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-The Project Gutenberg EBook of Memorias de un Hombre de Acción: #6 La Ruta
-del Aventurero, by Pío Baroja
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and most
-other parts of the world at no cost and with almost no restrictions
-whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms of
-the Project Gutenberg License included with this eBook or online at
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-
-Title: Memorias de un Hombre de Acción: #6 La Ruta del Aventurero
-
-Author: Pío Baroja
-
-Release Date: December 20, 2015 [EBook #50726]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: ISO-8859-1
-
-*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN ***
-
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-
-Produced by Carlos Colón, University of Toronto and the
-Online Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net
-(This file was produced from images generously made
-available by The Internet Archive)
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- Nota del Transcriptor:
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-
- Se ha respetado la ortografía y la acentuación del original.
-
- Errores obvios de imprenta han sido corregidos.
-
- Páginas en blanco han sido eliminadas.
-
- Letras itálicas son denotadas con _líneas_.
-
- Las versalitas (letras mayúsculas de tamaño igual a las minúsculas)
- han sido sustituidas por letras mayúsculas de tamaño normal.
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-
- PÍO BAROJA
-
- MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN
-
-
-_El aprendiz de conspirador._
-
-_El escuadrón del Brigante._
-
-_Los caminos del mundo._
-
-_Con la pluma y con el sable._
-
-_Los recursos de la astucia._
-
-_La ruta del aventurero._
-
-_Los contrastes de la vida._
-
-_La veleta de Gastizar._
-
-_Los caudillos de 1830._
-
-_La Isabelina._
-
-_El sabor de la venganza._
-
-
- LA RUTA DEL AVENTURERO
-
-
-
-
- ES PROPIEDAD
- DERECHOS RESERVADOS
- PARA TODOS LOS PAÍSES
-
-
- COPYRIGHT BY
- RAFAEL CARO RAGGIO
- 1921
-
-
- Establecimiento tipográfico
- de Rafael Caro Raggio
-
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-
- PÍO BAROJA
-
-
- MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN
-
-
- LA RUTA DEL
- AVENTURERO
-
- NOVELA
-
-
- [Ilustración]
-
-
- RAFAEL CARO RAGGIO
- EDITOR
- MENDIZÁBAL, 34
- MADRID
-
-
-
-
- PRÓLOGO
-
-
-ESTAS dos historias, _El Convento de Monsant_ y _El Viaje sin objeto_,
-parece que fueron escritas, hace años, por un inglés, J. H. Thompson,
-que vivió mucho tiempo en Málaga, donde se dedicaba al comercio de la
-uva.
-
-Algunos dicen que el tal ciudadano no se contentaba con el comercio del
-susodicho género al exterior, sino que lo consumía también en zumo y al
-interior; pero esta debe ser una de tantas calumnias que se ceban en
-los hombres de aspecto y costumbres distintos de la generalidad.
-
-Como verá el curioso o indiferente lector, en las dos narraciones
-thompsonianas aparece nuestro héroe Aviraneta de una manera un tanto
-episódica.
-
-Quizá los aviranetistas científicos o aviranetistas de la cátedra nos
-pregunten: ¿Qué garantías tiene ese J. H. Thompson como historiador
-veraz? ¿Qué grado de certeza pueden conceder a sus afirmaciones las
-personas serias y sensatas? Lo ignoramos.
-
-Por ahora, a pesar de haber revisado todos cuantos diccionarios
-enciclopédicos han caído en nuestras manos, no lo hemos visto citado
-entre los Bossuet, los Solís, los Macaulay, los Cantú, los Thiers
-y otros grandes historiadores, magníficos por su elocuencia, su
-pedantería y su moral, que han contribuído a aburrir al mundo; tampoco
-se sabe que el dicho Thompson perteneciera a ninguna academia de buenas
-ni de malas letras, histórica, arqueológica, lingüística o filatélica,
-lo cual, unido a que no tuvo, al parecer, ninguna cruz, ni encomienda,
-ha hecho pensar a muchos que debió ser hombre de poca formalidad y de
-poca importancia.
-
-Los datos que hemos podido recoger de este inglés extravagante y
-jovial, proporcionados por uno de sus amigos, son los siguientes:
-
-Juan Hipólito Thompson era hijo de un disecador de animales de Holborn
-Street, en Londres, y sobrino de un farmacéutico de Soho, de la misma
-ciudad.
-
-J. H. pasó la infancia en el taller de su padre, entre tigres,
-serpientes, caimanes, cocodrilos y otros animales disecados, llenos de
-escamas, garras, uñas, picos, y de furor en vida; y de paja, papel de
-periódicos, virutas, y serenidad después de la muerte.
-
-J. H. jugó con los ojos de cristal que habían de resplandecer en las
-cuencas vacías de los monstruos; J. H. se divirtió con los dientes
-afilados de las fieras; J. H. se entretuvo con las lenguas rojas de
-las alimañas, con las plumas de los pavos reales y las crestas de las
-abubillas.
-
-J. H. vió claramente que un cocodrilo nunca tiene una mirada tan
-fascinadora como cuando se le ponen ojos de cristal, y que una
-serpiente de cascabel nunca parece tan de cascabel como cuando se le
-ata uno de estos adminículos a la cola.
-
-Tan grandes descubrimientos le condujeron con rapidez al escepticismo.
-
-Esta colección de uniformes barrocos que posee la madre Naturaleza,
-esta guardarropía absurda y caprichosa, llevó a J. H. a mirar con
-cierto desdén la realidad fenomenal y a sentir una gran inclinación
-hacia el conocimiento de esa incógnita que los sabios llamamos lo
-nouménico, y también la cosa en sí.
-
-Como hemos indicado antes, J. H. tuvo un tío, soltero y de alguna
-posición. Este señor, bibliófilo y ex farmacéutico, que vivía rodeado
-de libros y de estampas, hizo leer a su sobrino las obras de los
-filósofos, entre ellos Bacon, el caballero Locke, Berkeley y Kant.
-
-J. H. discutió con sus amigos acerca de las grandes antinomias del
-pensamiento humano.
-
-J. H. profundizó los tres diálogos entre Hylas y Philonous de Berkeley,
-y se convenció de que el mundo, la materia, los astros, el amor y
-hasta las casas de préstamos, que a veces frecuentaba por ineludible
-necesidad, no tenían realidad objetiva.
-
-Llevado por estas ideas, o por sus inclinaciones, en vez de dedicarse
-a cosas sanas, decentes y respetables, como la abogacía, el comercio
-o el préstamo usurario, J. H. se dedicó al dibujo, a la caricatura, a
-la pintura y a otras absurdidades que, en general, no conducen mas que
-a sentir el hambre con violencia y en horas intempestivas, en que no
-suenan los tres golpes de la campana del comedor de un hotel.
-
-A J. H., además de llevarle a la ruina, le obligaron a escapar de
-Inglaterra.
-
---¿Adónde ir?--se dijo J. H.--. ¿En dónde colocar la débil e insegura
-planta?
-
-¿Conoces tú el país donde maduran los limoneros y en el follaje sombrío
-brilla la naranja de oro.
-
-Esta pregunta se hizo J. H., como Mignon en la canción de Goethe.
-
-No; no conocía el país donde maduran los limoneros, ni la montaña y su
-sendero brumoso, ni la tierra que se adorna con el mirto discreto y el
-soberbio laurel.
-
-No conocía J. H. mas que las calles sucias de Londres y las tabernas
-de la City; y como un ibis de los que había disecado su padre, antes
-de caer bajo el plomo de un cazador irrespetuoso, extiende sus alas
-sobre las aguas del Nilo y se lanza en el espacio azul, él levantó el
-vuelo y se vino a España. Sus aventuras en nuestro país le impulsaron a
-escribir el _Viaje sin objeto_.
-
-Después Thompson hizo la expedición de Missolonghi con lord Byron, se
-casó en Andalucía y acabó olvidando a Kant, a Berkeley, los dibujos,
-las caricaturas y vendiendo pasas.
-
-Ya sabemos que la mayoría de los críticos suspicaces no creerán en la
-existencia de J. H.; que supondrán que es un Homunculus creado por
-nosotros con una fórmula más o menos vulgar, pensando que el inglés
-jovial no existe y que, a lo más, es un embolado que el editor de esta
-obra trae del cabestro para entretener al público.
-
-Piensen lo que quieran estos críticos suspicaces, el editor no vacila
-en afirmar, con la mano puesta en el corazón y con la lealtad de un
-hombre que desciende, según su difunta tía, de uno de los más ilustres
-caballeros de la antigüedad, contemporáneo del reino, que J. H. vivió,
-existió, tuvo realidad objetiva en nuestro pequeño e insignificante
-planeta.
-
-Algunos escépticos han intentado sembrar dudas acerca de la
-autenticidad del _Convento de Monsant_, basándose en hallarse raspados,
-borrados y sustituídos por otros escritos encima los nombres de los
-personajes que intervienen en la acción.
-
-Al mismo tiempo afirman que está cambiado el nombre de la ciudad
-levantina que aparece como fondo, pues la Ondara que figura aquí no es
-la Ondara de la provincia de Alicante, que no es puerto de mar.
-
-Nada de esto ha podido quebrantar nuestra fe en la existencia de J. H.
-y en la veracidad de su relato.
-
-Para nosotros, _El Convento de Monsant_ es tan auténtico, tan
-demostrado como el _Viaje sin objeto_.
-
-Se podrá argüir que ambas narraciones no son brillantes, que no tienen
-la magia de estilo de un poeta meridional, que están escritas, como
-quien dice, en tono menor; pero todo ello depende de que la visión de
-J. H. es la visión escueta y descarnada del que mira y contempla con la
-pupila fría de un hombre del Norte, acostumbrado, como disecador, a ver
-la entraña de las cosas.
-
-Hechas estas salvedades, para dejar en buen lugar nuestra seriedad
-de hombres históricos y nuestro respeto por las grandes verdades de
-la filosofía, la geografía, etcétera, etc., pasamos a copiar los dos
-relatos de J. H., ex disecador, ex acuarelista, ex caricaturista y
-vendedor de pasas.
-
-
-
-
- EL CONVENTO DE MONSANT
-
-
-
-
- I
-
- UNA CIUDAD LEVANTINA
-
-
-A orillas del Mediterráneo y en el fondo de una ensenada hay una
-pequeña ciudad blanca colocada sobre alta colina y rodeada por una
-sierra que forma gran anfiteatro de montes desnudos y pedregosos.
-
-Ondara, nombre que unos consideran de origen griego y otros de origen
-ibérico, se repliega en la falda de un cerro, promontorio destacado de
-la cordillera que penetra en el mar.
-
-Este promontorio, llamado por los romanos Promontorio Ondaroe, tiene un
-viejo castillo en la cumbre, y debió ser en otro tiempo una Acrópolis
-donde se encerraban las tropas con su caudillos a la llegada del
-enemigo y se guardaban los dioses lares de la ciudad.
-
-La gran sierra, en anfiteatro, de Ondara se levanta al acercarse al mar
-en un monte más alto, denominado el Monsant.
-
-El Monsant limita la bahía de Ondara por el norte. Hacia el interior
-tiene un picacho cónico y desnudo, gigante abrumado en la soledad, que
-debió ser en otro tiempo un volcán, con sus aristas y surcos, por donde
-corrió la lava. Hacia el mar avanza formando un cabo, como una proa
-formidable rota por alguna convulsión ígnea en láminas negras, hendidas
-por rajaduras, en cuyo fondo penetra el agua y golpea como un ariete.
-
-El desmoronamiento del Monsant ha dejado pequeños archipiélagos
-rocosos: tritones negros que se bañan entre los meandros blancos de las
-olas y de las espumas.
-
-Neptuno y Anfitrite, con su cortejo de nereidas y de sirenas, parecen
-presidir estos locos desvaríos del mar.
-
-La ensenada de Ondara, cerrada al norte por el Monsant, circunscrita
-por la sierra con sus rocas azules por la mañana y moradas al
-anochecer, termina hacia el sur en una punta baja de arena con un faro
-en su extremo. Tiene esta ensenada dos playas grandes, abiertas, llenas
-de pedruscos, ennegrecidas por las algas, y un puerto natural al pie
-mismo de las casas.
-
-Durante el primer tercio del siglo XIX Ondara era todavía pueblo de
-alguna importancia estratégica; tenía un castillo y una muralla.
-
-El castillo había sufrido mucho durante la guerra de la Independencia;
-los cañones estaban desmontados; las casamatas, destruídas; por todas
-partes quedaban reliquias de una lucha violenta y tenaz.
-
-La muralla general del pueblo, de poco valor defensivo, era baja,
-sin fosos ni obras exteriores, a trechos aspillerada y a trechos
-no, interrumpida por baluartes y torreones circulares, con sus
-correspondientes garitas.
-
-Esta pared moderna, blanca y de poca altura, que rodeaba la ciudad, se
-unía al castillo y tenía hacia el puerto una explanada grande, llamada
-la Glorieta, y un hornabeque con sus baterías.
-
-Había, además de la pared baja, que circunvalaba a Ondara, restos de
-fortificaciones, antiguos lienzos de muralla de color de ámbar dorados
-por el sol de los siglos y ennegrecidos por el aire del mar.
-
-Uno de éstos, el más extenso, cerraba un gran barranco que existía
-entre el castillo y el barrio de pescadores.
-
-Era una cortina de piedra de grandes bloques tallados. Los eruditos no
-se hallaban muy de acuerdo en señalar la época de construcción de esta
-muralla. Unos la consideraban del tiempo de los etruscos, fundadores de
-la ciudad; otros, de origen romano.
-
-Los eclécticos afirmaban que había parte de muro antiquísima; otra,
-romana, y otra, reedificada por los árabes.
-
-El conjunto de murallas de Ondara levantadas en distintas épocas se
-unía, trazando un 8, encerrando en sus dos círculos el castillo y la
-ciudad.
-
-Se comprendía que antiguamente Ondara debió de ser fortaleza
-importante, casi inexpugnable; del lado del mar tenía que ser muy
-difícil su conquista, y difícil también del lado de tierra, guardando
-los pasos de su anfiteatro de montañas.
-
-Todavía fuera de su recinto la ciudad presentaba vestigios de defensa,
-y a la entrada del puerto, sobre unas rocas, se levantaban dos
-torrecillas negras medio derruídas: una, llamada el Fortín, y la otra,
-la Torreta.
-
-La ciudad de Ondara, muy vieja en sus ruinas y muy nueva en sus
-construcciones, era casi en su totalidad moderna. Únicamente la iglesia
-mayor, y algunas casas próximas a la muralla, procedían de edades
-pretéritas.
-
-La iglesia mayor, de traza gótica, tenía una fachada pintada de color
-azul claro, con una portada barroca y una galería con remates en forma
-de jarrones.
-
-Esta iglesia se levantaba en el centro de una plazoleta, y se erguía
-sobre el caserío ondarense con su torre cuadrada y su cúpula de
-azulejos verdes.
-
-Por dentro, la alta nave mostraba las nervaduras de sus columnas y sus
-ojivas pintadas de amarillo, y en las claves tenía escudos coloreados.
-
-En las capillas resplandecían los grandes altares churriguerescos, con
-sus columnas salomónicas retorcidas, y las tablas antiguas pintadas por
-maestros imitadores de los flamencos.
-
-Otra iglesia existía en Ondara, hacia el puerto; los arqueólogos no
-hubiesen encontrado en ella belleza alguna; sin embargo, pintada de
-azul y de rosa, daba la impresión de juventud y de fuerza de una
-aldeana rozagante.
-
-El caserío de Ondara, agrupado en torno de la iglesia, en la colina del
-castillo, tenía un aire de inocencia, de beatitud, de paz; parecía un
-rebaño blanco que rodease a su pastor. En las azoteas de las casas se
-secaban al sol trapos de mil colores. A los pocos tejados del pueblo la
-humedad del mar los llenaba de musgo y hacía brotar en ellos hierbales
-frondosos y verdes.
-
-Ondara no ofrecía nada de caprichoso ni de pintoresco; tenía un barrio
-de campesinos y otro de pescadores. El centro lo formaban dos o tres
-calles bastante anchas, con comercios importantes. Paseaban por ellas
-los señoritos desocupados, los jóvenes militares, arrastrando el sable,
-y los curas, con su gran teja y las manos a la espalda, recogiendo
-el manteo por detrás. A ciertas horas cruzaban grupos de mocitas muy
-garbosas, muy limpias y pizpiretas, que trabajaban en el embalaje de
-las naranjas.
-
-De vez en cuando pasaba algún coche o una tartana de familia rica, y
-los jóvenes sabían inmediatamente si era Vicenteta o Doloretes, o el
-padre o la madre de una de éstas, la que iba en el carruaje.
-
-Fuera de las calles céntricas y comerciales, las demás eran rectas,
-bastante anchas y desiertas. Las casas, bajas, sin alero, de grandes
-puertas y rejas pintadas de verde, se alineaban una tras otra,
-inundadas de sol, como ensimismadas en la calma soñolienta.
-
-Los transeúntes eran escasos.
-
-Sólo por la mañana se veían viejas vestidas de negro, de ojos
-desconfiados, y alguna con su poco de barba, que sacaban una llave de
-debajo del manto, abrían un postigo y cerraban después dando un gran
-portazo, manifestando su desprecio para el resto de los mortales.
-
-El barrio de pescadores era lo más pintoresco de Ondara: allí se veían
-calles estrechas y en cuesta, con casuchas pequeñas, chozas, barcas
-metidas en los corrales y una población marinera expresiva, exagerada y
-gesticulante. Los hombres trabajaban, hablando, gritando, en su lengua
-mediterránea; las viejas, ennegrecidas por el sol, componían redes
-y velas, y los chiquillos haraposos, con harapos rojos, amarillos,
-verdes, de los colores más vivos, correteaban con los pies descalzos...
-
- * * * * *
-
-Si Ondara no presentaba nada extraordinario desde el punto de vista
-arqueológico, poseía una luz mágica que la doraba, la hermoseaba, la
-convertía a ciertas horas en una ascua de oro, en una ciudad de fuego,
-y en otras le daba un aire de pueblo oriental, de inmovilidad, de calma
-y de luz.
-
-Como todas las ciudades del Mediterráneo, nacidas del beso suave de
-la tierra con el mar, Ondara tenía algo armónico por encima del caos
-producido por la mezcla de muchas razas y de diversas gentes.
-
-Era ciudad provinciana y cosmopolita, campesina y pescadora. En ella
-el ser más humilde, el pescador más mísero, llevaba en el cerebro, por
-la misma limitación del mar interior, una idea del mundo. Allí cerca
-estaba el Africa, con sus misterios; más lejos, Grecia, Roma, Egipto,
-con sus ciudades opulentas de cielo incomparable y de suelo fecundo...
-
-El habitante obscuro del Atlántico mira el mar como un final ilimitado;
-el habitante obscuro del Mediterráneo mira el mar como un camino.
-
-De ahí quizá su superioridad colectiva, su sentido social.
-
-Para un hombre llegado de las costas del Atlántico, las orillas
-del _mare nostrum_ guardan siempre una sorpresa, que a veces toma
-aspecto de lección. En estas aguas azules del mar latino, que cantan
-eternamente en las costas, el hombre vive una vida ligera y elástica;
-allá, a veces, parece superficial lo que en otras partes parece
-profundo; allá la marea no amenaza constantemente al hombre como en el
-Océano, y la vida humana se desarrolla en el contacto plácido de la
-tierra con el mar; de la tierra, que es la patria y la ciudad; del mar,
-que por el remo o por la vela se convierte en el camino del mundo...
-
-A pesar de esto, la misma magia de la decoración, la misma esplendidez
-del fondo, hace en estos lugares que el hombre parezca de contornos más
-limitados, más acusados y quizá por esto más pequeño.
-
-
-
-
- II
-
- EL CASTILLO
-
-
-EL castillo era un peñón árido que se destacaba de la sierra y avanzaba
-hundiendo en el mar sus acantilados rojos y amarillentos.
-
-Contemplado a lo lejos apenas se advertía en él mas que alguno que
-otro lienzo de muralla de color de ceniza, la torre de señales y las
-baterías altas de su cumbre.
-
-Desde el puerto aparecía imponente con sus paredones grandes de piedra,
-dorados por el sol; sus torres, sus baterías, sus fortines, sus garitas
-verdinegras, los traveses, que iban trazando zig-zag por los glacis, y
-los viejos cañones, que miraban al mar.
-
-La tierra, rojiza, de entre muralla y muralla tenía rincones con
-almendros y melocotoneros, que en primavera resplandecían como ramos de
-nieve y de rosa, y taludes con viñas y hierbas salvajes esmaltadas de
-flores amarillas y azules.
-
-Subiendo al castillo y entrando en su recinto se veía que era ya una
-ruina, un amontonamiento confuso de murallas viejas, griegas, romanas,
-visigodas, árabes y alguna que otra moderna.
-
-Los militares consideraban la restauración de la fortaleza casi inútil,
-y el Gobierno no tenía, al parecer, intenciones de artillarla.
-
-El castillo tenía tres puertas: la puerta de Tierra, que salía cerca de
-la plaza de la Iglesia; la de la Marina, que miraba al muelle, y la del
-Socorro, que daba al campo.
-
-Esta última, de extramuros, servía para recibir refuerzos y auxilios
-del exterior en el caso de que la ciudad estuviese rebelada contra el
-Poder o se hallara ocupada por el enemigo.
-
-Entrando por la puerta de la Marina y pasando por un puente levadizo,
-limitado por cadenas y flanqueado por dos garitas, se atravesaba un
-arco, a uno de cuyos lados estaba el cuerpo de guardia.
-
-Allí, en unos bancos, solía verse a los soldados sentados, mientras que
-el oficial paseaba por delante del muelle o fumaba en una mecedora.
-
-Del arco de entrada partía una cuesta muy agria, que pasaba por
-debajo de un túnel de ocho o diez pasos de largo, y al salir de él
-se desembocaba en un anchurón con casamatas, parque de municiones y
-almacén de pólvora.
-
-Desde aquí el camino se bifurcaba; uno iba por la izquierda mirando
-a la sierra; el otro, por la derecha, frente al mar. Los dos se
-encontraban en la explanada de una batería y rodeaban la ciudadela.
-
-El camino de la izquierda pasaba por encima del pueblo, amenazándole
-con sus viejas torres, rojizas, guarnecidas con matacanes, y sus
-baluartes del tiempo de Vauban; luego iba la contraescarpa dando vista
-a la campiña, limitada por el anfiteatro de montañas, que comenzaba en
-el Monsant y seguía por las otras alturas que formaban la sierra.
-
-El camino de la derecha presentaba puntos de vista admirables; tenía al
-principio una batería enlosada, la batería de la Marina, encima mismo
-del puerto.
-
-Los cañones de esta batería eran de bronce, verdes, con escudos y
-letreros, y pesadas cureñas llenas de adornos. Era aquel sitio uno de
-los más pintorescos del Castillo. Por entre las almenas se veía el mar.
-Una garita de piedras, vacilantes, colgada en el vacío, con un agujero
-redondo en el suelo, dejaba ver el puerto a vista de pájaro.
-
-Saliendo de la batería de la Marina, el camino escalaba una cuesta,
-corría por encima de los acantilados, pasaba por delante de la Cueva de
-Pastor, que terminaba en el mar, y llegaba a la batería de las Damas.
-Aquí la vista se había alargado, ensanchado, enriquecido.
-
-Más arriba se hallaba la batería de San Antón, donde se encontraban los
-dos caminos que daban la vuelta al monte, y, desde esta batería, subía
-otro camino, que escalaba lo más alto del promontorio. Desde aquí se
-divisaban dos o tres pabellones, una torre grande y cuadrada, el Macho,
-una pequeña azotea convertida en jardín, el Mirador, y una última
-batería, la batería del Rey, sin muralla ni troneras, desde la cual,
-los morteros podían disparar en todas direcciones.
-
-De lo alto de aquella altísima explanada se abarcaba el paisaje y el
-pueblo, excepto algunas rinconadas muy próximas al castillo.
-
-Dominábase desde la altura, como de ninguna otra parte, la sierra,
-Ondara, el mar azul y las rocas del cabo de Monsant.
-
-El pueblo, acurrucado debajo del castillo, tenía un aire ensimismado y
-soñoliento; centelleaban sus luceros de cristal, la cúpula de azulejos
-de su iglesia, sus tejados verdosos y sus azoteas, llenas de ropas
-blancas. En los alrededores, al borde de las sendas, crecían las
-grandes piteras entrecruzando sus láminas verdes y agudas como puñales,
-cubiertas de polvo.
-
-Hacia la sierra, el campo fulguraba ardoroso y requemado; en las partes
-bajas algunos pequeños huertos de hortalizas regados por acequias
-mostraban su verdura, y otros más grandes de naranjos brillaban en
-invierno con sus constelaciones de frutos dorados entre el obscuro
-follaje. En los repechos y faldas de la sierra se respaldaban alquerías
-rodeadas de bosquecillos, de olivos y de almendros. En las cumbres, los
-montes secos y pedregosos, como formados por ceniza y piedra pómez,
-erizaban sus aristas, y los caminos blancos parecían sembrados de yeso.
-
-En una cuesta, dos filos de cipreses, interrumpidas por cruces de
-piedra, escalaban una altura hasta llegar al camposanto.
-
-En lo más elevado del castillo, sobre el antiguo promontorio ardoroso
-y calcinado, estaba el jardín del Mirador. Este jardín era un repecho
-de la muralla, anejo al pabellón donde vivía el coronel que mandaba las
-fuerzas de la ciudadela. Tenía el Mirador una torrecilla, llamada el
-Castellet, y unas escaleras para subir a la batería del Rey.
-
-Desde allí se dominaba el mar, el mar azul, de un color espléndido,
-intenso, bajo el cielo fulgurante.
-
-A lo lejos, sobre un acantilado que parecía de mármol, brillaba la
-mancha blanca de un pueblecito.
-
-En el Mirador brotaban rosales con rosas de todos colores; jazmines
-mezclados con mirtos y con el follaje obscuro de los naranjos. Una
-adelfa, de flor encendida, parecía una cascada de fuego.
-
-La coronela cuidaba con mucho cariño las plantas del Mirador.
-
-Todos los días, los soldados sacaban agua para regar el jardín de una
-cisterna, la cisterna del Moro, que era antigua, revestida de piedra y
-profundísima.
-
- * * * * *
-
-En el castillo de Ondara había de guarnición dos compañías de
-infantería y un destacamento de artillería. Esta pequeña fuerza, que
-apenas llegaba a cuatrocientos hombres, contaba con una oficialidad
-numerosa, mandada por un coronel titulado gobernador.
-
-Este, con su mujer, vivía en uno de los pabellones del castillo; en
-otro pabellón habitaban, con sus familias, un comandante y un capitán.
-Los demás oficiales tenían sus casas en el pueblo.
-
-Por las tardes de primavera y otoño, y el verano, por las noches,
-solía haber tertulia en el Mirador del castillo. La coronela hacía los
-honores en su jardín, e iban a saludarla los oficiales distinguidos de
-la guarnición.
-
-
- III
-
- LOS SOSPECHOSOS
-
-
-UNA tarde de mayo, al caer el sol, después de un día ardoroso y
-sofocante, el puerto de Ondara se veía más animado que de ordinario.
-Estaban desembarcando dos laúdes de carbón llegados de Ibiza, y volvían
-al mismo tiempo de retorno las lanchas de los pescadores.
-
-El mar estaba azul, de un azul casi negro, tranquilo, sosegado; sobre
-su anchura brillaban, como alas mágicas, las triangulares velas latinas.
-
-El sol poniente iluminaba la tierra. El castillo centelleaba en sus
-acantilados rojizos y amarillentos. Parte del pueblo refulgía como un
-ascua, y saltaban chispas de incendio de las vidrieras, de los luceros
-y de los azulejos; parte, hundido en la sombra, se bañaba en un aire de
-color de violeta.
-
-En el muelle, los cargadores, con sus gorros rojos, iban y venían
-llevando fardos; los carpinteros de ribera aserraban cuadernas y
-armaban las costillas de las barcas en esqueleto, tendidas en los
-arsenales; los chicos jugaban y correteaban como gorriones, acercándose
-a la lancha que llegaba; las viejas componían redes, y algunos
-carabineros, sentados en un banco, delante de la puerta de la Marina,
-hablaban entre sí. Mozos, negros por el sol, con aire de piratas
-berberiscos, cargados con cuévanos llenos de pececillos brillantes,
-pasaban delante de los carabineros, pagaban unos cuartos y entraban en
-las calles voceando pescado.
-
-En las tabernas, los marineros hablaban a gritos; otros, agrupados
-en las mesas, oían las explicaciones sabias de algún piloto experto
-y decidido: viejo Palinuro, conocedor de las corrientes y de los
-vientos...
-
-En esto, a la caída de la tarde, se presentó a unas millas de Ondara
-un barco, que produjo gran sorpresa en el pueblo. Era un navío de
-alto bordo que, en aquel momento, se acercaba con sus velas blancas
-desplegadas, fantástico, como una alucinación.
-
-El atalayero de la fortaleza hizo las señas con gallardetes, y el barco
-izó la bandera en el castillo de popa.
-
-Los curiosos de Ondara se acercaron al puerto a contemplar el navío, y
-los militares de la ciudadela aparecieron en la batería de la Marina y
-en la batería del Rey a mirar con anteojos y gemelos.
-
-Alguno de los oficiales se acercó a la atalaya, y el atalayero, en
-tono que no tenía réplica, dijo que el barco aquel era una polacra de
-doscientas cincuenta toneladas, que llevaba bandera del reino de las
-Dos Sicilias.
-
-Sabidos la nacionalidad y el tonelaje del navío, los oficiales de
-guardia del castillo se pusieron a hacer comentarios acerca del objeto
-que podía tener la polacra al acercarse a Ondara.
-
-Estaría la embarcación napolitana a una milla próximamente de distancia
-del puerto cuando cayeron unas velas, se levantaron otras y la polacra
-quedó al pairo, inmóvil. Entonces se vió que de su costado bajaba un
-bote al mar, que poco después avanzaba, a fuerza de remos, hacia el
-muelle.
-
-El coronel, gobernador del castillo, mandó que un oficial fuera a
-interrogar a los del bote, y quedó él con un anteojo mirando al mar
-desde la alta explanada de la ciudadela.
-
-La gente marinera contemplaba también, con curiosidad, la lancha de la
-polacra, que iba avanzando.
-
-Esta se acercó, dejando una estela plateada en el agua, hasta atracar
-en una de las escaleras del malecón del muelle. Inmediatamente bajaron
-tres hombres.
-
-Eran del aspecto más heterogéneo que puede imaginarse: uno, alto,
-grueso, colorado, vestido con un viejo redingote; el otro, también
-alto, encorvado, amarillo, con aire de enfermo, cubierto con un carrick
-negro con rayas blancas; el tercero, pequeño, engallado, rubio,
-vestido elegantemente con frac azul de botones dorados, pantalones
-azules, chaleco de grana y cachucha de oficial de Marina inglesa.
-Los dos primeros parecían vestidos en una trapería; al tercero se le
-hubiera tomado por un currutaco que iba a un baile o a una recepción
-aristocrática.
-
-El hombre alto, al desembarcar, subió las escaleras con un saco; el
-enfermo llevaba un fardel en la mano; el pequeño, rubio y elegante,
-hizo que un marinero le llevase al muelle una gran maleta.
-
-El oficial enviado por el gobernador se acercó a los tres individuos
-con el fin de interrogarles.
-
-Los marineros del bote, al momento que dejaron a los hombres con
-sus equipajes en tierra, separándose del muelle comenzaron a remar
-furiosamente y se alejaron dirigiéndose a la polacra.
-
---¡Se van!--exclamaron los del público con sorpresa.
-
---No; es que van a traer otros--replicaron algunos de esos seres
-perspicaces que siempre están en el secreto de los acontecimientos.
-
-Los desconocidos acabados de desembarcar se hallaban en el malecón,
-rodeados de un círculo de marineros, mujeres y chiquillos.
-
---¡Bueno, bueno, basta ya!--gritaba el hombre pequeño y rubio,
-dirigiéndose a la multitud--. No seáis imbéciles. Aquí no hay nada que
-ver. ¡Fuera!
-
-En esto, apartando la gente, se acercó a los tres individuos el oficial
-enviado por el coronel gobernador.
-
---¿De dónde vienen ustedes?--preguntó con voz seca.
-
---Venimos de Grecia, después de haber tocado en Nápoles--contestó el
-hombre alto y rozagante.
-
---¿Son ustedes españoles?
-
---No; somos ingleses.
-
---¿Qué hacían ustedes en Grecia?
-
---Eramos comerciantes. Los turcos saquearon la ciudad donde vivíamos y
-tuvimos que escapar.
-
---¿Y por qué los han desembarcado?
-
---Es que nuestro compañero se encuentra enfermo y quería a toda costa
-dejar el barco.
-
-Un sargento que acompañaba al oficial se acercó a él y le dijo en voz
-baja:
-
---No vayan a tener la peste.
-
-El oficial dió unos pasos atrás. La frase y el movimiento no pasaron
-inadvertidos para la gente, que al momento ensanchó el círculo que
-rodeaba a los tres hombres.
-
-El oficial habló con mucha reserva con el sargento y dijo después
-dirigiéndose a los sospechosos:
-
---No pueden ustedes entrar en el pueblo.
-
---¿Por qué?--preguntó el hombre alto.
-
---Porque tienen que ir al lazareto en observación.
-
-Los desconocidos se miraron unos a otros.
-
---¿No habrá un mozo o una caballería para llevar nuestro
-equipaje?--preguntó el elegante pequeño y rubio con voz seca--. Se le
-pagará lo que sea.
-
-Un campesino, después de vacilar mucho, dijo que él tenía una mula y
-que la traería.
-
-Se esperó a que viniera, se sujetaron encima de la caballería el saco
-y la maleta, se fué el oficial, y el sargento, dueño de la situación,
-dijo severamente a los supuestos apestados:
-
---Vengan ustedes detrás de mí; pero de lejos ¡eh! No hay necesidad de
-acercarse.
-
-Los tres hombres, llevando en medio al enfermo, siguieron al sargento
-y al campesino de la mula. Avanzaron por la playa. De trecho en trecho
-tenían que pararse para que el enfermo descansara. Cruzaron un pequeño
-barrio formado por cabañas y algunas barcazas convertidas en viviendas
-y adornadas con tiestos y cajas llenas de tierra con flores.
-
-Allí por donde pasaban iban produciendo expectación; la voz de que eran
-apestados había corrido por el pueblo.
-
-El sargento, dejando la parte habitada de la playa, se acercó a un
-arenal desierto en donde se levantaba una casa cuadrada, medio ruinosa,
-montada sobre un basamento macizo de piedra, que impedía que el agua
-del mar entrase dentro en los temporales. Para subir a la casa había
-unos escalones.
-
-Veíanse alrededor de ella cajas de mercancías abiertas y algunas
-lanchas podridas.
-
---Este es lazareto de Ondara--dijo el sargento--. Aquí van ustedes a
-pasar la cuarentena de observación. Bajen ustedes los equipajes.
-
-El enfermo se sentó tristemente en una de las escaleras de la casa
-abandonada, mientras los otros dos y el campesino descargaban la
-caballería.
-
-Hecho esto, el sargento dijo como despedida:
-
---No se les permite a ustedes acercarse a la ciudad bajo pena de
-muerte. Por la mañana y por la noche se les traerá pan y rancho, que se
-les dejará en la puerta. Ya lo saben. ¡Adiós!
-
-El campesino tomó el ronzal de su macho, cogió el dinero que le dió el
-hombre rubio, lo contó y comenzó a alejarse despacio por la playa.
-
-Se quedaron los tres hombres solos, y mientras el enfermo, envuelto en
-una manta, miraba el mar, los otros dos entraban en la casa solitaria.
-
-Abrieron las carcomidas ventanas. El sitio era destartalado y sucio:
-una nave como una sala de hospital con una cocina pequeña en el fondo.
-
---Puesto que aquí tenemos que estar algunos días, vamos a ver si
-limpiamos esto--dijo el hombre alto.
-
---Vamos allá--repuso el pequeño.
-
-Se quitaron los dos las levitas, y en mangas de camisa y con un cubo
-cada uno, fueron a orillas del mar a buscar agua. Estuvieron después
-una hora, armados de escobas, barriendo y baldeándolo todo, hasta dejar
-el suelo limpio.
-
-Terminada esta faena, sacaron unos jergones viejos y los sacudieron al
-aire libre.
-
-El enfermo dijo que tenía ganas de tenderse; le pusieron dos jergones
-en el suelo, uno encima de otro, y se acostó envuelto en una manta.
-
-Los dos hombres sanos, después de acabar la tarea, quedaron a la
-puerta, cansados, sin hablarse, en una plácida contemplación del
-paisaje.
-
-Iba anocheciendo. Enfrente se veía el mar, rizado, con adornos de
-plata; a la derecha brillaban las murallas del castillo con los últimos
-resplandores del sol; a la izquierda se veía una punta lejana azul con
-un faro, cuya luz escintilaba pálidamente en el cielo incendiado del
-crepúsculo.
-
-Las nubes, grandes y algodonosas, tomaban un tinte cobrizo; el
-viento fuerte del anochecer rizaba el agua en pequeñas olas; seguían
-resplandeciendo blancas, amarillas, remendadas, las velas latinas a
-lo lejos. Las barcas pescadoras volvían de dos en dos; la polacra
-napolitana había encendido un fanal que parecía un gran lucero
-vespertino, y con todas sus velas desplegadas comenzaba a alejarse, con
-el aire misterioso de una alucinación...
-
-
-
-
- IV
-
- ENTIERRO
-
-
-POR la noche todo el mundo hablaba en Ondara de los tres hombres
-llegados en el bote al puerto, a quienes se tenía como pestíferos. Se
-recelaba que el capitán de la polacra siciliana los había expulsado de
-su barco por considerarles sospechosos de padecer la peste. Algunos
-vecinos afirmaban que el gobernador debió prohibirles terminantemente
-bajar en el muelle; otros, más piadosos, decían que no era lícito
-abandonar y dejar desamparados a unos hombres aunque estuvieran
-enfermos.
-
-Los técnicos aseguraban que todo dependía de no tener organizados los
-servicios sanitarios. Según ellos, si se hubiera ido con la lancha de
-sanidad al encuentro del bote lanzado al mar por la polacra, se hubiera
-impedido el desembarco.
-
-En la tertulia de la señora del coronel Hervés, en el mirador del
-castillo, se habló mucho de los supuestos pestíferos, y un médico
-militar, don Jesús Martín, y un teniente de artillería llamado
-Eguaguirre, decidieron visitar a los aislados en el lazareto.
-
-A la mañana siguiente montaron a caballo y se presentaron en la casa
-abandonada de la playa.
-
-Al llegar se encontraron a los dos hombres sanos, al alto grueso y al
-pequeño delgado, afanados en calafatear un bote viejo. Les saludaron y
-les preguntaron qué hacían.
-
---Aquí estamos--dijo el alto con una alegre sonrisa--trabajando a ver
-si componemos este bote.
-
---¿Para qué?
-
---Para salir al mar. Así podremos entretenernos un poco y pescar y
-cambiar de alimentación.
-
---¿Y el enfermo?--preguntó el médico.
-
---Está igual.
-
---¿Qué tiene?
-
---Tiene unas fiebres palúdicas que le han consumido.
-
---Voy a verle. Soy médico.
-
-El hombre alto subió los escalones de la casa, abrió la puerta e hizo
-pasar al doctor adentro. Este se acercó a la cama del enfermo. Apenas
-podía incorporarse con la debilidad.
-
-El doctor Martín reconoció al palúdico, salió de la casa y se lavó las
-manos en un cubo de agua del mar.
-
---Este hombre está muy grave--dijo.
-
---Sí; ya se ve.
-
---¿Ha tomado quinina?
-
---Con poca constancia.
-
---¿Cómo se alimenta?
-
---Mal; ya ve usted; nos mandan rancho únicamente. Le damos el caldo,
-que filtramos por una tela.
-
---Bueno; pues ya enviaremos otro alimento y quinina.
-
---Veremos a ver si mejora--murmuró el hombre alto.
-
---No, creo que no--dijo el médico--. Está ya muy depauperado. No durará
-una semana.
-
-Al salir el médico y el hombre alto a la playa se encontraron
-al pequeño y delgado, que seguía trabajando en mangas de camisa
-calafateando el bote, mientras el teniente Eguaguirre le contemplaba.
-
---Veo que son ustedes gente que no se deja amilanar por la
-desgracia--exclamo el doctor.
-
---Está uno acostumbrado a todo.
-
---Será difícil que pongan esta lancha a flote--saltó el oficial de
-artillería.
-
---Ya veremos--replicó el hombre delgado--. Se intentará.
-
---Les voy a enviar a ustedes--repuso el médico--un bote viejo que
-teníamos para el servicio de sanidad, y que ya no se emplea. Está feo y
-sin pintar, pero no hace agua.
-
---¡Oh, muchas gracias!
-
-Se fueron el médico y el joven oficial, y al día siguiente había un
-bote delante del lazareto. Los dos marineros que lo tripulaban bajaron
-a la playa y, desde lejos, advirtieron a los pestíferos que allí estaba
-la lancha.
-
-El doctor había mandado llevarles un aparejo de pesca, que vieron en el
-bote sobre un banco, envuelto en un papel.
-
-Durante una semana la vida de los dos hombres fué la misma. Por la
-mañana se levantaban al amanecer, daban alimento al enfermo, almorzaban
-ellos y salían a pescar en el bote; por la tarde volvían al mar, y de
-noche, uno de los compañeros velaba al palúdico mientras el otro dormía.
-
-A los ocho días de llegar al lazareto el enfermo murió.
-
-El hombre delgado escribió al gobernador del castillo y al alcalde. Les
-decía en su carta que había muerto de fiebre uno de los recogidos en el
-lazareto, coronel inglés al servicio del Gobierno griego. Añadía que el
-coronel profesaba la religión evangélica y que por este motivo rogaba a
-las autoridades dijeran dónde podía ser enterrado su cadáver, para lo
-cual pedía les facilitaran instrumentos: un pico y una pala para cavar
-la sepultura.
-
-El alcalde contestó secamente diciendo que podían enterrar al muerto
-cerca de la playa. Cualquier cosa era buena para malvados herejes como
-aquéllos.
-
-El gobernador mandó a dos soldados con una pala y y un pico.
-
-Los dos hombres del lazareto recorrieron la playa. Encontraron lejos de
-la casa un trozo de terreno firme, de arena petrificada, al pie de un
-acantilado, y allí decidieron cavar la fosa. Hicieron un hoyo profundo
-y, terminado éste, volvieron al lazareto. Después vistieron el cadáver,
-lo metieron en el bote y se acercaron al lugar escogido. Tomaron el
-muerto entre los dos sobre una escalera, cruzaron la playa y dejaron
-el cadáver en la fosa. El hombre alto sacó del bolsillo una Biblia y
-comenzó a leer versículos en inglés; el otro le escuchaba atento. Este,
-de cuando en cuando, echaba un montón de arena en la fosa y después
-quedaba inmóvil, apoyado en el mango de la pala. Hecha la obra, los dos
-hombres volvieron al bote, y mientras remaban hablaron.
-
-El alto y grande atendía y respetaba al pequeño, a quien consideraba
-como capitán. Este llamaba a su compañero por su apellido: Thompson.
-
---Amigo Thompson--dijo el Capitán--, desde este momento cambio de
-nombre y de personalidad.
-
---¿Cómo?
-
---Voy a tomar mientras esté aquí el nombre del pobre Mac-Clair, que
-hemos enterrado. Llevo pasaporte de súbdito inglés con mi verdadero
-nombre, pero prefiero usar el de Mac-Clair.
-
---Pero usted no sabe inglés, Capitán.
-
---No importa. Mac-Clair será un inglés que ha vivido en España y en
-Francia y que no quiere hablar su idioma. Un inglés antiinglés de la
-escuela de nuestro lord Byron.
-
-Llegaron en el bote a la playa, desembarcaron, encallaron la lancha en
-la arena y entraron en el lazareto. Dejaron la pala y el pico en un
-rincón y leyeron los papeles del muerto. Podían servir para el Capitán.
-Al revisar los documentos Thompson encontró un sobre pesado. Tenía
-dentro veinte libras esterlinas.
-
---Se ha muerto Mac-Clair y la situación mejora--dijo Thompson.
-
---Mac-Clair ahora soy yo--replicó el Capitán--. No se le ocurra a usted
-decir que ha muerto.
-
---Ya que usted se empeña, lo haré así. Me acostumbraré a llamar al
-muerto el Coronel. El pobre Coronel tenía mala suerte.
-
-Al día siguiente Thompson y el Capitán salieron a pescar como de
-costumbre.
-
-Así estuvieron viviendo un mes, aislados, sin hablar con nadie.
-
-Difícil hubiera sido encontrar otros hombres tan obedientes a las
-órdenes dadas por las autoridades. No se acercaban al pueblo con el
-menor pretexto.
-
-Al terminar el mes, en vez de ir ellos hacia la gente de los
-alrededores, fué la gente de los alrededores la que comenzó a
-aproximarse a ellos. Una vieja, que tenía una cantina en un lanchón,
-sostenido por cuatro montones de piedras en la playa, se ofreció a
-hacer la comida y la cena a los dos hombres sospechosos.
-
-Estos dejaron el rancho a algunos hambrientos, y los pescadores, viendo
-que los supuestos pestíferos estaban cada vez más sanos y fuertes, se
-hicieron amigos suyos y salían a pescar juntos.
-
-Desde el momento que se supo en el pueblo que los desterrados del
-lazareto no estaban enfermos ni daban señales de impaciencia ni de
-cólera, la opinión comenzó a manifestarse contra ellos. La mayoría
-consideraba irritante que los tales hombres vivieran en el lazareto
-como en un lugar de placer.
-
-También les parecía una prueba de indiferencia absurda el que no
-hubiesen hecho el menor intento de entrar en Ondara, como si la ciudad
-no les interesara lo más mínimo.
-
---¡Qué gentes serán éstas!--se decían los ondarenses.
-
-El gobernador, al saber que había transcurrido el tiempo reglamentario
-de cuarentena, dió la orden de que no se llevara el rancho a los
-detenidos y de que desalojaran inmediatamente el lazareto.
-
-El Capitán y Thompson mandaron a un chiquillo en busca de una tartana.
-Cuando llegó ésta metieron los equipajes en ella y fueron los dos
-hombres al pueblo.
-
-Compraron ropa blanca y algunas prendas que necesitaban, se afeitaron
-y cortaron el pelo y se presentaron en la fonda de la Marina, en donde
-les contemplaron con sorpresa.
-
-Todo el mundo los creía unos lobos de mar, aventureros, medio piratas,
-negros, barbudos, y se encontraron bastante sorprendidos al hallarse
-con dos caballeros, uno de ellos elegante hasta el _dandysmo_.
-
-
-
-
- V
-
- EL TENIENTE EGUAGUIRRE
-
-
-AL instalarse en la fonda, el Capitán dijo a la dueña que pensaba
-estar pocos días; esperaba un barco para marcharse a Francia. Thompson
-aseguró que él también se dirigiría a Gibraltar cuanto antes.
-
-La fonda de la Marina, en donde se instalaron ambos, era bastante
-cómoda y limpia. Los cuartos que les destinaron daban a un ancho balcón
-corrido, que caía hacia un huerto.
-
-Desde este balcón se veía, delante, el castillo sobre los glacis, con
-sus cubos y murallones, bañados por el sol, que los iluminaba, según
-las horas, con luz diferente.
-
-Thompson comenzó a pintar acuarelas, poniendo por fondo las ruinas del
-castillo.
-
-Ocupaba la fortaleza todo el horizonte. Comenzaba por un torreón de
-piedra rojiza, cuadrado, con matacanes en la parte alta y saeteras
-estrechas y ventanas enrejadas en la baja.
-
-El sol poniente solía dorar esta torre al caer de la tarde, y le daba
-un color de miel.
-
-El torreón se unía con lienzos de paredes amarillentas, almenadas, con
-otra torre que se prolongaba hasta el mar, dejando cubos y baluartes
-y cortinas de piedra entre ellos. A un nivel más bajo, rodeando la
-fortaleza, había una muralla blanca, moderna, con garitas redondas y
-troneras que limitaba el camino de ronda.
-
-Desde la parte alta del castillo a la contraescarpa bajaba la colina
-formando gradas de anfiteatro y taludes de tierra, cortados en diagonal
-y en zig-zag por los muros de poca altura de los traveses.
-
-En estos taludes, cuyas trincheras estaban muy mal conservadas,
-brotaban toda clase de hierbas: aquí había un jardincito con unos
-cuantos rosales y un almendro; allá, unas plantas de viña. Arriba,
-arriba, se veía el follaje de un laurel del mirador de la coronela...
-
- * * * * *
-
-El huerto de la casa era triste; reinaban allí el silencio y la sombra;
-los naranjos altos subían en busca de sol, y un limonero mostraba en
-sus ramas limones marchitos, atados a ellas con bramantes. La luz clara
-y diáfana de las mañanas, la reverberación cegadora del mediodía y de
-las primeras horas de la tarde, el ambiente tibio del anochecer, el
-silencio, el ruido de agua en la acequia cercana, sumían a Thompson en
-una gran delicia.
-
-En tanto el acuarelista se ocupaba de sus dibujos y de sus manchas, el
-Capitán iba al puerto y quería preparar su viaje en seguida.
-
-En la fonda de la Marina había cuatro oficiales y algunas otras
-personas de menos importancia. Entre estos oficiales, el que se
-consideraba, no se sabía por qué, con más derechos, era el teniente
-de artillería Eguaguirre. Eguaguirre tenía el mejor cuarto y pagaba
-como los demás. Algunos intentaron protestar de esta distinción
-injustificada; pero Eguaguirre siguió siendo el hombre mimado de la
-casa.
-
-El teniente tuvo, al llegar a Ondara, dos desafíos, que produjeron
-una gran emoción en la ciudad. En el primero hirió gravemente a su
-adversario en el cuello; en el segundo le dieron una estocada en el
-pecho que le obligó a estar en la cama cerca de un mes.
-
-La patrona trataba a Eguaguirre con gran consideración. Los demás
-oficiales de la fonda no se atrevían a tutearle como a sus camaradas.
-
-Juan Eguaguirre era poco querido.
-
-Su impertinencia, su frialdad, su tendencia al malhumor, su manera
-de hablar con desprecio de los hombres y de las mujeres le hacían
-antipático.
-
-Era Eguaguirre alto, moreno, esbelto, de nariz fuerte y bien dibujada,
-ojos negros, bigote corto, patillas pequeñas; el pelo, bastante largo,
-con un mechón sobre la frente. Eguaguirre tenía una gran elegancia; los
-ademanes, siempre fáciles y académicos. Vestido de uniforme, parecía
-un personaje. Al contemplarle por primera vez, se veía que era un
-orgulloso, un conquistador que se creía digno de todo.
-
-Esta seguridad de algunos hombres, que convencen con su ademán de que
-tienen más derechos que los demás, la poseía él en grado sumo. Cuando
-Eguaguirre entraba en algún sitio, sobre todo donde hubiera mujeres,
-era el primero; sentía la convicción de su valer, que llegaba a
-comunicar a los otros.
-
-Por lo que se contaba, Eguaguirre había tenido disgustos en su
-infancia, cuando vivía con su tío el coronel del mismo apellido que fué
-encausado durante la primera reacción de Fernando VII.
-
-Eguaguirre era puntilloso, de un amor propio exagerado, que disimulaba
-con afectada indiferencia.
-
-El orgullo es, sin duda, planta que crece en las razas viejas y en los
-pueblos en ruina. La vanidad es sentimiento de países más jóvenes y con
-más ilusiones. El orgullo es lo que queda a las razas y castas caídas.
-
-Eguaguirre era de una antigua familia acomodada de Navarra, cuya casa y
-cuyos bienes habían desaparecido.
-
-Al encontrarse en la mesa de la fonda de la Marina, Eguaguirre y el
-Capitán se sintieron hostiles.
-
-El Capitán habló a Eguaguirre en tono ligero, cosa que al oficialito
-produjo enorme asombro.
-
-No sólo hizo esto, sino que al segundo día el Capitán comenzó a
-interrogarle.
-
---¿Es usted sobrino del coronel Eguaguirre?--le dijo.
-
-Eguaguirre no contestó.
-
---¿Si es usted sobrino del coronel Eguaguirre?--volvió a preguntar el
-Capitán.
-
---¿Por qué me lo pregunta usted?
-
---Por nada, por saberlo.
-
---¿Es que yo le pregunto a usted quién es, ni quiénes son sus
-parientes, por curiosidad?
-
---No; pero puede usted preguntármelo. Yo le contestaré si me parece.
-
-Eguaguirre miró con una sorpresa creciente al Capitán. El tono ligero
-de éste le produjo verdadera estupefacción.
-
-Eguaguirre esperó a que terminara la comida, y acercándose al Capitán
-le preguntó de un modo frío y seco:
-
---¿Qué tenía usted que decirme del coronel Eguaguirre?
-
---Yo, nada. Que es un valiente y un buen liberal.
-
---¿Lo dice usted como censura?
-
---No; al contrario.
-
-La mano derecha del Capitán hizo entonces el signo de reconocimiento de
-la masonería escocesa, al cual contestó el teniente.
-
---Sabía que era usted amigo o enemigo--dijo Eguaguirre--, que no era
-usted persona indiferente.
-
---Somos hermanos--replicó el Capitán.
-
---Dígame usted qué quiere usted hacer aquí para que le ayude.
-
---Mi amigo Thompson y yo--dijo el Capitán--volvemos de Grecia, donde
-hemos estado en compañía de lord Byron. A la altura de este puerto
-tuvimos que desembarcar y salir de la polacra siciliana donde íbamos
-por imposición de los marineros, que habían supuesto que Thompson,
-el enfermo y yo estábamos los tres apestados. Respecto a nuestros
-proyectos, Thompson quiere marchar a España, y yo pienso ir a Marsella,
-luego a Burdeos y trasladarme a Méjico.
-
---Creo--repuso Eguaguirre--que lo que más le conviene a usted es ir a
-Valencia.
-
---No; no me entusiasma esa idea. El Angel Exterminador tiene muchos
-agentes en esas ciudades del litoral mediterráneo.
-
---Sí, es verdad--dijo Eguaguirre estremeciéndose y mirando a derecha
-e izquierda--. Entonces tendrá usted que esperar un laúd que vaya
-directamente a un puerto de Francia.
-
-Tras de una larga conversación a solas, Eguaguirre intimó con el
-Capitán. Thompson, en cambio, nunca simpatizó con el oficial de
-artillería. Este era aficionado a dar largos paseos a caballo. Thompson
-prefería ir a pescar.
-
-El Capitán, buen jinete, comenzó a acompañar a Eguaguirre en sus paseos
-a caballo por los alrededores de Ondara. Muchas veces se cruzaban
-con otros militares jóvenes, y también con frecuencia con una damita
-rubia y pequeña que, vestida de amazona y montada en un caballo tordo,
-marchaba muy esbelta y elegante.
-
---Es la coronela--dijo Eguaguirre al verla por primera vez yendo en
-compañía del Capitán--. Es _mísis_ Hervés.
-
---¿Inglesa?
-
---Mixta, hija de un militar inglés y de una española.
-
---¿Pero casada con un español?
-
---Sí; con el gobernador del castillo.
-
-Otros muchos días se cruzaron con la coronela.
-
-El Capitán llegó a creer que entre la angloespañola y Eguaguirre había
-algo, y que sus saludos fríos y corteses escondían una pasión o un
-principio de amor.
-
-El Capitán, al parecer, conocía bien la vida y los tipos de la milicia,
-porque pronto llegó a calar a Eguaguirre.
-
---Este es un hombre de pasiones--le dijo a Thompson--, sensual, poco
-inteligente. Aunque no me ha dicho nada, le creo jugador y me figuro
-que está en relaciones íntimas con la coronela.
-
---Parece un hombre apático.
-
---No, no. Es todo lo contrario: de una sensibilidad aguzada y de un
-amor propio enfermizo. Toda esa indiferencia es una comedia, una
-finta. Eguaguirre, por lo que creo, es un caso curioso. Está en parte,
-desesperado, porque se considera como liberal perseguido y cree que
-no va a prosperar en el ejército; por otra parte, los amores con la
-coronela y el juego le tienen en una continua exaltación...
-
-La historia de Eguaguirre era interesante.
-
-Al poco tiempo después de salir de la Academia, a mediados de 1822,
-había sido destinado a Valencia, donde se afilió a la masonería.
-Eguaguirre era valiente y estaba dispuesto a batirse para ascender en
-la carrera. En 1823, después de la expedición de Bessieres, Eguaguirre
-buscó la ocasión de salir al campo.
-
-El 19 de marzo, los cabecillas realistas Sempere y Ulman sorprendieron
-Sagunto y se apoderaron del castillo. El Gobierno ordenó al coronel
-Fernández Bazán que saliera a atacar a los facciosos. Bazán encontró a
-los realistas entre Sagunto y Almenara, y, a pesar de que tenía menos
-fuerzas que ellos, los derrotó.
-
-Poco después, Bazán se encontraba en Chilches con las tropas reunidas
-de Sempere y de Capapé y sufrió un completo descalabro.
-
-Se habían unido Sempere, Capapé, Ulman, algunas compañías de Prast y
-Chambó, y habían colocado sus fuerzas de artillería en un repliegue
-del terreno. Bazán, al ponerse en contacto con la primera línea de
-los realistas la hizo retroceder; los realistas se acogieron a su
-línea de trincheras. Bazán mandó que, al mismo tiempo que avanzaba su
-infantería, la caballería diera una carga por uno de los flancos; pero
-el escuadrón completo, en vez de obedecer, huyó cobardemente en todas
-direcciones; los realistas rodearon a los constitucionales, y éstos,
-entre los cuales estaba Eguaguirre, quedaron prisioneros.
-
-Los realistas ataron a los constitucionales y los llevaron al castillo
-de Sagunto.
-
-Eguaguirre, que no tenía ideas políticas muy arraigadas y a quien,
-en el fondo de su alma, lo mismo le daba el rey absoluto que la
-Constitución, se desesperó al verse atado como un bandido y conducido
-en manada como cabeza de ganado.
-
-Eguaguirre tuvo que devorar durante el camino los mas violentos
-ultrajes. _¡Lladres! ¡Negres! ¡Chudios!_--les llamaban las viejas.
-¡Mueran los franc-masones! ¡Mueran los asesinos de Elío!--gritaban los
-hombres.
-
-Cuando Eguaguirre llegó a entrar en el calabozo del castillo de
-Sagunto, y se echó en un montón de paja, lloró de desesperación y de
-rabia.
-
-Unos días después estaba el oficialito tendido en su camastro,
-pensando en la posibilidad de ser fusilado, cuando se abrió la puerta
-de la mazmorra y aparecieron dos mujeres: una de ellas, la mujer del
-cabecilla Chambó; la otra, la del coronel realista Espuny, gobernador
-del castillo de Sagunto.
-
-La mujer de Chambó era una moza bravía, de Ulldecona, frescachona y
-guapa; la de Espuny era del mismo Valencia, una rubia perfilada y
-redicha.
-
-Las dos mujeres hablaron con Eguaguirre y decidieron salvarle. Al día
-siguiente, el oficial era trasladado de cuarto, y a la semana estaba
-libre para andar por la ciudad.
-
-Entre las dos mujeres, la de Chambó y la de Espuny, se estableció una
-rivalidad celosa por salvar a Eguaguirre. El oficialito se dejó querer
-con su indiferencia de sultán.
-
-Un día, Chambó, que era hombre arrebatado y decidido, detuvo a
-Eguaguirre, y, agarrándole de la solapa, le provocó a un desafío.
-
---No tengo armas--le contestó Eguaguirre, pálido de cólera.
-
---Yo le traeré a usted un sable--replicó el cabecilla en su acento
-catalán rudo.
-
-Chambó volvió al poco tiempo con dos caballos y dos sables.
-
---Sígame usted--dijo.
-
-Montaron los dos a caballo y se dirigieron por el camino de Valencia,
-al trote, sin hablarse.
-
-No haría cinco minutos que habían salido cuando dos jinetes, al galope,
-fueron tras ellos.
-
-Llevaban un parte urgente para Chambó.
-
-El cabecilla, al leerlo, se enfureció, tiró la gorra al suelo con rabia
-y comenzó a lanzar juramentos.
-
---Espéreme usted aquí--dijo a Eguaguirre--. Vuelvo en seguida.
-
---Esperaré--contestó éste.
-
-Chambó desapareció, seguido de los dos hombres. Eguaguirre quedó solo
-y reflexionó. Realmente, era una tontería esperar; tenía el camino
-abierto ante él; un caballo bueno; era excelente jinete. Se decidió,
-aflojó la brida, dió dos espolazos y se lanzó camino de Valencia.
-
-Llegó a la ciudad, que estaba alarmada con las noticias del avance de
-los franceses.
-
-Eguaguirre no se unió a las fuerzas constitucionales del general
-Ballesteros; tenía una señora amiga de influencia y se acogió a ella.
-
-Esta señora consiguió que Eguaguirre fuese purificado al terminar la
-guerra y enviado a Ondara.
-
-A pesar de sus maniobras para ocultar el pasado, Eguaguirre no había
-podido borrar del todo las huellas en su liberalismo, y los voluntarios
-realistas de Ondara sospechaban de él y le espiaban.
-
-
-
-
- VI
-
- EL MIRADOR DEL CASTILLO
-
-
-UN día, Eguaguirre dijo a sus nuevos amigos, el Capitán y Thompson, que
-la coronela quería conocerlos y que les invitaba a tomar el té en el
-mirador del castillo. Aceptaron los dos invitados con satisfacción.
-
-Por la tarde, Eguaguirre, Thompson y el Capitán montaban a caballo
-delante de la fonda de la Marina, entraban por la puerta de Tierra y
-subían las cuestas de la ciudadela.
-
-Thompson, a cada paso se paraba, admirado, entusiasmado, a contemplar
-el paisaje. El día era de viento sur, luminoso y sofocante; una
-languidez pesada parecía desprenderse del cielo, azul obscuro, y del
-mar, verde e inmóvil.
-
---¡Qué vista más espléndida!--exclamaba el inglés, sacando el pañuelo
-para enjugarse la cara.
-
-El Capitán sonreía, y Eguaguirre, con cierta impaciencia, murmuraba:
-
---La señora de Hervés nos espera. No lleguemos tarde.
-
-En pocos minutos subieron a la parte alta del castillo; pasaron por
-delante de una casamata, a cuya entrada se veían unos cuantos soldados;
-Eguaguirre llamó a uno, le entregó las riendas y bajó del caballo.
-
-Thompson y el Capitán hicieron lo mismo, y se acercaron los tres al
-pabellón donde vivía el coronel; llamó Eguaguirre, y les pasaron por un
-patio hasta el jardín del mirador.
-
-La señora de Hervés les salió al encuentro, y Eguaguirre hizo las
-presentaciones.
-
-Era la coronela una mujer de mediana estatura, más bien baja que alta,
-los ojos negros, el pelo rubio castaño, la boca de almendra, el cuello
-redondo y las manos muy pequeñas.
-
---¿Esta señorita es la hija del coronel?--preguntó el Capitán, aunque
-sabía que no lo era.
-
---No; es la coronela auténtica--repuso Eguaguirre.
-
---No me llame usted coronela, ¡por Dios!--dijo ella.
-
---Es para convencer a este amigo de lo que es usted y de que no es
-usted una supuesta hija del coronel.
-
---Este señor es muy galante.
-
---No; de verdad que parece usted una muchachita soltera--replicó
-el Capitán--, y hace usted muy bien al protestar de que la llamen
-coronela, porque esta palabra parece que ha de referirse siempre a
-alguna señora vieja y avinagrada.
-
-Thompson cambió unas palabras con Kitty; le pidió después permiso para
-contemplar las vistas desde el mirador y desde la batería del Rey.
-Kitty le acompañó, señalándole los pueblos y los montes que se veían a
-lo lejos. Thompson miraba el paisaje con exclamaciones de entusiasmo.
-
-Eguaguirre y el Capitán hablaban. El jardín aquel era pequeño y tupido.
-Los rosales y los mirtos estaban cuajados de flor, y en las manchas
-verdes de follaje de las enredaderas brillaban las campanillas blancas,
-rojas y moradas.
-
-En un extremo del jardín se levantaba el castillejo o castellet,
-antigua torre del homenaje, desde donde se dominaban los alrededores
-casi a vista de pájaro, como desde un globo.
-
-Recorrieron Thompson y Kitty los rincones de la batería, y
-descendieron por una escalerilla de piedra al jardín, a reunirse con el
-capitán y Eguaguirre. Se sentaron en unas butacas de mimbre y charlaron
-los cuatro.
-
-Kitty era hija de un militar inglés y de una señora alavesa, de
-Vitoria. Había quedado huérfana muy joven y se había casado con el
-coronel Hervés, que le llevaba más de treinta años de edad.
-
-Después de un largo rato de conversación, Kitty les invitó a subir a
-una galería abierta que daba al jardín, por unas gradas. Esta galería
-tenía unos arcos. En ella, un criado estaba preparando un refrigerio.
-El Capitán y Eguaguirre tomaron café, y Kitty y Thompson, té.
-
-Desde la galería, a través de los cristales, se veía el cuarto de
-trabajo de la coronela. Kitty les hizo pasar a sus invitados para
-verlo. Tenía una pequeña biblioteca, un piano y un arpa, y cuadernos de
-música clásica y de canciones populares inglesas.
-
-Los entusiasmos literarios de Kitty eran Walter Scott, lord Byron y
-Schelley. Sentía un gran entusiasmo por Diana Vernon, la heroína de
-Rob Roy, a quien confesaba había querido imitar. También tenía en la
-biblioteca obras de Sterne, Fielding y Goethe.
-
-El Capitán miró todos los libros, las estampas y un retrato de mujer
-pintado al óleo.
-
---¿Quién es? ¿Quizá su madre?--preguntó.
-
---Sí.
-
---¿Vive?
-
---No. Murió cuando yo nací. No la he conocido.
-
---A juzgar por el retrato, debía ser una mujer encantadora.
-
---Todos los que la conocieron hablan de ella con entusiasmo.
-
-Kitty quedó melancólica.
-
-Eguaguirre, para borrar esta impresión, instó a Kitty a que cantara,
-y ella, sin hacerse rogar, cantó acompañándose con el arpa algunas
-canciones irlandesas, que produjeron un gran entusiasmo en Thompson.
-
-Tras de recibir los plácemes de todos, Kitty fué a la mesita, donde
-guardaba sus papeles de música, y sacó el _Don Juan_, de Mozart.
-
---¡Ah! Mozart--exclamó Thompson--. Conozco algunas de sus sonatas.
-Dicen que _Don Juan_ es de una música muy obscura.
-
---Yo no lo creo así--contestó Kitty.
-
---Vamos--le dijo a Eguaguirre--. Cante usted.
-
---¡Oh! No, no. Por Dios. Es molestar a estos señores.
-
---De ninguna manera.
-
-Eguaguirre insistió en que lo hacía mal; pero, al fin, cantó con gran
-maestría la serenata de _Don Juan_.
-
- Deh vieni alla finestra.
-
---¡Admirable!--exclamó Thompson--. ¡Magnífico!
-
-Eguaguirre perdió su habitual expresión de tedio y quedó confuso y
-sonrojado de placer.
-
-Después Kitty entonó el aire de _Doña Elvira_:
-
- In quali eccesi o numi,
-
-y tras de éste la coronela y el teniente cantaron el admirable dúo de
-_Don Juan_ y de _Zerlina_,
-
- La ci darem la mano,
-
-que tuvieron que repetir una porción de veces.
-
-Daban a la canción una gran malicia y desenvoltura que ocultaba, sobre
-todo en ella, su entusiasmo amoroso. No había necesidad de ser muy
-psicólogo oyéndolos a los dos para comprender que había entre ellos
-algo más que una efusión artística.
-
-Era lástima viéndolos tan bellos el pensar que sólo saltando por encima
-de las leyes y afrontando el desprecio de la multitud podían llegar a
-unirse.
-
-¿Habrían dado el salto?--pensó el Capitán--. Todo hacía creer que
-Eguaguirre no era de los hombres que sienten temor a coger las flores
-al borde del precipicio.
-
-Después del concierto y del canto charlaron largamente. El Capitán
-había conocido a lord Byron, por quien Kitty tenía gran admiración,
-y contó sus entrevistas con el noble poeta. También había conocido a
-la amazona realista Josefina Comerford, y esta dama interesaba de tal
-manera a Kitty, que el Capitán tuvo que describirla con gran lujo de
-detalles.
-
-Al anochecer se presentó en la galería el coronel Hervés, el marido de
-Kitty.
-
-Era un hombre viejo, opaco, frío, con una amabilidad desdeñosa y una
-manera de hablar balbuceante, de paralítico.
-
-Kitty presentó al Capitán y a Thompson, y el coronel, tomándole a
-éste por su cuenta, se puso a explicarle un sinfín de menudencias
-burocráticas que a él, sin duda, le parecían importantísimas.
-
-Hablaba de una manera fatigosa y pesada:
-
---En estas cuestiones ¡ejem!... hay que atenerse a la parte ex... po...
-si... ti... va ¡ejem! como a la dis... po... si... ti... va ¡ejem!
-¡ejem! ¿Usted me comprende? Porque si usted no se fija mas que en la
-parte dis... po... si... ti... va ¡ejem! ¡ejem! no podrá comprender el
-sentido claro y preciso que el legislador ¡ejem! ¡ejem! ha querido dar
-a la ley... ¡ejem! ¡ejem!
-
-Thompson soportó lo más amablemente los ¡ejem! ¡ejem! y las
-explicaciones pesadísimas del coronel; Kitty mientrastanto sonreía con
-aire de excesiva amabilidad, y Eguaguirre, con su aspecto habitual de
-tedio y de desesperanza, miraba hacia el mar.
-
-Era ya de noche. Los contertulios se despidieron del coronel y de su
-señora y montaron a caballo.
-
-La noche estaba espléndida. Thompson fué mostrando la Osa Mayor y
-Arturus, la Estrella Polar, la Corona Boreal, Casiopea, en medio de la
-Vía Láctea, y los grandes astros, como Capella, Altair y Aldebaran...
-
-El mar murmuraba allá abajo y se oía el rítmico batir de sus olas.
-
-Al acercarse a la batería de San Antón sonó el grito del centinela.
-
---¡Centinela, alerta!
-
-Y después los alertas se oyeron más lejanos, hasta que volvieron a
-acercarse.
-
-Llegaron a la puerta de Tierra. Eguaguirre habló con el capitán de
-Llaves, y los tres pasaron al pueblo.
-
-
-
-
- VII
-
- LOS OFICIALES
-
-
-EN los buenos tiempos en que el castillo de Ondara era una fortaleza
-importante, el cuadro del Estado Mayor de la plaza estaba completo y la
-oficialidad era numerosa. Había entonces un gobernador, el teniente del
-rey, el sargento mayor o mayor de plaza, el asesor, los comisarios, el
-comandante de Artillería, el comandante de Ingenieros, los ayudantes y
-el capitán de Llaves.
-
-En el tiempo de decadencia del castillo, después de la guerra de
-la Independencia, ya estos cargos no tenían más valor que un valor
-burocrático. En esta época de la segunda reacción de Fernando VII, el
-cuadro de oficiales del ejército no ofrecía el carácter homogéneo de la
-oficialidad anterior a la guerra de la Independencia; ya no era ésta
-exclusivamente aristocrática, sino mezclada; los jóvenes de buenas
-familias se encontraban revueltos con los antiguos guerrilleros, con
-los liberales traidores y luego purificados y con los aventureros
-absolutistas que habían ganado sus grados a las órdenes de Mosén Antón,
-el Trapense, Bessieres o Quesada.
-
-Entre los oficiales de la guarnición de Ondara había individuos de
-estos diversos orígenes.
-
-En un pueblo de escasa población y sin vida política no era fácil que
-las divergencias ideológicas de militares y paisanos se hicieran
-más intensas, y, efectivamente, allí se amortiguaban; en cambio, las
-categorías sociales se acusaban y se llegaban a aquilatar los más
-ligeros matices de riqueza, distinción y superioridad.
-
-Kitty había querido influír y suavizar estas diferencias en su tertulia
-del jardín del Mirador.
-
-Al principio iban muchos oficiales de la guarnición; luego comenzaron a
-faltar y, al último, quedaron una media docena.
-
-De las señoras nunca fueron mas que dos o tres.
-
-Sabido es, y ya lo demostró un fraile en un librito publicado a fines
-del siglo XVIII, titulado _Los peligros de las tertulias_, que estas
-reuniones tienen muchos agarraderos para las uñas del Diablo.
-
-Las señoras de Ondara, como la señora doña Proba, que aparece en el
-librito del fraile, creían muy peligrosas las tertulias de Kitty, y no
-iban.
-
-De los hombres, uno de los más asiduos eran don Jesús Martín, el médico
-del regimiento, hombre grueso, lento en el hablar, muy gráfico y
-exacto. Don Jesús era el más entusiasta de los contertulios de Kitty,
-un adorador incondicional de su inteligencia y de su gracia.
-
-Otro de los contertulios temido por su pesadez era el capitán
-Barrachina, hombre alto, de pecho saliente, que se creía conquistador.
-Barrachina tenía los ojos negros, el bigote retorcido, las patillas
-cortas y el color bilioso.
-
-Barrachina era una buena y estúpida persona, con la mentalidad de un
-muchacho de diez y seis años. No había leído nada en su vida. Creía que
-ser un hombre--y él suponía una gran cosa--era ser un fantoche vestido
-de uniforme, con el pecho muy abombado y el ademán desafiador.
-
-Barrachina tenía muchos hijos, y mientras su mujer bregaba con ellos,
-él paseaba su estupidez por el pueblo.
-
-Barrachina hacía la gracia de desacreditar a su mujer; contaba si
-llevaba postizos, si se apretaba el corsé, indiscreciones que a Kitty
-molestaban profundamente.
-
-Otro de los asiduos a la tertulia era el capitán Embun, aragonés,
-hombre fuerte, alto, tosco, de pómulos salientes, que había campeado
-con los realistas de Eroles, y estaba enamorado de Kitty. A veces le
-decía a Eguaguirre:
-
---Esta mujer me vuelve loco--y añadía--: Y está por usted.
-
-También solían frecuentar el pabellón de Kitty un teniente de
-artillería, de anteojos, muy tímido y distinguido, que se llama Urbina,
-y que vivía en la misma fonda de la Marina, y un farmacéutico muy míope
-y muy pedante.
-
-Urbina, que tenía gran amistad con Kitty, no se hablaba con Eguaguirre.
-
-El coronel Hervés andaba siempre en compañía de un comandante, don
-Santos, hombre de aspecto hipócrita y tan pesado como el coronel. Este
-don Santos hablaba en párrafos redondos y con distingos. Los _sin
-embargo_, los _si bien es verdad_, los _si es cierto que_, estaban
-constantemente en su boca.
-
-A sus largas oraciones no se les veía el fin, eran capaces de quitar
-la paciencia a cualquiera. Para hacerlas más exasperantes, terminaba
-diciendo: ¿Está claro? ¿Se da usted cuenta? ¿Ha comprendido usted el
-sentido? ¿Me entiende usted bien?
-
-En la tertulia de Kitty se jugaba al tresillo, y a veces se cantaba y
-se tocaba el piano.
-
-De las señoras, únicamente la mujer de un capitán, una andaluza muy
-graciosa que parecía un chico, iba alguna que otra vez y hablaba como
-una cotorra e imitaba con mucha chispa a todo el mundo.
-
-
-
-
- VIII
-
- URBINA
-
-
-THOMPSON hizo amistades con Miguel Urbina, el teniente de artillería
-tímido y distraído que vivía en la misma fonda y frecuentaba la
-tertulia de Kitty.
-
-Urbina era hombre de estudio; tenía gran afición y entusiasmo por las
-matemáticas y se preocupaba de los problemas científicos de la guerra.
-
-Estaba desde hacía tiempo escribiendo unas observaciones acerca de la
-teoría analítica de las probabilidades de Laplace, trabajo que absorbía
-todo su tiempo.
-
-Urbina no podía comunicar sus dificultades y sus dudas a sus
-compañeros, porque entre los oficiales del castillo no había ninguno
-que pasara de saber las cuatro reglas.
-
-El matemático no tenía amigos. No se entendía bien con los demás
-oficiales.
-
-No cabe duda que el Ejército, noble y esforzado en tiempo de guerra,
-se convierte en una baja institución rutinaria en tiempo de paz. El
-militar formado en el campo de batalla, entre el humo de la pólvora
-y el vaho de la sangre, tiene siempre algo superior a su empleo, que
-borra el carácter de la reglamentación estrecha y de las ordenanzas de
-una disciplina chinesca; en cambio el que no ha tenido más campo de
-acción que la oficina o el rincón maloliente del cuartel, se hace el
-más incomprensivo de los burócratas.
-
-Urbina, que era hombre de preocupaciones elevadas, no podía convivir a
-gusto con sus compañeros, que no hablaban con entusiasmo mas que del
-sueldo y del escalafón y cuyo único entretenimiento era jugar a las
-cartas.
-
-Como hombre tímido y sabio, Urbina había tenido que sufrir muchas
-bromas de jóvenes oficiales estúpidos y petulantes.
-
-Kitty, que comprendía la clase de hombre que era el teniente, le acogía
-con su más amable sonrisa y sabía tratarle con tanta amabilidad, que el
-Mirador del castillo era el único sitio donde el oficial se encontraba
-a gusto.
-
-Urbina tenía esa timidez que no depende de la inteligencia, ni aun de
-la voluntad, sino que parece que está en los músculos, que se niegan a
-obedecer.
-
-El teniente era capaz de pensar con claridad, de intentar realizar lo
-pensado con audacia, de marchar con ímpetu; pero llegaba un momento en
-que sus nervios flaqueaban y se sentía paralizado. En esta situación de
-azoramiento, cualquier cosa, abrir una puerta, saludar, salir de una
-habitación, le dejaba confuso, vacilante, en una actitud de perplejidad
-que a él le resultaba embarazosa y triste y a los demás muy cómica. La
-gente se reía de él, y a consecuencia de esto, Urbina, al verse tan
-absurdo y tan poco consecuente consigo mismo, iba aislándose.
-
-Urbina y Thompson se hicieron amigos y se les veía pasearse juntos con
-mucha frecuencia por el castillo y por el muelle. Cuando hubo confianza
-entre los dos, Urbina habló de Kitty y de Eguaguirre:
-
---¿Qué vida hace la señora de Hervés?--le preguntó Thompson.
-
---Una vida muy independiente. Por la mañana toma su baño, luego da un
-paseo a caballo, lee, escribe, hace excursiones en lancha. Al anochecer
-recibe a sus amigos.
-
---¿Y el pueblo ve bien este espíritu de independencia de nuestra amiga?
-
---No. ¡Ca! El pueblo entero está contra ella. Se la considera loca,
-rara, absurda.
-
---No es extraño.
-
---Luego se habrá usted fijado en que Kitty tiene un gran desprecio por
-todas las vulgaridades y lugares comunes que forman como el caparazón
-constante de la gente mezquina. Muchas veces es capaz de llevar la
-contraria a una persona que defiende una opinión cierta, no porque ella
-piense lo contrario, sino porque tanta seguridad en una idea vulgar,
-aunque sea exacta, le repugna.
-
---Así, tiene que tener muchas enemistades.
-
---Figúrese usted.
-
---No le perdonarán esta independencia de espíritu.
-
---No. ¡Ca! A un hombre no se le perdona tener ingenio y un poco de
-nobleza de espíritu; a una mujer, mucho menos.
-
---¡Lástima!
-
---Sí. Kitty no es nada simpática en Ondara. Su originalidad ha parecido
-a las señoras del pueblo una muestra de extravagancia. No se puede
-encontrar por ahora en su conducta nada digno de tacha, pero se
-cree que no tardará en encontrarse. Su ingenio y su cultura son muy
-sospechosos para las damas ondaresas. No queremos ir a verla--dicen--.
-¡Es tan sabia! Nos pregunta los libros que leemos, sabiendo que no
-leemos ninguno. Para estas damas cuanto hace Kitty es una ridiculez y
-una pedantería. Para ellas todo lo que no sea hablar con el novio en la
-reja, si son solteras, confesarse con el curita jacarandoso u ocuparse
-de trapos, es absurdo.
-
---Así que Kitty estará muy aislada.
-
---Completamente.
-
---¡Parece mentira! ¡Una mujer tan simpática!
-
---Y tan buena--repuso Urbina.
-
---¿Usted cree que es buena de verdad?--preguntó Thompson.
-
---Sí; muy buena y muy inteligente. No encontrará usted en ella envidia,
-ni rencor, ni ningún sentimiento bajo; únicamente, orgullo; pero un
-orgullo noble de verse superior a la generalidad.
-
---Esto habrá contribuído a la antipatía general.
-
---Seguramente; Kitty tiene la vaga sospecha de que todas las
-superioridades se pagan. La finura, la gracia, la amabilidad desarman y
-domestican un momento a las gentes cerriles; pero es una domesticación
-pasajera, porque el bruto vuelve pronto a ser agresivo.
-
---¿Y cree usted que hay algo entre Eguaguirre y ella?
-
---Usted habrá notado lo mismo que yo lo que hay.
-
---¿Qué le parece a usted Eguaguirre? A mí me da la impresión de un
-egoísta frenético.
-
---Sí; es un gran egoísta; pero, al mismo tiempo, hombre tímido,
-violento y sensible. No tiene freno; el menor contratiempo le amilana y
-le sume en una desesperación sombría.
-
---Pues, si Kitty está enamorada de él, como parece--dijo Thompson--,
-Eguaguirre la hará desgraciada.
-
---Sí; por petulancia, por estupidez, por darse tono.
-
-Urbina contó a Thompson la causa de haber reñido con Eguaguirre. Urbina
-había comenzado a galantear a una muchacha del pueblo, huérfana, de una
-familia rica, a quien llamaban Dolores y también la _Clavariesa_, y
-Eguaguirre se interpuso haciendo el amor a la muchacha y entrando en su
-casa.
-
-El tutor había cogido a su pupila y la había llevado al convento de
-Monsant, en donde estaba por el momento. Desde entonces, Urbina no
-quería tratar con Eguaguirre, y únicamente cruzaba con él algunas
-fórmulas de cortesía cuando se encontraba en su presencia delante de
-Kitty.
-
---No quiero tener amistad con él--concluyó diciendo--. Me busca; ha
-intentado darme explicaciones, pero estoy dispuesto a no transigir.
-
-
-
-
- IX
-
- RECOMENDACIÓN DE KITTY
-
-
-LAS guarniciones, como los seminarios y los conventos, tienen todos los
-vicios y las hipocresías de los grupos colegiados.
-
-La proximidad del hombre para el hombre es corruptora: un cuartel,
-un colegio, o un convento siempre serán un centro de fermentaciones
-pútridas. Al hombre, sin duda, le dignifica la soledad; el campo,
-cuanto más deshumanizado, es más sano para el espíritu.
-
-La tropa de un pueblo, en tiempo de paz, es uno de los mayores focos
-de corrupción. Únicamente, el clero puede ponerse a veces a la altura
-del ejército en rapacidad, en lubricidad y en malas costumbres. Difícil
-será encontrar en una guarnición nada alto, levantado y noble; en
-cambio la envidia, la malevolencia, el odio crecen de una manera lozana
-y fuerte.
-
-Pronto se enteraron Thompson y el Capitán de las historias y
-murmuraciones de Ondara...
-
-Una tarde de día de fiesta, en que todo el pueblo estaba en el campo,
-entró Thompson sin meter ruido en su cuarto y se tendió en la cama.
-Durmió un rato. Había dejado la ventana que daba a la galería abierta,
-y al despertarse oyó un rumor de conversación.
-
-Se asomó a curiosear, y vió al comandante don Santos que hablaba con un
-joven oficial de la fonda.
-
-El hombre de las perífrasis y de los circunloquios excitaba al joven
-oficial a que espiara a Eguaguirre y a los dos extranjeros sospechosos.
-Thompson oyó toda la conversación, esperó a que se marcharan los
-militares, y cuando se fueron, salió a la calle a buscar a Eguaguirre y
-al Capitán, que estaban jugando al tresillo en casa de un comerciante
-de la calle Mayor.
-
-Thompson explicó lo que había oído.
-
---¿Qué ha dicho don Santos de mí?--preguntó Eguaguirre.
-
---Ha dicho que un tío de usted, que comenzó su vida militar de
-guerrillero con Mina, fué perseguido como conspirador, en 1816,
-en Denia; que su mismo tío castigó con rudeza a los realistas de
-Villarrobledo, en 1823, y que usted está en relación con él.
-
---¡Bah! No es cierto. Y el oficial, ¿qué decía?
-
---Decía que no; que usted es un hombre indiferente a la política; que
-todas sus aspiraciones consisten en tener dinero y en hacer el amor a
-las mujeres, y que es usted el amante de la señora de Hervés.
-
-Eguaguirre se puso serio y palideció.
-
---También ha contado la historia de una novia de usted, a quien han
-tenido que meter en un convento.
-
---Nada; que no hay manera de vivir aquí sin que la gente se meta en lo
-que uno hace y en lo que no hace--exclamó Eguaguirre furioso.
-
---Y de nosotros, ¿no ha dicho nada?--preguntó el Capitán.
-
---De nosotros ha dicho don Santos que somos masones y que va a mandar
-las señas nuestras a la policía.
-
-El Capitán quedó intranquilo:
-
---Ese hombre debe ser de la sociedad El Angel Exterminador--murmuró.
-
---Es probable--dijo Eguaguirre.
-
---¿Algún espía pagado por esa sociedad?--preguntó Thompson.
-
---No; pagado, no--repuso Eguaguirre--; el comandante ejerce,
-seguramente, el espionaje para prosperar, para ascender. Ya no tenemos
-los militares españoles guerra, ni posibilidad de ella en mucho tiempo;
-ya no se puede llegar como Mina, el Empecinado o Renovales, en seis
-años, de soldado a general, y la gente que quiere hacer carrera intriga
-y espía.
-
-El Capitán estaba pensativo.
-
-Las noticias que llegaban de la persecución de liberales en Valencia
-y en Cataluña eran para llenar de espanto a cualquiera. Se contaban
-historias terribles del Angel Exterminador. Por toda la costa del
-Mediterráneo las venganzas de los absolutistas eran espantosas.
-
-Al ver la intranquilidad del Capitán, Eguaguirre le dijo:
-
---No tenga usted cuidado. Vaya usted a ver a Kitty y háblele
-francamente. El coronel hará lo que ella le indique.
-
---¿Pero no contará lo que se le diga, sin malicia...?
-
---No, no; puede usted fiarse en Kitty mejor que en un hombre.
-
-El Capitán fué a visitar a la señora de Hervés y le expuso sus temores.
-Ella le tranquilizó, asegurándole que influiría en su marido y pararía
-los golpes de don Santos.
-
-El Capitán volvió al lado de Eguaguirre diciendo que Kitty era una
-mujer encantadora.
-
-Unos días después, la señora de Hervés escribía a Thompson una carta
-rogándole que fuera a verla.
-
-Thompson fué y charlaron largo rato.
-
---¿Quién es el Capitán?--preguntó Kitty con curiosidad--. Me ha dado la
-impresión de un hombre extraño, de un personaje de novela.
-
---El Capitán es un aventurero--contestó Thompson--; un tipo de estos
-que, en otro tiempo, hubiera sido un _condottiere_ italiano o un
-compañero de Hernán Cortés en Méjico.
-
---¿Y usted dónde le ha conocido?
-
---Yo le conocí en un barco, al dejar Missolonghi. El llegaba de
-Alejandría, de Egipto; había ido a Missolonghi a verse con lord Byron,
-y como el lord estaba enfermo, esperaba el desenlace de la enfermedad.
-Al saber su muerte, se decidió a volver a Occidente y entró en la
-misma corbeta griega que nosotros. En ella fuimos a Nápoles, donde nos
-embarcamos en la polacra siciliana, en la que llegamos hasta aquí; el
-amigo mío, que murió luego en el lazareto, se agravó en la enfermedad;
-los marineros comenzaron a decir que tenía la peste, y obligaron al
-capitán del barco a desembarcarlo. Yo no quise abandonar a mi amigo;
-el Capitán protestó; pero como la tripulación estaba contra nosotros,
-tuvimos que salir los tres.
-
---¿Y de dónde es el Capitán?--preguntó Kitty.
-
---Actualmente, es súbdito inglés; pero creo que ha nacido en España.
-
-Hablaron de otras cosas, y de pronto la coronela dijo:
-
---Usted es amigo de Miguel Urbina, ¿verdad?
-
---Sí.
-
---Y el Capitán, ¿no le trata?
-
---Muy poco.
-
---Dígale usted que se haga amigo de él. Yo le quiero mucho a Urbina. Es
-un corazón excelente. Miguel está enamorado de una muchacha encerrada
-en un convento de aquí cerca, el convento de Monsant.
-
---Sí; me ha contado sus amores.
-
---¡Ah! ¿Le ha contado a usted sus amores?
-
---Sí.
-
---Pues yo desearía que ustedes le animaran, le ayudasen para que
-hiciese algo por esa muchacha, aunque fuese una locura. El quedaría
-satisfecho, y ella es posible que al verle capaz de una hombrada le
-quisiera.
-
---Nada, le animaremos--dijo Thompson--; intentaremos impulsarle a que
-tome una actitud heroica.
-
-Se despidió Thompson de la señora de Hervés, y por la noche contó
-al Capitán la conversación que habían tenido y el proyecto de que
-hablaron.
-
-
-
-
- X
-
- EXPLICACIÓN
-
-
-PUESTO que nuestra encantadora amiga Kitty ha hecho a usted esa
-recomendación--dijo el Capitán--, trataremos de servirla. Amor, con
-amor se paga. ¿Usted ha comprendido la causa de ese encargo, amigo
-Thompson?
-
---No.
-
---Pues yo se la explicaré a usted. Kitty está enamorada locamente de
-Eguaguirre y quiere tenerlo seguro; teme alguna veleidad de su amante
-por esa muchacha encerrada en el convento de Monsant, de que usted
-habrá oído hablar, que llaman Dolores la _Clavariesa_, y va buscando
-que Urbina se case con la Dolores.
-
---¡Bah! ¿Usted cree en todo lo que se cuenta?
-
---Conozco la historia en sus detalles--replicó el Capitán--. Al llegar
-Juanito Eguaguirre al pueblo, había aquí dos mujeres que los poetastros
-de la localidad llamaban las dos beldades de Ondara: una era Kitty;
-la otra, una huérfana rica, a quien por haber tenido no sé qué cargo
-honorífico en el Calvario, llamaban la _Clavariesa_; Kitty tenía el
-prestigio de su elegancia, de su cultura, de su aspecto extranjero; la
-_Clavariesa_ era una mujer hermosa, con la perfección de líneas de una
-modelo de Praxiteles. Esta _Clavariesa_ era la pupila de un abogado
-llamado Vicente Fenoller. Fenoller, uno de los grandes hombres del
-pueblo, es un señor de gran fachenda, abogado elocuente, regionalista
-entusiasta y católico fanático. Fenoller ha casado a un hijo suyo con
-una mujer rica, y piensa casar al otro con su pupila la _Clavariesa_.
-La tía de la muchacha no es nada partidaria de tal matrimonio.
-
-En este estado de rivalidad entre Kitty y la _Clavariesa_, vino Urbina,
-y, a pesar de su timidez y de su apocamiento, fué acogido por las dos
-rivales con sus más graciosas sonrisas. Urbina, si hubiera sido un
-hombre valiente y de poca preocupación moral, se hubiera lanzado a
-galantear a Kitty; pero no tuvo bastante ánimo para ello, y se dedicó a
-hacer el amor a la _Clavariesa_, que al principio le correspondió. En
-tal situación se presentó Eguaguirre en Ondara.
-
-Al primer mes de estar aquí el teniente había dado un escándalo; había
-ganado y perdido fuertes sumas en el juego, y había tenido un desafío,
-en el cual hirió gravemente a su adversario.
-
-Eguaguirre comenzó sus amores en Ondara por partida doble: galanteaba
-a una muchacha del barrio de pescadores y a la coronela. Kitty se
-divertía con este galanteo, que consideraba inocente. Eguaguirre, que
-es un egoísta furibundo, se encontraba mal de dinero, y al saber que
-Dolores la _Clavariesa_ era rica y huérfana, no se cuidó para nada de
-su amigo Urbina, ni de la coronela, ni de la muchacha del barrio de
-pescadores, y escribió a Dolores una carta de amor. La _Clavariesa_
-le aceptó con gran entusiasmo. Estas permutaciones amorosas fueron
-la comidilla del pueblo. La coronela se eclipsó, y Urbina hizo lo
-mismo. Entonces Fenoller, el tutor de la Dolores, advirtió a ésta que
-Eguaguirre era un perdido, jugador, mujeriego, que no quería mas que su
-dinero.
-
---El que no quiere mas que mi dinero es usted--le contestó ella
-violentamente, y aseguró que no, que no la casarían con otro.
-
-Fenoller cogió a su pupila, y con engaños la llevó al convento de
-Monsant. Eguaguirre se olvidó al momento de la _Clavariesa_, y volvió a
-ser el caballero de Kitty, que le aceptó con todas las consecuencias.
-
- * * * * *
-
---No comprendo el éxito de Eguaguirre--dijo Thompson.
-
---Mi querido amigo--replicó el Capitán--; el éxito de Eguaguirre es,
-como todos los éxitos, un poco fatal y un poco injusto. Hay hombres que
-tienen disposiciones para amar, para querer, y otros para ser queridos.
-Hablo desde un punto de vista casi físico, sexual. Eguaguirre es de
-estos últimos. Ha nacido con la facultad de ser apetecible para el
-sexo contrario. ¿Cuál es esa facultad? ¿En qué consiste? ¿Cómo la ha
-desarrollado? No lo sé.
-
---Encuentro muy problemático lo que usted dice.
-
---Es que usted cree que las mujeres se enamoran exclusivamente de los
-hombres puros, angelicales, de los sabios, de los héroes.
-
---No, no; ya sé que no.
-
---Entonces estamos en lo mismo. Las mujeres se enamoran de hombres
-altos y bajos, buenos y malos, raros y vulgares; pero entre éstos
-no cabe duda que hay unos que, sin saber por qué, hacen mover con
-más facilidad esa maquinaria de afectos, de deseos, de vanidades, de
-inclinaciones que hay en una mujer. Esos son los donjuanes, los hombres
-interesantes, los codiciados... Y uno se pregunta el por qué. ¿Es que
-estos hombres tienen una perspicacia especial para ver los puntos
-flacos del sexo contrario? No. ¿Es que comprenden a las mujeres mejor
-que los otros? Tampoco. Como todos los demás, en estas cuestiones
-amorosas disparan su flecha con los ojos cerrados; pero, a diferencia
-de los demás, dan casi siempre en el blanco. Ahora usted dirá: ¿Por
-qué dan en el blanco? Por la razón sencilla de que la mujer que hace
-de juez y de árbitro en el juego está dispuesta a creer que para aquel
-hombre escogido por ella donde dé la flecha estará el blanco. Es la
-arbitrariedad de la Naturaleza.
-
---Es posible que sea así--dijo Thompson--; yo, la verdad, no le
-encuentro nada extraordinario a Eguaguirre.
-
---¡Usted qué le va a encontrar! Ni yo tampoco. Son las mujeres las que
-le encuentran algo especial. Es la mirada impertinente, es la flema,
-es el desdén... Quizá le agradecen vivir exclusivamente para ellas,
-cosa que a la larga debe ser aburrida. El caso es que Eguaguirre es un
-Tenorio y que nuestra encantadora Kitty quiere favorecer los amores de
-Urbina y de la muchacha encerrada en Monsant para tener la exclusiva de
-su Tenorio.
-
---Sí, sí, es posible, y lo siento. La verdad, no creo que Eguaguirre
-valga la pena de tantos cuidados.
-
---Amigo Thompson. Está usted hablando como un niño. ¿Es que va usted
-a pretender que las mujeres no tengan derecho a enamorarse de los
-imbéciles y de los egoístas? ¿Es que les va usted a privar de ese
-sacrosanto derecho? Pues entonces les va usted a cercenar la vida. Es
-la fruta que más les ilusiona.
-
-Y el Capitán se rió, frotándose las manos alegremente.
-
-Thompson quedó algo preocupado con las palabras del Capitán, y como no
-quería ser un negador sistemático, intentó estudiar a Eguaguirre.
-
-No encontró en el joven teniente nada que le sorprendiera. Era de una
-inteligencia menos que mediana, de una cultura casi nula, orgulloso,
-sombrío, con una gran fe en sí mismo. Quizá ésta era una de sus
-fuerzas. Otro atractivo podía tener el oficial para las mujeres, y era
-que su vida parecía próxima a una tragedia, a una catástrofe.
-
-El egoísmo de Eguaguirre era monstruoso. Kant, en su antropología
-práctica, encuentra que hay tres clases de egoísmo: el egoísmo lógico,
-el estético y el práctico.
-
-El egoísmo lógico juzga sin tener en cuenta el juicio ajeno; el
-estético, se contenta con su gusto, sin hacer caso de la opinión
-general, y el egoísmo práctico subordina todo lo del mundo a la vida de
-uno.
-
-Eguaguirre tenía algo del egoísmo lógico y del estético; pero el que
-le poseía por completo era el egoísmo práctico. Sentía desdén por la
-gente, creía despreciar a todo el mundo, lo cual no era obstáculo
-para que fuera capaz de exponer la vida para que los demás, una turba
-de imbéciles, según él, no creyesen que alguna vez él, el teniente
-Eguaguirre, pudiera quedar mal en un asunto cualquiera.
-
-
-
-
- XI
-
- EL PROYECTO
-
-
-EL Capitán, siguiendo la indicación de Kitty, se hizo amigo de Urbina,
-quien le contó sus amores.
-
---Amigo Urbina--le dijo el Capitán--, ¿usted está enamorado de verdad
-de esa chica?
-
---Sí.
-
---¿De verdad, de verdad?
-
---Sí, hombre, sí.
-
---¿Sería usted capaz de raptarla del convento de Monsant si ella
-quisiera?
-
---No creo que fuera muy fácil.
-
---Lo facilitaremos. Todo es cuestión de tener voluntad.
-
---¡Ah! Si fuera posible, con mil amores.
-
---Tiene usted que hacer algo extraordinario para influír en la
-imaginación de su dama Urbina--dijo el Capitán--. Kitty nos ayudará.
-
---¿Querrá?
-
---Sí.
-
-Fueron a visitar a la coronela, Urbina, Thompson y el Capitán. Le
-explicaron la idea, como si no hubiese partido de ella, y se comenzó a
-estudiar el proyecto.
-
-Primeramente era necesario hacer una visita al convento de Monsant.
-
-Kitty dijo que ella era amiga de la superiora y que le escribiría
-pidiéndole permiso para hacerla una visita.
-
---Esto es lo primero que hay que resolver--dijo el Capitán--; luego,
-ya veremos si a Urbina, al ver a su novia se le ocurre una inspiración
-genial que haga gran efecto en el corazón de su amada.
-
---¿A mí? ¡Ca!--exclamó Urbina--. No se me ocurrirá nada.
-
---Bueno, no se asuste usted tan pronto, Urbina--dijo Kitty--. Usted
-no llevará la dirección del asunto, y no será usted responsable del
-éxito o del fracaso de la empresa. El Capitán será nuestro director, el
-Próspero de nuestra isla.
-
---El Capitán no creo que haya leído _La Tempestad_, de
-Shakespeare--replicó Thompson--, ni que se haya hecho cargo de la
-alusión de usted; pero yo, que la he leído, afirmo que nuestro Próspero
-es de lo más maravilloso que puede ser un Próspero solamente humano.
-
---No me den ustedes fama antes de ver los resultados--replicó el
-Capitán--. Con el éxito aceptaré los aplausos.
-
-Una semana después Kitty le dijo al Capitán que había recibido una
-carta de la superiora diciéndola que podían ir a visitar el convento
-cuando quisieran.
-
---Muy bien.
-
---Iremos unos cuantos--dijo la coronela.
-
---¿Quienes vamos a ir?
-
---El doctor y su mujer, Urbina, Thompson, usted y yo.
-
---¿Y Eguaguirre?--preguntó el Capitán, indiferente.
-
---No--contestó ella, mirando con atención al Capitán, para ver si en la
-cara de éste se reflejaba algún pensamiento malicioso.
-
-El rostro del Capitán estaba impasible.
-
---¿Cómo haremos el viaje?--preguntó Thompson.
-
---Otras veces hemos salido de Ondara al amanecer. Embarcamos aquí,
-hasta un pueblecito que está a dos horas de distancia, donde suele
-esperar una tartana. Como vamos a ir más gente que de costumbre,
-mandaremos que saquen unos caballos. A media tarde, o al anochecer,
-podemos estar de vuelta.
-
---¿De manera que usted ha estado ya en el convento?--preguntó el
-Capitán.
-
---Sí. Dos veces.
-
---Dígame usted cómo es.
-
---¿Qué quiere usted que le diga?
-
---Hágame usted una descripción de él: si es grande, si es chico, si
-tiene un jardín, si no lo tiene, cómo está emplazado, etc.
-
-Kitty hizo una descripción del convento, todo lo detallada que pudo.
-El Capitán no se fijó mas que en dos detalles: en que al lado del
-monasterio se cortaba la tierra, hacia el mar, en un acantilado muy
-alto, y en que había muchas palomas.
-
---¿De manera que hay palomas?--preguntó varias veces.
-
---Sí, muchas; tanto, que las venden.
-
---¡Ah, las venden! Ya tenemos un pequeño dato--dijo el Capitán--. Y el
-acantilado, ¿cómo es?
-
-Kitty no recordaba bien cómo era, y no pudo contestar con precisión a
-esta pregunta.
-
---Otra cosa--preguntó el Capitán--. ¿No tiene usted un anteojo?
-
---Sí.
-
-Kitty llamó a un criado, que vino con un anteojo, y el Capitán estuvo
-mirando con él, observando la costa y la ensenada de Monsant, de la
-cual no se veía mas que la entrada.
-
-Después llegó Eguaguirre, y Thompson y él se retiraron.
-
-
-
-
- XII
-
- EL VIAJE
-
-
-SE fijó como día de marcha un domingo, y por la mañana, antes de
-amanecer, estaban todos los que formaban la expedición en el muelle.
-
-El capitán de Llaves había mandado echar el puente levadizo, en la
-puerta de la Marina, más temprano que de costumbre, y acompañaba a los
-expedicionarios, que formaban un grupo...
-
-Era la hora anterior al alba; la hora del despertar de los puertos y de
-los barrios de pescadores; la hora que los antiguos representaban como
-una muchacha con alas, vestida con una túnica de color violeta pálido y
-acompañada de una lechuza de color de crepúsculo. El cielo, estrellado,
-estaba aún negro; la Osa Mayor se inclinaba hacia el mar, que florecía
-en fosforescentes espumas, y en el pueblo comenzaban a cantar algunos
-gallos madrugadores, que presentían la aurora.
-
-Había, en la popa de una barca atracada al muelle y sujeta por una
-maroma, un farolillo que se balanceaba.
-
-En esta barca, la _Joven Rosario_, iban a partir Kitty y sus amigos
-para Monsant.
-
-Dos marineros, ayudados por los soldados de la guardia de la puerta
-de la Marina, pasaron de una mano a otra unos cuantos fardos y varios
-cestos de provisiones por la escotilla al interior de la bodega del
-falucho. Embarcaron luego los pasajeros; se acomodaron en los bancos,
-a popa, sobre la cubierta, y la _Joven Rosario_ se separó del malecón y
-comenzó a alejarse a fuerza de remos, haciendo un ruido de chapuzones
-en el agua.
-
---¡Adiós! ¡Divertirse!--dijo el capitán de Llaves desde el muelle.
-
---¡Adiós! ¡Adiós! Hasta la vuelta--contestaron los viajeros.
-
-El falucho era ancho y pesado; los tripulantes, cuatro: dos marineros,
-el patrón y un grumete.
-
-Hacía un viento fresco; el relente de la noche dejaba la ropa
-humedecida. El agua parecía tan cuajada como el cielo de estrellas,
-que iban siguiendo a la barca, palpitando y temblando sobre las olas
-sombrías, que pasaban por encima del abismo negro del mar...
-
-De pronto comenzó a rechinar una garrucha agriamente; la gran vela
-latina se extendió, como una claridad fantástica, en el aire de la
-noche, que tenía ráfagas turbias de luz; dió un latigazo, se inclinó la
-barca por una de sus bordas, y comenzó a marchar de prisa, abriéndose
-paso entre remolinos de espuma... El horizonte aclaraba por instantes;
-las estrellas palidecían. Unas nubecillas grises, azuladas, habían
-invadido el cielo por Levante, y estas nubecillas fueron enrojeciéndose
-hasta que el sol hizo su salida triunfal, rasando con su luz dorada las
-crestas espumosas de las olas.
-
-Las nubes se fueron esparciendo por el cielo en grandes copos rojos,
-que se subdividieron y concluyeron por deshacerse.
-
-El grumete, que corría a proa con los pies desnudos, se puso a cantar,
-con voz atiplada:
-
- L'airet, l'airet, l'airet
- de la matinada.
- Del rich estiu, del rich estiu,
- del rich estiu.
-
---¡Silencio!--le gritó el patrón severamente.
-
---Déjele usted cantar--exclamó Kitty--; lo hace muy bien.
-
-El muchacho siguió con su canción, cambiando de voces con mucha gracia.
-
-Ya la luz de la mañana alumbraba el mar, y los viajeros se veían unos a
-otros.
-
-Kitty iba muy sonrosada y elegante con un chal y una capucha que le
-cubría la cabeza; la mujer del médico comenzaba a ponerse pálida, algo
-mareada; Urbina estaba preocupado; el Capitán, silencioso, y el doctor
-y Thompson se entretenían en hacer cabriolas y gansadas, exponiéndose a
-caerse al agua.
-
-Al alejarse a una distancia de un par de millas del puerto oyeron la
-diana que tocaban los tambores y cornetas en el castillo de Ondara.
-
-Se volvieron todos a mirar hacia atrás. El castillo brillaba como una
-ascua. Parecía fundido, incendiado por el sol; el pueblo estaba todavía
-en la sombra, y únicamente un rayo de oro daba en la cúpula de la
-iglesia, que centelleaba con mil reflejos.
-
-Poco después se oyeron varios cañonazos.
-
-Se veía el humo blanco de la salva, que manchaba el aire azul, formando
-una nube redonda, y unos segundos más tarde sonaba el estampido.
-
---La Naturaleza tiene también cosas cómicas--dijo el Capitán--. Esa
-diferencia de rapidez entre la luz y el sonido hace un efecto grotesco.
-
---¿Tampoco quiere usted estar conforme con la Naturaleza?--preguntó
-Kitty, riendo.
-
---Tampoco.
-
-En esto se izó la bandera en el castillo de Ondara, que comenzó a
-brillar al sol.
-
---¡Hurra! ¡Hurra!--gritó Thompson, agitando su sombrero en el aire.
-
---No me ha parecido bien ese hurra cosaco, Thompson--dijo burlonamente
-el doctor--. ¿Ustedes qué opinan?
-
---La verdad es que ese grito del Norte en pleno Mediterráneo parece
-intempestivo--contestó Kitty.
-
---Completamente intempestivo--dijo el Capitán.
-
---Yo creo que el eco ha protestado con indignación--añadió el doctor.
-
---¡Qué duda cabe!--repuso el Capitán--. Yo mismo he visto un delfín que
-se ruborizaba al oír esa exclamación salvaje.
-
---No se esfuercen ustedes más, amigos míos--exclamó Thompson--, en
-convencerme que he hecho mal. Tienen ustedes razón. Había perdido la
-noción geográfica, se me había confundido en la cabeza el paralelo.
-Pero ahora estoy orientado, he encontrado la aguja de marear y creo que
-a este grito no tendrán ustedes que poner ninguna objeción.
-
---Vamos a ver--dijo el doctor.
-
---¡Evohe! ¡Evohe!--gritó Thompson desaforadamente--. ¡Eh! ¿Qué tal?
-¿Tengo aire clásico?
-
---Parece usted un Sileno--dijo el doctor.
-
---¡Evohe! ¡Evohe!--repitió Thompson.
-
---Va usted hacer zozobrar la barca con sus gritos báquicos--exclamó el
-Capitán.
-
---Me callaré; pero ustedes confiesen que este ¡Evohe! ha estado muy
-bien.
-
---Yo lo confieso--dijo el Capitán--; la prueba es que el delfín, que
-iba antes avergonzado y triste con sus hurras, me ha hecho una seña de
-amistad y ha sonreído.
-
- * * * * *
-
-Hacía poco viento y tardaron dos horas en desembarcar en Alba, un
-pueblecito de la falda del Monsant.
-
-Era el pueblo pequeño y blanco; se destacaba en el cielo azul intenso,
-colocado sobre un acantilado calcáreo de poca altura, rodeado por un
-arenal. Brillaba esta pared como si fuera de mármol veteado y manchado
-por algunas plantas trepadoras. Encima se alineaban casas blancas,
-cuadradas, como dados, sin alero, que refulgían al sol.
-
-Al pie del acantilado se extendía la playa, llena de algas de aspecto
-haraposo.
-
-La barca se acercó y encalló en el arenal.
-
-Veíase éste en aquel momento lleno de gente; unos arrieros de pueblos
-de alrededor compraban y cargaban pescado en carros pequeños, y con tal
-motivo había gran movimiento de ir y venir.
-
-Los viajeros, dirigidos por Kitty, cruzaron por entre los pescadores,
-salieron a una calle del pueblo y entraron en la posada.
-
---¿Qué hora es?--preguntó Kitty.
-
---Las ocho.
-
---Entonces tenemos que esperar una hora a que vengan la tartana y los
-caballos.
-
-Salieron todos a una galería del mesón que daba hacia la playa.
-
-Al lado del mar había un conjunto de chozas, unas de paja, otras
-de tablas, en cuyos cobertizos y tejados se amontonaban cuerdas de
-esparto. Entre barca y barca se secaban al sol las ropas de los
-marineros. Los chicos y las mujeres cavaban con la azada pequeños
-canales en la arena, para que las barcas que partían se deslizasen
-hacia el mar, y ayudaban a subir a las que llegaban, tirando de una
-cuerda que pasaba por dos poleas.
-
-A las nueve en punto, la moza del mesón avisó que estaban la tartana y
-los caballos en la puerta, con el asistente de Urbina.
-
-Kitty notó en aquel momento que el Capitán llevaba en la mano un bulto
-cuadrado cubierto de tela.
-
---¿Qué lleva usted ahí?--le dijo.
-
---Es un secreto.
-
---¿No lo puedo yo saber?
-
---Sí; es una jaula. Póngala usted en el coche, ya le diré a usted luego
-para qué es.
-
-Las señoras y el médico subieron en la tartana; los demás, en los
-caballos, y se dirigieron todos por una rambla llena de polvo, y
-después por una cuesta pedregosa, a escalar la parte alta de un
-acantilado, por donde corría un camino de herradura. Este camino, la
-Volta del Rosignol, iba rodeando el monte hasta dominar la ensenada del
-Monsant, una ensenada casi redonda con un islote en medio, el islote
-del Farallón. A un extremo de la ensenada estaba el convento.
-
-Al llegar sobre la altura y comenzar el descenso del camino, el caballo
-de la tartana salió con un trote descompasado, agitando la collera
-y un cucurucho de cascabeles que llevaba fijo en ella y que sonaba
-estrepitosamente en la marcha.
-
-Los jinetes picaron la espuela a sus caballos, y en hora y media
-estaban todos en el convento.
-
-
-
-
- XIII
-
- EL CONVENTO
-
-
-ERA un magnífico lugar aquel en donde se asentaba el monasterio.
-Se hallaba en una alta explanada del Monsant, al borde mismo del
-acantilado de la costa; tenía delante un bosquecillo de olivos; encima
-de éste, un pinar, y más arriba, cimas ásperas y pedregosas; abajo se
-extendía el mar, en cuya superficie luminosa se dibujaba la sombra del
-islote. Al acercarse al convento, por la Volta del Rosignol, se veía,
-primeramente, la torre por encima de los viejos y mugrientos tejados,
-entre los cipreses del camposanto; luego se abarcaba todo el conjunto
-del edificio, circundado por una muralla con aspilleras y rejas. Dentro
-de esta muralla se encerraba la iglesia, la vivienda, el jardín y el
-claustro.
-
-Entre el convento y el bosquecillo de olivos había un raso ancho y
-empedrado, con una cruz de piedra en medio.
-
-En aquel momento, un mendigo, envuelto en una anguarina parda, dormía
-al sol.
-
-Llegaron la tartana y los caballos a la plazoleta; se detuvieron y
-bajaron los viajeros.
-
-Un arco de la muralla entre dos columnas, con una puerta claveteada
-y pintada de azul, daba acceso al primer patio. En el fondo de éste
-se levantaba la iglesia, una fachada barroca con guirnaldas y grandes
-tejas con celosías. Encima de la puerta, contorneada por una moldura
-retorcida de piedra, había una hornacina con una Virgen antigua
-esculpida por algún artista gótico, y a los lados de ella se destacaban
-dos grandes escudos coloreados. La fachada remataba en una torre
-adornada con varios jarrones y tres campanas.
-
-En el patio, los arrayanes decrépitos y mal cortados trazaban un
-rectángulo, y en medio de éste se levantaba una gran taza de mármol,
-musgosa, olvidada y triste, que en otro tiempo debió de estar
-embellecida y animada por el chorro vivo de un surtidor de agua clara.
-
-Kitty y los amigos atravesaron el patio y se acercaron a la iglesia.
-
---Thompson y yo esperaremos aquí un momento--dijo el Capitán--, luego
-entraremos.
-
-Kitty, con la mujer del doctor, el doctor y Urbina, pasaron al patio,
-y Thompson y el Capitán quedaron fuera con el asistente de Urbina y el
-tartanero.
-
---Oye, muchacho--le dijo a éste el Capitán.
-
---¿Qué quiere usted?
-
---Pasa por ahí y llama al jardinero o al portero, y dile a cualquiera
-de ellos que te venda dos palomas, y pregúntale si todas las semanas
-podrán vender otras dos.
-
---Bueno.
-
---Toma--y el Capitán le alargó unas monedas.
-
---¿Ya, cuidarán ustedes de la tartana?
-
---Sí, estaremos aquí.
-
-El tartanero entró en el convento y volvió al poco rato con dos palomas
-grises.
-
---¿Qué han dicho?--preguntó el Capitán.
-
---Que venderán todas las que se quieran. Ahí tiene usted la vuelta.
-
-El Capitán dió una propina al muchacho y cogió las dos palomas, las
-examinó, las encerró en la jaula y ésta la dejó dentro de la tartana.
-
---¿Qué vamos a hacer ahora?--preguntó Thompson.
-
---Yo voy a entrar--dijo el Capitán--; usted se queda aquí, inspecciona
-esto y me hace un pequeño plano del conjunto del edificio y de sus
-alrededores.
-
---¡Pero entonces no voy a ver el convento!
-
---Y a un luterano como usted, ¿qué demonio le importa ver un convento
-de papistas?
-
---¿Y el arte?
-
---¡Qué arte! No sea usted amanerado, Thompson. ¿No es una obra de
-arte el intentar, como intentaremos nosotros, si se puede, robar
-una señorita de un convento? Le creía a usted superior a esas
-supersticiones.
-
---No he dicho nada. Es usted el Capitán y le obedezco.
-
---Bueno. Hasta luego entonces.
-
-Entró el Capitán en el patio, lo recorrió y pasó a la iglesia, y
-después al claustro. Aquí se reunió con Kitty y sus amigos, que estaban
-en compañía de la superiora y de una mujer de una belleza espléndida,
-vestida de negro. Era la _Clavariesa_. La _Clavariesa_ hablaba con
-Kitty, al parecer, come con una amiga íntima.
-
-Precediéndolos a todos iba un sacristán cojo, vestido con una túnica
-negra y armado de un llavero, abriendo puertas.
-
-El Capitán se acercó a Urbina y le preguntó, señalando a la
-_Clavariesa_:
-
---¿Es la novia de usted?
-
---Sí.
-
---La puede usted decir unas palabras?
-
---Sí.
-
---Dígale usted que una paloma gris que llegará el domingo, por la
-mañana, a las doce del día, le traerá noticias de Ondara y de usted.
-
---¿Qué quiere usted decir con eso?
-
---Usted dígaselo en seguida. Que espere la llegada de la paloma.
-
-Urbina, apretado de cerca, dió el encargo a la _Clavariesa_.
-
-Siguieron todos visitando el convento.
-
- * * * * *
-
-Mientrastanto, Thompson tomaba notas y apuntes desde fuera.
-
-Comenzaba a hacer calor; la luz cegaba y el tiempo invitaba a la
-pereza. Las cigarras llenaban con su chirrido el silencio del campo.
-
-Thompson no sabía el propósito definido del Capitán. Hizo primero un
-croquis de los alrededores del convento y de la cima del Monsant, que
-tenía en uno de sus cabezos una atalaya derruída, del tiempo de los
-moros.
-
-Después dibujó el conjunto del monasterio desde la Volta de Rosignol,
-con sus grandes tapias, su arco de entrada, su torre, sus tejados
-musgosos y sus cipreses negros y afilados.
-
-Luego, abandonando el camino y alejándose de la costa, subió a un
-bosquecillo de olivos. Estos árboles centenarios, negros y retorcidos,
-parecían pulpos monstruosos de muchos brazos y de muchas manos que iban
-ascendiendo penosamente la montaña.
-
-Desde aquella altura se veía la huerta del convento con una gran
-alberca cuadrada, en la que el agua negra verdeaba. Detrás de los
-perales y de los melocotoneros asomaban los cipreses melancólicos del
-cementerio, como detrás de la vida aparece la muerte. Sobre el mar azul
-revoloteaban algunas gaviotas y sobre la tierra, algunas palomas.
-
-Thompson dejó el bosquecillo de olivos y subió por un pinar hasta la
-parte alta de una cima, desde donde se dominaba la costa al prolongarse
-hacia el norte. Al principio quedó extrañado; enfrente brillaba un
-peñón calcáreo erguido sobre una playa. El sol le arrancaba unos
-reflejos tan extraños que aquella roca gigantesca, blanca, roja y
-amarilla, parecía el fantasma de un monte vigía del mar azul.
-
-Thompson estuvo contemplando aquella roca un momento para cerciorarse
-de que tenía realidad; luego temió quedar retrasado, cruzó el pinar y
-el bosque de los olivos y bajó a la puerta del monasterio.
-
-Serían las once cuando los visitantes de Monsant salieron al patio.
-
---¿Y por qué no ha entrado Thompson?--preguntó Kitty.
-
---Tenía que hacer un encargo mío--repuso el Capitán.
-
---¡Qué egoísmo! ¿Por qué no lo ha hecho usted?
-
---Es que él sabe más geología que yo, y necesitaba examinar unas
-piedras. Además de que los aires papistas no convienen a los luteranos.
-
---No diga usted papistas. ¡Qué horror!
-
---¿Es usted ferviente católica, Kitty?
-
---Lo más ferviente que puedo.
-
-Entraron unos en la tartana, montaron los otros a caballo y volvieron
-al mesón de Alba, a comer.
-
---¿Qué le ha parecido a usted la _Clavariesa_?--preguntó Kitty al
-Capitán.
-
---Muy bien; una mujer espléndida.
-
---Cuando estaba en Ondara querían encontrar rivalidad entre ella y yo.
-¡Qué tontería, verdad!
-
---¡Sí!; hay demasiada diferencia entre ella y usted--dijo el Capitán.
-
---¿Verdad?
-
---Enorme.
-
---¿Tanta, tanta, cree usted?
-
---Es como comparar una estrella, no con un gusano de luz, huyamos de
-las exageraciones, como comparar una estrella de luz propia con un
-planeta.
-
---¿Y ella es la estrella de luz propia?
-
---No, la estrella es usted.
-
---Gracias, Capitán, es usted muy galante.
-
---Es usted como esas estrellas pequeñas, brillantes, intensas, que
-lanzan una mirada que vibra en el aire.
-
-Kitty tomó un aspecto mixto de coquetería y de tristeza.
-
---Me gustaría saber, la verdad, lo que piensa usted de mí--dijo.
-
---Lo que siento de usted. Sencillamente, que es usted una mujer
-admirable.
-
---Se quiere usted reír de mí.
-
---No, no. Es usted una mujer encantadora.
-
---Con eso quiere usted decir que soy loca, temeraria... ¿verdad?
-
---¿Y quién no lo es? Solamente las gentes mezquinas saben hacerse un
-escudo con los lugares comunes y las preocupaciones generales para
-vestir su mezquindad. La poca gente noble que hay en el mundo, esa va a
-pecho descubierto; si le hieren de un flechazo, la flecha penetra hasta
-el corazón; si va por un precipicio y se desliza, la caída es hasta el
-fondo...
-
---Me da usted miedo--dijo Kitty--, debe usted odiar a la sociedad.
-
---La odio... y la desprecio--contestó el Capitán en tono sombrío.
-
---Pero sin sociedad, ¿cómo podríamos vivir?
-
---No sé; ni me importa pensarlo.
-
---Es necesario que haya leyes.
-
---Sí; así al menos hay la satisfacción de violarlas--replicó el Capitán
-en tono sarcástico.
-
---Y de Eguaguirre, ¿qué piensa usted?
-
---¡Eguaguirre!... Tiene un perfecto egoísmo a cubierto de todo ataque.
-Garitas, baterías, hornabeques, galerías cubiertas: su fortaleza es
-inexpugnable. No se perderá por amor al prójimo.
-
---¿Tan malo le cree usted?
-
---No; malo, no. Egoísta, frío, petulante. Tiene grandes condiciones de
-conquistador.
-
-Kitty escuchó nerviosa y demudada. Al tranquilizarse un poco dijo:
-
---¿También tiene usted mala opinión de Urbina?
-
---No. ¡Ca! Urbina es un santo varón. Entre hacer de víctima o de
-verdugo, preferirá hacer de víctima; entre ser martillo o yunque,
-elegirá ser yunque. Yo le respeto y le reverencio, y si llega su
-martirologio le dedicaré un recuerdo y una piadosa lágrima.
-
-Comieron en el fonducho de Alba y, después de pasar un rato de
-sobremesa y esperar a que transcurrieran las horas calurosas de la
-tarde, marcharon a la playa y entraron en la _Joven Rosario_.
-
-El asistente de Urbina y el tartanero fueron a Ondara por tierra, dando
-una gran vuelta.
-
-Kitty, que se había sentado a popa, se fijó en el envoltorio que
-llevaba el Capitán.
-
---No me ha dicho usted para qué es la jaula--dijo.
-
---¿Y quiere usted saberlo?
-
---Sí.
-
---Pues llevo aquí dentro dos palomas.
-
---¿En dónde las ha cogido usted?
-
---¿Cree usted que las he robado? No. Comprendo que hubiera estado más
-en carácter robándolas; pero me he contentado con comprarlas en el
-monasterio.
-
---¿Y para qué las quiere usted?
-
---Una de ellas servirá para llevar la carta que nuestro amigo Urbina
-escribirá a su amada.
-
---¡Qué idea! Pero tendría que estar advertida la _Clavariesa_.
-
---Lo está.
-
---¿Y la contestación?
-
---Yo supongo que se necesitarán dos cartas para que haya contestación.
-Si la muchacha se aviene a entrar en correspondencia con Urbina, se le
-enviarán palomas del castillo, de regalo, que desde el momento que las
-suelte volverán a su palomar.
-
---¡Bravo! Es usted un hombre de recursos, Capitán.
-
-Se desembarcó en Ondara al anochecer, y el Capitán y Thompson se fueron
-a la fonda de la Marina.
-
-Por la noche, los dos dijeron a Urbina que podía escribir una carta a
-la _Clavariesa_, que iría al convento llevada por una paloma.
-
-Urbina, al saberlo, quedó intranquilo y nervioso, y se puso hacer
-borradores, que consultó con Thompson, a quien consideraba hombre más
-susceptible de sentimentalismo que el Capitán.
-
-Dos días después había que enviar la paloma mensajera. Se leyó la carta
-definitiva, que se sometió al juicio de Kitty. Kitty hizo algunas
-observaciones de psicología femenina muy agudas, que Urbina atendió,
-y por la mañana del domingo subieron Urbina, Thompson y el Capitán al
-Mirador del castillo. Kitty tomó entre las manos una de las palomas y
-estuvo acariciándola. Según Thompson, era un ejemplar de la _Columba
-Tabellaria_. Esta clase, de pequeño tamaño, es de gran instinto
-viajero. El Capitán cogió la carta de Urbina, la dobló y la ató con
-una cinta en el ala de la paloma. Luego Kitty dejó el ave mensajera en
-el pretil del Mirador. La paloma dió unos pasos a un lado y a otro,
-después se lanzó al aire, trazó una gran curva para orientarse, se
-dirigió como una flecha hacia Monsant, y desapareció.
-
---He escrito una tontería--dijo Urbina--. Va a creer que soy un imbécil.
-
---Ya no puede usted recoger la carta del correo--exclamó el Capitán
-burlonamente.
-
---Se va a reír de mí.
-
---¡Qué se ha de reír!--exclamó Kitty.
-
---¿Cree usted que no?
-
---No. Claro que no. Es usted el hombre más notable que he conocido en
-mi vida.
-
---¿Cómico? ¿Grotesco?
-
---No. Delicado. Un carácter bueno, generoso.
-
-Urbina, en un arranque de emoción, se acercó a Kitty y le cogió la mano
-con intención de besársela; luego no se atrevió y quedó en una actitud
-de perplejidad triste.
-
-Al día siguiente Kitty escogió una paloma con pintas del palomar del
-castillo, la metió en una jaula, puso en un cartón atado el nombre de
-la _Clavariesa_ e hizo que se la llevara un cosario que recorría los
-pueblos de la costa y que pasaba por Alba y por el convento de Monsant.
-
-A los dos días la _Clavariesa_ contestaba, y Urbina estaba loco de
-contento.
-
-
-
-
- XIV
-
- LOS ARGONAUTAS
-
-
-EL Capitán, a quien habían asegurado que no corría el menor peligro de
-ser detenido, decidió quedarse en Ondara hasta el final de la aventura
-de Urbina.
-
-Los amores de Kitty y Eguaguirre seguían en el mismo estado de amable
-galanteo; la gente sospechaba; pero nadie tenía un indicio claro de la
-intimidad de los amantes.
-
-A las dos semanas de cruzarse cartas entre la_ Clavariesa_ y Urbina, el
-oficial, por consejo de sus amigos, se puso al habla con la tía de su
-novia.
-
-Esta señora recibió a Urbina muy amablemente, y le dijo que Fenoller,
-el tutor, no cedería de ninguna manera mientras tuviera poderes. Había
-decidido que Dolores se casara con su hijo, y esta solución le parecía,
-porque le convenía a él, tan buena, que no aceptaba otra.
-
-El despotismo de Fenoller había producido tal protestes y oposición en
-la tía de Dolores, que estaba deseando encontrar cualquier medio para
-chasquear al despótico tutor.
-
-Urbina, al ver lo bien dispuesta que se hallaba aquella señora, pensó
-que debía hacer un gran esfuerzo.
-
-Consultó con su amigo Thompson y después con el Capitán.
-
---¿Usted cree que ella estará dispuesta a escaparse con usted?--le
-preguntó el Capitán.
-
---Yo creo que sí.
-
---Pregúnteselo usted claramente. Si acepta organizaremos en seguida el
-plan de evasión.
-
---Creo que aceptará.
-
---Pues nada ¡adelante!, como decía el general Blücher cuando se ponía
-la pipa en la boca y un sombrero de mujer en la cabeza. Thompson y yo
-prepararemos el rapto. Usted se queda en el pueblo. Fenoller parece que
-vigila a Eguaguirre, pero no a usted. Si supiera que faltaba usted de
-aquí comenzaría a sospechar. Usted obtenga la contestación categórica
-de la chica. Le dice usted que su tutor no cede y que la tía está de
-acuerdo con usted.
-
---Eso haré.
-
---Y mientrastanto nosotros estudiaremos el terreno.
-
---¿Qué van ustedes a hacer?
-
---Como yo supongo que por tierra no se puede intentar nada,
-alquilaremos un falucho por un par de semanas y reconoceremos los
-alrededores del convento.
-
---Yo les cederé Roque, mi asistente. Es listo como un diablo.
-
---Lo conozco. Necesitaremos tres o cuatro hombres más.
-
---Eso se encuentra fácilmente.
-
---Sí; creo que sí. Pongámonos de acuerdo. Nosotros, de todas maneras,
-alquilamos el falucho; si no se puede emplear en la evasión, se perderá
-el dinero, y nos pasearemos.
-
---Bueno; no importa.
-
---En seguida que nos hagamos con el falucho inspeccionaremos la costa
-y veremos las posibilidades de la empresa; usted, mientrastanto, habrá
-escrito a su novia y recibido la contestación. ¿Que ella acepta? Pues
-le comunica usted en seguida el plan de fuga con todos los detalles;
-pide usted una licencia de un mes o de dos, rapta usted a la muchacha,
-se casa usted, y _laus Deo_.
-
---Haremos todo lo posible para que la cosa salga bien--dijo Urbina.
-
---Usted no hable ni a sus amigos íntimos del proyecto.
-
---No; no los tengo.
-
---La cuestión es llevar el asunto con el mayor sigilo, que no haya
-posibilidad de una sospecha, y luego realizarlo con rapidez.
-
-Thompson fué el encargado de buscar la barca, y tras de dar muchos
-pasos inútiles, encontró un contrabandista de mala fama, que vivía en
-la punta del faro, que se avino a alquilarle su falucho con cualquier
-objeto.
-
-Este contrabandista, el _Farestac_, de apodo, era hombre fornido, de
-mediana estatura, silencioso, negro por el sol, la cabellera roja, que
-le salía por debajo del gorro colorado y le caía sobre los hombros; las
-barbas grandes, cobrizas y enmarañadas, el pecho de oso y las manos
-peludas. El _Farestac_ vivía con su madre, una mujer también roja y
-también selvática, en una casucha próxima al mar, medio cueva, medio
-cabaña.
-
-El _Farestac_ era un solitario, un insociable; necesitaba espacio,
-soledad, olas, espumas, huracanes. Este delfín misantrópico, a pesar de
-su violencia, tenía mucho de contemplador y de quietista. Dionysios no
-hubiera encontrado para sus fiestas un sátiro, un sileno, un egipan, en
-cuya mirada ardiera un fuego tan intenso y tan salvaje.
-
-El único amigo y compañero del _Farestac_ era el _Rabec_, viejo
-pescador andrajoso, de cara bronceada y llena de arrugas, la nariz de
-cuervo y el gorro rojo y agujereado.
-
-El _Rabec_ tenía varias cicatrices, una oreja cortada y en la íntegra
-un anillo de plata.
-
-El _Rabec_ era malhumorado y sarcástico, y gozaba fama de mala sangre.
-Su risa, su _raílla_, era siempre cruel y sangrienta.
-
-El _Rabec_ tenía un perro de aguas, el _Dragó_, feo, sucio e
-inteligente.
-
-En la barca del _Farestac_, que se llamaba la _Sargantana_ (la
-lagartija), servía de grumete Pascualet, un muchachillo morenito y ágil
-como un mono. La _Sargantana_ del _Farestac_ no era una barca limpia y
-bien cuidada, sino una barca abandonada y harapienta. En su casco se
-veían mapas de desconchados de su pintura verde, y sus velas estaban
-llenas de remiendos de varios colores.
-
-La _Sargantana_ no era un lacértido respetable, sino una lagartija
-bohemia y vagabunda, que conocía las sendas del mal mejor que las del
-bien.
-
-Una tarde, al anochecer, Thompson con sus acólitos, el _Farestac_, el
-_Rabec_ y el grumete, llegaron a Ondara; el inglés desembarcó y avisó
-al Capitán que para el día siguiente, por la mañana, iban a salir.
-
-Les faltaba un botecillo, que alquilaron, y al otro día, al alba, los
-argonautas de Ondara salieron en la _Sargantana_, en dirección del
-Monsant. Llevaban una escalera, dos azadas, un pico, cuerdas y unas
-cestas con comestibles.
-
-Hacía un viento vivo; el falucho marchaba rápidamente, con la vela
-grande y el foque inflados por el viento, haciendo murmurar las aguas
-que cortaba con la proa y dejando una estela de remolinos espumosos.
-
-Doblaron la punta del Monsant, terminada en un amontonamiento de
-grandes rocas que formaban una cueva abierta por ambos lados; entraron
-en la ensenada y se dirigieron, en línea recta, hacia el islote del
-Farallón.
-
-El islote brillaba al sol, seco, como un trozo de lava, amarillo y
-rojo, lleno de rajaduras y de agujeros, sin una mata de verde en los
-resquicios. Uno de sus lados estaba cortado a pico; el otro se alargaba
-en una roca horadada, que formaba un arco, por debajo del cual pasaban
-las olas.
-
-Dieron la vuelta al islote, que desde algunos sitios, al reflejar el
-sol, parecía un témpano de hielo; acercaron el falucho, a golpes de
-remo, hasta un canal angosto, entre grandes piedras, y lo encallaron.
-El _Dragó_, el perro de _Rabec_, fué el primero que saltó a tierra y
-subió a la parte alta del Farallón, espantando a una nube de gaviotas
-que tenían allí su nido.
-
-Había, arriba, una pequeña explanada en cuesta cubierta de esqueletos
-de aves.
-
-Thompson y el Capitán subieron a la explanada y se tendieron a
-contemplar la costa.
-
-Brillaba el mar, como una roca azul de diversos matices, bajo el
-esplendor del cielo inflamado. El aire estaba tibio, impregnado de
-esencias salobres. Un delfín jugueteaba entre las olas.
-
---Vamos a estar aquí hasta mañana por la mañana--dijo el Capitán--en
-que haremos un reconocimiento en el bote. Ahora, cada cual puede elegir
-el entretenimiento que quiera.
-
---¿Hay tantos?--preguntó Thompson.
-
---Se puede dormir, pescar, jugar, bañarse...
-
---¿Y usted qué va a hacer?
-
---Yo me voy a dedicar a la investigación y a la reflexión.
-
-El Capitán sacó su anteojo y se puso a contemplar la costa y la
-ensenada del Monsant, que parecía estrechar entre sus brazos el islote.
-
-El acantilado, en cuya cumbre estaba el convento, comenzaba en la playa
-de Alba; luego seguía como un zócalo por debajo del pueblo, e iba
-elevándose, al alejarse de él, hasta tomar gran altura y terminar en
-una punta rocosa.
-
-Al comienzo, este acantilado era liso, calcáreo, sin hendiduras; de
-lejos parecía de mármol; luego, al aumentar en elevación, la pared que
-formaba se convertía en un peñascal, con desigualdades, con senos, en
-donde penetraba el mar y trozos del monte desprendidos que avanzaban
-en el agua, sembrándola de arrecifes. En algunos sitios, el suelo rojo
-mostraba sus entrañas desnudas y sangrientas.
-
-Al lado contrario de Alba, detrás de la otra punta de la ensenada, se
-erguía a orilla del mar una roca, que parecía de piedra pómez por lo
-blanca y lo seca.
-
---¡Qué extraña mole!--exclamó Thompson--. El otro día la miraba desde
-lo alto del Monsant, y se me figuraba una nube iluminada por el sol.
-
---Si parece un azucarillo--dijo el Capitán, poco dispuesto a
-maravillarse.
-
-Desde allí, el convento se presentaba muy en alto; no se veía de él mas
-que el cementerio con sus cipreses blanquecinos por el polvo, una torre
-cuadrada, con una galería con matacanes, adornada por una parra, y una
-muralla con aspilleras, que bajaba en zig-zag hacia el mar.
-
-El convento tenía, mirado desde el islote, un aire belicoso y altivo.
-
-A la derecha del monasterio se veía la mancha obscura del olivar, y
-luego, pinares que iban reptando cada vez más claros, hasta desaparecer
-en la parte rocosa y desnuda del monte. En un extremo, en uno de los
-cabezos, aparecía una atalaya del tiempo de los moros con un resto de
-muralla agujereada y rota.
-
---¿Quién conoce bien estos sitios?--preguntó el Capitán a Thompson.
-
---El _Farestac_.
-
---¿Quién es el _Farestac_?
-
---El patrón de la _Sargantana_; ese de las barbas rojas.
-
---Es un pirata. ¡Qué tipo! Dígale usted que venga.
-
-El _Farestac_, que estaba preparando el almuerzo en compañía del
-_Rabec_ y del grumete en un hornillo de hierro, subió a lo alto del
-islote.
-
---¿Qué quiere usted?--preguntó en un castellano rudo al Capitán.
-
---Siéntate aquí--le dijo el Capitán--¡compañero!--y le dió una palmada
-en el hombro.
-
---¿Compañero de qué?--preguntó el _Farestac_ con tono burlón.
-
---De piratería. Tú eres un pirata, ¿verdad?
-
---¿Yo?
-
---Si no lo eres en grande, no es por falta de ganas, _Farestac_. Tu
-barco destila contrabando y piratería.
-
---¿Y el barco de usted?
-
---Yo no tengo barco--replicó el Capitán--; soy un pirata de monte.
-Siéntate; somos lobos de la misma carnada.
-
-El _Farestac_ se sentó, mirando al hombre con sorpresa.
-
---¿Conoces esta tierra que está delante de nosotros?--dijo el Capitán.
-
---Sí.
-
---¿Bien?
-
---Mejor que nadie.
-
---¿Cuántas entradas hay en esta costa?
-
---¿Entradas?
-
---Sí. ¿Cómo les llaman aquí? Calas. ¿Cuántas calas hay?
-
---Tres--contestó el _Farestac_.
-
---¿Cómo se llama aquella de enfrente?
-
---¿Aquélla?
-
---Sí.
-
---Cala del Infern.
-
---¿Y ésta que está aquí cerca de la punta?
-
---La dels Capellans.
-
---Y la tercera, ¿dónde está?
-
---La tercera está doblando esta punta, y se llama dels Avions.
-
---¿Por alguna de ellas se puede subir?
-
---Por todas se puede subir.
-
---¿Por cuál es más fácil la subida?
-
---Por la del Infern.
-
---¿Has subido tú?
-
---Sí.
-
---¿Cuándo?
-
---Hará un año la última vez.
-
---¿A dónde se sale?
-
---Al cementerio del convento.
-
---¿Te daría miedo subir otra vez?--repuso el Capitán.
-
---Menos que a usted--contestó el salvaje marino sarcásticamente.
-
---A mí no me da miedo nada, hijo mío--repuso el Capitán, dando un nuevo
-golpecito en el hombro del patrón y sonriendo.
-
-El _Farestac_ miró a su interlocutor con curiosidad creciente.
-
---¿Qué van ustedes a hacer en la cala del Infern?--preguntó.
-
---Vamos a subir al convento.
-
---¿A qué?
-
---A robar una monja.
-
---Una _moncha_. ¿De verdad?
-
---Sí. Una _moncha_ joven y guapa. ¿Tú te llevarías una?
-
---Una joven y guapa ¡ya lo creo!--exclamó el _Farestac_ con los ojos
-brillantes.
-
---Pues nada, escoge una y te ayudaremos. Formaremos una Sociedad
-de Raptos y Empresas peligrosas reunidas. Razón social: Farestac,
-Thompson, Rabec, etc., etcétera. Capital: el que se robe.
-
-El _Farestac_, que no entendía bien lo que decía el Capitán, comenzó a
-mirarle con mayor extrañeza. Quizá pensó que estaba loco.
-
-Se comió en la parte baja del islote del Farallón, se pasaron las horas
-pescando y al anochecer se tendieron todos a dormir.
-
-Antes de amanecer, el _Farestac_ despertó a la gente. Se decidió que
-el _Rabec_, a quien nada se había contado del proyecto, quedara en el
-islote cuidando de la _Sargantana_ en compañía del _Dragó_. Los demás
-se metieron en la lancha y se dirigieron hacia la costa.
-
-En el mar palpitaban tantas estrellas, que su brillo tembloroso
-producía el vértigo.
-
-En media hora se acercaron a la cala del Infern. Amanecía.
-
-No era aquella cala un pequeño golfo bien abierto e iluminado por la
-luz del sol, sino un agujero irregular y tenebroso que comenzaba por
-una hendidura estrecha.
-
-Delante de esta hendidura había rocas basálticas blancas y grises que
-formaban como restos de un gran palacio, del que quedaran arcos y
-galerías rotos. Al borde mismo del agua salían pinos por las grietas de
-las piedras. El bote se deslizó por entre los peñascos sobre el agua
-inmóvil, que parecía de cristal, y penetró en la hendidura. Llegaron
-hasta el fondo y ataron la lancha, y almorzaron.
-
-Empezaba a entrar por arriba la claridad del sol y se iba viendo poco
-a poco la extraña configuración de la cala. El mar aparecía blanco,
-lechoso, entre dos paredes negras, húmedas, llena de oquedades; ya
-fuera, era azul, con un color turbio de cristal; una red de meandros de
-espuma cubría su superficie con un galoneado de plata.
-
-Comenzó a sonar la campanita del convento de una manera charlatana y
-alborotadora.
-
---Vamos a hacer nuestra inspección--dijo el capitán.
-
---Vamos--repuso el _Farestac_.
-
-La hendidura era más estrecha en la boca que en el fondo. La cala
-formaba dentro un seno irregular. Tenía allí unos sesenta pies de ancho
-y ciento veinte de alto. El _Farestac_ aseguraba que había una senda
-que a trechos se convertía en escalera y que llegaba a lo alto.
-
-Se encontró un resto de camino que comenzaba por el lado izquierdo
-mirando hacia el interior. Al principio iba en una pendiente suave;
-luego se hacía más escarpado, rodeaba la cala y pasaba al lado
-derecho. Hasta la mitad de la altura se logró subir con grandes
-dificultades; luego había una parte de veinte pies como un lomo de
-piedra resbaladizo, que se podía escalar trepando, agarrándose a las
-rendijas. De aquí el camino pasaba por un resalto medio desmoronado por
-las filtraciones del agua. Este resalto, que corría paralelamente a una
-hendidura horizontal, se llamaba, según dijo el _Farestac_, el Pas de
-la Rabosa.
-
-El marino encontraba muy cambiada la senda de la cala del Infern desde
-que él había estado la última vez.
-
-Sin duda las aguas de lluvia habían ido deshaciendo y arrancando
-grandes trozos de la arena y de la piedra calcárea, echándola al fondo
-de la cala.
-
-El Pas de la Rabosa terminaba en la pared de la derecha, en una oquedad
-profunda, de donde salía otra senda a trechos con escalones que subía a
-la parte alta del acantilado. Esta senda se hallaba interrumpida por un
-desmoronamiento que dejaba unos quince pies sin paso.
-
-Al llegar a la oquedad el Capitán se detuvo, y dirigiéndose a Thompson,
-exclamó:
-
---Amigo Thompson, ¿tiene usted buena memoria?
-
---No; pero tengo un lápiz y un cuaderno que la substituye mal que bien.
-
---Bueno. Vaya usted apuntando todo lo que necesitamos para dejar
-accesible la subida.
-
-Thompson fué apuntando lo que le dijeron: garfios de hierro, varias
-tablas, cuerdas, etc.
-
-Arreglaron durante la mañana la subida hasta el Pas de la Rabosa.
-Después comieron. Habían llevado un hornillo de hierro, donde se guisó
-y se hizo café. El vino lo echaban a un porrón de hoja de lata, y de
-allí bebieron todos a chorro.
-
-Al comenzar la tarde hicieron una maniobra de importancia y de peligro.
-Ataron con la cuerda por la cintura a Pascualet; tendieron después la
-escalera de un lado del abismo al otro, sujetándola en una piedra lo
-mejor posible, e hicieron que el muchacho atado pasara y afirmara la
-escalera con grandes clavos por el otro lado.
-
-Hecho este puente, cruzaron todos por él. Primero pasaron el _Farestac_
-y el Capitán; después, Roque y Thompson. Les faltaba únicamente unos
-cincuenta pies para llegar al borde superior de la cala del Infert;
-pero esta subida no era difícil, porque había una buena senda. La
-limpiaron quitándola hierbajos resbaladizos, y cuando comenzaba a
-hacerse de noche salieron a lo alto del acantilado.
-
-Ahora también la campanita del convento derramaba sus notas de cristal
-en la calma del crepúsculo...
-
-El _Farestac_ y el Capitán se acercaron al cementerio, mientras Roque y
-Thompson quedaban en las esquinas de la tapia mirando a hurtadillas por
-si llegaba alguien.
-
-El capitán escaló la tapia del camposanto, y el _Farestac_ le siguió.
-Se acercaron saltando tumbas a una puerta en arco que comunicaba con el
-jardín del convento. Esta puerta, pintada de verde, estaba cerrada con
-cerrojo y llave.
-
-Por una rendija miraron y vieron a la superiora y a otra monja dando
-instrucciones al jardinero.
-
---Hay que limar la lengüeta de esta llave--dijo el Capitán--. Teniendo
-abierto esto, la fuga es fácil... Abriremos la otra puerta del
-cementerio que da hacia el mar, y en un minuto la novia de Urbina puede
-estar en el Pas de la Rabosa. Vámonos, _Farestac_. Por hoy ha concluído
-sus funciones la Sociedad de Raptos y Empresas peligrosas reunidas.
-
-Salieron el Capitán y el _Farestac_ del camposanto, y reunidos con los
-otros dos y el chico, comenzaron casi a tientas la bajada por la senda
-de la cala del Infern hasta llegar al mar.
-
---Añada usted a lo que necesitamos--dijo el capitán a Thompson--un par
-de limas buenas y una tranca.
-
---Está bien.
-
- * * * * *
-
-Se embarcaron en la lancha. Llegaron al islote, y poco después la
-_Sargantana_, como un tritón jovial y alegre que deja por primera vez
-la férula de los maestros y de los padres, marchaba hacia Ondara con
-las velas desplegadas.
-
-
-
-
- XV
-
- EL RAPTO
-
-
-INMEDIATAMENTE que llegaron a Ondara el Capitán y Thompson fueron a ver
-a Urbina. Este les mostró una carta de la _Clavariesa_, en la que se
-mostraba anhelante por dejar el convento y dispuesta a escaparse.
-
---Bueno--dijo el Capitán--; puede usted escribir a su novia que pasado
-mañana, a las siete de la tarde, el sábado, irá usted por ella. Dígale
-usted que a esa hora en punto esté delante de la puerta del jardín
-del convento que da al cementerio. Allí la esperaremos nosotros y
-la llamaremos. La lengüeta de la puerta estará cortada. Que abra el
-cerrojo y entre en el cementerio, y caerá en los brazos de su adorador.
-
-Urbina escribió la carta con estas instrucciones, la mandó con una
-paloma desde el castillo y para la tarde tenía la contestación.
-
-La muchacha estaba con ansiedad esperando el momento de la fuga; se
-colocaría a la hora de la cita delante de la puerta del jardín que
-daba al cementerio y, al oír que la llamaban, descorrería el cerrojo y
-pasaría.
-
---Esta noche saldremos a nuestra expedición--dijo el Capitán--. ¿Ha
-pedido usted su licencia?
-
---Sí; Kitty se encarga de facilitármela.
-
---Después del rapto, ¿volveremos a Ondara?
-
---¿A usted que le parece?--preguntó Urbina.
-
---Yo, como usted, si tuviéramos buen tiempo y buena mar, seguiría hasta
-donde se pudiera.
-
---Y usted, Capitán, ¿qué piensa hacer?
-
---A mí no me importa dejar esto.
-
---¿Y Thompson?
-
---Thompson, si quiere, se puede quedar aquí. Pasaremos por delante de
-Ondara: hay que traer el bote; en él puede volver.
-
-El viernes, por la tarde, Thompson y el Capitán mandaron llevar al
-falucho todos los útiles necesarios para la expedición, y el Capitán
-añadió su equipaje.
-
-Salieron a media noche remolcando una lancha plana; hacía poco viento
-y tardaron dos horas largas en llegar a la ensenada de Monsant; a
-la luz de las estrellas se acercaron al islote del Farallón, ataron
-la _Sargantana_, dejaron al _Rabec_ con el _Dragó_ de guardia en el
-peñasco solitario, y con la lancha se acercaron a la cala del Infern.
-
-El Capitán y Thompson subieron a lo alto del acantilado, saltaron la
-tapia del cementerio y comenzaron a serrar la lengüeta de la cerradura
-de la puerta que daba al jardín de las monjas. Para el amanecer habían
-concluído su trabajo. De miedo que la puerta chirriase al abrirla
-untaron sus goznes con aceite.
-
---La Sociedad de Raptos y de Empresas peligrosas reunidas es una
-Sociedad prudente--dijo el Capitán--; el dinero de los asegurados puede
-estar tranquilo.
-
---¿Qué capital social tenemos?--preguntó Thompson alegremente.
-
---El que se robe. No nos queremos distinguir de las demás Sociedades.
-
-La puertecilla del cementerio que daba hacia el mar estaba podrida, y
-de un empujón quedó abierta.
-
---¿Hay que hacer algo más?--preguntó Thompson.
-
---Nada, esperar.
-
-Terminados estos preparativos, Thompson y el Capitán se acercaron
-gateando al borde de la cala del Infern y se tendieron en la hierba.
-
---Creo que voy a pescar un magnífico reúma--dijo el Capitán, al echarse
-en el suelo.
-
---En cambio verá usted un amanecer espléndido--replicó Thompson.
-
---¿Usted cree que compensa una cosa la otra?
-
---Hombre, según la importancia que se le dé al reúma.
-
---Y según la importancia que se dé a la contemplación del amanecer.
-
-Comenzaba la hora tímida e indecisa de la mañana. Thompson, que era
-hombre de cierta cultura clásica, recordó los celebérrimos y conocidos
-dedos de rosa de la Aurora y habló de Faetonte y de Tithon.
-
---Ahora es la Aurora una muchacha púdica--dijo--, como una niña que
-va a la primera comunión. No se atreve a mirarnos, lleva la cabellera
-recogida y el cuerpo cubierto por su túnica blanca; dentro de poco será
-como una bacante rubia, que nos envolverá con sus cabellos inflamados y
-hará arder la tierra en rubíes y el mar en perlas y en diamantes.
-
---Así la quiero yo: enérgica, antirreumática.
-
---Destruye usted la poesía de las cosas, Capitán, con esos recuerdos de
-tisanas y franelas.
-
---Es que yo soy un hombre antipoético por excelencia.
-
---No lo creo así.
-
-El Capitán se entretuvo entonces en desarrollar ante su amigo Thompson
-el funcionamiento de la Sociedad de Raptos y Empresas peligrosas
-reunidas, que había ideado.
-
---Sabe usted lo que estoy pensando al oírle--dijo Thompson con seriedad.
-
---¿Qué?--preguntó el Capitán.
-
---Que tan fantástica es esa Sociedad como nuestros actos. Es usted una
-sombra que está creando otra sombra.
-
---¡Bah! Literatura, amigo Thompson. ¡Sueños!
-
---Toda la vida es sueño, Capitán. Si en otro tiempo se hubieran
-escrito nuestras aventuras, los eruditos de hoy supondrían que no
-tenían realidad.
-
---No sé por qué.
-
---Lo supondrían. Y no crea usted que yo lo supongo igualmente. No. Yo
-creo que somos hombres de carne y hueso--repuso Thompson.
-
---Yo también--dijo el Capitán--. Más hueso que carne; pero, en fin, hay
-algo de carne.
-
---Eso lo dirá usted pensando en sí mismo, no en mí.
-
---Sí, me había olvidado de su opulencia, Thompson. Siga usted con su
-argumento.
-
---Decía, que siendo nosotros hombres de carne y hueso ¡con qué
-facilidad se nos convertiría en símbolos de un viejo mito!
-
---No veo la facilidad.
-
---Yo, sí. Figúrese usted los indicios que tendría el comentarista
-al leer nuestra historia, para creer en un mito y en un mito solar:
-primeramente, estamos en el solsticio del año; fíjese usted bien: ¡el
-solsticio del año!; segundo, vamos a robar a una dama. Esta dama,
-la _Clavariesa_, es una belleza, una gran belleza; por tanto, una
-encarnación de Mithras, del sol, de Venus, del amor; el convento es
-la noche, en que está guardada la luz; Urbina es Marte, enamorado de
-Venus...
-
---Un Marte muy tímido--dijo el Capitán.
-
---El sacristán del convento es Vulcano. Usted ha dicho que es cojo.
-
---Y lo repito.
-
---El _Farestac_ es la naturaleza salvaje, que se pone a favor de los
-enamorados.
-
---¿La _Sargantana_?
-
---La fuerza del mar.
-
--¿Y yo?
-
---Usted será, probablemente, una encarnación de Mercurio, dios de los
-comerciantes y de los ladrones, lleno de recursos para todo.
-
---¡Gracias!
-
---Pascualet y yo seríamos espíritus auxiliares de poca importancia.
-
---¿Y Roque?
-
---Roque, la fidelidad, que en vez de vestir de blanco y llevar una
-llave y un perro, va vulgarmente de asistente en la vida de los
-fenómenos.
-
---No falta mas que el _Rabec_--dijo el Capitán.
-
---El _Rabec_ es un servidor del Cerbero, del _Dragó_, de ese perro
-de aguas que nos parece insignificante y que el comentarista daría
-proporciones de dios infernal. Respecto a esta cala, que se encuentra
-a nuestros pies, unos dirían que era la caverna de Ténare, con sus
-fauces abiertas, por donde bajaron Hércules y Orfeo a los infiernos,
-según Virgilio; otros, que el antro de la serpiente Python; pero el
-comentarista filósofo y racionalista comprendería que esta cueva
-simbolizaba la humedad y la lobreguez de la tierra cuando no ha sido
-acariciada aún por los rayos del sol. Ahí tiene usted una pequeña trama
-mitológica, en donde aparecen Venus, Marte, Mercurio, Vulcano, con
-acompañamiento de fuerzas de mar y tierra. Vea usted, Capitán, cómo
-nuestros cuerpos mortales pueden tomar las apariencias de un símbolo.
-
---Descendamos, amigo Thompson, a las realidades de la vida--dijo el
-Capitán--, porque esta bacante rubia de la Aurora empieza ya a molestar
-un poco.
-
---Descendamos a la cala del Infern--repuso Thompson...
-
-El Mediterráneo se extendía verde, cerca de la costa; más lejos, azul
-intenso. El viento era vivo, y las olas, al romperse, llenaban de un
-rebaño de corderos blancos la superficie del mar.
-
-El Capitán y Thompson volvieron al interior de la cala y ayudaron al
-_Farestac_, a Roque y a Pascualet en el trabajo de dejar la bajada más
-fácil.
-
-Urbina estaba en el colmo del asombro al verse metido en aquel rincón
-fantástico.
-
-Almorzaron y comieron allá, y al caer de la tarde comenzaron los
-últimos preparativos. Se hizo que Urbina subiera y bajara desde lo alto
-del acantilado hasta el mar, para que se acostumbrara.
-
-Urbina y el Capitán se colocaron en el cementerio. Thompson estaría en
-el Pas de la Rabosa con una antorcha, que encendería al ver llegar a
-la _Clavariesa_; Roque y el _Farestac_, en las cuestas resbaladizas, y
-Pascualet, al cuidado de la lancha.
-
-A las siete menos cuarto, el Capitán y Urbina salieron de la cala
-gateando para que nadie les viera, y corriendo por el borde del
-acantilado entraron en el cementerio.
-
-Urbina tenía un aspecto encogido y avergonzado.
-
---Amigo Urbina--le dijo el Capitán--, hay que adoptar una postura
-gallarda. La naturalidad y el encogimiento modesto no se han hecho
-para los héroes. Recuerde usted a Napoleón, que tomaba lecciones de
-prestancia de Talma.
-
-Urbina sonrió.
-
-Cruzaron los dos el cementerio y se acercaron a la puerta que daba al
-jardín de las monjas.
-
-Miraron por una rendija.
-
---Se acerca ella--dijo Urbina de pronto, con el corazón palpitante.
-
---Háblela usted--murmuró el Capitán.
-
---Cuando venga.
-
---Ande usted. No vaya a creer que no hay nadie.
-
---¿Estás ahí?--preguntó Urbina con voz ahogada.
-
---Aquí estoy.
-
---Pregúntele usted si no la observan.
-
---¿Hay alguna monja en el huerto?
-
---Ahora, sí. Espera un instante.
-
-Esperaron unos minutos.
-
---Ya no hay nadie. ¿Abro?
-
---Sí.
-
-La _Clavariesa_ descorrió el cerrojo y empujó la puerta, cuyos viejos
-y enmohecidos goznes chirriaron, y la muchacha pasó al cementerio. La
-_Clavariesa_ dió la mano a Urbina, que no se atrevió a besarla.
-
-El Capitán sujetó la puerta con una tranca.
-
---¡Adelante!--dijo--. Ya sabe usted el camino.
-
-La _Clavariesa_ y Urbina salieron del cementerio. El Capitán miró por
-el resquicio de la puerta. No aparecía nadie en el jardín del convento.
-
-Cerciorado de la tranquilidad que había, corrió por el cementerio, se
-deslizó a gatas por el talud y entró en la cala del Infern.
-
---La Sociedad de Raptos y Empresas peligrosas reunidas es una Sociedad
-prudente--dijo en voz alta--, y el dinero de los asegurados se halla en
-buenas manos.
-
---¿Estamos ya?--preguntó Thompson.
-
---Sí.
-
-El inglés encendió su antorcha.
-
-La _Clavariesa_, muy dueña de sí misma, comenzó a bajar la senda y
-cruzó el Pas de la Rabosa riendo. Urbina, con la emoción y el vértigo,
-vacilaba y tuvo el Capitán que sostenerle.
-
---¡Animo!--le dijo éste--; un momento de esfuerzo. Hay que dominar los
-nervios rebeldes. No vaya usted a estropearnos los dividendos de la
-Sociedad.
-
-Urbina se rehizo y siguió bajando el sendero hasta el mar.
-Afortunadamente para él, estaba obscuro y su novia no pudo notar su
-turbación.
-
-Al llegar al bote se dejó sitio a Urbina y a la _Clavariesa_ en la
-popa, y los demás quedaron reunidos a proa.
-
---¿Qué, no salimos?--preguntó la muchacha alegremente.
-
---Esperamos a que sea de noche completa para que no nos vean.
-
-Serían las nueve cuando la lancha se deslizó por la hendidura de piedra
-de la cala del Infern y se dirigió al islote del Farallón.
-
-Urbina había consultado con su novia si volver a Ondara o seguir
-adelante, y ésta fué partidaria de seguir adelante.
-
-Entraron todos en la _Sargantana_ y ataron el bote a popa.
-
-Hacía viento y las olas venían erizadas de espuma. La gran vela
-latina del barco se extendió en el aire y blanqueó pálidamente en la
-obscuridad; después se largó el foque. La _Sargantana_ se acercó a una
-milla de Ondara.
-
-Se veía en el ambiente de la noche estrellada la vaga silueta del
-castillo y algunas luces que brillaban aquí y allá en el pueblo.
-
---Bueno, Roque y yo nos vamos en la lancha--dijo Thompson.
-
-Thompson abrazó al Capitán y a Urbina, y estrechó la mano de la
-_Clavariesa_; Roque se despidió emocionado del teniente y bajó al bote.
-La barca estuvo un momento inmóvil; Thompson y el soldado comenzaron a
-remar. Cuando volvieron la cabeza hacia atrás, la _Sargantana_ había
-desaparecido...
-
- * * * * *
-
-A la hora en que la luz de la mañana comienza a filtrarse por entre las
-nubes; a la hora en que palidece Venus y lanza sus últimos destellos
-Syrio; a la hora en que las brumas se evaporan y aparece el mar azul
-con sus meandros de espuma, bajo la gran claridad gloriosa del sol;
-a la hora en que se abren las puertas del día y Faetonte galopa
-arrastrando el carro de la Aurora por el incendio del cielo, comenzaron
-a tocar a rebato las campanas de Monsant.
-
-Algo grave ocurría a las buenas hermanas para producir tanta alarma.
-
-Las gaviotas que hacían su primer viaje de exploración por entre las
-rocas quedaron sorprendidas de este campaneo insólito; las palomas que
-revoloteaban alrededor del convento se alejaron en son de protesta;
-las golondrinas y los vencejos chillaron más; el mismo islote del
-Farallón pareció asomar su lomo puntiagudo como un delfín sobre las
-aguas preguntándose la causa de este alboroto.
-
-Poco después, desde lejos, se vió entrar en el cementerio unas siluetas
-negras, las de varias monjas, dirigidas por la superiora de la
-Comunidad. Fueron de aquí para allá mirándolo todo; luego se acercaron
-a la cala del Infern y huyeron de ella rápidamente, haciéndose cruces...
-
-Y, mientrastanto, las campanas de Monsant seguían tocando a rebato
-desesperadamente...
-
-
-
-
- EPÍLOGO
-
- _«Málaga, julio de 1827._
-
-SEÑOR don Eugenio de Aviraneta.--En Veracruz.
-
-Mi querido Capitán: He recibido su carta con los informes comerciales
-que le pedí acerca de esa plaza. Muchas gracias por su diligencia
-y amabilidad. De nuestros amigos de Ondara no le puedo dar buenas
-noticias. El médico don Jesús, que está ahora aquí, me ha hablado de
-ellos.
-
-El comandante don Santos, el que usted suponía, y con motivo, que
-era un agente del Angel Exterminador, preparó un lazo contra nuestra
-amiga Kitty y Eguaguirre, e hizo que el coronel los sorprendiera en el
-mirador del castillo: a él, estrechando por la cintura a Kitty; a ella,
-con la cabeza apoyada en el hombro del teniente. La escena debió de ser
-terrible; al coronel, que ya estaba predispuesto a la apoplejía, le dió
-un ataque, y quedó baldado y paralítico.
-
-Todo el mundo se enteró en Ondara de lo ocurrido, y el escándalo en el
-pueblo fué sonado. Figúrese usted la alegría de las gentes que se creen
-virtuosas porque van a la iglesia, al saber la deshonra efectiva de la
-coronela. Kitty ha estado cuidando a su marido. ¿Y sabe usted lo que ha
-hecho Eguaguirre? Ha pedido el traslado y se ha marchado a Barcelona,
-donde anda de garito en garito. Tras de la muerte del coronel, Kitty,
-sola, abandonada, influída por los curas de Ondara, ha entrado en el
-convento de Monsant.
-
-Este Eguaguirre, que siempre me fué odioso por su egoísmo y por su
-brutalidad, ha deshonrado, ha abandonado a nuestra pobre Kitty, tan
-ingenua, tan cariñosa, tan buena.
-
-¿Se marchitará en la soledad, en ese suicidio lento del claustro, esta
-mujer tan digna de ser feliz? Yo espero que no.
-
-Es de usted muy amigo, _J. H. Thompson_.»
-
- * * * * *
-
- «_Ondara, diciembre de 1827._
-
-Señor don Eugenio de Aviraneta.--En Nueva Orléans.
-
-Querido Capitán: Le escribo a usted desde este pueblo, que tiene para
-mí profundos recuerdos desde la época en que fundamos la Sociedad de
-Raptos y Empresas peligrosas reunidas.
-
-En el tiempo que he estado aquí me han contado muchas cosas, y todas
-tristes. Kitty me dicen que se encuentra enferma en el convento de
-Monsant; parece que está dando pruebas de santidad. No se la puede
-visitar.
-
-La pareja Clavariesa-Urbina vive en Valencia, y no son tampoco muy
-felices. La _Clavariesa_ domina a su marido; le trae, le lleva, le
-reprocha que es pobre. Las observaciones acerca de la teoría analítica
-de las probabilidades de Laplace, de mi pobre amigo, se van a quedar
-en el tintero. De las dos parejas que tanto nos interesaban en Ondara:
-Kitty-Eguaguirre y Clavariesa-Urbina, las dos han terminado mal; en las
-dos ha caído lo peor y lo más bueno.
-
-Como dice el refrán español: «Siempre se quiebra la cuerda por lo más
-delgado». ¿Conoce usted las _Afinidades electivas_, de Goethe? Formulo
-la pregunta tontamente. Ya sé que no quiere usted nada con el astro de
-Weimar.
-
-¿Sabe usted que he visto al _Farestac_ y me ha preguntado por usted?
-Tiene un recuerdo de nosotros extraordinario. Me ha dicho que si
-estuviera usted cerca iría a reunirse con usted. Sigue tan salvaje como
-antes.
-
-La verdad es que cuando vive uno en un mundo tan bestial como el
-nuestro dan ganas de marcharse a una isla como la del Farallón, y no
-tener más amigos que los delfines y los atunes.
-
-A pesar de estos lamentos pasajeros, ya sabe usted que soy un optimista
-rival del doctor Pangloss, y que pienso persistir en mi optimismo.
-
-Su amigo cariñoso, _J. H. Thompson_.»
-
- * * * * *
-
- «_Ondara, mayo de 1831._
-
-Señor don Eugenio de Aviraneta.--En Bayona.
-
-Mi querido Capitán: Siento mucho que no pueda usted entrar en España
-todavía, y que tenga usted que estar constantemente detenido ahí. Hoy
-he cumplido mi piadosa misión de visitar la tumba de Kitty. He ido al
-convento de Monsant; he hablado con la superiora, una vieja escuálida
-y apergaminada, a quien he dicho ser hermano de Kitty, y la he pedido
-permiso para adornar con flores el trozo de tierra donde está enterrada
-nuestra amiga.
-
-Al entrar en aquel cementerio abandonado, al ver el mar azul y el
-islote del Farallón, que brota de las aguas; al llegar al pie de la
-tumba, donde duerme eternamente nuestra pobre Kitty, he llorado como un
-niño.
-
-Me perseguía el sacristán, y, para quedarme solo, he salido del
-camposanto y, en aquel talud que baja a la cala del Infern, me he
-sentado sobre una piedra a entregarme a mis pensamientos.
-
-De todos mis recuerdos relacionados con Ondara, el más fuerte en
-aquel momento era el de una tarde en que estuvimos usted y yo en el
-mirador del castillo. Hacía calor. Usted hablaba con Eguaguirre; Kitty,
-conmigo; ustedes discutían de política; nosotros charlábamos acerca de
-nuestras preferencias poéticas.
-
-Kitty recitó entonces la canción del _Mignon_, de Goethe, que tanto le
-gustaba:
-
- «¿Conoces tú el país donde maduran los limoneros y en el
- follaje sombrío brilla la naranja de oro?»
-
-Tal sentimiento puso en su canción, que, al terminarla, tenía los ojos
-llenos de lágrimas.
-
---Se emociona usted mucho--la dije.
-
---Sí. Esta canción, en la que no se habla de nada triste--me
-contestó--, me parece impregnada de la idea de la muerte, del
-acabamiento. Al recordarla pienso dónde estaré enterrada cuando muera.
-
---¿Y en dónde quisiera usted estar enterrada?--dije yo, echando la
-pregunta a broma.
-
---Ahí, en Monsant--me contestó--, al lado del mar, en una tierra
-inundada de sol.
-
-Ya lo está.
-
-¡Dolor! ¡Dolor de morir! ¡Dolor de vivir!
-
- * * * * *
-
-Al volver a Ondara me he sentado en una piedra, en la Volta del
-Rosignol, y he tratado de llevar el orden y el reposo a mi pobre cabeza
-perturbada.
-
-No lo he podido conseguir.
-
- «¿Conoces tú el país donde maduran los limoneros y en el
- follaje sombrío brilla la naranja de oro?» «¿Conoces tú la
- montaña y su sendero brumoso?»
-
-Estos recuerdos de la canción de _Mignon_ han ido sumiéndome, durante
-largo rato, en ideaciones vagas, informes, de una desoladora tristeza,
-en deseos de languidez y de muerte.
-
-He seguido como un autómata el camino, hasta llegar a Alba, y me he
-parado a descansar a la sombra de un pequeño cementerio, algo retirado
-de la carretera, sobre un altozano árido y pedregoso.
-
-He mirado hacia dentro. En el camposanto, abandonado, las ortigas, las
-cicutas, las digitales y las zarzas crecían con una fuerza salvaje. Ni
-una lápida, ni una corona había resistido el impulso avasallador de la
-flora parásita, bien abonada con los detritos humanos; sólo algunas
-cruces de madera podrida se levantaban entre la masa espesa de los
-hierbajos; un pájaro de pecho rojo y cola larga saltaba sobre una de
-estas cruces y piaba dulcemente...
-
-Al oírle, me he acordado de otra mañana suave, brumosa, del país vasco,
-en que estuve oyendo los gorjeos de un ruiseñor.
-
-Era cerca de Hasparren, un pueblo vascofrancés. Había estado más de
-una hora, y hubiera estado la vida entera, como los encantados de las
-historias infantiles, oyendo al ruiseñor, cuando las campanas de la
-iglesia comenzaron a tocar, y el mágico cantor huyó. Entonces entré en
-el pueblo a buscar una posada, y al mirar a la iglesia con cierto odio,
-porque sus campanas habían interrumpido la serenata del ruiseñor, vi en
-la torre escrita esta sentencia: _Ut fugitur umbra sic vita_ (Como huye
-la sombra, así es la vida).
-
-Aquel terrible apotegma me hizo el efecto de un golpe de maza.
-
-Hoy se me ha venido a la imaginación contemplando el cementerio
-abandonado de Alba, y al pájaro, que cantaba sobre un trozo de madera
-podrida. Luego esta sentencia se ha convertido en un pesado estribillo
-de mi cerebro. Y en el pueblo, y después en el barco, antes de llegar
-y después de llegar a Ondara, mi espíritu no tenía mas que el mismo
-comentario para lo que iba viendo y para lo que iba oyendo: _Ut fugitur
-umbra sic vita_ (La vida huye como una sombra).
-
-¡Adiós, amigo mío!--_J. H. Thompson_.»
-
-
-
-
- EL VIAJE SIN OBJETO
-
-
-
-
- PRÓLOGO
-
-
-UNOS días después del rapto de la _Clavariesa_ estábamos charlando
-en aquel espléndido mirador del castillo de Ondara, cuando Kitty, la
-coronela, me preguntó si había escrito alguna relación de mis aventuras
-desde que salí de Londres.
-
---Tengo varias notas--la dije--, pero dispersas y sin orden.
-
---¿Por qué no las ordena usted?--me preguntó ella.
-
---¿Con qué objeto?
-
---Para leérmelas a mí.
-
---Si usted lo desea, lo haré; pero le advierto que es muy probable que
-tenga usted un desencanto. En mis andanzas no me han ocurrido grandes
-cosas.
-
---No importa. Cualquier relato, aderezado con un poco de imaginación,
-puede ser interesante.
-
---¡Ah! ya lo creo; pero es que yo no tengo imaginación.
-
---Se quiere usted excusar, Thompson.
-
---No, no. Créame usted. Lo único que quiero es prepararle a usted para
-que no sufra un pequeño chasco.
-
---No lo sufriré. Esté usted tranquilo. Sus impresiones serán para mí
-siempre interesantes.
-
---¡Oh! ¡Bondad!--exclamé yo--. ¿Por qué no guardaría entre mis papeles
-unos parlamentos inéditos de Calderón, unos diálogos de Shakespeare,
-unas baladas de Burns o unas páginas desconocidas de Mozart para
-traérselas a usted?
-
---No tanta modestia, Thompson. Se quiere usted escabullir.
-
---No, señora. Cuando ordene mis papeles, aquí estoy.
-
---¿Da usted su palabra?
-
---Sí.
-
-Me marché a la fonda de la Marina y comencé el arreglo de mis notas.
-No era fácil, ni mucho menos. A veces, yo mismo no sabía lo que había
-querido decir. Cuando concluí una parte de mi trabajo, con un gran
-paquete de papeles, fuí a ver a mi amiga Kitty.
-
---_El viaje sin objeto_--leí en la primera página, con la voz velada
-por la emoción.
-
---¿Lo llama usted así?--me preguntó ella.
-
---Sí; pero si lo encuentra usted mal, lo borro.
-
---No, no; me parece bien. ¿Le habrá dado usted este título significando
-que ha hecho usted ese viaje a la buena ventura?
-
---Sí; eso es. Hubiera sido, quizá, más exacto llamarle «Viaje sin
-objeto ni fin»; pero no he querido recalcar demasiado. ¿Sigo adelante?
-
---Sí; siga usted...
-
- * * * * *
-
-Realmente, este _Viaje sin objeto_ es posible que sea una tontería,
-porque está escrito sin pies ni cabeza, de una manera confusa y
-desordenada.
-
-El señor Leguía, primer compilador de las _Memorias de un hombre de
-acción_, tuvo que suprimir del _Viaje sin objeto_ una porción de
-digresiones: itinerarios de caminos, clasificaciones botánicas, recetas
-de cocina, reflexiones religiosas, y otras bagatelas que no venían a
-cuento.
-
-Thompson tenía el vicio de expandirse, de dispersarse en el comentario;
-por otra parte, quería ser muy exacto. A la manera de Jorge Borrow,
-Ricardo Fox y otros viajeros ingleses, se propuso escribir un viaje
-con gran minuciosidad y lleno de detalles; pero como hombre perezoso
-y olvidadizo, dejaba muchas de sus ideas en embrión, y únicamente
-expresaba en un título lo que hubiera querido hacer.
-
-En la gran hojarasca de cuestiones sin tratar y de reflexiones
-inoportunas que apuntó Thompson, entró Leguía a saco, cortando y
-rajando.
-
-Después de la poda de Leguía, el editor actual ha tenido que hacer
-nuevos cortes en el manuscrito, para dar al _Viaje sin objeto_ cierta
-proporción de obra de arquitectura, o, por lo menos, de albañilería
-modesta.
-
-Ciertamente, Thompson no era un académico, ni un clásico, y es posible
-que las tragedias de Racine le parecieran grandes monumentos de cartón
-piedra.
-
-También hay que reconocer que Thompson no se mostraba siempre hombre
-serio y razonable, y que muchas veces parecía no comprender la
-diferencia entre lo trascendental y lo fútil.
-
-Lo único que se puede decir en su descargo es que Thompson no aspiró
-nunca a terminar su _Viaje sin objeto_ en el Parnaso, porque, de ser
-así, hubiera sido el suyo un viaje con objeto, y él creía que en el
-segmento de nuestra limitada vida nada tiene objeto ni fin.
-
-
-
-
- PRIMERA PARTE
-
- UNA VIDA INSIGNIFICANTE
-
-
-
-
- I
-
- EL VIAJERO Y SU CANCIÓN
-
-
-YO soy un hombre que ha salido de su casa por el camino, sin objeto,
-sin saber por qué, con la chaqueta al hombro, al amanecer, cuando los
-gallos lanzan al aire su cacareo estridente, como un grito de guerra, y
-las alondras levantan su vuelo sobre los sembrados.
-
-De día y de noche, con el sol de agosto y con el viento helado de
-diciembre, he seguido mi ruta, al azar: unas veces, asustado ante
-peligros quiméricos; otras, sereno ante realidades peligrosas.
-
-Para entretener mi soledad he ido cantando, silbando, tarareando
-canciones alegres y tristes, según el humor y el reflejo del ambiente
-en mi espíritu.
-
-A veces, al pasar por delante de una casa del camino, cantaba más alto,
-gritaba, quizá con jactancia, queriendo ser escuchado.
-
-Alguna ventana se abrirá--pensaba--y aparecerá un rostro simpático y
-jovial.
-
-No se abría ninguna ventana, no salía nadie; yo insistía cándidamente,
-y al insistir iban brotando de aquí y de allá caras torvas, miradas
-hostiles, gente en guardia, que apretaba el garrote entre las manos
-huesudas.
-
-Quizá les he ofendido--discurría yo--. Esta gente no quiere nada
-conmigo, y seguía mi marcha, al azar, con la chaqueta al hombro, sin
-objeto, sin saber por qué, cantando, tarareando y silbando...
-
-Durante mucho tiempo, esta soledad, el graznido de las lechuzas, el
-aullido de los lobos, me llenaban de angustia y de inquietud. Entonces
-intentaba acercarme a la ciudad; pero al querer entrar en ella me
-paraban en la puerta, y me ponían como condición, para pasar, el dejar
-a la entrada unos sueños gratos, más gratos que la vida misma.
-
-No, no; prefiero volver al camino--murmuraba--; y seguía marchando
-con la chaqueta al hombro, al azar, sin objeto, sin saber por qué,
-cantando, silbando y tarareando, estremeciéndome con los rumores del
-campo, con el ruido del agua en el arroyo y el cantar agorero de las
-cornejas.
-
-Después, poco a poco, me dejaron entrar en la ciudad sin condiciones;
-pero dentro de las calles me sentí ahogado, estrechado, sin poder
-respirar, y volví de nuevo al campo...
-
-Hoy, algún camarada me dice:
-
-«Descansa aquí. ¿Por qué no vivir entre las gentes? Hay remansos
-tranquilos, hay rincones donde no se miran unos a otros con faz torva y
-amenazadora.»
-
-Amigo--respondo yo--, yo soy un hombre de paso, algo que se mueve y no
-arraiga, una partícula de aire en el viento, una gota de agua en el mar.
-
-Ahora me sucede como al viajero que ha creído marchar a la casualidad
-por el fondo de los barrancos, y al llegar a una altura, al ver el
-camino recorrido, comprende que, a pesar de sus desviaciones y de sus
-curvas, llevaba instintivamente un plan.
-
-Ahora, en el río confuso de las cosas que pasan eternamente, siempre
-cambiando y buscando su fórmula definitiva (el werden hegeliano), veo
-mi existencia como una cosa que ha sido y que ha llegado a su devenir.
-
-Ahora, la soledad no me entristece, ni me asustan los murmullos
-misteriosos del campo, ni el graznido de las cornejas. Ahora conozco el
-árbol en que cantan los ruiseñores, y la estrella que lanza su mirada
-confidencial en la noche. Ya encuentro suaves las inclemencias del
-tiempo y admirables las horas silenciosas del crepúsculo, en que una
-columna de humo se levanta en el horizonte.
-
-Y así sigo, con la chaqueta al hombro, por este camino que yo no he
-elegido, cantando, silbando, tarareando.
-
-Y cuando el Destino quiera interrumpirlo, que lo interrumpa; yo, aunque
-pudiera protestar, no protestaría...
-
- * * * * *
-
-Este preámbulo, que parece que quiere ser alegórico, puso J. H.
-Thompson a su _Viaje sin objeto_. Su única legitimación para estar aquí
-es que es tan sin objeto como todo el libro.
-
-
-
-
- II
-
- DISECACIÓN Y FARMACIA
-
-
-ENTRE el gran número de Thompsons que ha producido Inglaterra, yo soy
-uno de ellos.
-
-Mi padre era disecador de animales y tenía su casa y su taller en
-Gray's-Inn-Lane, una callejuela que sale a Holborn Street.
-
-El sitio, aunque céntrico, es poco frecuentado por gente rica, y
-mi padre solía exponer sus ejemplares disecados en la mitad de un
-escaparate que le cedía un frenólogo de Holborn Street, el señor
-Fitzhamer, por veinte libras esterlinas al año.
-
-A nuestra casa, bastante sombría y negra, apenas le daba el sol algunos
-días de verano. Teníamos una ama de gobierno, la señora Webster; pero
-esta señora llegó a adquirir tanta confianza con nosotros, que no nos
-hacía caso.
-
-Además, como decía una amiga suya suspirando, la señora Webster tenía
-la desgracia de beber. Esta amiga quería dar a entender que el tomar la
-costumbre de ir a la taberna era como padecer el tifus o la viruela.
-
-La señora Webster había perdido la moral doméstica y le parecían
-accidentes insignificantes y que no afectaban a su honor de ama de
-llaves el que la carne estuviese quemada o las patatas crudas.
-
-Mi padre no se quejaba. Era un tanto estoico. En sus buenos tiempos
-había vivido con holgura y ganado mucho dinero; después fué cayendo, y
-cayendo, hasta arruinarse.
-
-Mi padre fué el Rey Lear de los disecadores, un Rey Lear sin Cordelia.
-Las Cordelias no abundan en el mundo. Mi padre trabajó con afán por
-conseguir la elevación de sus hijos, y, efectivamente, los elevó y
-ellos le olvidaron.
-
-Yo era el hijo más pequeño. Mis hermanos mayores se colocaron bien; mis
-hermanas llevaron dote al matrimonio; mi padre, que había dado todo su
-dinero a sus hijos, se quedó, el pobre hombre, sin un penique.
-
-Mi padre se hallaba dispuesto a seguir arruinándose conmigo y llegar a
-la mayor miseria.
-
-Yo le recuerdo ya viejo. Era alto, robusto, con el pelo muy blanco y la
-cara sonrosada.
-
-No he conocido a mi madre, que murió cuando yo tenía pocos meses.
-
-Desde la más remota infancia estoy acostumbrado a contemplar la ruina
-como un estado natural de mi casa. Mi padre me puso en un colegio rico
-hasta que no pudo pagar más, y entonces me sacó de allí con el pretexto
-de que nos marchábamos de Londres.
-
-Mientras estuve en el colegio, desde los diez a los catorce años, al
-volver a mi casa me encontraba invariablemente en las vacaciones con
-algo menos.
-
-En la extrema necesidad, mi padre tenía que recurrir a empeñar y a
-vender los mejores modelos de sus animales disecados, y yo vi salir de
-nuestra casa leones, tigres y serpientes, ejemplares magníficos de piel
-fina, brillante y sin zurcidos, y quedarse sólo en el taller los zorros
-calvos, los flamencos desplumados y los buhos sin ojos.
-
---¡Cuántas veces he pedido inspiración a un caimán disecado o a un
-buitre sin plumas para resolver el problema de la familia!
-
-Yo tenía que elegir una manera de vivir. Mi padre no quería que me
-dedicase al arte de disecar. Suponía que este oficio estaba en baja y
-me hablaba mal de él. Así perdí yo la moral del disecador.
-
-Mi padre tenía varios amigos que no le abandonaban en su desgracia:
-uno de ellos era Fitzhamer, el frenólogo; otro, un disecador, el
-señor Sammerson, personaje alto, grande, pomposo, irreprochable en el
-vestir y adornado constantemente con un gran paraguas; y, por último,
-un empleado de Fitzhamer, el joven Cheene, hombre delgadito, fino e
-inteligente, que se dedicaba a armar esqueletos para los estudiantes de
-Anatomía.
-
-Se discutió entre todos la profesión que debía seguir, y la opinión de
-los tres consultados fué que lo mejor sería que mi padre me llevara a
-la farmacia de un cuñado suyo y tío mío farmacéutico, llamado Samuel
-Cox.
-
-Mi padre tenía viejos resentimientos con su cuñado Samuel; pero viendo
-que era la única solución para mí, le habló a mi tío, y yo entré de
-practicante en la botica.
-
-Entonces mi padre deshizo su casa y su taller y entró de director en el
-establecimiento de Sammerson.
-
-Yo estuve en la botica de Cox cerca de tres años, y salí no por mi
-culpa.
-
-Mi tío Samuel era un solterón empedernido que vivía asistido por una
-viuda, mistress Blount.
-
-La tal señora tenía un hijo que estudiaba Farmacia fuera de Londres.
-Era esta viuda una mujer de unos cincuenta años, ceñuda, mandona, con
-anteojos y una papalina blanca.
-
-Mi tío Samuel le tenía miedo y la esquivaba con mucho arte. Mi tío era
-hombre de gran sagacidad, tan diplomático como Talleyrand y casi tan
-egoísta. A fuerza de egoísmo se había hecho un completo poltrón, y las
-recriminaciones le molestaban horriblemente.
-
-Mi tío Samuel y yo nos hicimos pronto amigos. Al principio me trató
-como a su dependiente, pero luego se convirtió en un camarada.
-
-Así, mi infancia se ha deslizado parte en el taller de disecar y parte
-en la botica de mi tío. He vivido al lado de una fauna y de una flora
-exótica, en una fauna y una flora muerta y conservada.
-
-En mi niñez he puesto mi hamaca entre los leones, las panteras y los
-cocodrilos disecados; en mi adolescencia he recogido el maná como los
-israelitas, el _sperma coeti_ como los balleneros y la canela de Cylán
-como los vedas y los cingaleses.
-
-Soy un hombre exótico, oriental y occidental, polar y ecuatorial. Soy
-un planetario.
-
-Los tres años de farmacia se interrumpieron con la llegada del hijo
-de mistress Blount. Entonces hubo una serie constante de riñas, de
-amenazas entre la viuda, su hijo y mi tío.
-
-Un día supe con asombro que éste dejaba la botica. La viuda le había
-puesto como condición, o casarse con ella o dejar la farmacia.
-Mistress Blount tenía cartas en donde el tío Samuel le daba palabra de
-casamiento.
-
-Mi tío no vaciló en aceptar la cesación de la botica y se alejó del
-barrio de Soho para siempre.
-
---Tú te vienes por ahora conmigo--me dijo. Y, efectivamente, yo, armado
-de unos cuantos bártulos, me marché a su casa.
-
-
-
-
- III
-
- LOS LIBROS DE MI TÍO
-
-
-A pesar de ser hijo de viejo, mi padre contaba más de sesenta años
-cuando yo nací, soy hombre fuerte y de gran vigor.
-
-Según Fitzhamer, el frenólogo, que nos cedía la mitad de su
-escaparate, donde exponíamos nuestros ejemplares disecados por veinte
-libras esterlinas al año, mis facultades más desarrolladas son la
-adquisividad, la habitabilidad y la religiosidad. La vida no ha
-destacado en mí estas condiciones pronosticadas por su frenologidad. Es
-posible que la culpa sea mía.
-
-No sé a punto fijo cuáles son las condiciones íntimas de mi carácter,
-como no lo sabe nadie o casi nadie. La divisa délfica de conócete a
-ti mismo no ha fructificado en mí. Respecto a los orígenes de mis
-conocimientos, son el colegio, el taller de mi padre y la botica de mi
-tío. En el colegio adquirí rudimentos clásicos; llegué al latín y un
-poco al griego; en el taller de mi padre aprendí a disecar y algunas
-nociones de zoología, y en la botica de mi tío comencé el estudio de la
-química y de la botánica y abrí las obras de los grandes filósofos.
-
-El tío Samuel se contaba entre los mejores bibliófilos de Londres.
-Reunía libros y colecciones de estampas con una gran perseverancia.
-Mientras estuve yo en la botica solía verle llegar todos los días con
-paquetes de libros y rollos de papel.
-
-Si se le hablaba del cliente que había venido por la triaca magna o por
-el aceite de escorpión, todavía en aquel tiempo se usaban estas cosas,
-escuchaba, al parecer, muy atentamente; pero la verdad era que no hacía
-caso.
-
-Cuando abandonamos la botica él y yo, fuimos a vivir a una estrecha
-callejuela que comunicaba por un arco con la plaza llamada
-Lincoln's-Inn-Fields. La casa era un edificio negro y alto, que tenía
-delante un jardinillo desolado. Difícil hubiera sido encontrar una
-vivienda que tuviera un aire más triste. El humo y la niebla habían
-dejado sus paredes negras, los cristales de las ventanas empañados. En
-el último piso tenía sus habitaciones mi tío. Estaban éstas llenas de
-libros y de papeles.
-
-Los libros constituían allí una vegetación parásita; asomaban por
-encima de los armarios, por debajo de las sillas y de las mesas.
-
-Todos los días mi tío solía hacer compras, y yo le acompañaba. Ibamos
-a los baratillos, a las ferias, a las casas particulares. Mi tío tenía
-alquilados varios cuartos pequeños en distintos barrios de la ciudad,
-donde depositaba sus compras.
-
-Yo, al ver estos rincones abarrotados de libros y papeles, le pregunté
-qué quería hacer con tanto libro y tanta estampa, si quería venderlos o
-regalarlos al Museo Británico; después, cuando comencé a tomarle gusto
-a la caza del libro y de la estampa, comprendí que la bibliofilia y
-la estampofilia, como todas las chifladuras humanas que amenizan la
-existencia, tienen su fin en sí mismas. Mi tío pasaba por coleccionista
-humilde, y si alguien le preguntaba si compraba libros, decía que no,
-que sus medios no se lo permitían.
-
-Ciertamente no era mi tío un bibliófilo bastante rico e ilustre para
-pertenecer al Roxburg-Club de Londres; pero algunos de los individuos
-de esta Sociedad le conocían y le habían invitado más de una vez al
-banquete anual que celebraban en la taberna de Old-Saint-Albans,
-invitación que mi tío Samuel aceptaba, porque además de bibliófilo era
-un gastrónomo consumado.
-
-A mi tío lo encontraba siempre en tratos y cabildeos con toda clase
-de libreros, anticuarios, traperos, comerciantes de papel viejo y
-encuadernadores. Uno de los hombres con quien tenía más negocios
-pendientes era un comerciante de papel llamado Tick, dueño de una
-tienda de White Hart Sreet, callejuela próxima a Drury Lane. Tick, hijo
-de un judío alemán y de una irlandesa, era un viejo alto, de barba
-cana, con los ojos azules y la expresión sonriente. En su tienda era
-difícil entrar, por lo estrecha y negra. En la muestra apenas podía
-leerse:
-
- ABRAHAM TICK
-
- COMERCIO DE PAPEL AL POR MAYOR Y AL DETALLE
-
-De la tienda se pasaba a un pequeño patio atestado de papeles viejos.
-
-Abraham Tick tenía un hijo de mi edad, William, muchacho fuerte y
-guapo, con los ojos negros, las cejas rubias y el pelo negro.
-
-Según el frenólogo Fitzhamer, hay que desconfiar de las personas cuyos
-cabellos y cejas son de un color diferente. No sé si en todos los
-casos; pero, al menos, en aquél, Fitzhamer tenía razón.
-
-William Tick, a quien todos llamábamos Will Tick, se hizo muy amigo
-mío; mejor dicho, yo me hice amigo suyo, porque al poco tiempo de
-conocerle estaba sometido a su influencia.
-
-
-
-
- IV
-
- LA CASA DE ISRAELS Y PIPER
-
-
-COMO mi tío Samuel vió que yo tenía afición a los libros, creyó debía
-perfeccionarme en la bibliografía, y me llevó de dependiente a la casa
-de Israels y Piper, de Chancery Lane.
-
-Chancery Lane es una callejuela que baja de Holborn a Fleet Street.
-Como muchas de Londres, tiene una especialidad; es una calle de gente
-de toga, de librerías de Derecho y banqueros.
-
-Entonces, supongo que ahora seguirá lo mismo, Chancery Lane estaba
-formada por casas altas, de ladrillo, ennegrecidas por el tiempo, la
-bruma y el humo, y acariciadas muy de tarde en tarde por los rayos de
-un sol traducido al inglés.
-
-Los colores de esta calle, la gradación de matices de sus paredes de
-ladrillo, los encontraba yo muy agradables a la vista; tenían en tonos
-obscuros las variaciones irisadas del coral y del nácar.
-
-Las casas de Chancery Lane eran tan indiferentes y tan hostiles como
-las demás londinenses, y un poco más: presentaban al transeúnte puertas
-bien cerradas y claveteadas, verjas llenas de pinchos, rejas tupidas;
-eran estas casas de leguleyos de lo más inhospitalarias, de lo más
-fundamentalmente británicas que pueden ser unas casas, unas puertas y
-unas rejas.
-
-Próxima a la salida de Chancery Lane a Lincoln's-Inn-Fields, y casi
-enfrente de Cursitor Street, se hallaba la librería de Israels y Piper.
-Tenía en la puerta, sobre la pared roja de la casa, este letrero, medio
-borrado por las lluvias:
-
- ISRAELS & PIPER, LIMITED
-
- EDITORES DE OBRAS DE HISTORIA, FILOSOFÍA
- Y GENEALOGÍA
-
-La librería de Israel y Piper tenía un escaparate pequeño, una tienda
-reducida y casi siempre desierta, y después, un pasillo larguísimo.
-
-Cualquiera hubiese pensado que aquel establecimiento no tenía apenas
-importancia; pero a medida que se penetraba en él, se iba haciendo
-mayor y mostrando sus grandes galerías de catacumba.
-
-Por un lado daba el establecimiento de Israels y Piper al jardín de
-Lincoln's-Inn-Fields, donde se hallaba instalada la imprenta.
-
-Los depósitos de la casa eran inmensos; los libros formaban calles y
-más calles, y de trecho en trecho, por encima de estas calles, había
-puentes de tablas y más libros encima.
-
-A algunos pasos de la tienda había una puerta que daba a un gran patio
-enlosado y cubierto de cristales, y a todas horas estaban allí los
-empleados embalando libros en cajas, que luego se cargaban en carros, y
-a todas horas entraban los mozos de la imprenta, llevando montones de
-papel en rama en la cabeza.
-
-De los dueños, Israels era un judío de unos sesenta años, de ojos
-claros, nariz cortante y perilla blanca. Tenía una amabilidad excesiva
-y una mirada burlona.
-
-El señor Piper era un buen inglés, de cabeza cuadrada, con cara de
-perro dogo y aire malhumorado.
-
-El empleo en casa de Israels y Piper no me sedujo. Teníamos Will Tick y
-yo un despacho cerca del patio, en un subterráneo muy húmedo y sombrío,
-donde trabajábamos constantemente; y este vivir de topo, siempre con
-luz artificial, en sitio negro y húmedo, me molestaba mucho.
-
-Will Tick se las arreglaba para no trabajar, y me puso al corriente de
-sus mañas.
-
-La casa de Israels y Piper tenía grandes curiosidades: se guardaban
-las prensas que se habían usado en la casa desde su fundación, los
-originales de las obras publicadas y un gran archivo con ejecutorias y
-manuscritos heráldicos.
-
-Para preservar estos tesoros de las ratas había cuatro perros
-repulsivos y una docena de gatos feroces.
-
-Los perros enseñaban los dientes a cuanto desconocido veían, y los
-gatos saltaban y bufaban como panteras. Estos animalitos eran hijos de
-una gata atigrada, que atacaba y arañaba al que se acercara a ella.
-
-Este animal feroz era para Israels el genio familiar de la casa;
-le miraba con el mismo entusiasmo que Dick Whittington, el popular
-personaje, a su felino, a quien debía la fortuna y el llegar a haber
-sido lord mayor de Londres.
-
-Entre los dependientes de la librería Israels y Piper, me hice amigo,
-además de Will Tick, de un joven, Percy Harrison, muchacho simpático,
-hijo de un labrador.
-
-Percy tendría mi edad y mis aficiones, y me convenció para que fuera
-con él, de noche, a una academia de dibujo. Había visto los ensayos
-de caricaturas que yo hacía, y pensaba que podría utilizar mi pequeño
-talento.
-
-Todo el tiempo que estuve en casa de Israels y Piper, un año y
-medio, fuí de noche a la academia de dibujo; pero noté que, a medida
-que copiaba de estatua, la poca gracia que tenían mis caricaturas
-desaparecía.
-
-Se lo advertí a Percy, y éste reconoció que el cultivo del arte clásico
-no me convenía.
-
-Percy, al mismo tiempo que se perfeccionaba en el dibujo, practicaba la
-litografía. Cuando creyó que dominaba este arte, proyectó comprar una
-prensa litográfica y útiles para el oficio, y establecerse.
-
-Formamos una sociedad Will Tick, Percy y yo, y decidimos abandonar a
-Israels y Piper y lanzarnos un poco a la aventura.
-
-
-
-
- V
-
- ELOGIO DE LA LITOGRAFÍA
-
-
-LOS primeros trabajos litográficos que hicimos entre Percy y yo fueron
-vistas de pueblos, escenas pintorescas y retratos de personajes
-célebres. Will Tick vendió las estampas a buen precio, y al recibir
-el producto de las ventas, consideramos que un río de oro entraba en
-nuestros bolsillos.
-
-Tras de estos tímidos ensayos, intenté yo la caricatura, y una de las
-mejores que hice fué a favor de los liberales españoles y en contra del
-rey Fernando VII. Esta caricatura me relacionó con algunos españoles,
-entre ellos, con el hispanoinglés Blanco-White, que acababa de publicar
-unas cartas sobre España, y que fué, probablemente, el que me sugirió
-la idea de venir a la Península.
-
-Después de mi estampa antifernandina, hice otras varias, que se
-vendieron mal que bien. Pronto noté que faltaba a mis caricaturas
-personalidad y crueldad. No podía llegar a la sátira brutal y enconada
-de un Gilray, ni a dar a mis personajes el aire tan típicamente inglés
-de las estampas de Jorge Cruikshank.
-
---En la caricatura--me dijo Will Tick, que en esto, como en todo,
-discurría con mucha claridad--hay la cepa dulce y la cepa agria. Tú
-eres de la cepa dulce, y en Inglaterra, actualmente, eso no gusta.
-
-Will Tick tenía razón.
-
-Como vi que el mercado se cansaba pronto de mis estampas, intenté dar
-otro producto, y me dediqué al agua fuerte.
-
-El agua fuerte es un arte, indudablemente, de más interés, de mayor
-individualidad que la litografía.
-
-Tiene, además, un encanto para el que la cultiva, y es el encanto de
-las sorpresas. Estas sorpresas proceden de los efectos inesperados de
-la mordedura del ácido en la plancha, y también mucho de la estampación.
-
-La litografía, en cambio, no tiene sorpresa alguna, y su estampación
-es más mecánica. Se puede decir que cada prueba de agua fuerte es casi
-tan única como un cuadro; en cambio, las pruebas litográficas son todas
-iguales.
-
-El procedimiento del agua fuerte me gustó, por ser más personal, más
-complicado y, al mismo tiempo, más libre que el de la litografía.
-
-En la litografía, vencida la dificultad de dibujar al revés, está
-todo resuelto; en tanto que se realiza el trabajo se puede seguir su
-progreso mirando la piedra directamente o en un espejo; en cambio,
-en el agua fuerte, mientras se raya la plancha de cobre, ésta es un
-misterio. El grabador supone que una parte le ha salido bien, que la
-otra, mal; cree que esto es demasiado negro; aquello, por el contrario,
-demasiado blanco; mete la plancha en el ácido, saca después la prueba,
-y todas son para él sorpresas.
-
-La litografía es más honrada; en ella no sale ni más ni menos que lo
-que se pone.
-
-Mis entusiasmos por el agua fuerte me quitaron la afición a trabajar
-en la litografía. Me gustaba, sí, la estampa litográfica; pero más las
-de los otros que las mías. Prefería ser coleccionista de estampas que
-litógrafo.
-
-Realmente, la litografía no es un gran arte, pero es un arte simpático
-dentro de su vulgaridad. Es algo como la canción de la calle, como la
-melodía popularizada por un organillo.
-
-La fusión de la litografía con el costumbrismo y con la historia
-episódica de la época ha dado origen a una clase de estampas que son
-los mejores documentos de nuestro tiempo.
-
-Se dirá que estas láminas nos dejan una impresión falsa de las cosas.
-
-Cierto.
-
-Alguno asegurará que el arte debe dar la sensación de la realidad con
-elementos artificiales y que la litografía hace todo lo contrario: dar
-una impresión de irrealidad con elementos verdaderos. ¿Qué importa?
-¿Es que hay una realidad fuera de nosotros? Yo, lector de Kant y de
-Berkeley, no creo en más realidad que la de nuestro yo. Lo demás son
-disfraces de la Madre Naturaleza, aspectos de la Cosa en sí que no
-sabemos hasta qué punto existen, y si sus presentaciones ante nuestros
-sentidos son o no constantes.
-
-Podrán otros despreciar la litografía como un arte industrial, vulgar e
-insignificante; para mí ha tenido y sigue teniendo grandes atractivos.
-
-Estas vistas de pueblos, tan falsas en conjunto y tan exactas en
-los detalles; estas escenas campestres, tan poco campestres; estos
-españoles, tan poco españoles; estos griegos, tan poco griegos; estos
-ríos, estas cataratas, estos personajes, estas amazonas, que son
-la verdad convencional de un momento histórico, no hubieran podido
-representarse tan en armonía con el espíritu de la época como con el
-lápiz ligero, amable y un poco banal de la litografía.
-
-
-
-
- VI
-
- EN PLENA BOHEMIA
-
-
-PERCY y yo alquilamos un cuarto, y llevamos a él nuestros útiles y
-algunos muebles al fiado.
-
-Al principio trabajamos con entusiasmo; luego, poco a poco, fuimos
-flaqueando y llegamos a no hacer nada y a mirar con desdén y con cierta
-sorna nuestros instrumentos de grabadores.
-
-Will Tick nos sacaba con frecuencia de apuros con la fertilidad de sus
-recursos. Muchas veces nos llevaba a su casa para que le ayudásemos.
-
-Tick, padre e hijo, se dedicaban a negocios sospechosos.
-
-Guardaban montones de papel sellado viejo, que les debía servir para
-falsificar documentos. Lavaban y cocían papeles escritos con agua de
-cloro y los sacaban limpios; sabían también hacer tinta antigua y
-calcar firmas.
-
-Todos los trabajos de la casa eran poco claros y menos lícitos. Durante
-el tiempo que acudí al taller de los Tick, el negocio más legal que
-hicieron padre e hijo fué decolorar y raspar unas hojas en pergamino
-de unos libros capitulares y convertirlos en parches de tambores y
-panderetas.
-
-Siempre se les veía al padre, al hijo y a un criado, albino y zambo,
-en el patio, sucio y negro, borrando papeles y secándolos en una estufa.
-
-Abraham Tick maniobraba en aquellas cosas que no caen fácilmente bajo
-la mirada de un juez.
-
-Una de sus especialidades consistía en inventar genealogías y
-falsificar documentos nobiliarios. La impunidad estaba asegurada. Era
-muy difícil que su trabajo llegara a conocimiento de la justicia,
-porque el que encargaba la falsificación de una ejecutoria o de un
-árbol genealógico era el primer interesado en que ningún perito
-examinara con cuidado sus documentos.
-
-Abraham Tick nos pagaba bien cuando le ayudábamos. En su tienda conocí
-mucha gente, porque el viejo Tick tenía grandes relaciones. Solían
-reunirse allí una porción de tipos que andaban a la husma por las
-prenderías, librerías y tiendas de antigüedades.
-
-Yo también me decidí a sacar la comida al husmeo, y comencé a proveer a
-mi tío y a unas cuantas personas más de libros y de estampas. También
-compraba retratos, que vendía después a Fitzhamer. El frenólogo los
-utilizaba para sus estudios. Algunas estampas anteriores al título no
-tenían nombre, y yo solía ponerlo al margen con lápiz. Era curioso
-ver con qué candidez se las arreglaba el frenólogo para encontrar
-en la cabeza del retratado lo que, según todo el mundo, había; cómo
-adivinaba el espíritu matemático en Pascal, la gracia en Voltaire, el
-sentido astronómico en Copérnico, etcétera, etc. Una confusión mía
-hizo que el retrato de Fenelón pasara por el de Maquiavelo, y el de
-Florián por Fouquier-Thinville, y al contrario: y hubo que admirar con
-qué precisión Fitzhamer encontró matemáticamente la chistosidad y la
-astuciosidad en Fenelón, tomándolo por Maquiavelo, y la destructividad
-en el insípido Florián, a quien tomaba por Fouquier-Thinville.
-
-No siempre daba yo en el blanco en mis paseos a la busca de unos
-cuantos chelines, y entonces Percy y yo nos dedicábamos a comer al
-fiado. Al principio nos preocupábamos de pagar; pero llegó un día
-en que el pensamiento del mañana no nos alteró lo más mínimo, y nos
-dedicamos, desde entonces, a los platos más suculentos y a los líquidos
-más espirituosos, con la vaga esperanza de que alguien los pagara.
-
-Cuando la estrechez era grande íbamos a ver a Will Tick; pero éste nos
-ofrecía ya descaradamente trabajos peligrosos de falsificación, lo que
-nos alarmaba.
-
-Los amigos de Percy y los míos, alegres camaradas, vivían de una
-manera parecida a la nuestra, dispuestos a gozar, a sacarle jugo a la
-existencia.
-
-Uno de ellos, para mí el más querido, a quien había conocido en el
-colegio, era Tomás Burton, joven disipado y de familia acomodada, de la
-escuela de lord Byron, que encontraba todo muy negro en la vida.
-
-Burton se envenenaba con opio y leía libros de astronomía, de los
-cuales sacaba argumentos para deducir la mezquindad y la miseria de la
-vida humana.
-
---Lo mejor que puedo hacer, en obsequio de mi familia, es
-arruinarla--decía--, y después suprimirme yo. El dinero nos ha hecho
-desdichados.
-
-Otro de los comensales constantes en nuestras francachelas, Joe
-Flinder, viejo estudiante de leyes, guardaba, según decía, un gran
-baúl lleno de obras maestras, diez o doce poemas que hubiera firmado
-Milton, y un centenar de tragedias y comedias bastante más sugestivas y
-profundas que las de Shakespeare.
-
-A pesar de esta premisa, él pensaba que se podía afirmarla con la
-seguridad de un axioma matemático, no había editor ni empresario
-para sus obras. ¡Tal era la estupidez y el mal gusto de la orgullosa
-Inglaterra!
-
-Otras personas se reunían con nosotros, sobre todo algunos jóvenes
-ricos que venían acompañados por Will Tick. Will nos presentaba a ellos
-como hombres de un talento enorme, bohemios incorregibles, de una
-existencia pintoresca, desordenada y absurda.
-
-Percy y yo habíamos llegado a encontrar muy lógico nuestro sistema de
-vida; generalmente no pagábamos a los proveedores, y los ingresos que
-obteníamos unas veces por la compraventa de un cuadro, de un grabado o
-de un libro raro, los empleábamos en una cena alegre.
-
-Solíamos tener grandes discusiones, debatíamos acerca de la gloria, de
-la política, de la literatura, de los medios de hacer dinero, de la
-Reforma, de la Constitución, y concluíamos con las caras inyectadas,
-cantando a voz en grito el _Fantasma_, de Cock Lane, los _Niños en el
-bosque_, o alguna canción patriótica, como _¡Rule Britannia!_ y ¡_Oh,
-Bretaña_, el orgullo del Océano!
-
-
-
-
- VII
-
- DÍAS TRISTES
-
-
-BIEN comprendía yo que aquella vida no podía durar, que era un
-paréntesis más o menos largo que se había de cerrar de un día a otro.
-Efectivamente, el paréntesis se cerró pronto. Una mañana el dueño de la
-casa nos avisó que habiendo aguardado mucho tiempo el cobro de nuestros
-alquileres, ya no podía esperar más. Nos daba un plazo de veinticuatro
-horas para desalojar la habitación.
-
-Poco después de este aviso llegó Flinders con la noticia de que Burton
-se acababa de suicidar. Al entrar su madre en su cuarto se lo había
-encontrado tendido en el suelo y muerto.
-
-La noticia me hizo una gran impresión.
-
-Percy, Flinders y yo hablamos largo rato, y yo me olvidé de mis apuros.
-
-Hubiéramos ido a dar el último adiós a nuestro amigo; pero temíamos
-que la familia no nos quisiera dejarle ver, considerándonos como gente
-perdida que quizá había arrastrado al suicida a su mal fin.
-
-Decidimos salir y acercarnos a la casa de Burton. Al bajar las
-escaleras un muchacho me trajo una carta.
-
-Decía así:
-
- «Querido Thompson: Si te envían esta carta, es que me habrán
- encontrado muerto. Me voy con gusto. Un apretón de manos y
- buena suerte.
-
- _Burton_.»
-
-
-Discutimos si había hecho bien, si había hecho mal nuestro camarada,
-porque no hay nada que remueva tanto el espíritu como esa negación de
-la vida del suicidio.
-
-Hablando de Burton salimos a la calle. Era al anochecer. Hacía uno
-de estos días de otoño de Londres en que el cielo, invariablemente
-sombrío, descarga aguaceros sobre aguaceros; toda la gran urbe
-exudaba humedad negra y polvo de carbón, y los hombres, los caballos
-y los perros se arrastraban sobre el fango de las calles, mientras
-algunos pocos privilegiados se aburrían en sus palacios o miraban por
-la ventana del club o por el cristal del coche a los desharrapados
-rebozados en el barro.
-
-Llegamos a casa de Burton y no nos quisieron recibir; tales eran
-nuestras trazas. Volver a la habitación de noche, despertando a la
-vecindad, hubiera sido exasperar al propietario. Pasamos la noche a pie
-firme y por la mañana me presenté a mi padre.
-
-Hablamos, me sermoneó un tanto y me dijo que debía ir a ver a mis
-hermanos. Yo le contesté que no. Mis hermanas se sentían orgullosas de
-su posición; estaban casadas con personas de calidad y no les gustaba
-pensar que tenían un pariente perdulario. Mis dos hermanas mayores
-eran de la misma madera; de un egoísmo perfecto y de una indiferencia
-insolente por la suerte de la familia. No iban a preocuparse de mí, a
-quien apenas conocían.
-
-Me dió mi padre unos peniques, lo único que tenía; comí y fuí a ver
-a mi tío. Le dije que me hallaba en una situación difícil y que
-había pensado pedir trabajo a William Tick. Luego le conté los
-procedimientos que empleaba Will.
-
---Sí, los ha heredado de su padre--dijo mi tío--. Se ve que es tan
-granuja como todos los de su familia. Ten cuidado, no te vayan a
-arrastrar a dar un mal paso. Abraham Tick está haciendo constantemente
-falsificaciones; tú dibujas algo y querrán utilizarte. No seas tonto.
-Haz todas las deudas que puedas; pon tu firma en todos los pagarés que
-te traigan; pero nada de imitar letras, facturas, sellos o cosa por el
-estilo. Esto es la cuerda o los trabajos forzados.
-
-La observación de mi tío me hizo mella; yo pensaba lo mismo, aunque
-no me había planteado la cuestión tan claramente. El era un truchimán
-listo y su consejo no cayó en olvido.
-
-Viví unos días en casa de Tick encerrado, pintando árboles
-genealógicos, y un día Will me trajo unas láminas de un banco de la
-City para que yo las calcara y luego las estampara Percy.
-
-Pretexté que no tenía vista. Will Tick se rió diciéndome que lo
-hiciera, o que si no, me marchase. Yo opté por marcharme.
-
---Te morirás de hambre--me dijo.
-
---No; porque mi tío me ha encargado hacer un catálogo de su biblioteca.
-
-Will Tick me insultó, llamándome estúpido y egoísta; y yo fuí en
-busca de mi tío. Le conté el caso; cómo me hallaba perseguido por los
-acreedores, la proposición de falsificación que me había hecho Will
-Tick, y le pedí que me cediese una de sus madrigueras de libros y me
-diera de comer, a cambio de lo cual yo le haría el trabajo que me
-indicara de copia o de calco. Después de vacilar mucho mi tío aceptó y
-quedamos de acuerdo en que le restauraría algunas portadas y documentos
-antiguos. Fuimos los dos a una casucha del barrio de Islington. Era un
-zaquizamí del último piso, lleno de montones de libros que conservaban
-polvo de muchos años.
-
-Un tabernero de la esquina, conocido de mi tío, me traería la comida y
-no me prestaría ni un penique.
-
-Tomé posesión de mi cuchitril y comencé mis trabajos.
-
-Todo el invierno lo pasé así encerrado. Miraba desde mi palomar el
-cielo bajo y sombrío de Londres con el humo espeso que salía de las
-chimeneas. Por la mañana hacía las restauraciones para mi tío, y
-después estudiaba francés y español, porque tenía el proyecto de
-escaparme de Londres.
-
-De noche los ratones me hacían compañía y venían a devorar los restos
-de mi comida. Algunas veces ataba con un bramante una corteza de queso
-y me divertía retirándola cuando se echaban sobre ella los pequeños y
-graciosos roedores.
-
-Los días brumosos y negros me entraba la desesperación de no hacer nada
-y me metía en la cama.
-
-
-
-
- VIII
-
- EXAMEN DE MIS APTITUDES POR EL SISTEMA
- MÉTRICO DECIMAL
-
-
-UNO de aquellos días en que me hallaba más aburrido aún que de
-ordinario, hice este cuadro de mis aptitudes morales e intelectuales
-por el sistema métrico decimal:
-
- CONDICIONES DE J. H. THOMPSON
-
- Amor al trabajo 5 por 100.
- Benevolencia 10 »
- Egoísmo 15 »
- Valor personal 5 »
- Sentido erótico 10 »
- Moralidad 5 »
- Espíritu religioso y superstición 2-1/2 »
- Adquisividad (estilo Fitzhamer) 2-1/2 »
- Sociabilidad 10 »
- Instinto de vagabundez 15 »
-
-Después del cuadro sinóptico de mis aptitudes, comencé el de mis
-conocimientos por el mismo sistema métrico decimal, y me resultó éste:
-
- Dibujo 10 por 100.
- Literatura 10 »
- Filosofía 5 »
- Botánica y Farmacia 10 »
- Arte de disecar 15 »
- Geografía 5 »
- Lenguas 5 »
-
-Por una fantasía como ésta, el frenólogo Fitzhamer cobraba bastante
-dinero; en cambio, yo no me cobré nada a mí mismo.
-
-Mi interés en esta época consistía en elevar mis conocimientos
-lingüísticos (5 por 100, según el cuadro) a un 10 o a un 15 por 100.
-
-Aprendía el español y el francés sin maestro, y tenía la sospecha de
-que iba a entendérseme con dificultades. Sobre todo la pronunciación y
-la propiedad de las palabras me fallarían. Me pasaría probablemente lo
-que al inglés de una caricatura francesa, que entra en un café de París
-y para pedir: _Garçon, une bouteille de biere_, hace un esfuerzo de
-memoria y dice: _Celibataire, une bouteille de cercueil!_
-
-Esta confusión de las cervezas con los ataúdes, lo más que podía
-producir es que se burlasen de uno.
-
-Aunque comprendía que no me las arreglaría fácilmente, no me preocupaba
-esto mucho. Lo difícil para mí era dar el primer paso, cruzar el canal
-de la Mancha y desembarcar en el Continente.
-
-Había pensado marchar a España. Sentía hambre de sol y de cielo azul;
-estaba cansado de encierro, de lluvias y de barro.
-
-Había leído bastante sobre España; no creía, ni mucho menos, que
-fuera un país de delicias en que a cada paso ocurrieran aventuras
-extraordinarias; pero pensaba ir allí.
-
-Aunque soy optimista, no soy de los que abrigan una confianza excesiva
-en los hombres y en las cosas, y que se desilusionan al menor tropiezo.
-Mi fuerza está en la perseverancia y en la resignación estoica. He sido
-siempre más espectador que actor; la vida me ha dado la impresión de
-una comedia, a veces amable, a veces aburrida. Tengo las decisiones
-tardas. He necesitado siempre el aguijón de la necesidad imperiosa para
-lanzarme a la acción. Si esta necesidad imperiosa no me azuza, miro los
-acontecimientos con calma.
-
-Muchas veces he dicho: Veremos a ver esto adónde nos arrastra; y he
-seguido a la deriva, bastante indiferente, mientras no aparecía la
-cruel y urgente necesidad.
-
-Mi viaje a España era cuestión de momento. A veces creía si sería mejor
-quedarme en Londres. Mis acreedores estaban despistados, ¿pero cómo
-vivir así constantemente? La quietud me iba enmoheciendo; necesitaba
-hacer algo, aunque fuesen tonterías: andar, correr, cambiar de
-escenario...
-
-
-
-
- IX
-
- ULTIMA HAZAÑA EN LONDRES
-
-
-UN día leí en un periódico el descubrimiento de una falsificación de
-billetes de Banco y la prisión de los falsificadores y encubridores,
-entre los cuales se encontraba mi amigo Percy Harrison. Will Tick no
-aparecía en la lista de los presos.
-
-¿Sería extraño al asunto? ¿O se habría escabullido de las garras de la
-justicia con arte?
-
-Dada su habilidad y su maña, era cosa muy probable.
-
-Unas semanas después iba yo muy envuelto en mi gabán raído, y más
-envuelto aún en una niebla espesa y rojiza, a casa de mi padre, cuando
-me encontré a Will Tick hablando con una mujer.
-
-Me paró; le dije claramente que suponía que el instigador de la
-falsificación por la cual habían prendido a Percy era él; pero Will
-Tick me demostró, con argumentos, que no era cierta mi sospecha.
-
-Sus razones mitigaron la cólera que sentía en contra suya, y hablamos
-largamente. Le dije que pensaba marcharme a España.
-
---¿Tienes dinero?--me preguntó.
-
---No.
-
---¿Sabes a quién le podríamos sacar unos cuartos?
-
---¿A quién?
-
---A mi padre.
-
---¿Cómo?
-
---Tu tío ha dejado en depósito cuarenta libras esterlinas en casa de
-mi padre para que le compre la biblioteca de un anticuario que ha
-muerto. Mi padre ha visto la biblioteca y siente tener la necesidad de
-comprarla para tu tío, porque en esa biblioteca hay algunos libros de
-valor; pero ha dado su palabra y no se puede volver atrás; perdería un
-buen parroquiano.
-
---Entonces no hay nada que hacer.
-
---Sí, hay mucho que hacer. Mi padre, al menor pretexto que tenga,
-devuelve con gusto las cuarenta libras esterlinas. Tú vienes conmigo a
-mi casa, le dices a mi padre que tu tío ha cambiado de parecer, y te
-entrega las cuarenta libras, que nos las repartiremos.
-
---No, no. Yo no hago eso.
-
---Lo haré yo por tu cuenta; pero es necesario que tú te presentes
-conmigo y recibas el dinero.
-
-Vacilé, porque la cosa me parecía un poco dura, tratándose de un hombre
-que me había favorecido como mi tío Samuel; pero pensé también: «Si
-no aprovecho esta ocasión, ¿cuándo se me presentará otra? Hay que
-decidirse. ¡Adelante!»
-
-Fuimos a casa de Tick, y Will habló a su padre.
-
-El viejo falsificador escuchó largo tiempo sonriendo, moviendo la
-cabeza en ademán negativo, hasta que se decidió, y sacando de un cajón
-las cuarenta libras esterlinas me las puso en la mano. Will me empujó a
-la salida y me dijo:
-
---¡Venga mi parte!
-
-Le di veinte libras; luego me pidió que le diera otras cinco por la
-comisión.
-
---No; no te doy una más.
-
---Bueno. Eres un roñoso. ¡Adiós!
-
-Con el dinero en el bolsillo y el espíritu lleno de remordimientos un
-poco cómicos, me fuí a los muelles y averigüé que, pocas horas después,
-al amanecer, salía un paquebot para Burdeos. Como temía la indignación
-de mi tío Samuel, a quien quizá ya no podría pedir nunca nada en la
-vida, le escribí una carta desde una taberna contándole la hazaña que
-habíamos realizado a expensas entre Will y yo. Le decía que obraba
-impulsado por una fuerza mayor. Después escribí otra carta a mi padre
-despidiéndome de él, y al rayar la mañana bajaba en el barco por el
-Támesis, camino del Continente.
-
---Veremos lo que nos reserva el destino--murmuré, mientras me acercaba
-a la borda, mareado y con la mano aplicada a la boca del estómago.
-
-
-
-
- X
-
- LOS DESTINOS ABSURDOS
-
-
-CUALQUIERA, al leer la frase final del capítulo anterior, supondrá que
-yo soy un fatalista. No; no lo soy. No lo soy, pero no ando lejos de
-serlo. Esta idea de fatalidad es un poco confusa. Encerrando la idea de
-predestinación, es para mí falsa; pero significando sólo destinación,
-me parece exacta.
-
-No cabe duda que si uno marca en un papel una serie de puntos, se
-pueden unir éstos con una línea; tampoco cabe duda que la tal línea
-tendrá un carácter: será recta o quebrada, y presentará una figura
-especial. A esta figura, después de hecha _a posteriori_, le llamaremos
-necesidad, destinación, y si estuviera hecha _a priori_, le llamaríamos
-fatalidad, predestinación.
-
-En el punto 1 de la línea no sabemos dónde va a caer el punto 2, ni en
-el punto 2 cuál va a ser el 3; pero trazados los puntos 2 y 3, podemos
-asegurar que de ninguna manera, aunque se deshiciera el Universo,
-podrían estar en otro sitio mas que en el que están.
-
-Tales reflexiones me hacía yo, tendido en un banco de la cubierta del
-paquebot, a medida que salíamos del canal de la Mancha y se me iba
-pasando el mareo.
-
-Cuando se disipó por completo pensé que sería práctico inventar una
-finalidad para mi viaje al llegar al Continente, y se me ocurrió una
-pequeña historia basada en mi tío, el sargento Cox, que había sido
-un calavera y había estado en la Península con las tropas del general
-Moore. Me pareció que nadie se incomodaría porque ascendiese un poco
-en el escalafón a mi tío, y decidí llamarle el comandante Cox. El
-comandante había muerto en la Península, dejando una pequeña fortuna,
-que yo iba a recoger, ¿cinco mil libras?, ¿seis mil libras? Creo que
-nadie se enfadaría si elevaba la herencia a diez mil libras.
-
-Animado por una perspectiva tan agradable, me levanté de mi banco y me
-puse a pasearme por la toldilla.
-
-Había otro joven, poco más o menos de mi misma edad, que llevaba por
-todo equipaje una caja de tabaco; nos pusimos a hablar, y, llevado por
-esa necesidad de confidencia que se siente al viajar solo, le conté mi
-historia.
-
---¿Así que va usted sin objeto al Continente?--me preguntó.
-
---Sí.
-
---Pues a mí me pasa lo mismo; pero como soy en el fondo fatalista, creo
-que adonde me lleve la casualidad allí estaría fijado mi sino. Aquí
-donde me ve usted, salgo de una cárcel, donde he estado durante algún
-tiempo deshaciendo cuerda.
-
---¿Hizo usted alguna falsificación?
-
---No; yo estaba en relaciones mercantiles con una banda de ladrones
-que me alimentaban. Una vez proyectaron un robo en un hotel. Cada cual
-tenía su misión; yo era el encargado de echar un pedazo de carne con
-láudano al perro. Me dieron el frasquito y, como yo soy desmemoriado,
-lo dejé en un rincón; luego lo confundí con una botella de una salsa,
-y eché salsa a la carne que tenía que comer el perro, y, claro, no se
-durmió. Resultó que la policía estaba avisada, y que me habían visto
-echar la carne al perro, y que nos prendieron a todos los ladrones,
-a mí con la botella de la salsa. Cuando le conté lo ocurrido a mi
-abogado, éste dijo en el juicio que yo era un joven muy virtuoso, y
-explicó cómo había caído en manos de malhechores, que me habían enviado
-con un frasco de láudano y un pedazo de carne para echársela al perro,
-y yo había dejado el láudano y cogido una botella de salsa para rociar
-con ella la carne que iba a echar al guardián de la casa.
-
-Reconocieron todos los jueces que yo era un joven virtuoso, y me
-echaron a la calle, donde empecé a morirme de hambre.
-
-Entonces entré en sociedad con un par de individuos que se dedicaban
-a ese negocio bastante lucrativo que llaman los franceses _chantage_.
-Llevaban ya en preparación uno importante; tenían documentos de un
-político, con los cuales pensaban sacar mucho dinero, y me enviaron
-a mí a hacer la proposición. Llegué yo a casa del político con la
-lección aprendida; pero no sé cómo me las arreglé, que confundí todo
-lo que tenía que decir; descubrí el juego de mis socios e hice que nos
-metieran a todos en la cárcel.
-
-Como la otra vez, me absolvieron, y considerándome, sin duda, como un
-inconsciente, me llevaron a un asilo, donde he estado durante algún
-tiempo haciendo estopa.
-
-Al salir del asilo pensé si mi porvenir estaría en explotar a las
-mujeres. Elegí una muchacha que me pareció dócil, y comencé a
-cultivarla con el fin de vivir a sus expensas; pero se interpuso un
-hombre, luché con él; nos llevaron a juicio, y todo el mundo creyó que
-yo era un idealista y que me había pegado con mi rival por defender a
-una dama.
-
-Ayer estaba en Hyde Park, al anochecer, pensando en la manera de quitar
-a una señora, acompañada de un caballero, un collar que llevaba, cuando
-vi que el señor que hablaba con esta dama era el político a quien
-habíamos querido explotar. Este se acercó a mí y me dijo:
-
---Si no hablas de lo que has visto, te daré veinte libras.
-
-Yo no había visto nada. Alargué la mano y recibí un billete. Fuí al
-Arco del mármol y miré el billete a la luz de un farol. Era bueno.
-
-Por la mañana compré un traje, comí y me vine a este barco. Voy a
-desembarcar en Francia, en donde no sé qué haré. Ya que no puedo ser un
-criminal hábil, intentaré ser una persona honrada. Si no puedo ser ni
-una cosa ni otra, me dedicaré al comercio.
-
-El joven fatalista se encogió de hombros y yo me volví a tender en mi
-banco.
-
-
-
-
- XI
-
- EN MEMORIA DE BURTON
-
-
-EL paquebot había entrado en Burdeos. El día, de mayo, estaba
-espléndido; el sol, brillante. Hacía un ligero vientecillo del norte.
-Como no llevaba equipaje, salí inmediatamente del barco, fuí a la
-terraza de un café y estuve contemplando la gente que pasaba y el
-movimiento del puerto. Sentí cierta soñolencia y hubo un momento en
-que cerré los ojos y estuve desvariando. Creí encontrarme entre mis
-amigos de Londres y que interpelaba a Burton, que me escuchaba muerto y
-sonriendo.
-
- * * * * *
-
-J. H. Thompson pone aquí el discurso que dirigió a la sombra de su
-amigo, que aunque no viene muy a cuento lo insertamos:
-
---¡Qué error el de suprimirse así del mundo de los vivos!--le dice a
-su amigo--. ¡Qué error, querido Burton. Habiendo este sol y este aire
-puro, y este cielo azul, surcado por nubes blancas, y estas gentes
-que van y vienen, y estas extrañas apariencias de la Cosa en sí! ¡Qué
-error, amigo Burton, el suprimirse!
-
-Oh, no; yo no te diré que estos hombres valgan la pena de ser hablados,
-ni que estas mujeres sean Ofelias románticas y puras, no. Es posible
-que la mayoría de todos ellos sean ganado vacuno, o quizá de cerda;
-pero ¡qué cielo! ¡qué luz! ¡Cómo se siente la sangre que circula por
-las venas!
-
-¡Qué error, amigo Burton, el de suprimirse!
-
-No, yo no trataré jamás de convencerte de que el amor y la fraternidad
-humana nazcan con tanta facilidad como las algas en el mar, ni que la
-amistad pura sea una cosa corriente. Yo reconozco, de buen grado, como
-tú, que la mayoría de los hombres somos egoístas y bestias, ¿pero qué
-duda cabe de que los hay inteligentes y buenos?
-
-Ciertamente, yo no creo en las grandes palabras; soy nihilista de todos
-los nihilismos, y ateo de todos los ateísmos; pero, aun así, amigo
-Burton, ¡qué error más grande el de suprimirse!
-
-Verdad que todo lo que nos rodea es fugitivo, es inasible; pero nos
-queda el momento, ¡el minuto! ¡Cosa admirable!
-
-Sí, quizá las grandes palabras se encuentren un poco vacías; pero en
-cambio las pequeñas, ¡qué llenas están!
-
-Una conversación agradable, una mujer bella que pasa, una bocanada de
-aire puro de un día de verano, un libro entretenido...
-
---¡Qué error, amigo Burton, el de suprimirse!
-
-Tú afirmarás que nuestra vida no es nada, que un guiño de una estrella
-representa más que todas las existencias humanas.
-
-Yo te contestaré que la grandeza y la pequeñez son ideas relativas, y
-que los soles de la Vía Láctea y los rayos de Sirio o de Aldebaran son
-menos trascendentales para ese señor que pasa y para mí que la lámpara
-que se nos apaga por la noche.
-
-Sí, amigo Burton; ese infinito del Universo que tanto te preocupaba
-es, después de todo, un infinito de negaciones, y esas nebulosas de
-estrellas no deben tener más importancia para nosotros que las nubes de
-chispas que salen de una fragua.
-
-Tú me dirías, bajando a la vida fisiológica, que cuando el engranaje de
-nuestras ruedas interiores chirria, todo es molestia y dolor. Es verdad.
-
-Pero aun así, en los intervalos del dolor se puede encontrar momentos
-de placidez y de reposo.
-
-¡Qué error, amigo Burton, el de suprimirse!
-
-Así sigue perorando Thompson, hasta que dice que despertó, abrió los
-ojos y, en vez de ver a su antiguo camarada, vió los mástiles de los
-barcos, que se balanceaban en el puerto.
-
-
-
-
- XII
-
- CHARLATANES Y SALTIMBANQUIS
-
-
-DEJÉ el café y las divagaciones--sigue escribiendo Thompson--y fuí a
-hospedarme a un _garni_ barato, desde donde escribí de nuevo a mi tío.
-Le decía que William Tick había sido el inventor de la combinación para
-sacarle las cuarenta libras esterlinas, y que yo no había hecho mas que
-dar mi asentimiento, por encontrarme perseguido por un acreedor, que
-me puso en la alternativa de pagarle inmediatamente o llevarme a la
-cárcel. De tanto repetir esta invención, llegué a creerla. Comunicaba
-también a mi tío mi proyecto de ir a España, y le juraba que si
-conseguía encontrar trabajo le devolvería el dinero. También le escribí
-a mi padre. Los dos me contestaron en seguida; mi padre, dándome
-consejos; mi tío, menos incomodado de lo que yo suponía. Por lo que
-me contaba, advertido por la carta que le envié al salir de Londres,
-había comprado la biblioteca del anticuario antes de que se presentara
-Abraham Tick.
-
-Tranquilizado, con relación a esto, me dediqué en Burdeos, por unos
-días, al _dolce farniente_. Burdeos me pareció grande, tristón, como
-un pueblo desalquilado, hecho para capital de un gran Estado y que se
-queda en capital de provincia.
-
-Paseando por el pueblo tuve la suerte de encontrar en un tenducho un
-paquete de caricaturas francesas contra los ingleses, que me costaron
-quince francos. Eran las figuras lores ventrudos y ladys delgadas y
-ridículas. No había podido dar con ellas en Londres.
-
-Las compré y se las envié a mi tío, quien reconciliado conmigo me
-escribió pocos días después a Bayona, muy contento, encargándome que
-cuando entrara en España no me olvidara de buscar las estampas de Goya.
-
-Pasados seis días en la capital de la Gironda, hice mi primer ensayo de
-viandante. Había comprado un traje de verano barato, un morral de tela,
-donde metí la ropa que tenía, y un mapa de Francia, con las carreras
-de postas, hecho por J. B. Poirson en 1821, en París, en la calle
-Saint-Jean de Beauvais. Con estos requisitos me eché a andar.
-
-Como me habían dicho que el camino por las Landas era poco agradable,
-tomé por la orilla del Garona, con la intención de bajar hacia Orthez y
-marchar de allí de nuevo hacia el mar.
-
-El primer día lo pasé bien, hice una caminata de seis leguas y comí y
-dormí perfectamente.
-
-El segundo día hice unos conocimientos un tanto raros. En un pueblo del
-camino, antes de llegar a Bazas, había une feria y me detuve un poco a
-curiosear en sus puestos.
-
-Entré en una barraca de figuras de cera y pasé revista a los personajes
-de la Revolución, a los generales del Imperio, a María Antonieta, a
-varias víctimas y asesinos, y a un gran grupo en que se veía un cazador
-devorado por tigres y leones. Aquellos animales no eran una maravilla
-de exactitud. Me permití hacer unos gestos desdeñosos y manifestar mi
-poca conformidad. Un señor bajete y rechoncho, vestido de negro, me
-preguntó:
-
---¿No le gustan a usted?
-
---Poca cosa.
-
---Esos animales se han copiado del natural.
-
---No. ¡Ca! No puede ser.
-
-Y expliqué cómo y por qué esto no era posible.
-
---¿Lo haría usted mejor?
-
---Yo, ¡ya lo creo! Soy disecador de Londres y pintor.
-
---Sí; en Londres se trabaja bien en estas cuestiones; pero en París
-tampoco se hacen las cosas mal. No hay que quitarle nada a París.
-
-Callé, como no queriendo comprometerme demasiado, y entonces el dueño
-de las figuras de cera me dijo si tendría inconveniente en trabajar
-para él, modelándole en cera varias alimañas en actitud feroz, y
-retocando algunas figuras como la de Danton, la de Fualdés, el
-asesinado, y otras que habían perdido el color, pues la gente no se
-contentaba con ver sus caras, sino que quería tocarlas.
-
---¿Tanto tiempo va usted a estar aquí?--le pregunté yo.
-
---No, me marcho en seguida; pero usted puede venir conmigo en mi coche.
-
-Quedamos de acuerdo en que le haría el trabajo y en que él me
-proporcionaría los útiles necesarios, pagaría mis gastos y me daría
-tres francos al día. Me instalé en su carreta de cuatro ruedas, cerrada
-y con techo, y comenzamos a marchar despacio camino de Pau.
-
-El dueño de las figuras de cera, monsieur David, era un señor fino que
-hubiera podido ser académico, notario o enterrador. Vestía de negro y
-llevaba una cinta roja en el ojal. Viajaba en compañía de sus figuras
-de cera y de su criado Michel. Al mismo tiempo que monsieur David, y
-llevando el mismo camino, iban varias carretas: dos de un domador de
-fieras, que se decía húngaro, con un león viejo, unas panteras y varios
-monos; un coche de una señora que tenía cacatúas amaestradas; un furgón
-de un domesticador de focas, y un tílburi de un charlatán vendedor de
-específicos, prestidigitador, sacamuelas y frenólogo.
-
-En el camino nos encontramos con saltimbanquis, gitanos, y alguna mujer
-harapienta con un carretón donde llevaba un organillo y la familia
-menuda.
-
-En los tres días que fuí en compañía de monsieur David, puse los más
-brillantes colores en las mejillas de Fualdés, el asesinado; animé los
-ojos de María Antonieta, de Carrier, de Napoleón, de Danton y de Marat,
-y comenzaba unos bocetos de fieras cuando nos detuvimos en una posada,
-poco antes de llegar a Pau.
-
-Estaba lloviendo; se metieron las carretas en un corral y nos reunimos
-en un cuarto de la posada, el domador húngaro y su criado, el charlatán
-prestidigitador, un ventrílocuo, el domesticador de focas, la madama de
-las cacatúas, monsieur David y yo.
-
-Cenamos juntos, y como esta gente es jactanciosa, cada cual contó
-sus triunfos en los diferentes pueblos del tránsito. El domesticador
-de focas hizo tales elogios de sus animales, que la gente los tomó a
-broma. Apostó entonces él a que enviaba a su Baby, la mejor de sus
-focas, con una carta para monsieur David, y a que se la entregaba. Se
-aceptó la apuesta y se puso dinero en pro y en contra. El domesticador
-salió del cuarto al patio y, poco después, vimos a la foca que avanzaba
-pesadamente con sus aletas por el pasillo, entraba en el cuarto donde
-estábamos, ofrecía un sobre que llevaba en la boca a monsieur David
-y le hacía una ceremoniosa reverencia. Se aplaudió al domesticador
-de focas y a su discípula Baby, que se dieron un beso. El charlatán
-explicó sus juegos de manos, y después sacó una baraja e invitó a una
-partida. Yo creí que los demás no aceptarían. ¿A quién se le ocurre
-jugar a las cartas con un prestidigitador?
-
-Se sentaron en la mesa, y el charlatán, el domador, la madama de
-las cacatúas, el domesticador de focas y monsieur David barajaron y
-cortaron y se pusieron a jugar a la malilla. Yo me tendí en un diván y
-me quedé dormido.
-
-A media noche me despertaron los gritos.
-
-Todos vociferaban y discutían, y tenían montones de plata y de cuartos
-encima de la mesa.
-
-El domador debía de perder mucho; estaba anhelante, congestionado,
-con una gruesa vena hinchada en la frente. A cada momento se pasaba
-la mano por las patillas. La madama de las cacatúas marchaba también
-mal, a juzgar por su aire humillado; el domesticador de focas estaba
-indiferente; monsieur David sonreía, y el charlatán, delgado,
-mefistofélico, tenía un aire plácido e insinuante y ponía derecho un
-naipe en la nariz y seguía jugando.
-
-Mientrastanto el ventrílocuo, alto y flaco, con los brazos y piernas
-recogidos en la silla, sacaba unas extrañas voces de su cuerpo.
-
-El final del juego se aproximaba, y, efectivamente, en una pasada,
-el dinero del domador húngaro desapareció y fué a parar a manos
-del charlatán y de monsieur David. El domador se irguió lanzando
-juramentos, y los gananciosos, con aire compungido y los bolsillos
-llenos, se prepararon a levantarse.
-
---Esperen ustedes--gritó el domador--. Me deben el desquite. Vuelvo en
-seguida.
-
-Salió el domador, y al momento monsieur David y el charlatán se
-escabulleron del cuarto. El ventrílocuo, el de las focas y la madama de
-las cacatúas hicieron lo mismo.
-
-Yo iba también a salir y me dispuse a ponerme los zapatos cuando entró
-el domador de nuevo con un látigo seguido de dos panteras.
-
-Yo quedé horrorizado.
-
-Al ver que no había ningún jugador se puso a pasear por el cuarto
-furioso, gritando y blasfemando y dando trallazos en el aire, mientras
-las dos fieras que traía saltaban y enseñaban los dientes.
-
-Yo estaba espantado. El domador se fijó en mí y se acercó al diván.
-
-Me dijo burlonamente que el dueño de las figuras de cera y el
-prestidigitador le habían robado su dinero. Era necesario que le pagase
-yo.
-
---Yo, hombre, ¿por qué?
-
---Porque me han estafado. Venga el dinero... Si no...
-
---Si no..., ¿qué pasará?
-
---Se arrepentirá usted--y dió un latigazo sobre el diván, y las dos
-panteras saltaron como gatos.
-
---Espere usted, espere usted, no tenga usted prisa le dije yo, y me
-levanté y me puse tranquilamente la chaqueta.
-
---Pronto, pronto--gritó él, asombrado de mi súbita serenidad.
-
---¡Ah! ¿Pronto? Pues ahora le voy a decir a usted una cosa.
-
---¿Qué?
-
---Que no le voy a dar a usted nada.
-
---¿No? Y levantó el látigo.
-
---No--le dije yo, y le pegué un puñetazo en la barba que lo tumbé al
-suelo, derribando una silla y la mesa.
-
-Las dos panteras se escondieron en un rincón asustadas.
-
-Antes de que el domador pudiera levantarse, abrí el cuarto, salí al
-patio y de aquí al camino. Crucé la aldea y fuí andando hasta que se
-hizo de día. Estaba a poca distancia de Pau; llegué a esta ciudad,
-entré en una posada, me lavé, me puse mi traje de señor y metí el otro
-en el morral. Pregunté cómo podría salir para Bayona. Me indicaron el
-punto donde partían las diligencias, y me encaminé hacia él con el
-morral convertido en maleta.
-
-
-
-
- XIII
-
- COMIENZO DE UNA AVENTURA ROMÁNTICA
-
-
-ESTABA sentado en un banco de la Plaza Real esperando que dieran las
-ocho y se abrieran las oficinas de la diligencia, cuando vi dos mujeres
-de luto que avanzaban vacilando y mirando a derecha e izquierda.
-
-Se sentaron en el mismo banco que yo; pero debían estar impacientes,
-porque se levantaron pronto, dejando un paquete en el asiento.
-
-Al notarlo llamé a las dos damas y les di lo que olvidaban.
-
---¡Gracias! ¡Muchas gracias!--exclamó la mayor de las dos--. No sé
-dónde tenemos la cabeza.
-
---Si en algo puedo servirlas, lo haré con mucho gusto--les dije yo.
-
---Venimos a buscar la diligencia que va hacia Orthez.
-
---Yo también; pero me han dicho que no hay diligencia hasta el
-mediodía. Ahora únicamente se puede tomar un pequeño coche, que llaman
-Cuco.
-
---¿Y cuándo va a salir?
-
---Parece que hasta dentro de hora y media no sale.
-
---¿Y qué hacemos aquí hora y media?--exclamó la joven--. Nos van a
-conocer.
-
---¿Usted ha tomado el billete?--me preguntó la señora mayor.
-
---No; todavía, no.
-
---¿Quiere usted acompañarnos?
-
---Con mucho gusto.
-
-Nos metimos los tres en un café que acababan de abrir.
-
-La señora mayor tenía unos cincuenta o cincuenta y cinco años,
-y llevaba tocas de viuda; la otra era una muchacha, pálida e
-insignificante, de unos veintitrés años.
-
-La señora hablaba con un acento nervioso y asustado; la señorita estaba
-como apabullada.
-
-Cuando pasó el tiempo necesario nos acercamos al despacho de
-diligencias. Esperamos a que prepararan el Cuco, y entramos en él las
-dos señoras y un capitán de la gendarmería de Bayona, que había ido a
-Pau a recibir órdenes, y yo.
-
-El capitán y yo hablamos. La señora mayor no hacía mas que saltar en
-el asiento, de impaciencia. El Cuco marchaba perfectamente, con un
-movimiento suave.
-
-En los diferentes puntos que mudaban los caballos se presentaban los
-gendarmes y preguntaban invariablemente si no iban españoles.
-
---Point d'espagnols--decía el capitán--. Dos damas francesas, un señor
-inglés y un capitán de la gendarmería real.
-
---Perdón, mi capitán--decían los gendarmes, haciendo el saludo militar.
-
---¿Por qué preguntan siempre si van españoles?--dije yo.
-
---Es que se teme que haya por aquí agentes españoles
-revolucionarios--contestó al capitán.
-
-Llegamos a Orthez por la mañana. El capitán y yo ofrecimos a las
-señoras nuestra compañía, y como ellas aceptaron, fuimos hasta su
-casa. El capitán dió el brazo a la mayor, y yo a la muchacha. Llegamos
-delante de la puerta de la verja de una magnífica posesión y nos
-despedimos de las señoras. El capitán fué hacia un lado y yo hacia el
-contrario. Avancé un poco paralelamente a la verja, que era más larga
-de lo que yo me figuraba, y al volver vi que las dos mujeres estaban
-todavía a la entrada.
-
---¿No les oyen?--les pregunté--. ¿Quieren ustedes que yo llame?
-
---No, no--dijeron las dos, asustadas.
-
---Lo que ustedes quieran--y me preparé a seguir.
-
---¿Podría usted hacernos un favor?--me preguntó la señora con su voz
-trágica.
-
---Sí, con mucho gusto.
-
---Querríamos entrar en el parque sin que nos viera el portero.
-
---No sé la manera.
-
---Hay una puerta chiquita, cerrada con solo un cerrojo, aquí, a un lado.
-
---¿Y desde fuera cómo la va usted a abrir?
-
---No, desde fuera ya sé que no. ¿Usted no sería capaz de escalar esta
-verja?
-
---¡Escalar la verja! ¿Y si le ven a uno?
-
---No. No se levanta en la casa nadie hasta muy tarde.
-
---Bueno; avísenme ustedes si aparece alguien.
-
-Sin más dejé mi fardelillo en el suelo, escalé la verja, bajé por el
-otro lado, corrí hacia la puerta pequeña y abrí el cerrojo. Las dos
-mujeres entraron en el jardín y yo salí al camino.
-
-Al pasar de nuevo por delante de la puerta de la verja estaba la señora
-aguardando y me dijo:
-
---Quiero darle a usted una explicación y hablar con usted. Venga usted
-cuando se haga de noche a esta verja.
-
---Sí, señora, vendré.
-
-Me fuí a una fonda con la imaginación un poco excitada, y de noche me
-presenté en la verja. Al poco rato llegó la señora. Me habló durante
-más de una hora con un tono inquieto, lleno de angustia, y me contó,
-atropelladamente, una porción de cosas.
-
-Aquella dama era pariente y al mismo tiempo señora de compañía de
-la muchacha joven que había venido con ella en el coche. Se llamaba
-madama Domesan. La muchacha, Gabriela de Beaumont; por lo que me dijo,
-vivía con su padre, su tío y una señora amiga de su padre, Enriqueta
-Sarrazin, que se había hecho dueña de la casa de tal manera, que los
-tenía presos a todos, sin dejarles salir de allí.
-
-El día anterior esta señora había marchado del castillo, y aprovechando
-su salida, Gabriela y ella habían ido a Pau a hablar con un pariente
-y a explicarle la situación en que se encontraban, pero no le habían
-visto.
-
-En la casa, la Enriqueta Sarrazin mandaba como dueña, y había dispuesto
-casar a su hijo, que era un perturbado, con Gabriela, y estaba aislando
-a la familia de Beaumont de sus amigos y parientes, de tal manera,
-que ya nadie entraba en la casa. En los planes le ayudaba un cura del
-pueblo.
-
-Después de todos estos datos, madama Domesan me dijo que si yo tenía
-valor y energía para ello, que me presentara al día siguiente en el
-castillo preguntando por el vizconde Beaumont de Lomagne; que le dijera
-que llegaba de Londres y que era aficionado a los árboles y a las
-plantas exóticas, y que quería ver el parque y el invernadero, y me
-hiciera amigo de él.
-
-Me sugestionaron los relatos de aquella dama y prometí seguir la
-aventura.
-
-Al día siguiente, al mediodía, me presenté en el castillo y llamé
-tirando de la cadena.
-
-Salió a abrir un portero viejo, con una gran librea; le di mi tarjeta,
-y esperé.
-
-Poco después se abrió la verja, y el criado me dijo que pasara.
-
-Comencé a marchar por una avenida enarenada. Al final de ésta se veía
-un edificio grande, pesado, de piedra, con varias torres de pizarra
-adornadas con veletas.
-
-A un lado y a otro había árboles centenarios, altísimos, y delante de
-la fachada del castillo, un estanque oval, de agua profunda y obscura,
-a cuyo alrededor las hojas caídas en muchos años formaban como un marco
-de plata.
-
-Este estanque parecía un espejo negro que reflejase el cielo a través
-del follaje de los árboles. Bordeando el estanque nos acercamos al
-castillo, y entramos en un gran zaguán, que parecía una cripta, con el
-suelo, las paredes y el techo de piedra. Subimos la ancha escalera,
-pasamos un salón grande como un museo y fuimos a un gabinete elegante,
-pero también triste, en donde había dos viejos momificados sentados
-el uno frente al otro, la señora y la señorita del coche y madama
-Sarrazin, una mujer de cara juanetuda, de ojos claros y pelo blanco.
-
-El vizconde me saludó amablemente. Era un hombre alto, encorvado y
-pálido, con un aire de temor y de cansancio.
-
-Vestía un traje del tiempo del Imperio, y al andar parecía arrastrarse.
-
-Su hermano, el caballero de Maslac, era un vejestorio del tipo más
-completo del antiguo régimen; llevaba calzones de terciopelo de color,
-medias de seda, casaca y coleta. Iba perfumado, pintado, con colorcitos
-en las mejillas y en los labios; los dientes, postizos, y peluca. Usaba
-constantemente un lente y una tabaquera; en los dedos, anillos, y
-dijes, y, al levantarse de la butaca, se apoyaba en un bastón con puño
-de oro.
-
-La señorita Gabriela y madama Domesan me saludaron amablemente, y la
-señora Sarrazin apenas se dignó mirarme.
-
-El vizconde de Beaumont, que tenía la manía de la botánica, me mostró
-el parque y el invernadero de su castillo.
-
-El parque era tristísimo; parecía que habían querido darle un aire
-lúgubre, haciendo que los árboles gigantescos estuvieran tan cerca uno
-de otro que, paseando por las sendas, no se veía el cielo.
-
-El estanque reflejaba las nubes como una pupila desesperada y sombría.
-
-El vizconde me enseñó la antigua torre de los Beaumont, con sus
-baluartes y sus argollas, que daban al río y servían para atar las
-gabarras.
-
-Después de ver sus plantas extrañas, dije que tenía que marcharme; pero
-el vizconde me rogó varias veces que me quedara a cenar y a dormir.
-Como este era mi objeto, me quedé allá.
-
-La cena fué siniestra. El vizconde miraba a un lado y a otro, como
-poseído por el mayor espanto; el caballero de Maslac, con sus adobes y
-sus dijes, parecía una momia desenterrada.
-
-No se habló en la mesa mas que de genealogías, y únicamente el vizconde
-interrumpía esta conversación para disertar acerca de botánica.
-Después de cenar jugaron una partida de cartas entre los dos viejos,
-la Sarrazin y Gabriela, y madama Domesan me indicó que fuera a la
-biblioteca, donde hablaríamos.
-
-Efectivamente, fuí a ella y hablamos largamente. Me dijo, de una manera
-nerviosa y perentoria, que yo, que había sido simpático al vizconde,
-debía entrar en la casa y luchar contra la influencia de madama
-Sarrazin, que les dominaba a todos.
-
-Después me contó, con su tono dramático, la historia de un muchacho que
-había galanteado largo tiempo a Gabriela, y a quien se había encontrado
-ahogado en el río, y de un hombre misterioso que aparecía de cuando en
-cuando en las proximidades del castillo.
-
-Luego me habló de su vida y de su familia.
-
-Me dijo que ella procedía del secretario de Felipe II, Antonio Pérez.
-
---Al evadirse Antonio Pérez de la cárcel de la Inquisición de
-Zaragoza--me contó--, se refugió en el Bearn y fué protegido por
-Enrique IV y por Margarita de Valois. Antonio Pérez tuvo amores con una
-señora de Orthez, y su hijo se estableció aquí definitivamente, y de él
-procedo yo.
-
-Siguió la señora Domesan contando una serie de relatos de crímenes y
-de sucesos extraños donde aparecían asesinos, misterios, fantasmas, y
-llegué a pensar si aquella mujer estaría un poco perturbada, y sería,
-sin proponérselo, una especie de Anna Radcliffe gascona. Por lo menos
-era un folletín de muchas entregas.
-
-Al pasar a la alcoba que me destinaron, que era inmensa y obscura, no
-pude dormir. Toda la noche la pasé pensando en ahogados y muertos.
-
-Al día siguiente comprendí que aquellas grandezas no eran para mí, y,
-sin despedirme de nadie, con el pretexto de dar un paseo, me marché del
-castillo y no volví.
-
-
-
-
- XIV
-
- EN LA DILIGENCIA
-
-
-CORRÍ con mi morral al sitio donde salían las diligencias y tomé un
-asiento para Bayona.
-
-Me encontré con el mismo capitán de la gendarmería con quien había ido
-a Orthez. Nos saludamos y nos dimos nuestros nombres. Me dijo que se
-llamaba Montmartin, y me invitó a tomar una copa de coñac.
-
-En la diligencia iba mucha gente que subía y bajaba en los pueblos
-pequeños, llevando cestas y encargos, y un comerciante bayonés, con su
-mujer y dos hijas.
-
-Una de ellas, por lo que contó su madre, tenía una voz preciosa, y
-había obtenido un gran éxito cantando la Cavatina «Una voce poco fá»,
-del _Barbero de Sevilla_, en una de las casas del gran mundo de Orthez.
-
-La otra señorita poseía, según su madre, grandes conocimientos
-literarios e históricos, y sabía el inglés y el español. Había sido muy
-galanteada por un joven oficial de la guarnición de Orthez, llamado
-Alfredo de Vigni, que había escrito para ella una poesía preciosa.
-
-A pesar de hablar yo bastante mal el francés («¡Celibataire, une
-boutaille de cercueil!), quedé un poco mejor que el capitán de la
-gendarmería, pues éste consideraba que ante las señoras debía tomar una
-aptitud rígida, como si estuviera en actos de servicio.
-
-Quizá influían en su tiesura las frecuentes libaciones, pues
-aprovechaba todas las paradas para intoxicarse cuanto podía.
-
-Con este combustible se reveló en él su fondo de francés, y dijo que
-Napoleón era un grande hombre, a quien los ingleses habían hecho
-perecer miserablemente. Habló también de la batalla de Orthez, en que
-Wéllington, con el ejército aliado, había batido al mariscal Soult, y
-se deshizo en insultos contra el vencedor de Waterloo.
-
-El comerciante bayonés y su familia parecían desolados al oír esto, y
-me miraban como pidiéndome mil perdones.
-
-El capitán vió que yo no me daba por aludido, se calmó, se hizo amigo
-mío y amenizó el viaje con algunos cuentos de cuerpo de guardia.
-
-A la tardecita llegamos a Bayona, y, pasado el puente sobre el Adour,
-el sargento del puesto de la gendarmería preguntó si no había viajeros
-españoles. El capitán Montmartin dijo que no, y seguimos adelante hasta
-la plaza de Armas.
-
-El capitán sintió no sé por qué un vago impulso de simpatía o de
-remordimiento al despedirse de mí, quizá por haber hablado mal de
-los ingleses, y me invitó a cenar con él al café del Comercio tan
-insistentemente, que tuve que aceptar.
-
-Estaba el café, envuelto en una nube de humo, atestado de oficiales de
-la guarnición. Se hablaba a gritos.
-
-En una mesa había un grupo de tenientes y suboficiales, y uno de
-ellos leía un libro que acababa de publicarse, de un tal Paul de
-Kock, llamado _Gustavo el calavera_. Los que escuchaban se reían a
-carcajadas. El capitán Montmartin y yo nos acercamos al grupo, y aunque
-yo apenas oía la lectura, contagiado por la risa de todos, acabé por
-reírme.
-
-Mareado y algo intoxicado me despedí de Montmartin y me fuí a la fonda.
-Al día siguiente me levanté temprano y salí a la calle. Vi muchos
-grupos de españoles que me dijeron eran realistas, y entre ellos un
-cura y un fraile, el uno con su gran sombrero de teja y el otro con su
-cerquillo.
-
-Los dos tiraban al blanco con carabina y tenían una magnífica puntería.
-
---Son soldados de la Fe--me dijo un francés que debía ser realista
-entusiasta.
-
---No cabe duda que con esa puntería--le contesté yo--han de ganar
-muchas almas para el cielo.
-
-
-
-
- XV
-
- MARY LA DE BIRIATU
-
-
-EN la fonda de Bayona me dijeron que podía ir a San Juan de Luz a
-caballo en un cacolet. No sabía lo que era esto, que resultó un
-artefacto que en castellano llaman jamugas.
-
-Llegué a San Juan de Luz en mi cacolet; dejé el morralillo en un
-fonducho de la salida del pueblo y fuí a estirarme las piernas hacia la
-playa.
-
-Me sorprendió un chubasco y entré en un café pequeño y me senté delante
-de una ventana con cristales, y estuve contemplando cómo chocaban las
-gotas de agua en la tierra, y las nubes que corrían por el cielo.
-
-Al terminar el chaparrón volví al fonducho de la salida del pueblo e
-hice mis preparativos para entrar al día siguiente en España.
-
-Estaba sentado en la mesa y estudiando un mapa cuando entró una
-muchacha a preguntarme si quería cenar. Al verla, me pareció que el
-cuarto se iluminaba; tan bonita era.
-
---¿Usted me va a servir la cena?--le dije.
-
---Sí.
-
---No creí poder ser tan feliz.
-
-Ella se rió. Yo la contemplé embobado. Tenía unos ojos claros azul
-verdosos, una boca burlona y un cuerpo ligero y fuerte al mismo
-tiempo. Era un fruto del Norte dorado por el sol del mediodía.
-
-Le pregunté cómo se llamaba y me dijo que Mary; le volví a preguntar de
-dónde era y me contestó que de Biriatu, un pueblecillo pequeño asentado
-en un cerro próximo al Bidasoa.
-
---Voy a quedarme aquí--le dije--para poder verla a usted muchos días.
-
---No podrá ser--contestó ella.
-
---¿Por qué?
-
---Porque me marcho a Biriatu mañana.
-
---Iré yo a Biriatu.
-
---Es igual; no me verá usted.
-
---¿Tendrá usted novio?
-
---No.
-
---¿Pero tendrá usted muchos pretendientes?
-
---No; tampoco.
-
---¿Cómo puede ser eso, siendo tan bonita?
-
---No opinan todos como usted--me replicó riendo.
-
---Eso es imposible--exclamé--. ¿Es que los hombres de este país no
-tienen ojos? ¿Es que son como esos peces de los lagos sin luz, que son
-ciegos? ¿Es que tienen alguna membrana nictitante perpetua? ¿Es que...?
-
-Mary la de Biriatu iba y venía trayendo platos, haciendo poco caso de
-mis frases.
-
-Cuando se acabó la cena le dije que ya que no podía verla quería
-marcharme al amanecer y que me diera la cuenta.
-
-Me la trajo y quise darle de propina un luis de oro.
-
---No, no--me dijo--; guárdese usted su moneda de oro. No la quiero.
-
---¡Pero, si yo no la pido nada a cambio!
-
---Es igual; no la quiero. Le hará a usted más falta que a mí. ¡Adiós!
-Buenas noches.
-
- * * * * *
-
-J. H. Thompson dice, al llegar aquí, que se metió en su cuarto y
-sacando lápiz y papel escribió una poesía en inglés en honor de la
-muchacha que encontró en la fonda. La tal poesía es una españolada
-poco seria que no nos puede agradar a las personas sensatas, y si la
-traducimos y la copiamos es, más que para otra cosa, para demostrar la
-extravagancia de los extranjeros cuando se ocupan de España. Dice así
-la canción traducida al pie de la letra:
-
- «_A Mary la de Biriatu_:
-
- »Tienes los ojos azul verde claros, Mary la de Biriatu, como
- las olas del mar; tienes la boca burlona y fresca y el cuerpo
- ágil y armónico como el de una diosa. Cuando te veo marchar
- de aquí para allá, mi corazón tiembla y siente el mismo
- sobresalto que si fuera una pieza de porcelana de Sèvres en
- manos de una criada cerril, o la copa más fina de cristal de
- Bohemia entre los dedos de un chico atolondrado.
-
- »Eres amable, Mary la de Biriatu, y, sin embargo, eres cruel.
- Tienes la crueldad de la fuerza, que no sospecha la debilidad
- ajena; tienes la exactitud del teorema matemático, que es un
- tormento para la inteligencia obscura; eres soberbia como la
- Naturaleza, y yo soy humilde como una cosa humana.
-
- »¡Si tú quisieras!, yo saldría de mí mismo como un dragón de
- su agujero, y sería el hombre más turbulento y más dionisíaco
- de la tierra. Pero no, no lo sería; lo soy ya.
-
- »Me he transfigurado, y las furias anidan en mi corazón. Ya no
- soy un inglés pesado y grueso; soy andaluz y tengo sangre mora
- en las venas; tengo garras como las águilas y colmillos agudos
- como los tigres. Ya no diseco fieras, las mato; ya no discuto
- con los hombres, los domino.
-
- »Ven conmigo, Mary, Mary la de Biriatu. Yo te llevaré en
- mi caballo cordobés, desde el Pirineo a Sierra Nevada y
- reposaremos al pie de las palmeras de Andalucía al son de las
- castañuelas y las guitarras.
-
- »Si quieres que sea contrabandista, Mary, me haré
- contrabandista; si quieres que sea salteador de caminos, lo
- seré sin miedo e imitaré al bandido generoso,
-
- el que a los ricos robaba
- y a los pobres protegía.
-
- »Para mí no habrá más leyes que tu capricho, Mary, Mary la de
- Biriatu; para mí no habrá más cielo azul que el azul verdoso
- de tus ojos. Con el trabuco al brazo, montado en mi jaca
- torda, seré una exhalación. Yo me escabulliré de entre las
- manos de la justicia y haré llorar de rabia a los alguaciles,
- y a los alcaldes, y a los corchetes de la Santa Hermandad.
-
- »¿Hay que desafiar al rey, a la Inquisición, a los ángeles, a
- los demonios?
-
- »Aquí estoy yo. Yo robaré las alhajas de la Virgen para
- adornar tu garganta y te daré la Biblia de Lutero para que con
- sus hojas hagas papillotes.
-
- »Y cuando el mundo entero esté retemblando con mi gloria como
- una caldera de vapor, y mis hazañas sean cantadas por los
- ciegos, tú, con tu mantilla de casco y una peineta de concha;
- yo, con el calzón corto y mi capa andaluza, iremos los dos del
- brazo a la corrida.
-
- »Ven conmigo, Mary, Mary la de Biriatu. Mira que soy capaz de
- todo por ti. Mira que si no te pierdes al mismo Robin Hood con
- calañés».
-
-Esta es la absurda e insensata poesía que J. H. Thompson dedicó a la
-muchacha de la fonda de San Juan de Luz, donde estuvo hospedado, y que
-ha desagradado profundamente a varias personas respetables que la han
-leído.
-
-
-
-
- XVI
-
- LA VENTA DE INZOLAS
-
-
-DESPUÉS de descargar mi corazón en estos versos me tendí en la cama, me
-quedé dormido, y por la mañana, al amanecer, me levanté y salí de casa.
-
---Veremos lo que nos reserva la suerte--me dije.
-
-Anduve una legua antes de que saliera el sol, y me senté al pie de
-un árbol y saqué del bolsillo mi mapa de España. Estaba publicado en
-Londres, en 1808, por la casa John Stockdale de Piccadilly, y debió de
-servir para las tropas de Wéllington que iban a la Península.
-
---Como no tengo objeto--murmuré--, seguiré el meridiano. El mito de mi
-tío el comandante Cox y el meridiano serían mis directrices.
-
-Decidí pasar uno o dos meses en el país vasco, medio año en Castilla,
-e ir a parar a Andalucía. Estaba enfrascado en la observación del mapa
-cuando pasó una chiquilla que se me quedó mirando.
-
-Me levanté y la pregunté:
-
---¿Este es el camino de Navarra?
-
---Sí.
-
-La muchacha iba hasta un caserío llamado Herburu, y yo fuí con ella.
-
-Encontré a un aduanero francés a quien le dije me indicara el camino de
-España. Me miró con desconfianza y me mostró un sendero.
-
-Siguiéndolo, llegué a un bosque bastante cerrado, con una venta, la
-venta de Inzola. Estaba en territorio español. Pedí en la venta que
-me pusieran algo de comer, y con un gran trozo de pan, de chorizo y
-de queso y una botella de vino, me senté en la hierba, en un prado.
-Brillaban las margaritas y las flores del brezo; una serpentaria
-mostraba su mazorca roja entre lo verde. Corría allá un vientecillo del
-mar fresco y agradable; el cielo estaba muy azul; en Francia se veía
-la llanura y la costa; hacia España, un laberinto de montes ceñudos y
-sombríos. Unos grillos amenizaban la soledad y un cuco lanzaba su voz
-irónica entre los árboles.
-
-Devoré mis provisiones, y después dirigí un _toast_ elocuente a la
-vieja España de Don Quijote, y del Cid, y de San Ignacio de Loyola.
-Añadí a Loyola, para probarme a mí mismo, que este Amadís de Gaula,
-católico y papista, no sólo no irritaba mis sentimientos de protestante
-de raza, sino que veía en él un hermoso manantial de energía y de tesón.
-
-Después de este _toast_ hice mi segunda libación brindando por las
-damas españolas, los caballeros, las majas, los toreadores, los
-gitanos, los corchetes, los alguaciles y los alcaldes, y, sobre todo,
-por la bella entre las bellas, Mary la de Biriatu. Como me quedaba más
-vino en la botella y no era desagradable, tuve que brindar por el mar,
-por el cielo azul, y hasta por la Cosa en sí, y me quedé un momento
-dormido.
-
-
-
-
- SEGUNDA PARTE
-
- DEL PIRINEO A MADRID
-
-
-
-
- I
-
- LOS PLACERES DEL CAMPO
-
-
-CUANDO yo leía de chico las descripciones de los placeres
-campestres--dice J. H. Thompson--, me parecían una de las cosas más
-insulsas y más tontas del mundo. Es extraño cómo la retórica, a fuerza
-de repetir las mismas frases, llega a borrar todo sentido de la
-realidad.
-
-Los placeres campestres en las páginas de los escritores bucólicos del
-siglo XVII y XVIII han sido siempre placeres amables y sociales; se
-ve que para estos escritores la Naturaleza estaba representada por un
-parque bien cuidado, como para Fenelón la gruta de Calipso era uno de
-los subterráneos del jardín de Versalles. Los placeres campestres en la
-pintura han sido también tan sosos, tan amanerados, como los descriptos
-por los poetas.
-
-Al llegar a vivir en el campo por primera vez, nunca recordé las
-descripciones que había leído en la infancia, ni los cuadros de los
-pintores. No me acordé jamás de Galatea, ni de Amarilis, ni de Thirsis,
-ni de Nemoroso; todas estas amables personificaciones no salieron del
-estante que les corresponde en el armario de la guardarropía poética
-para presentarse a mi imaginación. Me desdeñaron tanto como les
-desdeñaba yo a ellas.
-
-Al acercarme al campo, la Naturaleza, en vez de una impresión amable,
-pastoril y bucólica, me dió una sensación ruda y me habló con una voz
-áspera y discordante.
-
-El viento y la lluvia, el murmullo de los árboles en el follaje y el
-rumor del arroyo, el caminar por entre las altas hierbas o por el claro
-del bosque me produjeron una sorpresa.
-
-Tuve también otras sorpresas y descubrimientos. Uno de éstos fué
-encender hogueras.
-
-Pocas cosas me han parecido tan sugestivas. ¡Hacer fuego al borde de
-un camino y ver cómo chisporrotean las hierbas secas, serpentean las
-llamas y se desparrama el humo por el aire! ¡Qué gran placer! ¡Qué
-eterna admiración!
-
-Siempre parece un espectáculo nuevo, como si guardara uno en el fondo
-del alma el asombro del hombre primitivo, descubridor del fuego al ver
-levantarse las llamas en el aire.
-
-Este es uno de los grandes placeres tristes y melancólicos del campo.
-Mirar la llama de la hoguera, ver el humo que mancha las claridades
-del crepúsculo, mientras las estrellas comienzan a presentarse en el
-cielo...
-
-Hoy, al pensar en ello, siento melancolía, la melancolía del enamorado
-de la Naturaleza unida a la melancolía del reumático.
-
-
-
-
- II
-
- ERLAIZ EL PANADERO
-
-
-DESPUÉS de mis libaciones dejé la venta de Inzola y comencé a marchar
-hacia Vera. Enfrente tenía un enmarañamiento de montañas fragosas y
-obscuras, de crestas y de barrancos.
-
-Por toda la zona pirenaica vasconavarra ocurre lo mismo: lo trágico y
-fosco ha quedado para España; lo sonriente y amable, para Francia.
-
-A pesar de esto, el espíritu de los vascos de un lado y otro de la
-frontera ha quedado el mismo; la misma seriedad, el mismo gusto por los
-trajes negros, el mismo aire de desilusión.
-
-Parece que este pequeño pueblo tiene la conciencia vaga de su
-desaparición, de su absorción por los de alrededor, y le queda la
-tristeza y el orgullo de los pueblos viejos que se hunden sin dejar
-apenas rastro de su existencia.
-
-Bajaba despacio de la venta de Inzola a Vera del Bidasoa cuando oí a lo
-lejos el ruido de una carreta. ¡Cómo chirriaba! Tan pronto se la oía
-como se perdía su sonido, como volvía a aparecer. Estas carretas vascas
-tienen las ruedas de madera de una sola pieza y sujetas al eje, lo que
-hace el rozamiento muy grande.
-
-Preguntaba unos días después a los campesinos en Vera por qué hacían
-así las carretas, al menos por qué no daban sebo a los ejes, y uno me
-dijo que con aquel chirrido áspero se divertían los bueyes, y otro,
-que así no había que avisar a nadie del paso de la carreta, porque el
-chirrido de las ruedas avisaba solo.
-
-Iba bajando al fondo de un arroyo, a cuyo borde se veían varios
-caseríos, cuando me encontré con un viejo que marchaba seguido de su
-perro. Era un hombre afeitado, encorvado, con un perfil de cuervo.
-
-Entablé conversación con él y, después de someterme a un
-interrogatorio, me dijo que andaba buscando minas.
-
-En el interrogatorio tuve que decir quién era y a qué venía a España, y
-eché mano del mito Cox y de la herencia, y expliqué mis planes.
-
-El mismo individuo me preguntó qué pensaba hacer en Vera; le dije que
-pasaría allí un día nada más y seguiría adelante.
-
---¿Tiene usted posada?
-
---No.
-
---Pues yo le llevaré a casa de un paisano amigo mío, que le hospedará
-barato.
-
-Llegamos a uno de los barrios del pueblo al anochecer. En lo hondo de
-un valle se veían unas cuantas casas viejas en fila, envueltas en la
-niebla; el humo salía de las chimeneas en ligeras columnas azules.
-
-El viejo y yo recorrimos una calle larga, pasamos por cerca de la
-iglesia y salimos a la carretera, a orilla del Bidasoa, y en una casa
-con una tienda nos detuvimos.
-
-A la puerta estaba Erlaiz, el panadero; hablaba con un herrador de
-una fragua próxima. El panadero, un hombre bajo, cuadrado, picado de
-viruelas, de cara fosca y ceñuda, explicaba algo al herrador, hombre
-grueso, panzudo, con una sonrisa llena de malicia.
-
-El panadero nos recibió ásperamente, al viejo y a mí, y a una muchacha
-que estaba en la tienda le dijo que me llevara a una habitación.
-
-Crucé la tienda, subí a un cuarto pintado de verde, me lavé y eché
-un vistazo al pueblo. El vasco es indiferente y un tanto hostil al
-extranjero; aunque se le hable en español, si le ven a uno extraño,
-le miran con desconfianza y con suspicacia. La gente a quien pregunté
-algo, en vez de responderme dándome los datos que les pedía, me
-contestaban preguntándome a qué venía y qué pensaba hacer.
-
-Estos vascos recelosos suponen que se les tiende un lazo al hacerles la
-pregunta más sencilla.
-
-Pensé que no estaría muchas horas en el pueblo.
-
-A la hora de cenar volví a mi posada de casa del panadero, y me
-hicieron pasar a un comedor, en donde se hallaban el buscador de minas,
-que había encontrado en el monte, Erlaiz y un militar.
-
-El panadero, mi patrón, cambiado por completo de aspecto, se mostraba
-sonriente y amable. Me indicaron mi sitio en la mesa, y nos pusimos a
-cenar.
-
-El viaje me había abierto el apetito, y di un ataque formidable a los
-platos, al pan y al vino. Los demás no se quedaron atrás. Después de
-cenar trajeron café y licores, y nos pusimos a hablar y a cantar. Yo no
-he visto compadres más alegres que aquéllos.
-
-El militar, guerrillero con Mina en la guerra de la Independencia,
-contó sus hechos de armas, y el panadero habló de sus aventuras en
-tierra de Castilla.
-
-Los dos estuvieron a cuál más exagerados.
-
-Estos buenos vascos, cuando se lanzan a ello, son un tanto fanfarrones,
-como los escoceses de Walter Scott, o como los gascones. Al oírles a
-ellos, cualquier encuentro de cincuenta hombres contra otros cincuenta
-es una batalla de Austerlitz; una aldea con cuatro casas viejas, una
-Florencia y un granero con una torre es el Louvre o el Kremlin.
-
-Después de las hazañas del militar y del panadero, el viejo buscador
-de minas, que se llamaba Bidarraín, nos dió lecciones de botánica y de
-mineralogía popular, mezcladas con algunas supersticiones.
-
-A las doce y media, rendido de sueño, me fuí a la cama, dormí de un
-tirón hasta las diez, y, al despertar, pensé si la cena de la noche
-habría sido una realidad o una fantasía.
-
-Me vestí, bajé a la tienda de Erlaiz y me lo encontré displicente y
-malhumorado.
-
---Ahí ha venido ese viejo Bidarraín a preguntar por usted--me dijo--.
-En la huerta debe estar.
-
-Tomé el café con leche que me sirvió la sobrina de Erlaiz, salí a la
-huerta y encontré al viejo buscador de minas.
-
-Me preguntó si quería dar un paseo con él, le dije que sí y echamos a
-andar. Bidarraín me mostró varias muestras de mineral, y hablamos de
-mineralogía y de botánica. Luego le pregunté qué clase de hombre era
-Erlaiz, el panadero, pues me parecía de genio mudable.
-
---Es buena persona--me dijo--, pero muy violento y muy terco. Cuando
-se le pone una cosa en la cabeza no hay quien le pueda convencer de lo
-contrario. Le hemos querido persuadir el teniente Leguía y yo de que es
-una barbaridad que ponga cepos en el Bidasoa para los salmones en época
-de veda; pues los pone, y aunque viniese el obispo y se lo pidiera de
-rodillas, los seguiría poniendo.
-
-Bidarraín contó otros detalles de la barbarie del panadero. Llegamos a
-mi posada; el buscador de minas se marchó y yo entré en la tienda. Pasé
-a la tahona, y vi a dos viejas que amasaban los panes en una artesa,
-mientras Erlaiz trabajaba con la pala en el horno.
-
-Murgui, la sobrina del panadero, me sirvió la comida; entablé
-conversación con esta muchacha, y le pregunté qué clase de hombre era
-Bidarraín. Me dijo que pasaba por hombre rico; que tenía minas de plata
-y de oro.
-
-También le pregunté a Murgui acerca del teniente Leguía, y, por lo que
-contó, deduje que a éste le consideraban como el enemigo del pueblo.
-
-Por la tarde volvió a presentarse Bidarraín y me llevó a una
-huertecilla contigua al cementerio, donde se hallaban enterrados dos
-oficiales ingleses, muertos en el pueblo al pasar los aliados el
-Bidasoa, en 1813.
-
-Después fuimos hasta Lesaca, villa donde tuvo lord Wéllington su
-cuartel general.
-
-Bidarraín debió hablar al panadero de mis conocimientos mineralógicos,
-porque Erlaiz, por la noche, me preguntó si era ingeniero. Le dije
-que no, y él pareció no creerme. Me preguntó también si tendría algún
-inconveniente en ver unas minas algo lejanas. Le contesté que ninguno.
-Dispusimos hacer la expedición al día siguiente. El panadero, contento,
-trajo la guitarra y estuvo cantando. Cantaba de una manera bárbara y
-graciosa. Cuando terminó, me fuí a mi cuarto y estuve un rato en la
-ventana mirando las estrellas, oyendo el rumor del río y el canto de un
-sapo (bufo músicus), que entretenía su soledad con sus notas.
-
-
-
-
- III
-
- EL PARADOR DE SUMBILLA
-
-
-BIDARRAÍN y Erlaiz me llevaron varias veces a ver sus minas. Estaban
-empeñados los dos en que yo entendía mucho de minería; pero que, por
-razones especiales, no lo quería confesar.
-
-Erlaiz y Bidarraín me pidieron que les escribiera varias cartas en
-francés y en inglés, y cuando yo indiqué al panadero me hiciera la
-cuenta, me dijo que no le debía nada.
-
-El teniente Leguía pensaba marchar a Elizondo con unos cuantos hombres
-de su partida, y yo quedé en acompañarle y seguir después a Pamplona.
-
-Con este motivo se decidió obsequiarnos a los dos con una cena de
-despedida en las Ventas de Yanci.
-
-Eramos los comensales, además del panadero, Leguía, Bidarraín y yo;
-dos milicianos nacionales, sargento y cabo de la partida de Leguía, y
-un liberal de Vera, que gastaba antiparras de plata, a quien llamaban
-Laubeguicua (el de los cuatro ojos).
-
-Fuimos todos paseando a las Ventas de Yanci, que distan una legua y
-media de Vera; nos sentamos a beber sidra, y se llamó al ventero y a la
-ventera y se les sometió a un grave interrogatorio.
-
-Erlaiz, Bidarraín y el sargento de milicianos dieron a la consulta una
-importancia sacerdotal.
-
---Vamos a ver, ¿qué podemos comer?--preguntó Erlaiz.
-
---Si quieren ustedes un cordero, ya lo asaremos--dijo la ventera,
-cantando al hablar.
-
---Bueno, un cordero. ¿Que más?
-
---Ya tenemos también buenas truchas.
-
---¿Truchas? No está mal. ¿Que más?
-
---Pollos también ya tenemos.
-
---¿Pollos? Bueno. ¿Qué más?
-
---Jamón bueno ya pondremos.
-
-Así siguió la ventera explicando las provisiones que tenía, siempre
-empleando esta fórmula de ya tenemos o ya pondremos. Este _ya_, de aire
-germánico, me chocaba verlo empleado a todo pasto.
-
-Después de consultarse con la mirada Bidarraín, Erlaiz y el sargento
-de nacionales, decidieron, de común acuerdo, que pusieran todo lo que
-hubiese para no engañarse.
-
-Dispuesta la cena, seguimos bebiendo, hasta que nos dijeron que la mesa
-estaba puesta.
-
-Al sargento de los milicianos, hombre alto, de vientre piriforme, se le
-encandilaron los ojos, y frotándose las manos de gusto exclamó:
-
---¡Pien, pien! Una puena cena. Esto es lo que me gusta. Puen cordero,
-puenas truchas, puen pollo y puen vino. ¡A comerr! ¡A comerr!
-
-Comimos como buitres y bebimos hasta quedar mareados, lo que me dió
-una idea bastante pobre de la sobriedad de los vascos; se habló con
-entusiasmo de Mina, Riego y el Empecinado; con rabia, de las correrías
-que hacían por Navarra Juanito el de la Rochapea y don Santos Ladrón,
-y se cantó el _Himno de Riego_, a pesar de que el ventero y su mujer
-suplicaron que callásemos, porque les comprometíamos.
-
-Salimos de las Ventas de Yanci a media noche; los de Vera se marcharon
-a su pueblo, y Leguía, con sus dos milicianos y yo, seguimos hasta
-Sumbilla.
-
-Nos detuvimos en el parador de San Tiburcio. El sargento del vientre
-piriforme me dijo ingenuamente que con el paseo se le había abierto el
-apetito, y que iba a mandar que le hicieran unas sopas de ajo. Le miré
-con asombro y me fuí a acostar.
-
-Al despertarme por la mañana supe que Leguía había partido con sus
-milicianos camino da Santesteban, dejándome una carta para un amigo
-suyo de Pamplona.
-
-Como no tenía prisa y hacía calor, dejé la marcha hasta que cayera el
-sol. Estaba en el portal del parador de San Tiburcio cuando se acercó
-un carro grande, tirado por siete mulas.
-
-El arriero fué soltando sus animales, llamándolos uno a uno y
-llevándolos a la cuadra. La Morena, la Montesina, la Capitana, la
-Coronela, la Bonita, el Vigilante y la Leona fueron despacio al
-pesebre, donde primero se les dió de beber.
-
-El posadero me preguntó:
-
---¿No va usted a Pamplona?
-
---Sí.
-
---Pues si quiere usted, puede usted ir con este arriero.
-
---¿No hay inconveniente?...
-
---Ninguno.
-
-El arriero se llamaba Mandashay, y era un hombre de unos treinta y
-cinco a cuarenta años, rubio, con unos ojos que parecían de cristal
-azul.
-
-Me advirtió que si quería ir con él saldríamos a la mañana siguiente;
-le dije que tendría mucho gusto en marchar en su compañía, y le convidé
-a un vaso de vino. Quedamos de acuerdo; yo me fuí a acostar, y al
-amanecer me llamaron.
-
-La mañana estaba fresca; había una niebla espesa que prometía un día de
-calor. Mandashay sacó sus mulas y echamos a andar camino de Almandoz.
-
---Cuando se canse usted puede tenderse en la galera--me dijo Mandashay.
-
---No, no me canso tan fácilmente.
-
-La galera española es un carro grande, de cuatro ruedas, tirado por
-una larga recua de mulas. En Navarra y en Castilla la Vieja se ven con
-frecuencia estas galeras; en Castilla la Nueva abunda más el carromato,
-que también llaman carro catalán.
-
-El viaje a pie detrás de un carro tiene sus encantos. El que aproximó
-de un modo ideológico la galera carro a la galera barco, dándole el
-mismo nombre, no estaba equivocado. El parecido de estos dos medios de
-comunicación salta a la vista. El barco es una casa que flota, como el
-carro es una casa que rueda. El carretero tiene algo de marino: es un
-hombre que pasa y no se detiene, que lleva una ruta, que vive en un
-mundo de soledad.
-
-Mandashay era un hombre muy interesante y ameno. Cada rincón del camino
-le recordaba una historia. Aquí habían salido a robar a un rico unos
-enmascarados; allá había vivido una muchacha de cabeza loca que trajo
-revueltos a todos los jóvenes de los contornos.
-
-En algunos momentos Mandashay se agarraba a la galga, y en otros tiraba
-de la brida del macho de varas, gritando: ¡Eup! ¡Eup! o ¡ueschqué!
-¡ueschqué!
-
-Charlando llegamos a Almandoz y seguimos subiendo una cuesta hasta el
-alto de Velate. El cielo estaba azul y el sol calentaba de firme. No
-hacía mucho calor porque íbamos ya a bastante altura y corría aire
-fresco.
-
-A media tarde cruzamos un bosque, que me pareció debía servir para los
-misterios de los druidas, y fuimos a parar a las Ventas Quemadas, en lo
-más alto del puerto.
-
-
-
-
- IV
-
- PAMPLONA
-
-
-SALIMOS de Ventas Quemadas por la mañana, y emprendimos la marcha hacia
-la vertiente del Ebro.
-
-El paisaje había cambiado en absoluto. El cielo se mostraba más azul;
-el campo, más seco; en los altos corrían pequeños caballos de grandes
-colas y triscaban las cabras y los corderos; abajo resplandecían los
-campos de trigo y alguno que otro viñedo.
-
-Al comenzar a descender hacia la cuenca del Ebro, me pareció que
-empezaba España; todo tomaba a mis ojos un carácter más triste y más
-serio: veía pueblos taciturnos, casas de paredes grises, árboles
-cubiertos de polvo.
-
-Nos alejamos de la altura a medida que avanzábamos, y fuimos bajando
-hacia el llano. En los trigales brillaban las amapolas como gotas de
-sangre y los grillos nos ensordecían con sus chirridos.
-
-Dormimos en Villaba, y al día siguiente entraba yo en Pamplona. Me
-despedí de Mandashay y fuí a parar a una posada de la calle de la
-Curia. Saqué la carta del teniente Leguía; era para un capitán de
-ejército llamado Iriarte. Me presenté a él, me acogió con amabilidad y
-me invitó a comer.
-
-Durante la comida le hablé del mito Cox, y de cómo esperaba recoger una
-pequeña fortuna. En tanto, le dije, me hallaba dispuesto a trabajar en
-lo que se me presentase.
-
---Y usted, ¿qué sabe hacer?--me preguntó Iriarte.
-
---Sé francés y, naturalmente, inglés.
-
---Sí; quizá esto le pueda servir de algo.
-
---También tengo nociones de botánica.
-
---¿Botánica? No creo que haya aquí nadie que se ocupe de eso. A no ser
-algún herbolario.
-
---Pues éstos son mis conocimientos. También sé disecar animales--añadí
-con resignación.
-
---¡Hombre! Eso quizá nos sirva. Aquí hay un profesor que todos los
-pajarracos y alimañas que le dan los envía a Francia a disecarlos, lo
-que le cuesta mucho dinero.
-
---Voy a verle.
-
---Sí, iremos juntos.
-
-Fuimos, efectivamente; hablamos con él, y yo me comprometí a
-restaurarle algunos animales y a disecarle de nuevo otros, por el
-sueldo de seis pesetas al día, mientras durara el trabajo.
-
-Disequé para aquel señor un caimán, un águila, un cisne y varios otros
-bicharracos.
-
-El capitán Iriarte me recomendó una casa de huéspedes de la plaza del
-Castillo y me trasladé a ella.
-
-Mi vida en Pamplona, mientras tuve trabajo, fué muy agradable. Por
-la mañana y por la tarde trabajaba, y al anochecer paseaba por los
-alrededores, y cuando no tenía tiempo de sobra iba a la Taconera.
-
-Allí se reunían los aristócratas y los burgueses, los militares, las
-señoritas, los chicos y los curas, y algunos días de fiesta, por la
-noche, se ponían unos farolillos de papel colgados de los árboles.
-
-Yo cultivaba mucho el mirador de la Taconera, un sitio bonito, desde
-donde se ven los pueblos de la cuenca de Pamplona.
-
-Daba con prudencia la vuelta a las murallas. Conocía la Ciudadela y
-los baluartes: el de la Reina, el de Redín, el de Labrit, el de los
-Canónigos, el de Gonzaga; las cinco puertas y la poterna de la Tejería.
-
-Tenía algunos amigos, porque el capitán Iriarte me presentó a varios de
-sus compañeros, militares liberales.
-
-Por entonces, entre los militares y los milicianos de Pamplona,
-había gran hostilidad; los militares se manifestaban anticlericales,
-partidarios de la Constitución; en cambio, los milicianos eran
-fervientes católicos y monárquicos, y armaban trifulcas gritando:
-«¡Viva Dios!» No parecía sino que tenían miedo de que lo mandasen matar
-los liberales. Yo, como extranjero, no daba mi opinión acerca de estas
-cuestiones.
-
-En la casa de huéspedes donde fuí por recomendación de Iriarte, eran
-todos perfectamente reaccionarios, comenzado por la dueña, doña
-Saturnina, señora vieja, nariguda y charlatana.
-
-Doña Saturnina era un producto clásico de las ciudades levíticas;
-tenía la adoración por el aristócrata, por el cura, por el Don Juan
-provinciano; hablaba con ternura de los mozos calaveras alborotadores,
-que iban a los toros, bebían vino hasta emborracharse y hacían de
-cuando en cuando alguna canallada y luego iban a confesarse con aire
-hipócrita y santurrón al confesonario del cura que pasaba por más
-severo, que generalmente era el penitenciario de la catedral.
-
-Al principio de estar en casa de doña Saturnina creí que se podría
-bromear con las costumbres del pueblo, e hice algunos chistes acerca de
-ese cartel que se pone en ciertos días en las iglesias de España: «Hoy
-se sacan ánimas del Purgatorio»; pero pronto vi que en Pamplona las
-bromas de este género tenían sus peligros.
-
-Doña Saturnina la patrona y un sobrino suyo me espiaron y hasta me
-siguieron un domingo para ver si iba a misa. En vista de que no
-frecuentaba la iglesia, doña Saturnina me interpeló con valor:
-
---Dígame usted, ¿usted no es católico?--me dijo.
-
---No, señora--le contesté.
-
---¿Pues qué es usted? ¿Protestante?
-
---Sí; soy de una clase de secta que se llama de los agnósticos, que
-supone que no se sabe nada de nada.
-
---¿Pero usted no cree en la Virgen y en los santos?
-
---Los de mi secta creemos más bien en la substancia única, y
-practicamos el culto del nuestro señor el Yo, y de nuestra señora de la
-Cosa en Sí.
-
-A esto dijo mi patrona que esta virgen sería muy importante; pero que
-los milagros de la Virgen del Camino eran mayores, porque se la había
-visto elevarse en el aire y ponerse en un madero que hay en la iglesia
-de San Cernín de Pamplona, a lo cual yo repliqué diciendo que bien
-podía la ley de la gravitación, inventada por mi paisano Newton, ser
-una costumbre o una rutina de la Naturaleza, y de nuestro espíritu,
-y que, como dijo atrevidamente Protágoras, todas las cosas son
-verdaderas, y que el hombre es la medida de todas las cosas, de las que
-existen como existentes y de las que no existen como no existentes.
-
-Doña Saturnina me preguntó si este Protágoras era algún santo; yo la
-dije que si no lo era, podía haberlo sido.
-
-Entonces, doña Saturnina me recomendó que me convirtiese al
-catolicismo, y yo la tranquilicé diciendo que estudiaría la cuestión.
-
-En España y en pueblos como Pamplona todavía hay un gran atractivo en
-ser incrédulo. ¿Cuánto durará esto? Al paso que vamos, ya poco. Cien
-años; doscientos años. Nada, una miseria.
-
-La verdad es que, con el progreso, se priva al hombre libre de los
-grandes encantos y emociones de ser perseguido.
-
-¿Qué vale un incrédulo, un librepensador en un país donde todo el mundo
-puede serlo impunemente? Nada. En cambio, en plena persecución, ¡qué
-delicia! Tener el libro prohibido bien guardado, leerlo a escondidas,
-burlarse por dentro de todas las ceremonias y mojigangas, y escapar de
-las tramas de esta red con la cual el despotismo judaico-cristiano ha
-intentado envolver al mundo. ¡Admirable cosa!
-
-Los incrédulos debíamos protestar de la lenidad actual, que nos priva
-de una de nuestras mayores satisfacciones...
-
-
-
-
- V
-
- LOS CABALLEROS
-
-
-EN la casa de huéspedes de doña Saturnina conocí a varias personas,
-gentes pintorescas, cuya vida sabía luego por la misma patrona.
-
-Uno de los fijos en la casa era un señor alto, moreno, de pelo blanco,
-vestido con traje obscuro, y que se paseaba por los arcos de la plaza
-del Castillo ataviado con un sombrero de copa cubierto de hule y una
-levita larga, y que cuando hacía fresco se ponía una esclavina azul
-sobre los hombros.
-
---¿Quién es este señor?--le pregunté a la patrona.
-
-Doña Saturnina me dió tres o cuatro nombres de estos compuestos y
-largos que usan los españoles.
-
---¿Y este caballero no trabaja?--pregunté yo.
-
---No. ¡Ca!
-
---¿Es rico?
-
---Poca cosa.
-
---¿Es de buena familia?
-
---Ya lo creo. ¡Es un Pérez de Cascante! Es de los caballeros de Olite.
-
-Este caballero tenía un amigo que le acompañaba en sus paseos, el señor
-Sánchez de Peralta.
-
-Doña Saturnina me explicó la genealogía de ambos.
-
---Ninguno de los dos ha trabajado nunca--me decía la patrona con
-entusiasmo--. Son caballeros.
-
-Me hizo gracia el equiparar la holganza con la nobleza, lo que en el
-fondo es muy natural y lógico.
-
-Todos los días les veía a los dos caballeros dar vueltas y vueltas por
-la plaza del Castillo, con sus sombreros de copa y sus botas, que les
-crujían al andar. Los dos parecían mucho más jóvenes de lo que eran.
-Siempre he creído que el no discurrir conserva la vida; por eso dijo
-Juan Jacobo Rousseau, y otros lo habían dicho antes, que el hombre que
-piensa es un animal depravado.
-
-Muchas veces he pensado que la felicidad está en ser un Pérez de
-Cascante o un Sánchez de Peralta, y en dar vueltas por los arcos de
-la plaza del Castillo con unas botas que crujen y una esclavina azul;
-pero, puesto en esta actitud espiritual, se me ha ocurrido si no sería
-aún más perfecto el ser una vaca, o quizá una ostra.
-
-No he decidido yo, como creo que no lo ha decidido nadie, si es mejor
-la ciencia unida a la desdicha y al dolor o la estupidez mezclada a la
-felicidad; pero, sin decidirlo, cuando veo algún vago de estos firmes
-y constantes en su noble ocupación de no hacer nada, siempre pienso si
-será uno de los caballeros de Olite, el señor Pérez de Cascante o el
-hidalgo Sánchez de Peralta.
-
-
-
-
- VI
-
- LOS ESTRATOS SOCIALES DE PAMPLONA
-
-
-COMO era la primera ciudad española que habitaba, quise darme cuenta
-clara de su contextura física y moral. Sus calles, sus plazas, los
-rincones de la muralla, los conocía palmo a palmo; gracias a alguna que
-otra amistad y a las explicaciones de doña Saturnina pude darme también
-una idea de la vida moral del pueblo.
-
-Pamplona era un receptáculo de aristócratas, de leguleyos, de
-militares, de curas y de perros. Yo no digo que para todo el mundo esta
-clase de población sea antipática u odiosa, no; ahora, para mí sí lo
-es, excepto los perros, por los cuales siempre he tenido una debilidad
-de corazón.
-
-Pamplona se mostraba como una construcción en pisos. En el alto
-había dos o tres familias aristocráticas, y estas familias tomaban
-un poco cómicamente un aire de familias reales. A pesar de que doña
-Saturnina quería demostrarme con todo su fuego oratorio que las dos o
-tres familias del primer tramo social de Pamplona eran ilustrísimas,
-la verdad es que no contaba de ellas nada que valiera la pena de
-esculpirse en bronces.
-
-Después de estas dos o tres familias del primer tramo que miraban al
-vulgo de los pamploneses como diciendo: podéis vivir, os permitimos
-graciosamente la existencia, había otras seis o siete ya de menos
-tono, con algunos titulillos insignificantes y algún coche destartado,
-pero todavía en buen uso, en la cuadra.
-
-Tras de este segundo tramo venía el tercero, formado por los hidalgos,
-estos hidalgos por los que doña Saturnina sentía gran respeto y
-veneración y de los cuales decía: ¡Es un Pérez de Cascante! Es un
-Sánchez de Peralta!
-
-Fuera del elemento autóctono, había otros dos elementos aristocráticos:
-el ejército y el clero. El ejército en su alta esfera llegaba a veces
-al primer tramo; pero lo más corriente era que se quedase en el
-segundo; el brigadier y el general alternaban con el marqués o con el
-conde, un poco tronados, si no tenían alguna mancha de liberalismo que
-se lo impidiese, porque entonces no alternaban con nadie.
-
-El Gobierno constitucional en esto había defraudado al buen pueblo,
-primero suprimiendo el título de virrey de Navarra, cosa que a los
-pamploneses sonaba agradablemente al oído, y substituyéndole por el
-de capitán general; después, enviando militares inficionados con el
-virus del liberalismo. El clero era, naturalmente, aristocrático y
-absolutista, y el obispo movía todos los resortes de la mecánica
-pamplonesa. El obispo entraba de lleno en el primer tramo de la vida
-ciudadana. El deán y los canónigos distinguidos se distribuían en el
-segundo y en el tercero. Aristocracia, clero, ejército y clase media
-formaban un pequeño mundo. Pamplona, encerrada en su muralla, era para
-el pamplonés un microcosmos. A mí, que llevaba todavía el humo de
-Londres en la cabeza, me parecía que todo el pueblo vivía enmohecido,
-apegado a unas cuantas rutinas y a unos cuantos lugares comunes.
-
-A veces se me ocurría pensar que no estaba mal ideado aquel sistema
-de categorías y de subordinaciones. Realmente, el catolicismo ha
-resuelto la vida a su modo, disciplinándola y encerrándola en estrechas
-casillas; esto, unido a que ha dado a las necesidades apremiantes el
-carácter de vicios, ha hecho que los pueblos pobres como el español,
-que viven en la estrechez y en la incuria, se crean rodeados de
-placeres sardanapálicos.
-
-En parte, esta severidad es una ventaja, porque da a la vida un poco de
-picante.
-
-La construcción, en tramos, de Pamplona, tenía también su parte útil.
-
-Cierto que a mí me parecía un poco absurda y mezquina; pero no le
-parecía, seguramente, lo mismo al nacido en el pueblo.
-
-La verdad es que todo el aparato enfático y teatral del aristocratismo,
-que pretende imponer el ánimo por su esplendor, se convierte en una
-mueca cómica cuando no va acompañado de la fortuna o del poder.
-
-No es fácil encontrar nada tan imponente como esas damas inglesas,
-hijas de algún almacenista de cacao, de un prestamista o de un
-fabricante de sebo casadas con algún lord. ¡Qué orgullo! ¡Qué majestad!
-¡Qué admirable desprecio por los demás mortales!
-
-Estas alianzas del dinero con los títulos dan buenos resultados; en
-cambio, en los sitios donde las familias nobles no pueden abonar sus
-campos o sus cuarteles con dinero plebeyo, los aristócratas degeneran.
-
-Se nota en Francia, como en España, en las ciudades de provincia, que
-el pequeño aristócrata, el hidalgo, el «hobereau», es mucho más feo y
-menos inteligente que el hombre de la clase media y del pueblo. Esto
-depende, seguramente, del cuidado de casarse entre gentes de la misma
-casta, de la endogamia, que decimos los antropólogos.
-
-En Pamplona, como en casi todas las capitales españolas, me parecieron
-los pequeños aristócratas muy cómicos. ¡Qué gente! Unas bocas
-desdeñosas, unos gestos de orgullo, unas mujeres feas y con bigote,
-unos tipos morenos y escurridos que parecían micos; muy chatos o con
-narices de loro; con escrófulas o con herpes.
-
-Este prestigio de la aristocracia no es cosa que a mí me preocupe; no
-tengo la aspiración de saludar al conde ni al marqués, ni siquiera
-de estrechar la mano de un Pérez de Cascante o de un Sánchez de
-Peralta. A un vagabundo, como yo, no le pueden importar gran cosa las
-superioridades locales ni las cuestiones de etiqueta; tampoco sé si
-estos condes y marqueses de aquí proceden de las Cruzadas (como todos
-los aristócratas de los folletines franceses); supongo que serán tan
-antiguos como puedan serlo los de Inglaterra; pero no hay más remedio
-que reconocer que son más pobres. Y, la verdad: la aristocracia, con
-casas sucias y destartaladas y unos majuelos por toda propiedad; el
-aristócrata, con un sombrero seboso y un pantalón con rodilleras, no
-llega a imponer respeto ni a causar gran sensación. Es decir, a mí
-no me la producía, porque a mi patrona, doña Saturnina, le producía
-grande. Verdad que ella veía los conceptos más que los accesorios y las
-formas. Doña Saturnina era un poco platoniana.
-
-Tras de la aristocracia pamplonesa, venía la clase media, formada por
-leguleyos y comerciantes, y después, el pueblo.
-
-Desde arriba a abajo; desde lo alto de la pirámide hasta la base; desde
-el primer tramo hasta el último, Pamplona era un pueblo intoxicado
-por la clericalina. La clericalina rebosaba por todas partes; una
-clericalina activísima; pues no había apenas un pamplonés que no
-tuviera depósitos de este alcaloide entre la píamadre y la aracnoides.
-Era una clericalina que producía un estado de estupor incurable.
-
-Una gota en la conjuntiva de un individuo lo envenenaba para siempre.
-
-Todas las aguas del Arga reunidas, no bastaban para disolver la
-clericalina, la cleritoxina y el ácido clerigálico que producía la
-ciudad.
-
-
-
-
- VII
-
- PHILONOUS
-
-
-SOLÍA yo andar con mucha frecuencia por la Taconera, y daba casi todas
-las tardes un paseo por las afueras de la muralla, lo que llaman en el
-pueblo la Vuelta del Castillo. Un día vi que un perrucho me seguía. Era
-un perro feo y poco estético, que tenía cara de persona, lanas rojizas
-y unas barbuchas lacias de filósofo cínico.
-
---Bueno, bueno--le dije--. Márchate, que aquí no haces nada.
-
-Seguí mi camino, e iba pensando en la realidad que podían tener las
-cosas, cuando vi a mi lado de nuevo al perro feo.
-
---Este can me sigue--murmuré--. A ver si es un demonio como el perro de
-aguas que acompaña al doctor Fausto a su laboratorio.
-
-Continué mi paseo, y siguió el perro feo junto a mí.
-
---Bueno; que haga lo que quiera--dije--. Si el destino ha dispuesto que
-este canis familiaris sea mi amigo, no me opongo.
-
-Pensé que si venía hasta mi casa y se unía a mí, tendría que darle un
-nombre, y decidí llamarle Philonous.
-
-Efectivamente: entró en mi casa, le di de comer y le adopté. Unos meses
-después, al llegar a Tafalla, Philonous riñó con otro perro con gran
-valor; el otro perro le mordió en una pata y tuvo una llaga que le
-duró mucho tiempo.
-
-Entonces, como tributo a su valor y como recuerdo a un héroe griego,
-que padeció también una úlcera en una pierna, añadí a su nombre el de
-Philotectes, y así se llamó mi perro en su vida terrena, que no es poca
-cosa para un perro.
-
-Philonous era profundo y sentimental. En las circunstancias difíciles
-se crecía. A veces era un poco cínico; estaba en su derecho, siendo
-perro y perro de pobre; a veces me parecía un caballero «sans peur et
-sans reproche», como Bayardo.
-
-Yo siempre le encontré un aire socrático.
-
-Me parecía que el mejor día iba a salir Minerva de su cabeza.
-
-
-
-
- VIII
-
- LOS REALISTAS FRANCESES
-
-
-UN día pararon en la casa de doña Saturnina unos franceses realistas.
-
-Estos franceses, supe, cuando se marcharon, que habían ido a reunirse
-con la partida absolutista de un tal Salaverri, que merodeaba por la
-ribera de Navarra.
-
-Los tales franceses me fueron poco simpáticos. Tenían un criterio
-pequeño y estrecho. Elogiaban lo peor de Francia y de España. Para
-ellos la crueldad empleada con los liberales era un gran mérito; el
-talento militar consistía en hacer todas las barbaridades posibles en
-perjuicio del enemigo.
-
-Así un vendeano cualquiera era un militar más ilustre que Napoleón.
-
-Nunca jamás he visto una gente más vanidosa, más necia ni más
-incomprensiva. Tenían unas ideas extrañas. Según ellos, puesto que los
-revolucionarios franceses habían guillotinado a Luis XVI, a su mujer y
-a su hijo, ellos podían, con un derecho natural de represalia, matar a
-todos los hombres, mujeres y niños del Universo.
-
-La carreta en donde habían ido a la guillotina estos Borbones debía ser
-como el célebre carro de Jaggernath, del Indostán, que va aplastando a
-todo el mundo.
-
-Así como nosotros, que hemos nacido mil ochocientos años después de
-Cristo, tenemos la culpa de su muerte, según los místicos, y estamos
-deshonrados por la mayor o menor bellaquería que hicieron unos
-supuestos Adán y Eva en el paraíso, así también todos, franceses y no
-franceses, tenemos la responsabilidad de la muerte de Luis XVI y de su
-familia.
-
-¡Qué fanatismo el de aquella gente! Seguramente hubiera sido difícil
-encontrar en personas de otro país un producto así de amaneramiento, de
-afectación y de petulancia.
-
-Si no hubiera sido porque tenían modales de señores, se les hubiera
-tomado a aquellos franceses por unos brutos feroces y fanáticos que no
-buscaban mas que el exterminio de todo el que no pensara como ellos.
-
-Después de conocerles, los absolutistas de Pamplona me fueron casi
-simpáticos.
-
-Al menos el reaccionarismo español es más natural: es la incompresión
-y la brutalidad simple; el reaccionarismo francés es la incompresión
-adornada; el uno es una construcción de espíritus toscos, el otro es un
-gótico pestilente de confitería.
-
-
-
-
- IX
-
- CONSPIRACIONES
-
-
-NO me ocupaba yo gran cosa de lo que ocurría en Pamplona, ni estaba
-enterado de sus cuestiones políticas, cuando el capitán Iriarte y un
-francés emigrado por sus ideas republicanas, Juan Pontecoulant, me
-llevaron un día a una velada masónica que se daba en el billar de un
-café.
-
-Se trataba de celebrar el triunfo liberal obtenido en Madrid el 7 de
-julio.
-
-Mientras esperábamos que comenzase la reunión, Pontecoulant, que tenía
-bonita voz, cantó _La Marsellesa_, y después, la canción de _Los
-Girondinos_, con mucho fuego y gran énfasis:
-
- _Par la voix du canon d'alarmes
- la France appelle ses enfants._
-
-Le escuchamos con gusto y coreamos sus cantos.
-
-Cuando se reunieron los masones, que casi todos eran militares, se
-comenzó a hablar de la conspiración realista que se había tramado en
-Navarra y tenía su centro en Pamplona. Yo entonces me enteré de los
-manejos de los absolutistas.
-
-Los primeros conspiradores de Navarra habían sido el cura de Barasoaín;
-el canónigo Lacarra; un tal Uriz, de un pueblo llamado Sada, y los
-militares Eraso, Juanito el de la Rochapea y don Santos Ladrón de
-Cegama.
-
-Estos tres últimos eran antiguos guerrilleros del general Espoz y
-Mina en la guerra de la Independencia. Mina consideraba a Eraso como
-absolutista de corazón, pero no a Ladrón ni a Juanito; a Ladrón le
-tenía por hombre de ideas liberales; respecto a Juanito el de la
-Rochapea, lo miraba como a hombre desleal y traidor.
-
-Juanito el de la Rochapea, Juan Villanueva, había sido capitán del
-primer regimiento de la división Navarra, mandada por Mina.
-
-Cuando la tentativa liberal de éste sobre Pamplona, en 1814, Juanito
-fué el que comprometió con su impaciencia al coronel Górriz, y
-pasándose luego a los realistas contribuyó a su fusilamiento.
-
-Villanueva odiaba a Mina y le tenía miedo. Al entrar éste en Pamplona
-en triunfo con la bandera constitucional, en 1820, Juanito se escapó e
-hizo preguntar a su antiguo jefe si tenía que temer algo de él. Mina
-le contestó que no. Juanito creyó que todo se había olvidado entre los
-dos y se presentó al general, quien le miró de arriba a abajo, con
-desprecio.
-
-Respecto a Ladrón de Cegama se había lanzado al campo por despecho y
-por rivalidad con los militares que se pronunciaron por la Constitución.
-
-Reunidos los contrarrevolucionarios realistas, Eraso, Juanito y los
-demás dispusieron una estratagema para armarse. Eraso era alcalde de
-Garinoaín, pueblo del valle de Orba. Eraso mandó reunir las cendeas del
-valle e hizo que oficialmente se pidieran a la Diputación provincial
-trescientos fusiles y sus municiones correspondientes con destino a los
-milicianos nacionales. La Diputación los proporcionó, y los trescientos
-fusiles sirvieron para formar la primera expedición realista.
-
-La política de los católicos siempre ha sido igual. Ellos harán una
-deslealtad o una infamia; pero eso sí, la harán con reservas mentales;
-luego oirán su misa con devoción, se confesarán, tendrán propósito
-de enmienda, se darán unos golpes de pecho, y limpios para hacer otra
-canallada.
-
-Los fusiles del Gobierno sirvieron para preparar unas compañías
-absolutistas bien armadas y equipadas.
-
-El general Eguía, presidente de la Junta realista, y don Vicente
-Quesada, comandante general de las tropas del rey absoluto, nombraron
-jefes a Guergué, a Ladrón y a Juanito el de la Rochapea, que salieron
-al campo y comenzaron a operar.
-
-El capitán general de Navarra ordenó a las compañías del regimiento
-de Toledo y a las partidas de milicianos guardasen los pasos de la
-frontera, por si los realistas entraban por Francia.
-
-Se vigiló Vera, Zugarramurdi, Maya, el Irati y el Roncal.
-
-Los absolutistas tenían protectores por todas partes y no se les
-encontraba; en cambio, se capturó en el Irati a ocho soldados franceses
-desertores y a su capitán, llamado Adolfo, que intentaban entrar en
-España con proclamas republicanas.
-
-El capitán Adolfo se escapó, gracias a la protección masónica del
-comandante español; los otros soldados franceses, presos por los
-milicianos nacionales de Salazar, fueron traídos a Pamplona. La gente
-creía que los iban a fusilar, y les parecía muy lógico a los buenos
-católicos que se les fusilase, por ser republicanos; pero el capitán
-general mandó incorporarlos en las filas del ejército.
-
-Juan Pontecoulant me dijo que Adolfo era un hijo del general Berton, y
-que este general, que por entonces era el jefe de los revolucionarios y
-con quien más se contaba para la revolución en Francia, había estado en
-San Sebastián.
-
-El capitán Adolfo vivió oculto en un caserío de la frontera; pero los
-realistas de Ochagavia lo denunciaron y fué preso.
-
-La hostilidad entre el ejército y los milicianos, la conspiración
-permanente de los absolutistas, los rumores que corrían de que los
-exaltados de Madrid intentaban establecer la República, todo esto
-hacía que la provincia de Navarra viviese en perpetua agitación. Los
-realistas pamploneses se escapaban al campo con armas, y algunos se
-descolgaban de noche por las murallas. Yo hubiera estado tranquilo en
-Pamplona si hubiese tenido medios de fortuna; pero mis trabajos de
-disecación se acababan y era indispensable levantar el vuelo. Así que
-puse mis papeles en regla, gracias al capitán Iriarte y a sus amigos, y
-preparé mi viaje.
-
-
-
-
- X
-
- EL CALOR
-
-
-SALÍ de Pamplona a mediados de julio. Hacía un tiempo bochornoso; el
-cielo estaba blanquecino del vaho y del polvo, los campos de trigo
-segados, los montones de gavillas en la tierra. Anduve yo largo rato
-resguardándome en las sombras de los árboles y bebiendo en las fuentes;
-Philonous hacía lo mismo.
-
-En las paradas me dedicaba a reflexionar. Una de las cosas que se
-me ocurrió fué el hacer un esfuerzo en dominar las impresiones
-desagradables y ver si podía llegar a contemplar el paisaje con el
-máximo de ecuanimidad. Me pareció que con ese sistema se encontraría
-belleza e interés en todo. El primer ensayo del procedimiento lo hice
-mirando en el valle de Orba una nube de polvo sofocante iluminada por
-el sol.
-
-¿Se puede llegar en esta contemplación a suprimir el dolor o la
-molestia física? Es lo que me preguntaba varias veces en el camino.
-
-No cabe duda que el carácter de la contemplación es una más o menos
-aparente generosidad; ¿pero es real o no este carácter?
-
-¿No habrá en el fondo de nuestras efusiones estéticas una raíz
-utilitaria?
-
-Cuando ve uno un campo verde y se regocija, ¿no será esto el resultado
-de que nuestros antepasados, al ver los campos verdes, han supuesto
-que en ellos había algo que comer?
-
-El segundo punto que intenté dilucidar en el camino fué si la
-contemplación desinteresada es buena o no, y saqué en consecuencia que
-si es cierto que arrastra a la pereza y al aislamiento, le lleva a uno
-también a bastarse a sí mismo en momentos penosos, lo cual no es poco.
-
-El primer alto en mi marcha lo hice en la venta de las Campanas, donde
-tomé unos huevos cocidos y pan, y por la tarde seguí hasta llegar a
-Barasoaín, rendido de cansancio y, sobre todo, de calor. Dormí bastante
-mal en una posada y me levanté al amanecer a continuar mi ruta.
-
-El día prometía ser tan ardoroso como el anterior.
-
-Avancé todo lo que pude por la mañana. Al llegar al puente sobre el
-Cidacos se despertaba una tropa de gitanos. Dos o tres hombres se
-desperezaban extendiendo los brazos, una mujer hacía fuego con unas
-ramas y unos chicos dormían al sol, medio desnudos.
-
-El calor y el bochorno seguían terribles. El cielo echaba lumbre; los
-montones de gavillas parecían rebaños de oro sobre un campo ceniciento.
-
-A lo lejos veía pueblos con tejados blanquecinos que con la fuerza
-de la luz del sol me parecían nevados. Las mujeres, montadas en los
-trillos, daban vuelta a las eras.
-
-Cuando más apretaba el sol, muerto de sudor, llegué a Tafalla y entré
-en una posada. El posadero era hombre amable que nos recibió bien a
-Philonous y a mí.
-
-Tafalla es una ciudad colocada en una enorme llanura. Tiene una campiña
-fértil y de aspecto monótono, formada por viñedos, trigales y huertas.
-
-Este pueblo se me figuró una granja colocada en medio de sus tierras de
-labor.
-
-Por todas partes se notaba el reinado de Baco, de un Baco huraño
-y violento. Se veía vino en las barricas, en los toneles, en las
-palanganas.
-
-Pasé la tarde y la noche en Tafalla en una taberna.
-
-La gente me pareció agresiva y malhumorada. Únicamente estos ribereños
-se humanizaban hablando del vino, por el cual tenían una verdadera
-adoración.
-
-Allí el vino es un dios, un dios que hace a los hombres irritables y
-violentos.
-
-En toda la ribera de Navarra la agresividad es una costumbre.
-
-El carácter de los ribereños es de una petulancia que desconocen
-los vascos de la montaña. Al llegar a Castilla esta petulancia se
-transforma en una serenidad arrogante, a veces un poco teatral, pero
-que da cierta idea de nobleza.
-
-Uno de los rasgos simpáticos que encontré en estos navarros, rasgos que
-quizá es común a todos los pueblos un poco primitivos, fué el tener
-cierto desdén por el dinero.
-
-El amo de la posada de un pueblo considera mucho más al compadre suyo
-que al forastero rico.
-
-Esto me parece muy bien. Yo soy de los que creen que el dinero no es
-apenas de uno; solamente son de uno los instintos y las pasiones, las
-enfermedades y los deseos.
-
-Salí de Tafalla de noche, antes de que apuntara la mañana, y comencé a
-marchar.
-
-Entreví en Olite al amanecer las torres amarillentas de su castillo y
-seguí por la orilla del Cidacos. Comenzó el día muy temprano. Persistía
-el horrible bochorno; tuve que ir quitándome ropa, y llevándola al
-brazo. Mi primera entrevista con la tierra llana española era poco
-grata. Mi cuerpo marchaba en perpetuo incendio; tenía la cara roja, los
-ojos inyectados, las manos abultadas por la sangre. El maldito bochorno
-no desaparecía. El cielo seguía gris y el aire caliginoso.
-
-Almorzamos Philonous y yo en la venta del Morillete, y tuvimos que
-detenernos en un pueblo requemado y polvoriento, con unas cuevas
-agujereadas en una tierra blanca y arenosa y una gente áspera y
-desabrida.
-
-Todo el mundo estaba con plan de reñir. Se lo hice notar al posadero y
-éste me dijo, riendo, que a aquellos navarricos no los bautizaban con
-agua, sino con vino.
-
-Inmediatamente que el ribereño bebe se muestra jactancioso y desafiador
-y siente deseos de golpear o de herir.
-
-En este pueblo, donde me detuve, me contaba un mozo con satisfacción
-que todos los sábados había allí trabucazos. No se podían tener faroles
-en las calles porque al día siguiente estaban hechos añicos.
-
-Otro mozo de Ujué que estaba oyendo dijo, celebrándolo, que en su
-pueblo era una cosa rara un día sin puñaladas y que había habido un
-cura que tenía que ir a decir misa con el trabuco debajo del manteo,
-porque si no se burlaban de él. Esto me entristeció.
-
---En el fondo, la gente no tiene la culpa--dije--. Es la geografía en
-connivencia con las instituciones la que produce tales efectos.
-
-Es imposible que la gente sea civilizada y sociable en una tierra gris,
-abrasada por el sol, olvidada por las personas ricas, donde no hay
-frescura, ni sombra, ni medias tintas y a la cual no llega ni el eco
-más lejano de la cultura de Europa.
-
-Mientras marchaba por estos pueblos, Philonous me producía serios
-conflictos, y yo, como Pedro, tenía que negarle más de tres veces.
-
-Hacía barbaridades; un día entraba en la cocina de una venta, tiraba la
-olla y se la comía; otro salió de una tahona con todo el hocico lleno
-de harina, perseguido por el tahonero; también se comía los pollos que
-podía, pero sólo cuando estaba muy hambriento.
-
-Muchas veces no le veía en todo el día, pero luego, por la noche, se me
-acercaba y me daba con la pata, como diciendo: Aquí estoy, amigo.
-
-
-
-
- XI
-
- LAS MOSCAS
-
-
-TANTO o más que el calor me molestaban en mi viaje las moscas. Había
-en las calles de estos pueblos una cantidad inconcebible de moscas,
-pesadas, pegajosas, repugnantes.
-
---Mientras haya moscas en el mundo no habrá civilización--me decía yo
-con tristeza.
-
-Para combatir sus ataques, me puse a filosofar acerca de ellas, en
-lo perniciosas que debían ser y en la poca ciencia que demuestra la
-Naturaleza, que se deja llevar de sus rutinas y de sus lugares comunes
-de una manera lamentable.
-
-Recordé que Luciano de Samosata, el célebre satírico griego, había
-hecho un elogio de la mosca, y de aquí obtuve una casi luminosa
-consecuencia.
-
-Muchos suponen que este escritor fué cristiano, a pesar de que en la
-historia de Peregrinus llama a Cristo un sofista crucificado.
-
-Este dato parece dar a entender que Luciano no fué cristiano; pero
-el elogio de la mosca para mí es definitivo. Da el diagnóstico del
-escritor greco-sirio.
-
-Era cristiano. ¿Hay algo más cristiano que la mosca? La mosca es
-constante, persistente, zumbona.
-
-A la mosca le gusta andar en las llagas, en el pus, en las basuras,
-como a los verdaderos cristianos.
-
-Alguno dirá que a los obispos y a los papas les agrada más el dinero,
-la opulencia, el fausto; pero esto no demuestra más sino que las moscas
-son mucho más cristianas que los obispos y que los papas.
-
-La mosca crece en razón directa del sol, de la suciedad, de los
-establos y de las cuadras, y en razón inversa de la limpieza, del agua
-corriente y de la gente razonable. Lo mismo les pasa a los frailes.
-
-Sorprendido por tales semejanzas obtuve la ecuación de la cultura en la
-forma que expongo aquí.
-
-El índice de la cultura se expresa sumando la cantidad de vino, el
-número de moscas y el número de clérigos, y partiendo el total por el
-número de árboles.
-
- Vino + Moscas + Clérigos
- _X_ (índice de la cultura) = --------------------------
- Arboles
-
-Las profundas consecuencias que se desprenden de mi descubrimiento
-las entrego a la Humanidad futura. Ella sabrá plantar más árboles y
-exterminar las moscas.
-
-
-
-
- XII
-
- EN LAS BÁRDENAS
-
-
-ESTANDO yo en Caparroso se presentó una partida de milicianos
-nacionales, mandada por un capitán que iba de vanguardia de la columna
-de un jefe llamado Iribarren. Saludé al capitán, a quien conocía de
-Pamplona por ser amigo de Iriarte, y hablamos.
-
-Me dijo que se había quedado la partida sin cirujano, porque a este le
-habían muerto, y me preguntó si yo podría sustituírlo por lo menos un
-día.
-
---Yo no soy cirujano--le dije.
-
---¡Bah! Para lo que hay que hacer, lo hará usted mejor que cualquier
-otro. Mañana vamos a atacar a la gente de Salaberrí, que campea por
-ahí, por las Bárdenas. Necesitamos de alguien que sea capaz de poner
-una venda.
-
---¿Y el cirujano de este pueblo?
-
---Es uno de los facciosos y anda por el monte.
-
-No tuve más remedio que aceptar; pero puse la condición de no seguir
-después a la partida; pasada la acción, yo me marcharía por donde
-quisiera.
-
---Bueno. Bueno. Muy bien.
-
-El capitán señaló un cabo y ocho hombres para que quedasen a mis
-órdenes. Sacamos el botiquín del cirujano y vimos lo que había.
-
-Mientras hicimos los preparativos estuve tranquilo; pero por la
-noche, al tenderme en el pajar, me vino la idea de que cuando el otro
-cirujano había muerto, el cargo era peligroso. Luego, la imaginación se
-puso en movimiento y fué pintándome con una realidad desagradable las
-perspectivas que me esperaban.
-
-Creer que estos forajidos realistas iban a respetarle a uno porque
-llevase el carácter de cirujano o de médico me parecía una ilusión.
-
-Pensé en lo que me pasaría si quedaba herido al cuidado de un barbero
-en un rincón sucio, con aquella temperatura al rojo blanco.
-
-Se me pintaron todos los horrores posibles. Comencé a agitarme de la
-derecha a la izquierda, sin poder dormir.
-
-Al amanecer, momentos antes de salir el sol, me cogió el sueño, y poco
-después me llamaron. Estaba tan fuertemente dormido, que tuvieron que
-empujarme de un lado a otro para despertarme. El sol iluminaba el
-campo, desolado y desierto, cuando la partida se puso en marcha. Yo
-iba a retaguardia con las camillas, unas mulas y un carro. Caminamos
-durante un par de horas hasta llegar a las Bárdenas. El sitio era
-solitario y pobre, de una monotonía, de una tristeza y de una
-fealdad desagradable, agudizada por el tiempo bochornoso. La tierra,
-cenicienta, se extendía como un mar, y delante se nos presentaba unas
-colinas roídas por las lluvias.
-
-Estaba yo pensando que los realistas rehuían el encuentro cuando
-sonaron los primeros tiros. Se hallaban los facciosos parapetados en
-unas lomas blanquecinas.
-
-Mandé yo a mis hombres con la mayor serenidad posible que abriesen el
-botiquín e hicieran sus preparativos.
-
-Nuestros soldados se desplegaron en guerrilla y comenzaron a disparar y
-a avanzar.
-
-Hubo que seguirlos. Las balas pasaban silbando, y yo volvía la cabeza a
-un lado y a otro violentamente. Uno de los nuestros cayó. Me entró un
-sudor frío; me acerqué a él; le tomé el pulso. Estaba muerto.
-
-De nuevo tuvimos que marchar adelante. Los enemigos habían vuelto a
-ocupar otras posiciones y seguían tiroteando. Los nuestros fueron
-avanzando de una manera irregular y consiguieron que la partida
-absolutista se disolviera.
-
-El capitán tuvo que esperar largo rato a que se reunieran sus
-fuerzas, que se habían desperdigado; y mientrastanto, los sanitarios
-improvisados y yo comenzamos a vendar a varios heridos; y yo sangré a
-uno que se trajo sin conocimiento en unas parihuelas, y que recobró el
-sentido.
-
-Cuando se reunió la fuerza, el capitán ordenó la retirada y nos pusimos
-en marcha. Los heridos venían a mi cargo en las caballerías y en el
-carro. Contemplábamos a los lejos Caparroso en un collado y las ruinas
-de un castillo antiguo.
-
-Ibamos tranquilos internándonos en un soto de álamos blancos que
-llaman la Lobera cuando unos realistas apostados hicieron una descarga
-que produjo el desorden en nuestra partida. Se desordenó la columna,
-comenzó el tiroteo por nuestro lado, y yo me vi separado de mi gente y
-en medio del soto en compañía de Philonous.
-
-Cuando cesaron los tiros comencé a avanzar despacio. Iba marchando
-con las mayores precauciones cuando topé con el cuerpo de un realista
-herido o muerto. Me paré para ver si vivía; llevaba un pañuelo atado
-a la cintura lleno de sangre. Se lo corté con el cuchillo; y viendo
-que pesaba me encontré que llevaba dos onzas de oro, cuatro centenes y
-varias monedas de plata, que me apropié porque el hombre estaba muerto.
-Salí del soto y me acerqué a la carretera. Estaba rendido de cansancio
-y de hambre. Debía ser media tarde. Eché a andar por la carretera en
-dirección contraria a Caparroso cuando se acercó un coche viejo y
-desvencijado.
-
-En el coche iban un hombre, que dirigía, y un cura.
-
-Se paró el coche un momento, y yo le pregunté al cochero si podía
-llevarme al pueblo próximo.
-
---Si el señor cura quiere, a mí no me importa--me dijo, con tosco
-acento.
-
---Por mí, que suba--dijo el cura.
-
-Subí y me senté. El cura era un hombre flaco, desmayado, las cejas
-como dos acentos circunflejos; los párpados, apenas abiertos, como dos
-líneas, y un lente en la mano.
-
-Llegamos a Valtierra a media tarde; fuí a una posada-taberna, y lo
-primero que hice fué pedir que me pusieran de comer.
-
-El pueblo me pareció grande, triste, polvoriento y abrasado.
-
-En la taberna, a la moza que me servía le pregunté si hacía mucho calor.
-
---¿Aquí?--exclamó un hombre interrumpiendo--. Aquí en invierno se hiela
-la Virgen y en verano se deshace el palio.
-
-Es la costumbre de esta gente el barajar siempre y con cualquier motivo
-en su conversación los artefactos religiosos.
-
-Dormí en el corral, y de noche salí para Tudela.
-
-
-
-
- XIII
-
- REVELACION DE LA ESPAÑA CLÁSICA
-
-
-A pesar de que Philonous y yo salimos a media noche de Valtierra,
-llegamos a Tudela, rendidos por el calor, a media mañana.
-
-Entré yo en una posada, pedí un cuarto y me tumbé en el suelo, porque
-no podía aguantar el sofoco del jergón. Tendido y sudando estuve varias
-horas oyendo el retumbar de unas campanas y el rebuzno de un burro,
-hasta que el hambre me indicó que era hora de levantarme. Pregunté
-a qué hora se cenaba, y me dijeron que a las nueve. Cuando empezó a
-caer la tarde salí con Philonous a la orilla del Ebro, a respirar.
-No se movía una partícula de viento. El cielo estaba blanquecino por
-el calor; el tío, muy ancho, parecía arder, con un color rojo de
-escarlata, sombreado por los bosquecillos de las riberas; el horizonte
-se encendía con los relámpagos de los montes lejanos; por el puente, de
-arcos desiguales, pasaban algunos carromatos.
-
-Estuve sentado a las orillas del Ebro hasta que empezó a obscurecer.
-Su superficie roja palideció y la sombra de los bosquecillos quedó muy
-negra.
-
-Volví a la posada y estuve hablando con el patrón, que era herrador, un
-viejo canoso con unas antiparras y aire de sabio. Todavía faltaban tres
-cuartos de hora para la cena.
-
-Salí de nuevo; había visto al llegar una parte del pueblo moderna,
-insignificante. Tiré ahora por el lado contrario; seguí una callejuela;
-luego otra; después pasé un arco. En aquellos callejones estrechos
-había carros grandes llenos de paja que interceptaban el paso; en las
-puertas de las casas la gente salía a respirar el aire ardoroso, seco y
-lleno de polvo; y algunos campesinos medio desnudos pasaban montados en
-un borrico o en una mula.
-
-Un farol debajo de un arco brillaba iluminando una hornacina y la
-puerta de una iglesia. La obscuridad y el piso desigual me hacían ir
-tropezando por las calles.
-
-Al pasar por una encrucijada me tiraron agua y tierra desde un balcón.
-
-Intenté volver a casa del herrador, pero me perdí, y durante algún
-tiempo anduve dando vueltas por los mismos sitios y rincones.
-
-En esto oí una campanilla, y vi poco después, delante de un portal
-estrecho, una fila de hombres con cirios en la mano que, sin duda,
-acompañaban al Viático. Tenían la cabeza para abajo, iluminada por
-el resplandor de los cirios. ¡Qué caras! ¡Qué aires de cansancio
-y de resignación! ¡Qué miradas de abatimiento! ¡Qué español! ¿Qué
-terriblemente español era aquello!
-
-Sin fijarme en la dirección eché a andar, salí a una plaza y de allí
-encontré fácilmente la posada.
-
-El herrador y otros dos huéspedes me esperaban a cenar.
-
-Nos sentamos a la luz de un candil. Uno de los hombres era un campesino
-de un pueblo próximo, hombre de unos cincuenta años, de ojos azules y
-pelo rubio; el otro, un tipo de judío tan característico, que me chocó.
-
-El labrador tenía una idea de Tudela como de un foco de comodidades y
-de placeres. Yo le dije que el campo por donde había cruzado me pareció
-árido y seco; pero él me aseguró que era fertilísimo, y es posible que
-tuviera razón.
-
-El otro, el del aire judaico, era, por lo que me dijo, saludador,
-medio brujo y medio médico; hacía conjuros para que no enfermaran las
-caballerías y para quitar el mal de ojo a los niños, y creía que tenía
-procedimientos especiales para alargar la vida.
-
-Le dije que viéndole en otra parte le hubiera tomado por un judío de
-casta sacerdotal, lo cual no le molestó; por el contrario, me dijo que
-su padre y su familia procedían de la judería de Tudela, y que no sería
-raro que él fuese de raza hebrea.
-
-Después de cenar se apagó el candil, me fuí yo a la cama, y tuve que
-acostarme sin ropa por el calor. Afortunadamente, a media noche comenzó
-una tormenta con truenos y relámpagos, cayó un copioso chaparrón y
-refrescó el ambiente.
-
-Dormí unas horas y salí por la mañana.
-
-El aire era ya respirable. Inmediatamente me dirigí hacia la catedral.
-Me reconcilié con el pueblo.
-
-A pesar de ser la mayoría de las casas de ladrillo, eran hermosas;
-algunas, verdaderos palacios con grandes puertas, balcones espaciados
-y una galería alta con arcadas en el segundo piso. Empotrados en las
-paredes ostentaban escudos abultados y salientes de piedra blanca,
-y en las ventanas se veían orlas esculpidas con los primores del
-Renacimiento incrustadas en el ladrillo.
-
-Recorriendo este pueblo y luego visitando otros, me expliqué que en
-España la gente de inclinaciones estéticas no sea muy entusiasta del
-progreso; lo viejo tiene aquí su hermosura y su nobleza; en cambio,
-lo nuevo es de una mezquindad que asombra por su sentido de economía,
-por su sordidez trágica y completa. Callejeé largo rato por Tudela, al
-amanecer; ¡qué nombres los de las calles! Calle de la Vida, calle de la
-Muerte, calle del Juicio...; luego las calles de los oficios: de las
-Chapinerías, de las Herrerías, de los Caldereros...
-
-Se iban abriendo las puertas de las casas y saliendo los labradores
-para sus faenas; luego comenzaron a pasar mujeres, muchachitas y
-viejas con su mantilla, camino de la iglesia, y empezó a tocar una
-campana.
-
-Di varias vueltas a la catedral hasta encontrar una puerta abierta.
-Entré y estuve sentado contemplando la majestuosa nave; luego pasé
-a una capilla a mirar un admirable retablo. Estaba apoyado en un
-confesonario, por el lado de la reja por donde se confiesan las
-mujeres. De pronto apareció por la ventanilla una cabeza gruesa de un
-cura, y, sin hablarme, me hizo con la mano un gesto de que me acercara.
-Quedé paralizado, horrorizado. Quizá había cometido yo un sacrilegio.
-Quizá me esperaba la Inquisición.
-
-Retrocedí de prisa, salí de la capilla y me dirigí hacia la puerta. No
-me seguía nadie; pero, por si acaso, me marché fuera.
-
-Comenzaba a hacer calor, pasaban muchos curas por las callejuelas.
-Llegué a la plaza y me senté. Había mercado, puestos de verduras, de
-cacharros, de instrumentos de labranza....
-
-En las mujeres que correteaban por allí, me pareció ver más claramente
-que en los hombres dos tipos distintos: unas, morenas de óvalo
-alargado, ojos negros, melancólicos, de aire un tanto judaico, y otras,
-con un tipo germano, rubias, con ojos azules o claros, la cara cuadrada
-y la mirada enérgica y dura.
-
-Fuí a mi posada. Acababan de llenar de paja el patio, y los montones
-dorados de gavillas lo inundaban todo.
-
-Los mozos que habían trabajado, sudando a chorros, estaban bebiendo
-vino.
-
-Este polvo, este calor, esta mezcla de barbarie y de simplicidad, este
-contraste de la pobreza de los callejones del pueblo con la pompa de la
-catedral me dió la revelación de la España clásica, emborrachada con su
-sol, con su vino, con su fanatismo y con su violencia.
-
-
-
-
- XIV
-
- EL SANTERO
-
-
-EL saludador de aspecto judaico pensaba ir hasta Agreda y fuí con él en
-el carro de un ordinario. En Cintruénigo se nos reunieron un santero y
-un muchacho vizcaíno que iba a Madrid a buscar una _conveniensia_, como
-decía él.
-
-El santero era un hombre flaco y denegrido, con los ojos muy brillantes
-y el pelo rizado. Parecía un cuervo; llevaba una sotana raída, unas
-polainas y un sombrero ancho colocado encima de un pañuelo negro que le
-apretaba la cabeza.
-
-El vizcaíno era alto, estrecho, de nariz larga y gruesa, ojos abultados
-y expresión parada. Se llamaba Belausteguigoitia, y tenía un segundo
-apellido más largo que éste.
-
-Belausteguigoitia creía que los Belausteguigoitias eran la flor de su
-pueblo en Vizcaya; que Vizcaya era la flor de España, y España, la
-flor del mundo. Los Belausteguigoitias eran las delicias del género
-humano, y se podía considerar como un verdadero honor el que este
-exquisito molde de los Belausteguigoitias siguiera produciendo más
-Belausteguigoitias y esparciéndolos por el mundo, para ejemplo de los
-demás y gloria suya.
-
-La sociedad entera debía estar interesada en el acrecentamiento y en
-la propagación de los Belausteguigoitias y de sus narices.
-
-Este vizcaíno habló de las grandezas de su pueblo y de su familia de
-una manera tan exagerada, que provocó la réplica irónica del saludador,
-quien le dijo que no comprendía cómo estando tan bien en su casa podía
-dirigirse a Madrid, a pie, en busca de una _conveniensia_.
-
-El vizcaíno dijo orgullosamente que el saludador era un ignorante
-y un plebeyo, y el saludador le contestó que había conocido mucha
-gente fantasmona y vanidosa entre los vizcaínos; pero que nunca había
-encontrado uno tan vanidoso y tan fantasmón como él.
-
-Belausteguigoitia se dió por ofendido y no nos dirigió la palabra.
-
-Discutimos después el santero, el saludador y yo de varias cosas; los
-dos creían en el diablo como en un personaje que anduviera todos los
-días cruzándose en su camino, algo como un perro que se metiera entre
-las piernas.
-
---Si yo creyera tanto como ustedes en el diablo y en Dios--les dije--,
-dejaría al diablo que se explicara alguna vez, no fuera a tener razón.
-
-El santero dijo que no había oído nunca absurdo mayor; el saludador
-murmuró que quizá estaba yo en lo cierto.
-
-En Agreda quedó el saludador; y el vizcaíno de la _conveniensia_, el
-santero y yo seguimos en otro carro, camino de Almazán.
-
-El santero tenía que ir a Barahona a cobrar una parte de herencia. Nos
-invitó a ir con él, y fuimos el vizcaíno y yo. Yo estuve a ver, de
-lejos, el campo de las Brujas y un pueblo en ruinas que se llama Los
-Hoyos, en donde no quedaba mas que una casa en pie y al lado una horca.
-
-Por la noche fuimos a cenar a casa del cura del pueblo con el santero,
-y no sé por que me dió a mí la ocurrencia de decir que no era católico.
-
---¿No es usted católico?
-
---No.
-
---Tenemos un hereje en casa--murmuró el cura, dirigiéndose al ama.
-
-A la mujer le entró un temblor tal, que creí se le iban a caer los
-platos de la mano. No hacía mas que mirarme con gran curiosidad, para
-ver, sin duda, si se me veían los cuernos.
-
-Interrumpí la cena con un pretexto, y me marché a la posada, y por la
-noche vinieron el alcalde y el alguacil a buscarme. Estuvo el alcalde
-vacilando en prenderme; pero se decidió por mandarme salir del pueblo a
-la mañana siguiente.
-
-Desde entonces no volví a decir, ni en broma, que era protestante.
-
-Seguimos el vizcaíno de la _conveniensia_ y yo, a pie, nuestra marcha
-por Paredes y la Venta de Río Frío a entrar en Castilla la Nueva.
-
-Hacía mucho calor; pero estábamos en la segunda mitad de agosto, y por
-la noche refrescaba y se podía dormir.
-
-De vez en cuando encontrábamos arboledas, en las que solíamos
-descansar. En estos países donde el árbol escasea, toma tal valor, que
-un bosquecillo de chopos o de álamos parece un paraíso, una maravilla
-de la Naturaleza, algo divino y admirable.
-
-En Jadraque encontramos un carretero, con quien nos hicimos amigos, y
-en el carro de éste llegamos a Alcalá.
-
-Aquí me pareció lo mejor tomar la diligencia, y en la diligencia entré
-en Madrid.
-
-
-
-
- TERCERA PARTE
-
- DE MADRID A SEVILLA
-
-
-
-
- I
-
- LA CASA DE HUÉSPEDES
-
-
-LA llegada a las proximidades de Madrid en un día de verano, de sol,
-con la tierra desnuda, sin color por la claridad y el polvo, me pareció
-un tanto trágica y sombría. La puerta de Alcalá mitigó algo la triste
-impresión del paisaje que había recibido. Nos detuvimos a la entrada de
-la villa, y después subimos al galope por la calle de Alcalá y llegamos
-a la de las Huertas, hasta una administración de coches.
-
-Una chusma policíaca, cínica y desvergonzada, revolvió mi pequeño
-equipaje, y uno de ellos me dijo que tenía que tomar carta de seguridad.
-
-Fuí a cumplir este requisito y me instalé en una fonda muy mala de la
-calle de la Gorguera.
-
-La primera impresión de Madrid fué para mí confusa.
-
-Afortunadamente, como venía de pueblos abandonados, no me dió la
-sensación de pequeñez y de miseria que daba a otros extranjeros.
-
-Mi primer cuidado fué buscar un modo de vivir, pues no tenía mas que
-unas monedas de cobre por todo capital.
-
-Fuí al café de La Fontana de Oro, tomé un refresco y pregunté al mozo
-por el Gran Oriente Escocés. Me dió la dirección y me presenté en la
-logia masónica. Salió a recibirme un hermano con aspecto frailuno;
-me preguntó lo que sabía hacer, expuse yo mis conocimientos y dejé
-las señas de mi posada. Al día siguiente me enviaron una esquelita
-diciéndome que fuera al Museo de Historia Natural, en la calle de
-Alcalá, y que preguntara por el director.
-
-Fuí, efectivamente, y el director me dijo que podía tener trabajo
-durante algún tiempo, y que me pagarían cincuenta duros al mes. Me
-marché satisfecho y comencé a acudir todos los días al Museo. Pronto vi
-que allí no trabajaba nadie. El director tenía por costumbre no ir a la
-oficina, y los demás empleados hacían lo mismo.
-
-Después pude comprobar que esta era una costumbre de casi todos los
-centros oficiales de España.
-
-Como se veía en la precisión de pasar el mes entero sin cobrar un
-céntimo, fuí de nuevo a la logia y me hicieron un anticipo de veinte
-duros, que devolví puntualmente cuando me pagaron.
-
-En seguida que me encontré dueño de algún dinero, pagué la fonda y
-busqué una casa de huéspedes. Un empleado del Museo me recomendó a un
-oficinista amigo, que tomaba algunas personas en familia. Vivía este
-ciudadano en los barrios bajos, en la calle de la Encomienda, entre
-la de Embajadores y la de Mesón de Paredes; se llamaba don Nemesio
-Fernández de la Encina, y era escribiente en la Contaduría general
-de Valores, con poco sueldo. Su mujer, doña Mencía, patroneaba sus
-huéspedes, y con esto se ayudaba un poco.
-
-Don Nemesio y doña Mencía me mostraron un cuarto claro y bastante
-ancho, que me cederían; me explicaron con detalles lo que se comía en
-la casa, y me dijeron que me llevarían diez reales.
-
-Al principio se negaron a aceptar a Philonous; pero como yo dije que
-no quería desprenderme del perro, lo aceptaron, a condición de que lo
-llevara siempre conmigo y no lo tuviera en el cuarto mas que de noche.
-
-La casa del señor Fernández de la Encina era una casa vieja, a la que
-por una casualidad le daba el sol; tenía muchos cuartos, con un piso de
-baldosas rojas que se deshacían.
-
-No había en aquella casa ni una arista aplomada, ni un ángulo recto;
-todo parecía andar bailando, y muchas veces se me figuraba que los
-techos y las paredes iban a venirse al suelo.
-
-Al principio, la vida en casa del señor Fernández de la Encina me
-pareció un tanto monótona; pero me fuí acostumbrando hasta encontrarla
-bien.
-
-El señor Fernández era un poco petulante, y hablaba de su familia y de
-sus posesiones de Extremadura como un hidalgo venido a menos.
-
-Su mujer, doña Mencía, una señora de cara pálida y agria, se lamentaba
-siempre de la carestía de la vida, y tenía que explicarme lo que
-costaban cuantos manjares ponía en la mesa.
-
---Ya ve usted, don Juan--me decía--, este escabeche que está usted
-comiendo me ha costado dos reales. No sabe usted cómo está la plaza.
-
-Doña Mencía hablaba el castellano como un libro, con unos giros tan
-académicos y una cantidad tal de palabras, que me sorprendía.
-
-Los otros huéspedes de la casa eran un matrimonio que había venido de
-un pueblo de Andalucía.
-
-Los dos, muy viejecillos, tenían cierta gracia, por lo amartelados que
-estaban.
-
-De las hijas del señor de la Encina, la mayor era una solterona ya
-marchita y de mal genio, que hacía labores. La segunda, muy decidida,
-iba y venía y estaba siempre en la calle; y la pequeña, la Paquita,
-tenía afición a las cosas de la casa, administraba los caudales
-familiares e impulsaba a moverse a la criada, una asturiana que se
-dormía de pie, se olvidaba de todo y tiraba las salsas encima de los
-comensales.
-
-El hijo, el más joven de todos, era un diablo; estaba constantemente
-haciendo ruido, pegando a los gatos, y aspiraba a ser miliciano
-nacional.
-
-La madre y las niñas se pasaban la mitad de la vida cosiendo en el
-balcón, debajo de una cortina de lona. Tenían allí algunos tiestos con
-geranios y claveles, y para ellas el balconcito éste era un Versalles.
-
-Enfrente, en la vecindad, vivían unos muchachos, y solían pasarse los
-vecinos cestitas con caramelos y con cartas.
-
-La hija menor, la Paquita, solía bromear conmigo y me preguntaba si
-tenía novia en Inglaterra. Yo le contestaba contándole mentiras, y ella
-me decía:
-
---¡Ay, don Juan, don Juan! Es usted un pillo.
-
-En el piso bajo de la casa trabajaba un sillero, picado de viruelas,
-que se llamaba Deogracias y que tocaba la guitarra; en su tenducho se
-reunía una tertulia de milicianos.
-
-Allí solía oír contar lo que ocurría en Madrid.
-
-Los sábados, el Deogracias y su hijo salían al portal, el uno con la
-guitarra y el otro con la bandurria, y tocaban ellos y bailaban las
-chicas de la vecindad.
-
-La Paquita, la niña pequeña de doña Mencía, bailaba con mucha gracia el
-bolero.
-
---Es muy bonita mi niña; ¿no es verdad, señor inglés?--me decía su
-madre.
-
---Ya lo creo.
-
-Todos los muchachos de la vecindad andaban tras ella, y los domingos,
-después de misa mayor, aparecían en la calle tres o cuatro lechuguinos
-con aire de Tenorio.
-
-
-
-
- II
-
- DIGRESIONES SOBRE EL PAÍS
-
-
-EN la sillería de Deogracias, como en el taller del Museo de Historia
-Natural, como en la mesa de La Fontana de Oro, adonde solía ir de
-cuando en cuando por la noche, no se hacía mas que discutir de
-política. Quizá no se razonaba gran cosa; pero se ponía en las
-discusiones mucho fuego y apasionamiento.
-
-El presenciar estos altercados me dió la idea de que España perdía por
-completo su antigua homogeneidad. El país no podía transformarse en
-bloque y se escindía violentamente. El Gobierno revolucionario había
-dado una carrera en una senda obscura y estaba ya perdido, sin poder
-orientarse. Su empujón había desgarrado más el espíritu del país y no
-era posible ya un zurcido. La clase pobre en Madrid seguía su vida a la
-antigua, en sus callejuelas estrechas y sórdidas, y tenía sus majos y
-sus majas, sus manolas, sus toreros, sus bravucones, sus menestrales,
-que empeñaban el colchón para ir a los toros; sus maestros zapateros y
-herreros, que trabajaban en un portalillo o en la calle; sus aguadores,
-sus rateros, sus mozas de partido, sus ciegos que tocaban la guitarra
-en los rincones...
-
-La clase directora quería transformar esto rápidamente, y como no
-podía, se quejaba del pueblo.
-
-Les pasaba lo que a algunos extranjeros que habían venido a España
-creyendo que la Revolución iba a cambiar el país en un momento.
-
---Esto no es Europa--solían decir, y hablaban de París, de Londres, de
-Bruselas.
-
-Los tales franceses e ingleses suponían que no hay mas que un figurín
-para vestir a los pueblos y un modo, uno e indivisible, de hacer su
-dicha.
-
-Esto, por lo menos, no está probado. Yo, por mi parte, creo que cada
-cual debe buscar la felicidad a su manera; cada cual bebe en la fuente
-de la vida cuando puede y como puede.
-
-Mucha gente cree que no hay mas que una felicidad para el individuo:
-ser rico, respetable, etc., etc.; pero hay hombres que son felices
-contemplando un paisaje, otros interviniendo en una intriga, otros
-pensando exclusivamente en las mujeres, otros trabajando en un
-laboratorio, otros mirando un campo verde. La vida de cada uno tiene
-sus directrices. El poder seguirlas lo más exactamente posible es el
-sentirse bien, y lo mismo pasa en los pueblos. Claro que esto no se
-puede conseguir fácilmente; pero, ¿por qué hemos de creer que no hay
-para el hombre mas que una clase de felicidad? ¿Por qué hay que pensar
-que únicamente el voto y el sistema parlamentario y lo que llaman la
-democracia es la felicidad y el progreso de los pueblos?
-
-Algunos dicen que para saber si las cosas son buenas no hay mas que
-confrontarlas con la realidad. ¿Pero cuál es la realidad?
-
-Hay mucha gente que cree que la realidad es sólo lo tangible, como si
-el tacto fuera un sentido de exactitud matemática. Tan realidad es
-una piedra como una nube; no hay más diferencia que a la piedra se le
-siente con el tacto y con los ojos, y a la nube sólo con los ojos. En
-la Naturaleza misma no es fácil distinguir la realidad. Y si en la
-Naturaleza no es fácil distinguir la realidad, ¿cómo se va a distinguir
-en los hechos sociales?
-
-Cuando yo discutía con mis amigos de Madrid de política y de filosofía
-me tenían por un perturbador.
-
---Nuestras conclusiones están demostradas; son definitivas--afirmaban
-ellos.
-
-Es notable el afán de los políticos de concluír, de no dejar nada que
-hacer a los que vengan detrás.
-
-Esto es lo definitivo, lo verdadero, lo inatacable--dicen los de los
-ojos miopes, y lo creen cándidamente.
-
-¿Qué sabemos nosotros qué es lo definitivo y lo que no lo es? ¿No va
-rodando la verdad por el mundo y cambiando de aspecto de época en
-época? Más definitivo que la democracia y el parlamentarismo pareció
-en su tiempo Júpiter con su cortejo de dioses, y se vino abajo; más
-definitivo ha parecido Jehová, y ya se retira entre bastidores con su
-cortejo de profetas de barba negra y de nariz de loro; tan verdadero
-como el sistema de Copérnico se creyó el de Hiparco, corregido por
-Ptolomeo...
-
-¡Qué imprudencia más ridícula hablar de lo definitivo! ¡Qué ganas de
-cerrar puertas que han de abrir los que vengan detrás!
-
-Por eso yo le suelo decir constantemente a Philonous:
-
---Amigo can. Dejemos las conclusiones para los imbéciles.
-
-
-
-
- III
-
- SALIDA DE MADRID
-
-
-EL ambiente de Madrid, de broma y de vida picaresca, me cogió a mí
-de lleno. Vi que no se trabajaba apenas en el taller del Museo y que
-nadie tomaba aquello en serio, e hice como los demás: ir cada vez más
-tarde, y acabar por no aparecer. Algunos amigos masones me dijeron
-que mientras ellos siguieran en el mando disfrutaría del sueldo con
-seguridad; pero que cuando salieran del Poder no duraría mi empleo más
-que una semana a lo sumo.
-
-Escribí a Will Tick diciéndole lo que había hecho en mi viaje, y me
-contestó una larga carta; me contaba que le habían nombrado secretario
-de una sociedad de filohelenos de Londres, y que él, a su vez, me
-había nombrado agente de esta sociedad en España. Añadía que para
-junio me girarían una cantidad a Sevilla con el objeto de que comprara
-armas y las llevara a Gibraltar, y me indicaba que si yo conocía
-algunas personas simpatizadoras del movimiento libertador de Grecia
-iniciara una suscripción y me quedase con los cuartos. Pensé que si
-no encontraba otro recurso acudiría a éste, preparándome de antemano
-alguna máxima jesuítica y una gruesa de reservas mentales.
-
-Mientrastanto, ya sin ocuparme de mi destino mas que para cobrar,
-comenzaba a tomarle gusto a Madrid: formaba corrillos con los
-liberales y los serviles, oía las letanías de los ciegos e iba a
-la vuelta de los toros a ver las manolas en los calesines y a los
-picadores con los monosabios en las ancas de los caballos.
-
-Una persona con quien solía reunirme casi todos los días era un tal
-Patricio Moore, ex fraile español, de origen irlandés, exaltado y
-afiliado al carbonarismo.
-
-Con él andaban dos italianos de aire muy misterioso, con los bigotes
-erizados, y un cómico, hombre de ciertas condiciones geniales en su
-oficio, pero que abusaba del alcohol e iba enronqueciendo por momentos.
-
-Todos ellos eran republicanos y vivían en una exaltación perpetua,
-hablando y perorando constantemente. Yo me encontraba con ellos
-casi siempre en desacuerdo y me parecían proyectos utópicos los que
-ellos consideraban realizables, y al contrario. Una de las cosas que
-se discutía a todas horas entre ellos era si debía haber una o dos
-Cámaras representativas. Parecía imposible que una cuestión así pudiera
-apasionar a la gente. Claro que al pueblo esto le tenía sin cuidado;
-pero ellos suponían que el pueblo era una entidad que habían inventado
-y que servía para realizar las más estúpidas de las utopías.
-
-No comprendían estos reformadores que se encontraban en España en una
-minoría insignificante, porque no sólo en el campo, en donde todos eran
-realistas, sino en Madrid mismo, no estaban los liberales con relación
-a los serviles en proporción de uno a diez.
-
-Patricio Moore y sus amigos me tachaban de poco afecto al nuevo
-régimen y de que miraba las cosas serias con indiferencia. Yo no
-podía entusiasmarme en el mismo grado que ellos ni llegar a la pasión
-ardiente por una cuestión de palabras.
-
-Cuando los soldados del duque de Angulema se presentaron en la
-frontera, la expectación pública se hizo enorme: algunos creían que si
-entraban los franceses volvería una época como la de la Independencia;
-pero la mayoría de la gente veía que los momentos eran distintos.
-
-En la tertulia de Deogracias, el sillero de la calle de la Encomienda,
-explicó un criado del conde de Montijo cómo su amo estaba trabajando
-por el partido que llamaban de los anilleros o moderados, y cómo
-estaban de acuerdo los generales O'Donnell, Ballesteros, Morillo y los
-amigos de Martínez Rosa en intentar el cambio de la Constitución.
-
-Este mismo criado de Montijo, liberal acérrimo, nos contó una escena
-que ocurrió en el palacio del conde, en la plazuela del Angel, entre
-Montijo y el Empecinado.
-
-Montijo había convidado a comer a D. Juan Martín y a su ayudante
-Aviraneta y les esperó en compañía de una muchacha, querida suya.
-Se sentaron los cuatro a la mesa y hablaron de cosas indiferentes.
-Cuando acabaron de tomar el café, Montijo invitó al Empecinado a
-pasar a su gabinete. El ayudante quedó solo con la muchacha y comenzó
-a galantearla; ella se reía. En esto se oyó un estrépito de voces;
-la muchacha llamó al criado, se forzó la puerta del gabinete y se
-vió al conde de Montijo debajo de una mesa gritando y al Empecinado
-amenazándole con el bastón en la mano. La muchacha empezó a chillar;
-pero el conde le tapó la boca, y el Empecinado y su ayudante se
-fueron. Uno de los criados había visto y oído lo ocurrido. El conde
-había tratado de convencer al Empecinado de que era necesario cambiar
-de Gobierno y acabar con la Constitución; después le había intentado
-sobornar, y en vista de la frialdad del guerrillero le dijo con cólera:
-«Es usted un bruto, incapaz de sacramentos». Entonces el Empecinado,
-enfurecido, le dió tal bofetón al conde que le tiró al suelo, y
-enarbolando el bastón intentó pegarle.
-
-El criado que nos contó esto nos dió tantos detalles, que no nos dejó
-duda alguna de que la escena era cierta.
-
-Al entrar los franceses en España, la cólera de unos y el desaliento de
-los otros se acentuó.
-
-Por esta época hubo un cambio de ministerio y me dijeron en el Museo
-que habían suprimido mi plaza y que estaba de más.
-
-Tenía guardado algún dinero, y como no me convenía esperar, me decidí a
-marcharme a Sevilla sin tardanza. Hice mi maleta, y con mis documentos
-en regla y una recomendación eficaz para la logia masónica del Oriente
-Escocés, dispuse el viaje.
-
-Me despedí del señor Fernández de la Encina y familia, que me dijeron
-que me quedara con ellos hasta encontrar trabajo, y tomé la diligencia.
-
-Quise llevar conmigo a Philonous, pero el perro se opuso. Al subir yo
-al coche se me quedó mirando como diciendo; Esto no es lo pactado entre
-nosotros; y dando una vuelta, se fué.
-
-Le dediqué un recuerdo sentimental y seguí adelante.
-
-En el camino tuvimos un ligero tropiezo con una partida de realistas
-que mandaba un sacristán, lugarteniente de Palillos.
-
-Entre Andújar y Carmona se habló constantemente, en la diligencia, del
-peligro de encontrar partidas de bandoleros; pero no las encontramos, y
-llegamos con toda felicidad a Sevilla.
-
-
-
-
- IV
-
- DE SEVILLA A LA CÁRCEL DE SANLÚCAR
-
-
-LLEGUÉ a Sevilla con bastante dinero para esperar un mes. Era ya
-verano; hacía un calor respetable.
-
-Acudí a la logia masónica, donde trabé algunos conocimientos, y estuve
-en casa de un banquero representante de Beltrán de Lis, el cual me dijo
-que en seguida que recibiera el aviso de los filohelenos de Londres me
-pagaría.
-
-Este banquero me presentó a varias personas, entre ellas a una inglesa
-viuda, la señora Landon, y a su sobrina Mercedes.
-
-El tiempo que estuve en Sevilla lo pasé bien. A pesar de las trifulcas
-políticas, la vida era allí alegre. Se bailaba en todas partes; y yo,
-siguiendo el ejemplo de otros señores, fuí a una academia de baile que
-dirigía un hidalgo apellidado Alvarez de Acuña. Alvarez de Acuña era
-una de las personas más serias de la Península. Pocos hombres ponen
-tan buena fe en su sacerdocio. El daba a la ciencia del baile todo lo
-necesario, y cada pirueta suya tenía la estabilidad de un axioma y la
-transcendencia de un dogma.
-
-Alvarez de Acuña era un hombrecito pequeño y canoso, con una cara tan
-movible que parecía de goma. Exageraba la gesticulación de tal modo,
-que yo me figuraba si haría gimnasia con la cara. Vestía con una
-pulcritud excesiva y tenía la costumbre de taparse la boca con la mano
-derecha, como considerando cínico el mostrar una mella de su dentadura.
-
-En la academia de Alvarez de Acuña conocí a mucha gente joven; se
-supuso, no sé por qué, que yo era hombre rico, y aunque afirmé
-repetidas veces que no, no se me creyó.
-
-Mientras yo me divertía, los asuntos de España iban de mal en peor;
-los franceses ocuparon Madrid, y presencié su entrada en Sevilla y el
-alboroto que armaron la gente de Triana y los gitanos en contra de los
-liberales y a favor de Fernando VII.
-
-Una día de agosto recibí una carta de Will Tick en la que me decía
-que fuese a Cádiz y esperara allí un brick-barca que vendría con un
-cargamento de fusiles para Missolonghi.
-
-Todo el mundo me dijo que por tierra sería muy difícil llegar a Cádiz,
-y que me prenderían.
-
-Tomé en Triana un barquito de vapor que se llamaba el _Guadalquivir_, y
-bajando el río llegué hasta Bonanza. Desembarqué y fuí a hospedarme a
-un fonducho lleno de oficiales franceses.
-
-Iba a salir inmediatamente, cuando el dueño de la fonda me recomendó no
-saliera.
-
---Pues ¿qué pasa?--pregunté.
-
---Pasa, que la playa de Sanlúcar está llena de ladrones y bandidos y al
-extranjero que lo pescan lo cosen a puñaladas.
-
---¿No hay vigilancia?
-
---Sí; andan rondando patrullas francesas de caballería, infantería y
-gendarmes.
-
---Pues yo necesito trasladarme a Sanlúcar para ir a Cádiz.
-
---Le será a usted imposible.
-
---¿Por qué?
-
---Porque todos los barcos de estos puertos y los vapores del
-Guadalquivir están embargados por las autoridades francesas para llevar
-municiones al Puerto de Santa María.
-
---¿Y qué se dice de la guerra?
-
---La gente dice que Cádiz resistirá ya muy poco.
-
-Me acosté sin resolver el plan de viaje. Dormí profundamente, y a la
-mañana siguiente me encontré sorprendido al ver que entraban en mi
-cuarto un sargento y cuatro soldados realistas. Venían a prenderme.
-
---¡Esto es una equivocación!--exclamé yo--. Yo soy una persona pacífica.
-
---Sí, será cierto--me replicó el sargento--; pero tenemos la orden de
-conducirle a usted preso a Sanlúcar de Barrameda.
-
-Pensé si me habría denunciado el fondista; aunque éste me juró que no
-había hablado a nadie de mi presencia allí.
-
-Pagué la fonda, tomé un calesín para preservarme del sol de fuego
-que caía, y al paso, y escoltado por los cuatro soldados, salimos de
-Bonanza.
-
-El sargento de realistas subió conmigo en el calesín y fuimos hablando.
-Me contó que era bodeguero y cachicán de un rico propietario de
-Sanlúcar que estaba en Cádiz con los liberales, y que él había tomado
-el partido de inscribirse en la Milicia realista para defender los
-intereses de su amo contra la barbarie de los absolutistas, que estaban
-fanatizados por algunos frailes y clérigos furibundos.
-
-Llegamos al pueblo de Sanlúcar, y entre grupos de campesinos y de
-soldados franceses nos acercamos a casa del comandante de voluntarios
-realistas.
-
-Entramos en una sala de estas de los pueblos españoles, llenas de
-cortinas, que tienen aire de capillitas, y me llevaron a la presencia
-del comandante, que estaba en compañía de un cura.
-
-El comandante era un hombre rechoncho, de unos cincuenta años, con
-los ojos chiquitos y negros, la cara muy carnosa y roja y una levita
-entallada. Le saludé y comenzó a interrogarme.
-
-Conferenciaron después el clérigo y el comandante y me dijeron que
-tenía que ir a la cárcel pública.
-
-Protesté, pero fué inútil.
-
-Salí en compañía del sargento; tomamos de nuevo el calesín y bajamos
-delante de la cárcel, en una plaza cuadrada. El sargento dió dos
-aldabonazos, abrió un soldado un rastrillo, y pasamos adentro por un
-corredor hasta otra puerta. Se volvió a llamar: se descorrieron varios
-cerrojos; giró un postigo, y un hombre viejo y seco, con una gorrilla
-en la cabeza, me hizo pasar a una cuadra grande, donde había unos cien
-hombres; unos sentados, otros tendidos, unos charlando y otros fumando.
-
-Saludé a derecha e izquierda, sonriendo amablemente, y me retiré a un
-rincón.
-
---Es un francés--decían unos.
-
---No; es un inglés.
-
-En esto dos hombres ennegrecidos y malencarados se abanlanzaron a mí, y
-cogiéndome uno de ellos de la barbilla me dijo:
-
---Oiga uzté, inglé. Ya zabe la obligasión de loz novatoz.
-
---No sé nada. ¿Qué obligación es?
-
---Apoquine uzté aquí la mitá del dinero que yeva y haga cuenta que noz
-ha entendío.
-
---¿Yo? ¡Ca!--exclamé.
-
---Vamoz, cabayero, zuelte uzté el dinero--dijo el otro con sorna--, que
-en nuestraz manoz eztará máz zeguro, porque aquí hay mucha gente perdía
-y ze lo podrían robar.
-
-Volví yo a agitar la cabeza con energía en señal de negación, y uno de
-los matones, metiéndome la mano en el bolsillo, me sacó el pañuelo.
-
-Le agarré yo inmediatamente de la chaqueta, y como le tenía sujeto
-y él quería escaparse, se desgarró la chaqueta hasta el hombro. El
-matón, al ver la prenda de vestir rota, dijo que la estimaba más que
-a su propia piel y que aquella ofensa no se podía lavar mas que con
-sangre. Efectivamente, abrió la navaja; pero yo, con una rapidez
-extraordinaria, le agarré de la muñeca y se la estrujé con tal fuerza
-que tuvo que soltar el arma, dando unos chillidos que creí que le había
-roto el brazo.
-
-El otro matón se me acercó de lado, con la navaja escondida en la
-manga; pero acerté a darle una patada tan definitiva en la parte más
-redonda de su individuo, que le dejé en potencia propincua para hacer,
-a estilo de Fielding, una luminosa disertación acerca de los puntapiés
-en el trasero.
-
-Después de la batalla recogí la navaja del primer matón, que era una
-navaja realista, pues en la hoja, a un lado, ponía: «Muero por mi rey»,
-y, en el otro: «Peleo a gusto matando negros».
-
-La riña mía había producido un tremendo estrépito entre los presos;
-unos estaban a mi favor, otros en contra. Se gritaba y se chillaba con
-exageraciones y frases cómicas que se lanzaban unos a otros.
-
---Que traigan el zanto óleo para ezte zeñó, porque lo voy a
-matar--decía uno.
-
---Encomiéndeze uzté a Dioz--gritaba otro.
-
-En esto entraron los calaboceros repartiendo estacazos a diestro y
-siniestro, seguidos del alcaide. El alcaide prendió a los dos matones y
-me interrogó. Era un hombre tuerto, alto, seco, membrudo y malencarado.
-
-Le conté lo que había ocurrido y decidió sacarme de aquella cuadra y
-llevarme a la alcaidía.
-
-
-
-
- V
-
- NIEVES LA ALCAIDESA
-
-
-EN compañía del tuerto salí de la cuadra, recorrí un largo pasillo,
-subimos una escalera de madera y entramos en una hermosa casa. Era la
-alcaidía. En una salita, cosiendo, había una mujer. El tuerto me dijo
-que era su señora. Se llamaba Nieves.
-
-Era la Nieves una mujer soberbia, de unos treinta años, morena, de
-tipo árabe, los ojos negros, rasgados, el pelo de ébano, los dientes
-deslumbrantes y la boca pequeña. Había nacido en Ceuta.
-
-Explicó el tuerto a su mujer lo que me había pasado. Nos sentamos.
-Luego el tuerto habló largo rato. Era un aventurero. Había sido
-sargento de artillería en Orán y vivido mucho tiempo entre los moros.
-
-El alcaide, después de contarme largas historias muy interesantes, dijo
-a su mujer que me arreglara dos comidas al día, me pusiera una cama y
-me llevara lo que bien le pareciera. Dicho esto, el hombre se marchó y
-nos quedamos la alcaidesa y yo solos.
-
-Me preguntó quién era y por qué me habían metido en la cárcel, y se lo
-conté. Estuvimos charlando amablemente largo rato.
-
-Por la noche, antes de la hora de cenar, vino el tuerto y me dijo que
-el comandante de los voluntarios realistas, el amo del pueblo en aquel
-momento, había sabido mi riña en la cárcel con los matones, lo que
-le hizo mucha gracia, y añadió que podía estar yo en la alcaidía con
-tranquilidad hasta que se enviara la remesa de presos a Sevilla, y que
-me autorizaba para salir a pasear por la ciudad con una persona de
-confianza.
-
---Bueno; entonses zaldrá conmigo--dijo la Nieves--. ¿Eh, qué parese
-inglé?
-
---Yo encantado. Si su marido lo permite.
-
---Nada, nada; aquí mando yo.
-
-Se marchó el tuerto y quedé solo con la alcaidesa y la criada.
-
-Pusieron la mesa y dos cubiertos.
-
---¿Su marido de usted no come con nosotros?--pregunté.
-
---No; él come zolo y yo también.
-
-Me sirvió la sopa, un puchero con garbanzos y jamón, y un buen trozo
-de carne, un plato de verdura, luego una perdiz asada, después pescado
-frito, aceitunas en abundancia, todo esto regado con vino de Manzanilla
-de Sanlúcar y tinto de Rota.
-
-Yo comí como un bárbaro, y algo arrepentido le dije a la alcaidesa:
-
---He comido como un príncipe, como un príncipe hambriento; pero temo no
-poder estar aquí mucho tiempo, porque esto debe costar mucho.
-
---Te yevaré trez pezetaz al día--dijo la Nieves, que se había empeñado
-en hablarme de tú.
-
---¿Tres pesetas?
-
---Zí.
-
---¡Pero se va usted a arruinar!
-
---Ezo a ti no te importa. Ahora me voy a veztir y noz vamoz al café.
-
-Esperé un momento, y poco después se presentó la Nieves muy peinada,
-con grandes rizos, vestida de negro, con mantilla de casco y una rosa
-roja en la mata negra del pelo.
-
---¿Eztoy bien azí?--me dijo.
-
---Como la mismísima diosa Venus.
-
---Bueno, bueno; pocaz bromaz, que tengo mal genio.
-
---Pues no sabe usted lo que a mí me gustan las mujeres de mal genio,
-patrona--le dije yo.
-
---Vamoz, sosón, ¡zangre gorda! Arréglate.
-
-La alcaidesa me miró, me arregló la corbata y se echó a reír.
-
-Cruzamos unas calles, salimos a la plaza de la Constitución, que ya era
-de la ex Constitución, y entramos en un café lleno de gente.
-
-La Nieves y yo llamamos la atención de todos los espectadores; las
-mujeres hablaban de mí; aseguraban que era un inglés millonario y
-liberal; los franceses se entusiasmaban con la gracia y el garbo de la
-Nieves.
-
---¡Oh, quelle belle fille!--se les oía decir--. ¡C'est un vrai tipe
-d'andalouse! Voilà una véritable manola.
-
-Salimos del café y estuvimos paseando por la plaza.
-
-Había muchas chicas bonitas, de ojos negros y vivos, en el paseo. Este
-cantar que oí por entonces me pareció muy legitimado:
-
- Para alcarrazas, Chiclana;
- para trigo, Trebujena,
- y para niñas bonitas,
- Sanlúcar de Barrameda.
-
-A las once de la noche mi patrona se cansó de pasear y nos volvimos a
-la cárcel.
-
-
-
-
- VI
-
- LAS RECOMENDACIONES
-
-
-AQUELLA noche me acosté en una hermosa cama y dormí hasta las ocho.
-Poco después la Nieves abrió la ventana y me trajo un vaso de leche
-azucarada, con una torta, y me dijo que la tomase bien caliente y que
-no me levantase hasta las diez.
-
---Señora--le dije--: me trata usted demasiado bien; yo debo ser quien
-tenga el honor de servir a usted.
-
---A mí no me llamez zeñora. Erez un tonto, inglé.
-
---Sí; pero soy un tonto bien cuidado.
-
-Me levanté de la cama y me vestí.
-
---Ahora vamoz a zalir--dijo ella.
-
---Bueno.
-
-Salimos a la calle y fuimos a la parroquia.
-
---Le advierto a usted que soy protestante--le dije, para ver qué
-contestaba.
-
---¿Qué me cuentaz con ezo?--exclamó ella con desgarro--. ¿Que erez
-hereje? Pues hijo mío, dilo en alta vo y te llevarán al palo.
-
-Yo quise convencerla seriamente de que todo el mundo tiene derecho a
-profesar sus ideas religiosas; pero no me hizo caso y fué necesario
-oír misa, tomar agua bendita y hasta darse golpes de pecho como un
-verdadero papista.
-
-Al salir de la iglesia me dijo:
-
---Ahora vamoz a ve a mi comadre, que ez prima del comandante de
-voluntarioz realiztaz, a ver si hase algo por ti.
-
---Vamos donde usted quiera.
-
-La comadre era una mujerona morenaza y atrevida.
-
---¿De dónde haz zacado a ezte inglezote?--le dijo a mi patrona, al
-verme.
-
-La Nieves le contó lo que me había pasado; dijo que yo era un inocente
-completo y que quería que ella hablase al comandante de realistas para
-que no hicieran una charranada conmigo.
-
-La comadre dijo que haría lo que pudiese; pero que la Nieves debía
-hablar también al primo de una amiga del ama del cura que era consejero
-del comandante.
-
-Por la conversación resultaba que no se hacía absolutamente nada en el
-pueblo mas que por recomendaciones.
-
-Esta red de influencias y de manejos maquiavélicos lo tenía todo minado.
-
-Era imposible que hubiese así la más ligera sombra de justicia en el
-pueblo.
-
-Después de la visita a la comadre de la Nieves volvimos a la cárcel.
-
-Estuve seis días en la alcaidía. Para no quedar torpe con la
-inmovilidad y la buena alimentación me dedicaba a hacer gimnasia; luego
-hablaba con mi patrona.
-
-La Nieves llevaba y traía a su marido como a un cordero; ella vestía
-los pantalones en la casa, y, según las malas lenguas, empleaba de
-cuando en cuando y con gran eficacia una vara de fresno, con la cual
-devolvía la razón a su marido, que la perdía en la taberna, por lo
-menos una vez por semana.
-
-Por lo que me dijeron, esta costumbre la inauguró una noche que el
-tuerto, de mal humor, quiso emplear con su mujer el mismo procedimiento
-que empleaba con los presos; es decir, el del garrote; pero ella se lo
-quitó a tiempo y le supo administrar tal paliza que el tuerto quedó
-convencido para siempre de la superioridad de su mujer.
-
-
-
-
- VII
-
- EN EL CAMINO
-
-
-A los seis días de vivir en casa de la Nieves la comadre suya me avisó
-que a la mañana siguiente iban a trasladar a los presos a Sevilla; yo
-iría a caballo con el sargento.
-
-Efectivamente; antes de la siete se presentó la escolta a la puerta de
-la cárcel. Sacaron de ella unos ochenta presos, cincuenta milicianos y
-soldados prisioneros del Trocadero, y el resto, de delitos comunes.
-
-El comandante de realistas y la comadre de la alcaidesa vinieron a
-saludarme, y la Nieves me abrazó casi llorando.
-
-Subí a mi caballo, y al lado del sargento, que montaba una linda jaca
-cordobesa, salimos del pueblo.
-
-Llegamos a las tres horas a una venta del camino entre Sanlúcar y
-Trebujena y se detuvo nuestra comitiva. A los presos de delitos comunes
-se les metió en un corral, debajo de un cobertizo; a los políticos se
-les llevó a una cuadra, y nosotros, el sargento y yo, quedamos en el
-ventorro.
-
-Entramos en la cocina, que era enorme, y hablamos con la ventera. Nos
-dijo que si no queríamos esperar podía darnos al momento una sopa,
-un puchero, una cazuela de arroz con conejo, un plato de callos y
-ensalada.
-
---¿Qué le parece a usted?--me preguntó el sargento.
-
---Que luego es tarde, como decía mi patrona.
-
-Nos sentamos en una mesita pequeña, dispuestos a comer, cuando estalló
-un gran escándalo en el zaguán; salimos a ver qué pasaba y vimos a un
-grupo de oficiales franceses acompañados por una pequeña escolta.
-
-Hablaban de una manera tan despótica y tan desagradable, que para
-cortar las explicaciones salí yo al portal y me ofrecí a servirles de
-intérprete y de amistoso componedor.
-
-Los franceses querían habitaciones para dos jefes; el ventero se las
-pudo proporcionar.
-
-Arreglada la cosa comimos el sargento y yo en paz en un rincón de la
-cocina.
-
-Habíamos dado buena cuenta de la sopa, del cocido y del arroz con
-conejo, e íbamos a comenzar con los callos cuando me acordé de los
-presos liberales que venían con nosotros, y dije:
-
---¿Habrá comido esa pobre gente?
-
---Sí, algo tendrán.
-
---¿Quiénes son estos presos políticos?
-
---Son catalanes--me dijo el sargento--que estaban en el ejército de
-Cádiz. Parece que hicieron una salida de la isla a los pinares de
-Chiclana y se vieron rodeados por los franceses. Quisieron resistir,
-pero la mitad de ellos murieron, y los demás quedaron prisioneros con
-el teniente.
-
---Bueno; vamos a llevarles esta fuente de callos. Les compraré unos
-panes y unas botellas de vino.--Lo hice así; entramos en una tejavana,
-y hablé yo con el teniente catalán, quien me confesó que tenía un
-hambre que se le nublaba la vista, y que nuestra aparición en el corral
-con la fuente de callos y los panes le había parecido más sublime que
-todas las apariciones celestes.
-
-A las dos horas de llegar a la venta el sargento dió la orden de marcha
-y nos formamos todos.
-
-Uno de los militares franceses, comandante de la gendarmería real,
-estaba en el balcón de la posada.
-
---¿Es que es usted el jefe de esta canalla de soldados de la Fe?--me
-preguntó en francés, de una manera incisiva y seca.
-
---Esta canalla se ha formado gracias a la protección y a los cuidados
-de ustedes los franceses--le dije, inclinándome.
-
---Ya lo sé. Es una vergüenza para la Francia. ¿En calidad de qué va
-usted con esa tropa?
-
---Voy como prisionero a que me identifiquen en Sevilla.
-
-El comandante me dió su nombre y sus señas, ofreciéndose por si me
-podía ser útil en algo, y echamos a andar.
-
---¿Qué le ha dicho a usted ese franchute?--me preguntó el sargento.
-
---Me ha preguntado por qué iba en la comitiva.
-
---¡Qué gente! Se tienen que meter en todo; ya se creen otra vez los
-amos de España.
-
-Al salir del camino de Trebujena y desembocar en la carretera que va
-de Jerez de la Frontera a Lebrija, se acercó a nosotros un escuadrón
-de caballería española. Iban diez o doce jefes, entre ellos un edecán
-francés, escoltando a un general.
-
-El general era un hombre ya viejo, de cara correcta, patillas blancas,
-ojos claros y aspecto malhumorado.
-
-Uno de los jefes del escuadrón se paró a preguntar al sargento quién
-era yo, y el sargento preguntó a su vez a un soldado quién era el
-general que escoltaban, a lo que contestó diciendo que era don
-Francisco Ballesteros, un militar de los liberales exaltados que
-acababa de capitular de una manera más que sospechosa.
-
-Al anochecer llegamos a Lebrija, y el sargento y yo fuimos enviados a
-casa de un labrador rico, de ideas liberales, que nos trató muy bien.
-
-
-
-
- CUARTA PARTE
-
- PRISIONERO
-
-
-
-
- I
-
- EL SALÓN DE CORTES
-
-
-EL día 27 de septiembre de 1823, a las once de la mañana, llegábamos
-los presos a la capital de Andalucía y hacíamos nuestra entrada
-triunfal en medio de gritos y mueras y de alguno que otro tomate
-podrido o troncho de berza con que nos obsequiaba el pueblo soberano.
-
-Fuimos todos a parar a la subdelegación de policía.
-
-El subdelegado estaba en Alcalá de Guadaira, y nos recibió su
-secretario.
-
-Interrogó al sargento rápidamente y mandó que llevaran a los presos por
-delitos comunes a la cárcel, a los soldados catalanes a la comandancia
-militar, y a mí al Salón de Cortes.
-
-El sargento distribuyó su fuerza y me envió con un soldado a mi
-destino. Aquel Salón de Cortes era un antiguo cuartel de artillería,
-que antes había sido colegio de jesuítas. Me recibió el alcaide, un
-andaluz de unos sesenta años, a quien llamaban el señor Pepe, hombre
-que para dar mayor brillo a su figura vestía un frac viejo y un
-sombrero de copa.
-
---¿Ez uzté inglé?--me dijo.
-
---Sí, señor.
-
---No zé zi estará uzté bien aquí, porque loz ingleze zon muy amigoz de
-comodidadez; pero véngaze al zalón, y ayí ze encontrará entre cabayeroz.
-
-Entré en el salón, y fuí muy bien acogido por aquellos señores
-liberales presos.
-
-El señor Pepe, el alcaide, me alquiló dos colchones y una almohada, y
-buscando sitio para hacer mi nido encontré una pequeña tribuna vacante,
-donde me instalé.
-
-Poco después del mediodía, los presos se disponían a comer en las
-mesas, formando grupos. Como yo no pertenecía a ninguno de ellos, me
-senté por separado en un banco y me preparé a comer un poco de pescado
-frito y pan, que me vendió el alcaide por seis reales.
-
-Los de la mesa inmediata me instaron a que me reuniese con ellos;
-les di las gracias, diciendo que no tenía ganas; pero dos señores se
-levantaron, me agarraron, me pusieron de pie y me obligaron a sentarme
-a su lado.
-
-Comimos admirablemente, y algunos de aquellos sevillanos me dieron
-broma por mi falta de apetito.
-
---Un muchacho como éste, como un castillo, y además inglés--decía un
-viejo--, se traga todo lo que le pongan.
-
-Después de comer y de tomar café se quitaron las mesas, y unos se
-pusieron a fumar sentados en las sillas, y otros a pasear por la
-antigua iglesia, como si estuvieran en una plazoleta.
-
-Hubo discusiones violentas, interrumpidas por chistes; luego un
-señor se subió en una silla y echó un discurso muy retórico que fué
-estrepitosamente aplaudido.
-
-Aquello me daba una impresión un poco rara: no se podía comprender si
-iba en serio o en broma.
-
-La mayor parte de los presos eran caballeros y ricos propietarios de
-Sevilla.
-
-Se pasó la tarde así, y al anochecer comenzaron a entrar en el salón
-las familias, los parientes y amigos de los presos.
-
-A la hora estaba llena la antigua capilla. Se encendieron las lámparas,
-se pusieron mesas de juego y el salón se convirtió en un gran café.
-
-Asistieron también muchos oficiales de artillería y algunos jefes de la
-guarnición.
-
-Yo me paseé con un coronel llamado Rosales y un canónigo grueso que
-estaba detenido como liberal: el canónigo Molinedo.
-
-El coronel Rosales y el canónigo dijeron que las noticias de Cádiz eran
-muy malas y que el Gobierno constitucional había hecho proposiciones de
-paz a los franceses.
-
-A las once se dió la orden de evacuar el salón por las familias y gente
-extraña. Cada cual se dispuso a acostarse; yo me metí en mi tribuna, y
-tendido en el colchón pasé la noche en un sueño.
-
-
-
-
- II
-
- LA SEÑORA LANDON
-
-
-AL día siguiente me desperté temprano, me lavé y me vestí, y salí a
-pasear por los claustros del convento.
-
-Le dije al señor Pepe, el alcaide, que me permitiera hacer gimnasia en
-el claustro, porque me apoltronaba estando quieto.
-
-El señor Pepe debió desconfiar, porque puso un subordinado suyo, un
-hombre bajito y rubio, para que me vigilara. No tenía aquel guardián un
-aire tranquilizador. Se me figuró conocerle, aunque no sabía de qué.
-
-Hice una porción de flexiones en el montante de una puerta, bastante
-fuerte para sostenerme a mí, y anduve después con las manos, con la
-cabeza para abajo y los pies para arriba.
-
-Me encontraba en esta actitud cuando oí risas de mujer; volví a mi
-posición natural y me encontré con la señora Landon y su sobrina
-Mercedes.
-
---Hace usted unas planchas preciosas--me dijo Mercedes, burlonamente.
-
---Sí, no las hago mal. Y ¿qué las trae a ustedes por aquí?
-
---Vengo por usted--me dijo la señora Landon--. Me hablaron ayer de un
-inglés que estaba preso de las señas de usted, y venimos a verle.
-
-Yo me incliné muy reconocido.
-
-Añadió la señora Landon que conocía mucho al subdelegado de policía
-de Sevilla, don Lorenzo Hernández de Alba, y que inmediatamente que
-volviera de Alcalá de Guadaira le hablaría para que me dejaran en
-libertad.
-
---Yo supongo que usted no será ningún Bruto. ¿No habrá usted matado a
-ningún tirano?
-
---No, no. A no ser en sueños.
-
---Entonces creo que le libraremos a usted.
-
-Le di mis más expresivas gracias, y la señora Landon añadió que
-mandaría enviar una cama y ropa blanca para mí, y que encargaría a una
-fonda mi comida y almuerzo.
-
---Señora--le dije--, que no me manden mucha comida, porque la comeré
-toda y me pondré pesado y no podré hacer estos ejercicios.
-
-La señorita Mercedes se reía. Charlaron un largo rato conmigo, dijeron
-que volverían al día siguiente y se fueron.
-
-Yo me reuní con el canónigo grueso de la noche anterior y con un joven
-capitán que se llamaba Iscar.
-
-Iscar era un hombre muy nervioso y muy vivo, que había tomado parte en
-varios movimientos revolucionarios. Fué el brazo derecho del general
-Porlier cuando éste intentó levantarse en Galicia con el marqués de
-Viluma. Fracasada la empresa de Porlier y fusilado el general, a
-quien llamaban el Marquesito, Iscar, Viluma y los demás complicados
-estuvieron presos en La Coruña durante algún tiempo.
-
---Ha tenido usted la visita de una señora principal de Sevilla--me dijo
-el canónigo.
-
---Sí, la señora Landon.
-
---Los sevillanos que están aquí han quedado un poco asombrados de la
-visita, y dicen que debe usted ser hombre de gran familia y posición.
-
---No, no. Soy de familia modesta.
-
-El canónigo sonrió con incredulidad. En esto pasó el hombrecito rubio
-que me había vigilado mientras yo hacía gimnasia, y el capitán Iscar se
-abalanzó a él.
-
-El hombre rubio miró antes a derecha e izquierda con gran alarma,
-hablaron los dos un rato rápidamente y se separaron.
-
---Esto está lleno de misterios--me dijo el canónigo.
-
-Volvimos al salón; pero la estancia allí no era del todo grata.
-Entre los presos había enfermos en sus camas, algunos de tifus y de
-disentería; nadie se había cuidado de resolver el modo de ventilar la
-antigua iglesia, y el ambiente era ya irrespirable.
-
-Yo decidí dejar la tribuna y poner mis dos colchones en el claustro, a
-pesar de que todo el mundo consideraba esto como una extravagancia.
-
-
- III
-
- LA TORRE
-
-
-EL último día del mes de septiembre entraron en el viejo edificio
-del Salón de Cortes una nueva remesa de nacionales prisioneros del
-Trocadero. Estaban asustados. Hablé con alguno de ellos, y me dijeron
-que temían por su vida, pues habían fusilado varios de los suyos en el
-camino.
-
-El mismo día el Salón de Cortes se desocupó y más de la mitad de los
-presos vecinos de Sevilla quedaron libres, gracias a las gestiones
-del subdelegado de policía. Esta mezcla de severidad y de lenidad me
-preocupaba; a veces me figuraba que se iba a implantar el terror blanco
-por los realistas; a veces, que todo era una broma.
-
-Al parecer, esta divergencia dimanaba de que en ocasiones mandaba el
-capitán general, y en otras, el subdelegado de policía.
-
-El capitán general quería fusilar a todo el mundo, y, en cambio,
-el subdelegado de policía pretendía dejar en libertad a los presos
-políticos; de aquí esta desigualdad de procedimientos tan inquietante
-y tan absurda. Yo estaba sin saber a qué atenerme; tan pronto me
-parecía aquello una comedia de risa, como una cosa seria. Los presos se
-escapaban con el asentimiento del subdelegado; pero de cuando en cuando
-se ponía a uno en capilla y se le fusilaba por orden de un consejo de
-guerra.
-
-Una mañana, antes de almorzar, vino a visitarme la señora Landon
-con su sobrina; me dijeron que el subdelegado había dado orden de
-dejarme en libertad; pero que el secretario se oponía diciendo que el
-capitán general había escrito recomendando la mayor vigilancia con los
-extranjeros sospechosos.
-
---Así que tendrá usted que estar unos días más--terminó diciendo la
-señora Landon.
-
---No me importa gran cosa el encierro--le contesté--; lo que me
-desagrada es ir a comer al salón, en donde ya no se puede estar por la
-pestilencia que hay. Si me trasladaran a otro lado, estaría bien.
-
---¿Adónde quiere usted que le trasladen?
-
---¡Qué sé yo! A un rincón cualquiera de este viejo edificio.
-
---Espere usted un cuarto de hora. Voy a hablar con el jefe del cuartel.
-
-Me quedé con la señorita Mercedes, que me imponía un poco, y media hora
-después entró la señora Landon con un comandante de artillería.
-
-El comandante dijo que todo el edificio estaba ocupado por la tropa y
-los presos políticos.
-
---El único local vacío que hay--siguió diciendo--es una pequeña
-habitación en el campanario, la antigua vivienda del campanero. En
-este momento la ocupa un sargento guardaalmacén que ha puesto allí su
-oficina; pero le podemos decir que se vaya.
-
---Vamos a ver esa habitación--dijo la señora Landon.
-
---Vamos--repuse yo.
-
-Fuimos las dos señoras, el comandante y yo; recorrimos un claustro,
-pasamos una puerta y salimos a un patio abandonado y lleno de hierbas.
-El comandante abrió una puerta maciza de una torre, pasamos un pequeño
-zaguán empedrado y subimos por una escalerilla de piedra, de caracol
-hasta el primer piso.
-
-La habitación del guardaalmacén consistía en un cuarto como un
-gabinete y una alcoba. El cuarto tenía una gran ventana con rejas, y la
-alcoba, una aspillera.
-
---¿Qué le parece a usted esto?--me preguntó el comandante.
-
---Muy bien. Me conviene.
-
---¿Le gusta a usted?--me dijo la señora Landon.
-
---Sí, mucho. Pienso inmortalizar esta torre llamándola desde ahora la
-torre de Thompson.
-
-El comandante mandó desocupar el local e hizo trasladar mi cama. Me
-pusieron una mesita y una silla, y la señora Landon prometió enviarme
-unos tomos de sir Walter Scott.
-
---Aquí puede usted dedicarse a contemplar Sevilla. Desde lo alto del
-campanario se domina toda la ciudad--me dijo el comandante.
-
---Aprovecharé el permiso.
-
---¿Supongo que no se escapará usted, señor inglés?--me dijo luego el
-comandante al darme la mano.
-
---Si encuentro ocasión, creo que lo haré.
-
-El comandante se echó a reír, y la señora Landon y Mercedes hicieron lo
-mismo.
-
-Al día siguiente de ocupar mi celda en la torre de Thompson, mi amiga
-la señora Landon me envió los libros prometidos. Estuve leyendo algún
-tiempo y cuando me cansé me fuí a pasear al claustro con el canónigo
-Molinedo y el capitán Iscar.
-
-De noche subí a lo alto del campanario, desde cuyo balcón pasé horas
-y horas contemplando Sevilla a la luz de la luna. Veía la Giralda,
-los pináculos de la catedral, algunas torres y cúpulas lejanas que no
-conocía y los tejados, bañados de luz plateada.
-
-
-
-
- IV
-
- «MARE SERENITATIS»
-
-
-MUCHAS extravagancias, absurdos e insensateces escribió Thompson
-dirigidos a la luna, a la que contemplaba por las noches desde el
-balcón de la torre. Entre sus notas fragmentarias la única que tiene un
-poco de sentido es ésta, titulada _Mare Serenitatis_, y que dice así:
-
- «Entre los nombres extraordinarios y poéticos que los
- astrónomos han puesto en la geografía de la luna, ninguno
- para mí tan sugestivo como el Mar de la Serenidad (_Mare
- Serenitatis_).
-
- Antiguamente debían creer que estos mares lunares tenían agua
- y oleaje; hoy se sabe que son llanuras, oquedades entre montes
- y cráteres volcánicos.
-
- Como ese supuesto mar tuyo, ¡oh Luna!, nosotros quisiéramos
- que en el espíritu humano hubiera también otro mar de la
- Serenidad en una región oculta e inexplorada...
-
- ¡Qué admirable descubrimiento sería llegar a él por entre un
- laberinto de montañas abruptas!
-
- Este _mare serenitatis_ tendría un agua más sutil que la de
- las lagunas de las altas cumbres, y se extendería bajo un
- cielo claro y sin brillo.
-
- Yo no le pediría a este mar placeres indignos de un espíritu
- noble, ni el olvido de las aguas del Leteo, sino la claridad,
- la comprensión de los enigmas de la vida, de nuestras
- brutalidades, de nuestros fanatismos y de nuestras violencias.
-
- Allí me gustaría verme, sin cólera y sin humildad, limitado
- ante la Naturaleza y tranquilo en mi limitación; allí me
- gustaría ver mi espíritu limpio de posos turbios y malsanos
- como un cristal brillando a la luz del sol.
-
- Desgraciadamente, ni en ti, vieja Selene, pequeño satélite, ni
- en nuestro espíritu humano, tan pequeño como tú, existe ese
- mar de la Serenidad».
-
-
-
-
- V
-
- EL FRAILE
-
-
-EL segundo día de mi prisión en la torre no vinieron la señora Landon
-y su sobrina; en cambio, tuve la visita del canónigo Molinedo y del
-capitán Iscar. Por lo que dijo el canónigo no quedaban ya presos en
-el Salón de Cortes, excepto unos milicianos, a los cuales querían
-trasladar a otro pueblo. El rey iba a llegar a Sevilla, y los realistas
-habían pensado, como un número de festejos para agasajar a Fernando
-VII, hacer una degollina de negros; y el subdelegado de policía,
-siempre paternal con los liberales, se disponía a ir sacando de Sevilla
-a los más calificados y llevarlos a otra parte. Molinedo e Iscar
-saldrían al día siguiente.
-
-El absurdo seguía; persistía el régimen mixto de severidad y de
-benevolencia. Se fusilaba a las personas más inocentes y se dejaba
-libres a las más comprometidas.
-
-El capitán Iscar me dijo:
-
---¿Sabe usted aquel hombre bajito y rubio, algo bizco, que estuvo
-vigilándole a usted por orden del alcaide?
-
---Sí. ¿Qué le ha ocurrido?
-
---Que se ha escapado.
-
---Pero, ¿no era un vigilante de la cárcel?
-
---¡Ca! Es un conspirador.
-
-Iscar me contó cómo había engañado a los carceleros.
-
---Y ¿quién era ese hombre?
-
---Es uno de los tipos más revoltosos de la época. Se llama Aviraneta, y
-ha sido el brazo derecho del Empecinado.
-
---Ahora que me habla usted del Empecinado, recuerdo a este Aviraneta.
-Le he visto una vez con el general en el café de La Fontana de Madrid.
-Y ¿usted le conocía de hace tiempo?
-
---Sí; yo le conocía desde la intentona de Porlier. Yo fuí como emisario
-de Porlier a ver al Empecinado a su finca de Castrillo de Duero, y allí
-hablamos Aviraneta, él y yo.
-
-Se fueron Iscar y el canónigo Molinedo; yo subí al campanario y estuve
-contemplando Sevilla, iluminada por los últimos rayos del sol.
-
-Al día siguiente, por la mañana, al despertar, experimenté la
-desagradable sorpresa de ver a un fraile dominico que entraba en mi
-cuarto acompañado del sargento guardaalmacén.
-
-Era un fraile grueso, panzudo, con un aire de ballenato putrefacto,
-las barbas rubias, el pelo rojo y ensortijado, que parecía hecho con
-virutas, y los ojos de míope.
-
---Hijo mío--me dijo el fraile con un acento andaluz muy meloso--, he
-sabido que estás preso y vengo a ofrecerte los socorros de la religión.
-Supongo que tendrás cargada la conciencia y que una confesión general
-aliviará tu alma.
-
---¿Es que han pensado ahorcarme?--pregunté yo al sargento, saltando en
-camisa de la cama.
-
---No, no. Este padre ha venido aquí a confesar a otros presos y ha
-querido verle a usted.
-
---¡Pues así se muera de repente!--murmuré para mis adentros.
-
---¿No quiere usted confesarse?--me preguntó el padre.
-
---No, yo no soy católico--exclamé--. Soy inglés y de la religión de mi
-país.
-
---Tienes que abandonar esa herejía, hijo mío.
-
---Si tengo que convertirme por la fuerza--murmuré yo--, mi conversión
-no tendrá ningún valor. Me he educado en la religión reformada y no
-tengo motivo ninguno para creer que sea falsa. Si me dan argumentos,
-los tomaré en cuenta.
-
-No me atreví a decir que el protestantismo, como el catolicismo, me
-parecían formados por mitos más alejados de la realidad que el de la
-Cosa en sí.
-
-El fraile me echó una plática de las más ramplonas; en su acento dulzón
-me dijo que el momento de la muerte podía estar muy próximo; que había
-que prepararse para este instante terrible, y que me traería libros
-religiosos.
-
-Se marchó el fraile con el sargento. Salté de la cama, me vestí y bajé
-las escaleras hasta la puerta de la torre. Tenía ésta un cerrojo por
-dentro y decidí correrlo para que no me sorprendieran visitas como
-aquella.
-
-Acababa de echar el cerrojo cuando oí un ruido de pasos en el pequeño
-portal.
-
---¿Quién está aquí? ¿Quién es?
-
---¡Por Dios, caballero!--dijo una voz--. No me pierda usted.
-
---¿Pero quién es usted? A ver. Venga usted a la luz, que nos veamos las
-caras.
-
-Subimos al primer piso y quedé atónito al ver una muchacha vestida de
-soldado.
-
---No diga usted nada, por Dios--exclamó.
-
---Yo qué voy a decir, si soy un preso.
-
---¿Es usted un preso?
-
---Sí.
-
---Pues yo he venido disfrazada de soldado a darle un papel a mi novio,
-en el que le explicaba por dónde se podía escapar; pero precisamente
-esta misma noche le han sacado de Sevilla. Al saberlo he intentado
-marcharme; pero me he encontrado la puerta cerrada, y para que no me
-vieran me he metido aquí.
-
---Pues le va a usted a ser muy difícil salir. ¿No traía usted ropa de
-mujer?
-
---No.
-
---Veremos qué se hace. Suba usted.
-
-La muchacha no era melindrosa. Nos repartimos los colchones, y ella
-durmió en la alcoba, y yo, en el gabinete.
-
-Al otro día la Tránsito, así se llamaba la chica, arregló el cuarto y
-lo limpió, mientras estaba la puerta de la torre cerrada. Después tuvo
-que subir al campanario y pasar el día allí.
-
-
-
-
- VI
-
- EVASIÓN
-
-
-AL día siguiente decidí estudiar el terreno para ver si era posible una
-evasión.
-
-Me acosté muy temprano y me levanté al amanecer. Bajé las escaleras de
-mi encierro, abrí la puerta y exploré el patio. Este patio, en donde
-se levantaba la la torre, se hallaba enlosado y circunscrito por tres
-paredes altísimas y otra no tan alta que le separaba de un jardín
-poblado de árboles.
-
-Examiné la tapia más baja y vi que había una antigua ventana cerrada a
-una altura de tres o cuatro varas.
-
-Si esta ventana no tenía reja, por allí debía de ser fácil pasar al
-jardín vecino.
-
-Vi en el patio una barrica, la empujé y la llevé debajo de la ventana;
-bajé de mi cuarto una silla y la puse encima. Después me subí a la
-silla, y con un palo con punta, metiéndolo en el resquicio de la
-ventana, llegué a abrirla. No había reja. Cerré la ventana y me volví a
-la torre.
-
-A las nueve de la mañana vino a visitarme el sargento guardaalmacén
-que había ocupado la torre antes que yo. Traía varios libros místicos,
-enviado para mí por el fraile.
-
-Me dijo que ya no quedaban presos políticos, pues todos habían sido
-trasladados fuera de Sevilla, mientras estuviera el rey en la ciudad.
-
---Y conmigo, ¿qué van a hacer?
-
---No sé. A mí me han ordenado que le ponga un centinela de vista y que
-le encierre con llave desde mañana.
-
---Pues es una broma.
-
-Me convenía hacer algunas investigaciones antes de que se cerrase la
-puerta, y al día siguiente, antes del alba, bajé al patio.
-
-La Tránsito quedaría en la ventana, y si veía asomarse a alguien
-tiraría una piedrecita al suelo para avisarme.
-
-Cogí la silla en una mano, bajé las escaleras, abrí la puerta de la
-torre, marché hacia donde estaba la barrica y la coloqué debajo de la
-ventana, y encima la silla, y después a pulso entré por la ventana,
-llenándome de arañazos la cara y las manos.
-
-Pasé al otro lado, al jardín vecino; me agarré a la rama de un árbol
-y bajé por el tronco hasta la tierra. Estaba el huerto en el mayor
-silencio; se oía únicamente el piar de los pájaros en el follaje. Crucé
-el jardín sin hacer ruido.
-
-Me acerqué al árbol que estaba más inmediato a la pared que daba a la
-calle; trepé por él, y de rama en rama llegué al borde de la tapia y
-miré con precaución. Daba a una callejuela estrecha y desierta. La
-tapia tendría seis o siete varas de alto. Me dieron tentaciones de
-saltar; pero no quise dejar sola a Tránsito y volví al jardín, luego al
-patio y después a mi torre.
-
-Hecha la excursión me lavé y me acosté.
-
-Al día siguiente, al levantarme de la cama, vi que en la puerta había
-un artillero de centinela, con la bayoneta calada.
-
---¿Es que no puedo salir?--le pregunté.
-
---Esa es la orden que me han dado.
-
-Al mediodía se presentó la señora Landon. Le dije que mi asunto se
-complicaba; que tenía un centinela de vista y que me encerraban en la
-torre con llave.
-
---Yo voy a ver si me escapo--continué diciendo.
-
---Hará usted muy bien--exclamó ella.
-
---¿Usted me podría ayudar?
-
---Sí, sí; dígame usted lo que necesita.
-
-Yo tenía pensado mi plan.
-
---Necesitaré un cordel de ochenta varas de largo, del grueso del dedo
-meñique.
-
---¿Y eso cómo lo voy a entrar aquí?
-
---Usted mañana me regalará un almohadón; dirá usted que es mi
-cumpleaños, y dentro del almohadón vendrá la cuerda.
-
---Muy bien.
-
---Además, tomará usted dos botellas de Jerez, vacías, que conserven las
-etiquetas, las llenará usted de aguarrás, las cerrará muy bien y me las
-enviará con el almohadón, como regalo.
-
---Descuide usted; todo esto se hará. ¿Cómo piensa usted salir?
-
---Voy a hacer una escalera con el cordel que usted me traiga, y me
-descolgaré por la torre.
-
---¿Y después?
-
---Después pasaré al jardín de al lado por un agujero de la tapia, y de
-este jardín iré a la calle. Lo que quisiera saber son las salidas de la
-calle que va por ahí detrás.
-
-La señora Landon y yo nos asomamos a la ventana enrejada, y yo le
-mostré las copas de los árboles del jardín próximo, que asomaban por
-encima de la tapia.
-
---Yo le podría enviar a usted un plano de Sevilla--dijo la señora
-Landon--. Pero ¿para qué? Es mejor otra cosa. ¿Mañana será la
-escapatoria?
-
---Sí, si usted me manda el almohadón.
-
---Eso vendrá sin falta. ¿A qué hora piensa usted escaparse?
-
---De diez a diez y media de la noche.
-
---A esa hora habrá en esa callejuela una persona apostada que le
-esperará y le acompañará.
-
-Se marchó la señora, y yo pasé el día con la mayor impaciencia. Por la
-mañana me despertaron, trayéndome los regalos de la señora Landon: el
-almohadón y las dos botellas de aguarrás disfrazadas de Jerez. Al verme
-solo rompí el almohadón, saqué la cuerda, y la Tránsito y yo comenzamos
-a hacer la escala. Reservé un trozo de cordel de unas ocho varas.
-
-Cerré el cerrojo de la puerta de la torre y estuvimos trabajando en el
-campanario.
-
-Desde allí advertimos la gran animación del pueblo.
-
-Iba a entrar el rey de España en la ciudad. Todos los balcones se veían
-engalanados con colgaduras, con arcos de triunfo, ramas y flores. Las
-calles estaban atestadas de gente.
-
---Por la orilla del río se veían coches y calesines que iban hacia
-la torre del Oro, y por los caminos lejanos se advertían grupos de
-labradores a pie y en caballerías.
-
---¡Pueblo estúpido!--exclamé yo elocuentemente--. Entusiásmate con tu
-Fernando. Cuando le convenga a este truhán te calentará las espaldas.
-
-En todo el día terminamos la escala entre la muchacha y yo. A la hora
-de retreta bajé yo a la puerta de la torre. Estaba cerrada con llave.
-Escuché. No andaba nadie por el patio.
-
-Comencé mis pruebas. La escala no bastaba; le faltaban cinco o seis
-varas para llegar desde el balconcillo del campanario al patio. Estuve
-pensando en la manera de resolver esta dificultad, y me decidí a añadir
-a la escala una cuerda hecha con un trozo de sábana.
-
---Yo bajaré primero--le dije a la Tránsito--; esperaré en el patio y
-silbaré. Si acaso, cuando llegue usted a la cuerda hecha con la sábana
-le falta fuerza para sostenerse, la recogeré en brazos.
-
-La muchacha dijo que no tenía miedo. Entonces yo vacié mis dos botellas
-de aguarrás en la palangana y fuí embebiendo la escala y el trozo de
-la sábana, hasta que empaparon casi todo el líquido. El resto lo eché
-por un agujero en el zaguán de la torre.
-
-Después até la escala al barandado de piedra del balcón del campanario,
-y fuí echándola abajo. Hecho esto, metí una caja de pajuelas en el
-bolsillo, y salté al lado de fuera del barandado y fuí descendiendo con
-dificultades hasta alcanzar al trozo de sábana y llegar al patio.
-
-Silbé suavemente, y noté, por la cuerda, que la escala se agitaba y la
-muchacha comenzaba a bajar despacio. Antes de que llegara al trozo de
-la sábana yo acerqué la barrica y me subí a ella. Al llegar la Tránsito
-al trozo de sábana pude sostener a la muchacha por los pies y luego por
-el cuerpo.
-
-Venía la muchacha rendida.
-
---Descanse usted--le dije--. Ahora vamos a ver un bonito
-espectáculo--añadí.
-
-Saqué el eslabón, el pedernal y la mecha; até una pajuela de azufre en
-el trozo de sábana en que terminaba la escala y la pegué fuego con la
-mecha.
-
-Ardió la pajuela, después el pedazo de sábana, luego la escala, de una
-manera tan discreta, que parecía desaparecer por arte de magia.
-
-Concluída esta parte, acercamos la barrica al ventanillo que comunicaba
-con el jardín contiguo; hice pasar a la muchacha, luego pasé yo,
-cruzamos el jardín y subimos por un árbol a la tapia.
-
-Até el trozo de cuerda que llevaba a una rama gruesa de un árbol y la
-punta la eché fuera de la tapia, hacia la calle.
-
---Yo me descolgaré primero--le dije a la Tránsito--; luego la recibiré
-en brazos.
-
-Me deslicé por cerca de la pared y descendí fácilmente. Después bajó la
-muchacha, que se desolló las manos, y estuvo a punto de derribarme al
-sostenerla.
-
-Para que nadie lo advirtiera, desde la calle hice un ovillo con la
-punta de la cuerda y la tiré al otro lado de la tapia hacia el jardín.
-
---Ahora ¿qué hacemos?--preguntó la Tránsito.
-
---¿Usted tiene sitio adonde ir?
-
---Sí.
-
---Pues entonces cada cual por su lado.
-
-La estreché la mano y me separé de ella. La noche estaba obscura; no
-había un alma por aquellas inmediaciones.
-
-Di dos vueltas arriba y abajo por la calle, cuando se me acercó una
-mujer de pobre aspecto.
-
-Era la señora Landon.
-
---Sígame usted--me dijo.
-
-La seguí; en las calles céntricas se sentía el gran barullo; había
-comparsas de guitarras y panderetas y gente que cantaba canciones
-alusivas a la entrada del rey. Los curas y frailes pasaban seguidos
-del populacho, hablando y accionando, y capitaneando a patrullas de
-desharrapados.
-
-Todos eran gritos y vivas al rey absoluto y mueras a la Constitución, a
-los herejes y a los negros.
-
-
-
-
- VII
-
- LA CASA ABANDONADA
-
-
-SIEMPRE tras de la señora Landon llegué a una calle muy lejana de la
-cárcel y me detuve delante de un gran caserón. Cruzó mi guía un portal,
-pasé yo después de ella; llegamos a un patio con jardín; luego a otro
-patio, y me encontré en una casa grande y abandonada. La señora Landon
-me llevó a una sala con una alcoba con columnas. Me mostró una mesa con
-viandas y me dijo:
-
---Cene usted y acuéstese.
-
---Muy bien. ¿Nada más?
-
---Puede usted estar con la luz encendida; pero no vaya usted con ella a
-las habitaciones que dan a la calle. Esta casa está deshabitada y tiene
-dos salidas. Si por una casualidad, que me parece improbable, vinieran
-a buscarle por el lado por donde hemos entrado, puede usted escaparse
-por esta otra parte. La llave está en la puerta.
-
---Bueno. Entendido.
-
---¿Quiere usted alguna cosa?
-
---Si no le molesta a usted, le diría que cree que sería conveniente el
-que fuera usted mañana al Salón de Cortes a hacer como que va a visitar
-al preso y ver lo que dicen de su fuga.
-
---Sí, sí; tiene usted razón. Así lo haré.
-
-Dicho esto, la señora Landon me dió las buenas noches y me dejó solo.
-Cené, me acosté y dormí perfectamente hasta las siete.
-
-Me levanté a esta hora y recorrí la casa.
-
-Las habitaciones que daban a la calle estaban cerradas; el suelo y
-los muebles, cubiertos de una capa de polvo. En los grandes espejos
-deslustrados me veía en la semiobscuridad como un duende.
-
-Salí al momento al jardín. Era grande, tenía naranjos y palmeras y
-comunicaba únicamente con el de la señora Landon. Una pared muy alta lo
-separaba de un convento.
-
-Me paseé una hora, escudriñé en un antiguo invernadero, con las puertas
-podridas y los cristales rotos y después entré en la casa; recorrí
-los salones, y en uno encontré un armario abierto lleno de libros
-encuadernados en pergamino. Casi todos estaban en latín, y únicamente
-vi en castellano la historia de la conquista de Méjico, por el capitán
-Bernal Díaz del Castillo, y el libro de mi paisano William Bowles, la
-_Introducción a la Historia Natural y a la Geografía de España_.
-
-Leí alternativamente uno y otro libro y me engolfé de tal modo en la
-lectura, que cuando miré al reloj eran las doce.
-
-Bajé al jardín, y la señora Landon, desde su ventana, me dijo que me
-acercase.
-
-Había estado en la cárcel, y al llegar al patio de la torre se había
-encontrado con los artilleros asombrados y risueños.
-
---El inglés ha volado--le dijo el sargento guardaalmacén.
-
---¿Cómo? ¿Ha huído?--le preguntó ella.
-
---Sí.
-
---¿Por dónde?
-
---Pues no se sabe. Es un misterio.
-
-El sargento le contó que por la mañana, al ver la puerta cerrada
-por dentro, habían creído que el inglés estaría enfermo y llamaron
-repetidas veces, y en vista de que no contestaba descerrajaron la
-puerta y entraron. En el cuarto del preso se vió que estaba rota una
-sábana de la cama; en el campanario se encontró una peineta de mujer, y
-en el zaguán de la torre un fuerte olor a aguarrás.
-
-Algunos creían que el inglés había huído por arte de magia.
-
-En aquel momento dos capitanes hacían un informe para resolver cómo se
-había podido llevar a cabo la evasión.
-
-Después de contarme esto, la señora Landon mandó que me pasaran la
-comida, y por la tarde me dediqué a leer.
-
-Al tercer día de cautiverio la señora Landon vino a visitarme y me dijo
-que había visto al subdelegado de policía y le había confesado que yo
-estaba en su casa. El subdelegado le advirtió que no me presentara en
-la calle, pero que no tenía necesidad de esconderme.
-
-El mismo día la señora Landon me indicó que me iba a llevar por la
-noche a casa de un sastre; le dije que en aquel momento yo no tenía
-dinero, a lo que contestó que no importaba. Como la señora Landon era
-tan dominante, tuve que ceder y fuí con ella en coche a ver al sastre,
-que llegaba de Gibraltar.
-
-Era este sastre un francés de caricatura inglesa: alto, flaco, con los
-hombros más altos que la cabeza, la cara juanetuda y amarilla y las
-piernas delgadas. No le faltaba para ser un tipo de Gillrray mas que
-llevar las pantorrillas al aire, coleta y papillotes, y una rana en la
-mano.
-
-El sastre nos elogió sus telas con grandes extremos y nos mostró sus
-trajes hechos.
-
-La señora Landon escogió una levita verde botella que, según dijo, me
-venía muy bien, dos chalecos de piqué y un pantalón claro.
-
-Después pasamos por una sombrerería, donde me compró un sombrero de
-copa; luego, por una zapatería, y volvimos con nuestras compras.
-
---Ahora, señor Thompson, va usted a hacer lo siguiente: Mañana por la
-mañana, antes de que se hayan levantado mis criadas, irá usted al sitio
-en donde paran las diligencias con un maletín en la mano; esperará
-usted que venga una, y en seguida tomará usted un coche, dará las señas
-de mi casa, y se presentará usted aquí y llamará a la puerta. Pasará
-usted por mi sobrino.
-
-Hice lo que me dijo, y al día siguiente llamaba a la puerta haciendo mi
-papel de extranjero. La criada me hacía entrar en la sala, y la señora
-Landon me recibía con una mezcla de displicencia y afecto, como si
-fuera de verdad un pariente importuno.
-
-
-
-
- VIII
-
- DILEMA
-
-
-LOS días siguientes fuí presentado a los amigos como sobrino de la
-señora Landon, y llegó esta señora a estar tan bien en su papel de tía,
-que me acusaba de holgazán y vagabundo, como si me conociera a fondo.
-
-Aunque lo pasaba bien, me aburría sin salir; tenía grandes
-conversaciones con Mercedes, a quien llamaba mi prima, en broma. Le
-conté mi vida sin ocultarle nada, y ella me habló de su novio, un
-muchacho de Sevilla, que estaba en el ejército, por quien sentía la
-señora Landon un gran odio.
-
-Un día, la señora Landon me llamó a su gabinete, y me dijo:
-
---Habla usted bastante con mi sobrina Mercedes.
-
---Sí.
-
---Mi sobrina, que, como habrá usted notado, es bastante coqueta, tiene
-una bonita renta, y le convendría a usted, que es un vagabundo sin un
-cuarto.
-
---Ciertamente que me convendría--le dije--; pero como yo, aunque sea
-un vagabundo, no soy un granuja, ni siquiera un ambicioso, no tengo
-pretensiones con respecto a ella. No. Conozco mi situación.
-
---No me entiende usted--dijo la señora Landon--. No me parece mal que
-se dirija usted a ella.
-
---Pero hay un inconveniente, señora.
-
---¿Cuál?
-
---Que ella tiene un novio.
-
---Sí; un miserable botarate, raquítico, inútil para todo.
-
---Pero ella le quiere.
-
---Pues piense usted que no le quiere. En fin, ya sabe usted. Si usted
-consigue que Mercedes olvide a ese mico, usted aquí será el amo; si no,
-ya se puede usted marchar de esta casa cuanto antes. Ocho días le doy
-de plazo.
-
-Tuve una conferencia con Mercedes, y le dije lo que me había expuesto
-la señora Landon.
-
---Me ha dado ocho días para hacer su conquista. Como yo no me siento
-ningún Don Juan, me voy a marchar.
-
-Ella me dijo que no me fuera; pero como el dilema era irme o casarme
-con ella, Merceditas optó porque me marchase.
-
---¿Tiene usted dinero?--me dijo.
-
---No.
-
---Yo no tengo mas que dos monedas de cinco duros, que se las ofrezco.
-
---No; no quiero.
-
---Las tendrá usted que tomar.
-
---Bueno; las tomaré.
-
---¿Y cuándo se va usted?
-
---Mañana mismo. Llevaré de la biblioteca este libro de _Historia
-Natural_ de William Bowles.
-
---Sí, sí; puede usted llevárselos todos, si quiere.
-
-Al anochecer salí de la casa y fuí a ver al banquero y representante de
-Bertrán de Lis, por si tenía alguna noticia de Inglaterra.
-
-Al entrar en la cárcel le había escrito a Will Tick diciéndole lo que
-me pasaba y encargándole que si tenía algo que decirme escribiera al
-banquero de Sevilla.
-
-El banquero me dijo que no le habían escrito absolutamente nada.
-
-Únicamente sabía que, por encargo de los filohelenos de Londres, se
-estaban comprando armas en Algeciras, que se llevarían en un barco que
-pasaría por el Estrecho con voluntarios, en dirección a Grecia.
-
-Volví a casa, y por la noche escribí una carta a la señora Landon
-dándole las gracias por sus bondades, y al amanecer me vestí mi
-redingote viejo y la ropa que había sacado de Madrid; abrí la puerta,
-crucé Sevilla y me dirigí camino de Jimena.
-
-
-
-
- IX
-
- DE VIAJE
-
-
-TOMÉ mi camino hacia Gibraltar por Utrera. Era a principios de
-noviembre y hacía un hermoso tiempo para viajar. Las horas de sol
-apretaba el calor, pero no de una manera molesta.
-
-Solía dormir en el campo; compraba pan en los pueblos, y con pan y
-fruta me alimentaba.
-
-Me sirvió mucho el libro de William Bowles que había sacado de casa de
-la señora Landon, y gracias a sus indicaciones pude desayunarme con los
-frutos del madroño (_arbustus unedo_), del alfonsigo (_pistacia vera_)
-y del algarrobo (_seratonia silicua_), que produce vainas azucaradas.
-También tuve que explotar, en malas ocasiones, la _glycyrrhiza gladia_
-o regaliz y el _opuntia vulgaris_ o higo chumbo.
-
-Lo pasaba mal que bien siguiendo mi camino cuando, al comenzar a subir
-una sierra, entre El Bosque y Ubrique, me encontré con un aldeano que
-marchaba con su hija a Gibraltar; los dos a caballo.
-
-El era hombre de cincuenta años, muy moreno y muy seco, con patillas ya
-grises. Ella tendría lo más unos quince o diez y seis, y era preciosa,
-delgada, fina, con los ojos negros, llameantes, la cara redonda y los
-labios rojos.
-
-Hablamos largamente el hombre y yo; me dijo que viajaba con frecuencia
-y que hacía contrabando. El se llamaba el señor Juan; la niña,
-Milagros. Yo les conté quién era y algunas de mis aventuras, y los dos
-se rieron mucho.
-
---Vaya, móntese usted a la grupa de mi caballo--me dijo él--, que me va
-dando pena verle caminar a pie.
-
-Subí al caballo y seguimos conversando y marchando por entre breñales
-secos, abruptos, interrumpidos muy de tarde en tarde por matas
-polvorientas y lentiscos.
-
-En los picachos áridos, quemados por el sol, se veían algunas cabras, y
-las águilas volaban trazando grandes curvas por el aire.
-
---¿Y qué? ¿No tiene usted miedo a los bandidos?--me dijo de pronto ella.
-
---Yo, ninguno. ¿A mí qué me van a hacer, si no tengo un cuarto?
-
---Quitarle la vida.
-
---¿Para qué?
-
---¿No le han ofrecido allí en Sevilla un seguro para los ladrones?--me
-preguntó él.
-
---A mí, no. ¿Es que hay un seguro así?
-
---Sí, señor. En toda Andalucía tiene usted seguros contra los ladrones.
-El propietario que viaja y no quiere ser robado paga una cantidad a la
-sociedad, y ésta le da un salvoconducto y a veces una pequeña escolta.
-
---¿Pero el Gobierno no hace nada para acabar con esta inmoralidad?
-
---Nada. El Gobierno de la Constitución parece que ha querido hacer
-algo; pero con la entrada de los franceses se ha acabado todo el orden,
-y la gente perdida anda por los caminos como Pedro por su casa.
-
-Mientras el señor Juan hablaba, su hija me examinaba con una mirada
-curiosa e irónica.
-
-Ibamos marchando por un mal camino ardoroso y polvoriento, por la
-sierra, entre grandes encinas y algarrobos.
-
-Antes de llegar a Ubrique paramos en una venta del camino.
-
---¿Usted hará noche aquí?--me dijo el señor Juan.
-
---¿Es buena venta ésta?--le pregunté.
-
---Muy buena.
-
---Es que no me quedan mas que unas pocas pesetas para llegar a
-Algeciras y no me atrevo a gastarlas.
-
---No tenga usted cuidado. No le llevarán aquí casi nada.
-
-Bajamos en la venta, y el ventero, un tipo no muy bien encarado, nos
-llevó a los tres a la cocina. Estuvimos charlando, cenamos, y después
-de cenar se armó un bailoteo de padre y muy señor mío con la Milagros y
-otras chicas de la venta y unos mozos arrieros.
-
-Los tales arrieros me parecieron un tanto desvergonzados. El señor Juan
-me presentó a ellos.
-
-Se llamaban el Gavilán, el Moreno, el tío Malaspulgas y el Manquillo;
-todos iban muy elegantes.
-
-Me chocó que obedecieran al señor Juan ciegamente, y éste me dijo que
-eran sus mozos.
-
-Yo tuve que bailar y lucir las habilidades que había aprendido en
-Sevilla en la academia de Alvarez de Acuña.
-
---¡Olé por el inglés! ¡Ahí la sangrecita gitana! ¡Vaya calor!--me
-gritaban.
-
-Estuvimos de broma hasta media noche.
-
-Cansado y con el recuerdo de la Milagros en el cerebro me eché en un
-colchón y me quedé dormido.
-
-Desperté ya entrada la mañana. Bajé a la cocina y no había nadie.
-Llamé, no me contestaron. La puerta estaba cerrada.
-
-Entré en un cuarto próximo a la cocina y me chocó ver en un rincón dos
-trabucos y varios paquetes.
-
-¿Quizá aquél era un nido de contrabandistas? Salí al zaguán y quedé
-atónito y espantado al ver en el suelo un reguero de sangre. Este
-reguero manchaba el portal y la cocina, seguía por un corralillo y
-terminaba en un rincón, donde la tierra estaba removida. La idea de
-que allí acababan de enterrar a un hombre me sobrecogió.
-
-Entonces recordé vagamente que de noche había oído ruido y rumores de
-lucha. ¿Este señor Juan y su hija y sus mozos serían bandidos?
-
-Me pareció que no cabía duda, y sin pensar en más escalé la tapia del
-corral, salté al campo y salí a marchas forzadas camino de Ubrique.
-
-Al registrarme los bolsillos vi que me habían robado el poco dinero que
-llevaba, dejándome solamente unas monedas de cobre.
-
-
-
-
- X
-
- UN LOCO
-
-
-PASÉ Ubrique, pueblo bastante mísero, en donde todo el mundo se
-dedicaba a hacer contrabando con la mayor impunidad y a coser petacas
-de cuero. Me chocó que se vendiera el tabaco de contrabando a la vista
-de todo el mundo, y me dijeron que el Gobierno español no se atrevía a
-mandar aduaneros.
-
-Los ubriqueños estaban dispuestos a defender su prerrogativa de hacer
-contrabando con la sangre de sus venas.
-
-Desde Ubrique me interné en la sierra de los Gazules y llegué a Jimena.
-
-Entraba en este pueblo por una callejuela cuando me vi seguido por un
-hombre alto, delgado, moreno, con los ojos muy hundidos y la barba
-negra, manchada de plata. Me esperaba algún nuevo percance. Me detuve
-dispuesto a afrontar el conflicto. El hombre se me acercó y me dijo con
-una voz bronca:
-
---¿Es usted godo?
-
-Hice un gesto de extrañeza, que lo mismo podía ser afirmativo que
-negativo.
-
-El hombre debió creer que decía que sí, y sacando una hoja del bolsillo
-exclamó:
-
---Tome usted y lea usted.
-
-Cogí el papel, que era un impreso, y comencé a leerlo. Se trataba
-de un manifiesto anticonstitucional completamente absurdo en donde
-se protestaba de las impiedades de la época. El manifiesto terminaba
-diciendo: «¡Viva la religión! ¡Viva el Cid! ¡Viva el honor castellano!
-¡Abajo el vil judío que mora en Gibraltar!
-
-»Dado en Jimena de la Frontera el 15 de agosto de 1823.--_Yo el Rey._»
-
-Después de leer el papel sonreí, comprendiendo que aquel pobre hombre
-no andaba bien del caletre, e hice una señal de asentimiento, y el
-loco, agarrándome del brazo, me dijo:
-
---¿Me reconoce usted como soberano?
-
---Sí, señor.
-
---¿Me traerá usted la cabeza del traidor Riego?
-
---Ahora mismo.
-
---¿Sabe usted dónde está ese pillo?
-
---Sí; necesitaría una cuerda para atarlo.
-
---Ahora vengo con ella.
-
-El loco echó a correr y yo me metí en una posada. Pedí noticias de
-aquel desdichado, y me dijeron que las cuestiones políticas le habían
-sorbido el seso; se habló también de los bandidos que merodeaban en la
-sierra; pero yo no dije nada ni indiqué que los conocía.
-
-Por la tarde salí de Jimena, y poco después comencé a ver el mar.
-
-El paisaje cambiaba; se veían grandes piteras y chozas con el tejado de
-ramaje y de hierba.
-
-Ya enfrente de la bahía encontré a un guardia del resguardo, que me
-indicó el camino de Algeciras.
-
-
-
-
- XI
-
- EL COPO
-
-
-LLEGUÉ a Algeciras un día de noviembre por la mañana, cansado y sin una
-moneda de cobre; antes de entrar en el pueblo me acerqué a la playa de
-los Paredones, y viendo que no había nadie me desnudé, dejé la ropa
-sujeta con una piedra y me metí en el mar.
-
-El agua estaba templada; me froté el cuerpo con manojos de algas secas
-y con arena.
-
-El baño me quitó la comezón del camino y me dió un gran sueño y mucha
-hambre.
-
-Me hubiera gustado ser como el asno de Buridán, que me hubiesen
-puesto a un lado una ración de comida y al otro unos colchones, para
-demostrar, eligiendo, que tenía libre albedrío.
-
-Como no estaba de suerte, no pude satisfacer mis dos necesidades de
-comer y dormir, y me decidí por aquella que no me costaba nada, y me
-tumbé al lado de una barca, de manera que el sol no me diese en la
-cabeza.
-
-Dormí bastantes horas, y cuando me desperté me encontré rodeado de un
-círculo de muchachos y de algún hombre, haraposos todos, que me miraban
-hablando y riendo.
-
---Este es un gigante--decía uno.
-
---¡Ca! ¡Es un elefante!
-
---Pues las patas las tiene de camello.
-
---No vaya a ser un ballenato que se ha escapado de la jaula.
-
---¿A qué va a venir aquí un ballenato, compadre?
-
---Quizá quiera tomar lecciones para sacar el copo.
-
---Señores--dije yo, incorporándome--, no soy nada de lo que dicen
-ustedes; soy un ciudadano inglés que en este momento bosteza de hambre.
-
---¡Ah! Es un inglé--exclamaron todos.
-
---Pues, nada--dijo uno--: si tiene usted tanta carpanta, tire usted del
-copo con nosotros y tendrá usted su parte.
-
---Tiraré aunque sea de una carreta por comer.
-
-Quizá el hombre había hecho su ofrecimiento con ironía; pero al ver que
-yo aceptaba su proposición se quedó sorprendido.
-
-Me enteré en qué consistía el copo; me quité la levita, que dejé en
-una caseta de la playa, cogí una cuerda de esparto con un corcho en la
-punta y me puse a tirar de la sirga como los demás.
-
-Teníamos ya las redes cerca de la playa cuando se nos acercó un vejete.
-
---No cogeréis más de dos pájaros--nos dijo.
-
-El pronunciaba _páharos_.
-
---Así revientes, pájaro de mal agüero--murmuré yo.
-
-Se sacó el copo, salieron en la red un amontonamiento de peces grandes,
-y de pececillos, y se presentaron en seguida varios hombres a ofrecer
-dinero por el pescado. Se terminó la subasta y se sacaron cincuenta
-reales, de los que me correspondieron a mí tres. Al parecer fué una
-buena pesca. Concluída la faena me lavé y me puse la levita.
-
---¿Dónde coméis vosotros?--le dije a uno de los muchachos compañeros
-míos de tirar del copo.
-
-Cada uno me indicó un sitio distinto y me decidí a ir a un figón con
-uno a quien llamaban _Cara e perro_, que me inspiró más confianza. Comí
-en el muelle, en una taberna, cerca de donde sale al mar el río de la
-Miel, y fraternicé con _Cara e perro_, el _Currichi_, el _Mojama_, el
-_Chirri_, el _Rondeño_ y otros personajes distinguidos.
-
-Estaba pensando en el problema de acostarme cuando se presentó en la
-taberna un hombre de unos veinticinco años, en compañía de un viejo.
-
-El joven se acercó a la mesa.
-
---Tú, _Chirri_--dijo de una manera imperiosa--, vete a casa del
-_Nacional_ y dile que mañana esté listo para las siete.
-
-El _Chirri_ se levantó inmediatamente y salió escapado.
-
---¿Quién es este señor?--pregunté yo, señalando al hombre del bigote.
-
---Este es Paquito, nuestro patrón--me dijeron--, el amo de la red de la
-que ha tenido usted que tirar esta mañana, y de los botes.
-
---¿El no suele estar allá?
-
---No; él tiene dos barcas, una grande, con la que hace el contrabando,
-que se llama el _Lince_, y otra más pequeña, la _Consolación_.
-
-Al mismo tiempo el dueño de las barcas y el viejo que le acompañaba
-debían hablar de mí. Paquito llamó a uno de los muchachos que estaban
-en mi mesa, que después se me acercó.
-
---El patrón--me dijo--quiere hablar con usted.
-
-Me levanté y fuí a su mesa.
-
---Siéntese usted--me dijo Paquito--y tome usted lo que quiera.
-
-Me senté y pedí una taza de café.
-
-Era el patrón un hombre de unos treinta años, delgado, seco, curtido
-por el sol y el aire del mar, con los ojos brillantes y el bigote negro.
-
---¿Es usted inglés?--me preguntó de pronto.
-
---Sí, señor.
-
---Me han contado que ha estado usted esta tarde tirando del copo.
-
---Es verdad.
-
---¿Ha sido por capricho?
-
---No. Por ganar unos cuartos para comer. Se me ha concluído el dinero
-que traía...
-
---Eso está bien. Puede uno ser más caballero que el verbo divino y
-tener las manos callosas del trabajo... ¿Viene usted de Gibraltar?
-
---No, vengo por Francia.
-
---Y, oiga usted, ¿ha venido usted a España por pasear nada más?
-
---No.
-
-Y en seguida eché mano del mito Cox y lo desarrollé ante los ojos del
-patrón.
-
---¿Le ha gustado a usted España?
-
---Mucho. Es un país por el que tengo gran simpatía.
-
---Chóquela usted. No le falta a usted más que una cosa para tenerme de
-su parte.
-
---¿Y es?
-
---El ser liberal.
-
---Pues lo soy.
-
---Es usted de los míos. ¿Cómo se llama usted, señor inglés?
-
---Yo, Thompson.
-
---Bueno, señor Thompson, aquí tiene usted un amigo.
-
---Muchas gracias.
-
---¿Qué necesita usted por el momento?
-
---Un sitio donde comer y dormir hasta que me manden dinero de mi país.
-
---Vendrá usted a mi casa. ¡Hala, vamos!
-
-Salimos de la taberna, tomamos por una calle en cuesta a salir a una
-hermosa plaza, y de allá seguimos por una avenida hasta detenernos en
-una casita de un piso solo con una puerta grande y un escalón.
-
---Pase usted, Thompson--me dijo Paquito, y yo pasé.
-
-
-
-
- XII
-
- LA FAMILIA DEL PATRÓN
-
-
-ME presentó Paquito a su mujer y a su madre y ordenó después que me
-arreglaran un cuarto. Estuvimos hablando de varias cosas. Paquito, como
-todos los liberales españoles, altos y bajos, tenía la preocupación
-de la política y me preguntó acerca de las costumbres parlamentarias
-inglesas, estas costumbres que son, según parece, un gran honor para
-todo inglés, aunque a mí, la verdad, me han dejado siempre un tanto
-indiferente.
-
-Luego hablamos de la posibilidad de que la reacción, entronizada por
-los Cien Mil Hijos de San Luis en España, se sostuviera o no. Paquito
-tenía la esperanza de un movimiento revolucionario. A mí no me parecía
-esto probable, y menos próximo, porque la mayoría de la gente había
-quedado cansada de los ensayos infructuosos de los constitucionales.
-
-Acabada nuestra charla me llevaron a un cuarto pequeño y encalado que
-me cedieron.
-
-Paquito se mostraba en su casa, a pesar de su liberalismo,
-perfectamente tiránico. Era exigente, gruñón; todo lo que hacían los
-demás le parecía detestable y únicamente manifestaba benevolencia para
-sus faltas.
-
-La madre era por el estilo: una vieja que reñía por costumbre y
-hablaba con una rapidez incomprensible para mí. Siempre se quejaba de
-frío.
-
-Muchas veces que yo estaba sofocado por la tibieza del ambiente le oía
-lamentarse de que no cerraban las puertas:
-
---¡Jesús! ¡Dios mío! ¡Qué frío hace hoy! ¡Me quieren matar! ¡Yo no
-puedo resistir este viento, que corta! Santo Cristo de la Alameda,
-¿por qué no me habrá quitado Dios de en medio, que no sirvo mas que de
-estorbo a todo el mundo?
-
-Así iba esta vieja engarzando quejas y conjurando todos los santos y
-santas del calendario.
-
-La mujer de Paquito parecía una princesita condenada a vivir entre
-piratas. Tenía un aire resignado, unos ojos claros, ingenuos y una
-gran suavidad. Era hija de un militar que había guerreado en América.
-Había quedado huérfana muy niña. Se llamaba Dolores. Me pareció que en
-la casa no la guardaban consideración alguna y que la hacían trabajar
-demasiado.
-
-El matrimonio tenía un chico y una chica. El chico era un salvaje de
-seis o siete años, despótico y mal educado. Yo estuve muchas veces
-a punto de calentarle las orejas porque se manifestaba de muy mala
-intención. El chiquillo llegó a tomarme odio.
-
-Al cuarto o quinto día de llegar a Algeciras fuí a ver al cónsul
-inglés, que me proporcionó trabajo para una temporada.
-
-Le dije que estaba en relación con los filohelenos de Londres, y él me
-informó de que iba a llegar un barco con soldados para Grecia.
-
-Cuando cobré el dinero del cónsul hablé con Dolores, la mujer de
-Paquito, para que me dijera lo que tenía que pagar por estar en su casa.
-
-Nos pusimos de acuerdo, y quedé allá, en mi cuartito pequeño,
-escribiendo y pintando. Por la tarde solía dar un paseo por la playa,
-y recorría también las calles del pueblo, con sus grandes caserones
-blancos, con balconadas salientes, adornadas con hierros barrocos, sus
-rejas, sus canalones y sus persianas pintadas de verde.
-
-Paseaba también por la plaza Alta y por una avenida, cuyas bocacalles
-iban a dar a la bahía, y por las cuales se divisaba el cielo y el mar.
-
-Como se estaba en un período de política revuelta, todos los días había
-algún acontecimiento. A medida que los ministros de Fernando VII se
-apoderaban del Poder la represión era mayor. Se hacían prisiones, y
-llegaban constantemente cuerdas de presos que el comandante del campo
-de Gibraltar, don José O'Donnell, enviaba a los presidios de Africa.
-
-Un día vi en la plaza Alta un espectáculo triste. Un constitucional, un
-hombre viejo, de noble aspecto, se escapó de la cuerda; dos voluntarios
-realistas le siguieron gritando: «¡A ése! ¡A ése!» La gente fué tras
-él, le cogieron y a palos lo dejaron tendido en el suelo.
-
-El pueblo entero manifestaba un gran fervor realista; se había
-sustituído la lápida de la Constitución por otra con el letrero: «Plaza
-del Rey», con las armas de la ciudad y una corona. Paquito, que estaba
-señalado como liberal exaltado, no salía apenas, y muchos, entre ellos
-yo, le aconsejaron que fuera a Gibraltar y que no viniese mas que de
-tarde en tarde. Esto fué lo que hizo.
-
-Yo me alegré mucho, no por la seguridad de Paquito, que me tenía sin
-cuidado, sino por hablar libremente con Dolores. La verdad es que me
-iba enamorando de ella por momentos. ¡Era una mujer tan simpática, tan
-buena! No me cansaba de oírla.
-
-Ya sé yo que hay un mandamiento, no se cuál, que dice que no se debe
-desear la mujer del prójimo; pero esto siempre me ha parecido una
-tontería; yo, no sólo deseaba la mujer de mi prójimo, sino que se la
-hubiera quitado si hubiese podido.
-
-Cuando Dolores quedó sola con su suegra y los chicos, yo le decía que
-saliera, que no estuviera siempre metida en casa.
-
-Un domingo dimos una vuelta por la bahía en el _Lince_, una barca
-grande. El _Chirri_ iba al cuidado de la vela y yo al timón.
-
-Estaba el cielo azul y el mar casi tan azul como el cielo.
-
-Enfrente se divisaba el Peñón, de un color gris de ceniza, obscuro en
-los sitios cubiertos de bosque y alargado hasta la punta de Europa...
-
-Dolores me habló de su infancia, de la que conservaba un recuerdo
-confuso de idas y venidas por colegios de distintas ciudades; me contó
-una serie de niñerías con verdadera gracia. Yo le hacía mil preguntas y
-le oía encantado.
-
-El barco marchaba suavemente; veía desarrollarse ante mis ojos la línea
-quebrada de los montes formada por las últimas ramificaciones de la
-sierra de los Gazules.
-
-A lo lejos aparecía la serranía de Ronda, los montes de Gaucín y
-Casares y los de Estepona.
-
-Más cerca la sierra Carbonera, con San Roque en un alto; El Campamento,
-a orillas del mar, y luego La Línea sobre el arenal que une la tierra
-con Gibraltar.
-
---Vamos ya--dijo Dolores--, que la madre estará esperando.
-
---¿Qué prisa tiene usted para volver?--le pregunté yo.
-
---Sí, hay que hacer la cena.
-
---Deje usted la cena; por un día cenaremos más tarde. ¡El día está tan
-hermoso!
-
---Bueno--replicó ella.
-
-Seguimos hablando. Avanzamos hasta la salida de la bahía. Estaba el
-Estrecho lleno de barcos, que navegaban con las velas desplegadas.
-Pasamos cerca de las murallas, llenas de líquenes, de la isla Verde.
-
-Ahora se veía el otro extremo de la gran bahía casi circular, la Punta
-Carnero, y a lo lejos, la costa de Africa, el acantilado blanquecino de
-los montes de Sierra Bullones y el pico de la Almina de Ceuta.
-
-Seguimos hablando Dolores y yo largo rato, y al caer la tarde le dije
-al _Chirri_ que volviéramos.
-
- * * * * *
-
-Pasamos de nuevo por delante de la isla Verde. El sol iba retirándose
-con lentitud, iba escalando las casas de Algeciras, brillaba en
-los cristales, subía a los tejados, los abandonaba e iluminaba el
-campanario de la iglesia con una claridad rojiza. La sierra parecía
-acercarse, y al borrarse sus repliegues tomaba el aspecto de una
-muralla que se levantara tras del pueblo. Las casas se destacaban con
-más claridad a la luz fría del crepúsculo.
-
-El cielo tomaba un color de escarlata por el lado del mar y éste iba
-brillando con resplandores de rosa.
-
-Al desembarcar, al acercarnos a Algeciras, las ventanas de las casas
-comenzaban a iluminarse; se oía en las tabernas rasguear de guitarras y
-se sentía un olor fuerte de aceite frío.
-
-Desde el muelle fuimos hasta la plaza Alta.
-
-Al pasar hacia casa oíamos la retreta en un cuartel.
-
- * * * * *
-
-Dos días después estaba en mi cuarto escribiendo, cuando se me presentó
-Paquito, con un aire grave, dramático.
-
-Me advirtió que me tenía que hablar; hice ademán de oírle, y de repente
-me dijo que yo era un sinvergüenza, un ingrato y un canalla que estaba
-cortejando a su mujer. Negué yo el hecho, y entonces él me replicó que
-el domingo anterior había ido a pasear en la lancha con Dolores y que
-le había dicho que era muy guapa y otra porción de cosas.
-
---¿Quién le ha dicho a usted eso?
-
---Mi chico y el _Chirri_.
-
-Me callé y no repliqué; él siguió insultándome, y después insultando a
-su mujer.
-
-Esto no lo pude soportar y salté.
-
-Ya furioso, le dije que era un botarate y que su mujer valía millones
-de veces más que él; que le tenía por un vanidoso y un farsante; que
-su liberalismo era una mentira, porque no era mas que envidia por
-los que podían y valían más que él, y, en último término, que estaba
-dispuesto a batirme con él a puñetazos, a navajazos o a tiros, porque
-le consideraba uno de los seres más despreciables y más ridículos de la
-tierra.
-
-Mi indignación le enfrió a Paquito, y sin contestarme nada se marchó,
-dejándome solo e iracundo.
-
-
-
-
- XIII
-
- MAC CLAIR
-
-
-DESPUÉS de nuestra riña, toda la familia de Paquito se trasladó a
-Gibraltar, y yo quedé en una casa de la vecindad, en la más profunda
-desesperación.
-
-Seguía trabajando para el cónsul, cuando recibí un carta de Will Tick
-anunciándome que pocos días después pasaría el Estrecho, en dirección a
-Grecia, una expedición de filohelenos.
-
-Antes llegaría a Algeciras el coronel Mac Clair, que iba a comprar
-armas y municiones de guerra.
-
-Saldría yo a recibirle al muelle y le reconocería, por ser un tipo
-alto y delgado, vestido con un ulster negro con rayas blancas, y que
-llevaría un bulto cuadrado envuelto en tela encerada en la mano derecha
-y un paraguas en la izquierda.
-
-Efectivamente, lo reconocí. Era Mac Clair un hombre delgado, seco, de
-aire enfermizo. Tenía el pelo rojo, rizado, patillas cortas, bigote
-grueso y anteojos azules. Por debajo del ulster usaba redingote de
-color de castaña.
-
-Llevé a mi casa a Mac Clair, y al día siguiente fuimos en coche a
-Tarifa, donde recogimos varias cajas de fusiles, escondidas cerca de la
-playa, y las embarcamos en una gabarra.
-
-El coronel Mac Clair marchó después a Gibraltar, donde compró un
-ciento de fusiles españoles e ingleses.
-
-El coronel me dijo que me avisaría la llegada del paquebot que venía de
-Londres con los filohelenos.
-
-Efectivamente, quince días después me avisó. Con un tiempo muy malo
-salimos los dos en un falucho.
-
-Fuimos hasta Tarifa, en donde teníamos nuestras cajas de fusiles, las
-embarcamos y esperamos toda una tarde y toda una noche.
-
-Al día siguiente, el coronel reconoció el bergantín _Fénix_, al que
-esperábamos.
-
-Nos acercamos al barco, que parecía un gran pez negro sobre el agua, y
-entramos en él.
-
-Al pasar por delante de Algeciras se me humedecieron los ojos con el
-recuerdo de Dolores.
-
- * * * * *
-
-Estas cuartillas leí a mistress Hervés, en el mirador del castillo de
-Ondara, una tarde de verano.
-
-Mi aventura en Grecia, quizá por ser insignificante, no la he escrito
-todavía. No sé si la escribiré alguna vez.
-
-
- Itzea-Vera del Bidasoa.--Octubre, 1916.
-
-
- FIN DE LA RUTA DEL AVENTURERO
-
-
-
-
- ÍNDICE
-
-
- Páginas.
-
- PRÓLOGO 7
-
-
- EL CONVENTO DE MONSANT
-
- I.--Una ciudad levantina 11
-
- II.--El castillo 17
-
- III.--Los sospechosos 21
-
- IV.--Entierro 27
-
- V.--El teniente Eguaguirre 33
-
- VI.--El mirador del castillo 41
-
- VII.--Los oficiales 47
-
- VIII.--Urbina 51
-
- IX.--Recomendación de Kitty 55
-
- X.--Explicación 59
-
- XI.--El proyecto 65
-
- XII.--El viaje 69
-
- XIII.--El convento 75
-
- XIV.--Los argonautas 83
-
- XV.--El rapto 95
-
- EPÍLOGO 105
-
-
- EL VIAJE SIN OBJETO
-
- PRÓLOGO 113
-
-
- PRIMERA PARTE
-
- UNA VIDA INSIGNIFICANTE
-
- I.--El viajero y su canción 117
-
- II.--Disecación y farmacia 121
-
- III.--Los libros de mi tío 125
-
- IV.--La casa de Israels y Piper 129
-
- V.--Elogio de la litografía 133
-
- VI.--En plena bohemia 137
-
- VII.--Días tristes 141
-
- VIII.--Examen de mis aptitudes por el sistema
- métrico decimal 145
-
- IX.--Última hazaña en Londres 149
-
- X.--Los destinos absurdos 153
-
- XI.--En memoria de Burton 157
-
- XII.--Charlatanes y saltimbanquis 161
-
- XIII.--Comienzo de una aventura romántica 167
-
- XIV.--En la diligencia 175
-
- XV.--Mary la de Biriatu 179
-
- XVI.--La venta de Inzolas 183
-
-
- SEGUNDA PARTE
-
- DEL PIRINEO A MADRID
-
- I.--Los placeres del campo 185
-
- II.--Erlaiz el panadero 187
-
- III.--El parador de Sumbilla 193
-
- IV.--Pamplona 197
-
- V.--Los caballeros 203
-
- VI.--Los estratos sociales de Pamplona 205
-
- VII.--Philonous 209
-
- VIII.--Los realistas franceses 211
-
- IX.--Conspiraciones 213
-
- X.--El calor 217
-
- XI.--Las moscas 221
-
- XII.--En las Bárdenas 223
-
- XIII.--Revelación de la España clásica 227
-
- XIV.--El santero 231
-
-
- TERCERA PARTE
-
- DE MADRID A SEVILLA
-
- I.--La casa de huéspedes 235
-
- II.--Digresiones sobre el país 239
-
- III.--Salida de Madrid 243
-
- IV.--De Sevilla a la cárcel de Sanlúcar 247
-
- V.--Nieves la alcaidesa 253
-
- VI.--Las recomendaciones 257
-
- VII.--En el camino 259
-
-
- CUARTA PARTE
-
- PRISIONERO
-
- I.--El Salón de Cortes 263
-
- II.--La señora Landon 267
-
- III.--La torre 271
-
- IV.--«Mare Serenitatis» 275
-
- V.--El fraile 277
-
- VI.--Evasión 281
-
- VII.--La casa abandonada 287
-
- VIII.--Dilema 291
-
- IX.--De viaje 295
-
- X.--Un loco 299
-
- XI.--El copo 301
-
- XII.--La familia del patrón 305
-
- XIII.--Mac Clair 311
-
-
-
-
- OBRAS COMPLETAS
-
- DE AZORIN
-
-
-I.--EL ALMA CASTELLANA.
-
-II.--LA VOLUNTAD.
-
-III.--ANTONIO AZORÍN.
-
-IV.--LAS CONFESIONES DE UN PEQUEÑO FILÓSOFO. (Aumentada.)
-
-V.--ESPAÑA.
-
-VI.--LOS PUEBLOS.
-
-VII.--FANTASÍAS Y DEVANEOS.
-
-VIII.--EL POLÍTICO.
-
-IX.--LA RUTA DE DON QUIJOTE.
-
-X.--LECTURAS ESPAÑOLAS.
-
-XI.--LOS VALORES LITERARIOS.
-
-XII.--CLÁSICOS Y MODERNOS.
-
-XIII.--CASTILLA.
-
-XIV.--UN DISCURSO DE LA CIERVA.
-
-XV.--AL MARGEN DE LOS CLÁSICOS.
-
-XVI.--EL LICENCIADO VIDRIERA.
-
-XVII.--UN PUEBLECITO.
-
-XVIII.--RIVAS Y LARRA.
-
-XIX.--EL PAISAJE DE ESPAÑA VISTO POR LOS ESPAÑOLES.
-
-XX.--ENTRE ESPAÑA Y FRANCIA.
-
-XXI.--PARLAMENTARISMO ESPAÑOL.
-
-XXII.--PARÍS BOMBARDEADO Y MADRID SENTIMENTAL.
-
-XXIII.--LABERINTO.
-
-XXIV.--MI SENTIDO DE LA VIDA.
-
-XXV.--AUTORES ANTIGUOS. (ESPAÑOLES Y FRANCESES.)
-
-XXVI.--LOS DOS LUISES Y OTROS ENSAYOS.
-
-
-
-
-
-End of the Project Gutenberg EBook of Memorias de un Hombre de Acción: #6 La
-Ruta del Aventurero, by Pío Baroja
-
-*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN ***
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- The Project Gutenberg eBook of Memorias de un Hombre de Acción: #6 La Ruta del Aventurero, by Pío Baroja.
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- </head>
-
-<body>
-
-
-<pre>
-
-The Project Gutenberg EBook of Memorias de un Hombre de Acción: #6 La Ruta
-del Aventurero, by Pío Baroja
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and most
-other parts of the world at no cost and with almost no restrictions
-whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms of
-the Project Gutenberg License included with this eBook or online at
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-
-
-
-Title: Memorias de un Hombre de Acción: #6 La Ruta del Aventurero
-
-Author: Pío Baroja
-
-Release Date: December 20, 2015 [EBook #50726]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: ISO-8859-1
-
-*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN ***
-
-
-
-
-Produced by Carlos Colón, University of Toronto and the
-Online Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net
-(This file was produced from images generously made
-available by The Internet Archive)
-
-
-
-
-
-
-</pre>
-
-<p class="box">Nota del Transcriptor:<br/><br/>
-
-Se ha respetado la ortografía y la acentuación del original.<br/><br />
- Errores obvios de imprenta han sido corregidos.<br/><br />
-
- Páginas en blanco han sido eliminadas.<br/><br/>
-La portada fue diseñada por el transcriptor y se considera dominio público.<br /></p>
-
-
-
-
-
-
-<p class="large center p6">PÍO BAROJA</p>
-
-<p class="center p2">MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN</p>
-
-
-<p class="p2"><i>El aprendiz de conspirador.</i></p>
-
-<p><i>El escuadrón del Brigante.</i></p>
-
-<p><i>Los caminos del mundo.</i></p>
-
-<p><i>Con la pluma y con el sable.</i></p>
-
-<p><i>Los recursos de la astucia.</i></p>
-
-<p><i>La ruta del aventurero.</i></p>
-
-<p><i>Los contrastes de la vida.</i></p>
-
-<p><i>La veleta de Gastizar.</i></p>
-
-<p><i>Los caudillos de 1830.</i></p>
-
-<p><i>La Isabelina.</i></p>
-
-<p><i>El sabor de la venganza.</i></p>
-
-<hr class="chap" />
-
-
-
-
-<p class="p6 center">ES PROPIEDAD<br />
-DERECHOS RESERVADOS<br />
-PARA TODOS LOS PAÍSES</p>
-
-<p class="p2 center">COPYRIGHT BY<br />
-RAFAEL CARO RAGGIO<br />
-1921</p>
-
-<p class="p6">Establecimiento tipográfico<br />
-de Rafael Caro Raggio</p>
-<hr class="chap" />
-
-
-
-<p class="large center p6">PÍO BAROJA</p>
-
-<h1>MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN<br />
-LA RUTA DEL AVENTURERO</h1>
-
-<p class="center">NOVELA</p>
-
-<div class="figcenter4em"><img src="images/page1.png" width="100"
-height="124" alt="" title="" />
-</div>
-
-<p class="p4 center">RAFAEL CARO RAGGIO<br />
-EDITOR<br />
-MENDIZÁBAL, 34<br />
-MADRID</p>
-<hr class="chap" />
-
-
-
-<h2 id="PROLOGO">PRÓLOGO</h2>
-
-
-
-<p><span class="smcap">Estas</span> dos historias, <i>El Convento de Monsant</i> y <i>El
-Viaje sin objeto</i>, parece que fueron escritas,
-hace años, por un inglés, J. H. Thompson, que vivió
-mucho tiempo en Málaga, donde se dedicaba al comercio
-de la uva.</p>
-
-<p>Algunos dicen que el tal ciudadano no se contentaba
-con el comercio del susodicho género al exterior, sino
-que lo consumía también en zumo y al interior; pero
-esta debe ser una de tantas calumnias que se ceban en
-los hombres de aspecto y costumbres distintos de la generalidad.</p>
-
-<p>Como verá el curioso o indiferente lector, en las dos
-narraciones thompsonianas aparece nuestro héroe Aviraneta
-de una manera un tanto episódica.</p>
-
-<p>Quizá los aviranetistas científicos o aviranetistas de
-la cátedra nos pregunten: ¿Qué garantías tiene ese
-J. H. Thompson como historiador veraz? ¿Qué grado de
-certeza pueden conceder a sus afirmaciones las personas
-serias y sensatas? Lo ignoramos.</p>
-
-<p>Por ahora, a pesar de haber revisado todos cuantos
-diccionarios enciclopédicos han caído en nuestras manos,
-no lo hemos visto citado entre los Bossuet, los Solís,
-los Macaulay, los Cantú, los Thiers y otros grandes
-historiadores, magníficos por su elocuencia, su pedantería
-y su moral, que han contribuído a aburrir al mundo;
-tampoco se sabe que el dicho Thompson perteneciera a
-ninguna academia de buenas ni de malas letras, histórica,
-arqueológica, lingüística o filatélica, lo cual, unido a
-que no tuvo, al parecer, ninguna cruz, ni encomienda,
-ha hecho pensar a muchos que debió ser hombre de
-poca formalidad y de poca importancia.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_8" id="Page_8">[8]</a></span></p>
-
-<p>Los datos que hemos podido recoger de este inglés
-extravagante y jovial, proporcionados por uno de sus
-amigos, son los siguientes:</p>
-
-<p>Juan Hipólito Thompson era hijo de un disecador de
-animales de Holborn Street, en Londres, y sobrino de
-un farmacéutico de Soho, de la misma ciudad.</p>
-
-<p>J. H. pasó la infancia en el taller de su padre, entre
-tigres, serpientes, caimanes, cocodrilos y otros animales
-disecados, llenos de escamas, garras, uñas, picos, y de
-furor en vida; y de paja, papel de periódicos, virutas, y
-serenidad después de la muerte.</p>
-
-<p>J. H. jugó con los ojos de cristal que habían de resplandecer
-en las cuencas vacías de los monstruos;
-J. H. se divirtió con los dientes afilados de las fieras;
-J. H. se entretuvo con las lenguas rojas de las alimañas,
-con las plumas de los pavos reales y las crestas de
-las abubillas.</p>
-
-<p>J. H. vió claramente que un cocodrilo nunca tiene
-una mirada tan fascinadora como cuando se le ponen
-ojos de cristal, y que una serpiente de cascabel nunca
-parece tan de cascabel como cuando se le ata uno de
-estos adminículos a la cola.</p>
-
-<p>Tan grandes descubrimientos le condujeron con rapidez
-al escepticismo.</p>
-
-<p>Esta colección de uniformes barrocos que posee la
-madre Naturaleza, esta guardarropía absurda y caprichosa,
-llevó a J. H. a mirar con cierto desdén la realidad
-fenomenal y a sentir una gran inclinación hacia el conocimiento
-de esa incógnita que los sabios llamamos lo
-nouménico, y también la cosa en sí.</p>
-
-<p>Como hemos indicado antes, J. H. tuvo un tío, soltero
-y de alguna posición. Este señor, bibliófilo y ex farmacéutico,
-que vivía rodeado de libros y de estampas,
-hizo leer a su sobrino las obras de los filósofos, entre
-ellos Bacon, el caballero Locke, Berkeley y Kant.</p>
-
-<p>J. H. discutió con sus amigos acerca de las grandes
-antinomias del pensamiento humano.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_9" id="Page_9">[9]</a></span></p>
-
-<p>J. H. profundizó los tres diálogos entre Hylas y Philonous
-de Berkeley, y se convenció de que el mundo, la
-materia, los astros, el amor y hasta las casas de préstamos,
-que a veces frecuentaba por ineludible necesidad,
-no tenían realidad objetiva.</p>
-
-<p>Llevado por estas ideas, o por sus inclinaciones, en vez
-de dedicarse a cosas sanas, decentes y respetables, como
-la abogacía, el comercio o el préstamo usurario, J. H. se
-dedicó al dibujo, a la caricatura, a la pintura y a otras
-absurdidades que, en general, no conducen mas que
-a sentir el hambre con violencia y en horas intempestivas,
-en que no suenan los tres golpes de la campana del
-comedor de un hotel.</p>
-
-<p>A J. H., además de llevarle a la ruina, le obligaron a
-escapar de Inglaterra.</p>
-
-<p>&mdash;¿Adónde ir?&mdash;se dijo J. H.&mdash;. ¿En dónde colocar la
-débil e insegura planta?</p>
-
-<p>¿Conoces tú el país donde maduran los limoneros y
-en el follaje sombrío brilla la naranja de oro.</p>
-
-<p>Esta pregunta se hizo J. H., como Mignon en la canción
-de Goethe.</p>
-
-<p>No; no conocía el país donde maduran los limoneros,
-ni la montaña y su sendero brumoso, ni la tierra que se
-adorna con el mirto discreto y el soberbio laurel.</p>
-
-<p>No conocía J. H. mas que las calles sucias de Londres
-y las tabernas de la City; y como un ibis de los
-que había disecado su padre, antes de caer bajo el plomo
-de un cazador irrespetuoso, extiende sus alas sobre
-las aguas del Nilo y se lanza en el espacio azul, él levantó
-el vuelo y se vino a España. Sus aventuras en
-nuestro país le impulsaron a escribir el <i>Viaje sin objeto</i>.</p>
-
-<p>Después Thompson hizo la expedición de Missolonghi
-con lord Byron, se casó en Andalucía y acabó olvidando
-a Kant, a Berkeley, los dibujos, las caricaturas y
-vendiendo pasas.</p>
-
-<p>Ya sabemos que la mayoría de los críticos suspicaces
-no creerán en la existencia de J. H.; que supondrán que<span class="pagenum"><a name="Page_10" id="Page_10">[10]</a></span>
-es un Homunculus creado por nosotros con una fórmula
-más o menos vulgar, pensando que el inglés jovial no
-existe y que, a lo más, es un embolado que el editor de
-esta obra trae del cabestro para entretener al público.</p>
-
-<p>Piensen lo que quieran estos críticos suspicaces, el
-editor no vacila en afirmar, con la mano puesta en el
-corazón y con la lealtad de un hombre que desciende,
-según su difunta tía, de uno de los más ilustres caballeros
-de la antigüedad, contemporáneo del reino, que
-J. H. vivió, existió, tuvo realidad objetiva en nuestro
-pequeño e insignificante planeta.</p>
-
-<p>Algunos escépticos han intentado sembrar dudas acerca
-de la autenticidad del <i>Convento de Monsant</i>, basándose
-en hallarse raspados, borrados y sustituídos por
-otros escritos encima los nombres de los personajes que
-intervienen en la acción.</p>
-
-<p>Al mismo tiempo afirman que está cambiado el nombre
-de la ciudad levantina que aparece como fondo,
-pues la Ondara que figura aquí no es la Ondara de la
-provincia de Alicante, que no es puerto de mar.</p>
-
-<p>Nada de esto ha podido quebrantar nuestra fe en la
-existencia de J. H. y en la veracidad de su relato.</p>
-
-<p>Para nosotros, <i>El Convento de Monsant</i> es tan auténtico,
-tan demostrado como el <i>Viaje sin objeto</i>.</p>
-
-<p>Se podrá argüir que ambas narraciones no son brillantes,
-que no tienen la magia de estilo de un poeta
-meridional, que están escritas, como quien dice, en tono
-menor; pero todo ello depende de que la visión de J. H. es
-la visión escueta y descarnada del que mira y contempla
-con la pupila fría de un hombre del Norte, acostumbrado,
-como disecador, a ver la entraña de las cosas.</p>
-
-<p>Hechas estas salvedades, para dejar en buen lugar
-nuestra seriedad de hombres históricos y nuestro respeto
-por las grandes verdades de la filosofía, la geografía,
-etcétera, etc., pasamos a copiar los dos relatos de
-J. H., ex disecador, ex acuarelista, ex caricaturista y
-vendedor de pasas.</p>
-<hr class="chap" />
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_11" id="Page_11"></a></span></p>
-
-
-
-<h2 id="CONVENTO">EL CONVENTO DE MONSANT</h2>
-
-<h3 id="I_I">I.<br />
-UNA CIUDAD LEVANTINA</h3>
-
-
-<p>A orillas del Mediterráneo y en el fondo de una ensenada
-hay una pequeña ciudad blanca colocada
-sobre alta colina y rodeada por una sierra que forma
-gran anfiteatro de montes desnudos y pedregosos.</p>
-
-<p>Ondara, nombre que unos consideran de origen griego
-y otros de origen ibérico, se repliega en la falda de
-un cerro, promontorio destacado de la cordillera que penetra
-en el mar.</p>
-
-<p>Este promontorio, llamado por los romanos Promontorio
-Ondar&oelig;, tiene un viejo castillo en la cumbre, y debió
-ser en otro tiempo una Acrópolis donde se encerraban
-las tropas con su caudillos a la llegada del enemigo
-y se guardaban los dioses lares de la ciudad.</p>
-
-<p>La gran sierra, en anfiteatro, de Ondara se levanta al
-acercarse al mar en un monte más alto, denominado el
-Monsant.</p>
-
-<p>El Monsant limita la bahía de Ondara por el norte.
-Hacia el interior tiene un picacho cónico y desnudo, gi<span class="pagenum"><a name="Page_12" id="Page_12">[12]</a></span>gante
-abrumado en la soledad, que debió ser en otro
-tiempo un volcán, con sus aristas y surcos, por donde
-corrió la lava. Hacia el mar avanza formando un cabo,
-como una proa formidable rota por alguna convulsión
-ígnea en láminas negras, hendidas por rajaduras, en cuyo
-fondo penetra el agua y golpea como un ariete.</p>
-
-<p>El desmoronamiento del Monsant ha dejado pequeños
-archipiélagos rocosos: tritones negros que se bañan entre
-los meandros blancos de las olas y de las espumas.</p>
-
-<p>Neptuno y Anfitrite, con su cortejo de nereidas y de
-sirenas, parecen presidir estos locos desvaríos del mar.</p>
-
-<p>La ensenada de Ondara, cerrada al norte por el Monsant,
-circunscrita por la sierra con sus rocas azules por
-la mañana y moradas al anochecer, termina hacia el sur
-en una punta baja de arena con un faro en su extremo.
-Tiene esta ensenada dos playas grandes, abiertas, llenas
-de pedruscos, ennegrecidas por las algas, y un puerto
-natural al pie mismo de las casas.</p>
-
-<p>Durante el primer tercio del siglo <span class="smcap">XIX</span> Ondara era todavía
-pueblo de alguna importancia estratégica; tenía un
-castillo y una muralla.</p>
-
-<p>El castillo había sufrido mucho durante la guerra de
-la Independencia; los cañones estaban desmontados; las
-casamatas, destruídas; por todas partes quedaban reliquias
-de una lucha violenta y tenaz.</p>
-
-<p>La muralla general del pueblo, de poco valor defensivo,
-era baja, sin fosos ni obras exteriores, a trechos
-aspillerada y a trechos no, interrumpida por baluartes y
-torreones circulares, con sus correspondientes garitas.</p>
-
-<p>Esta pared moderna, blanca y de poca altura, que rodeaba
-la ciudad, se unía al castillo y tenía hacia el
-puerto una explanada grande, llamada la Glorieta, y un
-hornabeque con sus baterías.</p>
-
-<p>Había, además de la pared baja, que circunvalaba a
-Ondara, restos de fortificaciones, antiguos lienzos de
-muralla de color de ámbar dorados por el sol de los siglos
-y ennegrecidos por el aire del mar.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_13" id="Page_13">[13]</a></span>
-Uno de éstos, el más extenso, cerraba un gran barranco
-que existía entre el castillo y el barrio de pescadores.</p>
-
-<p>Era una cortina de piedra de grandes bloques tallados.
-Los eruditos no se hallaban muy de acuerdo en señalar
-la época de construcción de esta muralla. Unos la
-consideraban del tiempo de los etruscos, fundadores de
-la ciudad; otros, de origen romano.</p>
-
-<p>Los eclécticos afirmaban que había parte de muro
-antiquísima; otra, romana, y otra, reedificada por los
-árabes.</p>
-
-<p>El conjunto de murallas de Ondara levantadas en distintas
-épocas se unía, trazando un 8, encerrando en sus
-dos círculos el castillo y la ciudad.</p>
-
-<p>Se comprendía que antiguamente Ondara debió de
-ser fortaleza importante, casi inexpugnable; del lado del
-mar tenía que ser muy difícil su conquista, y difícil también
-del lado de tierra, guardando los pasos de su anfiteatro
-de montañas.</p>
-
-<p>Todavía fuera de su recinto la ciudad presentaba vestigios
-de defensa, y a la entrada del puerto, sobre unas
-rocas, se levantaban dos torrecillas negras medio derruídas:
-una, llamada el Fortín, y la otra, la Torreta.</p>
-
-<p>La ciudad de Ondara, muy vieja en sus ruinas y muy
-nueva en sus construcciones, era casi en su totalidad
-moderna. Únicamente la iglesia mayor, y algunas casas
-próximas a la muralla, procedían de edades pretéritas.</p>
-
-<p>La iglesia mayor, de traza gótica, tenía una fachada
-pintada de color azul claro, con una portada barroca y
-una galería con remates en forma de jarrones.</p>
-
-<p>Esta iglesia se levantaba en el centro de una plazoleta,
-y se erguía sobre el caserío ondarense con su torre
-cuadrada y su cúpula de azulejos verdes.</p>
-
-<p>Por dentro, la alta nave mostraba las nervaduras de
-sus columnas y sus ojivas pintadas de amarillo, y en
-las claves tenía escudos coloreados.</p>
-
-<p>En las capillas resplandecían los grandes altares chu<span class="pagenum"><a name="Page_14" id="Page_14">[14]</a></span>rriguerescos,
-con sus columnas salomónicas retorcidas,
-y las tablas antiguas pintadas por maestros imitadores
-de los flamencos.</p>
-
-<p>Otra iglesia existía en Ondara, hacia el puerto; los arqueólogos
-no hubiesen encontrado en ella belleza alguna;
-sin embargo, pintada de azul y de rosa, daba la
-impresión de juventud y de fuerza de una aldeana rozagante.</p>
-
-<p>El caserío de Ondara, agrupado en torno de la iglesia,
-en la colina del castillo, tenía un aire de inocencia, de
-beatitud, de paz; parecía un rebaño blanco que rodease
-a su pastor. En las azoteas de las casas se secaban al
-sol trapos de mil colores. A los pocos tejados del pueblo
-la humedad del mar los llenaba de musgo y hacía brotar
-en ellos hierbales frondosos y verdes.</p>
-
-<p>Ondara no ofrecía nada de caprichoso ni de pintoresco;
-tenía un barrio de campesinos y otro de pescadores.
-El centro lo formaban dos o tres calles bastante anchas,
-con comercios importantes. Paseaban por ellas los señoritos
-desocupados, los jóvenes militares, arrastrando el
-sable, y los curas, con su gran teja y las manos a la espalda,
-recogiendo el manteo por detrás. A ciertas horas
-cruzaban grupos de mocitas muy garbosas, muy limpias
-y pizpiretas, que trabajaban en el embalaje de las naranjas.</p>
-
-<p>De vez en cuando pasaba algún coche o una tartana
-de familia rica, y los jóvenes sabían inmediatamente si
-era Vicenteta o Doloretes, o el padre o la madre de una
-de éstas, la que iba en el carruaje.</p>
-
-<p>Fuera de las calles céntricas y comerciales, las demás
-eran rectas, bastante anchas y desiertas. Las casas, bajas,
-sin alero, de grandes puertas y rejas pintadas de
-verde, se alineaban una tras otra, inundadas de sol,
-como ensimismadas en la calma soñolienta.</p>
-
-<p>Los transeúntes eran escasos.</p>
-
-<p>Sólo por la mañana se veían viejas vestidas de negro,
-de ojos desconfiados, y alguna con su poco de barba,
-<span class="pagenum"><a name="Page_15" id="Page_15">[15]</a></span>
-que sacaban una llave de debajo del manto, abrían un
-postigo y cerraban después dando un gran portazo, manifestando
-su desprecio para el resto de los mortales.</p>
-
-<p>El barrio de pescadores era lo más pintoresco de Ondara:
-allí se veían calles estrechas y en cuesta, con casuchas
-pequeñas, chozas, barcas metidas en los corrales
-y una población marinera expresiva, exagerada y
-gesticulante. Los hombres trabajaban, hablando, gritando,
-en su lengua mediterránea; las viejas, ennegrecidas
-por el sol, componían redes y velas, y los chiquillos
-haraposos, con harapos rojos, amarillos, verdes, de los
-colores más vivos, correteaban con los pies descalzos...</p>
-
-<hr class="tb" />
-
-<p>Si Ondara no presentaba nada extraordinario desde
-el punto de vista arqueológico, poseía una luz mágica
-que la doraba, la hermoseaba, la convertía a ciertas horas
-en una ascua de oro, en una ciudad de fuego, y en
-otras le daba un aire de pueblo oriental, de inmovilidad,
-de calma y de luz.</p>
-
-<p>Como todas las ciudades del Mediterráneo, nacidas
-del beso suave de la tierra con el mar, Ondara tenía algo
-armónico por encima del caos producido por la mezcla
-de muchas razas y de diversas gentes.</p>
-
-<p>Era ciudad provinciana y cosmopolita, campesina y
-pescadora. En ella el ser más humilde, el pescador más
-mísero, llevaba en el cerebro, por la misma limitación del
-mar interior, una idea del mundo. Allí cerca estaba el
-Africa, con sus misterios; más lejos, Grecia, Roma, Egipto,
-con sus ciudades opulentas de cielo incomparable y
-de suelo fecundo...</p>
-
-<p>El habitante obscuro del Atlántico mira el mar como
-un final ilimitado; el habitante obscuro del Mediterráneo
-mira el mar como un camino.</p>
-
-<p>De ahí quizá su superioridad colectiva, su sentido
-social.</p>
-
-<p>Para un hombre llegado de las costas del Atlántico,
-las orillas del <i>mare nostrum</i> guardan siempre una sor<span class="pagenum"><a name="Page_16" id="Page_16">[16]</a></span>presa,
-que a veces toma aspecto de lección. En estas
-aguas azules del mar latino, que cantan eternamente en
-las costas, el hombre vive una vida ligera y elástica;
-allá, a veces, parece superficial lo que en otras partes
-parece profundo; allá la marea no amenaza constantemente
-al hombre como en el Océano, y la vida humana
-se desarrolla en el contacto plácido de la tierra con el
-mar; de la tierra, que es la patria y la ciudad; del mar,
-que por el remo o por la vela se convierte en el camino
-del mundo...</p>
-
-<p>A pesar de esto, la misma magia de la decoración, la
-misma esplendidez del fondo, hace en estos lugares que
-el hombre parezca de contornos más limitados, más acusados
-y quizá por esto más pequeño.</p>
-<hr class="chap" />
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_17" id="Page_17"></a></span></p>
-
-
-
-
-<h3 id="I_II">II.<br />
-EL CASTILLO</h3>
-
-
-<p><span class="smcap">El</span> castillo era un peñón árido que se destacaba de
-la sierra y avanzaba hundiendo en el mar sus
-acantilados rojos y amarillentos.</p>
-
-<p>Contemplado a lo lejos apenas se advertía en él mas
-que alguno que otro lienzo de muralla de color de ceniza,
-la torre de señales y las baterías altas de su cumbre.</p>
-
-<p>Desde el puerto aparecía imponente con sus paredones
-grandes de piedra, dorados por el sol; sus torres, sus
-baterías, sus fortines, sus garitas verdinegras, los traveses,
-que iban trazando zig-zag por los glacis, y los viejos
-cañones, que miraban al mar.</p>
-
-<p>La tierra, rojiza, de entre muralla y muralla tenía rincones
-con almendros y melocotoneros, que en primavera
-resplandecían como ramos de nieve y de rosa, y taludes
-con viñas y hierbas salvajes esmaltadas de flores
-amarillas y azules.</p>
-
-<p>Subiendo al castillo y entrando en su recinto se veía
-que era ya una ruina, un amontonamiento confuso de
-murallas viejas, griegas, romanas, visigodas, árabes y
-alguna que otra moderna.</p>
-
-<p>Los militares consideraban la restauración de la fortaleza
-casi inútil, y el Gobierno no tenía, al parecer, intenciones
-de artillarla.</p>
-
-<p>El castillo tenía tres puertas: la puerta de Tierra, que
-salía cerca de la plaza de la Iglesia; la de la Marina, que
-miraba al muelle, y la del Socorro, que daba al campo.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_18" id="Page_18">[18]</a></span></p>
-
-<p>Esta última, de extramuros, servía para recibir refuerzos
-y auxilios del exterior en el caso de que la ciudad
-estuviese rebelada contra el Poder o se hallara ocupada
-por el enemigo.</p>
-
-<p>Entrando por la puerta de la Marina y pasando por
-un puente levadizo, limitado por cadenas y flanqueado
-por dos garitas, se atravesaba un arco, a uno de cuyos
-lados estaba el cuerpo de guardia.</p>
-
-<p>Allí, en unos bancos, solía verse a los soldados sentados,
-mientras que el oficial paseaba por delante del
-muelle o fumaba en una mecedora.</p>
-
-<p>Del arco de entrada partía una cuesta muy agria, que
-pasaba por debajo de un túnel de ocho o diez pasos de
-largo, y al salir de él se desembocaba en un anchurón con
-casamatas, parque de municiones y almacén de pólvora.</p>
-
-<p>Desde aquí el camino se bifurcaba; uno iba por la izquierda
-mirando a la sierra; el otro, por la derecha, frente
-al mar. Los dos se encontraban en la explanada de
-una batería y rodeaban la ciudadela.</p>
-
-<p>El camino de la izquierda pasaba por encima del
-pueblo, amenazándole con sus viejas torres, rojizas,
-guarnecidas con matacanes, y sus baluartes del tiempo
-de Vauban; luego iba la contraescarpa dando vista a la
-campiña, limitada por el anfiteatro de montañas, que comenzaba
-en el Monsant y seguía por las otras alturas
-que formaban la sierra.</p>
-
-<p>El camino de la derecha presentaba puntos de vista
-admirables; tenía al principio una batería enlosada, la
-batería de la Marina, encima mismo del puerto.</p>
-
-<p>Los cañones de esta batería eran de bronce, verdes,
-con escudos y letreros, y pesadas cureñas llenas de
-adornos. Era aquel sitio uno de los más pintorescos del
-Castillo. Por entre las almenas se veía el mar. Una garita
-de piedras, vacilantes, colgada en el vacío, con un
-agujero redondo en el suelo, dejaba ver el puerto a vista
-de pájaro.</p>
-
-<p>Saliendo de la batería de la Marina, el camino esca<span class="pagenum"><a name="Page_19" id="Page_19">[19]</a></span>laba
-una cuesta, corría por encima de los acantilados,
-pasaba por delante de la Cueva de Pastor, que terminaba
-en el mar, y llegaba a la batería de las Damas. Aquí
-la vista se había alargado, ensanchado, enriquecido.</p>
-
-<p>Más arriba se hallaba la batería de San Antón, donde
-se encontraban los dos caminos que daban la vuelta al
-monte, y, desde esta batería, subía otro camino, que escalaba
-lo más alto del promontorio. Desde aquí se divisaban
-dos o tres pabellones, una torre grande y cuadrada,
-el Macho, una pequeña azotea convertida en
-jardín, el Mirador, y una última batería, la batería del
-Rey, sin muralla ni troneras, desde la cual, los morteros
-podían disparar en todas direcciones.</p>
-
-<p>De lo alto de aquella altísima explanada se abarcaba
-el paisaje y el pueblo, excepto algunas rinconadas muy
-próximas al castillo.</p>
-
-<p>Dominábase desde la altura, como de ninguna otra
-parte, la sierra, Ondara, el mar azul y las rocas del cabo
-de Monsant.</p>
-
-<p>El pueblo, acurrucado debajo del castillo, tenía un
-aire ensimismado y soñoliento; centelleaban sus luceros
-de cristal, la cúpula de azulejos de su iglesia, sus tejados
-verdosos y sus azoteas, llenas de ropas blancas. En
-los alrededores, al borde de las sendas, crecían las
-grandes piteras entrecruzando sus láminas verdes y
-agudas como puñales, cubiertas de polvo.</p>
-
-<p>Hacia la sierra, el campo fulguraba ardoroso y requemado;
-en las partes bajas algunos pequeños huertos
-de hortalizas regados por acequias mostraban su verdura,
-y otros más grandes de naranjos brillaban en invierno
-con sus constelaciones de frutos dorados entre el
-obscuro follaje. En los repechos y faldas de la sierra se
-respaldaban alquerías rodeadas de bosquecillos, de olivos
-y de almendros. En las cumbres, los montes secos
-y pedregosos, como formados por ceniza y piedra pómez,
-erizaban sus aristas, y los caminos blancos parecían
-sembrados de yeso.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_20" id="Page_20">[20]</a></span></p>
-
-<p>En una cuesta, dos filos de cipreses, interrumpidas
-por cruces de piedra, escalaban una altura hasta llegar
-al camposanto.</p>
-
-<p>En lo más elevado del castillo, sobre el antiguo promontorio
-ardoroso y calcinado, estaba el jardín del Mirador.
-Este jardín era un repecho de la muralla, anejo al
-pabellón donde vivía el coronel que mandaba las fuerzas
-de la ciudadela. Tenía el Mirador una torrecilla, llamada
-el Castellet, y unas escaleras para subir a la batería
-del Rey.</p>
-
-<p>Desde allí se dominaba el mar, el mar azul, de un color
-espléndido, intenso, bajo el cielo fulgurante.</p>
-
-<p>A lo lejos, sobre un acantilado que parecía de mármol,
-brillaba la mancha blanca de un pueblecito.</p>
-
-<p>En el Mirador brotaban rosales con rosas de todos colores;
-jazmines mezclados con mirtos y con el follaje
-obscuro de los naranjos. Una adelfa, de flor encendida,
-parecía una cascada de fuego.</p>
-
-<p>La coronela cuidaba con mucho cariño las plantas
-del Mirador.</p>
-
-<p>Todos los días, los soldados sacaban agua para regar
-el jardín de una cisterna, la cisterna del Moro, que era
-antigua, revestida de piedra y profundísima.</p>
-
-<hr class="tb" />
-
-<p>En el castillo de Ondara había de guarnición dos
-compañías de infantería y un destacamento de artillería.
-Esta pequeña fuerza, que apenas llegaba a cuatrocientos
-hombres, contaba con una oficialidad numerosa,
-mandada por un coronel titulado gobernador.</p>
-
-<p>Este, con su mujer, vivía en uno de los pabellones del
-castillo; en otro pabellón habitaban, con sus familias, un
-comandante y un capitán. Los demás oficiales tenían
-sus casas en el pueblo.</p>
-
-<p>Por las tardes de primavera y otoño, y el verano, por
-las noches, solía haber tertulia en el Mirador del castillo.
-La coronela hacía los honores en su jardín, e iban a
-saludarla los oficiales distinguidos de la guarnición.</p>
-<hr class="chap" />
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_21" id="Page_21"></a></span></p>
-
-
-<h3 id="I_III">III.<br />
-LOS SOSPECHOSOS</h3>
-
-
-<p><span class="smcap">Una</span> tarde de mayo, al caer el sol, después de un día
-ardoroso y sofocante, el puerto de Ondara se
-veía más animado que de ordinario. Estaban desembarcando
-dos laúdes de carbón llegados de Ibiza, y volvían
-al mismo tiempo de retorno las lanchas de los pescadores.</p>
-
-<p>El mar estaba azul, de un azul casi negro, tranquilo,
-sosegado; sobre su anchura brillaban, como alas mágicas,
-las triangulares velas latinas.</p>
-
-<p>El sol poniente iluminaba la tierra. El castillo centelleaba
-en sus acantilados rojizos y amarillentos. Parte
-del pueblo refulgía como un ascua, y saltaban chispas
-de incendio de las vidrieras, de los luceros y de los
-azulejos; parte, hundido en la sombra, se bañaba en un
-aire de color de violeta.</p>
-
-<p>En el muelle, los cargadores, con sus gorros rojos,
-iban y venían llevando fardos; los carpinteros de ribera
-aserraban cuadernas y armaban las costillas de las barcas
-en esqueleto, tendidas en los arsenales; los chicos
-jugaban y correteaban como gorriones, acercándose a la
-lancha que llegaba; las viejas componían redes, y algunos
-carabineros, sentados en un banco, delante de la
-puerta de la Marina, hablaban entre sí. Mozos, negros
-por el sol, con aire de piratas berberiscos, cargados con<span class="pagenum"><a name="Page_22" id="Page_22">[22]</a></span>
-cuévanos llenos de pececillos brillantes, pasaban delante
-de los carabineros, pagaban unos cuartos y entraban
-en las calles voceando pescado.</p>
-
-<p>En las tabernas, los marineros hablaban a gritos;
-otros, agrupados en las mesas, oían las explicaciones
-sabias de algún piloto experto y decidido: viejo Palinuro,
-conocedor de las corrientes y de los vientos...</p>
-
-<p>En esto, a la caída de la tarde, se presentó a unas millas
-de Ondara un barco, que produjo gran sorpresa en
-el pueblo. Era un navío de alto bordo que, en aquel momento,
-se acercaba con sus velas blancas desplegadas,
-fantástico, como una alucinación.</p>
-
-<p>El atalayero de la fortaleza hizo las señas con gallardetes,
-y el barco izó la bandera en el castillo de popa.</p>
-
-<p>Los curiosos de Ondara se acercaron al puerto a contemplar
-el navío, y los militares de la ciudadela aparecieron
-en la batería de la Marina y en la batería del Rey
-a mirar con anteojos y gemelos.</p>
-
-<p>Alguno de los oficiales se acercó a la atalaya, y el
-atalayero, en tono que no tenía réplica, dijo que el barco
-aquel era una polacra de doscientas cincuenta toneladas,
-que llevaba bandera del reino de las Dos Sicilias.</p>
-
-<p>Sabidos la nacionalidad y el tonelaje del navío, los
-oficiales de guardia del castillo se pusieron a hacer comentarios
-acerca del objeto que podía tener la polacra al
-acercarse a Ondara.</p>
-
-<p>Estaría la embarcación napolitana a una milla próximamente
-de distancia del puerto cuando cayeron unas
-velas, se levantaron otras y la polacra quedó al pairo,
-inmóvil. Entonces se vió que de su costado bajaba un
-bote al mar, que poco después avanzaba, a fuerza de
-remos, hacia el muelle.</p>
-
-<p>El coronel, gobernador del castillo, mandó que un
-oficial fuera a interrogar a los del bote, y quedó él con
-un anteojo mirando al mar desde la alta explanada de la
-ciudadela.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_23" id="Page_23">[23]</a></span></p>
-
-<p>La gente marinera contemplaba también, con curiosidad,
-la lancha de la polacra, que iba avanzando.</p>
-
-<p>Esta se acercó, dejando una estela plateada en el
-agua, hasta atracar en una de las escaleras del malecón
-del muelle. Inmediatamente bajaron tres hombres.</p>
-
-<p>Eran del aspecto más heterogéneo que puede imaginarse:
-uno, alto, grueso, colorado, vestido con un viejo
-redingote; el otro, también alto, encorvado, amarillo, con
-aire de enfermo, cubierto con un carrick negro con rayas
-blancas; el tercero, pequeño, engallado, rubio, vestido
-elegantemente con frac azul de botones dorados,
-pantalones azules, chaleco de grana y cachucha de
-oficial de Marina inglesa. Los dos primeros parecían
-vestidos en una trapería; al tercero se le hubiera tomado
-por un currutaco que iba a un baile o a una recepción
-aristocrática.</p>
-
-<p>El hombre alto, al desembarcar, subió las escaleras
-con un saco; el enfermo llevaba un fardel en la mano; el
-pequeño, rubio y elegante, hizo que un marinero le llevase
-al muelle una gran maleta.</p>
-
-<p>El oficial enviado por el gobernador se acercó a los
-tres individuos con el fin de interrogarles.</p>
-
-<p>Los marineros del bote, al momento que dejaron a
-los hombres con sus equipajes en tierra, separándose
-del muelle comenzaron a remar furiosamente y se alejaron
-dirigiéndose a la polacra.</p>
-
-<p>&mdash;¡Se van!&mdash;exclamaron los del público con sorpresa.</p>
-
-<p>&mdash;No; es que van a traer otros&mdash;replicaron algunos
-de esos seres perspicaces que siempre están en el secreto
-de los acontecimientos.</p>
-
-<p>Los desconocidos acabados de desembarcar se hallaban
-en el malecón, rodeados de un círculo de marineros,
-mujeres y chiquillos.</p>
-
-<p>&mdash;¡Bueno, bueno, basta ya!&mdash;gritaba el hombre pequeño
-y rubio, dirigiéndose a la multitud&mdash;. No seáis
-imbéciles. Aquí no hay nada que ver. ¡Fuera!</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_24" id="Page_24">[24]</a></span></p>
-
-<p>En esto, apartando la gente, se acercó a los tres individuos
-el oficial enviado por el coronel gobernador.</p>
-
-<p>&mdash;¿De dónde vienen ustedes?&mdash;preguntó con voz seca.</p>
-
-<p>&mdash;Venimos de Grecia, después de haber tocado en
-Nápoles&mdash;contestó el hombre alto y rozagante.</p>
-
-<p>&mdash;¿Son ustedes españoles?</p>
-
-<p>&mdash;No; somos ingleses.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué hacían ustedes en Grecia?</p>
-
-<p>&mdash;Eramos comerciantes. Los turcos saquearon la ciudad
-donde vivíamos y tuvimos que escapar.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y por qué los han desembarcado?</p>
-
-<p>&mdash;Es que nuestro compañero se encuentra enfermo y
-quería a toda costa dejar el barco.</p>
-
-<p>Un sargento que acompañaba al oficial se acercó a él
-y le dijo en voz baja:</p>
-
-<p>&mdash;No vayan a tener la peste.</p>
-
-<p>El oficial dió unos pasos atrás. La frase y el movimiento
-no pasaron inadvertidos para la gente, que al momento
-ensanchó el círculo que rodeaba a los tres hombres.</p>
-
-<p>El oficial habló con mucha reserva con el sargento
-y dijo después dirigiéndose a los sospechosos:</p>
-
-<p>&mdash;No pueden ustedes entrar en el pueblo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué?&mdash;preguntó el hombre alto.</p>
-
-<p>&mdash;Porque tienen que ir al lazareto en observación.</p>
-
-<p>Los desconocidos se miraron unos a otros.</p>
-
-<p>&mdash;¿No habrá un mozo o una caballería para llevar
-nuestro equipaje?&mdash;preguntó el elegante pequeño y rubio
-con voz seca&mdash;. Se le pagará lo que sea.</p>
-
-<p>Un campesino, después de vacilar mucho, dijo que él
-tenía una mula y que la traería.</p>
-
-<p>Se esperó a que viniera, se sujetaron encima de la caballería
-el saco y la maleta, se fué el oficial, y el sargento,
-dueño de la situación, dijo severamente a los supuestos
-apestados:</p>
-
-<p>&mdash;Vengan ustedes detrás de mí; pero de lejos ¡eh! No
-hay necesidad de acercarse.</p>
-
-<p>Los tres hombres, llevando en medio al enfermo, si<span class="pagenum"><a name="Page_25" id="Page_25">[25]</a></span>guieron
-al sargento y al campesino de la mula. Avanzaron
-por la playa. De trecho en trecho tenían que pararse
-para que el enfermo descansara. Cruzaron un
-pequeño barrio formado por cabañas y algunas barcazas
-convertidas en viviendas y adornadas con tiestos y cajas
-llenas de tierra con flores.</p>
-
-<p>Allí por donde pasaban iban produciendo expectación;
-la voz de que eran apestados había corrido por el
-pueblo.</p>
-
-<p>El sargento, dejando la parte habitada de la playa, se
-acercó a un arenal desierto en donde se levantaba una
-casa cuadrada, medio ruinosa, montada sobre un basamento
-macizo de piedra, que impedía que el agua del
-mar entrase dentro en los temporales. Para subir a la
-casa había unos escalones.</p>
-
-<p>Veíanse alrededor de ella cajas de mercancías abiertas
-y algunas lanchas podridas.</p>
-
-<p>&mdash;Este es lazareto de Ondara&mdash;dijo el sargento&mdash;.
-Aquí van ustedes a pasar la cuarentena de observación.
-Bajen ustedes los equipajes.</p>
-
-<p>El enfermo se sentó tristemente en una de las escaleras
-de la casa abandonada, mientras los otros dos y el
-campesino descargaban la caballería.</p>
-
-<p>Hecho esto, el sargento dijo como despedida:</p>
-
-<p>&mdash;No se les permite a ustedes acercarse a la ciudad
-bajo pena de muerte. Por la mañana y por la noche se
-les traerá pan y rancho, que se les dejará en la puerta.
-Ya lo saben. ¡Adiós!</p>
-
-<p>El campesino tomó el ronzal de su macho, cogió el
-dinero que le dió el hombre rubio, lo contó y comenzó
-a alejarse despacio por la playa.</p>
-
-<p>Se quedaron los tres hombres solos, y mientras el
-enfermo, envuelto en una manta, miraba el mar, los otros
-dos entraban en la casa solitaria.</p>
-
-<p>Abrieron las carcomidas ventanas. El sitio era destartalado
-y sucio: una nave como una sala de hospital con
-una cocina pequeña en el fondo.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_26" id="Page_26">[26]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Puesto que aquí tenemos que estar algunos días,
-vamos a ver si limpiamos esto&mdash;dijo el hombre alto.</p>
-
-<p>&mdash;Vamos allá&mdash;repuso el pequeño.</p>
-
-<p>Se quitaron los dos las levitas, y en mangas de camisa
-y con un cubo cada uno, fueron a orillas del mar a
-buscar agua. Estuvieron después una hora, armados de
-escobas, barriendo y baldeándolo todo, hasta dejar el
-suelo limpio.</p>
-
-<p>Terminada esta faena, sacaron unos jergones viejos y
-los sacudieron al aire libre.</p>
-
-<p>El enfermo dijo que tenía ganas de tenderse; le pusieron
-dos jergones en el suelo, uno encima de otro, y
-se acostó envuelto en una manta.</p>
-
-<p>Los dos hombres sanos, después de acabar la tarea,
-quedaron a la puerta, cansados, sin hablarse, en una
-plácida contemplación del paisaje.</p>
-
-<p>Iba anocheciendo. Enfrente se veía el mar, rizado, con
-adornos de plata; a la derecha brillaban las murallas del
-castillo con los últimos resplandores del sol; a la izquierda
-se veía una punta lejana azul con un faro, cuya luz
-escintilaba pálidamente en el cielo incendiado del crepúsculo.</p>
-
-<p>Las nubes, grandes y algodonosas, tomaban un tinte
-cobrizo; el viento fuerte del anochecer rizaba el agua en
-pequeñas olas; seguían resplandeciendo blancas, amarillas,
-remendadas, las velas latinas a lo lejos. Las barcas
-pescadoras volvían de dos en dos; la polacra napolitana
-había encendido un fanal que parecía un gran lucero
-vespertino, y con todas sus velas desplegadas comenzaba
-a alejarse, con el aire misterioso de una alucinación...</p>
-<hr class="chap" />
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_27" id="Page_27"></a></span></p>
-
-
-
-
-<h3 id="I_IV">IV.<br />
-ENTIERRO</h3>
-
-
-<p><span class="smcap">Por</span> la noche todo el mundo hablaba en Ondara de
-los tres hombres llegados en el bote al puerto, a
-quienes se tenía como pestíferos. Se recelaba que el capitán
-de la polacra siciliana los había expulsado de su
-barco por considerarles sospechosos de padecer la peste.
-Algunos vecinos afirmaban que el gobernador debió prohibirles
-terminantemente bajar en el muelle; otros, más
-piadosos, decían que no era lícito abandonar y dejar
-desamparados a unos hombres aunque estuvieran enfermos.</p>
-
-<p>Los técnicos aseguraban que todo dependía de no tener
-organizados los servicios sanitarios. Según ellos, si
-se hubiera ido con la lancha de sanidad al encuentro
-del bote lanzado al mar por la polacra, se hubiera impedido
-el desembarco.</p>
-
-<p>En la tertulia de la señora del coronel Hervés, en el
-mirador del castillo, se habló mucho de los supuestos
-pestíferos, y un médico militar, don Jesús Martín, y un
-teniente de artillería llamado Eguaguirre, decidieron visitar
-a los aislados en el lazareto.</p>
-
-<p>A la mañana siguiente montaron a caballo y se presentaron
-en la casa abandonada de la playa.</p>
-
-<p>Al llegar se encontraron a los dos hombres sanos, al
-alto grueso y al pequeño delgado, afanados en calafa<span class="pagenum"><a name="Page_28" id="Page_28">[28]</a></span>tear
-un bote viejo. Les saludaron y les preguntaron qué
-hacían.</p>
-
-<p>&mdash;Aquí estamos&mdash;dijo el alto con una alegre sonrisa&mdash;trabajando
-a ver si componemos este bote.</p>
-
-<p>&mdash;¿Para qué?</p>
-
-<p>&mdash;Para salir al mar. Así podremos entretenernos un
-poco y pescar y cambiar de alimentación.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y el enfermo?&mdash;preguntó el médico.</p>
-
-<p>&mdash;Está igual.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué tiene?</p>
-
-<p>&mdash;Tiene unas fiebres palúdicas que le han consumido.</p>
-
-<p>&mdash;Voy a verle. Soy médico.</p>
-
-<p>El hombre alto subió los escalones de la casa, abrió
-la puerta e hizo pasar al doctor adentro. Este se acercó
-a la cama del enfermo. Apenas podía incorporarse con
-la debilidad.</p>
-
-<p>El doctor Martín reconoció al palúdico, salió de la
-casa y se lavó las manos en un cubo de agua del mar.</p>
-
-<p>&mdash;Este hombre está muy grave&mdash;dijo.</p>
-
-<p>&mdash;Sí; ya se ve.</p>
-
-<p>&mdash;¿Ha tomado quinina?</p>
-
-<p>&mdash;Con poca constancia.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo se alimenta?</p>
-
-<p>&mdash;Mal; ya ve usted; nos mandan rancho únicamente.
-Le damos el caldo, que filtramos por una tela.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno; pues ya enviaremos otro alimento y quinina.</p>
-
-<p>&mdash;Veremos a ver si mejora&mdash;murmuró el hombre alto.</p>
-
-<p>&mdash;No, creo que no&mdash;dijo el médico&mdash;. Está ya muy
-depauperado. No durará una semana.</p>
-
-<p>Al salir el médico y el hombre alto a la playa se encontraron
-al pequeño y delgado, que seguía trabajando
-en mangas de camisa calafateando el bote, mientras el
-teniente Eguaguirre le contemplaba.</p>
-
-<p>&mdash;Veo que son ustedes gente que no se deja amilanar
-por la desgracia&mdash;exclamo el doctor.</p>
-
-<p>&mdash;Está uno acostumbrado a todo.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_29" id="Page_29">[29]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Será difícil que pongan esta lancha a flote&mdash;saltó
-el oficial de artillería.</p>
-
-<p>&mdash;Ya veremos&mdash;replicó el hombre delgado&mdash;. Se intentará.</p>
-
-<p>&mdash;Les voy a enviar a ustedes&mdash;repuso el médico&mdash;un
-bote viejo que teníamos para el servicio de sanidad,
-y que ya no se emplea. Está feo y sin pintar, pero no
-hace agua.</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh, muchas gracias!</p>
-
-<p>Se fueron el médico y el joven oficial, y al día siguiente
-había un bote delante del lazareto. Los dos
-marineros que lo tripulaban bajaron a la playa y, desde
-lejos, advirtieron a los pestíferos que allí estaba la
-lancha.</p>
-
-<p>El doctor había mandado llevarles un aparejo de pesca,
-que vieron en el bote sobre un banco, envuelto en
-un papel.</p>
-
-<p>Durante una semana la vida de los dos hombres fué
-la misma. Por la mañana se levantaban al amanecer,
-daban alimento al enfermo, almorzaban ellos y salían a
-pescar en el bote; por la tarde volvían al mar, y de noche,
-uno de los compañeros velaba al palúdico mientras
-el otro dormía.</p>
-
-<p>A los ocho días de llegar al lazareto el enfermo murió.</p>
-
-<p>El hombre delgado escribió al gobernador del castillo
-y al alcalde. Les decía en su carta que había muerto de
-fiebre uno de los recogidos en el lazareto, coronel inglés
-al servicio del Gobierno griego. Añadía que el coronel
-profesaba la religión evangélica y que por este motivo
-rogaba a las autoridades dijeran dónde podía ser enterrado
-su cadáver, para lo cual pedía les facilitaran instrumentos:
-un pico y una pala para cavar la sepultura.</p>
-
-<p>El alcalde contestó secamente diciendo que podían
-enterrar al muerto cerca de la playa. Cualquier cosa era
-buena para malvados herejes como aquéllos.</p>
-
-<p>El gobernador mandó a dos soldados con una pala y
-y un pico.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_30" id="Page_30">[30]</a></span></p>
-
-<p>Los dos hombres del lazareto recorrieron la playa.
-Encontraron lejos de la casa un trozo de terreno firme,
-de arena petrificada, al pie de un acantilado, y allí decidieron
-cavar la fosa. Hicieron un hoyo profundo y, terminado
-éste, volvieron al lazareto. Después vistieron el
-cadáver, lo metieron en el bote y se acercaron al lugar
-escogido. Tomaron el muerto entre los dos sobre una
-escalera, cruzaron la playa y dejaron el cadáver en la
-fosa. El hombre alto sacó del bolsillo una Biblia y comenzó
-a leer versículos en inglés; el otro le escuchaba
-atento. Este, de cuando en cuando, echaba un montón
-de arena en la fosa y después quedaba inmóvil, apoyado
-en el mango de la pala. Hecha la obra, los dos hombres
-volvieron al bote, y mientras remaban hablaron.</p>
-
-<p>El alto y grande atendía y respetaba al pequeño, a
-quien consideraba como capitán. Este llamaba a su
-compañero por su apellido: Thompson.</p>
-
-<p>&mdash;Amigo Thompson&mdash;dijo el Capitán&mdash;, desde este
-momento cambio de nombre y de personalidad.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo?</p>
-
-<p>&mdash;Voy a tomar mientras esté aquí el nombre del pobre
-Mac-Clair, que hemos enterrado. Llevo pasaporte de
-súbdito inglés con mi verdadero nombre, pero prefiero
-usar el de Mac-Clair.</p>
-
-<p>&mdash;Pero usted no sabe inglés, Capitán.</p>
-
-<p>&mdash;No importa. Mac-Clair será un inglés que ha vivido
-en España y en Francia y que no quiere hablar su idioma.
-Un inglés antiinglés de la escuela de nuestro lord
-Byron.</p>
-
-<p>Llegaron en el bote a la playa, desembarcaron, encallaron
-la lancha en la arena y entraron en el lazareto.
-Dejaron la pala y el pico en un rincón y leyeron los papeles
-del muerto. Podían servir para el Capitán. Al revisar
-los documentos Thompson encontró un sobre
-pesado. Tenía dentro veinte libras esterlinas.</p>
-
-<p>&mdash;Se ha muerto Mac-Clair y la situación mejora&mdash;dijo
-Thompson.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_31" id="Page_31">[31]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Mac-Clair ahora soy yo&mdash;replicó el Capitán&mdash;. No
-se le ocurra a usted decir que ha muerto.</p>
-
-<p>&mdash;Ya que usted se empeña, lo haré así. Me acostumbraré
-a llamar al muerto el Coronel. El pobre Coronel
-tenía mala suerte.</p>
-
-<p>Al día siguiente Thompson y el Capitán salieron a
-pescar como de costumbre.</p>
-
-<p>Así estuvieron viviendo un mes, aislados, sin hablar
-con nadie.</p>
-
-<p>Difícil hubiera sido encontrar otros hombres tan obedientes
-a las órdenes dadas por las autoridades. No se
-acercaban al pueblo con el menor pretexto.</p>
-
-<p>Al terminar el mes, en vez de ir ellos hacia la gente
-de los alrededores, fué la gente de los alrededores la que
-comenzó a aproximarse a ellos. Una vieja, que tenía una
-cantina en un lanchón, sostenido por cuatro montones
-de piedras en la playa, se ofreció a hacer la comida y la
-cena a los dos hombres sospechosos.</p>
-
-<p>Estos dejaron el rancho a algunos hambrientos, y los
-pescadores, viendo que los supuestos pestíferos estaban
-cada vez más sanos y fuertes, se hicieron amigos suyos
-y salían a pescar juntos.</p>
-
-<p>Desde el momento que se supo en el pueblo que los
-desterrados del lazareto no estaban enfermos ni daban
-señales de impaciencia ni de cólera, la opinión comenzó
-a manifestarse contra ellos. La mayoría consideraba
-irritante que los tales hombres vivieran en el lazareto
-como en un lugar de placer.</p>
-
-<p>También les parecía una prueba de indiferencia absurda
-el que no hubiesen hecho el menor intento de entrar
-en Ondara, como si la ciudad no les interesara lo más
-mínimo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué gentes serán éstas!&mdash;se decían los ondarenses.</p>
-
-<p>El gobernador, al saber que había transcurrido el
-tiempo reglamentario de cuarentena, dió la orden de que
-no se llevara el rancho a los detenidos y de que desalojaran
-inmediatamente el lazareto.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_32" id="Page_32">[32]</a></span></p>
-
-<p>El Capitán y Thompson mandaron a un chiquillo en
-busca de una tartana. Cuando llegó ésta metieron los
-equipajes en ella y fueron los dos hombres al pueblo.</p>
-
-<p>Compraron ropa blanca y algunas prendas que necesitaban,
-se afeitaron y cortaron el pelo y se presentaron
-en la fonda de la Marina, en donde les contemplaron
-con sorpresa.</p>
-
-<p>Todo el mundo los creía unos lobos de mar, aventureros,
-medio piratas, negros, barbudos, y se encontraron
-bastante sorprendidos al hallarse con dos caballeros,
-uno de ellos elegante hasta el <i>dandysmo</i>.</p>
-<hr class="chap" />
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_33" id="Page_33"></a></span></p>
-
-
-
-
-<h3 id="I_V">V.<br />
-EL TENIENTE EGUAGUIRRE</h3>
-
-
-<p><span class="smcap">Al</span> instalarse en la fonda, el Capitán dijo a la dueña
-que pensaba estar pocos días; esperaba un
-barco para marcharse a Francia. Thompson aseguró que
-él también se dirigiría a Gibraltar cuanto antes.</p>
-
-<p>La fonda de la Marina, en donde se instalaron ambos,
-era bastante cómoda y limpia. Los cuartos que les destinaron
-daban a un ancho balcón corrido, que caía hacia
-un huerto.</p>
-
-<p>Desde este balcón se veía, delante, el castillo sobre
-los glacis, con sus cubos y murallones, bañados por el
-sol, que los iluminaba, según las horas, con luz diferente.</p>
-
-<p>Thompson comenzó a pintar acuarelas, poniendo por
-fondo las ruinas del castillo.</p>
-
-<p>Ocupaba la fortaleza todo el horizonte. Comenzaba
-por un torreón de piedra rojiza, cuadrado, con matacanes
-en la parte alta y saeteras estrechas y ventanas enrejadas
-en la baja.</p>
-
-<p>El sol poniente solía dorar esta torre al caer de la tarde,
-y le daba un color de miel.</p>
-
-<p>El torreón se unía con lienzos de paredes amarillentas,
-almenadas, con otra torre que se prolongaba hasta
-el mar, dejando cubos y baluartes y cortinas de piedra
-entre ellos. A un nivel más bajo, rodeando la fortaleza,<span class="pagenum"><a name="Page_34" id="Page_34">[34]</a></span>
-había una muralla blanca, moderna, con garitas redondas
-y troneras que limitaba el camino de ronda.</p>
-
-<p>Desde la parte alta del castillo a la contraescarpa bajaba
-la colina formando gradas de anfiteatro y taludes de
-tierra, cortados en diagonal y en zig-zag por los muros
-de poca altura de los traveses.</p>
-
-<p>En estos taludes, cuyas trincheras estaban muy mal
-conservadas, brotaban toda clase de hierbas: aquí había
-un jardincito con unos cuantos rosales y un almendro;
-allá, unas plantas de viña. Arriba, arriba, se veía el follaje
-de un laurel del mirador de la coronela...</p>
-
-<hr class="tb" />
-
-<p>El huerto de la casa era triste; reinaban allí el silencio
-y la sombra; los naranjos altos subían en busca de sol,
-y un limonero mostraba en sus ramas limones marchitos,
-atados a ellas con bramantes. La luz clara y diáfana
-de las mañanas, la reverberación cegadora del mediodía
-y de las primeras horas de la tarde, el ambiente
-tibio del anochecer, el silencio, el ruido de agua en la
-acequia cercana, sumían a Thompson en una gran delicia.</p>
-
-<p>En tanto el acuarelista se ocupaba de sus dibujos y
-de sus manchas, el Capitán iba al puerto y quería preparar
-su viaje en seguida.</p>
-
-<p>En la fonda de la Marina había cuatro oficiales y algunas
-otras personas de menos importancia. Entre estos
-oficiales, el que se consideraba, no se sabía por qué, con
-más derechos, era el teniente de artillería Eguaguirre.
-Eguaguirre tenía el mejor cuarto y pagaba como los demás.
-Algunos intentaron protestar de esta distinción injustificada;
-pero Eguaguirre siguió siendo el hombre mimado
-de la casa.</p>
-
-<p>El teniente tuvo, al llegar a Ondara, dos desafíos, que
-produjeron una gran emoción en la ciudad. En el primero
-hirió gravemente a su adversario en el cuello; en
-el segundo le dieron una estocada en el pecho que le
-obligó a estar en la cama cerca de un mes.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_35" id="Page_35">[35]</a></span></p>
-
-<p>La patrona trataba a Eguaguirre con gran consideración.
-Los demás oficiales de la fonda no se atrevían a
-tutearle como a sus camaradas.</p>
-
-<p>Juan Eguaguirre era poco querido.</p>
-
-<p>Su impertinencia, su frialdad, su tendencia al malhumor,
-su manera de hablar con desprecio de los hombres
-y de las mujeres le hacían antipático.</p>
-
-<p>Era Eguaguirre alto, moreno, esbelto, de nariz fuerte
-y bien dibujada, ojos negros, bigote corto, patillas pequeñas;
-el pelo, bastante largo, con un mechón sobre la
-frente. Eguaguirre tenía una gran elegancia; los ademanes,
-siempre fáciles y académicos. Vestido de uniforme,
-parecía un personaje. Al contemplarle por primera vez,
-se veía que era un orgulloso, un conquistador que se
-creía digno de todo.</p>
-
-<p>Esta seguridad de algunos hombres, que convencen
-con su ademán de que tienen más derechos que los demás,
-la poseía él en grado sumo. Cuando Eguaguirre entraba
-en algún sitio, sobre todo donde hubiera mujeres,
-era el primero; sentía la convicción de su valer, que llegaba
-a comunicar a los otros.</p>
-
-<p>Por lo que se contaba, Eguaguirre había tenido disgustos
-en su infancia, cuando vivía con su tío el coronel
-del mismo apellido que fué encausado durante la
-primera reacción de Fernando VII.</p>
-
-<p>Eguaguirre era puntilloso, de un amor propio exagerado,
-que disimulaba con afectada indiferencia.</p>
-
-<p>El orgullo es, sin duda, planta que crece en las razas
-viejas y en los pueblos en ruina. La vanidad es sentimiento
-de países más jóvenes y con más ilusiones. El
-orgullo es lo que queda a las razas y castas caídas.</p>
-
-<p>Eguaguirre era de una antigua familia acomodada de
-Navarra, cuya casa y cuyos bienes habían desaparecido.</p>
-
-<p>Al encontrarse en la mesa de la fonda de la Marina,
-Eguaguirre y el Capitán se sintieron hostiles.</p>
-
-<p>El Capitán habló a Eguaguirre en tono ligero, cosa
-que al oficialito produjo enorme asombro.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_36" id="Page_36">[36]</a></span></p>
-
-<p>No sólo hizo esto, sino que al segundo día el Capitán
-comenzó a interrogarle.</p>
-
-<p>&mdash;¿Es usted sobrino del coronel Eguaguirre?&mdash;le dijo.</p>
-
-<p>Eguaguirre no contestó.</p>
-
-<p>&mdash;¿Si es usted sobrino del coronel Eguaguirre?&mdash;volvió
-a preguntar el Capitán.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué me lo pregunta usted?</p>
-
-<p>&mdash;Por nada, por saberlo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Es que yo le pregunto a usted quién es, ni quiénes
-son sus parientes, por curiosidad?</p>
-
-<p>&mdash;No; pero puede usted preguntármelo. Yo le contestaré
-si me parece.</p>
-
-<p>Eguaguirre miró con una sorpresa creciente al Capitán.
-El tono ligero de éste le produjo verdadera estupefacción.</p>
-
-<p>Eguaguirre esperó a que terminara la comida, y acercándose
-al Capitán le preguntó de un modo frío
-y seco:</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué tenía usted que decirme del coronel Eguaguirre?</p>
-
-<p>&mdash;Yo, nada. Que es un valiente y un buen liberal.</p>
-
-<p>&mdash;¿Lo dice usted como censura?</p>
-
-<p>&mdash;No; al contrario.</p>
-
-<p>La mano derecha del Capitán hizo entonces el signo
-de reconocimiento de la masonería escocesa, al cual
-contestó el teniente.</p>
-
-<p>&mdash;Sabía que era usted amigo o enemigo&mdash;dijo Eguaguirre&mdash;,
-que no era usted persona indiferente.</p>
-
-<p>&mdash;Somos hermanos&mdash;replicó el Capitán.</p>
-
-<p>&mdash;Dígame usted qué quiere usted hacer aquí para que
-le ayude.</p>
-
-<p>&mdash;Mi amigo Thompson y yo&mdash;dijo el Capitán&mdash;volvemos
-de Grecia, donde hemos estado en compañía de
-lord Byron. A la altura de este puerto tuvimos que desembarcar
-y salir de la polacra siciliana donde íbamos
-por imposición de los marineros, que habían supuesto
-que Thompson, el enfermo y yo estábamos los tres<span class="pagenum"><a name="Page_37" id="Page_37">[37]</a></span>
-apestados. Respecto a nuestros proyectos, Thompson
-quiere marchar a España, y yo pienso ir a Marsella,
-luego a Burdeos y trasladarme a Méjico.</p>
-
-<p>&mdash;Creo&mdash;repuso Eguaguirre&mdash;que lo que más le
-conviene a usted es ir a Valencia.</p>
-
-<p>&mdash;No; no me entusiasma esa idea. El Angel Exterminador
-tiene muchos agentes en esas ciudades del litoral
-mediterráneo.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, es verdad&mdash;dijo Eguaguirre estremeciéndose y
-mirando a derecha e izquierda&mdash;. Entonces tendrá usted
-que esperar un laúd que vaya directamente a un puerto
-de Francia.</p>
-
-<p>Tras de una larga conversación a solas, Eguaguirre
-intimó con el Capitán. Thompson, en cambio, nunca
-simpatizó con el oficial de artillería. Este era aficionado
-a dar largos paseos a caballo. Thompson prefería ir a
-pescar.</p>
-
-<p>El Capitán, buen jinete, comenzó a acompañar a
-Eguaguirre en sus paseos a caballo por los alrededores
-de Ondara. Muchas veces se cruzaban con otros militares
-jóvenes, y también con frecuencia con una damita
-rubia y pequeña que, vestida de amazona y montada en
-un caballo tordo, marchaba muy esbelta y elegante.</p>
-
-<p>&mdash;Es la coronela&mdash;dijo Eguaguirre al verla por primera
-vez yendo en compañía del Capitán&mdash;. Es <i>mísis</i>
-Hervés.</p>
-
-<p>&mdash;¿Inglesa?</p>
-
-<p>&mdash;Mixta, hija de un militar inglés y de una española.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero casada con un español?</p>
-
-<p>&mdash;Sí; con el gobernador del castillo.</p>
-
-<p>Otros muchos días se cruzaron con la coronela.</p>
-
-<p>El Capitán llegó a creer que entre la angloespañola y
-Eguaguirre había algo, y que sus saludos fríos y corteses
-escondían una pasión o un principio de amor.</p>
-
-<p>El Capitán, al parecer, conocía bien la vida y los tipos
-de la milicia, porque pronto llegó a calar a Eguaguirre.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_38" id="Page_38">[38]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Este es un hombre de pasiones&mdash;le dijo a Thompson&mdash;,
-sensual, poco inteligente. Aunque no me ha
-dicho nada, le creo jugador y me figuro que está en relaciones
-íntimas con la coronela.</p>
-
-<p>&mdash;Parece un hombre apático.</p>
-
-<p>&mdash;No, no. Es todo lo contrario: de una sensibilidad
-aguzada y de un amor propio enfermizo. Toda esa indiferencia
-es una comedia, una finta. Eguaguirre, por lo
-que creo, es un caso curioso. Está en parte, desesperado,
-porque se considera como liberal perseguido y cree que
-no va a prosperar en el ejército; por otra parte, los amores
-con la coronela y el juego le tienen en una continua
-exaltación...</p>
-
-<p>La historia de Eguaguirre era interesante.</p>
-
-<p>Al poco tiempo después de salir de la Academia, a
-mediados de 1822, había sido destinado a Valencia,
-donde se afilió a la masonería. Eguaguirre era valiente
-y estaba dispuesto a batirse para ascender en la carrera.
-En 1823, después de la expedición de Bessieres, Eguaguirre
-buscó la ocasión de salir al campo.</p>
-
-<p>El 19 de marzo, los cabecillas realistas Sempere y Ulman
-sorprendieron Sagunto y se apoderaron del castillo.
-El Gobierno ordenó al coronel Fernández Bazán que
-saliera a atacar a los facciosos. Bazán encontró a los
-realistas entre Sagunto y Almenara, y, a pesar de que
-tenía menos fuerzas que ellos, los derrotó.</p>
-
-<p>Poco después, Bazán se encontraba en Chilches con
-las tropas reunidas de Sempere y de Capapé y sufrió un
-completo descalabro.</p>
-
-<p>Se habían unido Sempere, Capapé, Ulman, algunas
-compañías de Prast y Chambó, y habían colocado sus
-fuerzas de artillería en un repliegue del terreno. Bazán,
-al ponerse en contacto con la primera línea de los realistas
-la hizo retroceder; los realistas se acogieron a su
-línea de trincheras. Bazán mandó que, al mismo tiempo
-que avanzaba su infantería, la caballería diera una carga
-por uno de los flancos; pero el escuadrón completo,<span class="pagenum"><a name="Page_39" id="Page_39">[39]</a></span>
-en vez de obedecer, huyó cobardemente en todas direcciones;
-los realistas rodearon a los constitucionales, y
-éstos, entre los cuales estaba Eguaguirre, quedaron prisioneros.</p>
-
-<p>Los realistas ataron a los constitucionales y los llevaron
-al castillo de Sagunto.</p>
-
-<p>Eguaguirre, que no tenía ideas políticas muy arraigadas
-y a quien, en el fondo de su alma, lo mismo le daba
-el rey absoluto que la Constitución, se desesperó al verse
-atado como un bandido y conducido en manada
-como cabeza de ganado.</p>
-
-<p>Eguaguirre tuvo que devorar durante el camino los
-mas violentos ultrajes. <i>¡Lladres! ¡Negres! ¡Chudios!</i>&mdash;les
-llamaban las viejas. ¡Mueran los franc-masones!
-¡Mueran los asesinos de Elío!&mdash;gritaban los hombres.</p>
-
-<p>Cuando Eguaguirre llegó a entrar en el calabozo del
-castillo de Sagunto, y se echó en un montón de paja,
-lloró de desesperación y de rabia.</p>
-
-<p>Unos días después estaba el oficialito tendido en su
-camastro, pensando en la posibilidad de ser fusilado,
-cuando se abrió la puerta de la mazmorra y aparecieron
-dos mujeres: una de ellas, la mujer del cabecilla Chambó;
-la otra, la del coronel realista Espuny, gobernador
-del castillo de Sagunto.</p>
-
-<p>La mujer de Chambó era una moza bravía, de Ulldecona,
-frescachona y guapa; la de Espuny era del mismo
-Valencia, una rubia perfilada y redicha.</p>
-
-<p>Las dos mujeres hablaron con Eguaguirre y decidieron
-salvarle. Al día siguiente, el oficial era trasladado
-de cuarto, y a la semana estaba libre para andar por la
-ciudad.</p>
-
-<p>Entre las dos mujeres, la de Chambó y la de Espuny,
-se estableció una rivalidad celosa por salvar a Eguaguirre.
-El oficialito se dejó querer con su indiferencia de sultán.</p>
-
-<p>Un día, Chambó, que era hombre arrebatado y decidido,
-detuvo a Eguaguirre, y, agarrándole de la solapa,
-le provocó a un desafío.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_40" id="Page_40">[40]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;No tengo armas&mdash;le contestó Eguaguirre, pálido de
-cólera.</p>
-
-<p>&mdash;Yo le traeré a usted un sable&mdash;replicó el cabecilla
-en su acento catalán rudo.</p>
-
-<p>Chambó volvió al poco tiempo con dos caballos y
-dos sables.</p>
-
-<p>&mdash;Sígame usted&mdash;dijo.</p>
-
-<p>Montaron los dos a caballo y se dirigieron por el camino
-de Valencia, al trote, sin hablarse.</p>
-
-<p>No haría cinco minutos que habían salido cuando dos
-jinetes, al galope, fueron tras ellos.</p>
-
-<p>Llevaban un parte urgente para Chambó.</p>
-
-<p>El cabecilla, al leerlo, se enfureció, tiró la gorra al
-suelo con rabia y comenzó a lanzar juramentos.</p>
-
-<p>&mdash;Espéreme usted aquí&mdash;dijo a Eguaguirre&mdash;. Vuelvo
-en seguida.</p>
-
-<p>&mdash;Esperaré&mdash;contestó éste.</p>
-
-<p>Chambó desapareció, seguido de los dos hombres.
-Eguaguirre quedó solo y reflexionó. Realmente, era una
-tontería esperar; tenía el camino abierto ante él; un caballo
-bueno; era excelente jinete. Se decidió, aflojó la
-brida, dió dos espolazos y se lanzó camino de Valencia.</p>
-
-<p>Llegó a la ciudad, que estaba alarmada con las noticias
-del avance de los franceses.</p>
-
-<p>Eguaguirre no se unió a las fuerzas constitucionales
-del general Ballesteros; tenía una señora amiga de influencia
-y se acogió a ella.</p>
-
-<p>Esta señora consiguió que Eguaguirre fuese purificado
-al terminar la guerra y enviado a Ondara.</p>
-
-<p>A pesar de sus maniobras para ocultar el pasado,
-Eguaguirre no había podido borrar del todo las huellas
-en su liberalismo, y los voluntarios realistas de Ondara
-sospechaban de él y le espiaban.</p>
-<hr class="chap" />
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_41" id="Page_41"></a></span></p>
-
-
-
-
-<h3 id = "I_VI">VI.<br />
-EL MIRADOR DEL CASTILLO</h3>
-
-
-<p><span class="smcap">Un</span> día, Eguaguirre dijo a sus nuevos amigos, el Capitán
-y Thompson, que la coronela quería conocerlos
-y que les invitaba a tomar el té en el mirador del
-castillo. Aceptaron los dos invitados con satisfacción.</p>
-
-<p>Por la tarde, Eguaguirre, Thompson y el Capitán montaban
-a caballo delante de la fonda de la Marina, entraban
-por la puerta de Tierra y subían las cuestas de la
-ciudadela.</p>
-
-<p>Thompson, a cada paso se paraba, admirado, entusiasmado,
-a contemplar el paisaje. El día era de viento
-sur, luminoso y sofocante; una languidez pesada parecía
-desprenderse del cielo, azul obscuro, y del mar, verde
-e inmóvil.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué vista más espléndida!&mdash;exclamaba el inglés,
-sacando el pañuelo para enjugarse la cara.</p>
-
-<p>El Capitán sonreía, y Eguaguirre, con cierta impaciencia,
-murmuraba:</p>
-
-<p>&mdash;La señora de Hervés nos espera. No lleguemos
-tarde.</p>
-
-<p>En pocos minutos subieron a la parte alta del castillo;
-pasaron por delante de una casamata, a cuya entrada se
-veían unos cuantos soldados; Eguaguirre llamó a uno,
-le entregó las riendas y bajó del caballo.</p>
-
-<p>Thompson y el Capitán hicieron lo mismo, y se acer<span class="pagenum"><a name="Page_42" id="Page_42">[42]</a></span>caron
-los tres al pabellón donde vivía el coronel; llamó
-Eguaguirre, y les pasaron por un patio hasta el jardín
-del mirador.</p>
-
-<p>La señora de Hervés les salió al encuentro, y Eguaguirre
-hizo las presentaciones.</p>
-
-<p>Era la coronela una mujer de mediana estatura, más
-bien baja que alta, los ojos negros, el pelo rubio castaño,
-la boca de almendra, el cuello redondo y las manos
-muy pequeñas.</p>
-
-<p>&mdash;¿Esta señorita es la hija del coronel?&mdash;preguntó el
-Capitán, aunque sabía que no lo era.</p>
-
-<p>&mdash;No; es la coronela auténtica&mdash;repuso Eguaguirre.</p>
-
-<p>&mdash;No me llame usted coronela, ¡por Dios!&mdash;dijo ella.</p>
-
-<p>&mdash;Es para convencer a este amigo de lo que es usted
-y de que no es usted una supuesta hija del coronel.</p>
-
-<p>&mdash;Este señor es muy galante.</p>
-
-<p>&mdash;No; de verdad que parece usted una muchachita
-soltera&mdash;replicó el Capitán&mdash;, y hace usted muy bien
-al protestar de que la llamen coronela, porque esta palabra
-parece que ha de referirse siempre a alguna señora
-vieja y avinagrada.</p>
-
-<p>Thompson cambió unas palabras con Kitty; le pidió
-después permiso para contemplar las vistas desde el mirador
-y desde la batería del Rey. Kitty le acompañó, señalándole
-los pueblos y los montes que se veían a lo
-lejos. Thompson miraba el paisaje con exclamaciones de
-entusiasmo.</p>
-
-<p>Eguaguirre y el Capitán hablaban. El jardín aquel era
-pequeño y tupido. Los rosales y los mirtos estaban cuajados
-de flor, y en las manchas verdes de follaje de las
-enredaderas brillaban las campanillas blancas, rojas y
-moradas.</p>
-
-<p>En un extremo del jardín se levantaba el castillejo o
-castellet, antigua torre del homenaje, desde donde se dominaban
-los alrededores casi a vista de pájaro, como
-desde un globo.</p>
-
-<p>Recorrieron Thompson y Kitty los rincones de la ba<span class="pagenum"><a name="Page_43" id="Page_43">[43]</a></span>tería,
-y descendieron por una escalerilla de piedra al jardín,
-a reunirse con el capitán y Eguaguirre. Se sentaron
-en unas butacas de mimbre y charlaron los cuatro.</p>
-
-<p>Kitty era hija de un militar inglés y de una señora
-alavesa, de Vitoria. Había quedado huérfana muy joven
-y se había casado con el coronel Hervés, que le llevaba
-más de treinta años de edad.</p>
-
-<p>Después de un largo rato de conversación, Kitty les
-invitó a subir a una galería abierta que daba al jardín,
-por unas gradas. Esta galería tenía unos arcos. En ella,
-un criado estaba preparando un refrigerio. El Capitán y
-Eguaguirre tomaron café, y Kitty y Thompson, té.</p>
-
-<p>Desde la galería, a través de los cristales, se veía el
-cuarto de trabajo de la coronela. Kitty les hizo pasar a
-sus invitados para verlo. Tenía una pequeña biblioteca,
-un piano y un arpa, y cuadernos de música clásica y de
-canciones populares inglesas.</p>
-
-<p>Los entusiasmos literarios de Kitty eran Walter Scott,
-lord Byron y Schelley. Sentía un gran entusiasmo por
-Diana Vernon, la heroína de Rob Roy, a quien confesaba
-había querido imitar. También tenía en la biblioteca
-obras de Sterne, Fielding y Goethe.</p>
-
-<p>El Capitán miró todos los libros, las estampas y un
-retrato de mujer pintado al óleo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién es? ¿Quizá su madre?&mdash;preguntó.</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;¿Vive?</p>
-
-<p>&mdash;No. Murió cuando yo nací. No la he conocido.</p>
-
-<p>&mdash;A juzgar por el retrato, debía ser una mujer encantadora.</p>
-
-<p>&mdash;Todos los que la conocieron hablan de ella con entusiasmo.</p>
-
-<p>Kitty quedó melancólica.</p>
-
-<p>Eguaguirre, para borrar esta impresión, instó a Kitty a
-que cantara, y ella, sin hacerse rogar, cantó acompañándose
-con el arpa algunas canciones irlandesas, que
-produjeron un gran entusiasmo en Thompson.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_44" id="Page_44">[44]</a></span></p>
-
-<p>Tras de recibir los plácemes de todos, Kitty fué a la
-mesita, donde guardaba sus papeles de música, y sacó
-el <i>Don Juan</i>, de Mozart.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah! Mozart&mdash;exclamó Thompson&mdash;. Conozco algunas
-de sus sonatas. Dicen que <i>Don Juan</i> es de una
-música muy obscura.</p>
-
-<p>&mdash;Yo no lo creo así&mdash;contestó Kitty.</p>
-
-<p>&mdash;Vamos&mdash;le dijo a Eguaguirre&mdash;. Cante usted.</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh! No, no. Por Dios. Es molestar a estos señores.</p>
-
-<p>&mdash;De ninguna manera.</p>
-
-<p>Eguaguirre insistió en que lo hacía mal; pero, al fin,
-cantó con gran maestría la serenata de <i>Don Juan</i>.</p>
-
-<p class="center p2">Deh vieni alla finestra.</p>
-
-<p class="p2">&mdash;¡Admirable!&mdash;exclamó Thompson&mdash;. ¡Magnífico!</p>
-
-<p>Eguaguirre perdió su habitual expresión de tedio y
-quedó confuso y sonrojado de placer.</p>
-
-<p>Después Kitty entonó el aire de <i>Doña Elvira</i>:</p>
-
-<p class="center p2">In quali eccesi o numi,</p>
-
-<p class="p2">y tras de éste la coronela y el teniente cantaron el admirable
-dúo de <i>Don Juan</i> y de <i>Zerlina</i>,</p>
-
-<p class="center p2">La ci darem la mano,</p>
-
-<p class="p2">que tuvieron que repetir una porción de veces.</p>
-
-<p>Daban a la canción una gran malicia y desenvoltura
-que ocultaba, sobre todo en ella, su entusiasmo amoroso.
-No había necesidad de ser muy psicólogo oyéndolos
-a los dos para comprender que había entre ellos algo
-más que una efusión artística.</p>
-
-<p>Era lástima viéndolos tan bellos el pensar que sólo
-saltando por encima de las leyes y afrontando el desprecio
-de la multitud podían llegar a unirse.</p>
-
-<p>¿Habrían dado el salto?&mdash;pensó el Capitán&mdash;. Todo
-hacía creer que Eguaguirre no era de los hombres que
-sienten temor a coger las flores al borde del precipicio.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_45" id="Page_45">[45]</a></span></p>
-
-<p>Después del concierto y del canto charlaron largamente.
-El Capitán había conocido a lord Byron, por
-quien Kitty tenía gran admiración, y contó sus entrevistas
-con el noble poeta. También había conocido a la
-amazona realista Josefina Comerford, y esta dama interesaba
-de tal manera a Kitty, que el Capitán tuvo que
-describirla con gran lujo de detalles.</p>
-
-<p>Al anochecer se presentó en la galería el coronel Hervés,
-el marido de Kitty.</p>
-
-<p>Era un hombre viejo, opaco, frío, con una amabilidad
-desdeñosa y una manera de hablar balbuceante, de paralítico.</p>
-
-<p>Kitty presentó al Capitán y a Thompson, y el coronel,
-tomándole a éste por su cuenta, se puso a explicarle
-un sinfín de menudencias burocráticas que a él, sin
-duda, le parecían importantísimas.</p>
-
-<p>Hablaba de una manera fatigosa y pesada:</p>
-
-<p>&mdash;En estas cuestiones ¡ejem!... hay que atenerse a la
-parte ex... po... si... ti... va ¡ejem! como a la dis... po...
-si... ti... va ¡ejem! ¡ejem! ¿Usted me comprende? Porque
-si usted no se fija mas que en la parte dis... po... si...
-ti... va ¡ejem! ¡ejem! no podrá comprender el sentido
-claro y preciso que el legislador ¡ejem! ¡ejem! ha querido
-dar a la ley... ¡ejem! ¡ejem!</p>
-
-<p>Thompson soportó lo más amablemente los ¡ejem!
-¡ejem! y las explicaciones pesadísimas del coronel; Kitty
-mientrastanto sonreía con aire de excesiva amabilidad,
-y Eguaguirre, con su aspecto habitual de tedio y de
-desesperanza, miraba hacia el mar.</p>
-
-<p>Era ya de noche. Los contertulios se despidieron del
-coronel y de su señora y montaron a caballo.</p>
-
-<p>La noche estaba espléndida. Thompson fué mostrando
-la Osa Mayor y Arturus, la Estrella Polar, la Corona
-Boreal, Casiopea, en medio de la Vía Láctea, y los
-grandes astros, como Capella, Altair y Aldebaran...</p>
-
-<p>El mar murmuraba allá abajo y se oía el rítmico batir
-de sus olas.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_46" id="Page_46">[46]</a></span></p>
-
-<p>Al acercarse a la batería de San Antón sonó el grito
-del centinela.</p>
-
-<p>&mdash;¡Centinela, alerta!</p>
-
-<p>Y después los alertas se oyeron más lejanos, hasta
-que volvieron a acercarse.</p>
-
-<p>Llegaron a la puerta de Tierra. Eguaguirre habló con
-el capitán de Llaves, y los tres pasaron al pueblo.</p>
-<hr class="chap" />
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_47" id="Page_47"></a></span></p>
-
-
-
-
-<h3 id="I_VII">VII.<br />
-LOS OFICIALES</h3>
-
-
-<p><span class="smcap">En</span> los buenos tiempos en que el castillo de Ondara
-era una fortaleza importante, el cuadro del Estado
-Mayor de la plaza estaba completo y la oficialidad
-era numerosa. Había entonces un gobernador, el teniente
-del rey, el sargento mayor o mayor de plaza, el asesor,
-los comisarios, el comandante de Artillería, el comandante
-de Ingenieros, los ayudantes y el capitán de
-Llaves.</p>
-
-<p>En el tiempo de decadencia del castillo, después de la
-guerra de la Independencia, ya estos cargos no tenían
-más valor que un valor burocrático. En esta época de la
-segunda reacción de Fernando VII, el cuadro de oficiales
-del ejército no ofrecía el carácter homogéneo de la
-oficialidad anterior a la guerra de la Independencia; ya
-no era ésta exclusivamente aristocrática, sino mezclada;
-los jóvenes de buenas familias se encontraban revueltos
-con los antiguos guerrilleros, con los liberales traidores
-y luego purificados y con los aventureros absolutistas
-que habían ganado sus grados a las órdenes de Mosén
-Antón, el Trapense, Bessieres o Quesada.</p>
-
-<p>Entre los oficiales de la guarnición de Ondara había
-individuos de estos diversos orígenes.</p>
-
-<p>En un pueblo de escasa población y sin vida política
-no era fácil que las divergencias ideológicas de militares<span class="pagenum"><a name="Page_48" id="Page_48">[48]</a></span>
-y paisanos se hicieran más intensas, y, efectivamente,
-allí se amortiguaban; en cambio, las categorías sociales
-se acusaban y se llegaban a aquilatar los más ligeros
-matices de riqueza, distinción y superioridad.</p>
-
-<p>Kitty había querido influír y suavizar estas diferencias
-en su tertulia del jardín del Mirador.</p>
-
-<p>Al principio iban muchos oficiales de la guarnición;
-luego comenzaron a faltar y, al último, quedaron una
-media docena.</p>
-
-<p>De las señoras nunca fueron mas que dos o tres.</p>
-
-<p>Sabido es, y ya lo demostró un fraile en un librito
-publicado a fines del siglo XVIII, titulado <i>Los peligros de
-las tertulias</i>, que estas reuniones tienen muchos agarraderos
-para las uñas del Diablo.</p>
-
-<p>Las señoras de Ondara, como la señora doña Proba,
-que aparece en el librito del fraile, creían muy peligrosas
-las tertulias de Kitty, y no iban.</p>
-
-<p>De los hombres, uno de los más asiduos eran don Jesús
-Martín, el médico del regimiento, hombre grueso,
-lento en el hablar, muy gráfico y exacto. Don Jesús era
-el más entusiasta de los contertulios de Kitty, un adorador
-incondicional de su inteligencia y de su gracia.</p>
-
-<p>Otro de los contertulios temido por su pesadez era el
-capitán Barrachina, hombre alto, de pecho saliente, que
-se creía conquistador. Barrachina tenía los ojos negros,
-el bigote retorcido, las patillas cortas y el color bilioso.</p>
-
-<p>Barrachina era una buena y estúpida persona, con la
-mentalidad de un muchacho de diez y seis años. No
-había leído nada en su vida. Creía que ser un hombre&mdash;y
-él suponía una gran cosa&mdash;era ser un fantoche
-vestido de uniforme, con el pecho muy abombado y el
-ademán desafiador.</p>
-
-<p>Barrachina tenía muchos hijos, y mientras su mujer
-bregaba con ellos, él paseaba su estupidez por el
-pueblo.</p>
-
-<p>Barrachina hacía la gracia de desacreditar a su
-mujer; contaba si llevaba postizos, si se apretaba el<span class="pagenum"><a name="Page_49" id="Page_49">[49]</a></span>
-corsé, indiscreciones que a Kitty molestaban profundamente.</p>
-
-<p>Otro de los asiduos a la tertulia era el capitán Embun,
-aragonés, hombre fuerte, alto, tosco, de pómulos salientes,
-que había campeado con los realistas de Eroles, y
-estaba enamorado de Kitty. A veces le decía a Eguaguirre:</p>
-
-<p>&mdash;Esta mujer me vuelve loco&mdash;y añadía&mdash;: Y está por
-usted.</p>
-
-<p>También solían frecuentar el pabellón de Kitty un teniente
-de artillería, de anteojos, muy tímido y distinguido,
-que se llama Urbina, y que vivía en la misma fonda
-de la Marina, y un farmacéutico muy míope y muy
-pedante.</p>
-
-<p>Urbina, que tenía gran amistad con Kitty, no se hablaba
-con Eguaguirre.</p>
-
-<p>El coronel Hervés andaba siempre en compañía de un
-comandante, don Santos, hombre de aspecto hipócrita y
-tan pesado como el coronel. Este don Santos hablaba
-en párrafos redondos y con distingos. Los <i>sin embargo</i>,
-los <i>si bien es verdad</i>, los <i>si es cierto que</i>, estaban constantemente
-en su boca.</p>
-
-<p>A sus largas oraciones no se les veía el fin, eran capaces
-de quitar la paciencia a cualquiera. Para hacerlas
-más exasperantes, terminaba diciendo: ¿Está claro? ¿Se
-da usted cuenta? ¿Ha comprendido usted el sentido? ¿Me
-entiende usted bien?</p>
-
-<p>En la tertulia de Kitty se jugaba al tresillo, y a veces
-se cantaba y se tocaba el piano.</p>
-
-<p>De las señoras, únicamente la mujer de un capitán,
-una andaluza muy graciosa que parecía un chico, iba
-alguna que otra vez y hablaba como una cotorra e imitaba
-con mucha chispa a todo el mundo.</p>
-<hr class="chap" />
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_50" id="Page_50"></a>
-<a name="Page_51" id="Page_51"></a></span></p>
-
-
-
-
-<h3 id="I_VIII">VIII.<br />
-URBINA</h3>
-
-
-<p><span class="smcap">Thompson</span> hizo amistades con Miguel Urbina, el
-teniente de artillería tímido y distraído que vivía
-en la misma fonda y frecuentaba la tertulia de Kitty.</p>
-
-<p>Urbina era hombre de estudio; tenía gran afición y
-entusiasmo por las matemáticas y se preocupaba de los
-problemas científicos de la guerra.</p>
-
-<p>Estaba desde hacía tiempo escribiendo unas observaciones
-acerca de la teoría analítica de las probabilidades
-de Laplace, trabajo que absorbía todo su tiempo.</p>
-
-<p>Urbina no podía comunicar sus dificultades y sus dudas
-a sus compañeros, porque entre los oficiales del
-castillo no había ninguno que pasara de saber las cuatro
-reglas.</p>
-
-<p>El matemático no tenía amigos. No se entendía bien
-con los demás oficiales.</p>
-
-<p>No cabe duda que el Ejército, noble y esforzado en
-tiempo de guerra, se convierte en una baja institución
-rutinaria en tiempo de paz. El militar formado en el campo
-de batalla, entre el humo de la pólvora y el vaho de
-la sangre, tiene siempre algo superior a su empleo, que
-borra el carácter de la reglamentación estrecha y de las
-ordenanzas de una disciplina chinesca; en cambio el que
-no ha tenido más campo de acción que la oficina o el
-rincón maloliente del cuartel, se hace el más incomprensivo
-de los burócratas.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_52" id="Page_52">[52]</a></span></p>
-
-<p>Urbina, que era hombre de preocupaciones elevadas,
-no podía convivir a gusto con sus compañeros, que no
-hablaban con entusiasmo mas que del sueldo y del escalafón
-y cuyo único entretenimiento era jugar a las cartas.</p>
-
-<p>Como hombre tímido y sabio, Urbina había tenido
-que sufrir muchas bromas de jóvenes oficiales estúpidos
-y petulantes.</p>
-
-<p>Kitty, que comprendía la clase de hombre que era el
-teniente, le acogía con su más amable sonrisa y sabía
-tratarle con tanta amabilidad, que el Mirador del castillo
-era el único sitio donde el oficial se encontraba a gusto.</p>
-
-<p>Urbina tenía esa timidez que no depende de la inteligencia,
-ni aun de la voluntad, sino que parece que está
-en los músculos, que se niegan a obedecer.</p>
-
-<p>El teniente era capaz de pensar con claridad, de intentar
-realizar lo pensado con audacia, de marchar con
-ímpetu; pero llegaba un momento en que sus nervios
-flaqueaban y se sentía paralizado. En esta situación de
-azoramiento, cualquier cosa, abrir una puerta, saludar,
-salir de una habitación, le dejaba confuso, vacilante, en
-una actitud de perplejidad que a él le resultaba embarazosa
-y triste y a los demás muy cómica. La gente se
-reía de él, y a consecuencia de esto, Urbina, al verse tan
-absurdo y tan poco consecuente consigo mismo, iba aislándose.</p>
-
-<p>Urbina y Thompson se hicieron amigos y se les veía
-pasearse juntos con mucha frecuencia por el castillo y
-por el muelle. Cuando hubo confianza entre los dos, Urbina
-habló de Kitty y de Eguaguirre:</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué vida hace la señora de Hervés?&mdash;le preguntó
-Thompson.</p>
-
-<p>&mdash;Una vida muy independiente. Por la mañana toma
-su baño, luego da un paseo a caballo, lee, escribe, hace
-excursiones en lancha. Al anochecer recibe a sus
-amigos.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y el pueblo ve bien este espíritu de independencia
-de nuestra amiga?</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_53" id="Page_53">[53]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;No. ¡Ca! El pueblo entero está contra ella. Se la
-considera loca, rara, absurda.</p>
-
-<p>&mdash;No es extraño.</p>
-
-<p>&mdash;Luego se habrá usted fijado en que Kitty tiene un
-gran desprecio por todas las vulgaridades y lugares comunes
-que forman como el caparazón constante de la
-gente mezquina. Muchas veces es capaz de llevar la contraria
-a una persona que defiende una opinión cierta, no
-porque ella piense lo contrario, sino porque tanta seguridad
-en una idea vulgar, aunque sea exacta, le
-repugna.</p>
-
-<p>&mdash;Así, tiene que tener muchas enemistades.</p>
-
-<p>&mdash;Figúrese usted.</p>
-
-<p>&mdash;No le perdonarán esta independencia de espíritu.</p>
-
-<p>&mdash;No. ¡Ca! A un hombre no se le perdona tener ingenio
-y un poco de nobleza de espíritu; a una mujer,
-mucho menos.</p>
-
-<p>&mdash;¡Lástima!</p>
-
-<p>&mdash;Sí. Kitty no es nada simpática en Ondara. Su originalidad
-ha parecido a las señoras del pueblo una
-muestra de extravagancia. No se puede encontrar por
-ahora en su conducta nada digno de tacha, pero se cree
-que no tardará en encontrarse. Su ingenio y su cultura
-son muy sospechosos para las damas ondaresas. No
-queremos ir a verla&mdash;dicen&mdash;. ¡Es tan sabia! Nos pregunta
-los libros que leemos, sabiendo que no leemos
-ninguno. Para estas damas cuanto hace Kitty es una
-ridiculez y una pedantería. Para ellas todo lo que no sea
-hablar con el novio en la reja, si son solteras, confesarse
-con el curita jacarandoso u ocuparse de trapos, es absurdo.</p>
-
-<p>&mdash;Así que Kitty estará muy aislada.</p>
-
-<p>&mdash;Completamente.</p>
-
-<p>&mdash;¡Parece mentira! ¡Una mujer tan simpática!</p>
-
-<p>&mdash;Y tan buena&mdash;repuso Urbina.</p>
-
-<p>&mdash;¿Usted cree que es buena de verdad?&mdash;preguntó
-Thompson.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_54" id="Page_54">[54]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Sí; muy buena y muy inteligente. No encontrará
-usted en ella envidia, ni rencor, ni ningún sentimiento
-bajo; únicamente, orgullo; pero un orgullo noble de verse
-superior a la generalidad.</p>
-
-<p>&mdash;Esto habrá contribuído a la antipatía general.</p>
-
-<p>&mdash;Seguramente; Kitty tiene la vaga sospecha de que
-todas las superioridades se pagan. La finura, la gracia,
-la amabilidad desarman y domestican un momento a las
-gentes cerriles; pero es una domesticación pasajera, porque
-el bruto vuelve pronto a ser agresivo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y cree usted que hay algo entre Eguaguirre y ella?</p>
-
-<p>&mdash;Usted habrá notado lo mismo que yo lo que hay.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué le parece a usted Eguaguirre? A mí me da la
-impresión de un egoísta frenético.</p>
-
-<p>&mdash;Sí; es un gran egoísta; pero, al mismo tiempo,
-hombre tímido, violento y sensible. No tiene freno; el
-menor contratiempo le amilana y le sume en una desesperación
-sombría.</p>
-
-<p>&mdash;Pues, si Kitty está enamorada de él, como parece&mdash;dijo
-Thompson&mdash;, Eguaguirre la hará desgraciada.</p>
-
-<p>&mdash;Sí; por petulancia, por estupidez, por darse tono.</p>
-
-<p>Urbina contó a Thompson la causa de haber reñido
-con Eguaguirre. Urbina había comenzado a galantear a
-una muchacha del pueblo, huérfana, de una familia rica,
-a quien llamaban Dolores y también la <i>Clavariesa</i>, y
-Eguaguirre se interpuso haciendo el amor a la muchacha
-y entrando en su casa.</p>
-
-<p>El tutor había cogido a su pupila y la había llevado
-al convento de Monsant, en donde estaba por el momento.
-Desde entonces, Urbina no quería tratar con
-Eguaguirre, y únicamente cruzaba con él algunas fórmulas
-de cortesía cuando se encontraba en su presencia
-delante de Kitty.</p>
-
-<p>&mdash;No quiero tener amistad con él&mdash;concluyó diciendo&mdash;.
-Me busca; ha intentado darme explicaciones,
-pero estoy dispuesto a no transigir.</p>
-<hr class="chap" />
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_55" id="Page_55"></a></span></p>
-
-
-
-
-<h3 id="I_IX">IX.<br />
-RECOMENDACIÓN DE KITTY</h3>
-
-
-<p><span class="smcap">Las</span> guarniciones, como los seminarios y los conventos,
-tienen todos los vicios y las hipocresías
-de los grupos colegiados.</p>
-
-<p>La proximidad del hombre para el hombre es corruptora:
-un cuartel, un colegio, o un convento siempre serán
-un centro de fermentaciones pútridas. Al hombre,
-sin duda, le dignifica la soledad; el campo, cuanto más
-deshumanizado, es más sano para el espíritu.</p>
-
-<p>La tropa de un pueblo, en tiempo de paz, es uno de
-los mayores focos de corrupción. Únicamente, el clero
-puede ponerse a veces a la altura del ejército en rapacidad,
-en lubricidad y en malas costumbres. Difícil será
-encontrar en una guarnición nada alto, levantado y noble;
-en cambio la envidia, la malevolencia, el odio crecen
-de una manera lozana y fuerte.</p>
-
-<p>Pronto se enteraron Thompson y el Capitán de las
-historias y murmuraciones de Ondara...</p>
-
-<p>Una tarde de día de fiesta, en que todo el pueblo estaba
-en el campo, entró Thompson sin meter ruido en
-su cuarto y se tendió en la cama. Durmió un rato. Había
-dejado la ventana que daba a la galería abierta, y
-al despertarse oyó un rumor de conversación.</p>
-
-<p>Se asomó a curiosear, y vió al comandante don Santos
-que hablaba con un joven oficial de la fonda.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_56" id="Page_56">[56]</a></span></p>
-
-<p>El hombre de las perífrasis y de los circunloquios excitaba
-al joven oficial a que espiara a Eguaguirre y a los
-dos extranjeros sospechosos. Thompson oyó toda la
-conversación, esperó a que se marcharan los militares,
-y cuando se fueron, salió a la calle a buscar a Eguaguirre
-y al Capitán, que estaban jugando al tresillo en casa
-de un comerciante de la calle Mayor.</p>
-
-<p>Thompson explicó lo que había oído.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué ha dicho don Santos de mí?&mdash;preguntó Eguaguirre.</p>
-
-<p>&mdash;Ha dicho que un tío de usted, que comenzó su vida
-militar de guerrillero con Mina, fué perseguido como
-conspirador, en 1816, en Denia; que su mismo tío castigó
-con rudeza a los realistas de Villarrobledo, en 1823,
-y que usted está en relación con él.</p>
-
-<p>&mdash;¡Bah! No es cierto. Y el oficial, ¿qué decía?</p>
-
-<p>&mdash;Decía que no; que usted es un hombre indiferente
-a la política; que todas sus aspiraciones consisten en tener
-dinero y en hacer el amor a las mujeres, y que es
-usted el amante de la señora de Hervés.</p>
-
-<p>Eguaguirre se puso serio y palideció.</p>
-
-<p>&mdash;También ha contado la historia de una novia de
-usted, a quien han tenido que meter en un convento.</p>
-
-<p>&mdash;Nada; que no hay manera de vivir aquí sin que la
-gente se meta en lo que uno hace y en lo que no hace&mdash;exclamó
-Eguaguirre furioso.</p>
-
-<p>&mdash;Y de nosotros, ¿no ha dicho nada?&mdash;preguntó el
-Capitán.</p>
-
-<p>&mdash;De nosotros ha dicho don Santos que somos masones
-y que va a mandar las señas nuestras a la policía.</p>
-
-<p>El Capitán quedó intranquilo:</p>
-
-<p>&mdash;Ese hombre debe ser de la sociedad El Angel Exterminador&mdash;murmuró.</p>
-
-<p>&mdash;Es probable&mdash;dijo Eguaguirre.</p>
-
-<p>&mdash;¿Algún espía pagado por esa sociedad?&mdash;preguntó
-Thompson.</p>
-
-<p>&mdash;No; pagado, no&mdash;repuso Eguaguirre&mdash;; el coman<span class="pagenum"><a name="Page_57" id="Page_57">[57]</a></span>dante
-ejerce, seguramente, el espionaje para prosperar,
-para ascender. Ya no tenemos los militares españoles
-guerra, ni posibilidad de ella en mucho tiempo; ya no
-se puede llegar como Mina, el Empecinado o Renovales,
-en seis años, de soldado a general, y la gente que
-quiere hacer carrera intriga y espía.</p>
-
-<p>El Capitán estaba pensativo.</p>
-
-<p>Las noticias que llegaban de la persecución de liberales
-en Valencia y en Cataluña eran para llenar de espanto
-a cualquiera. Se contaban historias terribles del
-Angel Exterminador. Por toda la costa del Mediterráneo
-las venganzas de los absolutistas eran espantosas.</p>
-
-<p>Al ver la intranquilidad del Capitán, Eguaguirre le
-dijo:</p>
-
-<p>&mdash;No tenga usted cuidado. Vaya usted a ver a Kitty
-y háblele francamente. El coronel hará lo que ella le indique.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero no contará lo que se le diga, sin malicia...?</p>
-
-<p>&mdash;No, no; puede usted fiarse en Kitty mejor que en
-un hombre.</p>
-
-<p>El Capitán fué a visitar a la señora de Hervés y le expuso
-sus temores. Ella le tranquilizó, asegurándole que
-influiría en su marido y pararía los golpes de don Santos.</p>
-
-<p>El Capitán volvió al lado de Eguaguirre diciendo que
-Kitty era una mujer encantadora.</p>
-
-<p>Unos días después, la señora de Hervés escribía a
-Thompson una carta rogándole que fuera a verla.</p>
-
-<p>Thompson fué y charlaron largo rato.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién es el Capitán?&mdash;preguntó Kitty con curiosidad&mdash;.
-Me ha dado la impresión de un hombre extraño,
-de un personaje de novela.</p>
-
-<p>&mdash;El Capitán es un aventurero&mdash;contestó Thompson&mdash;;
-un tipo de estos que, en otro tiempo, hubiera
-sido un <i>condottiere</i> italiano o un compañero de Hernán
-Cortés en Méjico.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y usted dónde le ha conocido?</p>
-
-<p>&mdash;Yo le conocí en un barco, al dejar Missolonghi. El<span class="pagenum"><a name="Page_58" id="Page_58">[58]</a></span>
-llegaba de Alejandría, de Egipto; había ido a Missolonghi
-a verse con lord Byron, y como el lord estaba enfermo,
-esperaba el desenlace de la enfermedad. Al saber
-su muerte, se decidió a volver a Occidente y entró en la
-misma corbeta griega que nosotros. En ella fuimos a
-Nápoles, donde nos embarcamos en la polacra siciliana,
-en la que llegamos hasta aquí; el amigo mío, que murió
-luego en el lazareto, se agravó en la enfermedad; los marineros
-comenzaron a decir que tenía la peste, y obligaron
-al capitán del barco a desembarcarlo. Yo no quise
-abandonar a mi amigo; el Capitán protestó; pero como
-la tripulación estaba contra nosotros, tuvimos que salir
-los tres.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y de dónde es el Capitán?&mdash;preguntó Kitty.</p>
-
-<p>&mdash;Actualmente, es súbdito inglés; pero creo que ha
-nacido en España.</p>
-
-<p>Hablaron de otras cosas, y de pronto la coronela dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Usted es amigo de Miguel Urbina, ¿verdad?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;Y el Capitán, ¿no le trata?</p>
-
-<p>&mdash;Muy poco.</p>
-
-<p>&mdash;Dígale usted que se haga amigo de él. Yo le quiero
-mucho a Urbina. Es un corazón excelente. Miguel está
-enamorado de una muchacha encerrada en un convento
-de aquí cerca, el convento de Monsant.</p>
-
-<p>&mdash;Sí; me ha contado sus amores.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah! ¿Le ha contado a usted sus amores?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;Pues yo desearía que ustedes le animaran, le ayudasen
-para que hiciese algo por esa muchacha, aunque
-fuese una locura. El quedaría satisfecho, y ella es posible
-que al verle capaz de una hombrada le quisiera.</p>
-
-<p>&mdash;Nada, le animaremos&mdash;dijo Thompson&mdash;; intentaremos
-impulsarle a que tome una actitud heroica.</p>
-
-<p>Se despidió Thompson de la señora de Hervés, y por
-la noche contó al Capitán la conversación que habían
-tenido y el proyecto de que hablaron.</p>
-<hr class="chap" />
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_59" id="Page_59"></a></span></p>
-
-
-
-
-<h3 id="I_X">X.<br />
-EXPLICACIÓN</h3>
-
-
-<p><span class="smcap">Puesto</span> que nuestra encantadora amiga Kitty ha hecho
-a usted esa recomendación&mdash;dijo el Capitán&mdash;,
-trataremos de servirla. Amor, con amor se paga.
-¿Usted ha comprendido la causa de ese encargo, amigo
-Thompson?</p>
-
-<p>&mdash;No.</p>
-
-<p>&mdash;Pues yo se la explicaré a usted. Kitty está enamorada
-locamente de Eguaguirre y quiere tenerlo seguro;
-teme alguna veleidad de su amante por esa muchacha
-encerrada en el convento de Monsant, de que usted habrá
-oído hablar, que llaman Dolores la <i>Clavariesa</i>, y va
-buscando que Urbina se case con la Dolores.</p>
-
-<p>&mdash;¡Bah! ¿Usted cree en todo lo que se cuenta?</p>
-
-<p>&mdash;Conozco la historia en sus detalles&mdash;replicó el Capitán&mdash;.
-Al llegar Juanito Eguaguirre al pueblo, había
-aquí dos mujeres que los poetastros de la localidad llamaban
-las dos beldades de Ondara: una era Kitty; la
-otra, una huérfana rica, a quien por haber tenido no sé
-qué cargo honorífico en el Calvario, llamaban la <i>Clavariesa</i>;
-Kitty tenía el prestigio de su elegancia, de su cultura,
-de su aspecto extranjero; la <i>Clavariesa</i> era una
-mujer hermosa, con la perfección de líneas de una modelo
-de Praxiteles. Esta <i>Clavariesa</i> era la pupila de un
-abogado llamado Vicente Fenoller. Fenoller, uno de los<span class="pagenum"><a name="Page_60" id="Page_60">[60]</a></span>
-grandes hombres del pueblo, es un señor de gran fachenda,
-abogado elocuente, regionalista entusiasta y católico
-fanático. Fenoller ha casado a un hijo suyo con
-una mujer rica, y piensa casar al otro con su pupila la
-<i>Clavariesa</i>. La tía de la muchacha no es nada partidaria
-de tal matrimonio.</p>
-
-<p>En este estado de rivalidad entre Kitty y la <i>Clavariesa</i>,
-vino Urbina, y, a pesar de su timidez y de su apocamiento,
-fué acogido por las dos rivales con sus más
-graciosas sonrisas. Urbina, si hubiera sido un hombre
-valiente y de poca preocupación moral, se hubiera lanzado
-a galantear a Kitty; pero no tuvo bastante ánimo
-para ello, y se dedicó a hacer el amor a la <i>Clavariesa</i>,
-que al principio le correspondió. En tal situación se presentó
-Eguaguirre en Ondara.</p>
-
-<p>Al primer mes de estar aquí el teniente había dado un
-escándalo; había ganado y perdido fuertes sumas en el
-juego, y había tenido un desafío, en el cual hirió gravemente
-a su adversario.</p>
-
-<p>Eguaguirre comenzó sus amores en Ondara por partida
-doble: galanteaba a una muchacha del barrio de
-pescadores y a la coronela. Kitty se divertía con este
-galanteo, que consideraba inocente. Eguaguirre, que es
-un egoísta furibundo, se encontraba mal de dinero, y al
-saber que Dolores la <i>Clavariesa</i> era rica y huérfana, no
-se cuidó para nada de su amigo Urbina, ni de la coronela,
-ni de la muchacha del barrio de pescadores, y escribió
-a Dolores una carta de amor. La <i>Clavariesa</i> le aceptó
-con gran entusiasmo. Estas permutaciones amorosas
-fueron la comidilla del pueblo. La coronela se eclipsó, y
-Urbina hizo lo mismo. Entonces Fenoller, el tutor de la
-Dolores, advirtió a ésta que Eguaguirre era un perdido,
-jugador, mujeriego, que no quería mas que su dinero.</p>
-
-<p>&mdash;El que no quiere mas que mi dinero es usted&mdash;le
-contestó ella violentamente, y aseguró que no, que no la
-casarían con otro.</p>
-
-<p>Fenoller cogió a su pupila, y con engaños la llevó al<span class="pagenum"><a name="Page_61" id="Page_61">[61]</a></span>
-convento de Monsant. Eguaguirre se olvidó al momento
-de la <i>Clavariesa</i>, y volvió a ser el caballero de Kitty,
-que le aceptó con todas las consecuencias.</p>
-
-<hr class="tb" />
-
-<p>&mdash;No comprendo el éxito de Eguaguirre&mdash;dijo
-Thompson.</p>
-
-<p>&mdash;Mi querido amigo&mdash;replicó el Capitán&mdash;; el éxito
-de Eguaguirre es, como todos los éxitos, un poco fatal y
-un poco injusto. Hay hombres que tienen disposiciones
-para amar, para querer, y otros para ser queridos. Hablo
-desde un punto de vista casi físico, sexual. Eguaguirre
-es de estos últimos. Ha nacido con la facultad de ser
-apetecible para el sexo contrario. ¿Cuál es esa facultad?
-¿En qué consiste? ¿Cómo la ha desarrollado? No lo sé.</p>
-
-<p>&mdash;Encuentro muy problemático lo que usted dice.</p>
-
-<p>&mdash;Es que usted cree que las mujeres se enamoran
-exclusivamente de los hombres puros, angelicales, de
-los sabios, de los héroes.</p>
-
-<p>&mdash;No, no; ya sé que no.</p>
-
-<p>&mdash;Entonces estamos en lo mismo. Las mujeres se
-enamoran de hombres altos y bajos, buenos y malos,
-raros y vulgares; pero entre éstos no cabe duda que hay
-unos que, sin saber por qué, hacen mover con más facilidad
-esa maquinaria de afectos, de deseos, de vanidades,
-de inclinaciones que hay en una mujer. Esos son
-los donjuanes, los hombres interesantes, los codiciados...
-Y uno se pregunta el por qué. ¿Es que estos hombres
-tienen una perspicacia especial para ver los puntos
-flacos del sexo contrario? No. ¿Es que comprenden a las
-mujeres mejor que los otros? Tampoco. Como todos los
-demás, en estas cuestiones amorosas disparan su flecha
-con los ojos cerrados; pero, a diferencia de los demás,
-dan casi siempre en el blanco. Ahora usted dirá: ¿Por
-qué dan en el blanco? Por la razón sencilla de que la
-mujer que hace de juez y de árbitro en el juego está
-dispuesta a creer que para aquel hombre escogido por<span class="pagenum"><a name="Page_62" id="Page_62">[62]</a></span>
-ella donde dé la flecha estará el blanco. Es la arbitrariedad
-de la Naturaleza.</p>
-
-<p>&mdash;Es posible que sea así&mdash;dijo Thompson&mdash;; yo, la
-verdad, no le encuentro nada extraordinario a Eguaguirre.</p>
-
-<p>&mdash;¡Usted qué le va a encontrar! Ni yo tampoco. Son
-las mujeres las que le encuentran algo especial. Es la
-mirada impertinente, es la flema, es el desdén... Quizá
-le agradecen vivir exclusivamente para ellas, cosa que a
-la larga debe ser aburrida. El caso es que Eguaguirre es
-un Tenorio y que nuestra encantadora Kitty quiere favorecer
-los amores de Urbina y de la muchacha encerrada
-en Monsant para tener la exclusiva de su Tenorio.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, sí, es posible, y lo siento. La verdad, no creo
-que Eguaguirre valga la pena de tantos cuidados.</p>
-
-<p>&mdash;Amigo Thompson. Está usted hablando como un
-niño. ¿Es que va usted a pretender que las mujeres no
-tengan derecho a enamorarse de los imbéciles y de los
-egoístas? ¿Es que les va usted a privar de ese sacrosanto
-derecho? Pues entonces les va usted a cercenar la vida.
-Es la fruta que más les ilusiona.</p>
-
-<p>Y el Capitán se rió, frotándose las manos alegremente.</p>
-
-<p>Thompson quedó algo preocupado con las palabras
-del Capitán, y como no quería ser un negador sistemático,
-intentó estudiar a Eguaguirre.</p>
-
-<p>No encontró en el joven teniente nada que le sorprendiera.
-Era de una inteligencia menos que mediana, de
-una cultura casi nula, orgulloso, sombrío, con una gran
-fe en sí mismo. Quizá ésta era una de sus fuerzas. Otro
-atractivo podía tener el oficial para las mujeres, y era
-que su vida parecía próxima a una tragedia, a una catástrofe.</p>
-
-<p>El egoísmo de Eguaguirre era monstruoso. Kant, en
-su antropología práctica, encuentra que hay tres clases
-de egoísmo: el egoísmo lógico, el estético y el práctico.</p>
-
-<p>El egoísmo lógico juzga sin tener en cuenta el juicio<span class="pagenum"><a name="Page_63" id="Page_63">[63]</a></span>
-ajeno; el estético, se contenta con su gusto, sin hacer
-caso de la opinión general, y el egoísmo práctico subordina
-todo lo del mundo a la vida de uno.</p>
-
-<p>Eguaguirre tenía algo del egoísmo lógico y del estético;
-pero el que le poseía por completo era el egoísmo
-práctico. Sentía desdén por la gente, creía despreciar a
-todo el mundo, lo cual no era obstáculo para que fuera
-capaz de exponer la vida para que los demás, una turba
-de imbéciles, según él, no creyesen que alguna vez él, el
-teniente Eguaguirre, pudiera quedar mal en un asunto
-cualquiera.</p>
-<hr class="chap" />
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_64" id="Page_64"></a>
-<a name="Page_65" id="Page_65"></a></span></p>
-
-
-
-
-<h3 id="I_XI">XI.<br />
-EL PROYECTO</h3>
-
-
-<p><span class="smcap">El</span> Capitán, siguiendo la indicación de Kitty, se
-hizo amigo de Urbina, quien le contó sus amores.</p>
-
-<p>&mdash;Amigo Urbina&mdash;le dijo el Capitán&mdash;, ¿usted está
-enamorado de verdad de esa chica?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;¿De verdad, de verdad?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, hombre, sí.</p>
-
-<p>&mdash;¿Sería usted capaz de raptarla del convento de
-Monsant si ella quisiera?</p>
-
-<p>&mdash;No creo que fuera muy fácil.</p>
-
-<p>&mdash;Lo facilitaremos. Todo es cuestión de tener voluntad.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah! Si fuera posible, con mil amores.</p>
-
-<p>&mdash;Tiene usted que hacer algo extraordinario para influír
-en la imaginación de su dama Urbina&mdash;dijo el Capitán&mdash;.
-Kitty nos ayudará.</p>
-
-<p>&mdash;¿Querrá?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>Fueron a visitar a la coronela, Urbina, Thompson y
-el Capitán. Le explicaron la idea, como si no hubiese
-partido de ella, y se comenzó a estudiar el proyecto.</p>
-
-<p>Primeramente era necesario hacer una visita al convento
-de Monsant.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_66" id="Page_66">[66]</a></span></p>
-
-<p>Kitty dijo que ella era amiga de la superiora y que le
-escribiría pidiéndole permiso para hacerla una visita.</p>
-
-<p>&mdash;Esto es lo primero que hay que resolver&mdash;dijo el
-Capitán&mdash;; luego, ya veremos si a Urbina, al ver a su
-novia se le ocurre una inspiración genial que haga gran
-efecto en el corazón de su amada.</p>
-
-<p>&mdash;¿A mí? ¡Ca!&mdash;exclamó Urbina&mdash;. No se me ocurrirá
-nada.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno, no se asuste usted tan pronto, Urbina&mdash;dijo
-Kitty&mdash;. Usted no llevará la dirección del asunto, y no
-será usted responsable del éxito o del fracaso de la empresa.
-El Capitán será nuestro director, el Próspero de
-nuestra isla.</p>
-
-<p>&mdash;El Capitán no creo que haya leído <i>La Tempestad</i>,
-de Shakespeare&mdash;replicó Thompson&mdash;, ni que se haya
-hecho cargo de la alusión de usted; pero yo, que la he
-leído, afirmo que nuestro Próspero es de lo más maravilloso
-que puede ser un Próspero solamente humano.</p>
-
-<p>&mdash;No me den ustedes fama antes de ver los resultados&mdash;replicó
-el Capitán&mdash;. Con el éxito aceptaré los
-aplausos.</p>
-
-<p>Una semana después Kitty le dijo al Capitán que había
-recibido una carta de la superiora diciéndola que
-podían ir a visitar el convento cuando quisieran.</p>
-
-<p>&mdash;Muy bien.</p>
-
-<p>&mdash;Iremos unos cuantos&mdash;dijo la coronela.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quienes vamos a ir?</p>
-
-<p>&mdash;El doctor y su mujer, Urbina, Thompson, usted
-y yo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y Eguaguirre?&mdash;preguntó el Capitán, indiferente.</p>
-
-<p>&mdash;No&mdash;contestó ella, mirando con atención al Capitán,
-para ver si en la cara de éste se reflejaba algún pensamiento
-malicioso.</p>
-
-<p>El rostro del Capitán estaba impasible.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo haremos el viaje?&mdash;preguntó Thompson.</p>
-
-<p>&mdash;Otras veces hemos salido de Ondara al amanecer.
-Embarcamos aquí, hasta un pueblecito que está a dos<span class="pagenum"><a name="Page_67" id="Page_67">[67]</a></span>
-horas de distancia, donde suele esperar una tartana.
-Como vamos a ir más gente que de costumbre, mandaremos
-que saquen unos caballos. A media tarde, o al
-anochecer, podemos estar de vuelta.</p>
-
-<p>&mdash;¿De manera que usted ha estado ya en el convento?&mdash;preguntó
-el Capitán.</p>
-
-<p>&mdash;Sí. Dos veces.</p>
-
-<p>&mdash;Dígame usted cómo es.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué quiere usted que le diga?</p>
-
-<p>&mdash;Hágame usted una descripción de él: si es grande,
-si es chico, si tiene un jardín, si no lo tiene, cómo está
-emplazado, etc.</p>
-
-<p>Kitty hizo una descripción del convento, todo lo detallada
-que pudo. El Capitán no se fijó mas que en dos
-detalles: en que al lado del monasterio se cortaba la tierra,
-hacia el mar, en un acantilado muy alto, y en que
-había muchas palomas.</p>
-
-<p>&mdash;¿De manera que hay palomas?&mdash;preguntó varias
-veces.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, muchas; tanto, que las venden.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah, las venden! Ya tenemos un pequeño dato&mdash;dijo
-el Capitán&mdash;. Y el acantilado, ¿cómo es?</p>
-
-<p>Kitty no recordaba bien cómo era, y no pudo contestar
-con precisión a esta pregunta.</p>
-
-<p>&mdash;Otra cosa&mdash;preguntó el Capitán&mdash;. ¿No tiene usted
-un anteojo?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>Kitty llamó a un criado, que vino con un anteojo, y
-el Capitán estuvo mirando con él, observando la costa y
-la ensenada de Monsant, de la cual no se veía mas que
-la entrada.</p>
-
-<p>Después llegó Eguaguirre, y Thompson y él se retiraron.</p>
-<hr class="chap" />
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_68" id="Page_68"></a>
-<a name="Page_69" id="Page_69"></a></span></p>
-
-
-
-
-<h3 id="I_XII">XII.<br />
-EL VIAJE</h3>
-
-
-<p><span class="smcap">Se</span> fijó como día de marcha un domingo, y por la
-mañana, antes de amanecer, estaban todos los que
-formaban la expedición en el muelle.</p>
-
-<p>El capitán de Llaves había mandado echar el puente
-levadizo, en la puerta de la Marina, más temprano que
-de costumbre, y acompañaba a los expedicionarios, que
-formaban un grupo...</p>
-
-<p>Era la hora anterior al alba; la hora del despertar de
-los puertos y de los barrios de pescadores; la hora que
-los antiguos representaban como una muchacha con
-alas, vestida con una túnica de color violeta pálido y
-acompañada de una lechuza de color de crepúsculo. El
-cielo, estrellado, estaba aún negro; la Osa Mayor se inclinaba
-hacia el mar, que florecía en fosforescentes espumas,
-y en el pueblo comenzaban a cantar algunos
-gallos madrugadores, que presentían la aurora.</p>
-
-<p>Había, en la popa de una barca atracada al muelle y
-sujeta por una maroma, un farolillo que se balanceaba.</p>
-
-<p>En esta barca, la <i>Joven Rosario</i>, iban a partir Kitty
-y sus amigos para Monsant.</p>
-
-<p>Dos marineros, ayudados por los soldados de la guardia
-de la puerta de la Marina, pasaron de una mano a
-otra unos cuantos fardos y varios cestos de provisiones
-por la escotilla al interior de la bodega del falucho. Embarcaron
-luego los pasajeros; se acomodaron en los ban<span class="pagenum"><a name="Page_70" id="Page_70">[70]</a></span>cos,
-a popa, sobre la cubierta, y la <i>Joven Rosario</i> se
-separó del malecón y comenzó a alejarse a fuerza de remos,
-haciendo un ruido de chapuzones en el agua.</p>
-
-<p>&mdash;¡Adiós! ¡Divertirse!&mdash;dijo el capitán de Llaves desde
-el muelle.</p>
-
-<p>&mdash;¡Adiós! ¡Adiós! Hasta la vuelta&mdash;contestaron los
-viajeros.</p>
-
-<p>El falucho era ancho y pesado; los tripulantes, cuatro:
-dos marineros, el patrón y un grumete.</p>
-
-<p>Hacía un viento fresco; el relente de la noche dejaba
-la ropa humedecida. El agua parecía tan cuajada como
-el cielo de estrellas, que iban siguiendo a la barca, palpitando
-y temblando sobre las olas sombrías, que pasaban
-por encima del abismo negro del mar...</p>
-
-<p>De pronto comenzó a rechinar una garrucha agriamente;
-la gran vela latina se extendió, como una claridad
-fantástica, en el aire de la noche, que tenía ráfagas
-turbias de luz; dió un latigazo, se inclinó la barca por
-una de sus bordas, y comenzó a marchar de prisa,
-abriéndose paso entre remolinos de espuma... El horizonte
-aclaraba por instantes; las estrellas palidecían.
-Unas nubecillas grises, azuladas, habían invadido el
-cielo por Levante, y estas nubecillas fueron enrojeciéndose
-hasta que el sol hizo su salida triunfal, rasando con
-su luz dorada las crestas espumosas de las olas.</p>
-
-<p>Las nubes se fueron esparciendo por el cielo en grandes
-copos rojos, que se subdividieron y concluyeron por
-deshacerse.</p>
-
-<p>El grumete, que corría a proa con los pies desnudos,
-se puso a cantar, con voz atiplada:</p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry_c"><div class="stanza">
-<div class="line">L'airet, l'airet, l'airet</div>
-<div class="line">de la matinada.</div>
-<div class="line">Del rich estiu, del rich estiu,</div>
-<div class="line">del rich estiu.</div>
-</div></div></div>
-
-<p>&mdash;¡Silencio!&mdash;le gritó el patrón severamente.</p>
-
-<p>&mdash;Déjele usted cantar&mdash;exclamó Kitty&mdash;; lo hace
-muy bien.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_71" id="Page_71">[71]</a></span></p>
-
-<p>El muchacho siguió con su canción, cambiando de
-voces con mucha gracia.</p>
-
-<p>Ya la luz de la mañana alumbraba el mar, y los viajeros
-se veían unos a otros.</p>
-
-<p>Kitty iba muy sonrosada y elegante con un chal y una
-capucha que le cubría la cabeza; la mujer del médico
-comenzaba a ponerse pálida, algo mareada; Urbina estaba
-preocupado; el Capitán, silencioso, y el doctor y
-Thompson se entretenían en hacer cabriolas y gansadas,
-exponiéndose a caerse al agua.</p>
-
-<p>Al alejarse a una distancia de un par de millas del
-puerto oyeron la diana que tocaban los tambores y cornetas
-en el castillo de Ondara.</p>
-
-<p>Se volvieron todos a mirar hacia atrás. El castillo brillaba
-como una ascua. Parecía fundido, incendiado por
-el sol; el pueblo estaba todavía en la sombra, y únicamente
-un rayo de oro daba en la cúpula de la iglesia,
-que centelleaba con mil reflejos.</p>
-
-<p>Poco después se oyeron varios cañonazos.</p>
-
-<p>Se veía el humo blanco de la salva, que manchaba el
-aire azul, formando una nube redonda, y unos segundos
-más tarde sonaba el estampido.</p>
-
-<p>&mdash;La Naturaleza tiene también cosas cómicas&mdash;dijo
-el Capitán&mdash;. Esa diferencia de rapidez entre la luz y el
-sonido hace un efecto grotesco.</p>
-
-<p>&mdash;¿Tampoco quiere usted estar conforme con la Naturaleza?&mdash;preguntó
-Kitty, riendo.</p>
-
-<p>&mdash;Tampoco.</p>
-
-<p>En esto se izó la bandera en el castillo de Ondara, que
-comenzó a brillar al sol.</p>
-
-<p>&mdash;¡Hurra! ¡Hurra!&mdash;gritó Thompson, agitando su
-sombrero en el aire.</p>
-
-<p>&mdash;No me ha parecido bien ese hurra cosaco, Thompson&mdash;dijo
-burlonamente el doctor&mdash;. ¿Ustedes qué
-opinan?</p>
-
-<p>&mdash;La verdad es que ese grito del Norte en pleno Mediterráneo
-parece intempestivo&mdash;contestó Kitty.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_72" id="Page_72">[72]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Completamente intempestivo&mdash;dijo el Capitán.</p>
-
-<p>&mdash;Yo creo que el eco ha protestado con indignación&mdash;añadió
-el doctor.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué duda cabe!&mdash;repuso el Capitán&mdash;. Yo mismo
-he visto un delfín que se ruborizaba al oír esa exclamación
-salvaje.</p>
-
-<p>&mdash;No se esfuercen ustedes más, amigos míos&mdash;exclamó
-Thompson&mdash;, en convencerme que he hecho mal.
-Tienen ustedes razón. Había perdido la noción geográfica,
-se me había confundido en la cabeza el paralelo.
-Pero ahora estoy orientado, he encontrado la aguja de
-marear y creo que a este grito no tendrán ustedes que
-poner ninguna objeción.</p>
-
-<p>&mdash;Vamos a ver&mdash;dijo el doctor.</p>
-
-<p>&mdash;¡Evohe! ¡Evohe!&mdash;gritó Thompson desaforadamente&mdash;.
-¡Eh! ¿Qué tal? ¿Tengo aire clásico?</p>
-
-<p>&mdash;Parece usted un Sileno&mdash;dijo el doctor.</p>
-
-<p>&mdash;¡Evohe! ¡Evohe!&mdash;repitió Thompson.</p>
-
-<p>&mdash;Va usted hacer zozobrar la barca con sus gritos
-báquicos&mdash;exclamó el Capitán.</p>
-
-<p>&mdash;Me callaré; pero ustedes confiesen que este ¡Evohe!
-ha estado muy bien.</p>
-
-<p>&mdash;Yo lo confieso&mdash;dijo el Capitán&mdash;; la prueba es
-que el delfín, que iba antes avergonzado y triste con sus
-hurras, me ha hecho una seña de amistad y ha sonreído.</p>
-
-<hr class="tb" />
-
-<p>Hacía poco viento y tardaron dos horas en desembarcar
-en Alba, un pueblecito de la falda del Monsant.</p>
-
-<p>Era el pueblo pequeño y blanco; se destacaba en el
-cielo azul intenso, colocado sobre un acantilado calcáreo
-de poca altura, rodeado por un arenal. Brillaba esta
-pared como si fuera de mármol veteado y manchado
-por algunas plantas trepadoras. Encima se alineaban
-casas blancas, cuadradas, como dados, sin alero, que
-refulgían al sol.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_73" id="Page_73">[73]</a></span></p>
-
-<p>Al pie del acantilado se extendía la playa, llena de
-algas de aspecto haraposo.</p>
-
-<p>La barca se acercó y encalló en el arenal.</p>
-
-<p>Veíase éste en aquel momento lleno de gente; unos
-arrieros de pueblos de alrededor compraban y cargaban
-pescado en carros pequeños, y con tal motivo había
-gran movimiento de ir y venir.</p>
-
-<p>Los viajeros, dirigidos por Kitty, cruzaron por entre
-los pescadores, salieron a una calle del pueblo y entraron
-en la posada.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué hora es?&mdash;preguntó Kitty.</p>
-
-<p>&mdash;Las ocho.</p>
-
-<p>&mdash;Entonces tenemos que esperar una hora a que vengan
-la tartana y los caballos.</p>
-
-<p>Salieron todos a una galería del mesón que daba hacia
-la playa.</p>
-
-<p>Al lado del mar había un conjunto de chozas, unas
-de paja, otras de tablas, en cuyos cobertizos y tejados
-se amontonaban cuerdas de esparto. Entre barca y barca
-se secaban al sol las ropas de los marineros. Los
-chicos y las mujeres cavaban con la azada pequeños canales
-en la arena, para que las barcas que partían se
-deslizasen hacia el mar, y ayudaban a subir a las que
-llegaban, tirando de una cuerda que pasaba por dos
-poleas.</p>
-
-<p>A las nueve en punto, la moza del mesón avisó que
-estaban la tartana y los caballos en la puerta, con el
-asistente de Urbina.</p>
-
-<p>Kitty notó en aquel momento que el Capitán llevaba
-en la mano un bulto cuadrado cubierto de tela.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué lleva usted ahí?&mdash;le dijo.</p>
-
-<p>&mdash;Es un secreto.</p>
-
-<p>&mdash;¿No lo puedo yo saber?</p>
-
-<p>&mdash;Sí; es una jaula. Póngala usted en el coche, ya le
-diré a usted luego para qué es.</p>
-
-<p>Las señoras y el médico subieron en la tartana; los
-demás, en los caballos, y se dirigieron todos por una<span class="pagenum"><a name="Page_74" id="Page_74">[74]</a></span>
-rambla llena de polvo, y después por una cuesta pedregosa,
-a escalar la parte alta de un acantilado, por donde
-corría un camino de herradura. Este camino, la Volta
-del Rosignol, iba rodeando el monte hasta dominar la
-ensenada del Monsant, una ensenada casi redonda con
-un islote en medio, el islote del Farallón. A un extremo
-de la ensenada estaba el convento.</p>
-
-<p>Al llegar sobre la altura y comenzar el descenso del
-camino, el caballo de la tartana salió con un trote descompasado,
-agitando la collera y un cucurucho de cascabeles
-que llevaba fijo en ella y que sonaba estrepitosamente
-en la marcha.</p>
-
-<p>Los jinetes picaron la espuela a sus caballos, y en
-hora y media estaban todos en el convento.</p>
-<hr class="chap" />
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_75" id="Page_75"></a></span></p>
-
-
-
-
-<h3 id="I_XIII">XIII.<br />
-EL CONVENTO</h3>
-
-
-<p><span class="smcap">Era</span> un magnífico lugar aquel en donde se asentaba
-el monasterio. Se hallaba en una alta explanada
-del Monsant, al borde mismo del acantilado de la
-costa; tenía delante un bosquecillo de olivos; encima de
-éste, un pinar, y más arriba, cimas ásperas y pedregosas;
-abajo se extendía el mar, en cuya superficie luminosa
-se dibujaba la sombra del islote. Al acercarse al convento,
-por la Volta del Rosignol, se veía, primeramente, la
-torre por encima de los viejos y mugrientos tejados, entre
-los cipreses del camposanto; luego se abarcaba todo
-el conjunto del edificio, circundado por una muralla con
-aspilleras y rejas. Dentro de esta muralla se encerraba
-la iglesia, la vivienda, el jardín y el claustro.</p>
-
-<p>Entre el convento y el bosquecillo de olivos había un
-raso ancho y empedrado, con una cruz de piedra en
-medio.</p>
-
-<p>En aquel momento, un mendigo, envuelto en una anguarina
-parda, dormía al sol.</p>
-
-<p>Llegaron la tartana y los caballos a la plazoleta; se
-detuvieron y bajaron los viajeros.</p>
-
-<p>Un arco de la muralla entre dos columnas, con una
-puerta claveteada y pintada de azul, daba acceso al
-primer patio. En el fondo de éste se levantaba la iglesia,
-una fachada barroca con guirnaldas y grandes tejas
-con celosías. Encima de la puerta, contorneada por
-una moldura retorcida de piedra, había una hornacina<span class="pagenum"><a name="Page_76" id="Page_76">[76]</a></span>
-con una Virgen antigua esculpida por algún artista gótico,
-y a los lados de ella se destacaban dos grandes escudos
-coloreados. La fachada remataba en una torre
-adornada con varios jarrones y tres campanas.</p>
-
-<p>En el patio, los arrayanes decrépitos y mal cortados
-trazaban un rectángulo, y en medio de éste se levantaba
-una gran taza de mármol, musgosa, olvidada y triste,
-que en otro tiempo debió de estar embellecida y animada
-por el chorro vivo de un surtidor de agua clara.</p>
-
-<p>Kitty y los amigos atravesaron el patio y se acercaron
-a la iglesia.</p>
-
-<p>&mdash;Thompson y yo esperaremos aquí un momento&mdash;dijo
-el Capitán&mdash;, luego entraremos.</p>
-
-<p>Kitty, con la mujer del doctor, el doctor y Urbina, pasaron
-al patio, y Thompson y el Capitán quedaron fuera
-con el asistente de Urbina y el tartanero.</p>
-
-<p>&mdash;Oye, muchacho&mdash;le dijo a éste el Capitán.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué quiere usted?</p>
-
-<p>&mdash;Pasa por ahí y llama al jardinero o al portero, y
-dile a cualquiera de ellos que te venda dos palomas, y
-pregúntale si todas las semanas podrán vender otras dos.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno.</p>
-
-<p>&mdash;Toma&mdash;y el Capitán le alargó unas monedas.</p>
-
-<p>&mdash;¿Ya, cuidarán ustedes de la tartana?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, estaremos aquí.</p>
-
-<p>El tartanero entró en el convento y volvió al poco
-rato con dos palomas grises.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué han dicho?&mdash;preguntó el Capitán.</p>
-
-<p>&mdash;Que venderán todas las que se quieran. Ahí tiene
-usted la vuelta.</p>
-
-<p>El Capitán dió una propina al muchacho y cogió las
-dos palomas, las examinó, las encerró en la jaula y ésta
-la dejó dentro de la tartana.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué vamos a hacer ahora?&mdash;preguntó Thompson.</p>
-
-<p>&mdash;Yo voy a entrar&mdash;dijo el Capitán&mdash;; usted se queda
-aquí, inspecciona esto y me hace un pequeño plano
-del conjunto del edificio y de sus alrededores.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_77" id="Page_77">[77]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;¡Pero entonces no voy a ver el convento!</p>
-
-<p>&mdash;Y a un luterano como usted, ¿qué demonio le importa
-ver un convento de papistas?</p>
-
-<p>&mdash;¿Y el arte?</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué arte! No sea usted amanerado, Thompson. ¿No
-es una obra de arte el intentar, como intentaremos nosotros,
-si se puede, robar una señorita de un convento?
-Le creía a usted superior a esas supersticiones.</p>
-
-<p>&mdash;No he dicho nada. Es usted el Capitán y le obedezco.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno. Hasta luego entonces.</p>
-
-<p>Entró el Capitán en el patio, lo recorrió y pasó a la
-iglesia, y después al claustro. Aquí se reunió con Kitty y
-sus amigos, que estaban en compañía de la superiora y
-de una mujer de una belleza espléndida, vestida de negro.
-Era la <i>Clavariesa</i>. La <i>Clavariesa</i> hablaba con Kitty, al
-parecer, come con una amiga íntima.</p>
-
-<p>Precediéndolos a todos iba un sacristán cojo, vestido
-con una túnica negra y armado de un llavero, abriendo
-puertas.</p>
-
-<p>El Capitán se acercó a Urbina y le preguntó, señalando
-a la <i>Clavariesa</i>:</p>
-
-<p>&mdash;¿Es la novia de usted?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;La puede usted decir unas palabras?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;Dígale usted que una paloma gris que llegará el
-domingo, por la mañana, a las doce del día, le traerá
-noticias de Ondara y de usted.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué quiere usted decir con eso?</p>
-
-<p>&mdash;Usted dígaselo en seguida. Que espere la llegada
-de la paloma.</p>
-
-<p>Urbina, apretado de cerca, dió el encargo a la <i>Clavariesa</i>.</p>
-
-<p>Siguieron todos visitando el convento.</p>
-
-<hr class="tb" />
-
-<p>Mientrastanto, Thompson tomaba notas y apuntes
-desde fuera.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_78" id="Page_78">[78]</a></span></p>
-
-<p>Comenzaba a hacer calor; la luz cegaba y el tiempo
-invitaba a la pereza. Las cigarras llenaban con su chirrido
-el silencio del campo.</p>
-
-<p>Thompson no sabía el propósito definido del Capitán.
-Hizo primero un croquis de los alrededores del convento
-y de la cima del Monsant, que tenía en uno de sus
-cabezos una atalaya derruída, del tiempo de los moros.</p>
-
-<p>Después dibujó el conjunto del monasterio desde la
-Volta de Rosignol, con sus grandes tapias, su arco de
-entrada, su torre, sus tejados musgosos y sus cipreses
-negros y afilados.</p>
-
-<p>Luego, abandonando el camino y alejándose de la
-costa, subió a un bosquecillo de olivos. Estos árboles
-centenarios, negros y retorcidos, parecían pulpos monstruosos
-de muchos brazos y de muchas manos que iban
-ascendiendo penosamente la montaña.</p>
-
-<p>Desde aquella altura se veía la huerta del convento
-con una gran alberca cuadrada, en la que el agua negra
-verdeaba. Detrás de los perales y de los melocotoneros
-asomaban los cipreses melancólicos del cementerio,
-como detrás de la vida aparece la muerte. Sobre el mar
-azul revoloteaban algunas gaviotas y sobre la tierra, algunas
-palomas.</p>
-
-<p>Thompson dejó el bosquecillo de olivos y subió por
-un pinar hasta la parte alta de una cima, desde donde
-se dominaba la costa al prolongarse hacia el norte. Al
-principio quedó extrañado; enfrente brillaba un peñón
-calcáreo erguido sobre una playa. El sol le arrancaba
-unos reflejos tan extraños que aquella roca gigantesca,
-blanca, roja y amarilla, parecía el fantasma de un monte
-vigía del mar azul.</p>
-
-<p>Thompson estuvo contemplando aquella roca un momento
-para cerciorarse de que tenía realidad; luego
-temió quedar retrasado, cruzó el pinar y el bosque de
-los olivos y bajó a la puerta del monasterio.</p>
-
-<p>Serían las once cuando los visitantes de Monsant salieron
-al patio.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_79" id="Page_79">[79]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;¿Y por qué no ha entrado Thompson?&mdash;preguntó
-Kitty.</p>
-
-<p>&mdash;Tenía que hacer un encargo mío&mdash;repuso el
-Capitán.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué egoísmo! ¿Por qué no lo ha hecho usted?</p>
-
-<p>&mdash;Es que él sabe más geología que yo, y necesitaba
-examinar unas piedras. Además de que los aires papistas
-no convienen a los luteranos.</p>
-
-<p>&mdash;No diga usted papistas. ¡Qué horror!</p>
-
-<p>&mdash;¿Es usted ferviente católica, Kitty?</p>
-
-<p>&mdash;Lo más ferviente que puedo.</p>
-
-<p>Entraron unos en la tartana, montaron los otros a caballo
-y volvieron al mesón de Alba, a comer.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué le ha parecido a usted la <i>Clavariesa</i>?&mdash;preguntó
-Kitty al Capitán.</p>
-
-<p>&mdash;Muy bien; una mujer espléndida.</p>
-
-<p>&mdash;Cuando estaba en Ondara querían encontrar rivalidad
-entre ella y yo. ¡Qué tontería, verdad!</p>
-
-<p>&mdash;¡Sí!; hay demasiada diferencia entre ella y usted&mdash;dijo
-el Capitán.</p>
-
-<p>&mdash;¿Verdad?</p>
-
-<p>&mdash;Enorme.</p>
-
-<p>&mdash;¿Tanta, tanta, cree usted?</p>
-
-<p>&mdash;Es como comparar una estrella, no con un gusano
-de luz, huyamos de las exageraciones, como comparar
-una estrella de luz propia con un planeta.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y ella es la estrella de luz propia?</p>
-
-<p>&mdash;No, la estrella es usted.</p>
-
-<p>&mdash;Gracias, Capitán, es usted muy galante.</p>
-
-<p>&mdash;Es usted como esas estrellas pequeñas, brillantes,
-intensas, que lanzan una mirada que vibra en el aire.</p>
-
-<p>Kitty tomó un aspecto mixto de coquetería y de
-tristeza.</p>
-
-<p>&mdash;Me gustaría saber, la verdad, lo que piensa usted de
-mí&mdash;dijo.</p>
-
-<p>&mdash;Lo que siento de usted. Sencillamente, que es usted
-una mujer admirable.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_80" id="Page_80">[80]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Se quiere usted reír de mí.</p>
-
-<p>&mdash;No, no. Es usted una mujer encantadora.</p>
-
-<p>&mdash;Con eso quiere usted decir que soy loca, temeraria...
-¿verdad?</p>
-
-<p>&mdash;¿Y quién no lo es? Solamente las gentes mezquinas
-saben hacerse un escudo con los lugares comunes y las
-preocupaciones generales para vestir su mezquindad. La
-poca gente noble que hay en el mundo, esa va a pecho
-descubierto; si le hieren de un flechazo, la flecha penetra
-hasta el corazón; si va por un precipicio y se desliza,
-la caída es hasta el fondo...</p>
-
-<p>&mdash;Me da usted miedo&mdash;dijo Kitty&mdash;, debe usted odiar
-a la sociedad.</p>
-
-<p>&mdash;La odio... y la desprecio&mdash;contestó el Capitán en
-tono sombrío.</p>
-
-<p>&mdash;Pero sin sociedad, ¿cómo podríamos vivir?</p>
-
-<p>&mdash;No sé; ni me importa pensarlo.</p>
-
-<p>&mdash;Es necesario que haya leyes.</p>
-
-<p>&mdash;Sí; así al menos hay la satisfacción de violarlas&mdash;replicó
-el Capitán en tono sarcástico.</p>
-
-<p>&mdash;Y de Eguaguirre, ¿qué piensa usted?</p>
-
-<p>&mdash;¡Eguaguirre!... Tiene un perfecto egoísmo a cubierto
-de todo ataque. Garitas, baterías, hornabeques, galerías
-cubiertas: su fortaleza es inexpugnable. No se perderá
-por amor al prójimo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Tan malo le cree usted?</p>
-
-<p>&mdash;No; malo, no. Egoísta, frío, petulante. Tiene grandes
-condiciones de conquistador.</p>
-
-<p>Kitty escuchó nerviosa y demudada. Al tranquilizarse
-un poco dijo:</p>
-
-<p>&mdash;¿También tiene usted mala opinión de Urbina?</p>
-
-<p>&mdash;No. ¡Ca! Urbina es un santo varón. Entre hacer de
-víctima o de verdugo, preferirá hacer de víctima; entre
-ser martillo o yunque, elegirá ser yunque. Yo le respeto
-y le reverencio, y si llega su martirologio le dedicaré un
-recuerdo y una piadosa lágrima.</p>
-
-<p>Comieron en el fonducho de Alba y, después de pa<span class="pagenum"><a name="Page_81" id="Page_81">[81]</a></span>sar
-un rato de sobremesa y esperar a que transcurrieran
-las horas calurosas de la tarde, marcharon a la playa y
-entraron en la <i>Joven Rosario</i>.</p>
-
-<p>El asistente de Urbina y el tartanero fueron a Ondara
-por tierra, dando una gran vuelta.</p>
-
-<p>Kitty, que se había sentado a popa, se fijó en el envoltorio
-que llevaba el Capitán.</p>
-
-<p>&mdash;No me ha dicho usted para qué es la jaula&mdash;dijo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y quiere usted saberlo?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;Pues llevo aquí dentro dos palomas.</p>
-
-<p>&mdash;¿En dónde las ha cogido usted?</p>
-
-<p>&mdash;¿Cree usted que las he robado? No. Comprendo
-que hubiera estado más en carácter robándolas; pero me
-he contentado con comprarlas en el monasterio.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y para qué las quiere usted?</p>
-
-<p>&mdash;Una de ellas servirá para llevar la carta que nuestro
-amigo Urbina escribirá a su amada.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué idea! Pero tendría que estar advertida la <i>Clavariesa</i>.</p>
-
-<p>&mdash;Lo está.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y la contestación?</p>
-
-<p>&mdash;Yo supongo que se necesitarán dos cartas para
-que haya contestación. Si la muchacha se aviene a entrar
-en correspondencia con Urbina, se le enviarán palomas
-del castillo, de regalo, que desde el momento que
-las suelte volverán a su palomar.</p>
-
-<p>&mdash;¡Bravo! Es usted un hombre de recursos, Capitán.</p>
-
-<p>Se desembarcó en Ondara al anochecer, y el Capitán
-y Thompson se fueron a la fonda de la Marina.</p>
-
-<p>Por la noche, los dos dijeron a Urbina que podía escribir
-una carta a la <i>Clavariesa</i>, que iría al convento
-llevada por una paloma.</p>
-
-<p>Urbina, al saberlo, quedó intranquilo y nervioso, y se
-puso hacer borradores, que consultó con Thompson, a
-quien consideraba hombre más susceptible de sentimentalismo
-que el Capitán.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_82" id="Page_82">[82]</a></span></p>
-
-<p>Dos días después había que enviar la paloma mensajera.
-Se leyó la carta definitiva, que se sometió al juicio
-de Kitty. Kitty hizo algunas observaciones de psicología
-femenina muy agudas, que Urbina atendió, y por la
-mañana del domingo subieron Urbina, Thompson y el
-Capitán al Mirador del castillo. Kitty tomó entre las
-manos una de las palomas y estuvo acariciándola. Según
-Thompson, era un ejemplar de la <i>Columba Tabellaria</i>.
-Esta clase, de pequeño tamaño, es de gran instinto
-viajero. El Capitán cogió la carta de Urbina, la dobló
-y la ató con una cinta en el ala de la paloma. Luego
-Kitty dejó el ave mensajera en el pretil del Mirador. La
-paloma dió unos pasos a un lado y a otro, después se
-lanzó al aire, trazó una gran curva para orientarse, se
-dirigió como una flecha hacia Monsant, y desapareció.</p>
-
-<p>&mdash;He escrito una tontería&mdash;dijo Urbina&mdash;. Va a creer
-que soy un imbécil.</p>
-
-<p>&mdash;Ya no puede usted recoger la carta del correo&mdash;exclamó
-el Capitán burlonamente.</p>
-
-<p>&mdash;Se va a reír de mí.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué se ha de reír!&mdash;exclamó Kitty.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cree usted que no?</p>
-
-<p>&mdash;No. Claro que no. Es usted el hombre más notable
-que he conocido en mi vida.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómico? ¿Grotesco?</p>
-
-<p>&mdash;No. Delicado. Un carácter bueno, generoso.</p>
-
-<p>Urbina, en un arranque de emoción, se acercó a Kitty
-y le cogió la mano con intención de besársela; luego
-no se atrevió y quedó en una actitud de perplejidad triste.</p>
-
-<p>Al día siguiente Kitty escogió una paloma con pintas
-del palomar del castillo, la metió en una jaula, puso en
-un cartón atado el nombre de la <i>Clavariesa</i> e hizo que
-se la llevara un cosario que recorría los pueblos de
-la costa y que pasaba por Alba y por el convento de
-Monsant.</p>
-
-<p>A los dos días la <i>Clavariesa</i> contestaba, y Urbina
-estaba loco de contento.</p>
-<hr class="chap" />
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_83" id="Page_83"></a></span></p>
-
-
-
-
-<h3 id="I_XIV">XIV.<br />
-LOS ARGONAUTAS</h3>
-
-
-<p><span class="smcap">El</span> Capitán, a quien habían asegurado que no corría
-el menor peligro de ser detenido, decidió quedarse
-en Ondara hasta el final de la aventura de Urbina.</p>
-
-<p>Los amores de Kitty y Eguaguirre seguían en el mismo
-estado de amable galanteo; la gente sospechaba;
-pero nadie tenía un indicio claro de la intimidad de los
-amantes.</p>
-
-<p>A las dos semanas de cruzarse cartas entre la<i> Clavariesa</i>
-y Urbina, el oficial, por consejo de sus amigos, se
-puso al habla con la tía de su novia.</p>
-
-<p>Esta señora recibió a Urbina muy amablemente, y le
-dijo que Fenoller, el tutor, no cedería de ninguna manera
-mientras tuviera poderes. Había decidido que Dolores
-se casara con su hijo, y esta solución le parecía,
-porque le convenía a él, tan buena, que no aceptaba
-otra.</p>
-
-<p>El despotismo de Fenoller había producido tal protestes
-y oposición en la tía de Dolores, que estaba deseando
-encontrar cualquier medio para chasquear al despótico
-tutor.</p>
-
-<p>Urbina, al ver lo bien dispuesta que se hallaba aquella
-señora, pensó que debía hacer un gran esfuerzo.</p>
-
-<p>Consultó con su amigo Thompson y después con el
-Capitán.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_84" id="Page_84">[84]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;¿Usted cree que ella estará dispuesta a escaparse
-con usted?&mdash;le preguntó el Capitán.</p>
-
-<p>&mdash;Yo creo que sí.</p>
-
-<p>&mdash;Pregúnteselo usted claramente. Si acepta organizaremos
-en seguida el plan de evasión.</p>
-
-<p>&mdash;Creo que aceptará.</p>
-
-<p>&mdash;Pues nada ¡adelante!, como decía el general Blücher
-cuando se ponía la pipa en la boca y un sombrero
-de mujer en la cabeza. Thompson y yo prepararemos el
-rapto. Usted se queda en el pueblo. Fenoller parece que
-vigila a Eguaguirre, pero no a usted. Si supiera que faltaba
-usted de aquí comenzaría a sospechar. Usted obtenga
-la contestación categórica de la chica. Le dice usted
-que su tutor no cede y que la tía está de acuerdo
-con usted.</p>
-
-<p>&mdash;Eso haré.</p>
-
-<p>&mdash;Y mientrastanto nosotros estudiaremos el terreno.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué van ustedes a hacer?</p>
-
-<p>&mdash;Como yo supongo que por tierra no se puede intentar
-nada, alquilaremos un falucho por un par de semanas
-y reconoceremos los alrededores del convento.</p>
-
-<p>&mdash;Yo les cederé Roque, mi asistente. Es listo como un
-diablo.</p>
-
-<p>&mdash;Lo conozco. Necesitaremos tres o cuatro hombres
-más.</p>
-
-<p>&mdash;Eso se encuentra fácilmente.</p>
-
-<p>&mdash;Sí; creo que sí. Pongámonos de acuerdo. Nosotros,
-de todas maneras, alquilamos el falucho; si no se puede
-emplear en la evasión, se perderá el dinero, y nos
-pasearemos.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno; no importa.</p>
-
-<p>&mdash;En seguida que nos hagamos con el falucho inspeccionaremos
-la costa y veremos las posibilidades de
-la empresa; usted, mientrastanto, habrá escrito a su
-novia y recibido la contestación. ¿Que ella acepta? Pues
-le comunica usted en seguida el plan de fuga con
-todos los detalles; pide usted una licencia de un mes o<span class="pagenum"><a name="Page_85" id="Page_85">[85]</a></span>
-de dos, rapta usted a la muchacha, se casa usted, y
-<i>laus Deo</i>.</p>
-
-<p>&mdash;Haremos todo lo posible para que la cosa salga
-bien&mdash;dijo Urbina.</p>
-
-<p>&mdash;Usted no hable ni a sus amigos íntimos del proyecto.</p>
-
-<p>&mdash;No; no los tengo.</p>
-
-<p>&mdash;La cuestión es llevar el asunto con el mayor sigilo,
-que no haya posibilidad de una sospecha, y luego realizarlo
-con rapidez.</p>
-
-<p>Thompson fué el encargado de buscar la barca, y
-tras de dar muchos pasos inútiles, encontró un contrabandista
-de mala fama, que vivía en la punta del
-faro, que se avino a alquilarle su falucho con cualquier
-objeto.</p>
-
-<p>Este contrabandista, el <i>Farestac</i>, de apodo, era hombre
-fornido, de mediana estatura, silencioso, negro por
-el sol, la cabellera roja, que le salía por debajo del gorro
-colorado y le caía sobre los hombros; las barbas
-grandes, cobrizas y enmarañadas, el pecho de oso y las
-manos peludas. El <i>Farestac</i> vivía con su madre, una
-mujer también roja y también selvática, en una casucha
-próxima al mar, medio cueva, medio cabaña.</p>
-
-<p>El <i>Farestac</i> era un solitario, un insociable; necesitaba
-espacio, soledad, olas, espumas, huracanes. Este delfín
-misantrópico, a pesar de su violencia, tenía mucho
-de contemplador y de quietista. Dionysios no hubiera
-encontrado para sus fiestas un sátiro, un sileno, un egipan,
-en cuya mirada ardiera un fuego tan intenso y tan
-salvaje.</p>
-
-<p>El único amigo y compañero del <i>Farestac</i> era el <i>Rabec</i>,
-viejo pescador andrajoso, de cara bronceada y llena
-de arrugas, la nariz de cuervo y el gorro rojo y agujereado.</p>
-
-<p>El <i>Rabec</i> tenía varias cicatrices, una oreja cortada y
-en la íntegra un anillo de plata.</p>
-
-<p>El <i>Rabec</i> era malhumorado y sarcástico, y gozaba<span class="pagenum"><a name="Page_86" id="Page_86">[86]</a></span>
-fama de mala sangre. Su risa, su <i>raílla</i>, era siempre
-cruel y sangrienta.</p>
-
-<p>El <i>Rabec</i> tenía un perro de aguas, el <i>Dragó</i>, feo, sucio
-e inteligente.</p>
-
-<p>En la barca del <i>Farestac</i>, que se llamaba la <i>Sargantana</i>
-(la lagartija), servía de grumete Pascualet, un muchachillo
-morenito y ágil como un mono. La <i>Sargantana</i>
-del <i>Farestac</i> no era una barca limpia y bien cuidada,
-sino una barca abandonada y harapienta. En su
-casco se veían mapas de desconchados de su pintura
-verde, y sus velas estaban llenas de remiendos de varios
-colores.</p>
-
-<p>La <i>Sargantana</i> no era un lacértido respetable, sino
-una lagartija bohemia y vagabunda, que conocía las
-sendas del mal mejor que las del bien.</p>
-
-<p>Una tarde, al anochecer, Thompson con sus acólitos,
-el <i>Farestac</i>, el <i>Rabec</i> y el grumete, llegaron a Ondara; el
-inglés desembarcó y avisó al Capitán que para el día
-siguiente, por la mañana, iban a salir.</p>
-
-<p>Les faltaba un botecillo, que alquilaron, y al otro día,
-al alba, los argonautas de Ondara salieron en la <i>Sargantana</i>,
-en dirección del Monsant. Llevaban una escalera,
-dos azadas, un pico, cuerdas y unas cestas con
-comestibles.</p>
-
-<p>Hacía un viento vivo; el falucho marchaba rápidamente,
-con la vela grande y el foque inflados por el
-viento, haciendo murmurar las aguas que cortaba con
-la proa y dejando una estela de remolinos espumosos.</p>
-
-<p>Doblaron la punta del Monsant, terminada en un
-amontonamiento de grandes rocas que formaban una
-cueva abierta por ambos lados; entraron en la ensenada
-y se dirigieron, en línea recta, hacia el islote del Farallón.</p>
-
-<p>El islote brillaba al sol, seco, como un trozo de lava,
-amarillo y rojo, lleno de rajaduras y de agujeros, sin
-una mata de verde en los resquicios. Uno de sus lados
-estaba cortado a pico; el otro se alargaba en una roca<span class="pagenum"><a name="Page_87" id="Page_87">[87]</a></span>
-horadada, que formaba un arco, por debajo del cual
-pasaban las olas.</p>
-
-<p>Dieron la vuelta al islote, que desde algunos sitios,
-al reflejar el sol, parecía un témpano de hielo; acercaron
-el falucho, a golpes de remo, hasta un canal angosto,
-entre grandes piedras, y lo encallaron. El <i>Dragó</i>, el
-perro de <i>Rabec</i>, fué el primero que saltó a tierra y subió
-a la parte alta del Farallón, espantando a una nube de
-gaviotas que tenían allí su nido.</p>
-
-<p>Había, arriba, una pequeña explanada en cuesta cubierta
-de esqueletos de aves.</p>
-
-<p>Thompson y el Capitán subieron a la explanada y se
-tendieron a contemplar la costa.</p>
-
-<p>Brillaba el mar, como una roca azul de diversos matices,
-bajo el esplendor del cielo inflamado. El aire estaba
-tibio, impregnado de esencias salobres. Un delfín jugueteaba
-entre las olas.</p>
-
-<p>&mdash;Vamos a estar aquí hasta mañana por la mañana&mdash;dijo
-el Capitán&mdash;en que haremos un reconocimiento
-en el bote. Ahora, cada cual puede elegir el entretenimiento
-que quiera.</p>
-
-<p>&mdash;¿Hay tantos?&mdash;preguntó Thompson.</p>
-
-<p>&mdash;Se puede dormir, pescar, jugar, bañarse...</p>
-
-<p>&mdash;¿Y usted qué va a hacer?</p>
-
-<p>&mdash;Yo me voy a dedicar a la investigación y a la reflexión.</p>
-
-<p>El Capitán sacó su anteojo y se puso a contemplar la
-costa y la ensenada del Monsant, que parecía estrechar
-entre sus brazos el islote.</p>
-
-<p>El acantilado, en cuya cumbre estaba el convento, comenzaba
-en la playa de Alba; luego seguía como un
-zócalo por debajo del pueblo, e iba elevándose, al alejarse
-de él, hasta tomar gran altura y terminar en una
-punta rocosa.</p>
-
-<p>Al comienzo, este acantilado era liso, calcáreo, sin
-hendiduras; de lejos parecía de mármol; luego, al aumentar
-en elevación, la pared que formaba se convertía<span class="pagenum"><a name="Page_88" id="Page_88">[88]</a></span>
-en un peñascal, con desigualdades, con senos, en donde
-penetraba el mar y trozos del monte desprendidos que
-avanzaban en el agua, sembrándola de arrecifes. En algunos
-sitios, el suelo rojo mostraba sus entrañas desnudas
-y sangrientas.</p>
-
-<p>Al lado contrario de Alba, detrás de la otra punta de
-la ensenada, se erguía a orilla del mar una roca, que
-parecía de piedra pómez por lo blanca y lo seca.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué extraña mole!&mdash;exclamó Thompson&mdash;. El
-otro día la miraba desde lo alto del Monsant, y se me
-figuraba una nube iluminada por el sol.</p>
-
-<p>&mdash;Si parece un azucarillo&mdash;dijo el Capitán, poco dispuesto
-a maravillarse.</p>
-
-<p>Desde allí, el convento se presentaba muy en alto; no
-se veía de él mas que el cementerio con sus cipreses
-blanquecinos por el polvo, una torre cuadrada, con una
-galería con matacanes, adornada por una parra, y una
-muralla con aspilleras, que bajaba en zig-zag hacia
-el mar.</p>
-
-<p>El convento tenía, mirado desde el islote, un aire belicoso
-y altivo.</p>
-
-<p>A la derecha del monasterio se veía la mancha obscura
-del olivar, y luego, pinares que iban reptando cada
-vez más claros, hasta desaparecer en la parte rocosa y
-desnuda del monte. En un extremo, en uno de los cabezos,
-aparecía una atalaya del tiempo de los moros con
-un resto de muralla agujereada y rota.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién conoce bien estos sitios?&mdash;preguntó el Capitán
-a Thompson.</p>
-
-<p>&mdash;El <i>Farestac</i>.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién es el <i>Farestac</i>?</p>
-
-<p>&mdash;El patrón de la <i>Sargantana</i>; ese de las barbas
-rojas.</p>
-
-<p>&mdash;Es un pirata. ¡Qué tipo! Dígale usted que venga.</p>
-
-<p>El <i>Farestac</i>, que estaba preparando el almuerzo en
-compañía del <i>Rabec</i> y del grumete en un hornillo de
-hierro, subió a lo alto del islote.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_89" id="Page_89">[89]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;¿Qué quiere usted?&mdash;preguntó en un castellano
-rudo al Capitán.</p>
-
-<p>&mdash;Siéntate aquí&mdash;le dijo el Capitán&mdash;¡compañero!&mdash;y
-le dió una palmada en el hombro.</p>
-
-<p>&mdash;¿Compañero de qué?&mdash;preguntó el <i>Farestac</i> con
-tono burlón.</p>
-
-<p>&mdash;De piratería. Tú eres un pirata, ¿verdad?</p>
-
-<p>&mdash;¿Yo?</p>
-
-<p>&mdash;Si no lo eres en grande, no es por falta de ganas,
-<i>Farestac</i>. Tu barco destila contrabando y piratería.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y el barco de usted?</p>
-
-<p>&mdash;Yo no tengo barco&mdash;replicó el Capitán&mdash;; soy un
-pirata de monte. Siéntate; somos lobos de la misma carnada.</p>
-
-<p>El <i>Farestac</i> se sentó, mirando al hombre con sorpresa.</p>
-
-<p>&mdash;¿Conoces esta tierra que está delante de nosotros?&mdash;dijo
-el Capitán.</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;¿Bien?</p>
-
-<p>&mdash;Mejor que nadie.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cuántas entradas hay en esta costa?</p>
-
-<p>&mdash;¿Entradas?</p>
-
-<p>&mdash;Sí. ¿Cómo les llaman aquí? Calas. ¿Cuántas calas
-hay?</p>
-
-<p>&mdash;Tres&mdash;contestó el <i>Farestac</i>.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo se llama aquella de enfrente?</p>
-
-<p>&mdash;¿Aquélla?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;Cala del Infern.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y ésta que está aquí cerca de la punta?</p>
-
-<p>&mdash;La dels Capellans.</p>
-
-<p>&mdash;Y la tercera, ¿dónde está?</p>
-
-<p>&mdash;La tercera está doblando esta punta, y se llama dels
-Avions.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por alguna de ellas se puede subir?</p>
-
-<p>&mdash;Por todas se puede subir.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_90" id="Page_90">[90]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;¿Por cuál es más fácil la subida?</p>
-
-<p>&mdash;Por la del Infern.</p>
-
-<p>&mdash;¿Has subido tú?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cuándo?</p>
-
-<p>&mdash;Hará un año la última vez.</p>
-
-<p>&mdash;¿A dónde se sale?</p>
-
-<p>&mdash;Al cementerio del convento.</p>
-
-<p>&mdash;¿Te daría miedo subir otra vez?&mdash;repuso el Capitán.</p>
-
-<p>&mdash;Menos que a usted&mdash;contestó el salvaje marino
-sarcásticamente.</p>
-
-<p>&mdash;A mí no me da miedo nada, hijo mío&mdash;repuso el
-Capitán, dando un nuevo golpecito en el hombro del patrón
-y sonriendo.</p>
-
-<p>El <i>Farestac</i> miró a su interlocutor con curiosidad
-creciente.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué van ustedes a hacer en la cala del Infern?&mdash;preguntó.</p>
-
-<p>&mdash;Vamos a subir al convento.</p>
-
-<p>&mdash;¿A qué?</p>
-
-<p>&mdash;A robar una monja.</p>
-
-<p>&mdash;Una <i>moncha</i>. ¿De verdad?</p>
-
-<p>&mdash;Sí. Una <i>moncha</i> joven y guapa. ¿Tú te llevarías
-una?</p>
-
-<p>&mdash;Una joven y guapa ¡ya lo creo!&mdash;exclamó el <i>Farestac</i>
-con los ojos brillantes.</p>
-
-<p>&mdash;Pues nada, escoge una y te ayudaremos. Formaremos
-una Sociedad de Raptos y Empresas peligrosas
-reunidas. Razón social: Farestac, Thompson, Rabec, etc.,
-etcétera. Capital: el que se robe.</p>
-
-<p>El <i>Farestac</i>, que no entendía bien lo que decía el Capitán,
-comenzó a mirarle con mayor extrañeza. Quizá
-pensó que estaba loco.</p>
-
-<p>Se comió en la parte baja del islote del Farallón, se
-pasaron las horas pescando y al anochecer se tendieron
-todos a dormir.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_91" id="Page_91">[91]</a></span></p>
-
-<p>Antes de amanecer, el <i>Farestac</i> despertó a la gente.
-Se decidió que el <i>Rabec</i>, a quien nada se había contado
-del proyecto, quedara en el islote cuidando de la <i>Sargantana</i>
-en compañía del <i>Dragó</i>. Los demás se metieron
-en la lancha y se dirigieron hacia la costa.</p>
-
-<p>En el mar palpitaban tantas estrellas, que su brillo
-tembloroso producía el vértigo.</p>
-
-<p>En media hora se acercaron a la cala del Infern.
-Amanecía.</p>
-
-<p>No era aquella cala un pequeño golfo bien abierto e
-iluminado por la luz del sol, sino un agujero irregular y
-tenebroso que comenzaba por una hendidura estrecha.</p>
-
-<p>Delante de esta hendidura había rocas basálticas
-blancas y grises que formaban como restos de un gran
-palacio, del que quedaran arcos y galerías rotos. Al borde
-mismo del agua salían pinos por las grietas de las
-piedras. El bote se deslizó por entre los peñascos sobre
-el agua inmóvil, que parecía de cristal, y penetró en
-la hendidura. Llegaron hasta el fondo y ataron la lancha,
-y almorzaron.</p>
-
-<p>Empezaba a entrar por arriba la claridad del sol y se
-iba viendo poco a poco la extraña configuración de la
-cala. El mar aparecía blanco, lechoso, entre dos paredes
-negras, húmedas, llena de oquedades; ya fuera, era
-azul, con un color turbio de cristal; una red de meandros
-de espuma cubría su superficie con un galoneado
-de plata.</p>
-
-<p>Comenzó a sonar la campanita del convento de una
-manera charlatana y alborotadora.</p>
-
-<p>&mdash;Vamos a hacer nuestra inspección&mdash;dijo el capitán.</p>
-
-<p>&mdash;Vamos&mdash;repuso el <i>Farestac</i>.</p>
-
-<p>La hendidura era más estrecha en la boca que en el
-fondo. La cala formaba dentro un seno irregular. Tenía
-allí unos sesenta pies de ancho y ciento veinte de alto.
-El <i>Farestac</i> aseguraba que había una senda que a trechos
-se convertía en escalera y que llegaba a lo alto.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_92" id="Page_92">[92]</a></span></p>
-
-<p>Se encontró un resto de camino que comenzaba por
-el lado izquierdo mirando hacia el interior. Al principio
-iba en una pendiente suave; luego se hacía más escarpado,
-rodeaba la cala y pasaba al lado derecho. Hasta
-la mitad de la altura se logró subir con grandes dificultades;
-luego había una parte de veinte pies como un
-lomo de piedra resbaladizo, que se podía escalar trepando,
-agarrándose a las rendijas. De aquí el camino pasaba
-por un resalto medio desmoronado por las filtraciones
-del agua. Este resalto, que corría paralelamente a
-una hendidura horizontal, se llamaba, según dijo el <i>Farestac</i>,
-el Pas de la Rabosa.</p>
-
-<p>El marino encontraba muy cambiada la senda de la
-cala del Infern desde que él había estado la última vez.</p>
-
-<p>Sin duda las aguas de lluvia habían ido deshaciendo
-y arrancando grandes trozos de la arena y de la piedra
-calcárea, echándola al fondo de la cala.</p>
-
-<p>El Pas de la Rabosa terminaba en la pared de la derecha,
-en una oquedad profunda, de donde salía otra
-senda a trechos con escalones que subía a la parte alta
-del acantilado. Esta senda se hallaba interrumpida por
-un desmoronamiento que dejaba unos quince pies
-sin paso.</p>
-
-<p>Al llegar a la oquedad el Capitán se detuvo, y dirigiéndose
-a Thompson, exclamó:</p>
-
-<p>&mdash;Amigo Thompson, ¿tiene usted buena memoria?</p>
-
-<p>&mdash;No; pero tengo un lápiz y un cuaderno que la substituye
-mal que bien.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno. Vaya usted apuntando todo lo que necesitamos
-para dejar accesible la subida.</p>
-
-<p>Thompson fué apuntando lo que le dijeron: garfios de
-hierro, varias tablas, cuerdas, etc.</p>
-
-<p>Arreglaron durante la mañana la subida hasta el Pas
-de la Rabosa. Después comieron. Habían llevado un
-hornillo de hierro, donde se guisó y se hizo café. El vino
-lo echaban a un porrón de hoja de lata, y de allí bebieron
-todos a chorro.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_93" id="Page_93">[93]</a></span></p>
-
-<p>Al comenzar la tarde hicieron una maniobra de importancia
-y de peligro. Ataron con la cuerda por la cintura
-a Pascualet; tendieron después la escalera de un
-lado del abismo al otro, sujetándola en una piedra lo
-mejor posible, e hicieron que el muchacho atado pasara
-y afirmara la escalera con grandes clavos por el otro
-lado.</p>
-
-<p>Hecho este puente, cruzaron todos por él. Primero pasaron
-el <i>Farestac</i> y el Capitán; después, Roque y Thompson.
-Les faltaba únicamente unos cincuenta pies para
-llegar al borde superior de la cala del Infert; pero esta
-subida no era difícil, porque había una buena senda. La
-limpiaron quitándola hierbajos resbaladizos, y cuando
-comenzaba a hacerse de noche salieron a lo alto del
-acantilado.</p>
-
-<p>Ahora también la campanita del convento derramaba
-sus notas de cristal en la calma del crepúsculo...</p>
-
-<p>El <i>Farestac</i> y el Capitán se acercaron al cementerio,
-mientras Roque y Thompson quedaban en las esquinas
-de la tapia mirando a hurtadillas por si llegaba alguien.</p>
-
-<p>El capitán escaló la tapia del camposanto, y el <i>Farestac</i>
-le siguió. Se acercaron saltando tumbas a una
-puerta en arco que comunicaba con el jardín del convento.
-Esta puerta, pintada de verde, estaba cerrada con
-cerrojo y llave.</p>
-
-<p>Por una rendija miraron y vieron a la superiora y a
-otra monja dando instrucciones al jardinero.</p>
-
-<p>&mdash;Hay que limar la lengüeta de esta llave&mdash;dijo el
-Capitán&mdash;. Teniendo abierto esto, la fuga es fácil... Abriremos
-la otra puerta del cementerio que da hacia el mar,
-y en un minuto la novia de Urbina puede estar en el
-Pas de la Rabosa. Vámonos, <i>Farestac</i>. Por hoy ha concluído
-sus funciones la Sociedad de Raptos y Empresas
-peligrosas reunidas.</p>
-
-<p>Salieron el Capitán y el <i>Farestac</i> del camposanto, y
-reunidos con los otros dos y el chico, comenzaron casi<span class="pagenum"><a name="Page_94" id="Page_94">[94]</a></span>
-a tientas la bajada por la senda de la cala del Infern
-hasta llegar al mar.</p>
-
-<p>&mdash;Añada usted a lo que necesitamos&mdash;dijo el capitán
-a Thompson&mdash;un par de limas buenas y una
-tranca.</p>
-
-<p>&mdash;Está bien.</p>
-
-<hr class="tb" />
-
-<p>Se embarcaron en la lancha. Llegaron al islote, y poco
-después la <i>Sargantana</i>, como un tritón jovial y alegre
-que deja por primera vez la férula de los maestros y de
-los padres, marchaba hacia Ondara con las velas desplegadas.</p>
-<hr class="chap" />
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_95" id="Page_95"></a></span></p>
-
-
-
-
-<h3 id="I_XV">XV.<br />
-EL RAPTO</h3>
-
-
-<p><span class="smcap">Inmediatamente</span> que llegaron a Ondara el Capitán y
-Thompson fueron a ver a Urbina. Este les mostró
-una carta de la <i>Clavariesa</i>, en la que se mostraba anhelante
-por dejar el convento y dispuesta a escaparse.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno&mdash;dijo el Capitán&mdash;; puede usted escribir a
-su novia que pasado mañana, a las siete de la tarde, el
-sábado, irá usted por ella. Dígale usted que a esa hora
-en punto esté delante de la puerta del jardín del convento
-que da al cementerio. Allí la esperaremos nosotros y
-la llamaremos. La lengüeta de la puerta estará cortada.
-Que abra el cerrojo y entre en el cementerio, y caerá en
-los brazos de su adorador.</p>
-
-<p>Urbina escribió la carta con estas instrucciones, la
-mandó con una paloma desde el castillo y para la tarde
-tenía la contestación.</p>
-
-<p>La muchacha estaba con ansiedad esperando el momento
-de la fuga; se colocaría a la hora de la cita delante
-de la puerta del jardín que daba al cementerio y,
-al oír que la llamaban, descorrería el cerrojo y pasaría.</p>
-
-<p>&mdash;Esta noche saldremos a nuestra expedición&mdash;dijo
-el Capitán&mdash;. ¿Ha pedido usted su licencia?</p>
-
-<p>&mdash;Sí; Kitty se encarga de facilitármela.</p>
-
-<p>&mdash;Después del rapto, ¿volveremos a Ondara?</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_96" id="Page_96">[96]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;¿A usted que le parece?&mdash;preguntó Urbina.</p>
-
-<p>&mdash;Yo, como usted, si tuviéramos buen tiempo y buena
-mar, seguiría hasta donde se pudiera.</p>
-
-<p>&mdash;Y usted, Capitán, ¿qué piensa hacer?</p>
-
-<p>&mdash;A mí no me importa dejar esto.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y Thompson?</p>
-
-<p>&mdash;Thompson, si quiere, se puede quedar aquí. Pasaremos
-por delante de Ondara: hay que traer el bote; en
-él puede volver.</p>
-
-<p>El viernes, por la tarde, Thompson y el Capitán mandaron
-llevar al falucho todos los útiles necesarios para
-la expedición, y el Capitán añadió su equipaje.</p>
-
-<p>Salieron a media noche remolcando una lancha plana;
-hacía poco viento y tardaron dos horas largas en
-llegar a la ensenada de Monsant; a la luz de las estrellas
-se acercaron al islote del Farallón, ataron la <i>Sargantana</i>,
-dejaron al <i>Rabec</i> con el <i>Dragó</i> de guardia en el
-peñasco solitario, y con la lancha se acercaron a la cala
-del Infern.</p>
-
-<p>El Capitán y Thompson subieron a lo alto del acantilado,
-saltaron la tapia del cementerio y comenzaron a
-serrar la lengüeta de la cerradura de la puerta que daba
-al jardín de las monjas. Para el amanecer habían concluído
-su trabajo. De miedo que la puerta chirriase al
-abrirla untaron sus goznes con aceite.</p>
-
-<p>&mdash;La Sociedad de Raptos y de Empresas peligrosas
-reunidas es una Sociedad prudente&mdash;dijo el Capitán&mdash;;
-el dinero de los asegurados puede estar tranquilo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué capital social tenemos?&mdash;preguntó Thompson
-alegremente.</p>
-
-<p>&mdash;El que se robe. No nos queremos distinguir de las
-demás Sociedades.</p>
-
-<p>La puertecilla del cementerio que daba hacia el mar
-estaba podrida, y de un empujón quedó abierta.</p>
-
-<p>&mdash;¿Hay que hacer algo más?&mdash;preguntó Thompson.</p>
-
-<p>&mdash;Nada, esperar.</p>
-
-<p>Terminados estos preparativos, Thompson y el Capi<span class="pagenum"><a name="Page_97" id="Page_97">[97]</a></span>tán
-se acercaron gateando al borde de la cala del Infern
-y se tendieron en la hierba.</p>
-
-<p>&mdash;Creo que voy a pescar un magnífico reúma&mdash;dijo
-el Capitán, al echarse en el suelo.</p>
-
-<p>&mdash;En cambio verá usted un amanecer espléndido&mdash;replicó
-Thompson.</p>
-
-<p>&mdash;¿Usted cree que compensa una cosa la otra?</p>
-
-<p>&mdash;Hombre, según la importancia que se le dé al reúma.</p>
-
-<p>&mdash;Y según la importancia que se dé a la contemplación
-del amanecer.</p>
-
-<p>Comenzaba la hora tímida e indecisa de la mañana.
-Thompson, que era hombre de cierta cultura clásica, recordó
-los celebérrimos y conocidos dedos de rosa de la
-Aurora y habló de Faetonte y de Tithon.</p>
-
-<p>&mdash;Ahora es la Aurora una muchacha púdica&mdash;dijo&mdash;,
-como una niña que va a la primera comunión. No se
-atreve a mirarnos, lleva la cabellera recogida y el cuerpo
-cubierto por su túnica blanca; dentro de poco será
-como una bacante rubia, que nos envolverá con sus cabellos
-inflamados y hará arder la tierra en rubíes y el
-mar en perlas y en diamantes.</p>
-
-<p>&mdash;Así la quiero yo: enérgica, antirreumática.</p>
-
-<p>&mdash;Destruye usted la poesía de las cosas, Capitán, con
-esos recuerdos de tisanas y franelas.</p>
-
-<p>&mdash;Es que yo soy un hombre antipoético por excelencia.</p>
-
-<p>&mdash;No lo creo así.</p>
-
-<p>El Capitán se entretuvo entonces en desarrollar ante
-su amigo Thompson el funcionamiento de la Sociedad de
-Raptos y Empresas peligrosas reunidas, que había ideado.</p>
-
-<p>&mdash;Sabe usted lo que estoy pensando al oírle&mdash;dijo
-Thompson con seriedad.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué?&mdash;preguntó el Capitán.</p>
-
-<p>&mdash;Que tan fantástica es esa Sociedad como nuestros
-actos. Es usted una sombra que está creando otra sombra.</p>
-
-<p>&mdash;¡Bah! Literatura, amigo Thompson. ¡Sueños!</p>
-
-<p>&mdash;Toda la vida es sueño, Capitán. Si en otro tiempo<span class="pagenum"><a name="Page_98" id="Page_98">[98]</a></span>
-se hubieran escrito nuestras aventuras, los eruditos de
-hoy supondrían que no tenían realidad.</p>
-
-<p>&mdash;No sé por qué.</p>
-
-<p>&mdash;Lo supondrían. Y no crea usted que yo lo supongo
-igualmente. No. Yo creo que somos hombres de carne y
-hueso&mdash;repuso Thompson.</p>
-
-<p>&mdash;Yo también&mdash;dijo el Capitán&mdash;. Más hueso que
-carne; pero, en fin, hay algo de carne.</p>
-
-<p>&mdash;Eso lo dirá usted pensando en sí mismo, no en mí.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, me había olvidado de su opulencia, Thompson.
-Siga usted con su argumento.</p>
-
-<p>&mdash;Decía, que siendo nosotros hombres de carne y
-hueso ¡con qué facilidad se nos convertiría en símbolos
-de un viejo mito!</p>
-
-<p>&mdash;No veo la facilidad.</p>
-
-<p>&mdash;Yo, sí. Figúrese usted los indicios que tendría el
-comentarista al leer nuestra historia, para creer en un
-mito y en un mito solar: primeramente, estamos en el
-solsticio del año; fíjese usted bien: ¡el solsticio del año!;
-segundo, vamos a robar a una dama. Esta dama, la
-<i>Clavariesa</i>, es una belleza, una gran belleza; por tanto,
-una encarnación de Mithras, del sol, de Venus, del
-amor; el convento es la noche, en que está guardada la
-luz; Urbina es Marte, enamorado de Venus...</p>
-
-<p>&mdash;Un Marte muy tímido&mdash;dijo el Capitán.</p>
-
-<p>&mdash;El sacristán del convento es Vulcano. Usted ha dicho
-que es cojo.</p>
-
-<p>&mdash;Y lo repito.</p>
-
-<p>&mdash;El <i>Farestac</i> es la naturaleza salvaje, que se pone a
-favor de los enamorados.</p>
-
-<p>&mdash;¿La <i>Sargantana</i>?</p>
-
-<p>&mdash;La fuerza del mar.</p>
-
-<p>-¿Y yo?</p>
-
-<p>&mdash;Usted será, probablemente, una encarnación de
-Mercurio, dios de los comerciantes y de los ladrones,
-lleno de recursos para todo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Gracias!</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_99" id="Page_99">[99]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Pascualet y yo seríamos espíritus auxiliares de
-poca importancia.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y Roque?</p>
-
-<p>&mdash;Roque, la fidelidad, que en vez de vestir de blanco
-y llevar una llave y un perro, va vulgarmente de asistente
-en la vida de los fenómenos.</p>
-
-<p>&mdash;No falta mas que el <i>Rabec</i>&mdash;dijo el Capitán.</p>
-
-<p>&mdash;El <i>Rabec</i> es un servidor del Cerbero, del <i>Dragó</i>,
-de ese perro de aguas que nos parece insignificante y
-que el comentarista daría proporciones de dios infernal.
-Respecto a esta cala, que se encuentra a nuestros pies,
-unos dirían que era la caverna de Ténare, con sus fauces
-abiertas, por donde bajaron Hércules y Orfeo a los
-infiernos, según Virgilio; otros, que el antro de la serpiente
-Python; pero el comentarista filósofo y racionalista
-comprendería que esta cueva simbolizaba la humedad
-y la lobreguez de la tierra cuando no ha sido acariciada
-aún por los rayos del sol. Ahí tiene usted una
-pequeña trama mitológica, en donde aparecen Venus,
-Marte, Mercurio, Vulcano, con acompañamiento de fuerzas
-de mar y tierra. Vea usted, Capitán, cómo nuestros
-cuerpos mortales pueden tomar las apariencias de un
-símbolo.</p>
-
-<p>&mdash;Descendamos, amigo Thompson, a las realidades
-de la vida&mdash;dijo el Capitán&mdash;, porque esta bacante rubia
-de la Aurora empieza ya a molestar un poco.</p>
-
-<p>&mdash;Descendamos a la cala del Infern&mdash;repuso Thompson...</p>
-
-<p>El Mediterráneo se extendía verde, cerca de la costa;
-más lejos, azul intenso. El viento era vivo, y las olas, al
-romperse, llenaban de un rebaño de corderos blancos la
-superficie del mar.</p>
-
-<p>El Capitán y Thompson volvieron al interior de la
-cala y ayudaron al <i>Farestac</i>, a Roque y a Pascualet
-en el trabajo de dejar la bajada más fácil.</p>
-
-<p>Urbina estaba en el colmo del asombro al verse metido
-en aquel rincón fantástico.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_100" id="Page_100">[100]</a></span></p>
-
-<p>Almorzaron y comieron allá, y al caer de la tarde comenzaron
-los últimos preparativos. Se hizo que Urbina
-subiera y bajara desde lo alto del acantilado hasta el
-mar, para que se acostumbrara.</p>
-
-<p>Urbina y el Capitán se colocaron en el cementerio.
-Thompson estaría en el Pas de la Rabosa con una antorcha,
-que encendería al ver llegar a la <i>Clavariesa</i>;
-Roque y el <i>Farestac</i>, en las cuestas resbaladizas, y Pascualet,
-al cuidado de la lancha.</p>
-
-<p>A las siete menos cuarto, el Capitán y Urbina salieron
-de la cala gateando para que nadie les viera, y corriendo
-por el borde del acantilado entraron en el cementerio.</p>
-
-<p>Urbina tenía un aspecto encogido y avergonzado.</p>
-
-<p>&mdash;Amigo Urbina&mdash;le dijo el Capitán&mdash;, hay que
-adoptar una postura gallarda. La naturalidad y el encogimiento
-modesto no se han hecho para los héroes. Recuerde
-usted a Napoleón, que tomaba lecciones de
-prestancia de Talma.</p>
-
-<p>Urbina sonrió.</p>
-
-<p>Cruzaron los dos el cementerio y se acercaron a la
-puerta que daba al jardín de las monjas.</p>
-
-<p>Miraron por una rendija.</p>
-
-<p>&mdash;Se acerca ella&mdash;dijo Urbina de pronto, con el corazón
-palpitante.</p>
-
-<p>&mdash;Háblela usted&mdash;murmuró el Capitán.</p>
-
-<p>&mdash;Cuando venga.</p>
-
-<p>&mdash;Ande usted. No vaya a creer que no hay nadie.</p>
-
-<p>&mdash;¿Estás ahí?&mdash;preguntó Urbina con voz ahogada.</p>
-
-<p>&mdash;Aquí estoy.</p>
-
-<p>&mdash;Pregúntele usted si no la observan.</p>
-
-<p>&mdash;¿Hay alguna monja en el huerto?</p>
-
-<p>&mdash;Ahora, sí. Espera un instante.</p>
-
-<p>Esperaron unos minutos.</p>
-
-<p>&mdash;Ya no hay nadie. ¿Abro?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>La <i>Clavariesa</i> descorrió el cerrojo y empujó la puer<span class="pagenum"><a name="Page_101" id="Page_101">[101]</a></span>ta,
-cuyos viejos y enmohecidos goznes chirriaron, y la
-muchacha pasó al cementerio. La <i>Clavariesa</i> dió la
-mano a Urbina, que no se atrevió a besarla.</p>
-
-<p>El Capitán sujetó la puerta con una tranca.</p>
-
-<p>&mdash;¡Adelante!&mdash;dijo&mdash;. Ya sabe usted el camino.</p>
-
-<p>La <i>Clavariesa</i> y Urbina salieron del cementerio. El
-Capitán miró por el resquicio de la puerta. No aparecía
-nadie en el jardín del convento.</p>
-
-<p>Cerciorado de la tranquilidad que había, corrió por el
-cementerio, se deslizó a gatas por el talud y entró en la
-cala del Infern.</p>
-
-<p>&mdash;La Sociedad de Raptos y Empresas peligrosas reunidas
-es una Sociedad prudente&mdash;dijo en voz alta&mdash;,
-y el dinero de los asegurados se halla en buenas manos.</p>
-
-<p>&mdash;¿Estamos ya?&mdash;preguntó Thompson.</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>El inglés encendió su antorcha.</p>
-
-<p>La <i>Clavariesa</i>, muy dueña de sí misma, comenzó a
-bajar la senda y cruzó el Pas de la Rabosa riendo. Urbina,
-con la emoción y el vértigo, vacilaba y tuvo el Capitán
-que sostenerle.</p>
-
-<p>&mdash;¡Animo!&mdash;le dijo éste&mdash;; un momento de esfuerzo.
-Hay que dominar los nervios rebeldes. No vaya usted a
-estropearnos los dividendos de la Sociedad.</p>
-
-<p>Urbina se rehizo y siguió bajando el sendero hasta el
-mar. Afortunadamente para él, estaba obscuro y su novia
-no pudo notar su turbación.</p>
-
-<p>Al llegar al bote se dejó sitio a Urbina y a la <i>Clavariesa</i>
-en la popa, y los demás quedaron reunidos a
-proa.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué, no salimos?&mdash;preguntó la muchacha alegremente.</p>
-
-<p>&mdash;Esperamos a que sea de noche completa para que
-no nos vean.</p>
-
-<p>Serían las nueve cuando la lancha se deslizó por la
-hendidura de piedra de la cala del Infern y se dirigió al
-islote del Farallón.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_102" id="Page_102">[102]</a></span></p>
-
-<p>Urbina había consultado con su novia si volver a Ondara
-o seguir adelante, y ésta fué partidaria de seguir
-adelante.</p>
-
-<p>Entraron todos en la <i>Sargantana</i> y ataron el bote a
-popa.</p>
-
-<p>Hacía viento y las olas venían erizadas de espuma.
-La gran vela latina del barco se extendió en el aire y
-blanqueó pálidamente en la obscuridad; después se largó
-el foque. La <i>Sargantana</i> se acercó a una milla de
-Ondara.</p>
-
-<p>Se veía en el ambiente de la noche estrellada la vaga
-silueta del castillo y algunas luces que brillaban aquí
-y allá en el pueblo.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno, Roque y yo nos vamos en la lancha&mdash;dijo
-Thompson.</p>
-
-<p>Thompson abrazó al Capitán y a Urbina, y estrechó
-la mano de la <i>Clavariesa</i>; Roque se despidió emocionado
-del teniente y bajó al bote. La barca estuvo un
-momento inmóvil; Thompson y el soldado comenzaron
-a remar. Cuando volvieron la cabeza hacia atrás, la <i>Sargantana</i>
-había desaparecido...</p>
-
-<hr class="tb" />
-
-<p>A la hora en que la luz de la mañana comienza a filtrarse
-por entre las nubes; a la hora en que palidece Venus
-y lanza sus últimos destellos Syrio; a la hora en
-que las brumas se evaporan y aparece el mar azul con
-sus meandros de espuma, bajo la gran claridad gloriosa
-del sol; a la hora en que se abren las puertas del día y
-Faetonte galopa arrastrando el carro de la Aurora por el
-incendio del cielo, comenzaron a tocar a rebato las campanas
-de Monsant.</p>
-
-<p>Algo grave ocurría a las buenas hermanas para producir
-tanta alarma.</p>
-
-<p>Las gaviotas que hacían su primer viaje de exploración
-por entre las rocas quedaron sorprendidas de este
-campaneo insólito; las palomas que revoloteaban alrededor
-del convento se alejaron en son de protesta; las<span class="pagenum"><a name="Page_103" id="Page_103">[103]</a></span>
-golondrinas y los vencejos chillaron más; el mismo islote
-del Farallón pareció asomar su lomo puntiagudo
-como un delfín sobre las aguas preguntándose la causa
-de este alboroto.</p>
-
-<p>Poco después, desde lejos, se vió entrar en el cementerio
-unas siluetas negras, las de varias monjas, dirigidas
-por la superiora de la Comunidad. Fueron de aquí
-para allá mirándolo todo; luego se acercaron a la cala
-del Infern y huyeron de ella rápidamente, haciéndose
-cruces...</p>
-
-<p>Y, mientrastanto, las campanas de Monsant seguían
-tocando a rebato desesperadamente...</p>
-<hr class="chap" />
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_104" id="Page_104"></a>
-<a name="Page_105" id="Page_105"></a></span></p>
-
-
-
-
-<h3 id="I_EPILOGO">EPÍLOGO</h3>
-
-
-<p class="mright"><i>«Málaga, julio de 1827.</i></p>
-
-<p class="p2"><span class="smcap">Señor</span> don Eugenio de Aviraneta.&mdash;En Veracruz.</p>
-
-<p class="p2">Mi querido Capitán: He recibido su carta con los informes
-comerciales que le pedí acerca de esa plaza.
-Muchas gracias por su diligencia y amabilidad. De nuestros
-amigos de Ondara no le puedo dar buenas noticias.
-El médico don Jesús, que está ahora aquí, me ha hablado
-de ellos.</p>
-
-<p>El comandante don Santos, el que usted suponía, y
-con motivo, que era un agente del Angel Exterminador,
-preparó un lazo contra nuestra amiga Kitty y Eguaguirre,
-e hizo que el coronel los sorprendiera en el mirador
-del castillo: a él, estrechando por la cintura a Kitty; a
-ella, con la cabeza apoyada en el hombro del teniente.
-La escena debió de ser terrible; al coronel, que ya estaba
-predispuesto a la apoplejía, le dió un ataque, y quedó
-baldado y paralítico.</p>
-
-<p>Todo el mundo se enteró en Ondara de lo ocurrido, y
-el escándalo en el pueblo fué sonado. Figúrese usted la
-alegría de las gentes que se creen virtuosas porque van
-a la iglesia, al saber la deshonra efectiva de la coronela.
-Kitty ha estado cuidando a su marido. ¿Y sabe usted lo
-que ha hecho Eguaguirre? Ha pedido el traslado y se ha
-marchado a Barcelona, donde anda de garito en garito.
-Tras de la muerte del coronel, Kitty, sola, abandonada,
-influída por los curas de Ondara, ha entrado en el convento
-de Monsant.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_106" id="Page_106">[106]</a></span></p>
-
-<p>Este Eguaguirre, que siempre me fué odioso por su
-egoísmo y por su brutalidad, ha deshonrado, ha abandonado
-a nuestra pobre Kitty, tan ingenua, tan cariñosa,
-tan buena.</p>
-
-<p>¿Se marchitará en la soledad, en ese suicidio lento del
-claustro, esta mujer tan digna de ser feliz? Yo espero
-que no.</p>
-
-<p>Es de usted muy amigo, <i>J. H. Thompson</i>.»</p>
-
-<hr class="tb" />
-
-<p class="mright p4">«<i>Ondara, diciembre de 1827.</i></p>
-
-<p>Señor don Eugenio de Aviraneta.&mdash;En Nueva Orléans.</p>
-
-<p class="p2">Querido Capitán: Le escribo a usted desde este pueblo,
-que tiene para mí profundos recuerdos desde la
-época en que fundamos la Sociedad de Raptos y Empresas
-peligrosas reunidas.</p>
-
-<p>En el tiempo que he estado aquí me han contado muchas
-cosas, y todas tristes. Kitty me dicen que se encuentra
-enferma en el convento de Monsant; parece que
-está dando pruebas de santidad. No se la puede visitar.</p>
-
-<p>La pareja Clavariesa-Urbina vive en Valencia, y no
-son tampoco muy felices. La <i>Clavariesa</i> domina a su
-marido; le trae, le lleva, le reprocha que es pobre. Las
-observaciones acerca de la teoría analítica de las probabilidades
-de Laplace, de mi pobre amigo, se van a
-quedar en el tintero. De las dos parejas que tanto nos
-interesaban en Ondara: Kitty-Eguaguirre y Clavariesa-Urbina,
-las dos han terminado mal; en las dos ha caído
-lo peor y lo más bueno.</p>
-
-<p>Como dice el refrán español: «Siempre se quiebra la
-cuerda por lo más delgado». ¿Conoce usted las <i>Afinidades
-electivas</i>, de Goethe? Formulo la pregunta tontamente.
-Ya sé que no quiere usted nada con el astro de
-Weimar.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_107" id="Page_107">[107]</a></span></p>
-
-<p>¿Sabe usted que he visto al <i>Farestac</i> y me ha preguntado
-por usted? Tiene un recuerdo de nosotros extraordinario.
-Me ha dicho que si estuviera usted cerca
-iría a reunirse con usted. Sigue tan salvaje como antes.</p>
-
-<p>La verdad es que cuando vive uno en un mundo tan
-bestial como el nuestro dan ganas de marcharse a una
-isla como la del Farallón, y no tener más amigos que
-los delfines y los atunes.</p>
-
-<p>A pesar de estos lamentos pasajeros, ya sabe usted
-que soy un optimista rival del doctor Pangloss, y que
-pienso persistir en mi optimismo.</p>
-
-<p>Su amigo cariñoso, <i>J. H. Thompson</i>.»</p>
-
-<hr class="tb" />
-
-<p class="mright p4">«<i>Ondara, mayo de 1831.</i></p>
-
-<p>Señor don Eugenio de Aviraneta.&mdash;En Bayona.</p>
-
-<p class="p2">Mi querido Capitán: Siento mucho que no pueda usted
-entrar en España todavía, y que tenga usted que estar
-constantemente detenido ahí. Hoy he cumplido mi
-piadosa misión de visitar la tumba de Kitty. He ido al
-convento de Monsant; he hablado con la superiora, una
-vieja escuálida y apergaminada, a quien he dicho ser
-hermano de Kitty, y la he pedido permiso para adornar
-con flores el trozo de tierra donde está enterrada nuestra
-amiga.</p>
-
-<p>Al entrar en aquel cementerio abandonado, al ver el
-mar azul y el islote del Farallón, que brota de las aguas;
-al llegar al pie de la tumba, donde duerme eternamente
-nuestra pobre Kitty, he llorado como un niño.</p>
-
-<p>Me perseguía el sacristán, y, para quedarme solo, he
-salido del camposanto y, en aquel talud que baja a la
-cala del Infern, me he sentado sobre una piedra a entregarme
-a mis pensamientos.</p>
-
-<p>De todos mis recuerdos relacionados con Ondara, el<span class="pagenum"><a name="Page_108" id="Page_108">[108]</a></span>
-más fuerte en aquel momento era el de una tarde en que
-estuvimos usted y yo en el mirador del castillo. Hacía
-calor. Usted hablaba con Eguaguirre; Kitty, conmigo;
-ustedes discutían de política; nosotros charlábamos
-acerca de nuestras preferencias poéticas.</p>
-
-<p>Kitty recitó entonces la canción del <i>Mignon</i>, de
-Goethe, que tanto le gustaba:</p>
-
-
-<p class="i2 p2">«¿Conoces tú el país donde maduran los limoneros y
-en el follaje sombrío brilla la naranja de oro?»</p>
-
-<p class="p2">Tal sentimiento puso en su canción, que, al terminarla,
-tenía los ojos llenos de lágrimas.</p>
-
-<p>&mdash;Se emociona usted mucho&mdash;la dije.</p>
-
-<p>&mdash;Sí. Esta canción, en la que no se habla de nada
-triste&mdash;me contestó&mdash;, me parece impregnada de la
-idea de la muerte, del acabamiento. Al recordarla pienso
-dónde estaré enterrada cuando muera.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y en dónde quisiera usted estar enterrada?&mdash;dije
-yo, echando la pregunta a broma.</p>
-
-<p>&mdash;Ahí, en Monsant&mdash;me contestó&mdash;, al lado del mar,
-en una tierra inundada de sol.</p>
-
-<p>Ya lo está.</p>
-
-<p>¡Dolor! ¡Dolor de morir! ¡Dolor de vivir!</p>
-
-<hr class="tb" />
-
-<p>Al volver a Ondara me he sentado en una piedra, en
-la Volta del Rosignol, y he tratado de llevar el orden y
-el reposo a mi pobre cabeza perturbada.</p>
-
-<p>No lo he podido conseguir.</p>
-
-<p class="i2 p2">«¿Conoces tú el país donde maduran los limoneros y
-en el follaje sombrío brilla la naranja de oro?» «¿Conoces
-tú la montaña y su sendero brumoso?»</p>
-
-<p class="p2"><span class="pagenum"><a name="Page_109" id="Page_109">[109]</a></span>
-Estos recuerdos de la canción de <i>Mignon</i> han ido sumiéndome,
-durante largo rato, en ideaciones vagas, informes,
-de una desoladora tristeza, en deseos de languidez
-y de muerte.</p>
-
-<p>He seguido como un autómata el camino, hasta llegar
-a Alba, y me he parado a descansar a la sombra de un
-pequeño cementerio, algo retirado de la carretera, sobre
-un altozano árido y pedregoso.</p>
-
-<p>He mirado hacia dentro. En el camposanto, abandonado,
-las ortigas, las cicutas, las digitales y las zarzas
-crecían con una fuerza salvaje. Ni una lápida, ni una
-corona había resistido el impulso avasallador de la flora
-parásita, bien abonada con los detritos humanos; sólo
-algunas cruces de madera podrida se levantaban entre
-la masa espesa de los hierbajos; un pájaro de pecho rojo
-y cola larga saltaba sobre una de estas cruces y piaba
-dulcemente...</p>
-
-<p>Al oírle, me he acordado de otra mañana suave, brumosa,
-del país vasco, en que estuve oyendo los gorjeos
-de un ruiseñor.</p>
-
-<p>Era cerca de Hasparren, un pueblo vascofrancés. Había
-estado más de una hora, y hubiera estado la vida
-entera, como los encantados de las historias infantiles,
-oyendo al ruiseñor, cuando las campanas de la iglesia
-comenzaron a tocar, y el mágico cantor huyó. Entonces
-entré en el pueblo a buscar una posada, y al mirar a la
-iglesia con cierto odio, porque sus campanas habían interrumpido
-la serenata del ruiseñor, vi en la torre escrita
-esta sentencia: <i>Ut fugitur umbra sic vita</i> (Como
-huye la sombra, así es la vida).</p>
-
-<p>Aquel terrible apotegma me hizo el efecto de un golpe
-de maza.</p>
-
-<p>Hoy se me ha venido a la imaginación contemplando
-el cementerio abandonado de Alba, y al pájaro, que
-cantaba sobre un trozo de madera podrida. Luego esta
-sentencia se ha convertido en un pesado estribillo de mi
-cerebro. Y en el pueblo, y después en el barco, antes de<span class="pagenum"><a name="Page_110" id="Page_110">[110]</a></span>
-llegar y después de llegar a Ondara, mi espíritu no tenía
-mas que el mismo comentario para lo que iba viendo y
-para lo que iba oyendo: <i>Ut fugitur umbra sic vita</i> (La
-vida huye como una sombra).</p>
-
-<p>¡Adiós, amigo mío!&mdash;<i>J. H. Thompson</i>.»</p>
-<hr class="chap" />
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_111" id="Page_111"></a></span></p>
-
-
-
-
-<h2>EL VIAJE SIN OBJETO</h2>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_112" id="Page_112"></a>
-<a name="Page_113" id="Page_113"></a></span></p>
-
-
-
-
-<h3 id="II_PROLOGO">PRÓLOGO</h3>
-
-
-<p><span class="smcap">Unos</span> días después del rapto de la <i>Clavariesa</i> estábamos
-charlando en aquel espléndido mirador
-del castillo de Ondara, cuando Kitty, la coronela, me
-preguntó si había escrito alguna relación de mis aventuras
-desde que salí de Londres.</p>
-
-<p>&mdash;Tengo varias notas&mdash;la dije&mdash;, pero dispersas y sin
-orden.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué no las ordena usted?&mdash;me preguntó ella.</p>
-
-<p>&mdash;¿Con qué objeto?</p>
-
-<p>&mdash;Para leérmelas a mí.</p>
-
-<p>&mdash;Si usted lo desea, lo haré; pero le advierto que es
-muy probable que tenga usted un desencanto. En mis
-andanzas no me han ocurrido grandes cosas.</p>
-
-<p>&mdash;No importa. Cualquier relato, aderezado con un
-poco de imaginación, puede ser interesante.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah! ya lo creo; pero es que yo no tengo imaginación.</p>
-
-<p>&mdash;Se quiere usted excusar, Thompson.</p>
-
-<p>&mdash;No, no. Créame usted. Lo único que quiero es prepararle
-a usted para que no sufra un pequeño chasco.</p>
-
-<p>&mdash;No lo sufriré. Esté usted tranquilo. Sus impresiones
-serán para mí siempre interesantes.</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh! ¡Bondad!&mdash;exclamé yo&mdash;. ¿Por qué no guardaría
-entre mis papeles unos parlamentos inéditos de
-Calderón, unos diálogos de Shakespeare, unas baladas
-de Burns o unas páginas desconocidas de Mozart para
-traérselas a usted?</p>
-
-<p>&mdash;No tanta modestia, Thompson. Se quiere usted escabullir.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_114" id="Page_114">[114]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;No, señora. Cuando ordene mis papeles, aquí estoy.</p>
-
-<p>&mdash;¿Da usted su palabra?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>Me marché a la fonda de la Marina y comencé el
-arreglo de mis notas. No era fácil, ni mucho menos. A
-veces, yo mismo no sabía lo que había querido decir.
-Cuando concluí una parte de mi trabajo, con un gran
-paquete de papeles, fuí a ver a mi amiga Kitty.</p>
-
-<p>&mdash;<i>El viaje sin objeto</i>&mdash;leí en la primera página, con
-la voz velada por la emoción.</p>
-
-<p>&mdash;¿Lo llama usted así?&mdash;me preguntó ella.</p>
-
-<p>&mdash;Sí; pero si lo encuentra usted mal, lo borro.</p>
-
-<p>&mdash;No, no; me parece bien. ¿Le habrá dado usted este
-título significando que ha hecho usted ese viaje a la
-buena ventura?</p>
-
-<p>&mdash;Sí; eso es. Hubiera sido, quizá, más exacto llamarle
-«Viaje sin objeto ni fin»; pero no he querido recalcar
-demasiado. ¿Sigo adelante?</p>
-
-<p>&mdash;Sí; siga usted...</p>
-
-<hr class="tb" />
-
-<p>Realmente, este <i>Viaje sin objeto</i> es posible que sea
-una tontería, porque está escrito sin pies ni cabeza, de
-una manera confusa y desordenada.</p>
-
-<p>El señor Leguía, primer compilador de las <i>Memorias
-de un hombre de acción</i>, tuvo que suprimir del <i>Viaje
-sin objeto</i> una porción de digresiones: itinerarios de caminos,
-clasificaciones botánicas, recetas de cocina, reflexiones
-religiosas, y otras bagatelas que no venían a
-cuento.</p>
-
-<p>Thompson tenía el vicio de expandirse, de dispersarse
-en el comentario; por otra parte, quería ser muy exacto.
-A la manera de Jorge Borrow, Ricardo Fox y otros
-viajeros ingleses, se propuso escribir un viaje con gran
-minuciosidad y lleno de detalles; pero como hombre perezoso
-y olvidadizo, dejaba muchas de sus ideas en
-embrión, y únicamente expresaba en un título lo que
-hubiera querido hacer.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_115" id="Page_115">[115]</a></span></p>
-
-<p>En la gran hojarasca de cuestiones sin tratar y de reflexiones
-inoportunas que apuntó Thompson, entró Leguía
-a saco, cortando y rajando.</p>
-
-<p>Después de la poda de Leguía, el editor actual ha tenido
-que hacer nuevos cortes en el manuscrito, para dar
-al <i>Viaje sin objeto</i> cierta proporción de obra de arquitectura,
-o, por lo menos, de albañilería modesta.</p>
-
-<p>Ciertamente, Thompson no era un académico, ni un
-clásico, y es posible que las tragedias de Racine le parecieran
-grandes monumentos de cartón piedra.</p>
-
-<p>También hay que reconocer que Thompson no se
-mostraba siempre hombre serio y razonable, y que muchas
-veces parecía no comprender la diferencia entre lo
-trascendental y lo fútil.</p>
-
-<p>Lo único que se puede decir en su descargo es que
-Thompson no aspiró nunca a terminar su <i>Viaje sin objeto</i>
-en el Parnaso, porque, de ser así, hubiera sido el
-suyo un viaje con objeto, y él creía que en el segmento
-de nuestra limitada vida nada tiene objeto ni fin.</p>
-<hr class="chap" />
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_116" id="Page_116"></a>
-<a name="Page_117" id="Page_117"></a></span></p>
-
-
-
-
-<h3>PRIMERA PARTE<br />
-UNA VIDA INSIGNIFICANTE</h3>
-
-
-<h4 id="II_I_I">I.<br />
-EL VIAJERO Y SU CANCIÓN</h4>
-
-
-<p><span class="smcap">Yo</span> soy un hombre que ha salido de su casa por el
-camino, sin objeto, sin saber por qué, con la chaqueta
-al hombro, al amanecer, cuando los gallos lanzan
-al aire su cacareo estridente, como un grito de guerra, y
-las alondras levantan su vuelo sobre los sembrados.</p>
-
-<p>De día y de noche, con el sol de agosto y con el viento
-helado de diciembre, he seguido mi ruta, al azar: unas
-veces, asustado ante peligros quiméricos; otras, sereno
-ante realidades peligrosas.</p>
-
-<p>Para entretener mi soledad he ido cantando, silbando,
-tarareando canciones alegres y tristes, según el humor
-y el reflejo del ambiente en mi espíritu.</p>
-
-<p>A veces, al pasar por delante de una casa del camino,
-cantaba más alto, gritaba, quizá con jactancia, queriendo
-ser escuchado.</p>
-
-<p>Alguna ventana se abrirá&mdash;pensaba&mdash;y aparecerá
-un rostro simpático y jovial.</p>
-
-<p>No se abría ninguna ventana, no salía nadie; yo insistía
-cándidamente, y al insistir iban brotando de aquí
-y de allá caras torvas, miradas hostiles, gente en guardia,
-que apretaba el garrote entre las manos huesudas.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_118" id="Page_118">[118]</a></span></p>
-
-<p>Quizá les he ofendido&mdash;discurría yo&mdash;. Esta gente no
-quiere nada conmigo, y seguía mi marcha, al azar, con
-la chaqueta al hombro, sin objeto, sin saber por qué,
-cantando, tarareando y silbando...</p>
-
-<p>Durante mucho tiempo, esta soledad, el graznido de
-las lechuzas, el aullido de los lobos, me llenaban de angustia
-y de inquietud. Entonces intentaba acercarme a
-la ciudad; pero al querer entrar en ella me paraban en
-la puerta, y me ponían como condición, para pasar, el
-dejar a la entrada unos sueños gratos, más gratos que
-la vida misma.</p>
-
-<p>No, no; prefiero volver al camino&mdash;murmuraba&mdash;;
-y seguía marchando con la chaqueta al hombro, al azar,
-sin objeto, sin saber por qué, cantando, silbando y tarareando,
-estremeciéndome con los rumores del campo,
-con el ruido del agua en el arroyo y el cantar agorero
-de las cornejas.</p>
-
-<p>Después, poco a poco, me dejaron entrar en la ciudad
-sin condiciones; pero dentro de las calles me sentí ahogado,
-estrechado, sin poder respirar, y volví de nuevo al
-campo...</p>
-
-<p>Hoy, algún camarada me dice:</p>
-
-<p>«Descansa aquí. ¿Por qué no vivir entre las gentes?
-Hay remansos tranquilos, hay rincones donde no se miran
-unos a otros con faz torva y amenazadora.»</p>
-
-<p>Amigo&mdash;respondo yo&mdash;, yo soy un hombre de paso,
-algo que se mueve y no arraiga, una partícula de aire
-en el viento, una gota de agua en el mar.</p>
-
-<p>Ahora me sucede como al viajero que ha creído marchar
-a la casualidad por el fondo de los barrancos, y al
-llegar a una altura, al ver el camino recorrido, comprende
-que, a pesar de sus desviaciones y de sus curvas,
-llevaba instintivamente un plan.</p>
-
-<p>Ahora, en el río confuso de las cosas que pasan eternamente,
-siempre cambiando y buscando su fórmula
-definitiva (el werden hegeliano), veo mi existencia como
-una cosa que ha sido y que ha llegado a su devenir.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_119" id="Page_119">[119]</a></span></p>
-
-<p>Ahora, la soledad no me entristece, ni me asustan los
-murmullos misteriosos del campo, ni el graznido de las
-cornejas. Ahora conozco el árbol en que cantan los ruiseñores,
-y la estrella que lanza su mirada confidencial
-en la noche. Ya encuentro suaves las inclemencias del
-tiempo y admirables las horas silenciosas del crepúsculo,
-en que una columna de humo se levanta en el horizonte.</p>
-
-<p>Y así sigo, con la chaqueta al hombro, por este camino
-que yo no he elegido, cantando, silbando, tarareando.</p>
-
-<p>Y cuando el Destino quiera interrumpirlo, que lo interrumpa;
-yo, aunque pudiera protestar, no protestaría...</p>
-
-<hr class="tb" />
-
-<p>Este preámbulo, que parece que quiere ser alegórico,
-puso J. H. Thompson a su <i>Viaje sin objeto</i>. Su única
-legitimación para estar aquí es que es tan sin objeto
-como todo el libro.</p>
-<hr class="chap" />
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_120" id="Page_120"></a>
-<a name="Page_121" id="Page_121"></a></span></p>
-
-
-
-
-<h4 id="II_I_II">II.<br />
-DISECACIÓN Y FARMACIA</h4>
-
-
-<p><span class="smcap">Entre</span> el gran número de Thompsons que ha producido
-Inglaterra, yo soy uno de ellos.</p>
-
-<p>Mi padre era disecador de animales y tenía su casa y
-su taller en Gray's-Inn-Lane, una callejuela que sale
-a Holborn Street.</p>
-
-<p>El sitio, aunque céntrico, es poco frecuentado por
-gente rica, y mi padre solía exponer sus ejemplares disecados
-en la mitad de un escaparate que le cedía un
-frenólogo de Holborn Street, el señor Fitzhamer, por
-veinte libras esterlinas al año.</p>
-
-<p>A nuestra casa, bastante sombría y negra, apenas le
-daba el sol algunos días de verano. Teníamos una ama
-de gobierno, la señora Webster; pero esta señora llegó a
-adquirir tanta confianza con nosotros, que no nos hacía
-caso.</p>
-
-<p>Además, como decía una amiga suya suspirando, la
-señora Webster tenía la desgracia de beber. Esta amiga
-quería dar a entender que el tomar la costumbre de ir a
-la taberna era como padecer el tifus o la viruela.</p>
-
-<p>La señora Webster había perdido la moral doméstica
-y le parecían accidentes insignificantes y que no afectaban
-a su honor de ama de llaves el que la carne estuviese
-quemada o las patatas crudas.</p>
-
-<p>Mi padre no se quejaba. Era un tanto estoico. En sus<span class="pagenum"><a name="Page_122" id="Page_122">[122]</a></span>
-buenos tiempos había vivido con holgura y ganado
-mucho dinero; después fué cayendo, y cayendo, hasta
-arruinarse.</p>
-
-<p>Mi padre fué el Rey Lear de los disecadores, un Rey
-Lear sin Cordelia. Las Cordelias no abundan en el mundo.
-Mi padre trabajó con afán por conseguir la elevación
-de sus hijos, y, efectivamente, los elevó y ellos le
-olvidaron.</p>
-
-<p>Yo era el hijo más pequeño. Mis hermanos mayores
-se colocaron bien; mis hermanas llevaron dote al matrimonio;
-mi padre, que había dado todo su dinero a sus
-hijos, se quedó, el pobre hombre, sin un penique.</p>
-
-<p>Mi padre se hallaba dispuesto a seguir arruinándose
-conmigo y llegar a la mayor miseria.</p>
-
-<p>Yo le recuerdo ya viejo. Era alto, robusto, con el pelo
-muy blanco y la cara sonrosada.</p>
-
-<p>No he conocido a mi madre, que murió cuando yo
-tenía pocos meses.</p>
-
-<p>Desde la más remota infancia estoy acostumbrado a
-contemplar la ruina como un estado natural de mi casa.
-Mi padre me puso en un colegio rico hasta que no pudo
-pagar más, y entonces me sacó de allí con el pretexto
-de que nos marchábamos de Londres.</p>
-
-<p>Mientras estuve en el colegio, desde los diez a los catorce
-años, al volver a mi casa me encontraba invariablemente
-en las vacaciones con algo menos.</p>
-
-<p>En la extrema necesidad, mi padre tenía que recurrir
-a empeñar y a vender los mejores modelos de sus animales
-disecados, y yo vi salir de nuestra casa leones,
-tigres y serpientes, ejemplares magníficos de piel fina,
-brillante y sin zurcidos, y quedarse sólo en el taller los
-zorros calvos, los flamencos desplumados y los buhos
-sin ojos.</p>
-
-<p>&mdash;¡Cuántas veces he pedido inspiración a un caimán
-disecado o a un buitre sin plumas para resolver el problema
-de la familia!</p>
-
-<p>Yo tenía que elegir una manera de vivir. Mi padre no<span class="pagenum"><a name="Page_123" id="Page_123">[123]</a></span>
-quería que me dedicase al arte de disecar. Suponía que
-este oficio estaba en baja y me hablaba mal de él. Así
-perdí yo la moral del disecador.</p>
-
-<p>Mi padre tenía varios amigos que no le abandonaban
-en su desgracia: uno de ellos era Fitzhamer, el frenólogo;
-otro, un disecador, el señor Sammerson, personaje
-alto, grande, pomposo, irreprochable en el vestir y adornado
-constantemente con un gran paraguas; y, por último,
-un empleado de Fitzhamer, el joven Cheene, hombre
-delgadito, fino e inteligente, que se dedicaba a armar
-esqueletos para los estudiantes de Anatomía.</p>
-
-<p>Se discutió entre todos la profesión que debía seguir,
-y la opinión de los tres consultados fué que lo mejor
-sería que mi padre me llevara a la farmacia de un cuñado
-suyo y tío mío farmacéutico, llamado Samuel Cox.</p>
-
-<p>Mi padre tenía viejos resentimientos con su cuñado
-Samuel; pero viendo que era la única solución para mí,
-le habló a mi tío, y yo entré de practicante en la
-botica.</p>
-
-<p>Entonces mi padre deshizo su casa y su taller y entró
-de director en el establecimiento de Sammerson.</p>
-
-<p>Yo estuve en la botica de Cox cerca de tres años, y
-salí no por mi culpa.</p>
-
-<p>Mi tío Samuel era un solterón empedernido que vivía
-asistido por una viuda, mistress Blount.</p>
-
-<p>La tal señora tenía un hijo que estudiaba Farmacia
-fuera de Londres. Era esta viuda una mujer de unos
-cincuenta años, ceñuda, mandona, con anteojos y una
-papalina blanca.</p>
-
-<p>Mi tío Samuel le tenía miedo y la esquivaba con
-mucho arte. Mi tío era hombre de gran sagacidad, tan
-diplomático como Talleyrand y casi tan egoísta. A fuerza
-de egoísmo se había hecho un completo poltrón, y las
-recriminaciones le molestaban horriblemente.</p>
-
-<p>Mi tío Samuel y yo nos hicimos pronto amigos. Al
-principio me trató como a su dependiente, pero luego se
-convirtió en un camarada.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_124" id="Page_124">[124]</a></span></p>
-
-<p>Así, mi infancia se ha deslizado parte en el taller de
-disecar y parte en la botica de mi tío. He vivido al lado
-de una fauna y de una flora exótica, en una fauna y una
-flora muerta y conservada.</p>
-
-<p>En mi niñez he puesto mi hamaca entre los leones,
-las panteras y los cocodrilos disecados; en mi adolescencia
-he recogido el maná como los israelitas, el <i>sperma
-c&oelig;ti</i> como los balleneros y la canela de Cylán como
-los vedas y los cingaleses.</p>
-
-<p>Soy un hombre exótico, oriental y occidental, polar y
-ecuatorial. Soy un planetario.</p>
-
-<p>Los tres años de farmacia se interrumpieron con la
-llegada del hijo de mistress Blount. Entonces hubo una
-serie constante de riñas, de amenazas entre la viuda, su
-hijo y mi tío.</p>
-
-<p>Un día supe con asombro que éste dejaba la botica.
-La viuda le había puesto como condición, o casarse con
-ella o dejar la farmacia. Mistress Blount tenía cartas en
-donde el tío Samuel le daba palabra de casamiento.</p>
-
-<p>Mi tío no vaciló en aceptar la cesación de la botica y
-se alejó del barrio de Soho para siempre.</p>
-
-<p>&mdash;Tú te vienes por ahora conmigo&mdash;me dijo. Y, efectivamente,
-yo, armado de unos cuantos bártulos, me
-marché a su casa.</p>
-<hr class="chap" />
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_125" id="Page_125"></a></span></p>
-
-
-
-
-<h4 id="II_I_III">III.<br />
-LOS LIBROS DE MI TÍO</h4>
-
-
-<p>A pesar de ser hijo de viejo, mi padre contaba más
-de sesenta años cuando yo nací, soy hombre
-fuerte y de gran vigor.</p>
-
-<p>Según Fitzhamer, el frenólogo, que nos cedía la mitad
-de su escaparate, donde exponíamos nuestros ejemplares
-disecados por veinte libras esterlinas al año, mis
-facultades más desarrolladas son la adquisividad, la
-habitabilidad y la religiosidad. La vida no ha destacado
-en mí estas condiciones pronosticadas por su frenologidad.
-Es posible que la culpa sea mía.</p>
-
-<p>No sé a punto fijo cuáles son las condiciones íntimas
-de mi carácter, como no lo sabe nadie o casi nadie. La
-divisa délfica de conócete a ti mismo no ha fructificado
-en mí. Respecto a los orígenes de mis conocimientos,
-son el colegio, el taller de mi padre y la botica de mi
-tío. En el colegio adquirí rudimentos clásicos; llegué al
-latín y un poco al griego; en el taller de mi padre aprendí
-a disecar y algunas nociones de zoología, y en la botica
-de mi tío comencé el estudio de la química y de la
-botánica y abrí las obras de los grandes filósofos.</p>
-
-<p>El tío Samuel se contaba entre los mejores bibliófilos
-de Londres. Reunía libros y colecciones de estampas
-con una gran perseverancia. Mientras estuve yo en la
-<span class="pagenum"><a name="Page_126" id="Page_126">[126]</a></span>
-botica solía verle llegar todos los días con paquetes de
-libros y rollos de papel.</p>
-
-<p>Si se le hablaba del cliente que había venido por la
-triaca magna o por el aceite de escorpión, todavía en
-aquel tiempo se usaban estas cosas, escuchaba, al parecer,
-muy atentamente; pero la verdad era que no
-hacía caso.</p>
-
-<p>Cuando abandonamos la botica él y yo, fuimos a vivir
-a una estrecha callejuela que comunicaba por un
-arco con la plaza llamada Lincoln's-Inn-Fields. La casa
-era un edificio negro y alto, que tenía delante un jardinillo
-desolado. Difícil hubiera sido encontrar una vivienda
-que tuviera un aire más triste. El humo y la niebla
-habían dejado sus paredes negras, los cristales de las
-ventanas empañados. En el último piso tenía sus habitaciones
-mi tío. Estaban éstas llenas de libros y de
-papeles.</p>
-
-<p>Los libros constituían allí una vegetación parásita;
-asomaban por encima de los armarios, por debajo de
-las sillas y de las mesas.</p>
-
-<p>Todos los días mi tío solía hacer compras, y yo le
-acompañaba. Ibamos a los baratillos, a las ferias, a las
-casas particulares. Mi tío tenía alquilados varios cuartos
-pequeños en distintos barrios de la ciudad, donde depositaba
-sus compras.</p>
-
-<p>Yo, al ver estos rincones abarrotados de libros y papeles,
-le pregunté qué quería hacer con tanto libro y
-tanta estampa, si quería venderlos o regalarlos al Museo
-Británico; después, cuando comencé a tomarle gusto a
-la caza del libro y de la estampa, comprendí que la bibliofilia
-y la estampofilia, como todas las chifladuras
-humanas que amenizan la existencia, tienen su fin en sí
-mismas. Mi tío pasaba por coleccionista humilde, y si
-alguien le preguntaba si compraba libros, decía que no,
-que sus medios no se lo permitían.</p>
-
-<p>Ciertamente no era mi tío un bibliófilo bastante rico
-e ilustre para pertenecer al Roxburg-Club de Londres;
-<span class="pagenum"><a name="Page_127" id="Page_127">[127]</a></span>
-pero algunos de los individuos de esta Sociedad le conocían
-y le habían invitado más de una vez al banquete
-anual que celebraban en la taberna de Old-Saint-Albans,
-invitación que mi tío Samuel aceptaba, porque además
-de bibliófilo era un gastrónomo consumado.</p>
-
-<p>A mi tío lo encontraba siempre en tratos y cabildeos
-con toda clase de libreros, anticuarios, traperos, comerciantes
-de papel viejo y encuadernadores. Uno de los
-hombres con quien tenía más negocios pendientes era
-un comerciante de papel llamado Tick, dueño de una
-tienda de White Hart Sreet, callejuela próxima a Drury
-Lane. Tick, hijo de un judío alemán y de una irlandesa,
-era un viejo alto, de barba cana, con los ojos azules y
-la expresión sonriente. En su tienda era difícil entrar,
-por lo estrecha y negra. En la muestra apenas podía
-leerse:</p>
-
-<p class="p2 center large">ABRAHAM TICK</p>
-<p class="center">COMERCIO DE PAPEL AL POR MAYOR Y AL DETALLE</p>
-
-<p class="p2">De la tienda se pasaba a un pequeño patio atestado de
-papeles viejos.</p>
-
-<p>Abraham Tick tenía un hijo de mi edad, William,
-muchacho fuerte y guapo, con los ojos negros, las cejas
-rubias y el pelo negro.</p>
-
-<p>Según el frenólogo Fitzhamer, hay que desconfiar de
-las personas cuyos cabellos y cejas son de un color diferente.
-No sé si en todos los casos; pero, al menos, en
-aquél, Fitzhamer tenía razón.</p>
-
-<p>William Tick, a quien todos llamábamos Will Tick,
-se hizo muy amigo mío; mejor dicho, yo me hice amigo
-suyo, porque al poco tiempo de conocerle estaba sometido
-a su influencia.</p>
-<hr class="chap" />
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_128" id="Page_128"></a>
-<a name="Page_129" id="Page_129"></a></span></p>
-
-
-
-
-<h4 id="II_I_IV">IV.<br />
-LA CASA DE ISRAELS Y PIPER</h4>
-
-
-<p><span class="smcap">Como</span> mi tío Samuel vió que yo tenía afición a los
-libros, creyó debía perfeccionarme en la bibliografía,
-y me llevó de dependiente a la casa de Israels y
-Piper, de Chancery Lane.</p>
-
-<p>Chancery Lane es una callejuela que baja de Holborn
-a Fleet Street. Como muchas de Londres, tiene una especialidad;
-es una calle de gente de toga, de librerías de
-Derecho y banqueros.</p>
-
-<p>Entonces, supongo que ahora seguirá lo mismo,
-Chancery Lane estaba formada por casas altas, de ladrillo,
-ennegrecidas por el tiempo, la bruma y el humo,
-y acariciadas muy de tarde en tarde por los rayos de un
-sol traducido al inglés.</p>
-
-<p>Los colores de esta calle, la gradación de matices de
-sus paredes de ladrillo, los encontraba yo muy agradables
-a la vista; tenían en tonos obscuros las variaciones
-irisadas del coral y del nácar.</p>
-
-<p>Las casas de Chancery Lane eran tan indiferentes y
-tan hostiles como las demás londinenses, y un poco
-más: presentaban al transeúnte puertas bien cerradas y
-claveteadas, verjas llenas de pinchos, rejas tupidas; eran
-estas casas de leguleyos de lo más inhospitalarias, de lo
-más fundamentalmente británicas que pueden ser unas
-casas, unas puertas y unas rejas.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_130" id="Page_130">[130]</a></span></p>
-
-<p>Próxima a la salida de Chancery Lane a Lincoln's-Inn-Fields,
-y casi enfrente de Cursitor Street, se hallaba
-la librería de Israels y Piper. Tenía en la puerta, sobre la
-pared roja de la casa, este letrero, medio borrado por las
-lluvias:</p>
-
-<p class="p2 center large">ISRAELS &amp; PIPER, LIMITED</p>
-
-<p class="center">EDITORES DE OBRAS DE HISTORIA, FILOSOFÍA
-Y GENEALOGÍA</p>
-
-<p class="p2">La librería de Israel y Piper tenía un escaparate pequeño,
-una tienda reducida y casi siempre desierta, y
-después, un pasillo larguísimo.</p>
-
-<p>Cualquiera hubiese pensado que aquel establecimiento
-no tenía apenas importancia; pero a medida que se
-penetraba en él, se iba haciendo mayor y mostrando sus
-grandes galerías de catacumba.</p>
-
-<p>Por un lado daba el establecimiento de Israels y Piper
-al jardín de Lincoln's-Inn-Fields, donde se hallaba instalada
-la imprenta.</p>
-
-<p>Los depósitos de la casa eran inmensos; los libros
-formaban calles y más calles, y de trecho en trecho, por
-encima de estas calles, había puentes de tablas y más
-libros encima.</p>
-
-<p>A algunos pasos de la tienda había una puerta que
-daba a un gran patio enlosado y cubierto de cristales, y
-a todas horas estaban allí los empleados embalando libros
-en cajas, que luego se cargaban en carros, y a todas
-horas entraban los mozos de la imprenta, llevando montones
-de papel en rama en la cabeza.</p>
-
-<p>De los dueños, Israels era un judío de unos sesenta
-años, de ojos claros, nariz cortante y perilla blanca. Tenía
-una amabilidad excesiva y una mirada burlona.</p>
-
-<p>El señor Piper era un buen inglés, de cabeza cuadrada,
-con cara de perro dogo y aire malhumorado.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_131" id="Page_131">[131]</a></span></p>
-
-<p>El empleo en casa de Israels y Piper no me sedujo.
-Teníamos Will Tick y yo un despacho cerca del patio,
-en un subterráneo muy húmedo y sombrío, donde trabajábamos
-constantemente; y este vivir de topo, siempre
-con luz artificial, en sitio negro y húmedo, me molestaba
-mucho.</p>
-
-<p>Will Tick se las arreglaba para no trabajar, y me puso
-al corriente de sus mañas.</p>
-
-<p>La casa de Israels y Piper tenía grandes curiosidades:
-se guardaban las prensas que se habían usado en la
-casa desde su fundación, los originales de las obras publicadas
-y un gran archivo con ejecutorias y manuscritos
-heráldicos.</p>
-
-<p>Para preservar estos tesoros de las ratas había cuatro
-perros repulsivos y una docena de gatos feroces.</p>
-
-<p>Los perros enseñaban los dientes a cuanto desconocido
-veían, y los gatos saltaban y bufaban como panteras.
-Estos animalitos eran hijos de una gata atigrada, que
-atacaba y arañaba al que se acercara a ella.</p>
-
-<p>Este animal feroz era para Israels el genio familiar de
-la casa; le miraba con el mismo entusiasmo que Dick
-Whittington, el popular personaje, a su felino, a quien
-debía la fortuna y el llegar a haber sido lord mayor de
-Londres.</p>
-
-<p>Entre los dependientes de la librería Israels y Piper,
-me hice amigo, además de Will Tick, de un joven, Percy
-Harrison, muchacho simpático, hijo de un labrador.</p>
-
-<p>Percy tendría mi edad y mis aficiones, y me convenció
-para que fuera con él, de noche, a una academia de
-dibujo. Había visto los ensayos de caricaturas que yo
-hacía, y pensaba que podría utilizar mi pequeño talento.</p>
-
-<p>Todo el tiempo que estuve en casa de Israels y Piper,
-un año y medio, fuí de noche a la academia de dibujo;
-pero noté que, a medida que copiaba de estatua, la poca
-gracia que tenían mis caricaturas desaparecía.</p>
-
-<p>Se lo advertí a Percy, y éste reconoció que el cultivo
-del arte clásico no me convenía.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_132" id="Page_132">[132]</a></span></p>
-
-<p>Percy, al mismo tiempo que se perfeccionaba en el
-dibujo, practicaba la litografía. Cuando creyó que dominaba
-este arte, proyectó comprar una prensa litográfica
-y útiles para el oficio, y establecerse.</p>
-
-<p>Formamos una sociedad Will Tick, Percy y yo, y decidimos
-abandonar a Israels y Piper y lanzarnos un poco
-a la aventura.</p>
-<hr class="chap" />
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_133" id="Page_133"></a></span></p>
-
-
-
-
-<h4 id="II_I_V">V.<br />
-ELOGIO DE LA LITOGRAFÍA</h4>
-
-
-<p><span class="smcap">Los</span> primeros trabajos litográficos que hicimos entre
-Percy y yo fueron vistas de pueblos, escenas pintorescas
-y retratos de personajes célebres. Will Tick
-vendió las estampas a buen precio, y al recibir el producto
-de las ventas, consideramos que un río de oro entraba
-en nuestros bolsillos.</p>
-
-<p>Tras de estos tímidos ensayos, intenté yo la caricatura,
-y una de las mejores que hice fué a favor de los liberales
-españoles y en contra del rey Fernando VII. Esta
-caricatura me relacionó con algunos españoles, entre
-ellos, con el hispanoinglés Blanco-White, que acababa
-de publicar unas cartas sobre España, y que fué, probablemente,
-el que me sugirió la idea de venir a la Península.</p>
-
-<p>Después de mi estampa antifernandina, hice otras varias,
-que se vendieron mal que bien. Pronto noté que
-faltaba a mis caricaturas personalidad y crueldad. No
-podía llegar a la sátira brutal y enconada de un Gilray,
-ni a dar a mis personajes el aire tan típicamente inglés
-de las estampas de Jorge Cruikshank.</p>
-
-<p>&mdash;En la caricatura&mdash;me dijo Will Tick, que en esto,
-como en todo, discurría con mucha claridad&mdash;hay la
-cepa dulce y la cepa agria. Tú eres de la cepa dulce, y
-en Inglaterra, actualmente, eso no gusta.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_134" id="Page_134">[134]</a></span></p>
-
-<p>Will Tick tenía razón.</p>
-
-<p>Como vi que el mercado se cansaba pronto de mis estampas,
-intenté dar otro producto, y me dediqué al agua
-fuerte.</p>
-
-<p>El agua fuerte es un arte, indudablemente, de más interés,
-de mayor individualidad que la litografía.</p>
-
-<p>Tiene, además, un encanto para el que la cultiva, y
-es el encanto de las sorpresas. Estas sorpresas proceden
-de los efectos inesperados de la mordedura del ácido en
-la plancha, y también mucho de la estampación.</p>
-
-<p>La litografía, en cambio, no tiene sorpresa alguna, y su
-estampación es más mecánica. Se puede decir que cada
-prueba de agua fuerte es casi tan única como un cuadro;
-en cambio, las pruebas litográficas son todas iguales.</p>
-
-<p>El procedimiento del agua fuerte me gustó, por ser
-más personal, más complicado y, al mismo tiempo, más
-libre que el de la litografía.</p>
-
-<p>En la litografía, vencida la dificultad de dibujar al revés,
-está todo resuelto; en tanto que se realiza el trabajo
-se puede seguir su progreso mirando la piedra directamente
-o en un espejo; en cambio, en el agua fuerte,
-mientras se raya la plancha de cobre, ésta es un misterio.
-El grabador supone que una parte le ha salido bien,
-que la otra, mal; cree que esto es demasiado negro;
-aquello, por el contrario, demasiado blanco; mete la
-plancha en el ácido, saca después la prueba, y todas
-son para él sorpresas.</p>
-
-<p>La litografía es más honrada; en ella no sale ni más
-ni menos que lo que se pone.</p>
-
-<p>Mis entusiasmos por el agua fuerte me quitaron la
-afición a trabajar en la litografía. Me gustaba, sí, la estampa
-litográfica; pero más las de los otros que las mías.
-Prefería ser coleccionista de estampas que litógrafo.</p>
-
-<p>Realmente, la litografía no es un gran arte, pero es un
-arte simpático dentro de su vulgaridad. Es algo como la
-canción de la calle, como la melodía popularizada por
-un organillo.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_135" id="Page_135">[135]</a></span></p>
-
-<p>La fusión de la litografía con el costumbrismo y con
-la historia episódica de la época ha dado origen a una
-clase de estampas que son los mejores documentos de
-nuestro tiempo.</p>
-
-<p>Se dirá que estas láminas nos dejan una impresión
-falsa de las cosas.</p>
-
-<p>Cierto.</p>
-
-<p>Alguno asegurará que el arte debe dar la sensación de
-la realidad con elementos artificiales y que la litografía
-hace todo lo contrario: dar una impresión de irrealidad
-con elementos verdaderos. ¿Qué importa? ¿Es que hay
-una realidad fuera de nosotros? Yo, lector de Kant y de
-Berkeley, no creo en más realidad que la de nuestro yo.
-Lo demás son disfraces de la Madre Naturaleza, aspectos
-de la Cosa en sí que no sabemos hasta qué punto
-existen, y si sus presentaciones ante nuestros sentidos
-son o no constantes.</p>
-
-<p>Podrán otros despreciar la litografía como un arte
-industrial, vulgar e insignificante; para mí ha tenido y
-sigue teniendo grandes atractivos.</p>
-
-<p>Estas vistas de pueblos, tan falsas en conjunto y tan
-exactas en los detalles; estas escenas campestres, tan
-poco campestres; estos españoles, tan poco españoles;
-estos griegos, tan poco griegos; estos ríos, estas cataratas,
-estos personajes, estas amazonas, que son la verdad
-convencional de un momento histórico, no hubieran podido
-representarse tan en armonía con el espíritu de la
-época como con el lápiz ligero, amable y un poco banal
-de la litografía.</p>
-<hr class="chap" />
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_136" id="Page_136"></a>
-<a name="Page_137" id="Page_137"></a></span></p>
-
-
-
-
-<h4 id="II_I_VI">VI.<br />
-EN PLENA BOHEMIA</h4>
-
-
-<p><span class="smcap">Percy</span> y yo alquilamos un cuarto, y llevamos a él
-nuestros útiles y algunos muebles al fiado.</p>
-
-<p>Al principio trabajamos con entusiasmo; luego, poco
-a poco, fuimos flaqueando y llegamos a no hacer nada
-y a mirar con desdén y con cierta sorna nuestros instrumentos
-de grabadores.</p>
-
-<p>Will Tick nos sacaba con frecuencia de apuros con
-la fertilidad de sus recursos. Muchas veces nos llevaba
-a su casa para que le ayudásemos.</p>
-
-<p>Tick, padre e hijo, se dedicaban a negocios sospechosos.</p>
-
-<p>Guardaban montones de papel sellado viejo, que les
-debía servir para falsificar documentos. Lavaban y cocían
-papeles escritos con agua de cloro y los sacaban
-limpios; sabían también hacer tinta antigua y calcar
-firmas.</p>
-
-<p>Todos los trabajos de la casa eran poco claros y menos
-lícitos. Durante el tiempo que acudí al taller de los
-Tick, el negocio más legal que hicieron padre e hijo fué
-decolorar y raspar unas hojas en pergamino de unos libros
-capitulares y convertirlos en parches de tambores
-y panderetas.</p>
-
-<p>Siempre se les veía al padre, al hijo y a un criado,<span class="pagenum"><a name="Page_138" id="Page_138">[138]</a></span>
-albino y zambo, en el patio, sucio y negro, borrando papeles
-y secándolos en una estufa.</p>
-
-<p>Abraham Tick maniobraba en aquellas cosas que no
-caen fácilmente bajo la mirada de un juez.</p>
-
-<p>Una de sus especialidades consistía en inventar genealogías
-y falsificar documentos nobiliarios. La impunidad
-estaba asegurada. Era muy difícil que su trabajo
-llegara a conocimiento de la justicia, porque el que encargaba
-la falsificación de una ejecutoria o de un árbol
-genealógico era el primer interesado en que ningún perito
-examinara con cuidado sus documentos.</p>
-
-<p>Abraham Tick nos pagaba bien cuando le ayudábamos.
-En su tienda conocí mucha gente, porque el viejo
-Tick tenía grandes relaciones. Solían reunirse allí una
-porción de tipos que andaban a la husma por las prenderías,
-librerías y tiendas de antigüedades.</p>
-
-<p>Yo también me decidí a sacar la comida al husmeo,
-y comencé a proveer a mi tío y a unas cuantas personas
-más de libros y de estampas. También compraba
-retratos, que vendía después a Fitzhamer. El frenólogo
-los utilizaba para sus estudios. Algunas estampas anteriores
-al título no tenían nombre, y yo solía ponerlo al
-margen con lápiz. Era curioso ver con qué candidez se
-las arreglaba el frenólogo para encontrar en la cabeza
-del retratado lo que, según todo el mundo, había; cómo
-adivinaba el espíritu matemático en Pascal, la gracia en
-Voltaire, el sentido astronómico en Copérnico, etcétera,
-etc. Una confusión mía hizo que el retrato de Fenelón
-pasara por el de Maquiavelo, y el de Florián por
-Fouquier-Thinville, y al contrario: y hubo que admirar
-con qué precisión Fitzhamer encontró matemáticamente
-la chistosidad y la astuciosidad en Fenelón, tomándolo
-por Maquiavelo, y la destructividad en el insípido Florián,
-a quien tomaba por Fouquier-Thinville.</p>
-
-<p>No siempre daba yo en el blanco en mis paseos a la
-busca de unos cuantos chelines, y entonces Percy y yo
-nos dedicábamos a comer al fiado. Al principio nos pre<span class="pagenum"><a name="Page_139" id="Page_139">[139]</a></span>ocupábamos
-de pagar; pero llegó un día en que el pensamiento
-del mañana no nos alteró lo más mínimo, y nos
-dedicamos, desde entonces, a los platos más suculentos
-y a los líquidos más espirituosos, con la vaga esperanza
-de que alguien los pagara.</p>
-
-<p>Cuando la estrechez era grande íbamos a ver a Will
-Tick; pero éste nos ofrecía ya descaradamente trabajos
-peligrosos de falsificación, lo que nos alarmaba.</p>
-
-<p>Los amigos de Percy y los míos, alegres camaradas,
-vivían de una manera parecida a la nuestra, dispuestos
-a gozar, a sacarle jugo a la existencia.</p>
-
-<p>Uno de ellos, para mí el más querido, a quien había
-conocido en el colegio, era Tomás Burton, joven disipado
-y de familia acomodada, de la escuela de lord Byron,
-que encontraba todo muy negro en la vida.</p>
-
-<p>Burton se envenenaba con opio y leía libros de astronomía,
-de los cuales sacaba argumentos para deducir
-la mezquindad y la miseria de la vida humana.</p>
-
-<p>&mdash;Lo mejor que puedo hacer, en obsequio de mi familia,
-es arruinarla&mdash;decía&mdash;, y después suprimirme yo.
-El dinero nos ha hecho desdichados.</p>
-
-<p>Otro de los comensales constantes en nuestras francachelas,
-Joe Flinder, viejo estudiante de leyes, guardaba,
-según decía, un gran baúl lleno de obras maestras,
-diez o doce poemas que hubiera firmado Milton, y un
-centenar de tragedias y comedias bastante más sugestivas
-y profundas que las de Shakespeare.</p>
-
-<p>A pesar de esta premisa, él pensaba que se podía afirmarla
-con la seguridad de un axioma matemático, no
-había editor ni empresario para sus obras. ¡Tal era la
-estupidez y el mal gusto de la orgullosa Inglaterra!</p>
-
-<p>Otras personas se reunían con nosotros, sobre todo
-algunos jóvenes ricos que venían acompañados por
-Will Tick. Will nos presentaba a ellos como hombres
-de un talento enorme, bohemios incorregibles, de una
-existencia pintoresca, desordenada y absurda.</p>
-
-<p>Percy y yo habíamos llegado a encontrar muy lógico<span class="pagenum"><a name="Page_140" id="Page_140">[140]</a></span>
-nuestro sistema de vida; generalmente no pagábamos a
-los proveedores, y los ingresos que obteníamos unas veces
-por la compraventa de un cuadro, de un grabado
-o de un libro raro, los empleábamos en una cena
-alegre.</p>
-
-<p>Solíamos tener grandes discusiones, debatíamos acerca
-de la gloria, de la política, de la literatura, de los
-medios de hacer dinero, de la Reforma, de la Constitución,
-y concluíamos con las caras inyectadas, cantando
-a voz en grito el <i>Fantasma</i>, de Cock Lane, los <i>Niños en
-el bosque</i>, o alguna canción patriótica, como <i>¡Rule Britannia!</i>
-y ¡<i>Oh, Bretaña</i>, el orgullo del Océano!</p>
-<hr class="chap" />
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_141" id="Page_141"></a></span></p>
-
-
-
-
-<h4 id="II_I_VII">VII.<br />
-DÍAS TRISTES</h4>
-
-
-<p><span class="smcap">Bien</span> comprendía yo que aquella vida no podía durar,
-que era un paréntesis más o menos largo que
-se había de cerrar de un día a otro. Efectivamente, el
-paréntesis se cerró pronto. Una mañana el dueño de la
-casa nos avisó que habiendo aguardado mucho tiempo
-el cobro de nuestros alquileres, ya no podía esperar más.
-Nos daba un plazo de veinticuatro horas para desalojar
-la habitación.</p>
-
-<p>Poco después de este aviso llegó Flinders con la noticia
-de que Burton se acababa de suicidar. Al entrar
-su madre en su cuarto se lo había encontrado tendido
-en el suelo y muerto.</p>
-
-<p>La noticia me hizo una gran impresión.</p>
-
-<p>Percy, Flinders y yo hablamos largo rato, y yo me
-olvidé de mis apuros.</p>
-
-<p>Hubiéramos ido a dar el último adiós a nuestro amigo;
-pero temíamos que la familia no nos quisiera dejarle
-ver, considerándonos como gente perdida que quizá
-había arrastrado al suicida a su mal fin.</p>
-
-<p>Decidimos salir y acercarnos a la casa de Burton. Al
-bajar las escaleras un muchacho me trajo una carta.</p>
-
-<p>Decía así:</p>
-
-<p class="i2"><span class="pagenum"><a name="Page_142" id="Page_142">[142]</a></span>
-«Querido Thompson: Si te envían esta carta, es que
-me habrán encontrado muerto. Me voy con gusto. Un
-apretón de manos y buena suerte.</p>
-
-<p class="mright"><i>Burton</i>.»</p>
-
-
-<p class="p2">Discutimos si había hecho bien, si había hecho mal
-nuestro camarada, porque no hay nada que remueva
-tanto el espíritu como esa negación de la vida del suicidio.</p>
-
-<p>Hablando de Burton salimos a la calle. Era al anochecer.
-Hacía uno de estos días de otoño de Londres en
-que el cielo, invariablemente sombrío, descarga aguaceros
-sobre aguaceros; toda la gran urbe exudaba humedad
-negra y polvo de carbón, y los hombres, los caballos
-y los perros se arrastraban sobre el fango de las
-calles, mientras algunos pocos privilegiados se aburrían
-en sus palacios o miraban por la ventana del club o por
-el cristal del coche a los desharrapados rebozados en el
-barro.</p>
-
-<p>Llegamos a casa de Burton y no nos quisieron recibir;
-tales eran nuestras trazas. Volver a la habitación de
-noche, despertando a la vecindad, hubiera sido exasperar
-al propietario. Pasamos la noche a pie firme y por la
-mañana me presenté a mi padre.</p>
-
-<p>Hablamos, me sermoneó un tanto y me dijo que debía
-ir a ver a mis hermanos. Yo le contesté que no. Mis
-hermanas se sentían orgullosas de su posición; estaban
-casadas con personas de calidad y no les gustaba pensar
-que tenían un pariente perdulario. Mis dos hermanas
-mayores eran de la misma madera; de un egoísmo
-perfecto y de una indiferencia insolente por la suerte de
-la familia. No iban a preocuparse de mí, a quien apenas
-conocían.</p>
-
-<p>Me dió mi padre unos peniques, lo único que tenía;
-comí y fuí a ver a mi tío. Le dije que me hallaba en una
-situación difícil y que había pensado pedir trabajo a<span class="pagenum"><a name="Page_143" id="Page_143">[143]</a></span>
-William Tick. Luego le conté los procedimientos que
-empleaba Will.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, los ha heredado de su padre&mdash;dijo mi tío&mdash;.
-Se ve que es tan granuja como todos los de su familia.
-Ten cuidado, no te vayan a arrastrar a dar un mal paso.
-Abraham Tick está haciendo constantemente falsificaciones;
-tú dibujas algo y querrán utilizarte. No seas tonto.
-Haz todas las deudas que puedas; pon tu firma en
-todos los pagarés que te traigan; pero nada de imitar
-letras, facturas, sellos o cosa por el estilo. Esto es la
-cuerda o los trabajos forzados.</p>
-
-<p>La observación de mi tío me hizo mella; yo pensaba
-lo mismo, aunque no me había planteado la cuestión
-tan claramente. El era un truchimán listo y su consejo
-no cayó en olvido.</p>
-
-<p>Viví unos días en casa de Tick encerrado, pintando
-árboles genealógicos, y un día Will me trajo unas láminas
-de un banco de la City para que yo las calcara y
-luego las estampara Percy.</p>
-
-<p>Pretexté que no tenía vista. Will Tick se rió diciéndome
-que lo hiciera, o que si no, me marchase. Yo opté por
-marcharme.</p>
-
-<p>&mdash;Te morirás de hambre&mdash;me dijo.</p>
-
-<p>&mdash;No; porque mi tío me ha encargado hacer un catálogo
-de su biblioteca.</p>
-
-<p>Will Tick me insultó, llamándome estúpido y egoísta;
-y yo fuí en busca de mi tío. Le conté el caso; cómo me
-hallaba perseguido por los acreedores, la proposición de
-falsificación que me había hecho Will Tick, y le pedí que
-me cediese una de sus madrigueras de libros y me diera
-de comer, a cambio de lo cual yo le haría el trabajo
-que me indicara de copia o de calco. Después de vacilar
-mucho mi tío aceptó y quedamos de acuerdo en que le
-restauraría algunas portadas y documentos antiguos.
-Fuimos los dos a una casucha del barrio de Islington.
-Era un zaquizamí del último piso, lleno de montones
-de libros que conservaban polvo de muchos años.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_144" id="Page_144">[144]</a></span></p>
-
-<p>Un tabernero de la esquina, conocido de mi tío, me
-traería la comida y no me prestaría ni un penique.</p>
-
-<p>Tomé posesión de mi cuchitril y comencé mis trabajos.</p>
-
-<p>Todo el invierno lo pasé así encerrado. Miraba desde
-mi palomar el cielo bajo y sombrío de Londres con el
-humo espeso que salía de las chimeneas. Por la mañana
-hacía las restauraciones para mi tío, y después estudiaba
-francés y español, porque tenía el proyecto de escaparme
-de Londres.</p>
-
-<p>De noche los ratones me hacían compañía y venían a
-devorar los restos de mi comida. Algunas veces ataba
-con un bramante una corteza de queso y me divertía
-retirándola cuando se echaban sobre ella los pequeños
-y graciosos roedores.</p>
-
-<p>Los días brumosos y negros me entraba la desesperación
-de no hacer nada y me metía en la cama.</p>
-<hr class="chap" />
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_145" id="Page_145"></a></span></p>
-
-
-
-
-<h4 id="II_I_VIII">VIII.<br />
-EXAMEN DE MIS APTITUDES POR EL SISTEMA
-MÉTRICO DECIMAL</h4>
-
-
-<p><span class="smcap">Uno</span> de aquellos días en que me hallaba más aburrido
-aún que de ordinario, hice este cuadro de
-mis aptitudes morales e intelectuales por el sistema métrico
-decimal:</p>
-
-<table border="0" cellpadding="5" cellspacing="5" summary="condiciones">
-<tr>
- <td class="tdc1" colspan="4">CONDICIONES DE J. H. THOMPSON</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdl">Amor al trabajo.</td>
- <td class="tdr">5</td>
- <td class="tdl">&nbsp;</td>
- <td class="tdc">por 100.</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdl">Benevolencia.</td>
- <td class="tdr">10</td>
- <td class="tdl">&nbsp;</td>
- <td class="tdc">»</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdl">Egoísmo.</td>
- <td class="tdr">15</td>
- <td class="tdl">&nbsp;</td>
- <td class="tdc">»</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdl">Valor personal.</td>
- <td class="tdr">5</td>
- <td class="tdl">&nbsp;</td>
- <td class="tdc">»</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdl">Sentido erótico.</td>
- <td class="tdr">10</td>
- <td class="tdl">&nbsp;</td>
- <td class="tdc">»</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdl">Moralidad.</td>
- <td class="tdr">5</td>
- <td class="tdl">&nbsp;</td>
- <td class="tdc">»</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdl">Espíritu religioso y superstición.</td>
- <td class="tdr">2</td>
- <td class="tdl">1/2</td>
- <td class="tdc">»</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdl">Adquisividad (estilo Fitzhamer).</td>
- <td class="tdr">2</td>
- <td class="tdl">1/2</td>
- <td class="tdc">»</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdl">Sociabilidad.</td>
- <td class="tdr">10</td>
- <td class="tdl">&nbsp;</td>
- <td class="tdc">»</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdl">Instinto de vagabundez.</td>
- <td class="tdr">15</td>
- <td class="tdl">&nbsp;</td>
- <td class="tdc">»</td>
-</tr>
-
-</table>
-
-
-
-<p>Después del cuadro sinóptico de mis aptitudes, comencé
-el de mis conocimientos por el mismo sistema
-métrico decimal, y me resultó éste:</p>
-
-<table border="0" cellpadding="5" cellspacing="5" summary="condiciones2">
-
-
-<tr>
- <td class="tdl">Dibujo.</td>
- <td class="tdr">10</td>
- <td class="tdc">por 100.</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdl">Literatura.</td>
- <td class="tdr">10</td>
- <td class="tdc">»</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdl">Filosofía.</td>
- <td class="tdr">5</td>
- <td class="tdc">»</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdl">Botánica y Farmacia.</td>
- <td class="tdr">10</td>
- <td class="tdc">»</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdl">Arte de disecar.</td>
- <td class="tdr">15</td>
- <td class="tdc">»</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdl">Geografía.</td>
- <td class="tdr">5</td>
- <td class="tdc">»</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdl">Lenguas.</td>
- <td class="tdr">5</td>
- <td class="tdc">»</td>
-</tr>
-
-</table>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_146" id="Page_146">[146]</a></span>
-Por una fantasía como ésta, el frenólogo Fitzhamer
-cobraba bastante dinero; en cambio, yo no me cobré
-nada a mí mismo.</p>
-
-<p>Mi interés en esta época consistía en elevar mis conocimientos
-lingüísticos (5 por 100, según el cuadro) a un
-10 o a un 15 por 100.</p>
-
-<p>Aprendía el español y el francés sin maestro, y tenía
-la sospecha de que iba a entendérseme con dificultades.
-Sobre todo la pronunciación y la propiedad de las palabras
-me fallarían. Me pasaría probablemente lo que al
-inglés de una caricatura francesa, que entra en un café
-de París y para pedir: <i>Garçon, une bouteille de biere</i>,
-hace un esfuerzo de memoria y dice: <i>Celibataire, une
-bouteille de cercueil!</i></p>
-
-<p>Esta confusión de las cervezas con los ataúdes, lo
-más que podía producir es que se burlasen de uno.</p>
-
-<p>Aunque comprendía que no me las arreglaría fácilmente,
-no me preocupaba esto mucho. Lo difícil para mí
-era dar el primer paso, cruzar el canal de la Mancha y
-desembarcar en el Continente.</p>
-
-<p>Había pensado marchar a España. Sentía hambre de
-sol y de cielo azul; estaba cansado de encierro, de lluvias
-y de barro.</p>
-
-<p>Había leído bastante sobre España; no creía, ni mucho
-menos, que fuera un país de delicias en que a cada
-paso ocurrieran aventuras extraordinarias; pero pensaba
-ir allí.</p>
-
-<p>Aunque soy optimista, no soy de los que abrigan una
-confianza excesiva en los hombres y en las cosas, y que
-se desilusionan al menor tropiezo. Mi fuerza está en la
-perseverancia y en la resignación estoica. He sido siempre
-más espectador que actor; la vida me ha dado la
-impresión de una comedia, a veces amable, a veces
-aburrida. Tengo las decisiones tardas. He necesitado
-siempre el aguijón de la necesidad imperiosa para lanzarme
-a la acción. Si esta necesidad imperiosa no me
-azuza, miro los acontecimientos con calma.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_147" id="Page_147">[147]</a></span></p>
-
-<p>Muchas veces he dicho: Veremos a ver esto adónde
-nos arrastra; y he seguido a la deriva, bastante indiferente,
-mientras no aparecía la cruel y urgente necesidad.</p>
-
-<p>Mi viaje a España era cuestión de momento. A veces
-creía si sería mejor quedarme en Londres. Mis acreedores
-estaban despistados, ¿pero cómo vivir así constantemente?
-La quietud me iba enmoheciendo; necesitaba
-hacer algo, aunque fuesen tonterías: andar, correr, cambiar
-de escenario...</p>
-<hr class="chap" />
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_148" id="Page_148"></a>
-<a name="Page_149" id="Page_149"></a></span></p>
-
-
-<h4 id="II_I_IX">IX.<br />
-ULTIMA HAZAÑA EN LONDRES</h4>
-
-
-<p><span class="smcap">Un</span> día leí en un periódico el descubrimiento de una
-falsificación de billetes de Banco y la prisión de
-los falsificadores y encubridores, entre los cuales se encontraba
-mi amigo Percy Harrison. Will Tick no aparecía
-en la lista de los presos.</p>
-
-<p>¿Sería extraño al asunto? ¿O se habría escabullido de
-las garras de la justicia con arte?</p>
-
-<p>Dada su habilidad y su maña, era cosa muy probable.</p>
-
-<p>Unas semanas después iba yo muy envuelto en mi
-gabán raído, y más envuelto aún en una niebla espesa y
-rojiza, a casa de mi padre, cuando me encontré a Will
-Tick hablando con una mujer.</p>
-
-<p>Me paró; le dije claramente que suponía que el instigador
-de la falsificación por la cual habían prendido a
-Percy era él; pero Will Tick me demostró, con argumentos,
-que no era cierta mi sospecha.</p>
-
-<p>Sus razones mitigaron la cólera que sentía en contra
-suya, y hablamos largamente. Le dije que pensaba
-marcharme a España.</p>
-
-<p>&mdash;¿Tienes dinero?&mdash;me preguntó.</p>
-
-<p>&mdash;No.</p>
-
-<p>&mdash;¿Sabes a quién le podríamos sacar unos cuartos?</p>
-
-<p>&mdash;¿A quién?</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_150" id="Page_150">[150]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;A mi padre.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo?</p>
-
-<p>&mdash;Tu tío ha dejado en depósito cuarenta libras esterlinas
-en casa de mi padre para que le compre la biblioteca
-de un anticuario que ha muerto. Mi padre ha visto
-la biblioteca y siente tener la necesidad de comprarla
-para tu tío, porque en esa biblioteca hay algunos libros
-de valor; pero ha dado su palabra y no se puede volver
-atrás; perdería un buen parroquiano.</p>
-
-<p>&mdash;Entonces no hay nada que hacer.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, hay mucho que hacer. Mi padre, al menor pretexto
-que tenga, devuelve con gusto las cuarenta libras
-esterlinas. Tú vienes conmigo a mi casa, le dices a mi
-padre que tu tío ha cambiado de parecer, y te entrega
-las cuarenta libras, que nos las repartiremos.</p>
-
-<p>&mdash;No, no. Yo no hago eso.</p>
-
-<p>&mdash;Lo haré yo por tu cuenta; pero es necesario que tú
-te presentes conmigo y recibas el dinero.</p>
-
-<p>Vacilé, porque la cosa me parecía un poco dura, tratándose
-de un hombre que me había favorecido como
-mi tío Samuel; pero pensé también: «Si no aprovecho
-esta ocasión, ¿cuándo se me presentará otra? Hay que
-decidirse. ¡Adelante!»</p>
-
-<p>Fuimos a casa de Tick, y Will habló a su padre.</p>
-
-<p>El viejo falsificador escuchó largo tiempo sonriendo,
-moviendo la cabeza en ademán negativo, hasta que se
-decidió, y sacando de un cajón las cuarenta libras esterlinas
-me las puso en la mano. Will me empujó a la salida
-y me dijo:</p>
-
-<p>&mdash;¡Venga mi parte!</p>
-
-<p>Le di veinte libras; luego me pidió que le diera otras
-cinco por la comisión.</p>
-
-<p>&mdash;No; no te doy una más.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno. Eres un roñoso. ¡Adiós!</p>
-
-<p>Con el dinero en el bolsillo y el espíritu lleno de remordimientos
-un poco cómicos, me fuí a los muelles y
-averigüé que, pocas horas después, al amanecer, salía<span class="pagenum"><a name="Page_151" id="Page_151">[151]</a></span>
-un paquebot para Burdeos. Como temía la indignación
-de mi tío Samuel, a quien quizá ya no podría pedir
-nunca nada en la vida, le escribí una carta desde una
-taberna contándole la hazaña que habíamos realizado a
-expensas entre Will y yo. Le decía que obraba impulsado
-por una fuerza mayor. Después escribí otra carta
-a mi padre despidiéndome de él, y al rayar la mañana
-bajaba en el barco por el Támesis, camino del Continente.</p>
-
-<p>&mdash;Veremos lo que nos reserva el destino&mdash;murmuré,
-mientras me acercaba a la borda, mareado y con la
-mano aplicada a la boca del estómago.</p>
-<hr class="chap" />
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_152" id="Page_152"></a>
-<a name="Page_153" id="Page_153"></a></span></p>
-
-
-
-<h4 id="II_I_X">X.<br />
-LOS DESTINOS ABSURDOS</h4>
-
-
-<p><span class="smcap">Cualquiera</span>, al leer la frase final del capítulo anterior,
-supondrá que yo soy un fatalista. No; no lo
-soy. No lo soy, pero no ando lejos de serlo. Esta idea
-de fatalidad es un poco confusa. Encerrando la idea de
-predestinación, es para mí falsa; pero significando sólo
-destinación, me parece exacta.</p>
-
-<p>No cabe duda que si uno marca en un papel una serie
-de puntos, se pueden unir éstos con una línea; tampoco
-cabe duda que la tal línea tendrá un carácter: será
-recta o quebrada, y presentará una figura especial. A
-esta figura, después de hecha <i>a posteriori</i>, le llamaremos
-necesidad, destinación, y si estuviera hecha <i>a priori</i>,
-le llamaríamos fatalidad, predestinación.</p>
-
-<p>En el punto 1 de la línea no sabemos dónde va a caer
-el punto 2, ni en el punto 2 cuál va a ser el 3; pero trazados
-los puntos 2 y 3, podemos asegurar que de ninguna
-manera, aunque se deshiciera el Universo, podrían
-estar en otro sitio mas que en el que están.</p>
-
-<p>Tales reflexiones me hacía yo, tendido en un banco
-de la cubierta del paquebot, a medida que salíamos del
-canal de la Mancha y se me iba pasando el mareo.</p>
-
-<p>Cuando se disipó por completo pensé que sería práctico
-inventar una finalidad para mi viaje al llegar al
-Continente, y se me ocurrió una pequeña historia basa<span class="pagenum"><a name="Page_154" id="Page_154">[154]</a></span>da
-en mi tío, el sargento Cox, que había sido un calavera
-y había estado en la Península con las tropas del
-general Moore. Me pareció que nadie se incomodaría
-porque ascendiese un poco en el escalafón a mi tío, y
-decidí llamarle el comandante Cox. El comandante había
-muerto en la Península, dejando una pequeña fortuna,
-que yo iba a recoger, ¿cinco mil libras?, ¿seis mil libras?
-Creo que nadie se enfadaría si elevaba la herencia a diez
-mil libras.</p>
-
-<p>Animado por una perspectiva tan agradable, me levanté
-de mi banco y me puse a pasearme por la toldilla.</p>
-
-<p>Había otro joven, poco más o menos de mi misma
-edad, que llevaba por todo equipaje una caja de tabaco;
-nos pusimos a hablar, y, llevado por esa necesidad de
-confidencia que se siente al viajar solo, le conté mi historia.</p>
-
-<p>&mdash;¿Así que va usted sin objeto al Continente?&mdash;me
-preguntó.</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;Pues a mí me pasa lo mismo; pero como soy en el
-fondo fatalista, creo que adonde me lleve la casualidad
-allí estaría fijado mi sino. Aquí donde me ve usted, salgo
-de una cárcel, donde he estado durante algún tiempo
-deshaciendo cuerda.</p>
-
-<p>&mdash;¿Hizo usted alguna falsificación?</p>
-
-<p>&mdash;No; yo estaba en relaciones mercantiles con una
-banda de ladrones que me alimentaban. Una vez proyectaron
-un robo en un hotel. Cada cual tenía su misión;
-yo era el encargado de echar un pedazo de carne con
-láudano al perro. Me dieron el frasquito y, como yo soy
-desmemoriado, lo dejé en un rincón; luego lo confundí
-con una botella de una salsa, y eché salsa a la carne
-que tenía que comer el perro, y, claro, no se durmió.
-Resultó que la policía estaba avisada, y que me habían
-visto echar la carne al perro, y que nos prendieron a
-todos los ladrones, a mí con la botella de la salsa. Cuan<span class="pagenum"><a name="Page_155" id="Page_155">[155]</a></span>do
-le conté lo ocurrido a mi abogado, éste dijo en el
-juicio que yo era un joven muy virtuoso, y explicó cómo
-había caído en manos de malhechores, que me habían
-enviado con un frasco de láudano y un pedazo de carne
-para echársela al perro, y yo había dejado el láudano y
-cogido una botella de salsa para rociar con ella la carne
-que iba a echar al guardián de la casa.</p>
-
-<p>Reconocieron todos los jueces que yo era un joven
-virtuoso, y me echaron a la calle, donde empecé a morirme
-de hambre.</p>
-
-<p>Entonces entré en sociedad con un par de individuos
-que se dedicaban a ese negocio bastante lucrativo que
-llaman los franceses <i>chantage</i>. Llevaban ya en preparación
-uno importante; tenían documentos de un político,
-con los cuales pensaban sacar mucho dinero, y me enviaron
-a mí a hacer la proposición. Llegué yo a casa del
-político con la lección aprendida; pero no sé cómo me
-las arreglé, que confundí todo lo que tenía que decir;
-descubrí el juego de mis socios e hice que nos metieran
-a todos en la cárcel.</p>
-
-<p>Como la otra vez, me absolvieron, y considerándome,
-sin duda, como un inconsciente, me llevaron a un asilo,
-donde he estado durante algún tiempo haciendo estopa.</p>
-
-<p>Al salir del asilo pensé si mi porvenir estaría en explotar
-a las mujeres. Elegí una muchacha que me pareció
-dócil, y comencé a cultivarla con el fin de vivir a sus
-expensas; pero se interpuso un hombre, luché con él;
-nos llevaron a juicio, y todo el mundo creyó que yo era
-un idealista y que me había pegado con mi rival por defender
-a una dama.</p>
-
-<p>Ayer estaba en Hyde Park, al anochecer, pensando en
-la manera de quitar a una señora, acompañada de un
-caballero, un collar que llevaba, cuando vi que el señor
-que hablaba con esta dama era el político a quien habíamos
-querido explotar. Este se acercó a mí y me dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Si no hablas de lo que has visto, te daré veinte
-libras.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_156" id="Page_156">[156]</a></span></p>
-
-<p>Yo no había visto nada. Alargué la mano y recibí un
-billete. Fuí al Arco del mármol y miré el billete a la luz
-de un farol. Era bueno.</p>
-
-<p>Por la mañana compré un traje, comí y me vine a este
-barco. Voy a desembarcar en Francia, en donde no sé
-qué haré. Ya que no puedo ser un criminal hábil, intentaré
-ser una persona honrada. Si no puedo ser ni una
-cosa ni otra, me dedicaré al comercio.</p>
-
-<p>El joven fatalista se encogió de hombros y yo me volví
-a tender en mi banco.</p>
-<hr class="chap" />
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_157" id="Page_157"></a></span></p>
-
-
-
-<h4 id="II_I_XI">XI.<br />
-EN MEMORIA DE BURTON</h4>
-
-
-<p><span class="smcap">El</span> paquebot había entrado en Burdeos. El día, de
-mayo, estaba espléndido; el sol, brillante. Hacía
-un ligero vientecillo del norte. Como no llevaba equipaje,
-salí inmediatamente del barco, fuí a la terraza de un
-café y estuve contemplando la gente que pasaba y el
-movimiento del puerto. Sentí cierta soñolencia y hubo
-un momento en que cerré los ojos y estuve desvariando.
-Creí encontrarme entre mis amigos de Londres y que
-interpelaba a Burton, que me escuchaba muerto y sonriendo.</p>
-
-<hr class="tb" />
-
-<p>J. H. Thompson pone aquí el discurso que dirigió a la
-sombra de su amigo, que aunque no viene muy a cuento
-lo insertamos:</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué error el de suprimirse así del mundo de los
-vivos!&mdash;le dice a su amigo&mdash;. ¡Qué error, querido Burton.
-Habiendo este sol y este aire puro, y este cielo azul,
-surcado por nubes blancas, y estas gentes que van y
-vienen, y estas extrañas apariencias de la Cosa en sí!
-¡Qué error, amigo Burton, el suprimirse!</p>
-
-<p>Oh, no; yo no te diré que estos hombres valgan la
-pena de ser hablados, ni que estas mujeres sean Ofelias
-románticas y puras, no. Es posible que la mayoría de
-todos ellos sean ganado vacuno, o quizá de cerda; pero<span class="pagenum"><a name="Page_158" id="Page_158">[158]</a></span>
-¡qué cielo! ¡qué luz! ¡Cómo se siente la sangre que circula
-por las venas!</p>
-
-<p>¡Qué error, amigo Burton, el de suprimirse!</p>
-
-<p>No, yo no trataré jamás de convencerte de que el
-amor y la fraternidad humana nazcan con tanta facilidad
-como las algas en el mar, ni que la amistad pura
-sea una cosa corriente. Yo reconozco, de buen grado,
-como tú, que la mayoría de los hombres somos egoístas
-y bestias, ¿pero qué duda cabe de que los hay inteligentes
-y buenos?</p>
-
-<p>Ciertamente, yo no creo en las grandes palabras; soy
-nihilista de todos los nihilismos, y ateo de todos los
-ateísmos; pero, aun así, amigo Burton, ¡qué error más
-grande el de suprimirse!</p>
-
-<p>Verdad que todo lo que nos rodea es fugitivo, es inasible;
-pero nos queda el momento, ¡el minuto! ¡Cosa admirable!</p>
-
-<p>Sí, quizá las grandes palabras se encuentren un poco
-vacías; pero en cambio las pequeñas, ¡qué llenas
-están!</p>
-
-<p>Una conversación agradable, una mujer bella que
-pasa, una bocanada de aire puro de un día de verano,
-un libro entretenido...</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué error, amigo Burton, el de suprimirse!</p>
-
-<p>Tú afirmarás que nuestra vida no es nada, que un
-guiño de una estrella representa más que todas las existencias
-humanas.</p>
-
-<p>Yo te contestaré que la grandeza y la pequeñez son
-ideas relativas, y que los soles de la Vía Láctea y los
-rayos de Sirio o de Aldebaran son menos trascendentales
-para ese señor que pasa y para mí que la lámpara
-que se nos apaga por la noche.</p>
-
-<p>Sí, amigo Burton; ese infinito del Universo que tanto
-te preocupaba es, después de todo, un infinito de negaciones,
-y esas nebulosas de estrellas no deben tener más
-importancia para nosotros que las nubes de chispas que
-salen de una fragua.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_159" id="Page_159">[159]</a></span></p>
-
-<p>Tú me dirías, bajando a la vida fisiológica, que cuando
-el engranaje de nuestras ruedas interiores chirria,
-todo es molestia y dolor. Es verdad.</p>
-
-<p>Pero aun así, en los intervalos del dolor se puede encontrar
-momentos de placidez y de reposo.</p>
-
-<p>¡Qué error, amigo Burton, el de suprimirse!</p>
-
-<p>Así sigue perorando Thompson, hasta que dice que
-despertó, abrió los ojos y, en vez de ver a su antiguo
-camarada, vió los mástiles de los barcos, que se balanceaban
-en el puerto.</p>
-<hr class="chap" />
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_160" id="Page_160"></a>
-<a name="Page_161" id="Page_161"></a></span></p>
-
-
-
-
-<h4 id="II_I_XII">XII.<br />
-CHARLATANES Y SALTIMBANQUIS</h4>
-
-
-<p><span class="smcap">Dejé</span> el café y las divagaciones&mdash;sigue escribiendo
-Thompson&mdash;y fuí a hospedarme a un <i>garni</i> barato,
-desde donde escribí de nuevo a mi tío. Le decía
-que William Tick había sido el inventor de la combinación
-para sacarle las cuarenta libras esterlinas, y que yo
-no había hecho mas que dar mi asentimiento, por encontrarme
-perseguido por un acreedor, que me puso en
-la alternativa de pagarle inmediatamente o llevarme a la
-cárcel. De tanto repetir esta invención, llegué a creerla.
-Comunicaba también a mi tío mi proyecto de ir a España,
-y le juraba que si conseguía encontrar trabajo le
-devolvería el dinero. También le escribí a mi padre. Los
-dos me contestaron en seguida; mi padre, dándome consejos;
-mi tío, menos incomodado de lo que yo suponía.
-Por lo que me contaba, advertido por la carta que
-le envié al salir de Londres, había comprado la biblioteca
-del anticuario antes de que se presentara Abraham
-Tick.</p>
-
-<p>Tranquilizado, con relación a esto, me dediqué en
-Burdeos, por unos días, al <i>dolce farniente</i>. Burdeos me
-pareció grande, tristón, como un pueblo desalquilado,
-hecho para capital de un gran Estado y que se queda
-en capital de provincia.</p>
-
-<p>Paseando por el pueblo tuve la suerte de encontrar<span class="pagenum"><a name="Page_162" id="Page_162">[162]</a></span>
-en un tenducho un paquete de caricaturas francesas
-contra los ingleses, que me costaron quince francos.
-Eran las figuras lores ventrudos y ladys delgadas y ridículas.
-No había podido dar con ellas en Londres.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_163" id="Page_163">[163]</a></span></p>
-
-<p>Las compré y se las envié a mi tío, quien reconciliado
-conmigo me escribió pocos días después a Bayona, muy
-contento, encargándome que cuando entrara en España
-no me olvidara de buscar las estampas de Goya.</p>
-
-<p>Pasados seis días en la capital de la Gironda, hice mi
-primer ensayo de viandante. Había comprado un traje
-de verano barato, un morral de tela, donde metí la ropa
-que tenía, y un mapa de Francia, con las carreras de
-postas, hecho por J. B. Poirson en 1821, en París, en la
-calle Saint-Jean de Beauvais. Con estos requisitos me
-eché a andar.</p>
-
-<p>Como me habían dicho que el camino por las Landas
-era poco agradable, tomé por la orilla del Garona, con
-la intención de bajar hacia Orthez y marchar de allí de
-nuevo hacia el mar.</p>
-
-<p>El primer día lo pasé bien, hice una caminata de seis
-leguas y comí y dormí perfectamente.</p>
-
-<p>El segundo día hice unos conocimientos un tanto raros.
-En un pueblo del camino, antes de llegar a Bazas,
-había une feria y me detuve un poco a curiosear en sus
-puestos.</p>
-
-<p>Entré en una barraca de figuras de cera y pasé revista
-a los personajes de la Revolución, a los generales del
-Imperio, a María Antonieta, a varias víctimas y asesinos,
-y a un gran grupo en que se veía un cazador devorado
-por tigres y leones. Aquellos animales no eran
-una maravilla de exactitud. Me permití hacer unos gestos
-desdeñosos y manifestar mi poca conformidad. Un
-señor bajete y rechoncho, vestido de negro, me preguntó:</p>
-
-<p>&mdash;¿No le gustan a usted?</p>
-
-<p>&mdash;Poca cosa.</p>
-
-<p>&mdash;Esos animales se han copiado del natural.</p>
-
-<p>&mdash;No. ¡Ca! No puede ser.</p>
-
-<p>Y expliqué cómo y por qué esto no era posible.</p>
-
-<p>&mdash;¿Lo haría usted mejor?</p>
-
-<p>&mdash;Yo, ¡ya lo creo! Soy disecador de Londres y
-pintor.</p>
-
-<p>&mdash;Sí; en Londres se trabaja bien en estas cuestiones;
-pero en París tampoco se hacen las cosas mal. No hay
-que quitarle nada a París.</p>
-
-<p>Callé, como no queriendo comprometerme demasiado,
-y entonces el dueño de las figuras de cera me dijo
-si tendría inconveniente en trabajar para él, modelándole
-en cera varias alimañas en actitud feroz, y retocando
-algunas figuras como la de Danton, la de Fualdés, el
-asesinado, y otras que habían perdido el color, pues la
-gente no se contentaba con ver sus caras, sino que quería
-tocarlas.</p>
-
-<p>&mdash;¿Tanto tiempo va usted a estar aquí?&mdash;le pregunté
-yo.</p>
-
-<p>&mdash;No, me marcho en seguida; pero usted puede venir
-conmigo en mi coche.</p>
-
-<p>Quedamos de acuerdo en que le haría el trabajo y en
-que él me proporcionaría los útiles necesarios, pagaría
-mis gastos y me daría tres francos al día. Me instalé en
-su carreta de cuatro ruedas, cerrada y con techo, y comenzamos
-a marchar despacio camino de Pau.</p>
-
-<p>El dueño de las figuras de cera, monsieur David, era
-un señor fino que hubiera podido ser académico, notario
-o enterrador. Vestía de negro y llevaba una cinta
-roja en el ojal. Viajaba en compañía de sus figuras de
-cera y de su criado Michel. Al mismo tiempo que monsieur
-David, y llevando el mismo camino, iban varias
-carretas: dos de un domador de fieras, que se decía húngaro,
-con un león viejo, unas panteras y varios monos;
-un coche de una señora que tenía cacatúas amaestradas;
-un furgón de un domesticador de focas, y un tílburi
-de un charlatán vendedor de específicos, prestidigitador,
-sacamuelas y frenólogo.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_164" id="Page_164">[164]</a></span></p>
-
-<p>En el camino nos encontramos con saltimbanquis, gitanos,
-y alguna mujer harapienta con un carretón donde
-llevaba un organillo y la familia menuda.</p>
-
-<p>En los tres días que fuí en compañía de monsieur David,
-puse los más brillantes colores en las mejillas de
-Fualdés, el asesinado; animé los ojos de María Antonieta,
-de Carrier, de Napoleón, de Danton y de Marat,
-y comenzaba unos bocetos de fieras cuando nos detuvimos
-en una posada, poco antes de llegar a Pau.</p>
-
-<p>Estaba lloviendo; se metieron las carretas en un corral
-y nos reunimos en un cuarto de la posada, el domador
-húngaro y su criado, el charlatán prestidigitador,
-un ventrílocuo, el domesticador de focas, la madama de
-las cacatúas, monsieur David y yo.</p>
-
-<p>Cenamos juntos, y como esta gente es jactanciosa,
-cada cual contó sus triunfos en los diferentes pueblos
-del tránsito. El domesticador de focas hizo tales elogios
-de sus animales, que la gente los tomó a broma. Apostó
-entonces él a que enviaba a su Baby, la mejor de sus
-focas, con una carta para monsieur David, y a que se la
-entregaba. Se aceptó la apuesta y se puso dinero en pro
-y en contra. El domesticador salió del cuarto al patio y,
-poco después, vimos a la foca que avanzaba pesadamente
-con sus aletas por el pasillo, entraba en el cuarto
-donde estábamos, ofrecía un sobre que llevaba en la
-boca a monsieur David y le hacía una ceremoniosa reverencia.
-Se aplaudió al domesticador de focas y a su
-discípula Baby, que se dieron un beso. El charlatán explicó
-sus juegos de manos, y después sacó una baraja e
-invitó a una partida. Yo creí que los demás no aceptarían.
-¿A quién se le ocurre jugar a las cartas con un
-prestidigitador?</p>
-
-<p>Se sentaron en la mesa, y el charlatán, el domador,
-la madama de las cacatúas, el domesticador de focas y
-monsieur David barajaron y cortaron y se pusieron a
-jugar a la malilla. Yo me tendí en un diván y me quedé
-dormido.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_165" id="Page_165">[165]</a></span></p>
-
-<p>A media noche me despertaron los gritos.</p>
-
-<p>Todos vociferaban y discutían, y tenían montones de
-plata y de cuartos encima de la mesa.</p>
-
-<p>El domador debía de perder mucho; estaba anhelante,
-congestionado, con una gruesa vena hinchada en la
-frente. A cada momento se pasaba la mano por las patillas.
-La madama de las cacatúas marchaba también
-mal, a juzgar por su aire humillado; el domesticador de
-focas estaba indiferente; monsieur David sonreía, y el
-charlatán, delgado, mefistofélico, tenía un aire plácido e
-insinuante y ponía derecho un naipe en la nariz y seguía
-jugando.</p>
-
-<p>Mientrastanto el ventrílocuo, alto y flaco, con los
-brazos y piernas recogidos en la silla, sacaba unas extrañas
-voces de su cuerpo.</p>
-
-<p>El final del juego se aproximaba, y, efectivamente, en
-una pasada, el dinero del domador húngaro desapareció
-y fué a parar a manos del charlatán y de monsieur
-David. El domador se irguió lanzando juramentos, y los
-gananciosos, con aire compungido y los bolsillos llenos,
-se prepararon a levantarse.</p>
-
-<p>&mdash;Esperen ustedes&mdash;gritó el domador&mdash;. Me deben
-el desquite. Vuelvo en seguida.</p>
-
-<p>Salió el domador, y al momento monsieur David y el
-charlatán se escabulleron del cuarto. El ventrílocuo, el
-de las focas y la madama de las cacatúas hicieron lo
-mismo.</p>
-
-<p>Yo iba también a salir y me dispuse a ponerme los
-zapatos cuando entró el domador de nuevo con un látigo
-seguido de dos panteras.</p>
-
-<p>Yo quedé horrorizado.</p>
-
-<p>Al ver que no había ningún jugador se puso a pasear
-por el cuarto furioso, gritando y blasfemando y dando
-trallazos en el aire, mientras las dos fieras que traía saltaban
-y enseñaban los dientes.</p>
-
-<p>Yo estaba espantado. El domador se fijó en mí y se
-acercó al diván.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_166" id="Page_166">[166]</a></span></p>
-
-<p>Me dijo burlonamente que el dueño de las figuras de
-cera y el prestidigitador le habían robado su dinero. Era
-necesario que le pagase yo.</p>
-
-<p>&mdash;Yo, hombre, ¿por qué?</p>
-
-<p>&mdash;Porque me han estafado. Venga el dinero... Si no...</p>
-
-<p>&mdash;Si no..., ¿qué pasará?</p>
-
-<p>&mdash;Se arrepentirá usted&mdash;y dió un latigazo sobre el
-diván, y las dos panteras saltaron como gatos.</p>
-
-<p>&mdash;Espere usted, espere usted, no tenga usted prisa
-le dije yo, y me levanté y me puse tranquilamente la
-chaqueta.</p>
-
-<p>&mdash;Pronto, pronto&mdash;gritó él, asombrado de mi súbita
-serenidad.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah! ¿Pronto? Pues ahora le voy a decir a usted una
-cosa.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué?</p>
-
-<p>&mdash;Que no le voy a dar a usted nada.</p>
-
-<p>&mdash;¿No? Y levantó el látigo.</p>
-
-<p>&mdash;No&mdash;le dije yo, y le pegué un puñetazo en la barba
-que lo tumbé al suelo, derribando una silla y la
-mesa.</p>
-
-<p>Las dos panteras se escondieron en un rincón asustadas.</p>
-
-<p>Antes de que el domador pudiera levantarse, abrí el
-cuarto, salí al patio y de aquí al camino. Crucé la aldea
-y fuí andando hasta que se hizo de día. Estaba a poca
-distancia de Pau; llegué a esta ciudad, entré en una posada,
-me lavé, me puse mi traje de señor y metí el otro
-en el morral. Pregunté cómo podría salir para Bayona.
-Me indicaron el punto donde partían las diligencias, y
-me encaminé hacia él con el morral convertido en
-maleta.</p>
-<hr class="chap" />
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_167" id="Page_167"></a></span></p>
-
-
-
-
-<h4 id="II_I_XIII">XIII.<br />
-COMIENZO DE UNA AVENTURA ROMÁNTICA</h4>
-
-
-<p><span class="smcap">Estaba</span> sentado en un banco de la Plaza Real esperando
-que dieran las ocho y se abrieran las oficinas
-de la diligencia, cuando vi dos mujeres de luto
-que avanzaban vacilando y mirando a derecha e izquierda.</p>
-
-<p>Se sentaron en el mismo banco que yo; pero debían
-estar impacientes, porque se levantaron pronto, dejando
-un paquete en el asiento.</p>
-
-<p>Al notarlo llamé a las dos damas y les di lo que olvidaban.</p>
-
-<p>&mdash;¡Gracias! ¡Muchas gracias!&mdash;exclamó la mayor de
-las dos&mdash;. No sé dónde tenemos la cabeza.</p>
-
-<p>&mdash;Si en algo puedo servirlas, lo haré con mucho gusto&mdash;les
-dije yo.</p>
-
-<p>&mdash;Venimos a buscar la diligencia que va hacia
-Orthez.</p>
-
-<p>&mdash;Yo también; pero me han dicho que no hay diligencia
-hasta el mediodía. Ahora únicamente se puede
-tomar un pequeño coche, que llaman Cuco.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y cuándo va a salir?</p>
-
-<p>&mdash;Parece que hasta dentro de hora y media no sale.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y qué hacemos aquí hora y media?&mdash;exclamó la
-joven&mdash;. Nos van a conocer.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_168" id="Page_168">[168]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;¿Usted ha tomado el billete?&mdash;me preguntó la señora
-mayor.</p>
-
-<p>&mdash;No; todavía, no.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quiere usted acompañarnos?</p>
-
-<p>&mdash;Con mucho gusto.</p>
-
-<p>Nos metimos los tres en un café que acababan de
-abrir.</p>
-
-<p>La señora mayor tenía unos cincuenta o cincuenta y
-cinco años, y llevaba tocas de viuda; la otra era una
-muchacha, pálida e insignificante, de unos veintitrés
-años.</p>
-
-<p>La señora hablaba con un acento nervioso y asustado;
-la señorita estaba como apabullada.</p>
-
-<p>Cuando pasó el tiempo necesario nos acercamos al
-despacho de diligencias. Esperamos a que prepararan el
-Cuco, y entramos en él las dos señoras y un capitán de
-la gendarmería de Bayona, que había ido a Pau a recibir
-órdenes, y yo.</p>
-
-<p>El capitán y yo hablamos. La señora mayor no hacía
-mas que saltar en el asiento, de impaciencia. El Cuco
-marchaba perfectamente, con un movimiento suave.</p>
-
-<p>En los diferentes puntos que mudaban los caballos se
-presentaban los gendarmes y preguntaban invariablemente
-si no iban españoles.</p>
-
-<p>&mdash;Point d'espagnols&mdash;decía el capitán&mdash;. Dos damas
-francesas, un señor inglés y un capitán de la gendarmería
-real.</p>
-
-<p>&mdash;Perdón, mi capitán&mdash;decían los gendarmes, haciendo
-el saludo militar.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué preguntan siempre si van españoles?&mdash;dije
-yo.</p>
-
-<p>&mdash;Es que se teme que haya por aquí agentes españoles
-revolucionarios&mdash;contestó al capitán.</p>
-
-<p>Llegamos a Orthez por la mañana. El capitán y yo
-ofrecimos a las señoras nuestra compañía, y como ellas
-aceptaron, fuimos hasta su casa. El capitán dió el brazo
-a la mayor, y yo a la muchacha. Llegamos delante de<span class="pagenum"><a name="Page_169" id="Page_169">[169]</a></span>
-la puerta de la verja de una magnífica posesión y nos
-despedimos de las señoras. El capitán fué hacia un lado
-y yo hacia el contrario. Avancé un poco paralelamente
-a la verja, que era más larga de lo que yo me figuraba,
-y al volver vi que las dos mujeres estaban todavía a la
-entrada.</p>
-
-<p>&mdash;¿No les oyen?&mdash;les pregunté&mdash;. ¿Quieren ustedes
-que yo llame?</p>
-
-<p>&mdash;No, no&mdash;dijeron las dos, asustadas.</p>
-
-<p>&mdash;Lo que ustedes quieran&mdash;y me preparé a seguir.</p>
-
-<p>&mdash;¿Podría usted hacernos un favor?&mdash;me preguntó la
-señora con su voz trágica.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, con mucho gusto.</p>
-
-<p>&mdash;Querríamos entrar en el parque sin que nos viera
-el portero.</p>
-
-<p>&mdash;No sé la manera.</p>
-
-<p>&mdash;Hay una puerta chiquita, cerrada con solo un cerrojo,
-aquí, a un lado.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y desde fuera cómo la va usted a abrir?</p>
-
-<p>&mdash;No, desde fuera ya sé que no. ¿Usted no sería capaz
-de escalar esta verja?</p>
-
-<p>&mdash;¡Escalar la verja! ¿Y si le ven a uno?</p>
-
-<p>&mdash;No. No se levanta en la casa nadie hasta muy tarde.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno; avísenme ustedes si aparece alguien.</p>
-
-<p>Sin más dejé mi fardelillo en el suelo, escalé la verja,
-bajé por el otro lado, corrí hacia la puerta pequeña y
-abrí el cerrojo. Las dos mujeres entraron en el jardín y
-yo salí al camino.</p>
-
-<p>Al pasar de nuevo por delante de la puerta de la verja
-estaba la señora aguardando y me dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Quiero darle a usted una explicación y hablar con
-usted. Venga usted cuando se haga de noche a esta
-verja.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, señora, vendré.</p>
-
-<p>Me fuí a una fonda con la imaginación un poco excitada,
-y de noche me presenté en la verja. Al poco rato
-llegó la señora. Me habló durante más de una hora con<span class="pagenum"><a name="Page_170" id="Page_170">[170]</a></span>
-un tono inquieto, lleno de angustia, y me contó, atropelladamente,
-una porción de cosas.</p>
-
-<p>Aquella dama era pariente y al mismo tiempo señora
-de compañía de la muchacha joven que había venido
-con ella en el coche. Se llamaba madama Domesan. La
-muchacha, Gabriela de Beaumont; por lo que me dijo,
-vivía con su padre, su tío y una señora amiga de su padre,
-Enriqueta Sarrazin, que se había hecho dueña de
-la casa de tal manera, que los tenía presos a todos, sin
-dejarles salir de allí.</p>
-
-<p>El día anterior esta señora había marchado del castillo,
-y aprovechando su salida, Gabriela y ella habían
-ido a Pau a hablar con un pariente y a explicarle la situación
-en que se encontraban, pero no le habían visto.</p>
-
-<p>En la casa, la Enriqueta Sarrazin mandaba como
-dueña, y había dispuesto casar a su hijo, que era un
-perturbado, con Gabriela, y estaba aislando a la familia
-de Beaumont de sus amigos y parientes, de tal manera,
-que ya nadie entraba en la casa. En los planes le
-ayudaba un cura del pueblo.</p>
-
-<p>Después de todos estos datos, madama Domesan me
-dijo que si yo tenía valor y energía para ello, que me
-presentara al día siguiente en el castillo preguntando
-por el vizconde Beaumont de Lomagne; que le dijera
-que llegaba de Londres y que era aficionado a los árboles
-y a las plantas exóticas, y que quería ver el parque
-y el invernadero, y me hiciera amigo de él.</p>
-
-<p>Me sugestionaron los relatos de aquella dama y prometí
-seguir la aventura.</p>
-
-<p>Al día siguiente, al mediodía, me presenté en el castillo
-y llamé tirando de la cadena.</p>
-
-<p>Salió a abrir un portero viejo, con una gran librea; le
-di mi tarjeta, y esperé.</p>
-
-<p>Poco después se abrió la verja, y el criado me dijo
-que pasara.</p>
-
-<p>Comencé a marchar por una avenida enarenada. Al
-final de ésta se veía un edificio grande, pesado, de<span class="pagenum"><a name="Page_171" id="Page_171">[171]</a></span>
-piedra, con varias torres de pizarra adornadas con
-veletas.</p>
-
-<p>A un lado y a otro había árboles centenarios, altísimos,
-y delante de la fachada del castillo, un estanque
-oval, de agua profunda y obscura, a cuyo alrededor las
-hojas caídas en muchos años formaban como un marco
-de plata.</p>
-
-<p>Este estanque parecía un espejo negro que reflejase el
-cielo a través del follaje de los árboles. Bordeando el estanque
-nos acercamos al castillo, y entramos en un gran
-zaguán, que parecía una cripta, con el suelo, las paredes
-y el techo de piedra. Subimos la ancha escalera, pasamos
-un salón grande como un museo y fuimos a un
-gabinete elegante, pero también triste, en donde había
-dos viejos momificados sentados el uno frente al otro,
-la señora y la señorita del coche y madama Sarrazin,
-una mujer de cara juanetuda, de ojos claros y pelo
-blanco.</p>
-
-<p>El vizconde me saludó amablemente. Era un hombre
-alto, encorvado y pálido, con un aire de temor y de cansancio.</p>
-
-<p>Vestía un traje del tiempo del Imperio, y al andar parecía
-arrastrarse.</p>
-
-<p>Su hermano, el caballero de Maslac, era un vejestorio
-del tipo más completo del antiguo régimen; llevaba calzones
-de terciopelo de color, medias de seda, casaca y
-coleta. Iba perfumado, pintado, con colorcitos en las mejillas
-y en los labios; los dientes, postizos, y peluca. Usaba
-constantemente un lente y una tabaquera; en los
-dedos, anillos, y dijes, y, al levantarse de la butaca, se
-apoyaba en un bastón con puño de oro.</p>
-
-<p>La señorita Gabriela y madama Domesan me saludaron
-amablemente, y la señora Sarrazin apenas se dignó
-mirarme.</p>
-
-<p>El vizconde de Beaumont, que tenía la manía de la
-botánica, me mostró el parque y el invernadero de su
-castillo.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_172" id="Page_172">[172]</a></span></p>
-
-<p>El parque era tristísimo; parecía que habían querido
-darle un aire lúgubre, haciendo que los árboles gigantescos
-estuvieran tan cerca uno de otro que, paseando
-por las sendas, no se veía el cielo.</p>
-
-<p>El estanque reflejaba las nubes como una pupila desesperada
-y sombría.</p>
-
-<p>El vizconde me enseñó la antigua torre de los Beaumont,
-con sus baluartes y sus argollas, que daban al río
-y servían para atar las gabarras.</p>
-
-<p>Después de ver sus plantas extrañas, dije que tenía
-que marcharme; pero el vizconde me rogó varias veces
-que me quedara a cenar y a dormir. Como este era mi
-objeto, me quedé allá.</p>
-
-<p>La cena fué siniestra. El vizconde miraba a un lado y
-a otro, como poseído por el mayor espanto; el caballero
-de Maslac, con sus adobes y sus dijes, parecía una momia
-desenterrada.</p>
-
-<p>No se habló en la mesa mas que de genealogías, y
-únicamente el vizconde interrumpía esta conversación
-para disertar acerca de botánica. Después de cenar jugaron
-una partida de cartas entre los dos viejos, la Sarrazin
-y Gabriela, y madama Domesan me indicó que
-fuera a la biblioteca, donde hablaríamos.</p>
-
-<p>Efectivamente, fuí a ella y hablamos largamente. Me
-dijo, de una manera nerviosa y perentoria, que yo, que
-había sido simpático al vizconde, debía entrar en la casa
-y luchar contra la influencia de madama Sarrazin, que
-les dominaba a todos.</p>
-
-<p>Después me contó, con su tono dramático, la historia
-de un muchacho que había galanteado largo tiempo a
-Gabriela, y a quien se había encontrado ahogado en el
-río, y de un hombre misterioso que aparecía de cuando
-en cuando en las proximidades del castillo.</p>
-
-<p>Luego me habló de su vida y de su familia.</p>
-
-<p>Me dijo que ella procedía del secretario de Felipe II,
-Antonio Pérez.</p>
-
-<p>&mdash;Al evadirse Antonio Pérez de la cárcel de la Inqui<span class="pagenum"><a name="Page_173" id="Page_173">[173]</a></span>sición
-de Zaragoza&mdash;me contó&mdash;, se refugió en el Bearn
-y fué protegido por Enrique IV y por Margarita de Valois.
-Antonio Pérez tuvo amores con una señora de Orthez, y
-su hijo se estableció aquí definitivamente, y de él procedo
-yo.</p>
-
-<p>Siguió la señora Domesan contando una serie de relatos
-de crímenes y de sucesos extraños donde aparecían
-asesinos, misterios, fantasmas, y llegué a pensar si
-aquella mujer estaría un poco perturbada, y sería, sin
-proponérselo, una especie de Anna Radcliffe gascona.
-Por lo menos era un folletín de muchas entregas.</p>
-
-<p>Al pasar a la alcoba que me destinaron, que era inmensa
-y obscura, no pude dormir. Toda la noche la
-pasé pensando en ahogados y muertos.</p>
-
-<p>Al día siguiente comprendí que aquellas grandezas
-no eran para mí, y, sin despedirme de nadie, con el pretexto
-de dar un paseo, me marché del castillo y no
-volví.</p>
-<hr class="chap" />
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_174" id="Page_174"></a>
-<a name="Page_175" id="Page_175"></a></span></p>
-
-
-
-
-<h4 id="II_I_XIV">XIV.<br />
-EN LA DILIGENCIA</h4>
-
-
-<p><span class="smcap">Corrí</span> con mi morral al sitio donde salían las diligencias
-y tomé un asiento para Bayona.</p>
-
-<p>Me encontré con el mismo capitán de la gendarmería
-con quien había ido a Orthez. Nos saludamos y nos dimos
-nuestros nombres. Me dijo que se llamaba Montmartin,
-y me invitó a tomar una copa de coñac.</p>
-
-<p>En la diligencia iba mucha gente que subía y bajaba
-en los pueblos pequeños, llevando cestas y encargos, y
-un comerciante bayonés, con su mujer y dos hijas.</p>
-
-<p>Una de ellas, por lo que contó su madre, tenía una
-voz preciosa, y había obtenido un gran éxito cantando
-la Cavatina «Una voce poco fá», del <i>Barbero de Sevilla</i>,
-en una de las casas del gran mundo de Orthez.</p>
-
-<p>La otra señorita poseía, según su madre, grandes conocimientos
-literarios e históricos, y sabía el inglés y el
-español. Había sido muy galanteada por un joven oficial
-de la guarnición de Orthez, llamado Alfredo de Vigni,
-que había escrito para ella una poesía preciosa.</p>
-
-<p>A pesar de hablar yo bastante mal el francés («¡Celibataire,
-une boutaille de cercueil!), quedé un poco mejor
-que el capitán de la gendarmería, pues éste consideraba
-que ante las señoras debía tomar una aptitud rígida,
-como si estuviera en actos de servicio.</p>
-
-<p>Quizá influían en su tiesura las frecuentes libaciones,<span class="pagenum"><a name="Page_176" id="Page_176">[176]</a></span>
-pues aprovechaba todas las paradas para intoxicarse
-cuanto podía.</p>
-
-<p>Con este combustible se reveló en él su fondo de francés,
-y dijo que Napoleón era un grande hombre, a quien
-los ingleses habían hecho perecer miserablemente. Habló
-también de la batalla de Orthez, en que Wéllington,
-con el ejército aliado, había batido al mariscal Soult, y
-se deshizo en insultos contra el vencedor de Waterloo.</p>
-
-<p>El comerciante bayonés y su familia parecían desolados
-al oír esto, y me miraban como pidiéndome mil perdones.</p>
-
-<p>El capitán vió que yo no me daba por aludido, se calmó,
-se hizo amigo mío y amenizó el viaje con algunos
-cuentos de cuerpo de guardia.</p>
-
-<p>A la tardecita llegamos a Bayona, y, pasado el puente
-sobre el Adour, el sargento del puesto de la gendarmería
-preguntó si no había viajeros españoles. El capitán
-Montmartin dijo que no, y seguimos adelante hasta la
-plaza de Armas.</p>
-
-<p>El capitán sintió no sé por qué un vago impulso de
-simpatía o de remordimiento al despedirse de mí, quizá
-por haber hablado mal de los ingleses, y me invitó a cenar
-con él al café del Comercio tan insistentemente, que
-tuve que aceptar.</p>
-
-<p>Estaba el café, envuelto en una nube de humo,
-atestado de oficiales de la guarnición. Se hablaba a
-gritos.</p>
-
-<p>En una mesa había un grupo de tenientes y suboficiales,
-y uno de ellos leía un libro que acababa de publicarse,
-de un tal Paul de Kock, llamado <i>Gustavo el
-calavera</i>. Los que escuchaban se reían a carcajadas. El
-capitán Montmartin y yo nos acercamos al grupo, y
-aunque yo apenas oía la lectura, contagiado por la risa
-de todos, acabé por reírme.</p>
-
-<p>Mareado y algo intoxicado me despedí de Montmartin
-y me fuí a la fonda. Al día siguiente me levanté temprano
-y salí a la calle. Vi muchos grupos de españoles<span class="pagenum"><a name="Page_177" id="Page_177">[177]</a></span>
-que me dijeron eran realistas, y entre ellos un cura y
-un fraile, el uno con su gran sombrero de teja y el otro
-con su cerquillo.</p>
-
-<p>Los dos tiraban al blanco con carabina y tenían una
-magnífica puntería.</p>
-
-<p>&mdash;Son soldados de la Fe&mdash;me dijo un francés que
-debía ser realista entusiasta.</p>
-
-<p>&mdash;No cabe duda que con esa puntería&mdash;le contesté
-yo&mdash;han de ganar muchas almas para el cielo.</p>
-<hr class="chap" />
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_178" id="Page_178"></a>
-<a name="Page_179" id="Page_179"></a></span></p>
-
-
-
-
-<h4 id="II_I_XV">XV.<br />
-MARY LA DE BIRIATU</h4>
-
-
-<p><span class="smcap">En</span> la fonda de Bayona me dijeron que podía ir a
-San Juan de Luz a caballo en un cacolet. No sabía
-lo que era esto, que resultó un artefacto que en castellano
-llaman jamugas.</p>
-
-<p>Llegué a San Juan de Luz en mi cacolet; dejé el morralillo
-en un fonducho de la salida del pueblo y fuí a
-estirarme las piernas hacia la playa.</p>
-
-<p>Me sorprendió un chubasco y entré en un café pequeño
-y me senté delante de una ventana con cristales, y
-estuve contemplando cómo chocaban las gotas de agua
-en la tierra, y las nubes que corrían por el cielo.</p>
-
-<p>Al terminar el chaparrón volví al fonducho de la salida
-del pueblo e hice mis preparativos para entrar al día
-siguiente en España.</p>
-
-<p>Estaba sentado en la mesa y estudiando un mapa
-cuando entró una muchacha a preguntarme si quería cenar.
-Al verla, me pareció que el cuarto se iluminaba; tan
-bonita era.</p>
-
-<p>&mdash;¿Usted me va a servir la cena?&mdash;le dije.</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;No creí poder ser tan feliz.</p>
-
-<p>Ella se rió. Yo la contemplé embobado. Tenía unos
-ojos claros azul verdosos, una boca burlona y un cuerpo<span class="pagenum"><a name="Page_180" id="Page_180">[180]</a></span>
-ligero y fuerte al mismo tiempo. Era un fruto del Norte
-dorado por el sol del mediodía.</p>
-
-<p>Le pregunté cómo se llamaba y me dijo que Mary; le
-volví a preguntar de dónde era y me contestó que de
-Biriatu, un pueblecillo pequeño asentado en un cerro
-próximo al Bidasoa.</p>
-
-<p>&mdash;Voy a quedarme aquí&mdash;le dije&mdash;para poder verla
-a usted muchos días.</p>
-
-<p>&mdash;No podrá ser&mdash;contestó ella.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué?</p>
-
-<p>&mdash;Porque me marcho a Biriatu mañana.</p>
-
-<p>&mdash;Iré yo a Biriatu.</p>
-
-<p>&mdash;Es igual; no me verá usted.</p>
-
-<p>&mdash;¿Tendrá usted novio?</p>
-
-<p>&mdash;No.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero tendrá usted muchos pretendientes?</p>
-
-<p>&mdash;No; tampoco.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo puede ser eso, siendo tan bonita?</p>
-
-<p>&mdash;No opinan todos como usted&mdash;me replicó riendo.</p>
-
-<p>&mdash;Eso es imposible&mdash;exclamé&mdash;. ¿Es que los hombres
-de este país no tienen ojos? ¿Es que son como esos
-peces de los lagos sin luz, que son ciegos? ¿Es que tienen
-alguna membrana nictitante perpetua? ¿Es que...?</p>
-
-<p>Mary la de Biriatu iba y venía trayendo platos, haciendo
-poco caso de mis frases.</p>
-
-<p>Cuando se acabó la cena le dije que ya que no podía
-verla quería marcharme al amanecer y que me diera la
-cuenta.</p>
-
-<p>Me la trajo y quise darle de propina un luis de oro.</p>
-
-<p>&mdash;No, no&mdash;me dijo&mdash;; guárdese usted su moneda de
-oro. No la quiero.</p>
-
-<p>&mdash;¡Pero, si yo no la pido nada a cambio!</p>
-
-<p>&mdash;Es igual; no la quiero. Le hará a usted más falta
-que a mí. ¡Adiós! Buenas noches.</p>
-
-<hr class="tb" />
-
-<p>J. H. Thompson dice, al llegar aquí, que se metió en
-su cuarto y sacando lápiz y papel escribió una poesía
-<span class="pagenum"><a name="Page_181" id="Page_181">[181]</a></span>
-en inglés en honor de la muchacha que encontró en la
-fonda. La tal poesía es una españolada poco seria que
-no nos puede agradar a las personas sensatas, y si la
-traducimos y la copiamos es, más que para otra cosa,
-para demostrar la extravagancia de los extranjeros cuando
-se ocupan de España. Dice así la canción traducida
-al pie de la letra:</p>
-
-<p class="p2 center">«<i>A Mary la de Biriatu</i>:</p>
-
-
-
-<p class="p2 i2">»Tienes los ojos azul verde claros, Mary la de Biriatu,
-como las olas del mar; tienes la boca burlona y fresca y
-el cuerpo ágil y armónico como el de una diosa. Cuando
-te veo marchar de aquí para allá, mi corazón tiembla
-y siente el mismo sobresalto que si fuera una pieza de
-porcelana de Sèvres en manos de una criada cerril, o la
-copa más fina de cristal de Bohemia entre los dedos de
-un chico atolondrado.</p>
-
-<p class="i2">»Eres amable, Mary la de Biriatu, y, sin embargo,
-eres cruel. Tienes la crueldad de la fuerza, que no sospecha
-la debilidad ajena; tienes la exactitud del teorema
-matemático, que es un tormento para la inteligencia
-obscura; eres soberbia como la Naturaleza, y yo soy humilde
-como una cosa humana.</p>
-
-<p class="i2">»¡Si tú quisieras!, yo saldría de mí mismo como un
-dragón de su agujero, y sería el hombre más turbulento
-y más dionisíaco de la tierra. Pero no, no lo sería; lo
-soy ya.</p>
-
-<p class="i2">»Me he transfigurado, y las furias anidan en mi corazón.
-Ya no soy un inglés pesado y grueso; soy andaluz
-y tengo sangre mora en las venas; tengo garras como
-las águilas y colmillos agudos como los tigres. Ya no
-diseco fieras, las mato; ya no discuto con los hombres,
-los domino.</p>
-
-<p class="i2">»Ven conmigo, Mary, Mary la de Biriatu. Yo te llevaré
-en mi caballo cordobés, desde el Pirineo a Sierra Ne<span class="pagenum"><a name="Page_182" id="Page_182">[182]</a></span>vada
-y reposaremos al pie de las palmeras de Andalucía
-al son de las castañuelas y las guitarras.</p>
-
-<p class="i2">»Si quieres que sea contrabandista, Mary, me haré
-contrabandista; si quieres que sea salteador de caminos,
-lo seré sin miedo e imitaré al bandido generoso,</p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry"><div class="stanza">
-<div class="line">el que a los ricos robaba</div>
-<div class="line">y a los pobres protegía.</div>
-</div></div></div>
-
-
-
-<p class="i2">»Para mí no habrá más leyes que tu capricho, Mary,
-Mary la de Biriatu; para mí no habrá más cielo azul que
-el azul verdoso de tus ojos. Con el trabuco al brazo,
-montado en mi jaca torda, seré una exhalación. Yo me
-escabulliré de entre las manos de la justicia y haré llorar
-de rabia a los alguaciles, y a los alcaldes, y a los
-corchetes de la Santa Hermandad.</p>
-
-<p class="i2">»¿Hay que desafiar al rey, a la Inquisición, a los ángeles,
-a los demonios?</p>
-
-<p class="i2">»Aquí estoy yo. Yo robaré las alhajas de la Virgen
-para adornar tu garganta y te daré la Biblia de Lutero
-para que con sus hojas hagas papillotes.</p>
-
-<p class="i2">»Y cuando el mundo entero esté retemblando con mi
-gloria como una caldera de vapor, y mis hazañas sean
-cantadas por los ciegos, tú, con tu mantilla de casco y
-una peineta de concha; yo, con el calzón corto y mi
-capa andaluza, iremos los dos del brazo a la corrida.</p>
-
-<p class="i2">»Ven conmigo, Mary, Mary la de Biriatu. Mira que
-soy capaz de todo por ti. Mira que si no te pierdes al
-mismo Robin Hood con calañés».</p>
-
-<p class="p2">Esta es la absurda e insensata poesía que J. H.
-Thompson dedicó a la muchacha de la fonda de San
-Juan de Luz, donde estuvo hospedado, y que ha desagradado
-profundamente a varias personas respetables
-que la han leído.</p>
-<hr class="chap" />
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_183" id="Page_183"></a></span></p>
-
-
-<h4 id="II_I_XVI">XVI.<br />
-LA VENTA DE INZOLAS</h4>
-
-
-<p><span class="smcap">Después</span> de descargar mi corazón en estos versos
-me tendí en la cama, me quedé dormido, y por
-la mañana, al amanecer, me levanté y salí de casa.</p>
-
-<p>&mdash;Veremos lo que nos reserva la suerte&mdash;me dije.</p>
-
-<p>Anduve una legua antes de que saliera el sol, y me
-senté al pie de un árbol y saqué del bolsillo mi mapa
-de España. Estaba publicado en Londres, en 1808, por
-la casa John Stockdale de Piccadilly, y debió de servir
-para las tropas de Wéllington que iban a la Península.</p>
-
-<p>&mdash;Como no tengo objeto&mdash;murmuré&mdash;, seguiré el
-meridiano. El mito de mi tío el comandante Cox y el
-meridiano serían mis directrices.</p>
-
-<p>Decidí pasar uno o dos meses en el país vasco, medio
-año en Castilla, e ir a parar a Andalucía. Estaba enfrascado
-en la observación del mapa cuando pasó una chiquilla
-que se me quedó mirando.</p>
-
-<p>Me levanté y la pregunté:</p>
-
-<p>&mdash;¿Este es el camino de Navarra?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>La muchacha iba hasta un caserío llamado Herburu,
-y yo fuí con ella.</p>
-
-<p>Encontré a un aduanero francés a quien le dije me
-indicara el camino de España. Me miró con desconfianza
-y me mostró un sendero.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_184" id="Page_184">[184]</a></span></p>
-
-<p>Siguiéndolo, llegué a un bosque bastante cerrado, con
-una venta, la venta de Inzola. Estaba en territorio español.
-Pedí en la venta que me pusieran algo de comer, y
-con un gran trozo de pan, de chorizo y de queso y una
-botella de vino, me senté en la hierba, en un prado. Brillaban
-las margaritas y las flores del brezo; una serpentaria
-mostraba su mazorca roja entre lo verde. Corría allá
-un vientecillo del mar fresco y agradable; el cielo estaba
-muy azul; en Francia se veía la llanura y la costa;
-hacia España, un laberinto de montes ceñudos y sombríos.
-Unos grillos amenizaban la soledad y un cuco
-lanzaba su voz irónica entre los árboles.</p>
-
-<p>Devoré mis provisiones, y después dirigí un <i>toast</i>
-elocuente a la vieja España de Don Quijote, y del Cid, y
-de San Ignacio de Loyola. Añadí a Loyola, para probarme
-a mí mismo, que este Amadís de Gaula, católico y
-papista, no sólo no irritaba mis sentimientos de protestante
-de raza, sino que veía en él un hermoso manantial
-de energía y de tesón.</p>
-
-<p>Después de este <i>toast</i> hice mi segunda libación brindando
-por las damas españolas, los caballeros, las majas,
-los toreadores, los gitanos, los corchetes, los alguaciles
-y los alcaldes, y, sobre todo, por la bella entre las
-bellas, Mary la de Biriatu. Como me quedaba más vino
-en la botella y no era desagradable, tuve que brindar
-por el mar, por el cielo azul, y hasta por la Cosa en sí,
-y me quedé un momento dormido.</p>
-<hr class="chap" />
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_185" id="Page_185"></a></span></p>
-
-
-
-
-<h3>SEGUNDA PARTE<br />
-DEL PIRINEO A MADRID</h3>
-
-
-<h4 id="II_II_I">I.<br />
-LOS PLACERES DEL CAMPO</h4>
-
-
-<p><span class="smcap">Cuando</span> yo leía de chico las descripciones de los
-placeres campestres&mdash;dice J. H. Thompson&mdash;,
-me parecían una de las cosas más insulsas y más tontas
-del mundo. Es extraño cómo la retórica, a fuerza de
-repetir las mismas frases, llega a borrar todo sentido de
-la realidad.</p>
-
-<p>Los placeres campestres en las páginas de los escritores
-bucólicos del siglo <span class="smcap">XVII</span> y <span class="smcap">XVIII</span> han sido siempre
-placeres amables y sociales; se ve que para estos escritores
-la Naturaleza estaba representada por un parque
-bien cuidado, como para Fenelón la gruta de Calipso
-era uno de los subterráneos del jardín de Versalles. Los
-placeres campestres en la pintura han sido también tan
-sosos, tan amanerados, como los descriptos por los
-poetas.</p>
-
-<p>Al llegar a vivir en el campo por primera vez, nunca
-recordé las descripciones que había leído en la infancia,
-ni los cuadros de los pintores. No me acordé jamás de
-Galatea, ni de Amarilis, ni de Thirsis, ni de Nemoroso;
-todas estas amables personificaciones no salieron del estante
-que les corresponde en el armario de la guardarro<span class="pagenum"><a name="Page_186" id="Page_186">[186]</a></span>pía
-poética para presentarse a mi imaginación. Me desdeñaron
-tanto como les desdeñaba yo a ellas.</p>
-
-<p>Al acercarme al campo, la Naturaleza, en vez de una
-impresión amable, pastoril y bucólica, me dió una sensación
-ruda y me habló con una voz áspera y discordante.</p>
-
-<p>El viento y la lluvia, el murmullo de los árboles en el
-follaje y el rumor del arroyo, el caminar por entre las
-altas hierbas o por el claro del bosque me produjeron
-una sorpresa.</p>
-
-<p>Tuve también otras sorpresas y descubrimientos. Uno
-de éstos fué encender hogueras.</p>
-
-<p>Pocas cosas me han parecido tan sugestivas. ¡Hacer
-fuego al borde de un camino y ver cómo chisporrotean
-las hierbas secas, serpentean las llamas y se desparrama
-el humo por el aire! ¡Qué gran placer! ¡Qué eterna
-admiración!</p>
-
-<p>Siempre parece un espectáculo nuevo, como si guardara
-uno en el fondo del alma el asombro del hombre
-primitivo, descubridor del fuego al ver levantarse las
-llamas en el aire.</p>
-
-<p>Este es uno de los grandes placeres tristes y melancólicos
-del campo. Mirar la llama de la hoguera, ver el
-humo que mancha las claridades del crepúsculo, mientras
-las estrellas comienzan a presentarse en el cielo...</p>
-
-<p>Hoy, al pensar en ello, siento melancolía, la melancolía
-del enamorado de la Naturaleza unida a la melancolía
-del reumático.</p>
-<hr class="chap" />
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_187" id="Page_187"></a></span></p>
-
-
-
-<h4 id="II_II_II">II.<br />
-ERLAIZ EL PANADERO</h4>
-
-
-<p><span class="smcap">Después</span> de mis libaciones dejé la venta de Inzola
-y comencé a marchar hacia Vera. Enfrente tenía
-un enmarañamiento de montañas fragosas y obscuras,
-de crestas y de barrancos.</p>
-
-<p>Por toda la zona pirenaica vasconavarra ocurre lo
-mismo: lo trágico y fosco ha quedado para España; lo
-sonriente y amable, para Francia.</p>
-
-<p>A pesar de esto, el espíritu de los vascos de un lado
-y otro de la frontera ha quedado el mismo; la misma
-seriedad, el mismo gusto por los trajes negros, el mismo
-aire de desilusión.</p>
-
-<p>Parece que este pequeño pueblo tiene la conciencia
-vaga de su desaparición, de su absorción por los de alrededor,
-y le queda la tristeza y el orgullo de los pueblos
-viejos que se hunden sin dejar apenas rastro de su
-existencia.</p>
-
-<p>Bajaba despacio de la venta de Inzola a Vera del Bidasoa
-cuando oí a lo lejos el ruido de una carreta.
-¡Cómo chirriaba! Tan pronto se la oía como se perdía su
-sonido, como volvía a aparecer. Estas carretas vascas
-tienen las ruedas de madera de una sola pieza y sujetas
-al eje, lo que hace el rozamiento muy grande.</p>
-
-<p>Preguntaba unos días después a los campesinos en
-Vera por qué hacían así las carretas, al menos por qué<span class="pagenum"><a name="Page_188" id="Page_188">[188]</a></span>
-no daban sebo a los ejes, y uno me dijo que con aquel
-chirrido áspero se divertían los bueyes, y otro, que así
-no había que avisar a nadie del paso de la carreta,
-porque el chirrido de las ruedas avisaba solo.</p>
-
-<p>Iba bajando al fondo de un arroyo, a cuyo borde se
-veían varios caseríos, cuando me encontré con un viejo
-que marchaba seguido de su perro. Era un hombre afeitado,
-encorvado, con un perfil de cuervo.</p>
-
-<p>Entablé conversación con él y, después de someterme
-a un interrogatorio, me dijo que andaba buscando
-minas.</p>
-
-<p>En el interrogatorio tuve que decir quién era y a qué
-venía a España, y eché mano del mito Cox y de la herencia,
-y expliqué mis planes.</p>
-
-<p>El mismo individuo me preguntó qué pensaba hacer
-en Vera; le dije que pasaría allí un día nada más y seguiría
-adelante.</p>
-
-<p>&mdash;¿Tiene usted posada?</p>
-
-<p>&mdash;No.</p>
-
-<p>&mdash;Pues yo le llevaré a casa de un paisano amigo mío,
-que le hospedará barato.</p>
-
-<p>Llegamos a uno de los barrios del pueblo al anochecer.
-En lo hondo de un valle se veían unas cuantas casas
-viejas en fila, envueltas en la niebla; el humo salía
-de las chimeneas en ligeras columnas azules.</p>
-
-<p>El viejo y yo recorrimos una calle larga, pasamos por
-cerca de la iglesia y salimos a la carretera, a orilla del
-Bidasoa, y en una casa con una tienda nos detuvimos.</p>
-
-<p>A la puerta estaba Erlaiz, el panadero; hablaba con
-un herrador de una fragua próxima. El panadero, un
-hombre bajo, cuadrado, picado de viruelas, de cara fosca
-y ceñuda, explicaba algo al herrador, hombre grueso,
-panzudo, con una sonrisa llena de malicia.</p>
-
-<p>El panadero nos recibió ásperamente, al viejo y a mí,
-y a una muchacha que estaba en la tienda le dijo que
-me llevara a una habitación.</p>
-
-<p>Crucé la tienda, subí a un cuarto pintado de verde,<span class="pagenum"><a name="Page_189" id="Page_189">[189]</a></span>
-me lavé y eché un vistazo al pueblo. El vasco es indiferente
-y un tanto hostil al extranjero; aunque se le hable
-en español, si le ven a uno extraño, le miran con desconfianza
-y con suspicacia. La gente a quien pregunté
-algo, en vez de responderme dándome los datos que les
-pedía, me contestaban preguntándome a qué venía y qué
-pensaba hacer.</p>
-
-<p>Estos vascos recelosos suponen que se les tiende un
-lazo al hacerles la pregunta más sencilla.</p>
-
-<p>Pensé que no estaría muchas horas en el pueblo.</p>
-
-<p>A la hora de cenar volví a mi posada de casa del panadero,
-y me hicieron pasar a un comedor, en donde se
-hallaban el buscador de minas, que había encontrado en
-el monte, Erlaiz y un militar.</p>
-
-<p>El panadero, mi patrón, cambiado por completo de aspecto,
-se mostraba sonriente y amable. Me indicaron mi
-sitio en la mesa, y nos pusimos a cenar.</p>
-
-<p>El viaje me había abierto el apetito, y di un ataque
-formidable a los platos, al pan y al vino. Los demás no
-se quedaron atrás. Después de cenar trajeron café y licores,
-y nos pusimos a hablar y a cantar. Yo no he visto
-compadres más alegres que aquéllos.</p>
-
-<p>El militar, guerrillero con Mina en la guerra de la Independencia,
-contó sus hechos de armas, y el panadero
-habló de sus aventuras en tierra de Castilla.</p>
-
-<p>Los dos estuvieron a cuál más exagerados.</p>
-
-<p>Estos buenos vascos, cuando se lanzan a ello, son un
-tanto fanfarrones, como los escoceses de Walter Scott,
-o como los gascones. Al oírles a ellos, cualquier encuentro
-de cincuenta hombres contra otros cincuenta es una
-batalla de Austerlitz; una aldea con cuatro casas viejas,
-una Florencia y un granero con una torre es el Louvre o
-el Kremlin.</p>
-
-<p>Después de las hazañas del militar y del panadero, el
-viejo buscador de minas, que se llamaba Bidarraín, nos
-dió lecciones de botánica y de mineralogía popular, mezcladas
-con algunas supersticiones.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_190" id="Page_190">[190]</a></span></p>
-
-<p>A las doce y media, rendido de sueño, me fuí a la
-cama, dormí de un tirón hasta las diez, y, al despertar,
-pensé si la cena de la noche habría sido una realidad o
-una fantasía.</p>
-
-<p>Me vestí, bajé a la tienda de Erlaiz y me lo encontré
-displicente y malhumorado.</p>
-
-<p>&mdash;Ahí ha venido ese viejo Bidarraín a preguntar por
-usted&mdash;me dijo&mdash;. En la huerta debe estar.</p>
-
-<p>Tomé el café con leche que me sirvió la sobrina de
-Erlaiz, salí a la huerta y encontré al viejo buscador de
-minas.</p>
-
-<p>Me preguntó si quería dar un paseo con él, le dije que
-sí y echamos a andar. Bidarraín me mostró varias muestras
-de mineral, y hablamos de mineralogía y de botánica.
-Luego le pregunté qué clase de hombre era Erlaiz,
-el panadero, pues me parecía de genio mudable.</p>
-
-<p>&mdash;Es buena persona&mdash;me dijo&mdash;, pero muy violento
-y muy terco. Cuando se le pone una cosa en la cabeza
-no hay quien le pueda convencer de lo contrario. Le hemos
-querido persuadir el teniente Leguía y yo de que
-es una barbaridad que ponga cepos en el Bidasoa para
-los salmones en época de veda; pues los pone, y aunque
-viniese el obispo y se lo pidiera de rodillas, los seguiría
-poniendo.</p>
-
-<p>Bidarraín contó otros detalles de la barbarie del panadero.
-Llegamos a mi posada; el buscador de minas se
-marchó y yo entré en la tienda. Pasé a la tahona, y vi a
-dos viejas que amasaban los panes en una artesa, mientras
-Erlaiz trabajaba con la pala en el horno.</p>
-
-<p>Murgui, la sobrina del panadero, me sirvió la comida;
-entablé conversación con esta muchacha, y le pregunté
-qué clase de hombre era Bidarraín. Me dijo que pasaba
-por hombre rico; que tenía minas de plata y de oro.</p>
-
-<p>También le pregunté a Murgui acerca del teniente Leguía,
-y, por lo que contó, deduje que a éste le consideraban
-como el enemigo del pueblo.</p>
-
-<p>Por la tarde volvió a presentarse Bidarraín y me llevó<span class="pagenum"><a name="Page_191" id="Page_191">[191]</a></span>
-a una huertecilla contigua al cementerio, donde se hallaban
-enterrados dos oficiales ingleses, muertos en el
-pueblo al pasar los aliados el Bidasoa, en 1813.</p>
-
-<p>Después fuimos hasta Lesaca, villa donde tuvo lord
-Wéllington su cuartel general.</p>
-
-<p>Bidarraín debió hablar al panadero de mis conocimientos
-mineralógicos, porque Erlaiz, por la noche, me
-preguntó si era ingeniero. Le dije que no, y él pareció
-no creerme. Me preguntó también si tendría algún
-inconveniente en ver unas minas algo lejanas. Le contesté
-que ninguno. Dispusimos hacer la expedición al
-día siguiente. El panadero, contento, trajo la guitarra y
-estuvo cantando. Cantaba de una manera bárbara y graciosa.
-Cuando terminó, me fuí a mi cuarto y estuve un
-rato en la ventana mirando las estrellas, oyendo el rumor
-del río y el canto de un sapo (bufo músicus), que
-entretenía su soledad con sus notas.</p>
-<hr class="chap" />
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_192" id="Page_192"></a>
-<a name="Page_193" id="Page_193"></a></span></p>
-
-
-
-<h4 id="II_II_III">III.<br />
-EL PARADOR DE SUMBILLA</h4>
-
-
-<p><span class="smcap">Bidarraín</span> y Erlaiz me llevaron varias veces a ver
-sus minas. Estaban empeñados los dos en que yo
-entendía mucho de minería; pero que, por razones especiales,
-no lo quería confesar.</p>
-
-<p>Erlaiz y Bidarraín me pidieron que les escribiera varias
-cartas en francés y en inglés, y cuando yo indiqué
-al panadero me hiciera la cuenta, me dijo que no le debía
-nada.</p>
-
-<p>El teniente Leguía pensaba marchar a Elizondo con
-unos cuantos hombres de su partida, y yo quedé en
-acompañarle y seguir después a Pamplona.</p>
-
-<p>Con este motivo se decidió obsequiarnos a los dos
-con una cena de despedida en las Ventas de Yanci.</p>
-
-<p>Eramos los comensales, además del panadero, Leguía,
-Bidarraín y yo; dos milicianos nacionales, sargento y
-cabo de la partida de Leguía, y un liberal de Vera, que
-gastaba antiparras de plata, a quien llamaban Laubeguicua
-(el de los cuatro ojos).</p>
-
-<p>Fuimos todos paseando a las Ventas de Yanci, que
-distan una legua y media de Vera; nos sentamos a beber
-sidra, y se llamó al ventero y a la ventera y se les
-sometió a un grave interrogatorio.</p>
-
-<p>Erlaiz, Bidarraín y el sargento de milicianos dieron a
-la consulta una importancia sacerdotal.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_194" id="Page_194">[194]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Vamos a ver, ¿qué podemos comer?&mdash;preguntó
-Erlaiz.</p>
-
-<p>&mdash;Si quieren ustedes un cordero, ya lo asaremos&mdash;dijo
-la ventera, cantando al hablar.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno, un cordero. ¿Que más?</p>
-
-<p>&mdash;Ya tenemos también buenas truchas.</p>
-
-<p>&mdash;¿Truchas? No está mal. ¿Que más?</p>
-
-<p>&mdash;Pollos también ya tenemos.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pollos? Bueno. ¿Qué más?</p>
-
-<p>&mdash;Jamón bueno ya pondremos.</p>
-
-<p>Así siguió la ventera explicando las provisiones que
-tenía, siempre empleando esta fórmula de ya tenemos o
-ya pondremos. Este <i>ya</i>, de aire germánico, me chocaba
-verlo empleado a todo pasto.</p>
-
-<p>Después de consultarse con la mirada Bidarraín, Erlaiz
-y el sargento de nacionales, decidieron, de común
-acuerdo, que pusieran todo lo que hubiese para no engañarse.</p>
-
-<p>Dispuesta la cena, seguimos bebiendo, hasta que nos
-dijeron que la mesa estaba puesta.</p>
-
-<p>Al sargento de los milicianos, hombre alto, de vientre
-piriforme, se le encandilaron los ojos, y frotándose las
-manos de gusto exclamó:</p>
-
-<p>&mdash;¡Pien, pien! Una puena cena. Esto es lo que me
-gusta. Puen cordero, puenas truchas, puen pollo y puen
-vino. ¡A comerr! ¡A comerr!</p>
-
-<p>Comimos como buitres y bebimos hasta quedar mareados,
-lo que me dió una idea bastante pobre de la sobriedad
-de los vascos; se habló con entusiasmo de Mina,
-Riego y el Empecinado; con rabia, de las correrías que
-hacían por Navarra Juanito el de la Rochapea y don
-Santos Ladrón, y se cantó el <i>Himno de Riego</i>, a pesar
-de que el ventero y su mujer suplicaron que callásemos,
-porque les comprometíamos.</p>
-
-<p>Salimos de las Ventas de Yanci a media noche; los
-de Vera se marcharon a su pueblo, y Leguía, con sus
-dos milicianos y yo, seguimos hasta Sumbilla.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_195" id="Page_195">[195]</a></span></p>
-
-<p>Nos detuvimos en el parador de San Tiburcio. El sargento
-del vientre piriforme me dijo ingenuamente que
-con el paseo se le había abierto el apetito, y que iba a
-mandar que le hicieran unas sopas de ajo. Le miré con
-asombro y me fuí a acostar.</p>
-
-<p>Al despertarme por la mañana supe que Leguía había
-partido con sus milicianos camino da Santesteban, dejándome
-una carta para un amigo suyo de Pamplona.</p>
-
-<p>Como no tenía prisa y hacía calor, dejé la marcha
-hasta que cayera el sol. Estaba en el portal del parador
-de San Tiburcio cuando se acercó un carro grande, tirado
-por siete mulas.</p>
-
-<p>El arriero fué soltando sus animales, llamándolos
-uno a uno y llevándolos a la cuadra. La Morena, la
-Montesina, la Capitana, la Coronela, la Bonita, el Vigilante
-y la Leona fueron despacio al pesebre, donde primero
-se les dió de beber.</p>
-
-<p>El posadero me preguntó:</p>
-
-<p>&mdash;¿No va usted a Pamplona?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;Pues si quiere usted, puede usted ir con este arriero.</p>
-
-<p>&mdash;¿No hay inconveniente?...</p>
-
-<p>&mdash;Ninguno.</p>
-
-<p>El arriero se llamaba Mandashay, y era un hombre
-de unos treinta y cinco a cuarenta años, rubio, con
-unos ojos que parecían de cristal azul.</p>
-
-<p>Me advirtió que si quería ir con él saldríamos a la
-mañana siguiente; le dije que tendría mucho gusto en
-marchar en su compañía, y le convidé a un vaso de
-vino. Quedamos de acuerdo; yo me fuí a acostar, y al
-amanecer me llamaron.</p>
-
-<p>La mañana estaba fresca; había una niebla espesa
-que prometía un día de calor. Mandashay sacó sus mulas
-y echamos a andar camino de Almandoz.</p>
-
-<p>&mdash;Cuando se canse usted puede tenderse en la galera&mdash;me
-dijo Mandashay.</p>
-
-<p>&mdash;No, no me canso tan fácilmente.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_196" id="Page_196">[196]</a></span></p>
-
-<p>La galera española es un carro grande, de cuatro ruedas,
-tirado por una larga recua de mulas. En Navarra y
-en Castilla la Vieja se ven con frecuencia estas galeras;
-en Castilla la Nueva abunda más el carromato, que
-también llaman carro catalán.</p>
-
-<p>El viaje a pie detrás de un carro tiene sus encantos.
-El que aproximó de un modo ideológico la galera carro
-a la galera barco, dándole el mismo nombre, no estaba
-equivocado. El parecido de estos dos medios de comunicación
-salta a la vista. El barco es una casa que flota,
-como el carro es una casa que rueda. El carretero tiene
-algo de marino: es un hombre que pasa y no se detiene,
-que lleva una ruta, que vive en un mundo de soledad.</p>
-
-<p>Mandashay era un hombre muy interesante y ameno.
-Cada rincón del camino le recordaba una historia. Aquí
-habían salido a robar a un rico unos enmascarados;
-allá había vivido una muchacha de cabeza loca que
-trajo revueltos a todos los jóvenes de los contornos.</p>
-
-<p>En algunos momentos Mandashay se agarraba a la
-galga, y en otros tiraba de la brida del macho de varas,
-gritando: ¡Eup! ¡Eup! o ¡ueschqué! ¡ueschqué!</p>
-
-<p>Charlando llegamos a Almandoz y seguimos subiendo
-una cuesta hasta el alto de Velate. El cielo estaba azul
-y el sol calentaba de firme. No hacía mucho calor porque
-íbamos ya a bastante altura y corría aire fresco.</p>
-
-<p>A media tarde cruzamos un bosque, que me pareció
-debía servir para los misterios de los druidas, y fuimos
-a parar a las Ventas Quemadas, en lo más alto del
-puerto.</p>
-<hr class="chap" />
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_197" id="Page_197"></a></span></p>
-
-
-
-<h4 id="II_II_IV">IV.<br />
-PAMPLONA</h4>
-
-
-<p><span class="smcap">Salimos</span> de Ventas Quemadas por la mañana, y emprendimos
-la marcha hacia la vertiente del Ebro.</p>
-
-<p>El paisaje había cambiado en absoluto. El cielo se
-mostraba más azul; el campo, más seco; en los altos corrían
-pequeños caballos de grandes colas y triscaban las
-cabras y los corderos; abajo resplandecían los campos
-de trigo y alguno que otro viñedo.</p>
-
-<p>Al comenzar a descender hacia la cuenca del Ebro,
-me pareció que empezaba España; todo tomaba a mis
-ojos un carácter más triste y más serio: veía pueblos taciturnos,
-casas de paredes grises, árboles cubiertos de
-polvo.</p>
-
-<p>Nos alejamos de la altura a medida que avanzábamos,
-y fuimos bajando hacia el llano. En los trigales brillaban
-las amapolas como gotas de sangre y los grillos nos ensordecían
-con sus chirridos.</p>
-
-<p>Dormimos en Villaba, y al día siguiente entraba yo
-en Pamplona. Me despedí de Mandashay y fuí a parar
-a una posada de la calle de la Curia. Saqué la carta del
-teniente Leguía; era para un capitán de ejército llamado
-Iriarte. Me presenté a él, me acogió con amabilidad y
-me invitó a comer.</p>
-
-<p>Durante la comida le hablé del mito Cox, y de cómo
-esperaba recoger una pequeña fortuna. En tanto, le dije,<span class="pagenum"><a name="Page_198" id="Page_198">[198]</a></span>
-me hallaba dispuesto a trabajar en lo que se me presentase.</p>
-
-<p>&mdash;Y usted, ¿qué sabe hacer?&mdash;me preguntó Iriarte.</p>
-
-<p>&mdash;Sé francés y, naturalmente, inglés.</p>
-
-<p>&mdash;Sí; quizá esto le pueda servir de algo.</p>
-
-<p>&mdash;También tengo nociones de botánica.</p>
-
-<p>&mdash;¿Botánica? No creo que haya aquí nadie que se
-ocupe de eso. A no ser algún herbolario.</p>
-
-<p>&mdash;Pues éstos son mis conocimientos. También sé disecar
-animales&mdash;añadí con resignación.</p>
-
-<p>&mdash;¡Hombre! Eso quizá nos sirva. Aquí hay un profesor
-que todos los pajarracos y alimañas que le dan los
-envía a Francia a disecarlos, lo que le cuesta mucho
-dinero.</p>
-
-<p>&mdash;Voy a verle.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, iremos juntos.</p>
-
-<p>Fuimos, efectivamente; hablamos con él, y yo me
-comprometí a restaurarle algunos animales y a disecarle
-de nuevo otros, por el sueldo de seis pesetas al día,
-mientras durara el trabajo.</p>
-
-<p>Disequé para aquel señor un caimán, un águila, un
-cisne y varios otros bicharracos.</p>
-
-<p>El capitán Iriarte me recomendó una casa de huéspedes
-de la plaza del Castillo y me trasladé a ella.</p>
-
-<p>Mi vida en Pamplona, mientras tuve trabajo, fué muy
-agradable. Por la mañana y por la tarde trabajaba, y al
-anochecer paseaba por los alrededores, y cuando no
-tenía tiempo de sobra iba a la Taconera.</p>
-
-<p>Allí se reunían los aristócratas y los burgueses, los
-militares, las señoritas, los chicos y los curas, y algunos
-días de fiesta, por la noche, se ponían unos farolillos de
-papel colgados de los árboles.</p>
-
-<p>Yo cultivaba mucho el mirador de la Taconera, un
-sitio bonito, desde donde se ven los pueblos de la cuenca
-de Pamplona.</p>
-
-<p>Daba con prudencia la vuelta a las murallas. Conocía
-la Ciudadela y los baluartes: el de la Reina, el de Redín,<span class="pagenum"><a name="Page_199" id="Page_199">[199]</a></span>
-el de Labrit, el de los Canónigos, el de Gonzaga; las cinco
-puertas y la poterna de la Tejería.</p>
-
-<p>Tenía algunos amigos, porque el capitán Iriarte me
-presentó a varios de sus compañeros, militares liberales.</p>
-
-<p>Por entonces, entre los militares y los milicianos de
-Pamplona, había gran hostilidad; los militares se manifestaban
-anticlericales, partidarios de la Constitución; en
-cambio, los milicianos eran fervientes católicos y monárquicos,
-y armaban trifulcas gritando: «¡Viva Dios!»
-No parecía sino que tenían miedo de que lo mandasen
-matar los liberales. Yo, como extranjero, no daba mi
-opinión acerca de estas cuestiones.</p>
-
-<p>En la casa de huéspedes donde fuí por recomendación
-de Iriarte, eran todos perfectamente reaccionarios, comenzado
-por la dueña, doña Saturnina, señora vieja,
-nariguda y charlatana.</p>
-
-<p>Doña Saturnina era un producto clásico de las ciudades
-levíticas; tenía la adoración por el aristócrata, por el
-cura, por el Don Juan provinciano; hablaba con ternura
-de los mozos calaveras alborotadores, que iban a los
-toros, bebían vino hasta emborracharse y hacían de
-cuando en cuando alguna canallada y luego iban a confesarse
-con aire hipócrita y santurrón al confesonario
-del cura que pasaba por más severo, que generalmente
-era el penitenciario de la catedral.</p>
-
-<p>Al principio de estar en casa de doña Saturnina creí
-que se podría bromear con las costumbres del pueblo, e
-hice algunos chistes acerca de ese cartel que se pone en
-ciertos días en las iglesias de España: «Hoy se sacan ánimas
-del Purgatorio»; pero pronto vi que en Pamplona
-las bromas de este género tenían sus peligros.</p>
-
-<p>Doña Saturnina la patrona y un sobrino suyo me espiaron
-y hasta me siguieron un domingo para ver si iba
-a misa. En vista de que no frecuentaba la iglesia, doña
-Saturnina me interpeló con valor:</p>
-
-<p>&mdash;Dígame usted, ¿usted no es católico?&mdash;me dijo.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_200" id="Page_200">[200]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;No, señora&mdash;le contesté.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pues qué es usted? ¿Protestante?</p>
-
-<p>&mdash;Sí; soy de una clase de secta que se llama de los
-agnósticos, que supone que no se sabe nada de nada.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero usted no cree en la Virgen y en los santos?</p>
-
-<p>&mdash;Los de mi secta creemos más bien en la substancia
-única, y practicamos el culto del nuestro señor el Yo, y
-de nuestra señora de la Cosa en Sí.</p>
-
-<p>A esto dijo mi patrona que esta virgen sería muy importante;
-pero que los milagros de la Virgen del Camino
-eran mayores, porque se la había visto elevarse en el
-aire y ponerse en un madero que hay en la iglesia de
-San Cernín de Pamplona, a lo cual yo repliqué diciendo
-que bien podía la ley de la gravitación, inventada por
-mi paisano Newton, ser una costumbre o una rutina de
-la Naturaleza, y de nuestro espíritu, y que, como dijo
-atrevidamente Protágoras, todas las cosas son verdaderas,
-y que el hombre es la medida de todas las cosas,
-de las que existen como existentes y de las que no existen
-como no existentes.</p>
-
-<p>Doña Saturnina me preguntó si este Protágoras era
-algún santo; yo la dije que si no lo era, podía haberlo
-sido.</p>
-
-<p>Entonces, doña Saturnina me recomendó que me convirtiese
-al catolicismo, y yo la tranquilicé diciendo que
-estudiaría la cuestión.</p>
-
-<p>En España y en pueblos como Pamplona todavía hay
-un gran atractivo en ser incrédulo. ¿Cuánto durará esto?
-Al paso que vamos, ya poco. Cien años; doscientos
-años. Nada, una miseria.</p>
-
-<p>La verdad es que, con el progreso, se priva al hombre
-libre de los grandes encantos y emociones de ser perseguido.</p>
-
-<p>¿Qué vale un incrédulo, un librepensador en un país
-donde todo el mundo puede serlo impunemente? Nada.
-En cambio, en plena persecución, ¡qué delicia! Tener el
-libro prohibido bien guardado, leerlo a escondidas, bur<span class="pagenum"><a name="Page_201" id="Page_201">[201]</a></span>larse
-por dentro de todas las ceremonias y mojigangas,
-y escapar de las tramas de esta red con la cual el despotismo
-judaico-cristiano ha intentado envolver al mundo.
-¡Admirable cosa!</p>
-
-<p>Los incrédulos debíamos protestar de la lenidad actual,
-que nos priva de una de nuestras mayores satisfacciones...</p>
-<hr class="chap" />
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_202" id="Page_202"></a>
-<a name="Page_203" id="Page_203"></a></span></p>
-
-
-
-
-<h4 id="II_II_V">V.<br />
-LOS CABALLEROS</h4>
-
-
-<p><span class="smcap">En</span> la casa de huéspedes de doña Saturnina conocí
-a varias personas, gentes pintorescas, cuya vida
-sabía luego por la misma patrona.</p>
-
-<p>Uno de los fijos en la casa era un señor alto, moreno,
-de pelo blanco, vestido con traje obscuro, y que se paseaba
-por los arcos de la plaza del Castillo ataviado con
-un sombrero de copa cubierto de hule y una levita larga,
-y que cuando hacía fresco se ponía una esclavina
-azul sobre los hombros.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién es este señor?&mdash;le pregunté a la patrona.</p>
-
-<p>Doña Saturnina me dió tres o cuatro nombres de estos
-compuestos y largos que usan los españoles.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y este caballero no trabaja?&mdash;pregunté yo.</p>
-
-<p>&mdash;No. ¡Ca!</p>
-
-<p>&mdash;¿Es rico?</p>
-
-<p>&mdash;Poca cosa.</p>
-
-<p>&mdash;¿Es de buena familia?</p>
-
-<p>&mdash;Ya lo creo. ¡Es un Pérez de Cascante! Es de los caballeros
-de Olite.</p>
-
-<p>Este caballero tenía un amigo que le acompañaba en
-sus paseos, el señor Sánchez de Peralta.</p>
-
-<p>Doña Saturnina me explicó la genealogía de ambos.</p>
-
-<p>&mdash;Ninguno de los dos ha trabajado nunca&mdash;me decía
-la patrona con entusiasmo&mdash;. Son caballeros.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_204" id="Page_204">[204]</a></span></p>
-
-<p>Me hizo gracia el equiparar la holganza con la nobleza,
-lo que en el fondo es muy natural y lógico.</p>
-
-<p>Todos los días les veía a los dos caballeros dar vueltas
-y vueltas por la plaza del Castillo, con sus sombreros
-de copa y sus botas, que les crujían al andar. Los
-dos parecían mucho más jóvenes de lo que eran. Siempre
-he creído que el no discurrir conserva la vida; por
-eso dijo Juan Jacobo Rousseau, y otros lo habían dicho
-antes, que el hombre que piensa es un animal depravado.</p>
-
-<p>Muchas veces he pensado que la felicidad está en ser
-un Pérez de Cascante o un Sánchez de Peralta, y en dar
-vueltas por los arcos de la plaza del Castillo con unas
-botas que crujen y una esclavina azul; pero, puesto en
-esta actitud espiritual, se me ha ocurrido si no sería aún
-más perfecto el ser una vaca, o quizá una ostra.</p>
-
-<p>No he decidido yo, como creo que no lo ha decidido
-nadie, si es mejor la ciencia unida a la desdicha y al
-dolor o la estupidez mezclada a la felicidad; pero, sin
-decidirlo, cuando veo algún vago de estos firmes y constantes
-en su noble ocupación de no hacer nada, siempre
-pienso si será uno de los caballeros de Olite, el señor
-Pérez de Cascante o el hidalgo Sánchez de Peralta.</p>
-<hr class="chap" />
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_205" id="Page_205"></a></span></p>
-
-
-<h4 id="II_II_VI">VI.<br />
-LOS ESTRATOS SOCIALES DE PAMPLONA</h4>
-
-
-<p><span class="smcap">Como</span> era la primera ciudad española que habitaba,
-quise darme cuenta clara de su contextura física
-y moral. Sus calles, sus plazas, los rincones de la muralla,
-los conocía palmo a palmo; gracias a alguna que
-otra amistad y a las explicaciones de doña Saturnina
-pude darme también una idea de la vida moral del
-pueblo.</p>
-
-<p>Pamplona era un receptáculo de aristócratas, de leguleyos,
-de militares, de curas y de perros. Yo no digo que
-para todo el mundo esta clase de población sea antipática
-u odiosa, no; ahora, para mí sí lo es, excepto los
-perros, por los cuales siempre he tenido una debilidad
-de corazón.</p>
-
-<p>Pamplona se mostraba como una construcción en pisos.
-En el alto había dos o tres familias aristocráticas,
-y estas familias tomaban un poco cómicamente un aire
-de familias reales. A pesar de que doña Saturnina quería
-demostrarme con todo su fuego oratorio que las dos
-o tres familias del primer tramo social de Pamplona
-eran ilustrísimas, la verdad es que no contaba de ellas
-nada que valiera la pena de esculpirse en bronces.</p>
-
-<p>Después de estas dos o tres familias del primer tramo
-que miraban al vulgo de los pamploneses como diciendo:
-podéis vivir, os permitimos graciosamente la exis<span class="pagenum"><a name="Page_206" id="Page_206">[206]</a></span>tencia,
-había otras seis o siete ya de menos tono, con
-algunos titulillos insignificantes y algún coche destartado,
-pero todavía en buen uso, en la cuadra.</p>
-
-<p>Tras de este segundo tramo venía el tercero, formado
-por los hidalgos, estos hidalgos por los que doña Saturnina
-sentía gran respeto y veneración y de los cuales
-decía: ¡Es un Pérez de Cascante! Es un Sánchez de Peralta!</p>
-
-<p>Fuera del elemento autóctono, había otros dos elementos
-aristocráticos: el ejército y el clero. El ejército
-en su alta esfera llegaba a veces al primer tramo; pero
-lo más corriente era que se quedase en el segundo; el
-brigadier y el general alternaban con el marqués o con
-el conde, un poco tronados, si no tenían alguna mancha
-de liberalismo que se lo impidiese, porque entonces no
-alternaban con nadie.</p>
-
-<p>El Gobierno constitucional en esto había defraudado
-al buen pueblo, primero suprimiendo el título de virrey de
-Navarra, cosa que a los pamploneses sonaba agradablemente
-al oído, y substituyéndole por el de capitán general;
-después, enviando militares inficionados con el virus
-del liberalismo. El clero era, naturalmente, aristocrático
-y absolutista, y el obispo movía todos los resortes
-de la mecánica pamplonesa. El obispo entraba de
-lleno en el primer tramo de la vida ciudadana. El deán
-y los canónigos distinguidos se distribuían en el segundo
-y en el tercero. Aristocracia, clero, ejército y clase
-media formaban un pequeño mundo. Pamplona, encerrada
-en su muralla, era para el pamplonés un microcosmos.
-A mí, que llevaba todavía el humo de Londres
-en la cabeza, me parecía que todo el pueblo vivía enmohecido,
-apegado a unas cuantas rutinas y a unos
-cuantos lugares comunes.</p>
-
-<p>A veces se me ocurría pensar que no estaba mal ideado
-aquel sistema de categorías y de subordinaciones.
-Realmente, el catolicismo ha resuelto la vida a su modo,
-disciplinándola y encerrándola en estrechas casillas;<span class="pagenum"><a name="Page_207" id="Page_207">[207]</a></span>
-esto, unido a que ha dado a las necesidades apremiantes
-el carácter de vicios, ha hecho que los pueblos pobres
-como el español, que viven en la estrechez y en la
-incuria, se crean rodeados de placeres sardanapálicos.</p>
-
-<p>En parte, esta severidad es una ventaja, porque da a
-la vida un poco de picante.</p>
-
-<p>La construcción, en tramos, de Pamplona, tenía también
-su parte útil.</p>
-
-<p>Cierto que a mí me parecía un poco absurda y mezquina;
-pero no le parecía, seguramente, lo mismo al nacido
-en el pueblo.</p>
-
-<p>La verdad es que todo el aparato enfático y teatral del
-aristocratismo, que pretende imponer el ánimo por su
-esplendor, se convierte en una mueca cómica cuando no
-va acompañado de la fortuna o del poder.</p>
-
-<p>No es fácil encontrar nada tan imponente como esas
-damas inglesas, hijas de algún almacenista de cacao, de
-un prestamista o de un fabricante de sebo casadas con
-algún lord. ¡Qué orgullo! ¡Qué majestad! ¡Qué admirable
-desprecio por los demás mortales!</p>
-
-<p>Estas alianzas del dinero con los títulos dan buenos
-resultados; en cambio, en los sitios donde las familias
-nobles no pueden abonar sus campos o sus cuarteles
-con dinero plebeyo, los aristócratas degeneran.</p>
-
-<p>Se nota en Francia, como en España, en las ciudades
-de provincia, que el pequeño aristócrata, el hidalgo, el
-«hobereau», es mucho más feo y menos inteligente que
-el hombre de la clase media y del pueblo. Esto depende,
-seguramente, del cuidado de casarse entre gentes de la
-misma casta, de la endogamia, que decimos los antropólogos.</p>
-
-<p>En Pamplona, como en casi todas las capitales españolas,
-me parecieron los pequeños aristócratas muy cómicos.
-¡Qué gente! Unas bocas desdeñosas, unos gestos
-de orgullo, unas mujeres feas y con bigote, unos tipos
-morenos y escurridos que parecían micos; muy chatos o
-con narices de loro; con escrófulas o con herpes.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_208" id="Page_208">[208]</a></span></p>
-
-<p>Este prestigio de la aristocracia no es cosa que a mí
-me preocupe; no tengo la aspiración de saludar al conde
-ni al marqués, ni siquiera de estrechar la mano de
-un Pérez de Cascante o de un Sánchez de Peralta. A un
-vagabundo, como yo, no le pueden importar gran cosa
-las superioridades locales ni las cuestiones de etiqueta;
-tampoco sé si estos condes y marqueses de aquí proceden
-de las Cruzadas (como todos los aristócratas de los
-folletines franceses); supongo que serán tan antiguos
-como puedan serlo los de Inglaterra; pero no hay más
-remedio que reconocer que son más pobres. Y, la verdad:
-la aristocracia, con casas sucias y destartaladas y
-unos majuelos por toda propiedad; el aristócrata, con
-un sombrero seboso y un pantalón con rodilleras, no
-llega a imponer respeto ni a causar gran sensación. Es
-decir, a mí no me la producía, porque a mi patrona, doña
-Saturnina, le producía grande. Verdad que ella veía los
-conceptos más que los accesorios y las formas. Doña
-Saturnina era un poco platoniana.</p>
-
-<p>Tras de la aristocracia pamplonesa, venía la clase
-media, formada por leguleyos y comerciantes, y después,
-el pueblo.</p>
-
-<p>Desde arriba a abajo; desde lo alto de la pirámide
-hasta la base; desde el primer tramo hasta el último,
-Pamplona era un pueblo intoxicado por la clericalina.
-La clericalina rebosaba por todas partes; una clericalina
-activísima; pues no había apenas un pamplonés que
-no tuviera depósitos de este alcaloide entre la píamadre
-y la aracnoides. Era una clericalina que producía un estado
-de estupor incurable.</p>
-
-<p>Una gota en la conjuntiva de un individuo lo envenenaba
-para siempre.</p>
-
-<p>Todas las aguas del Arga reunidas, no bastaban para
-disolver la clericalina, la cleritoxina y el ácido clerigálico
-que producía la ciudad.</p>
-<hr class="chap" />
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_209" id="Page_209"></a></span></p>
-
-
-
-<h4 id="II_II_VII">VII.<br />
-PHILONOUS</h4>
-
-
-<p><span class="smcap">Solía</span> yo andar con mucha frecuencia por la Taconera,
-y daba casi todas las tardes un paseo por las
-afueras de la muralla, lo que llaman en el pueblo la
-Vuelta del Castillo. Un día vi que un perrucho me seguía.
-Era un perro feo y poco estético, que tenía cara
-de persona, lanas rojizas y unas barbuchas lacias de
-filósofo cínico.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno, bueno&mdash;le dije&mdash;. Márchate, que aquí no
-haces nada.</p>
-
-<p>Seguí mi camino, e iba pensando en la realidad que
-podían tener las cosas, cuando vi a mi lado de nuevo al
-perro feo.</p>
-
-<p>&mdash;Este can me sigue&mdash;murmuré&mdash;. A ver si es un demonio
-como el perro de aguas que acompaña al doctor
-Fausto a su laboratorio.</p>
-
-<p>Continué mi paseo, y siguió el perro feo junto a mí.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno; que haga lo que quiera&mdash;dije&mdash;. Si el destino
-ha dispuesto que este canis familiaris sea mi amigo,
-no me opongo.</p>
-
-<p>Pensé que si venía hasta mi casa y se unía a mí, tendría
-que darle un nombre, y decidí llamarle Philonous.</p>
-
-<p>Efectivamente: entró en mi casa, le di de comer y le
-adopté. Unos meses después, al llegar a Tafalla, Philonous
-riñó con otro perro con gran valor; el otro perro le<span class="pagenum"><a name="Page_210" id="Page_210">[210]</a></span>
-mordió en una pata y tuvo una llaga que le duró mucho
-tiempo.</p>
-
-<p>Entonces, como tributo a su valor y como recuerdo
-a un héroe griego, que padeció también una úlcera en
-una pierna, añadí a su nombre el de Philotectes, y así
-se llamó mi perro en su vida terrena, que no es poca
-cosa para un perro.</p>
-
-<p>Philonous era profundo y sentimental. En las circunstancias
-difíciles se crecía. A veces era un poco cínico; estaba
-en su derecho, siendo perro y perro de pobre; a veces
-me parecía un caballero «sans peur et sans reproche»,
-como Bayardo.</p>
-
-<p>Yo siempre le encontré un aire socrático.</p>
-
-<p>Me parecía que el mejor día iba a salir Minerva de su
-cabeza.</p>
-<hr class="chap" />
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_211" id="Page_211"></a></span></p>
-
-
-<h4 id="II_II_VIII">VIII.<br />
-LOS REALISTAS FRANCESES</h4>
-
-
-<p><span class="smcap">Un</span> día pararon en la casa de doña Saturnina unos
-franceses realistas.</p>
-
-<p>Estos franceses, supe, cuando se marcharon, que
-habían ido a reunirse con la partida absolutista de un
-tal Salaverri, que merodeaba por la ribera de Navarra.</p>
-
-<p>Los tales franceses me fueron poco simpáticos. Tenían
-un criterio pequeño y estrecho. Elogiaban lo peor
-de Francia y de España. Para ellos la crueldad empleada
-con los liberales era un gran mérito; el talento militar
-consistía en hacer todas las barbaridades posibles en
-perjuicio del enemigo.</p>
-
-<p>Así un vendeano cualquiera era un militar más ilustre
-que Napoleón.</p>
-
-<p>Nunca jamás he visto una gente más vanidosa, más
-necia ni más incomprensiva. Tenían unas ideas extrañas.
-Según ellos, puesto que los revolucionarios franceses
-habían guillotinado a Luis XVI, a su mujer y a su
-hijo, ellos podían, con un derecho natural de represalia,
-matar a todos los hombres, mujeres y niños del
-Universo.</p>
-
-<p>La carreta en donde habían ido a la guillotina estos
-Borbones debía ser como el célebre carro de Jaggernath,
-del Indostán, que va aplastando a todo el mundo.</p>
-
-<p>Así como nosotros, que hemos nacido mil ochocien<span class="pagenum"><a name="Page_212" id="Page_212">[212]</a></span>tos
-años después de Cristo, tenemos la culpa de su
-muerte, según los místicos, y estamos deshonrados por
-la mayor o menor bellaquería que hicieron unos supuestos
-Adán y Eva en el paraíso, así también todos, franceses
-y no franceses, tenemos la responsabilidad de la
-muerte de Luis XVI y de su familia.</p>
-
-<p>¡Qué fanatismo el de aquella gente! Seguramente
-hubiera sido difícil encontrar en personas de otro país
-un producto así de amaneramiento, de afectación y de
-petulancia.</p>
-
-<p>Si no hubiera sido porque tenían modales de señores,
-se les hubiera tomado a aquellos franceses por unos
-brutos feroces y fanáticos que no buscaban mas que el
-exterminio de todo el que no pensara como ellos.</p>
-
-<p>Después de conocerles, los absolutistas de Pamplona
-me fueron casi simpáticos.</p>
-
-<p>Al menos el reaccionarismo español es más natural:
-es la incompresión y la brutalidad simple; el reaccionarismo
-francés es la incompresión adornada; el uno es
-una construcción de espíritus toscos, el otro es un gótico
-pestilente de confitería.</p>
-<hr class="chap" />
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_213" id="Page_213"></a></span></p>
-
-
-
-<h4 id="II_II_IX">IX.<br />
-CONSPIRACIONES</h4>
-
-
-<p><span class="smcap">No</span> me ocupaba yo gran cosa de lo que ocurría en
-Pamplona, ni estaba enterado de sus cuestiones
-políticas, cuando el capitán Iriarte y un francés emigrado
-por sus ideas republicanas, Juan Pontecoulant, me
-llevaron un día a una velada masónica que se daba en
-el billar de un café.</p>
-
-<p>Se trataba de celebrar el triunfo liberal obtenido en
-Madrid el 7 de julio.</p>
-
-<p>Mientras esperábamos que comenzase la reunión,
-Pontecoulant, que tenía bonita voz, cantó <i>La Marsellesa</i>,
-y después, la canción de <i>Los Girondinos</i>, con mucho
-fuego y gran énfasis:</p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry"><div class="stanza">
-<div class="line i1"><i>Par la voix du canon d'alarmes</i></div>
-<div class="line"><i>la France appelle ses enfants.</i></div>
-</div></div></div>
-
-<p>Le escuchamos con gusto y coreamos sus cantos.</p>
-
-<p>Cuando se reunieron los masones, que casi todos
-eran militares, se comenzó a hablar de la conspiración
-realista que se había tramado en Navarra y tenía su
-centro en Pamplona. Yo entonces me enteré de los manejos
-de los absolutistas.</p>
-
-<p>Los primeros conspiradores de Navarra habían sido
-el cura de Barasoaín; el canónigo Lacarra; un tal Uriz,
-de un pueblo llamado Sada, y los militares Eraso,<span class="pagenum"><a name="Page_214" id="Page_214">[214]</a></span>
-Juanito el de la Rochapea y don Santos Ladrón de
-Cegama.</p>
-
-<p>Estos tres últimos eran antiguos guerrilleros del general
-Espoz y Mina en la guerra de la Independencia. Mina
-consideraba a Eraso como absolutista de corazón, pero
-no a Ladrón ni a Juanito; a Ladrón le tenía por hombre
-de ideas liberales; respecto a Juanito el de la Rochapea,
-lo miraba como a hombre desleal y traidor.</p>
-
-<p>Juanito el de la Rochapea, Juan Villanueva, había
-sido capitán del primer regimiento de la división Navarra,
-mandada por Mina.</p>
-
-<p>Cuando la tentativa liberal de éste sobre Pamplona,
-en 1814, Juanito fué el que comprometió con su impaciencia
-al coronel Górriz, y pasándose luego a los realistas
-contribuyó a su fusilamiento.</p>
-
-<p>Villanueva odiaba a Mina y le tenía miedo. Al entrar
-éste en Pamplona en triunfo con la bandera constitucional,
-en 1820, Juanito se escapó e hizo preguntar a su
-antiguo jefe si tenía que temer algo de él. Mina le contestó
-que no. Juanito creyó que todo se había olvidado
-entre los dos y se presentó al general, quien le miró de
-arriba a abajo, con desprecio.</p>
-
-<p>Respecto a Ladrón de Cegama se había lanzado al
-campo por despecho y por rivalidad con los militares
-que se pronunciaron por la Constitución.</p>
-
-<p>Reunidos los contrarrevolucionarios realistas, Eraso,
-Juanito y los demás dispusieron una estratagema para
-armarse. Eraso era alcalde de Garinoaín, pueblo del valle
-de Orba. Eraso mandó reunir las cendeas del valle e
-hizo que oficialmente se pidieran a la Diputación provincial
-trescientos fusiles y sus municiones correspondientes
-con destino a los milicianos nacionales. La Diputación
-los proporcionó, y los trescientos fusiles sirvieron
-para formar la primera expedición realista.</p>
-
-<p>La política de los católicos siempre ha sido igual.
-Ellos harán una deslealtad o una infamia; pero eso sí,
-la harán con reservas mentales; luego oirán su misa<span class="pagenum"><a name="Page_215" id="Page_215">[215]</a></span>
-con devoción, se confesarán, tendrán propósito de enmienda,
-se darán unos golpes de pecho, y limpios para
-hacer otra canallada.</p>
-
-<p>Los fusiles del Gobierno sirvieron para preparar unas
-compañías absolutistas bien armadas y equipadas.</p>
-
-<p>El general Eguía, presidente de la Junta realista, y
-don Vicente Quesada, comandante general de las tropas
-del rey absoluto, nombraron jefes a Guergué, a Ladrón
-y a Juanito el de la Rochapea, que salieron al campo y
-comenzaron a operar.</p>
-
-<p>El capitán general de Navarra ordenó a las compañías
-del regimiento de Toledo y a las partidas de milicianos
-guardasen los pasos de la frontera, por si los
-realistas entraban por Francia.</p>
-
-<p>Se vigiló Vera, Zugarramurdi, Maya, el Irati y el
-Roncal.</p>
-
-<p>Los absolutistas tenían protectores por todas partes y
-no se les encontraba; en cambio, se capturó en el Irati
-a ocho soldados franceses desertores y a su capitán, llamado
-Adolfo, que intentaban entrar en España con proclamas
-republicanas.</p>
-
-<p>El capitán Adolfo se escapó, gracias a la protección
-masónica del comandante español; los otros soldados
-franceses, presos por los milicianos nacionales de Salazar,
-fueron traídos a Pamplona. La gente creía que los
-iban a fusilar, y les parecía muy lógico a los buenos
-católicos que se les fusilase, por ser republicanos; pero
-el capitán general mandó incorporarlos en las filas del
-ejército.</p>
-
-<p>Juan Pontecoulant me dijo que Adolfo era un hijo
-del general Berton, y que este general, que por entonces
-era el jefe de los revolucionarios y con quien más
-se contaba para la revolución en Francia, había estado
-en San Sebastián.</p>
-
-<p>El capitán Adolfo vivió oculto en un caserío de la
-frontera; pero los realistas de Ochagavia lo denunciaron
-y fué preso.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_216" id="Page_216">[216]</a></span></p>
-
-<p>La hostilidad entre el ejército y los milicianos, la
-conspiración permanente de los absolutistas, los rumores
-que corrían de que los exaltados de Madrid intentaban
-establecer la República, todo esto hacía que la
-provincia de Navarra viviese en perpetua agitación. Los
-realistas pamploneses se escapaban al campo con armas,
-y algunos se descolgaban de noche por las murallas.
-Yo hubiera estado tranquilo en Pamplona si hubiese
-tenido medios de fortuna; pero mis trabajos de
-disecación se acababan y era indispensable levantar el
-vuelo. Así que puse mis papeles en regla, gracias al capitán
-Iriarte y a sus amigos, y preparé mi viaje.</p>
-<hr class="chap" />
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_217" id="Page_217"></a></span></p>
-
-
-
-<h4 id="II_II_X">X.<br />
-EL CALOR</h4>
-
-
-<p><span class="smcap">Salí</span> de Pamplona a mediados de julio. Hacía un
-tiempo bochornoso; el cielo estaba blanquecino
-del vaho y del polvo, los campos de trigo segados, los
-montones de gavillas en la tierra. Anduve yo largo rato
-resguardándome en las sombras de los árboles y bebiendo
-en las fuentes; Philonous hacía lo mismo.</p>
-
-<p>En las paradas me dedicaba a reflexionar. Una de las
-cosas que se me ocurrió fué el hacer un esfuerzo en
-dominar las impresiones desagradables y ver si podía
-llegar a contemplar el paisaje con el máximo de ecuanimidad.
-Me pareció que con ese sistema se encontraría
-belleza e interés en todo. El primer ensayo del procedimiento
-lo hice mirando en el valle de Orba una nube de
-polvo sofocante iluminada por el sol.</p>
-
-<p>¿Se puede llegar en esta contemplación a suprimir el
-dolor o la molestia física? Es lo que me preguntaba varias
-veces en el camino.</p>
-
-<p>No cabe duda que el carácter de la contemplación es
-una más o menos aparente generosidad; ¿pero es real o
-no este carácter?</p>
-
-<p>¿No habrá en el fondo de nuestras efusiones estéticas
-una raíz utilitaria?</p>
-
-<p>Cuando ve uno un campo verde y se regocija, ¿no será
-esto el resultado de que nuestros antepasados, al ver los<span class="pagenum"><a name="Page_218" id="Page_218">[218]</a></span>
-campos verdes, han supuesto que en ellos había algo
-que comer?</p>
-
-<p>El segundo punto que intenté dilucidar en el camino
-fué si la contemplación desinteresada es buena o no, y
-saqué en consecuencia que si es cierto que arrastra a la
-pereza y al aislamiento, le lleva a uno también a bastarse
-a sí mismo en momentos penosos, lo cual no es
-poco.</p>
-
-<p>El primer alto en mi marcha lo hice en la venta de las
-Campanas, donde tomé unos huevos cocidos y pan, y
-por la tarde seguí hasta llegar a Barasoaín, rendido de
-cansancio y, sobre todo, de calor. Dormí bastante mal
-en una posada y me levanté al amanecer a continuar
-mi ruta.</p>
-
-<p>El día prometía ser tan ardoroso como el anterior.</p>
-
-<p>Avancé todo lo que pude por la mañana. Al llegar al
-puente sobre el Cidacos se despertaba una tropa de gitanos.
-Dos o tres hombres se desperezaban extendiendo
-los brazos, una mujer hacía fuego con unas ramas y
-unos chicos dormían al sol, medio desnudos.</p>
-
-<p>El calor y el bochorno seguían terribles. El cielo echaba
-lumbre; los montones de gavillas parecían rebaños de
-oro sobre un campo ceniciento.</p>
-
-<p>A lo lejos veía pueblos con tejados blanquecinos que
-con la fuerza de la luz del sol me parecían nevados. Las
-mujeres, montadas en los trillos, daban vuelta a las eras.</p>
-
-<p>Cuando más apretaba el sol, muerto de sudor, llegué
-a Tafalla y entré en una posada. El posadero era hombre
-amable que nos recibió bien a Philonous y a mí.</p>
-
-<p>Tafalla es una ciudad colocada en una enorme llanura.
-Tiene una campiña fértil y de aspecto monótono, formada
-por viñedos, trigales y huertas.</p>
-
-<p>Este pueblo se me figuró una granja colocada en medio
-de sus tierras de labor.</p>
-
-<p>Por todas partes se notaba el reinado de Baco, de un
-Baco huraño y violento. Se veía vino en las barricas, en
-los toneles, en las palanganas.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_219" id="Page_219">[219]</a></span></p>
-
-<p>Pasé la tarde y la noche en Tafalla en una taberna.</p>
-
-<p>La gente me pareció agresiva y malhumorada. Únicamente
-estos ribereños se humanizaban hablando del
-vino, por el cual tenían una verdadera adoración.</p>
-
-<p>Allí el vino es un dios, un dios que hace a los hombres
-irritables y violentos.</p>
-
-<p>En toda la ribera de Navarra la agresividad es una
-costumbre.</p>
-
-<p>El carácter de los ribereños es de una petulancia que
-desconocen los vascos de la montaña. Al llegar a Castilla
-esta petulancia se transforma en una serenidad arrogante,
-a veces un poco teatral, pero que da cierta idea
-de nobleza.</p>
-
-<p>Uno de los rasgos simpáticos que encontré en estos
-navarros, rasgos que quizá es común a todos los pueblos
-un poco primitivos, fué el tener cierto desdén por
-el dinero.</p>
-
-<p>El amo de la posada de un pueblo considera mucho
-más al compadre suyo que al forastero rico.</p>
-
-<p>Esto me parece muy bien. Yo soy de los que creen
-que el dinero no es apenas de uno; solamente son de
-uno los instintos y las pasiones, las enfermedades y los
-deseos.</p>
-
-<p>Salí de Tafalla de noche, antes de que apuntara la
-mañana, y comencé a marchar.</p>
-
-<p>Entreví en Olite al amanecer las torres amarillentas
-de su castillo y seguí por la orilla del Cidacos. Comenzó
-el día muy temprano. Persistía el horrible bochorno;
-tuve que ir quitándome ropa, y llevándola al brazo. Mi
-primera entrevista con la tierra llana española era poco
-grata. Mi cuerpo marchaba en perpetuo incendio; tenía
-la cara roja, los ojos inyectados, las manos abultadas
-por la sangre. El maldito bochorno no desaparecía. El
-cielo seguía gris y el aire caliginoso.</p>
-
-<p>Almorzamos Philonous y yo en la venta del Morillete,
-y tuvimos que detenernos en un pueblo requemado y<span class="pagenum"><a name="Page_220" id="Page_220">[220]</a></span>
-polvoriento, con unas cuevas agujereadas en una tierra
-blanca y arenosa y una gente áspera y desabrida.</p>
-
-<p>Todo el mundo estaba con plan de reñir. Se lo hice
-notar al posadero y éste me dijo, riendo, que a aquellos
-navarricos no los bautizaban con agua, sino con vino.</p>
-
-<p>Inmediatamente que el ribereño bebe se muestra jactancioso
-y desafiador y siente deseos de golpear o de
-herir.</p>
-
-<p>En este pueblo, donde me detuve, me contaba un
-mozo con satisfacción que todos los sábados había allí
-trabucazos. No se podían tener faroles en las calles porque
-al día siguiente estaban hechos añicos.</p>
-
-<p>Otro mozo de Ujué que estaba oyendo dijo, celebrándolo,
-que en su pueblo era una cosa rara un día sin puñaladas
-y que había habido un cura que tenía que ir a
-decir misa con el trabuco debajo del manteo, porque si
-no se burlaban de él. Esto me entristeció.</p>
-
-<p>&mdash;En el fondo, la gente no tiene la culpa&mdash;dije&mdash;. Es
-la geografía en connivencia con las instituciones la que
-produce tales efectos.</p>
-
-<p>Es imposible que la gente sea civilizada y sociable en
-una tierra gris, abrasada por el sol, olvidada por las personas
-ricas, donde no hay frescura, ni sombra, ni medias
-tintas y a la cual no llega ni el eco más lejano de
-la cultura de Europa.</p>
-
-<p>Mientras marchaba por estos pueblos, Philonous me
-producía serios conflictos, y yo, como Pedro, tenía que
-negarle más de tres veces.</p>
-
-<p>Hacía barbaridades; un día entraba en la cocina de
-una venta, tiraba la olla y se la comía; otro salió de una
-tahona con todo el hocico lleno de harina, perseguido
-por el tahonero; también se comía los pollos que podía,
-pero sólo cuando estaba muy hambriento.</p>
-
-<p>Muchas veces no le veía en todo el día, pero luego,
-por la noche, se me acercaba y me daba con la pata,
-como diciendo: Aquí estoy, amigo.</p>
-<hr class="chap" />
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_221" id="Page_221"></a></span></p>
-
-
-<h4 id="II_II_XI">XI.<br />
-LAS MOSCAS</h4>
-
-
-<p><span class="smcap">Tanto</span> o más que el calor me molestaban en mi
-viaje las moscas. Había en las calles de estos
-pueblos una cantidad inconcebible de moscas, pesadas,
-pegajosas, repugnantes.</p>
-
-<p>&mdash;Mientras haya moscas en el mundo no habrá civilización&mdash;me
-decía yo con tristeza.</p>
-
-<p>Para combatir sus ataques, me puse a filosofar acerca
-de ellas, en lo perniciosas que debían ser y en la
-poca ciencia que demuestra la Naturaleza, que se deja
-llevar de sus rutinas y de sus lugares comunes de una
-manera lamentable.</p>
-
-<p>Recordé que Luciano de Samosata, el célebre satírico
-griego, había hecho un elogio de la mosca, y de aquí
-obtuve una casi luminosa consecuencia.</p>
-
-<p>Muchos suponen que este escritor fué cristiano, a pesar
-de que en la historia de Peregrinus llama a Cristo un
-sofista crucificado.</p>
-
-<p>Este dato parece dar a entender que Luciano no fué
-cristiano; pero el elogio de la mosca para mí es definitivo.
-Da el diagnóstico del escritor greco-sirio.</p>
-
-<p>Era cristiano. ¿Hay algo más cristiano que la mosca?
-La mosca es constante, persistente, zumbona.</p>
-
-<p>A la mosca le gusta andar en las llagas, en el pus, en
-las basuras, como a los verdaderos cristianos.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_222" id="Page_222">[222]</a></span>
-Alguno dirá que a los obispos y a los papas les agrada
-más el dinero, la opulencia, el fausto; pero esto no
-demuestra más sino que las moscas son mucho más
-cristianas que los obispos y que los papas.</p>
-
-<p>La mosca crece en razón directa del sol, de la suciedad,
-de los establos y de las cuadras, y en razón inversa
-de la limpieza, del agua corriente y de la gente razonable.
-Lo mismo les pasa a los frailes.</p>
-
-<p>Sorprendido por tales semejanzas obtuve la ecuación
-de la cultura en la forma que expongo aquí.</p>
-
-<p>El índice de la cultura se expresa sumando la cantidad
-de vino, el número de moscas y el número de clérigos,
-y partiendo el total por el número de árboles.</p>
-
-<table border="0" cellpadding="5" cellspacing="5" summary="equacion">
-<tr>
- <td class="tdl" rowspan="2"><i>X</i> (índice de la cultura) =</td>
- <td class="tdc bb">Vino + Moscas + Clérigos</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdc">Arboles</td>
-</tr>
-
-</table>
-
-<p>Las profundas consecuencias que se desprenden de
-mi descubrimiento las entrego a la Humanidad futura.
-Ella sabrá plantar más árboles y exterminar las moscas.</p>
-<hr class="chap" />
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_223" id="Page_223"></a></span></p>
-
-
-
-<h4 id="II_II_XII">XII.<br />
-EN LAS BÁRDENAS</h4>
-
-
-<p><span class="smcap">Estando</span> yo en Caparroso se presentó una partida
-de milicianos nacionales, mandada por un capitán
-que iba de vanguardia de la columna de un jefe
-llamado Iribarren. Saludé al capitán, a quien conocía de
-Pamplona por ser amigo de Iriarte, y hablamos.</p>
-
-<p>Me dijo que se había quedado la partida sin cirujano,
-porque a este le habían muerto, y me preguntó si yo
-podría sustituírlo por lo menos un día.</p>
-
-<p>&mdash;Yo no soy cirujano&mdash;le dije.</p>
-
-<p>&mdash;¡Bah! Para lo que hay que hacer, lo hará usted
-mejor que cualquier otro. Mañana vamos a atacar a la
-gente de Salaberrí, que campea por ahí, por las Bárdenas.
-Necesitamos de alguien que sea capaz de poner una
-venda.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y el cirujano de este pueblo?</p>
-
-<p>&mdash;Es uno de los facciosos y anda por el monte.</p>
-
-<p>No tuve más remedio que aceptar; pero puse la condición
-de no seguir después a la partida; pasada la
-acción, yo me marcharía por donde quisiera.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno. Bueno. Muy bien.</p>
-
-<p>El capitán señaló un cabo y ocho hombres para que
-quedasen a mis órdenes. Sacamos el botiquín del cirujano
-y vimos lo que había.</p>
-
-<p>Mientras hicimos los preparativos estuve tranquilo;<span class="pagenum"><a name="Page_224" id="Page_224">[224]</a></span>
-pero por la noche, al tenderme en el pajar, me vino la
-idea de que cuando el otro cirujano había muerto, el
-cargo era peligroso. Luego, la imaginación se puso en
-movimiento y fué pintándome con una realidad desagradable
-las perspectivas que me esperaban.</p>
-
-<p>Creer que estos forajidos realistas iban a respetarle a
-uno porque llevase el carácter de cirujano o de médico
-me parecía una ilusión.</p>
-
-<p>Pensé en lo que me pasaría si quedaba herido al cuidado
-de un barbero en un rincón sucio, con aquella
-temperatura al rojo blanco.</p>
-
-<p>Se me pintaron todos los horrores posibles. Comencé
-a agitarme de la derecha a la izquierda, sin poder
-dormir.</p>
-
-<p>Al amanecer, momentos antes de salir el sol, me cogió
-el sueño, y poco después me llamaron. Estaba tan
-fuertemente dormido, que tuvieron que empujarme de
-un lado a otro para despertarme. El sol iluminaba el
-campo, desolado y desierto, cuando la partida se puso
-en marcha. Yo iba a retaguardia con las camillas, unas
-mulas y un carro. Caminamos durante un par de horas
-hasta llegar a las Bárdenas. El sitio era solitario y pobre,
-de una monotonía, de una tristeza y de una fealdad
-desagradable, agudizada por el tiempo bochornoso. La
-tierra, cenicienta, se extendía como un mar, y delante se
-nos presentaba unas colinas roídas por las lluvias.</p>
-
-<p>Estaba yo pensando que los realistas rehuían el encuentro
-cuando sonaron los primeros tiros. Se hallaban
-los facciosos parapetados en unas lomas blanquecinas.</p>
-
-<p>Mandé yo a mis hombres con la mayor serenidad posible
-que abriesen el botiquín e hicieran sus preparativos.</p>
-
-<p>Nuestros soldados se desplegaron en guerrilla y comenzaron
-a disparar y a avanzar.</p>
-
-<p>Hubo que seguirlos. Las balas pasaban silbando, y yo
-volvía la cabeza a un lado y a otro violentamente. Uno
-de los nuestros cayó. Me entró un sudor frío; me acerqué
-a él; le tomé el pulso. Estaba muerto.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_225" id="Page_225">[225]</a></span></p>
-
-<p>De nuevo tuvimos que marchar adelante. Los enemigos
-habían vuelto a ocupar otras posiciones y seguían
-tiroteando. Los nuestros fueron avanzando de una manera
-irregular y consiguieron que la partida absolutista
-se disolviera.</p>
-
-<p>El capitán tuvo que esperar largo rato a que se reunieran
-sus fuerzas, que se habían desperdigado; y
-mientrastanto, los sanitarios improvisados y yo comenzamos
-a vendar a varios heridos; y yo sangré a uno
-que se trajo sin conocimiento en unas parihuelas, y que
-recobró el sentido.</p>
-
-<p>Cuando se reunió la fuerza, el capitán ordenó la retirada
-y nos pusimos en marcha. Los heridos venían a mi
-cargo en las caballerías y en el carro. Contemplábamos
-a los lejos Caparroso en un collado y las ruinas de un
-castillo antiguo.</p>
-
-<p>Ibamos tranquilos internándonos en un soto de álamos
-blancos que llaman la Lobera cuando unos realistas
-apostados hicieron una descarga que produjo el
-desorden en nuestra partida. Se desordenó la columna,
-comenzó el tiroteo por nuestro lado, y yo me vi separado
-de mi gente y en medio del soto en compañía de
-Philonous.</p>
-
-<p>Cuando cesaron los tiros comencé a avanzar despacio.
-Iba marchando con las mayores precauciones
-cuando topé con el cuerpo de un realista herido o muerto.
-Me paré para ver si vivía; llevaba un pañuelo atado
-a la cintura lleno de sangre. Se lo corté con el cuchillo;
-y viendo que pesaba me encontré que llevaba dos onzas
-de oro, cuatro centenes y varias monedas de plata,
-que me apropié porque el hombre estaba muerto. Salí
-del soto y me acerqué a la carretera. Estaba rendido
-de cansancio y de hambre. Debía ser media tarde.
-Eché a andar por la carretera en dirección contraria a
-Caparroso cuando se acercó un coche viejo y desvencijado.</p>
-
-<p>En el coche iban un hombre, que dirigía, y un cura.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_226" id="Page_226">[226]</a></span></p>
-
-<p>Se paró el coche un momento, y yo le pregunté al cochero
-si podía llevarme al pueblo próximo.</p>
-
-<p>&mdash;Si el señor cura quiere, a mí no me importa&mdash;me
-dijo, con tosco acento.</p>
-
-<p>&mdash;Por mí, que suba&mdash;dijo el cura.</p>
-
-<p>Subí y me senté. El cura era un hombre flaco, desmayado,
-las cejas como dos acentos circunflejos; los párpados,
-apenas abiertos, como dos líneas, y un lente en
-la mano.</p>
-
-<p>Llegamos a Valtierra a media tarde; fuí a una posada-taberna,
-y lo primero que hice fué pedir que me pusieran
-de comer.</p>
-
-<p>El pueblo me pareció grande, triste, polvoriento y
-abrasado.</p>
-
-<p>En la taberna, a la moza que me servía le pregunté si
-hacía mucho calor.</p>
-
-<p>&mdash;¿Aquí?&mdash;exclamó un hombre interrumpiendo&mdash;.
-Aquí en invierno se hiela la Virgen y en verano se deshace
-el palio.</p>
-
-<p>Es la costumbre de esta gente el barajar siempre y
-con cualquier motivo en su conversación los artefactos
-religiosos.</p>
-
-<p>Dormí en el corral, y de noche salí para Tudela.</p>
-<hr class="chap" />
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_227" id="Page_227"></a></span></p>
-
-
-
-<h4 id="II_II_XIII">XIII.<br />
-REVELACION DE LA ESPAÑA CLÁSICA</h4>
-
-
-<p>A pesar de que Philonous y yo salimos a media noche
-de Valtierra, llegamos a Tudela, rendidos por
-el calor, a media mañana.</p>
-
-<p>Entré yo en una posada, pedí un cuarto y me tumbé
-en el suelo, porque no podía aguantar el sofoco del jergón.
-Tendido y sudando estuve varias horas oyendo el
-retumbar de unas campanas y el rebuzno de un burro,
-hasta que el hambre me indicó que era hora de levantarme.
-Pregunté a qué hora se cenaba, y me dijeron que
-a las nueve. Cuando empezó a caer la tarde salí con
-Philonous a la orilla del Ebro, a respirar. No se movía
-una partícula de viento. El cielo estaba blanquecino por
-el calor; el tío, muy ancho, parecía arder, con un color
-rojo de escarlata, sombreado por los bosquecillos de las
-riberas; el horizonte se encendía con los relámpagos de
-los montes lejanos; por el puente, de arcos desiguales,
-pasaban algunos carromatos.</p>
-
-<p>Estuve sentado a las orillas del Ebro hasta que empezó
-a obscurecer. Su superficie roja palideció y la sombra
-de los bosquecillos quedó muy negra.</p>
-
-<p>Volví a la posada y estuve hablando con el patrón,
-que era herrador, un viejo canoso con unas antiparras
-y aire de sabio. Todavía faltaban tres cuartos de hora
-para la cena.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_228" id="Page_228">[228]</a></span></p>
-
-<p>Salí de nuevo; había visto al llegar una parte del pueblo
-moderna, insignificante. Tiré ahora por el lado contrario;
-seguí una callejuela; luego otra; después pasé un
-arco. En aquellos callejones estrechos había carros
-grandes llenos de paja que interceptaban el paso; en las
-puertas de las casas la gente salía a respirar el aire ardoroso,
-seco y lleno de polvo; y algunos campesinos
-medio desnudos pasaban montados en un borrico o en
-una mula.</p>
-
-<p>Un farol debajo de un arco brillaba iluminando una
-hornacina y la puerta de una iglesia. La obscuridad y
-el piso desigual me hacían ir tropezando por las calles.</p>
-
-<p>Al pasar por una encrucijada me tiraron agua y tierra
-desde un balcón.</p>
-
-<p>Intenté volver a casa del herrador, pero me perdí, y
-durante algún tiempo anduve dando vueltas por los
-mismos sitios y rincones.</p>
-
-<p>En esto oí una campanilla, y vi poco después, delante
-de un portal estrecho, una fila de hombres con cirios
-en la mano que, sin duda, acompañaban al Viático. Tenían
-la cabeza para abajo, iluminada por el resplandor
-de los cirios. ¡Qué caras! ¡Qué aires de cansancio y de
-resignación! ¡Qué miradas de abatimiento! ¡Qué español!
-¿Qué terriblemente español era aquello!</p>
-
-<p>Sin fijarme en la dirección eché a andar, salí a una
-plaza y de allí encontré fácilmente la posada.</p>
-
-<p>El herrador y otros dos huéspedes me esperaban a
-cenar.</p>
-
-<p>Nos sentamos a la luz de un candil. Uno de los hombres
-era un campesino de un pueblo próximo, hombre
-de unos cincuenta años, de ojos azules y pelo rubio;
-el otro, un tipo de judío tan característico, que me chocó.</p>
-
-<p>El labrador tenía una idea de Tudela como de un foco
-de comodidades y de placeres. Yo le dije que el campo
-por donde había cruzado me pareció árido y seco; pero
-él me aseguró que era fertilísimo, y es posible que tuviera
-razón.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_229" id="Page_229">[229]</a></span></p>
-
-<p>El otro, el del aire judaico, era, por lo que me dijo,
-saludador, medio brujo y medio médico; hacía conjuros
-para que no enfermaran las caballerías y para quitar el
-mal de ojo a los niños, y creía que tenía procedimientos
-especiales para alargar la vida.</p>
-
-<p>Le dije que viéndole en otra parte le hubiera tomado
-por un judío de casta sacerdotal, lo cual no le molestó;
-por el contrario, me dijo que su padre y su familia procedían
-de la judería de Tudela, y que no sería raro que
-él fuese de raza hebrea.</p>
-
-<p>Después de cenar se apagó el candil, me fuí yo a la
-cama, y tuve que acostarme sin ropa por el calor. Afortunadamente,
-a media noche comenzó una tormenta con
-truenos y relámpagos, cayó un copioso chaparrón y refrescó
-el ambiente.</p>
-
-<p>Dormí unas horas y salí por la mañana.</p>
-
-<p>El aire era ya respirable. Inmediatamente me dirigí
-hacia la catedral. Me reconcilié con el pueblo.</p>
-
-<p>A pesar de ser la mayoría de las casas de ladrillo,
-eran hermosas; algunas, verdaderos palacios con grandes
-puertas, balcones espaciados y una galería alta con
-arcadas en el segundo piso. Empotrados en las paredes
-ostentaban escudos abultados y salientes de piedra blanca,
-y en las ventanas se veían orlas esculpidas con los
-primores del Renacimiento incrustadas en el ladrillo.</p>
-
-<p>Recorriendo este pueblo y luego visitando otros, me
-expliqué que en España la gente de inclinaciones estéticas
-no sea muy entusiasta del progreso; lo viejo tiene
-aquí su hermosura y su nobleza; en cambio, lo nuevo es
-de una mezquindad que asombra por su sentido de economía,
-por su sordidez trágica y completa. Callejeé largo
-rato por Tudela, al amanecer; ¡qué nombres los de las
-calles! Calle de la Vida, calle de la Muerte, calle del
-Juicio...; luego las calles de los oficios: de las Chapinerías,
-de las Herrerías, de los Caldereros...</p>
-
-<p>Se iban abriendo las puertas de las casas y saliendo
-los labradores para sus faenas; luego comenzaron a pa<span class="pagenum"><a name="Page_230" id="Page_230">[230]</a></span>sar
-mujeres, muchachitas y viejas con su mantilla,
-camino de la iglesia, y empezó a tocar una campana.</p>
-
-<p>Di varias vueltas a la catedral hasta encontrar una
-puerta abierta. Entré y estuve sentado contemplando la
-majestuosa nave; luego pasé a una capilla a mirar un
-admirable retablo. Estaba apoyado en un confesonario,
-por el lado de la reja por donde se confiesan las mujeres.
-De pronto apareció por la ventanilla una cabeza
-gruesa de un cura, y, sin hablarme, me hizo con la mano
-un gesto de que me acercara. Quedé paralizado, horrorizado.
-Quizá había cometido yo un sacrilegio. Quizá me
-esperaba la Inquisición.</p>
-
-<p>Retrocedí de prisa, salí de la capilla y me dirigí hacia
-la puerta. No me seguía nadie; pero, por si acaso, me
-marché fuera.</p>
-
-<p>Comenzaba a hacer calor, pasaban muchos curas por
-las callejuelas. Llegué a la plaza y me senté. Había mercado,
-puestos de verduras, de cacharros, de instrumentos
-de labranza....</p>
-
-<p>En las mujeres que correteaban por allí, me pareció
-ver más claramente que en los hombres dos tipos distintos:
-unas, morenas de óvalo alargado, ojos negros, melancólicos,
-de aire un tanto judaico, y otras, con un tipo
-germano, rubias, con ojos azules o claros, la cara cuadrada
-y la mirada enérgica y dura.</p>
-
-<p>Fuí a mi posada. Acababan de llenar de paja el patio,
-y los montones dorados de gavillas lo inundaban
-todo.</p>
-
-<p>Los mozos que habían trabajado, sudando a chorros,
-estaban bebiendo vino.</p>
-
-<p>Este polvo, este calor, esta mezcla de barbarie y de
-simplicidad, este contraste de la pobreza de los callejones
-del pueblo con la pompa de la catedral me dió la
-revelación de la España clásica, emborrachada con su
-sol, con su vino, con su fanatismo y con su violencia.</p>
-<hr class="chap" />
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_231" id="Page_231"></a></span></p>
-
-
-
-<h4 id="II_II_XIV">XIV.<br />
-EL SANTERO</h4>
-
-
-<p><span class="smcap">El</span> saludador de aspecto judaico pensaba ir hasta
-Agreda y fuí con él en el carro de un ordinario.
-En Cintruénigo se nos reunieron un santero y un muchacho
-vizcaíno que iba a Madrid a buscar una <i>conveniensia</i>,
-como decía él.</p>
-
-<p>El santero era un hombre flaco y denegrido, con los
-ojos muy brillantes y el pelo rizado. Parecía un cuervo;
-llevaba una sotana raída, unas polainas y un sombrero
-ancho colocado encima de un pañuelo negro que le apretaba
-la cabeza.</p>
-
-<p>El vizcaíno era alto, estrecho, de nariz larga y gruesa,
-ojos abultados y expresión parada. Se llamaba Belausteguigoitia,
-y tenía un segundo apellido más largo
-que éste.</p>
-
-<p>Belausteguigoitia creía que los Belausteguigoitias eran
-la flor de su pueblo en Vizcaya; que Vizcaya era la flor
-de España, y España, la flor del mundo. Los Belausteguigoitias
-eran las delicias del género humano, y se podía
-considerar como un verdadero honor el que este exquisito
-molde de los Belausteguigoitias siguiera produciendo
-más Belausteguigoitias y esparciéndolos por el mundo,
-para ejemplo de los demás y gloria suya.</p>
-
-<p>La sociedad entera debía estar interesada en el acre<span class="pagenum"><a name="Page_232" id="Page_232">[232]</a></span>centamiento
-y en la propagación de los Belausteguigoitias
-y de sus narices.</p>
-
-<p>Este vizcaíno habló de las grandezas de su pueblo y
-de su familia de una manera tan exagerada, que provocó
-la réplica irónica del saludador, quien le dijo que no
-comprendía cómo estando tan bien en su casa podía dirigirse
-a Madrid, a pie, en busca de una <i>conveniensia</i>.</p>
-
-<p>El vizcaíno dijo orgullosamente que el saludador era
-un ignorante y un plebeyo, y el saludador le contestó
-que había conocido mucha gente fantasmona y vanidosa
-entre los vizcaínos; pero que nunca había encontrado
-uno tan vanidoso y tan fantasmón como él.</p>
-
-<p>Belausteguigoitia se dió por ofendido y no nos dirigió
-la palabra.</p>
-
-<p>Discutimos después el santero, el saludador y yo de
-varias cosas; los dos creían en el diablo como en un
-personaje que anduviera todos los días cruzándose en
-su camino, algo como un perro que se metiera entre las
-piernas.</p>
-
-<p>&mdash;Si yo creyera tanto como ustedes en el diablo y en
-Dios&mdash;les dije&mdash;, dejaría al diablo que se explicara alguna
-vez, no fuera a tener razón.</p>
-
-<p>El santero dijo que no había oído nunca absurdo
-mayor; el saludador murmuró que quizá estaba yo en lo
-cierto.</p>
-
-<p>En Agreda quedó el saludador; y el vizcaíno de la
-<i>conveniensia</i>, el santero y yo seguimos en otro carro,
-camino de Almazán.</p>
-
-<p>El santero tenía que ir a Barahona a cobrar una parte
-de herencia. Nos invitó a ir con él, y fuimos el vizcaíno
-y yo. Yo estuve a ver, de lejos, el campo de las Brujas y
-un pueblo en ruinas que se llama Los Hoyos, en donde
-no quedaba mas que una casa en pie y al lado una
-horca.</p>
-
-<p>Por la noche fuimos a cenar a casa del cura del pueblo
-con el santero, y no sé por que me dió a mí la ocurrencia
-de decir que no era católico.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_233" id="Page_233">[233]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;¿No es usted católico?</p>
-
-<p>&mdash;No.</p>
-
-<p>&mdash;Tenemos un hereje en casa&mdash;murmuró el cura, dirigiéndose
-al ama.</p>
-
-<p>A la mujer le entró un temblor tal, que creí se le iban
-a caer los platos de la mano. No hacía mas que mirarme
-con gran curiosidad, para ver, sin duda, si se me
-veían los cuernos.</p>
-
-<p>Interrumpí la cena con un pretexto, y me marché a la
-posada, y por la noche vinieron el alcalde y el alguacil
-a buscarme. Estuvo el alcalde vacilando en prenderme;
-pero se decidió por mandarme salir del pueblo a la mañana
-siguiente.</p>
-
-<p>Desde entonces no volví a decir, ni en broma, que era
-protestante.</p>
-
-<p>Seguimos el vizcaíno de la <i>conveniensia</i> y yo, a pie,
-nuestra marcha por Paredes y la Venta de Río Frío a entrar
-en Castilla la Nueva.</p>
-
-<p>Hacía mucho calor; pero estábamos en la segunda
-mitad de agosto, y por la noche refrescaba y se podía
-dormir.</p>
-
-<p>De vez en cuando encontrábamos arboledas, en las
-que solíamos descansar. En estos países donde el árbol
-escasea, toma tal valor, que un bosquecillo de chopos o
-de álamos parece un paraíso, una maravilla de la Naturaleza,
-algo divino y admirable.</p>
-
-<p>En Jadraque encontramos un carretero, con quien nos
-hicimos amigos, y en el carro de éste llegamos a Alcalá.</p>
-
-<p>Aquí me pareció lo mejor tomar la diligencia, y en la
-diligencia entré en Madrid.</p>
-<hr class="chap" />
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_234" id="Page_234"></a>
-<a name="Page_235" id="Page_235"></a></span></p>
-
-
-
-
-<h3>TERCERA PARTE<br />
-DE MADRID A SEVILLA</h3>
-
-
-<h4 id="II_III_I">I.<br />
-LA CASA DE HUÉSPEDES</h4>
-
-
-<p><span class="smcap">La</span> llegada a las proximidades de Madrid en un día
-de verano, de sol, con la tierra desnuda, sin color
-por la claridad y el polvo, me pareció un tanto trágica y
-sombría. La puerta de Alcalá mitigó algo la triste impresión
-del paisaje que había recibido. Nos detuvimos a la
-entrada de la villa, y después subimos al galope por la
-calle de Alcalá y llegamos a la de las Huertas, hasta una
-administración de coches.</p>
-
-<p>Una chusma policíaca, cínica y desvergonzada, revolvió
-mi pequeño equipaje, y uno de ellos me dijo que tenía
-que tomar carta de seguridad.</p>
-
-<p>Fuí a cumplir este requisito y me instalé en una fonda
-muy mala de la calle de la Gorguera.</p>
-
-<p>La primera impresión de Madrid fué para mí confusa.</p>
-
-<p>Afortunadamente, como venía de pueblos abandonados,
-no me dió la sensación de pequeñez y de miseria
-que daba a otros extranjeros.</p>
-
-<p>Mi primer cuidado fué buscar un modo de vivir, pues
-no tenía mas que unas monedas de cobre por todo capital.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_236" id="Page_236">[236]</a></span></p>
-
-<p>Fuí al café de La Fontana de Oro, tomé un refresco y
-pregunté al mozo por el Gran Oriente Escocés. Me dió
-la dirección y me presenté en la logia masónica. Salió a
-recibirme un hermano con aspecto frailuno; me preguntó
-lo que sabía hacer, expuse yo mis conocimientos y
-dejé las señas de mi posada. Al día siguiente me enviaron
-una esquelita diciéndome que fuera al Museo de
-Historia Natural, en la calle de Alcalá, y que preguntara
-por el director.</p>
-
-<p>Fuí, efectivamente, y el director me dijo que podía tener
-trabajo durante algún tiempo, y que me pagarían
-cincuenta duros al mes. Me marché satisfecho y comencé
-a acudir todos los días al Museo. Pronto vi que allí
-no trabajaba nadie. El director tenía por costumbre
-no ir a la oficina, y los demás empleados hacían lo
-mismo.</p>
-
-<p>Después pude comprobar que esta era una costumbre
-de casi todos los centros oficiales de España.</p>
-
-<p>Como se veía en la precisión de pasar el mes entero
-sin cobrar un céntimo, fuí de nuevo a la logia y me hicieron
-un anticipo de veinte duros, que devolví puntualmente
-cuando me pagaron.</p>
-
-<p>En seguida que me encontré dueño de algún dinero,
-pagué la fonda y busqué una casa de huéspedes. Un
-empleado del Museo me recomendó a un oficinista amigo,
-que tomaba algunas personas en familia. Vivía este
-ciudadano en los barrios bajos, en la calle de la Encomienda,
-entre la de Embajadores y la de Mesón de Paredes;
-se llamaba don Nemesio Fernández de la Encina,
-y era escribiente en la Contaduría general de Valores,
-con poco sueldo. Su mujer, doña Mencía, patroneaba
-sus huéspedes, y con esto se ayudaba un poco.</p>
-
-<p>Don Nemesio y doña Mencía me mostraron un cuarto
-claro y bastante ancho, que me cederían; me explicaron
-con detalles lo que se comía en la casa, y me dijeron
-que me llevarían diez reales.</p>
-
-<p>Al principio se negaron a aceptar a Philonous; pero<span class="pagenum"><a name="Page_237" id="Page_237">[237]</a></span>
-como yo dije que no quería desprenderme del perro, lo
-aceptaron, a condición de que lo llevara siempre conmigo
-y no lo tuviera en el cuarto mas que de noche.</p>
-
-<p>La casa del señor Fernández de la Encina era una
-casa vieja, a la que por una casualidad le daba el sol;
-tenía muchos cuartos, con un piso de baldosas rojas que
-se deshacían.</p>
-
-<p>No había en aquella casa ni una arista aplomada, ni
-un ángulo recto; todo parecía andar bailando, y muchas
-veces se me figuraba que los techos y las paredes iban
-a venirse al suelo.</p>
-
-<p>Al principio, la vida en casa del señor Fernández de
-la Encina me pareció un tanto monótona; pero me fuí
-acostumbrando hasta encontrarla bien.</p>
-
-<p>El señor Fernández era un poco petulante, y hablaba
-de su familia y de sus posesiones de Extremadura
-como un hidalgo venido a menos.</p>
-
-<p>Su mujer, doña Mencía, una señora de cara pálida y
-agria, se lamentaba siempre de la carestía de la vida, y
-tenía que explicarme lo que costaban cuantos manjares
-ponía en la mesa.</p>
-
-<p>&mdash;Ya ve usted, don Juan&mdash;me decía&mdash;, este escabeche
-que está usted comiendo me ha costado dos reales.
-No sabe usted cómo está la plaza.</p>
-
-<p>Doña Mencía hablaba el castellano como un libro,
-con unos giros tan académicos y una cantidad tal de
-palabras, que me sorprendía.</p>
-
-<p>Los otros huéspedes de la casa eran un matrimonio
-que había venido de un pueblo de Andalucía.</p>
-
-<p>Los dos, muy viejecillos, tenían cierta gracia, por lo
-amartelados que estaban.</p>
-
-<p>De las hijas del señor de la Encina, la mayor era una
-solterona ya marchita y de mal genio, que hacía labores.
-La segunda, muy decidida, iba y venía y estaba
-siempre en la calle; y la pequeña, la Paquita, tenía afición
-a las cosas de la casa, administraba los caudales
-familiares e impulsaba a moverse a la criada, una astu<span class="pagenum"><a name="Page_238" id="Page_238">[238]</a></span>riana
-que se dormía de pie, se olvidaba de todo y tiraba
-las salsas encima de los comensales.</p>
-
-<p>El hijo, el más joven de todos, era un diablo; estaba
-constantemente haciendo ruido, pegando a los gatos, y
-aspiraba a ser miliciano nacional.</p>
-
-<p>La madre y las niñas se pasaban la mitad de la vida
-cosiendo en el balcón, debajo de una cortina de lona.
-Tenían allí algunos tiestos con geranios y claveles, y
-para ellas el balconcito éste era un Versalles.</p>
-
-<p>Enfrente, en la vecindad, vivían unos muchachos, y
-solían pasarse los vecinos cestitas con caramelos y con
-cartas.</p>
-
-<p>La hija menor, la Paquita, solía bromear conmigo y
-me preguntaba si tenía novia en Inglaterra. Yo le contestaba
-contándole mentiras, y ella me decía:</p>
-
-<p>&mdash;¡Ay, don Juan, don Juan! Es usted un pillo.</p>
-
-<p>En el piso bajo de la casa trabajaba un sillero, picado
-de viruelas, que se llamaba Deogracias y que tocaba
-la guitarra; en su tenducho se reunía una tertulia de
-milicianos.</p>
-
-<p>Allí solía oír contar lo que ocurría en Madrid.</p>
-
-<p>Los sábados, el Deogracias y su hijo salían al portal,
-el uno con la guitarra y el otro con la bandurria, y tocaban
-ellos y bailaban las chicas de la vecindad.</p>
-
-<p>La Paquita, la niña pequeña de doña Mencía, bailaba
-con mucha gracia el bolero.</p>
-
-<p>&mdash;Es muy bonita mi niña; ¿no es verdad, señor inglés?&mdash;me
-decía su madre.</p>
-
-<p>&mdash;Ya lo creo.</p>
-
-<p>Todos los muchachos de la vecindad andaban tras
-ella, y los domingos, después de misa mayor, aparecían
-en la calle tres o cuatro lechuguinos con aire de Tenorio.</p>
-<hr class="chap" />
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_239" id="Page_239"></a></span></p>
-
-
-
-<h4 id="II_III_II">II.<br />
-DIGRESIONES SOBRE EL PAÍS</h4>
-
-
-<p><span class="smcap">En</span> la sillería de Deogracias, como en el taller del
-Museo de Historia Natural, como en la mesa de
-La Fontana de Oro, adonde solía ir de cuando en cuando
-por la noche, no se hacía mas que discutir de política.
-Quizá no se razonaba gran cosa; pero se ponía en
-las discusiones mucho fuego y apasionamiento.</p>
-
-<p>El presenciar estos altercados me dió la idea de que
-España perdía por completo su antigua homogeneidad.
-El país no podía transformarse en bloque y se escindía
-violentamente. El Gobierno revolucionario había dado
-una carrera en una senda obscura y estaba ya perdido,
-sin poder orientarse. Su empujón había desgarrado más
-el espíritu del país y no era posible ya un zurcido. La
-clase pobre en Madrid seguía su vida a la antigua, en
-sus callejuelas estrechas y sórdidas, y tenía sus majos
-y sus majas, sus manolas, sus toreros, sus bravucones,
-sus menestrales, que empeñaban el colchón para ir a los
-toros; sus maestros zapateros y herreros, que trabajaban
-en un portalillo o en la calle; sus aguadores, sus rateros,
-sus mozas de partido, sus ciegos que tocaban la
-guitarra en los rincones...</p>
-
-<p>La clase directora quería transformar esto rápidamente,
-y como no podía, se quejaba del pueblo.</p>
-
-<p>Les pasaba lo que a algunos extranjeros que habían<span class="pagenum"><a name="Page_240" id="Page_240">[240]</a></span>
-venido a España creyendo que la Revolución iba a cambiar
-el país en un momento.</p>
-
-<p>&mdash;Esto no es Europa&mdash;solían decir, y hablaban de
-París, de Londres, de Bruselas.</p>
-
-<p>Los tales franceses e ingleses suponían que no hay
-mas que un figurín para vestir a los pueblos y un
-modo, uno e indivisible, de hacer su dicha.</p>
-
-<p>Esto, por lo menos, no está probado. Yo, por mi
-parte, creo que cada cual debe buscar la felicidad a su
-manera; cada cual bebe en la fuente de la vida cuando
-puede y como puede.</p>
-
-<p>Mucha gente cree que no hay mas que una felicidad
-para el individuo: ser rico, respetable, etc., etc.; pero
-hay hombres que son felices contemplando un paisaje,
-otros interviniendo en una intriga, otros pensando exclusivamente
-en las mujeres, otros trabajando en un
-laboratorio, otros mirando un campo verde. La vida de
-cada uno tiene sus directrices. El poder seguirlas lo más
-exactamente posible es el sentirse bien, y lo mismo pasa
-en los pueblos. Claro que esto no se puede conseguir
-fácilmente; pero, ¿por qué hemos de creer que no hay
-para el hombre mas que una clase de felicidad? ¿Por
-qué hay que pensar que únicamente el voto y el sistema
-parlamentario y lo que llaman la democracia es la felicidad
-y el progreso de los pueblos?</p>
-
-<p>Algunos dicen que para saber si las cosas son buenas
-no hay mas que confrontarlas con la realidad. ¿Pero
-cuál es la realidad?</p>
-
-<p>Hay mucha gente que cree que la realidad es sólo lo
-tangible, como si el tacto fuera un sentido de exactitud
-matemática. Tan realidad es una piedra como una nube;
-no hay más diferencia que a la piedra se le siente
-con el tacto y con los ojos, y a la nube sólo con los
-ojos. En la Naturaleza misma no es fácil distinguir la
-realidad. Y si en la Naturaleza no es fácil distinguir
-la realidad, ¿cómo se va a distinguir en los hechos
-sociales?</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_241" id="Page_241">[241]</a></span></p>
-
-<p>Cuando yo discutía con mis amigos de Madrid de
-política y de filosofía me tenían por un perturbador.</p>
-
-<p>&mdash;Nuestras conclusiones están demostradas; son definitivas&mdash;afirmaban
-ellos.</p>
-
-<p>Es notable el afán de los políticos de concluír, de no
-dejar nada que hacer a los que vengan detrás.</p>
-
-<p>Esto es lo definitivo, lo verdadero, lo inatacable&mdash;dicen
-los de los ojos miopes, y lo creen cándidamente.</p>
-
-<p>¿Qué sabemos nosotros qué es lo definitivo y lo que
-no lo es? ¿No va rodando la verdad por el mundo y
-cambiando de aspecto de época en época? Más definitivo
-que la democracia y el parlamentarismo pareció en
-su tiempo Júpiter con su cortejo de dioses, y se vino
-abajo; más definitivo ha parecido Jehová, y ya se retira
-entre bastidores con su cortejo de profetas de barba negra
-y de nariz de loro; tan verdadero como el sistema
-de Copérnico se creyó el de Hiparco, corregido por Ptolomeo...</p>
-
-<p>¡Qué imprudencia más ridícula hablar de lo definitivo!
-¡Qué ganas de cerrar puertas que han de abrir los
-que vengan detrás!</p>
-
-<p>Por eso yo le suelo decir constantemente a Philonous:</p>
-
-<p>&mdash;Amigo can. Dejemos las conclusiones para los imbéciles.</p>
-<hr class="chap" />
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_242" id="Page_242"></a>
-<a name="Page_243" id="Page_243"></a></span></p>
-
-
-
-<h4 id="II_III_III">III.<br />
-SALIDA DE MADRID</h4>
-
-
-<p><span class="smcap">El</span> ambiente de Madrid, de broma y de vida picaresca,
-me cogió a mí de lleno. Vi que no se trabajaba
-apenas en el taller del Museo y que nadie tomaba
-aquello en serio, e hice como los demás: ir cada vez
-más tarde, y acabar por no aparecer. Algunos amigos
-masones me dijeron que mientras ellos siguieran en el
-mando disfrutaría del sueldo con seguridad; pero que
-cuando salieran del Poder no duraría mi empleo más
-que una semana a lo sumo.</p>
-
-<p>Escribí a Will Tick diciéndole lo que había hecho en
-mi viaje, y me contestó una larga carta; me contaba que
-le habían nombrado secretario de una sociedad de filohelenos
-de Londres, y que él, a su vez, me había nombrado
-agente de esta sociedad en España. Añadía que
-para junio me girarían una cantidad a Sevilla con el objeto
-de que comprara armas y las llevara a Gibraltar, y
-me indicaba que si yo conocía algunas personas simpatizadoras
-del movimiento libertador de Grecia iniciara
-una suscripción y me quedase con los cuartos. Pensé
-que si no encontraba otro recurso acudiría a éste, preparándome
-de antemano alguna máxima jesuítica y una
-gruesa de reservas mentales.</p>
-
-<p>Mientrastanto, ya sin ocuparme de mi destino mas
-que para cobrar, comenzaba a tomarle gusto a Madrid:<span class="pagenum"><a name="Page_244" id="Page_244">[244]</a></span>
-formaba corrillos con los liberales y los serviles, oía las
-letanías de los ciegos e iba a la vuelta de los toros a ver
-las manolas en los calesines y a los picadores con los
-monosabios en las ancas de los caballos.</p>
-
-<p>Una persona con quien solía reunirme casi todos los
-días era un tal Patricio Moore, ex fraile español, de origen
-irlandés, exaltado y afiliado al carbonarismo.</p>
-
-<p>Con él andaban dos italianos de aire muy misterioso,
-con los bigotes erizados, y un cómico, hombre de
-ciertas condiciones geniales en su oficio, pero que abusaba
-del alcohol e iba enronqueciendo por momentos.</p>
-
-<p>Todos ellos eran republicanos y vivían en una exaltación
-perpetua, hablando y perorando constantemente.
-Yo me encontraba con ellos casi siempre en desacuerdo
-y me parecían proyectos utópicos los que ellos consideraban
-realizables, y al contrario. Una de las cosas que
-se discutía a todas horas entre ellos era si debía haber
-una o dos Cámaras representativas. Parecía imposible
-que una cuestión así pudiera apasionar a la gente. Claro
-que al pueblo esto le tenía sin cuidado; pero ellos
-suponían que el pueblo era una entidad que habían inventado
-y que servía para realizar las más estúpidas de
-las utopías.</p>
-
-<p>No comprendían estos reformadores que se encontraban
-en España en una minoría insignificante, porque no
-sólo en el campo, en donde todos eran realistas, sino en
-Madrid mismo, no estaban los liberales con relación a
-los serviles en proporción de uno a diez.</p>
-
-<p>Patricio Moore y sus amigos me tachaban de poco
-afecto al nuevo régimen y de que miraba las cosas serias
-con indiferencia. Yo no podía entusiasmarme en el
-mismo grado que ellos ni llegar a la pasión ardiente por
-una cuestión de palabras.</p>
-
-<p>Cuando los soldados del duque de Angulema se presentaron
-en la frontera, la expectación pública se hizo
-enorme: algunos creían que si entraban los franceses
-volvería una época como la de la Independencia; pero la<span class="pagenum"><a name="Page_245" id="Page_245">[245]</a></span>
-mayoría de la gente veía que los momentos eran distintos.</p>
-
-<p>En la tertulia de Deogracias, el sillero de la calle
-de la Encomienda, explicó un criado del conde de Montijo
-cómo su amo estaba trabajando por el partido que
-llamaban de los anilleros o moderados, y cómo estaban
-de acuerdo los generales O'Donnell, Ballesteros, Morillo
-y los amigos de Martínez Rosa en intentar el cambio de
-la Constitución.</p>
-
-<p>Este mismo criado de Montijo, liberal acérrimo, nos
-contó una escena que ocurrió en el palacio del conde, en
-la plazuela del Angel, entre Montijo y el Empecinado.</p>
-
-<p>Montijo había convidado a comer a D. Juan Martín y
-a su ayudante Aviraneta y les esperó en compañía de
-una muchacha, querida suya. Se sentaron los cuatro a la
-mesa y hablaron de cosas indiferentes. Cuando acabaron
-de tomar el café, Montijo invitó al Empecinado a pasar
-a su gabinete. El ayudante quedó solo con la muchacha
-y comenzó a galantearla; ella se reía. En esto se oyó un
-estrépito de voces; la muchacha llamó al criado, se forzó
-la puerta del gabinete y se vió al conde de Montijo
-debajo de una mesa gritando y al Empecinado amenazándole
-con el bastón en la mano. La muchacha empezó
-a chillar; pero el conde le tapó la boca, y el Empecinado
-y su ayudante se fueron. Uno de los criados había
-visto y oído lo ocurrido. El conde había tratado de convencer
-al Empecinado de que era necesario cambiar de
-Gobierno y acabar con la Constitución; después le había
-intentado sobornar, y en vista de la frialdad del guerrillero
-le dijo con cólera: «Es usted un bruto, incapaz de
-sacramentos». Entonces el Empecinado, enfurecido, le
-dió tal bofetón al conde que le tiró al suelo, y enarbolando
-el bastón intentó pegarle.</p>
-
-<p>El criado que nos contó esto nos dió tantos detalles,
-que no nos dejó duda alguna de que la escena era cierta.</p>
-
-<p>Al entrar los franceses en España, la cólera de unos
-y el desaliento de los otros se acentuó.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_246" id="Page_246">[246]</a></span></p>
-
-<p>Por esta época hubo un cambio de ministerio y me dijeron
-en el Museo que habían suprimido mi plaza y que
-estaba de más.</p>
-
-<p>Tenía guardado algún dinero, y como no me convenía
-esperar, me decidí a marcharme a Sevilla sin tardanza.
-Hice mi maleta, y con mis documentos en regla y
-una recomendación eficaz para la logia masónica del
-Oriente Escocés, dispuse el viaje.</p>
-
-<p>Me despedí del señor Fernández de la Encina y familia,
-que me dijeron que me quedara con ellos hasta encontrar
-trabajo, y tomé la diligencia.</p>
-
-<p>Quise llevar conmigo a Philonous, pero el perro se
-opuso. Al subir yo al coche se me quedó mirando como
-diciendo; Esto no es lo pactado entre nosotros; y dando
-una vuelta, se fué.</p>
-
-<p>Le dediqué un recuerdo sentimental y seguí adelante.</p>
-
-<p>En el camino tuvimos un ligero tropiezo con una partida
-de realistas que mandaba un sacristán, lugarteniente
-de Palillos.</p>
-
-<p>Entre Andújar y Carmona se habló constantemente,
-en la diligencia, del peligro de encontrar partidas de
-bandoleros; pero no las encontramos, y llegamos con
-toda felicidad a Sevilla.</p>
-<hr class="chap" />
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_247" id="Page_247"></a></span></p>
-
-
-
-<h4 id="II_III_IV">IV.<br />
-DE SEVILLA A LA CÁRCEL DE SANLÚCAR</h4>
-
-
-<p><span class="smcap">Llegué</span> a Sevilla con bastante dinero para esperar
-un mes. Era ya verano; hacía un calor respetable.</p>
-
-<p>Acudí a la logia masónica, donde trabé algunos conocimientos,
-y estuve en casa de un banquero representante
-de Beltrán de Lis, el cual me dijo que en seguida
-que recibiera el aviso de los filohelenos de Londres me
-pagaría.</p>
-
-<p>Este banquero me presentó a varias personas, entre
-ellas a una inglesa viuda, la señora Landon, y a su sobrina
-Mercedes.</p>
-
-<p>El tiempo que estuve en Sevilla lo pasé bien. A pesar
-de las trifulcas políticas, la vida era allí alegre. Se bailaba
-en todas partes; y yo, siguiendo el ejemplo de otros
-señores, fuí a una academia de baile que dirigía un
-hidalgo apellidado Alvarez de Acuña. Alvarez de Acuña
-era una de las personas más serias de la Península. Pocos
-hombres ponen tan buena fe en su sacerdocio. El
-daba a la ciencia del baile todo lo necesario, y cada pirueta
-suya tenía la estabilidad de un axioma y la transcendencia
-de un dogma.</p>
-
-<p>Alvarez de Acuña era un hombrecito pequeño y canoso,
-con una cara tan movible que parecía de goma.
-Exageraba la gesticulación de tal modo, que yo me figu<span class="pagenum"><a name="Page_248" id="Page_248">[248]</a></span>raba
-si haría gimnasia con la cara. Vestía con una pulcritud
-excesiva y tenía la costumbre de taparse la boca
-con la mano derecha, como considerando cínico el mostrar
-una mella de su dentadura.</p>
-
-<p>En la academia de Alvarez de Acuña conocí a mucha
-gente joven; se supuso, no sé por qué, que yo era hombre
-rico, y aunque afirmé repetidas veces que no, no se
-me creyó.</p>
-
-<p>Mientras yo me divertía, los asuntos de España iban
-de mal en peor; los franceses ocuparon Madrid, y presencié
-su entrada en Sevilla y el alboroto que armaron
-la gente de Triana y los gitanos en contra de los liberales
-y a favor de Fernando VII.</p>
-
-<p>Una día de agosto recibí una carta de Will Tick en
-la que me decía que fuese a Cádiz y esperara allí un
-brick-barca que vendría con un cargamento de fusiles
-para Missolonghi.</p>
-
-<p>Todo el mundo me dijo que por tierra sería muy difícil
-llegar a Cádiz, y que me prenderían.</p>
-
-<p>Tomé en Triana un barquito de vapor que se llamaba
-el <i>Guadalquivir</i>, y bajando el río llegué hasta Bonanza.
-Desembarqué y fuí a hospedarme a un fonducho lleno
-de oficiales franceses.</p>
-
-<p>Iba a salir inmediatamente, cuando el dueño de la
-fonda me recomendó no saliera.</p>
-
-<p>&mdash;Pues ¿qué pasa?&mdash;pregunté.</p>
-
-<p>&mdash;Pasa, que la playa de Sanlúcar está llena de ladrones
-y bandidos y al extranjero que lo pescan lo cosen a
-puñaladas.</p>
-
-<p>&mdash;¿No hay vigilancia?</p>
-
-<p>&mdash;Sí; andan rondando patrullas francesas de caballería,
-infantería y gendarmes.</p>
-
-<p>&mdash;Pues yo necesito trasladarme a Sanlúcar para ir a
-Cádiz.</p>
-
-<p>&mdash;Le será a usted imposible.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué?</p>
-
-<p>&mdash;Porque todos los barcos de estos puertos y los va<span class="pagenum"><a name="Page_249" id="Page_249">[249]</a></span>pores
-del Guadalquivir están embargados por las autoridades
-francesas para llevar municiones al Puerto de
-Santa María.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y qué se dice de la guerra?</p>
-
-<p>&mdash;La gente dice que Cádiz resistirá ya muy poco.</p>
-
-<p>Me acosté sin resolver el plan de viaje. Dormí profundamente,
-y a la mañana siguiente me encontré sorprendido
-al ver que entraban en mi cuarto un sargento y
-cuatro soldados realistas. Venían a prenderme.</p>
-
-<p>&mdash;¡Esto es una equivocación!&mdash;exclamé yo&mdash;. Yo
-soy una persona pacífica.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, será cierto&mdash;me replicó el sargento&mdash;; pero tenemos
-la orden de conducirle a usted preso a Sanlúcar
-de Barrameda.</p>
-
-<p>Pensé si me habría denunciado el fondista; aunque
-éste me juró que no había hablado a nadie de mi presencia
-allí.</p>
-
-<p>Pagué la fonda, tomé un calesín para preservarme del
-sol de fuego que caía, y al paso, y escoltado por los
-cuatro soldados, salimos de Bonanza.</p>
-
-<p>El sargento de realistas subió conmigo en el calesín y
-fuimos hablando. Me contó que era bodeguero y cachicán
-de un rico propietario de Sanlúcar que estaba en
-Cádiz con los liberales, y que él había tomado el partido
-de inscribirse en la Milicia realista para defender los
-intereses de su amo contra la barbarie de los absolutistas,
-que estaban fanatizados por algunos frailes y clérigos
-furibundos.</p>
-
-<p>Llegamos al pueblo de Sanlúcar, y entre grupos de
-campesinos y de soldados franceses nos acercamos a
-casa del comandante de voluntarios realistas.</p>
-
-<p>Entramos en una sala de estas de los pueblos españoles,
-llenas de cortinas, que tienen aire de capillitas, y
-me llevaron a la presencia del comandante, que estaba
-en compañía de un cura.</p>
-
-<p>El comandante era un hombre rechoncho, de unos
-cincuenta años, con los ojos chiquitos y negros, la cara<span class="pagenum"><a name="Page_250" id="Page_250">[250]</a></span>
-muy carnosa y roja y una levita entallada. Le saludé y
-comenzó a interrogarme.</p>
-
-<p>Conferenciaron después el clérigo y el comandante y
-me dijeron que tenía que ir a la cárcel pública.</p>
-
-<p>Protesté, pero fué inútil.</p>
-
-<p>Salí en compañía del sargento; tomamos de nuevo el
-calesín y bajamos delante de la cárcel, en una plaza
-cuadrada. El sargento dió dos aldabonazos, abrió un
-soldado un rastrillo, y pasamos adentro por un corredor
-hasta otra puerta. Se volvió a llamar: se descorrieron
-varios cerrojos; giró un postigo, y un hombre viejo y
-seco, con una gorrilla en la cabeza, me hizo pasar a una
-cuadra grande, donde había unos cien hombres; unos
-sentados, otros tendidos, unos charlando y otros fumando.</p>
-
-<p>Saludé a derecha e izquierda, sonriendo amablemente,
-y me retiré a un rincón.</p>
-
-<p>&mdash;Es un francés&mdash;decían unos.</p>
-
-<p>&mdash;No; es un inglés.</p>
-
-<p>En esto dos hombres ennegrecidos y malencarados se
-abanlanzaron a mí, y cogiéndome uno de ellos de la barbilla
-me dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Oiga uzté, inglé. Ya zabe la obligasión de loz novatoz.</p>
-
-<p>&mdash;No sé nada. ¿Qué obligación es?</p>
-
-<p>&mdash;Apoquine uzté aquí la mitá del dinero que yeva y
-haga cuenta que noz ha entendío.</p>
-
-<p>&mdash;¿Yo? ¡Ca!&mdash;exclamé.</p>
-
-<p>&mdash;Vamoz, cabayero, zuelte uzté el dinero&mdash;dijo el
-otro con sorna&mdash;, que en nuestraz manoz eztará máz
-zeguro, porque aquí hay mucha gente perdía y ze lo
-podrían robar.</p>
-
-<p>Volví yo a agitar la cabeza con energía en señal de
-negación, y uno de los matones, metiéndome la mano
-en el bolsillo, me sacó el pañuelo.</p>
-
-<p>Le agarré yo inmediatamente de la chaqueta, y como
-le tenía sujeto y él quería escaparse, se desgarró la cha<span class="pagenum"><a name="Page_251" id="Page_251">[251]</a></span>queta
-hasta el hombro. El matón, al ver la prenda de
-vestir rota, dijo que la estimaba más que a su propia
-piel y que aquella ofensa no se podía lavar mas que
-con sangre. Efectivamente, abrió la navaja; pero yo, con
-una rapidez extraordinaria, le agarré de la muñeca y se
-la estrujé con tal fuerza que tuvo que soltar el arma,
-dando unos chillidos que creí que le había roto el brazo.</p>
-
-<p>El otro matón se me acercó de lado, con la navaja
-escondida en la manga; pero acerté a darle una patada
-tan definitiva en la parte más redonda de su individuo,
-que le dejé en potencia propincua para hacer, a estilo
-de Fielding, una luminosa disertación acerca de los puntapiés
-en el trasero.</p>
-
-<p>Después de la batalla recogí la navaja del primer matón,
-que era una navaja realista, pues en la hoja, a un
-lado, ponía: «Muero por mi rey», y, en el otro: «Peleo
-a gusto matando negros».</p>
-
-<p>La riña mía había producido un tremendo estrépito
-entre los presos; unos estaban a mi favor, otros en contra.
-Se gritaba y se chillaba con exageraciones y frases
-cómicas que se lanzaban unos a otros.</p>
-
-<p>&mdash;Que traigan el zanto óleo para ezte zeñó, porque lo
-voy a matar&mdash;decía uno.</p>
-
-<p>&mdash;Encomiéndeze uzté a Dioz&mdash;gritaba otro.</p>
-
-<p>En esto entraron los calaboceros repartiendo estacazos
-a diestro y siniestro, seguidos del alcaide. El alcaide
-prendió a los dos matones y me interrogó. Era un hombre
-tuerto, alto, seco, membrudo y malencarado.</p>
-
-<p>Le conté lo que había ocurrido y decidió sacarme de
-aquella cuadra y llevarme a la alcaidía.</p>
-<hr class="chap" />
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_252" id="Page_252"></a>
-<a name="Page_253" id="Page_253"></a></span></p>
-
-
-
-<h4 id="II_III_V">V.<br />
-NIEVES LA ALCAIDESA</h4>
-
-
-<p><span class="smcap">En</span> compañía del tuerto salí de la cuadra, recorrí un
-largo pasillo, subimos una escalera de madera y
-entramos en una hermosa casa. Era la alcaidía. En una
-salita, cosiendo, había una mujer. El tuerto me dijo que
-era su señora. Se llamaba Nieves.</p>
-
-<p>Era la Nieves una mujer soberbia, de unos treinta
-años, morena, de tipo árabe, los ojos negros, rasgados,
-el pelo de ébano, los dientes deslumbrantes y la boca
-pequeña. Había nacido en Ceuta.</p>
-
-<p>Explicó el tuerto a su mujer lo que me había pasado.
-Nos sentamos. Luego el tuerto habló largo rato. Era un
-aventurero. Había sido sargento de artillería en Orán y
-vivido mucho tiempo entre los moros.</p>
-
-<p>El alcaide, después de contarme largas historias muy
-interesantes, dijo a su mujer que me arreglara dos comidas
-al día, me pusiera una cama y me llevara lo que
-bien le pareciera. Dicho esto, el hombre se marchó y nos
-quedamos la alcaidesa y yo solos.</p>
-
-<p>Me preguntó quién era y por qué me habían metido
-en la cárcel, y se lo conté. Estuvimos charlando amablemente
-largo rato.</p>
-
-<p>Por la noche, antes de la hora de cenar, vino el tuerto
-y me dijo que el comandante de los voluntarios realistas,
-el amo del pueblo en aquel momento, había sabido mi<span class="pagenum"><a name="Page_254" id="Page_254">[254]</a></span>
-riña en la cárcel con los matones, lo que le hizo mucha
-gracia, y añadió que podía estar yo en la alcaidía con
-tranquilidad hasta que se enviara la remesa de presos a
-Sevilla, y que me autorizaba para salir a pasear por la
-ciudad con una persona de confianza.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno; entonses zaldrá conmigo&mdash;dijo la Nieves&mdash;.
-¿Eh, qué parese inglé?</p>
-
-<p>&mdash;Yo encantado. Si su marido lo permite.</p>
-
-<p>&mdash;Nada, nada; aquí mando yo.</p>
-
-<p>Se marchó el tuerto y quedé solo con la alcaidesa y
-la criada.</p>
-
-<p>Pusieron la mesa y dos cubiertos.</p>
-
-<p>&mdash;¿Su marido de usted no come con nosotros?&mdash;pregunté.</p>
-
-<p>&mdash;No; él come zolo y yo también.</p>
-
-<p>Me sirvió la sopa, un puchero con garbanzos y jamón,
-y un buen trozo de carne, un plato de verdura, luego una
-perdiz asada, después pescado frito, aceitunas en abundancia,
-todo esto regado con vino de Manzanilla de
-Sanlúcar y tinto de Rota.</p>
-
-<p>Yo comí como un bárbaro, y algo arrepentido le dije
-a la alcaidesa:</p>
-
-<p>&mdash;He comido como un príncipe, como un príncipe
-hambriento; pero temo no poder estar aquí mucho tiempo,
-porque esto debe costar mucho.</p>
-
-<p>&mdash;Te yevaré trez pezetaz al día&mdash;dijo la Nieves, que
-se había empeñado en hablarme de tú.</p>
-
-<p>&mdash;¿Tres pesetas?</p>
-
-<p>&mdash;Zí.</p>
-
-<p>&mdash;¡Pero se va usted a arruinar!</p>
-
-<p>&mdash;Ezo a ti no te importa. Ahora me voy a veztir y noz
-vamoz al café.</p>
-
-<p>Esperé un momento, y poco después se presentó la
-Nieves muy peinada, con grandes rizos, vestida de negro,
-con mantilla de casco y una rosa roja en la mata
-negra del pelo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Eztoy bien azí?&mdash;me dijo.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_255" id="Page_255">[255]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Como la mismísima diosa Venus.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno, bueno; pocaz bromaz, que tengo mal genio.</p>
-
-<p>&mdash;Pues no sabe usted lo que a mí me gustan las mujeres
-de mal genio, patrona&mdash;le dije yo.</p>
-
-<p>&mdash;Vamoz, sosón, ¡zangre gorda! Arréglate.</p>
-
-<p>La alcaidesa me miró, me arregló la corbata y se echó
-a reír.</p>
-
-<p>Cruzamos unas calles, salimos a la plaza de la Constitución,
-que ya era de la ex Constitución, y entramos
-en un café lleno de gente.</p>
-
-<p>La Nieves y yo llamamos la atención de todos los espectadores;
-las mujeres hablaban de mí; aseguraban
-que era un inglés millonario y liberal; los franceses se
-entusiasmaban con la gracia y el garbo de la Nieves.</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh, quelle belle fille!&mdash;se les oía decir&mdash;. ¡C'est
-un vrai tipe d'andalouse! Voilà una véritable manola.</p>
-
-<p>Salimos del café y estuvimos paseando por la plaza.</p>
-
-<p>Había muchas chicas bonitas, de ojos negros y vivos,
-en el paseo. Este cantar que oí por entonces me pareció
-muy legitimado:</p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry"><div class="stanza">
-<div class="line i1">Para alcarrazas, Chiclana;</div>
-<div class="line">para trigo, Trebujena,</div>
-<div class="line">y para niñas bonitas,</div>
-<div class="line">Sanlúcar de Barrameda.</div>
-</div></div></div>
-
-<p>A las once de la noche mi patrona se cansó de pasear
-y nos volvimos a la cárcel.</p>
-<hr class="chap" />
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_256" id="Page_256"></a>
-<a name="Page_257" id="Page_257"></a></span></p>
-
-
-
-<h4 id="II_III_VI">VI.<br />
-LAS RECOMENDACIONES</h4>
-
-
-<p><span class="smcap">Aquella</span> noche me acosté en una hermosa cama y
-dormí hasta las ocho. Poco después la Nieves
-abrió la ventana y me trajo un vaso de leche azucarada,
-con una torta, y me dijo que la tomase bien caliente y
-que no me levantase hasta las diez.</p>
-
-<p>&mdash;Señora&mdash;le dije&mdash;: me trata usted demasiado bien;
-yo debo ser quien tenga el honor de servir a usted.</p>
-
-<p>&mdash;A mí no me llamez zeñora. Erez un tonto, inglé.</p>
-
-<p>&mdash;Sí; pero soy un tonto bien cuidado.</p>
-
-<p>Me levanté de la cama y me vestí.</p>
-
-<p>&mdash;Ahora vamoz a zalir&mdash;dijo ella.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno.</p>
-
-<p>Salimos a la calle y fuimos a la parroquia.</p>
-
-<p>&mdash;Le advierto a usted que soy protestante&mdash;le dije,
-para ver qué contestaba.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué me cuentaz con ezo?&mdash;exclamó ella con desgarro&mdash;.
-¿Que erez hereje? Pues hijo mío, dilo en alta vo
-y te llevarán al palo.</p>
-
-<p>Yo quise convencerla seriamente de que todo el mundo
-tiene derecho a profesar sus ideas religiosas; pero no
-me hizo caso y fué necesario oír misa, tomar agua bendita
-y hasta darse golpes de pecho como un verdadero
-papista.</p>
-
-<p>Al salir de la iglesia me dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Ahora vamoz a ve a mi comadre, que ez prima del
-comandante de voluntarioz realiztaz, a ver si hase algo
-por ti.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_258" id="Page_258">[258]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Vamos donde usted quiera.</p>
-
-<p>La comadre era una mujerona morenaza y atrevida.</p>
-
-<p>&mdash;¿De dónde haz zacado a ezte inglezote?&mdash;le dijo a
-mi patrona, al verme.</p>
-
-<p>La Nieves le contó lo que me había pasado; dijo que
-yo era un inocente completo y que quería que ella hablase
-al comandante de realistas para que no hicieran
-una charranada conmigo.</p>
-
-<p>La comadre dijo que haría lo que pudiese; pero que
-la Nieves debía hablar también al primo de una amiga
-del ama del cura que era consejero del comandante.</p>
-
-<p>Por la conversación resultaba que no se hacía absolutamente
-nada en el pueblo mas que por recomendaciones.</p>
-
-<p>Esta red de influencias y de manejos maquiavélicos lo
-tenía todo minado.</p>
-
-<p>Era imposible que hubiese así la más ligera sombra
-de justicia en el pueblo.</p>
-
-<p>Después de la visita a la comadre de la Nieves volvimos
-a la cárcel.</p>
-
-<p>Estuve seis días en la alcaidía. Para no quedar torpe
-con la inmovilidad y la buena alimentación me dedicaba
-a hacer gimnasia; luego hablaba con mi patrona.</p>
-
-<p>La Nieves llevaba y traía a su marido como a un cordero;
-ella vestía los pantalones en la casa, y, según las
-malas lenguas, empleaba de cuando en cuando y con
-gran eficacia una vara de fresno, con la cual devolvía la
-razón a su marido, que la perdía en la taberna, por lo
-menos una vez por semana.</p>
-
-<p>Por lo que me dijeron, esta costumbre la inauguró
-una noche que el tuerto, de mal humor, quiso emplear
-con su mujer el mismo procedimiento que empleaba con
-los presos; es decir, el del garrote; pero ella se lo quitó
-a tiempo y le supo administrar tal paliza que el tuerto
-quedó convencido para siempre de la superioridad de su
-mujer.</p>
-<hr class="chap" />
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_259" id="Page_259"></a></span></p>
-
-
-<h4 id="II_III_VII">VII.<br />
-EN EL CAMINO</h4>
-
-
-<p>A los seis días de vivir en casa de la Nieves la comadre
-suya me avisó que a la mañana siguiente
-iban a trasladar a los presos a Sevilla; yo iría a caballo
-con el sargento.</p>
-
-<p>Efectivamente; antes de la siete se presentó la escolta
-a la puerta de la cárcel. Sacaron de ella unos ochenta
-presos, cincuenta milicianos y soldados prisioneros del
-Trocadero, y el resto, de delitos comunes.</p>
-
-<p>El comandante de realistas y la comadre de la alcaidesa
-vinieron a saludarme, y la Nieves me abrazó casi
-llorando.</p>
-
-<p>Subí a mi caballo, y al lado del sargento, que montaba
-una linda jaca cordobesa, salimos del pueblo.</p>
-
-<p>Llegamos a las tres horas a una venta del camino entre
-Sanlúcar y Trebujena y se detuvo nuestra comitiva.
-A los presos de delitos comunes se les metió en un corral,
-debajo de un cobertizo; a los políticos se les llevó
-a una cuadra, y nosotros, el sargento y yo, quedamos
-en el ventorro.</p>
-
-<p>Entramos en la cocina, que era enorme, y hablamos
-con la ventera. Nos dijo que si no queríamos esperar
-podía darnos al momento una sopa, un puchero, una
-cazuela de arroz con conejo, un plato de callos y ensalada.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_260" id="Page_260">[260]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;¿Qué le parece a usted?&mdash;me preguntó el sargento.</p>
-
-<p>&mdash;Que luego es tarde, como decía mi patrona.</p>
-
-<p>Nos sentamos en una mesita pequeña, dispuestos a
-comer, cuando estalló un gran escándalo en el zaguán;
-salimos a ver qué pasaba y vimos a un grupo de oficiales
-franceses acompañados por una pequeña escolta.</p>
-
-<p>Hablaban de una manera tan despótica y tan desagradable,
-que para cortar las explicaciones salí yo al
-portal y me ofrecí a servirles de intérprete y de amistoso
-componedor.</p>
-
-<p>Los franceses querían habitaciones para dos jefes; el
-ventero se las pudo proporcionar.</p>
-
-<p>Arreglada la cosa comimos el sargento y yo en paz en
-un rincón de la cocina.</p>
-
-<p>Habíamos dado buena cuenta de la sopa, del cocido
-y del arroz con conejo, e íbamos a comenzar con los callos
-cuando me acordé de los presos liberales que venían
-con nosotros, y dije:</p>
-
-<p>&mdash;¿Habrá comido esa pobre gente?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, algo tendrán.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quiénes son estos presos políticos?</p>
-
-<p>&mdash;Son catalanes&mdash;me dijo el sargento&mdash;que estaban
-en el ejército de Cádiz. Parece que hicieron una salida
-de la isla a los pinares de Chiclana y se vieron rodeados
-por los franceses. Quisieron resistir, pero la mitad
-de ellos murieron, y los demás quedaron prisioneros con
-el teniente.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno; vamos a llevarles esta fuente de callos. Les
-compraré unos panes y unas botellas de vino.&mdash;Lo hice
-así; entramos en una tejavana, y hablé yo con el teniente
-catalán, quien me confesó que tenía un hambre que
-se le nublaba la vista, y que nuestra aparición en el corral
-con la fuente de callos y los panes le había parecido
-más sublime que todas las apariciones celestes.</p>
-
-<p>A las dos horas de llegar a la venta el sargento dió la
-orden de marcha y nos formamos todos.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_261" id="Page_261">[261]</a></span></p>
-
-<p>Uno de los militares franceses, comandante de la gendarmería
-real, estaba en el balcón de la posada.</p>
-
-<p>&mdash;¿Es que es usted el jefe de esta canalla de soldados
-de la Fe?&mdash;me preguntó en francés, de una manera incisiva
-y seca.</p>
-
-<p>&mdash;Esta canalla se ha formado gracias a la protección
-y a los cuidados de ustedes los franceses&mdash;le dije, inclinándome.</p>
-
-<p>&mdash;Ya lo sé. Es una vergüenza para la Francia. ¿En calidad
-de qué va usted con esa tropa?</p>
-
-<p>&mdash;Voy como prisionero a que me identifiquen en
-Sevilla.</p>
-
-<p>El comandante me dió su nombre y sus señas, ofreciéndose
-por si me podía ser útil en algo, y echamos a
-andar.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué le ha dicho a usted ese franchute?&mdash;me preguntó
-el sargento.</p>
-
-<p>&mdash;Me ha preguntado por qué iba en la comitiva.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué gente! Se tienen que meter en todo; ya se
-creen otra vez los amos de España.</p>
-
-<p>Al salir del camino de Trebujena y desembocar en la
-carretera que va de Jerez de la Frontera a Lebrija, se
-acercó a nosotros un escuadrón de caballería española.
-Iban diez o doce jefes, entre ellos un edecán francés, escoltando
-a un general.</p>
-
-<p>El general era un hombre ya viejo, de cara correcta,
-patillas blancas, ojos claros y aspecto malhumorado.</p>
-
-<p>Uno de los jefes del escuadrón se paró a preguntar al
-sargento quién era yo, y el sargento preguntó a su vez
-a un soldado quién era el general que escoltaban, a lo
-que contestó diciendo que era don Francisco Ballesteros,
-un militar de los liberales exaltados que acababa de
-capitular de una manera más que sospechosa.</p>
-
-<p>Al anochecer llegamos a Lebrija, y el sargento y yo
-fuimos enviados a casa de un labrador rico, de ideas liberales,
-que nos trató muy bien.</p>
-<hr class="chap" />
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_262" id="Page_262"></a>
-<a name="Page_263" id="Page_263"></a></span></p>
-
-
-
-
-<h3>CUARTA PARTE<br />
-PRISIONERO</h3>
-
-
-<h4 id="II_IV_I">I.<br />
-EL SALÓN DE CORTES</h4>
-
-
-<p><span class="smcap">El</span> día 27 de septiembre de 1823, a las once de la
-mañana, llegábamos los presos a la capital de
-Andalucía y hacíamos nuestra entrada triunfal en medio
-de gritos y mueras y de alguno que otro tomate podrido
-o troncho de berza con que nos obsequiaba el
-pueblo soberano.</p>
-
-<p>Fuimos todos a parar a la subdelegación de policía.</p>
-
-<p>El subdelegado estaba en Alcalá de Guadaira, y nos
-recibió su secretario.</p>
-
-<p>Interrogó al sargento rápidamente y mandó que llevaran
-a los presos por delitos comunes a la cárcel, a los
-soldados catalanes a la comandancia militar, y a mí al
-Salón de Cortes.</p>
-
-<p>El sargento distribuyó su fuerza y me envió con un
-soldado a mi destino. Aquel Salón de Cortes era un antiguo
-cuartel de artillería, que antes había sido colegio
-de jesuítas. Me recibió el alcaide, un andaluz de unos
-sesenta años, a quien llamaban el señor Pepe, hombre
-que para dar mayor brillo a su figura vestía un frac viejo
-y un sombrero de copa.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_264" id="Page_264">[264]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;¿Ez uzté inglé?&mdash;me dijo.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, señor.</p>
-
-<p>&mdash;No zé zi estará uzté bien aquí, porque loz ingleze
-zon muy amigoz de comodidadez; pero véngaze al zalón,
-y ayí ze encontrará entre cabayeroz.</p>
-
-<p>Entré en el salón, y fuí muy bien acogido por aquellos
-señores liberales presos.</p>
-
-<p>El señor Pepe, el alcaide, me alquiló dos colchones y
-una almohada, y buscando sitio para hacer mi nido encontré
-una pequeña tribuna vacante, donde me instalé.</p>
-
-<p>Poco después del mediodía, los presos se disponían a
-comer en las mesas, formando grupos. Como yo no pertenecía
-a ninguno de ellos, me senté por separado en un
-banco y me preparé a comer un poco de pescado frito y
-pan, que me vendió el alcaide por seis reales.</p>
-
-<p>Los de la mesa inmediata me instaron a que me reuniese
-con ellos; les di las gracias, diciendo que no tenía
-ganas; pero dos señores se levantaron, me agarraron,
-me pusieron de pie y me obligaron a sentarme a
-su lado.</p>
-
-<p>Comimos admirablemente, y algunos de aquellos sevillanos
-me dieron broma por mi falta de apetito.</p>
-
-<p>&mdash;Un muchacho como éste, como un castillo, y además
-inglés&mdash;decía un viejo&mdash;, se traga todo lo que le
-pongan.</p>
-
-<p>Después de comer y de tomar café se quitaron las mesas,
-y unos se pusieron a fumar sentados en las sillas, y
-otros a pasear por la antigua iglesia, como si estuvieran
-en una plazoleta.</p>
-
-<p>Hubo discusiones violentas, interrumpidas por chistes;
-luego un señor se subió en una silla y echó un discurso
-muy retórico que fué estrepitosamente aplaudido.</p>
-
-<p>Aquello me daba una impresión un poco rara: no se
-podía comprender si iba en serio o en broma.</p>
-
-<p>La mayor parte de los presos eran caballeros y ricos
-propietarios de Sevilla.</p>
-
-<p>Se pasó la tarde así, y al anochecer comenzaron<span class="pagenum"><a name="Page_265" id="Page_265">[265]</a></span>
-a entrar en el salón las familias, los parientes y amigos
-de los presos.</p>
-
-<p>A la hora estaba llena la antigua capilla. Se encendieron
-las lámparas, se pusieron mesas de juego y
-el salón se convirtió en un gran café.</p>
-
-<p>Asistieron también muchos oficiales de artillería y algunos
-jefes de la guarnición.</p>
-
-<p>Yo me paseé con un coronel llamado Rosales y un
-canónigo grueso que estaba detenido como liberal: el
-canónigo Molinedo.</p>
-
-<p>El coronel Rosales y el canónigo dijeron que las noticias
-de Cádiz eran muy malas y que el Gobierno constitucional
-había hecho proposiciones de paz a los franceses.</p>
-
-<p>A las once se dió la orden de evacuar el salón por las
-familias y gente extraña. Cada cual se dispuso a acostarse;
-yo me metí en mi tribuna, y tendido en el colchón
-pasé la noche en un sueño.</p>
-<hr class="chap" />
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_266" id="Page_266"></a>
-<a name="Page_267" id="Page_267"></a></span></p>
-
-
-<h4 id="II_IV_II">II.<br />
-LA SEÑORA LANDON</h4>
-
-
-<p><span class="smcap">Al</span> día siguiente me desperté temprano, me lavé y
-me vestí, y salí a pasear por los claustros del
-convento.</p>
-
-<p>Le dije al señor Pepe, el alcaide, que me permitiera
-hacer gimnasia en el claustro, porque me apoltronaba
-estando quieto.</p>
-
-<p>El señor Pepe debió desconfiar, porque puso un subordinado
-suyo, un hombre bajito y rubio, para que me
-vigilara. No tenía aquel guardián un aire tranquilizador.
-Se me figuró conocerle, aunque no sabía de qué.</p>
-
-<p>Hice una porción de flexiones en el montante de una
-puerta, bastante fuerte para sostenerme a mí, y anduve
-después con las manos, con la cabeza para abajo y los
-pies para arriba.</p>
-
-<p>Me encontraba en esta actitud cuando oí risas de
-mujer; volví a mi posición natural y me encontré con la
-señora Landon y su sobrina Mercedes.</p>
-
-<p>&mdash;Hace usted unas planchas preciosas&mdash;me dijo
-Mercedes, burlonamente.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, no las hago mal. Y ¿qué las trae a ustedes por
-aquí?</p>
-
-<p>&mdash;Vengo por usted&mdash;me dijo la señora Landon&mdash;.
-Me hablaron ayer de un inglés que estaba preso de las
-señas de usted, y venimos a verle.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_268" id="Page_268">[268]</a></span></p>
-
-<p>Yo me incliné muy reconocido.</p>
-
-<p>Añadió la señora Landon que conocía mucho al subdelegado
-de policía de Sevilla, don Lorenzo Hernández
-de Alba, y que inmediatamente que volviera de Alcalá
-de Guadaira le hablaría para que me dejaran en libertad.</p>
-
-<p>&mdash;Yo supongo que usted no será ningún Bruto. ¿No
-habrá usted matado a ningún tirano?</p>
-
-<p>&mdash;No, no. A no ser en sueños.</p>
-
-<p>&mdash;Entonces creo que le libraremos a usted.</p>
-
-<p>Le di mis más expresivas gracias, y la señora Landon
-añadió que mandaría enviar una cama y ropa blanca
-para mí, y que encargaría a una fonda mi comida y almuerzo.</p>
-
-<p>&mdash;Señora&mdash;le dije&mdash;, que no me manden mucha comida,
-porque la comeré toda y me pondré pesado y no
-podré hacer estos ejercicios.</p>
-
-<p>La señorita Mercedes se reía. Charlaron un largo rato
-conmigo, dijeron que volverían al día siguiente y se
-fueron.</p>
-
-<p>Yo me reuní con el canónigo grueso de la noche anterior
-y con un joven capitán que se llamaba Iscar.</p>
-
-<p>Iscar era un hombre muy nervioso y muy vivo, que
-había tomado parte en varios movimientos revolucionarios.
-Fué el brazo derecho del general Porlier cuando
-éste intentó levantarse en Galicia con el marqués de Viluma.
-Fracasada la empresa de Porlier y fusilado el general,
-a quien llamaban el Marquesito, Iscar, Viluma y
-los demás complicados estuvieron presos en La Coruña
-durante algún tiempo.</p>
-
-<p>&mdash;Ha tenido usted la visita de una señora principal de
-Sevilla&mdash;me dijo el canónigo.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, la señora Landon.</p>
-
-<p>&mdash;Los sevillanos que están aquí han quedado un poco
-asombrados de la visita, y dicen que debe usted ser
-hombre de gran familia y posición.</p>
-
-<p>&mdash;No, no. Soy de familia modesta.</p>
-
-<p>El canónigo sonrió con incredulidad. En esto pasó el<span class="pagenum"><a name="Page_269" id="Page_269">[269]</a></span>
-hombrecito rubio que me había vigilado mientras yo
-hacía gimnasia, y el capitán Iscar se abalanzó a él.</p>
-
-<p>El hombre rubio miró antes a derecha e izquierda con
-gran alarma, hablaron los dos un rato rápidamente y se
-separaron.</p>
-
-<p>&mdash;Esto está lleno de misterios&mdash;me dijo el canónigo.</p>
-
-<p>Volvimos al salón; pero la estancia allí no era del
-todo grata. Entre los presos había enfermos en sus
-camas, algunos de tifus y de disentería; nadie se había
-cuidado de resolver el modo de ventilar la antigua iglesia,
-y el ambiente era ya irrespirable.</p>
-
-<p>Yo decidí dejar la tribuna y poner mis dos colchones
-en el claustro, a pesar de que todo el mundo consideraba
-esto como una extravagancia.</p>
-<hr class="chap" />
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_270" id="Page_270"></a>
-<a name="Page_271" id="Page_271"></a></span></p>
-
-
-<h4 id="II_IV_III">III.<br />
-LA TORRE</h4>
-
-
-<p><span class="smcap">El</span> último día del mes de septiembre entraron en el
-viejo edificio del Salón de Cortes una nueva remesa
-de nacionales prisioneros del Trocadero. Estaban
-asustados. Hablé con alguno de ellos, y me dijeron que
-temían por su vida, pues habían fusilado varios de los
-suyos en el camino.</p>
-
-<p>El mismo día el Salón de Cortes se desocupó y más
-de la mitad de los presos vecinos de Sevilla quedaron
-libres, gracias a las gestiones del subdelegado de policía.
-Esta mezcla de severidad y de lenidad me preocupaba;
-a veces me figuraba que se iba a implantar el terror blanco
-por los realistas; a veces, que todo era una broma.</p>
-
-<p>Al parecer, esta divergencia dimanaba de que en ocasiones
-mandaba el capitán general, y en otras, el subdelegado
-de policía.</p>
-
-<p>El capitán general quería fusilar a todo el mundo, y,
-en cambio, el subdelegado de policía pretendía dejar en
-libertad a los presos políticos; de aquí esta desigualdad de
-procedimientos tan inquietante y tan absurda. Yo estaba
-sin saber a qué atenerme; tan pronto me parecía aquello
-una comedia de risa, como una cosa seria. Los presos se
-escapaban con el asentimiento del subdelegado; pero de
-cuando en cuando se ponía a uno en capilla y se le fusilaba
-por orden de un consejo de guerra.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_272" id="Page_272">[272]</a></span></p>
-
-<p>Una mañana, antes de almorzar, vino a visitarme la
-señora Landon con su sobrina; me dijeron que el subdelegado
-había dado orden de dejarme en libertad; pero
-que el secretario se oponía diciendo que el capitán general
-había escrito recomendando la mayor vigilancia con
-los extranjeros sospechosos.</p>
-
-<p>&mdash;Así que tendrá usted que estar unos días más&mdash;terminó
-diciendo la señora Landon.</p>
-
-<p>&mdash;No me importa gran cosa el encierro&mdash;le contesté&mdash;;
-lo que me desagrada es ir a comer al salón, en
-donde ya no se puede estar por la pestilencia que hay.
-Si me trasladaran a otro lado, estaría bien.</p>
-
-<p>&mdash;¿Adónde quiere usted que le trasladen?</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué sé yo! A un rincón cualquiera de este viejo
-edificio.</p>
-
-<p>&mdash;Espere usted un cuarto de hora. Voy a hablar con
-el jefe del cuartel.</p>
-
-<p>Me quedé con la señorita Mercedes, que me imponía
-un poco, y media hora después entró la señora Landon
-con un comandante de artillería.</p>
-
-<p>El comandante dijo que todo el edificio estaba ocupado
-por la tropa y los presos políticos.</p>
-
-<p>&mdash;El único local vacío que hay&mdash;siguió diciendo&mdash;es
-una pequeña habitación en el campanario, la antigua
-vivienda del campanero. En este momento la ocupa un
-sargento guardaalmacén que ha puesto allí su oficina;
-pero le podemos decir que se vaya.</p>
-
-<p>&mdash;Vamos a ver esa habitación&mdash;dijo la señora
-Landon.</p>
-
-<p>&mdash;Vamos&mdash;repuse yo.</p>
-
-<p>Fuimos las dos señoras, el comandante y yo; recorrimos
-un claustro, pasamos una puerta y salimos a un
-patio abandonado y lleno de hierbas. El comandante
-abrió una puerta maciza de una torre, pasamos un pequeño
-zaguán empedrado y subimos por una escalerilla
-de piedra, de caracol hasta el primer piso.</p>
-
-<p>La habitación del guardaalmacén consistía en un<span class="pagenum"><a name="Page_273" id="Page_273">[273]</a></span>
-cuarto como un gabinete y una alcoba. El cuarto tenía
-una gran ventana con rejas, y la alcoba, una aspillera.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué le parece a usted esto?&mdash;me preguntó el comandante.</p>
-
-<p>&mdash;Muy bien. Me conviene.</p>
-
-<p>&mdash;¿Le gusta a usted?&mdash;me dijo la señora Landon.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, mucho. Pienso inmortalizar esta torre llamándola
-desde ahora la torre de Thompson.</p>
-
-<p>El comandante mandó desocupar el local e hizo trasladar
-mi cama. Me pusieron una mesita y una silla, y la
-señora Landon prometió enviarme unos tomos de sir
-Walter Scott.</p>
-
-<p>&mdash;Aquí puede usted dedicarse a contemplar Sevilla.
-Desde lo alto del campanario se domina toda la ciudad&mdash;me
-dijo el comandante.</p>
-
-<p>&mdash;Aprovecharé el permiso.</p>
-
-<p>&mdash;¿Supongo que no se escapará usted, señor inglés?&mdash;me
-dijo luego el comandante al darme la mano.</p>
-
-<p>&mdash;Si encuentro ocasión, creo que lo haré.</p>
-
-<p>El comandante se echó a reír, y la señora Landon y
-Mercedes hicieron lo mismo.</p>
-
-<p>Al día siguiente de ocupar mi celda en la torre de
-Thompson, mi amiga la señora Landon me envió los libros
-prometidos. Estuve leyendo algún tiempo y cuando
-me cansé me fuí a pasear al claustro con el canónigo
-Molinedo y el capitán Iscar.</p>
-
-<p>De noche subí a lo alto del campanario, desde cuyo
-balcón pasé horas y horas contemplando Sevilla a la luz
-de la luna. Veía la Giralda, los pináculos de la catedral,
-algunas torres y cúpulas lejanas que no conocía y los
-tejados, bañados de luz plateada.</p>
-<hr class="chap" />
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_274" id="Page_274"></a>
-<a name="Page_275" id="Page_275"></a></span></p>
-
-
-
-<h4 id="II_IV_IV">IV.<br />
-«MARE SERENITATIS»</h4>
-
-
-<p><span class="smcap">Muchas</span> extravagancias, absurdos e insensateces
-escribió Thompson dirigidos a la luna, a la que
-contemplaba por las noches desde el balcón de la torre.
-Entre sus notas fragmentarias la única que tiene un poco
-de sentido es ésta, titulada <i>Mare Serenitatis</i>, y que
-dice así:</p>
-
-
-<p class="i2 p2">«Entre los nombres extraordinarios y poéticos que los
-astrónomos han puesto en la geografía de la luna, ninguno
-para mí tan sugestivo como el Mar de la Serenidad
-(<i>Mare Serenitatis</i>).</p>
-
-<p class="i2">Antiguamente debían creer que estos mares lunares
-tenían agua y oleaje; hoy se sabe que son llanuras,
-oquedades entre montes y cráteres volcánicos.</p>
-
-<p class="i2">Como ese supuesto mar tuyo, ¡oh Luna!, nosotros quisiéramos
-que en el espíritu humano hubiera también
-otro mar de la Serenidad en una región oculta e inexplorada...</p>
-
-<p class="i2">¡Qué admirable descubrimiento sería llegar a él por
-entre un laberinto de montañas abruptas!</p>
-
-<p class="i2">Este <i>mare serenitatis</i> tendría un agua más sutil que
-la de las lagunas de las altas cumbres, y se extendería
-bajo un cielo claro y sin brillo.</p>
-
-<p class="i2">Yo no le pediría a este mar placeres indignos de un<span class="pagenum"><a name="Page_276" id="Page_276">[276]</a></span>
-espíritu noble, ni el olvido de las aguas del Leteo, sino
-la claridad, la comprensión de los enigmas de la vida,
-de nuestras brutalidades, de nuestros fanatismos y de
-nuestras violencias.</p>
-
-<p class="i2">Allí me gustaría verme, sin cólera y sin humildad, limitado
-ante la Naturaleza y tranquilo en mi limitación;
-allí me gustaría ver mi espíritu limpio de posos turbios
-y malsanos como un cristal brillando a la luz del sol.</p>
-
-<p class="i2">Desgraciadamente, ni en ti, vieja Selene, pequeño satélite,
-ni en nuestro espíritu humano, tan pequeño como
-tú, existe ese mar de la Serenidad».</p>
-<hr class="chap" />
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_277" id="Page_277"></a></span></p>
-
-
-
-<h4 id="II_IV_V">V.<br />
-EL FRAILE</h4>
-
-
-<p><span class="smcap">El</span> segundo día de mi prisión en la torre no vinieron
-la señora Landon y su sobrina; en cambio,
-tuve la visita del canónigo Molinedo y del capitán Iscar.
-Por lo que dijo el canónigo no quedaban ya presos en
-el Salón de Cortes, excepto unos milicianos, a los cuales
-querían trasladar a otro pueblo. El rey iba a llegar a
-Sevilla, y los realistas habían pensado, como un número
-de festejos para agasajar a Fernando VII, hacer una degollina
-de negros; y el subdelegado de policía, siempre
-paternal con los liberales, se disponía a ir sacando de
-Sevilla a los más calificados y llevarlos a otra parte. Molinedo
-e Iscar saldrían al día siguiente.</p>
-
-<p>El absurdo seguía; persistía el régimen mixto de severidad
-y de benevolencia. Se fusilaba a las personas
-más inocentes y se dejaba libres a las más comprometidas.</p>
-
-<p>El capitán Iscar me dijo:</p>
-
-<p>&mdash;¿Sabe usted aquel hombre bajito y rubio, algo bizco,
-que estuvo vigilándole a usted por orden del alcaide?</p>
-
-<p>&mdash;Sí. ¿Qué le ha ocurrido?</p>
-
-<p>&mdash;Que se ha escapado.</p>
-
-<p>&mdash;Pero, ¿no era un vigilante de la cárcel?</p>
-
-<p>&mdash;¡Ca! Es un conspirador.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_278" id="Page_278">[278]</a></span></p>
-
-<p>Iscar me contó cómo había engañado a los carceleros.</p>
-
-<p>&mdash;Y ¿quién era ese hombre?</p>
-
-<p>&mdash;Es uno de los tipos más revoltosos de la época. Se
-llama Aviraneta, y ha sido el brazo derecho del Empecinado.</p>
-
-<p>&mdash;Ahora que me habla usted del Empecinado, recuerdo
-a este Aviraneta. Le he visto una vez con el general
-en el café de La Fontana de Madrid. Y ¿usted le conocía
-de hace tiempo?</p>
-
-<p>&mdash;Sí; yo le conocía desde la intentona de Porlier. Yo
-fuí como emisario de Porlier a ver al Empecinado a su
-finca de Castrillo de Duero, y allí hablamos Aviraneta,
-él y yo.</p>
-
-<p>Se fueron Iscar y el canónigo Molinedo; yo subí al
-campanario y estuve contemplando Sevilla, iluminada
-por los últimos rayos del sol.</p>
-
-<p>Al día siguiente, por la mañana, al despertar, experimenté
-la desagradable sorpresa de ver a un fraile dominico
-que entraba en mi cuarto acompañado del sargento
-guardaalmacén.</p>
-
-<p>Era un fraile grueso, panzudo, con un aire de ballenato
-putrefacto, las barbas rubias, el pelo rojo y ensortijado,
-que parecía hecho con virutas, y los ojos de
-míope.</p>
-
-<p>&mdash;Hijo mío&mdash;me dijo el fraile con un acento andaluz
-muy meloso&mdash;, he sabido que estás preso y vengo
-a ofrecerte los socorros de la religión. Supongo que tendrás
-cargada la conciencia y que una confesión general
-aliviará tu alma.</p>
-
-<p>&mdash;¿Es que han pensado ahorcarme?&mdash;pregunté yo al
-sargento, saltando en camisa de la cama.</p>
-
-<p>&mdash;No, no. Este padre ha venido aquí a confesar a
-otros presos y ha querido verle a usted.</p>
-
-<p>&mdash;¡Pues así se muera de repente!&mdash;murmuré para
-mis adentros.</p>
-
-<p>&mdash;¿No quiere usted confesarse?&mdash;me preguntó el padre.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_279" id="Page_279">[279]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;No, yo no soy católico&mdash;exclamé&mdash;. Soy inglés y
-de la religión de mi país.</p>
-
-<p>&mdash;Tienes que abandonar esa herejía, hijo mío.</p>
-
-<p>&mdash;Si tengo que convertirme por la fuerza&mdash;murmuré
-yo&mdash;, mi conversión no tendrá ningún valor. Me he
-educado en la religión reformada y no tengo motivo ninguno
-para creer que sea falsa. Si me dan argumentos,
-los tomaré en cuenta.</p>
-
-<p>No me atreví a decir que el protestantismo, como el
-catolicismo, me parecían formados por mitos más alejados
-de la realidad que el de la Cosa en sí.</p>
-
-<p>El fraile me echó una plática de las más ramplonas;
-en su acento dulzón me dijo que el momento de la
-muerte podía estar muy próximo; que había que prepararse
-para este instante terrible, y que me traería libros
-religiosos.</p>
-
-<p>Se marchó el fraile con el sargento. Salté de la cama,
-me vestí y bajé las escaleras hasta la puerta de la torre.
-Tenía ésta un cerrojo por dentro y decidí correrlo para
-que no me sorprendieran visitas como aquella.</p>
-
-<p>Acababa de echar el cerrojo cuando oí un ruido de
-pasos en el pequeño portal.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién está aquí? ¿Quién es?</p>
-
-<p>&mdash;¡Por Dios, caballero!&mdash;dijo una voz&mdash;. No me pierda
-usted.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero quién es usted? A ver. Venga usted a la luz,
-que nos veamos las caras.</p>
-
-<p>Subimos al primer piso y quedé atónito al ver una
-muchacha vestida de soldado.</p>
-
-<p>&mdash;No diga usted nada, por Dios&mdash;exclamó.</p>
-
-<p>&mdash;Yo qué voy a decir, si soy un preso.</p>
-
-<p>&mdash;¿Es usted un preso?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;Pues yo he venido disfrazada de soldado a darle
-un papel a mi novio, en el que le explicaba por dónde
-se podía escapar; pero precisamente esta misma noche
-le han sacado de Sevilla. Al saberlo he intentado mar<span class="pagenum"><a name="Page_280" id="Page_280">[280]</a></span>charme;
-pero me he encontrado la puerta cerrada, y
-para que no me vieran me he metido aquí.</p>
-
-<p>&mdash;Pues le va a usted a ser muy difícil salir. ¿No
-traía usted ropa de mujer?</p>
-
-<p>&mdash;No.</p>
-
-<p>&mdash;Veremos qué se hace. Suba usted.</p>
-
-<p>La muchacha no era melindrosa. Nos repartimos los
-colchones, y ella durmió en la alcoba, y yo, en el
-gabinete.</p>
-
-<p>Al otro día la Tránsito, así se llamaba la chica, arregló
-el cuarto y lo limpió, mientras estaba la puerta de
-la torre cerrada. Después tuvo que subir al campanario
-y pasar el día allí.</p>
-<hr class="chap" />
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_281" id="Page_281"></a></span></p>
-
-
-
-<h4 id="II_IV_VI">VI.<br />
-EVASIÓN</h4>
-
-
-<p><span class="smcap">Al</span> día siguiente decidí estudiar el terreno para ver
-si era posible una evasión.</p>
-
-<p>Me acosté muy temprano y me levanté al amanecer.
-Bajé las escaleras de mi encierro, abrí la puerta y exploré
-el patio. Este patio, en donde se levantaba la la torre,
-se hallaba enlosado y circunscrito por tres paredes
-altísimas y otra no tan alta que le separaba de un jardín
-poblado de árboles.</p>
-
-<p>Examiné la tapia más baja y vi que había una antigua
-ventana cerrada a una altura de tres o cuatro varas.</p>
-
-<p>Si esta ventana no tenía reja, por allí debía de ser
-fácil pasar al jardín vecino.</p>
-
-<p>Vi en el patio una barrica, la empujé y la llevé debajo
-de la ventana; bajé de mi cuarto una silla y la puse
-encima. Después me subí a la silla, y con un palo con
-punta, metiéndolo en el resquicio de la ventana, llegué
-a abrirla. No había reja. Cerré la ventana y me volví a
-la torre.</p>
-
-<p>A las nueve de la mañana vino a visitarme el sargento
-guardaalmacén que había ocupado la torre antes que
-yo. Traía varios libros místicos, enviado para mí por el
-fraile.</p>
-
-<p>Me dijo que ya no quedaban presos políticos, pues<span class="pagenum"><a name="Page_282" id="Page_282">[282]</a></span>
-todos habían sido trasladados fuera de Sevilla, mientras
-estuviera el rey en la ciudad.</p>
-
-<p>&mdash;Y conmigo, ¿qué van a hacer?</p>
-
-<p>&mdash;No sé. A mí me han ordenado que le ponga un
-centinela de vista y que le encierre con llave desde mañana.</p>
-
-<p>&mdash;Pues es una broma.</p>
-
-<p>Me convenía hacer algunas investigaciones antes de
-que se cerrase la puerta, y al día siguiente, antes del
-alba, bajé al patio.</p>
-
-<p>La Tránsito quedaría en la ventana, y si veía asomarse
-a alguien tiraría una piedrecita al suelo para avisarme.</p>
-
-<p>Cogí la silla en una mano, bajé las escaleras, abrí la
-puerta de la torre, marché hacia donde estaba la barrica
-y la coloqué debajo de la ventana, y encima la silla, y
-después a pulso entré por la ventana, llenándome de
-arañazos la cara y las manos.</p>
-
-<p>Pasé al otro lado, al jardín vecino; me agarré a la
-rama de un árbol y bajé por el tronco hasta la tierra.
-Estaba el huerto en el mayor silencio; se oía únicamente
-el piar de los pájaros en el follaje. Crucé el jardín sin
-hacer ruido.</p>
-
-<p>Me acerqué al árbol que estaba más inmediato a la
-pared que daba a la calle; trepé por él, y de rama en
-rama llegué al borde de la tapia y miré con precaución.
-Daba a una callejuela estrecha y desierta. La tapia tendría
-seis o siete varas de alto. Me dieron tentaciones de
-saltar; pero no quise dejar sola a Tránsito y volví al
-jardín, luego al patio y después a mi torre.</p>
-
-<p>Hecha la excursión me lavé y me acosté.</p>
-
-<p>Al día siguiente, al levantarme de la cama, vi que en
-la puerta había un artillero de centinela, con la bayoneta
-calada.</p>
-
-<p>&mdash;¿Es que no puedo salir?&mdash;le pregunté.</p>
-
-<p>&mdash;Esa es la orden que me han dado.</p>
-
-<p>Al mediodía se presentó la señora Landon. Le dije<span class="pagenum"><a name="Page_283" id="Page_283">[283]</a></span>
-que mi asunto se complicaba; que tenía un centinela de
-vista y que me encerraban en la torre con llave.</p>
-
-<p>&mdash;Yo voy a ver si me escapo&mdash;continué diciendo.</p>
-
-<p>&mdash;Hará usted muy bien&mdash;exclamó ella.</p>
-
-<p>&mdash;¿Usted me podría ayudar?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, sí; dígame usted lo que necesita.</p>
-
-<p>Yo tenía pensado mi plan.</p>
-
-<p>&mdash;Necesitaré un cordel de ochenta varas de largo, del
-grueso del dedo meñique.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y eso cómo lo voy a entrar aquí?</p>
-
-<p>&mdash;Usted mañana me regalará un almohadón; dirá
-usted que es mi cumpleaños, y dentro del almohadón
-vendrá la cuerda.</p>
-
-<p>&mdash;Muy bien.</p>
-
-<p>&mdash;Además, tomará usted dos botellas de Jerez, vacías,
-que conserven las etiquetas, las llenará usted de aguarrás,
-las cerrará muy bien y me las enviará con el almohadón,
-como regalo.</p>
-
-<p>&mdash;Descuide usted; todo esto se hará. ¿Cómo piensa
-usted salir?</p>
-
-<p>&mdash;Voy a hacer una escalera con el cordel que usted
-me traiga, y me descolgaré por la torre.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y después?</p>
-
-<p>&mdash;Después pasaré al jardín de al lado por un agujero
-de la tapia, y de este jardín iré a la calle. Lo que quisiera
-saber son las salidas de la calle que va por ahí
-detrás.</p>
-
-<p>La señora Landon y yo nos asomamos a la ventana
-enrejada, y yo le mostré las copas de los árboles del
-jardín próximo, que asomaban por encima de la tapia.</p>
-
-<p>&mdash;Yo le podría enviar a usted un plano de Sevilla&mdash;dijo
-la señora Landon&mdash;. Pero ¿para qué? Es mejor
-otra cosa. ¿Mañana será la escapatoria?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, si usted me manda el almohadón.</p>
-
-<p>&mdash;Eso vendrá sin falta. ¿A qué hora piensa usted escaparse?</p>
-
-<p>&mdash;De diez a diez y media de la noche.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_284" id="Page_284">[284]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;A esa hora habrá en esa callejuela una persona
-apostada que le esperará y le acompañará.</p>
-
-<p>Se marchó la señora, y yo pasé el día con la mayor
-impaciencia. Por la mañana me despertaron, trayéndome
-los regalos de la señora Landon: el almohadón y las
-dos botellas de aguarrás disfrazadas de Jerez. Al verme
-solo rompí el almohadón, saqué la cuerda, y la Tránsito
-y yo comenzamos a hacer la escala. Reservé un trozo de
-cordel de unas ocho varas.</p>
-
-<p>Cerré el cerrojo de la puerta de la torre y estuvimos
-trabajando en el campanario.</p>
-
-<p>Desde allí advertimos la gran animación del pueblo.</p>
-
-<p>Iba a entrar el rey de España en la ciudad. Todos los
-balcones se veían engalanados con colgaduras, con arcos
-de triunfo, ramas y flores. Las calles estaban atestadas
-de gente.</p>
-
-<p>&mdash;Por la orilla del río se veían coches y calesines que
-iban hacia la torre del Oro, y por los caminos lejanos se
-advertían grupos de labradores a pie y en caballerías.</p>
-
-<p>&mdash;¡Pueblo estúpido!&mdash;exclamé yo elocuentemente&mdash;.
-Entusiásmate con tu Fernando. Cuando le convenga a
-este truhán te calentará las espaldas.</p>
-
-<p>En todo el día terminamos la escala entre la muchacha
-y yo. A la hora de retreta bajé yo a la puerta de la
-torre. Estaba cerrada con llave. Escuché. No andaba nadie
-por el patio.</p>
-
-<p>Comencé mis pruebas. La escala no bastaba; le faltaban
-cinco o seis varas para llegar desde el balconcillo
-del campanario al patio. Estuve pensando en la manera
-de resolver esta dificultad, y me decidí a añadir a la escala
-una cuerda hecha con un trozo de sábana.</p>
-
-<p>&mdash;Yo bajaré primero&mdash;le dije a la Tránsito&mdash;; esperaré
-en el patio y silbaré. Si acaso, cuando llegue usted a
-la cuerda hecha con la sábana le falta fuerza para sostenerse,
-la recogeré en brazos.</p>
-
-<p>La muchacha dijo que no tenía miedo. Entonces yo
-vacié mis dos botellas de aguarrás en la palangana y fuí<span class="pagenum"><a name="Page_285" id="Page_285">[285]</a></span>
-embebiendo la escala y el trozo de la sábana, hasta que
-empaparon casi todo el líquido. El resto lo eché por un
-agujero en el zaguán de la torre.</p>
-
-<p>Después até la escala al barandado de piedra del balcón
-del campanario, y fuí echándola abajo. Hecho esto,
-metí una caja de pajuelas en el bolsillo, y salté al lado
-de fuera del barandado y fuí descendiendo con dificultades
-hasta alcanzar al trozo de sábana y llegar al patio.</p>
-
-<p>Silbé suavemente, y noté, por la cuerda, que la escala
-se agitaba y la muchacha comenzaba a bajar despacio.
-Antes de que llegara al trozo de la sábana yo acerqué
-la barrica y me subí a ella. Al llegar la Tránsito al
-trozo de sábana pude sostener a la muchacha por los
-pies y luego por el cuerpo.</p>
-
-<p>Venía la muchacha rendida.</p>
-
-<p>&mdash;Descanse usted&mdash;le dije&mdash;. Ahora vamos a ver un
-bonito espectáculo&mdash;añadí.</p>
-
-<p>Saqué el eslabón, el pedernal y la mecha; até una pajuela
-de azufre en el trozo de sábana en que terminaba
-la escala y la pegué fuego con la mecha.</p>
-
-<p>Ardió la pajuela, después el pedazo de sábana, luego
-la escala, de una manera tan discreta, que parecía desaparecer
-por arte de magia.</p>
-
-<p>Concluída esta parte, acercamos la barrica al ventanillo
-que comunicaba con el jardín contiguo; hice pasar
-a la muchacha, luego pasé yo, cruzamos el jardín y subimos
-por un árbol a la tapia.</p>
-
-<p>Até el trozo de cuerda que llevaba a una rama gruesa
-de un árbol y la punta la eché fuera de la tapia, hacia
-la calle.</p>
-
-<p>&mdash;Yo me descolgaré primero&mdash;le dije a la Tránsito&mdash;;
-luego la recibiré en brazos.</p>
-
-<p>Me deslicé por cerca de la pared y descendí fácilmente.
-Después bajó la muchacha, que se desolló
-las manos, y estuvo a punto de derribarme al sostenerla.</p>
-
-<p>Para que nadie lo advirtiera, desde la calle hice un<span class="pagenum"><a name="Page_286" id="Page_286">[286]</a></span>
-ovillo con la punta de la cuerda y la tiré al otro lado de
-la tapia hacia el jardín.</p>
-
-<p>&mdash;Ahora ¿qué hacemos?&mdash;preguntó la Tránsito.</p>
-
-<p>&mdash;¿Usted tiene sitio adonde ir?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;Pues entonces cada cual por su lado.</p>
-
-<p>La estreché la mano y me separé de ella. La noche
-estaba obscura; no había un alma por aquellas inmediaciones.</p>
-
-<p>Di dos vueltas arriba y abajo por la calle, cuando se
-me acercó una mujer de pobre aspecto.</p>
-
-<p>Era la señora Landon.</p>
-
-<p>&mdash;Sígame usted&mdash;me dijo.</p>
-
-<p>La seguí; en las calles céntricas se sentía el gran barullo;
-había comparsas de guitarras y panderetas y gente
-que cantaba canciones alusivas a la entrada del rey.
-Los curas y frailes pasaban seguidos del populacho,
-hablando y accionando, y capitaneando a patrullas de
-desharrapados.</p>
-
-<p>Todos eran gritos y vivas al rey absoluto y mueras a
-la Constitución, a los herejes y a los negros.</p>
-<hr class="chap" />
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_287" id="Page_287"></a></span></p>
-
-
-
-<h4 id="II_IV_VII">VII.<br />
-LA CASA ABANDONADA</h4>
-
-
-<p><span class="smcap">Siempre</span> tras de la señora Landon llegué a una calle
-muy lejana de la cárcel y me detuve delante de
-un gran caserón. Cruzó mi guía un portal, pasé yo después
-de ella; llegamos a un patio con jardín; luego a
-otro patio, y me encontré en una casa grande y abandonada.
-La señora Landon me llevó a una sala con una
-alcoba con columnas. Me mostró una mesa con viandas
-y me dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Cene usted y acuéstese.</p>
-
-<p>&mdash;Muy bien. ¿Nada más?</p>
-
-<p>&mdash;Puede usted estar con la luz encendida; pero no
-vaya usted con ella a las habitaciones que dan a la
-calle. Esta casa está deshabitada y tiene dos salidas. Si
-por una casualidad, que me parece improbable, vinieran
-a buscarle por el lado por donde hemos entrado, puede
-usted escaparse por esta otra parte. La llave está en la
-puerta.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno. Entendido.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quiere usted alguna cosa?</p>
-
-<p>&mdash;Si no le molesta a usted, le diría que cree que sería
-conveniente el que fuera usted mañana al Salón de
-Cortes a hacer como que va a visitar al preso y ver lo
-que dicen de su fuga.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, sí; tiene usted razón. Así lo haré.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_288" id="Page_288">[288]</a></span></p>
-
-<p>Dicho esto, la señora Landon me dió las buenas noches
-y me dejó solo. Cené, me acosté y dormí perfectamente
-hasta las siete.</p>
-
-<p>Me levanté a esta hora y recorrí la casa.</p>
-
-<p>Las habitaciones que daban a la calle estaban cerradas;
-el suelo y los muebles, cubiertos de una capa de
-polvo. En los grandes espejos deslustrados me veía en
-la semiobscuridad como un duende.</p>
-
-<p>Salí al momento al jardín. Era grande, tenía naranjos
-y palmeras y comunicaba únicamente con el de la señora
-Landon. Una pared muy alta lo separaba de un
-convento.</p>
-
-<p>Me paseé una hora, escudriñé en un antiguo invernadero,
-con las puertas podridas y los cristales rotos y
-después entré en la casa; recorrí los salones, y en uno
-encontré un armario abierto lleno de libros encuadernados
-en pergamino. Casi todos estaban en latín, y únicamente
-vi en castellano la historia de la conquista de
-Méjico, por el capitán Bernal Díaz del Castillo, y el libro
-de mi paisano William Bowles, la <i>Introducción a la
-Historia Natural y a la Geografía de España</i>.</p>
-
-<p>Leí alternativamente uno y otro libro y me engolfé de
-tal modo en la lectura, que cuando miré al reloj eran las
-doce.</p>
-
-<p>Bajé al jardín, y la señora Landon, desde su ventana,
-me dijo que me acercase.</p>
-
-<p>Había estado en la cárcel, y al llegar al patio de la
-torre se había encontrado con los artilleros asombrados
-y risueños.</p>
-
-<p>&mdash;El inglés ha volado&mdash;le dijo el sargento guardaalmacén.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo? ¿Ha huído?&mdash;le preguntó ella.</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por dónde?</p>
-
-<p>&mdash;Pues no se sabe. Es un misterio.</p>
-
-<p>El sargento le contó que por la mañana, al ver la
-puerta cerrada por dentro, habían creído que el inglés<span class="pagenum"><a name="Page_289" id="Page_289">[289]</a></span>
-estaría enfermo y llamaron repetidas veces, y en vista
-de que no contestaba descerrajaron la puerta y entraron.
-En el cuarto del preso se vió que estaba rota una sábana
-de la cama; en el campanario se encontró una peineta
-de mujer, y en el zaguán de la torre un fuerte olor a
-aguarrás.</p>
-
-<p>Algunos creían que el inglés había huído por arte de
-magia.</p>
-
-<p>En aquel momento dos capitanes hacían un informe
-para resolver cómo se había podido llevar a cabo la
-evasión.</p>
-
-<p>Después de contarme esto, la señora Landon mandó
-que me pasaran la comida, y por la tarde me dediqué a
-leer.</p>
-
-<p>Al tercer día de cautiverio la señora Landon vino a
-visitarme y me dijo que había visto al subdelegado de
-policía y le había confesado que yo estaba en su casa.
-El subdelegado le advirtió que no me presentara en la
-calle, pero que no tenía necesidad de esconderme.</p>
-
-<p>El mismo día la señora Landon me indicó que me
-iba a llevar por la noche a casa de un sastre; le dije que
-en aquel momento yo no tenía dinero, a lo que contestó
-que no importaba. Como la señora Landon era tan dominante,
-tuve que ceder y fuí con ella en coche a ver al
-sastre, que llegaba de Gibraltar.</p>
-
-<p>Era este sastre un francés de caricatura inglesa: alto,
-flaco, con los hombros más altos que la cabeza, la cara
-juanetuda y amarilla y las piernas delgadas. No le faltaba
-para ser un tipo de Gillrray mas que llevar las pantorrillas
-al aire, coleta y papillotes, y una rana en la
-mano.</p>
-
-<p>El sastre nos elogió sus telas con grandes extremos
-y nos mostró sus trajes hechos.</p>
-
-<p>La señora Landon escogió una levita verde botella
-que, según dijo, me venía muy bien, dos chalecos de
-piqué y un pantalón claro.</p>
-
-<p>Después pasamos por una sombrerería, donde me<span class="pagenum"><a name="Page_290" id="Page_290">[290]</a></span>
-compró un sombrero de copa; luego, por una zapatería,
-y volvimos con nuestras compras.</p>
-
-<p>&mdash;Ahora, señor Thompson, va usted a hacer lo siguiente:
-Mañana por la mañana, antes de que se hayan
-levantado mis criadas, irá usted al sitio en donde paran
-las diligencias con un maletín en la mano; esperará usted
-que venga una, y en seguida tomará usted un coche,
-dará las señas de mi casa, y se presentará usted aquí y
-llamará a la puerta. Pasará usted por mi sobrino.</p>
-
-<p>Hice lo que me dijo, y al día siguiente llamaba a la
-puerta haciendo mi papel de extranjero. La criada me
-hacía entrar en la sala, y la señora Landon me recibía
-con una mezcla de displicencia y afecto, como si fuera
-de verdad un pariente importuno.</p>
-<hr class="chap" />
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_291" id="Page_291"></a></span></p>
-
-
-
-<h4 id="II_IV_VIII">VIII.<br />
-DILEMA</h4>
-
-
-<p><span class="smcap">Los</span> días siguientes fuí presentado a los amigos
-como sobrino de la señora Landon, y llegó esta
-señora a estar tan bien en su papel de tía, que me acusaba
-de holgazán y vagabundo, como si me conociera a
-fondo.</p>
-
-<p>Aunque lo pasaba bien, me aburría sin salir; tenía
-grandes conversaciones con Mercedes, a quien llamaba
-mi prima, en broma. Le conté mi vida sin ocultarle nada,
-y ella me habló de su novio, un muchacho de Sevilla,
-que estaba en el ejército, por quien sentía la señora Landon
-un gran odio.</p>
-
-<p>Un día, la señora Landon me llamó a su gabinete, y
-me dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Habla usted bastante con mi sobrina Mercedes.</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;Mi sobrina, que, como habrá usted notado, es bastante
-coqueta, tiene una bonita renta, y le convendría a
-usted, que es un vagabundo sin un cuarto.</p>
-
-<p>&mdash;Ciertamente que me convendría&mdash;le dije&mdash;; pero
-como yo, aunque sea un vagabundo, no soy un granuja,
-ni siquiera un ambicioso, no tengo pretensiones con
-respecto a ella. No. Conozco mi situación.</p>
-
-<p>&mdash;No me entiende usted&mdash;dijo la señora Landon&mdash;.
-No me parece mal que se dirija usted a ella.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_292" id="Page_292">[292]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Pero hay un inconveniente, señora.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cuál?</p>
-
-<p>&mdash;Que ella tiene un novio.</p>
-
-<p>&mdash;Sí; un miserable botarate, raquítico, inútil para todo.</p>
-
-<p>&mdash;Pero ella le quiere.</p>
-
-<p>&mdash;Pues piense usted que no le quiere. En fin, ya sabe
-usted. Si usted consigue que Mercedes olvide a ese mico,
-usted aquí será el amo; si no, ya se puede usted marchar
-de esta casa cuanto antes. Ocho días le doy de
-plazo.</p>
-
-<p>Tuve una conferencia con Mercedes, y le dije lo que
-me había expuesto la señora Landon.</p>
-
-<p>&mdash;Me ha dado ocho días para hacer su conquista.
-Como yo no me siento ningún Don Juan, me voy a
-marchar.</p>
-
-<p>Ella me dijo que no me fuera; pero como el dilema era
-irme o casarme con ella, Merceditas optó porque me
-marchase.</p>
-
-<p>&mdash;¿Tiene usted dinero?&mdash;me dijo.</p>
-
-<p>&mdash;No.</p>
-
-<p>&mdash;Yo no tengo mas que dos monedas de cinco duros,
-que se las ofrezco.</p>
-
-<p>&mdash;No; no quiero.</p>
-
-<p>&mdash;Las tendrá usted que tomar.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno; las tomaré.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y cuándo se va usted?</p>
-
-<p>&mdash;Mañana mismo. Llevaré de la biblioteca este libro
-de <i>Historia Natural</i> de William Bowles.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, sí; puede usted llevárselos todos, si quiere.</p>
-
-<p>Al anochecer salí de la casa y fuí a ver al banquero y
-representante de Bertrán de Lis, por si tenía alguna noticia
-de Inglaterra.</p>
-
-<p>Al entrar en la cárcel le había escrito a Will Tick diciéndole
-lo que me pasaba y encargándole que si tenía
-algo que decirme escribiera al banquero de Sevilla.</p>
-
-<p>El banquero me dijo que no le habían escrito absolutamente
-nada.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_293" id="Page_293">[293]</a></span></p>
-
-<p>Únicamente sabía que, por encargo de los filohelenos
-de Londres, se estaban comprando armas en Algeciras,
-que se llevarían en un barco que pasaría por el Estrecho
-con voluntarios, en dirección a Grecia.</p>
-
-<p>Volví a casa, y por la noche escribí una carta a la señora
-Landon dándole las gracias por sus bondades, y
-al amanecer me vestí mi redingote viejo y la ropa que
-había sacado de Madrid; abrí la puerta, crucé Sevilla y
-me dirigí camino de Jimena.</p>
-<hr class="chap" />
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_294" id="Page_294"></a>
-<a name="Page_295" id="Page_295"></a></span></p>
-
-
-
-<h4 id="II_IV_IX">IX.<br />
-DE VIAJE</h4>
-
-
-<p><span class="smcap">Tomé</span> mi camino hacia Gibraltar por Utrera. Era a
-principios de noviembre y hacía un hermoso
-tiempo para viajar. Las horas de sol apretaba el calor,
-pero no de una manera molesta.</p>
-
-<p>Solía dormir en el campo; compraba pan en los pueblos,
-y con pan y fruta me alimentaba.</p>
-
-<p>Me sirvió mucho el libro de William Bowles que
-había sacado de casa de la señora Landon, y gracias a
-sus indicaciones pude desayunarme con los frutos del
-madroño (<i>arbustus unedo</i>), del alfonsigo (<i>pistacia vera</i>)
-y del algarrobo (<i>seratonia silicua</i>), que produce vainas
-azucaradas. También tuve que explotar, en malas ocasiones,
-la <i>glycyrrhiza gladia</i> o regaliz y el <i>opuntia
-vulgaris</i> o higo chumbo.</p>
-
-<p>Lo pasaba mal que bien siguiendo mi camino cuando,
-al comenzar a subir una sierra, entre El Bosque y
-Ubrique, me encontré con un aldeano que marchaba con
-su hija a Gibraltar; los dos a caballo.</p>
-
-<p>El era hombre de cincuenta años, muy moreno y muy
-seco, con patillas ya grises. Ella tendría lo más unos
-quince o diez y seis, y era preciosa, delgada, fina, con
-los ojos negros, llameantes, la cara redonda y los labios
-rojos.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_296" id="Page_296">[296]</a></span></p>
-
-<p>Hablamos largamente el hombre y yo; me dijo que
-viajaba con frecuencia y que hacía contrabando. El se
-llamaba el señor Juan; la niña, Milagros. Yo les conté
-quién era y algunas de mis aventuras, y los dos se rieron
-mucho.</p>
-
-<p>&mdash;Vaya, móntese usted a la grupa de mi caballo&mdash;me
-dijo él&mdash;, que me va dando pena verle caminar a pie.</p>
-
-<p>Subí al caballo y seguimos conversando y marchando
-por entre breñales secos, abruptos, interrumpidos muy
-de tarde en tarde por matas polvorientas y lentiscos.</p>
-
-<p>En los picachos áridos, quemados por el sol, se veían
-algunas cabras, y las águilas volaban trazando grandes
-curvas por el aire.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y qué? ¿No tiene usted miedo a los bandidos?&mdash;me
-dijo de pronto ella.</p>
-
-<p>&mdash;Yo, ninguno. ¿A mí qué me van a hacer, si no tengo
-un cuarto?</p>
-
-<p>&mdash;Quitarle la vida.</p>
-
-<p>&mdash;¿Para qué?</p>
-
-<p>&mdash;¿No le han ofrecido allí en Sevilla un seguro para
-los ladrones?&mdash;me preguntó él.</p>
-
-<p>&mdash;A mí, no. ¿Es que hay un seguro así?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, señor. En toda Andalucía tiene usted seguros
-contra los ladrones. El propietario que viaja y no quiere
-ser robado paga una cantidad a la sociedad, y ésta le da
-un salvoconducto y a veces una pequeña escolta.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero el Gobierno no hace nada para acabar con
-esta inmoralidad?</p>
-
-<p>&mdash;Nada. El Gobierno de la Constitución parece que ha
-querido hacer algo; pero con la entrada de los franceses
-se ha acabado todo el orden, y la gente perdida anda
-por los caminos como Pedro por su casa.</p>
-
-<p>Mientras el señor Juan hablaba, su hija me examinaba
-con una mirada curiosa e irónica.</p>
-
-<p>Ibamos marchando por un mal camino ardoroso y
-polvoriento, por la sierra, entre grandes encinas y algarrobos.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_297" id="Page_297">[297]</a></span></p>
-
-<p>Antes de llegar a Ubrique paramos en una venta del
-camino.</p>
-
-<p>&mdash;¿Usted hará noche aquí?&mdash;me dijo el señor Juan.</p>
-
-<p>&mdash;¿Es buena venta ésta?&mdash;le pregunté.</p>
-
-<p>&mdash;Muy buena.</p>
-
-<p>&mdash;Es que no me quedan mas que unas pocas pesetas
-para llegar a Algeciras y no me atrevo a gastarlas.</p>
-
-<p>&mdash;No tenga usted cuidado. No le llevarán aquí casi
-nada.</p>
-
-<p>Bajamos en la venta, y el ventero, un tipo no muy
-bien encarado, nos llevó a los tres a la cocina. Estuvimos
-charlando, cenamos, y después de cenar se armó un
-bailoteo de padre y muy señor mío con la Milagros
-y otras chicas de la venta y unos mozos arrieros.</p>
-
-<p>Los tales arrieros me parecieron un tanto desvergonzados.
-El señor Juan me presentó a ellos.</p>
-
-<p>Se llamaban el Gavilán, el Moreno, el tío Malaspulgas
-y el Manquillo; todos iban muy elegantes.</p>
-
-<p>Me chocó que obedecieran al señor Juan ciegamente,
-y éste me dijo que eran sus mozos.</p>
-
-<p>Yo tuve que bailar y lucir las habilidades que había
-aprendido en Sevilla en la academia de Alvarez de
-Acuña.</p>
-
-<p>&mdash;¡Olé por el inglés! ¡Ahí la sangrecita gitana! ¡Vaya
-calor!&mdash;me gritaban.</p>
-
-<p>Estuvimos de broma hasta media noche.</p>
-
-<p>Cansado y con el recuerdo de la Milagros en el cerebro
-me eché en un colchón y me quedé dormido.</p>
-
-<p>Desperté ya entrada la mañana. Bajé a la cocina y no
-había nadie. Llamé, no me contestaron. La puerta estaba
-cerrada.</p>
-
-<p>Entré en un cuarto próximo a la cocina y me chocó
-ver en un rincón dos trabucos y varios paquetes.</p>
-
-<p>¿Quizá aquél era un nido de contrabandistas? Salí al
-zaguán y quedé atónito y espantado al ver en el suelo
-un reguero de sangre. Este reguero manchaba el portal
-y la cocina, seguía por un corralillo y terminaba en un<span class="pagenum"><a name="Page_298" id="Page_298">[298]</a></span>
-rincón, donde la tierra estaba removida. La idea de
-que allí acababan de enterrar a un hombre me sobrecogió.</p>
-
-<p>Entonces recordé vagamente que de noche había oído
-ruido y rumores de lucha. ¿Este señor Juan y su hija y
-sus mozos serían bandidos?</p>
-
-<p>Me pareció que no cabía duda, y sin pensar en más
-escalé la tapia del corral, salté al campo y salí a marchas
-forzadas camino de Ubrique.</p>
-
-<p>Al registrarme los bolsillos vi que me habían robado
-el poco dinero que llevaba, dejándome solamente unas
-monedas de cobre.</p>
-<hr class="chap" />
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_299" id="Page_299"></a></span></p>
-
-
-<h4 id="II_IV_X">X.<br />
-UN LOCO</h4>
-
-
-<p><span class="smcap">Pasé</span> Ubrique, pueblo bastante mísero, en donde
-todo el mundo se dedicaba a hacer contrabando
-con la mayor impunidad y a coser petacas de cuero.
-Me chocó que se vendiera el tabaco de contrabando a la
-vista de todo el mundo, y me dijeron que el Gobierno
-español no se atrevía a mandar aduaneros.</p>
-
-<p>Los ubriqueños estaban dispuestos a defender su
-prerrogativa de hacer contrabando con la sangre de sus
-venas.</p>
-
-<p>Desde Ubrique me interné en la sierra de los Gazules
-y llegué a Jimena.</p>
-
-<p>Entraba en este pueblo por una callejuela cuando me
-vi seguido por un hombre alto, delgado, moreno, con
-los ojos muy hundidos y la barba negra, manchada de
-plata. Me esperaba algún nuevo percance. Me detuve
-dispuesto a afrontar el conflicto. El hombre se me acercó
-y me dijo con una voz bronca:</p>
-
-<p>&mdash;¿Es usted godo?</p>
-
-<p>Hice un gesto de extrañeza, que lo mismo podía ser
-afirmativo que negativo.</p>
-
-<p>El hombre debió creer que decía que sí, y sacando
-una hoja del bolsillo exclamó:</p>
-
-<p>&mdash;Tome usted y lea usted.</p>
-
-<p>Cogí el papel, que era un impreso, y comencé a<span class="pagenum"><a name="Page_300" id="Page_300">[300]</a></span>
-leerlo. Se trataba de un manifiesto anticonstitucional
-completamente absurdo en donde se protestaba de las
-impiedades de la época. El manifiesto terminaba diciendo:
-«¡Viva la religión! ¡Viva el Cid! ¡Viva el honor castellano!
-¡Abajo el vil judío que mora en Gibraltar!</p>
-
-<p>»Dado en Jimena de la Frontera el 15 de agosto
-de 1823.&mdash;<i>Yo el Rey.</i>»</p>
-
-<p>Después de leer el papel sonreí, comprendiendo que
-aquel pobre hombre no andaba bien del caletre, e hice
-una señal de asentimiento, y el loco, agarrándome del
-brazo, me dijo:</p>
-
-<p>&mdash;¿Me reconoce usted como soberano?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, señor.</p>
-
-<p>&mdash;¿Me traerá usted la cabeza del traidor Riego?</p>
-
-<p>&mdash;Ahora mismo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Sabe usted dónde está ese pillo?</p>
-
-<p>&mdash;Sí; necesitaría una cuerda para atarlo.</p>
-
-<p>&mdash;Ahora vengo con ella.</p>
-
-<p>El loco echó a correr y yo me metí en una posada.
-Pedí noticias de aquel desdichado, y me dijeron que las
-cuestiones políticas le habían sorbido el seso; se habló
-también de los bandidos que merodeaban en la sierra;
-pero yo no dije nada ni indiqué que los conocía.</p>
-
-<p>Por la tarde salí de Jimena, y poco después comencé
-a ver el mar.</p>
-
-<p>El paisaje cambiaba; se veían grandes piteras y chozas
-con el tejado de ramaje y de hierba.</p>
-
-<p>Ya enfrente de la bahía encontré a un guardia del
-resguardo, que me indicó el camino de Algeciras.</p>
-<hr class="chap" />
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_301" id="Page_301"></a></span></p>
-
-
-<h4 id="II_IV_XI">XI.<br />
-EL COPO</h4>
-
-
-<p><span class="smcap">Llegué</span> a Algeciras un día de noviembre por la mañana,
-cansado y sin una moneda de cobre; antes
-de entrar en el pueblo me acerqué a la playa de los Paredones,
-y viendo que no había nadie me desnudé, dejé
-la ropa sujeta con una piedra y me metí en el mar.</p>
-
-<p>El agua estaba templada; me froté el cuerpo con manojos
-de algas secas y con arena.</p>
-
-<p>El baño me quitó la comezón del camino y me dió
-un gran sueño y mucha hambre.</p>
-
-<p>Me hubiera gustado ser como el asno de Buridán,
-que me hubiesen puesto a un lado una ración de comida
-y al otro unos colchones, para demostrar, eligiendo,
-que tenía libre albedrío.</p>
-
-<p>Como no estaba de suerte, no pude satisfacer mis dos
-necesidades de comer y dormir, y me decidí por aquella
-que no me costaba nada, y me tumbé al lado de una
-barca, de manera que el sol no me diese en la cabeza.</p>
-
-<p>Dormí bastantes horas, y cuando me desperté me encontré
-rodeado de un círculo de muchachos y de algún
-hombre, haraposos todos, que me miraban hablando y
-riendo.</p>
-
-<p>&mdash;Este es un gigante&mdash;decía uno.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ca! ¡Es un elefante!</p>
-
-<p>&mdash;Pues las patas las tiene de camello.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_302" id="Page_302">[302]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;No vaya a ser un ballenato que se ha escapado de
-la jaula.</p>
-
-<p>&mdash;¿A qué va a venir aquí un ballenato, compadre?</p>
-
-<p>&mdash;Quizá quiera tomar lecciones para sacar el copo.</p>
-
-<p>&mdash;Señores&mdash;dije yo, incorporándome&mdash;, no soy nada
-de lo que dicen ustedes; soy un ciudadano inglés que
-en este momento bosteza de hambre.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah! Es un inglé&mdash;exclamaron todos.</p>
-
-<p>&mdash;Pues, nada&mdash;dijo uno&mdash;: si tiene usted tanta carpanta,
-tire usted del copo con nosotros y tendrá usted
-su parte.</p>
-
-<p>&mdash;Tiraré aunque sea de una carreta por comer.</p>
-
-<p>Quizá el hombre había hecho su ofrecimiento con ironía;
-pero al ver que yo aceptaba su proposición se quedó
-sorprendido.</p>
-
-<p>Me enteré en qué consistía el copo; me quité la levita,
-que dejé en una caseta de la playa, cogí una cuerda de
-esparto con un corcho en la punta y me puse a tirar de
-la sirga como los demás.</p>
-
-<p>Teníamos ya las redes cerca de la playa cuando se
-nos acercó un vejete.</p>
-
-<p>&mdash;No cogeréis más de dos pájaros&mdash;nos dijo.</p>
-
-<p>El pronunciaba <i>páharos</i>.</p>
-
-<p>&mdash;Así revientes, pájaro de mal agüero&mdash;murmuré
-yo.</p>
-
-<p>Se sacó el copo, salieron en la red un amontonamiento
-de peces grandes, y de pececillos, y se presentaron en
-seguida varios hombres a ofrecer dinero por el pescado.
-Se terminó la subasta y se sacaron cincuenta reales, de
-los que me correspondieron a mí tres. Al parecer fué una
-buena pesca. Concluída la faena me lavé y me puse la
-levita.</p>
-
-<p>&mdash;¿Dónde coméis vosotros?&mdash;le dije a uno de los muchachos
-compañeros míos de tirar del copo.</p>
-
-<p>Cada uno me indicó un sitio distinto y me decidí a ir
-a un figón con uno a quien llamaban <i>Cara e perro</i>,
-que me inspiró más confianza. Comí en el muelle, en<span class="pagenum"><a name="Page_303" id="Page_303">[303]</a></span>
-una taberna, cerca de donde sale al mar el río de la Miel,
-y fraternicé con <i>Cara e perro</i>, el <i>Currichi</i>, el <i>Mojama</i>,
-el <i>Chirri</i>, el <i>Rondeño</i> y otros personajes distinguidos.</p>
-
-<p>Estaba pensando en el problema de acostarme cuando
-se presentó en la taberna un hombre de unos veinticinco
-años, en compañía de un viejo.</p>
-
-<p>El joven se acercó a la mesa.</p>
-
-<p>&mdash;Tú, <i>Chirri</i>&mdash;dijo de una manera imperiosa&mdash;,
-vete a casa del <i>Nacional</i> y dile que mañana esté listo
-para las siete.</p>
-
-<p>El <i>Chirri</i> se levantó inmediatamente y salió escapado.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién es este señor?&mdash;pregunté yo, señalando al
-hombre del bigote.</p>
-
-<p>&mdash;Este es Paquito, nuestro patrón&mdash;me dijeron&mdash;, el
-amo de la red de la que ha tenido usted que tirar esta
-mañana, y de los botes.</p>
-
-<p>&mdash;¿El no suele estar allá?</p>
-
-<p>&mdash;No; él tiene dos barcas, una grande, con la que
-hace el contrabando, que se llama el <i>Lince</i>, y otra más
-pequeña, la <i>Consolación</i>.</p>
-
-<p>Al mismo tiempo el dueño de las barcas y el viejo
-que le acompañaba debían hablar de mí. Paquito llamó
-a uno de los muchachos que estaban en mi mesa, que
-después se me acercó.</p>
-
-<p>&mdash;El patrón&mdash;me dijo&mdash;quiere hablar con usted.</p>
-
-<p>Me levanté y fuí a su mesa.</p>
-
-<p>&mdash;Siéntese usted&mdash;me dijo Paquito&mdash;y tome usted
-lo que quiera.</p>
-
-<p>Me senté y pedí una taza de café.</p>
-
-<p>Era el patrón un hombre de unos treinta años, delgado,
-seco, curtido por el sol y el aire del mar, con los
-ojos brillantes y el bigote negro.</p>
-
-<p>&mdash;¿Es usted inglés?&mdash;me preguntó de pronto.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, señor.</p>
-
-<p>&mdash;Me han contado que ha estado usted esta tarde tirando
-del copo.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_304" id="Page_304">[304]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Es verdad.</p>
-
-<p>&mdash;¿Ha sido por capricho?</p>
-
-<p>&mdash;No. Por ganar unos cuartos para comer. Se me ha
-concluído el dinero que traía...</p>
-
-<p>&mdash;Eso está bien. Puede uno ser más caballero que el
-verbo divino y tener las manos callosas del trabajo...
-¿Viene usted de Gibraltar?</p>
-
-<p>&mdash;No, vengo por Francia.</p>
-
-<p>&mdash;Y, oiga usted, ¿ha venido usted a España por pasear
-nada más?</p>
-
-<p>&mdash;No.</p>
-
-<p>Y en seguida eché mano del mito Cox y lo desarrollé
-ante los ojos del patrón.</p>
-
-<p>&mdash;¿Le ha gustado a usted España?</p>
-
-<p>&mdash;Mucho. Es un país por el que tengo gran simpatía.</p>
-
-<p>&mdash;Chóquela usted. No le falta a usted más que una
-cosa para tenerme de su parte.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y es?</p>
-
-<p>&mdash;El ser liberal.</p>
-
-<p>&mdash;Pues lo soy.</p>
-
-<p>&mdash;Es usted de los míos. ¿Cómo se llama usted, señor
-inglés?</p>
-
-<p>&mdash;Yo, Thompson.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno, señor Thompson, aquí tiene usted un
-amigo.</p>
-
-<p>&mdash;Muchas gracias.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué necesita usted por el momento?</p>
-
-<p>&mdash;Un sitio donde comer y dormir hasta que me manden
-dinero de mi país.</p>
-
-<p>&mdash;Vendrá usted a mi casa. ¡Hala, vamos!</p>
-
-<p>Salimos de la taberna, tomamos por una calle en
-cuesta a salir a una hermosa plaza, y de allá seguimos
-por una avenida hasta detenernos en una casita de un
-piso solo con una puerta grande y un escalón.</p>
-
-<p>&mdash;Pase usted, Thompson&mdash;me dijo Paquito, y
-yo pasé.</p>
-<hr class="chap" />
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_305" id="Page_305"></a></span></p>
-
-
-
-<h4 id="II_IV_XII">XII.<br />
-LA FAMILIA DEL PATRÓN</h4>
-
-
-<p><span class="smcap">Me</span> presentó Paquito a su mujer y a su madre y
-ordenó después que me arreglaran un cuarto.
-Estuvimos hablando de varias cosas. Paquito, como todos
-los liberales españoles, altos y bajos, tenía la preocupación
-de la política y me preguntó acerca de las
-costumbres parlamentarias inglesas, estas costumbres
-que son, según parece, un gran honor para todo inglés,
-aunque a mí, la verdad, me han dejado siempre un tanto
-indiferente.</p>
-
-<p>Luego hablamos de la posibilidad de que la reacción,
-entronizada por los Cien Mil Hijos de San Luis en España,
-se sostuviera o no. Paquito tenía la esperanza de un
-movimiento revolucionario. A mí no me parecía esto
-probable, y menos próximo, porque la mayoría de la
-gente había quedado cansada de los ensayos infructuosos
-de los constitucionales.</p>
-
-<p>Acabada nuestra charla me llevaron a un cuarto pequeño
-y encalado que me cedieron.</p>
-
-<p>Paquito se mostraba en su casa, a pesar de su liberalismo,
-perfectamente tiránico. Era exigente, gruñón; todo
-lo que hacían los demás le parecía detestable y únicamente
-manifestaba benevolencia para sus faltas.</p>
-
-<p>La madre era por el estilo: una vieja que reñía por<span class="pagenum"><a name="Page_306" id="Page_306">[306]</a></span>
-costumbre y hablaba con una rapidez incomprensible
-para mí. Siempre se quejaba de frío.</p>
-
-<p>Muchas veces que yo estaba sofocado por la tibieza
-del ambiente le oía lamentarse de que no cerraban las
-puertas:</p>
-
-<p>&mdash;¡Jesús! ¡Dios mío! ¡Qué frío hace hoy! ¡Me quieren
-matar! ¡Yo no puedo resistir este viento, que corta! Santo
-Cristo de la Alameda, ¿por qué no me habrá quitado
-Dios de en medio, que no sirvo mas que de estorbo a
-todo el mundo?</p>
-
-<p>Así iba esta vieja engarzando quejas y conjurando
-todos los santos y santas del calendario.</p>
-
-<p>La mujer de Paquito parecía una princesita condenada
-a vivir entre piratas. Tenía un aire resignado, unos
-ojos claros, ingenuos y una gran suavidad. Era hija de
-un militar que había guerreado en América. Había quedado
-huérfana muy niña. Se llamaba Dolores. Me pareció
-que en la casa no la guardaban consideración
-alguna y que la hacían trabajar demasiado.</p>
-
-<p>El matrimonio tenía un chico y una chica. El chico
-era un salvaje de seis o siete años, despótico y mal
-educado. Yo estuve muchas veces a punto de calentarle
-las orejas porque se manifestaba de muy mala intención.
-El chiquillo llegó a tomarme odio.</p>
-
-<p>Al cuarto o quinto día de llegar a Algeciras fuí a ver
-al cónsul inglés, que me proporcionó trabajo para una
-temporada.</p>
-
-<p>Le dije que estaba en relación con los filohelenos de
-Londres, y él me informó de que iba a llegar un barco
-con soldados para Grecia.</p>
-
-<p>Cuando cobré el dinero del cónsul hablé con Dolores,
-la mujer de Paquito, para que me dijera lo que tenía
-que pagar por estar en su casa.</p>
-
-<p>Nos pusimos de acuerdo, y quedé allá, en mi cuartito
-pequeño, escribiendo y pintando. Por la tarde solía
-dar un paseo por la playa, y recorría también las calles
-del pueblo, con sus grandes caserones blancos, con<span class="pagenum"><a name="Page_307" id="Page_307">[307]</a></span>
-balconadas salientes, adornadas con hierros barrocos,
-sus rejas, sus canalones y sus persianas pintadas de
-verde.</p>
-
-<p>Paseaba también por la plaza Alta y por una avenida,
-cuyas bocacalles iban a dar a la bahía, y por las cuales
-se divisaba el cielo y el mar.</p>
-
-<p>Como se estaba en un período de política revuelta,
-todos los días había algún acontecimiento. A medida
-que los ministros de Fernando VII se apoderaban del
-Poder la represión era mayor. Se hacían prisiones, y llegaban
-constantemente cuerdas de presos que el comandante
-del campo de Gibraltar, don José O'Donnell, enviaba
-a los presidios de Africa.</p>
-
-<p>Un día vi en la plaza Alta un espectáculo triste. Un
-constitucional, un hombre viejo, de noble aspecto, se
-escapó de la cuerda; dos voluntarios realistas le siguieron
-gritando: «¡A ése! ¡A ése!» La gente fué tras él, le cogieron
-y a palos lo dejaron tendido en el suelo.</p>
-
-<p>El pueblo entero manifestaba un gran fervor realista;
-se había sustituído la lápida de la Constitución por otra
-con el letrero: «Plaza del Rey», con las armas de la
-ciudad y una corona. Paquito, que estaba señalado
-como liberal exaltado, no salía apenas, y muchos, entre
-ellos yo, le aconsejaron que fuera a Gibraltar y que
-no viniese mas que de tarde en tarde. Esto fué lo que
-hizo.</p>
-
-<p>Yo me alegré mucho, no por la seguridad de Paquito,
-que me tenía sin cuidado, sino por hablar libremente
-con Dolores. La verdad es que me iba enamorando de
-ella por momentos. ¡Era una mujer tan simpática, tan
-buena! No me cansaba de oírla.</p>
-
-<p>Ya sé yo que hay un mandamiento, no se cuál, que
-dice que no se debe desear la mujer del prójimo; pero
-esto siempre me ha parecido una tontería; yo, no sólo
-deseaba la mujer de mi prójimo, sino que se la hubiera
-quitado si hubiese podido.</p>
-
-<p>Cuando Dolores quedó sola con su suegra y los chi<span class="pagenum"><a name="Page_308" id="Page_308">[308]</a></span>cos,
-yo le decía que saliera, que no estuviera siempre
-metida en casa.</p>
-
-<p>Un domingo dimos una vuelta por la bahía en el
-<i>Lince</i>, una barca grande. El <i>Chirri</i> iba al cuidado de la
-vela y yo al timón.</p>
-
-<p>Estaba el cielo azul y el mar casi tan azul como el
-cielo.</p>
-
-<p>Enfrente se divisaba el Peñón, de un color gris de ceniza,
-obscuro en los sitios cubiertos de bosque y alargado
-hasta la punta de Europa...</p>
-
-<p>Dolores me habló de su infancia, de la que conservaba
-un recuerdo confuso de idas y venidas por colegios
-de distintas ciudades; me contó una serie de niñerías
-con verdadera gracia. Yo le hacía mil preguntas y le oía
-encantado.</p>
-
-<p>El barco marchaba suavemente; veía desarrollarse
-ante mis ojos la línea quebrada de los montes formada
-por las últimas ramificaciones de la sierra de los Gazules.</p>
-
-<p>A lo lejos aparecía la serranía de Ronda, los montes
-de Gaucín y Casares y los de Estepona.</p>
-
-<p>Más cerca la sierra Carbonera, con San Roque en un
-alto; El Campamento, a orillas del mar, y luego La Línea
-sobre el arenal que une la tierra con Gibraltar.</p>
-
-<p>&mdash;Vamos ya&mdash;dijo Dolores&mdash;, que la madre estará
-esperando.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué prisa tiene usted para volver?&mdash;le pregunté
-yo.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, hay que hacer la cena.</p>
-
-<p>&mdash;Deje usted la cena; por un día cenaremos más tarde.
-¡El día está tan hermoso!</p>
-
-<p>&mdash;Bueno&mdash;replicó ella.</p>
-
-<p>Seguimos hablando. Avanzamos hasta la salida de la
-bahía. Estaba el Estrecho lleno de barcos, que navegaban
-con las velas desplegadas. Pasamos cerca de las
-murallas, llenas de líquenes, de la isla Verde.</p>
-
-<p>Ahora se veía el otro extremo de la gran bahía casi<span class="pagenum"><a name="Page_309" id="Page_309">[309]</a></span>
-circular, la Punta Carnero, y a lo lejos, la costa de Africa,
-el acantilado blanquecino de los montes de Sierra
-Bullones y el pico de la Almina de Ceuta.</p>
-
-<p>Seguimos hablando Dolores y yo largo rato, y al caer
-la tarde le dije al <i>Chirri</i> que volviéramos.</p>
-
-<hr class="tb" />
-
-<p>Pasamos de nuevo por delante de la isla Verde. El
-sol iba retirándose con lentitud, iba escalando las casas
-de Algeciras, brillaba en los cristales, subía a los tejados,
-los abandonaba e iluminaba el campanario de la
-iglesia con una claridad rojiza. La sierra parecía acercarse,
-y al borrarse sus repliegues tomaba el aspecto de
-una muralla que se levantara tras del pueblo. Las casas
-se destacaban con más claridad a la luz fría del crepúsculo.</p>
-
-<p>El cielo tomaba un color de escarlata por el lado del
-mar y éste iba brillando con resplandores de rosa.</p>
-
-<p>Al desembarcar, al acercarnos a Algeciras, las ventanas
-de las casas comenzaban a iluminarse; se oía en las
-tabernas rasguear de guitarras y se sentía un olor fuerte
-de aceite frío.</p>
-
-<p>Desde el muelle fuimos hasta la plaza Alta.</p>
-
-<p>Al pasar hacia casa oíamos la retreta en un cuartel.</p>
-
-<hr class="tb" />
-
-<p>Dos días después estaba en mi cuarto escribiendo,
-cuando se me presentó Paquito, con un aire grave, dramático.</p>
-
-<p>Me advirtió que me tenía que hablar; hice ademán de
-oírle, y de repente me dijo que yo era un sinvergüenza,
-un ingrato y un canalla que estaba cortejando a su mujer.
-Negué yo el hecho, y entonces él me replicó que el
-domingo anterior había ido a pasear en la lancha con
-Dolores y que le había dicho que era muy guapa y otra
-porción de cosas.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién le ha dicho a usted eso?</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_310" id="Page_310">[310]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Mi chico y el <i>Chirri</i>.</p>
-
-<p>Me callé y no repliqué; él siguió insultándome, y después
-insultando a su mujer.</p>
-
-<p>Esto no lo pude soportar y salté.</p>
-
-<p>Ya furioso, le dije que era un botarate y que su mujer
-valía millones de veces más que él; que le tenía por
-un vanidoso y un farsante; que su liberalismo era una
-mentira, porque no era mas que envidia por los que podían
-y valían más que él, y, en último término, que estaba
-dispuesto a batirme con él a puñetazos, a navajazos
-o a tiros, porque le consideraba uno de los seres
-más despreciables y más ridículos de la tierra.</p>
-
-<p>Mi indignación le enfrió a Paquito, y sin contestarme
-nada se marchó, dejándome solo e iracundo.</p>
-<hr class="chap" />
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_311" id="Page_311"></a></span></p>
-
-
-
-<h4 id="II_IV_XIII">XIII.<br />
-MAC CLAIR</h4>
-
-
-<p><span class="smcap">Después</span> de nuestra riña, toda la familia de Paquito
-se trasladó a Gibraltar, y yo quedé en una
-casa de la vecindad, en la más profunda desesperación.</p>
-
-<p>Seguía trabajando para el cónsul, cuando recibí un
-carta de Will Tick anunciándome que pocos días después
-pasaría el Estrecho, en dirección a Grecia, una expedición
-de filohelenos.</p>
-
-<p>Antes llegaría a Algeciras el coronel Mac Clair, que
-iba a comprar armas y municiones de guerra.</p>
-
-<p>Saldría yo a recibirle al muelle y le reconocería, por
-ser un tipo alto y delgado, vestido con un ulster negro
-con rayas blancas, y que llevaría un bulto cuadrado envuelto
-en tela encerada en la mano derecha y un paraguas
-en la izquierda.</p>
-
-<p>Efectivamente, lo reconocí. Era Mac Clair un hombre
-delgado, seco, de aire enfermizo. Tenía el pelo rojo, rizado,
-patillas cortas, bigote grueso y anteojos azules. Por
-debajo del ulster usaba redingote de color de castaña.</p>
-
-<p>Llevé a mi casa a Mac Clair, y al día siguiente fuimos
-en coche a Tarifa, donde recogimos varias cajas de fusiles,
-escondidas cerca de la playa, y las embarcamos en
-una gabarra.</p>
-
-<p>El coronel Mac Clair marchó después a Gibraltar,<span class="pagenum"><a name="Page_312" id="Page_312">[312]</a></span>
-donde compró un ciento de fusiles españoles e ingleses.</p>
-
-<p>El coronel me dijo que me avisaría la llegada del paquebot
-que venía de Londres con los filohelenos.</p>
-
-<p>Efectivamente, quince días después me avisó. Con un
-tiempo muy malo salimos los dos en un falucho.</p>
-
-<p>Fuimos hasta Tarifa, en donde teníamos nuestras cajas
-de fusiles, las embarcamos y esperamos toda una
-tarde y toda una noche.</p>
-
-<p>Al día siguiente, el coronel reconoció el bergantín <i>Fénix</i>,
-al que esperábamos.</p>
-
-<p>Nos acercamos al barco, que parecía un gran pez negro
-sobre el agua, y entramos en él.</p>
-
-<p>Al pasar por delante de Algeciras se me humedecieron
-los ojos con el recuerdo de Dolores.</p>
-
-<hr class="tb" />
-
-<p>Estas cuartillas leí a mistress Hervés, en el mirador
-del castillo de Ondara, una tarde de verano.</p>
-
-<p>Mi aventura en Grecia, quizá por ser insignificante,
-no la he escrito todavía. No sé si la escribiré alguna
-vez.</p>
-
-
-<p class="i2 p2">Itzea-Vera del Bidasoa.&mdash;Octubre, 1916.</p>
-
-<p class="center p4">FIN DE LA RUTA DEL AVENTURERO</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-
-
-
-<h2>ÍNDICE</h2>
-
-<table border="0" cellpadding="5" cellspacing="5" summary="indice">
-
-<tr>
- <td class="tdr" colspan="3">Páginas.</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdl" colspan="2"><span class="smcap"><a href="#PROLOGO">Prólogo.</a></span></td>
- <td class="tdr">7</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdc1" colspan="3">EL CONVENTO DE MONSANT</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdr">I.</td>
- <td class="tdl"><a href="#I_I">Una ciudad levantina.</a></td>
- <td class="tdrb">11</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdr">II.</td>
- <td class="tdl"><a href="#I_II">El castillo.</a></td>
- <td class="tdrb">17</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdr">III.</td>
- <td class="tdl"><a href="#I_III">Los sospechosos.</a></td>
- <td class="tdrb">21</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdr">IV.</td>
- <td class="tdl"><a href="#I_IV">Entierro.</a></td>
- <td class="tdrb">27</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdr">V.</td>
- <td class="tdl"><a href="#I_V">El teniente Eguaguirre.</a></td>
- <td class="tdrb">33</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdr">VI.</td>
- <td class="tdl"><a href="#I_VI">El mirador del castillo.</a></td>
- <td class="tdrb">41</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdr">VII.</td>
- <td class="tdl"><a href="#I_VII">Los oficiales.</a></td>
- <td class="tdrb">47</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdr">VIII.</td>
- <td class="tdl"><a href="#I_VIII">Urbina.</a></td>
- <td class="tdrb">51</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdr">IX.</td>
- <td class="tdl"><a href="#I_IX">Recomendación de Kitty.</a></td>
- <td class="tdrb">55</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdr">X.</td>
- <td class="tdl"><a href="#I_X">Explicación.</a></td>
- <td class="tdrb">59</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdr">XI.</td>
- <td class="tdl"><a href="#I_XI">El proyecto.</a></td>
- <td class="tdrb">65</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdr">XII.</td>
- <td class="tdl"><a href="#I_XII">El viaje.</a></td>
- <td class="tdrb">69</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdr">XIII.</td>
- <td class="tdl"><a href="#I_XIII">El convento.</a></td>
- <td class="tdrb">75</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdr">XIV.</td>
- <td class="tdl"><a href="#I_XIV">Los argonautas.</a></td>
- <td class="tdrb">83</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdr">XV.</td>
- <td class="tdl"><a href="#I_XV">El rapto.</a></td>
- <td class="tdrb">95</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdl" colspan="2"><span class="smcap"><a href="#I_EPILOGO">Epílogo.</a></span></td>
- <td class="tdr">105</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdc1" colspan="3">EL VIAJE SIN OBJETO</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdl" colspan="2"><span class="smcap"><a href="#II_PROLOGO">Prólogo.</a></span></td>
- <td class="tdr">113</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdc1" colspan="3">PRIMERA PARTE<br />
- UNA VIDA INSIGNIFICANTE</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdr">I.</td>
- <td class="tdl"><a href="#II_I_I">El viajero y su canción.</a></td>
- <td class="tdrb">117</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdr">II.</td>
- <td class="tdl"><a href="#II_I_II">Disecación y farmacia.</a></td>
- <td class="tdrb">121</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdr">III.</td>
- <td class="tdl"><a href="#II_I_III">Los libros de mi tío.</a></td>
- <td class="tdrb">125</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdr">IV.</td>
- <td class="tdl"><a href="#II_I_IV">La casa de Israels y Piper.</a></td>
- <td class="tdrb">129</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdr">V.</td>
- <td class="tdl"><a href="#II_I_V">Elogio de la litografía.</a></td>
- <td class="tdrb">133</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdr">VI.</td>
- <td class="tdl"><a href="#II_I_VI">En plena bohemia.</a></td>
- <td class="tdrb">137</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdr">VII.</td>
- <td class="tdl"><a href="#II_I_VII">Días tristes.</a></td>
- <td class="tdrb">141</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdrt">VIII.</td>
- <td class="tdl"><a href="#II_I_VIII">Examen de mis aptitudes por el sistema métrico decimal.</a></td>
- <td class="tdrb">145</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdr">IX.</td>
- <td class="tdl"><a href="#II_I_IX">Última hazaña en Londres.</a></td>
- <td class="tdrb">149</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdr">X.</td>
- <td class="tdl"><a href="#II_I_X">Los destinos absurdos.</a></td>
- <td class="tdrb">153</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdr">XI.</td>
- <td class="tdl"><a href="#II_I_XI">En memoria de Burton.</a></td>
- <td class="tdrb">157</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdr">XII.</td>
- <td class="tdl"><a href="#II_I_XII">Charlatanes y saltimbanquis.</a></td>
- <td class="tdrb">161</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdr">XIII.</td>
- <td class="tdl"><a href="#II_I_XIII">Comienzo de una aventura romántica.</a></td>
- <td class="tdrb">167</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdr">XIV.</td>
- <td class="tdl"><a href="#II_I_XIV">En la diligencia.</a></td>
- <td class="tdrb">175</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdr">XV.</td>
- <td class="tdl"><a href="#II_I_XV">Mary la de Biriatu.</a></td>
- <td class="tdrb">179</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdr">XVI.</td>
- <td class="tdl"><a href="#II_I_XVI">La venta de Inzolas.</a></td>
- <td class="tdrb">183</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdc1" colspan="3">SEGUNDA PARTE<br />
- DEL PIRINEO A MADRID</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdr">I.</td>
- <td class="tdl"><a href="#II_II_I">Los placeres del campo.</a></td>
- <td class="tdrb">185</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdr">II.</td>
- <td class="tdl"><a href="#II_II_II">Erlaiz el panadero.</a></td>
- <td class="tdrb">187</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdr">III.</td>
- <td class="tdl"><a href="#II_II_III">El parador de Sumbilla.</a></td>
- <td class="tdrb">193</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdr">IV.</td>
- <td class="tdl"><a href="#II_II_IV">Pamplona.</a></td>
- <td class="tdrb">197</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdr">V.</td>
- <td class="tdl"><a href="#II_II_V">Los caballeros.</a></td>
- <td class="tdrb">203</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdr">VI.</td>
- <td class="tdl"><a href="#II_II_VI">Los estratos sociales de Pamplona.</a></td>
- <td class="tdrb">205</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdr">VII.</td>
- <td class="tdl"><a href="#II_II_VII">Philonous.</a></td>
- <td class="tdrb">209</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdr">VIII.</td>
- <td class="tdl"><a href="#II_II_VIII">Los realistas franceses.</a></td>
- <td class="tdrb">211</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdr">IX.</td>
- <td class="tdl"><a href="#II_II_IX">Conspiraciones.</a></td>
- <td class="tdrb">213</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdr">X.</td>
- <td class="tdl"><a href="#II_II_X">El calor.</a></td>
- <td class="tdrb">217</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdr">XI.</td>
- <td class="tdl"><a href="#II_II_XI">Las moscas.</a></td>
- <td class="tdrb">221</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdr">XII.</td>
- <td class="tdl"><a href="#II_II_XII">En las Bárdenas.</a></td>
- <td class="tdrb">223</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdr">XIII.</td>
- <td class="tdl"><a href="#II_II_XIII">Revelación de la España clásica.</a></td>
- <td class="tdrb">227</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdr">XIV.</td>
- <td class="tdl"><a href="#II_II_XIV">El santero.</a></td>
- <td class="tdrb">231</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdc1" colspan="3">TERCERA PARTE<br />
- DE MADRID A SEVILLA</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdr">I.</td>
- <td class="tdl"><a href="#II_III_I">La casa de huéspedes.</a></td>
- <td class="tdrb">235</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdr">II.</td>
- <td class="tdl"><a href="#II_III_II">Digresiones sobre el país.</a></td>
- <td class="tdrb">239</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdr">III.</td>
- <td class="tdl"><a href="#II_III_III">Salida de Madrid.</a></td>
- <td class="tdrb">243</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdr">IV.</td>
- <td class="tdl"><a href="#II_III_IV">De Sevilla a la cárcel de Sanlúcar.</a></td>
- <td class="tdrb">247</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdr">V.</td>
- <td class="tdl"><a href="#II_III_V">Nieves la alcaidesa.</a></td>
- <td class="tdrb">253</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdr">VI.</td>
- <td class="tdl"><a href="#II_III_VI">Las recomendaciones.</a></td>
- <td class="tdrb">257</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdr">VII.</td>
- <td class="tdl"><a href="#II_III_VII">En el camino.</a></td>
- <td class="tdrb">259</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdc1" colspan="3">CUARTA PARTE<br />
- PRISIONERO</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdr">I.</td>
- <td class="tdl"><a href="#II_IV_I">El Salón de Cortes.</a></td>
- <td class="tdrb">263</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdr">II.</td>
- <td class="tdl"><a href="#II_IV_II">La señora Landon.</a></td>
- <td class="tdrb">267</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdr">III.</td>
- <td class="tdl"><a href="#II_IV_III">La torre.</a></td>
- <td class="tdrb">271</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdr">IV.</td>
- <td class="tdl"><a href="#II_IV_IV">«Mare Serenitatis».</a></td>
- <td class="tdrb">275</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdr">V.</td>
- <td class="tdl"><a href="#II_IV_V">El fraile.</a></td>
- <td class="tdrb">277</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdr">VI.</td>
- <td class="tdl"><a href="#II_IV_VI">Evasión.</a></td>
- <td class="tdrb">281</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdr">VII.</td>
- <td class="tdl"><a href="#II_IV_VII">La casa abandonada.</a></td>
- <td class="tdrb">287</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdr">VIII.</td>
- <td class="tdl"><a href="#II_IV_VIII">Dilema.</a></td>
- <td class="tdrb">291</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdr">IX.</td>
- <td class="tdl"><a href="#II_IV_IX">De viaje.</a></td>
- <td class="tdrb">295</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdr">X.</td>
- <td class="tdl"><a href="#II_IV_X">Un loco.</a></td>
- <td class="tdrb">299</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdr">XI.</td>
- <td class="tdl"><a href="#II_IV_XI">El copo.</a></td>
- <td class="tdrb">301</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdr">XII.</td>
- <td class="tdl"><a href="#II_IV_XII">La familia del patrón.</a></td>
- <td class="tdrb">305</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdr">XIII.</td>
- <td class="tdl"><a href="#II_IV_XIII">Mac Clair.</a></td>
- <td class="tdrb">311</td>
-</tr>
-
-</table>
-
-
-
-<hr class="chap" />
-
-
-
-
-<h2>OBRAS COMPLETAS DE AZORIN</h2>
-
-
-<p>I.&mdash;<span class="smcap">El alma castellana.</span></p>
-
-<p>II.&mdash;<span class="smcap">La voluntad.</span></p>
-
-<p>III.&mdash;<span class="smcap">Antonio Azorín.</span></p>
-
-<p>IV.&mdash;<span class="smcap">Las confesiones
-de un pequeño
-filósofo.</span> (Aumentada.)</p>
-
-<p>V.&mdash;<span class="smcap">España.</span></p>
-
-<p>VI.&mdash;<span class="smcap">Los pueblos.</span></p>
-
-<p>VII.&mdash;<span class="smcap">Fantasías y devaneos.</span></p>
-
-<p>VIII.&mdash;<span class="smcap">El político.</span></p>
-
-<p>IX.&mdash;<span class="smcap">La ruta de Don
-Quijote.</span></p>
-
-<p>X.&mdash;<span class="smcap">Lecturas españolas.</span></p>
-
-<p>XI.&mdash;<span class="smcap">Los valores literarios.</span></p>
-
-<p>XII.&mdash;<span class="smcap">Clásicos y modernos.</span></p>
-
-<p>XIII.&mdash;<span class="smcap">Castilla.</span></p>
-
-<p>XIV.&mdash;<span class="smcap">Un discurso de
-La Cierva.</span></p>
-
-<p>XV.&mdash;<span class="smcap">Al margen de
-los clásicos.</span></p>
-
-<p>XVI.&mdash;<span class="smcap">El licenciado Vidriera.</span></p>
-
-<p>XVII.&mdash;<span class="smcap">Un pueblecito.</span></p>
-
-<p>XVIII.&mdash;<span class="smcap">Rivas y Larra.</span></p>
-
-<p>XIX.&mdash;<span class="smcap">El paisaje de
-España visto
-por los españoles.</span></p>
-
-<p>XX.&mdash;<span class="smcap">Entre España y
-Francia.</span></p>
-
-<p>XXI.&mdash;<span class="smcap">Parlamentarismo
-español.</span></p>
-
-<p>XXII.&mdash;<span class="smcap">París bombardeado
-y Madrid
-sentimental.</span></p>
-
-<p>XXIII.&mdash;<span class="smcap">Laberinto.</span></p>
-
-<p>XXIV.&mdash;<span class="smcap">Mi sentido de
-la vida.</span></p>
-
-<p>XXV.&mdash;<span class="smcap">Autores antiguos.</span>
-(<span class="smcap">Españoles
-y franceses.</span>)</p>
-
-<p>XXVI.&mdash;<span class="smcap">Los dos Luises y
-otros ensayos.</span></p>
-
-
-
-
-
-
-
-
-<pre>
-
-
-
-
-
-End of the Project Gutenberg EBook of Memorias de un Hombre de Acción: #6 La
-Ruta del Aventurero, by Pío Baroja
-
-*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN ***
-
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-electronic works. See paragraph 1.E below.
-
-1.C. The Project Gutenberg Literary Archive Foundation ("the
-Foundation" or PGLAF), owns a compilation copyright in the collection
-of Project Gutenberg-tm electronic works. Nearly all the individual
-works in the collection are in the public domain in the United
-States. If an individual work is unprotected by copyright law in the
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-displaying or creating derivative works based on the work as long as
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-additional terms imposed by the copyright holder. Additional terms
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-electronic works, harmless from all liability, costs and expenses,
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-or any Project Gutenberg-tm work, (b) alteration, modification, or
-additions or deletions to any Project Gutenberg-tm work, and (c) any
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-
-Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg-tm
-
-Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
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-exists because of the efforts of hundreds of volunteers and donations
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-
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-Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
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-Literary Archive Foundation
-
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-501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
-state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
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-Lake City, UT 84116, (801) 596-1887. Email contact links and up to
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-
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-Literary Archive Foundation
-
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-increasing the number of public domain and licensed works that can be
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-
-Professor Michael S. Hart was the originator of the Project
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-
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-</html>
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