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diff --git a/.gitattributes b/.gitattributes new file mode 100644 index 0000000..d7b82bc --- /dev/null +++ b/.gitattributes @@ -0,0 +1,4 @@ +*.txt text eol=lf +*.htm text eol=lf +*.html text eol=lf +*.md text eol=lf diff --git a/LICENSE.txt b/LICENSE.txt new file mode 100644 index 0000000..6312041 --- /dev/null +++ b/LICENSE.txt @@ -0,0 +1,11 @@ +This eBook, including all associated images, markup, improvements, +metadata, and any other content or labor, has been confirmed to be +in the PUBLIC DOMAIN IN THE UNITED STATES. + +Procedures for determining public domain status are described in +the "Copyright How-To" at https://www.gutenberg.org. + +No investigation has been made concerning possible copyrights in +jurisdictions other than the United States. 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If you are not located in the United States, you'll have -to check the laws of the country where you are located before using this ebook. - - - -Title: Memorias de un Hombre de Acción: #5 Los Recursos de la Astucia - -Author: Pío Baroja - -Release Date: October 4, 2015 [EBook #50126] - -Language: Spanish - -Character set encoding: ISO-8859-1 - -*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK MEMORIAS DE UN HOMBRE *** - - - - -Produced by Carlos Colón, University of Toronto and the -Online Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net -(This file was produced from images generously made -available by The Internet Archive) - - - - - - - - - - Nota del Transcriptor: - - - Se ha respetado la ortografía y la acentuación del original. - - Errores obvios de imprenta han sido corregidos. - - Páginas en blanco han sido eliminadas. - - Letras itálicas son denotadas con _líneas_. - - Las versalitas (letras mayúsculas de tamaño igual a las minúsculas) - han sido sustituidas por letras mayúsculas de tamaño normal. - - - - -LOS RECURSOS DE LA ASTUCIA - - - - -OBRAS DE PÍO BAROJA - - -LAS TRILOGÍAS - - _Pesetas._ - -Tierra vasca - - La casa de Aizgorri. 1,00 - - El mayorazgo de Labraz. 3,00 - - Zalacaín, el aventurero. 1,00 - - -La vida fantástica - - Camino de perfección. 1,00 - - Inventos, aventuras y - mixtificaciones de Silvestre - Paradox. 1,00 - - Paradox, rey. 3,00 - - -La Raza - - La dama errante. 3,00 - - La ciudad de la niebla. 3,50 - - El árbol de la ciencia. 3,50 - - -La lucha por la vida - - La busca. 3,50 - - Mala hierba. 3,50 - - Aurora roja. 3,50 - - -El Pasado - - La feria de los discretos. 3,50 - - Los últimos románticos. 3,50 - - Las tragedias grotescas. 3,00 - - -Las ciudades - - César ó nada. 4,00 - - El mundo es ansí. 3,50 - - -El Mar - - Las inquietudes de Shanti - Andía. 3,50 - - -MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN - - El aprendiz de conspirador. 3,50 - - El escuadrón del Brigante. 3,50 - - Los caminos del mundo. 3,50 - - Con la pluma y con el sable. 3,50 - - Los recursos de la astucia. 3,50 - - -EN PRENSA - - La ruta del aventurero. - - - - - PÍO BAROJA - - [Ilustración] - - MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN - - LOS RECURSOS - - DE LA ASTUCIA - - [Ilustración: RENACIMIENTO] - - - RENACIMIENTO - - MADRID BUENOS AIRES - - SAN MARCOS, 42 LIBERTAD, 172 - - 1915 - - - - - ES PROPIEDAD - - - Imprenta Renacimiento, San Marcos, 42.--Teléfono 4.967. - - - - -LA CANÓNIGA - - _Vulnerant omnes ultima necat_: - Todas hieren; la última, mata. - - (Leyenda de algunos relojes.) - - - - -PRÓLOGO - - -Don Pedro Leguía y Gaztelumendi, verdadero y auténtico cronista de la -vida de Aviraneta, escribió unas líneas preliminares para explicar la -procedencia de los datos utilizados por él en esta narración. - -Por lo que dice, las bases de su relato fueron la historia que le contó -en Cuenca un constructor de ataúdes, y los comentarios y antecedentes -que aportó á esta historia D. Eugenio de Aviraneta en Madrid. -Valiéndose del indiscutible derecho del narrador, Leguía antepuso los -antecedentes de Aviraneta á la narración del constructor de ataúdes, -proceder no desprovisto de lógica, pues la faena de un constructor de -ataúdes debe ser siempre una faena final y epilogal. El lector, si es -un tanto aviranetista, quizá encuentre medianamente interesante la -transcripción del preámbulo de Leguía. - - - - -I. - - -Unos años antes de la Revolución de Septiembre--dice Leguía--me -encontraba en Madrid triste y débil, retraído de la vida pública por el -fracaso de mis correligionarios y casi retraído de toda vida privada -por padecer las consecuencias de un catarro gripal. En esto, un amigo -senador se presentó en mi casa y me instó á que le acompañase á una -finca suya, enclavada en el centro de los pinares de la serranía de -Cuenca. - -Tanto insistió y con tan buena voluntad lo hizo, que acepté y marché -con él á su finca. - -Pasé allí cerca de un mes. Cuando comencé á aburrirme y al mismo tiempo -á restablecerme en aquella soledad, perfumada por el olor de los pinos, -sentí la necesidad de salir y andar. Mi amigo visitaba los pueblos de -su distrito, y alguna vez le acompañaba yo. - -Estuvimos en Salvacañete unos días, y luego en Moya, en donde supe con -sorpresa que mi tío Fermín Leguía había sido comandante del fuerte de -este pueblo y dejado en él cierto renombre. Un viejo boticario de Moya -le recordaba muy bien. Por lo que me contó, la villa de Moya, en tiempo -de la Guerra civil, era un refugio de las familias liberales de los -contornos, mientras Cañete constituía el gran baluarte defensivo de las -familias carlistas. Moya goza de una gran posición estratégica, y tiene -larga historia de sitios y de defensas en tiempo de los moros, y de las -rivalidades entre aragoneses y castellanos. - -En 1837--como digo--se hallaba de comandante del fuerte de Moya Fermín -Leguía. En Octubre de este año, la partida mandada por el cabecilla -Sancho, á quien se apodaba el _Fraile de la Esperanza_, se acercó -á la villa y la sitió. El _Fraile de la Esperanza_ sabía muy bien -no era lo mismo sitiar estrechamente aquella plaza que tomarla; las -fortificaciones del pueblo para entonces tenían gran valor, y como el -que intentaba abrir las ostras por la persuasión, él quiso tomar el -pueblo por el mismo procedimiento. - -El _Fraile_ envió á Leguía un oficio exhortándole á rendirse, con -frases en latín, que creía le llegarían al alma. Leguía le contestó -diciéndole que él no se rendía, y añadió que D. Carlos era un babieca; -Cabrera, un bandolero; los carlistas, hordas salvajes y partidas de -foragidos, y el latín un idioma ridículo para el que no lo entendía. -El _Fraile de la Esperanza_, á este oficio contestó con un segundo -muy respetuoso, diciendo á don Fermín no comprendía cómo un hombre -distinguido calificaba de babieca á un Rey como Carlos V, espejo de la -cristiandad, ni llamaba bandido al ilustre Cabrera, ni tenía tan mala -idea de la lengua del Lacio. Leguía leyó la segunda carta, y mirando -fieramente al parlamentario del _Fraile_, le dijo: - ---Dígale usted al frailuco ese que no soy ningún académico ni quiero -discutir esas cosas, y añada usted que si me manda otro correo lo -fusilaré sobre la marcha. ¡Con que hala! - -El correo desapareció de prisa, y el _Fraile de la Esperanza_ abandonó -pronto el sitio de Moya. - -Varias anécdotas me contó el boticario de mi tío Fermín que retrataban -su genio vivo y sus resoluciones prontas. - - - - -II. - - -Después de la temporada transcurrida en los pinares, y ya completamente -restablecido, determiné ir unos días á Cuenca, á la capital, que no -conocía. La ciudad me gustó mucho, y estuve en ella un par de semanas. - -Mi amigo el senador me había recomendado á varias personas, entre ellas -á un cura joven recién llegado al pueblo. Este curita se hizo muy amigo -mío. - -Salíamos juntos, veíamos todo lo notable de la catedral, de los -conventos y de las casas particulares. Una tarde, al volver á la fonda -al obscurecer, se me acercó una vieja y me dijo que si quería ir á -su casa podría enseñarme algo que me conviniera. Supuse trataría de -proponerme la venta de algún cuadro ó talla antigua; le dije que iría, -y me dió las señas de su casa. - -Al día siguiente, por la tarde, paseaba en compañía del cura joven -cuando recordé el ofrecimiento de la vieja. Era ya entre dos luces. - ---¿Estará por aquí cerca la calle de la Moneda?--exclamé yo. - ---Sí, creo que sí--me contestó el cura--; preguntaremos á estos chicos. - -Los chicos nos indicaron la calle. - -El cura y yo entramos en ella, buscamos el número y nos detuvimos -delante de un estrecho portal obscuro. Había un hombre denegrido, -demacrado, con aire de padecer tercianas, vestido con harapos, un -pañuelo atado á la cabeza. - ---¿La señora Cándida?--le pregunté. - ---¿Vienen ustedes á verla? - ---Sí. - ---Aquí es. - -El hombre, volviéndose al interior de la escalera, gritó: - ---¡Señora Cándida! - -Esperamos un rato, y poco después bajó por una escalera estrecha, -alumbrándose con un candilejo de hoja de lata, la vieja que me había -hablado la tarde anterior. - ---¿No viene usted solo?--me preguntó con gran sorpresa. - ---No. - ---Bueno, pasen ustedes. - -La presencia del cura dejó atónita á la señora Cándida. - -Estuvimos un momento en el estrecho zaguán vacilando si seguir adelante -ó no. La luz del candil iluminaba el grupo. La señora Cándida era una -mujer adiposa, encorvada, con la cabeza metida entre los hombros, la -cara roja, con dos ó tres lunares en la barba; tenía el pelo blanco, el -cuerpo pesado y torpe, la sonrisa maligna y cínica, los labios rojos y -lubrificados. A veces, á través de los párpados abultados y rojizos, -lanzaba una mirada suspicaz, llena de claridad. - ---Bueno, suban ustedes--repitió. - -Subimos la escalera del tabuco negra é insegura; las ráfagas de aire -amenazaban con matar la luz del candil. - ---¡Demonio cómo sopla el cierzo!--dije yo. - ---Sí, esta es la casa de los cuatro vientos--contestó la señora Cándida. - -Tras de subir dos pisos llegamos á un cuartucho tan sucio, tan vacío, -que nos sorprendió desagradablemente. - -Recorrimos tras de la vieja unos pasillos tortuosos. En la casa había -únicamente un cuarto un tanto limpio y curioso. Este cuarto tenía -una mesa, un canapé y varias estampas; comunicaba con dos alcobas -blanqueadas, cada una con su cama de colcha roja de percal desteñido. -Una de las alcobas tenía un gran espejo dorado, que parecía estar allá -asombrado de verse en tan mísero rincón. La señora Cándida nos llevó -por la casa, en la que reinaba la más negra y trágica miseria, y en un -guardillón nos mostró unos cuantos lienzos pintados. Eran cuadros sin -ningún valor. - -La vieja me preguntó: - ---¿Qué le parecen á usted? - ---No me gustan, la verdad. - ---¿No quiere usted comprarme nada? - ---No. - -La señora Cándida suspiró. - -Bajamos de nuevo la escalera hasta el portal. Al salir di una pequeña -propina á la vieja por la molestia, y al recibirla, agarrándome de la -manga y llevándome á un rincón, me dijo: - ---Venga usted otro día solo, y verá usted. - ---¿Tiene usted algo más en casa?--dije yo. - ---En casa ó fuera de casa, es igual. Allí donde yo voy me abren. - -Me chocó bastante lo enigmático de la frase y salí con mi acompañante. - -Hablamos de la decadencia horrible de las mujeres viejas cuando caen en -la miseria, mucho mayor aún que la de los hombres. - ---Por fortuna, para esta gente--dije yo--la costumbre de la miseria los -hace insensibles. - -Me despedí del amable clérigo, y al día siguiente cuando vino como de -costumbre á mi casa, dijo: - ---¿Sabe usted que ayer hicimos una pifia gorda? - ---¿Por qué? - ---Porque estuvimos en casa de una Celestina. - ---¿De manera que la vieja... la señora Cándida? - ---Sí, es una Celestina á quien llaman la _Canóniga_. Parece que ha -tenido fortuna y buena posición. - ---De modo que no acertamos en nuestras suposiciones. - ---Nada. Absolutamente nada. - ---¿Le han contado á usted su historia? - ---Sí, sin muchos detalles; me han dicho también que un viejo carpintero -que hace ataúdes conoce su vida. Si le interesa á usted, iremos á verle. - ---Bueno; iremos. - -Fuimos, efectivamente, á una tienda de ataúdes del callejón de los -Canónigos. - -Estaba esta tienda en una casa antigua y negra, de piedra, con un arco -apuntado á la entrada. - -El taller se hallaba en el portal, un portal pequeño y cubierto de -losas, con un banco de carpintero en medio y algunas herramientas del -oficio en las paredes. - -A un lado tenía un cuarto con una ventana, que daba á una hendidura, -por donde se veía la Hoz del Huécar y por donde entraba el sol. Un -chico nos hizo pasar á este cuarto. Había aquí una estantería con unos -féretros pequeños de muestra, que hubieran podido servir para enterrar -muñecas; había también varios relojes, de distintos tipos y clases: -cuatro ó cinco, de esos pintados que se construyen en la Selva Negra, -con las pesas y el péndulo al descubierto; dos ó tres, de cuco; otros -de pared, cerrados, que los ingleses llaman reloj del abuelo, y entre -todos ellos se destacaba uno alto de autómatas y de sonería, con el -péndulo dorado y esmaltado en colores. - -Este reloj tenía una caja de color de caramelo obscuro llena de -pinturas con guirnaldas y flores. Fijándose bien, en cada guirnalda -se veía disimulado en ella un atributo macabro: aquí, una calavera -con dos tibias; allí, un ataúd; en este rincón, un esqueleto. El -péndulo tenía en medio de la lenteja una barca de latón sujeta con un -tornillo y un contrapeso por dentro que hacía subir y bajar la proa y -la popa alternativamente al compás de los movimientos del péndulo. En -la barca había una figurita de Caronte. La esfera, de cobre, estaba -rodeada de una orla de bronce con la efigie de Cronos, viejo haraposo -y meditabundo, con unas alas en la espalda y un reloj de arena en la -mano. Debajo, en una cartela con letras negras, se leía este apotegma -de los antiguos relojes de sol de las iglesias: - -«_Vulnerant omnes ultima necat_: Todas hieren; la última, mata.» - -Sin duda el constructor de aquella máquina tenía un gusto pronunciado -por lo macabro. Había hecho algo como los cuadros de Valdés Leal, de -la Caridad de Sevilla: algo alegre de color y triste de intención. -Correteando por el portal, saltando de un reloj al armario de los -féretros y de éste á otro reloj, andaba un cuervo, grande y negro, que -se dedicaba al monólogo y á veces al diálogo, mientras un gato negro, -viejo y escuálido, con los ojos amarillos, le contemplaba atentamente. - -El constructor de ataúdes me mostró el reloj de autómatas y sonería, -del que estaba muy orgulloso, y después, sentándose entre un ataúd -grande de un hombre y otro pequeño de un niño, y tomando el gato -cariñosamente en un hombro y al cuervo en el otro, se puso á hablar -sonriendo con una amable sonrisa. - -Hablaba, como un discípulo de Séneca, de la inestabilidad de las cosas -humanas, de lo fugaz del placer y del roer del tiempo con sus horas -fatídicas. - -Su reloj de figuras, su cuervo, á quien llamaba Juanito, y su gato -negro, Astaroth, tenían para él, por lo que vimos, la importancia de -divinidades siniestras y macabras que presidían sus momentos. - -El hombre de los ataúdes nos contó la historia de la _Canóniga_ y la -suya, adornando ambas con sus fúnebres pensamientos. - - - - -III. - - -Meses después en Madrid, á principios de otoño, fuí á casa de -Aviraneta, que vivía en la calle del Barco con Josefina, su mujer. - -Don Eugenio tenía entonces más de setenta años y estaba hecho una momia -grotesca. Sus piernas se negaban á sostenerle, y para andar marchaba -apoyado en un bastón grueso, dando golpes en el suelo como un ciego. -Su cara, seca, arrugada, aparecía debajo de una gran peluca roja; su -nariz, grande y también roja, amenazaba caer sobre el labio; sus ojos -brillaban de inteligencia y de malicia. - -A pesar de su edad y de sus enfermedades, Aviraneta conservaba brío -y tenía las facultades tan despiertas como en sus buenos tiempos de -conspirador. - -Me encontré á Aviraneta en el cuarto de sus bichos. Era este un chiscón -aguardillado con jaulas, donde tenía ratas sabias domesticadas, loros, -cacatúas y una porción de cajitas con mariposas disecadas, escarabajos, -moscones, conchas y espumas de mar. - -Don Eugenio acababa de volver de los baños de Trillo, adonde iba -todos los años á curarse el reúma, y, á pesar de que no hacía todavía -frío, estaba envuelto en la capa y al lado del brasero. Hablaba á sus -bichos, les echaba migas de pan y los observaba. Esta era una de sus -principales ocupaciones; la otra, la de leer folletines. - -Hablamos; le conté mi historia de Cuenca, y después de oirla, dijo -riendo, con su risa sarcástica, que se convertía en algunos momentos en -tos: - ---Aun podría añadir yo algo á tu historia. - ---Pues añada usted lo que sea. - -Aviraneta explicó algunos antecedentes políticos que el viejo -carpintero de Cuenca ignoraba y que don Eugenio conocía por haber -convivido con algunos personajes de la época. - -He aquí lo que me contó Aviraneta. - - - - -IV. - - ---En 1822--dijo don Eugenio--estuve yo en París, enviado por don -Evaristo San Miguel, con el objeto de enterarme de los trabajos de los -absolutistas españoles y franceses para provocar la intervención de -Luis XVIII en España. - -Algo averigüé, é hice cuanto pude para recabar el apoyo de los -liberales franceses, aunque no conseguí gran cosa. - -Sabía yo, como sabía todo el mundo, que habían ido varios delegados -realistas españoles á París en busca de protección del Gobierno -francés; lo que no supe, hasta pasado algún tiempo, fué de dónde salió -el dinero que tuvieron para realizar sus planes. - -Pagés, el secretario de D. Vicente González Arnao, á quien tú conociste -en aquel _restaurant_ de la calle de Montorgueill, el _Rocher de -Cancal_; Pagés, á quien no hace muchos años vi en San Sebastián, ya -viejo y enfermo, me lo contó. - -La Regencia de Urgel había enviado en 1822 á D. Fernando Martín -Balmaseda á París en busca de recursos para la Restauración española. - -Balmaseda se dirigió á los absolutistas, desde los más altos á los más -bajos; llamó á todas las puertas, y recogió una abundante cosecha de -votos, promesas, protestas de amistad, manifestaciones de entusiasmo, -etc., etc. - -Balmaseda buscaba esto; pero buscaba también un préstamo de trescientas -á cuatrocientas mil pesetas para la Regencia de Urgel, con las cuales -pudiera comenzar sus trabajos. - -Balmaseda vió, sin gran sorpresa, que á pesar de los grandes -ofrecimientos, el dinero no aparecía por ningún lado. - -Inventó algunas combinaciones, pero nadie cayó en el lazo. - -Un día, en el hotel, ya en pleno desaliento, recibió la visita de un -español que se llamaba Toledo. Toledo había huído de España por varias -estafas, pero se hacía pasar por emigrado político realista. - -Balmaseda tuvo la corazonada de oír á su compatriota, de darle una -moneda de cinco francos y de explicarle las dificultades con que -tropezaba para encontrar dinero. - -Toledo le dijo: - ---¿Ha visto usted á Fernán-Núnez? - ---Sí. - ---¿Y á los demás realistas ricos? - ---A todos. - ---¿Y nada? ¿No están en fondos? - ---Nada. - ---¿Sabe usted lo que haría yo?--dijo Toledo. - ---¿Qué? - ---Ir á ver á la princesa de Caraman Chimay. - ---¿Y qué tenemos que ver con ella? - ---La princesa de Caraman Chimay es nuestra compatriota, Teresa -Cabarrús, madame Tallien. - ---¡La revolucionaria!--exclamó Balmaseda. - ---¡Bah! ya no es revolucionaria--replicó Toledo.--No hay princesas -revolucionarias. Además ésta se va haciendo vieja, y como no tiene -adoradores de carne, se dedica á los santos, y sustituye el _boudoir_ -por la iglesia. - -Balmaseda, que era hombre un tanto de sacristía torció el gesto con la -explicación, y preguntó secamente: - ---¿Y qué puede hacer por nosotros Teresa Cabarrús? - ---Mucho. Teresa Cabarrús ha sido la amante del banquero Ouvrard. -Ouvrard es el único hombre capaz de prestar para una cosa así una -millonada. Si Teresa se lo indica, lo hace. - -Toledo se marchó, y Balmaseda quedó pensando que el consejo de aquel -perdulario no dejaba de tener interés, y tras de vacilar un tanto, -se decidió á escribir á la bella Teresa explicándole su misión y -diciéndole lo que esperaba de ella. - -La bella Teresa, la célebre Notre-Dame de Thermidor, que había lanzado -á Tallien con un puñal contra Robespierre, estaba aquel día para salir -de París á su palacio de Menars, cerca de Blois, pero había retrasado -el viaje por la indisposición de un hijo suyo. - -Teresa leyó la carta, y con una esquela suya mandó que se la enviaran á -Ouvrard. - -Ouvrard entonces era el _lion_ de la especulación, el hombre de -negocios de la época, un Law injerto en un Petronio. - -Ouvrard fué uno de los primeros banqueros de París, uno de los que -comenzaron el reinado de la plutocracia. - -Ouvrard vivió como un nabab: dió las fiestas más espléndidas y ricas, -alternó con la alta aristocracia. Ouvrard era hijo de sus obras; la -suerte y el amor le favorecieron. - -Ouvrard había sido una de las bellezas masculinas del Consulado; había -sido llamado el bello Ouvrard. El bello Ouvrard tuvo amores con la -bella Teresa Cabarrús, y de esta conjunción del Apolo bretón y de la -Venus española nacieron varios hijos. - -Bonaparte, celoso de la fortuna y de los éxitos del bello Ouvrard, lo -prendió, lo desterró, lo anuló; pero Waterloo permitió al especulador -entrar en Francia, y pronto volvió á brillar en París. - -Al día siguiente de escribir Balmaseda á Teresa Cabarrús, el delegado -realista español recibía una carta del banquero francés citándolo en su -casa. - -Balmaseda se presentó al banquero, y en pocas palabras le explicó lo -que necesitaba. - ---Soy delegado de la Regencia de Urgel--le dijo--y he venido para pedir -al Gobierno francés un auxilio de dos millones de francos, orden para -el paso de armas por la frontera, dos regimientos suizos, un buque de -transporte y una fragata para auxiliar á los realistas de España. - ---¿Y el Gobierno se lo ha concedido? - ---En parte sí, en parte no. El dinero no lo tenemos aún, y como los -trabajos urgen, he pensado si usted podría anticiparnos trescientos mil -francos á cuenta de los dos millones que tenemos que cobrar. - ---Amigo mío--dijo Ouvrard, sonriendo--su proposición me prueba que no -es usted un hombre de negocios. - ---¿Por qué? - ---Porque yo no le puedo prestar trescientos mil francos; la Regencia -los tragaría en un momento, y yo perdería mi dinero. Usted necesita -cuatrocientos millones de francos, y yo se los puedo proporcionar á -usted en ciertas condiciones. - -El español, estupefacto, murmuró: - ---Veamos en qué condiciones. - ---Estas condiciones son: Primera. La Regencia de Urgel se llamará desde -luego Regencia de España. - ---Esto no creo que sea difícil--dijo Balmaseda. - ---Segunda. La Regencia será reconocida con personalidad por el Congreso -de Verona y por Francia. - ---Trabajaré en ello. El ministro Villele parece que se muestra propicio. - ---Tercera--siguió diciendo el banquero--. Se asegurará una amortización -del 2 por 100. - ---Está bien. - ---Cuarta. Se pagará un interés del 5 por 100. De aceptar, M. Rougemont -de Lowenberg será el banquero. - ---Por ahora no encuentro nada imposible. - ---Y quinta y última. El Gobierno español me reembolsará las sumas que -le he prestado anteriormente, con los intereses. - -A esto Balmaseda calló un momento y dijo, después de pensarlo, que no -tendría más remedio que consultar con la Regencia. - ---Consúltelo usted, y tráigame cuanto antes la contestación--replicó -Ouvrard, levantándose é inclinándose fríamente. - -Balmaseda comenzó al momento sus trabajos con gran diligencia. Escribió -al Gobierno de Luis XVIII pidiendo que reconociese la Regencia de -Urgel, pero Villele se negó á ello. - -Al mismo tiempo comunicó al triunvirato de la Regencia: Eroles, -Mataflorida y Creux, la proposición de Ouvrard. Estos no creyeron que -podían comprometerse á tanto como pedía el banquero. Algunos emisarios -del Gobierno francés, entre ellos el vizconde de Boiset, intentaron -convencer á los miembros de la Regencia absolutista de las ventajas de -la proposición Ouvrard; pero ellos, sobre todo Mataflorida y Creux, no -quisieron ceder. - -Balmaseda fué á ver á Ouvrard, se cambiaron las condiciones del -empréstito, se prescindió de la Regencia de Urgel, se hizo que Eguía y -sus amigos garantizaran la operación, y se firmó el compromiso el 1.º -de Noviembre de 1822. - -Desde aquel momento el papel de la Regencia de Urgel comenzó á bajar y -el de los amigos de Eguía á subir. - -El empréstito de Ouvrard, lanzado á la publicidad, tuvo sus -dificultades. Nuestro embajador, el duque de San Lorenzo, denunció á -Ouvrard ante el fiscal; el banquero M. Rougemont no quiso tomar parte -en el negocio, y Ouvrard le sustituyó por M. Tourton, Ravel y Compañía; -el Gobierno francés estaba indeciso, pero el empréstito se cubría. - -En este lapso de tiempo la Regencia de Urgel, huída de Cataluña, se -estableció en Tolosa de Francia, y después en Perpiñán. - -Ouvrard, viendo que el Gobierno francés no se decidía á declarar la -guerra á España, envió sus agentes á Eguía y á Quesada para activar las -operaciones. - -Quedaron de acuerdo en prescindir de la Regencia de Urgel y en obrar -sin contar con ella para nada. - -Los agentes de Ouvrard propusieron el que los generales realistas -hicieran una intentona y se acercaran á Madrid. - -Ni Eguía ni Quesada estaban en condiciones de intentar esta correría, y -se decidió que la hiciera Bessieres. - -Ouvrard mismo se vió con Bessieres y conferenció con él. Se -sorprendieron ambos al saber que los dos eran masones. El banquero -expuso su proyecto. Se trataba de reunir diez ó doce mil hombres, -acercarse á Madrid, entrar en la capital y disolver las Cortes. - -Bessieres, que era hombre de instinto militar, vió que el proyecto era -factible, y expuso su plan. Formaría él un núcleo de tres ó cuatro mil -hombres en Mequinenza y marcharía hacia el centro. En el camino se le -reunirían las fuerzas realistas de Valencia, Aragón y el Maestrazgo, -y todas juntas, en número de seis á ocho mil, avanzarían sobre la -capital. Era, poco más ó menos, la misma operación militar que hicieron -los aliados al mando de Stanhope y otros jefes en la guerra de Sucesión. - ---Veamos el presupuesto de esta maniobra--dijo el banquero. - -Bessieres, reunido con su lugarteniente Delpetre, su sobrino Portas y -otros varios realistas, hizo este presupuesto: - - _Francos._ - A Jorge Bessieres, para organizar una brigada y hacer - varios trabajos de compra y espionaje. 200.000 - - A Bartolomé Talarn y sus fuerzas. 100.000 - - A Sempere, el Serrador, Royo de Nogueruelas, Arévalo - el de Murviedro, etc. 100.000 - - Al coronel D. Nicolás de Isidro. 50.000 - - A Chambó, Forcadell, Peret del Riu, Tallada, Perciva - (el _Fraile_), y Viscarró (alias _Pa Sech_). 100.000 - - A Capape, Carnicer y el Organista. 100.000 - - A Ulman. 50.000 - --------- - _Total._ 750.000 - ========= - -Ouvrard encontró que la suma era muy crecida, y Bessieres la rebajó. - -Después de regatear el cabecilla y el banquero quedaron de acuerdo en -que Ouvrard iría girando cantidades á medida que Bessieres avanzara. - -Así salió Bessieres, enviado por Ouvrard _en enfant perdu_--como decía -el banquero--para pulsar al enemigo. - -Bessieres tomó la parte del león, del dinero enviado por Ouvrard. -Cincuenta ó sesenta mil duros fueron á parar á su bolsillo. Así se -explica el lujo de sus uniformes, sus bordados y sus magníficos -caballos en esta época. Corría por debajo el dinero de los tenderos y -de los porteros de París después de pasar por la bomba aspirante de -Ouvrard. - ---Esta explicación--terminó diciendo Aviraneta con su voz ronca--no -añade ni quita nada á la historia que me has contado; pero aclara un -punto que siempre tiene interés: la procedencia del dinero. Así como -en la averiguación de los crímenes se ha dicho: buscad á la mujer, -en la investigación de las intrigas políticas, revolucionarias ó -reaccionarias hay que decir: buscad el dinero. - ---¡Qué rarezas tiene el Destino!--exclamé yo--. Un capricho de Teresa -Cabarrús, en París, produce la catástrofe de dos enamorados en Cuenca. - ---Es la Fatalidad, la Ananké--exclamó Aviraneta, que sabía lo que -significaba esta palabra por haberla leído en _Nuestra Señora de -París_, de Víctor Hugo. - ---Extrañas carambolas. - ---Sí, muy extrañas; y Aviraneta se frotó las manos, movió con la paleta -la ceniza del brasero y se echó el embozo de la capa sobre las piernas. - - - - -PARTE PRIMERA - - - - -I. - -CUENCA - - -Cuenca, como casi todas las ciudades interiores de España, tiene algo -de castillo, de convento y de santuario. La mayoría de los pueblos -del centro de la península dan una misma impresión de fortaleza y de -oasis; fortaleza, porque se les ve preparados para la defensa; oasis, -porque el campo español, quitando algunas pequeñas comarcas, no ofrece -grandes atractivos para vivir en él, y en cambio la ciudad los ofrece -comparativamente mayores y más intensos. - -Así, Madrid, Segovia, Cuenca, Burgos, Avila presentan idéntico aspecto -de fortalezas y de oasis en medio de las llanuras que les rodean, en la -monotonía de los yermos que les circundan, en esos parajes pedregosos, -abruptos, de aire trágico y violento. - -En la misma Andalucía, de tierras fértiles, el campo apenas se mezcla -con la ciudad; el campo es para la gente labradora el lugar donde se -trabaja y se gana con fatigas y sudores; la ciudad, el albergue donde -se descansa y se goza. En toda España se nota la atracción por la -ciudad y la indiferencia por el campo. Si un hombre desde lo alto de -un globo eligiera sitio para vivir, en Castilla elegiría la ciudad: en -aquella plaza, en aquel paseo, en aquella alameda, en aquel huerto; en -cambio, en la zona cantábrica, en el país vasco, por ejemplo, elegiría -el campo, este recodo del camino, aquella orilla del río, el rincón de -la playa... Así se da el caso, que á primera vista parece extraño, la -llanura monótona sirviendo de base á ciudades fuertes y populosas; en -cambio, el campo quebrado y pintoresco escondiendo únicamente aldeas. - -La ciudad española clásica colocada en un cerro, es una creación -completa, un producto estético, perfecto y acabado. En su formación, -en su silueta, hasta en aquellas que son relativamente modernas, se ve -que ha presidido el espíritu de los romanos, de los visigodos y de los -árabes. - -Son estas ciudades, ciudades roqueras, místicas y alertas: tienen el -porte de grandes atalayas para otear desde la altura. - -Cuenca, como pueblo religioso, estratégico y guerrero, ofrece este aire -de centinela observador. - -Se levanta sobre un alto cerro que domina la llanura y se defiende por -dos precipicios, en cuyo fondo corren dos ríos: el Júcar y el Huécar. - -Estos barrancos, llamados las Hoces, se limitan por el cerro de San -Cristóbal, en donde se asienta la ciudad y por el del Socorro y el del -Rey que forman entre ellos y el primero fosos muy hondos y escarpados. - -El foso, por el que corre el río Huécar, en otro tiempo y como medio de -defensa podía inundarse. - -El caserío antiguo de Cuenca, desde la cuesta de Vélez, es una pirámide -de casas viejas, apiñadas, manchadas por la lepra amarilla de los -líquenes. - -Dominándolo todo se alza la torre municipal de la Mangana. Este caserío -antiguo, de romántica silueta, erguido sobre una colina, parece el -Belén de un nacimiento. Es un nido de águilas hecho sobre una roca. - -El viajero al divisarlo recuerda las estampas que reproducen arbitraria -y fantásticamente los castillos de Grecia y de Siria, los monasterios -de las islas del Mediterráneo y los del monte Athos. - -Desde la orilla del Huécar, por entre moreras y carrascas, de abajo á -arriba, se ve el perfil de la ciudad conquense en su parte más larga. - -Aparecen en fila una serie de casas amarillentas, altas, algunas de -diez pisos, con paredones derruídos, asentadas sobre las rocas vivas -de la Hoz, manchadas por las matas, las hiedras y las mil clases de -hierbajos que crecen entre las peñas. - -Estas casas, levantadas al borde del precipicio, con miradores altos, -colgados, y estrechas ventanas, producen el vértigo. Alguna que otra -torre descuella en la línea de tejados que va subiendo hasta terminar -en el barrio del Castillo, barrio rodeado de viejos cubos de murallas -ruinosas. - -Salvando la hoz del Huécar existía antes un gran puente de piedra, un -elefante de cinco patas sostenido en el borde del río que se apoyaba -por los extremos, estribándose en los dos lados del barranco. - -Este puente, que servía para comunicar el pueblo con el convento de San -Pablo, había sido costeado por el canónigo D. Juan del Pozo en el siglo -XVI. A fines del XVIII el puente del Canónigo se rompió, derrumbándose -el primer machón y el segundo arco del lado de la ciudad, y quedó así -roto durante muchos años. - -De los dos ríos conquenses, el Huécar fué siempre utilizado en el -pueblo para mover los molinos y regar las huertas. El Júcar, más -solitario, era el río de los pescadores. Se deslizaba por su hoz -tranquilo, verde y rumoroso. Desde su orilla, al pie del cerro donde se -asienta Cuenca, se veía el caserío del pueblo sobre los riscos y las -peñas, y en la parte más alta se destacaba la ermita de Nuestra Señora -de las Angustias. - -Como casi todas las ciudades encerradas entre murallas, Cuenca sintió -un momento la necesidad de ensancharse, de salir de su angosto recinto, -de bajar de su roca á la llanura. Tal necesidad la experimentó más -fuertemente á principios del siglo XIX, y creó un arrabal ó ciudad baja. - -En estos pueblos, con ciudad alta y ciudad baja, se da casi siempre el -mismo caso: en lo alto, la aristocracia, el clero, los representantes -de la milicia y del Estado; en lo bajo, la democracia, el comercio, la -industria. - -En estos pueblos el pasado está siempre en alto y el presente siempre -en bajo. No hay que extrañar que el espíritu de su vecindario sea casi -siempre retrógrado. - -El arrabal de Cuenca, formado principalmente por una calle larga á -ambos lados del camino real, se llamó la Carretería. - -Desde principio del siglo el arrabal comenzó á tener importancia. En -las luchas constitucionales únicamente la Carretería daba voluntarios -para la Milicia Nacional. - -La Carretería era progresiva; la ciudad alta era perfectamente -reaccionaria, perfectamente triste, estancada, desolada y levítica. - -Aquel Belén de nacimiento vivía con un espíritu de inmovilidad y de -muerte. - -En el arrabal se sentía de cuando en cuando alguna agitación: llegaba -hasta allá la oleada del mundo, se hablaba, se discutía, se leían -gacetas; en el Belén alto no había más agitación que la del aire -cuando sonaban las campanas de la catedral, de las iglesias y de los -conventos, cuando el organista tocaba sus motetes y sus fugas y sonaba -la campanilla del Viático por las calles. - -En el arrabal había movimiento: pasaba la diligencia con el correo, y -muchos carros y caballerías sueltas que se detenían en las posadas y -figones; en la plaza y en las calles próximas no se veía casi nunca á -nadie: únicamente dos ó tres viejos que tomaban el sol, los chicos que -salían de la escuela y tiraban piedras á los gorriones y á los perros; -alguno que otro militar, y, á ciertas horas, grupos de curas que -entraban en la catedral. - -El mayor acontecimiento de este barrio era la salida y llegada del -señor obispo en su carruaje. - -Al anochecer solía pasar por las calles y callejones de la ciudad -vieja un ciego con su guitarra que cantaba oraciones y milagros de los -santos, con una magnífica voz de barítono. - -Este ciego, el _Degollado_, tenía el cuello lleno de grandes -cicatrices, la cara marcada con un taraceo de puntos azules producidos -por granos de pólvora, los ojos huecos y la barba negra, de profeta -judío. - -Según algunos, el _Degollado_ había quedado así en tiempo de la -guerra de la Independencia; otros afirmaban que había pertenecido á -una compañía de bandoleros, á la que hizo traición y que sus antiguos -cómplices por venganza le dejaron como estaba. - -El _Degollado_ solía ir por las tardes por el pueblo, envuelto en su -capa, tanteando con el bastón y abriendo las puertas de las tiendas y -cantando un momento delante de ellas... - -De noche la ciudad alta quedaba aislada y encerrada en sus murallas. Su -recinto tenía seis puertas y tres postigos. De estas seis, exceptuando -la de Valencia y la de Huete, las demás, la del Castillo, la de San -Pablo, la del Postigo y la de San Juan, se cerraban á la hora de la -queda. - -Los postigos de las casas estaban tapiados y hacía tiempo que no se -abrían. - -Cuenca tenía á principios del siglo XIX pocas calles, y éstas estrechas -y en cuesta. Quitando la principal, que, con distintos nombres, baja -desde la Plaza del Trabuco hasta el Puente de la Trinidad, las demás -calles del pueblo viejo no pasaban de ser callejones. - -Las cuestas y desniveles de la ciudad hacían que la planta baja de una -casa fuera en una calle paralela un piso alto; así se decía de Cuenca -que era pueblo en donde los burros se asomaban á los cuartos y quintos -pisos, y era verdad. - -En 1823, época en que pasa nuestra historia, Cuenca era una de las -capitales de provincia más muertas de España. - -Entre los arrabales y la ciudad apenas llegaban sus habitantes á cuatro -mil. - -Tenía catorce iglesias parroquiales, una extramuros; siete conventos de -frailes, seis de monjas, cinco ó seis ermitas y la catedral. Con este -cargamento místico no era fácil que pudiera moverse libremente. - -En esta época había llegado la ciudad á la más profunda decadencia: -las fábricas de paños y de alfombras, que en otro tiempo trabajaban -para toda España, y la ganadería, tan importante en la región, estaban -arruinadas. - -Durante la guerra de la Independencia, los saqueos de los mariscales -Moncey, Víctor y Caulaincourt precipitaron la ruina de Cuenca... - - * * * * * - -Si por su poca vida comercial é industrial Cuenca estaba entre las -últimas capitales de España, por su aspecto dramático y romántico podía -considerársela de las primeras. - -Recorrer las dos Hoces desde abajo, entre los nogales, olmos y huertas -de las orillas del Júcar y del Huécar, ó contemplarlas desde arriba, -viendo cómo en su fondo se deslizaba la cinta verde de sus ríos, era -siempre un espectáculo sorprendente y admirable. - -También admirable por lo extraño era recorrerla de noche á la luz de la -luna, y, sentándose en una piedra de la muralla mirarla envuelta en luz -de plata hundida en el silencio. - -Poco á poco, para el paseante solitario y nocturno, este silencio -tomaba el carácter de una sinfonía, murmuraban los ríos, estallaba -el ladrido de un perro, sonaba el chirriar de las lechuzas, silbaba -el viento en la copa de los árboles y se oía á intervalos el cantar -agorero del buho como el lamento de una doncella estrechada en los -brazos de un ogro en el fondo de los bosques. - -En aquellas noches claras, las callejas solitarias, las encrucijadas, -los grandes paredones, las esquinas, los saledizos, alumbrados por la -luz espectral de la luna, tenían un aire de irrealidad y de misterio -extraordinario. Los riscos de las Hoces brillaban con resplandores -argentinos, y el río en el fondo del barranco murmuraba confusamente -su eterna canción, su eterna queja, huyendo y brillando con reflejos -inciertos entre las rocas. - - - - -II. - -LA CASA DE LA SIRENA - - -En una calle estrecha, próxima á la plaza, no lejos del Seminario, -existía por entonces una casa antigua, alta, de color gris. Por su aire -medioeval y por su altura recordaba los palacios sombríos de Florencia; -tenía varios pisos con ventanas estrechas, y únicamente en el principal -dos balcones de mucho vuelo, con hierros labrados. - -En la fachada, sobre el arco de la puerta de grandes dovelas, ostentaba -un escudo, probablemente más moderno que la casa, con varios cuarteles; -en el principal ó jefe se veía una sirena con un espejo y un peine, y -en los demás un sol, varios dardos y una granada. - -La sirena, sobre todo, estaba muy finamente esculpida: tenía una -expresión libre y burlona; los pechos salientes y abultados, el -cabello en desorden, y aparecía, con su cuerpo mixto de mujer y de pez -escamoso, sobre el mar. - -Al parecer se habían hecho varias suposiciones acerca de esta sirena, -de aire erótico y picaresco; unos sospechaban indicaba la procedencia -marina de la familia fundadora de la casa; otros afirmaban que esta -figura simbólica era el blasón del valle de Bertiz Arana, en Navarra, -y que el fundador de la familia procedería de allí; lo cierto era que -los dos ó tres eruditos del pueblo no estaban de acuerdo en la historia -ni en la genealogía de aquella burlona dama del mar llevada tan tierra -adentro. - -La gente denominaba la casa con el nombre de la Casa de la Sirena. La -fachada de esta era de piedra sillería, admirablemente labrada; tenía -ménsulas con figuras que sostenían los balcones y canecillos debajo del -alero. - -En el piso bajo ostentaba una reja labrada, y los batientes de la -puerta estaban llenos de clavos repujados que parecían florones. - -Por la parte de atrás, la casa daba á la hoz del Júcar, y desde sus -ventanas, sobre todo de las altas, se dominaba el barranco, en cuyo -fondo corría el río de un verde lechoso. - -La casa de la Sirena era por dentro estrecha, obscura y sombría. Los -muros, espesos, hacían que las ventanas pequeñas parecieran saeteras, -por donde apenas entraba la luz; por todas partes olía á humedad y á -cerrado. Sin duda el que mandó construir la casa temía al viento, que -azotaba allí de firme, y no era muy apasionado del sol. - -Los pisos de la casa, sobre todo los dos más altos, se hallaban -desmantelados y con los suelos deshechos y los cristales rotos; en -cambio, el piso principal estaba restaurado. Una escalera apolillada, -que se torcía en unos tramos á la derecha y en otros á la izquierda, -iba desde el zaguán enlosado hasta la guardilla. - -Los cuartos altos daban una impresión de abandono y de pobreza. Las -habitaciones eran pequeñas, con muchos tabiques que dejaban rincones y -pasillos obscuros y sombríos; los techos se venían abajo y las paredes -se cuarteaban. - -De noche las ratas se paseaban por todas partes, corriendo, rodando, -trotando y chillando. - -La guardilla estaba abandonada á una tribu de lechuzas que tenían allí -su vivienda. Casi todas las tardes, al anochecer, sobre la chimenea -ó sobre la veleta roñosa, que ya no giraba, se colocaba una lechuza, -grande y gris, de observación, y al hacerse de noche se lanzaba al aire -con su vuelo tardo y pasaba á veces chirriando y dando aletazos cerca -de las ventanas. - -En el tejado se alojaban también una nube de golondrinas y vencejos que -habían obturado con sus nidos las cañerías y las chimeneas. - -El piso principal era el único arreglado en esta casa vetusta; se le -habían abierto ventanas anchas y simétricas á la calle y al callejón, -y embaldosado y empapelado algunas habitaciones. El mobiliario era -también nuevo constituído por muebles recién barnizados, armarios -grandes, cómodas ventrudas, veladores y canapés. - -La casa de la Sirena de antiguo pertenecía á la familia de Cañizares. - -Los Cañizares aparecían en Cuenca desde la Conquista. - -Esta familia, emparentada con los Albornoces y los Barrientos, se había -distinguido en la historia de la ciudad. - -El último vástago de los Cañizares conservaba el derecho de entrar en -la capilla de los Caballeros de la catedral. - -Por los Barrientos, los Cañizares eran descendientes de una dama, Doña -Inés de Barrientos, que en en tiempos de Carlos V se distinguió por su -fiera venganza. - -A raíz de la formación de las Comunidades de Castilla se puso al -frente del movimiento, en Cuenca, un caballero de gran posición, D. -Luis Carrillo de Albornoz. Este caballero, poco satisfecho del giro -democrático y antirealista que tomaba la revuelta comunera, se retiró á -su casa abandonando el mando á los regidores populares. Los regidores, -deseando que los gobernara un caudillo de su clase, nombraron á uno de -oficio frenero. - -Carrillo estaba casado con Doña Inés de Barrientos, hembra brava y -orgullosa. - -Al dejar de ser jefe de los comuneros el pueblo señaló á Carrillo -con su odio, y no había día en que no le insultara y le zahiriese -públicamente. - -Doña Inés, iracunda, juró vengarse, y para ello preparó su plan. -Decidió mostrarse más comunera que su marido y ganarse la amistad -de los trece regidores del Municipio. Ellos, satisfechos de verse -atendidos y contemplados por una dama de tan alta alcurnia, iban con -frecuencia á su palacio. - -Una noche, Doña Inés convidó á cenar á los trece. Los regidores -bebieron de más, se turbaron, y al salir, uno á uno, Doña Inés los hizo -matar por sus criados, y después mandó colgarlos, por el cuello, de los -balcones de su casa. A la mañana siguiente el pueblo quedó atónito al -ver los trece cadáveres balanceándose en los balcones del palacio. - -La familia de los Barrientos había sido de las más poderosas y ricas. -En uno de los esquileos de la casa, á mediados del siglo XVIII, -registró veinticuatro mil cabezas de ganado merino. - -A fines del mismo siglo los Barrientos y los Cañizares comenzaron á -decaer, y en tiempo de la guerra de la Independencia los Barrientos -desaparecieron y los Cañizares quedaron completamente arruinados. - -Por esta época el jefe de la casa era D. Diego Cañizares, militar que -llegó á coronel en 1813. Don Diego se hallaba casado con Doña Gertrudis -Arias. En su juventud, D. Diego había sido un calavera, y devorado su -fortuna. A los treinta años, al entrar los franceses en España, se -alistó en el ejército; peleó en Arapiles y Vitoria, y fué ganando sus -grados hasta coronel en el campo de batalla. - -D. Diego, que en la guerra de la Independencia, á juzgar por su hoja -de servicios, tuvo momentos de heroicidad, al concluir la campaña se -presentó en Cuenca y volvió á seguir su vida de calavera. - -No veía la diferencia que hay entre un joven vicioso y un viejo -perdido, y que lo que en uno parece ligereza en el otro semeja cinismo. - -D. Diego recurrió á todos los medios para procurarse dinero, y se hizo -jugador, tramposo y prestamista. - -Su mujer, Doña Gertrudis Arias, era una señora severa y orgullosa que -había sufrido en silencio los ultrajes inferidos por su esposo. - -D. Diego y Doña Gertrudis tuvieron un hijo, Dieguito, que fué el -retrato achicado y degenerado del padre. Dieguito era un alcohólico, -un perturbado. A los veinticinco años le casaron con una señorita de -Barrientos, prima suya en segundo grado, y de este matrimonio hubo una -hija llamada Asunción. - -La madre de Asunción murió poco después de la guerra de la -Independencia. - -El viejo D. Diego consideró indispensable que su hijo, viudo, se -casara con alguna mujer rica, y se entendió con un contratista de la -Carretería llamado _el Zamarro_ y arregló el matrimonio de su hijo, -con la hija del contratista. Pensaba explotar al consuegro mientras -pudiera. - -El matrimonio de Dieguito y la hija del _Zamarro_ no pudo ser más -lamentable. - -Dieguito iba en camino de la parálisis general, estaba tonto, alelado; -la hija del _Zamarro_, la Cándida, era una muchacha joven, guapa y -fuerte. - -Con un intervalo muy corto de días, en 1819, murieron los dos -Cañizares, Diego y Dieguito, y quedaron viudas Doña Gertrudis y -Cándida, la hija del _Zamarro_. - -La hija de Dieguito, Asunción, quedó de quince años huérfana de padre y -madre. - -En la casa de la Sirena el piso principal lo ocupaban Cándida y su -hijastra Asunción; en el segundo estaba el archivo de un escribano; en -el tercero vivían dos señoritas viejas solteras, y en el cuarto Doña -Gertrudis. Los pisos más altos estaban inhabitables. - -Doña Gertrudis era una vieja arrugada, seca, con el pelo blanco, un -tanto fatídica. - -Arruinada por su marido, no contaba para vivir más que con la viudedad -que le pasaban. - -Doña Gertrudis tenía una cara pálida, dura, impasible, surcada por -arrugas rígidas. - -Cuando salía á la ventana de su cuarto se la hubiera tomado por una -gárgola gótica ó por un espectro. - -En la casa, la Cándida vivía con la mayor comodidad y lujo. - -La Cándida era una mujer poco inteligente, de gustos bajos y vulgares. -Su padre, _el Zamarro_, había sido un tendero que, en tiempo de la -guerra de la Independencia, hizo algunas especulaciones afortunadas y -reunió un capital bastante grande para un pueblo. - -El _Zamarro_ dió á su hija, al casarse, una dote de treinta mil duros. - -La Cándida había sido siempre una muchacha mimada. - -Su padre, hombre burdo, tosco, excitó en ella únicamente la vanidad. - ---Tú serás rica--le decía--; tú podrás lucir. - -Y ella, sin educación ninguna, había llegado á pensar que lo principal -en el mundo era lucir. Para satisfacer esta ansia de elevación se -casó con Dieguito. El aparecer dueña de una casa principal como la de -Cañizares la seducía. - -Por entonces, al quedar viuda, la Cándida era una mujer rozagante, de -unos veintisiete ó veintiocho años, ajamonada, la nariz respingona, los -labios rojos y gruesos, muy abultada de pecho y de caderas, los ojos -negros, brillantes; el tipo basto de buena moza que producía grandes -entusiasmos cuando pasaba por la calle entre los estudiantes, los -oficiales jóvenes y la clase de tropa. - -La Cándida pensaba volver á casarse si topaba con algún militar ó -persona de posición que le conviniese. Hubiera querido encontrar un -marido y quedarse á vivir en la casa de la Sirena. - -La Cándida, mujer voluble y sensual, se manifestaba á ratos seca, á -ratos afectuosa. Tenía cierto talento de seducción; halagaba á todo el -que quería sin medida. - -A Asunción, su hijastra, comenzó á mimarla al principio, adornándola, -dándole golosinas; luego, sin motivo, la desdeñó y la olvidó. - -La Cándida quería que todo el mundo se ocupara de ella; necesitaba -sentir la oficiosidad de la gente, el vaho de la adulación. - -Al ver que su suegra y su hijastra no se entregaban, comenzó á mirarlas -con antipatía, y al último, experimentó por ellas verdadero odio, sobre -todo por doña Gertrudis. - -Este odio, cada vez más fuerte, hizo que suegra y nuera no se hablaran -y después no quisieran verse. - -La Cándida intentó obligar á la vieja á que se fuera de la casa, pero -la casa era de Asunción, y ésta, hasta llegar á su mayoría de edad, -para lo que le faltaban cuatro años, no podía venderla. - -La vida de Asunción, colocada entre los odios de su abuela y de su -madrastra, fué triste y melancólica. Toda la existencia de la muchacha -estaba saturada de impresiones penosas y tristes. - -En su infancia había presenciado la muerte de su madre, la enfermedad -del padre; luego, riñas entre la abuela y el abuelo, apuros -pecuniarios; después, la llegada á la casa de la madrastra y la guerra -sorda entre ésta y su abuela. - -A pesar de su aspecto débil, Asunción tenía gran resistencia y una -personalidad fuerte. - -El tipo físico suyo, al decir de los amigos de la casa, recordaba el de -su madre. - -Era muy esbelta, delgada, con una palidez de cirio; el óvalo de la -cara, muy largo; los ojos, grandes, negros, inquietos; los labios, de -un rosa descolorido; la expresión, de seriedad y de reserva. - -En la calle, y endomingada, parecía insignificante: una señorita de -pueblo agarrotada en un traje nuevo; en casa, y vestida de negro, -estaba muy bien; se comprendía al verla que una vida sana podía hacer -de esta niña clorótica una mujer hermosa. - -La Cándida, que se creía á sí misma un modelo, y que tenía una idea -de la belleza de la mujer ordinaria y grosera, decía á su doncella la -Adela: - ---¿Qué te parece á ti la Asunción? No va á ser guapa esta chica, -¿verdad? - ---Claro, al lado de la señorita--contestaba la doncella. - ---No, no; yo no soy guapa. ¡Luego, Asunción es tan huraña! Parece una -cabra. - -Ciertamente. Asunción se mostraba áspera y poco amable con las personas -á quienes trataba por primera vez. Su vida solitaria le daba gustos de -recogimiento. - -Asunción apenas salía de casa; su madrastra le había señalado en el -piso principal un cuarto elegante, empapelado y con cortinones, que -tenía un balcón que hacía esquina; pero ella prefería dejar este -cuarto elegante é ir á las habitaciones desmanteladas del piso, donde -vivía doña Gertrudis, su abuela. - -En casa de Doña Gertrudis había un viejo mirador, casi colgado sobre un -abismo, que daba encima de la Hoz del Júcar. Desde allá arriba se veía -el barranco y el río; las golondrinas y los vencejos pasaban rozando -con el ala el barandado, y á veces los milanos se acercaban tanto, como -si tuvieran curiosidad de saber lo que pasaba en el interior. - -Asunción solía estar allí mucho tiempo. - -Doña Gertrudis vivía en su cuarto alto sola, sin criada. Esta señora -parecía la estampa de la severidad. Cobraba del Gobierno una pensión -de veintidós duros al mes y la ahorraba íntegra: se alimentaba de la -pequeña renta de una tierra. - -Doña Gertrudis había llegado á odiar profundamente á su nuera. Esta dió -á su marido al casarse diez mil pesetas para levantar una hipoteca que -gravaba sobre la casa de la Sirena. Doña Gertrudis quería reunir las -diez mil pesetas, devolvérselas á la Cándida y entregar á su nieta la -finca sin gravamen, para que fuese ella la dueña absoluta. - -Doña Gertrudis estaba fuerte: barría, hacía su cama y su comida en -un hornillo pequeño; después, sentada en un sillón frailero, con los -anteojos puestos, leía y rezaba una novena cada día. - -Tenía una colección de libros amarillentos y usados, impresos en letras -grandes. Hacía también que su nieta le leyera unas viejas ejecutorias -que sacaba de un armario, y las escuchaba siempre como si fuera la -primera vez que las oía. - -Doña Gertrudis, seca, arrugada, dura, parecía el espíritu de la -tradición de la casa; la Cándida era á ansiosa advenediza, que -intentaba apoderarse de la vieja morada de la Sirena. - -Entre estas dos mujeres, que se odiaban, vivía Asunción su vida -humilde, como las plantas que nacen en la hendidura de dos losas, sin -espacio para desarrollarse. Asunción cosía, bordaba, cuidaba de los -tiestos y leía las ejecutorias que sacaba su abuela. - - - - -III. - -MIGUELITO TORRALBA - - -Tal era la situación de la casa de la Sirena cuando aparecieron nuevos -elementos que influyeron en ella. Uno de estos fué un joven calavera, -Miguelito Torralba, que un día, por entretenimiento, comenzó á seguir -y á galantear á Asunción. Ella, asombrada, manifestó primero sorpresa, -luego un gran desdén; pero Miguelito, hombre perseverante, cuando se -proponía algo, no cejó. Siguió mirando á la muchacha, paseándole la -calle á pesar del desprecio que ella le demostraba. Miguelito era hijo -de una viuda y vivía con ella y con un hermano más joven llamado Luis. - -Los Torralbas poseían una casa antigua en la calle de Caballeros, con -un huertecito. Eran parientes lejanos de los Cañizares y Barrientos. - -La viuda, madre de Miguel, señora de escaso patrimonio, había gastado -mucho con su hijo mayor, enviándole á estudiar á Salamanca. - -Miguelito hizo poca cosa de provecho en la vieja ciudad universitaria; -derrochó su dinero, corrió la tuna y volvió á Cuenca á los cuatro -ó cinco años con un criado que había recogido, á quien llamaba su -escudero. - -Miguelito volvió con muchas habilidades de poca utilidad práctica, -entre ellas hacer versos y tocar la guitarra. - -La madre se resignó al ver que el dinero empleado por ella no había -servido á su hijo para alcanzar una posición, y pensó que al menos le -habría hecho ilustrado. - -Por uno de estos espejismos maternales frecuentes, la madre de Torralba -creía que su hijo mayor era una lumbrera y que el pequeño, en cambio, -valía poco. - -No existía ningún motivo para creerlo así; pero la madre de Torralba -suponía que esta diferencia era evidente. Pensaba que con el tiempo, -don Miguelito protegería á Luis y le ayudaría á desenvolverse en la -vida. - -La madre pidió al mayor que enseñara lo que sabía á su hermano menor, y -el mayor accedió. - -Miguel enseñó á Luis á traducir el latín y alguna que otra cosa que el -muchacho aprovechó. - ---¡Qué bondad la de mi hijo mayor!--pensó la madre. - -Los dos hermanos eran muy distintos: Miguel, alto, esbelto, moreno, -petulante, se las echaba de lechuguino. Solía tener con frecuencia -diviesos en el cuello que le obligaban á llevarlo vendado. Luis, más -bajo, rechoncho, tirando á rubio, era muchacho sencillo y no pensaba en -darse tono. - -Miguel estaba siempre fuera de casa; Luis, en Cuenca, gustaba de -trabajar en el huerto, y en el campo, de recorrer la hacienda. - -Miguel era aficionado á las indumentarias teatrales; gastaba chambergo -de ala ancha, capa de mucho vuelo y presumía de pie largo y estrecho. - -Don Miguelito tenía en Cuenca, entre unos, fama de Tenorio; de atrevido -entre otros, y de majadero entre algunos. - -Don Miguelito era ridículo para casi todo el pueblo, menos para su -hermano y para los amigos. Algunos de éstos le tenían por un genio; y -cuando Miguelito peroraba le miraban pensando. - ---¡Qué hombre! ¡Qué tipo! - -La cabeza de don Miguelito era un lugar de confusión de ideas y -sentimientos. Hubiera querido encontrar algo para dedicarse á ello con -toda su alma. - -Don Miguelito era impertinente sin notarlo, y excepción hecha de su -madre, de su hermano y de algún amigo, quedaba con frecuencia mal ante -las personas, demostrando su falta de discreción y de sentido. Su -petulancia molestaba á la gente. - -La madre le consideraba como un portento; pensaba que el día que -adquiriera gravedad sería una maravilla. Estaba convencida de ello y -tenía en esto tanta fe como en un dogma. - -La estancia de don Miguelito en Cuenca, de vuelta de la Universidad, se -distinguió por sus extravagancias y sus disparates. - -Al principio se manifestó liberal, republicano y habló con énfasis de -Catón, de Bruto y de Aristogiton. - -En algunas partes, y excitado por sus mismas palabras, no se contentó -con esto, sino que aseguró que era discípulo de Robespierre y de -Marat y que consideraba la guillotina como la más sublime y la más -humanitaria de las invenciones del hombre. - -Afortunadamente para él la gente de Cuenca apenas tenía idea de Marat y -de Robespierre, y no le hizo caso. - -Cansado de perorar sin éxito, don Miguelito se lanzó á la crápula, y -excepción hecha de los días que iba á los montes á cazar con sus dos -perros, Gog y Magog, solía emborracharse con frecuencia y volvía á casa -de madrugada. - -Le acompañaba su escudero, el mozo perdido, llamado Garcés, á quien -don Miguelito había encontrado muerto de hambre en Sevilla en una de -sus expediciones de tuna. Garcés era hijo de una familia acomodada de -un pueblo próximo á Cuenca llamado Pajaroncillo. Había estudiado en el -seminario y sido un buen estudiante en los primeros años; luego con -una transición brusca, se hizo un perdido, y comenzó á beber, á jugar, -á frecuentar los garitos y por último, á robar. La familia de Garcés -lo retiró al pueblo; el muchacho se arrepintió, entró de novicio en -un convento y pocos meses más tarde se escapaba y volvía á su vida de -tunante. - -Unos años después de su escapada, Miguel Torralba lo encontró en -Sevilla enfermo, lloroso y arrepentido, y lo llevó con él. - -Garcés tenía la especialidad del arrepentimiento y de las lágrimas. -Inmediatamente que le salía algo mal, se sentía contrito y marchaba á -confesarse. - -Don Miguelito, á poco de llegar á Cuenca, tenía una corte de ocho ó -diez amigos desocupados como él, noctámbulos y holgazanes. - -Paseaban éstos en cuadrilla por las dos Hoces del pueblo, por el alto -de las murallas ó por el fondo del barranco, contemplando las rocas -vivas y los matorrales á la luz de la luna. - -Robaban gallinas y quesos; clavaban una noche la puerta ó la ventana de -la vivienda de un pobre hombre; interceptaban una chimenea con trapos; -sujetaban un coche á una anilla de una casa con una cuerda; metían un -gato en un gallinero y hacían todas las clásicas calaveradas de todos -los calaveras del mundo. - -Alguno que otro tenía predilección por asustar á la gente haciendo -de fantasma; habían formado también una rondalla de guitarras y -bandurrias, y por las noches daban serenata á sus Dulcineas. - ---Es don Miguelito y sus amigos--decían los vecinos, y muchos añadían: - ---¡De casta le viene al galgo!--, porque los Torralbas de Cuenca se -habían distinguido siempre por su extravagancia. - -Algunos llamaban á Miguel, Miguelito Caparrota, y le pronosticaban el -mismo fin que al bandido andaluz, que, como se sabe, murió en la horca -á pesar de que su asunto se arregló. - -Don Miguelito había formado una asociación burlesca, de la que era -presidente, cuyo objeto principal era beber y cantar. En las cenas -celebradas por esta asociación se entonaba el viejo canto estudiantil, -común á todas las Universidades de Europa, y que aun se recordaba en -Salamanca á principios del siglo XIX. - - _Gaudeamus igitur. - juvenes dum sumus._ - -También con grotesca solemnidad se hacía la salutación al vino en latín -macarrónico: - - _Ave, color vini clari - Ave, sapor sine pari - tua nos inebriari - digneris potentia._ - -La preocupación de Miguelito era mandar, demostrar su superioridad, -producir asombro, sobre todo entre los suyos; así, para dirigirlos y -admirarlos obraba y pensaba para ellos. - -Era capaz de leer un libro largo y pesado con la esperanza de encontrar -un par de frases con que sorprender á su auditorio. Don Miguelito -vivía sólo para la galería. - -Tal necesidad de producir expectación le impulsaba á hacer muchas -necedades. - -Una vez se lanzó al Júcar á salvar á un pescador de caña, sin saber -nadar, y estuvo á punto de ahogarse; en otra ocasión salió fiador de -un granuja, y estuvo á punto de arruinar á su madre. Poco después -escribió un romance contra algunas viejas murmuradoras del pueblo. Este -romance, que tituló _Las Comadres de Cuenca_, dió mucho que hablar y le -conquistó una malísima fama. - -Miguelito celebró exageradamente la hostilidad popular. - -Todos los amigos encontraron que Torralba era un excelente versificador -y que debía cultivar con más asiduidad el trato íntimo de las Musas. - -Miguelito trabajó algunos días y sometió al juicio de sus camaradas -varias poesías, como _A ella_, _Noche de luna_, _la Hoz del Júcar_, que -fueron consideradas como obras maestras. - -Por entonces un condiscípulo que había encontrado en su casa varios -libros de astrología judiciaria y un astrolabio, se los envió á don -Miguelito. - -Este, ante el nuevo mundo que se abría á sus ojos, decidió con la mayor -seriedad hacerse astrólogo. - -Leyó la _Astrología_, de Pisanus; el libro _De præcos gnitione -futurorum_, de Molinacci; el epítome _Totiuastrologiæ judiciales_, de -Juan de España; los _Discursos astrológicos_, de Juan de Herrera; -el libro de Paracelso, _De generatione rerum naturalium_, y las -_Profecías_, de Nostradamus. - -Después, para unir la teoría y la práctica, llevó al terrado de su -casa el astrolabio, y allí se dedicaba á medir los ángulos y ver la -conjunción de las estrellas. - -Después de aprender á determinar el aspecto de los astros se dedicó -á la predicción del porvenir. El horóscopo de su madre y el de su -hermano resultaron felices; en cambio el suyo, dominado por Marte, fué -completamente nefasto. Probablemente él mismo se había preparado en el -horóscopo el final trágico, cosa que á sus ojos y al de sus amigos le -hacía más interesante. - -A juzgar por lo que dijo, la línea de su vida cruzaba la casa de las -enemistades, pasaba por la de la amistad y el amor, rondaba la casa de -las dignidades y caía en la de la muerte. - -Las lecturas astrológicas se notaron en don Miguelito y en sus amigos. -Se habló durante algún tiempo de horóscopos y conjunciones; á una -taberna de un hombrecito pequeño, que se llamaba el tío Guadaño, se le -llamó desde entonces la taberna del _Homunculus_, y á otra, de la tía -Lesmes, la taberna _Sibilina_. - -Una de las gracias de Miguelito era asegurar que al _Homunculus_ de la -taberna, el ex tío Guadaño, lo había creado él con una fórmula de su -maestro Paracelso. - -También decía que á una moza del partido le había dado él la suerte -entregándole un trozo de vitela con la palabra mágica Abracadabra, -escrita en forma triangular y con sangre de niño. - -La muchacha, siguiendo las instrucciones de Miguelito, había llevado -nueve días la vitela como un escapulario, colgada al cuello, y al -noveno la había echado al río sin volver la cabeza. Don Miguelito había -tenido sus dudas acerca del punto dónde debía echarla, porque era -indispensable arrojarla en unas aguas que corrieran hacia Oriente; pero -al fin encontró el sitio verdadero. - -La operación dió resultado, porque un mes después un comerciante rico -se llevó á la muchacha á Madrid y la puso un gran tren. - -Entre algunas mozas del pueblo, compañeras de la otra, se supo lo -ocurrido, y se creyó que don Miguelito tenía algo de brujo. - -Los amores de don Miguelito eran como no podían menos de ser -extraordinarios y raros. - -Don Miguelito había galanteado durante algún tiempo á una gitana del -barrio del Castillo, á quien llamaban Fabiana la _Cañí_. - -Esta Fabiana era una muchacha preciosa, de piel cobriza y ojos verdes. - -Don Miguelito había llegado á hacerse amigo del _Ajumado_, un -esquilador de burros, padre de la Fabiana. - -El _Ajumado_ y don Miguelito se entendían; al esquilador le parecía -natural que al payo le gustara la mocita de su casa, y se dejaba -convidar y contemplar. - -La madre de la Fabiana, la _Pelra_, era una gitanaza que se dedicaba á -comprar y á vender viejos cachivaches, á freír morcillas y churros; á -la abuela, gitana legítima, que odiaba el trabajo como buen ejemplar -de su raza, la decían en la calle la _Zincalí_, y tenía por oficio -echar la buenaventura en las ferias, vender la raíz del Buen Varón y la -Hierba de Satanás y _arrobiñar_ lo que podía. - -Don Miguelito hablaba con la vieja gitana de magia y de astrología, y -la dejaba llena de espanto. - -El le enseñó en qué ocasiones se debían emplear las siete palabras -mágicas principales: Abracadabra, Jehová, Sator, Arepo, Tenet, Opera y -Rotas. - -También le dió la frase sacramental para todos los conjuros, que es -ésta: _Nomem Dei et Sancte Trinitatis quod tamen in vanum assumitur, -contra acerrimum summi legislatoris interdictum_. - -La gitana temblaba al oír á Miguel. Todos los hombres y mujeres de -la casa odiaban y temían á Torralba, á quien llamaban el _Busnó_. -Miguelito sentía por ellos un profundo desprecio. - -En esto se presentó en Cuenca un calderero gitano, el _Romi_, hombre -cobrizo como sus calderas, alto, mal encarado. - -La familia del _Ajumado_ concertó la boda de la Fabiana con el _Romi_, -y á la zambra que hubo asistió Miguelito, cosa que hizo reir á sus -amigos, que consideraron la asistencia de Torralba á la fiesta como una -prueba de serenidad admirable. - -Alguno le dijo después á Miguelito que no se fiara con el _Romi_, pero -Miguelito despreció la advertencia. - -Iba declinando el entusiasmo por la gitanería y la astrología cuando -don Miguelito se fijó en Asunción y con la violencia característica de -sus inclinaciones decidió que desde entonces ella sería la dama de sus -pensamientos. - -Los amores comenzaron con todo el aparato de absurdidades propias y -naturales de don Miguelito. Varias veces escribió á la muchacha con -la arrogancia de un hombre grande y extraordinario; pero como ella no -le contestaba se fué desesperando, y concluyó por tomar una actitud -exageradamente humilde. - -Cómo conoció Asunción que en el fondo de aquel calavera botarate había -un hombre, un hombre valiente, un hombre digno, difícil es saberlo, lo -cierto fué que lo conoció. - -Don Miguelito todavía hizo alguna simpleza al verse atendido por la -muchacha; pero pronto se tranquilizó y tomó el aspecto de una persona -sensata. - -Al comenzar á hablar con Asunción pensó que toda su juventud había sido -una pobre majadería, y decidió abandonar á los amigos y al escudero -Garcés. Les dijo que iba ir al yermo, que estaba harto de vanidades. -Un amor vulgar y corriente por una señorita del pueblo le hubiera -dejado en mal lugar entre los camaradas que le veían como hombre -extraordinario, raro, lunático y nigromántico. Todavía no se atrevía á -afrontar su desdén. - -Al poco tiempo la gente averiguó el noviazgo, los camaradas le -desdeñaron y las personas que pasaban por serias comenzaron á decir: - ---No, no, Miguel no es tonto; si quiere se hará un hombre de provecho. - -Miguelito dejó de frecuentar sus antiguos amigos, y reanudó sus -amistades con un clérigo que había estudiado con él en la escuela. Este -clérigo, D. Víctor, vivía en casa del guardián de la Catedral, y era -hombre estudioso é ilustrado. - -A Miguelito le trataba muy ásperamente.--Botarate, aprendiz de mago, -majadero--le solía decir con voz iracunda. - ---Sí, tienes razón--contestaba Miguel--; soy un mentecato. - ---Vale más que lo confieses--le decía el cura. - ---Pues lo confieso. He llegado á los veintisiete años sin oficio -ni beneficio. He perdido el tiempo en pasear, en hablar y en hacer -versos... - ---Y versos malos. - ---Cierto, versos malos. Te advierto que todas mis vanidades antiguas se -han deshecho: no me importa que me llames mal poeta ni mal astrólogo. -No me hace mella. - -Miguel no pensaba más que en encontrar un medio de ganar la vida -con independencia ¡tenía tan poca base! ¡Era tan difícil hacer algo -de provecho en Cuenca! Se le ocurrió marcharse á Madrid, pero no se -atrevió á decírselo á su madre, porque hubiera sospechado que el viaje -era pretexto para otra calaverada. - -Miguelito consultó con Asunción, y los dos en sus conversaciones y -cartas se ocuparon de este magno asunto. Pensaron varios medios para -resolver el problema. - -Pronto estos amores los conoció todo el pueblo, y también la abuela -y la madrastra de Asunción. Asunción contó, temblando de miedo, á su -abuela la historia de sus amores, y Doña Gertrudis dió el visto bueno. - ---Si es un caballero, aunque sea pobre, no importa--dijo la vieja -severamente. - ---Pues caballero lo es. - ---Entonces puedes estar tranquila. - -Asunción abrazó y besó á su abuela con entusiasmo. - -Se decidió que D. Miguelito visitara á Doña Gertrudis, y en la -entrevista que tuvieron ambos quedaron muy amigos y de acuerdo. - -La madrastra de Asunción, la Cándida, quizás por llevar la contraria -á su suegra, se puso en contra del noviazgo, y como no conocía el -carácter de hierro que había en el fondo del cuerpecillo anémico de -su hijastra, quiso convencerla de que su novio, D. Miguelito, era un -perdido, un vagabundo, viejo, cínico, sin oficio ni beneficio, que -quería vivir á su costa. - -Desde aquel momento Asunción juró romper con su madrastra y no volver á -dirigirla la palabra. Empezó á faltar á todas horas del primer piso de -la casa; luego, más tarde, se trasladó definitivamente al cuarto de la -abuela á vivir con ella. - - - - -IV. - -SANSIRGUE EL PENITENCIARIO - - -En 1821, el penitenciario de la catedral, D. Manuel Rizo, que estaba -enfermo desde hacía tiempo, murió en un pueblo de la sierra, donde -había ido á reponerse, y fué nombrado para el cargo D. Juan Sansirgue. - -Sansirgue venía del Burgo de Osma, y al llegar á Cuenca se dijo de él -que era liberal. Fué una de esas voces que corren por los pueblos, sin -base ni razón alguna. - -Don Juan era hombre de unos cuarenta años de edad de estatura media, -más bien bajo que alto y tirando á fornido. - -Tenía el pelo rojo oscuro, los ojos verdes, la cara cuadrada y pecosa, -las pestañas rojizas, el cuello de toro, los brazos largos, las manos -gruesas y los pies grandes. - -Se veía en él al lugareño nacido para destripar terrones. Llevaba -gafas, aunque no las necesitaba, sin duda con el objeto de darse un -aire doctoral, y miraba siempre de través. - -Pronto se averiguó su vida, con toda clase de detalles. - -Sansirgue, hijo de un campesino muy pobre de Priego, terminó la carrera -casi de limosna. Tras de obtener un curato en el campo y una parroquia -en Almazán, había sido nombrado canónigo racionero del Burgo de Osma, y -después, penitenciario de Cuenca. - -Sansirgue, al decir de sus colegas, demostró ser bastante fuerte -en latín y cánones, y como predicador se dió á conocer como hombre -arrebatado y de tosca elocuencia. La gente pronosticó que llegaría á -obispo. - -En la vida social el nuevo penitenciario se desenvolvió como un -perfecto intrigante, adulador y un tanto bajo. Acostumbrado al -servilismo del ambicioso pobre que escala su posición lentamente y con -grandes esfuerzos, en muchas ocasiones ponía en evidencia su naturaleza -lacayuna. - -A los seis meses de permanencia en el pueblo, Sansirgue lo conocía á -fondo y comenzaba á dominarlo. Algunos otros canónigos, dirigidos por -el lectoral, intentaron atajarle el paso; pero Sansirgue, sostenido por -el obispo, por su secretario Portillo, joven ambicioso, y por la gente -rica, marchaba adelante. - -El confesionario le daba la clave de cuantos conflictos interiores en -las familias y en los matrimonios ocurrían en el pueblo. Esta arma -de inquisición y de dominación teocrática Sansirgue la empleaba con -paciencia y con método. - -Tenía la sagacidad y la malicia del lugareño, é iba perfeccionando y -alambicando su sistema de inquerir con el esfuerzo y la perseverancia. - -Sansirgue había ido á vivir á casa del pertiguero de la catedral. - -Ya por costumbre inveterada, desde hacía muchos años, se alquilaba una -habitación grande á un canónigo en casa del pertiguero Ginés Diente. - -El más notable de estos canónigos hospedados en ella fué D. Francisco -Chirino. - -Don Francisco dejó al morir fama de hombre de gran virtud y sabiduría. -Chirino fué magistral desde fines del siglo XVIII hasta poco después -de la guerra de la Independencia; estuvo prisionero y á punto de ser -fusilado por las soldados de Caulaincourt. - -La leyenda aseguraba que Chirino se salvó asombrando á los franceses -con un discurso en latín y otro en francés que les dirigió. - -En un viaje hecho á Valencia murió Chirino, y dejó en casa de Diente -una biblioteca muy nutrida de libros de historia, de teología, y -algunas ediciones raras que los herederos no se cuidaron de recoger. - -Después de Chirino ocupó la habitación el canónigo Rizo, y tras de -la muerte de éste vino Sansirgue á posesionarse del cuarto que por -tradición pertenecía á un canónigo. - -En aquella casa vieja de una calle sombría, el penitenciario Sansirgue, -como una gruesa araña peluda, plantó su tela espesa dispuesto á -mostrarse clericalmente implacable para la mosca que cayese en ella. - - - - -V. - -LA CASA DEL PERTIGUERO - - -La callejuela tortuosa, en cuesta, partía de la plazuela del palacio -del Obispo por una escalera, y terminaba en un camino de ronda de la -muralla. - -En este callejón, llamado de los Canónigos porque antiguamente había -varios que tenían allí su casa, vivía el guardián y pertiguero de la -catedral, Ginés Diente. - -Ginés era hijo de pertiguero y nieto de pertiguero. - -La pértiga constituía una institución en la familia de los Dientes. Se -podía decir que los Dientes vivían de ella y comían de ella. - -Ginés el guardián era por este tiempo un viejo seco, flaco, de nariz -aguileña, afilada y roja, el pelo gris, el mentón saliente, con claros -en la barba, y picado de viruelas. Gastaba anteojos de plata gruesos -para leer. - -Solía usar á diario, fuera de las grandes ceremonias, calzón oscuro, -media negra, zapatos rojos con hebillas de plata, balandrán de color -negro pardusco, en la cintura una faja azul y encima una correa con -ganchos, en los cuales fijaba varios manojos de llaves. - -Ginés tenía cerca de sesenta años. Conocía la catedral mejor que su -casa. - -Era hombre de mucho gusto para la lectura, y muy liberal. - -Desde hacía tiempo, cuando concluía sus faenas, iba al cuarto del -canónigo Chirino, se ponía sus anteojos de plata gruesos, compuestos -con hilo negro, cogía algún libro y lo leía muy despacio. Cuando -terminaba dejaba una señal, y al día siguiente comenzaba de nuevo la -lectura. Lo que no entendía bien lo volvía á leer. - -Así había pasado cerca de un año con el _Teatro Crítico_, de Feijóo; -pero se había enterado tan perfectamente de las opiniones y doctrinas -del autor, que desde entonces podía pasar por un erudito. - -Su hija Dominica regañaba á su padre por su afán de leer. - ---No sé para qué lee usted tanto, padre--le decía--. Deje usted eso á -los que saben. - ---Los que saben son los que leen--contestaba Ginés--; sean canónigos ó -pertigueros. - -Ginés era viudo; la Dominica, su hija, estaba casada con un carpintero, -constructor de ataúdes. - -La Dominica, la guardiana, mujer muy morena, juanetuda, fea, con una -fealdad simpática, tenía unos ojos grandes, negros, muy expresivos y -una sonrisa de bondad. Era muy activa y trabajadora y más fuerte que un -hombre. - -La Dominica se ocupaba de limpiar la iglesia, y tenía también el cargo -de funeraria. Ella se entendía con la familia del muerto para disponer -cómo había de ser la caja, el coche, el número de hachones y la -importancia del funeral, que se clasificaba en de tercera, de segunda, -de primera, solemne y solemnísimo. - -La guardiana revelaba un gran espíritu de dominio. Casada á los treinta -años, cuando todo el mundo creía que ya no se casaría, no había tenido -hijos. Su marido, el carpintero constructor de ataúdes, era un buen -hombre, fantástico y un tanto borracho. - -La Dominica, sentía gran amor por la catedral y por todo lo que tuviese -relación con ella. - -A los canónigos que hospedaba en su casa los trataba como á hijos. - -Hablaba constantemente del canónigo Chirino, cuya ciencia y virtud -habían quedado como legendarias. - -El buen señor éste era tan inútil para las cosas de la vida, que no -sabía atarse un botón, afilar un lápiz ó tallar una pluma. - -La Dominica había sido el factótum de Chirino y del canónigo Rizo. Les -atendía, les ordenaba como si fueran chicos. - -Una necesidad de mando tal no era cosa muy cómoda para la guardiana, -porque la obligaba á trabajar como una negra. - -Todo lo contrario de ella se manifestaba Damián, su marido, el -constructor de ataúdes. Este era vago, poltrón, ocurrente, y siempre -estaba inventando pretextos para dejar el trabajo é ir á la taberna. - -El ser, además de carpintero, relojero de la catedral le permitía andar -siempre de un lado á otro. - -Damián era chiquito, moreno, de cara muy correcta, pero de una -expresión de rata. Era hombre de gran paciencia, domesticaba pájaros y -toda clase de bichos. Tenía un cuervo, Juanito, que hablaba mejor que -algunos hombres y que le conocía, y un gato negro, con ojos de oro, á -quien Chirino había bautizado con el nombre fenicio de Astaroth. - -Este constructor de ataúdes solía ir á veces con Juanito en un hombro -y Astaroth en el otro á beber con un compadre sepulturero, con quien -tenía grandes amistades. - ---A mí que no me den un armario ni una mesa que hacer--decía Damián á -sus amigos cuando estaba inspirado--; lo que más me llena es hacer una -caja fúnebre. Hay que ver la cantidad de filosofía que hay dentro de un -ataúd... ¡ja... ja! - ---¡Bah! No tanta como en una sepultura--saltaba el sepulturero su amigo -que quería poner también muy en alto su profesión. - ---¡Más, mucho más!--replicaba el carpintero dulcemente hundiendo su -mirada en el oscuro amatista de un vaso de vino--. Yo, cuando veo las -tablas que traen á mi taller, pienso: esto era un árbol que estaba en -un bosque... ¡ja... ja!..., y en ese bosque había pájaros, alimañas, -leñadores, serradores, y estos árboles los había plantado alguno. ¿Los -había plantado alguno, ó habían crecido solos? No se sabe... ¡ja... -ja!... ¡Qué filosofía! ¡Y los clavos! Estos clavos, que al clavarlos -con el martillo la familia del difunto cree que suenan de otra -manera... ¡ja... ja! ¡Superstición! ¡Superstición! Estos clavos los han -trabajado en una fragua, donde saltaban chispas; han sacado el metal -de una mina, donde andaban los hombres como los topos... ¡ja... ja! ¿Y -la tela? Esa tela negra que se va á descomponer en la fosa, ¿de dónde -viene? Viene de un telar, de una fábrica que quizá es un hormiguero... -de gente trabajadora... ¡Qué filosofía tiene esto! ¡Ja... ja... ja, ja! - -Y Damián se reía, con una risa mecánica y triste. - ---A mí si me sacan del ataúd, soy hombre muerto--añadía. - ---Como á mí, si me sacan de la sepultura, no sé qué hacer, no le -encuentro encantos á la vida--aseguraba el sepulturero. - ---En esto nos diferenciamos del resto de los hombres, á quienes pasa -todo lo contrario... ¡ja... ja... ja!--exclamaba Damián. - ---Somos gente superior--añadía el sepulturero. - ---Es que nuestros oficios tienen más fondo, más filosofía. El fondo de -una fosa. ¡Hermoso fondo! ¿Vas á tener tú la insustancialidad de un -peluquero? No. ¿Voy yo á compararme con un sastre? Tampoco. El hace una -envoltura pasajera; yo no, yo la hago definitiva... ¡Ja... ja! ¡Qué -filosofía tiene esto! - -Damián sentía tanto entusiasmo por los ataúdes, que echaba la siesta -dentro de uno de ellos, vigilado por Juanito y por Astaroth. - -El enterrador admiraba á Damián. En cambio su mujer, la Dominica, le -despreciaba y le dirigía constantemente una lluvia de sarcasmos, que él -oía indiferente. - -En la casa del pertiguero lo más transcendental era la habitación del -señor canónigo. La Dominica fregaba todas las semanas el suelo, y en el -verano todos los días; limpiaba los cristales, sacudía los colchones y -la alfombra, y pasaba el plumero por los libros. - -La habitación del canónigo, la mejor de la casa, era espaciosa y clara. -La luz entraba en ella por un gran balcón y por una ventana pequeña. -Esta ventana pequeña daba hacia la Hoz del Huécar que se veía sobre -el solar de una casa derruída convertida en huerto. El huertecillo, -limitado por cuatro tapias cubiertas de hiedras, estaba lleno de zarzas -y de rosales silvestres. - -Tenía la habitación una chimenea de piedra con el hogar cubierto -durante el verano por una mampara de papel vieja, con una estampa en -colores desteñida, y dos bolas de cristal azul. - -En un ángulo estaba la cama, de madera, con colgaduras verdes -descoloridas, y en las paredes, un armario de varios cuerpos, también -con cortinas. El suelo era de ladrillos grandes, rojos, que se -desmoronaban, y la pared, tapizada de un papel dorado, con arabescos -negruzcos. - -Esta habitación canonical tenía seis sillas de damasco, ya tan ajadas, -que apenas se podía notar su primitivo color, y un canapé de paja, -con un almohadón rojo, completamente desteñido. Delante de la ventana -pequeña, por donde el sol entraba al amanecer, había una vieja mesa -tallada, y junto á ella, un sillón frailero con clavos dorados. - -Allí el canónigo Chirino pasó toda su vida dedicado á la lectura, -mientras Astaroth, acurrucado, le contemplaba con sus ojos de oro. - -Unicamente al atardecer solía asomarse al balcón á contemplar las rocas -de la Hoz del Huécar, que se veían desde allá, y á oír las oraciones -del _Degollado_, á quien solía echar una moneda. La Dominica conservaba -la habitación siempre limpia, pero no podía luchar con la polilla que -corroía sus viejos muebles, ni con el olor á rancio que exhalaban los -volúmenes alineados en los estantes. - -En vida de Chirino uno de los muebles más curiosos de su despacho era -un gran reloj, que cuando murió el canónigo pasó al taller de Damián. -Este reloj de pared tenía música y varias figuras que aparecían al dar -las horas. En el péndulo, Caronte se agitaba en su barca, y en la orla -de bronce que rodeaba la esfera, se leía: _Vulnerant omnes, ultima -necat_. Damián, el marido de la Dominica, había arreglado el reloj y -hecho que se movieran las figuras. Estas eran un niño y una niña, un -joven y una doncella y un viejo y una vieja seguidos de la Muerte, -representada por un esqueleto con su sudario blanco y su guadaña. -Cuando desaparecían las edades de la vida seguidas de la Muerte, se -abría una ventana y aparecía la Virgen. Al mismo tiempo que estas -figuras pasaban por delante de la esfera del reloj sonaba una música -melancólica de campanillas. - -Damián, que había visto el reloj parado, lo llevó á su taller, lo -desarmó, lo volvió á armar y consiguió que marchase, que se moviesen -los muñecos automáticos y funcionase la sonería. - -Chirino le dijo que al morir él, le dejaría el reloj como recuerdo, -y, efectivamente, cuando desapareció el canónigo, Damián se apoderó -del reloj y lo llevó al cuarto pequeño próximo al portal donde solía -trabajar. - -Damián se encontraba en aquel cuarto satisfecho; el ataúd grande donde -solía dormir la siesta, el armario con los ataúdes pequeños, el cuervo, -el gato negro y el reloj; no podía pedir más. A no estar enterrado de -verdad no era fácil alcanzar un mayor grado de perfección funeraria. - -Siempre que pasaba por delante del reloj del canónigo Chirino, -Damián lo contemplaba con entusiasmo. Las guirnaldas de calaveras y -tibias, entre flores, su carácter macabro y la salida de la Muerte -le entusiasmaban. Se le antojaba una de las más bellas y geniales -ocurrencias que podía haber salido de la cabeza de un hombre. - -Le habían dicho lo que significaba el letrero en latín, y le parecía -admirable. _Vulnerant omnes, ultima necat_: Todas hieren; la última, -mata. - -El constructor de ataúdes repetía la frase sonriendo, con un tono de -salmodia triste como un cartujo el: Hermano, morir tenemos. - -Damián, y quizás también su cuervo, se extasiaban pensando en la -profundidad de aquella sentencia. - - * * * * * - -Al llegar el penitenciario Sansirgue á ver la casa, le parecieron -las condiciones de la Dominica muy buenas, y decidió quedarse allá, -encargando á la guardiana que quitara dos ó tres armarios para dejar -más espacio en el cuarto. - -Sansirgue examinó los libros de Chirino, vió muchos volúmenes de -Historia, Cánones y Teología, que no le interesaban, y tomos de -colección de sermones de predicadores célebres. - -Estos libros estaban señalados y anotados, así que era muy fácil y -cómodo consultarlos. - -Siguiendo las indicaciones del penitenciario, que hizo una selección -rápida, se quitaron tres cuerpos del armario, y se llevaron los libros -en cestos á un cuarto interior. - -Hecho el traslado pedido, Sansirgue se instaló en la casa. Por diez -reales al día la guardiana le daba la comida, la ropa y el fuego en el -invierno. El penitenciario comería aparte de la familia, en la sala, y -los domingos tendría un plato extraordinario. - -Segundito, un sobrino de Ginés, estudiante de cura, serviría al -canónigo de paje para llevar cartas y hacer los recados. - - - - -VI. - -DON VÍCTOR - - -Además de Ginés el pertiguero, de la Dominica y de su marido, el -constructor de ataúdes y relojero, vivía en la casa el cura amigo de -Miguel Torralba. Este cura, sobrino de la mujer de Ginés, se llamaba D. -Víctor, y era capellán de un convento de monjas. - -Don Víctor, á pesar de ser estudioso y listo, no había prosperado, -quizás por falta de simpatía, quizás sencillamente por mala suerte. - -Era D. Víctor hombre pequeño, moreno, muy vivo de movimientos y de -ademanes. - -Había estado algún tiempo en Madrid, hecho un viaje á Roma, y durante -algún tiempo había sido secretario del obispo de Plasencia. - -Era el capellán hombre inteligente, trabajador, austero, á quien la -injusticia había hecho quisquilloso. Se había encontrado siempre -postergado, humillado, y en la lucha por la vida, adquirió una actitud -de agresividad, más ó menos velada, poco simpática á sus superiores. -Ya en su época de estudiante se distinguió por sus protestas contra -sus profesores, imbéciles; luego tuvo que servir y obedecer á obispos -orgullosos é ignorantes que trataban á los individuos del bajo clero -como á criados. - -Quizás en ocasiones consideró sus votos sacerdotales como grillos, como -eslabones de una cadena que le herían; pero aun así amaba la cadena -martirizadora. - -El catolicismo, como todas las sectas cristianas, es en el fondo la -escuela de la humillación. Su plan último consiste en quebrantar la -individualidad. Su ideal, hacer del hombre _perinde ac cadaver_. - -Para el catolicismo la salud es soberbia, la confianza en sí mismo -orgullo, el valor jactancia, todas las virtudes nobles son despreciadas -y afeadas; en cambio, las miserias tristes se explican, se justifican -y se alaban: el pecador humilde, el miserable humilde, el crapuloso -humilde, el imbécil humilde siempre tienen su defensa y hasta su -apología. - -Esta táctica de humillación, unida al espionaje, al servilismo y á la -pedantería, ha sido la seguida siempre en los seminarios: la táctica -de la Compañía de Jesús cuando al hombre de valer de su sociedad ha -antepuesto un estólido cualquiera para mortificar la soberbia del -primero. - -Don Víctor notó en el seminario y fuera del seminario la antipatía que -producía. - ---¿Cómo?--pensaban sus superiores. ¿Este hombre de clase humilde, -cree que sabe latín? ¿que sabe teología? ¿que es capaz de predicar -elocuentemente? Arrinconémosle. Que aprenda á tener humildad. - -Aprender á tener humildad, quiere decir: aprender á estar descontento, -á ser miserable, á ser vil. - -Este fondo de rencor que guarda el cristianismo á todo lo noble, lo -sereno, lo tranquilo, viene sin duda de su tradición semítica, de los -siglos en que vivió en las leproserías y en los suburbios de Roma, en -los agujeros infectos donde se corrompían los parias y los esclavos. - -Don Víctor, como hombre de cierta sensibilidad, sufrió grandes choques -en su carrera. En Madrid tuvo que alternar con curas cortesanos que se -burlaron de él, de su pedantería y de sus latines. - -Don Víctor, al volver á Cuenca, hizo el descubrimiento al ver á sus -antiguos condiscípulos y compararse con ellos, que él, como los demás, -tenían los mismos lugares comunes de expresión, los mismos gestos y -ademanes aprendidos en el seminario. Todos imitaban, sin querer, á un -profesor de teología y casi decían las mismas frases en latín, y todos -se ponían las manos en el abdomen y daban palmaditas una sobre otra. - -Don Víctor, al notarlo, hizo un gran esfuerzo para cambiar sus frases -de cajón y suprimir estos ademanes que eran los bienes mostrencos -obtenidos en el seminario, y lo consiguió. - -Don Víctor, en Cuenca, apenas podía sostenerse con el sueldo mísero -que le daban las monjas y con el pequeño estipendio de la misa, y fué -á vivir á casa de la Dominica, que era algo pariente suya. Por cinco -reales la guardiana le tenía de huésped y el cura vivía como si fuera -de la familia. - -La Dominica oía las quejas de D. Víctor y le recomendaba siempre que -cediese á sus superiores; pero D. Víctor se irritaba y echaba largos -y pedantinos discursos empedrados de latinajos: _Odi profanum vulgo_, -decía con frecuencia, y para elogiar su pobreza repetía: _Omnia mecum -porto_ (llevo todos mis bienes conmigo). - -Don Víctor era un temperamento batallador y amigo de luchar. - -No tenía el espíritu filosófico y generalizador necesario para ver las -grandes injusticias sociales, pero en cambio las pequeñas injusticias -de detalle le herían y le mortificaban. - -Lo sancionado por la fuerza de la costumbre, aunque fuera una -enormidad, siempre le parecía bien; la transgresión nueva le indignaba. - -Don Víctor era atrevido y valiente. En un período de guerra no hubiese -tenido inconveniente en lanzarse al monte. - -A pesar de haber sido laminado y destrozado por la educación -teocrática, D. Víctor era archiabsolutista y teócrata; creía que la -iglesia debía ser _Imperium in imperio_, y que era ella la única -encargada de dirigir la vida de los hombres hasta en sus más pequeños -detalles. - -Don Víctor y Ginés se entendían bien. Discutían y á veces se -insultaban, porque Ginés se sentía bastante anticlerical. Ginés -le llamaba á D. Víctor curiato, clericucho, y D. Víctor le decía -chupacirios, sacaperros, menos cuando le quería halagar, porque -entonces le llamaba _fortunate senex_, y algunos otros elogios en latín. - -Don Víctor era hombre aficionado á paseos solitarios; salía por la -tarde á las afueras y volvía al anochecer curioseando, mirando al fondo -de las tiendas, de las tabernas y de las botiguetas de las calles. - - - - -VII. - -LA BIBLIOTECA DE CHIRINO - - -El cuarto que la Dominica destinó á D. Víctor en su casa fué un -guardillón bajo de techo y lleno de armarios, que tenía dos ventanas -enrejadas abiertas sobre el solar de la casa derruída, convertida en -huerto. - -Este camaranchón grande, la mitad sin cielo raso y parte sin suelo, -había sido el depósito de la biblioteca del canónigo Chirino, el -sitio donde éste almacenaba sus libros. Había allí muchos volúmenes, -probablemente cuatro ó cinco mil, unos metidos en los armarios, otros -apilados en el suelo, todos llenos de polvo. - -Don Víctor, al llegar á casa del pertiguero, conocía los libros -estudiados por él en su carrera, pero nada más. El tener allí otros -á mano le indujo á leerlos, primero sin mucha gana, luego con gusto, -después con pasión, hasta hundirse en la biblioteca de Chirino como un -centauro en un bosque ó un tritón en las olas de un mar antiguo. - -Tras de muchas investigaciones, D. Víctor encontró el catálogo de la -biblioteca del canónigo. En la que había sido su habitación principal, -la que luego ocupó Sansirgue, tenía el difunto canónigo los libros -clásicos de un cura erudito; en el depósito, que habitaba ahora D. -Víctor, estaban los libros de historia, de filosofía y de moral, -algunos encuadernados sin rótulo. - -Don Víctor comenzó por leer tratados de confesión, obras de casuística -de los Padres Escobar, Sánchez, Molina, el Salmanticense y otros -célebres teólogos fundadores de la moral laxa de los jesuítas. Al -hojear estos libros le sorprendieron las notas de Chirino contra los -autores. También le asombró leer las burlas que dedicaba á las Cartas -del filósofo rancio del padre Alvarado. - -¿Sería el canónigo Chirino, muerto casi en olor de santidad, un hereje? - -Don Víctor se propuso averiguarlo y seguirle en sus notas con el celo -de un inquisidor. - -Al principio había considerado su cuarto como un rincón, únicamente -bueno para dormir; después comenzó á encontrarlo un lugar admirable de -esparcimiento, mandó poner cristales á las rejas, que no tenían más -que maderas, y encargó al marido de la Dominica una camilla para leer -delante de la reja con los pies calientes. - -Don Víctor metía el brasero debajo de la mesa y se ponía á -leer. Comenzó á mirar uno por uno los libros de la biblioteca, -principalmente los anotados por el canónigo. - -En casi todos ellos Chirino había puesto notas marginales, casi siempre -racionalistas y burlonas. - -El canónigo se valía de ingeniosos anagramas para despistar á -cualquiera en cuyas manos, por casualidad, cayera uno de sus libros. - -La idea del anagrama vino á la mente de D. Víctor al comprender qué -escritor se ocultaba en las notas de Chirino con el nombre de Viralteo. - -Al principio D. Víctor, que no conocía á los filósofos racionalistas, -supuso que Viralteo sería uno de tantos, después miró este nombre en el -Teatro Crítico de Feijóo, y no lo encontró. Pensando en Viralteo, vió -que podía descomponerse en: _¡O alte vir!_ (¡oh alto varón!). - -Estuvo pensando quién podría ser este alto varón, hasta que comprendió -era el anagrama de Voltaire. Vió también que E. Moras era Erasmo, y que -así estaban disfrazados muchos nombres. - -Hallados unos, supuso que toda palabra sin sentido claro que el -canónigo ponía en sus notas marginales había que descomponerla, -buscarle un significado esotérico y así encontró los anagramas de la -Religión, Dios, clero, etc., empleados por Chirino. Muchas veces para -indicarlos no ponía más que la inicial. - -Las notas del canónigo Chirino sorprendían á D. Víctor. ¡Qué curiosidad -la de aquel hombre! Filosofía, matemáticas, ciencias naturales, -viajes, todo lo había leído en su rincón y todo lo había comprendido. - -Para D. Víctor, el canónigo Chirino era un amigo y un enemigo. - ---¡Ah, canalla!--exclamaba.--¡Cómo te ocultas! ¡Cómo te defiendes! - -El canónigo Chirino hacía juegos malabares en sus notas. Muchas veces -interrumpía un pensamiento puesto al margen de una página y lo seguía -en otra. - -Don Víctor comprendía la eficacia de la inquisición para ahogar este -sentido de crítica y de duda. - -Chirino era uno de esos espíritus agudos, inquietos, vulnerantes, -educados en las marrullerías de los casuístas, por los que tenía un -odio y un desprecio terribles. - -Varias veces D. Víctor encontraba referencias á libros que no se -hallaban en la biblioteca con la indicación de la página. - -Por las notas del canónigo esto parecía indicar que se encontraban allí -y que los había consultado; sin embargo, D. Víctor no daba con ellos. - -Don Víctor hizo una nueva requisa y no encontró nada, hasta que por -casualidad, empujando una tabla del fondo de un armario, ésta corrió un -poco. Don Víctor agrandó la abertura y apareció una alacena formada en -el hueco de la pared y llena de libros. - -Estaban allí las obras de Spinoza, el _Entendimiento Humano_, de Locke; -el _Diccionario filosófico_, de Voltaire; las _Cartas provinciales_, -de Pascal; _El Espíritu del Clero_ y _La impostura Sacerdotal_, del -barón de Holbach; _Los Coloquios_ y el _Elogio de la Locura_ de Erasmo; -el _Espíritu_, de Helvetius; la _Historia natural del alma_, de La -Mettrie; el _Diccionario Crítico-burlesco_, de Gallardo, y otras obras -francamente antirreligiosas. - -En esta alacena había también una colección de folletos y periódicos -franceses y españoles liberales y varios números del _Amigo del -Pueblo_, de Marat. - -En las notas de estos libros escondidos, el canónigo Chirino aparecía -ya claramente como un incrédulo simpatizador de los enemigos de la -Iglesia: espíritu satírico y zumbón que no respetaba nada. - -Don Víctor ante esta colección de libros prohibidos por la Iglesia -vaciló en leerlos; pero decidido se lanzó á ellos. - -Para D. Víctor tuvieron aquellas obras el gran encanto de ser fruta -prohibida. - -La impresión que le produjo la lectura del _Diccionario filosófico_, de -Voltaire, fué imborrable. La proximidad que tenían para Voltaire las -controversias religiosas hacía que D. Víctor leyera la obra como un -escrito del día. - -Aquella anécdota que cuenta tan graciosamente Voltaire, en la que -Pico de la Mirandola dice al propio Papa Alejandro VI que cree que su -Santidad no es cristiano, y el Papa reconoce de buen grado lo que dice -Pico, le dejó atónito. - -A pesar de que D. Víctor comprendía la sagacidad, la erudición y el -buen sentido de Voltaire, no quería seguirle, y le indignaba como una -cosa personal, como una injuria hecha á la familia, la veneración del -canónigo Chirino por él. Chirino acompañaba al patriarca de Ferney en -sus notas marginales con una unción, con un respeto que irritaban á don -Víctor. Apenas se atrevía á indicar una inexactitud y á señalar algún -ligero olvido de su ídolo. - ---Lo que no concede á los doctores de la Iglesia, lo concede á -Voltaire--decía amargamente don Víctor. - -Y esto le molestaba más que como una herejía, como una traición al -espíritu de cuerpo, tan fuerte en los curas. - - - - -VIII. - -SU MAJESTAD EL ODIO - - -El nuevo penitenciario, D. Juan Sansirgue, se estableció á sus anchas -en casa de Ginés Diente el pertiguero. Pronto se vió no era de la raza -de los hombres como el canónigo Chirino, aficionados á la lectura y á -la soledad. - -Sansirgue pasaba poco tiempo leyendo en su despacho; comía mucho, bebía -bien, escribía con frecuencia largas cartas y á todas horas se le veía -entrar y salir en el palacio del obispo. - -Sansirgue no tenía la amabilidad de Chirino ni la llaneza de Rizo. No -se paraba un momento en el taller de Damián, ni acariciaba á los chicos -en la calle, ni quiso dar una limosna al _Degollado_, que se pasó -varias horas por la tarde cantando oraciones á la puerta. Sansirgue -ahuyentó de su cuarto al espíritu familiar de la casa, al infernal -Astaroth, con su traje negro y sus ojos de oro. - -Sansirgue no quiso tampoco tener intimidad con familia del pertiguero. -Supo que en casa de la Dominica había un capellán de un convento de -monjas de huésped; pero no le dió importancia ni pensó en conocerle, ni -menos en convidarle alguna vez á su mesa. - -Don Víctor no le perdonó el desvío, y desde aquel momento comenzó á -sentir por el penitenciario uno de esos odios clericales profundos y -contenidos. - -Don Juan y D. Víctor tenían que sentirse hostiles. D. Juan, hombre -de suerte, al mes de estar en Cuenca entraba en todas partes, tenía -influencia, era de los familiares del obispo y subía como la espuma; en -cambio, D. Víctor parecía la representación de la desdicha. - -Una de las cosas que indudablemente se refleja mejor en el rostro es el -éxito ó el fracaso. - -La fisonomía del penitenciario tomaba una expresión de contento y de -triunfo á medida que adquiría importancia; en cambio, la del capellán -de monjas era un puro vinagre. Su nariz iba adquiriendo el aspecto de -un pico, y su color verdinegro se hacía cada vez más obscuro y bilioso. - -Don Víctor, que columbraba desde una de las rejas de su cuarto la -habitación de Sansirgue, comenzó á espiarle. Le veía pasear, escribir -cartas, fumar sentado en la butaca. Si el penitenciario predicaba, -sabía de dónde había tomado las frases de su último sermón, las citas -que había equivocado y los errores de concepto que había vertido. -Sabía, además, quién le visitaba y lo que hacía hora por hora. -Sansirgue era muy visitado y consultado. - -El penitenciario era un hombre caído con buen pie en la ciudad. En -su confesonario las señoras hacían cola para confesarse con él; en -el púlpito había tenido gran éxito. Se le consideraba como orador de -fuerza. Era de los predicadores que gritan y apostrofan, y que son los -más admirados. El público de los sermones no acepta más que el sermón -almibarado ó el colérico, y, generalmente, éste le gusta más. - -Sansirgue extremaba su nota colérica; era de los declamadores -dionisíacos, insultaba, amenazaba, arrastraba por el fango á sus -oyentes, sobre todo á las mujeres, para quienes manifestaba su mayor -desprecio. - -La figura tosca y plebeya de aquel hombre, sus gritos, sus apelaciones -á la cólera divina entusiasmaban. Cuando golpeaba el púlpito con -sus manos de patán y pintaba los horrores del infierno, las mujeres -suspiraban y se oían lamentos y quejidos ahogados en el ámbito de la -catedral. - -Este sentido de esclavitud, propio de la mujer y más de la mujer -católica, hizo que las señoras de Cuenca se entusiasmasen y se -acercasen con admiración á aquel ensoberbecido patán. - -Uno de los sitios donde fué presentado y recibido con entusiasmo -Sansirgue fué en casa de Doña Cándida, la madrastra de Asunción. - -El penitenciario, al conocer aquella mujer, vió pronto su flaco. -Poseía Sansirgue esa sagacidad que los hombres de iglesia, y sobre -todo los jesuítas, han desarrollado en la práctica del confesonario; -tenía también la mala opinión que los curas tienen casi siempre de las -mujeres, opinión que según los bromistas proviene de la comunidad de -faldas. - -La intimidad entre Doña Cándida y Sansirgue fué haciéndose mayor; el -penitenciario tomó la costumbre de ir á la casa de la Sirena todos -los días por las mañanas y después al anochecer, y por la puerta del -callejón, para que no le viesen. - -No era seguramente raro ni extraño en un pueblo de clerecía el que un -cura visitara á una señora rica, ni aun siquiera que la galantease; -lo que sí pareció extraordinario fué que inmediatamente se comenzara -á murmurar y á contar mil cuentos en todo el pueblo de las relaciones -entre Doña Cándida y el canónigo. - -La causa de una expansión tan rápida de la maledicencia se debió á una -vecina y antigua amiga de la Cándida, que tenía una confitería frente -por frente de la casa de la Sirena. - -La confitera había prestado al abuelo de Asunción, D. Diego Cañizares, -por dos veces, cinco mil pesetas en hipoteca sobre la casa de la Sirena -en pacto de retroventa, y ya la miraba como suya. - -El tener la hermosa casa de piedra sillería delante había dado á la -confitera una gran ambición de poseerla. Había hecho sus proyectos -de trasladar su establecimiento á casa de la Sirena, ensanchar el -taller y alquilar los pisos altos. Este plan, acariciado días y noches -con tenacidad en la calma de la vida provinciana, se frustró y se -desvaneció al casar D. Diego á su hijo con la Cándida. - -El _Zamarro_ proporcionó el dinero necesario para levantar la hipoteca, -y su hija se quedó á vivir en casa de la Sirena. - -Desde entonces la confitera dedicó á su antigua amiga el más -profundo odio; consideraba que le había robado la casa. De la rabia, -enflaqueció, palideció, quedó hecha un espectro. - -La confitera comenzó á tratar á su marido, que era un pobre calzonazos, -alto y triste, á puntapiés. - -Por envidia y por celos, día y noche se puso á espiar á la Cándida -desde el fondo de la tienda y desde las ventanas de su primer piso. -La veía vestirse, peinarse, adornarse; aquilataba los detalles más -pequeños de la indumentaria y del tocado. La Cándida no sospechaba que -en la casa de enfrente latiera un odio tan profundo contra ella. - -En estos pueblos tranquilos, donde pasan pocas cosas ó no pasa nada, -fermenta el odio y la envidia con una enorme virulencia. - -En la vida de las ciudades y de los pueblos pequeños apenas se da un -caso de amor fuera de inclinación sexual; en cambio el odio inmotivado -crece con una lozanía extraordinaria. - -El ingenuo que descubre este fondo de odio se pregunta: ¿Qué motivo -puede haber para ello? Ninguno. El motivo de existir otros hombres y -otras mujeres es suficiente. - -Es curioso cómo se odia en los pueblos, y cómo, debajo de la farsa -cristiana de la caridad y del amor al prójimo, aparece de la manera -más descarnada y terrible la envidia y el odio. Probablemente, sólo la -vanidad y el deseo de lucir pueden mitigar este odio nacido del fondo -del hombre. - -La exaltación de las pasiones sociales es, sin duda, lo único que ha de -moderar el egoísmo. - -La mayor posibilidad de que el rico propietario sea un tanto humano es -que se sienta vanidoso. Así, si tiene hermosos caballos, querrá que los -vean los demás; si posee un bello parque, hará que la gente lo pueda -contemplar; en cambio, el buen rico, cristiano, modesto y no vanidoso, -cerrará su huerto con una alta tapia, y además la erizará de pedazos de -cristal. - -Hay que reconocer que esta predicación cristiana, con su palabrería -mística, al cabo de veinte siglos no ha conseguido no ya que los -hombres se amen un poco los unos á los otros, sino ni siquiera que esos -pobres ricos cristianos no pongan unos agudos pinchos y unos hermosos -cristales en las tapias de sus propiedades para desgarrar las manos de -los rateros y de los vagabundos que intenten coger una fruta. - -En los pueblos donde no hay apenas pasiones sociales el odio y la -envidia predominan. - -Si se pudiera recoger la oleada de rabia y de rencor contenida en -una aldea ó en una ciudad pequeña, se quedaría uno asombrado. En las -grandes ciudades hay, sin duda, más vicios, más irregularidades y -anomalías; pero tanta cantidad de odio, tanta virulencia, imposible... - -Las dos personas que olfatearon al momento la intimidad de la Cándida y -Sansirgue fueron las dos personas que más les odiaban: la confitera y -don Víctor. - -La confitera contó á todo el mundo lo que había visto: las entradas en -la casa, á escondidas, de Sansirgue; las cartas que se cruzaban entre -la viuda y el canónigo, las golosinas, y sobre todo, la cantidad de -anisete y de licores que llevaba Adela, la doncella, para su ama. - -La confitera propaló la voz de que Doña Cándida era aficionada al vino -y á los licores. Una semana después, todo el mundo en Cuenca llamaba á -la Cándida la _Canóniga_, decía que era borracha y que estaba enredada -con el penitenciario. - -Años antes había habido una obispa; luego, una capuchina; después, una -vicaria, y por último, una canóniga. - -Para pueblo de clerecía, no era mucho. - - - - -IX. - -UN ROMANCE ANÓNIMO - - -Desde que Miguelito cambió de vida y formalizó sus relaciones con -Asunción iba con mucha frecuencia á ver al cura D. Víctor y á charlar -con él. - -Los amigos del ex calavera lo habían abandonado, y tomaron como cabeza -del grupo al capitán Lozano, un jugador empedernido, borracho, alegre é -inconsciente. - -El escudero Garcés vagaba por Cuenca, como alma en pena, sin saber qué -hacer, y cuando estaba muy apurado pedía á su antiguo amo un par de -pesetas para ir pasando. - -Don Miguelito y D. Víctor hablaron varias veces de lo que se empezaba á -murmurar de la Cándida y del penitenciario. - -Miguelito se alarmaba pensando en su novia, colocada entre el odio de -la madrastra y de la abuela. Suponía que cualquier día Doña Gertrudis -iba á provocar un escándalo á la _Canóniga_. - -Don Víctor se dedicó á espiar á Sansirgue. Lo consideraba peligroso. - -Desde su cuarto podía oírle, y desde la reja verle á través del patio. - -Conocía los hábitos del canónigo. - ---_Latet anguis in herba_--decía D. Víctor, y pensaba que aquella -serpiente escondida entre la hierba había de hacer algún daño y -producir grandes males. - -Un día D. Miguelito contó á su amigo D. Víctor que doña Gertrudis había -tenido al fin una explicación borrascosa con la Cándida. - -En su disputa se dijeron las dos cosas muy duras. D. Víctor, en parte -por mala intención, y también por favorecer á su amigo, escribió -un romance, del que pensó hacer tres copias, y mandarlas una á la -Cándida, otra al obispo y otra á Sansirgue. El romance se llamaba _A la -Canóniga_, y empezaba así: - - En un caserón vetusto - más alto que la Mangana, - más negro que un solideo - y un escudo en la fachada - con un sol, una sirena, - dos dardos y una granada, - una vieja pergamino, - siete lustros en cada anca, - echando lumbre los ojos - y temblándole la barba, - á su zamarresca nuera - enderezó esta soflama: - "Nunca fueron tradiciones - de las fembras de mi casa - servir en la clerecía - á tenor de barraganas. - Nunca doncellas ni viudas, - ni casadas, sin ser santas, - fueron _viribus et armis_ - sin gracia canonizadas. - Non son los limpios blasones - de vieja estirpe _fidalga_ - el contar en ella obispas, - canónigas ni vicarias". - -Después de largas insinuaciones malévolas, en que aparecían D. Juan y -la _Canóniga_, concluía diciendo la vieja á su nuera en el romance del -cura: - - "Marchad, señora canóniga, - al cabildo ó á la tasca, - que si no os marcháis aína - yo os echaré noramala". - -Terminado y corregido el borrador, D. Víctor hizo las tres copias, -desfigurando la letra, las escribió en trozos de papel antiguo, y las -envió al obispo, á la Cándida y al penitenciario. - -Al día siguiente se puso á estudiar el efecto. - -El canónigo volvió de la catedral tarde; estaba preocupado. Después de -comer no salió de casa, y anduvo paseando arriba y abajo por el cuarto. - -Sansirgue, al leer el romance, quedó al principio atónito; después se -puso á cavilar quién podía ser el autor de estos versos. - -Su instinto le decía que aquel papel provenía de algún clérigo. -¿Pero de quién? No tenía ningún enemigo, no conocía tampoco á nadie -aficionado á satirizar en verso á la gente. El que había escrito -aquéllos había, sin duda, leído é imitado los romances de Quevedo. - -El autor de _A la Canóniga_ demostraba una malevolencia grande, cierta -facilidad de pluma que no tenían sus colegas, y un desprecio por el -clero poco natural. - -Por exclusión, vino á creer Sansirgue que el autor del romance era -Miguelito Torralba. No podía comprender una imprudencia así en D. -Miguelito. Sin embargo, no encontraba otro á quien achacar la culpa. -Miguel había escrito antes _Las Comadres de Cuenca_ en el mismo estilo; -él, sin duda, era el autor de los versos _A la Canóniga_. - -Sansirgue quedó preocupado y asustado. Al mismo tiempo sintió un feroz -instinto de vengarse. - -Se veía cazado como un conejo; comprendía que había dado un mal paso, -que su carrera podía truncarse. Como buen plebeyo ansioso de una -posición elevada, temblaba pensando en la opinión ajena, y este miedo -le excitaba más la furia vengativa. - -¡Ah! ¡Si hubiera conocido al autor! ¡Se hubiera lanzado á él á -deshacerlo, á pulverizarlo! D. Juan supo que la Cándida había recibido -un papel igual, y Portillo el secretario del obispo, amigo de -Sansirgue, le entregó, sonriendo con cierta sorna, otro. - -El penitenciario estuvo ocho días inquieto, entregado al miedo, á la -desesperación y á la ira. D. Víctor le oía pasear arriba y abajo, como -un lobo en la jaula. - -Sansirgue dejó de ir á casa de la viuda: temía mucho que ésta hiciese -alguna tontería comprometedora; pero la Cándida discurría como mujer, -y como mujer solicitada y guapetona; y al ver que el canónigo la -abandonaba aceptó los homenajes del capitán Lozano, el jefe de los -calaveras del pueblo, y sustituto en este transcendental puesto de D. -Miguelito. - -Sansirgue, que no tenía afecto ninguno por la viuda, se alegró. - ---La viuda se entiende con el capitán--le dijo Portillo á Sansirgue, -unos días después--. Aproveche usted esta conyuntura. Escríbala usted, -hágase usted antipático á ella, y luego visítela usted. - -Sansirgue escribió un anónimo á la Cándida, acusándose á sí mismo de -que hablaba mal de ella. - -A los pocos días la hizo una visita. La Cándida le recibió muy -mal y Sansirgue salió cariacontecido. En varios sitios manifestó -hipócritamente su tristeza al ver que no había podido llevar por buen -camino á la viuda, y mucha gente lo creyó. - - - - -X. - -LA JUNTA REALISTA - - -Cuando en 1822 se fué viendo en España el fracaso y la debilidad del -Gobierno Constitucional, comenzaron á formarse juntas absolutistas en -casi todas las capitales de provincia. - -En Cuenca se constituyó la Junta Realista en el obispado. El obispo, un -viejo raído y rapaz, puso la diócesis á contribución; recibió dinero -de la provincia y de fuera, y guardando parte, entregó cincuenta mil -reales para los primeros trabajos de los realistas puros. - -El secretario Portillo comenzó la organización de la Junta, de la que -formaron parte los canónigos Salazar, Gamboa, Perdiguero, Sansirgue, -Trúpita y Sagredo. - -Todo el clero y las personas visibles de la ciudad se adhirieron á la -Junta. - -La ciudad alta, en bloque, se manifestó absolutista y enemiga del -Gobierno; en el arrabal se experimentó cierta agitación entre los -constitucionales que se desvaneció en figuras retóricas de la época. - -Como el obispado y el clero temían la responsabilidad, en caso -de fracaso, la Junta delegó sus poderes en tres representantes ó -testaferros que se pondrían en comunicación con la gente. - -Después de muchas vacilaciones fueron nombrados: el Chantre, brazo de -Portillo, para entenderse con el clero; D. Miguelito, para avistarse -con el elemento civil, y el capitán Lozano, para el militar. - -Esta comisión comenzó á funcionar y á reunirse en una casa antigua -medio arruinada de la calle de los Canónigos, en cuya puerta, en el -dintel, se leía una hermosa inscripción en letra gótica. Esta casa -había pertenecido al Arcipreste de Moya. - -La comisión terminó sus gestiones rápidamente; y en la segunda sesión -de la Junta Realista, celebrada en el obispado, cada uno de los -delegados explicó sus trabajos. - -El Chantre dijo que había recibido más de quinientas cartas de curas de -pueblo dispuestos á lanzarse al campo, formando partidas. Aun pensaba -que llegarían á más las adhesiones. - -El obispo prometió dar otros cincuenta mil reales para que se compraran -armas, y que además, dirigiría una pastoral comunicada á los curas de -la diócesis. - -Después del Chantre, D. Miguelito explicó su gestión. Excepto el jefe -político, todos los demás empleados estaban dispuestos á derribar el -Régimen constitucional. - ---Las condiciones que ponen son éstas--señaló Miguel--: El contador de -la policía quiere ser ascendido á comisario ordenador; el Cachorro, -Salinier y Alaminos dicen que fiarán el dinero necesario si se les -nombra después intendentes de ejército; José Auzá aspira á ser -contador de la policía; el armero de la Ventilla, el _Zagal_, dice -que proporcionará armas á los voluntarios si le conceden el retiro de -sargento á que tiene derecho; los demás empleados y paisanos adheridos -están en esta lista cada cual con sus condiciones. - -Después de D. Miguelito habló el capitán Lozano. Este no había -tenido dificultades: la guarnición se hallaba dispuesta á pasarse -al campo realista desde el momento que hubiese garantías de éxito. -Las condiciones eran: el coronel sería ascendido á general; los dos -comandantes del batallón, á jefes de brigada; los capitanes Lozano, -Arias y Vela, á comandantes; los tenientes, á capitanes, y los -sargentos, á oficiales. - -Aprobados en la Junta los trabajos de los delegados, siguieron éstos -maniobrando; el pueblo lo tenían por suyo: los dos secretarios de -policía y los tres celadores obedecían á la Junta Realista más que al -jefe político. - -El pueblo entero estaba preparado para levantarse contra el Gobierno á -la primera señal. - - - - -XI. - -UN SERMÓN DE SANSIRGUE - - -Siendo éste el espíritu de las personalidades de Cuenca, no era de -extrañar que la plebe fanática y brutal se encontrase soliviantada. - -Al saberse la expedición de Bessieres y de los demás cabecillas -realistas hacia el centro de España, la gente se alborotó. - -Contribuía á ello la época, que era de Cuaresma, y la cruzada que -los curas, y sobre todo los frailes, hacían desde los púlpitos y -confesonarios. - -Era una oratoria de energúmenos la que utilizaban los frailes en -sus sermones: gritos, pasmos, insultos, chocarrerías, absurdos, -todo se consideraba como buen medio para atacar el liberalismo y la -Constitución. - -Cuál sería el sistema de predicación frailuna, que los curas más -fanáticos quedaban como tibios y poco fervorosos en la defensa de las -prerrogativas del trono y del altar. - -El secretario Portillo, que no encontraba bien que el clero secular -fuese así oscurecido por el regular, encargó al canónigo magistral -Gamboa pronunciara un sermón enérgico. El magistral quiso hacerlo; pero -le faltaban medios oratorios: tenía la voz seca, el ademán frío, y el -público no se entusiasmó con su oración. - -Entonces Portillo encargó á Sansirgue otro sermón, recomendándole diera -la nota aguda. - ---Aunque se comprometa usted un poco no le importe--dijo Portillo--. El -Gobierno no se atreve con nosotros. - ---No le tengo miedo. - ---Puede usted desmandarse impunemente. Hágalo usted así como si las -frases se le escaparan á usted involuntariamente, _ex abundantia -cordis_. Le conviene esto. Con la alocución la gente olvidará las -hablillas de las que doña Cándida y usted han sido víctimas. - -Esta palabra víctimas, el secretario del obispo la recalcó con cierta -ironía. - -Sansirgue aceptó el pensamiento de Portillo y se puso á preparar -su plática, tomando párrafos de aquí y de allí, en la colección de -sermones que guardaba Chirino. Escribió el comienzo y el final de su -discurso y se los aprendió de memoria. - -El secretario hizo correr la voz por el pueblo de que el sermón del -penitenciario produciría gran efecto, y el domingo el público llenó la -catedral. - -Don Víctor fué de los que con más atención contempló á su orgulloso -compañero de hospedaje. Estaba con Miguel y Luis Torralba cerca de una -columna de la nave central. - -Subió Sansirgue las escaleras del púlpito con un aire de orgullo, de -terquedad y de dominio. - ---Es un patán que va á trabajar al campo--dijo D. Víctor--no el -inspirado que se dispone á hablar al pueblo desde la montaña. - -Comenzó su discurso Sansirgue con una voz ronca y áspera que quería ser -insinuante. No dominaba bastante la técnica oratoria para redondear los -períodos, ni se valía con oportunidad de los silencios estudiados y -sabios, ni tenía ademanes sencillos; no sabía hacer un sermón de orador -artista, pero estuvo relativamente bien. - -Rezó después, y al levantarse comenzó la segunda parte del discurso. -Se vió aquí que ya no repetía lo aprendido de memoria, sino que -improvisaba. Las oraciones salían á veces cojas y defectuosas, las -repeticiones abundaban; pero la temperatura del sermón subía y -llenaba la nave de la catedral. La cólera daba elocuencia y fuerza al -penitenciario. Su voz se había entonado, caldeado, y vibraba en el -ámbito de la iglesia como una trompeta guerrera. - -Dijo que los liberales eran ateos, sacrílegos, impíos, vasos de -todo crimen é impureza, dignos de los mayores tormentos, serpientes -venenosas, perros sarnosos; que la Filosofía era la ciencia del mal, -que con los impíos no se debía tener unión ni en el sepulcro. - -Pintó á los liberales como monstruos que se acercaban traidora y -cobardemente á atacar el trono y el altar, y exhortó á los fieles á que -salieran á la defensa de los sacrosantos principios de la Religión y de -la Monarquía con todos los medios y con todas las armas. - -Esta segunda parte de su oración la dijo Sansirgue con una violencia -extraordinaria, gritando y levantando los brazos al cielo, dando -puñetazos al borde del púlpito. Parecía que quería clavar sus ideas á -golpes de martillo en la cabeza de los fieles. - -Sansirgue, después de esta hora de gritos é improperios, sudaba -y estaba sofocado. Su silueta fuerte y sanguínea aparecía roja y -congestionada en el púlpito. - -Concluída su catilinaria, el canónigo tuvo un largo silencio y siguió -de nuevo el sermón, ya con voz suave y cansada; comentó la frase -del padre Alvarado, el filósofo rancio: "Más queremos errar con San -Basilio y San Agustín que acertar como Descartes y Newton"; y afirmó -que la verdad en boca de un filósofo liberal es siempre el error y la -impostura, y el error en boca de un ministro del Señor puede ser la -verdad. Con esto y una invocación á la Virgen acabó su discurso y bajó -del púlpito. - -Don Víctor, á pesar de su enemistad, no pudo menos de reconocer que -el sermón de Sansirgue era el que se pedía en aquel momento. Todo el -mundo decía que el penitenciario había estado admirable; los hombres se -sentían entusiasmados y las viejas encantadas. - ---Si alguien ahora recuerda lo de la _Canóniga_ se le tendrá por -liberal--saltó Luis Torralba. - ---Ah, claro--dijo D. Víctor. - ---Es una bonita manera de discurrir--añadió Luis--. Le dicen á uno: "Tu -héroe es liberal, pero es un ladrón y lo voy á probar." Es que tú eres -absolutista. "Tu héroe es absolutista, pero es un bandido." Es que tú -eres liberal. - ---Qué quieres--murmuró D. Víctor--. El pueblo discurre así; tiene que -ser amo ó esclavo, y si alguien independiente se le pone en el camino á -decirle la verdad lo odia y lo desprecia. - ---La Iglesia en ese sentido debe ser también muy pueblo--dijo Luis -Torralba. - -Don Víctor refunfuñó y no replicó nada claro. - - - - -XII. - -LA ALARMA DE BESSIERES - - -Cuando Jorge Bessieres vió cerrado el camino de Madrid y sus tropas -dispersadas, decidió separarse de los demás cabecillas y tomar, á poder -ser, una importante plaza fortificada. Cuenca era la que estaba en -mejores condiciones para un golpe de mano, y á ella dirigió sus miras. - -Bessieres se enteró de que existía en Cuenca una Junta realista, y la -envió un oficio dándole cuenta de sus planes. - -Este oficio lo recibieron el Chantre, Miguelito y el capitán Lozano, y -lo tomaron en consideración. - -Al mismo tiempo, O'Donnell oficiaba al jefe político comunicándole la -dirección que llevaba Bessieres, y Aviraneta por orden del Empecinado -enviaba una carta al alcaide de comuneros de Cuenca, explicándole con -detalles la huída de Bessieres, de Priego y de Huete, y advirtiéndole -que llevaba pocas fuerzas. - -Por tres conductos y á tres centros diferentes llegó la noticia de la -alarma de Bessieres. - -Los representantes de la Junta realista decidieron mandar un aviso al -cabecilla francés, indicándole que al acercarse á Cuenca se avistarían -con él y verían la manera de que los realistas se apoderaran de la -ciudad. - -Pensaron en enviar un propio; pero Miguelito dijo que era mejor se -presentara él al general realista. - -Miguelito así lo hizo; inventó un pretexto para no alarmar á la -familia y á la novia, y de noche, á caballo, escoltado por Garcés el -_Sevillano_, que se había vuelto á reunir con él, se presentó en el -campamento del francés. - -Bessieres le recibió muy amablemente; Bessieres debió quedar bien -impresionado del aire de seguridad y de dominio de Miguelito, y le -habló como á un hombre que venía á proponerle una cosa importante. - -El advenedizo francés tenía simpatía por la gente improvisada, y -creyó encontrar en Torralba un buen auxiliar, un hombre como él, sin -prejuicios ni supersticiones de moral. - -Bessieres le dijo á Miguelito que volviera á Cuenca y le trajera un -plan bien meditado para apoderarse de la ciudad. Si lo conseguía, haría -que inmediatamente se le nombrara capitán y que al año fuera comandante. - -Don Miguelito volvió entusiasmado á Cuenca y lleno de grandes -esperanzas. Se reunió en seguida con el Chantre y con el capitán -Lozano, y entre los tres comenzaron á hacer gestiones para madurar un -plan. Luis Torralba, al saberlo, desaprobó la actitud de su hermano. - ---¿Has sido liberal y ahora por conveniencia vas á tomar partido con -los absolutistas? Me parece mal, muy mal. - -Miguel quiso explicar su conducta; pero esto era explicar lo -inexplicable. - -El jefe político, al conocer la noticia de la aproximación de -Bessieres, llamó al comandante de la plaza, y al decirle éste se -redoblaría la vigilancia, se tranquilizó. - -No se quedó tan tranquilo el alcaide de los comuneros, á quien había -escrito Aviraneta por orden del Empecinado. - -El tal alcaide era al mismo tiempo jefe de la Milicia nacional, y se -llamaba Cepero, el ciudadano Cepero. - -El ciudadano Cepero no hubiera sido muy temible para los absolutistas -sino hubiera tenido un hijo furioso jacobino. - -Cepero, padre, hombre ordenancista y poco inteligente, suponía que las -órdenes de la Confederación de comuneros eran dictadas por grandes -sabios. - -Cepero, padre, en el fondo hombre incapaz de discurrir por su cuenta, -creía lo que le decían. Tenía un almacén de harinas en el arrabal, y -era dueño de tierras, algunas procedentes de las ventas de los bienes -monacales. - -Cepero, hijo, era entonces un joven de unos veintitrés años, sombrío -y ambicioso. Hubiera querido dominar el pueblo por el terror; pero no -tenía medios ni colaboradores, porque los demás liberales no pasaban -de ser pobre gente, entre la que había varios que se habían hecho -milicianos por envidia ó por utilidad. - -El ciudadano Cepero supo las noticias de la persecución y fuga de -Bessieres, desde Guadalajara, por Sacedón y Priego, y que las huestes -realistas se habían dividido. - -Bessieres no llegaba á contar más que con unos mil quinientos hombres. -De acercarse con las fuerzas reunidas de los cabecillas realistas, -Cuenca, con su guarnición y la milicia, no hubiera podido resistir; -pero con tan poca gente, la cosa variaba. - ---Creo que le haremos frente á Bessieres--dijo Cepero solemnemente á su -hijo. - ---¡Bah!--contestó éste--. ¿Usted cree que podemos contar con la -guarnición? - ---Yo, sí. - ---Pues está usted en un error. - ---¿Por qué? - ---Porque la guarnición de Cuenca está vendida á los absolutistas. - ---¡Qué falsedad! ¡Qué calumnia! - ---Nada de eso. Realidad. El coronel, los dos comandantes, el capitán -Lozano, el capitán Arias... casi todas los oficiales están dentro de la -conspiración; dispuestos á levantarse contra el Régimen. - -Y Cepero, hijo, dió una porción de detalles que demostraban los manejos -realistas de los militares. - -Cepero, padre, temía á su hijo. Este le motejaba siempre de tibio y de -moderado. - -Cepero, padre, se agitó; fué á ver á los oficiales liberales de la -guarnición, reunió á la Milicia nacional y alarmó al jefe político. - - - - -XIII. - -PROYECTOS - - -Don Miguelito, después de tener una larga conferencia con el Chantre y -con el capitán Lozano, se avistó con el comandante de la plaza, y entre -los dos discutieron varios proyectos para sorprender y apoderarse de -Cuenca. Por último quedaron de acuerdo. - -La entrada de los absolutistas se verificaría por la puerta de San -Juan, y de noche. - -El comandante mandaría á esta puerta al capitán Lozano con una sección, -y tendría la tropa avisada para pronunciarse y prender á los oficiales, -y desarmar á los soldados de la milicia nacional. - -A las doce de la noche, Miguelito se presentaría en la puerta de San -Juan con un pelotón de soldados de caballería de Bessieres; daría el -santo, la seña y la contraseña, y pasaría adentro. Un segundo pelotón -entraría después, y por último, toda la fuerza realista. - -Aunque el plan era sencillo, había que combinar muchas cosas y atar -varios cabos para ponerlo en ejecución. - -Se decidió lo siguiente: á las diez de la noche se encendería una luz -en una ventana alta del palacio del obispo, y otra, poco después, en la -muralla, lo que querría decir: "Todo está preparado". - -Miguelito, en compañía de Garcés, se apostaría delante del convento de -San Pablo. - -En el instante que vieran las dos señales, Garcés iría á avisar al -campamento de Bessieres, y vendría con un escuadrón de lanceros. -Dirigidos por Miguelito, darían la vuelta al pueblo, pasarían el puente -de San Antón é irían á colocarse en la orilla derecha del Júcar; luego -cruzarían el río por el puente de los Descalzos, volviendo de nuevo á -la orilla izquierda, y de aquí subirían, al paso, divididos en varios -pelotones, á la puerta de San Juan. Llamarían, y al preguntar los de -dentro: "¿Quién?", contestarían con este santo y seña: - ---Daniel, Cuenca y Bessieres. _Debellare superbos._ - -Esta frase de "debelar á los soberbios", en boca de un hombre como -Miguel, era un poco absurda. - -Dicho el santo y seña, entrarían y avisarían para que pasaran las -fuerzas de Bessieres. Se apoderarían del cuartel de infantería, próximo -á la puerta de San Juan; desarmarían la milicia nacional, y prenderían -á los oficiales afectos al Régimen. - -El plan era realmente fácil y muy asequible. - -Pasó un día, pasaron dos, y la Junta no dió la orden de ejecución. Se -esperaba no se sabía qué. Bessieres estaba impaciente. - -La causa del retraso fué que Portillo, á nombre del obispo, había -escrito á la Junta Realista de Madrid pidiendo informes acerca de -Bessieres y de su correría. Sin duda los informes no fueron del todo -satisfactorios, porque el secretario del obispo apareció de pronto poco -entusiasmado con la idea de entregar la ciudad á los realistas. - -Portillo consultó con Sansirgue, y le explicó el proyecto, en el -cual D. Miguelito iba hacer el primer papel. Portillo aseguró que el -proyecto estaba mal preparado, que era sospechoso porque había quien -aseguraba que Bessieres se hallaba en relación con los masones, y que, -á no ser por no perjudicar á un amigo como Miguel Torralba, lo hubiera -denunciado al jefe político en un anónimo. - -Sansirgue, al oír esto, miró á Portillo con ansiedad. El secretario del -obispo estaba impasible. - -Echada la semilla, germinó pronto. Sansirgue vió que podía hacer un -servicio á Portillo, á quien consideraba omnipotente, y al mismo tiempo -satisfacer su venganza contra Miguelito, que le había perjudicado en -la carrera con sus versos _A la Canóniga_, y no vaciló. Se marchó á su -casa, se encerró en su cuarto, y, después de redactar varias veces el -aviso, escribió dos anónimos: uno al jefe político, otro al ciudadano -Cepero. - -En los anónimos no omitía un detalle de cuanto tramaban los -conspiradores; citaba la lista de todos los que pertenecían á la Junta, -incluso el suyo. Este rasgo de astucia le hizo suponer que nadie -sospecharía de él. Logró también disfrazar la letra escribiendo con la -mano izquierda. - -Don Víctor, que había visto ir y venir al penitenciario, ceñudo y -preocupado, por su habitación, y que sabía, casi minuto por minuto, lo -que hacía, redobló su espionaje. Sintió que estaba escribiendo. Cuando -concluyó, Sansirgue salió de su casa, se fué al palacio del obispo, -y D. Víctor esperó en la calle. Era ya el anochecer cuando salió el -penitenciario. - -Don Víctor dejó el atrio y siguió á Sansirgue. Este avanzó, mirando á -derecha é izquierda, se acercó al correo y echó una carta al buzón. - -Poco después volvió de nuevo á su casa, y media hora más tarde entró D. -Víctor. El capellán pasó una porción de horas de insomnio pensando qué -podía haber escrito el canónigo. - -Todo le hacía creer que era algo serio é importante; las cartas -ordinarias se las llevaba Segundito, el paje; aquélla, ó aquéllas, las -había echado él, y con gran cuidado de que nadie le viera. ¿Para qué -tantas precauciones? - -Al día siguiente D. Víctor fué á ver al _Zagal_, al armero de la -Ventilla. - -Este era amigo de uno de los secretarios de la policía, y por él había -sabido que el complot de Miguelito acababa de ser descubierto. - -Inmediatamente D. Víctor supuso que D. Juan había delatado á los -realistas. - -Al llegar á casa, á la hora de comer, expuso sus sospechas á Ginés -y á la Dominica, y ésta sobre todo, rechazó con indignación tales -suposiciones. - -Ginés, que no tenía grandes simpatías por el canónigo Sansirgue, dijo: - ---Vamos á su cuarto cuando salga él, y veamos si queda algún indicio. - -Lo hicieron así: entraron en el cuarto, y no vieron nada. Ginés, que -era un espíritu metódico, sacó la mampara de la chimenea, y vió sobre -la piedra del hogar que había unas pavesas negras. Don Víctor las cogió -con gran cuidado, y á la luz llegó á leer escritos con tinta varios -nombres, entre ellos el de Torralba. - - - - -XIV. - -CABILDEOS DE DON VÍCTOR - - -Don Víctor quedó convencido de la delación del canónigo. - -Pensó las providencias que podía tomar para evitar que á Miguelito le -hicieran víctima de la emboscada traidora que le preparaban. - -Lo primero que hizo al día siguiente fué marchar á la calle de -Caballeros, á casa de los Torralbas. - -Allí le dijeron que no estaba ninguno de los dos hermanos. Sin duda -Miguel no quería ser detenido antes de intentar la aventura, en la que -tenía tantas esperanzas. - -Don Víctor preguntó por la madre de los Torralbas, y la habló; pero -esta señora no sabía nada ó desconfiaba de D. Víctor, y se limitó á -decir que ninguno de sus dos hijos estaba en Cuenca. - -Después de comer, don Víctor se dirigió á la catedral á buscar al -Chantre. - -Se acercó á la capilla de los Caballeros y se arrodilló delante de la -verja. - -Esta capilla, fundada por un Albornoz, estaba trabajada en piedra -blanca, y en su portada tenía esculpidos varios atributos militares, y -en la clave del arco, un esqueleto. - -En el frontispicio se leía esta inscripción, que canta el triunfo de la -muerte: - -_Victis militibus mors triumphat_: Vencidos los soldados triunfa la -muerte. - -Don Víctor estuvo pensando, divagando sobre esta sentencia. Contempló -las dos urnas sepulcrales de mármol, con sus estatuas de caballeros -yacentes, las pinturas de los altares; luego rezó maquinalmente, y como -el rezo no lo sentía, por su preocupación, volviéndose contempló la -nave de la catedral. - -Hacía un día de sol espléndido. La luz entraba de los altos ventanales -de la iglesia y producía anchas sábanas luminosas entre las columnas -oscuras. - -Don Víctor sentía negros presentimientos; una serie de ideas -angustiosas y deprimentes le sobrecogían. Se sentía como vencido, -aniquilado, descontento, sin fe en nada. - -De pronto vió al Chantre, corrió hacia él y le dijo que estaba -descubierto el complot de Miguelito. - ---¿Quién ha podido descubrirlo?--exclamó el Chantre. - ---No lo sé. - ---Voy á decírselo á Portillo. - -El Chantre fué al palacio del obispo; pero encontró que había dos -agentes de la policía del jefe político paseándose por delante de la -puerta del palacio en la plazoleta. - -Uno de la policía le advirtió al Chantre que no entrase. - -El Chantre contó á D. Víctor lo que pasaba. - -Don Víctor no quería dejar la cuestión así, y se dirigió á ver al -capitán Lozano. - -Le dijeron que el capitán estaba en casa de Doña Cándida.... - -La tarde de primavera estaba hermosa y triste, el sol amarillo dorado -iluminaba los aleros y los pisos altos. - -Don Víctor entró en la confitería de enfrente á la casa de la Sirena. -La confitera, que repartía su atención entre los dulces y el espionaje, -le dijo que el capitán Lozano estaba en la casa y que no había salido. -D. Víctor esperó horas y horas sentado junto al mostrador.... - -La confitera encendió una lámpara, y su luz mortecina comenzó á -iluminar la tienda; del fondo del taller venía un olor á cera, á azúcar -y á retama quemada. - -En un convento una campana sonaba aguda y constante. - -En la calle, el _Degollado_ cantaba, acompañado de la guitarra, la -oración de San Antonio de Padua: - - Su padre era un caballero - cristiano, honrado y prudente, - que mantenía su casa - con el sudor de su frente. - - Y tenía un huerto - en donde cogía - cosecha del fruto - que el tiempo traía. - -La canción, la hora, el tañido de la campana entristecieron á D. -Víctor; todo aquello le recordaba su infancia, el corretear de chico -por las calles al anochecer; le sacaba á flote un poso de una amargura -interior. - -El _Degollado_ seguía una tras otra sus coplas. La confitera abrió la -puerta de la tienda y dió un maravedí al ciego. - -Este siguió su canto con la relación del milagro de los pajaritos: - - Mientras yo me vaya á misa - gran cuidado has de tener; - mira que los pajaritos - todo lo echan á perder. - - Entran por el huerto, - pican lo sembrado; - por eso te digo - que tengas cuidado. - -Don Víctor sentía una tristeza tumultuosa en el fondo del alma. El -_Degollado_ se alejó, dando golpes con el bastón en la acera; se calló -la campana y no se oyó en la tienda más que el revoloteo de las moscas -entre los papeles de los dulces secos. - -Eran ya cerca de las nueve, y en vista de que el capitán no salía, D. -Víctor cruzó la calle y entró en el portal de la casa de la Sirena. -Llamó, salió la doncella, la Adela, que negó que estuviera allí el -capitán; pero ante la insistencia del cura, le dijo que aguardase. -Esperó D. Víctor en el descansillo de la puerta hasta que se presentó -Lozano con su puro en la boca, con el aire de un hombre que goza de la -vida. - -Era Lozano un tipo sensual, alegre, perezoso y amigo de divertirse y -de beber. Tenía unos ojos claros de perro fiel, una sonrisa afectuosa -y una actitud de hombre á quien todo le parece indiferente. Lozano era -capaz de cualquier barbaridad por inconsciencia; para él todo era fácil -y factible. - -A pesar de que nadie podía ignorar su condición de borracho y jugador, -era el capitán cajero de su regimiento. - -Don Víctor contó lo que sabía, y mientras hablaba apareció Doña -Cándida, á quien el capitán explicó de qué se trataba. - -La _Canóniga_ no quedó nada sorprendida al saber que era Sansirgue -el denunciador de la empresa realista. Doña Cándida se manifestó -delante del capellán como muy enamorada de Lozano, y rogó á don Víctor -convenciera á su amante de que abandonara el complot. - -Lozano explicó á don Víctor cómo se había preparado la entrada por la -puerta de San Juan. Si á él le relevaban al mediodía era señal de que -no se intentaba la sorpresa, y entonces él mismo se lo avisaría á don -Víctor. - -Con esta seguridad, don Víctor se fué de casa de la Sirena á la suya. - -Don Víctor explicó á Ginés y á la Dominica lo que ocurría. Ya -todos miraban á Sansirgue como un traidor. La Dominica, aun no del -todo convencida, fué á ver á la confitera, con quien tenía grandes -relaciones por la cuestión de las velas y cirios que se necesitaban en -los funerales, y hablaron las dos. - -La Dominica se persuadió de que el canónigo era un bandido, un -verdadero Sacripante. - -La Dominica, como mujer decidida y valiente, se dispuso á vigilar al -canónigo, á espiarle, y en último término, si era necesario, á luchar -con él á brazo partido hasta vencerle. - -Al día siguiente salió D. Víctor, por la mañana, á decir su misa; y al -volver, la Dominica le dijo que al mismo tiempo que él, Sansirgue había -salido de casa, pasado por el correo y echado otra carta. - -Don Víctor quedó asombrado y fué á buscar al capitán Lozano. - -Lozano estaba en su casa de huéspedes, en la cama. Se había acostado -tarde. Le dijo al cura que por la noche había habido una serie de -cabildeos entre el comandante de la plaza, el jefe político y el de la -Milicia nacional. - -El coronel había llamado á Lozano para advertirle que se aplazaba el -movimiento realista hasta nueva orden. El coronel había intentado -persuadir al jefe político que lo del complot era una fábula, y el -jefe político se hubiera persuadido á no ser por Cepero, hijo y por -dos subtenientes liberales que se habían presentado en el Gobierno -civil á denunciar al comandante de la plaza y á la oficialidad como -absolutistas, ofreciéndose ellos á prenderlos si les daban autorización. - -Los amigos de Cepero, de la Milicia nacional, querían preparar un lazo -á los absolutistas. - ---Dicen que se ha recibido un papel explicando las señas -convenidas--terminó diciendo Lozano--; es posible que sea de su -canónigo. - -Don Víctor dejó al capitán en la cama; salió á la calle y fué á ver al -_Zagal_, al armero de la Ventilla. Este, por unos milicianos, sabía que -D. Miguelito iba á intentar de noche entrar por la puerta de San Juan, -y que, si lo intentaba, se le prendería. - -Los dos directores de la Milicia que querían cazar á Miguelito eran -Cepero hijo, y un joven, Nebot. - -El motivo que impulsaba á Cepero hijo era puramente patriótico; el que -arrastraba á Nebot, no. - -El padre de Luis Nebot se había ido lentamente apoderando de una -posesión que la familia de Miguel tenía en Torralba. - -Miguel Torralba, al encontrarse que la tierra de su familia se hallaba -ocupada por el intruso, quiso llegar á una avenencia con él, pero -Nebot, padre, dijo que no, que la finca era suya, pues había prestado -por ella lo que valía y aun más. - -Miguel le hizo observar que era imposible, puesto que la finca aparecía -en el Registro de la propiedad como de su madre. Nebot, sin atenderle, -comenzó á construir una gran tapia; Miguel mandó hacer un boquete -en ella. Entonces Nebot provocó el pleito, y lo perdió en muy malas -condiciones; hubo que medir las tierras de las propiedades colindantes, -y la finca de los Torralbas, á la cual habían ido bloqueando los -vecinos, recuperó todo su antiguo terreno. - -Nebot no sólo perdió sus tierras, sino la estimación de la gente de la -vecindad. El aldeano puede perdonarlo todo menos la torpeza. Aquellos -vieron que perdían los campos de que se habían apoderado por una -maniobra inoportuna. De esperar unos años la propiedad de los Torralba -hubiera prescrito. - -Resuelto el pleito, la madre de Miguelito empleó gran parte de su -dinero en cercar la finca. Nebot, padre é hijo, se consideraron -enemigos á muerte de los Torralbas y se trasladaron á Cuenca, y el hijo -Luis se hizo miliciano nacional. - -Querían considerar los Nebot que lo ocurrido á ellos era una de las -mayores injusticias que podían pasar en España. Cepero, Nebot y un -joven llamado Bellido dispusieron preparar un lazo á los realistas, -hacer la señal convenida para que se acercaran, emboscarse en la puerta -de San Juan, y sorprenderlos. - -Cuando D. Víctor fué á su casa se discutió entre la familia del -guardián los medios para salvar á Miguelito. No se sabía dónde se -habían de hacer las señales. - -Saldrían Ginés, Damián, la Dominica y D. Víctor, de noche, á buscar á -Miguelito, al azar, y á decirle, si lo encontraban, que suspendiera su -aventura. - -Rondarían de lejos el camino que lleva á la Puerta de San Juan, sin -acercarse mucho, por el temor de que hubiese vigilancia. - - - - -XV. - -LA PUERTA DE SAN JUAN - - -A las siete de la noche, después de dar de cenar al canónigo Sansirgue, -la Dominica, con su padre, Damián y D. Víctor salían del pueblo y -marchaban al arrabal. - -La noche estaba obscura, pesada y sofocante; grandes masas de nubes -negras pasaban por el cielo, y, á veces, salía la luna en cuarto -creciente. Algunos relámpagos lejanos, anchos, en forma de sábanas, -iluminaban la tierra, é iban seguidos de un sordo rumor. Pronto llegó -el viento, y comenzó á murmurar, á gruñir, á zumbar, golpeando puertas -y ventanas. - -Desde el arrabal, cada uno de los amigos de Miguelito se dirigió á -distinto punto. Don Víctor fué hacia el convento de San Pablo; Ginés, -por la Hoz del Júcar, y la Dominica y Damián, por la del Huécar. - -A eso de las nueve, la tormenta se acercó; comenzaron á brillar los -zig-zags de las chispas eléctricas encima de Cuenca, retumbaron los -truenos inmediatamente después de los relámpagos, y descargó una de -esas lluvias de primavera, tibias y torrenciales. - -Mientras las personas de casa del guardián marchaban por el campo en -busca de Miguelito, unos cuantos milicianos, al mando de Cepero hijo, -entraban por el arco de la puerta de San Juan y se estacionaban en él, -resguardándose del chaparrón. - -La puerta estaba abierta, y por ella se entreveía, en las sombras el -camino, estrecho y pendiente, que va bajando á la orilla del Júcar. - -Mientras los milicianos, resguardados bajo el arco, esperaban, la -tempestad envolvía con sus ráfagas de lluvia y de viento la ciudad, -asentada sobre sus rocas; el viento huracanado hacía golpear una -puerta, derribaba una chimenea, balanceaba los faroles de las calles, -colgados por cuerdas. - -Don Miguelito y Garcés salieron á las diez de la noche del campamento -de Bessieres, y á las diez y media estaban delante del convento de San -Pablo. - -Don Miguelito iba muy alegre y decidido, pensando en que pronto se -uniría á Asunción. - -Estaban amo y criado en el cerro, al borde del barranco, cuando -Miguelito dijo que se veía luz en el palacio del obispo; Garcés no la -había visto: después se vió claramente una antorcha en la muralla. - ---¡Vamos!--dijo Miguelito. - -Marcharon al campamento de Bessieres. - -Un escuadrón estaba preparado. - -Había que dar la vuelta al pueblo, á caballo, sin llamar la atención de -los centinelas, y se dispuso que fuera uno á uno, á la deshilada. - -Al pasar el puente de San Antón, Ginés Diente vió, á la luz de un -relámpago, á un lancero realista á caballo: quiso alcanzarle y -preguntarle dónde estaba don Miguelito; pero el soldado, sin oírle, de -un empellón, derribó al pertiguero. - -Este se puso á gritar y á llamar; pero ya no vió á nadie. La lluvia -imposibilitaba seguir ninguna pista; el rumor del viento ocultaba el -ruido de las herraduras de los caballos, y la negrura de la noche -impedía ver nada. - -Don Miguelito y su escolta se colocaron en la orilla derecha del Júcar; -luego cruzaron el río por el puente de los Descalzos, volviendo de -nuevo á la orilla izquierda. - -Se esperó á que se reuniese el escuadrón; se le dividió en tres -pelotones, y á la cabeza del primero Miguelito, y á su lado, Garcés, -comenzaron á subir la cuesta hasta la puerta de San Juan. - -Miguel se acercó á ella rápidamente, y dió dos golpes sonoros con el -bastón. - ---¿Quién vive?--dijo Cepero. - ---Daniel, Cuenca y Bessieres. _¡Debellare superbos!_--gritó Torralba. - ---¡Ríndete!--dijo Cepero abriendo la puerta y avanzando. - ---¿Yo rendirme? ¡Jamás!--contestó Miguel. - ---¡Huye! ¡Te han vendido!--dijo una voz. - -Lo que ocurrió después no se pudo poner en claro. - -Algunos dijeron que los lanceros de Bessieres, con Miguelito á la -cabeza, intentaron avanzar; otros afirmaron que no hubo tal intento; el -caso fué que sonaron cuatro ó cinco tiros simultáneos, que un hombre -cayó del caballo, y que los demás, volviendo grupas, huyeron. - -El hombre caído era Miguelito: lo recogieron, le llevaron al cuartel -de Infantería, y llamaron de prisa á un médico que vivía en la plaza; -otros avisaron á un cura. - -Cuando llegaron, Miguel Torralba había muerto. - -Al día siguiente, Bessieres levantaba su campamento y desaparecía de -los alrededores de Cuenca. - -Unas semanas después, el día 2 de Mayo, volvía de nuevo, atacaba el -arrabal, y era rechazado. - -En el pueblo se dijo que Cepero hijo, Nebot y el _Romi_ el gitano, eran -los que habían disparado contra Miguel. - - - - -XVI. - -DESPUÉS DE LA CATÁSTROFE - - -La madre de Torralba soportó la muerte de su hijo con gran entereza y -resignación. - -Con aquel espejismo maternal suyo, pensó que Miguel se había -sacrificado por ellos. No quería suponer que su hijo mayor tuviera más -fines que su madre y su hermano. Según ella, Miguel había entrado en el -complot de Bessieres para obtener un cargo y levantar la situación de -la familia. - -Luis no intentó convencerla de lo contrario. - -En la casa de la Sirena la noticia de la catástrofe llegó por Lozano, y -la Cándida tuvo la crueldad y la torpeza de divulgarla á voz en grito. - -Asunción, al saberlo, sintió que el golpe tronchaba su vida. Se vistió -de luto, y no salió de casa. - -Unos días después de la muerte se celebraron las exequias de Miguel -Torralba en la catedral. Asistió todo el pueblo alto, y se notó que, -entre los canónigos del coro, faltaba Sansirgue. De las señoras faltó -la Cándida. - -Asunción y su abuela estuvieron en el funeral rezando, arrodilladas, en -un rincón de la capilla de los Caballeros. - -Toda la ceremonia Asunción la pasó llorando, y al rezar los responsos -se escaparon de su garganta algunos sollozos ahogados. - ---_Per in secula seculorum_--exclamaba el cura con voz potente, -agitando el hisopo. - ---_Amen_--clamaba el coro de voces, acompañado del órgano. - -Al salir la gente, se contó, y se hizo cargo de quiénes faltaban. -Quitando los nacionales del arrabal, todos los demás estaban allí. - -Pasados los días ceremoniosos en que la familia no debía salir de -casa, para recibir el pésame de los amigos, D. Víctor fué á ver á Luis -Torralba y á decirle lo que sabía. - -Luis le confesó que su proyecto era desafiar al joven Cepero y luego á -Nebot, á quienes culpaba de la muerte de su hermano; pero D. Víctor le -demostró que Cepero no había contribuido á la muerte de Miguel y que su -objeto se había limitado á prenderle. Cepero fué el que intentó hacer -que Miguel se rindiera, prueba clara de que no quería matarlo. Los -motivos de obrar suyos eran también nobles, porque obraba arrastrado -por su fanatismo político. - -Respecto á Nebot, era un impulsivo y un bruto, á quien no había que -tomar en cuenta. - -El culpable de todo, según D. Víctor, era Sansirgue, el _monstrum -horrendum_, que había entrado en Cuenca para desgracia de todos. Este, -llevado por su maldad diabólica, había denunciado la forma en que se -iba á hacer la sorpresa. - ---¿Pero, por qué? ¿Qué motivo ha podido tener Sansirgue para odiar á mi -hermano?--preguntó Luis. - -Don Víctor creía en la maldad desinteresada del canónigo, cosa poco -lógica. - -Los argumentos de D. Víctor no convencieron á Luis, y el cura le -propuso ir á ver á Cepero. La visita era violenta para Torralba, pero -al fin accedió. - -El joven Cepero recibió á los dos secamente. - ---Supongo la comisión que ustedes traen--les dijo--; pero tengo que -advertirles que considero que he cumplido con un deber de ciudadano y -de liberal, y que mil veces que se presentara el mismo caso, mil veces -obraría lo mismo. - ---Está usted en un error--dijo don Víctor--al pensar que nosotros -entramos aquí en son de amenaza. Este hábito que yo llevo no es para -venir con desafíos. Usted ha cumplido su deber de ciudadano y de -liberal. Cierto. Pero usted sabía que Miguel Torralba no era el mayor -culpable, y no podía desear su muerte. - ---No la deseaba. Al acercarse á la puerta de San Juan, yo le dije: -"Ríndete". El quedó inmóvil, sin duda perplejo. Entonces sonaron los -tiros. - ---¿No sabe usted quién disparó?--preguntó Luis. - ---No lo sé. Si lo supiera, tampoco lo diría. - -Luis hizo un movimiento de impaciencia, y don Víctor intervino de nuevo. - ---Otra pregunta tenemos que hacer á usted. - ---Ustedes dirán. - ---Mi amigo Luis, naturalmente, entristecido por la muerte de su -hermano, ha supuesto que un amigo suyo y mío fué el delator del complot -en que intervino Miguel. Yo le he dicho que no, que todo el mundo -ha afirmado que el jefe político y su padre de usted recibieron un -anónimo. ¿Puede usted decirnos si es verdad? - ---Es verdad. - ---¿Lo guarda usted? - ---Sí. - ---¿Podría usted enseñárnoslo para desvanecer las dudas de mi amigo? - ---¿Porqué no? No tengo inconveniente. - -Cepero, hijo, entró en su casa y volvió con el anónimo. La letra estaba -disimulada, pero el papel y la tinta eran de Sansirgue: no había duda. - -En el anónimo estaba explicado cómo se verificaría la sorpresa con -todos sus detalles. Lo firmaba: _Un amante del orden_. - -Don Víctor y Luis Torralba se despidieron del joven Cepero y se -marcharon á su casa. - -Esta intervención de Sansirgue puso á Torralba fuera de sí: que Cepero -hubiese obrado como había, le parecía natural, dado su fanatismo -político; que el mismo Nebot hubiera disparado en la puerta de San -Juan, lo comprendía por su odio á los Torralbas; lo que no se explicaba -era la acción de Sansirgue, siendo él realista y estando en el complot. -¿Sería un espía del Gobierno? ¿Tendría algo contra su hermano? - -Luis Torralba fué á visitar á Asunción y á su abuela, y les contó -lo ocurrido y los datos que tenía para creer en la intervención del -canónigo. - -Doña Gertrudis supuso que sería su nuera, la Cándida, la que había -inspirado al canónigo el odio por Miguel. Asunción calló, dando á -entender que creía lo mismo. - -La abuela, que sentía aumentado su odio por la _Canóniga_, llamó unos -días después á Luis Torralba y le encargó que vendiera una huerta -y varias alhajas. Luis hizo el encargo rápidamente, y entregó á -doña Gertrudis seis mil pesetas. La vieja sacó cuatro mil que tenía -guardadas, y reuniendo las diez mil que había prestado Doña Cándida -para la hipoteca, se las devolvió, encargándola que abandonara la casa -lo antes posible. - -Doña Cándida gritó, alborotó, dijo horrores; pero no tuvo más remedio -que marcharse. La _Canóniga_ fué á otra casa mejor. El escándalo en el -pueblo tomó grandes proporciones. Todo el mundo relacionó la muerte de -D. Miguelito con la expulsión de la _Canóniga_, y muchos sospecharon -algo de la verdad. - -La Cándida, abandonada al consejo del capitán Lozano y de Adela, -su doncella, hizo una porción de locuras. Casi todos los días daba -banquetes y cenas, y muchas noches la llevaban á la cama borracha. - -El canónigo Sansirgue notó que en la casa de la Dominica se le miraba -de mala manera, é intentó mudarse; pero Portillo le indicó que esperara -unos días. - -Efectivamente, una semana después, Portillo, que había sabido hacer -valer ante el Gobierno liberal el servicio prestado por él cuando la -intentona de Bessieres, fué nombrado obispo de Osma, y Sansirgue quedó -interinamente de secretario del obispo de Cuenca. - -Sansirgue supo que en casa de Ginés el Pertiguero se hablaba -constantemente contra su persona, y se dispuso á castigar á la familia. -Consiguió que en el convento de monjas se destituyese á D. Víctor, y -después le nombró párroco de Uña, pueblo miserable de la Sierra, adonde -D. Víctor tuvo que ir, á trueque de perder las licencias eclesiásticas. - -Después quiso echar de la catedral y de la casa á Ginés Diente, pero el -obispo se opuso. - -Sansirgue supo también que Garcés el _Sevillano_ hablaba pestes de él -y le atribuía la muerte de Torralba, y consiguió que el jefe político -prendiera á Garcés y lo metiera en la cárcel. - - - - -XVII. - -MESES DESPUÉS - - -En el tiempo que medió entre la expedición de Bessieres y el triunfo de -los Cien mil hijos de San Luis, el penitenciario tuvo mucho poder en -Cuenca, pero al consolidarse el absolutismo, el obispo fué trasladado, -y Sansirgue se eclipsó. - -En aquella demagogía negra que gobernaba el pueblo y toda España, no -era fácil desviarse sin peligro. Sansirgue se hubiera acercado á los -voluntarios realistas, pero le era imposible, porque entra ellos estaba -Garcés el _Sevillano_, compañero en la aventura de la puerta de San -Juan con D. Miguelito, á quien él había llevado á la cárcel. - -Sansirgue, separado de los absolutistas puros, tuvo que formar grupo, -bien á su pesar, con los fernandinos transigentes. Estos tenían en -Madrid como agente á D. Cecilio Corpas. En cambio, Portillo, que estuvo -un momento con los liberales, había hecho una segunda evolución al -más terrible ultramontanismo, y se distinguía en su diócesis por sus -pastorales contra los moderados y los exaltados. - -Portillo, desde Osma, y el lectoral de la catedral de Sigüenza y -presidente de la Junta realista de aquella ciudad, D. Felipe Lemus -de Zafrilla, movían todos los resortes para que los franceses no -intentaran implantar un sistema de absolutismo templado. Tenían en -Madrid á D. Víctor Sáez y á otros que daban la consigna. - -Unos días después de la reintegración de todos los derechos -autocráticos á Fernando, se celebró en Cuenca una solemne función -de desagravio al Santísimo Sacramento, en la cual predicó D. Juan -Sansirgue. - -Sansirgue achicó al mismo padre Manuel Martínez, redactor del -_Restaurador_, con sus apóstrofes á los constitucionales y sus loas á -Fernando. Le llamó pío, feliz, restaurador, magnánimo, bondadoso. - -A pesar de todos estos ditirambos, la gente oyó el sermón con -indiferencia. Corría la voz entre los voluntarios realistas de la -traición de Sansirgue en tiempo de Bessieres. - -Garcés el _Sevillano_, para exagerar sus méritos, había pintado la -aventura suya y la de D. Miguel como algo muy transcendental que había -malogrado Sansirgue, que estaba vendido á los liberales, y que le había -perseguido y encarcelado á él para reducirle al silencio. Esta versión -hizo que todo Cuenca se pusiera contra el canónigo. - ---Es un espía, es un espía de los masones--aseguraba todo el mundo. - -El penitenciario, al comprobar lo que se decía de él, quedó desesperado. - -Escribió á Portillo para que influyese en sus amigos poderosos y le -trasladasen de Cuenca, y Portillo no contestó; escribió después á D. -Víctor Sáez, el ministro universal de Fernando VII, y á D. Cecilio -Corpas. - -Los dos le contestaron fríamente. - -La entrada en el poder de los voluntarios realistas hizo que Sansirgue -perdiese toda influencia. Torralba consiguió por un amigo que á D. -Víctor le sacasen de Uña y volviese á Cuenca. Por entonces entre los -realistas comenzaba á funcionar la Sociedad El Angel Exterminador. -Muchos se afiliaron á ella. Don Víctor y Garcés el _Sevillano_, se -convirtieron también en exterminadores, é hicieron un alegato contra -Sansirgue, como denunciador de los realistas en tiempo de Bessieres. -Se encontró en casa de los Ceperos, que habían huído del pueblo y -traspasado su comercio, el papel que les había mandado Sansirgue. - -Desde entonces el penitenciario comenzó á recibir anónimos -insultándole, amenazándole por su traición con terribles castigos -terrenos y ultraterrenos. - -Sansirgue, asustado, hizo gestiones desesperadas para que le -trasladasen de Cuenca. - -En la primavera de 1824 el penitenciario fué destinado á Sigüenza, sin -ningún ascenso. Sansirgue preparó el viaje sigilosamente; temía que, -al saber su escapada, los voluntarios realistas quisiesen agredirle. - -Alquiló dos mulas, y con un mozo alcarreño de confianza que conocía -bien el camino se puso en marcha, sin despedirse de nadie. - -El canónigo pensaba pararse en Priego, su pueblo, á ver á su familia. - -La primera noche descansaron amo y criado en Torralba, nombre poco -grato á los oídos del canónigo. - -El siguiente día paró Sansirgue en Priego, en su casa, en compañía de -la familia; pero la pobreza de ésta y la tosquedad de su padre y de sus -hermanos le molestaba, y con el pretexto de que tenía prisa dejó Priego -y se puso en camino por la tarde. - -El cielo estaba muy azul; el campo, hermoso y sonriente. El -penitenciario no tenía nada que temer, ya lejos de Cuenca; pero aun -así sentía miedo: tales cosas se contaban de las venganzas de los -realistas. Al llegar á la bifurcación de los caminos miraba con cuidado -á un lado y á otro por si aparecía alguna figura sospechosa... - -Al acercarse á una aldea al caer de la tarde, dejando un camino -carretero, Sansirgue y su criado tomaron por una senda que pasaba -por un erial. Las digitales purpúreas esmaltaban la tierra con sus -campanillas, y las flores violetas del brezo brillaban entre los -ribazos. - -A mano derecha se abría un gran valle poblado de matas que nacían -entre piedras y cerrado por montes cubiertos de árboles. Un rebaño -se derramaba por una ladera, y se oía á lo lejos el tintineo de las -esquilas. - -A la revuelta del sendero se encontraron con una ermita. En un azulejo -blanco, con letras azules, empotrado en la pared, se leía el nombre: -ermita del Salvador. - -Tenía ésta por un lado la espadaña, con su campana sobre un tejado -terrero, y delante una cruz de piedra y una pila de agua bendita; por -el otro lado, protegida del viento, estaba la entrada de la capilla: -un arco de piedra con restos de pintura roja y una puerta con clavos. -A un lado de la puerta había una reja, á través de la cual se veía -el interior de la capilla con el altar desmantelado y unos santos -siniestros. - -Adosado á la ermita había una casa pequeña con un huertecillo -abandonado. - ---Aquí vivía un ermitaño--dijo Sansirgue. - ---Sí--contestó el mozo. - ---¿Habrá muerto?--preguntó el canónigo. - ---No; le mataron--contestó el criado. - ---¿Quizás para robarle? - ---No; parece que fué venganza de los realistas. Dicen que el ermitaño -había dado informes á los constitucionales. - -Sansirgue se estremeció. - ---Bueno, vamos de aquí--dijo. - -Siguieron andando. El sol se iba poniendo en un cielo incendiado, lleno -de nubes rojas; los pájaros cantaban entre las ramas; el perfume del -romero y del cantueso llenaba el aire; á lo lejos se oía el tañido de -una campana. - -A medida que avanzaban el canónigo y su criado el sol iba -desapareciendo del valle. Al anochecer entraron en un bosque de -encinas, monte bajo y carrascas. El sendero corría ahora lleno de -sombra por en medio de los árboles; á trechos se torcía hasta salir á -la luz, al borde mismo del bosque, y pasar por encima de un barranco -escarpado. - -Sansirgue marchaba arreando á su mula, ansioso de llegar á sitio -habitado. - -De pronto oyó ruido entre el ramaje, cerca de él, y se detuvo, inquieto. - ---No es nada--se dijo. - -Siguió marchando, y en esto, al mirar hacia adelante, vió dos figuras -que interceptaban la senda. Volvió la vista hacia atrás y vió otras dos. - ---¡Alto!--le gritaron. - ---Alto estoy--murmuró el canónigo. - -Los cuatro hombres estaban enmascarados. Sansirgue pensó que había -caído entre bandidos; comprendió que allí era imposible defenderse ni -escapar, y repitió que se entregaba. - -Los hombres, sin hacer caso del criado, cogieron al canónigo, le -bajaron de la mula, le ataron las manos y le llevaron cuesta arriba, -cruzando el bosque, hasta un descampado, donde había una tenada. Desde -allí se dominaba el valle. El cielo iba obscureciendo, y las luces -rojas del crepúsculo tomaban tonos cárdenos y violáceos. - -Al entrar en la choza Sansirgue se estremeció. En una mesa, á la luz de -dos velas verdes, estaban sentados cinco hombres, con la cara cubierta -por un antifaz. Enfrente de la mesa había un banco de madera, y sobre -él caía una cuerda atada en una viga del techo. - ---Sentad al acusado--mandó el que presidía. - -Sansirgue se sentó sin protestar. - -El presidente, levantando la cabeza al cielo, exclamó: - ---_Dominus regnat_: (El Señor reina.) - -El que estaba á su derecha dijo. - ---_Dominus imperat_: (El Señor impera.) - -El de la izquierda repuso: - ---_Angelus vincet_: (El Angel vencerá.) - -El de la extrema derecha añadió: - ---_In gladio..._ (Con la espada.) - -Y el de la extrema izquierda terminó la frase murmurando: - ---_... indignationis ejus_: (De su indignación.) - -Sansirgue estaba delante de un Tribunal del Angel Exterminador. El -enmascarado que presidía, en pocas palabras acusó al penitenciario de -traidor, de espía de los liberales, de vendido al Gobierno masón. - -Sansirgue intentó sincerarse, negar los hechos; pero el presidente -los conocía á fondo. El canónigo intentó seguir hablando; pero el -presidente le impuso silencio. - ---¿Qué pena se le impone al acusado? - -Los cuatro asesores del Tribunal, sin pronunciar una palabra, bajaron -la cabeza gravemente, y un momento después el presidente hizo lo mismo. - -Dos de los enmascarados que habían prendido al canónigo le pusieron -la mano en el hombro. Al sentirlo, Sansirgue dió un salto hacia atrás -dispuesto á escapar. Entonces los cuatro esbirros se echaron sobre -él, y forcejeando llegaron á sujetarle y á atarle los pies. Luego le -pusieron la cuerda al cuello, y tirando de ella lo izaron en alto. - ---¡Confesión! ¡Confesión!--gritó el canónigo con voz ahogada. - ---Concluid--dijo el jefe de los exterminadores. - -Dos esbirros se colgaron de las piernas del ahorcado: las vértebras -crujieron, crujió también la viga del techo, y después el cuerpo de -Sansirgue quedó inmóvil. - -Los exterminadores fueron saliendo de la tenada. Uno de ellos, el jefe, -quedó para dar las últimas disposiciones. Los esbirros bajaron el -cadáver, y tomándolo en brazos cruzaron el bosque hasta el sendero que -corría al borde del barranco y desde aquí lo arrojaron al fondo. Se oyó -el ruido del cuerpo que caía arrastrando piedras. - -El jefe se acercó á mirar hacia abajo. La claridad del sol había huído -del valle, y la oscuridad y la sombra reinaban en él. - -El exterminador se persignó, murmuró algo como una oración y á caballo -desapareció rápidamente. - - - - -EPÍLOGO - - -La noticia de la muerte del canónigo produjo en Cuenca gran sensación. - -Se inventaron mil hipótesis y cábalas acerca de las causas de la muerte -y del autor ó autores del misterioso crimen; pero no se averiguó la -verdad. - -Pocos días después de este suceso el capitán Lozano hizo una de las -suyas, que dió mucho que hablar. - -El capitán había arrastrado á la Cándida á una vida completa de -crápula. La casa de la _Canóniga_ era un ir y venir de jóvenes -calaveras, que comían y bebían allí. - -El capitán Lozano, entrampado en el juego, había sacado á la _Canóniga_ -cinco mil duros para pagar sus deudas. Por lo que se supo luego, en vez -de pagar se jugó la cantidad, y la perdió. - -Entonces no se le ocurrió cosa mejor que robar la caja del batallón y -escaparse con la Adela, la doncella de la Cándida, que era una muchacha -muy bonita. - -Lozano se proveyó de papeles falsos; fué á Orán, donde tuvo un café, y -años después se alistó como voluntario en el ejército francés y murió -en una emboscada de los moros. - -La Adela, que había seguido con el café de Orán, se casó con el -dependiente, un francés trabajador, y se hizo rica. - -La Cándida, al saber la fuga del capitán con su doncella Adela, á quien -consideraba tan fiel, sintió grandes accesos de melancolía, que intentó -curárselos á fuerza de alcohol. - -Alguien le indicó que llamara á la _Zincalí_, la vieja gitana, que -tenía filtros para curar el mal de amores. La Cándida la llamó, y la -gitana entró en la casa y llegó á apoderarse del ánimo de la _Canóniga_ -con sus mentiras y sus arrumacos. - -La casa llegó á ser un asilo de la gitanería del pueblo. - -La _Zincalí_ se encargó de proporcionar amantes á la Cándida y de -sacarle el dinero. - -El pueblo entero la había aislado, como á una apestada. - -La _Canóniga_ se trasladó á un casucho del barrio del Castillo, que se -convirtió en mancebía. - -Un proceso que se entabló contra ella y la vieja gitana, acusadas por -un médico de dar bebedizos y de hacer abortar con la hierba del Buen -Varón, les obligó á las dos á ir á la cárcel, y arruinó por completo á -la Cándida. - -Desde entonces, la pobre mujer comenzó á oficiar de Celestina. - -Luis Torralba desapareció de Cuenca, al morir su madre, y fué á -establecerse á Valencia. - -La abuela de Asunción murió. Asunción, sin familia, vivió sola en la -casa de la Sirena hasta que recogió la herencia de un pariente lejano, -lo que le permitió mejorar de posición. - -Entonces llevó á vivir con ella una sobrina pobre y la prohijó. Ya -vieja, con el pelo blanco, siempre vestida de luto, se la veía pasear -con su sobrina. A veces, al sentarse á descansar sobre una roca de la -Hoz, su cara afilada reposaba sobre su mano, y sus ojos tenían una gran -expresión de melancolía. - -Durante mucho tiempo, únicamente la casa del pertiguero del callejón -de los Canónigos siguió igual: el viejo Ginés leyendo, la Dominica -trabajando, el constructor de ataúdes filosofando, D. Víctor comentando -al canónigo volteriano, el _Degollado_ cantando en la calle con su -hermosa voz las oraciones, Astaroth roncando y mirando el vacío con sus -ojos de oro, y el cuervo monologando. - -Al comenzar la guerra civil, el viento de la muerte sopló sobre la -casa. Ginés y la Dominica murieron; D. Víctor se unió al canónigo -carlista Batanero, y peleó con él en la guerra civil. Luego, no -queriendo aceptar el Convenio de Vergara, fué internado en Francia y -conducido á Alenzon, donde murió. - -Astaroth, el espíritu familiar de la casa, desapareció un día -misteriosamente, y se lo encontró pocos días después muerto en la -calle; dejando el campo libre á Juanito, el cuervo, que tenía cuerda -más larga para la vida. - -Damián, el carpintero, fué únicamente el que sobrevivió á la familia -de Ginés, y siguió construyendo sus ataúdes, grandes y pequeños, de -hombres, de mujeres y de niños, negros y blancos, en su portal de la -casa del callejón de los Canónigos. - -Mientras trabajaba, Juanito el cuervo mascullaba palabras confusas -desde lo alto del armario de los féretros; en el reloj del canónigo -Chirino las edades de la vida seguían huyendo ante la Muerte con su -sudario y su guadaña; Caronte se balanceaba en su barca; el viejo -Cronos, alado y haraposo, meditaba con el reloj de arena en la mano; la -música de campanillas tocaba su sonata melancólica al salir la Virgen, -y seguía brillando en la orla de bronce la terrible sentencia sobre las -horas: _Vulnerant omnes, ultima necat_. - -Todas hieren; la última, mata. - - - - -Los guerrilleros del Empecinado en 1823 - - - - -I. - -NUEVA COMISIÓN - - -En apariencia la vida de un hombre de acción es un juego de azar, una -lotería en la que se emplea mucho dinero y sólo de tarde en tarde toca -un premio pequeño, en realidad la vida de un hombre de acción, si es -una lotería, es una lotería que toca siempre, porque el jugador lleva -el mayor premio en el máximo esfuerzo. - -La acción por la acción es el ideal del hombre sano y fuerte; lo demás -es parálisis que nos ha producido la vida sedentaria. - -Unos días después de recibir la visita de Cugnet de Montarlot, el -Empecinado y el _Lobo_ se presentaban en casa de Aviraneta. - -Al día siguiente el general y D. Eugenio iban al Ministerio de Estado á -conferenciar con D. Evaristo San Miguel. - -Se habló entre los tres largo rato de la situación de España y de la -invasión francesa, que parecía inminente. - -Don Evaristo tenía alguna esperanza en el fracaso de la Intendencia de -los ejércitos que había de mandar Angulema. - -Esto unido á la oposición de los liberales, pensaba, podría influir en -el Gobierno francés. - ---¿Es que no tienen víveres?--preguntó Aviraneta. - ---Eso me comunican los agentes--contestó el ministro--, pero no hay que -abrigar mucha confianza. Es posible que mis agentes estén en relación -con los realistas. - ---Es muy probable--añadió Aviraneta. - ---Casi valdría la pena de que fuera usted otra vez á Francia--dijo de -pronto San Miguel. - ---¿A París? - ---No; á la frontera. - ---Pues si usted quiere, voy. ¿Qué hay que hacer? - ---Primero averiguar cómo va la cuestión de la Intendencia del ejército -de Angulema, y si no hay esperanza en esto, marchar á San Sebastián y -ayudar á los emigrados franceses, que parece que van á hacer un intento. - ---Muy bien. Estoy á la orden de usted. - ---Pues cuanto antes. Si se puede hoy, mejor que mañana. Me conviene que -vaya usted en seguida. En cuanto llegue usted á la frontera, que le -tengan una silla de postas preparada, é inmediatamente que sepa usted -algo definitivo me avisa. - ---Y en San Sebastián, ¿qué haré? - ---En San Sebastián activará usted la gestión de los carbonarios. Usted -creo que es carbonario también. - ---¿Por dónde lo sabe usted?--dijo Aviraneta algo alarmado. - ---Amigo, un ministro tiene sus informes secretos. - ---Yo creí que en España los ministros eran los últimos que se enteraban -de las cosas--replicó sarcásticamente Aviraneta. - ---Como ve usted, no siempre--dijo D. Evaristo, riendo--. Cuando llegue -usted á San Sebastián se pondrá usted al habla con el jefe político y -el militar. Usted, como hombre más expeditivo, les aconsejará que obren -con rapidez, aunque sea saltando por encima de la ley. - ---Mala opinión tiene usted de mí, D. Evaristo. - ---No, hombre, no. Muy buena. - ---¡Hum! ¡Qué sé yo! Creo que me considera usted como un apreciable -granuja. - ---Bien. Ya discutiremos eso con más tiempo. Ahora voy á hacer que -escriban los reales decretos: uno para usted, Aviraneta; otro para -usted, D. Juan Martín. - ---¿Qué ha pensado usted para mí?--preguntó el Empecinado. - ---Haré que el rey le autorice á usted para el levantamiento y -organización de guerrillas en Castilla la Vieja y la Nueva, para -oponerse á la invasión de los franceses. - ---¿Querrá? - ---¡Qué remedio le queda!--exclamó irónicamente San Miguel--. ¡Mientras -esté con nosotros! Esperen ustedes un momento aquí. Yo mismo voy. - -Quedaron solos Aviraneta y el Empecinado. - ---De manera que eres carbonario--preguntó D. Juan Martín. - ---Sí. - ---¿Y por qué no me lo has dicho? - ---Hombre. ¿Para qué? - ---Yo no he tenido secretos para ti. - -Aviraneta no contestó. Esperaron cerca de una hora y al cabo de este -tiempo, volvió el ministro, un poco nervioso y sofocado, con los dos -despachos. - -En el uno mandaba á los gobernadores, alcaldes y justicias del reino -que obedecieran las órdenes de D. Eugenio de Aviraneta; en el otro -nombraba comandante general de todas las columnas patrióticas que se -organizasen en ambas Castillas, con facultades extraordinarias para -crear cuerpos y premiar el mérito militar hasta coronel inclusive, á D. -Juan Martín, el Empecinado. - ---Espero que harán ustedes maravillas--dijo el ministro. - ---Haremos lo que podamos--replicó D. Juan Martín. - ---Se acerca el momento de prueba--repuso el ministro--. Quiera Dios que -salgamos con bien. Hasta la vista, señores. - ---Adiós. - -Se estrecharon las manos, y D. Juan Martín y Aviraneta salieron de -Palacio. - ---Iremos juntos hasta Valladolid--dijo el Empecinado. - ---Bueno, iremos juntos--contestó Aviraneta. - - - - -II. - -MASCARADA MILITAR - - -Salieron Aviraneta, el Empecinado y el _Lobo_, á caballo, con una -escolta de lanceros, y el primer punto en donde hicieron una parada -larga fué en la finca de Castrillo, de D. Juan Martín. - -El Empecinado había pensado en reunir á sus antiguos guerrilleros. -Efectivamente, mandó recado á los amigos de toda la comarca: unos no -estaban en sus casas, otros habían muerto, otros no podían. - -De Castrillo se pasó á Aranda, y aquí también, excepción hecha de -Diamante, Valladares y alguno que otro miliciano nacional, no acudió -nadie al llamamiento. - -Se decidió nombrar jefe de la Milicia del partido de Aranda á Diamante -y encargarle de la organización de una columna patriótica. - -El _Lobo_ aprovechó su estancia en Aranda para traspasar su posada y su -fragua á un pariente, y decidió, en espera de los sucesos, llevar su -familia á un pueblo de la provincia de Burgos, de donde era su mujer. - -Casi con la seguridad de que la comarca del Duero no respondería al -llamamiento para luchar por la Constitución, se siguió á Valladolid. - -El Empecinado y Aviraneta giraron una visita á los cuarteles y á -los parques de la ciudad castellana, y recibieron una impresión -desconsoladora. - -Les acompañó un oficial de Estado Mayor, ex ayudante de Zarco del Valle. - -Los informes de éste les sirvió para darse cuenta de la situación. No -había en los parques material de artillería: los cañones eran malos y -viejos, perfectamente inútiles, y faltaban las municiones. Respecto á -la caballería, estaba en cuadro, y hacía mucho tiempo que no maniobraba. - -Lo mejor era la infantería, y aun así, escaseaban fusiles, cartuchos, -uniformes y armas blancas. - -En cuestión de competencia, según el oficial de Estado Mayor, se estaba -á la altura de lo demás; los oficiales conocían únicamente la guerra -de guerrillas y de pequeños grupos. El Estado Mayor no se hallaba -constituído científicamente: parecía un cuerpo sin más objeto que -llevar un uniforme lujoso. - -Los generales y jefes políticos querían resolver en un momento lo que -no se había resuelto en años, y daban constantemente órdenes diversas y -contradictorias. - -Para obviar la falta de uniformes y armas, las autoridades decidieron -abrir las cuadras, conventos é iglesias arruinadas, donde se habían -almacenado los despojos del ejército de Napoleón, y comenzaron á -aparecer, con gran regocijo de la gente, cascos, chacós, morriones y -turbantes de polacos, alemanes, mamelucos y franceses. Al mismo tiempo -salieron lanzas, alfanjes, espadines y gumías. - -Un gran motivo de confusión y de desorden en las ciudades eran las -Sociedades secretas, que obligaban á sus afiliados á adoptar una -actitud especial ante los sucesos. En el ejército, casi todos los -oficiales y jefes pertenecían á algún grupo político. - -Los generales habían dado el ejemplo. - -Mina era carbonario; O'Donnell, San Miguel, O'Daly y Montijo, masones; -Ballesteros, el Empecinado y Palarea, comuneros; Morillo, anillero. - -Una divergencia parecida á la de los jefes de altos cargos existía -entre los oficiales subalternos, que intrigaban abiertamente contra la -política de los unos ó de los otros. - -Para mayor confusión, los liberales exaltados de los Ayuntamientos, -casi todos ellos de la Milicia nacional, viendo la indiferencia y -pasividad del ejército, pretendían dirigir y preparar la defensa de los -pueblos con planes absurdos y descabellados. - -Estos milicianos pensaban que los jefes no manifestaban bastante -ardimiento en la defensa de la libertad. En los pueblos se veía ir y -venir á los exaltados seguidos de sus grupos. - -Algunos de estos ciudadanos, con su indumentaria napoleónica, sus -casacas, sus morriones, sus tricornios, sus corazas, sus sables corvos -de mameluco, parecían comparsas de carnaval. - -El mayor contingente de soldados espontáneos lo daba la clase media; -los pobres, en general, odiaban á los liberales como se odia á los -tiranos: no los tenían por gente del pueblo, sino por aristócratas -extranjerizados, enemigos de todo lo popular. - -Había, además de causas de simpatía espiritual, otras más materiales -para explicar el odio de la plebe feota á los liberales: el liberal, en -aquella época, mandaba, el realista obedecía; el miliciano estaba bien -vestido; en cambio el soldado de la fe andaba roto y haraposo. El feota -quería cambiar su camisa desgarrada y sucia por la casaca abrigada del -audaz matareyes y del impío matafrailes. - -Por entonces empezaba á generalizarse la palabra _negro_ para llamar al -liberal, palabra que tuvo su expansión con la entrada triunfal de los -franceses con Angulema. - -En los liberales de los pueblos había las mismas divisiones que en los -de Madrid. - -Los masones eran las personas más ilustradas; los comuneros, los -radicales y los lectores del _Zurriago_, formaban una turba de -demagogos callejeros, escandalosos y chillones, que gritaban en las -tabernas y se confundían con la gente clerical. - -En el ejército había muchos oficiales enemigos de la Constitución. -Estos no se recataban en decir que veían próximo y deseaban el triunfo -de los franceses. - -Los oficiales liberales entusiastas buscaban la manera de preparar una -resistencia seria; pero se encontraban hundidos en aquel pantano de -debilidades, de desconfianzas y de intrigas. - -Por otra parte, los sargentos y cabos de milicianos comuneros y -zurriaguistas creían que las tropas de Angulema estaban en la frontera -únicamente para intimidar á los descamisados españoles; pensaban que el -ejército francés era un ejército falso, inventado por los pasteleros -masones. - -Con este ambiente de indisciplina, de vacilaciones y desconfianzas, era -imposible que el país y el ejército hiciesen algo serio. - -Así, el fracaso constitucional fué consumado de una manera pobre, -triste y grotesca, sin grandeza en el vencedor ni heroísmo en el -vencido. - - - - -III. - -ANTIGUOS AMIGOS - - -Dejando á don Juan Martín muy desalentado, Aviraneta, en compañía del -_Lobo_, marchó á Burgos; se detuvo unas horas en Miranda y en Vitoria, -y llegó á San Sebastián. - -Estaba de jefe político un navarro llamado Albistur, y mandaba la -guarnición el brigadier de Caballería don Pablo de la Peña, que tenía á -sus órdenes los regimientos incompletos de Valencey, España, Salamanca -é Imperial Alejandro. - -Aviraneta conferenció con los dos jefes y les explicó su misión de -averiguar lo que ocurría con la Intendencia del ejército de Angulema. - ---El ministro supone--dijo Aviraneta--que si el Gobierno francés no -resuelve este punto, su empresa morirá por consunción antes de nacer. - ---Yo creo que lo resuelve--repuso el brigadier Peña. - ---Entonces ustedes, los militares, tendrán la palabra--contestó -Aviraneta. - ---¿No es usted militar? - ---Militar de afición. He sido guerrillero. - ---¿Durante la guerra de la Independencia? - ---Sí. - -El brigadier Peña contempló á Aviraneta con curiosidad. - ---¿Y qué pretende el ministro?--repuso. - ---El ministro desea que se den facilidades al proyecto de los -republicanos franceses, que intentan hacer desistir á sus paisanos de -la invasión. - ---Estoy enterado de ese proyecto--dijo el brigadier. - ---Yo también--repuso el jefe político--, y ayudaré con mis medios. - ---Entonces de acuerdo--añadió Aviraneta--; yo me voy á Bayona y la -primera noticia definitiva que sepa la enviaré con un propio á Behovia. - ---Entonces yo me encargo de recogerla y hacer que la lleven por la -posta á Madrid--dijo el jefe político. - -Aviraneta dejó al _Lobo_ en San Sebastián y se dirigió á Irún. Encontró -allí á su amigo Juan Olavarría, quien se manifestó muy pesimista. Creía -que Angulema entraría sin dificultades, y que el ejército español no -sabría defenderse. - -Los liberales de Irún habían publicado una alocución que terminaba -diciendo: - -"Si á pesar de todo la libertad sucumbiera, aun nos quedaría un -arbitrio que se burla de todos los tiranos: perecer, como Leonidas, -bajo las ruinas de la República." - -Aviraneta tenía poca fe en las frases, y no hizo de ésta mucho caso. - -Aviraneta alquiló una barca en Fuenterrabía, pasó á Hendaya, y en un -cochecito fué á San Juan de Luz. - -Aquí se detuvo en la casa donde vivía la viuda de Ignacio Arteaga. -Encontró á Mercedes como siempre muy guapa. Corito, la ahijada de don -Eugenio, tenía ya tres años y estaba muy bonita, hablaba mucho; contaba -largas historias. Aviraneta comió con la viuda y pasó unas horas en la -terraza de la casa, con la niña en brazos, mirando el mar. - -Recordó los tiempos en que solía estar en compañía de Lara y de Fermina -la _Navarra_, con la hija de Martinillo el pastor, en un pueblo de la -provincia de Burgos. - -En aquellos momentos, en su imaginación se fundían la hija de Teodosia -y Corito, y eran la misma persona. - -Por la noche llegaron á casa de Mercedes su tío don Francisco Ramírez -de la Piscina con el señor Salazar, dos personalidades de Laguardia. - -Ramírez de la Piscina era un señor vestido de traje negro, algo raído, -con calzón corto, casaca larga y aire clerical, frío y solemne. - -El Sr. Salazar contrastaba con él por su aspecto elegante. Salazar -parecía salir de una fábrica recién construído y barnizado. Iba muy -elegante: vestía pantalón estrecho con trabillas, levita azul estilo -inglés, botas que le sonaban al andar, cuello de camisa limpísimo y -corbata brillante de muchas vueltas. Sobre el chaleco rameado llevaba -una gruesa cadena de reloj con muchos dijes, y en los dedos, una -porción de sortijas. - -El Sr. Salazar iba tan empaquetado, que cualquiera hubiese temido que -iba á hacer crac y á romperse por alguna parte. - -Ramírez de la Piscina era realista; el Sr. Salazar figuraba entre los -anilleros y se tenía por hombre que miraba los acontecimientos con -frialdad y buen sentido. Hablaba de una manera un tanto pedantesca. - ---Yo entiendo--le dijo el Sr. Salazar á Aviraneta--que la Constitución -de Cádiz tiene poca vida. - ---¿Por qué? - ---Porque no la han de dejar robustecerse, reconstituirse: ó ha de -vencer, y para eso no tiene fuerza, ó ha de morir de anemia. Dentro -tiene como enemigos al rey y á la corte, que trabajan de consuno con su -dinero y su influencia en su descrédito, y, á mayor abundamiento, á los -frailes, á los afrancesados, á los realistas, á los moderados. ¿No es -cierto? - ---Sí. - ---Fuera tiene como enemigos á la Santa Alianza, á Francia, que hoy -está bajo una dinastía restaurada; á Inglaterra, gobernada por una -aristocracia _tory_, á la prensa europea y al comercio de todo el -mundo. Esto hace pensar que no vivirá. - ---¿De manera que vamos al absolutismo, al gobierno de los frailes? - ---Algunos afirman que el Gobierno de Luis XVIII ha ofrecido una Carta -otorgada por el rey, á estilo francés, con dos Cámaras; pero que las -Cortes no la aceptan. Esto no es óbice para que este sistema se acepte -tarde ó temprano en España. - ---No sé; lo que no creo es que el ofrecimiento sea cierto--replicó -Aviraneta--.Los políticos franceses suponen que España no puede salir -del absolutismo. Piensan que á los españoles nos viene grande, no -una Constitución democrática como la de Cádiz, sino una sombra de -Parlamento vigilado por el Gobierno. - -Tras de las divagaciones de Salazar, el Sr. Ramírez de la Piscina contó -á Aviraneta las postrimerías de la regencia de Urgel. Esta regencia, -después de haber trabajado por el absolutismo y la intervención, tomaba -á última hora una actitud casi facciosa ante los realistas. - -Uno de los directores, Eroles, había abandonado á sus compañeros y -se había unido á Eguía. Los otros dos, los más acérrimos, el marqués -de Mataflorida y el arzobispo Creux, habían salido de Toulouse _motu -proprio_, estableciéndose en Perpiñán. - -Estando allí se les presentó el general Bordesoulle y les invitó á -que regresaran á Toulouse inmediatamente á cumplimentar al duque de -Angulema. - -La decadencia de la regencia de Urgel daba más importancia al general -Eguía. Este escribía á Mataflorida diciéndole: - -"Renuncie V. E. á toda idea de sostener la regencia que formó, dejando -obrar libremente la que yo debo presidir." - -Mataflorida, indignado, comunicó á sus amigos que Eguía era partidario -de la Carta y de las dos Cámaras, cosa horrible para un realista puro, -y les advirtió que pensaba entrar en Navarra á desenmascarar á los -traidores. Eguía, incomodado, contestó dando orden de prenderlo si se -presentaba en Navarra. Mataflorida dirigió una protesta al duque de -Angulema, y éste, en vez de escucharle, mandó confinar al marqués y al -arzobispo absolutistas en el interior de Francia. - -Eguía triunfó en toda la línea, y con Calderón, Juan Bautista Erro y el -barón de Eroles fundó la Regencia provincial, que comenzó en Bayona y -se instaló después en Oyarzun. - - - - -IV. - -EN EL ESPIONAJE - - -Con sentimiento dejó Aviraneta San Juan de Luz y se dirigió á Bayona. -Tomó un cuartucho alto en la fonda de San Esteban, que fué lo único que -pudo encontrar, pues todos los hoteles estaban ocupados, y se dispuso á -enterarse de cuanto pasaba. - -Su primera gestión fué ir á casa de Juan Bautista Beunza, que vivía -en la calle de los Vascos, y encargarle que le tuviera constantemente -preparado un tílburi para salir en cualquier momento y á toda prisa -para España. - -Hecha esta diligencia se dedicó á husmear por el pueblo. El ejército -francés de ocupación estaba distribuído por las plazas del Mediodía de -Francia. El duque de Angulema iba á ponerse al frente de cinco cuerpos -de ejército. El primero se hallaba á las órdenes del mariscal duque -de Reggio, con los tenientes generales conde de Autichamp, Bourke, -vizconde de Obert y Castex. Este era el destinado á marchar sobre -Madrid. Los otros los mandarían el general Molitor, el príncipe de -Hohenlohe, el mariscal Moncey y el general Bordesoulle. - -El general Guilleminot, hombre sagaz y de talento, distinguido como -militar y como político, había sido nombrado mayor general. - -Además del gran número de jefes y oficiales franceses reunidos en -Bayona, estaba toda la flor y nata del absolutismo español, excepto los -pocos que quedaban fieles á la Regencia de Urgel. Eguía, Erro, Quesada, -Longa, José O'Donnell, el _Trapense_, Josefina Comerford, Urbiztondo, -Corpas y otros muchos andaban por allí reunidos con sus partidarios, -preparándose é intrigando. - -El ejército francés, paralizado en la frontera, y la nube de cortesanos -realistas, hacía que Bayona fuera un gran foco de noticias falsas. - -Constantemente se decía que el ejército iba á salir, y al mismo tiempo -se aseguraba que no podía marchar porque no tenía víveres ni para los -hombres ni para los caballos, y que faltaban almacenes, carros y toda -clase de medios de transporte. - -Estas últimas noticias, unidas á las diferencias y al odio que se -tenían los realistas españoles entre sí, alimentaban las esperanzas -de los liberales. Por otro lado, algunos suboficiales y veteranos -franceses decían que no querían batirse con generales de sacristía. - -Aviraneta fué á casa de Basterreche y á la logia de Bayona, á la -librería de Gosse y á la de Lamaignere. Todas las logias del Mediodía -de Francia se habían movilizado. Quedaba todavía en ellas un rastro -republicano, un residuo de la tendencia girondina. En la parte vasca -dominaban dos hombres: Garat y Basterreche; en las Landas quedaban -algunos amigos de Ducos, y en la parte gascona persistía la influencia -del convencional Barère, que vivía por entonces, ya viejo, en Bruselas. - -A pesar de su versatilidad, de haber sido girondino, jacobino, -bonapartista y hasta haberse ofrecido, según algunos, á los Borbones, -Beltrán Barère era muy querido por los gascones, que veían en él un -regionalista entusiasta y un enemigo de la centralización y de la -supremacía de París sobre la provincia. - -Tanto á Garat como á Barère se les consideraba por su influencia y -su grado en la masonería, como _acerrimi libertatis et veritatis -defensores_: acérrimos defensores de la libertad y de la verdad. - -Estas logias de los pueblos del Mediodía de Francia se cambiaban -órdenes y mandaban impresos asegurando que las tropas no entrarían -en España y que los soldados franceses no querían ser criados de los -jesuítas. - -Al segundo día de llegar, en casa de Basterreche le dijeron á Aviraneta -que el banquero Ouvrard acababa de presentarse en Bayona. La noticia -era grave, porque Ouvrard tenía fama de ser hombre expeditivo y capaz -de resolver las mayores dificultades. - -El día siguiente, 4 de Abril, Aviraneta se puso en campaña para seguir -los pasos de Ouvrard. No era fácil, ni mucho menos. El banquero venía -con su socio Seguín, su sobrino Víctor, una docena de criados, y estaba -muy vigilado por la policía. Ouvrard tuvo varias conferencias con el -intendente Sicard, con el duque de Bellune y con el general Tirlet. - -El día 5, por la mañana, Aviraneta supo en la librería de Gosse que -el príncipe generalísimo de las tropas francesas había llamado á -conferencia á Ouvrard, y poco después se aseguró que se enviaba la -caballería hacia las llanuras de Tarbes, porque no había forrajes -suficientes para ella. - -El mismo día por la noche Aviraneta tuvo la gran sorpresa de ver entrar -en la fonda de San Esteban á la Sole con el marqués de Vieuzac. - -Ella le conoció en seguida; el marqués, no. Aviraneta, por uno de los -mozos del hotel, afiliado á la masonería, mandó á la Soledad un recado -diciéndola que quería tener con ella una entrevista. La Soledad, sin -duda, se alarmó al saber que don Eugenio estaba en el mismo hotel, y -le contestó advirtiéndole que se hallaba muy vigilada, y que si le -tenía algo que decir se lo comunicara por el mozo, sin escribirla. La -Soledad no apareció por el comedor. Comía en su cuarto con una señora -parisiense que la acompañaba. - -Aviraneta hubiese querido averiguar algo por la Sole. Vieuzac, como -empleado de importancia, debía estar enterado al detalle de cuanto -pensaba hacer el Gobierno francés. - -El día 5, por la tarde, el mozo masón de la fonda de San Esteban se -acercó á Aviraneta y le dijo que tenía que hablarle. - -Este mozo, que se llamaba Gracieux, era todo un tipo: alto, flaco, -aventurero, hombre de gran nariz y de concepciones atrevidas. Gracieux -era admirador de Aviraneta. Gracieux, con gran misterio, le dijo á don -Eugenio que iban á tener una cena en un comedorcito aparte un ayudante -del general Tirlet, el sobrino de Ouvrard, el marqués de Vieuzac y -varias damas: la Soledad con su señora de compañía, una cómica amiga de -Ouvrard y una bailarina entretenida por el ayudante de Tirlet. - -El mozo masón dijo á Aviraneta que si quería le prepararía un -escondrijo, y desde él podría oír la conversación. - ---Vamos á ver eso. - -Entraron en el comedor. - -El mozo abrió la parte baja de un armario grande. - ---Aquí puede usted meterse--le dijo. - ---¿Aquí?--exclamó Aviraneta. - ---Sí, hay sitio. Un poco incómodo será. - ---Veamos. - -Aviraneta hizo la prueba y murmuró: - ---La cabeza no está muy cómoda sobre un trozo de madera. - ---Le traeré á usted una almohada. - ---Buena idea. - -Aviraneta cogió la almohada que le dió el mozo, y se tendió en el -armario. - ---¿A qué hora es la cena?--preguntó. - ---A las doce. - ---Tres horas de espera. Bueno. Me dedicaré á la meditación. - ---Cuando se acabe la cena y se vayan yo vendré á sacarle á usted--dijo -el mozo. - -Aviraneta se tendió en su agujero y pasó las tres horas aburrido. -Sonaron las doce, y no apareció nadie; á la una se presentaron las -mujeres, y poco después de las dos llegaron los hombres. - -Comenzó la cena. Vieuzac estaba galante con la Soledad. Ella hablaba ya -bastante bien el francés, y se manifestaba, como siempre, muy mimosa, -coqueta y melancólica. - -Ouvrard el joven, como parisiense que encuentra que fuera de París no -se puede vivir, comenzó á hablar mal de los meridionales. Según él, -desde Angulema para abajo no se veía más que afectación, falsedad, -farsa y mentira. A alguien había oído decir _Mendacia vasconica_: -mentira vasca ó gascona, y repetía la frase. - -Vieuzac, que procedía de Argeles de Bigorre, defendió á los -meridionales con calor. - ---Defienda usted también á su paisano el regicida Barère--dijo Ouvrard -con ironía. - ---Paisano y pariente--replicó Vieuzac. - ---¿Es usted pariente del Anacreonte de la guillotina?--preguntó el -ayudante de Tirlet. - --Sí. - ---Y creo que tiene cierto orgullo con ello--repuso Ouvrard. - ---Como ustedes, los bretones, tienen entusiasmo por sus realistas -salvajes. - ---¿Vive Barère?--dijo el ayudante de Tirlet. - ---Sí, en Bruselas. - ---¡Qué extraña existencia la de esos hombres! ¿Usted le conoce? - ---Sí. Es uno de los tipos más sugestivos y más amenos que se pueden -tratar. En su conversación hace desfilar todas las figuras de la -historia contemporánea de Francia. - -Aviraneta pensó que perdía el tiempo en su agujero y que no se iba á -hablar de la intervención; pero á los postres el ayudante de Tirlet -preguntó: - ---¿Y al fin entramos ó no entramos en España? - ---Sí--dijo Vieuzac--. Está decidido. - ---Mañana, á las diez, se firma el tratado de mi tío añadió Víctor -Ouvrard--. Su alteza real el príncipe generalísimo pondrá él mismo el -sello en el contrato. - ---¿De modo que han quedado todos los puntos resueltos? - ---Todos. - ---¿Y el ministro de la Guerra? - ---El mariscal Víctor--dijo Ouvrard--está enfermo de gota, y grita á -todas horas furioso que mi tío es un ladrón y que quiere quedarse con -todo el dinero de la administración militar.--Y es posible que sea -verdad. - ---¡Vaya un buen sobrino!--exclamó el ayudante de Tirlet. - ---Amigo de Platón, pero más amigo de la verdad--contestó Víctor Ouvrard. - ---¿Amigo de quién?--preguntó la bailarina. - ---De Platón... un banquero--dijo el ayudante de Tirlet, riendo. - ---¿Rico? - ---Muy rico. - ---Me gustaría conocerle. - ---Es incorruptible. - ---¡Bah! - ---Esos españoles lo están haciendo mal--exclamó Vieuzac. - ---Sí; vamos á hacer el juego á Fernando y á los frailes--repuso el -ayudante. - ---Se hará lo posible para impedirlo--dijo Vieuzac--. Mientras el -ejército francés esté en España, yo creo que los realistas y los -frailes no se desmandarán, á no ser que los liberales cometan grandes -violencias. - ---En fin, poco importa--exclamó el ayudante--nos pegaremos con los -españoles. Esta no es una guerra como las de Napoleón, cierto; pero el -militar no puede elegir las guerras. De todos modos habrá ascensos y -condecoraciones. - -Tras de este intermedio político los comensales volvieron á su -conversación de París, y á las cuatro de la mañana abandonaron el -comedor. El mozo fué á avisar á Aviraneta que podía salir. - -Este marchó rápidamente á su cuarto y luego á la calle. - -Estaba clareando. D. Eugenio fué corriendo á la calle de los Vascos y -llamó en casa de Beunza. Pronto bajó el hijo Pedro, acompañado de un -joven, de Ustaritz, llamado Cadet. Sacaron entre los dos el cochecito, -aparejado. - -Aviraneta, Beunza y Cadet montaron en el coche y salieron -inmediatamente camino de la frontera. - - - - -V. - -EN EL CAMINO - - -Beunza, el joven, dirigía muy bien; el caballo tenía mucha sangre y el -tílburi marchaba á la carrera. El día estaba hermoso; el sol brillaba -en los campos. - -Beunza saludaba á derecha é izquierda á las muchachas, que salían á las -ventanas y reían, y las echaba besos. - ---Sabe usted que ayer hubo jaleo en el teatro de Bayona--, dijo de -pronto Pedro. - ---No. ¿Qué pasó?--preguntó Aviraneta. - ---Pues nada: una manifestación de hostilidad entre los liberales y el -ejército. - ---Cuenta eso. - ---Ayer, por la noche, se representaba una comedia bastante sosa, -llamada _El interior de mi estudio_, en que se habla de la paz -conyugal; y cuando se oía esta palabra paz, nosotros aplaudíamos. -Entonces un ayudante del general Autichamp, que estaba en un palco, -se levantó y gritó: _A la porte la canaille!_ Nosotros contestamos, -gritando: ¡Fuera! ¡Fuera! ¡Mueran los chuanes! - ---Los militares se echarían sobre vosotros. - ---Sí; dos oficiales franceses vinieron á pedirnos explicaciones á Cadet -y á mí: yo le dije al mío que era una vergüenza que fueran á matar la -libertad en España. Estábamos discutiendo en tono cada vez más agrio, -cuando se presentó un señor gordo con pretensiones de elegante: gran -levitón á la inglesa y sombrero de copa. Este señor debía tener algún -ascendiente sobre los militares, porque los calmó y los hizo marcharse -de allí. - ---¿Usted es francés?--me preguntó luego, con un acento muy cómico. - ---No, soy español. - ---¡Ah, es usted español! - ---Sí. - ---¿Castellano? - ---No, navarro. - ---¿Realista? - ---Republicano. - -El gordo se echó á reir y encendió una gran pipa de ámbar que llevaba. - ---¿De manera que es usted republicano? - ---Sí, señor. - ---Yo soy realista. - ---Peor para usted. - ---Sin embargo, comprendo que cada cual tiene que tener sus ideas. - ---Yo no lo comprendo--le dije. - ---Es posible que haya usted oído hablar de mí--añadió el gordo, -amablemente. - ---Creo que no. - ---Yo soy el general Longa. Francisco Longa, el guerrillero. - -Como yo sé que Longa es además de muy valiente muy honrado, le traté -con respeto y nos hemos hecho amigos. - -El joven Beunza se consideraba á sí mismo como hombre á quien -preocupaba únicamente la política, pero se le veía que se le iban los -ojos tras de las muchachas que pasaban. - -En el cochecito cruzaron, de prisa, por Bidart, San Juan de Luz y -Urruña, y al llegar á Hendaya se encontraron con que estaban allí -acantonadas fuerzas de artillería, infantería y caballería francesas -preparándose para atravesar la frontera. - -Aviraneta, Cadet y Beunza pasaron el Bidasoa en una barca, y en Behovia -D. Eugenio, se encontró con el correo enviado por Albistur, el jefe -político de Guipúzcoa. - -Aviraneta se sentó á la puerta de un caserío y escribió un oficio al -ministro y otro al gobernador de San Sebastián. - -Poco después el correo salía al galope. - -Aviraneta iba á buscar un sitio donde acostarse, cuando se encontró con -el _Lobo_. - ---¿Qué hay?--le dijo--¿Está usted aquí? - ---Sí, aquí estamos con los carbonarios franceses é italianos. Yo he -venido con ellos de San Sebastián. - ---¿Cuántos hay? - ---Ciento y tantos. - ---¿Nada más? - ---Nada más. - ---Mal negocio. - ---Sabe usted que el jefe le conoce á usted. - ---¿A mí? - ---Sí. - ---¿Quién es? - ---Ha preguntado por usted. Si quiere usted verle... - ---Sí; vamos. - -El _Lobo_, Beunza, Cadet y Aviraneta marcharon hacia la cabeza del -puente de Behovia, roto por entonces. - -Había por allí varios grupos de paisanos y de militares con uniformes -del tiempo de Bonaparte. - -Los paisanos llevaban el traje clásico del liberal de la época: levitón -largo y entallado, cerrado hasta la barba, sombrero blando y bastón de -junco, con alma de plomo, sostenido en la muñeca con una cinta de cuero. - -El _Lobo_, Beunza, Cadet y Aviraneta cruzaron entre el grupo, y el -_Lobo_, señalando á uno de los militares, dijo: - ---Ese es el jefe. - -Aviraneta reconoció los ojos brillantes y la cara redonda, alegre y -decidida del barón de Fabvier. - -Aviraneta hizo un gesto de sorpresa y estrechó con efusión la mano del -francés. - ---Usted siempre en la hora del peligro--dijo Fabvier. - -Al lado de éste se hallaban el coronel Caron y un hombre de unos -cincuenta años, de tipo germánico, tostado por el sol, que resultó ser -el general Lallemand. - -El barón explicó á Aviraneta su proyecto. - -Pensaba invitar, desde la orilla española del Bidasoa, á los soldados -de Angulema á que abandonaran la invasión y á que se acogiesen á la -bandera tricolor que enarbolarían ellos. En el caso de que los soldados -de Luis XVIII simpatizaran, cruzarían el río en unas cuantas barcas que -tenían en la orilla, cerca de Azquen Portu. - ---Si le puedo servir en algo, mándeme usted--dijo Aviraneta. - ---Tengo un aventurero francés que he encontrado por aquí para dirigir -mi pequeña flota, pero no es de confianza, no le conozco; vaya usted y -tome la dirección de las barcas. Si la cosa sale bien, yo le llamaré -para que se acerque. - ---Bueno, voy en seguida. - -Aviraneta con sus amigos, marchó camino de Irún, y, al llegar á Azquen -Portu, se embarcó. - - - - -VI. - -EL BATALLÓN DE LOS HOMBRES LIBRES - - -El batallón de los Hombres libres, así se llamaba aquel puñado de -ilusos reunidos delante de Behovia, había tenido una larga y difícil -gestación. - -Habían esperado los carbonarios organizadores formar una columna de mil -hombres, con armas, entre franceses é italianos liberales. Esta tropa -se iría alistando en Bilbao, Tolosa y San Sebastián. - -Los jefes políticos de Vizcaya y de Guipúzcoa tenían orden del Gobierno -español de ayudarlos. - -El primer núcleo del pomposo batallón de Hombres libres fué una -compañía de cazadores, formada en Bilbao con desertores franceses y -algunos napolitanos. - -Mandaba esta compañía el capitán de artillería Nantil, hombre de -cierta fama. Nantil era un antiguo oficial de la legión del Meurthe, -bonapartista, que había tomado parte en Francia en el proyectado asalto -del castillo de Vincennes. - -Este complot se fraguó en París antes de la constitución del -carbonarismo. - -Habían ideado los revolucionarios sorprender el castillo de Vincennes; -después, Nantil y otro oficial, Capes, sublevarían sus regimientos -de guarnición en París, y con la gente de los arrabales de esta -ciudad darían el asalto á las Tullerías. Estaban complicados en la -conspiración Lafayette con sus amigos, varios generales y oficiales de -alta graduación, como Ordener, Fabvier, Caron y Dentzel. Después del -movimiento en París, Argenson debía sublevar la Alsacia, Saint-Aignan, -Nantes y Corcelles Lyon. - -La víspera del día fijado para sorprender Vincennes, un polvorín de -este fuerte voló por casualidad. Al hacer la sumaria, los agentes de la -policía militar y civil notaron los trabajos de los conspiradores y las -disposiciones tomadas para el asalto. Nantil y sus amigos escaparon. - -Nantil vino á España y se estableció en Bilbao, y estuvo estudiando -durante algún tiempo las fortificaciones de esta ciudad con el barón de -Condé. - -Nantil, con su compañía de cincuenta ó sesenta hombres, la bandera -tricolor desplegada, pasó por las calles de Bilbao, el 20 de Marzo de -1823, al grito de ¡Viva la Libertad! ¡Viva la unión de los pueblos! y -alguno que otro de ¡Viva Napoleón segundo! Los italianos de Nantil casi -todos eran republicanos; los franceses, la mayoría, bonapartistas. - -Este grupo marchó camino de Tolosa. - -Pocos días después, el coronel Caron dejaba Madrid y se trasladaba á -San Sebastián, en compañía de Fabvier. - -Caron era hermano del militar fusilado en Estrasburgo á consecuencia -del falso complot preparado por la policía y uno de los jefes más -importantes de los carbonarios. - -Fabvier era el que aparecía como organizador y hombre de empuje de los -liberales desde la ejecución de los sargentos de la Rochela. - -El punto de cita de los Hombres libres, hasta 1.º de Abril, fué Tolosa; -pasado este día se reunirían en San Sebastián y en Irún. - -El Gobierno francés no estaba tranquilo; á uno de los militares que -había salido de París, con su uniforme de oficial bonapartista metido -en la maleta, se le había ocurrido poner en ésta, para despistar, el -nombre y la dirección del general Lostende, ayudante de Guilleminot. La -maleta fué detenida por la policía, y se creyó que Lostende y el mismo -Guilleminot estaban complicados con los revolucionarios, y el ministro -de la Guerra, el mariscal Víctor, dió la orden de destituirlos. - -El peligro que asustaba al Gobierno francés era bien pequeño. - -El batallón de los hombres libres marchaba muy despacio y tenía -bastante menos fuerza de lo que aparentaba. - -Se había mandado aviso, por las ventas carbonarias, á Cugnet de -Montarlot, á Vaudoncourt y á Delon; pero no se estaba muy seguro de que -hubieran recibido el aviso, ni de que tuvieran tiempo de presentarse en -San Sebastián. - -Se esperaba mucho de los tres; sobre todo, de Vaudoncourt y de Delon. - -Delon, como casi todos los oficiales franceses de artillería cultos, -era republicano, demócrata y partidario de la gente civil. - -Esto separaba mucho á los republicanos de los bonapartistas, pues -aunque los bonapartistas se llamaban liberales, eran en general -enemigos de los hombres civiles. - -Delon, de oficial de artillería, trabajó con entusiasmo con el general -Berton en el movimiento de Saumur. Estuvo también complicado en el -asunto de los sargentos de la Rochela; era jefe importante de los -carbonarios, y vivía desde hacía tiempo en España. - -Llegado el momento, Delon no se presentó, y Vaudoncourt, tampoco. Se -vió con gran tristeza que en vez de los mil hombres que se esperaban, -apenas se reunieron en San Sebastián unos doscientos, entre militares y -carbonarios. - -El último día apareció el general Lallemand, con dos amigos. Lallemand -era fundador del Campo de Asilo de Tejas, que había sido un fracaso. -Este general había iniciado una suscripción para formar una colonia, -en América, suscripción que no se llevó á cabo porque los liberales -comprendieron que no les convenía enviar á los oficiales liberales y -bonapartistas, á medio sueldo, tan lejos. - -Al volver á Europa y saber lo que se preparaba Lallemand, se presentó -en seguida en la frontera española. - -Varios generales, coroneles y comandantes formaban el batallón de los -Hombres libres, que estuvo instalado unos días en San Sebastián. - -En un pueblo pequeño, como entonces era éste, hubo dificultades para -alojar aquellos hombres. Los liberales de la ciudad se los repartieron, -y algunos lombardos quincalleros recién venidos al pueblo tomaron como -alojados á los italianos. - -El pequeño batallón de los Hombres libres se dirigió á Irún. - -Iban en él Fabvier, Lallemand, Caron, Nantil, Berard, Lamotte, Moreau, -Pombas y Armando Carrel. A pesar de su pequeñez, no se desanimaron. - -Caron, Fabvier y Lallemand tuvieron una conferencia. Caron había -recibido cartas de sus confidentes diciéndole que el primer cuerpo -de ejército, que estaba ya en Urruña, avanzaría hacia Hendaya y las -orillas del Bidasoa, el día 6 de Abril. - -El día 5, por la noche, se decidió que el batallón de los Hombres -libres se presentara en Behovia. Los militares, con sus uniformes y al -frente la bandera tricolor, intentarían fraternizar con las avanzadas -francesas. - -El gobernador militar de San Sebastián envió al campo atrincherado de -Irún al regimiento Imperial Alejandro, para demostrar á los franceses -de Angulema que el Gobierno español patrocinaba la empresa de los -carbonarios, y al mismo tiempo para defenderlos. - -El día 6, por la mañana, el coronel Fabvier tomaba posiciones en la -cabeza del puente destruído del Bidasoa. - -Al otro lado del río, y al alcance de su voz, estaba el 9.º regimiento -de Infantería ligera y de Artillería de campaña. - -A primera hora de la tarde, el teniente general de Artillería Tirlet -fué á la orilla del Bidasoa, delante de Behovia, y dió las órdenes al -general Vallin para que estableciera un puente de barcas. - -El general Vallin mandaba la brigada de vanguardia del primer cuerpo, -y una compañía de esta brigada comenzó los trabajos para instalar los -pontones. - -Al mismo tiempo, algunas patrullas del regimiento Imperial Alejandro se -acercaron á la orilla española, en observación. - -Aviraneta, Beunza, Cadet y el _Lobo_, en las barcas, fueron acercándose -á Behovia. - -Era ya media tarde cuando apareció el grupo de bonapartistas y -carbonarios, y comenzó á llamar á los soldados de las avanzadas -francesas y á darse á conocer. - ---¡Ahora vamos!--gritaron los de la orilla española. - ---¡Sí, venid!--contestaron los soldados que trabajaban al otro lado. - -En esto, los carbonarios se pusieron á cantar _La Marsellesa_ y á -agitar la bandera tricolor. Las notas del hermoso himno se extendieron -por la superficie tranquila del río. - -Aviraneta dió orden á los de sus barcas para que se acercaran á la -cabeza del puente, donde se hallaban los carbonarios. En esto se vió -avanzar al galope, en la orilla francesa, un general á caballo. - -Era el general Vallin. Mandó preparar una batería; los artilleros -obedecieron, y sonaron dos estampidos. - ---¡Viva el Rey!--gritó el general. - ---¡Viva!--contestaron los soldados, sin gran entusiasmo. - -Fabvier y sus tropas, al ver que la descarga no había alcanzado á -nadie, y creyendo que los artilleros estaban de su parte, gritaron, -agitando la bandera tricolor: - ---¡Viva la Artillería francesa! ¡Viva la República! - ---¡Retiraos, miserables!--oyó Aviraneta que vociferaba el general. - ---¡Viva la Libertad! ¡Viva la República!--contestaron los hombres -libres. - -Entonces el general Vallin volvió á mandar cargar los cañones, y se -hicieron varios disparos, seguidos de metralla. Ocho hombres quedaron -muertos en la orilla española, y veinte ó treinta heridos. - -El general Vallin mandaba hacer alto el fuego, cuando se le presentó -el cabecilla español el _Trapense_ solicitando permiso para pasar -el Bidasoa, con ochocientos soldados de la Fe, y perseguir á los -carbonarios. - -Aviraneta y los suyos iban á escapar dejándose llevar en las barcas por -la corriente; pero de la orilla francesa les habían apercibido, y les -intimaban á acercarse, si no querían recibir un tiro. - -Aviraneta vió que era muy difícil escapar á quinientas balas que podían -disparar sobre ellos, y se acercó á la orilla francesa. - -La partida del _Trapense_ quería pasar en las mismas barcas preparadas -para los carbonarios. - -No hubo más remedio que conformarse. - -El _Trapense_ venía montado en un caballo tordo, y cerca de él iba su -amante, Josefina Comerford, de amazona, con un velo en la cara. - -El _Trapense_ entró con Josefina en la lancha. - -Era el padre Marañón un hombre moreno, de ojos negros brillantes, -melenas y larga barba espesa, de obscuro color castaño. - -Su indumentaria tenía de hombre de iglesia y de bandolero de teatro. -Llevaba sombrero de ala ancha, de color ceniza, con plumas rojas y -amarillas y escarapela roja; zamarra de piel negra con el entorchado de -brigadier en la ancha manga; calzones bombachos, de terciopelo azul, -con muchos botones, y botas con gruesas espuelas de plata. - -En la cintura ostentaba una canana y dos pistolas; en el pecho, un -escapulario de la Orden de San Francisco y un crucifijo de metal dorado. - -En vez de espada empuñaba un látigo. - -Josefina Comerford entró en la lancha, y estuvo sentada al lado de -Aviraneta. - -Era esta dama realista una mujer seductora: tenía los ojos azules, la -tez blanca y el pelo negro. Aunque no de gran estatura, su talle era -muy esbelto. - -Llevaba traje de amazona, dormán con alamares de oro, y una insignia de -plata en la manga. Josefina, al ver que la observaban, tomó una actitud -desafiadora y orgullosa. - -Beunza la estuvo contemplando con gran atención. - ---Lástima que le guste ese frailazo--dijo en vascuence; y uno de los -remeros, al oirlo, se echó á reir. - -Al bajar en la orilla española, el fraile enarboló el crucifijo, y lo -dió á besar á un grupo de aldeanos que se había reunido allá. - -Unos ochocientos soldados de la Fe fueron pasando, en barcas, á ocupar -Behovia. - -Al terminar, viéndose menos vigilado, Aviraneta, en su lancha se dejó -llevar por la corriente, y desembarcó cerca de Irún. - -Beunza y Cadet se metieron en casa de un amigo, con la intención de -volver á Francia. Los demás remeros desaparecieron, y Aviraneta quedó -en compañía de un pescador que llamaban el _Arranchale_, un francés -apodado _Nación_ y el _Lobo_. - -En Irún se estaban haciendo preparativos para la entrada de Angulema, -y como allí Aviraneta era conocido, decidió marchar á San Sebastián á -pie. - - - - -VII. - -HUYENDO - - -Aviraneta y el _Lobo_, con los dos hombres de las barcas, _Arranchale_ -y _Nación_, tomaron el camino de San Sebastián. La noche estaba -obscura, no se veía una luz en todo el campo. - -Al llegar al alto de Gainchurizqueta se desviaron del camino, se -metieron en una borda y se echaron á dormir sobre la hierba seca. - -Aviraneta estaba rendido del ajetreo de los días anteriores. - -Al amanecer se despertó el _Lobo_, llamó á los compañeros y salieron de -la borda. - -La mañana estaba radiante, el cielo muy azul y los campos muy verdes. - -Durante la marcha fueron hablando los cuatro. El francés, _Nación_, era -un hombre fuerte, membrudo, sombrío, de tipo brutal. Era del Norte, -vestía un traje azul, de tela basta. Tenía los brazos tatuados y un -anillo en la oreja; fumaba en una pipa corta y negra, en la que hundía -el dedo pulgar. _Nación_ consideraba España y el Mediodía de Francia -como países salvajes. - -Aviraneta le hizo algunas preguntas que no quiso contestar. Habló -únicamente de los sitios de Europa que había recorrido, que al parecer -eran muchos, y se dejó decir que había estado en los pontones. -Aviraneta supuso que era algún forzado escapado de presidio. - -El _Arranchale_, por el contrario de _Nación_, no conocía más que su -país, y no sabía hablar más que vascuence. El _Arranchale_ no entendía -de política ni sabía lo que querían los liberales ni los realistas: -para él, unos y otros peleaban por fantasía. El _Arranchale_, unos años -antes, había dejado de ser marinero y se había hecho labrador; pero su -mala suerte le indujo á tomar en arriendo un caserío de Oyarzun, en -donde los blancos y los negros siempre tenían que parar á reñir y á -llevarse después lo que hubiera. - -Entonces el _Arranchale_ había dejado su mujer y dos hijos en casa de -la suegra, y andaba de un lado á otro trabajando en Francia ó España, -siempre en el país vasco á pocas leguas de su casa. - -El _Arranchale_ no se atrevía á alejarse mucho porque á una pequeña -distancia de su pueblo ya se sentía extranjero. - -Era el _Arranchale_ fuerte, membrudo, sonriente y ágil como un mono. -Charlando, pasaron por delante de la bahía de Pasajes, que brillaba -como un lago al sol, y se acercaron á San Sebastián. - -La ciudad en su promontorio, arrimada al Castillo, formaba una pequeña -península, unida á tierra por arenales, pero en aquel momento de marea -alta, éstos se hallaban cubiertos de agua, y el pueblo, apoyado en el -monte, parecía una isla fortificada, con sus murallas, sus baluartes y -sus cubos. - -Pasaron Aviraneta y sus compañeros un puente de barcas, se acercaron á -la puerta de Tierra y entraron en la plaza. - -Aviraneta fué á ver al gobernador militar. El gobernador y el -Ayuntamiento tomaban en aquel momento las más enérgicas medidas: -mandaban prender á varios frailes y curas y á otras personas -sospechosas desafectas á la Constitución, entre ellas al escribano don -Sebastián Ignacio de Alzate, tío de Aviraneta. - -Siete presbíteros de los presos aquel día fueron después fusilados y -arrojados desde las rocas del Castillo de la Mota al mar. - -Aviraneta explicó al gobernador militar lo ocurrido en Behovia y el -paso de los soldados de la Fe con el _Trapense_ á la cabeza. - ---No conocía estos detalles--dijo el brigadier Peña--; el fracaso de -la empresa de los Hombres libres lo sabía porque lo han contado ellos -mismos. - ---¿Han quedado aquí los carbonarios?--preguntó Aviraneta. - ---Hace un momento han embarcado. Van la mayoría á La Coruña, á ponerse -á las órdenes de sir Roberto Wilson. - ---¿Y usted cómo está aquí, general? La plaza ¿se encuentra en buenas -condiciones? - ---No del todo--contestó el brigadier--. Es una lástima que le quitaran -á Torrijos el mando de las provincias vascas. - ---¿Lo llevaba bien? - ---Muy bien. Se hubiera podido resistir mucho mejor. Torrijos había -comenzado los trabajos de aprovisionar y de defender San Sebastián y -Pamplona con método. Al mismo tiempo se había puesto al habla con los -republicanos y liberales franceses para poner obstáculos á la entrada -del ejército de Angulema. Cuando la amenaza de la invasión era ya -inminente, Torrijos consultó con los generales, y todos opinaron que lo -más prudente era retirar las tropas al interior, dejando guarnecidas -las plazas. Todos opinaron así menos él y yo. Torrijos, que consideraba -este plan descabellado, envió al Gobierno una exposición, manifestando -los graves inconvenientes que tenía tal proyecto. El Gobierno, en vez -de contestarle le destituyó, nombrándole ministro de la Guerra, y dió -el mando de este distrito al general Ballesteros. - ---Que no hace nada. - ---¡Nada! - ---Siempre lo mismo. No sabemos aprovechar la gente. - ---Lo estamos llevando esto muy mal--dijo amargamente el brigadier -Peña--; me temo que esta guerra va á ser vergonzosa para nosotros. -Vamos á morir en la ignominia. Yo pienso resistir hasta lo último. - ---¿El jefe político ha resignado el mando? - ---Sí. Albistur, con el jefe político de Alava y el de Vizcaya, se han -reunido con sus fuerzas de nacionales en Vitoria. Los milicianos de las -tres provincias van hacer la campaña á las órdenes de don Gaspar de -Jáuregui, el _Pastor_. - ---¿Y usted se podrá defender mucho tiempo?--preguntó Aviraneta. - ---Sí. Resistiré. - ---¿Están bien las murallas? - ---Sí. Las veremos si usted quiere. - ---Sí, vamos. - -Salieron del baluarte de la puerta de Tierra hacia el Castillo, pasando -por encima del puerto, dieron la vuelta al monte Urgull y volvieron -por el lado de la Zurriola otra vez á la puerta de Tierra. Peña mostró -las baterías, el hornabeque, los revellines y baluartes y expuso las -probabilidades favorables y adversas que se podían tener con aquellos -medios. - -Por la tarde volvió Aviraneta á visitar al brigadier Peña, y éste le -dijo que las tropas de Bourke se acercaban y habían tomado las lomas -próximas al convento de San Bartolomé. - ---Si tiene usted que marcharse, Aviraneta, puede usted darse prisa. - ---Mañana me iré. - ---Mañana estaremos bloqueados. - ---Pero se podrá salir por mar. - ---Sí, eso sí. - ---Entonces no importa. - ---¿A qué hora piensa usted salir? - ---A la madrugada. - ---Bueno, yo daré orden de que le abran. - -Al día siguiente, Aviraneta, el _Lobo_, _Arranchale_ y _Nación_ -esperaban reunidos delante de la puerta del Mar. - -Estaba amaneciendo; la campana de la iglesia tocaba á la primera misa y -algunas mujeres y algunos pescadores pasaban por entre la bruma matinal -como sombras. - -En esto llegó delante de la puerta el Capitán de las llaves, examinó -á Aviraneta y á sus compañeros y abrió un postigo; salieron todos al -muelle, el _Arranchale_ habló con un pescador y poco después los cuatro -fugitivos, en una trainera pequeña, con una vela, salieron del puerto, -pasaron por entre la isla de Santa Clara y el Castillo y marcharon -hacia Orio. - -El _Arranchale_ estaba alegre de verse en el mar. Con su agilidad de -mono subía y bajaba por el palo de la lancha para arreglar la vela, -riéndose. - ---Aquí, aquí cerca--dijo el _Arranchale_ á Aviraneta--encontramos una -ballena hace unos años. - ---¡Una ballena tan cerca! - ---Sí. E intentamos cogerla. - ---¿Y la cogisteis? - ---No. - ---¿Y cómo fué? - ---Pues pasábamos por aquí cuando la vimos dormida en el agua. Nos -acercamos á ella, y yo dije: Atadme de la cintura y me acercaré. -Llevábamos un arpón pequeño. Al llegar á la ballena di un salto desde -la lancha sobre ella, y con todas mis fuerzas le clavé el arpón. La -sacudida que dió fué terrible: yo estuve más de cinco minutos dando -vueltas en la espuma, hasta que me llevaron á la lancha, que iba -volando arrastrada por la ballena. Cuando me di cuenta de cómo íbamos -dije: Cortad la cuerda. Pero no quisieron. Así fuimos yo no sé cuanto -tiempo, hasta que la cuerda se rompió, y desapareció la ballena. - -Al concluir su narración, el _Arranchale_ se echó á reir. El _Lobo_, -aunque no le entendía, se rió también. _Nación_ refunfuñó diciendo á -Aviraneta que aquel salvaje podía hablar un idioma comprensible y no -aquella jerga endiablada. - -Aviraneta no hizo caso de las murmuraciones del francés, y siguió -hablando con el _Arranchale_, cuya alegría era comunicativa. - -Llegaron á Orio, en donde los tomaron por gentes del ejército de la -Fe; alquiló Aviraneta un coche, con un caballo, y tomando primero la -carretera de la costa hasta Zarauz, y luego abandonándola por Cestona, -Azpeitia y Elgoíbar, llegaron de noche á Vergara. - -Se encontraron en las proximidades de esta villa á trescientos hombres, -mandados por Mac Crohon, que habían salido de Bilbao custodiando un -convoy que debían conducir á San Sebastián. Al saber por Aviraneta -que los franceses estaban en España, Mac Crohon decidió retirarse, y -marchar en busca de don Gaspar de Jáuregui. - -En Vergara, como en todos aquellos pueblos, los absolutistas estaban -entusiasmados con la entrada de los franceses: decían que se iba á -restaurar la pureza de la fe y la unidad de la patria, y pensaban pedir -el restablecimiento de la inquisición. - -En la región vascongada pululaban las partidas realistas: Quesada, -O'Donnell, Zabala, Altalarrea, alias _Francho Berri_, Juan Villanueva -(Juanito el de la _Rochapea_), Fernández el (_Pastor_), Castor -Andechaga y el cura Gorostidi maniobraban en Vizcaya, Guipúzcoa y -Navarra. - -Jáuregui, Oraá, López Campillo y Chapalangarra luchaban contra ellos. - -El 9 de Abril, don Vicente Quesada, desde su cuartel general de -Zumárraga, anunciaba la entrada en España de las tropas de Angulema. - -Al día siguiente de llegar á Vergara, Aviraneta y sus satélites -aparejaban el cochecito y salían en dirección de Vitoria. - -Llegaron á esta ciudad, y Aviraneta se presentó en el Gobierno civil. -No estaba el jefe político, Núñez de Arenas; y Aviraneta habló con un -partidario liberal llamado Mantilla, venido de Murcia, á quien las -tropas del _Trapense_ fusilaron en Julio de 1823. - -Mantilla quitó toda esperanza á Aviraneta de que Vitoria pudiera -defenderse. Se entregaría al momento. En los pueblos, la Milicia -Nacional no quería que se hiciera la recluta; así que no había -esperanza alguna de tener hombres con qué resistir. - -Aviraneta salió de Vitoria, se detuvo en Miranda y en Haro, y el día 15 -de Abril estaba en Logroño. - - - - -VIII. - -DON JULIAN SANCHEZ - - -El Gobierno español había intentado organizar sus fuerzas, y había -puesto todos sus prestigios en el mando de los cuerpos de ejército: -Mina, en Cataluña; Ballesteros, en las provincias vascas; O'Donnell, en -Castilla la Nueva; Morillo, en Galicia, y Villacampa, en Andalucía. - -De estos cinco hombres, de quien se esperaba mucho, O'Donnell, eterno -tránsfuga, abandonó la causa constitucional escribiendo una carta á -Montijo, en la que se manifestaba enemigo de las Cortes; Ballesteros y -Morillo capitularon; Villacampa no hizo nada, y únicamente Mina tuvo en -jaque á los franceses, y llevó la campaña con brío y con fuerza. - -Cierto que tenía él mejor ejército; que sus compañeros eran -constitucionales entusiastas, y que todos lucharon hasta el fin, -excepto el general Manso, que se pasó al enemigo. - -De los caudillos sueltos, Torrijos, Chapalangarra, Jáuregui, Valdés, -Campillo y algunos otros fueron también intrépidos campeones de la -libertad. - -Entre los generales de la Independencia, don Julián Sánchez, el -_Salamanquino_, estaba en Logroño. - -Tenía á sus órdenes dos batallones: uno de Infantería de línea, y otro -de Milicia activa; éste era el provincial de Logroño, mandado por -don Joaquín Cos-Gayón. Había también un cuerpo de voluntarios, á las -órdenes del coronel don Eugenio Arana. - -En Logroño, como en casi todas las demás ciudades, los oficiales del -ejército regular se sentían desalentados, y únicamente los voluntarios -tomaban la defensa de la Constitución con calor. - -Arana trabajaba con todo el entusiasmo posible: había pedido fusiles -al parque, había formado una compañía Sagrada, había instado al -Ayuntamiento á que publicase bandos llamando á los que debían ingresar -en la Milicia Nacional, y á que se reforzaran las murallas de Logroño -con las losas de la iglesia, suprimida, de San Blas. - -Aviraneta, con el _Lobo_, _Arranchale_ y _Nación_, llegó á Logroño y -se presentó en seguida á Arana. Había un cabo de la Milicia Nacional, -Pedro Iriarte, que era navarro, y Arana lo puso á las órdenes de -Aviraneta. - -Iriarte se distinguía por su entusiasmo: era silencioso, trabajador y -liberal acérrimo. - -Además de la Milicia de Arana, estaba en Logroño un pequeño grupo de -guerrilleros que formaba la partida del _Hereje_, que procedía de los -pueblos de la orilla del Ebro. - -La partida del _Hereje_ se distinguía por su radicalismo. El nombre del -_Hereje_ tenía su historia. Este jefe había estado de barquero en una -barca del Ebro, trasladando gente. Cobraba dos cuartos por cabeza, y un -día fué un vendedor de santos con una cesta llena de éstos, y pasó la -barca. - ---¿Cuánto es?--le preguntó al llegar á la otra orilla al barquero. - -El _Hereje_ contó todos los santos que llevaba, y dijo: - ---A dos cuartos por cabeza, son catorce cabezas: veintiocho cuartos. - -El vendedor protestó, y dijo que una cabeza de santo no podía pagar -como una de persona, y añadió que no pagaba. El _Hereje_ cogió la cesta -con los santos, y la tiró al río. Desde entonces le vino el apodo. - -El _Hereje_ era hombre pequeño, moreno, canoso, muy vehemente y -atrevido. - -Su partida no tenía buena fama, porque entre los que la formaban había -gente que experimentaba gran inclinación por los bienes ajenos. - -En períodos normales, la partida del _Hereje_ había estado varias -veces suprimida por el capitán general; pero en aquel momento era -indispensable aprovecharse de todos los recursos de que se pudiera -echar mano, y la partida del _Hereje_ tenía libertad de acción. - -Aviraneta, Arana y el _Hereje_ intentaron inflamar el espíritu público, -y se convocó á una reunión de nacionales, que no tuvo gran resultado. -Todo el mundo estaba desalentado, cansado. - -Al día siguiente, Aviraneta y Arana fueron á ver al brigadier don -Julián Sánchez. Don Julián Sánchez era hombre alto, rubio, de ojos -azules. Ya no recordaba el antiguo garrochista, brioso y hercúleo. - -A pesar de su fortaleza, era tipo de hombre distinguido, fino, cara -melancólica, nariz corva y frente ancha y despejada. - -Sánchez dijo que cumpliría las órdenes del general Ballesteros, quien -le había mandado que resistiera, y cuando no pudiera más, se retirara -hacia Soria. - -La frialdad é indiferencia de don Julián le preocupó á Aviraneta. La -mayoría de los militares no sentían con entusiasmo la causa liberal. -Don Julián Sánchez no era ya el guerrillero arrebatado y valiente. Ya -no se podía decir de él, como en una canción popular de la guerra de la -Independencia: - - Cuando don Julián Sánchez - monta á caballo - se dicen los franceses: - "Ya viene el diablo". - -Don Julián no tenía por entonces ningún aire de diablo: más parecía un -buen burócrata, apagado y tranquilo. - -Aviraneta y Arana se despidieron del brigadier, y pensaron en las -providencias que se podían tomar. - -Aviraneta era partidario de hacer saltar el puente de Logroño; pero -Arana creía que quizás la parte reaccionaria del pueblo se exasperaría -y les atacaría. Además, no había pólvora sobrante para hacer esto. - -El puente tenía dos puertas, y se dispuso defenderlas con barricadas. -Se hicieron dos parapetos, mal cimentados y sin gran resistencia, que -se fortificaron con cuerdas y alambres. - -Todo el mundo tenía la impresión del fracaso, y de que el enemigo -entraría en la ciudad. - -Algunos ilusos esperaban; dos mil hombres podían hacer algo. - -Cierto que escaseaban las municiones, pero aprovechadas bien había -posibilidad de detener á los franceses muchos días. - -Al saberse la aproximación del enemigo, don Julián Sánchez comenzó á -preparar, con los pocos medios que disponía, la defensa de Logroño. - -Envió á la fuerza que mandaba Cos-Gayón á que tomara posiciones cerca -del Ebro, se apoderara de las barcas, é impidiera el paso de los -franceses por los vados. - -El brigadier quedó para defender el interior de la ciudad con el -batallón de Infantería de línea y los milicianos. - -El día 17, las tropas del mariscal de campo, conde de Vittré, de la -división del vizconde de Obert, se presentaron en los alrededores de la -ciudad. - -El día 18, por la mañana, el conde de Vittré envió un parlamentario á -Sánchez, quien no lo quiso recibir. - -Poco después, el primer batallón francés de ligeros del 20 de línea -tomó posiciones, y empezó á tirotearse con los españoles. - -Estos contestaron al fuego con ardor, y contuvieron á los franceses -durante toda la mañana y parte de la tarde. - -Comenzaban los voluntarios y milicianos á entusiasmarse con la defensa -cuando se supo, con asombro, que el batallón de Milicia activa -provincial de Logroño, mandado por Cos-Gayón, y enviado por Sánchez á -las orillas del Ebro, alejándose de la capital y dejándola abierta por -varios puntos se retiraba á Fuenmayor con ochocientos hombres y noventa -jinetes. - -La voz de traición corrió entre la tropa, y el desaliento cundió -rápidamente por las filas constitucionales. - -En esto, á media tarde, otra compañía francesa de ligeros del 21 de -línea intervino en el ataque. Destacaron los franceses dos piezas de -artillería, que rompieron el fuego contra la primera puerta del puente, -destrozándola, y al poco rato un pelotón de zapadores, acercándose, -la hundía á martillazos y destruía la trinchera. Sostúvose un momento -desde la plaza el fuego, pero cesó de nuevo; y entonces un cornetilla -francés, subido á los hombros de un tambor mayor, escaló la segunda -puerta y la abrió. - -Pronto los cazadores ligeros despejaron el puente; los constitucionales -españoles comenzaron á retirarse hacia la parte alta del pueblo, cuando -el general Vittré mandó al primer escuadrón de la Dordogne diera una -carga contra los españoles. - -Sánchez, rodeándose de sus tropas, había formado el cuadro para -resistir el primer ataque de los de la Dordogne, y lo resistió -bravamente. Como los franceses tenían una superioridad de fuerzas -enorme, el general mandó al coronel Müller, de los húsares del Bajo -Rhin, que atacara por segunda vez. La caballería cargó con furia cuesta -arriba; las tropas de Sánchez se desordenaron, y el propio don Julián -cayó herido de una lanzada en el costado y fué hecho prisionero. - -Aviraneta estuvo á punto de ser derribado y fué alcanzado por una -lanza, que le rompió el pantalón y le hizo un rasponazo en la pierna. - ---Al camino de Soria--gritó el _Hereje_ á Aviraneta. - -Aviraneta, el _Lobo_, algunos otros milicianos y los de la partida -del _Hereje_ se defendieron en las esquinas de la calle del Mercado, -disparando contra los franceses; al coronel Arana se le distinguía -por su pelo blanco, entre sus milicianos, gritando y accionando, rojo -de ira. Aviraneta y los del _Hereje_ tuvieron que escapar subiendo á -la parte alta del pueblo. Aviraneta vió á _Arranchale_ y á _Nación_ -montados á caballo, dispuestos á huir. Aviraneta y el _Lobo_ se -acercaron á ellos, montaron en sus mismos caballos y tomaron la -carretera de Islallana. - -A la media hora de salir de Logroño se encontraron con varios -milicianos, y media docena de hombres de la partida del _Hereje_. - -Aviraneta quería reunirse con las fuerzas constitucionales; pero, al -preguntar en el camino si habían pasado por allí soldados, le dijeron -que no. - -Según unos, el grueso de los liberales había tomado en su retirada -hacia Rivaflecha. Otros creían que se había dirigido á Soria, por los -montes. - -Se hizo de noche. Aviraneta decidió detenerse en un sitio de fácil -defensa y aprovisionamiento, y esperar allí al _Hereje_. - -Se formó una patrulla, compuesta de veinte hombres, y en el camino -quedó reducida á doce. A la luz de la luna pasaron Islallana y entraron -en esa zona teatral y decorativa de la Sierra de Cameros. - -Al pie de estos montes, desnudos y pelados, corría un río claro y -espumoso. - -Antes de Torrecilla de Cameros se detuvieron; mandaron á uno por -provisiones al pueblo, y Aviraneta dispuso ocupar unas rocas que, como -trincheras naturales, dominaban el camino. - -Se pasó la noche allí, y á la mañana siguiente Aviraneta se encontró -con que de los doce hombres del piquete, más de la mitad habían -desaparecido. El coronel Arana no llegaba, y en vista de esto -Aviraneta dijo que cada cual hiciera lo que le pareciese mejor. -Aviraneta y el _Lobo_ compraron por diez duros, cada uno, dos caballos -que llevaban los milicianos fugitivos, y que querían deshacerse de -ellos. - -Al día siguiente se supo que las tropas constitucionales huían á la -desbandada. - -Cos-Gayón dijo años más tarde que se había retirado á Fuenmayor con -el batallón de Milicia activa, siguiendo las órdenes del general -Ballesteros y que había sido atacado por los franceses que le -dispersaron sus fuerzas. - -Sin embargo, todo el mundo creyó que había obrado de acuerdo con los -realistas, pues luego de la supuesta derrota, Cos-Gayón se retiró hacia -Pedro Manrique; volvió á Logroño, y unas semanas más tarde el Gobierno -absolutista le nombraba gobernador de Vitoria. - - - - -IX. - -AVIRANETA EN EL CONVENTO - - -Aviraneta dijo que él pensaba marchar á Aranda, y después á Valladolid, -á reunirse con el Empecinado. - -El _Arranchale_, _Nación_, el _Lobo_ y un muchacho riojano de la -partida del _Hereje_, á quien llamaban el _Estudiante_, decidieron -seguirle. - -Dejaron la calzada de Cameros, que se abre entre grandes masas de -tierras rocosas, horadadas por el agua, coloreadas de rojo y amarillo, -pasaron por delante de la cueva Lúbriga, donde se detuvieron un -momento, y tomaron después á campo traviesa. No se sabía el espíritu -que tendrían los pueblos por allí, y no era muy prudente entrar en -ellos. - -Dos ó tres veces se comisionó al _Estudiante_ para que comprara pan y -algunas viandas, y se hizo la comida en el campo. - ---Oiga usted, capitán--dijo de pronto el _Estudiante_. - ---¿Qué hay?--preguntó Aviraneta. - ---¿Usted cree que no podremos entrar en estos pueblos con seguridad? - ---No; seguramente que no. Sabrán que los franceses han tomado Logroño y -los realistas estarán alborotados. - ---Pues yo sé un sitio donde estaremos seguros. - ---¿En dónde? - ---En un convento de monjas. Tenemos que desviarnos una hora de camino. - ---¡Bah! No importa. - ---Entonces vamos allá. - -Se puso el _Estudiante_ á la cabeza del grupo y los demás marcharon -tras él. - -El _Estudiante_ era un joven vivo de movimientos, de estos tipos de -señoritos de pueblo conquistadores y jactanciosos. Tenía los ojos -negros y los ademanes petulantes. Llevaba un pañolito rojo en el cuello -y una rosa, cuyo tallo mordía entre los dientes. - -La mañana era de sol; el viento, frío y sutil, se metía en los huesos. - -Al llegar á algún grupo de casas, la patrulla lo rodeaba sin acercarse. - -Pasaron por delante de varias aldeas destacadas en el campo verde, con -un color amarillo de miel ó de pan tostado, y las dejaron sin intentar -entrar. - -Al caer de la tarde llegaron al pueblo indicado por el _Estudiante_. -Era grande, ruinoso, colocado en un alto, con casas amarillentas y -pardas, alrededor de una iglesia enorme. De lejos parecía un montón de -trigo rojizo levantado sobre la masa cenicienta y plateada de la sierra. - -Se decidió que Aviraneta y el _Estudiante_ entraran en el lugar, y que -el _Arranchale_, _Nación_ y el _Lobo_ quedaran cerca de un abrevadero -con los caballos. - -Aviraneta y el _Estudiante_ subieron por una rampa á la plaza del -pueblo. Era ésta espaciosa, cuadrada. - -En aquel instante no había en ella nadie. - -Uno de los lados de la plaza lo cerraba la Iglesia, una de esas -fachadas inmensas de estilo jesuítico del siglo XVII, con dos torres -altísimas y grandes remates barrocos. - -Otro de los lados lo formaba un viejo palacio abandonado, con una -soberbia arcada sostenida por columnas de piedra amarillo rojiza. - -Tenía este palacio magníficas rejas platerescas, balcones de hierro -florido y grandes escudos. Las ventanas y contraventanas eran de -cuarterones, pintadas con un rojo y un verde, desteñidos por el tiempo -y la humedad, que tenían unos tonos de nácar. Algunos huecos de la casa -estaban tapiados por dentro con paredes de ladrillo aspilleradas. - -En medio de la plaza había una fuente de cuatro caños, con un gran -pilón redondo. - -El ruido del agua en la taza de piedra era el único que resonaba en -aquel momento en el pueblo. - -Aviraneta y el _Estudiante_ entraron por una calle de casas grandes, -ruinosas, tostadas por el sol, con aleros artesonados, y salieron á -una plazuela ó encrucijada de la que partía una rambla pedregosa y en -cuesta. - -A un lado de esta rambla había un edificio de ladrillo con una torre -baja y un campanario rematado por una cruz y una veleta con un gallo. -Era el convento. - -Se acercó el _Estudiante_ á una puerta pequeña y verde, abrió el -picaporte, pasó él y tras él Aviraneta; recorrieron un pasillo enlosado -y un patio con tiestos de geranios y claveles y llamaron en otra -puerta, de la que salió una mujer flaca, atezada y sonriente. - ---Ave María Purísima. - ---Sin pecado concebida. - ---Hola, señora Benita. Buenas tardes. ¿Cómo está usted? - ---Bien, ¿y usted? - ---Bien; ¿podré hablar con Sor Maravillas? - ---Sí; creo que sí. - -Entraron en una habitación larga, obscura que olía á cerrado, con dos -bancos largos de nogal y el torno en el fondo. - -Se avisó á Sor Maravillas, y el _Estudiante_ pasó al torno y habló -con la monja, y se dedicó á echarla piropos con cierta petulancia y -afectación de Tenorio. Aviraneta oía la risa de Sor Maravillas. - -Luego el _Estudiante_ le contó que había venido con un amigo y que -deseaba que les permitieran pasar la noche á los dos en casa de la -señora Benita. La señora Benita era la guardiana. - ---Ya se lo diré á la superiora--dijo Sor Maravillas. - -Poco después volvió diciendo que podían quedarse. - -El _Estudiante_ piropeó de nuevo á la monjita y el torno se cerró. - ---Ahora quédese usted aquí--dijo el _Estudiante_--yo iré á buscar á -ésos, encontraré sitio para meter los caballos y vendremos todos. - -Salió Aviraneta del zaguán á un patio, y precedido de la señora Benita -subió á un cuarto alto con un balcón corrido. - -Aviraneta, como hombre acostumbrado desde chico á vivir con gente de -iglesia, sabía tratarla, y habló á la señora Benita como si hubiera -sido el capellán de la comunidad. La señora Benita quedó convencida de -que era un santo varón y le estuvo explicando cómo vivían las monjas y -las rentas que tenían. - -Había ya obscurecido; la señora Benita tomó su cena y se fué á dormir. -Aviraneta, esperando á sus compañeros, se asomó al balcón corrido -de madera. La luna aparecía sobre un monte iluminando el pueblo de -paredones blancos y de tejados completamente negros; abajo se veía -el jardín de las monjas con un estanque cuadrado donde brillaban las -estrellas; á lo lejos, la sierra se destacaba con todas sus piedras, -como una muralla sombría que estuviera á pocos pasos. - -A Aviraneta le vino á la imaginación el contraste de la España, tal -como era, soñolienta, inmutable, con la agitación política de los -últimos años; agitación que seguramente no había conmovido más que la -superficie del país. - -A las nueve apareció el _Estudiante_ con el _Lobo_, _Nación_ y el -_Arranchale_. Traían comestibles y vino; habían dejado los caballos en -una cuadra. - -Comieron, y después de comer se prepararon para dormir; no había más -que un catre con dos colchones. - -Los extendieron en el suelo é intentaron tenderse los cinco, pero no -tenían espacio. _Nación_ comenzó á refunfuñar. - ---Aquí debe haber un desván muy hermoso--dijo el _Estudiante_. - -Salieron á la escalera, subieron de puntillas y se encontraron con que -la puerta estaba cerrada. - ---¿No se podría entrar por otra parte?--preguntó Aviraneta. - ---Por el tejado quizás. - ---Veamos cómo. - -El _Estudiante_ indicó por dónde se podía ir. - -Aviraneta explicó al _Arranchale_ lo que decía. Este, con su agilidad -de simio, salió al balcón corrido, se subió por uno de los postes de -los extremos, escaló el tejado y volvió al poco rato diciendo que había -un camaranchón magnífico. - -_Nación_ no se decidió al escalo. Aviraneta y el _Lobo_ siguieron al -_Arranchale_ y salieron á un desván grande, con columnas de madera, -que tenía unas figuras de monumento de Semana Santa en un rincón entre -ristras de ajos y de cebollas y grandes calabazas. - -Durmieron admirablemente en un montón de paja; por la mañana, al -despertarse, abrieron la puerta del sobrado y fueron al cuartucho en -donde estaban el _Estudiante_ y _Nación_. - -Todos, menos el _Estudiante_ y Aviraneta, se trasladaron al desván, y -decidieron pasar unos días allá para descansar. - -El _Estudiante_ llevó á Aviraneta á la botica á que le curaran el -rasponazo que tenía en la pierna. - -La botica, un sitio de un par de metros en cuadro, miserable, ahogado, -olía á humedad. El boticario era un viejo bajito, gordo, rojo, con el -vientre piriforme y los ojos pequeños y malignos. Por lo que dijo el -_Estudiante_, aquel boticario no debía saber una palabra de farmacia, -porque su mujer, una vieja flaca y triste, con una venda negra en un -ojo, hacía los récipes. - -Le pusieron á don Eugenio unas hilas con ungüento en la herida y le -vendaron la pierna. - -Por la tarde, Aviraneta y el _Estudiante_ visitaron á las monjas en -el locutorio. Había ocho ó diez, todas de aire enfermizo y triste, -menos Sor Maravillas, muchacha aún de buen aspecto, de ojos negros, -brillantes, y cara ojerosa. - -La historia de Sor Maravillas era tragicómica. - -Había ido al convento de niña con su tía, que era la Superiora, y de -oír á todas las monjas que la vida del claustro era la mejor, decidió -profesar. Al comunicárselo á su tía la Superiora, ésta dijo que no, -que antes su sobrina tenía que ver el mundo y sus grandezas y sus -complicaciones, y un día de Agosto sacaron á la muchacha del convento -en compañía de la señora Benita y la hicieron dar una vuelta por el -pueblo desierto, polvoriento, abrasado por el calor. Sor Maravillas -volvió de prisa al convento diciendo que el mundo no le ilusionaba. - -Aviraneta habló con las monjas con la mayor amabilidad y después se -retiró en compañía del _Estudiante_. - -Al marcharse la señora Benita, Aviraneta y el _Estudiante_ entraron en -el desván; _Nación_, el _Arranchale_ y el _Lobo_, habían dado por una -escalera interior con la despensa de las monjas y habían sacado jamón, -bacalao, queso y dulce, y lo estaban devorando. - -El _Estudiante_ se alarmó porque dijo que la falta se la iban á -atribuir á él; _Nación_ le contestó con desprecio, y Aviraneta decidió -que debían marcharse. - -Se dispuso salir á media noche á buscar los caballos y por la madrugada -dejar el pueblo. - - - - -X. - -DE NÁJERA Á ARANDA - - -No conocía el _Estudiante_ muy bien el camino, ni Aviraneta tampoco, y -en vez de marchar en línea recta á Salas, aparecieron á media mañana en -Nájera. - -Entraron Aviraneta y el _Estudiante_ en el pueblo, y un linternero -chato, de ojos negros y brillantes, pequeño, aceitunado, que trabajaba -en una tiendecilla obscura de la calle Mayor, con quien entablaron -conversación, les dió todos los informes que le pidieron. Les tomaron á -los cinco por una avanzada del ejército de la Fe, y les trataron bien. -Comieron en un cuarto de una posada, bajo de techo, con baldosas rojas -y un balcón que daba á un pedregal, cruzado por el río Najerilla, y -después de comer, se encaminaron hacia Santo Domingo de la Calzada. - -A media tarde se detuvieron á descansar en la plaza de Alesanco. Una -nube de chiquillos apareció al ver los caballos. Vino el alguacil á -preguntarles qué pensaban hacer allí, y Aviraneta le dijo que se iban á -marchar en seguida. - -Un maestro de escuela, viejo, medio ciego, el único liberal del pueblo, -salió al encuentro de los forasteros. - -Se sentaron Aviraneta y él en un tronco de árbol que había al borde -de los arcos de la casa del Ayuntamiento. El maestro tenía un gran -entusiasmo por la libertad, y le temblaban las manos al hablar del -liberalismo. Quiso traer á Aviraneta un mapa de la provincia, y se -fué á buscarlo. Aviraneta quedó solo. Enfrente veía un caserón grande -y unas casuchas de adobes, en cuyos tejados nacían verdaderos prados -verdes. Vino el maestro con su mapa, se lo dió á don Eugenio, y éste y -la compañía salió del pueblo. - -El viento era fuerte y frío. Después de beber un trago, en un ventorro, -se lanzaron en dirección de Santo Domingo de la Calzada, adonde -llegaron de noche; durmieron en un parador de las afueras. - -Al día siguiente, con un hermoso sol, dejaron Santo Domingo. Durante -mucho tiempo estuvieron viendo su gran torre, alta y amarilla, hasta -que en la revuelta del camino la perdieron de vista. - -Al mediodía llegaron á Ezcaray, pueblo bastante grande, con una hermosa -plaza, y siguieron camino de Salas. - -Tardaron muchas horas en llegar á Salas; aquí tenía el _Lobo_ un mesón -amigo donde hospedarse, y pudieron descansar. - - * * * * * - -Poco después de salir de Salas les sorprendió un temporal de lluvia y -viento que duró varios días. - -El campo estaba cubierto de brezos, que empezaban á florecer. Cruzaron -por Acinas, aldehuela que tiene cerca una peña con restos de castillo, -y llegaron á Huerta del Rey. Decidieron guarecerse en el pinar, en una -tenada de pastores, porque Aviraneta no tenía gran confianza en la -gente de aquel pueblo. - -Entre el _Arranchale_ y _Nación_ robaron un cordero, lo mataron y lo -asaron. - -Dejaron al mediodía el pinar de Huerta, y siguieron su marcha. - -Enfrente se veía Somosierra nevada. Pasaron por delante de -Quintanarraya, y al llegar cerca de Coruña del Conde el cielo comenzó -á obscurecer y á ponerse morado; el viento levantó remolinos de hojas -secas y de polvo en el camino, y empezó á granizar con una enorme -violencia. - -Se guarecieron los cinco en un soportal de una casa del pueblo, y -cuando cesó el granizo siguieron adelante. - -Pasaron por Peñaranda de Duero, Vadocondes y Fresnillo, y llegaron á -Aranda por la noche. - -El _Lobo_ llevó al _Estudiante_ y á _Nación_ á su antigua casa, y -Aviraneta á la suya al _Arranchale_. - -Aviraneta se lavó, se mudó de ropa, y salió á la calle. - -Habló un momento con el relojero suizo y con el farmacéutico, y marchó -después á ver á Diamante. - ---Viene usted á tiempo--le dijo éste. - ---Pues, ¿qué pasa? - ---Que iba á marcharme del pueblo. La Milicia nacional de todo el -partido de Aranda está deshecha, y no hay quien la organice. Unos la -han abandonado y se han pasado á los realistas; otros se han marchado -á sus casas; el _Lobo_ y dos ó tres más han ido á reunirse con el -Empecinado. - ---Sí, ya lo sé. ¿Y Frutos? - ---Ese está con los feotas. Ya tienen preparado el batallón de -voluntarios realistas, y mandan en el pueblo como si estuvieran en el -poder. El teniente de realistas va á ser don Narciso de la Muela; el -corregidor, don Manuel del Pozo, y el regidor primero, Frutos. - ---¿De manera que aquí no podemos hacer nada? - ---Nada, porque nadie nos obedece. Yo he intentado restablecer la -disciplina: imposible. - ---Entonces, vámonos. - ---Cuando usted quiera--dijo Diamante--¡Antes si pudiéramos hacer una -barrabasada aquí! Podíamos trincar á los jefes realistas, y fusilarlos. - ---No, no vale la pena--dijo Aviraneta--. Una gota más ó menos en el mar -no es cosa. Lo que hay que hacer es marcharse rápidamente. ¿No quedan -caballos de la Milicia? - ---Sí; cuatro ó cinco. - ---¿Hay armas? - ---Ninguna. Todas se las han llevado los realistas. - ---Pues avise usted á los milicianos amigos, y mañana, á la mañana, si -es posible, saldremos todos para Valladolid. - ---Esperaremos. Mandaré el recado de día y sin que nadie se entere. -Ahora si los feotas vieran movimiento se alarmarían y quizás nos -atacaran. - ---Entonces, mañana avíseme usted cuando podamos salir. - ---Bueno. - -Hablaron Aviraneta y Diamante de los acontecimientos del pueblo y de la -proximidad de la invasión francesa, y se separaron. - - - - -XI. - -EL ESPÍA DE ROA - - -Hasta las doce de la mañana Aviraneta y Diamante no estuvieron -preparados para salir. A Diamante le acompañaban tres milicianos: uno -era Valladares, el otro un exclaustrado voluntario de un convento -de Peñaranda, á quien llamaban el _Fraile_, y que era tipo de mala -catadura, y el tercero un cómico, que por dedicarse á representar -entremeses y sainetes de tendencia liberal en los teatrillos de los -pueblos y cantar canciones de circunstancias había tenido que alistarse -entre los milicianos y huir de todos los lugares donde le conocían. - -El _Cómico_ era un viejecillo grotesco, flaco, estrecho, sin dientes, -con la nariz en punta, los ojos hundidos, la barba mal afeitada y -blanca y anteojos. Era de esos cómicos malos que en todas partes -parecen actores menos en el teatro: hablaba como un pedante consumado. - -Su compañero el _Fraile_, más repulsivo, era un hombre grueso y -grasiento, con la cara ancha, de blancura mate, tachonada de pústulas; -ojos negros y unas barbas negrísimas, que parecían de alambre, con -algunos hilos de plata. Este hombre, pesado y adiposo, tenía á veces -movimientos de mujer, y una mano blanca y sin huesos. - -Su conversación, mezcla de frases frailunas y de lugares comunes -del liberalismo de la época, era de lo más desagradable que pudiera -imaginarse. - -Con los cuatro que llegaron con Diamante se reunieron nueve hombres -á caballo. Diamante y el _Lobo_ llevaban sable; los demás no tenían -armas. Pasaron por Villalba, y luego, cruzando el monte de la -Ventosilla, tomaron todos el camino de Valladolid. Aviraneta pensaba -que les sería posible hacer las diez y siete ó diez y ocho leguas que -hay de Aranda á Valladolid en dos jornadas; pero no contaba con lo -imprevisto, y lo imprevisto fué que á tres de los caballos sacados de -Aranda se les cayeron las herraduras y comenzaron á marchar al paso, -cojeando. - -A media tarde, un poco antes de llegar cerca de Roa, se les acercó un -aldeano montado en un macho. - ---¿Por aquí no podríamos herrar estos caballos?--le preguntó el -_Estudiante_. - ---Sí; ahí mismo, en Roa, que está á un paso. - ---¿Hay que entrar en el pueblo?--dijo Aviraneta. - ---No; el herrador tiene la fragua en la misma carretera. - -Se acercaron á Roa. Se veía el pueblo rodeado de sus viejas murallas, -con sus cubos de piedra y sus restos de un castillo. - -El aldeano que les acompañaba era un hombre bajito, amable, rasurado, -que marchaba en su macho á mujeriegas, al parecer sin ganas de entrar -en conversación con los milicianos. - -Le preguntaron de nuevo dónde estaba el herrador, y él dijo que les -conduciría á su fragua. Efectivamente, los llevó á todos cerca de una -de las puertas de la muralla, á un cobertizo ennegrecido por el humo, -en cuyo fondo brillaba el fuego y sonaba un martillo. Hubo que esperar -largo rato á que terminaran de herrar á un potro bravo. Un mozo con -el acial revolvía violentamente el belfo del caballo hasta hacerle -sangrar; otro le había echado un lazo en la pezuña, y le tenía con el -brazuelo doblado. El potro luchaba furioso; pero al último, estremecido -y lleno de sudor, tuvo que dejarse poner las herraduras. - -Después del potro comenzaron á herrar á los caballos de los milicianos, -y cuando concluyeron era ya de noche. - -Aviraneta pensaba que lo mejor era seguir; pero el _Fraile_, _Nación_ y -los demás opinaron que, puesto que estaban allí, debían cenar. - -El aldeano que les había acompañado, y que hablaba con el herrador -sosteniendo su mula del diestro, les dijo que allí cerca estaba la -posada del _Trigueros_, y á pocos pasos una cuadra, donde podían meter -los caballos. - -Dejaron los caballos y fueron á la posada del _Trigueros_. - -Entraron en la cocina y rodearon el fogón donde ardía la lumbre. -Aviraneta, amigo de inspeccionarlo todo, entró por el pasillo y salió á -un patio y á un corral. - -La posada del _Trigueros_ era un mesón grande, sucio y á medias -derruído. Todo el mundo tenía allí mal aspecto. La dueña parecía un -buho con sus ojos redondos y obscuros y la nariz picuda. El patrón era -un hombre mal encarado, de mirada torva dirigida siempre al suelo. - -Había también una criada, una muchacha morena, con la piel de tonos de -cobre. Esta muchacha tenía unos ojos negros brillantes, la boca con una -dentadura blanca, fuerte, de animal salvaje, el andar de gitana y un -aire entre misterioso y amenazador. - -Algunos, y sobre todo el _Fraile_ y el _Estudiante_, comenzaron á -galantearla; pero ella, por malicia ó por indiferencia, contestaba á lo -que le decían con frases que no venían á cuento. - -La rivalidad entre el _Fraile_ y el _Estudiante_ ante la criada hizo -que los dos se enzarzaran en frases ofensivas, y que el _Estudiante_ -llamara Paternidad varias veces al _Fraile_, y que éste quisiera tirar -un plato á la cabeza del _Estudiante_. Aviraneta intentó cortar la -disputa, pero no le reconocieron autoridad. Se cenó en la cocina, y -la cena fué tan larga que se resolvió jugar una partida al monte y -quedarse allí á dormir. - -El patrón de la posada, el _Trigueros_, se acercó varias veces á la -mesa donde jugaban los milicianos, mirando al suelo, y anduvo rondando -junto á ella. - -Aviraneta, dirigiéndose á él, le preguntó: - ---Oiga usted, patrón. ¿Hay aquí tropa? - ---¿Aquí tropa? A veces. ¿Es que son ustedes milicianos? - ---¿Milicianos? ¿Por qué lo ha supuesto usted? - ---Qué sé yo. - ---¿Es usted el alcalde del pueblo?--le preguntó á su vez Aviraneta. - ---Decía si eran ustedes milicianos. - ---Yo decía si era usted el alcalde ó el juez. - -El _Trigueros_ comprendió que no le querían contestar, y replicó con -cierta sorna amenazadora: - ---Aquí se asegura que son ustedes amigos del Empecinado. - ---¿Dónde es aquí? - ---En el pueblo. - ---¿Es que aquí le tienen mucho cariño al Empecinado? - ---¿Aquí? Ninguno. - ---¿Les gustará más Merino? - ---Claro. - ---Como cura. Es natural. - ---Qué, ¿ustedes no son partidarios de los curas, verdad? - ---¿Por qué no? - ---¡Como dicen que son ustedes milicianos! - ---¡Bah! ¡Tantas cosas se dicen! - -El _Trigueros_, viendo que no sacaba gran partido con sus preguntas, -escupiendo por el colmillo, se fué de allá. - -Don Eugenio salió á la puerta del mesón. No tenía gran simpatía por -Roa; sabía que aquel pueblo era muy absolutista, pero en esto no se -diferenciaba de los demás. Años más tarde, cuando el capitán Abad y el -corregidor Fuentenebro llevaron al patíbulo al Empecinado, Roa tomó una -fama siniestra entre los liberales. - -Después de jugar, los milicianos quedaron en la cocina, alrededor del -fuego, bebiendo y hablando. El _Estudiante_ y el _Fraile_ siguieron -batiéndose á sarcasmos ante la criada agitanada. - -El _Lobo_ tenía un amigo en el pueblo, á quien pensaba visitar. - -Aviraneta quiso acompañarle. Salieron de la posada y se metieron en -Roa. Pasaron por una de las puertas de la muralla, que tenía una imagen -iluminada con dos farolillos, y por una callejuela llegaron á la plaza; -luego, de aquí marcharon hasta una encrucijada, donde vivía el amigo -del _Lobo_. - -Aviraneta se despidió del _Lobo_ y volvió á la plaza Mayor. - -La noche estaba obscura. Iba marchando con gran precaución, cuando -de pronto vió un grupo de sayones, con hopalandas negras; empuñando -alabardas marchaban á la luz de unos faroles, y se pusieron á cantar. - -Aviraneta esquivó el encuentro metiéndose en el hueco de una puerta. -Aquellos sayones de las hopalandas negras, los Hermanos de las Animas, -no eran para tranquilizar á nadie. - -Aviraneta tomó por un callejón pedregoso. - -Al marchar por él, en la obscuridad, vió un grupo de hombres en el -fondo de una taberna que estaban hablando y discutiendo á voces. -Aviraneta se paró á ver si oía algo; pero no llegaron hasta él más que -fragmentos de frases sin ilación. - -Luego siguió adelante, por calles y callejones, hasta salir á la -posada. La idea de un vago peligro le iba sobrecogiendo. Pensó en -aconsejar á los compañeros el marcharse de allí; pero no les vió. - -En el pasillo de la posada del _Trigueros_ encontró al aldeano del -macho hablando con el patrón. Tanta vigilancia aumentó sus sospechas. - -Preguntó á la patrona dónde tenía que ir á dormir, y ella le dijo que -arriba. - -Había en el piso bajo dos cuartos grandes, cada uno con dos camas, y -el _Fraile_, el _Cómico_, el _Estudiante_ y _Nación_ se apoderaron de -ellas por medio de una propina que dieron á la criada. - -En el piso alto quedaba un gabinete pequeño con una alcoba; el gabinete -tenía un canapé y la alcoba dos catres estrechos de tijera. - -Se habían sacado los colchones de los catres; los habían tendido en el -suelo en el gabinete, y estaban echados en ellos el viejo Valladares -y Diamante. El _Arranchale_ y Aviraneta disponían de la alcoba y del -lienzo de los catres. - -El _Arranchale_ roncaba al entrar don Eugenio; Aviraneta quedó sentado -en el camastro, en la obscuridad. Su natural prudencia de zorro se -alarmaba. - -Un pueblo tan hostil á los liberales, sin guarnición, con aquellas -gentes misteriosas que iban y venían, ¿no haría algo contra ellos? -Realmente era una torpeza el que todos se entregaran al sueño sin poner -un centinela. El no tenía autoridad para despertar á la gente y dar -órdenes. Aviraneta encendió con una pajuela un cabo de cera y comenzó -á inspeccionar el cuarto. Salió al gabinete. La puerta cerraba mal. -Volvió á la alcoba y abrió una ventana. Daba á un patio ó corralillo. - -Con la corriente de aire el _Arranchale_ se despertó: - ---¿Qué hay?--dijo en vascuence. - -Aviraneta le explicó sus sospechas y le indicó que le parecía -conveniente ver si aquel patio tenía salida á la carretera. El -_Arranchale_ no se hizo rogar: se descolgó por la ventana y bajó. - -El corral tenía una puerta á la carretera. El _Arranchale_ cogió del -suelo un palo liso, largo, de cinco ó seis metros, de esos que suelen -servir de ánima para hacer los almiares, y lo acercó á la ventana. - ---Sosténgalo usted--le dijo á Aviraneta. - -Aviraneta lo sostuvo, y el _Arranchale_ subió por el palo y ató la -punta de éste con una cuerda de esparto en los goznes de la ventana. -Hecha la maniobra, el _Arranchale_ entró en el cuarto con tres garrotes -que había cogido en el corral, y los dejó en un rincón; luego se tendió -en el catre y se quedó dormido. - -Aviraneta no tenía sueño. Seguía intrigado, pensando en los sayones -de la noche de Roa, en la supuesta hostilidad del pueblo, en la -amabilidad de aquel aldeano, en lo largo que había sido el herraje de -los caballos, en los preparativos de la cena y en el mal aspecto del -_Trigueros_. - -Si se hubiera encontrado solo con el _Arranchale_ y con Diamante, en -aquel mismo momento se hubiera marchado. - -Estuvo por despertarlos; pero temía que le acusasen de asustadizo y de -suspicaz. - -Aviraneta, preocupado con esto y deseando tener armas, cortó unas tiras -del pañuelo y se dedicó á atar con gran perfección el puñal suyo y la -navaja y la bayoneta de Valladares al extremo de los palos traídos por -el _Arranchale_ del patio. Cerca ya de media noche, convencido de que -no pasaba nada, apagó la vela y se tendió á dormir en el catre. - - - - -XII. - -LA ENCERRONA - - -Mientras Aviraneta y los suyos dormían en la posada de Roa se iba -amontonando sobre ellos una gruesa nube próxima á estallar. - -El hombre bajito que habían encontrado en el camino montado en un mulo -era uno de los realistas más exaltados del pueblo. Hábilmente les había -hecho perder tiempo, quedarse en la posada del _Trigueros_ y dejar los -caballos en una cuadra lejana. - -Este hombre, conocido por el _Zocato_, porque era zurdo, fué en seguida -de dejar en la posada á los viajeros á casa del jefe realista de Roa, -un tal Abad. Abad llamó á sus partidarios y tuvieron una reunión. Se -trataba de prender á los liberales llegados al pueblo y de quitarles -los caballos, que servirían para la futura tropa de voluntarios -realistas. - -La gente estaba contenta con la presa, pero había muchos á quienes -no satisfacía el procedimiento de encarcelar á aquellos hombres y -preferían algo más violento y decisivo. - -Entre estos estaban el _Zocato_, un lugarteniente de Abad, llamado -Gregorio González y apodado el _Buche_, y un cura joven que se -distinguía por su fervor absolutista y su odio á los impíos, á quien -llamaban el _Capillitas_. - -El _Zocato_, el _Buche_ y el _Capillitas_ hablaron á su gente, se -encontraron con los de la Hermandad de las Animas y entraron en algunas -tabernas á discutir y á esperar el momento. - -A media noche toda la tropa, en número de ochenta ó noventa hombres, -se acercaron á la posada del _Trigueros_ cantando la _Pitita_ y el -_Serení_. Los jefes colocaron á los suyos en las esquinas, rodeando la -casa. - -Aviraneta, que estaba en el comienzo del sueño, creyó oír un rumor de -gentes; pensó primero que desvariaba, pero al notar el murmullo más -claro y distinto, se incorporó en el catre y escuchó. - -Se oía claramente entonado á coro el estribillo de la canción que -llamaban la Pitita: - - Pitita, bonita, - con el pío, pío, pon. - ¡Viva Fernando - y la Religión! - ---Nos querrán dar una cencerrada--pensó Aviraneta, y se levantó á -tientas, salió al gabinete y, empujando violentamente las maderas, -abrió la ventana. - -Al mismo tiempo sonaron los estampidos de cuatro ó cinco trabucazos, -y una lluvia de metralla pasó alrededor de Aviraneta. No le dió ni -una bala. Aviraneta despertó á puntapiés á Diamante y á Valladares. -El _Arranchale_ había saltado inmediatamente de la cama al oír los -estampidos. - -Se sintió abajo un rumor de lucha y gritos agudos. - -El _Arranchale_, Aviraneta, y después Diamante y Valladares, bajaron -rápidamente por el palo del almiar desde la ventana al corralillo. - ---¡Mueran los masones! ¡Mueran los judíos! ¡Mueran los -negros!--gritaban desde fuera. - -Aviraneta miró desde una rendija de la puerta del corral. Había un -grupo de veinte ó treinta hombres. Los dirigían dos ó tres personas, y -entre ellas el _Zocato_. - -Aviraneta dijo en voz baja: - ---¡Atención! Prepararse. A correr á la derecha. Al que quiera -detenernos hay que matarlo. - -Diamante tenía su sable; Valladares, el _Arranchale_ y Aviraneta, los -palos con la bayoneta, la navaja y el puñal en la punta. - -Aviraneta abrió la puerta del corral, y los cuatro rompieron por en -medio de la gente y echaron á correr. Los sitiadores no comprendieron -bien que era aquéllo, pero al poco rato un grupo de diez ó doce salió -en persecución de los fugitivos. Era gente joven, sin duda, y más ágil, -porque pronto les dió alcance. - -Aviraneta gritó: - ---¡Media vuelta! - -Los cuatro, al mismo tiempo, hicieron frente á los que les perseguían. - -Valladares, que era un soldado viejo y manejaba bien la bayoneta, dió -un bayonetazo á uno en el muslo, y Aviraneta clavó el puñal en la -garganta de otro. - -Los perseguidores vieron que sin armas les tocaba la de perder y se -retiraron. Era la noche obscura, nadie conocía el camino y no sabían -qué hacer. - -Meterse por los sembrados era condenarse á no adelantar nada, y seguir -por la carretera exponerse á que con facilidad los cogieran. Decidieron -seguir por el camino hasta que aclarara, y luego esconderse. - -Antes de amanecer vieron á dos hombres que venían corriendo. Uno de -ellos era el _Estudiante_, que había escapado no sabía cómo, medio -desnudo y lleno de heridas; el otro, el _Lobo_, á quien habían ido á -buscar para matarlo á la casa de su amigo. - -El _Estudiante_ dijo que á _Nación_, al _Fraile_ y al _Cómico_ los -habían acribillado á navajadas hasta dejarlos como una criba. Después, -al _Fraile_ le habían vaciado los ojos y al _Cómico_ le habían mutilado. - -Al hacerse de día, los fugitivos se metieron á campo traviesa hasta -llegar á un bosquecillo de encinas y carrascas. Era este bosquete -el único que había por aquellas tierras, pero ni Aviraneta ni sus -compañeros se fijaron en ello. - -Se tendieron todos á descansar un momento, y el despertar fué -terrible. Tenían delante al _Buche_, al _Capillitas_, al _Zocato_ y al -_Trigueros_, con otros ocho hombres más que, montados en sus caballos, -los habían perseguido hasta encontrarlos y atarlos. - -El _Arranchale_, sin saber cómo, desapareció. El _Estudiante_, loco de -cansancio y de terror, se echó á los pies del _Capillitas_ pidiendo -perdón, pero éste no estaba para perdones. - ---No, no, os vamos á fusilar á todos. - ---¡A todos, á todos!--dijeron los demás. - ---Va usted á fusilar á un oficial de Merino--dijo Aviraneta. - ---¿Quién es? - ---Yo. - ---¡Hombre! Pues no me importa nada, monín--dijo el _Capillitas_--. Te -contestaré con la divisa de Roa: «Quien bien quiere á Beltrán, bien -quiere á su cán». Haber salido con don Jerónimo, amiguito, no sólo -antes sino ahora que defiende la religión. - -A pesar del momento, que no era para sentir pinchazos de amor propio, -Aviraneta experimentó una profunda cólera al oirse llamar amiguito y -monín. - ---Este es el jefe--dijo el _Trigueros_ mostrando á don Eugenio--el -amigo del Empecinado. - ---Lo tendremos en cuenta--exclamó el _Capillitas_--. Conque señores, -como dentro de poco van ustedes á estar en la eternidad voy á -confesarles á ustedes. Tú, teniente de Merino. - ---Yo no quiero confesarme con un hijo de perra como tú--dijo -Aviraneta--. ¡Confesarme tú! Lo más que te permitiría sería limpiarme -las botas. - -Dos hombres del _Buche_ se acercaron á Aviraneta. - ---Dejadle, dejadle--dijo el cura--; le calentaremos los pies para que -se amanse. ¿Y usted?--preguntó el cura á Diamante. - ---Yo te desprecio, miserable. ¿Es que crees que me vas á asustar á mí? -A mí con amenazas. - ---Otro candidato al fuego--repuso el cura. - -El _Lobo_ no dijo nada. El _Estudiante_ y Valladares asintieron á la -confesión, y el primero se aproximó al cura, llorando. - -El _Capillitas_ se alejó de los demás con el _Estudiante_ y dió á su -fisonomía un aire de hipócrita unción. - -Era el cura un tipo bajito, con unos ojos grandes negros, unos -movimientos vivos y una barba muy azul del afeitado. Mientras estaba -serio tenía aire de persona, pero cuando se reía se desenmascaraba y -parecía una estúpida bestia. - -Mientras el _Capillitas_ confesaba, el _Buche_ contemplaba la escena -apoyado en el sable con una gran jactancia. El tal tipo tenía una cara -abultada y torpe, los ojos pequeños y la expresión de orgullo. - -Al terminar la confesión el _Estudiante_, le sustituyó Valladares. El -_Estudiante_ quedó paralizado de terror. - -En esto, con una rapidez inaudita, se presentaron varios soldados -constitucionales que rodearon el bosquecillo donde estaban todos. - -El _Buche_ y sus hombres montaron á caballo con rapidez y huyeron. -El _Zocato_, el _Capillitas_ y el _Trigueros_ fueron á hacer lo -mismo; pero Diamante, el _Lobo_ y Aviraneta, á pesar de estar atados -por las muñecas, se echaron sobre los estribos de los caballos, é -interponiéndose y mordiendo, sufriendo los golpes y patadas de los -realistas, no les dejaron montar. - -El _Arranchale_ había resuelto la situación. Al escapar había -encontrado á un campesino que le había dicho que cerca había tropas y -las había buscado y las había traído. - -Era una media compañía con un capitán. Soltaron á Aviraneta y á sus -amigos y ataron al cura, al _Zocato_ y al _Trigueros_. - -Aviraneta contó al oficial lo ocurrido y éste decidió fusilar á los -tres facciosos. Al oír su sentencia el cura se acobardó y empezó á -sollozar y á pedir á Aviraneta que intercediera por él. Aviraneta -volvió la espalda con desdén y miró á otro lado. - ---¿Quiere usted ahora que yo le confiese padre?--le comenzó á preguntar -el _Estudiante_ con sorna. - -El cura gritaba, se tiraba al suelo llorando, el _Zocato_ pedía perdón -y el _Trigueros_ protestaba. El oficial les dijo que se dejaran atar -porque iba á llevarlos prisioneros. - -Se dejaron atar casi satisfechos, y cuando estaban atados los hizo -ponerse á los tres junto á un árbol y mandó fusilarlos. - -Luego, entre el _Estudiante_ y unos soldados, cogieron los cadáveres -del _Zocato_, del _Trigueros_ y del _Capillitas_, y los colgaron por el -cuello, con gran simetría, de las ramas de una encina. - ---Este amor por lo decorativo nos pierde--exclamó Aviraneta con humor. - ---No cabe duda--dijo el _Arranchale_ á Aviraneta en vascuence, con -mucha seriedad y como quien hace un descubrimiento--que les gustará á -ustedes más ver desde aquí á esos hombres colgados, que no que ellos -les hubieran visto á ustedes en esa posición incómoda. - -Aviraneta dió una palmada cariñosa en el hombro al _Arranchale_, y -celebró la frase riendo. - -El oficial de la tropa que los había salvado permitió á Diamante, -Aviraneta y al _Lobo_ que tomaran los caballos del _Trigueros_, del -_Zocato_ y del _Capillitas_ y se fueran con ellos. - -El _Arranchale_ se volvió á su país y Valladares y el _Estudiante_ se -incorporaron á la media compañía, mandada por el capitán. - -Aviraneta, el _Lobo_ y Diamante llegaron á Valladolid, y se encontraron -la población sin tropas liberales. - -El día 25 de Abril, con la división del ejército de la derecha, había -entrado el cura Merino en Palencia con cinco mil hombres y derribado -la lápida de la Constitución. El general Morillo, conde de Cartagena, -de miedo al copo, se retiró á Galicia, y el Empecinado, viéndose -sin posibilidad de defenderse, evacuó también la ciudad y marchó á -Salamanca y luego á la plaza de Ciudad Rodrigo. - -Diamante, el _Lobo_ y Aviraneta tuvieron que seguir el mismo camino -hasta unirse con el Empecinado. - - - - -XIII. - -EN CIUDAD RODRIGO - - -Ciudad Rodrigo es una ciudad colocada en una eminencia, rodeada de -murallas, algunas antiguas, otras reconstruídas á trozos. Tiene -hermosas casas de sillería con grandes escudos, un magnífico -Ayuntamiento y un castillo derruído, el de Don Enrique de Trastamara. - -En sus muros se abren tres puertas: la del Conde, la de Santiago y la -de la Colada. - -La antigua Miróbriga tiene alrededor una gran vega ancha y sonriente -que se divisa como un mar verde desde lo alto de la muralla. - -No era muy agradable para un ejército numeroso la estancia en Ciudad -Rodrigo. - -Además de la opresión del pueblo amurallado y estrecho estaba todo muy -sucio y abandonado. - -Las calles se veían siempre llenas de basura y había un olor pestilente. - -Por fortuna Aviraneta, el _Lobo_ y Diamante fueron encargados de hacer -excursiones, para forrajear, por los alrededores, y se establecieron -con un piquete en una alquería próxima que se llamaba Pedro Tello. - -Los aldeanos de los contornos manifestaban por Aviraneta un odio -terrible; pero alguno que otro se había hecho amigo suyo y solía -contarle las hazañas realizadas en Ciudad Rodrigo por don Julián -Sánchez y don Andrés Pérez de Herrasti. - -Aviraneta todos los días marchaba al alojamiento del Empecinado, y -entre los dos discutían planes y proyectos. Muchas veces, para estar -más solos, iban al claustro de la catedral. Aviraneta comenzó á -redactar un periódico que hacía copiar á mano y repartía entre los -soldados. - -Pretendía dar confianza á las tropas, y contaba una serie de triunfos -de los constitucionales contra los franceses que no existían más que en -su imaginación. - -La situación del ejército era muy mala: don Juan Martín tenía sus -cuadros de tropas de línea incompletos; las partidas de milicianos y -voluntarios patriotas muy entusiastas, muchas veces no servían; no -había dinero y era indispensable salir todas las semanas á requisar -ganado y forraje para el abastecimiento de la plaza. - -El estado del país iba poniéndose desesperado. - -El ejército no hacía el esfuerzo necesario para oponerse al avance de -los franceses. - -No pasarán los Pirineos, se dijo primero. Se quedarán en las -provincias del Norte. No pasarán el Ebro. En Despeñaperros los -destrozaremos. - -Y los franceses pasaron los Pirineos, no se quedaron en las provincias -del Norte, cruzaron el Ebro y atravesaron Despeñaperros. - -Los liberales tuvieron que ir perdiendo sus ilusiones en Ballesteros, -en Morillo, en Montijo y en O'Donnell. - -Se había creído que este último se opondría á los franceses en -Somosierra y en el Guadarrama, pero los dejó pasar sin disputarles el -terreno. - -Todos estos generales eran partidarios de dar por fracasada la -Constitución del año 12. Montijo escribió una carta á don Enrique -O'Donnell, conde de la Bisbal, diciéndole que se decidiese á salvar -al país y á cumplir la voluntad del pueblo; que era que no siguiese -rigiendo la Constitución, porque ésta no afianzaba la seguridad -individual ni conservaba la dignidad de la monarquía española. - -O'Donnell contestó en un sentido parecido; los liberales, al leer -su carta, se indignaron, y La Bisbal tuvo que escapar de Madrid, -resignando el mando de las fuerzas en Castelldosrius, quien también -abandonó la Corte dejando el mochuelo al general Zayas, que fué quien -tuvo que capitular. - -Unicamente los guerrilleros Mina, el Empecinado, Chapalangarra y -algunos generales como Torrijos, Riego y López Baños estaban dispuestos -á defender la Constitución hasta el fin. - -Mina tenía lo mejor del ejército y estaba en Barcelona, en donde -había espíritu liberal entusiasta; primero por los hijos del país, -luego por encontrarse allí hombres comprometidos en las revoluciones -de Nápoles y Piamonte; patriotas polacos, estudiantes, alemanes y -franceses obligados á dejar su patria por las persecuciones policiacas -de la Santa Alianza. Había también en Barcelona una Legión liberal -extranjera, organizada por Pacchiarotti, con un pequeño batallón de -infantería y un escuadrón de lanceros. - -Muchas compañías estaban formadas por oficiales y dos generales -italianos empuñaban la lanza como simples soldados. - -El Empecinado no tenía estas ventajas; no estaba sostenido por el -espíritu de una ciudad liberal: se encontraba en tierras hostiles, -sin más consejo que el de Aviraneta, y no podía aceptar siempre sus -inspiraciones. - -Entre los dos había una obscura incompatibilidad. Aviraneta sentía una -mezcla de cariño, de admiración y de desdén por el general. El verle -tan tosco y muchas veces tan incomprensivo le ponía en contra suya. -Al Empecinado, por su parte, le producía su secretario un sentimiento -confuso de desconfianza y de repulsión. Sabía que Aviraneta era hombre -de probidad, pero le veía capaz de una infamia por defender su causa. - -Don Juan afirmaba que, puesto que la doctrina liberal era la mejor y -la más justa, los procedimientos de los liberales debían ser también -siempre claros y justos. - -Aviraneta creía que el fin justifica los medios. Con este motivo, el -general y su secretario solían discutir. Uno de los sitios de sus -discusiones era el claustro de la catedral. - -Aviraneta quería convencer á don Juan Martín de que debía aceptar todos -los recursos. - ---El hombre de guerra, por lo mismo que vive entre catástrofes--decía -Aviraneta--tiene que ser inmoral. Esta es su superioridad. Aquí -conviene ser benévolo, se respetan las personas y las cosas; allí -conviene ser severo, se fusila á todo el mundo y se queman las casas -y los campos. En una parte, religioso; en otra, impío; aquí, blando; -allí, duro. El militar es lo arbitrario. No puede rechazar medio -ninguno. Para nosotros, el fin lo purifica todo. - ---No, no--decía el Empecinado. - -Aviraneta, que seguía inspirándose en los Comentarios de César y en el -Príncipe de Maquiavelo, creía que en la política todo está permitido, -y que lo que en la vida de un individuo: el engaño, el fraude, la -falsificación, es una infamia, puede en la vida pública considerarse -como una maniobra del Estado. - -Don Juan Martín, por el contrario, no quería aceptar que, para ejercer -el mando con habilidad, se necesitara el empleo de medios reprobables -é inmorales; no veía que los hombres de gobierno, cuanto más -inteligentes y á la vez más fríos, astutos y crueles, son los mejores -políticos. - ---Mientras la sociedad viva como un organismo en perpetuo -desequilibrio--decía Aviraneta--el gobierno será bárbaro y depravado; -tendrá el político algo de las atribuciones del cirujano: cortará la -carne enferma y la sana, gozará de una verdadera dictadura para el bien -y para el mal. ¿Quién le podrá atajar? ¿La opinión pública? Ilusión. -Unicamente al final, se dirá: Tuvo éxito ó fracasó. Salvó al país ó lo -hundió. Si tuvo éxito se le aplaudirá, si no se abominará de él. ¿Quién -irá á comprobar los medios que empleó? Nadie. - ---¡Horror!--decía don Juan. - ---Verdad, verdad--replicaba Aviraneta--. Verdad de hoy y probablemente -verdad de siempre. No hay pueblo que pueda tener un gobierno de hombres -justos. Tendría que haber un medio social sano, cuerdo, en perfecto -equilibrio. Es decir, que para sostener una utopía habría que inventar -otra. - - - - -XIV. - -LA TOMA DE CORIA - - -Al final de la primavera llegó á Ciudad Rodrigo la noticia de la -sublevación de algunos pueblos de Extremadura que habían desarmado la -Milicia nacional y proclamado el rey absoluto. - -La primera ciudad importante que se rebeló en la región fué Coria; -á ésta, al parecer, debía seguir Plasencia, y después la Vera y la -Serranía de Gata. - -El levantamiento de aquella comarca podía cortar la comunicación de -las tropas del Empecinado con el ejército de Extremadura y dejar en -el aislamiento á Ciudad Rodrigo, que á la larga hubiese tenido que -rendirse. - -El Empecinado y Aviraneta decidieron marchar á Extremadura á sofocar -el incendio; y dejando la guarnición casi íntegra en la ciudad -salamanquina, se formó una columna de caballería de unos seiscientos -hombres, la mitad compuesta de jefes y oficiales que habían servido en -los cuerpos de guerrilla durante la Independencia, y la otra mitad, -por lanceros. - -Iba la columna dividida en tres escuadrones: uno mandado por el coronel -Maricuela; el otro, por el coronel Dámaso Martín, el hermano del -Empecinado, y el último, por el comandante don Francisco Cañicero. - -Salieron de Ciudad Rodrigo á final de Mayo, pasaron por Fuente -Guinaldo, que había sido el cuartel general de Wellington en la guerra -de la Independencia, y por Moraleja dieron la vista á Coria. - -En la mañana del día primero de Junio, Aviraneta se acercó con los -exploradores á mirar con su anteojo el Castillo de Coria, y vió que -entre las almenas había gente apostada. Se aproximaron un poco más, y -entonces los del castillo les hicieron una descarga cerrada. - -Dispuso el Empecinado que un parlamentario con bandera blanca se -acercase al pueblo á intimar su rendición; pero al ponerse á tiro -comenzaron á gritarle desde arriba: "No te acerques. No te acerques". -Algunos dispararon, y el parlamentario se retiró. - -En vista de la resistencia, el Empecinado decidió sitiar y atacar la -ciudad. Se acampó á media legua de distancia de las murallas y la noche -del día primero se hicieron varios reconocimientos. - -Cien hombres mandados por Dámaso Martín dieron la vuelta al pueblo, y -Aviraneta, con una patrulla de cinco hombres, inspeccionó de noche la -muralla y fué de una puerta á otra con un vecino liberal de uno de los -barrios de extramuros. - -El resultado de las investigaciones de don Eugenio fué que la puerta -del Carmen era la más débil, que no tenía hierros, sino una tranca, y -que por ella había que hacer el intento de entrar. - -Aviraneta explicó estos datos al Empecinado y se dispuso el ataque para -el día siguiente. - -El Empecinado haría un amago de una manera muy ostentosa, con todas sus -tropas, por la puerta de San Francisco; Dámaso Martín alarmaría por -el lado del palacio derruído del marqués de Coria, y cuando toda la -atención de los realistas se pusiese en aquellos puntos, Aviraneta, con -un grupo de hombres, intentaría forzar la puerta del Carmen. - -Así se hizo. Antes del amanecer cincuenta soldados, dirigidos por -Aviraneta, se establecieron en unas casas próximas á la puerta del -Carmen. Eran cinco zapadores, cuarenta fusileros, cuatro tambores y un -pito. - -Debían esperar allí hasta el anochecer. - -En la casa donde entró Aviraneta vivía un hombre muy viejo, un tipo de -senador romano. Este viejo, alto, tenía una cara de medalla antigua, -las cejas salientes, la nariz corva, la boca severa y estaba ciego. -Vestía una chupa de ante amarillo, con bordados abrochada hasta arriba, -casaca negra con faldones y cuello blanco. En la cabeza llevaba -apretado un pañuelo y encima un sombrero chambergo. Sobre las calzas -gastaba zajones con listas doradas, y zapatos con hebillas y polainas. -A pesar de que no hacía frío se cubría con una gran capa bordada. - -Aviraneta estuvo hablando con el viejo, y oyéndole contar historias y -anécdotas que se remontaban á la primera mitad del siglo XVIII. - -Aquel viejo tenía muy buena memoria, y con su semblante severo, su -hablar tranquilo, sentado en un sillón antiguo, parecía la voz del -pasado. - -A media tarde Aviraneta salió de la casa del viejo y se alejó de ella -en línea recta, bajando un barranco en dirección contraria á la ciudad; -luego tomó por la izquierda, acercándose al campamento del Empecinado, -á enterarse de las circunstancias de la lucha. - -El Empecinado había comenzado un ataque aparatoso. Mandó incendiar -varias casas del barrio de San Francisco y se tiroteó á gran distancia -con los realistas. Estos le insultaban furiosamente. El incendio -duró largo tiempo, pero no llegó á la puerta de San Francisco, cosa -que sabía muy bien don Juan. Al anochecer, el general fraccionó sus -fuerzas é hizo que parte se dirigiese á atacar la puerta de la Guía, -mientras Dámaso Martín intentaba escalar el cerro por las proximidades -del palacio del marqués de Coria. Aviraneta corrió á la casa del viejo -á dar sus disposiciones. Era el momento en que tenía que obrar, un -centinela desde el tejado anunció que los realistas se corrían hacia -el sitio de la muralla, donde comenzaba el nuevo ataque, y que por el -lado de acá no había nadie. - -Aviraneta se preparó. - -Cuatro zapadores avanzarían con él inmediatamente á la puerta del -Carmen y comenzarían á serrarla; veinte fusileros pasarían en seguida -que ésta se abriera, y otros veinte quedarían emboscados en la casa -para hacer fuego desde los balcones sobre los realistas que aparecieran -en la muralla. - -Todo se hizo con rapidez. Aviraneta y los zapadores llegaron á la -puerta y en un momento la abrieron. Al ruido aparecieron dos realistas -en la muralla, que fueron tiroteados, y se retiraron en seguida. - -Abierta la puerta, los cincuenta hombres, precedidos por Aviraneta, -pasaron, derribaron una barricada y entraron por una calle del pueblo. - ---¡Adelante!--dijo Aviraneta. - -Avanzaron todos, en silencio, por la callejuela. - ---Tocad el himno de Riego--añadió don Eugenio. - -Coria estaba desierta. La pequeña tropa marchaba en medio de la -oscuridad al compás de su himno saltarín y bullanguero. Aviraneta -caminaba delante, con el sable desenvainado, y los soldados arma al -brazo... No sabía dónde estaba la puerta de San Francisco, y comenzaba -á temer que los realistas hubiesen cerrado la del Carmen y le hubiesen -dejado dentro. - -Aviraneta dividió su fuerza, é hizo que cuarenta hombres se dirigiesen -al pie del castillo á abrir la puerta, mientras él, con los diez -restantes y los tambores y el pito, se dirigía por las calles haciendo -que tocaran el himno constantemente. - -Poco después se oyeron otros tambores. El Empecinado entraba en Coria. - -Los sublevados, desmoralizados, no intentaron defenderse y escaparon, -abandonando las armas. - - - - -XV. - -UNA CIUDAD LEVÍTICA - - -Coria es una ciudad pequeña de Extremadura, asentada sobre una colina á -orillas del río Alagón. - -Es ciudad antigua, de silueta castiza: tiene el aspecto místico, -estático, religioso y guerrero de casi todos los pueblos españoles de -tradición. - -Coria, más que un pueblo con una catedral, es una catedral con un -pueblo. - -Es una ciudad levítica por excelencia. Para unos quinientos vecinos, -que representan unos dos mil á tres mil habitantes, Coria cuenta con la -catedral, el seminario, la parroquia de Santiago, el convento de monjas -de Santa Isabel, el de San Benito y varias ermitas y capillas. - -Por entonces la catedral tenía once dignidades: deán, tesorero, -arcediano de Coria, arcediano de Valencia de Alcántara, prior, -arcipreste de Coria, arcipreste de Calzadilla, chantre, arcediano de -Cáceres, arcediano de Galisteo, maestrescuela y arcediano de Alcántara. - -Había, además, quince canónigos, seis racioneros, seis medioracioneros, -un beneficio curado y número competente de capellanes. - -Funcionaba también en Coria el tribunal eclesiástico, formado por -el provisor, el vicario general, un fiscal, dos notarios y tres -procuradores. Estos, unidos á los profesores del seminario, á los -párrocos, curas, frailes, monjas, sacristanes, legos y monaguillos, -hacía que el obispo tuviera bajo sus órdenes un pequeño ejército. - -Coria era pueblo amurallado con gruesas murallas, algunas de las cuales -databan de la dominación romana. - -Entonces Coria tenía unos pequeños arrabales extramuros que después han -ido creciendo. Se asentaba la ciudad sobre una meseta que se prolongaba -en llano hacia el Norte; en cambio, hacia el Sur el cauce del Alagón -dejaba un barranco, en cuyo fondo corría el río. - -Este pasaba lamiendo la base de la colina cauriense, y tenía un -magnífico puente. Con el tiempo el Alagón se desvió de su álveo, que -fué cegándose con la tierra de las crecidas, y se separó del pueblo, -dejando el puente en seco, con lo cual el antiguo cauce se llenó de -huertas, formando la Isla ó el Arenal del Río. - -Esta irregularidad de encontrarse en seco el puente daba lugar á bromas -que las gentes de Coria, que no se sentían completamente coriáceas, -aguantaban con poca calma. Por la época aquella, á falta de puente, -había una barca en el sitio llamado las Lagunillas, y dos vados: el -de la Barca y el de la Martina. Mirando á Coria por el camino de -Plasencia, la ciudad se presentaba en un alto, en el fondo de la gran -vega, cruzada por el río. Sobre el vértice del cerro aparecía la -catedral en medio; á la izquierda, el palacio del marqués de Coria, y -á la derecha, un edificio cuadrado, grande, con muchas ventanas: el -seminario. - -Desde el camino de Ciudad Rodrigo, Coria se presentaba plana, con el -castillo de piedra, en medio de la muralla dominando los tejados, y la -torre de la catedral. - -Había cuatro puertas en la ciudad: la de San Francisco, la de la -Estrella, la del Carmen ó del Sol y la de la Guía ó de la Corredera. -Había además la puerta del Postiguillo, estrecha abertura entre el -seminario y la catedral. - -Al entrar Aviraneta y el Empecinado en Coria, se encontraron el pueblo -que parecía desalquilado. La gente estaba escondida, las calles -tristes, sucias, completamente desiertas. En la plaza, las pocas -tiendas se veían cerradas, y únicamente se hallaba abierta la botica. -La lápida de la Constitución había sido arrancada del Ayuntamiento. - -Fué un problema alojar los seiscientos hombres del Empecinado en Coria. - -Los jefes fueron á vivir á las casas de las familias liberales del -pueblo, que eran cuatro ó cinco: la de Zugasti, la de Simones, la -de Medrano, la de Roda y la de uno que se hacía llamar el Segundo -Empecinado. - -El Empecinado y Aviraneta fueron á parar á casa de don Marcelo Zugasti. - -Al día siguiente, domingo, se reunieron los constitucionales del pueblo -á hablar con el general. Estuvieron en la reunión don Juan Muñoz de -Roda, síndico y miliciano nacional; don Pedro José de Medrano, médico; -el farmacéutico y dos contribuyentes ricos: Sebastián Simones, y el que -se hacía llamar el Segundo Empecinado. - -Zugasti explicó la situación. Este Zugasti era un propietario liberal -que se había hecho con bienes monacales, y mandaba la Milicia de Coria. - -Era un tipo de hombre flemático y sereno; tenía una cara correcta, los -ojos azules, la tez muy curtida por el sol y la expresión fría. - -Zugasti explicó cómo había empezado á armarse la Milicia Nacional -en el pueblo: al principio bien, con cierto entusiasmo. Los curas -párrocos del partido no habían tenido inconveniente en prestarse á -explicar los días festivos la Constitución; pero cuando comenzaban -sus explicaciones, la gente se marchaba. El año anterior se había -uniformado la Milicia Nacional, quedando formada por catorce hombres -de caballería y veintidós de infantería. Ya en este año, el 22, -el espíritu del pueblo se había hecho francamente hostil á la -Constitución, y cuando algún párroco hablaba de ella en la iglesia, la -gente vociferaba. - -Al final de 1822, el arcediano de Valencia de Alcántara había comenzado -á conspirar; don Feliciano Cuesta se pronunciaba á favor del rey -absoluto, y á principio del 23 se presentaba la facción de Morales en -los pueblos comarcanos. La Milicia de Coria, al mando de Zugasti, salió -á pelear contra ella. La partida de Morales constaba de veintitrés -hombres mal armados, é intentó sublevar Plasencia y Coria. Zugasti, -con sus milicianos, les mató un hombre y dispersó á los demás hacia la -Sierra de Gata. - -Desde esta época el alcalde había tenido mucho cuidado con los -facciosos, mandando cerrar las tabernas á las ocho, obligando á -los dueños de las posadas á que presentasen los pasaportes de los -forasteros, y prohibiendo que nadie saliese á la calle después de la -diez de la noche sin motivo justificado. - -A pesar de esto, los absolutistas conspiraban sin rebozo, y una mañana -de Mayo se habían encontrado con el pueblo sublevado, la lápida de la -Constitución derribada y los milicianos desarmados. - -El peligro, por el momento, parecía remediable. La entrada del -Empecinado en Coria había coincidido con la captura del cabecilla -Morales. - -Este Morales era un guerrillero extremeño, de la guerra de la -Independencia. - -En 1820 formó una partida que se llamaba Columna real volante de -Húsares de Plasencia, y los años 21, 22 y 23 merodeó por la parte -Norte y Sur de la Sierra de Gredos y Gata. - -Unos días antes, el 30 de Mayo, en el valle de la Corneja, cerca de -Piedrahita, Morales había sido batido, hecho prisionero y llevado á -Salamanca. - -Con la toma de Coria y la captura de Francisco Ramón Morales, Zugasti -suponía que el espíritu público reaccionaría. - -El Empecinado escuchó la relación y murmuró: - ---Bueno, señores, está bien. Lo pasado, pasado. Ya veremos qué se hace. -Vamos á misa, que hoy es fiesta y debe ser hora. - -Don Juan Martín, con su Estado mayor, se dirigió á la catedral. En el -camino habló largamente con Aviraneta. - -El problema para el Empecinado no estaba en quedarse en Coria, en donde -apenas había medios para alimentar á sus hombres; lo que él pretendía -era que el país sublevado no cortara las comunicaciones con el ejército -de Extremadura. - -Don Juan Martín y Aviraneta decidieron estudiar el terreno y ver si con -una guarnición de doscientos hombres podría bastar para defender Coria -durante algún tiempo. - -Hablando llegaron á la plaza del Obispo y á la entrada de la catedral. -Un corro de campesinos, entre los que abundaban las mujeres y los -chiquillos, contemplaban admirados á aquellos militares de vistosos -uniformes. - -Esperaron en el atrio el Empecinado y su Estado mayor, hasta que oyeron -la campana, y entraron en la catedral seguidos de un grupo de gente. - -En un pueblo tan pequeño, la catedral sorprendía por su grandeza y su -magnificencia. Los canónigos con sus mucetas, estaban en el coro. El -altar mayor brillaba lleno de resplandores. Oyeron los militares la -misa y, al acabarse ésta, siguiendo la dirección de algunas personas, -en vez de salir á la plaza; aparecieron en un gran balcón de la -catedral que dominaba toda la vega. Esta terraza se llamaba en el -pueblo el Paredón. - -Era aquel un buen punto para darse cuenta de la topografía de -los alrededores. Aldeanos, viejas, sacristanes y monaguillos, se -presentaron á observar con espanto y con curiosidad á aquellos soldados -de Lucifer. - -Aviraneta se sentó en el pretil del Paredón á contemplar el paisaje. - -Delante, como en una hondonada, se veía la vega ancha y el río que la -cruzaba, festoneado por dos franjas de arena. - -El día estaba nublado, el cielo gris; el Alagón brillaba con un color -de gelatina y parecía inmóvil, como un cristal turbio. A lo lejos se -destacaban montes esfumados en la niebla. - ---Bueno, vamos á almorzar--dijo don Juan Martín, y, por la tarde, -veremos qué se hace. - - - - -XVI. - -LA TARDE DEL DOMINGO - - -Don Juan Martín era hombre bueno, de gran corazón, pero un poco -absorbente, y le molestaba la tendencia centrífuga de Aviraneta. - -Después de almorzar, el Estado mayor se disponía á jugar una partida de -cartas, cuando Aviraneta se levantó. - ---¿Qué vas á hacer?--le preguntó el Empecinado. - ---Voy á dar una vuelta por el pueblo. - ---Luego la daremos. - ---Bueno; pues entonces voy á echar la siesta. - ---Nada, que no quieres jugar. - ---No, no; me aburre. - ---¡Qué gente ésta!--exclamó don Juan--. Todo le aburre. Este es un puro -vinagre. Bueno, bueno; márchate y no vuelvas. - -Aviraneta se fué á tenderse á la cama. Aquellas diversiones de cuerpo -de guardia, un cuartucho lleno de humo, con la gente jugando á las -cartas, fumando y bebiendo, le producía una impresión de aburrimiento -espantoso. - -Estuvo Aviraneta en la cama leyendo un tomo de Salustio, y á media -tarde se acercó al comedor, en donde estaban el Empecinado y sus -oficiales. - ---¿Vamos?--preguntó. - ---Espera un momento. Ahora voy. - -Salieron don Juan, Aviraneta, Diamante y Zugasti, á caballo, á recorrer -el pueblo. Hacía buen tiempo, había salido el sol. - -Llegaron á una plaza, con una picota en medio, la plaza del Rollo, y -fueron luego hacia la puerta de la Guía. Bajaron hacia el Alagón, al -paseo de la Barca, y contemplaron desde allí el cerro de Coria, con su -catedral en lo alto; el seminario grande, con muchas ventanas, y el -palacio derruído del Marqués. - -Se alejaron algo por el paseo de grandes árboles, á orillas del río, -para inspeccionar los alrededores, y, al volver, subieron por una -estrecha vereda. - -Durante la marcha exploradora se había comenzado á debatir el problema -entre el Empecinado y sus oficiales de lo que se iba á hacer. La -cuestión no era, naturalmente, defender Coria, porque eso solo -significaba poco: la cuestión era tener asegurado el paso para el -ejército. - -Zugasti y Aviraneta eran partidarios de dejar trescientos hombres de -guarnición allí; pero don Juan Martín aseguraba que trescientos hombres -contra un ejército no harían nada encontrándose con un vecindario en -su mayor parte enemigo. - -Siguieron por delante de la catedral, entraron por la puerta del Sol y -dejaron los caballos en casa de Zugasti. - ---Vamos á ver la muralla ahora por arriba--dijo Aviraneta. - -Marcharon á la plaza del Rollo entraron en el castillo y subieron por -una escalera de caracol. El castillo era una gran torre pentagonal, de -piedra amarillenta muy bien labrada; tenía cinco pisos, varias pequeñas -azoteas y encima una gran terraza, con un tambor almenado. Se subía á -esta terraza por una escalera muy estrecha que corría por el grueso de -la pared. - -Desde el castillo á un lado y á otro corría la muralla. - -Esta muralla describía una línea de doscientas treinta y tres toesas y -era casi circular, de unos treinta y cinco pies de alta, con un paseo -de unos diez pies de ancho que corría todo á lo largo. - -De trecho en trecho se elevaban torreones y cubos, á los que había que -subir por escalones. - -Dieron la vuelta á la muralla, marchando paralelamente al camino por -donde habían ido extramuros, y volvieron al castillo. - ---¿De aquí no se verá Plasencia?--dijo Aviraneta. - ---No. Ca. - ---¿Ni habría medio de comunicarse con ella? - ---Sí, por medio del castillo de Mirabel, que se ve allí en unos montes, -quizás se pudiera. Zugasti señaló un pico lejano y Aviraneta miró con -su anteojo en la dirección indicada. - ---¿Y Plasencia no nos secundaría?--preguntó Aviraneta. - ---No; creo que no. - -Don Eugenio se sentó en una de las almenas á mirar con su anteojo los -alrededores. - ---Bueno--dijo don Juan Martín--. Eugenio quiere dedicarse á la -geografía. Muy bien, yo me marcho. - -El Empecinado y Zugasti se fueron, y el _Lobo_, Diamante y Aviraneta -quedaron allí. - -Luego dejaron el castillo bajaron á la muralla, y fueron contemplando -el paisaje y hablando. - -Cruzaron la huerta de un convento y salieron al Paredón de la catedral. -Desde aquí se veía el campo, completamente distinto á como estaba por -la mañana. El cielo tenía un azul intenso, la campiña se extendía verde -y el río resplandecía como un metal fundido sobre una gran cinta de -arena dorada. - -El viento levantaba oleadas en los trigales y movía el follaje de los -árboles. - -Unas mujeres lavaban en el río, y las ropas blancas y los refajos rojos -brillaban tendidos en las cuerdas. Por el paseo de la Barca volvían -algunos aldeanos, hombres y mujeres en sus borriquillos. - -Aviraneta se sentó en el pretil de piedra del Paredón. - -A Don Eugenio le gustaba contemplar el paisaje: le producía, -momentáneamente un olvido de todo; le recordaba los días de su infancia -cuando iba á la Peña de Aya y al monte Larun á ver el mar á lo lejos. -Ese germen ahogado que tenemos todos de otro hombre ó de otros hombres -despertaba en él con la contemplación. Aviraneta quedó inmóvil y en -silencio. - -Era una tarde espléndida, gloriosa: los campos verdes relucían frescos -después de la lluvia; el río venía crecido y alguna nubecilla blanca -se miraba en su superficie como en un espejo azulado. Dentro de la -iglesia, los canónigos cantaban en el coro y se oían las notas del -órgano. - -En el aire pasaban las cigüeñas con ramas en el pico y quedaban en -extrañas actitudes sobre sus nidos; los gorriones y los vencejos -chillaban, y una nube de cernícalos, que al transparentarse tenían un -color morado, lanzaban un grito agudo. - -Había al mismo tiempo ligeros incidentes que animaban el conjunto: un -burro que corría por los hierbales y hacía sonar un cencerro; unas -ovejas esquiladas que saltaban sobre unas piedras; un hombre que pasaba -á caballo por el puente. A lo lejos, una galera de siete mulas venía -despacio por el camino. - -Este silencio, lleno de ruidos, de ladridos de perros, de cacareo de -gallos, de balidos de ovejas, del canto suave del abejaruco, tenía -un gran encanto. De pronto, las campanadas del reloj de la iglesia -sonaban allí cerca con un fragor imponente. - -Aviraneta se sentía saturado de tranquilidad, de paz, ante aquella -majestuosa tarde que marchaba con su ritmo lento hacia el crepúsculo.... - ---Realmente la guerra es una cosa absurda--pensó; luego, dirigiéndose á -Diamante, dijo--: ¡Qué paz! Está hermoso esto. ¿Verdad? - ---Yo, como el general--contestó Diamante--, no defendería este pueblo. - ---¿Pues qué haría usted? - ---Arrasaría toda esta campiña sin dejar nada y me volvería á Ciudad -Rodrigo--y Diamante pasaba su mano como con cariño por encima del -panorama. - ---Pero hombre, no--exclamó Aviraneta saltando del pretil--. Me parece -un poco bárbaro. Este es nuestro país. - ---Ríase usted de esas tonterías--replicó Diamante, con un gesto entre -desdeñoso y de superioridad--; todo lo que no sea hacer la guerra de -exterminio será tiempo perdido. - -Aviraneta, el _Lobo_ y Diamante salieron de la catedral y volvieron á -casa de Zugasti. - - - - -XVII. - -EXPEDICIÓN Á PLASENCIA - - -Por la noche, en el correo que vino de Ciudad Rodrigo, Aviraneta -recibió una carta de Aranda. Era del relojero suizo Schulze. - -"De aquí no le puedo dar á usted más que malas noticias--decía--. Ha -habido tiros y enredos en el pueblo y han asaltado la casa de usted, -llevándose todo. Los libros y papeles se han metido en un carro por -orden del capitán general O'Donnell, que no es el O'Donnell de ustedes -y los han llevado á Valladolid." - -A Aviraneta no le hizo mucha mella la noticia. Ya todo lo ocurrido en -Aranda le parecía de una vida anterior, lejana y borrosa. - -Habló un momento con el_Lobo_ y Diamante acerca de lo que podía haber -ocurrido en Aranda, y, olvidando pronto esto, se puso á planear lo -que había que hacer en Coria. Después de varios proyectos, pensó que -lo conveniente sería acercarse á Plasencia á conocer el estado de -esta ciudad. Plasencia, como pueblo de más importancia que Coria, -había llegado á tener una Milicia Nacional bastante numerosa y bien -organizada. Si Plasencia estaba definitivamente por el absolutismo, -indudablemente era inútil permanecer en Coria; en cambio, si los -placentinos tenían intenciones de defenderse contra los realistas, -podía enviárseles una pequeña guarnición y dejar otra en Coria. - -Aviraneta habló á don Juan Martín, y éste aprobó la idea. - -Aviraneta fué encargado de marchar á Plasencia. Llevaría una escolta -de veinte lanceros al mando del _Lobo_. Salió por la mañana con sus -hombres, cruzaron la puerta del Sol, vadearon el río, y al trote largo -se dirigieron hacia Galisteo. Almorzaron aquí, y á media tarde estaban -en Plasencia. - -Zugasti había recomendado á Aviraneta que sin pérdida de tiempo se -presentase en el palacio del marqués de Mirabel, con su escolta. - -Así lo hizo don Eugenio. - -El palacio del marqués de Mirabel era hermoso, grande, de piedra -amarilla negruzca. Daba su fachada á una plaza que tenía en medio una -fuente. - -Aviraneta bajó del caballo, dió la brida á un soldado y entró por un -arco del palacio, arco que continuaba en un corredor abovedado. - -A la izquierda había una puerta y llamó; abrieron y Aviraneta pasó á -un patio con una gran escalera de piedra. Preguntó al criado por el -señor, y al comenzar á subir se encontró con el marqués, que bajaba de -prisa alarmado por el ruido de los caballos. - -Era el marqués un hombrecito afeitado, moreno, de cara antigua y -pelo negro y ensortijado. Iba muy currutaco; llevaba calzón corto de -tafetán, medias blancas, un chaleco verde de seda y una chaquetilla -negra. Hablaba en voz baja, con una vocecita aguda. - -Explicó Aviraneta en pocas palabras quién era y á lo que iba, y el -señor de Mirabel, cruzando unas cuantas habitaciones, le llevó á una -azotea, llena de flores, que caía hacia la plaza de la fuente. - ---¿Quiere usted alguna cosa?--le dijo el marqués. - ---Primeramente quisiera alojar á mis soldados. - ---En seguida. Y usted no quiere nada, ¿Algún refresco? ¿Café? - ---Sí, tomaré café. - -El marqués salió y Aviraneta estuvo contemplando la terraza, adornada -con lápidas romanas y estatuas antiguas. - -Volvió el marqués y dijo: - ---Ahora traen el café. Bueno, veamos que es lo que necesita usted de mí. - ---Como sabrá usted--dijo don Eugenio--las fuerzas del Empecinado, -saliendo de Ciudad Rodrigo, han entrado en Coria, que hizo alguna -resistencia. No conocemos el espíritu del país y vacilamos en tomar una -resolución. - ---¿Y usted quiere saber el estado del liberalismo de este -pueblo?--preguntó el marqués con su vocecita aguda. - ---Sí. - ---Pues muy malo. Al comenzar el Gobierno constitucional, aquí la gente, -como en casi todos los pueblos, quedó indecisa; entonces, veinte ó -treinta plasencianos de la gente más rica nos decidimos á ponernos el -uniforme de nacionales; los demás comenzaron á seguirnos, y llegamos -á tener el año pasado más de cien infantes y cuarenta soldados de -caballería. Fundamos una sociedad patriótica que la inauguró don -Laureano Santibáñez, y tuvimos un momento dominado al pueblo. Vino la -sublevación de Cuesta y la de Francisco Morales, y empezó el tinglado á -descomponerse. La gente supo que los franceses iban á entrar en España, -que los absolutistas avanzaban y los milicianos comenzaron á abandonar -nuestras filas: unos quedándose en casa, y otros pasándose al otro -bando. - ---¿De manera que esto está perdido para nosotros?--preguntó Aviraneta. - ---Completamente perdido. Figúrese usted que se están buscando firmas -para pedir á la Regencia del Reino, en nombre de la ciudad, que se -restablezca la Inquisición, y firma casi todo el pueblo. - ---¿Usted cree que doscientos hombres aquí de guarnición podrían hacer -algo? - ---Nada. - ---¿Qué harán los liberales significados de Plasencia cuando se -presenten los absolutistas? - ---Tendrán que huir. - ---Les voy á proponer si quieren venir conmigo á reunirse con el -Empecinado. - ---Bueno. Si usted quiere, cuando tome usted café, le acompañarán á casa -del teniente. - ---Muy bien. - -Tomó Aviraneta su café y se levantó. - ---Aquí cenará usted y dormirá--le dijo el marqués. - ---Muchísimas gracias. Hasta luego. - ---Adiós. Voy á ver si arreglo el alojamiento para su tropa. - -Aviraneta salió del palacio del marqués acompañado por un criado de -aire de lego, quien le llevó hasta la plaza. Entró en la botica y salió -al poco rato con un hombre de unos sesenta años, que al ver á Aviraneta -hizo un signo masónico. Le contestó Aviraneta y se dieron la mano. -Era el masón un teniente de la Milicia Nacional, don Juan Bustillo. -Bustillo era un hombre fuerte, rechoncho, bajito, de cabeza redonda, la -tez quebrada, las patillas cortas y la voz gruesa y fuerte. Era hombre -cándido, entusiasta del _Sistema_ y que creía que era indispensable -sacrificarse por las ideas. - ---Vamos al Enlosado de la catedral--dijo Bustillo--. Allí podremos -hablar sin que nos espíen. - -El Enlosado de la catedral era una terraza parecida al Paredón de -Coria, aunque más grande y espaciosa. Daba á esta terraza una portada -del Renacimiento, adornada con grandes escudos, una torre románica como -un tambor de muralla, á la que llamaban el Melón, y otra torrecilla -cónica. - -Aviraneta y Bustillo se pusieron á pasear por las grandes piedras del -Enlosado, ribeteadas de verde y de matas con flores amarillas. - -Abajo, en la campiña, el río Jerte fulguraba reflejando los últimos -rayos del sol, y brillaba en las masas verdes de los árboles de la -ribera. - -Bustillo, al principio, había considerado como una solución magnífica -el que el Empecinado mandara fuerzas á Plasencia; pero después -reconoció que la cosa no tenía objeto: en el pueblo no había víveres, -la muralla no servía, no había cañones ni una posible retirada. - ---Tendrán ustedes que venir con nosotros--dijo Aviraneta. - ---Yo sí, sí; iré. ¡Ya lo creo! - ---Hombre, usted precisamente, no. La gente joven. Usted tiene familia -aquí. - ---Antes es la libertad y la patria que la familia--dijo el señor -Bustillo solemnemente. - ---Sí; pero usted es un hombre que tiene derecho al descanso. - ---Para disparar un fusil sirvo. No me diga usted que no. - -El señor Bustillo llevó á su casa á Aviraneta y le presentó á su mujer -y á sus hijas. - ---Este señor es el ayudante del Empecinado--dijo con entusiasmo. - -La mujer y las hijas miraron á Aviraneta con una mezcla de terror y -de pasmo, y no se atrevieron á desplegar los labios. Bustillo quería -tener en su casa á Aviraneta; pero éste le dijo que le había invitado á -quedarse en su palacio el marqués de Mirabel. - ---¡Ah! ¡El marqués! ¿Qué le ha parecido á usted? - ---Bien. - ---Pues es un tipo muy raro. - -Y Bustillo contó sus varias manías de coleccionista que no tenían nada -de particular. Lo que sí constituía una extraña inclinación en el -marqués era la de ser peluquero de señoras. El marqués peinaba á todas -las damas del pueblo cuando iban á alguna fiesta. Esta era una de sus -ocupaciones favoritas. - -Recordando su tipo no parecía nada raro que le gustara ser peluquero. - -Se despidió Aviraneta de Bustillo y fué á cenar con el marqués de -Mirabel. Realmente, éste era un bicho raro; se había educado en -Inglaterra y ofrecía una mezcla de ideas contradictorias bastante -absurda. Aviraneta no le podía mirar sin figurárselo con un peine y -unas tenacillas alisando el cabello con esa mano fría y suave de los -barberos. - -Después de cenar, Aviraneta marchó á una sala muy grande, con una cama -muy pequeña, y pensando en las extravagancias del marqués-peluquero, se -quedó dormido. - -Al otro día, Aviraneta, con sus lanceros, hizo un recorrido por la Vera -de Plasencia, y se encontró sorprendido al oír decir á la gente que -se esperaba al Cura Merino. Aviraneta no tenía por allí ni amigos ni -confidentes, y decidió volver á Plasencia. ¿Por dónde vendría el Cura? -Hubiera sido terrible para él caer en sus garras. - -Al día siguiente, con la escolta del _Lobo_ y unos cuantos milicianos, -entre ellos el señor Bustillo, se dirigió á Coria. - - - - -XVIII. - -¡MERINO! - - -La presencia de Merino en Extremadura desazonó á don Juan Martín. -Sabía que mandaba mucha gente, que llevaba las espaldas guardadas por -el ejército francés y que tenía el terreno amigo; sabía también que -pondría todos los medios para derrotarle. - -Se hicieron gestiones para averiguar el paradero de Merino, sin -fruto; el Empecinado en esta época, como Mina en la Guerra civil, se -encontraban con que sus procedimientos del período de la guerra de -la Independencia flaqueaban. Durante la lucha contra los franceses, -todos los informes eran espontáneos: bastaba indicar algo para que -inmediatamente se hiciera; en el año 23 y en la Guerra carlista, -ocurría lo contrario: las indicaciones de la gente del campo eran casi -siempre equívocas cuando no falsas. - -Don Juan Martín averiguó que Merino, flanqueando á los generales -franceses Vallin y Bourmont, venía persiguiendo á Zayas por la línea -del Tajo. Los absolutistas se habían corrido por Talavera de la Reina, -Almaraz, Trujillo y Cáceres, dejando amargo recuerdo por donde pasaban. - -A Merino le salió al encuentro López Baños, pero ninguno de los dos -se decidió á entablar la batalla. Desde entonces no se sabía el sitio -exacto donde se encontraba el Cura. - -Se decía que llevaba una tropa numerosa, una división completa, pues se -habían reunido con él una porción de partidas. - -Se citaban entre los cabecillas incorporados á Merino, á Blanco, Puente -Duro (el _Rojo_), Caraza y Lucio Nieto, que se titulaban brigadieres; -á Corral, el _Gorro_, los Leonardos, el _Inglés_, Navaza, Mauricio y -Huerta, que mandaban regimientos y tenían el grado de coroneles, y á -otros muchos. - -El Empecinado, en vista de estas noticias, en junta de oficiales -decidió abandonar Coria y volver á Ciudad Rodrigo. - -El 12 de Junio, por la mañana, se desalojó Coria, se cruzó el arrabal -de las Angustias, y por la tarde se entró en el pueblo llamado Moraleja -de Hoyos ó Moraleja del Peral. - -Se dejó la tropa alojada en el Ayuntamiento, cárcel, hospital de -transeúntes y en la Casa de la Encomienda. Los coroneles Dámaso Martín -y Juan Maricuela quedaron encargados de buscar víveres, y el Empecinado -encargó, con gran insistencia, que se pusieran centinelas en todos los -caminos y puntos altos y se organizara una guardia volante. - -A un castillejo arruinado de un cerro próximo se envió un piquete de -caballería. - -Dispuesto todo para evitar una sorpresa, el general con su escolta, -Aviraneta y dos ó tres oficiales atravesaron el arroyo llamado Ribera -del Gata, por un vado, y fueron á alojarse á una dehesa grande del -camino de Perales, con una casa ancha y baja en el centro. Esta finca -se conocía con el nombre de la Dehesa de la Reina; estaba rodeada de -una extensísima tapia de adobes, cubierta de bardas de ramaje, y se -hallaba próxima al río Árrago. - -Se pasó la noche con tranquilidad, y al comenzar el día se presentó una -mañana de verano ardorosa y sofocante. El sol centelleaba en las mieses -y en los barbechos; el cielo brillaba con un azul negruzco, y los pocos -árboles que se veían en el campo parecían arder con el calor. - -El Empecinado había pensado no emprender la marcha hasta la caída de la -tarde. - -Serían las diez, próximamente, cuando por el lado del pueblo comenzó un -ligero tiroteo, que se convirtió en furiosas descargas. - ---¿Qué puede ser esto?--preguntó don Juan Martín, alarmado. - -No se sabía. - ---Preparad los caballos. - -Se comenzó á aparejar los caballos. El fuego se hacía cada vez más -intenso. Se iba á abrir la puerta de la casa, cuando aparecieron -delante de ella veinte lanceros constitucionales que venían huyendo al -galope, perseguidos por un escuadrón de feotas. - -Pasaron adentro, se cerró la puerta del corral y se recibió á los -perseguidores con una descarga, hecha desde las tapias. - -Los feotas contestaron al fuego, y se retiraron. - ---Pero ¿qué pasa?--gritó el Empecinado. - -Los soldados fugitivos, llenos de zozobra, contaron á don Juan Martín -que la tropa que pernoctaba en Moraleja había sido sorprendida por el -Cura Merino. - ---Pero, ¿cuándo? ¿ahora mismo?--preguntó don Juan. - ---Ahora mismo. - ---¿Y los centinelas? - ---Han dicho algunos que, al ver de lejos al enemigo, han creído que era -un rebaño. - -Merino, con una fuerza de tres mil á cuatro mil infantes y con -ochocientos caballos, marchando de noche y con el mayor sigilio, y -dirigido por buenos guías, se había presentado á una legua de Moraleja -en las primeras horas de la mañana. - -Pronto supo por sus confidentes que el Empecinado no se había movido de -allá, y se le ocurrió acercarse á Moraleja, echando por delante de su -tropa dos inmensos rebaños. Así lo hizo, y avanzó detrás de las ovejas, -que levantaban grandes nubes de polvo. La estratagema le dió un gran -resultado; sin ser advertido rodeó el pueblo y comenzó una metódica -carnicería de los constitucionales. - -Don Juan Martín comprendió que el mal no tenía remedio, y furioso por -haber sido derrotado de una manera tan necia, mandó que se concluyese -de aparejar los caballos y se dispusiera todo el mundo á hacer una -salida. Entre los que estaban y los que habían venido se formó un -pelotón de sesenta hombres en el patio, delante de la casa. - -Don Juan y unos cuantos más, gente forzuda y fuerte, enarbolaron la -lanza. Se abrió la puerta de la tapia y el piquete salió al galope -hacia el pueblo. Los realistas en el mayor desorden, se ocupaban en -matar á los constitucionales en las calles, sacándolos de las posadas y -alojamientos. - -La entrada del Empecinado por el pueblo fué trágica. A lanzadas, á -sablazos, atropellando con los caballos, se abrieron paso. - ---¡Viva la libertad!--gritaba Aviraneta, entusiasmado, levantando su -sable en alto. - ---¡Viva!--vociferaban todos. - -Como un aluvión se pasó Moraleja y se siguió carretera adelante hacia -Hoyos. Los realistas, repuestos de la sorpresa, reunieron doscientos -jinetes, que se lanzaron en persecución de los liberales. - -Afortunadamente para éstos la mayoría de los caballos de los feotas -estaban cansados de la jornada del día anterior, y no podían darles -alcance. - -Llegaron un poco después del mediodía á Perales, y una rápida -inspección del pueblo hizo comprender al Empecinado que allí no había -posibilidad de defensa, y se siguió adelante hasta dar la vista á -Hoyos, pueblo en la falda de la Sierra de Gata. - -Desde allí se veía el castillo de Almenara sobre un monte agudo; -la Sierra de Béjar á la derecha, con algunas estrías de nieve y la -hondonada grande de Hoyos. - -Se acercaron á este pueblo; pasaron á todo correr por el Teso de las -Animas, con sus cruces de piedra del Calvario; luego, por delante -del humilladero y de un convento ruinoso, y por una calle en cuesta -subieron á la plaza de la iglesia. - -Serían las dos ó dos y media de la tarde cuando llegaron. -Inmediatamente tomaron posiciones. Veinte dragones de Merino entraron -casi al mismo tiempo que los sesenta jinetes del Empecinado. Estos -volviéndose contra los que les perseguían, les atacaron á sablazos y á -lanzadas. - -Los dragones realistas perdieron dos hombres y se retiraron á las -proximidades del pueblo. Sin duda iban á esperar á reunirse con el -grueso de su escuadrón. Don Juan Martín pensaba continuar la retirada, -cuando se presentaron treinta nacionales de Hoyos y de pueblos cercanos -bien armados. Con este refuerzo se pensó en defenderse en Hoyos. - -Se ocupó la iglesia y las casas de la plaza; se subió la gente á las -ventanas y guardillas, y se dividió en dos pelotones la caballería. -Uno se colocó detrás de la iglesia y el otro en una plazoleta próxima. -Aviraneta subió á la torre y exploró el horizonte con su anteojo. A -la hora ó cosa así bajó diciendo que una columna grande de caballería -venía hacia el pueblo. - -Cada cual tomó posiciones, y se encargó que se economizaran los -cartuchos. - -Los realistas subieron al galope hasta la iglesia; las herraduras de -los caballos hacían un ruido de campanas en las piedras. Al desembocar -en la plaza gritaron: ¡Viva el rey! ¡Viva la Inquisición! - -Los liberales les hicieron una descarga cerrada, que mató á ocho ó diez -hombres. Los realistas vacilaron; algunos, no muchos, pasaron de la -plaza hacia adelante y fueron cortados y atacados por el Empecinado al -grito de ¡Viva la libertad! ¡Viva la Constitución! - -Después de una hora de combate los realistas se retiraron, dejando -algunos muertos, quince á veinte heridos y otros tantos caballos, de -los que se apoderaron los liberales. - -Los realistas quedaron en el Calvario y allí se plantaron de -observación. - -El Empecinado, Aviraneta y el jefe de los nacionales de Hoyos -conferenciaron. Era indudablemente difícil defenderse en Hoyos con tan -poca gente; podían meterse en la iglesia y atrincherarse allí, pero -entonces se verían expuestos á un sitio; sin víveres ni municiones y -sin posibilidad de ser socorridos. - -El jefe de los nacionales consideraba más fácil defenderse en la -próxima aldea de Trevejo, que, además de estar en un cerro con una -subida difícil, tenía la ventaja de que se podía avisar desde allá á -San Martín de Trevejo, donde se hallaban refugiados algunos nacionales -de los contornos. - -Se dispuso seguir este plan. Aviraneta, con los nacionales de Hoyos, -marcharía inmediatamente á Trevejo y tomaría posiciones. Mientras -tanto, don Juan Martín, con sus jinetes y con cinco ó seis fusileros, -entretendría al enemigo hasta que tuviera que retirarse, y entonces, -en la retirada, vendría el apoyo de Aviraneta con sus nacionales, que -atacarían á los perseguidores. - -Se decidió hacerlo así, y sin que se enterase el pueblo, uno por uno -tomaron los nacionales el camino de Trevejo y comenzaron á marchar de -prisa. Era necesario que tuviesen, por lo menos, una hora ú hora y -media de ventaja sobre el Empecinado para que cuando éste pasase se -encontraran ellos ya atrincherados. - - - - -XIX. - -EL CAMINO DE SAN MARTÍN - - -Serían de cuatro y media á cinco de la tarde cuando salió de Hoyos -Aviraneta con los milicianos, y próximamente las seis cuando daban -frente á Trevejo. - -Trevejo es una aldea miserable asentada sobre un cerro. Este cerro, -formado por rocas obscuras, tiene graderías de piedra hechas para -sostener la tierra de algunos pequeños olivares y viñedos. - -Mirando á Trevejo desde el camino de Hoyos se ve á la izquierda de la -mísera aldea un castillo negro, erguido y fantástico. - -Más á su izquierda se levanta la sierra de la Estrella, y á la derecha, -el terreno se hunde en una cañada, por donde sube el camino que -continúa á San Martín. - -A esta cañada, abierta entre un talud muy pendiente y un castañar -vetusto, llamaban, aunque no con mucha propiedad, el desfiladero -de Trevejo. Hoy no hay cerca de este desfiladero muchos árboles; á -principios del siglo XIX los grandes robles y castaños centenarios -formaban á un lado del camino una muralla de follaje. Serían las seis -y media ó siete de la tarde cuando los milicianos llegaron á este -castañar, próximo á la calzada. Aviraneta pensó varias estratagemas -para detener á los realistas, que la mayoría tuvo que desechar, y al -último se decidió por dos. - -A un cuarto de hora de Trevejo partía de la calzada un camino -que escalaba el cerro y marchaba á la aldea. Don Eugenio, á unos -trescientos pasos de la bifurcación, mandó clavar palos entre las -ramas, puso encima los morriones de los nacionales é hizo que se -quedaran tres ó cuatro allí. Después de hecho esto fué colocando sus -veinticinco hombres emboscados en el castañar. Si los realistas tomaban -por el camino de la aldea, él con su gente les atacaría por la espalda. - -Aviraneta pensó que don Juan Martín y los suyos llegarían á media -tarde. ¿Pero si llegaban al anochecer? Su estratagema no tendría -entonces gran objeto. Pensando que podrían venir ya obscuro, mandó á -uno de los nacionales que fuera á Trevejo y trajera una cuerda gruesa -de ocho ó nueve varas. - -El nacional volvió al poco rato con la cuerda. Aviraneta la ató por -una punta á un árbol de la calzada, del otro lado del castañar, á una -altura de dos varas, y dejó la otra punta colgando por el suelo. La -mayoría de los nacionales no comprendieron el objeto de esta maniobra. - -Se esperó bastante tiempo, y, ya obscuro, se notó que venía don -Juan Martín. Llegaba perseguido muy de cerca. Los tres ó cuatro -milicianos que estaban en el cerro dispararon varios tiros contra los -perseguidores. Los realistas, despreciando el tiroteo, avanzaron con la -esperanza de apoderarse del caudillo. - -Pasaron los liberales y se acercaron á toda prisa los realistas. - -Entonces Aviraneta, levantando la cuerda, la puso tensa, á una altura -de un par de varas, y la ató al tronco de un grueso castaño. - ---Atención. Cuando yo diga--murmuró Aviraneta. - -Los jinetes realistas, que iban al galope, al llegar á tropezar con la -cuerda tensa se sintieron lanzados al suelo con una fuerza tremenda. - ---¡Fuego!--dijo Aviraneta, y sonó una descarga á quemarropa, y cayeron -más de dos docenas de hombres al suelo. - -Algunos valientes quisieron avanzar, y, como no veían la cuerda, fueron -despedidos con violencia. Aviraneta y los suyos lanzaron una segunda -descarga, y una tercera. - -El Empecinado había vuelto grupas y se disponía á atacar á los -perseguidores. - ---No se puede pasar--le dijo Aviraneta. - ---¿Por qué? - ---Porque hay una cuerda. Cortadla. - -La cortaron de un sablazo, y don Juan Martín y sus lanceros atacaron á -los realistas y les cogieron cerca de cincuenta caballos. - -El éxito de la escaramuza había producido gran entusiasmo. - ---¡Viva el Empecinado! ¡Viva Aviraneta!--gritaron los soldados y los -nacionales. - -Don Juan Martín abrazó á Aviraneta y le dijo que tenía que pedir para -él la cruz de San Fernando. Los peligros, con Aviraneta, no eran -peligros. - -Se había hecho de noche, las estrellas parpadeaban en el cielo alto y -claro, y Júpiter brillaba con su luz blanca. - -Se descansó allí en el castañar, al borde del camino, y se dispuso -esperar unas horas por si llegaba alguno salvado de la sorpresa de -Moraleja; y, efectivamente, poco después de las diez de la noche -aparecieron hasta treinta soldados de caballería, varios oficiales y -capitanes y el comandante Cañicero. - -Muchos de estos hombres, que habían venido á pie desde Moraleja, -llegaban reventados. - -¿Qué se iba á hacer? El Empecinado, Aviraneta y los oficiales -conferenciaron. - -Los hombres de á pie, rendidos por larga jornada huyendo y sin comer, -no podrían llegar á San Martín. Sería mejor que se quedaran en el -castillo de Trevejo, y se buscara comida para ellos. Mientras tanto el -Empecinado, con la gente montada podría seguir á San Martín. - -Acordado esto, Aviraneta y el jefe de nacionales de Hoyos, con los -heridos, cansados y con los milicianos, irían á pasar la noche al -castillo de Trevejo, donde se atrincherarían. Si al día siguiente -estaban sitiados pondrían una bandera en el torreón derruído para que -desde lejos pudiese verla don Juan Martín; si no lo estaban, seguirían -camino de Ciudad Rodrigo. - - - - -XX. - -EL CASTILLO DE TREVEJO - - -Dos de los nacionales de Hoyos marcharon hacia el castillo, con la -orden de encender una tea y agitarla en el aire si no había dificultad -alguna para subir. - -Al cuarto de hora, Aviraneta, los nacionales y los lanceros aspeados, -tomaron hacia arriba y hacia la izquierda, en dirección al pueblo, y el -Empecinado con su caballería siguió adelante, camino de San Martín. - -Llegaron los primeros á la aldea de Trevejo y se detuvieron, Aviraneta -y dos milicianos se encargaron de buscar provisiones. Costó mucho -tiempo: se recorrió casa por casa, y se llenó un saco de pan, medio -saco de habas, una gran cantidad de carne salada y un pellejo de vino. - -Se tomaron dos calderas prestadas, se cogió leña y, con todo lo -necesario para la comida, alumbrados por un farol y varias teas de -resina, se dirigieron camino del castillo. - -El castillo de Trevejo era un edificio sólido, de piedra sillar, de más -de veinte varas de altura, colocado sobre un teso ó cerro que dominaba -una gran llanada. - -Como castillo roquero no era muy grande; debía haber estado destinado -en su tiempo para una guarnición pequeña: tenía torres, muralla, -barbacana, una plaza de armas, escaleras, subterráneos y galerías. - -En el siglo XVIII había comenzado á desmoronarse, y en la guerra de la -Independencia se consumó su ruina. - -Escalaron los milicianos el cerro del castillo, encontraron la vereda, -que daba á una brecha; pasaron y cerraron el boquete con grandes -piedras. Se instalaron en la plaza de armas. - -Aviraneta puso centinelas. Se trajo leña, se hicieron dos hogueras y se -comenzó á hervir el rancho. - -Se comió con un apetito voraz, y después todo el mundo quiso tenderse. -El jefe de los nacionales de Hoyos y Aviraneta sustituyeron á los -centinelas, que se dormían y se quedaron en observación del camino. - -Hablando, se les pasó gran parte de la noche. El cielo estaba muy -estrellado, muy hermoso; la Vía Láctea resplandecía con sus millones -de nebulosas; Arturus, Altair y Aldebaran lanzaban sus guiños en el -espacio, y Sirio comenzó á brillar al amanecer. Un poco antes del alba -se oyeron voces en el cerro próximo al castillo. - ---¡Alto! ¿Quién vive?--dijo Aviraneta. - ---¡Aviraneta!--gritó una voz--. ¿Estás ahí? - ---Sí, aquí estoy ¿quién es? - ---Somos nosotros: Antonio Martín, Diamante y otros que venimos huyendo -de Moraleja. - ---Acercáos, que os vea. - ---¿Por dónde? - ---Ahí encontraréis la vereda. - -Aviraneta se convenció de que eran ellos y les dijo por dónde tenían -que subir al castillo. Eran seis hombres que gateando llegaron á la -plaza de armas. - ---¿No os queda algo que comer?--preguntaron al entrar. - -Quedaba pan y cecina, que devoraron. - ---¿Y qué ha pasado allá?--preguntó Aviraneta. - ---Nada. Un estropicio--dijo Antonio Martín, el hermano pequeño del -Empecinado. - ---Pero, ¿cómo no han visto los centinelas que venía el enemigo? - ---No lo sé. Yo pienso si habrá habido traición. - ---No, no la ha habido--dijo un soldado--. Yo estaba allá. El sol picaba -mucho. Había mucho polvo cuando se acercó un gran rebaño de ovejas--. -Yo dije para mí: ¡Qué rebaño más grande! y cuando estaba pensando en -esto me encontré rodeado del enemigo. - ---¿Se habrá perdido mucha gente?--preguntó Aviraneta. - ---Mucha--contestó Martín--. Mi hermano Dámaso ha muerto, el coronel -Maricuela también. Hemos perdido más de trescientos hombres. Algunos se -habrán refugiado hacia Extremadura baja y otros en la Sierra de Gata. - ---¿Y el _Lobo_? - ---El _Lobo_ ha muerto. - ---¿Y el señor Bustillo, el de Plasencia? - ---También ha muerto. Lo vi en la calle atravesado á bayonetazos. - ---¡Pobre hombre! ¡Mala suerte ha tenido! - -El soldado que había estado de centinela en Moraleja contó que pasó -dos horas enterrado en un pajar con el coronel Dámaso Martín. Viéndose -éste perdido había ofrecido todo lo que llevaba al patrón de su casa, -un tal Estévez, para que le ocultara entre la paja. El patrón aceptó y -tomó el dinero, y, cuando registraron la casa los realistas y se iban -á marchar, aquel canalla les dijo: "Ahí está. Ahí está el hermano del -Empecinado," y á bayonetazos lo mataron... - -Lo mismo los que ya estaban en el castillo, que los que habían venido, -se fueron tendiendo en el suelo y quedaron dormidos. - -El alba apuntaba y el cielo iba clareando de prisa. - -Algunas nubecillas rojizas, mensajeras de la mañana, aparecían sobre el -cielo gris. - -Desde allá arriba parecía encontrarse uno en un globo; ligeras brumas -vagaban por el fondo del valle. Aviraneta, asomado á un lado y á otro, -miraba á ver si se acercaba el enemigo. No venía nadie. Antes de salir -el sol aparecieron otros cuatro soldados fugitivos de Moraleja. - -Estos habían pasado la tarde escondidos en una choza, cerca de Hoyos, -y dijeron que habían oído que las fuerzas de Merino habían dejado -las proximidades de la Sierra de Gata y se dirigían hacia Coria. -Efectivamente, el 16 de Junio entraba el Cura en esta ciudad. - -A eso de las cuatro de la mañana uno de los nacionales de Hoyos se -levantó. - ---¿Y usted no duerme?--le dijo á Aviraneta. - ---¡Pse! Hay que vigilar. - -El nacional era un pastor que se llamaba el _Rito_. Era un hombre -grueso, fuerte, con unos ojos azules brillantes, la cara ancha y -juanetuda, como de kalmuko, la barba rojiza, la manera de hablar -violenta y por sacudidas y la expresión alegre. - -El _Rito_ se puso á hablar. Era un hombre primitivo, lleno de -credulidad y de esperanza en todo. Mostró á Aviraneta el paisaje, el -campanario de Villamiel, el camino de San Martín de Trevejo y los -montes lejanos, con sus nombres. - -Para cada sitio ó para cada monte tenía una historia ó un cantar. El -_Rito_ no era muy inculto para pastor, y estuvo explicando lo que sabía -del castillo de Trevejo. En sus conocimientos se mezclaba la fábula con -la historia. - -Dijo que uno de los escudos de la torre era de los Borbones, y el -otro, de la Orden de Alcantara, que tenía como enseña un jaramago; -habló vagamente de un gran maestre déspota, y de sus luchas con el -comendador de Santibáñez y el corregidor de Gata. - -Contó también el _Rito_ una historia clásica de un caballero cautivo, -encerrado en el sótano del castillo, que había escapado viendo que una -serpiente entraba en un subterráneo y siguiéndola. Este subterráneo se -llamaba la Lapa de la Sierpe. - ---Subterráneo que no existe--dijo Aviraneta irónicamente. - ---Sí, señor; existe. - ---¿Usted lo ha visto? - ---Sí, sí. Y si quiere usted se lo enseñaré. - ---Vamos á verlo. - -Cogió el _Rito_ el farol y dijo: - ---Sígame usted. - -Se acercaron á la torre y comenzaron á bajar una escalera de caracol, -de piedra, con los escalones primeros derruídos. A poco de descender -la escalera era practicable y se podía bajar por ella con seguridad. -Bajaron cinco ó seis varas, hasta llegar á un sótano abovedado. De -él partía un pasillo y cerca se veía una poterna ferrada y llena de -clavos. El _Rito_ descorrió un cerrojo enmohecido y apareció la boca de -un subterráneo, que lanzó un hálito de frío y de humedad. - ---Aquí tiene usted la Lapa de la Sierpe--dijo el _Rito_.--Si quiere -usted entraremos. - ---Entremos. - -El suelo estaba bastante seco y se podía marchar bien. Avanzaron un -cuarto de hora. - ---Ahora estaremos debajo del pueblo. - -Unos minutos después salieron por entre dos piedras al campo. El _Rito_ -apagó el farol. Escuchó por si se oía algo. No se oía nada. - -El _Rito_ y Aviraneta anduvieron por las proximidades del castillo, -vieron la Cama del Moro, un abrevadero que á Aviraneta le pareció un -sepulcro ibérico tallado en roca. - -Luego el _Rito_ le contó la historia de una partida que se había -levantado en un monte próximo llamado Jálama, que debía tener grandes -encantos, porque el _Rito_ decía: - - Jálama, jalamea, - quien no te ve - no te desea. - -Dieron la vuelta al castillo, y el _Rito_ gritó dirigiéndose á sus -compañeros: ¡Masones! ¡Negros! - ---¿Volvemos de nuevo por la Lapa de la Sierpe?--preguntó el _Rito_, -riendo. - ---Sí; vamos por allá. - -Entraron de nuevo en el largo subterráneo y llegaron al castillo. - -Algunos soldados se habían despertado y estaban buscando á Aviraneta -para decirle que habían oído gritos en el campo. Aviraneta los -tranquilizó diciendo que había sido el _Rito_. El sol comenzaba á -brillar. Aviraneta miró á todas partes con su anteojo. No se veía nada. -Algunos soldados empezaban á despertarse y á vestirse; un murciano -cantaba: - - Cartagena me da pena - y Murcia me da dolor. - ¡Ay, Cartagena de mi vida, - Murcia de mi corazón! - -Antonio Martín se despertó, y viendo á Aviraneta todavía derecho le -dijo: - ---¿Tú no has dormido nada? - ---No. - ---Pues échate un rato al sol. Yo haré lo que sea necesario. - ---Bueno. - ---¿Qué hay que hacer? - ---Habrá que hacer un reconocimiento por el camino de San Martín y por -el de Hoyos. Si hay enemigos en gran cantidad nos encerraremos aquí y -pondremos una bandera para avisar á tu hermano; si no los hay saldremos -inmediatamente para San Martín. - ---Está bien. - ---Si pudierais comprar un poco de pan, vendría admirablemente. Y para -nosotros dos mira á ver si puedes traer un cacharro con leche de cabras. - ---Bueno, todo se hará. - -Aviraneta se tendió al sol en un hueco entre dos piedras, y se quedó -dormido. - -Soñó que echaba un discurso magnífico á una inmensa multitud en un -pueblo que tenía algo de París, de Madrid y de Vera Cruz. Comparaba á -la libertad con una mujer desnuda que va escalando un monte pedregoso, -en cuya cumbre había un castillo que no sabía si era la Justicia ó -el castillo de Trevejo. La libertad marchaba entre espinas y zarzas -desgarrándose los pies. Aviraneta se preguntaba en su discurso: ¿Por -qué no descansar en el valle? Pero no. En el valle estaba la maldad, la -miseria--los soldados de Merino--y en el monte el aire limpio y sano de -la sierra de Jálama. El recuerdo de este monte le apartó de su discurso -y llevó su pensamiento á unas escenas de caza. Estaba cobrando piezas á -montones cuando oyó la voz de Antonio Martín, que decía: - ---Ya estamos aquí. Te traigo leche para el desayuno. - ---¡Ah, muy bien! ¿Habéis hecho el reconocimiento? - ---Sí; el enemigo ha desaparecido. - -Eran las ocho de la mañana y el sol centelleaba en la tierra. Los -soldados y milicianos habían desayunado y limpiado sus uniformes y sus -armas. - -Se formó al pie del castillo. - -Antonio Martín dió la voz de ¡marchen! Como no tenían música, al pasar -por el pueblo, Aviraneta comenzó á cantar el himno de Riego: - - ¡Soldados!: la patria - nos llama á la lid; - juremos, por ella, - vencer ó morir. - -Los soldados y los milicianos cantaron á coro, y la patrulla comenzó -á desfilar al paso. Al cruzar por delante del pueblo daba más la -impresión de que iba victoriosa, que derrotada. - -De Trevejo se avanzó á San Martín, y al día siguiente, de aquí se -dirigían á Ciudad Rodrigo. - -El Empecinado, muy satisfecho de Aviraneta, en el parte que dió el 20 -de Junio le propuso para la cruz laureada de San Fernando, y, en uso de -las facultades que le había concedido el ministro, le nombró capitán -efectivo de caballería. - -Era la segunda vez que nombraban capitán á don Eugenio; pero ni la -primera vez ni la segunda llegó á serlo de veras. Aviraneta tenía poca -suerte en la milicia. - - - - -XXI. - -LA SITUACIÓN EMPEORA - - -Llegaron á Ciudad Rodrigo y se comenzaron á organizar de nuevo las -fuerzas de caballería, hasta reunir varios escuadrones. - -Algunos militares liberales huídos de Valladolid dijeron que en esta -ciudad no había apenas guarnición, y que sería fácil apoderarse de la -plaza. - -Con este objeto se preparó una columna de caballería, y el mismo don -Juan Martín, al mando de ella, se corrió hasta Medina del Campo; pero -al enterarse de que en Valladolid había varios regimientos franceses y -fuerzas de voluntarios realistas, desistió del proyecto. - -En Medina se encontraron con el coronel Boscan, del regimiento de -Farnesio, y algunos oficiales y soldados. - -El coronel Boscan venía de Galicia y se incorporó á la columna de -don Juan Martín. Las noticias que trajo eran malas; el alto mando -del ejército se pasaba al enemigo: Montijo, O'Donnell, Morillo, -Ballesteros... todos hacían traición. No quedaban más que Mina, Riego y -el Empecinado. - -Se habló con Boscan de lo que se podía hacer. Para éste lo mejor -era ir hacia al Sur: seguir la misma marcha que en la guerra de la -Independencia, en lo cual estaba conforme con Aviraneta. - -Al Empecinado le parecía bien; pero dijo que había que tener en cuenta -que existía un Gobierno todavía, y era necesario obedecerle. - -Se volvió á Ciudad Rodrigo, y unos días después, aumentada la -caballería con los soldados de Farnesio y con otros muchos que -desertaron de Galicia al saber la capitulación del conde de Cartagena, -se volvió á salir para Extremadura, se pasó de nuevo por San Martín de -Trevejo, Hoyos, Moraleja y Coria. - -En Moraleja se buscó al Estévez, que había primero ocultado y luego -denunciado á Dámaso Martín, el hermano del Empecinado, y se quiso -quemar su casa, pero el general lo impidió. - -De Coria se salió en dirección á Cáceres, donde se entró con alguna -dificultad. Se repusieron las autoridades, depuestas por el populacho -sublevado, y se impuso la paz con bastante rapidez. - -En esta labor, Aviraneta se lució. Era el ministro de la Gobernación, -el alcalde y el jefe de policía, todo al mismo tiempo. No habían -tenido mayores atribuciones los tiranos de las repúblicas italianas -ni los Saint-Just y los Barras en las ciudades francesas durante -la Revolución. Aviraneta satisfacía su ansia de poder. Estaba á sus -anchas. Reponía á una autoridad, prendía á otra, imponía la paz pública -con sus procedimientos, que tan pronto eran de benevolencia como del -terrorismo más puro. - -Cáceres fué dominado, y quedó así hasta un día de Octubre del año 23 en -que se rebeló y hubo un encuentro con las tropas del Empecinado, en el -que se produjeron muchas víctimas. - -La situación del pueblo mejoró con las medidas de Aviraneta; pero la de -la guarnición iba empeorando por días. Corrían noticias del avance de -los franceses y de su vanguardia de realistas españoles. Bordesoulle -y Bourmont se corrían por Andalucía, sin que nadie se les opusiera; -el conde de Molitor, con sus generales Lacroix y conde de Loverdo, -marchaban por donde les convenía, como en un paseo militar; únicamente -Moncey encontraba una resistencia seria y pertinaz en el ejército de -Mina. - -Los soldados desertaban en grupos, y el espíritu de los pueblos era -hostil á los constitucionales. La deserción había hecho que sólo los -entusiastas y fanáticos quedaran en las filas. - -A final de Junio, el Empecinado al saber que Castelldosrius era el jefe -militar de Extremadura y que trabajaba en dominar el país y en meter en -cintura á Badajoz, le envió á Aviraneta para que éste desarrollara los -procedimientos que había utilizado en Cáceres. - -Castelldosrius había salido con las tropas que Zayas le había confiado -poco después de evacuar Madrid, y había ido perseguido por Vallin y -Bourmont y por la vanguardia de Merino hasta Trujillo, donde entregó el -mando de su fuerza al general López Baños, marchando él á Badajoz, de -cuya comandancia militar tomó posesión en Junio. - -Castelldosrius, al saber la situación de la ciudad, pidió en seguida -su exoneración. Reinaba en ella, como en casi todas las capitales -españolas, una perfecta anarquía. La deserción cundía con una rapidez -asombrosa; los realistas, alentados por el giro que tomaban los -negocios públicos, maltrataban y vejaban en la calle á los liberales. - -Aviraneta, al llegar á Badajoz, se presentó á Castelldosrius, como -enviado por el Empecinado, para ver de ponerse de acuerdo. - -Castelldosrius le contestó que estaba deseando abandonar el cargo, -y que pensaba que de un día á otro tendría que dejarlo. El marqués -explicó la situación anárquica en que se encontraba Badajoz. - ---Estaba lo mismo Cáceres--replicó Aviraneta--, y lo hemos dominado. A -fuerza de paciencia. Yo he hecho de alcalde, de jefe de la policía, y -por ahora hay tranquilidad. - ---¿De veras? - ---Sí. - ---¿Usted se encargaría aquí de hacer lo mismo? - ---Sí; si usted lo autoriza. - ---Bueno; pues haga usted lo que quiera. Véase usted con mi ayudante -González Estéfani, que le pondrá en antecedentes. Aunque sea, fusile -usted á todo el pueblo; me tiene sin cuidado. - -Aviraneta se entrevistó con Antonio González Estéfani, y entre los dos -dispusieron lo que había que hacer. - -Aviraneta se instaló en la Capitanía General y llamó á las autoridades -del pueblo. La mayoría no acudió. - -Al día siguiente aparecía un bando terrible en las esquinas, y veinte -realistas, escoltados por bayonetas, iban á la cárcel. El pueblo, como -un caballo que siente la espuela, quiso sacudirse el jinete; pero éste, -en poco tiempo, lo supo dominar. - -El 6 de Julio, Castelldosrius fué destituído y marchó destinado como de -cuartel á Barcelona. - -El bando de Aviraneta sirvió luego de motivo para que Castelldosrius -fuera terriblemente perseguido en la época de la reacción de Calomarde. - -Aviraneta, sin ser conocido de nadie, ejerció durante algunos días la -dictadura. En compañía de Estéfani, González Llanos y otros militares -liberales recorrió la muralla, sus ocho baluartes, las tres entradas de -la ciudad y los dos torreones de la puerta de las Palmas, que dan hacia -el Guadiana. - -Visitó también los fuertes exteriores que existían entonces: el de San -Cristóbal, en un cerro á orillas del río; el de Pardaleras, el de la -Picurina, el revellín de San Roque y la Luneta, hecha por el mariscal -Soult en 1811. Aviraneta trabajó para que se guarnecieran estas -fortificaciones y se pusieran en condiciones de defenderlas del enemigo. - -Toda esta labor era inútil; el pueblo, hostil, á la mejor ocasión había -de echar por tierra á sus dictadores. - - - - -XXII. - -UN OFICIO DEL ESTADO MAYOR - - -Al dejar Badajoz el marqués de Castelldosrius siguieron Aviraneta y sus -amigos ejerciendo en la ciudad el mando supremo, sin ningún título para -ello. - -Estaba nombrado por el Gobierno para la Comandancia de Extremadura -el general don Francisco Plasencia, que días antes, derrotado en -Despeñaperros, se había visto abandonado por sus tropas, que desertaron -ante el enemigo. - -Plasencia tardó bastante en presentarse en Badajoz, y quedó asombrado -de que existiera todavía orden y disciplina en la ciudad extremeña. - -Plasencia rogó á Aviraneta y á los demás que siguieran mandando. - -La situación de España en Julio de 1823 era malísima, y en Agosto se -hizo desesperada. - -Don Juan Martín envió una carta á Aviraneta, diciéndole que hablara á -todos los jefes y oficiales liberales decididos, para ver si querían -intentar un supremo esfuerzo: el de formar una columna de ocho á diez -mil hombres, marchar sobre Madrid y atacarlo á la desesperada. - -Aviraneta habló á los oficiales de Badajoz, pero ya no era posible -reanimar en ellos el entusiasmo: todo el mundo veía la partida -perdida. El general Plasencia, desalentado desde que había visto en -Despeñaperros desertar á los soldados antes de entrar en fuego, creía -que el único ideal era obtener una capitulación decente y esperar -mejores tiempos. - -Aviraneta escribió á don Juan el resultado de sus gestiones, y unos -días más tarde recibió este oficio: - - DIVISIÓN DE CASTILLA - - ESTADO MAYOR - - El Excmo. Sr. Comandante general, que ha salido esta mañana - para la Vera de Plasencia, me ha indicado que escriba á usted. - - Se recibió su pliego en el que participaba el poco éxito - de nuestro plan de atacar Madrid, y al mismo tiempo el - desfallecimiento de las tropas constitucionales de esa zona. - Nada de esto es extraño, y es necesario un ánimo esforzado - para no dejarse rendir por las noticias adversas para nuestras - armas que llegan constantemente. - - El general desiste de su proyecto, y me encarga le diga cese - de practicar diligencias con este fin. - - Se ha celebrado ayer una junta de oficiales y jefes de la - división, y en ella se ha acordado enviar á usted á Cádiz á - que se aviste con el Gobierno, le exprese la situación de - Extremadura y Castilla y pida instrucciones acerca de la - conducta que debe seguirse en lo sucesivo. - - Se ha elegido á don Eugenio de Aviraneta ayudante de campo - y secretario del comandante general para esta comisión, por - considerársele de gran confianza y el más capacitado por su - inteligencia para el caso. - - Es necesario, pues, salga usted inmediatamente para evacuar - tan importante comisión. - - Puede usted atravesar Portugal, embarcarse en un puerto de - este país, franquear el bloqueo de la escuadra francesa y - entrar en Cádiz. - - Hoy se escribe al Excmo. Sr. Marqués de Castelldosrius para - que auxilie á usted con cuantas noticias necesite del vecino - reino y para que le dé contraseñas y recomendaciones para los - puertos de Villa Real, Mértola y Tavira. Preséntese usted á Su - Excelencia y pónganse de acuerdo sobre este particular. - - El general me encarga diga á usted que de ninguna manera - quiere que nadie sepa el objeto de su viaje más que el señor - Marqués y usted. - - Con el sargento Sánchez, jefe de la escolta y portador de este - oficio, comunicará usted al general lo que acuerde con el - señor Marqués. - - Se están extendiendo todas las comunicaciones para el Gobierno - y las instrucciones que debe usted llevar, al mismo tiempo que - las recomendaciones para los sujetos con quienes tiene usted - que verse. - - Participe usted verbalmente al Sr. Marqués que esta división - se engruesa con las partidas sueltas procedentes del ejército - de Galicia, pero que carecemos de buen armamento. - - En las comunicaciones al Gobierno va usted altamente - recomendado, y si llega á puerto de salvación con toda - felicidad, no necesita usted más para que el Gobierno premie - á usted como es debido sus muchos y distinguidos servicios en - favor de la Libertad. - - Dios guarde á usted muchos años. Cuartel general del Casar de - Cáceres, á 18 de Agosto de 1823. - - MÁXIMO REYNOSO. - - _Postdata:_ - - En este momento se reciben noticias de nuestros confidentes - de Portugal. Afirman que en Lisboa y en los Algarbes se ha - proclamado el absolutismo. - - Esta nueva situación hace indudablemente difícil ó imposible - la marcha de usted, sobre todo con carácter militar y como - representante del excelentísimo comandante general. Consulte - usted con el señor Marqués y vea si pueden proporcionarle - á usted papeles de comerciante, para que disfrazado de tal - y con pasaporte pueda llegar á Villa Real. En ese caso se - embarcaría aquí y entraría en Gibraltar, si no hubiese medio - de meterse en Cádiz. - - Hay quien supone que sería mejor que se pusiera usted en - relación con los contrabandistas de Ceclavin y atravesara - Andalucía con ellos. Estos contrabandistas conocen la ruta - á palmos y marchan sin tocar en ninguna población. Si se - decidiera usted por esto último, avíselo, porque hay en - nuestra división individuos que conocen muy bien las partidas - de contrabandistas y éstos le pondrían en relación con - ellas.--_Vale._ - -Aviraneta, impaciente con una carta tan larga y tan ceremoniosa, cogió -un papel y escribió: - - «Amigo Reynoso: Castelldosrius no está aquí. Para salir por un - lado ó por otro necesito dinero y no lo tengo».--Suyo, - - AVIRANETA. - -Dos días después el mismo sargento Sánchez llegaba á Badajoz y -entregaba á Aviraneta una bolsa con veinte onzas, moneda suelta y un -sobre con documentos. - - - - -XXIII. - -EL VIAJE - - -Aviraneta comenzó los preparativos para la marcha. Compró cerca de la -puerta de las Palmas una chaqueta y un pantalón ordinarios de aldeano, -una faja y un sombrero. Luego quitó á la chaqueta los botones y los -sustituyó por onzas de oro forradas de tela. En el chaleco puso monedas -de cinco duros, también recubiertas como si fueran botoncitos. - -El dinero sobrante, menos unas pesetas para el camino, hizo que se lo -girasen á Mértola, en Portugal. - -Luego escribió una carta dirigida á un supuesto Domingo Ibargoyen, una -carta en que el padre del tal Domingo le decía que se escapara del -servicio y abandonara á los liberales impíos y volviera á reunirse con -los absolutistas. - -Hecho esto leyó todos los oficios que le había enviado Máximo Reynoso -desde el cuartel general, y los clasificó. Los dos en donde figuraba su -nombre los aprendió de memoria y los rompió. - ---¡Qué falta de sentido el mandar á un hombre con papeles así entre -gente enemiga!--se dijo--; ¡oh manes de Cisneros, de Richelieu y de -Talleyrand! Esta pobre gente no va á saber nunca hacer bien las cosas. - -Los documentos que no citaban su nombre, don Eugenio los envolvió, los -metió en un bote, que llenó de tierra, y lo envió á Mértola, como si -fuera una mercancía. - -Pensaba que no llevando consigo ningún papel, aunque le cogieran, -sería imposible identificarlo. Si lo pescaban diría que no, que no era -miliciano; luego, si le registraban, le encontrarían la carta á Domingo -Ibargoyen, y ya bastaría esto para que le tuviesen por un pobre hombre -absolutista soldado de milicianos á la fuerza. - -Estando en estos preparativos se le presentó Diamante, y no tuvo más -remedio que decirle que iba á ir con una comisión á Cádiz. - -Diamante se ofreció á acompañarle en el viaje. Al advertirle Aviraneta -la manera cómo pensaba hacerlo, Diamante torció el gesto. - ---Es mejor que vaya usted de uniforme--dijo Diamante--, le tendrán á -usted más respeto. - ---No, no. Es absurdo, hombre. - ---Pues yo pienso ir de uniforme hasta Mértola, y verá usted como llego. - ---Haga usted lo que quiera; pero en ese caso, si me encuentra usted en -el camino, no diga usted que me conoce. - ---No necesito de usted para nada--replicó Diamante, con acritud. - ---Bueno, bueno. Está bien. - -Diamante todavía quiso hacer un esfuerzo para convencer á Aviraneta que -debía ir de modo que se le conociera que era un oficial y no un patán -cualquiera. - ---¿Por qué?--preguntó Aviraneta. - ---Porque á un oficial se le fusila; en cambio á un patán, no: se le -cuelga de una manera ignominiosa y vil. - ---Cada cual tiene sus preocupaciones--dijo don Eugenio--; morir de una -manera ó de otra, es igual. - ---Para usted será igual; para mí, no. Si le cogen á usted le tomarán -por un espía. - ---O no. Yo me las arreglaré para que no me cojan. La cuestión es que no -le maten á uno. - ---¡Bah! No me asusta la muerte--replicó Diamante--. Si me prenden verá -esa chusma miserable cómo muere el alférez Diamante. Pienso decir -cuatro cosas bien dichas. - -Aviraneta no quiso chocar con la vanidad de su compañero, y se citó con -él en Mértola. - -Si se encontraban allá, buscarían los dos el modo de marchar á Cádiz. - -Aviraneta, unas veces en coche, otras en carro, pasó por Villaviciosa, -llegó hasta Beja, y de aquí fué á Mértola. Hacía un calor horrible. No -apareció Diamante. - -Recogió en casa de un comerciante liberal el bote con sus documentos y -lo volvió á reexpedir á Castro Marín. - -Aviraneta se puso en camino hacia Castro Marín, á caballo, mirando á -derecha é izquierda, guareciéndose en los árboles y las matas cuando -veía á alguien. Los realistas debían tener espías á los lados del -camino, porque, á pesar de todas sus precauciones, Aviraneta cayó en -manos de una patrulla de realistas portugueses. Eran muchos para luchar -con ellos, y tuvo que entregarse. - -Los realistas lo prendieron y lo tuvieron toda la noche atado á un -árbol, sufriendo una serie de chaparrones de agua tibia y abundante. -Por la mañana le hicieron marchar entre ellos. Eran aquellos -portugueses raquíticos, con un tipo agitanado, el pelo negro, la tez -amarilla, los ojos brillantes é inquietos, la expresión suspicaz y -ladina. Hablaban todos ellos con un aire entre amenazador y sonriente. - -A media mañana, Aviraneta, rodeado de los portugueses, rendido y -febril, fué entregado á una partida de realistas españoles que -vigilaban la frontera. Esta partida llevaba un gran número de presos; -entre ellos se encontraba Diamante. - -El jefe de estos realistas, un señorito andaluz, bajito, rubio, que -ceceaba exageradamente y sonreía al hablar con cierta petulancia, mandó -registrar al prisionero, y se encontró la carta, manoseada y sucia, -dirigida á Domingo Ibargoyen. - -El aire de estupor febril que tenía Aviraneta hizo creer al andaluz que -el preso era un pobre infeliz, casi idiota. - ---Es un vascongado--dijo el oficial á su gente--. Yo le hablaré, ¿Tú -ser realista ó negro?--le preguntó á Aviraneta. - -Aviraneta contempló con asombro al oficial, y éste repitió la pregunta. - -Don Eugenio, viendo que le tomaban en broma, dijo haciendo su papel: - ---Yo, no entender. - ---¿Cómo no entender?... ¡Granuja! Tú ser miliciano... - ---Sí, coger á uno... poner uniforme... y llevar andando lejos, malos -caminos... luego cansar... escapar campos. - -El andaluz se echó á reir. - ---¿Y á dónde marchar tú ahora?... ¿A dónde marchar?... - ---Yo querer ir á América... - ---Realmente--murmuró el andaluz--á este desdichado es una tontería -prenderlo; pero en fin, le llevaremos á Sevilla con los demás y allí ya -verán lo que hacen con él. - -Pasó la noche Aviraneta en la cárcel de Ayamonte. No pudo dormir un -momento. Estaba febril, la humedad de la noche anterior le había -producido un acceso de reumatismo, le dolía la cabeza, tenía una -rodilla hinchada y una misantropía terrible. - -En medio de aquel estado de abatimiento el instinto de conservación -vigilaba. - -Al día siguiente, por la mañana, Aviraneta advirtió al jefe de los -realistas que no podría marchar con la rodilla hinchada, y le dijo que -daría lo que tenía, una moneda de cinco duros si se le proporcionaba un -caballo. El oficial cogió la moneda y mandó traer un caballo viejo para -Aviraneta. - -Durmieron los presos los días posteriores en las cárceles de Gibraleón, -Niebla, Palma, San Lúcar la Mayor, y al quinto día entraron en Sevilla. - -A las tres de la tarde, Aviraneta y Diamante, con otros cuarenta ó -cincuenta liberales, formando cuerda de presos, pasaban el puente de -Triana, rodeados de una multitud de hombres, mujeres y chicos que -los insultaban. Diamante iba con una serenidad olímpica, sonriendo, -despreciando al populacho. - -Todos los vagos del barrio estaban en el puente. Se oían gritos -furiosos de ¡Mueran los negros! ¡Muera la nación! ¡Viva Fernando! -¡Vivan las _caenas_! ¡Viva el duque de Angulema! - -Era el populacho amenazador, la demagogía negra desbordada. Mujeres -desarrapadas, con chiquillos en brazos, que chillaban sin saber porqué; -viejas, gitanos, frailes que pasaban dando á besar á la chusma la -cuerda de su hábito.... - ---¡Viva nuestra religión! ¡Viva Dios!--gritaban algunos. Y otros -decían, dirigiéndose á los liberales: ¡Al palo! ¡Al palo! ¡Canallas! -¡Mata frailes! - -Unos cuantos chicos les tiraron pelotas de barro á los prisioneros, y -una vieja, acercándose á Aviraneta, le dijo: - ---¡Qué mala estampa de judío tienes, ladrón! ¡Toma!--Y le escupió á la -cara. - -Aviraneta, con la cabeza baja y ceñudo, recibió la injuria, al parecer, -impasible. - -Sentía el odio de todos reconcentrado en él. ¡Si por un momento hubiese -cambiado la situación! El en aquel instante, con diez mil hombres y -unas baterías de cañones en el puente, ¡qué sarracina! Mujeres, viejas, -chiquillos, ancianos, casas, iglesias... Todo lo hubiera barrido con -la metralla. Hubiera dejado chiquito á los Collot d'Herbois y á los -Carrier. - -Desarrollando esta idea de cómo sería su venganza, pudo pasar entre la -chusma y recibir los insultos y las pedradas con estiércol, mondaduras -de patata y tronchos de berza, sin protestar. - -Pasaron el puente y el barrio de Triana, y entraron en el casco de la -ciudad. A cada paso se repetían los insultos y las pedreas. - -Con la escolta, Aviraneta y los presos recorrieron varias calles y -fueron á parar al Salón de Cortes. - -Al llegar aquí se abrió la puerta y entraron todos en un ancho portal. - -El Salón de Cortes, el punto donde se habían celebrado las sesiones del -Congreso en Sevilla en 1823, era la iglesia del antiguo convento de -jesuítas de San Hermenegildo, que estaba en la calle de las Palmas, -que hoy se llama de Cortes. - -Este edificio tuvo distinto empleo: primero fué colegio de los -jesuítas, luego, escuela, seminario y cuartel. Los franceses lo -desvalijaron; después la capilla se convirtió en salón de Cortes, y -terminó siendo, durante una corta temporada, teatro. - -En aquel momento, el salón de sesiones estaba destruído. - -Unos días antes, los realistas sevillanos habían entrado allí, habían -asaltado el edificio y lo habían desmantelado. - -Pasaron Aviraneta y sus compañeros del zaguán del convento á un patio, -y aquí uno de los jefes de los absolutistas comenzó la distribución de -los presos. - -La gente distinguida iba al Salón de sesiones. - -En él estaban detenidos el duque de Veragua y otros muchos liberales -aristócratas. A la gente del pueblo, milicianos y soldados, se la -dirigía á unas cuadras grandes. - -Diamante fué enviado con la gente distinguida. - -Aviraneta, en compañía de unos cuantos, marchó con la morralla á un -salón, que debía haber sido en otro tiempo biblioteca ó sala capitular. - -Un sargento, con una gorra de cuartel y un uniforme lleno de manchas, -les hizo formar militarmente y les dijo: - ---Bueno, niños, cuidado. Antes habéis obedecido á la Constitución; -ahora vais á obedecer á ésta--y les mostró una estaca--. Conque ya lo -sabéis. ¡Media vuelta á la derecha! ¡Dre!... - -Al día siguiente, Aviraneta como sus compañeros, tuvieron que dedicarse -á bajos menesteres de barrer patios y cuartos. - -Aviraneta en su calidad de Domingo Ibargoyen, no tenía importancia, no -ya para ser fusilado, ni aun para ser vigilado; pero no dejaba de estar -ojo avizor por si alguno le reconocía como carbonario, masón y ayudante -del Empecinado. - -Entonces hubiera sido otra cosa. - -Aviraneta fué destinado á barrer un corredor del claustro y unas -cuadras y á cumplir las órdenes del que hacía de alcaide de la cárcel, -un hombre á quien llamaban el señor Pepe el _Tiznado_. - -El señor Pepe el _Tiznado_ era un viejo andaluz, serio, grave, -profundo, un pozo de ciencia que hablaba por apotegmas. - -Algunos decían que había sido contrabandista y ladrón, cosa muy -posible; la verdad era que tenía muchos oficios, y ninguno bueno, -porque cambiaba de ellos más que de camisa. - -El lugarteniente del señor Pepe el _Tiznado_, que hacía de portero de -la cárcel, era el _Telaraña_, un hombrecito muy redicho y hablador. - -El _Telaraña_ tenía en la portería muchos pájaros en jaulas. En sus -horas de ocio se dedicaba á enseñarles á cantar. En épocas normales el -_Telaraña_ era pajarero. - -Aviraneta comenzó á ver de ganarse la confianza del señor Pepe y del -_Telaraña_. - -Esperaba que alguno de ellos llegara á enviarle á hacer cualquier -recado fuera de la cárcel, en cuyo caso no hubiera vuelto. - -A los pocos días de estar allá, Aviraneta que había tomado un odio -por Sevilla frenético, no tuvo más remedio que reconocer que aquellos -realistas andaluces, á pesar de su fanatismo y de su barbarie, eran -mucho menos brutos que los del Norte y se avenían á razones. - -Aviraneta, de noche, iba á su rincón y se dedicaba á cavilar y preparar -planes de fuga. No encontraba ninguno bueno, porque le faltaban datos; -no conocía bien el edificio en donde estaba, ni sabía hacia qué punto -de Sevilla se hallaba enclavado. - -Sin embargo, pensaba que, á fuerza de examinar proyectos y estudiar sus -dificultades, encontraría algo.--_Mio caro studiate la matematica_, se -decía á sí mismo, recordando la frase que repetía su amigo Sanguinetti. - -Aviraneta sondeó al _Tiznado_ y al _Telaraña_ para saber qué harían -con ellos si dejaban escapar algún prisionero; y, al parecer, los dos -estaban convencidos de que les costaría un castigo grave, si no los -fusilaban tomándolos por cómplices. Esto hizo pensar á don Eugenio que -el poco dinero que tenía no bastaba para comprar á los carceleros. - -Había que escaparse, sin contar con ellos para nada; había que hacerlo -_á maña_, como decían los contrabandistas del Bidasoa que había -conocido en la infancia cuando no sobornaban á los guardias y tenían -que andar á tiros. - - - - -XXIV. - -FUGA - - -Aviraneta se dedicó á cumplir las órdenes que le daba el señor Pepe y -su lugarteniente, con rapidez; se hizo amigo de los dos, y ellos le -dejaban andar de un lado á otro convencidos de que no les iba á jugar -una mala pasada. A los ocho días llegó á conseguir su confianza. - -El señor Pepe el _Tiznado_ le trataba bien y le contaba las noticias -que corrían por el pueblo. El señor Pepe le dijo que en aquel momento -estaban en capilla un oficial del regimiento de Galicia llamado Peña, -á quien le habían encontrado varias proclamas y documentos de los de -Cádiz, y un alférez del Empecinado, de apellido Diamante. - ---Dicen--concluyó diciendo el señor Pepe--que el Empecinado ha mandado -á un hombre de su confianza por Portugal y que se ha debido escapar. - ---Y ese Diamante ¿qué tipo es?--preguntó el _Telaraña_. - ---Es un gachó de cuidado--dijo el señor Pepe. - ---¿Por qué? - ---Porque no hay manera de confesarlo. Dice que todo eso es pamplina, -y no quiere ni arrodillarse, ni nada. Mañana yo voy á ver cómo lo -_afusilan_. - -Efectivamente: al otro día el señor Pepe contó el fusilamiento del -alférez del Empecinado y la serenidad de éste, que había llamado -bellacos y cobardes á los realistas, y había concluído gritando: ¡Viva -la Libertad! ¡Viva Diamante! - -Aviraneta oyó con curiosidad los detalles del final de su amigo. Su -deseo de escapar no le permitía el lujo de conmoverse. Siguió pensando -en sus planes de fuga; tenía el convencimiento de que pensando con -energía y de una manera metódica se encontraban soluciones para todo. - -Al día siguiente del fusilamiento de su amigo vió que había en el -pasillo del claustro una puerta que daba á un sótano. La puerta tenía -un gran cerrojo y un ventanillo. De éste se veían algunos trastos -viejos amontonados. - ---Con esto algo se puede hacer--pensó--. Estudiaremos la matemática--se -dijo. - -Al día siguiente ya tenía su plan. Por la mañana, al limpiar el -corredor, pidió al _Tiznado_ permiso para entrar en el sótano y coger -unas tablas. El _Tiznado_ se lo dió, y Aviraneta estuvo sacando fuera -unos cuantos trastos viejos y observándolos como si esperara sacar algo -de ellos. Después volvió á meterlos de nuevo, cerró el ventanillo y -con un poco de tocino lubrificó el cerrojo de la puerta, hasta que -comenzó á deslizarse bien. - -Estaban Pepe el _Tiznado_ y el _Telaraña_ hablando al anochecer en -el cuarto del conserje, cuando Aviraneta se les presentó y les dijo, -mostrándoles una monedita de oro: - ---Miren ustedes lo que he encontrado. - ---¡Niño! ¿Dónde has encontrado esto?--exclamó el señor Pepe el -_Tiznado_, con severidad y con ansia--. ¡Si es oro! - ---La fija... ¡ya lo creo!--exclamó el _Telaraña_. - ---Pues lo he encontrado en ese sótano que he ido á limpiar esta mañana. - ---¿De verdad? - ---Sí. - ---¿Pero en dónde? - ---En el suelo. - ---¿En qué sitio? - ---Yo se lo diré á ustedes. Pero si es oro me tienen ustedes que dar á -mí parte--dijo Aviraneta. - ---Bueno, bueno; eso, ya veremos--replicó el señor Pepe--. Primero vamos -á ver dónde está. - ---Yo les enseñaré el punto fijo. - -Se encendió un farol, y el señor Pepe y el _Telaraña_, llenos de -ansiedad, cogieron, el uno una piqueta, y el otro una palanca. -Marcharon los tres por el corredor del claustro y abrieron la puerta -del sótano, y entraron. Pusieron el farol en el suelo, y Aviraneta, -señalando un rincón, les dijo: Aquí, aquí mismo estaba. - -El señor Pepe y _Telaraña_ se arrodillaron para mirar; Aviraneta, -sin meter ruido, de un salto se acercó á la puerta del sótano, salió -fuera y la cerró con el cerrojo, dejando dentro á los dos carceleros. -Enseguida echó á correr, encendió una pajuela y luego una vela, marchó -al cuarto del conserje, cogió la llave, abrió las dos puertas que se -necesitaban franquear para salir á la calle, dejó el manojo de llaves -en el suelo y se largó. - - - - -XXV. - -CAMINO DE GIBRALTAR - - -Aviraneta no conocía bien Sevilla. Echó á andar callejeando. Un sereno -le detuvo, y le echó la luz del farolillo á la cara. - ---¿A dónde va usted?--le dijo. - ---Ando buscando posada. - ---Ahí está la posada. A mano izquierda. - -El sereno se alejó y cantó: Ave María Purísima. Las diez y media y -sereno. Y añadió á su cántico: ¡Viva Fernando! ¡Viva el duque de -Angulema! - -Aviraneta encontró una posada de arrieros que había cerca; entró en el -zaguán, y acurrucado en un rincón esperó á que amaneciera. - -La noche se le hizo eterna. Al amanecer salió de Sevilla y compró á -unos gitanos una mula. - -Le costó cuarenta duros; entregó tres onzas y le devolvieron mucha -plata y cuartos. - -Ya caballero, Aviraneta tomó el camino de Utrera é hizo la larga -jornada hasta Jimena, donde le detuvieron, le quitaron la mula y todo -lo que llevaba. - -Le quedaba aún en la chaqueta una onza de oro y un centén en el -chaleco. Estaba sucio, lleno de polvo, con un aire de vagabundo de -camino, triste y enfermo. Se sentía desanimado. Se juraba á sí mismo -no volver á intervenir en política, no hacer caso de la palabrería de -los liberales, que al último hacían traición á sus principios, sin -escrúpulos ni vergüenza. - -De Jimena, Aviraneta fué á San Roque: comió y durmió en una posada, -pagó con un centén de oro y compró á un contrabandista un puñal. - -El contrabandista le dijo que para ir á Gibraltar le convendría -dirigirse á Algeciras, mejor que á La Línea, porque aquí había mucha -vigilancia. - -Aviraneta siguió el consejo y se dirigió á Algeciras. - -A media tarde fué acercándose al pueblo, y esperó á que se hiciera de -noche. Estuvo contemplando durante algún tiempo el caserío negruzco de -la ciudad, alrededor de la iglesia, y cuando comenzaban á brillar las -estrellas, rodeando el pueblo, salió á la orilla del mar. - -Se acercó al muelle, y á un hombre que estaba atando un bote, le dijo: - ---Oiga usted. - ---¿Qué? - ---¿Quiere usted llevarme á Gibraltar? - ---No; vengo de allá ahora. - ---Le pagaré bien. - ---No. - ---Le daré una onza. - ---¿La tiene usted? - ---Sí. - ---A verla. - ---Se la daré á usted á la mitad de la travesía. - ---¿Será usted el general Riego? - ---No; pero tengo que marchar á Gibraltar. - ---Bueno, suba usted; pero deme primero la onza. - ---No, no. Cuando estemos cerca de la plaza inglesa. - ---Bueno. - -El hombre desató su lancha, extendió una vela, y, puesto al timón, -enderezó la proa hacia Gibraltar. - -A medida que avanzaban, Algeciras iba quedando atrás, recostada en una -sierra que se destacaba negra en el horizonte. Las luces de Gibraltar -brillaban enfrente. - ---Me parece que estamos á mitad del trayecto--dijo el hombre de la -barca. - ---Sí; eso quiere decir que exige usted la onza. - ---Lo ha entendido usted muy bien. - -Entregó la onza Aviraneta, y el hombre inmediatamente se levantó é hizo -arriar la vela. - ---¿Qué hace usted?--le dijo Aviraneta. - ---Nada, que vamos á volver. - ---¡A volver! - ---Sí. - ---¿Por qué? - ---Porque queda usted preso. Yo soy uno de los encargados de vigilar -esta playa. Tú eres un conspirador que huye y te hago prisionero. - ---¡Bah! no podrás--exclamó Aviraneta, con voz sorda. - ---¿No? - ---No. - -Y Aviraneta acercándose al hombre, en la obscuridad, lo agarró del -cuello y le puso el puñal en la garganta. - -El policía pidió tregua en seguida. Aviraneta con el puñal en una -mano le registró los bolsillos y sacó de ellos una navaja y un lío de -cuerda. Con la cuerda ató los brazos y los pies del hombre y lo dejó -sentado en uno de los bancos del bote. Después izó de nuevo la vela. - -La barca comenzó á marchar hacia Gibraltar. La silueta negra del peñón -se veía destacándose en el cielo estrellado. Los faros y las luces del -pueblo brillaban en el agua. Aviraneta dirigía en línea recta, sin -hacer caso de las olas que entraban en la lancha. - -A pesar de que sus intenciones eran llegar directamente, torció hacia -la izquierda y fué á embarrancar en un arenal, cerca de la Estacada. - ---¿Estamos en tierra inglesa?--preguntó Aviraneta. - ---Sí. ¿Ahora me desatará usted? - ---Sí. Y usted me devolverá la onza de oro. - ---Hombre, eso no es lo acordado. - ---Tampoco estaba acordado que usted me hiciera traición. - ---Bueno, le devolveré la onza. - -Soltó Aviraneta las manos del policía, recogió la moneda y luego le -soltó los pies. - ---Ya se ha salvado usted--dijo el polizonte--. He sido un tonto. Ahora -dígame usted quién es. - ---¡Soy el demonio!--exclamó Aviraneta con voz cavernosa. - -El polizonte debió quedar santiguándose, y Aviraneta marchó hacia la -estacada. Un soldado inglés le dió el alto y llamó al teniente, que -sabía español, y á quien explicó Aviraneta lo que le ocurría. - -Aviraneta, acompañado por el soldado, fué por la calzada del dique, -entre la laguna y el mar, y pasó por la puerta de Tierra á la ciudad... - -Mientras había venido huyendo se había forjado la idea de que estaba -arrepentido y cansado de tanto ajetreo como se había dado á sí mismo. -Al poner el pie en puerto de salvación veía que no sólo no estaba -cansado de su papel, sino que estaba ansiando volverlo á tomar de nuevo. - -Aquel pajarraco de Aviraneta vivía en su centro como los albatros en -los remolinos de la tempestad. Las convulsiones, los peligros, la -guerra, las cárceles, eran su elemento... - -Al mismo tiempo que se burlaba de sus planes de modificar su vida, -volvía á rehabilitar sus ideas. Ya se habían borrado de su imaginación -todos los absurdos, torpezas y cobardías llevadas á cabo por los -revolucionarios; la Libertad, como una diosa, marchaba en su carro -triunfante por encima de los monstruos y bestias inmundas del -absolutismo: la revolución era la salvación de España. - ---Hay que implantarla cuanto antes--se dijo á sí mismo, y convencido -añadió, señalando con la mano la costa española, que se iba ocultando -entre las brumas de la noche: - ---Nos veremos de nuevo. - - Itzea--Septiembre, 1915 - - - FIN DE LOS RECURSOS DE LA ASTUCIA - - - - -ÍNDICE - - - _Páginas._ - - La Canóniga.--Prólogo 5 - - - PARTE PRIMERA - - I.--Cuenca 31 - - II.--La casa de la Sirena 41 - - III.--Miguelito Torralba 53 - - IV.--Sansirgue el penitenciario 67 - - V.--La casa del pertiguero 71 - - VI.--Don Víctor 81 - - VII.--La Biblioteca de Chirino 87 - - VIII.--Su majestad el odio 93 - - IX.--Un romance anónimo 101 - - X.--La junta realista 107 - - XI.--Un sermón de Sansirgue 111 - - XII.--La alarma de Bessieres 117 - - XIII.--Proyectos 123 - - XIV.--Cabildeos de Don Víctor 129 - - XV.--La Puerta de San Juan 139 - - XVI.--Después de la catástrofe 143 - - XVII.--Meses después 149 - - Epílogo 159 - - - LOS GUERRILLEROS DEL EMPECINADO - - I.--Nueva comisión 163 - - II.--Mascarada militar 169 - - III.--Antiguos amigos 175 - - IV.--En el espionaje 181 - - V.--En el camino 191 - - VI.--El batallón de los hombres libres 197 - - VII.--Huyendo 207 - - VIII.--Don Julián Sánchez 217 - - IX.--Aviraneta en el convento 227 - - X.--De Nájera á Aranda 235 - - XI.--El espía de Roa 241 - - XII.--La encerrona 251 - - XIII.--En Ciudad Rodrigo 261 - - XIV.--La toma de Coria 267 - - XV.--Una ciudad levítica 273 - - XVI.--La tarde del domingo 281 - - XVII.--Expedición á Plasencia 287 - - XVIII.--¡Merino! 295 - - XIX.--El camino de San Martín 303 - - XX.--El Castillo de Trevejo 309 - - XXI.--La situación empeora 319 - - XXII.--Un oficio del Estado Mayor 325 - - XXIII.--El viaje 331 - - XXIV.--Fuga 343 - - XXV.--Camino de Gibraltar 347 - - - - - -End of the Project Gutenberg EBook of Memorias de un Hombre de Acción: #5 -Los Recursos de la Astucia, by Pío Baroja - -*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK MEMORIAS DE UN HOMBRE *** - -***** This file should be named 50126-8.txt or 50126-8.zip ***** -This and all associated files of various formats will be found in: - http://www.gutenberg.org/5/0/1/2/50126/ - -Produced by Carlos Colón, University of Toronto and the -Online Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net -(This file was produced from images generously made -available by The Internet Archive) - - -Updated editions will replace the previous one--the old editions will -be renamed. - -Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright -law means that no one owns a United States copyright in these works, -so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the United -States without permission and without paying copyright -royalties. 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Redistribution is subject to the -trademark license, especially commercial redistribution. - -START: FULL LICENSE - -THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE -PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK - -To protect the Project Gutenberg-tm mission of promoting the free -distribution of electronic works, by using or distributing this work -(or any other work associated in any way with the phrase "Project -Gutenberg"), you agree to comply with all the terms of the Full -Project Gutenberg-tm License available with this file or online at -www.gutenberg.org/license. - -Section 1. General Terms of Use and Redistributing Project -Gutenberg-tm electronic works - -1.A. By reading or using any part of this Project Gutenberg-tm -electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to -and accept all the terms of this license and intellectual property -(trademark/copyright) agreement. If you do not agree to abide by all -the terms of this agreement, you must cease using and return or -destroy all copies of Project Gutenberg-tm electronic works in your -possession. If you paid a fee for obtaining a copy of or access to a -Project Gutenberg-tm electronic work and you do not agree to be bound -by the terms of this agreement, you may obtain a refund from the -person or entity to whom you paid the fee as set forth in paragraph -1.E.8. - -1.B. "Project Gutenberg" is a registered trademark. It may only be -used on or associated in any way with an electronic work by people who -agree to be bound by the terms of this agreement. There are a few -things that you can do with most Project Gutenberg-tm electronic works -even without complying with the full terms of this agreement. See -paragraph 1.C below. 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It -exists because of the efforts of hundreds of volunteers and donations -from people in all walks of life. - -Volunteers and financial support to provide volunteers with the -assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg-tm's -goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will -remain freely available for generations to come. In 2001, the Project -Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure -and permanent future for Project Gutenberg-tm and future -generations. To learn more about the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation and how your efforts and donations can help, see -Sections 3 and 4 and the Foundation information page at -www.gutenberg.org Section 3. Information about the Project Gutenberg -Literary Archive Foundation - -The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit -501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the -state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal -Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification -number is 64-6221541. Contributions to the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation are tax deductible to the full extent permitted by -U.S. federal laws and your state's laws. - -The Foundation's principal office is in Fairbanks, Alaska, with the -mailing address: PO Box 750175, Fairbanks, AK 99775, but its -volunteers and employees are scattered throughout numerous -locations. Its business office is located at 809 North 1500 West, Salt -Lake City, UT 84116, (801) 596-1887. Email contact links and up to -date contact information can be found at the Foundation's web site and -official page at www.gutenberg.org/contact - -For additional contact information: - - Dr. Gregory B. Newby - Chief Executive and Director - gbnewby@pglaf.org - -Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg -Literary Archive Foundation - -Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide -spread public support and donations to carry out its mission of -increasing the number of public domain and licensed works that can be -freely distributed in machine readable form accessible by the widest -array of equipment including outdated equipment. Many small donations -($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt -status with the IRS. - -The Foundation is committed to complying with the laws regulating -charities and charitable donations in all 50 states of the United -States. 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Thus, we do not -necessarily keep eBooks in compliance with any particular paper -edition. - -Most people start at our Web site which has the main PG search -facility: www.gutenberg.org - -This Web site includes information about Project Gutenberg-tm, -including how to make donations to the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to -subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks. - diff --git a/old/50126-8.zip b/old/50126-8.zip Binary files differdeleted file mode 100644 index 111424a..0000000 --- a/old/50126-8.zip +++ /dev/null diff --git a/old/50126-h.zip b/old/50126-h.zip Binary files differdeleted file mode 100644 index 0726319..0000000 --- a/old/50126-h.zip +++ /dev/null diff --git a/old/50126-h/50126-h.htm b/old/50126-h/50126-h.htm deleted file mode 100644 index 51698f7..0000000 --- a/old/50126-h/50126-h.htm +++ /dev/null @@ -1,12291 +0,0 @@ -<!DOCTYPE html PUBLIC "-//W3C//DTD XHTML 1.0 Strict//EN" - "http://www.w3.org/TR/xhtml1/DTD/xhtml1-strict.dtd"> -<html xmlns="http://www.w3.org/1999/xhtml" xml:lang="es" lang="es"> - <head> - <meta http-equiv="Content-Type" content="text/html;charset=iso-8859-1" /> - <meta http-equiv="Content-Style-Type" content="text/css" /> - <title> - The Project Gutenberg eBook of Los Recursos De La Astucia, by Pío Baroja. - </title> - <link rel="coverpage" href="images/cover.jpg" /> - <style type="text/css"> - -body { - margin-left: 10%; - margin-right: 10%; -} - - h1,h2,h3{ - text-align: center; /* all headings centered */ - clear: both; - line-height: 2; -} - -h1 {margin-top: 2em; margin-bottom: 2em;} - -h2 {margin-top: 4em; margin-bottom: 1em;} - -h3 {margin-top: 4em; margin-bottom: 1em;} - - -p { - margin-top: .75em; - text-align: justify; - margin-bottom: .75em; - } - - .p2 {margin-top: 2em;} - .p4 {margin-top: 4em;} - .p6 {margin-top: 6em;} - .ht {page-break-after: always;} - -.poetry-container -{ - text-align: center; - font-size: 95%; -} - -.poetry - { - display: inline-block; - text-align: left; - } - -.poetry .stanza -{ - margin: 1em 0em 1em 0em; -} - -.poetry .line -{ - margin: 0; - text-indent: -3em; - padding-left: 3em; -} - -.poetry .i1 {margin-left: 1em;} -.poetry .i2 {margin-left: 2em;} - -.pagenum { /* uncomment the next line for invisible page numbers */ - /* visibility: hidden; */ - position: absolute; - left: 92%; - font-size: small; - text-align: right; - /* not bold */ - font-weight: normal; - /* not italic */ - font-style: normal; - /* not small cap */ - font-variant: normal; -} /* page numbers */ - -.figcenter2em {margin: auto; - text-align: center; - margin-top: 2em;} - -.center {text-align: center;} -.mright {text-align: right; padding-right: 2em;} -.large {font-size: large;} -.smcap {font-variant: small-caps;} -.i2 {margin-left: 2em; padding-right: 2em;} -.i4 {margin-left: 4em; padding-right: 2em;} -.i50 {margin-left: 50%;} - -hr { - width: 33%; - margin-top: 2em; - margin-bottom: 2em; - margin-left: auto; - margin-right: auto; - clear: both; -} - - - -hr.tb {width: 15%; margin-top: 2em; margin-bottom: 2em;} -hr.chap {width: 25%; margin-top: 2em; margin-bottom: 2em;} - - -/* Transcriber's notes */ -.box {margin: auto; - margin-top: 2em; - border: 1px solid; - padding: 1em; - background-color: #F0FFFF; - width: 25em;} - -table { - margin-left: auto; - margin-right: auto; - margin-top: 2em; - margin-bottom: 2em; -} - - .tdl {text-align: left;} - .tdc {text-align: center; padding-top: 2em; padding-bottom: 1em;} - .tdc1 {text-align: center; padding-top: 1em; padding-bottom: 1em;} - .tdrt {text-align: right; vertical-align: top;} - .tdrb {text-align: right; vertical-align: bottom;} - .tdrbb {text-align: right; vertical-align: bottom; border-bottom-style: solid; border-width: 1px;} - - -@media handheld -{ - body - { - margin: 0; - padding: 0; - width: 90%; - } - - .poetry - { - margin: 3em; - display: block; - } - - .box { - width: 75%;} - - hr.tb - { - width: 10%; - margin-left: 47.5%; - margin-top: 2em; - margin-bottom: 2em; - } - - hr.chap - { - width: 20%; - margin-left: 42.5%; - margin-top: 2em; - margin-bottom: 2em; - } - - -} - </style> - </head> - -<body> - - -<pre> - -The Project Gutenberg EBook of Memorias de un Hombre de Acción: #5 Los -Recursos de la Astucia, by Pío Baroja - -This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and most -other parts of the world at no cost and with almost no restrictions -whatsoever. 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If you are not located in the United States, you'll have -to check the laws of the country where you are located before using this ebook. - - - -Title: Memorias de un Hombre de Acción: #5 Los Recursos de la Astucia - -Author: Pío Baroja - -Release Date: October 4, 2015 [EBook #50126] - -Language: Spanish - -Character set encoding: ISO-8859-1 - -*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK MEMORIAS DE UN HOMBRE *** - - - - -Produced by Carlos Colón, University of Toronto and the -Online Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net -(This file was produced from images generously made -available by The Internet Archive) - - - - - - -</pre> - -<p class="box">Nota del Transcriptor:<br/><br/> - -Se ha respetado la ortografía y la acentuación del original.<br/><br /> - Errores obvios de imprenta han sido corregidos.<br/><br /> - - Páginas en blanco han sido eliminadas.<br/><br/> -La portada fue diseñada por el transcriptor y se considera dominio público.<br /></p> - - - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_1" id="Page_1"></a></span></p> - - -<p class="p6 center large ht">LOS RECURSOS DE LA ASTUCIA</p> - - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_2" id="Page_2"></a></span></p> - - - - - -<h2><a name="OBRAS_DE_PIO_BAROJA" id="OBRAS_DE_PIO_BAROJA">OBRAS DE PÍO BAROJA</a></h2> - -<table border="0" cellpadding="5" cellspacing="5" summary="obras"> - -<tr> - <td class="tdc" colspan="2"><b>LAS TRILOGÍAS</b></td> -</tr> - - - -<tr> - <td class="tdc1" colspan="2">Tierra vasca</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdrb" colspan="2"><i>Pesetas.</i></td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdl">La casa de Aizgorri.</td> - <td class="tdrb">1,00</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdl">El mayorazgo de Labraz.</td> - <td class="tdrb">3,00</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdl">Zalacaín, el aventurero.</td> - <td class="tdrb">1,00</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdc" colspan="2">La vida fantástica</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdl">Camino de perfección.</td> - <td class="tdrb">1,00</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdl">Inventos, aventuras y -mixtificaciones de Silvestre -Paradox.</td> - <td class="tdrb">1,00</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdl">Paradox, rey.</td> - <td class="tdrb">3,00</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdc" colspan="2">La Raza</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdl">La dama errante.</td> - <td class="tdrb">3,00</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdl">La ciudad de la niebla.</td> - <td class="tdrb">3,50</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdl">El árbol de la ciencia.</td> - <td class="tdrb">3,50</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdc" colspan="2">La lucha por la vida</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdl">La busca.</td> - <td class="tdrb">3,50</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdl">Mala hierba.</td> - <td class="tdrb">3,50</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdl">Aurora roja.</td> - <td class="tdrb">3,50</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdc" colspan="2">El Pasado</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdl">La feria de los discretos.</td> - <td class="tdrb">3,50</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdl">Los últimos románticos.</td> - <td class="tdrb">3,50</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdl">Las tragedias grotescas.</td> - <td class="tdrb">3,00</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdc" colspan="2">Las ciudades</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdl">César ó nada.</td> - <td class="tdrb">4,00</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdl">El mundo es ansí.</td> - <td class="tdrb">3,50</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdc" colspan="2">El Mar</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdl">Las inquietudes de Shanti Andía.</td> - <td class="tdrb">3,50</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdc" colspan="2"><b>MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN</b></td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdl">El aprendiz de conspirador.</td> - <td class="tdrb">3,50</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdl">El escuadrón del Brigante.</td> - <td class="tdrb">3,50</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdl">Los caminos del mundo.</td> - <td class="tdrb">3,50</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdl">Con la pluma y con el sable.</td> - <td class="tdrb">3,50</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdl">Los recursos de la astucia.</td> - <td class="tdrb">3,50</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdc" colspan="2"><b>EN PRENSA</b></td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdl">La ruta del aventurero.</td> - <td class="tdrb">3,50</td> -</tr> - -</table> - - - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_3" id="Page_3"></a></span></p> - - - - -<p class="p6 center">PIO BAROJA</p> - -<p class="p4 center">MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN</p> - -<h1>LOS RECURSOS DE LA ASTUCIA</h1> - -<div class="figcenter2em"><img src="images/illo1.png" width="100" -height="114" alt="" title="" /> -</div> - -<p class="p4 center ht">RENACIMIENTO<br /> - -MADRID BUENOS AIRES<br /> -SAN MARCOS, 42 LIBERTAD, 172<br /> -1915</p> -<hr class="chap" /> -<p><span class="pagenum"><a name="Page_4" id="Page_4"></a></span></p> - - - - -<p class="p6 center">ES PROPIEDAD</p> - -<p class="p6 center ht">Imprenta Renacimiento, San Marcos, 42.—Teléfono 4.967.</p> - - - -<hr class="chap" /> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_5" id="Page_5"></a></span></p> - - - - -<h2 id="CANONIGA">LA CANÓNIGA</h2> - -<p class="i50"> -<i>Vulnerant omnes ultima necat</i>: -Todas hieren; la última, mata.</p> - -<p class="i50">(Leyenda de algunos relojes.)</p> - - - - -<h2 id="PROLOGO">PRÓLOGO</h2> - - -<p>Don Pedro Leguía y Gaztelumendi, verdadero y -auténtico cronista de la vida de Aviraneta, escribió -unas líneas preliminares para explicar la procedencia -de los datos utilizados por él en esta narración.</p> - -<p>Por lo que dice, las bases de su relato fueron la -historia que le contó en Cuenca un constructor de -ataúdes, y los comentarios y antecedentes que aportó -á esta historia D. Eugenio de Aviraneta en Madrid. -Valiéndose del indiscutible derecho del narrador, -Leguía antepuso los antecedentes de Aviraneta á la -narración del constructor de ataúdes, proceder no -desprovisto de lógica, pues la faena de un constructor -de ataúdes debe ser siempre una faena final y -epilogal. El lector, si es un tanto aviranetista, quizá -encuentre medianamente interesante la transcripción -del preámbulo de Leguía.</p> - -<hr class="chap" /> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_6" id="Page_6"></a> -<a name="Page_7" id="Page_7"></a></span></p> - - - - -<h3>I.</h3> - - -<p>Unos años antes de la Revolución de Septiembre—dice -Leguía—me encontraba en Madrid triste -y débil, retraído de la vida pública por el fracaso -de mis correligionarios y casi retraído de toda vida -privada por padecer las consecuencias de un catarro -gripal. En esto, un amigo senador se presentó en mi -casa y me instó á que le acompañase á una finca suya, -enclavada en el centro de los pinares de la serranía -de Cuenca.</p> - -<p>Tanto insistió y con tan buena voluntad lo hizo, -que acepté y marché con él á su finca.</p> - -<p>Pasé allí cerca de un mes. Cuando comencé á aburrirme -y al mismo tiempo á restablecerme en aquella -soledad, perfumada por el olor de los pinos, sentí la -necesidad de salir y andar. Mi amigo visitaba los -pueblos de su distrito, y alguna vez le acompañaba -yo.</p> - -<p>Estuvimos en Salvacañete unos días, y luego en -Moya, en donde supe con sorpresa que mi tío Fermín -Leguía había sido comandante del fuerte de este<span class="pagenum"><a name="Page_8" id="Page_8">[8]</a></span> -pueblo y dejado en él cierto renombre. Un viejo boticario -de Moya le recordaba muy bien. Por lo que -me contó, la villa de Moya, en tiempo de la Guerra -civil, era un refugio de las familias liberales de -los contornos, mientras Cañete constituía el gran baluarte -defensivo de las familias carlistas. Moya goza -de una gran posición estratégica, y tiene larga historia -de sitios y de defensas en tiempo de los moros, -y de las rivalidades entre aragoneses y castellanos.</p> - -<p>En 1837—como digo—se hallaba de comandante -del fuerte de Moya Fermín Leguía. En Octubre -de este año, la partida mandada por el cabecilla Sancho, -á quien se apodaba el <i>Fraile de la Esperanza</i>, -se acercó á la villa y la sitió. El <i>Fraile de la Esperanza</i> -sabía muy bien no era lo mismo sitiar estrechamente -aquella plaza que tomarla; las fortificaciones -del pueblo para entonces tenían gran valor, y como -el que intentaba abrir las ostras por la persuasión, él -quiso tomar el pueblo por el mismo procedimiento.</p> - -<p>El <i>Fraile</i> envió á Leguía un oficio exhortándole á -rendirse, con frases en latín, que creía le llegarían al -alma. Leguía le contestó diciéndole que él no se -rendía, y añadió que D. Carlos era un babieca; Cabrera, -un bandolero; los carlistas, hordas salvajes y -partidas de foragidos, y el latín un idioma ridículo -para el que no lo entendía. El <i>Fraile de la Esperanza</i>, -á este oficio contestó con un segundo muy respetuoso, -diciendo á don Fermín no comprendía cómo un<span class="pagenum"><a name="Page_9" id="Page_9">[9]</a></span> -hombre distinguido calificaba de babieca á un Rey -como Carlos V, espejo de la cristiandad, ni llamaba -bandido al ilustre Cabrera, ni tenía tan mala idea de -la lengua del Lacio. Leguía leyó la segunda carta, y -mirando fieramente al parlamentario del <i>Fraile</i>, le -dijo:</p> - -<p>—Dígale usted al frailuco ese que no soy ningún -académico ni quiero discutir esas cosas, y añada usted -que si me manda otro correo lo fusilaré sobre la -marcha. ¡Con que hala!</p> - -<p>El correo desapareció de prisa, y el <i>Fraile de la -Esperanza</i> abandonó pronto el sitio de Moya.</p> - -<p>Varias anécdotas me contó el boticario de mi tío -Fermín que retrataban su genio vivo y sus resoluciones -prontas.</p> - -<hr class="chap" /> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_10" id="Page_10"></a> -<a name="Page_11" id="Page_11"></a></span></p> - - - - -<h3>II.</h3> - - -<p>Después de la temporada transcurrida en los pinares, -y ya completamente restablecido, determiné ir -unos días á Cuenca, á la capital, que no conocía. La -ciudad me gustó mucho, y estuve en ella un par de -semanas.</p> - -<p>Mi amigo el senador me había recomendado á varias -personas, entre ellas á un cura joven recién llegado -al pueblo. Este curita se hizo muy amigo mío.</p> - -<p>Salíamos juntos, veíamos todo lo notable de la -catedral, de los conventos y de las casas particulares. -Una tarde, al volver á la fonda al obscurecer, se -me acercó una vieja y me dijo que si quería ir á su -casa podría enseñarme algo que me conviniera. Supuse -trataría de proponerme la venta de algún cuadro -ó talla antigua; le dije que iría, y me dió las señas -de su casa.</p> - -<p>Al día siguiente, por la tarde, paseaba en compañía -del cura joven cuando recordé el ofrecimiento de -la vieja. Era ya entre dos luces.</p> - -<p>—¿Estará por aquí cerca la calle de la Moneda?—exclamé -yo.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_12" id="Page_12">[12]</a></span></p> - -<p>—Sí, creo que sí—me contestó el cura—; preguntaremos -á estos chicos.</p> - -<p>Los chicos nos indicaron la calle.</p> - -<p>El cura y yo entramos en ella, buscamos el número -y nos detuvimos delante de un estrecho portal obscuro. -Había un hombre denegrido, demacrado, con -aire de padecer tercianas, vestido con harapos, un -pañuelo atado á la cabeza.</p> - -<p>—¿La señora Cándida?—le pregunté.</p> - -<p>—¿Vienen ustedes á verla?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—Aquí es.</p> - -<p>El hombre, volviéndose al interior de la escalera, -gritó:</p> - -<p>—¡Señora Cándida!</p> - -<p>Esperamos un rato, y poco después bajó por una -escalera estrecha, alumbrándose con un candilejo de -hoja de lata, la vieja que me había hablado la tarde -anterior.</p> - -<p>—¿No viene usted solo?—me preguntó con gran -sorpresa.</p> - -<p>—No.</p> - -<p>—Bueno, pasen ustedes.</p> - -<p>La presencia del cura dejó atónita á la señora -Cándida.</p> - -<p>Estuvimos un momento en el estrecho zaguán vacilando -si seguir adelante ó no. La luz del candil -iluminaba el grupo. La señora Cándida era una mujer -adiposa, encorvada, con la cabeza metida entre<span class="pagenum"><a name="Page_13" id="Page_13">[13]</a></span> -los hombros, la cara roja, con dos ó tres lunares en -la barba; tenía el pelo blanco, el cuerpo pesado y -torpe, la sonrisa maligna y cínica, los labios rojos y -lubrificados. A veces, á través de los párpados abultados -y rojizos, lanzaba una mirada suspicaz, llena -de claridad.</p> - -<p>—Bueno, suban ustedes—repitió.</p> - -<p>Subimos la escalera del tabuco negra é insegura; -las ráfagas de aire amenazaban con matar la luz del -candil.</p> - -<p>—¡Demonio cómo sopla el cierzo!—dije yo.</p> - -<p>—Sí, esta es la casa de los cuatro vientos—contestó -la señora Cándida.</p> - -<p>Tras de subir dos pisos llegamos á un cuartucho -tan sucio, tan vacío, que nos sorprendió desagradablemente.</p> - -<p>Recorrimos tras de la vieja unos pasillos tortuosos. -En la casa había únicamente un cuarto un tanto limpio -y curioso. Este cuarto tenía una mesa, un canapé -y varias estampas; comunicaba con dos alcobas -blanqueadas, cada una con su cama de colcha roja -de percal desteñido. Una de las alcobas tenía un gran -espejo dorado, que parecía estar allá asombrado de -verse en tan mísero rincón. La señora Cándida nos -llevó por la casa, en la que reinaba la más negra y -trágica miseria, y en un guardillón nos mostró unos -cuantos lienzos pintados. Eran cuadros sin ningún -valor.</p> - -<p>La vieja me preguntó:</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_14" id="Page_14">[14]</a></span></p> - -<p>—¿Qué le parecen á usted?</p> - -<p>—No me gustan, la verdad.</p> - -<p>—¿No quiere usted comprarme nada?</p> - -<p>—No.</p> - -<p>La señora Cándida suspiró.</p> - -<p>Bajamos de nuevo la escalera hasta el portal. Al -salir di una pequeña propina á la vieja por la molestia, -y al recibirla, agarrándome de la manga y llevándome -á un rincón, me dijo:</p> - -<p>—Venga usted otro día solo, y verá usted.</p> - -<p>—¿Tiene usted algo más en casa?—dije yo.</p> - -<p>—En casa ó fuera de casa, es igual. Allí donde -yo voy me abren.</p> - -<p>Me chocó bastante lo enigmático de la frase y salí -con mi acompañante.</p> - -<p>Hablamos de la decadencia horrible de las mujeres -viejas cuando caen en la miseria, mucho mayor -aún que la de los hombres.</p> - -<p>—Por fortuna, para esta gente—dije yo—la costumbre -de la miseria los hace insensibles.</p> - -<p>Me despedí del amable clérigo, y al día siguiente -cuando vino como de costumbre á mi casa, dijo:</p> - -<p>—¿Sabe usted que ayer hicimos una pifia gorda?</p> - -<p>—¿Por qué?</p> - -<p>—Porque estuvimos en casa de una Celestina.</p> - -<p>—¿De manera que la vieja... la señora Cándida?</p> - -<p>—Sí, es una Celestina á quien llaman la <i>Canóniga</i>. -Parece que ha tenido fortuna y buena posición.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_15" id="Page_15">[15]</a></span></p> - -<p>—De modo que no acertamos en nuestras suposiciones.</p> - -<p>—Nada. Absolutamente nada.</p> - -<p>—¿Le han contado á usted su historia?</p> - -<p>—Sí, sin muchos detalles; me han dicho también -que un viejo carpintero que hace ataúdes conoce su -vida. Si le interesa á usted, iremos á verle.</p> - -<p>—Bueno; iremos.</p> - -<p>Fuimos, efectivamente, á una tienda de ataúdes -del callejón de los Canónigos.</p> - -<p>Estaba esta tienda en una casa antigua y negra, -de piedra, con un arco apuntado á la entrada.</p> - -<p>El taller se hallaba en el portal, un portal pequeño -y cubierto de losas, con un banco de carpintero -en medio y algunas herramientas del oficio en las -paredes.</p> - -<p>A un lado tenía un cuarto con una ventana, que -daba á una hendidura, por donde se veía la Hoz del -Huécar y por donde entraba el sol. Un chico nos -hizo pasar á este cuarto. Había aquí una estantería -con unos féretros pequeños de muestra, que hubieran -podido servir para enterrar muñecas; había también -varios relojes, de distintos tipos y clases: cuatro -ó cinco, de esos pintados que se construyen en la -Selva Negra, con las pesas y el péndulo al descubierto; -dos ó tres, de cuco; otros de pared, cerrados, -que los ingleses llaman reloj del abuelo, y entre todos -ellos se destacaba uno alto de autómatas y de sonería, -con el péndulo dorado y esmaltado en colores.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_16" id="Page_16">[16]</a></span></p> - -<p>Este reloj tenía una caja de color de caramelo -obscuro llena de pinturas con guirnaldas y flores. Fijándose -bien, en cada guirnalda se veía disimulado -en ella un atributo macabro: aquí, una calavera con -dos tibias; allí, un ataúd; en este rincón, un esqueleto. -El péndulo tenía en medio de la lenteja una -barca de latón sujeta con un tornillo y un contrapeso -por dentro que hacía subir y bajar la proa y la popa -alternativamente al compás de los movimientos del -péndulo. En la barca había una figurita de Caronte. -La esfera, de cobre, estaba rodeada de una orla de -bronce con la efigie de Cronos, viejo haraposo y meditabundo, -con unas alas en la espalda y un reloj de -arena en la mano. Debajo, en una cartela con letras -negras, se leía este apotegma de los antiguos relojes -de sol de las iglesias:</p> - -<p>«<i>Vulnerant omnes ultima necat</i>: Todas hieren; la -última, mata.»</p> - -<p>Sin duda el constructor de aquella máquina tenía -un gusto pronunciado por lo macabro. Había hecho -algo como los cuadros de Valdés Leal, de la Caridad -de Sevilla: algo alegre de color y triste de intención. -Correteando por el portal, saltando de un reloj -al armario de los féretros y de éste á otro reloj, andaba -un cuervo, grande y negro, que se dedicaba al -monólogo y á veces al diálogo, mientras un gato negro, -viejo y escuálido, con los ojos amarillos, le contemplaba -atentamente.</p> - -<p>El constructor de ataúdes me mostró el reloj de<span class="pagenum"><a name="Page_17" id="Page_17">[17]</a></span> -autómatas y sonería, del que estaba muy orgulloso, -y después, sentándose entre un ataúd grande de un -hombre y otro pequeño de un niño, y tomando el -gato cariñosamente en un hombro y al cuervo en el -otro, se puso á hablar sonriendo con una amable sonrisa.</p> - -<p>Hablaba, como un discípulo de Séneca, de la -inestabilidad de las cosas humanas, de lo fugaz del -placer y del roer del tiempo con sus horas fatídicas.</p> - -<p>Su reloj de figuras, su cuervo, á quien llamaba -Juanito, y su gato negro, Astaroth, tenían para él, -por lo que vimos, la importancia de divinidades siniestras -y macabras que presidían sus momentos.</p> - -<p>El hombre de los ataúdes nos contó la historia de -la <i>Canóniga</i> y la suya, adornando ambas con sus fúnebres -pensamientos.</p> - -<hr class="chap" /> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_18" id="Page_18"></a> -<a name="Page_19" id="Page_19"></a></span></p> - - - - -<h3>III.</h3> - - -<p>Meses después en Madrid, á principios de otoño, -fuí á casa de Aviraneta, que vivía en la calle del -Barco con Josefina, su mujer.</p> - -<p>Don Eugenio tenía entonces más de setenta años -y estaba hecho una momia grotesca. Sus piernas se -negaban á sostenerle, y para andar marchaba apoyado -en un bastón grueso, dando golpes en el suelo -como un ciego. Su cara, seca, arrugada, aparecía debajo -de una gran peluca roja; su nariz, grande y también -roja, amenazaba caer sobre el labio; sus ojos -brillaban de inteligencia y de malicia.</p> - -<p>A pesar de su edad y de sus enfermedades, Aviraneta -conservaba brío y tenía las facultades tan -despiertas como en sus buenos tiempos de conspirador.</p> - -<p>Me encontré á Aviraneta en el cuarto de sus bichos. -Era este un chiscón aguardillado con jaulas, donde -tenía ratas sabias domesticadas, loros, cacatúas y -una porción de cajitas con mariposas disecadas, escarabajos, -moscones, conchas y espumas de mar.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_20" id="Page_20">[20]</a></span> -Don Eugenio acababa de volver de los baños de -Trillo, adonde iba todos los años á curarse el reúma, -y, á pesar de que no hacía todavía frío, estaba envuelto -en la capa y al lado del brasero. Hablaba á -sus bichos, les echaba migas de pan y los observaba. -Esta era una de sus principales ocupaciones; la otra, -la de leer folletines.</p> - -<p>Hablamos; le conté mi historia de Cuenca, y después -de oirla, dijo riendo, con su risa sarcástica, que -se convertía en algunos momentos en tos:</p> - -<p>—Aun podría añadir yo algo á tu historia.</p> - -<p>—Pues añada usted lo que sea.</p> - -<p>Aviraneta explicó algunos antecedentes políticos -que el viejo carpintero de Cuenca ignoraba y que -don Eugenio conocía por haber convivido con algunos -personajes de la época.</p> - -<p>He aquí lo que me contó Aviraneta.</p> - -<hr class="chap" /> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_21" id="Page_21"></a></span></p> - - - - -<h3>IV.</h3> - - -<p>—En 1822—dijo don Eugenio—estuve yo en -París, enviado por don Evaristo San Miguel, con el -objeto de enterarme de los trabajos de los absolutistas -españoles y franceses para provocar la intervención -de Luis XVIII en España.</p> - -<p>Algo averigüé, é hice cuanto pude para recabar -el apoyo de los liberales franceses, aunque no conseguí -gran cosa.</p> - -<p>Sabía yo, como sabía todo el mundo, que habían -ido varios delegados realistas españoles á París en -busca de protección del Gobierno francés; lo que -no supe, hasta pasado algún tiempo, fué de dónde -salió el dinero que tuvieron para realizar sus planes.</p> - -<p>Pagés, el secretario de D. Vicente González Arnao, -á quien tú conociste en aquel <i>restaurant</i> de la -calle de Montorgueill, el <i>Rocher de Cancal</i>; Pagés, -á quien no hace muchos años vi en San Sebastián, -ya viejo y enfermo, me lo contó.</p> - -<p>La Regencia de Urgel había enviado en 1822 á -D. Fernando Martín Balmaseda á París en busca de -recursos para la Restauración española.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_22" id="Page_22">[22]</a></span></p> - -<p>Balmaseda se dirigió á los absolutistas, desde los -más altos á los más bajos; llamó á todas las puertas, -y recogió una abundante cosecha de votos, promesas, -protestas de amistad, manifestaciones de entusiasmo, -etc., etc.</p> - -<p>Balmaseda buscaba esto; pero buscaba también -un préstamo de trescientas á cuatrocientas mil pesetas -para la Regencia de Urgel, con las cuales pudiera -comenzar sus trabajos.</p> - -<p>Balmaseda vió, sin gran sorpresa, que á pesar de -los grandes ofrecimientos, el dinero no aparecía por -ningún lado.</p> - -<p>Inventó algunas combinaciones, pero nadie cayó -en el lazo.</p> - -<p>Un día, en el hotel, ya en pleno desaliento, recibió -la visita de un español que se llamaba Toledo. -Toledo había huído de España por varias estafas, -pero se hacía pasar por emigrado político realista.</p> - -<p>Balmaseda tuvo la corazonada de oír á su compatriota, -de darle una moneda de cinco francos y de -explicarle las dificultades con que tropezaba para -encontrar dinero.</p> - -<p>Toledo le dijo:</p> - -<p>—¿Ha visto usted á Fernán-Núnez?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—¿Y á los demás realistas ricos?</p> - -<p>—A todos.</p> - -<p>—¿Y nada? ¿No están en fondos?</p> - -<p>—Nada.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_23" id="Page_23">[23]</a></span></p> - -<p>—¿Sabe usted lo que haría yo?—dijo Toledo.</p> - -<p>—¿Qué?</p> - -<p>—Ir á ver á la princesa de Caraman Chimay.</p> - -<p>—¿Y qué tenemos que ver con ella?</p> - -<p>—La princesa de Caraman Chimay es nuestra -compatriota, Teresa Cabarrús, madame Tallien.</p> - -<p>—¡La revolucionaria!—exclamó Balmaseda.</p> - -<p>—¡Bah! ya no es revolucionaria—replicó Toledo.—No -hay princesas revolucionarias. Además ésta -se va haciendo vieja, y como no tiene adoradores -de carne, se dedica á los santos, y sustituye el <i>boudoir</i> -por la iglesia.</p> - -<p>Balmaseda, que era hombre un tanto de sacristía -torció el gesto con la explicación, y preguntó secamente:</p> - -<p>—¿Y qué puede hacer por nosotros Teresa Cabarrús?</p> - -<p>—Mucho. Teresa Cabarrús ha sido la amante del -banquero Ouvrard. Ouvrard es el único hombre capaz -de prestar para una cosa así una millonada. Si -Teresa se lo indica, lo hace.</p> - -<p>Toledo se marchó, y Balmaseda quedó pensando -que el consejo de aquel perdulario no dejaba de tener -interés, y tras de vacilar un tanto, se decidió á -escribir á la bella Teresa explicándole su misión y -diciéndole lo que esperaba de ella.</p> - -<p>La bella Teresa, la célebre Notre-Dame de Thermidor, -que había lanzado á Tallien con un puñal -contra Robespierre, estaba aquel día para salir de<span class="pagenum"><a name="Page_24" id="Page_24">[24]</a></span> -París á su palacio de Menars, cerca de Blois, pero -había retrasado el viaje por la indisposición de un -hijo suyo.</p> - -<p>Teresa leyó la carta, y con una esquela suya mandó -que se la enviaran á Ouvrard.</p> - -<p>Ouvrard entonces era el <i>lion</i> de la especulación, -el hombre de negocios de la época, un Law injerto -en un Petronio.</p> - -<p>Ouvrard fué uno de los primeros banqueros de -París, uno de los que comenzaron el reinado de la -plutocracia.</p> - -<p>Ouvrard vivió como un nabab: dió las fiestas más -espléndidas y ricas, alternó con la alta aristocracia. -Ouvrard era hijo de sus obras; la suerte y el amor -le favorecieron.</p> - -<p>Ouvrard había sido una de las bellezas masculinas -del Consulado; había sido llamado el bello Ouvrard. -El bello Ouvrard tuvo amores con la bella -Teresa Cabarrús, y de esta conjunción del Apolo -bretón y de la Venus española nacieron varios hijos.</p> - -<p>Bonaparte, celoso de la fortuna y de los éxitos del -bello Ouvrard, lo prendió, lo desterró, lo anuló; pero -Waterloo permitió al especulador entrar en Francia, -y pronto volvió á brillar en París.</p> - -<p>Al día siguiente de escribir Balmaseda á Teresa -Cabarrús, el delegado realista español recibía una -carta del banquero francés citándolo en su casa.</p> - -<p>Balmaseda se presentó al banquero, y en pocas -palabras le explicó lo que necesitaba.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_25" id="Page_25">[25]</a></span></p> - -<p>—Soy delegado de la Regencia de Urgel—le -dijo—y he venido para pedir al Gobierno francés un -auxilio de dos millones de francos, orden para el -paso de armas por la frontera, dos regimientos suizos, -un buque de transporte y una fragata para auxiliar -á los realistas de España.</p> - -<p>—¿Y el Gobierno se lo ha concedido?</p> - -<p>—En parte sí, en parte no. El dinero no lo tenemos -aún, y como los trabajos urgen, he pensado si -usted podría anticiparnos trescientos mil francos á -cuenta de los dos millones que tenemos que cobrar.</p> - -<p>—Amigo mío—dijo Ouvrard, sonriendo—su proposición -me prueba que no es usted un hombre de -negocios.</p> - -<p>—¿Por qué?</p> - -<p>—Porque yo no le puedo prestar trescientos mil -francos; la Regencia los tragaría en un momento, y -yo perdería mi dinero. Usted necesita cuatrocientos -millones de francos, y yo se los puedo proporcionar -á usted en ciertas condiciones.</p> - -<p>El español, estupefacto, murmuró:</p> - -<p>—Veamos en qué condiciones.</p> - -<p>—Estas condiciones son: Primera. La Regencia -de Urgel se llamará desde luego Regencia de España.</p> - -<p>—Esto no creo que sea difícil—dijo Balmaseda.</p> - -<p>—Segunda. La Regencia será reconocida con -personalidad por el Congreso de Verona y por -Francia.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_26" id="Page_26">[26]</a></span></p> - -<p>—Trabajaré en ello. El ministro Villele parece -que se muestra propicio.</p> - -<p>—Tercera—siguió diciendo el banquero—. Se -asegurará una amortización del 2 por 100.</p> - -<p>—Está bien.</p> - -<p>—Cuarta. Se pagará un interés del 5 por 100. De -aceptar, M. Rougemont de Lowenberg será el banquero.</p> - -<p>—Por ahora no encuentro nada imposible.</p> - -<p>—Y quinta y última. El Gobierno español me -reembolsará las sumas que le he prestado anteriormente, -con los intereses.</p> - -<p>A esto Balmaseda calló un momento y dijo, después -de pensarlo, que no tendría más remedio que -consultar con la Regencia.</p> - -<p>—Consúltelo usted, y tráigame cuanto antes la -contestación—replicó Ouvrard, levantándose é inclinándose -fríamente.</p> - -<p>Balmaseda comenzó al momento sus trabajos con -gran diligencia. Escribió al Gobierno de Luis XVIII -pidiendo que reconociese la Regencia de Urgel, -pero Villele se negó á ello.</p> - -<p>Al mismo tiempo comunicó al triunvirato de la -Regencia: Eroles, Mataflorida y Creux, la proposición -de Ouvrard. Estos no creyeron que podían -comprometerse á tanto como pedía el banquero. Algunos -emisarios del Gobierno francés, entre ellos el -vizconde de Boiset, intentaron convencer á los miembros -de la Regencia absolutista de las ventajas de la<span class="pagenum"><a name="Page_27" id="Page_27">[27]</a></span> -proposición Ouvrard; pero ellos, sobre todo Mataflorida -y Creux, no quisieron ceder.</p> - -<p>Balmaseda fué á ver á Ouvrard, se cambiaron las -condiciones del empréstito, se prescindió de la Regencia -de Urgel, se hizo que Eguía y sus amigos garantizaran -la operación, y se firmó el compromiso el -1.º de Noviembre de 1822.</p> - -<p>Desde aquel momento el papel de la Regencia de -Urgel comenzó á bajar y el de los amigos de Eguía -á subir.</p> - -<p>El empréstito de Ouvrard, lanzado á la publicidad, -tuvo sus dificultades. Nuestro embajador, el -duque de San Lorenzo, denunció á Ouvrard ante el -fiscal; el banquero M. Rougemont no quiso tomar -parte en el negocio, y Ouvrard le sustituyó por -M. Tourton, Ravel y Compañía; el Gobierno francés -estaba indeciso, pero el empréstito se cubría.</p> - -<p>En este lapso de tiempo la Regencia de Urgel, -huída de Cataluña, se estableció en Tolosa de Francia, -y después en Perpiñán.</p> - -<p>Ouvrard, viendo que el Gobierno francés no se -decidía á declarar la guerra á España, envió sus -agentes á Eguía y á Quesada para activar las operaciones.</p> - -<p>Quedaron de acuerdo en prescindir de la Regencia -de Urgel y en obrar sin contar con ella para nada.</p> - -<p>Los agentes de Ouvrard propusieron el que los -generales realistas hicieran una intentona y se acercaran -á Madrid.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_28" id="Page_28">[28]</a></span></p> - -<p>Ni Eguía ni Quesada estaban en condiciones de -intentar esta correría, y se decidió que la hiciera Bessieres.</p> - -<p>Ouvrard mismo se vió con Bessieres y conferenció -con él. Se sorprendieron ambos al saber que los -dos eran masones. El banquero expuso su proyecto. -Se trataba de reunir diez ó doce mil hombres, acercarse -á Madrid, entrar en la capital y disolver las -Cortes.</p> - -<p>Bessieres, que era hombre de instinto militar, vió -que el proyecto era factible, y expuso su plan. Formaría -él un núcleo de tres ó cuatro mil hombres en -Mequinenza y marcharía hacia el centro. En el camino -se le reunirían las fuerzas realistas de Valencia, -Aragón y el Maestrazgo, y todas juntas, en número -de seis á ocho mil, avanzarían sobre la capital. -Era, poco más ó menos, la misma operación militar -que hicieron los aliados al mando de Stanhope y -otros jefes en la guerra de Sucesión.</p> - -<p>—Veamos el presupuesto de esta maniobra—dijo -el banquero.</p> - -<p>Bessieres, reunido con su lugarteniente Delpetre, -su sobrino Portas y otros varios realistas, hizo este -presupuesto:</p> - -<table border="0" cellpadding="5" cellspacing="5" summary="obras"> - -<tr> - <td class="tdrb" colspan="2"><i>Francos.</i></td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdl">A Jorge Bessieres, para organizar una brigada y hacer -varios trabajos de compra y espionaje.</td> - <td class="tdrb">200.000</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdl">A Bartolomé Talarn y sus fuerzas.</td> - <td class="tdrb">100.000</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdl">A Sempere, el Serrador, Royo de Nogueruelas, Arévalo el de Murviedro, etc.</td> - <td class="tdrb">100.000</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdl">Al coronel D. Nicolás de Isidro.</td> - <td class="tdrb">50.000<span class="pagenum"><a name="Page_29" id="Page_29">[29]</a></span></td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdl">A Chambó, Forcadell, Peret del Riu, Tallada, Perciva -(el <i>Fraile</i>), y Viscarró (alias <i>Pa Sech</i>).</td> - <td class="tdrb">100.000</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdl">A Capape, Carnicer y el Organista.</td> - <td class="tdrb">100.000</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdl">A Ulman.</td> - <td class="tdrbb">50.000</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdrb"><i>Total.</i> </td> - <td class="tdrb">750.000</td> -</tr> - -</table> - - - - -<p>Ouvrard encontró que la suma era muy crecida, y -Bessieres la rebajó.</p> - -<p>Después de regatear el cabecilla y el banquero -quedaron de acuerdo en que Ouvrard iría girando -cantidades á medida que Bessieres avanzara.</p> - -<p>Así salió Bessieres, enviado por Ouvrard <i>en enfant -perdu</i>—como decía el banquero—para pulsar -al enemigo.</p> - -<p>Bessieres tomó la parte del león, del dinero enviado -por Ouvrard. Cincuenta ó sesenta mil duros fueron -á parar á su bolsillo. Así se explica el lujo de -sus uniformes, sus bordados y sus magníficos caballos -en esta época. Corría por debajo el dinero de los -tenderos y de los porteros de París después de pasar -por la bomba aspirante de Ouvrard.</p> - -<p>—Esta explicación—terminó diciendo Aviraneta -con su voz ronca—no añade ni quita nada á la historia -que me has contado; pero aclara un punto que -siempre tiene interés: la procedencia del dinero. Así -como en la averiguación de los crímenes se ha dicho: -buscad á la mujer, en la investigación de las intrigas -políticas, revolucionarias ó reaccionarias hay que decir: -buscad el dinero.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_30" id="Page_30">[30]</a></span></p> - -<p>—¡Qué rarezas tiene el Destino!—exclamé yo—. -Un capricho de Teresa Cabarrús, en París, produce -la catástrofe de dos enamorados en Cuenca.</p> - -<p>—Es la Fatalidad, la Ananké—exclamó Aviraneta, -que sabía lo que significaba esta palabra por -haberla leído en <i>Nuestra Señora de París</i>, de Víctor -Hugo.</p> - -<p>—Extrañas carambolas.</p> - -<p>—Sí, muy extrañas; y Aviraneta se frotó las manos, -movió con la paleta la ceniza del brasero y se -echó el embozo de la capa sobre las piernas.</p> - -<hr class="chap" /> - - - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_31" id="Page_31"></a></span></p> - - - - -<h2 id="PRIMERA">PARTE PRIMERA</h2> - - - - -<h3 id="I_I">I.<br /> -CUENCA</h3> - - -<p>Cuenca, como casi todas las ciudades interiores de -España, tiene algo de castillo, de convento y de santuario. -La mayoría de los pueblos del centro de la -península dan una misma impresión de fortaleza y de -oasis; fortaleza, porque se les ve preparados para la -defensa; oasis, porque el campo español, quitando algunas -pequeñas comarcas, no ofrece grandes atractivos -para vivir en él, y en cambio la ciudad los ofrece -comparativamente mayores y más intensos.</p> - -<p>Así, Madrid, Segovia, Cuenca, Burgos, Avila -presentan idéntico aspecto de fortalezas y de oasis -en medio de las llanuras que les rodean, en la monotonía -de los yermos que les circundan, en esos parajes -pedregosos, abruptos, de aire trágico y violento.</p> - -<p>En la misma Andalucía, de tierras fértiles, el cam<span class="pagenum"><a name="Page_32" id="Page_32">[32]</a></span>po -apenas se mezcla con la ciudad; el campo es para -la gente labradora el lugar donde se trabaja y se gana -con fatigas y sudores; la ciudad, el albergue donde se -descansa y se goza. En toda España se nota la atracción -por la ciudad y la indiferencia por el campo. Si -un hombre desde lo alto de un globo eligiera sitio -para vivir, en Castilla elegiría la ciudad: en aquella -plaza, en aquel paseo, en aquella alameda, en -aquel huerto; en cambio, en la zona cantábrica, en -el país vasco, por ejemplo, elegiría el campo, este recodo -del camino, aquella orilla del río, el rincón de la -playa... Así se da el caso, que á primera vista parece -extraño, la llanura monótona sirviendo de base á ciudades -fuertes y populosas; en cambio, el campo quebrado -y pintoresco escondiendo únicamente aldeas.</p> - -<p>La ciudad española clásica colocada en un cerro, -es una creación completa, un producto estético, perfecto -y acabado. En su formación, en su silueta, hasta -en aquellas que son relativamente modernas, se ve -que ha presidido el espíritu de los romanos, de los -visigodos y de los árabes.</p> - -<p>Son estas ciudades, ciudades roqueras, místicas y -alertas: tienen el porte de grandes atalayas para otear -desde la altura.</p> - -<p>Cuenca, como pueblo religioso, estratégico y guerrero, -ofrece este aire de centinela observador.</p> - -<p>Se levanta sobre un alto cerro que domina la llanura -y se defiende por dos precipicios, en cuyo fondo -corren dos ríos: el Júcar y el Huécar.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_33" id="Page_33">[33]</a></span></p> - -<p>Estos barrancos, llamados las Hoces, se limitan -por el cerro de San Cristóbal, en donde se asienta -la ciudad y por el del Socorro y el del Rey que forman -entre ellos y el primero fosos muy hondos y escarpados.</p> - -<p>El foso, por el que corre el río Huécar, en otro -tiempo y como medio de defensa podía inundarse.</p> - -<p>El caserío antiguo de Cuenca, desde la cuesta de -Vélez, es una pirámide de casas viejas, apiñadas, -manchadas por la lepra amarilla de los líquenes.</p> - -<p>Dominándolo todo se alza la torre municipal de -la Mangana. Este caserío antiguo, de romántica silueta, -erguido sobre una colina, parece el Belén de -un nacimiento. Es un nido de águilas hecho sobre -una roca.</p> - -<p>El viajero al divisarlo recuerda las estampas que -reproducen arbitraria y fantásticamente los castillos -de Grecia y de Siria, los monasterios de las islas del -Mediterráneo y los del monte Athos.</p> - -<p>Desde la orilla del Huécar, por entre moreras y -carrascas, de abajo á arriba, se ve el perfil de la ciudad -conquense en su parte más larga.</p> - -<p>Aparecen en fila una serie de casas amarillentas, -altas, algunas de diez pisos, con paredones derruídos, -asentadas sobre las rocas vivas de la Hoz, manchadas -por las matas, las hiedras y las mil clases de -hierbajos que crecen entre las peñas.</p> - -<p>Estas casas, levantadas al borde del precipicio, -con miradores altos, colgados, y estrechas ventanas,<span class="pagenum"><a name="Page_34" id="Page_34">[34]</a></span> -producen el vértigo. Alguna que otra torre descuella -en la línea de tejados que va subiendo hasta terminar -en el barrio del Castillo, barrio rodeado de -viejos cubos de murallas ruinosas.</p> - -<p>Salvando la hoz del Huécar existía antes un gran -puente de piedra, un elefante de cinco patas sostenido -en el borde del río que se apoyaba por los -extremos, estribándose en los dos lados del barranco.</p> - -<p>Este puente, que servía para comunicar el pueblo -con el convento de San Pablo, había sido costeado -por el canónigo D. Juan del Pozo en el siglo XVI. -A fines del XVIII el puente del Canónigo se rompió, -derrumbándose el primer machón y el segundo arco -del lado de la ciudad, y quedó así roto durante muchos -años.</p> - -<p>De los dos ríos conquenses, el Huécar fué siempre -utilizado en el pueblo para mover los molinos y -regar las huertas. El Júcar, más solitario, era el río -de los pescadores. Se deslizaba por su hoz tranquilo, -verde y rumoroso. Desde su orilla, al pie del cerro -donde se asienta Cuenca, se veía el caserío del pueblo -sobre los riscos y las peñas, y en la parte más -alta se destacaba la ermita de Nuestra Señora de -las Angustias.</p> - -<p>Como casi todas las ciudades encerradas entre -murallas, Cuenca sintió un momento la necesidad -de ensancharse, de salir de su angosto recinto, de -bajar de su roca á la llanura. Tal necesidad la expe<span class="pagenum"><a name="Page_35" id="Page_35">[35]</a></span>rimentó -más fuertemente á principios del siglo XIX, -y creó un arrabal ó ciudad baja.</p> - -<p>En estos pueblos, con ciudad alta y ciudad baja, -se da casi siempre el mismo caso: en lo alto, la aristocracia, -el clero, los representantes de la milicia y -del Estado; en lo bajo, la democracia, el comercio, -la industria.</p> - -<p>En estos pueblos el pasado está siempre en alto y -el presente siempre en bajo. No hay que extrañar -que el espíritu de su vecindario sea casi siempre retrógrado.</p> - -<p>El arrabal de Cuenca, formado principalmente por -una calle larga á ambos lados del camino real, se -llamó la Carretería.</p> - -<p>Desde principio del siglo el arrabal comenzó á -tener importancia. En las luchas constitucionales únicamente -la Carretería daba voluntarios para la Milicia -Nacional.</p> - -<p>La Carretería era progresiva; la ciudad alta era -perfectamente reaccionaria, perfectamente triste, estancada, -desolada y levítica.</p> - -<p>Aquel Belén de nacimiento vivía con un espíritu -de inmovilidad y de muerte.</p> - -<p>En el arrabal se sentía de cuando en cuando alguna -agitación: llegaba hasta allá la oleada del mundo, -se hablaba, se discutía, se leían gacetas; en el -Belén alto no había más agitación que la del aire -cuando sonaban las campanas de la catedral, de las -iglesias y de los conventos, cuando el organista to<span class="pagenum"><a name="Page_36" id="Page_36">[36]</a></span>caba -sus motetes y sus fugas y sonaba la campanilla -del Viático por las calles.</p> - -<p>En el arrabal había movimiento: pasaba la diligencia -con el correo, y muchos carros y caballerías sueltas -que se detenían en las posadas y figones; en la -plaza y en las calles próximas no se veía casi nunca -á nadie: únicamente dos ó tres viejos que tomaban -el sol, los chicos que salían de la escuela y tiraban -piedras á los gorriones y á los perros; alguno que -otro militar, y, á ciertas horas, grupos de curas que -entraban en la catedral.</p> - -<p>El mayor acontecimiento de este barrio era la salida -y llegada del señor obispo en su carruaje.</p> - -<p>Al anochecer solía pasar por las calles y callejones -de la ciudad vieja un ciego con su guitarra que -cantaba oraciones y milagros de los santos, con una -magnífica voz de barítono.</p> - -<p>Este ciego, el <i>Degollado</i>, tenía el cuello lleno de -grandes cicatrices, la cara marcada con un taraceo de -puntos azules producidos por granos de pólvora, los -ojos huecos y la barba negra, de profeta judío.</p> - -<p>Según algunos, el <i>Degollado</i> había quedado así -en tiempo de la guerra de la Independencia; otros -afirmaban que había pertenecido á una compañía -de bandoleros, á la que hizo traición y que sus antiguos -cómplices por venganza le dejaron como estaba.</p> - -<p>El <i>Degollado</i> solía ir por las tardes por el pueblo, -envuelto en su capa, tanteando con el bastón y<span class="pagenum"><a name="Page_37" id="Page_37">[37]</a></span> -abriendo las puertas de las tiendas y cantando un -momento delante de ellas...</p> - -<p>De noche la ciudad alta quedaba aislada y encerrada -en sus murallas. Su recinto tenía seis puertas -y tres postigos. De estas seis, exceptuando la de Valencia -y la de Huete, las demás, la del Castillo, la -de San Pablo, la del Postigo y la de San Juan, se -cerraban á la hora de la queda.</p> - -<p>Los postigos de las casas estaban tapiados y hacía -tiempo que no se abrían.</p> - -<p>Cuenca tenía á principios del siglo XIX pocas calles, -y éstas estrechas y en cuesta. Quitando la principal, -que, con distintos nombres, baja desde la Plaza -del Trabuco hasta el Puente de la Trinidad, las -demás calles del pueblo viejo no pasaban de ser callejones.</p> - -<p>Las cuestas y desniveles de la ciudad hacían que -la planta baja de una casa fuera en una calle paralela -un piso alto; así se decía de Cuenca que era -pueblo en donde los burros se asomaban á los cuartos -y quintos pisos, y era verdad.</p> - -<p>En 1823, época en que pasa nuestra historia, -Cuenca era una de las capitales de provincia más -muertas de España.</p> - -<p>Entre los arrabales y la ciudad apenas llegaban -sus habitantes á cuatro mil.</p> - -<p>Tenía catorce iglesias parroquiales, una extramuros; -siete conventos de frailes, seis de monjas, cinco -ó seis ermitas y la catedral. Con este cargamento<span class="pagenum"><a name="Page_38" id="Page_38">[38]</a></span> -místico no era fácil que pudiera moverse libremente.</p> - -<p>En esta época había llegado la ciudad á la más -profunda decadencia: las fábricas de paños y de alfombras, -que en otro tiempo trabajaban para toda -España, y la ganadería, tan importante en la región, -estaban arruinadas.</p> - -<p>Durante la guerra de la Independencia, los saqueos -de los mariscales Moncey, Víctor y Caulaincourt -precipitaron la ruina de Cuenca...</p> - -<hr class="tb" /> - -<p>Si por su poca vida comercial é industrial Cuenca -estaba entre las últimas capitales de España, por su -aspecto dramático y romántico podía considerársela -de las primeras.</p> - -<p>Recorrer las dos Hoces desde abajo, entre los nogales, -olmos y huertas de las orillas del Júcar y del -Huécar, ó contemplarlas desde arriba, viendo cómo -en su fondo se deslizaba la cinta verde de sus ríos, -era siempre un espectáculo sorprendente y admirable.</p> - -<p>También admirable por lo extraño era recorrerla -de noche á la luz de la luna, y, sentándose en una -piedra de la muralla mirarla envuelta en luz de plata -hundida en el silencio.</p> - -<p>Poco á poco, para el paseante solitario y nocturno, -este silencio tomaba el carácter de una sinfonía, -murmuraban los ríos, estallaba el ladrido de un perro, -sonaba el chirriar de las lechuzas, silbaba el -viento en la copa de los árboles y se oía á intervalos<span class="pagenum"><a name="Page_39" id="Page_39">[39]</a></span> -el cantar agorero del buho como el lamento de una -doncella estrechada en los brazos de un ogro en el -fondo de los bosques.</p> - -<p>En aquellas noches claras, las callejas solitarias, -las encrucijadas, los grandes paredones, las esquinas, -los saledizos, alumbrados por la luz espectral de la -luna, tenían un aire de irrealidad y de misterio extraordinario. -Los riscos de las Hoces brillaban con -resplandores argentinos, y el río en el fondo del barranco -murmuraba confusamente su eterna canción, -su eterna queja, huyendo y brillando con reflejos inciertos -entre las rocas.</p> - -<hr class="chap" /> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_40" id="Page_40"></a> -<a name="Page_41" id="Page_41"></a></span></p> - - - - -<h3 id="I_II">II.<br /> -LA CASA DE LA SIRENA</h3> - - -<p>En una calle estrecha, próxima á la plaza, no lejos -del Seminario, existía por entonces una casa antigua, -alta, de color gris. Por su aire medioeval y por su altura -recordaba los palacios sombríos de Florencia; tenía -varios pisos con ventanas estrechas, y únicamente -en el principal dos balcones de mucho vuelo, con -hierros labrados.</p> - -<p>En la fachada, sobre el arco de la puerta de grandes -dovelas, ostentaba un escudo, probablemente más -moderno que la casa, con varios cuarteles; en el principal -ó jefe se veía una sirena con un espejo y un -peine, y en los demás un sol, varios dardos y una -granada.</p> - -<p>La sirena, sobre todo, estaba muy finamente esculpida: -tenía una expresión libre y burlona; los pechos -salientes y abultados, el cabello en desorden, y -aparecía, con su cuerpo mixto de mujer y de pez escamoso, -sobre el mar.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_42" id="Page_42">[42]</a></span></p> - -<p>Al parecer se habían hecho varias suposiciones -acerca de esta sirena, de aire erótico y picaresco; -unos sospechaban indicaba la procedencia marina de -la familia fundadora de la casa; otros afirmaban que -esta figura simbólica era el blasón del valle de Bertiz -Arana, en Navarra, y que el fundador de la familia -procedería de allí; lo cierto era que los dos ó tres -eruditos del pueblo no estaban de acuerdo en la historia -ni en la genealogía de aquella burlona dama -del mar llevada tan tierra adentro.</p> - -<p>La gente denominaba la casa con el nombre de -la Casa de la Sirena. La fachada de esta era de piedra -sillería, admirablemente labrada; tenía ménsulas -con figuras que sostenían los balcones y canecillos debajo -del alero.</p> - -<p>En el piso bajo ostentaba una reja labrada, y los -batientes de la puerta estaban llenos de clavos repujados -que parecían florones.</p> - -<p>Por la parte de atrás, la casa daba á la hoz del -Júcar, y desde sus ventanas, sobre todo de las altas, -se dominaba el barranco, en cuyo fondo corría el río -de un verde lechoso.</p> - -<p>La casa de la Sirena era por dentro estrecha, obscura -y sombría. Los muros, espesos, hacían que las -ventanas pequeñas parecieran saeteras, por donde -apenas entraba la luz; por todas partes olía á humedad -y á cerrado. Sin duda el que mandó construir la -casa temía al viento, que azotaba allí de firme, y no -era muy apasionado del sol.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_43" id="Page_43">[43]</a></span></p> - -<p>Los pisos de la casa, sobre todo los dos más altos, -se hallaban desmantelados y con los suelos deshechos -y los cristales rotos; en cambio, el piso principal estaba -restaurado. Una escalera apolillada, que se torcía -en unos tramos á la derecha y en otros á la izquierda, -iba desde el zaguán enlosado hasta la guardilla.</p> - -<p>Los cuartos altos daban una impresión de abandono -y de pobreza. Las habitaciones eran pequeñas, -con muchos tabiques que dejaban rincones y pasillos -obscuros y sombríos; los techos se venían abajo y las -paredes se cuarteaban.</p> - -<p>De noche las ratas se paseaban por todas partes, -corriendo, rodando, trotando y chillando.</p> - -<p>La guardilla estaba abandonada á una tribu de -lechuzas que tenían allí su vivienda. Casi todas las -tardes, al anochecer, sobre la chimenea ó sobre la veleta -roñosa, que ya no giraba, se colocaba una lechuza, -grande y gris, de observación, y al hacerse de -noche se lanzaba al aire con su vuelo tardo y pasaba -á veces chirriando y dando aletazos cerca de las ventanas.</p> - -<p>En el tejado se alojaban también una nube de golondrinas -y vencejos que habían obturado con sus nidos -las cañerías y las chimeneas.</p> - -<p>El piso principal era el único arreglado en esta -casa vetusta; se le habían abierto ventanas anchas y -simétricas á la calle y al callejón, y embaldosado y -empapelado algunas habitaciones. El mobiliario era<span class="pagenum"><a name="Page_44" id="Page_44">[44]</a></span> -también nuevo constituído por muebles recién barnizados, -armarios grandes, cómodas ventrudas, veladores -y canapés.</p> - -<p>La casa de la Sirena de antiguo pertenecía á la -familia de Cañizares.</p> - -<p>Los Cañizares aparecían en Cuenca desde la Conquista.</p> - -<p>Esta familia, emparentada con los Albornoces y -los Barrientos, se había distinguido en la historia de -la ciudad.</p> - -<p>El último vástago de los Cañizares conservaba el -derecho de entrar en la capilla de los Caballeros de -la catedral.</p> - -<p>Por los Barrientos, los Cañizares eran descendientes -de una dama, Doña Inés de Barrientos, que en -en tiempos de Carlos V se distinguió por su fiera -venganza.</p> - -<p>A raíz de la formación de las Comunidades de -Castilla se puso al frente del movimiento, en Cuenca, -un caballero de gran posición, D. Luis Carrillo de -Albornoz. Este caballero, poco satisfecho del giro -democrático y antirealista que tomaba la revuelta -comunera, se retiró á su casa abandonando el mando -á los regidores populares. Los regidores, deseando -que los gobernara un caudillo de su clase, nombraron -á uno de oficio frenero.</p> - -<p>Carrillo estaba casado con Doña Inés de Barrientos, -hembra brava y orgullosa.</p> - -<p>Al dejar de ser jefe de los comuneros el pueblo<span class="pagenum"><a name="Page_45" id="Page_45">[45]</a></span> -señaló á Carrillo con su odio, y no había día en que -no le insultara y le zahiriese públicamente.</p> - -<p>Doña Inés, iracunda, juró vengarse, y para ello preparó -su plan. Decidió mostrarse más comunera que -su marido y ganarse la amistad de los trece regidores -del Municipio. Ellos, satisfechos de verse atendidos -y contemplados por una dama de tan alta alcurnia, -iban con frecuencia á su palacio.</p> - -<p>Una noche, Doña Inés convidó á cenar á los trece. -Los regidores bebieron de más, se turbaron, y al salir, -uno á uno, Doña Inés los hizo matar por sus criados, y -después mandó colgarlos, por el cuello, de los balcones -de su casa. A la mañana siguiente el pueblo -quedó atónito al ver los trece cadáveres balanceándose -en los balcones del palacio.</p> - -<p>La familia de los Barrientos había sido de las más -poderosas y ricas. En uno de los esquileos de la -casa, á mediados del siglo XVIII, registró veinticuatro -mil cabezas de ganado merino.</p> - -<p>A fines del mismo siglo los Barrientos y los Cañizares -comenzaron á decaer, y en tiempo de la guerra -de la Independencia los Barrientos desaparecieron -y los Cañizares quedaron completamente arruinados.</p> - -<p>Por esta época el jefe de la casa era D. Diego -Cañizares, militar que llegó á coronel en 1813. Don -Diego se hallaba casado con Doña Gertrudis Arias. -En su juventud, D. Diego había sido un calavera, y -devorado su fortuna. A los treinta años, al entrar los -franceses en España, se alistó en el ejército; peleó<span class="pagenum"><a name="Page_46" id="Page_46">[46]</a></span> -en Arapiles y Vitoria, y fué ganando sus grados hasta -coronel en el campo de batalla.</p> - -<p>D. Diego, que en la guerra de la Independencia, -á juzgar por su hoja de servicios, tuvo momentos de -heroicidad, al concluir la campaña se presentó en -Cuenca y volvió á seguir su vida de calavera.</p> - -<p>No veía la diferencia que hay entre un joven vicioso -y un viejo perdido, y que lo que en uno parece -ligereza en el otro semeja cinismo.</p> - -<p>D. Diego recurrió á todos los medios para procurarse -dinero, y se hizo jugador, tramposo y prestamista.</p> - -<p>Su mujer, Doña Gertrudis Arias, era una señora -severa y orgullosa que había sufrido en silencio los -ultrajes inferidos por su esposo.</p> - -<p>D. Diego y Doña Gertrudis tuvieron un hijo, Dieguito, -que fué el retrato achicado y degenerado del -padre. Dieguito era un alcohólico, un perturbado. A -los veinticinco años le casaron con una señorita de -Barrientos, prima suya en segundo grado, y de este -matrimonio hubo una hija llamada Asunción.</p> - -<p>La madre de Asunción murió poco después de la -guerra de la Independencia.</p> - -<p>El viejo D. Diego consideró indispensable que su -hijo, viudo, se casara con alguna mujer rica, y se entendió -con un contratista de la Carretería llamado -<i>el Zamarro</i> y arregló el matrimonio de su hijo, con la -hija del contratista. Pensaba explotar al consuegro -mientras pudiera.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_47" id="Page_47">[47]</a></span></p> - -<p>El matrimonio de Dieguito y la hija del <i>Zamarro</i> -no pudo ser más lamentable.</p> - -<p>Dieguito iba en camino de la parálisis general, -estaba tonto, alelado; la hija del <i>Zamarro</i>, la Cándida, -era una muchacha joven, guapa y fuerte.</p> - -<p>Con un intervalo muy corto de días, en 1819, murieron -los dos Cañizares, Diego y Dieguito, y quedaron -viudas Doña Gertrudis y Cándida, la hija del -<i>Zamarro</i>.</p> - -<p>La hija de Dieguito, Asunción, quedó de quince -años huérfana de padre y madre.</p> - -<p>En la casa de la Sirena el piso principal lo ocupaban -Cándida y su hijastra Asunción; en el segundo -estaba el archivo de un escribano; en el tercero -vivían dos señoritas viejas solteras, y en el cuarto -Doña Gertrudis. Los pisos más altos estaban inhabitables.</p> - -<p>Doña Gertrudis era una vieja arrugada, seca, con el -pelo blanco, un tanto fatídica.</p> - -<p>Arruinada por su marido, no contaba para vivir -más que con la viudedad que le pasaban.</p> - -<p>Doña Gertrudis tenía una cara pálida, dura, impasible, -surcada por arrugas rígidas.</p> - -<p>Cuando salía á la ventana de su cuarto se la hubiera -tomado por una gárgola gótica ó por un espectro.</p> - -<p>En la casa, la Cándida vivía con la mayor comodidad -y lujo.</p> - -<p>La Cándida era una mujer poco inteligente, de<span class="pagenum"><a name="Page_48" id="Page_48">[48]</a></span> -gustos bajos y vulgares. Su padre, <i>el Zamarro</i>, había -sido un tendero que, en tiempo de la guerra de la -Independencia, hizo algunas especulaciones afortunadas -y reunió un capital bastante grande para un -pueblo.</p> - -<p>El <i>Zamarro</i> dió á su hija, al casarse, una dote de -treinta mil duros.</p> - -<p>La Cándida había sido siempre una muchacha -mimada.</p> - -<p>Su padre, hombre burdo, tosco, excitó en ella únicamente -la vanidad.</p> - -<p>—Tú serás rica—le decía—; tú podrás lucir.</p> - -<p>Y ella, sin educación ninguna, había llegado á -pensar que lo principal en el mundo era lucir. Para -satisfacer esta ansia de elevación se casó con Dieguito. -El aparecer dueña de una casa principal como -la de Cañizares la seducía.</p> - -<p>Por entonces, al quedar viuda, la Cándida era -una mujer rozagante, de unos veintisiete ó veintiocho -años, ajamonada, la nariz respingona, los labios rojos -y gruesos, muy abultada de pecho y de caderas, los -ojos negros, brillantes; el tipo basto de buena moza -que producía grandes entusiasmos cuando pasaba por -la calle entre los estudiantes, los oficiales jóvenes y -la clase de tropa.</p> - -<p>La Cándida pensaba volver á casarse si topaba -con algún militar ó persona de posición que le conviniese. -Hubiera querido encontrar un marido y quedarse -á vivir en la casa de la Sirena.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_49" id="Page_49">[49]</a></span></p> - -<p>La Cándida, mujer voluble y sensual, se manifestaba -á ratos seca, á ratos afectuosa. Tenía cierto talento -de seducción; halagaba á todo el que quería -sin medida.</p> - -<p>A Asunción, su hijastra, comenzó á mimarla al -principio, adornándola, dándole golosinas; luego, sin -motivo, la desdeñó y la olvidó.</p> - -<p>La Cándida quería que todo el mundo se ocupara -de ella; necesitaba sentir la oficiosidad de la gente, -el vaho de la adulación.</p> - -<p>Al ver que su suegra y su hijastra no se entregaban, -comenzó á mirarlas con antipatía, y al último, -experimentó por ellas verdadero odio, sobre todo por -doña Gertrudis.</p> - -<p>Este odio, cada vez más fuerte, hizo que suegra y -nuera no se hablaran y después no quisieran verse.</p> - -<p>La Cándida intentó obligar á la vieja á que se -fuera de la casa, pero la casa era de Asunción, y -ésta, hasta llegar á su mayoría de edad, para lo que -le faltaban cuatro años, no podía venderla.</p> - -<p>La vida de Asunción, colocada entre los odios de -su abuela y de su madrastra, fué triste y melancólica. -Toda la existencia de la muchacha estaba saturada -de impresiones penosas y tristes.</p> - -<p>En su infancia había presenciado la muerte de su -madre, la enfermedad del padre; luego, riñas entre -la abuela y el abuelo, apuros pecuniarios; después, -la llegada á la casa de la madrastra y la guerra sorda -entre ésta y su abuela.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_50" id="Page_50">[50]</a></span></p> - -<p>A pesar de su aspecto débil, Asunción tenía gran -resistencia y una personalidad fuerte.</p> - -<p>El tipo físico suyo, al decir de los amigos de la -casa, recordaba el de su madre.</p> - -<p>Era muy esbelta, delgada, con una palidez de cirio; -el óvalo de la cara, muy largo; los ojos, grandes, -negros, inquietos; los labios, de un rosa descolorido; -la expresión, de seriedad y de reserva.</p> - -<p>En la calle, y endomingada, parecía insignificante: -una señorita de pueblo agarrotada en un traje nuevo; -en casa, y vestida de negro, estaba muy bien; se comprendía -al verla que una vida sana podía hacer de -esta niña clorótica una mujer hermosa.</p> - -<p>La Cándida, que se creía á sí misma un modelo, -y que tenía una idea de la belleza de la mujer ordinaria -y grosera, decía á su doncella la Adela:</p> - -<p>—¿Qué te parece á ti la Asunción? No va á ser -guapa esta chica, ¿verdad?</p> - -<p>—Claro, al lado de la señorita—contestaba la -doncella.</p> - -<p>—No, no; yo no soy guapa. ¡Luego, Asunción es -tan huraña! Parece una cabra.</p> - -<p>Ciertamente. Asunción se mostraba áspera y poco -amable con las personas á quienes trataba por primera -vez. Su vida solitaria le daba gustos de recogimiento.</p> - -<p>Asunción apenas salía de casa; su madrastra le -había señalado en el piso principal un cuarto elegante, -empapelado y con cortinones, que tenía un balcón<span class="pagenum"><a name="Page_51" id="Page_51">[51]</a></span> -que hacía esquina; pero ella prefería dejar este cuarto -elegante é ir á las habitaciones desmanteladas del -piso, donde vivía doña Gertrudis, su abuela.</p> - -<p>En casa de Doña Gertrudis había un viejo mirador, -casi colgado sobre un abismo, que daba encima -de la Hoz del Júcar. Desde allá arriba se veía el -barranco y el río; las golondrinas y los vencejos pasaban -rozando con el ala el barandado, y á veces los -milanos se acercaban tanto, como si tuvieran curiosidad -de saber lo que pasaba en el interior.</p> - -<p>Asunción solía estar allí mucho tiempo.</p> - -<p>Doña Gertrudis vivía en su cuarto alto sola, sin -criada. Esta señora parecía la estampa de la severidad. -Cobraba del Gobierno una pensión de veintidós -duros al mes y la ahorraba íntegra: se alimentaba -de la pequeña renta de una tierra.</p> - -<p>Doña Gertrudis había llegado á odiar profundamente -á su nuera. Esta dió á su marido al casarse -diez mil pesetas para levantar una hipoteca que gravaba -sobre la casa de la Sirena. Doña Gertrudis -quería reunir las diez mil pesetas, devolvérselas á la -Cándida y entregar á su nieta la finca sin gravamen, -para que fuese ella la dueña absoluta.</p> - -<p>Doña Gertrudis estaba fuerte: barría, hacía su -cama y su comida en un hornillo pequeño; después, -sentada en un sillón frailero, con los anteojos puestos, -leía y rezaba una novena cada día.</p> - -<p>Tenía una colección de libros amarillentos y usados, -impresos en letras grandes. Hacía también que<span class="pagenum"><a name="Page_52" id="Page_52">[52]</a></span> -su nieta le leyera unas viejas ejecutorias que sacaba -de un armario, y las escuchaba siempre como si fuera -la primera vez que las oía.</p> - -<p>Doña Gertrudis, seca, arrugada, dura, parecía el -espíritu de la tradición de la casa; la Cándida era á -ansiosa advenediza, que intentaba apoderarse de la -vieja morada de la Sirena.</p> - -<p>Entre estas dos mujeres, que se odiaban, vivía -Asunción su vida humilde, como las plantas que -nacen en la hendidura de dos losas, sin espacio para -desarrollarse. Asunción cosía, bordaba, cuidaba de -los tiestos y leía las ejecutorias que sacaba su abuela.</p> - -<hr class="chap" /> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_53" id="Page_53"></a></span></p> - - - - -<h3 id="I_III">III.<br /> -MIGUELITO TORRALBA</h3> - - -<p>Tal era la situación de la casa de la Sirena cuando -aparecieron nuevos elementos que influyeron en -ella. Uno de estos fué un joven calavera, Miguelito -Torralba, que un día, por entretenimiento, comenzó -á seguir y á galantear á Asunción. Ella, asombrada, -manifestó primero sorpresa, luego un gran desdén; -pero Miguelito, hombre perseverante, cuando se proponía -algo, no cejó. Siguió mirando á la muchacha, -paseándole la calle á pesar del desprecio que ella le -demostraba. Miguelito era hijo de una viuda y vivía -con ella y con un hermano más joven llamado Luis.</p> - -<p>Los Torralbas poseían una casa antigua en la calle -de Caballeros, con un huertecito. Eran parientes lejanos -de los Cañizares y Barrientos.</p> - -<p>La viuda, madre de Miguel, señora de escaso patrimonio, -había gastado mucho con su hijo mayor, -enviándole á estudiar á Salamanca.</p> - -<p>Miguelito hizo poca cosa de provecho en la vieja<span class="pagenum"><a name="Page_54" id="Page_54">[54]</a></span> -ciudad universitaria; derrochó su dinero, corrió la -tuna y volvió á Cuenca á los cuatro ó cinco años con -un criado que había recogido, á quien llamaba su -escudero.</p> - -<p>Miguelito volvió con muchas habilidades de poca -utilidad práctica, entre ellas hacer versos y tocar la -guitarra.</p> - -<p>La madre se resignó al ver que el dinero empleado -por ella no había servido á su hijo para alcanzar -una posición, y pensó que al menos le habría hecho -ilustrado.</p> - -<p>Por uno de estos espejismos maternales frecuentes, -la madre de Torralba creía que su hijo mayor era -una lumbrera y que el pequeño, en cambio, valía -poco.</p> - -<p>No existía ningún motivo para creerlo así; pero la -madre de Torralba suponía que esta diferencia era -evidente. Pensaba que con el tiempo, don Miguelito -protegería á Luis y le ayudaría á desenvolverse en -la vida.</p> - -<p>La madre pidió al mayor que enseñara lo que sabía -á su hermano menor, y el mayor accedió.</p> - -<p>Miguel enseñó á Luis á traducir el latín y alguna -que otra cosa que el muchacho aprovechó.</p> - -<p>—¡Qué bondad la de mi hijo mayor!—pensó la -madre.</p> - -<p>Los dos hermanos eran muy distintos: Miguel, -alto, esbelto, moreno, petulante, se las echaba de lechuguino. -Solía tener con frecuencia diviesos en el<span class="pagenum"><a name="Page_55" id="Page_55">[55]</a></span> -cuello que le obligaban á llevarlo vendado. Luis, -más bajo, rechoncho, tirando á rubio, era muchacho -sencillo y no pensaba en darse tono.</p> - -<p>Miguel estaba siempre fuera de casa; Luis, en -Cuenca, gustaba de trabajar en el huerto, y en el -campo, de recorrer la hacienda.</p> - -<p>Miguel era aficionado á las indumentarias teatrales; -gastaba chambergo de ala ancha, capa de mucho -vuelo y presumía de pie largo y estrecho.</p> - -<p>Don Miguelito tenía en Cuenca, entre unos, fama -de Tenorio; de atrevido entre otros, y de majadero -entre algunos.</p> - -<p>Don Miguelito era ridículo para casi todo el pueblo, -menos para su hermano y para los amigos. -Algunos de éstos le tenían por un genio; y cuando -Miguelito peroraba le miraban pensando.</p> - -<p>—¡Qué hombre! ¡Qué tipo!</p> - -<p>La cabeza de don Miguelito era un lugar de confusión -de ideas y sentimientos. Hubiera querido encontrar -algo para dedicarse á ello con toda su alma.</p> - -<p>Don Miguelito era impertinente sin notarlo, y excepción -hecha de su madre, de su hermano y de -algún amigo, quedaba con frecuencia mal ante las -personas, demostrando su falta de discreción y de -sentido. Su petulancia molestaba á la gente.</p> - -<p>La madre le consideraba como un portento; pensaba -que el día que adquiriera gravedad sería una -maravilla. Estaba convencida de ello y tenía en esto -tanta fe como en un dogma.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_56" id="Page_56">[56]</a></span></p> - -<p>La estancia de don Miguelito en Cuenca, de vuelta -de la Universidad, se distinguió por sus extravagancias -y sus disparates.</p> - -<p>Al principio se manifestó liberal, republicano y -habló con énfasis de Catón, de Bruto y de Aristogiton.</p> - -<p>En algunas partes, y excitado por sus mismas palabras, -no se contentó con esto, sino que aseguró que -era discípulo de Robespierre y de Marat y que consideraba -la guillotina como la más sublime y la más humanitaria -de las invenciones del hombre.</p> - -<p>Afortunadamente para él la gente de Cuenca apenas -tenía idea de Marat y de Robespierre, y no le -hizo caso.</p> - -<p>Cansado de perorar sin éxito, don Miguelito se -lanzó á la crápula, y excepción hecha de los días -que iba á los montes á cazar con sus dos perros, Gog -y Magog, solía emborracharse con frecuencia y volvía -á casa de madrugada.</p> - -<p>Le acompañaba su escudero, el mozo perdido, -llamado Garcés, á quien don Miguelito había encontrado -muerto de hambre en Sevilla en una de sus -expediciones de tuna. Garcés era hijo de una familia -acomodada de un pueblo próximo á Cuenca llamado -Pajaroncillo. Había estudiado en el seminario -y sido un buen estudiante en los primeros años; luego -con una transición brusca, se hizo un perdido, y -comenzó á beber, á jugar, á frecuentar los garitos y -por último, á robar. La familia de Garcés lo retiró al -pueblo; el muchacho se arrepintió, entró de novicio<span class="pagenum"><a name="Page_57" id="Page_57">[57]</a></span> -en un convento y pocos meses más tarde se escapaba -y volvía á su vida de tunante.</p> - -<p>Unos años después de su escapada, Miguel Torralba -lo encontró en Sevilla enfermo, lloroso y arrepentido, -y lo llevó con él.</p> - -<p>Garcés tenía la especialidad del arrepentimiento -y de las lágrimas. Inmediatamente que le salía algo -mal, se sentía contrito y marchaba á confesarse.</p> - -<p>Don Miguelito, á poco de llegar á Cuenca, tenía -una corte de ocho ó diez amigos desocupados como -él, noctámbulos y holgazanes.</p> - -<p>Paseaban éstos en cuadrilla por las dos Hoces del -pueblo, por el alto de las murallas ó por el fondo del -barranco, contemplando las rocas vivas y los matorrales -á la luz de la luna.</p> - -<p>Robaban gallinas y quesos; clavaban una noche -la puerta ó la ventana de la vivienda de un pobre -hombre; interceptaban una chimenea con trapos; sujetaban -un coche á una anilla de una casa con una -cuerda; metían un gato en un gallinero y hacían -todas las clásicas calaveradas de todos los calaveras -del mundo.</p> - -<p>Alguno que otro tenía predilección por asustar á -la gente haciendo de fantasma; habían formado -también una rondalla de guitarras y bandurrias, y por -las noches daban serenata á sus Dulcineas.</p> - -<p>—Es don Miguelito y sus amigos—decían los vecinos, -y muchos añadían:</p> - -<p>—¡De casta le viene al galgo!—, porque los Torral<span class="pagenum"><a name="Page_58" id="Page_58">[58]</a></span>bas -de Cuenca se habían distinguido siempre por su -extravagancia.</p> - -<p>Algunos llamaban á Miguel, Miguelito Caparrota, -y le pronosticaban el mismo fin que al bandido andaluz, -que, como se sabe, murió en la horca á pesar -de que su asunto se arregló.</p> - -<p>Don Miguelito había formado una asociación burlesca, -de la que era presidente, cuyo objeto principal -era beber y cantar. En las cenas celebradas por esta -asociación se entonaba el viejo canto estudiantil, -común á todas las Universidades de Europa, y que -aun se recordaba en Salamanca á principios del -siglo XIX.</p> - -<div class="poetry-container"> -<div class="poetry"><div class="stanza"> -<div class="line"><i>Gaudeamus igitur.</i></div> -<div class="line"><i>juvenes dum sumus.</i></div> -</div></div></div> - -<p>También con grotesca solemnidad se hacía la salutación -al vino en latín macarrónico:</p> - -<div class="poetry-container"> -<div class="poetry"><div class="stanza"> -<div class="line"><i>Ave, color vini clari</i></div> -<div class="line"><i>Ave, sapor sine pari</i></div> -<div class="line"><i>tua nos inebriari</i></div> -<div class="line"><i>digneris potentia.</i></div> -</div></div></div> - -<p>La preocupación de Miguelito era mandar, demostrar -su superioridad, producir asombro, sobre -todo entre los suyos; así, para dirigirlos y admirarlos -obraba y pensaba para ellos.</p> - -<p>Era capaz de leer un libro largo y pesado con la -esperanza de encontrar un par de frases con que sor<span class="pagenum"><a name="Page_59" id="Page_59">[59]</a></span>prender -á su auditorio. Don Miguelito vivía sólo para -la galería.</p> - -<p>Tal necesidad de producir expectación le impulsaba -á hacer muchas necedades.</p> - -<p>Una vez se lanzó al Júcar á salvar á un pescador -de caña, sin saber nadar, y estuvo á punto de ahogarse; -en otra ocasión salió fiador de un granuja, y estuvo -á punto de arruinar á su madre. Poco después -escribió un romance contra algunas viejas murmuradoras -del pueblo. Este romance, que tituló <i>Las Comadres -de Cuenca</i>, dió mucho que hablar y le conquistó -una malísima fama.</p> - -<p>Miguelito celebró exageradamente la hostilidad -popular.</p> - -<p>Todos los amigos encontraron que Torralba era -un excelente versificador y que debía cultivar con -más asiduidad el trato íntimo de las Musas.</p> - -<p>Miguelito trabajó algunos días y sometió al juicio -de sus camaradas varias poesías, como <i>A ella</i>, <i>Noche -de luna</i>, <i>la Hoz del Júcar</i>, que fueron consideradas -como obras maestras.</p> - -<p>Por entonces un condiscípulo que había encontrado -en su casa varios libros de astrología judiciaria y -un astrolabio, se los envió á don Miguelito.</p> - -<p>Este, ante el nuevo mundo que se abría á sus ojos, -decidió con la mayor seriedad hacerse astrólogo.</p> - -<p>Leyó la <i>Astrología</i>, de Pisanus; el libro <i>De præcos -gnitione futurorum</i>, de Molinacci; el epítome <i>Totiuastrologiæ -judiciales</i>, de Juan de España; los <i>Dis<span class="pagenum"><a name="Page_60" id="Page_60">[60]</a></span>cursos -astrológicos</i>, de Juan de Herrera; el libro de -Paracelso, <i>De generatione rerum naturalium</i>, y las -<i>Profecías</i>, de Nostradamus.</p> - -<p>Después, para unir la teoría y la práctica, llevó al -terrado de su casa el astrolabio, y allí se dedicaba á -medir los ángulos y ver la conjunción de las estrellas.</p> - -<p>Después de aprender á determinar el aspecto de -los astros se dedicó á la predicción del porvenir. El -horóscopo de su madre y el de su hermano resultaron -felices; en cambio el suyo, dominado por Marte, -fué completamente nefasto. Probablemente él mismo -se había preparado en el horóscopo el final trágico, -cosa que á sus ojos y al de sus amigos le hacía más -interesante.</p> - -<p>A juzgar por lo que dijo, la línea de su vida cruzaba -la casa de las enemistades, pasaba por la de la -amistad y el amor, rondaba la casa de las dignidades -y caía en la de la muerte.</p> - -<p>Las lecturas astrológicas se notaron en don Miguelito -y en sus amigos. Se habló durante algún tiempo -de horóscopos y conjunciones; á una taberna de un -hombrecito pequeño, que se llamaba el tío Guadaño, -se le llamó desde entonces la taberna del <i>Homunculus</i>, -y á otra, de la tía Lesmes, la taberna <i>Sibilina</i>.</p> - -<p>Una de las gracias de Miguelito era asegurar que -al <i>Homunculus</i> de la taberna, el ex tío Guadaño, lo -había creado él con una fórmula de su maestro Paracelso.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_61" id="Page_61">[61]</a></span></p> - -<p>También decía que á una moza del partido le había -dado él la suerte entregándole un trozo de vitela -con la palabra mágica Abracadabra, escrita en forma -triangular y con sangre de niño.</p> - -<p>La muchacha, siguiendo las instrucciones de Miguelito, -había llevado nueve días la vitela como un -escapulario, colgada al cuello, y al noveno la había -echado al río sin volver la cabeza. Don Miguelito había -tenido sus dudas acerca del punto dónde debía -echarla, porque era indispensable arrojarla en unas -aguas que corrieran hacia Oriente; pero al fin encontró -el sitio verdadero.</p> - -<p>La operación dió resultado, porque un mes después -un comerciante rico se llevó á la muchacha á -Madrid y la puso un gran tren.</p> - -<p>Entre algunas mozas del pueblo, compañeras de la -otra, se supo lo ocurrido, y se creyó que don Miguelito -tenía algo de brujo.</p> - -<p>Los amores de don Miguelito eran como no podían -menos de ser extraordinarios y raros.</p> - -<p>Don Miguelito había galanteado durante algún -tiempo á una gitana del barrio del Castillo, á quien -llamaban Fabiana la <i>Cañí</i>.</p> - -<p>Esta Fabiana era una muchacha preciosa, de piel -cobriza y ojos verdes.</p> - -<p>Don Miguelito había llegado á hacerse amigo del -<i>Ajumado</i>, un esquilador de burros, padre de la Fabiana.</p> - -<p>El <i>Ajumado</i> y don Miguelito se entendían; al es<span class="pagenum"><a name="Page_62" id="Page_62">[62]</a></span>quilador -le parecía natural que al payo le gustara la -mocita de su casa, y se dejaba convidar y contemplar.</p> - -<p>La madre de la Fabiana, la <i>Pelra</i>, era una gitanaza -que se dedicaba á comprar y á vender viejos cachivaches, -á freír morcillas y churros; á la abuela, gitana -legítima, que odiaba el trabajo como buen ejemplar -de su raza, la decían en la calle la <i>Zincalí</i>, y -tenía por oficio echar la buenaventura en las ferias, -vender la raíz del Buen Varón y la Hierba de Satanás -y <i>arrobiñar</i> lo que podía.</p> - -<p>Don Miguelito hablaba con la vieja gitana de magia -y de astrología, y la dejaba llena de espanto.</p> - -<p>El le enseñó en qué ocasiones se debían emplear -las siete palabras mágicas principales: Abracadabra, -Jehová, Sator, Arepo, Tenet, Opera y Rotas.</p> - -<p>También le dió la frase sacramental para todos los -conjuros, que es ésta: <i>Nomem Dei et Sancte Trinitatis -quod tamen in vanum assumitur, contra acerrimum -summi legislatoris interdictum</i>.</p> - -<p>La gitana temblaba al oír á Miguel. Todos los -hombres y mujeres de la casa odiaban y temían á -Torralba, á quien llamaban el <i>Busnó</i>. Miguelito sentía -por ellos un profundo desprecio.</p> - -<p>En esto se presentó en Cuenca un calderero gitano, -el <i>Romi</i>, hombre cobrizo como sus calderas, alto, -mal encarado.</p> - -<p>La familia del <i>Ajumado</i> concertó la boda de la -Fabiana con el <i>Romi</i>, y á la zambra que hubo asistió<span class="pagenum"><a name="Page_63" id="Page_63">[63]</a></span> -Miguelito, cosa que hizo reir á sus amigos, que consideraron -la asistencia de Torralba á la fiesta como -una prueba de serenidad admirable.</p> - -<p>Alguno le dijo después á Miguelito que no se -fiara con el <i>Romi</i>, pero Miguelito despreció la advertencia.</p> - -<p>Iba declinando el entusiasmo por la gitanería y la -astrología cuando don Miguelito se fijó en Asunción -y con la violencia característica de sus inclinaciones -decidió que desde entonces ella sería la dama -de sus pensamientos.</p> - -<p>Los amores comenzaron con todo el aparato de -absurdidades propias y naturales de don Miguelito. -Varias veces escribió á la muchacha con la arrogancia -de un hombre grande y extraordinario; pero como -ella no le contestaba se fué desesperando, y concluyó -por tomar una actitud exageradamente humilde.</p> - -<p>Cómo conoció Asunción que en el fondo de aquel -calavera botarate había un hombre, un hombre valiente, -un hombre digno, difícil es saberlo, lo cierto -fué que lo conoció.</p> - -<p>Don Miguelito todavía hizo alguna simpleza al verse -atendido por la muchacha; pero pronto se tranquilizó -y tomó el aspecto de una persona sensata.</p> - -<p>Al comenzar á hablar con Asunción pensó que -toda su juventud había sido una pobre majadería, y -decidió abandonar á los amigos y al escudero Garcés. -Les dijo que iba ir al yermo, que estaba harto -de vanidades. Un amor vulgar y corriente por una<span class="pagenum"><a name="Page_64" id="Page_64">[64]</a></span> -señorita del pueblo le hubiera dejado en mal lugar -entre los camaradas que le veían como hombre extraordinario, -raro, lunático y nigromántico. Todavía -no se atrevía á afrontar su desdén.</p> - -<p>Al poco tiempo la gente averiguó el noviazgo, los -camaradas le desdeñaron y las personas que pasaban -por serias comenzaron á decir:</p> - -<p>—No, no, Miguel no es tonto; si quiere se hará -un hombre de provecho.</p> - -<p>Miguelito dejó de frecuentar sus antiguos amigos, -y reanudó sus amistades con un clérigo que había -estudiado con él en la escuela. Este clérigo, D. Víctor, -vivía en casa del guardián de la Catedral, y era -hombre estudioso é ilustrado.</p> - -<p>A Miguelito le trataba muy ásperamente.—Botarate, -aprendiz de mago, majadero—le solía decir con -voz iracunda.</p> - -<p>—Sí, tienes razón—contestaba Miguel—; soy un -mentecato.</p> - -<p>—Vale más que lo confieses—le decía el cura.</p> - -<p>—Pues lo confieso. He llegado á los veintisiete -años sin oficio ni beneficio. He perdido el tiempo -en pasear, en hablar y en hacer versos...</p> - -<p>—Y versos malos.</p> - -<p>—Cierto, versos malos. Te advierto que todas mis -vanidades antiguas se han deshecho: no me importa -que me llames mal poeta ni mal astrólogo. No me -hace mella.</p> - -<p>Miguel no pensaba más que en encontrar un me<span class="pagenum"><a name="Page_65" id="Page_65">[65]</a></span>dio -de ganar la vida con independencia ¡tenía tan -poca base! ¡Era tan difícil hacer algo de provecho -en Cuenca! Se le ocurrió marcharse á Madrid, pero -no se atrevió á decírselo á su madre, porque hubiera -sospechado que el viaje era pretexto para otra calaverada.</p> - -<p>Miguelito consultó con Asunción, y los dos en sus -conversaciones y cartas se ocuparon de este magno -asunto. Pensaron varios medios para resolver el problema.</p> - -<p>Pronto estos amores los conoció todo el pueblo, y -también la abuela y la madrastra de Asunción. Asunción -contó, temblando de miedo, á su abuela la historia -de sus amores, y Doña Gertrudis dió el visto -bueno.</p> - -<p>—Si es un caballero, aunque sea pobre, no importa—dijo -la vieja severamente.</p> - -<p>—Pues caballero lo es.</p> - -<p>—Entonces puedes estar tranquila.</p> - -<p>Asunción abrazó y besó á su abuela con entusiasmo.</p> - -<p>Se decidió que D. Miguelito visitara á Doña Gertrudis, -y en la entrevista que tuvieron ambos quedaron -muy amigos y de acuerdo.</p> - -<p>La madrastra de Asunción, la Cándida, quizás -por llevar la contraria á su suegra, se puso en contra -del noviazgo, y como no conocía el carácter de hierro -que había en el fondo del cuerpecillo anémico -de su hijastra, quiso convencerla de que su novio,<span class="pagenum"><a name="Page_66" id="Page_66">[66]</a></span> -D. Miguelito, era un perdido, un vagabundo, viejo, -cínico, sin oficio ni beneficio, que quería vivir á su -costa.</p> - -<p>Desde aquel momento Asunción juró romper con -su madrastra y no volver á dirigirla la palabra. Empezó -á faltar á todas horas del primer piso de la casa; -luego, más tarde, se trasladó definitivamente al cuarto -de la abuela á vivir con ella.</p> - -<hr class="chap" /> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_67" id="Page_67"></a></span></p> - - - - -<h3 id="I_IV">IV.<br /> -SANSIRGUE EL PENITENCIARIO</h3> - - -<p>En 1821, el penitenciario de la catedral, D. Manuel -Rizo, que estaba enfermo desde hacía tiempo, -murió en un pueblo de la sierra, donde había ido á -reponerse, y fué nombrado para el cargo D. Juan -Sansirgue.</p> - -<p>Sansirgue venía del Burgo de Osma, y al llegar -á Cuenca se dijo de él que era liberal. Fué una de -esas voces que corren por los pueblos, sin base ni -razón alguna.</p> - -<p>Don Juan era hombre de unos cuarenta años de -edad de estatura media, más bien bajo que alto y -tirando á fornido.</p> - -<p>Tenía el pelo rojo oscuro, los ojos verdes, la cara -cuadrada y pecosa, las pestañas rojizas, el cuello de -toro, los brazos largos, las manos gruesas y los pies -grandes.</p> - -<p>Se veía en él al lugareño nacido para destripar -terrones. Llevaba gafas, aunque no las necesitaba, -<span class="pagenum"><a name="Page_68" id="Page_68">[68]</a></span> -sin duda con el objeto de darse un aire doctoral, y -miraba siempre de través.</p> - -<p>Pronto se averiguó su vida, con toda clase de detalles.</p> - -<p>Sansirgue, hijo de un campesino muy pobre de -Priego, terminó la carrera casi de limosna. Tras de -obtener un curato en el campo y una parroquia en -Almazán, había sido nombrado canónigo racionero -del Burgo de Osma, y después, penitenciario de -Cuenca.</p> - -<p>Sansirgue, al decir de sus colegas, demostró ser -bastante fuerte en latín y cánones, y como predicador -se dió á conocer como hombre arrebatado y de tosca -elocuencia. La gente pronosticó que llegaría á obispo.</p> - -<p>En la vida social el nuevo penitenciario se desenvolvió -como un perfecto intrigante, adulador y un -tanto bajo. Acostumbrado al servilismo del ambicioso -pobre que escala su posición lentamente y con -grandes esfuerzos, en muchas ocasiones ponía en -evidencia su naturaleza lacayuna.</p> - -<p>A los seis meses de permanencia en el pueblo, -Sansirgue lo conocía á fondo y comenzaba á dominarlo. -Algunos otros canónigos, dirigidos por el lectoral, -intentaron atajarle el paso; pero Sansirgue, sostenido -por el obispo, por su secretario Portillo, joven -ambicioso, y por la gente rica, marchaba adelante.</p> - -<p>El confesionario le daba la clave de cuantos conflictos -interiores en las familias y en los matrimonios -ocurrían en el pueblo. Esta arma de inquisición y de<span class="pagenum"><a name="Page_69" id="Page_69">[69]</a></span> -dominación teocrática Sansirgue la empleaba con -paciencia y con método.</p> - -<p>Tenía la sagacidad y la malicia del lugareño, é iba -perfeccionando y alambicando su sistema de inquerir -con el esfuerzo y la perseverancia.</p> - -<p>Sansirgue había ido á vivir á casa del pertiguero -de la catedral.</p> - -<p>Ya por costumbre inveterada, desde hacía muchos -años, se alquilaba una habitación grande á un canónigo -en casa del pertiguero Ginés Diente.</p> - -<p>El más notable de estos canónigos hospedados en -ella fué D. Francisco Chirino.</p> - -<p>Don Francisco dejó al morir fama de hombre de -gran virtud y sabiduría. Chirino fué magistral desde -fines del siglo XVIII hasta poco después de la guerra -de la Independencia; estuvo prisionero y á punto de -ser fusilado por las soldados de Caulaincourt.</p> - -<p>La leyenda aseguraba que Chirino se salvó asombrando -á los franceses con un discurso en latín y otro -en francés que les dirigió.</p> - -<p>En un viaje hecho á Valencia murió Chirino, y -dejó en casa de Diente una biblioteca muy nutrida -de libros de historia, de teología, y algunas ediciones -raras que los herederos no se cuidaron de recoger.</p> - -<p>Después de Chirino ocupó la habitación el canónigo -Rizo, y tras de la muerte de éste vino Sansirgue -á posesionarse del cuarto que por tradición pertenecía -á un canónigo.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_70" id="Page_70">[70]</a></span></p> - -<p>En aquella casa vieja de una calle sombría, el penitenciario -Sansirgue, como una gruesa araña peluda, -plantó su tela espesa dispuesto á mostrarse clericalmente -implacable para la mosca que cayese en -ella.</p> - -<hr class="chap" /> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_71" id="Page_71"></a></span></p> - - - - -<h3 id="I_V">V.<br /> -LA CASA DEL PERTIGUERO</h3> - - -<p>La callejuela tortuosa, en cuesta, partía de la plazuela -del palacio del Obispo por una escalera, y -terminaba en un camino de ronda de la muralla.</p> - -<p>En este callejón, llamado de los Canónigos porque -antiguamente había varios que tenían allí su -casa, vivía el guardián y pertiguero de la catedral, -Ginés Diente.</p> - -<p>Ginés era hijo de pertiguero y nieto de pertiguero.</p> - -<p>La pértiga constituía una institución en la familia -de los Dientes. Se podía decir que los Dientes vivían -de ella y comían de ella.</p> - -<p>Ginés el guardián era por este tiempo un viejo -seco, flaco, de nariz aguileña, afilada y roja, el pelo -gris, el mentón saliente, con claros en la barba, y -picado de viruelas. Gastaba anteojos de plata gruesos -para leer.</p> - -<p>Solía usar á diario, fuera de las grandes ceremonias, -calzón oscuro, media negra, zapatos rojos<span class="pagenum"><a name="Page_72" id="Page_72">[72]</a></span> -con hebillas de plata, balandrán de color negro -pardusco, en la cintura una faja azul y encima una -correa con ganchos, en los cuales fijaba varios manojos -de llaves.</p> - -<p>Ginés tenía cerca de sesenta años. Conocía la catedral -mejor que su casa.</p> - -<p>Era hombre de mucho gusto para la lectura, y muy -liberal.</p> - -<p>Desde hacía tiempo, cuando concluía sus faenas, -iba al cuarto del canónigo Chirino, se ponía sus anteojos -de plata gruesos, compuestos con hilo negro, -cogía algún libro y lo leía muy despacio. Cuando -terminaba dejaba una señal, y al día siguiente comenzaba -de nuevo la lectura. Lo que no entendía -bien lo volvía á leer.</p> - -<p>Así había pasado cerca de un año con el <i>Teatro -Crítico</i>, de Feijóo; pero se había enterado tan perfectamente -de las opiniones y doctrinas del autor, que -desde entonces podía pasar por un erudito.</p> - -<p>Su hija Dominica regañaba á su padre por su afán -de leer.</p> - -<p>—No sé para qué lee usted tanto, padre—le decía—. -Deje usted eso á los que saben.</p> - -<p>—Los que saben son los que leen—contestaba -Ginés—; sean canónigos ó pertigueros.</p> - -<p>Ginés era viudo; la Dominica, su hija, estaba casada -con un carpintero, constructor de ataúdes.</p> - -<p>La Dominica, la guardiana, mujer muy morena, -juanetuda, fea, con una fealdad simpática, tenía unos<span class="pagenum"><a name="Page_73" id="Page_73">[73]</a></span> -ojos grandes, negros, muy expresivos y una sonrisa de -bondad. Era muy activa y trabajadora y más fuerte -que un hombre.</p> - -<p>La Dominica se ocupaba de limpiar la iglesia, y -tenía también el cargo de funeraria. Ella se entendía -con la familia del muerto para disponer cómo había -de ser la caja, el coche, el número de hachones y la -importancia del funeral, que se clasificaba en de tercera, -de segunda, de primera, solemne y solemnísimo.</p> - -<p>La guardiana revelaba un gran espíritu de dominio. -Casada á los treinta años, cuando todo el mundo -creía que ya no se casaría, no había tenido hijos. -Su marido, el carpintero constructor de ataúdes, era -un buen hombre, fantástico y un tanto borracho.</p> - -<p>La Dominica, sentía gran amor por la catedral y -por todo lo que tuviese relación con ella.</p> - -<p>A los canónigos que hospedaba en su casa los -trataba como á hijos.</p> - -<p>Hablaba constantemente del canónigo Chirino, -cuya ciencia y virtud habían quedado como legendarias.</p> - -<p>El buen señor éste era tan inútil para las cosas de -la vida, que no sabía atarse un botón, afilar un lápiz -ó tallar una pluma.</p> - -<p>La Dominica había sido el factótum de Chirino y -del canónigo Rizo. Les atendía, les ordenaba como -si fueran chicos.</p> - -<p>Una necesidad de mando tal no era cosa muy có<span class="pagenum"><a name="Page_74" id="Page_74">[74]</a></span>moda -para la guardiana, porque la obligaba á trabajar -como una negra.</p> - -<p>Todo lo contrario de ella se manifestaba Damián, -su marido, el constructor de ataúdes. Este era vago, -poltrón, ocurrente, y siempre estaba inventando pretextos -para dejar el trabajo é ir á la taberna.</p> - -<p>El ser, además de carpintero, relojero de la catedral -le permitía andar siempre de un lado á otro.</p> - -<p>Damián era chiquito, moreno, de cara muy correcta, -pero de una expresión de rata. Era hombre de -gran paciencia, domesticaba pájaros y toda clase de -bichos. Tenía un cuervo, Juanito, que hablaba mejor -que algunos hombres y que le conocía, y un gato negro, -con ojos de oro, á quien Chirino había bautizado -con el nombre fenicio de Astaroth.</p> - -<p>Este constructor de ataúdes solía ir á veces con -Juanito en un hombro y Astaroth en el otro á beber -con un compadre sepulturero, con quien tenía grandes -amistades.</p> - -<p>—A mí que no me den un armario ni una mesa -que hacer—decía Damián á sus amigos cuando estaba -inspirado—; lo que más me llena es hacer una -caja fúnebre. Hay que ver la cantidad de filosofía -que hay dentro de un ataúd... ¡ja... ja!</p> - -<p>—¡Bah! No tanta como en una sepultura—saltaba -el sepulturero su amigo que quería poner también -muy en alto su profesión.</p> - -<p>—¡Más, mucho más!—replicaba el carpintero -dulcemente hundiendo su mirada en el oscuro amatista<span class="pagenum"><a name="Page_75" id="Page_75">[75]</a></span> -de un vaso de vino—. Yo, cuando veo las tablas que -traen á mi taller, pienso: esto era un árbol que estaba -en un bosque... ¡ja... ja!..., y en ese bosque había pájaros, -alimañas, leñadores, serradores, y estos árboles -los había plantado alguno. ¿Los había plantado alguno, -ó habían crecido solos? No se sabe... ¡ja... -ja!... ¡Qué filosofía! ¡Y los clavos! Estos clavos, que -al clavarlos con el martillo la familia del difunto cree -que suenan de otra manera... ¡ja... ja! ¡Superstición! -¡Superstición! Estos clavos los han trabajado en una -fragua, donde saltaban chispas; han sacado el metal de -una mina, donde andaban los hombres como los topos... -¡ja... ja! ¿Y la tela? Esa tela negra que se va -á descomponer en la fosa, ¿de dónde viene? Viene -de un telar, de una fábrica que quizá es un hormiguero... -de gente trabajadora... ¡Qué filosofía tiene esto! -¡Ja... ja... ja, ja!</p> - -<p>Y Damián se reía, con una risa mecánica y triste.</p> - -<p>—A mí si me sacan del ataúd, soy hombre muerto—añadía.</p> - -<p>—Como á mí, si me sacan de la sepultura, no sé -qué hacer, no le encuentro encantos á la vida—aseguraba -el sepulturero.</p> - -<p>—En esto nos diferenciamos del resto de los hombres, -á quienes pasa todo lo contrario... ¡ja... ja... -ja!—exclamaba Damián.</p> - -<p>—Somos gente superior—añadía el sepulturero.</p> - -<p>—Es que nuestros oficios tienen más fondo, más -filosofía. El fondo de una fosa. ¡Hermoso fondo! ¿Vas<span class="pagenum"><a name="Page_76" id="Page_76">[76]</a></span> -á tener tú la insustancialidad de un peluquero? No. -¿Voy yo á compararme con un sastre? Tampoco. El -hace una envoltura pasajera; yo no, yo la hago definitiva... -¡Ja... ja! ¡Qué filosofía tiene esto!</p> - -<p>Damián sentía tanto entusiasmo por los ataúdes, -que echaba la siesta dentro de uno de ellos, vigilado -por Juanito y por Astaroth.</p> - -<p>El enterrador admiraba á Damián. En cambio su -mujer, la Dominica, le despreciaba y le dirigía constantemente -una lluvia de sarcasmos, que él oía indiferente.</p> - -<p>En la casa del pertiguero lo más transcendental -era la habitación del señor canónigo. La Dominica -fregaba todas las semanas el suelo, y en el verano -todos los días; limpiaba los cristales, sacudía los colchones -y la alfombra, y pasaba el plumero por los -libros.</p> - -<p>La habitación del canónigo, la mejor de la casa, -era espaciosa y clara. La luz entraba en ella por un -gran balcón y por una ventana pequeña. Esta ventana -pequeña daba hacia la Hoz del Huécar que se -veía sobre el solar de una casa derruída convertida -en huerto. El huertecillo, limitado por cuatro tapias -cubiertas de hiedras, estaba lleno de zarzas y de rosales -silvestres.</p> - -<p>Tenía la habitación una chimenea de piedra con -el hogar cubierto durante el verano por una mampara -de papel vieja, con una estampa en colores desteñida, -y dos bolas de cristal azul.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_77" id="Page_77">[77]</a></span></p> - -<p>En un ángulo estaba la cama, de madera, con colgaduras -verdes descoloridas, y en las paredes, un armario -de varios cuerpos, también con cortinas. El -suelo era de ladrillos grandes, rojos, que se desmoronaban, -y la pared, tapizada de un papel dorado, con -arabescos negruzcos.</p> - -<p>Esta habitación canonical tenía seis sillas de damasco, -ya tan ajadas, que apenas se podía notar -su primitivo color, y un canapé de paja, con un almohadón -rojo, completamente desteñido. Delante de -la ventana pequeña, por donde el sol entraba al amanecer, -había una vieja mesa tallada, y junto á ella, un -sillón frailero con clavos dorados.</p> - -<p>Allí el canónigo Chirino pasó toda su vida dedicado -á la lectura, mientras Astaroth, acurrucado, le -contemplaba con sus ojos de oro.</p> - -<p>Unicamente al atardecer solía asomarse al balcón -á contemplar las rocas de la Hoz del Huécar, que -se veían desde allá, y á oír las oraciones del <i>Degollado</i>, -á quien solía echar una moneda. La Dominica -conservaba la habitación siempre limpia, pero no -podía luchar con la polilla que corroía sus viejos -muebles, ni con el olor á rancio que exhalaban los -volúmenes alineados en los estantes.</p> - -<p>En vida de Chirino uno de los muebles más curiosos -de su despacho era un gran reloj, que cuando -murió el canónigo pasó al taller de Damián. Este -reloj de pared tenía música y varias figuras que aparecían -al dar las horas. En el péndulo, Caronte se<span class="pagenum"><a name="Page_78" id="Page_78">[78]</a></span> -agitaba en su barca, y en la orla de bronce que rodeaba -la esfera, se leía: <i>Vulnerant omnes, ultima necat</i>. -Damián, el marido de la Dominica, había arreglado -el reloj y hecho que se movieran las figuras. Estas -eran un niño y una niña, un joven y una doncella -y un viejo y una vieja seguidos de la Muerte, representada -por un esqueleto con su sudario blanco y su -guadaña. Cuando desaparecían las edades de la vida -seguidas de la Muerte, se abría una ventana y aparecía -la Virgen. Al mismo tiempo que estas figuras -pasaban por delante de la esfera del reloj sonaba una -música melancólica de campanillas.</p> - -<p>Damián, que había visto el reloj parado, lo llevó á -su taller, lo desarmó, lo volvió á armar y consiguió -que marchase, que se moviesen los muñecos automáticos -y funcionase la sonería.</p> - -<p>Chirino le dijo que al morir él, le dejaría el reloj -como recuerdo, y, efectivamente, cuando desapareció -el canónigo, Damián se apoderó del reloj y lo -llevó al cuarto pequeño próximo al portal donde solía -trabajar.</p> - -<p>Damián se encontraba en aquel cuarto satisfecho; -el ataúd grande donde solía dormir la siesta, el armario -con los ataúdes pequeños, el cuervo, el gato -negro y el reloj; no podía pedir más. A no estar enterrado -de verdad no era fácil alcanzar un mayor -grado de perfección funeraria.</p> - -<p>Siempre que pasaba por delante del reloj del canónigo -Chirino, Damián lo contemplaba con entusias<span class="pagenum"><a name="Page_79" id="Page_79">[79]</a></span>mo. -Las guirnaldas de calaveras y tibias, entre flores, -su carácter macabro y la salida de la Muerte le entusiasmaban. -Se le antojaba una de las más bellas y geniales -ocurrencias que podía haber salido de la cabeza -de un hombre.</p> - -<p>Le habían dicho lo que significaba el letrero en -latín, y le parecía admirable. <i>Vulnerant omnes, ultima -necat</i>: Todas hieren; la última, mata.</p> - -<p>El constructor de ataúdes repetía la frase sonriendo, -con un tono de salmodia triste como un cartujo -el: Hermano, morir tenemos.</p> - -<p>Damián, y quizás también su cuervo, se extasiaban -pensando en la profundidad de aquella sentencia.</p> - -<hr class="tb" /> - -<p>Al llegar el penitenciario Sansirgue á ver la casa, -le parecieron las condiciones de la Dominica muy -buenas, y decidió quedarse allá, encargando á la guardiana -que quitara dos ó tres armarios para dejar más -espacio en el cuarto.</p> - -<p>Sansirgue examinó los libros de Chirino, vió -muchos volúmenes de Historia, Cánones y Teología, -que no le interesaban, y tomos de colección de sermones -de predicadores célebres.</p> - -<p>Estos libros estaban señalados y anotados, así que -era muy fácil y cómodo consultarlos.</p> - -<p>Siguiendo las indicaciones del penitenciario, que -hizo una selección rápida, se quitaron tres cuerpos -del armario, y se llevaron los libros en cestos á un -cuarto interior.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_80" id="Page_80">[80]</a></span> -Hecho el traslado pedido, Sansirgue se instaló en -la casa. Por diez reales al día la guardiana le daba -la comida, la ropa y el fuego en el invierno. El penitenciario -comería aparte de la familia, en la sala, y -los domingos tendría un plato extraordinario.</p> - -<p>Segundito, un sobrino de Ginés, estudiante de -cura, serviría al canónigo de paje para llevar cartas -y hacer los recados.</p> - -<hr class="chap" /> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_81" id="Page_81"></a></span></p> - - - - -<h3 id="I_VI">VI.<br /> -DON VÍCTOR</h3> - - -<p>Además de Ginés el pertiguero, de la Dominica -y de su marido, el constructor de ataúdes y relojero, -vivía en la casa el cura amigo de Miguel Torralba. -Este cura, sobrino de la mujer de Ginés, se llamaba -D. Víctor, y era capellán de un convento de monjas.</p> - -<p>Don Víctor, á pesar de ser estudioso y listo, no -había prosperado, quizás por falta de simpatía, quizás -sencillamente por mala suerte.</p> - -<p>Era D. Víctor hombre pequeño, moreno, muy -vivo de movimientos y de ademanes.</p> - -<p>Había estado algún tiempo en Madrid, hecho un -viaje á Roma, y durante algún tiempo había sido secretario -del obispo de Plasencia.</p> - -<p>Era el capellán hombre inteligente, trabajador, -austero, á quien la injusticia había hecho quisquilloso. -Se había encontrado siempre postergado, humillado, -y en la lucha por la vida, adquirió una actitud -de agresividad, más ó menos velada, poco simpática á<span class="pagenum"><a name="Page_82" id="Page_82">[82]</a></span> -sus superiores. Ya en su época de estudiante se -distinguió por sus protestas contra sus profesores, -imbéciles; luego tuvo que servir y obedecer á obispos -orgullosos é ignorantes que trataban á los individuos -del bajo clero como á criados.</p> - -<p>Quizás en ocasiones consideró sus votos sacerdotales -como grillos, como eslabones de una cadena que -le herían; pero aun así amaba la cadena martirizadora.</p> - -<p>El catolicismo, como todas las sectas cristianas, es -en el fondo la escuela de la humillación. Su plan último -consiste en quebrantar la individualidad. Su -ideal, hacer del hombre <i>perinde ac cadaver</i>.</p> - -<p>Para el catolicismo la salud es soberbia, la confianza -en sí mismo orgullo, el valor jactancia, todas -las virtudes nobles son despreciadas y afeadas; en -cambio, las miserias tristes se explican, se justifican y -se alaban: el pecador humilde, el miserable humilde, -el crapuloso humilde, el imbécil humilde siempre tienen -su defensa y hasta su apología.</p> - -<p>Esta táctica de humillación, unida al espionaje, al -servilismo y á la pedantería, ha sido la seguida siempre -en los seminarios: la táctica de la Compañía de -Jesús cuando al hombre de valer de su sociedad ha -antepuesto un estólido cualquiera para mortificar la -soberbia del primero.</p> - -<p>Don Víctor notó en el seminario y fuera del seminario -la antipatía que producía.</p> - -<p>—¿Cómo?—pensaban sus superiores. ¿Este hombre -de clase humilde, cree que sabe latín? ¿que sabe<span class="pagenum"><a name="Page_83" id="Page_83">[83]</a></span> -teología? ¿que es capaz de predicar elocuentemente? -Arrinconémosle. Que aprenda á tener humildad.</p> - -<p>Aprender á tener humildad, quiere decir: aprender -á estar descontento, á ser miserable, á ser vil.</p> - -<p>Este fondo de rencor que guarda el cristianismo á -todo lo noble, lo sereno, lo tranquilo, viene sin duda -de su tradición semítica, de los siglos en que vivió en -las leproserías y en los suburbios de Roma, en los -agujeros infectos donde se corrompían los parias y -los esclavos.</p> - -<p>Don Víctor, como hombre de cierta sensibilidad, -sufrió grandes choques en su carrera. En Madrid -tuvo que alternar con curas cortesanos que se burlaron -de él, de su pedantería y de sus latines.</p> - -<p>Don Víctor, al volver á Cuenca, hizo el descubrimiento -al ver á sus antiguos condiscípulos y compararse -con ellos, que él, como los demás, tenían los -mismos lugares comunes de expresión, los mismos -gestos y ademanes aprendidos en el seminario. Todos -imitaban, sin querer, á un profesor de teología y -casi decían las mismas frases en latín, y todos se ponían -las manos en el abdomen y daban palmaditas -una sobre otra.</p> - -<p>Don Víctor, al notarlo, hizo un gran esfuerzo para -cambiar sus frases de cajón y suprimir estos ademanes -que eran los bienes mostrencos obtenidos en el -seminario, y lo consiguió.</p> - -<p>Don Víctor, en Cuenca, apenas podía sostenerse -con el sueldo mísero que le daban las monjas y con<span class="pagenum"><a name="Page_84" id="Page_84">[84]</a></span> -el pequeño estipendio de la misa, y fué á vivir á casa -de la Dominica, que era algo pariente suya. Por -cinco reales la guardiana le tenía de huésped y el -cura vivía como si fuera de la familia.</p> - -<p>La Dominica oía las quejas de D. Víctor y le recomendaba -siempre que cediese á sus superiores; -pero D. Víctor se irritaba y echaba largos y pedantinos -discursos empedrados de latinajos: <i>Odi profanum -vulgo</i>, decía con frecuencia, y para elogiar su -pobreza repetía: <i>Omnia mecum porto</i> (llevo todos -mis bienes conmigo).</p> - -<p>Don Víctor era un temperamento batallador y -amigo de luchar.</p> - -<p>No tenía el espíritu filosófico y generalizador necesario -para ver las grandes injusticias sociales, pero -en cambio las pequeñas injusticias de detalle le herían -y le mortificaban.</p> - -<p>Lo sancionado por la fuerza de la costumbre, aunque -fuera una enormidad, siempre le parecía bien; -la transgresión nueva le indignaba.</p> - -<p>Don Víctor era atrevido y valiente. En un período -de guerra no hubiese tenido inconveniente en lanzarse -al monte.</p> - -<p>A pesar de haber sido laminado y destrozado por -la educación teocrática, D. Víctor era archiabsolutista -y teócrata; creía que la iglesia debía ser <i>Imperium -in imperio</i>, y que era ella la única encargada de -dirigir la vida de los hombres hasta en sus más pequeños -detalles.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_85" id="Page_85">[85]</a></span></p> - -<p>Don Víctor y Ginés se entendían bien. Discutían -y á veces se insultaban, porque Ginés se sentía bastante -anticlerical. Ginés le llamaba á D. Víctor curiato, -clericucho, y D. Víctor le decía chupacirios, -sacaperros, menos cuando le quería halagar, porque -entonces le llamaba <i>fortunate senex</i>, y algunos otros -elogios en latín.</p> - -<p>Don Víctor era hombre aficionado á paseos solitarios; -salía por la tarde á las afueras y volvía al anochecer -curioseando, mirando al fondo de las tiendas, -de las tabernas y de las botiguetas de las calles.</p> - -<hr class="chap" /> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_86" id="Page_86"></a> -<a name="Page_87" id="Page_87"></a></span></p> - - - - -<h3 id="I_VII">VII.<br /> -LA BIBLIOTECA DE CHIRINO</h3> - - -<p>El cuarto que la Dominica destinó á D. Víctor -en su casa fué un guardillón bajo de techo y lleno -de armarios, que tenía dos ventanas enrejadas abiertas -sobre el solar de la casa derruída, convertida en -huerto.</p> - -<p>Este camaranchón grande, la mitad sin cielo raso -y parte sin suelo, había sido el depósito de la biblioteca -del canónigo Chirino, el sitio donde éste almacenaba -sus libros. Había allí muchos volúmenes, probablemente -cuatro ó cinco mil, unos metidos en los -armarios, otros apilados en el suelo, todos llenos de -polvo.</p> - -<p>Don Víctor, al llegar á casa del pertiguero, conocía -los libros estudiados por él en su carrera, pero nada -más. El tener allí otros á mano le indujo á leerlos, -primero sin mucha gana, luego con gusto, después -con pasión, hasta hundirse en la biblioteca de Chirino -como un centauro en un bosque ó un tritón en las -olas de un mar antiguo.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_88" id="Page_88">[88]</a></span></p> - -<p>Tras de muchas investigaciones, D. Víctor encontró -el catálogo de la biblioteca del canónigo. En la -que había sido su habitación principal, la que luego -ocupó Sansirgue, tenía el difunto canónigo los libros -clásicos de un cura erudito; en el depósito, que habitaba -ahora D. Víctor, estaban los libros de historia, -de filosofía y de moral, algunos encuadernados -sin rótulo.</p> - -<p>Don Víctor comenzó por leer tratados de confesión, -obras de casuística de los Padres Escobar, Sánchez, -Molina, el Salmanticense y otros célebres teólogos -fundadores de la moral laxa de los jesuítas. Al hojear -estos libros le sorprendieron las notas de Chirino -contra los autores. También le asombró leer las -burlas que dedicaba á las Cartas del filósofo rancio -del padre Alvarado.</p> - -<p>¿Sería el canónigo Chirino, muerto casi en olor de -santidad, un hereje?</p> - -<p>Don Víctor se propuso averiguarlo y seguirle en -sus notas con el celo de un inquisidor.</p> - -<p>Al principio había considerado su cuarto como un -rincón, únicamente bueno para dormir; después comenzó -á encontrarlo un lugar admirable de esparcimiento, -mandó poner cristales á las rejas, que no tenían -más que maderas, y encargó al marido de la -Dominica una camilla para leer delante de la reja -con los pies calientes.</p> - -<p>Don Víctor metía el brasero debajo de la mesa y -se ponía á leer. Comenzó á mirar uno por uno los<span class="pagenum"><a name="Page_89" id="Page_89">[89]</a></span> -libros de la biblioteca, principalmente los anotados -por el canónigo.</p> - -<p>En casi todos ellos Chirino había puesto notas marginales, -casi siempre racionalistas y burlonas.</p> - -<p>El canónigo se valía de ingeniosos anagramas para -despistar á cualquiera en cuyas manos, por casualidad, -cayera uno de sus libros.</p> - -<p>La idea del anagrama vino á la mente de D. Víctor -al comprender qué escritor se ocultaba en las -notas de Chirino con el nombre de Viralteo.</p> - -<p>Al principio D. Víctor, que no conocía á los filósofos -racionalistas, supuso que Viralteo sería uno de -tantos, después miró este nombre en el Teatro -Crítico de Feijóo, y no lo encontró. Pensando en Viralteo, -vió que podía descomponerse en: <i>¡O alte vir!</i> -(¡oh alto varón!).</p> - -<p>Estuvo pensando quién podría ser este alto varón, -hasta que comprendió era el anagrama de Voltaire. -Vió también que E. Moras era Erasmo, y que así -estaban disfrazados muchos nombres.</p> - -<p>Hallados unos, supuso que toda palabra sin -sentido claro que el canónigo ponía en sus notas -marginales había que descomponerla, buscarle un -significado esotérico y así encontró los anagramas de -la Religión, Dios, clero, etc., empleados por Chirino. -Muchas veces para indicarlos no ponía más que la -inicial.</p> - -<p>Las notas del canónigo Chirino sorprendían á -D. Víctor. ¡Qué curiosidad la de aquel hombre! Fi<span class="pagenum"><a name="Page_90" id="Page_90">[90]</a></span>losofía, -matemáticas, ciencias naturales, viajes, todo -lo había leído en su rincón y todo lo había comprendido.</p> - -<p>Para D. Víctor, el canónigo Chirino era un amigo -y un enemigo.</p> - -<p>—¡Ah, canalla!—exclamaba.—¡Cómo te ocultas! -¡Cómo te defiendes!</p> - -<p>El canónigo Chirino hacía juegos malabares en -sus notas. Muchas veces interrumpía un pensamiento -puesto al margen de una página y lo seguía en otra.</p> - -<p>Don Víctor comprendía la eficacia de la inquisición -para ahogar este sentido de crítica y de duda.</p> - -<p>Chirino era uno de esos espíritus agudos, inquietos, -vulnerantes, educados en las marrullerías de los -casuístas, por los que tenía un odio y un desprecio -terribles.</p> - -<p>Varias veces D. Víctor encontraba referencias á -libros que no se hallaban en la biblioteca con la indicación -de la página.</p> - -<p>Por las notas del canónigo esto parecía indicar -que se encontraban allí y que los había consultado; -sin embargo, D. Víctor no daba con ellos.</p> - -<p>Don Víctor hizo una nueva requisa y no encontró -nada, hasta que por casualidad, empujando una tabla -del fondo de un armario, ésta corrió un poco. Don -Víctor agrandó la abertura y apareció una alacena -formada en el hueco de la pared y llena de libros.</p> - -<p>Estaban allí las obras de Spinoza, el <i>Entendimiento -Humano</i>, de Locke; el <i>Diccionario filosófico</i>,<span class="pagenum"><a name="Page_91" id="Page_91">[91]</a></span> -de Voltaire; las <i>Cartas provinciales</i>, de Pascal; <i>El -Espíritu del Clero</i> y <i>La impostura Sacerdotal</i>, del -barón de Holbach; <i>Los Coloquios</i> y el <i>Elogio de la -Locura</i> de Erasmo; el <i>Espíritu</i>, de Helvetius; la -<i>Historia natural del alma</i>, de La Mettrie; el <i>Diccionario -Crítico-burlesco</i>, de Gallardo, y otras obras -francamente antirreligiosas.</p> - -<p>En esta alacena había también una colección de -folletos y periódicos franceses y españoles liberales -y varios números del <i>Amigo del Pueblo</i>, de Marat.</p> - -<p>En las notas de estos libros escondidos, el canónigo -Chirino aparecía ya claramente como un incrédulo -simpatizador de los enemigos de la Iglesia: espíritu -satírico y zumbón que no respetaba nada.</p> - -<p>Don Víctor ante esta colección de libros prohibidos -por la Iglesia vaciló en leerlos; pero decidido -se lanzó á ellos.</p> - -<p>Para D. Víctor tuvieron aquellas obras el gran encanto -de ser fruta prohibida.</p> - -<p>La impresión que le produjo la lectura del <i>Diccionario -filosófico</i>, de Voltaire, fué imborrable. La -proximidad que tenían para Voltaire las controversias -religiosas hacía que D. Víctor leyera la obra -como un escrito del día.</p> - -<p>Aquella anécdota que cuenta tan graciosamente -Voltaire, en la que Pico de la Mirandola dice al -propio Papa Alejandro VI que cree que su Santidad -no es cristiano, y el Papa reconoce de buen -grado lo que dice Pico, le dejó atónito.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_92" id="Page_92">[92]</a></span></p> - -<p>A pesar de que D. Víctor comprendía la sagacidad, -la erudición y el buen sentido de Voltaire, no -quería seguirle, y le indignaba como una cosa personal, -como una injuria hecha á la familia, la veneración -del canónigo Chirino por él. Chirino acompañaba -al patriarca de Ferney en sus notas marginales -con una unción, con un respeto que irritaban á don -Víctor. Apenas se atrevía á indicar una inexactitud -y á señalar algún ligero olvido de su ídolo.</p> - -<p>—Lo que no concede á los doctores de la Iglesia, -lo concede á Voltaire—decía amargamente don -Víctor.</p> - -<p>Y esto le molestaba más que como una herejía, -como una traición al espíritu de cuerpo, tan fuerte en -los curas.</p> - -<hr class="chap" /> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_93" id="Page_93"></a></span></p> - - - - -<h3 id="I_VIII">VIII.<br /> -SU MAJESTAD EL ODIO</h3> - - -<p>El nuevo penitenciario, D. Juan Sansirgue, se estableció -á sus anchas en casa de Ginés Diente el -pertiguero. Pronto se vió no era de la raza de los -hombres como el canónigo Chirino, aficionados á la -lectura y á la soledad.</p> - -<p>Sansirgue pasaba poco tiempo leyendo en su despacho; -comía mucho, bebía bien, escribía con frecuencia -largas cartas y á todas horas se le veía entrar y -salir en el palacio del obispo.</p> - -<p>Sansirgue no tenía la amabilidad de Chirino ni la -llaneza de Rizo. No se paraba un momento en el taller -de Damián, ni acariciaba á los chicos en la calle, -ni quiso dar una limosna al <i>Degollado</i>, que se pasó -varias horas por la tarde cantando oraciones á la -puerta. Sansirgue ahuyentó de su cuarto al espíritu -familiar de la casa, al infernal Astaroth, con su traje -negro y sus ojos de oro.</p> - -<p>Sansirgue no quiso tampoco tener intimidad con<span class="pagenum"><a name="Page_94" id="Page_94">[94]</a></span> -familia del pertiguero. Supo que en casa de la Dominica -había un capellán de un convento de monjas -de huésped; pero no le dió importancia ni pensó -en conocerle, ni menos en convidarle alguna vez á su -mesa.</p> - -<p>Don Víctor no le perdonó el desvío, y desde aquel -momento comenzó á sentir por el penitenciario uno -de esos odios clericales profundos y contenidos.</p> - -<p>Don Juan y D. Víctor tenían que sentirse hostiles. -D. Juan, hombre de suerte, al mes de estar en -Cuenca entraba en todas partes, tenía influencia, era -de los familiares del obispo y subía como la espuma; -en cambio, D. Víctor parecía la representación -de la desdicha.</p> - -<p>Una de las cosas que indudablemente se refleja -mejor en el rostro es el éxito ó el fracaso.</p> - -<p>La fisonomía del penitenciario tomaba una expresión -de contento y de triunfo á medida que adquiría -importancia; en cambio, la del capellán de monjas era -un puro vinagre. Su nariz iba adquiriendo el aspecto -de un pico, y su color verdinegro se hacía cada vez -más obscuro y bilioso.</p> - -<p>Don Víctor, que columbraba desde una de las rejas -de su cuarto la habitación de Sansirgue, comenzó -á espiarle. Le veía pasear, escribir cartas, fumar -sentado en la butaca. Si el penitenciario predicaba, -sabía de dónde había tomado las frases de su -último sermón, las citas que había equivocado y los -errores de concepto que había vertido. Sabía, ade<span class="pagenum"><a name="Page_95" id="Page_95">[95]</a></span>más, -quién le visitaba y lo que hacía hora por hora. -Sansirgue era muy visitado y consultado.</p> - -<p>El penitenciario era un hombre caído con buen -pie en la ciudad. En su confesonario las señoras hacían -cola para confesarse con él; en el púlpito había -tenido gran éxito. Se le consideraba como orador de -fuerza. Era de los predicadores que gritan y apostrofan, -y que son los más admirados. El público de -los sermones no acepta más que el sermón almibarado -ó el colérico, y, generalmente, éste le gusta más.</p> - -<p>Sansirgue extremaba su nota colérica; era de los -declamadores dionisíacos, insultaba, amenazaba, -arrastraba por el fango á sus oyentes, sobre todo á las -mujeres, para quienes manifestaba su mayor desprecio.</p> - -<p>La figura tosca y plebeya de aquel hombre, sus -gritos, sus apelaciones á la cólera divina entusiasmaban. -Cuando golpeaba el púlpito con sus manos de -patán y pintaba los horrores del infierno, las mujeres -suspiraban y se oían lamentos y quejidos ahogados -en el ámbito de la catedral.</p> - -<p>Este sentido de esclavitud, propio de la mujer y -más de la mujer católica, hizo que las señoras de -Cuenca se entusiasmasen y se acercasen con admiración -á aquel ensoberbecido patán.</p> - -<p>Uno de los sitios donde fué presentado y recibido -con entusiasmo Sansirgue fué en casa de Doña Cándida, -la madrastra de Asunción.</p> - -<p>El penitenciario, al conocer aquella mujer, vió<span class="pagenum"><a name="Page_96" id="Page_96">[96]</a></span> -pronto su flaco. Poseía Sansirgue esa sagacidad que -los hombres de iglesia, y sobre todo los jesuítas, han -desarrollado en la práctica del confesonario; tenía -también la mala opinión que los curas tienen casi -siempre de las mujeres, opinión que según los bromistas -proviene de la comunidad de faldas.</p> - -<p>La intimidad entre Doña Cándida y Sansirgue -fué haciéndose mayor; el penitenciario tomó la costumbre -de ir á la casa de la Sirena todos los días por -las mañanas y después al anochecer, y por la puerta -del callejón, para que no le viesen.</p> - -<p>No era seguramente raro ni extraño en un pueblo -de clerecía el que un cura visitara á una señora rica, -ni aun siquiera que la galantease; lo que sí pareció -extraordinario fué que inmediatamente se comenzara -á murmurar y á contar mil cuentos en todo el pueblo -de las relaciones entre Doña Cándida y el canónigo.</p> - -<p>La causa de una expansión tan rápida de la maledicencia -se debió á una vecina y antigua amiga de -la Cándida, que tenía una confitería frente por frente -de la casa de la Sirena.</p> - -<p>La confitera había prestado al abuelo de Asunción, -D. Diego Cañizares, por dos veces, cinco mil -pesetas en hipoteca sobre la casa de la Sirena en -pacto de retroventa, y ya la miraba como suya.</p> - -<p>El tener la hermosa casa de piedra sillería delante -había dado á la confitera una gran ambición de -poseerla. Había hecho sus proyectos de trasladar su -establecimiento á casa de la Sirena, ensanchar el ta<span class="pagenum"><a name="Page_97" id="Page_97">[97]</a></span>ller -y alquilar los pisos altos. Este plan, acariciado -días y noches con tenacidad en la calma de la -vida provinciana, se frustró y se desvaneció al casar -D. Diego á su hijo con la Cándida.</p> - -<p>El <i>Zamarro</i> proporcionó el dinero necesario para -levantar la hipoteca, y su hija se quedó á vivir en -casa de la Sirena.</p> - -<p>Desde entonces la confitera dedicó á su antigua -amiga el más profundo odio; consideraba que le había -robado la casa. De la rabia, enflaqueció, palideció, -quedó hecha un espectro.</p> - -<p>La confitera comenzó á tratar á su marido, que era -un pobre calzonazos, alto y triste, á puntapiés.</p> - -<p>Por envidia y por celos, día y noche se puso á -espiar á la Cándida desde el fondo de la tienda y -desde las ventanas de su primer piso. La veía vestirse, -peinarse, adornarse; aquilataba los detalles más -pequeños de la indumentaria y del tocado. La Cándida -no sospechaba que en la casa de enfrente latiera -un odio tan profundo contra ella.</p> - -<p>En estos pueblos tranquilos, donde pasan pocas -cosas ó no pasa nada, fermenta el odio y la envidia -con una enorme virulencia.</p> - -<p>En la vida de las ciudades y de los pueblos pequeños -apenas se da un caso de amor fuera de inclinación -sexual; en cambio el odio inmotivado crece -con una lozanía extraordinaria.</p> - -<p>El ingenuo que descubre este fondo de odio se -pregunta: ¿Qué motivo puede haber para ello? Nin<span class="pagenum"><a name="Page_98" id="Page_98">[98]</a></span>guno. -El motivo de existir otros hombres y otras mujeres -es suficiente.</p> - -<p>Es curioso cómo se odia en los pueblos, y cómo, -debajo de la farsa cristiana de la caridad y del amor -al prójimo, aparece de la manera más descarnada y -terrible la envidia y el odio. Probablemente, sólo la -vanidad y el deseo de lucir pueden mitigar este odio -nacido del fondo del hombre.</p> - -<p>La exaltación de las pasiones sociales es, sin duda, -lo único que ha de moderar el egoísmo.</p> - -<p>La mayor posibilidad de que el rico propietario -sea un tanto humano es que se sienta vanidoso. Así, -si tiene hermosos caballos, querrá que los vean los -demás; si posee un bello parque, hará que la gente -lo pueda contemplar; en cambio, el buen rico, cristiano, -modesto y no vanidoso, cerrará su huerto con -una alta tapia, y además la erizará de pedazos de -cristal.</p> - -<p>Hay que reconocer que esta predicación cristiana, -con su palabrería mística, al cabo de veinte siglos -no ha conseguido no ya que los hombres se amen -un poco los unos á los otros, sino ni siquiera que esos -pobres ricos cristianos no pongan unos agudos pinchos -y unos hermosos cristales en las tapias de sus -propiedades para desgarrar las manos de los rateros -y de los vagabundos que intenten coger una fruta.</p> - -<p>En los pueblos donde no hay apenas pasiones sociales -el odio y la envidia predominan.</p> - -<p>Si se pudiera recoger la oleada de rabia y de ren<span class="pagenum"><a name="Page_99" id="Page_99">[99]</a></span>cor -contenida en una aldea ó en una ciudad pequeña, -se quedaría uno asombrado. En las grandes ciudades -hay, sin duda, más vicios, más irregularidades y anomalías; -pero tanta cantidad de odio, tanta virulencia, -imposible...</p> - -<p>Las dos personas que olfatearon al momento la -intimidad de la Cándida y Sansirgue fueron las dos -personas que más les odiaban: la confitera y don -Víctor.</p> - -<p>La confitera contó á todo el mundo lo que había -visto: las entradas en la casa, á escondidas, de Sansirgue; -las cartas que se cruzaban entre la viuda y el -canónigo, las golosinas, y sobre todo, la cantidad de -anisete y de licores que llevaba Adela, la doncella, -para su ama.</p> - -<p>La confitera propaló la voz de que Doña Cándida -era aficionada al vino y á los licores. Una semana después, -todo el mundo en Cuenca llamaba á la Cándida -la <i>Canóniga</i>, decía que era borracha y que estaba -enredada con el penitenciario.</p> - -<p>Años antes había habido una obispa; luego, una -capuchina; después, una vicaria, y por último, una -canóniga.</p> - -<p>Para pueblo de clerecía, no era mucho.</p> - -<hr class="chap" /> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_100" id="Page_100"></a> -<a name="Page_101" id="Page_101"></a></span></p> - - - - -<h3 id="I_IX">IX.<br /> -UN ROMANCE ANÓNIMO</h3> - - -<p>Desde que Miguelito cambió de vida y formalizó -sus relaciones con Asunción iba con mucha frecuencia -á ver al cura D. Víctor y á charlar con él.</p> - -<p>Los amigos del ex calavera lo habían abandonado, -y tomaron como cabeza del grupo al capitán Lozano, -un jugador empedernido, borracho, alegre é inconsciente.</p> - -<p>El escudero Garcés vagaba por Cuenca, como -alma en pena, sin saber qué hacer, y cuando estaba -muy apurado pedía á su antiguo amo un par de pesetas -para ir pasando.</p> - -<p>Don Miguelito y D. Víctor hablaron varias veces -de lo que se empezaba á murmurar de la Cándida y -del penitenciario.</p> - -<p>Miguelito se alarmaba pensando en su novia, colocada -entre el odio de la madrastra y de la abuela. -Suponía que cualquier día Doña Gertrudis iba á provocar -un escándalo á la <i>Canóniga</i>.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_102" id="Page_102">[102]</a></span></p> - -<p>Don Víctor se dedicó á espiar á Sansirgue. Lo -consideraba peligroso.</p> - -<p>Desde su cuarto podía oírle, y desde la reja verle -á través del patio.</p> - -<p>Conocía los hábitos del canónigo.</p> - -<p>—<i>Latet anguis in herba</i>—decía D. Víctor, y pensaba -que aquella serpiente escondida entre la hierba -había de hacer algún daño y producir grandes males.</p> - -<p>Un día D. Miguelito contó á su amigo D. Víctor -que doña Gertrudis había tenido al fin una explicación -borrascosa con la Cándida.</p> - -<p>En su disputa se dijeron las dos cosas muy duras. -D. Víctor, en parte por mala intención, y también -por favorecer á su amigo, escribió un romance, del -que pensó hacer tres copias, y mandarlas una á la -Cándida, otra al obispo y otra á Sansirgue. El romance -se llamaba <i>A la Canóniga</i>, y empezaba así:</p> - -<div class="poetry-container"> -<div class="poetry"><div class="stanza"> -<div class="line i1">En un caserón vetusto</div> -<div class="line">más alto que la Mangana,</div> -<div class="line">más negro que un solideo</div> -<div class="line">y un escudo en la fachada</div> -<div class="line">con un sol, una sirena,</div> -<div class="line">dos dardos y una granada,</div> -<div class="line">una vieja pergamino,</div> -<div class="line">siete lustros en cada anca,</div> -<div class="line">echando lumbre los ojos</div> -<div class="line">y temblándole la barba,</div> -<div class="line">á su zamarresca nuera</div> -<div class="line">enderezó esta soflama:</div> -<div class="line">"Nunca fueron tradiciones</div> -<div class="line"><span class="pagenum"><a name="Page_103" id="Page_103">[103]</a></span>de las fembras de mi casa</div> -<div class="line">servir en la clerecía</div> -<div class="line">á tenor de barraganas.</div> -<div class="line">Nunca doncellas ni viudas,</div> -<div class="line">ni casadas, sin ser santas,</div> -<div class="line">fueron <i>viribus et armis</i></div> -<div class="line">sin gracia canonizadas.</div> -<div class="line">Non son los limpios blasones</div> -<div class="line">de vieja estirpe <i>fidalga</i></div> -<div class="line">el contar en ella obispas,</div> -<div class="line">canónigas ni vicarias".</div> -</div></div></div> - - - -<p>Después de largas insinuaciones malévolas, en que -aparecían D. Juan y la <i>Canóniga</i>, concluía diciendo -la vieja á su nuera en el romance del cura:</p> - -<div class="poetry-container"> -<div class="poetry"><div class="stanza"> -<div class="line i1">"Marchad, señora canóniga,</div> -<div class="line">al cabildo ó á la tasca,</div> -<div class="line">que si no os marcháis aína</div> -<div class="line">yo os echaré noramala".</div> -</div></div></div> - -<p>Terminado y corregido el borrador, D. Víctor hizo -las tres copias, desfigurando la letra, las escribió en -trozos de papel antiguo, y las envió al obispo, á la -Cándida y al penitenciario.</p> - -<p>Al día siguiente se puso á estudiar el efecto.</p> - -<p>El canónigo volvió de la catedral tarde; estaba -preocupado. Después de comer no salió de casa, y -anduvo paseando arriba y abajo por el cuarto.</p> - -<p>Sansirgue, al leer el romance, quedó al principio -atónito; después se puso á cavilar quién podía ser -el autor de estos versos.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_104" id="Page_104">[104]</a></span></p> - -<p>Su instinto le decía que aquel papel provenía de -algún clérigo. ¿Pero de quién? No tenía ningún enemigo, -no conocía tampoco á nadie aficionado á satirizar -en verso á la gente. El que había escrito aquéllos -había, sin duda, leído é imitado los romances de -Quevedo.</p> - -<p>El autor de <i>A la Canóniga</i> demostraba una malevolencia -grande, cierta facilidad de pluma que no tenían -sus colegas, y un desprecio por el clero poco -natural.</p> - -<p>Por exclusión, vino á creer Sansirgue que el autor -del romance era Miguelito Torralba. No podía comprender -una imprudencia así en D. Miguelito. Sin -embargo, no encontraba otro á quien achacar la culpa. -Miguel había escrito antes <i>Las Comadres de -Cuenca</i> en el mismo estilo; él, sin duda, era el autor -de los versos <i>A la Canóniga</i>.</p> - -<p>Sansirgue quedó preocupado y asustado. Al mismo -tiempo sintió un feroz instinto de vengarse.</p> - -<p>Se veía cazado como un conejo; comprendía que -había dado un mal paso, que su carrera podía truncarse. -Como buen plebeyo ansioso de una posición -elevada, temblaba pensando en la opinión ajena, y -este miedo le excitaba más la furia vengativa.</p> - -<p>¡Ah! ¡Si hubiera conocido al autor! ¡Se hubiera -lanzado á él á deshacerlo, á pulverizarlo! D. Juan -supo que la Cándida había recibido un papel igual, -y Portillo el secretario del obispo, amigo de Sansirgue, -le entregó, sonriendo con cierta sorna, otro.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_105" id="Page_105">[105]</a></span></p> - -<p>El penitenciario estuvo ocho días inquieto, entregado -al miedo, á la desesperación y á la ira. D. Víctor -le oía pasear arriba y abajo, como un lobo en la -jaula.</p> - -<p>Sansirgue dejó de ir á casa de la viuda: temía mucho -que ésta hiciese alguna tontería comprometedora; -pero la Cándida discurría como mujer, y como -mujer solicitada y guapetona; y al ver que el canónigo -la abandonaba aceptó los homenajes del capitán -Lozano, el jefe de los calaveras del pueblo, -y sustituto en este transcendental puesto de D. Miguelito.</p> - -<p>Sansirgue, que no tenía afecto ninguno por la -viuda, se alegró.</p> - -<p>—La viuda se entiende con el capitán—le dijo -Portillo á Sansirgue, unos días después—. Aproveche -usted esta conyuntura. Escríbala usted, hágase usted -antipático á ella, y luego visítela usted.</p> - -<p>Sansirgue escribió un anónimo á la Cándida, acusándose -á sí mismo de que hablaba mal de ella.</p> - -<p>A los pocos días la hizo una visita. La Cándida -le recibió muy mal y Sansirgue salió cariacontecido. -En varios sitios manifestó hipócritamente su tristeza -al ver que no había podido llevar por buen camino -á la viuda, y mucha gente lo creyó.</p> - -<hr class="chap" /> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_106" id="Page_106"></a> -<a name="Page_107" id="Page_107"></a></span></p> - - - - -<h3 id="I_X">X.<br /> -LA JUNTA REALISTA</h3> - - -<p>Cuando en 1822 se fué viendo en España el fracaso -y la debilidad del Gobierno Constitucional, -comenzaron á formarse juntas absolutistas en casi -todas las capitales de provincia.</p> - -<p>En Cuenca se constituyó la Junta Realista en el -obispado. El obispo, un viejo raído y rapaz, puso -la diócesis á contribución; recibió dinero de la provincia -y de fuera, y guardando parte, entregó cincuenta -mil reales para los primeros trabajos de los -realistas puros.</p> - -<p>El secretario Portillo comenzó la organización de -la Junta, de la que formaron parte los canónigos Salazar, -Gamboa, Perdiguero, Sansirgue, Trúpita y Sagredo.</p> - -<p>Todo el clero y las personas visibles de la ciudad -se adhirieron á la Junta.</p> - -<p>La ciudad alta, en bloque, se manifestó absolutista -y enemiga del Gobierno; en el arrabal se experi<span class="pagenum"><a name="Page_108" id="Page_108">[108]</a></span>mentó -cierta agitación entre los constitucionales que -se desvaneció en figuras retóricas de la época.</p> - -<p>Como el obispado y el clero temían la responsabilidad, -en caso de fracaso, la Junta delegó sus poderes -en tres representantes ó testaferros que se pondrían -en comunicación con la gente.</p> - -<p>Después de muchas vacilaciones fueron nombrados: -el Chantre, brazo de Portillo, para entenderse -con el clero; D. Miguelito, para avistarse con el elemento -civil, y el capitán Lozano, para el militar.</p> - -<p>Esta comisión comenzó á funcionar y á reunirse -en una casa antigua medio arruinada de la calle de -los Canónigos, en cuya puerta, en el dintel, se leía -una hermosa inscripción en letra gótica. Esta casa -había pertenecido al Arcipreste de Moya.</p> - -<p>La comisión terminó sus gestiones rápidamente; y -en la segunda sesión de la Junta Realista, celebrada -en el obispado, cada uno de los delegados explicó -sus trabajos.</p> - -<p>El Chantre dijo que había recibido más de quinientas -cartas de curas de pueblo dispuestos á lanzarse -al campo, formando partidas. Aun pensaba -que llegarían á más las adhesiones.</p> - -<p>El obispo prometió dar otros cincuenta mil reales -para que se compraran armas, y que además, dirigiría -una pastoral comunicada á los curas de la diócesis.</p> - -<p>Después del Chantre, D. Miguelito explicó su -gestión. Excepto el jefe político, todos los demás<span class="pagenum"><a name="Page_109" id="Page_109">[109]</a></span> -empleados estaban dispuestos á derribar el Régimen -constitucional.</p> - -<p>—Las condiciones que ponen son éstas—señaló -Miguel—: El contador de la policía quiere ser ascendido -á comisario ordenador; el Cachorro, Salinier y -Alaminos dicen que fiarán el dinero necesario si se -les nombra después intendentes de ejército; José -Auzá aspira á ser contador de la policía; el armero de -la Ventilla, el <i>Zagal</i>, dice que proporcionará armas -á los voluntarios si le conceden el retiro de sargento -á que tiene derecho; los demás empleados y paisanos -adheridos están en esta lista cada cual con sus condiciones.</p> - -<p>Después de D. Miguelito habló el capitán Lozano. -Este no había tenido dificultades: la guarnición -se hallaba dispuesta á pasarse al campo realista -desde el momento que hubiese garantías de éxito. -Las condiciones eran: el coronel sería ascendido á -general; los dos comandantes del batallón, á jefes de -brigada; los capitanes Lozano, Arias y Vela, á comandantes; -los tenientes, á capitanes, y los sargentos, -á oficiales.</p> - -<p>Aprobados en la Junta los trabajos de los delegados, -siguieron éstos maniobrando; el pueblo lo tenían -por suyo: los dos secretarios de policía y los tres celadores -obedecían á la Junta Realista más que al -jefe político.</p> - -<p>El pueblo entero estaba preparado para levantarse -contra el Gobierno á la primera señal.</p> - -<hr class="chap" /> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_110" id="Page_110"></a> -<a name="Page_111" id="Page_111"></a></span></p> - - - - -<h3 id="I_XI">XI.<br /> -UN SERMÓN DE SANSIRGUE</h3> - - -<p>Siendo éste el espíritu de las personalidades de -Cuenca, no era de extrañar que la plebe fanática y -brutal se encontrase soliviantada.</p> - -<p>Al saberse la expedición de Bessieres y de los -demás cabecillas realistas hacia el centro de España, -la gente se alborotó.</p> - -<p>Contribuía á ello la época, que era de Cuaresma, -y la cruzada que los curas, y sobre todo los frailes, -hacían desde los púlpitos y confesonarios.</p> - -<p>Era una oratoria de energúmenos la que utilizaban -los frailes en sus sermones: gritos, pasmos, insultos, -chocarrerías, absurdos, todo se consideraba como -buen medio para atacar el liberalismo y la Constitución.</p> - -<p>Cuál sería el sistema de predicación frailuna, que -los curas más fanáticos quedaban como tibios y poco -fervorosos en la defensa de las prerrogativas del trono -y del altar.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_112" id="Page_112">[112]</a></span></p> - -<p>El secretario Portillo, que no encontraba bien que -el clero secular fuese así oscurecido por el regular, -encargó al canónigo magistral Gamboa pronunciara -un sermón enérgico. El magistral quiso hacerlo; pero -le faltaban medios oratorios: tenía la voz seca, el -ademán frío, y el público no se entusiasmó con su -oración.</p> - -<p>Entonces Portillo encargó á Sansirgue otro sermón, -recomendándole diera la nota aguda.</p> - -<p>—Aunque se comprometa usted un poco no le -importe—dijo Portillo—. El Gobierno no se atreve -con nosotros.</p> - -<p>—No le tengo miedo.</p> - -<p>—Puede usted desmandarse impunemente. Hágalo -usted así como si las frases se le escaparan á usted -involuntariamente, <i>ex abundantia cordis</i>. Le conviene -esto. Con la alocución la gente olvidará las hablillas -de las que doña Cándida y usted han sido -víctimas.</p> - -<p>Esta palabra víctimas, el secretario del obispo la -recalcó con cierta ironía.</p> - -<p>Sansirgue aceptó el pensamiento de Portillo y se -puso á preparar su plática, tomando párrafos de aquí -y de allí, en la colección de sermones que guardaba -Chirino. Escribió el comienzo y el final de su discurso -y se los aprendió de memoria.</p> - -<p>El secretario hizo correr la voz por el pueblo de -que el sermón del penitenciario produciría gran efecto, -y el domingo el público llenó la catedral.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_113" id="Page_113">[113]</a></span></p> - -<p>Don Víctor fué de los que con más atención contempló -á su orgulloso compañero de hospedaje. Estaba -con Miguel y Luis Torralba cerca de una columna -de la nave central.</p> - -<p>Subió Sansirgue las escaleras del púlpito con un -aire de orgullo, de terquedad y de dominio.</p> - -<p>—Es un patán que va á trabajar al campo—dijo -D. Víctor—no el inspirado que se dispone á hablar -al pueblo desde la montaña.</p> - -<p>Comenzó su discurso Sansirgue con una voz ronca -y áspera que quería ser insinuante. No dominaba -bastante la técnica oratoria para redondear los períodos, -ni se valía con oportunidad de los silencios -estudiados y sabios, ni tenía ademanes sencillos; no -sabía hacer un sermón de orador artista, pero estuvo -relativamente bien.</p> - -<p>Rezó después, y al levantarse comenzó la segunda -parte del discurso. Se vió aquí que ya no repetía -lo aprendido de memoria, sino que improvisaba. Las -oraciones salían á veces cojas y defectuosas, las -repeticiones abundaban; pero la temperatura del sermón -subía y llenaba la nave de la catedral. La cólera -daba elocuencia y fuerza al penitenciario. Su -voz se había entonado, caldeado, y vibraba en el -ámbito de la iglesia como una trompeta guerrera.</p> - -<p>Dijo que los liberales eran ateos, sacrílegos, impíos, -vasos de todo crimen é impureza, dignos de -los mayores tormentos, serpientes venenosas, perros -sarnosos; que la Filosofía era la ciencia del mal, que<span class="pagenum"><a name="Page_114" id="Page_114">[114]</a></span> -con los impíos no se debía tener unión ni en el sepulcro.</p> - -<p>Pintó á los liberales como monstruos que se acercaban -traidora y cobardemente á atacar el trono y -el altar, y exhortó á los fieles á que salieran á la defensa -de los sacrosantos principios de la Religión y -de la Monarquía con todos los medios y con todas -las armas.</p> - -<p>Esta segunda parte de su oración la dijo Sansirgue -con una violencia extraordinaria, gritando y levantando -los brazos al cielo, dando puñetazos al borde -del púlpito. Parecía que quería clavar sus ideas -á golpes de martillo en la cabeza de los fieles.</p> - -<p>Sansirgue, después de esta hora de gritos é improperios, -sudaba y estaba sofocado. Su silueta fuerte -y sanguínea aparecía roja y congestionada en el púlpito.</p> - -<p>Concluída su catilinaria, el canónigo tuvo un largo -silencio y siguió de nuevo el sermón, ya con voz suave -y cansada; comentó la frase del padre Alvarado, -el filósofo rancio: "Más queremos errar con San Basilio -y San Agustín que acertar como Descartes y -Newton"; y afirmó que la verdad en boca de un filósofo -liberal es siempre el error y la impostura, y el -error en boca de un ministro del Señor puede ser la -verdad. Con esto y una invocación á la Virgen acabó -su discurso y bajó del púlpito.</p> - -<p>Don Víctor, á pesar de su enemistad, no pudo -menos de reconocer que el sermón de Sansirgue era<span class="pagenum"><a name="Page_115" id="Page_115">[115]</a></span> -el que se pedía en aquel momento. Todo el mundo -decía que el penitenciario había estado admirable; -los hombres se sentían entusiasmados y las viejas -encantadas.</p> - -<p>—Si alguien ahora recuerda lo de la <i>Canóniga</i> se -le tendrá por liberal—saltó Luis Torralba.</p> - -<p>—Ah, claro—dijo D. Víctor.</p> - -<p>—Es una bonita manera de discurrir—añadió -Luis—. Le dicen á uno: "Tu héroe es liberal, pero -es un ladrón y lo voy á probar." Es que tú eres -absolutista. "Tu héroe es absolutista, pero es un -bandido." Es que tú eres liberal.</p> - -<p>—Qué quieres—murmuró D. Víctor—. El pueblo -discurre así; tiene que ser amo ó esclavo, y si -alguien independiente se le pone en el camino á -decirle la verdad lo odia y lo desprecia.</p> - -<p>—La Iglesia en ese sentido debe ser también muy -pueblo—dijo Luis Torralba.</p> - -<p>Don Víctor refunfuñó y no replicó nada claro.</p> - -<hr class="chap" /> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_116" id="Page_116"></a> -<a name="Page_117" id="Page_117"></a></span></p> - - - - -<h3 id="I_XII">XII.<br /> -LA ALARMA DE BESSIERES</h3> - - -<p>Cuando Jorge Bessieres vió cerrado el camino de -Madrid y sus tropas dispersadas, decidió separarse -de los demás cabecillas y tomar, á poder ser, una importante -plaza fortificada. Cuenca era la que estaba -en mejores condiciones para un golpe de mano, y á -ella dirigió sus miras.</p> - -<p>Bessieres se enteró de que existía en Cuenca una -Junta realista, y la envió un oficio dándole cuenta de -sus planes.</p> - -<p>Este oficio lo recibieron el Chantre, Miguelito y -el capitán Lozano, y lo tomaron en consideración.</p> - -<p>Al mismo tiempo, O'Donnell oficiaba al jefe político -comunicándole la dirección que llevaba Bessieres, -y Aviraneta por orden del Empecinado enviaba -una carta al alcaide de comuneros de Cuenca, explicándole -con detalles la huída de Bessieres, de -Priego y de Huete, y advirtiéndole que llevaba pocas -fuerzas.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_118" id="Page_118">[118]</a></span></p> - -<p>Por tres conductos y á tres centros diferentes llegó -la noticia de la alarma de Bessieres.</p> - -<p>Los representantes de la Junta realista decidieron -mandar un aviso al cabecilla francés, indicándole que -al acercarse á Cuenca se avistarían con él y verían -la manera de que los realistas se apoderaran de la -ciudad.</p> - -<p>Pensaron en enviar un propio; pero Miguelito dijo -que era mejor se presentara él al general realista.</p> - -<p>Miguelito así lo hizo; inventó un pretexto para no -alarmar á la familia y á la novia, y de noche, á caballo, -escoltado por Garcés el <i>Sevillano</i>, que se había -vuelto á reunir con él, se presentó en el campamento -del francés.</p> - -<p>Bessieres le recibió muy amablemente; Bessieres -debió quedar bien impresionado del aire de seguridad -y de dominio de Miguelito, y le habló como á -un hombre que venía á proponerle una cosa importante.</p> - -<p>El advenedizo francés tenía simpatía por la gente -improvisada, y creyó encontrar en Torralba un buen -auxiliar, un hombre como él, sin prejuicios ni supersticiones -de moral.</p> - -<p>Bessieres le dijo á Miguelito que volviera á Cuenca -y le trajera un plan bien meditado para apoderarse -de la ciudad. Si lo conseguía, haría que inmediatamente -se le nombrara capitán y que al año fuera -comandante.</p> - -<p>Don Miguelito volvió entusiasmado á Cuenca y<span class="pagenum"><a name="Page_119" id="Page_119">[119]</a></span> -lleno de grandes esperanzas. Se reunió en seguida con -el Chantre y con el capitán Lozano, y entre los tres -comenzaron á hacer gestiones para madurar un plan. -Luis Torralba, al saberlo, desaprobó la actitud de -su hermano.</p> - -<p>—¿Has sido liberal y ahora por conveniencia vas -á tomar partido con los absolutistas? Me parece mal, -muy mal.</p> - -<p>Miguel quiso explicar su conducta; pero esto era -explicar lo inexplicable.</p> - -<p>El jefe político, al conocer la noticia de la aproximación -de Bessieres, llamó al comandante de la -plaza, y al decirle éste se redoblaría la vigilancia, se -tranquilizó.</p> - -<p>No se quedó tan tranquilo el alcaide de los comuneros, -á quien había escrito Aviraneta por orden del -Empecinado.</p> - -<p>El tal alcaide era al mismo tiempo jefe de la Milicia -nacional, y se llamaba Cepero, el ciudadano Cepero.</p> - -<p>El ciudadano Cepero no hubiera sido muy temible -para los absolutistas sino hubiera tenido un hijo -furioso jacobino.</p> - -<p>Cepero, padre, hombre ordenancista y poco inteligente, -suponía que las órdenes de la Confederación -de comuneros eran dictadas por grandes sabios.</p> - -<p>Cepero, padre, en el fondo hombre incapaz de -discurrir por su cuenta, creía lo que le decían. Tenía -un almacén de harinas en el arrabal, y era due<span class="pagenum"><a name="Page_120" id="Page_120">[120]</a></span>ño -de tierras, algunas procedentes de las ventas de -los bienes monacales.</p> - -<p>Cepero, hijo, era entonces un joven de unos veintitrés -años, sombrío y ambicioso. Hubiera querido -dominar el pueblo por el terror; pero no tenía medios -ni colaboradores, porque los demás liberales no pasaban -de ser pobre gente, entre la que había varios -que se habían hecho milicianos por envidia ó por utilidad.</p> - -<p>El ciudadano Cepero supo las noticias de la persecución -y fuga de Bessieres, desde Guadalajara, por -Sacedón y Priego, y que las huestes realistas se habían -dividido.</p> - -<p>Bessieres no llegaba á contar más que con unos -mil quinientos hombres. De acercarse con las fuerzas -reunidas de los cabecillas realistas, Cuenca, con su -guarnición y la milicia, no hubiera podido resistir; -pero con tan poca gente, la cosa variaba.</p> - -<p>—Creo que le haremos frente á Bessieres—dijo -Cepero solemnemente á su hijo.</p> - -<p>—¡Bah!—contestó éste—. ¿Usted cree que podemos -contar con la guarnición?</p> - -<p>—Yo, sí.</p> - -<p>—Pues está usted en un error.</p> - -<p>—¿Por qué?</p> - -<p>—Porque la guarnición de Cuenca está vendida -á los absolutistas.</p> - -<p>—¡Qué falsedad! ¡Qué calumnia!</p> - -<p>—Nada de eso. Realidad. El coronel, los dos<span class="pagenum"><a name="Page_121" id="Page_121">[121]</a></span> -comandantes, el capitán Lozano, el capitán Arias... -casi todas los oficiales están dentro de la conspiración; -dispuestos á levantarse contra el Régimen.</p> - -<p>Y Cepero, hijo, dió una porción de detalles que -demostraban los manejos realistas de los militares.</p> - -<p>Cepero, padre, temía á su hijo. Este le motejaba -siempre de tibio y de moderado.</p> - -<p>Cepero, padre, se agitó; fué á ver á los oficiales liberales -de la guarnición, reunió á la Milicia nacional -y alarmó al jefe político.</p> - -<hr class="chap" /> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_122" id="Page_122"></a> -<a name="Page_123" id="Page_123"></a></span></p> - - - - -<h3 id="I_XIII">XIII.<br /> -PROYECTOS</h3> - - -<p>Don Miguelito, después de tener una larga conferencia -con el Chantre y con el capitán Lozano, se -avistó con el comandante de la plaza, y entre los dos -discutieron varios proyectos para sorprender y apoderarse -de Cuenca. Por último quedaron de acuerdo.</p> - -<p>La entrada de los absolutistas se verificaría por la -puerta de San Juan, y de noche.</p> - -<p>El comandante mandaría á esta puerta al capitán -Lozano con una sección, y tendría la tropa avisada -para pronunciarse y prender á los oficiales, y desarmar -á los soldados de la milicia nacional.</p> - -<p>A las doce de la noche, Miguelito se presentaría -en la puerta de San Juan con un pelotón de soldados -de caballería de Bessieres; daría el santo, la seña -y la contraseña, y pasaría adentro. Un segundo pelotón -entraría después, y por último, toda la fuerza -realista.</p> - -<p>Aunque el plan era sencillo, había que combinar<span class="pagenum"><a name="Page_124" id="Page_124">[124]</a></span> -muchas cosas y atar varios cabos para ponerlo en -ejecución.</p> - -<p>Se decidió lo siguiente: á las diez de la noche se -encendería una luz en una ventana alta del palacio -del obispo, y otra, poco después, en la muralla, lo -que querría decir: "Todo está preparado".</p> - -<p>Miguelito, en compañía de Garcés, se apostaría -delante del convento de San Pablo.</p> - -<p>En el instante que vieran las dos señales, Garcés -iría á avisar al campamento de Bessieres, y vendría -con un escuadrón de lanceros. Dirigidos por Miguelito, -darían la vuelta al pueblo, pasarían el puente de -San Antón é irían á colocarse en la orilla derecha -del Júcar; luego cruzarían el río por el puente de los -Descalzos, volviendo de nuevo á la orilla izquierda, -y de aquí subirían, al paso, divididos en varios pelotones, -á la puerta de San Juan. Llamarían, y al preguntar -los de dentro: "¿Quién?", contestarían con -este santo y seña:</p> - -<p>—Daniel, Cuenca y Bessieres. <i>Debellare superbos.</i></p> - -<p>Esta frase de "debelar á los soberbios", en boca -de un hombre como Miguel, era un poco absurda.</p> - -<p>Dicho el santo y seña, entrarían y avisarían para -que pasaran las fuerzas de Bessieres. Se apoderarían -del cuartel de infantería, próximo á la puerta de San -Juan; desarmarían la milicia nacional, y prenderían á -los oficiales afectos al Régimen.</p> - -<p>El plan era realmente fácil y muy asequible.</p> - -<p>Pasó un día, pasaron dos, y la Junta no dió la or<span class="pagenum"><a name="Page_125" id="Page_125">[125]</a></span>den -de ejecución. Se esperaba no se sabía qué. Bessieres -estaba impaciente.</p> - -<p>La causa del retraso fué que Portillo, á nombre -del obispo, había escrito á la Junta Realista de Madrid -pidiendo informes acerca de Bessieres y de su -correría. Sin duda los informes no fueron del todo -satisfactorios, porque el secretario del obispo apareció -de pronto poco entusiasmado con la idea de -entregar la ciudad á los realistas.</p> - -<p>Portillo consultó con Sansirgue, y le explicó el -proyecto, en el cual D. Miguelito iba hacer el primer -papel. Portillo aseguró que el proyecto estaba -mal preparado, que era sospechoso porque había -quien aseguraba que Bessieres se hallaba en relación -con los masones, y que, á no ser por no perjudicar á -un amigo como Miguel Torralba, lo hubiera denunciado -al jefe político en un anónimo.</p> - -<p>Sansirgue, al oír esto, miró á Portillo con ansiedad. -El secretario del obispo estaba impasible.</p> - -<p>Echada la semilla, germinó pronto. Sansirgue vió -que podía hacer un servicio á Portillo, á quien consideraba -omnipotente, y al mismo tiempo satisfacer -su venganza contra Miguelito, que le había perjudicado -en la carrera con sus versos <i>A la Canóniga</i>, y -no vaciló. Se marchó á su casa, se encerró en su -cuarto, y, después de redactar varias veces el aviso, -escribió dos anónimos: uno al jefe político, otro al -ciudadano Cepero.</p> - -<p>En los anónimos no omitía un detalle de cuanto<span class="pagenum"><a name="Page_126" id="Page_126">[126]</a></span> -tramaban los conspiradores; citaba la lista de todos -los que pertenecían á la Junta, incluso el suyo. Este -rasgo de astucia le hizo suponer que nadie sospecharía -de él. Logró también disfrazar la letra escribiendo -con la mano izquierda.</p> - -<p>Don Víctor, que había visto ir y venir al penitenciario, -ceñudo y preocupado, por su habitación, y -que sabía, casi minuto por minuto, lo que hacía, redobló -su espionaje. Sintió que estaba escribiendo. -Cuando concluyó, Sansirgue salió de su casa, se fué -al palacio del obispo, y D. Víctor esperó en la calle. -Era ya el anochecer cuando salió el penitenciario.</p> - -<p>Don Víctor dejó el atrio y siguió á Sansirgue. -Este avanzó, mirando á derecha é izquierda, se acercó -al correo y echó una carta al buzón.</p> - -<p>Poco después volvió de nuevo á su casa, y media -hora más tarde entró D. Víctor. El capellán pasó -una porción de horas de insomnio pensando qué -podía haber escrito el canónigo.</p> - -<p>Todo le hacía creer que era algo serio é importante; -las cartas ordinarias se las llevaba Segundito, -el paje; aquélla, ó aquéllas, las había echado él, y -con gran cuidado de que nadie le viera. ¿Para qué -tantas precauciones?</p> - -<p>Al día siguiente D. Víctor fué á ver al <i>Zagal</i>, al -armero de la Ventilla.</p> - -<p>Este era amigo de uno de los secretarios de la -policía, y por él había sabido que el complot de Miguelito -acababa de ser descubierto.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_127" id="Page_127">[127]</a></span></p> - -<p>Inmediatamente D. Víctor supuso que D. Juan -había delatado á los realistas.</p> - -<p>Al llegar á casa, á la hora de comer, expuso sus -sospechas á Ginés y á la Dominica, y ésta sobre -todo, rechazó con indignación tales suposiciones.</p> - -<p>Ginés, que no tenía grandes simpatías por el canónigo -Sansirgue, dijo:</p> - -<p>—Vamos á su cuarto cuando salga él, y veamos -si queda algún indicio.</p> - -<p>Lo hicieron así: entraron en el cuarto, y no vieron -nada. Ginés, que era un espíritu metódico, sacó la -mampara de la chimenea, y vió sobre la piedra del -hogar que había unas pavesas negras. Don Víctor -las cogió con gran cuidado, y á la luz llegó á leer -escritos con tinta varios nombres, entre ellos el de -Torralba.</p> - -<hr class="chap" /> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_128" id="Page_128"></a> -<a name="Page_129" id="Page_129"></a></span></p> - - - - -<h3 id="I_XIV">XIV.<br /> -CABILDEOS DE DON VÍCTOR</h3> - - -<p>Don Víctor quedó convencido de la delación del -canónigo.</p> - -<p>Pensó las providencias que podía tomar para evitar -que á Miguelito le hicieran víctima de la emboscada -traidora que le preparaban.</p> - -<p>Lo primero que hizo al día siguiente fué marchar -á la calle de Caballeros, á casa de los Torralbas.</p> - -<p>Allí le dijeron que no estaba ninguno de los dos -hermanos. Sin duda Miguel no quería ser detenido -antes de intentar la aventura, en la que tenía tantas -esperanzas.</p> - -<p>Don Víctor preguntó por la madre de los Torralbas, -y la habló; pero esta señora no sabía nada ó desconfiaba -de D. Víctor, y se limitó á decir que ninguno -de sus dos hijos estaba en Cuenca.</p> - -<p>Después de comer, don Víctor se dirigió á la catedral -á buscar al Chantre.</p> - -<p>Se acercó á la capilla de los Caballeros y se arrodilló -delante de la verja.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_130" id="Page_130">[130]</a></span> -Esta capilla, fundada por un Albornoz, estaba -trabajada en piedra blanca, y en su portada tenía -esculpidos varios atributos militares, y en la clave -del arco, un esqueleto.</p> - -<p>En el frontispicio se leía esta inscripción, que canta -el triunfo de la muerte:</p> - -<p><i>Victis militibus mors triumphat</i>: Vencidos los soldados -triunfa la muerte.</p> - -<p>Don Víctor estuvo pensando, divagando sobre -esta sentencia. Contempló las dos urnas sepulcrales -de mármol, con sus estatuas de caballeros yacentes, -las pinturas de los altares; luego rezó maquinalmente, -y como el rezo no lo sentía, por su preocupación, -volviéndose contempló la nave de la catedral.</p> - -<p>Hacía un día de sol espléndido. La luz entraba -de los altos ventanales de la iglesia y producía anchas -sábanas luminosas entre las columnas oscuras.</p> - -<p>Don Víctor sentía negros presentimientos; una serie -de ideas angustiosas y deprimentes le sobrecogían. -Se sentía como vencido, aniquilado, descontento, -sin fe en nada.</p> - -<p>De pronto vió al Chantre, corrió hacia él y le dijo -que estaba descubierto el complot de Miguelito.</p> - -<p>—¿Quién ha podido descubrirlo?—exclamó el -Chantre.</p> - -<p>—No lo sé.</p> - -<p>—Voy á decírselo á Portillo.</p> - -<p>El Chantre fué al palacio del obispo; pero encontró -que había dos agentes de la policía del jefe polí<span class="pagenum"><a name="Page_131" id="Page_131">[131]</a></span>tico -paseándose por delante de la puerta del palacio -en la plazoleta.</p> - -<p>Uno de la policía le advirtió al Chantre que no entrase.</p> - -<p>El Chantre contó á D. Víctor lo que pasaba.</p> - -<p>Don Víctor no quería dejar la cuestión así, y se -dirigió á ver al capitán Lozano.</p> - -<p>Le dijeron que el capitán estaba en casa de Doña -Cándida....</p> - -<p>La tarde de primavera estaba hermosa y triste, el -sol amarillo dorado iluminaba los aleros y los pisos -altos.</p> - -<p>Don Víctor entró en la confitería de enfrente á la -casa de la Sirena. La confitera, que repartía su atención -entre los dulces y el espionaje, le dijo que el -capitán Lozano estaba en la casa y que no había salido. -D. Víctor esperó horas y horas sentado junto al -mostrador....</p> - -<p>La confitera encendió una lámpara, y su luz mortecina -comenzó á iluminar la tienda; del fondo del taller -venía un olor á cera, á azúcar y á retama quemada.</p> - -<p>En un convento una campana sonaba aguda y -constante.</p> - -<p>En la calle, el <i>Degollado</i> cantaba, acompañado -de la guitarra, la oración de San Antonio de Padua:</p> - -<div class="poetry-container"> -<div class="poetry"><div class="stanza"> -<div class="line i1">Su padre era un caballero</div> -<div class="line">cristiano, honrado y prudente,</div> -<div class="line">que mantenía su casa</div> -<div class="line">con el sudor de su frente.</div> -</div> - -<div class="stanza"> -<div class="line i1"><span class="pagenum"><a name="Page_132" id="Page_132">[132]</a></span>Y tenía un huerto</div> -<div class="line">en donde cogía</div> -<div class="line">cosecha del fruto</div> -<div class="line">que el tiempo traía.</div> -</div></div></div> - -<p>La canción, la hora, el tañido de la campana entristecieron -á D. Víctor; todo aquello le recordaba -su infancia, el corretear de chico por las calles al -anochecer; le sacaba á flote un poso de una amargura -interior.</p> - -<p>El <i>Degollado</i> seguía una tras otra sus coplas. La -confitera abrió la puerta de la tienda y dió un maravedí -al ciego.</p> - -<p>Este siguió su canto con la relación del milagro de -los pajaritos:</p> - -<div class="poetry-container"> -<div class="poetry"><div class="stanza"> -<div class="line i1">Mientras yo me vaya á misa</div> -<div class="line">gran cuidado has de tener;</div> -<div class="line">mira que los pajaritos</div> -<div class="line">todo lo echan á perder.</div> -</div> -<div class="stanza"> -<div class="line i2">Entran por el huerto,</div> -<div class="line i1">pican lo sembrado;</div> -<div class="line i1">por eso te digo</div> -<div class="line i1">que tengas cuidado.</div> -</div></div></div> - -<p>Don Víctor sentía una tristeza tumultuosa en el -fondo del alma. El <i>Degollado</i> se alejó, dando golpes -con el bastón en la acera; se calló la campana y no -se oyó en la tienda más que el revoloteo de las moscas -entre los papeles de los dulces secos.</p> - -<p>Eran ya cerca de las nueve, y en vista de que el<span class="pagenum"><a name="Page_133" id="Page_133">[133]</a></span> -capitán no salía, D. Víctor cruzó la calle y entró en -el portal de la casa de la Sirena. Llamó, salió la -doncella, la Adela, que negó que estuviera allí el -capitán; pero ante la insistencia del cura, le dijo que -aguardase. Esperó D. Víctor en el descansillo de la -puerta hasta que se presentó Lozano con su puro en -la boca, con el aire de un hombre que goza de la -vida.</p> - -<p>Era Lozano un tipo sensual, alegre, perezoso y -amigo de divertirse y de beber. Tenía unos ojos claros -de perro fiel, una sonrisa afectuosa y una actitud -de hombre á quien todo le parece indiferente. Lozano -era capaz de cualquier barbaridad por inconsciencia; -para él todo era fácil y factible.</p> - -<p>A pesar de que nadie podía ignorar su condición -de borracho y jugador, era el capitán cajero de su -regimiento.</p> - -<p>Don Víctor contó lo que sabía, y mientras hablaba -apareció Doña Cándida, á quien el capitán explicó -de qué se trataba.</p> - -<p>La <i>Canóniga</i> no quedó nada sorprendida al saber -que era Sansirgue el denunciador de la empresa -realista. Doña Cándida se manifestó delante del capellán -como muy enamorada de Lozano, y rogó á -don Víctor convenciera á su amante de que abandonara -el complot.</p> - -<p>Lozano explicó á don Víctor cómo se había preparado -la entrada por la puerta de San Juan. Si á -él le relevaban al mediodía era señal de que no se<span class="pagenum"><a name="Page_134" id="Page_134">[134]</a></span> -intentaba la sorpresa, y entonces él mismo se lo avisaría -á don Víctor.</p> - -<p>Con esta seguridad, don Víctor se fué de casa de -la Sirena á la suya.</p> - -<p>Don Víctor explicó á Ginés y á la Dominica lo que -ocurría. Ya todos miraban á Sansirgue como un traidor. -La Dominica, aun no del todo convencida, fué -á ver á la confitera, con quien tenía grandes relaciones -por la cuestión de las velas y cirios que se necesitaban -en los funerales, y hablaron las dos.</p> - -<p>La Dominica se persuadió de que el canónigo -era un bandido, un verdadero Sacripante.</p> - -<p>La Dominica, como mujer decidida y valiente, se -dispuso á vigilar al canónigo, á espiarle, y en último -término, si era necesario, á luchar con él á brazo -partido hasta vencerle.</p> - -<p>Al día siguiente salió D. Víctor, por la mañana, á -decir su misa; y al volver, la Dominica le dijo que -al mismo tiempo que él, Sansirgue había salido de -casa, pasado por el correo y echado otra carta.</p> - -<p>Don Víctor quedó asombrado y fué á buscar al -capitán Lozano.</p> - -<p>Lozano estaba en su casa de huéspedes, en la -cama. Se había acostado tarde. Le dijo al cura que -por la noche había habido una serie de cabildeos -entre el comandante de la plaza, el jefe político y el -de la Milicia nacional.</p> - -<p>El coronel había llamado á Lozano para advertirle -que se aplazaba el movimiento realista hasta nueva<span class="pagenum"><a name="Page_135" id="Page_135">[135]</a></span> -orden. El coronel había intentado persuadir al jefe -político que lo del complot era una fábula, y el jefe -político se hubiera persuadido á no ser por Cepero, -hijo y por dos subtenientes liberales que se habían -presentado en el Gobierno civil á denunciar al comandante -de la plaza y á la oficialidad como absolutistas, -ofreciéndose ellos á prenderlos si les daban -autorización.</p> - -<p>Los amigos de Cepero, de la Milicia nacional, -querían preparar un lazo á los absolutistas.</p> - -<p>—Dicen que se ha recibido un papel explicando -las señas convenidas—terminó diciendo Lozano—; -es posible que sea de su canónigo.</p> - -<p>Don Víctor dejó al capitán en la cama; salió á la -calle y fué á ver al <i>Zagal</i>, al armero de la Ventilla. -Este, por unos milicianos, sabía que D. Miguelito -iba á intentar de noche entrar por la puerta de San -Juan, y que, si lo intentaba, se le prendería.</p> - -<p>Los dos directores de la Milicia que querían -cazar á Miguelito eran Cepero hijo, y un joven, -Nebot.</p> - -<p>El motivo que impulsaba á Cepero hijo era puramente -patriótico; el que arrastraba á Nebot, no.</p> - -<p>El padre de Luis Nebot se había ido lentamente -apoderando de una posesión que la familia de Miguel -tenía en Torralba.</p> - -<p>Miguel Torralba, al encontrarse que la tierra de -su familia se hallaba ocupada por el intruso, quiso -llegar á una avenencia con él, pero Nebot, padre, dijo<span class="pagenum"><a name="Page_136" id="Page_136">[136]</a></span> -que no, que la finca era suya, pues había prestado -por ella lo que valía y aun más.</p> - -<p>Miguel le hizo observar que era imposible, puesto -que la finca aparecía en el Registro de la propiedad -como de su madre. Nebot, sin atenderle, comenzó á -construir una gran tapia; Miguel mandó hacer un boquete -en ella. Entonces Nebot provocó el pleito, y lo -perdió en muy malas condiciones; hubo que medir -las tierras de las propiedades colindantes, y la finca -de los Torralbas, á la cual habían ido bloqueando -los vecinos, recuperó todo su antiguo terreno.</p> - -<p>Nebot no sólo perdió sus tierras, sino la estimación -de la gente de la vecindad. El aldeano puede perdonarlo -todo menos la torpeza. Aquellos vieron que perdían -los campos de que se habían apoderado por -una maniobra inoportuna. De esperar unos años -la propiedad de los Torralba hubiera prescrito.</p> - -<p>Resuelto el pleito, la madre de Miguelito empleó -gran parte de su dinero en cercar la finca. Nebot, -padre é hijo, se consideraron enemigos á muerte de -los Torralbas y se trasladaron á Cuenca, y el hijo -Luis se hizo miliciano nacional.</p> - -<p>Querían considerar los Nebot que lo ocurrido á -ellos era una de las mayores injusticias que podían -pasar en España. Cepero, Nebot y un joven llamado -Bellido dispusieron preparar un lazo á los realistas, -hacer la señal convenida para que se acercaran, emboscarse -en la puerta de San Juan, y sorprenderlos.</p> - -<p>Cuando D. Víctor fué á su casa se discutió entre<span class="pagenum"><a name="Page_137" id="Page_137">[137]</a></span> -la familia del guardián los medios para salvar á Miguelito. -No se sabía dónde se habían de hacer las -señales.</p> - -<p>Saldrían Ginés, Damián, la Dominica y D. Víctor, -de noche, á buscar á Miguelito, al azar, y á decirle, -si lo encontraban, que suspendiera su aventura.</p> - -<p>Rondarían de lejos el camino que lleva á la Puerta -de San Juan, sin acercarse mucho, por el temor de -que hubiese vigilancia.</p> - -<hr class="chap" /> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_138" id="Page_138"></a> -<a name="Page_139" id="Page_139"></a></span></p> - - - - -<h3 id="I_XV">XV.<br /> -LA PUERTA DE SAN JUAN</h3> - - -<p>A las siete de la noche, después de dar de cenar -al canónigo Sansirgue, la Dominica, con su padre, -Damián y D. Víctor salían del pueblo y marchaban -al arrabal.</p> - -<p>La noche estaba obscura, pesada y sofocante; -grandes masas de nubes negras pasaban por el cielo, -y, á veces, salía la luna en cuarto creciente. Algunos -relámpagos lejanos, anchos, en forma de sábanas, -iluminaban la tierra, é iban seguidos de un sordo rumor. -Pronto llegó el viento, y comenzó á murmurar, -á gruñir, á zumbar, golpeando puertas y ventanas.</p> - -<p>Desde el arrabal, cada uno de los amigos de Miguelito -se dirigió á distinto punto. Don Víctor fué -hacia el convento de San Pablo; Ginés, por la Hoz -del Júcar, y la Dominica y Damián, por la del Huécar.</p> - -<p>A eso de las nueve, la tormenta se acercó; comenzaron -á brillar los zig-zags de las chispas eléctricas -encima de Cuenca, retumbaron los truenos in<span class="pagenum"><a name="Page_140" id="Page_140">[140]</a></span>mediatamente -después de los relámpagos, y descargó -una de esas lluvias de primavera, tibias y torrenciales.</p> - -<p>Mientras las personas de casa del guardián marchaban -por el campo en busca de Miguelito, unos -cuantos milicianos, al mando de Cepero hijo, entraban -por el arco de la puerta de San Juan y se estacionaban -en él, resguardándose del chaparrón.</p> - -<p>La puerta estaba abierta, y por ella se entreveía, -en las sombras el camino, estrecho y pendiente, que -va bajando á la orilla del Júcar.</p> - -<p>Mientras los milicianos, resguardados bajo el arco, -esperaban, la tempestad envolvía con sus ráfagas de -lluvia y de viento la ciudad, asentada sobre sus rocas; -el viento huracanado hacía golpear una puerta, -derribaba una chimenea, balanceaba los faroles de -las calles, colgados por cuerdas.</p> - -<p>Don Miguelito y Garcés salieron á las diez de la -noche del campamento de Bessieres, y á las diez y -media estaban delante del convento de San Pablo.</p> - -<p>Don Miguelito iba muy alegre y decidido, pensando -en que pronto se uniría á Asunción.</p> - -<p>Estaban amo y criado en el cerro, al borde del -barranco, cuando Miguelito dijo que se veía luz en -el palacio del obispo; Garcés no la había visto: después -se vió claramente una antorcha en la muralla.</p> - -<p>—¡Vamos!—dijo Miguelito.</p> - -<p>Marcharon al campamento de Bessieres.</p> - -<p>Un escuadrón estaba preparado.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_141" id="Page_141">[141]</a></span></p> - -<p>Había que dar la vuelta al pueblo, á caballo, sin -llamar la atención de los centinelas, y se dispuso -que fuera uno á uno, á la deshilada.</p> - -<p>Al pasar el puente de San Antón, Ginés Diente -vió, á la luz de un relámpago, á un lancero realista á -caballo: quiso alcanzarle y preguntarle dónde estaba -don Miguelito; pero el soldado, sin oírle, de un empellón, -derribó al pertiguero.</p> - -<p>Este se puso á gritar y á llamar; pero ya no vió á -nadie. La lluvia imposibilitaba seguir ninguna pista; -el rumor del viento ocultaba el ruido de las herraduras -de los caballos, y la negrura de la noche impedía -ver nada.</p> - -<p>Don Miguelito y su escolta se colocaron en la orilla -derecha del Júcar; luego cruzaron el río por el -puente de los Descalzos, volviendo de nuevo á la -orilla izquierda.</p> - -<p>Se esperó á que se reuniese el escuadrón; se le -dividió en tres pelotones, y á la cabeza del primero -Miguelito, y á su lado, Garcés, comenzaron á subir -la cuesta hasta la puerta de San Juan.</p> - -<p>Miguel se acercó á ella rápidamente, y dió dos -golpes sonoros con el bastón.</p> - -<p>—¿Quién vive?—dijo Cepero.</p> - -<p>—Daniel, Cuenca y Bessieres. <i>¡Debellare superbos!</i>—gritó -Torralba.</p> - -<p>—¡Ríndete!—dijo Cepero abriendo la puerta y -avanzando.</p> - -<p>—¿Yo rendirme? ¡Jamás!—contestó Miguel.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_142" id="Page_142">[142]</a></span></p> - -<p>—¡Huye! ¡Te han vendido!—dijo una voz.</p> - -<p>Lo que ocurrió después no se pudo poner en -claro.</p> - -<p>Algunos dijeron que los lanceros de Bessieres, -con Miguelito á la cabeza, intentaron avanzar; otros -afirmaron que no hubo tal intento; el caso fué que -sonaron cuatro ó cinco tiros simultáneos, que un hombre -cayó del caballo, y que los demás, volviendo -grupas, huyeron.</p> - -<p>El hombre caído era Miguelito: lo recogieron, le -llevaron al cuartel de Infantería, y llamaron de prisa -á un médico que vivía en la plaza; otros avisaron á -un cura.</p> - -<p>Cuando llegaron, Miguel Torralba había muerto.</p> - -<p>Al día siguiente, Bessieres levantaba su campamento -y desaparecía de los alrededores de Cuenca.</p> - -<p>Unas semanas después, el día 2 de Mayo, volvía -de nuevo, atacaba el arrabal, y era rechazado.</p> - -<p>En el pueblo se dijo que Cepero hijo, Nebot y el -<i>Romi</i> el gitano, eran los que habían disparado contra -Miguel.</p> - -<hr class="chap" /> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_143" id="Page_143"></a></span></p> - - - - -<h3 id="I_XVI">XVI.<br /> -DESPUÉS DE LA CATÁSTROFE</h3> - - -<p>La madre de Torralba soportó la muerte de su -hijo con gran entereza y resignación.</p> - -<p>Con aquel espejismo maternal suyo, pensó que -Miguel se había sacrificado por ellos. No quería suponer -que su hijo mayor tuviera más fines que su -madre y su hermano. Según ella, Miguel había entrado -en el complot de Bessieres para obtener un -cargo y levantar la situación de la familia.</p> - -<p>Luis no intentó convencerla de lo contrario.</p> - -<p>En la casa de la Sirena la noticia de la catástrofe -llegó por Lozano, y la Cándida tuvo la crueldad -y la torpeza de divulgarla á voz en grito.</p> - -<p>Asunción, al saberlo, sintió que el golpe tronchaba -su vida. Se vistió de luto, y no salió de casa.</p> - -<p>Unos días después de la muerte se celebraron las -exequias de Miguel Torralba en la catedral. Asistió -todo el pueblo alto, y se notó que, entre los canónigos -del coro, faltaba Sansirgue. De las señoras -faltó la Cándida.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_144" id="Page_144">[144]</a></span></p> - -<p>Asunción y su abuela estuvieron en el funeral rezando, -arrodilladas, en un rincón de la capilla de -los Caballeros.</p> - -<p>Toda la ceremonia Asunción la pasó llorando, y -al rezar los responsos se escaparon de su garganta -algunos sollozos ahogados.</p> - -<p>—<i>Per in secula seculorum</i>—exclamaba el cura -con voz potente, agitando el hisopo.</p> - -<p>—<i>Amen</i>—clamaba el coro de voces, acompañado -del órgano.</p> - -<p>Al salir la gente, se contó, y se hizo cargo de -quiénes faltaban. Quitando los nacionales del arrabal, -todos los demás estaban allí.</p> - -<p>Pasados los días ceremoniosos en que la familia no -debía salir de casa, para recibir el pésame de los -amigos, D. Víctor fué á ver á Luis Torralba y á -decirle lo que sabía.</p> - -<p>Luis le confesó que su proyecto era desafiar al joven -Cepero y luego á Nebot, á quienes culpaba de la -muerte de su hermano; pero D. Víctor le demostró -que Cepero no había contribuido á la muerte de -Miguel y que su objeto se había limitado á prenderle. -Cepero fué el que intentó hacer que Miguel se -rindiera, prueba clara de que no quería matarlo. Los -motivos de obrar suyos eran también nobles, porque -obraba arrastrado por su fanatismo político.</p> - -<p>Respecto á Nebot, era un impulsivo y un bruto, á -quien no había que tomar en cuenta.</p> - -<p>El culpable de todo, según D. Víctor, era San<span class="pagenum"><a name="Page_145" id="Page_145">[145]</a></span>sirgue, -el <i>monstrum horrendum</i>, que había entrado en -Cuenca para desgracia de todos. Este, llevado por -su maldad diabólica, había denunciado la forma en -que se iba á hacer la sorpresa.</p> - -<p>—¿Pero, por qué? ¿Qué motivo ha podido tener -Sansirgue para odiar á mi hermano?—preguntó Luis.</p> - -<p>Don Víctor creía en la maldad desinteresada del -canónigo, cosa poco lógica.</p> - -<p>Los argumentos de D. Víctor no convencieron á -Luis, y el cura le propuso ir á ver á Cepero. La visita -era violenta para Torralba, pero al fin accedió.</p> - -<p>El joven Cepero recibió á los dos secamente.</p> - -<p>—Supongo la comisión que ustedes traen—les -dijo—; pero tengo que advertirles que considero que -he cumplido con un deber de ciudadano y de liberal, -y que mil veces que se presentara el mismo -caso, mil veces obraría lo mismo.</p> - -<p>—Está usted en un error—dijo don Víctor—al -pensar que nosotros entramos aquí en son de amenaza. -Este hábito que yo llevo no es para venir con -desafíos. Usted ha cumplido su deber de ciudadano -y de liberal. Cierto. Pero usted sabía que Miguel Torralba -no era el mayor culpable, y no podía desear -su muerte.</p> - -<p>—No la deseaba. Al acercarse á la puerta de -San Juan, yo le dije: "Ríndete". El quedó inmóvil, -sin duda perplejo. Entonces sonaron los tiros.</p> - -<p>—¿No sabe usted quién disparó?—preguntó Luis.</p> - -<p>—No lo sé. Si lo supiera, tampoco lo diría.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_146" id="Page_146">[146]</a></span></p> - -<p>Luis hizo un movimiento de impaciencia, y don -Víctor intervino de nuevo.</p> - -<p>—Otra pregunta tenemos que hacer á usted.</p> - -<p>—Ustedes dirán.</p> - -<p>—Mi amigo Luis, naturalmente, entristecido por -la muerte de su hermano, ha supuesto que un amigo -suyo y mío fué el delator del complot en que intervino -Miguel. Yo le he dicho que no, que todo el -mundo ha afirmado que el jefe político y su padre de -usted recibieron un anónimo. ¿Puede usted decirnos -si es verdad?</p> - -<p>—Es verdad.</p> - -<p>—¿Lo guarda usted?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—¿Podría usted enseñárnoslo para desvanecer las -dudas de mi amigo?</p> - -<p>—¿Porqué no? No tengo inconveniente.</p> - -<p>Cepero, hijo, entró en su casa y volvió con el anónimo. -La letra estaba disimulada, pero el papel y la -tinta eran de Sansirgue: no había duda.</p> - -<p>En el anónimo estaba explicado cómo se verificaría -la sorpresa con todos sus detalles. Lo firmaba: -<i>Un amante del orden</i>.</p> - -<p>Don Víctor y Luis Torralba se despidieron del -joven Cepero y se marcharon á su casa.</p> - -<p>Esta intervención de Sansirgue puso á Torralba -fuera de sí: que Cepero hubiese obrado como había, -le parecía natural, dado su fanatismo político; que el -mismo Nebot hubiera disparado en la puerta de San<span class="pagenum"><a name="Page_147" id="Page_147">[147]</a></span> -Juan, lo comprendía por su odio á los Torralbas; lo -que no se explicaba era la acción de Sansirgue, siendo -él realista y estando en el complot. ¿Sería un espía -del Gobierno? ¿Tendría algo contra su hermano?</p> - -<p>Luis Torralba fué á visitar á Asunción y á su abuela, -y les contó lo ocurrido y los datos que tenía para -creer en la intervención del canónigo.</p> - -<p>Doña Gertrudis supuso que sería su nuera, la Cándida, -la que había inspirado al canónigo el odio por -Miguel. Asunción calló, dando á entender que creía -lo mismo.</p> - -<p>La abuela, que sentía aumentado su odio por la -<i>Canóniga</i>, llamó unos días después á Luis Torralba y -le encargó que vendiera una huerta y varias alhajas. -Luis hizo el encargo rápidamente, y entregó á doña -Gertrudis seis mil pesetas. La vieja sacó cuatro mil -que tenía guardadas, y reuniendo las diez mil que había -prestado Doña Cándida para la hipoteca, se las -devolvió, encargándola que abandonara la casa lo antes -posible.</p> - -<p>Doña Cándida gritó, alborotó, dijo horrores; pero -no tuvo más remedio que marcharse. La <i>Canóniga</i> -fué á otra casa mejor. El escándalo en el pueblo tomó -grandes proporciones. Todo el mundo relacionó -la muerte de D. Miguelito con la expulsión de la <i>Canóniga</i>, -y muchos sospecharon algo de la verdad.</p> - -<p>La Cándida, abandonada al consejo del capitán -Lozano y de Adela, su doncella, hizo una porción -de locuras. Casi todos los días daba banquetes y ce<span class="pagenum"><a name="Page_148" id="Page_148">[148]</a></span>nas, -y muchas noches la llevaban á la cama borracha.</p> - -<p>El canónigo Sansirgue notó que en la casa de la -Dominica se le miraba de mala manera, é intentó mudarse; -pero Portillo le indicó que esperara unos días.</p> - -<p>Efectivamente, una semana después, Portillo, que -había sabido hacer valer ante el Gobierno liberal -el servicio prestado por él cuando la intentona de -Bessieres, fué nombrado obispo de Osma, y Sansirgue -quedó interinamente de secretario del obispo de -Cuenca.</p> - -<p>Sansirgue supo que en casa de Ginés el Pertiguero -se hablaba constantemente contra su persona, -y se dispuso á castigar á la familia. Consiguió que en -el convento de monjas se destituyese á D. Víctor, y -después le nombró párroco de Uña, pueblo miserable -de la Sierra, adonde D. Víctor tuvo que ir, á -trueque de perder las licencias eclesiásticas.</p> - -<p>Después quiso echar de la catedral y de la casa á -Ginés Diente, pero el obispo se opuso.</p> - -<p>Sansirgue supo también que Garcés el <i>Sevillano</i> -hablaba pestes de él y le atribuía la muerte de Torralba, -y consiguió que el jefe político prendiera á -Garcés y lo metiera en la cárcel.</p> - -<hr class="chap" /> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_149" id="Page_149"></a></span></p> - - - - -<h3 id="I_XVII">XVII.<br /> -MESES DESPUÉS</h3> - - -<p>En el tiempo que medió entre la expedición de -Bessieres y el triunfo de los Cien mil hijos de San -Luis, el penitenciario tuvo mucho poder en Cuenca, -pero al consolidarse el absolutismo, el obispo fué trasladado, -y Sansirgue se eclipsó.</p> - -<p>En aquella demagogía negra que gobernaba el -pueblo y toda España, no era fácil desviarse sin peligro. -Sansirgue se hubiera acercado á los voluntarios -realistas, pero le era imposible, porque entra ellos estaba -Garcés el <i>Sevillano</i>, compañero en la aventura -de la puerta de San Juan con D. Miguelito, á quien -él había llevado á la cárcel.</p> - -<p>Sansirgue, separado de los absolutistas puros, tuvo -que formar grupo, bien á su pesar, con los fernandinos -transigentes. Estos tenían en Madrid como agente -á D. Cecilio Corpas. En cambio, Portillo, que estuvo -un momento con los liberales, había hecho una -segunda evolución al más terrible ultramontanismo, y<span class="pagenum"><a name="Page_150" id="Page_150">[150]</a></span> -se distinguía en su diócesis por sus pastorales contra -los moderados y los exaltados.</p> - -<p>Portillo, desde Osma, y el lectoral de la catedral -de Sigüenza y presidente de la Junta realista de aquella -ciudad, D. Felipe Lemus de Zafrilla, movían todos -los resortes para que los franceses no intentaran -implantar un sistema de absolutismo templado. Tenían -en Madrid á D. Víctor Sáez y á otros que daban -la consigna.</p> - -<p>Unos días después de la reintegración de todos -los derechos autocráticos á Fernando, se celebró en -Cuenca una solemne función de desagravio al Santísimo -Sacramento, en la cual predicó D. Juan Sansirgue.</p> - -<p>Sansirgue achicó al mismo padre Manuel Martínez, -redactor del <i>Restaurador</i>, con sus apóstrofes á -los constitucionales y sus loas á Fernando. Le llamó -pío, feliz, restaurador, magnánimo, bondadoso.</p> - -<p>A pesar de todos estos ditirambos, la gente oyó el -sermón con indiferencia. Corría la voz entre los voluntarios -realistas de la traición de Sansirgue en -tiempo de Bessieres.</p> - -<p>Garcés el <i>Sevillano</i>, para exagerar sus méritos, había -pintado la aventura suya y la de D. Miguel como -algo muy transcendental que había malogrado Sansirgue, -que estaba vendido á los liberales, y que -le había perseguido y encarcelado á él para reducirle -al silencio. Esta versión hizo que todo Cuenca se -pusiera contra el canónigo.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_151" id="Page_151">[151]</a></span></p> - -<p>—Es un espía, es un espía de los masones—aseguraba -todo el mundo.</p> - -<p>El penitenciario, al comprobar lo que se decía de -él, quedó desesperado.</p> - -<p>Escribió á Portillo para que influyese en sus amigos -poderosos y le trasladasen de Cuenca, y Portillo -no contestó; escribió después á D. Víctor Sáez, el -ministro universal de Fernando VII, y á D. Cecilio -Corpas.</p> - -<p>Los dos le contestaron fríamente.</p> - -<p>La entrada en el poder de los voluntarios realistas -hizo que Sansirgue perdiese toda influencia. Torralba -consiguió por un amigo que á D. Víctor le sacasen -de Uña y volviese á Cuenca. Por entonces entre -los realistas comenzaba á funcionar la Sociedad El -Angel Exterminador. Muchos se afiliaron á ella. Don -Víctor y Garcés el <i>Sevillano</i>, se convirtieron también -en exterminadores, é hicieron un alegato contra -Sansirgue, como denunciador de los realistas en tiempo -de Bessieres. Se encontró en casa de los Ceperos, -que habían huído del pueblo y traspasado su -comercio, el papel que les había mandado Sansirgue.</p> - -<p>Desde entonces el penitenciario comenzó á recibir -anónimos insultándole, amenazándole por su traición -con terribles castigos terrenos y ultraterrenos.</p> - -<p>Sansirgue, asustado, hizo gestiones desesperadas -para que le trasladasen de Cuenca.</p> - -<p>En la primavera de 1824 el penitenciario fué destinado -á Sigüenza, sin ningún ascenso. Sansirgue pre<span class="pagenum"><a name="Page_152" id="Page_152">[152]</a></span>paró -el viaje sigilosamente; temía que, al saber su -escapada, los voluntarios realistas quisiesen agredirle.</p> - -<p>Alquiló dos mulas, y con un mozo alcarreño de -confianza que conocía bien el camino se puso en -marcha, sin despedirse de nadie.</p> - -<p>El canónigo pensaba pararse en Priego, su pueblo, -á ver á su familia.</p> - -<p>La primera noche descansaron amo y criado en -Torralba, nombre poco grato á los oídos del canónigo.</p> - -<p>El siguiente día paró Sansirgue en Priego, en su -casa, en compañía de la familia; pero la pobreza de -ésta y la tosquedad de su padre y de sus hermanos -le molestaba, y con el pretexto de que tenía prisa -dejó Priego y se puso en camino por la tarde.</p> - -<p>El cielo estaba muy azul; el campo, hermoso y -sonriente. El penitenciario no tenía nada que temer, -ya lejos de Cuenca; pero aun así sentía miedo: tales -cosas se contaban de las venganzas de los realistas. -Al llegar á la bifurcación de los caminos miraba con -cuidado á un lado y á otro por si aparecía alguna -figura sospechosa...</p> - -<p>Al acercarse á una aldea al caer de la tarde, dejando -un camino carretero, Sansirgue y su criado tomaron -por una senda que pasaba por un erial. Las -digitales purpúreas esmaltaban la tierra con sus campanillas, -y las flores violetas del brezo brillaban entre -los ribazos.</p> - -<p>A mano derecha se abría un gran valle poblado<span class="pagenum"><a name="Page_153" id="Page_153">[153]</a></span> -de matas que nacían entre piedras y cerrado por -montes cubiertos de árboles. Un rebaño se derramaba -por una ladera, y se oía á lo lejos el tintineo de -las esquilas.</p> - -<p>A la revuelta del sendero se encontraron con una -ermita. En un azulejo blanco, con letras azules, empotrado -en la pared, se leía el nombre: ermita del -Salvador.</p> - -<p>Tenía ésta por un lado la espadaña, con su campana -sobre un tejado terrero, y delante una cruz de -piedra y una pila de agua bendita; por el otro lado, -protegida del viento, estaba la entrada de la capilla: -un arco de piedra con restos de pintura roja y una -puerta con clavos. A un lado de la puerta había una -reja, á través de la cual se veía el interior de la capilla -con el altar desmantelado y unos santos siniestros.</p> - -<p>Adosado á la ermita había una casa pequeña con -un huertecillo abandonado.</p> - -<p>—Aquí vivía un ermitaño—dijo Sansirgue.</p> - -<p>—Sí—contestó el mozo.</p> - -<p>—¿Habrá muerto?—preguntó el canónigo.</p> - -<p>—No; le mataron—contestó el criado.</p> - -<p>—¿Quizás para robarle?</p> - -<p>—No; parece que fué venganza de los realistas. -Dicen que el ermitaño había dado informes á los -constitucionales.</p> - -<p>Sansirgue se estremeció.</p> - -<p>—Bueno, vamos de aquí—dijo.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_154" id="Page_154">[154]</a></span> -Siguieron andando. El sol se iba poniendo en un -cielo incendiado, lleno de nubes rojas; los pájaros cantaban -entre las ramas; el perfume del romero y del -cantueso llenaba el aire; á lo lejos se oía el tañido -de una campana.</p> - -<p>A medida que avanzaban el canónigo y su criado -el sol iba desapareciendo del valle. Al anochecer -entraron en un bosque de encinas, monte bajo y carrascas. -El sendero corría ahora lleno de sombra por -en medio de los árboles; á trechos se torcía hasta salir -á la luz, al borde mismo del bosque, y pasar por -encima de un barranco escarpado.</p> - -<p>Sansirgue marchaba arreando á su mula, ansioso -de llegar á sitio habitado.</p> - -<p>De pronto oyó ruido entre el ramaje, cerca de él, -y se detuvo, inquieto.</p> - -<p>—No es nada—se dijo.</p> - -<p>Siguió marchando, y en esto, al mirar hacia adelante, -vió dos figuras que interceptaban la senda. Volvió -la vista hacia atrás y vió otras dos.</p> - -<p>—¡Alto!—le gritaron.</p> - -<p>—Alto estoy—murmuró el canónigo.</p> - -<p>Los cuatro hombres estaban enmascarados. Sansirgue -pensó que había caído entre bandidos; comprendió -que allí era imposible defenderse ni escapar, -y repitió que se entregaba.</p> - -<p>Los hombres, sin hacer caso del criado, cogieron -al canónigo, le bajaron de la mula, le ataron las manos -y le llevaron cuesta arriba, cruzando el bosque,<span class="pagenum"><a name="Page_155" id="Page_155">[155]</a></span> -hasta un descampado, donde había una tenada. Desde -allí se dominaba el valle. El cielo iba obscureciendo, -y las luces rojas del crepúsculo tomaban -tonos cárdenos y violáceos.</p> - -<p>Al entrar en la choza Sansirgue se estremeció. En -una mesa, á la luz de dos velas verdes, estaban sentados -cinco hombres, con la cara cubierta por un antifaz. -Enfrente de la mesa había un banco de madera, -y sobre él caía una cuerda atada en una viga del -techo.</p> - -<p>—Sentad al acusado—mandó el que presidía.</p> - -<p>Sansirgue se sentó sin protestar.</p> - -<p>El presidente, levantando la cabeza al cielo, exclamó:</p> - -<p>—<i>Dominus regnat</i>: (El Señor reina.)</p> - -<p>El que estaba á su derecha dijo.</p> - -<p>—<i>Dominus imperat</i>: (El Señor impera.)</p> - -<p>El de la izquierda repuso:</p> - -<p>—<i>Angelus vincet</i>: (El Angel vencerá.)</p> - -<p>El de la extrema derecha añadió:</p> - -<p>—<i>In gladio...</i> (Con la espada.)</p> - -<p>Y el de la extrema izquierda terminó la frase murmurando:</p> - -<p>—<i>... indignationis ejus</i>: (De su indignación.)</p> - -<p>Sansirgue estaba delante de un Tribunal del Angel -Exterminador. El enmascarado que presidía, en -pocas palabras acusó al penitenciario de traidor, de -espía de los liberales, de vendido al Gobierno -masón.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_156" id="Page_156">[156]</a></span></p> - -<p>Sansirgue intentó sincerarse, negar los hechos; -pero el presidente los conocía á fondo. El canónigo -intentó seguir hablando; pero el presidente le impuso -silencio.</p> - -<p>—¿Qué pena se le impone al acusado?</p> - -<p>Los cuatro asesores del Tribunal, sin pronunciar -una palabra, bajaron la cabeza gravemente, y un momento -después el presidente hizo lo mismo.</p> - -<p>Dos de los enmascarados que habían prendido al -canónigo le pusieron la mano en el hombro. Al sentirlo, -Sansirgue dió un salto hacia atrás dispuesto -á escapar. Entonces los cuatro esbirros se echaron -sobre él, y forcejeando llegaron á sujetarle y á atarle -los pies. Luego le pusieron la cuerda al cuello, y tirando -de ella lo izaron en alto.</p> - -<p>—¡Confesión! ¡Confesión!—gritó el canónigo con -voz ahogada.</p> - -<p>—Concluid—dijo el jefe de los exterminadores.</p> - -<p>Dos esbirros se colgaron de las piernas del ahorcado: -las vértebras crujieron, crujió también la viga -del techo, y después el cuerpo de Sansirgue quedó -inmóvil.</p> - -<p>Los exterminadores fueron saliendo de la tenada. -Uno de ellos, el jefe, quedó para dar las últimas -disposiciones. Los esbirros bajaron el cadáver, y tomándolo -en brazos cruzaron el bosque hasta el sendero -que corría al borde del barranco y desde aquí -lo arrojaron al fondo. Se oyó el ruido del cuerpo que -caía arrastrando piedras.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_157" id="Page_157">[157]</a></span></p> - -<p>El jefe se acercó á mirar hacia abajo. La claridad -del sol había huído del valle, y la oscuridad y la sombra -reinaban en él.</p> - -<p>El exterminador se persignó, murmuró algo como -una oración y á caballo desapareció rápidamente.</p> - -<hr class="chap" /> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_158" id="Page_158"></a> -<a name="Page_159" id="Page_159"></a></span></p> - - - - -<h3 id="I_EPILOGO">EPÍLOGO</h3> - - -<p>La noticia de la muerte del canónigo produjo en -Cuenca gran sensación.</p> - -<p>Se inventaron mil hipótesis y cábalas acerca de -las causas de la muerte y del autor ó autores del -misterioso crimen; pero no se averiguó la verdad.</p> - -<p>Pocos días después de este suceso el capitán Lozano -hizo una de las suyas, que dió mucho que -hablar.</p> - -<p>El capitán había arrastrado á la Cándida á una -vida completa de crápula. La casa de la <i>Canóniga</i> -era un ir y venir de jóvenes calaveras, que comían y -bebían allí.</p> - -<p>El capitán Lozano, entrampado en el juego, había -sacado á la <i>Canóniga</i> cinco mil duros para pagar -sus deudas. Por lo que se supo luego, en vez de -pagar se jugó la cantidad, y la perdió.</p> - -<p>Entonces no se le ocurrió cosa mejor que robar la -caja del batallón y escaparse con la Adela, la doncella -de la Cándida, que era una muchacha muy -bonita.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_160" id="Page_160">[160]</a></span></p> - -<p>Lozano se proveyó de papeles falsos; fué á Orán, -donde tuvo un café, y años después se alistó como -voluntario en el ejército francés y murió en una emboscada -de los moros.</p> - -<p>La Adela, que había seguido con el café de -Orán, se casó con el dependiente, un francés trabajador, -y se hizo rica.</p> - -<p>La Cándida, al saber la fuga del capitán con su -doncella Adela, á quien consideraba tan fiel, sintió -grandes accesos de melancolía, que intentó curárselos -á fuerza de alcohol.</p> - -<p>Alguien le indicó que llamara á la <i>Zincalí</i>, la vieja -gitana, que tenía filtros para curar el mal de amores. -La Cándida la llamó, y la gitana entró en la casa -y llegó á apoderarse del ánimo de la <i>Canóniga</i> con -sus mentiras y sus arrumacos.</p> - -<p>La casa llegó á ser un asilo de la gitanería del -pueblo.</p> - -<p>La <i>Zincalí</i> se encargó de proporcionar amantes á -la Cándida y de sacarle el dinero.</p> - -<p>El pueblo entero la había aislado, como á una -apestada.</p> - -<p>La <i>Canóniga</i> se trasladó á un casucho del barrio -del Castillo, que se convirtió en mancebía.</p> - -<p>Un proceso que se entabló contra ella y la vieja -gitana, acusadas por un médico de dar bebedizos y -de hacer abortar con la hierba del Buen Varón, les -obligó á las dos á ir á la cárcel, y arruinó por completo -á la Cándida.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_161" id="Page_161">[161]</a></span></p> - -<p>Desde entonces, la pobre mujer comenzó á oficiar -de Celestina.</p> - -<p>Luis Torralba desapareció de Cuenca, al morir su -madre, y fué á establecerse á Valencia.</p> - -<p>La abuela de Asunción murió. Asunción, sin -familia, vivió sola en la casa de la Sirena hasta que -recogió la herencia de un pariente lejano, lo que le -permitió mejorar de posición.</p> - -<p>Entonces llevó á vivir con ella una sobrina pobre -y la prohijó. Ya vieja, con el pelo blanco, siempre -vestida de luto, se la veía pasear con su sobrina. A -veces, al sentarse á descansar sobre una roca de la -Hoz, su cara afilada reposaba sobre su mano, y sus -ojos tenían una gran expresión de melancolía.</p> - -<p>Durante mucho tiempo, únicamente la casa del -pertiguero del callejón de los Canónigos siguió igual: -el viejo Ginés leyendo, la Dominica trabajando, el -constructor de ataúdes filosofando, D. Víctor comentando -al canónigo volteriano, el <i>Degollado</i> -cantando en la calle con su hermosa voz las oraciones, -Astaroth roncando y mirando el vacío con sus -ojos de oro, y el cuervo monologando.</p> - -<p>Al comenzar la guerra civil, el viento de la muerte -sopló sobre la casa. Ginés y la Dominica murieron; -D. Víctor se unió al canónigo carlista Batanero, -y peleó con él en la guerra civil. Luego, no queriendo -aceptar el Convenio de Vergara, fué internado -en Francia y conducido á Alenzon, donde murió.</p> - -<p>Astaroth, el espíritu familiar de la casa, desapare<span class="pagenum"><a name="Page_162" id="Page_162">[162]</a></span>ció -un día misteriosamente, y se lo encontró pocos -días después muerto en la calle; dejando el campo libre -á Juanito, el cuervo, que tenía cuerda más larga -para la vida.</p> - -<p>Damián, el carpintero, fué únicamente el que sobrevivió -á la familia de Ginés, y siguió construyendo -sus ataúdes, grandes y pequeños, de hombres, de mujeres -y de niños, negros y blancos, en su portal de la -casa del callejón de los Canónigos.</p> - -<p>Mientras trabajaba, Juanito el cuervo mascullaba -palabras confusas desde lo alto del armario de los -féretros; en el reloj del canónigo Chirino las edades -de la vida seguían huyendo ante la Muerte con su -sudario y su guadaña; Caronte se balanceaba en su -barca; el viejo Cronos, alado y haraposo, meditaba -con el reloj de arena en la mano; la música de campanillas -tocaba su sonata melancólica al salir la Virgen, -y seguía brillando en la orla de bronce la terrible sentencia -sobre las horas: <i>Vulnerant omnes, ultima -necat</i>.</p> - -<p>Todas hieren; la última, mata.</p> - -<hr class="chap" /> - - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_163" id="Page_163"></a></span></p> - - - - -<h2 id="EMPECINADO">Los guerrilleros del Empecinado -en 1823</h2> - -<h3 id="COMISION">I.<br /> -NUEVA COMISIÓN</h3> - - -<p>En apariencia la vida de un hombre de acción es -un juego de azar, una lotería en la que se emplea -mucho dinero y sólo de tarde en tarde toca un premio -pequeño, en realidad la vida de un hombre de -acción, si es una lotería, es una lotería que toca siempre, -porque el jugador lleva el mayor premio en el -máximo esfuerzo.</p> - -<p>La acción por la acción es el ideal del hombre -sano y fuerte; lo demás es parálisis que nos ha producido -la vida sedentaria.</p> - -<p>Unos días después de recibir la visita de Cugnet -de Montarlot, el Empecinado y el <i>Lobo</i> se presentaban -en casa de Aviraneta.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_164" id="Page_164">[164]</a></span> -Al día siguiente el general y D. Eugenio iban al -Ministerio de Estado á conferenciar con D. Evaristo -San Miguel.</p> - -<p>Se habló entre los tres largo rato de la situación -de España y de la invasión francesa, que parecía inminente.</p> - -<p>Don Evaristo tenía alguna esperanza en el fracaso -de la Intendencia de los ejércitos que había de mandar -Angulema.</p> - -<p>Esto unido á la oposición de los liberales, pensaba, -podría influir en el Gobierno francés.</p> - -<p>—¿Es que no tienen víveres?—preguntó Aviraneta.</p> - -<p>—Eso me comunican los agentes—contestó el -ministro—, pero no hay que abrigar mucha confianza. -Es posible que mis agentes estén en relación con los -realistas.</p> - -<p>—Es muy probable—añadió Aviraneta.</p> - -<p>—Casi valdría la pena de que fuera usted otra vez -á Francia—dijo de pronto San Miguel.</p> - -<p>—¿A París?</p> - -<p>—No; á la frontera.</p> - -<p>—Pues si usted quiere, voy. ¿Qué hay que hacer?</p> - -<p>—Primero averiguar cómo va la cuestión de la Intendencia -del ejército de Angulema, y si no hay esperanza -en esto, marchar á San Sebastián y ayudar á -los emigrados franceses, que parece que van á hacer -un intento.</p> - -<p>—Muy bien. Estoy á la orden de usted.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_165" id="Page_165">[165]</a></span></p> - -<p>—Pues cuanto antes. Si se puede hoy, mejor que -mañana. Me conviene que vaya usted en seguida. En -cuanto llegue usted á la frontera, que le tengan una -silla de postas preparada, é inmediatamente que sepa -usted algo definitivo me avisa.</p> - -<p>—Y en San Sebastián, ¿qué haré?</p> - -<p>—En San Sebastián activará usted la gestión de -los carbonarios. Usted creo que es carbonario también.</p> - -<p>—¿Por dónde lo sabe usted?—dijo Aviraneta -algo alarmado.</p> - -<p>—Amigo, un ministro tiene sus informes secretos.</p> - -<p>—Yo creí que en España los ministros eran los -últimos que se enteraban de las cosas—replicó sarcásticamente -Aviraneta.</p> - -<p>—Como ve usted, no siempre—dijo D. Evaristo, -riendo—. Cuando llegue usted á San Sebastián se -pondrá usted al habla con el jefe político y el militar. -Usted, como hombre más expeditivo, les aconsejará -que obren con rapidez, aunque sea saltando por -encima de la ley.</p> - -<p>—Mala opinión tiene usted de mí, D. Evaristo.</p> - -<p>—No, hombre, no. Muy buena.</p> - -<p>—¡Hum! ¡Qué sé yo! Creo que me considera usted -como un apreciable granuja.</p> - -<p>—Bien. Ya discutiremos eso con más tiempo. -Ahora voy á hacer que escriban los reales decretos: -uno para usted, Aviraneta; otro para usted, D. Juan -Martín.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_166" id="Page_166">[166]</a></span></p> - -<p>—¿Qué ha pensado usted para mí?—preguntó -el Empecinado.</p> - -<p>—Haré que el rey le autorice á usted para el levantamiento -y organización de guerrillas en Castilla -la Vieja y la Nueva, para oponerse á la invasión de -los franceses.</p> - -<p>—¿Querrá?</p> - -<p>—¡Qué remedio le queda!—exclamó irónicamente -San Miguel—. ¡Mientras esté con nosotros! Esperen -ustedes un momento aquí. Yo mismo voy.</p> - -<p>Quedaron solos Aviraneta y el Empecinado.</p> - -<p>—De manera que eres carbonario—preguntó -D. Juan Martín.</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—¿Y por qué no me lo has dicho?</p> - -<p>—Hombre. ¿Para qué?</p> - -<p>—Yo no he tenido secretos para ti.</p> - -<p>Aviraneta no contestó. Esperaron cerca de una -hora y al cabo de este tiempo, volvió el ministro, -un poco nervioso y sofocado, con los dos despachos.</p> - -<p>En el uno mandaba á los gobernadores, alcaldes -y justicias del reino que obedecieran las órdenes de -D. Eugenio de Aviraneta; en el otro nombraba comandante -general de todas las columnas patrióticas -que se organizasen en ambas Castillas, con facultades -extraordinarias para crear cuerpos y premiar el -mérito militar hasta coronel inclusive, á D. Juan Martín, -el Empecinado.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_167" id="Page_167">[167]</a></span></p> - -<p>—Espero que harán ustedes maravillas—dijo el -ministro.</p> - -<p>—Haremos lo que podamos—replicó D. Juan -Martín.</p> - -<p>—Se acerca el momento de prueba—repuso el -ministro—. Quiera Dios que salgamos con bien. Hasta -la vista, señores.</p> - -<p>—Adiós.</p> - -<p>Se estrecharon las manos, y D. Juan Martín y -Aviraneta salieron de Palacio.</p> - -<p>—Iremos juntos hasta Valladolid—dijo el Empecinado.</p> - -<p>—Bueno, iremos juntos—contestó Aviraneta.</p> - -<hr class="chap" /> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_168" id="Page_168"></a> -<a name="Page_169" id="Page_169"></a></span></p> - - -<h3 id="MILITAR">II.<br /> -MASCARADA MILITAR</h3> - - -<p>Salieron Aviraneta, el Empecinado y el <i>Lobo</i>, á -caballo, con una escolta de lanceros, y el primer -punto en donde hicieron una parada larga fué en la -finca de Castrillo, de D. Juan Martín.</p> - -<p>El Empecinado había pensado en reunir á sus antiguos -guerrilleros. Efectivamente, mandó recado á -los amigos de toda la comarca: unos no estaban en -sus casas, otros habían muerto, otros no podían.</p> - -<p>De Castrillo se pasó á Aranda, y aquí también, -excepción hecha de Diamante, Valladares y alguno -que otro miliciano nacional, no acudió nadie al llamamiento.</p> - -<p>Se decidió nombrar jefe de la Milicia del partido -de Aranda á Diamante y encargarle de la organización -de una columna patriótica.</p> - -<p>El <i>Lobo</i> aprovechó su estancia en Aranda para -traspasar su posada y su fragua á un pariente, y decidió, -en espera de los sucesos, llevar su familia á un -<span class="pagenum"><a name="Page_170" id="Page_170">[170]</a></span> -pueblo de la provincia de Burgos, de donde era su -mujer.</p> - -<p>Casi con la seguridad de que la comarca del Duero -no respondería al llamamiento para luchar por la -Constitución, se siguió á Valladolid.</p> - -<p>El Empecinado y Aviraneta giraron una visita á -los cuarteles y á los parques de la ciudad castellana, -y recibieron una impresión desconsoladora.</p> - -<p>Les acompañó un oficial de Estado Mayor, ex -ayudante de Zarco del Valle.</p> - -<p>Los informes de éste les sirvió para darse cuenta -de la situación. No había en los parques material de -artillería: los cañones eran malos y viejos, perfectamente -inútiles, y faltaban las municiones. Respecto á -la caballería, estaba en cuadro, y hacía mucho tiempo -que no maniobraba.</p> - -<p>Lo mejor era la infantería, y aun así, escaseaban fusiles, -cartuchos, uniformes y armas blancas.</p> - -<p>En cuestión de competencia, según el oficial de -Estado Mayor, se estaba á la altura de lo demás; los -oficiales conocían únicamente la guerra de guerrillas -y de pequeños grupos. El Estado Mayor no se hallaba -constituído científicamente: parecía un cuerpo -sin más objeto que llevar un uniforme lujoso.</p> - -<p>Los generales y jefes políticos querían resolver en -un momento lo que no se había resuelto en años, y -daban constantemente órdenes diversas y contradictorias.</p> - -<p>Para obviar la falta de uniformes y armas, las au<span class="pagenum"><a name="Page_171" id="Page_171">[171]</a></span>toridades -decidieron abrir las cuadras, conventos é -iglesias arruinadas, donde se habían almacenado los -despojos del ejército de Napoleón, y comenzaron á -aparecer, con gran regocijo de la gente, cascos, chacós, -morriones y turbantes de polacos, alemanes, mamelucos -y franceses. Al mismo tiempo salieron lanzas, -alfanjes, espadines y gumías.</p> - -<p>Un gran motivo de confusión y de desorden en las -ciudades eran las Sociedades secretas, que obligaban -á sus afiliados á adoptar una actitud especial ante los -sucesos. En el ejército, casi todos los oficiales y jefes -pertenecían á algún grupo político.</p> - -<p>Los generales habían dado el ejemplo.</p> - -<p>Mina era carbonario; O'Donnell, San Miguel, -O'Daly y Montijo, masones; Ballesteros, el Empecinado -y Palarea, comuneros; Morillo, anillero.</p> - -<p>Una divergencia parecida á la de los jefes de altos -cargos existía entre los oficiales subalternos, que -intrigaban abiertamente contra la política de los unos -ó de los otros.</p> - -<p>Para mayor confusión, los liberales exaltados de -los Ayuntamientos, casi todos ellos de la Milicia nacional, -viendo la indiferencia y pasividad del ejército, -pretendían dirigir y preparar la defensa de los -pueblos con planes absurdos y descabellados.</p> - -<p>Estos milicianos pensaban que los jefes no manifestaban -bastante ardimiento en la defensa de la libertad. -En los pueblos se veía ir y venir á los exaltados -seguidos de sus grupos.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_172" id="Page_172">[172]</a></span></p> - -<p>Algunos de estos ciudadanos, con su indumentaria -napoleónica, sus casacas, sus morriones, sus tricornios, -sus corazas, sus sables corvos de mameluco, -parecían comparsas de carnaval.</p> - -<p>El mayor contingente de soldados espontáneos lo -daba la clase media; los pobres, en general, odiaban -á los liberales como se odia á los tiranos: no los tenían -por gente del pueblo, sino por aristócratas extranjerizados, -enemigos de todo lo popular.</p> - -<p>Había, además de causas de simpatía espiritual, -otras más materiales para explicar el odio de la plebe -feota á los liberales: el liberal, en aquella época, -mandaba, el realista obedecía; el miliciano estaba -bien vestido; en cambio el soldado de la fe andaba -roto y haraposo. El feota quería cambiar su camisa -desgarrada y sucia por la casaca abrigada del audaz -matareyes y del impío matafrailes.</p> - -<p>Por entonces empezaba á generalizarse la palabra -<i>negro</i> para llamar al liberal, palabra que tuvo su expansión -con la entrada triunfal de los franceses con -Angulema.</p> - -<p>En los liberales de los pueblos había las mismas -divisiones que en los de Madrid.</p> - -<p>Los masones eran las personas más ilustradas; los -comuneros, los radicales y los lectores del <i>Zurriago</i>, -formaban una turba de demagogos callejeros, escandalosos -y chillones, que gritaban en las tabernas y -se confundían con la gente clerical.</p> - -<p>En el ejército había muchos oficiales enemigos de<span class="pagenum"><a name="Page_173" id="Page_173">[173]</a></span> -la Constitución. Estos no se recataban en decir que -veían próximo y deseaban el triunfo de los franceses.</p> - -<p>Los oficiales liberales entusiastas buscaban la manera -de preparar una resistencia seria; pero se encontraban -hundidos en aquel pantano de debilidades, -de desconfianzas y de intrigas.</p> - -<p>Por otra parte, los sargentos y cabos de milicianos -comuneros y zurriaguistas creían que las tropas de -Angulema estaban en la frontera únicamente para -intimidar á los descamisados españoles; pensaban -que el ejército francés era un ejército falso, inventado -por los pasteleros masones.</p> - -<p>Con este ambiente de indisciplina, de vacilaciones -y desconfianzas, era imposible que el país y el -ejército hiciesen algo serio.</p> - -<p>Así, el fracaso constitucional fué consumado de -una manera pobre, triste y grotesca, sin grandeza en -el vencedor ni heroísmo en el vencido.</p> - -<hr class="chap" /> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_174" id="Page_174"></a> -<a name="Page_175" id="Page_175"></a></span></p> - - - - -<h3 id="II_III">III.<br /> -ANTIGUOS AMIGOS</h3> - - -<p>Dejando á don Juan Martín muy desalentado, Aviraneta, -en compañía del <i>Lobo</i>, marchó á Burgos; se -detuvo unas horas en Miranda y en Vitoria, y llegó -á San Sebastián.</p> - -<p>Estaba de jefe político un navarro llamado Albistur, -y mandaba la guarnición el brigadier de Caballería -don Pablo de la Peña, que tenía á sus órdenes -los regimientos incompletos de Valencey, España, -Salamanca é Imperial Alejandro.</p> - -<p>Aviraneta conferenció con los dos jefes y les explicó -su misión de averiguar lo que ocurría con la -Intendencia del ejército de Angulema.</p> - -<p>—El ministro supone—dijo Aviraneta—que si el -Gobierno francés no resuelve este punto, su empresa -morirá por consunción antes de nacer.</p> - -<p>—Yo creo que lo resuelve—repuso el brigadier -Peña.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_176" id="Page_176">[176]</a></span> -—Entonces ustedes, los militares, tendrán la palabra—contestó -Aviraneta.</p> - -<p>—¿No es usted militar?</p> - -<p>—Militar de afición. He sido guerrillero.</p> - -<p>—¿Durante la guerra de la Independencia?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>El brigadier Peña contempló á Aviraneta con -curiosidad.</p> - -<p>—¿Y qué pretende el ministro?—repuso.</p> - -<p>—El ministro desea que se den facilidades al proyecto -de los republicanos franceses, que intentan hacer -desistir á sus paisanos de la invasión.</p> - -<p>—Estoy enterado de ese proyecto—dijo el brigadier.</p> - -<p>—Yo también—repuso el jefe político—, y ayudaré -con mis medios.</p> - -<p>—Entonces de acuerdo—añadió Aviraneta—; yo -me voy á Bayona y la primera noticia definitiva que -sepa la enviaré con un propio á Behovia.</p> - -<p>—Entonces yo me encargo de recogerla y hacer -que la lleven por la posta á Madrid—dijo el jefe político.</p> - -<p>Aviraneta dejó al <i>Lobo</i> en San Sebastián y se dirigió -á Irún. Encontró allí á su amigo Juan Olavarría, -quien se manifestó muy pesimista. Creía que Angulema -entraría sin dificultades, y que el ejército español -no sabría defenderse.</p> - -<p>Los liberales de Irún habían publicado una alocución -que terminaba diciendo:</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_177" id="Page_177">[177]</a></span></p> - -<p>"Si á pesar de todo la libertad sucumbiera, aun -nos quedaría un arbitrio que se burla de todos los tiranos: -perecer, como Leonidas, bajo las ruinas de la -República."</p> - -<p>Aviraneta tenía poca fe en las frases, y no hizo de -ésta mucho caso.</p> - -<p>Aviraneta alquiló una barca en Fuenterrabía, pasó -á Hendaya, y en un cochecito fué á San Juan de Luz.</p> - -<p>Aquí se detuvo en la casa donde vivía la viuda de -Ignacio Arteaga. Encontró á Mercedes como siempre -muy guapa. Corito, la ahijada de don Eugenio, -tenía ya tres años y estaba muy bonita, hablaba mucho; -contaba largas historias. Aviraneta comió con -la viuda y pasó unas horas en la terraza de la casa, -con la niña en brazos, mirando el mar.</p> - -<p>Recordó los tiempos en que solía estar en compañía -de Lara y de Fermina la <i>Navarra</i>, con la hija de -Martinillo el pastor, en un pueblo de la provincia de -Burgos.</p> - -<p>En aquellos momentos, en su imaginación se fundían -la hija de Teodosia y Corito, y eran la misma -persona.</p> - -<p>Por la noche llegaron á casa de Mercedes su tío -don Francisco Ramírez de la Piscina con el señor -Salazar, dos personalidades de Laguardia.</p> - -<p>Ramírez de la Piscina era un señor vestido de traje -negro, algo raído, con calzón corto, casaca larga y -aire clerical, frío y solemne.</p> - -<p>El Sr. Salazar contrastaba con él por su aspecto<span class="pagenum"><a name="Page_178" id="Page_178">[178]</a></span> -elegante. Salazar parecía salir de una fábrica recién -construído y barnizado. Iba muy elegante: vestía pantalón -estrecho con trabillas, levita azul estilo inglés, -botas que le sonaban al andar, cuello de camisa limpísimo -y corbata brillante de muchas vueltas. Sobre -el chaleco rameado llevaba una gruesa cadena de reloj -con muchos dijes, y en los dedos, una porción de -sortijas.</p> - -<p>El Sr. Salazar iba tan empaquetado, que cualquiera -hubiese temido que iba á hacer crac y á romperse -por alguna parte.</p> - -<p>Ramírez de la Piscina era realista; el Sr. Salazar -figuraba entre los anilleros y se tenía por hombre que -miraba los acontecimientos con frialdad y buen sentido. -Hablaba de una manera un tanto pedantesca.</p> - -<p>—Yo entiendo—le dijo el Sr. Salazar á Aviraneta—que -la Constitución de Cádiz tiene poca vida.</p> - -<p>—¿Por qué?</p> - -<p>—Porque no la han de dejar robustecerse, reconstituirse: -ó ha de vencer, y para eso no tiene fuerza, -ó ha de morir de anemia. Dentro tiene como enemigos -al rey y á la corte, que trabajan de consuno con -su dinero y su influencia en su descrédito, y, á mayor -abundamiento, á los frailes, á los afrancesados, á los -realistas, á los moderados. ¿No es cierto?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—Fuera tiene como enemigos á la Santa Alianza, -á Francia, que hoy está bajo una dinastía restaurada; -á Inglaterra, gobernada por una aristocracia<span class="pagenum"><a name="Page_179" id="Page_179">[179]</a></span> -<i>tory</i>, á la prensa europea y al comercio de todo el -mundo. Esto hace pensar que no vivirá.</p> - -<p>—¿De manera que vamos al absolutismo, al gobierno -de los frailes?</p> - -<p>—Algunos afirman que el Gobierno de Luis XVIII -ha ofrecido una Carta otorgada por el rey, á estilo -francés, con dos Cámaras; pero que las Cortes no la -aceptan. Esto no es óbice para que este sistema se -acepte tarde ó temprano en España.</p> - -<p>—No sé; lo que no creo es que el ofrecimiento -sea cierto—replicó Aviraneta—.Los políticos franceses -suponen que España no puede salir del absolutismo. -Piensan que á los españoles nos viene grande, -no una Constitución democrática como la de Cádiz, -sino una sombra de Parlamento vigilado por el -Gobierno.</p> - -<p>Tras de las divagaciones de Salazar, el Sr. Ramírez -de la Piscina contó á Aviraneta las postrimerías -de la regencia de Urgel. Esta regencia, después de -haber trabajado por el absolutismo y la intervención, -tomaba á última hora una actitud casi facciosa ante -los realistas.</p> - -<p>Uno de los directores, Eroles, había abandonado -á sus compañeros y se había unido á Eguía. Los otros -dos, los más acérrimos, el marqués de Mataflorida y -el arzobispo Creux, habían salido de Toulouse <i>motu -proprio</i>, estableciéndose en Perpiñán.</p> - -<p>Estando allí se les presentó el general Bordesoulle -y les invitó á que regresaran á Toulouse inmedia<span class="pagenum"><a name="Page_180" id="Page_180">[180]</a></span>tamente -á cumplimentar al duque de Angulema.</p> - -<p>La decadencia de la regencia de Urgel daba más -importancia al general Eguía. Este escribía á Mataflorida -diciéndole:</p> - -<p>"Renuncie V. E. á toda idea de sostener la regencia -que formó, dejando obrar libremente la que -yo debo presidir."</p> - -<p>Mataflorida, indignado, comunicó á sus amigos que -Eguía era partidario de la Carta y de las dos Cámaras, -cosa horrible para un realista puro, y les advirtió -que pensaba entrar en Navarra á desenmascarar á los -traidores. Eguía, incomodado, contestó dando orden -de prenderlo si se presentaba en Navarra. Mataflorida -dirigió una protesta al duque de Angulema, y -éste, en vez de escucharle, mandó confinar al marqués -y al arzobispo absolutistas en el interior de -Francia.</p> - -<p>Eguía triunfó en toda la línea, y con Calderón, -Juan Bautista Erro y el barón de Eroles fundó la Regencia -provincial, que comenzó en Bayona y se instaló -después en Oyarzun.</p> - -<hr class="chap" /> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_181" id="Page_181"></a></span></p> - - - - -<h3 id="II_IV">IV.<br /> -EN EL ESPIONAJE</h3> - - -<p>Con sentimiento dejó Aviraneta San Juan de Luz -y se dirigió á Bayona. Tomó un cuartucho alto en la -fonda de San Esteban, que fué lo único que pudo -encontrar, pues todos los hoteles estaban ocupados, -y se dispuso á enterarse de cuanto pasaba.</p> - -<p>Su primera gestión fué ir á casa de Juan Bautista -Beunza, que vivía en la calle de los Vascos, y encargarle -que le tuviera constantemente preparado un -tílburi para salir en cualquier momento y á toda prisa -para España.</p> - -<p>Hecha esta diligencia se dedicó á husmear por el -pueblo. El ejército francés de ocupación estaba distribuído -por las plazas del Mediodía de Francia. El -duque de Angulema iba á ponerse al frente de cinco -cuerpos de ejército. El primero se hallaba á las órdenes -del mariscal duque de Reggio, con los tenientes -generales conde de Autichamp, Bourke, vizconde -de Obert y Castex. Este era el destinado á mar<span class="pagenum"><a name="Page_182" id="Page_182">[182]</a></span>char -sobre Madrid. Los otros los mandarían el general -Molitor, el príncipe de Hohenlohe, el mariscal -Moncey y el general Bordesoulle.</p> - -<p>El general Guilleminot, hombre sagaz y de talento, -distinguido como militar y como político, había -sido nombrado mayor general.</p> - -<p>Además del gran número de jefes y oficiales franceses -reunidos en Bayona, estaba toda la flor y nata -del absolutismo español, excepto los pocos que quedaban -fieles á la Regencia de Urgel. Eguía, Erro, -Quesada, Longa, José O'Donnell, el <i>Trapense</i>, Josefina -Comerford, Urbiztondo, Corpas y otros muchos -andaban por allí reunidos con sus partidarios, -preparándose é intrigando.</p> - -<p>El ejército francés, paralizado en la frontera, y la -nube de cortesanos realistas, hacía que Bayona fuera -un gran foco de noticias falsas.</p> - -<p>Constantemente se decía que el ejército iba á salir, -y al mismo tiempo se aseguraba que no podía -marchar porque no tenía víveres ni para los hombres -ni para los caballos, y que faltaban almacenes, carros -y toda clase de medios de transporte.</p> - -<p>Estas últimas noticias, unidas á las diferencias y -al odio que se tenían los realistas españoles entre sí, -alimentaban las esperanzas de los liberales. Por otro -lado, algunos suboficiales y veteranos franceses decían -que no querían batirse con generales de sacristía.</p> - -<p>Aviraneta fué á casa de Basterreche y á la logia<span class="pagenum"><a name="Page_183" id="Page_183">[183]</a></span> -de Bayona, á la librería de Gosse y á la de Lamaignere. -Todas las logias del Mediodía de Francia se -habían movilizado. Quedaba todavía en ellas un rastro -republicano, un residuo de la tendencia girondina. -En la parte vasca dominaban dos hombres: Garat -y Basterreche; en las Landas quedaban algunos -amigos de Ducos, y en la parte gascona persistía la -influencia del convencional Barère, que vivía por -entonces, ya viejo, en Bruselas.</p> - -<p>A pesar de su versatilidad, de haber sido girondino, -jacobino, bonapartista y hasta haberse ofrecido, -según algunos, á los Borbones, Beltrán Barère era -muy querido por los gascones, que veían en él un regionalista -entusiasta y un enemigo de la centralización -y de la supremacía de París sobre la provincia.</p> - -<p>Tanto á Garat como á Barère se les consideraba -por su influencia y su grado en la masonería, como -<i>acerrimi libertatis et veritatis defensores</i>: acérrimos -defensores de la libertad y de la verdad.</p> - -<p>Estas logias de los pueblos del Mediodía de Francia -se cambiaban órdenes y mandaban impresos asegurando -que las tropas no entrarían en España y -que los soldados franceses no querían ser criados de -los jesuítas.</p> - -<p>Al segundo día de llegar, en casa de Basterreche -le dijeron á Aviraneta que el banquero Ouvrard acababa -de presentarse en Bayona. La noticia era grave, -porque Ouvrard tenía fama de ser hombre expeditivo -y capaz de resolver las mayores dificultades.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_184" id="Page_184">[184]</a></span></p> - -<p>El día siguiente, 4 de Abril, Aviraneta se puso -en campaña para seguir los pasos de Ouvrard. No -era fácil, ni mucho menos. El banquero venía con su -socio Seguín, su sobrino Víctor, una docena de criados, -y estaba muy vigilado por la policía. Ouvrard -tuvo varias conferencias con el intendente Sicard, -con el duque de Bellune y con el general Tirlet.</p> - -<p>El día 5, por la mañana, Aviraneta supo en la librería -de Gosse que el príncipe generalísimo de las -tropas francesas había llamado á conferencia á Ouvrard, -y poco después se aseguró que se enviaba la -caballería hacia las llanuras de Tarbes, porque no -había forrajes suficientes para ella.</p> - -<p>El mismo día por la noche Aviraneta tuvo la gran -sorpresa de ver entrar en la fonda de San Esteban -á la Sole con el marqués de Vieuzac.</p> - -<p>Ella le conoció en seguida; el marqués, no. Aviraneta, -por uno de los mozos del hotel, afiliado á la -masonería, mandó á la Soledad un recado diciéndola -que quería tener con ella una entrevista. La Soledad, -sin duda, se alarmó al saber que don Eugenio -estaba en el mismo hotel, y le contestó advirtiéndole -que se hallaba muy vigilada, y que si le tenía algo -que decir se lo comunicara por el mozo, sin escribirla. -La Soledad no apareció por el comedor. Comía -en su cuarto con una señora parisiense que la acompañaba.</p> - -<p>Aviraneta hubiese querido averiguar algo por la -Sole. Vieuzac, como empleado de importancia, de<span class="pagenum"><a name="Page_185" id="Page_185">[185]</a></span>bía -estar enterado al detalle de cuanto pensaba hacer -el Gobierno francés.</p> - -<p>El día 5, por la tarde, el mozo masón de la fonda -de San Esteban se acercó á Aviraneta y le dijo -que tenía que hablarle.</p> - -<p>Este mozo, que se llamaba Gracieux, era todo un -tipo: alto, flaco, aventurero, hombre de gran nariz y -de concepciones atrevidas. Gracieux era admirador -de Aviraneta. Gracieux, con gran misterio, le dijo -á don Eugenio que iban á tener una cena en un comedorcito -aparte un ayudante del general Tirlet, el -sobrino de Ouvrard, el marqués de Vieuzac y varias -damas: la Soledad con su señora de compañía, una -cómica amiga de Ouvrard y una bailarina entretenida -por el ayudante de Tirlet.</p> - -<p>El mozo masón dijo á Aviraneta que si quería le -prepararía un escondrijo, y desde él podría oír la -conversación.</p> - -<p>—Vamos á ver eso.</p> - -<p>Entraron en el comedor.</p> - -<p>El mozo abrió la parte baja de un armario grande.</p> - -<p>—Aquí puede usted meterse—le dijo.</p> - -<p>—¿Aquí?—exclamó Aviraneta.</p> - -<p>—Sí, hay sitio. Un poco incómodo será.</p> - -<p>—Veamos.</p> - -<p>Aviraneta hizo la prueba y murmuró:</p> - -<p>—La cabeza no está muy cómoda sobre un trozo -de madera.</p> - -<p>—Le traeré á usted una almohada.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_186" id="Page_186">[186]</a></span></p> - -<p>—Buena idea.</p> - -<p>Aviraneta cogió la almohada que le dió el mozo, -y se tendió en el armario.</p> - -<p>—¿A qué hora es la cena?—preguntó.</p> - -<p>—A las doce.</p> - -<p>—Tres horas de espera. Bueno. Me dedicaré á -la meditación.</p> - -<p>—Cuando se acabe la cena y se vayan yo vendré -á sacarle á usted—dijo el mozo.</p> - -<p>Aviraneta se tendió en su agujero y pasó las tres -horas aburrido. Sonaron las doce, y no apareció -nadie; á la una se presentaron las mujeres, y poco -después de las dos llegaron los hombres.</p> - -<p>Comenzó la cena. Vieuzac estaba galante con la -Soledad. Ella hablaba ya bastante bien el francés, y -se manifestaba, como siempre, muy mimosa, coqueta -y melancólica.</p> - -<p>Ouvrard el joven, como parisiense que encuentra -que fuera de París no se puede vivir, comenzó á hablar -mal de los meridionales. Según él, desde Angulema -para abajo no se veía más que afectación, falsedad, -farsa y mentira. A alguien había oído decir -<i>Mendacia vasconica</i>: mentira vasca ó gascona, y repetía -la frase.</p> - -<p>Vieuzac, que procedía de Argeles de Bigorre, -defendió á los meridionales con calor.</p> - -<p>—Defienda usted también á su paisano el regicida -Barère—dijo Ouvrard con ironía.</p> - -<p>—Paisano y pariente—replicó Vieuzac.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_187" id="Page_187">[187]</a></span></p> - -<p>—¿Es usted pariente del Anacreonte de la guillotina?—preguntó -el ayudante de Tirlet.</p> - -<p>-Sí.</p> - -<p>—Y creo que tiene cierto orgullo con ello—repuso -Ouvrard.</p> - -<p>—Como ustedes, los bretones, tienen entusiasmo -por sus realistas salvajes.</p> - -<p>—¿Vive Barère?—dijo el ayudante de Tirlet.</p> - -<p>—Sí, en Bruselas.</p> - -<p>—¡Qué extraña existencia la de esos hombres! -¿Usted le conoce?</p> - -<p>—Sí. Es uno de los tipos más sugestivos y más -amenos que se pueden tratar. En su conversación -hace desfilar todas las figuras de la historia contemporánea -de Francia.</p> - -<p>Aviraneta pensó que perdía el tiempo en su agujero -y que no se iba á hablar de la intervención; pero -á los postres el ayudante de Tirlet preguntó:</p> - -<p>—¿Y al fin entramos ó no entramos en España?</p> - -<p>—Sí—dijo Vieuzac—. Está decidido.</p> - -<p>—Mañana, á las diez, se firma el tratado de mi tío -añadió Víctor Ouvrard—. Su alteza real el príncipe -generalísimo pondrá él mismo el sello en el contrato.</p> - -<p>—¿De modo que han quedado todos los puntos -resueltos?</p> - -<p>—Todos.</p> - -<p>—¿Y el ministro de la Guerra?</p> - -<p>—El mariscal Víctor—dijo Ouvrard—está enfermo -de gota, y grita á todas horas furioso que mi tío<span class="pagenum"><a name="Page_188" id="Page_188">[188]</a></span> -es un ladrón y que quiere quedarse con todo el dinero -de la administración militar.—Y es posible que -sea verdad.</p> - -<p>—¡Vaya un buen sobrino!—exclamó el ayudante -de Tirlet.</p> - -<p>—Amigo de Platón, pero más amigo de la verdad—contestó -Víctor Ouvrard.</p> - -<p>—¿Amigo de quién?—preguntó la bailarina.</p> - -<p>—De Platón... un banquero—dijo el ayudante de -Tirlet, riendo.</p> - -<p>—¿Rico?</p> - -<p>—Muy rico.</p> - -<p>—Me gustaría conocerle.</p> - -<p>—Es incorruptible.</p> - -<p>—¡Bah!</p> - -<p>—Esos españoles lo están haciendo mal—exclamó -Vieuzac.</p> - -<p>—Sí; vamos á hacer el juego á Fernando y á los -frailes—repuso el ayudante.</p> - -<p>—Se hará lo posible para impedirlo—dijo Vieuzac—. -Mientras el ejército francés esté en España, -yo creo que los realistas y los frailes no se desmandarán, -á no ser que los liberales cometan grandes -violencias.</p> - -<p>—En fin, poco importa—exclamó el ayudante—nos -pegaremos con los españoles. Esta no es una -guerra como las de Napoleón, cierto; pero el militar -no puede elegir las guerras. De todos modos habrá -ascensos y condecoraciones.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_189" id="Page_189">[189]</a></span></p> - -<p>Tras de este intermedio político los comensales -volvieron á su conversación de París, y á las cuatro -de la mañana abandonaron el comedor. El mozo fué -á avisar á Aviraneta que podía salir.</p> - -<p>Este marchó rápidamente á su cuarto y luego á la -calle.</p> - -<p>Estaba clareando. D. Eugenio fué corriendo á la -calle de los Vascos y llamó en casa de Beunza. -Pronto bajó el hijo Pedro, acompañado de un joven, -de Ustaritz, llamado Cadet. Sacaron entre los dos el -cochecito, aparejado.</p> - -<p>Aviraneta, Beunza y Cadet montaron en el coche -y salieron inmediatamente camino de la frontera.</p> - -<hr class="chap" /> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_190" id="Page_190"></a> -<a name="Page_191" id="Page_191"></a></span></p> - - - - -<h3 id="II_V">V.<br /> -EN EL CAMINO</h3> - - -<p>Beunza, el joven, dirigía muy bien; el caballo tenía -mucha sangre y el tílburi marchaba á la carrera. El -día estaba hermoso; el sol brillaba en los campos.</p> - -<p>Beunza saludaba á derecha é izquierda á las muchachas, -que salían á las ventanas y reían, y las echaba -besos.</p> - -<p>—Sabe usted que ayer hubo jaleo en el teatro de -Bayona—, dijo de pronto Pedro.</p> - -<p>—No. ¿Qué pasó?—preguntó Aviraneta.</p> - -<p>—Pues nada: una manifestación de hostilidad entre -los liberales y el ejército.</p> - -<p>—Cuenta eso.</p> - -<p>—Ayer, por la noche, se representaba una comedia -bastante sosa, llamada <i>El interior de mi estudio</i>, en -que se habla de la paz conyugal; y cuando se oía esta -palabra paz, nosotros aplaudíamos. Entonces un ayudante -del general Autichamp, que estaba en un palco, -se levantó y gritó: <i>A la porte la canaille!</i> Nosotros<span class="pagenum"><a name="Page_192" id="Page_192">[192]</a></span> -contestamos, gritando: ¡Fuera! ¡Fuera! ¡Mueran los -chuanes!</p> - -<p>—Los militares se echarían sobre vosotros.</p> - -<p>—Sí; dos oficiales franceses vinieron á pedirnos -explicaciones á Cadet y á mí: yo le dije al mío que era -una vergüenza que fueran á matar la libertad en España. -Estábamos discutiendo en tono cada vez más -agrio, cuando se presentó un señor gordo con pretensiones -de elegante: gran levitón á la inglesa y sombrero -de copa. Este señor debía tener algún ascendiente -sobre los militares, porque los calmó y los hizo -marcharse de allí.</p> - -<p>—¿Usted es francés?—me preguntó luego, con un -acento muy cómico.</p> - -<p>—No, soy español.</p> - -<p>—¡Ah, es usted español!</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—¿Castellano?</p> - -<p>—No, navarro.</p> - -<p>—¿Realista?</p> - -<p>—Republicano.</p> - -<p>El gordo se echó á reir y encendió una gran pipa -de ámbar que llevaba.</p> - -<p>—¿De manera que es usted republicano?</p> - -<p>—Sí, señor.</p> - -<p>—Yo soy realista.</p> - -<p>—Peor para usted.</p> - -<p>—Sin embargo, comprendo que cada cual tiene -que tener sus ideas.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_193" id="Page_193">[193]</a></span></p> - -<p>—Yo no lo comprendo—le dije.</p> - -<p>—Es posible que haya usted oído hablar de mí—añadió -el gordo, amablemente.</p> - -<p>—Creo que no.</p> - -<p>—Yo soy el general Longa. Francisco Longa, el -guerrillero.</p> - -<p>Como yo sé que Longa es además de muy valiente -muy honrado, le traté con respeto y nos hemos hecho -amigos.</p> - -<p>El joven Beunza se consideraba á sí mismo como -hombre á quien preocupaba únicamente la política, -pero se le veía que se le iban los ojos tras de las muchachas -que pasaban.</p> - -<p>En el cochecito cruzaron, de prisa, por Bidart, San -Juan de Luz y Urruña, y al llegar á Hendaya se encontraron -con que estaban allí acantonadas fuerzas -de artillería, infantería y caballería francesas preparándose -para atravesar la frontera.</p> - -<p>Aviraneta, Cadet y Beunza pasaron el Bidasoa -en una barca, y en Behovia D. Eugenio, se encontró -con el correo enviado por Albistur, el jefe político -de Guipúzcoa.</p> - -<p>Aviraneta se sentó á la puerta de un caserío y escribió -un oficio al ministro y otro al gobernador de -San Sebastián.</p> - -<p>Poco después el correo salía al galope.</p> - -<p>Aviraneta iba á buscar un sitio donde acostarse, -cuando se encontró con el <i>Lobo</i>.</p> - -<p>—¿Qué hay?—le dijo—¿Está usted aquí?</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_194" id="Page_194">[194]</a></span></p> - -<p>—Sí, aquí estamos con los carbonarios franceses -é italianos. Yo he venido con ellos de San Sebastián.</p> - -<p>—¿Cuántos hay?</p> - -<p>—Ciento y tantos.</p> - -<p>—¿Nada más?</p> - -<p>—Nada más.</p> - -<p>—Mal negocio.</p> - -<p>—Sabe usted que el jefe le conoce á usted.</p> - -<p>—¿A mí?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—¿Quién es?</p> - -<p>—Ha preguntado por usted. Si quiere usted -verle...</p> - -<p>—Sí; vamos.</p> - -<p>El <i>Lobo</i>, Beunza, Cadet y Aviraneta marcharon -hacia la cabeza del puente de Behovia, roto por entonces.</p> - -<p>Había por allí varios grupos de paisanos y de militares -con uniformes del tiempo de Bonaparte.</p> - -<p>Los paisanos llevaban el traje clásico del liberal -de la época: levitón largo y entallado, cerrado hasta -la barba, sombrero blando y bastón de junco, con -alma de plomo, sostenido en la muñeca con una cinta -de cuero.</p> - -<p>El <i>Lobo</i>, Beunza, Cadet y Aviraneta cruzaron -entre el grupo, y el <i>Lobo</i>, señalando á uno de los militares, -dijo:</p> - -<p>—Ese es el jefe.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_195" id="Page_195">[195]</a></span></p> - -<p>Aviraneta reconoció los ojos brillantes y la cara -redonda, alegre y decidida del barón de Fabvier.</p> - -<p>Aviraneta hizo un gesto de sorpresa y estrechó con -efusión la mano del francés.</p> - -<p>—Usted siempre en la hora del peligro—dijo -Fabvier.</p> - -<p>Al lado de éste se hallaban el coronel Caron y -un hombre de unos cincuenta años, de tipo germánico, -tostado por el sol, que resultó ser el general Lallemand.</p> - -<p>El barón explicó á Aviraneta su proyecto.</p> - -<p>Pensaba invitar, desde la orilla española del Bidasoa, -á los soldados de Angulema á que abandonaran -la invasión y á que se acogiesen á la bandera -tricolor que enarbolarían ellos. En el caso de que -los soldados de Luis XVIII simpatizaran, cruzarían -el río en unas cuantas barcas que tenían en la orilla, -cerca de Azquen Portu.</p> - -<p>—Si le puedo servir en algo, mándeme usted—dijo -Aviraneta.</p> - -<p>—Tengo un aventurero francés que he encontrado -por aquí para dirigir mi pequeña flota, pero no es de -confianza, no le conozco; vaya usted y tome la dirección -de las barcas. Si la cosa sale bien, yo le llamaré -para que se acerque.</p> - -<p>—Bueno, voy en seguida.</p> - -<p>Aviraneta con sus amigos, marchó camino de Irún, -y, al llegar á Azquen Portu, se embarcó.</p> - -<hr class="chap" /> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_196" id="Page_196"></a> -<a name="Page_197" id="Page_197"></a></span></p> - - - - -<h3 id="II_VI">VI.<br /> -EL BATALLÓN DE LOS HOMBRES LIBRES</h3> - - -<p>El batallón de los Hombres libres, así se llamaba -aquel puñado de ilusos reunidos delante de Behovia, -había tenido una larga y difícil gestación.</p> - -<p>Habían esperado los carbonarios organizadores -formar una columna de mil hombres, con armas, entre -franceses é italianos liberales. Esta tropa se iría -alistando en Bilbao, Tolosa y San Sebastián.</p> - -<p>Los jefes políticos de Vizcaya y de Guipúzcoa -tenían orden del Gobierno español de ayudarlos.</p> - -<p>El primer núcleo del pomposo batallón de Hombres -libres fué una compañía de cazadores, formada -en Bilbao con desertores franceses y algunos napolitanos.</p> - -<p>Mandaba esta compañía el capitán de artillería -Nantil, hombre de cierta fama. Nantil era un antiguo -oficial de la legión del Meurthe, bonapartista, -que había tomado parte en Francia en el proyectado -asalto del castillo de Vincennes.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_198" id="Page_198">[198]</a></span></p> - -<p>Este complot se fraguó en París antes de la constitución -del carbonarismo.</p> - -<p>Habían ideado los revolucionarios sorprender el -castillo de Vincennes; después, Nantil y otro oficial, -Capes, sublevarían sus regimientos de guarnición en -París, y con la gente de los arrabales de esta ciudad -darían el asalto á las Tullerías. Estaban complicados -en la conspiración Lafayette con sus amigos, varios -generales y oficiales de alta graduación, como Ordener, -Fabvier, Caron y Dentzel. Después del movimiento -en París, Argenson debía sublevar la Alsacia, -Saint-Aignan, Nantes y Corcelles Lyon.</p> - -<p>La víspera del día fijado para sorprender Vincennes, -un polvorín de este fuerte voló por casualidad. -Al hacer la sumaria, los agentes de la policía -militar y civil notaron los trabajos de los conspiradores -y las disposiciones tomadas para el asalto. Nantil -y sus amigos escaparon.</p> - -<p>Nantil vino á España y se estableció en Bilbao, y -estuvo estudiando durante algún tiempo las fortificaciones -de esta ciudad con el barón de Condé.</p> - -<p>Nantil, con su compañía de cincuenta ó sesenta -hombres, la bandera tricolor desplegada, pasó por -las calles de Bilbao, el 20 de Marzo de 1823, al -grito de ¡Viva la Libertad! ¡Viva la unión de los pueblos! -y alguno que otro de ¡Viva Napoleón segundo! -Los italianos de Nantil casi todos eran republicanos; -los franceses, la mayoría, bonapartistas.</p> - -<p>Este grupo marchó camino de Tolosa.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_199" id="Page_199">[199]</a></span></p> - -<p>Pocos días después, el coronel Caron dejaba Madrid -y se trasladaba á San Sebastián, en compañía -de Fabvier.</p> - -<p>Caron era hermano del militar fusilado en Estrasburgo -á consecuencia del falso complot preparado -por la policía y uno de los jefes más importantes de -los carbonarios.</p> - -<p>Fabvier era el que aparecía como organizador y -hombre de empuje de los liberales desde la ejecución -de los sargentos de la Rochela.</p> - -<p>El punto de cita de los Hombres libres, hasta -1.º de Abril, fué Tolosa; pasado este día se reunirían -en San Sebastián y en Irún.</p> - -<p>El Gobierno francés no estaba tranquilo; á uno -de los militares que había salido de París, con su -uniforme de oficial bonapartista metido en la maleta, -se le había ocurrido poner en ésta, para despistar, el -nombre y la dirección del general Lostende, ayudante -de Guilleminot. La maleta fué detenida por la -policía, y se creyó que Lostende y el mismo Guilleminot -estaban complicados con los revolucionarios, y -el ministro de la Guerra, el mariscal Víctor, dió la -orden de destituirlos.</p> - -<p>El peligro que asustaba al Gobierno francés era -bien pequeño.</p> - -<p>El batallón de los hombres libres marchaba muy -despacio y tenía bastante menos fuerza de lo que -aparentaba.</p> - -<p>Se había mandado aviso, por las ventas carbona<span class="pagenum"><a name="Page_200" id="Page_200">[200]</a></span>rias, -á Cugnet de Montarlot, á Vaudoncourt y á Delon; -pero no se estaba muy seguro de que hubieran -recibido el aviso, ni de que tuvieran tiempo de presentarse -en San Sebastián.</p> - -<p>Se esperaba mucho de los tres; sobre todo, de -Vaudoncourt y de Delon.</p> - -<p>Delon, como casi todos los oficiales franceses de -artillería cultos, era republicano, demócrata y partidario -de la gente civil.</p> - -<p>Esto separaba mucho á los republicanos de los -bonapartistas, pues aunque los bonapartistas se llamaban -liberales, eran en general enemigos de los hombres -civiles.</p> - -<p>Delon, de oficial de artillería, trabajó con entusiasmo -con el general Berton en el movimiento de -Saumur. Estuvo también complicado en el asunto de -los sargentos de la Rochela; era jefe importante de -los carbonarios, y vivía desde hacía tiempo en España.</p> - -<p>Llegado el momento, Delon no se presentó, y Vaudoncourt, -tampoco. Se vió con gran tristeza que en vez -de los mil hombres que se esperaban, apenas se reunieron -en San Sebastián unos doscientos, entre militares -y carbonarios.</p> - -<p>El último día apareció el general Lallemand, con -dos amigos. Lallemand era fundador del Campo de -Asilo de Tejas, que había sido un fracaso. Este general -había iniciado una suscripción para formar una -colonia, en América, suscripción que no se llevó á<span class="pagenum"><a name="Page_201" id="Page_201">[201]</a></span> -cabo porque los liberales comprendieron que no les -convenía enviar á los oficiales liberales y bonapartistas, -á medio sueldo, tan lejos.</p> - -<p>Al volver á Europa y saber lo que se preparaba -Lallemand, se presentó en seguida en la frontera -española.</p> - -<p>Varios generales, coroneles y comandantes formaban -el batallón de los Hombres libres, que estuvo -instalado unos días en San Sebastián.</p> - -<p>En un pueblo pequeño, como entonces era éste, -hubo dificultades para alojar aquellos hombres. Los -liberales de la ciudad se los repartieron, y algunos -lombardos quincalleros recién venidos al pueblo tomaron -como alojados á los italianos.</p> - -<p>El pequeño batallón de los Hombres libres se dirigió -á Irún.</p> - -<p>Iban en él Fabvier, Lallemand, Caron, Nantil, -Berard, Lamotte, Moreau, Pombas y Armando Carrel. -A pesar de su pequeñez, no se desanimaron.</p> - -<p>Caron, Fabvier y Lallemand tuvieron una conferencia. -Caron había recibido cartas de sus confidentes -diciéndole que el primer cuerpo de ejército, que -estaba ya en Urruña, avanzaría hacia Hendaya y las -orillas del Bidasoa, el día 6 de Abril.</p> - -<p>El día 5, por la noche, se decidió que el batallón -de los Hombres libres se presentara en Behovia. -Los militares, con sus uniformes y al frente la bandera -tricolor, intentarían fraternizar con las avanzadas -francesas.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_202" id="Page_202">[202]</a></span></p> - -<p>El gobernador militar de San Sebastián envió al -campo atrincherado de Irún al regimiento Imperial -Alejandro, para demostrar á los franceses de Angulema -que el Gobierno español patrocinaba la empresa -de los carbonarios, y al mismo tiempo para defenderlos.</p> - -<p>El día 6, por la mañana, el coronel Fabvier tomaba -posiciones en la cabeza del puente destruído del -Bidasoa.</p> - -<p>Al otro lado del río, y al alcance de su voz, estaba -el 9.º regimiento de Infantería ligera y de Artillería -de campaña.</p> - -<p>A primera hora de la tarde, el teniente general -de Artillería Tirlet fué á la orilla del Bidasoa, delante -de Behovia, y dió las órdenes al general Vallin para -que estableciera un puente de barcas.</p> - -<p>El general Vallin mandaba la brigada de vanguardia -del primer cuerpo, y una compañía de esta -brigada comenzó los trabajos para instalar los pontones.</p> - -<p>Al mismo tiempo, algunas patrullas del regimiento -Imperial Alejandro se acercaron á la orilla española, -en observación.</p> - -<p>Aviraneta, Beunza, Cadet y el <i>Lobo</i>, en las barcas, -fueron acercándose á Behovia.</p> - -<p>Era ya media tarde cuando apareció el grupo de -bonapartistas y carbonarios, y comenzó á llamar á los -soldados de las avanzadas francesas y á darse á conocer.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_203" id="Page_203">[203]</a></span></p> - -<p>—¡Ahora vamos!—gritaron los de la orilla española.</p> - -<p>—¡Sí, venid!—contestaron los soldados que trabajaban -al otro lado.</p> - -<p>En esto, los carbonarios se pusieron á cantar <i>La -Marsellesa</i> y á agitar la bandera tricolor. Las notas -del hermoso himno se extendieron por la superficie -tranquila del río.</p> - -<p>Aviraneta dió orden á los de sus barcas para que se -acercaran á la cabeza del puente, donde se hallaban -los carbonarios. En esto se vió avanzar al galope, en -la orilla francesa, un general á caballo.</p> - -<p>Era el general Vallin. Mandó preparar una batería; -los artilleros obedecieron, y sonaron dos estampidos.</p> - -<p>—¡Viva el Rey!—gritó el general.</p> - -<p>—¡Viva!—contestaron los soldados, sin gran entusiasmo.</p> - -<p>Fabvier y sus tropas, al ver que la descarga no había -alcanzado á nadie, y creyendo que los artilleros -estaban de su parte, gritaron, agitando la bandera -tricolor:</p> - -<p>—¡Viva la Artillería francesa! ¡Viva la República!</p> - -<p>—¡Retiraos, miserables!—oyó Aviraneta que vociferaba -el general.</p> - -<p>—¡Viva la Libertad! ¡Viva la República!—contestaron -los hombres libres.</p> - -<p>Entonces el general Vallin volvió á mandar cargar -los cañones, y se hicieron varios disparos, segui<span class="pagenum"><a name="Page_204" id="Page_204">[204]</a></span>dos -de metralla. Ocho hombres quedaron muertos -en la orilla española, y veinte ó treinta heridos.</p> - -<p>El general Vallin mandaba hacer alto el fuego, -cuando se le presentó el cabecilla español el <i>Trapense</i> -solicitando permiso para pasar el Bidasoa, con -ochocientos soldados de la Fe, y perseguir á los carbonarios.</p> - -<p>Aviraneta y los suyos iban á escapar dejándose -llevar en las barcas por la corriente; pero de la orilla -francesa les habían apercibido, y les intimaban á -acercarse, si no querían recibir un tiro.</p> - -<p>Aviraneta vió que era muy difícil escapar á quinientas -balas que podían disparar sobre ellos, y se -acercó á la orilla francesa.</p> - -<p>La partida del <i>Trapense</i> quería pasar en las mismas -barcas preparadas para los carbonarios.</p> - -<p>No hubo más remedio que conformarse.</p> - -<p>El <i>Trapense</i> venía montado en un caballo tordo, -y cerca de él iba su amante, Josefina Comerford, de -amazona, con un velo en la cara.</p> - -<p>El <i>Trapense</i> entró con Josefina en la lancha.</p> - -<p>Era el padre Marañón un hombre moreno, de -ojos negros brillantes, melenas y larga barba espesa, -de obscuro color castaño.</p> - -<p>Su indumentaria tenía de hombre de iglesia y de -bandolero de teatro. Llevaba sombrero de ala ancha, -de color ceniza, con plumas rojas y amarillas y -escarapela roja; zamarra de piel negra con el entorchado -de brigadier en la ancha manga; calzones<span class="pagenum"><a name="Page_205" id="Page_205">[205]</a></span> -bombachos, de terciopelo azul, con muchos botones, -y botas con gruesas espuelas de plata.</p> - -<p>En la cintura ostentaba una canana y dos pistolas; -en el pecho, un escapulario de la Orden de San -Francisco y un crucifijo de metal dorado.</p> - -<p>En vez de espada empuñaba un látigo.</p> - -<p>Josefina Comerford entró en la lancha, y estuvo -sentada al lado de Aviraneta.</p> - -<p>Era esta dama realista una mujer seductora: tenía -los ojos azules, la tez blanca y el pelo negro. Aunque -no de gran estatura, su talle era muy esbelto.</p> - -<p>Llevaba traje de amazona, dormán con alamares -de oro, y una insignia de plata en la manga. Josefina, -al ver que la observaban, tomó una actitud desafiadora -y orgullosa.</p> - -<p>Beunza la estuvo contemplando con gran atención.</p> - -<p>—Lástima que le guste ese frailazo—dijo en vascuence; -y uno de los remeros, al oirlo, se echó á reir.</p> - -<p>Al bajar en la orilla española, el fraile enarboló el -crucifijo, y lo dió á besar á un grupo de aldeanos -que se había reunido allá.</p> - -<p>Unos ochocientos soldados de la Fe fueron pasando, -en barcas, á ocupar Behovia.</p> - -<p>Al terminar, viéndose menos vigilado, Aviraneta, -en su lancha se dejó llevar por la corriente, y desembarcó -cerca de Irún.</p> - -<p>Beunza y Cadet se metieron en casa de un amigo, -con la intención de volver á Francia. Los demás -remeros desaparecieron, y Aviraneta quedó en com<span class="pagenum"><a name="Page_206" id="Page_206">[206]</a></span>pañía -de un pescador que llamaban el <i>Arranchale</i>, -un francés apodado <i>Nación</i> y el <i>Lobo</i>.</p> - -<p>En Irún se estaban haciendo preparativos para la -entrada de Angulema, y como allí Aviraneta era conocido, -decidió marchar á San Sebastián á pie.</p> - -<hr class="chap" /> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_207" id="Page_207"></a></span></p> - - - - -<h3 id="II_VII">VII.<br /> -HUYENDO</h3> - - -<p>Aviraneta y el <i>Lobo</i>, con los dos hombres de las -barcas, <i>Arranchale</i> y <i>Nación</i>, tomaron el camino de -San Sebastián. La noche estaba obscura, no se veía -una luz en todo el campo.</p> - -<p>Al llegar al alto de Gainchurizqueta se desviaron -del camino, se metieron en una borda y se echaron á -dormir sobre la hierba seca.</p> - -<p>Aviraneta estaba rendido del ajetreo de los días -anteriores.</p> - -<p>Al amanecer se despertó el <i>Lobo</i>, llamó á los -compañeros y salieron de la borda.</p> - -<p>La mañana estaba radiante, el cielo muy azul y -los campos muy verdes.</p> - -<p>Durante la marcha fueron hablando los cuatro. El -francés, <i>Nación</i>, era un hombre fuerte, membrudo, -sombrío, de tipo brutal. Era del Norte, vestía un -traje azul, de tela basta. Tenía los brazos tatuados -y un anillo en la oreja; fumaba en una pipa corta y -negra, en la que hundía el dedo pulgar. <i>Nación</i> con<span class="pagenum"><a name="Page_208" id="Page_208">[208]</a></span>sideraba -España y el Mediodía de Francia como países -salvajes.</p> - -<p>Aviraneta le hizo algunas preguntas que no quiso -contestar. Habló únicamente de los sitios de Europa -que había recorrido, que al parecer eran muchos, y -se dejó decir que había estado en los pontones. Aviraneta -supuso que era algún forzado escapado de presidio.</p> - -<p>El <i>Arranchale</i>, por el contrario de <i>Nación</i>, no conocía -más que su país, y no sabía hablar más que vascuence. -El <i>Arranchale</i> no entendía de política ni sabía -lo que querían los liberales ni los realistas: para él, -unos y otros peleaban por fantasía. El <i>Arranchale</i>, -unos años antes, había dejado de ser marinero y se -había hecho labrador; pero su mala suerte le indujo -á tomar en arriendo un caserío de Oyarzun, en donde -los blancos y los negros siempre tenían que parar -á reñir y á llevarse después lo que hubiera.</p> - -<p>Entonces el <i>Arranchale</i> había dejado su mujer y -dos hijos en casa de la suegra, y andaba de un lado -á otro trabajando en Francia ó España, siempre en el -país vasco á pocas leguas de su casa.</p> - -<p>El <i>Arranchale</i> no se atrevía á alejarse mucho porque -á una pequeña distancia de su pueblo ya se sentía -extranjero.</p> - -<p>Era el <i>Arranchale</i> fuerte, membrudo, sonriente y -ágil como un mono. Charlando, pasaron por delante -de la bahía de Pasajes, que brillaba como un lago al -sol, y se acercaron á San Sebastián.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_209" id="Page_209">[209]</a></span></p> - -<p>La ciudad en su promontorio, arrimada al Castillo, -formaba una pequeña península, unida á tierra por -arenales, pero en aquel momento de marea alta, éstos -se hallaban cubiertos de agua, y el pueblo, apoyado -en el monte, parecía una isla fortificada, con sus murallas, -sus baluartes y sus cubos.</p> - -<p>Pasaron Aviraneta y sus compañeros un puente de -barcas, se acercaron á la puerta de Tierra y entraron -en la plaza.</p> - -<p>Aviraneta fué á ver al gobernador militar. El gobernador -y el Ayuntamiento tomaban en aquel momento -las más enérgicas medidas: mandaban prender -á varios frailes y curas y á otras personas sospechosas -desafectas á la Constitución, entre ellas al escribano -don Sebastián Ignacio de Alzate, tío de Aviraneta.</p> - -<p>Siete presbíteros de los presos aquel día fueron -después fusilados y arrojados desde las rocas del Castillo -de la Mota al mar.</p> - -<p>Aviraneta explicó al gobernador militar lo ocurrido -en Behovia y el paso de los soldados de la Fe -con el <i>Trapense</i> á la cabeza.</p> - -<p>—No conocía estos detalles—dijo el brigadier -Peña—; el fracaso de la empresa de los Hombres -libres lo sabía porque lo han contado ellos mismos.</p> - -<p>—¿Han quedado aquí los carbonarios?—preguntó -Aviraneta.</p> - -<p>—Hace un momento han embarcado. Van la mayoría -á La Coruña, á ponerse á las órdenes de sir Roberto -Wilson.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_210" id="Page_210">[210]</a></span></p> - -<p>—¿Y usted cómo está aquí, general? La plaza ¿se -encuentra en buenas condiciones?</p> - -<p>—No del todo—contestó el brigadier—. Es una -lástima que le quitaran á Torrijos el mando de las -provincias vascas.</p> - -<p>—¿Lo llevaba bien?</p> - -<p>—Muy bien. Se hubiera podido resistir mucho mejor. -Torrijos había comenzado los trabajos de aprovisionar -y de defender San Sebastián y Pamplona con -método. Al mismo tiempo se había puesto al habla -con los republicanos y liberales franceses para poner -obstáculos á la entrada del ejército de Angulema. -Cuando la amenaza de la invasión era ya inminente, -Torrijos consultó con los generales, y todos opinaron -que lo más prudente era retirar las tropas al interior, -dejando guarnecidas las plazas. Todos opinaron así -menos él y yo. Torrijos, que consideraba este plan -descabellado, envió al Gobierno una exposición, manifestando -los graves inconvenientes que tenía tal proyecto. -El Gobierno, en vez de contestarle le destituyó, -nombrándole ministro de la Guerra, y dió el -mando de este distrito al general Ballesteros.</p> - -<p>—Que no hace nada.</p> - -<p>—¡Nada!</p> - -<p>—Siempre lo mismo. No sabemos aprovechar la -gente.</p> - -<p>—Lo estamos llevando esto muy mal—dijo amargamente -el brigadier Peña—; me temo que esta guerra -va á ser vergonzosa para nosotros. Vamos á mo<span class="pagenum"><a name="Page_211" id="Page_211">[211]</a></span>rir -en la ignominia. Yo pienso resistir hasta lo último.</p> - -<p>—¿El jefe político ha resignado el mando?</p> - -<p>—Sí. Albistur, con el jefe político de Alava y el -de Vizcaya, se han reunido con sus fuerzas de nacionales -en Vitoria. Los milicianos de las tres provincias -van hacer la campaña á las órdenes de don -Gaspar de Jáuregui, el <i>Pastor</i>.</p> - -<p>—¿Y usted se podrá defender mucho tiempo?—preguntó -Aviraneta.</p> - -<p>—Sí. Resistiré.</p> - -<p>—¿Están bien las murallas?</p> - -<p>—Sí. Las veremos si usted quiere.</p> - -<p>—Sí, vamos.</p> - -<p>Salieron del baluarte de la puerta de Tierra hacia -el Castillo, pasando por encima del puerto, dieron -la vuelta al monte Urgull y volvieron por el lado de -la Zurriola otra vez á la puerta de Tierra. Peña mostró -las baterías, el hornabeque, los revellines y baluartes -y expuso las probabilidades favorables y adversas -que se podían tener con aquellos medios.</p> - -<p>Por la tarde volvió Aviraneta á visitar al brigadier -Peña, y éste le dijo que las tropas de Bourke se acercaban -y habían tomado las lomas próximas al convento -de San Bartolomé.</p> - -<p>—Si tiene usted que marcharse, Aviraneta, puede -usted darse prisa.</p> - -<p>—Mañana me iré.</p> - -<p>—Mañana estaremos bloqueados.</p> - -<p>—Pero se podrá salir por mar.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_212" id="Page_212">[212]</a></span></p> - -<p>—Sí, eso sí.</p> - -<p>—Entonces no importa.</p> - -<p>—¿A qué hora piensa usted salir?</p> - -<p>—A la madrugada.</p> - -<p>—Bueno, yo daré orden de que le abran.</p> - -<p>Al día siguiente, Aviraneta, el <i>Lobo</i>, <i>Arranchale</i> -y <i>Nación</i> esperaban reunidos delante de la puerta -del Mar.</p> - -<p>Estaba amaneciendo; la campana de la iglesia tocaba -á la primera misa y algunas mujeres y algunos -pescadores pasaban por entre la bruma matinal como -sombras.</p> - -<p>En esto llegó delante de la puerta el Capitán de -las llaves, examinó á Aviraneta y á sus compañeros -y abrió un postigo; salieron todos al muelle, el -<i>Arranchale</i> habló con un pescador y poco después -los cuatro fugitivos, en una trainera pequeña, con -una vela, salieron del puerto, pasaron por entre la -isla de Santa Clara y el Castillo y marcharon hacia -Orio.</p> - -<p>El <i>Arranchale</i> estaba alegre de verse en el mar. -Con su agilidad de mono subía y bajaba por el palo -de la lancha para arreglar la vela, riéndose.</p> - -<p>—Aquí, aquí cerca—dijo el <i>Arranchale</i> á Aviraneta—encontramos -una ballena hace unos años.</p> - -<p>—¡Una ballena tan cerca!</p> - -<p>—Sí. E intentamos cogerla.</p> - -<p>—¿Y la cogisteis?</p> - -<p>—No.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_213" id="Page_213">[213]</a></span></p> - -<p>—¿Y cómo fué?</p> - -<p>—Pues pasábamos por aquí cuando la vimos dormida -en el agua. Nos acercamos á ella, y yo dije: -Atadme de la cintura y me acercaré. Llevábamos un -arpón pequeño. Al llegar á la ballena di un salto desde -la lancha sobre ella, y con todas mis fuerzas le -clavé el arpón. La sacudida que dió fué terrible: yo -estuve más de cinco minutos dando vueltas en la espuma, -hasta que me llevaron á la lancha, que iba volando -arrastrada por la ballena. Cuando me di cuenta -de cómo íbamos dije: Cortad la cuerda. Pero no -quisieron. Así fuimos yo no sé cuanto tiempo, hasta -que la cuerda se rompió, y desapareció la ballena.</p> - -<p>Al concluir su narración, el <i>Arranchale</i> se echó á -reir. El <i>Lobo</i>, aunque no le entendía, se rió también. -<i>Nación</i> refunfuñó diciendo á Aviraneta que aquel -salvaje podía hablar un idioma comprensible y no -aquella jerga endiablada.</p> - -<p>Aviraneta no hizo caso de las murmuraciones del -francés, y siguió hablando con el <i>Arranchale</i>, cuya -alegría era comunicativa.</p> - -<p>Llegaron á Orio, en donde los tomaron por gentes -del ejército de la Fe; alquiló Aviraneta un coche, -con un caballo, y tomando primero la carretera de la -costa hasta Zarauz, y luego abandonándola por Cestona, -Azpeitia y Elgoíbar, llegaron de noche á Vergara.</p> - -<p>Se encontraron en las proximidades de esta villa á -trescientos hombres, mandados por Mac Crohon, que<span class="pagenum"><a name="Page_214" id="Page_214">[214]</a></span> -habían salido de Bilbao custodiando un convoy que -debían conducir á San Sebastián. Al saber por Aviraneta -que los franceses estaban en España, Mac -Crohon decidió retirarse, y marchar en busca de don -Gaspar de Jáuregui.</p> - -<p>En Vergara, como en todos aquellos pueblos, los -absolutistas estaban entusiasmados con la entrada de -los franceses: decían que se iba á restaurar la pureza -de la fe y la unidad de la patria, y pensaban pedir el -restablecimiento de la inquisición.</p> - -<p>En la región vascongada pululaban las partidas realistas: -Quesada, O'Donnell, Zabala, Altalarrea, alias -<i>Francho Berri</i>, Juan Villanueva (Juanito el de la -<i>Rochapea</i>), Fernández el (<i>Pastor</i>), Castor Andechaga -y el cura Gorostidi maniobraban en Vizcaya, Guipúzcoa -y Navarra.</p> - -<p>Jáuregui, Oraá, López Campillo y Chapalangarra -luchaban contra ellos.</p> - -<p>El 9 de Abril, don Vicente Quesada, desde su -cuartel general de Zumárraga, anunciaba la entrada -en España de las tropas de Angulema.</p> - -<p>Al día siguiente de llegar á Vergara, Aviraneta y -sus satélites aparejaban el cochecito y salían en dirección -de Vitoria.</p> - -<p>Llegaron á esta ciudad, y Aviraneta se presentó -en el Gobierno civil. No estaba el jefe político, Núñez -de Arenas; y Aviraneta habló con un partidario -liberal llamado Mantilla, venido de Murcia, á quien -las tropas del <i>Trapense</i> fusilaron en Julio de 1823.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_215" id="Page_215">[215]</a></span></p> - -<p>Mantilla quitó toda esperanza á Aviraneta de que -Vitoria pudiera defenderse. Se entregaría al momento. -En los pueblos, la Milicia Nacional no quería que -se hiciera la recluta; así que no había esperanza alguna -de tener hombres con qué resistir.</p> - -<p>Aviraneta salió de Vitoria, se detuvo en Miranda -y en Haro, y el día 15 de Abril estaba en Logroño.</p> - -<hr class="chap" /> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_216" id="Page_216"></a> -<a name="Page_217" id="Page_217"></a></span></p> - - - - -<h3 id="II_VIII">VIII.<br /> -DON JULIAN SANCHEZ</h3> - - -<p>El Gobierno español había intentado organizar -sus fuerzas, y había puesto todos sus prestigios en el -mando de los cuerpos de ejército: Mina, en Cataluña; -Ballesteros, en las provincias vascas; O'Donnell, -en Castilla la Nueva; Morillo, en Galicia, y Villacampa, -en Andalucía.</p> - -<p>De estos cinco hombres, de quien se esperaba -mucho, O'Donnell, eterno tránsfuga, abandonó la -causa constitucional escribiendo una carta á Montijo, -en la que se manifestaba enemigo de las Cortes; Ballesteros -y Morillo capitularon; Villacampa no hizo -nada, y únicamente Mina tuvo en jaque á los franceses, -y llevó la campaña con brío y con fuerza.</p> - -<p>Cierto que tenía él mejor ejército; que sus compañeros -eran constitucionales entusiastas, y que todos -lucharon hasta el fin, excepto el general Manso, que -se pasó al enemigo.</p> - -<p>De los caudillos sueltos, Torrijos, Chapalangarra,<span class="pagenum"><a name="Page_218" id="Page_218">[218]</a></span> -Jáuregui, Valdés, Campillo y algunos otros fueron -también intrépidos campeones de la libertad.</p> - -<p>Entre los generales de la Independencia, don Julián -Sánchez, el <i>Salamanquino</i>, estaba en Logroño.</p> - -<p>Tenía á sus órdenes dos batallones: uno de Infantería -de línea, y otro de Milicia activa; éste era el -provincial de Logroño, mandado por don Joaquín -Cos-Gayón. Había también un cuerpo de voluntarios, -á las órdenes del coronel don Eugenio Arana.</p> - -<p>En Logroño, como en casi todas las demás ciudades, -los oficiales del ejército regular se sentían desalentados, -y únicamente los voluntarios tomaban la -defensa de la Constitución con calor.</p> - -<p>Arana trabajaba con todo el entusiasmo posible: -había pedido fusiles al parque, había formado una -compañía Sagrada, había instado al Ayuntamiento á -que publicase bandos llamando á los que debían ingresar -en la Milicia Nacional, y á que se reforzaran -las murallas de Logroño con las losas de la iglesia, -suprimida, de San Blas.</p> - -<p>Aviraneta, con el <i>Lobo</i>, <i>Arranchale</i> y <i>Nación</i>, -llegó á Logroño y se presentó en seguida á Arana. -Había un cabo de la Milicia Nacional, Pedro Iriarte, -que era navarro, y Arana lo puso á las órdenes de -Aviraneta.</p> - -<p>Iriarte se distinguía por su entusiasmo: era silencioso, -trabajador y liberal acérrimo.</p> - -<p>Además de la Milicia de Arana, estaba en Logroño -un pequeño grupo de guerrilleros que formaba<span class="pagenum"><a name="Page_219" id="Page_219">[219]</a></span> -la partida del <i>Hereje</i>, que procedía de los pueblos -de la orilla del Ebro.</p> - -<p>La partida del <i>Hereje</i> se distinguía por su radicalismo. -El nombre del <i>Hereje</i> tenía su historia. Este -jefe había estado de barquero en una barca del Ebro, -trasladando gente. Cobraba dos cuartos por cabeza, -y un día fué un vendedor de santos con una cesta -llena de éstos, y pasó la barca.</p> - -<p>—¿Cuánto es?—le preguntó al llegar á la otra orilla -al barquero.</p> - -<p>El <i>Hereje</i> contó todos los santos que llevaba, y -dijo:</p> - -<p>—A dos cuartos por cabeza, son catorce cabezas: -veintiocho cuartos.</p> - -<p>El vendedor protestó, y dijo que una cabeza de -santo no podía pagar como una de persona, y añadió -que no pagaba. El <i>Hereje</i> cogió la cesta con los santos, -y la tiró al río. Desde entonces le vino el apodo.</p> - -<p>El <i>Hereje</i> era hombre pequeño, moreno, canoso, -muy vehemente y atrevido.</p> - -<p>Su partida no tenía buena fama, porque entre los -que la formaban había gente que experimentaba gran -inclinación por los bienes ajenos.</p> - -<p>En períodos normales, la partida del <i>Hereje</i> había -estado varias veces suprimida por el capitán general; -pero en aquel momento era indispensable -aprovecharse de todos los recursos de que se pudiera -echar mano, y la partida del <i>Hereje</i> tenía libertad -de acción.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_220" id="Page_220">[220]</a></span></p> - -<p>Aviraneta, Arana y el <i>Hereje</i> intentaron inflamar -el espíritu público, y se convocó á una reunión de -nacionales, que no tuvo gran resultado. Todo el mundo -estaba desalentado, cansado.</p> - -<p>Al día siguiente, Aviraneta y Arana fueron á ver -al brigadier don Julián Sánchez. Don Julián Sánchez -era hombre alto, rubio, de ojos azules. Ya no recordaba -el antiguo garrochista, brioso y hercúleo.</p> - -<p>A pesar de su fortaleza, era tipo de hombre distinguido, -fino, cara melancólica, nariz corva y frente -ancha y despejada.</p> - -<p>Sánchez dijo que cumpliría las órdenes del general -Ballesteros, quien le había mandado que resistiera, -y cuando no pudiera más, se retirara hacia Soria.</p> - -<p>La frialdad é indiferencia de don Julián le preocupó -á Aviraneta. La mayoría de los militares no sentían -con entusiasmo la causa liberal. Don Julián Sánchez -no era ya el guerrillero arrebatado y valiente. -Ya no se podía decir de él, como en una canción -popular de la guerra de la Independencia:</p> - -<div class="poetry-container"> -<div class="poetry"><div class="stanza"> -<div class="line i1">Cuando don Julián Sánchez</div> -<div class="line">monta á caballo</div> -<div class="line">se dicen los franceses:</div> -<div class="line">"Ya viene el diablo".</div> -</div></div></div> - -<p>Don Julián no tenía por entonces ningún aire de -diablo: más parecía un buen burócrata, apagado y -tranquilo.</p> - -<p>Aviraneta y Arana se despidieron del brigadier, -<span class="pagenum"><a name="Page_221" id="Page_221">[221]</a></span> -y pensaron en las providencias que se podían tomar.</p> - -<p>Aviraneta era partidario de hacer saltar el puente -de Logroño; pero Arana creía que quizás la parte -reaccionaria del pueblo se exasperaría y les atacaría. -Además, no había pólvora sobrante para hacer esto.</p> - -<p>El puente tenía dos puertas, y se dispuso defenderlas -con barricadas. Se hicieron dos parapetos, mal -cimentados y sin gran resistencia, que se fortificaron -con cuerdas y alambres.</p> - -<p>Todo el mundo tenía la impresión del fracaso, y -de que el enemigo entraría en la ciudad.</p> - -<p>Algunos ilusos esperaban; dos mil hombres podían -hacer algo.</p> - -<p>Cierto que escaseaban las municiones, pero aprovechadas -bien había posibilidad de detener á los -franceses muchos días.</p> - -<p>Al saberse la aproximación del enemigo, don Julián -Sánchez comenzó á preparar, con los pocos medios -que disponía, la defensa de Logroño.</p> - -<p>Envió á la fuerza que mandaba Cos-Gayón á que -tomara posiciones cerca del Ebro, se apoderara de -las barcas, é impidiera el paso de los franceses por -los vados.</p> - -<p>El brigadier quedó para defender el interior de la -ciudad con el batallón de Infantería de línea y los -milicianos.</p> - -<p>El día 17, las tropas del mariscal de campo, conde -de Vittré, de la división del vizconde de Obert, se -presentaron en los alrededores de la ciudad.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_222" id="Page_222">[222]</a></span></p> - -<p>El día 18, por la mañana, el conde de Vittré envió -un parlamentario á Sánchez, quien no lo quiso -recibir.</p> - -<p>Poco después, el primer batallón francés de ligeros -del 20 de línea tomó posiciones, y empezó á tirotearse -con los españoles.</p> - -<p>Estos contestaron al fuego con ardor, y contuvieron -á los franceses durante toda la mañana y parte -de la tarde.</p> - -<p>Comenzaban los voluntarios y milicianos á entusiasmarse -con la defensa cuando se supo, con asombro, -que el batallón de Milicia activa provincial de -Logroño, mandado por Cos-Gayón, y enviado por -Sánchez á las orillas del Ebro, alejándose de la capital -y dejándola abierta por varios puntos se retiraba -á Fuenmayor con ochocientos hombres y noventa -jinetes.</p> - -<p>La voz de traición corrió entre la tropa, y el desaliento -cundió rápidamente por las filas constitucionales.</p> - -<p>En esto, á media tarde, otra compañía francesa de -ligeros del 21 de línea intervino en el ataque. Destacaron -los franceses dos piezas de artillería, que -rompieron el fuego contra la primera puerta del -puente, destrozándola, y al poco rato un pelotón de -zapadores, acercándose, la hundía á martillazos y -destruía la trinchera. Sostúvose un momento desde -la plaza el fuego, pero cesó de nuevo; y entonces -un cornetilla francés, subido á los hombros de un<span class="pagenum"><a name="Page_223" id="Page_223">[223]</a></span> -tambor mayor, escaló la segunda puerta y la abrió.</p> - -<p>Pronto los cazadores ligeros despejaron el puente; -los constitucionales españoles comenzaron á retirarse -hacia la parte alta del pueblo, cuando el general -Vittré mandó al primer escuadrón de la Dordogne -diera una carga contra los españoles.</p> - -<p>Sánchez, rodeándose de sus tropas, había formado -el cuadro para resistir el primer ataque de los de la -Dordogne, y lo resistió bravamente. Como los franceses -tenían una superioridad de fuerzas enorme, el -general mandó al coronel Müller, de los húsares del -Bajo Rhin, que atacara por segunda vez. La caballería -cargó con furia cuesta arriba; las tropas de -Sánchez se desordenaron, y el propio don Julián cayó -herido de una lanzada en el costado y fué hecho -prisionero.</p> - -<p>Aviraneta estuvo á punto de ser derribado y fué -alcanzado por una lanza, que le rompió el pantalón -y le hizo un rasponazo en la pierna.</p> - -<p>—Al camino de Soria—gritó el <i>Hereje</i> á Aviraneta.</p> - -<p>Aviraneta, el <i>Lobo</i>, algunos otros milicianos y los -de la partida del <i>Hereje</i> se defendieron en las esquinas -de la calle del Mercado, disparando contra -los franceses; al coronel Arana se le distinguía por -su pelo blanco, entre sus milicianos, gritando y accionando, -rojo de ira. Aviraneta y los del <i>Hereje</i> -tuvieron que escapar subiendo á la parte alta del -pueblo. Aviraneta vió á <i>Arranchale</i> y á <i>Nación</i><span class="pagenum"><a name="Page_224" id="Page_224">[224]</a></span> -montados á caballo, dispuestos á huir. Aviraneta y -el <i>Lobo</i> se acercaron á ellos, montaron en sus mismos -caballos y tomaron la carretera de Islallana.</p> - -<p>A la media hora de salir de Logroño se encontraron -con varios milicianos, y media docena de hombres -de la partida del <i>Hereje</i>.</p> - -<p>Aviraneta quería reunirse con las fuerzas constitucionales; -pero, al preguntar en el camino si habían -pasado por allí soldados, le dijeron que no.</p> - -<p>Según unos, el grueso de los liberales había tomado -en su retirada hacia Rivaflecha. Otros creían que -se había dirigido á Soria, por los montes.</p> - -<p>Se hizo de noche. Aviraneta decidió detenerse en -un sitio de fácil defensa y aprovisionamiento, y esperar -allí al <i>Hereje</i>.</p> - -<p>Se formó una patrulla, compuesta de veinte hombres, -y en el camino quedó reducida á doce. A la luz -de la luna pasaron Islallana y entraron en esa zona -teatral y decorativa de la Sierra de Cameros.</p> - -<p>Al pie de estos montes, desnudos y pelados, corría -un río claro y espumoso.</p> - -<p>Antes de Torrecilla de Cameros se detuvieron; -mandaron á uno por provisiones al pueblo, y Aviraneta -dispuso ocupar unas rocas que, como trincheras -naturales, dominaban el camino.</p> - -<p>Se pasó la noche allí, y á la mañana siguiente -Aviraneta se encontró con que de los doce hombres -del piquete, más de la mitad habían desaparecido. -El coronel Arana no llegaba, y en vista de esto<span class="pagenum"><a name="Page_225" id="Page_225">[225]</a></span> -Aviraneta dijo que cada cual hiciera lo que le pareciese -mejor. Aviraneta y el <i>Lobo</i> compraron por -diez duros, cada uno, dos caballos que llevaban los -milicianos fugitivos, y que querían deshacerse de -ellos.</p> - -<p>Al día siguiente se supo que las tropas constitucionales -huían á la desbandada.</p> - -<p>Cos-Gayón dijo años más tarde que se había retirado -á Fuenmayor con el batallón de Milicia activa, -siguiendo las órdenes del general Ballesteros y que -había sido atacado por los franceses que le dispersaron -sus fuerzas.</p> - -<p>Sin embargo, todo el mundo creyó que había -obrado de acuerdo con los realistas, pues luego de -la supuesta derrota, Cos-Gayón se retiró hacia Pedro -Manrique; volvió á Logroño, y unas semanas más -tarde el Gobierno absolutista le nombraba gobernador -de Vitoria.</p> - -<hr class="chap" /> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_226" id="Page_226"></a> -<a name="Page_227" id="Page_227"></a></span></p> - - - - -<h3 id="II_IX">IX.<br /> -AVIRANETA EN EL CONVENTO</h3> - - -<p>Aviraneta dijo que él pensaba marchar á Aranda, -y después á Valladolid, á reunirse con el Empecinado.</p> - -<p>El <i>Arranchale</i>, <i>Nación</i>, el <i>Lobo</i> y un muchacho -riojano de la partida del <i>Hereje</i>, á quien llamaban el -<i>Estudiante</i>, decidieron seguirle.</p> - -<p>Dejaron la calzada de Cameros, que se abre entre -grandes masas de tierras rocosas, horadadas por -el agua, coloreadas de rojo y amarillo, pasaron por -delante de la cueva Lúbriga, donde se detuvieron -un momento, y tomaron después á campo traviesa. -No se sabía el espíritu que tendrían los pueblos por -allí, y no era muy prudente entrar en ellos.</p> - -<p>Dos ó tres veces se comisionó al <i>Estudiante</i> para -que comprara pan y algunas viandas, y se hizo la -comida en el campo.</p> - -<p>—Oiga usted, capitán—dijo de pronto el <i>Estudiante</i>.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_228" id="Page_228">[228]</a></span></p> - -<p>—¿Qué hay?—preguntó Aviraneta.</p> - -<p>—¿Usted cree que no podremos entrar en estos -pueblos con seguridad?</p> - -<p>—No; seguramente que no. Sabrán que los franceses -han tomado Logroño y los realistas estarán alborotados.</p> - -<p>—Pues yo sé un sitio donde estaremos seguros.</p> - -<p>—¿En dónde?</p> - -<p>—En un convento de monjas. Tenemos que desviarnos -una hora de camino.</p> - -<p>—¡Bah! No importa.</p> - -<p>—Entonces vamos allá.</p> - -<p>Se puso el <i>Estudiante</i> á la cabeza del grupo y los -demás marcharon tras él.</p> - -<p>El <i>Estudiante</i> era un joven vivo de movimientos, -de estos tipos de señoritos de pueblo conquistadores -y jactanciosos. Tenía los ojos negros y los ademanes -petulantes. Llevaba un pañolito rojo en el cuello y -una rosa, cuyo tallo mordía entre los dientes.</p> - -<p>La mañana era de sol; el viento, frío y sutil, se -metía en los huesos.</p> - -<p>Al llegar á algún grupo de casas, la patrulla lo -rodeaba sin acercarse.</p> - -<p>Pasaron por delante de varias aldeas destacadas -en el campo verde, con un color amarillo de miel -ó de pan tostado, y las dejaron sin intentar entrar.</p> - -<p>Al caer de la tarde llegaron al pueblo indicado -por el <i>Estudiante</i>. Era grande, ruinoso, colocado en -un alto, con casas amarillentas y pardas, alrededor<span class="pagenum"><a name="Page_229" id="Page_229">[229]</a></span> -de una iglesia enorme. De lejos parecía un montón -de trigo rojizo levantado sobre la masa cenicienta y -plateada de la sierra.</p> - -<p>Se decidió que Aviraneta y el <i>Estudiante</i> entraran -en el lugar, y que el <i>Arranchale</i>, <i>Nación</i> y el -<i>Lobo</i> quedaran cerca de un abrevadero con los caballos.</p> - -<p>Aviraneta y el <i>Estudiante</i> subieron por una rampa -á la plaza del pueblo. Era ésta espaciosa, cuadrada.</p> - -<p>En aquel instante no había en ella nadie.</p> - -<p>Uno de los lados de la plaza lo cerraba la Iglesia, -una de esas fachadas inmensas de estilo jesuítico del -siglo XVII, con dos torres altísimas y grandes remates -barrocos.</p> - -<p>Otro de los lados lo formaba un viejo palacio -abandonado, con una soberbia arcada sostenida por -columnas de piedra amarillo rojiza.</p> - -<p>Tenía este palacio magníficas rejas platerescas, -balcones de hierro florido y grandes escudos. Las -ventanas y contraventanas eran de cuarterones, pintadas -con un rojo y un verde, desteñidos por el tiempo -y la humedad, que tenían unos tonos de nácar. Algunos -huecos de la casa estaban tapiados por dentro -con paredes de ladrillo aspilleradas.</p> - -<p>En medio de la plaza había una fuente de cuatro -caños, con un gran pilón redondo.</p> - -<p>El ruido del agua en la taza de piedra era el único -que resonaba en aquel momento en el pueblo.</p> - -<p>Aviraneta y el <i>Estudiante</i> entraron por una calle<span class="pagenum"><a name="Page_230" id="Page_230">[230]</a></span> -de casas grandes, ruinosas, tostadas por el sol, con -aleros artesonados, y salieron á una plazuela ó encrucijada -de la que partía una rambla pedregosa y en -cuesta.</p> - -<p>A un lado de esta rambla había un edificio de -ladrillo con una torre baja y un campanario rematado -por una cruz y una veleta con un gallo. Era el -convento.</p> - -<p>Se acercó el <i>Estudiante</i> á una puerta pequeña y -verde, abrió el picaporte, pasó él y tras él Aviraneta; -recorrieron un pasillo enlosado y un patio con -tiestos de geranios y claveles y llamaron en otra -puerta, de la que salió una mujer flaca, atezada y sonriente.</p> - -<p>—Ave María Purísima.</p> - -<p>—Sin pecado concebida.</p> - -<p>—Hola, señora Benita. Buenas tardes. ¿Cómo está -usted?</p> - -<p>—Bien, ¿y usted?</p> - -<p>—Bien; ¿podré hablar con Sor Maravillas?</p> - -<p>—Sí; creo que sí.</p> - -<p>Entraron en una habitación larga, obscura que olía -á cerrado, con dos bancos largos de nogal y el torno -en el fondo.</p> - -<p>Se avisó á Sor Maravillas, y el <i>Estudiante</i> pasó -al torno y habló con la monja, y se dedicó á echarla -piropos con cierta petulancia y afectación de Tenorio. -Aviraneta oía la risa de Sor Maravillas.</p> - -<p>Luego el <i>Estudiante</i> le contó que había venido<span class="pagenum"><a name="Page_231" id="Page_231">[231]</a></span> -con un amigo y que deseaba que les permitieran pasar -la noche á los dos en casa de la señora Benita. -La señora Benita era la guardiana.</p> - -<p>—Ya se lo diré á la superiora—dijo Sor Maravillas.</p> - -<p>Poco después volvió diciendo que podían quedarse.</p> - -<p>El <i>Estudiante</i> piropeó de nuevo á la monjita y el -torno se cerró.</p> - -<p>—Ahora quédese usted aquí—dijo el <i>Estudiante</i>—yo -iré á buscar á ésos, encontraré sitio para meter -los caballos y vendremos todos.</p> - -<p>Salió Aviraneta del zaguán á un patio, y precedido -de la señora Benita subió á un cuarto alto con un -balcón corrido.</p> - -<p>Aviraneta, como hombre acostumbrado desde chico -á vivir con gente de iglesia, sabía tratarla, y habló -á la señora Benita como si hubiera sido el capellán -de la comunidad. La señora Benita quedó convencida -de que era un santo varón y le estuvo explicando -cómo vivían las monjas y las rentas que tenían.</p> - -<p>Había ya obscurecido; la señora Benita tomó su -cena y se fué á dormir. Aviraneta, esperando á sus -compañeros, se asomó al balcón corrido de madera. -La luna aparecía sobre un monte iluminando el pueblo -de paredones blancos y de tejados completamente -negros; abajo se veía el jardín de las monjas -con un estanque cuadrado donde brillaban las estrellas; -á lo lejos, la sierra se destacaba con todas sus<span class="pagenum"><a name="Page_232" id="Page_232">[232]</a></span> -piedras, como una muralla sombría que estuviera á -pocos pasos.</p> - -<p>A Aviraneta le vino á la imaginación el contraste -de la España, tal como era, soñolienta, inmutable, -con la agitación política de los últimos años; agitación -que seguramente no había conmovido más que -la superficie del país.</p> - -<p>A las nueve apareció el <i>Estudiante</i> con el <i>Lobo</i>, -<i>Nación</i> y el <i>Arranchale</i>. Traían comestibles y vino; -habían dejado los caballos en una cuadra.</p> - -<p>Comieron, y después de comer se prepararon para -dormir; no había más que un catre con dos colchones.</p> - -<p>Los extendieron en el suelo é intentaron tenderse -los cinco, pero no tenían espacio. <i>Nación</i> comenzó -á refunfuñar.</p> - -<p>—Aquí debe haber un desván muy hermoso—dijo -el <i>Estudiante</i>.</p> - -<p>Salieron á la escalera, subieron de puntillas y se -encontraron con que la puerta estaba cerrada.</p> - -<p>—¿No se podría entrar por otra parte?—preguntó -Aviraneta.</p> - -<p>—Por el tejado quizás.</p> - -<p>—Veamos cómo.</p> - -<p>El <i>Estudiante</i> indicó por dónde se podía ir.</p> - -<p>Aviraneta explicó al <i>Arranchale</i> lo que decía. -Este, con su agilidad de simio, salió al balcón corrido, -se subió por uno de los postes de los extremos, -escaló el tejado y volvió al poco rato diciendo -que había un camaranchón magnífico.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_233" id="Page_233">[233]</a></span></p> - -<p><i>Nación</i> no se decidió al escalo. Aviraneta y el -<i>Lobo</i> siguieron al <i>Arranchale</i> y salieron á un desván -grande, con columnas de madera, que tenía unas figuras -de monumento de Semana Santa en un rincón entre -ristras de ajos y de cebollas y grandes calabazas.</p> - -<p>Durmieron admirablemente en un montón de paja; -por la mañana, al despertarse, abrieron la puerta del -sobrado y fueron al cuartucho en donde estaban el -<i>Estudiante</i> y <i>Nación</i>.</p> - -<p>Todos, menos el <i>Estudiante</i> y Aviraneta, se trasladaron -al desván, y decidieron pasar unos días allá -para descansar.</p> - -<p>El <i>Estudiante</i> llevó á Aviraneta á la botica á que -le curaran el rasponazo que tenía en la pierna.</p> - -<p>La botica, un sitio de un par de metros en cuadro, -miserable, ahogado, olía á humedad. El boticario era -un viejo bajito, gordo, rojo, con el vientre piriforme -y los ojos pequeños y malignos. Por lo que dijo el -<i>Estudiante</i>, aquel boticario no debía saber una palabra -de farmacia, porque su mujer, una vieja flaca y -triste, con una venda negra en un ojo, hacía los récipes.</p> - -<p>Le pusieron á don Eugenio unas hilas con ungüento -en la herida y le vendaron la pierna.</p> - -<p>Por la tarde, Aviraneta y el <i>Estudiante</i> visitaron á -las monjas en el locutorio. Había ocho ó diez, todas -de aire enfermizo y triste, menos Sor Maravillas, muchacha -aún de buen aspecto, de ojos negros, brillantes, -y cara ojerosa.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_234" id="Page_234">[234]</a></span></p> - -<p>La historia de Sor Maravillas era tragicómica.</p> - -<p>Había ido al convento de niña con su tía, que era -la Superiora, y de oír á todas las monjas que la vida -del claustro era la mejor, decidió profesar. Al comunicárselo -á su tía la Superiora, ésta dijo que no, que -antes su sobrina tenía que ver el mundo y sus grandezas -y sus complicaciones, y un día de Agosto sacaron -á la muchacha del convento en compañía de la -señora Benita y la hicieron dar una vuelta por el pueblo -desierto, polvoriento, abrasado por el calor. Sor -Maravillas volvió de prisa al convento diciendo que el -mundo no le ilusionaba.</p> - -<p>Aviraneta habló con las monjas con la mayor amabilidad -y después se retiró en compañía del <i>Estudiante</i>.</p> - -<p>Al marcharse la señora Benita, Aviraneta y el -<i>Estudiante</i> entraron en el desván; <i>Nación</i>, el <i>Arranchale</i> -y el <i>Lobo</i>, habían dado por una escalera interior -con la despensa de las monjas y habían sacado -jamón, bacalao, queso y dulce, y lo estaban devorando.</p> - -<p>El <i>Estudiante</i> se alarmó porque dijo que la falta -se la iban á atribuir á él; <i>Nación</i> le contestó con -desprecio, y Aviraneta decidió que debían marcharse.</p> - -<p>Se dispuso salir á media noche á buscar los caballos -y por la madrugada dejar el pueblo.</p> - -<hr class="chap" /> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_235" id="Page_235"></a></span></p> - - - - -<h3 id="II_X">X.<br /> -DE NÁJERA Á ARANDA</h3> - - -<p>No conocía el <i>Estudiante</i> muy bien el camino, ni -Aviraneta tampoco, y en vez de marchar en línea -recta á Salas, aparecieron á media mañana en Nájera.</p> - -<p>Entraron Aviraneta y el <i>Estudiante</i> en el pueblo, -y un linternero chato, de ojos negros y brillantes, -pequeño, aceitunado, que trabajaba en una tiendecilla -obscura de la calle Mayor, con quien entablaron -conversación, les dió todos los informes que le pidieron. -Les tomaron á los cinco por una avanzada del -ejército de la Fe, y les trataron bien. Comieron en -un cuarto de una posada, bajo de techo, con baldosas -rojas y un balcón que daba á un pedregal, cruzado -por el río Najerilla, y después de comer, se -encaminaron hacia Santo Domingo de la Calzada.</p> - -<p>A media tarde se detuvieron á descansar en la -plaza de Alesanco. Una nube de chiquillos apareció -al ver los caballos. Vino el alguacil á preguntarles -qué pensaban hacer allí, y Aviraneta le dijo que se -iban á marchar en seguida.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_236" id="Page_236">[236]</a></span> -Un maestro de escuela, viejo, medio ciego, el único -liberal del pueblo, salió al encuentro de los forasteros.</p> - -<p>Se sentaron Aviraneta y él en un tronco de árbol -que había al borde de los arcos de la casa del Ayuntamiento. -El maestro tenía un gran entusiasmo por -la libertad, y le temblaban las manos al hablar del liberalismo. -Quiso traer á Aviraneta un mapa de la -provincia, y se fué á buscarlo. Aviraneta quedó -solo. Enfrente veía un caserón grande y unas casuchas -de adobes, en cuyos tejados nacían verdaderos -prados verdes. Vino el maestro con su mapa, se -lo dió á don Eugenio, y éste y la compañía salió del -pueblo.</p> - -<p>El viento era fuerte y frío. Después de beber un -trago, en un ventorro, se lanzaron en dirección de -Santo Domingo de la Calzada, adonde llegaron de -noche; durmieron en un parador de las afueras.</p> - -<p>Al día siguiente, con un hermoso sol, dejaron Santo -Domingo. Durante mucho tiempo estuvieron viendo -su gran torre, alta y amarilla, hasta que en la revuelta -del camino la perdieron de vista.</p> - -<p>Al mediodía llegaron á Ezcaray, pueblo bastante -grande, con una hermosa plaza, y siguieron camino -de Salas.</p> - -<p>Tardaron muchas horas en llegar á Salas; aquí tenía -el <i>Lobo</i> un mesón amigo donde hospedarse, y -pudieron descansar.</p> - -<hr class="tb" /> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_237" id="Page_237">[237]</a></span> -Poco después de salir de Salas les sorprendió un -temporal de lluvia y viento que duró varios días.</p> - -<p>El campo estaba cubierto de brezos, que empezaban -á florecer. Cruzaron por Acinas, aldehuela que -tiene cerca una peña con restos de castillo, y llegaron -á Huerta del Rey. Decidieron guarecerse en el -pinar, en una tenada de pastores, porque Aviraneta -no tenía gran confianza en la gente de aquel -pueblo.</p> - -<p>Entre el <i>Arranchale</i> y <i>Nación</i> robaron un cordero, -lo mataron y lo asaron.</p> - -<p>Dejaron al mediodía el pinar de Huerta, y siguieron -su marcha.</p> - -<p>Enfrente se veía Somosierra nevada. Pasaron por -delante de Quintanarraya, y al llegar cerca de Coruña -del Conde el cielo comenzó á obscurecer y á -ponerse morado; el viento levantó remolinos de hojas -secas y de polvo en el camino, y empezó á granizar -con una enorme violencia.</p> - -<p>Se guarecieron los cinco en un soportal de una -casa del pueblo, y cuando cesó el granizo siguieron -adelante.</p> - -<p>Pasaron por Peñaranda de Duero, Vadocondes y -Fresnillo, y llegaron á Aranda por la noche.</p> - -<p>El <i>Lobo</i> llevó al <i>Estudiante</i> y á <i>Nación</i> á su antigua -casa, y Aviraneta á la suya al <i>Arranchale</i>.</p> - -<p>Aviraneta se lavó, se mudó de ropa, y salió á la -calle.</p> - -<p>Habló un momento con el relojero suizo y con el<span class="pagenum"><a name="Page_238" id="Page_238">[238]</a></span> -farmacéutico, y marchó después á ver á Diamante.</p> - -<p>—Viene usted á tiempo—le dijo éste.</p> - -<p>—Pues, ¿qué pasa?</p> - -<p>—Que iba á marcharme del pueblo. La Milicia -nacional de todo el partido de Aranda está deshecha, -y no hay quien la organice. Unos la han abandonado -y se han pasado á los realistas; otros se han marchado -á sus casas; el <i>Lobo</i> y dos ó tres más han ido -á reunirse con el Empecinado.</p> - -<p>—Sí, ya lo sé. ¿Y Frutos?</p> - -<p>—Ese está con los feotas. Ya tienen preparado el -batallón de voluntarios realistas, y mandan en el pueblo -como si estuvieran en el poder. El teniente de -realistas va á ser don Narciso de la Muela; el corregidor, -don Manuel del Pozo, y el regidor primero, -Frutos.</p> - -<p>—¿De manera que aquí no podemos hacer nada?</p> - -<p>—Nada, porque nadie nos obedece. Yo he intentado -restablecer la disciplina: imposible.</p> - -<p>—Entonces, vámonos.</p> - -<p>—Cuando usted quiera—dijo Diamante—¡Antes -si pudiéramos hacer una barrabasada aquí! Podíamos -trincar á los jefes realistas, y fusilarlos.</p> - -<p>—No, no vale la pena—dijo Aviraneta—. Una -gota más ó menos en el mar no es cosa. Lo que hay -que hacer es marcharse rápidamente. ¿No quedan -caballos de la Milicia?</p> - -<p>—Sí; cuatro ó cinco.</p> - -<p>—¿Hay armas?</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_239" id="Page_239">[239]</a></span></p> - -<p>—Ninguna. Todas se las han llevado los realistas.</p> - -<p>—Pues avise usted á los milicianos amigos, y mañana, -á la mañana, si es posible, saldremos todos para -Valladolid.</p> - -<p>—Esperaremos. Mandaré el recado de día y sin -que nadie se entere. Ahora si los feotas vieran movimiento -se alarmarían y quizás nos atacaran.</p> - -<p>—Entonces, mañana avíseme usted cuando podamos -salir.</p> - -<p>—Bueno.</p> - -<p>Hablaron Aviraneta y Diamante de los acontecimientos -del pueblo y de la proximidad de la invasión -francesa, y se separaron.</p> - -<hr class="chap" /> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_240" id="Page_240"></a> -<a name="Page_241" id="Page_241"></a></span></p> - - - - -<h3 id="II_XI">XI.<br /> -EL ESPÍA DE ROA</h3> - - -<p>Hasta las doce de la mañana Aviraneta y Diamante -no estuvieron preparados para salir. A Diamante -le acompañaban tres milicianos: uno era Valladares, -el otro un exclaustrado voluntario de un -convento de Peñaranda, á quien llamaban el <i>Fraile</i>, -y que era tipo de mala catadura, y el tercero un cómico, -que por dedicarse á representar entremeses y -sainetes de tendencia liberal en los teatrillos de los -pueblos y cantar canciones de circunstancias había -tenido que alistarse entre los milicianos y huir de -todos los lugares donde le conocían.</p> - -<p>El <i>Cómico</i> era un viejecillo grotesco, flaco, estrecho, -sin dientes, con la nariz en punta, los ojos hundidos, -la barba mal afeitada y blanca y anteojos. Era -de esos cómicos malos que en todas partes parecen -actores menos en el teatro: hablaba como un pedante -consumado.</p> - -<p>Su compañero el <i>Fraile</i>, más repulsivo, era un<span class="pagenum"><a name="Page_242" id="Page_242">[242]</a></span> -hombre grueso y grasiento, con la cara ancha, de -blancura mate, tachonada de pústulas; ojos negros y -unas barbas negrísimas, que parecían de alambre, -con algunos hilos de plata. Este hombre, pesado y -adiposo, tenía á veces movimientos de mujer, y una -mano blanca y sin huesos.</p> - -<p>Su conversación, mezcla de frases frailunas y de -lugares comunes del liberalismo de la época, era de -lo más desagradable que pudiera imaginarse.</p> - -<p>Con los cuatro que llegaron con Diamante se reunieron -nueve hombres á caballo. Diamante y el -<i>Lobo</i> llevaban sable; los demás no tenían armas. Pasaron -por Villalba, y luego, cruzando el monte de la -Ventosilla, tomaron todos el camino de Valladolid. -Aviraneta pensaba que les sería posible hacer las -diez y siete ó diez y ocho leguas que hay de Aranda -á Valladolid en dos jornadas; pero no contaba -con lo imprevisto, y lo imprevisto fué que á tres de -los caballos sacados de Aranda se les cayeron las -herraduras y comenzaron á marchar al paso, cojeando.</p> - -<p>A media tarde, un poco antes de llegar cerca de -Roa, se les acercó un aldeano montado en un macho.</p> - -<p>—¿Por aquí no podríamos herrar estos caballos?—le -preguntó el <i>Estudiante</i>.</p> - -<p>—Sí; ahí mismo, en Roa, que está á un paso.</p> - -<p>—¿Hay que entrar en el pueblo?—dijo Aviraneta.</p> - -<p>—No; el herrador tiene la fragua en la misma carretera.</p> - -<p>Se acercaron á Roa. Se veía el pueblo rodeado<span class="pagenum"><a name="Page_243" id="Page_243">[243]</a></span> -de sus viejas murallas, con sus cubos de piedra y sus -restos de un castillo.</p> - -<p>El aldeano que les acompañaba era un hombre -bajito, amable, rasurado, que marchaba en su macho -á mujeriegas, al parecer sin ganas de entrar en conversación -con los milicianos.</p> - -<p>Le preguntaron de nuevo dónde estaba el herrador, -y él dijo que les conduciría á su fragua. Efectivamente, -los llevó á todos cerca de una de las puertas -de la muralla, á un cobertizo ennegrecido por el humo, -en cuyo fondo brillaba el fuego y sonaba un martillo. -Hubo que esperar largo rato á que terminaran de -herrar á un potro bravo. Un mozo con el acial revolvía -violentamente el belfo del caballo hasta hacerle -sangrar; otro le había echado un lazo en la pezuña, -y le tenía con el brazuelo doblado. El potro luchaba -furioso; pero al último, estremecido y lleno de sudor, -tuvo que dejarse poner las herraduras.</p> - -<p>Después del potro comenzaron á herrar á los caballos -de los milicianos, y cuando concluyeron era -ya de noche.</p> - -<p>Aviraneta pensaba que lo mejor era seguir; pero -el <i>Fraile</i>, <i>Nación</i> y los demás opinaron que, puesto -que estaban allí, debían cenar.</p> - -<p>El aldeano que les había acompañado, y que hablaba -con el herrador sosteniendo su mula del diestro, -les dijo que allí cerca estaba la posada del <i>Trigueros</i>, -y á pocos pasos una cuadra, donde podían -meter los caballos.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_244" id="Page_244">[244]</a></span></p> - -<p>Dejaron los caballos y fueron á la posada del -<i>Trigueros</i>.</p> - -<p>Entraron en la cocina y rodearon el fogón donde -ardía la lumbre. Aviraneta, amigo de inspeccionarlo -todo, entró por el pasillo y salió á un patio y á un -corral.</p> - -<p>La posada del <i>Trigueros</i> era un mesón grande, -sucio y á medias derruído. Todo el mundo tenía -allí mal aspecto. La dueña parecía un buho con sus -ojos redondos y obscuros y la nariz picuda. El patrón -era un hombre mal encarado, de mirada torva -dirigida siempre al suelo.</p> - -<p>Había también una criada, una muchacha morena, -con la piel de tonos de cobre. Esta muchacha -tenía unos ojos negros brillantes, la boca con una -dentadura blanca, fuerte, de animal salvaje, el andar -de gitana y un aire entre misterioso y amenazador.</p> - -<p>Algunos, y sobre todo el <i>Fraile</i> y el <i>Estudiante</i>, -comenzaron á galantearla; pero ella, por malicia ó -por indiferencia, contestaba á lo que le decían con -frases que no venían á cuento.</p> - -<p>La rivalidad entre el <i>Fraile</i> y el <i>Estudiante</i> ante -la criada hizo que los dos se enzarzaran en frases -ofensivas, y que el <i>Estudiante</i> llamara Paternidad -varias veces al <i>Fraile</i>, y que éste quisiera tirar un -plato á la cabeza del <i>Estudiante</i>. Aviraneta intentó -cortar la disputa, pero no le reconocieron autoridad. -Se cenó en la cocina, y la cena fué tan larga que se<span class="pagenum"><a name="Page_245" id="Page_245">[245]</a></span> -resolvió jugar una partida al monte y quedarse allí á -dormir.</p> - -<p>El patrón de la posada, el <i>Trigueros</i>, se acercó -varias veces á la mesa donde jugaban los milicianos, -mirando al suelo, y anduvo rondando junto á ella.</p> - -<p>Aviraneta, dirigiéndose á él, le preguntó:</p> - -<p>—Oiga usted, patrón. ¿Hay aquí tropa?</p> - -<p>—¿Aquí tropa? A veces. ¿Es que son ustedes -milicianos?</p> - -<p>—¿Milicianos? ¿Por qué lo ha supuesto usted?</p> - -<p>—Qué sé yo.</p> - -<p>—¿Es usted el alcalde del pueblo?—le preguntó -á su vez Aviraneta.</p> - -<p>—Decía si eran ustedes milicianos.</p> - -<p>—Yo decía si era usted el alcalde ó el juez.</p> - -<p>El <i>Trigueros</i> comprendió que no le querían contestar, -y replicó con cierta sorna amenazadora:</p> - -<p>—Aquí se asegura que son ustedes amigos del -Empecinado.</p> - -<p>—¿Dónde es aquí?</p> - -<p>—En el pueblo.</p> - -<p>—¿Es que aquí le tienen mucho cariño al Empecinado?</p> - -<p>—¿Aquí? Ninguno.</p> - -<p>—¿Les gustará más Merino?</p> - -<p>—Claro.</p> - -<p>—Como cura. Es natural.</p> - -<p>—Qué, ¿ustedes no son partidarios de los curas, -verdad?</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_246" id="Page_246">[246]</a></span></p> - -<p>—¿Por qué no?</p> - -<p>—¡Como dicen que son ustedes milicianos!</p> - -<p>—¡Bah! ¡Tantas cosas se dicen!</p> - -<p>El <i>Trigueros</i>, viendo que no sacaba gran partido -con sus preguntas, escupiendo por el colmillo, se fué -de allá.</p> - -<p>Don Eugenio salió á la puerta del mesón. No tenía -gran simpatía por Roa; sabía que aquel pueblo -era muy absolutista, pero en esto no se diferenciaba -de los demás. Años más tarde, cuando el capitán -Abad y el corregidor Fuentenebro llevaron al patíbulo -al Empecinado, Roa tomó una fama siniestra -entre los liberales.</p> - -<p>Después de jugar, los milicianos quedaron en la -cocina, alrededor del fuego, bebiendo y hablando. -El <i>Estudiante</i> y el <i>Fraile</i> siguieron batiéndose á sarcasmos -ante la criada agitanada.</p> - -<p>El <i>Lobo</i> tenía un amigo en el pueblo, á quien pensaba -visitar.</p> - -<p>Aviraneta quiso acompañarle. Salieron de la posada -y se metieron en Roa. Pasaron por una de las -puertas de la muralla, que tenía una imagen iluminada -con dos farolillos, y por una callejuela llegaron á -la plaza; luego, de aquí marcharon hasta una encrucijada, -donde vivía el amigo del <i>Lobo</i>.</p> - -<p>Aviraneta se despidió del <i>Lobo</i> y volvió á la plaza -Mayor.</p> - -<p>La noche estaba obscura. Iba marchando con gran -precaución, cuando de pronto vió un grupo de sayo<span class="pagenum"><a name="Page_247" id="Page_247">[247]</a></span>nes, -con hopalandas negras; empuñando alabardas -marchaban á la luz de unos faroles, y se pusieron á -cantar.</p> - -<p>Aviraneta esquivó el encuentro metiéndose en el -hueco de una puerta. Aquellos sayones de las hopalandas -negras, los Hermanos de las Animas, no eran -para tranquilizar á nadie.</p> - -<p>Aviraneta tomó por un callejón pedregoso.</p> - -<p>Al marchar por él, en la obscuridad, vió un grupo -de hombres en el fondo de una taberna que estaban -hablando y discutiendo á voces. Aviraneta se -paró á ver si oía algo; pero no llegaron hasta él más -que fragmentos de frases sin ilación.</p> - -<p>Luego siguió adelante, por calles y callejones, -hasta salir á la posada. La idea de un vago peligro -le iba sobrecogiendo. Pensó en aconsejar á los compañeros -el marcharse de allí; pero no les vió.</p> - -<p>En el pasillo de la posada del <i>Trigueros</i> encontró -al aldeano del macho hablando con el patrón. Tanta -vigilancia aumentó sus sospechas.</p> - -<p>Preguntó á la patrona dónde tenía que ir á dormir, -y ella le dijo que arriba.</p> - -<p>Había en el piso bajo dos cuartos grandes, cada -uno con dos camas, y el <i>Fraile</i>, el <i>Cómico</i>, el <i>Estudiante</i> -y <i>Nación</i> se apoderaron de ellas por medio -de una propina que dieron á la criada.</p> - -<p>En el piso alto quedaba un gabinete pequeño con -una alcoba; el gabinete tenía un canapé y la alcoba -dos catres estrechos de tijera.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_248" id="Page_248">[248]</a></span></p> - -<p>Se habían sacado los colchones de los catres; los -habían tendido en el suelo en el gabinete, y estaban -echados en ellos el viejo Valladares y Diamante. El -<i>Arranchale</i> y Aviraneta disponían de la alcoba y del -lienzo de los catres.</p> - -<p>El <i>Arranchale</i> roncaba al entrar don Eugenio; -Aviraneta quedó sentado en el camastro, en la obscuridad. -Su natural prudencia de zorro se alarmaba.</p> - -<p>Un pueblo tan hostil á los liberales, sin guarnición, -con aquellas gentes misteriosas que iban y venían, ¿no -haría algo contra ellos? Realmente era una torpeza el -que todos se entregaran al sueño sin poner un centinela. -El no tenía autoridad para despertar á la gente -y dar órdenes. Aviraneta encendió con una pajuela -un cabo de cera y comenzó á inspeccionar el cuarto. -Salió al gabinete. La puerta cerraba mal. Volvió -á la alcoba y abrió una ventana. Daba á un patio -ó corralillo.</p> - -<p>Con la corriente de aire el <i>Arranchale</i> se despertó:</p> - -<p>—¿Qué hay?—dijo en vascuence.</p> - -<p>Aviraneta le explicó sus sospechas y le indicó que -le parecía conveniente ver si aquel patio tenía salida -á la carretera. El <i>Arranchale</i> no se hizo rogar: se -descolgó por la ventana y bajó.</p> - -<p>El corral tenía una puerta á la carretera. El <i>Arranchale</i> -cogió del suelo un palo liso, largo, de cinco ó -seis metros, de esos que suelen servir de ánima para -hacer los almiares, y lo acercó á la ventana.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_249" id="Page_249">[249]</a></span></p> - -<p>—Sosténgalo usted—le dijo á Aviraneta.</p> - -<p>Aviraneta lo sostuvo, y el <i>Arranchale</i> subió por -el palo y ató la punta de éste con una cuerda de -esparto en los goznes de la ventana. Hecha la maniobra, -el <i>Arranchale</i> entró en el cuarto con tres garrotes -que había cogido en el corral, y los dejó en un -rincón; luego se tendió en el catre y se quedó dormido.</p> - -<p>Aviraneta no tenía sueño. Seguía intrigado, pensando -en los sayones de la noche de Roa, en la supuesta -hostilidad del pueblo, en la amabilidad de -aquel aldeano, en lo largo que había sido el herraje -de los caballos, en los preparativos de la cena y en -el mal aspecto del <i>Trigueros</i>.</p> - -<p>Si se hubiera encontrado solo con el <i>Arranchale</i> -y con Diamante, en aquel mismo momento se hubiera -marchado.</p> - -<p>Estuvo por despertarlos; pero temía que le acusasen -de asustadizo y de suspicaz.</p> - -<p>Aviraneta, preocupado con esto y deseando tener -armas, cortó unas tiras del pañuelo y se dedicó á atar -con gran perfección el puñal suyo y la navaja y la -bayoneta de Valladares al extremo de los palos traídos -por el <i>Arranchale</i> del patio. Cerca ya de media -noche, convencido de que no pasaba nada, apagó la -vela y se tendió á dormir en el catre.</p> - -<hr class="chap" /> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_250" id="Page_250"></a> -<a name="Page_251" id="Page_251"></a></span></p> - - - - -<h3 id="II_XII">XII.<br /> -LA ENCERRONA</h3> - - -<p>Mientras Aviraneta y los suyos dormían en la posada -de Roa se iba amontonando sobre ellos una -gruesa nube próxima á estallar.</p> - -<p>El hombre bajito que habían encontrado en el camino -montado en un mulo era uno de los realistas -más exaltados del pueblo. Hábilmente les había hecho -perder tiempo, quedarse en la posada del <i>Trigueros</i> -y dejar los caballos en una cuadra lejana.</p> - -<p>Este hombre, conocido por el <i>Zocato</i>, porque era -zurdo, fué en seguida de dejar en la posada á los -viajeros á casa del jefe realista de Roa, un tal Abad. -Abad llamó á sus partidarios y tuvieron una reunión. -Se trataba de prender á los liberales llegados al -pueblo y de quitarles los caballos, que servirían para -la futura tropa de voluntarios realistas.</p> - -<p>La gente estaba contenta con la presa, pero había -muchos á quienes no satisfacía el procedimiento de -encarcelar á aquellos hombres y preferían algo más -violento y decisivo.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_252" id="Page_252">[252]</a></span> -Entre estos estaban el <i>Zocato</i>, un lugarteniente de -Abad, llamado Gregorio González y apodado el -<i>Buche</i>, y un cura joven que se distinguía por su fervor -absolutista y su odio á los impíos, á quien llamaban -el <i>Capillitas</i>.</p> - -<p>El <i>Zocato</i>, el <i>Buche</i> y el <i>Capillitas</i> hablaron á su -gente, se encontraron con los de la Hermandad de -las Animas y entraron en algunas tabernas á discutir -y á esperar el momento.</p> - -<p>A media noche toda la tropa, en número de ochenta -ó noventa hombres, se acercaron á la posada del -<i>Trigueros</i> cantando la <i>Pitita</i> y el <i>Serení</i>. Los jefes -colocaron á los suyos en las esquinas, rodeando la -casa.</p> - -<p>Aviraneta, que estaba en el comienzo del sueño, -creyó oír un rumor de gentes; pensó primero que desvariaba, -pero al notar el murmullo más claro y distinto, -se incorporó en el catre y escuchó.</p> - -<p>Se oía claramente entonado á coro el estribillo de -la canción que llamaban la Pitita:</p> - -<div class="poetry-container"> -<div class="poetry"><div class="stanza"> -<div class="line i1">Pitita, bonita,</div> -<div class="line">con el pío, pío, pon.</div> -<div class="line">¡Viva Fernando</div> -<div class="line">y la Religión!</div> -</div></div></div> - -<p>—Nos querrán dar una cencerrada—pensó Aviraneta, -y se levantó á tientas, salió al gabinete y, empujando -violentamente las maderas, abrió la ventana.</p> - -<p>Al mismo tiempo sonaron los estampidos de cua<span class="pagenum"><a name="Page_253" id="Page_253">[253]</a></span>tro -ó cinco trabucazos, y una lluvia de metralla pasó -alrededor de Aviraneta. No le dió ni una bala. Aviraneta -despertó á puntapiés á Diamante y á Valladares. -El <i>Arranchale</i> había saltado inmediatamente -de la cama al oír los estampidos.</p> - -<p>Se sintió abajo un rumor de lucha y gritos agudos.</p> - -<p>El <i>Arranchale</i>, Aviraneta, y después Diamante y -Valladares, bajaron rápidamente por el palo del almiar -desde la ventana al corralillo.</p> - -<p>—¡Mueran los masones! ¡Mueran los judíos! ¡Mueran -los negros!—gritaban desde fuera.</p> - -<p>Aviraneta miró desde una rendija de la puerta del -corral. Había un grupo de veinte ó treinta hombres. -Los dirigían dos ó tres personas, y entre ellas el -<i>Zocato</i>.</p> - -<p>Aviraneta dijo en voz baja:</p> - -<p>—¡Atención! Prepararse. A correr á la derecha. -Al que quiera detenernos hay que matarlo.</p> - -<p>Diamante tenía su sable; Valladares, el <i>Arranchale</i> -y Aviraneta, los palos con la bayoneta, la navaja -y el puñal en la punta.</p> - -<p>Aviraneta abrió la puerta del corral, y los cuatro -rompieron por en medio de la gente y echaron á correr. -Los sitiadores no comprendieron bien que era -aquéllo, pero al poco rato un grupo de diez ó doce -salió en persecución de los fugitivos. Era gente joven, -sin duda, y más ágil, porque pronto les dió alcance.</p> - -<p>Aviraneta gritó:</p> - -<p>—¡Media vuelta!</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_254" id="Page_254">[254]</a></span></p> - -<p>Los cuatro, al mismo tiempo, hicieron frente á los -que les perseguían.</p> - -<p>Valladares, que era un soldado viejo y manejaba -bien la bayoneta, dió un bayonetazo á uno en el muslo, -y Aviraneta clavó el puñal en la garganta de otro.</p> - -<p>Los perseguidores vieron que sin armas les tocaba -la de perder y se retiraron. Era la noche obscura, -nadie conocía el camino y no sabían qué hacer.</p> - -<p>Meterse por los sembrados era condenarse á no -adelantar nada, y seguir por la carretera exponerse á -que con facilidad los cogieran. Decidieron seguir por -el camino hasta que aclarara, y luego esconderse.</p> - -<p>Antes de amanecer vieron á dos hombres que -venían corriendo. Uno de ellos era el <i>Estudiante</i>, -que había escapado no sabía cómo, medio desnudo -y lleno de heridas; el otro, el <i>Lobo</i>, á quien habían -ido á buscar para matarlo á la casa de su amigo.</p> - -<p>El <i>Estudiante</i> dijo que á <i>Nación</i>, al <i>Fraile</i> y al -<i>Cómico</i> los habían acribillado á navajadas hasta dejarlos -como una criba. Después, al <i>Fraile</i> le habían -vaciado los ojos y al <i>Cómico</i> le habían mutilado.</p> - -<p>Al hacerse de día, los fugitivos se metieron á campo -traviesa hasta llegar á un bosquecillo de encinas -y carrascas. Era este bosquete el único que había por -aquellas tierras, pero ni Aviraneta ni sus compañeros -se fijaron en ello.</p> - -<p>Se tendieron todos á descansar un momento, y el -despertar fué terrible. Tenían delante al <i>Buche</i>, al -<i>Capillitas</i>, al <i>Zocato</i> y al <i>Trigueros</i>, con otros ocho<span class="pagenum"><a name="Page_255" id="Page_255">[255]</a></span> -hombres más que, montados en sus caballos, los habían -perseguido hasta encontrarlos y atarlos.</p> - -<p>El <i>Arranchale</i>, sin saber cómo, desapareció. El -<i>Estudiante</i>, loco de cansancio y de terror, se echó á -los pies del <i>Capillitas</i> pidiendo perdón, pero éste -no estaba para perdones.</p> - -<p>—No, no, os vamos á fusilar á todos.</p> - -<p>—¡A todos, á todos!—dijeron los demás.</p> - -<p>—Va usted á fusilar á un oficial de Merino—dijo -Aviraneta.</p> - -<p>—¿Quién es?</p> - -<p>—Yo.</p> - -<p>—¡Hombre! Pues no me importa nada, monín—dijo -el <i>Capillitas</i>—. Te contestaré con la divisa de -Roa: «Quien bien quiere á Beltrán, bien quiere á -su cán». Haber salido con don Jerónimo, amiguito, -no sólo antes sino ahora que defiende la religión.</p> - -<p>A pesar del momento, que no era para sentir pinchazos -de amor propio, Aviraneta experimentó una -profunda cólera al oirse llamar amiguito y monín.</p> - -<p>—Este es el jefe—dijo el <i>Trigueros</i> mostrando -á don Eugenio—el amigo del Empecinado.</p> - -<p>—Lo tendremos en cuenta—exclamó el <i>Capillitas</i>—. -Conque señores, como dentro de poco van -ustedes á estar en la eternidad voy á confesarles á -ustedes. Tú, teniente de Merino.</p> - -<p>—Yo no quiero confesarme con un hijo de perra -como tú—dijo Aviraneta—. ¡Confesarme tú! Lo más -que te permitiría sería limpiarme las botas.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_256" id="Page_256">[256]</a></span></p> - -<p>Dos hombres del <i>Buche</i> se acercaron á Aviraneta.</p> - -<p>—Dejadle, dejadle—dijo el cura—; le calentaremos -los pies para que se amanse. ¿Y usted?—preguntó -el cura á Diamante.</p> - -<p>—Yo te desprecio, miserable. ¿Es que crees que -me vas á asustar á mí? A mí con amenazas.</p> - -<p>—Otro candidato al fuego—repuso el cura.</p> - -<p>El <i>Lobo</i> no dijo nada. El <i>Estudiante</i> y Valladares -asintieron á la confesión, y el primero se aproximó -al cura, llorando.</p> - -<p>El <i>Capillitas</i> se alejó de los demás con el <i>Estudiante</i> -y dió á su fisonomía un aire de hipócrita -unción.</p> - -<p>Era el cura un tipo bajito, con unos ojos grandes -negros, unos movimientos vivos y una barba muy azul -del afeitado. Mientras estaba serio tenía aire de persona, -pero cuando se reía se desenmascaraba y parecía -una estúpida bestia.</p> - -<p>Mientras el <i>Capillitas</i> confesaba, el <i>Buche</i> contemplaba -la escena apoyado en el sable con una gran -jactancia. El tal tipo tenía una cara abultada y torpe, -los ojos pequeños y la expresión de orgullo.</p> - -<p>Al terminar la confesión el <i>Estudiante</i>, le sustituyó -Valladares. El <i>Estudiante</i> quedó paralizado de -terror.</p> - -<p>En esto, con una rapidez inaudita, se presentaron -varios soldados constitucionales que rodearon el -bosquecillo donde estaban todos.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_257" id="Page_257">[257]</a></span></p> - -<p>El <i>Buche</i> y sus hombres montaron á caballo con -rapidez y huyeron. El <i>Zocato</i>, el <i>Capillitas</i> y el <i>Trigueros</i> -fueron á hacer lo mismo; pero Diamante, el -<i>Lobo</i> y Aviraneta, á pesar de estar atados por las muñecas, -se echaron sobre los estribos de los caballos, -é interponiéndose y mordiendo, sufriendo los golpes -y patadas de los realistas, no les dejaron montar.</p> - -<p>El <i>Arranchale</i> había resuelto la situación. Al escapar -había encontrado á un campesino que le había -dicho que cerca había tropas y las había buscado y -las había traído.</p> - -<p>Era una media compañía con un capitán. Soltaron -á Aviraneta y á sus amigos y ataron al cura, al -<i>Zocato</i> y al <i>Trigueros</i>.</p> - -<p>Aviraneta contó al oficial lo ocurrido y éste decidió -fusilar á los tres facciosos. Al oír su sentencia el -cura se acobardó y empezó á sollozar y á pedir á -Aviraneta que intercediera por él. Aviraneta volvió -la espalda con desdén y miró á otro lado.</p> - -<p>—¿Quiere usted ahora que yo le confiese padre?—le -comenzó á preguntar el <i>Estudiante</i> con sorna.</p> - -<p>El cura gritaba, se tiraba al suelo llorando, el <i>Zocato</i> -pedía perdón y el <i>Trigueros</i> protestaba. El oficial -les dijo que se dejaran atar porque iba á llevarlos -prisioneros.</p> - -<p>Se dejaron atar casi satisfechos, y cuando estaban -atados los hizo ponerse á los tres junto á un árbol y -mandó fusilarlos.</p> - -<p>Luego, entre el <i>Estudiante</i> y unos soldados, cogie<span class="pagenum"><a name="Page_258" id="Page_258">[258]</a></span>ron -los cadáveres del <i>Zocato</i>, del <i>Trigueros</i> y del -<i>Capillitas</i>, y los colgaron por el cuello, con gran simetría, -de las ramas de una encina.</p> - -<p>—Este amor por lo decorativo nos pierde—exclamó -Aviraneta con humor.</p> - -<p>—No cabe duda—dijo el <i>Arranchale</i> á Aviraneta -en vascuence, con mucha seriedad y como -quien hace un descubrimiento—que les gustará á -ustedes más ver desde aquí á esos hombres colgados, -que no que ellos les hubieran visto á ustedes en esa -posición incómoda.</p> - -<p>Aviraneta dió una palmada cariñosa en el hombro -al <i>Arranchale</i>, y celebró la frase riendo.</p> - -<p>El oficial de la tropa que los había salvado permitió -á Diamante, Aviraneta y al <i>Lobo</i> que tomaran -los caballos del <i>Trigueros</i>, del <i>Zocato</i> y del <i>Capillitas</i> -y se fueran con ellos.</p> - -<p>El <i>Arranchale</i> se volvió á su país y Valladares y -el <i>Estudiante</i> se incorporaron á la media compañía, -mandada por el capitán.</p> - -<p>Aviraneta, el <i>Lobo</i> y Diamante llegaron á Valladolid, -y se encontraron la población sin tropas liberales.</p> - -<p>El día 25 de Abril, con la división del ejército de -la derecha, había entrado el cura Merino en Palencia -con cinco mil hombres y derribado la lápida de la -Constitución. El general Morillo, conde de Cartagena, -de miedo al copo, se retiró á Galicia, y el Empecinado, -viéndose sin posibilidad de defenderse,<span class="pagenum"><a name="Page_259" id="Page_259">[259]</a></span> -evacuó también la ciudad y marchó á Salamanca y -luego á la plaza de Ciudad Rodrigo.</p> - -<p>Diamante, el <i>Lobo</i> y Aviraneta tuvieron que seguir -el mismo camino hasta unirse con el Empecinado.</p> - -<hr class="chap" /> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_260" id="Page_260"></a> -<a name="Page_261" id="Page_261"></a></span></p> - - - - -<h3 id="II_XIII">XIII.<br /> -EN CIUDAD RODRIGO</h3> - - -<p>Ciudad Rodrigo es una ciudad colocada en una -eminencia, rodeada de murallas, algunas antiguas, -otras reconstruídas á trozos. Tiene hermosas casas de -sillería con grandes escudos, un magnífico Ayuntamiento -y un castillo derruído, el de Don Enrique de -Trastamara.</p> - -<p>En sus muros se abren tres puertas: la del Conde, -la de Santiago y la de la Colada.</p> - -<p>La antigua Miróbriga tiene alrededor una gran -vega ancha y sonriente que se divisa como un mar -verde desde lo alto de la muralla.</p> - -<p>No era muy agradable para un ejército numeroso -la estancia en Ciudad Rodrigo.</p> - -<p>Además de la opresión del pueblo amurallado y -estrecho estaba todo muy sucio y abandonado.</p> - -<p>Las calles se veían siempre llenas de basura y -había un olor pestilente.</p> - -<p>Por fortuna Aviraneta, el <i>Lobo</i> y Diamante fueron -<span class="pagenum"><a name="Page_262" id="Page_262">[262]</a></span> -encargados de hacer excursiones, para forrajear, por -los alrededores, y se establecieron con un piquete -en una alquería próxima que se llamaba Pedro Tello.</p> - -<p>Los aldeanos de los contornos manifestaban por -Aviraneta un odio terrible; pero alguno que otro se -había hecho amigo suyo y solía contarle las hazañas -realizadas en Ciudad Rodrigo por don Julián Sánchez -y don Andrés Pérez de Herrasti.</p> - -<p>Aviraneta todos los días marchaba al alojamiento -del Empecinado, y entre los dos discutían planes y -proyectos. Muchas veces, para estar más solos, iban -al claustro de la catedral. Aviraneta comenzó á redactar -un periódico que hacía copiar á mano y repartía -entre los soldados.</p> - -<p>Pretendía dar confianza á las tropas, y contaba una -serie de triunfos de los constitucionales contra los -franceses que no existían más que en su imaginación.</p> - -<p>La situación del ejército era muy mala: don Juan -Martín tenía sus cuadros de tropas de línea incompletos; -las partidas de milicianos y voluntarios patriotas -muy entusiastas, muchas veces no servían; no -había dinero y era indispensable salir todas las semanas -á requisar ganado y forraje para el abastecimiento -de la plaza.</p> - -<p>El estado del país iba poniéndose desesperado.</p> - -<p>El ejército no hacía el esfuerzo necesario para -oponerse al avance de los franceses.</p> - -<p>No pasarán los Pirineos, se dijo primero. Se que<span class="pagenum"><a name="Page_263" id="Page_263">[263]</a></span>darán -en las provincias del Norte. No pasarán el -Ebro. En Despeñaperros los destrozaremos.</p> - -<p>Y los franceses pasaron los Pirineos, no se quedaron -en las provincias del Norte, cruzaron el Ebro y -atravesaron Despeñaperros.</p> - -<p>Los liberales tuvieron que ir perdiendo sus ilusiones -en Ballesteros, en Morillo, en Montijo y en -O'Donnell.</p> - -<p>Se había creído que este último se opondría á los -franceses en Somosierra y en el Guadarrama, pero -los dejó pasar sin disputarles el terreno.</p> - -<p>Todos estos generales eran partidarios de dar -por fracasada la Constitución del año 12. Montijo -escribió una carta á don Enrique O'Donnell, -conde de la Bisbal, diciéndole que se decidiese á -salvar al país y á cumplir la voluntad del pueblo; que -era que no siguiese rigiendo la Constitución, porque -ésta no afianzaba la seguridad individual ni conservaba -la dignidad de la monarquía española.</p> - -<p>O'Donnell contestó en un sentido parecido; los -liberales, al leer su carta, se indignaron, y La Bisbal -tuvo que escapar de Madrid, resignando el mando de -las fuerzas en Castelldosrius, quien también abandonó -la Corte dejando el mochuelo al general Zayas, -que fué quien tuvo que capitular.</p> - -<p>Unicamente los guerrilleros Mina, el Empecinado, -Chapalangarra y algunos generales como Torrijos, -Riego y López Baños estaban dispuestos á defender -la Constitución hasta el fin.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_264" id="Page_264">[264]</a></span></p> - -<p>Mina tenía lo mejor del ejército y estaba en Barcelona, -en donde había espíritu liberal entusiasta; -primero por los hijos del país, luego por encontrarse -allí hombres comprometidos en las revoluciones de -Nápoles y Piamonte; patriotas polacos, estudiantes, -alemanes y franceses obligados á dejar su patria por -las persecuciones policiacas de la Santa Alianza. -Había también en Barcelona una Legión liberal extranjera, -organizada por Pacchiarotti, con un pequeño -batallón de infantería y un escuadrón de lanceros.</p> - -<p>Muchas compañías estaban formadas por oficiales -y dos generales italianos empuñaban la lanza como -simples soldados.</p> - -<p>El Empecinado no tenía estas ventajas; no estaba -sostenido por el espíritu de una ciudad liberal: se -encontraba en tierras hostiles, sin más consejo que el -de Aviraneta, y no podía aceptar siempre sus inspiraciones.</p> - -<p>Entre los dos había una obscura incompatibilidad. -Aviraneta sentía una mezcla de cariño, de admiración -y de desdén por el general. El verle tan tosco -y muchas veces tan incomprensivo le ponía en contra -suya. Al Empecinado, por su parte, le producía su -secretario un sentimiento confuso de desconfianza y -de repulsión. Sabía que Aviraneta era hombre de -probidad, pero le veía capaz de una infamia por defender -su causa.</p> - -<p>Don Juan afirmaba que, puesto que la doctrina liberal -era la mejor y la más justa, los procedimientos<span class="pagenum"><a name="Page_265" id="Page_265">[265]</a></span> -de los liberales debían ser también siempre claros -y justos.</p> - -<p>Aviraneta creía que el fin justifica los medios. Con -este motivo, el general y su secretario solían discutir. -Uno de los sitios de sus discusiones era el claustro -de la catedral.</p> - -<p>Aviraneta quería convencer á don Juan Martín de -que debía aceptar todos los recursos.</p> - -<p>—El hombre de guerra, por lo mismo que vive -entre catástrofes—decía Aviraneta—tiene que ser -inmoral. Esta es su superioridad. Aquí conviene ser -benévolo, se respetan las personas y las cosas; allí -conviene ser severo, se fusila á todo el mundo y -se queman las casas y los campos. En una parte, -religioso; en otra, impío; aquí, blando; allí, duro. -El militar es lo arbitrario. No puede rechazar medio -ninguno. Para nosotros, el fin lo purifica todo.</p> - -<p>—No, no—decía el Empecinado.</p> - -<p>Aviraneta, que seguía inspirándose en los Comentarios -de César y en el Príncipe de Maquiavelo, creía -que en la política todo está permitido, y que lo que -en la vida de un individuo: el engaño, el fraude, -la falsificación, es una infamia, puede en la vida -pública considerarse como una maniobra del Estado.</p> - -<p>Don Juan Martín, por el contrario, no quería aceptar -que, para ejercer el mando con habilidad, se necesitara -el empleo de medios reprobables é inmorales; -no veía que los hombres de gobierno, cuanto más<span class="pagenum"><a name="Page_266" id="Page_266">[266]</a></span> -inteligentes y á la vez más fríos, astutos y crueles, son -los mejores políticos.</p> - -<p>—Mientras la sociedad viva como un organismo -en perpetuo desequilibrio—decía Aviraneta—el gobierno -será bárbaro y depravado; tendrá el político -algo de las atribuciones del cirujano: cortará la carne -enferma y la sana, gozará de una verdadera dictadura -para el bien y para el mal. ¿Quién le podrá atajar? -¿La opinión pública? Ilusión. Unicamente al final, se -dirá: Tuvo éxito ó fracasó. Salvó al país ó lo hundió. -Si tuvo éxito se le aplaudirá, si no se abominará de -él. ¿Quién irá á comprobar los medios que empleó? -Nadie.</p> - -<p>—¡Horror!—decía don Juan.</p> - -<p>—Verdad, verdad—replicaba Aviraneta—. Verdad -de hoy y probablemente verdad de siempre. -No hay pueblo que pueda tener un gobierno de -hombres justos. Tendría que haber un medio social -sano, cuerdo, en perfecto equilibrio. Es decir, que -para sostener una utopía habría que inventar otra.</p> - -<hr class="chap" /> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_267" id="Page_267"></a></span></p> - - - - -<h3 id="II_XIV">XIV.<br /> -LA TOMA DE CORIA</h3> - - -<p>Al final de la primavera llegó á Ciudad Rodrigo -la noticia de la sublevación de algunos pueblos de -Extremadura que habían desarmado la Milicia nacional -y proclamado el rey absoluto.</p> - -<p>La primera ciudad importante que se rebeló en -la región fué Coria; á ésta, al parecer, debía seguir -Plasencia, y después la Vera y la Serranía de Gata.</p> - -<p>El levantamiento de aquella comarca podía cortar -la comunicación de las tropas del Empecinado con -el ejército de Extremadura y dejar en el aislamiento -á Ciudad Rodrigo, que á la larga hubiese tenido -que rendirse.</p> - -<p>El Empecinado y Aviraneta decidieron marchar -á Extremadura á sofocar el incendio; y dejando la -guarnición casi íntegra en la ciudad salamanquina, se -formó una columna de caballería de unos seiscientos -hombres, la mitad compuesta de jefes y oficiales -que habían servido en los cuerpos de guerrilla du<span class="pagenum"><a name="Page_268" id="Page_268">[268]</a></span>rante -la Independencia, y la otra mitad, por lanceros.</p> - -<p>Iba la columna dividida en tres escuadrones: uno -mandado por el coronel Maricuela; el otro, por el -coronel Dámaso Martín, el hermano del Empecinado, -y el último, por el comandante don Francisco Cañicero.</p> - -<p>Salieron de Ciudad Rodrigo á final de Mayo, pasaron -por Fuente Guinaldo, que había sido el cuartel -general de Wellington en la guerra de la Independencia, -y por Moraleja dieron la vista á Coria.</p> - -<p>En la mañana del día primero de Junio, Aviraneta -se acercó con los exploradores á mirar con su anteojo -el Castillo de Coria, y vió que entre las almenas -había gente apostada. Se aproximaron un poco -más, y entonces los del castillo les hicieron una descarga -cerrada.</p> - -<p>Dispuso el Empecinado que un parlamentario con -bandera blanca se acercase al pueblo á intimar su -rendición; pero al ponerse á tiro comenzaron á gritarle -desde arriba: "No te acerques. No te acerques". -Algunos dispararon, y el parlamentario se retiró.</p> - -<p>En vista de la resistencia, el Empecinado decidió -sitiar y atacar la ciudad. Se acampó á media legua -de distancia de las murallas y la noche del día primero -se hicieron varios reconocimientos.</p> - -<p>Cien hombres mandados por Dámaso Martín dieron -la vuelta al pueblo, y Aviraneta, con una patrulla -de cinco hombres, inspeccionó de noche la mura<span class="pagenum"><a name="Page_269" id="Page_269">[269]</a></span>lla -y fué de una puerta á otra con un vecino liberal -de uno de los barrios de extramuros.</p> - -<p>El resultado de las investigaciones de don Eugenio -fué que la puerta del Carmen era la más débil, -que no tenía hierros, sino una tranca, y que por ella -había que hacer el intento de entrar.</p> - -<p>Aviraneta explicó estos datos al Empecinado y se -dispuso el ataque para el día siguiente.</p> - -<p>El Empecinado haría un amago de una manera -muy ostentosa, con todas sus tropas, por la puerta de -San Francisco; Dámaso Martín alarmaría por el lado -del palacio derruído del marqués de Coria, y cuando -toda la atención de los realistas se pusiese en -aquellos puntos, Aviraneta, con un grupo de hombres, -intentaría forzar la puerta del Carmen.</p> - -<p>Así se hizo. Antes del amanecer cincuenta soldados, -dirigidos por Aviraneta, se establecieron en unas -casas próximas á la puerta del Carmen. Eran cinco -zapadores, cuarenta fusileros, cuatro tambores y un -pito.</p> - -<p>Debían esperar allí hasta el anochecer.</p> - -<p>En la casa donde entró Aviraneta vivía un hombre -muy viejo, un tipo de senador romano. Este viejo, -alto, tenía una cara de medalla antigua, las cejas -salientes, la nariz corva, la boca severa y estaba ciego. -Vestía una chupa de ante amarillo, con bordados -abrochada hasta arriba, casaca negra con faldones y -cuello blanco. En la cabeza llevaba apretado un pañuelo -y encima un sombrero chambergo. Sobre las<span class="pagenum"><a name="Page_270" id="Page_270">[270]</a></span> -calzas gastaba zajones con listas doradas, y zapatos -con hebillas y polainas. A pesar de que no hacía -frío se cubría con una gran capa bordada.</p> - -<p>Aviraneta estuvo hablando con el viejo, y oyéndole -contar historias y anécdotas que se remontaban á -la primera mitad del siglo XVIII.</p> - -<p>Aquel viejo tenía muy buena memoria, y con su -semblante severo, su hablar tranquilo, sentado en un -sillón antiguo, parecía la voz del pasado.</p> - -<p>A media tarde Aviraneta salió de la casa del viejo -y se alejó de ella en línea recta, bajando un barranco -en dirección contraria á la ciudad; luego tomó -por la izquierda, acercándose al campamento del Empecinado, -á enterarse de las circunstancias de la -lucha.</p> - -<p>El Empecinado había comenzado un ataque aparatoso. -Mandó incendiar varias casas del barrio de -San Francisco y se tiroteó á gran distancia con los -realistas. Estos le insultaban furiosamente. El incendio -duró largo tiempo, pero no llegó á la puerta -de San Francisco, cosa que sabía muy bien don -Juan. Al anochecer, el general fraccionó sus fuerzas -é hizo que parte se dirigiese á atacar la puerta -de la Guía, mientras Dámaso Martín intentaba -escalar el cerro por las proximidades del palacio del -marqués de Coria. Aviraneta corrió á la casa del -viejo á dar sus disposiciones. Era el momento en que -tenía que obrar, un centinela desde el tejado anunció -que los realistas se corrían hacia el sitio de la<span class="pagenum"><a name="Page_271" id="Page_271">[271]</a></span> -muralla, donde comenzaba el nuevo ataque, y que -por el lado de acá no había nadie.</p> - -<p>Aviraneta se preparó.</p> - -<p>Cuatro zapadores avanzarían con él inmediatamente -á la puerta del Carmen y comenzarían á serrarla; -veinte fusileros pasarían en seguida que ésta -se abriera, y otros veinte quedarían emboscados en -la casa para hacer fuego desde los balcones sobre los -realistas que aparecieran en la muralla.</p> - -<p>Todo se hizo con rapidez. Aviraneta y los zapadores -llegaron á la puerta y en un momento la abrieron. -Al ruido aparecieron dos realistas en la muralla, -que fueron tiroteados, y se retiraron en seguida.</p> - -<p>Abierta la puerta, los cincuenta hombres, precedidos -por Aviraneta, pasaron, derribaron una barricada -y entraron por una calle del pueblo.</p> - -<p>—¡Adelante!—dijo Aviraneta.</p> - -<p>Avanzaron todos, en silencio, por la callejuela.</p> - -<p>—Tocad el himno de Riego—añadió don Eugenio.</p> - -<p>Coria estaba desierta. La pequeña tropa marchaba -en medio de la oscuridad al compás de su himno -saltarín y bullanguero. Aviraneta caminaba delante, -con el sable desenvainado, y los soldados -arma al brazo... No sabía dónde estaba la puerta de -San Francisco, y comenzaba á temer que los realistas -hubiesen cerrado la del Carmen y le hubiesen -dejado dentro.</p> - -<p>Aviraneta dividió su fuerza, é hizo que cuarenta<span class="pagenum"><a name="Page_272" id="Page_272">[272]</a></span> -hombres se dirigiesen al pie del castillo á abrir la -puerta, mientras él, con los diez restantes y los -tambores y el pito, se dirigía por las calles haciendo -que tocaran el himno constantemente.</p> - -<p>Poco después se oyeron otros tambores. El Empecinado -entraba en Coria.</p> - -<p>Los sublevados, desmoralizados, no intentaron -defenderse y escaparon, abandonando las armas.</p> - -<hr class="chap" /> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_273" id="Page_273"></a></span></p> - - - - -<h3 id="II_XV">XV.<br /> -UNA CIUDAD LEVÍTICA</h3> - - -<p>Coria es una ciudad pequeña de Extremadura, -asentada sobre una colina á orillas del río Alagón.</p> - -<p>Es ciudad antigua, de silueta castiza: tiene el aspecto -místico, estático, religioso y guerrero de casi -todos los pueblos españoles de tradición.</p> - -<p>Coria, más que un pueblo con una catedral, es -una catedral con un pueblo.</p> - -<p>Es una ciudad levítica por excelencia. Para unos -quinientos vecinos, que representan unos dos mil á -tres mil habitantes, Coria cuenta con la catedral, el -seminario, la parroquia de Santiago, el convento de -monjas de Santa Isabel, el de San Benito y varias -ermitas y capillas.</p> - -<p>Por entonces la catedral tenía once dignidades: -deán, tesorero, arcediano de Coria, arcediano de -Valencia de Alcántara, prior, arcipreste de Coria, -arcipreste de Calzadilla, chantre, arcediano de Cáceres, -arcediano de Galisteo, maestrescuela y arcediano -de Alcántara.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_274" id="Page_274">[274]</a></span></p> - -<p>Había, además, quince canónigos, seis racioneros, -seis medioracioneros, un beneficio curado y número -competente de capellanes.</p> - -<p>Funcionaba también en Coria el tribunal eclesiástico, -formado por el provisor, el vicario general, un -fiscal, dos notarios y tres procuradores. Estos, unidos -á los profesores del seminario, á los párrocos, curas, -frailes, monjas, sacristanes, legos y monaguillos, hacía -que el obispo tuviera bajo sus órdenes un pequeño -ejército.</p> - -<p>Coria era pueblo amurallado con gruesas murallas, -algunas de las cuales databan de la dominación romana.</p> - -<p>Entonces Coria tenía unos pequeños arrabales extramuros -que después han ido creciendo. Se asentaba -la ciudad sobre una meseta que se prolongaba en -llano hacia el Norte; en cambio, hacia el Sur el cauce -del Alagón dejaba un barranco, en cuyo fondo -corría el río.</p> - -<p>Este pasaba lamiendo la base de la colina cauriense, -y tenía un magnífico puente. Con el tiempo el -Alagón se desvió de su álveo, que fué cegándose -con la tierra de las crecidas, y se separó del pueblo, -dejando el puente en seco, con lo cual el antiguo -cauce se llenó de huertas, formando la Isla ó el Arenal -del Río.</p> - -<p>Esta irregularidad de encontrarse en seco el puente -daba lugar á bromas que las gentes de Coria, que -no se sentían completamente coriáceas, aguantaban<span class="pagenum"><a name="Page_275" id="Page_275">[275]</a></span> -con poca calma. Por la época aquella, á falta de puente, -había una barca en el sitio llamado las Lagunillas, -y dos vados: el de la Barca y el de la Martina. -Mirando á Coria por el camino de Plasencia, la ciudad -se presentaba en un alto, en el fondo de la gran -vega, cruzada por el río. Sobre el vértice del cerro -aparecía la catedral en medio; á la izquierda, el palacio -del marqués de Coria, y á la derecha, un edificio -cuadrado, grande, con muchas ventanas: el seminario.</p> - -<p>Desde el camino de Ciudad Rodrigo, Coria se -presentaba plana, con el castillo de piedra, en medio -de la muralla dominando los tejados, y la torre -de la catedral.</p> - -<p>Había cuatro puertas en la ciudad: la de San -Francisco, la de la Estrella, la del Carmen ó del -Sol y la de la Guía ó de la Corredera. Había además -la puerta del Postiguillo, estrecha abertura entre -el seminario y la catedral.</p> - -<p>Al entrar Aviraneta y el Empecinado en Coria, se -encontraron el pueblo que parecía desalquilado. La -gente estaba escondida, las calles tristes, sucias, -completamente desiertas. En la plaza, las pocas -tiendas se veían cerradas, y únicamente se hallaba -abierta la botica. La lápida de la Constitución había -sido arrancada del Ayuntamiento.</p> - -<p>Fué un problema alojar los seiscientos hombres -del Empecinado en Coria.</p> - -<p>Los jefes fueron á vivir á las casas de las familias<span class="pagenum"><a name="Page_276" id="Page_276">[276]</a></span> -liberales del pueblo, que eran cuatro ó cinco: la de -Zugasti, la de Simones, la de Medrano, la de Roda -y la de uno que se hacía llamar el Segundo Empecinado.</p> - -<p>El Empecinado y Aviraneta fueron á parar á casa -de don Marcelo Zugasti.</p> - -<p>Al día siguiente, domingo, se reunieron los constitucionales -del pueblo á hablar con el general. Estuvieron -en la reunión don Juan Muñoz de Roda, -síndico y miliciano nacional; don Pedro José de Medrano, -médico; el farmacéutico y dos contribuyentes -ricos: Sebastián Simones, y el que se hacía llamar el -Segundo Empecinado.</p> - -<p>Zugasti explicó la situación. Este Zugasti era un -propietario liberal que se había hecho con bienes -monacales, y mandaba la Milicia de Coria.</p> - -<p>Era un tipo de hombre flemático y sereno; tenía -una cara correcta, los ojos azules, la tez muy curtida -por el sol y la expresión fría.</p> - -<p>Zugasti explicó cómo había empezado á armarse la -Milicia Nacional en el pueblo: al principio bien, con -cierto entusiasmo. Los curas párrocos del partido no -habían tenido inconveniente en prestarse á explicar -los días festivos la Constitución; pero cuando comenzaban -sus explicaciones, la gente se marchaba. El -año anterior se había uniformado la Milicia Nacional, -quedando formada por catorce hombres de caballería -y veintidós de infantería. Ya en este año, el -22, el espíritu del pueblo se había hecho francamen<span class="pagenum"><a name="Page_277" id="Page_277">[277]</a></span>te -hostil á la Constitución, y cuando algún párroco -hablaba de ella en la iglesia, la gente vociferaba.</p> - -<p>Al final de 1822, el arcediano de Valencia de Alcántara -había comenzado á conspirar; don Feliciano -Cuesta se pronunciaba á favor del rey absoluto, y á -principio del 23 se presentaba la facción de Morales -en los pueblos comarcanos. La Milicia de Coria, -al mando de Zugasti, salió á pelear contra ella. La -partida de Morales constaba de veintitrés hombres -mal armados, é intentó sublevar Plasencia y Coria. -Zugasti, con sus milicianos, les mató un hombre y -dispersó á los demás hacia la Sierra de Gata.</p> - -<p>Desde esta época el alcalde había tenido mucho -cuidado con los facciosos, mandando cerrar las tabernas -á las ocho, obligando á los dueños de las posadas -á que presentasen los pasaportes de los forasteros, -y prohibiendo que nadie saliese á la calle después -de la diez de la noche sin motivo justificado.</p> - -<p>A pesar de esto, los absolutistas conspiraban sin -rebozo, y una mañana de Mayo se habían encontrado -con el pueblo sublevado, la lápida de la Constitución -derribada y los milicianos desarmados.</p> - -<p>El peligro, por el momento, parecía remediable. -La entrada del Empecinado en Coria había coincidido -con la captura del cabecilla Morales.</p> - -<p>Este Morales era un guerrillero extremeño, de la -guerra de la Independencia.</p> - -<p>En 1820 formó una partida que se llamaba Columna -real volante de Húsares de Plasencia, y los<span class="pagenum"><a name="Page_278" id="Page_278">[278]</a></span> -años 21, 22 y 23 merodeó por la parte Norte y Sur -de la Sierra de Gredos y Gata.</p> - -<p>Unos días antes, el 30 de Mayo, en el valle de la -Corneja, cerca de Piedrahita, Morales había sido batido, -hecho prisionero y llevado á Salamanca.</p> - -<p>Con la toma de Coria y la captura de Francisco -Ramón Morales, Zugasti suponía que el espíritu público -reaccionaría.</p> - -<p>El Empecinado escuchó la relación y murmuró:</p> - -<p>—Bueno, señores, está bien. Lo pasado, pasado. -Ya veremos qué se hace. Vamos á misa, que hoy es -fiesta y debe ser hora.</p> - -<p>Don Juan Martín, con su Estado mayor, se dirigió -á la catedral. En el camino habló largamente con -Aviraneta.</p> - -<p>El problema para el Empecinado no estaba en -quedarse en Coria, en donde apenas había medios -para alimentar á sus hombres; lo que él pretendía era -que el país sublevado no cortara las comunicaciones -con el ejército de Extremadura.</p> - -<p>Don Juan Martín y Aviraneta decidieron estudiar -el terreno y ver si con una guarnición de doscientos -hombres podría bastar para defender Coria durante -algún tiempo.</p> - -<p>Hablando llegaron á la plaza del Obispo y á la -entrada de la catedral. Un corro de campesinos, entre -los que abundaban las mujeres y los chiquillos, -contemplaban admirados á aquellos militares de vistosos -uniformes.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_279" id="Page_279">[279]</a></span></p> - -<p>Esperaron en el atrio el Empecinado y su Estado -mayor, hasta que oyeron la campana, y entraron en -la catedral seguidos de un grupo de gente.</p> - -<p>En un pueblo tan pequeño, la catedral sorprendía -por su grandeza y su magnificencia. Los canónigos -con sus mucetas, estaban en el coro. El altar mayor -brillaba lleno de resplandores. Oyeron los militares -la misa y, al acabarse ésta, siguiendo la dirección de -algunas personas, en vez de salir á la plaza; aparecieron -en un gran balcón de la catedral que dominaba -toda la vega. Esta terraza se llamaba en el -pueblo el Paredón.</p> - -<p>Era aquel un buen punto para darse cuenta de la -topografía de los alrededores. Aldeanos, viejas, sacristanes -y monaguillos, se presentaron á observar -con espanto y con curiosidad á aquellos soldados de -Lucifer.</p> - -<p>Aviraneta se sentó en el pretil del Paredón á contemplar -el paisaje.</p> - -<p>Delante, como en una hondonada, se veía la vega -ancha y el río que la cruzaba, festoneado por dos -franjas de arena.</p> - -<p>El día estaba nublado, el cielo gris; el Alagón -brillaba con un color de gelatina y parecía inmóvil, -como un cristal turbio. A lo lejos se destacaban -montes esfumados en la niebla.</p> - -<p>—Bueno, vamos á almorzar—dijo don Juan Martín, -y, por la tarde, veremos qué se hace.</p> - -<hr class="chap" /> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_280" id="Page_280"></a> -<a name="Page_281" id="Page_281"></a></span></p> - - - - -<h3 id="II_XVI">XVI.<br /> -LA TARDE DEL DOMINGO</h3> - - -<p>Don Juan Martín era hombre bueno, de gran corazón, -pero un poco absorbente, y le molestaba la -tendencia centrífuga de Aviraneta.</p> - -<p>Después de almorzar, el Estado mayor se disponía -á jugar una partida de cartas, cuando Aviraneta -se levantó.</p> - -<p>—¿Qué vas á hacer?—le preguntó el Empecinado.</p> - -<p>—Voy á dar una vuelta por el pueblo.</p> - -<p>—Luego la daremos.</p> - -<p>—Bueno; pues entonces voy á echar la siesta.</p> - -<p>—Nada, que no quieres jugar.</p> - -<p>—No, no; me aburre.</p> - -<p>—¡Qué gente ésta!—exclamó don Juan—. Todo -le aburre. Este es un puro vinagre. Bueno, bueno; -márchate y no vuelvas.</p> - -<p>Aviraneta se fué á tenderse á la cama. Aquellas -diversiones de cuerpo de guardia, un cuartucho lleno<span class="pagenum"><a name="Page_282" id="Page_282">[282]</a></span> -de humo, con la gente jugando á las cartas, fumando -y bebiendo, le producía una impresión de aburrimiento -espantoso.</p> - -<p>Estuvo Aviraneta en la cama leyendo un tomo de -Salustio, y á media tarde se acercó al comedor, en -donde estaban el Empecinado y sus oficiales.</p> - -<p>—¿Vamos?—preguntó.</p> - -<p>—Espera un momento. Ahora voy.</p> - -<p>Salieron don Juan, Aviraneta, Diamante y Zugasti, -á caballo, á recorrer el pueblo. Hacía buen tiempo, -había salido el sol.</p> - -<p>Llegaron á una plaza, con una picota en medio, la -plaza del Rollo, y fueron luego hacia la puerta de la -Guía. Bajaron hacia el Alagón, al paseo de la Barca, -y contemplaron desde allí el cerro de Coria, con su -catedral en lo alto; el seminario grande, con muchas -ventanas, y el palacio derruído del Marqués.</p> - -<p>Se alejaron algo por el paseo de grandes árboles, -á orillas del río, para inspeccionar los alrededores, y, -al volver, subieron por una estrecha vereda.</p> - -<p>Durante la marcha exploradora se había comenzado -á debatir el problema entre el Empecinado y sus -oficiales de lo que se iba á hacer. La cuestión no era, -naturalmente, defender Coria, porque eso solo significaba -poco: la cuestión era tener asegurado el paso -para el ejército.</p> - -<p>Zugasti y Aviraneta eran partidarios de dejar trescientos -hombres de guarnición allí; pero don Juan -Martín aseguraba que trescientos hombres contra un<span class="pagenum"><a name="Page_283" id="Page_283">[283]</a></span> -ejército no harían nada encontrándose con un vecindario -en su mayor parte enemigo.</p> - -<p>Siguieron por delante de la catedral, entraron por -la puerta del Sol y dejaron los caballos en casa de -Zugasti.</p> - -<p>—Vamos á ver la muralla ahora por arriba—dijo -Aviraneta.</p> - -<p>Marcharon á la plaza del Rollo entraron en el castillo -y subieron por una escalera de caracol. El castillo -era una gran torre pentagonal, de piedra amarillenta -muy bien labrada; tenía cinco pisos, varias pequeñas -azoteas y encima una gran terraza, con un tambor almenado. -Se subía á esta terraza por una escalera muy -estrecha que corría por el grueso de la pared.</p> - -<p>Desde el castillo á un lado y á otro corría la muralla.</p> - -<p>Esta muralla describía una línea de doscientas -treinta y tres toesas y era casi circular, de unos treinta -y cinco pies de alta, con un paseo de unos diez pies -de ancho que corría todo á lo largo.</p> - -<p>De trecho en trecho se elevaban torreones y cubos, -á los que había que subir por escalones.</p> - -<p>Dieron la vuelta á la muralla, marchando paralelamente -al camino por donde habían ido extramuros, y -volvieron al castillo.</p> - -<p>—¿De aquí no se verá Plasencia?—dijo Aviraneta.</p> - -<p>—No. Ca.</p> - -<p>—¿Ni habría medio de comunicarse con ella?</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_284" id="Page_284">[284]</a></span></p> - -<p>—Sí, por medio del castillo de Mirabel, que se ve -allí en unos montes, quizás se pudiera. Zugasti señaló -un pico lejano y Aviraneta miró con su anteojo en -la dirección indicada.</p> - -<p>—¿Y Plasencia no nos secundaría?—preguntó -Aviraneta.</p> - -<p>—No; creo que no.</p> - -<p>Don Eugenio se sentó en una de las almenas á -mirar con su anteojo los alrededores.</p> - -<p>—Bueno—dijo don Juan Martín—. Eugenio quiere -dedicarse á la geografía. Muy bien, yo me marcho.</p> - -<p>El Empecinado y Zugasti se fueron, y el <i>Lobo</i>, -Diamante y Aviraneta quedaron allí.</p> - -<p>Luego dejaron el castillo bajaron á la muralla, -y fueron contemplando el paisaje y hablando.</p> - -<p>Cruzaron la huerta de un convento y salieron al -Paredón de la catedral. Desde aquí se veía el campo, -completamente distinto á como estaba por la mañana. -El cielo tenía un azul intenso, la campiña se extendía -verde y el río resplandecía como un metal fundido -sobre una gran cinta de arena dorada.</p> - -<p>El viento levantaba oleadas en los trigales y movía -el follaje de los árboles.</p> - -<p>Unas mujeres lavaban en el río, y las ropas blancas -y los refajos rojos brillaban tendidos en las cuerdas. -Por el paseo de la Barca volvían algunos aldeanos, -hombres y mujeres en sus borriquillos.</p> - -<p>Aviraneta se sentó en el pretil de piedra del Paredón.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_285" id="Page_285">[285]</a></span></p> - -<p>A Don Eugenio le gustaba contemplar el paisaje: -le producía, momentáneamente un olvido de todo; le -recordaba los días de su infancia cuando iba á la -Peña de Aya y al monte Larun á ver el mar á lo lejos. -Ese germen ahogado que tenemos todos de otro -hombre ó de otros hombres despertaba en él con la -contemplación. Aviraneta quedó inmóvil y en silencio.</p> - -<p>Era una tarde espléndida, gloriosa: los campos -verdes relucían frescos después de la lluvia; el río -venía crecido y alguna nubecilla blanca se miraba en -su superficie como en un espejo azulado. Dentro de la -iglesia, los canónigos cantaban en el coro y se oían -las notas del órgano.</p> - -<p>En el aire pasaban las cigüeñas con ramas en el -pico y quedaban en extrañas actitudes sobre sus nidos; -los gorriones y los vencejos chillaban, y una nube -de cernícalos, que al transparentarse tenían un color -morado, lanzaban un grito agudo.</p> - -<p>Había al mismo tiempo ligeros incidentes que -animaban el conjunto: un burro que corría por los -hierbales y hacía sonar un cencerro; unas ovejas esquiladas -que saltaban sobre unas piedras; un hombre -que pasaba á caballo por el puente. A lo lejos, una -galera de siete mulas venía despacio por el camino.</p> - -<p>Este silencio, lleno de ruidos, de ladridos de perros, -de cacareo de gallos, de balidos de ovejas, del -canto suave del abejaruco, tenía un gran encanto. De<span class="pagenum"><a name="Page_286" id="Page_286">[286]</a></span> -pronto, las campanadas del reloj de la iglesia sonaban -allí cerca con un fragor imponente.</p> - -<p>Aviraneta se sentía saturado de tranquilidad, de -paz, ante aquella majestuosa tarde que marchaba con -su ritmo lento hacia el crepúsculo....</p> - -<p>—Realmente la guerra es una cosa absurda—pensó; -luego, dirigiéndose á Diamante, dijo—: ¡Qué -paz! Está hermoso esto. ¿Verdad?</p> - -<p>—Yo, como el general—contestó Diamante—, no -defendería este pueblo.</p> - -<p>—¿Pues qué haría usted?</p> - -<p>—Arrasaría toda esta campiña sin dejar nada y -me volvería á Ciudad Rodrigo—y Diamante pasaba -su mano como con cariño por encima del panorama.</p> - -<p>—Pero hombre, no—exclamó Aviraneta saltando -del pretil—. Me parece un poco bárbaro. Este es -nuestro país.</p> - -<p>—Ríase usted de esas tonterías—replicó Diamante, -con un gesto entre desdeñoso y de superioridad—; -todo lo que no sea hacer la guerra de exterminio -será tiempo perdido.</p> - -<p>Aviraneta, el <i>Lobo</i> y Diamante salieron de la catedral -y volvieron á casa de Zugasti.</p> - -<hr class="chap" /> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_287" id="Page_287"></a></span></p> - - - - -<h3 id="II_XVII">XVII.<br /> -EXPEDICIÓN Á PLASENCIA</h3> - - -<p>Por la noche, en el correo que vino de Ciudad -Rodrigo, Aviraneta recibió una carta de Aranda. -Era del relojero suizo Schulze.</p> - -<p>"De aquí no le puedo dar á usted más que malas -noticias—decía—. Ha habido tiros y enredos en el -pueblo y han asaltado la casa de usted, llevándose -todo. Los libros y papeles se han metido en un carro -por orden del capitán general O'Donnell, que no -es el O'Donnell de ustedes y los han llevado á Valladolid."</p> - -<p>A Aviraneta no le hizo mucha mella la noticia. -Ya todo lo ocurrido en Aranda le parecía de una -vida anterior, lejana y borrosa.</p> - -<p>Habló un momento con el<i>Lobo</i> y Diamante acerca -de lo que podía haber ocurrido en Aranda, y, olvidando -pronto esto, se puso á planear lo que había -que hacer en Coria. Después de varios proyectos, -pensó que lo conveniente sería acercarse á Plasencia<span class="pagenum"><a name="Page_288" id="Page_288">[288]</a></span> -á conocer el estado de esta ciudad. Plasencia, como -pueblo de más importancia que Coria, había llegado -á tener una Milicia Nacional bastante numerosa y -bien organizada. Si Plasencia estaba definitivamente -por el absolutismo, indudablemente era inútil permanecer -en Coria; en cambio, si los placentinos tenían -intenciones de defenderse contra los realistas, -podía enviárseles una pequeña guarnición y dejar -otra en Coria.</p> - -<p>Aviraneta habló á don Juan Martín, y éste aprobó -la idea.</p> - -<p>Aviraneta fué encargado de marchar á Plasencia. -Llevaría una escolta de veinte lanceros al mando -del <i>Lobo</i>. Salió por la mañana con sus hombres, cruzaron -la puerta del Sol, vadearon el río, y al trote -largo se dirigieron hacia Galisteo. Almorzaron aquí, -y á media tarde estaban en Plasencia.</p> - -<p>Zugasti había recomendado á Aviraneta que sin -pérdida de tiempo se presentase en el palacio del -marqués de Mirabel, con su escolta.</p> - -<p>Así lo hizo don Eugenio.</p> - -<p>El palacio del marqués de Mirabel era hermoso, -grande, de piedra amarilla negruzca. Daba su fachada -á una plaza que tenía en medio una fuente.</p> - -<p>Aviraneta bajó del caballo, dió la brida á un soldado -y entró por un arco del palacio, arco que continuaba -en un corredor abovedado.</p> - -<p>A la izquierda había una puerta y llamó; abrieron -y Aviraneta pasó á un patio con una gran escalera<span class="pagenum"><a name="Page_289" id="Page_289">[289]</a></span> -de piedra. Preguntó al criado por el señor, y al comenzar -á subir se encontró con el marqués, que bajaba -de prisa alarmado por el ruido de los caballos.</p> - -<p>Era el marqués un hombrecito afeitado, moreno, -de cara antigua y pelo negro y ensortijado. Iba muy -currutaco; llevaba calzón corto de tafetán, medias -blancas, un chaleco verde de seda y una chaquetilla -negra. Hablaba en voz baja, con una vocecita aguda.</p> - -<p>Explicó Aviraneta en pocas palabras quién era y -á lo que iba, y el señor de Mirabel, cruzando unas -cuantas habitaciones, le llevó á una azotea, llena de -flores, que caía hacia la plaza de la fuente.</p> - -<p>—¿Quiere usted alguna cosa?—le dijo el marqués.</p> - -<p>—Primeramente quisiera alojar á mis soldados.</p> - -<p>—En seguida. Y usted no quiere nada, ¿Algún refresco? -¿Café?</p> - -<p>—Sí, tomaré café.</p> - -<p>El marqués salió y Aviraneta estuvo contemplando -la terraza, adornada con lápidas romanas y estatuas -antiguas.</p> - -<p>Volvió el marqués y dijo:</p> - -<p>—Ahora traen el café. Bueno, veamos que es lo -que necesita usted de mí.</p> - -<p>—Como sabrá usted—dijo don Eugenio—las -fuerzas del Empecinado, saliendo de Ciudad Rodrigo, -han entrado en Coria, que hizo alguna resistencia. -No conocemos el espíritu del país y vacilamos en tomar -una resolución.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_290" id="Page_290">[290]</a></span></p> - -<p>—¿Y usted quiere saber el estado del liberalismo -de este pueblo?—preguntó el marqués con su vocecita -aguda.</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—Pues muy malo. Al comenzar el Gobierno constitucional, -aquí la gente, como en casi todos los pueblos, -quedó indecisa; entonces, veinte ó treinta plasencianos -de la gente más rica nos decidimos á ponernos -el uniforme de nacionales; los demás comenzaron -á seguirnos, y llegamos á tener el año pasado -más de cien infantes y cuarenta soldados de caballería. -Fundamos una sociedad patriótica que la inauguró -don Laureano Santibáñez, y tuvimos un momento -dominado al pueblo. Vino la sublevación de Cuesta -y la de Francisco Morales, y empezó el tinglado á -descomponerse. La gente supo que los franceses iban -á entrar en España, que los absolutistas avanzaban y -los milicianos comenzaron á abandonar nuestras filas: -unos quedándose en casa, y otros pasándose al otro -bando.</p> - -<p>—¿De manera que esto está perdido para nosotros?—preguntó -Aviraneta.</p> - -<p>—Completamente perdido. Figúrese usted -que se están buscando firmas para pedir á la Regencia -del Reino, en nombre de la ciudad, que se restablezca -la Inquisición, y firma casi todo el pueblo.</p> - -<p>—¿Usted cree que doscientos hombres aquí de -guarnición podrían hacer algo?</p> - -<p>—Nada.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_291" id="Page_291">[291]</a></span></p> - -<p>—¿Qué harán los liberales significados de Plasencia -cuando se presenten los absolutistas?</p> - -<p>—Tendrán que huir.</p> - -<p>—Les voy á proponer si quieren venir conmigo á -reunirse con el Empecinado.</p> - -<p>—Bueno. Si usted quiere, cuando tome usted café, -le acompañarán á casa del teniente.</p> - -<p>—Muy bien.</p> - -<p>Tomó Aviraneta su café y se levantó.</p> - -<p>—Aquí cenará usted y dormirá—le dijo el marqués.</p> - -<p>—Muchísimas gracias. Hasta luego.</p> - -<p>—Adiós. Voy á ver si arreglo el alojamiento para -su tropa.</p> - -<p>Aviraneta salió del palacio del marqués acompañado -por un criado de aire de lego, quien le llevó -hasta la plaza. Entró en la botica y salió al poco rato -con un hombre de unos sesenta años, que al ver á -Aviraneta hizo un signo masónico. Le contestó Aviraneta -y se dieron la mano. Era el masón un teniente -de la Milicia Nacional, don Juan Bustillo. Bustillo -era un hombre fuerte, rechoncho, bajito, de cabeza -redonda, la tez quebrada, las patillas cortas y la voz -gruesa y fuerte. Era hombre cándido, entusiasta del -<i>Sistema</i> y que creía que era indispensable sacrificarse -por las ideas.</p> - -<p>—Vamos al Enlosado de la catedral—dijo Bustillo—. -Allí podremos hablar sin que nos espíen.</p> - -<p>El Enlosado de la catedral era una terraza parecida -al Paredón de Coria, aunque más grande y es<span class="pagenum"><a name="Page_292" id="Page_292">[292]</a></span>paciosa. -Daba á esta terraza una portada del Renacimiento, -adornada con grandes escudos, una torre -románica como un tambor de muralla, á la que llamaban -el Melón, y otra torrecilla cónica.</p> - -<p>Aviraneta y Bustillo se pusieron á pasear por las -grandes piedras del Enlosado, ribeteadas de verde y -de matas con flores amarillas.</p> - -<p>Abajo, en la campiña, el río Jerte fulguraba reflejando -los últimos rayos del sol, y brillaba en las -masas verdes de los árboles de la ribera.</p> - -<p>Bustillo, al principio, había considerado como una -solución magnífica el que el Empecinado mandara -fuerzas á Plasencia; pero después reconoció que la -cosa no tenía objeto: en el pueblo no había víveres, -la muralla no servía, no había cañones ni una posible -retirada.</p> - -<p>—Tendrán ustedes que venir con nosotros—dijo -Aviraneta.</p> - -<p>—Yo sí, sí; iré. ¡Ya lo creo!</p> - -<p>—Hombre, usted precisamente, no. La gente joven. -Usted tiene familia aquí.</p> - -<p>—Antes es la libertad y la patria que la familia—dijo -el señor Bustillo solemnemente.</p> - -<p>—Sí; pero usted es un hombre que tiene derecho -al descanso.</p> - -<p>—Para disparar un fusil sirvo. No me diga usted -que no.</p> - -<p>El señor Bustillo llevó á su casa á Aviraneta y le -presentó á su mujer y á sus hijas.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_293" id="Page_293">[293]</a></span></p> - -<p>—Este señor es el ayudante del Empecinado—dijo -con entusiasmo.</p> - -<p>La mujer y las hijas miraron á Aviraneta con una -mezcla de terror y de pasmo, y no se atrevieron á -desplegar los labios. Bustillo quería tener en su casa -á Aviraneta; pero éste le dijo que le había invitado -á quedarse en su palacio el marqués de Mirabel.</p> - -<p>—¡Ah! ¡El marqués! ¿Qué le ha parecido á usted?</p> - -<p>—Bien.</p> - -<p>—Pues es un tipo muy raro.</p> - -<p>Y Bustillo contó sus varias manías de coleccionista -que no tenían nada de particular. Lo que sí constituía -una extraña inclinación en el marqués era la de -ser peluquero de señoras. El marqués peinaba á todas -las damas del pueblo cuando iban á alguna fiesta. -Esta era una de sus ocupaciones favoritas.</p> - -<p>Recordando su tipo no parecía nada raro que le -gustara ser peluquero.</p> - -<p>Se despidió Aviraneta de Bustillo y fué á cenar -con el marqués de Mirabel. Realmente, éste era un -bicho raro; se había educado en Inglaterra y ofrecía -una mezcla de ideas contradictorias bastante absurda. -Aviraneta no le podía mirar sin figurárselo con -un peine y unas tenacillas alisando el cabello con esa -mano fría y suave de los barberos.</p> - -<p>Después de cenar, Aviraneta marchó á una sala -muy grande, con una cama muy pequeña, y pensando -en las extravagancias del marqués-peluquero, se quedó -dormido.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_294" id="Page_294">[294]</a></span></p> - -<p>Al otro día, Aviraneta, con sus lanceros, hizo -un recorrido por la Vera de Plasencia, y se encontró -sorprendido al oír decir á la gente que se esperaba al -Cura Merino. Aviraneta no tenía por allí ni amigos ni -confidentes, y decidió volver á Plasencia. ¿Por dónde -vendría el Cura? Hubiera sido terrible para él caer -en sus garras.</p> - -<p>Al día siguiente, con la escolta del <i>Lobo</i> y unos -cuantos milicianos, entre ellos el señor Bustillo, se dirigió -á Coria.</p> - -<hr class="chap" /> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_295" id="Page_295"></a></span></p> - - - - -<h3 id="II_XVIII">XVIII.<br /> -¡MERINO!</h3> - - -<p>La presencia de Merino en Extremadura desazonó -á don Juan Martín. Sabía que mandaba mucha -gente, que llevaba las espaldas guardadas por el ejército -francés y que tenía el terreno amigo; sabía también -que pondría todos los medios para derrotarle.</p> - -<p>Se hicieron gestiones para averiguar el paradero -de Merino, sin fruto; el Empecinado en esta época, -como Mina en la Guerra civil, se encontraban con -que sus procedimientos del período de la guerra de -la Independencia flaqueaban. Durante la lucha contra -los franceses, todos los informes eran espontáneos: -bastaba indicar algo para que inmediatamente se hiciera; -en el año 23 y en la Guerra carlista, ocurría lo -contrario: las indicaciones de la gente del campo -eran casi siempre equívocas cuando no falsas.</p> - -<p>Don Juan Martín averiguó que Merino, flanqueando -á los generales franceses Vallin y Bourmont, venía -persiguiendo á Zayas por la línea del Tajo. Los -absolutistas se habían corrido por Talavera de la -<span class="pagenum"><a name="Page_296" id="Page_296">[296]</a></span> -Reina, Almaraz, Trujillo y Cáceres, dejando amargo -recuerdo por donde pasaban.</p> - -<p>A Merino le salió al encuentro López Baños, -pero ninguno de los dos se decidió á entablar la batalla. -Desde entonces no se sabía el sitio exacto -donde se encontraba el Cura.</p> - -<p>Se decía que llevaba una tropa numerosa, una división -completa, pues se habían reunido con él una -porción de partidas.</p> - -<p>Se citaban entre los cabecillas incorporados á -Merino, á Blanco, Puente Duro (el <i>Rojo</i>), Caraza y -Lucio Nieto, que se titulaban brigadieres; á Corral, -el <i>Gorro</i>, los Leonardos, el <i>Inglés</i>, Navaza, Mauricio -y Huerta, que mandaban regimientos y tenían el -grado de coroneles, y á otros muchos.</p> - -<p>El Empecinado, en vista de estas noticias, en junta -de oficiales decidió abandonar Coria y volver á -Ciudad Rodrigo.</p> - -<p>El 12 de Junio, por la mañana, se desalojó Coria, -se cruzó el arrabal de las Angustias, y por la tarde -se entró en el pueblo llamado Moraleja de Hoyos ó -Moraleja del Peral.</p> - -<p>Se dejó la tropa alojada en el Ayuntamiento, cárcel, -hospital de transeúntes y en la Casa de la Encomienda. -Los coroneles Dámaso Martín y Juan Maricuela -quedaron encargados de buscar víveres, y el -Empecinado encargó, con gran insistencia, que se -pusieran centinelas en todos los caminos y puntos -altos y se organizara una guardia volante.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_297" id="Page_297">[297]</a></span></p> - -<p>A un castillejo arruinado de un cerro próximo se -envió un piquete de caballería.</p> - -<p>Dispuesto todo para evitar una sorpresa, el general -con su escolta, Aviraneta y dos ó tres oficiales -atravesaron el arroyo llamado Ribera del Gata, por -un vado, y fueron á alojarse á una dehesa grande del -camino de Perales, con una casa ancha y baja en el -centro. Esta finca se conocía con el nombre de la -Dehesa de la Reina; estaba rodeada de una extensísima -tapia de adobes, cubierta de bardas de ramaje, -y se hallaba próxima al río Árrago.</p> - -<p>Se pasó la noche con tranquilidad, y al comenzar -el día se presentó una mañana de verano ardorosa y -sofocante. El sol centelleaba en las mieses y en los -barbechos; el cielo brillaba con un azul negruzco, y -los pocos árboles que se veían en el campo parecían -arder con el calor.</p> - -<p>El Empecinado había pensado no emprender la -marcha hasta la caída de la tarde.</p> - -<p>Serían las diez, próximamente, cuando por el lado -del pueblo comenzó un ligero tiroteo, que se convirtió -en furiosas descargas.</p> - -<p>—¿Qué puede ser esto?—preguntó don Juan -Martín, alarmado.</p> - -<p>No se sabía.</p> - -<p>—Preparad los caballos.</p> - -<p>Se comenzó á aparejar los caballos. El fuego se -hacía cada vez más intenso. Se iba á abrir la puerta -de la casa, cuando aparecieron delante de ella vein<span class="pagenum"><a name="Page_298" id="Page_298">[298]</a></span>te -lanceros constitucionales que venían huyendo al -galope, perseguidos por un escuadrón de feotas.</p> - -<p>Pasaron adentro, se cerró la puerta del corral y se -recibió á los perseguidores con una descarga, hecha -desde las tapias.</p> - -<p>Los feotas contestaron al fuego, y se retiraron.</p> - -<p>—Pero ¿qué pasa?—gritó el Empecinado.</p> - -<p>Los soldados fugitivos, llenos de zozobra, contaron -á don Juan Martín que la tropa que pernoctaba en -Moraleja había sido sorprendida por el Cura Merino.</p> - -<p>—Pero, ¿cuándo? ¿ahora mismo?—preguntó don -Juan.</p> - -<p>—Ahora mismo.</p> - -<p>—¿Y los centinelas?</p> - -<p>—Han dicho algunos que, al ver de lejos al enemigo, -han creído que era un rebaño.</p> - -<p>Merino, con una fuerza de tres mil á cuatro mil -infantes y con ochocientos caballos, marchando de -noche y con el mayor sigilio, y dirigido por buenos -guías, se había presentado á una legua de Moraleja -en las primeras horas de la mañana.</p> - -<p>Pronto supo por sus confidentes que el Empecinado -no se había movido de allá, y se le ocurrió acercarse -á Moraleja, echando por delante de su tropa -dos inmensos rebaños. Así lo hizo, y avanzó detrás -de las ovejas, que levantaban grandes nubes de polvo. -La estratagema le dió un gran resultado; sin ser -advertido rodeó el pueblo y comenzó una metódica -carnicería de los constitucionales.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_299" id="Page_299">[299]</a></span></p> - -<p>Don Juan Martín comprendió que el mal no tenía -remedio, y furioso por haber sido derrotado de una -manera tan necia, mandó que se concluyese de aparejar -los caballos y se dispusiera todo el mundo á hacer -una salida. Entre los que estaban y los que habían venido -se formó un pelotón de sesenta hombres en el -patio, delante de la casa.</p> - -<p>Don Juan y unos cuantos más, gente forzuda y fuerte, -enarbolaron la lanza. Se abrió la puerta de la tapia -y el piquete salió al galope hacia el pueblo. Los -realistas en el mayor desorden, se ocupaban en -matar á los constitucionales en las calles, sacándolos -de las posadas y alojamientos.</p> - -<p>La entrada del Empecinado por el pueblo fué trágica. -A lanzadas, á sablazos, atropellando con los caballos, -se abrieron paso.</p> - -<p>—¡Viva la libertad!—gritaba Aviraneta, entusiasmado, -levantando su sable en alto.</p> - -<p>—¡Viva!—vociferaban todos.</p> - -<p>Como un aluvión se pasó Moraleja y se siguió carretera -adelante hacia Hoyos. Los realistas, repuestos -de la sorpresa, reunieron doscientos jinetes, que -se lanzaron en persecución de los liberales.</p> - -<p>Afortunadamente para éstos la mayoría de los caballos -de los feotas estaban cansados de la jornada -del día anterior, y no podían darles alcance.</p> - -<p>Llegaron un poco después del mediodía á Perales, -y una rápida inspección del pueblo hizo comprender -al Empecinado que allí no había posibilidad<span class="pagenum"><a name="Page_300" id="Page_300">[300]</a></span> -de defensa, y se siguió adelante hasta dar la vista á -Hoyos, pueblo en la falda de la Sierra de Gata.</p> - -<p>Desde allí se veía el castillo de Almenara sobre -un monte agudo; la Sierra de Béjar á la derecha, con -algunas estrías de nieve y la hondonada grande de -Hoyos.</p> - -<p>Se acercaron á este pueblo; pasaron á todo correr -por el Teso de las Animas, con sus cruces de piedra -del Calvario; luego, por delante del humilladero -y de un convento ruinoso, y por una calle en cuesta -subieron á la plaza de la iglesia.</p> - -<p>Serían las dos ó dos y media de la tarde cuando -llegaron. Inmediatamente tomaron posiciones. Veinte -dragones de Merino entraron casi al mismo tiempo -que los sesenta jinetes del Empecinado. Estos -volviéndose contra los que les perseguían, les atacaron -á sablazos y á lanzadas.</p> - -<p>Los dragones realistas perdieron dos hombres y se -retiraron á las proximidades del pueblo. Sin duda -iban á esperar á reunirse con el grueso de su escuadrón. -Don Juan Martín pensaba continuar la retirada, -cuando se presentaron treinta nacionales de Hoyos y -de pueblos cercanos bien armados. Con este refuerzo -se pensó en defenderse en Hoyos.</p> - -<p>Se ocupó la iglesia y las casas de la plaza; se subió -la gente á las ventanas y guardillas, y se dividió -en dos pelotones la caballería. Uno se colocó detrás -de la iglesia y el otro en una plazoleta próxima. -Aviraneta subió á la torre y exploró el horizonte<span class="pagenum"><a name="Page_301" id="Page_301">[301]</a></span> -con su anteojo. A la hora ó cosa así bajó diciendo -que una columna grande de caballería venía hacia -el pueblo.</p> - -<p>Cada cual tomó posiciones, y se encargó que se -economizaran los cartuchos.</p> - -<p>Los realistas subieron al galope hasta la iglesia; las -herraduras de los caballos hacían un ruido de campanas -en las piedras. Al desembocar en la plaza gritaron: -¡Viva el rey! ¡Viva la Inquisición!</p> - -<p>Los liberales les hicieron una descarga cerrada, -que mató á ocho ó diez hombres. Los realistas vacilaron; -algunos, no muchos, pasaron de la plaza hacia -adelante y fueron cortados y atacados por el Empecinado -al grito de ¡Viva la libertad! ¡Viva la Constitución!</p> - -<p>Después de una hora de combate los realistas se -retiraron, dejando algunos muertos, quince á veinte heridos -y otros tantos caballos, de los que se apoderaron -los liberales.</p> - -<p>Los realistas quedaron en el Calvario y allí se -plantaron de observación.</p> - -<p>El Empecinado, Aviraneta y el jefe de los nacionales -de Hoyos conferenciaron. Era indudablemente -difícil defenderse en Hoyos con tan poca gente; podían -meterse en la iglesia y atrincherarse allí, pero -entonces se verían expuestos á un sitio; sin víveres -ni municiones y sin posibilidad de ser socorridos.</p> - -<p>El jefe de los nacionales consideraba más fácil defenderse -en la próxima aldea de Trevejo, que, ade<span class="pagenum"><a name="Page_302" id="Page_302">[302]</a></span>más -de estar en un cerro con una subida difícil, tenía -la ventaja de que se podía avisar desde allá á San -Martín de Trevejo, donde se hallaban refugiados algunos -nacionales de los contornos.</p> - -<p>Se dispuso seguir este plan. Aviraneta, con los nacionales -de Hoyos, marcharía inmediatamente á Trevejo -y tomaría posiciones. Mientras tanto, don Juan -Martín, con sus jinetes y con cinco ó seis fusileros, -entretendría al enemigo hasta que tuviera que retirarse, -y entonces, en la retirada, vendría el apoyo de -Aviraneta con sus nacionales, que atacarían á los perseguidores.</p> - -<p>Se decidió hacerlo así, y sin que se enterase el -pueblo, uno por uno tomaron los nacionales el camino -de Trevejo y comenzaron á marchar de prisa. Era -necesario que tuviesen, por lo menos, una hora ú hora -y media de ventaja sobre el Empecinado para que -cuando éste pasase se encontraran ellos ya atrincherados.</p> - -<hr class="chap" /> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_303" id="Page_303"></a></span></p> - - - - -<h3 id="II_XIX">XIX.<br /> -EL CAMINO DE SAN MARTÍN</h3> - - -<p>Serían de cuatro y media á cinco de la tarde cuando -salió de Hoyos Aviraneta con los milicianos, y -próximamente las seis cuando daban frente á Trevejo.</p> - -<p>Trevejo es una aldea miserable asentada sobre un -cerro. Este cerro, formado por rocas obscuras, tiene -graderías de piedra hechas para sostener la tierra -de algunos pequeños olivares y viñedos.</p> - -<p>Mirando á Trevejo desde el camino de Hoyos -se ve á la izquierda de la mísera aldea un castillo -negro, erguido y fantástico.</p> - -<p>Más á su izquierda se levanta la sierra de la Estrella, -y á la derecha, el terreno se hunde en una cañada, -por donde sube el camino que continúa á San -Martín.</p> - -<p>A esta cañada, abierta entre un talud muy pendiente -y un castañar vetusto, llamaban, aunque no -con mucha propiedad, el desfiladero de Trevejo. -Hoy no hay cerca de este desfiladero muchos árboles; -á principios del siglo XIX los grandes robles y<span class="pagenum"><a name="Page_304" id="Page_304">[304]</a></span> -castaños centenarios formaban á un lado del camino -una muralla de follaje. Serían las seis y media ó -siete de la tarde cuando los milicianos llegaron á -este castañar, próximo á la calzada. Aviraneta pensó -varias estratagemas para detener á los realistas, que -la mayoría tuvo que desechar, y al último se decidió -por dos.</p> - -<p>A un cuarto de hora de Trevejo partía de la calzada -un camino que escalaba el cerro y marchaba á -la aldea. Don Eugenio, á unos trescientos pasos de -la bifurcación, mandó clavar palos entre las ramas, -puso encima los morriones de los nacionales é hizo -que se quedaran tres ó cuatro allí. Después de hecho -esto fué colocando sus veinticinco hombres emboscados -en el castañar. Si los realistas tomaban por -el camino de la aldea, él con su gente les atacaría -por la espalda.</p> - -<p>Aviraneta pensó que don Juan Martín y los suyos -llegarían á media tarde. ¿Pero si llegaban al anochecer? -Su estratagema no tendría entonces gran -objeto. Pensando que podrían venir ya obscuro, mandó -á uno de los nacionales que fuera á Trevejo y -trajera una cuerda gruesa de ocho ó nueve varas.</p> - -<p>El nacional volvió al poco rato con la cuerda. -Aviraneta la ató por una punta á un árbol de la calzada, -del otro lado del castañar, á una altura de dos -varas, y dejó la otra punta colgando por el suelo. La -mayoría de los nacionales no comprendieron el objeto -de esta maniobra.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_305" id="Page_305">[305]</a></span></p> - -<p>Se esperó bastante tiempo, y, ya obscuro, se notó -que venía don Juan Martín. Llegaba perseguido -muy de cerca. Los tres ó cuatro milicianos que estaban -en el cerro dispararon varios tiros contra los perseguidores. -Los realistas, despreciando el tiroteo, -avanzaron con la esperanza de apoderarse del caudillo.</p> - -<p>Pasaron los liberales y se acercaron á toda prisa -los realistas.</p> - -<p>Entonces Aviraneta, levantando la cuerda, la puso -tensa, á una altura de un par de varas, y la ató al -tronco de un grueso castaño.</p> - -<p>—Atención. Cuando yo diga—murmuró Aviraneta.</p> - -<p>Los jinetes realistas, que iban al galope, al llegar -á tropezar con la cuerda tensa se sintieron lanzados -al suelo con una fuerza tremenda.</p> - -<p>—¡Fuego!—dijo Aviraneta, y sonó una descarga -á quemarropa, y cayeron más de dos docenas de -hombres al suelo.</p> - -<p>Algunos valientes quisieron avanzar, y, como no -veían la cuerda, fueron despedidos con violencia. -Aviraneta y los suyos lanzaron una segunda descarga, -y una tercera.</p> - -<p>El Empecinado había vuelto grupas y se disponía -á atacar á los perseguidores.</p> - -<p>—No se puede pasar—le dijo Aviraneta.</p> - -<p>—¿Por qué?</p> - -<p>—Porque hay una cuerda. Cortadla.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_306" id="Page_306">[306]</a></span></p> - -<p>La cortaron de un sablazo, y don Juan Martín y -sus lanceros atacaron á los realistas y les cogieron -cerca de cincuenta caballos.</p> - -<p>El éxito de la escaramuza había producido gran -entusiasmo.</p> - -<p>—¡Viva el Empecinado! ¡Viva Aviraneta!—gritaron -los soldados y los nacionales.</p> - -<p>Don Juan Martín abrazó á Aviraneta y le dijo que -tenía que pedir para él la cruz de San Fernando. -Los peligros, con Aviraneta, no eran peligros.</p> - -<p>Se había hecho de noche, las estrellas parpadeaban -en el cielo alto y claro, y Júpiter brillaba con -su luz blanca.</p> - -<p>Se descansó allí en el castañar, al borde del camino, -y se dispuso esperar unas horas por si llegaba -alguno salvado de la sorpresa de Moraleja; y, efectivamente, -poco después de las diez de la noche aparecieron -hasta treinta soldados de caballería, varios -oficiales y capitanes y el comandante Cañicero.</p> - -<p>Muchos de estos hombres, que habían venido á -pie desde Moraleja, llegaban reventados.</p> - -<p>¿Qué se iba á hacer? El Empecinado, Aviraneta -y los oficiales conferenciaron.</p> - -<p>Los hombres de á pie, rendidos por larga jornada -huyendo y sin comer, no podrían llegar á San -Martín. Sería mejor que se quedaran en el castillo -de Trevejo, y se buscara comida para ellos. Mientras -tanto el Empecinado, con la gente montada podría -seguir á San Martín.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_307" id="Page_307">[307]</a></span></p> - -<p>Acordado esto, Aviraneta y el jefe de nacionales -de Hoyos, con los heridos, cansados y con los milicianos, -irían á pasar la noche al castillo de Trevejo, -donde se atrincherarían. Si al día siguiente estaban -sitiados pondrían una bandera en el torreón derruído -para que desde lejos pudiese verla don Juan Martín; -si no lo estaban, seguirían camino de Ciudad -Rodrigo.</p> - -<hr class="chap" /> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_308" id="Page_308"></a> -<a name="Page_309" id="Page_309"></a></span></p> - - - - -<h3 id="II_XX">XX.<br /> -EL CASTILLO DE TREVEJO</h3> - - -<p>Dos de los nacionales de Hoyos marcharon hacia -el castillo, con la orden de encender una tea y agitarla -en el aire si no había dificultad alguna para subir.</p> - -<p>Al cuarto de hora, Aviraneta, los nacionales y los -lanceros aspeados, tomaron hacia arriba y hacia la -izquierda, en dirección al pueblo, y el Empecinado -con su caballería siguió adelante, camino de San -Martín.</p> - -<p>Llegaron los primeros á la aldea de Trevejo y se -detuvieron, Aviraneta y dos milicianos se encargaron -de buscar provisiones. Costó mucho tiempo: se recorrió -casa por casa, y se llenó un saco de pan, medio -saco de habas, una gran cantidad de carne salada -y un pellejo de vino.</p> - -<p>Se tomaron dos calderas prestadas, se cogió leña -y, con todo lo necesario para la comida, alumbrados -por un farol y varias teas de resina, se dirigieron camino -del castillo.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_310" id="Page_310">[310]</a></span></p> - -<p>El castillo de Trevejo era un edificio sólido, de -piedra sillar, de más de veinte varas de altura, colocado -sobre un teso ó cerro que dominaba una gran -llanada.</p> - -<p>Como castillo roquero no era muy grande; debía -haber estado destinado en su tiempo para una guarnición -pequeña: tenía torres, muralla, barbacana, una -plaza de armas, escaleras, subterráneos y galerías.</p> - -<p>En el siglo XVIII había comenzado á desmoronarse, -y en la guerra de la Independencia se consumó -su ruina.</p> - -<p>Escalaron los milicianos el cerro del castillo, encontraron -la vereda, que daba á una brecha; pasaron -y cerraron el boquete con grandes piedras. Se instalaron -en la plaza de armas.</p> - -<p>Aviraneta puso centinelas. Se trajo leña, se hicieron -dos hogueras y se comenzó á hervir el rancho.</p> - -<p>Se comió con un apetito voraz, y después todo el -mundo quiso tenderse. El jefe de los nacionales de -Hoyos y Aviraneta sustituyeron á los centinelas, que -se dormían y se quedaron en observación del camino.</p> - -<p>Hablando, se les pasó gran parte de la noche. El -cielo estaba muy estrellado, muy hermoso; la Vía -Láctea resplandecía con sus millones de nebulosas; -Arturus, Altair y Aldebaran lanzaban sus guiños -en el espacio, y Sirio comenzó á brillar al amanecer. -Un poco antes del alba se oyeron voces en el cerro -próximo al castillo.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_311" id="Page_311">[311]</a></span></p> - -<p>—¡Alto! ¿Quién vive?—dijo Aviraneta.</p> - -<p>—¡Aviraneta!—gritó una voz—. ¿Estás ahí?</p> - -<p>—Sí, aquí estoy ¿quién es?</p> - -<p>—Somos nosotros: Antonio Martín, Diamante y -otros que venimos huyendo de Moraleja.</p> - -<p>—Acercáos, que os vea.</p> - -<p>—¿Por dónde?</p> - -<p>—Ahí encontraréis la vereda.</p> - -<p>Aviraneta se convenció de que eran ellos y les -dijo por dónde tenían que subir al castillo. Eran seis -hombres que gateando llegaron á la plaza de armas.</p> - -<p>—¿No os queda algo que comer?—preguntaron al -entrar.</p> - -<p>Quedaba pan y cecina, que devoraron.</p> - -<p>—¿Y qué ha pasado allá?—preguntó Aviraneta.</p> - -<p>—Nada. Un estropicio—dijo Antonio Martín, el -hermano pequeño del Empecinado.</p> - -<p>—Pero, ¿cómo no han visto los centinelas que venía -el enemigo?</p> - -<p>—No lo sé. Yo pienso si habrá habido traición.</p> - -<p>—No, no la ha habido—dijo un soldado—. Yo -estaba allá. El sol picaba mucho. Había mucho polvo -cuando se acercó un gran rebaño de ovejas—. Yo -dije para mí: ¡Qué rebaño más grande! y cuando -estaba pensando en esto me encontré rodeado del -enemigo.</p> - -<p>—¿Se habrá perdido mucha gente?—preguntó -Aviraneta.</p> - -<p>—Mucha—contestó Martín—. Mi hermano Dá<span class="pagenum"><a name="Page_312" id="Page_312">[312]</a></span>maso -ha muerto, el coronel Maricuela también. Hemos -perdido más de trescientos hombres. Algunos se -habrán refugiado hacia Extremadura baja y otros en -la Sierra de Gata.</p> - -<p>—¿Y el <i>Lobo</i>?</p> - -<p>—El <i>Lobo</i> ha muerto.</p> - -<p>—¿Y el señor Bustillo, el de Plasencia?</p> - -<p>—También ha muerto. Lo vi en la calle atravesado -á bayonetazos.</p> - -<p>—¡Pobre hombre! ¡Mala suerte ha tenido!</p> - -<p>El soldado que había estado de centinela en Moraleja -contó que pasó dos horas enterrado en un -pajar con el coronel Dámaso Martín. Viéndose -éste perdido había ofrecido todo lo que llevaba -al patrón de su casa, un tal Estévez, para que le -ocultara entre la paja. El patrón aceptó y tomó el -dinero, y, cuando registraron la casa los realistas -y se iban á marchar, aquel canalla les dijo: "Ahí -está. Ahí está el hermano del Empecinado," y á bayonetazos -lo mataron...</p> - -<p>Lo mismo los que ya estaban en el castillo, que -los que habían venido, se fueron tendiendo en el -suelo y quedaron dormidos.</p> - -<p>El alba apuntaba y el cielo iba clareando de prisa.</p> - -<p>Algunas nubecillas rojizas, mensajeras de la mañana, -aparecían sobre el cielo gris.</p> - -<p>Desde allá arriba parecía encontrarse uno en un -globo; ligeras brumas vagaban por el fondo del valle. -Aviraneta, asomado á un lado y á otro, miraba á ver<span class="pagenum"><a name="Page_313" id="Page_313">[313]</a></span> -si se acercaba el enemigo. No venía nadie. Antes de -salir el sol aparecieron otros cuatro soldados fugitivos -de Moraleja.</p> - -<p>Estos habían pasado la tarde escondidos en una -choza, cerca de Hoyos, y dijeron que habían oído -que las fuerzas de Merino habían dejado las proximidades -de la Sierra de Gata y se dirigían hacia -Coria. Efectivamente, el 16 de Junio entraba el Cura -en esta ciudad.</p> - -<p>A eso de las cuatro de la mañana uno de los nacionales -de Hoyos se levantó.</p> - -<p>—¿Y usted no duerme?—le dijo á Aviraneta.</p> - -<p>—¡Pse! Hay que vigilar.</p> - -<p>El nacional era un pastor que se llamaba el <i>Rito</i>. -Era un hombre grueso, fuerte, con unos ojos azules -brillantes, la cara ancha y juanetuda, como de kalmuko, -la barba rojiza, la manera de hablar violenta -y por sacudidas y la expresión alegre.</p> - -<p>El <i>Rito</i> se puso á hablar. Era un hombre primitivo, -lleno de credulidad y de esperanza en todo. Mostró -á Aviraneta el paisaje, el campanario de Villamiel, -el camino de San Martín de Trevejo y los -montes lejanos, con sus nombres.</p> - -<p>Para cada sitio ó para cada monte tenía una historia -ó un cantar. El <i>Rito</i> no era muy inculto para -pastor, y estuvo explicando lo que sabía del castillo -de Trevejo. En sus conocimientos se mezclaba la fábula -con la historia.</p> - -<p>Dijo que uno de los escudos de la torre era de<span class="pagenum"><a name="Page_314" id="Page_314">[314]</a></span> -los Borbones, y el otro, de la Orden de Alcantara, -que tenía como enseña un jaramago; habló vagamente -de un gran maestre déspota, y de sus luchas con el -comendador de Santibáñez y el corregidor de Gata.</p> - -<p>Contó también el <i>Rito</i> una historia clásica de un -caballero cautivo, encerrado en el sótano del castillo, -que había escapado viendo que una serpiente entraba -en un subterráneo y siguiéndola. Este subterráneo se -llamaba la Lapa de la Sierpe.</p> - -<p>—Subterráneo que no existe—dijo Aviraneta irónicamente.</p> - -<p>—Sí, señor; existe.</p> - -<p>—¿Usted lo ha visto?</p> - -<p>—Sí, sí. Y si quiere usted se lo enseñaré.</p> - -<p>—Vamos á verlo.</p> - -<p>Cogió el <i>Rito</i> el farol y dijo:</p> - -<p>—Sígame usted.</p> - -<p>Se acercaron á la torre y comenzaron á bajar una -escalera de caracol, de piedra, con los escalones primeros -derruídos. A poco de descender la escalera -era practicable y se podía bajar por ella con seguridad. -Bajaron cinco ó seis varas, hasta llegar á un sótano -abovedado. De él partía un pasillo y cerca se -veía una poterna ferrada y llena de clavos. El <i>Rito</i> -descorrió un cerrojo enmohecido y apareció la boca -de un subterráneo, que lanzó un hálito de frío y de -humedad.</p> - -<p>—Aquí tiene usted la Lapa de la Sierpe—dijo el -<i>Rito</i>.—Si quiere usted entraremos.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_315" id="Page_315">[315]</a></span></p> - -<p>—Entremos.</p> - -<p>El suelo estaba bastante seco y se podía marchar -bien. Avanzaron un cuarto de hora.</p> - -<p>—Ahora estaremos debajo del pueblo.</p> - -<p>Unos minutos después salieron por entre dos piedras -al campo. El <i>Rito</i> apagó el farol. Escuchó por -si se oía algo. No se oía nada.</p> - -<p>El <i>Rito</i> y Aviraneta anduvieron por las proximidades -del castillo, vieron la Cama del Moro, un -abrevadero que á Aviraneta le pareció un sepulcro -ibérico tallado en roca.</p> - -<p>Luego el <i>Rito</i> le contó la historia de una partida -que se había levantado en un monte próximo llamado -Jálama, que debía tener grandes encantos, porque -el <i>Rito</i> decía:</p> - -<div class="poetry-container"> -<div class="poetry"><div class="stanza"> -<div class="line i1">Jálama, jalamea,</div> -<div class="line">quien no te ve</div> -<div class="line">no te desea.</div> -</div></div></div> - -<p>Dieron la vuelta al castillo, y el <i>Rito</i> gritó dirigiéndose -á sus compañeros: ¡Masones! ¡Negros!</p> - -<p>—¿Volvemos de nuevo por la Lapa de la Sierpe?—preguntó -el <i>Rito</i>, riendo.</p> - -<p>—Sí; vamos por allá.</p> - -<p>Entraron de nuevo en el largo subterráneo y llegaron -al castillo.</p> - -<p>Algunos soldados se habían despertado y estaban -buscando á Aviraneta para decirle que habían oído -gritos en el campo. Aviraneta los tranquilizó dicien<span class="pagenum"><a name="Page_316" id="Page_316">[316]</a></span>do -que había sido el <i>Rito</i>. El sol comenzaba á brillar. -Aviraneta miró á todas partes con su anteojo. -No se veía nada. Algunos soldados empezaban á -despertarse y á vestirse; un murciano cantaba:</p> - -<div class="poetry-container"> -<div class="poetry"><div class="stanza"> -<div class="line i1">Cartagena me da pena</div> -<div class="line">y Murcia me da dolor.</div> -<div class="line">¡Ay, Cartagena de mi vida,</div> -<div class="line">Murcia de mi corazón!</div> -</div></div></div> - -<p>Antonio Martín se despertó, y viendo á Aviraneta -todavía derecho le dijo:</p> - -<p>—¿Tú no has dormido nada?</p> - -<p>—No.</p> - -<p>—Pues échate un rato al sol. Yo haré lo que sea -necesario.</p> - -<p>—Bueno.</p> - -<p>—¿Qué hay que hacer?</p> - -<p>—Habrá que hacer un reconocimiento por el camino -de San Martín y por el de Hoyos. Si hay enemigos -en gran cantidad nos encerraremos aquí y -pondremos una bandera para avisar á tu hermano; -si no los hay saldremos inmediatamente para San -Martín.</p> - -<p>—Está bien.</p> - -<p>—Si pudierais comprar un poco de pan, vendría -admirablemente. Y para nosotros dos mira á ver si -puedes traer un cacharro con leche de cabras.</p> - -<p>—Bueno, todo se hará.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_317" id="Page_317">[317]</a></span></p> - -<p>Aviraneta se tendió al sol en un hueco entre dos -piedras, y se quedó dormido.</p> - -<p>Soñó que echaba un discurso magnífico á una inmensa -multitud en un pueblo que tenía algo de París, -de Madrid y de Vera Cruz. Comparaba á la libertad -con una mujer desnuda que va escalando un -monte pedregoso, en cuya cumbre había un castillo -que no sabía si era la Justicia ó el castillo de Trevejo. -La libertad marchaba entre espinas y zarzas -desgarrándose los pies. Aviraneta se preguntaba en su -discurso: ¿Por qué no descansar en el valle? Pero no. -En el valle estaba la maldad, la miseria—los soldados -de Merino—y en el monte el aire limpio y sano -de la sierra de Jálama. El recuerdo de este monte le -apartó de su discurso y llevó su pensamiento á unas -escenas de caza. Estaba cobrando piezas á montones -cuando oyó la voz de Antonio Martín, que decía:</p> - -<p>—Ya estamos aquí. Te traigo leche para el desayuno.</p> - -<p>—¡Ah, muy bien! ¿Habéis hecho el reconocimiento?</p> - -<p>—Sí; el enemigo ha desaparecido.</p> - -<p>Eran las ocho de la mañana y el sol centelleaba -en la tierra. Los soldados y milicianos habían desayunado -y limpiado sus uniformes y sus armas.</p> - -<p>Se formó al pie del castillo.</p> - -<p>Antonio Martín dió la voz de ¡marchen! Como -no tenían música, al pasar por el pueblo, Aviraneta -comenzó á cantar el himno de Riego:</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_318" id="Page_318">[318]</a></span></p> - -<div class="poetry-container"> -<div class="poetry"><div class="stanza"> -<div class="line i1">¡Soldados!: la patria</div> -<div class="line">nos llama á la lid;</div> -<div class="line">juremos, por ella,</div> -<div class="line">vencer ó morir.</div> -</div></div></div> - -<p>Los soldados y los milicianos cantaron á coro, y la -patrulla comenzó á desfilar al paso. Al cruzar por delante -del pueblo daba más la impresión de que iba -victoriosa, que derrotada.</p> - -<p>De Trevejo se avanzó á San Martín, y al día siguiente, -de aquí se dirigían á Ciudad Rodrigo.</p> - -<p>El Empecinado, muy satisfecho de Aviraneta, en -el parte que dió el 20 de Junio le propuso para la -cruz laureada de San Fernando, y, en uso de las facultades -que le había concedido el ministro, le nombró -capitán efectivo de caballería.</p> - -<p>Era la segunda vez que nombraban capitán á don -Eugenio; pero ni la primera vez ni la segunda llegó -á serlo de veras. Aviraneta tenía poca suerte en la -milicia.</p> - -<hr class="chap" /> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_319" id="Page_319"></a></span></p> - - - - -<h3 id="II_XXI">XXI.<br /> -LA SITUACIÓN EMPEORA</h3> - - -<p>Llegaron á Ciudad Rodrigo y se comenzaron á organizar -de nuevo las fuerzas de caballería, hasta reunir -varios escuadrones.</p> - -<p>Algunos militares liberales huídos de Valladolid -dijeron que en esta ciudad no había apenas guarnición, -y que sería fácil apoderarse de la plaza.</p> - -<p>Con este objeto se preparó una columna de caballería, -y el mismo don Juan Martín, al mando de ella, -se corrió hasta Medina del Campo; pero al enterarse -de que en Valladolid había varios regimientos -franceses y fuerzas de voluntarios realistas, desistió -del proyecto.</p> - -<p>En Medina se encontraron con el coronel Boscan, -del regimiento de Farnesio, y algunos oficiales y soldados.</p> - -<p>El coronel Boscan venía de Galicia y se incorporó -á la columna de don Juan Martín. Las noticias -que trajo eran malas; el alto mando del ejército se pa<span class="pagenum"><a name="Page_320" id="Page_320">[320]</a></span>saba -al enemigo: Montijo, O'Donnell, Morillo, Ballesteros... -todos hacían traición. No quedaban más -que Mina, Riego y el Empecinado.</p> - -<p>Se habló con Boscan de lo que se podía hacer. -Para éste lo mejor era ir hacia al Sur: seguir la misma -marcha que en la guerra de la Independencia, en lo -cual estaba conforme con Aviraneta.</p> - -<p>Al Empecinado le parecía bien; pero dijo que había -que tener en cuenta que existía un Gobierno todavía, -y era necesario obedecerle.</p> - -<p>Se volvió á Ciudad Rodrigo, y unos días después, -aumentada la caballería con los soldados de Farnesio -y con otros muchos que desertaron de Galicia al -saber la capitulación del conde de Cartagena, se volvió -á salir para Extremadura, se pasó de nuevo por -San Martín de Trevejo, Hoyos, Moraleja y Coria.</p> - -<p>En Moraleja se buscó al Estévez, que había primero -ocultado y luego denunciado á Dámaso Martín, -el hermano del Empecinado, y se quiso quemar -su casa, pero el general lo impidió.</p> - -<p>De Coria se salió en dirección á Cáceres, donde -se entró con alguna dificultad. Se repusieron las autoridades, -depuestas por el populacho sublevado, y se -impuso la paz con bastante rapidez.</p> - -<p>En esta labor, Aviraneta se lució. Era el ministro -de la Gobernación, el alcalde y el jefe de policía, -todo al mismo tiempo. No habían tenido mayores -atribuciones los tiranos de las repúblicas italianas ni -los Saint-Just y los Barras en las ciudades francesas<span class="pagenum"><a name="Page_321" id="Page_321">[321]</a></span> -durante la Revolución. Aviraneta satisfacía su ansia -de poder. Estaba á sus anchas. Reponía á una autoridad, -prendía á otra, imponía la paz pública con sus -procedimientos, que tan pronto eran de benevolencia -como del terrorismo más puro.</p> - -<p>Cáceres fué dominado, y quedó así hasta un día -de Octubre del año 23 en que se rebeló y hubo un -encuentro con las tropas del Empecinado, en el que -se produjeron muchas víctimas.</p> - -<p>La situación del pueblo mejoró con las medidas -de Aviraneta; pero la de la guarnición iba empeorando -por días. Corrían noticias del avance de los -franceses y de su vanguardia de realistas españoles. -Bordesoulle y Bourmont se corrían por Andalucía, -sin que nadie se les opusiera; el conde de Molitor, -con sus generales Lacroix y conde de Loverdo, marchaban -por donde les convenía, como en un paseo -militar; únicamente Moncey encontraba una resistencia -seria y pertinaz en el ejército de Mina.</p> - -<p>Los soldados desertaban en grupos, y el espíritu -de los pueblos era hostil á los constitucionales. La -deserción había hecho que sólo los entusiastas y fanáticos -quedaran en las filas.</p> - -<p>A final de Junio, el Empecinado al saber que Castelldosrius -era el jefe militar de Extremadura y que -trabajaba en dominar el país y en meter en cintura á -Badajoz, le envió á Aviraneta para que éste desarrollara -los procedimientos que había utilizado en Cáceres.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_322" id="Page_322">[322]</a></span></p> - -<p>Castelldosrius había salido con las tropas que Zayas -le había confiado poco después de evacuar Madrid, -y había ido perseguido por Vallin y Bourmont -y por la vanguardia de Merino hasta Trujillo, -donde entregó el mando de su fuerza al general López -Baños, marchando él á Badajoz, de cuya comandancia -militar tomó posesión en Junio.</p> - -<p>Castelldosrius, al saber la situación de la ciudad, -pidió en seguida su exoneración. Reinaba en ella, -como en casi todas las capitales españolas, una perfecta -anarquía. La deserción cundía con una rapidez -asombrosa; los realistas, alentados por el giro que tomaban -los negocios públicos, maltrataban y vejaban -en la calle á los liberales.</p> - -<p>Aviraneta, al llegar á Badajoz, se presentó á Castelldosrius, -como enviado por el Empecinado, para -ver de ponerse de acuerdo.</p> - -<p>Castelldosrius le contestó que estaba deseando -abandonar el cargo, y que pensaba que de un día á -otro tendría que dejarlo. El marqués explicó la situación -anárquica en que se encontraba Badajoz.</p> - -<p>—Estaba lo mismo Cáceres—replicó Aviraneta—, -y lo hemos dominado. A fuerza de paciencia. -Yo he hecho de alcalde, de jefe de la policía, y por -ahora hay tranquilidad.</p> - -<p>—¿De veras?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—¿Usted se encargaría aquí de hacer lo mismo?</p> - -<p>—Sí; si usted lo autoriza.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_323" id="Page_323">[323]</a></span></p> - -<p>—Bueno; pues haga usted lo que quiera. Véase -usted con mi ayudante González Estéfani, que le pondrá -en antecedentes. Aunque sea, fusile usted á todo -el pueblo; me tiene sin cuidado.</p> - -<p>Aviraneta se entrevistó con Antonio González Estéfani, -y entre los dos dispusieron lo que había que -hacer.</p> - -<p>Aviraneta se instaló en la Capitanía General y -llamó á las autoridades del pueblo. La mayoría no -acudió.</p> - -<p>Al día siguiente aparecía un bando terrible en las -esquinas, y veinte realistas, escoltados por bayonetas, -iban á la cárcel. El pueblo, como un caballo que -siente la espuela, quiso sacudirse el jinete; pero éste, -en poco tiempo, lo supo dominar.</p> - -<p>El 6 de Julio, Castelldosrius fué destituído y marchó -destinado como de cuartel á Barcelona.</p> - -<p>El bando de Aviraneta sirvió luego de motivo para -que Castelldosrius fuera terriblemente perseguido en -la época de la reacción de Calomarde.</p> - -<p>Aviraneta, sin ser conocido de nadie, ejerció durante -algunos días la dictadura. En compañía de Estéfani, -González Llanos y otros militares liberales recorrió -la muralla, sus ocho baluartes, las tres entradas -de la ciudad y los dos torreones de la puerta de las -Palmas, que dan hacia el Guadiana.</p> - -<p>Visitó también los fuertes exteriores que existían -entonces: el de San Cristóbal, en un cerro á orillas -del río; el de Pardaleras, el de la Picurina, el reve<span class="pagenum"><a name="Page_324" id="Page_324">[324]</a></span>llín -de San Roque y la Luneta, hecha por el mariscal -Soult en 1811. Aviraneta trabajó para que se -guarnecieran estas fortificaciones y se pusieran en -condiciones de defenderlas del enemigo.</p> - -<p>Toda esta labor era inútil; el pueblo, hostil, á la -mejor ocasión había de echar por tierra á sus dictadores.</p> - -<hr class="chap" /> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_325" id="Page_325"></a></span></p> - - - - -<h3 id="II_XXII">XXII.<br /> -UN OFICIO DEL ESTADO MAYOR</h3> - - -<p>Al dejar Badajoz el marqués de Castelldosrius siguieron -Aviraneta y sus amigos ejerciendo en la ciudad -el mando supremo, sin ningún título para ello.</p> - -<p>Estaba nombrado por el Gobierno para la Comandancia -de Extremadura el general don Francisco Plasencia, -que días antes, derrotado en Despeñaperros, -se había visto abandonado por sus tropas, que desertaron -ante el enemigo.</p> - -<p>Plasencia tardó bastante en presentarse en Badajoz, -y quedó asombrado de que existiera todavía orden -y disciplina en la ciudad extremeña.</p> - -<p>Plasencia rogó á Aviraneta y á los demás que -siguieran mandando.</p> - -<p>La situación de España en Julio de 1823 era malísima, -y en Agosto se hizo desesperada.</p> - -<p>Don Juan Martín envió una carta á Aviraneta, diciéndole -que hablara á todos los jefes y oficiales liberales -decididos, para ver si querían intentar un su<span class="pagenum"><a name="Page_326" id="Page_326">[326]</a></span>premo -esfuerzo: el de formar una columna de ocho -á diez mil hombres, marchar sobre Madrid y atacarlo -á la desesperada.</p> - -<p>Aviraneta habló á los oficiales de Badajoz, pero -ya no era posible reanimar en ellos el entusiasmo: -todo el mundo veía la partida perdida. El general -Plasencia, desalentado desde que había visto en Despeñaperros -desertar á los soldados antes de entrar en -fuego, creía que el único ideal era obtener una capitulación -decente y esperar mejores tiempos.</p> - -<p>Aviraneta escribió á don Juan el resultado de sus -gestiones, y unos días más tarde recibió este oficio:</p> - -<p class="p2">DIVISIÓN DE CASTILLA</p> -<p class="i2">ESTADO MAYOR</p> - -<p class="i4">El Excmo. Sr. Comandante general, que -ha salido esta mañana para la Vera de -Plasencia, me ha indicado que escriba á -usted.</p> - -<p class="i4">Se recibió su pliego en el que participaba -el poco éxito de nuestro plan de atacar -Madrid, y al mismo tiempo el desfallecimiento -de las tropas constitucionales de -esa zona. Nada de esto es extraño, y es necesario -un ánimo esforzado para no dejarse -rendir por las noticias adversas para -nuestras armas que llegan constantemente.</p> - -<p class="i4">El general desiste de su proyecto, y me -encarga le diga cese de practicar diligencias -con este fin.</p> - -<p class="i4"><span class="pagenum"><a name="Page_327" id="Page_327">[327]</a></span> -Se ha celebrado ayer una junta de oficiales -y jefes de la división, y en ella se ha -acordado enviar á usted á Cádiz á que se -aviste con el Gobierno, le exprese la situación -de Extremadura y Castilla y pida instrucciones -acerca de la conducta que debe -seguirse en lo sucesivo.</p> - -<p class="i4">Se ha elegido á don Eugenio de Aviraneta -ayudante de campo y secretario del -comandante general para esta comisión, -por considerársele de gran confianza y el -más capacitado por su inteligencia para el -caso.</p> - -<p class="i4">Es necesario, pues, salga usted inmediatamente -para evacuar tan importante comisión.</p> - -<p class="i4">Puede usted atravesar Portugal, embarcarse -en un puerto de este país, franquear -el bloqueo de la escuadra francesa y entrar -en Cádiz.</p> - -<p class="i4">Hoy se escribe al Excmo. Sr. Marqués -de Castelldosrius para que auxilie á usted -con cuantas noticias necesite del vecino -reino y para que le dé contraseñas y recomendaciones -para los puertos de Villa -Real, Mértola y Tavira. Preséntese usted -á Su Excelencia y pónganse de acuerdo -sobre este particular.</p> - -<p class="i4">El general me encarga diga á usted -que de ninguna manera quiere que nadie -sepa el objeto de su viaje más que el señor -Marqués y usted.</p> - -<p class="i4">Con el sargento Sánchez, jefe de la escolta -y portador de este oficio, comunicará -<span class="pagenum"><a name="Page_328" id="Page_328">[328]</a></span> -usted al general lo que acuerde con el señor -Marqués.</p> - -<p class="i4">Se están extendiendo todas las comunicaciones -para el Gobierno y las instrucciones -que debe usted llevar, al mismo tiempo -que las recomendaciones para los sujetos -con quienes tiene usted que verse.</p> - -<p class="i4">Participe usted verbalmente al Sr. Marqués -que esta división se engruesa con las -partidas sueltas procedentes del ejército -de Galicia, pero que carecemos de buen -armamento.</p> - -<p class="i4">En las comunicaciones al Gobierno va -usted altamente recomendado, y si llega á -puerto de salvación con toda felicidad, no -necesita usted más para que el Gobierno -premie á usted como es debido sus muchos -y distinguidos servicios en favor de -la Libertad.</p> - -<p class="i4">Dios guarde á usted muchos años. Cuartel -general del Casar de Cáceres, á 18 de -Agosto de 1823.</p> - -<p class="smcap mright">Máximo Reynoso.</p> - -<p class="i2"><i>Postdata:</i></p> - -<p class="i4">En este momento se reciben noticias de nuestros -confidentes de Portugal. Afirman que en Lisboa y en -los Algarbes se ha proclamado el absolutismo.</p> - -<p class="i4">Esta nueva situación hace indudablemente difícil -ó imposible la marcha de usted, sobre todo con carácter -militar y como representante del excelentísimo -comandante general. Consulte usted con el señor Marqués -y vea si pueden proporcionarle á usted papeles -de comerciante, para que disfrazado de tal y con pa<span class="pagenum"><a name="Page_329" id="Page_329">[329]</a></span>saporte -pueda llegar á Villa Real. En ese caso se -embarcaría aquí y entraría en Gibraltar, si no hubiese -medio de meterse en Cádiz.</p> - -<p class="i4">Hay quien supone que sería mejor que se pusiera -usted en relación con los contrabandistas de Ceclavin -y atravesara Andalucía con ellos. Estos contrabandistas -conocen la ruta á palmos y marchan sin tocar -en ninguna población. Si se decidiera usted por -esto último, avíselo, porque hay en nuestra división -individuos que conocen muy bien las partidas de -contrabandistas y éstos le pondrían en relación con -ellas.—<i>Vale.</i></p> - -<p class="p2">Aviraneta, impaciente con una carta tan larga y -tan ceremoniosa, cogió un papel y escribió:</p> - -<p class="i4">«Amigo Reynoso: Castelldosrius no está aquí. -Para salir por un lado ó por otro necesito dinero y -no lo tengo».—Suyo,</p> - -<p class="smcap mright">Aviraneta.</p> - -<p class="p2">Dos días después el mismo sargento Sánchez llegaba -á Badajoz y entregaba á Aviraneta una bolsa -con veinte onzas, moneda suelta y un sobre con documentos.</p> - -<hr class="chap" /> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_330" id="Page_330"></a> -<a name="Page_331" id="Page_331"></a></span></p> - - - - -<h3 id="II_XXIII">XXIII.<br /> -EL VIAJE</h3> - - -<p>Aviraneta comenzó los preparativos para la marcha. -Compró cerca de la puerta de las Palmas una -chaqueta y un pantalón ordinarios de aldeano, una -faja y un sombrero. Luego quitó á la chaqueta los botones -y los sustituyó por onzas de oro forradas de tela. -En el chaleco puso monedas de cinco duros, también -recubiertas como si fueran botoncitos.</p> - -<p>El dinero sobrante, menos unas pesetas para el camino, -hizo que se lo girasen á Mértola, en Portugal.</p> - -<p>Luego escribió una carta dirigida á un supuesto -Domingo Ibargoyen, una carta en que el padre del -tal Domingo le decía que se escapara del servicio y -abandonara á los liberales impíos y volviera á reunirse -con los absolutistas.</p> - -<p>Hecho esto leyó todos los oficios que le había -enviado Máximo Reynoso desde el cuartel general, -y los clasificó. Los dos en donde figuraba su nombre -los aprendió de memoria y los rompió.</p> - -<p>—¡Qué falta de sentido el mandar á un hombre<span class="pagenum"><a name="Page_332" id="Page_332">[332]</a></span> -con papeles así entre gente enemiga!—se dijo—; ¡oh -manes de Cisneros, de Richelieu y de Talleyrand! -Esta pobre gente no va á saber nunca hacer bien las -cosas.</p> - -<p>Los documentos que no citaban su nombre, don -Eugenio los envolvió, los metió en un bote, que llenó -de tierra, y lo envió á Mértola, como si fuera una -mercancía.</p> - -<p>Pensaba que no llevando consigo ningún papel, -aunque le cogieran, sería imposible identificarlo. Si lo -pescaban diría que no, que no era miliciano; luego, -si le registraban, le encontrarían la carta á Domingo -Ibargoyen, y ya bastaría esto para que le tuviesen por -un pobre hombre absolutista soldado de milicianos á -la fuerza.</p> - -<p>Estando en estos preparativos se le presentó Diamante, -y no tuvo más remedio que decirle que iba á -ir con una comisión á Cádiz.</p> - -<p>Diamante se ofreció á acompañarle en el viaje. -Al advertirle Aviraneta la manera cómo pensaba -hacerlo, Diamante torció el gesto.</p> - -<p>—Es mejor que vaya usted de uniforme—dijo -Diamante—, le tendrán á usted más respeto.</p> - -<p>—No, no. Es absurdo, hombre.</p> - -<p>—Pues yo pienso ir de uniforme hasta Mértola, y -verá usted como llego.</p> - -<p>—Haga usted lo que quiera; pero en ese caso, si -me encuentra usted en el camino, no diga usted que -me conoce.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_333" id="Page_333">[333]</a></span></p> - -<p>—No necesito de usted para nada—replicó Diamante, -con acritud.</p> - -<p>—Bueno, bueno. Está bien.</p> - -<p>Diamante todavía quiso hacer un esfuerzo para -convencer á Aviraneta que debía ir de modo que se -le conociera que era un oficial y no un patán cualquiera.</p> - -<p>—¿Por qué?—preguntó Aviraneta.</p> - -<p>—Porque á un oficial se le fusila; en cambio á un -patán, no: se le cuelga de una manera ignominiosa -y vil.</p> - -<p>—Cada cual tiene sus preocupaciones—dijo don -Eugenio—; morir de una manera ó de otra, es igual.</p> - -<p>—Para usted será igual; para mí, no. Si le cogen -á usted le tomarán por un espía.</p> - -<p>—O no. Yo me las arreglaré para que no me cojan. -La cuestión es que no le maten á uno.</p> - -<p>—¡Bah! No me asusta la muerte—replicó Diamante—. -Si me prenden verá esa chusma miserable -cómo muere el alférez Diamante. Pienso decir cuatro -cosas bien dichas.</p> - -<p>Aviraneta no quiso chocar con la vanidad de su -compañero, y se citó con él en Mértola.</p> - -<p>Si se encontraban allá, buscarían los dos el modo -de marchar á Cádiz.</p> - -<p>Aviraneta, unas veces en coche, otras en carro, -pasó por Villaviciosa, llegó hasta Beja, y de aquí fué -á Mértola. Hacía un calor horrible. No apareció -Diamante.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_334" id="Page_334">[334]</a></span></p> - -<p>Recogió en casa de un comerciante liberal el bote -con sus documentos y lo volvió á reexpedir á Castro -Marín.</p> - -<p>Aviraneta se puso en camino hacia Castro Marín, -á caballo, mirando á derecha é izquierda, guareciéndose -en los árboles y las matas cuando veía á alguien. -Los realistas debían tener espías á los lados -del camino, porque, á pesar de todas sus precauciones, -Aviraneta cayó en manos de una patrulla de realistas -portugueses. Eran muchos para luchar con ellos, -y tuvo que entregarse.</p> - -<p>Los realistas lo prendieron y lo tuvieron toda la -noche atado á un árbol, sufriendo una serie de chaparrones -de agua tibia y abundante. Por la mañana -le hicieron marchar entre ellos. Eran aquellos portugueses -raquíticos, con un tipo agitanado, el pelo negro, -la tez amarilla, los ojos brillantes é inquietos, la -expresión suspicaz y ladina. Hablaban todos ellos -con un aire entre amenazador y sonriente.</p> - -<p>A media mañana, Aviraneta, rodeado de los portugueses, -rendido y febril, fué entregado á una partida -de realistas españoles que vigilaban la frontera. -Esta partida llevaba un gran número de presos; entre -ellos se encontraba Diamante.</p> - -<p>El jefe de estos realistas, un señorito andaluz, bajito, -rubio, que ceceaba exageradamente y sonreía al -hablar con cierta petulancia, mandó registrar al prisionero, -y se encontró la carta, manoseada y sucia, dirigida -á Domingo Ibargoyen.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_335" id="Page_335">[335]</a></span></p> - -<p>El aire de estupor febril que tenía Aviraneta hizo -creer al andaluz que el preso era un pobre infeliz, -casi idiota.</p> - -<p>—Es un vascongado—dijo el oficial á su gente—. -Yo le hablaré, ¿Tú ser realista ó negro?—le preguntó -á Aviraneta.</p> - -<p>Aviraneta contempló con asombro al oficial, y éste -repitió la pregunta.</p> - -<p>Don Eugenio, viendo que le tomaban en broma, -dijo haciendo su papel:</p> - -<p>—Yo, no entender.</p> - -<p>—¿Cómo no entender?... ¡Granuja! Tú ser miliciano...</p> - -<p>—Sí, coger á uno... poner uniforme... y llevar andando -lejos, malos caminos... luego cansar... escapar -campos.</p> - -<p>El andaluz se echó á reir.</p> - -<p>—¿Y á dónde marchar tú ahora?... ¿A dónde -marchar?...</p> - -<p>—Yo querer ir á América...</p> - -<p>—Realmente—murmuró el andaluz—á este desdichado -es una tontería prenderlo; pero en fin, le llevaremos -á Sevilla con los demás y allí ya verán lo -que hacen con él.</p> - -<p>Pasó la noche Aviraneta en la cárcel de Ayamonte. -No pudo dormir un momento. Estaba febril, -la humedad de la noche anterior le había producido -un acceso de reumatismo, le dolía la cabeza, tenía -una rodilla hinchada y una misantropía terrible.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_336" id="Page_336">[336]</a></span></p> - -<p>En medio de aquel estado de abatimiento el instinto -de conservación vigilaba.</p> - -<p>Al día siguiente, por la mañana, Aviraneta advirtió -al jefe de los realistas que no podría marchar -con la rodilla hinchada, y le dijo que daría lo que -tenía, una moneda de cinco duros si se le proporcionaba -un caballo. El oficial cogió la moneda y mandó -traer un caballo viejo para Aviraneta.</p> - -<p>Durmieron los presos los días posteriores en las -cárceles de Gibraleón, Niebla, Palma, San Lúcar la -Mayor, y al quinto día entraron en Sevilla.</p> - -<p>A las tres de la tarde, Aviraneta y Diamante, con -otros cuarenta ó cincuenta liberales, formando cuerda -de presos, pasaban el puente de Triana, rodeados de -una multitud de hombres, mujeres y chicos que los -insultaban. Diamante iba con una serenidad olímpica, -sonriendo, despreciando al populacho.</p> - -<p>Todos los vagos del barrio estaban en el puente. -Se oían gritos furiosos de ¡Mueran los negros! ¡Muera -la nación! ¡Viva Fernando! ¡Vivan las <i>caenas</i>! -¡Viva el duque de Angulema!</p> - -<p>Era el populacho amenazador, la demagogía negra -desbordada. Mujeres desarrapadas, con chiquillos -en brazos, que chillaban sin saber porqué; viejas, -gitanos, frailes que pasaban dando á besar á la -chusma la cuerda de su hábito....</p> - -<p>—¡Viva nuestra religión! ¡Viva Dios!—gritaban -algunos. Y otros decían, dirigiéndose á los liberales: -¡Al palo! ¡Al palo! ¡Canallas! ¡Mata frailes!</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_337" id="Page_337">[337]</a></span></p> - -<p>Unos cuantos chicos les tiraron pelotas de barro á -los prisioneros, y una vieja, acercándose á Aviraneta, -le dijo:</p> - -<p>—¡Qué mala estampa de judío tienes, ladrón! -¡Toma!—Y le escupió á la cara.</p> - -<p>Aviraneta, con la cabeza baja y ceñudo, recibió -la injuria, al parecer, impasible.</p> - -<p>Sentía el odio de todos reconcentrado en él. ¡Si -por un momento hubiese cambiado la situación! El -en aquel instante, con diez mil hombres y unas baterías -de cañones en el puente, ¡qué sarracina! Mujeres, -viejas, chiquillos, ancianos, casas, iglesias... -Todo lo hubiera barrido con la metralla. Hubiera -dejado chiquito á los Collot d'Herbois y á los Carrier.</p> - -<p>Desarrollando esta idea de cómo sería su venganza, -pudo pasar entre la chusma y recibir los insultos -y las pedradas con estiércol, mondaduras de patata -y tronchos de berza, sin protestar.</p> - -<p>Pasaron el puente y el barrio de Triana, y entraron -en el casco de la ciudad. A cada paso se repetían -los insultos y las pedreas.</p> - -<p>Con la escolta, Aviraneta y los presos recorrieron -varias calles y fueron á parar al Salón de Cortes.</p> - -<p>Al llegar aquí se abrió la puerta y entraron todos -en un ancho portal.</p> - -<p>El Salón de Cortes, el punto donde se habían celebrado -las sesiones del Congreso en Sevilla en 1823, -era la iglesia del antiguo convento de jesuítas de San<span class="pagenum"><a name="Page_338" id="Page_338">[338]</a></span> -Hermenegildo, que estaba en la calle de las Palmas, -que hoy se llama de Cortes.</p> - -<p>Este edificio tuvo distinto empleo: primero fué colegio -de los jesuítas, luego, escuela, seminario y cuartel. -Los franceses lo desvalijaron; después la capilla se -convirtió en salón de Cortes, y terminó siendo, durante -una corta temporada, teatro.</p> - -<p>En aquel momento, el salón de sesiones estaba -destruído.</p> - -<p>Unos días antes, los realistas sevillanos habían entrado -allí, habían asaltado el edificio y lo habían desmantelado.</p> - -<p>Pasaron Aviraneta y sus compañeros del zaguán -del convento á un patio, y aquí uno de los jefes de -los absolutistas comenzó la distribución de los presos.</p> - -<p>La gente distinguida iba al Salón de sesiones.</p> - -<p>En él estaban detenidos el duque de Veragua y -otros muchos liberales aristócratas. A la gente del -pueblo, milicianos y soldados, se la dirigía á unas -cuadras grandes.</p> - -<p>Diamante fué enviado con la gente distinguida.</p> - -<p>Aviraneta, en compañía de unos cuantos, marchó -con la morralla á un salón, que debía haber sido en -otro tiempo biblioteca ó sala capitular.</p> - -<p>Un sargento, con una gorra de cuartel y un uniforme -lleno de manchas, les hizo formar militarmente y -les dijo:</p> - -<p>—Bueno, niños, cuidado. Antes habéis obedecido -á la Constitución; ahora vais á obedecer á ésta—y<span class="pagenum"><a name="Page_339" id="Page_339">[339]</a></span> -les mostró una estaca—. Conque ya lo sabéis. ¡Media -vuelta á la derecha! ¡Dre!...</p> - -<p>Al día siguiente, Aviraneta como sus compañeros, -tuvieron que dedicarse á bajos menesteres de barrer -patios y cuartos.</p> - -<p>Aviraneta en su calidad de Domingo Ibargoyen, -no tenía importancia, no ya para ser fusilado, ni aun -para ser vigilado; pero no dejaba de estar ojo avizor -por si alguno le reconocía como carbonario, masón y -ayudante del Empecinado.</p> - -<p>Entonces hubiera sido otra cosa.</p> - -<p>Aviraneta fué destinado á barrer un corredor del -claustro y unas cuadras y á cumplir las órdenes del -que hacía de alcaide de la cárcel, un hombre á quien -llamaban el señor Pepe el <i>Tiznado</i>.</p> - -<p>El señor Pepe el <i>Tiznado</i> era un viejo andaluz, -serio, grave, profundo, un pozo de ciencia que hablaba -por apotegmas.</p> - -<p>Algunos decían que había sido contrabandista y -ladrón, cosa muy posible; la verdad era que tenía -muchos oficios, y ninguno bueno, porque cambiaba -de ellos más que de camisa.</p> - -<p>El lugarteniente del señor Pepe el <i>Tiznado</i>, que -hacía de portero de la cárcel, era el <i>Telaraña</i>, un -hombrecito muy redicho y hablador.</p> - -<p>El <i>Telaraña</i> tenía en la portería muchos pájaros -en jaulas. En sus horas de ocio se dedicaba á enseñarles -á cantar. En épocas normales el <i>Telaraña</i> -era pajarero.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_340" id="Page_340">[340]</a></span></p> - -<p>Aviraneta comenzó á ver de ganarse la confianza -del señor Pepe y del <i>Telaraña</i>.</p> - -<p>Esperaba que alguno de ellos llegara á enviarle -á hacer cualquier recado fuera de la cárcel, en cuyo -caso no hubiera vuelto.</p> - -<p>A los pocos días de estar allá, Aviraneta que había -tomado un odio por Sevilla frenético, no tuvo -más remedio que reconocer que aquellos realistas -andaluces, á pesar de su fanatismo y de su barbarie, -eran mucho menos brutos que los del Norte y se -avenían á razones.</p> - -<p>Aviraneta, de noche, iba á su rincón y se dedicaba -á cavilar y preparar planes de fuga. No encontraba -ninguno bueno, porque le faltaban datos; no conocía -bien el edificio en donde estaba, ni sabía hacia -qué punto de Sevilla se hallaba enclavado.</p> - -<p>Sin embargo, pensaba que, á fuerza de examinar -proyectos y estudiar sus dificultades, encontraría algo.—<i>Mio -caro studiate la matematica</i>, se decía á sí -mismo, recordando la frase que repetía su amigo -Sanguinetti.</p> - -<p>Aviraneta sondeó al <i>Tiznado</i> y al <i>Telaraña</i> para -saber qué harían con ellos si dejaban escapar algún -prisionero; y, al parecer, los dos estaban convencidos -de que les costaría un castigo grave, si no los -fusilaban tomándolos por cómplices. Esto hizo pensar -á don Eugenio que el poco dinero que tenía no -bastaba para comprar á los carceleros.</p> - -<p>Había que escaparse, sin contar con ellos para<span class="pagenum"><a name="Page_341" id="Page_341">[341]</a></span> -nada; había que hacerlo <i>á maña</i>, como decían los -contrabandistas del Bidasoa que había conocido en -la infancia cuando no sobornaban á los guardias y -tenían que andar á tiros.</p> - -<hr class="chap" /> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_342" id="Page_342"></a> -<a name="Page_343" id="Page_343"></a></span></p> - - - - -<h3 id="II_XXIV">XXIV.<br /> -FUGA</h3> - - -<p>Aviraneta se dedicó á cumplir las órdenes que le -daba el señor Pepe y su lugarteniente, con rapidez; -se hizo amigo de los dos, y ellos le dejaban andar de -un lado á otro convencidos de que no les iba á jugar -una mala pasada. A los ocho días llegó á conseguir -su confianza.</p> - -<p>El señor Pepe el <i>Tiznado</i> le trataba bien y le contaba -las noticias que corrían por el pueblo. El señor -Pepe le dijo que en aquel momento estaban en capilla -un oficial del regimiento de Galicia llamado -Peña, á quien le habían encontrado varias proclamas -y documentos de los de Cádiz, y un alférez del Empecinado, -de apellido Diamante.</p> - -<p>—Dicen—concluyó diciendo el señor Pepe—que -el Empecinado ha mandado á un hombre de su confianza -por Portugal y que se ha debido escapar.</p> - -<p>—Y ese Diamante ¿qué tipo es?—preguntó el <i>Telaraña</i>.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_344" id="Page_344">[344]</a></span></p> - -<p>—Es un gachó de cuidado—dijo el señor Pepe.</p> - -<p>—¿Por qué?</p> - -<p>—Porque no hay manera de confesarlo. Dice que -todo eso es pamplina, y no quiere ni arrodillarse, ni -nada. Mañana yo voy á ver cómo lo <i>afusilan</i>.</p> - -<p>Efectivamente: al otro día el señor Pepe contó el -fusilamiento del alférez del Empecinado y la serenidad -de éste, que había llamado bellacos y cobardes -á los realistas, y había concluído gritando: ¡Viva la -Libertad! ¡Viva Diamante!</p> - -<p>Aviraneta oyó con curiosidad los detalles del final -de su amigo. Su deseo de escapar no le permitía el -lujo de conmoverse. Siguió pensando en sus planes -de fuga; tenía el convencimiento de que pensando -con energía y de una manera metódica se encontraban -soluciones para todo.</p> - -<p>Al día siguiente del fusilamiento de su amigo vió -que había en el pasillo del claustro una puerta que -daba á un sótano. La puerta tenía un gran cerrojo y -un ventanillo. De éste se veían algunos trastos viejos -amontonados.</p> - -<p>—Con esto algo se puede hacer—pensó—. Estudiaremos -la matemática—se dijo.</p> - -<p>Al día siguiente ya tenía su plan. Por la mañana, -al limpiar el corredor, pidió al <i>Tiznado</i> permiso para -entrar en el sótano y coger unas tablas. El <i>Tiznado</i> -se lo dió, y Aviraneta estuvo sacando fuera unos -cuantos trastos viejos y observándolos como si esperara -sacar algo de ellos. Después volvió á meterlos<span class="pagenum"><a name="Page_345" id="Page_345">[345]</a></span> -de nuevo, cerró el ventanillo y con un poco de tocino -lubrificó el cerrojo de la puerta, hasta que comenzó -á deslizarse bien.</p> - -<p>Estaban Pepe el <i>Tiznado</i> y el <i>Telaraña</i> hablando -al anochecer en el cuarto del conserje, cuando Aviraneta -se les presentó y les dijo, mostrándoles una -monedita de oro:</p> - -<p>—Miren ustedes lo que he encontrado.</p> - -<p>—¡Niño! ¿Dónde has encontrado esto?—exclamó -el señor Pepe el <i>Tiznado</i>, con severidad y con ansia—. -¡Si es oro!</p> - -<p>—La fija... ¡ya lo creo!—exclamó el <i>Telaraña</i>.</p> - -<p>—Pues lo he encontrado en ese sótano que he ido -á limpiar esta mañana.</p> - -<p>—¿De verdad?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—¿Pero en dónde?</p> - -<p>—En el suelo.</p> - -<p>—¿En qué sitio?</p> - -<p>—Yo se lo diré á ustedes. Pero si es oro me tienen -ustedes que dar á mí parte—dijo Aviraneta.</p> - -<p>—Bueno, bueno; eso, ya veremos—replicó el señor -Pepe—. Primero vamos á ver dónde está.</p> - -<p>—Yo les enseñaré el punto fijo.</p> - -<p>Se encendió un farol, y el señor Pepe y el <i>Telaraña</i>, -llenos de ansiedad, cogieron, el uno una piqueta, -y el otro una palanca. Marcharon los tres -por el corredor del claustro y abrieron la puerta -del sótano, y entraron. Pusieron el farol en el suelo,<span class="pagenum"><a name="Page_346" id="Page_346">[346]</a></span> -y Aviraneta, señalando un rincón, les dijo: Aquí, -aquí mismo estaba.</p> - -<p>El señor Pepe y <i>Telaraña</i> se arrodillaron para mirar; -Aviraneta, sin meter ruido, de un salto se acercó -á la puerta del sótano, salió fuera y la cerró con -el cerrojo, dejando dentro á los dos carceleros. Enseguida -echó á correr, encendió una pajuela y luego -una vela, marchó al cuarto del conserje, cogió la llave, -abrió las dos puertas que se necesitaban franquear -para salir á la calle, dejó el manojo de llaves en el -suelo y se largó.</p> - -<hr class="chap" /> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_347" id="Page_347"></a></span></p> - - - - -<h3 id="II_XXV">XXV.<br /> -CAMINO DE GIBRALTAR</h3> - - -<p>Aviraneta no conocía bien Sevilla. Echó á andar -callejeando. Un sereno le detuvo, y le echó la luz -del farolillo á la cara.</p> - -<p>—¿A dónde va usted?—le dijo.</p> - -<p>—Ando buscando posada.</p> - -<p>—Ahí está la posada. A mano izquierda.</p> - -<p>El sereno se alejó y cantó: Ave María Purísima. -Las diez y media y sereno. Y añadió á su cántico: -¡Viva Fernando! ¡Viva el duque de Angulema!</p> - -<p>Aviraneta encontró una posada de arrieros que -había cerca; entró en el zaguán, y acurrucado en un -rincón esperó á que amaneciera.</p> - -<p>La noche se le hizo eterna. Al amanecer salió de -Sevilla y compró á unos gitanos una mula.</p> - -<p>Le costó cuarenta duros; entregó tres onzas y le -devolvieron mucha plata y cuartos.</p> - -<p>Ya caballero, Aviraneta tomó el camino de Utrera -é hizo la larga jornada hasta Jimena, donde le de<span class="pagenum"><a name="Page_348" id="Page_348">[348]</a></span>tuvieron, -le quitaron la mula y todo lo que llevaba.</p> - -<p>Le quedaba aún en la chaqueta una onza de oro -y un centén en el chaleco. Estaba sucio, lleno de -polvo, con un aire de vagabundo de camino, triste y -enfermo. Se sentía desanimado. Se juraba á sí mismo -no volver á intervenir en política, no hacer caso -de la palabrería de los liberales, que al último hacían -traición á sus principios, sin escrúpulos ni vergüenza.</p> - -<p>De Jimena, Aviraneta fué á San Roque: comió y -durmió en una posada, pagó con un centén de oro y -compró á un contrabandista un puñal.</p> - -<p>El contrabandista le dijo que para ir á Gibraltar -le convendría dirigirse á Algeciras, mejor que á La -Línea, porque aquí había mucha vigilancia.</p> - -<p>Aviraneta siguió el consejo y se dirigió á Algeciras.</p> - -<p>A media tarde fué acercándose al pueblo, y esperó -á que se hiciera de noche. Estuvo contemplando -durante algún tiempo el caserío negruzco de la ciudad, -alrededor de la iglesia, y cuando comenzaban á -brillar las estrellas, rodeando el pueblo, salió á la -orilla del mar.</p> - -<p>Se acercó al muelle, y á un hombre que estaba -atando un bote, le dijo:</p> - -<p>—Oiga usted.</p> - -<p>—¿Qué?</p> - -<p>—¿Quiere usted llevarme á Gibraltar?</p> - -<p>—No; vengo de allá ahora.</p> - -<p>—Le pagaré bien.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_349" id="Page_349">[349]</a></span></p> - -<p>—No.</p> - -<p>—Le daré una onza.</p> - -<p>—¿La tiene usted?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—A verla.</p> - -<p>—Se la daré á usted á la mitad de la travesía.</p> - -<p>—¿Será usted el general Riego?</p> - -<p>—No; pero tengo que marchar á Gibraltar.</p> - -<p>—Bueno, suba usted; pero deme primero la onza.</p> - -<p>—No, no. Cuando estemos cerca de la plaza inglesa.</p> - -<p>—Bueno.</p> - -<p>El hombre desató su lancha, extendió una vela, y, -puesto al timón, enderezó la proa hacia Gibraltar.</p> - -<p>A medida que avanzaban, Algeciras iba quedando -atrás, recostada en una sierra que se destacaba -negra en el horizonte. Las luces de Gibraltar brillaban -enfrente.</p> - -<p>—Me parece que estamos á mitad del trayecto—dijo -el hombre de la barca.</p> - -<p>—Sí; eso quiere decir que exige usted la onza.</p> - -<p>—Lo ha entendido usted muy bien.</p> - -<p>Entregó la onza Aviraneta, y el hombre inmediatamente -se levantó é hizo arriar la vela.</p> - -<p>—¿Qué hace usted?—le dijo Aviraneta.</p> - -<p>—Nada, que vamos á volver.</p> - -<p>—¡A volver!</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—¿Por qué?</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_350" id="Page_350">[350]</a></span></p> - -<p>—Porque queda usted preso. Yo soy uno de los -encargados de vigilar esta playa. Tú eres un conspirador -que huye y te hago prisionero.</p> - -<p>—¡Bah! no podrás—exclamó Aviraneta, con voz -sorda.</p> - -<p>—¿No?</p> - -<p>—No.</p> - -<p>Y Aviraneta acercándose al hombre, en la obscuridad, -lo agarró del cuello y le puso el puñal en -la garganta.</p> - -<p>El policía pidió tregua en seguida. Aviraneta con -el puñal en una mano le registró los bolsillos y sacó -de ellos una navaja y un lío de cuerda. Con la cuerda -ató los brazos y los pies del hombre y lo dejó sentado -en uno de los bancos del bote. Después izó de -nuevo la vela.</p> - -<p>La barca comenzó á marchar hacia Gibraltar. La -silueta negra del peñón se veía destacándose en el -cielo estrellado. Los faros y las luces del pueblo -brillaban en el agua. Aviraneta dirigía en línea recta, -sin hacer caso de las olas que entraban en la lancha.</p> - -<p>A pesar de que sus intenciones eran llegar directamente, -torció hacia la izquierda y fué á embarrancar -en un arenal, cerca de la Estacada.</p> - -<p>—¿Estamos en tierra inglesa?—preguntó Aviraneta.</p> - -<p>—Sí. ¿Ahora me desatará usted?</p> - -<p>—Sí. Y usted me devolverá la onza de oro.</p> - -<p>—Hombre, eso no es lo acordado.</p> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_351" id="Page_351">[351]</a></span></p> - -<p>—Tampoco estaba acordado que usted me hiciera -traición.</p> - -<p>—Bueno, le devolveré la onza.</p> - -<p>Soltó Aviraneta las manos del policía, recogió la -moneda y luego le soltó los pies.</p> - -<p>—Ya se ha salvado usted—dijo el polizonte—. -He sido un tonto. Ahora dígame usted quién es.</p> - -<p>—¡Soy el demonio!—exclamó Aviraneta con voz -cavernosa.</p> - -<p>El polizonte debió quedar santiguándose, y Aviraneta -marchó hacia la estacada. Un soldado inglés le -dió el alto y llamó al teniente, que sabía español, -y á quien explicó Aviraneta lo que le ocurría.</p> - -<p>Aviraneta, acompañado por el soldado, fué por la -calzada del dique, entre la laguna y el mar, y pasó -por la puerta de Tierra á la ciudad...</p> - -<p>Mientras había venido huyendo se había forjado -la idea de que estaba arrepentido y cansado de tanto -ajetreo como se había dado á sí mismo. Al poner el -pie en puerto de salvación veía que no sólo no estaba -cansado de su papel, sino que estaba ansiando volverlo -á tomar de nuevo.</p> - -<p>Aquel pajarraco de Aviraneta vivía en su centro -como los albatros en los remolinos de la tempestad. -Las convulsiones, los peligros, la guerra, las cárceles, -eran su elemento...</p> - -<p>Al mismo tiempo que se burlaba de sus planes de -modificar su vida, volvía á rehabilitar sus ideas. Ya -se habían borrado de su imaginación todos los absur<span class="pagenum"><a name="Page_352" id="Page_352">[352]</a></span>dos, -torpezas y cobardías llevadas á cabo por los revolucionarios; -la Libertad, como una diosa, marchaba -en su carro triunfante por encima de los monstruos y -bestias inmundas del absolutismo: la revolución era la -salvación de España.</p> - -<p>—Hay que implantarla cuanto antes—se dijo á sí -mismo, y convencido añadió, señalando con la mano -la costa española, que se iba ocultando entre las brumas -de la noche:</p> - -<p>—Nos veremos de nuevo.</p> - -<p class="i2 p2">Itzea—Septiembre, 1915</p> - - -<p class="center p4">FIN DE LOS RECURSOS DE LA ASTUCIA</p> - -<hr class="chap" /> - -<p><span class="pagenum"><a name="Page_353" id="Page_353"></a></span></p> - -<h2>ÍNDICE</h2> - -<table border="0" cellpadding="5" cellspacing="5" summary="indice"> - -<tr> - <td class="tdr" colspan="3"><i>Páginas.</i></td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdl smcap" colspan="2"><a href="#PROLOGO">La Canóniga.—Prólogo</a></td> - <td class="tdrb">5</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdc" colspan="3"><a href="#PRIMERA">PARTE PRIMERA</a></td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdrt">I. —</td> - <td class="tdl"><a href="#I_I">Cuenca.</a></td> - <td class="tdrb">31</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdrt">II. —</td> - <td class="tdl"><a href="#I_II">La casa de la Sirena.</a></td> - <td class="tdrb">41</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdrt">III. —</td> - <td class="tdl"><a href="#I_III">Miguelito Torralba.</a></td> - <td class="tdrb">53</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdrt">IV. —</td> - <td class="tdl"><a href="#I_IV">Sansirgue el penitenciario.</a></td> - <td class="tdrb">67</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdrt">V. —</td> - <td class="tdl"><a href="#I_V">La casa del pertiguero.</a></td> - <td class="tdrb">71</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdrt">VI. —</td> - <td class="tdl"><a href="#I_VI">Don Víctor.</a></td> - <td class="tdrb">81</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdrt">VII. —</td> - <td class="tdl"><a href="#I_VII">La Biblioteca de Chirino.</a></td> - <td class="tdrb">87</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdrt">VIII. —</td> - <td class="tdl"><a href="#I_VIII">Su majestad el odio.</a></td> - <td class="tdrb">93</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdrt">IX. —</td> - <td class="tdl"><a href="#I_IX">Un romance anónimo.</a></td> - <td class="tdrb">101</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdrt">X. —</td> - <td class="tdl"><a href="#I_X">La junta realista.</a></td> - <td class="tdrb">107</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdrt">XI. —</td> - <td class="tdl"><a href="#I_XI">Un sermón de Sansirgue.</a></td> - <td class="tdrb">107</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdrt">XII. —</td> - <td class="tdl"><a href="#I_XII">La alarma de Bessieres.</a></td> - <td class="tdrb">117</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdrt">XIII. —</td> - <td class="tdl"><a href="#I_XIII">Proyectos.</a></td> - <td class="tdrb">123</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdrt">XIV. —</td> - <td class="tdl"><a href="#I_XIV">Cabildeos de Don Víctor.</a></td> - <td class="tdrb">129</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdrt">XV. —</td> - <td class="tdl"><a href="#I_XV">La Puerta de San Juan.</a></td> - <td class="tdrb">139</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdrt">XVI. —</td> - <td class="tdl"><a href="#I_XVI">Después de la catástrofe.</a></td> - <td class="tdrb">143</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdrt">XVII. —</td> - <td class="tdl"><a href="#I_XVII">Meses después.</a></td> - <td class="tdrb">149</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdrt"><a href="#I_EPILOGO">Epílogo</a></td> - <td class="tdrb" colspan="2">159</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdc" colspan="3"><a href="#EMPECINADO">LOS GUERRILLEROS DEL EMPECINADO</a></td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdrt">I. —</td> - <td class="tdl"><a href="#COMISION">Nueva comisión.</a></td> - <td class="tdrb">163</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdrt">II. —</td> - <td class="tdl"><a href="#MILITAR">Mascarada militar.</a></td> - <td class="tdrb">169</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdrt">III. —</td> - <td class="tdl"><a href="#II_III">Antiguos amigos.</a></td> - <td class="tdrb">175</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdrt">IV. —</td> - <td class="tdl"><a href="#II_IV">En el espionaje.</a></td> - <td class="tdrb">181</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdrt">V. —</td> - <td class="tdl"><a href="#II_V">En el camino.</a></td> - <td class="tdrb">191</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdrt">VI. —</td> - <td class="tdl"><a href="#II_VI">El batallón de los hombres libres.</a></td> - <td class="tdrb">197</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdrt">VII. —</td> - <td class="tdl"><a href="#II_VII">Huyendo.</a></td> - <td class="tdrb">207</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdrt">VIII. —</td> - <td class="tdl"><a href="#II_VIII">Don Julián Sánchez.</a></td> - <td class="tdrb">217<span class="pagenum"><a name="Page_354" id="Page_354">[354]</a></span></td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdrt">IX. —</td> - <td class="tdl"><a href="#II_IX">Aviraneta en el convento.</a></td> - <td class="tdrb">227</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdrt">X. —</td> - <td class="tdl"><a href="#II_X">De Nájera á Aranda.</a></td> - <td class="tdrb">235</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdrt">XI. —</td> - <td class="tdl"><a href="#II_XI">El espía de Roa.</a></td> - <td class="tdrb">241</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdrt">XII. —</td> - <td class="tdl"><a href="#II_XII">La encerrona.</a></td> - <td class="tdrb">251</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdrt">XIII. —</td> - <td class="tdl"><a href="#II_XIII">En Ciudad Rodrigo.</a></td> - <td class="tdrb">261</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdrt">XIV. —</td> - <td class="tdl"><a href="#II_XIV">La toma de Coria.</a></td> - <td class="tdrb">267</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdrt">XV. —</td> - <td class="tdl"><a href="#II_XV">Una ciudad levítica.</a></td> - <td class="tdrb">273</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdrt">XVI. —</td> - <td class="tdl"><a href="#II_XVI">La tarde del domingo.</a></td> - <td class="tdrb">281</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdrt">XVII. —</td> - <td class="tdl"><a href="#II_XVII">Expedición á Plasencia.</a></td> - <td class="tdrb">287</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdrt">XVIII. —</td> - <td class="tdl"><a href="#II_XVIII">¡Merino!</a></td> - <td class="tdrb">295</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdrt">XIX. —</td> - <td class="tdl"><a href="#II_XIX">El camino de San Martín.</a></td> - <td class="tdrb">303</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdrt">XX. —</td> - <td class="tdl"><a href="#II_XX">El Castillo de Trevejo.</a></td> - <td class="tdrb">309</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdrt">XXI. —</td> - <td class="tdl"><a href="#II_XXI">La situación empeora.</a></td> - <td class="tdrb">319</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdrt">XXII. —</td> - <td class="tdl"><a href="#II_XXII">Un oficio del Estado Mayor.</a></td> - <td class="tdrb">325</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdrt">XXIII. —</td> - <td class="tdl"><a href="#II_XXIII">El viaje.</a></td> - <td class="tdrb">331</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdrt">XXIV. —</td> - <td class="tdl"><a href="#II_XXIV">Fuga.</a></td> - <td class="tdrb">343</td> -</tr> - -<tr> - <td class="tdrt">XXV. —</td> - <td class="tdl"><a href="#II_XXV">Camino de Gibraltar.</a></td> - <td class="tdrb">347</td> -</tr> - -</table> - - - - - - - - - - -<pre> - - - - - -End of the Project Gutenberg EBook of Memorias de un Hombre de Acción: #5 -Los Recursos de la Astucia, by Pío Baroja - -*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK MEMORIAS DE UN HOMBRE *** - -***** This file should be named 50126-h.htm or 50126-h.zip ***** -This and all associated files of various formats will be found in: - http://www.gutenberg.org/5/0/1/2/50126/ - -Produced by Carlos Colón, University of Toronto and the -Online Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net -(This file was produced from images generously made -available by The Internet Archive) - - -Updated editions will replace the previous one--the old editions will -be renamed. - -Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright -law means that no one owns a United States copyright in these works, -so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the United -States without permission and without paying copyright -royalties. 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It -exists because of the efforts of hundreds of volunteers and donations -from people in all walks of life. - -Volunteers and financial support to provide volunteers with the -assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg-tm's -goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will -remain freely available for generations to come. In 2001, the Project -Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure -and permanent future for Project Gutenberg-tm and future -generations. To learn more about the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation and how your efforts and donations can help, see -Sections 3 and 4 and the Foundation information page at -www.gutenberg.org Section 3. Information about the Project Gutenberg -Literary Archive Foundation - -The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit -501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the -state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal -Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification -number is 64-6221541. Contributions to the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation are tax deductible to the full extent permitted by -U.S. federal laws and your state's laws. - -The Foundation's principal office is in Fairbanks, Alaska, with the -mailing address: PO Box 750175, Fairbanks, AK 99775, but its -volunteers and employees are scattered throughout numerous -locations. Its business office is located at 809 North 1500 West, Salt -Lake City, UT 84116, (801) 596-1887. Email contact links and up to -date contact information can be found at the Foundation's web site and -official page at www.gutenberg.org/contact - -For additional contact information: - - Dr. Gregory B. Newby - Chief Executive and Director - gbnewby@pglaf.org - -Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg -Literary Archive Foundation - -Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide -spread public support and donations to carry out its mission of -increasing the number of public domain and licensed works that can be -freely distributed in machine readable form accessible by the widest -array of equipment including outdated equipment. Many small donations -($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt -status with the IRS. - -The Foundation is committed to complying with the laws regulating -charities and charitable donations in all 50 states of the United -States. 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