama, la -<i>Clavariesa</i>, es una belleza, una gran belleza; por tanto, -una encarnación de Mithras, del sol, de Venus, del -amor; el convento es la noche, en que está guardada la -luz; Urbina es Marte, enamorado de Venus...</p> - -<p>—Un Marte muy tímido—dijo el Capitán.</p> - -<p>—El sacristán del convento es Vulcano. Usted ha dicho -que es cojo.</p> - -<p>—Y lo repito.</p> - -<p>—El <i>Farestac</i> es la naturaleza salvaje, que se pone a -favor de los enamorados.</p> - -<p>—¿La <i>Sargantana</i>?</p> - -<p>—La fuerza del mar.</p> - -<p>-¿Y yo?</p> - -<p>—Usted será, probablemente, una encarnación de -Mercurio, dios de los comerciantes y de los ladrones, -lleno de recursos para todo.</p> - -<p>—¡Gracias!</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_99" id="Page_99">[99]</a></span></p> - -<p>—Pascualet y yo seríamos espíritus auxiliares de -poca importancia.</p> - -<p>—¿Y Roque?</p> - -<p>—Roque, la fidelidad, que en vez de vestir de blanco -y llevar una llave y un perro, va vulgarmente de asistente -en la vida de los fenómenos.</p> - -<p>—No falta mas que el <i>Rabec</i>—dijo el Capitán.</p> - -<p>—El <i>Rabec</i> es un servidor del Cerbero, del <i>Dragó</i>, -de ese perro de aguas que nos parece insignificante y -que el comentarista daría proporciones de dios infernal. -Respecto a esta cala, que se encuentra a nuestros pies, -unos dirían que era la caverna de Ténare, con sus fauces -abiertas, por donde bajaron Hércules y Orfeo a los -infiernos, según Virgilio; otros, que el antro de la serpiente -Python; pero el comentarista filósofo y racionalista -comprendería que esta cueva simbolizaba la humedad -y la lobreguez de la tierra cuando no ha sido acariciada -aún por los rayos del sol. Ahí tiene usted una -pequeña trama mitológica, en donde aparecen Venus, -Marte, Mercurio, Vulcano, con acompañamiento de fuerzas -de mar y tierra. Vea usted, Capitán, cómo nuestros -cuerpos mortales pueden tomar las apariencias de un -símbolo.</p> - -<p>—Descendamos, amigo Thompson, a las realidades -de la vida—dijo el Capitán—, porque esta bacante rubia -de la Aurora empieza ya a molestar un poco.</p> - -<p>—Descendamos a la cala del Infern—repuso Thompson...</p> - -<p>El Mediterráneo se extendía verde, cerca de la costa; -más lejos, azul intenso. El viento era vivo, y las olas, al -romperse, llenaban de un rebaño de corderos blancos la -superficie del mar.</p> - -<p>El Capitán y Thompson volvieron al interior de la -cala y ayudaron al <i>Farestac</i>, a Roque y a Pascualet -en el trabajo de dejar la bajada más fácil.</p> - -<p>Urbina estaba en el colmo del asombro al verse metido -en aquel rincón fantástico.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_100" id="Page_100">[100]</a></span></p> - -<p>Almorzaron y comieron allá, y al caer de la tarde comenzaron -los últimos preparativos. Se hizo que Urbina -subiera y bajara desde lo alto del acantilado hasta el -mar, para que se acostumbrara.</p> - -<p>Urbina y el Capitán se colocaron en el cementerio. -Thompson estaría en el Pas de la Rabosa con una antorcha, -que encendería al ver llegar a la <i>Clavariesa</i>; -Roque y el <i>Farestac</i>, en las cuestas resbaladizas, y Pascualet, -al cuidado de la lancha.</p> - -<p>A las siete menos cuarto, el Capitán y Urbina salieron -de la cala gateando para que nadie les viera, y corriendo -por el borde del acantilado entraron en el cementerio.</p> - -<p>Urbina tenía un aspecto encogido y avergonzado.</p> - -<p>—Amigo Urbina—le dijo el Capitán—, hay que -adoptar una postura gallarda. La naturalidad y el encogimiento -modesto no se han hecho para los héroes. Recuerde -usted a Napoleón, que tomaba lecciones de -prestancia de Talma.</p> - -<p>Urbina sonrió.</p> - -<p>Cruzaron los dos el cementerio y se acercaron a la -puerta que daba al jardín de las monjas.</p> - -<p>Miraron por una rendija.</p> - -<p>—Se acerca ella—dijo Urbina de pronto, con el corazón -palpitante.</p> - -<p>—Háblela usted—murmuró el Capitán.</p> - -<p>—Cuando venga.</p> - -<p>—Ande usted. No vaya a creer que no hay nadie.</p> - -<p>—¿Estás ahí?—preguntó Urbina con voz ahogada.</p> - -<p>—Aquí estoy.</p> - -<p>—Pregúntele usted si no la observan.</p> - -<p>—¿Hay alguna monja en el huerto?</p> - -<p>—Ahora, sí. Espera un instante.</p> - -<p>Esperaron unos minutos.</p> - -<p>—Ya no hay nadie. ¿Abro?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>La <i>Clavariesa</i> descorrió el cerrojo y empujó la puer<span class="pagenum"><a name="Page_101" id="Page_101">[101]</a></span>ta, -cuyos viejos y enmohecidos goznes chirriaron, y la -muchacha pasó al cementerio. La <i>Clavariesa</i> dió la -mano a Urbina, que no se atrevió a besarla.</p> - -<p>El Capitán sujetó la puerta con una tranca.</p> - -<p>—¡Adelante!—dijo—. Ya sabe usted el camino.</p> - -<p>La <i>Clavariesa</i> y Urbina salieron del cementerio. El -Capitán miró por el resquicio de la puerta. No aparecía -nadie en el jardín del convento.</p> - -<p>Cerciorado de la tranquilidad que había, corrió por el -cementerio, se deslizó a gatas por el talud y entró en la -cala del Infern.</p> - -<p>—La Sociedad de Raptos y Empresas peligrosas reunidas -es una Sociedad prudente—dijo en voz alta—, -y el dinero de los asegurados se halla en buenas manos.</p> - -<p>—¿Estamos ya?—preguntó Thompson.</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>El inglés encendió su antorcha.</p> - -<p>La <i>Clavariesa</i>, muy dueña de sí misma, comenzó a -bajar la senda y cruzó el Pas de la Rabosa riendo. Urbina, -con la emoción y el vértigo, vacilaba y tuvo el Capitán -que sostenerle.</p> - -<p>—¡Animo!—le dijo éste—; un momento de esfuerzo. -Hay que dominar los nervios rebeldes. No vaya usted a -estropearnos los dividendos de la Sociedad.</p> - -<p>Urbina se rehizo y siguió bajando el sendero hasta el -mar. Afortunadamente para él, estaba obscuro y su novia -no pudo notar su turbación.</p> - -<p>Al llegar al bote se dejó sitio a Urbina y a la <i>Clavariesa</i> -en la popa, y los demás quedaron reunidos a -proa.</p> - -<p>—¿Qué, no salimos?—preguntó la muchacha alegremente.</p> - -<p>—Esperamos a que sea de noche completa para que -no nos vean.</p> - -<p>Serían las nueve cuando la lancha se deslizó por la -hendidura de piedra de la cala del Infern y se dirigió al -islote del Farallón.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_102" id="Page_102">[102]</a></span></p> - -<p>Urbina había consultado con su novia si volver a Ondara -o seguir adelante, y ésta fué partidaria de seguir -adelante.</p> - -<p>Entraron todos en la <i>Sargantana</i> y ataron el bote a -popa.</p> - -<p>Hacía viento y las olas venían erizadas de espuma. -La gran vela latina del barco se extendió en el aire y -blanqueó pálidamente en la obscuridad; después se largó -el foque. La <i>Sargantana</i> se acercó a una milla de -Ondara.</p> - -<p>Se veía en el ambiente de la noche estrellada la vaga -silueta del castillo y algunas luces que brillaban aquí -y allá en el pueblo.</p> - -<p>—Bueno, Roque y yo nos vamos en la lancha—dijo -Thompson.</p> - -<p>Thompson abrazó al Capitán y a Urbina, y estrechó -la mano de la <i>Clavariesa</i>; Roque se despidió emocionado -del teniente y bajó al bote. La barca estuvo un -momento inmóvil; Thompson y el soldado comenzaron -a remar. Cuando volvieron la cabeza hacia atrás, la <i>Sargantana</i> -había desaparecido...</p> - -<hr class="tb" /> - -<p>A la hora en que la luz de la mañana comienza a filtrarse -por entre las nubes; a la hora en que palidece Venus -y lanza sus últimos destellos Syrio; a la hora en -que las brumas se evaporan y aparece el mar azul con -sus meandros de espuma, bajo la gran claridad gloriosa -del sol; a la hora en que se abren las puertas del día y -Faetonte galopa arrastrando el carro de la Aurora por el -incendio del cielo, comenzaron a tocar a rebato las campanas -de Monsant.</p> - -<p>Algo grave ocurría a las buenas hermanas para producir -tanta alarma.</p> - -<p>Las gaviotas que hacían su primer viaje de exploración -por entre las rocas quedaron sorprendidas de este -campaneo insólito; las palomas que revoloteaban alrededor -del convento se alejaron en son de protesta; las<span class="pagenum"><a name="Page_103" id="Page_103">[103]</a></span> -golondrinas y los vencejos chillaron más; el mismo islote -del Farallón pareció asomar su lomo puntiagudo -como un delfín sobre las aguas preguntándose la causa -de este alboroto.</p> - -<p>Poco después, desde lejos, se vió entrar en el cementerio -unas siluetas negras, las de varias monjas, dirigidas -por la superiora de la Comunidad. Fueron de aquí -para allá mirándolo todo; luego se acercaron a la cala -del Infern y huyeron de ella rápidamente, haciéndose -cruces...</p> - -<p>Y, mientrastanto, las campanas de Monsant seguían -tocando a rebato desesperadamente...</p> -<hr class="chap" /> -<p><span class="pagenum"><a name="Page_104" id="Page_104"></a> -<a name="Page_105" id="Page_105"></a></span></p> - - - - -<h3 id="I_EPILOGO">EPÍLOGO</h3> - - -<p class="mright"><i>«Málaga, julio de 1827.</i></p> - -<p class="p2"><span class="smcap">Señor</span> don Eugenio de Aviraneta.—En Veracruz.</p> - -<p class="p2">Mi querido Capitán: He recibido su carta con los informes -comerciales que le pedí acerca de esa plaza. -Muchas gracias por su diligencia y amabilidad. De nuestros -amigos de Ondara no le puedo dar buenas noticias. -El médico don Jesús, que está ahora aquí, me ha hablado -de ellos.</p> - -<p>El comandante don Santos, el que usted suponía, y -con motivo, que era un agente del Angel Exterminador, -preparó un lazo contra nuestra amiga Kitty y Eguaguirre, -e hizo que el coronel los sorprendiera en el mirador -del castillo: a él, estrechando por la cintura a Kitty; a -ella, con la cabeza apoyada en el hombro del teniente. -La escena debió de ser terrible; al coronel, que ya estaba -predispuesto a la apoplejía, le dió un ataque, y quedó -baldado y paralítico.</p> - -<p>Todo el mundo se enteró en Ondara de lo ocurrido, y -el escándalo en el pueblo fué sonado. Figúrese usted la -alegría de las gentes que se creen virtuosas porque van -a la iglesia, al saber la deshonra efectiva de la coronela. -Kitty ha estado cuidando a su marido. ¿Y sabe usted lo -que ha hecho Eguaguirre? Ha pedido el traslado y se ha -marchado a Barcelona, donde anda de garito en garito. -Tras de la muerte del coronel, Kitty, sola, abandonada, -influída por los curas de Ondara, ha entrado en el convento -de Monsant.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_106" id="Page_106">[106]</a></span></p> - -<p>Este Eguaguirre, que siempre me fué odioso por su -egoísmo y por su brutalidad, ha deshonrado, ha abandonado -a nuestra pobre Kitty, tan ingenua, tan cariñosa, -tan buena.</p> - -<p>¿Se marchitará en la soledad, en ese suicidio lento del -claustro, esta mujer tan digna de ser feliz? Yo espero -que no.</p> - -<p>Es de usted muy amigo, <i>J. H. Thompson</i>.»</p> - -<hr class="tb" /> - -<p class="mright p4">«<i>Ondara, diciembre de 1827.</i></p> - -<p>Señor don Eugenio de Aviraneta.—En Nueva Orléans.</p> - -<p class="p2">Querido Capitán: Le escribo a usted desde este pueblo, -que tiene para mí profundos recuerdos desde la -época en que fundamos la Sociedad de Raptos y Empresas -peligrosas reunidas.</p> - -<p>En el tiempo que he estado aquí me han contado muchas -cosas, y todas tristes. Kitty me dicen que se encuentra -enferma en el convento de Monsant; parece que -está dando pruebas de santidad. No se la puede visitar.</p> - -<p>La pareja Clavariesa-Urbina vive en Valencia, y no -son tampoco muy felices. La <i>Clavariesa</i> domina a su -marido; le trae, le lleva, le reprocha que es pobre. Las -observaciones acerca de la teoría analítica de las probabilidades -de Laplace, de mi pobre amigo, se van a -quedar en el tintero. De las dos parejas que tanto nos -interesaban en Ondara: Kitty-Eguaguirre y Clavariesa-Urbina, -las dos han terminado mal; en las dos ha caído -lo peor y lo más bueno.</p> - -<p>Como dice el refrán español: «Siempre se quiebra la -cuerda por lo más delgado». ¿Conoce usted las <i>Afinidades -electivas</i>, de Goethe? Formulo la pregunta tontamente. -Ya sé que no quiere usted nada con el astro de -Weimar.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_107" id="Page_107">[107]</a></span></p> - -<p>¿Sabe usted que he visto al <i>Farestac</i> y me ha preguntado -por usted? Tiene un recuerdo de nosotros extraordinario. -Me ha dicho que si estuviera usted cerca -iría a reunirse con usted. Sigue tan salvaje como antes.</p> - -<p>La verdad es que cuando vive uno en un mundo tan -bestial como el nuestro dan ganas de marcharse a una -isla como la del Farallón, y no tener más amigos que -los delfines y los atunes.</p> - -<p>A pesar de estos lamentos pasajeros, ya sabe usted -que soy un optimista rival del doctor Pangloss, y que -pienso persistir en mi optimismo.</p> - -<p>Su amigo cariñoso, <i>J. H. Thompson</i>.»</p> - -<hr class="tb" /> - -<p class="mright p4">«<i>Ondara, mayo de 1831.</i></p> - -<p>Señor don Eugenio de Aviraneta.—En Bayona.</p> - -<p class="p2">Mi querido Capitán: Siento mucho que no pueda usted -entrar en España todavía, y que tenga usted que estar -constantemente detenido ahí. Hoy he cumplido mi -piadosa misión de visitar la tumba de Kitty. He ido al -convento de Monsant; he hablado con la superiora, una -vieja escuálida y apergaminada, a quien he dicho ser -hermano de Kitty, y la he pedido permiso para adornar -con flores el trozo de tierra donde está enterrada nuestra -amiga.</p> - -<p>Al entrar en aquel cementerio abandonado, al ver el -mar azul y el islote del Farallón, que brota de las aguas; -al llegar al pie de la tumba, donde duerme eternamente -nuestra pobre Kitty, he llorado como un niño.</p> - -<p>Me perseguía el sacristán, y, para quedarme solo, he -salido del camposanto y, en aquel talud que baja a la -cala del Infern, me he sentado sobre una piedra a entregarme -a mis pensamientos.</p> - -<p>De todos mis recuerdos relacionados con Ondara, el<span class="pagenum"><a name="Page_108" id="Page_108">[108]</a></span> -más fuerte en aquel momento era el de una tarde en que -estuvimos usted y yo en el mirador del castillo. Hacía -calor. Usted hablaba con Eguaguirre; Kitty, conmigo; -ustedes discutían de política; nosotros charlábamos -acerca de nuestras preferencias poéticas.</p> - -<p>Kitty recitó entonces la canción del <i>Mignon</i>, de -Goethe, que tanto le gustaba:</p> - - -<p class="i2 p2">«¿Conoces tú el país donde maduran los limoneros y -en el follaje sombrío brilla la naranja de oro?»</p> - -<p class="p2">Tal sentimiento puso en su canción, que, al terminarla, -tenía los ojos llenos de lágrimas.</p> - -<p>—Se emociona usted mucho—la dije.</p> - -<p>—Sí. Esta canción, en la que no se habla de nada -triste—me contestó—, me parece impregnada de la -idea de la muerte, del acabamiento. Al recordarla pienso -dónde estaré enterrada cuando muera.</p> - -<p>—¿Y en dónde quisiera usted estar enterrada?—dije -yo, echando la pregunta a broma.</p> - -<p>—Ahí, en Monsant—me contestó—, al lado del mar, -en una tierra inundada de sol.</p> - -<p>Ya lo está.</p> - -<p>¡Dolor! ¡Dolor de morir! ¡Dolor de vivir!</p> - -<hr class="tb" /> - -<p>Al volver a Ondara me he sentado en una piedra, en -la Volta del Rosignol, y he tratado de llevar el orden y -el reposo a mi pobre cabeza perturbada.</p> - -<p>No lo he podido conseguir.</p> - -<p class="i2 p2">«¿Conoces tú el país donde maduran los limoneros y -en el follaje sombrío brilla la naranja de oro?» «¿Conoces -tú la montaña y su sendero brumoso?»</p> - -<p class="p2"><span class="pagenum"><a name="Page_109" id="Page_109">[109]</a></span> -Estos recuerdos de la canción de <i>Mignon</i> han ido sumiéndome, -durante largo rato, en ideaciones vagas, informes, -de una desoladora tristeza, en deseos de languidez -y de muerte.</p> - -<p>He seguido como un autómata el camino, hasta llegar -a Alba, y me he parado a descansar a la sombra de un -pequeño cementerio, algo retirado de la carretera, sobre -un altozano árido y pedregoso.</p> - -<p>He mirado hacia dentro. En el camposanto, abandonado, -las ortigas, las cicutas, las digitales y las zarzas -crecían con una fuerza salvaje. Ni una lápida, ni una -corona había resistido el impulso avasallador de la flora -parásita, bien abonada con los detritos humanos; sólo -algunas cruces de madera podrida se levantaban entre -la masa espesa de los hierbajos; un pájaro de pecho rojo -y cola larga saltaba sobre una de estas cruces y piaba -dulcemente...</p> - -<p>Al oírle, me he acordado de otra mañana suave, brumosa, -del país vasco, en que estuve oyendo los gorjeos -de un ruiseñor.</p> - -<p>Era cerca de Hasparren, un pueblo vascofrancés. Había -estado más de una hora, y hubiera estado la vida -entera, como los encantados de las historias infantiles, -oyendo al ruiseñor, cuando las campanas de la iglesia -comenzaron a tocar, y el mágico cantor huyó. Entonces -entré en el pueblo a buscar una posada, y al mirar a la -iglesia con cierto odio, porque sus campanas habían interrumpido -la serenata del ruiseñor, vi en la torre escrita -esta sentencia: <i>Ut fugitur umbra sic vita</i> (Como -huye la sombra, así es la vida).</p> - -<p>Aquel terrible apotegma me hizo el efecto de un golpe -de maza.</p> - -<p>Hoy se me ha venido a la imaginación contemplando -el cementerio abandonado de Alba, y al pájaro, que -cantaba sobre un trozo de madera podrida. Luego esta -sentencia se ha convertido en un pesado estribillo de mi -cerebro. Y en el pueblo, y después en el barco, antes de<span class="pagenum"><a name="Page_110" id="Page_110">[110]</a></span> -llegar y después de llegar a Ondara, mi espíritu no tenía -mas que el mismo comentario para lo que iba viendo y -para lo que iba oyendo: <i>Ut fugitur umbra sic vita</i> (La -vida huye como una sombra).</p> - -<p>¡Adiós, amigo mío!—<i>J. H. Thompson</i>.»</p> -<hr class="chap" /> -<p><span class="pagenum"><a name="Page_111" id="Page_111"></a></span></p> - - - - -<h2>EL VIAJE SIN OBJETO</h2> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_112" id="Page_112"></a> -<a name="Page_113" id="Page_113"></a></span></p> - - - - -<h3 id="II_PROLOGO">PRÓLOGO</h3> - - -<p><span class="smcap">Unos</span> días después del rapto de la <i>Clavariesa</i> estábamos -charlando en aquel espléndido mirador -del castillo de Ondara, cuando Kitty, la coronela, me -preguntó si había escrito alguna relación de mis aventuras -desde que salí de Londres.</p> - -<p>—Tengo varias notas—la dije—, pero dispersas y sin -orden.</p> - -<p>—¿Por qué no las ordena usted?—me preguntó ella.</p> - -<p>—¿Con qué objeto?</p> - -<p>—Para leérmelas a mí.</p> - -<p>—Si usted lo desea, lo haré; pero le advierto que es -muy probable que tenga usted un desencanto. En mis -andanzas no me han ocurrido grandes cosas.</p> - -<p>—No importa. Cualquier relato, aderezado con un -poco de imaginación, puede ser interesante.</p> - -<p>—¡Ah! ya lo creo; pero es que yo no tengo imaginación.</p> - -<p>—Se quiere usted excusar, Thompson.</p> - -<p>—No, no. Créame usted. Lo único que quiero es prepararle -a usted para que no sufra un pequeño chasco.</p> - -<p>—No lo sufriré. Esté usted tranquilo. Sus impresiones -serán para mí siempre interesantes.</p> - -<p>—¡Oh! ¡Bondad!—exclamé yo—. ¿Por qué no guardaría -entre mis papeles unos parlamentos inéditos de -Calderón, unos diálogos de Shakespeare, unas baladas -de Burns o unas páginas desconocidas de Mozart para -traérselas a usted?</p> - -<p>—No tanta modestia, Thompson. Se quiere usted escabullir.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_114" id="Page_114">[114]</a></span></p> - -<p>—No, señora. Cuando ordene mis papeles, aquí estoy.</p> - -<p>—¿Da usted su palabra?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>Me marché a la fonda de la Marina y comencé el -arreglo de mis notas. No era fácil, ni mucho menos. A -veces, yo mismo no sabía lo que había querido decir. -Cuando concluí una parte de mi trabajo, con un gran -paquete de papeles, fuí a ver a mi amiga Kitty.</p> - -<p>—<i>El viaje sin objeto</i>—leí en la primera página, con -la voz velada por la emoción.</p> - -<p>—¿Lo llama usted así?—me preguntó ella.</p> - -<p>—Sí; pero si lo encuentra usted mal, lo borro.</p> - -<p>—No, no; me parece bien. ¿Le habrá dado usted este -título significando que ha hecho usted ese viaje a la -buena ventura?</p> - -<p>—Sí; eso es. Hubiera sido, quizá, más exacto llamarle -«Viaje sin objeto ni fin»; pero no he querido recalcar -demasiado. ¿Sigo adelante?</p> - -<p>—Sí; siga usted...</p> - -<hr class="tb" /> - -<p>Realmente, este <i>Viaje sin objeto</i> es posible que sea -una tontería, porque está escrito sin pies ni cabeza, de -una manera confusa y desordenada.</p> - -<p>El señor Leguía, primer compilador de las <i>Memorias -de un hombre de acción</i>, tuvo que suprimir del <i>Viaje -sin objeto</i> una porción de digresiones: itinerarios de caminos, -clasificaciones botánicas, recetas de cocina, reflexiones -religiosas, y otras bagatelas que no venían a -cuento.</p> - -<p>Thompson tenía el vicio de expandirse, de dispersarse -en el comentario; por otra parte, quería ser muy exacto. -A la manera de Jorge Borrow, Ricardo Fox y otros -viajeros ingleses, se propuso escribir un viaje con gran -minuciosidad y lleno de detalles; pero como hombre perezoso -y olvidadizo, dejaba muchas de sus ideas en -embrión, y únicamente expresaba en un título lo que -hubiera querido hacer.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_115" id="Page_115">[115]</a></span></p> - -<p>En la gran hojarasca de cuestiones sin tratar y de reflexiones -inoportunas que apuntó Thompson, entró Leguía -a saco, cortando y rajando.</p> - -<p>Después de la poda de Leguía, el editor actual ha tenido -que hacer nuevos cortes en el manuscrito, para dar -al <i>Viaje sin objeto</i> cierta proporción de obra de arquitectura, -o, por lo menos, de albañilería modesta.</p> - -<p>Ciertamente, Thompson no era un académico, ni un -clásico, y es posible que las tragedias de Racine le parecieran -grandes monumentos de cartón piedra.</p> - -<p>También hay que reconocer que Thompson no se -mostraba siempre hombre serio y razonable, y que muchas -veces parecía no comprender la diferencia entre lo -trascendental y lo fútil.</p> - -<p>Lo único que se puede decir en su descargo es que -Thompson no aspiró nunca a terminar su <i>Viaje sin objeto</i> -en el Parnaso, porque, de ser así, hubiera sido el -suyo un viaje con objeto, y él creía que en el segmento -de nuestra limitada vida nada tiene objeto ni fin.</p> -<hr class="chap" /> -<p><span class="pagenum"><a name="Page_116" id="Page_116"></a> -<a name="Page_117" id="Page_117"></a></span></p> - - - - -<h3>PRIMERA PARTE<br /> -UNA VIDA INSIGNIFICANTE</h3> - - -<h4 id="II_I_I">I.<br /> -EL VIAJERO Y SU CANCIÓN</h4> - - -<p><span class="smcap">Yo</span> soy un hombre que ha salido de su casa por el -camino, sin objeto, sin saber por qué, con la chaqueta -al hombro, al amanecer, cuando los gallos lanzan -al aire su cacareo estridente, como un grito de guerra, y -las alondras levantan su vuelo sobre los sembrados.</p> - -<p>De día y de noche, con el sol de agosto y con el viento -helado de diciembre, he seguido mi ruta, al azar: unas -veces, asustado ante peligros quiméricos; otras, sereno -ante realidades peligrosas.</p> - -<p>Para entretener mi soledad he ido cantando, silbando, -tarareando canciones alegres y tristes, según el humor -y el reflejo del ambiente en mi espíritu.</p> - -<p>A veces, al pasar por delante de una casa del camino, -cantaba más alto, gritaba, quizá con jactancia, queriendo -ser escuchado.</p> - -<p>Alguna ventana se abrirá—pensaba—y aparecerá -un rostro simpático y jovial.</p> - -<p>No se abría ninguna ventana, no salía nadie; yo insistía -cándidamente, y al insistir iban brotando de aquí -y de allá caras torvas, miradas hostiles, gente en guardia, -que apretaba el garrote entre las manos huesudas.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_118" id="Page_118">[118]</a></span></p> - -<p>Quizá les he ofendido—discurría yo—. Esta gente no -quiere nada conmigo, y seguía mi marcha, al azar, con -la chaqueta al hombro, sin objeto, sin saber por qué, -cantando, tarareando y silbando...</p> - -<p>Durante mucho tiempo, esta soledad, el graznido de -las lechuzas, el aullido de los lobos, me llenaban de angustia -y de inquietud. Entonces intentaba acercarme a -la ciudad; pero al querer entrar en ella me paraban en -la puerta, y me ponían como condición, para pasar, el -dejar a la entrada unos sueños gratos, más gratos que -la vida misma.</p> - -<p>No, no; prefiero volver al camino—murmuraba—; -y seguía marchando con la chaqueta al hombro, al azar, -sin objeto, sin saber por qué, cantando, silbando y tarareando, -estremeciéndome con los rumores del campo, -con el ruido del agua en el arroyo y el cantar agorero -de las cornejas.</p> - -<p>Después, poco a poco, me dejaron entrar en la ciudad -sin condiciones; pero dentro de las calles me sentí ahogado, -estrechado, sin poder respirar, y volví de nuevo al -campo...</p> - -<p>Hoy, algún camarada me dice:</p> - -<p>«Descansa aquí. ¿Por qué no vivir entre las gentes? -Hay remansos tranquilos, hay rincones donde no se miran -unos a otros con faz torva y amenazadora.»</p> - -<p>Amigo—respondo yo—, yo soy un hombre de paso, -algo que se mueve y no arraiga, una partícula de aire -en el viento, una gota de agua en el mar.</p> - -<p>Ahora me sucede como al viajero que ha creído marchar -a la casualidad por el fondo de los barrancos, y al -llegar a una altura, al ver el camino recorrido, comprende -que, a pesar de sus desviaciones y de sus curvas, -llevaba instintivamente un plan.</p> - -<p>Ahora, en el río confuso de las cosas que pasan eternamente, -siempre cambiando y buscando su fórmula -definitiva (el werden hegeliano), veo mi existencia como -una cosa que ha sido y que ha llegado a su devenir.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_119" id="Page_119">[119]</a></span></p> - -<p>Ahora, la soledad no me entristece, ni me asustan los -murmullos misteriosos del campo, ni el graznido de las -cornejas. Ahora conozco el árbol en que cantan los ruiseñores, -y la estrella que lanza su mirada confidencial -en la noche. Ya encuentro suaves las inclemencias del -tiempo y admirables las horas silenciosas del crepúsculo, -en que una columna de humo se levanta en el horizonte.</p> - -<p>Y así sigo, con la chaqueta al hombro, por este camino -que yo no he elegido, cantando, silbando, tarareando.</p> - -<p>Y cuando el Destino quiera interrumpirlo, que lo interrumpa; -yo, aunque pudiera protestar, no protestaría...</p> - -<hr class="tb" /> - -<p>Este preámbulo, que parece que quiere ser alegórico, -puso J. H. Thompson a su <i>Viaje sin objeto</i>. Su única -legitimación para estar aquí es que es tan sin objeto -como todo el libro.</p> -<hr class="chap" /> -<p><span class="pagenum"><a name="Page_120" id="Page_120"></a> -<a name="Page_121" id="Page_121"></a></span></p> - - - - -<h4 id="II_I_II">II.<br /> -DISECACIÓN Y FARMACIA</h4> - - -<p><span class="smcap">Entre</span> el gran número de Thompsons que ha producido -Inglaterra, yo soy uno de ellos.</p> - -<p>Mi padre era disecador de animales y tenía su casa y -su taller en Gray's-Inn-Lane, una callejuela que sale -a Holborn Street.</p> - -<p>El sitio, aunque céntrico, es poco frecuentado por -gente rica, y mi padre solía exponer sus ejemplares disecados -en la mitad de un escaparate que le cedía un -frenólogo de Holborn Street, el señor Fitzhamer, por -veinte libras esterlinas al año.</p> - -<p>A nuestra casa, bastante sombría y negra, apenas le -daba el sol algunos días de verano. Teníamos una ama -de gobierno, la señora Webster; pero esta señora llegó a -adquirir tanta confianza con nosotros, que no nos hacía -caso.</p> - -<p>Además, como decía una amiga suya suspirando, la -señora Webster tenía la desgracia de beber. Esta amiga -quería dar a entender que el tomar la costumbre de ir a -la taberna era como padecer el tifus o la viruela.</p> - -<p>La señora Webster había perdido la moral doméstica -y le parecían accidentes insignificantes y que no afectaban -a su honor de ama de llaves el que la carne estuviese -quemada o las patatas crudas.</p> - -<p>Mi padre no se quejaba. Era un tanto estoico. En sus<span class="pagenum"><a name="Page_122" id="Page_122">[122]</a></span> -buenos tiempos había vivido con holgura y ganado -mucho dinero; después fué cayendo, y cayendo, hasta -arruinarse.</p> - -<p>Mi padre fué el Rey Lear de los disecadores, un Rey -Lear sin Cordelia. Las Cordelias no abundan en el mundo. -Mi padre trabajó con afán por conseguir la elevación -de sus hijos, y, efectivamente, los elevó y ellos le -olvidaron.</p> - -<p>Yo era el hijo más pequeño. Mis hermanos mayores -se colocaron bien; mis hermanas llevaron dote al matrimonio; -mi padre, que había dado todo su dinero a sus -hijos, se quedó, el pobre hombre, sin un penique.</p> - -<p>Mi padre se hallaba dispuesto a seguir arruinándose -conmigo y llegar a la mayor miseria.</p> - -<p>Yo le recuerdo ya viejo. Era alto, robusto, con el pelo -muy blanco y la cara sonrosada.</p> - -<p>No he conocido a mi madre, que murió cuando yo -tenía pocos meses.</p> - -<p>Desde la más remota infancia estoy acostumbrado a -contemplar la ruina como un estado natural de mi casa. -Mi padre me puso en un colegio rico hasta que no pudo -pagar más, y entonces me sacó de allí con el pretexto -de que nos marchábamos de Londres.</p> - -<p>Mientras estuve en el colegio, desde los diez a los catorce -años, al volver a mi casa me encontraba invariablemente -en las vacaciones con algo menos.</p> - -<p>En la extrema necesidad, mi padre tenía que recurrir -a empeñar y a vender los mejores modelos de sus animales -disecados, y yo vi salir de nuestra casa leones, -tigres y serpientes, ejemplares magníficos de piel fina, -brillante y sin zurcidos, y quedarse sólo en el taller los -zorros calvos, los flamencos desplumados y los buhos -sin ojos.</p> - -<p>—¡Cuántas veces he pedido inspiración a un caimán -disecado o a un buitre sin plumas para resolver el problema -de la familia!</p> - -<p>Yo tenía que elegir una manera de vivir. Mi padre no<span class="pagenum"><a name="Page_123" id="Page_123">[123]</a></span> -quería que me dedicase al arte de disecar. Suponía que -este oficio estaba en baja y me hablaba mal de él. Así -perdí yo la moral del disecador.</p> - -<p>Mi padre tenía varios amigos que no le abandonaban -en su desgracia: uno de ellos era Fitzhamer, el frenólogo; -otro, un disecador, el señor Sammerson, personaje -alto, grande, pomposo, irreprochable en el vestir y adornado -constantemente con un gran paraguas; y, por último, -un empleado de Fitzhamer, el joven Cheene, hombre -delgadito, fino e inteligente, que se dedicaba a armar -esqueletos para los estudiantes de Anatomía.</p> - -<p>Se discutió entre todos la profesión que debía seguir, -y la opinión de los tres consultados fué que lo mejor -sería que mi padre me llevara a la farmacia de un cuñado -suyo y tío mío farmacéutico, llamado Samuel Cox.</p> - -<p>Mi padre tenía viejos resentimientos con su cuñado -Samuel; pero viendo que era la única solución para mí, -le habló a mi tío, y yo entré de practicante en la -botica.</p> - -<p>Entonces mi padre deshizo su casa y su taller y entró -de director en el establecimiento de Sammerson.</p> - -<p>Yo estuve en la botica de Cox cerca de tres años, y -salí no por mi culpa.</p> - -<p>Mi tío Samuel era un solterón empedernido que vivía -asistido por una viuda, mistress Blount.</p> - -<p>La tal señora tenía un hijo que estudiaba Farmacia -fuera de Londres. Era esta viuda una mujer de unos -cincuenta años, ceñuda, mandona, con anteojos y una -papalina blanca.</p> - -<p>Mi tío Samuel le tenía miedo y la esquivaba con -mucho arte. Mi tío era hombre de gran sagacidad, tan -diplomático como Talleyrand y casi tan egoísta. A fuerza -de egoísmo se había hecho un completo poltrón, y las -recriminaciones le molestaban horriblemente.</p> - -<p>Mi tío Samuel y yo nos hicimos pronto amigos. Al -principio me trató como a su dependiente, pero luego se -convirtió en un camarada.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_124" id="Page_124">[124]</a></span></p> - -<p>Así, mi infancia se ha deslizado parte en el taller de -disecar y parte en la botica de mi tío. He vivido al lado -de una fauna y de una flora exótica, en una fauna y una -flora muerta y conservada.</p> - -<p>En mi niñez he puesto mi hamaca entre los leones, -las panteras y los cocodrilos disecados; en mi adolescencia -he recogido el maná como los israelitas, el <i>sperma -cœti</i> como los balleneros y la canela de Cylán como -los vedas y los cingaleses.</p> - -<p>Soy un hombre exótico, oriental y occidental, polar y -ecuatorial. Soy un planetario.</p> - -<p>Los tres años de farmacia se interrumpieron con la -llegada del hijo de mistress Blount. Entonces hubo una -serie constante de riñas, de amenazas entre la viuda, su -hijo y mi tío.</p> - -<p>Un día supe con asombro que éste dejaba la botica. -La viuda le había puesto como condición, o casarse con -ella o dejar la farmacia. Mistress Blount tenía cartas en -donde el tío Samuel le daba palabra de casamiento.</p> - -<p>Mi tío no vaciló en aceptar la cesación de la botica y -se alejó del barrio de Soho para siempre.</p> - -<p>—Tú te vienes por ahora conmigo—me dijo. Y, efectivamente, -yo, armado de unos cuantos bártulos, me -marché a su casa.</p> -<hr class="chap" /> -<p><span class="pagenum"><a name="Page_125" id="Page_125"></a></span></p> - - - - -<h4 id="II_I_III">III.<br /> -LOS LIBROS DE MI TÍO</h4> - - -<p>A pesar de ser hijo de viejo, mi padre contaba más -de sesenta años cuando yo nací, soy hombre -fuerte y de gran vigor.</p> - -<p>Según Fitzhamer, el frenólogo, que nos cedía la mitad -de su escaparate, donde exponíamos nuestros ejemplares -disecados por veinte libras esterlinas al año, mis -facultades más desarrolladas son la adquisividad, la -habitabilidad y la religiosidad. La vida no ha destacado -en mí estas condiciones pronosticadas por su frenologidad. -Es posible que la culpa sea mía.</p> - -<p>No sé a punto fijo cuáles son las condiciones íntimas -de mi carácter, como no lo sabe nadie o casi nadie. La -divisa délfica de conócete a ti mismo no ha fructificado -en mí. Respecto a los orígenes de mis conocimientos, -son el colegio, el taller de mi padre y la botica de mi -tío. En el colegio adquirí rudimentos clásicos; llegué al -latín y un poco al griego; en el taller de mi padre aprendí -a disecar y algunas nociones de zoología, y en la botica -de mi tío comencé el estudio de la química y de la -botánica y abrí las obras de los grandes filósofos.</p> - -<p>El tío Samuel se contaba entre los mejores bibliófilos -de Londres. Reunía libros y colecciones de estampas -con una gran perseverancia. Mientras estuve yo en la -<span class="pagenum"><a name="Page_126" id="Page_126">[126]</a></span> -botica solía verle llegar todos los días con paquetes de -libros y rollos de papel.</p> - -<p>Si se le hablaba del cliente que había venido por la -triaca magna o por el aceite de escorpión, todavía en -aquel tiempo se usaban estas cosas, escuchaba, al parecer, -muy atentamente; pero la verdad era que no -hacía caso.</p> - -<p>Cuando abandonamos la botica él y yo, fuimos a vivir -a una estrecha callejuela que comunicaba por un -arco con la plaza llamada Lincoln's-Inn-Fields. La casa -era un edificio negro y alto, que tenía delante un jardinillo -desolado. Difícil hubiera sido encontrar una vivienda -que tuviera un aire más triste. El humo y la niebla -habían dejado sus paredes negras, los cristales de las -ventanas empañados. En el último piso tenía sus habitaciones -mi tío. Estaban éstas llenas de libros y de -papeles.</p> - -<p>Los libros constituían allí una vegetación parásita; -asomaban por encima de los armarios, por debajo de -las sillas y de las mesas.</p> - -<p>Todos los días mi tío solía hacer compras, y yo le -acompañaba. Ibamos a los baratillos, a las ferias, a las -casas particulares. Mi tío tenía alquilados varios cuartos -pequeños en distintos barrios de la ciudad, donde depositaba -sus compras.</p> - -<p>Yo, al ver estos rincones abarrotados de libros y papeles, -le pregunté qué quería hacer con tanto libro y -tanta estampa, si quería venderlos o regalarlos al Museo -Británico; después, cuando comencé a tomarle gusto a -la caza del libro y de la estampa, comprendí que la bibliofilia -y la estampofilia, como todas las chifladuras -humanas que amenizan la existencia, tienen su fin en sí -mismas. Mi tío pasaba por coleccionista humilde, y si -alguien le preguntaba si compraba libros, decía que no, -que sus medios no se lo permitían.</p> - -<p>Ciertamente no era mi tío un bibliófilo bastante rico -e ilustre para pertenecer al Roxburg-Club de Londres; -<span class="pagenum"><a name="Page_127" id="Page_127">[127]</a></span> -pero algunos de los individuos de esta Sociedad le conocían -y le habían invitado más de una vez al banquete -anual que celebraban en la taberna de Old-Saint-Albans, -invitación que mi tío Samuel aceptaba, porque además -de bibliófilo era un gastrónomo consumado.</p> - -<p>A mi tío lo encontraba siempre en tratos y cabildeos -con toda clase de libreros, anticuarios, traperos, comerciantes -de papel viejo y encuadernadores. Uno de los -hombres con quien tenía más negocios pendientes era -un comerciante de papel llamado Tick, dueño de una -tienda de White Hart Sreet, callejuela próxima a Drury -Lane. Tick, hijo de un judío alemán y de una irlandesa, -era un viejo alto, de barba cana, con los ojos azules y -la expresión sonriente. En su tienda era difícil entrar, -por lo estrecha y negra. En la muestra apenas podía -leerse:</p> - -<p class="p2 center large">ABRAHAM TICK</p> -<p class="center">COMERCIO DE PAPEL AL POR MAYOR Y AL DETALLE</p> - -<p class="p2">De la tienda se pasaba a un pequeño patio atestado de -papeles viejos.</p> - -<p>Abraham Tick tenía un hijo de mi edad, William, -muchacho fuerte y guapo, con los ojos negros, las cejas -rubias y el pelo negro.</p> - -<p>Según el frenólogo Fitzhamer, hay que desconfiar de -las personas cuyos cabellos y cejas son de un color diferente. -No sé si en todos los casos; pero, al menos, en -aquél, Fitzhamer tenía razón.</p> - -<p>William Tick, a quien todos llamábamos Will Tick, -se hizo muy amigo mío; mejor dicho, yo me hice amigo -suyo, porque al poco tiempo de conocerle estaba sometido -a su influencia.</p> -<hr class="chap" /> -<p><span class="pagenum"><a name="Page_128" id="Page_128"></a> -<a name="Page_129" id="Page_129"></a></span></p> - - - - -<h4 id="II_I_IV">IV.<br /> -LA CASA DE ISRAELS Y PIPER</h4> - - -<p><span class="smcap">Como</span> mi tío Samuel vió que yo tenía afición a los -libros, creyó debía perfeccionarme en la bibliografía, -y me llevó de dependiente a la casa de Israels y -Piper, de Chancery Lane.</p> - -<p>Chancery Lane es una callejuela que baja de Holborn -a Fleet Street. Como muchas de Londres, tiene una especialidad; -es una calle de gente de toga, de librerías de -Derecho y banqueros.</p> - -<p>Entonces, supongo que ahora seguirá lo mismo, -Chancery Lane estaba formada por casas altas, de ladrillo, -ennegrecidas por el tiempo, la bruma y el humo, -y acariciadas muy de tarde en tarde por los rayos de un -sol traducido al inglés.</p> - -<p>Los colores de esta calle, la gradación de matices de -sus paredes de ladrillo, los encontraba yo muy agradables -a la vista; tenían en tonos obscuros las variaciones -irisadas del coral y del nácar.</p> - -<p>Las casas de Chancery Lane eran tan indiferentes y -tan hostiles como las demás londinenses, y un poco -más: presentaban al transeúnte puertas bien cerradas y -claveteadas, verjas llenas de pinchos, rejas tupidas; eran -estas casas de leguleyos de lo más inhospitalarias, de lo -más fundamentalmente británicas que pueden ser unas -casas, unas puertas y unas rejas.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_130" id="Page_130">[130]</a></span></p> - -<p>Próxima a la salida de Chancery Lane a Lincoln's-Inn-Fields, -y casi enfrente de Cursitor Street, se hallaba -la librería de Israels y Piper. Tenía en la puerta, sobre la -pared roja de la casa, este letrero, medio borrado por las -lluvias:</p> - -<p class="p2 center large">ISRAELS & PIPER, LIMITED</p> - -<p class="center">EDITORES DE OBRAS DE HISTORIA, FILOSOFÍA -Y GENEALOGÍA</p> - -<p class="p2">La librería de Israel y Piper tenía un escaparate pequeño, -una tienda reducida y casi siempre desierta, y -después, un pasillo larguísimo.</p> - -<p>Cualquiera hubiese pensado que aquel establecimiento -no tenía apenas importancia; pero a medida que se -penetraba en él, se iba haciendo mayor y mostrando sus -grandes galerías de catacumba.</p> - -<p>Por un lado daba el establecimiento de Israels y Piper -al jardín de Lincoln's-Inn-Fields, donde se hallaba instalada -la imprenta.</p> - -<p>Los depósitos de la casa eran inmensos; los libros -formaban calles y más calles, y de trecho en trecho, por -encima de estas calles, había puentes de tablas y más -libros encima.</p> - -<p>A algunos pasos de la tienda había una puerta que -daba a un gran patio enlosado y cubierto de cristales, y -a todas horas estaban allí los empleados embalando libros -en cajas, que luego se cargaban en carros, y a todas -horas entraban los mozos de la imprenta, llevando montones -de papel en rama en la cabeza.</p> - -<p>De los dueños, Israels era un judío de unos sesenta -años, de ojos claros, nariz cortante y perilla blanca. Tenía -una amabilidad excesiva y una mirada burlona.</p> - -<p>El señor Piper era un buen inglés, de cabeza cuadrada, -con cara de perro dogo y aire malhumorado.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_131" id="Page_131">[131]</a></span></p> - -<p>El empleo en casa de Israels y Piper no me sedujo. -Teníamos Will Tick y yo un despacho cerca del patio, -en un subterráneo muy húmedo y sombrío, donde trabajábamos -constantemente; y este vivir de topo, siempre -con luz artificial, en sitio negro y húmedo, me molestaba -mucho.</p> - -<p>Will Tick se las arreglaba para no trabajar, y me puso -al corriente de sus mañas.</p> - -<p>La casa de Israels y Piper tenía grandes curiosidades: -se guardaban las prensas que se habían usado en la -casa desde su fundación, los originales de las obras publicadas -y un gran archivo con ejecutorias y manuscritos -heráldicos.</p> - -<p>Para preservar estos tesoros de las ratas había cuatro -perros repulsivos y una docena de gatos feroces.</p> - -<p>Los perros enseñaban los dientes a cuanto desconocido -veían, y los gatos saltaban y bufaban como panteras. -Estos animalitos eran hijos de una gata atigrada, que -atacaba y arañaba al que se acercara a ella.</p> - -<p>Este animal feroz era para Israels el genio familiar de -la casa; le miraba con el mismo entusiasmo que Dick -Whittington, el popular personaje, a su felino, a quien -debía la fortuna y el llegar a haber sido lord mayor de -Londres.</p> - -<p>Entre los dependientes de la librería Israels y Piper, -me hice amigo, además de Will Tick, de un joven, Percy -Harrison, muchacho simpático, hijo de un labrador.</p> - -<p>Percy tendría mi edad y mis aficiones, y me convenció -para que fuera con él, de noche, a una academia de -dibujo. Había visto los ensayos de caricaturas que yo -hacía, y pensaba que podría utilizar mi pequeño talento.</p> - -<p>Todo el tiempo que estuve en casa de Israels y Piper, -un año y medio, fuí de noche a la academia de dibujo; -pero noté que, a medida que copiaba de estatua, la poca -gracia que tenían mis caricaturas desaparecía.</p> - -<p>Se lo advertí a Percy, y éste reconoció que el cultivo -del arte clásico no me convenía.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_132" id="Page_132">[132]</a></span></p> - -<p>Percy, al mismo tiempo que se perfeccionaba en el -dibujo, practicaba la litografía. Cuando creyó que dominaba -este arte, proyectó comprar una prensa litográfica -y útiles para el oficio, y establecerse.</p> - -<p>Formamos una sociedad Will Tick, Percy y yo, y decidimos -abandonar a Israels y Piper y lanzarnos un poco -a la aventura.</p> -<hr class="chap" /> -<p><span class="pagenum"><a name="Page_133" id="Page_133"></a></span></p> - - - - -<h4 id="II_I_V">V.<br /> -ELOGIO DE LA LITOGRAFÍA</h4> - - -<p><span class="smcap">Los</span> primeros trabajos litográficos que hicimos entre -Percy y yo fueron vistas de pueblos, escenas pintorescas -y retratos de personajes célebres. Will Tick -vendió las estampas a buen precio, y al recibir el producto -de las ventas, consideramos que un río de oro entraba -en nuestros bolsillos.</p> - -<p>Tras de estos tímidos ensayos, intenté yo la caricatura, -y una de las mejores que hice fué a favor de los liberales -españoles y en contra del rey Fernando VII. Esta -caricatura me relacionó con algunos españoles, entre -ellos, con el hispanoinglés Blanco-White, que acababa -de publicar unas cartas sobre España, y que fué, probablemente, -el que me sugirió la idea de venir a la Península.</p> - -<p>Después de mi estampa antifernandina, hice otras varias, -que se vendieron mal que bien. Pronto noté que -faltaba a mis caricaturas personalidad y crueldad. No -podía llegar a la sátira brutal y enconada de un Gilray, -ni a dar a mis personajes el aire tan típicamente inglés -de las estampas de Jorge Cruikshank.</p> - -<p>—En la caricatura—me dijo Will Tick, que en esto, -como en todo, discurría con mucha claridad—hay la -cepa dulce y la cepa agria. Tú eres de la cepa dulce, y -en Inglaterra, actualmente, eso no gusta.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_134" id="Page_134">[134]</a></span></p> - -<p>Will Tick tenía razón.</p> - -<p>Como vi que el mercado se cansaba pronto de mis estampas, -intenté dar otro producto, y me dediqué al agua -fuerte.</p> - -<p>El agua fuerte es un arte, indudablemente, de más interés, -de mayor individualidad que la litografía.</p> - -<p>Tiene, además, un encanto para el que la cultiva, y -es el encanto de las sorpresas. Estas sorpresas proceden -de los efectos inesperados de la mordedura del ácido en -la plancha, y también mucho de la estampación.</p> - -<p>La litografía, en cambio, no tiene sorpresa alguna, y su -estampación es más mecánica. Se puede decir que cada -prueba de agua fuerte es casi tan única como un cuadro; -en cambio, las pruebas litográficas son todas iguales.</p> - -<p>El procedimiento del agua fuerte me gustó, por ser -más personal, más complicado y, al mismo tiempo, más -libre que el de la litografía.</p> - -<p>En la litografía, vencida la dificultad de dibujar al revés, -está todo resuelto; en tanto que se realiza el trabajo -se puede seguir su progreso mirando la piedra directamente -o en un espejo; en cambio, en el agua fuerte, -mientras se raya la plancha de cobre, ésta es un misterio. -El grabador supone que una parte le ha salido bien, -que la otra, mal; cree que esto es demasiado negro; -aquello, por el contrario, demasiado blanco; mete la -plancha en el ácido, saca después la prueba, y todas -son para él sorpresas.</p> - -<p>La litografía es más honrada; en ella no sale ni más -ni menos que lo que se pone.</p> - -<p>Mis entusiasmos por el agua fuerte me quitaron la -afición a trabajar en la litografía. Me gustaba, sí, la estampa -litográfica; pero más las de los otros que las mías. -Prefería ser coleccionista de estampas que litógrafo.</p> - -<p>Realmente, la litografía no es un gran arte, pero es un -arte simpático dentro de su vulgaridad. Es algo como la -canción de la calle, como la melodía popularizada por -un organillo.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_135" id="Page_135">[135]</a></span></p> - -<p>La fusión de la litografía con el costumbrismo y con -la historia episódica de la época ha dado origen a una -clase de estampas que son los mejores documentos de -nuestro tiempo.</p> - -<p>Se dirá que estas láminas nos dejan una impresión -falsa de las cosas.</p> - -<p>Cierto.</p> - -<p>Alguno asegurará que el arte debe dar la sensación de -la realidad con elementos artificiales y que la litografía -hace todo lo contrario: dar una impresión de irrealidad -con elementos verdaderos. ¿Qué importa? ¿Es que hay -una realidad fuera de nosotros? Yo, lector de Kant y de -Berkeley, no creo en más realidad que la de nuestro yo. -Lo demás son disfraces de la Madre Naturaleza, aspectos -de la Cosa en sí que no sabemos hasta qué punto -existen, y si sus presentaciones ante nuestros sentidos -son o no constantes.</p> - -<p>Podrán otros despreciar la litografía como un arte -industrial, vulgar e insignificante; para mí ha tenido y -sigue teniendo grandes atractivos.</p> - -<p>Estas vistas de pueblos, tan falsas en conjunto y tan -exactas en los detalles; estas escenas campestres, tan -poco campestres; estos españoles, tan poco españoles; -estos griegos, tan poco griegos; estos ríos, estas cataratas, -estos personajes, estas amazonas, que son la verdad -convencional de un momento histórico, no hubieran podido -representarse tan en armonía con el espíritu de la -época como con el lápiz ligero, amable y un poco banal -de la litografía.</p> -<hr class="chap" /> -<p><span class="pagenum"><a name="Page_136" id="Page_136"></a> -<a name="Page_137" id="Page_137"></a></span></p> - - - - -<h4 id="II_I_VI">VI.<br /> -EN PLENA BOHEMIA</h4> - - -<p><span class="smcap">Percy</span> y yo alquilamos un cuarto, y llevamos a él -nuestros útiles y algunos muebles al fiado.</p> - -<p>Al principio trabajamos con entusiasmo; luego, poco -a poco, fuimos flaqueando y llegamos a no hacer nada -y a mirar con desdén y con cierta sorna nuestros instrumentos -de grabadores.</p> - -<p>Will Tick nos sacaba con frecuencia de apuros con -la fertilidad de sus recursos. Muchas veces nos llevaba -a su casa para que le ayudásemos.</p> - -<p>Tick, padre e hijo, se dedicaban a negocios sospechosos.</p> - -<p>Guardaban montones de papel sellado viejo, que les -debía servir para falsificar documentos. Lavaban y cocían -papeles escritos con agua de cloro y los sacaban -limpios; sabían también hacer tinta antigua y calcar -firmas.</p> - -<p>Todos los trabajos de la casa eran poco claros y menos -lícitos. Durante el tiempo que acudí al taller de los -Tick, el negocio más legal que hicieron padre e hijo fué -decolorar y raspar unas hojas en pergamino de unos libros -capitulares y convertirlos en parches de tambores -y panderetas.</p> - -<p>Siempre se les veía al padre, al hijo y a un criado,<span class="pagenum"><a name="Page_138" id="Page_138">[138]</a></span> -albino y zambo, en el patio, sucio y negro, borrando papeles -y secándolos en una estufa.</p> - -<p>Abraham Tick maniobraba en aquellas cosas que no -caen fácilmente bajo la mirada de un juez.</p> - -<p>Una de sus especialidades consistía en inventar genealogías -y falsificar documentos nobiliarios. La impunidad -estaba asegurada. Era muy difícil que su trabajo -llegara a conocimiento de la justicia, porque el que encargaba -la falsificación de una ejecutoria o de un árbol -genealógico era el primer interesado en que ningún perito -examinara con cuidado sus documentos.</p> - -<p>Abraham Tick nos pagaba bien cuando le ayudábamos. -En su tienda conocí mucha gente, porque el viejo -Tick tenía grandes relaciones. Solían reunirse allí una -porción de tipos que andaban a la husma por las prenderías, -librerías y tiendas de antigüedades.</p> - -<p>Yo también me decidí a sacar la comida al husmeo, -y comencé a proveer a mi tío y a unas cuantas personas -más de libros y de estampas. También compraba -retratos, que vendía después a Fitzhamer. El frenólogo -los utilizaba para sus estudios. Algunas estampas anteriores -al título no tenían nombre, y yo solía ponerlo al -margen con lápiz. Era curioso ver con qué candidez se -las arreglaba el frenólogo para encontrar en la cabeza -del retratado lo que, según todo el mundo, había; cómo -adivinaba el espíritu matemático en Pascal, la gracia en -Voltaire, el sentido astronómico en Copérnico, etcétera, -etc. Una confusión mía hizo que el retrato de Fenelón -pasara por el de Maquiavelo, y el de Florián por -Fouquier-Thinville, y al contrario: y hubo que admirar -con qué precisión Fitzhamer encontró matemáticamente -la chistosidad y la astuciosidad en Fenelón, tomándolo -por Maquiavelo, y la destructividad en el insípido Florián, -a quien tomaba por Fouquier-Thinville.</p> - -<p>No siempre daba yo en el blanco en mis paseos a la -busca de unos cuantos chelines, y entonces Percy y yo -nos dedicábamos a comer al fiado. Al principio nos pre<span class="pagenum"><a name="Page_139" id="Page_139">[139]</a></span>ocupábamos -de pagar; pero llegó un día en que el pensamiento -del mañana no nos alteró lo más mínimo, y nos -dedicamos, desde entonces, a los platos más suculentos -y a los líquidos más espirituosos, con la vaga esperanza -de que alguien los pagara.</p> - -<p>Cuando la estrechez era grande íbamos a ver a Will -Tick; pero éste nos ofrecía ya descaradamente trabajos -peligrosos de falsificación, lo que nos alarmaba.</p> - -<p>Los amigos de Percy y los míos, alegres camaradas, -vivían de una manera parecida a la nuestra, dispuestos -a gozar, a sacarle jugo a la existencia.</p> - -<p>Uno de ellos, para mí el más querido, a quien había -conocido en el colegio, era Tomás Burton, joven disipado -y de familia acomodada, de la escuela de lord Byron, -que encontraba todo muy negro en la vida.</p> - -<p>Burton se envenenaba con opio y leía libros de astronomía, -de los cuales sacaba argumentos para deducir -la mezquindad y la miseria de la vida humana.</p> - -<p>—Lo mejor que puedo hacer, en obsequio de mi familia, -es arruinarla—decía—, y después suprimirme yo. -El dinero nos ha hecho desdichados.</p> - -<p>Otro de los comensales constantes en nuestras francachelas, -Joe Flinder, viejo estudiante de leyes, guardaba, -según decía, un gran baúl lleno de obras maestras, -diez o doce poemas que hubiera firmado Milton, y un -centenar de tragedias y comedias bastante más sugestivas -y profundas que las de Shakespeare.</p> - -<p>A pesar de esta premisa, él pensaba que se podía afirmarla -con la seguridad de un axioma matemático, no -había editor ni empresario para sus obras. ¡Tal era la -estupidez y el mal gusto de la orgullosa Inglaterra!</p> - -<p>Otras personas se reunían con nosotros, sobre todo -algunos jóvenes ricos que venían acompañados por -Will Tick. Will nos presentaba a ellos como hombres -de un talento enorme, bohemios incorregibles, de una -existencia pintoresca, desordenada y absurda.</p> - -<p>Percy y yo habíamos llegado a encontrar muy lógico<span class="pagenum"><a name="Page_140" id="Page_140">[140]</a></span> -nuestro sistema de vida; generalmente no pagábamos a -los proveedores, y los ingresos que obteníamos unas veces -por la compraventa de un cuadro, de un grabado -o de un libro raro, los empleábamos en una cena -alegre.</p> - -<p>Solíamos tener grandes discusiones, debatíamos acerca -de la gloria, de la política, de la literatura, de los -medios de hacer dinero, de la Reforma, de la Constitución, -y concluíamos con las caras inyectadas, cantando -a voz en grito el <i>Fantasma</i>, de Cock Lane, los <i>Niños en -el bosque</i>, o alguna canción patriótica, como <i>¡Rule Britannia!</i> -y ¡<i>Oh, Bretaña</i>, el orgullo del Océano!</p> -<hr class="chap" /> -<p><span class="pagenum"><a name="Page_141" id="Page_141"></a></span></p> - - - - -<h4 id="II_I_VII">VII.<br /> -DÍAS TRISTES</h4> - - -<p><span class="smcap">Bien</span> comprendía yo que aquella vida no podía durar, -que era un paréntesis más o menos largo que -se había de cerrar de un día a otro. Efectivamente, el -paréntesis se cerró pronto. Una mañana el dueño de la -casa nos avisó que habiendo aguardado mucho tiempo -el cobro de nuestros alquileres, ya no podía esperar más. -Nos daba un plazo de veinticuatro horas para desalojar -la habitación.</p> - -<p>Poco después de este aviso llegó Flinders con la noticia -de que Burton se acababa de suicidar. Al entrar -su madre en su cuarto se lo había encontrado tendido -en el suelo y muerto.</p> - -<p>La noticia me hizo una gran impresión.</p> - -<p>Percy, Flinders y yo hablamos largo rato, y yo me -olvidé de mis apuros.</p> - -<p>Hubiéramos ido a dar el último adiós a nuestro amigo; -pero temíamos que la familia no nos quisiera dejarle -ver, considerándonos como gente perdida que quizá -había arrastrado al suicida a su mal fin.</p> - -<p>Decidimos salir y acercarnos a la casa de Burton. Al -bajar las escaleras un muchacho me trajo una carta.</p> - -<p>Decía así:</p> - -<p class="i2"><span class="pagenum"><a name="Page_142" id="Page_142">[142]</a></span> -«Querido Thompson: Si te envían esta carta, es que -me habrán encontrado muerto. Me voy con gusto. Un -apretón de manos y buena suerte.</p> - -<p class="mright"><i>Burton</i>.»</p> - - -<p class="p2">Discutimos si había hecho bien, si había hecho mal -nuestro camarada, porque no hay nada que remueva -tanto el espíritu como esa negación de la vida del suicidio.</p> - -<p>Hablando de Burton salimos a la calle. Era al anochecer. -Hacía uno de estos días de otoño de Londres en -que el cielo, invariablemente sombrío, descarga aguaceros -sobre aguaceros; toda la gran urbe exudaba humedad -negra y polvo de carbón, y los hombres, los caballos -y los perros se arrastraban sobre el fango de las -calles, mientras algunos pocos privilegiados se aburrían -en sus palacios o miraban por la ventana del club o por -el cristal del coche a los desharrapados rebozados en el -barro.</p> - -<p>Llegamos a casa de Burton y no nos quisieron recibir; -tales eran nuestras trazas. Volver a la habitación de -noche, despertando a la vecindad, hubiera sido exasperar -al propietario. Pasamos la noche a pie firme y por la -mañana me presenté a mi padre.</p> - -<p>Hablamos, me sermoneó un tanto y me dijo que debía -ir a ver a mis hermanos. Yo le contesté que no. Mis -hermanas se sentían orgullosas de su posición; estaban -casadas con personas de calidad y no les gustaba pensar -que tenían un pariente perdulario. Mis dos hermanas -mayores eran de la misma madera; de un egoísmo -perfecto y de una indiferencia insolente por la suerte de -la familia. No iban a preocuparse de mí, a quien apenas -conocían.</p> - -<p>Me dió mi padre unos peniques, lo único que tenía; -comí y fuí a ver a mi tío. Le dije que me hallaba en una -situación difícil y que había pensado pedir trabajo a<span class="pagenum"><a name="Page_143" id="Page_143">[143]</a></span> -William Tick. Luego le conté los procedimientos que -empleaba Will.</p> - -<p>—Sí, los ha heredado de su padre—dijo mi tío—. -Se ve que es tan granuja como todos los de su familia. -Ten cuidado, no te vayan a arrastrar a dar un mal paso. -Abraham Tick está haciendo constantemente falsificaciones; -tú dibujas algo y querrán utilizarte. No seas tonto. -Haz todas las deudas que puedas; pon tu firma en -todos los pagarés que te traigan; pero nada de imitar -letras, facturas, sellos o cosa por el estilo. Esto es la -cuerda o los trabajos forzados.</p> - -<p>La observación de mi tío me hizo mella; yo pensaba -lo mismo, aunque no me había planteado la cuestión -tan claramente. El era un truchimán listo y su consejo -no cayó en olvido.</p> - -<p>Viví unos días en casa de Tick encerrado, pintando -árboles genealógicos, y un día Will me trajo unas láminas -de un banco de la City para que yo las calcara y -luego las estampara Percy.</p> - -<p>Pretexté que no tenía vista. Will Tick se rió diciéndome -que lo hiciera, o que si no, me marchase. Yo opté por -marcharme.</p> - -<p>—Te morirás de hambre—me dijo.</p> - -<p>—No; porque mi tío me ha encargado hacer un catálogo -de su biblioteca.</p> - -<p>Will Tick me insultó, llamándome estúpido y egoísta; -y yo fuí en busca de mi tío. Le conté el caso; cómo me -hallaba perseguido por los acreedores, la proposición de -falsificación que me había hecho Will Tick, y le pedí que -me cediese una de sus madrigueras de libros y me diera -de comer, a cambio de lo cual yo le haría el trabajo -que me indicara de copia o de calco. Después de vacilar -mucho mi tío aceptó y quedamos de acuerdo en que le -restauraría algunas portadas y documentos antiguos. -Fuimos los dos a una casucha del barrio de Islington. -Era un zaquizamí del último piso, lleno de montones -de libros que conservaban polvo de muchos años.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_144" id="Page_144">[144]</a></span></p> - -<p>Un tabernero de la esquina, conocido de mi tío, me -traería la comida y no me prestaría ni un penique.</p> - -<p>Tomé posesión de mi cuchitril y comencé mis trabajos.</p> - -<p>Todo el invierno lo pasé así encerrado. Miraba desde -mi palomar el cielo bajo y sombrío de Londres con el -humo espeso que salía de las chimeneas. Por la mañana -hacía las restauraciones para mi tío, y después estudiaba -francés y español, porque tenía el proyecto de escaparme -de Londres.</p> - -<p>De noche los ratones me hacían compañía y venían a -devorar los restos de mi comida. Algunas veces ataba -con un bramante una corteza de queso y me divertía -retirándola cuando se echaban sobre ella los pequeños -y graciosos roedores.</p> - -<p>Los días brumosos y negros me entraba la desesperación -de no hacer nada y me metía en la cama.</p> -<hr class="chap" /> -<p><span class="pagenum"><a name="Page_145" id="Page_145"></a></span></p> - - - - -<h4 id="II_I_VIII">VIII.<br /> -EXAMEN DE MIS APTITUDES POR EL SISTEMA -MÉTRICO DECIMAL</h4> - - -<p><span class="smcap">Uno</span> de aquellos días en que me hallaba más aburrido -aún que de ordinario, hice este cuadro de -mis aptitudes morales e intelectuales por el sistema métrico -decimal:</p> - -<table border="0" cellpadding="5" cellspacing="5" summary="condiciones"> -<tr> - <td class="tdc1" colspan="4">CONDICIONES DE J. H. THOMPSON</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdl">Amor al trabajo.</td> - <td class="tdr">5</td> - <td class="tdl"> </td> - <td class="tdc">por 100.</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdl">Benevolencia.</td> - <td class="tdr">10</td> - <td class="tdl"> </td> - <td class="tdc">»</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdl">Egoísmo.</td> - <td class="tdr">15</td> - <td class="tdl"> </td> - <td class="tdc">»</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdl">Valor personal.</td> - <td class="tdr">5</td> - <td class="tdl"> </td> - <td class="tdc">»</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdl">Sentido erótico.</td> - <td class="tdr">10</td> - <td class="tdl"> </td> - <td class="tdc">»</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdl">Moralidad.</td> - <td class="tdr">5</td> - <td class="tdl"> </td> - <td class="tdc">»</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdl">Espíritu religioso y superstición.</td> - <td class="tdr">2</td> - <td class="tdl">1/2</td> - <td class="tdc">»</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdl">Adquisividad (estilo Fitzhamer).</td> - <td class="tdr">2</td> - <td class="tdl">1/2</td> - <td class="tdc">»</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdl">Sociabilidad.</td> - <td class="tdr">10</td> - <td class="tdl"> </td> - <td class="tdc">»</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdl">Instinto de vagabundez.</td> - <td class="tdr">15</td> - <td class="tdl"> </td> - <td class="tdc">»</td> -</tr> - -</table> - - - -<p>Después del cuadro sinóptico de mis aptitudes, comencé -el de mis conocimientos por el mismo sistema -métrico decimal, y me resultó éste:</p> - -<table border="0" cellpadding="5" cellspacing="5" summary="condiciones2"> - - -<tr> - <td class="tdl">Dibujo.</td> - <td class="tdr">10</td> - <td class="tdc">por 100.</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdl">Literatura.</td> - <td class="tdr">10</td> - <td class="tdc">»</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdl">Filosofía.</td> - <td class="tdr">5</td> - <td class="tdc">»</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdl">Botánica y Farmacia.</td> - <td class="tdr">10</td> - <td class="tdc">»</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdl">Arte de disecar.</td> - <td class="tdr">15</td> - <td class="tdc">»</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdl">Geografía.</td> - <td class="tdr">5</td> - <td class="tdc">»</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdl">Lenguas.</td> - <td class="tdr">5</td> - <td class="tdc">»</td> -</tr> - -</table> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_146" id="Page_146">[146]</a></span> -Por una fantasía como ésta, el frenólogo Fitzhamer -cobraba bastante dinero; en cambio, yo no me cobré -nada a mí mismo.</p> - -<p>Mi interés en esta época consistía en elevar mis conocimientos -lingüísticos (5 por 100, según el cuadro) a un -10 o a un 15 por 100.</p> - -<p>Aprendía el español y el francés sin maestro, y tenía -la sospecha de que iba a entendérseme con dificultades. -Sobre todo la pronunciación y la propiedad de las palabras -me fallarían. Me pasaría probablemente lo que al -inglés de una caricatura francesa, que entra en un café -de París y para pedir: <i>Garçon, une bouteille de biere</i>, -hace un esfuerzo de memoria y dice: <i>Celibataire, une -bouteille de cercueil!</i></p> - -<p>Esta confusión de las cervezas con los ataúdes, lo -más que podía producir es que se burlasen de uno.</p> - -<p>Aunque comprendía que no me las arreglaría fácilmente, -no me preocupaba esto mucho. Lo difícil para mí -era dar el primer paso, cruzar el canal de la Mancha y -desembarcar en el Continente.</p> - -<p>Había pensado marchar a España. Sentía hambre de -sol y de cielo azul; estaba cansado de encierro, de lluvias -y de barro.</p> - -<p>Había leído bastante sobre España; no creía, ni mucho -menos, que fuera un país de delicias en que a cada -paso ocurrieran aventuras extraordinarias; pero pensaba -ir allí.</p> - -<p>Aunque soy optimista, no soy de los que abrigan una -confianza excesiva en los hombres y en las cosas, y que -se desilusionan al menor tropiezo. Mi fuerza está en la -perseverancia y en la resignación estoica. He sido siempre -más espectador que actor; la vida me ha dado la -impresión de una comedia, a veces amable, a veces -aburrida. Tengo las decisiones tardas. He necesitado -siempre el aguijón de la necesidad imperiosa para lanzarme -a la acción. Si esta necesidad imperiosa no me -azuza, miro los acontecimientos con calma.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_147" id="Page_147">[147]</a></span></p> - -<p>Muchas veces he dicho: Veremos a ver esto adónde -nos arrastra; y he seguido a la deriva, bastante indiferente, -mientras no aparecía la cruel y urgente necesidad.</p> - -<p>Mi viaje a España era cuestión de momento. A veces -creía si sería mejor quedarme en Londres. Mis acreedores -estaban despistados, ¿pero cómo vivir así constantemente? -La quietud me iba enmoheciendo; necesitaba -hacer algo, aunque fuesen tonterías: andar, correr, cambiar -de escenario...</p> -<hr class="chap" /> -<p><span class="pagenum"><a name="Page_148" id="Page_148"></a> -<a name="Page_149" id="Page_149"></a></span></p> - - -<h4 id="II_I_IX">IX.<br /> -ULTIMA HAZAÑA EN LONDRES</h4> - - -<p><span class="smcap">Un</span> día leí en un periódico el descubrimiento de una -falsificación de billetes de Banco y la prisión de -los falsificadores y encubridores, entre los cuales se encontraba -mi amigo Percy Harrison. Will Tick no aparecía -en la lista de los presos.</p> - -<p>¿Sería extraño al asunto? ¿O se habría escabullido de -las garras de la justicia con arte?</p> - -<p>Dada su habilidad y su maña, era cosa muy probable.</p> - -<p>Unas semanas después iba yo muy envuelto en mi -gabán raído, y más envuelto aún en una niebla espesa y -rojiza, a casa de mi padre, cuando me encontré a Will -Tick hablando con una mujer.</p> - -<p>Me paró; le dije claramente que suponía que el instigador -de la falsificación por la cual habían prendido a -Percy era él; pero Will Tick me demostró, con argumentos, -que no era cierta mi sospecha.</p> - -<p>Sus razones mitigaron la cólera que sentía en contra -suya, y hablamos largamente. Le dije que pensaba -marcharme a España.</p> - -<p>—¿Tienes dinero?—me preguntó.</p> - -<p>—No.</p> - -<p>—¿Sabes a quién le podríamos sacar unos cuartos?</p> - -<p>—¿A quién?</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_150" id="Page_150">[150]</a></span></p> - -<p>—A mi padre.</p> - -<p>—¿Cómo?</p> - -<p>—Tu tío ha dejado en depósito cuarenta libras esterlinas -en casa de mi padre para que le compre la biblioteca -de un anticuario que ha muerto. Mi padre ha visto -la biblioteca y siente tener la necesidad de comprarla -para tu tío, porque en esa biblioteca hay algunos libros -de valor; pero ha dado su palabra y no se puede volver -atrás; perdería un buen parroquiano.</p> - -<p>—Entonces no hay nada que hacer.</p> - -<p>—Sí, hay mucho que hacer. Mi padre, al menor pretexto -que tenga, devuelve con gusto las cuarenta libras -esterlinas. Tú vienes conmigo a mi casa, le dices a mi -padre que tu tío ha cambiado de parecer, y te entrega -las cuarenta libras, que nos las repartiremos.</p> - -<p>—No, no. Yo no hago eso.</p> - -<p>—Lo haré yo por tu cuenta; pero es necesario que tú -te presentes conmigo y recibas el dinero.</p> - -<p>Vacilé, porque la cosa me parecía un poco dura, tratándose -de un hombre que me había favorecido como -mi tío Samuel; pero pensé también: «Si no aprovecho -esta ocasión, ¿cuándo se me presentará otra? Hay que -decidirse. ¡Adelante!»</p> - -<p>Fuimos a casa de Tick, y Will habló a su padre.</p> - -<p>El viejo falsificador escuchó largo tiempo sonriendo, -moviendo la cabeza en ademán negativo, hasta que se -decidió, y sacando de un cajón las cuarenta libras esterlinas -me las puso en la mano. Will me empujó a la salida -y me dijo:</p> - -<p>—¡Venga mi parte!</p> - -<p>Le di veinte libras; luego me pidió que le diera otras -cinco por la comisión.</p> - -<p>—No; no te doy una más.</p> - -<p>—Bueno. Eres un roñoso. ¡Adiós!</p> - -<p>Con el dinero en el bolsillo y el espíritu lleno de remordimientos -un poco cómicos, me fuí a los muelles y -averigüé que, pocas horas después, al amanecer, salía<span class="pagenum"><a name="Page_151" id="Page_151">[151]</a></span> -un paquebot para Burdeos. Como temía la indignación -de mi tío Samuel, a quien quizá ya no podría pedir -nunca nada en la vida, le escribí una carta desde una -taberna contándole la hazaña que habíamos realizado a -expensas entre Will y yo. Le decía que obraba impulsado -por una fuerza mayor. Después escribí otra carta -a mi padre despidiéndome de él, y al rayar la mañana -bajaba en el barco por el Támesis, camino del Continente.</p> - -<p>—Veremos lo que nos reserva el destino—murmuré, -mientras me acercaba a la borda, mareado y con la -mano aplicada a la boca del estómago.</p> -<hr class="chap" /> -<p><span class="pagenum"><a name="Page_152" id="Page_152"></a> -<a name="Page_153" id="Page_153"></a></span></p> - - - -<h4 id="II_I_X">X.<br /> -LOS DESTINOS ABSURDOS</h4> - - -<p><span class="smcap">Cualquiera</span>, al leer la frase final del capítulo anterior, -supondrá que yo soy un fatalista. No; no lo -soy. No lo soy, pero no ando lejos de serlo. Esta idea -de fatalidad es un poco confusa. Encerrando la idea de -predestinación, es para mí falsa; pero significando sólo -destinación, me parece exacta.</p> - -<p>No cabe duda que si uno marca en un papel una serie -de puntos, se pueden unir éstos con una línea; tampoco -cabe duda que la tal línea tendrá un carácter: será -recta o quebrada, y presentará una figura especial. A -esta figura, después de hecha <i>a posteriori</i>, le llamaremos -necesidad, destinación, y si estuviera hecha <i>a priori</i>, -le llamaríamos fatalidad, predestinación.</p> - -<p>En el punto 1 de la línea no sabemos dónde va a caer -el punto 2, ni en el punto 2 cuál va a ser el 3; pero trazados -los puntos 2 y 3, podemos asegurar que de ninguna -manera, aunque se deshiciera el Universo, podrían -estar en otro sitio mas que en el que están.</p> - -<p>Tales reflexiones me hacía yo, tendido en un banco -de la cubierta del paquebot, a medida que salíamos del -canal de la Mancha y se me iba pasando el mareo.</p> - -<p>Cuando se disipó por completo pensé que sería práctico -inventar una finalidad para mi viaje al llegar al -Continente, y se me ocurrió una pequeña historia basa<span class="pagenum"><a name="Page_154" id="Page_154">[154]</a></span>da -en mi tío, el sargento Cox, que había sido un calavera -y había estado en la Península con las tropas del -general Moore. Me pareció que nadie se incomodaría -porque ascendiese un poco en el escalafón a mi tío, y -decidí llamarle el comandante Cox. El comandante había -muerto en la Península, dejando una pequeña fortuna, -que yo iba a recoger, ¿cinco mil libras?, ¿seis mil libras? -Creo que nadie se enfadaría si elevaba la herencia a diez -mil libras.</p> - -<p>Animado por una perspectiva tan agradable, me levanté -de mi banco y me puse a pasearme por la toldilla.</p> - -<p>Había otro joven, poco más o menos de mi misma -edad, que llevaba por todo equipaje una caja de tabaco; -nos pusimos a hablar, y, llevado por esa necesidad de -confidencia que se siente al viajar solo, le conté mi historia.</p> - -<p>—¿Así que va usted sin objeto al Continente?—me -preguntó.</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—Pues a mí me pasa lo mismo; pero como soy en el -fondo fatalista, creo que adonde me lleve la casualidad -allí estaría fijado mi sino. Aquí donde me ve usted, salgo -de una cárcel, donde he estado durante algún tiempo -deshaciendo cuerda.</p> - -<p>—¿Hizo usted alguna falsificación?</p> - -<p>—No; yo estaba en relaciones mercantiles con una -banda de ladrones que me alimentaban. Una vez proyectaron -un robo en un hotel. Cada cual tenía su misión; -yo era el encargado de echar un pedazo de carne con -láudano al perro. Me dieron el frasquito y, como yo soy -desmemoriado, lo dejé en un rincón; luego lo confundí -con una botella de una salsa, y eché salsa a la carne -que tenía que comer el perro, y, claro, no se durmió. -Resultó que la policía estaba avisada, y que me habían -visto echar la carne al perro, y que nos prendieron a -todos los ladrones, a mí con la botella de la salsa. Cuan<span class="pagenum"><a name="Page_155" id="Page_155">[155]</a></span>do -le conté lo ocurrido a mi abogado, éste dijo en el -juicio que yo era un joven muy virtuoso, y explicó cómo -había caído en manos de malhechores, que me habían -enviado con un frasco de láudano y un pedazo de carne -para echársela al perro, y yo había dejado el láudano y -cogido una botella de salsa para rociar con ella la carne -que iba a echar al guardián de la casa.</p> - -<p>Reconocieron todos los jueces que yo era un joven -virtuoso, y me echaron a la calle, donde empecé a morirme -de hambre.</p> - -<p>Entonces entré en sociedad con un par de individuos -que se dedicaban a ese negocio bastante lucrativo que -llaman los franceses <i>chantage</i>. Llevaban ya en preparación -uno importante; tenían documentos de un político, -con los cuales pensaban sacar mucho dinero, y me enviaron -a mí a hacer la proposición. Llegué yo a casa del -político con la lección aprendida; pero no sé cómo me -las arreglé, que confundí todo lo que tenía que decir; -descubrí el juego de mis socios e hice que nos metieran -a todos en la cárcel.</p> - -<p>Como la otra vez, me absolvieron, y considerándome, -sin duda, como un inconsciente, me llevaron a un asilo, -donde he estado durante algún tiempo haciendo estopa.</p> - -<p>Al salir del asilo pensé si mi porvenir estaría en explotar -a las mujeres. Elegí una muchacha que me pareció -dócil, y comencé a cultivarla con el fin de vivir a sus -expensas; pero se interpuso un hombre, luché con él; -nos llevaron a juicio, y todo el mundo creyó que yo era -un idealista y que me había pegado con mi rival por defender -a una dama.</p> - -<p>Ayer estaba en Hyde Park, al anochecer, pensando en -la manera de quitar a una señora, acompañada de un -caballero, un collar que llevaba, cuando vi que el señor -que hablaba con esta dama era el político a quien habíamos -querido explotar. Este se acercó a mí y me dijo:</p> - -<p>—Si no hablas de lo que has visto, te daré veinte -libras.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_156" id="Page_156">[156]</a></span></p> - -<p>Yo no había visto nada. Alargué la mano y recibí un -billete. Fuí al Arco del mármol y miré el billete a la luz -de un farol. Era bueno.</p> - -<p>Por la mañana compré un traje, comí y me vine a este -barco. Voy a desembarcar en Francia, en donde no sé -qué haré. Ya que no puedo ser un criminal hábil, intentaré -ser una persona honrada. Si no puedo ser ni una -cosa ni otra, me dedicaré al comercio.</p> - -<p>El joven fatalista se encogió de hombros y yo me volví -a tender en mi banco.</p> -<hr class="chap" /> -<p><span class="pagenum"><a name="Page_157" id="Page_157"></a></span></p> - - - -<h4 id="II_I_XI">XI.<br /> -EN MEMORIA DE BURTON</h4> - - -<p><span class="smcap">El</span> paquebot había entrado en Burdeos. El día, de -mayo, estaba espléndido; el sol, brillante. Hacía -un ligero vientecillo del norte. Como no llevaba equipaje, -salí inmediatamente del barco, fuí a la terraza de un -café y estuve contemplando la gente que pasaba y el -movimiento del puerto. Sentí cierta soñolencia y hubo -un momento en que cerré los ojos y estuve desvariando. -Creí encontrarme entre mis amigos de Londres y que -interpelaba a Burton, que me escuchaba muerto y sonriendo.</p> - -<hr class="tb" /> - -<p>J. H. Thompson pone aquí el discurso que dirigió a la -sombra de su amigo, que aunque no viene muy a cuento -lo insertamos:</p> - -<p>—¡Qué error el de suprimirse así del mundo de los -vivos!—le dice a su amigo—. ¡Qué error, querido Burton. -Habiendo este sol y este aire puro, y este cielo azul, -surcado por nubes blancas, y estas gentes que van y -vienen, y estas extrañas apariencias de la Cosa en sí! -¡Qué error, amigo Burton, el suprimirse!</p> - -<p>Oh, no; yo no te diré que estos hombres valgan la -pena de ser hablados, ni que estas mujeres sean Ofelias -románticas y puras, no. Es posible que la mayoría de -todos ellos sean ganado vacuno, o quizá de cerda; pero<span class="pagenum"><a name="Page_158" id="Page_158">[158]</a></span> -¡qué cielo! ¡qué luz! ¡Cómo se siente la sangre que circula -por las venas!</p> - -<p>¡Qué error, amigo Burton, el de suprimirse!</p> - -<p>No, yo no trataré jamás de convencerte de que el -amor y la fraternidad humana nazcan con tanta facilidad -como las algas en el mar, ni que la amistad pura -sea una cosa corriente. Yo reconozco, de buen grado, -como tú, que la mayoría de los hombres somos egoístas -y bestias, ¿pero qué duda cabe de que los hay inteligentes -y buenos?</p> - -<p>Ciertamente, yo no creo en las grandes palabras; soy -nihilista de todos los nihilismos, y ateo de todos los -ateísmos; pero, aun así, amigo Burton, ¡qué error más -grande el de suprimirse!</p> - -<p>Verdad que todo lo que nos rodea es fugitivo, es inasible; -pero nos queda el momento, ¡el minuto! ¡Cosa admirable!</p> - -<p>Sí, quizá las grandes palabras se encuentren un poco -vacías; pero en cambio las pequeñas, ¡qué llenas -están!</p> - -<p>Una conversación agradable, una mujer bella que -pasa, una bocanada de aire puro de un día de verano, -un libro entretenido...</p> - -<p>—¡Qué error, amigo Burton, el de suprimirse!</p> - -<p>Tú afirmarás que nuestra vida no es nada, que un -guiño de una estrella representa más que todas las existencias -humanas.</p> - -<p>Yo te contestaré que la grandeza y la pequeñez son -ideas relativas, y que los soles de la Vía Láctea y los -rayos de Sirio o de Aldebaran son menos trascendentales -para ese señor que pasa y para mí que la lámpara -que se nos apaga por la noche.</p> - -<p>Sí, amigo Burton; ese infinito del Universo que tanto -te preocupaba es, después de todo, un infinito de negaciones, -y esas nebulosas de estrellas no deben tener más -importancia para nosotros que las nubes de chispas que -salen de una fragua.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_159" id="Page_159">[159]</a></span></p> - -<p>Tú me dirías, bajando a la vida fisiológica, que cuando -el engranaje de nuestras ruedas interiores chirria, -todo es molestia y dolor. Es verdad.</p> - -<p>Pero aun así, en los intervalos del dolor se puede encontrar -momentos de placidez y de reposo.</p> - -<p>¡Qué error, amigo Burton, el de suprimirse!</p> - -<p>Así sigue perorando Thompson, hasta que dice que -despertó, abrió los ojos y, en vez de ver a su antiguo -camarada, vió los mástiles de los barcos, que se balanceaban -en el puerto.</p> -<hr class="chap" /> -<p><span class="pagenum"><a name="Page_160" id="Page_160"></a> -<a name="Page_161" id="Page_161"></a></span></p> - - - - -<h4 id="II_I_XII">XII.<br /> -CHARLATANES Y SALTIMBANQUIS</h4> - - -<p><span class="smcap">Dejé</span> el café y las divagaciones—sigue escribiendo -Thompson—y fuí a hospedarme a un <i>garni</i> barato, -desde donde escribí de nuevo a mi tío. Le decía -que William Tick había sido el inventor de la combinación -para sacarle las cuarenta libras esterlinas, y que yo -no había hecho mas que dar mi asentimiento, por encontrarme -perseguido por un acreedor, que me puso en -la alternativa de pagarle inmediatamente o llevarme a la -cárcel. De tanto repetir esta invención, llegué a creerla. -Comunicaba también a mi tío mi proyecto de ir a España, -y le juraba que si conseguía encontrar trabajo le -devolvería el dinero. También le escribí a mi padre. Los -dos me contestaron en seguida; mi padre, dándome consejos; -mi tío, menos incomodado de lo que yo suponía. -Por lo que me contaba, advertido por la carta que -le envié al salir de Londres, había comprado la biblioteca -del anticuario antes de que se presentara Abraham -Tick.</p> - -<p>Tranquilizado, con relación a esto, me dediqué en -Burdeos, por unos días, al <i>dolce farniente</i>. Burdeos me -pareció grande, tristón, como un pueblo desalquilado, -hecho para capital de un gran Estado y que se queda -en capital de provincia.</p> - -<p>Paseando por el pueblo tuve la suerte de encontrar<span class="pagenum"><a name="Page_162" id="Page_162">[162]</a></span> -en un tenducho un paquete de caricaturas francesas -contra los ingleses, que me costaron quince francos. -Eran las figuras lores ventrudos y ladys delgadas y ridículas. -No había podido dar con ellas en Londres.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_163" id="Page_163">[163]</a></span></p> - -<p>Las compré y se las envié a mi tío, quien reconciliado -conmigo me escribió pocos días después a Bayona, muy -contento, encargándome que cuando entrara en España -no me olvidara de buscar las estampas de Goya.</p> - -<p>Pasados seis días en la capital de la Gironda, hice mi -primer ensayo de viandante. Había comprado un traje -de verano barato, un morral de tela, donde metí la ropa -que tenía, y un mapa de Francia, con las carreras de -postas, hecho por J. B. Poirson en 1821, en París, en la -calle Saint-Jean de Beauvais. Con estos requisitos me -eché a andar.</p> - -<p>Como me habían dicho que el camino por las Landas -era poco agradable, tomé por la orilla del Garona, con -la intención de bajar hacia Orthez y marchar de allí de -nuevo hacia el mar.</p> - -<p>El primer día lo pasé bien, hice una caminata de seis -leguas y comí y dormí perfectamente.</p> - -<p>El segundo día hice unos conocimientos un tanto raros. -En un pueblo del camino, antes de llegar a Bazas, -había une feria y me detuve un poco a curiosear en sus -puestos.</p> - -<p>Entré en una barraca de figuras de cera y pasé revista -a los personajes de la Revolución, a los generales del -Imperio, a María Antonieta, a varias víctimas y asesinos, -y a un gran grupo en que se veía un cazador devorado -por tigres y leones. Aquellos animales no eran -una maravilla de exactitud. Me permití hacer unos gestos -desdeñosos y manifestar mi poca conformidad. Un -señor bajete y rechoncho, vestido de negro, me preguntó:</p> - -<p>—¿No le gustan a usted?</p> - -<p>—Poca cosa.</p> - -<p>—Esos animales se han copiado del natural.</p> - -<p>—No. ¡Ca! No puede ser.</p> - -<p>Y expliqué cómo y por qué esto no era posible.</p> - -<p>—¿Lo haría usted mejor?</p> - -<p>—Yo, ¡ya lo creo! Soy disecador de Londres y -pintor.</p> - -<p>—Sí; en Londres se trabaja bien en estas cuestiones; -pero en París tampoco se hacen las cosas mal. No hay -que quitarle nada a París.</p> - -<p>Callé, como no queriendo comprometerme demasiado, -y entonces el dueño de las figuras de cera me dijo -si tendría inconveniente en trabajar para él, modelándole -en cera varias alimañas en actitud feroz, y retocando -algunas figuras como la de Danton, la de Fualdés, el -asesinado, y otras que habían perdido el color, pues la -gente no se contentaba con ver sus caras, sino que quería -tocarlas.</p> - -<p>—¿Tanto tiempo va usted a estar aquí?—le pregunté -yo.</p> - -<p>—No, me marcho en seguida; pero usted puede venir -conmigo en mi coche.</p> - -<p>Quedamos de acuerdo en que le haría el trabajo y en -que él me proporcionaría los útiles necesarios, pagaría -mis gastos y me daría tres francos al día. Me instalé en -su carreta de cuatro ruedas, cerrada y con techo, y comenzamos -a marchar despacio camino de Pau.</p> - -<p>El dueño de las figuras de cera, monsieur David, era -un señor fino que hubiera podido ser académico, notario -o enterrador. Vestía de negro y llevaba una cinta -roja en el ojal. Viajaba en compañía de sus figuras de -cera y de su criado Michel. Al mismo tiempo que monsieur -David, y llevando el mismo camino, iban varias -carretas: dos de un domador de fieras, que se decía húngaro, -con un león viejo, unas panteras y varios monos; -un coche de una señora que tenía cacatúas amaestradas; -un furgón de un domesticador de focas, y un tílburi -de un charlatán vendedor de específicos, prestidigitador, -sacamuelas y frenólogo.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_164" id="Page_164">[164]</a></span></p> - -<p>En el camino nos encontramos con saltimbanquis, gitanos, -y alguna mujer harapienta con un carretón donde -llevaba un organillo y la familia menuda.</p> - -<p>En los tres días que fuí en compañía de monsieur David, -puse los más brillantes colores en las mejillas de -Fualdés, el asesinado; animé los ojos de María Antonieta, -de Carrier, de Napoleón, de Danton y de Marat, -y comenzaba unos bocetos de fieras cuando nos detuvimos -en una posada, poco antes de llegar a Pau.</p> - -<p>Estaba lloviendo; se metieron las carretas en un corral -y nos reunimos en un cuarto de la posada, el domador -húngaro y su criado, el charlatán prestidigitador, -un ventrílocuo, el domesticador de focas, la madama de -las cacatúas, monsieur David y yo.</p> - -<p>Cenamos juntos, y como esta gente es jactanciosa, -cada cual contó sus triunfos en los diferentes pueblos -del tránsito. El domesticador de focas hizo tales elogios -de sus animales, que la gente los tomó a broma. Apostó -entonces él a que enviaba a su Baby, la mejor de sus -focas, con una carta para monsieur David, y a que se la -entregaba. Se aceptó la apuesta y se puso dinero en pro -y en contra. El domesticador salió del cuarto al patio y, -poco después, vimos a la foca que avanzaba pesadamente -con sus aletas por el pasillo, entraba en el cuarto -donde estábamos, ofrecía un sobre que llevaba en la -boca a monsieur David y le hacía una ceremoniosa reverencia. -Se aplaudió al domesticador de focas y a su -discípula Baby, que se dieron un beso. El charlatán explicó -sus juegos de manos, y después sacó una baraja e -invitó a una partida. Yo creí que los demás no aceptarían. -¿A quién se le ocurre jugar a las cartas con un -prestidigitador?</p> - -<p>Se sentaron en la mesa, y el charlatán, el domador, -la madama de las cacatúas, el domesticador de focas y -monsieur David barajaron y cortaron y se pusieron a -jugar a la malilla. Yo me tendí en un diván y me quedé -dormido.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_165" id="Page_165">[165]</a></span></p> - -<p>A media noche me despertaron los gritos.</p> - -<p>Todos vociferaban y discutían, y tenían montones de -plata y de cuartos encima de la mesa.</p> - -<p>El domador debía de perder mucho; estaba anhelante, -congestionado, con una gruesa vena hinchada en la -frente. A cada momento se pasaba la mano por las patillas. -La madama de las cacatúas marchaba también -mal, a juzgar por su aire humillado; el domesticador de -focas estaba indiferente; monsieur David sonreía, y el -charlatán, delgado, mefistofélico, tenía un aire plácido e -insinuante y ponía derecho un naipe en la nariz y seguía -jugando.</p> - -<p>Mientrastanto el ventrílocuo, alto y flaco, con los -brazos y piernas recogidos en la silla, sacaba unas extrañas -voces de su cuerpo.</p> - -<p>El final del juego se aproximaba, y, efectivamente, en -una pasada, el dinero del domador húngaro desapareció -y fué a parar a manos del charlatán y de monsieur -David. El domador se irguió lanzando juramentos, y los -gananciosos, con aire compungido y los bolsillos llenos, -se prepararon a levantarse.</p> - -<p>—Esperen ustedes—gritó el domador—. Me deben -el desquite. Vuelvo en seguida.</p> - -<p>Salió el domador, y al momento monsieur David y el -charlatán se escabulleron del cuarto. El ventrílocuo, el -de las focas y la madama de las cacatúas hicieron lo -mismo.</p> - -<p>Yo iba también a salir y me dispuse a ponerme los -zapatos cuando entró el domador de nuevo con un látigo -seguido de dos panteras.</p> - -<p>Yo quedé horrorizado.</p> - -<p>Al ver que no había ningún jugador se puso a pasear -por el cuarto furioso, gritando y blasfemando y dando -trallazos en el aire, mientras las dos fieras que traía saltaban -y enseñaban los dientes.</p> - -<p>Yo estaba espantado. El domador se fijó en mí y se -acercó al diván.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_166" id="Page_166">[166]</a></span></p> - -<p>Me dijo burlonamente que el dueño de las figuras de -cera y el prestidigitador le habían robado su dinero. Era -necesario que le pagase yo.</p> - -<p>—Yo, hombre, ¿por qué?</p> - -<p>—Porque me han estafado. Venga el dinero... Si no...</p> - -<p>—Si no..., ¿qué pasará?</p> - -<p>—Se arrepentirá usted—y dió un latigazo sobre el -diván, y las dos panteras saltaron como gatos.</p> - -<p>—Espere usted, espere usted, no tenga usted prisa -le dije yo, y me levanté y me puse tranquilamente la -chaqueta.</p> - -<p>—Pronto, pronto—gritó él, asombrado de mi súbita -serenidad.</p> - -<p>—¡Ah! ¿Pronto? Pues ahora le voy a decir a usted una -cosa.</p> - -<p>—¿Qué?</p> - -<p>—Que no le voy a dar a usted nada.</p> - -<p>—¿No? Y levantó el látigo.</p> - -<p>—No—le dije yo, y le pegué un puñetazo en la barba -que lo tumbé al suelo, derribando una silla y la -mesa.</p> - -<p>Las dos panteras se escondieron en un rincón asustadas.</p> - -<p>Antes de que el domador pudiera levantarse, abrí el -cuarto, salí al patio y de aquí al camino. Crucé la aldea -y fuí andando hasta que se hizo de día. Estaba a poca -distancia de Pau; llegué a esta ciudad, entré en una posada, -me lavé, me puse mi traje de señor y metí el otro -en el morral. Pregunté cómo podría salir para Bayona. -Me indicaron el punto donde partían las diligencias, y -me encaminé hacia él con el morral convertido en -maleta.</p> -<hr class="chap" /> -<p><span class="pagenum"><a name="Page_167" id="Page_167"></a></span></p> - - - - -<h4 id="II_I_XIII">XIII.<br /> -COMIENZO DE UNA AVENTURA ROMÁNTICA</h4> - - -<p><span class="smcap">Estaba</span> sentado en un banco de la Plaza Real esperando -que dieran las ocho y se abrieran las oficinas -de la diligencia, cuando vi dos mujeres de luto -que avanzaban vacilando y mirando a derecha e izquierda.</p> - -<p>Se sentaron en el mismo banco que yo; pero debían -estar impacientes, porque se levantaron pronto, dejando -un paquete en el asiento.</p> - -<p>Al notarlo llamé a las dos damas y les di lo que olvidaban.</p> - -<p>—¡Gracias! ¡Muchas gracias!—exclamó la mayor de -las dos—. No sé dónde tenemos la cabeza.</p> - -<p>—Si en algo puedo servirlas, lo haré con mucho gusto—les -dije yo.</p> - -<p>—Venimos a buscar la diligencia que va hacia -Orthez.</p> - -<p>—Yo también; pero me han dicho que no hay diligencia -hasta el mediodía. Ahora únicamente se puede -tomar un pequeño coche, que llaman Cuco.</p> - -<p>—¿Y cuándo va a salir?</p> - -<p>—Parece que hasta dentro de hora y media no sale.</p> - -<p>—¿Y qué hacemos aquí hora y media?—exclamó la -joven—. Nos van a conocer.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_168" id="Page_168">[168]</a></span></p> - -<p>—¿Usted ha tomado el billete?—me preguntó la señora -mayor.</p> - -<p>—No; todavía, no.</p> - -<p>—¿Quiere usted acompañarnos?</p> - -<p>—Con mucho gusto.</p> - -<p>Nos metimos los tres en un café que acababan de -abrir.</p> - -<p>La señora mayor tenía unos cincuenta o cincuenta y -cinco años, y llevaba tocas de viuda; la otra era una -muchacha, pálida e insignificante, de unos veintitrés -años.</p> - -<p>La señora hablaba con un acento nervioso y asustado; -la señorita estaba como apabullada.</p> - -<p>Cuando pasó el tiempo necesario nos acercamos al -despacho de diligencias. Esperamos a que prepararan el -Cuco, y entramos en él las dos señoras y un capitán de -la gendarmería de Bayona, que había ido a Pau a recibir -órdenes, y yo.</p> - -<p>El capitán y yo hablamos. La señora mayor no hacía -mas que saltar en el asiento, de impaciencia. El Cuco -marchaba perfectamente, con un movimiento suave.</p> - -<p>En los diferentes puntos que mudaban los caballos se -presentaban los gendarmes y preguntaban invariablemente -si no iban españoles.</p> - -<p>—Point d'espagnols—decía el capitán—. Dos damas -francesas, un señor inglés y un capitán de la gendarmería -real.</p> - -<p>—Perdón, mi capitán—decían los gendarmes, haciendo -el saludo militar.</p> - -<p>—¿Por qué preguntan siempre si van españoles?—dije -yo.</p> - -<p>—Es que se teme que haya por aquí agentes españoles -revolucionarios—contestó al capitán.</p> - -<p>Llegamos a Orthez por la mañana. El capitán y yo -ofrecimos a las señoras nuestra compañía, y como ellas -aceptaron, fuimos hasta su casa. El capitán dió el brazo -a la mayor, y yo a la muchacha. Llegamos delante de<span class="pagenum"><a name="Page_169" id="Page_169">[169]</a></span> -la puerta de la verja de una magnífica posesión y nos -despedimos de las señoras. El capitán fué hacia un lado -y yo hacia el contrario. Avancé un poco paralelamente -a la verja, que era más larga de lo que yo me figuraba, -y al volver vi que las dos mujeres estaban todavía a la -entrada.</p> - -<p>—¿No les oyen?—les pregunté—. ¿Quieren ustedes -que yo llame?</p> - -<p>—No, no—dijeron las dos, asustadas.</p> - -<p>—Lo que ustedes quieran—y me preparé a seguir.</p> - -<p>—¿Podría usted hacernos un favor?—me preguntó la -señora con su voz trágica.</p> - -<p>—Sí, con mucho gusto.</p> - -<p>—Querríamos entrar en el parque sin que nos viera -el portero.</p> - -<p>—No sé la manera.</p> - -<p>—Hay una puerta chiquita, cerrada con solo un cerrojo, -aquí, a un lado.</p> - -<p>—¿Y desde fuera cómo la va usted a abrir?</p> - -<p>—No, desde fuera ya sé que no. ¿Usted no sería capaz -de escalar esta verja?</p> - -<p>—¡Escalar la verja! ¿Y si le ven a uno?</p> - -<p>—No. No se levanta en la casa nadie hasta muy tarde.</p> - -<p>—Bueno; avísenme ustedes si aparece alguien.</p> - -<p>Sin más dejé mi fardelillo en el suelo, escalé la verja, -bajé por el otro lado, corrí hacia la puerta pequeña y -abrí el cerrojo. Las dos mujeres entraron en el jardín y -yo salí al camino.</p> - -<p>Al pasar de nuevo por delante de la puerta de la verja -estaba la señora aguardando y me dijo:</p> - -<p>—Quiero darle a usted una explicación y hablar con -usted. Venga usted cuando se haga de noche a esta -verja.</p> - -<p>—Sí, señora, vendré.</p> - -<p>Me fuí a una fonda con la imaginación un poco excitada, -y de noche me presenté en la verja. Al poco rato -llegó la señora. Me habló durante más de una hora con<span class="pagenum"><a name="Page_170" id="Page_170">[170]</a></span> -un tono inquieto, lleno de angustia, y me contó, atropelladamente, -una porción de cosas.</p> - -<p>Aquella dama era pariente y al mismo tiempo señora -de compañía de la muchacha joven que había venido -con ella en el coche. Se llamaba madama Domesan. La -muchacha, Gabriela de Beaumont; por lo que me dijo, -vivía con su padre, su tío y una señora amiga de su padre, -Enriqueta Sarrazin, que se había hecho dueña de -la casa de tal manera, que los tenía presos a todos, sin -dejarles salir de allí.</p> - -<p>El día anterior esta señora había marchado del castillo, -y aprovechando su salida, Gabriela y ella habían -ido a Pau a hablar con un pariente y a explicarle la situación -en que se encontraban, pero no le habían visto.</p> - -<p>En la casa, la Enriqueta Sarrazin mandaba como -dueña, y había dispuesto casar a su hijo, que era un -perturbado, con Gabriela, y estaba aislando a la familia -de Beaumont de sus amigos y parientes, de tal manera, -que ya nadie entraba en la casa. En los planes le -ayudaba un cura del pueblo.</p> - -<p>Después de todos estos datos, madama Domesan me -dijo que si yo tenía valor y energía para ello, que me -presentara al día siguiente en el castillo preguntando -por el vizconde Beaumont de Lomagne; que le dijera -que llegaba de Londres y que era aficionado a los árboles -y a las plantas exóticas, y que quería ver el parque -y el invernadero, y me hiciera amigo de él.</p> - -<p>Me sugestionaron los relatos de aquella dama y prometí -seguir la aventura.</p> - -<p>Al día siguiente, al mediodía, me presenté en el castillo -y llamé tirando de la cadena.</p> - -<p>Salió a abrir un portero viejo, con una gran librea; le -di mi tarjeta, y esperé.</p> - -<p>Poco después se abrió la verja, y el criado me dijo -que pasara.</p> - -<p>Comencé a marchar por una avenida enarenada. Al -final de ésta se veía un edificio grande, pesado, de<span class="pagenum"><a name="Page_171" id="Page_171">[171]</a></span> -piedra, con varias torres de pizarra adornadas con -veletas.</p> - -<p>A un lado y a otro había árboles centenarios, altísimos, -y delante de la fachada del castillo, un estanque -oval, de agua profunda y obscura, a cuyo alrededor las -hojas caídas en muchos años formaban como un marco -de plata.</p> - -<p>Este estanque parecía un espejo negro que reflejase el -cielo a través del follaje de los árboles. Bordeando el estanque -nos acercamos al castillo, y entramos en un gran -zaguán, que parecía una cripta, con el suelo, las paredes -y el techo de piedra. Subimos la ancha escalera, pasamos -un salón grande como un museo y fuimos a un -gabinete elegante, pero también triste, en donde había -dos viejos momificados sentados el uno frente al otro, -la señora y la señorita del coche y madama Sarrazin, -una mujer de cara juanetuda, de ojos claros y pelo -blanco.</p> - -<p>El vizconde me saludó amablemente. Era un hombre -alto, encorvado y pálido, con un aire de temor y de cansancio.</p> - -<p>Vestía un traje del tiempo del Imperio, y al andar parecía -arrastrarse.</p> - -<p>Su hermano, el caballero de Maslac, era un vejestorio -del tipo más completo del antiguo régimen; llevaba calzones -de terciopelo de color, medias de seda, casaca y -coleta. Iba perfumado, pintado, con colorcitos en las mejillas -y en los labios; los dientes, postizos, y peluca. Usaba -constantemente un lente y una tabaquera; en los -dedos, anillos, y dijes, y, al levantarse de la butaca, se -apoyaba en un bastón con puño de oro.</p> - -<p>La señorita Gabriela y madama Domesan me saludaron -amablemente, y la señora Sarrazin apenas se dignó -mirarme.</p> - -<p>El vizconde de Beaumont, que tenía la manía de la -botánica, me mostró el parque y el invernadero de su -castillo.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_172" id="Page_172">[172]</a></span></p> - -<p>El parque era tristísimo; parecía que habían querido -darle un aire lúgubre, haciendo que los árboles gigantescos -estuvieran tan cerca uno de otro que, paseando -por las sendas, no se veía el cielo.</p> - -<p>El estanque reflejaba las nubes como una pupila desesperada -y sombría.</p> - -<p>El vizconde me enseñó la antigua torre de los Beaumont, -con sus baluartes y sus argollas, que daban al río -y servían para atar las gabarras.</p> - -<p>Después de ver sus plantas extrañas, dije que tenía -que marcharme; pero el vizconde me rogó varias veces -que me quedara a cenar y a dormir. Como este era mi -objeto, me quedé allá.</p> - -<p>La cena fué siniestra. El vizconde miraba a un lado y -a otro, como poseído por el mayor espanto; el caballero -de Maslac, con sus adobes y sus dijes, parecía una momia -desenterrada.</p> - -<p>No se habló en la mesa mas que de genealogías, y -únicamente el vizconde interrumpía esta conversación -para disertar acerca de botánica. Después de cenar jugaron -una partida de cartas entre los dos viejos, la Sarrazin -y Gabriela, y madama Domesan me indicó que -fuera a la biblioteca, donde hablaríamos.</p> - -<p>Efectivamente, fuí a ella y hablamos largamente. Me -dijo, de una manera nerviosa y perentoria, que yo, que -había sido simpático al vizconde, debía entrar en la casa -y luchar contra la influencia de madama Sarrazin, que -les dominaba a todos.</p> - -<p>Después me contó, con su tono dramático, la historia -de un muchacho que había galanteado largo tiempo a -Gabriela, y a quien se había encontrado ahogado en el -río, y de un hombre misterioso que aparecía de cuando -en cuando en las proximidades del castillo.</p> - -<p>Luego me habló de su vida y de su familia.</p> - -<p>Me dijo que ella procedía del secretario de Felipe II, -Antonio Pérez.</p> - -<p>—Al evadirse Antonio Pérez de la cárcel de la Inqui<span class="pagenum"><a name="Page_173" id="Page_173">[173]</a></span>sición -de Zaragoza—me contó—, se refugió en el Bearn -y fué protegido por Enrique IV y por Margarita de Valois. -Antonio Pérez tuvo amores con una señora de Orthez, y -su hijo se estableció aquí definitivamente, y de él procedo -yo.</p> - -<p>Siguió la señora Domesan contando una serie de relatos -de crímenes y de sucesos extraños donde aparecían -asesinos, misterios, fantasmas, y llegué a pensar si -aquella mujer estaría un poco perturbada, y sería, sin -proponérselo, una especie de Anna Radcliffe gascona. -Por lo menos era un folletín de muchas entregas.</p> - -<p>Al pasar a la alcoba que me destinaron, que era inmensa -y obscura, no pude dormir. Toda la noche la -pasé pensando en ahogados y muertos.</p> - -<p>Al día siguiente comprendí que aquellas grandezas -no eran para mí, y, sin despedirme de nadie, con el pretexto -de dar un paseo, me marché del castillo y no -volví.</p> -<hr class="chap" /> -<p><span class="pagenum"><a name="Page_174" id="Page_174"></a> -<a name="Page_175" id="Page_175"></a></span></p> - - - - -<h4 id="II_I_XIV">XIV.<br /> -EN LA DILIGENCIA</h4> - - -<p><span class="smcap">Corrí</span> con mi morral al sitio donde salían las diligencias -y tomé un asiento para Bayona.</p> - -<p>Me encontré con el mismo capitán de la gendarmería -con quien había ido a Orthez. Nos saludamos y nos dimos -nuestros nombres. Me dijo que se llamaba Montmartin, -y me invitó a tomar una copa de coñac.</p> - -<p>En la diligencia iba mucha gente que subía y bajaba -en los pueblos pequeños, llevando cestas y encargos, y -un comerciante bayonés, con su mujer y dos hijas.</p> - -<p>Una de ellas, por lo que contó su madre, tenía una -voz preciosa, y había obtenido un gran éxito cantando -la Cavatina «Una voce poco fá», del <i>Barbero de Sevilla</i>, -en una de las casas del gran mundo de Orthez.</p> - -<p>La otra señorita poseía, según su madre, grandes conocimientos -literarios e históricos, y sabía el inglés y el -español. Había sido muy galanteada por un joven oficial -de la guarnición de Orthez, llamado Alfredo de Vigni, -que había escrito para ella una poesía preciosa.</p> - -<p>A pesar de hablar yo bastante mal el francés («¡Celibataire, -une boutaille de cercueil!), quedé un poco mejor -que el capitán de la gendarmería, pues éste consideraba -que ante las señoras debía tomar una aptitud rígida, -como si estuviera en actos de servicio.</p> - -<p>Quizá influían en su tiesura las frecuentes libaciones,<span class="pagenum"><a name="Page_176" id="Page_176">[176]</a></span> -pues aprovechaba todas las paradas para intoxicarse -cuanto podía.</p> - -<p>Con este combustible se reveló en él su fondo de francés, -y dijo que Napoleón era un grande hombre, a quien -los ingleses habían hecho perecer miserablemente. Habló -también de la batalla de Orthez, en que Wéllington, -con el ejército aliado, había batido al mariscal Soult, y -se deshizo en insultos contra el vencedor de Waterloo.</p> - -<p>El comerciante bayonés y su familia parecían desolados -al oír esto, y me miraban como pidiéndome mil perdones.</p> - -<p>El capitán vió que yo no me daba por aludido, se calmó, -se hizo amigo mío y amenizó el viaje con algunos -cuentos de cuerpo de guardia.</p> - -<p>A la tardecita llegamos a Bayona, y, pasado el puente -sobre el Adour, el sargento del puesto de la gendarmería -preguntó si no había viajeros españoles. El capitán -Montmartin dijo que no, y seguimos adelante hasta la -plaza de Armas.</p> - -<p>El capitán sintió no sé por qué un vago impulso de -simpatía o de remordimiento al despedirse de mí, quizá -por haber hablado mal de los ingleses, y me invitó a cenar -con él al café del Comercio tan insistentemente, que -tuve que aceptar.</p> - -<p>Estaba el café, envuelto en una nube de humo, -atestado de oficiales de la guarnición. Se hablaba a -gritos.</p> - -<p>En una mesa había un grupo de tenientes y suboficiales, -y uno de ellos leía un libro que acababa de publicarse, -de un tal Paul de Kock, llamado <i>Gustavo el -calavera</i>. Los que escuchaban se reían a carcajadas. El -capitán Montmartin y yo nos acercamos al grupo, y -aunque yo apenas oía la lectura, contagiado por la risa -de todos, acabé por reírme.</p> - -<p>Mareado y algo intoxicado me despedí de Montmartin -y me fuí a la fonda. Al día siguiente me levanté temprano -y salí a la calle. Vi muchos grupos de españoles<span class="pagenum"><a name="Page_177" id="Page_177">[177]</a></span> -que me dijeron eran realistas, y entre ellos un cura y -un fraile, el uno con su gran sombrero de teja y el otro -con su cerquillo.</p> - -<p>Los dos tiraban al blanco con carabina y tenían una -magnífica puntería.</p> - -<p>—Son soldados de la Fe—me dijo un francés que -debía ser realista entusiasta.</p> - -<p>—No cabe duda que con esa puntería—le contesté -yo—han de ganar muchas almas para el cielo.</p> -<hr class="chap" /> -<p><span class="pagenum"><a name="Page_178" id="Page_178"></a> -<a name="Page_179" id="Page_179"></a></span></p> - - - - -<h4 id="II_I_XV">XV.<br /> -MARY LA DE BIRIATU</h4> - - -<p><span class="smcap">En</span> la fonda de Bayona me dijeron que podía ir a -San Juan de Luz a caballo en un cacolet. No sabía -lo que era esto, que resultó un artefacto que en castellano -llaman jamugas.</p> - -<p>Llegué a San Juan de Luz en mi cacolet; dejé el morralillo -en un fonducho de la salida del pueblo y fuí a -estirarme las piernas hacia la playa.</p> - -<p>Me sorprendió un chubasco y entré en un café pequeño -y me senté delante de una ventana con cristales, y -estuve contemplando cómo chocaban las gotas de agua -en la tierra, y las nubes que corrían por el cielo.</p> - -<p>Al terminar el chaparrón volví al fonducho de la salida -del pueblo e hice mis preparativos para entrar al día -siguiente en España.</p> - -<p>Estaba sentado en la mesa y estudiando un mapa -cuando entró una muchacha a preguntarme si quería cenar. -Al verla, me pareció que el cuarto se iluminaba; tan -bonita era.</p> - -<p>—¿Usted me va a servir la cena?—le dije.</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—No creí poder ser tan feliz.</p> - -<p>Ella se rió. Yo la contemplé embobado. Tenía unos -ojos claros azul verdosos, una boca burlona y un cuerpo<span class="pagenum"><a name="Page_180" id="Page_180">[180]</a></span> -ligero y fuerte al mismo tiempo. Era un fruto del Norte -dorado por el sol del mediodía.</p> - -<p>Le pregunté cómo se llamaba y me dijo que Mary; le -volví a preguntar de dónde era y me contestó que de -Biriatu, un pueblecillo pequeño asentado en un cerro -próximo al Bidasoa.</p> - -<p>—Voy a quedarme aquí—le dije—para poder verla -a usted muchos días.</p> - -<p>—No podrá ser—contestó ella.</p> - -<p>—¿Por qué?</p> - -<p>—Porque me marcho a Biriatu mañana.</p> - -<p>—Iré yo a Biriatu.</p> - -<p>—Es igual; no me verá usted.</p> - -<p>—¿Tendrá usted novio?</p> - -<p>—No.</p> - -<p>—¿Pero tendrá usted muchos pretendientes?</p> - -<p>—No; tampoco.</p> - -<p>—¿Cómo puede ser eso, siendo tan bonita?</p> - -<p>—No opinan todos como usted—me replicó riendo.</p> - -<p>—Eso es imposible—exclamé—. ¿Es que los hombres -de este país no tienen ojos? ¿Es que son como esos -peces de los lagos sin luz, que son ciegos? ¿Es que tienen -alguna membrana nictitante perpetua? ¿Es que...?</p> - -<p>Mary la de Biriatu iba y venía trayendo platos, haciendo -poco caso de mis frases.</p> - -<p>Cuando se acabó la cena le dije que ya que no podía -verla quería marcharme al amanecer y que me diera la -cuenta.</p> - -<p>Me la trajo y quise darle de propina un luis de oro.</p> - -<p>—No, no—me dijo—; guárdese usted su moneda de -oro. No la quiero.</p> - -<p>—¡Pero, si yo no la pido nada a cambio!</p> - -<p>—Es igual; no la quiero. Le hará a usted más falta -que a mí. ¡Adiós! Buenas noches.</p> - -<hr class="tb" /> - -<p>J. H. Thompson dice, al llegar aquí, que se metió en -su cuarto y sacando lápiz y papel escribió una poesía -<span class="pagenum"><a name="Page_181" id="Page_181">[181]</a></span> -en inglés en honor de la muchacha que encontró en la -fonda. La tal poesía es una españolada poco seria que -no nos puede agradar a las personas sensatas, y si la -traducimos y la copiamos es, más que para otra cosa, -para demostrar la extravagancia de los extranjeros cuando -se ocupan de España. Dice así la canción traducida -al pie de la letra:</p> - -<p class="p2 center">«<i>A Mary la de Biriatu</i>:</p> - - - -<p class="p2 i2">»Tienes los ojos azul verde claros, Mary la de Biriatu, -como las olas del mar; tienes la boca burlona y fresca y -el cuerpo ágil y armónico como el de una diosa. Cuando -te veo marchar de aquí para allá, mi corazón tiembla -y siente el mismo sobresalto que si fuera una pieza de -porcelana de Sèvres en manos de una criada cerril, o la -copa más fina de cristal de Bohemia entre los dedos de -un chico atolondrado.</p> - -<p class="i2">»Eres amable, Mary la de Biriatu, y, sin embargo, -eres cruel. Tienes la crueldad de la fuerza, que no sospecha -la debilidad ajena; tienes la exactitud del teorema -matemático, que es un tormento para la inteligencia -obscura; eres soberbia como la Naturaleza, y yo soy humilde -como una cosa humana.</p> - -<p class="i2">»¡Si tú quisieras!, yo saldría de mí mismo como un -dragón de su agujero, y sería el hombre más turbulento -y más dionisíaco de la tierra. Pero no, no lo sería; lo -soy ya.</p> - -<p class="i2">»Me he transfigurado, y las furias anidan en mi corazón. -Ya no soy un inglés pesado y grueso; soy andaluz -y tengo sangre mora en las venas; tengo garras como -las águilas y colmillos agudos como los tigres. Ya no -diseco fieras, las mato; ya no discuto con los hombres, -los domino.</p> - -<p class="i2">»Ven conmigo, Mary, Mary la de Biriatu. Yo te llevaré -en mi caballo cordobés, desde el Pirineo a Sierra Ne<span class="pagenum"><a name="Page_182" id="Page_182">[182]</a></span>vada -y reposaremos al pie de las palmeras de Andalucía -al son de las castañuelas y las guitarras.</p> - -<p class="i2">»Si quieres que sea contrabandista, Mary, me haré -contrabandista; si quieres que sea salteador de caminos, -lo seré sin miedo e imitaré al bandido generoso,</p> - -<div class="poetry-container"> -<div class="poetry"><div class="stanza"> -<div class="line">el que a los ricos robaba</div> -<div class="line">y a los pobres protegía.</div> -</div></div></div> - - - -<p class="i2">»Para mí no habrá más leyes que tu capricho, Mary, -Mary la de Biriatu; para mí no habrá más cielo azul que -el azul verdoso de tus ojos. Con el trabuco al brazo, -montado en mi jaca torda, seré una exhalación. Yo me -escabulliré de entre las manos de la justicia y haré llorar -de rabia a los alguaciles, y a los alcaldes, y a los -corchetes de la Santa Hermandad.</p> - -<p class="i2">»¿Hay que desafiar al rey, a la Inquisición, a los ángeles, -a los demonios?</p> - -<p class="i2">»Aquí estoy yo. Yo robaré las alhajas de la Virgen -para adornar tu garganta y te daré la Biblia de Lutero -para que con sus hojas hagas papillotes.</p> - -<p class="i2">»Y cuando el mundo entero esté retemblando con mi -gloria como una caldera de vapor, y mis hazañas sean -cantadas por los ciegos, tú, con tu mantilla de casco y -una peineta de concha; yo, con el calzón corto y mi -capa andaluza, iremos los dos del brazo a la corrida.</p> - -<p class="i2">»Ven conmigo, Mary, Mary la de Biriatu. Mira que -soy capaz de todo por ti. Mira que si no te pierdes al -mismo Robin Hood con calañés».</p> - -<p class="p2">Esta es la absurda e insensata poesía que J. H. -Thompson dedicó a la muchacha de la fonda de San -Juan de Luz, donde estuvo hospedado, y que ha desagradado -profundamente a varias personas respetables -que la han leído.</p> -<hr class="chap" /> -<p><span class="pagenum"><a name="Page_183" id="Page_183"></a></span></p> - - -<h4 id="II_I_XVI">XVI.<br /> -LA VENTA DE INZOLAS</h4> - - -<p><span class="smcap">Después</span> de descargar mi corazón en estos versos -me tendí en la cama, me quedé dormido, y por -la mañana, al amanecer, me levanté y salí de casa.</p> - -<p>—Veremos lo que nos reserva la suerte—me dije.</p> - -<p>Anduve una legua antes de que saliera el sol, y me -senté al pie de un árbol y saqué del bolsillo mi mapa -de España. Estaba publicado en Londres, en 1808, por -la casa John Stockdale de Piccadilly, y debió de servir -para las tropas de Wéllington que iban a la Península.</p> - -<p>—Como no tengo objeto—murmuré—, seguiré el -meridiano. El mito de mi tío el comandante Cox y el -meridiano serían mis directrices.</p> - -<p>Decidí pasar uno o dos meses en el país vasco, medio -año en Castilla, e ir a parar a Andalucía. Estaba enfrascado -en la observación del mapa cuando pasó una chiquilla -que se me quedó mirando.</p> - -<p>Me levanté y la pregunté:</p> - -<p>—¿Este es el camino de Navarra?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>La muchacha iba hasta un caserío llamado Herburu, -y yo fuí con ella.</p> - -<p>Encontré a un aduanero francés a quien le dije me -indicara el camino de España. Me miró con desconfianza -y me mostró un sendero.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_184" id="Page_184">[184]</a></span></p> - -<p>Siguiéndolo, llegué a un bosque bastante cerrado, con -una venta, la venta de Inzola. Estaba en territorio español. -Pedí en la venta que me pusieran algo de comer, y -con un gran trozo de pan, de chorizo y de queso y una -botella de vino, me senté en la hierba, en un prado. Brillaban -las margaritas y las flores del brezo; una serpentaria -mostraba su mazorca roja entre lo verde. Corría allá -un vientecillo del mar fresco y agradable; el cielo estaba -muy azul; en Francia se veía la llanura y la costa; -hacia España, un laberinto de montes ceñudos y sombríos. -Unos grillos amenizaban la soledad y un cuco -lanzaba su voz irónica entre los árboles.</p> - -<p>Devoré mis provisiones, y después dirigí un <i>toast</i> -elocuente a la vieja España de Don Quijote, y del Cid, y -de San Ignacio de Loyola. Añadí a Loyola, para probarme -a mí mismo, que este Amadís de Gaula, católico y -papista, no sólo no irritaba mis sentimientos de protestante -de raza, sino que veía en él un hermoso manantial -de energía y de tesón.</p> - -<p>Después de este <i>toast</i> hice mi segunda libación brindando -por las damas españolas, los caballeros, las majas, -los toreadores, los gitanos, los corchetes, los alguaciles -y los alcaldes, y, sobre todo, por la bella entre las -bellas, Mary la de Biriatu. Como me quedaba más vino -en la botella y no era desagradable, tuve que brindar -por el mar, por el cielo azul, y hasta por la Cosa en sí, -y me quedé un momento dormido.</p> -<hr class="chap" /> -<p><span class="pagenum"><a name="Page_185" id="Page_185"></a></span></p> - - - - -<h3>SEGUNDA PARTE<br /> -DEL PIRINEO A MADRID</h3> - - -<h4 id="II_II_I">I.<br /> -LOS PLACERES DEL CAMPO</h4> - - -<p><span class="smcap">Cuando</span> yo leía de chico las descripciones de los -placeres campestres—dice J. H. Thompson—, -me parecían una de las cosas más insulsas y más tontas -del mundo. Es extraño cómo la retórica, a fuerza de -repetir las mismas frases, llega a borrar todo sentido de -la realidad.</p> - -<p>Los placeres campestres en las páginas de los escritores -bucólicos del siglo <span class="smcap">XVII</span> y <span class="smcap">XVIII</span> han sido siempre -placeres amables y sociales; se ve que para estos escritores -la Naturaleza estaba representada por un parque -bien cuidado, como para Fenelón la gruta de Calipso -era uno de los subterráneos del jardín de Versalles. Los -placeres campestres en la pintura han sido también tan -sosos, tan amanerados, como los descriptos por los -poetas.</p> - -<p>Al llegar a vivir en el campo por primera vez, nunca -recordé las descripciones que había leído en la infancia, -ni los cuadros de los pintores. No me acordé jamás de -Galatea, ni de Amarilis, ni de Thirsis, ni de Nemoroso; -todas estas amables personificaciones no salieron del estante -que les corresponde en el armario de la guardarro<span class="pagenum"><a name="Page_186" id="Page_186">[186]</a></span>pía -poética para presentarse a mi imaginación. Me desdeñaron -tanto como les desdeñaba yo a ellas.</p> - -<p>Al acercarme al campo, la Naturaleza, en vez de una -impresión amable, pastoril y bucólica, me dió una sensación -ruda y me habló con una voz áspera y discordante.</p> - -<p>El viento y la lluvia, el murmullo de los árboles en el -follaje y el rumor del arroyo, el caminar por entre las -altas hierbas o por el claro del bosque me produjeron -una sorpresa.</p> - -<p>Tuve también otras sorpresas y descubrimientos. Uno -de éstos fué encender hogueras.</p> - -<p>Pocas cosas me han parecido tan sugestivas. ¡Hacer -fuego al borde de un camino y ver cómo chisporrotean -las hierbas secas, serpentean las llamas y se desparrama -el humo por el aire! ¡Qué gran placer! ¡Qué eterna -admiración!</p> - -<p>Siempre parece un espectáculo nuevo, como si guardara -uno en el fondo del alma el asombro del hombre -primitivo, descubridor del fuego al ver levantarse las -llamas en el aire.</p> - -<p>Este es uno de los grandes placeres tristes y melancólicos -del campo. Mirar la llama de la hoguera, ver el -humo que mancha las claridades del crepúsculo, mientras -las estrellas comienzan a presentarse en el cielo...</p> - -<p>Hoy, al pensar en ello, siento melancolía, la melancolía -del enamorado de la Naturaleza unida a la melancolía -del reumático.</p> -<hr class="chap" /> -<p><span class="pagenum"><a name="Page_187" id="Page_187"></a></span></p> - - - -<h4 id="II_II_II">II.<br /> -ERLAIZ EL PANADERO</h4> - - -<p><span class="smcap">Después</span> de mis libaciones dejé la venta de Inzola -y comencé a marchar hacia Vera. Enfrente tenía -un enmarañamiento de montañas fragosas y obscuras, -de crestas y de barrancos.</p> - -<p>Por toda la zona pirenaica vasconavarra ocurre lo -mismo: lo trágico y fosco ha quedado para España; lo -sonriente y amable, para Francia.</p> - -<p>A pesar de esto, el espíritu de los vascos de un lado -y otro de la frontera ha quedado el mismo; la misma -seriedad, el mismo gusto por los trajes negros, el mismo -aire de desilusión.</p> - -<p>Parece que este pequeño pueblo tiene la conciencia -vaga de su desaparición, de su absorción por los de alrededor, -y le queda la tristeza y el orgullo de los pueblos -viejos que se hunden sin dejar apenas rastro de su -existencia.</p> - -<p>Bajaba despacio de la venta de Inzola a Vera del Bidasoa -cuando oí a lo lejos el ruido de una carreta. -¡Cómo chirriaba! Tan pronto se la oía como se perdía su -sonido, como volvía a aparecer. Estas carretas vascas -tienen las ruedas de madera de una sola pieza y sujetas -al eje, lo que hace el rozamiento muy grande.</p> - -<p>Preguntaba unos días después a los campesinos en -Vera por qué hacían así las carretas, al menos por qué<span class="pagenum"><a name="Page_188" id="Page_188">[188]</a></span> -no daban sebo a los ejes, y uno me dijo que con aquel -chirrido áspero se divertían los bueyes, y otro, que así -no había que avisar a nadie del paso de la carreta, -porque el chirrido de las ruedas avisaba solo.</p> - -<p>Iba bajando al fondo de un arroyo, a cuyo borde se -veían varios caseríos, cuando me encontré con un viejo -que marchaba seguido de su perro. Era un hombre afeitado, -encorvado, con un perfil de cuervo.</p> - -<p>Entablé conversación con él y, después de someterme -a un interrogatorio, me dijo que andaba buscando -minas.</p> - -<p>En el interrogatorio tuve que decir quién era y a qué -venía a España, y eché mano del mito Cox y de la herencia, -y expliqué mis planes.</p> - -<p>El mismo individuo me preguntó qué pensaba hacer -en Vera; le dije que pasaría allí un día nada más y seguiría -adelante.</p> - -<p>—¿Tiene usted posada?</p> - -<p>—No.</p> - -<p>—Pues yo le llevaré a casa de un paisano amigo mío, -que le hospedará barato.</p> - -<p>Llegamos a uno de los barrios del pueblo al anochecer. -En lo hondo de un valle se veían unas cuantas casas -viejas en fila, envueltas en la niebla; el humo salía -de las chimeneas en ligeras columnas azules.</p> - -<p>El viejo y yo recorrimos una calle larga, pasamos por -cerca de la iglesia y salimos a la carretera, a orilla del -Bidasoa, y en una casa con una tienda nos detuvimos.</p> - -<p>A la puerta estaba Erlaiz, el panadero; hablaba con -un herrador de una fragua próxima. El panadero, un -hombre bajo, cuadrado, picado de viruelas, de cara fosca -y ceñuda, explicaba algo al herrador, hombre grueso, -panzudo, con una sonrisa llena de malicia.</p> - -<p>El panadero nos recibió ásperamente, al viejo y a mí, -y a una muchacha que estaba en la tienda le dijo que -me llevara a una habitación.</p> - -<p>Crucé la tienda, subí a un cuarto pintado de verde,<span class="pagenum"><a name="Page_189" id="Page_189">[189]</a></span> -me lavé y eché un vistazo al pueblo. El vasco es indiferente -y un tanto hostil al extranjero; aunque se le hable -en español, si le ven a uno extraño, le miran con desconfianza -y con suspicacia. La gente a quien pregunté -algo, en vez de responderme dándome los datos que les -pedía, me contestaban preguntándome a qué venía y qué -pensaba hacer.</p> - -<p>Estos vascos recelosos suponen que se les tiende un -lazo al hacerles la pregunta más sencilla.</p> - -<p>Pensé que no estaría muchas horas en el pueblo.</p> - -<p>A la hora de cenar volví a mi posada de casa del panadero, -y me hicieron pasar a un comedor, en donde se -hallaban el buscador de minas, que había encontrado en -el monte, Erlaiz y un militar.</p> - -<p>El panadero, mi patrón, cambiado por completo de aspecto, -se mostraba sonriente y amable. Me indicaron mi -sitio en la mesa, y nos pusimos a cenar.</p> - -<p>El viaje me había abierto el apetito, y di un ataque -formidable a los platos, al pan y al vino. Los demás no -se quedaron atrás. Después de cenar trajeron café y licores, -y nos pusimos a hablar y a cantar. Yo no he visto -compadres más alegres que aquéllos.</p> - -<p>El militar, guerrillero con Mina en la guerra de la Independencia, -contó sus hechos de armas, y el panadero -habló de sus aventuras en tierra de Castilla.</p> - -<p>Los dos estuvieron a cuál más exagerados.</p> - -<p>Estos buenos vascos, cuando se lanzan a ello, son un -tanto fanfarrones, como los escoceses de Walter Scott, -o como los gascones. Al oírles a ellos, cualquier encuentro -de cincuenta hombres contra otros cincuenta es una -batalla de Austerlitz; una aldea con cuatro casas viejas, -una Florencia y un granero con una torre es el Louvre o -el Kremlin.</p> - -<p>Después de las hazañas del militar y del panadero, el -viejo buscador de minas, que se llamaba Bidarraín, nos -dió lecciones de botánica y de mineralogía popular, mezcladas -con algunas supersticiones.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_190" id="Page_190">[190]</a></span></p> - -<p>A las doce y media, rendido de sueño, me fuí a la -cama, dormí de un tirón hasta las diez, y, al despertar, -pensé si la cena de la noche habría sido una realidad o -una fantasía.</p> - -<p>Me vestí, bajé a la tienda de Erlaiz y me lo encontré -displicente y malhumorado.</p> - -<p>—Ahí ha venido ese viejo Bidarraín a preguntar por -usted—me dijo—. En la huerta debe estar.</p> - -<p>Tomé el café con leche que me sirvió la sobrina de -Erlaiz, salí a la huerta y encontré al viejo buscador de -minas.</p> - -<p>Me preguntó si quería dar un paseo con él, le dije que -sí y echamos a andar. Bidarraín me mostró varias muestras -de mineral, y hablamos de mineralogía y de botánica. -Luego le pregunté qué clase de hombre era Erlaiz, -el panadero, pues me parecía de genio mudable.</p> - -<p>—Es buena persona—me dijo—, pero muy violento -y muy terco. Cuando se le pone una cosa en la cabeza -no hay quien le pueda convencer de lo contrario. Le hemos -querido persuadir el teniente Leguía y yo de que -es una barbaridad que ponga cepos en el Bidasoa para -los salmones en época de veda; pues los pone, y aunque -viniese el obispo y se lo pidiera de rodillas, los seguiría -poniendo.</p> - -<p>Bidarraín contó otros detalles de la barbarie del panadero. -Llegamos a mi posada; el buscador de minas se -marchó y yo entré en la tienda. Pasé a la tahona, y vi a -dos viejas que amasaban los panes en una artesa, mientras -Erlaiz trabajaba con la pala en el horno.</p> - -<p>Murgui, la sobrina del panadero, me sirvió la comida; -entablé conversación con esta muchacha, y le pregunté -qué clase de hombre era Bidarraín. Me dijo que pasaba -por hombre rico; que tenía minas de plata y de oro.</p> - -<p>También le pregunté a Murgui acerca del teniente Leguía, -y, por lo que contó, deduje que a éste le consideraban -como el enemigo del pueblo.</p> - -<p>Por la tarde volvió a presentarse Bidarraín y me llevó<span class="pagenum"><a name="Page_191" id="Page_191">[191]</a></span> -a una huertecilla contigua al cementerio, donde se hallaban -enterrados dos oficiales ingleses, muertos en el -pueblo al pasar los aliados el Bidasoa, en 1813.</p> - -<p>Después fuimos hasta Lesaca, villa donde tuvo lord -Wéllington su cuartel general.</p> - -<p>Bidarraín debió hablar al panadero de mis conocimientos -mineralógicos, porque Erlaiz, por la noche, me -preguntó si era ingeniero. Le dije que no, y él pareció -no creerme. Me preguntó también si tendría algún -inconveniente en ver unas minas algo lejanas. Le contesté -que ninguno. Dispusimos hacer la expedición al -día siguiente. El panadero, contento, trajo la guitarra y -estuvo cantando. Cantaba de una manera bárbara y graciosa. -Cuando terminó, me fuí a mi cuarto y estuve un -rato en la ventana mirando las estrellas, oyendo el rumor -del río y el canto de un sapo (bufo músicus), que -entretenía su soledad con sus notas.</p> -<hr class="chap" /> -<p><span class="pagenum"><a name="Page_192" id="Page_192"></a> -<a name="Page_193" id="Page_193"></a></span></p> - - - -<h4 id="II_II_III">III.<br /> -EL PARADOR DE SUMBILLA</h4> - - -<p><span class="smcap">Bidarraín</span> y Erlaiz me llevaron varias veces a ver -sus minas. Estaban empeñados los dos en que yo -entendía mucho de minería; pero que, por razones especiales, -no lo quería confesar.</p> - -<p>Erlaiz y Bidarraín me pidieron que les escribiera varias -cartas en francés y en inglés, y cuando yo indiqué -al panadero me hiciera la cuenta, me dijo que no le debía -nada.</p> - -<p>El teniente Leguía pensaba marchar a Elizondo con -unos cuantos hombres de su partida, y yo quedé en -acompañarle y seguir después a Pamplona.</p> - -<p>Con este motivo se decidió obsequiarnos a los dos -con una cena de despedida en las Ventas de Yanci.</p> - -<p>Eramos los comensales, además del panadero, Leguía, -Bidarraín y yo; dos milicianos nacionales, sargento y -cabo de la partida de Leguía, y un liberal de Vera, que -gastaba antiparras de plata, a quien llamaban Laubeguicua -(el de los cuatro ojos).</p> - -<p>Fuimos todos paseando a las Ventas de Yanci, que -distan una legua y media de Vera; nos sentamos a beber -sidra, y se llamó al ventero y a la ventera y se les -sometió a un grave interrogatorio.</p> - -<p>Erlaiz, Bidarraín y el sargento de milicianos dieron a -la consulta una importancia sacerdotal.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_194" id="Page_194">[194]</a></span></p> - -<p>—Vamos a ver, ¿qué podemos comer?—preguntó -Erlaiz.</p> - -<p>—Si quieren ustedes un cordero, ya lo asaremos—dijo -la ventera, cantando al hablar.</p> - -<p>—Bueno, un cordero. ¿Que más?</p> - -<p>—Ya tenemos también buenas truchas.</p> - -<p>—¿Truchas? No está mal. ¿Que más?</p> - -<p>—Pollos también ya tenemos.</p> - -<p>—¿Pollos? Bueno. ¿Qué más?</p> - -<p>—Jamón bueno ya pondremos.</p> - -<p>Así siguió la ventera explicando las provisiones que -tenía, siempre empleando esta fórmula de ya tenemos o -ya pondremos. Este <i>ya</i>, de aire germánico, me chocaba -verlo empleado a todo pasto.</p> - -<p>Después de consultarse con la mirada Bidarraín, Erlaiz -y el sargento de nacionales, decidieron, de común -acuerdo, que pusieran todo lo que hubiese para no engañarse.</p> - -<p>Dispuesta la cena, seguimos bebiendo, hasta que nos -dijeron que la mesa estaba puesta.</p> - -<p>Al sargento de los milicianos, hombre alto, de vientre -piriforme, se le encandilaron los ojos, y frotándose las -manos de gusto exclamó:</p> - -<p>—¡Pien, pien! Una puena cena. Esto es lo que me -gusta. Puen cordero, puenas truchas, puen pollo y puen -vino. ¡A comerr! ¡A comerr!</p> - -<p>Comimos como buitres y bebimos hasta quedar mareados, -lo que me dió una idea bastante pobre de la sobriedad -de los vascos; se habló con entusiasmo de Mina, -Riego y el Empecinado; con rabia, de las correrías que -hacían por Navarra Juanito el de la Rochapea y don -Santos Ladrón, y se cantó el <i>Himno de Riego</i>, a pesar -de que el ventero y su mujer suplicaron que callásemos, -porque les comprometíamos.</p> - -<p>Salimos de las Ventas de Yanci a media noche; los -de Vera se marcharon a su pueblo, y Leguía, con sus -dos milicianos y yo, seguimos hasta Sumbilla.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_195" id="Page_195">[195]</a></span></p> - -<p>Nos detuvimos en el parador de San Tiburcio. El sargento -del vientre piriforme me dijo ingenuamente que -con el paseo se le había abierto el apetito, y que iba a -mandar que le hicieran unas sopas de ajo. Le miré con -asombro y me fuí a acostar.</p> - -<p>Al despertarme por la mañana supe que Leguía había -partido con sus milicianos camino da Santesteban, dejándome -una carta para un amigo suyo de Pamplona.</p> - -<p>Como no tenía prisa y hacía calor, dejé la marcha -hasta que cayera el sol. Estaba en el portal del parador -de San Tiburcio cuando se acercó un carro grande, tirado -por siete mulas.</p> - -<p>El arriero fué soltando sus animales, llamándolos -uno a uno y llevándolos a la cuadra. La Morena, la -Montesina, la Capitana, la Coronela, la Bonita, el Vigilante -y la Leona fueron despacio al pesebre, donde primero -se les dió de beber.</p> - -<p>El posadero me preguntó:</p> - -<p>—¿No va usted a Pamplona?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—Pues si quiere usted, puede usted ir con este arriero.</p> - -<p>—¿No hay inconveniente?...</p> - -<p>—Ninguno.</p> - -<p>El arriero se llamaba Mandashay, y era un hombre -de unos treinta y cinco a cuarenta años, rubio, con -unos ojos que parecían de cristal azul.</p> - -<p>Me advirtió que si quería ir con él saldríamos a la -mañana siguiente; le dije que tendría mucho gusto en -marchar en su compañía, y le convidé a un vaso de -vino. Quedamos de acuerdo; yo me fuí a acostar, y al -amanecer me llamaron.</p> - -<p>La mañana estaba fresca; había una niebla espesa -que prometía un día de calor. Mandashay sacó sus mulas -y echamos a andar camino de Almandoz.</p> - -<p>—Cuando se canse usted puede tenderse en la galera—me -dijo Mandashay.</p> - -<p>—No, no me canso tan fácilmente.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_196" id="Page_196">[196]</a></span></p> - -<p>La galera española es un carro grande, de cuatro ruedas, -tirado por una larga recua de mulas. En Navarra y -en Castilla la Vieja se ven con frecuencia estas galeras; -en Castilla la Nueva abunda más el carromato, que -también llaman carro catalán.</p> - -<p>El viaje a pie detrás de un carro tiene sus encantos. -El que aproximó de un modo ideológico la galera carro -a la galera barco, dándole el mismo nombre, no estaba -equivocado. El parecido de estos dos medios de comunicación -salta a la vista. El barco es una casa que flota, -como el carro es una casa que rueda. El carretero tiene -algo de marino: es un hombre que pasa y no se detiene, -que lleva una ruta, que vive en un mundo de soledad.</p> - -<p>Mandashay era un hombre muy interesante y ameno. -Cada rincón del camino le recordaba una historia. Aquí -habían salido a robar a un rico unos enmascarados; -allá había vivido una muchacha de cabeza loca que -trajo revueltos a todos los jóvenes de los contornos.</p> - -<p>En algunos momentos Mandashay se agarraba a la -galga, y en otros tiraba de la brida del macho de varas, -gritando: ¡Eup! ¡Eup! o ¡ueschqué! ¡ueschqué!</p> - -<p>Charlando llegamos a Almandoz y seguimos subiendo -una cuesta hasta el alto de Velate. El cielo estaba azul -y el sol calentaba de firme. No hacía mucho calor porque -íbamos ya a bastante altura y corría aire fresco.</p> - -<p>A media tarde cruzamos un bosque, que me pareció -debía servir para los misterios de los druidas, y fuimos -a parar a las Ventas Quemadas, en lo más alto del -puerto.</p> -<hr class="chap" /> -<p><span class="pagenum"><a name="Page_197" id="Page_197"></a></span></p> - - - -<h4 id="II_II_IV">IV.<br /> -PAMPLONA</h4> - - -<p><span class="smcap">Salimos</span> de Ventas Quemadas por la mañana, y emprendimos -la marcha hacia la vertiente del Ebro.</p> - -<p>El paisaje había cambiado en absoluto. El cielo se -mostraba más azul; el campo, más seco; en los altos corrían -pequeños caballos de grandes colas y triscaban las -cabras y los corderos; abajo resplandecían los campos -de trigo y alguno que otro viñedo.</p> - -<p>Al comenzar a descender hacia la cuenca del Ebro, -me pareció que empezaba España; todo tomaba a mis -ojos un carácter más triste y más serio: veía pueblos taciturnos, -casas de paredes grises, árboles cubiertos de -polvo.</p> - -<p>Nos alejamos de la altura a medida que avanzábamos, -y fuimos bajando hacia el llano. En los trigales brillaban -las amapolas como gotas de sangre y los grillos nos ensordecían -con sus chirridos.</p> - -<p>Dormimos en Villaba, y al día siguiente entraba yo -en Pamplona. Me despedí de Mandashay y fuí a parar -a una posada de la calle de la Curia. Saqué la carta del -teniente Leguía; era para un capitán de ejército llamado -Iriarte. Me presenté a él, me acogió con amabilidad y -me invitó a comer.</p> - -<p>Durante la comida le hablé del mito Cox, y de cómo -esperaba recoger una pequeña fortuna. En tanto, le dije,<span class="pagenum"><a name="Page_198" id="Page_198">[198]</a></span> -me hallaba dispuesto a trabajar en lo que se me presentase.</p> - -<p>—Y usted, ¿qué sabe hacer?—me preguntó Iriarte.</p> - -<p>—Sé francés y, naturalmente, inglés.</p> - -<p>—Sí; quizá esto le pueda servir de algo.</p> - -<p>—También tengo nociones de botánica.</p> - -<p>—¿Botánica? No creo que haya aquí nadie que se -ocupe de eso. A no ser algún herbolario.</p> - -<p>—Pues éstos son mis conocimientos. También sé disecar -animales—añadí con resignación.</p> - -<p>—¡Hombre! Eso quizá nos sirva. Aquí hay un profesor -que todos los pajarracos y alimañas que le dan los -envía a Francia a disecarlos, lo que le cuesta mucho -dinero.</p> - -<p>—Voy a verle.</p> - -<p>—Sí, iremos juntos.</p> - -<p>Fuimos, efectivamente; hablamos con él, y yo me -comprometí a restaurarle algunos animales y a disecarle -de nuevo otros, por el sueldo de seis pesetas al día, -mientras durara el trabajo.</p> - -<p>Disequé para aquel señor un caimán, un águila, un -cisne y varios otros bicharracos.</p> - -<p>El capitán Iriarte me recomendó una casa de huéspedes -de la plaza del Castillo y me trasladé a ella.</p> - -<p>Mi vida en Pamplona, mientras tuve trabajo, fué muy -agradable. Por la mañana y por la tarde trabajaba, y al -anochecer paseaba por los alrededores, y cuando no -tenía tiempo de sobra iba a la Taconera.</p> - -<p>Allí se reunían los aristócratas y los burgueses, los -militares, las señoritas, los chicos y los curas, y algunos -días de fiesta, por la noche, se ponían unos farolillos de -papel colgados de los árboles.</p> - -<p>Yo cultivaba mucho el mirador de la Taconera, un -sitio bonito, desde donde se ven los pueblos de la cuenca -de Pamplona.</p> - -<p>Daba con prudencia la vuelta a las murallas. Conocía -la Ciudadela y los baluartes: el de la Reina, el de Redín,<span class="pagenum"><a name="Page_199" id="Page_199">[199]</a></span> -el de Labrit, el de los Canónigos, el de Gonzaga; las cinco -puertas y la poterna de la Tejería.</p> - -<p>Tenía algunos amigos, porque el capitán Iriarte me -presentó a varios de sus compañeros, militares liberales.</p> - -<p>Por entonces, entre los militares y los milicianos de -Pamplona, había gran hostilidad; los militares se manifestaban -anticlericales, partidarios de la Constitución; en -cambio, los milicianos eran fervientes católicos y monárquicos, -y armaban trifulcas gritando: «¡Viva Dios!» -No parecía sino que tenían miedo de que lo mandasen -matar los liberales. Yo, como extranjero, no daba mi -opinión acerca de estas cuestiones.</p> - -<p>En la casa de huéspedes donde fuí por recomendación -de Iriarte, eran todos perfectamente reaccionarios, comenzado -por la dueña, doña Saturnina, señora vieja, -nariguda y charlatana.</p> - -<p>Doña Saturnina era un producto clásico de las ciudades -levíticas; tenía la adoración por el aristócrata, por el -cura, por el Don Juan provinciano; hablaba con ternura -de los mozos calaveras alborotadores, que iban a los -toros, bebían vino hasta emborracharse y hacían de -cuando en cuando alguna canallada y luego iban a confesarse -con aire hipócrita y santurrón al confesonario -del cura que pasaba por más severo, que generalmente -era el penitenciario de la catedral.</p> - -<p>Al principio de estar en casa de doña Saturnina creí -que se podría bromear con las costumbres del pueblo, e -hice algunos chistes acerca de ese cartel que se pone en -ciertos días en las iglesias de España: «Hoy se sacan ánimas -del Purgatorio»; pero pronto vi que en Pamplona -las bromas de este género tenían sus peligros.</p> - -<p>Doña Saturnina la patrona y un sobrino suyo me espiaron -y hasta me siguieron un domingo para ver si iba -a misa. En vista de que no frecuentaba la iglesia, doña -Saturnina me interpeló con valor:</p> - -<p>—Dígame usted, ¿usted no es católico?—me dijo.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_200" id="Page_200">[200]</a></span></p> - -<p>—No, señora—le contesté.</p> - -<p>—¿Pues qué es usted? ¿Protestante?</p> - -<p>—Sí; soy de una clase de secta que se llama de los -agnósticos, que supone que no se sabe nada de nada.</p> - -<p>—¿Pero usted no cree en la Virgen y en los santos?</p> - -<p>—Los de mi secta creemos más bien en la substancia -única, y practicamos el culto del nuestro señor el Yo, y -de nuestra señora de la Cosa en Sí.</p> - -<p>A esto dijo mi patrona que esta virgen sería muy importante; -pero que los milagros de la Virgen del Camino -eran mayores, porque se la había visto elevarse en el -aire y ponerse en un madero que hay en la iglesia de -San Cernín de Pamplona, a lo cual yo repliqué diciendo -que bien podía la ley de la gravitación, inventada por -mi paisano Newton, ser una costumbre o una rutina de -la Naturaleza, y de nuestro espíritu, y que, como dijo -atrevidamente Protágoras, todas las cosas son verdaderas, -y que el hombre es la medida de todas las cosas, -de las que existen como existentes y de las que no existen -como no existentes.</p> - -<p>Doña Saturnina me preguntó si este Protágoras era -algún santo; yo la dije que si no lo era, podía haberlo -sido.</p> - -<p>Entonces, doña Saturnina me recomendó que me convirtiese -al catolicismo, y yo la tranquilicé diciendo que -estudiaría la cuestión.</p> - -<p>En España y en pueblos como Pamplona todavía hay -un gran atractivo en ser incrédulo. ¿Cuánto durará esto? -Al paso que vamos, ya poco. Cien años; doscientos -años. Nada, una miseria.</p> - -<p>La verdad es que, con el progreso, se priva al hombre -libre de los grandes encantos y emociones de ser perseguido.</p> - -<p>¿Qué vale un incrédulo, un librepensador en un país -donde todo el mundo puede serlo impunemente? Nada. -En cambio, en plena persecución, ¡qué delicia! Tener el -libro prohibido bien guardado, leerlo a escondidas, bur<span class="pagenum"><a name="Page_201" id="Page_201">[201]</a></span>larse -por dentro de todas las ceremonias y mojigangas, -y escapar de las tramas de esta red con la cual el despotismo -judaico-cristiano ha intentado envolver al mundo. -¡Admirable cosa!</p> - -<p>Los incrédulos debíamos protestar de la lenidad actual, -que nos priva de una de nuestras mayores satisfacciones...</p> -<hr class="chap" /> -<p><span class="pagenum"><a name="Page_202" id="Page_202"></a> -<a name="Page_203" id="Page_203"></a></span></p> - - - - -<h4 id="II_II_V">V.<br /> -LOS CABALLEROS</h4> - - -<p><span class="smcap">En</span> la casa de huéspedes de doña Saturnina conocí -a varias personas, gentes pintorescas, cuya vida -sabía luego por la misma patrona.</p> - -<p>Uno de los fijos en la casa era un señor alto, moreno, -de pelo blanco, vestido con traje obscuro, y que se paseaba -por los arcos de la plaza del Castillo ataviado con -un sombrero de copa cubierto de hule y una levita larga, -y que cuando hacía fresco se ponía una esclavina -azul sobre los hombros.</p> - -<p>—¿Quién es este señor?—le pregunté a la patrona.</p> - -<p>Doña Saturnina me dió tres o cuatro nombres de estos -compuestos y largos que usan los españoles.</p> - -<p>—¿Y este caballero no trabaja?—pregunté yo.</p> - -<p>—No. ¡Ca!</p> - -<p>—¿Es rico?</p> - -<p>—Poca cosa.</p> - -<p>—¿Es de buena familia?</p> - -<p>—Ya lo creo. ¡Es un Pérez de Cascante! Es de los caballeros -de Olite.</p> - -<p>Este caballero tenía un amigo que le acompañaba en -sus paseos, el señor Sánchez de Peralta.</p> - -<p>Doña Saturnina me explicó la genealogía de ambos.</p> - -<p>—Ninguno de los dos ha trabajado nunca—me decía -la patrona con entusiasmo—. Son caballeros.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_204" id="Page_204">[204]</a></span></p> - -<p>Me hizo gracia el equiparar la holganza con la nobleza, -lo que en el fondo es muy natural y lógico.</p> - -<p>Todos los días les veía a los dos caballeros dar vueltas -y vueltas por la plaza del Castillo, con sus sombreros -de copa y sus botas, que les crujían al andar. Los -dos parecían mucho más jóvenes de lo que eran. Siempre -he creído que el no discurrir conserva la vida; por -eso dijo Juan Jacobo Rousseau, y otros lo habían dicho -antes, que el hombre que piensa es un animal depravado.</p> - -<p>Muchas veces he pensado que la felicidad está en ser -un Pérez de Cascante o un Sánchez de Peralta, y en dar -vueltas por los arcos de la plaza del Castillo con unas -botas que crujen y una esclavina azul; pero, puesto en -esta actitud espiritual, se me ha ocurrido si no sería aún -más perfecto el ser una vaca, o quizá una ostra.</p> - -<p>No he decidido yo, como creo que no lo ha decidido -nadie, si es mejor la ciencia unida a la desdicha y al -dolor o la estupidez mezclada a la felicidad; pero, sin -decidirlo, cuando veo algún vago de estos firmes y constantes -en su noble ocupación de no hacer nada, siempre -pienso si será uno de los caballeros de Olite, el señor -Pérez de Cascante o el hidalgo Sánchez de Peralta.</p> -<hr class="chap" /> -<p><span class="pagenum"><a name="Page_205" id="Page_205"></a></span></p> - - -<h4 id="II_II_VI">VI.<br /> -LOS ESTRATOS SOCIALES DE PAMPLONA</h4> - - -<p><span class="smcap">Como</span> era la primera ciudad española que habitaba, -quise darme cuenta clara de su contextura física -y moral. Sus calles, sus plazas, los rincones de la muralla, -los conocía palmo a palmo; gracias a alguna que -otra amistad y a las explicaciones de doña Saturnina -pude darme también una idea de la vida moral del -pueblo.</p> - -<p>Pamplona era un receptáculo de aristócratas, de leguleyos, -de militares, de curas y de perros. Yo no digo que -para todo el mundo esta clase de población sea antipática -u odiosa, no; ahora, para mí sí lo es, excepto los -perros, por los cuales siempre he tenido una debilidad -de corazón.</p> - -<p>Pamplona se mostraba como una construcción en pisos. -En el alto había dos o tres familias aristocráticas, -y estas familias tomaban un poco cómicamente un aire -de familias reales. A pesar de que doña Saturnina quería -demostrarme con todo su fuego oratorio que las dos -o tres familias del primer tramo social de Pamplona -eran ilustrísimas, la verdad es que no contaba de ellas -nada que valiera la pena de esculpirse en bronces.</p> - -<p>Después de estas dos o tres familias del primer tramo -que miraban al vulgo de los pamploneses como diciendo: -podéis vivir, os permitimos graciosamente la exis<span class="pagenum"><a name="Page_206" id="Page_206">[206]</a></span>tencia, -había otras seis o siete ya de menos tono, con -algunos titulillos insignificantes y algún coche destartado, -pero todavía en buen uso, en la cuadra.</p> - -<p>Tras de este segundo tramo venía el tercero, formado -por los hidalgos, estos hidalgos por los que doña Saturnina -sentía gran respeto y veneración y de los cuales -decía: ¡Es un Pérez de Cascante! Es un Sánchez de Peralta!</p> - -<p>Fuera del elemento autóctono, había otros dos elementos -aristocráticos: el ejército y el clero. El ejército -en su alta esfera llegaba a veces al primer tramo; pero -lo más corriente era que se quedase en el segundo; el -brigadier y el general alternaban con el marqués o con -el conde, un poco tronados, si no tenían alguna mancha -de liberalismo que se lo impidiese, porque entonces no -alternaban con nadie.</p> - -<p>El Gobierno constitucional en esto había defraudado -al buen pueblo, primero suprimiendo el título de virrey de -Navarra, cosa que a los pamploneses sonaba agradablemente -al oído, y substituyéndole por el de capitán general; -después, enviando militares inficionados con el virus -del liberalismo. El clero era, naturalmente, aristocrático -y absolutista, y el obispo movía todos los resortes -de la mecánica pamplonesa. El obispo entraba de -lleno en el primer tramo de la vida ciudadana. El deán -y los canónigos distinguidos se distribuían en el segundo -y en el tercero. Aristocracia, clero, ejército y clase -media formaban un pequeño mundo. Pamplona, encerrada -en su muralla, era para el pamplonés un microcosmos. -A mí, que llevaba todavía el humo de Londres -en la cabeza, me parecía que todo el pueblo vivía enmohecido, -apegado a unas cuantas rutinas y a unos -cuantos lugares comunes.</p> - -<p>A veces se me ocurría pensar que no estaba mal ideado -aquel sistema de categorías y de subordinaciones. -Realmente, el catolicismo ha resuelto la vida a su modo, -disciplinándola y encerrándola en estrechas casillas;<span class="pagenum"><a name="Page_207" id="Page_207">[207]</a></span> -esto, unido a que ha dado a las necesidades apremiantes -el carácter de vicios, ha hecho que los pueblos pobres -como el español, que viven en la estrechez y en la -incuria, se crean rodeados de placeres sardanapálicos.</p> - -<p>En parte, esta severidad es una ventaja, porque da a -la vida un poco de picante.</p> - -<p>La construcción, en tramos, de Pamplona, tenía también -su parte útil.</p> - -<p>Cierto que a mí me parecía un poco absurda y mezquina; -pero no le parecía, seguramente, lo mismo al nacido -en el pueblo.</p> - -<p>La verdad es que todo el aparato enfático y teatral del -aristocratismo, que pretende imponer el ánimo por su -esplendor, se convierte en una mueca cómica cuando no -va acompañado de la fortuna o del poder.</p> - -<p>No es fácil encontrar nada tan imponente como esas -damas inglesas, hijas de algún almacenista de cacao, de -un prestamista o de un fabricante de sebo casadas con -algún lord. ¡Qué orgullo! ¡Qué majestad! ¡Qué admirable -desprecio por los demás mortales!</p> - -<p>Estas alianzas del dinero con los títulos dan buenos -resultados; en cambio, en los sitios donde las familias -nobles no pueden abonar sus campos o sus cuarteles -con dinero plebeyo, los aristócratas degeneran.</p> - -<p>Se nota en Francia, como en España, en las ciudades -de provincia, que el pequeño aristócrata, el hidalgo, el -«hobereau», es mucho más feo y menos inteligente que -el hombre de la clase media y del pueblo. Esto depende, -seguramente, del cuidado de casarse entre gentes de la -misma casta, de la endogamia, que decimos los antropólogos.</p> - -<p>En Pamplona, como en casi todas las capitales españolas, -me parecieron los pequeños aristócratas muy cómicos. -¡Qué gente! Unas bocas desdeñosas, unos gestos -de orgullo, unas mujeres feas y con bigote, unos tipos -morenos y escurridos que parecían micos; muy chatos o -con narices de loro; con escrófulas o con herpes.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_208" id="Page_208">[208]</a></span></p> - -<p>Este prestigio de la aristocracia no es cosa que a mí -me preocupe; no tengo la aspiración de saludar al conde -ni al marqués, ni siquiera de estrechar la mano de -un Pérez de Cascante o de un Sánchez de Peralta. A un -vagabundo, como yo, no le pueden importar gran cosa -las superioridades locales ni las cuestiones de etiqueta; -tampoco sé si estos condes y marqueses de aquí proceden -de las Cruzadas (como todos los aristócratas de los -folletines franceses); supongo que serán tan antiguos -como puedan serlo los de Inglaterra; pero no hay más -remedio que reconocer que son más pobres. Y, la verdad: -la aristocracia, con casas sucias y destartaladas y -unos majuelos por toda propiedad; el aristócrata, con -un sombrero seboso y un pantalón con rodilleras, no -llega a imponer respeto ni a causar gran sensación. Es -decir, a mí no me la producía, porque a mi patrona, doña -Saturnina, le producía grande. Verdad que ella veía los -conceptos más que los accesorios y las formas. Doña -Saturnina era un poco platoniana.</p> - -<p>Tras de la aristocracia pamplonesa, venía la clase -media, formada por leguleyos y comerciantes, y después, -el pueblo.</p> - -<p>Desde arriba a abajo; desde lo alto de la pirámide -hasta la base; desde el primer tramo hasta el último, -Pamplona era un pueblo intoxicado por la clericalina. -La clericalina rebosaba por todas partes; una clericalina -activísima; pues no había apenas un pamplonés que -no tuviera depósitos de este alcaloide entre la píamadre -y la aracnoides. Era una clericalina que producía un estado -de estupor incurable.</p> - -<p>Una gota en la conjuntiva de un individuo lo envenenaba -para siempre.</p> - -<p>Todas las aguas del Arga reunidas, no bastaban para -disolver la clericalina, la cleritoxina y el ácido clerigálico -que producía la ciudad.</p> -<hr class="chap" /> -<p><span class="pagenum"><a name="Page_209" id="Page_209"></a></span></p> - - - -<h4 id="II_II_VII">VII.<br /> -PHILONOUS</h4> - - -<p><span class="smcap">Solía</span> yo andar con mucha frecuencia por la Taconera, -y daba casi todas las tardes un paseo por las -afueras de la muralla, lo que llaman en el pueblo la -Vuelta del Castillo. Un día vi que un perrucho me seguía. -Era un perro feo y poco estético, que tenía cara -de persona, lanas rojizas y unas barbuchas lacias de -filósofo cínico.</p> - -<p>—Bueno, bueno—le dije—. Márchate, que aquí no -haces nada.</p> - -<p>Seguí mi camino, e iba pensando en la realidad que -podían tener las cosas, cuando vi a mi lado de nuevo al -perro feo.</p> - -<p>—Este can me sigue—murmuré—. A ver si es un demonio -como el perro de aguas que acompaña al doctor -Fausto a su laboratorio.</p> - -<p>Continué mi paseo, y siguió el perro feo junto a mí.</p> - -<p>—Bueno; que haga lo que quiera—dije—. Si el destino -ha dispuesto que este canis familiaris sea mi amigo, -no me opongo.</p> - -<p>Pensé que si venía hasta mi casa y se unía a mí, tendría -que darle un nombre, y decidí llamarle Philonous.</p> - -<p>Efectivamente: entró en mi casa, le di de comer y le -adopté. Unos meses después, al llegar a Tafalla, Philonous -riñó con otro perro con gran valor; el otro perro le<span class="pagenum"><a name="Page_210" id="Page_210">[210]</a></span> -mordió en una pata y tuvo una llaga que le duró mucho -tiempo.</p> - -<p>Entonces, como tributo a su valor y como recuerdo -a un héroe griego, que padeció también una úlcera en -una pierna, añadí a su nombre el de Philotectes, y así -se llamó mi perro en su vida terrena, que no es poca -cosa para un perro.</p> - -<p>Philonous era profundo y sentimental. En las circunstancias -difíciles se crecía. A veces era un poco cínico; estaba -en su derecho, siendo perro y perro de pobre; a veces -me parecía un caballero «sans peur et sans reproche», -como Bayardo.</p> - -<p>Yo siempre le encontré un aire socrático.</p> - -<p>Me parecía que el mejor día iba a salir Minerva de su -cabeza.</p> -<hr class="chap" /> -<p><span class="pagenum"><a name="Page_211" id="Page_211"></a></span></p> - - -<h4 id="II_II_VIII">VIII.<br /> -LOS REALISTAS FRANCESES</h4> - - -<p><span class="smcap">Un</span> día pararon en la casa de doña Saturnina unos -franceses realistas.</p> - -<p>Estos franceses, supe, cuando se marcharon, que -habían ido a reunirse con la partida absolutista de un -tal Salaverri, que merodeaba por la ribera de Navarra.</p> - -<p>Los tales franceses me fueron poco simpáticos. Tenían -un criterio pequeño y estrecho. Elogiaban lo peor -de Francia y de España. Para ellos la crueldad empleada -con los liberales era un gran mérito; el talento militar -consistía en hacer todas las barbaridades posibles en -perjuicio del enemigo.</p> - -<p>Así un vendeano cualquiera era un militar más ilustre -que Napoleón.</p> - -<p>Nunca jamás he visto una gente más vanidosa, más -necia ni más incomprensiva. Tenían unas ideas extrañas. -Según ellos, puesto que los revolucionarios franceses -habían guillotinado a Luis XVI, a su mujer y a su -hijo, ellos podían, con un derecho natural de represalia, -matar a todos los hombres, mujeres y niños del -Universo.</p> - -<p>La carreta en donde habían ido a la guillotina estos -Borbones debía ser como el célebre carro de Jaggernath, -del Indostán, que va aplastando a todo el mundo.</p> - -<p>Así como nosotros, que hemos nacido mil ochocien<span class="pagenum"><a name="Page_212" id="Page_212">[212]</a></span>tos -años después de Cristo, tenemos la culpa de su -muerte, según los místicos, y estamos deshonrados por -la mayor o menor bellaquería que hicieron unos supuestos -Adán y Eva en el paraíso, así también todos, franceses -y no franceses, tenemos la responsabilidad de la -muerte de Luis XVI y de su familia.</p> - -<p>¡Qué fanatismo el de aquella gente! Seguramente -hubiera sido difícil encontrar en personas de otro país -un producto así de amaneramiento, de afectación y de -petulancia.</p> - -<p>Si no hubiera sido porque tenían modales de señores, -se les hubiera tomado a aquellos franceses por unos -brutos feroces y fanáticos que no buscaban mas que el -exterminio de todo el que no pensara como ellos.</p> - -<p>Después de conocerles, los absolutistas de Pamplona -me fueron casi simpáticos.</p> - -<p>Al menos el reaccionarismo español es más natural: -es la incompresión y la brutalidad simple; el reaccionarismo -francés es la incompresión adornada; el uno es -una construcción de espíritus toscos, el otro es un gótico -pestilente de confitería.</p> -<hr class="chap" /> -<p><span class="pagenum"><a name="Page_213" id="Page_213"></a></span></p> - - - -<h4 id="II_II_IX">IX.<br /> -CONSPIRACIONES</h4> - - -<p><span class="smcap">No</span> me ocupaba yo gran cosa de lo que ocurría en -Pamplona, ni estaba enterado de sus cuestiones -políticas, cuando el capitán Iriarte y un francés emigrado -por sus ideas republicanas, Juan Pontecoulant, me -llevaron un día a una velada masónica que se daba en -el billar de un café.</p> - -<p>Se trataba de celebrar el triunfo liberal obtenido en -Madrid el 7 de julio.</p> - -<p>Mientras esperábamos que comenzase la reunión, -Pontecoulant, que tenía bonita voz, cantó <i>La Marsellesa</i>, -y después, la canción de <i>Los Girondinos</i>, con mucho -fuego y gran énfasis:</p> - -<div class="poetry-container"> -<div class="poetry"><div class="stanza"> -<div class="line i1"><i>Par la voix du canon d'alarmes</i></div> -<div class="line"><i>la France appelle ses enfants.</i></div> -</div></div></div> - -<p>Le escuchamos con gusto y coreamos sus cantos.</p> - -<p>Cuando se reunieron los masones, que casi todos -eran militares, se comenzó a hablar de la conspiración -realista que se había tramado en Navarra y tenía su -centro en Pamplona. Yo entonces me enteré de los manejos -de los absolutistas.</p> - -<p>Los primeros conspiradores de Navarra habían sido -el cura de Barasoaín; el canónigo Lacarra; un tal Uriz, -de un pueblo llamado Sada, y los militares Eraso,<span class="pagenum"><a name="Page_214" id="Page_214">[214]</a></span> -Juanito el de la Rochapea y don Santos Ladrón de -Cegama.</p> - -<p>Estos tres últimos eran antiguos guerrilleros del general -Espoz y Mina en la guerra de la Independencia. Mina -consideraba a Eraso como absolutista de corazón, pero -no a Ladrón ni a Juanito; a Ladrón le tenía por hombre -de ideas liberales; respecto a Juanito el de la Rochapea, -lo miraba como a hombre desleal y traidor.</p> - -<p>Juanito el de la Rochapea, Juan Villanueva, había -sido capitán del primer regimiento de la división Navarra, -mandada por Mina.</p> - -<p>Cuando la tentativa liberal de éste sobre Pamplona, -en 1814, Juanito fué el que comprometió con su impaciencia -al coronel Górriz, y pasándose luego a los realistas -contribuyó a su fusilamiento.</p> - -<p>Villanueva odiaba a Mina y le tenía miedo. Al entrar -éste en Pamplona en triunfo con la bandera constitucional, -en 1820, Juanito se escapó e hizo preguntar a su -antiguo jefe si tenía que temer algo de él. Mina le contestó -que no. Juanito creyó que todo se había olvidado -entre los dos y se presentó al general, quien le miró de -arriba a abajo, con desprecio.</p> - -<p>Respecto a Ladrón de Cegama se había lanzado al -campo por despecho y por rivalidad con los militares -que se pronunciaron por la Constitución.</p> - -<p>Reunidos los contrarrevolucionarios realistas, Eraso, -Juanito y los demás dispusieron una estratagema para -armarse. Eraso era alcalde de Garinoaín, pueblo del valle -de Orba. Eraso mandó reunir las cendeas del valle e -hizo que oficialmente se pidieran a la Diputación provincial -trescientos fusiles y sus municiones correspondientes -con destino a los milicianos nacionales. La Diputación -los proporcionó, y los trescientos fusiles sirvieron -para formar la primera expedición realista.</p> - -<p>La política de los católicos siempre ha sido igual. -Ellos harán una deslealtad o una infamia; pero eso sí, -la harán con reservas mentales; luego oirán su misa<span class="pagenum"><a name="Page_215" id="Page_215">[215]</a></span> -con devoción, se confesarán, tendrán propósito de enmienda, -se darán unos golpes de pecho, y limpios para -hacer otra canallada.</p> - -<p>Los fusiles del Gobierno sirvieron para preparar unas -compañías absolutistas bien armadas y equipadas.</p> - -<p>El general Eguía, presidente de la Junta realista, y -don Vicente Quesada, comandante general de las tropas -del rey absoluto, nombraron jefes a Guergué, a Ladrón -y a Juanito el de la Rochapea, que salieron al campo y -comenzaron a operar.</p> - -<p>El capitán general de Navarra ordenó a las compañías -del regimiento de Toledo y a las partidas de milicianos -guardasen los pasos de la frontera, por si los -realistas entraban por Francia.</p> - -<p>Se vigiló Vera, Zugarramurdi, Maya, el Irati y el -Roncal.</p> - -<p>Los absolutistas tenían protectores por todas partes y -no se les encontraba; en cambio, se capturó en el Irati -a ocho soldados franceses desertores y a su capitán, llamado -Adolfo, que intentaban entrar en España con proclamas -republicanas.</p> - -<p>El capitán Adolfo se escapó, gracias a la protección -masónica del comandante español; los otros soldados -franceses, presos por los milicianos nacionales de Salazar, -fueron traídos a Pamplona. La gente creía que los -iban a fusilar, y les parecía muy lógico a los buenos -católicos que se les fusilase, por ser republicanos; pero -el capitán general mandó incorporarlos en las filas del -ejército.</p> - -<p>Juan Pontecoulant me dijo que Adolfo era un hijo -del general Berton, y que este general, que por entonces -era el jefe de los revolucionarios y con quien más -se contaba para la revolución en Francia, había estado -en San Sebastián.</p> - -<p>El capitán Adolfo vivió oculto en un caserío de la -frontera; pero los realistas de Ochagavia lo denunciaron -y fué preso.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_216" id="Page_216">[216]</a></span></p> - -<p>La hostilidad entre el ejército y los milicianos, la -conspiración permanente de los absolutistas, los rumores -que corrían de que los exaltados de Madrid intentaban -establecer la República, todo esto hacía que la -provincia de Navarra viviese en perpetua agitación. Los -realistas pamploneses se escapaban al campo con armas, -y algunos se descolgaban de noche por las murallas. -Yo hubiera estado tranquilo en Pamplona si hubiese -tenido medios de fortuna; pero mis trabajos de -disecación se acababan y era indispensable levantar el -vuelo. Así que puse mis papeles en regla, gracias al capitán -Iriarte y a sus amigos, y preparé mi viaje.</p> -<hr class="chap" /> -<p><span class="pagenum"><a name="Page_217" id="Page_217"></a></span></p> - - - -<h4 id="II_II_X">X.<br /> -EL CALOR</h4> - - -<p><span class="smcap">Salí</span> de Pamplona a mediados de julio. Hacía un -tiempo bochornoso; el cielo estaba blanquecino -del vaho y del polvo, los campos de trigo segados, los -montones de gavillas en la tierra. Anduve yo largo rato -resguardándome en las sombras de los árboles y bebiendo -en las fuentes; Philonous hacía lo mismo.</p> - -<p>En las paradas me dedicaba a reflexionar. Una de las -cosas que se me ocurrió fué el hacer un esfuerzo en -dominar las impresiones desagradables y ver si podía -llegar a contemplar el paisaje con el máximo de ecuanimidad. -Me pareció que con ese sistema se encontraría -belleza e interés en todo. El primer ensayo del procedimiento -lo hice mirando en el valle de Orba una nube de -polvo sofocante iluminada por el sol.</p> - -<p>¿Se puede llegar en esta contemplación a suprimir el -dolor o la molestia física? Es lo que me preguntaba varias -veces en el camino.</p> - -<p>No cabe duda que el carácter de la contemplación es -una más o menos aparente generosidad; ¿pero es real o -no este carácter?</p> - -<p>¿No habrá en el fondo de nuestras efusiones estéticas -una raíz utilitaria?</p> - -<p>Cuando ve uno un campo verde y se regocija, ¿no será -esto el resultado de que nuestros antepasados, al ver los<span class="pagenum"><a name="Page_218" id="Page_218">[218]</a></span> -campos verdes, han supuesto que en ellos había algo -que comer?</p> - -<p>El segundo punto que intenté dilucidar en el camino -fué si la contemplación desinteresada es buena o no, y -saqué en consecuencia que si es cierto que arrastra a la -pereza y al aislamiento, le lleva a uno también a bastarse -a sí mismo en momentos penosos, lo cual no es -poco.</p> - -<p>El primer alto en mi marcha lo hice en la venta de las -Campanas, donde tomé unos huevos cocidos y pan, y -por la tarde seguí hasta llegar a Barasoaín, rendido de -cansancio y, sobre todo, de calor. Dormí bastante mal -en una posada y me levanté al amanecer a continuar -mi ruta.</p> - -<p>El día prometía ser tan ardoroso como el anterior.</p> - -<p>Avancé todo lo que pude por la mañana. Al llegar al -puente sobre el Cidacos se despertaba una tropa de gitanos. -Dos o tres hombres se desperezaban extendiendo -los brazos, una mujer hacía fuego con unas ramas y -unos chicos dormían al sol, medio desnudos.</p> - -<p>El calor y el bochorno seguían terribles. El cielo echaba -lumbre; los montones de gavillas parecían rebaños de -oro sobre un campo ceniciento.</p> - -<p>A lo lejos veía pueblos con tejados blanquecinos que -con la fuerza de la luz del sol me parecían nevados. Las -mujeres, montadas en los trillos, daban vuelta a las eras.</p> - -<p>Cuando más apretaba el sol, muerto de sudor, llegué -a Tafalla y entré en una posada. El posadero era hombre -amable que nos recibió bien a Philonous y a mí.</p> - -<p>Tafalla es una ciudad colocada en una enorme llanura. -Tiene una campiña fértil y de aspecto monótono, formada -por viñedos, trigales y huertas.</p> - -<p>Este pueblo se me figuró una granja colocada en medio -de sus tierras de labor.</p> - -<p>Por todas partes se notaba el reinado de Baco, de un -Baco huraño y violento. Se veía vino en las barricas, en -los toneles, en las palanganas.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_219" id="Page_219">[219]</a></span></p> - -<p>Pasé la tarde y la noche en Tafalla en una taberna.</p> - -<p>La gente me pareció agresiva y malhumorada. Únicamente -estos ribereños se humanizaban hablando del -vino, por el cual tenían una verdadera adoración.</p> - -<p>Allí el vino es un dios, un dios que hace a los hombres -irritables y violentos.</p> - -<p>En toda la ribera de Navarra la agresividad es una -costumbre.</p> - -<p>El carácter de los ribereños es de una petulancia que -desconocen los vascos de la montaña. Al llegar a Castilla -esta petulancia se transforma en una serenidad arrogante, -a veces un poco teatral, pero que da cierta idea -de nobleza.</p> - -<p>Uno de los rasgos simpáticos que encontré en estos -navarros, rasgos que quizá es común a todos los pueblos -un poco primitivos, fué el tener cierto desdén por -el dinero.</p> - -<p>El amo de la posada de un pueblo considera mucho -más al compadre suyo que al forastero rico.</p> - -<p>Esto me parece muy bien. Yo soy de los que creen -que el dinero no es apenas de uno; solamente son de -uno los instintos y las pasiones, las enfermedades y los -deseos.</p> - -<p>Salí de Tafalla de noche, antes de que apuntara la -mañana, y comencé a marchar.</p> - -<p>Entreví en Olite al amanecer las torres amarillentas -de su castillo y seguí por la orilla del Cidacos. Comenzó -el día muy temprano. Persistía el horrible bochorno; -tuve que ir quitándome ropa, y llevándola al brazo. Mi -primera entrevista con la tierra llana española era poco -grata. Mi cuerpo marchaba en perpetuo incendio; tenía -la cara roja, los ojos inyectados, las manos abultadas -por la sangre. El maldito bochorno no desaparecía. El -cielo seguía gris y el aire caliginoso.</p> - -<p>Almorzamos Philonous y yo en la venta del Morillete, -y tuvimos que detenernos en un pueblo requemado y<span class="pagenum"><a name="Page_220" id="Page_220">[220]</a></span> -polvoriento, con unas cuevas agujereadas en una tierra -blanca y arenosa y una gente áspera y desabrida.</p> - -<p>Todo el mundo estaba con plan de reñir. Se lo hice -notar al posadero y éste me dijo, riendo, que a aquellos -navarricos no los bautizaban con agua, sino con vino.</p> - -<p>Inmediatamente que el ribereño bebe se muestra jactancioso -y desafiador y siente deseos de golpear o de -herir.</p> - -<p>En este pueblo, donde me detuve, me contaba un -mozo con satisfacción que todos los sábados había allí -trabucazos. No se podían tener faroles en las calles porque -al día siguiente estaban hechos añicos.</p> - -<p>Otro mozo de Ujué que estaba oyendo dijo, celebrándolo, -que en su pueblo era una cosa rara un día sin puñaladas -y que había habido un cura que tenía que ir a -decir misa con el trabuco debajo del manteo, porque si -no se burlaban de él. Esto me entristeció.</p> - -<p>—En el fondo, la gente no tiene la culpa—dije—. Es -la geografía en connivencia con las instituciones la que -produce tales efectos.</p> - -<p>Es imposible que la gente sea civilizada y sociable en -una tierra gris, abrasada por el sol, olvidada por las personas -ricas, donde no hay frescura, ni sombra, ni medias -tintas y a la cual no llega ni el eco más lejano de -la cultura de Europa.</p> - -<p>Mientras marchaba por estos pueblos, Philonous me -producía serios conflictos, y yo, como Pedro, tenía que -negarle más de tres veces.</p> - -<p>Hacía barbaridades; un día entraba en la cocina de -una venta, tiraba la olla y se la comía; otro salió de una -tahona con todo el hocico lleno de harina, perseguido -por el tahonero; también se comía los pollos que podía, -pero sólo cuando estaba muy hambriento.</p> - -<p>Muchas veces no le veía en todo el día, pero luego, -por la noche, se me acercaba y me daba con la pata, -como diciendo: Aquí estoy, amigo.</p> -<hr class="chap" /> -<p><span class="pagenum"><a name="Page_221" id="Page_221"></a></span></p> - - -<h4 id="II_II_XI">XI.<br /> -LAS MOSCAS</h4> - - -<p><span class="smcap">Tanto</span> o más que el calor me molestaban en mi -viaje las moscas. Había en las calles de estos -pueblos una cantidad inconcebible de moscas, pesadas, -pegajosas, repugnantes.</p> - -<p>—Mientras haya moscas en el mundo no habrá civilización—me -decía yo con tristeza.</p> - -<p>Para combatir sus ataques, me puse a filosofar acerca -de ellas, en lo perniciosas que debían ser y en la -poca ciencia que demuestra la Naturaleza, que se deja -llevar de sus rutinas y de sus lugares comunes de una -manera lamentable.</p> - -<p>Recordé que Luciano de Samosata, el célebre satírico -griego, había hecho un elogio de la mosca, y de aquí -obtuve una casi luminosa consecuencia.</p> - -<p>Muchos suponen que este escritor fué cristiano, a pesar -de que en la historia de Peregrinus llama a Cristo un -sofista crucificado.</p> - -<p>Este dato parece dar a entender que Luciano no fué -cristiano; pero el elogio de la mosca para mí es definitivo. -Da el diagnóstico del escritor greco-sirio.</p> - -<p>Era cristiano. ¿Hay algo más cristiano que la mosca? -La mosca es constante, persistente, zumbona.</p> - -<p>A la mosca le gusta andar en las llagas, en el pus, en -las basuras, como a los verdaderos cristianos.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_222" id="Page_222">[222]</a></span> -Alguno dirá que a los obispos y a los papas les agrada -más el dinero, la opulencia, el fausto; pero esto no -demuestra más sino que las moscas son mucho más -cristianas que los obispos y que los papas.</p> - -<p>La mosca crece en razón directa del sol, de la suciedad, -de los establos y de las cuadras, y en razón inversa -de la limpieza, del agua corriente y de la gente razonable. -Lo mismo les pasa a los frailes.</p> - -<p>Sorprendido por tales semejanzas obtuve la ecuación -de la cultura en la forma que expongo aquí.</p> - -<p>El índice de la cultura se expresa sumando la cantidad -de vino, el número de moscas y el número de clérigos, -y partiendo el total por el número de árboles.</p> - -<table border="0" cellpadding="5" cellspacing="5" summary="equacion"> -<tr> - <td class="tdl" rowspan="2"><i>X</i> (índice de la cultura) =</td> - <td class="tdc bb">Vino + Moscas + Clérigos</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdc">Arboles</td> -</tr> - -</table> - -<p>Las profundas consecuencias que se desprenden de -mi descubrimiento las entrego a la Humanidad futura. -Ella sabrá plantar más árboles y exterminar las moscas.</p> -<hr class="chap" /> -<p><span class="pagenum"><a name="Page_223" id="Page_223"></a></span></p> - - - -<h4 id="II_II_XII">XII.<br /> -EN LAS BÁRDENAS</h4> - - -<p><span class="smcap">Estando</span> yo en Caparroso se presentó una partida -de milicianos nacionales, mandada por un capitán -que iba de vanguardia de la columna de un jefe -llamado Iribarren. Saludé al capitán, a quien conocía de -Pamplona por ser amigo de Iriarte, y hablamos.</p> - -<p>Me dijo que se había quedado la partida sin cirujano, -porque a este le habían muerto, y me preguntó si yo -podría sustituírlo por lo menos un día.</p> - -<p>—Yo no soy cirujano—le dije.</p> - -<p>—¡Bah! Para lo que hay que hacer, lo hará usted -mejor que cualquier otro. Mañana vamos a atacar a la -gente de Salaberrí, que campea por ahí, por las Bárdenas. -Necesitamos de alguien que sea capaz de poner una -venda.</p> - -<p>—¿Y el cirujano de este pueblo?</p> - -<p>—Es uno de los facciosos y anda por el monte.</p> - -<p>No tuve más remedio que aceptar; pero puse la condición -de no seguir después a la partida; pasada la -acción, yo me marcharía por donde quisiera.</p> - -<p>—Bueno. Bueno. Muy bien.</p> - -<p>El capitán señaló un cabo y ocho hombres para que -quedasen a mis órdenes. Sacamos el botiquín del cirujano -y vimos lo que había.</p> - -<p>Mientras hicimos los preparativos estuve tranquilo;<span class="pagenum"><a name="Page_224" id="Page_224">[224]</a></span> -pero por la noche, al tenderme en el pajar, me vino la -idea de que cuando el otro cirujano había muerto, el -cargo era peligroso. Luego, la imaginación se puso en -movimiento y fué pintándome con una realidad desagradable -las perspectivas que me esperaban.</p> - -<p>Creer que estos forajidos realistas iban a respetarle a -uno porque llevase el carácter de cirujano o de médico -me parecía una ilusión.</p> - -<p>Pensé en lo que me pasaría si quedaba herido al cuidado -de un barbero en un rincón sucio, con aquella -temperatura al rojo blanco.</p> - -<p>Se me pintaron todos los horrores posibles. Comencé -a agitarme de la derecha a la izquierda, sin poder -dormir.</p> - -<p>Al amanecer, momentos antes de salir el sol, me cogió -el sueño, y poco después me llamaron. Estaba tan -fuertemente dormido, que tuvieron que empujarme de -un lado a otro para despertarme. El sol iluminaba el -campo, desolado y desierto, cuando la partida se puso -en marcha. Yo iba a retaguardia con las camillas, unas -mulas y un carro. Caminamos durante un par de horas -hasta llegar a las Bárdenas. El sitio era solitario y pobre, -de una monotonía, de una tristeza y de una fealdad -desagradable, agudizada por el tiempo bochornoso. La -tierra, cenicienta, se extendía como un mar, y delante se -nos presentaba unas colinas roídas por las lluvias.</p> - -<p>Estaba yo pensando que los realistas rehuían el encuentro -cuando sonaron los primeros tiros. Se hallaban -los facciosos parapetados en unas lomas blanquecinas.</p> - -<p>Mandé yo a mis hombres con la mayor serenidad posible -que abriesen el botiquín e hicieran sus preparativos.</p> - -<p>Nuestros soldados se desplegaron en guerrilla y comenzaron -a disparar y a avanzar.</p> - -<p>Hubo que seguirlos. Las balas pasaban silbando, y yo -volvía la cabeza a un lado y a otro violentamente. Uno -de los nuestros cayó. Me entró un sudor frío; me acerqué -a él; le tomé el pulso. Estaba muerto.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_225" id="Page_225">[225]</a></span></p> - -<p>De nuevo tuvimos que marchar adelante. Los enemigos -habían vuelto a ocupar otras posiciones y seguían -tiroteando. Los nuestros fueron avanzando de una manera -irregular y consiguieron que la partida absolutista -se disolviera.</p> - -<p>El capitán tuvo que esperar largo rato a que se reunieran -sus fuerzas, que se habían desperdigado; y -mientrastanto, los sanitarios improvisados y yo comenzamos -a vendar a varios heridos; y yo sangré a uno -que se trajo sin conocimiento en unas parihuelas, y que -recobró el sentido.</p> - -<p>Cuando se reunió la fuerza, el capitán ordenó la retirada -y nos pusimos en marcha. Los heridos venían a mi -cargo en las caballerías y en el carro. Contemplábamos -a los lejos Caparroso en un collado y las ruinas de un -castillo antiguo.</p> - -<p>Ibamos tranquilos internándonos en un soto de álamos -blancos que llaman la Lobera cuando unos realistas -apostados hicieron una descarga que produjo el -desorden en nuestra partida. Se desordenó la columna, -comenzó el tiroteo por nuestro lado, y yo me vi separado -de mi gente y en medio del soto en compañía de -Philonous.</p> - -<p>Cuando cesaron los tiros comencé a avanzar despacio. -Iba marchando con las mayores precauciones -cuando topé con el cuerpo de un realista herido o muerto. -Me paré para ver si vivía; llevaba un pañuelo atado -a la cintura lleno de sangre. Se lo corté con el cuchillo; -y viendo que pesaba me encontré que llevaba dos onzas -de oro, cuatro centenes y varias monedas de plata, -que me apropié porque el hombre estaba muerto. Salí -del soto y me acerqué a la carretera. Estaba rendido -de cansancio y de hambre. Debía ser media tarde. -Eché a andar por la carretera en dirección contraria a -Caparroso cuando se acercó un coche viejo y desvencijado.</p> - -<p>En el coche iban un hombre, que dirigía, y un cura.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_226" id="Page_226">[226]</a></span></p> - -<p>Se paró el coche un momento, y yo le pregunté al cochero -si podía llevarme al pueblo próximo.</p> - -<p>—Si el señor cura quiere, a mí no me importa—me -dijo, con tosco acento.</p> - -<p>—Por mí, que suba—dijo el cura.</p> - -<p>Subí y me senté. El cura era un hombre flaco, desmayado, -las cejas como dos acentos circunflejos; los párpados, -apenas abiertos, como dos líneas, y un lente en -la mano.</p> - -<p>Llegamos a Valtierra a media tarde; fuí a una posada-taberna, -y lo primero que hice fué pedir que me pusieran -de comer.</p> - -<p>El pueblo me pareció grande, triste, polvoriento y -abrasado.</p> - -<p>En la taberna, a la moza que me servía le pregunté si -hacía mucho calor.</p> - -<p>—¿Aquí?—exclamó un hombre interrumpiendo—. -Aquí en invierno se hiela la Virgen y en verano se deshace -el palio.</p> - -<p>Es la costumbre de esta gente el barajar siempre y -con cualquier motivo en su conversación los artefactos -religiosos.</p> - -<p>Dormí en el corral, y de noche salí para Tudela.</p> -<hr class="chap" /> -<p><span class="pagenum"><a name="Page_227" id="Page_227"></a></span></p> - - - -<h4 id="II_II_XIII">XIII.<br /> -REVELACION DE LA ESPAÑA CLÁSICA</h4> - - -<p>A pesar de que Philonous y yo salimos a media noche -de Valtierra, llegamos a Tudela, rendidos por -el calor, a media mañana.</p> - -<p>Entré yo en una posada, pedí un cuarto y me tumbé -en el suelo, porque no podía aguantar el sofoco del jergón. -Tendido y sudando estuve varias horas oyendo el -retumbar de unas campanas y el rebuzno de un burro, -hasta que el hambre me indicó que era hora de levantarme. -Pregunté a qué hora se cenaba, y me dijeron que -a las nueve. Cuando empezó a caer la tarde salí con -Philonous a la orilla del Ebro, a respirar. No se movía -una partícula de viento. El cielo estaba blanquecino por -el calor; el tío, muy ancho, parecía arder, con un color -rojo de escarlata, sombreado por los bosquecillos de las -riberas; el horizonte se encendía con los relámpagos de -los montes lejanos; por el puente, de arcos desiguales, -pasaban algunos carromatos.</p> - -<p>Estuve sentado a las orillas del Ebro hasta que empezó -a obscurecer. Su superficie roja palideció y la sombra -de los bosquecillos quedó muy negra.</p> - -<p>Volví a la posada y estuve hablando con el patrón, -que era herrador, un viejo canoso con unas antiparras -y aire de sabio. Todavía faltaban tres cuartos de hora -para la cena.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_228" id="Page_228">[228]</a></span></p> - -<p>Salí de nuevo; había visto al llegar una parte del pueblo -moderna, insignificante. Tiré ahora por el lado contrario; -seguí una callejuela; luego otra; después pasé un -arco. En aquellos callejones estrechos había carros -grandes llenos de paja que interceptaban el paso; en las -puertas de las casas la gente salía a respirar el aire ardoroso, -seco y lleno de polvo; y algunos campesinos -medio desnudos pasaban montados en un borrico o en -una mula.</p> - -<p>Un farol debajo de un arco brillaba iluminando una -hornacina y la puerta de una iglesia. La obscuridad y -el piso desigual me hacían ir tropezando por las calles.</p> - -<p>Al pasar por una encrucijada me tiraron agua y tierra -desde un balcón.</p> - -<p>Intenté volver a casa del herrador, pero me perdí, y -durante algún tiempo anduve dando vueltas por los -mismos sitios y rincones.</p> - -<p>En esto oí una campanilla, y vi poco después, delante -de un portal estrecho, una fila de hombres con cirios -en la mano que, sin duda, acompañaban al Viático. Tenían -la cabeza para abajo, iluminada por el resplandor -de los cirios. ¡Qué caras! ¡Qué aires de cansancio y de -resignación! ¡Qué miradas de abatimiento! ¡Qué español! -¿Qué terriblemente español era aquello!</p> - -<p>Sin fijarme en la dirección eché a andar, salí a una -plaza y de allí encontré fácilmente la posada.</p> - -<p>El herrador y otros dos huéspedes me esperaban a -cenar.</p> - -<p>Nos sentamos a la luz de un candil. Uno de los hombres -era un campesino de un pueblo próximo, hombre -de unos cincuenta años, de ojos azules y pelo rubio; -el otro, un tipo de judío tan característico, que me chocó.</p> - -<p>El labrador tenía una idea de Tudela como de un foco -de comodidades y de placeres. Yo le dije que el campo -por donde había cruzado me pareció árido y seco; pero -él me aseguró que era fertilísimo, y es posible que tuviera -razón.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_229" id="Page_229">[229]</a></span></p> - -<p>El otro, el del aire judaico, era, por lo que me dijo, -saludador, medio brujo y medio médico; hacía conjuros -para que no enfermaran las caballerías y para quitar el -mal de ojo a los niños, y creía que tenía procedimientos -especiales para alargar la vida.</p> - -<p>Le dije que viéndole en otra parte le hubiera tomado -por un judío de casta sacerdotal, lo cual no le molestó; -por el contrario, me dijo que su padre y su familia procedían -de la judería de Tudela, y que no sería raro que -él fuese de raza hebrea.</p> - -<p>Después de cenar se apagó el candil, me fuí yo a la -cama, y tuve que acostarme sin ropa por el calor. Afortunadamente, -a media noche comenzó una tormenta con -truenos y relámpagos, cayó un copioso chaparrón y refrescó -el ambiente.</p> - -<p>Dormí unas horas y salí por la mañana.</p> - -<p>El aire era ya respirable. Inmediatamente me dirigí -hacia la catedral. Me reconcilié con el pueblo.</p> - -<p>A pesar de ser la mayoría de las casas de ladrillo, -eran hermosas; algunas, verdaderos palacios con grandes -puertas, balcones espaciados y una galería alta con -arcadas en el segundo piso. Empotrados en las paredes -ostentaban escudos abultados y salientes de piedra blanca, -y en las ventanas se veían orlas esculpidas con los -primores del Renacimiento incrustadas en el ladrillo.</p> - -<p>Recorriendo este pueblo y luego visitando otros, me -expliqué que en España la gente de inclinaciones estéticas -no sea muy entusiasta del progreso; lo viejo tiene -aquí su hermosura y su nobleza; en cambio, lo nuevo es -de una mezquindad que asombra por su sentido de economía, -por su sordidez trágica y completa. Callejeé largo -rato por Tudela, al amanecer; ¡qué nombres los de las -calles! Calle de la Vida, calle de la Muerte, calle del -Juicio...; luego las calles de los oficios: de las Chapinerías, -de las Herrerías, de los Caldereros...</p> - -<p>Se iban abriendo las puertas de las casas y saliendo -los labradores para sus faenas; luego comenzaron a pa<span class="pagenum"><a name="Page_230" id="Page_230">[230]</a></span>sar -mujeres, muchachitas y viejas con su mantilla, -camino de la iglesia, y empezó a tocar una campana.</p> - -<p>Di varias vueltas a la catedral hasta encontrar una -puerta abierta. Entré y estuve sentado contemplando la -majestuosa nave; luego pasé a una capilla a mirar un -admirable retablo. Estaba apoyado en un confesonario, -por el lado de la reja por donde se confiesan las mujeres. -De pronto apareció por la ventanilla una cabeza -gruesa de un cura, y, sin hablarme, me hizo con la mano -un gesto de que me acercara. Quedé paralizado, horrorizado. -Quizá había cometido yo un sacrilegio. Quizá me -esperaba la Inquisición.</p> - -<p>Retrocedí de prisa, salí de la capilla y me dirigí hacia -la puerta. No me seguía nadie; pero, por si acaso, me -marché fuera.</p> - -<p>Comenzaba a hacer calor, pasaban muchos curas por -las callejuelas. Llegué a la plaza y me senté. Había mercado, -puestos de verduras, de cacharros, de instrumentos -de labranza....</p> - -<p>En las mujeres que correteaban por allí, me pareció -ver más claramente que en los hombres dos tipos distintos: -unas, morenas de óvalo alargado, ojos negros, melancólicos, -de aire un tanto judaico, y otras, con un tipo -germano, rubias, con ojos azules o claros, la cara cuadrada -y la mirada enérgica y dura.</p> - -<p>Fuí a mi posada. Acababan de llenar de paja el patio, -y los montones dorados de gavillas lo inundaban -todo.</p> - -<p>Los mozos que habían trabajado, sudando a chorros, -estaban bebiendo vino.</p> - -<p>Este polvo, este calor, esta mezcla de barbarie y de -simplicidad, este contraste de la pobreza de los callejones -del pueblo con la pompa de la catedral me dió la -revelación de la España clásica, emborrachada con su -sol, con su vino, con su fanatismo y con su violencia.</p> -<hr class="chap" /> -<p><span class="pagenum"><a name="Page_231" id="Page_231"></a></span></p> - - - -<h4 id="II_II_XIV">XIV.<br /> -EL SANTERO</h4> - - -<p><span class="smcap">El</span> saludador de aspecto judaico pensaba ir hasta -Agreda y fuí con él en el carro de un ordinario. -En Cintruénigo se nos reunieron un santero y un muchacho -vizcaíno que iba a Madrid a buscar una <i>conveniensia</i>, -como decía él.</p> - -<p>El santero era un hombre flaco y denegrido, con los -ojos muy brillantes y el pelo rizado. Parecía un cuervo; -llevaba una sotana raída, unas polainas y un sombrero -ancho colocado encima de un pañuelo negro que le apretaba -la cabeza.</p> - -<p>El vizcaíno era alto, estrecho, de nariz larga y gruesa, -ojos abultados y expresión parada. Se llamaba Belausteguigoitia, -y tenía un segundo apellido más largo -que éste.</p> - -<p>Belausteguigoitia creía que los Belausteguigoitias eran -la flor de su pueblo en Vizcaya; que Vizcaya era la flor -de España, y España, la flor del mundo. Los Belausteguigoitias -eran las delicias del género humano, y se podía -considerar como un verdadero honor el que este exquisito -molde de los Belausteguigoitias siguiera produciendo -más Belausteguigoitias y esparciéndolos por el mundo, -para ejemplo de los demás y gloria suya.</p> - -<p>La sociedad entera debía estar interesada en el acre<span class="pagenum"><a name="Page_232" id="Page_232">[232]</a></span>centamiento -y en la propagación de los Belausteguigoitias -y de sus narices.</p> - -<p>Este vizcaíno habló de las grandezas de su pueblo y -de su familia de una manera tan exagerada, que provocó -la réplica irónica del saludador, quien le dijo que no -comprendía cómo estando tan bien en su casa podía dirigirse -a Madrid, a pie, en busca de una <i>conveniensia</i>.</p> - -<p>El vizcaíno dijo orgullosamente que el saludador era -un ignorante y un plebeyo, y el saludador le contestó -que había conocido mucha gente fantasmona y vanidosa -entre los vizcaínos; pero que nunca había encontrado -uno tan vanidoso y tan fantasmón como él.</p> - -<p>Belausteguigoitia se dió por ofendido y no nos dirigió -la palabra.</p> - -<p>Discutimos después el santero, el saludador y yo de -varias cosas; los dos creían en el diablo como en un -personaje que anduviera todos los días cruzándose en -su camino, algo como un perro que se metiera entre las -piernas.</p> - -<p>—Si yo creyera tanto como ustedes en el diablo y en -Dios—les dije—, dejaría al diablo que se explicara alguna -vez, no fuera a tener razón.</p> - -<p>El santero dijo que no había oído nunca absurdo -mayor; el saludador murmuró que quizá estaba yo en lo -cierto.</p> - -<p>En Agreda quedó el saludador; y el vizcaíno de la -<i>conveniensia</i>, el santero y yo seguimos en otro carro, -camino de Almazán.</p> - -<p>El santero tenía que ir a Barahona a cobrar una parte -de herencia. Nos invitó a ir con él, y fuimos el vizcaíno -y yo. Yo estuve a ver, de lejos, el campo de las Brujas y -un pueblo en ruinas que se llama Los Hoyos, en donde -no quedaba mas que una casa en pie y al lado una -horca.</p> - -<p>Por la noche fuimos a cenar a casa del cura del pueblo -con el santero, y no sé por que me dió a mí la ocurrencia -de decir que no era católico.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_233" id="Page_233">[233]</a></span></p> - -<p>—¿No es usted católico?</p> - -<p>—No.</p> - -<p>—Tenemos un hereje en casa—murmuró el cura, dirigiéndose -al ama.</p> - -<p>A la mujer le entró un temblor tal, que creí se le iban -a caer los platos de la mano. No hacía mas que mirarme -con gran curiosidad, para ver, sin duda, si se me -veían los cuernos.</p> - -<p>Interrumpí la cena con un pretexto, y me marché a la -posada, y por la noche vinieron el alcalde y el alguacil -a buscarme. Estuvo el alcalde vacilando en prenderme; -pero se decidió por mandarme salir del pueblo a la mañana -siguiente.</p> - -<p>Desde entonces no volví a decir, ni en broma, que era -protestante.</p> - -<p>Seguimos el vizcaíno de la <i>conveniensia</i> y yo, a pie, -nuestra marcha por Paredes y la Venta de Río Frío a entrar -en Castilla la Nueva.</p> - -<p>Hacía mucho calor; pero estábamos en la segunda -mitad de agosto, y por la noche refrescaba y se podía -dormir.</p> - -<p>De vez en cuando encontrábamos arboledas, en las -que solíamos descansar. En estos países donde el árbol -escasea, toma tal valor, que un bosquecillo de chopos o -de álamos parece un paraíso, una maravilla de la Naturaleza, -algo divino y admirable.</p> - -<p>En Jadraque encontramos un carretero, con quien nos -hicimos amigos, y en el carro de éste llegamos a Alcalá.</p> - -<p>Aquí me pareció lo mejor tomar la diligencia, y en la -diligencia entré en Madrid.</p> -<hr class="chap" /> -<p><span class="pagenum"><a name="Page_234" id="Page_234"></a> -<a name="Page_235" id="Page_235"></a></span></p> - - - - -<h3>TERCERA PARTE<br /> -DE MADRID A SEVILLA</h3> - - -<h4 id="II_III_I">I.<br /> -LA CASA DE HUÉSPEDES</h4> - - -<p><span class="smcap">La</span> llegada a las proximidades de Madrid en un día -de verano, de sol, con la tierra desnuda, sin color -por la claridad y el polvo, me pareció un tanto trágica y -sombría. La puerta de Alcalá mitigó algo la triste impresión -del paisaje que había recibido. Nos detuvimos a la -entrada de la villa, y después subimos al galope por la -calle de Alcalá y llegamos a la de las Huertas, hasta una -administración de coches.</p> - -<p>Una chusma policíaca, cínica y desvergonzada, revolvió -mi pequeño equipaje, y uno de ellos me dijo que tenía -que tomar carta de seguridad.</p> - -<p>Fuí a cumplir este requisito y me instalé en una fonda -muy mala de la calle de la Gorguera.</p> - -<p>La primera impresión de Madrid fué para mí confusa.</p> - -<p>Afortunadamente, como venía de pueblos abandonados, -no me dió la sensación de pequeñez y de miseria -que daba a otros extranjeros.</p> - -<p>Mi primer cuidado fué buscar un modo de vivir, pues -no tenía mas que unas monedas de cobre por todo capital.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_236" id="Page_236">[236]</a></span></p> - -<p>Fuí al café de La Fontana de Oro, tomé un refresco y -pregunté al mozo por el Gran Oriente Escocés. Me dió -la dirección y me presenté en la logia masónica. Salió a -recibirme un hermano con aspecto frailuno; me preguntó -lo que sabía hacer, expuse yo mis conocimientos y -dejé las señas de mi posada. Al día siguiente me enviaron -una esquelita diciéndome que fuera al Museo de -Historia Natural, en la calle de Alcalá, y que preguntara -por el director.</p> - -<p>Fuí, efectivamente, y el director me dijo que podía tener -trabajo durante algún tiempo, y que me pagarían -cincuenta duros al mes. Me marché satisfecho y comencé -a acudir todos los días al Museo. Pronto vi que allí -no trabajaba nadie. El director tenía por costumbre -no ir a la oficina, y los demás empleados hacían lo -mismo.</p> - -<p>Después pude comprobar que esta era una costumbre -de casi todos los centros oficiales de España.</p> - -<p>Como se veía en la precisión de pasar el mes entero -sin cobrar un céntimo, fuí de nuevo a la logia y me hicieron -un anticipo de veinte duros, que devolví puntualmente -cuando me pagaron.</p> - -<p>En seguida que me encontré dueño de algún dinero, -pagué la fonda y busqué una casa de huéspedes. Un -empleado del Museo me recomendó a un oficinista amigo, -que tomaba algunas personas en familia. Vivía este -ciudadano en los barrios bajos, en la calle de la Encomienda, -entre la de Embajadores y la de Mesón de Paredes; -se llamaba don Nemesio Fernández de la Encina, -y era escribiente en la Contaduría general de Valores, -con poco sueldo. Su mujer, doña Mencía, patroneaba -sus huéspedes, y con esto se ayudaba un poco.</p> - -<p>Don Nemesio y doña Mencía me mostraron un cuarto -claro y bastante ancho, que me cederían; me explicaron -con detalles lo que se comía en la casa, y me dijeron -que me llevarían diez reales.</p> - -<p>Al principio se negaron a aceptar a Philonous; pero<span class="pagenum"><a name="Page_237" id="Page_237">[237]</a></span> -como yo dije que no quería desprenderme del perro, lo -aceptaron, a condición de que lo llevara siempre conmigo -y no lo tuviera en el cuarto mas que de noche.</p> - -<p>La casa del señor Fernández de la Encina era una -casa vieja, a la que por una casualidad le daba el sol; -tenía muchos cuartos, con un piso de baldosas rojas que -se deshacían.</p> - -<p>No había en aquella casa ni una arista aplomada, ni -un ángulo recto; todo parecía andar bailando, y muchas -veces se me figuraba que los techos y las paredes iban -a venirse al suelo.</p> - -<p>Al principio, la vida en casa del señor Fernández de -la Encina me pareció un tanto monótona; pero me fuí -acostumbrando hasta encontrarla bien.</p> - -<p>El señor Fernández era un poco petulante, y hablaba -de su familia y de sus posesiones de Extremadura -como un hidalgo venido a menos.</p> - -<p>Su mujer, doña Mencía, una señora de cara pálida y -agria, se lamentaba siempre de la carestía de la vida, y -tenía que explicarme lo que costaban cuantos manjares -ponía en la mesa.</p> - -<p>—Ya ve usted, don Juan—me decía—, este escabeche -que está usted comiendo me ha costado dos reales. -No sabe usted cómo está la plaza.</p> - -<p>Doña Mencía hablaba el castellano como un libro, -con unos giros tan académicos y una cantidad tal de -palabras, que me sorprendía.</p> - -<p>Los otros huéspedes de la casa eran un matrimonio -que había venido de un pueblo de Andalucía.</p> - -<p>Los dos, muy viejecillos, tenían cierta gracia, por lo -amartelados que estaban.</p> - -<p>De las hijas del señor de la Encina, la mayor era una -solterona ya marchita y de mal genio, que hacía labores. -La segunda, muy decidida, iba y venía y estaba -siempre en la calle; y la pequeña, la Paquita, tenía afición -a las cosas de la casa, administraba los caudales -familiares e impulsaba a moverse a la criada, una astu<span class="pagenum"><a name="Page_238" id="Page_238">[238]</a></span>riana -que se dormía de pie, se olvidaba de todo y tiraba -las salsas encima de los comensales.</p> - -<p>El hijo, el más joven de todos, era un diablo; estaba -constantemente haciendo ruido, pegando a los gatos, y -aspiraba a ser miliciano nacional.</p> - -<p>La madre y las niñas se pasaban la mitad de la vida -cosiendo en el balcón, debajo de una cortina de lona. -Tenían allí algunos tiestos con geranios y claveles, y -para ellas el balconcito éste era un Versalles.</p> - -<p>Enfrente, en la vecindad, vivían unos muchachos, y -solían pasarse los vecinos cestitas con caramelos y con -cartas.</p> - -<p>La hija menor, la Paquita, solía bromear conmigo y -me preguntaba si tenía novia en Inglaterra. Yo le contestaba -contándole mentiras, y ella me decía:</p> - -<p>—¡Ay, don Juan, don Juan! Es usted un pillo.</p> - -<p>En el piso bajo de la casa trabajaba un sillero, picado -de viruelas, que se llamaba Deogracias y que tocaba -la guitarra; en su tenducho se reunía una tertulia de -milicianos.</p> - -<p>Allí solía oír contar lo que ocurría en Madrid.</p> - -<p>Los sábados, el Deogracias y su hijo salían al portal, -el uno con la guitarra y el otro con la bandurria, y tocaban -ellos y bailaban las chicas de la vecindad.</p> - -<p>La Paquita, la niña pequeña de doña Mencía, bailaba -con mucha gracia el bolero.</p> - -<p>—Es muy bonita mi niña; ¿no es verdad, señor inglés?—me -decía su madre.</p> - -<p>—Ya lo creo.</p> - -<p>Todos los muchachos de la vecindad andaban tras -ella, y los domingos, después de misa mayor, aparecían -en la calle tres o cuatro lechuguinos con aire de Tenorio.</p> -<hr class="chap" /> -<p><span class="pagenum"><a name="Page_239" id="Page_239"></a></span></p> - - - -<h4 id="II_III_II">II.<br /> -DIGRESIONES SOBRE EL PAÍS</h4> - - -<p><span class="smcap">En</span> la sillería de Deogracias, como en el taller del -Museo de Historia Natural, como en la mesa de -La Fontana de Oro, adonde solía ir de cuando en cuando -por la noche, no se hacía mas que discutir de política. -Quizá no se razonaba gran cosa; pero se ponía en -las discusiones mucho fuego y apasionamiento.</p> - -<p>El presenciar estos altercados me dió la idea de que -España perdía por completo su antigua homogeneidad. -El país no podía transformarse en bloque y se escindía -violentamente. El Gobierno revolucionario había dado -una carrera en una senda obscura y estaba ya perdido, -sin poder orientarse. Su empujón había desgarrado más -el espíritu del país y no era posible ya un zurcido. La -clase pobre en Madrid seguía su vida a la antigua, en -sus callejuelas estrechas y sórdidas, y tenía sus majos -y sus majas, sus manolas, sus toreros, sus bravucones, -sus menestrales, que empeñaban el colchón para ir a los -toros; sus maestros zapateros y herreros, que trabajaban -en un portalillo o en la calle; sus aguadores, sus rateros, -sus mozas de partido, sus ciegos que tocaban la -guitarra en los rincones...</p> - -<p>La clase directora quería transformar esto rápidamente, -y como no podía, se quejaba del pueblo.</p> - -<p>Les pasaba lo que a algunos extranjeros que habían<span class="pagenum"><a name="Page_240" id="Page_240">[240]</a></span> -venido a España creyendo que la Revolución iba a cambiar -el país en un momento.</p> - -<p>—Esto no es Europa—solían decir, y hablaban de -París, de Londres, de Bruselas.</p> - -<p>Los tales franceses e ingleses suponían que no hay -mas que un figurín para vestir a los pueblos y un -modo, uno e indivisible, de hacer su dicha.</p> - -<p>Esto, por lo menos, no está probado. Yo, por mi -parte, creo que cada cual debe buscar la felicidad a su -manera; cada cual bebe en la fuente de la vida cuando -puede y como puede.</p> - -<p>Mucha gente cree que no hay mas que una felicidad -para el individuo: ser rico, respetable, etc., etc.; pero -hay hombres que son felices contemplando un paisaje, -otros interviniendo en una intriga, otros pensando exclusivamente -en las mujeres, otros trabajando en un -laboratorio, otros mirando un campo verde. La vida de -cada uno tiene sus directrices. El poder seguirlas lo más -exactamente posible es el sentirse bien, y lo mismo pasa -en los pueblos. Claro que esto no se puede conseguir -fácilmente; pero, ¿por qué hemos de creer que no hay -para el hombre mas que una clase de felicidad? ¿Por -qué hay que pensar que únicamente el voto y el sistema -parlamentario y lo que llaman la democracia es la felicidad -y el progreso de los pueblos?</p> - -<p>Algunos dicen que para saber si las cosas son buenas -no hay mas que confrontarlas con la realidad. ¿Pero -cuál es la realidad?</p> - -<p>Hay mucha gente que cree que la realidad es sólo lo -tangible, como si el tacto fuera un sentido de exactitud -matemática. Tan realidad es una piedra como una nube; -no hay más diferencia que a la piedra se le siente -con el tacto y con los ojos, y a la nube sólo con los -ojos. En la Naturaleza misma no es fácil distinguir la -realidad. Y si en la Naturaleza no es fácil distinguir -la realidad, ¿cómo se va a distinguir en los hechos -sociales?</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_241" id="Page_241">[241]</a></span></p> - -<p>Cuando yo discutía con mis amigos de Madrid de -política y de filosofía me tenían por un perturbador.</p> - -<p>—Nuestras conclusiones están demostradas; son definitivas—afirmaban -ellos.</p> - -<p>Es notable el afán de los políticos de concluír, de no -dejar nada que hacer a los que vengan detrás.</p> - -<p>Esto es lo definitivo, lo verdadero, lo inatacable—dicen -los de los ojos miopes, y lo creen cándidamente.</p> - -<p>¿Qué sabemos nosotros qué es lo definitivo y lo que -no lo es? ¿No va rodando la verdad por el mundo y -cambiando de aspecto de época en época? Más definitivo -que la democracia y el parlamentarismo pareció en -su tiempo Júpiter con su cortejo de dioses, y se vino -abajo; más definitivo ha parecido Jehová, y ya se retira -entre bastidores con su cortejo de profetas de barba negra -y de nariz de loro; tan verdadero como el sistema -de Copérnico se creyó el de Hiparco, corregido por Ptolomeo...</p> - -<p>¡Qué imprudencia más ridícula hablar de lo definitivo! -¡Qué ganas de cerrar puertas que han de abrir los -que vengan detrás!</p> - -<p>Por eso yo le suelo decir constantemente a Philonous:</p> - -<p>—Amigo can. Dejemos las conclusiones para los imbéciles.</p> -<hr class="chap" /> -<p><span class="pagenum"><a name="Page_242" id="Page_242"></a> -<a name="Page_243" id="Page_243"></a></span></p> - - - -<h4 id="II_III_III">III.<br /> -SALIDA DE MADRID</h4> - - -<p><span class="smcap">El</span> ambiente de Madrid, de broma y de vida picaresca, -me cogió a mí de lleno. Vi que no se trabajaba -apenas en el taller del Museo y que nadie tomaba -aquello en serio, e hice como los demás: ir cada vez -más tarde, y acabar por no aparecer. Algunos amigos -masones me dijeron que mientras ellos siguieran en el -mando disfrutaría del sueldo con seguridad; pero que -cuando salieran del Poder no duraría mi empleo más -que una semana a lo sumo.</p> - -<p>Escribí a Will Tick diciéndole lo que había hecho en -mi viaje, y me contestó una larga carta; me contaba que -le habían nombrado secretario de una sociedad de filohelenos -de Londres, y que él, a su vez, me había nombrado -agente de esta sociedad en España. Añadía que -para junio me girarían una cantidad a Sevilla con el objeto -de que comprara armas y las llevara a Gibraltar, y -me indicaba que si yo conocía algunas personas simpatizadoras -del movimiento libertador de Grecia iniciara -una suscripción y me quedase con los cuartos. Pensé -que si no encontraba otro recurso acudiría a éste, preparándome -de antemano alguna máxima jesuítica y una -gruesa de reservas mentales.</p> - -<p>Mientrastanto, ya sin ocuparme de mi destino mas -que para cobrar, comenzaba a tomarle gusto a Madrid:<span class="pagenum"><a name="Page_244" id="Page_244">[244]</a></span> -formaba corrillos con los liberales y los serviles, oía las -letanías de los ciegos e iba a la vuelta de los toros a ver -las manolas en los calesines y a los picadores con los -monosabios en las ancas de los caballos.</p> - -<p>Una persona con quien solía reunirme casi todos los -días era un tal Patricio Moore, ex fraile español, de origen -irlandés, exaltado y afiliado al carbonarismo.</p> - -<p>Con él andaban dos italianos de aire muy misterioso, -con los bigotes erizados, y un cómico, hombre de -ciertas condiciones geniales en su oficio, pero que abusaba -del alcohol e iba enronqueciendo por momentos.</p> - -<p>Todos ellos eran republicanos y vivían en una exaltación -perpetua, hablando y perorando constantemente. -Yo me encontraba con ellos casi siempre en desacuerdo -y me parecían proyectos utópicos los que ellos consideraban -realizables, y al contrario. Una de las cosas que -se discutía a todas horas entre ellos era si debía haber -una o dos Cámaras representativas. Parecía imposible -que una cuestión así pudiera apasionar a la gente. Claro -que al pueblo esto le tenía sin cuidado; pero ellos -suponían que el pueblo era una entidad que habían inventado -y que servía para realizar las más estúpidas de -las utopías.</p> - -<p>No comprendían estos reformadores que se encontraban -en España en una minoría insignificante, porque no -sólo en el campo, en donde todos eran realistas, sino en -Madrid mismo, no estaban los liberales con relación a -los serviles en proporción de uno a diez.</p> - -<p>Patricio Moore y sus amigos me tachaban de poco -afecto al nuevo régimen y de que miraba las cosas serias -con indiferencia. Yo no podía entusiasmarme en el -mismo grado que ellos ni llegar a la pasión ardiente por -una cuestión de palabras.</p> - -<p>Cuando los soldados del duque de Angulema se presentaron -en la frontera, la expectación pública se hizo -enorme: algunos creían que si entraban los franceses -volvería una época como la de la Independencia; pero la<span class="pagenum"><a name="Page_245" id="Page_245">[245]</a></span> -mayoría de la gente veía que los momentos eran distintos.</p> - -<p>En la tertulia de Deogracias, el sillero de la calle -de la Encomienda, explicó un criado del conde de Montijo -cómo su amo estaba trabajando por el partido que -llamaban de los anilleros o moderados, y cómo estaban -de acuerdo los generales O'Donnell, Ballesteros, Morillo -y los amigos de Martínez Rosa en intentar el cambio de -la Constitución.</p> - -<p>Este mismo criado de Montijo, liberal acérrimo, nos -contó una escena que ocurrió en el palacio del conde, en -la plazuela del Angel, entre Montijo y el Empecinado.</p> - -<p>Montijo había convidado a comer a D. Juan Martín y -a su ayudante Aviraneta y les esperó en compañía de -una muchacha, querida suya. Se sentaron los cuatro a la -mesa y hablaron de cosas indiferentes. Cuando acabaron -de tomar el café, Montijo invitó al Empecinado a pasar -a su gabinete. El ayudante quedó solo con la muchacha -y comenzó a galantearla; ella se reía. En esto se oyó un -estrépito de voces; la muchacha llamó al criado, se forzó -la puerta del gabinete y se vió al conde de Montijo -debajo de una mesa gritando y al Empecinado amenazándole -con el bastón en la mano. La muchacha empezó -a chillar; pero el conde le tapó la boca, y el Empecinado -y su ayudante se fueron. Uno de los criados había -visto y oído lo ocurrido. El conde había tratado de convencer -al Empecinado de que era necesario cambiar de -Gobierno y acabar con la Constitución; después le había -intentado sobornar, y en vista de la frialdad del guerrillero -le dijo con cólera: «Es usted un bruto, incapaz de -sacramentos». Entonces el Empecinado, enfurecido, le -dió tal bofetón al conde que le tiró al suelo, y enarbolando -el bastón intentó pegarle.</p> - -<p>El criado que nos contó esto nos dió tantos detalles, -que no nos dejó duda alguna de que la escena era cierta.</p> - -<p>Al entrar los franceses en España, la cólera de unos -y el desaliento de los otros se acentuó.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_246" id="Page_246">[246]</a></span></p> - -<p>Por esta época hubo un cambio de ministerio y me dijeron -en el Museo que habían suprimido mi plaza y que -estaba de más.</p> - -<p>Tenía guardado algún dinero, y como no me convenía -esperar, me decidí a marcharme a Sevilla sin tardanza. -Hice mi maleta, y con mis documentos en regla y -una recomendación eficaz para la logia masónica del -Oriente Escocés, dispuse el viaje.</p> - -<p>Me despedí del señor Fernández de la Encina y familia, -que me dijeron que me quedara con ellos hasta encontrar -trabajo, y tomé la diligencia.</p> - -<p>Quise llevar conmigo a Philonous, pero el perro se -opuso. Al subir yo al coche se me quedó mirando como -diciendo; Esto no es lo pactado entre nosotros; y dando -una vuelta, se fué.</p> - -<p>Le dediqué un recuerdo sentimental y seguí adelante.</p> - -<p>En el camino tuvimos un ligero tropiezo con una partida -de realistas que mandaba un sacristán, lugarteniente -de Palillos.</p> - -<p>Entre Andújar y Carmona se habló constantemente, -en la diligencia, del peligro de encontrar partidas de -bandoleros; pero no las encontramos, y llegamos con -toda felicidad a Sevilla.</p> -<hr class="chap" /> -<p><span class="pagenum"><a name="Page_247" id="Page_247"></a></span></p> - - - -<h4 id="II_III_IV">IV.<br /> -DE SEVILLA A LA CÁRCEL DE SANLÚCAR</h4> - - -<p><span class="smcap">Llegué</span> a Sevilla con bastante dinero para esperar -un mes. Era ya verano; hacía un calor respetable.</p> - -<p>Acudí a la logia masónica, donde trabé algunos conocimientos, -y estuve en casa de un banquero representante -de Beltrán de Lis, el cual me dijo que en seguida -que recibiera el aviso de los filohelenos de Londres me -pagaría.</p> - -<p>Este banquero me presentó a varias personas, entre -ellas a una inglesa viuda, la señora Landon, y a su sobrina -Mercedes.</p> - -<p>El tiempo que estuve en Sevilla lo pasé bien. A pesar -de las trifulcas políticas, la vida era allí alegre. Se bailaba -en todas partes; y yo, siguiendo el ejemplo de otros -señores, fuí a una academia de baile que dirigía un -hidalgo apellidado Alvarez de Acuña. Alvarez de Acuña -era una de las personas más serias de la Península. Pocos -hombres ponen tan buena fe en su sacerdocio. El -daba a la ciencia del baile todo lo necesario, y cada pirueta -suya tenía la estabilidad de un axioma y la transcendencia -de un dogma.</p> - -<p>Alvarez de Acuña era un hombrecito pequeño y canoso, -con una cara tan movible que parecía de goma. -Exageraba la gesticulación de tal modo, que yo me figu<span class="pagenum"><a name="Page_248" id="Page_248">[248]</a></span>raba -si haría gimnasia con la cara. Vestía con una pulcritud -excesiva y tenía la costumbre de taparse la boca -con la mano derecha, como considerando cínico el mostrar -una mella de su dentadura.</p> - -<p>En la academia de Alvarez de Acuña conocí a mucha -gente joven; se supuso, no sé por qué, que yo era hombre -rico, y aunque afirmé repetidas veces que no, no se -me creyó.</p> - -<p>Mientras yo me divertía, los asuntos de España iban -de mal en peor; los franceses ocuparon Madrid, y presencié -su entrada en Sevilla y el alboroto que armaron -la gente de Triana y los gitanos en contra de los liberales -y a favor de Fernando VII.</p> - -<p>Una día de agosto recibí una carta de Will Tick en -la que me decía que fuese a Cádiz y esperara allí un -brick-barca que vendría con un cargamento de fusiles -para Missolonghi.</p> - -<p>Todo el mundo me dijo que por tierra sería muy difícil -llegar a Cádiz, y que me prenderían.</p> - -<p>Tomé en Triana un barquito de vapor que se llamaba -el <i>Guadalquivir</i>, y bajando el río llegué hasta Bonanza. -Desembarqué y fuí a hospedarme a un fonducho lleno -de oficiales franceses.</p> - -<p>Iba a salir inmediatamente, cuando el dueño de la -fonda me recomendó no saliera.</p> - -<p>—Pues ¿qué pasa?—pregunté.</p> - -<p>—Pasa, que la playa de Sanlúcar está llena de ladrones -y bandidos y al extranjero que lo pescan lo cosen a -puñaladas.</p> - -<p>—¿No hay vigilancia?</p> - -<p>—Sí; andan rondando patrullas francesas de caballería, -infantería y gendarmes.</p> - -<p>—Pues yo necesito trasladarme a Sanlúcar para ir a -Cádiz.</p> - -<p>—Le será a usted imposible.</p> - -<p>—¿Por qué?</p> - -<p>—Porque todos los barcos de estos puertos y los va<span class="pagenum"><a name="Page_249" id="Page_249">[249]</a></span>pores -del Guadalquivir están embargados por las autoridades -francesas para llevar municiones al Puerto de -Santa María.</p> - -<p>—¿Y qué se dice de la guerra?</p> - -<p>—La gente dice que Cádiz resistirá ya muy poco.</p> - -<p>Me acosté sin resolver el plan de viaje. Dormí profundamente, -y a la mañana siguiente me encontré sorprendido -al ver que entraban en mi cuarto un sargento y -cuatro soldados realistas. Venían a prenderme.</p> - -<p>—¡Esto es una equivocación!—exclamé yo—. Yo -soy una persona pacífica.</p> - -<p>—Sí, será cierto—me replicó el sargento—; pero tenemos -la orden de conducirle a usted preso a Sanlúcar -de Barrameda.</p> - -<p>Pensé si me habría denunciado el fondista; aunque -éste me juró que no había hablado a nadie de mi presencia -allí.</p> - -<p>Pagué la fonda, tomé un calesín para preservarme del -sol de fuego que caía, y al paso, y escoltado por los -cuatro soldados, salimos de Bonanza.</p> - -<p>El sargento de realistas subió conmigo en el calesín y -fuimos hablando. Me contó que era bodeguero y cachicán -de un rico propietario de Sanlúcar que estaba en -Cádiz con los liberales, y que él había tomado el partido -de inscribirse en la Milicia realista para defender los -intereses de su amo contra la barbarie de los absolutistas, -que estaban fanatizados por algunos frailes y clérigos -furibundos.</p> - -<p>Llegamos al pueblo de Sanlúcar, y entre grupos de -campesinos y de soldados franceses nos acercamos a -casa del comandante de voluntarios realistas.</p> - -<p>Entramos en una sala de estas de los pueblos españoles, -llenas de cortinas, que tienen aire de capillitas, y -me llevaron a la presencia del comandante, que estaba -en compañía de un cura.</p> - -<p>El comandante era un hombre rechoncho, de unos -cincuenta años, con los ojos chiquitos y negros, la cara<span class="pagenum"><a name="Page_250" id="Page_250">[250]</a></span> -muy carnosa y roja y una levita entallada. Le saludé y -comenzó a interrogarme.</p> - -<p>Conferenciaron después el clérigo y el comandante y -me dijeron que tenía que ir a la cárcel pública.</p> - -<p>Protesté, pero fué inútil.</p> - -<p>Salí en compañía del sargento; tomamos de nuevo el -calesín y bajamos delante de la cárcel, en una plaza -cuadrada. El sargento dió dos aldabonazos, abrió un -soldado un rastrillo, y pasamos adentro por un corredor -hasta otra puerta. Se volvió a llamar: se descorrieron -varios cerrojos; giró un postigo, y un hombre viejo y -seco, con una gorrilla en la cabeza, me hizo pasar a una -cuadra grande, donde había unos cien hombres; unos -sentados, otros tendidos, unos charlando y otros fumando.</p> - -<p>Saludé a derecha e izquierda, sonriendo amablemente, -y me retiré a un rincón.</p> - -<p>—Es un francés—decían unos.</p> - -<p>—No; es un inglés.</p> - -<p>En esto dos hombres ennegrecidos y malencarados se -abanlanzaron a mí, y cogiéndome uno de ellos de la barbilla -me dijo:</p> - -<p>—Oiga uzté, inglé. Ya zabe la obligasión de loz novatoz.</p> - -<p>—No sé nada. ¿Qué obligación es?</p> - -<p>—Apoquine uzté aquí la mitá del dinero que yeva y -haga cuenta que noz ha entendío.</p> - -<p>—¿Yo? ¡Ca!—exclamé.</p> - -<p>—Vamoz, cabayero, zuelte uzté el dinero—dijo el -otro con sorna—, que en nuestraz manoz eztará máz -zeguro, porque aquí hay mucha gente perdía y ze lo -podrían robar.</p> - -<p>Volví yo a agitar la cabeza con energía en señal de -negación, y uno de los matones, metiéndome la mano -en el bolsillo, me sacó el pañuelo.</p> - -<p>Le agarré yo inmediatamente de la chaqueta, y como -le tenía sujeto y él quería escaparse, se desgarró la cha<span class="pagenum"><a name="Page_251" id="Page_251">[251]</a></span>queta -hasta el hombro. El matón, al ver la prenda de -vestir rota, dijo que la estimaba más que a su propia -piel y que aquella ofensa no se podía lavar mas que -con sangre. Efectivamente, abrió la navaja; pero yo, con -una rapidez extraordinaria, le agarré de la muñeca y se -la estrujé con tal fuerza que tuvo que soltar el arma, -dando unos chillidos que creí que le había roto el brazo.</p> - -<p>El otro matón se me acercó de lado, con la navaja -escondida en la manga; pero acerté a darle una patada -tan definitiva en la parte más redonda de su individuo, -que le dejé en potencia propincua para hacer, a estilo -de Fielding, una luminosa disertación acerca de los puntapiés -en el trasero.</p> - -<p>Después de la batalla recogí la navaja del primer matón, -que era una navaja realista, pues en la hoja, a un -lado, ponía: «Muero por mi rey», y, en el otro: «Peleo -a gusto matando negros».</p> - -<p>La riña mía había producido un tremendo estrépito -entre los presos; unos estaban a mi favor, otros en contra. -Se gritaba y se chillaba con exageraciones y frases -cómicas que se lanzaban unos a otros.</p> - -<p>—Que traigan el zanto óleo para ezte zeñó, porque lo -voy a matar—decía uno.</p> - -<p>—Encomiéndeze uzté a Dioz—gritaba otro.</p> - -<p>En esto entraron los calaboceros repartiendo estacazos -a diestro y siniestro, seguidos del alcaide. El alcaide -prendió a los dos matones y me interrogó. Era un hombre -tuerto, alto, seco, membrudo y malencarado.</p> - -<p>Le conté lo que había ocurrido y decidió sacarme de -aquella cuadra y llevarme a la alcaidía.</p> -<hr class="chap" /> -<p><span class="pagenum"><a name="Page_252" id="Page_252"></a> -<a name="Page_253" id="Page_253"></a></span></p> - - - -<h4 id="II_III_V">V.<br /> -NIEVES LA ALCAIDESA</h4> - - -<p><span class="smcap">En</span> compañía del tuerto salí de la cuadra, recorrí un -largo pasillo, subimos una escalera de madera y -entramos en una hermosa casa. Era la alcaidía. En una -salita, cosiendo, había una mujer. El tuerto me dijo que -era su señora. Se llamaba Nieves.</p> - -<p>Era la Nieves una mujer soberbia, de unos treinta -años, morena, de tipo árabe, los ojos negros, rasgados, -el pelo de ébano, los dientes deslumbrantes y la boca -pequeña. Había nacido en Ceuta.</p> - -<p>Explicó el tuerto a su mujer lo que me había pasado. -Nos sentamos. Luego el tuerto habló largo rato. Era un -aventurero. Había sido sargento de artillería en Orán y -vivido mucho tiempo entre los moros.</p> - -<p>El alcaide, después de contarme largas historias muy -interesantes, dijo a su mujer que me arreglara dos comidas -al día, me pusiera una cama y me llevara lo que -bien le pareciera. Dicho esto, el hombre se marchó y nos -quedamos la alcaidesa y yo solos.</p> - -<p>Me preguntó quién era y por qué me habían metido -en la cárcel, y se lo conté. Estuvimos charlando amablemente -largo rato.</p> - -<p>Por la noche, antes de la hora de cenar, vino el tuerto -y me dijo que el comandante de los voluntarios realistas, -el amo del pueblo en aquel momento, había sabido mi<span class="pagenum"><a name="Page_254" id="Page_254">[254]</a></span> -riña en la cárcel con los matones, lo que le hizo mucha -gracia, y añadió que podía estar yo en la alcaidía con -tranquilidad hasta que se enviara la remesa de presos a -Sevilla, y que me autorizaba para salir a pasear por la -ciudad con una persona de confianza.</p> - -<p>—Bueno; entonses zaldrá conmigo—dijo la Nieves—. -¿Eh, qué parese inglé?</p> - -<p>—Yo encantado. Si su marido lo permite.</p> - -<p>—Nada, nada; aquí mando yo.</p> - -<p>Se marchó el tuerto y quedé solo con la alcaidesa y -la criada.</p> - -<p>Pusieron la mesa y dos cubiertos.</p> - -<p>—¿Su marido de usted no come con nosotros?—pregunté.</p> - -<p>—No; él come zolo y yo también.</p> - -<p>Me sirvió la sopa, un puchero con garbanzos y jamón, -y un buen trozo de carne, un plato de verdura, luego una -perdiz asada, después pescado frito, aceitunas en abundancia, -todo esto regado con vino de Manzanilla de -Sanlúcar y tinto de Rota.</p> - -<p>Yo comí como un bárbaro, y algo arrepentido le dije -a la alcaidesa:</p> - -<p>—He comido como un príncipe, como un príncipe -hambriento; pero temo no poder estar aquí mucho tiempo, -porque esto debe costar mucho.</p> - -<p>—Te yevaré trez pezetaz al día—dijo la Nieves, que -se había empeñado en hablarme de tú.</p> - -<p>—¿Tres pesetas?</p> - -<p>—Zí.</p> - -<p>—¡Pero se va usted a arruinar!</p> - -<p>—Ezo a ti no te importa. Ahora me voy a veztir y noz -vamoz al café.</p> - -<p>Esperé un momento, y poco después se presentó la -Nieves muy peinada, con grandes rizos, vestida de negro, -con mantilla de casco y una rosa roja en la mata -negra del pelo.</p> - -<p>—¿Eztoy bien azí?—me dijo.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_255" id="Page_255">[255]</a></span></p> - -<p>—Como la mismísima diosa Venus.</p> - -<p>—Bueno, bueno; pocaz bromaz, que tengo mal genio.</p> - -<p>—Pues no sabe usted lo que a mí me gustan las mujeres -de mal genio, patrona—le dije yo.</p> - -<p>—Vamoz, sosón, ¡zangre gorda! Arréglate.</p> - -<p>La alcaidesa me miró, me arregló la corbata y se echó -a reír.</p> - -<p>Cruzamos unas calles, salimos a la plaza de la Constitución, -que ya era de la ex Constitución, y entramos -en un café lleno de gente.</p> - -<p>La Nieves y yo llamamos la atención de todos los espectadores; -las mujeres hablaban de mí; aseguraban -que era un inglés millonario y liberal; los franceses se -entusiasmaban con la gracia y el garbo de la Nieves.</p> - -<p>—¡Oh, quelle belle fille!—se les oía decir—. ¡C'est -un vrai tipe d'andalouse! Voilà una véritable manola.</p> - -<p>Salimos del café y estuvimos paseando por la plaza.</p> - -<p>Había muchas chicas bonitas, de ojos negros y vivos, -en el paseo. Este cantar que oí por entonces me pareció -muy legitimado:</p> - -<div class="poetry-container"> -<div class="poetry"><div class="stanza"> -<div class="line i1">Para alcarrazas, Chiclana;</div> -<div class="line">para trigo, Trebujena,</div> -<div class="line">y para niñas bonitas,</div> -<div class="line">Sanlúcar de Barrameda.</div> -</div></div></div> - -<p>A las once de la noche mi patrona se cansó de pasear -y nos volvimos a la cárcel.</p> -<hr class="chap" /> -<p><span class="pagenum"><a name="Page_256" id="Page_256"></a> -<a name="Page_257" id="Page_257"></a></span></p> - - - -<h4 id="II_III_VI">VI.<br /> -LAS RECOMENDACIONES</h4> - - -<p><span class="smcap">Aquella</span> noche me acosté en una hermosa cama y -dormí hasta las ocho. Poco después la Nieves -abrió la ventana y me trajo un vaso de leche azucarada, -con una torta, y me dijo que la tomase bien caliente y -que no me levantase hasta las diez.</p> - -<p>—Señora—le dije—: me trata usted demasiado bien; -yo debo ser quien tenga el honor de servir a usted.</p> - -<p>—A mí no me llamez zeñora. Erez un tonto, inglé.</p> - -<p>—Sí; pero soy un tonto bien cuidado.</p> - -<p>Me levanté de la cama y me vestí.</p> - -<p>—Ahora vamoz a zalir—dijo ella.</p> - -<p>—Bueno.</p> - -<p>Salimos a la calle y fuimos a la parroquia.</p> - -<p>—Le advierto a usted que soy protestante—le dije, -para ver qué contestaba.</p> - -<p>—¿Qué me cuentaz con ezo?—exclamó ella con desgarro—. -¿Que erez hereje? Pues hijo mío, dilo en alta vo -y te llevarán al palo.</p> - -<p>Yo quise convencerla seriamente de que todo el mundo -tiene derecho a profesar sus ideas religiosas; pero no -me hizo caso y fué necesario oír misa, tomar agua bendita -y hasta darse golpes de pecho como un verdadero -papista.</p> - -<p>Al salir de la iglesia me dijo:</p> - -<p>—Ahora vamoz a ve a mi comadre, que ez prima del -comandante de voluntarioz realiztaz, a ver si hase algo -por ti.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_258" id="Page_258">[258]</a></span></p> - -<p>—Vamos donde usted quiera.</p> - -<p>La comadre era una mujerona morenaza y atrevida.</p> - -<p>—¿De dónde haz zacado a ezte inglezote?—le dijo a -mi patrona, al verme.</p> - -<p>La Nieves le contó lo que me había pasado; dijo que -yo era un inocente completo y que quería que ella hablase -al comandante de realistas para que no hicieran -una charranada conmigo.</p> - -<p>La comadre dijo que haría lo que pudiese; pero que -la Nieves debía hablar también al primo de una amiga -del ama del cura que era consejero del comandante.</p> - -<p>Por la conversación resultaba que no se hacía absolutamente -nada en el pueblo mas que por recomendaciones.</p> - -<p>Esta red de influencias y de manejos maquiavélicos lo -tenía todo minado.</p> - -<p>Era imposible que hubiese así la más ligera sombra -de justicia en el pueblo.</p> - -<p>Después de la visita a la comadre de la Nieves volvimos -a la cárcel.</p> - -<p>Estuve seis días en la alcaidía. Para no quedar torpe -con la inmovilidad y la buena alimentación me dedicaba -a hacer gimnasia; luego hablaba con mi patrona.</p> - -<p>La Nieves llevaba y traía a su marido como a un cordero; -ella vestía los pantalones en la casa, y, según las -malas lenguas, empleaba de cuando en cuando y con -gran eficacia una vara de fresno, con la cual devolvía la -razón a su marido, que la perdía en la taberna, por lo -menos una vez por semana.</p> - -<p>Por lo que me dijeron, esta costumbre la inauguró -una noche que el tuerto, de mal humor, quiso emplear -con su mujer el mismo procedimiento que empleaba con -los presos; es decir, el del garrote; pero ella se lo quitó -a tiempo y le supo administrar tal paliza que el tuerto -quedó convencido para siempre de la superioridad de su -mujer.</p> -<hr class="chap" /> -<p><span class="pagenum"><a name="Page_259" id="Page_259"></a></span></p> - - -<h4 id="II_III_VII">VII.<br /> -EN EL CAMINO</h4> - - -<p>A los seis días de vivir en casa de la Nieves la comadre -suya me avisó que a la mañana siguiente -iban a trasladar a los presos a Sevilla; yo iría a caballo -con el sargento.</p> - -<p>Efectivamente; antes de la siete se presentó la escolta -a la puerta de la cárcel. Sacaron de ella unos ochenta -presos, cincuenta milicianos y soldados prisioneros del -Trocadero, y el resto, de delitos comunes.</p> - -<p>El comandante de realistas y la comadre de la alcaidesa -vinieron a saludarme, y la Nieves me abrazó casi -llorando.</p> - -<p>Subí a mi caballo, y al lado del sargento, que montaba -una linda jaca cordobesa, salimos del pueblo.</p> - -<p>Llegamos a las tres horas a una venta del camino entre -Sanlúcar y Trebujena y se detuvo nuestra comitiva. -A los presos de delitos comunes se les metió en un corral, -debajo de un cobertizo; a los políticos se les llevó -a una cuadra, y nosotros, el sargento y yo, quedamos -en el ventorro.</p> - -<p>Entramos en la cocina, que era enorme, y hablamos -con la ventera. Nos dijo que si no queríamos esperar -podía darnos al momento una sopa, un puchero, una -cazuela de arroz con conejo, un plato de callos y ensalada.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_260" id="Page_260">[260]</a></span></p> - -<p>—¿Qué le parece a usted?—me preguntó el sargento.</p> - -<p>—Que luego es tarde, como decía mi patrona.</p> - -<p>Nos sentamos en una mesita pequeña, dispuestos a -comer, cuando estalló un gran escándalo en el zaguán; -salimos a ver qué pasaba y vimos a un grupo de oficiales -franceses acompañados por una pequeña escolta.</p> - -<p>Hablaban de una manera tan despótica y tan desagradable, -que para cortar las explicaciones salí yo al -portal y me ofrecí a servirles de intérprete y de amistoso -componedor.</p> - -<p>Los franceses querían habitaciones para dos jefes; el -ventero se las pudo proporcionar.</p> - -<p>Arreglada la cosa comimos el sargento y yo en paz en -un rincón de la cocina.</p> - -<p>Habíamos dado buena cuenta de la sopa, del cocido -y del arroz con conejo, e íbamos a comenzar con los callos -cuando me acordé de los presos liberales que venían -con nosotros, y dije:</p> - -<p>—¿Habrá comido esa pobre gente?</p> - -<p>—Sí, algo tendrán.</p> - -<p>—¿Quiénes son estos presos políticos?</p> - -<p>—Son catalanes—me dijo el sargento—que estaban -en el ejército de Cádiz. Parece que hicieron una salida -de la isla a los pinares de Chiclana y se vieron rodeados -por los franceses. Quisieron resistir, pero la mitad -de ellos murieron, y los demás quedaron prisioneros con -el teniente.</p> - -<p>—Bueno; vamos a llevarles esta fuente de callos. Les -compraré unos panes y unas botellas de vino.—Lo hice -así; entramos en una tejavana, y hablé yo con el teniente -catalán, quien me confesó que tenía un hambre que -se le nublaba la vista, y que nuestra aparición en el corral -con la fuente de callos y los panes le había parecido -más sublime que todas las apariciones celestes.</p> - -<p>A las dos horas de llegar a la venta el sargento dió la -orden de marcha y nos formamos todos.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_261" id="Page_261">[261]</a></span></p> - -<p>Uno de los militares franceses, comandante de la gendarmería -real, estaba en el balcón de la posada.</p> - -<p>—¿Es que es usted el jefe de esta canalla de soldados -de la Fe?—me preguntó en francés, de una manera incisiva -y seca.</p> - -<p>—Esta canalla se ha formado gracias a la protección -y a los cuidados de ustedes los franceses—le dije, inclinándome.</p> - -<p>—Ya lo sé. Es una vergüenza para la Francia. ¿En calidad -de qué va usted con esa tropa?</p> - -<p>—Voy como prisionero a que me identifiquen en -Sevilla.</p> - -<p>El comandante me dió su nombre y sus señas, ofreciéndose -por si me podía ser útil en algo, y echamos a -andar.</p> - -<p>—¿Qué le ha dicho a usted ese franchute?—me preguntó -el sargento.</p> - -<p>—Me ha preguntado por qué iba en la comitiva.</p> - -<p>—¡Qué gente! Se tienen que meter en todo; ya se -creen otra vez los amos de España.</p> - -<p>Al salir del camino de Trebujena y desembocar en la -carretera que va de Jerez de la Frontera a Lebrija, se -acercó a nosotros un escuadrón de caballería española. -Iban diez o doce jefes, entre ellos un edecán francés, escoltando -a un general.</p> - -<p>El general era un hombre ya viejo, de cara correcta, -patillas blancas, ojos claros y aspecto malhumorado.</p> - -<p>Uno de los jefes del escuadrón se paró a preguntar al -sargento quién era yo, y el sargento preguntó a su vez -a un soldado quién era el general que escoltaban, a lo -que contestó diciendo que era don Francisco Ballesteros, -un militar de los liberales exaltados que acababa de -capitular de una manera más que sospechosa.</p> - -<p>Al anochecer llegamos a Lebrija, y el sargento y yo -fuimos enviados a casa de un labrador rico, de ideas liberales, -que nos trató muy bien.</p> -<hr class="chap" /> -<p><span class="pagenum"><a name="Page_262" id="Page_262"></a> -<a name="Page_263" id="Page_263"></a></span></p> - - - - -<h3>CUARTA PARTE<br /> -PRISIONERO</h3> - - -<h4 id="II_IV_I">I.<br /> -EL SALÓN DE CORTES</h4> - - -<p><span class="smcap">El</span> día 27 de septiembre de 1823, a las once de la -mañana, llegábamos los presos a la capital de -Andalucía y hacíamos nuestra entrada triunfal en medio -de gritos y mueras y de alguno que otro tomate podrido -o troncho de berza con que nos obsequiaba el -pueblo soberano.</p> - -<p>Fuimos todos a parar a la subdelegación de policía.</p> - -<p>El subdelegado estaba en Alcalá de Guadaira, y nos -recibió su secretario.</p> - -<p>Interrogó al sargento rápidamente y mandó que llevaran -a los presos por delitos comunes a la cárcel, a los -soldados catalanes a la comandancia militar, y a mí al -Salón de Cortes.</p> - -<p>El sargento distribuyó su fuerza y me envió con un -soldado a mi destino. Aquel Salón de Cortes era un antiguo -cuartel de artillería, que antes había sido colegio -de jesuítas. Me recibió el alcaide, un andaluz de unos -sesenta años, a quien llamaban el señor Pepe, hombre -que para dar mayor brillo a su figura vestía un frac viejo -y un sombrero de copa.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_264" id="Page_264">[264]</a></span></p> - -<p>—¿Ez uzté inglé?—me dijo.</p> - -<p>—Sí, señor.</p> - -<p>—No zé zi estará uzté bien aquí, porque loz ingleze -zon muy amigoz de comodidadez; pero véngaze al zalón, -y ayí ze encontrará entre cabayeroz.</p> - -<p>Entré en el salón, y fuí muy bien acogido por aquellos -señores liberales presos.</p> - -<p>El señor Pepe, el alcaide, me alquiló dos colchones y -una almohada, y buscando sitio para hacer mi nido encontré -una pequeña tribuna vacante, donde me instalé.</p> - -<p>Poco después del mediodía, los presos se disponían a -comer en las mesas, formando grupos. Como yo no pertenecía -a ninguno de ellos, me senté por separado en un -banco y me preparé a comer un poco de pescado frito y -pan, que me vendió el alcaide por seis reales.</p> - -<p>Los de la mesa inmediata me instaron a que me reuniese -con ellos; les di las gracias, diciendo que no tenía -ganas; pero dos señores se levantaron, me agarraron, -me pusieron de pie y me obligaron a sentarme a -su lado.</p> - -<p>Comimos admirablemente, y algunos de aquellos sevillanos -me dieron broma por mi falta de apetito.</p> - -<p>—Un muchacho como éste, como un castillo, y además -inglés—decía un viejo—, se traga todo lo que le -pongan.</p> - -<p>Después de comer y de tomar café se quitaron las mesas, -y unos se pusieron a fumar sentados en las sillas, y -otros a pasear por la antigua iglesia, como si estuvieran -en una plazoleta.</p> - -<p>Hubo discusiones violentas, interrumpidas por chistes; -luego un señor se subió en una silla y echó un discurso -muy retórico que fué estrepitosamente aplaudido.</p> - -<p>Aquello me daba una impresión un poco rara: no se -podía comprender si iba en serio o en broma.</p> - -<p>La mayor parte de los presos eran caballeros y ricos -propietarios de Sevilla.</p> - -<p>Se pasó la tarde así, y al anochecer comenzaron<span class="pagenum"><a name="Page_265" id="Page_265">[265]</a></span> -a entrar en el salón las familias, los parientes y amigos -de los presos.</p> - -<p>A la hora estaba llena la antigua capilla. Se encendieron -las lámparas, se pusieron mesas de juego y -el salón se convirtió en un gran café.</p> - -<p>Asistieron también muchos oficiales de artillería y algunos -jefes de la guarnición.</p> - -<p>Yo me paseé con un coronel llamado Rosales y un -canónigo grueso que estaba detenido como liberal: el -canónigo Molinedo.</p> - -<p>El coronel Rosales y el canónigo dijeron que las noticias -de Cádiz eran muy malas y que el Gobierno constitucional -había hecho proposiciones de paz a los franceses.</p> - -<p>A las once se dió la orden de evacuar el salón por las -familias y gente extraña. Cada cual se dispuso a acostarse; -yo me metí en mi tribuna, y tendido en el colchón -pasé la noche en un sueño.</p> -<hr class="chap" /> -<p><span class="pagenum"><a name="Page_266" id="Page_266"></a> -<a name="Page_267" id="Page_267"></a></span></p> - - -<h4 id="II_IV_II">II.<br /> -LA SEÑORA LANDON</h4> - - -<p><span class="smcap">Al</span> día siguiente me desperté temprano, me lavé y -me vestí, y salí a pasear por los claustros del -convento.</p> - -<p>Le dije al señor Pepe, el alcaide, que me permitiera -hacer gimnasia en el claustro, porque me apoltronaba -estando quieto.</p> - -<p>El señor Pepe debió desconfiar, porque puso un subordinado -suyo, un hombre bajito y rubio, para que me -vigilara. No tenía aquel guardián un aire tranquilizador. -Se me figuró conocerle, aunque no sabía de qué.</p> - -<p>Hice una porción de flexiones en el montante de una -puerta, bastante fuerte para sostenerme a mí, y anduve -después con las manos, con la cabeza para abajo y los -pies para arriba.</p> - -<p>Me encontraba en esta actitud cuando oí risas de -mujer; volví a mi posición natural y me encontré con la -señora Landon y su sobrina Mercedes.</p> - -<p>—Hace usted unas planchas preciosas—me dijo -Mercedes, burlonamente.</p> - -<p>—Sí, no las hago mal. Y ¿qué las trae a ustedes por -aquí?</p> - -<p>—Vengo por usted—me dijo la señora Landon—. -Me hablaron ayer de un inglés que estaba preso de las -señas de usted, y venimos a verle.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_268" id="Page_268">[268]</a></span></p> - -<p>Yo me incliné muy reconocido.</p> - -<p>Añadió la señora Landon que conocía mucho al subdelegado -de policía de Sevilla, don Lorenzo Hernández -de Alba, y que inmediatamente que volviera de Alcalá -de Guadaira le hablaría para que me dejaran en libertad.</p> - -<p>—Yo supongo que usted no será ningún Bruto. ¿No -habrá usted matado a ningún tirano?</p> - -<p>—No, no. A no ser en sueños.</p> - -<p>—Entonces creo que le libraremos a usted.</p> - -<p>Le di mis más expresivas gracias, y la señora Landon -añadió que mandaría enviar una cama y ropa blanca -para mí, y que encargaría a una fonda mi comida y almuerzo.</p> - -<p>—Señora—le dije—, que no me manden mucha comida, -porque la comeré toda y me pondré pesado y no -podré hacer estos ejercicios.</p> - -<p>La señorita Mercedes se reía. Charlaron un largo rato -conmigo, dijeron que volverían al día siguiente y se -fueron.</p> - -<p>Yo me reuní con el canónigo grueso de la noche anterior -y con un joven capitán que se llamaba Iscar.</p> - -<p>Iscar era un hombre muy nervioso y muy vivo, que -había tomado parte en varios movimientos revolucionarios. -Fué el brazo derecho del general Porlier cuando -éste intentó levantarse en Galicia con el marqués de Viluma. -Fracasada la empresa de Porlier y fusilado el general, -a quien llamaban el Marquesito, Iscar, Viluma y -los demás complicados estuvieron presos en La Coruña -durante algún tiempo.</p> - -<p>—Ha tenido usted la visita de una señora principal de -Sevilla—me dijo el canónigo.</p> - -<p>—Sí, la señora Landon.</p> - -<p>—Los sevillanos que están aquí han quedado un poco -asombrados de la visita, y dicen que debe usted ser -hombre de gran familia y posición.</p> - -<p>—No, no. Soy de familia modesta.</p> - -<p>El canónigo sonrió con incredulidad. En esto pasó el<span class="pagenum"><a name="Page_269" id="Page_269">[269]</a></span> -hombrecito rubio que me había vigilado mientras yo -hacía gimnasia, y el capitán Iscar se abalanzó a él.</p> - -<p>El hombre rubio miró antes a derecha e izquierda con -gran alarma, hablaron los dos un rato rápidamente y se -separaron.</p> - -<p>—Esto está lleno de misterios—me dijo el canónigo.</p> - -<p>Volvimos al salón; pero la estancia allí no era del -todo grata. Entre los presos había enfermos en sus -camas, algunos de tifus y de disentería; nadie se había -cuidado de resolver el modo de ventilar la antigua iglesia, -y el ambiente era ya irrespirable.</p> - -<p>Yo decidí dejar la tribuna y poner mis dos colchones -en el claustro, a pesar de que todo el mundo consideraba -esto como una extravagancia.</p> -<hr class="chap" /> -<p><span class="pagenum"><a name="Page_270" id="Page_270"></a> -<a name="Page_271" id="Page_271"></a></span></p> - - -<h4 id="II_IV_III">III.<br /> -LA TORRE</h4> - - -<p><span class="smcap">El</span> último día del mes de septiembre entraron en el -viejo edificio del Salón de Cortes una nueva remesa -de nacionales prisioneros del Trocadero. Estaban -asustados. Hablé con alguno de ellos, y me dijeron que -temían por su vida, pues habían fusilado varios de los -suyos en el camino.</p> - -<p>El mismo día el Salón de Cortes se desocupó y más -de la mitad de los presos vecinos de Sevilla quedaron -libres, gracias a las gestiones del subdelegado de policía. -Esta mezcla de severidad y de lenidad me preocupaba; -a veces me figuraba que se iba a implantar el terror blanco -por los realistas; a veces, que todo era una broma.</p> - -<p>Al parecer, esta divergencia dimanaba de que en ocasiones -mandaba el capitán general, y en otras, el subdelegado -de policía.</p> - -<p>El capitán general quería fusilar a todo el mundo, y, -en cambio, el subdelegado de policía pretendía dejar en -libertad a los presos políticos; de aquí esta desigualdad de -procedimientos tan inquietante y tan absurda. Yo estaba -sin saber a qué atenerme; tan pronto me parecía aquello -una comedia de risa, como una cosa seria. Los presos se -escapaban con el asentimiento del subdelegado; pero de -cuando en cuando se ponía a uno en capilla y se le fusilaba -por orden de un consejo de guerra.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_272" id="Page_272">[272]</a></span></p> - -<p>Una mañana, antes de almorzar, vino a visitarme la -señora Landon con su sobrina; me dijeron que el subdelegado -había dado orden de dejarme en libertad; pero -que el secretario se oponía diciendo que el capitán general -había escrito recomendando la mayor vigilancia con -los extranjeros sospechosos.</p> - -<p>—Así que tendrá usted que estar unos días más—terminó -diciendo la señora Landon.</p> - -<p>—No me importa gran cosa el encierro—le contesté—; -lo que me desagrada es ir a comer al salón, en -donde ya no se puede estar por la pestilencia que hay. -Si me trasladaran a otro lado, estaría bien.</p> - -<p>—¿Adónde quiere usted que le trasladen?</p> - -<p>—¡Qué sé yo! A un rincón cualquiera de este viejo -edificio.</p> - -<p>—Espere usted un cuarto de hora. Voy a hablar con -el jefe del cuartel.</p> - -<p>Me quedé con la señorita Mercedes, que me imponía -un poco, y media hora después entró la señora Landon -con un comandante de artillería.</p> - -<p>El comandante dijo que todo el edificio estaba ocupado -por la tropa y los presos políticos.</p> - -<p>—El único local vacío que hay—siguió diciendo—es -una pequeña habitación en el campanario, la antigua -vivienda del campanero. En este momento la ocupa un -sargento guardaalmacén que ha puesto allí su oficina; -pero le podemos decir que se vaya.</p> - -<p>—Vamos a ver esa habitación—dijo la señora -Landon.</p> - -<p>—Vamos—repuse yo.</p> - -<p>Fuimos las dos señoras, el comandante y yo; recorrimos -un claustro, pasamos una puerta y salimos a un -patio abandonado y lleno de hierbas. El comandante -abrió una puerta maciza de una torre, pasamos un pequeño -zaguán empedrado y subimos por una escalerilla -de piedra, de caracol hasta el primer piso.</p> - -<p>La habitación del guardaalmacén consistía en un<span class="pagenum"><a name="Page_273" id="Page_273">[273]</a></span> -cuarto como un gabinete y una alcoba. El cuarto tenía -una gran ventana con rejas, y la alcoba, una aspillera.</p> - -<p>—¿Qué le parece a usted esto?—me preguntó el comandante.</p> - -<p>—Muy bien. Me conviene.</p> - -<p>—¿Le gusta a usted?—me dijo la señora Landon.</p> - -<p>—Sí, mucho. Pienso inmortalizar esta torre llamándola -desde ahora la torre de Thompson.</p> - -<p>El comandante mandó desocupar el local e hizo trasladar -mi cama. Me pusieron una mesita y una silla, y la -señora Landon prometió enviarme unos tomos de sir -Walter Scott.</p> - -<p>—Aquí puede usted dedicarse a contemplar Sevilla. -Desde lo alto del campanario se domina toda la ciudad—me -dijo el comandante.</p> - -<p>—Aprovecharé el permiso.</p> - -<p>—¿Supongo que no se escapará usted, señor inglés?—me -dijo luego el comandante al darme la mano.</p> - -<p>—Si encuentro ocasión, creo que lo haré.</p> - -<p>El comandante se echó a reír, y la señora Landon y -Mercedes hicieron lo mismo.</p> - -<p>Al día siguiente de ocupar mi celda en la torre de -Thompson, mi amiga la señora Landon me envió los libros -prometidos. Estuve leyendo algún tiempo y cuando -me cansé me fuí a pasear al claustro con el canónigo -Molinedo y el capitán Iscar.</p> - -<p>De noche subí a lo alto del campanario, desde cuyo -balcón pasé horas y horas contemplando Sevilla a la luz -de la luna. Veía la Giralda, los pináculos de la catedral, -algunas torres y cúpulas lejanas que no conocía y los -tejados, bañados de luz plateada.</p> -<hr class="chap" /> -<p><span class="pagenum"><a name="Page_274" id="Page_274"></a> -<a name="Page_275" id="Page_275"></a></span></p> - - - -<h4 id="II_IV_IV">IV.<br /> -«MARE SERENITATIS»</h4> - - -<p><span class="smcap">Muchas</span> extravagancias, absurdos e insensateces -escribió Thompson dirigidos a la luna, a la que -contemplaba por las noches desde el balcón de la torre. -Entre sus notas fragmentarias la única que tiene un poco -de sentido es ésta, titulada <i>Mare Serenitatis</i>, y que -dice así:</p> - - -<p class="i2 p2">«Entre los nombres extraordinarios y poéticos que los -astrónomos han puesto en la geografía de la luna, ninguno -para mí tan sugestivo como el Mar de la Serenidad -(<i>Mare Serenitatis</i>).</p> - -<p class="i2">Antiguamente debían creer que estos mares lunares -tenían agua y oleaje; hoy se sabe que son llanuras, -oquedades entre montes y cráteres volcánicos.</p> - -<p class="i2">Como ese supuesto mar tuyo, ¡oh Luna!, nosotros quisiéramos -que en el espíritu humano hubiera también -otro mar de la Serenidad en una región oculta e inexplorada...</p> - -<p class="i2">¡Qué admirable descubrimiento sería llegar a él por -entre un laberinto de montañas abruptas!</p> - -<p class="i2">Este <i>mare serenitatis</i> tendría un agua más sutil que -la de las lagunas de las altas cumbres, y se extendería -bajo un cielo claro y sin brillo.</p> - -<p class="i2">Yo no le pediría a este mar placeres indignos de un<span class="pagenum"><a name="Page_276" id="Page_276">[276]</a></span> -espíritu noble, ni el olvido de las aguas del Leteo, sino -la claridad, la comprensión de los enigmas de la vida, -de nuestras brutalidades, de nuestros fanatismos y de -nuestras violencias.</p> - -<p class="i2">Allí me gustaría verme, sin cólera y sin humildad, limitado -ante la Naturaleza y tranquilo en mi limitación; -allí me gustaría ver mi espíritu limpio de posos turbios -y malsanos como un cristal brillando a la luz del sol.</p> - -<p class="i2">Desgraciadamente, ni en ti, vieja Selene, pequeño satélite, -ni en nuestro espíritu humano, tan pequeño como -tú, existe ese mar de la Serenidad».</p> -<hr class="chap" /> -<p><span class="pagenum"><a name="Page_277" id="Page_277"></a></span></p> - - - -<h4 id="II_IV_V">V.<br /> -EL FRAILE</h4> - - -<p><span class="smcap">El</span> segundo día de mi prisión en la torre no vinieron -la señora Landon y su sobrina; en cambio, -tuve la visita del canónigo Molinedo y del capitán Iscar. -Por lo que dijo el canónigo no quedaban ya presos en -el Salón de Cortes, excepto unos milicianos, a los cuales -querían trasladar a otro pueblo. El rey iba a llegar a -Sevilla, y los realistas habían pensado, como un número -de festejos para agasajar a Fernando VII, hacer una degollina -de negros; y el subdelegado de policía, siempre -paternal con los liberales, se disponía a ir sacando de -Sevilla a los más calificados y llevarlos a otra parte. Molinedo -e Iscar saldrían al día siguiente.</p> - -<p>El absurdo seguía; persistía el régimen mixto de severidad -y de benevolencia. Se fusilaba a las personas -más inocentes y se dejaba libres a las más comprometidas.</p> - -<p>El capitán Iscar me dijo:</p> - -<p>—¿Sabe usted aquel hombre bajito y rubio, algo bizco, -que estuvo vigilándole a usted por orden del alcaide?</p> - -<p>—Sí. ¿Qué le ha ocurrido?</p> - -<p>—Que se ha escapado.</p> - -<p>—Pero, ¿no era un vigilante de la cárcel?</p> - -<p>—¡Ca! Es un conspirador.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_278" id="Page_278">[278]</a></span></p> - -<p>Iscar me contó cómo había engañado a los carceleros.</p> - -<p>—Y ¿quién era ese hombre?</p> - -<p>—Es uno de los tipos más revoltosos de la época. Se -llama Aviraneta, y ha sido el brazo derecho del Empecinado.</p> - -<p>—Ahora que me habla usted del Empecinado, recuerdo -a este Aviraneta. Le he visto una vez con el general -en el café de La Fontana de Madrid. Y ¿usted le conocía -de hace tiempo?</p> - -<p>—Sí; yo le conocía desde la intentona de Porlier. Yo -fuí como emisario de Porlier a ver al Empecinado a su -finca de Castrillo de Duero, y allí hablamos Aviraneta, -él y yo.</p> - -<p>Se fueron Iscar y el canónigo Molinedo; yo subí al -campanario y estuve contemplando Sevilla, iluminada -por los últimos rayos del sol.</p> - -<p>Al día siguiente, por la mañana, al despertar, experimenté -la desagradable sorpresa de ver a un fraile dominico -que entraba en mi cuarto acompañado del sargento -guardaalmacén.</p> - -<p>Era un fraile grueso, panzudo, con un aire de ballenato -putrefacto, las barbas rubias, el pelo rojo y ensortijado, -que parecía hecho con virutas, y los ojos de -míope.</p> - -<p>—Hijo mío—me dijo el fraile con un acento andaluz -muy meloso—, he sabido que estás preso y vengo -a ofrecerte los socorros de la religión. Supongo que tendrás -cargada la conciencia y que una confesión general -aliviará tu alma.</p> - -<p>—¿Es que han pensado ahorcarme?—pregunté yo al -sargento, saltando en camisa de la cama.</p> - -<p>—No, no. Este padre ha venido aquí a confesar a -otros presos y ha querido verle a usted.</p> - -<p>—¡Pues así se muera de repente!—murmuré para -mis adentros.</p> - -<p>—¿No quiere usted confesarse?—me preguntó el padre.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_279" id="Page_279">[279]</a></span></p> - -<p>—No, yo no soy católico—exclamé—. Soy inglés y -de la religión de mi país.</p> - -<p>—Tienes que abandonar esa herejía, hijo mío.</p> - -<p>—Si tengo que convertirme por la fuerza—murmuré -yo—, mi conversión no tendrá ningún valor. Me he -educado en la religión reformada y no tengo motivo ninguno -para creer que sea falsa. Si me dan argumentos, -los tomaré en cuenta.</p> - -<p>No me atreví a decir que el protestantismo, como el -catolicismo, me parecían formados por mitos más alejados -de la realidad que el de la Cosa en sí.</p> - -<p>El fraile me echó una plática de las más ramplonas; -en su acento dulzón me dijo que el momento de la -muerte podía estar muy próximo; que había que prepararse -para este instante terrible, y que me traería libros -religiosos.</p> - -<p>Se marchó el fraile con el sargento. Salté de la cama, -me vestí y bajé las escaleras hasta la puerta de la torre. -Tenía ésta un cerrojo por dentro y decidí correrlo para -que no me sorprendieran visitas como aquella.</p> - -<p>Acababa de echar el cerrojo cuando oí un ruido de -pasos en el pequeño portal.</p> - -<p>—¿Quién está aquí? ¿Quién es?</p> - -<p>—¡Por Dios, caballero!—dijo una voz—. No me pierda -usted.</p> - -<p>—¿Pero quién es usted? A ver. Venga usted a la luz, -que nos veamos las caras.</p> - -<p>Subimos al primer piso y quedé atónito al ver una -muchacha vestida de soldado.</p> - -<p>—No diga usted nada, por Dios—exclamó.</p> - -<p>—Yo qué voy a decir, si soy un preso.</p> - -<p>—¿Es usted un preso?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—Pues yo he venido disfrazada de soldado a darle -un papel a mi novio, en el que le explicaba por dónde -se podía escapar; pero precisamente esta misma noche -le han sacado de Sevilla. Al saberlo he intentado mar<span class="pagenum"><a name="Page_280" id="Page_280">[280]</a></span>charme; -pero me he encontrado la puerta cerrada, y -para que no me vieran me he metido aquí.</p> - -<p>—Pues le va a usted a ser muy difícil salir. ¿No -traía usted ropa de mujer?</p> - -<p>—No.</p> - -<p>—Veremos qué se hace. Suba usted.</p> - -<p>La muchacha no era melindrosa. Nos repartimos los -colchones, y ella durmió en la alcoba, y yo, en el -gabinete.</p> - -<p>Al otro día la Tránsito, así se llamaba la chica, arregló -el cuarto y lo limpió, mientras estaba la puerta de -la torre cerrada. Después tuvo que subir al campanario -y pasar el día allí.</p> -<hr class="chap" /> -<p><span class="pagenum"><a name="Page_281" id="Page_281"></a></span></p> - - - -<h4 id="II_IV_VI">VI.<br /> -EVASIÓN</h4> - - -<p><span class="smcap">Al</span> día siguiente decidí estudiar el terreno para ver -si era posible una evasión.</p> - -<p>Me acosté muy temprano y me levanté al amanecer. -Bajé las escaleras de mi encierro, abrí la puerta y exploré -el patio. Este patio, en donde se levantaba la la torre, -se hallaba enlosado y circunscrito por tres paredes -altísimas y otra no tan alta que le separaba de un jardín -poblado de árboles.</p> - -<p>Examiné la tapia más baja y vi que había una antigua -ventana cerrada a una altura de tres o cuatro varas.</p> - -<p>Si esta ventana no tenía reja, por allí debía de ser -fácil pasar al jardín vecino.</p> - -<p>Vi en el patio una barrica, la empujé y la llevé debajo -de la ventana; bajé de mi cuarto una silla y la puse -encima. Después me subí a la silla, y con un palo con -punta, metiéndolo en el resquicio de la ventana, llegué -a abrirla. No había reja. Cerré la ventana y me volví a -la torre.</p> - -<p>A las nueve de la mañana vino a visitarme el sargento -guardaalmacén que había ocupado la torre antes que -yo. Traía varios libros místicos, enviado para mí por el -fraile.</p> - -<p>Me dijo que ya no quedaban presos políticos, pues<span class="pagenum"><a name="Page_282" id="Page_282">[282]</a></span> -todos habían sido trasladados fuera de Sevilla, mientras -estuviera el rey en la ciudad.</p> - -<p>—Y conmigo, ¿qué van a hacer?</p> - -<p>—No sé. A mí me han ordenado que le ponga un -centinela de vista y que le encierre con llave desde mañana.</p> - -<p>—Pues es una broma.</p> - -<p>Me convenía hacer algunas investigaciones antes de -que se cerrase la puerta, y al día siguiente, antes del -alba, bajé al patio.</p> - -<p>La Tránsito quedaría en la ventana, y si veía asomarse -a alguien tiraría una piedrecita al suelo para avisarme.</p> - -<p>Cogí la silla en una mano, bajé las escaleras, abrí la -puerta de la torre, marché hacia donde estaba la barrica -y la coloqué debajo de la ventana, y encima la silla, y -después a pulso entré por la ventana, llenándome de -arañazos la cara y las manos.</p> - -<p>Pasé al otro lado, al jardín vecino; me agarré a la -rama de un árbol y bajé por el tronco hasta la tierra. -Estaba el huerto en el mayor silencio; se oía únicamente -el piar de los pájaros en el follaje. Crucé el jardín sin -hacer ruido.</p> - -<p>Me acerqué al árbol que estaba más inmediato a la -pared que daba a la calle; trepé por él, y de rama en -rama llegué al borde de la tapia y miré con precaución. -Daba a una callejuela estrecha y desierta. La tapia tendría -seis o siete varas de alto. Me dieron tentaciones de -saltar; pero no quise dejar sola a Tránsito y volví al -jardín, luego al patio y después a mi torre.</p> - -<p>Hecha la excursión me lavé y me acosté.</p> - -<p>Al día siguiente, al levantarme de la cama, vi que en -la puerta había un artillero de centinela, con la bayoneta -calada.</p> - -<p>—¿Es que no puedo salir?—le pregunté.</p> - -<p>—Esa es la orden que me han dado.</p> - -<p>Al mediodía se presentó la señora Landon. Le dije<span class="pagenum"><a name="Page_283" id="Page_283">[283]</a></span> -que mi asunto se complicaba; que tenía un centinela de -vista y que me encerraban en la torre con llave.</p> - -<p>—Yo voy a ver si me escapo—continué diciendo.</p> - -<p>—Hará usted muy bien—exclamó ella.</p> - -<p>—¿Usted me podría ayudar?</p> - -<p>—Sí, sí; dígame usted lo que necesita.</p> - -<p>Yo tenía pensado mi plan.</p> - -<p>—Necesitaré un cordel de ochenta varas de largo, del -grueso del dedo meñique.</p> - -<p>—¿Y eso cómo lo voy a entrar aquí?</p> - -<p>—Usted mañana me regalará un almohadón; dirá -usted que es mi cumpleaños, y dentro del almohadón -vendrá la cuerda.</p> - -<p>—Muy bien.</p> - -<p>—Además, tomará usted dos botellas de Jerez, vacías, -que conserven las etiquetas, las llenará usted de aguarrás, -las cerrará muy bien y me las enviará con el almohadón, -como regalo.</p> - -<p>—Descuide usted; todo esto se hará. ¿Cómo piensa -usted salir?</p> - -<p>—Voy a hacer una escalera con el cordel que usted -me traiga, y me descolgaré por la torre.</p> - -<p>—¿Y después?</p> - -<p>—Después pasaré al jardín de al lado por un agujero -de la tapia, y de este jardín iré a la calle. Lo que quisiera -saber son las salidas de la calle que va por ahí -detrás.</p> - -<p>La señora Landon y yo nos asomamos a la ventana -enrejada, y yo le mostré las copas de los árboles del -jardín próximo, que asomaban por encima de la tapia.</p> - -<p>—Yo le podría enviar a usted un plano de Sevilla—dijo -la señora Landon—. Pero ¿para qué? Es mejor -otra cosa. ¿Mañana será la escapatoria?</p> - -<p>—Sí, si usted me manda el almohadón.</p> - -<p>—Eso vendrá sin falta. ¿A qué hora piensa usted escaparse?</p> - -<p>—De diez a diez y media de la noche.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_284" id="Page_284">[284]</a></span></p> - -<p>—A esa hora habrá en esa callejuela una persona -apostada que le esperará y le acompañará.</p> - -<p>Se marchó la señora, y yo pasé el día con la mayor -impaciencia. Por la mañana me despertaron, trayéndome -los regalos de la señora Landon: el almohadón y las -dos botellas de aguarrás disfrazadas de Jerez. Al verme -solo rompí el almohadón, saqué la cuerda, y la Tránsito -y yo comenzamos a hacer la escala. Reservé un trozo de -cordel de unas ocho varas.</p> - -<p>Cerré el cerrojo de la puerta de la torre y estuvimos -trabajando en el campanario.</p> - -<p>Desde allí advertimos la gran animación del pueblo.</p> - -<p>Iba a entrar el rey de España en la ciudad. Todos los -balcones se veían engalanados con colgaduras, con arcos -de triunfo, ramas y flores. Las calles estaban atestadas -de gente.</p> - -<p>—Por la orilla del río se veían coches y calesines que -iban hacia la torre del Oro, y por los caminos lejanos se -advertían grupos de labradores a pie y en caballerías.</p> - -<p>—¡Pueblo estúpido!—exclamé yo elocuentemente—. -Entusiásmate con tu Fernando. Cuando le convenga a -este truhán te calentará las espaldas.</p> - -<p>En todo el día terminamos la escala entre la muchacha -y yo. A la hora de retreta bajé yo a la puerta de la -torre. Estaba cerrada con llave. Escuché. No andaba nadie -por el patio.</p> - -<p>Comencé mis pruebas. La escala no bastaba; le faltaban -cinco o seis varas para llegar desde el balconcillo -del campanario al patio. Estuve pensando en la manera -de resolver esta dificultad, y me decidí a añadir a la escala -una cuerda hecha con un trozo de sábana.</p> - -<p>—Yo bajaré primero—le dije a la Tránsito—; esperaré -en el patio y silbaré. Si acaso, cuando llegue usted a -la cuerda hecha con la sábana le falta fuerza para sostenerse, -la recogeré en brazos.</p> - -<p>La muchacha dijo que no tenía miedo. Entonces yo -vacié mis dos botellas de aguarrás en la palangana y fuí<span class="pagenum"><a name="Page_285" id="Page_285">[285]</a></span> -embebiendo la escala y el trozo de la sábana, hasta que -empaparon casi todo el líquido. El resto lo eché por un -agujero en el zaguán de la torre.</p> - -<p>Después até la escala al barandado de piedra del balcón -del campanario, y fuí echándola abajo. Hecho esto, -metí una caja de pajuelas en el bolsillo, y salté al lado -de fuera del barandado y fuí descendiendo con dificultades -hasta alcanzar al trozo de sábana y llegar al patio.</p> - -<p>Silbé suavemente, y noté, por la cuerda, que la escala -se agitaba y la muchacha comenzaba a bajar despacio. -Antes de que llegara al trozo de la sábana yo acerqué -la barrica y me subí a ella. Al llegar la Tránsito al -trozo de sábana pude sostener a la muchacha por los -pies y luego por el cuerpo.</p> - -<p>Venía la muchacha rendida.</p> - -<p>—Descanse usted—le dije—. Ahora vamos a ver un -bonito espectáculo—añadí.</p> - -<p>Saqué el eslabón, el pedernal y la mecha; até una pajuela -de azufre en el trozo de sábana en que terminaba -la escala y la pegué fuego con la mecha.</p> - -<p>Ardió la pajuela, después el pedazo de sábana, luego -la escala, de una manera tan discreta, que parecía desaparecer -por arte de magia.</p> - -<p>Concluída esta parte, acercamos la barrica al ventanillo -que comunicaba con el jardín contiguo; hice pasar -a la muchacha, luego pasé yo, cruzamos el jardín y subimos -por un árbol a la tapia.</p> - -<p>Até el trozo de cuerda que llevaba a una rama gruesa -de un árbol y la punta la eché fuera de la tapia, hacia -la calle.</p> - -<p>—Yo me descolgaré primero—le dije a la Tránsito—; -luego la recibiré en brazos.</p> - -<p>Me deslicé por cerca de la pared y descendí fácilmente. -Después bajó la muchacha, que se desolló -las manos, y estuvo a punto de derribarme al sostenerla.</p> - -<p>Para que nadie lo advirtiera, desde la calle hice un<span class="pagenum"><a name="Page_286" id="Page_286">[286]</a></span> -ovillo con la punta de la cuerda y la tiré al otro lado de -la tapia hacia el jardín.</p> - -<p>—Ahora ¿qué hacemos?—preguntó la Tránsito.</p> - -<p>—¿Usted tiene sitio adonde ir?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—Pues entonces cada cual por su lado.</p> - -<p>La estreché la mano y me separé de ella. La noche -estaba obscura; no había un alma por aquellas inmediaciones.</p> - -<p>Di dos vueltas arriba y abajo por la calle, cuando se -me acercó una mujer de pobre aspecto.</p> - -<p>Era la señora Landon.</p> - -<p>—Sígame usted—me dijo.</p> - -<p>La seguí; en las calles céntricas se sentía el gran barullo; -había comparsas de guitarras y panderetas y gente -que cantaba canciones alusivas a la entrada del rey. -Los curas y frailes pasaban seguidos del populacho, -hablando y accionando, y capitaneando a patrullas de -desharrapados.</p> - -<p>Todos eran gritos y vivas al rey absoluto y mueras a -la Constitución, a los herejes y a los negros.</p> -<hr class="chap" /> -<p><span class="pagenum"><a name="Page_287" id="Page_287"></a></span></p> - - - -<h4 id="II_IV_VII">VII.<br /> -LA CASA ABANDONADA</h4> - - -<p><span class="smcap">Siempre</span> tras de la señora Landon llegué a una calle -muy lejana de la cárcel y me detuve delante de -un gran caserón. Cruzó mi guía un portal, pasé yo después -de ella; llegamos a un patio con jardín; luego a -otro patio, y me encontré en una casa grande y abandonada. -La señora Landon me llevó a una sala con una -alcoba con columnas. Me mostró una mesa con viandas -y me dijo:</p> - -<p>—Cene usted y acuéstese.</p> - -<p>—Muy bien. ¿Nada más?</p> - -<p>—Puede usted estar con la luz encendida; pero no -vaya usted con ella a las habitaciones que dan a la -calle. Esta casa está deshabitada y tiene dos salidas. Si -por una casualidad, que me parece improbable, vinieran -a buscarle por el lado por donde hemos entrado, puede -usted escaparse por esta otra parte. La llave está en la -puerta.</p> - -<p>—Bueno. Entendido.</p> - -<p>—¿Quiere usted alguna cosa?</p> - -<p>—Si no le molesta a usted, le diría que cree que sería -conveniente el que fuera usted mañana al Salón de -Cortes a hacer como que va a visitar al preso y ver lo -que dicen de su fuga.</p> - -<p>—Sí, sí; tiene usted razón. Así lo haré.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_288" id="Page_288">[288]</a></span></p> - -<p>Dicho esto, la señora Landon me dió las buenas noches -y me dejó solo. Cené, me acosté y dormí perfectamente -hasta las siete.</p> - -<p>Me levanté a esta hora y recorrí la casa.</p> - -<p>Las habitaciones que daban a la calle estaban cerradas; -el suelo y los muebles, cubiertos de una capa de -polvo. En los grandes espejos deslustrados me veía en -la semiobscuridad como un duende.</p> - -<p>Salí al momento al jardín. Era grande, tenía naranjos -y palmeras y comunicaba únicamente con el de la señora -Landon. Una pared muy alta lo separaba de un -convento.</p> - -<p>Me paseé una hora, escudriñé en un antiguo invernadero, -con las puertas podridas y los cristales rotos y -después entré en la casa; recorrí los salones, y en uno -encontré un armario abierto lleno de libros encuadernados -en pergamino. Casi todos estaban en latín, y únicamente -vi en castellano la historia de la conquista de -Méjico, por el capitán Bernal Díaz del Castillo, y el libro -de mi paisano William Bowles, la <i>Introducción a la -Historia Natural y a la Geografía de España</i>.</p> - -<p>Leí alternativamente uno y otro libro y me engolfé de -tal modo en la lectura, que cuando miré al reloj eran las -doce.</p> - -<p>Bajé al jardín, y la señora Landon, desde su ventana, -me dijo que me acercase.</p> - -<p>Había estado en la cárcel, y al llegar al patio de la -torre se había encontrado con los artilleros asombrados -y risueños.</p> - -<p>—El inglés ha volado—le dijo el sargento guardaalmacén.</p> - -<p>—¿Cómo? ¿Ha huído?—le preguntó ella.</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—¿Por dónde?</p> - -<p>—Pues no se sabe. Es un misterio.</p> - -<p>El sargento le contó que por la mañana, al ver la -puerta cerrada por dentro, habían creído que el inglés<span class="pagenum"><a name="Page_289" id="Page_289">[289]</a></span> -estaría enfermo y llamaron repetidas veces, y en vista -de que no contestaba descerrajaron la puerta y entraron. -En el cuarto del preso se vió que estaba rota una sábana -de la cama; en el campanario se encontró una peineta -de mujer, y en el zaguán de la torre un fuerte olor a -aguarrás.</p> - -<p>Algunos creían que el inglés había huído por arte de -magia.</p> - -<p>En aquel momento dos capitanes hacían un informe -para resolver cómo se había podido llevar a cabo la -evasión.</p> - -<p>Después de contarme esto, la señora Landon mandó -que me pasaran la comida, y por la tarde me dediqué a -leer.</p> - -<p>Al tercer día de cautiverio la señora Landon vino a -visitarme y me dijo que había visto al subdelegado de -policía y le había confesado que yo estaba en su casa. -El subdelegado le advirtió que no me presentara en la -calle, pero que no tenía necesidad de esconderme.</p> - -<p>El mismo día la señora Landon me indicó que me -iba a llevar por la noche a casa de un sastre; le dije que -en aquel momento yo no tenía dinero, a lo que contestó -que no importaba. Como la señora Landon era tan dominante, -tuve que ceder y fuí con ella en coche a ver al -sastre, que llegaba de Gibraltar.</p> - -<p>Era este sastre un francés de caricatura inglesa: alto, -flaco, con los hombros más altos que la cabeza, la cara -juanetuda y amarilla y las piernas delgadas. No le faltaba -para ser un tipo de Gillrray mas que llevar las pantorrillas -al aire, coleta y papillotes, y una rana en la -mano.</p> - -<p>El sastre nos elogió sus telas con grandes extremos -y nos mostró sus trajes hechos.</p> - -<p>La señora Landon escogió una levita verde botella -que, según dijo, me venía muy bien, dos chalecos de -piqué y un pantalón claro.</p> - -<p>Después pasamos por una sombrerería, donde me<span class="pagenum"><a name="Page_290" id="Page_290">[290]</a></span> -compró un sombrero de copa; luego, por una zapatería, -y volvimos con nuestras compras.</p> - -<p>—Ahora, señor Thompson, va usted a hacer lo siguiente: -Mañana por la mañana, antes de que se hayan -levantado mis criadas, irá usted al sitio en donde paran -las diligencias con un maletín en la mano; esperará usted -que venga una, y en seguida tomará usted un coche, -dará las señas de mi casa, y se presentará usted aquí y -llamará a la puerta. Pasará usted por mi sobrino.</p> - -<p>Hice lo que me dijo, y al día siguiente llamaba a la -puerta haciendo mi papel de extranjero. La criada me -hacía entrar en la sala, y la señora Landon me recibía -con una mezcla de displicencia y afecto, como si fuera -de verdad un pariente importuno.</p> -<hr class="chap" /> -<p><span class="pagenum"><a name="Page_291" id="Page_291"></a></span></p> - - - -<h4 id="II_IV_VIII">VIII.<br /> -DILEMA</h4> - - -<p><span class="smcap">Los</span> días siguientes fuí presentado a los amigos -como sobrino de la señora Landon, y llegó esta -señora a estar tan bien en su papel de tía, que me acusaba -de holgazán y vagabundo, como si me conociera a -fondo.</p> - -<p>Aunque lo pasaba bien, me aburría sin salir; tenía -grandes conversaciones con Mercedes, a quien llamaba -mi prima, en broma. Le conté mi vida sin ocultarle nada, -y ella me habló de su novio, un muchacho de Sevilla, -que estaba en el ejército, por quien sentía la señora Landon -un gran odio.</p> - -<p>Un día, la señora Landon me llamó a su gabinete, y -me dijo:</p> - -<p>—Habla usted bastante con mi sobrina Mercedes.</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—Mi sobrina, que, como habrá usted notado, es bastante -coqueta, tiene una bonita renta, y le convendría a -usted, que es un vagabundo sin un cuarto.</p> - -<p>—Ciertamente que me convendría—le dije—; pero -como yo, aunque sea un vagabundo, no soy un granuja, -ni siquiera un ambicioso, no tengo pretensiones con -respecto a ella. No. Conozco mi situación.</p> - -<p>—No me entiende usted—dijo la señora Landon—. -No me parece mal que se dirija usted a ella.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_292" id="Page_292">[292]</a></span></p> - -<p>—Pero hay un inconveniente, señora.</p> - -<p>—¿Cuál?</p> - -<p>—Que ella tiene un novio.</p> - -<p>—Sí; un miserable botarate, raquítico, inútil para todo.</p> - -<p>—Pero ella le quiere.</p> - -<p>—Pues piense usted que no le quiere. En fin, ya sabe -usted. Si usted consigue que Mercedes olvide a ese mico, -usted aquí será el amo; si no, ya se puede usted marchar -de esta casa cuanto antes. Ocho días le doy de -plazo.</p> - -<p>Tuve una conferencia con Mercedes, y le dije lo que -me había expuesto la señora Landon.</p> - -<p>—Me ha dado ocho días para hacer su conquista. -Como yo no me siento ningún Don Juan, me voy a -marchar.</p> - -<p>Ella me dijo que no me fuera; pero como el dilema era -irme o casarme con ella, Merceditas optó porque me -marchase.</p> - -<p>—¿Tiene usted dinero?—me dijo.</p> - -<p>—No.</p> - -<p>—Yo no tengo mas que dos monedas de cinco duros, -que se las ofrezco.</p> - -<p>—No; no quiero.</p> - -<p>—Las tendrá usted que tomar.</p> - -<p>—Bueno; las tomaré.</p> - -<p>—¿Y cuándo se va usted?</p> - -<p>—Mañana mismo. Llevaré de la biblioteca este libro -de <i>Historia Natural</i> de William Bowles.</p> - -<p>—Sí, sí; puede usted llevárselos todos, si quiere.</p> - -<p>Al anochecer salí de la casa y fuí a ver al banquero y -representante de Bertrán de Lis, por si tenía alguna noticia -de Inglaterra.</p> - -<p>Al entrar en la cárcel le había escrito a Will Tick diciéndole -lo que me pasaba y encargándole que si tenía -algo que decirme escribiera al banquero de Sevilla.</p> - -<p>El banquero me dijo que no le habían escrito absolutamente -nada.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_293" id="Page_293">[293]</a></span></p> - -<p>Únicamente sabía que, por encargo de los filohelenos -de Londres, se estaban comprando armas en Algeciras, -que se llevarían en un barco que pasaría por el Estrecho -con voluntarios, en dirección a Grecia.</p> - -<p>Volví a casa, y por la noche escribí una carta a la señora -Landon dándole las gracias por sus bondades, y -al amanecer me vestí mi redingote viejo y la ropa que -había sacado de Madrid; abrí la puerta, crucé Sevilla y -me dirigí camino de Jimena.</p> -<hr class="chap" /> -<p><span class="pagenum"><a name="Page_294" id="Page_294"></a> -<a name="Page_295" id="Page_295"></a></span></p> - - - -<h4 id="II_IV_IX">IX.<br /> -DE VIAJE</h4> - - -<p><span class="smcap">Tomé</span> mi camino hacia Gibraltar por Utrera. Era a -principios de noviembre y hacía un hermoso -tiempo para viajar. Las horas de sol apretaba el calor, -pero no de una manera molesta.</p> - -<p>Solía dormir en el campo; compraba pan en los pueblos, -y con pan y fruta me alimentaba.</p> - -<p>Me sirvió mucho el libro de William Bowles que -había sacado de casa de la señora Landon, y gracias a -sus indicaciones pude desayunarme con los frutos del -madroño (<i>arbustus unedo</i>), del alfonsigo (<i>pistacia vera</i>) -y del algarrobo (<i>seratonia silicua</i>), que produce vainas -azucaradas. También tuve que explotar, en malas ocasiones, -la <i>glycyrrhiza gladia</i> o regaliz y el <i>opuntia -vulgaris</i> o higo chumbo.</p> - -<p>Lo pasaba mal que bien siguiendo mi camino cuando, -al comenzar a subir una sierra, entre El Bosque y -Ubrique, me encontré con un aldeano que marchaba con -su hija a Gibraltar; los dos a caballo.</p> - -<p>El era hombre de cincuenta años, muy moreno y muy -seco, con patillas ya grises. Ella tendría lo más unos -quince o diez y seis, y era preciosa, delgada, fina, con -los ojos negros, llameantes, la cara redonda y los labios -rojos.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_296" id="Page_296">[296]</a></span></p> - -<p>Hablamos largamente el hombre y yo; me dijo que -viajaba con frecuencia y que hacía contrabando. El se -llamaba el señor Juan; la niña, Milagros. Yo les conté -quién era y algunas de mis aventuras, y los dos se rieron -mucho.</p> - -<p>—Vaya, móntese usted a la grupa de mi caballo—me -dijo él—, que me va dando pena verle caminar a pie.</p> - -<p>Subí al caballo y seguimos conversando y marchando -por entre breñales secos, abruptos, interrumpidos muy -de tarde en tarde por matas polvorientas y lentiscos.</p> - -<p>En los picachos áridos, quemados por el sol, se veían -algunas cabras, y las águilas volaban trazando grandes -curvas por el aire.</p> - -<p>—¿Y qué? ¿No tiene usted miedo a los bandidos?—me -dijo de pronto ella.</p> - -<p>—Yo, ninguno. ¿A mí qué me van a hacer, si no tengo -un cuarto?</p> - -<p>—Quitarle la vida.</p> - -<p>—¿Para qué?</p> - -<p>—¿No le han ofrecido allí en Sevilla un seguro para -los ladrones?—me preguntó él.</p> - -<p>—A mí, no. ¿Es que hay un seguro así?</p> - -<p>—Sí, señor. En toda Andalucía tiene usted seguros -contra los ladrones. El propietario que viaja y no quiere -ser robado paga una cantidad a la sociedad, y ésta le da -un salvoconducto y a veces una pequeña escolta.</p> - -<p>—¿Pero el Gobierno no hace nada para acabar con -esta inmoralidad?</p> - -<p>—Nada. El Gobierno de la Constitución parece que ha -querido hacer algo; pero con la entrada de los franceses -se ha acabado todo el orden, y la gente perdida anda -por los caminos como Pedro por su casa.</p> - -<p>Mientras el señor Juan hablaba, su hija me examinaba -con una mirada curiosa e irónica.</p> - -<p>Ibamos marchando por un mal camino ardoroso y -polvoriento, por la sierra, entre grandes encinas y algarrobos.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_297" id="Page_297">[297]</a></span></p> - -<p>Antes de llegar a Ubrique paramos en una venta del -camino.</p> - -<p>—¿Usted hará noche aquí?—me dijo el señor Juan.</p> - -<p>—¿Es buena venta ésta?—le pregunté.</p> - -<p>—Muy buena.</p> - -<p>—Es que no me quedan mas que unas pocas pesetas -para llegar a Algeciras y no me atrevo a gastarlas.</p> - -<p>—No tenga usted cuidado. No le llevarán aquí casi -nada.</p> - -<p>Bajamos en la venta, y el ventero, un tipo no muy -bien encarado, nos llevó a los tres a la cocina. Estuvimos -charlando, cenamos, y después de cenar se armó un -bailoteo de padre y muy señor mío con la Milagros -y otras chicas de la venta y unos mozos arrieros.</p> - -<p>Los tales arrieros me parecieron un tanto desvergonzados. -El señor Juan me presentó a ellos.</p> - -<p>Se llamaban el Gavilán, el Moreno, el tío Malaspulgas -y el Manquillo; todos iban muy elegantes.</p> - -<p>Me chocó que obedecieran al señor Juan ciegamente, -y éste me dijo que eran sus mozos.</p> - -<p>Yo tuve que bailar y lucir las habilidades que había -aprendido en Sevilla en la academia de Alvarez de -Acuña.</p> - -<p>—¡Olé por el inglés! ¡Ahí la sangrecita gitana! ¡Vaya -calor!—me gritaban.</p> - -<p>Estuvimos de broma hasta media noche.</p> - -<p>Cansado y con el recuerdo de la Milagros en el cerebro -me eché en un colchón y me quedé dormido.</p> - -<p>Desperté ya entrada la mañana. Bajé a la cocina y no -había nadie. Llamé, no me contestaron. La puerta estaba -cerrada.</p> - -<p>Entré en un cuarto próximo a la cocina y me chocó -ver en un rincón dos trabucos y varios paquetes.</p> - -<p>¿Quizá aquél era un nido de contrabandistas? Salí al -zaguán y quedé atónito y espantado al ver en el suelo -un reguero de sangre. Este reguero manchaba el portal -y la cocina, seguía por un corralillo y terminaba en un<span class="pagenum"><a name="Page_298" id="Page_298">[298]</a></span> -rincón, donde la tierra estaba removida. La idea de -que allí acababan de enterrar a un hombre me sobrecogió.</p> - -<p>Entonces recordé vagamente que de noche había oído -ruido y rumores de lucha. ¿Este señor Juan y su hija y -sus mozos serían bandidos?</p> - -<p>Me pareció que no cabía duda, y sin pensar en más -escalé la tapia del corral, salté al campo y salí a marchas -forzadas camino de Ubrique.</p> - -<p>Al registrarme los bolsillos vi que me habían robado -el poco dinero que llevaba, dejándome solamente unas -monedas de cobre.</p> -<hr class="chap" /> -<p><span class="pagenum"><a name="Page_299" id="Page_299"></a></span></p> - - -<h4 id="II_IV_X">X.<br /> -UN LOCO</h4> - - -<p><span class="smcap">Pasé</span> Ubrique, pueblo bastante mísero, en donde -todo el mundo se dedicaba a hacer contrabando -con la mayor impunidad y a coser petacas de cuero. -Me chocó que se vendiera el tabaco de contrabando a la -vista de todo el mundo, y me dijeron que el Gobierno -español no se atrevía a mandar aduaneros.</p> - -<p>Los ubriqueños estaban dispuestos a defender su -prerrogativa de hacer contrabando con la sangre de sus -venas.</p> - -<p>Desde Ubrique me interné en la sierra de los Gazules -y llegué a Jimena.</p> - -<p>Entraba en este pueblo por una callejuela cuando me -vi seguido por un hombre alto, delgado, moreno, con -los ojos muy hundidos y la barba negra, manchada de -plata. Me esperaba algún nuevo percance. Me detuve -dispuesto a afrontar el conflicto. El hombre se me acercó -y me dijo con una voz bronca:</p> - -<p>—¿Es usted godo?</p> - -<p>Hice un gesto de extrañeza, que lo mismo podía ser -afirmativo que negativo.</p> - -<p>El hombre debió creer que decía que sí, y sacando -una hoja del bolsillo exclamó:</p> - -<p>—Tome usted y lea usted.</p> - -<p>Cogí el papel, que era un impreso, y comencé a<span class="pagenum"><a name="Page_300" id="Page_300">[300]</a></span> -leerlo. Se trataba de un manifiesto anticonstitucional -completamente absurdo en donde se protestaba de las -impiedades de la época. El manifiesto terminaba diciendo: -«¡Viva la religión! ¡Viva el Cid! ¡Viva el honor castellano! -¡Abajo el vil judío que mora en Gibraltar!</p> - -<p>»Dado en Jimena de la Frontera el 15 de agosto -de 1823.—<i>Yo el Rey.</i>»</p> - -<p>Después de leer el papel sonreí, comprendiendo que -aquel pobre hombre no andaba bien del caletre, e hice -una señal de asentimiento, y el loco, agarrándome del -brazo, me dijo:</p> - -<p>—¿Me reconoce usted como soberano?</p> - -<p>—Sí, señor.</p> - -<p>—¿Me traerá usted la cabeza del traidor Riego?</p> - -<p>—Ahora mismo.</p> - -<p>—¿Sabe usted dónde está ese pillo?</p> - -<p>—Sí; necesitaría una cuerda para atarlo.</p> - -<p>—Ahora vengo con ella.</p> - -<p>El loco echó a correr y yo me metí en una posada. -Pedí noticias de aquel desdichado, y me dijeron que las -cuestiones políticas le habían sorbido el seso; se habló -también de los bandidos que merodeaban en la sierra; -pero yo no dije nada ni indiqué que los conocía.</p> - -<p>Por la tarde salí de Jimena, y poco después comencé -a ver el mar.</p> - -<p>El paisaje cambiaba; se veían grandes piteras y chozas -con el tejado de ramaje y de hierba.</p> - -<p>Ya enfrente de la bahía encontré a un guardia del -resguardo, que me indicó el camino de Algeciras.</p> -<hr class="chap" /> -<p><span class="pagenum"><a name="Page_301" id="Page_301"></a></span></p> - - -<h4 id="II_IV_XI">XI.<br /> -EL COPO</h4> - - -<p><span class="smcap">Llegué</span> a Algeciras un día de noviembre por la mañana, -cansado y sin una moneda de cobre; antes -de entrar en el pueblo me acerqué a la playa de los Paredones, -y viendo que no había nadie me desnudé, dejé -la ropa sujeta con una piedra y me metí en el mar.</p> - -<p>El agua estaba templada; me froté el cuerpo con manojos -de algas secas y con arena.</p> - -<p>El baño me quitó la comezón del camino y me dió -un gran sueño y mucha hambre.</p> - -<p>Me hubiera gustado ser como el asno de Buridán, -que me hubiesen puesto a un lado una ración de comida -y al otro unos colchones, para demostrar, eligiendo, -que tenía libre albedrío.</p> - -<p>Como no estaba de suerte, no pude satisfacer mis dos -necesidades de comer y dormir, y me decidí por aquella -que no me costaba nada, y me tumbé al lado de una -barca, de manera que el sol no me diese en la cabeza.</p> - -<p>Dormí bastantes horas, y cuando me desperté me encontré -rodeado de un círculo de muchachos y de algún -hombre, haraposos todos, que me miraban hablando y -riendo.</p> - -<p>—Este es un gigante—decía uno.</p> - -<p>—¡Ca! ¡Es un elefante!</p> - -<p>—Pues las patas las tiene de camello.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_302" id="Page_302">[302]</a></span></p> - -<p>—No vaya a ser un ballenato que se ha escapado de -la jaula.</p> - -<p>—¿A qué va a venir aquí un ballenato, compadre?</p> - -<p>—Quizá quiera tomar lecciones para sacar el copo.</p> - -<p>—Señores—dije yo, incorporándome—, no soy nada -de lo que dicen ustedes; soy un ciudadano inglés que -en este momento bosteza de hambre.</p> - -<p>—¡Ah! Es un inglé—exclamaron todos.</p> - -<p>—Pues, nada—dijo uno—: si tiene usted tanta carpanta, -tire usted del copo con nosotros y tendrá usted -su parte.</p> - -<p>—Tiraré aunque sea de una carreta por comer.</p> - -<p>Quizá el hombre había hecho su ofrecimiento con ironía; -pero al ver que yo aceptaba su proposición se quedó -sorprendido.</p> - -<p>Me enteré en qué consistía el copo; me quité la levita, -que dejé en una caseta de la playa, cogí una cuerda de -esparto con un corcho en la punta y me puse a tirar de -la sirga como los demás.</p> - -<p>Teníamos ya las redes cerca de la playa cuando se -nos acercó un vejete.</p> - -<p>—No cogeréis más de dos pájaros—nos dijo.</p> - -<p>El pronunciaba <i>páharos</i>.</p> - -<p>—Así revientes, pájaro de mal agüero—murmuré -yo.</p> - -<p>Se sacó el copo, salieron en la red un amontonamiento -de peces grandes, y de pececillos, y se presentaron en -seguida varios hombres a ofrecer dinero por el pescado. -Se terminó la subasta y se sacaron cincuenta reales, de -los que me correspondieron a mí tres. Al parecer fué una -buena pesca. Concluída la faena me lavé y me puse la -levita.</p> - -<p>—¿Dónde coméis vosotros?—le dije a uno de los muchachos -compañeros míos de tirar del copo.</p> - -<p>Cada uno me indicó un sitio distinto y me decidí a ir -a un figón con uno a quien llamaban <i>Cara e perro</i>, -que me inspiró más confianza. Comí en el muelle, en<span class="pagenum"><a name="Page_303" id="Page_303">[303]</a></span> -una taberna, cerca de donde sale al mar el río de la Miel, -y fraternicé con <i>Cara e perro</i>, el <i>Currichi</i>, el <i>Mojama</i>, -el <i>Chirri</i>, el <i>Rondeño</i> y otros personajes distinguidos.</p> - -<p>Estaba pensando en el problema de acostarme cuando -se presentó en la taberna un hombre de unos veinticinco -años, en compañía de un viejo.</p> - -<p>El joven se acercó a la mesa.</p> - -<p>—Tú, <i>Chirri</i>—dijo de una manera imperiosa—, -vete a casa del <i>Nacional</i> y dile que mañana esté listo -para las siete.</p> - -<p>El <i>Chirri</i> se levantó inmediatamente y salió escapado.</p> - -<p>—¿Quién es este señor?—pregunté yo, señalando al -hombre del bigote.</p> - -<p>—Este es Paquito, nuestro patrón—me dijeron—, el -amo de la red de la que ha tenido usted que tirar esta -mañana, y de los botes.</p> - -<p>—¿El no suele estar allá?</p> - -<p>—No; él tiene dos barcas, una grande, con la que -hace el contrabando, que se llama el <i>Lince</i>, y otra más -pequeña, la <i>Consolación</i>.</p> - -<p>Al mismo tiempo el dueño de las barcas y el viejo -que le acompañaba debían hablar de mí. Paquito llamó -a uno de los muchachos que estaban en mi mesa, que -después se me acercó.</p> - -<p>—El patrón—me dijo—quiere hablar con usted.</p> - -<p>Me levanté y fuí a su mesa.</p> - -<p>—Siéntese usted—me dijo Paquito—y tome usted -lo que quiera.</p> - -<p>Me senté y pedí una taza de café.</p> - -<p>Era el patrón un hombre de unos treinta años, delgado, -seco, curtido por el sol y el aire del mar, con los -ojos brillantes y el bigote negro.</p> - -<p>—¿Es usted inglés?—me preguntó de pronto.</p> - -<p>—Sí, señor.</p> - -<p>—Me han contado que ha estado usted esta tarde tirando -del copo.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_304" id="Page_304">[304]</a></span></p> - -<p>—Es verdad.</p> - -<p>—¿Ha sido por capricho?</p> - -<p>—No. Por ganar unos cuartos para comer. Se me ha -concluído el dinero que traía...</p> - -<p>—Eso está bien. Puede uno ser más caballero que el -verbo divino y tener las manos callosas del trabajo... -¿Viene usted de Gibraltar?</p> - -<p>—No, vengo por Francia.</p> - -<p>—Y, oiga usted, ¿ha venido usted a España por pasear -nada más?</p> - -<p>—No.</p> - -<p>Y en seguida eché mano del mito Cox y lo desarrollé -ante los ojos del patrón.</p> - -<p>—¿Le ha gustado a usted España?</p> - -<p>—Mucho. Es un país por el que tengo gran simpatía.</p> - -<p>—Chóquela usted. No le falta a usted más que una -cosa para tenerme de su parte.</p> - -<p>—¿Y es?</p> - -<p>—El ser liberal.</p> - -<p>—Pues lo soy.</p> - -<p>—Es usted de los míos. ¿Cómo se llama usted, señor -inglés?</p> - -<p>—Yo, Thompson.</p> - -<p>—Bueno, señor Thompson, aquí tiene usted un -amigo.</p> - -<p>—Muchas gracias.</p> - -<p>—¿Qué necesita usted por el momento?</p> - -<p>—Un sitio donde comer y dormir hasta que me manden -dinero de mi país.</p> - -<p>—Vendrá usted a mi casa. ¡Hala, vamos!</p> - -<p>Salimos de la taberna, tomamos por una calle en -cuesta a salir a una hermosa plaza, y de allá seguimos -por una avenida hasta detenernos en una casita de un -piso solo con una puerta grande y un escalón.</p> - -<p>—Pase usted, Thompson—me dijo Paquito, y -yo pasé.</p> -<hr class="chap" /> -<p><span class="pagenum"><a name="Page_305" id="Page_305"></a></span></p> - - - -<h4 id="II_IV_XII">XII.<br /> -LA FAMILIA DEL PATRÓN</h4> - - -<p><span class="smcap">Me</span> presentó Paquito a su mujer y a su madre y -ordenó después que me arreglaran un cuarto. -Estuvimos hablando de varias cosas. Paquito, como todos -los liberales españoles, altos y bajos, tenía la preocupación -de la política y me preguntó acerca de las -costumbres parlamentarias inglesas, estas costumbres -que son, según parece, un gran honor para todo inglés, -aunque a mí, la verdad, me han dejado siempre un tanto -indiferente.</p> - -<p>Luego hablamos de la posibilidad de que la reacción, -entronizada por los Cien Mil Hijos de San Luis en España, -se sostuviera o no. Paquito tenía la esperanza de un -movimiento revolucionario. A mí no me parecía esto -probable, y menos próximo, porque la mayoría de la -gente había quedado cansada de los ensayos infructuosos -de los constitucionales.</p> - -<p>Acabada nuestra charla me llevaron a un cuarto pequeño -y encalado que me cedieron.</p> - -<p>Paquito se mostraba en su casa, a pesar de su liberalismo, -perfectamente tiránico. Era exigente, gruñón; todo -lo que hacían los demás le parecía detestable y únicamente -manifestaba benevolencia para sus faltas.</p> - -<p>La madre era por el estilo: una vieja que reñía por<span class="pagenum"><a name="Page_306" id="Page_306">[306]</a></span> -costumbre y hablaba con una rapidez incomprensible -para mí. Siempre se quejaba de frío.</p> - -<p>Muchas veces que yo estaba sofocado por la tibieza -del ambiente le oía lamentarse de que no cerraban las -puertas:</p> - -<p>—¡Jesús! ¡Dios mío! ¡Qué frío hace hoy! ¡Me quieren -matar! ¡Yo no puedo resistir este viento, que corta! Santo -Cristo de la Alameda, ¿por qué no me habrá quitado -Dios de en medio, que no sirvo mas que de estorbo a -todo el mundo?</p> - -<p>Así iba esta vieja engarzando quejas y conjurando -todos los santos y santas del calendario.</p> - -<p>La mujer de Paquito parecía una princesita condenada -a vivir entre piratas. Tenía un aire resignado, unos -ojos claros, ingenuos y una gran suavidad. Era hija de -un militar que había guerreado en América. Había quedado -huérfana muy niña. Se llamaba Dolores. Me pareció -que en la casa no la guardaban consideración -alguna y que la hacían trabajar demasiado.</p> - -<p>El matrimonio tenía un chico y una chica. El chico -era un salvaje de seis o siete años, despótico y mal -educado. Yo estuve muchas veces a punto de calentarle -las orejas porque se manifestaba de muy mala intención. -El chiquillo llegó a tomarme odio.</p> - -<p>Al cuarto o quinto día de llegar a Algeciras fuí a ver -al cónsul inglés, que me proporcionó trabajo para una -temporada.</p> - -<p>Le dije que estaba en relación con los filohelenos de -Londres, y él me informó de que iba a llegar un barco -con soldados para Grecia.</p> - -<p>Cuando cobré el dinero del cónsul hablé con Dolores, -la mujer de Paquito, para que me dijera lo que tenía -que pagar por estar en su casa.</p> - -<p>Nos pusimos de acuerdo, y quedé allá, en mi cuartito -pequeño, escribiendo y pintando. Por la tarde solía -dar un paseo por la playa, y recorría también las calles -del pueblo, con sus grandes caserones blancos, con<span class="pagenum"><a name="Page_307" id="Page_307">[307]</a></span> -balconadas salientes, adornadas con hierros barrocos, -sus rejas, sus canalones y sus persianas pintadas de -verde.</p> - -<p>Paseaba también por la plaza Alta y por una avenida, -cuyas bocacalles iban a dar a la bahía, y por las cuales -se divisaba el cielo y el mar.</p> - -<p>Como se estaba en un período de política revuelta, -todos los días había algún acontecimiento. A medida -que los ministros de Fernando VII se apoderaban del -Poder la represión era mayor. Se hacían prisiones, y llegaban -constantemente cuerdas de presos que el comandante -del campo de Gibraltar, don José O'Donnell, enviaba -a los presidios de Africa.</p> - -<p>Un día vi en la plaza Alta un espectáculo triste. Un -constitucional, un hombre viejo, de noble aspecto, se -escapó de la cuerda; dos voluntarios realistas le siguieron -gritando: «¡A ése! ¡A ése!» La gente fué tras él, le cogieron -y a palos lo dejaron tendido en el suelo.</p> - -<p>El pueblo entero manifestaba un gran fervor realista; -se había sustituído la lápida de la Constitución por otra -con el letrero: «Plaza del Rey», con las armas de la -ciudad y una corona. Paquito, que estaba señalado -como liberal exaltado, no salía apenas, y muchos, entre -ellos yo, le aconsejaron que fuera a Gibraltar y que -no viniese mas que de tarde en tarde. Esto fué lo que -hizo.</p> - -<p>Yo me alegré mucho, no por la seguridad de Paquito, -que me tenía sin cuidado, sino por hablar libremente -con Dolores. La verdad es que me iba enamorando de -ella por momentos. ¡Era una mujer tan simpática, tan -buena! No me cansaba de oírla.</p> - -<p>Ya sé yo que hay un mandamiento, no se cuál, que -dice que no se debe desear la mujer del prójimo; pero -esto siempre me ha parecido una tontería; yo, no sólo -deseaba la mujer de mi prójimo, sino que se la hubiera -quitado si hubiese podido.</p> - -<p>Cuando Dolores quedó sola con su suegra y los chi<span class="pagenum"><a name="Page_308" id="Page_308">[308]</a></span>cos, -yo le decía que saliera, que no estuviera siempre -metida en casa.</p> - -<p>Un domingo dimos una vuelta por la bahía en el -<i>Lince</i>, una barca grande. El <i>Chirri</i> iba al cuidado de la -vela y yo al timón.</p> - -<p>Estaba el cielo azul y el mar casi tan azul como el -cielo.</p> - -<p>Enfrente se divisaba el Peñón, de un color gris de ceniza, -obscuro en los sitios cubiertos de bosque y alargado -hasta la punta de Europa...</p> - -<p>Dolores me habló de su infancia, de la que conservaba -un recuerdo confuso de idas y venidas por colegios -de distintas ciudades; me contó una serie de niñerías -con verdadera gracia. Yo le hacía mil preguntas y le oía -encantado.</p> - -<p>El barco marchaba suavemente; veía desarrollarse -ante mis ojos la línea quebrada de los montes formada -por las últimas ramificaciones de la sierra de los Gazules.</p> - -<p>A lo lejos aparecía la serranía de Ronda, los montes -de Gaucín y Casares y los de Estepona.</p> - -<p>Más cerca la sierra Carbonera, con San Roque en un -alto; El Campamento, a orillas del mar, y luego La Línea -sobre el arenal que une la tierra con Gibraltar.</p> - -<p>—Vamos ya—dijo Dolores—, que la madre estará -esperando.</p> - -<p>—¿Qué prisa tiene usted para volver?—le pregunté -yo.</p> - -<p>—Sí, hay que hacer la cena.</p> - -<p>—Deje usted la cena; por un día cenaremos más tarde. -¡El día está tan hermoso!</p> - -<p>—Bueno—replicó ella.</p> - -<p>Seguimos hablando. Avanzamos hasta la salida de la -bahía. Estaba el Estrecho lleno de barcos, que navegaban -con las velas desplegadas. Pasamos cerca de las -murallas, llenas de líquenes, de la isla Verde.</p> - -<p>Ahora se veía el otro extremo de la gran bahía casi<span class="pagenum"><a name="Page_309" id="Page_309">[309]</a></span> -circular, la Punta Carnero, y a lo lejos, la costa de Africa, -el acantilado blanquecino de los montes de Sierra -Bullones y el pico de la Almina de Ceuta.</p> - -<p>Seguimos hablando Dolores y yo largo rato, y al caer -la tarde le dije al <i>Chirri</i> que volviéramos.</p> - -<hr class="tb" /> - -<p>Pasamos de nuevo por delante de la isla Verde. El -sol iba retirándose con lentitud, iba escalando las casas -de Algeciras, brillaba en los cristales, subía a los tejados, -los abandonaba e iluminaba el campanario de la -iglesia con una claridad rojiza. La sierra parecía acercarse, -y al borrarse sus repliegues tomaba el aspecto de -una muralla que se levantara tras del pueblo. Las casas -se destacaban con más claridad a la luz fría del crepúsculo.</p> - -<p>El cielo tomaba un color de escarlata por el lado del -mar y éste iba brillando con resplandores de rosa.</p> - -<p>Al desembarcar, al acercarnos a Algeciras, las ventanas -de las casas comenzaban a iluminarse; se oía en las -tabernas rasguear de guitarras y se sentía un olor fuerte -de aceite frío.</p> - -<p>Desde el muelle fuimos hasta la plaza Alta.</p> - -<p>Al pasar hacia casa oíamos la retreta en un cuartel.</p> - -<hr class="tb" /> - -<p>Dos días después estaba en mi cuarto escribiendo, -cuando se me presentó Paquito, con un aire grave, dramático.</p> - -<p>Me advirtió que me tenía que hablar; hice ademán de -oírle, y de repente me dijo que yo era un sinvergüenza, -un ingrato y un canalla que estaba cortejando a su mujer. -Negué yo el hecho, y entonces él me replicó que el -domingo anterior había ido a pasear en la lancha con -Dolores y que le había dicho que era muy guapa y otra -porción de cosas.</p> - -<p>—¿Quién le ha dicho a usted eso?</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_310" id="Page_310">[310]</a></span></p> - -<p>—Mi chico y el <i>Chirri</i>.</p> - -<p>Me callé y no repliqué; él siguió insultándome, y después -insultando a su mujer.</p> - -<p>Esto no lo pude soportar y salté.</p> - -<p>Ya furioso, le dije que era un botarate y que su mujer -valía millones de veces más que él; que le tenía por -un vanidoso y un farsante; que su liberalismo era una -mentira, porque no era mas que envidia por los que podían -y valían más que él, y, en último término, que estaba -dispuesto a batirme con él a puñetazos, a navajazos -o a tiros, porque le consideraba uno de los seres -más despreciables y más ridículos de la tierra.</p> - -<p>Mi indignación le enfrió a Paquito, y sin contestarme -nada se marchó, dejándome solo e iracundo.</p> -<hr class="chap" /> -<p><span class="pagenum"><a name="Page_311" id="Page_311"></a></span></p> - - - -<h4 id="II_IV_XIII">XIII.<br /> -MAC CLAIR</h4> - - -<p><span class="smcap">Después</span> de nuestra riña, toda la familia de Paquito -se trasladó a Gibraltar, y yo quedé en una -casa de la vecindad, en la más profunda desesperación.</p> - -<p>Seguía trabajando para el cónsul, cuando recibí un -carta de Will Tick anunciándome que pocos días después -pasaría el Estrecho, en dirección a Grecia, una expedición -de filohelenos.</p> - -<p>Antes llegaría a Algeciras el coronel Mac Clair, que -iba a comprar armas y municiones de guerra.</p> - -<p>Saldría yo a recibirle al muelle y le reconocería, por -ser un tipo alto y delgado, vestido con un ulster negro -con rayas blancas, y que llevaría un bulto cuadrado envuelto -en tela encerada en la mano derecha y un paraguas -en la izquierda.</p> - -<p>Efectivamente, lo reconocí. Era Mac Clair un hombre -delgado, seco, de aire enfermizo. Tenía el pelo rojo, rizado, -patillas cortas, bigote grueso y anteojos azules. Por -debajo del ulster usaba redingote de color de castaña.</p> - -<p>Llevé a mi casa a Mac Clair, y al día siguiente fuimos -en coche a Tarifa, donde recogimos varias cajas de fusiles, -escondidas cerca de la playa, y las embarcamos en -una gabarra.</p> - -<p>El coronel Mac Clair marchó después a Gibraltar,<span class="pagenum"><a name="Page_312" id="Page_312">[312]</a></span> -donde compró un ciento de fusiles españoles e ingleses.</p> - -<p>El coronel me dijo que me avisaría la llegada del paquebot -que venía de Londres con los filohelenos.</p> - -<p>Efectivamente, quince días después me avisó. Con un -tiempo muy malo salimos los dos en un falucho.</p> - -<p>Fuimos hasta Tarifa, en donde teníamos nuestras cajas -de fusiles, las embarcamos y esperamos toda una -tarde y toda una noche.</p> - -<p>Al día siguiente, el coronel reconoció el bergantín <i>Fénix</i>, -al que esperábamos.</p> - -<p>Nos acercamos al barco, que parecía un gran pez negro -sobre el agua, y entramos en él.</p> - -<p>Al pasar por delante de Algeciras se me humedecieron -los ojos con el recuerdo de Dolores.</p> - -<hr class="tb" /> - -<p>Estas cuartillas leí a mistress Hervés, en el mirador -del castillo de Ondara, una tarde de verano.</p> - -<p>Mi aventura en Grecia, quizá por ser insignificante, -no la he escrito todavía. No sé si la escribiré alguna -vez.</p> - - -<p class="i2 p2">Itzea-Vera del Bidasoa.—Octubre, 1916.</p> - -<p class="center p4">FIN DE LA RUTA DEL AVENTURERO</p> - -<hr class="chap" /> - - - - -<h2>ÍNDICE</h2> - -<table border="0" cellpadding="5" cellspacing="5" summary="indice"> - -<tr> - <td class="tdr" colspan="3">Páginas.</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdl" colspan="2"><span class="smcap"><a href="#PROLOGO">Prólogo.</a></span></td> - <td class="tdr">7</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdc1" colspan="3">EL CONVENTO DE MONSANT</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdr">I.</td> - <td class="tdl"><a href="#I_I">Una ciudad levantina.</a></td> - <td class="tdrb">11</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdr">II.</td> - <td class="tdl"><a href="#I_II">El castillo.</a></td> - <td class="tdrb">17</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdr">III.</td> - <td class="tdl"><a href="#I_III">Los sospechosos.</a></td> - <td class="tdrb">21</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdr">IV.</td> - <td class="tdl"><a href="#I_IV">Entierro.</a></td> - <td class="tdrb">27</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdr">V.</td> - <td class="tdl"><a href="#I_V">El teniente Eguaguirre.</a></td> - <td class="tdrb">33</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdr">VI.</td> - <td class="tdl"><a href="#I_VI">El mirador del castillo.</a></td> - <td class="tdrb">41</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdr">VII.</td> - <td class="tdl"><a href="#I_VII">Los oficiales.</a></td> - <td class="tdrb">47</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdr">VIII.</td> - <td class="tdl"><a href="#I_VIII">Urbina.</a></td> - <td class="tdrb">51</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdr">IX.</td> - <td class="tdl"><a href="#I_IX">Recomendación de Kitty.</a></td> - <td class="tdrb">55</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdr">X.</td> - <td class="tdl"><a href="#I_X">Explicación.</a></td> - <td class="tdrb">59</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdr">XI.</td> - <td class="tdl"><a href="#I_XI">El proyecto.</a></td> - <td class="tdrb">65</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdr">XII.</td> - <td class="tdl"><a href="#I_XII">El viaje.</a></td> - <td class="tdrb">69</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdr">XIII.</td> - <td class="tdl"><a href="#I_XIII">El convento.</a></td> - <td class="tdrb">75</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdr">XIV.</td> - <td class="tdl"><a href="#I_XIV">Los argonautas.</a></td> - <td class="tdrb">83</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdr">XV.</td> - <td class="tdl"><a href="#I_XV">El rapto.</a></td> - <td class="tdrb">95</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdl" colspan="2"><span class="smcap"><a href="#I_EPILOGO">Epílogo.</a></span></td> - <td class="tdr">105</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdc1" colspan="3">EL VIAJE SIN OBJETO</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdl" colspan="2"><span class="smcap"><a href="#II_PROLOGO">Prólogo.</a></span></td> - <td class="tdr">113</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdc1" colspan="3">PRIMERA PARTE<br /> - UNA VIDA INSIGNIFICANTE</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdr">I.</td> - <td class="tdl"><a href="#II_I_I">El viajero y su canción.</a></td> - <td class="tdrb">117</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdr">II.</td> - <td class="tdl"><a href="#II_I_II">Disecación y farmacia.</a></td> - <td class="tdrb">121</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdr">III.</td> - <td class="tdl"><a href="#II_I_III">Los libros de mi tío.</a></td> - <td class="tdrb">125</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdr">IV.</td> - <td class="tdl"><a href="#II_I_IV">La casa de Israels y Piper.</a></td> - <td class="tdrb">129</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdr">V.</td> - <td class="tdl"><a href="#II_I_V">Elogio de la litografía.</a></td> - <td class="tdrb">133</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdr">VI.</td> - <td class="tdl"><a href="#II_I_VI">En plena bohemia.</a></td> - <td class="tdrb">137</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdr">VII.</td> - <td class="tdl"><a href="#II_I_VII">Días tristes.</a></td> - <td class="tdrb">141</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdrt">VIII.</td> - <td class="tdl"><a href="#II_I_VIII">Examen de mis aptitudes por el sistema métrico decimal.</a></td> - <td class="tdrb">145</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdr">IX.</td> - <td class="tdl"><a href="#II_I_IX">Última hazaña en Londres.</a></td> - <td class="tdrb">149</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdr">X.</td> - <td class="tdl"><a href="#II_I_X">Los destinos absurdos.</a></td> - <td class="tdrb">153</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdr">XI.</td> - <td class="tdl"><a href="#II_I_XI">En memoria de Burton.</a></td> - <td class="tdrb">157</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdr">XII.</td> - <td class="tdl"><a href="#II_I_XII">Charlatanes y saltimbanquis.</a></td> - <td class="tdrb">161</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdr">XIII.</td> - <td class="tdl"><a href="#II_I_XIII">Comienzo de una aventura romántica.</a></td> - <td class="tdrb">167</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdr">XIV.</td> - <td class="tdl"><a href="#II_I_XIV">En la diligencia.</a></td> - <td class="tdrb">175</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdr">XV.</td> - <td class="tdl"><a href="#II_I_XV">Mary la de Biriatu.</a></td> - <td class="tdrb">179</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdr">XVI.</td> - <td class="tdl"><a href="#II_I_XVI">La venta de Inzolas.</a></td> - <td class="tdrb">183</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdc1" colspan="3">SEGUNDA PARTE<br /> - DEL PIRINEO A MADRID</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdr">I.</td> - <td class="tdl"><a href="#II_II_I">Los placeres del campo.</a></td> - <td class="tdrb">185</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdr">II.</td> - <td class="tdl"><a href="#II_II_II">Erlaiz el panadero.</a></td> - <td class="tdrb">187</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdr">III.</td> - <td class="tdl"><a href="#II_II_III">El parador de Sumbilla.</a></td> - <td class="tdrb">193</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdr">IV.</td> - <td class="tdl"><a href="#II_II_IV">Pamplona.</a></td> - <td class="tdrb">197</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdr">V.</td> - <td class="tdl"><a href="#II_II_V">Los caballeros.</a></td> - <td class="tdrb">203</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdr">VI.</td> - <td class="tdl"><a href="#II_II_VI">Los estratos sociales de Pamplona.</a></td> - <td class="tdrb">205</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdr">VII.</td> - <td class="tdl"><a href="#II_II_VII">Philonous.</a></td> - <td class="tdrb">209</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdr">VIII.</td> - <td class="tdl"><a href="#II_II_VIII">Los realistas franceses.</a></td> - <td class="tdrb">211</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdr">IX.</td> - <td class="tdl"><a href="#II_II_IX">Conspiraciones.</a></td> - <td class="tdrb">213</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdr">X.</td> - <td class="tdl"><a href="#II_II_X">El calor.</a></td> - <td class="tdrb">217</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdr">XI.</td> - <td class="tdl"><a href="#II_II_XI">Las moscas.</a></td> - <td class="tdrb">221</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdr">XII.</td> - <td class="tdl"><a href="#II_II_XII">En las Bárdenas.</a></td> - <td class="tdrb">223</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdr">XIII.</td> - <td class="tdl"><a href="#II_II_XIII">Revelación de la España clásica.</a></td> - <td class="tdrb">227</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdr">XIV.</td> - <td class="tdl"><a href="#II_II_XIV">El santero.</a></td> - <td class="tdrb">231</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdc1" colspan="3">TERCERA PARTE<br /> - DE MADRID A SEVILLA</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdr">I.</td> - <td class="tdl"><a href="#II_III_I">La casa de huéspedes.</a></td> - <td class="tdrb">235</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdr">II.</td> - <td class="tdl"><a href="#II_III_II">Digresiones sobre el país.</a></td> - <td class="tdrb">239</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdr">III.</td> - <td class="tdl"><a href="#II_III_III">Salida de Madrid.</a></td> - <td class="tdrb">243</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdr">IV.</td> - <td class="tdl"><a href="#II_III_IV">De Sevilla a la cárcel de Sanlúcar.</a></td> - <td class="tdrb">247</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdr">V.</td> - <td class="tdl"><a href="#II_III_V">Nieves la alcaidesa.</a></td> - <td class="tdrb">253</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdr">VI.</td> - <td class="tdl"><a href="#II_III_VI">Las recomendaciones.</a></td> - <td class="tdrb">257</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdr">VII.</td> - <td class="tdl"><a href="#II_III_VII">En el camino.</a></td> - <td class="tdrb">259</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdc1" colspan="3">CUARTA PARTE<br /> - PRISIONERO</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdr">I.</td> - <td class="tdl"><a href="#II_IV_I">El Salón de Cortes.</a></td> - <td class="tdrb">263</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdr">II.</td> - <td class="tdl"><a href="#II_IV_II">La señora Landon.</a></td> - <td class="tdrb">267</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdr">III.</td> - <td class="tdl"><a href="#II_IV_III">La torre.</a></td> - <td class="tdrb">271</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdr">IV.</td> - <td class="tdl"><a href="#II_IV_IV">«Mare Serenitatis».</a></td> - <td class="tdrb">275</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdr">V.</td> - <td class="tdl"><a href="#II_IV_V">El fraile.</a></td> - <td class="tdrb">277</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdr">VI.</td> - <td class="tdl"><a href="#II_IV_VI">Evasión.</a></td> - <td class="tdrb">281</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdr">VII.</td> - <td class="tdl"><a href="#II_IV_VII">La casa abandonada.</a></td> - <td class="tdrb">287</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdr">VIII.</td> - <td class="tdl"><a href="#II_IV_VIII">Dilema.</a></td> - <td class="tdrb">291</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdr">IX.</td> - <td class="tdl"><a href="#II_IV_IX">De viaje.</a></td> - <td class="tdrb">295</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdr">X.</td> - <td class="tdl"><a href="#II_IV_X">Un loco.</a></td> - <td class="tdrb">299</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdr">XI.</td> - <td class="tdl"><a href="#II_IV_XI">El copo.</a></td> - <td class="tdrb">301</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdr">XII.</td> - <td class="tdl"><a href="#II_IV_XII">La familia del patrón.</a></td> - <td class="tdrb">305</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdr">XIII.</td> - <td class="tdl"><a href="#II_IV_XIII">Mac Clair.</a></td> - <td class="tdrb">311</td> -</tr> - -</table> - - - -<hr class="chap" /> - - - - -<h2>OBRAS COMPLETAS DE AZORIN</h2> - - -<p>I.—<span class="smcap">El alma castellana.</span></p> - -<p>II.—<span class="smcap">La voluntad.</span></p> - -<p>III.—<span class="smcap">Antonio Azorín.</span></p> - -<p>IV.—<span class="smcap">Las confesiones -de un pequeño -filósofo.</span> (Aumentada.)</p> - -<p>V.—<span class="smcap">España.</span></p> - -<p>VI.—<span class="smcap">Los pueblos.</span></p> - -<p>VII.—<span class="smcap">Fantasías y devaneos.</span></p> - -<p>VIII.—<span class="smcap">El político.</span></p> - -<p>IX.—<span class="smcap">La ruta de Don -Quijote.</span></p> - -<p>X.—<span class="smcap">Lecturas españolas.</span></p> - -<p>XI.—<span class="smcap">Los valores literarios.</span></p> - -<p>XII.—<span class="smcap">Clásicos y modernos.</span></p> - -<p>XIII.—<span class="smcap">Castilla.</span></p> - -<p>XIV.—<span class="smcap">Un discurso de -La Cierva.</span></p> - -<p>XV.—<span class="smcap">Al margen de -los clásicos.</span></p> - -<p>XVI.—<span class="smcap">El licenciado Vidriera.</span></p> - -<p>XVII.—<span class="smcap">Un pueblecito.</span></p> - -<p>XVIII.—<span class="smcap">Rivas y Larra.</span></p> - -<p>XIX.—<span class="smcap">El paisaje de -España visto -por los españoles.</span></p> - -<p>XX.—<span class="smcap">Entre España y -Francia.</span></p> - -<p>XXI.—<span class="smcap">Parlamentarismo -español.</span></p> - -<p>XXII.—<span class="smcap">París bombardeado -y Madrid -sentimental.</span></p> - -<p>XXIII.—<span class="smcap">Laberinto.</span></p> - -<p>XXIV.—<span class="smcap">Mi sentido de -la vida.</span></p> - -<p>XXV.—<span class="smcap">Autores antiguos.</span> -(<span class="smcap">Españoles -y franceses.</span>)</p> - -<p>XXVI.—<span class="smcap">Los dos Luises y -otros ensayos.</span></p> - - - - - - - - -<pre> - - - - - -End of the Project Gutenberg EBook of Memorias de un Hombre de Acción: #6 La -Ruta del Aventurero, by Pío Baroja - -*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN *** - -***** This file should be named 50726-h.htm or 50726-h.zip ***** -This and all associated files of various formats will be found in: - http://www.gutenberg.org/5/0/7/2/50726/ - 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Information about the Project Gutenberg -Literary Archive Foundation - -The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit -501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the -state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal -Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification -number is 64-6221541. Contributions to the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation are tax deductible to the full extent permitted by -U.S. federal laws and your state's laws. - -The Foundation's principal office is in Fairbanks, Alaska, with the -mailing address: PO Box 750175, Fairbanks, AK 99775, but its -volunteers and employees are scattered throughout numerous -locations. Its business office is located at 809 North 1500 West, Salt -Lake City, UT 84116, (801) 596-1887. Email contact links and up to -date contact information can be found at the Foundation's web site and -official page at www.gutenberg.org/contact - -For additional contact information: - - Dr. Gregory B. Newby - Chief Executive and Director - gbnewby@pglaf.org - -Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg -Literary Archive Foundation - -Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide -spread public support and donations to carry out its mission of -increasing the number of public domain and licensed works that can be -freely distributed in machine readable form accessible by the widest -array of equipment including outdated equipment. Many small donations -($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt -status with the IRS. - -The Foundation is committed to complying with the laws regulating -charities and charitable donations in all 50 states of the United -States. 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