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-The Project Gutenberg EBook of Memorias de un Hombre de Acción: #5 Los
-Recursos de la Astucia, by Pío Baroja
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and most
-other parts of the world at no cost and with almost no restrictions
-whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms of
-the Project Gutenberg License included with this eBook or online at
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-
-
-
-Title: Memorias de un Hombre de Acción: #5 Los Recursos de la Astucia
-
-Author: Pío Baroja
-
-Release Date: October 4, 2015 [EBook #50126]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: ISO-8859-1
-
-*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK MEMORIAS DE UN HOMBRE ***
-
-
-
-
-Produced by Carlos Colón, University of Toronto and the
-Online Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net
-(This file was produced from images generously made
-available by The Internet Archive)
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- Nota del Transcriptor:
-
-
- Se ha respetado la ortografía y la acentuación del original.
-
- Errores obvios de imprenta han sido corregidos.
-
- Páginas en blanco han sido eliminadas.
-
- Letras itálicas son denotadas con _líneas_.
-
- Las versalitas (letras mayúsculas de tamaño igual a las minúsculas)
- han sido sustituidas por letras mayúsculas de tamaño normal.
-
-
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-
-LOS RECURSOS DE LA ASTUCIA
-
-
-
-
-OBRAS DE PÍO BAROJA
-
-
-LAS TRILOGÍAS
-
- _Pesetas._
-
-Tierra vasca
-
- La casa de Aizgorri. 1,00
-
- El mayorazgo de Labraz. 3,00
-
- Zalacaín, el aventurero. 1,00
-
-
-La vida fantástica
-
- Camino de perfección. 1,00
-
- Inventos, aventuras y
- mixtificaciones de Silvestre
- Paradox. 1,00
-
- Paradox, rey. 3,00
-
-
-La Raza
-
- La dama errante. 3,00
-
- La ciudad de la niebla. 3,50
-
- El árbol de la ciencia. 3,50
-
-
-La lucha por la vida
-
- La busca. 3,50
-
- Mala hierba. 3,50
-
- Aurora roja. 3,50
-
-
-El Pasado
-
- La feria de los discretos. 3,50
-
- Los últimos románticos. 3,50
-
- Las tragedias grotescas. 3,00
-
-
-Las ciudades
-
- César ó nada. 4,00
-
- El mundo es ansí. 3,50
-
-
-El Mar
-
- Las inquietudes de Shanti
- Andía. 3,50
-
-
-MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN
-
- El aprendiz de conspirador. 3,50
-
- El escuadrón del Brigante. 3,50
-
- Los caminos del mundo. 3,50
-
- Con la pluma y con el sable. 3,50
-
- Los recursos de la astucia. 3,50
-
-
-EN PRENSA
-
- La ruta del aventurero.
-
-
-
-
- PÍO BAROJA
-
- [Ilustración]
-
- MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN
-
- LOS RECURSOS
-
- DE LA ASTUCIA
-
- [Ilustración: RENACIMIENTO]
-
-
- RENACIMIENTO
-
- MADRID BUENOS AIRES
-
- SAN MARCOS, 42 LIBERTAD, 172
-
- 1915
-
-
-
-
- ES PROPIEDAD
-
-
- Imprenta Renacimiento, San Marcos, 42.--Teléfono 4.967.
-
-
-
-
-LA CANÓNIGA
-
- _Vulnerant omnes ultima necat_:
- Todas hieren; la última, mata.
-
- (Leyenda de algunos relojes.)
-
-
-
-
-PRÓLOGO
-
-
-Don Pedro Leguía y Gaztelumendi, verdadero y auténtico cronista de la
-vida de Aviraneta, escribió unas líneas preliminares para explicar la
-procedencia de los datos utilizados por él en esta narración.
-
-Por lo que dice, las bases de su relato fueron la historia que le contó
-en Cuenca un constructor de ataúdes, y los comentarios y antecedentes
-que aportó á esta historia D. Eugenio de Aviraneta en Madrid.
-Valiéndose del indiscutible derecho del narrador, Leguía antepuso los
-antecedentes de Aviraneta á la narración del constructor de ataúdes,
-proceder no desprovisto de lógica, pues la faena de un constructor de
-ataúdes debe ser siempre una faena final y epilogal. El lector, si es
-un tanto aviranetista, quizá encuentre medianamente interesante la
-transcripción del preámbulo de Leguía.
-
-
-
-
-I.
-
-
-Unos años antes de la Revolución de Septiembre--dice Leguía--me
-encontraba en Madrid triste y débil, retraído de la vida pública por el
-fracaso de mis correligionarios y casi retraído de toda vida privada
-por padecer las consecuencias de un catarro gripal. En esto, un amigo
-senador se presentó en mi casa y me instó á que le acompañase á una
-finca suya, enclavada en el centro de los pinares de la serranía de
-Cuenca.
-
-Tanto insistió y con tan buena voluntad lo hizo, que acepté y marché
-con él á su finca.
-
-Pasé allí cerca de un mes. Cuando comencé á aburrirme y al mismo tiempo
-á restablecerme en aquella soledad, perfumada por el olor de los pinos,
-sentí la necesidad de salir y andar. Mi amigo visitaba los pueblos de
-su distrito, y alguna vez le acompañaba yo.
-
-Estuvimos en Salvacañete unos días, y luego en Moya, en donde supe con
-sorpresa que mi tío Fermín Leguía había sido comandante del fuerte de
-este pueblo y dejado en él cierto renombre. Un viejo boticario de Moya
-le recordaba muy bien. Por lo que me contó, la villa de Moya, en tiempo
-de la Guerra civil, era un refugio de las familias liberales de los
-contornos, mientras Cañete constituía el gran baluarte defensivo de las
-familias carlistas. Moya goza de una gran posición estratégica, y tiene
-larga historia de sitios y de defensas en tiempo de los moros, y de las
-rivalidades entre aragoneses y castellanos.
-
-En 1837--como digo--se hallaba de comandante del fuerte de Moya Fermín
-Leguía. En Octubre de este año, la partida mandada por el cabecilla
-Sancho, á quien se apodaba el _Fraile de la Esperanza_, se acercó
-á la villa y la sitió. El _Fraile de la Esperanza_ sabía muy bien
-no era lo mismo sitiar estrechamente aquella plaza que tomarla; las
-fortificaciones del pueblo para entonces tenían gran valor, y como el
-que intentaba abrir las ostras por la persuasión, él quiso tomar el
-pueblo por el mismo procedimiento.
-
-El _Fraile_ envió á Leguía un oficio exhortándole á rendirse, con
-frases en latín, que creía le llegarían al alma. Leguía le contestó
-diciéndole que él no se rendía, y añadió que D. Carlos era un babieca;
-Cabrera, un bandolero; los carlistas, hordas salvajes y partidas de
-foragidos, y el latín un idioma ridículo para el que no lo entendía.
-El _Fraile de la Esperanza_, á este oficio contestó con un segundo
-muy respetuoso, diciendo á don Fermín no comprendía cómo un hombre
-distinguido calificaba de babieca á un Rey como Carlos V, espejo de la
-cristiandad, ni llamaba bandido al ilustre Cabrera, ni tenía tan mala
-idea de la lengua del Lacio. Leguía leyó la segunda carta, y mirando
-fieramente al parlamentario del _Fraile_, le dijo:
-
---Dígale usted al frailuco ese que no soy ningún académico ni quiero
-discutir esas cosas, y añada usted que si me manda otro correo lo
-fusilaré sobre la marcha. ¡Con que hala!
-
-El correo desapareció de prisa, y el _Fraile de la Esperanza_ abandonó
-pronto el sitio de Moya.
-
-Varias anécdotas me contó el boticario de mi tío Fermín que retrataban
-su genio vivo y sus resoluciones prontas.
-
-
-
-
-II.
-
-
-Después de la temporada transcurrida en los pinares, y ya completamente
-restablecido, determiné ir unos días á Cuenca, á la capital, que no
-conocía. La ciudad me gustó mucho, y estuve en ella un par de semanas.
-
-Mi amigo el senador me había recomendado á varias personas, entre ellas
-á un cura joven recién llegado al pueblo. Este curita se hizo muy amigo
-mío.
-
-Salíamos juntos, veíamos todo lo notable de la catedral, de los
-conventos y de las casas particulares. Una tarde, al volver á la fonda
-al obscurecer, se me acercó una vieja y me dijo que si quería ir á
-su casa podría enseñarme algo que me conviniera. Supuse trataría de
-proponerme la venta de algún cuadro ó talla antigua; le dije que iría,
-y me dió las señas de su casa.
-
-Al día siguiente, por la tarde, paseaba en compañía del cura joven
-cuando recordé el ofrecimiento de la vieja. Era ya entre dos luces.
-
---¿Estará por aquí cerca la calle de la Moneda?--exclamé yo.
-
---Sí, creo que sí--me contestó el cura--; preguntaremos á estos chicos.
-
-Los chicos nos indicaron la calle.
-
-El cura y yo entramos en ella, buscamos el número y nos detuvimos
-delante de un estrecho portal obscuro. Había un hombre denegrido,
-demacrado, con aire de padecer tercianas, vestido con harapos, un
-pañuelo atado á la cabeza.
-
---¿La señora Cándida?--le pregunté.
-
---¿Vienen ustedes á verla?
-
---Sí.
-
---Aquí es.
-
-El hombre, volviéndose al interior de la escalera, gritó:
-
---¡Señora Cándida!
-
-Esperamos un rato, y poco después bajó por una escalera estrecha,
-alumbrándose con un candilejo de hoja de lata, la vieja que me había
-hablado la tarde anterior.
-
---¿No viene usted solo?--me preguntó con gran sorpresa.
-
---No.
-
---Bueno, pasen ustedes.
-
-La presencia del cura dejó atónita á la señora Cándida.
-
-Estuvimos un momento en el estrecho zaguán vacilando si seguir adelante
-ó no. La luz del candil iluminaba el grupo. La señora Cándida era una
-mujer adiposa, encorvada, con la cabeza metida entre los hombros, la
-cara roja, con dos ó tres lunares en la barba; tenía el pelo blanco, el
-cuerpo pesado y torpe, la sonrisa maligna y cínica, los labios rojos y
-lubrificados. A veces, á través de los párpados abultados y rojizos,
-lanzaba una mirada suspicaz, llena de claridad.
-
---Bueno, suban ustedes--repitió.
-
-Subimos la escalera del tabuco negra é insegura; las ráfagas de aire
-amenazaban con matar la luz del candil.
-
---¡Demonio cómo sopla el cierzo!--dije yo.
-
---Sí, esta es la casa de los cuatro vientos--contestó la señora Cándida.
-
-Tras de subir dos pisos llegamos á un cuartucho tan sucio, tan vacío,
-que nos sorprendió desagradablemente.
-
-Recorrimos tras de la vieja unos pasillos tortuosos. En la casa había
-únicamente un cuarto un tanto limpio y curioso. Este cuarto tenía
-una mesa, un canapé y varias estampas; comunicaba con dos alcobas
-blanqueadas, cada una con su cama de colcha roja de percal desteñido.
-Una de las alcobas tenía un gran espejo dorado, que parecía estar allá
-asombrado de verse en tan mísero rincón. La señora Cándida nos llevó
-por la casa, en la que reinaba la más negra y trágica miseria, y en un
-guardillón nos mostró unos cuantos lienzos pintados. Eran cuadros sin
-ningún valor.
-
-La vieja me preguntó:
-
---¿Qué le parecen á usted?
-
---No me gustan, la verdad.
-
---¿No quiere usted comprarme nada?
-
---No.
-
-La señora Cándida suspiró.
-
-Bajamos de nuevo la escalera hasta el portal. Al salir di una pequeña
-propina á la vieja por la molestia, y al recibirla, agarrándome de la
-manga y llevándome á un rincón, me dijo:
-
---Venga usted otro día solo, y verá usted.
-
---¿Tiene usted algo más en casa?--dije yo.
-
---En casa ó fuera de casa, es igual. Allí donde yo voy me abren.
-
-Me chocó bastante lo enigmático de la frase y salí con mi acompañante.
-
-Hablamos de la decadencia horrible de las mujeres viejas cuando caen en
-la miseria, mucho mayor aún que la de los hombres.
-
---Por fortuna, para esta gente--dije yo--la costumbre de la miseria los
-hace insensibles.
-
-Me despedí del amable clérigo, y al día siguiente cuando vino como de
-costumbre á mi casa, dijo:
-
---¿Sabe usted que ayer hicimos una pifia gorda?
-
---¿Por qué?
-
---Porque estuvimos en casa de una Celestina.
-
---¿De manera que la vieja... la señora Cándida?
-
---Sí, es una Celestina á quien llaman la _Canóniga_. Parece que ha
-tenido fortuna y buena posición.
-
---De modo que no acertamos en nuestras suposiciones.
-
---Nada. Absolutamente nada.
-
---¿Le han contado á usted su historia?
-
---Sí, sin muchos detalles; me han dicho también que un viejo carpintero
-que hace ataúdes conoce su vida. Si le interesa á usted, iremos á verle.
-
---Bueno; iremos.
-
-Fuimos, efectivamente, á una tienda de ataúdes del callejón de los
-Canónigos.
-
-Estaba esta tienda en una casa antigua y negra, de piedra, con un arco
-apuntado á la entrada.
-
-El taller se hallaba en el portal, un portal pequeño y cubierto de
-losas, con un banco de carpintero en medio y algunas herramientas del
-oficio en las paredes.
-
-A un lado tenía un cuarto con una ventana, que daba á una hendidura,
-por donde se veía la Hoz del Huécar y por donde entraba el sol. Un
-chico nos hizo pasar á este cuarto. Había aquí una estantería con unos
-féretros pequeños de muestra, que hubieran podido servir para enterrar
-muñecas; había también varios relojes, de distintos tipos y clases:
-cuatro ó cinco, de esos pintados que se construyen en la Selva Negra,
-con las pesas y el péndulo al descubierto; dos ó tres, de cuco; otros
-de pared, cerrados, que los ingleses llaman reloj del abuelo, y entre
-todos ellos se destacaba uno alto de autómatas y de sonería, con el
-péndulo dorado y esmaltado en colores.
-
-Este reloj tenía una caja de color de caramelo obscuro llena de
-pinturas con guirnaldas y flores. Fijándose bien, en cada guirnalda
-se veía disimulado en ella un atributo macabro: aquí, una calavera
-con dos tibias; allí, un ataúd; en este rincón, un esqueleto. El
-péndulo tenía en medio de la lenteja una barca de latón sujeta con un
-tornillo y un contrapeso por dentro que hacía subir y bajar la proa y
-la popa alternativamente al compás de los movimientos del péndulo. En
-la barca había una figurita de Caronte. La esfera, de cobre, estaba
-rodeada de una orla de bronce con la efigie de Cronos, viejo haraposo
-y meditabundo, con unas alas en la espalda y un reloj de arena en la
-mano. Debajo, en una cartela con letras negras, se leía este apotegma
-de los antiguos relojes de sol de las iglesias:
-
-«_Vulnerant omnes ultima necat_: Todas hieren; la última, mata.»
-
-Sin duda el constructor de aquella máquina tenía un gusto pronunciado
-por lo macabro. Había hecho algo como los cuadros de Valdés Leal, de
-la Caridad de Sevilla: algo alegre de color y triste de intención.
-Correteando por el portal, saltando de un reloj al armario de los
-féretros y de éste á otro reloj, andaba un cuervo, grande y negro, que
-se dedicaba al monólogo y á veces al diálogo, mientras un gato negro,
-viejo y escuálido, con los ojos amarillos, le contemplaba atentamente.
-
-El constructor de ataúdes me mostró el reloj de autómatas y sonería,
-del que estaba muy orgulloso, y después, sentándose entre un ataúd
-grande de un hombre y otro pequeño de un niño, y tomando el gato
-cariñosamente en un hombro y al cuervo en el otro, se puso á hablar
-sonriendo con una amable sonrisa.
-
-Hablaba, como un discípulo de Séneca, de la inestabilidad de las cosas
-humanas, de lo fugaz del placer y del roer del tiempo con sus horas
-fatídicas.
-
-Su reloj de figuras, su cuervo, á quien llamaba Juanito, y su gato
-negro, Astaroth, tenían para él, por lo que vimos, la importancia de
-divinidades siniestras y macabras que presidían sus momentos.
-
-El hombre de los ataúdes nos contó la historia de la _Canóniga_ y la
-suya, adornando ambas con sus fúnebres pensamientos.
-
-
-
-
-III.
-
-
-Meses después en Madrid, á principios de otoño, fuí á casa de
-Aviraneta, que vivía en la calle del Barco con Josefina, su mujer.
-
-Don Eugenio tenía entonces más de setenta años y estaba hecho una momia
-grotesca. Sus piernas se negaban á sostenerle, y para andar marchaba
-apoyado en un bastón grueso, dando golpes en el suelo como un ciego.
-Su cara, seca, arrugada, aparecía debajo de una gran peluca roja; su
-nariz, grande y también roja, amenazaba caer sobre el labio; sus ojos
-brillaban de inteligencia y de malicia.
-
-A pesar de su edad y de sus enfermedades, Aviraneta conservaba brío
-y tenía las facultades tan despiertas como en sus buenos tiempos de
-conspirador.
-
-Me encontré á Aviraneta en el cuarto de sus bichos. Era este un chiscón
-aguardillado con jaulas, donde tenía ratas sabias domesticadas, loros,
-cacatúas y una porción de cajitas con mariposas disecadas, escarabajos,
-moscones, conchas y espumas de mar.
-
-Don Eugenio acababa de volver de los baños de Trillo, adonde iba
-todos los años á curarse el reúma, y, á pesar de que no hacía todavía
-frío, estaba envuelto en la capa y al lado del brasero. Hablaba á sus
-bichos, les echaba migas de pan y los observaba. Esta era una de sus
-principales ocupaciones; la otra, la de leer folletines.
-
-Hablamos; le conté mi historia de Cuenca, y después de oirla, dijo
-riendo, con su risa sarcástica, que se convertía en algunos momentos en
-tos:
-
---Aun podría añadir yo algo á tu historia.
-
---Pues añada usted lo que sea.
-
-Aviraneta explicó algunos antecedentes políticos que el viejo
-carpintero de Cuenca ignoraba y que don Eugenio conocía por haber
-convivido con algunos personajes de la época.
-
-He aquí lo que me contó Aviraneta.
-
-
-
-
-IV.
-
-
---En 1822--dijo don Eugenio--estuve yo en París, enviado por don
-Evaristo San Miguel, con el objeto de enterarme de los trabajos de los
-absolutistas españoles y franceses para provocar la intervención de
-Luis XVIII en España.
-
-Algo averigüé, é hice cuanto pude para recabar el apoyo de los
-liberales franceses, aunque no conseguí gran cosa.
-
-Sabía yo, como sabía todo el mundo, que habían ido varios delegados
-realistas españoles á París en busca de protección del Gobierno
-francés; lo que no supe, hasta pasado algún tiempo, fué de dónde salió
-el dinero que tuvieron para realizar sus planes.
-
-Pagés, el secretario de D. Vicente González Arnao, á quien tú conociste
-en aquel _restaurant_ de la calle de Montorgueill, el _Rocher de
-Cancal_; Pagés, á quien no hace muchos años vi en San Sebastián, ya
-viejo y enfermo, me lo contó.
-
-La Regencia de Urgel había enviado en 1822 á D. Fernando Martín
-Balmaseda á París en busca de recursos para la Restauración española.
-
-Balmaseda se dirigió á los absolutistas, desde los más altos á los más
-bajos; llamó á todas las puertas, y recogió una abundante cosecha de
-votos, promesas, protestas de amistad, manifestaciones de entusiasmo,
-etc., etc.
-
-Balmaseda buscaba esto; pero buscaba también un préstamo de trescientas
-á cuatrocientas mil pesetas para la Regencia de Urgel, con las cuales
-pudiera comenzar sus trabajos.
-
-Balmaseda vió, sin gran sorpresa, que á pesar de los grandes
-ofrecimientos, el dinero no aparecía por ningún lado.
-
-Inventó algunas combinaciones, pero nadie cayó en el lazo.
-
-Un día, en el hotel, ya en pleno desaliento, recibió la visita de un
-español que se llamaba Toledo. Toledo había huído de España por varias
-estafas, pero se hacía pasar por emigrado político realista.
-
-Balmaseda tuvo la corazonada de oír á su compatriota, de darle una
-moneda de cinco francos y de explicarle las dificultades con que
-tropezaba para encontrar dinero.
-
-Toledo le dijo:
-
---¿Ha visto usted á Fernán-Núnez?
-
---Sí.
-
---¿Y á los demás realistas ricos?
-
---A todos.
-
---¿Y nada? ¿No están en fondos?
-
---Nada.
-
---¿Sabe usted lo que haría yo?--dijo Toledo.
-
---¿Qué?
-
---Ir á ver á la princesa de Caraman Chimay.
-
---¿Y qué tenemos que ver con ella?
-
---La princesa de Caraman Chimay es nuestra compatriota, Teresa
-Cabarrús, madame Tallien.
-
---¡La revolucionaria!--exclamó Balmaseda.
-
---¡Bah! ya no es revolucionaria--replicó Toledo.--No hay princesas
-revolucionarias. Además ésta se va haciendo vieja, y como no tiene
-adoradores de carne, se dedica á los santos, y sustituye el _boudoir_
-por la iglesia.
-
-Balmaseda, que era hombre un tanto de sacristía torció el gesto con la
-explicación, y preguntó secamente:
-
---¿Y qué puede hacer por nosotros Teresa Cabarrús?
-
---Mucho. Teresa Cabarrús ha sido la amante del banquero Ouvrard.
-Ouvrard es el único hombre capaz de prestar para una cosa así una
-millonada. Si Teresa se lo indica, lo hace.
-
-Toledo se marchó, y Balmaseda quedó pensando que el consejo de aquel
-perdulario no dejaba de tener interés, y tras de vacilar un tanto,
-se decidió á escribir á la bella Teresa explicándole su misión y
-diciéndole lo que esperaba de ella.
-
-La bella Teresa, la célebre Notre-Dame de Thermidor, que había lanzado
-á Tallien con un puñal contra Robespierre, estaba aquel día para salir
-de París á su palacio de Menars, cerca de Blois, pero había retrasado
-el viaje por la indisposición de un hijo suyo.
-
-Teresa leyó la carta, y con una esquela suya mandó que se la enviaran á
-Ouvrard.
-
-Ouvrard entonces era el _lion_ de la especulación, el hombre de
-negocios de la época, un Law injerto en un Petronio.
-
-Ouvrard fué uno de los primeros banqueros de París, uno de los que
-comenzaron el reinado de la plutocracia.
-
-Ouvrard vivió como un nabab: dió las fiestas más espléndidas y ricas,
-alternó con la alta aristocracia. Ouvrard era hijo de sus obras; la
-suerte y el amor le favorecieron.
-
-Ouvrard había sido una de las bellezas masculinas del Consulado; había
-sido llamado el bello Ouvrard. El bello Ouvrard tuvo amores con la
-bella Teresa Cabarrús, y de esta conjunción del Apolo bretón y de la
-Venus española nacieron varios hijos.
-
-Bonaparte, celoso de la fortuna y de los éxitos del bello Ouvrard, lo
-prendió, lo desterró, lo anuló; pero Waterloo permitió al especulador
-entrar en Francia, y pronto volvió á brillar en París.
-
-Al día siguiente de escribir Balmaseda á Teresa Cabarrús, el delegado
-realista español recibía una carta del banquero francés citándolo en su
-casa.
-
-Balmaseda se presentó al banquero, y en pocas palabras le explicó lo
-que necesitaba.
-
---Soy delegado de la Regencia de Urgel--le dijo--y he venido para pedir
-al Gobierno francés un auxilio de dos millones de francos, orden para
-el paso de armas por la frontera, dos regimientos suizos, un buque de
-transporte y una fragata para auxiliar á los realistas de España.
-
---¿Y el Gobierno se lo ha concedido?
-
---En parte sí, en parte no. El dinero no lo tenemos aún, y como los
-trabajos urgen, he pensado si usted podría anticiparnos trescientos mil
-francos á cuenta de los dos millones que tenemos que cobrar.
-
---Amigo mío--dijo Ouvrard, sonriendo--su proposición me prueba que no
-es usted un hombre de negocios.
-
---¿Por qué?
-
---Porque yo no le puedo prestar trescientos mil francos; la Regencia
-los tragaría en un momento, y yo perdería mi dinero. Usted necesita
-cuatrocientos millones de francos, y yo se los puedo proporcionar á
-usted en ciertas condiciones.
-
-El español, estupefacto, murmuró:
-
---Veamos en qué condiciones.
-
---Estas condiciones son: Primera. La Regencia de Urgel se llamará desde
-luego Regencia de España.
-
---Esto no creo que sea difícil--dijo Balmaseda.
-
---Segunda. La Regencia será reconocida con personalidad por el Congreso
-de Verona y por Francia.
-
---Trabajaré en ello. El ministro Villele parece que se muestra propicio.
-
---Tercera--siguió diciendo el banquero--. Se asegurará una amortización
-del 2 por 100.
-
---Está bien.
-
---Cuarta. Se pagará un interés del 5 por 100. De aceptar, M. Rougemont
-de Lowenberg será el banquero.
-
---Por ahora no encuentro nada imposible.
-
---Y quinta y última. El Gobierno español me reembolsará las sumas que
-le he prestado anteriormente, con los intereses.
-
-A esto Balmaseda calló un momento y dijo, después de pensarlo, que no
-tendría más remedio que consultar con la Regencia.
-
---Consúltelo usted, y tráigame cuanto antes la contestación--replicó
-Ouvrard, levantándose é inclinándose fríamente.
-
-Balmaseda comenzó al momento sus trabajos con gran diligencia. Escribió
-al Gobierno de Luis XVIII pidiendo que reconociese la Regencia de
-Urgel, pero Villele se negó á ello.
-
-Al mismo tiempo comunicó al triunvirato de la Regencia: Eroles,
-Mataflorida y Creux, la proposición de Ouvrard. Estos no creyeron que
-podían comprometerse á tanto como pedía el banquero. Algunos emisarios
-del Gobierno francés, entre ellos el vizconde de Boiset, intentaron
-convencer á los miembros de la Regencia absolutista de las ventajas de
-la proposición Ouvrard; pero ellos, sobre todo Mataflorida y Creux, no
-quisieron ceder.
-
-Balmaseda fué á ver á Ouvrard, se cambiaron las condiciones del
-empréstito, se prescindió de la Regencia de Urgel, se hizo que Eguía y
-sus amigos garantizaran la operación, y se firmó el compromiso el 1.º
-de Noviembre de 1822.
-
-Desde aquel momento el papel de la Regencia de Urgel comenzó á bajar y
-el de los amigos de Eguía á subir.
-
-El empréstito de Ouvrard, lanzado á la publicidad, tuvo sus
-dificultades. Nuestro embajador, el duque de San Lorenzo, denunció á
-Ouvrard ante el fiscal; el banquero M. Rougemont no quiso tomar parte
-en el negocio, y Ouvrard le sustituyó por M. Tourton, Ravel y Compañía;
-el Gobierno francés estaba indeciso, pero el empréstito se cubría.
-
-En este lapso de tiempo la Regencia de Urgel, huída de Cataluña, se
-estableció en Tolosa de Francia, y después en Perpiñán.
-
-Ouvrard, viendo que el Gobierno francés no se decidía á declarar la
-guerra á España, envió sus agentes á Eguía y á Quesada para activar las
-operaciones.
-
-Quedaron de acuerdo en prescindir de la Regencia de Urgel y en obrar
-sin contar con ella para nada.
-
-Los agentes de Ouvrard propusieron el que los generales realistas
-hicieran una intentona y se acercaran á Madrid.
-
-Ni Eguía ni Quesada estaban en condiciones de intentar esta correría, y
-se decidió que la hiciera Bessieres.
-
-Ouvrard mismo se vió con Bessieres y conferenció con él. Se
-sorprendieron ambos al saber que los dos eran masones. El banquero
-expuso su proyecto. Se trataba de reunir diez ó doce mil hombres,
-acercarse á Madrid, entrar en la capital y disolver las Cortes.
-
-Bessieres, que era hombre de instinto militar, vió que el proyecto era
-factible, y expuso su plan. Formaría él un núcleo de tres ó cuatro mil
-hombres en Mequinenza y marcharía hacia el centro. En el camino se le
-reunirían las fuerzas realistas de Valencia, Aragón y el Maestrazgo,
-y todas juntas, en número de seis á ocho mil, avanzarían sobre la
-capital. Era, poco más ó menos, la misma operación militar que hicieron
-los aliados al mando de Stanhope y otros jefes en la guerra de Sucesión.
-
---Veamos el presupuesto de esta maniobra--dijo el banquero.
-
-Bessieres, reunido con su lugarteniente Delpetre, su sobrino Portas y
-otros varios realistas, hizo este presupuesto:
-
- _Francos._
- A Jorge Bessieres, para organizar una brigada y hacer
- varios trabajos de compra y espionaje. 200.000
-
- A Bartolomé Talarn y sus fuerzas. 100.000
-
- A Sempere, el Serrador, Royo de Nogueruelas, Arévalo
- el de Murviedro, etc. 100.000
-
- Al coronel D. Nicolás de Isidro. 50.000
-
- A Chambó, Forcadell, Peret del Riu, Tallada, Perciva
- (el _Fraile_), y Viscarró (alias _Pa Sech_). 100.000
-
- A Capape, Carnicer y el Organista. 100.000
-
- A Ulman. 50.000
- ---------
- _Total._ 750.000
- =========
-
-Ouvrard encontró que la suma era muy crecida, y Bessieres la rebajó.
-
-Después de regatear el cabecilla y el banquero quedaron de acuerdo en
-que Ouvrard iría girando cantidades á medida que Bessieres avanzara.
-
-Así salió Bessieres, enviado por Ouvrard _en enfant perdu_--como decía
-el banquero--para pulsar al enemigo.
-
-Bessieres tomó la parte del león, del dinero enviado por Ouvrard.
-Cincuenta ó sesenta mil duros fueron á parar á su bolsillo. Así se
-explica el lujo de sus uniformes, sus bordados y sus magníficos
-caballos en esta época. Corría por debajo el dinero de los tenderos y
-de los porteros de París después de pasar por la bomba aspirante de
-Ouvrard.
-
---Esta explicación--terminó diciendo Aviraneta con su voz ronca--no
-añade ni quita nada á la historia que me has contado; pero aclara un
-punto que siempre tiene interés: la procedencia del dinero. Así como
-en la averiguación de los crímenes se ha dicho: buscad á la mujer,
-en la investigación de las intrigas políticas, revolucionarias ó
-reaccionarias hay que decir: buscad el dinero.
-
---¡Qué rarezas tiene el Destino!--exclamé yo--. Un capricho de Teresa
-Cabarrús, en París, produce la catástrofe de dos enamorados en Cuenca.
-
---Es la Fatalidad, la Ananké--exclamó Aviraneta, que sabía lo que
-significaba esta palabra por haberla leído en _Nuestra Señora de
-París_, de Víctor Hugo.
-
---Extrañas carambolas.
-
---Sí, muy extrañas; y Aviraneta se frotó las manos, movió con la paleta
-la ceniza del brasero y se echó el embozo de la capa sobre las piernas.
-
-
-
-
-PARTE PRIMERA
-
-
-
-
-I.
-
-CUENCA
-
-
-Cuenca, como casi todas las ciudades interiores de España, tiene algo
-de castillo, de convento y de santuario. La mayoría de los pueblos
-del centro de la península dan una misma impresión de fortaleza y de
-oasis; fortaleza, porque se les ve preparados para la defensa; oasis,
-porque el campo español, quitando algunas pequeñas comarcas, no ofrece
-grandes atractivos para vivir en él, y en cambio la ciudad los ofrece
-comparativamente mayores y más intensos.
-
-Así, Madrid, Segovia, Cuenca, Burgos, Avila presentan idéntico aspecto
-de fortalezas y de oasis en medio de las llanuras que les rodean, en la
-monotonía de los yermos que les circundan, en esos parajes pedregosos,
-abruptos, de aire trágico y violento.
-
-En la misma Andalucía, de tierras fértiles, el campo apenas se mezcla
-con la ciudad; el campo es para la gente labradora el lugar donde se
-trabaja y se gana con fatigas y sudores; la ciudad, el albergue donde
-se descansa y se goza. En toda España se nota la atracción por la
-ciudad y la indiferencia por el campo. Si un hombre desde lo alto de
-un globo eligiera sitio para vivir, en Castilla elegiría la ciudad: en
-aquella plaza, en aquel paseo, en aquella alameda, en aquel huerto; en
-cambio, en la zona cantábrica, en el país vasco, por ejemplo, elegiría
-el campo, este recodo del camino, aquella orilla del río, el rincón de
-la playa... Así se da el caso, que á primera vista parece extraño, la
-llanura monótona sirviendo de base á ciudades fuertes y populosas; en
-cambio, el campo quebrado y pintoresco escondiendo únicamente aldeas.
-
-La ciudad española clásica colocada en un cerro, es una creación
-completa, un producto estético, perfecto y acabado. En su formación,
-en su silueta, hasta en aquellas que son relativamente modernas, se ve
-que ha presidido el espíritu de los romanos, de los visigodos y de los
-árabes.
-
-Son estas ciudades, ciudades roqueras, místicas y alertas: tienen el
-porte de grandes atalayas para otear desde la altura.
-
-Cuenca, como pueblo religioso, estratégico y guerrero, ofrece este aire
-de centinela observador.
-
-Se levanta sobre un alto cerro que domina la llanura y se defiende por
-dos precipicios, en cuyo fondo corren dos ríos: el Júcar y el Huécar.
-
-Estos barrancos, llamados las Hoces, se limitan por el cerro de San
-Cristóbal, en donde se asienta la ciudad y por el del Socorro y el del
-Rey que forman entre ellos y el primero fosos muy hondos y escarpados.
-
-El foso, por el que corre el río Huécar, en otro tiempo y como medio de
-defensa podía inundarse.
-
-El caserío antiguo de Cuenca, desde la cuesta de Vélez, es una pirámide
-de casas viejas, apiñadas, manchadas por la lepra amarilla de los
-líquenes.
-
-Dominándolo todo se alza la torre municipal de la Mangana. Este caserío
-antiguo, de romántica silueta, erguido sobre una colina, parece el
-Belén de un nacimiento. Es un nido de águilas hecho sobre una roca.
-
-El viajero al divisarlo recuerda las estampas que reproducen arbitraria
-y fantásticamente los castillos de Grecia y de Siria, los monasterios
-de las islas del Mediterráneo y los del monte Athos.
-
-Desde la orilla del Huécar, por entre moreras y carrascas, de abajo á
-arriba, se ve el perfil de la ciudad conquense en su parte más larga.
-
-Aparecen en fila una serie de casas amarillentas, altas, algunas de
-diez pisos, con paredones derruídos, asentadas sobre las rocas vivas
-de la Hoz, manchadas por las matas, las hiedras y las mil clases de
-hierbajos que crecen entre las peñas.
-
-Estas casas, levantadas al borde del precipicio, con miradores altos,
-colgados, y estrechas ventanas, producen el vértigo. Alguna que otra
-torre descuella en la línea de tejados que va subiendo hasta terminar
-en el barrio del Castillo, barrio rodeado de viejos cubos de murallas
-ruinosas.
-
-Salvando la hoz del Huécar existía antes un gran puente de piedra, un
-elefante de cinco patas sostenido en el borde del río que se apoyaba
-por los extremos, estribándose en los dos lados del barranco.
-
-Este puente, que servía para comunicar el pueblo con el convento de San
-Pablo, había sido costeado por el canónigo D. Juan del Pozo en el siglo
-XVI. A fines del XVIII el puente del Canónigo se rompió, derrumbándose
-el primer machón y el segundo arco del lado de la ciudad, y quedó así
-roto durante muchos años.
-
-De los dos ríos conquenses, el Huécar fué siempre utilizado en el
-pueblo para mover los molinos y regar las huertas. El Júcar, más
-solitario, era el río de los pescadores. Se deslizaba por su hoz
-tranquilo, verde y rumoroso. Desde su orilla, al pie del cerro donde se
-asienta Cuenca, se veía el caserío del pueblo sobre los riscos y las
-peñas, y en la parte más alta se destacaba la ermita de Nuestra Señora
-de las Angustias.
-
-Como casi todas las ciudades encerradas entre murallas, Cuenca sintió
-un momento la necesidad de ensancharse, de salir de su angosto recinto,
-de bajar de su roca á la llanura. Tal necesidad la experimentó más
-fuertemente á principios del siglo XIX, y creó un arrabal ó ciudad baja.
-
-En estos pueblos, con ciudad alta y ciudad baja, se da casi siempre el
-mismo caso: en lo alto, la aristocracia, el clero, los representantes
-de la milicia y del Estado; en lo bajo, la democracia, el comercio, la
-industria.
-
-En estos pueblos el pasado está siempre en alto y el presente siempre
-en bajo. No hay que extrañar que el espíritu de su vecindario sea casi
-siempre retrógrado.
-
-El arrabal de Cuenca, formado principalmente por una calle larga á
-ambos lados del camino real, se llamó la Carretería.
-
-Desde principio del siglo el arrabal comenzó á tener importancia. En
-las luchas constitucionales únicamente la Carretería daba voluntarios
-para la Milicia Nacional.
-
-La Carretería era progresiva; la ciudad alta era perfectamente
-reaccionaria, perfectamente triste, estancada, desolada y levítica.
-
-Aquel Belén de nacimiento vivía con un espíritu de inmovilidad y de
-muerte.
-
-En el arrabal se sentía de cuando en cuando alguna agitación: llegaba
-hasta allá la oleada del mundo, se hablaba, se discutía, se leían
-gacetas; en el Belén alto no había más agitación que la del aire
-cuando sonaban las campanas de la catedral, de las iglesias y de los
-conventos, cuando el organista tocaba sus motetes y sus fugas y sonaba
-la campanilla del Viático por las calles.
-
-En el arrabal había movimiento: pasaba la diligencia con el correo, y
-muchos carros y caballerías sueltas que se detenían en las posadas y
-figones; en la plaza y en las calles próximas no se veía casi nunca á
-nadie: únicamente dos ó tres viejos que tomaban el sol, los chicos que
-salían de la escuela y tiraban piedras á los gorriones y á los perros;
-alguno que otro militar, y, á ciertas horas, grupos de curas que
-entraban en la catedral.
-
-El mayor acontecimiento de este barrio era la salida y llegada del
-señor obispo en su carruaje.
-
-Al anochecer solía pasar por las calles y callejones de la ciudad
-vieja un ciego con su guitarra que cantaba oraciones y milagros de los
-santos, con una magnífica voz de barítono.
-
-Este ciego, el _Degollado_, tenía el cuello lleno de grandes
-cicatrices, la cara marcada con un taraceo de puntos azules producidos
-por granos de pólvora, los ojos huecos y la barba negra, de profeta
-judío.
-
-Según algunos, el _Degollado_ había quedado así en tiempo de la
-guerra de la Independencia; otros afirmaban que había pertenecido á
-una compañía de bandoleros, á la que hizo traición y que sus antiguos
-cómplices por venganza le dejaron como estaba.
-
-El _Degollado_ solía ir por las tardes por el pueblo, envuelto en su
-capa, tanteando con el bastón y abriendo las puertas de las tiendas y
-cantando un momento delante de ellas...
-
-De noche la ciudad alta quedaba aislada y encerrada en sus murallas. Su
-recinto tenía seis puertas y tres postigos. De estas seis, exceptuando
-la de Valencia y la de Huete, las demás, la del Castillo, la de San
-Pablo, la del Postigo y la de San Juan, se cerraban á la hora de la
-queda.
-
-Los postigos de las casas estaban tapiados y hacía tiempo que no se
-abrían.
-
-Cuenca tenía á principios del siglo XIX pocas calles, y éstas estrechas
-y en cuesta. Quitando la principal, que, con distintos nombres, baja
-desde la Plaza del Trabuco hasta el Puente de la Trinidad, las demás
-calles del pueblo viejo no pasaban de ser callejones.
-
-Las cuestas y desniveles de la ciudad hacían que la planta baja de una
-casa fuera en una calle paralela un piso alto; así se decía de Cuenca
-que era pueblo en donde los burros se asomaban á los cuartos y quintos
-pisos, y era verdad.
-
-En 1823, época en que pasa nuestra historia, Cuenca era una de las
-capitales de provincia más muertas de España.
-
-Entre los arrabales y la ciudad apenas llegaban sus habitantes á cuatro
-mil.
-
-Tenía catorce iglesias parroquiales, una extramuros; siete conventos de
-frailes, seis de monjas, cinco ó seis ermitas y la catedral. Con este
-cargamento místico no era fácil que pudiera moverse libremente.
-
-En esta época había llegado la ciudad á la más profunda decadencia:
-las fábricas de paños y de alfombras, que en otro tiempo trabajaban
-para toda España, y la ganadería, tan importante en la región, estaban
-arruinadas.
-
-Durante la guerra de la Independencia, los saqueos de los mariscales
-Moncey, Víctor y Caulaincourt precipitaron la ruina de Cuenca...
-
- * * * * *
-
-Si por su poca vida comercial é industrial Cuenca estaba entre las
-últimas capitales de España, por su aspecto dramático y romántico podía
-considerársela de las primeras.
-
-Recorrer las dos Hoces desde abajo, entre los nogales, olmos y huertas
-de las orillas del Júcar y del Huécar, ó contemplarlas desde arriba,
-viendo cómo en su fondo se deslizaba la cinta verde de sus ríos, era
-siempre un espectáculo sorprendente y admirable.
-
-También admirable por lo extraño era recorrerla de noche á la luz de la
-luna, y, sentándose en una piedra de la muralla mirarla envuelta en luz
-de plata hundida en el silencio.
-
-Poco á poco, para el paseante solitario y nocturno, este silencio
-tomaba el carácter de una sinfonía, murmuraban los ríos, estallaba
-el ladrido de un perro, sonaba el chirriar de las lechuzas, silbaba
-el viento en la copa de los árboles y se oía á intervalos el cantar
-agorero del buho como el lamento de una doncella estrechada en los
-brazos de un ogro en el fondo de los bosques.
-
-En aquellas noches claras, las callejas solitarias, las encrucijadas,
-los grandes paredones, las esquinas, los saledizos, alumbrados por la
-luz espectral de la luna, tenían un aire de irrealidad y de misterio
-extraordinario. Los riscos de las Hoces brillaban con resplandores
-argentinos, y el río en el fondo del barranco murmuraba confusamente
-su eterna canción, su eterna queja, huyendo y brillando con reflejos
-inciertos entre las rocas.
-
-
-
-
-II.
-
-LA CASA DE LA SIRENA
-
-
-En una calle estrecha, próxima á la plaza, no lejos del Seminario,
-existía por entonces una casa antigua, alta, de color gris. Por su aire
-medioeval y por su altura recordaba los palacios sombríos de Florencia;
-tenía varios pisos con ventanas estrechas, y únicamente en el principal
-dos balcones de mucho vuelo, con hierros labrados.
-
-En la fachada, sobre el arco de la puerta de grandes dovelas, ostentaba
-un escudo, probablemente más moderno que la casa, con varios cuarteles;
-en el principal ó jefe se veía una sirena con un espejo y un peine, y
-en los demás un sol, varios dardos y una granada.
-
-La sirena, sobre todo, estaba muy finamente esculpida: tenía una
-expresión libre y burlona; los pechos salientes y abultados, el
-cabello en desorden, y aparecía, con su cuerpo mixto de mujer y de pez
-escamoso, sobre el mar.
-
-Al parecer se habían hecho varias suposiciones acerca de esta sirena,
-de aire erótico y picaresco; unos sospechaban indicaba la procedencia
-marina de la familia fundadora de la casa; otros afirmaban que esta
-figura simbólica era el blasón del valle de Bertiz Arana, en Navarra,
-y que el fundador de la familia procedería de allí; lo cierto era que
-los dos ó tres eruditos del pueblo no estaban de acuerdo en la historia
-ni en la genealogía de aquella burlona dama del mar llevada tan tierra
-adentro.
-
-La gente denominaba la casa con el nombre de la Casa de la Sirena. La
-fachada de esta era de piedra sillería, admirablemente labrada; tenía
-ménsulas con figuras que sostenían los balcones y canecillos debajo del
-alero.
-
-En el piso bajo ostentaba una reja labrada, y los batientes de la
-puerta estaban llenos de clavos repujados que parecían florones.
-
-Por la parte de atrás, la casa daba á la hoz del Júcar, y desde sus
-ventanas, sobre todo de las altas, se dominaba el barranco, en cuyo
-fondo corría el río de un verde lechoso.
-
-La casa de la Sirena era por dentro estrecha, obscura y sombría. Los
-muros, espesos, hacían que las ventanas pequeñas parecieran saeteras,
-por donde apenas entraba la luz; por todas partes olía á humedad y á
-cerrado. Sin duda el que mandó construir la casa temía al viento, que
-azotaba allí de firme, y no era muy apasionado del sol.
-
-Los pisos de la casa, sobre todo los dos más altos, se hallaban
-desmantelados y con los suelos deshechos y los cristales rotos; en
-cambio, el piso principal estaba restaurado. Una escalera apolillada,
-que se torcía en unos tramos á la derecha y en otros á la izquierda,
-iba desde el zaguán enlosado hasta la guardilla.
-
-Los cuartos altos daban una impresión de abandono y de pobreza. Las
-habitaciones eran pequeñas, con muchos tabiques que dejaban rincones y
-pasillos obscuros y sombríos; los techos se venían abajo y las paredes
-se cuarteaban.
-
-De noche las ratas se paseaban por todas partes, corriendo, rodando,
-trotando y chillando.
-
-La guardilla estaba abandonada á una tribu de lechuzas que tenían allí
-su vivienda. Casi todas las tardes, al anochecer, sobre la chimenea
-ó sobre la veleta roñosa, que ya no giraba, se colocaba una lechuza,
-grande y gris, de observación, y al hacerse de noche se lanzaba al aire
-con su vuelo tardo y pasaba á veces chirriando y dando aletazos cerca
-de las ventanas.
-
-En el tejado se alojaban también una nube de golondrinas y vencejos que
-habían obturado con sus nidos las cañerías y las chimeneas.
-
-El piso principal era el único arreglado en esta casa vetusta; se le
-habían abierto ventanas anchas y simétricas á la calle y al callejón,
-y embaldosado y empapelado algunas habitaciones. El mobiliario era
-también nuevo constituído por muebles recién barnizados, armarios
-grandes, cómodas ventrudas, veladores y canapés.
-
-La casa de la Sirena de antiguo pertenecía á la familia de Cañizares.
-
-Los Cañizares aparecían en Cuenca desde la Conquista.
-
-Esta familia, emparentada con los Albornoces y los Barrientos, se había
-distinguido en la historia de la ciudad.
-
-El último vástago de los Cañizares conservaba el derecho de entrar en
-la capilla de los Caballeros de la catedral.
-
-Por los Barrientos, los Cañizares eran descendientes de una dama, Doña
-Inés de Barrientos, que en en tiempos de Carlos V se distinguió por su
-fiera venganza.
-
-A raíz de la formación de las Comunidades de Castilla se puso al
-frente del movimiento, en Cuenca, un caballero de gran posición, D.
-Luis Carrillo de Albornoz. Este caballero, poco satisfecho del giro
-democrático y antirealista que tomaba la revuelta comunera, se retiró á
-su casa abandonando el mando á los regidores populares. Los regidores,
-deseando que los gobernara un caudillo de su clase, nombraron á uno de
-oficio frenero.
-
-Carrillo estaba casado con Doña Inés de Barrientos, hembra brava y
-orgullosa.
-
-Al dejar de ser jefe de los comuneros el pueblo señaló á Carrillo
-con su odio, y no había día en que no le insultara y le zahiriese
-públicamente.
-
-Doña Inés, iracunda, juró vengarse, y para ello preparó su plan.
-Decidió mostrarse más comunera que su marido y ganarse la amistad
-de los trece regidores del Municipio. Ellos, satisfechos de verse
-atendidos y contemplados por una dama de tan alta alcurnia, iban con
-frecuencia á su palacio.
-
-Una noche, Doña Inés convidó á cenar á los trece. Los regidores
-bebieron de más, se turbaron, y al salir, uno á uno, Doña Inés los hizo
-matar por sus criados, y después mandó colgarlos, por el cuello, de los
-balcones de su casa. A la mañana siguiente el pueblo quedó atónito al
-ver los trece cadáveres balanceándose en los balcones del palacio.
-
-La familia de los Barrientos había sido de las más poderosas y ricas.
-En uno de los esquileos de la casa, á mediados del siglo XVIII,
-registró veinticuatro mil cabezas de ganado merino.
-
-A fines del mismo siglo los Barrientos y los Cañizares comenzaron á
-decaer, y en tiempo de la guerra de la Independencia los Barrientos
-desaparecieron y los Cañizares quedaron completamente arruinados.
-
-Por esta época el jefe de la casa era D. Diego Cañizares, militar que
-llegó á coronel en 1813. Don Diego se hallaba casado con Doña Gertrudis
-Arias. En su juventud, D. Diego había sido un calavera, y devorado su
-fortuna. A los treinta años, al entrar los franceses en España, se
-alistó en el ejército; peleó en Arapiles y Vitoria, y fué ganando sus
-grados hasta coronel en el campo de batalla.
-
-D. Diego, que en la guerra de la Independencia, á juzgar por su hoja
-de servicios, tuvo momentos de heroicidad, al concluir la campaña se
-presentó en Cuenca y volvió á seguir su vida de calavera.
-
-No veía la diferencia que hay entre un joven vicioso y un viejo
-perdido, y que lo que en uno parece ligereza en el otro semeja cinismo.
-
-D. Diego recurrió á todos los medios para procurarse dinero, y se hizo
-jugador, tramposo y prestamista.
-
-Su mujer, Doña Gertrudis Arias, era una señora severa y orgullosa que
-había sufrido en silencio los ultrajes inferidos por su esposo.
-
-D. Diego y Doña Gertrudis tuvieron un hijo, Dieguito, que fué el
-retrato achicado y degenerado del padre. Dieguito era un alcohólico,
-un perturbado. A los veinticinco años le casaron con una señorita de
-Barrientos, prima suya en segundo grado, y de este matrimonio hubo una
-hija llamada Asunción.
-
-La madre de Asunción murió poco después de la guerra de la
-Independencia.
-
-El viejo D. Diego consideró indispensable que su hijo, viudo, se
-casara con alguna mujer rica, y se entendió con un contratista de la
-Carretería llamado _el Zamarro_ y arregló el matrimonio de su hijo,
-con la hija del contratista. Pensaba explotar al consuegro mientras
-pudiera.
-
-El matrimonio de Dieguito y la hija del _Zamarro_ no pudo ser más
-lamentable.
-
-Dieguito iba en camino de la parálisis general, estaba tonto, alelado;
-la hija del _Zamarro_, la Cándida, era una muchacha joven, guapa y
-fuerte.
-
-Con un intervalo muy corto de días, en 1819, murieron los dos
-Cañizares, Diego y Dieguito, y quedaron viudas Doña Gertrudis y
-Cándida, la hija del _Zamarro_.
-
-La hija de Dieguito, Asunción, quedó de quince años huérfana de padre y
-madre.
-
-En la casa de la Sirena el piso principal lo ocupaban Cándida y su
-hijastra Asunción; en el segundo estaba el archivo de un escribano; en
-el tercero vivían dos señoritas viejas solteras, y en el cuarto Doña
-Gertrudis. Los pisos más altos estaban inhabitables.
-
-Doña Gertrudis era una vieja arrugada, seca, con el pelo blanco, un
-tanto fatídica.
-
-Arruinada por su marido, no contaba para vivir más que con la viudedad
-que le pasaban.
-
-Doña Gertrudis tenía una cara pálida, dura, impasible, surcada por
-arrugas rígidas.
-
-Cuando salía á la ventana de su cuarto se la hubiera tomado por una
-gárgola gótica ó por un espectro.
-
-En la casa, la Cándida vivía con la mayor comodidad y lujo.
-
-La Cándida era una mujer poco inteligente, de gustos bajos y vulgares.
-Su padre, _el Zamarro_, había sido un tendero que, en tiempo de la
-guerra de la Independencia, hizo algunas especulaciones afortunadas y
-reunió un capital bastante grande para un pueblo.
-
-El _Zamarro_ dió á su hija, al casarse, una dote de treinta mil duros.
-
-La Cándida había sido siempre una muchacha mimada.
-
-Su padre, hombre burdo, tosco, excitó en ella únicamente la vanidad.
-
---Tú serás rica--le decía--; tú podrás lucir.
-
-Y ella, sin educación ninguna, había llegado á pensar que lo principal
-en el mundo era lucir. Para satisfacer esta ansia de elevación se
-casó con Dieguito. El aparecer dueña de una casa principal como la de
-Cañizares la seducía.
-
-Por entonces, al quedar viuda, la Cándida era una mujer rozagante, de
-unos veintisiete ó veintiocho años, ajamonada, la nariz respingona, los
-labios rojos y gruesos, muy abultada de pecho y de caderas, los ojos
-negros, brillantes; el tipo basto de buena moza que producía grandes
-entusiasmos cuando pasaba por la calle entre los estudiantes, los
-oficiales jóvenes y la clase de tropa.
-
-La Cándida pensaba volver á casarse si topaba con algún militar ó
-persona de posición que le conviniese. Hubiera querido encontrar un
-marido y quedarse á vivir en la casa de la Sirena.
-
-La Cándida, mujer voluble y sensual, se manifestaba á ratos seca, á
-ratos afectuosa. Tenía cierto talento de seducción; halagaba á todo el
-que quería sin medida.
-
-A Asunción, su hijastra, comenzó á mimarla al principio, adornándola,
-dándole golosinas; luego, sin motivo, la desdeñó y la olvidó.
-
-La Cándida quería que todo el mundo se ocupara de ella; necesitaba
-sentir la oficiosidad de la gente, el vaho de la adulación.
-
-Al ver que su suegra y su hijastra no se entregaban, comenzó á mirarlas
-con antipatía, y al último, experimentó por ellas verdadero odio, sobre
-todo por doña Gertrudis.
-
-Este odio, cada vez más fuerte, hizo que suegra y nuera no se hablaran
-y después no quisieran verse.
-
-La Cándida intentó obligar á la vieja á que se fuera de la casa, pero
-la casa era de Asunción, y ésta, hasta llegar á su mayoría de edad,
-para lo que le faltaban cuatro años, no podía venderla.
-
-La vida de Asunción, colocada entre los odios de su abuela y de su
-madrastra, fué triste y melancólica. Toda la existencia de la muchacha
-estaba saturada de impresiones penosas y tristes.
-
-En su infancia había presenciado la muerte de su madre, la enfermedad
-del padre; luego, riñas entre la abuela y el abuelo, apuros
-pecuniarios; después, la llegada á la casa de la madrastra y la guerra
-sorda entre ésta y su abuela.
-
-A pesar de su aspecto débil, Asunción tenía gran resistencia y una
-personalidad fuerte.
-
-El tipo físico suyo, al decir de los amigos de la casa, recordaba el de
-su madre.
-
-Era muy esbelta, delgada, con una palidez de cirio; el óvalo de la
-cara, muy largo; los ojos, grandes, negros, inquietos; los labios, de
-un rosa descolorido; la expresión, de seriedad y de reserva.
-
-En la calle, y endomingada, parecía insignificante: una señorita de
-pueblo agarrotada en un traje nuevo; en casa, y vestida de negro,
-estaba muy bien; se comprendía al verla que una vida sana podía hacer
-de esta niña clorótica una mujer hermosa.
-
-La Cándida, que se creía á sí misma un modelo, y que tenía una idea
-de la belleza de la mujer ordinaria y grosera, decía á su doncella la
-Adela:
-
---¿Qué te parece á ti la Asunción? No va á ser guapa esta chica,
-¿verdad?
-
---Claro, al lado de la señorita--contestaba la doncella.
-
---No, no; yo no soy guapa. ¡Luego, Asunción es tan huraña! Parece una
-cabra.
-
-Ciertamente. Asunción se mostraba áspera y poco amable con las personas
-á quienes trataba por primera vez. Su vida solitaria le daba gustos de
-recogimiento.
-
-Asunción apenas salía de casa; su madrastra le había señalado en el
-piso principal un cuarto elegante, empapelado y con cortinones, que
-tenía un balcón que hacía esquina; pero ella prefería dejar este
-cuarto elegante é ir á las habitaciones desmanteladas del piso, donde
-vivía doña Gertrudis, su abuela.
-
-En casa de Doña Gertrudis había un viejo mirador, casi colgado sobre un
-abismo, que daba encima de la Hoz del Júcar. Desde allá arriba se veía
-el barranco y el río; las golondrinas y los vencejos pasaban rozando
-con el ala el barandado, y á veces los milanos se acercaban tanto, como
-si tuvieran curiosidad de saber lo que pasaba en el interior.
-
-Asunción solía estar allí mucho tiempo.
-
-Doña Gertrudis vivía en su cuarto alto sola, sin criada. Esta señora
-parecía la estampa de la severidad. Cobraba del Gobierno una pensión
-de veintidós duros al mes y la ahorraba íntegra: se alimentaba de la
-pequeña renta de una tierra.
-
-Doña Gertrudis había llegado á odiar profundamente á su nuera. Esta dió
-á su marido al casarse diez mil pesetas para levantar una hipoteca que
-gravaba sobre la casa de la Sirena. Doña Gertrudis quería reunir las
-diez mil pesetas, devolvérselas á la Cándida y entregar á su nieta la
-finca sin gravamen, para que fuese ella la dueña absoluta.
-
-Doña Gertrudis estaba fuerte: barría, hacía su cama y su comida en
-un hornillo pequeño; después, sentada en un sillón frailero, con los
-anteojos puestos, leía y rezaba una novena cada día.
-
-Tenía una colección de libros amarillentos y usados, impresos en letras
-grandes. Hacía también que su nieta le leyera unas viejas ejecutorias
-que sacaba de un armario, y las escuchaba siempre como si fuera la
-primera vez que las oía.
-
-Doña Gertrudis, seca, arrugada, dura, parecía el espíritu de la
-tradición de la casa; la Cándida era á ansiosa advenediza, que
-intentaba apoderarse de la vieja morada de la Sirena.
-
-Entre estas dos mujeres, que se odiaban, vivía Asunción su vida
-humilde, como las plantas que nacen en la hendidura de dos losas, sin
-espacio para desarrollarse. Asunción cosía, bordaba, cuidaba de los
-tiestos y leía las ejecutorias que sacaba su abuela.
-
-
-
-
-III.
-
-MIGUELITO TORRALBA
-
-
-Tal era la situación de la casa de la Sirena cuando aparecieron nuevos
-elementos que influyeron en ella. Uno de estos fué un joven calavera,
-Miguelito Torralba, que un día, por entretenimiento, comenzó á seguir
-y á galantear á Asunción. Ella, asombrada, manifestó primero sorpresa,
-luego un gran desdén; pero Miguelito, hombre perseverante, cuando se
-proponía algo, no cejó. Siguió mirando á la muchacha, paseándole la
-calle á pesar del desprecio que ella le demostraba. Miguelito era hijo
-de una viuda y vivía con ella y con un hermano más joven llamado Luis.
-
-Los Torralbas poseían una casa antigua en la calle de Caballeros, con
-un huertecito. Eran parientes lejanos de los Cañizares y Barrientos.
-
-La viuda, madre de Miguel, señora de escaso patrimonio, había gastado
-mucho con su hijo mayor, enviándole á estudiar á Salamanca.
-
-Miguelito hizo poca cosa de provecho en la vieja ciudad universitaria;
-derrochó su dinero, corrió la tuna y volvió á Cuenca á los cuatro
-ó cinco años con un criado que había recogido, á quien llamaba su
-escudero.
-
-Miguelito volvió con muchas habilidades de poca utilidad práctica,
-entre ellas hacer versos y tocar la guitarra.
-
-La madre se resignó al ver que el dinero empleado por ella no había
-servido á su hijo para alcanzar una posición, y pensó que al menos le
-habría hecho ilustrado.
-
-Por uno de estos espejismos maternales frecuentes, la madre de Torralba
-creía que su hijo mayor era una lumbrera y que el pequeño, en cambio,
-valía poco.
-
-No existía ningún motivo para creerlo así; pero la madre de Torralba
-suponía que esta diferencia era evidente. Pensaba que con el tiempo,
-don Miguelito protegería á Luis y le ayudaría á desenvolverse en la
-vida.
-
-La madre pidió al mayor que enseñara lo que sabía á su hermano menor, y
-el mayor accedió.
-
-Miguel enseñó á Luis á traducir el latín y alguna que otra cosa que el
-muchacho aprovechó.
-
---¡Qué bondad la de mi hijo mayor!--pensó la madre.
-
-Los dos hermanos eran muy distintos: Miguel, alto, esbelto, moreno,
-petulante, se las echaba de lechuguino. Solía tener con frecuencia
-diviesos en el cuello que le obligaban á llevarlo vendado. Luis, más
-bajo, rechoncho, tirando á rubio, era muchacho sencillo y no pensaba en
-darse tono.
-
-Miguel estaba siempre fuera de casa; Luis, en Cuenca, gustaba de
-trabajar en el huerto, y en el campo, de recorrer la hacienda.
-
-Miguel era aficionado á las indumentarias teatrales; gastaba chambergo
-de ala ancha, capa de mucho vuelo y presumía de pie largo y estrecho.
-
-Don Miguelito tenía en Cuenca, entre unos, fama de Tenorio; de atrevido
-entre otros, y de majadero entre algunos.
-
-Don Miguelito era ridículo para casi todo el pueblo, menos para su
-hermano y para los amigos. Algunos de éstos le tenían por un genio; y
-cuando Miguelito peroraba le miraban pensando.
-
---¡Qué hombre! ¡Qué tipo!
-
-La cabeza de don Miguelito era un lugar de confusión de ideas y
-sentimientos. Hubiera querido encontrar algo para dedicarse á ello con
-toda su alma.
-
-Don Miguelito era impertinente sin notarlo, y excepción hecha de su
-madre, de su hermano y de algún amigo, quedaba con frecuencia mal ante
-las personas, demostrando su falta de discreción y de sentido. Su
-petulancia molestaba á la gente.
-
-La madre le consideraba como un portento; pensaba que el día que
-adquiriera gravedad sería una maravilla. Estaba convencida de ello y
-tenía en esto tanta fe como en un dogma.
-
-La estancia de don Miguelito en Cuenca, de vuelta de la Universidad, se
-distinguió por sus extravagancias y sus disparates.
-
-Al principio se manifestó liberal, republicano y habló con énfasis de
-Catón, de Bruto y de Aristogiton.
-
-En algunas partes, y excitado por sus mismas palabras, no se contentó
-con esto, sino que aseguró que era discípulo de Robespierre y de
-Marat y que consideraba la guillotina como la más sublime y la más
-humanitaria de las invenciones del hombre.
-
-Afortunadamente para él la gente de Cuenca apenas tenía idea de Marat y
-de Robespierre, y no le hizo caso.
-
-Cansado de perorar sin éxito, don Miguelito se lanzó á la crápula, y
-excepción hecha de los días que iba á los montes á cazar con sus dos
-perros, Gog y Magog, solía emborracharse con frecuencia y volvía á casa
-de madrugada.
-
-Le acompañaba su escudero, el mozo perdido, llamado Garcés, á quien
-don Miguelito había encontrado muerto de hambre en Sevilla en una de
-sus expediciones de tuna. Garcés era hijo de una familia acomodada de
-un pueblo próximo á Cuenca llamado Pajaroncillo. Había estudiado en el
-seminario y sido un buen estudiante en los primeros años; luego con
-una transición brusca, se hizo un perdido, y comenzó á beber, á jugar,
-á frecuentar los garitos y por último, á robar. La familia de Garcés
-lo retiró al pueblo; el muchacho se arrepintió, entró de novicio en
-un convento y pocos meses más tarde se escapaba y volvía á su vida de
-tunante.
-
-Unos años después de su escapada, Miguel Torralba lo encontró en
-Sevilla enfermo, lloroso y arrepentido, y lo llevó con él.
-
-Garcés tenía la especialidad del arrepentimiento y de las lágrimas.
-Inmediatamente que le salía algo mal, se sentía contrito y marchaba á
-confesarse.
-
-Don Miguelito, á poco de llegar á Cuenca, tenía una corte de ocho ó
-diez amigos desocupados como él, noctámbulos y holgazanes.
-
-Paseaban éstos en cuadrilla por las dos Hoces del pueblo, por el alto
-de las murallas ó por el fondo del barranco, contemplando las rocas
-vivas y los matorrales á la luz de la luna.
-
-Robaban gallinas y quesos; clavaban una noche la puerta ó la ventana de
-la vivienda de un pobre hombre; interceptaban una chimenea con trapos;
-sujetaban un coche á una anilla de una casa con una cuerda; metían un
-gato en un gallinero y hacían todas las clásicas calaveradas de todos
-los calaveras del mundo.
-
-Alguno que otro tenía predilección por asustar á la gente haciendo
-de fantasma; habían formado también una rondalla de guitarras y
-bandurrias, y por las noches daban serenata á sus Dulcineas.
-
---Es don Miguelito y sus amigos--decían los vecinos, y muchos añadían:
-
---¡De casta le viene al galgo!--, porque los Torralbas de Cuenca se
-habían distinguido siempre por su extravagancia.
-
-Algunos llamaban á Miguel, Miguelito Caparrota, y le pronosticaban el
-mismo fin que al bandido andaluz, que, como se sabe, murió en la horca
-á pesar de que su asunto se arregló.
-
-Don Miguelito había formado una asociación burlesca, de la que era
-presidente, cuyo objeto principal era beber y cantar. En las cenas
-celebradas por esta asociación se entonaba el viejo canto estudiantil,
-común á todas las Universidades de Europa, y que aun se recordaba en
-Salamanca á principios del siglo XIX.
-
- _Gaudeamus igitur.
- juvenes dum sumus._
-
-También con grotesca solemnidad se hacía la salutación al vino en latín
-macarrónico:
-
- _Ave, color vini clari
- Ave, sapor sine pari
- tua nos inebriari
- digneris potentia._
-
-La preocupación de Miguelito era mandar, demostrar su superioridad,
-producir asombro, sobre todo entre los suyos; así, para dirigirlos y
-admirarlos obraba y pensaba para ellos.
-
-Era capaz de leer un libro largo y pesado con la esperanza de encontrar
-un par de frases con que sorprender á su auditorio. Don Miguelito
-vivía sólo para la galería.
-
-Tal necesidad de producir expectación le impulsaba á hacer muchas
-necedades.
-
-Una vez se lanzó al Júcar á salvar á un pescador de caña, sin saber
-nadar, y estuvo á punto de ahogarse; en otra ocasión salió fiador de
-un granuja, y estuvo á punto de arruinar á su madre. Poco después
-escribió un romance contra algunas viejas murmuradoras del pueblo. Este
-romance, que tituló _Las Comadres de Cuenca_, dió mucho que hablar y le
-conquistó una malísima fama.
-
-Miguelito celebró exageradamente la hostilidad popular.
-
-Todos los amigos encontraron que Torralba era un excelente versificador
-y que debía cultivar con más asiduidad el trato íntimo de las Musas.
-
-Miguelito trabajó algunos días y sometió al juicio de sus camaradas
-varias poesías, como _A ella_, _Noche de luna_, _la Hoz del Júcar_, que
-fueron consideradas como obras maestras.
-
-Por entonces un condiscípulo que había encontrado en su casa varios
-libros de astrología judiciaria y un astrolabio, se los envió á don
-Miguelito.
-
-Este, ante el nuevo mundo que se abría á sus ojos, decidió con la mayor
-seriedad hacerse astrólogo.
-
-Leyó la _Astrología_, de Pisanus; el libro _De præcos gnitione
-futurorum_, de Molinacci; el epítome _Totiuastrologiæ judiciales_, de
-Juan de España; los _Discursos astrológicos_, de Juan de Herrera;
-el libro de Paracelso, _De generatione rerum naturalium_, y las
-_Profecías_, de Nostradamus.
-
-Después, para unir la teoría y la práctica, llevó al terrado de su
-casa el astrolabio, y allí se dedicaba á medir los ángulos y ver la
-conjunción de las estrellas.
-
-Después de aprender á determinar el aspecto de los astros se dedicó
-á la predicción del porvenir. El horóscopo de su madre y el de su
-hermano resultaron felices; en cambio el suyo, dominado por Marte, fué
-completamente nefasto. Probablemente él mismo se había preparado en el
-horóscopo el final trágico, cosa que á sus ojos y al de sus amigos le
-hacía más interesante.
-
-A juzgar por lo que dijo, la línea de su vida cruzaba la casa de las
-enemistades, pasaba por la de la amistad y el amor, rondaba la casa de
-las dignidades y caía en la de la muerte.
-
-Las lecturas astrológicas se notaron en don Miguelito y en sus amigos.
-Se habló durante algún tiempo de horóscopos y conjunciones; á una
-taberna de un hombrecito pequeño, que se llamaba el tío Guadaño, se le
-llamó desde entonces la taberna del _Homunculus_, y á otra, de la tía
-Lesmes, la taberna _Sibilina_.
-
-Una de las gracias de Miguelito era asegurar que al _Homunculus_ de la
-taberna, el ex tío Guadaño, lo había creado él con una fórmula de su
-maestro Paracelso.
-
-También decía que á una moza del partido le había dado él la suerte
-entregándole un trozo de vitela con la palabra mágica Abracadabra,
-escrita en forma triangular y con sangre de niño.
-
-La muchacha, siguiendo las instrucciones de Miguelito, había llevado
-nueve días la vitela como un escapulario, colgada al cuello, y al
-noveno la había echado al río sin volver la cabeza. Don Miguelito había
-tenido sus dudas acerca del punto dónde debía echarla, porque era
-indispensable arrojarla en unas aguas que corrieran hacia Oriente; pero
-al fin encontró el sitio verdadero.
-
-La operación dió resultado, porque un mes después un comerciante rico
-se llevó á la muchacha á Madrid y la puso un gran tren.
-
-Entre algunas mozas del pueblo, compañeras de la otra, se supo lo
-ocurrido, y se creyó que don Miguelito tenía algo de brujo.
-
-Los amores de don Miguelito eran como no podían menos de ser
-extraordinarios y raros.
-
-Don Miguelito había galanteado durante algún tiempo á una gitana del
-barrio del Castillo, á quien llamaban Fabiana la _Cañí_.
-
-Esta Fabiana era una muchacha preciosa, de piel cobriza y ojos verdes.
-
-Don Miguelito había llegado á hacerse amigo del _Ajumado_, un
-esquilador de burros, padre de la Fabiana.
-
-El _Ajumado_ y don Miguelito se entendían; al esquilador le parecía
-natural que al payo le gustara la mocita de su casa, y se dejaba
-convidar y contemplar.
-
-La madre de la Fabiana, la _Pelra_, era una gitanaza que se dedicaba á
-comprar y á vender viejos cachivaches, á freír morcillas y churros; á
-la abuela, gitana legítima, que odiaba el trabajo como buen ejemplar
-de su raza, la decían en la calle la _Zincalí_, y tenía por oficio
-echar la buenaventura en las ferias, vender la raíz del Buen Varón y la
-Hierba de Satanás y _arrobiñar_ lo que podía.
-
-Don Miguelito hablaba con la vieja gitana de magia y de astrología, y
-la dejaba llena de espanto.
-
-El le enseñó en qué ocasiones se debían emplear las siete palabras
-mágicas principales: Abracadabra, Jehová, Sator, Arepo, Tenet, Opera y
-Rotas.
-
-También le dió la frase sacramental para todos los conjuros, que es
-ésta: _Nomem Dei et Sancte Trinitatis quod tamen in vanum assumitur,
-contra acerrimum summi legislatoris interdictum_.
-
-La gitana temblaba al oír á Miguel. Todos los hombres y mujeres de
-la casa odiaban y temían á Torralba, á quien llamaban el _Busnó_.
-Miguelito sentía por ellos un profundo desprecio.
-
-En esto se presentó en Cuenca un calderero gitano, el _Romi_, hombre
-cobrizo como sus calderas, alto, mal encarado.
-
-La familia del _Ajumado_ concertó la boda de la Fabiana con el _Romi_,
-y á la zambra que hubo asistió Miguelito, cosa que hizo reir á sus
-amigos, que consideraron la asistencia de Torralba á la fiesta como una
-prueba de serenidad admirable.
-
-Alguno le dijo después á Miguelito que no se fiara con el _Romi_, pero
-Miguelito despreció la advertencia.
-
-Iba declinando el entusiasmo por la gitanería y la astrología cuando
-don Miguelito se fijó en Asunción y con la violencia característica de
-sus inclinaciones decidió que desde entonces ella sería la dama de sus
-pensamientos.
-
-Los amores comenzaron con todo el aparato de absurdidades propias y
-naturales de don Miguelito. Varias veces escribió á la muchacha con
-la arrogancia de un hombre grande y extraordinario; pero como ella no
-le contestaba se fué desesperando, y concluyó por tomar una actitud
-exageradamente humilde.
-
-Cómo conoció Asunción que en el fondo de aquel calavera botarate había
-un hombre, un hombre valiente, un hombre digno, difícil es saberlo, lo
-cierto fué que lo conoció.
-
-Don Miguelito todavía hizo alguna simpleza al verse atendido por la
-muchacha; pero pronto se tranquilizó y tomó el aspecto de una persona
-sensata.
-
-Al comenzar á hablar con Asunción pensó que toda su juventud había sido
-una pobre majadería, y decidió abandonar á los amigos y al escudero
-Garcés. Les dijo que iba ir al yermo, que estaba harto de vanidades.
-Un amor vulgar y corriente por una señorita del pueblo le hubiera
-dejado en mal lugar entre los camaradas que le veían como hombre
-extraordinario, raro, lunático y nigromántico. Todavía no se atrevía á
-afrontar su desdén.
-
-Al poco tiempo la gente averiguó el noviazgo, los camaradas le
-desdeñaron y las personas que pasaban por serias comenzaron á decir:
-
---No, no, Miguel no es tonto; si quiere se hará un hombre de provecho.
-
-Miguelito dejó de frecuentar sus antiguos amigos, y reanudó sus
-amistades con un clérigo que había estudiado con él en la escuela. Este
-clérigo, D. Víctor, vivía en casa del guardián de la Catedral, y era
-hombre estudioso é ilustrado.
-
-A Miguelito le trataba muy ásperamente.--Botarate, aprendiz de mago,
-majadero--le solía decir con voz iracunda.
-
---Sí, tienes razón--contestaba Miguel--; soy un mentecato.
-
---Vale más que lo confieses--le decía el cura.
-
---Pues lo confieso. He llegado á los veintisiete años sin oficio
-ni beneficio. He perdido el tiempo en pasear, en hablar y en hacer
-versos...
-
---Y versos malos.
-
---Cierto, versos malos. Te advierto que todas mis vanidades antiguas se
-han deshecho: no me importa que me llames mal poeta ni mal astrólogo.
-No me hace mella.
-
-Miguel no pensaba más que en encontrar un medio de ganar la vida
-con independencia ¡tenía tan poca base! ¡Era tan difícil hacer algo
-de provecho en Cuenca! Se le ocurrió marcharse á Madrid, pero no se
-atrevió á decírselo á su madre, porque hubiera sospechado que el viaje
-era pretexto para otra calaverada.
-
-Miguelito consultó con Asunción, y los dos en sus conversaciones y
-cartas se ocuparon de este magno asunto. Pensaron varios medios para
-resolver el problema.
-
-Pronto estos amores los conoció todo el pueblo, y también la abuela
-y la madrastra de Asunción. Asunción contó, temblando de miedo, á su
-abuela la historia de sus amores, y Doña Gertrudis dió el visto bueno.
-
---Si es un caballero, aunque sea pobre, no importa--dijo la vieja
-severamente.
-
---Pues caballero lo es.
-
---Entonces puedes estar tranquila.
-
-Asunción abrazó y besó á su abuela con entusiasmo.
-
-Se decidió que D. Miguelito visitara á Doña Gertrudis, y en la
-entrevista que tuvieron ambos quedaron muy amigos y de acuerdo.
-
-La madrastra de Asunción, la Cándida, quizás por llevar la contraria
-á su suegra, se puso en contra del noviazgo, y como no conocía el
-carácter de hierro que había en el fondo del cuerpecillo anémico de
-su hijastra, quiso convencerla de que su novio, D. Miguelito, era un
-perdido, un vagabundo, viejo, cínico, sin oficio ni beneficio, que
-quería vivir á su costa.
-
-Desde aquel momento Asunción juró romper con su madrastra y no volver á
-dirigirla la palabra. Empezó á faltar á todas horas del primer piso de
-la casa; luego, más tarde, se trasladó definitivamente al cuarto de la
-abuela á vivir con ella.
-
-
-
-
-IV.
-
-SANSIRGUE EL PENITENCIARIO
-
-
-En 1821, el penitenciario de la catedral, D. Manuel Rizo, que estaba
-enfermo desde hacía tiempo, murió en un pueblo de la sierra, donde
-había ido á reponerse, y fué nombrado para el cargo D. Juan Sansirgue.
-
-Sansirgue venía del Burgo de Osma, y al llegar á Cuenca se dijo de él
-que era liberal. Fué una de esas voces que corren por los pueblos, sin
-base ni razón alguna.
-
-Don Juan era hombre de unos cuarenta años de edad de estatura media,
-más bien bajo que alto y tirando á fornido.
-
-Tenía el pelo rojo oscuro, los ojos verdes, la cara cuadrada y pecosa,
-las pestañas rojizas, el cuello de toro, los brazos largos, las manos
-gruesas y los pies grandes.
-
-Se veía en él al lugareño nacido para destripar terrones. Llevaba
-gafas, aunque no las necesitaba, sin duda con el objeto de darse un
-aire doctoral, y miraba siempre de través.
-
-Pronto se averiguó su vida, con toda clase de detalles.
-
-Sansirgue, hijo de un campesino muy pobre de Priego, terminó la carrera
-casi de limosna. Tras de obtener un curato en el campo y una parroquia
-en Almazán, había sido nombrado canónigo racionero del Burgo de Osma, y
-después, penitenciario de Cuenca.
-
-Sansirgue, al decir de sus colegas, demostró ser bastante fuerte
-en latín y cánones, y como predicador se dió á conocer como hombre
-arrebatado y de tosca elocuencia. La gente pronosticó que llegaría á
-obispo.
-
-En la vida social el nuevo penitenciario se desenvolvió como un
-perfecto intrigante, adulador y un tanto bajo. Acostumbrado al
-servilismo del ambicioso pobre que escala su posición lentamente y con
-grandes esfuerzos, en muchas ocasiones ponía en evidencia su naturaleza
-lacayuna.
-
-A los seis meses de permanencia en el pueblo, Sansirgue lo conocía á
-fondo y comenzaba á dominarlo. Algunos otros canónigos, dirigidos por
-el lectoral, intentaron atajarle el paso; pero Sansirgue, sostenido por
-el obispo, por su secretario Portillo, joven ambicioso, y por la gente
-rica, marchaba adelante.
-
-El confesionario le daba la clave de cuantos conflictos interiores en
-las familias y en los matrimonios ocurrían en el pueblo. Esta arma
-de inquisición y de dominación teocrática Sansirgue la empleaba con
-paciencia y con método.
-
-Tenía la sagacidad y la malicia del lugareño, é iba perfeccionando y
-alambicando su sistema de inquerir con el esfuerzo y la perseverancia.
-
-Sansirgue había ido á vivir á casa del pertiguero de la catedral.
-
-Ya por costumbre inveterada, desde hacía muchos años, se alquilaba una
-habitación grande á un canónigo en casa del pertiguero Ginés Diente.
-
-El más notable de estos canónigos hospedados en ella fué D. Francisco
-Chirino.
-
-Don Francisco dejó al morir fama de hombre de gran virtud y sabiduría.
-Chirino fué magistral desde fines del siglo XVIII hasta poco después
-de la guerra de la Independencia; estuvo prisionero y á punto de ser
-fusilado por las soldados de Caulaincourt.
-
-La leyenda aseguraba que Chirino se salvó asombrando á los franceses
-con un discurso en latín y otro en francés que les dirigió.
-
-En un viaje hecho á Valencia murió Chirino, y dejó en casa de Diente
-una biblioteca muy nutrida de libros de historia, de teología, y
-algunas ediciones raras que los herederos no se cuidaron de recoger.
-
-Después de Chirino ocupó la habitación el canónigo Rizo, y tras de
-la muerte de éste vino Sansirgue á posesionarse del cuarto que por
-tradición pertenecía á un canónigo.
-
-En aquella casa vieja de una calle sombría, el penitenciario Sansirgue,
-como una gruesa araña peluda, plantó su tela espesa dispuesto á
-mostrarse clericalmente implacable para la mosca que cayese en ella.
-
-
-
-
-V.
-
-LA CASA DEL PERTIGUERO
-
-
-La callejuela tortuosa, en cuesta, partía de la plazuela del palacio
-del Obispo por una escalera, y terminaba en un camino de ronda de la
-muralla.
-
-En este callejón, llamado de los Canónigos porque antiguamente había
-varios que tenían allí su casa, vivía el guardián y pertiguero de la
-catedral, Ginés Diente.
-
-Ginés era hijo de pertiguero y nieto de pertiguero.
-
-La pértiga constituía una institución en la familia de los Dientes. Se
-podía decir que los Dientes vivían de ella y comían de ella.
-
-Ginés el guardián era por este tiempo un viejo seco, flaco, de nariz
-aguileña, afilada y roja, el pelo gris, el mentón saliente, con claros
-en la barba, y picado de viruelas. Gastaba anteojos de plata gruesos
-para leer.
-
-Solía usar á diario, fuera de las grandes ceremonias, calzón oscuro,
-media negra, zapatos rojos con hebillas de plata, balandrán de color
-negro pardusco, en la cintura una faja azul y encima una correa con
-ganchos, en los cuales fijaba varios manojos de llaves.
-
-Ginés tenía cerca de sesenta años. Conocía la catedral mejor que su
-casa.
-
-Era hombre de mucho gusto para la lectura, y muy liberal.
-
-Desde hacía tiempo, cuando concluía sus faenas, iba al cuarto del
-canónigo Chirino, se ponía sus anteojos de plata gruesos, compuestos
-con hilo negro, cogía algún libro y lo leía muy despacio. Cuando
-terminaba dejaba una señal, y al día siguiente comenzaba de nuevo la
-lectura. Lo que no entendía bien lo volvía á leer.
-
-Así había pasado cerca de un año con el _Teatro Crítico_, de Feijóo;
-pero se había enterado tan perfectamente de las opiniones y doctrinas
-del autor, que desde entonces podía pasar por un erudito.
-
-Su hija Dominica regañaba á su padre por su afán de leer.
-
---No sé para qué lee usted tanto, padre--le decía--. Deje usted eso á
-los que saben.
-
---Los que saben son los que leen--contestaba Ginés--; sean canónigos ó
-pertigueros.
-
-Ginés era viudo; la Dominica, su hija, estaba casada con un carpintero,
-constructor de ataúdes.
-
-La Dominica, la guardiana, mujer muy morena, juanetuda, fea, con una
-fealdad simpática, tenía unos ojos grandes, negros, muy expresivos y
-una sonrisa de bondad. Era muy activa y trabajadora y más fuerte que un
-hombre.
-
-La Dominica se ocupaba de limpiar la iglesia, y tenía también el cargo
-de funeraria. Ella se entendía con la familia del muerto para disponer
-cómo había de ser la caja, el coche, el número de hachones y la
-importancia del funeral, que se clasificaba en de tercera, de segunda,
-de primera, solemne y solemnísimo.
-
-La guardiana revelaba un gran espíritu de dominio. Casada á los treinta
-años, cuando todo el mundo creía que ya no se casaría, no había tenido
-hijos. Su marido, el carpintero constructor de ataúdes, era un buen
-hombre, fantástico y un tanto borracho.
-
-La Dominica, sentía gran amor por la catedral y por todo lo que tuviese
-relación con ella.
-
-A los canónigos que hospedaba en su casa los trataba como á hijos.
-
-Hablaba constantemente del canónigo Chirino, cuya ciencia y virtud
-habían quedado como legendarias.
-
-El buen señor éste era tan inútil para las cosas de la vida, que no
-sabía atarse un botón, afilar un lápiz ó tallar una pluma.
-
-La Dominica había sido el factótum de Chirino y del canónigo Rizo. Les
-atendía, les ordenaba como si fueran chicos.
-
-Una necesidad de mando tal no era cosa muy cómoda para la guardiana,
-porque la obligaba á trabajar como una negra.
-
-Todo lo contrario de ella se manifestaba Damián, su marido, el
-constructor de ataúdes. Este era vago, poltrón, ocurrente, y siempre
-estaba inventando pretextos para dejar el trabajo é ir á la taberna.
-
-El ser, además de carpintero, relojero de la catedral le permitía andar
-siempre de un lado á otro.
-
-Damián era chiquito, moreno, de cara muy correcta, pero de una
-expresión de rata. Era hombre de gran paciencia, domesticaba pájaros y
-toda clase de bichos. Tenía un cuervo, Juanito, que hablaba mejor que
-algunos hombres y que le conocía, y un gato negro, con ojos de oro, á
-quien Chirino había bautizado con el nombre fenicio de Astaroth.
-
-Este constructor de ataúdes solía ir á veces con Juanito en un hombro
-y Astaroth en el otro á beber con un compadre sepulturero, con quien
-tenía grandes amistades.
-
---A mí que no me den un armario ni una mesa que hacer--decía Damián á
-sus amigos cuando estaba inspirado--; lo que más me llena es hacer una
-caja fúnebre. Hay que ver la cantidad de filosofía que hay dentro de un
-ataúd... ¡ja... ja!
-
---¡Bah! No tanta como en una sepultura--saltaba el sepulturero su amigo
-que quería poner también muy en alto su profesión.
-
---¡Más, mucho más!--replicaba el carpintero dulcemente hundiendo su
-mirada en el oscuro amatista de un vaso de vino--. Yo, cuando veo las
-tablas que traen á mi taller, pienso: esto era un árbol que estaba en
-un bosque... ¡ja... ja!..., y en ese bosque había pájaros, alimañas,
-leñadores, serradores, y estos árboles los había plantado alguno. ¿Los
-había plantado alguno, ó habían crecido solos? No se sabe... ¡ja...
-ja!... ¡Qué filosofía! ¡Y los clavos! Estos clavos, que al clavarlos
-con el martillo la familia del difunto cree que suenan de otra
-manera... ¡ja... ja! ¡Superstición! ¡Superstición! Estos clavos los han
-trabajado en una fragua, donde saltaban chispas; han sacado el metal
-de una mina, donde andaban los hombres como los topos... ¡ja... ja! ¿Y
-la tela? Esa tela negra que se va á descomponer en la fosa, ¿de dónde
-viene? Viene de un telar, de una fábrica que quizá es un hormiguero...
-de gente trabajadora... ¡Qué filosofía tiene esto! ¡Ja... ja... ja, ja!
-
-Y Damián se reía, con una risa mecánica y triste.
-
---A mí si me sacan del ataúd, soy hombre muerto--añadía.
-
---Como á mí, si me sacan de la sepultura, no sé qué hacer, no le
-encuentro encantos á la vida--aseguraba el sepulturero.
-
---En esto nos diferenciamos del resto de los hombres, á quienes pasa
-todo lo contrario... ¡ja... ja... ja!--exclamaba Damián.
-
---Somos gente superior--añadía el sepulturero.
-
---Es que nuestros oficios tienen más fondo, más filosofía. El fondo de
-una fosa. ¡Hermoso fondo! ¿Vas á tener tú la insustancialidad de un
-peluquero? No. ¿Voy yo á compararme con un sastre? Tampoco. El hace una
-envoltura pasajera; yo no, yo la hago definitiva... ¡Ja... ja! ¡Qué
-filosofía tiene esto!
-
-Damián sentía tanto entusiasmo por los ataúdes, que echaba la siesta
-dentro de uno de ellos, vigilado por Juanito y por Astaroth.
-
-El enterrador admiraba á Damián. En cambio su mujer, la Dominica, le
-despreciaba y le dirigía constantemente una lluvia de sarcasmos, que él
-oía indiferente.
-
-En la casa del pertiguero lo más transcendental era la habitación del
-señor canónigo. La Dominica fregaba todas las semanas el suelo, y en el
-verano todos los días; limpiaba los cristales, sacudía los colchones y
-la alfombra, y pasaba el plumero por los libros.
-
-La habitación del canónigo, la mejor de la casa, era espaciosa y clara.
-La luz entraba en ella por un gran balcón y por una ventana pequeña.
-Esta ventana pequeña daba hacia la Hoz del Huécar que se veía sobre
-el solar de una casa derruída convertida en huerto. El huertecillo,
-limitado por cuatro tapias cubiertas de hiedras, estaba lleno de zarzas
-y de rosales silvestres.
-
-Tenía la habitación una chimenea de piedra con el hogar cubierto
-durante el verano por una mampara de papel vieja, con una estampa en
-colores desteñida, y dos bolas de cristal azul.
-
-En un ángulo estaba la cama, de madera, con colgaduras verdes
-descoloridas, y en las paredes, un armario de varios cuerpos, también
-con cortinas. El suelo era de ladrillos grandes, rojos, que se
-desmoronaban, y la pared, tapizada de un papel dorado, con arabescos
-negruzcos.
-
-Esta habitación canonical tenía seis sillas de damasco, ya tan ajadas,
-que apenas se podía notar su primitivo color, y un canapé de paja,
-con un almohadón rojo, completamente desteñido. Delante de la ventana
-pequeña, por donde el sol entraba al amanecer, había una vieja mesa
-tallada, y junto á ella, un sillón frailero con clavos dorados.
-
-Allí el canónigo Chirino pasó toda su vida dedicado á la lectura,
-mientras Astaroth, acurrucado, le contemplaba con sus ojos de oro.
-
-Unicamente al atardecer solía asomarse al balcón á contemplar las rocas
-de la Hoz del Huécar, que se veían desde allá, y á oír las oraciones
-del _Degollado_, á quien solía echar una moneda. La Dominica conservaba
-la habitación siempre limpia, pero no podía luchar con la polilla que
-corroía sus viejos muebles, ni con el olor á rancio que exhalaban los
-volúmenes alineados en los estantes.
-
-En vida de Chirino uno de los muebles más curiosos de su despacho era
-un gran reloj, que cuando murió el canónigo pasó al taller de Damián.
-Este reloj de pared tenía música y varias figuras que aparecían al dar
-las horas. En el péndulo, Caronte se agitaba en su barca, y en la orla
-de bronce que rodeaba la esfera, se leía: _Vulnerant omnes, ultima
-necat_. Damián, el marido de la Dominica, había arreglado el reloj y
-hecho que se movieran las figuras. Estas eran un niño y una niña, un
-joven y una doncella y un viejo y una vieja seguidos de la Muerte,
-representada por un esqueleto con su sudario blanco y su guadaña.
-Cuando desaparecían las edades de la vida seguidas de la Muerte, se
-abría una ventana y aparecía la Virgen. Al mismo tiempo que estas
-figuras pasaban por delante de la esfera del reloj sonaba una música
-melancólica de campanillas.
-
-Damián, que había visto el reloj parado, lo llevó á su taller, lo
-desarmó, lo volvió á armar y consiguió que marchase, que se moviesen
-los muñecos automáticos y funcionase la sonería.
-
-Chirino le dijo que al morir él, le dejaría el reloj como recuerdo,
-y, efectivamente, cuando desapareció el canónigo, Damián se apoderó
-del reloj y lo llevó al cuarto pequeño próximo al portal donde solía
-trabajar.
-
-Damián se encontraba en aquel cuarto satisfecho; el ataúd grande donde
-solía dormir la siesta, el armario con los ataúdes pequeños, el cuervo,
-el gato negro y el reloj; no podía pedir más. A no estar enterrado de
-verdad no era fácil alcanzar un mayor grado de perfección funeraria.
-
-Siempre que pasaba por delante del reloj del canónigo Chirino,
-Damián lo contemplaba con entusiasmo. Las guirnaldas de calaveras y
-tibias, entre flores, su carácter macabro y la salida de la Muerte
-le entusiasmaban. Se le antojaba una de las más bellas y geniales
-ocurrencias que podía haber salido de la cabeza de un hombre.
-
-Le habían dicho lo que significaba el letrero en latín, y le parecía
-admirable. _Vulnerant omnes, ultima necat_: Todas hieren; la última,
-mata.
-
-El constructor de ataúdes repetía la frase sonriendo, con un tono de
-salmodia triste como un cartujo el: Hermano, morir tenemos.
-
-Damián, y quizás también su cuervo, se extasiaban pensando en la
-profundidad de aquella sentencia.
-
- * * * * *
-
-Al llegar el penitenciario Sansirgue á ver la casa, le parecieron
-las condiciones de la Dominica muy buenas, y decidió quedarse allá,
-encargando á la guardiana que quitara dos ó tres armarios para dejar
-más espacio en el cuarto.
-
-Sansirgue examinó los libros de Chirino, vió muchos volúmenes de
-Historia, Cánones y Teología, que no le interesaban, y tomos de
-colección de sermones de predicadores célebres.
-
-Estos libros estaban señalados y anotados, así que era muy fácil y
-cómodo consultarlos.
-
-Siguiendo las indicaciones del penitenciario, que hizo una selección
-rápida, se quitaron tres cuerpos del armario, y se llevaron los libros
-en cestos á un cuarto interior.
-
-Hecho el traslado pedido, Sansirgue se instaló en la casa. Por diez
-reales al día la guardiana le daba la comida, la ropa y el fuego en el
-invierno. El penitenciario comería aparte de la familia, en la sala, y
-los domingos tendría un plato extraordinario.
-
-Segundito, un sobrino de Ginés, estudiante de cura, serviría al
-canónigo de paje para llevar cartas y hacer los recados.
-
-
-
-
-VI.
-
-DON VÍCTOR
-
-
-Además de Ginés el pertiguero, de la Dominica y de su marido, el
-constructor de ataúdes y relojero, vivía en la casa el cura amigo de
-Miguel Torralba. Este cura, sobrino de la mujer de Ginés, se llamaba D.
-Víctor, y era capellán de un convento de monjas.
-
-Don Víctor, á pesar de ser estudioso y listo, no había prosperado,
-quizás por falta de simpatía, quizás sencillamente por mala suerte.
-
-Era D. Víctor hombre pequeño, moreno, muy vivo de movimientos y de
-ademanes.
-
-Había estado algún tiempo en Madrid, hecho un viaje á Roma, y durante
-algún tiempo había sido secretario del obispo de Plasencia.
-
-Era el capellán hombre inteligente, trabajador, austero, á quien la
-injusticia había hecho quisquilloso. Se había encontrado siempre
-postergado, humillado, y en la lucha por la vida, adquirió una actitud
-de agresividad, más ó menos velada, poco simpática á sus superiores.
-Ya en su época de estudiante se distinguió por sus protestas contra
-sus profesores, imbéciles; luego tuvo que servir y obedecer á obispos
-orgullosos é ignorantes que trataban á los individuos del bajo clero
-como á criados.
-
-Quizás en ocasiones consideró sus votos sacerdotales como grillos, como
-eslabones de una cadena que le herían; pero aun así amaba la cadena
-martirizadora.
-
-El catolicismo, como todas las sectas cristianas, es en el fondo la
-escuela de la humillación. Su plan último consiste en quebrantar la
-individualidad. Su ideal, hacer del hombre _perinde ac cadaver_.
-
-Para el catolicismo la salud es soberbia, la confianza en sí mismo
-orgullo, el valor jactancia, todas las virtudes nobles son despreciadas
-y afeadas; en cambio, las miserias tristes se explican, se justifican
-y se alaban: el pecador humilde, el miserable humilde, el crapuloso
-humilde, el imbécil humilde siempre tienen su defensa y hasta su
-apología.
-
-Esta táctica de humillación, unida al espionaje, al servilismo y á la
-pedantería, ha sido la seguida siempre en los seminarios: la táctica
-de la Compañía de Jesús cuando al hombre de valer de su sociedad ha
-antepuesto un estólido cualquiera para mortificar la soberbia del
-primero.
-
-Don Víctor notó en el seminario y fuera del seminario la antipatía que
-producía.
-
---¿Cómo?--pensaban sus superiores. ¿Este hombre de clase humilde,
-cree que sabe latín? ¿que sabe teología? ¿que es capaz de predicar
-elocuentemente? Arrinconémosle. Que aprenda á tener humildad.
-
-Aprender á tener humildad, quiere decir: aprender á estar descontento,
-á ser miserable, á ser vil.
-
-Este fondo de rencor que guarda el cristianismo á todo lo noble, lo
-sereno, lo tranquilo, viene sin duda de su tradición semítica, de los
-siglos en que vivió en las leproserías y en los suburbios de Roma, en
-los agujeros infectos donde se corrompían los parias y los esclavos.
-
-Don Víctor, como hombre de cierta sensibilidad, sufrió grandes choques
-en su carrera. En Madrid tuvo que alternar con curas cortesanos que se
-burlaron de él, de su pedantería y de sus latines.
-
-Don Víctor, al volver á Cuenca, hizo el descubrimiento al ver á sus
-antiguos condiscípulos y compararse con ellos, que él, como los demás,
-tenían los mismos lugares comunes de expresión, los mismos gestos y
-ademanes aprendidos en el seminario. Todos imitaban, sin querer, á un
-profesor de teología y casi decían las mismas frases en latín, y todos
-se ponían las manos en el abdomen y daban palmaditas una sobre otra.
-
-Don Víctor, al notarlo, hizo un gran esfuerzo para cambiar sus frases
-de cajón y suprimir estos ademanes que eran los bienes mostrencos
-obtenidos en el seminario, y lo consiguió.
-
-Don Víctor, en Cuenca, apenas podía sostenerse con el sueldo mísero
-que le daban las monjas y con el pequeño estipendio de la misa, y fué
-á vivir á casa de la Dominica, que era algo pariente suya. Por cinco
-reales la guardiana le tenía de huésped y el cura vivía como si fuera
-de la familia.
-
-La Dominica oía las quejas de D. Víctor y le recomendaba siempre que
-cediese á sus superiores; pero D. Víctor se irritaba y echaba largos
-y pedantinos discursos empedrados de latinajos: _Odi profanum vulgo_,
-decía con frecuencia, y para elogiar su pobreza repetía: _Omnia mecum
-porto_ (llevo todos mis bienes conmigo).
-
-Don Víctor era un temperamento batallador y amigo de luchar.
-
-No tenía el espíritu filosófico y generalizador necesario para ver las
-grandes injusticias sociales, pero en cambio las pequeñas injusticias
-de detalle le herían y le mortificaban.
-
-Lo sancionado por la fuerza de la costumbre, aunque fuera una
-enormidad, siempre le parecía bien; la transgresión nueva le indignaba.
-
-Don Víctor era atrevido y valiente. En un período de guerra no hubiese
-tenido inconveniente en lanzarse al monte.
-
-A pesar de haber sido laminado y destrozado por la educación
-teocrática, D. Víctor era archiabsolutista y teócrata; creía que la
-iglesia debía ser _Imperium in imperio_, y que era ella la única
-encargada de dirigir la vida de los hombres hasta en sus más pequeños
-detalles.
-
-Don Víctor y Ginés se entendían bien. Discutían y á veces se
-insultaban, porque Ginés se sentía bastante anticlerical. Ginés
-le llamaba á D. Víctor curiato, clericucho, y D. Víctor le decía
-chupacirios, sacaperros, menos cuando le quería halagar, porque
-entonces le llamaba _fortunate senex_, y algunos otros elogios en latín.
-
-Don Víctor era hombre aficionado á paseos solitarios; salía por la
-tarde á las afueras y volvía al anochecer curioseando, mirando al fondo
-de las tiendas, de las tabernas y de las botiguetas de las calles.
-
-
-
-
-VII.
-
-LA BIBLIOTECA DE CHIRINO
-
-
-El cuarto que la Dominica destinó á D. Víctor en su casa fué un
-guardillón bajo de techo y lleno de armarios, que tenía dos ventanas
-enrejadas abiertas sobre el solar de la casa derruída, convertida en
-huerto.
-
-Este camaranchón grande, la mitad sin cielo raso y parte sin suelo,
-había sido el depósito de la biblioteca del canónigo Chirino, el
-sitio donde éste almacenaba sus libros. Había allí muchos volúmenes,
-probablemente cuatro ó cinco mil, unos metidos en los armarios, otros
-apilados en el suelo, todos llenos de polvo.
-
-Don Víctor, al llegar á casa del pertiguero, conocía los libros
-estudiados por él en su carrera, pero nada más. El tener allí otros
-á mano le indujo á leerlos, primero sin mucha gana, luego con gusto,
-después con pasión, hasta hundirse en la biblioteca de Chirino como un
-centauro en un bosque ó un tritón en las olas de un mar antiguo.
-
-Tras de muchas investigaciones, D. Víctor encontró el catálogo de la
-biblioteca del canónigo. En la que había sido su habitación principal,
-la que luego ocupó Sansirgue, tenía el difunto canónigo los libros
-clásicos de un cura erudito; en el depósito, que habitaba ahora D.
-Víctor, estaban los libros de historia, de filosofía y de moral,
-algunos encuadernados sin rótulo.
-
-Don Víctor comenzó por leer tratados de confesión, obras de casuística
-de los Padres Escobar, Sánchez, Molina, el Salmanticense y otros
-célebres teólogos fundadores de la moral laxa de los jesuítas. Al
-hojear estos libros le sorprendieron las notas de Chirino contra los
-autores. También le asombró leer las burlas que dedicaba á las Cartas
-del filósofo rancio del padre Alvarado.
-
-¿Sería el canónigo Chirino, muerto casi en olor de santidad, un hereje?
-
-Don Víctor se propuso averiguarlo y seguirle en sus notas con el celo
-de un inquisidor.
-
-Al principio había considerado su cuarto como un rincón, únicamente
-bueno para dormir; después comenzó á encontrarlo un lugar admirable de
-esparcimiento, mandó poner cristales á las rejas, que no tenían más
-que maderas, y encargó al marido de la Dominica una camilla para leer
-delante de la reja con los pies calientes.
-
-Don Víctor metía el brasero debajo de la mesa y se ponía á
-leer. Comenzó á mirar uno por uno los libros de la biblioteca,
-principalmente los anotados por el canónigo.
-
-En casi todos ellos Chirino había puesto notas marginales, casi siempre
-racionalistas y burlonas.
-
-El canónigo se valía de ingeniosos anagramas para despistar á
-cualquiera en cuyas manos, por casualidad, cayera uno de sus libros.
-
-La idea del anagrama vino á la mente de D. Víctor al comprender qué
-escritor se ocultaba en las notas de Chirino con el nombre de Viralteo.
-
-Al principio D. Víctor, que no conocía á los filósofos racionalistas,
-supuso que Viralteo sería uno de tantos, después miró este nombre en el
-Teatro Crítico de Feijóo, y no lo encontró. Pensando en Viralteo, vió
-que podía descomponerse en: _¡O alte vir!_ (¡oh alto varón!).
-
-Estuvo pensando quién podría ser este alto varón, hasta que comprendió
-era el anagrama de Voltaire. Vió también que E. Moras era Erasmo, y que
-así estaban disfrazados muchos nombres.
-
-Hallados unos, supuso que toda palabra sin sentido claro que el
-canónigo ponía en sus notas marginales había que descomponerla,
-buscarle un significado esotérico y así encontró los anagramas de la
-Religión, Dios, clero, etc., empleados por Chirino. Muchas veces para
-indicarlos no ponía más que la inicial.
-
-Las notas del canónigo Chirino sorprendían á D. Víctor. ¡Qué curiosidad
-la de aquel hombre! Filosofía, matemáticas, ciencias naturales,
-viajes, todo lo había leído en su rincón y todo lo había comprendido.
-
-Para D. Víctor, el canónigo Chirino era un amigo y un enemigo.
-
---¡Ah, canalla!--exclamaba.--¡Cómo te ocultas! ¡Cómo te defiendes!
-
-El canónigo Chirino hacía juegos malabares en sus notas. Muchas veces
-interrumpía un pensamiento puesto al margen de una página y lo seguía
-en otra.
-
-Don Víctor comprendía la eficacia de la inquisición para ahogar este
-sentido de crítica y de duda.
-
-Chirino era uno de esos espíritus agudos, inquietos, vulnerantes,
-educados en las marrullerías de los casuístas, por los que tenía un
-odio y un desprecio terribles.
-
-Varias veces D. Víctor encontraba referencias á libros que no se
-hallaban en la biblioteca con la indicación de la página.
-
-Por las notas del canónigo esto parecía indicar que se encontraban allí
-y que los había consultado; sin embargo, D. Víctor no daba con ellos.
-
-Don Víctor hizo una nueva requisa y no encontró nada, hasta que por
-casualidad, empujando una tabla del fondo de un armario, ésta corrió un
-poco. Don Víctor agrandó la abertura y apareció una alacena formada en
-el hueco de la pared y llena de libros.
-
-Estaban allí las obras de Spinoza, el _Entendimiento Humano_, de Locke;
-el _Diccionario filosófico_, de Voltaire; las _Cartas provinciales_,
-de Pascal; _El Espíritu del Clero_ y _La impostura Sacerdotal_, del
-barón de Holbach; _Los Coloquios_ y el _Elogio de la Locura_ de Erasmo;
-el _Espíritu_, de Helvetius; la _Historia natural del alma_, de La
-Mettrie; el _Diccionario Crítico-burlesco_, de Gallardo, y otras obras
-francamente antirreligiosas.
-
-En esta alacena había también una colección de folletos y periódicos
-franceses y españoles liberales y varios números del _Amigo del
-Pueblo_, de Marat.
-
-En las notas de estos libros escondidos, el canónigo Chirino aparecía
-ya claramente como un incrédulo simpatizador de los enemigos de la
-Iglesia: espíritu satírico y zumbón que no respetaba nada.
-
-Don Víctor ante esta colección de libros prohibidos por la Iglesia
-vaciló en leerlos; pero decidido se lanzó á ellos.
-
-Para D. Víctor tuvieron aquellas obras el gran encanto de ser fruta
-prohibida.
-
-La impresión que le produjo la lectura del _Diccionario filosófico_, de
-Voltaire, fué imborrable. La proximidad que tenían para Voltaire las
-controversias religiosas hacía que D. Víctor leyera la obra como un
-escrito del día.
-
-Aquella anécdota que cuenta tan graciosamente Voltaire, en la que
-Pico de la Mirandola dice al propio Papa Alejandro VI que cree que su
-Santidad no es cristiano, y el Papa reconoce de buen grado lo que dice
-Pico, le dejó atónito.
-
-A pesar de que D. Víctor comprendía la sagacidad, la erudición y el
-buen sentido de Voltaire, no quería seguirle, y le indignaba como una
-cosa personal, como una injuria hecha á la familia, la veneración del
-canónigo Chirino por él. Chirino acompañaba al patriarca de Ferney en
-sus notas marginales con una unción, con un respeto que irritaban á don
-Víctor. Apenas se atrevía á indicar una inexactitud y á señalar algún
-ligero olvido de su ídolo.
-
---Lo que no concede á los doctores de la Iglesia, lo concede á
-Voltaire--decía amargamente don Víctor.
-
-Y esto le molestaba más que como una herejía, como una traición al
-espíritu de cuerpo, tan fuerte en los curas.
-
-
-
-
-VIII.
-
-SU MAJESTAD EL ODIO
-
-
-El nuevo penitenciario, D. Juan Sansirgue, se estableció á sus anchas
-en casa de Ginés Diente el pertiguero. Pronto se vió no era de la raza
-de los hombres como el canónigo Chirino, aficionados á la lectura y á
-la soledad.
-
-Sansirgue pasaba poco tiempo leyendo en su despacho; comía mucho, bebía
-bien, escribía con frecuencia largas cartas y á todas horas se le veía
-entrar y salir en el palacio del obispo.
-
-Sansirgue no tenía la amabilidad de Chirino ni la llaneza de Rizo. No
-se paraba un momento en el taller de Damián, ni acariciaba á los chicos
-en la calle, ni quiso dar una limosna al _Degollado_, que se pasó
-varias horas por la tarde cantando oraciones á la puerta. Sansirgue
-ahuyentó de su cuarto al espíritu familiar de la casa, al infernal
-Astaroth, con su traje negro y sus ojos de oro.
-
-Sansirgue no quiso tampoco tener intimidad con familia del pertiguero.
-Supo que en casa de la Dominica había un capellán de un convento de
-monjas de huésped; pero no le dió importancia ni pensó en conocerle, ni
-menos en convidarle alguna vez á su mesa.
-
-Don Víctor no le perdonó el desvío, y desde aquel momento comenzó á
-sentir por el penitenciario uno de esos odios clericales profundos y
-contenidos.
-
-Don Juan y D. Víctor tenían que sentirse hostiles. D. Juan, hombre
-de suerte, al mes de estar en Cuenca entraba en todas partes, tenía
-influencia, era de los familiares del obispo y subía como la espuma; en
-cambio, D. Víctor parecía la representación de la desdicha.
-
-Una de las cosas que indudablemente se refleja mejor en el rostro es el
-éxito ó el fracaso.
-
-La fisonomía del penitenciario tomaba una expresión de contento y de
-triunfo á medida que adquiría importancia; en cambio, la del capellán
-de monjas era un puro vinagre. Su nariz iba adquiriendo el aspecto de
-un pico, y su color verdinegro se hacía cada vez más obscuro y bilioso.
-
-Don Víctor, que columbraba desde una de las rejas de su cuarto la
-habitación de Sansirgue, comenzó á espiarle. Le veía pasear, escribir
-cartas, fumar sentado en la butaca. Si el penitenciario predicaba,
-sabía de dónde había tomado las frases de su último sermón, las citas
-que había equivocado y los errores de concepto que había vertido.
-Sabía, además, quién le visitaba y lo que hacía hora por hora.
-Sansirgue era muy visitado y consultado.
-
-El penitenciario era un hombre caído con buen pie en la ciudad. En
-su confesonario las señoras hacían cola para confesarse con él; en
-el púlpito había tenido gran éxito. Se le consideraba como orador de
-fuerza. Era de los predicadores que gritan y apostrofan, y que son los
-más admirados. El público de los sermones no acepta más que el sermón
-almibarado ó el colérico, y, generalmente, éste le gusta más.
-
-Sansirgue extremaba su nota colérica; era de los declamadores
-dionisíacos, insultaba, amenazaba, arrastraba por el fango á sus
-oyentes, sobre todo á las mujeres, para quienes manifestaba su mayor
-desprecio.
-
-La figura tosca y plebeya de aquel hombre, sus gritos, sus apelaciones
-á la cólera divina entusiasmaban. Cuando golpeaba el púlpito con
-sus manos de patán y pintaba los horrores del infierno, las mujeres
-suspiraban y se oían lamentos y quejidos ahogados en el ámbito de la
-catedral.
-
-Este sentido de esclavitud, propio de la mujer y más de la mujer
-católica, hizo que las señoras de Cuenca se entusiasmasen y se
-acercasen con admiración á aquel ensoberbecido patán.
-
-Uno de los sitios donde fué presentado y recibido con entusiasmo
-Sansirgue fué en casa de Doña Cándida, la madrastra de Asunción.
-
-El penitenciario, al conocer aquella mujer, vió pronto su flaco.
-Poseía Sansirgue esa sagacidad que los hombres de iglesia, y sobre
-todo los jesuítas, han desarrollado en la práctica del confesonario;
-tenía también la mala opinión que los curas tienen casi siempre de las
-mujeres, opinión que según los bromistas proviene de la comunidad de
-faldas.
-
-La intimidad entre Doña Cándida y Sansirgue fué haciéndose mayor; el
-penitenciario tomó la costumbre de ir á la casa de la Sirena todos
-los días por las mañanas y después al anochecer, y por la puerta del
-callejón, para que no le viesen.
-
-No era seguramente raro ni extraño en un pueblo de clerecía el que un
-cura visitara á una señora rica, ni aun siquiera que la galantease;
-lo que sí pareció extraordinario fué que inmediatamente se comenzara
-á murmurar y á contar mil cuentos en todo el pueblo de las relaciones
-entre Doña Cándida y el canónigo.
-
-La causa de una expansión tan rápida de la maledicencia se debió á una
-vecina y antigua amiga de la Cándida, que tenía una confitería frente
-por frente de la casa de la Sirena.
-
-La confitera había prestado al abuelo de Asunción, D. Diego Cañizares,
-por dos veces, cinco mil pesetas en hipoteca sobre la casa de la Sirena
-en pacto de retroventa, y ya la miraba como suya.
-
-El tener la hermosa casa de piedra sillería delante había dado á la
-confitera una gran ambición de poseerla. Había hecho sus proyectos
-de trasladar su establecimiento á casa de la Sirena, ensanchar el
-taller y alquilar los pisos altos. Este plan, acariciado días y noches
-con tenacidad en la calma de la vida provinciana, se frustró y se
-desvaneció al casar D. Diego á su hijo con la Cándida.
-
-El _Zamarro_ proporcionó el dinero necesario para levantar la hipoteca,
-y su hija se quedó á vivir en casa de la Sirena.
-
-Desde entonces la confitera dedicó á su antigua amiga el más
-profundo odio; consideraba que le había robado la casa. De la rabia,
-enflaqueció, palideció, quedó hecha un espectro.
-
-La confitera comenzó á tratar á su marido, que era un pobre calzonazos,
-alto y triste, á puntapiés.
-
-Por envidia y por celos, día y noche se puso á espiar á la Cándida
-desde el fondo de la tienda y desde las ventanas de su primer piso.
-La veía vestirse, peinarse, adornarse; aquilataba los detalles más
-pequeños de la indumentaria y del tocado. La Cándida no sospechaba que
-en la casa de enfrente latiera un odio tan profundo contra ella.
-
-En estos pueblos tranquilos, donde pasan pocas cosas ó no pasa nada,
-fermenta el odio y la envidia con una enorme virulencia.
-
-En la vida de las ciudades y de los pueblos pequeños apenas se da un
-caso de amor fuera de inclinación sexual; en cambio el odio inmotivado
-crece con una lozanía extraordinaria.
-
-El ingenuo que descubre este fondo de odio se pregunta: ¿Qué motivo
-puede haber para ello? Ninguno. El motivo de existir otros hombres y
-otras mujeres es suficiente.
-
-Es curioso cómo se odia en los pueblos, y cómo, debajo de la farsa
-cristiana de la caridad y del amor al prójimo, aparece de la manera
-más descarnada y terrible la envidia y el odio. Probablemente, sólo la
-vanidad y el deseo de lucir pueden mitigar este odio nacido del fondo
-del hombre.
-
-La exaltación de las pasiones sociales es, sin duda, lo único que ha de
-moderar el egoísmo.
-
-La mayor posibilidad de que el rico propietario sea un tanto humano es
-que se sienta vanidoso. Así, si tiene hermosos caballos, querrá que los
-vean los demás; si posee un bello parque, hará que la gente lo pueda
-contemplar; en cambio, el buen rico, cristiano, modesto y no vanidoso,
-cerrará su huerto con una alta tapia, y además la erizará de pedazos de
-cristal.
-
-Hay que reconocer que esta predicación cristiana, con su palabrería
-mística, al cabo de veinte siglos no ha conseguido no ya que los
-hombres se amen un poco los unos á los otros, sino ni siquiera que esos
-pobres ricos cristianos no pongan unos agudos pinchos y unos hermosos
-cristales en las tapias de sus propiedades para desgarrar las manos de
-los rateros y de los vagabundos que intenten coger una fruta.
-
-En los pueblos donde no hay apenas pasiones sociales el odio y la
-envidia predominan.
-
-Si se pudiera recoger la oleada de rabia y de rencor contenida en
-una aldea ó en una ciudad pequeña, se quedaría uno asombrado. En las
-grandes ciudades hay, sin duda, más vicios, más irregularidades y
-anomalías; pero tanta cantidad de odio, tanta virulencia, imposible...
-
-Las dos personas que olfatearon al momento la intimidad de la Cándida y
-Sansirgue fueron las dos personas que más les odiaban: la confitera y
-don Víctor.
-
-La confitera contó á todo el mundo lo que había visto: las entradas en
-la casa, á escondidas, de Sansirgue; las cartas que se cruzaban entre
-la viuda y el canónigo, las golosinas, y sobre todo, la cantidad de
-anisete y de licores que llevaba Adela, la doncella, para su ama.
-
-La confitera propaló la voz de que Doña Cándida era aficionada al vino
-y á los licores. Una semana después, todo el mundo en Cuenca llamaba á
-la Cándida la _Canóniga_, decía que era borracha y que estaba enredada
-con el penitenciario.
-
-Años antes había habido una obispa; luego, una capuchina; después, una
-vicaria, y por último, una canóniga.
-
-Para pueblo de clerecía, no era mucho.
-
-
-
-
-IX.
-
-UN ROMANCE ANÓNIMO
-
-
-Desde que Miguelito cambió de vida y formalizó sus relaciones con
-Asunción iba con mucha frecuencia á ver al cura D. Víctor y á charlar
-con él.
-
-Los amigos del ex calavera lo habían abandonado, y tomaron como cabeza
-del grupo al capitán Lozano, un jugador empedernido, borracho, alegre é
-inconsciente.
-
-El escudero Garcés vagaba por Cuenca, como alma en pena, sin saber qué
-hacer, y cuando estaba muy apurado pedía á su antiguo amo un par de
-pesetas para ir pasando.
-
-Don Miguelito y D. Víctor hablaron varias veces de lo que se empezaba á
-murmurar de la Cándida y del penitenciario.
-
-Miguelito se alarmaba pensando en su novia, colocada entre el odio de
-la madrastra y de la abuela. Suponía que cualquier día Doña Gertrudis
-iba á provocar un escándalo á la _Canóniga_.
-
-Don Víctor se dedicó á espiar á Sansirgue. Lo consideraba peligroso.
-
-Desde su cuarto podía oírle, y desde la reja verle á través del patio.
-
-Conocía los hábitos del canónigo.
-
---_Latet anguis in herba_--decía D. Víctor, y pensaba que aquella
-serpiente escondida entre la hierba había de hacer algún daño y
-producir grandes males.
-
-Un día D. Miguelito contó á su amigo D. Víctor que doña Gertrudis había
-tenido al fin una explicación borrascosa con la Cándida.
-
-En su disputa se dijeron las dos cosas muy duras. D. Víctor, en parte
-por mala intención, y también por favorecer á su amigo, escribió
-un romance, del que pensó hacer tres copias, y mandarlas una á la
-Cándida, otra al obispo y otra á Sansirgue. El romance se llamaba _A la
-Canóniga_, y empezaba así:
-
- En un caserón vetusto
- más alto que la Mangana,
- más negro que un solideo
- y un escudo en la fachada
- con un sol, una sirena,
- dos dardos y una granada,
- una vieja pergamino,
- siete lustros en cada anca,
- echando lumbre los ojos
- y temblándole la barba,
- á su zamarresca nuera
- enderezó esta soflama:
- "Nunca fueron tradiciones
- de las fembras de mi casa
- servir en la clerecía
- á tenor de barraganas.
- Nunca doncellas ni viudas,
- ni casadas, sin ser santas,
- fueron _viribus et armis_
- sin gracia canonizadas.
- Non son los limpios blasones
- de vieja estirpe _fidalga_
- el contar en ella obispas,
- canónigas ni vicarias".
-
-Después de largas insinuaciones malévolas, en que aparecían D. Juan y
-la _Canóniga_, concluía diciendo la vieja á su nuera en el romance del
-cura:
-
- "Marchad, señora canóniga,
- al cabildo ó á la tasca,
- que si no os marcháis aína
- yo os echaré noramala".
-
-Terminado y corregido el borrador, D. Víctor hizo las tres copias,
-desfigurando la letra, las escribió en trozos de papel antiguo, y las
-envió al obispo, á la Cándida y al penitenciario.
-
-Al día siguiente se puso á estudiar el efecto.
-
-El canónigo volvió de la catedral tarde; estaba preocupado. Después de
-comer no salió de casa, y anduvo paseando arriba y abajo por el cuarto.
-
-Sansirgue, al leer el romance, quedó al principio atónito; después se
-puso á cavilar quién podía ser el autor de estos versos.
-
-Su instinto le decía que aquel papel provenía de algún clérigo.
-¿Pero de quién? No tenía ningún enemigo, no conocía tampoco á nadie
-aficionado á satirizar en verso á la gente. El que había escrito
-aquéllos había, sin duda, leído é imitado los romances de Quevedo.
-
-El autor de _A la Canóniga_ demostraba una malevolencia grande, cierta
-facilidad de pluma que no tenían sus colegas, y un desprecio por el
-clero poco natural.
-
-Por exclusión, vino á creer Sansirgue que el autor del romance era
-Miguelito Torralba. No podía comprender una imprudencia así en D.
-Miguelito. Sin embargo, no encontraba otro á quien achacar la culpa.
-Miguel había escrito antes _Las Comadres de Cuenca_ en el mismo estilo;
-él, sin duda, era el autor de los versos _A la Canóniga_.
-
-Sansirgue quedó preocupado y asustado. Al mismo tiempo sintió un feroz
-instinto de vengarse.
-
-Se veía cazado como un conejo; comprendía que había dado un mal paso,
-que su carrera podía truncarse. Como buen plebeyo ansioso de una
-posición elevada, temblaba pensando en la opinión ajena, y este miedo
-le excitaba más la furia vengativa.
-
-¡Ah! ¡Si hubiera conocido al autor! ¡Se hubiera lanzado á él á
-deshacerlo, á pulverizarlo! D. Juan supo que la Cándida había recibido
-un papel igual, y Portillo el secretario del obispo, amigo de
-Sansirgue, le entregó, sonriendo con cierta sorna, otro.
-
-El penitenciario estuvo ocho días inquieto, entregado al miedo, á la
-desesperación y á la ira. D. Víctor le oía pasear arriba y abajo, como
-un lobo en la jaula.
-
-Sansirgue dejó de ir á casa de la viuda: temía mucho que ésta hiciese
-alguna tontería comprometedora; pero la Cándida discurría como mujer,
-y como mujer solicitada y guapetona; y al ver que el canónigo la
-abandonaba aceptó los homenajes del capitán Lozano, el jefe de los
-calaveras del pueblo, y sustituto en este transcendental puesto de D.
-Miguelito.
-
-Sansirgue, que no tenía afecto ninguno por la viuda, se alegró.
-
---La viuda se entiende con el capitán--le dijo Portillo á Sansirgue,
-unos días después--. Aproveche usted esta conyuntura. Escríbala usted,
-hágase usted antipático á ella, y luego visítela usted.
-
-Sansirgue escribió un anónimo á la Cándida, acusándose á sí mismo de
-que hablaba mal de ella.
-
-A los pocos días la hizo una visita. La Cándida le recibió muy
-mal y Sansirgue salió cariacontecido. En varios sitios manifestó
-hipócritamente su tristeza al ver que no había podido llevar por buen
-camino á la viuda, y mucha gente lo creyó.
-
-
-
-
-X.
-
-LA JUNTA REALISTA
-
-
-Cuando en 1822 se fué viendo en España el fracaso y la debilidad del
-Gobierno Constitucional, comenzaron á formarse juntas absolutistas en
-casi todas las capitales de provincia.
-
-En Cuenca se constituyó la Junta Realista en el obispado. El obispo, un
-viejo raído y rapaz, puso la diócesis á contribución; recibió dinero
-de la provincia y de fuera, y guardando parte, entregó cincuenta mil
-reales para los primeros trabajos de los realistas puros.
-
-El secretario Portillo comenzó la organización de la Junta, de la que
-formaron parte los canónigos Salazar, Gamboa, Perdiguero, Sansirgue,
-Trúpita y Sagredo.
-
-Todo el clero y las personas visibles de la ciudad se adhirieron á la
-Junta.
-
-La ciudad alta, en bloque, se manifestó absolutista y enemiga del
-Gobierno; en el arrabal se experimentó cierta agitación entre los
-constitucionales que se desvaneció en figuras retóricas de la época.
-
-Como el obispado y el clero temían la responsabilidad, en caso
-de fracaso, la Junta delegó sus poderes en tres representantes ó
-testaferros que se pondrían en comunicación con la gente.
-
-Después de muchas vacilaciones fueron nombrados: el Chantre, brazo de
-Portillo, para entenderse con el clero; D. Miguelito, para avistarse
-con el elemento civil, y el capitán Lozano, para el militar.
-
-Esta comisión comenzó á funcionar y á reunirse en una casa antigua
-medio arruinada de la calle de los Canónigos, en cuya puerta, en el
-dintel, se leía una hermosa inscripción en letra gótica. Esta casa
-había pertenecido al Arcipreste de Moya.
-
-La comisión terminó sus gestiones rápidamente; y en la segunda sesión
-de la Junta Realista, celebrada en el obispado, cada uno de los
-delegados explicó sus trabajos.
-
-El Chantre dijo que había recibido más de quinientas cartas de curas de
-pueblo dispuestos á lanzarse al campo, formando partidas. Aun pensaba
-que llegarían á más las adhesiones.
-
-El obispo prometió dar otros cincuenta mil reales para que se compraran
-armas, y que además, dirigiría una pastoral comunicada á los curas de
-la diócesis.
-
-Después del Chantre, D. Miguelito explicó su gestión. Excepto el jefe
-político, todos los demás empleados estaban dispuestos á derribar el
-Régimen constitucional.
-
---Las condiciones que ponen son éstas--señaló Miguel--: El contador de
-la policía quiere ser ascendido á comisario ordenador; el Cachorro,
-Salinier y Alaminos dicen que fiarán el dinero necesario si se les
-nombra después intendentes de ejército; José Auzá aspira á ser
-contador de la policía; el armero de la Ventilla, el _Zagal_, dice
-que proporcionará armas á los voluntarios si le conceden el retiro de
-sargento á que tiene derecho; los demás empleados y paisanos adheridos
-están en esta lista cada cual con sus condiciones.
-
-Después de D. Miguelito habló el capitán Lozano. Este no había
-tenido dificultades: la guarnición se hallaba dispuesta á pasarse
-al campo realista desde el momento que hubiese garantías de éxito.
-Las condiciones eran: el coronel sería ascendido á general; los dos
-comandantes del batallón, á jefes de brigada; los capitanes Lozano,
-Arias y Vela, á comandantes; los tenientes, á capitanes, y los
-sargentos, á oficiales.
-
-Aprobados en la Junta los trabajos de los delegados, siguieron éstos
-maniobrando; el pueblo lo tenían por suyo: los dos secretarios de
-policía y los tres celadores obedecían á la Junta Realista más que al
-jefe político.
-
-El pueblo entero estaba preparado para levantarse contra el Gobierno á
-la primera señal.
-
-
-
-
-XI.
-
-UN SERMÓN DE SANSIRGUE
-
-
-Siendo éste el espíritu de las personalidades de Cuenca, no era de
-extrañar que la plebe fanática y brutal se encontrase soliviantada.
-
-Al saberse la expedición de Bessieres y de los demás cabecillas
-realistas hacia el centro de España, la gente se alborotó.
-
-Contribuía á ello la época, que era de Cuaresma, y la cruzada que
-los curas, y sobre todo los frailes, hacían desde los púlpitos y
-confesonarios.
-
-Era una oratoria de energúmenos la que utilizaban los frailes en
-sus sermones: gritos, pasmos, insultos, chocarrerías, absurdos,
-todo se consideraba como buen medio para atacar el liberalismo y la
-Constitución.
-
-Cuál sería el sistema de predicación frailuna, que los curas más
-fanáticos quedaban como tibios y poco fervorosos en la defensa de las
-prerrogativas del trono y del altar.
-
-El secretario Portillo, que no encontraba bien que el clero secular
-fuese así oscurecido por el regular, encargó al canónigo magistral
-Gamboa pronunciara un sermón enérgico. El magistral quiso hacerlo; pero
-le faltaban medios oratorios: tenía la voz seca, el ademán frío, y el
-público no se entusiasmó con su oración.
-
-Entonces Portillo encargó á Sansirgue otro sermón, recomendándole diera
-la nota aguda.
-
---Aunque se comprometa usted un poco no le importe--dijo Portillo--. El
-Gobierno no se atreve con nosotros.
-
---No le tengo miedo.
-
---Puede usted desmandarse impunemente. Hágalo usted así como si las
-frases se le escaparan á usted involuntariamente, _ex abundantia
-cordis_. Le conviene esto. Con la alocución la gente olvidará las
-hablillas de las que doña Cándida y usted han sido víctimas.
-
-Esta palabra víctimas, el secretario del obispo la recalcó con cierta
-ironía.
-
-Sansirgue aceptó el pensamiento de Portillo y se puso á preparar
-su plática, tomando párrafos de aquí y de allí, en la colección de
-sermones que guardaba Chirino. Escribió el comienzo y el final de su
-discurso y se los aprendió de memoria.
-
-El secretario hizo correr la voz por el pueblo de que el sermón del
-penitenciario produciría gran efecto, y el domingo el público llenó la
-catedral.
-
-Don Víctor fué de los que con más atención contempló á su orgulloso
-compañero de hospedaje. Estaba con Miguel y Luis Torralba cerca de una
-columna de la nave central.
-
-Subió Sansirgue las escaleras del púlpito con un aire de orgullo, de
-terquedad y de dominio.
-
---Es un patán que va á trabajar al campo--dijo D. Víctor--no el
-inspirado que se dispone á hablar al pueblo desde la montaña.
-
-Comenzó su discurso Sansirgue con una voz ronca y áspera que quería ser
-insinuante. No dominaba bastante la técnica oratoria para redondear los
-períodos, ni se valía con oportunidad de los silencios estudiados y
-sabios, ni tenía ademanes sencillos; no sabía hacer un sermón de orador
-artista, pero estuvo relativamente bien.
-
-Rezó después, y al levantarse comenzó la segunda parte del discurso.
-Se vió aquí que ya no repetía lo aprendido de memoria, sino que
-improvisaba. Las oraciones salían á veces cojas y defectuosas, las
-repeticiones abundaban; pero la temperatura del sermón subía y
-llenaba la nave de la catedral. La cólera daba elocuencia y fuerza al
-penitenciario. Su voz se había entonado, caldeado, y vibraba en el
-ámbito de la iglesia como una trompeta guerrera.
-
-Dijo que los liberales eran ateos, sacrílegos, impíos, vasos de
-todo crimen é impureza, dignos de los mayores tormentos, serpientes
-venenosas, perros sarnosos; que la Filosofía era la ciencia del mal,
-que con los impíos no se debía tener unión ni en el sepulcro.
-
-Pintó á los liberales como monstruos que se acercaban traidora y
-cobardemente á atacar el trono y el altar, y exhortó á los fieles á que
-salieran á la defensa de los sacrosantos principios de la Religión y de
-la Monarquía con todos los medios y con todas las armas.
-
-Esta segunda parte de su oración la dijo Sansirgue con una violencia
-extraordinaria, gritando y levantando los brazos al cielo, dando
-puñetazos al borde del púlpito. Parecía que quería clavar sus ideas á
-golpes de martillo en la cabeza de los fieles.
-
-Sansirgue, después de esta hora de gritos é improperios, sudaba
-y estaba sofocado. Su silueta fuerte y sanguínea aparecía roja y
-congestionada en el púlpito.
-
-Concluída su catilinaria, el canónigo tuvo un largo silencio y siguió
-de nuevo el sermón, ya con voz suave y cansada; comentó la frase
-del padre Alvarado, el filósofo rancio: "Más queremos errar con San
-Basilio y San Agustín que acertar como Descartes y Newton"; y afirmó
-que la verdad en boca de un filósofo liberal es siempre el error y la
-impostura, y el error en boca de un ministro del Señor puede ser la
-verdad. Con esto y una invocación á la Virgen acabó su discurso y bajó
-del púlpito.
-
-Don Víctor, á pesar de su enemistad, no pudo menos de reconocer que
-el sermón de Sansirgue era el que se pedía en aquel momento. Todo el
-mundo decía que el penitenciario había estado admirable; los hombres se
-sentían entusiasmados y las viejas encantadas.
-
---Si alguien ahora recuerda lo de la _Canóniga_ se le tendrá por
-liberal--saltó Luis Torralba.
-
---Ah, claro--dijo D. Víctor.
-
---Es una bonita manera de discurrir--añadió Luis--. Le dicen á uno: "Tu
-héroe es liberal, pero es un ladrón y lo voy á probar." Es que tú eres
-absolutista. "Tu héroe es absolutista, pero es un bandido." Es que tú
-eres liberal.
-
---Qué quieres--murmuró D. Víctor--. El pueblo discurre así; tiene que
-ser amo ó esclavo, y si alguien independiente se le pone en el camino á
-decirle la verdad lo odia y lo desprecia.
-
---La Iglesia en ese sentido debe ser también muy pueblo--dijo Luis
-Torralba.
-
-Don Víctor refunfuñó y no replicó nada claro.
-
-
-
-
-XII.
-
-LA ALARMA DE BESSIERES
-
-
-Cuando Jorge Bessieres vió cerrado el camino de Madrid y sus tropas
-dispersadas, decidió separarse de los demás cabecillas y tomar, á poder
-ser, una importante plaza fortificada. Cuenca era la que estaba en
-mejores condiciones para un golpe de mano, y á ella dirigió sus miras.
-
-Bessieres se enteró de que existía en Cuenca una Junta realista, y la
-envió un oficio dándole cuenta de sus planes.
-
-Este oficio lo recibieron el Chantre, Miguelito y el capitán Lozano, y
-lo tomaron en consideración.
-
-Al mismo tiempo, O'Donnell oficiaba al jefe político comunicándole la
-dirección que llevaba Bessieres, y Aviraneta por orden del Empecinado
-enviaba una carta al alcaide de comuneros de Cuenca, explicándole con
-detalles la huída de Bessieres, de Priego y de Huete, y advirtiéndole
-que llevaba pocas fuerzas.
-
-Por tres conductos y á tres centros diferentes llegó la noticia de la
-alarma de Bessieres.
-
-Los representantes de la Junta realista decidieron mandar un aviso al
-cabecilla francés, indicándole que al acercarse á Cuenca se avistarían
-con él y verían la manera de que los realistas se apoderaran de la
-ciudad.
-
-Pensaron en enviar un propio; pero Miguelito dijo que era mejor se
-presentara él al general realista.
-
-Miguelito así lo hizo; inventó un pretexto para no alarmar á la
-familia y á la novia, y de noche, á caballo, escoltado por Garcés el
-_Sevillano_, que se había vuelto á reunir con él, se presentó en el
-campamento del francés.
-
-Bessieres le recibió muy amablemente; Bessieres debió quedar bien
-impresionado del aire de seguridad y de dominio de Miguelito, y le
-habló como á un hombre que venía á proponerle una cosa importante.
-
-El advenedizo francés tenía simpatía por la gente improvisada, y
-creyó encontrar en Torralba un buen auxiliar, un hombre como él, sin
-prejuicios ni supersticiones de moral.
-
-Bessieres le dijo á Miguelito que volviera á Cuenca y le trajera un
-plan bien meditado para apoderarse de la ciudad. Si lo conseguía, haría
-que inmediatamente se le nombrara capitán y que al año fuera comandante.
-
-Don Miguelito volvió entusiasmado á Cuenca y lleno de grandes
-esperanzas. Se reunió en seguida con el Chantre y con el capitán
-Lozano, y entre los tres comenzaron á hacer gestiones para madurar un
-plan. Luis Torralba, al saberlo, desaprobó la actitud de su hermano.
-
---¿Has sido liberal y ahora por conveniencia vas á tomar partido con
-los absolutistas? Me parece mal, muy mal.
-
-Miguel quiso explicar su conducta; pero esto era explicar lo
-inexplicable.
-
-El jefe político, al conocer la noticia de la aproximación de
-Bessieres, llamó al comandante de la plaza, y al decirle éste se
-redoblaría la vigilancia, se tranquilizó.
-
-No se quedó tan tranquilo el alcaide de los comuneros, á quien había
-escrito Aviraneta por orden del Empecinado.
-
-El tal alcaide era al mismo tiempo jefe de la Milicia nacional, y se
-llamaba Cepero, el ciudadano Cepero.
-
-El ciudadano Cepero no hubiera sido muy temible para los absolutistas
-sino hubiera tenido un hijo furioso jacobino.
-
-Cepero, padre, hombre ordenancista y poco inteligente, suponía que las
-órdenes de la Confederación de comuneros eran dictadas por grandes
-sabios.
-
-Cepero, padre, en el fondo hombre incapaz de discurrir por su cuenta,
-creía lo que le decían. Tenía un almacén de harinas en el arrabal, y
-era dueño de tierras, algunas procedentes de las ventas de los bienes
-monacales.
-
-Cepero, hijo, era entonces un joven de unos veintitrés años, sombrío
-y ambicioso. Hubiera querido dominar el pueblo por el terror; pero no
-tenía medios ni colaboradores, porque los demás liberales no pasaban
-de ser pobre gente, entre la que había varios que se habían hecho
-milicianos por envidia ó por utilidad.
-
-El ciudadano Cepero supo las noticias de la persecución y fuga de
-Bessieres, desde Guadalajara, por Sacedón y Priego, y que las huestes
-realistas se habían dividido.
-
-Bessieres no llegaba á contar más que con unos mil quinientos hombres.
-De acercarse con las fuerzas reunidas de los cabecillas realistas,
-Cuenca, con su guarnición y la milicia, no hubiera podido resistir;
-pero con tan poca gente, la cosa variaba.
-
---Creo que le haremos frente á Bessieres--dijo Cepero solemnemente á su
-hijo.
-
---¡Bah!--contestó éste--. ¿Usted cree que podemos contar con la
-guarnición?
-
---Yo, sí.
-
---Pues está usted en un error.
-
---¿Por qué?
-
---Porque la guarnición de Cuenca está vendida á los absolutistas.
-
---¡Qué falsedad! ¡Qué calumnia!
-
---Nada de eso. Realidad. El coronel, los dos comandantes, el capitán
-Lozano, el capitán Arias... casi todas los oficiales están dentro de la
-conspiración; dispuestos á levantarse contra el Régimen.
-
-Y Cepero, hijo, dió una porción de detalles que demostraban los manejos
-realistas de los militares.
-
-Cepero, padre, temía á su hijo. Este le motejaba siempre de tibio y de
-moderado.
-
-Cepero, padre, se agitó; fué á ver á los oficiales liberales de la
-guarnición, reunió á la Milicia nacional y alarmó al jefe político.
-
-
-
-
-XIII.
-
-PROYECTOS
-
-
-Don Miguelito, después de tener una larga conferencia con el Chantre y
-con el capitán Lozano, se avistó con el comandante de la plaza, y entre
-los dos discutieron varios proyectos para sorprender y apoderarse de
-Cuenca. Por último quedaron de acuerdo.
-
-La entrada de los absolutistas se verificaría por la puerta de San
-Juan, y de noche.
-
-El comandante mandaría á esta puerta al capitán Lozano con una sección,
-y tendría la tropa avisada para pronunciarse y prender á los oficiales,
-y desarmar á los soldados de la milicia nacional.
-
-A las doce de la noche, Miguelito se presentaría en la puerta de San
-Juan con un pelotón de soldados de caballería de Bessieres; daría el
-santo, la seña y la contraseña, y pasaría adentro. Un segundo pelotón
-entraría después, y por último, toda la fuerza realista.
-
-Aunque el plan era sencillo, había que combinar muchas cosas y atar
-varios cabos para ponerlo en ejecución.
-
-Se decidió lo siguiente: á las diez de la noche se encendería una luz
-en una ventana alta del palacio del obispo, y otra, poco después, en la
-muralla, lo que querría decir: "Todo está preparado".
-
-Miguelito, en compañía de Garcés, se apostaría delante del convento de
-San Pablo.
-
-En el instante que vieran las dos señales, Garcés iría á avisar al
-campamento de Bessieres, y vendría con un escuadrón de lanceros.
-Dirigidos por Miguelito, darían la vuelta al pueblo, pasarían el puente
-de San Antón é irían á colocarse en la orilla derecha del Júcar; luego
-cruzarían el río por el puente de los Descalzos, volviendo de nuevo á
-la orilla izquierda, y de aquí subirían, al paso, divididos en varios
-pelotones, á la puerta de San Juan. Llamarían, y al preguntar los de
-dentro: "¿Quién?", contestarían con este santo y seña:
-
---Daniel, Cuenca y Bessieres. _Debellare superbos._
-
-Esta frase de "debelar á los soberbios", en boca de un hombre como
-Miguel, era un poco absurda.
-
-Dicho el santo y seña, entrarían y avisarían para que pasaran las
-fuerzas de Bessieres. Se apoderarían del cuartel de infantería, próximo
-á la puerta de San Juan; desarmarían la milicia nacional, y prenderían
-á los oficiales afectos al Régimen.
-
-El plan era realmente fácil y muy asequible.
-
-Pasó un día, pasaron dos, y la Junta no dió la orden de ejecución. Se
-esperaba no se sabía qué. Bessieres estaba impaciente.
-
-La causa del retraso fué que Portillo, á nombre del obispo, había
-escrito á la Junta Realista de Madrid pidiendo informes acerca de
-Bessieres y de su correría. Sin duda los informes no fueron del todo
-satisfactorios, porque el secretario del obispo apareció de pronto poco
-entusiasmado con la idea de entregar la ciudad á los realistas.
-
-Portillo consultó con Sansirgue, y le explicó el proyecto, en el
-cual D. Miguelito iba hacer el primer papel. Portillo aseguró que el
-proyecto estaba mal preparado, que era sospechoso porque había quien
-aseguraba que Bessieres se hallaba en relación con los masones, y que,
-á no ser por no perjudicar á un amigo como Miguel Torralba, lo hubiera
-denunciado al jefe político en un anónimo.
-
-Sansirgue, al oír esto, miró á Portillo con ansiedad. El secretario del
-obispo estaba impasible.
-
-Echada la semilla, germinó pronto. Sansirgue vió que podía hacer un
-servicio á Portillo, á quien consideraba omnipotente, y al mismo tiempo
-satisfacer su venganza contra Miguelito, que le había perjudicado en
-la carrera con sus versos _A la Canóniga_, y no vaciló. Se marchó á su
-casa, se encerró en su cuarto, y, después de redactar varias veces el
-aviso, escribió dos anónimos: uno al jefe político, otro al ciudadano
-Cepero.
-
-En los anónimos no omitía un detalle de cuanto tramaban los
-conspiradores; citaba la lista de todos los que pertenecían á la Junta,
-incluso el suyo. Este rasgo de astucia le hizo suponer que nadie
-sospecharía de él. Logró también disfrazar la letra escribiendo con la
-mano izquierda.
-
-Don Víctor, que había visto ir y venir al penitenciario, ceñudo y
-preocupado, por su habitación, y que sabía, casi minuto por minuto, lo
-que hacía, redobló su espionaje. Sintió que estaba escribiendo. Cuando
-concluyó, Sansirgue salió de su casa, se fué al palacio del obispo,
-y D. Víctor esperó en la calle. Era ya el anochecer cuando salió el
-penitenciario.
-
-Don Víctor dejó el atrio y siguió á Sansirgue. Este avanzó, mirando á
-derecha é izquierda, se acercó al correo y echó una carta al buzón.
-
-Poco después volvió de nuevo á su casa, y media hora más tarde entró D.
-Víctor. El capellán pasó una porción de horas de insomnio pensando qué
-podía haber escrito el canónigo.
-
-Todo le hacía creer que era algo serio é importante; las cartas
-ordinarias se las llevaba Segundito, el paje; aquélla, ó aquéllas, las
-había echado él, y con gran cuidado de que nadie le viera. ¿Para qué
-tantas precauciones?
-
-Al día siguiente D. Víctor fué á ver al _Zagal_, al armero de la
-Ventilla.
-
-Este era amigo de uno de los secretarios de la policía, y por él había
-sabido que el complot de Miguelito acababa de ser descubierto.
-
-Inmediatamente D. Víctor supuso que D. Juan había delatado á los
-realistas.
-
-Al llegar á casa, á la hora de comer, expuso sus sospechas á Ginés
-y á la Dominica, y ésta sobre todo, rechazó con indignación tales
-suposiciones.
-
-Ginés, que no tenía grandes simpatías por el canónigo Sansirgue, dijo:
-
---Vamos á su cuarto cuando salga él, y veamos si queda algún indicio.
-
-Lo hicieron así: entraron en el cuarto, y no vieron nada. Ginés, que
-era un espíritu metódico, sacó la mampara de la chimenea, y vió sobre
-la piedra del hogar que había unas pavesas negras. Don Víctor las cogió
-con gran cuidado, y á la luz llegó á leer escritos con tinta varios
-nombres, entre ellos el de Torralba.
-
-
-
-
-XIV.
-
-CABILDEOS DE DON VÍCTOR
-
-
-Don Víctor quedó convencido de la delación del canónigo.
-
-Pensó las providencias que podía tomar para evitar que á Miguelito le
-hicieran víctima de la emboscada traidora que le preparaban.
-
-Lo primero que hizo al día siguiente fué marchar á la calle de
-Caballeros, á casa de los Torralbas.
-
-Allí le dijeron que no estaba ninguno de los dos hermanos. Sin duda
-Miguel no quería ser detenido antes de intentar la aventura, en la que
-tenía tantas esperanzas.
-
-Don Víctor preguntó por la madre de los Torralbas, y la habló; pero
-esta señora no sabía nada ó desconfiaba de D. Víctor, y se limitó á
-decir que ninguno de sus dos hijos estaba en Cuenca.
-
-Después de comer, don Víctor se dirigió á la catedral á buscar al
-Chantre.
-
-Se acercó á la capilla de los Caballeros y se arrodilló delante de la
-verja.
-
-Esta capilla, fundada por un Albornoz, estaba trabajada en piedra
-blanca, y en su portada tenía esculpidos varios atributos militares, y
-en la clave del arco, un esqueleto.
-
-En el frontispicio se leía esta inscripción, que canta el triunfo de la
-muerte:
-
-_Victis militibus mors triumphat_: Vencidos los soldados triunfa la
-muerte.
-
-Don Víctor estuvo pensando, divagando sobre esta sentencia. Contempló
-las dos urnas sepulcrales de mármol, con sus estatuas de caballeros
-yacentes, las pinturas de los altares; luego rezó maquinalmente, y como
-el rezo no lo sentía, por su preocupación, volviéndose contempló la
-nave de la catedral.
-
-Hacía un día de sol espléndido. La luz entraba de los altos ventanales
-de la iglesia y producía anchas sábanas luminosas entre las columnas
-oscuras.
-
-Don Víctor sentía negros presentimientos; una serie de ideas
-angustiosas y deprimentes le sobrecogían. Se sentía como vencido,
-aniquilado, descontento, sin fe en nada.
-
-De pronto vió al Chantre, corrió hacia él y le dijo que estaba
-descubierto el complot de Miguelito.
-
---¿Quién ha podido descubrirlo?--exclamó el Chantre.
-
---No lo sé.
-
---Voy á decírselo á Portillo.
-
-El Chantre fué al palacio del obispo; pero encontró que había dos
-agentes de la policía del jefe político paseándose por delante de la
-puerta del palacio en la plazoleta.
-
-Uno de la policía le advirtió al Chantre que no entrase.
-
-El Chantre contó á D. Víctor lo que pasaba.
-
-Don Víctor no quería dejar la cuestión así, y se dirigió á ver al
-capitán Lozano.
-
-Le dijeron que el capitán estaba en casa de Doña Cándida....
-
-La tarde de primavera estaba hermosa y triste, el sol amarillo dorado
-iluminaba los aleros y los pisos altos.
-
-Don Víctor entró en la confitería de enfrente á la casa de la Sirena.
-La confitera, que repartía su atención entre los dulces y el espionaje,
-le dijo que el capitán Lozano estaba en la casa y que no había salido.
-D. Víctor esperó horas y horas sentado junto al mostrador....
-
-La confitera encendió una lámpara, y su luz mortecina comenzó á
-iluminar la tienda; del fondo del taller venía un olor á cera, á azúcar
-y á retama quemada.
-
-En un convento una campana sonaba aguda y constante.
-
-En la calle, el _Degollado_ cantaba, acompañado de la guitarra, la
-oración de San Antonio de Padua:
-
- Su padre era un caballero
- cristiano, honrado y prudente,
- que mantenía su casa
- con el sudor de su frente.
-
- Y tenía un huerto
- en donde cogía
- cosecha del fruto
- que el tiempo traía.
-
-La canción, la hora, el tañido de la campana entristecieron á D.
-Víctor; todo aquello le recordaba su infancia, el corretear de chico
-por las calles al anochecer; le sacaba á flote un poso de una amargura
-interior.
-
-El _Degollado_ seguía una tras otra sus coplas. La confitera abrió la
-puerta de la tienda y dió un maravedí al ciego.
-
-Este siguió su canto con la relación del milagro de los pajaritos:
-
- Mientras yo me vaya á misa
- gran cuidado has de tener;
- mira que los pajaritos
- todo lo echan á perder.
-
- Entran por el huerto,
- pican lo sembrado;
- por eso te digo
- que tengas cuidado.
-
-Don Víctor sentía una tristeza tumultuosa en el fondo del alma. El
-_Degollado_ se alejó, dando golpes con el bastón en la acera; se calló
-la campana y no se oyó en la tienda más que el revoloteo de las moscas
-entre los papeles de los dulces secos.
-
-Eran ya cerca de las nueve, y en vista de que el capitán no salía, D.
-Víctor cruzó la calle y entró en el portal de la casa de la Sirena.
-Llamó, salió la doncella, la Adela, que negó que estuviera allí el
-capitán; pero ante la insistencia del cura, le dijo que aguardase.
-Esperó D. Víctor en el descansillo de la puerta hasta que se presentó
-Lozano con su puro en la boca, con el aire de un hombre que goza de la
-vida.
-
-Era Lozano un tipo sensual, alegre, perezoso y amigo de divertirse y
-de beber. Tenía unos ojos claros de perro fiel, una sonrisa afectuosa
-y una actitud de hombre á quien todo le parece indiferente. Lozano era
-capaz de cualquier barbaridad por inconsciencia; para él todo era fácil
-y factible.
-
-A pesar de que nadie podía ignorar su condición de borracho y jugador,
-era el capitán cajero de su regimiento.
-
-Don Víctor contó lo que sabía, y mientras hablaba apareció Doña
-Cándida, á quien el capitán explicó de qué se trataba.
-
-La _Canóniga_ no quedó nada sorprendida al saber que era Sansirgue
-el denunciador de la empresa realista. Doña Cándida se manifestó
-delante del capellán como muy enamorada de Lozano, y rogó á don Víctor
-convenciera á su amante de que abandonara el complot.
-
-Lozano explicó á don Víctor cómo se había preparado la entrada por la
-puerta de San Juan. Si á él le relevaban al mediodía era señal de que
-no se intentaba la sorpresa, y entonces él mismo se lo avisaría á don
-Víctor.
-
-Con esta seguridad, don Víctor se fué de casa de la Sirena á la suya.
-
-Don Víctor explicó á Ginés y á la Dominica lo que ocurría. Ya
-todos miraban á Sansirgue como un traidor. La Dominica, aun no del
-todo convencida, fué á ver á la confitera, con quien tenía grandes
-relaciones por la cuestión de las velas y cirios que se necesitaban en
-los funerales, y hablaron las dos.
-
-La Dominica se persuadió de que el canónigo era un bandido, un
-verdadero Sacripante.
-
-La Dominica, como mujer decidida y valiente, se dispuso á vigilar al
-canónigo, á espiarle, y en último término, si era necesario, á luchar
-con él á brazo partido hasta vencerle.
-
-Al día siguiente salió D. Víctor, por la mañana, á decir su misa; y al
-volver, la Dominica le dijo que al mismo tiempo que él, Sansirgue había
-salido de casa, pasado por el correo y echado otra carta.
-
-Don Víctor quedó asombrado y fué á buscar al capitán Lozano.
-
-Lozano estaba en su casa de huéspedes, en la cama. Se había acostado
-tarde. Le dijo al cura que por la noche había habido una serie de
-cabildeos entre el comandante de la plaza, el jefe político y el de la
-Milicia nacional.
-
-El coronel había llamado á Lozano para advertirle que se aplazaba el
-movimiento realista hasta nueva orden. El coronel había intentado
-persuadir al jefe político que lo del complot era una fábula, y el
-jefe político se hubiera persuadido á no ser por Cepero, hijo y por
-dos subtenientes liberales que se habían presentado en el Gobierno
-civil á denunciar al comandante de la plaza y á la oficialidad como
-absolutistas, ofreciéndose ellos á prenderlos si les daban autorización.
-
-Los amigos de Cepero, de la Milicia nacional, querían preparar un lazo
-á los absolutistas.
-
---Dicen que se ha recibido un papel explicando las señas
-convenidas--terminó diciendo Lozano--; es posible que sea de su
-canónigo.
-
-Don Víctor dejó al capitán en la cama; salió á la calle y fué á ver al
-_Zagal_, al armero de la Ventilla. Este, por unos milicianos, sabía que
-D. Miguelito iba á intentar de noche entrar por la puerta de San Juan,
-y que, si lo intentaba, se le prendería.
-
-Los dos directores de la Milicia que querían cazar á Miguelito eran
-Cepero hijo, y un joven, Nebot.
-
-El motivo que impulsaba á Cepero hijo era puramente patriótico; el que
-arrastraba á Nebot, no.
-
-El padre de Luis Nebot se había ido lentamente apoderando de una
-posesión que la familia de Miguel tenía en Torralba.
-
-Miguel Torralba, al encontrarse que la tierra de su familia se hallaba
-ocupada por el intruso, quiso llegar á una avenencia con él, pero
-Nebot, padre, dijo que no, que la finca era suya, pues había prestado
-por ella lo que valía y aun más.
-
-Miguel le hizo observar que era imposible, puesto que la finca aparecía
-en el Registro de la propiedad como de su madre. Nebot, sin atenderle,
-comenzó á construir una gran tapia; Miguel mandó hacer un boquete
-en ella. Entonces Nebot provocó el pleito, y lo perdió en muy malas
-condiciones; hubo que medir las tierras de las propiedades colindantes,
-y la finca de los Torralbas, á la cual habían ido bloqueando los
-vecinos, recuperó todo su antiguo terreno.
-
-Nebot no sólo perdió sus tierras, sino la estimación de la gente de la
-vecindad. El aldeano puede perdonarlo todo menos la torpeza. Aquellos
-vieron que perdían los campos de que se habían apoderado por una
-maniobra inoportuna. De esperar unos años la propiedad de los Torralba
-hubiera prescrito.
-
-Resuelto el pleito, la madre de Miguelito empleó gran parte de su
-dinero en cercar la finca. Nebot, padre é hijo, se consideraron
-enemigos á muerte de los Torralbas y se trasladaron á Cuenca, y el hijo
-Luis se hizo miliciano nacional.
-
-Querían considerar los Nebot que lo ocurrido á ellos era una de las
-mayores injusticias que podían pasar en España. Cepero, Nebot y un
-joven llamado Bellido dispusieron preparar un lazo á los realistas,
-hacer la señal convenida para que se acercaran, emboscarse en la puerta
-de San Juan, y sorprenderlos.
-
-Cuando D. Víctor fué á su casa se discutió entre la familia del
-guardián los medios para salvar á Miguelito. No se sabía dónde se
-habían de hacer las señales.
-
-Saldrían Ginés, Damián, la Dominica y D. Víctor, de noche, á buscar á
-Miguelito, al azar, y á decirle, si lo encontraban, que suspendiera su
-aventura.
-
-Rondarían de lejos el camino que lleva á la Puerta de San Juan, sin
-acercarse mucho, por el temor de que hubiese vigilancia.
-
-
-
-
-XV.
-
-LA PUERTA DE SAN JUAN
-
-
-A las siete de la noche, después de dar de cenar al canónigo Sansirgue,
-la Dominica, con su padre, Damián y D. Víctor salían del pueblo y
-marchaban al arrabal.
-
-La noche estaba obscura, pesada y sofocante; grandes masas de nubes
-negras pasaban por el cielo, y, á veces, salía la luna en cuarto
-creciente. Algunos relámpagos lejanos, anchos, en forma de sábanas,
-iluminaban la tierra, é iban seguidos de un sordo rumor. Pronto llegó
-el viento, y comenzó á murmurar, á gruñir, á zumbar, golpeando puertas
-y ventanas.
-
-Desde el arrabal, cada uno de los amigos de Miguelito se dirigió á
-distinto punto. Don Víctor fué hacia el convento de San Pablo; Ginés,
-por la Hoz del Júcar, y la Dominica y Damián, por la del Huécar.
-
-A eso de las nueve, la tormenta se acercó; comenzaron á brillar los
-zig-zags de las chispas eléctricas encima de Cuenca, retumbaron los
-truenos inmediatamente después de los relámpagos, y descargó una de
-esas lluvias de primavera, tibias y torrenciales.
-
-Mientras las personas de casa del guardián marchaban por el campo en
-busca de Miguelito, unos cuantos milicianos, al mando de Cepero hijo,
-entraban por el arco de la puerta de San Juan y se estacionaban en él,
-resguardándose del chaparrón.
-
-La puerta estaba abierta, y por ella se entreveía, en las sombras el
-camino, estrecho y pendiente, que va bajando á la orilla del Júcar.
-
-Mientras los milicianos, resguardados bajo el arco, esperaban, la
-tempestad envolvía con sus ráfagas de lluvia y de viento la ciudad,
-asentada sobre sus rocas; el viento huracanado hacía golpear una
-puerta, derribaba una chimenea, balanceaba los faroles de las calles,
-colgados por cuerdas.
-
-Don Miguelito y Garcés salieron á las diez de la noche del campamento
-de Bessieres, y á las diez y media estaban delante del convento de San
-Pablo.
-
-Don Miguelito iba muy alegre y decidido, pensando en que pronto se
-uniría á Asunción.
-
-Estaban amo y criado en el cerro, al borde del barranco, cuando
-Miguelito dijo que se veía luz en el palacio del obispo; Garcés no la
-había visto: después se vió claramente una antorcha en la muralla.
-
---¡Vamos!--dijo Miguelito.
-
-Marcharon al campamento de Bessieres.
-
-Un escuadrón estaba preparado.
-
-Había que dar la vuelta al pueblo, á caballo, sin llamar la atención de
-los centinelas, y se dispuso que fuera uno á uno, á la deshilada.
-
-Al pasar el puente de San Antón, Ginés Diente vió, á la luz de un
-relámpago, á un lancero realista á caballo: quiso alcanzarle y
-preguntarle dónde estaba don Miguelito; pero el soldado, sin oírle, de
-un empellón, derribó al pertiguero.
-
-Este se puso á gritar y á llamar; pero ya no vió á nadie. La lluvia
-imposibilitaba seguir ninguna pista; el rumor del viento ocultaba el
-ruido de las herraduras de los caballos, y la negrura de la noche
-impedía ver nada.
-
-Don Miguelito y su escolta se colocaron en la orilla derecha del Júcar;
-luego cruzaron el río por el puente de los Descalzos, volviendo de
-nuevo á la orilla izquierda.
-
-Se esperó á que se reuniese el escuadrón; se le dividió en tres
-pelotones, y á la cabeza del primero Miguelito, y á su lado, Garcés,
-comenzaron á subir la cuesta hasta la puerta de San Juan.
-
-Miguel se acercó á ella rápidamente, y dió dos golpes sonoros con el
-bastón.
-
---¿Quién vive?--dijo Cepero.
-
---Daniel, Cuenca y Bessieres. _¡Debellare superbos!_--gritó Torralba.
-
---¡Ríndete!--dijo Cepero abriendo la puerta y avanzando.
-
---¿Yo rendirme? ¡Jamás!--contestó Miguel.
-
---¡Huye! ¡Te han vendido!--dijo una voz.
-
-Lo que ocurrió después no se pudo poner en claro.
-
-Algunos dijeron que los lanceros de Bessieres, con Miguelito á la
-cabeza, intentaron avanzar; otros afirmaron que no hubo tal intento; el
-caso fué que sonaron cuatro ó cinco tiros simultáneos, que un hombre
-cayó del caballo, y que los demás, volviendo grupas, huyeron.
-
-El hombre caído era Miguelito: lo recogieron, le llevaron al cuartel
-de Infantería, y llamaron de prisa á un médico que vivía en la plaza;
-otros avisaron á un cura.
-
-Cuando llegaron, Miguel Torralba había muerto.
-
-Al día siguiente, Bessieres levantaba su campamento y desaparecía de
-los alrededores de Cuenca.
-
-Unas semanas después, el día 2 de Mayo, volvía de nuevo, atacaba el
-arrabal, y era rechazado.
-
-En el pueblo se dijo que Cepero hijo, Nebot y el _Romi_ el gitano, eran
-los que habían disparado contra Miguel.
-
-
-
-
-XVI.
-
-DESPUÉS DE LA CATÁSTROFE
-
-
-La madre de Torralba soportó la muerte de su hijo con gran entereza y
-resignación.
-
-Con aquel espejismo maternal suyo, pensó que Miguel se había
-sacrificado por ellos. No quería suponer que su hijo mayor tuviera más
-fines que su madre y su hermano. Según ella, Miguel había entrado en el
-complot de Bessieres para obtener un cargo y levantar la situación de
-la familia.
-
-Luis no intentó convencerla de lo contrario.
-
-En la casa de la Sirena la noticia de la catástrofe llegó por Lozano, y
-la Cándida tuvo la crueldad y la torpeza de divulgarla á voz en grito.
-
-Asunción, al saberlo, sintió que el golpe tronchaba su vida. Se vistió
-de luto, y no salió de casa.
-
-Unos días después de la muerte se celebraron las exequias de Miguel
-Torralba en la catedral. Asistió todo el pueblo alto, y se notó que,
-entre los canónigos del coro, faltaba Sansirgue. De las señoras faltó
-la Cándida.
-
-Asunción y su abuela estuvieron en el funeral rezando, arrodilladas, en
-un rincón de la capilla de los Caballeros.
-
-Toda la ceremonia Asunción la pasó llorando, y al rezar los responsos
-se escaparon de su garganta algunos sollozos ahogados.
-
---_Per in secula seculorum_--exclamaba el cura con voz potente,
-agitando el hisopo.
-
---_Amen_--clamaba el coro de voces, acompañado del órgano.
-
-Al salir la gente, se contó, y se hizo cargo de quiénes faltaban.
-Quitando los nacionales del arrabal, todos los demás estaban allí.
-
-Pasados los días ceremoniosos en que la familia no debía salir de
-casa, para recibir el pésame de los amigos, D. Víctor fué á ver á Luis
-Torralba y á decirle lo que sabía.
-
-Luis le confesó que su proyecto era desafiar al joven Cepero y luego á
-Nebot, á quienes culpaba de la muerte de su hermano; pero D. Víctor le
-demostró que Cepero no había contribuido á la muerte de Miguel y que su
-objeto se había limitado á prenderle. Cepero fué el que intentó hacer
-que Miguel se rindiera, prueba clara de que no quería matarlo. Los
-motivos de obrar suyos eran también nobles, porque obraba arrastrado
-por su fanatismo político.
-
-Respecto á Nebot, era un impulsivo y un bruto, á quien no había que
-tomar en cuenta.
-
-El culpable de todo, según D. Víctor, era Sansirgue, el _monstrum
-horrendum_, que había entrado en Cuenca para desgracia de todos. Este,
-llevado por su maldad diabólica, había denunciado la forma en que se
-iba á hacer la sorpresa.
-
---¿Pero, por qué? ¿Qué motivo ha podido tener Sansirgue para odiar á mi
-hermano?--preguntó Luis.
-
-Don Víctor creía en la maldad desinteresada del canónigo, cosa poco
-lógica.
-
-Los argumentos de D. Víctor no convencieron á Luis, y el cura le
-propuso ir á ver á Cepero. La visita era violenta para Torralba, pero
-al fin accedió.
-
-El joven Cepero recibió á los dos secamente.
-
---Supongo la comisión que ustedes traen--les dijo--; pero tengo que
-advertirles que considero que he cumplido con un deber de ciudadano y
-de liberal, y que mil veces que se presentara el mismo caso, mil veces
-obraría lo mismo.
-
---Está usted en un error--dijo don Víctor--al pensar que nosotros
-entramos aquí en son de amenaza. Este hábito que yo llevo no es para
-venir con desafíos. Usted ha cumplido su deber de ciudadano y de
-liberal. Cierto. Pero usted sabía que Miguel Torralba no era el mayor
-culpable, y no podía desear su muerte.
-
---No la deseaba. Al acercarse á la puerta de San Juan, yo le dije:
-"Ríndete". El quedó inmóvil, sin duda perplejo. Entonces sonaron los
-tiros.
-
---¿No sabe usted quién disparó?--preguntó Luis.
-
---No lo sé. Si lo supiera, tampoco lo diría.
-
-Luis hizo un movimiento de impaciencia, y don Víctor intervino de nuevo.
-
---Otra pregunta tenemos que hacer á usted.
-
---Ustedes dirán.
-
---Mi amigo Luis, naturalmente, entristecido por la muerte de su
-hermano, ha supuesto que un amigo suyo y mío fué el delator del complot
-en que intervino Miguel. Yo le he dicho que no, que todo el mundo
-ha afirmado que el jefe político y su padre de usted recibieron un
-anónimo. ¿Puede usted decirnos si es verdad?
-
---Es verdad.
-
---¿Lo guarda usted?
-
---Sí.
-
---¿Podría usted enseñárnoslo para desvanecer las dudas de mi amigo?
-
---¿Porqué no? No tengo inconveniente.
-
-Cepero, hijo, entró en su casa y volvió con el anónimo. La letra estaba
-disimulada, pero el papel y la tinta eran de Sansirgue: no había duda.
-
-En el anónimo estaba explicado cómo se verificaría la sorpresa con
-todos sus detalles. Lo firmaba: _Un amante del orden_.
-
-Don Víctor y Luis Torralba se despidieron del joven Cepero y se
-marcharon á su casa.
-
-Esta intervención de Sansirgue puso á Torralba fuera de sí: que Cepero
-hubiese obrado como había, le parecía natural, dado su fanatismo
-político; que el mismo Nebot hubiera disparado en la puerta de San
-Juan, lo comprendía por su odio á los Torralbas; lo que no se explicaba
-era la acción de Sansirgue, siendo él realista y estando en el complot.
-¿Sería un espía del Gobierno? ¿Tendría algo contra su hermano?
-
-Luis Torralba fué á visitar á Asunción y á su abuela, y les contó
-lo ocurrido y los datos que tenía para creer en la intervención del
-canónigo.
-
-Doña Gertrudis supuso que sería su nuera, la Cándida, la que había
-inspirado al canónigo el odio por Miguel. Asunción calló, dando á
-entender que creía lo mismo.
-
-La abuela, que sentía aumentado su odio por la _Canóniga_, llamó unos
-días después á Luis Torralba y le encargó que vendiera una huerta
-y varias alhajas. Luis hizo el encargo rápidamente, y entregó á
-doña Gertrudis seis mil pesetas. La vieja sacó cuatro mil que tenía
-guardadas, y reuniendo las diez mil que había prestado Doña Cándida
-para la hipoteca, se las devolvió, encargándola que abandonara la casa
-lo antes posible.
-
-Doña Cándida gritó, alborotó, dijo horrores; pero no tuvo más remedio
-que marcharse. La _Canóniga_ fué á otra casa mejor. El escándalo en el
-pueblo tomó grandes proporciones. Todo el mundo relacionó la muerte de
-D. Miguelito con la expulsión de la _Canóniga_, y muchos sospecharon
-algo de la verdad.
-
-La Cándida, abandonada al consejo del capitán Lozano y de Adela,
-su doncella, hizo una porción de locuras. Casi todos los días daba
-banquetes y cenas, y muchas noches la llevaban á la cama borracha.
-
-El canónigo Sansirgue notó que en la casa de la Dominica se le miraba
-de mala manera, é intentó mudarse; pero Portillo le indicó que esperara
-unos días.
-
-Efectivamente, una semana después, Portillo, que había sabido hacer
-valer ante el Gobierno liberal el servicio prestado por él cuando la
-intentona de Bessieres, fué nombrado obispo de Osma, y Sansirgue quedó
-interinamente de secretario del obispo de Cuenca.
-
-Sansirgue supo que en casa de Ginés el Pertiguero se hablaba
-constantemente contra su persona, y se dispuso á castigar á la familia.
-Consiguió que en el convento de monjas se destituyese á D. Víctor, y
-después le nombró párroco de Uña, pueblo miserable de la Sierra, adonde
-D. Víctor tuvo que ir, á trueque de perder las licencias eclesiásticas.
-
-Después quiso echar de la catedral y de la casa á Ginés Diente, pero el
-obispo se opuso.
-
-Sansirgue supo también que Garcés el _Sevillano_ hablaba pestes de él
-y le atribuía la muerte de Torralba, y consiguió que el jefe político
-prendiera á Garcés y lo metiera en la cárcel.
-
-
-
-
-XVII.
-
-MESES DESPUÉS
-
-
-En el tiempo que medió entre la expedición de Bessieres y el triunfo de
-los Cien mil hijos de San Luis, el penitenciario tuvo mucho poder en
-Cuenca, pero al consolidarse el absolutismo, el obispo fué trasladado,
-y Sansirgue se eclipsó.
-
-En aquella demagogía negra que gobernaba el pueblo y toda España, no
-era fácil desviarse sin peligro. Sansirgue se hubiera acercado á los
-voluntarios realistas, pero le era imposible, porque entra ellos estaba
-Garcés el _Sevillano_, compañero en la aventura de la puerta de San
-Juan con D. Miguelito, á quien él había llevado á la cárcel.
-
-Sansirgue, separado de los absolutistas puros, tuvo que formar grupo,
-bien á su pesar, con los fernandinos transigentes. Estos tenían en
-Madrid como agente á D. Cecilio Corpas. En cambio, Portillo, que estuvo
-un momento con los liberales, había hecho una segunda evolución al
-más terrible ultramontanismo, y se distinguía en su diócesis por sus
-pastorales contra los moderados y los exaltados.
-
-Portillo, desde Osma, y el lectoral de la catedral de Sigüenza y
-presidente de la Junta realista de aquella ciudad, D. Felipe Lemus
-de Zafrilla, movían todos los resortes para que los franceses no
-intentaran implantar un sistema de absolutismo templado. Tenían en
-Madrid á D. Víctor Sáez y á otros que daban la consigna.
-
-Unos días después de la reintegración de todos los derechos
-autocráticos á Fernando, se celebró en Cuenca una solemne función
-de desagravio al Santísimo Sacramento, en la cual predicó D. Juan
-Sansirgue.
-
-Sansirgue achicó al mismo padre Manuel Martínez, redactor del
-_Restaurador_, con sus apóstrofes á los constitucionales y sus loas á
-Fernando. Le llamó pío, feliz, restaurador, magnánimo, bondadoso.
-
-A pesar de todos estos ditirambos, la gente oyó el sermón con
-indiferencia. Corría la voz entre los voluntarios realistas de la
-traición de Sansirgue en tiempo de Bessieres.
-
-Garcés el _Sevillano_, para exagerar sus méritos, había pintado la
-aventura suya y la de D. Miguel como algo muy transcendental que había
-malogrado Sansirgue, que estaba vendido á los liberales, y que le había
-perseguido y encarcelado á él para reducirle al silencio. Esta versión
-hizo que todo Cuenca se pusiera contra el canónigo.
-
---Es un espía, es un espía de los masones--aseguraba todo el mundo.
-
-El penitenciario, al comprobar lo que se decía de él, quedó desesperado.
-
-Escribió á Portillo para que influyese en sus amigos poderosos y le
-trasladasen de Cuenca, y Portillo no contestó; escribió después á D.
-Víctor Sáez, el ministro universal de Fernando VII, y á D. Cecilio
-Corpas.
-
-Los dos le contestaron fríamente.
-
-La entrada en el poder de los voluntarios realistas hizo que Sansirgue
-perdiese toda influencia. Torralba consiguió por un amigo que á D.
-Víctor le sacasen de Uña y volviese á Cuenca. Por entonces entre los
-realistas comenzaba á funcionar la Sociedad El Angel Exterminador.
-Muchos se afiliaron á ella. Don Víctor y Garcés el _Sevillano_, se
-convirtieron también en exterminadores, é hicieron un alegato contra
-Sansirgue, como denunciador de los realistas en tiempo de Bessieres.
-Se encontró en casa de los Ceperos, que habían huído del pueblo y
-traspasado su comercio, el papel que les había mandado Sansirgue.
-
-Desde entonces el penitenciario comenzó á recibir anónimos
-insultándole, amenazándole por su traición con terribles castigos
-terrenos y ultraterrenos.
-
-Sansirgue, asustado, hizo gestiones desesperadas para que le
-trasladasen de Cuenca.
-
-En la primavera de 1824 el penitenciario fué destinado á Sigüenza, sin
-ningún ascenso. Sansirgue preparó el viaje sigilosamente; temía que,
-al saber su escapada, los voluntarios realistas quisiesen agredirle.
-
-Alquiló dos mulas, y con un mozo alcarreño de confianza que conocía
-bien el camino se puso en marcha, sin despedirse de nadie.
-
-El canónigo pensaba pararse en Priego, su pueblo, á ver á su familia.
-
-La primera noche descansaron amo y criado en Torralba, nombre poco
-grato á los oídos del canónigo.
-
-El siguiente día paró Sansirgue en Priego, en su casa, en compañía de
-la familia; pero la pobreza de ésta y la tosquedad de su padre y de sus
-hermanos le molestaba, y con el pretexto de que tenía prisa dejó Priego
-y se puso en camino por la tarde.
-
-El cielo estaba muy azul; el campo, hermoso y sonriente. El
-penitenciario no tenía nada que temer, ya lejos de Cuenca; pero aun
-así sentía miedo: tales cosas se contaban de las venganzas de los
-realistas. Al llegar á la bifurcación de los caminos miraba con cuidado
-á un lado y á otro por si aparecía alguna figura sospechosa...
-
-Al acercarse á una aldea al caer de la tarde, dejando un camino
-carretero, Sansirgue y su criado tomaron por una senda que pasaba
-por un erial. Las digitales purpúreas esmaltaban la tierra con sus
-campanillas, y las flores violetas del brezo brillaban entre los
-ribazos.
-
-A mano derecha se abría un gran valle poblado de matas que nacían
-entre piedras y cerrado por montes cubiertos de árboles. Un rebaño
-se derramaba por una ladera, y se oía á lo lejos el tintineo de las
-esquilas.
-
-A la revuelta del sendero se encontraron con una ermita. En un azulejo
-blanco, con letras azules, empotrado en la pared, se leía el nombre:
-ermita del Salvador.
-
-Tenía ésta por un lado la espadaña, con su campana sobre un tejado
-terrero, y delante una cruz de piedra y una pila de agua bendita; por
-el otro lado, protegida del viento, estaba la entrada de la capilla:
-un arco de piedra con restos de pintura roja y una puerta con clavos.
-A un lado de la puerta había una reja, á través de la cual se veía
-el interior de la capilla con el altar desmantelado y unos santos
-siniestros.
-
-Adosado á la ermita había una casa pequeña con un huertecillo
-abandonado.
-
---Aquí vivía un ermitaño--dijo Sansirgue.
-
---Sí--contestó el mozo.
-
---¿Habrá muerto?--preguntó el canónigo.
-
---No; le mataron--contestó el criado.
-
---¿Quizás para robarle?
-
---No; parece que fué venganza de los realistas. Dicen que el ermitaño
-había dado informes á los constitucionales.
-
-Sansirgue se estremeció.
-
---Bueno, vamos de aquí--dijo.
-
-Siguieron andando. El sol se iba poniendo en un cielo incendiado, lleno
-de nubes rojas; los pájaros cantaban entre las ramas; el perfume del
-romero y del cantueso llenaba el aire; á lo lejos se oía el tañido de
-una campana.
-
-A medida que avanzaban el canónigo y su criado el sol iba
-desapareciendo del valle. Al anochecer entraron en un bosque de
-encinas, monte bajo y carrascas. El sendero corría ahora lleno de
-sombra por en medio de los árboles; á trechos se torcía hasta salir á
-la luz, al borde mismo del bosque, y pasar por encima de un barranco
-escarpado.
-
-Sansirgue marchaba arreando á su mula, ansioso de llegar á sitio
-habitado.
-
-De pronto oyó ruido entre el ramaje, cerca de él, y se detuvo, inquieto.
-
---No es nada--se dijo.
-
-Siguió marchando, y en esto, al mirar hacia adelante, vió dos figuras
-que interceptaban la senda. Volvió la vista hacia atrás y vió otras dos.
-
---¡Alto!--le gritaron.
-
---Alto estoy--murmuró el canónigo.
-
-Los cuatro hombres estaban enmascarados. Sansirgue pensó que había
-caído entre bandidos; comprendió que allí era imposible defenderse ni
-escapar, y repitió que se entregaba.
-
-Los hombres, sin hacer caso del criado, cogieron al canónigo, le
-bajaron de la mula, le ataron las manos y le llevaron cuesta arriba,
-cruzando el bosque, hasta un descampado, donde había una tenada. Desde
-allí se dominaba el valle. El cielo iba obscureciendo, y las luces
-rojas del crepúsculo tomaban tonos cárdenos y violáceos.
-
-Al entrar en la choza Sansirgue se estremeció. En una mesa, á la luz de
-dos velas verdes, estaban sentados cinco hombres, con la cara cubierta
-por un antifaz. Enfrente de la mesa había un banco de madera, y sobre
-él caía una cuerda atada en una viga del techo.
-
---Sentad al acusado--mandó el que presidía.
-
-Sansirgue se sentó sin protestar.
-
-El presidente, levantando la cabeza al cielo, exclamó:
-
---_Dominus regnat_: (El Señor reina.)
-
-El que estaba á su derecha dijo.
-
---_Dominus imperat_: (El Señor impera.)
-
-El de la izquierda repuso:
-
---_Angelus vincet_: (El Angel vencerá.)
-
-El de la extrema derecha añadió:
-
---_In gladio..._ (Con la espada.)
-
-Y el de la extrema izquierda terminó la frase murmurando:
-
---_... indignationis ejus_: (De su indignación.)
-
-Sansirgue estaba delante de un Tribunal del Angel Exterminador. El
-enmascarado que presidía, en pocas palabras acusó al penitenciario de
-traidor, de espía de los liberales, de vendido al Gobierno masón.
-
-Sansirgue intentó sincerarse, negar los hechos; pero el presidente
-los conocía á fondo. El canónigo intentó seguir hablando; pero el
-presidente le impuso silencio.
-
---¿Qué pena se le impone al acusado?
-
-Los cuatro asesores del Tribunal, sin pronunciar una palabra, bajaron
-la cabeza gravemente, y un momento después el presidente hizo lo mismo.
-
-Dos de los enmascarados que habían prendido al canónigo le pusieron
-la mano en el hombro. Al sentirlo, Sansirgue dió un salto hacia atrás
-dispuesto á escapar. Entonces los cuatro esbirros se echaron sobre
-él, y forcejeando llegaron á sujetarle y á atarle los pies. Luego le
-pusieron la cuerda al cuello, y tirando de ella lo izaron en alto.
-
---¡Confesión! ¡Confesión!--gritó el canónigo con voz ahogada.
-
---Concluid--dijo el jefe de los exterminadores.
-
-Dos esbirros se colgaron de las piernas del ahorcado: las vértebras
-crujieron, crujió también la viga del techo, y después el cuerpo de
-Sansirgue quedó inmóvil.
-
-Los exterminadores fueron saliendo de la tenada. Uno de ellos, el jefe,
-quedó para dar las últimas disposiciones. Los esbirros bajaron el
-cadáver, y tomándolo en brazos cruzaron el bosque hasta el sendero que
-corría al borde del barranco y desde aquí lo arrojaron al fondo. Se oyó
-el ruido del cuerpo que caía arrastrando piedras.
-
-El jefe se acercó á mirar hacia abajo. La claridad del sol había huído
-del valle, y la oscuridad y la sombra reinaban en él.
-
-El exterminador se persignó, murmuró algo como una oración y á caballo
-desapareció rápidamente.
-
-
-
-
-EPÍLOGO
-
-
-La noticia de la muerte del canónigo produjo en Cuenca gran sensación.
-
-Se inventaron mil hipótesis y cábalas acerca de las causas de la muerte
-y del autor ó autores del misterioso crimen; pero no se averiguó la
-verdad.
-
-Pocos días después de este suceso el capitán Lozano hizo una de las
-suyas, que dió mucho que hablar.
-
-El capitán había arrastrado á la Cándida á una vida completa de
-crápula. La casa de la _Canóniga_ era un ir y venir de jóvenes
-calaveras, que comían y bebían allí.
-
-El capitán Lozano, entrampado en el juego, había sacado á la _Canóniga_
-cinco mil duros para pagar sus deudas. Por lo que se supo luego, en vez
-de pagar se jugó la cantidad, y la perdió.
-
-Entonces no se le ocurrió cosa mejor que robar la caja del batallón y
-escaparse con la Adela, la doncella de la Cándida, que era una muchacha
-muy bonita.
-
-Lozano se proveyó de papeles falsos; fué á Orán, donde tuvo un café, y
-años después se alistó como voluntario en el ejército francés y murió
-en una emboscada de los moros.
-
-La Adela, que había seguido con el café de Orán, se casó con el
-dependiente, un francés trabajador, y se hizo rica.
-
-La Cándida, al saber la fuga del capitán con su doncella Adela, á quien
-consideraba tan fiel, sintió grandes accesos de melancolía, que intentó
-curárselos á fuerza de alcohol.
-
-Alguien le indicó que llamara á la _Zincalí_, la vieja gitana, que
-tenía filtros para curar el mal de amores. La Cándida la llamó, y la
-gitana entró en la casa y llegó á apoderarse del ánimo de la _Canóniga_
-con sus mentiras y sus arrumacos.
-
-La casa llegó á ser un asilo de la gitanería del pueblo.
-
-La _Zincalí_ se encargó de proporcionar amantes á la Cándida y de
-sacarle el dinero.
-
-El pueblo entero la había aislado, como á una apestada.
-
-La _Canóniga_ se trasladó á un casucho del barrio del Castillo, que se
-convirtió en mancebía.
-
-Un proceso que se entabló contra ella y la vieja gitana, acusadas por
-un médico de dar bebedizos y de hacer abortar con la hierba del Buen
-Varón, les obligó á las dos á ir á la cárcel, y arruinó por completo á
-la Cándida.
-
-Desde entonces, la pobre mujer comenzó á oficiar de Celestina.
-
-Luis Torralba desapareció de Cuenca, al morir su madre, y fué á
-establecerse á Valencia.
-
-La abuela de Asunción murió. Asunción, sin familia, vivió sola en la
-casa de la Sirena hasta que recogió la herencia de un pariente lejano,
-lo que le permitió mejorar de posición.
-
-Entonces llevó á vivir con ella una sobrina pobre y la prohijó. Ya
-vieja, con el pelo blanco, siempre vestida de luto, se la veía pasear
-con su sobrina. A veces, al sentarse á descansar sobre una roca de la
-Hoz, su cara afilada reposaba sobre su mano, y sus ojos tenían una gran
-expresión de melancolía.
-
-Durante mucho tiempo, únicamente la casa del pertiguero del callejón
-de los Canónigos siguió igual: el viejo Ginés leyendo, la Dominica
-trabajando, el constructor de ataúdes filosofando, D. Víctor comentando
-al canónigo volteriano, el _Degollado_ cantando en la calle con su
-hermosa voz las oraciones, Astaroth roncando y mirando el vacío con sus
-ojos de oro, y el cuervo monologando.
-
-Al comenzar la guerra civil, el viento de la muerte sopló sobre la
-casa. Ginés y la Dominica murieron; D. Víctor se unió al canónigo
-carlista Batanero, y peleó con él en la guerra civil. Luego, no
-queriendo aceptar el Convenio de Vergara, fué internado en Francia y
-conducido á Alenzon, donde murió.
-
-Astaroth, el espíritu familiar de la casa, desapareció un día
-misteriosamente, y se lo encontró pocos días después muerto en la
-calle; dejando el campo libre á Juanito, el cuervo, que tenía cuerda
-más larga para la vida.
-
-Damián, el carpintero, fué únicamente el que sobrevivió á la familia
-de Ginés, y siguió construyendo sus ataúdes, grandes y pequeños, de
-hombres, de mujeres y de niños, negros y blancos, en su portal de la
-casa del callejón de los Canónigos.
-
-Mientras trabajaba, Juanito el cuervo mascullaba palabras confusas
-desde lo alto del armario de los féretros; en el reloj del canónigo
-Chirino las edades de la vida seguían huyendo ante la Muerte con su
-sudario y su guadaña; Caronte se balanceaba en su barca; el viejo
-Cronos, alado y haraposo, meditaba con el reloj de arena en la mano; la
-música de campanillas tocaba su sonata melancólica al salir la Virgen,
-y seguía brillando en la orla de bronce la terrible sentencia sobre las
-horas: _Vulnerant omnes, ultima necat_.
-
-Todas hieren; la última, mata.
-
-
-
-
-Los guerrilleros del Empecinado en 1823
-
-
-
-
-I.
-
-NUEVA COMISIÓN
-
-
-En apariencia la vida de un hombre de acción es un juego de azar, una
-lotería en la que se emplea mucho dinero y sólo de tarde en tarde toca
-un premio pequeño, en realidad la vida de un hombre de acción, si es
-una lotería, es una lotería que toca siempre, porque el jugador lleva
-el mayor premio en el máximo esfuerzo.
-
-La acción por la acción es el ideal del hombre sano y fuerte; lo demás
-es parálisis que nos ha producido la vida sedentaria.
-
-Unos días después de recibir la visita de Cugnet de Montarlot, el
-Empecinado y el _Lobo_ se presentaban en casa de Aviraneta.
-
-Al día siguiente el general y D. Eugenio iban al Ministerio de Estado á
-conferenciar con D. Evaristo San Miguel.
-
-Se habló entre los tres largo rato de la situación de España y de la
-invasión francesa, que parecía inminente.
-
-Don Evaristo tenía alguna esperanza en el fracaso de la Intendencia de
-los ejércitos que había de mandar Angulema.
-
-Esto unido á la oposición de los liberales, pensaba, podría influir en
-el Gobierno francés.
-
---¿Es que no tienen víveres?--preguntó Aviraneta.
-
---Eso me comunican los agentes--contestó el ministro--, pero no hay que
-abrigar mucha confianza. Es posible que mis agentes estén en relación
-con los realistas.
-
---Es muy probable--añadió Aviraneta.
-
---Casi valdría la pena de que fuera usted otra vez á Francia--dijo de
-pronto San Miguel.
-
---¿A París?
-
---No; á la frontera.
-
---Pues si usted quiere, voy. ¿Qué hay que hacer?
-
---Primero averiguar cómo va la cuestión de la Intendencia del ejército
-de Angulema, y si no hay esperanza en esto, marchar á San Sebastián y
-ayudar á los emigrados franceses, que parece que van á hacer un intento.
-
---Muy bien. Estoy á la orden de usted.
-
---Pues cuanto antes. Si se puede hoy, mejor que mañana. Me conviene que
-vaya usted en seguida. En cuanto llegue usted á la frontera, que le
-tengan una silla de postas preparada, é inmediatamente que sepa usted
-algo definitivo me avisa.
-
---Y en San Sebastián, ¿qué haré?
-
---En San Sebastián activará usted la gestión de los carbonarios. Usted
-creo que es carbonario también.
-
---¿Por dónde lo sabe usted?--dijo Aviraneta algo alarmado.
-
---Amigo, un ministro tiene sus informes secretos.
-
---Yo creí que en España los ministros eran los últimos que se enteraban
-de las cosas--replicó sarcásticamente Aviraneta.
-
---Como ve usted, no siempre--dijo D. Evaristo, riendo--. Cuando llegue
-usted á San Sebastián se pondrá usted al habla con el jefe político y
-el militar. Usted, como hombre más expeditivo, les aconsejará que obren
-con rapidez, aunque sea saltando por encima de la ley.
-
---Mala opinión tiene usted de mí, D. Evaristo.
-
---No, hombre, no. Muy buena.
-
---¡Hum! ¡Qué sé yo! Creo que me considera usted como un apreciable
-granuja.
-
---Bien. Ya discutiremos eso con más tiempo. Ahora voy á hacer que
-escriban los reales decretos: uno para usted, Aviraneta; otro para
-usted, D. Juan Martín.
-
---¿Qué ha pensado usted para mí?--preguntó el Empecinado.
-
---Haré que el rey le autorice á usted para el levantamiento y
-organización de guerrillas en Castilla la Vieja y la Nueva, para
-oponerse á la invasión de los franceses.
-
---¿Querrá?
-
---¡Qué remedio le queda!--exclamó irónicamente San Miguel--. ¡Mientras
-esté con nosotros! Esperen ustedes un momento aquí. Yo mismo voy.
-
-Quedaron solos Aviraneta y el Empecinado.
-
---De manera que eres carbonario--preguntó D. Juan Martín.
-
---Sí.
-
---¿Y por qué no me lo has dicho?
-
---Hombre. ¿Para qué?
-
---Yo no he tenido secretos para ti.
-
-Aviraneta no contestó. Esperaron cerca de una hora y al cabo de este
-tiempo, volvió el ministro, un poco nervioso y sofocado, con los dos
-despachos.
-
-En el uno mandaba á los gobernadores, alcaldes y justicias del reino
-que obedecieran las órdenes de D. Eugenio de Aviraneta; en el otro
-nombraba comandante general de todas las columnas patrióticas que se
-organizasen en ambas Castillas, con facultades extraordinarias para
-crear cuerpos y premiar el mérito militar hasta coronel inclusive, á D.
-Juan Martín, el Empecinado.
-
---Espero que harán ustedes maravillas--dijo el ministro.
-
---Haremos lo que podamos--replicó D. Juan Martín.
-
---Se acerca el momento de prueba--repuso el ministro--. Quiera Dios que
-salgamos con bien. Hasta la vista, señores.
-
---Adiós.
-
-Se estrecharon las manos, y D. Juan Martín y Aviraneta salieron de
-Palacio.
-
---Iremos juntos hasta Valladolid--dijo el Empecinado.
-
---Bueno, iremos juntos--contestó Aviraneta.
-
-
-
-
-II.
-
-MASCARADA MILITAR
-
-
-Salieron Aviraneta, el Empecinado y el _Lobo_, á caballo, con una
-escolta de lanceros, y el primer punto en donde hicieron una parada
-larga fué en la finca de Castrillo, de D. Juan Martín.
-
-El Empecinado había pensado en reunir á sus antiguos guerrilleros.
-Efectivamente, mandó recado á los amigos de toda la comarca: unos no
-estaban en sus casas, otros habían muerto, otros no podían.
-
-De Castrillo se pasó á Aranda, y aquí también, excepción hecha de
-Diamante, Valladares y alguno que otro miliciano nacional, no acudió
-nadie al llamamiento.
-
-Se decidió nombrar jefe de la Milicia del partido de Aranda á Diamante
-y encargarle de la organización de una columna patriótica.
-
-El _Lobo_ aprovechó su estancia en Aranda para traspasar su posada y su
-fragua á un pariente, y decidió, en espera de los sucesos, llevar su
-familia á un pueblo de la provincia de Burgos, de donde era su mujer.
-
-Casi con la seguridad de que la comarca del Duero no respondería al
-llamamiento para luchar por la Constitución, se siguió á Valladolid.
-
-El Empecinado y Aviraneta giraron una visita á los cuarteles y á
-los parques de la ciudad castellana, y recibieron una impresión
-desconsoladora.
-
-Les acompañó un oficial de Estado Mayor, ex ayudante de Zarco del Valle.
-
-Los informes de éste les sirvió para darse cuenta de la situación. No
-había en los parques material de artillería: los cañones eran malos y
-viejos, perfectamente inútiles, y faltaban las municiones. Respecto á
-la caballería, estaba en cuadro, y hacía mucho tiempo que no maniobraba.
-
-Lo mejor era la infantería, y aun así, escaseaban fusiles, cartuchos,
-uniformes y armas blancas.
-
-En cuestión de competencia, según el oficial de Estado Mayor, se estaba
-á la altura de lo demás; los oficiales conocían únicamente la guerra
-de guerrillas y de pequeños grupos. El Estado Mayor no se hallaba
-constituído científicamente: parecía un cuerpo sin más objeto que
-llevar un uniforme lujoso.
-
-Los generales y jefes políticos querían resolver en un momento lo que
-no se había resuelto en años, y daban constantemente órdenes diversas y
-contradictorias.
-
-Para obviar la falta de uniformes y armas, las autoridades decidieron
-abrir las cuadras, conventos é iglesias arruinadas, donde se habían
-almacenado los despojos del ejército de Napoleón, y comenzaron á
-aparecer, con gran regocijo de la gente, cascos, chacós, morriones y
-turbantes de polacos, alemanes, mamelucos y franceses. Al mismo tiempo
-salieron lanzas, alfanjes, espadines y gumías.
-
-Un gran motivo de confusión y de desorden en las ciudades eran las
-Sociedades secretas, que obligaban á sus afiliados á adoptar una
-actitud especial ante los sucesos. En el ejército, casi todos los
-oficiales y jefes pertenecían á algún grupo político.
-
-Los generales habían dado el ejemplo.
-
-Mina era carbonario; O'Donnell, San Miguel, O'Daly y Montijo, masones;
-Ballesteros, el Empecinado y Palarea, comuneros; Morillo, anillero.
-
-Una divergencia parecida á la de los jefes de altos cargos existía
-entre los oficiales subalternos, que intrigaban abiertamente contra la
-política de los unos ó de los otros.
-
-Para mayor confusión, los liberales exaltados de los Ayuntamientos,
-casi todos ellos de la Milicia nacional, viendo la indiferencia y
-pasividad del ejército, pretendían dirigir y preparar la defensa de los
-pueblos con planes absurdos y descabellados.
-
-Estos milicianos pensaban que los jefes no manifestaban bastante
-ardimiento en la defensa de la libertad. En los pueblos se veía ir y
-venir á los exaltados seguidos de sus grupos.
-
-Algunos de estos ciudadanos, con su indumentaria napoleónica, sus
-casacas, sus morriones, sus tricornios, sus corazas, sus sables corvos
-de mameluco, parecían comparsas de carnaval.
-
-El mayor contingente de soldados espontáneos lo daba la clase media;
-los pobres, en general, odiaban á los liberales como se odia á los
-tiranos: no los tenían por gente del pueblo, sino por aristócratas
-extranjerizados, enemigos de todo lo popular.
-
-Había, además de causas de simpatía espiritual, otras más materiales
-para explicar el odio de la plebe feota á los liberales: el liberal, en
-aquella época, mandaba, el realista obedecía; el miliciano estaba bien
-vestido; en cambio el soldado de la fe andaba roto y haraposo. El feota
-quería cambiar su camisa desgarrada y sucia por la casaca abrigada del
-audaz matareyes y del impío matafrailes.
-
-Por entonces empezaba á generalizarse la palabra _negro_ para llamar al
-liberal, palabra que tuvo su expansión con la entrada triunfal de los
-franceses con Angulema.
-
-En los liberales de los pueblos había las mismas divisiones que en los
-de Madrid.
-
-Los masones eran las personas más ilustradas; los comuneros, los
-radicales y los lectores del _Zurriago_, formaban una turba de
-demagogos callejeros, escandalosos y chillones, que gritaban en las
-tabernas y se confundían con la gente clerical.
-
-En el ejército había muchos oficiales enemigos de la Constitución.
-Estos no se recataban en decir que veían próximo y deseaban el triunfo
-de los franceses.
-
-Los oficiales liberales entusiastas buscaban la manera de preparar una
-resistencia seria; pero se encontraban hundidos en aquel pantano de
-debilidades, de desconfianzas y de intrigas.
-
-Por otra parte, los sargentos y cabos de milicianos comuneros y
-zurriaguistas creían que las tropas de Angulema estaban en la frontera
-únicamente para intimidar á los descamisados españoles; pensaban que el
-ejército francés era un ejército falso, inventado por los pasteleros
-masones.
-
-Con este ambiente de indisciplina, de vacilaciones y desconfianzas, era
-imposible que el país y el ejército hiciesen algo serio.
-
-Así, el fracaso constitucional fué consumado de una manera pobre,
-triste y grotesca, sin grandeza en el vencedor ni heroísmo en el
-vencido.
-
-
-
-
-III.
-
-ANTIGUOS AMIGOS
-
-
-Dejando á don Juan Martín muy desalentado, Aviraneta, en compañía del
-_Lobo_, marchó á Burgos; se detuvo unas horas en Miranda y en Vitoria,
-y llegó á San Sebastián.
-
-Estaba de jefe político un navarro llamado Albistur, y mandaba la
-guarnición el brigadier de Caballería don Pablo de la Peña, que tenía á
-sus órdenes los regimientos incompletos de Valencey, España, Salamanca
-é Imperial Alejandro.
-
-Aviraneta conferenció con los dos jefes y les explicó su misión de
-averiguar lo que ocurría con la Intendencia del ejército de Angulema.
-
---El ministro supone--dijo Aviraneta--que si el Gobierno francés no
-resuelve este punto, su empresa morirá por consunción antes de nacer.
-
---Yo creo que lo resuelve--repuso el brigadier Peña.
-
---Entonces ustedes, los militares, tendrán la palabra--contestó
-Aviraneta.
-
---¿No es usted militar?
-
---Militar de afición. He sido guerrillero.
-
---¿Durante la guerra de la Independencia?
-
---Sí.
-
-El brigadier Peña contempló á Aviraneta con curiosidad.
-
---¿Y qué pretende el ministro?--repuso.
-
---El ministro desea que se den facilidades al proyecto de los
-republicanos franceses, que intentan hacer desistir á sus paisanos de
-la invasión.
-
---Estoy enterado de ese proyecto--dijo el brigadier.
-
---Yo también--repuso el jefe político--, y ayudaré con mis medios.
-
---Entonces de acuerdo--añadió Aviraneta--; yo me voy á Bayona y la
-primera noticia definitiva que sepa la enviaré con un propio á Behovia.
-
---Entonces yo me encargo de recogerla y hacer que la lleven por la
-posta á Madrid--dijo el jefe político.
-
-Aviraneta dejó al _Lobo_ en San Sebastián y se dirigió á Irún. Encontró
-allí á su amigo Juan Olavarría, quien se manifestó muy pesimista. Creía
-que Angulema entraría sin dificultades, y que el ejército español no
-sabría defenderse.
-
-Los liberales de Irún habían publicado una alocución que terminaba
-diciendo:
-
-"Si á pesar de todo la libertad sucumbiera, aun nos quedaría un
-arbitrio que se burla de todos los tiranos: perecer, como Leonidas,
-bajo las ruinas de la República."
-
-Aviraneta tenía poca fe en las frases, y no hizo de ésta mucho caso.
-
-Aviraneta alquiló una barca en Fuenterrabía, pasó á Hendaya, y en un
-cochecito fué á San Juan de Luz.
-
-Aquí se detuvo en la casa donde vivía la viuda de Ignacio Arteaga.
-Encontró á Mercedes como siempre muy guapa. Corito, la ahijada de don
-Eugenio, tenía ya tres años y estaba muy bonita, hablaba mucho; contaba
-largas historias. Aviraneta comió con la viuda y pasó unas horas en la
-terraza de la casa, con la niña en brazos, mirando el mar.
-
-Recordó los tiempos en que solía estar en compañía de Lara y de Fermina
-la _Navarra_, con la hija de Martinillo el pastor, en un pueblo de la
-provincia de Burgos.
-
-En aquellos momentos, en su imaginación se fundían la hija de Teodosia
-y Corito, y eran la misma persona.
-
-Por la noche llegaron á casa de Mercedes su tío don Francisco Ramírez
-de la Piscina con el señor Salazar, dos personalidades de Laguardia.
-
-Ramírez de la Piscina era un señor vestido de traje negro, algo raído,
-con calzón corto, casaca larga y aire clerical, frío y solemne.
-
-El Sr. Salazar contrastaba con él por su aspecto elegante. Salazar
-parecía salir de una fábrica recién construído y barnizado. Iba muy
-elegante: vestía pantalón estrecho con trabillas, levita azul estilo
-inglés, botas que le sonaban al andar, cuello de camisa limpísimo y
-corbata brillante de muchas vueltas. Sobre el chaleco rameado llevaba
-una gruesa cadena de reloj con muchos dijes, y en los dedos, una
-porción de sortijas.
-
-El Sr. Salazar iba tan empaquetado, que cualquiera hubiese temido que
-iba á hacer crac y á romperse por alguna parte.
-
-Ramírez de la Piscina era realista; el Sr. Salazar figuraba entre los
-anilleros y se tenía por hombre que miraba los acontecimientos con
-frialdad y buen sentido. Hablaba de una manera un tanto pedantesca.
-
---Yo entiendo--le dijo el Sr. Salazar á Aviraneta--que la Constitución
-de Cádiz tiene poca vida.
-
---¿Por qué?
-
---Porque no la han de dejar robustecerse, reconstituirse: ó ha de
-vencer, y para eso no tiene fuerza, ó ha de morir de anemia. Dentro
-tiene como enemigos al rey y á la corte, que trabajan de consuno con su
-dinero y su influencia en su descrédito, y, á mayor abundamiento, á los
-frailes, á los afrancesados, á los realistas, á los moderados. ¿No es
-cierto?
-
---Sí.
-
---Fuera tiene como enemigos á la Santa Alianza, á Francia, que hoy
-está bajo una dinastía restaurada; á Inglaterra, gobernada por una
-aristocracia _tory_, á la prensa europea y al comercio de todo el
-mundo. Esto hace pensar que no vivirá.
-
---¿De manera que vamos al absolutismo, al gobierno de los frailes?
-
---Algunos afirman que el Gobierno de Luis XVIII ha ofrecido una Carta
-otorgada por el rey, á estilo francés, con dos Cámaras; pero que las
-Cortes no la aceptan. Esto no es óbice para que este sistema se acepte
-tarde ó temprano en España.
-
---No sé; lo que no creo es que el ofrecimiento sea cierto--replicó
-Aviraneta--.Los políticos franceses suponen que España no puede salir
-del absolutismo. Piensan que á los españoles nos viene grande, no
-una Constitución democrática como la de Cádiz, sino una sombra de
-Parlamento vigilado por el Gobierno.
-
-Tras de las divagaciones de Salazar, el Sr. Ramírez de la Piscina contó
-á Aviraneta las postrimerías de la regencia de Urgel. Esta regencia,
-después de haber trabajado por el absolutismo y la intervención, tomaba
-á última hora una actitud casi facciosa ante los realistas.
-
-Uno de los directores, Eroles, había abandonado á sus compañeros y
-se había unido á Eguía. Los otros dos, los más acérrimos, el marqués
-de Mataflorida y el arzobispo Creux, habían salido de Toulouse _motu
-proprio_, estableciéndose en Perpiñán.
-
-Estando allí se les presentó el general Bordesoulle y les invitó á
-que regresaran á Toulouse inmediatamente á cumplimentar al duque de
-Angulema.
-
-La decadencia de la regencia de Urgel daba más importancia al general
-Eguía. Este escribía á Mataflorida diciéndole:
-
-"Renuncie V. E. á toda idea de sostener la regencia que formó, dejando
-obrar libremente la que yo debo presidir."
-
-Mataflorida, indignado, comunicó á sus amigos que Eguía era partidario
-de la Carta y de las dos Cámaras, cosa horrible para un realista puro,
-y les advirtió que pensaba entrar en Navarra á desenmascarar á los
-traidores. Eguía, incomodado, contestó dando orden de prenderlo si se
-presentaba en Navarra. Mataflorida dirigió una protesta al duque de
-Angulema, y éste, en vez de escucharle, mandó confinar al marqués y al
-arzobispo absolutistas en el interior de Francia.
-
-Eguía triunfó en toda la línea, y con Calderón, Juan Bautista Erro y el
-barón de Eroles fundó la Regencia provincial, que comenzó en Bayona y
-se instaló después en Oyarzun.
-
-
-
-
-IV.
-
-EN EL ESPIONAJE
-
-
-Con sentimiento dejó Aviraneta San Juan de Luz y se dirigió á Bayona.
-Tomó un cuartucho alto en la fonda de San Esteban, que fué lo único que
-pudo encontrar, pues todos los hoteles estaban ocupados, y se dispuso á
-enterarse de cuanto pasaba.
-
-Su primera gestión fué ir á casa de Juan Bautista Beunza, que vivía
-en la calle de los Vascos, y encargarle que le tuviera constantemente
-preparado un tílburi para salir en cualquier momento y á toda prisa
-para España.
-
-Hecha esta diligencia se dedicó á husmear por el pueblo. El ejército
-francés de ocupación estaba distribuído por las plazas del Mediodía de
-Francia. El duque de Angulema iba á ponerse al frente de cinco cuerpos
-de ejército. El primero se hallaba á las órdenes del mariscal duque
-de Reggio, con los tenientes generales conde de Autichamp, Bourke,
-vizconde de Obert y Castex. Este era el destinado á marchar sobre
-Madrid. Los otros los mandarían el general Molitor, el príncipe de
-Hohenlohe, el mariscal Moncey y el general Bordesoulle.
-
-El general Guilleminot, hombre sagaz y de talento, distinguido como
-militar y como político, había sido nombrado mayor general.
-
-Además del gran número de jefes y oficiales franceses reunidos en
-Bayona, estaba toda la flor y nata del absolutismo español, excepto los
-pocos que quedaban fieles á la Regencia de Urgel. Eguía, Erro, Quesada,
-Longa, José O'Donnell, el _Trapense_, Josefina Comerford, Urbiztondo,
-Corpas y otros muchos andaban por allí reunidos con sus partidarios,
-preparándose é intrigando.
-
-El ejército francés, paralizado en la frontera, y la nube de cortesanos
-realistas, hacía que Bayona fuera un gran foco de noticias falsas.
-
-Constantemente se decía que el ejército iba á salir, y al mismo tiempo
-se aseguraba que no podía marchar porque no tenía víveres ni para los
-hombres ni para los caballos, y que faltaban almacenes, carros y toda
-clase de medios de transporte.
-
-Estas últimas noticias, unidas á las diferencias y al odio que se
-tenían los realistas españoles entre sí, alimentaban las esperanzas
-de los liberales. Por otro lado, algunos suboficiales y veteranos
-franceses decían que no querían batirse con generales de sacristía.
-
-Aviraneta fué á casa de Basterreche y á la logia de Bayona, á la
-librería de Gosse y á la de Lamaignere. Todas las logias del Mediodía
-de Francia se habían movilizado. Quedaba todavía en ellas un rastro
-republicano, un residuo de la tendencia girondina. En la parte vasca
-dominaban dos hombres: Garat y Basterreche; en las Landas quedaban
-algunos amigos de Ducos, y en la parte gascona persistía la influencia
-del convencional Barère, que vivía por entonces, ya viejo, en Bruselas.
-
-A pesar de su versatilidad, de haber sido girondino, jacobino,
-bonapartista y hasta haberse ofrecido, según algunos, á los Borbones,
-Beltrán Barère era muy querido por los gascones, que veían en él un
-regionalista entusiasta y un enemigo de la centralización y de la
-supremacía de París sobre la provincia.
-
-Tanto á Garat como á Barère se les consideraba por su influencia y
-su grado en la masonería, como _acerrimi libertatis et veritatis
-defensores_: acérrimos defensores de la libertad y de la verdad.
-
-Estas logias de los pueblos del Mediodía de Francia se cambiaban
-órdenes y mandaban impresos asegurando que las tropas no entrarían
-en España y que los soldados franceses no querían ser criados de los
-jesuítas.
-
-Al segundo día de llegar, en casa de Basterreche le dijeron á Aviraneta
-que el banquero Ouvrard acababa de presentarse en Bayona. La noticia
-era grave, porque Ouvrard tenía fama de ser hombre expeditivo y capaz
-de resolver las mayores dificultades.
-
-El día siguiente, 4 de Abril, Aviraneta se puso en campaña para seguir
-los pasos de Ouvrard. No era fácil, ni mucho menos. El banquero venía
-con su socio Seguín, su sobrino Víctor, una docena de criados, y estaba
-muy vigilado por la policía. Ouvrard tuvo varias conferencias con el
-intendente Sicard, con el duque de Bellune y con el general Tirlet.
-
-El día 5, por la mañana, Aviraneta supo en la librería de Gosse que
-el príncipe generalísimo de las tropas francesas había llamado á
-conferencia á Ouvrard, y poco después se aseguró que se enviaba la
-caballería hacia las llanuras de Tarbes, porque no había forrajes
-suficientes para ella.
-
-El mismo día por la noche Aviraneta tuvo la gran sorpresa de ver entrar
-en la fonda de San Esteban á la Sole con el marqués de Vieuzac.
-
-Ella le conoció en seguida; el marqués, no. Aviraneta, por uno de los
-mozos del hotel, afiliado á la masonería, mandó á la Soledad un recado
-diciéndola que quería tener con ella una entrevista. La Soledad, sin
-duda, se alarmó al saber que don Eugenio estaba en el mismo hotel, y
-le contestó advirtiéndole que se hallaba muy vigilada, y que si le
-tenía algo que decir se lo comunicara por el mozo, sin escribirla. La
-Soledad no apareció por el comedor. Comía en su cuarto con una señora
-parisiense que la acompañaba.
-
-Aviraneta hubiese querido averiguar algo por la Sole. Vieuzac, como
-empleado de importancia, debía estar enterado al detalle de cuanto
-pensaba hacer el Gobierno francés.
-
-El día 5, por la tarde, el mozo masón de la fonda de San Esteban se
-acercó á Aviraneta y le dijo que tenía que hablarle.
-
-Este mozo, que se llamaba Gracieux, era todo un tipo: alto, flaco,
-aventurero, hombre de gran nariz y de concepciones atrevidas. Gracieux
-era admirador de Aviraneta. Gracieux, con gran misterio, le dijo á don
-Eugenio que iban á tener una cena en un comedorcito aparte un ayudante
-del general Tirlet, el sobrino de Ouvrard, el marqués de Vieuzac y
-varias damas: la Soledad con su señora de compañía, una cómica amiga de
-Ouvrard y una bailarina entretenida por el ayudante de Tirlet.
-
-El mozo masón dijo á Aviraneta que si quería le prepararía un
-escondrijo, y desde él podría oír la conversación.
-
---Vamos á ver eso.
-
-Entraron en el comedor.
-
-El mozo abrió la parte baja de un armario grande.
-
---Aquí puede usted meterse--le dijo.
-
---¿Aquí?--exclamó Aviraneta.
-
---Sí, hay sitio. Un poco incómodo será.
-
---Veamos.
-
-Aviraneta hizo la prueba y murmuró:
-
---La cabeza no está muy cómoda sobre un trozo de madera.
-
---Le traeré á usted una almohada.
-
---Buena idea.
-
-Aviraneta cogió la almohada que le dió el mozo, y se tendió en el
-armario.
-
---¿A qué hora es la cena?--preguntó.
-
---A las doce.
-
---Tres horas de espera. Bueno. Me dedicaré á la meditación.
-
---Cuando se acabe la cena y se vayan yo vendré á sacarle á usted--dijo
-el mozo.
-
-Aviraneta se tendió en su agujero y pasó las tres horas aburrido.
-Sonaron las doce, y no apareció nadie; á la una se presentaron las
-mujeres, y poco después de las dos llegaron los hombres.
-
-Comenzó la cena. Vieuzac estaba galante con la Soledad. Ella hablaba ya
-bastante bien el francés, y se manifestaba, como siempre, muy mimosa,
-coqueta y melancólica.
-
-Ouvrard el joven, como parisiense que encuentra que fuera de París no
-se puede vivir, comenzó á hablar mal de los meridionales. Según él,
-desde Angulema para abajo no se veía más que afectación, falsedad,
-farsa y mentira. A alguien había oído decir _Mendacia vasconica_:
-mentira vasca ó gascona, y repetía la frase.
-
-Vieuzac, que procedía de Argeles de Bigorre, defendió á los
-meridionales con calor.
-
---Defienda usted también á su paisano el regicida Barère--dijo Ouvrard
-con ironía.
-
---Paisano y pariente--replicó Vieuzac.
-
---¿Es usted pariente del Anacreonte de la guillotina?--preguntó el
-ayudante de Tirlet.
-
--Sí.
-
---Y creo que tiene cierto orgullo con ello--repuso Ouvrard.
-
---Como ustedes, los bretones, tienen entusiasmo por sus realistas
-salvajes.
-
---¿Vive Barère?--dijo el ayudante de Tirlet.
-
---Sí, en Bruselas.
-
---¡Qué extraña existencia la de esos hombres! ¿Usted le conoce?
-
---Sí. Es uno de los tipos más sugestivos y más amenos que se pueden
-tratar. En su conversación hace desfilar todas las figuras de la
-historia contemporánea de Francia.
-
-Aviraneta pensó que perdía el tiempo en su agujero y que no se iba á
-hablar de la intervención; pero á los postres el ayudante de Tirlet
-preguntó:
-
---¿Y al fin entramos ó no entramos en España?
-
---Sí--dijo Vieuzac--. Está decidido.
-
---Mañana, á las diez, se firma el tratado de mi tío añadió Víctor
-Ouvrard--. Su alteza real el príncipe generalísimo pondrá él mismo el
-sello en el contrato.
-
---¿De modo que han quedado todos los puntos resueltos?
-
---Todos.
-
---¿Y el ministro de la Guerra?
-
---El mariscal Víctor--dijo Ouvrard--está enfermo de gota, y grita á
-todas horas furioso que mi tío es un ladrón y que quiere quedarse con
-todo el dinero de la administración militar.--Y es posible que sea
-verdad.
-
---¡Vaya un buen sobrino!--exclamó el ayudante de Tirlet.
-
---Amigo de Platón, pero más amigo de la verdad--contestó Víctor Ouvrard.
-
---¿Amigo de quién?--preguntó la bailarina.
-
---De Platón... un banquero--dijo el ayudante de Tirlet, riendo.
-
---¿Rico?
-
---Muy rico.
-
---Me gustaría conocerle.
-
---Es incorruptible.
-
---¡Bah!
-
---Esos españoles lo están haciendo mal--exclamó Vieuzac.
-
---Sí; vamos á hacer el juego á Fernando y á los frailes--repuso el
-ayudante.
-
---Se hará lo posible para impedirlo--dijo Vieuzac--. Mientras el
-ejército francés esté en España, yo creo que los realistas y los
-frailes no se desmandarán, á no ser que los liberales cometan grandes
-violencias.
-
---En fin, poco importa--exclamó el ayudante--nos pegaremos con los
-españoles. Esta no es una guerra como las de Napoleón, cierto; pero el
-militar no puede elegir las guerras. De todos modos habrá ascensos y
-condecoraciones.
-
-Tras de este intermedio político los comensales volvieron á su
-conversación de París, y á las cuatro de la mañana abandonaron el
-comedor. El mozo fué á avisar á Aviraneta que podía salir.
-
-Este marchó rápidamente á su cuarto y luego á la calle.
-
-Estaba clareando. D. Eugenio fué corriendo á la calle de los Vascos y
-llamó en casa de Beunza. Pronto bajó el hijo Pedro, acompañado de un
-joven, de Ustaritz, llamado Cadet. Sacaron entre los dos el cochecito,
-aparejado.
-
-Aviraneta, Beunza y Cadet montaron en el coche y salieron
-inmediatamente camino de la frontera.
-
-
-
-
-V.
-
-EN EL CAMINO
-
-
-Beunza, el joven, dirigía muy bien; el caballo tenía mucha sangre y el
-tílburi marchaba á la carrera. El día estaba hermoso; el sol brillaba
-en los campos.
-
-Beunza saludaba á derecha é izquierda á las muchachas, que salían á las
-ventanas y reían, y las echaba besos.
-
---Sabe usted que ayer hubo jaleo en el teatro de Bayona--, dijo de
-pronto Pedro.
-
---No. ¿Qué pasó?--preguntó Aviraneta.
-
---Pues nada: una manifestación de hostilidad entre los liberales y el
-ejército.
-
---Cuenta eso.
-
---Ayer, por la noche, se representaba una comedia bastante sosa,
-llamada _El interior de mi estudio_, en que se habla de la paz
-conyugal; y cuando se oía esta palabra paz, nosotros aplaudíamos.
-Entonces un ayudante del general Autichamp, que estaba en un palco,
-se levantó y gritó: _A la porte la canaille!_ Nosotros contestamos,
-gritando: ¡Fuera! ¡Fuera! ¡Mueran los chuanes!
-
---Los militares se echarían sobre vosotros.
-
---Sí; dos oficiales franceses vinieron á pedirnos explicaciones á Cadet
-y á mí: yo le dije al mío que era una vergüenza que fueran á matar la
-libertad en España. Estábamos discutiendo en tono cada vez más agrio,
-cuando se presentó un señor gordo con pretensiones de elegante: gran
-levitón á la inglesa y sombrero de copa. Este señor debía tener algún
-ascendiente sobre los militares, porque los calmó y los hizo marcharse
-de allí.
-
---¿Usted es francés?--me preguntó luego, con un acento muy cómico.
-
---No, soy español.
-
---¡Ah, es usted español!
-
---Sí.
-
---¿Castellano?
-
---No, navarro.
-
---¿Realista?
-
---Republicano.
-
-El gordo se echó á reir y encendió una gran pipa de ámbar que llevaba.
-
---¿De manera que es usted republicano?
-
---Sí, señor.
-
---Yo soy realista.
-
---Peor para usted.
-
---Sin embargo, comprendo que cada cual tiene que tener sus ideas.
-
---Yo no lo comprendo--le dije.
-
---Es posible que haya usted oído hablar de mí--añadió el gordo,
-amablemente.
-
---Creo que no.
-
---Yo soy el general Longa. Francisco Longa, el guerrillero.
-
-Como yo sé que Longa es además de muy valiente muy honrado, le traté
-con respeto y nos hemos hecho amigos.
-
-El joven Beunza se consideraba á sí mismo como hombre á quien
-preocupaba únicamente la política, pero se le veía que se le iban los
-ojos tras de las muchachas que pasaban.
-
-En el cochecito cruzaron, de prisa, por Bidart, San Juan de Luz y
-Urruña, y al llegar á Hendaya se encontraron con que estaban allí
-acantonadas fuerzas de artillería, infantería y caballería francesas
-preparándose para atravesar la frontera.
-
-Aviraneta, Cadet y Beunza pasaron el Bidasoa en una barca, y en Behovia
-D. Eugenio, se encontró con el correo enviado por Albistur, el jefe
-político de Guipúzcoa.
-
-Aviraneta se sentó á la puerta de un caserío y escribió un oficio al
-ministro y otro al gobernador de San Sebastián.
-
-Poco después el correo salía al galope.
-
-Aviraneta iba á buscar un sitio donde acostarse, cuando se encontró con
-el _Lobo_.
-
---¿Qué hay?--le dijo--¿Está usted aquí?
-
---Sí, aquí estamos con los carbonarios franceses é italianos. Yo he
-venido con ellos de San Sebastián.
-
---¿Cuántos hay?
-
---Ciento y tantos.
-
---¿Nada más?
-
---Nada más.
-
---Mal negocio.
-
---Sabe usted que el jefe le conoce á usted.
-
---¿A mí?
-
---Sí.
-
---¿Quién es?
-
---Ha preguntado por usted. Si quiere usted verle...
-
---Sí; vamos.
-
-El _Lobo_, Beunza, Cadet y Aviraneta marcharon hacia la cabeza del
-puente de Behovia, roto por entonces.
-
-Había por allí varios grupos de paisanos y de militares con uniformes
-del tiempo de Bonaparte.
-
-Los paisanos llevaban el traje clásico del liberal de la época: levitón
-largo y entallado, cerrado hasta la barba, sombrero blando y bastón de
-junco, con alma de plomo, sostenido en la muñeca con una cinta de cuero.
-
-El _Lobo_, Beunza, Cadet y Aviraneta cruzaron entre el grupo, y el
-_Lobo_, señalando á uno de los militares, dijo:
-
---Ese es el jefe.
-
-Aviraneta reconoció los ojos brillantes y la cara redonda, alegre y
-decidida del barón de Fabvier.
-
-Aviraneta hizo un gesto de sorpresa y estrechó con efusión la mano del
-francés.
-
---Usted siempre en la hora del peligro--dijo Fabvier.
-
-Al lado de éste se hallaban el coronel Caron y un hombre de unos
-cincuenta años, de tipo germánico, tostado por el sol, que resultó ser
-el general Lallemand.
-
-El barón explicó á Aviraneta su proyecto.
-
-Pensaba invitar, desde la orilla española del Bidasoa, á los soldados
-de Angulema á que abandonaran la invasión y á que se acogiesen á la
-bandera tricolor que enarbolarían ellos. En el caso de que los soldados
-de Luis XVIII simpatizaran, cruzarían el río en unas cuantas barcas que
-tenían en la orilla, cerca de Azquen Portu.
-
---Si le puedo servir en algo, mándeme usted--dijo Aviraneta.
-
---Tengo un aventurero francés que he encontrado por aquí para dirigir
-mi pequeña flota, pero no es de confianza, no le conozco; vaya usted y
-tome la dirección de las barcas. Si la cosa sale bien, yo le llamaré
-para que se acerque.
-
---Bueno, voy en seguida.
-
-Aviraneta con sus amigos, marchó camino de Irún, y, al llegar á Azquen
-Portu, se embarcó.
-
-
-
-
-VI.
-
-EL BATALLÓN DE LOS HOMBRES LIBRES
-
-
-El batallón de los Hombres libres, así se llamaba aquel puñado de
-ilusos reunidos delante de Behovia, había tenido una larga y difícil
-gestación.
-
-Habían esperado los carbonarios organizadores formar una columna de mil
-hombres, con armas, entre franceses é italianos liberales. Esta tropa
-se iría alistando en Bilbao, Tolosa y San Sebastián.
-
-Los jefes políticos de Vizcaya y de Guipúzcoa tenían orden del Gobierno
-español de ayudarlos.
-
-El primer núcleo del pomposo batallón de Hombres libres fué una
-compañía de cazadores, formada en Bilbao con desertores franceses y
-algunos napolitanos.
-
-Mandaba esta compañía el capitán de artillería Nantil, hombre de
-cierta fama. Nantil era un antiguo oficial de la legión del Meurthe,
-bonapartista, que había tomado parte en Francia en el proyectado asalto
-del castillo de Vincennes.
-
-Este complot se fraguó en París antes de la constitución del
-carbonarismo.
-
-Habían ideado los revolucionarios sorprender el castillo de Vincennes;
-después, Nantil y otro oficial, Capes, sublevarían sus regimientos
-de guarnición en París, y con la gente de los arrabales de esta
-ciudad darían el asalto á las Tullerías. Estaban complicados en la
-conspiración Lafayette con sus amigos, varios generales y oficiales de
-alta graduación, como Ordener, Fabvier, Caron y Dentzel. Después del
-movimiento en París, Argenson debía sublevar la Alsacia, Saint-Aignan,
-Nantes y Corcelles Lyon.
-
-La víspera del día fijado para sorprender Vincennes, un polvorín de
-este fuerte voló por casualidad. Al hacer la sumaria, los agentes de la
-policía militar y civil notaron los trabajos de los conspiradores y las
-disposiciones tomadas para el asalto. Nantil y sus amigos escaparon.
-
-Nantil vino á España y se estableció en Bilbao, y estuvo estudiando
-durante algún tiempo las fortificaciones de esta ciudad con el barón de
-Condé.
-
-Nantil, con su compañía de cincuenta ó sesenta hombres, la bandera
-tricolor desplegada, pasó por las calles de Bilbao, el 20 de Marzo de
-1823, al grito de ¡Viva la Libertad! ¡Viva la unión de los pueblos! y
-alguno que otro de ¡Viva Napoleón segundo! Los italianos de Nantil casi
-todos eran republicanos; los franceses, la mayoría, bonapartistas.
-
-Este grupo marchó camino de Tolosa.
-
-Pocos días después, el coronel Caron dejaba Madrid y se trasladaba á
-San Sebastián, en compañía de Fabvier.
-
-Caron era hermano del militar fusilado en Estrasburgo á consecuencia
-del falso complot preparado por la policía y uno de los jefes más
-importantes de los carbonarios.
-
-Fabvier era el que aparecía como organizador y hombre de empuje de los
-liberales desde la ejecución de los sargentos de la Rochela.
-
-El punto de cita de los Hombres libres, hasta 1.º de Abril, fué Tolosa;
-pasado este día se reunirían en San Sebastián y en Irún.
-
-El Gobierno francés no estaba tranquilo; á uno de los militares que
-había salido de París, con su uniforme de oficial bonapartista metido
-en la maleta, se le había ocurrido poner en ésta, para despistar, el
-nombre y la dirección del general Lostende, ayudante de Guilleminot. La
-maleta fué detenida por la policía, y se creyó que Lostende y el mismo
-Guilleminot estaban complicados con los revolucionarios, y el ministro
-de la Guerra, el mariscal Víctor, dió la orden de destituirlos.
-
-El peligro que asustaba al Gobierno francés era bien pequeño.
-
-El batallón de los hombres libres marchaba muy despacio y tenía
-bastante menos fuerza de lo que aparentaba.
-
-Se había mandado aviso, por las ventas carbonarias, á Cugnet de
-Montarlot, á Vaudoncourt y á Delon; pero no se estaba muy seguro de que
-hubieran recibido el aviso, ni de que tuvieran tiempo de presentarse en
-San Sebastián.
-
-Se esperaba mucho de los tres; sobre todo, de Vaudoncourt y de Delon.
-
-Delon, como casi todos los oficiales franceses de artillería cultos,
-era republicano, demócrata y partidario de la gente civil.
-
-Esto separaba mucho á los republicanos de los bonapartistas, pues
-aunque los bonapartistas se llamaban liberales, eran en general
-enemigos de los hombres civiles.
-
-Delon, de oficial de artillería, trabajó con entusiasmo con el general
-Berton en el movimiento de Saumur. Estuvo también complicado en el
-asunto de los sargentos de la Rochela; era jefe importante de los
-carbonarios, y vivía desde hacía tiempo en España.
-
-Llegado el momento, Delon no se presentó, y Vaudoncourt, tampoco. Se
-vió con gran tristeza que en vez de los mil hombres que se esperaban,
-apenas se reunieron en San Sebastián unos doscientos, entre militares y
-carbonarios.
-
-El último día apareció el general Lallemand, con dos amigos. Lallemand
-era fundador del Campo de Asilo de Tejas, que había sido un fracaso.
-Este general había iniciado una suscripción para formar una colonia,
-en América, suscripción que no se llevó á cabo porque los liberales
-comprendieron que no les convenía enviar á los oficiales liberales y
-bonapartistas, á medio sueldo, tan lejos.
-
-Al volver á Europa y saber lo que se preparaba Lallemand, se presentó
-en seguida en la frontera española.
-
-Varios generales, coroneles y comandantes formaban el batallón de los
-Hombres libres, que estuvo instalado unos días en San Sebastián.
-
-En un pueblo pequeño, como entonces era éste, hubo dificultades para
-alojar aquellos hombres. Los liberales de la ciudad se los repartieron,
-y algunos lombardos quincalleros recién venidos al pueblo tomaron como
-alojados á los italianos.
-
-El pequeño batallón de los Hombres libres se dirigió á Irún.
-
-Iban en él Fabvier, Lallemand, Caron, Nantil, Berard, Lamotte, Moreau,
-Pombas y Armando Carrel. A pesar de su pequeñez, no se desanimaron.
-
-Caron, Fabvier y Lallemand tuvieron una conferencia. Caron había
-recibido cartas de sus confidentes diciéndole que el primer cuerpo
-de ejército, que estaba ya en Urruña, avanzaría hacia Hendaya y las
-orillas del Bidasoa, el día 6 de Abril.
-
-El día 5, por la noche, se decidió que el batallón de los Hombres
-libres se presentara en Behovia. Los militares, con sus uniformes y al
-frente la bandera tricolor, intentarían fraternizar con las avanzadas
-francesas.
-
-El gobernador militar de San Sebastián envió al campo atrincherado de
-Irún al regimiento Imperial Alejandro, para demostrar á los franceses
-de Angulema que el Gobierno español patrocinaba la empresa de los
-carbonarios, y al mismo tiempo para defenderlos.
-
-El día 6, por la mañana, el coronel Fabvier tomaba posiciones en la
-cabeza del puente destruído del Bidasoa.
-
-Al otro lado del río, y al alcance de su voz, estaba el 9.º regimiento
-de Infantería ligera y de Artillería de campaña.
-
-A primera hora de la tarde, el teniente general de Artillería Tirlet
-fué á la orilla del Bidasoa, delante de Behovia, y dió las órdenes al
-general Vallin para que estableciera un puente de barcas.
-
-El general Vallin mandaba la brigada de vanguardia del primer cuerpo,
-y una compañía de esta brigada comenzó los trabajos para instalar los
-pontones.
-
-Al mismo tiempo, algunas patrullas del regimiento Imperial Alejandro se
-acercaron á la orilla española, en observación.
-
-Aviraneta, Beunza, Cadet y el _Lobo_, en las barcas, fueron acercándose
-á Behovia.
-
-Era ya media tarde cuando apareció el grupo de bonapartistas y
-carbonarios, y comenzó á llamar á los soldados de las avanzadas
-francesas y á darse á conocer.
-
---¡Ahora vamos!--gritaron los de la orilla española.
-
---¡Sí, venid!--contestaron los soldados que trabajaban al otro lado.
-
-En esto, los carbonarios se pusieron á cantar _La Marsellesa_ y á
-agitar la bandera tricolor. Las notas del hermoso himno se extendieron
-por la superficie tranquila del río.
-
-Aviraneta dió orden á los de sus barcas para que se acercaran á la
-cabeza del puente, donde se hallaban los carbonarios. En esto se vió
-avanzar al galope, en la orilla francesa, un general á caballo.
-
-Era el general Vallin. Mandó preparar una batería; los artilleros
-obedecieron, y sonaron dos estampidos.
-
---¡Viva el Rey!--gritó el general.
-
---¡Viva!--contestaron los soldados, sin gran entusiasmo.
-
-Fabvier y sus tropas, al ver que la descarga no había alcanzado á
-nadie, y creyendo que los artilleros estaban de su parte, gritaron,
-agitando la bandera tricolor:
-
---¡Viva la Artillería francesa! ¡Viva la República!
-
---¡Retiraos, miserables!--oyó Aviraneta que vociferaba el general.
-
---¡Viva la Libertad! ¡Viva la República!--contestaron los hombres
-libres.
-
-Entonces el general Vallin volvió á mandar cargar los cañones, y se
-hicieron varios disparos, seguidos de metralla. Ocho hombres quedaron
-muertos en la orilla española, y veinte ó treinta heridos.
-
-El general Vallin mandaba hacer alto el fuego, cuando se le presentó
-el cabecilla español el _Trapense_ solicitando permiso para pasar
-el Bidasoa, con ochocientos soldados de la Fe, y perseguir á los
-carbonarios.
-
-Aviraneta y los suyos iban á escapar dejándose llevar en las barcas por
-la corriente; pero de la orilla francesa les habían apercibido, y les
-intimaban á acercarse, si no querían recibir un tiro.
-
-Aviraneta vió que era muy difícil escapar á quinientas balas que podían
-disparar sobre ellos, y se acercó á la orilla francesa.
-
-La partida del _Trapense_ quería pasar en las mismas barcas preparadas
-para los carbonarios.
-
-No hubo más remedio que conformarse.
-
-El _Trapense_ venía montado en un caballo tordo, y cerca de él iba su
-amante, Josefina Comerford, de amazona, con un velo en la cara.
-
-El _Trapense_ entró con Josefina en la lancha.
-
-Era el padre Marañón un hombre moreno, de ojos negros brillantes,
-melenas y larga barba espesa, de obscuro color castaño.
-
-Su indumentaria tenía de hombre de iglesia y de bandolero de teatro.
-Llevaba sombrero de ala ancha, de color ceniza, con plumas rojas y
-amarillas y escarapela roja; zamarra de piel negra con el entorchado de
-brigadier en la ancha manga; calzones bombachos, de terciopelo azul,
-con muchos botones, y botas con gruesas espuelas de plata.
-
-En la cintura ostentaba una canana y dos pistolas; en el pecho, un
-escapulario de la Orden de San Francisco y un crucifijo de metal dorado.
-
-En vez de espada empuñaba un látigo.
-
-Josefina Comerford entró en la lancha, y estuvo sentada al lado de
-Aviraneta.
-
-Era esta dama realista una mujer seductora: tenía los ojos azules, la
-tez blanca y el pelo negro. Aunque no de gran estatura, su talle era
-muy esbelto.
-
-Llevaba traje de amazona, dormán con alamares de oro, y una insignia de
-plata en la manga. Josefina, al ver que la observaban, tomó una actitud
-desafiadora y orgullosa.
-
-Beunza la estuvo contemplando con gran atención.
-
---Lástima que le guste ese frailazo--dijo en vascuence; y uno de los
-remeros, al oirlo, se echó á reir.
-
-Al bajar en la orilla española, el fraile enarboló el crucifijo, y lo
-dió á besar á un grupo de aldeanos que se había reunido allá.
-
-Unos ochocientos soldados de la Fe fueron pasando, en barcas, á ocupar
-Behovia.
-
-Al terminar, viéndose menos vigilado, Aviraneta, en su lancha se dejó
-llevar por la corriente, y desembarcó cerca de Irún.
-
-Beunza y Cadet se metieron en casa de un amigo, con la intención de
-volver á Francia. Los demás remeros desaparecieron, y Aviraneta quedó
-en compañía de un pescador que llamaban el _Arranchale_, un francés
-apodado _Nación_ y el _Lobo_.
-
-En Irún se estaban haciendo preparativos para la entrada de Angulema,
-y como allí Aviraneta era conocido, decidió marchar á San Sebastián á
-pie.
-
-
-
-
-VII.
-
-HUYENDO
-
-
-Aviraneta y el _Lobo_, con los dos hombres de las barcas, _Arranchale_
-y _Nación_, tomaron el camino de San Sebastián. La noche estaba
-obscura, no se veía una luz en todo el campo.
-
-Al llegar al alto de Gainchurizqueta se desviaron del camino, se
-metieron en una borda y se echaron á dormir sobre la hierba seca.
-
-Aviraneta estaba rendido del ajetreo de los días anteriores.
-
-Al amanecer se despertó el _Lobo_, llamó á los compañeros y salieron de
-la borda.
-
-La mañana estaba radiante, el cielo muy azul y los campos muy verdes.
-
-Durante la marcha fueron hablando los cuatro. El francés, _Nación_, era
-un hombre fuerte, membrudo, sombrío, de tipo brutal. Era del Norte,
-vestía un traje azul, de tela basta. Tenía los brazos tatuados y un
-anillo en la oreja; fumaba en una pipa corta y negra, en la que hundía
-el dedo pulgar. _Nación_ consideraba España y el Mediodía de Francia
-como países salvajes.
-
-Aviraneta le hizo algunas preguntas que no quiso contestar. Habló
-únicamente de los sitios de Europa que había recorrido, que al parecer
-eran muchos, y se dejó decir que había estado en los pontones.
-Aviraneta supuso que era algún forzado escapado de presidio.
-
-El _Arranchale_, por el contrario de _Nación_, no conocía más que su
-país, y no sabía hablar más que vascuence. El _Arranchale_ no entendía
-de política ni sabía lo que querían los liberales ni los realistas:
-para él, unos y otros peleaban por fantasía. El _Arranchale_, unos años
-antes, había dejado de ser marinero y se había hecho labrador; pero su
-mala suerte le indujo á tomar en arriendo un caserío de Oyarzun, en
-donde los blancos y los negros siempre tenían que parar á reñir y á
-llevarse después lo que hubiera.
-
-Entonces el _Arranchale_ había dejado su mujer y dos hijos en casa de
-la suegra, y andaba de un lado á otro trabajando en Francia ó España,
-siempre en el país vasco á pocas leguas de su casa.
-
-El _Arranchale_ no se atrevía á alejarse mucho porque á una pequeña
-distancia de su pueblo ya se sentía extranjero.
-
-Era el _Arranchale_ fuerte, membrudo, sonriente y ágil como un mono.
-Charlando, pasaron por delante de la bahía de Pasajes, que brillaba
-como un lago al sol, y se acercaron á San Sebastián.
-
-La ciudad en su promontorio, arrimada al Castillo, formaba una pequeña
-península, unida á tierra por arenales, pero en aquel momento de marea
-alta, éstos se hallaban cubiertos de agua, y el pueblo, apoyado en el
-monte, parecía una isla fortificada, con sus murallas, sus baluartes y
-sus cubos.
-
-Pasaron Aviraneta y sus compañeros un puente de barcas, se acercaron á
-la puerta de Tierra y entraron en la plaza.
-
-Aviraneta fué á ver al gobernador militar. El gobernador y el
-Ayuntamiento tomaban en aquel momento las más enérgicas medidas:
-mandaban prender á varios frailes y curas y á otras personas
-sospechosas desafectas á la Constitución, entre ellas al escribano don
-Sebastián Ignacio de Alzate, tío de Aviraneta.
-
-Siete presbíteros de los presos aquel día fueron después fusilados y
-arrojados desde las rocas del Castillo de la Mota al mar.
-
-Aviraneta explicó al gobernador militar lo ocurrido en Behovia y el
-paso de los soldados de la Fe con el _Trapense_ á la cabeza.
-
---No conocía estos detalles--dijo el brigadier Peña--; el fracaso de
-la empresa de los Hombres libres lo sabía porque lo han contado ellos
-mismos.
-
---¿Han quedado aquí los carbonarios?--preguntó Aviraneta.
-
---Hace un momento han embarcado. Van la mayoría á La Coruña, á ponerse
-á las órdenes de sir Roberto Wilson.
-
---¿Y usted cómo está aquí, general? La plaza ¿se encuentra en buenas
-condiciones?
-
---No del todo--contestó el brigadier--. Es una lástima que le quitaran
-á Torrijos el mando de las provincias vascas.
-
---¿Lo llevaba bien?
-
---Muy bien. Se hubiera podido resistir mucho mejor. Torrijos había
-comenzado los trabajos de aprovisionar y de defender San Sebastián y
-Pamplona con método. Al mismo tiempo se había puesto al habla con los
-republicanos y liberales franceses para poner obstáculos á la entrada
-del ejército de Angulema. Cuando la amenaza de la invasión era ya
-inminente, Torrijos consultó con los generales, y todos opinaron que lo
-más prudente era retirar las tropas al interior, dejando guarnecidas
-las plazas. Todos opinaron así menos él y yo. Torrijos, que consideraba
-este plan descabellado, envió al Gobierno una exposición, manifestando
-los graves inconvenientes que tenía tal proyecto. El Gobierno, en vez
-de contestarle le destituyó, nombrándole ministro de la Guerra, y dió
-el mando de este distrito al general Ballesteros.
-
---Que no hace nada.
-
---¡Nada!
-
---Siempre lo mismo. No sabemos aprovechar la gente.
-
---Lo estamos llevando esto muy mal--dijo amargamente el brigadier
-Peña--; me temo que esta guerra va á ser vergonzosa para nosotros.
-Vamos á morir en la ignominia. Yo pienso resistir hasta lo último.
-
---¿El jefe político ha resignado el mando?
-
---Sí. Albistur, con el jefe político de Alava y el de Vizcaya, se han
-reunido con sus fuerzas de nacionales en Vitoria. Los milicianos de las
-tres provincias van hacer la campaña á las órdenes de don Gaspar de
-Jáuregui, el _Pastor_.
-
---¿Y usted se podrá defender mucho tiempo?--preguntó Aviraneta.
-
---Sí. Resistiré.
-
---¿Están bien las murallas?
-
---Sí. Las veremos si usted quiere.
-
---Sí, vamos.
-
-Salieron del baluarte de la puerta de Tierra hacia el Castillo, pasando
-por encima del puerto, dieron la vuelta al monte Urgull y volvieron
-por el lado de la Zurriola otra vez á la puerta de Tierra. Peña mostró
-las baterías, el hornabeque, los revellines y baluartes y expuso las
-probabilidades favorables y adversas que se podían tener con aquellos
-medios.
-
-Por la tarde volvió Aviraneta á visitar al brigadier Peña, y éste le
-dijo que las tropas de Bourke se acercaban y habían tomado las lomas
-próximas al convento de San Bartolomé.
-
---Si tiene usted que marcharse, Aviraneta, puede usted darse prisa.
-
---Mañana me iré.
-
---Mañana estaremos bloqueados.
-
---Pero se podrá salir por mar.
-
---Sí, eso sí.
-
---Entonces no importa.
-
---¿A qué hora piensa usted salir?
-
---A la madrugada.
-
---Bueno, yo daré orden de que le abran.
-
-Al día siguiente, Aviraneta, el _Lobo_, _Arranchale_ y _Nación_
-esperaban reunidos delante de la puerta del Mar.
-
-Estaba amaneciendo; la campana de la iglesia tocaba á la primera misa y
-algunas mujeres y algunos pescadores pasaban por entre la bruma matinal
-como sombras.
-
-En esto llegó delante de la puerta el Capitán de las llaves, examinó
-á Aviraneta y á sus compañeros y abrió un postigo; salieron todos al
-muelle, el _Arranchale_ habló con un pescador y poco después los cuatro
-fugitivos, en una trainera pequeña, con una vela, salieron del puerto,
-pasaron por entre la isla de Santa Clara y el Castillo y marcharon
-hacia Orio.
-
-El _Arranchale_ estaba alegre de verse en el mar. Con su agilidad de
-mono subía y bajaba por el palo de la lancha para arreglar la vela,
-riéndose.
-
---Aquí, aquí cerca--dijo el _Arranchale_ á Aviraneta--encontramos una
-ballena hace unos años.
-
---¡Una ballena tan cerca!
-
---Sí. E intentamos cogerla.
-
---¿Y la cogisteis?
-
---No.
-
---¿Y cómo fué?
-
---Pues pasábamos por aquí cuando la vimos dormida en el agua. Nos
-acercamos á ella, y yo dije: Atadme de la cintura y me acercaré.
-Llevábamos un arpón pequeño. Al llegar á la ballena di un salto desde
-la lancha sobre ella, y con todas mis fuerzas le clavé el arpón. La
-sacudida que dió fué terrible: yo estuve más de cinco minutos dando
-vueltas en la espuma, hasta que me llevaron á la lancha, que iba
-volando arrastrada por la ballena. Cuando me di cuenta de cómo íbamos
-dije: Cortad la cuerda. Pero no quisieron. Así fuimos yo no sé cuanto
-tiempo, hasta que la cuerda se rompió, y desapareció la ballena.
-
-Al concluir su narración, el _Arranchale_ se echó á reir. El _Lobo_,
-aunque no le entendía, se rió también. _Nación_ refunfuñó diciendo á
-Aviraneta que aquel salvaje podía hablar un idioma comprensible y no
-aquella jerga endiablada.
-
-Aviraneta no hizo caso de las murmuraciones del francés, y siguió
-hablando con el _Arranchale_, cuya alegría era comunicativa.
-
-Llegaron á Orio, en donde los tomaron por gentes del ejército de la
-Fe; alquiló Aviraneta un coche, con un caballo, y tomando primero la
-carretera de la costa hasta Zarauz, y luego abandonándola por Cestona,
-Azpeitia y Elgoíbar, llegaron de noche á Vergara.
-
-Se encontraron en las proximidades de esta villa á trescientos hombres,
-mandados por Mac Crohon, que habían salido de Bilbao custodiando un
-convoy que debían conducir á San Sebastián. Al saber por Aviraneta
-que los franceses estaban en España, Mac Crohon decidió retirarse, y
-marchar en busca de don Gaspar de Jáuregui.
-
-En Vergara, como en todos aquellos pueblos, los absolutistas estaban
-entusiasmados con la entrada de los franceses: decían que se iba á
-restaurar la pureza de la fe y la unidad de la patria, y pensaban pedir
-el restablecimiento de la inquisición.
-
-En la región vascongada pululaban las partidas realistas: Quesada,
-O'Donnell, Zabala, Altalarrea, alias _Francho Berri_, Juan Villanueva
-(Juanito el de la _Rochapea_), Fernández el (_Pastor_), Castor
-Andechaga y el cura Gorostidi maniobraban en Vizcaya, Guipúzcoa y
-Navarra.
-
-Jáuregui, Oraá, López Campillo y Chapalangarra luchaban contra ellos.
-
-El 9 de Abril, don Vicente Quesada, desde su cuartel general de
-Zumárraga, anunciaba la entrada en España de las tropas de Angulema.
-
-Al día siguiente de llegar á Vergara, Aviraneta y sus satélites
-aparejaban el cochecito y salían en dirección de Vitoria.
-
-Llegaron á esta ciudad, y Aviraneta se presentó en el Gobierno civil.
-No estaba el jefe político, Núñez de Arenas; y Aviraneta habló con un
-partidario liberal llamado Mantilla, venido de Murcia, á quien las
-tropas del _Trapense_ fusilaron en Julio de 1823.
-
-Mantilla quitó toda esperanza á Aviraneta de que Vitoria pudiera
-defenderse. Se entregaría al momento. En los pueblos, la Milicia
-Nacional no quería que se hiciera la recluta; así que no había
-esperanza alguna de tener hombres con qué resistir.
-
-Aviraneta salió de Vitoria, se detuvo en Miranda y en Haro, y el día 15
-de Abril estaba en Logroño.
-
-
-
-
-VIII.
-
-DON JULIAN SANCHEZ
-
-
-El Gobierno español había intentado organizar sus fuerzas, y había
-puesto todos sus prestigios en el mando de los cuerpos de ejército:
-Mina, en Cataluña; Ballesteros, en las provincias vascas; O'Donnell, en
-Castilla la Nueva; Morillo, en Galicia, y Villacampa, en Andalucía.
-
-De estos cinco hombres, de quien se esperaba mucho, O'Donnell, eterno
-tránsfuga, abandonó la causa constitucional escribiendo una carta á
-Montijo, en la que se manifestaba enemigo de las Cortes; Ballesteros y
-Morillo capitularon; Villacampa no hizo nada, y únicamente Mina tuvo en
-jaque á los franceses, y llevó la campaña con brío y con fuerza.
-
-Cierto que tenía él mejor ejército; que sus compañeros eran
-constitucionales entusiastas, y que todos lucharon hasta el fin,
-excepto el general Manso, que se pasó al enemigo.
-
-De los caudillos sueltos, Torrijos, Chapalangarra, Jáuregui, Valdés,
-Campillo y algunos otros fueron también intrépidos campeones de la
-libertad.
-
-Entre los generales de la Independencia, don Julián Sánchez, el
-_Salamanquino_, estaba en Logroño.
-
-Tenía á sus órdenes dos batallones: uno de Infantería de línea, y otro
-de Milicia activa; éste era el provincial de Logroño, mandado por
-don Joaquín Cos-Gayón. Había también un cuerpo de voluntarios, á las
-órdenes del coronel don Eugenio Arana.
-
-En Logroño, como en casi todas las demás ciudades, los oficiales del
-ejército regular se sentían desalentados, y únicamente los voluntarios
-tomaban la defensa de la Constitución con calor.
-
-Arana trabajaba con todo el entusiasmo posible: había pedido fusiles
-al parque, había formado una compañía Sagrada, había instado al
-Ayuntamiento á que publicase bandos llamando á los que debían ingresar
-en la Milicia Nacional, y á que se reforzaran las murallas de Logroño
-con las losas de la iglesia, suprimida, de San Blas.
-
-Aviraneta, con el _Lobo_, _Arranchale_ y _Nación_, llegó á Logroño y
-se presentó en seguida á Arana. Había un cabo de la Milicia Nacional,
-Pedro Iriarte, que era navarro, y Arana lo puso á las órdenes de
-Aviraneta.
-
-Iriarte se distinguía por su entusiasmo: era silencioso, trabajador y
-liberal acérrimo.
-
-Además de la Milicia de Arana, estaba en Logroño un pequeño grupo de
-guerrilleros que formaba la partida del _Hereje_, que procedía de los
-pueblos de la orilla del Ebro.
-
-La partida del _Hereje_ se distinguía por su radicalismo. El nombre del
-_Hereje_ tenía su historia. Este jefe había estado de barquero en una
-barca del Ebro, trasladando gente. Cobraba dos cuartos por cabeza, y un
-día fué un vendedor de santos con una cesta llena de éstos, y pasó la
-barca.
-
---¿Cuánto es?--le preguntó al llegar á la otra orilla al barquero.
-
-El _Hereje_ contó todos los santos que llevaba, y dijo:
-
---A dos cuartos por cabeza, son catorce cabezas: veintiocho cuartos.
-
-El vendedor protestó, y dijo que una cabeza de santo no podía pagar
-como una de persona, y añadió que no pagaba. El _Hereje_ cogió la cesta
-con los santos, y la tiró al río. Desde entonces le vino el apodo.
-
-El _Hereje_ era hombre pequeño, moreno, canoso, muy vehemente y
-atrevido.
-
-Su partida no tenía buena fama, porque entre los que la formaban había
-gente que experimentaba gran inclinación por los bienes ajenos.
-
-En períodos normales, la partida del _Hereje_ había estado varias
-veces suprimida por el capitán general; pero en aquel momento era
-indispensable aprovecharse de todos los recursos de que se pudiera
-echar mano, y la partida del _Hereje_ tenía libertad de acción.
-
-Aviraneta, Arana y el _Hereje_ intentaron inflamar el espíritu público,
-y se convocó á una reunión de nacionales, que no tuvo gran resultado.
-Todo el mundo estaba desalentado, cansado.
-
-Al día siguiente, Aviraneta y Arana fueron á ver al brigadier don
-Julián Sánchez. Don Julián Sánchez era hombre alto, rubio, de ojos
-azules. Ya no recordaba el antiguo garrochista, brioso y hercúleo.
-
-A pesar de su fortaleza, era tipo de hombre distinguido, fino, cara
-melancólica, nariz corva y frente ancha y despejada.
-
-Sánchez dijo que cumpliría las órdenes del general Ballesteros, quien
-le había mandado que resistiera, y cuando no pudiera más, se retirara
-hacia Soria.
-
-La frialdad é indiferencia de don Julián le preocupó á Aviraneta. La
-mayoría de los militares no sentían con entusiasmo la causa liberal.
-Don Julián Sánchez no era ya el guerrillero arrebatado y valiente. Ya
-no se podía decir de él, como en una canción popular de la guerra de la
-Independencia:
-
- Cuando don Julián Sánchez
- monta á caballo
- se dicen los franceses:
- "Ya viene el diablo".
-
-Don Julián no tenía por entonces ningún aire de diablo: más parecía un
-buen burócrata, apagado y tranquilo.
-
-Aviraneta y Arana se despidieron del brigadier, y pensaron en las
-providencias que se podían tomar.
-
-Aviraneta era partidario de hacer saltar el puente de Logroño; pero
-Arana creía que quizás la parte reaccionaria del pueblo se exasperaría
-y les atacaría. Además, no había pólvora sobrante para hacer esto.
-
-El puente tenía dos puertas, y se dispuso defenderlas con barricadas.
-Se hicieron dos parapetos, mal cimentados y sin gran resistencia, que
-se fortificaron con cuerdas y alambres.
-
-Todo el mundo tenía la impresión del fracaso, y de que el enemigo
-entraría en la ciudad.
-
-Algunos ilusos esperaban; dos mil hombres podían hacer algo.
-
-Cierto que escaseaban las municiones, pero aprovechadas bien había
-posibilidad de detener á los franceses muchos días.
-
-Al saberse la aproximación del enemigo, don Julián Sánchez comenzó á
-preparar, con los pocos medios que disponía, la defensa de Logroño.
-
-Envió á la fuerza que mandaba Cos-Gayón á que tomara posiciones cerca
-del Ebro, se apoderara de las barcas, é impidiera el paso de los
-franceses por los vados.
-
-El brigadier quedó para defender el interior de la ciudad con el
-batallón de Infantería de línea y los milicianos.
-
-El día 17, las tropas del mariscal de campo, conde de Vittré, de la
-división del vizconde de Obert, se presentaron en los alrededores de la
-ciudad.
-
-El día 18, por la mañana, el conde de Vittré envió un parlamentario á
-Sánchez, quien no lo quiso recibir.
-
-Poco después, el primer batallón francés de ligeros del 20 de línea
-tomó posiciones, y empezó á tirotearse con los españoles.
-
-Estos contestaron al fuego con ardor, y contuvieron á los franceses
-durante toda la mañana y parte de la tarde.
-
-Comenzaban los voluntarios y milicianos á entusiasmarse con la defensa
-cuando se supo, con asombro, que el batallón de Milicia activa
-provincial de Logroño, mandado por Cos-Gayón, y enviado por Sánchez á
-las orillas del Ebro, alejándose de la capital y dejándola abierta por
-varios puntos se retiraba á Fuenmayor con ochocientos hombres y noventa
-jinetes.
-
-La voz de traición corrió entre la tropa, y el desaliento cundió
-rápidamente por las filas constitucionales.
-
-En esto, á media tarde, otra compañía francesa de ligeros del 21 de
-línea intervino en el ataque. Destacaron los franceses dos piezas de
-artillería, que rompieron el fuego contra la primera puerta del puente,
-destrozándola, y al poco rato un pelotón de zapadores, acercándose,
-la hundía á martillazos y destruía la trinchera. Sostúvose un momento
-desde la plaza el fuego, pero cesó de nuevo; y entonces un cornetilla
-francés, subido á los hombros de un tambor mayor, escaló la segunda
-puerta y la abrió.
-
-Pronto los cazadores ligeros despejaron el puente; los constitucionales
-españoles comenzaron á retirarse hacia la parte alta del pueblo, cuando
-el general Vittré mandó al primer escuadrón de la Dordogne diera una
-carga contra los españoles.
-
-Sánchez, rodeándose de sus tropas, había formado el cuadro para
-resistir el primer ataque de los de la Dordogne, y lo resistió
-bravamente. Como los franceses tenían una superioridad de fuerzas
-enorme, el general mandó al coronel Müller, de los húsares del Bajo
-Rhin, que atacara por segunda vez. La caballería cargó con furia cuesta
-arriba; las tropas de Sánchez se desordenaron, y el propio don Julián
-cayó herido de una lanzada en el costado y fué hecho prisionero.
-
-Aviraneta estuvo á punto de ser derribado y fué alcanzado por una
-lanza, que le rompió el pantalón y le hizo un rasponazo en la pierna.
-
---Al camino de Soria--gritó el _Hereje_ á Aviraneta.
-
-Aviraneta, el _Lobo_, algunos otros milicianos y los de la partida
-del _Hereje_ se defendieron en las esquinas de la calle del Mercado,
-disparando contra los franceses; al coronel Arana se le distinguía
-por su pelo blanco, entre sus milicianos, gritando y accionando, rojo
-de ira. Aviraneta y los del _Hereje_ tuvieron que escapar subiendo á
-la parte alta del pueblo. Aviraneta vió á _Arranchale_ y á _Nación_
-montados á caballo, dispuestos á huir. Aviraneta y el _Lobo_ se
-acercaron á ellos, montaron en sus mismos caballos y tomaron la
-carretera de Islallana.
-
-A la media hora de salir de Logroño se encontraron con varios
-milicianos, y media docena de hombres de la partida del _Hereje_.
-
-Aviraneta quería reunirse con las fuerzas constitucionales; pero, al
-preguntar en el camino si habían pasado por allí soldados, le dijeron
-que no.
-
-Según unos, el grueso de los liberales había tomado en su retirada
-hacia Rivaflecha. Otros creían que se había dirigido á Soria, por los
-montes.
-
-Se hizo de noche. Aviraneta decidió detenerse en un sitio de fácil
-defensa y aprovisionamiento, y esperar allí al _Hereje_.
-
-Se formó una patrulla, compuesta de veinte hombres, y en el camino
-quedó reducida á doce. A la luz de la luna pasaron Islallana y entraron
-en esa zona teatral y decorativa de la Sierra de Cameros.
-
-Al pie de estos montes, desnudos y pelados, corría un río claro y
-espumoso.
-
-Antes de Torrecilla de Cameros se detuvieron; mandaron á uno por
-provisiones al pueblo, y Aviraneta dispuso ocupar unas rocas que, como
-trincheras naturales, dominaban el camino.
-
-Se pasó la noche allí, y á la mañana siguiente Aviraneta se encontró
-con que de los doce hombres del piquete, más de la mitad habían
-desaparecido. El coronel Arana no llegaba, y en vista de esto
-Aviraneta dijo que cada cual hiciera lo que le pareciese mejor.
-Aviraneta y el _Lobo_ compraron por diez duros, cada uno, dos caballos
-que llevaban los milicianos fugitivos, y que querían deshacerse de
-ellos.
-
-Al día siguiente se supo que las tropas constitucionales huían á la
-desbandada.
-
-Cos-Gayón dijo años más tarde que se había retirado á Fuenmayor con
-el batallón de Milicia activa, siguiendo las órdenes del general
-Ballesteros y que había sido atacado por los franceses que le
-dispersaron sus fuerzas.
-
-Sin embargo, todo el mundo creyó que había obrado de acuerdo con los
-realistas, pues luego de la supuesta derrota, Cos-Gayón se retiró hacia
-Pedro Manrique; volvió á Logroño, y unas semanas más tarde el Gobierno
-absolutista le nombraba gobernador de Vitoria.
-
-
-
-
-IX.
-
-AVIRANETA EN EL CONVENTO
-
-
-Aviraneta dijo que él pensaba marchar á Aranda, y después á Valladolid,
-á reunirse con el Empecinado.
-
-El _Arranchale_, _Nación_, el _Lobo_ y un muchacho riojano de la
-partida del _Hereje_, á quien llamaban el _Estudiante_, decidieron
-seguirle.
-
-Dejaron la calzada de Cameros, que se abre entre grandes masas de
-tierras rocosas, horadadas por el agua, coloreadas de rojo y amarillo,
-pasaron por delante de la cueva Lúbriga, donde se detuvieron un
-momento, y tomaron después á campo traviesa. No se sabía el espíritu
-que tendrían los pueblos por allí, y no era muy prudente entrar en
-ellos.
-
-Dos ó tres veces se comisionó al _Estudiante_ para que comprara pan y
-algunas viandas, y se hizo la comida en el campo.
-
---Oiga usted, capitán--dijo de pronto el _Estudiante_.
-
---¿Qué hay?--preguntó Aviraneta.
-
---¿Usted cree que no podremos entrar en estos pueblos con seguridad?
-
---No; seguramente que no. Sabrán que los franceses han tomado Logroño y
-los realistas estarán alborotados.
-
---Pues yo sé un sitio donde estaremos seguros.
-
---¿En dónde?
-
---En un convento de monjas. Tenemos que desviarnos una hora de camino.
-
---¡Bah! No importa.
-
---Entonces vamos allá.
-
-Se puso el _Estudiante_ á la cabeza del grupo y los demás marcharon
-tras él.
-
-El _Estudiante_ era un joven vivo de movimientos, de estos tipos de
-señoritos de pueblo conquistadores y jactanciosos. Tenía los ojos
-negros y los ademanes petulantes. Llevaba un pañolito rojo en el cuello
-y una rosa, cuyo tallo mordía entre los dientes.
-
-La mañana era de sol; el viento, frío y sutil, se metía en los huesos.
-
-Al llegar á algún grupo de casas, la patrulla lo rodeaba sin acercarse.
-
-Pasaron por delante de varias aldeas destacadas en el campo verde, con
-un color amarillo de miel ó de pan tostado, y las dejaron sin intentar
-entrar.
-
-Al caer de la tarde llegaron al pueblo indicado por el _Estudiante_.
-Era grande, ruinoso, colocado en un alto, con casas amarillentas y
-pardas, alrededor de una iglesia enorme. De lejos parecía un montón de
-trigo rojizo levantado sobre la masa cenicienta y plateada de la sierra.
-
-Se decidió que Aviraneta y el _Estudiante_ entraran en el lugar, y que
-el _Arranchale_, _Nación_ y el _Lobo_ quedaran cerca de un abrevadero
-con los caballos.
-
-Aviraneta y el _Estudiante_ subieron por una rampa á la plaza del
-pueblo. Era ésta espaciosa, cuadrada.
-
-En aquel instante no había en ella nadie.
-
-Uno de los lados de la plaza lo cerraba la Iglesia, una de esas
-fachadas inmensas de estilo jesuítico del siglo XVII, con dos torres
-altísimas y grandes remates barrocos.
-
-Otro de los lados lo formaba un viejo palacio abandonado, con una
-soberbia arcada sostenida por columnas de piedra amarillo rojiza.
-
-Tenía este palacio magníficas rejas platerescas, balcones de hierro
-florido y grandes escudos. Las ventanas y contraventanas eran de
-cuarterones, pintadas con un rojo y un verde, desteñidos por el tiempo
-y la humedad, que tenían unos tonos de nácar. Algunos huecos de la casa
-estaban tapiados por dentro con paredes de ladrillo aspilleradas.
-
-En medio de la plaza había una fuente de cuatro caños, con un gran
-pilón redondo.
-
-El ruido del agua en la taza de piedra era el único que resonaba en
-aquel momento en el pueblo.
-
-Aviraneta y el _Estudiante_ entraron por una calle de casas grandes,
-ruinosas, tostadas por el sol, con aleros artesonados, y salieron á
-una plazuela ó encrucijada de la que partía una rambla pedregosa y en
-cuesta.
-
-A un lado de esta rambla había un edificio de ladrillo con una torre
-baja y un campanario rematado por una cruz y una veleta con un gallo.
-Era el convento.
-
-Se acercó el _Estudiante_ á una puerta pequeña y verde, abrió el
-picaporte, pasó él y tras él Aviraneta; recorrieron un pasillo enlosado
-y un patio con tiestos de geranios y claveles y llamaron en otra
-puerta, de la que salió una mujer flaca, atezada y sonriente.
-
---Ave María Purísima.
-
---Sin pecado concebida.
-
---Hola, señora Benita. Buenas tardes. ¿Cómo está usted?
-
---Bien, ¿y usted?
-
---Bien; ¿podré hablar con Sor Maravillas?
-
---Sí; creo que sí.
-
-Entraron en una habitación larga, obscura que olía á cerrado, con dos
-bancos largos de nogal y el torno en el fondo.
-
-Se avisó á Sor Maravillas, y el _Estudiante_ pasó al torno y habló
-con la monja, y se dedicó á echarla piropos con cierta petulancia y
-afectación de Tenorio. Aviraneta oía la risa de Sor Maravillas.
-
-Luego el _Estudiante_ le contó que había venido con un amigo y que
-deseaba que les permitieran pasar la noche á los dos en casa de la
-señora Benita. La señora Benita era la guardiana.
-
---Ya se lo diré á la superiora--dijo Sor Maravillas.
-
-Poco después volvió diciendo que podían quedarse.
-
-El _Estudiante_ piropeó de nuevo á la monjita y el torno se cerró.
-
---Ahora quédese usted aquí--dijo el _Estudiante_--yo iré á buscar á
-ésos, encontraré sitio para meter los caballos y vendremos todos.
-
-Salió Aviraneta del zaguán á un patio, y precedido de la señora Benita
-subió á un cuarto alto con un balcón corrido.
-
-Aviraneta, como hombre acostumbrado desde chico á vivir con gente de
-iglesia, sabía tratarla, y habló á la señora Benita como si hubiera
-sido el capellán de la comunidad. La señora Benita quedó convencida de
-que era un santo varón y le estuvo explicando cómo vivían las monjas y
-las rentas que tenían.
-
-Había ya obscurecido; la señora Benita tomó su cena y se fué á dormir.
-Aviraneta, esperando á sus compañeros, se asomó al balcón corrido
-de madera. La luna aparecía sobre un monte iluminando el pueblo de
-paredones blancos y de tejados completamente negros; abajo se veía
-el jardín de las monjas con un estanque cuadrado donde brillaban las
-estrellas; á lo lejos, la sierra se destacaba con todas sus piedras,
-como una muralla sombría que estuviera á pocos pasos.
-
-A Aviraneta le vino á la imaginación el contraste de la España, tal
-como era, soñolienta, inmutable, con la agitación política de los
-últimos años; agitación que seguramente no había conmovido más que la
-superficie del país.
-
-A las nueve apareció el _Estudiante_ con el _Lobo_, _Nación_ y el
-_Arranchale_. Traían comestibles y vino; habían dejado los caballos en
-una cuadra.
-
-Comieron, y después de comer se prepararon para dormir; no había más
-que un catre con dos colchones.
-
-Los extendieron en el suelo é intentaron tenderse los cinco, pero no
-tenían espacio. _Nación_ comenzó á refunfuñar.
-
---Aquí debe haber un desván muy hermoso--dijo el _Estudiante_.
-
-Salieron á la escalera, subieron de puntillas y se encontraron con que
-la puerta estaba cerrada.
-
---¿No se podría entrar por otra parte?--preguntó Aviraneta.
-
---Por el tejado quizás.
-
---Veamos cómo.
-
-El _Estudiante_ indicó por dónde se podía ir.
-
-Aviraneta explicó al _Arranchale_ lo que decía. Este, con su agilidad
-de simio, salió al balcón corrido, se subió por uno de los postes de
-los extremos, escaló el tejado y volvió al poco rato diciendo que había
-un camaranchón magnífico.
-
-_Nación_ no se decidió al escalo. Aviraneta y el _Lobo_ siguieron al
-_Arranchale_ y salieron á un desván grande, con columnas de madera,
-que tenía unas figuras de monumento de Semana Santa en un rincón entre
-ristras de ajos y de cebollas y grandes calabazas.
-
-Durmieron admirablemente en un montón de paja; por la mañana, al
-despertarse, abrieron la puerta del sobrado y fueron al cuartucho en
-donde estaban el _Estudiante_ y _Nación_.
-
-Todos, menos el _Estudiante_ y Aviraneta, se trasladaron al desván, y
-decidieron pasar unos días allá para descansar.
-
-El _Estudiante_ llevó á Aviraneta á la botica á que le curaran el
-rasponazo que tenía en la pierna.
-
-La botica, un sitio de un par de metros en cuadro, miserable, ahogado,
-olía á humedad. El boticario era un viejo bajito, gordo, rojo, con el
-vientre piriforme y los ojos pequeños y malignos. Por lo que dijo el
-_Estudiante_, aquel boticario no debía saber una palabra de farmacia,
-porque su mujer, una vieja flaca y triste, con una venda negra en un
-ojo, hacía los récipes.
-
-Le pusieron á don Eugenio unas hilas con ungüento en la herida y le
-vendaron la pierna.
-
-Por la tarde, Aviraneta y el _Estudiante_ visitaron á las monjas en
-el locutorio. Había ocho ó diez, todas de aire enfermizo y triste,
-menos Sor Maravillas, muchacha aún de buen aspecto, de ojos negros,
-brillantes, y cara ojerosa.
-
-La historia de Sor Maravillas era tragicómica.
-
-Había ido al convento de niña con su tía, que era la Superiora, y de
-oír á todas las monjas que la vida del claustro era la mejor, decidió
-profesar. Al comunicárselo á su tía la Superiora, ésta dijo que no,
-que antes su sobrina tenía que ver el mundo y sus grandezas y sus
-complicaciones, y un día de Agosto sacaron á la muchacha del convento
-en compañía de la señora Benita y la hicieron dar una vuelta por el
-pueblo desierto, polvoriento, abrasado por el calor. Sor Maravillas
-volvió de prisa al convento diciendo que el mundo no le ilusionaba.
-
-Aviraneta habló con las monjas con la mayor amabilidad y después se
-retiró en compañía del _Estudiante_.
-
-Al marcharse la señora Benita, Aviraneta y el _Estudiante_ entraron en
-el desván; _Nación_, el _Arranchale_ y el _Lobo_, habían dado por una
-escalera interior con la despensa de las monjas y habían sacado jamón,
-bacalao, queso y dulce, y lo estaban devorando.
-
-El _Estudiante_ se alarmó porque dijo que la falta se la iban á
-atribuir á él; _Nación_ le contestó con desprecio, y Aviraneta decidió
-que debían marcharse.
-
-Se dispuso salir á media noche á buscar los caballos y por la madrugada
-dejar el pueblo.
-
-
-
-
-X.
-
-DE NÁJERA Á ARANDA
-
-
-No conocía el _Estudiante_ muy bien el camino, ni Aviraneta tampoco, y
-en vez de marchar en línea recta á Salas, aparecieron á media mañana en
-Nájera.
-
-Entraron Aviraneta y el _Estudiante_ en el pueblo, y un linternero
-chato, de ojos negros y brillantes, pequeño, aceitunado, que trabajaba
-en una tiendecilla obscura de la calle Mayor, con quien entablaron
-conversación, les dió todos los informes que le pidieron. Les tomaron á
-los cinco por una avanzada del ejército de la Fe, y les trataron bien.
-Comieron en un cuarto de una posada, bajo de techo, con baldosas rojas
-y un balcón que daba á un pedregal, cruzado por el río Najerilla, y
-después de comer, se encaminaron hacia Santo Domingo de la Calzada.
-
-A media tarde se detuvieron á descansar en la plaza de Alesanco. Una
-nube de chiquillos apareció al ver los caballos. Vino el alguacil á
-preguntarles qué pensaban hacer allí, y Aviraneta le dijo que se iban á
-marchar en seguida.
-
-Un maestro de escuela, viejo, medio ciego, el único liberal del pueblo,
-salió al encuentro de los forasteros.
-
-Se sentaron Aviraneta y él en un tronco de árbol que había al borde
-de los arcos de la casa del Ayuntamiento. El maestro tenía un gran
-entusiasmo por la libertad, y le temblaban las manos al hablar del
-liberalismo. Quiso traer á Aviraneta un mapa de la provincia, y se
-fué á buscarlo. Aviraneta quedó solo. Enfrente veía un caserón grande
-y unas casuchas de adobes, en cuyos tejados nacían verdaderos prados
-verdes. Vino el maestro con su mapa, se lo dió á don Eugenio, y éste y
-la compañía salió del pueblo.
-
-El viento era fuerte y frío. Después de beber un trago, en un ventorro,
-se lanzaron en dirección de Santo Domingo de la Calzada, adonde
-llegaron de noche; durmieron en un parador de las afueras.
-
-Al día siguiente, con un hermoso sol, dejaron Santo Domingo. Durante
-mucho tiempo estuvieron viendo su gran torre, alta y amarilla, hasta
-que en la revuelta del camino la perdieron de vista.
-
-Al mediodía llegaron á Ezcaray, pueblo bastante grande, con una hermosa
-plaza, y siguieron camino de Salas.
-
-Tardaron muchas horas en llegar á Salas; aquí tenía el _Lobo_ un mesón
-amigo donde hospedarse, y pudieron descansar.
-
- * * * * *
-
-Poco después de salir de Salas les sorprendió un temporal de lluvia y
-viento que duró varios días.
-
-El campo estaba cubierto de brezos, que empezaban á florecer. Cruzaron
-por Acinas, aldehuela que tiene cerca una peña con restos de castillo,
-y llegaron á Huerta del Rey. Decidieron guarecerse en el pinar, en una
-tenada de pastores, porque Aviraneta no tenía gran confianza en la
-gente de aquel pueblo.
-
-Entre el _Arranchale_ y _Nación_ robaron un cordero, lo mataron y lo
-asaron.
-
-Dejaron al mediodía el pinar de Huerta, y siguieron su marcha.
-
-Enfrente se veía Somosierra nevada. Pasaron por delante de
-Quintanarraya, y al llegar cerca de Coruña del Conde el cielo comenzó
-á obscurecer y á ponerse morado; el viento levantó remolinos de hojas
-secas y de polvo en el camino, y empezó á granizar con una enorme
-violencia.
-
-Se guarecieron los cinco en un soportal de una casa del pueblo, y
-cuando cesó el granizo siguieron adelante.
-
-Pasaron por Peñaranda de Duero, Vadocondes y Fresnillo, y llegaron á
-Aranda por la noche.
-
-El _Lobo_ llevó al _Estudiante_ y á _Nación_ á su antigua casa, y
-Aviraneta á la suya al _Arranchale_.
-
-Aviraneta se lavó, se mudó de ropa, y salió á la calle.
-
-Habló un momento con el relojero suizo y con el farmacéutico, y marchó
-después á ver á Diamante.
-
---Viene usted á tiempo--le dijo éste.
-
---Pues, ¿qué pasa?
-
---Que iba á marcharme del pueblo. La Milicia nacional de todo el
-partido de Aranda está deshecha, y no hay quien la organice. Unos la
-han abandonado y se han pasado á los realistas; otros se han marchado
-á sus casas; el _Lobo_ y dos ó tres más han ido á reunirse con el
-Empecinado.
-
---Sí, ya lo sé. ¿Y Frutos?
-
---Ese está con los feotas. Ya tienen preparado el batallón de
-voluntarios realistas, y mandan en el pueblo como si estuvieran en el
-poder. El teniente de realistas va á ser don Narciso de la Muela; el
-corregidor, don Manuel del Pozo, y el regidor primero, Frutos.
-
---¿De manera que aquí no podemos hacer nada?
-
---Nada, porque nadie nos obedece. Yo he intentado restablecer la
-disciplina: imposible.
-
---Entonces, vámonos.
-
---Cuando usted quiera--dijo Diamante--¡Antes si pudiéramos hacer una
-barrabasada aquí! Podíamos trincar á los jefes realistas, y fusilarlos.
-
---No, no vale la pena--dijo Aviraneta--. Una gota más ó menos en el mar
-no es cosa. Lo que hay que hacer es marcharse rápidamente. ¿No quedan
-caballos de la Milicia?
-
---Sí; cuatro ó cinco.
-
---¿Hay armas?
-
---Ninguna. Todas se las han llevado los realistas.
-
---Pues avise usted á los milicianos amigos, y mañana, á la mañana, si
-es posible, saldremos todos para Valladolid.
-
---Esperaremos. Mandaré el recado de día y sin que nadie se entere.
-Ahora si los feotas vieran movimiento se alarmarían y quizás nos
-atacaran.
-
---Entonces, mañana avíseme usted cuando podamos salir.
-
---Bueno.
-
-Hablaron Aviraneta y Diamante de los acontecimientos del pueblo y de la
-proximidad de la invasión francesa, y se separaron.
-
-
-
-
-XI.
-
-EL ESPÍA DE ROA
-
-
-Hasta las doce de la mañana Aviraneta y Diamante no estuvieron
-preparados para salir. A Diamante le acompañaban tres milicianos: uno
-era Valladares, el otro un exclaustrado voluntario de un convento
-de Peñaranda, á quien llamaban el _Fraile_, y que era tipo de mala
-catadura, y el tercero un cómico, que por dedicarse á representar
-entremeses y sainetes de tendencia liberal en los teatrillos de los
-pueblos y cantar canciones de circunstancias había tenido que alistarse
-entre los milicianos y huir de todos los lugares donde le conocían.
-
-El _Cómico_ era un viejecillo grotesco, flaco, estrecho, sin dientes,
-con la nariz en punta, los ojos hundidos, la barba mal afeitada y
-blanca y anteojos. Era de esos cómicos malos que en todas partes
-parecen actores menos en el teatro: hablaba como un pedante consumado.
-
-Su compañero el _Fraile_, más repulsivo, era un hombre grueso y
-grasiento, con la cara ancha, de blancura mate, tachonada de pústulas;
-ojos negros y unas barbas negrísimas, que parecían de alambre, con
-algunos hilos de plata. Este hombre, pesado y adiposo, tenía á veces
-movimientos de mujer, y una mano blanca y sin huesos.
-
-Su conversación, mezcla de frases frailunas y de lugares comunes
-del liberalismo de la época, era de lo más desagradable que pudiera
-imaginarse.
-
-Con los cuatro que llegaron con Diamante se reunieron nueve hombres
-á caballo. Diamante y el _Lobo_ llevaban sable; los demás no tenían
-armas. Pasaron por Villalba, y luego, cruzando el monte de la
-Ventosilla, tomaron todos el camino de Valladolid. Aviraneta pensaba
-que les sería posible hacer las diez y siete ó diez y ocho leguas que
-hay de Aranda á Valladolid en dos jornadas; pero no contaba con lo
-imprevisto, y lo imprevisto fué que á tres de los caballos sacados de
-Aranda se les cayeron las herraduras y comenzaron á marchar al paso,
-cojeando.
-
-A media tarde, un poco antes de llegar cerca de Roa, se les acercó un
-aldeano montado en un macho.
-
---¿Por aquí no podríamos herrar estos caballos?--le preguntó el
-_Estudiante_.
-
---Sí; ahí mismo, en Roa, que está á un paso.
-
---¿Hay que entrar en el pueblo?--dijo Aviraneta.
-
---No; el herrador tiene la fragua en la misma carretera.
-
-Se acercaron á Roa. Se veía el pueblo rodeado de sus viejas murallas,
-con sus cubos de piedra y sus restos de un castillo.
-
-El aldeano que les acompañaba era un hombre bajito, amable, rasurado,
-que marchaba en su macho á mujeriegas, al parecer sin ganas de entrar
-en conversación con los milicianos.
-
-Le preguntaron de nuevo dónde estaba el herrador, y él dijo que les
-conduciría á su fragua. Efectivamente, los llevó á todos cerca de una
-de las puertas de la muralla, á un cobertizo ennegrecido por el humo,
-en cuyo fondo brillaba el fuego y sonaba un martillo. Hubo que esperar
-largo rato á que terminaran de herrar á un potro bravo. Un mozo con
-el acial revolvía violentamente el belfo del caballo hasta hacerle
-sangrar; otro le había echado un lazo en la pezuña, y le tenía con el
-brazuelo doblado. El potro luchaba furioso; pero al último, estremecido
-y lleno de sudor, tuvo que dejarse poner las herraduras.
-
-Después del potro comenzaron á herrar á los caballos de los milicianos,
-y cuando concluyeron era ya de noche.
-
-Aviraneta pensaba que lo mejor era seguir; pero el _Fraile_, _Nación_ y
-los demás opinaron que, puesto que estaban allí, debían cenar.
-
-El aldeano que les había acompañado, y que hablaba con el herrador
-sosteniendo su mula del diestro, les dijo que allí cerca estaba la
-posada del _Trigueros_, y á pocos pasos una cuadra, donde podían meter
-los caballos.
-
-Dejaron los caballos y fueron á la posada del _Trigueros_.
-
-Entraron en la cocina y rodearon el fogón donde ardía la lumbre.
-Aviraneta, amigo de inspeccionarlo todo, entró por el pasillo y salió á
-un patio y á un corral.
-
-La posada del _Trigueros_ era un mesón grande, sucio y á medias
-derruído. Todo el mundo tenía allí mal aspecto. La dueña parecía un
-buho con sus ojos redondos y obscuros y la nariz picuda. El patrón era
-un hombre mal encarado, de mirada torva dirigida siempre al suelo.
-
-Había también una criada, una muchacha morena, con la piel de tonos de
-cobre. Esta muchacha tenía unos ojos negros brillantes, la boca con una
-dentadura blanca, fuerte, de animal salvaje, el andar de gitana y un
-aire entre misterioso y amenazador.
-
-Algunos, y sobre todo el _Fraile_ y el _Estudiante_, comenzaron á
-galantearla; pero ella, por malicia ó por indiferencia, contestaba á lo
-que le decían con frases que no venían á cuento.
-
-La rivalidad entre el _Fraile_ y el _Estudiante_ ante la criada hizo
-que los dos se enzarzaran en frases ofensivas, y que el _Estudiante_
-llamara Paternidad varias veces al _Fraile_, y que éste quisiera tirar
-un plato á la cabeza del _Estudiante_. Aviraneta intentó cortar la
-disputa, pero no le reconocieron autoridad. Se cenó en la cocina, y
-la cena fué tan larga que se resolvió jugar una partida al monte y
-quedarse allí á dormir.
-
-El patrón de la posada, el _Trigueros_, se acercó varias veces á la
-mesa donde jugaban los milicianos, mirando al suelo, y anduvo rondando
-junto á ella.
-
-Aviraneta, dirigiéndose á él, le preguntó:
-
---Oiga usted, patrón. ¿Hay aquí tropa?
-
---¿Aquí tropa? A veces. ¿Es que son ustedes milicianos?
-
---¿Milicianos? ¿Por qué lo ha supuesto usted?
-
---Qué sé yo.
-
---¿Es usted el alcalde del pueblo?--le preguntó á su vez Aviraneta.
-
---Decía si eran ustedes milicianos.
-
---Yo decía si era usted el alcalde ó el juez.
-
-El _Trigueros_ comprendió que no le querían contestar, y replicó con
-cierta sorna amenazadora:
-
---Aquí se asegura que son ustedes amigos del Empecinado.
-
---¿Dónde es aquí?
-
---En el pueblo.
-
---¿Es que aquí le tienen mucho cariño al Empecinado?
-
---¿Aquí? Ninguno.
-
---¿Les gustará más Merino?
-
---Claro.
-
---Como cura. Es natural.
-
---Qué, ¿ustedes no son partidarios de los curas, verdad?
-
---¿Por qué no?
-
---¡Como dicen que son ustedes milicianos!
-
---¡Bah! ¡Tantas cosas se dicen!
-
-El _Trigueros_, viendo que no sacaba gran partido con sus preguntas,
-escupiendo por el colmillo, se fué de allá.
-
-Don Eugenio salió á la puerta del mesón. No tenía gran simpatía por
-Roa; sabía que aquel pueblo era muy absolutista, pero en esto no se
-diferenciaba de los demás. Años más tarde, cuando el capitán Abad y el
-corregidor Fuentenebro llevaron al patíbulo al Empecinado, Roa tomó una
-fama siniestra entre los liberales.
-
-Después de jugar, los milicianos quedaron en la cocina, alrededor del
-fuego, bebiendo y hablando. El _Estudiante_ y el _Fraile_ siguieron
-batiéndose á sarcasmos ante la criada agitanada.
-
-El _Lobo_ tenía un amigo en el pueblo, á quien pensaba visitar.
-
-Aviraneta quiso acompañarle. Salieron de la posada y se metieron en
-Roa. Pasaron por una de las puertas de la muralla, que tenía una imagen
-iluminada con dos farolillos, y por una callejuela llegaron á la plaza;
-luego, de aquí marcharon hasta una encrucijada, donde vivía el amigo
-del _Lobo_.
-
-Aviraneta se despidió del _Lobo_ y volvió á la plaza Mayor.
-
-La noche estaba obscura. Iba marchando con gran precaución, cuando
-de pronto vió un grupo de sayones, con hopalandas negras; empuñando
-alabardas marchaban á la luz de unos faroles, y se pusieron á cantar.
-
-Aviraneta esquivó el encuentro metiéndose en el hueco de una puerta.
-Aquellos sayones de las hopalandas negras, los Hermanos de las Animas,
-no eran para tranquilizar á nadie.
-
-Aviraneta tomó por un callejón pedregoso.
-
-Al marchar por él, en la obscuridad, vió un grupo de hombres en el
-fondo de una taberna que estaban hablando y discutiendo á voces.
-Aviraneta se paró á ver si oía algo; pero no llegaron hasta él más que
-fragmentos de frases sin ilación.
-
-Luego siguió adelante, por calles y callejones, hasta salir á la
-posada. La idea de un vago peligro le iba sobrecogiendo. Pensó en
-aconsejar á los compañeros el marcharse de allí; pero no les vió.
-
-En el pasillo de la posada del _Trigueros_ encontró al aldeano del
-macho hablando con el patrón. Tanta vigilancia aumentó sus sospechas.
-
-Preguntó á la patrona dónde tenía que ir á dormir, y ella le dijo que
-arriba.
-
-Había en el piso bajo dos cuartos grandes, cada uno con dos camas, y
-el _Fraile_, el _Cómico_, el _Estudiante_ y _Nación_ se apoderaron de
-ellas por medio de una propina que dieron á la criada.
-
-En el piso alto quedaba un gabinete pequeño con una alcoba; el gabinete
-tenía un canapé y la alcoba dos catres estrechos de tijera.
-
-Se habían sacado los colchones de los catres; los habían tendido en el
-suelo en el gabinete, y estaban echados en ellos el viejo Valladares
-y Diamante. El _Arranchale_ y Aviraneta disponían de la alcoba y del
-lienzo de los catres.
-
-El _Arranchale_ roncaba al entrar don Eugenio; Aviraneta quedó sentado
-en el camastro, en la obscuridad. Su natural prudencia de zorro se
-alarmaba.
-
-Un pueblo tan hostil á los liberales, sin guarnición, con aquellas
-gentes misteriosas que iban y venían, ¿no haría algo contra ellos?
-Realmente era una torpeza el que todos se entregaran al sueño sin poner
-un centinela. El no tenía autoridad para despertar á la gente y dar
-órdenes. Aviraneta encendió con una pajuela un cabo de cera y comenzó
-á inspeccionar el cuarto. Salió al gabinete. La puerta cerraba mal.
-Volvió á la alcoba y abrió una ventana. Daba á un patio ó corralillo.
-
-Con la corriente de aire el _Arranchale_ se despertó:
-
---¿Qué hay?--dijo en vascuence.
-
-Aviraneta le explicó sus sospechas y le indicó que le parecía
-conveniente ver si aquel patio tenía salida á la carretera. El
-_Arranchale_ no se hizo rogar: se descolgó por la ventana y bajó.
-
-El corral tenía una puerta á la carretera. El _Arranchale_ cogió del
-suelo un palo liso, largo, de cinco ó seis metros, de esos que suelen
-servir de ánima para hacer los almiares, y lo acercó á la ventana.
-
---Sosténgalo usted--le dijo á Aviraneta.
-
-Aviraneta lo sostuvo, y el _Arranchale_ subió por el palo y ató la
-punta de éste con una cuerda de esparto en los goznes de la ventana.
-Hecha la maniobra, el _Arranchale_ entró en el cuarto con tres garrotes
-que había cogido en el corral, y los dejó en un rincón; luego se tendió
-en el catre y se quedó dormido.
-
-Aviraneta no tenía sueño. Seguía intrigado, pensando en los sayones
-de la noche de Roa, en la supuesta hostilidad del pueblo, en la
-amabilidad de aquel aldeano, en lo largo que había sido el herraje de
-los caballos, en los preparativos de la cena y en el mal aspecto del
-_Trigueros_.
-
-Si se hubiera encontrado solo con el _Arranchale_ y con Diamante, en
-aquel mismo momento se hubiera marchado.
-
-Estuvo por despertarlos; pero temía que le acusasen de asustadizo y de
-suspicaz.
-
-Aviraneta, preocupado con esto y deseando tener armas, cortó unas tiras
-del pañuelo y se dedicó á atar con gran perfección el puñal suyo y la
-navaja y la bayoneta de Valladares al extremo de los palos traídos por
-el _Arranchale_ del patio. Cerca ya de media noche, convencido de que
-no pasaba nada, apagó la vela y se tendió á dormir en el catre.
-
-
-
-
-XII.
-
-LA ENCERRONA
-
-
-Mientras Aviraneta y los suyos dormían en la posada de Roa se iba
-amontonando sobre ellos una gruesa nube próxima á estallar.
-
-El hombre bajito que habían encontrado en el camino montado en un mulo
-era uno de los realistas más exaltados del pueblo. Hábilmente les había
-hecho perder tiempo, quedarse en la posada del _Trigueros_ y dejar los
-caballos en una cuadra lejana.
-
-Este hombre, conocido por el _Zocato_, porque era zurdo, fué en seguida
-de dejar en la posada á los viajeros á casa del jefe realista de Roa,
-un tal Abad. Abad llamó á sus partidarios y tuvieron una reunión. Se
-trataba de prender á los liberales llegados al pueblo y de quitarles
-los caballos, que servirían para la futura tropa de voluntarios
-realistas.
-
-La gente estaba contenta con la presa, pero había muchos á quienes
-no satisfacía el procedimiento de encarcelar á aquellos hombres y
-preferían algo más violento y decisivo.
-
-Entre estos estaban el _Zocato_, un lugarteniente de Abad, llamado
-Gregorio González y apodado el _Buche_, y un cura joven que se
-distinguía por su fervor absolutista y su odio á los impíos, á quien
-llamaban el _Capillitas_.
-
-El _Zocato_, el _Buche_ y el _Capillitas_ hablaron á su gente, se
-encontraron con los de la Hermandad de las Animas y entraron en algunas
-tabernas á discutir y á esperar el momento.
-
-A media noche toda la tropa, en número de ochenta ó noventa hombres,
-se acercaron á la posada del _Trigueros_ cantando la _Pitita_ y el
-_Serení_. Los jefes colocaron á los suyos en las esquinas, rodeando la
-casa.
-
-Aviraneta, que estaba en el comienzo del sueño, creyó oír un rumor de
-gentes; pensó primero que desvariaba, pero al notar el murmullo más
-claro y distinto, se incorporó en el catre y escuchó.
-
-Se oía claramente entonado á coro el estribillo de la canción que
-llamaban la Pitita:
-
- Pitita, bonita,
- con el pío, pío, pon.
- ¡Viva Fernando
- y la Religión!
-
---Nos querrán dar una cencerrada--pensó Aviraneta, y se levantó á
-tientas, salió al gabinete y, empujando violentamente las maderas,
-abrió la ventana.
-
-Al mismo tiempo sonaron los estampidos de cuatro ó cinco trabucazos,
-y una lluvia de metralla pasó alrededor de Aviraneta. No le dió ni
-una bala. Aviraneta despertó á puntapiés á Diamante y á Valladares.
-El _Arranchale_ había saltado inmediatamente de la cama al oír los
-estampidos.
-
-Se sintió abajo un rumor de lucha y gritos agudos.
-
-El _Arranchale_, Aviraneta, y después Diamante y Valladares, bajaron
-rápidamente por el palo del almiar desde la ventana al corralillo.
-
---¡Mueran los masones! ¡Mueran los judíos! ¡Mueran los
-negros!--gritaban desde fuera.
-
-Aviraneta miró desde una rendija de la puerta del corral. Había un
-grupo de veinte ó treinta hombres. Los dirigían dos ó tres personas, y
-entre ellas el _Zocato_.
-
-Aviraneta dijo en voz baja:
-
---¡Atención! Prepararse. A correr á la derecha. Al que quiera
-detenernos hay que matarlo.
-
-Diamante tenía su sable; Valladares, el _Arranchale_ y Aviraneta, los
-palos con la bayoneta, la navaja y el puñal en la punta.
-
-Aviraneta abrió la puerta del corral, y los cuatro rompieron por en
-medio de la gente y echaron á correr. Los sitiadores no comprendieron
-bien que era aquéllo, pero al poco rato un grupo de diez ó doce salió
-en persecución de los fugitivos. Era gente joven, sin duda, y más ágil,
-porque pronto les dió alcance.
-
-Aviraneta gritó:
-
---¡Media vuelta!
-
-Los cuatro, al mismo tiempo, hicieron frente á los que les perseguían.
-
-Valladares, que era un soldado viejo y manejaba bien la bayoneta, dió
-un bayonetazo á uno en el muslo, y Aviraneta clavó el puñal en la
-garganta de otro.
-
-Los perseguidores vieron que sin armas les tocaba la de perder y se
-retiraron. Era la noche obscura, nadie conocía el camino y no sabían
-qué hacer.
-
-Meterse por los sembrados era condenarse á no adelantar nada, y seguir
-por la carretera exponerse á que con facilidad los cogieran. Decidieron
-seguir por el camino hasta que aclarara, y luego esconderse.
-
-Antes de amanecer vieron á dos hombres que venían corriendo. Uno de
-ellos era el _Estudiante_, que había escapado no sabía cómo, medio
-desnudo y lleno de heridas; el otro, el _Lobo_, á quien habían ido á
-buscar para matarlo á la casa de su amigo.
-
-El _Estudiante_ dijo que á _Nación_, al _Fraile_ y al _Cómico_ los
-habían acribillado á navajadas hasta dejarlos como una criba. Después,
-al _Fraile_ le habían vaciado los ojos y al _Cómico_ le habían mutilado.
-
-Al hacerse de día, los fugitivos se metieron á campo traviesa hasta
-llegar á un bosquecillo de encinas y carrascas. Era este bosquete
-el único que había por aquellas tierras, pero ni Aviraneta ni sus
-compañeros se fijaron en ello.
-
-Se tendieron todos á descansar un momento, y el despertar fué
-terrible. Tenían delante al _Buche_, al _Capillitas_, al _Zocato_ y al
-_Trigueros_, con otros ocho hombres más que, montados en sus caballos,
-los habían perseguido hasta encontrarlos y atarlos.
-
-El _Arranchale_, sin saber cómo, desapareció. El _Estudiante_, loco de
-cansancio y de terror, se echó á los pies del _Capillitas_ pidiendo
-perdón, pero éste no estaba para perdones.
-
---No, no, os vamos á fusilar á todos.
-
---¡A todos, á todos!--dijeron los demás.
-
---Va usted á fusilar á un oficial de Merino--dijo Aviraneta.
-
---¿Quién es?
-
---Yo.
-
---¡Hombre! Pues no me importa nada, monín--dijo el _Capillitas_--. Te
-contestaré con la divisa de Roa: «Quien bien quiere á Beltrán, bien
-quiere á su cán». Haber salido con don Jerónimo, amiguito, no sólo
-antes sino ahora que defiende la religión.
-
-A pesar del momento, que no era para sentir pinchazos de amor propio,
-Aviraneta experimentó una profunda cólera al oirse llamar amiguito y
-monín.
-
---Este es el jefe--dijo el _Trigueros_ mostrando á don Eugenio--el
-amigo del Empecinado.
-
---Lo tendremos en cuenta--exclamó el _Capillitas_--. Conque señores,
-como dentro de poco van ustedes á estar en la eternidad voy á
-confesarles á ustedes. Tú, teniente de Merino.
-
---Yo no quiero confesarme con un hijo de perra como tú--dijo
-Aviraneta--. ¡Confesarme tú! Lo más que te permitiría sería limpiarme
-las botas.
-
-Dos hombres del _Buche_ se acercaron á Aviraneta.
-
---Dejadle, dejadle--dijo el cura--; le calentaremos los pies para que
-se amanse. ¿Y usted?--preguntó el cura á Diamante.
-
---Yo te desprecio, miserable. ¿Es que crees que me vas á asustar á mí?
-A mí con amenazas.
-
---Otro candidato al fuego--repuso el cura.
-
-El _Lobo_ no dijo nada. El _Estudiante_ y Valladares asintieron á la
-confesión, y el primero se aproximó al cura, llorando.
-
-El _Capillitas_ se alejó de los demás con el _Estudiante_ y dió á su
-fisonomía un aire de hipócrita unción.
-
-Era el cura un tipo bajito, con unos ojos grandes negros, unos
-movimientos vivos y una barba muy azul del afeitado. Mientras estaba
-serio tenía aire de persona, pero cuando se reía se desenmascaraba y
-parecía una estúpida bestia.
-
-Mientras el _Capillitas_ confesaba, el _Buche_ contemplaba la escena
-apoyado en el sable con una gran jactancia. El tal tipo tenía una cara
-abultada y torpe, los ojos pequeños y la expresión de orgullo.
-
-Al terminar la confesión el _Estudiante_, le sustituyó Valladares. El
-_Estudiante_ quedó paralizado de terror.
-
-En esto, con una rapidez inaudita, se presentaron varios soldados
-constitucionales que rodearon el bosquecillo donde estaban todos.
-
-El _Buche_ y sus hombres montaron á caballo con rapidez y huyeron.
-El _Zocato_, el _Capillitas_ y el _Trigueros_ fueron á hacer lo
-mismo; pero Diamante, el _Lobo_ y Aviraneta, á pesar de estar atados
-por las muñecas, se echaron sobre los estribos de los caballos, é
-interponiéndose y mordiendo, sufriendo los golpes y patadas de los
-realistas, no les dejaron montar.
-
-El _Arranchale_ había resuelto la situación. Al escapar había
-encontrado á un campesino que le había dicho que cerca había tropas y
-las había buscado y las había traído.
-
-Era una media compañía con un capitán. Soltaron á Aviraneta y á sus
-amigos y ataron al cura, al _Zocato_ y al _Trigueros_.
-
-Aviraneta contó al oficial lo ocurrido y éste decidió fusilar á los
-tres facciosos. Al oír su sentencia el cura se acobardó y empezó á
-sollozar y á pedir á Aviraneta que intercediera por él. Aviraneta
-volvió la espalda con desdén y miró á otro lado.
-
---¿Quiere usted ahora que yo le confiese padre?--le comenzó á preguntar
-el _Estudiante_ con sorna.
-
-El cura gritaba, se tiraba al suelo llorando, el _Zocato_ pedía perdón
-y el _Trigueros_ protestaba. El oficial les dijo que se dejaran atar
-porque iba á llevarlos prisioneros.
-
-Se dejaron atar casi satisfechos, y cuando estaban atados los hizo
-ponerse á los tres junto á un árbol y mandó fusilarlos.
-
-Luego, entre el _Estudiante_ y unos soldados, cogieron los cadáveres
-del _Zocato_, del _Trigueros_ y del _Capillitas_, y los colgaron por el
-cuello, con gran simetría, de las ramas de una encina.
-
---Este amor por lo decorativo nos pierde--exclamó Aviraneta con humor.
-
---No cabe duda--dijo el _Arranchale_ á Aviraneta en vascuence, con
-mucha seriedad y como quien hace un descubrimiento--que les gustará á
-ustedes más ver desde aquí á esos hombres colgados, que no que ellos
-les hubieran visto á ustedes en esa posición incómoda.
-
-Aviraneta dió una palmada cariñosa en el hombro al _Arranchale_, y
-celebró la frase riendo.
-
-El oficial de la tropa que los había salvado permitió á Diamante,
-Aviraneta y al _Lobo_ que tomaran los caballos del _Trigueros_, del
-_Zocato_ y del _Capillitas_ y se fueran con ellos.
-
-El _Arranchale_ se volvió á su país y Valladares y el _Estudiante_ se
-incorporaron á la media compañía, mandada por el capitán.
-
-Aviraneta, el _Lobo_ y Diamante llegaron á Valladolid, y se encontraron
-la población sin tropas liberales.
-
-El día 25 de Abril, con la división del ejército de la derecha, había
-entrado el cura Merino en Palencia con cinco mil hombres y derribado
-la lápida de la Constitución. El general Morillo, conde de Cartagena,
-de miedo al copo, se retiró á Galicia, y el Empecinado, viéndose
-sin posibilidad de defenderse, evacuó también la ciudad y marchó á
-Salamanca y luego á la plaza de Ciudad Rodrigo.
-
-Diamante, el _Lobo_ y Aviraneta tuvieron que seguir el mismo camino
-hasta unirse con el Empecinado.
-
-
-
-
-XIII.
-
-EN CIUDAD RODRIGO
-
-
-Ciudad Rodrigo es una ciudad colocada en una eminencia, rodeada de
-murallas, algunas antiguas, otras reconstruídas á trozos. Tiene
-hermosas casas de sillería con grandes escudos, un magnífico
-Ayuntamiento y un castillo derruído, el de Don Enrique de Trastamara.
-
-En sus muros se abren tres puertas: la del Conde, la de Santiago y la
-de la Colada.
-
-La antigua Miróbriga tiene alrededor una gran vega ancha y sonriente
-que se divisa como un mar verde desde lo alto de la muralla.
-
-No era muy agradable para un ejército numeroso la estancia en Ciudad
-Rodrigo.
-
-Además de la opresión del pueblo amurallado y estrecho estaba todo muy
-sucio y abandonado.
-
-Las calles se veían siempre llenas de basura y había un olor pestilente.
-
-Por fortuna Aviraneta, el _Lobo_ y Diamante fueron encargados de hacer
-excursiones, para forrajear, por los alrededores, y se establecieron
-con un piquete en una alquería próxima que se llamaba Pedro Tello.
-
-Los aldeanos de los contornos manifestaban por Aviraneta un odio
-terrible; pero alguno que otro se había hecho amigo suyo y solía
-contarle las hazañas realizadas en Ciudad Rodrigo por don Julián
-Sánchez y don Andrés Pérez de Herrasti.
-
-Aviraneta todos los días marchaba al alojamiento del Empecinado, y
-entre los dos discutían planes y proyectos. Muchas veces, para estar
-más solos, iban al claustro de la catedral. Aviraneta comenzó á
-redactar un periódico que hacía copiar á mano y repartía entre los
-soldados.
-
-Pretendía dar confianza á las tropas, y contaba una serie de triunfos
-de los constitucionales contra los franceses que no existían más que en
-su imaginación.
-
-La situación del ejército era muy mala: don Juan Martín tenía sus
-cuadros de tropas de línea incompletos; las partidas de milicianos y
-voluntarios patriotas muy entusiastas, muchas veces no servían; no
-había dinero y era indispensable salir todas las semanas á requisar
-ganado y forraje para el abastecimiento de la plaza.
-
-El estado del país iba poniéndose desesperado.
-
-El ejército no hacía el esfuerzo necesario para oponerse al avance de
-los franceses.
-
-No pasarán los Pirineos, se dijo primero. Se quedarán en las
-provincias del Norte. No pasarán el Ebro. En Despeñaperros los
-destrozaremos.
-
-Y los franceses pasaron los Pirineos, no se quedaron en las provincias
-del Norte, cruzaron el Ebro y atravesaron Despeñaperros.
-
-Los liberales tuvieron que ir perdiendo sus ilusiones en Ballesteros,
-en Morillo, en Montijo y en O'Donnell.
-
-Se había creído que este último se opondría á los franceses en
-Somosierra y en el Guadarrama, pero los dejó pasar sin disputarles el
-terreno.
-
-Todos estos generales eran partidarios de dar por fracasada la
-Constitución del año 12. Montijo escribió una carta á don Enrique
-O'Donnell, conde de la Bisbal, diciéndole que se decidiese á salvar
-al país y á cumplir la voluntad del pueblo; que era que no siguiese
-rigiendo la Constitución, porque ésta no afianzaba la seguridad
-individual ni conservaba la dignidad de la monarquía española.
-
-O'Donnell contestó en un sentido parecido; los liberales, al leer
-su carta, se indignaron, y La Bisbal tuvo que escapar de Madrid,
-resignando el mando de las fuerzas en Castelldosrius, quien también
-abandonó la Corte dejando el mochuelo al general Zayas, que fué quien
-tuvo que capitular.
-
-Unicamente los guerrilleros Mina, el Empecinado, Chapalangarra y
-algunos generales como Torrijos, Riego y López Baños estaban dispuestos
-á defender la Constitución hasta el fin.
-
-Mina tenía lo mejor del ejército y estaba en Barcelona, en donde
-había espíritu liberal entusiasta; primero por los hijos del país,
-luego por encontrarse allí hombres comprometidos en las revoluciones
-de Nápoles y Piamonte; patriotas polacos, estudiantes, alemanes y
-franceses obligados á dejar su patria por las persecuciones policiacas
-de la Santa Alianza. Había también en Barcelona una Legión liberal
-extranjera, organizada por Pacchiarotti, con un pequeño batallón de
-infantería y un escuadrón de lanceros.
-
-Muchas compañías estaban formadas por oficiales y dos generales
-italianos empuñaban la lanza como simples soldados.
-
-El Empecinado no tenía estas ventajas; no estaba sostenido por el
-espíritu de una ciudad liberal: se encontraba en tierras hostiles,
-sin más consejo que el de Aviraneta, y no podía aceptar siempre sus
-inspiraciones.
-
-Entre los dos había una obscura incompatibilidad. Aviraneta sentía una
-mezcla de cariño, de admiración y de desdén por el general. El verle
-tan tosco y muchas veces tan incomprensivo le ponía en contra suya.
-Al Empecinado, por su parte, le producía su secretario un sentimiento
-confuso de desconfianza y de repulsión. Sabía que Aviraneta era hombre
-de probidad, pero le veía capaz de una infamia por defender su causa.
-
-Don Juan afirmaba que, puesto que la doctrina liberal era la mejor y
-la más justa, los procedimientos de los liberales debían ser también
-siempre claros y justos.
-
-Aviraneta creía que el fin justifica los medios. Con este motivo, el
-general y su secretario solían discutir. Uno de los sitios de sus
-discusiones era el claustro de la catedral.
-
-Aviraneta quería convencer á don Juan Martín de que debía aceptar todos
-los recursos.
-
---El hombre de guerra, por lo mismo que vive entre catástrofes--decía
-Aviraneta--tiene que ser inmoral. Esta es su superioridad. Aquí
-conviene ser benévolo, se respetan las personas y las cosas; allí
-conviene ser severo, se fusila á todo el mundo y se queman las casas
-y los campos. En una parte, religioso; en otra, impío; aquí, blando;
-allí, duro. El militar es lo arbitrario. No puede rechazar medio
-ninguno. Para nosotros, el fin lo purifica todo.
-
---No, no--decía el Empecinado.
-
-Aviraneta, que seguía inspirándose en los Comentarios de César y en el
-Príncipe de Maquiavelo, creía que en la política todo está permitido,
-y que lo que en la vida de un individuo: el engaño, el fraude, la
-falsificación, es una infamia, puede en la vida pública considerarse
-como una maniobra del Estado.
-
-Don Juan Martín, por el contrario, no quería aceptar que, para ejercer
-el mando con habilidad, se necesitara el empleo de medios reprobables
-é inmorales; no veía que los hombres de gobierno, cuanto más
-inteligentes y á la vez más fríos, astutos y crueles, son los mejores
-políticos.
-
---Mientras la sociedad viva como un organismo en perpetuo
-desequilibrio--decía Aviraneta--el gobierno será bárbaro y depravado;
-tendrá el político algo de las atribuciones del cirujano: cortará la
-carne enferma y la sana, gozará de una verdadera dictadura para el bien
-y para el mal. ¿Quién le podrá atajar? ¿La opinión pública? Ilusión.
-Unicamente al final, se dirá: Tuvo éxito ó fracasó. Salvó al país ó lo
-hundió. Si tuvo éxito se le aplaudirá, si no se abominará de él. ¿Quién
-irá á comprobar los medios que empleó? Nadie.
-
---¡Horror!--decía don Juan.
-
---Verdad, verdad--replicaba Aviraneta--. Verdad de hoy y probablemente
-verdad de siempre. No hay pueblo que pueda tener un gobierno de hombres
-justos. Tendría que haber un medio social sano, cuerdo, en perfecto
-equilibrio. Es decir, que para sostener una utopía habría que inventar
-otra.
-
-
-
-
-XIV.
-
-LA TOMA DE CORIA
-
-
-Al final de la primavera llegó á Ciudad Rodrigo la noticia de la
-sublevación de algunos pueblos de Extremadura que habían desarmado la
-Milicia nacional y proclamado el rey absoluto.
-
-La primera ciudad importante que se rebeló en la región fué Coria;
-á ésta, al parecer, debía seguir Plasencia, y después la Vera y la
-Serranía de Gata.
-
-El levantamiento de aquella comarca podía cortar la comunicación de
-las tropas del Empecinado con el ejército de Extremadura y dejar en
-el aislamiento á Ciudad Rodrigo, que á la larga hubiese tenido que
-rendirse.
-
-El Empecinado y Aviraneta decidieron marchar á Extremadura á sofocar
-el incendio; y dejando la guarnición casi íntegra en la ciudad
-salamanquina, se formó una columna de caballería de unos seiscientos
-hombres, la mitad compuesta de jefes y oficiales que habían servido en
-los cuerpos de guerrilla durante la Independencia, y la otra mitad,
-por lanceros.
-
-Iba la columna dividida en tres escuadrones: uno mandado por el coronel
-Maricuela; el otro, por el coronel Dámaso Martín, el hermano del
-Empecinado, y el último, por el comandante don Francisco Cañicero.
-
-Salieron de Ciudad Rodrigo á final de Mayo, pasaron por Fuente
-Guinaldo, que había sido el cuartel general de Wellington en la guerra
-de la Independencia, y por Moraleja dieron la vista á Coria.
-
-En la mañana del día primero de Junio, Aviraneta se acercó con los
-exploradores á mirar con su anteojo el Castillo de Coria, y vió que
-entre las almenas había gente apostada. Se aproximaron un poco más, y
-entonces los del castillo les hicieron una descarga cerrada.
-
-Dispuso el Empecinado que un parlamentario con bandera blanca se
-acercase al pueblo á intimar su rendición; pero al ponerse á tiro
-comenzaron á gritarle desde arriba: "No te acerques. No te acerques".
-Algunos dispararon, y el parlamentario se retiró.
-
-En vista de la resistencia, el Empecinado decidió sitiar y atacar la
-ciudad. Se acampó á media legua de distancia de las murallas y la noche
-del día primero se hicieron varios reconocimientos.
-
-Cien hombres mandados por Dámaso Martín dieron la vuelta al pueblo, y
-Aviraneta, con una patrulla de cinco hombres, inspeccionó de noche la
-muralla y fué de una puerta á otra con un vecino liberal de uno de los
-barrios de extramuros.
-
-El resultado de las investigaciones de don Eugenio fué que la puerta
-del Carmen era la más débil, que no tenía hierros, sino una tranca, y
-que por ella había que hacer el intento de entrar.
-
-Aviraneta explicó estos datos al Empecinado y se dispuso el ataque para
-el día siguiente.
-
-El Empecinado haría un amago de una manera muy ostentosa, con todas sus
-tropas, por la puerta de San Francisco; Dámaso Martín alarmaría por
-el lado del palacio derruído del marqués de Coria, y cuando toda la
-atención de los realistas se pusiese en aquellos puntos, Aviraneta, con
-un grupo de hombres, intentaría forzar la puerta del Carmen.
-
-Así se hizo. Antes del amanecer cincuenta soldados, dirigidos por
-Aviraneta, se establecieron en unas casas próximas á la puerta del
-Carmen. Eran cinco zapadores, cuarenta fusileros, cuatro tambores y un
-pito.
-
-Debían esperar allí hasta el anochecer.
-
-En la casa donde entró Aviraneta vivía un hombre muy viejo, un tipo de
-senador romano. Este viejo, alto, tenía una cara de medalla antigua,
-las cejas salientes, la nariz corva, la boca severa y estaba ciego.
-Vestía una chupa de ante amarillo, con bordados abrochada hasta arriba,
-casaca negra con faldones y cuello blanco. En la cabeza llevaba
-apretado un pañuelo y encima un sombrero chambergo. Sobre las calzas
-gastaba zajones con listas doradas, y zapatos con hebillas y polainas.
-A pesar de que no hacía frío se cubría con una gran capa bordada.
-
-Aviraneta estuvo hablando con el viejo, y oyéndole contar historias y
-anécdotas que se remontaban á la primera mitad del siglo XVIII.
-
-Aquel viejo tenía muy buena memoria, y con su semblante severo, su
-hablar tranquilo, sentado en un sillón antiguo, parecía la voz del
-pasado.
-
-A media tarde Aviraneta salió de la casa del viejo y se alejó de ella
-en línea recta, bajando un barranco en dirección contraria á la ciudad;
-luego tomó por la izquierda, acercándose al campamento del Empecinado,
-á enterarse de las circunstancias de la lucha.
-
-El Empecinado había comenzado un ataque aparatoso. Mandó incendiar
-varias casas del barrio de San Francisco y se tiroteó á gran distancia
-con los realistas. Estos le insultaban furiosamente. El incendio
-duró largo tiempo, pero no llegó á la puerta de San Francisco, cosa
-que sabía muy bien don Juan. Al anochecer, el general fraccionó sus
-fuerzas é hizo que parte se dirigiese á atacar la puerta de la Guía,
-mientras Dámaso Martín intentaba escalar el cerro por las proximidades
-del palacio del marqués de Coria. Aviraneta corrió á la casa del viejo
-á dar sus disposiciones. Era el momento en que tenía que obrar, un
-centinela desde el tejado anunció que los realistas se corrían hacia
-el sitio de la muralla, donde comenzaba el nuevo ataque, y que por el
-lado de acá no había nadie.
-
-Aviraneta se preparó.
-
-Cuatro zapadores avanzarían con él inmediatamente á la puerta del
-Carmen y comenzarían á serrarla; veinte fusileros pasarían en seguida
-que ésta se abriera, y otros veinte quedarían emboscados en la casa
-para hacer fuego desde los balcones sobre los realistas que aparecieran
-en la muralla.
-
-Todo se hizo con rapidez. Aviraneta y los zapadores llegaron á la
-puerta y en un momento la abrieron. Al ruido aparecieron dos realistas
-en la muralla, que fueron tiroteados, y se retiraron en seguida.
-
-Abierta la puerta, los cincuenta hombres, precedidos por Aviraneta,
-pasaron, derribaron una barricada y entraron por una calle del pueblo.
-
---¡Adelante!--dijo Aviraneta.
-
-Avanzaron todos, en silencio, por la callejuela.
-
---Tocad el himno de Riego--añadió don Eugenio.
-
-Coria estaba desierta. La pequeña tropa marchaba en medio de la
-oscuridad al compás de su himno saltarín y bullanguero. Aviraneta
-caminaba delante, con el sable desenvainado, y los soldados arma al
-brazo... No sabía dónde estaba la puerta de San Francisco, y comenzaba
-á temer que los realistas hubiesen cerrado la del Carmen y le hubiesen
-dejado dentro.
-
-Aviraneta dividió su fuerza, é hizo que cuarenta hombres se dirigiesen
-al pie del castillo á abrir la puerta, mientras él, con los diez
-restantes y los tambores y el pito, se dirigía por las calles haciendo
-que tocaran el himno constantemente.
-
-Poco después se oyeron otros tambores. El Empecinado entraba en Coria.
-
-Los sublevados, desmoralizados, no intentaron defenderse y escaparon,
-abandonando las armas.
-
-
-
-
-XV.
-
-UNA CIUDAD LEVÍTICA
-
-
-Coria es una ciudad pequeña de Extremadura, asentada sobre una colina á
-orillas del río Alagón.
-
-Es ciudad antigua, de silueta castiza: tiene el aspecto místico,
-estático, religioso y guerrero de casi todos los pueblos españoles de
-tradición.
-
-Coria, más que un pueblo con una catedral, es una catedral con un
-pueblo.
-
-Es una ciudad levítica por excelencia. Para unos quinientos vecinos,
-que representan unos dos mil á tres mil habitantes, Coria cuenta con la
-catedral, el seminario, la parroquia de Santiago, el convento de monjas
-de Santa Isabel, el de San Benito y varias ermitas y capillas.
-
-Por entonces la catedral tenía once dignidades: deán, tesorero,
-arcediano de Coria, arcediano de Valencia de Alcántara, prior,
-arcipreste de Coria, arcipreste de Calzadilla, chantre, arcediano de
-Cáceres, arcediano de Galisteo, maestrescuela y arcediano de Alcántara.
-
-Había, además, quince canónigos, seis racioneros, seis medioracioneros,
-un beneficio curado y número competente de capellanes.
-
-Funcionaba también en Coria el tribunal eclesiástico, formado por
-el provisor, el vicario general, un fiscal, dos notarios y tres
-procuradores. Estos, unidos á los profesores del seminario, á los
-párrocos, curas, frailes, monjas, sacristanes, legos y monaguillos,
-hacía que el obispo tuviera bajo sus órdenes un pequeño ejército.
-
-Coria era pueblo amurallado con gruesas murallas, algunas de las cuales
-databan de la dominación romana.
-
-Entonces Coria tenía unos pequeños arrabales extramuros que después han
-ido creciendo. Se asentaba la ciudad sobre una meseta que se prolongaba
-en llano hacia el Norte; en cambio, hacia el Sur el cauce del Alagón
-dejaba un barranco, en cuyo fondo corría el río.
-
-Este pasaba lamiendo la base de la colina cauriense, y tenía un
-magnífico puente. Con el tiempo el Alagón se desvió de su álveo, que
-fué cegándose con la tierra de las crecidas, y se separó del pueblo,
-dejando el puente en seco, con lo cual el antiguo cauce se llenó de
-huertas, formando la Isla ó el Arenal del Río.
-
-Esta irregularidad de encontrarse en seco el puente daba lugar á bromas
-que las gentes de Coria, que no se sentían completamente coriáceas,
-aguantaban con poca calma. Por la época aquella, á falta de puente,
-había una barca en el sitio llamado las Lagunillas, y dos vados: el
-de la Barca y el de la Martina. Mirando á Coria por el camino de
-Plasencia, la ciudad se presentaba en un alto, en el fondo de la gran
-vega, cruzada por el río. Sobre el vértice del cerro aparecía la
-catedral en medio; á la izquierda, el palacio del marqués de Coria, y
-á la derecha, un edificio cuadrado, grande, con muchas ventanas: el
-seminario.
-
-Desde el camino de Ciudad Rodrigo, Coria se presentaba plana, con el
-castillo de piedra, en medio de la muralla dominando los tejados, y la
-torre de la catedral.
-
-Había cuatro puertas en la ciudad: la de San Francisco, la de la
-Estrella, la del Carmen ó del Sol y la de la Guía ó de la Corredera.
-Había además la puerta del Postiguillo, estrecha abertura entre el
-seminario y la catedral.
-
-Al entrar Aviraneta y el Empecinado en Coria, se encontraron el pueblo
-que parecía desalquilado. La gente estaba escondida, las calles
-tristes, sucias, completamente desiertas. En la plaza, las pocas
-tiendas se veían cerradas, y únicamente se hallaba abierta la botica.
-La lápida de la Constitución había sido arrancada del Ayuntamiento.
-
-Fué un problema alojar los seiscientos hombres del Empecinado en Coria.
-
-Los jefes fueron á vivir á las casas de las familias liberales del
-pueblo, que eran cuatro ó cinco: la de Zugasti, la de Simones, la
-de Medrano, la de Roda y la de uno que se hacía llamar el Segundo
-Empecinado.
-
-El Empecinado y Aviraneta fueron á parar á casa de don Marcelo Zugasti.
-
-Al día siguiente, domingo, se reunieron los constitucionales del pueblo
-á hablar con el general. Estuvieron en la reunión don Juan Muñoz de
-Roda, síndico y miliciano nacional; don Pedro José de Medrano, médico;
-el farmacéutico y dos contribuyentes ricos: Sebastián Simones, y el que
-se hacía llamar el Segundo Empecinado.
-
-Zugasti explicó la situación. Este Zugasti era un propietario liberal
-que se había hecho con bienes monacales, y mandaba la Milicia de Coria.
-
-Era un tipo de hombre flemático y sereno; tenía una cara correcta, los
-ojos azules, la tez muy curtida por el sol y la expresión fría.
-
-Zugasti explicó cómo había empezado á armarse la Milicia Nacional
-en el pueblo: al principio bien, con cierto entusiasmo. Los curas
-párrocos del partido no habían tenido inconveniente en prestarse á
-explicar los días festivos la Constitución; pero cuando comenzaban
-sus explicaciones, la gente se marchaba. El año anterior se había
-uniformado la Milicia Nacional, quedando formada por catorce hombres
-de caballería y veintidós de infantería. Ya en este año, el 22,
-el espíritu del pueblo se había hecho francamente hostil á la
-Constitución, y cuando algún párroco hablaba de ella en la iglesia, la
-gente vociferaba.
-
-Al final de 1822, el arcediano de Valencia de Alcántara había comenzado
-á conspirar; don Feliciano Cuesta se pronunciaba á favor del rey
-absoluto, y á principio del 23 se presentaba la facción de Morales en
-los pueblos comarcanos. La Milicia de Coria, al mando de Zugasti, salió
-á pelear contra ella. La partida de Morales constaba de veintitrés
-hombres mal armados, é intentó sublevar Plasencia y Coria. Zugasti,
-con sus milicianos, les mató un hombre y dispersó á los demás hacia la
-Sierra de Gata.
-
-Desde esta época el alcalde había tenido mucho cuidado con los
-facciosos, mandando cerrar las tabernas á las ocho, obligando á
-los dueños de las posadas á que presentasen los pasaportes de los
-forasteros, y prohibiendo que nadie saliese á la calle después de la
-diez de la noche sin motivo justificado.
-
-A pesar de esto, los absolutistas conspiraban sin rebozo, y una mañana
-de Mayo se habían encontrado con el pueblo sublevado, la lápida de la
-Constitución derribada y los milicianos desarmados.
-
-El peligro, por el momento, parecía remediable. La entrada del
-Empecinado en Coria había coincidido con la captura del cabecilla
-Morales.
-
-Este Morales era un guerrillero extremeño, de la guerra de la
-Independencia.
-
-En 1820 formó una partida que se llamaba Columna real volante de
-Húsares de Plasencia, y los años 21, 22 y 23 merodeó por la parte
-Norte y Sur de la Sierra de Gredos y Gata.
-
-Unos días antes, el 30 de Mayo, en el valle de la Corneja, cerca de
-Piedrahita, Morales había sido batido, hecho prisionero y llevado á
-Salamanca.
-
-Con la toma de Coria y la captura de Francisco Ramón Morales, Zugasti
-suponía que el espíritu público reaccionaría.
-
-El Empecinado escuchó la relación y murmuró:
-
---Bueno, señores, está bien. Lo pasado, pasado. Ya veremos qué se hace.
-Vamos á misa, que hoy es fiesta y debe ser hora.
-
-Don Juan Martín, con su Estado mayor, se dirigió á la catedral. En el
-camino habló largamente con Aviraneta.
-
-El problema para el Empecinado no estaba en quedarse en Coria, en donde
-apenas había medios para alimentar á sus hombres; lo que él pretendía
-era que el país sublevado no cortara las comunicaciones con el ejército
-de Extremadura.
-
-Don Juan Martín y Aviraneta decidieron estudiar el terreno y ver si con
-una guarnición de doscientos hombres podría bastar para defender Coria
-durante algún tiempo.
-
-Hablando llegaron á la plaza del Obispo y á la entrada de la catedral.
-Un corro de campesinos, entre los que abundaban las mujeres y los
-chiquillos, contemplaban admirados á aquellos militares de vistosos
-uniformes.
-
-Esperaron en el atrio el Empecinado y su Estado mayor, hasta que oyeron
-la campana, y entraron en la catedral seguidos de un grupo de gente.
-
-En un pueblo tan pequeño, la catedral sorprendía por su grandeza y su
-magnificencia. Los canónigos con sus mucetas, estaban en el coro. El
-altar mayor brillaba lleno de resplandores. Oyeron los militares la
-misa y, al acabarse ésta, siguiendo la dirección de algunas personas,
-en vez de salir á la plaza; aparecieron en un gran balcón de la
-catedral que dominaba toda la vega. Esta terraza se llamaba en el
-pueblo el Paredón.
-
-Era aquel un buen punto para darse cuenta de la topografía de
-los alrededores. Aldeanos, viejas, sacristanes y monaguillos, se
-presentaron á observar con espanto y con curiosidad á aquellos soldados
-de Lucifer.
-
-Aviraneta se sentó en el pretil del Paredón á contemplar el paisaje.
-
-Delante, como en una hondonada, se veía la vega ancha y el río que la
-cruzaba, festoneado por dos franjas de arena.
-
-El día estaba nublado, el cielo gris; el Alagón brillaba con un color
-de gelatina y parecía inmóvil, como un cristal turbio. A lo lejos se
-destacaban montes esfumados en la niebla.
-
---Bueno, vamos á almorzar--dijo don Juan Martín, y, por la tarde,
-veremos qué se hace.
-
-
-
-
-XVI.
-
-LA TARDE DEL DOMINGO
-
-
-Don Juan Martín era hombre bueno, de gran corazón, pero un poco
-absorbente, y le molestaba la tendencia centrífuga de Aviraneta.
-
-Después de almorzar, el Estado mayor se disponía á jugar una partida de
-cartas, cuando Aviraneta se levantó.
-
---¿Qué vas á hacer?--le preguntó el Empecinado.
-
---Voy á dar una vuelta por el pueblo.
-
---Luego la daremos.
-
---Bueno; pues entonces voy á echar la siesta.
-
---Nada, que no quieres jugar.
-
---No, no; me aburre.
-
---¡Qué gente ésta!--exclamó don Juan--. Todo le aburre. Este es un puro
-vinagre. Bueno, bueno; márchate y no vuelvas.
-
-Aviraneta se fué á tenderse á la cama. Aquellas diversiones de cuerpo
-de guardia, un cuartucho lleno de humo, con la gente jugando á las
-cartas, fumando y bebiendo, le producía una impresión de aburrimiento
-espantoso.
-
-Estuvo Aviraneta en la cama leyendo un tomo de Salustio, y á media
-tarde se acercó al comedor, en donde estaban el Empecinado y sus
-oficiales.
-
---¿Vamos?--preguntó.
-
---Espera un momento. Ahora voy.
-
-Salieron don Juan, Aviraneta, Diamante y Zugasti, á caballo, á recorrer
-el pueblo. Hacía buen tiempo, había salido el sol.
-
-Llegaron á una plaza, con una picota en medio, la plaza del Rollo, y
-fueron luego hacia la puerta de la Guía. Bajaron hacia el Alagón, al
-paseo de la Barca, y contemplaron desde allí el cerro de Coria, con su
-catedral en lo alto; el seminario grande, con muchas ventanas, y el
-palacio derruído del Marqués.
-
-Se alejaron algo por el paseo de grandes árboles, á orillas del río,
-para inspeccionar los alrededores, y, al volver, subieron por una
-estrecha vereda.
-
-Durante la marcha exploradora se había comenzado á debatir el problema
-entre el Empecinado y sus oficiales de lo que se iba á hacer. La
-cuestión no era, naturalmente, defender Coria, porque eso solo
-significaba poco: la cuestión era tener asegurado el paso para el
-ejército.
-
-Zugasti y Aviraneta eran partidarios de dejar trescientos hombres de
-guarnición allí; pero don Juan Martín aseguraba que trescientos hombres
-contra un ejército no harían nada encontrándose con un vecindario en
-su mayor parte enemigo.
-
-Siguieron por delante de la catedral, entraron por la puerta del Sol y
-dejaron los caballos en casa de Zugasti.
-
---Vamos á ver la muralla ahora por arriba--dijo Aviraneta.
-
-Marcharon á la plaza del Rollo entraron en el castillo y subieron por
-una escalera de caracol. El castillo era una gran torre pentagonal, de
-piedra amarillenta muy bien labrada; tenía cinco pisos, varias pequeñas
-azoteas y encima una gran terraza, con un tambor almenado. Se subía á
-esta terraza por una escalera muy estrecha que corría por el grueso de
-la pared.
-
-Desde el castillo á un lado y á otro corría la muralla.
-
-Esta muralla describía una línea de doscientas treinta y tres toesas y
-era casi circular, de unos treinta y cinco pies de alta, con un paseo
-de unos diez pies de ancho que corría todo á lo largo.
-
-De trecho en trecho se elevaban torreones y cubos, á los que había que
-subir por escalones.
-
-Dieron la vuelta á la muralla, marchando paralelamente al camino por
-donde habían ido extramuros, y volvieron al castillo.
-
---¿De aquí no se verá Plasencia?--dijo Aviraneta.
-
---No. Ca.
-
---¿Ni habría medio de comunicarse con ella?
-
---Sí, por medio del castillo de Mirabel, que se ve allí en unos montes,
-quizás se pudiera. Zugasti señaló un pico lejano y Aviraneta miró con
-su anteojo en la dirección indicada.
-
---¿Y Plasencia no nos secundaría?--preguntó Aviraneta.
-
---No; creo que no.
-
-Don Eugenio se sentó en una de las almenas á mirar con su anteojo los
-alrededores.
-
---Bueno--dijo don Juan Martín--. Eugenio quiere dedicarse á la
-geografía. Muy bien, yo me marcho.
-
-El Empecinado y Zugasti se fueron, y el _Lobo_, Diamante y Aviraneta
-quedaron allí.
-
-Luego dejaron el castillo bajaron á la muralla, y fueron contemplando
-el paisaje y hablando.
-
-Cruzaron la huerta de un convento y salieron al Paredón de la catedral.
-Desde aquí se veía el campo, completamente distinto á como estaba por
-la mañana. El cielo tenía un azul intenso, la campiña se extendía verde
-y el río resplandecía como un metal fundido sobre una gran cinta de
-arena dorada.
-
-El viento levantaba oleadas en los trigales y movía el follaje de los
-árboles.
-
-Unas mujeres lavaban en el río, y las ropas blancas y los refajos rojos
-brillaban tendidos en las cuerdas. Por el paseo de la Barca volvían
-algunos aldeanos, hombres y mujeres en sus borriquillos.
-
-Aviraneta se sentó en el pretil de piedra del Paredón.
-
-A Don Eugenio le gustaba contemplar el paisaje: le producía,
-momentáneamente un olvido de todo; le recordaba los días de su infancia
-cuando iba á la Peña de Aya y al monte Larun á ver el mar á lo lejos.
-Ese germen ahogado que tenemos todos de otro hombre ó de otros hombres
-despertaba en él con la contemplación. Aviraneta quedó inmóvil y en
-silencio.
-
-Era una tarde espléndida, gloriosa: los campos verdes relucían frescos
-después de la lluvia; el río venía crecido y alguna nubecilla blanca
-se miraba en su superficie como en un espejo azulado. Dentro de la
-iglesia, los canónigos cantaban en el coro y se oían las notas del
-órgano.
-
-En el aire pasaban las cigüeñas con ramas en el pico y quedaban en
-extrañas actitudes sobre sus nidos; los gorriones y los vencejos
-chillaban, y una nube de cernícalos, que al transparentarse tenían un
-color morado, lanzaban un grito agudo.
-
-Había al mismo tiempo ligeros incidentes que animaban el conjunto: un
-burro que corría por los hierbales y hacía sonar un cencerro; unas
-ovejas esquiladas que saltaban sobre unas piedras; un hombre que pasaba
-á caballo por el puente. A lo lejos, una galera de siete mulas venía
-despacio por el camino.
-
-Este silencio, lleno de ruidos, de ladridos de perros, de cacareo de
-gallos, de balidos de ovejas, del canto suave del abejaruco, tenía
-un gran encanto. De pronto, las campanadas del reloj de la iglesia
-sonaban allí cerca con un fragor imponente.
-
-Aviraneta se sentía saturado de tranquilidad, de paz, ante aquella
-majestuosa tarde que marchaba con su ritmo lento hacia el crepúsculo....
-
---Realmente la guerra es una cosa absurda--pensó; luego, dirigiéndose á
-Diamante, dijo--: ¡Qué paz! Está hermoso esto. ¿Verdad?
-
---Yo, como el general--contestó Diamante--, no defendería este pueblo.
-
---¿Pues qué haría usted?
-
---Arrasaría toda esta campiña sin dejar nada y me volvería á Ciudad
-Rodrigo--y Diamante pasaba su mano como con cariño por encima del
-panorama.
-
---Pero hombre, no--exclamó Aviraneta saltando del pretil--. Me parece
-un poco bárbaro. Este es nuestro país.
-
---Ríase usted de esas tonterías--replicó Diamante, con un gesto entre
-desdeñoso y de superioridad--; todo lo que no sea hacer la guerra de
-exterminio será tiempo perdido.
-
-Aviraneta, el _Lobo_ y Diamante salieron de la catedral y volvieron á
-casa de Zugasti.
-
-
-
-
-XVII.
-
-EXPEDICIÓN Á PLASENCIA
-
-
-Por la noche, en el correo que vino de Ciudad Rodrigo, Aviraneta
-recibió una carta de Aranda. Era del relojero suizo Schulze.
-
-"De aquí no le puedo dar á usted más que malas noticias--decía--. Ha
-habido tiros y enredos en el pueblo y han asaltado la casa de usted,
-llevándose todo. Los libros y papeles se han metido en un carro por
-orden del capitán general O'Donnell, que no es el O'Donnell de ustedes
-y los han llevado á Valladolid."
-
-A Aviraneta no le hizo mucha mella la noticia. Ya todo lo ocurrido en
-Aranda le parecía de una vida anterior, lejana y borrosa.
-
-Habló un momento con el_Lobo_ y Diamante acerca de lo que podía haber
-ocurrido en Aranda, y, olvidando pronto esto, se puso á planear lo
-que había que hacer en Coria. Después de varios proyectos, pensó que
-lo conveniente sería acercarse á Plasencia á conocer el estado de
-esta ciudad. Plasencia, como pueblo de más importancia que Coria,
-había llegado á tener una Milicia Nacional bastante numerosa y bien
-organizada. Si Plasencia estaba definitivamente por el absolutismo,
-indudablemente era inútil permanecer en Coria; en cambio, si los
-placentinos tenían intenciones de defenderse contra los realistas,
-podía enviárseles una pequeña guarnición y dejar otra en Coria.
-
-Aviraneta habló á don Juan Martín, y éste aprobó la idea.
-
-Aviraneta fué encargado de marchar á Plasencia. Llevaría una escolta
-de veinte lanceros al mando del _Lobo_. Salió por la mañana con sus
-hombres, cruzaron la puerta del Sol, vadearon el río, y al trote largo
-se dirigieron hacia Galisteo. Almorzaron aquí, y á media tarde estaban
-en Plasencia.
-
-Zugasti había recomendado á Aviraneta que sin pérdida de tiempo se
-presentase en el palacio del marqués de Mirabel, con su escolta.
-
-Así lo hizo don Eugenio.
-
-El palacio del marqués de Mirabel era hermoso, grande, de piedra
-amarilla negruzca. Daba su fachada á una plaza que tenía en medio una
-fuente.
-
-Aviraneta bajó del caballo, dió la brida á un soldado y entró por un
-arco del palacio, arco que continuaba en un corredor abovedado.
-
-A la izquierda había una puerta y llamó; abrieron y Aviraneta pasó á
-un patio con una gran escalera de piedra. Preguntó al criado por el
-señor, y al comenzar á subir se encontró con el marqués, que bajaba de
-prisa alarmado por el ruido de los caballos.
-
-Era el marqués un hombrecito afeitado, moreno, de cara antigua y
-pelo negro y ensortijado. Iba muy currutaco; llevaba calzón corto de
-tafetán, medias blancas, un chaleco verde de seda y una chaquetilla
-negra. Hablaba en voz baja, con una vocecita aguda.
-
-Explicó Aviraneta en pocas palabras quién era y á lo que iba, y el
-señor de Mirabel, cruzando unas cuantas habitaciones, le llevó á una
-azotea, llena de flores, que caía hacia la plaza de la fuente.
-
---¿Quiere usted alguna cosa?--le dijo el marqués.
-
---Primeramente quisiera alojar á mis soldados.
-
---En seguida. Y usted no quiere nada, ¿Algún refresco? ¿Café?
-
---Sí, tomaré café.
-
-El marqués salió y Aviraneta estuvo contemplando la terraza, adornada
-con lápidas romanas y estatuas antiguas.
-
-Volvió el marqués y dijo:
-
---Ahora traen el café. Bueno, veamos que es lo que necesita usted de mí.
-
---Como sabrá usted--dijo don Eugenio--las fuerzas del Empecinado,
-saliendo de Ciudad Rodrigo, han entrado en Coria, que hizo alguna
-resistencia. No conocemos el espíritu del país y vacilamos en tomar una
-resolución.
-
---¿Y usted quiere saber el estado del liberalismo de este
-pueblo?--preguntó el marqués con su vocecita aguda.
-
---Sí.
-
---Pues muy malo. Al comenzar el Gobierno constitucional, aquí la gente,
-como en casi todos los pueblos, quedó indecisa; entonces, veinte ó
-treinta plasencianos de la gente más rica nos decidimos á ponernos el
-uniforme de nacionales; los demás comenzaron á seguirnos, y llegamos
-á tener el año pasado más de cien infantes y cuarenta soldados de
-caballería. Fundamos una sociedad patriótica que la inauguró don
-Laureano Santibáñez, y tuvimos un momento dominado al pueblo. Vino la
-sublevación de Cuesta y la de Francisco Morales, y empezó el tinglado á
-descomponerse. La gente supo que los franceses iban á entrar en España,
-que los absolutistas avanzaban y los milicianos comenzaron á abandonar
-nuestras filas: unos quedándose en casa, y otros pasándose al otro
-bando.
-
---¿De manera que esto está perdido para nosotros?--preguntó Aviraneta.
-
---Completamente perdido. Figúrese usted que se están buscando firmas
-para pedir á la Regencia del Reino, en nombre de la ciudad, que se
-restablezca la Inquisición, y firma casi todo el pueblo.
-
---¿Usted cree que doscientos hombres aquí de guarnición podrían hacer
-algo?
-
---Nada.
-
---¿Qué harán los liberales significados de Plasencia cuando se
-presenten los absolutistas?
-
---Tendrán que huir.
-
---Les voy á proponer si quieren venir conmigo á reunirse con el
-Empecinado.
-
---Bueno. Si usted quiere, cuando tome usted café, le acompañarán á casa
-del teniente.
-
---Muy bien.
-
-Tomó Aviraneta su café y se levantó.
-
---Aquí cenará usted y dormirá--le dijo el marqués.
-
---Muchísimas gracias. Hasta luego.
-
---Adiós. Voy á ver si arreglo el alojamiento para su tropa.
-
-Aviraneta salió del palacio del marqués acompañado por un criado de
-aire de lego, quien le llevó hasta la plaza. Entró en la botica y salió
-al poco rato con un hombre de unos sesenta años, que al ver á Aviraneta
-hizo un signo masónico. Le contestó Aviraneta y se dieron la mano.
-Era el masón un teniente de la Milicia Nacional, don Juan Bustillo.
-Bustillo era un hombre fuerte, rechoncho, bajito, de cabeza redonda, la
-tez quebrada, las patillas cortas y la voz gruesa y fuerte. Era hombre
-cándido, entusiasta del _Sistema_ y que creía que era indispensable
-sacrificarse por las ideas.
-
---Vamos al Enlosado de la catedral--dijo Bustillo--. Allí podremos
-hablar sin que nos espíen.
-
-El Enlosado de la catedral era una terraza parecida al Paredón de
-Coria, aunque más grande y espaciosa. Daba á esta terraza una portada
-del Renacimiento, adornada con grandes escudos, una torre románica como
-un tambor de muralla, á la que llamaban el Melón, y otra torrecilla
-cónica.
-
-Aviraneta y Bustillo se pusieron á pasear por las grandes piedras del
-Enlosado, ribeteadas de verde y de matas con flores amarillas.
-
-Abajo, en la campiña, el río Jerte fulguraba reflejando los últimos
-rayos del sol, y brillaba en las masas verdes de los árboles de la
-ribera.
-
-Bustillo, al principio, había considerado como una solución magnífica
-el que el Empecinado mandara fuerzas á Plasencia; pero después
-reconoció que la cosa no tenía objeto: en el pueblo no había víveres,
-la muralla no servía, no había cañones ni una posible retirada.
-
---Tendrán ustedes que venir con nosotros--dijo Aviraneta.
-
---Yo sí, sí; iré. ¡Ya lo creo!
-
---Hombre, usted precisamente, no. La gente joven. Usted tiene familia
-aquí.
-
---Antes es la libertad y la patria que la familia--dijo el señor
-Bustillo solemnemente.
-
---Sí; pero usted es un hombre que tiene derecho al descanso.
-
---Para disparar un fusil sirvo. No me diga usted que no.
-
-El señor Bustillo llevó á su casa á Aviraneta y le presentó á su mujer
-y á sus hijas.
-
---Este señor es el ayudante del Empecinado--dijo con entusiasmo.
-
-La mujer y las hijas miraron á Aviraneta con una mezcla de terror y
-de pasmo, y no se atrevieron á desplegar los labios. Bustillo quería
-tener en su casa á Aviraneta; pero éste le dijo que le había invitado á
-quedarse en su palacio el marqués de Mirabel.
-
---¡Ah! ¡El marqués! ¿Qué le ha parecido á usted?
-
---Bien.
-
---Pues es un tipo muy raro.
-
-Y Bustillo contó sus varias manías de coleccionista que no tenían nada
-de particular. Lo que sí constituía una extraña inclinación en el
-marqués era la de ser peluquero de señoras. El marqués peinaba á todas
-las damas del pueblo cuando iban á alguna fiesta. Esta era una de sus
-ocupaciones favoritas.
-
-Recordando su tipo no parecía nada raro que le gustara ser peluquero.
-
-Se despidió Aviraneta de Bustillo y fué á cenar con el marqués de
-Mirabel. Realmente, éste era un bicho raro; se había educado en
-Inglaterra y ofrecía una mezcla de ideas contradictorias bastante
-absurda. Aviraneta no le podía mirar sin figurárselo con un peine y
-unas tenacillas alisando el cabello con esa mano fría y suave de los
-barberos.
-
-Después de cenar, Aviraneta marchó á una sala muy grande, con una cama
-muy pequeña, y pensando en las extravagancias del marqués-peluquero, se
-quedó dormido.
-
-Al otro día, Aviraneta, con sus lanceros, hizo un recorrido por la Vera
-de Plasencia, y se encontró sorprendido al oír decir á la gente que
-se esperaba al Cura Merino. Aviraneta no tenía por allí ni amigos ni
-confidentes, y decidió volver á Plasencia. ¿Por dónde vendría el Cura?
-Hubiera sido terrible para él caer en sus garras.
-
-Al día siguiente, con la escolta del _Lobo_ y unos cuantos milicianos,
-entre ellos el señor Bustillo, se dirigió á Coria.
-
-
-
-
-XVIII.
-
-¡MERINO!
-
-
-La presencia de Merino en Extremadura desazonó á don Juan Martín.
-Sabía que mandaba mucha gente, que llevaba las espaldas guardadas por
-el ejército francés y que tenía el terreno amigo; sabía también que
-pondría todos los medios para derrotarle.
-
-Se hicieron gestiones para averiguar el paradero de Merino, sin
-fruto; el Empecinado en esta época, como Mina en la Guerra civil, se
-encontraban con que sus procedimientos del período de la guerra de
-la Independencia flaqueaban. Durante la lucha contra los franceses,
-todos los informes eran espontáneos: bastaba indicar algo para que
-inmediatamente se hiciera; en el año 23 y en la Guerra carlista,
-ocurría lo contrario: las indicaciones de la gente del campo eran casi
-siempre equívocas cuando no falsas.
-
-Don Juan Martín averiguó que Merino, flanqueando á los generales
-franceses Vallin y Bourmont, venía persiguiendo á Zayas por la línea
-del Tajo. Los absolutistas se habían corrido por Talavera de la Reina,
-Almaraz, Trujillo y Cáceres, dejando amargo recuerdo por donde pasaban.
-
-A Merino le salió al encuentro López Baños, pero ninguno de los dos
-se decidió á entablar la batalla. Desde entonces no se sabía el sitio
-exacto donde se encontraba el Cura.
-
-Se decía que llevaba una tropa numerosa, una división completa, pues se
-habían reunido con él una porción de partidas.
-
-Se citaban entre los cabecillas incorporados á Merino, á Blanco, Puente
-Duro (el _Rojo_), Caraza y Lucio Nieto, que se titulaban brigadieres;
-á Corral, el _Gorro_, los Leonardos, el _Inglés_, Navaza, Mauricio y
-Huerta, que mandaban regimientos y tenían el grado de coroneles, y á
-otros muchos.
-
-El Empecinado, en vista de estas noticias, en junta de oficiales
-decidió abandonar Coria y volver á Ciudad Rodrigo.
-
-El 12 de Junio, por la mañana, se desalojó Coria, se cruzó el arrabal
-de las Angustias, y por la tarde se entró en el pueblo llamado Moraleja
-de Hoyos ó Moraleja del Peral.
-
-Se dejó la tropa alojada en el Ayuntamiento, cárcel, hospital de
-transeúntes y en la Casa de la Encomienda. Los coroneles Dámaso Martín
-y Juan Maricuela quedaron encargados de buscar víveres, y el Empecinado
-encargó, con gran insistencia, que se pusieran centinelas en todos los
-caminos y puntos altos y se organizara una guardia volante.
-
-A un castillejo arruinado de un cerro próximo se envió un piquete de
-caballería.
-
-Dispuesto todo para evitar una sorpresa, el general con su escolta,
-Aviraneta y dos ó tres oficiales atravesaron el arroyo llamado Ribera
-del Gata, por un vado, y fueron á alojarse á una dehesa grande del
-camino de Perales, con una casa ancha y baja en el centro. Esta finca
-se conocía con el nombre de la Dehesa de la Reina; estaba rodeada de
-una extensísima tapia de adobes, cubierta de bardas de ramaje, y se
-hallaba próxima al río Árrago.
-
-Se pasó la noche con tranquilidad, y al comenzar el día se presentó una
-mañana de verano ardorosa y sofocante. El sol centelleaba en las mieses
-y en los barbechos; el cielo brillaba con un azul negruzco, y los pocos
-árboles que se veían en el campo parecían arder con el calor.
-
-El Empecinado había pensado no emprender la marcha hasta la caída de la
-tarde.
-
-Serían las diez, próximamente, cuando por el lado del pueblo comenzó un
-ligero tiroteo, que se convirtió en furiosas descargas.
-
---¿Qué puede ser esto?--preguntó don Juan Martín, alarmado.
-
-No se sabía.
-
---Preparad los caballos.
-
-Se comenzó á aparejar los caballos. El fuego se hacía cada vez más
-intenso. Se iba á abrir la puerta de la casa, cuando aparecieron
-delante de ella veinte lanceros constitucionales que venían huyendo al
-galope, perseguidos por un escuadrón de feotas.
-
-Pasaron adentro, se cerró la puerta del corral y se recibió á los
-perseguidores con una descarga, hecha desde las tapias.
-
-Los feotas contestaron al fuego, y se retiraron.
-
---Pero ¿qué pasa?--gritó el Empecinado.
-
-Los soldados fugitivos, llenos de zozobra, contaron á don Juan Martín
-que la tropa que pernoctaba en Moraleja había sido sorprendida por el
-Cura Merino.
-
---Pero, ¿cuándo? ¿ahora mismo?--preguntó don Juan.
-
---Ahora mismo.
-
---¿Y los centinelas?
-
---Han dicho algunos que, al ver de lejos al enemigo, han creído que era
-un rebaño.
-
-Merino, con una fuerza de tres mil á cuatro mil infantes y con
-ochocientos caballos, marchando de noche y con el mayor sigilio, y
-dirigido por buenos guías, se había presentado á una legua de Moraleja
-en las primeras horas de la mañana.
-
-Pronto supo por sus confidentes que el Empecinado no se había movido de
-allá, y se le ocurrió acercarse á Moraleja, echando por delante de su
-tropa dos inmensos rebaños. Así lo hizo, y avanzó detrás de las ovejas,
-que levantaban grandes nubes de polvo. La estratagema le dió un gran
-resultado; sin ser advertido rodeó el pueblo y comenzó una metódica
-carnicería de los constitucionales.
-
-Don Juan Martín comprendió que el mal no tenía remedio, y furioso por
-haber sido derrotado de una manera tan necia, mandó que se concluyese
-de aparejar los caballos y se dispusiera todo el mundo á hacer una
-salida. Entre los que estaban y los que habían venido se formó un
-pelotón de sesenta hombres en el patio, delante de la casa.
-
-Don Juan y unos cuantos más, gente forzuda y fuerte, enarbolaron la
-lanza. Se abrió la puerta de la tapia y el piquete salió al galope
-hacia el pueblo. Los realistas en el mayor desorden, se ocupaban en
-matar á los constitucionales en las calles, sacándolos de las posadas y
-alojamientos.
-
-La entrada del Empecinado por el pueblo fué trágica. A lanzadas, á
-sablazos, atropellando con los caballos, se abrieron paso.
-
---¡Viva la libertad!--gritaba Aviraneta, entusiasmado, levantando su
-sable en alto.
-
---¡Viva!--vociferaban todos.
-
-Como un aluvión se pasó Moraleja y se siguió carretera adelante hacia
-Hoyos. Los realistas, repuestos de la sorpresa, reunieron doscientos
-jinetes, que se lanzaron en persecución de los liberales.
-
-Afortunadamente para éstos la mayoría de los caballos de los feotas
-estaban cansados de la jornada del día anterior, y no podían darles
-alcance.
-
-Llegaron un poco después del mediodía á Perales, y una rápida
-inspección del pueblo hizo comprender al Empecinado que allí no había
-posibilidad de defensa, y se siguió adelante hasta dar la vista á
-Hoyos, pueblo en la falda de la Sierra de Gata.
-
-Desde allí se veía el castillo de Almenara sobre un monte agudo;
-la Sierra de Béjar á la derecha, con algunas estrías de nieve y la
-hondonada grande de Hoyos.
-
-Se acercaron á este pueblo; pasaron á todo correr por el Teso de las
-Animas, con sus cruces de piedra del Calvario; luego, por delante
-del humilladero y de un convento ruinoso, y por una calle en cuesta
-subieron á la plaza de la iglesia.
-
-Serían las dos ó dos y media de la tarde cuando llegaron.
-Inmediatamente tomaron posiciones. Veinte dragones de Merino entraron
-casi al mismo tiempo que los sesenta jinetes del Empecinado. Estos
-volviéndose contra los que les perseguían, les atacaron á sablazos y á
-lanzadas.
-
-Los dragones realistas perdieron dos hombres y se retiraron á las
-proximidades del pueblo. Sin duda iban á esperar á reunirse con el
-grueso de su escuadrón. Don Juan Martín pensaba continuar la retirada,
-cuando se presentaron treinta nacionales de Hoyos y de pueblos cercanos
-bien armados. Con este refuerzo se pensó en defenderse en Hoyos.
-
-Se ocupó la iglesia y las casas de la plaza; se subió la gente á las
-ventanas y guardillas, y se dividió en dos pelotones la caballería.
-Uno se colocó detrás de la iglesia y el otro en una plazoleta próxima.
-Aviraneta subió á la torre y exploró el horizonte con su anteojo. A
-la hora ó cosa así bajó diciendo que una columna grande de caballería
-venía hacia el pueblo.
-
-Cada cual tomó posiciones, y se encargó que se economizaran los
-cartuchos.
-
-Los realistas subieron al galope hasta la iglesia; las herraduras de
-los caballos hacían un ruido de campanas en las piedras. Al desembocar
-en la plaza gritaron: ¡Viva el rey! ¡Viva la Inquisición!
-
-Los liberales les hicieron una descarga cerrada, que mató á ocho ó diez
-hombres. Los realistas vacilaron; algunos, no muchos, pasaron de la
-plaza hacia adelante y fueron cortados y atacados por el Empecinado al
-grito de ¡Viva la libertad! ¡Viva la Constitución!
-
-Después de una hora de combate los realistas se retiraron, dejando
-algunos muertos, quince á veinte heridos y otros tantos caballos, de
-los que se apoderaron los liberales.
-
-Los realistas quedaron en el Calvario y allí se plantaron de
-observación.
-
-El Empecinado, Aviraneta y el jefe de los nacionales de Hoyos
-conferenciaron. Era indudablemente difícil defenderse en Hoyos con tan
-poca gente; podían meterse en la iglesia y atrincherarse allí, pero
-entonces se verían expuestos á un sitio; sin víveres ni municiones y
-sin posibilidad de ser socorridos.
-
-El jefe de los nacionales consideraba más fácil defenderse en la
-próxima aldea de Trevejo, que, además de estar en un cerro con una
-subida difícil, tenía la ventaja de que se podía avisar desde allá á
-San Martín de Trevejo, donde se hallaban refugiados algunos nacionales
-de los contornos.
-
-Se dispuso seguir este plan. Aviraneta, con los nacionales de Hoyos,
-marcharía inmediatamente á Trevejo y tomaría posiciones. Mientras
-tanto, don Juan Martín, con sus jinetes y con cinco ó seis fusileros,
-entretendría al enemigo hasta que tuviera que retirarse, y entonces,
-en la retirada, vendría el apoyo de Aviraneta con sus nacionales, que
-atacarían á los perseguidores.
-
-Se decidió hacerlo así, y sin que se enterase el pueblo, uno por uno
-tomaron los nacionales el camino de Trevejo y comenzaron á marchar de
-prisa. Era necesario que tuviesen, por lo menos, una hora ú hora y
-media de ventaja sobre el Empecinado para que cuando éste pasase se
-encontraran ellos ya atrincherados.
-
-
-
-
-XIX.
-
-EL CAMINO DE SAN MARTÍN
-
-
-Serían de cuatro y media á cinco de la tarde cuando salió de Hoyos
-Aviraneta con los milicianos, y próximamente las seis cuando daban
-frente á Trevejo.
-
-Trevejo es una aldea miserable asentada sobre un cerro. Este cerro,
-formado por rocas obscuras, tiene graderías de piedra hechas para
-sostener la tierra de algunos pequeños olivares y viñedos.
-
-Mirando á Trevejo desde el camino de Hoyos se ve á la izquierda de la
-mísera aldea un castillo negro, erguido y fantástico.
-
-Más á su izquierda se levanta la sierra de la Estrella, y á la derecha,
-el terreno se hunde en una cañada, por donde sube el camino que
-continúa á San Martín.
-
-A esta cañada, abierta entre un talud muy pendiente y un castañar
-vetusto, llamaban, aunque no con mucha propiedad, el desfiladero
-de Trevejo. Hoy no hay cerca de este desfiladero muchos árboles; á
-principios del siglo XIX los grandes robles y castaños centenarios
-formaban á un lado del camino una muralla de follaje. Serían las seis
-y media ó siete de la tarde cuando los milicianos llegaron á este
-castañar, próximo á la calzada. Aviraneta pensó varias estratagemas
-para detener á los realistas, que la mayoría tuvo que desechar, y al
-último se decidió por dos.
-
-A un cuarto de hora de Trevejo partía de la calzada un camino
-que escalaba el cerro y marchaba á la aldea. Don Eugenio, á unos
-trescientos pasos de la bifurcación, mandó clavar palos entre las
-ramas, puso encima los morriones de los nacionales é hizo que se
-quedaran tres ó cuatro allí. Después de hecho esto fué colocando sus
-veinticinco hombres emboscados en el castañar. Si los realistas tomaban
-por el camino de la aldea, él con su gente les atacaría por la espalda.
-
-Aviraneta pensó que don Juan Martín y los suyos llegarían á media
-tarde. ¿Pero si llegaban al anochecer? Su estratagema no tendría
-entonces gran objeto. Pensando que podrían venir ya obscuro, mandó á
-uno de los nacionales que fuera á Trevejo y trajera una cuerda gruesa
-de ocho ó nueve varas.
-
-El nacional volvió al poco rato con la cuerda. Aviraneta la ató por
-una punta á un árbol de la calzada, del otro lado del castañar, á una
-altura de dos varas, y dejó la otra punta colgando por el suelo. La
-mayoría de los nacionales no comprendieron el objeto de esta maniobra.
-
-Se esperó bastante tiempo, y, ya obscuro, se notó que venía don
-Juan Martín. Llegaba perseguido muy de cerca. Los tres ó cuatro
-milicianos que estaban en el cerro dispararon varios tiros contra los
-perseguidores. Los realistas, despreciando el tiroteo, avanzaron con la
-esperanza de apoderarse del caudillo.
-
-Pasaron los liberales y se acercaron á toda prisa los realistas.
-
-Entonces Aviraneta, levantando la cuerda, la puso tensa, á una altura
-de un par de varas, y la ató al tronco de un grueso castaño.
-
---Atención. Cuando yo diga--murmuró Aviraneta.
-
-Los jinetes realistas, que iban al galope, al llegar á tropezar con la
-cuerda tensa se sintieron lanzados al suelo con una fuerza tremenda.
-
---¡Fuego!--dijo Aviraneta, y sonó una descarga á quemarropa, y cayeron
-más de dos docenas de hombres al suelo.
-
-Algunos valientes quisieron avanzar, y, como no veían la cuerda, fueron
-despedidos con violencia. Aviraneta y los suyos lanzaron una segunda
-descarga, y una tercera.
-
-El Empecinado había vuelto grupas y se disponía á atacar á los
-perseguidores.
-
---No se puede pasar--le dijo Aviraneta.
-
---¿Por qué?
-
---Porque hay una cuerda. Cortadla.
-
-La cortaron de un sablazo, y don Juan Martín y sus lanceros atacaron á
-los realistas y les cogieron cerca de cincuenta caballos.
-
-El éxito de la escaramuza había producido gran entusiasmo.
-
---¡Viva el Empecinado! ¡Viva Aviraneta!--gritaron los soldados y los
-nacionales.
-
-Don Juan Martín abrazó á Aviraneta y le dijo que tenía que pedir para
-él la cruz de San Fernando. Los peligros, con Aviraneta, no eran
-peligros.
-
-Se había hecho de noche, las estrellas parpadeaban en el cielo alto y
-claro, y Júpiter brillaba con su luz blanca.
-
-Se descansó allí en el castañar, al borde del camino, y se dispuso
-esperar unas horas por si llegaba alguno salvado de la sorpresa de
-Moraleja; y, efectivamente, poco después de las diez de la noche
-aparecieron hasta treinta soldados de caballería, varios oficiales y
-capitanes y el comandante Cañicero.
-
-Muchos de estos hombres, que habían venido á pie desde Moraleja,
-llegaban reventados.
-
-¿Qué se iba á hacer? El Empecinado, Aviraneta y los oficiales
-conferenciaron.
-
-Los hombres de á pie, rendidos por larga jornada huyendo y sin comer,
-no podrían llegar á San Martín. Sería mejor que se quedaran en el
-castillo de Trevejo, y se buscara comida para ellos. Mientras tanto el
-Empecinado, con la gente montada podría seguir á San Martín.
-
-Acordado esto, Aviraneta y el jefe de nacionales de Hoyos, con los
-heridos, cansados y con los milicianos, irían á pasar la noche al
-castillo de Trevejo, donde se atrincherarían. Si al día siguiente
-estaban sitiados pondrían una bandera en el torreón derruído para que
-desde lejos pudiese verla don Juan Martín; si no lo estaban, seguirían
-camino de Ciudad Rodrigo.
-
-
-
-
-XX.
-
-EL CASTILLO DE TREVEJO
-
-
-Dos de los nacionales de Hoyos marcharon hacia el castillo, con la
-orden de encender una tea y agitarla en el aire si no había dificultad
-alguna para subir.
-
-Al cuarto de hora, Aviraneta, los nacionales y los lanceros aspeados,
-tomaron hacia arriba y hacia la izquierda, en dirección al pueblo, y el
-Empecinado con su caballería siguió adelante, camino de San Martín.
-
-Llegaron los primeros á la aldea de Trevejo y se detuvieron, Aviraneta
-y dos milicianos se encargaron de buscar provisiones. Costó mucho
-tiempo: se recorrió casa por casa, y se llenó un saco de pan, medio
-saco de habas, una gran cantidad de carne salada y un pellejo de vino.
-
-Se tomaron dos calderas prestadas, se cogió leña y, con todo lo
-necesario para la comida, alumbrados por un farol y varias teas de
-resina, se dirigieron camino del castillo.
-
-El castillo de Trevejo era un edificio sólido, de piedra sillar, de más
-de veinte varas de altura, colocado sobre un teso ó cerro que dominaba
-una gran llanada.
-
-Como castillo roquero no era muy grande; debía haber estado destinado
-en su tiempo para una guarnición pequeña: tenía torres, muralla,
-barbacana, una plaza de armas, escaleras, subterráneos y galerías.
-
-En el siglo XVIII había comenzado á desmoronarse, y en la guerra de la
-Independencia se consumó su ruina.
-
-Escalaron los milicianos el cerro del castillo, encontraron la vereda,
-que daba á una brecha; pasaron y cerraron el boquete con grandes
-piedras. Se instalaron en la plaza de armas.
-
-Aviraneta puso centinelas. Se trajo leña, se hicieron dos hogueras y se
-comenzó á hervir el rancho.
-
-Se comió con un apetito voraz, y después todo el mundo quiso tenderse.
-El jefe de los nacionales de Hoyos y Aviraneta sustituyeron á los
-centinelas, que se dormían y se quedaron en observación del camino.
-
-Hablando, se les pasó gran parte de la noche. El cielo estaba muy
-estrellado, muy hermoso; la Vía Láctea resplandecía con sus millones
-de nebulosas; Arturus, Altair y Aldebaran lanzaban sus guiños en el
-espacio, y Sirio comenzó á brillar al amanecer. Un poco antes del alba
-se oyeron voces en el cerro próximo al castillo.
-
---¡Alto! ¿Quién vive?--dijo Aviraneta.
-
---¡Aviraneta!--gritó una voz--. ¿Estás ahí?
-
---Sí, aquí estoy ¿quién es?
-
---Somos nosotros: Antonio Martín, Diamante y otros que venimos huyendo
-de Moraleja.
-
---Acercáos, que os vea.
-
---¿Por dónde?
-
---Ahí encontraréis la vereda.
-
-Aviraneta se convenció de que eran ellos y les dijo por dónde tenían
-que subir al castillo. Eran seis hombres que gateando llegaron á la
-plaza de armas.
-
---¿No os queda algo que comer?--preguntaron al entrar.
-
-Quedaba pan y cecina, que devoraron.
-
---¿Y qué ha pasado allá?--preguntó Aviraneta.
-
---Nada. Un estropicio--dijo Antonio Martín, el hermano pequeño del
-Empecinado.
-
---Pero, ¿cómo no han visto los centinelas que venía el enemigo?
-
---No lo sé. Yo pienso si habrá habido traición.
-
---No, no la ha habido--dijo un soldado--. Yo estaba allá. El sol picaba
-mucho. Había mucho polvo cuando se acercó un gran rebaño de ovejas--.
-Yo dije para mí: ¡Qué rebaño más grande! y cuando estaba pensando en
-esto me encontré rodeado del enemigo.
-
---¿Se habrá perdido mucha gente?--preguntó Aviraneta.
-
---Mucha--contestó Martín--. Mi hermano Dámaso ha muerto, el coronel
-Maricuela también. Hemos perdido más de trescientos hombres. Algunos se
-habrán refugiado hacia Extremadura baja y otros en la Sierra de Gata.
-
---¿Y el _Lobo_?
-
---El _Lobo_ ha muerto.
-
---¿Y el señor Bustillo, el de Plasencia?
-
---También ha muerto. Lo vi en la calle atravesado á bayonetazos.
-
---¡Pobre hombre! ¡Mala suerte ha tenido!
-
-El soldado que había estado de centinela en Moraleja contó que pasó
-dos horas enterrado en un pajar con el coronel Dámaso Martín. Viéndose
-éste perdido había ofrecido todo lo que llevaba al patrón de su casa,
-un tal Estévez, para que le ocultara entre la paja. El patrón aceptó y
-tomó el dinero, y, cuando registraron la casa los realistas y se iban
-á marchar, aquel canalla les dijo: "Ahí está. Ahí está el hermano del
-Empecinado," y á bayonetazos lo mataron...
-
-Lo mismo los que ya estaban en el castillo, que los que habían venido,
-se fueron tendiendo en el suelo y quedaron dormidos.
-
-El alba apuntaba y el cielo iba clareando de prisa.
-
-Algunas nubecillas rojizas, mensajeras de la mañana, aparecían sobre el
-cielo gris.
-
-Desde allá arriba parecía encontrarse uno en un globo; ligeras brumas
-vagaban por el fondo del valle. Aviraneta, asomado á un lado y á otro,
-miraba á ver si se acercaba el enemigo. No venía nadie. Antes de salir
-el sol aparecieron otros cuatro soldados fugitivos de Moraleja.
-
-Estos habían pasado la tarde escondidos en una choza, cerca de Hoyos,
-y dijeron que habían oído que las fuerzas de Merino habían dejado
-las proximidades de la Sierra de Gata y se dirigían hacia Coria.
-Efectivamente, el 16 de Junio entraba el Cura en esta ciudad.
-
-A eso de las cuatro de la mañana uno de los nacionales de Hoyos se
-levantó.
-
---¿Y usted no duerme?--le dijo á Aviraneta.
-
---¡Pse! Hay que vigilar.
-
-El nacional era un pastor que se llamaba el _Rito_. Era un hombre
-grueso, fuerte, con unos ojos azules brillantes, la cara ancha y
-juanetuda, como de kalmuko, la barba rojiza, la manera de hablar
-violenta y por sacudidas y la expresión alegre.
-
-El _Rito_ se puso á hablar. Era un hombre primitivo, lleno de
-credulidad y de esperanza en todo. Mostró á Aviraneta el paisaje, el
-campanario de Villamiel, el camino de San Martín de Trevejo y los
-montes lejanos, con sus nombres.
-
-Para cada sitio ó para cada monte tenía una historia ó un cantar. El
-_Rito_ no era muy inculto para pastor, y estuvo explicando lo que sabía
-del castillo de Trevejo. En sus conocimientos se mezclaba la fábula con
-la historia.
-
-Dijo que uno de los escudos de la torre era de los Borbones, y el
-otro, de la Orden de Alcantara, que tenía como enseña un jaramago;
-habló vagamente de un gran maestre déspota, y de sus luchas con el
-comendador de Santibáñez y el corregidor de Gata.
-
-Contó también el _Rito_ una historia clásica de un caballero cautivo,
-encerrado en el sótano del castillo, que había escapado viendo que una
-serpiente entraba en un subterráneo y siguiéndola. Este subterráneo se
-llamaba la Lapa de la Sierpe.
-
---Subterráneo que no existe--dijo Aviraneta irónicamente.
-
---Sí, señor; existe.
-
---¿Usted lo ha visto?
-
---Sí, sí. Y si quiere usted se lo enseñaré.
-
---Vamos á verlo.
-
-Cogió el _Rito_ el farol y dijo:
-
---Sígame usted.
-
-Se acercaron á la torre y comenzaron á bajar una escalera de caracol,
-de piedra, con los escalones primeros derruídos. A poco de descender
-la escalera era practicable y se podía bajar por ella con seguridad.
-Bajaron cinco ó seis varas, hasta llegar á un sótano abovedado. De
-él partía un pasillo y cerca se veía una poterna ferrada y llena de
-clavos. El _Rito_ descorrió un cerrojo enmohecido y apareció la boca de
-un subterráneo, que lanzó un hálito de frío y de humedad.
-
---Aquí tiene usted la Lapa de la Sierpe--dijo el _Rito_.--Si quiere
-usted entraremos.
-
---Entremos.
-
-El suelo estaba bastante seco y se podía marchar bien. Avanzaron un
-cuarto de hora.
-
---Ahora estaremos debajo del pueblo.
-
-Unos minutos después salieron por entre dos piedras al campo. El _Rito_
-apagó el farol. Escuchó por si se oía algo. No se oía nada.
-
-El _Rito_ y Aviraneta anduvieron por las proximidades del castillo,
-vieron la Cama del Moro, un abrevadero que á Aviraneta le pareció un
-sepulcro ibérico tallado en roca.
-
-Luego el _Rito_ le contó la historia de una partida que se había
-levantado en un monte próximo llamado Jálama, que debía tener grandes
-encantos, porque el _Rito_ decía:
-
- Jálama, jalamea,
- quien no te ve
- no te desea.
-
-Dieron la vuelta al castillo, y el _Rito_ gritó dirigiéndose á sus
-compañeros: ¡Masones! ¡Negros!
-
---¿Volvemos de nuevo por la Lapa de la Sierpe?--preguntó el _Rito_,
-riendo.
-
---Sí; vamos por allá.
-
-Entraron de nuevo en el largo subterráneo y llegaron al castillo.
-
-Algunos soldados se habían despertado y estaban buscando á Aviraneta
-para decirle que habían oído gritos en el campo. Aviraneta los
-tranquilizó diciendo que había sido el _Rito_. El sol comenzaba á
-brillar. Aviraneta miró á todas partes con su anteojo. No se veía nada.
-Algunos soldados empezaban á despertarse y á vestirse; un murciano
-cantaba:
-
- Cartagena me da pena
- y Murcia me da dolor.
- ¡Ay, Cartagena de mi vida,
- Murcia de mi corazón!
-
-Antonio Martín se despertó, y viendo á Aviraneta todavía derecho le
-dijo:
-
---¿Tú no has dormido nada?
-
---No.
-
---Pues échate un rato al sol. Yo haré lo que sea necesario.
-
---Bueno.
-
---¿Qué hay que hacer?
-
---Habrá que hacer un reconocimiento por el camino de San Martín y por
-el de Hoyos. Si hay enemigos en gran cantidad nos encerraremos aquí y
-pondremos una bandera para avisar á tu hermano; si no los hay saldremos
-inmediatamente para San Martín.
-
---Está bien.
-
---Si pudierais comprar un poco de pan, vendría admirablemente. Y para
-nosotros dos mira á ver si puedes traer un cacharro con leche de cabras.
-
---Bueno, todo se hará.
-
-Aviraneta se tendió al sol en un hueco entre dos piedras, y se quedó
-dormido.
-
-Soñó que echaba un discurso magnífico á una inmensa multitud en un
-pueblo que tenía algo de París, de Madrid y de Vera Cruz. Comparaba á
-la libertad con una mujer desnuda que va escalando un monte pedregoso,
-en cuya cumbre había un castillo que no sabía si era la Justicia ó
-el castillo de Trevejo. La libertad marchaba entre espinas y zarzas
-desgarrándose los pies. Aviraneta se preguntaba en su discurso: ¿Por
-qué no descansar en el valle? Pero no. En el valle estaba la maldad, la
-miseria--los soldados de Merino--y en el monte el aire limpio y sano de
-la sierra de Jálama. El recuerdo de este monte le apartó de su discurso
-y llevó su pensamiento á unas escenas de caza. Estaba cobrando piezas á
-montones cuando oyó la voz de Antonio Martín, que decía:
-
---Ya estamos aquí. Te traigo leche para el desayuno.
-
---¡Ah, muy bien! ¿Habéis hecho el reconocimiento?
-
---Sí; el enemigo ha desaparecido.
-
-Eran las ocho de la mañana y el sol centelleaba en la tierra. Los
-soldados y milicianos habían desayunado y limpiado sus uniformes y sus
-armas.
-
-Se formó al pie del castillo.
-
-Antonio Martín dió la voz de ¡marchen! Como no tenían música, al pasar
-por el pueblo, Aviraneta comenzó á cantar el himno de Riego:
-
- ¡Soldados!: la patria
- nos llama á la lid;
- juremos, por ella,
- vencer ó morir.
-
-Los soldados y los milicianos cantaron á coro, y la patrulla comenzó
-á desfilar al paso. Al cruzar por delante del pueblo daba más la
-impresión de que iba victoriosa, que derrotada.
-
-De Trevejo se avanzó á San Martín, y al día siguiente, de aquí se
-dirigían á Ciudad Rodrigo.
-
-El Empecinado, muy satisfecho de Aviraneta, en el parte que dió el 20
-de Junio le propuso para la cruz laureada de San Fernando, y, en uso de
-las facultades que le había concedido el ministro, le nombró capitán
-efectivo de caballería.
-
-Era la segunda vez que nombraban capitán á don Eugenio; pero ni la
-primera vez ni la segunda llegó á serlo de veras. Aviraneta tenía poca
-suerte en la milicia.
-
-
-
-
-XXI.
-
-LA SITUACIÓN EMPEORA
-
-
-Llegaron á Ciudad Rodrigo y se comenzaron á organizar de nuevo las
-fuerzas de caballería, hasta reunir varios escuadrones.
-
-Algunos militares liberales huídos de Valladolid dijeron que en esta
-ciudad no había apenas guarnición, y que sería fácil apoderarse de la
-plaza.
-
-Con este objeto se preparó una columna de caballería, y el mismo don
-Juan Martín, al mando de ella, se corrió hasta Medina del Campo; pero
-al enterarse de que en Valladolid había varios regimientos franceses y
-fuerzas de voluntarios realistas, desistió del proyecto.
-
-En Medina se encontraron con el coronel Boscan, del regimiento de
-Farnesio, y algunos oficiales y soldados.
-
-El coronel Boscan venía de Galicia y se incorporó á la columna de
-don Juan Martín. Las noticias que trajo eran malas; el alto mando
-del ejército se pasaba al enemigo: Montijo, O'Donnell, Morillo,
-Ballesteros... todos hacían traición. No quedaban más que Mina, Riego y
-el Empecinado.
-
-Se habló con Boscan de lo que se podía hacer. Para éste lo mejor
-era ir hacia al Sur: seguir la misma marcha que en la guerra de la
-Independencia, en lo cual estaba conforme con Aviraneta.
-
-Al Empecinado le parecía bien; pero dijo que había que tener en cuenta
-que existía un Gobierno todavía, y era necesario obedecerle.
-
-Se volvió á Ciudad Rodrigo, y unos días después, aumentada la
-caballería con los soldados de Farnesio y con otros muchos que
-desertaron de Galicia al saber la capitulación del conde de Cartagena,
-se volvió á salir para Extremadura, se pasó de nuevo por San Martín de
-Trevejo, Hoyos, Moraleja y Coria.
-
-En Moraleja se buscó al Estévez, que había primero ocultado y luego
-denunciado á Dámaso Martín, el hermano del Empecinado, y se quiso
-quemar su casa, pero el general lo impidió.
-
-De Coria se salió en dirección á Cáceres, donde se entró con alguna
-dificultad. Se repusieron las autoridades, depuestas por el populacho
-sublevado, y se impuso la paz con bastante rapidez.
-
-En esta labor, Aviraneta se lució. Era el ministro de la Gobernación,
-el alcalde y el jefe de policía, todo al mismo tiempo. No habían
-tenido mayores atribuciones los tiranos de las repúblicas italianas
-ni los Saint-Just y los Barras en las ciudades francesas durante
-la Revolución. Aviraneta satisfacía su ansia de poder. Estaba á sus
-anchas. Reponía á una autoridad, prendía á otra, imponía la paz pública
-con sus procedimientos, que tan pronto eran de benevolencia como del
-terrorismo más puro.
-
-Cáceres fué dominado, y quedó así hasta un día de Octubre del año 23 en
-que se rebeló y hubo un encuentro con las tropas del Empecinado, en el
-que se produjeron muchas víctimas.
-
-La situación del pueblo mejoró con las medidas de Aviraneta; pero la de
-la guarnición iba empeorando por días. Corrían noticias del avance de
-los franceses y de su vanguardia de realistas españoles. Bordesoulle
-y Bourmont se corrían por Andalucía, sin que nadie se les opusiera;
-el conde de Molitor, con sus generales Lacroix y conde de Loverdo,
-marchaban por donde les convenía, como en un paseo militar; únicamente
-Moncey encontraba una resistencia seria y pertinaz en el ejército de
-Mina.
-
-Los soldados desertaban en grupos, y el espíritu de los pueblos era
-hostil á los constitucionales. La deserción había hecho que sólo los
-entusiastas y fanáticos quedaran en las filas.
-
-A final de Junio, el Empecinado al saber que Castelldosrius era el jefe
-militar de Extremadura y que trabajaba en dominar el país y en meter en
-cintura á Badajoz, le envió á Aviraneta para que éste desarrollara los
-procedimientos que había utilizado en Cáceres.
-
-Castelldosrius había salido con las tropas que Zayas le había confiado
-poco después de evacuar Madrid, y había ido perseguido por Vallin y
-Bourmont y por la vanguardia de Merino hasta Trujillo, donde entregó el
-mando de su fuerza al general López Baños, marchando él á Badajoz, de
-cuya comandancia militar tomó posesión en Junio.
-
-Castelldosrius, al saber la situación de la ciudad, pidió en seguida
-su exoneración. Reinaba en ella, como en casi todas las capitales
-españolas, una perfecta anarquía. La deserción cundía con una rapidez
-asombrosa; los realistas, alentados por el giro que tomaban los
-negocios públicos, maltrataban y vejaban en la calle á los liberales.
-
-Aviraneta, al llegar á Badajoz, se presentó á Castelldosrius, como
-enviado por el Empecinado, para ver de ponerse de acuerdo.
-
-Castelldosrius le contestó que estaba deseando abandonar el cargo,
-y que pensaba que de un día á otro tendría que dejarlo. El marqués
-explicó la situación anárquica en que se encontraba Badajoz.
-
---Estaba lo mismo Cáceres--replicó Aviraneta--, y lo hemos dominado. A
-fuerza de paciencia. Yo he hecho de alcalde, de jefe de la policía, y
-por ahora hay tranquilidad.
-
---¿De veras?
-
---Sí.
-
---¿Usted se encargaría aquí de hacer lo mismo?
-
---Sí; si usted lo autoriza.
-
---Bueno; pues haga usted lo que quiera. Véase usted con mi ayudante
-González Estéfani, que le pondrá en antecedentes. Aunque sea, fusile
-usted á todo el pueblo; me tiene sin cuidado.
-
-Aviraneta se entrevistó con Antonio González Estéfani, y entre los dos
-dispusieron lo que había que hacer.
-
-Aviraneta se instaló en la Capitanía General y llamó á las autoridades
-del pueblo. La mayoría no acudió.
-
-Al día siguiente aparecía un bando terrible en las esquinas, y veinte
-realistas, escoltados por bayonetas, iban á la cárcel. El pueblo, como
-un caballo que siente la espuela, quiso sacudirse el jinete; pero éste,
-en poco tiempo, lo supo dominar.
-
-El 6 de Julio, Castelldosrius fué destituído y marchó destinado como de
-cuartel á Barcelona.
-
-El bando de Aviraneta sirvió luego de motivo para que Castelldosrius
-fuera terriblemente perseguido en la época de la reacción de Calomarde.
-
-Aviraneta, sin ser conocido de nadie, ejerció durante algunos días la
-dictadura. En compañía de Estéfani, González Llanos y otros militares
-liberales recorrió la muralla, sus ocho baluartes, las tres entradas de
-la ciudad y los dos torreones de la puerta de las Palmas, que dan hacia
-el Guadiana.
-
-Visitó también los fuertes exteriores que existían entonces: el de San
-Cristóbal, en un cerro á orillas del río; el de Pardaleras, el de la
-Picurina, el revellín de San Roque y la Luneta, hecha por el mariscal
-Soult en 1811. Aviraneta trabajó para que se guarnecieran estas
-fortificaciones y se pusieran en condiciones de defenderlas del enemigo.
-
-Toda esta labor era inútil; el pueblo, hostil, á la mejor ocasión había
-de echar por tierra á sus dictadores.
-
-
-
-
-XXII.
-
-UN OFICIO DEL ESTADO MAYOR
-
-
-Al dejar Badajoz el marqués de Castelldosrius siguieron Aviraneta y sus
-amigos ejerciendo en la ciudad el mando supremo, sin ningún título para
-ello.
-
-Estaba nombrado por el Gobierno para la Comandancia de Extremadura
-el general don Francisco Plasencia, que días antes, derrotado en
-Despeñaperros, se había visto abandonado por sus tropas, que desertaron
-ante el enemigo.
-
-Plasencia tardó bastante en presentarse en Badajoz, y quedó asombrado
-de que existiera todavía orden y disciplina en la ciudad extremeña.
-
-Plasencia rogó á Aviraneta y á los demás que siguieran mandando.
-
-La situación de España en Julio de 1823 era malísima, y en Agosto se
-hizo desesperada.
-
-Don Juan Martín envió una carta á Aviraneta, diciéndole que hablara á
-todos los jefes y oficiales liberales decididos, para ver si querían
-intentar un supremo esfuerzo: el de formar una columna de ocho á diez
-mil hombres, marchar sobre Madrid y atacarlo á la desesperada.
-
-Aviraneta habló á los oficiales de Badajoz, pero ya no era posible
-reanimar en ellos el entusiasmo: todo el mundo veía la partida
-perdida. El general Plasencia, desalentado desde que había visto en
-Despeñaperros desertar á los soldados antes de entrar en fuego, creía
-que el único ideal era obtener una capitulación decente y esperar
-mejores tiempos.
-
-Aviraneta escribió á don Juan el resultado de sus gestiones, y unos
-días más tarde recibió este oficio:
-
- DIVISIÓN DE CASTILLA
-
- ESTADO MAYOR
-
- El Excmo. Sr. Comandante general, que ha salido esta mañana
- para la Vera de Plasencia, me ha indicado que escriba á usted.
-
- Se recibió su pliego en el que participaba el poco éxito
- de nuestro plan de atacar Madrid, y al mismo tiempo el
- desfallecimiento de las tropas constitucionales de esa zona.
- Nada de esto es extraño, y es necesario un ánimo esforzado
- para no dejarse rendir por las noticias adversas para nuestras
- armas que llegan constantemente.
-
- El general desiste de su proyecto, y me encarga le diga cese
- de practicar diligencias con este fin.
-
- Se ha celebrado ayer una junta de oficiales y jefes de la
- división, y en ella se ha acordado enviar á usted á Cádiz á
- que se aviste con el Gobierno, le exprese la situación de
- Extremadura y Castilla y pida instrucciones acerca de la
- conducta que debe seguirse en lo sucesivo.
-
- Se ha elegido á don Eugenio de Aviraneta ayudante de campo
- y secretario del comandante general para esta comisión, por
- considerársele de gran confianza y el más capacitado por su
- inteligencia para el caso.
-
- Es necesario, pues, salga usted inmediatamente para evacuar
- tan importante comisión.
-
- Puede usted atravesar Portugal, embarcarse en un puerto de
- este país, franquear el bloqueo de la escuadra francesa y
- entrar en Cádiz.
-
- Hoy se escribe al Excmo. Sr. Marqués de Castelldosrius para
- que auxilie á usted con cuantas noticias necesite del vecino
- reino y para que le dé contraseñas y recomendaciones para los
- puertos de Villa Real, Mértola y Tavira. Preséntese usted á Su
- Excelencia y pónganse de acuerdo sobre este particular.
-
- El general me encarga diga á usted que de ninguna manera
- quiere que nadie sepa el objeto de su viaje más que el señor
- Marqués y usted.
-
- Con el sargento Sánchez, jefe de la escolta y portador de este
- oficio, comunicará usted al general lo que acuerde con el
- señor Marqués.
-
- Se están extendiendo todas las comunicaciones para el Gobierno
- y las instrucciones que debe usted llevar, al mismo tiempo que
- las recomendaciones para los sujetos con quienes tiene usted
- que verse.
-
- Participe usted verbalmente al Sr. Marqués que esta división
- se engruesa con las partidas sueltas procedentes del ejército
- de Galicia, pero que carecemos de buen armamento.
-
- En las comunicaciones al Gobierno va usted altamente
- recomendado, y si llega á puerto de salvación con toda
- felicidad, no necesita usted más para que el Gobierno premie
- á usted como es debido sus muchos y distinguidos servicios en
- favor de la Libertad.
-
- Dios guarde á usted muchos años. Cuartel general del Casar de
- Cáceres, á 18 de Agosto de 1823.
-
- MÁXIMO REYNOSO.
-
- _Postdata:_
-
- En este momento se reciben noticias de nuestros confidentes
- de Portugal. Afirman que en Lisboa y en los Algarbes se ha
- proclamado el absolutismo.
-
- Esta nueva situación hace indudablemente difícil ó imposible
- la marcha de usted, sobre todo con carácter militar y como
- representante del excelentísimo comandante general. Consulte
- usted con el señor Marqués y vea si pueden proporcionarle
- á usted papeles de comerciante, para que disfrazado de tal
- y con pasaporte pueda llegar á Villa Real. En ese caso se
- embarcaría aquí y entraría en Gibraltar, si no hubiese medio
- de meterse en Cádiz.
-
- Hay quien supone que sería mejor que se pusiera usted en
- relación con los contrabandistas de Ceclavin y atravesara
- Andalucía con ellos. Estos contrabandistas conocen la ruta
- á palmos y marchan sin tocar en ninguna población. Si se
- decidiera usted por esto último, avíselo, porque hay en
- nuestra división individuos que conocen muy bien las partidas
- de contrabandistas y éstos le pondrían en relación con
- ellas.--_Vale._
-
-Aviraneta, impaciente con una carta tan larga y tan ceremoniosa, cogió
-un papel y escribió:
-
- «Amigo Reynoso: Castelldosrius no está aquí. Para salir por un
- lado ó por otro necesito dinero y no lo tengo».--Suyo,
-
- AVIRANETA.
-
-Dos días después el mismo sargento Sánchez llegaba á Badajoz y
-entregaba á Aviraneta una bolsa con veinte onzas, moneda suelta y un
-sobre con documentos.
-
-
-
-
-XXIII.
-
-EL VIAJE
-
-
-Aviraneta comenzó los preparativos para la marcha. Compró cerca de la
-puerta de las Palmas una chaqueta y un pantalón ordinarios de aldeano,
-una faja y un sombrero. Luego quitó á la chaqueta los botones y los
-sustituyó por onzas de oro forradas de tela. En el chaleco puso monedas
-de cinco duros, también recubiertas como si fueran botoncitos.
-
-El dinero sobrante, menos unas pesetas para el camino, hizo que se lo
-girasen á Mértola, en Portugal.
-
-Luego escribió una carta dirigida á un supuesto Domingo Ibargoyen, una
-carta en que el padre del tal Domingo le decía que se escapara del
-servicio y abandonara á los liberales impíos y volviera á reunirse con
-los absolutistas.
-
-Hecho esto leyó todos los oficios que le había enviado Máximo Reynoso
-desde el cuartel general, y los clasificó. Los dos en donde figuraba su
-nombre los aprendió de memoria y los rompió.
-
---¡Qué falta de sentido el mandar á un hombre con papeles así entre
-gente enemiga!--se dijo--; ¡oh manes de Cisneros, de Richelieu y de
-Talleyrand! Esta pobre gente no va á saber nunca hacer bien las cosas.
-
-Los documentos que no citaban su nombre, don Eugenio los envolvió, los
-metió en un bote, que llenó de tierra, y lo envió á Mértola, como si
-fuera una mercancía.
-
-Pensaba que no llevando consigo ningún papel, aunque le cogieran,
-sería imposible identificarlo. Si lo pescaban diría que no, que no era
-miliciano; luego, si le registraban, le encontrarían la carta á Domingo
-Ibargoyen, y ya bastaría esto para que le tuviesen por un pobre hombre
-absolutista soldado de milicianos á la fuerza.
-
-Estando en estos preparativos se le presentó Diamante, y no tuvo más
-remedio que decirle que iba á ir con una comisión á Cádiz.
-
-Diamante se ofreció á acompañarle en el viaje. Al advertirle Aviraneta
-la manera cómo pensaba hacerlo, Diamante torció el gesto.
-
---Es mejor que vaya usted de uniforme--dijo Diamante--, le tendrán á
-usted más respeto.
-
---No, no. Es absurdo, hombre.
-
---Pues yo pienso ir de uniforme hasta Mértola, y verá usted como llego.
-
---Haga usted lo que quiera; pero en ese caso, si me encuentra usted en
-el camino, no diga usted que me conoce.
-
---No necesito de usted para nada--replicó Diamante, con acritud.
-
---Bueno, bueno. Está bien.
-
-Diamante todavía quiso hacer un esfuerzo para convencer á Aviraneta que
-debía ir de modo que se le conociera que era un oficial y no un patán
-cualquiera.
-
---¿Por qué?--preguntó Aviraneta.
-
---Porque á un oficial se le fusila; en cambio á un patán, no: se le
-cuelga de una manera ignominiosa y vil.
-
---Cada cual tiene sus preocupaciones--dijo don Eugenio--; morir de una
-manera ó de otra, es igual.
-
---Para usted será igual; para mí, no. Si le cogen á usted le tomarán
-por un espía.
-
---O no. Yo me las arreglaré para que no me cojan. La cuestión es que no
-le maten á uno.
-
---¡Bah! No me asusta la muerte--replicó Diamante--. Si me prenden verá
-esa chusma miserable cómo muere el alférez Diamante. Pienso decir
-cuatro cosas bien dichas.
-
-Aviraneta no quiso chocar con la vanidad de su compañero, y se citó con
-él en Mértola.
-
-Si se encontraban allá, buscarían los dos el modo de marchar á Cádiz.
-
-Aviraneta, unas veces en coche, otras en carro, pasó por Villaviciosa,
-llegó hasta Beja, y de aquí fué á Mértola. Hacía un calor horrible. No
-apareció Diamante.
-
-Recogió en casa de un comerciante liberal el bote con sus documentos y
-lo volvió á reexpedir á Castro Marín.
-
-Aviraneta se puso en camino hacia Castro Marín, á caballo, mirando á
-derecha é izquierda, guareciéndose en los árboles y las matas cuando
-veía á alguien. Los realistas debían tener espías á los lados del
-camino, porque, á pesar de todas sus precauciones, Aviraneta cayó en
-manos de una patrulla de realistas portugueses. Eran muchos para luchar
-con ellos, y tuvo que entregarse.
-
-Los realistas lo prendieron y lo tuvieron toda la noche atado á un
-árbol, sufriendo una serie de chaparrones de agua tibia y abundante.
-Por la mañana le hicieron marchar entre ellos. Eran aquellos
-portugueses raquíticos, con un tipo agitanado, el pelo negro, la tez
-amarilla, los ojos brillantes é inquietos, la expresión suspicaz y
-ladina. Hablaban todos ellos con un aire entre amenazador y sonriente.
-
-A media mañana, Aviraneta, rodeado de los portugueses, rendido y
-febril, fué entregado á una partida de realistas españoles que
-vigilaban la frontera. Esta partida llevaba un gran número de presos;
-entre ellos se encontraba Diamante.
-
-El jefe de estos realistas, un señorito andaluz, bajito, rubio, que
-ceceaba exageradamente y sonreía al hablar con cierta petulancia, mandó
-registrar al prisionero, y se encontró la carta, manoseada y sucia,
-dirigida á Domingo Ibargoyen.
-
-El aire de estupor febril que tenía Aviraneta hizo creer al andaluz que
-el preso era un pobre infeliz, casi idiota.
-
---Es un vascongado--dijo el oficial á su gente--. Yo le hablaré, ¿Tú
-ser realista ó negro?--le preguntó á Aviraneta.
-
-Aviraneta contempló con asombro al oficial, y éste repitió la pregunta.
-
-Don Eugenio, viendo que le tomaban en broma, dijo haciendo su papel:
-
---Yo, no entender.
-
---¿Cómo no entender?... ¡Granuja! Tú ser miliciano...
-
---Sí, coger á uno... poner uniforme... y llevar andando lejos, malos
-caminos... luego cansar... escapar campos.
-
-El andaluz se echó á reir.
-
---¿Y á dónde marchar tú ahora?... ¿A dónde marchar?...
-
---Yo querer ir á América...
-
---Realmente--murmuró el andaluz--á este desdichado es una tontería
-prenderlo; pero en fin, le llevaremos á Sevilla con los demás y allí ya
-verán lo que hacen con él.
-
-Pasó la noche Aviraneta en la cárcel de Ayamonte. No pudo dormir un
-momento. Estaba febril, la humedad de la noche anterior le había
-producido un acceso de reumatismo, le dolía la cabeza, tenía una
-rodilla hinchada y una misantropía terrible.
-
-En medio de aquel estado de abatimiento el instinto de conservación
-vigilaba.
-
-Al día siguiente, por la mañana, Aviraneta advirtió al jefe de los
-realistas que no podría marchar con la rodilla hinchada, y le dijo que
-daría lo que tenía, una moneda de cinco duros si se le proporcionaba un
-caballo. El oficial cogió la moneda y mandó traer un caballo viejo para
-Aviraneta.
-
-Durmieron los presos los días posteriores en las cárceles de Gibraleón,
-Niebla, Palma, San Lúcar la Mayor, y al quinto día entraron en Sevilla.
-
-A las tres de la tarde, Aviraneta y Diamante, con otros cuarenta ó
-cincuenta liberales, formando cuerda de presos, pasaban el puente de
-Triana, rodeados de una multitud de hombres, mujeres y chicos que
-los insultaban. Diamante iba con una serenidad olímpica, sonriendo,
-despreciando al populacho.
-
-Todos los vagos del barrio estaban en el puente. Se oían gritos
-furiosos de ¡Mueran los negros! ¡Muera la nación! ¡Viva Fernando!
-¡Vivan las _caenas_! ¡Viva el duque de Angulema!
-
-Era el populacho amenazador, la demagogía negra desbordada. Mujeres
-desarrapadas, con chiquillos en brazos, que chillaban sin saber porqué;
-viejas, gitanos, frailes que pasaban dando á besar á la chusma la
-cuerda de su hábito....
-
---¡Viva nuestra religión! ¡Viva Dios!--gritaban algunos. Y otros
-decían, dirigiéndose á los liberales: ¡Al palo! ¡Al palo! ¡Canallas!
-¡Mata frailes!
-
-Unos cuantos chicos les tiraron pelotas de barro á los prisioneros, y
-una vieja, acercándose á Aviraneta, le dijo:
-
---¡Qué mala estampa de judío tienes, ladrón! ¡Toma!--Y le escupió á la
-cara.
-
-Aviraneta, con la cabeza baja y ceñudo, recibió la injuria, al parecer,
-impasible.
-
-Sentía el odio de todos reconcentrado en él. ¡Si por un momento hubiese
-cambiado la situación! El en aquel instante, con diez mil hombres y
-unas baterías de cañones en el puente, ¡qué sarracina! Mujeres, viejas,
-chiquillos, ancianos, casas, iglesias... Todo lo hubiera barrido con
-la metralla. Hubiera dejado chiquito á los Collot d'Herbois y á los
-Carrier.
-
-Desarrollando esta idea de cómo sería su venganza, pudo pasar entre la
-chusma y recibir los insultos y las pedradas con estiércol, mondaduras
-de patata y tronchos de berza, sin protestar.
-
-Pasaron el puente y el barrio de Triana, y entraron en el casco de la
-ciudad. A cada paso se repetían los insultos y las pedreas.
-
-Con la escolta, Aviraneta y los presos recorrieron varias calles y
-fueron á parar al Salón de Cortes.
-
-Al llegar aquí se abrió la puerta y entraron todos en un ancho portal.
-
-El Salón de Cortes, el punto donde se habían celebrado las sesiones del
-Congreso en Sevilla en 1823, era la iglesia del antiguo convento de
-jesuítas de San Hermenegildo, que estaba en la calle de las Palmas,
-que hoy se llama de Cortes.
-
-Este edificio tuvo distinto empleo: primero fué colegio de los
-jesuítas, luego, escuela, seminario y cuartel. Los franceses lo
-desvalijaron; después la capilla se convirtió en salón de Cortes, y
-terminó siendo, durante una corta temporada, teatro.
-
-En aquel momento, el salón de sesiones estaba destruído.
-
-Unos días antes, los realistas sevillanos habían entrado allí, habían
-asaltado el edificio y lo habían desmantelado.
-
-Pasaron Aviraneta y sus compañeros del zaguán del convento á un patio,
-y aquí uno de los jefes de los absolutistas comenzó la distribución de
-los presos.
-
-La gente distinguida iba al Salón de sesiones.
-
-En él estaban detenidos el duque de Veragua y otros muchos liberales
-aristócratas. A la gente del pueblo, milicianos y soldados, se la
-dirigía á unas cuadras grandes.
-
-Diamante fué enviado con la gente distinguida.
-
-Aviraneta, en compañía de unos cuantos, marchó con la morralla á un
-salón, que debía haber sido en otro tiempo biblioteca ó sala capitular.
-
-Un sargento, con una gorra de cuartel y un uniforme lleno de manchas,
-les hizo formar militarmente y les dijo:
-
---Bueno, niños, cuidado. Antes habéis obedecido á la Constitución;
-ahora vais á obedecer á ésta--y les mostró una estaca--. Conque ya lo
-sabéis. ¡Media vuelta á la derecha! ¡Dre!...
-
-Al día siguiente, Aviraneta como sus compañeros, tuvieron que dedicarse
-á bajos menesteres de barrer patios y cuartos.
-
-Aviraneta en su calidad de Domingo Ibargoyen, no tenía importancia, no
-ya para ser fusilado, ni aun para ser vigilado; pero no dejaba de estar
-ojo avizor por si alguno le reconocía como carbonario, masón y ayudante
-del Empecinado.
-
-Entonces hubiera sido otra cosa.
-
-Aviraneta fué destinado á barrer un corredor del claustro y unas
-cuadras y á cumplir las órdenes del que hacía de alcaide de la cárcel,
-un hombre á quien llamaban el señor Pepe el _Tiznado_.
-
-El señor Pepe el _Tiznado_ era un viejo andaluz, serio, grave,
-profundo, un pozo de ciencia que hablaba por apotegmas.
-
-Algunos decían que había sido contrabandista y ladrón, cosa muy
-posible; la verdad era que tenía muchos oficios, y ninguno bueno,
-porque cambiaba de ellos más que de camisa.
-
-El lugarteniente del señor Pepe el _Tiznado_, que hacía de portero de
-la cárcel, era el _Telaraña_, un hombrecito muy redicho y hablador.
-
-El _Telaraña_ tenía en la portería muchos pájaros en jaulas. En sus
-horas de ocio se dedicaba á enseñarles á cantar. En épocas normales el
-_Telaraña_ era pajarero.
-
-Aviraneta comenzó á ver de ganarse la confianza del señor Pepe y del
-_Telaraña_.
-
-Esperaba que alguno de ellos llegara á enviarle á hacer cualquier
-recado fuera de la cárcel, en cuyo caso no hubiera vuelto.
-
-A los pocos días de estar allá, Aviraneta que había tomado un odio
-por Sevilla frenético, no tuvo más remedio que reconocer que aquellos
-realistas andaluces, á pesar de su fanatismo y de su barbarie, eran
-mucho menos brutos que los del Norte y se avenían á razones.
-
-Aviraneta, de noche, iba á su rincón y se dedicaba á cavilar y preparar
-planes de fuga. No encontraba ninguno bueno, porque le faltaban datos;
-no conocía bien el edificio en donde estaba, ni sabía hacia qué punto
-de Sevilla se hallaba enclavado.
-
-Sin embargo, pensaba que, á fuerza de examinar proyectos y estudiar sus
-dificultades, encontraría algo.--_Mio caro studiate la matematica_, se
-decía á sí mismo, recordando la frase que repetía su amigo Sanguinetti.
-
-Aviraneta sondeó al _Tiznado_ y al _Telaraña_ para saber qué harían
-con ellos si dejaban escapar algún prisionero; y, al parecer, los dos
-estaban convencidos de que les costaría un castigo grave, si no los
-fusilaban tomándolos por cómplices. Esto hizo pensar á don Eugenio que
-el poco dinero que tenía no bastaba para comprar á los carceleros.
-
-Había que escaparse, sin contar con ellos para nada; había que hacerlo
-_á maña_, como decían los contrabandistas del Bidasoa que había
-conocido en la infancia cuando no sobornaban á los guardias y tenían
-que andar á tiros.
-
-
-
-
-XXIV.
-
-FUGA
-
-
-Aviraneta se dedicó á cumplir las órdenes que le daba el señor Pepe y
-su lugarteniente, con rapidez; se hizo amigo de los dos, y ellos le
-dejaban andar de un lado á otro convencidos de que no les iba á jugar
-una mala pasada. A los ocho días llegó á conseguir su confianza.
-
-El señor Pepe el _Tiznado_ le trataba bien y le contaba las noticias
-que corrían por el pueblo. El señor Pepe le dijo que en aquel momento
-estaban en capilla un oficial del regimiento de Galicia llamado Peña,
-á quien le habían encontrado varias proclamas y documentos de los de
-Cádiz, y un alférez del Empecinado, de apellido Diamante.
-
---Dicen--concluyó diciendo el señor Pepe--que el Empecinado ha mandado
-á un hombre de su confianza por Portugal y que se ha debido escapar.
-
---Y ese Diamante ¿qué tipo es?--preguntó el _Telaraña_.
-
---Es un gachó de cuidado--dijo el señor Pepe.
-
---¿Por qué?
-
---Porque no hay manera de confesarlo. Dice que todo eso es pamplina,
-y no quiere ni arrodillarse, ni nada. Mañana yo voy á ver cómo lo
-_afusilan_.
-
-Efectivamente: al otro día el señor Pepe contó el fusilamiento del
-alférez del Empecinado y la serenidad de éste, que había llamado
-bellacos y cobardes á los realistas, y había concluído gritando: ¡Viva
-la Libertad! ¡Viva Diamante!
-
-Aviraneta oyó con curiosidad los detalles del final de su amigo. Su
-deseo de escapar no le permitía el lujo de conmoverse. Siguió pensando
-en sus planes de fuga; tenía el convencimiento de que pensando con
-energía y de una manera metódica se encontraban soluciones para todo.
-
-Al día siguiente del fusilamiento de su amigo vió que había en el
-pasillo del claustro una puerta que daba á un sótano. La puerta tenía
-un gran cerrojo y un ventanillo. De éste se veían algunos trastos
-viejos amontonados.
-
---Con esto algo se puede hacer--pensó--. Estudiaremos la matemática--se
-dijo.
-
-Al día siguiente ya tenía su plan. Por la mañana, al limpiar el
-corredor, pidió al _Tiznado_ permiso para entrar en el sótano y coger
-unas tablas. El _Tiznado_ se lo dió, y Aviraneta estuvo sacando fuera
-unos cuantos trastos viejos y observándolos como si esperara sacar algo
-de ellos. Después volvió á meterlos de nuevo, cerró el ventanillo y
-con un poco de tocino lubrificó el cerrojo de la puerta, hasta que
-comenzó á deslizarse bien.
-
-Estaban Pepe el _Tiznado_ y el _Telaraña_ hablando al anochecer en
-el cuarto del conserje, cuando Aviraneta se les presentó y les dijo,
-mostrándoles una monedita de oro:
-
---Miren ustedes lo que he encontrado.
-
---¡Niño! ¿Dónde has encontrado esto?--exclamó el señor Pepe el
-_Tiznado_, con severidad y con ansia--. ¡Si es oro!
-
---La fija... ¡ya lo creo!--exclamó el _Telaraña_.
-
---Pues lo he encontrado en ese sótano que he ido á limpiar esta mañana.
-
---¿De verdad?
-
---Sí.
-
---¿Pero en dónde?
-
---En el suelo.
-
---¿En qué sitio?
-
---Yo se lo diré á ustedes. Pero si es oro me tienen ustedes que dar á
-mí parte--dijo Aviraneta.
-
---Bueno, bueno; eso, ya veremos--replicó el señor Pepe--. Primero vamos
-á ver dónde está.
-
---Yo les enseñaré el punto fijo.
-
-Se encendió un farol, y el señor Pepe y el _Telaraña_, llenos de
-ansiedad, cogieron, el uno una piqueta, y el otro una palanca.
-Marcharon los tres por el corredor del claustro y abrieron la puerta
-del sótano, y entraron. Pusieron el farol en el suelo, y Aviraneta,
-señalando un rincón, les dijo: Aquí, aquí mismo estaba.
-
-El señor Pepe y _Telaraña_ se arrodillaron para mirar; Aviraneta,
-sin meter ruido, de un salto se acercó á la puerta del sótano, salió
-fuera y la cerró con el cerrojo, dejando dentro á los dos carceleros.
-Enseguida echó á correr, encendió una pajuela y luego una vela, marchó
-al cuarto del conserje, cogió la llave, abrió las dos puertas que se
-necesitaban franquear para salir á la calle, dejó el manojo de llaves
-en el suelo y se largó.
-
-
-
-
-XXV.
-
-CAMINO DE GIBRALTAR
-
-
-Aviraneta no conocía bien Sevilla. Echó á andar callejeando. Un sereno
-le detuvo, y le echó la luz del farolillo á la cara.
-
---¿A dónde va usted?--le dijo.
-
---Ando buscando posada.
-
---Ahí está la posada. A mano izquierda.
-
-El sereno se alejó y cantó: Ave María Purísima. Las diez y media y
-sereno. Y añadió á su cántico: ¡Viva Fernando! ¡Viva el duque de
-Angulema!
-
-Aviraneta encontró una posada de arrieros que había cerca; entró en el
-zaguán, y acurrucado en un rincón esperó á que amaneciera.
-
-La noche se le hizo eterna. Al amanecer salió de Sevilla y compró á
-unos gitanos una mula.
-
-Le costó cuarenta duros; entregó tres onzas y le devolvieron mucha
-plata y cuartos.
-
-Ya caballero, Aviraneta tomó el camino de Utrera é hizo la larga
-jornada hasta Jimena, donde le detuvieron, le quitaron la mula y todo
-lo que llevaba.
-
-Le quedaba aún en la chaqueta una onza de oro y un centén en el
-chaleco. Estaba sucio, lleno de polvo, con un aire de vagabundo de
-camino, triste y enfermo. Se sentía desanimado. Se juraba á sí mismo
-no volver á intervenir en política, no hacer caso de la palabrería de
-los liberales, que al último hacían traición á sus principios, sin
-escrúpulos ni vergüenza.
-
-De Jimena, Aviraneta fué á San Roque: comió y durmió en una posada,
-pagó con un centén de oro y compró á un contrabandista un puñal.
-
-El contrabandista le dijo que para ir á Gibraltar le convendría
-dirigirse á Algeciras, mejor que á La Línea, porque aquí había mucha
-vigilancia.
-
-Aviraneta siguió el consejo y se dirigió á Algeciras.
-
-A media tarde fué acercándose al pueblo, y esperó á que se hiciera de
-noche. Estuvo contemplando durante algún tiempo el caserío negruzco de
-la ciudad, alrededor de la iglesia, y cuando comenzaban á brillar las
-estrellas, rodeando el pueblo, salió á la orilla del mar.
-
-Se acercó al muelle, y á un hombre que estaba atando un bote, le dijo:
-
---Oiga usted.
-
---¿Qué?
-
---¿Quiere usted llevarme á Gibraltar?
-
---No; vengo de allá ahora.
-
---Le pagaré bien.
-
---No.
-
---Le daré una onza.
-
---¿La tiene usted?
-
---Sí.
-
---A verla.
-
---Se la daré á usted á la mitad de la travesía.
-
---¿Será usted el general Riego?
-
---No; pero tengo que marchar á Gibraltar.
-
---Bueno, suba usted; pero deme primero la onza.
-
---No, no. Cuando estemos cerca de la plaza inglesa.
-
---Bueno.
-
-El hombre desató su lancha, extendió una vela, y, puesto al timón,
-enderezó la proa hacia Gibraltar.
-
-A medida que avanzaban, Algeciras iba quedando atrás, recostada en una
-sierra que se destacaba negra en el horizonte. Las luces de Gibraltar
-brillaban enfrente.
-
---Me parece que estamos á mitad del trayecto--dijo el hombre de la
-barca.
-
---Sí; eso quiere decir que exige usted la onza.
-
---Lo ha entendido usted muy bien.
-
-Entregó la onza Aviraneta, y el hombre inmediatamente se levantó é hizo
-arriar la vela.
-
---¿Qué hace usted?--le dijo Aviraneta.
-
---Nada, que vamos á volver.
-
---¡A volver!
-
---Sí.
-
---¿Por qué?
-
---Porque queda usted preso. Yo soy uno de los encargados de vigilar
-esta playa. Tú eres un conspirador que huye y te hago prisionero.
-
---¡Bah! no podrás--exclamó Aviraneta, con voz sorda.
-
---¿No?
-
---No.
-
-Y Aviraneta acercándose al hombre, en la obscuridad, lo agarró del
-cuello y le puso el puñal en la garganta.
-
-El policía pidió tregua en seguida. Aviraneta con el puñal en una
-mano le registró los bolsillos y sacó de ellos una navaja y un lío de
-cuerda. Con la cuerda ató los brazos y los pies del hombre y lo dejó
-sentado en uno de los bancos del bote. Después izó de nuevo la vela.
-
-La barca comenzó á marchar hacia Gibraltar. La silueta negra del peñón
-se veía destacándose en el cielo estrellado. Los faros y las luces del
-pueblo brillaban en el agua. Aviraneta dirigía en línea recta, sin
-hacer caso de las olas que entraban en la lancha.
-
-A pesar de que sus intenciones eran llegar directamente, torció hacia
-la izquierda y fué á embarrancar en un arenal, cerca de la Estacada.
-
---¿Estamos en tierra inglesa?--preguntó Aviraneta.
-
---Sí. ¿Ahora me desatará usted?
-
---Sí. Y usted me devolverá la onza de oro.
-
---Hombre, eso no es lo acordado.
-
---Tampoco estaba acordado que usted me hiciera traición.
-
---Bueno, le devolveré la onza.
-
-Soltó Aviraneta las manos del policía, recogió la moneda y luego le
-soltó los pies.
-
---Ya se ha salvado usted--dijo el polizonte--. He sido un tonto. Ahora
-dígame usted quién es.
-
---¡Soy el demonio!--exclamó Aviraneta con voz cavernosa.
-
-El polizonte debió quedar santiguándose, y Aviraneta marchó hacia la
-estacada. Un soldado inglés le dió el alto y llamó al teniente, que
-sabía español, y á quien explicó Aviraneta lo que le ocurría.
-
-Aviraneta, acompañado por el soldado, fué por la calzada del dique,
-entre la laguna y el mar, y pasó por la puerta de Tierra á la ciudad...
-
-Mientras había venido huyendo se había forjado la idea de que estaba
-arrepentido y cansado de tanto ajetreo como se había dado á sí mismo.
-Al poner el pie en puerto de salvación veía que no sólo no estaba
-cansado de su papel, sino que estaba ansiando volverlo á tomar de nuevo.
-
-Aquel pajarraco de Aviraneta vivía en su centro como los albatros en
-los remolinos de la tempestad. Las convulsiones, los peligros, la
-guerra, las cárceles, eran su elemento...
-
-Al mismo tiempo que se burlaba de sus planes de modificar su vida,
-volvía á rehabilitar sus ideas. Ya se habían borrado de su imaginación
-todos los absurdos, torpezas y cobardías llevadas á cabo por los
-revolucionarios; la Libertad, como una diosa, marchaba en su carro
-triunfante por encima de los monstruos y bestias inmundas del
-absolutismo: la revolución era la salvación de España.
-
---Hay que implantarla cuanto antes--se dijo á sí mismo, y convencido
-añadió, señalando con la mano la costa española, que se iba ocultando
-entre las brumas de la noche:
-
---Nos veremos de nuevo.
-
- Itzea--Septiembre, 1915
-
-
- FIN DE LOS RECURSOS DE LA ASTUCIA
-
-
-
-
-ÍNDICE
-
-
- _Páginas._
-
- La Canóniga.--Prólogo 5
-
-
- PARTE PRIMERA
-
- I.--Cuenca 31
-
- II.--La casa de la Sirena 41
-
- III.--Miguelito Torralba 53
-
- IV.--Sansirgue el penitenciario 67
-
- V.--La casa del pertiguero 71
-
- VI.--Don Víctor 81
-
- VII.--La Biblioteca de Chirino 87
-
- VIII.--Su majestad el odio 93
-
- IX.--Un romance anónimo 101
-
- X.--La junta realista 107
-
- XI.--Un sermón de Sansirgue 111
-
- XII.--La alarma de Bessieres 117
-
- XIII.--Proyectos 123
-
- XIV.--Cabildeos de Don Víctor 129
-
- XV.--La Puerta de San Juan 139
-
- XVI.--Después de la catástrofe 143
-
- XVII.--Meses después 149
-
- Epílogo 159
-
-
- LOS GUERRILLEROS DEL EMPECINADO
-
- I.--Nueva comisión 163
-
- II.--Mascarada militar 169
-
- III.--Antiguos amigos 175
-
- IV.--En el espionaje 181
-
- V.--En el camino 191
-
- VI.--El batallón de los hombres libres 197
-
- VII.--Huyendo 207
-
- VIII.--Don Julián Sánchez 217
-
- IX.--Aviraneta en el convento 227
-
- X.--De Nájera á Aranda 235
-
- XI.--El espía de Roa 241
-
- XII.--La encerrona 251
-
- XIII.--En Ciudad Rodrigo 261
-
- XIV.--La toma de Coria 267
-
- XV.--Una ciudad levítica 273
-
- XVI.--La tarde del domingo 281
-
- XVII.--Expedición á Plasencia 287
-
- XVIII.--¡Merino! 295
-
- XIX.--El camino de San Martín 303
-
- XX.--El Castillo de Trevejo 309
-
- XXI.--La situación empeora 319
-
- XXII.--Un oficio del Estado Mayor 325
-
- XXIII.--El viaje 331
-
- XXIV.--Fuga 343
-
- XXV.--Camino de Gibraltar 347
-
-
-
-
-
-End of the Project Gutenberg EBook of Memorias de un Hombre de Acción: #5
-Los Recursos de la Astucia, by Pío Baroja
-
-*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK MEMORIAS DE UN HOMBRE ***
-
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-
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-things that you can do with most Project Gutenberg-tm electronic works
-even without complying with the full terms of this agreement. See
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-Gutenberg-tm electronic works if you follow the terms of this
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-electronic works. See paragraph 1.E below.
-
-1.C. The Project Gutenberg Literary Archive Foundation ("the
-Foundation" or PGLAF), owns a compilation copyright in the collection
-of Project Gutenberg-tm electronic works. Nearly all the individual
-works in the collection are in the public domain in the United
-States. If an individual work is unprotected by copyright law in the
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-
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- The Project Gutenberg eBook of Los Recursos De La Astucia, by Pío Baroja.
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- </head>
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-<body>
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-
-<pre>
-
-The Project Gutenberg EBook of Memorias de un Hombre de Acción: #5 Los
-Recursos de la Astucia, by Pío Baroja
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and most
-other parts of the world at no cost and with almost no restrictions
-whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms of
-the Project Gutenberg License included with this eBook or online at
-www.gutenberg.org. If you are not located in the United States, you'll have
-to check the laws of the country where you are located before using this ebook.
-
-
-
-Title: Memorias de un Hombre de Acción: #5 Los Recursos de la Astucia
-
-Author: Pío Baroja
-
-Release Date: October 4, 2015 [EBook #50126]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: ISO-8859-1
-
-*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK MEMORIAS DE UN HOMBRE ***
-
-
-
-
-Produced by Carlos Colón, University of Toronto and the
-Online Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net
-(This file was produced from images generously made
-available by The Internet Archive)
-
-
-
-
-
-
-</pre>
-
-<p class="box">Nota del Transcriptor:<br/><br/>
-
-Se ha respetado la ortografía y la acentuación del original.<br/><br />
- Errores obvios de imprenta han sido corregidos.<br/><br />
-
- Páginas en blanco han sido eliminadas.<br/><br/>
-La portada fue diseñada por el transcriptor y se considera dominio público.<br /></p>
-
-
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_1" id="Page_1"></a></span></p>
-
-
-<p class="p6 center large ht">LOS RECURSOS DE LA ASTUCIA</p>
-
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_2" id="Page_2"></a></span></p>
-
-
-
-
-
-<h2><a name="OBRAS_DE_PIO_BAROJA" id="OBRAS_DE_PIO_BAROJA">OBRAS DE PÍO BAROJA</a></h2>
-
-<table border="0" cellpadding="5" cellspacing="5" summary="obras">
-
-<tr>
- <td class="tdc" colspan="2"><b>LAS TRILOGÍAS</b></td>
-</tr>
-
-
-
-<tr>
- <td class="tdc1" colspan="2">Tierra vasca</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdrb" colspan="2"><i>Pesetas.</i></td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdl">La casa de Aizgorri.</td>
- <td class="tdrb">1,00</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdl">El mayorazgo de Labraz.</td>
- <td class="tdrb">3,00</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdl">Zalacaín, el aventurero.</td>
- <td class="tdrb">1,00</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdc" colspan="2">La vida fantástica</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdl">Camino de perfección.</td>
- <td class="tdrb">1,00</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdl">Inventos, aventuras y
-mixtificaciones de Silvestre
-Paradox.</td>
- <td class="tdrb">1,00</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdl">Paradox, rey.</td>
- <td class="tdrb">3,00</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdc" colspan="2">La Raza</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdl">La dama errante.</td>
- <td class="tdrb">3,00</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdl">La ciudad de la niebla.</td>
- <td class="tdrb">3,50</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdl">El árbol de la ciencia.</td>
- <td class="tdrb">3,50</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdc" colspan="2">La lucha por la vida</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdl">La busca.</td>
- <td class="tdrb">3,50</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdl">Mala hierba.</td>
- <td class="tdrb">3,50</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdl">Aurora roja.</td>
- <td class="tdrb">3,50</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdc" colspan="2">El Pasado</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdl">La feria de los discretos.</td>
- <td class="tdrb">3,50</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdl">Los últimos románticos.</td>
- <td class="tdrb">3,50</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdl">Las tragedias grotescas.</td>
- <td class="tdrb">3,00</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdc" colspan="2">Las ciudades</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdl">César ó nada.</td>
- <td class="tdrb">4,00</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdl">El mundo es ansí.</td>
- <td class="tdrb">3,50</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdc" colspan="2">El Mar</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdl">Las inquietudes de Shanti Andía.</td>
- <td class="tdrb">3,50</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdc" colspan="2"><b>MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN</b></td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdl">El aprendiz de conspirador.</td>
- <td class="tdrb">3,50</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdl">El escuadrón del Brigante.</td>
- <td class="tdrb">3,50</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdl">Los caminos del mundo.</td>
- <td class="tdrb">3,50</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdl">Con la pluma y con el sable.</td>
- <td class="tdrb">3,50</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdl">Los recursos de la astucia.</td>
- <td class="tdrb">3,50</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdc" colspan="2"><b>EN PRENSA</b></td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdl">La ruta del aventurero.</td>
- <td class="tdrb">3,50</td>
-</tr>
-
-</table>
-
-
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_3" id="Page_3"></a></span></p>
-
-
-
-
-<p class="p6 center">PIO BAROJA</p>
-
-<p class="p4 center">MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN</p>
-
-<h1>LOS RECURSOS DE LA ASTUCIA</h1>
-
-<div class="figcenter2em"><img src="images/illo1.png" width="100"
-height="114" alt="" title="" />
-</div>
-
-<p class="p4 center ht">RENACIMIENTO<br />
-
-MADRID&nbsp; &nbsp; &nbsp; BUENOS AIRES<br />
-SAN MARCOS, 42&nbsp; &nbsp; LIBERTAD, 172<br />
-1915</p>
-<hr class="chap" />
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_4" id="Page_4"></a></span></p>
-
-
-
-
-<p class="p6 center">ES PROPIEDAD</p>
-
-<p class="p6 center ht">Imprenta Renacimiento, San Marcos, 42.&mdash;Teléfono 4.967.</p>
-
-
-
-<hr class="chap" />
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_5" id="Page_5"></a></span></p>
-
-
-
-
-<h2 id="CANONIGA">LA CANÓNIGA</h2>
-
-<p class="i50">
-<i>Vulnerant omnes ultima necat</i>:
-Todas hieren; la última, mata.</p>
-
-<p class="i50">(Leyenda de algunos relojes.)</p>
-
-
-
-
-<h2 id="PROLOGO">PRÓLOGO</h2>
-
-
-<p>Don Pedro Leguía y Gaztelumendi, verdadero y
-auténtico cronista de la vida de Aviraneta, escribió
-unas líneas preliminares para explicar la procedencia
-de los datos utilizados por él en esta narración.</p>
-
-<p>Por lo que dice, las bases de su relato fueron la
-historia que le contó en Cuenca un constructor de
-ataúdes, y los comentarios y antecedentes que aportó
-á esta historia D. Eugenio de Aviraneta en Madrid.
-Valiéndose del indiscutible derecho del narrador,
-Leguía antepuso los antecedentes de Aviraneta á la
-narración del constructor de ataúdes, proceder no
-desprovisto de lógica, pues la faena de un constructor
-de ataúdes debe ser siempre una faena final y
-epilogal. El lector, si es un tanto aviranetista, quizá
-encuentre medianamente interesante la transcripción
-del preámbulo de Leguía.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_6" id="Page_6"></a>
-<a name="Page_7" id="Page_7"></a></span></p>
-
-
-
-
-<h3>I.</h3>
-
-
-<p>Unos años antes de la Revolución de Septiembre&mdash;dice
-Leguía&mdash;me encontraba en Madrid triste
-y débil, retraído de la vida pública por el fracaso
-de mis correligionarios y casi retraído de toda vida
-privada por padecer las consecuencias de un catarro
-gripal. En esto, un amigo senador se presentó en mi
-casa y me instó á que le acompañase á una finca suya,
-enclavada en el centro de los pinares de la serranía
-de Cuenca.</p>
-
-<p>Tanto insistió y con tan buena voluntad lo hizo,
-que acepté y marché con él á su finca.</p>
-
-<p>Pasé allí cerca de un mes. Cuando comencé á aburrirme
-y al mismo tiempo á restablecerme en aquella
-soledad, perfumada por el olor de los pinos, sentí la
-necesidad de salir y andar. Mi amigo visitaba los
-pueblos de su distrito, y alguna vez le acompañaba
-yo.</p>
-
-<p>Estuvimos en Salvacañete unos días, y luego en
-Moya, en donde supe con sorpresa que mi tío Fermín
-Leguía había sido comandante del fuerte de este<span class="pagenum"><a name="Page_8" id="Page_8">[8]</a></span>
-pueblo y dejado en él cierto renombre. Un viejo boticario
-de Moya le recordaba muy bien. Por lo que
-me contó, la villa de Moya, en tiempo de la Guerra
-civil, era un refugio de las familias liberales de
-los contornos, mientras Cañete constituía el gran baluarte
-defensivo de las familias carlistas. Moya goza
-de una gran posición estratégica, y tiene larga historia
-de sitios y de defensas en tiempo de los moros,
-y de las rivalidades entre aragoneses y castellanos.</p>
-
-<p>En 1837&mdash;como digo&mdash;se hallaba de comandante
-del fuerte de Moya Fermín Leguía. En Octubre
-de este año, la partida mandada por el cabecilla Sancho,
-á quien se apodaba el <i>Fraile de la Esperanza</i>,
-se acercó á la villa y la sitió. El <i>Fraile de la Esperanza</i>
-sabía muy bien no era lo mismo sitiar estrechamente
-aquella plaza que tomarla; las fortificaciones
-del pueblo para entonces tenían gran valor, y como
-el que intentaba abrir las ostras por la persuasión, él
-quiso tomar el pueblo por el mismo procedimiento.</p>
-
-<p>El <i>Fraile</i> envió á Leguía un oficio exhortándole á
-rendirse, con frases en latín, que creía le llegarían al
-alma. Leguía le contestó diciéndole que él no se
-rendía, y añadió que D. Carlos era un babieca; Cabrera,
-un bandolero; los carlistas, hordas salvajes y
-partidas de foragidos, y el latín un idioma ridículo
-para el que no lo entendía. El <i>Fraile de la Esperanza</i>,
-á este oficio contestó con un segundo muy respetuoso,
-diciendo á don Fermín no comprendía cómo un<span class="pagenum"><a name="Page_9" id="Page_9">[9]</a></span>
-hombre distinguido calificaba de babieca á un Rey
-como Carlos V, espejo de la cristiandad, ni llamaba
-bandido al ilustre Cabrera, ni tenía tan mala idea de
-la lengua del Lacio. Leguía leyó la segunda carta, y
-mirando fieramente al parlamentario del <i>Fraile</i>, le
-dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Dígale usted al frailuco ese que no soy ningún
-académico ni quiero discutir esas cosas, y añada usted
-que si me manda otro correo lo fusilaré sobre la
-marcha. ¡Con que hala!</p>
-
-<p>El correo desapareció de prisa, y el <i>Fraile de la
-Esperanza</i> abandonó pronto el sitio de Moya.</p>
-
-<p>Varias anécdotas me contó el boticario de mi tío
-Fermín que retrataban su genio vivo y sus resoluciones
-prontas.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_10" id="Page_10"></a>
-<a name="Page_11" id="Page_11"></a></span></p>
-
-
-
-
-<h3>II.</h3>
-
-
-<p>Después de la temporada transcurrida en los pinares,
-y ya completamente restablecido, determiné ir
-unos días á Cuenca, á la capital, que no conocía. La
-ciudad me gustó mucho, y estuve en ella un par de
-semanas.</p>
-
-<p>Mi amigo el senador me había recomendado á varias
-personas, entre ellas á un cura joven recién llegado
-al pueblo. Este curita se hizo muy amigo mío.</p>
-
-<p>Salíamos juntos, veíamos todo lo notable de la
-catedral, de los conventos y de las casas particulares.
-Una tarde, al volver á la fonda al obscurecer, se
-me acercó una vieja y me dijo que si quería ir á su
-casa podría enseñarme algo que me conviniera. Supuse
-trataría de proponerme la venta de algún cuadro
-ó talla antigua; le dije que iría, y me dió las señas
-de su casa.</p>
-
-<p>Al día siguiente, por la tarde, paseaba en compañía
-del cura joven cuando recordé el ofrecimiento de
-la vieja. Era ya entre dos luces.</p>
-
-<p>&mdash;¿Estará por aquí cerca la calle de la Moneda?&mdash;exclamé
-yo.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_12" id="Page_12">[12]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Sí, creo que sí&mdash;me contestó el cura&mdash;; preguntaremos
-á estos chicos.</p>
-
-<p>Los chicos nos indicaron la calle.</p>
-
-<p>El cura y yo entramos en ella, buscamos el número
-y nos detuvimos delante de un estrecho portal obscuro.
-Había un hombre denegrido, demacrado, con
-aire de padecer tercianas, vestido con harapos, un
-pañuelo atado á la cabeza.</p>
-
-<p>&mdash;¿La señora Cándida?&mdash;le pregunté.</p>
-
-<p>&mdash;¿Vienen ustedes á verla?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;Aquí es.</p>
-
-<p>El hombre, volviéndose al interior de la escalera,
-gritó:</p>
-
-<p>&mdash;¡Señora Cándida!</p>
-
-<p>Esperamos un rato, y poco después bajó por una
-escalera estrecha, alumbrándose con un candilejo de
-hoja de lata, la vieja que me había hablado la tarde
-anterior.</p>
-
-<p>&mdash;¿No viene usted solo?&mdash;me preguntó con gran
-sorpresa.</p>
-
-<p>&mdash;No.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno, pasen ustedes.</p>
-
-<p>La presencia del cura dejó atónita á la señora
-Cándida.</p>
-
-<p>Estuvimos un momento en el estrecho zaguán vacilando
-si seguir adelante ó no. La luz del candil
-iluminaba el grupo. La señora Cándida era una mujer
-adiposa, encorvada, con la cabeza metida entre<span class="pagenum"><a name="Page_13" id="Page_13">[13]</a></span>
-los hombros, la cara roja, con dos ó tres lunares en
-la barba; tenía el pelo blanco, el cuerpo pesado y
-torpe, la sonrisa maligna y cínica, los labios rojos y
-lubrificados. A veces, á través de los párpados abultados
-y rojizos, lanzaba una mirada suspicaz, llena
-de claridad.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno, suban ustedes&mdash;repitió.</p>
-
-<p>Subimos la escalera del tabuco negra é insegura;
-las ráfagas de aire amenazaban con matar la luz del
-candil.</p>
-
-<p>&mdash;¡Demonio cómo sopla el cierzo!&mdash;dije yo.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, esta es la casa de los cuatro vientos&mdash;contestó
-la señora Cándida.</p>
-
-<p>Tras de subir dos pisos llegamos á un cuartucho
-tan sucio, tan vacío, que nos sorprendió desagradablemente.</p>
-
-<p>Recorrimos tras de la vieja unos pasillos tortuosos.
-En la casa había únicamente un cuarto un tanto limpio
-y curioso. Este cuarto tenía una mesa, un canapé
-y varias estampas; comunicaba con dos alcobas
-blanqueadas, cada una con su cama de colcha roja
-de percal desteñido. Una de las alcobas tenía un gran
-espejo dorado, que parecía estar allá asombrado de
-verse en tan mísero rincón. La señora Cándida nos
-llevó por la casa, en la que reinaba la más negra y
-trágica miseria, y en un guardillón nos mostró unos
-cuantos lienzos pintados. Eran cuadros sin ningún
-valor.</p>
-
-<p>La vieja me preguntó:</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_14" id="Page_14">[14]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;¿Qué le parecen á usted?</p>
-
-<p>&mdash;No me gustan, la verdad.</p>
-
-<p>&mdash;¿No quiere usted comprarme nada?</p>
-
-<p>&mdash;No.</p>
-
-<p>La señora Cándida suspiró.</p>
-
-<p>Bajamos de nuevo la escalera hasta el portal. Al
-salir di una pequeña propina á la vieja por la molestia,
-y al recibirla, agarrándome de la manga y llevándome
-á un rincón, me dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Venga usted otro día solo, y verá usted.</p>
-
-<p>&mdash;¿Tiene usted algo más en casa?&mdash;dije yo.</p>
-
-<p>&mdash;En casa ó fuera de casa, es igual. Allí donde
-yo voy me abren.</p>
-
-<p>Me chocó bastante lo enigmático de la frase y salí
-con mi acompañante.</p>
-
-<p>Hablamos de la decadencia horrible de las mujeres
-viejas cuando caen en la miseria, mucho mayor
-aún que la de los hombres.</p>
-
-<p>&mdash;Por fortuna, para esta gente&mdash;dije yo&mdash;la costumbre
-de la miseria los hace insensibles.</p>
-
-<p>Me despedí del amable clérigo, y al día siguiente
-cuando vino como de costumbre á mi casa, dijo:</p>
-
-<p>&mdash;¿Sabe usted que ayer hicimos una pifia gorda?</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué?</p>
-
-<p>&mdash;Porque estuvimos en casa de una Celestina.</p>
-
-<p>&mdash;¿De manera que la vieja... la señora Cándida?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, es una Celestina á quien llaman la <i>Canóniga</i>.
-Parece que ha tenido fortuna y buena posición.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_15" id="Page_15">[15]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;De modo que no acertamos en nuestras suposiciones.</p>
-
-<p>&mdash;Nada. Absolutamente nada.</p>
-
-<p>&mdash;¿Le han contado á usted su historia?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, sin muchos detalles; me han dicho también
-que un viejo carpintero que hace ataúdes conoce su
-vida. Si le interesa á usted, iremos á verle.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno; iremos.</p>
-
-<p>Fuimos, efectivamente, á una tienda de ataúdes
-del callejón de los Canónigos.</p>
-
-<p>Estaba esta tienda en una casa antigua y negra,
-de piedra, con un arco apuntado á la entrada.</p>
-
-<p>El taller se hallaba en el portal, un portal pequeño
-y cubierto de losas, con un banco de carpintero
-en medio y algunas herramientas del oficio en las
-paredes.</p>
-
-<p>A un lado tenía un cuarto con una ventana, que
-daba á una hendidura, por donde se veía la Hoz del
-Huécar y por donde entraba el sol. Un chico nos
-hizo pasar á este cuarto. Había aquí una estantería
-con unos féretros pequeños de muestra, que hubieran
-podido servir para enterrar muñecas; había también
-varios relojes, de distintos tipos y clases: cuatro
-ó cinco, de esos pintados que se construyen en la
-Selva Negra, con las pesas y el péndulo al descubierto;
-dos ó tres, de cuco; otros de pared, cerrados,
-que los ingleses llaman reloj del abuelo, y entre todos
-ellos se destacaba uno alto de autómatas y de sonería,
-con el péndulo dorado y esmaltado en colores.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_16" id="Page_16">[16]</a></span></p>
-
-<p>Este reloj tenía una caja de color de caramelo
-obscuro llena de pinturas con guirnaldas y flores. Fijándose
-bien, en cada guirnalda se veía disimulado
-en ella un atributo macabro: aquí, una calavera con
-dos tibias; allí, un ataúd; en este rincón, un esqueleto.
-El péndulo tenía en medio de la lenteja una
-barca de latón sujeta con un tornillo y un contrapeso
-por dentro que hacía subir y bajar la proa y la popa
-alternativamente al compás de los movimientos del
-péndulo. En la barca había una figurita de Caronte.
-La esfera, de cobre, estaba rodeada de una orla de
-bronce con la efigie de Cronos, viejo haraposo y meditabundo,
-con unas alas en la espalda y un reloj de
-arena en la mano. Debajo, en una cartela con letras
-negras, se leía este apotegma de los antiguos relojes
-de sol de las iglesias:</p>
-
-<p>«<i>Vulnerant omnes ultima necat</i>: Todas hieren; la
-última, mata.»</p>
-
-<p>Sin duda el constructor de aquella máquina tenía
-un gusto pronunciado por lo macabro. Había hecho
-algo como los cuadros de Valdés Leal, de la Caridad
-de Sevilla: algo alegre de color y triste de intención.
-Correteando por el portal, saltando de un reloj
-al armario de los féretros y de éste á otro reloj, andaba
-un cuervo, grande y negro, que se dedicaba al
-monólogo y á veces al diálogo, mientras un gato negro,
-viejo y escuálido, con los ojos amarillos, le contemplaba
-atentamente.</p>
-
-<p>El constructor de ataúdes me mostró el reloj de<span class="pagenum"><a name="Page_17" id="Page_17">[17]</a></span>
-autómatas y sonería, del que estaba muy orgulloso,
-y después, sentándose entre un ataúd grande de un
-hombre y otro pequeño de un niño, y tomando el
-gato cariñosamente en un hombro y al cuervo en el
-otro, se puso á hablar sonriendo con una amable sonrisa.</p>
-
-<p>Hablaba, como un discípulo de Séneca, de la
-inestabilidad de las cosas humanas, de lo fugaz del
-placer y del roer del tiempo con sus horas fatídicas.</p>
-
-<p>Su reloj de figuras, su cuervo, á quien llamaba
-Juanito, y su gato negro, Astaroth, tenían para él,
-por lo que vimos, la importancia de divinidades siniestras
-y macabras que presidían sus momentos.</p>
-
-<p>El hombre de los ataúdes nos contó la historia de
-la <i>Canóniga</i> y la suya, adornando ambas con sus fúnebres
-pensamientos.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_18" id="Page_18"></a>
-<a name="Page_19" id="Page_19"></a></span></p>
-
-
-
-
-<h3>III.</h3>
-
-
-<p>Meses después en Madrid, á principios de otoño,
-fuí á casa de Aviraneta, que vivía en la calle del
-Barco con Josefina, su mujer.</p>
-
-<p>Don Eugenio tenía entonces más de setenta años
-y estaba hecho una momia grotesca. Sus piernas se
-negaban á sostenerle, y para andar marchaba apoyado
-en un bastón grueso, dando golpes en el suelo
-como un ciego. Su cara, seca, arrugada, aparecía debajo
-de una gran peluca roja; su nariz, grande y también
-roja, amenazaba caer sobre el labio; sus ojos
-brillaban de inteligencia y de malicia.</p>
-
-<p>A pesar de su edad y de sus enfermedades, Aviraneta
-conservaba brío y tenía las facultades tan
-despiertas como en sus buenos tiempos de conspirador.</p>
-
-<p>Me encontré á Aviraneta en el cuarto de sus bichos.
-Era este un chiscón aguardillado con jaulas, donde
-tenía ratas sabias domesticadas, loros, cacatúas y
-una porción de cajitas con mariposas disecadas, escarabajos,
-moscones, conchas y espumas de mar.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_20" id="Page_20">[20]</a></span>
-Don Eugenio acababa de volver de los baños de
-Trillo, adonde iba todos los años á curarse el reúma,
-y, á pesar de que no hacía todavía frío, estaba envuelto
-en la capa y al lado del brasero. Hablaba á
-sus bichos, les echaba migas de pan y los observaba.
-Esta era una de sus principales ocupaciones; la otra,
-la de leer folletines.</p>
-
-<p>Hablamos; le conté mi historia de Cuenca, y después
-de oirla, dijo riendo, con su risa sarcástica, que
-se convertía en algunos momentos en tos:</p>
-
-<p>&mdash;Aun podría añadir yo algo á tu historia.</p>
-
-<p>&mdash;Pues añada usted lo que sea.</p>
-
-<p>Aviraneta explicó algunos antecedentes políticos
-que el viejo carpintero de Cuenca ignoraba y que
-don Eugenio conocía por haber convivido con algunos
-personajes de la época.</p>
-
-<p>He aquí lo que me contó Aviraneta.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_21" id="Page_21"></a></span></p>
-
-
-
-
-<h3>IV.</h3>
-
-
-<p>&mdash;En 1822&mdash;dijo don Eugenio&mdash;estuve yo en
-París, enviado por don Evaristo San Miguel, con el
-objeto de enterarme de los trabajos de los absolutistas
-españoles y franceses para provocar la intervención
-de Luis XVIII en España.</p>
-
-<p>Algo averigüé, é hice cuanto pude para recabar
-el apoyo de los liberales franceses, aunque no conseguí
-gran cosa.</p>
-
-<p>Sabía yo, como sabía todo el mundo, que habían
-ido varios delegados realistas españoles á París en
-busca de protección del Gobierno francés; lo que
-no supe, hasta pasado algún tiempo, fué de dónde
-salió el dinero que tuvieron para realizar sus planes.</p>
-
-<p>Pagés, el secretario de D. Vicente González Arnao,
-á quien tú conociste en aquel <i>restaurant</i> de la
-calle de Montorgueill, el <i>Rocher de Cancal</i>; Pagés,
-á quien no hace muchos años vi en San Sebastián,
-ya viejo y enfermo, me lo contó.</p>
-
-<p>La Regencia de Urgel había enviado en 1822 á
-D. Fernando Martín Balmaseda á París en busca de
-recursos para la Restauración española.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_22" id="Page_22">[22]</a></span></p>
-
-<p>Balmaseda se dirigió á los absolutistas, desde los
-más altos á los más bajos; llamó á todas las puertas,
-y recogió una abundante cosecha de votos, promesas,
-protestas de amistad, manifestaciones de entusiasmo,
-etc., etc.</p>
-
-<p>Balmaseda buscaba esto; pero buscaba también
-un préstamo de trescientas á cuatrocientas mil pesetas
-para la Regencia de Urgel, con las cuales pudiera
-comenzar sus trabajos.</p>
-
-<p>Balmaseda vió, sin gran sorpresa, que á pesar de
-los grandes ofrecimientos, el dinero no aparecía por
-ningún lado.</p>
-
-<p>Inventó algunas combinaciones, pero nadie cayó
-en el lazo.</p>
-
-<p>Un día, en el hotel, ya en pleno desaliento, recibió
-la visita de un español que se llamaba Toledo.
-Toledo había huído de España por varias estafas,
-pero se hacía pasar por emigrado político realista.</p>
-
-<p>Balmaseda tuvo la corazonada de oír á su compatriota,
-de darle una moneda de cinco francos y de
-explicarle las dificultades con que tropezaba para
-encontrar dinero.</p>
-
-<p>Toledo le dijo:</p>
-
-<p>&mdash;¿Ha visto usted á Fernán-Núnez?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y á los demás realistas ricos?</p>
-
-<p>&mdash;A todos.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y nada? ¿No están en fondos?</p>
-
-<p>&mdash;Nada.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_23" id="Page_23">[23]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;¿Sabe usted lo que haría yo?&mdash;dijo Toledo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué?</p>
-
-<p>&mdash;Ir á ver á la princesa de Caraman Chimay.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y qué tenemos que ver con ella?</p>
-
-<p>&mdash;La princesa de Caraman Chimay es nuestra
-compatriota, Teresa Cabarrús, madame Tallien.</p>
-
-<p>&mdash;¡La revolucionaria!&mdash;exclamó Balmaseda.</p>
-
-<p>&mdash;¡Bah! ya no es revolucionaria&mdash;replicó Toledo.&mdash;No
-hay princesas revolucionarias. Además ésta
-se va haciendo vieja, y como no tiene adoradores
-de carne, se dedica á los santos, y sustituye el <i>boudoir</i>
-por la iglesia.</p>
-
-<p>Balmaseda, que era hombre un tanto de sacristía
-torció el gesto con la explicación, y preguntó secamente:</p>
-
-<p>&mdash;¿Y qué puede hacer por nosotros Teresa Cabarrús?</p>
-
-<p>&mdash;Mucho. Teresa Cabarrús ha sido la amante del
-banquero Ouvrard. Ouvrard es el único hombre capaz
-de prestar para una cosa así una millonada. Si
-Teresa se lo indica, lo hace.</p>
-
-<p>Toledo se marchó, y Balmaseda quedó pensando
-que el consejo de aquel perdulario no dejaba de tener
-interés, y tras de vacilar un tanto, se decidió á
-escribir á la bella Teresa explicándole su misión y
-diciéndole lo que esperaba de ella.</p>
-
-<p>La bella Teresa, la célebre Notre-Dame de Thermidor,
-que había lanzado á Tallien con un puñal
-contra Robespierre, estaba aquel día para salir de<span class="pagenum"><a name="Page_24" id="Page_24">[24]</a></span>
-París á su palacio de Menars, cerca de Blois, pero
-había retrasado el viaje por la indisposición de un
-hijo suyo.</p>
-
-<p>Teresa leyó la carta, y con una esquela suya mandó
-que se la enviaran á Ouvrard.</p>
-
-<p>Ouvrard entonces era el <i>lion</i> de la especulación,
-el hombre de negocios de la época, un Law injerto
-en un Petronio.</p>
-
-<p>Ouvrard fué uno de los primeros banqueros de
-París, uno de los que comenzaron el reinado de la
-plutocracia.</p>
-
-<p>Ouvrard vivió como un nabab: dió las fiestas más
-espléndidas y ricas, alternó con la alta aristocracia.
-Ouvrard era hijo de sus obras; la suerte y el amor
-le favorecieron.</p>
-
-<p>Ouvrard había sido una de las bellezas masculinas
-del Consulado; había sido llamado el bello Ouvrard.
-El bello Ouvrard tuvo amores con la bella
-Teresa Cabarrús, y de esta conjunción del Apolo
-bretón y de la Venus española nacieron varios hijos.</p>
-
-<p>Bonaparte, celoso de la fortuna y de los éxitos del
-bello Ouvrard, lo prendió, lo desterró, lo anuló; pero
-Waterloo permitió al especulador entrar en Francia,
-y pronto volvió á brillar en París.</p>
-
-<p>Al día siguiente de escribir Balmaseda á Teresa
-Cabarrús, el delegado realista español recibía una
-carta del banquero francés citándolo en su casa.</p>
-
-<p>Balmaseda se presentó al banquero, y en pocas
-palabras le explicó lo que necesitaba.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_25" id="Page_25">[25]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Soy delegado de la Regencia de Urgel&mdash;le
-dijo&mdash;y he venido para pedir al Gobierno francés un
-auxilio de dos millones de francos, orden para el
-paso de armas por la frontera, dos regimientos suizos,
-un buque de transporte y una fragata para auxiliar
-á los realistas de España.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y el Gobierno se lo ha concedido?</p>
-
-<p>&mdash;En parte sí, en parte no. El dinero no lo tenemos
-aún, y como los trabajos urgen, he pensado si
-usted podría anticiparnos trescientos mil francos á
-cuenta de los dos millones que tenemos que cobrar.</p>
-
-<p>&mdash;Amigo mío&mdash;dijo Ouvrard, sonriendo&mdash;su proposición
-me prueba que no es usted un hombre de
-negocios.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué?</p>
-
-<p>&mdash;Porque yo no le puedo prestar trescientos mil
-francos; la Regencia los tragaría en un momento, y
-yo perdería mi dinero. Usted necesita cuatrocientos
-millones de francos, y yo se los puedo proporcionar
-á usted en ciertas condiciones.</p>
-
-<p>El español, estupefacto, murmuró:</p>
-
-<p>&mdash;Veamos en qué condiciones.</p>
-
-<p>&mdash;Estas condiciones son: Primera. La Regencia
-de Urgel se llamará desde luego Regencia de España.</p>
-
-<p>&mdash;Esto no creo que sea difícil&mdash;dijo Balmaseda.</p>
-
-<p>&mdash;Segunda. La Regencia será reconocida con
-personalidad por el Congreso de Verona y por
-Francia.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_26" id="Page_26">[26]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Trabajaré en ello. El ministro Villele parece
-que se muestra propicio.</p>
-
-<p>&mdash;Tercera&mdash;siguió diciendo el banquero&mdash;. Se
-asegurará una amortización del 2 por 100.</p>
-
-<p>&mdash;Está bien.</p>
-
-<p>&mdash;Cuarta. Se pagará un interés del 5 por 100. De
-aceptar, M. Rougemont de Lowenberg será el banquero.</p>
-
-<p>&mdash;Por ahora no encuentro nada imposible.</p>
-
-<p>&mdash;Y quinta y última. El Gobierno español me
-reembolsará las sumas que le he prestado anteriormente,
-con los intereses.</p>
-
-<p>A esto Balmaseda calló un momento y dijo, después
-de pensarlo, que no tendría más remedio que
-consultar con la Regencia.</p>
-
-<p>&mdash;Consúltelo usted, y tráigame cuanto antes la
-contestación&mdash;replicó Ouvrard, levantándose é inclinándose
-fríamente.</p>
-
-<p>Balmaseda comenzó al momento sus trabajos con
-gran diligencia. Escribió al Gobierno de Luis XVIII
-pidiendo que reconociese la Regencia de Urgel,
-pero Villele se negó á ello.</p>
-
-<p>Al mismo tiempo comunicó al triunvirato de la
-Regencia: Eroles, Mataflorida y Creux, la proposición
-de Ouvrard. Estos no creyeron que podían
-comprometerse á tanto como pedía el banquero. Algunos
-emisarios del Gobierno francés, entre ellos el
-vizconde de Boiset, intentaron convencer á los miembros
-de la Regencia absolutista de las ventajas de la<span class="pagenum"><a name="Page_27" id="Page_27">[27]</a></span>
-proposición Ouvrard; pero ellos, sobre todo Mataflorida
-y Creux, no quisieron ceder.</p>
-
-<p>Balmaseda fué á ver á Ouvrard, se cambiaron las
-condiciones del empréstito, se prescindió de la Regencia
-de Urgel, se hizo que Eguía y sus amigos garantizaran
-la operación, y se firmó el compromiso el
-1.º de Noviembre de 1822.</p>
-
-<p>Desde aquel momento el papel de la Regencia de
-Urgel comenzó á bajar y el de los amigos de Eguía
-á subir.</p>
-
-<p>El empréstito de Ouvrard, lanzado á la publicidad,
-tuvo sus dificultades. Nuestro embajador, el
-duque de San Lorenzo, denunció á Ouvrard ante el
-fiscal; el banquero M. Rougemont no quiso tomar
-parte en el negocio, y Ouvrard le sustituyó por
-M. Tourton, Ravel y Compañía; el Gobierno francés
-estaba indeciso, pero el empréstito se cubría.</p>
-
-<p>En este lapso de tiempo la Regencia de Urgel,
-huída de Cataluña, se estableció en Tolosa de Francia,
-y después en Perpiñán.</p>
-
-<p>Ouvrard, viendo que el Gobierno francés no se
-decidía á declarar la guerra á España, envió sus
-agentes á Eguía y á Quesada para activar las operaciones.</p>
-
-<p>Quedaron de acuerdo en prescindir de la Regencia
-de Urgel y en obrar sin contar con ella para nada.</p>
-
-<p>Los agentes de Ouvrard propusieron el que los
-generales realistas hicieran una intentona y se acercaran
-á Madrid.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_28" id="Page_28">[28]</a></span></p>
-
-<p>Ni Eguía ni Quesada estaban en condiciones de
-intentar esta correría, y se decidió que la hiciera Bessieres.</p>
-
-<p>Ouvrard mismo se vió con Bessieres y conferenció
-con él. Se sorprendieron ambos al saber que los
-dos eran masones. El banquero expuso su proyecto.
-Se trataba de reunir diez ó doce mil hombres, acercarse
-á Madrid, entrar en la capital y disolver las
-Cortes.</p>
-
-<p>Bessieres, que era hombre de instinto militar, vió
-que el proyecto era factible, y expuso su plan. Formaría
-él un núcleo de tres ó cuatro mil hombres en
-Mequinenza y marcharía hacia el centro. En el camino
-se le reunirían las fuerzas realistas de Valencia,
-Aragón y el Maestrazgo, y todas juntas, en número
-de seis á ocho mil, avanzarían sobre la capital.
-Era, poco más ó menos, la misma operación militar
-que hicieron los aliados al mando de Stanhope y
-otros jefes en la guerra de Sucesión.</p>
-
-<p>&mdash;Veamos el presupuesto de esta maniobra&mdash;dijo
-el banquero.</p>
-
-<p>Bessieres, reunido con su lugarteniente Delpetre,
-su sobrino Portas y otros varios realistas, hizo este
-presupuesto:</p>
-
-<table border="0" cellpadding="5" cellspacing="5" summary="obras">
-
-<tr>
- <td class="tdrb" colspan="2"><i>Francos.</i></td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdl">A Jorge Bessieres, para organizar una brigada y hacer
-varios trabajos de compra y espionaje.</td>
- <td class="tdrb">200.000</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdl">A Bartolomé Talarn y sus fuerzas.</td>
- <td class="tdrb">100.000</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdl">A Sempere, el Serrador, Royo de Nogueruelas, Arévalo el de Murviedro, etc.</td>
- <td class="tdrb">100.000</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdl">Al coronel D. Nicolás de Isidro.</td>
- <td class="tdrb">50.000<span class="pagenum"><a name="Page_29" id="Page_29">[29]</a></span></td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdl">A Chambó, Forcadell, Peret del Riu, Tallada, Perciva
-(el <i>Fraile</i>), y Viscarró (alias <i>Pa Sech</i>).</td>
- <td class="tdrb">100.000</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdl">A Capape, Carnicer y el Organista.</td>
- <td class="tdrb">100.000</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdl">A Ulman.</td>
- <td class="tdrbb">50.000</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdrb"><i>Total.</i>&nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp; &nbsp;</td>
- <td class="tdrb">750.000</td>
-</tr>
-
-</table>
-
-
-
-
-<p>Ouvrard encontró que la suma era muy crecida, y
-Bessieres la rebajó.</p>
-
-<p>Después de regatear el cabecilla y el banquero
-quedaron de acuerdo en que Ouvrard iría girando
-cantidades á medida que Bessieres avanzara.</p>
-
-<p>Así salió Bessieres, enviado por Ouvrard <i>en enfant
-perdu</i>&mdash;como decía el banquero&mdash;para pulsar
-al enemigo.</p>
-
-<p>Bessieres tomó la parte del león, del dinero enviado
-por Ouvrard. Cincuenta ó sesenta mil duros fueron
-á parar á su bolsillo. Así se explica el lujo de
-sus uniformes, sus bordados y sus magníficos caballos
-en esta época. Corría por debajo el dinero de los
-tenderos y de los porteros de París después de pasar
-por la bomba aspirante de Ouvrard.</p>
-
-<p>&mdash;Esta explicación&mdash;terminó diciendo Aviraneta
-con su voz ronca&mdash;no añade ni quita nada á la historia
-que me has contado; pero aclara un punto que
-siempre tiene interés: la procedencia del dinero. Así
-como en la averiguación de los crímenes se ha dicho:
-buscad á la mujer, en la investigación de las intrigas
-políticas, revolucionarias ó reaccionarias hay que decir:
-buscad el dinero.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_30" id="Page_30">[30]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;¡Qué rarezas tiene el Destino!&mdash;exclamé yo&mdash;.
-Un capricho de Teresa Cabarrús, en París, produce
-la catástrofe de dos enamorados en Cuenca.</p>
-
-<p>&mdash;Es la Fatalidad, la Ananké&mdash;exclamó Aviraneta,
-que sabía lo que significaba esta palabra por
-haberla leído en <i>Nuestra Señora de París</i>, de Víctor
-Hugo.</p>
-
-<p>&mdash;Extrañas carambolas.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, muy extrañas; y Aviraneta se frotó las manos,
-movió con la paleta la ceniza del brasero y se
-echó el embozo de la capa sobre las piernas.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_31" id="Page_31"></a></span></p>
-
-
-
-
-<h2 id="PRIMERA">PARTE PRIMERA</h2>
-
-
-
-
-<h3 id="I_I">I.<br />
-CUENCA</h3>
-
-
-<p>Cuenca, como casi todas las ciudades interiores de
-España, tiene algo de castillo, de convento y de santuario.
-La mayoría de los pueblos del centro de la
-península dan una misma impresión de fortaleza y de
-oasis; fortaleza, porque se les ve preparados para la
-defensa; oasis, porque el campo español, quitando algunas
-pequeñas comarcas, no ofrece grandes atractivos
-para vivir en él, y en cambio la ciudad los ofrece
-comparativamente mayores y más intensos.</p>
-
-<p>Así, Madrid, Segovia, Cuenca, Burgos, Avila
-presentan idéntico aspecto de fortalezas y de oasis
-en medio de las llanuras que les rodean, en la monotonía
-de los yermos que les circundan, en esos parajes
-pedregosos, abruptos, de aire trágico y violento.</p>
-
-<p>En la misma Andalucía, de tierras fértiles, el cam<span class="pagenum"><a name="Page_32" id="Page_32">[32]</a></span>po
-apenas se mezcla con la ciudad; el campo es para
-la gente labradora el lugar donde se trabaja y se gana
-con fatigas y sudores; la ciudad, el albergue donde se
-descansa y se goza. En toda España se nota la atracción
-por la ciudad y la indiferencia por el campo. Si
-un hombre desde lo alto de un globo eligiera sitio
-para vivir, en Castilla elegiría la ciudad: en aquella
-plaza, en aquel paseo, en aquella alameda, en
-aquel huerto; en cambio, en la zona cantábrica, en
-el país vasco, por ejemplo, elegiría el campo, este recodo
-del camino, aquella orilla del río, el rincón de la
-playa... Así se da el caso, que á primera vista parece
-extraño, la llanura monótona sirviendo de base á ciudades
-fuertes y populosas; en cambio, el campo quebrado
-y pintoresco escondiendo únicamente aldeas.</p>
-
-<p>La ciudad española clásica colocada en un cerro,
-es una creación completa, un producto estético, perfecto
-y acabado. En su formación, en su silueta, hasta
-en aquellas que son relativamente modernas, se ve
-que ha presidido el espíritu de los romanos, de los
-visigodos y de los árabes.</p>
-
-<p>Son estas ciudades, ciudades roqueras, místicas y
-alertas: tienen el porte de grandes atalayas para otear
-desde la altura.</p>
-
-<p>Cuenca, como pueblo religioso, estratégico y guerrero,
-ofrece este aire de centinela observador.</p>
-
-<p>Se levanta sobre un alto cerro que domina la llanura
-y se defiende por dos precipicios, en cuyo fondo
-corren dos ríos: el Júcar y el Huécar.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_33" id="Page_33">[33]</a></span></p>
-
-<p>Estos barrancos, llamados las Hoces, se limitan
-por el cerro de San Cristóbal, en donde se asienta
-la ciudad y por el del Socorro y el del Rey que forman
-entre ellos y el primero fosos muy hondos y escarpados.</p>
-
-<p>El foso, por el que corre el río Huécar, en otro
-tiempo y como medio de defensa podía inundarse.</p>
-
-<p>El caserío antiguo de Cuenca, desde la cuesta de
-Vélez, es una pirámide de casas viejas, apiñadas,
-manchadas por la lepra amarilla de los líquenes.</p>
-
-<p>Dominándolo todo se alza la torre municipal de
-la Mangana. Este caserío antiguo, de romántica silueta,
-erguido sobre una colina, parece el Belén de
-un nacimiento. Es un nido de águilas hecho sobre
-una roca.</p>
-
-<p>El viajero al divisarlo recuerda las estampas que
-reproducen arbitraria y fantásticamente los castillos
-de Grecia y de Siria, los monasterios de las islas del
-Mediterráneo y los del monte Athos.</p>
-
-<p>Desde la orilla del Huécar, por entre moreras y
-carrascas, de abajo á arriba, se ve el perfil de la ciudad
-conquense en su parte más larga.</p>
-
-<p>Aparecen en fila una serie de casas amarillentas,
-altas, algunas de diez pisos, con paredones derruídos,
-asentadas sobre las rocas vivas de la Hoz, manchadas
-por las matas, las hiedras y las mil clases de
-hierbajos que crecen entre las peñas.</p>
-
-<p>Estas casas, levantadas al borde del precipicio,
-con miradores altos, colgados, y estrechas ventanas,<span class="pagenum"><a name="Page_34" id="Page_34">[34]</a></span>
-producen el vértigo. Alguna que otra torre descuella
-en la línea de tejados que va subiendo hasta terminar
-en el barrio del Castillo, barrio rodeado de
-viejos cubos de murallas ruinosas.</p>
-
-<p>Salvando la hoz del Huécar existía antes un gran
-puente de piedra, un elefante de cinco patas sostenido
-en el borde del río que se apoyaba por los
-extremos, estribándose en los dos lados del barranco.</p>
-
-<p>Este puente, que servía para comunicar el pueblo
-con el convento de San Pablo, había sido costeado
-por el canónigo D. Juan del Pozo en el siglo XVI.
-A fines del XVIII el puente del Canónigo se rompió,
-derrumbándose el primer machón y el segundo arco
-del lado de la ciudad, y quedó así roto durante muchos
-años.</p>
-
-<p>De los dos ríos conquenses, el Huécar fué siempre
-utilizado en el pueblo para mover los molinos y
-regar las huertas. El Júcar, más solitario, era el río
-de los pescadores. Se deslizaba por su hoz tranquilo,
-verde y rumoroso. Desde su orilla, al pie del cerro
-donde se asienta Cuenca, se veía el caserío del pueblo
-sobre los riscos y las peñas, y en la parte más
-alta se destacaba la ermita de Nuestra Señora de
-las Angustias.</p>
-
-<p>Como casi todas las ciudades encerradas entre
-murallas, Cuenca sintió un momento la necesidad
-de ensancharse, de salir de su angosto recinto, de
-bajar de su roca á la llanura. Tal necesidad la expe<span class="pagenum"><a name="Page_35" id="Page_35">[35]</a></span>rimentó
-más fuertemente á principios del siglo XIX,
-y creó un arrabal ó ciudad baja.</p>
-
-<p>En estos pueblos, con ciudad alta y ciudad baja,
-se da casi siempre el mismo caso: en lo alto, la aristocracia,
-el clero, los representantes de la milicia y
-del Estado; en lo bajo, la democracia, el comercio,
-la industria.</p>
-
-<p>En estos pueblos el pasado está siempre en alto y
-el presente siempre en bajo. No hay que extrañar
-que el espíritu de su vecindario sea casi siempre retrógrado.</p>
-
-<p>El arrabal de Cuenca, formado principalmente por
-una calle larga á ambos lados del camino real, se
-llamó la Carretería.</p>
-
-<p>Desde principio del siglo el arrabal comenzó á
-tener importancia. En las luchas constitucionales únicamente
-la Carretería daba voluntarios para la Milicia
-Nacional.</p>
-
-<p>La Carretería era progresiva; la ciudad alta era
-perfectamente reaccionaria, perfectamente triste, estancada,
-desolada y levítica.</p>
-
-<p>Aquel Belén de nacimiento vivía con un espíritu
-de inmovilidad y de muerte.</p>
-
-<p>En el arrabal se sentía de cuando en cuando alguna
-agitación: llegaba hasta allá la oleada del mundo,
-se hablaba, se discutía, se leían gacetas; en el
-Belén alto no había más agitación que la del aire
-cuando sonaban las campanas de la catedral, de las
-iglesias y de los conventos, cuando el organista to<span class="pagenum"><a name="Page_36" id="Page_36">[36]</a></span>caba
-sus motetes y sus fugas y sonaba la campanilla
-del Viático por las calles.</p>
-
-<p>En el arrabal había movimiento: pasaba la diligencia
-con el correo, y muchos carros y caballerías sueltas
-que se detenían en las posadas y figones; en la
-plaza y en las calles próximas no se veía casi nunca
-á nadie: únicamente dos ó tres viejos que tomaban
-el sol, los chicos que salían de la escuela y tiraban
-piedras á los gorriones y á los perros; alguno que
-otro militar, y, á ciertas horas, grupos de curas que
-entraban en la catedral.</p>
-
-<p>El mayor acontecimiento de este barrio era la salida
-y llegada del señor obispo en su carruaje.</p>
-
-<p>Al anochecer solía pasar por las calles y callejones
-de la ciudad vieja un ciego con su guitarra que
-cantaba oraciones y milagros de los santos, con una
-magnífica voz de barítono.</p>
-
-<p>Este ciego, el <i>Degollado</i>, tenía el cuello lleno de
-grandes cicatrices, la cara marcada con un taraceo de
-puntos azules producidos por granos de pólvora, los
-ojos huecos y la barba negra, de profeta judío.</p>
-
-<p>Según algunos, el <i>Degollado</i> había quedado así
-en tiempo de la guerra de la Independencia; otros
-afirmaban que había pertenecido á una compañía
-de bandoleros, á la que hizo traición y que sus antiguos
-cómplices por venganza le dejaron como estaba.</p>
-
-<p>El <i>Degollado</i> solía ir por las tardes por el pueblo,
-envuelto en su capa, tanteando con el bastón y<span class="pagenum"><a name="Page_37" id="Page_37">[37]</a></span>
-abriendo las puertas de las tiendas y cantando un
-momento delante de ellas...</p>
-
-<p>De noche la ciudad alta quedaba aislada y encerrada
-en sus murallas. Su recinto tenía seis puertas
-y tres postigos. De estas seis, exceptuando la de Valencia
-y la de Huete, las demás, la del Castillo, la
-de San Pablo, la del Postigo y la de San Juan, se
-cerraban á la hora de la queda.</p>
-
-<p>Los postigos de las casas estaban tapiados y hacía
-tiempo que no se abrían.</p>
-
-<p>Cuenca tenía á principios del siglo XIX pocas calles,
-y éstas estrechas y en cuesta. Quitando la principal,
-que, con distintos nombres, baja desde la Plaza
-del Trabuco hasta el Puente de la Trinidad, las
-demás calles del pueblo viejo no pasaban de ser callejones.</p>
-
-<p>Las cuestas y desniveles de la ciudad hacían que
-la planta baja de una casa fuera en una calle paralela
-un piso alto; así se decía de Cuenca que era
-pueblo en donde los burros se asomaban á los cuartos
-y quintos pisos, y era verdad.</p>
-
-<p>En 1823, época en que pasa nuestra historia,
-Cuenca era una de las capitales de provincia más
-muertas de España.</p>
-
-<p>Entre los arrabales y la ciudad apenas llegaban
-sus habitantes á cuatro mil.</p>
-
-<p>Tenía catorce iglesias parroquiales, una extramuros;
-siete conventos de frailes, seis de monjas, cinco
-ó seis ermitas y la catedral. Con este cargamento<span class="pagenum"><a name="Page_38" id="Page_38">[38]</a></span>
-místico no era fácil que pudiera moverse libremente.</p>
-
-<p>En esta época había llegado la ciudad á la más
-profunda decadencia: las fábricas de paños y de alfombras,
-que en otro tiempo trabajaban para toda
-España, y la ganadería, tan importante en la región,
-estaban arruinadas.</p>
-
-<p>Durante la guerra de la Independencia, los saqueos
-de los mariscales Moncey, Víctor y Caulaincourt
-precipitaron la ruina de Cuenca...</p>
-
-<hr class="tb" />
-
-<p>Si por su poca vida comercial é industrial Cuenca
-estaba entre las últimas capitales de España, por su
-aspecto dramático y romántico podía considerársela
-de las primeras.</p>
-
-<p>Recorrer las dos Hoces desde abajo, entre los nogales,
-olmos y huertas de las orillas del Júcar y del
-Huécar, ó contemplarlas desde arriba, viendo cómo
-en su fondo se deslizaba la cinta verde de sus ríos,
-era siempre un espectáculo sorprendente y admirable.</p>
-
-<p>También admirable por lo extraño era recorrerla
-de noche á la luz de la luna, y, sentándose en una
-piedra de la muralla mirarla envuelta en luz de plata
-hundida en el silencio.</p>
-
-<p>Poco á poco, para el paseante solitario y nocturno,
-este silencio tomaba el carácter de una sinfonía,
-murmuraban los ríos, estallaba el ladrido de un perro,
-sonaba el chirriar de las lechuzas, silbaba el
-viento en la copa de los árboles y se oía á intervalos<span class="pagenum"><a name="Page_39" id="Page_39">[39]</a></span>
-el cantar agorero del buho como el lamento de una
-doncella estrechada en los brazos de un ogro en el
-fondo de los bosques.</p>
-
-<p>En aquellas noches claras, las callejas solitarias,
-las encrucijadas, los grandes paredones, las esquinas,
-los saledizos, alumbrados por la luz espectral de la
-luna, tenían un aire de irrealidad y de misterio extraordinario.
-Los riscos de las Hoces brillaban con
-resplandores argentinos, y el río en el fondo del barranco
-murmuraba confusamente su eterna canción,
-su eterna queja, huyendo y brillando con reflejos inciertos
-entre las rocas.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_40" id="Page_40"></a>
-<a name="Page_41" id="Page_41"></a></span></p>
-
-
-
-
-<h3 id="I_II">II.<br />
-LA CASA DE LA SIRENA</h3>
-
-
-<p>En una calle estrecha, próxima á la plaza, no lejos
-del Seminario, existía por entonces una casa antigua,
-alta, de color gris. Por su aire medioeval y por su altura
-recordaba los palacios sombríos de Florencia; tenía
-varios pisos con ventanas estrechas, y únicamente
-en el principal dos balcones de mucho vuelo, con
-hierros labrados.</p>
-
-<p>En la fachada, sobre el arco de la puerta de grandes
-dovelas, ostentaba un escudo, probablemente más
-moderno que la casa, con varios cuarteles; en el principal
-ó jefe se veía una sirena con un espejo y un
-peine, y en los demás un sol, varios dardos y una
-granada.</p>
-
-<p>La sirena, sobre todo, estaba muy finamente esculpida:
-tenía una expresión libre y burlona; los pechos
-salientes y abultados, el cabello en desorden, y
-aparecía, con su cuerpo mixto de mujer y de pez escamoso,
-sobre el mar.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_42" id="Page_42">[42]</a></span></p>
-
-<p>Al parecer se habían hecho varias suposiciones
-acerca de esta sirena, de aire erótico y picaresco;
-unos sospechaban indicaba la procedencia marina de
-la familia fundadora de la casa; otros afirmaban que
-esta figura simbólica era el blasón del valle de Bertiz
-Arana, en Navarra, y que el fundador de la familia
-procedería de allí; lo cierto era que los dos ó tres
-eruditos del pueblo no estaban de acuerdo en la historia
-ni en la genealogía de aquella burlona dama
-del mar llevada tan tierra adentro.</p>
-
-<p>La gente denominaba la casa con el nombre de
-la Casa de la Sirena. La fachada de esta era de piedra
-sillería, admirablemente labrada; tenía ménsulas
-con figuras que sostenían los balcones y canecillos debajo
-del alero.</p>
-
-<p>En el piso bajo ostentaba una reja labrada, y los
-batientes de la puerta estaban llenos de clavos repujados
-que parecían florones.</p>
-
-<p>Por la parte de atrás, la casa daba á la hoz del
-Júcar, y desde sus ventanas, sobre todo de las altas,
-se dominaba el barranco, en cuyo fondo corría el río
-de un verde lechoso.</p>
-
-<p>La casa de la Sirena era por dentro estrecha, obscura
-y sombría. Los muros, espesos, hacían que las
-ventanas pequeñas parecieran saeteras, por donde
-apenas entraba la luz; por todas partes olía á humedad
-y á cerrado. Sin duda el que mandó construir la
-casa temía al viento, que azotaba allí de firme, y no
-era muy apasionado del sol.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_43" id="Page_43">[43]</a></span></p>
-
-<p>Los pisos de la casa, sobre todo los dos más altos,
-se hallaban desmantelados y con los suelos deshechos
-y los cristales rotos; en cambio, el piso principal estaba
-restaurado. Una escalera apolillada, que se torcía
-en unos tramos á la derecha y en otros á la izquierda,
-iba desde el zaguán enlosado hasta la guardilla.</p>
-
-<p>Los cuartos altos daban una impresión de abandono
-y de pobreza. Las habitaciones eran pequeñas,
-con muchos tabiques que dejaban rincones y pasillos
-obscuros y sombríos; los techos se venían abajo y las
-paredes se cuarteaban.</p>
-
-<p>De noche las ratas se paseaban por todas partes,
-corriendo, rodando, trotando y chillando.</p>
-
-<p>La guardilla estaba abandonada á una tribu de
-lechuzas que tenían allí su vivienda. Casi todas las
-tardes, al anochecer, sobre la chimenea ó sobre la veleta
-roñosa, que ya no giraba, se colocaba una lechuza,
-grande y gris, de observación, y al hacerse de
-noche se lanzaba al aire con su vuelo tardo y pasaba
-á veces chirriando y dando aletazos cerca de las ventanas.</p>
-
-<p>En el tejado se alojaban también una nube de golondrinas
-y vencejos que habían obturado con sus nidos
-las cañerías y las chimeneas.</p>
-
-<p>El piso principal era el único arreglado en esta
-casa vetusta; se le habían abierto ventanas anchas y
-simétricas á la calle y al callejón, y embaldosado y
-empapelado algunas habitaciones. El mobiliario era<span class="pagenum"><a name="Page_44" id="Page_44">[44]</a></span>
-también nuevo constituído por muebles recién barnizados,
-armarios grandes, cómodas ventrudas, veladores
-y canapés.</p>
-
-<p>La casa de la Sirena de antiguo pertenecía á la
-familia de Cañizares.</p>
-
-<p>Los Cañizares aparecían en Cuenca desde la Conquista.</p>
-
-<p>Esta familia, emparentada con los Albornoces y
-los Barrientos, se había distinguido en la historia de
-la ciudad.</p>
-
-<p>El último vástago de los Cañizares conservaba el
-derecho de entrar en la capilla de los Caballeros de
-la catedral.</p>
-
-<p>Por los Barrientos, los Cañizares eran descendientes
-de una dama, Doña Inés de Barrientos, que en
-en tiempos de Carlos V se distinguió por su fiera
-venganza.</p>
-
-<p>A raíz de la formación de las Comunidades de
-Castilla se puso al frente del movimiento, en Cuenca,
-un caballero de gran posición, D. Luis Carrillo de
-Albornoz. Este caballero, poco satisfecho del giro
-democrático y antirealista que tomaba la revuelta
-comunera, se retiró á su casa abandonando el mando
-á los regidores populares. Los regidores, deseando
-que los gobernara un caudillo de su clase, nombraron
-á uno de oficio frenero.</p>
-
-<p>Carrillo estaba casado con Doña Inés de Barrientos,
-hembra brava y orgullosa.</p>
-
-<p>Al dejar de ser jefe de los comuneros el pueblo<span class="pagenum"><a name="Page_45" id="Page_45">[45]</a></span>
-señaló á Carrillo con su odio, y no había día en que
-no le insultara y le zahiriese públicamente.</p>
-
-<p>Doña Inés, iracunda, juró vengarse, y para ello preparó
-su plan. Decidió mostrarse más comunera que
-su marido y ganarse la amistad de los trece regidores
-del Municipio. Ellos, satisfechos de verse atendidos
-y contemplados por una dama de tan alta alcurnia,
-iban con frecuencia á su palacio.</p>
-
-<p>Una noche, Doña Inés convidó á cenar á los trece.
-Los regidores bebieron de más, se turbaron, y al salir,
-uno á uno, Doña Inés los hizo matar por sus criados, y
-después mandó colgarlos, por el cuello, de los balcones
-de su casa. A la mañana siguiente el pueblo
-quedó atónito al ver los trece cadáveres balanceándose
-en los balcones del palacio.</p>
-
-<p>La familia de los Barrientos había sido de las más
-poderosas y ricas. En uno de los esquileos de la
-casa, á mediados del siglo XVIII, registró veinticuatro
-mil cabezas de ganado merino.</p>
-
-<p>A fines del mismo siglo los Barrientos y los Cañizares
-comenzaron á decaer, y en tiempo de la guerra
-de la Independencia los Barrientos desaparecieron
-y los Cañizares quedaron completamente arruinados.</p>
-
-<p>Por esta época el jefe de la casa era D. Diego
-Cañizares, militar que llegó á coronel en 1813. Don
-Diego se hallaba casado con Doña Gertrudis Arias.
-En su juventud, D. Diego había sido un calavera, y
-devorado su fortuna. A los treinta años, al entrar los
-franceses en España, se alistó en el ejército; peleó<span class="pagenum"><a name="Page_46" id="Page_46">[46]</a></span>
-en Arapiles y Vitoria, y fué ganando sus grados hasta
-coronel en el campo de batalla.</p>
-
-<p>D. Diego, que en la guerra de la Independencia,
-á juzgar por su hoja de servicios, tuvo momentos de
-heroicidad, al concluir la campaña se presentó en
-Cuenca y volvió á seguir su vida de calavera.</p>
-
-<p>No veía la diferencia que hay entre un joven vicioso
-y un viejo perdido, y que lo que en uno parece
-ligereza en el otro semeja cinismo.</p>
-
-<p>D. Diego recurrió á todos los medios para procurarse
-dinero, y se hizo jugador, tramposo y prestamista.</p>
-
-<p>Su mujer, Doña Gertrudis Arias, era una señora
-severa y orgullosa que había sufrido en silencio los
-ultrajes inferidos por su esposo.</p>
-
-<p>D. Diego y Doña Gertrudis tuvieron un hijo, Dieguito,
-que fué el retrato achicado y degenerado del
-padre. Dieguito era un alcohólico, un perturbado. A
-los veinticinco años le casaron con una señorita de
-Barrientos, prima suya en segundo grado, y de este
-matrimonio hubo una hija llamada Asunción.</p>
-
-<p>La madre de Asunción murió poco después de la
-guerra de la Independencia.</p>
-
-<p>El viejo D. Diego consideró indispensable que su
-hijo, viudo, se casara con alguna mujer rica, y se entendió
-con un contratista de la Carretería llamado
-<i>el Zamarro</i> y arregló el matrimonio de su hijo, con la
-hija del contratista. Pensaba explotar al consuegro
-mientras pudiera.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_47" id="Page_47">[47]</a></span></p>
-
-<p>El matrimonio de Dieguito y la hija del <i>Zamarro</i>
-no pudo ser más lamentable.</p>
-
-<p>Dieguito iba en camino de la parálisis general,
-estaba tonto, alelado; la hija del <i>Zamarro</i>, la Cándida,
-era una muchacha joven, guapa y fuerte.</p>
-
-<p>Con un intervalo muy corto de días, en 1819, murieron
-los dos Cañizares, Diego y Dieguito, y quedaron
-viudas Doña Gertrudis y Cándida, la hija del
-<i>Zamarro</i>.</p>
-
-<p>La hija de Dieguito, Asunción, quedó de quince
-años huérfana de padre y madre.</p>
-
-<p>En la casa de la Sirena el piso principal lo ocupaban
-Cándida y su hijastra Asunción; en el segundo
-estaba el archivo de un escribano; en el tercero
-vivían dos señoritas viejas solteras, y en el cuarto
-Doña Gertrudis. Los pisos más altos estaban inhabitables.</p>
-
-<p>Doña Gertrudis era una vieja arrugada, seca, con el
-pelo blanco, un tanto fatídica.</p>
-
-<p>Arruinada por su marido, no contaba para vivir
-más que con la viudedad que le pasaban.</p>
-
-<p>Doña Gertrudis tenía una cara pálida, dura, impasible,
-surcada por arrugas rígidas.</p>
-
-<p>Cuando salía á la ventana de su cuarto se la hubiera
-tomado por una gárgola gótica ó por un espectro.</p>
-
-<p>En la casa, la Cándida vivía con la mayor comodidad
-y lujo.</p>
-
-<p>La Cándida era una mujer poco inteligente, de<span class="pagenum"><a name="Page_48" id="Page_48">[48]</a></span>
-gustos bajos y vulgares. Su padre, <i>el Zamarro</i>, había
-sido un tendero que, en tiempo de la guerra de la
-Independencia, hizo algunas especulaciones afortunadas
-y reunió un capital bastante grande para un
-pueblo.</p>
-
-<p>El <i>Zamarro</i> dió á su hija, al casarse, una dote de
-treinta mil duros.</p>
-
-<p>La Cándida había sido siempre una muchacha
-mimada.</p>
-
-<p>Su padre, hombre burdo, tosco, excitó en ella únicamente
-la vanidad.</p>
-
-<p>&mdash;Tú serás rica&mdash;le decía&mdash;; tú podrás lucir.</p>
-
-<p>Y ella, sin educación ninguna, había llegado á
-pensar que lo principal en el mundo era lucir. Para
-satisfacer esta ansia de elevación se casó con Dieguito.
-El aparecer dueña de una casa principal como
-la de Cañizares la seducía.</p>
-
-<p>Por entonces, al quedar viuda, la Cándida era
-una mujer rozagante, de unos veintisiete ó veintiocho
-años, ajamonada, la nariz respingona, los labios rojos
-y gruesos, muy abultada de pecho y de caderas, los
-ojos negros, brillantes; el tipo basto de buena moza
-que producía grandes entusiasmos cuando pasaba por
-la calle entre los estudiantes, los oficiales jóvenes y
-la clase de tropa.</p>
-
-<p>La Cándida pensaba volver á casarse si topaba
-con algún militar ó persona de posición que le conviniese.
-Hubiera querido encontrar un marido y quedarse
-á vivir en la casa de la Sirena.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_49" id="Page_49">[49]</a></span></p>
-
-<p>La Cándida, mujer voluble y sensual, se manifestaba
-á ratos seca, á ratos afectuosa. Tenía cierto talento
-de seducción; halagaba á todo el que quería
-sin medida.</p>
-
-<p>A Asunción, su hijastra, comenzó á mimarla al
-principio, adornándola, dándole golosinas; luego, sin
-motivo, la desdeñó y la olvidó.</p>
-
-<p>La Cándida quería que todo el mundo se ocupara
-de ella; necesitaba sentir la oficiosidad de la gente,
-el vaho de la adulación.</p>
-
-<p>Al ver que su suegra y su hijastra no se entregaban,
-comenzó á mirarlas con antipatía, y al último,
-experimentó por ellas verdadero odio, sobre todo por
-doña Gertrudis.</p>
-
-<p>Este odio, cada vez más fuerte, hizo que suegra y
-nuera no se hablaran y después no quisieran verse.</p>
-
-<p>La Cándida intentó obligar á la vieja á que se
-fuera de la casa, pero la casa era de Asunción, y
-ésta, hasta llegar á su mayoría de edad, para lo que
-le faltaban cuatro años, no podía venderla.</p>
-
-<p>La vida de Asunción, colocada entre los odios de
-su abuela y de su madrastra, fué triste y melancólica.
-Toda la existencia de la muchacha estaba saturada
-de impresiones penosas y tristes.</p>
-
-<p>En su infancia había presenciado la muerte de su
-madre, la enfermedad del padre; luego, riñas entre
-la abuela y el abuelo, apuros pecuniarios; después,
-la llegada á la casa de la madrastra y la guerra sorda
-entre ésta y su abuela.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_50" id="Page_50">[50]</a></span></p>
-
-<p>A pesar de su aspecto débil, Asunción tenía gran
-resistencia y una personalidad fuerte.</p>
-
-<p>El tipo físico suyo, al decir de los amigos de la
-casa, recordaba el de su madre.</p>
-
-<p>Era muy esbelta, delgada, con una palidez de cirio;
-el óvalo de la cara, muy largo; los ojos, grandes,
-negros, inquietos; los labios, de un rosa descolorido;
-la expresión, de seriedad y de reserva.</p>
-
-<p>En la calle, y endomingada, parecía insignificante:
-una señorita de pueblo agarrotada en un traje nuevo;
-en casa, y vestida de negro, estaba muy bien; se comprendía
-al verla que una vida sana podía hacer de
-esta niña clorótica una mujer hermosa.</p>
-
-<p>La Cándida, que se creía á sí misma un modelo,
-y que tenía una idea de la belleza de la mujer ordinaria
-y grosera, decía á su doncella la Adela:</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué te parece á ti la Asunción? No va á ser
-guapa esta chica, ¿verdad?</p>
-
-<p>&mdash;Claro, al lado de la señorita&mdash;contestaba la
-doncella.</p>
-
-<p>&mdash;No, no; yo no soy guapa. ¡Luego, Asunción es
-tan huraña! Parece una cabra.</p>
-
-<p>Ciertamente. Asunción se mostraba áspera y poco
-amable con las personas á quienes trataba por primera
-vez. Su vida solitaria le daba gustos de recogimiento.</p>
-
-<p>Asunción apenas salía de casa; su madrastra le
-había señalado en el piso principal un cuarto elegante,
-empapelado y con cortinones, que tenía un balcón<span class="pagenum"><a name="Page_51" id="Page_51">[51]</a></span>
-que hacía esquina; pero ella prefería dejar este cuarto
-elegante é ir á las habitaciones desmanteladas del
-piso, donde vivía doña Gertrudis, su abuela.</p>
-
-<p>En casa de Doña Gertrudis había un viejo mirador,
-casi colgado sobre un abismo, que daba encima
-de la Hoz del Júcar. Desde allá arriba se veía el
-barranco y el río; las golondrinas y los vencejos pasaban
-rozando con el ala el barandado, y á veces los
-milanos se acercaban tanto, como si tuvieran curiosidad
-de saber lo que pasaba en el interior.</p>
-
-<p>Asunción solía estar allí mucho tiempo.</p>
-
-<p>Doña Gertrudis vivía en su cuarto alto sola, sin
-criada. Esta señora parecía la estampa de la severidad.
-Cobraba del Gobierno una pensión de veintidós
-duros al mes y la ahorraba íntegra: se alimentaba
-de la pequeña renta de una tierra.</p>
-
-<p>Doña Gertrudis había llegado á odiar profundamente
-á su nuera. Esta dió á su marido al casarse
-diez mil pesetas para levantar una hipoteca que gravaba
-sobre la casa de la Sirena. Doña Gertrudis
-quería reunir las diez mil pesetas, devolvérselas á la
-Cándida y entregar á su nieta la finca sin gravamen,
-para que fuese ella la dueña absoluta.</p>
-
-<p>Doña Gertrudis estaba fuerte: barría, hacía su
-cama y su comida en un hornillo pequeño; después,
-sentada en un sillón frailero, con los anteojos puestos,
-leía y rezaba una novena cada día.</p>
-
-<p>Tenía una colección de libros amarillentos y usados,
-impresos en letras grandes. Hacía también que<span class="pagenum"><a name="Page_52" id="Page_52">[52]</a></span>
-su nieta le leyera unas viejas ejecutorias que sacaba
-de un armario, y las escuchaba siempre como si fuera
-la primera vez que las oía.</p>
-
-<p>Doña Gertrudis, seca, arrugada, dura, parecía el
-espíritu de la tradición de la casa; la Cándida era á
-ansiosa advenediza, que intentaba apoderarse de la
-vieja morada de la Sirena.</p>
-
-<p>Entre estas dos mujeres, que se odiaban, vivía
-Asunción su vida humilde, como las plantas que
-nacen en la hendidura de dos losas, sin espacio para
-desarrollarse. Asunción cosía, bordaba, cuidaba de
-los tiestos y leía las ejecutorias que sacaba su abuela.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_53" id="Page_53"></a></span></p>
-
-
-
-
-<h3 id="I_III">III.<br />
-MIGUELITO TORRALBA</h3>
-
-
-<p>Tal era la situación de la casa de la Sirena cuando
-aparecieron nuevos elementos que influyeron en
-ella. Uno de estos fué un joven calavera, Miguelito
-Torralba, que un día, por entretenimiento, comenzó
-á seguir y á galantear á Asunción. Ella, asombrada,
-manifestó primero sorpresa, luego un gran desdén;
-pero Miguelito, hombre perseverante, cuando se proponía
-algo, no cejó. Siguió mirando á la muchacha,
-paseándole la calle á pesar del desprecio que ella le
-demostraba. Miguelito era hijo de una viuda y vivía
-con ella y con un hermano más joven llamado Luis.</p>
-
-<p>Los Torralbas poseían una casa antigua en la calle
-de Caballeros, con un huertecito. Eran parientes lejanos
-de los Cañizares y Barrientos.</p>
-
-<p>La viuda, madre de Miguel, señora de escaso patrimonio,
-había gastado mucho con su hijo mayor,
-enviándole á estudiar á Salamanca.</p>
-
-<p>Miguelito hizo poca cosa de provecho en la vieja<span class="pagenum"><a name="Page_54" id="Page_54">[54]</a></span>
-ciudad universitaria; derrochó su dinero, corrió la
-tuna y volvió á Cuenca á los cuatro ó cinco años con
-un criado que había recogido, á quien llamaba su
-escudero.</p>
-
-<p>Miguelito volvió con muchas habilidades de poca
-utilidad práctica, entre ellas hacer versos y tocar la
-guitarra.</p>
-
-<p>La madre se resignó al ver que el dinero empleado
-por ella no había servido á su hijo para alcanzar
-una posición, y pensó que al menos le habría hecho
-ilustrado.</p>
-
-<p>Por uno de estos espejismos maternales frecuentes,
-la madre de Torralba creía que su hijo mayor era
-una lumbrera y que el pequeño, en cambio, valía
-poco.</p>
-
-<p>No existía ningún motivo para creerlo así; pero la
-madre de Torralba suponía que esta diferencia era
-evidente. Pensaba que con el tiempo, don Miguelito
-protegería á Luis y le ayudaría á desenvolverse en
-la vida.</p>
-
-<p>La madre pidió al mayor que enseñara lo que sabía
-á su hermano menor, y el mayor accedió.</p>
-
-<p>Miguel enseñó á Luis á traducir el latín y alguna
-que otra cosa que el muchacho aprovechó.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué bondad la de mi hijo mayor!&mdash;pensó la
-madre.</p>
-
-<p>Los dos hermanos eran muy distintos: Miguel,
-alto, esbelto, moreno, petulante, se las echaba de lechuguino.
-Solía tener con frecuencia diviesos en el<span class="pagenum"><a name="Page_55" id="Page_55">[55]</a></span>
-cuello que le obligaban á llevarlo vendado. Luis,
-más bajo, rechoncho, tirando á rubio, era muchacho
-sencillo y no pensaba en darse tono.</p>
-
-<p>Miguel estaba siempre fuera de casa; Luis, en
-Cuenca, gustaba de trabajar en el huerto, y en el
-campo, de recorrer la hacienda.</p>
-
-<p>Miguel era aficionado á las indumentarias teatrales;
-gastaba chambergo de ala ancha, capa de mucho
-vuelo y presumía de pie largo y estrecho.</p>
-
-<p>Don Miguelito tenía en Cuenca, entre unos, fama
-de Tenorio; de atrevido entre otros, y de majadero
-entre algunos.</p>
-
-<p>Don Miguelito era ridículo para casi todo el pueblo,
-menos para su hermano y para los amigos.
-Algunos de éstos le tenían por un genio; y cuando
-Miguelito peroraba le miraban pensando.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué hombre! ¡Qué tipo!</p>
-
-<p>La cabeza de don Miguelito era un lugar de confusión
-de ideas y sentimientos. Hubiera querido encontrar
-algo para dedicarse á ello con toda su alma.</p>
-
-<p>Don Miguelito era impertinente sin notarlo, y excepción
-hecha de su madre, de su hermano y de
-algún amigo, quedaba con frecuencia mal ante las
-personas, demostrando su falta de discreción y de
-sentido. Su petulancia molestaba á la gente.</p>
-
-<p>La madre le consideraba como un portento; pensaba
-que el día que adquiriera gravedad sería una
-maravilla. Estaba convencida de ello y tenía en esto
-tanta fe como en un dogma.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_56" id="Page_56">[56]</a></span></p>
-
-<p>La estancia de don Miguelito en Cuenca, de vuelta
-de la Universidad, se distinguió por sus extravagancias
-y sus disparates.</p>
-
-<p>Al principio se manifestó liberal, republicano y
-habló con énfasis de Catón, de Bruto y de Aristogiton.</p>
-
-<p>En algunas partes, y excitado por sus mismas palabras,
-no se contentó con esto, sino que aseguró que
-era discípulo de Robespierre y de Marat y que consideraba
-la guillotina como la más sublime y la más humanitaria
-de las invenciones del hombre.</p>
-
-<p>Afortunadamente para él la gente de Cuenca apenas
-tenía idea de Marat y de Robespierre, y no le
-hizo caso.</p>
-
-<p>Cansado de perorar sin éxito, don Miguelito se
-lanzó á la crápula, y excepción hecha de los días
-que iba á los montes á cazar con sus dos perros, Gog
-y Magog, solía emborracharse con frecuencia y volvía
-á casa de madrugada.</p>
-
-<p>Le acompañaba su escudero, el mozo perdido,
-llamado Garcés, á quien don Miguelito había encontrado
-muerto de hambre en Sevilla en una de sus
-expediciones de tuna. Garcés era hijo de una familia
-acomodada de un pueblo próximo á Cuenca llamado
-Pajaroncillo. Había estudiado en el seminario
-y sido un buen estudiante en los primeros años; luego
-con una transición brusca, se hizo un perdido, y
-comenzó á beber, á jugar, á frecuentar los garitos y
-por último, á robar. La familia de Garcés lo retiró al
-pueblo; el muchacho se arrepintió, entró de novicio<span class="pagenum"><a name="Page_57" id="Page_57">[57]</a></span>
-en un convento y pocos meses más tarde se escapaba
-y volvía á su vida de tunante.</p>
-
-<p>Unos años después de su escapada, Miguel Torralba
-lo encontró en Sevilla enfermo, lloroso y arrepentido,
-y lo llevó con él.</p>
-
-<p>Garcés tenía la especialidad del arrepentimiento
-y de las lágrimas. Inmediatamente que le salía algo
-mal, se sentía contrito y marchaba á confesarse.</p>
-
-<p>Don Miguelito, á poco de llegar á Cuenca, tenía
-una corte de ocho ó diez amigos desocupados como
-él, noctámbulos y holgazanes.</p>
-
-<p>Paseaban éstos en cuadrilla por las dos Hoces del
-pueblo, por el alto de las murallas ó por el fondo del
-barranco, contemplando las rocas vivas y los matorrales
-á la luz de la luna.</p>
-
-<p>Robaban gallinas y quesos; clavaban una noche
-la puerta ó la ventana de la vivienda de un pobre
-hombre; interceptaban una chimenea con trapos; sujetaban
-un coche á una anilla de una casa con una
-cuerda; metían un gato en un gallinero y hacían
-todas las clásicas calaveradas de todos los calaveras
-del mundo.</p>
-
-<p>Alguno que otro tenía predilección por asustar á
-la gente haciendo de fantasma; habían formado
-también una rondalla de guitarras y bandurrias, y por
-las noches daban serenata á sus Dulcineas.</p>
-
-<p>&mdash;Es don Miguelito y sus amigos&mdash;decían los vecinos,
-y muchos añadían:</p>
-
-<p>&mdash;¡De casta le viene al galgo!&mdash;, porque los Torral<span class="pagenum"><a name="Page_58" id="Page_58">[58]</a></span>bas
-de Cuenca se habían distinguido siempre por su
-extravagancia.</p>
-
-<p>Algunos llamaban á Miguel, Miguelito Caparrota,
-y le pronosticaban el mismo fin que al bandido andaluz,
-que, como se sabe, murió en la horca á pesar
-de que su asunto se arregló.</p>
-
-<p>Don Miguelito había formado una asociación burlesca,
-de la que era presidente, cuyo objeto principal
-era beber y cantar. En las cenas celebradas por esta
-asociación se entonaba el viejo canto estudiantil,
-común á todas las Universidades de Europa, y que
-aun se recordaba en Salamanca á principios del
-siglo XIX.</p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry"><div class="stanza">
-<div class="line"><i>Gaudeamus igitur.</i></div>
-<div class="line"><i>juvenes dum sumus.</i></div>
-</div></div></div>
-
-<p>También con grotesca solemnidad se hacía la salutación
-al vino en latín macarrónico:</p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry"><div class="stanza">
-<div class="line"><i>Ave, color vini clari</i></div>
-<div class="line"><i>Ave, sapor sine pari</i></div>
-<div class="line"><i>tua nos inebriari</i></div>
-<div class="line"><i>digneris potentia.</i></div>
-</div></div></div>
-
-<p>La preocupación de Miguelito era mandar, demostrar
-su superioridad, producir asombro, sobre
-todo entre los suyos; así, para dirigirlos y admirarlos
-obraba y pensaba para ellos.</p>
-
-<p>Era capaz de leer un libro largo y pesado con la
-esperanza de encontrar un par de frases con que sor<span class="pagenum"><a name="Page_59" id="Page_59">[59]</a></span>prender
-á su auditorio. Don Miguelito vivía sólo para
-la galería.</p>
-
-<p>Tal necesidad de producir expectación le impulsaba
-á hacer muchas necedades.</p>
-
-<p>Una vez se lanzó al Júcar á salvar á un pescador
-de caña, sin saber nadar, y estuvo á punto de ahogarse;
-en otra ocasión salió fiador de un granuja, y estuvo
-á punto de arruinar á su madre. Poco después
-escribió un romance contra algunas viejas murmuradoras
-del pueblo. Este romance, que tituló <i>Las Comadres
-de Cuenca</i>, dió mucho que hablar y le conquistó
-una malísima fama.</p>
-
-<p>Miguelito celebró exageradamente la hostilidad
-popular.</p>
-
-<p>Todos los amigos encontraron que Torralba era
-un excelente versificador y que debía cultivar con
-más asiduidad el trato íntimo de las Musas.</p>
-
-<p>Miguelito trabajó algunos días y sometió al juicio
-de sus camaradas varias poesías, como <i>A ella</i>, <i>Noche
-de luna</i>, <i>la Hoz del Júcar</i>, que fueron consideradas
-como obras maestras.</p>
-
-<p>Por entonces un condiscípulo que había encontrado
-en su casa varios libros de astrología judiciaria y
-un astrolabio, se los envió á don Miguelito.</p>
-
-<p>Este, ante el nuevo mundo que se abría á sus ojos,
-decidió con la mayor seriedad hacerse astrólogo.</p>
-
-<p>Leyó la <i>Astrología</i>, de Pisanus; el libro <i>De præcos
-gnitione futurorum</i>, de Molinacci; el epítome <i>Totiuastrologiæ
-judiciales</i>, de Juan de España; los <i>Dis<span class="pagenum"><a name="Page_60" id="Page_60">[60]</a></span>cursos
-astrológicos</i>, de Juan de Herrera; el libro de
-Paracelso, <i>De generatione rerum naturalium</i>, y las
-<i>Profecías</i>, de Nostradamus.</p>
-
-<p>Después, para unir la teoría y la práctica, llevó al
-terrado de su casa el astrolabio, y allí se dedicaba á
-medir los ángulos y ver la conjunción de las estrellas.</p>
-
-<p>Después de aprender á determinar el aspecto de
-los astros se dedicó á la predicción del porvenir. El
-horóscopo de su madre y el de su hermano resultaron
-felices; en cambio el suyo, dominado por Marte,
-fué completamente nefasto. Probablemente él mismo
-se había preparado en el horóscopo el final trágico,
-cosa que á sus ojos y al de sus amigos le hacía más
-interesante.</p>
-
-<p>A juzgar por lo que dijo, la línea de su vida cruzaba
-la casa de las enemistades, pasaba por la de la
-amistad y el amor, rondaba la casa de las dignidades
-y caía en la de la muerte.</p>
-
-<p>Las lecturas astrológicas se notaron en don Miguelito
-y en sus amigos. Se habló durante algún tiempo
-de horóscopos y conjunciones; á una taberna de un
-hombrecito pequeño, que se llamaba el tío Guadaño,
-se le llamó desde entonces la taberna del <i>Homunculus</i>,
-y á otra, de la tía Lesmes, la taberna <i>Sibilina</i>.</p>
-
-<p>Una de las gracias de Miguelito era asegurar que
-al <i>Homunculus</i> de la taberna, el ex tío Guadaño, lo
-había creado él con una fórmula de su maestro Paracelso.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_61" id="Page_61">[61]</a></span></p>
-
-<p>También decía que á una moza del partido le había
-dado él la suerte entregándole un trozo de vitela
-con la palabra mágica Abracadabra, escrita en forma
-triangular y con sangre de niño.</p>
-
-<p>La muchacha, siguiendo las instrucciones de Miguelito,
-había llevado nueve días la vitela como un
-escapulario, colgada al cuello, y al noveno la había
-echado al río sin volver la cabeza. Don Miguelito había
-tenido sus dudas acerca del punto dónde debía
-echarla, porque era indispensable arrojarla en unas
-aguas que corrieran hacia Oriente; pero al fin encontró
-el sitio verdadero.</p>
-
-<p>La operación dió resultado, porque un mes después
-un comerciante rico se llevó á la muchacha á
-Madrid y la puso un gran tren.</p>
-
-<p>Entre algunas mozas del pueblo, compañeras de la
-otra, se supo lo ocurrido, y se creyó que don Miguelito
-tenía algo de brujo.</p>
-
-<p>Los amores de don Miguelito eran como no podían
-menos de ser extraordinarios y raros.</p>
-
-<p>Don Miguelito había galanteado durante algún
-tiempo á una gitana del barrio del Castillo, á quien
-llamaban Fabiana la <i>Cañí</i>.</p>
-
-<p>Esta Fabiana era una muchacha preciosa, de piel
-cobriza y ojos verdes.</p>
-
-<p>Don Miguelito había llegado á hacerse amigo del
-<i>Ajumado</i>, un esquilador de burros, padre de la Fabiana.</p>
-
-<p>El <i>Ajumado</i> y don Miguelito se entendían; al es<span class="pagenum"><a name="Page_62" id="Page_62">[62]</a></span>quilador
-le parecía natural que al payo le gustara la
-mocita de su casa, y se dejaba convidar y contemplar.</p>
-
-<p>La madre de la Fabiana, la <i>Pelra</i>, era una gitanaza
-que se dedicaba á comprar y á vender viejos cachivaches,
-á freír morcillas y churros; á la abuela, gitana
-legítima, que odiaba el trabajo como buen ejemplar
-de su raza, la decían en la calle la <i>Zincalí</i>, y
-tenía por oficio echar la buenaventura en las ferias,
-vender la raíz del Buen Varón y la Hierba de Satanás
-y <i>arrobiñar</i> lo que podía.</p>
-
-<p>Don Miguelito hablaba con la vieja gitana de magia
-y de astrología, y la dejaba llena de espanto.</p>
-
-<p>El le enseñó en qué ocasiones se debían emplear
-las siete palabras mágicas principales: Abracadabra,
-Jehová, Sator, Arepo, Tenet, Opera y Rotas.</p>
-
-<p>También le dió la frase sacramental para todos los
-conjuros, que es ésta: <i>Nomem Dei et Sancte Trinitatis
-quod tamen in vanum assumitur, contra acerrimum
-summi legislatoris interdictum</i>.</p>
-
-<p>La gitana temblaba al oír á Miguel. Todos los
-hombres y mujeres de la casa odiaban y temían á
-Torralba, á quien llamaban el <i>Busnó</i>. Miguelito sentía
-por ellos un profundo desprecio.</p>
-
-<p>En esto se presentó en Cuenca un calderero gitano,
-el <i>Romi</i>, hombre cobrizo como sus calderas, alto,
-mal encarado.</p>
-
-<p>La familia del <i>Ajumado</i> concertó la boda de la
-Fabiana con el <i>Romi</i>, y á la zambra que hubo asistió<span class="pagenum"><a name="Page_63" id="Page_63">[63]</a></span>
-Miguelito, cosa que hizo reir á sus amigos, que consideraron
-la asistencia de Torralba á la fiesta como
-una prueba de serenidad admirable.</p>
-
-<p>Alguno le dijo después á Miguelito que no se
-fiara con el <i>Romi</i>, pero Miguelito despreció la advertencia.</p>
-
-<p>Iba declinando el entusiasmo por la gitanería y la
-astrología cuando don Miguelito se fijó en Asunción
-y con la violencia característica de sus inclinaciones
-decidió que desde entonces ella sería la dama
-de sus pensamientos.</p>
-
-<p>Los amores comenzaron con todo el aparato de
-absurdidades propias y naturales de don Miguelito.
-Varias veces escribió á la muchacha con la arrogancia
-de un hombre grande y extraordinario; pero como
-ella no le contestaba se fué desesperando, y concluyó
-por tomar una actitud exageradamente humilde.</p>
-
-<p>Cómo conoció Asunción que en el fondo de aquel
-calavera botarate había un hombre, un hombre valiente,
-un hombre digno, difícil es saberlo, lo cierto
-fué que lo conoció.</p>
-
-<p>Don Miguelito todavía hizo alguna simpleza al verse
-atendido por la muchacha; pero pronto se tranquilizó
-y tomó el aspecto de una persona sensata.</p>
-
-<p>Al comenzar á hablar con Asunción pensó que
-toda su juventud había sido una pobre majadería, y
-decidió abandonar á los amigos y al escudero Garcés.
-Les dijo que iba ir al yermo, que estaba harto
-de vanidades. Un amor vulgar y corriente por una<span class="pagenum"><a name="Page_64" id="Page_64">[64]</a></span>
-señorita del pueblo le hubiera dejado en mal lugar
-entre los camaradas que le veían como hombre extraordinario,
-raro, lunático y nigromántico. Todavía
-no se atrevía á afrontar su desdén.</p>
-
-<p>Al poco tiempo la gente averiguó el noviazgo, los
-camaradas le desdeñaron y las personas que pasaban
-por serias comenzaron á decir:</p>
-
-<p>&mdash;No, no, Miguel no es tonto; si quiere se hará
-un hombre de provecho.</p>
-
-<p>Miguelito dejó de frecuentar sus antiguos amigos,
-y reanudó sus amistades con un clérigo que había
-estudiado con él en la escuela. Este clérigo, D. Víctor,
-vivía en casa del guardián de la Catedral, y era
-hombre estudioso é ilustrado.</p>
-
-<p>A Miguelito le trataba muy ásperamente.&mdash;Botarate,
-aprendiz de mago, majadero&mdash;le solía decir con
-voz iracunda.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, tienes razón&mdash;contestaba Miguel&mdash;; soy un
-mentecato.</p>
-
-<p>&mdash;Vale más que lo confieses&mdash;le decía el cura.</p>
-
-<p>&mdash;Pues lo confieso. He llegado á los veintisiete
-años sin oficio ni beneficio. He perdido el tiempo
-en pasear, en hablar y en hacer versos...</p>
-
-<p>&mdash;Y versos malos.</p>
-
-<p>&mdash;Cierto, versos malos. Te advierto que todas mis
-vanidades antiguas se han deshecho: no me importa
-que me llames mal poeta ni mal astrólogo. No me
-hace mella.</p>
-
-<p>Miguel no pensaba más que en encontrar un me<span class="pagenum"><a name="Page_65" id="Page_65">[65]</a></span>dio
-de ganar la vida con independencia ¡tenía tan
-poca base! ¡Era tan difícil hacer algo de provecho
-en Cuenca! Se le ocurrió marcharse á Madrid, pero
-no se atrevió á decírselo á su madre, porque hubiera
-sospechado que el viaje era pretexto para otra calaverada.</p>
-
-<p>Miguelito consultó con Asunción, y los dos en sus
-conversaciones y cartas se ocuparon de este magno
-asunto. Pensaron varios medios para resolver el problema.</p>
-
-<p>Pronto estos amores los conoció todo el pueblo, y
-también la abuela y la madrastra de Asunción. Asunción
-contó, temblando de miedo, á su abuela la historia
-de sus amores, y Doña Gertrudis dió el visto
-bueno.</p>
-
-<p>&mdash;Si es un caballero, aunque sea pobre, no importa&mdash;dijo
-la vieja severamente.</p>
-
-<p>&mdash;Pues caballero lo es.</p>
-
-<p>&mdash;Entonces puedes estar tranquila.</p>
-
-<p>Asunción abrazó y besó á su abuela con entusiasmo.</p>
-
-<p>Se decidió que D. Miguelito visitara á Doña Gertrudis,
-y en la entrevista que tuvieron ambos quedaron
-muy amigos y de acuerdo.</p>
-
-<p>La madrastra de Asunción, la Cándida, quizás
-por llevar la contraria á su suegra, se puso en contra
-del noviazgo, y como no conocía el carácter de hierro
-que había en el fondo del cuerpecillo anémico
-de su hijastra, quiso convencerla de que su novio,<span class="pagenum"><a name="Page_66" id="Page_66">[66]</a></span>
-D. Miguelito, era un perdido, un vagabundo, viejo,
-cínico, sin oficio ni beneficio, que quería vivir á su
-costa.</p>
-
-<p>Desde aquel momento Asunción juró romper con
-su madrastra y no volver á dirigirla la palabra. Empezó
-á faltar á todas horas del primer piso de la casa;
-luego, más tarde, se trasladó definitivamente al cuarto
-de la abuela á vivir con ella.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_67" id="Page_67"></a></span></p>
-
-
-
-
-<h3 id="I_IV">IV.<br />
-SANSIRGUE EL PENITENCIARIO</h3>
-
-
-<p>En 1821, el penitenciario de la catedral, D. Manuel
-Rizo, que estaba enfermo desde hacía tiempo,
-murió en un pueblo de la sierra, donde había ido á
-reponerse, y fué nombrado para el cargo D. Juan
-Sansirgue.</p>
-
-<p>Sansirgue venía del Burgo de Osma, y al llegar
-á Cuenca se dijo de él que era liberal. Fué una de
-esas voces que corren por los pueblos, sin base ni
-razón alguna.</p>
-
-<p>Don Juan era hombre de unos cuarenta años de
-edad de estatura media, más bien bajo que alto y
-tirando á fornido.</p>
-
-<p>Tenía el pelo rojo oscuro, los ojos verdes, la cara
-cuadrada y pecosa, las pestañas rojizas, el cuello de
-toro, los brazos largos, las manos gruesas y los pies
-grandes.</p>
-
-<p>Se veía en él al lugareño nacido para destripar
-terrones. Llevaba gafas, aunque no las necesitaba,
-<span class="pagenum"><a name="Page_68" id="Page_68">[68]</a></span>
-sin duda con el objeto de darse un aire doctoral, y
-miraba siempre de través.</p>
-
-<p>Pronto se averiguó su vida, con toda clase de detalles.</p>
-
-<p>Sansirgue, hijo de un campesino muy pobre de
-Priego, terminó la carrera casi de limosna. Tras de
-obtener un curato en el campo y una parroquia en
-Almazán, había sido nombrado canónigo racionero
-del Burgo de Osma, y después, penitenciario de
-Cuenca.</p>
-
-<p>Sansirgue, al decir de sus colegas, demostró ser
-bastante fuerte en latín y cánones, y como predicador
-se dió á conocer como hombre arrebatado y de tosca
-elocuencia. La gente pronosticó que llegaría á obispo.</p>
-
-<p>En la vida social el nuevo penitenciario se desenvolvió
-como un perfecto intrigante, adulador y un
-tanto bajo. Acostumbrado al servilismo del ambicioso
-pobre que escala su posición lentamente y con
-grandes esfuerzos, en muchas ocasiones ponía en
-evidencia su naturaleza lacayuna.</p>
-
-<p>A los seis meses de permanencia en el pueblo,
-Sansirgue lo conocía á fondo y comenzaba á dominarlo.
-Algunos otros canónigos, dirigidos por el lectoral,
-intentaron atajarle el paso; pero Sansirgue, sostenido
-por el obispo, por su secretario Portillo, joven
-ambicioso, y por la gente rica, marchaba adelante.</p>
-
-<p>El confesionario le daba la clave de cuantos conflictos
-interiores en las familias y en los matrimonios
-ocurrían en el pueblo. Esta arma de inquisición y de<span class="pagenum"><a name="Page_69" id="Page_69">[69]</a></span>
-dominación teocrática Sansirgue la empleaba con
-paciencia y con método.</p>
-
-<p>Tenía la sagacidad y la malicia del lugareño, é iba
-perfeccionando y alambicando su sistema de inquerir
-con el esfuerzo y la perseverancia.</p>
-
-<p>Sansirgue había ido á vivir á casa del pertiguero
-de la catedral.</p>
-
-<p>Ya por costumbre inveterada, desde hacía muchos
-años, se alquilaba una habitación grande á un canónigo
-en casa del pertiguero Ginés Diente.</p>
-
-<p>El más notable de estos canónigos hospedados en
-ella fué D. Francisco Chirino.</p>
-
-<p>Don Francisco dejó al morir fama de hombre de
-gran virtud y sabiduría. Chirino fué magistral desde
-fines del siglo XVIII hasta poco después de la guerra
-de la Independencia; estuvo prisionero y á punto de
-ser fusilado por las soldados de Caulaincourt.</p>
-
-<p>La leyenda aseguraba que Chirino se salvó asombrando
-á los franceses con un discurso en latín y otro
-en francés que les dirigió.</p>
-
-<p>En un viaje hecho á Valencia murió Chirino, y
-dejó en casa de Diente una biblioteca muy nutrida
-de libros de historia, de teología, y algunas ediciones
-raras que los herederos no se cuidaron de recoger.</p>
-
-<p>Después de Chirino ocupó la habitación el canónigo
-Rizo, y tras de la muerte de éste vino Sansirgue
-á posesionarse del cuarto que por tradición pertenecía
-á un canónigo.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_70" id="Page_70">[70]</a></span></p>
-
-<p>En aquella casa vieja de una calle sombría, el penitenciario
-Sansirgue, como una gruesa araña peluda,
-plantó su tela espesa dispuesto á mostrarse clericalmente
-implacable para la mosca que cayese en
-ella.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_71" id="Page_71"></a></span></p>
-
-
-
-
-<h3 id="I_V">V.<br />
-LA CASA DEL PERTIGUERO</h3>
-
-
-<p>La callejuela tortuosa, en cuesta, partía de la plazuela
-del palacio del Obispo por una escalera, y
-terminaba en un camino de ronda de la muralla.</p>
-
-<p>En este callejón, llamado de los Canónigos porque
-antiguamente había varios que tenían allí su
-casa, vivía el guardián y pertiguero de la catedral,
-Ginés Diente.</p>
-
-<p>Ginés era hijo de pertiguero y nieto de pertiguero.</p>
-
-<p>La pértiga constituía una institución en la familia
-de los Dientes. Se podía decir que los Dientes vivían
-de ella y comían de ella.</p>
-
-<p>Ginés el guardián era por este tiempo un viejo
-seco, flaco, de nariz aguileña, afilada y roja, el pelo
-gris, el mentón saliente, con claros en la barba, y
-picado de viruelas. Gastaba anteojos de plata gruesos
-para leer.</p>
-
-<p>Solía usar á diario, fuera de las grandes ceremonias,
-calzón oscuro, media negra, zapatos rojos<span class="pagenum"><a name="Page_72" id="Page_72">[72]</a></span>
-con hebillas de plata, balandrán de color negro
-pardusco, en la cintura una faja azul y encima una
-correa con ganchos, en los cuales fijaba varios manojos
-de llaves.</p>
-
-<p>Ginés tenía cerca de sesenta años. Conocía la catedral
-mejor que su casa.</p>
-
-<p>Era hombre de mucho gusto para la lectura, y muy
-liberal.</p>
-
-<p>Desde hacía tiempo, cuando concluía sus faenas,
-iba al cuarto del canónigo Chirino, se ponía sus anteojos
-de plata gruesos, compuestos con hilo negro,
-cogía algún libro y lo leía muy despacio. Cuando
-terminaba dejaba una señal, y al día siguiente comenzaba
-de nuevo la lectura. Lo que no entendía
-bien lo volvía á leer.</p>
-
-<p>Así había pasado cerca de un año con el <i>Teatro
-Crítico</i>, de Feijóo; pero se había enterado tan perfectamente
-de las opiniones y doctrinas del autor, que
-desde entonces podía pasar por un erudito.</p>
-
-<p>Su hija Dominica regañaba á su padre por su afán
-de leer.</p>
-
-<p>&mdash;No sé para qué lee usted tanto, padre&mdash;le decía&mdash;.
-Deje usted eso á los que saben.</p>
-
-<p>&mdash;Los que saben son los que leen&mdash;contestaba
-Ginés&mdash;; sean canónigos ó pertigueros.</p>
-
-<p>Ginés era viudo; la Dominica, su hija, estaba casada
-con un carpintero, constructor de ataúdes.</p>
-
-<p>La Dominica, la guardiana, mujer muy morena,
-juanetuda, fea, con una fealdad simpática, tenía unos<span class="pagenum"><a name="Page_73" id="Page_73">[73]</a></span>
-ojos grandes, negros, muy expresivos y una sonrisa de
-bondad. Era muy activa y trabajadora y más fuerte
-que un hombre.</p>
-
-<p>La Dominica se ocupaba de limpiar la iglesia, y
-tenía también el cargo de funeraria. Ella se entendía
-con la familia del muerto para disponer cómo había
-de ser la caja, el coche, el número de hachones y la
-importancia del funeral, que se clasificaba en de tercera,
-de segunda, de primera, solemne y solemnísimo.</p>
-
-<p>La guardiana revelaba un gran espíritu de dominio.
-Casada á los treinta años, cuando todo el mundo
-creía que ya no se casaría, no había tenido hijos.
-Su marido, el carpintero constructor de ataúdes, era
-un buen hombre, fantástico y un tanto borracho.</p>
-
-<p>La Dominica, sentía gran amor por la catedral y
-por todo lo que tuviese relación con ella.</p>
-
-<p>A los canónigos que hospedaba en su casa los
-trataba como á hijos.</p>
-
-<p>Hablaba constantemente del canónigo Chirino,
-cuya ciencia y virtud habían quedado como legendarias.</p>
-
-<p>El buen señor éste era tan inútil para las cosas de
-la vida, que no sabía atarse un botón, afilar un lápiz
-ó tallar una pluma.</p>
-
-<p>La Dominica había sido el factótum de Chirino y
-del canónigo Rizo. Les atendía, les ordenaba como
-si fueran chicos.</p>
-
-<p>Una necesidad de mando tal no era cosa muy có<span class="pagenum"><a name="Page_74" id="Page_74">[74]</a></span>moda
-para la guardiana, porque la obligaba á trabajar
-como una negra.</p>
-
-<p>Todo lo contrario de ella se manifestaba Damián,
-su marido, el constructor de ataúdes. Este era vago,
-poltrón, ocurrente, y siempre estaba inventando pretextos
-para dejar el trabajo é ir á la taberna.</p>
-
-<p>El ser, además de carpintero, relojero de la catedral
-le permitía andar siempre de un lado á otro.</p>
-
-<p>Damián era chiquito, moreno, de cara muy correcta,
-pero de una expresión de rata. Era hombre de
-gran paciencia, domesticaba pájaros y toda clase de
-bichos. Tenía un cuervo, Juanito, que hablaba mejor
-que algunos hombres y que le conocía, y un gato negro,
-con ojos de oro, á quien Chirino había bautizado
-con el nombre fenicio de Astaroth.</p>
-
-<p>Este constructor de ataúdes solía ir á veces con
-Juanito en un hombro y Astaroth en el otro á beber
-con un compadre sepulturero, con quien tenía grandes
-amistades.</p>
-
-<p>&mdash;A mí que no me den un armario ni una mesa
-que hacer&mdash;decía Damián á sus amigos cuando estaba
-inspirado&mdash;; lo que más me llena es hacer una
-caja fúnebre. Hay que ver la cantidad de filosofía
-que hay dentro de un ataúd... ¡ja... ja!</p>
-
-<p>&mdash;¡Bah! No tanta como en una sepultura&mdash;saltaba
-el sepulturero su amigo que quería poner también
-muy en alto su profesión.</p>
-
-<p>&mdash;¡Más, mucho más!&mdash;replicaba el carpintero
-dulcemente hundiendo su mirada en el oscuro amatista<span class="pagenum"><a name="Page_75" id="Page_75">[75]</a></span>
-de un vaso de vino&mdash;. Yo, cuando veo las tablas que
-traen á mi taller, pienso: esto era un árbol que estaba
-en un bosque... ¡ja... ja!..., y en ese bosque había pájaros,
-alimañas, leñadores, serradores, y estos árboles
-los había plantado alguno. ¿Los había plantado alguno,
-ó habían crecido solos? No se sabe... ¡ja...
-ja!... ¡Qué filosofía! ¡Y los clavos! Estos clavos, que
-al clavarlos con el martillo la familia del difunto cree
-que suenan de otra manera... ¡ja... ja! ¡Superstición!
-¡Superstición! Estos clavos los han trabajado en una
-fragua, donde saltaban chispas; han sacado el metal de
-una mina, donde andaban los hombres como los topos...
-¡ja... ja! ¿Y la tela? Esa tela negra que se va
-á descomponer en la fosa, ¿de dónde viene? Viene
-de un telar, de una fábrica que quizá es un hormiguero...
-de gente trabajadora... ¡Qué filosofía tiene esto!
-¡Ja... ja... ja, ja!</p>
-
-<p>Y Damián se reía, con una risa mecánica y triste.</p>
-
-<p>&mdash;A mí si me sacan del ataúd, soy hombre muerto&mdash;añadía.</p>
-
-<p>&mdash;Como á mí, si me sacan de la sepultura, no sé
-qué hacer, no le encuentro encantos á la vida&mdash;aseguraba
-el sepulturero.</p>
-
-<p>&mdash;En esto nos diferenciamos del resto de los hombres,
-á quienes pasa todo lo contrario... ¡ja... ja...
-ja!&mdash;exclamaba Damián.</p>
-
-<p>&mdash;Somos gente superior&mdash;añadía el sepulturero.</p>
-
-<p>&mdash;Es que nuestros oficios tienen más fondo, más
-filosofía. El fondo de una fosa. ¡Hermoso fondo! ¿Vas<span class="pagenum"><a name="Page_76" id="Page_76">[76]</a></span>
-á tener tú la insustancialidad de un peluquero? No.
-¿Voy yo á compararme con un sastre? Tampoco. El
-hace una envoltura pasajera; yo no, yo la hago definitiva...
-¡Ja... ja! ¡Qué filosofía tiene esto!</p>
-
-<p>Damián sentía tanto entusiasmo por los ataúdes,
-que echaba la siesta dentro de uno de ellos, vigilado
-por Juanito y por Astaroth.</p>
-
-<p>El enterrador admiraba á Damián. En cambio su
-mujer, la Dominica, le despreciaba y le dirigía constantemente
-una lluvia de sarcasmos, que él oía indiferente.</p>
-
-<p>En la casa del pertiguero lo más transcendental
-era la habitación del señor canónigo. La Dominica
-fregaba todas las semanas el suelo, y en el verano
-todos los días; limpiaba los cristales, sacudía los colchones
-y la alfombra, y pasaba el plumero por los
-libros.</p>
-
-<p>La habitación del canónigo, la mejor de la casa,
-era espaciosa y clara. La luz entraba en ella por un
-gran balcón y por una ventana pequeña. Esta ventana
-pequeña daba hacia la Hoz del Huécar que se
-veía sobre el solar de una casa derruída convertida
-en huerto. El huertecillo, limitado por cuatro tapias
-cubiertas de hiedras, estaba lleno de zarzas y de rosales
-silvestres.</p>
-
-<p>Tenía la habitación una chimenea de piedra con
-el hogar cubierto durante el verano por una mampara
-de papel vieja, con una estampa en colores desteñida,
-y dos bolas de cristal azul.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_77" id="Page_77">[77]</a></span></p>
-
-<p>En un ángulo estaba la cama, de madera, con colgaduras
-verdes descoloridas, y en las paredes, un armario
-de varios cuerpos, también con cortinas. El
-suelo era de ladrillos grandes, rojos, que se desmoronaban,
-y la pared, tapizada de un papel dorado, con
-arabescos negruzcos.</p>
-
-<p>Esta habitación canonical tenía seis sillas de damasco,
-ya tan ajadas, que apenas se podía notar
-su primitivo color, y un canapé de paja, con un almohadón
-rojo, completamente desteñido. Delante de
-la ventana pequeña, por donde el sol entraba al amanecer,
-había una vieja mesa tallada, y junto á ella, un
-sillón frailero con clavos dorados.</p>
-
-<p>Allí el canónigo Chirino pasó toda su vida dedicado
-á la lectura, mientras Astaroth, acurrucado, le
-contemplaba con sus ojos de oro.</p>
-
-<p>Unicamente al atardecer solía asomarse al balcón
-á contemplar las rocas de la Hoz del Huécar, que
-se veían desde allá, y á oír las oraciones del <i>Degollado</i>,
-á quien solía echar una moneda. La Dominica
-conservaba la habitación siempre limpia, pero no
-podía luchar con la polilla que corroía sus viejos
-muebles, ni con el olor á rancio que exhalaban los
-volúmenes alineados en los estantes.</p>
-
-<p>En vida de Chirino uno de los muebles más curiosos
-de su despacho era un gran reloj, que cuando
-murió el canónigo pasó al taller de Damián. Este
-reloj de pared tenía música y varias figuras que aparecían
-al dar las horas. En el péndulo, Caronte se<span class="pagenum"><a name="Page_78" id="Page_78">[78]</a></span>
-agitaba en su barca, y en la orla de bronce que rodeaba
-la esfera, se leía: <i>Vulnerant omnes, ultima necat</i>.
-Damián, el marido de la Dominica, había arreglado
-el reloj y hecho que se movieran las figuras. Estas
-eran un niño y una niña, un joven y una doncella
-y un viejo y una vieja seguidos de la Muerte, representada
-por un esqueleto con su sudario blanco y su
-guadaña. Cuando desaparecían las edades de la vida
-seguidas de la Muerte, se abría una ventana y aparecía
-la Virgen. Al mismo tiempo que estas figuras
-pasaban por delante de la esfera del reloj sonaba una
-música melancólica de campanillas.</p>
-
-<p>Damián, que había visto el reloj parado, lo llevó á
-su taller, lo desarmó, lo volvió á armar y consiguió
-que marchase, que se moviesen los muñecos automáticos
-y funcionase la sonería.</p>
-
-<p>Chirino le dijo que al morir él, le dejaría el reloj
-como recuerdo, y, efectivamente, cuando desapareció
-el canónigo, Damián se apoderó del reloj y lo
-llevó al cuarto pequeño próximo al portal donde solía
-trabajar.</p>
-
-<p>Damián se encontraba en aquel cuarto satisfecho;
-el ataúd grande donde solía dormir la siesta, el armario
-con los ataúdes pequeños, el cuervo, el gato
-negro y el reloj; no podía pedir más. A no estar enterrado
-de verdad no era fácil alcanzar un mayor
-grado de perfección funeraria.</p>
-
-<p>Siempre que pasaba por delante del reloj del canónigo
-Chirino, Damián lo contemplaba con entusias<span class="pagenum"><a name="Page_79" id="Page_79">[79]</a></span>mo.
-Las guirnaldas de calaveras y tibias, entre flores,
-su carácter macabro y la salida de la Muerte le entusiasmaban.
-Se le antojaba una de las más bellas y geniales
-ocurrencias que podía haber salido de la cabeza
-de un hombre.</p>
-
-<p>Le habían dicho lo que significaba el letrero en
-latín, y le parecía admirable. <i>Vulnerant omnes, ultima
-necat</i>: Todas hieren; la última, mata.</p>
-
-<p>El constructor de ataúdes repetía la frase sonriendo,
-con un tono de salmodia triste como un cartujo
-el: Hermano, morir tenemos.</p>
-
-<p>Damián, y quizás también su cuervo, se extasiaban
-pensando en la profundidad de aquella sentencia.</p>
-
-<hr class="tb" />
-
-<p>Al llegar el penitenciario Sansirgue á ver la casa,
-le parecieron las condiciones de la Dominica muy
-buenas, y decidió quedarse allá, encargando á la guardiana
-que quitara dos ó tres armarios para dejar más
-espacio en el cuarto.</p>
-
-<p>Sansirgue examinó los libros de Chirino, vió
-muchos volúmenes de Historia, Cánones y Teología,
-que no le interesaban, y tomos de colección de sermones
-de predicadores célebres.</p>
-
-<p>Estos libros estaban señalados y anotados, así que
-era muy fácil y cómodo consultarlos.</p>
-
-<p>Siguiendo las indicaciones del penitenciario, que
-hizo una selección rápida, se quitaron tres cuerpos
-del armario, y se llevaron los libros en cestos á un
-cuarto interior.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_80" id="Page_80">[80]</a></span>
-Hecho el traslado pedido, Sansirgue se instaló en
-la casa. Por diez reales al día la guardiana le daba
-la comida, la ropa y el fuego en el invierno. El penitenciario
-comería aparte de la familia, en la sala, y
-los domingos tendría un plato extraordinario.</p>
-
-<p>Segundito, un sobrino de Ginés, estudiante de
-cura, serviría al canónigo de paje para llevar cartas
-y hacer los recados.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_81" id="Page_81"></a></span></p>
-
-
-
-
-<h3 id="I_VI">VI.<br />
-DON VÍCTOR</h3>
-
-
-<p>Además de Ginés el pertiguero, de la Dominica
-y de su marido, el constructor de ataúdes y relojero,
-vivía en la casa el cura amigo de Miguel Torralba.
-Este cura, sobrino de la mujer de Ginés, se llamaba
-D. Víctor, y era capellán de un convento de monjas.</p>
-
-<p>Don Víctor, á pesar de ser estudioso y listo, no
-había prosperado, quizás por falta de simpatía, quizás
-sencillamente por mala suerte.</p>
-
-<p>Era D. Víctor hombre pequeño, moreno, muy
-vivo de movimientos y de ademanes.</p>
-
-<p>Había estado algún tiempo en Madrid, hecho un
-viaje á Roma, y durante algún tiempo había sido secretario
-del obispo de Plasencia.</p>
-
-<p>Era el capellán hombre inteligente, trabajador,
-austero, á quien la injusticia había hecho quisquilloso.
-Se había encontrado siempre postergado, humillado,
-y en la lucha por la vida, adquirió una actitud
-de agresividad, más ó menos velada, poco simpática á<span class="pagenum"><a name="Page_82" id="Page_82">[82]</a></span>
-sus superiores. Ya en su época de estudiante se
-distinguió por sus protestas contra sus profesores,
-imbéciles; luego tuvo que servir y obedecer á obispos
-orgullosos é ignorantes que trataban á los individuos
-del bajo clero como á criados.</p>
-
-<p>Quizás en ocasiones consideró sus votos sacerdotales
-como grillos, como eslabones de una cadena que
-le herían; pero aun así amaba la cadena martirizadora.</p>
-
-<p>El catolicismo, como todas las sectas cristianas, es
-en el fondo la escuela de la humillación. Su plan último
-consiste en quebrantar la individualidad. Su
-ideal, hacer del hombre <i>perinde ac cadaver</i>.</p>
-
-<p>Para el catolicismo la salud es soberbia, la confianza
-en sí mismo orgullo, el valor jactancia, todas
-las virtudes nobles son despreciadas y afeadas; en
-cambio, las miserias tristes se explican, se justifican y
-se alaban: el pecador humilde, el miserable humilde,
-el crapuloso humilde, el imbécil humilde siempre tienen
-su defensa y hasta su apología.</p>
-
-<p>Esta táctica de humillación, unida al espionaje, al
-servilismo y á la pedantería, ha sido la seguida siempre
-en los seminarios: la táctica de la Compañía de
-Jesús cuando al hombre de valer de su sociedad ha
-antepuesto un estólido cualquiera para mortificar la
-soberbia del primero.</p>
-
-<p>Don Víctor notó en el seminario y fuera del seminario
-la antipatía que producía.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo?&mdash;pensaban sus superiores. ¿Este hombre
-de clase humilde, cree que sabe latín? ¿que sabe<span class="pagenum"><a name="Page_83" id="Page_83">[83]</a></span>
-teología? ¿que es capaz de predicar elocuentemente?
-Arrinconémosle. Que aprenda á tener humildad.</p>
-
-<p>Aprender á tener humildad, quiere decir: aprender
-á estar descontento, á ser miserable, á ser vil.</p>
-
-<p>Este fondo de rencor que guarda el cristianismo á
-todo lo noble, lo sereno, lo tranquilo, viene sin duda
-de su tradición semítica, de los siglos en que vivió en
-las leproserías y en los suburbios de Roma, en los
-agujeros infectos donde se corrompían los parias y
-los esclavos.</p>
-
-<p>Don Víctor, como hombre de cierta sensibilidad,
-sufrió grandes choques en su carrera. En Madrid
-tuvo que alternar con curas cortesanos que se burlaron
-de él, de su pedantería y de sus latines.</p>
-
-<p>Don Víctor, al volver á Cuenca, hizo el descubrimiento
-al ver á sus antiguos condiscípulos y compararse
-con ellos, que él, como los demás, tenían los
-mismos lugares comunes de expresión, los mismos
-gestos y ademanes aprendidos en el seminario. Todos
-imitaban, sin querer, á un profesor de teología y
-casi decían las mismas frases en latín, y todos se ponían
-las manos en el abdomen y daban palmaditas
-una sobre otra.</p>
-
-<p>Don Víctor, al notarlo, hizo un gran esfuerzo para
-cambiar sus frases de cajón y suprimir estos ademanes
-que eran los bienes mostrencos obtenidos en el
-seminario, y lo consiguió.</p>
-
-<p>Don Víctor, en Cuenca, apenas podía sostenerse
-con el sueldo mísero que le daban las monjas y con<span class="pagenum"><a name="Page_84" id="Page_84">[84]</a></span>
-el pequeño estipendio de la misa, y fué á vivir á casa
-de la Dominica, que era algo pariente suya. Por
-cinco reales la guardiana le tenía de huésped y el
-cura vivía como si fuera de la familia.</p>
-
-<p>La Dominica oía las quejas de D. Víctor y le recomendaba
-siempre que cediese á sus superiores;
-pero D. Víctor se irritaba y echaba largos y pedantinos
-discursos empedrados de latinajos: <i>Odi profanum
-vulgo</i>, decía con frecuencia, y para elogiar su
-pobreza repetía: <i>Omnia mecum porto</i> (llevo todos
-mis bienes conmigo).</p>
-
-<p>Don Víctor era un temperamento batallador y
-amigo de luchar.</p>
-
-<p>No tenía el espíritu filosófico y generalizador necesario
-para ver las grandes injusticias sociales, pero
-en cambio las pequeñas injusticias de detalle le herían
-y le mortificaban.</p>
-
-<p>Lo sancionado por la fuerza de la costumbre, aunque
-fuera una enormidad, siempre le parecía bien;
-la transgresión nueva le indignaba.</p>
-
-<p>Don Víctor era atrevido y valiente. En un período
-de guerra no hubiese tenido inconveniente en lanzarse
-al monte.</p>
-
-<p>A pesar de haber sido laminado y destrozado por
-la educación teocrática, D. Víctor era archiabsolutista
-y teócrata; creía que la iglesia debía ser <i>Imperium
-in imperio</i>, y que era ella la única encargada de
-dirigir la vida de los hombres hasta en sus más pequeños
-detalles.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_85" id="Page_85">[85]</a></span></p>
-
-<p>Don Víctor y Ginés se entendían bien. Discutían
-y á veces se insultaban, porque Ginés se sentía bastante
-anticlerical. Ginés le llamaba á D. Víctor curiato,
-clericucho, y D. Víctor le decía chupacirios,
-sacaperros, menos cuando le quería halagar, porque
-entonces le llamaba <i>fortunate senex</i>, y algunos otros
-elogios en latín.</p>
-
-<p>Don Víctor era hombre aficionado á paseos solitarios;
-salía por la tarde á las afueras y volvía al anochecer
-curioseando, mirando al fondo de las tiendas,
-de las tabernas y de las botiguetas de las calles.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_86" id="Page_86"></a>
-<a name="Page_87" id="Page_87"></a></span></p>
-
-
-
-
-<h3 id="I_VII">VII.<br />
-LA BIBLIOTECA DE CHIRINO</h3>
-
-
-<p>El cuarto que la Dominica destinó á D. Víctor
-en su casa fué un guardillón bajo de techo y lleno
-de armarios, que tenía dos ventanas enrejadas abiertas
-sobre el solar de la casa derruída, convertida en
-huerto.</p>
-
-<p>Este camaranchón grande, la mitad sin cielo raso
-y parte sin suelo, había sido el depósito de la biblioteca
-del canónigo Chirino, el sitio donde éste almacenaba
-sus libros. Había allí muchos volúmenes, probablemente
-cuatro ó cinco mil, unos metidos en los
-armarios, otros apilados en el suelo, todos llenos de
-polvo.</p>
-
-<p>Don Víctor, al llegar á casa del pertiguero, conocía
-los libros estudiados por él en su carrera, pero nada
-más. El tener allí otros á mano le indujo á leerlos,
-primero sin mucha gana, luego con gusto, después
-con pasión, hasta hundirse en la biblioteca de Chirino
-como un centauro en un bosque ó un tritón en las
-olas de un mar antiguo.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_88" id="Page_88">[88]</a></span></p>
-
-<p>Tras de muchas investigaciones, D. Víctor encontró
-el catálogo de la biblioteca del canónigo. En la
-que había sido su habitación principal, la que luego
-ocupó Sansirgue, tenía el difunto canónigo los libros
-clásicos de un cura erudito; en el depósito, que habitaba
-ahora D. Víctor, estaban los libros de historia,
-de filosofía y de moral, algunos encuadernados
-sin rótulo.</p>
-
-<p>Don Víctor comenzó por leer tratados de confesión,
-obras de casuística de los Padres Escobar, Sánchez,
-Molina, el Salmanticense y otros célebres teólogos
-fundadores de la moral laxa de los jesuítas. Al hojear
-estos libros le sorprendieron las notas de Chirino
-contra los autores. También le asombró leer las
-burlas que dedicaba á las Cartas del filósofo rancio
-del padre Alvarado.</p>
-
-<p>¿Sería el canónigo Chirino, muerto casi en olor de
-santidad, un hereje?</p>
-
-<p>Don Víctor se propuso averiguarlo y seguirle en
-sus notas con el celo de un inquisidor.</p>
-
-<p>Al principio había considerado su cuarto como un
-rincón, únicamente bueno para dormir; después comenzó
-á encontrarlo un lugar admirable de esparcimiento,
-mandó poner cristales á las rejas, que no tenían
-más que maderas, y encargó al marido de la
-Dominica una camilla para leer delante de la reja
-con los pies calientes.</p>
-
-<p>Don Víctor metía el brasero debajo de la mesa y
-se ponía á leer. Comenzó á mirar uno por uno los<span class="pagenum"><a name="Page_89" id="Page_89">[89]</a></span>
-libros de la biblioteca, principalmente los anotados
-por el canónigo.</p>
-
-<p>En casi todos ellos Chirino había puesto notas marginales,
-casi siempre racionalistas y burlonas.</p>
-
-<p>El canónigo se valía de ingeniosos anagramas para
-despistar á cualquiera en cuyas manos, por casualidad,
-cayera uno de sus libros.</p>
-
-<p>La idea del anagrama vino á la mente de D. Víctor
-al comprender qué escritor se ocultaba en las
-notas de Chirino con el nombre de Viralteo.</p>
-
-<p>Al principio D. Víctor, que no conocía á los filósofos
-racionalistas, supuso que Viralteo sería uno de
-tantos, después miró este nombre en el Teatro
-Crítico de Feijóo, y no lo encontró. Pensando en Viralteo,
-vió que podía descomponerse en: <i>¡O alte vir!</i>
-(¡oh alto varón!).</p>
-
-<p>Estuvo pensando quién podría ser este alto varón,
-hasta que comprendió era el anagrama de Voltaire.
-Vió también que E. Moras era Erasmo, y que así
-estaban disfrazados muchos nombres.</p>
-
-<p>Hallados unos, supuso que toda palabra sin
-sentido claro que el canónigo ponía en sus notas
-marginales había que descomponerla, buscarle un
-significado esotérico y así encontró los anagramas de
-la Religión, Dios, clero, etc., empleados por Chirino.
-Muchas veces para indicarlos no ponía más que la
-inicial.</p>
-
-<p>Las notas del canónigo Chirino sorprendían á
-D. Víctor. ¡Qué curiosidad la de aquel hombre! Fi<span class="pagenum"><a name="Page_90" id="Page_90">[90]</a></span>losofía,
-matemáticas, ciencias naturales, viajes, todo
-lo había leído en su rincón y todo lo había comprendido.</p>
-
-<p>Para D. Víctor, el canónigo Chirino era un amigo
-y un enemigo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah, canalla!&mdash;exclamaba.&mdash;¡Cómo te ocultas!
-¡Cómo te defiendes!</p>
-
-<p>El canónigo Chirino hacía juegos malabares en
-sus notas. Muchas veces interrumpía un pensamiento
-puesto al margen de una página y lo seguía en otra.</p>
-
-<p>Don Víctor comprendía la eficacia de la inquisición
-para ahogar este sentido de crítica y de duda.</p>
-
-<p>Chirino era uno de esos espíritus agudos, inquietos,
-vulnerantes, educados en las marrullerías de los
-casuístas, por los que tenía un odio y un desprecio
-terribles.</p>
-
-<p>Varias veces D. Víctor encontraba referencias á
-libros que no se hallaban en la biblioteca con la indicación
-de la página.</p>
-
-<p>Por las notas del canónigo esto parecía indicar
-que se encontraban allí y que los había consultado;
-sin embargo, D. Víctor no daba con ellos.</p>
-
-<p>Don Víctor hizo una nueva requisa y no encontró
-nada, hasta que por casualidad, empujando una tabla
-del fondo de un armario, ésta corrió un poco. Don
-Víctor agrandó la abertura y apareció una alacena
-formada en el hueco de la pared y llena de libros.</p>
-
-<p>Estaban allí las obras de Spinoza, el <i>Entendimiento
-Humano</i>, de Locke; el <i>Diccionario filosófico</i>,<span class="pagenum"><a name="Page_91" id="Page_91">[91]</a></span>
-de Voltaire; las <i>Cartas provinciales</i>, de Pascal; <i>El
-Espíritu del Clero</i> y <i>La impostura Sacerdotal</i>, del
-barón de Holbach; <i>Los Coloquios</i> y el <i>Elogio de la
-Locura</i> de Erasmo; el <i>Espíritu</i>, de Helvetius; la
-<i>Historia natural del alma</i>, de La Mettrie; el <i>Diccionario
-Crítico-burlesco</i>, de Gallardo, y otras obras
-francamente antirreligiosas.</p>
-
-<p>En esta alacena había también una colección de
-folletos y periódicos franceses y españoles liberales
-y varios números del <i>Amigo del Pueblo</i>, de Marat.</p>
-
-<p>En las notas de estos libros escondidos, el canónigo
-Chirino aparecía ya claramente como un incrédulo
-simpatizador de los enemigos de la Iglesia: espíritu
-satírico y zumbón que no respetaba nada.</p>
-
-<p>Don Víctor ante esta colección de libros prohibidos
-por la Iglesia vaciló en leerlos; pero decidido
-se lanzó á ellos.</p>
-
-<p>Para D. Víctor tuvieron aquellas obras el gran encanto
-de ser fruta prohibida.</p>
-
-<p>La impresión que le produjo la lectura del <i>Diccionario
-filosófico</i>, de Voltaire, fué imborrable. La
-proximidad que tenían para Voltaire las controversias
-religiosas hacía que D. Víctor leyera la obra
-como un escrito del día.</p>
-
-<p>Aquella anécdota que cuenta tan graciosamente
-Voltaire, en la que Pico de la Mirandola dice al
-propio Papa Alejandro VI que cree que su Santidad
-no es cristiano, y el Papa reconoce de buen
-grado lo que dice Pico, le dejó atónito.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_92" id="Page_92">[92]</a></span></p>
-
-<p>A pesar de que D. Víctor comprendía la sagacidad,
-la erudición y el buen sentido de Voltaire, no
-quería seguirle, y le indignaba como una cosa personal,
-como una injuria hecha á la familia, la veneración
-del canónigo Chirino por él. Chirino acompañaba
-al patriarca de Ferney en sus notas marginales
-con una unción, con un respeto que irritaban á don
-Víctor. Apenas se atrevía á indicar una inexactitud
-y á señalar algún ligero olvido de su ídolo.</p>
-
-<p>&mdash;Lo que no concede á los doctores de la Iglesia,
-lo concede á Voltaire&mdash;decía amargamente don
-Víctor.</p>
-
-<p>Y esto le molestaba más que como una herejía,
-como una traición al espíritu de cuerpo, tan fuerte en
-los curas.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_93" id="Page_93"></a></span></p>
-
-
-
-
-<h3 id="I_VIII">VIII.<br />
-SU MAJESTAD EL ODIO</h3>
-
-
-<p>El nuevo penitenciario, D. Juan Sansirgue, se estableció
-á sus anchas en casa de Ginés Diente el
-pertiguero. Pronto se vió no era de la raza de los
-hombres como el canónigo Chirino, aficionados á la
-lectura y á la soledad.</p>
-
-<p>Sansirgue pasaba poco tiempo leyendo en su despacho;
-comía mucho, bebía bien, escribía con frecuencia
-largas cartas y á todas horas se le veía entrar y
-salir en el palacio del obispo.</p>
-
-<p>Sansirgue no tenía la amabilidad de Chirino ni la
-llaneza de Rizo. No se paraba un momento en el taller
-de Damián, ni acariciaba á los chicos en la calle,
-ni quiso dar una limosna al <i>Degollado</i>, que se pasó
-varias horas por la tarde cantando oraciones á la
-puerta. Sansirgue ahuyentó de su cuarto al espíritu
-familiar de la casa, al infernal Astaroth, con su traje
-negro y sus ojos de oro.</p>
-
-<p>Sansirgue no quiso tampoco tener intimidad con<span class="pagenum"><a name="Page_94" id="Page_94">[94]</a></span>
-familia del pertiguero. Supo que en casa de la Dominica
-había un capellán de un convento de monjas
-de huésped; pero no le dió importancia ni pensó
-en conocerle, ni menos en convidarle alguna vez á su
-mesa.</p>
-
-<p>Don Víctor no le perdonó el desvío, y desde aquel
-momento comenzó á sentir por el penitenciario uno
-de esos odios clericales profundos y contenidos.</p>
-
-<p>Don Juan y D. Víctor tenían que sentirse hostiles.
-D. Juan, hombre de suerte, al mes de estar en
-Cuenca entraba en todas partes, tenía influencia, era
-de los familiares del obispo y subía como la espuma;
-en cambio, D. Víctor parecía la representación
-de la desdicha.</p>
-
-<p>Una de las cosas que indudablemente se refleja
-mejor en el rostro es el éxito ó el fracaso.</p>
-
-<p>La fisonomía del penitenciario tomaba una expresión
-de contento y de triunfo á medida que adquiría
-importancia; en cambio, la del capellán de monjas era
-un puro vinagre. Su nariz iba adquiriendo el aspecto
-de un pico, y su color verdinegro se hacía cada vez
-más obscuro y bilioso.</p>
-
-<p>Don Víctor, que columbraba desde una de las rejas
-de su cuarto la habitación de Sansirgue, comenzó
-á espiarle. Le veía pasear, escribir cartas, fumar
-sentado en la butaca. Si el penitenciario predicaba,
-sabía de dónde había tomado las frases de su
-último sermón, las citas que había equivocado y los
-errores de concepto que había vertido. Sabía, ade<span class="pagenum"><a name="Page_95" id="Page_95">[95]</a></span>más,
-quién le visitaba y lo que hacía hora por hora.
-Sansirgue era muy visitado y consultado.</p>
-
-<p>El penitenciario era un hombre caído con buen
-pie en la ciudad. En su confesonario las señoras hacían
-cola para confesarse con él; en el púlpito había
-tenido gran éxito. Se le consideraba como orador de
-fuerza. Era de los predicadores que gritan y apostrofan,
-y que son los más admirados. El público de
-los sermones no acepta más que el sermón almibarado
-ó el colérico, y, generalmente, éste le gusta más.</p>
-
-<p>Sansirgue extremaba su nota colérica; era de los
-declamadores dionisíacos, insultaba, amenazaba,
-arrastraba por el fango á sus oyentes, sobre todo á las
-mujeres, para quienes manifestaba su mayor desprecio.</p>
-
-<p>La figura tosca y plebeya de aquel hombre, sus
-gritos, sus apelaciones á la cólera divina entusiasmaban.
-Cuando golpeaba el púlpito con sus manos de
-patán y pintaba los horrores del infierno, las mujeres
-suspiraban y se oían lamentos y quejidos ahogados
-en el ámbito de la catedral.</p>
-
-<p>Este sentido de esclavitud, propio de la mujer y
-más de la mujer católica, hizo que las señoras de
-Cuenca se entusiasmasen y se acercasen con admiración
-á aquel ensoberbecido patán.</p>
-
-<p>Uno de los sitios donde fué presentado y recibido
-con entusiasmo Sansirgue fué en casa de Doña Cándida,
-la madrastra de Asunción.</p>
-
-<p>El penitenciario, al conocer aquella mujer, vió<span class="pagenum"><a name="Page_96" id="Page_96">[96]</a></span>
-pronto su flaco. Poseía Sansirgue esa sagacidad que
-los hombres de iglesia, y sobre todo los jesuítas, han
-desarrollado en la práctica del confesonario; tenía
-también la mala opinión que los curas tienen casi
-siempre de las mujeres, opinión que según los bromistas
-proviene de la comunidad de faldas.</p>
-
-<p>La intimidad entre Doña Cándida y Sansirgue
-fué haciéndose mayor; el penitenciario tomó la costumbre
-de ir á la casa de la Sirena todos los días por
-las mañanas y después al anochecer, y por la puerta
-del callejón, para que no le viesen.</p>
-
-<p>No era seguramente raro ni extraño en un pueblo
-de clerecía el que un cura visitara á una señora rica,
-ni aun siquiera que la galantease; lo que sí pareció
-extraordinario fué que inmediatamente se comenzara
-á murmurar y á contar mil cuentos en todo el pueblo
-de las relaciones entre Doña Cándida y el canónigo.</p>
-
-<p>La causa de una expansión tan rápida de la maledicencia
-se debió á una vecina y antigua amiga de
-la Cándida, que tenía una confitería frente por frente
-de la casa de la Sirena.</p>
-
-<p>La confitera había prestado al abuelo de Asunción,
-D. Diego Cañizares, por dos veces, cinco mil
-pesetas en hipoteca sobre la casa de la Sirena en
-pacto de retroventa, y ya la miraba como suya.</p>
-
-<p>El tener la hermosa casa de piedra sillería delante
-había dado á la confitera una gran ambición de
-poseerla. Había hecho sus proyectos de trasladar su
-establecimiento á casa de la Sirena, ensanchar el ta<span class="pagenum"><a name="Page_97" id="Page_97">[97]</a></span>ller
-y alquilar los pisos altos. Este plan, acariciado
-días y noches con tenacidad en la calma de la
-vida provinciana, se frustró y se desvaneció al casar
-D. Diego á su hijo con la Cándida.</p>
-
-<p>El <i>Zamarro</i> proporcionó el dinero necesario para
-levantar la hipoteca, y su hija se quedó á vivir en
-casa de la Sirena.</p>
-
-<p>Desde entonces la confitera dedicó á su antigua
-amiga el más profundo odio; consideraba que le había
-robado la casa. De la rabia, enflaqueció, palideció,
-quedó hecha un espectro.</p>
-
-<p>La confitera comenzó á tratar á su marido, que era
-un pobre calzonazos, alto y triste, á puntapiés.</p>
-
-<p>Por envidia y por celos, día y noche se puso á
-espiar á la Cándida desde el fondo de la tienda y
-desde las ventanas de su primer piso. La veía vestirse,
-peinarse, adornarse; aquilataba los detalles más
-pequeños de la indumentaria y del tocado. La Cándida
-no sospechaba que en la casa de enfrente latiera
-un odio tan profundo contra ella.</p>
-
-<p>En estos pueblos tranquilos, donde pasan pocas
-cosas ó no pasa nada, fermenta el odio y la envidia
-con una enorme virulencia.</p>
-
-<p>En la vida de las ciudades y de los pueblos pequeños
-apenas se da un caso de amor fuera de inclinación
-sexual; en cambio el odio inmotivado crece
-con una lozanía extraordinaria.</p>
-
-<p>El ingenuo que descubre este fondo de odio se
-pregunta: ¿Qué motivo puede haber para ello? Nin<span class="pagenum"><a name="Page_98" id="Page_98">[98]</a></span>guno.
-El motivo de existir otros hombres y otras mujeres
-es suficiente.</p>
-
-<p>Es curioso cómo se odia en los pueblos, y cómo,
-debajo de la farsa cristiana de la caridad y del amor
-al prójimo, aparece de la manera más descarnada y
-terrible la envidia y el odio. Probablemente, sólo la
-vanidad y el deseo de lucir pueden mitigar este odio
-nacido del fondo del hombre.</p>
-
-<p>La exaltación de las pasiones sociales es, sin duda,
-lo único que ha de moderar el egoísmo.</p>
-
-<p>La mayor posibilidad de que el rico propietario
-sea un tanto humano es que se sienta vanidoso. Así,
-si tiene hermosos caballos, querrá que los vean los
-demás; si posee un bello parque, hará que la gente
-lo pueda contemplar; en cambio, el buen rico, cristiano,
-modesto y no vanidoso, cerrará su huerto con
-una alta tapia, y además la erizará de pedazos de
-cristal.</p>
-
-<p>Hay que reconocer que esta predicación cristiana,
-con su palabrería mística, al cabo de veinte siglos
-no ha conseguido no ya que los hombres se amen
-un poco los unos á los otros, sino ni siquiera que esos
-pobres ricos cristianos no pongan unos agudos pinchos
-y unos hermosos cristales en las tapias de sus
-propiedades para desgarrar las manos de los rateros
-y de los vagabundos que intenten coger una fruta.</p>
-
-<p>En los pueblos donde no hay apenas pasiones sociales
-el odio y la envidia predominan.</p>
-
-<p>Si se pudiera recoger la oleada de rabia y de ren<span class="pagenum"><a name="Page_99" id="Page_99">[99]</a></span>cor
-contenida en una aldea ó en una ciudad pequeña,
-se quedaría uno asombrado. En las grandes ciudades
-hay, sin duda, más vicios, más irregularidades y anomalías;
-pero tanta cantidad de odio, tanta virulencia,
-imposible...</p>
-
-<p>Las dos personas que olfatearon al momento la
-intimidad de la Cándida y Sansirgue fueron las dos
-personas que más les odiaban: la confitera y don
-Víctor.</p>
-
-<p>La confitera contó á todo el mundo lo que había
-visto: las entradas en la casa, á escondidas, de Sansirgue;
-las cartas que se cruzaban entre la viuda y el
-canónigo, las golosinas, y sobre todo, la cantidad de
-anisete y de licores que llevaba Adela, la doncella,
-para su ama.</p>
-
-<p>La confitera propaló la voz de que Doña Cándida
-era aficionada al vino y á los licores. Una semana después,
-todo el mundo en Cuenca llamaba á la Cándida
-la <i>Canóniga</i>, decía que era borracha y que estaba
-enredada con el penitenciario.</p>
-
-<p>Años antes había habido una obispa; luego, una
-capuchina; después, una vicaria, y por último, una
-canóniga.</p>
-
-<p>Para pueblo de clerecía, no era mucho.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_100" id="Page_100"></a>
-<a name="Page_101" id="Page_101"></a></span></p>
-
-
-
-
-<h3 id="I_IX">IX.<br />
-UN ROMANCE ANÓNIMO</h3>
-
-
-<p>Desde que Miguelito cambió de vida y formalizó
-sus relaciones con Asunción iba con mucha frecuencia
-á ver al cura D. Víctor y á charlar con él.</p>
-
-<p>Los amigos del ex calavera lo habían abandonado,
-y tomaron como cabeza del grupo al capitán Lozano,
-un jugador empedernido, borracho, alegre é inconsciente.</p>
-
-<p>El escudero Garcés vagaba por Cuenca, como
-alma en pena, sin saber qué hacer, y cuando estaba
-muy apurado pedía á su antiguo amo un par de pesetas
-para ir pasando.</p>
-
-<p>Don Miguelito y D. Víctor hablaron varias veces
-de lo que se empezaba á murmurar de la Cándida y
-del penitenciario.</p>
-
-<p>Miguelito se alarmaba pensando en su novia, colocada
-entre el odio de la madrastra y de la abuela.
-Suponía que cualquier día Doña Gertrudis iba á provocar
-un escándalo á la <i>Canóniga</i>.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_102" id="Page_102">[102]</a></span></p>
-
-<p>Don Víctor se dedicó á espiar á Sansirgue. Lo
-consideraba peligroso.</p>
-
-<p>Desde su cuarto podía oírle, y desde la reja verle
-á través del patio.</p>
-
-<p>Conocía los hábitos del canónigo.</p>
-
-<p>&mdash;<i>Latet anguis in herba</i>&mdash;decía D. Víctor, y pensaba
-que aquella serpiente escondida entre la hierba
-había de hacer algún daño y producir grandes males.</p>
-
-<p>Un día D. Miguelito contó á su amigo D. Víctor
-que doña Gertrudis había tenido al fin una explicación
-borrascosa con la Cándida.</p>
-
-<p>En su disputa se dijeron las dos cosas muy duras.
-D. Víctor, en parte por mala intención, y también
-por favorecer á su amigo, escribió un romance, del
-que pensó hacer tres copias, y mandarlas una á la
-Cándida, otra al obispo y otra á Sansirgue. El romance
-se llamaba <i>A la Canóniga</i>, y empezaba así:</p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry"><div class="stanza">
-<div class="line i1">En un caserón vetusto</div>
-<div class="line">más alto que la Mangana,</div>
-<div class="line">más negro que un solideo</div>
-<div class="line">y un escudo en la fachada</div>
-<div class="line">con un sol, una sirena,</div>
-<div class="line">dos dardos y una granada,</div>
-<div class="line">una vieja pergamino,</div>
-<div class="line">siete lustros en cada anca,</div>
-<div class="line">echando lumbre los ojos</div>
-<div class="line">y temblándole la barba,</div>
-<div class="line">á su zamarresca nuera</div>
-<div class="line">enderezó esta soflama:</div>
-<div class="line">"Nunca fueron tradiciones</div>
-<div class="line"><span class="pagenum"><a name="Page_103" id="Page_103">[103]</a></span>de las fembras de mi casa</div>
-<div class="line">servir en la clerecía</div>
-<div class="line">á tenor de barraganas.</div>
-<div class="line">Nunca doncellas ni viudas,</div>
-<div class="line">ni casadas, sin ser santas,</div>
-<div class="line">fueron <i>viribus et armis</i></div>
-<div class="line">sin gracia canonizadas.</div>
-<div class="line">Non son los limpios blasones</div>
-<div class="line">de vieja estirpe <i>fidalga</i></div>
-<div class="line">el contar en ella obispas,</div>
-<div class="line">canónigas ni vicarias".</div>
-</div></div></div>
-
-
-
-<p>Después de largas insinuaciones malévolas, en que
-aparecían D. Juan y la <i>Canóniga</i>, concluía diciendo
-la vieja á su nuera en el romance del cura:</p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry"><div class="stanza">
-<div class="line i1">"Marchad, señora canóniga,</div>
-<div class="line">al cabildo ó á la tasca,</div>
-<div class="line">que si no os marcháis aína</div>
-<div class="line">yo os echaré noramala".</div>
-</div></div></div>
-
-<p>Terminado y corregido el borrador, D. Víctor hizo
-las tres copias, desfigurando la letra, las escribió en
-trozos de papel antiguo, y las envió al obispo, á la
-Cándida y al penitenciario.</p>
-
-<p>Al día siguiente se puso á estudiar el efecto.</p>
-
-<p>El canónigo volvió de la catedral tarde; estaba
-preocupado. Después de comer no salió de casa, y
-anduvo paseando arriba y abajo por el cuarto.</p>
-
-<p>Sansirgue, al leer el romance, quedó al principio
-atónito; después se puso á cavilar quién podía ser
-el autor de estos versos.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_104" id="Page_104">[104]</a></span></p>
-
-<p>Su instinto le decía que aquel papel provenía de
-algún clérigo. ¿Pero de quién? No tenía ningún enemigo,
-no conocía tampoco á nadie aficionado á satirizar
-en verso á la gente. El que había escrito aquéllos
-había, sin duda, leído é imitado los romances de
-Quevedo.</p>
-
-<p>El autor de <i>A la Canóniga</i> demostraba una malevolencia
-grande, cierta facilidad de pluma que no tenían
-sus colegas, y un desprecio por el clero poco
-natural.</p>
-
-<p>Por exclusión, vino á creer Sansirgue que el autor
-del romance era Miguelito Torralba. No podía comprender
-una imprudencia así en D. Miguelito. Sin
-embargo, no encontraba otro á quien achacar la culpa.
-Miguel había escrito antes <i>Las Comadres de
-Cuenca</i> en el mismo estilo; él, sin duda, era el autor
-de los versos <i>A la Canóniga</i>.</p>
-
-<p>Sansirgue quedó preocupado y asustado. Al mismo
-tiempo sintió un feroz instinto de vengarse.</p>
-
-<p>Se veía cazado como un conejo; comprendía que
-había dado un mal paso, que su carrera podía truncarse.
-Como buen plebeyo ansioso de una posición
-elevada, temblaba pensando en la opinión ajena, y
-este miedo le excitaba más la furia vengativa.</p>
-
-<p>¡Ah! ¡Si hubiera conocido al autor! ¡Se hubiera
-lanzado á él á deshacerlo, á pulverizarlo! D. Juan
-supo que la Cándida había recibido un papel igual,
-y Portillo el secretario del obispo, amigo de Sansirgue,
-le entregó, sonriendo con cierta sorna, otro.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_105" id="Page_105">[105]</a></span></p>
-
-<p>El penitenciario estuvo ocho días inquieto, entregado
-al miedo, á la desesperación y á la ira. D. Víctor
-le oía pasear arriba y abajo, como un lobo en la
-jaula.</p>
-
-<p>Sansirgue dejó de ir á casa de la viuda: temía mucho
-que ésta hiciese alguna tontería comprometedora;
-pero la Cándida discurría como mujer, y como
-mujer solicitada y guapetona; y al ver que el canónigo
-la abandonaba aceptó los homenajes del capitán
-Lozano, el jefe de los calaveras del pueblo,
-y sustituto en este transcendental puesto de D. Miguelito.</p>
-
-<p>Sansirgue, que no tenía afecto ninguno por la
-viuda, se alegró.</p>
-
-<p>&mdash;La viuda se entiende con el capitán&mdash;le dijo
-Portillo á Sansirgue, unos días después&mdash;. Aproveche
-usted esta conyuntura. Escríbala usted, hágase usted
-antipático á ella, y luego visítela usted.</p>
-
-<p>Sansirgue escribió un anónimo á la Cándida, acusándose
-á sí mismo de que hablaba mal de ella.</p>
-
-<p>A los pocos días la hizo una visita. La Cándida
-le recibió muy mal y Sansirgue salió cariacontecido.
-En varios sitios manifestó hipócritamente su tristeza
-al ver que no había podido llevar por buen camino
-á la viuda, y mucha gente lo creyó.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_106" id="Page_106"></a>
-<a name="Page_107" id="Page_107"></a></span></p>
-
-
-
-
-<h3 id="I_X">X.<br />
-LA JUNTA REALISTA</h3>
-
-
-<p>Cuando en 1822 se fué viendo en España el fracaso
-y la debilidad del Gobierno Constitucional,
-comenzaron á formarse juntas absolutistas en casi
-todas las capitales de provincia.</p>
-
-<p>En Cuenca se constituyó la Junta Realista en el
-obispado. El obispo, un viejo raído y rapaz, puso
-la diócesis á contribución; recibió dinero de la provincia
-y de fuera, y guardando parte, entregó cincuenta
-mil reales para los primeros trabajos de los
-realistas puros.</p>
-
-<p>El secretario Portillo comenzó la organización de
-la Junta, de la que formaron parte los canónigos Salazar,
-Gamboa, Perdiguero, Sansirgue, Trúpita y Sagredo.</p>
-
-<p>Todo el clero y las personas visibles de la ciudad
-se adhirieron á la Junta.</p>
-
-<p>La ciudad alta, en bloque, se manifestó absolutista
-y enemiga del Gobierno; en el arrabal se experi<span class="pagenum"><a name="Page_108" id="Page_108">[108]</a></span>mentó
-cierta agitación entre los constitucionales que
-se desvaneció en figuras retóricas de la época.</p>
-
-<p>Como el obispado y el clero temían la responsabilidad,
-en caso de fracaso, la Junta delegó sus poderes
-en tres representantes ó testaferros que se pondrían
-en comunicación con la gente.</p>
-
-<p>Después de muchas vacilaciones fueron nombrados:
-el Chantre, brazo de Portillo, para entenderse
-con el clero; D. Miguelito, para avistarse con el elemento
-civil, y el capitán Lozano, para el militar.</p>
-
-<p>Esta comisión comenzó á funcionar y á reunirse
-en una casa antigua medio arruinada de la calle de
-los Canónigos, en cuya puerta, en el dintel, se leía
-una hermosa inscripción en letra gótica. Esta casa
-había pertenecido al Arcipreste de Moya.</p>
-
-<p>La comisión terminó sus gestiones rápidamente; y
-en la segunda sesión de la Junta Realista, celebrada
-en el obispado, cada uno de los delegados explicó
-sus trabajos.</p>
-
-<p>El Chantre dijo que había recibido más de quinientas
-cartas de curas de pueblo dispuestos á lanzarse
-al campo, formando partidas. Aun pensaba
-que llegarían á más las adhesiones.</p>
-
-<p>El obispo prometió dar otros cincuenta mil reales
-para que se compraran armas, y que además, dirigiría
-una pastoral comunicada á los curas de la diócesis.</p>
-
-<p>Después del Chantre, D. Miguelito explicó su
-gestión. Excepto el jefe político, todos los demás<span class="pagenum"><a name="Page_109" id="Page_109">[109]</a></span>
-empleados estaban dispuestos á derribar el Régimen
-constitucional.</p>
-
-<p>&mdash;Las condiciones que ponen son éstas&mdash;señaló
-Miguel&mdash;: El contador de la policía quiere ser ascendido
-á comisario ordenador; el Cachorro, Salinier y
-Alaminos dicen que fiarán el dinero necesario si se
-les nombra después intendentes de ejército; José
-Auzá aspira á ser contador de la policía; el armero de
-la Ventilla, el <i>Zagal</i>, dice que proporcionará armas
-á los voluntarios si le conceden el retiro de sargento
-á que tiene derecho; los demás empleados y paisanos
-adheridos están en esta lista cada cual con sus condiciones.</p>
-
-<p>Después de D. Miguelito habló el capitán Lozano.
-Este no había tenido dificultades: la guarnición
-se hallaba dispuesta á pasarse al campo realista
-desde el momento que hubiese garantías de éxito.
-Las condiciones eran: el coronel sería ascendido á
-general; los dos comandantes del batallón, á jefes de
-brigada; los capitanes Lozano, Arias y Vela, á comandantes;
-los tenientes, á capitanes, y los sargentos,
-á oficiales.</p>
-
-<p>Aprobados en la Junta los trabajos de los delegados,
-siguieron éstos maniobrando; el pueblo lo tenían
-por suyo: los dos secretarios de policía y los tres celadores
-obedecían á la Junta Realista más que al
-jefe político.</p>
-
-<p>El pueblo entero estaba preparado para levantarse
-contra el Gobierno á la primera señal.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_110" id="Page_110"></a>
-<a name="Page_111" id="Page_111"></a></span></p>
-
-
-
-
-<h3 id="I_XI">XI.<br />
-UN SERMÓN DE SANSIRGUE</h3>
-
-
-<p>Siendo éste el espíritu de las personalidades de
-Cuenca, no era de extrañar que la plebe fanática y
-brutal se encontrase soliviantada.</p>
-
-<p>Al saberse la expedición de Bessieres y de los
-demás cabecillas realistas hacia el centro de España,
-la gente se alborotó.</p>
-
-<p>Contribuía á ello la época, que era de Cuaresma,
-y la cruzada que los curas, y sobre todo los frailes,
-hacían desde los púlpitos y confesonarios.</p>
-
-<p>Era una oratoria de energúmenos la que utilizaban
-los frailes en sus sermones: gritos, pasmos, insultos,
-chocarrerías, absurdos, todo se consideraba como
-buen medio para atacar el liberalismo y la Constitución.</p>
-
-<p>Cuál sería el sistema de predicación frailuna, que
-los curas más fanáticos quedaban como tibios y poco
-fervorosos en la defensa de las prerrogativas del trono
-y del altar.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_112" id="Page_112">[112]</a></span></p>
-
-<p>El secretario Portillo, que no encontraba bien que
-el clero secular fuese así oscurecido por el regular,
-encargó al canónigo magistral Gamboa pronunciara
-un sermón enérgico. El magistral quiso hacerlo; pero
-le faltaban medios oratorios: tenía la voz seca, el
-ademán frío, y el público no se entusiasmó con su
-oración.</p>
-
-<p>Entonces Portillo encargó á Sansirgue otro sermón,
-recomendándole diera la nota aguda.</p>
-
-<p>&mdash;Aunque se comprometa usted un poco no le
-importe&mdash;dijo Portillo&mdash;. El Gobierno no se atreve
-con nosotros.</p>
-
-<p>&mdash;No le tengo miedo.</p>
-
-<p>&mdash;Puede usted desmandarse impunemente. Hágalo
-usted así como si las frases se le escaparan á usted
-involuntariamente, <i>ex abundantia cordis</i>. Le conviene
-esto. Con la alocución la gente olvidará las hablillas
-de las que doña Cándida y usted han sido
-víctimas.</p>
-
-<p>Esta palabra víctimas, el secretario del obispo la
-recalcó con cierta ironía.</p>
-
-<p>Sansirgue aceptó el pensamiento de Portillo y se
-puso á preparar su plática, tomando párrafos de aquí
-y de allí, en la colección de sermones que guardaba
-Chirino. Escribió el comienzo y el final de su discurso
-y se los aprendió de memoria.</p>
-
-<p>El secretario hizo correr la voz por el pueblo de
-que el sermón del penitenciario produciría gran efecto,
-y el domingo el público llenó la catedral.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_113" id="Page_113">[113]</a></span></p>
-
-<p>Don Víctor fué de los que con más atención contempló
-á su orgulloso compañero de hospedaje. Estaba
-con Miguel y Luis Torralba cerca de una columna
-de la nave central.</p>
-
-<p>Subió Sansirgue las escaleras del púlpito con un
-aire de orgullo, de terquedad y de dominio.</p>
-
-<p>&mdash;Es un patán que va á trabajar al campo&mdash;dijo
-D. Víctor&mdash;no el inspirado que se dispone á hablar
-al pueblo desde la montaña.</p>
-
-<p>Comenzó su discurso Sansirgue con una voz ronca
-y áspera que quería ser insinuante. No dominaba
-bastante la técnica oratoria para redondear los períodos,
-ni se valía con oportunidad de los silencios
-estudiados y sabios, ni tenía ademanes sencillos; no
-sabía hacer un sermón de orador artista, pero estuvo
-relativamente bien.</p>
-
-<p>Rezó después, y al levantarse comenzó la segunda
-parte del discurso. Se vió aquí que ya no repetía
-lo aprendido de memoria, sino que improvisaba. Las
-oraciones salían á veces cojas y defectuosas, las
-repeticiones abundaban; pero la temperatura del sermón
-subía y llenaba la nave de la catedral. La cólera
-daba elocuencia y fuerza al penitenciario. Su
-voz se había entonado, caldeado, y vibraba en el
-ámbito de la iglesia como una trompeta guerrera.</p>
-
-<p>Dijo que los liberales eran ateos, sacrílegos, impíos,
-vasos de todo crimen é impureza, dignos de
-los mayores tormentos, serpientes venenosas, perros
-sarnosos; que la Filosofía era la ciencia del mal, que<span class="pagenum"><a name="Page_114" id="Page_114">[114]</a></span>
-con los impíos no se debía tener unión ni en el sepulcro.</p>
-
-<p>Pintó á los liberales como monstruos que se acercaban
-traidora y cobardemente á atacar el trono y
-el altar, y exhortó á los fieles á que salieran á la defensa
-de los sacrosantos principios de la Religión y
-de la Monarquía con todos los medios y con todas
-las armas.</p>
-
-<p>Esta segunda parte de su oración la dijo Sansirgue
-con una violencia extraordinaria, gritando y levantando
-los brazos al cielo, dando puñetazos al borde
-del púlpito. Parecía que quería clavar sus ideas
-á golpes de martillo en la cabeza de los fieles.</p>
-
-<p>Sansirgue, después de esta hora de gritos é improperios,
-sudaba y estaba sofocado. Su silueta fuerte
-y sanguínea aparecía roja y congestionada en el púlpito.</p>
-
-<p>Concluída su catilinaria, el canónigo tuvo un largo
-silencio y siguió de nuevo el sermón, ya con voz suave
-y cansada; comentó la frase del padre Alvarado,
-el filósofo rancio: "Más queremos errar con San Basilio
-y San Agustín que acertar como Descartes y
-Newton"; y afirmó que la verdad en boca de un filósofo
-liberal es siempre el error y la impostura, y el
-error en boca de un ministro del Señor puede ser la
-verdad. Con esto y una invocación á la Virgen acabó
-su discurso y bajó del púlpito.</p>
-
-<p>Don Víctor, á pesar de su enemistad, no pudo
-menos de reconocer que el sermón de Sansirgue era<span class="pagenum"><a name="Page_115" id="Page_115">[115]</a></span>
-el que se pedía en aquel momento. Todo el mundo
-decía que el penitenciario había estado admirable;
-los hombres se sentían entusiasmados y las viejas
-encantadas.</p>
-
-<p>&mdash;Si alguien ahora recuerda lo de la <i>Canóniga</i> se
-le tendrá por liberal&mdash;saltó Luis Torralba.</p>
-
-<p>&mdash;Ah, claro&mdash;dijo D. Víctor.</p>
-
-<p>&mdash;Es una bonita manera de discurrir&mdash;añadió
-Luis&mdash;. Le dicen á uno: "Tu héroe es liberal, pero
-es un ladrón y lo voy á probar." Es que tú eres
-absolutista. "Tu héroe es absolutista, pero es un
-bandido." Es que tú eres liberal.</p>
-
-<p>&mdash;Qué quieres&mdash;murmuró D. Víctor&mdash;. El pueblo
-discurre así; tiene que ser amo ó esclavo, y si
-alguien independiente se le pone en el camino á
-decirle la verdad lo odia y lo desprecia.</p>
-
-<p>&mdash;La Iglesia en ese sentido debe ser también muy
-pueblo&mdash;dijo Luis Torralba.</p>
-
-<p>Don Víctor refunfuñó y no replicó nada claro.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_116" id="Page_116"></a>
-<a name="Page_117" id="Page_117"></a></span></p>
-
-
-
-
-<h3 id="I_XII">XII.<br />
-LA ALARMA DE BESSIERES</h3>
-
-
-<p>Cuando Jorge Bessieres vió cerrado el camino de
-Madrid y sus tropas dispersadas, decidió separarse
-de los demás cabecillas y tomar, á poder ser, una importante
-plaza fortificada. Cuenca era la que estaba
-en mejores condiciones para un golpe de mano, y á
-ella dirigió sus miras.</p>
-
-<p>Bessieres se enteró de que existía en Cuenca una
-Junta realista, y la envió un oficio dándole cuenta de
-sus planes.</p>
-
-<p>Este oficio lo recibieron el Chantre, Miguelito y
-el capitán Lozano, y lo tomaron en consideración.</p>
-
-<p>Al mismo tiempo, O'Donnell oficiaba al jefe político
-comunicándole la dirección que llevaba Bessieres,
-y Aviraneta por orden del Empecinado enviaba
-una carta al alcaide de comuneros de Cuenca, explicándole
-con detalles la huída de Bessieres, de
-Priego y de Huete, y advirtiéndole que llevaba pocas
-fuerzas.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_118" id="Page_118">[118]</a></span></p>
-
-<p>Por tres conductos y á tres centros diferentes llegó
-la noticia de la alarma de Bessieres.</p>
-
-<p>Los representantes de la Junta realista decidieron
-mandar un aviso al cabecilla francés, indicándole que
-al acercarse á Cuenca se avistarían con él y verían
-la manera de que los realistas se apoderaran de la
-ciudad.</p>
-
-<p>Pensaron en enviar un propio; pero Miguelito dijo
-que era mejor se presentara él al general realista.</p>
-
-<p>Miguelito así lo hizo; inventó un pretexto para no
-alarmar á la familia y á la novia, y de noche, á caballo,
-escoltado por Garcés el <i>Sevillano</i>, que se había
-vuelto á reunir con él, se presentó en el campamento
-del francés.</p>
-
-<p>Bessieres le recibió muy amablemente; Bessieres
-debió quedar bien impresionado del aire de seguridad
-y de dominio de Miguelito, y le habló como á
-un hombre que venía á proponerle una cosa importante.</p>
-
-<p>El advenedizo francés tenía simpatía por la gente
-improvisada, y creyó encontrar en Torralba un buen
-auxiliar, un hombre como él, sin prejuicios ni supersticiones
-de moral.</p>
-
-<p>Bessieres le dijo á Miguelito que volviera á Cuenca
-y le trajera un plan bien meditado para apoderarse
-de la ciudad. Si lo conseguía, haría que inmediatamente
-se le nombrara capitán y que al año fuera
-comandante.</p>
-
-<p>Don Miguelito volvió entusiasmado á Cuenca y<span class="pagenum"><a name="Page_119" id="Page_119">[119]</a></span>
-lleno de grandes esperanzas. Se reunió en seguida con
-el Chantre y con el capitán Lozano, y entre los tres
-comenzaron á hacer gestiones para madurar un plan.
-Luis Torralba, al saberlo, desaprobó la actitud de
-su hermano.</p>
-
-<p>&mdash;¿Has sido liberal y ahora por conveniencia vas
-á tomar partido con los absolutistas? Me parece mal,
-muy mal.</p>
-
-<p>Miguel quiso explicar su conducta; pero esto era
-explicar lo inexplicable.</p>
-
-<p>El jefe político, al conocer la noticia de la aproximación
-de Bessieres, llamó al comandante de la
-plaza, y al decirle éste se redoblaría la vigilancia, se
-tranquilizó.</p>
-
-<p>No se quedó tan tranquilo el alcaide de los comuneros,
-á quien había escrito Aviraneta por orden del
-Empecinado.</p>
-
-<p>El tal alcaide era al mismo tiempo jefe de la Milicia
-nacional, y se llamaba Cepero, el ciudadano Cepero.</p>
-
-<p>El ciudadano Cepero no hubiera sido muy temible
-para los absolutistas sino hubiera tenido un hijo
-furioso jacobino.</p>
-
-<p>Cepero, padre, hombre ordenancista y poco inteligente,
-suponía que las órdenes de la Confederación
-de comuneros eran dictadas por grandes sabios.</p>
-
-<p>Cepero, padre, en el fondo hombre incapaz de
-discurrir por su cuenta, creía lo que le decían. Tenía
-un almacén de harinas en el arrabal, y era due<span class="pagenum"><a name="Page_120" id="Page_120">[120]</a></span>ño
-de tierras, algunas procedentes de las ventas de
-los bienes monacales.</p>
-
-<p>Cepero, hijo, era entonces un joven de unos veintitrés
-años, sombrío y ambicioso. Hubiera querido
-dominar el pueblo por el terror; pero no tenía medios
-ni colaboradores, porque los demás liberales no pasaban
-de ser pobre gente, entre la que había varios
-que se habían hecho milicianos por envidia ó por utilidad.</p>
-
-<p>El ciudadano Cepero supo las noticias de la persecución
-y fuga de Bessieres, desde Guadalajara, por
-Sacedón y Priego, y que las huestes realistas se habían
-dividido.</p>
-
-<p>Bessieres no llegaba á contar más que con unos
-mil quinientos hombres. De acercarse con las fuerzas
-reunidas de los cabecillas realistas, Cuenca, con su
-guarnición y la milicia, no hubiera podido resistir;
-pero con tan poca gente, la cosa variaba.</p>
-
-<p>&mdash;Creo que le haremos frente á Bessieres&mdash;dijo
-Cepero solemnemente á su hijo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Bah!&mdash;contestó éste&mdash;. ¿Usted cree que podemos
-contar con la guarnición?</p>
-
-<p>&mdash;Yo, sí.</p>
-
-<p>&mdash;Pues está usted en un error.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué?</p>
-
-<p>&mdash;Porque la guarnición de Cuenca está vendida
-á los absolutistas.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué falsedad! ¡Qué calumnia!</p>
-
-<p>&mdash;Nada de eso. Realidad. El coronel, los dos<span class="pagenum"><a name="Page_121" id="Page_121">[121]</a></span>
-comandantes, el capitán Lozano, el capitán Arias...
-casi todas los oficiales están dentro de la conspiración;
-dispuestos á levantarse contra el Régimen.</p>
-
-<p>Y Cepero, hijo, dió una porción de detalles que
-demostraban los manejos realistas de los militares.</p>
-
-<p>Cepero, padre, temía á su hijo. Este le motejaba
-siempre de tibio y de moderado.</p>
-
-<p>Cepero, padre, se agitó; fué á ver á los oficiales liberales
-de la guarnición, reunió á la Milicia nacional
-y alarmó al jefe político.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_122" id="Page_122"></a>
-<a name="Page_123" id="Page_123"></a></span></p>
-
-
-
-
-<h3 id="I_XIII">XIII.<br />
-PROYECTOS</h3>
-
-
-<p>Don Miguelito, después de tener una larga conferencia
-con el Chantre y con el capitán Lozano, se
-avistó con el comandante de la plaza, y entre los dos
-discutieron varios proyectos para sorprender y apoderarse
-de Cuenca. Por último quedaron de acuerdo.</p>
-
-<p>La entrada de los absolutistas se verificaría por la
-puerta de San Juan, y de noche.</p>
-
-<p>El comandante mandaría á esta puerta al capitán
-Lozano con una sección, y tendría la tropa avisada
-para pronunciarse y prender á los oficiales, y desarmar
-á los soldados de la milicia nacional.</p>
-
-<p>A las doce de la noche, Miguelito se presentaría
-en la puerta de San Juan con un pelotón de soldados
-de caballería de Bessieres; daría el santo, la seña
-y la contraseña, y pasaría adentro. Un segundo pelotón
-entraría después, y por último, toda la fuerza
-realista.</p>
-
-<p>Aunque el plan era sencillo, había que combinar<span class="pagenum"><a name="Page_124" id="Page_124">[124]</a></span>
-muchas cosas y atar varios cabos para ponerlo en
-ejecución.</p>
-
-<p>Se decidió lo siguiente: á las diez de la noche se
-encendería una luz en una ventana alta del palacio
-del obispo, y otra, poco después, en la muralla, lo
-que querría decir: "Todo está preparado".</p>
-
-<p>Miguelito, en compañía de Garcés, se apostaría
-delante del convento de San Pablo.</p>
-
-<p>En el instante que vieran las dos señales, Garcés
-iría á avisar al campamento de Bessieres, y vendría
-con un escuadrón de lanceros. Dirigidos por Miguelito,
-darían la vuelta al pueblo, pasarían el puente de
-San Antón é irían á colocarse en la orilla derecha
-del Júcar; luego cruzarían el río por el puente de los
-Descalzos, volviendo de nuevo á la orilla izquierda,
-y de aquí subirían, al paso, divididos en varios pelotones,
-á la puerta de San Juan. Llamarían, y al preguntar
-los de dentro: "¿Quién?", contestarían con
-este santo y seña:</p>
-
-<p>&mdash;Daniel, Cuenca y Bessieres. <i>Debellare superbos.</i></p>
-
-<p>Esta frase de "debelar á los soberbios", en boca
-de un hombre como Miguel, era un poco absurda.</p>
-
-<p>Dicho el santo y seña, entrarían y avisarían para
-que pasaran las fuerzas de Bessieres. Se apoderarían
-del cuartel de infantería, próximo á la puerta de San
-Juan; desarmarían la milicia nacional, y prenderían á
-los oficiales afectos al Régimen.</p>
-
-<p>El plan era realmente fácil y muy asequible.</p>
-
-<p>Pasó un día, pasaron dos, y la Junta no dió la or<span class="pagenum"><a name="Page_125" id="Page_125">[125]</a></span>den
-de ejecución. Se esperaba no se sabía qué. Bessieres
-estaba impaciente.</p>
-
-<p>La causa del retraso fué que Portillo, á nombre
-del obispo, había escrito á la Junta Realista de Madrid
-pidiendo informes acerca de Bessieres y de su
-correría. Sin duda los informes no fueron del todo
-satisfactorios, porque el secretario del obispo apareció
-de pronto poco entusiasmado con la idea de
-entregar la ciudad á los realistas.</p>
-
-<p>Portillo consultó con Sansirgue, y le explicó el
-proyecto, en el cual D. Miguelito iba hacer el primer
-papel. Portillo aseguró que el proyecto estaba
-mal preparado, que era sospechoso porque había
-quien aseguraba que Bessieres se hallaba en relación
-con los masones, y que, á no ser por no perjudicar á
-un amigo como Miguel Torralba, lo hubiera denunciado
-al jefe político en un anónimo.</p>
-
-<p>Sansirgue, al oír esto, miró á Portillo con ansiedad.
-El secretario del obispo estaba impasible.</p>
-
-<p>Echada la semilla, germinó pronto. Sansirgue vió
-que podía hacer un servicio á Portillo, á quien consideraba
-omnipotente, y al mismo tiempo satisfacer
-su venganza contra Miguelito, que le había perjudicado
-en la carrera con sus versos <i>A la Canóniga</i>, y
-no vaciló. Se marchó á su casa, se encerró en su
-cuarto, y, después de redactar varias veces el aviso,
-escribió dos anónimos: uno al jefe político, otro al
-ciudadano Cepero.</p>
-
-<p>En los anónimos no omitía un detalle de cuanto<span class="pagenum"><a name="Page_126" id="Page_126">[126]</a></span>
-tramaban los conspiradores; citaba la lista de todos
-los que pertenecían á la Junta, incluso el suyo. Este
-rasgo de astucia le hizo suponer que nadie sospecharía
-de él. Logró también disfrazar la letra escribiendo
-con la mano izquierda.</p>
-
-<p>Don Víctor, que había visto ir y venir al penitenciario,
-ceñudo y preocupado, por su habitación, y
-que sabía, casi minuto por minuto, lo que hacía, redobló
-su espionaje. Sintió que estaba escribiendo.
-Cuando concluyó, Sansirgue salió de su casa, se fué
-al palacio del obispo, y D. Víctor esperó en la calle.
-Era ya el anochecer cuando salió el penitenciario.</p>
-
-<p>Don Víctor dejó el atrio y siguió á Sansirgue.
-Este avanzó, mirando á derecha é izquierda, se acercó
-al correo y echó una carta al buzón.</p>
-
-<p>Poco después volvió de nuevo á su casa, y media
-hora más tarde entró D. Víctor. El capellán pasó
-una porción de horas de insomnio pensando qué
-podía haber escrito el canónigo.</p>
-
-<p>Todo le hacía creer que era algo serio é importante;
-las cartas ordinarias se las llevaba Segundito,
-el paje; aquélla, ó aquéllas, las había echado él, y
-con gran cuidado de que nadie le viera. ¿Para qué
-tantas precauciones?</p>
-
-<p>Al día siguiente D. Víctor fué á ver al <i>Zagal</i>, al
-armero de la Ventilla.</p>
-
-<p>Este era amigo de uno de los secretarios de la
-policía, y por él había sabido que el complot de Miguelito
-acababa de ser descubierto.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_127" id="Page_127">[127]</a></span></p>
-
-<p>Inmediatamente D. Víctor supuso que D. Juan
-había delatado á los realistas.</p>
-
-<p>Al llegar á casa, á la hora de comer, expuso sus
-sospechas á Ginés y á la Dominica, y ésta sobre
-todo, rechazó con indignación tales suposiciones.</p>
-
-<p>Ginés, que no tenía grandes simpatías por el canónigo
-Sansirgue, dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Vamos á su cuarto cuando salga él, y veamos
-si queda algún indicio.</p>
-
-<p>Lo hicieron así: entraron en el cuarto, y no vieron
-nada. Ginés, que era un espíritu metódico, sacó la
-mampara de la chimenea, y vió sobre la piedra del
-hogar que había unas pavesas negras. Don Víctor
-las cogió con gran cuidado, y á la luz llegó á leer
-escritos con tinta varios nombres, entre ellos el de
-Torralba.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_128" id="Page_128"></a>
-<a name="Page_129" id="Page_129"></a></span></p>
-
-
-
-
-<h3 id="I_XIV">XIV.<br />
-CABILDEOS DE DON VÍCTOR</h3>
-
-
-<p>Don Víctor quedó convencido de la delación del
-canónigo.</p>
-
-<p>Pensó las providencias que podía tomar para evitar
-que á Miguelito le hicieran víctima de la emboscada
-traidora que le preparaban.</p>
-
-<p>Lo primero que hizo al día siguiente fué marchar
-á la calle de Caballeros, á casa de los Torralbas.</p>
-
-<p>Allí le dijeron que no estaba ninguno de los dos
-hermanos. Sin duda Miguel no quería ser detenido
-antes de intentar la aventura, en la que tenía tantas
-esperanzas.</p>
-
-<p>Don Víctor preguntó por la madre de los Torralbas,
-y la habló; pero esta señora no sabía nada ó desconfiaba
-de D. Víctor, y se limitó á decir que ninguno
-de sus dos hijos estaba en Cuenca.</p>
-
-<p>Después de comer, don Víctor se dirigió á la catedral
-á buscar al Chantre.</p>
-
-<p>Se acercó á la capilla de los Caballeros y se arrodilló
-delante de la verja.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_130" id="Page_130">[130]</a></span>
-Esta capilla, fundada por un Albornoz, estaba
-trabajada en piedra blanca, y en su portada tenía
-esculpidos varios atributos militares, y en la clave
-del arco, un esqueleto.</p>
-
-<p>En el frontispicio se leía esta inscripción, que canta
-el triunfo de la muerte:</p>
-
-<p><i>Victis militibus mors triumphat</i>: Vencidos los soldados
-triunfa la muerte.</p>
-
-<p>Don Víctor estuvo pensando, divagando sobre
-esta sentencia. Contempló las dos urnas sepulcrales
-de mármol, con sus estatuas de caballeros yacentes,
-las pinturas de los altares; luego rezó maquinalmente,
-y como el rezo no lo sentía, por su preocupación,
-volviéndose contempló la nave de la catedral.</p>
-
-<p>Hacía un día de sol espléndido. La luz entraba
-de los altos ventanales de la iglesia y producía anchas
-sábanas luminosas entre las columnas oscuras.</p>
-
-<p>Don Víctor sentía negros presentimientos; una serie
-de ideas angustiosas y deprimentes le sobrecogían.
-Se sentía como vencido, aniquilado, descontento,
-sin fe en nada.</p>
-
-<p>De pronto vió al Chantre, corrió hacia él y le dijo
-que estaba descubierto el complot de Miguelito.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién ha podido descubrirlo?&mdash;exclamó el
-Chantre.</p>
-
-<p>&mdash;No lo sé.</p>
-
-<p>&mdash;Voy á decírselo á Portillo.</p>
-
-<p>El Chantre fué al palacio del obispo; pero encontró
-que había dos agentes de la policía del jefe polí<span class="pagenum"><a name="Page_131" id="Page_131">[131]</a></span>tico
-paseándose por delante de la puerta del palacio
-en la plazoleta.</p>
-
-<p>Uno de la policía le advirtió al Chantre que no entrase.</p>
-
-<p>El Chantre contó á D. Víctor lo que pasaba.</p>
-
-<p>Don Víctor no quería dejar la cuestión así, y se
-dirigió á ver al capitán Lozano.</p>
-
-<p>Le dijeron que el capitán estaba en casa de Doña
-Cándida....</p>
-
-<p>La tarde de primavera estaba hermosa y triste, el
-sol amarillo dorado iluminaba los aleros y los pisos
-altos.</p>
-
-<p>Don Víctor entró en la confitería de enfrente á la
-casa de la Sirena. La confitera, que repartía su atención
-entre los dulces y el espionaje, le dijo que el
-capitán Lozano estaba en la casa y que no había salido.
-D. Víctor esperó horas y horas sentado junto al
-mostrador....</p>
-
-<p>La confitera encendió una lámpara, y su luz mortecina
-comenzó á iluminar la tienda; del fondo del taller
-venía un olor á cera, á azúcar y á retama quemada.</p>
-
-<p>En un convento una campana sonaba aguda y
-constante.</p>
-
-<p>En la calle, el <i>Degollado</i> cantaba, acompañado
-de la guitarra, la oración de San Antonio de Padua:</p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry"><div class="stanza">
-<div class="line i1">Su padre era un caballero</div>
-<div class="line">cristiano, honrado y prudente,</div>
-<div class="line">que mantenía su casa</div>
-<div class="line">con el sudor de su frente.</div>
-</div>
-
-<div class="stanza">
-<div class="line i1"><span class="pagenum"><a name="Page_132" id="Page_132">[132]</a></span>Y tenía un huerto</div>
-<div class="line">en donde cogía</div>
-<div class="line">cosecha del fruto</div>
-<div class="line">que el tiempo traía.</div>
-</div></div></div>
-
-<p>La canción, la hora, el tañido de la campana entristecieron
-á D. Víctor; todo aquello le recordaba
-su infancia, el corretear de chico por las calles al
-anochecer; le sacaba á flote un poso de una amargura
-interior.</p>
-
-<p>El <i>Degollado</i> seguía una tras otra sus coplas. La
-confitera abrió la puerta de la tienda y dió un maravedí
-al ciego.</p>
-
-<p>Este siguió su canto con la relación del milagro de
-los pajaritos:</p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry"><div class="stanza">
-<div class="line i1">Mientras yo me vaya á misa</div>
-<div class="line">gran cuidado has de tener;</div>
-<div class="line">mira que los pajaritos</div>
-<div class="line">todo lo echan á perder.</div>
-</div>
-<div class="stanza">
-<div class="line i2">Entran por el huerto,</div>
-<div class="line i1">pican lo sembrado;</div>
-<div class="line i1">por eso te digo</div>
-<div class="line i1">que tengas cuidado.</div>
-</div></div></div>
-
-<p>Don Víctor sentía una tristeza tumultuosa en el
-fondo del alma. El <i>Degollado</i> se alejó, dando golpes
-con el bastón en la acera; se calló la campana y no
-se oyó en la tienda más que el revoloteo de las moscas
-entre los papeles de los dulces secos.</p>
-
-<p>Eran ya cerca de las nueve, y en vista de que el<span class="pagenum"><a name="Page_133" id="Page_133">[133]</a></span>
-capitán no salía, D. Víctor cruzó la calle y entró en
-el portal de la casa de la Sirena. Llamó, salió la
-doncella, la Adela, que negó que estuviera allí el
-capitán; pero ante la insistencia del cura, le dijo que
-aguardase. Esperó D. Víctor en el descansillo de la
-puerta hasta que se presentó Lozano con su puro en
-la boca, con el aire de un hombre que goza de la
-vida.</p>
-
-<p>Era Lozano un tipo sensual, alegre, perezoso y
-amigo de divertirse y de beber. Tenía unos ojos claros
-de perro fiel, una sonrisa afectuosa y una actitud
-de hombre á quien todo le parece indiferente. Lozano
-era capaz de cualquier barbaridad por inconsciencia;
-para él todo era fácil y factible.</p>
-
-<p>A pesar de que nadie podía ignorar su condición
-de borracho y jugador, era el capitán cajero de su
-regimiento.</p>
-
-<p>Don Víctor contó lo que sabía, y mientras hablaba
-apareció Doña Cándida, á quien el capitán explicó
-de qué se trataba.</p>
-
-<p>La <i>Canóniga</i> no quedó nada sorprendida al saber
-que era Sansirgue el denunciador de la empresa
-realista. Doña Cándida se manifestó delante del capellán
-como muy enamorada de Lozano, y rogó á
-don Víctor convenciera á su amante de que abandonara
-el complot.</p>
-
-<p>Lozano explicó á don Víctor cómo se había preparado
-la entrada por la puerta de San Juan. Si á
-él le relevaban al mediodía era señal de que no se<span class="pagenum"><a name="Page_134" id="Page_134">[134]</a></span>
-intentaba la sorpresa, y entonces él mismo se lo avisaría
-á don Víctor.</p>
-
-<p>Con esta seguridad, don Víctor se fué de casa de
-la Sirena á la suya.</p>
-
-<p>Don Víctor explicó á Ginés y á la Dominica lo que
-ocurría. Ya todos miraban á Sansirgue como un traidor.
-La Dominica, aun no del todo convencida, fué
-á ver á la confitera, con quien tenía grandes relaciones
-por la cuestión de las velas y cirios que se necesitaban
-en los funerales, y hablaron las dos.</p>
-
-<p>La Dominica se persuadió de que el canónigo
-era un bandido, un verdadero Sacripante.</p>
-
-<p>La Dominica, como mujer decidida y valiente, se
-dispuso á vigilar al canónigo, á espiarle, y en último
-término, si era necesario, á luchar con él á brazo
-partido hasta vencerle.</p>
-
-<p>Al día siguiente salió D. Víctor, por la mañana, á
-decir su misa; y al volver, la Dominica le dijo que
-al mismo tiempo que él, Sansirgue había salido de
-casa, pasado por el correo y echado otra carta.</p>
-
-<p>Don Víctor quedó asombrado y fué á buscar al
-capitán Lozano.</p>
-
-<p>Lozano estaba en su casa de huéspedes, en la
-cama. Se había acostado tarde. Le dijo al cura que
-por la noche había habido una serie de cabildeos
-entre el comandante de la plaza, el jefe político y el
-de la Milicia nacional.</p>
-
-<p>El coronel había llamado á Lozano para advertirle
-que se aplazaba el movimiento realista hasta nueva<span class="pagenum"><a name="Page_135" id="Page_135">[135]</a></span>
-orden. El coronel había intentado persuadir al jefe
-político que lo del complot era una fábula, y el jefe
-político se hubiera persuadido á no ser por Cepero,
-hijo y por dos subtenientes liberales que se habían
-presentado en el Gobierno civil á denunciar al comandante
-de la plaza y á la oficialidad como absolutistas,
-ofreciéndose ellos á prenderlos si les daban
-autorización.</p>
-
-<p>Los amigos de Cepero, de la Milicia nacional,
-querían preparar un lazo á los absolutistas.</p>
-
-<p>&mdash;Dicen que se ha recibido un papel explicando
-las señas convenidas&mdash;terminó diciendo Lozano&mdash;;
-es posible que sea de su canónigo.</p>
-
-<p>Don Víctor dejó al capitán en la cama; salió á la
-calle y fué á ver al <i>Zagal</i>, al armero de la Ventilla.
-Este, por unos milicianos, sabía que D. Miguelito
-iba á intentar de noche entrar por la puerta de San
-Juan, y que, si lo intentaba, se le prendería.</p>
-
-<p>Los dos directores de la Milicia que querían
-cazar á Miguelito eran Cepero hijo, y un joven,
-Nebot.</p>
-
-<p>El motivo que impulsaba á Cepero hijo era puramente
-patriótico; el que arrastraba á Nebot, no.</p>
-
-<p>El padre de Luis Nebot se había ido lentamente
-apoderando de una posesión que la familia de Miguel
-tenía en Torralba.</p>
-
-<p>Miguel Torralba, al encontrarse que la tierra de
-su familia se hallaba ocupada por el intruso, quiso
-llegar á una avenencia con él, pero Nebot, padre, dijo<span class="pagenum"><a name="Page_136" id="Page_136">[136]</a></span>
-que no, que la finca era suya, pues había prestado
-por ella lo que valía y aun más.</p>
-
-<p>Miguel le hizo observar que era imposible, puesto
-que la finca aparecía en el Registro de la propiedad
-como de su madre. Nebot, sin atenderle, comenzó á
-construir una gran tapia; Miguel mandó hacer un boquete
-en ella. Entonces Nebot provocó el pleito, y lo
-perdió en muy malas condiciones; hubo que medir
-las tierras de las propiedades colindantes, y la finca
-de los Torralbas, á la cual habían ido bloqueando
-los vecinos, recuperó todo su antiguo terreno.</p>
-
-<p>Nebot no sólo perdió sus tierras, sino la estimación
-de la gente de la vecindad. El aldeano puede perdonarlo
-todo menos la torpeza. Aquellos vieron que perdían
-los campos de que se habían apoderado por
-una maniobra inoportuna. De esperar unos años
-la propiedad de los Torralba hubiera prescrito.</p>
-
-<p>Resuelto el pleito, la madre de Miguelito empleó
-gran parte de su dinero en cercar la finca. Nebot,
-padre é hijo, se consideraron enemigos á muerte de
-los Torralbas y se trasladaron á Cuenca, y el hijo
-Luis se hizo miliciano nacional.</p>
-
-<p>Querían considerar los Nebot que lo ocurrido á
-ellos era una de las mayores injusticias que podían
-pasar en España. Cepero, Nebot y un joven llamado
-Bellido dispusieron preparar un lazo á los realistas,
-hacer la señal convenida para que se acercaran, emboscarse
-en la puerta de San Juan, y sorprenderlos.</p>
-
-<p>Cuando D. Víctor fué á su casa se discutió entre<span class="pagenum"><a name="Page_137" id="Page_137">[137]</a></span>
-la familia del guardián los medios para salvar á Miguelito.
-No se sabía dónde se habían de hacer las
-señales.</p>
-
-<p>Saldrían Ginés, Damián, la Dominica y D. Víctor,
-de noche, á buscar á Miguelito, al azar, y á decirle,
-si lo encontraban, que suspendiera su aventura.</p>
-
-<p>Rondarían de lejos el camino que lleva á la Puerta
-de San Juan, sin acercarse mucho, por el temor de
-que hubiese vigilancia.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_138" id="Page_138"></a>
-<a name="Page_139" id="Page_139"></a></span></p>
-
-
-
-
-<h3 id="I_XV">XV.<br />
-LA PUERTA DE SAN JUAN</h3>
-
-
-<p>A las siete de la noche, después de dar de cenar
-al canónigo Sansirgue, la Dominica, con su padre,
-Damián y D. Víctor salían del pueblo y marchaban
-al arrabal.</p>
-
-<p>La noche estaba obscura, pesada y sofocante;
-grandes masas de nubes negras pasaban por el cielo,
-y, á veces, salía la luna en cuarto creciente. Algunos
-relámpagos lejanos, anchos, en forma de sábanas,
-iluminaban la tierra, é iban seguidos de un sordo rumor.
-Pronto llegó el viento, y comenzó á murmurar,
-á gruñir, á zumbar, golpeando puertas y ventanas.</p>
-
-<p>Desde el arrabal, cada uno de los amigos de Miguelito
-se dirigió á distinto punto. Don Víctor fué
-hacia el convento de San Pablo; Ginés, por la Hoz
-del Júcar, y la Dominica y Damián, por la del Huécar.</p>
-
-<p>A eso de las nueve, la tormenta se acercó; comenzaron
-á brillar los zig-zags de las chispas eléctricas
-encima de Cuenca, retumbaron los truenos in<span class="pagenum"><a name="Page_140" id="Page_140">[140]</a></span>mediatamente
-después de los relámpagos, y descargó
-una de esas lluvias de primavera, tibias y torrenciales.</p>
-
-<p>Mientras las personas de casa del guardián marchaban
-por el campo en busca de Miguelito, unos
-cuantos milicianos, al mando de Cepero hijo, entraban
-por el arco de la puerta de San Juan y se estacionaban
-en él, resguardándose del chaparrón.</p>
-
-<p>La puerta estaba abierta, y por ella se entreveía,
-en las sombras el camino, estrecho y pendiente, que
-va bajando á la orilla del Júcar.</p>
-
-<p>Mientras los milicianos, resguardados bajo el arco,
-esperaban, la tempestad envolvía con sus ráfagas de
-lluvia y de viento la ciudad, asentada sobre sus rocas;
-el viento huracanado hacía golpear una puerta,
-derribaba una chimenea, balanceaba los faroles de
-las calles, colgados por cuerdas.</p>
-
-<p>Don Miguelito y Garcés salieron á las diez de la
-noche del campamento de Bessieres, y á las diez y
-media estaban delante del convento de San Pablo.</p>
-
-<p>Don Miguelito iba muy alegre y decidido, pensando
-en que pronto se uniría á Asunción.</p>
-
-<p>Estaban amo y criado en el cerro, al borde del
-barranco, cuando Miguelito dijo que se veía luz en
-el palacio del obispo; Garcés no la había visto: después
-se vió claramente una antorcha en la muralla.</p>
-
-<p>&mdash;¡Vamos!&mdash;dijo Miguelito.</p>
-
-<p>Marcharon al campamento de Bessieres.</p>
-
-<p>Un escuadrón estaba preparado.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_141" id="Page_141">[141]</a></span></p>
-
-<p>Había que dar la vuelta al pueblo, á caballo, sin
-llamar la atención de los centinelas, y se dispuso
-que fuera uno á uno, á la deshilada.</p>
-
-<p>Al pasar el puente de San Antón, Ginés Diente
-vió, á la luz de un relámpago, á un lancero realista á
-caballo: quiso alcanzarle y preguntarle dónde estaba
-don Miguelito; pero el soldado, sin oírle, de un empellón,
-derribó al pertiguero.</p>
-
-<p>Este se puso á gritar y á llamar; pero ya no vió á
-nadie. La lluvia imposibilitaba seguir ninguna pista;
-el rumor del viento ocultaba el ruido de las herraduras
-de los caballos, y la negrura de la noche impedía
-ver nada.</p>
-
-<p>Don Miguelito y su escolta se colocaron en la orilla
-derecha del Júcar; luego cruzaron el río por el
-puente de los Descalzos, volviendo de nuevo á la
-orilla izquierda.</p>
-
-<p>Se esperó á que se reuniese el escuadrón; se le
-dividió en tres pelotones, y á la cabeza del primero
-Miguelito, y á su lado, Garcés, comenzaron á subir
-la cuesta hasta la puerta de San Juan.</p>
-
-<p>Miguel se acercó á ella rápidamente, y dió dos
-golpes sonoros con el bastón.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién vive?&mdash;dijo Cepero.</p>
-
-<p>&mdash;Daniel, Cuenca y Bessieres. <i>¡Debellare superbos!</i>&mdash;gritó
-Torralba.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ríndete!&mdash;dijo Cepero abriendo la puerta y
-avanzando.</p>
-
-<p>&mdash;¿Yo rendirme? ¡Jamás!&mdash;contestó Miguel.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_142" id="Page_142">[142]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;¡Huye! ¡Te han vendido!&mdash;dijo una voz.</p>
-
-<p>Lo que ocurrió después no se pudo poner en
-claro.</p>
-
-<p>Algunos dijeron que los lanceros de Bessieres,
-con Miguelito á la cabeza, intentaron avanzar; otros
-afirmaron que no hubo tal intento; el caso fué que
-sonaron cuatro ó cinco tiros simultáneos, que un hombre
-cayó del caballo, y que los demás, volviendo
-grupas, huyeron.</p>
-
-<p>El hombre caído era Miguelito: lo recogieron, le
-llevaron al cuartel de Infantería, y llamaron de prisa
-á un médico que vivía en la plaza; otros avisaron á
-un cura.</p>
-
-<p>Cuando llegaron, Miguel Torralba había muerto.</p>
-
-<p>Al día siguiente, Bessieres levantaba su campamento
-y desaparecía de los alrededores de Cuenca.</p>
-
-<p>Unas semanas después, el día 2 de Mayo, volvía
-de nuevo, atacaba el arrabal, y era rechazado.</p>
-
-<p>En el pueblo se dijo que Cepero hijo, Nebot y el
-<i>Romi</i> el gitano, eran los que habían disparado contra
-Miguel.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_143" id="Page_143"></a></span></p>
-
-
-
-
-<h3 id="I_XVI">XVI.<br />
-DESPUÉS DE LA CATÁSTROFE</h3>
-
-
-<p>La madre de Torralba soportó la muerte de su
-hijo con gran entereza y resignación.</p>
-
-<p>Con aquel espejismo maternal suyo, pensó que
-Miguel se había sacrificado por ellos. No quería suponer
-que su hijo mayor tuviera más fines que su
-madre y su hermano. Según ella, Miguel había entrado
-en el complot de Bessieres para obtener un
-cargo y levantar la situación de la familia.</p>
-
-<p>Luis no intentó convencerla de lo contrario.</p>
-
-<p>En la casa de la Sirena la noticia de la catástrofe
-llegó por Lozano, y la Cándida tuvo la crueldad
-y la torpeza de divulgarla á voz en grito.</p>
-
-<p>Asunción, al saberlo, sintió que el golpe tronchaba
-su vida. Se vistió de luto, y no salió de casa.</p>
-
-<p>Unos días después de la muerte se celebraron las
-exequias de Miguel Torralba en la catedral. Asistió
-todo el pueblo alto, y se notó que, entre los canónigos
-del coro, faltaba Sansirgue. De las señoras
-faltó la Cándida.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_144" id="Page_144">[144]</a></span></p>
-
-<p>Asunción y su abuela estuvieron en el funeral rezando,
-arrodilladas, en un rincón de la capilla de
-los Caballeros.</p>
-
-<p>Toda la ceremonia Asunción la pasó llorando, y
-al rezar los responsos se escaparon de su garganta
-algunos sollozos ahogados.</p>
-
-<p>&mdash;<i>Per in secula seculorum</i>&mdash;exclamaba el cura
-con voz potente, agitando el hisopo.</p>
-
-<p>&mdash;<i>Amen</i>&mdash;clamaba el coro de voces, acompañado
-del órgano.</p>
-
-<p>Al salir la gente, se contó, y se hizo cargo de
-quiénes faltaban. Quitando los nacionales del arrabal,
-todos los demás estaban allí.</p>
-
-<p>Pasados los días ceremoniosos en que la familia no
-debía salir de casa, para recibir el pésame de los
-amigos, D. Víctor fué á ver á Luis Torralba y á
-decirle lo que sabía.</p>
-
-<p>Luis le confesó que su proyecto era desafiar al joven
-Cepero y luego á Nebot, á quienes culpaba de la
-muerte de su hermano; pero D. Víctor le demostró
-que Cepero no había contribuido á la muerte de
-Miguel y que su objeto se había limitado á prenderle.
-Cepero fué el que intentó hacer que Miguel se
-rindiera, prueba clara de que no quería matarlo. Los
-motivos de obrar suyos eran también nobles, porque
-obraba arrastrado por su fanatismo político.</p>
-
-<p>Respecto á Nebot, era un impulsivo y un bruto, á
-quien no había que tomar en cuenta.</p>
-
-<p>El culpable de todo, según D. Víctor, era San<span class="pagenum"><a name="Page_145" id="Page_145">[145]</a></span>sirgue,
-el <i>monstrum horrendum</i>, que había entrado en
-Cuenca para desgracia de todos. Este, llevado por
-su maldad diabólica, había denunciado la forma en
-que se iba á hacer la sorpresa.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero, por qué? ¿Qué motivo ha podido tener
-Sansirgue para odiar á mi hermano?&mdash;preguntó Luis.</p>
-
-<p>Don Víctor creía en la maldad desinteresada del
-canónigo, cosa poco lógica.</p>
-
-<p>Los argumentos de D. Víctor no convencieron á
-Luis, y el cura le propuso ir á ver á Cepero. La visita
-era violenta para Torralba, pero al fin accedió.</p>
-
-<p>El joven Cepero recibió á los dos secamente.</p>
-
-<p>&mdash;Supongo la comisión que ustedes traen&mdash;les
-dijo&mdash;; pero tengo que advertirles que considero que
-he cumplido con un deber de ciudadano y de liberal,
-y que mil veces que se presentara el mismo
-caso, mil veces obraría lo mismo.</p>
-
-<p>&mdash;Está usted en un error&mdash;dijo don Víctor&mdash;al
-pensar que nosotros entramos aquí en son de amenaza.
-Este hábito que yo llevo no es para venir con
-desafíos. Usted ha cumplido su deber de ciudadano
-y de liberal. Cierto. Pero usted sabía que Miguel Torralba
-no era el mayor culpable, y no podía desear
-su muerte.</p>
-
-<p>&mdash;No la deseaba. Al acercarse á la puerta de
-San Juan, yo le dije: "Ríndete". El quedó inmóvil,
-sin duda perplejo. Entonces sonaron los tiros.</p>
-
-<p>&mdash;¿No sabe usted quién disparó?&mdash;preguntó Luis.</p>
-
-<p>&mdash;No lo sé. Si lo supiera, tampoco lo diría.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_146" id="Page_146">[146]</a></span></p>
-
-<p>Luis hizo un movimiento de impaciencia, y don
-Víctor intervino de nuevo.</p>
-
-<p>&mdash;Otra pregunta tenemos que hacer á usted.</p>
-
-<p>&mdash;Ustedes dirán.</p>
-
-<p>&mdash;Mi amigo Luis, naturalmente, entristecido por
-la muerte de su hermano, ha supuesto que un amigo
-suyo y mío fué el delator del complot en que intervino
-Miguel. Yo le he dicho que no, que todo el
-mundo ha afirmado que el jefe político y su padre de
-usted recibieron un anónimo. ¿Puede usted decirnos
-si es verdad?</p>
-
-<p>&mdash;Es verdad.</p>
-
-<p>&mdash;¿Lo guarda usted?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;¿Podría usted enseñárnoslo para desvanecer las
-dudas de mi amigo?</p>
-
-<p>&mdash;¿Porqué no? No tengo inconveniente.</p>
-
-<p>Cepero, hijo, entró en su casa y volvió con el anónimo.
-La letra estaba disimulada, pero el papel y la
-tinta eran de Sansirgue: no había duda.</p>
-
-<p>En el anónimo estaba explicado cómo se verificaría
-la sorpresa con todos sus detalles. Lo firmaba:
-<i>Un amante del orden</i>.</p>
-
-<p>Don Víctor y Luis Torralba se despidieron del
-joven Cepero y se marcharon á su casa.</p>
-
-<p>Esta intervención de Sansirgue puso á Torralba
-fuera de sí: que Cepero hubiese obrado como había,
-le parecía natural, dado su fanatismo político; que el
-mismo Nebot hubiera disparado en la puerta de San<span class="pagenum"><a name="Page_147" id="Page_147">[147]</a></span>
-Juan, lo comprendía por su odio á los Torralbas; lo
-que no se explicaba era la acción de Sansirgue, siendo
-él realista y estando en el complot. ¿Sería un espía
-del Gobierno? ¿Tendría algo contra su hermano?</p>
-
-<p>Luis Torralba fué á visitar á Asunción y á su abuela,
-y les contó lo ocurrido y los datos que tenía para
-creer en la intervención del canónigo.</p>
-
-<p>Doña Gertrudis supuso que sería su nuera, la Cándida,
-la que había inspirado al canónigo el odio por
-Miguel. Asunción calló, dando á entender que creía
-lo mismo.</p>
-
-<p>La abuela, que sentía aumentado su odio por la
-<i>Canóniga</i>, llamó unos días después á Luis Torralba y
-le encargó que vendiera una huerta y varias alhajas.
-Luis hizo el encargo rápidamente, y entregó á doña
-Gertrudis seis mil pesetas. La vieja sacó cuatro mil
-que tenía guardadas, y reuniendo las diez mil que había
-prestado Doña Cándida para la hipoteca, se las
-devolvió, encargándola que abandonara la casa lo antes
-posible.</p>
-
-<p>Doña Cándida gritó, alborotó, dijo horrores; pero
-no tuvo más remedio que marcharse. La <i>Canóniga</i>
-fué á otra casa mejor. El escándalo en el pueblo tomó
-grandes proporciones. Todo el mundo relacionó
-la muerte de D. Miguelito con la expulsión de la <i>Canóniga</i>,
-y muchos sospecharon algo de la verdad.</p>
-
-<p>La Cándida, abandonada al consejo del capitán
-Lozano y de Adela, su doncella, hizo una porción
-de locuras. Casi todos los días daba banquetes y ce<span class="pagenum"><a name="Page_148" id="Page_148">[148]</a></span>nas,
-y muchas noches la llevaban á la cama borracha.</p>
-
-<p>El canónigo Sansirgue notó que en la casa de la
-Dominica se le miraba de mala manera, é intentó mudarse;
-pero Portillo le indicó que esperara unos días.</p>
-
-<p>Efectivamente, una semana después, Portillo, que
-había sabido hacer valer ante el Gobierno liberal
-el servicio prestado por él cuando la intentona de
-Bessieres, fué nombrado obispo de Osma, y Sansirgue
-quedó interinamente de secretario del obispo de
-Cuenca.</p>
-
-<p>Sansirgue supo que en casa de Ginés el Pertiguero
-se hablaba constantemente contra su persona,
-y se dispuso á castigar á la familia. Consiguió que en
-el convento de monjas se destituyese á D. Víctor, y
-después le nombró párroco de Uña, pueblo miserable
-de la Sierra, adonde D. Víctor tuvo que ir, á
-trueque de perder las licencias eclesiásticas.</p>
-
-<p>Después quiso echar de la catedral y de la casa á
-Ginés Diente, pero el obispo se opuso.</p>
-
-<p>Sansirgue supo también que Garcés el <i>Sevillano</i>
-hablaba pestes de él y le atribuía la muerte de Torralba,
-y consiguió que el jefe político prendiera á
-Garcés y lo metiera en la cárcel.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_149" id="Page_149"></a></span></p>
-
-
-
-
-<h3 id="I_XVII">XVII.<br />
-MESES DESPUÉS</h3>
-
-
-<p>En el tiempo que medió entre la expedición de
-Bessieres y el triunfo de los Cien mil hijos de San
-Luis, el penitenciario tuvo mucho poder en Cuenca,
-pero al consolidarse el absolutismo, el obispo fué trasladado,
-y Sansirgue se eclipsó.</p>
-
-<p>En aquella demagogía negra que gobernaba el
-pueblo y toda España, no era fácil desviarse sin peligro.
-Sansirgue se hubiera acercado á los voluntarios
-realistas, pero le era imposible, porque entra ellos estaba
-Garcés el <i>Sevillano</i>, compañero en la aventura
-de la puerta de San Juan con D. Miguelito, á quien
-él había llevado á la cárcel.</p>
-
-<p>Sansirgue, separado de los absolutistas puros, tuvo
-que formar grupo, bien á su pesar, con los fernandinos
-transigentes. Estos tenían en Madrid como agente
-á D. Cecilio Corpas. En cambio, Portillo, que estuvo
-un momento con los liberales, había hecho una
-segunda evolución al más terrible ultramontanismo, y<span class="pagenum"><a name="Page_150" id="Page_150">[150]</a></span>
-se distinguía en su diócesis por sus pastorales contra
-los moderados y los exaltados.</p>
-
-<p>Portillo, desde Osma, y el lectoral de la catedral
-de Sigüenza y presidente de la Junta realista de aquella
-ciudad, D. Felipe Lemus de Zafrilla, movían todos
-los resortes para que los franceses no intentaran
-implantar un sistema de absolutismo templado. Tenían
-en Madrid á D. Víctor Sáez y á otros que daban
-la consigna.</p>
-
-<p>Unos días después de la reintegración de todos
-los derechos autocráticos á Fernando, se celebró en
-Cuenca una solemne función de desagravio al Santísimo
-Sacramento, en la cual predicó D. Juan Sansirgue.</p>
-
-<p>Sansirgue achicó al mismo padre Manuel Martínez,
-redactor del <i>Restaurador</i>, con sus apóstrofes á
-los constitucionales y sus loas á Fernando. Le llamó
-pío, feliz, restaurador, magnánimo, bondadoso.</p>
-
-<p>A pesar de todos estos ditirambos, la gente oyó el
-sermón con indiferencia. Corría la voz entre los voluntarios
-realistas de la traición de Sansirgue en
-tiempo de Bessieres.</p>
-
-<p>Garcés el <i>Sevillano</i>, para exagerar sus méritos, había
-pintado la aventura suya y la de D. Miguel como
-algo muy transcendental que había malogrado Sansirgue,
-que estaba vendido á los liberales, y que
-le había perseguido y encarcelado á él para reducirle
-al silencio. Esta versión hizo que todo Cuenca se
-pusiera contra el canónigo.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_151" id="Page_151">[151]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Es un espía, es un espía de los masones&mdash;aseguraba
-todo el mundo.</p>
-
-<p>El penitenciario, al comprobar lo que se decía de
-él, quedó desesperado.</p>
-
-<p>Escribió á Portillo para que influyese en sus amigos
-poderosos y le trasladasen de Cuenca, y Portillo
-no contestó; escribió después á D. Víctor Sáez, el
-ministro universal de Fernando VII, y á D. Cecilio
-Corpas.</p>
-
-<p>Los dos le contestaron fríamente.</p>
-
-<p>La entrada en el poder de los voluntarios realistas
-hizo que Sansirgue perdiese toda influencia. Torralba
-consiguió por un amigo que á D. Víctor le sacasen
-de Uña y volviese á Cuenca. Por entonces entre
-los realistas comenzaba á funcionar la Sociedad El
-Angel Exterminador. Muchos se afiliaron á ella. Don
-Víctor y Garcés el <i>Sevillano</i>, se convirtieron también
-en exterminadores, é hicieron un alegato contra
-Sansirgue, como denunciador de los realistas en tiempo
-de Bessieres. Se encontró en casa de los Ceperos,
-que habían huído del pueblo y traspasado su
-comercio, el papel que les había mandado Sansirgue.</p>
-
-<p>Desde entonces el penitenciario comenzó á recibir
-anónimos insultándole, amenazándole por su traición
-con terribles castigos terrenos y ultraterrenos.</p>
-
-<p>Sansirgue, asustado, hizo gestiones desesperadas
-para que le trasladasen de Cuenca.</p>
-
-<p>En la primavera de 1824 el penitenciario fué destinado
-á Sigüenza, sin ningún ascenso. Sansirgue pre<span class="pagenum"><a name="Page_152" id="Page_152">[152]</a></span>paró
-el viaje sigilosamente; temía que, al saber su
-escapada, los voluntarios realistas quisiesen agredirle.</p>
-
-<p>Alquiló dos mulas, y con un mozo alcarreño de
-confianza que conocía bien el camino se puso en
-marcha, sin despedirse de nadie.</p>
-
-<p>El canónigo pensaba pararse en Priego, su pueblo,
-á ver á su familia.</p>
-
-<p>La primera noche descansaron amo y criado en
-Torralba, nombre poco grato á los oídos del canónigo.</p>
-
-<p>El siguiente día paró Sansirgue en Priego, en su
-casa, en compañía de la familia; pero la pobreza de
-ésta y la tosquedad de su padre y de sus hermanos
-le molestaba, y con el pretexto de que tenía prisa
-dejó Priego y se puso en camino por la tarde.</p>
-
-<p>El cielo estaba muy azul; el campo, hermoso y
-sonriente. El penitenciario no tenía nada que temer,
-ya lejos de Cuenca; pero aun así sentía miedo: tales
-cosas se contaban de las venganzas de los realistas.
-Al llegar á la bifurcación de los caminos miraba con
-cuidado á un lado y á otro por si aparecía alguna
-figura sospechosa...</p>
-
-<p>Al acercarse á una aldea al caer de la tarde, dejando
-un camino carretero, Sansirgue y su criado tomaron
-por una senda que pasaba por un erial. Las
-digitales purpúreas esmaltaban la tierra con sus campanillas,
-y las flores violetas del brezo brillaban entre
-los ribazos.</p>
-
-<p>A mano derecha se abría un gran valle poblado<span class="pagenum"><a name="Page_153" id="Page_153">[153]</a></span>
-de matas que nacían entre piedras y cerrado por
-montes cubiertos de árboles. Un rebaño se derramaba
-por una ladera, y se oía á lo lejos el tintineo de
-las esquilas.</p>
-
-<p>A la revuelta del sendero se encontraron con una
-ermita. En un azulejo blanco, con letras azules, empotrado
-en la pared, se leía el nombre: ermita del
-Salvador.</p>
-
-<p>Tenía ésta por un lado la espadaña, con su campana
-sobre un tejado terrero, y delante una cruz de
-piedra y una pila de agua bendita; por el otro lado,
-protegida del viento, estaba la entrada de la capilla:
-un arco de piedra con restos de pintura roja y una
-puerta con clavos. A un lado de la puerta había una
-reja, á través de la cual se veía el interior de la capilla
-con el altar desmantelado y unos santos siniestros.</p>
-
-<p>Adosado á la ermita había una casa pequeña con
-un huertecillo abandonado.</p>
-
-<p>&mdash;Aquí vivía un ermitaño&mdash;dijo Sansirgue.</p>
-
-<p>&mdash;Sí&mdash;contestó el mozo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Habrá muerto?&mdash;preguntó el canónigo.</p>
-
-<p>&mdash;No; le mataron&mdash;contestó el criado.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quizás para robarle?</p>
-
-<p>&mdash;No; parece que fué venganza de los realistas.
-Dicen que el ermitaño había dado informes á los
-constitucionales.</p>
-
-<p>Sansirgue se estremeció.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno, vamos de aquí&mdash;dijo.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_154" id="Page_154">[154]</a></span>
-Siguieron andando. El sol se iba poniendo en un
-cielo incendiado, lleno de nubes rojas; los pájaros cantaban
-entre las ramas; el perfume del romero y del
-cantueso llenaba el aire; á lo lejos se oía el tañido
-de una campana.</p>
-
-<p>A medida que avanzaban el canónigo y su criado
-el sol iba desapareciendo del valle. Al anochecer
-entraron en un bosque de encinas, monte bajo y carrascas.
-El sendero corría ahora lleno de sombra por
-en medio de los árboles; á trechos se torcía hasta salir
-á la luz, al borde mismo del bosque, y pasar por
-encima de un barranco escarpado.</p>
-
-<p>Sansirgue marchaba arreando á su mula, ansioso
-de llegar á sitio habitado.</p>
-
-<p>De pronto oyó ruido entre el ramaje, cerca de él,
-y se detuvo, inquieto.</p>
-
-<p>&mdash;No es nada&mdash;se dijo.</p>
-
-<p>Siguió marchando, y en esto, al mirar hacia adelante,
-vió dos figuras que interceptaban la senda. Volvió
-la vista hacia atrás y vió otras dos.</p>
-
-<p>&mdash;¡Alto!&mdash;le gritaron.</p>
-
-<p>&mdash;Alto estoy&mdash;murmuró el canónigo.</p>
-
-<p>Los cuatro hombres estaban enmascarados. Sansirgue
-pensó que había caído entre bandidos; comprendió
-que allí era imposible defenderse ni escapar,
-y repitió que se entregaba.</p>
-
-<p>Los hombres, sin hacer caso del criado, cogieron
-al canónigo, le bajaron de la mula, le ataron las manos
-y le llevaron cuesta arriba, cruzando el bosque,<span class="pagenum"><a name="Page_155" id="Page_155">[155]</a></span>
-hasta un descampado, donde había una tenada. Desde
-allí se dominaba el valle. El cielo iba obscureciendo,
-y las luces rojas del crepúsculo tomaban
-tonos cárdenos y violáceos.</p>
-
-<p>Al entrar en la choza Sansirgue se estremeció. En
-una mesa, á la luz de dos velas verdes, estaban sentados
-cinco hombres, con la cara cubierta por un antifaz.
-Enfrente de la mesa había un banco de madera,
-y sobre él caía una cuerda atada en una viga del
-techo.</p>
-
-<p>&mdash;Sentad al acusado&mdash;mandó el que presidía.</p>
-
-<p>Sansirgue se sentó sin protestar.</p>
-
-<p>El presidente, levantando la cabeza al cielo, exclamó:</p>
-
-<p>&mdash;<i>Dominus regnat</i>: (El Señor reina.)</p>
-
-<p>El que estaba á su derecha dijo.</p>
-
-<p>&mdash;<i>Dominus imperat</i>: (El Señor impera.)</p>
-
-<p>El de la izquierda repuso:</p>
-
-<p>&mdash;<i>Angelus vincet</i>: (El Angel vencerá.)</p>
-
-<p>El de la extrema derecha añadió:</p>
-
-<p>&mdash;<i>In gladio...</i> (Con la espada.)</p>
-
-<p>Y el de la extrema izquierda terminó la frase murmurando:</p>
-
-<p>&mdash;<i>... indignationis ejus</i>: (De su indignación.)</p>
-
-<p>Sansirgue estaba delante de un Tribunal del Angel
-Exterminador. El enmascarado que presidía, en
-pocas palabras acusó al penitenciario de traidor, de
-espía de los liberales, de vendido al Gobierno
-masón.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_156" id="Page_156">[156]</a></span></p>
-
-<p>Sansirgue intentó sincerarse, negar los hechos;
-pero el presidente los conocía á fondo. El canónigo
-intentó seguir hablando; pero el presidente le impuso
-silencio.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué pena se le impone al acusado?</p>
-
-<p>Los cuatro asesores del Tribunal, sin pronunciar
-una palabra, bajaron la cabeza gravemente, y un momento
-después el presidente hizo lo mismo.</p>
-
-<p>Dos de los enmascarados que habían prendido al
-canónigo le pusieron la mano en el hombro. Al sentirlo,
-Sansirgue dió un salto hacia atrás dispuesto
-á escapar. Entonces los cuatro esbirros se echaron
-sobre él, y forcejeando llegaron á sujetarle y á atarle
-los pies. Luego le pusieron la cuerda al cuello, y tirando
-de ella lo izaron en alto.</p>
-
-<p>&mdash;¡Confesión! ¡Confesión!&mdash;gritó el canónigo con
-voz ahogada.</p>
-
-<p>&mdash;Concluid&mdash;dijo el jefe de los exterminadores.</p>
-
-<p>Dos esbirros se colgaron de las piernas del ahorcado:
-las vértebras crujieron, crujió también la viga
-del techo, y después el cuerpo de Sansirgue quedó
-inmóvil.</p>
-
-<p>Los exterminadores fueron saliendo de la tenada.
-Uno de ellos, el jefe, quedó para dar las últimas
-disposiciones. Los esbirros bajaron el cadáver, y tomándolo
-en brazos cruzaron el bosque hasta el sendero
-que corría al borde del barranco y desde aquí
-lo arrojaron al fondo. Se oyó el ruido del cuerpo que
-caía arrastrando piedras.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_157" id="Page_157">[157]</a></span></p>
-
-<p>El jefe se acercó á mirar hacia abajo. La claridad
-del sol había huído del valle, y la oscuridad y la sombra
-reinaban en él.</p>
-
-<p>El exterminador se persignó, murmuró algo como
-una oración y á caballo desapareció rápidamente.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_158" id="Page_158"></a>
-<a name="Page_159" id="Page_159"></a></span></p>
-
-
-
-
-<h3 id="I_EPILOGO">EPÍLOGO</h3>
-
-
-<p>La noticia de la muerte del canónigo produjo en
-Cuenca gran sensación.</p>
-
-<p>Se inventaron mil hipótesis y cábalas acerca de
-las causas de la muerte y del autor ó autores del
-misterioso crimen; pero no se averiguó la verdad.</p>
-
-<p>Pocos días después de este suceso el capitán Lozano
-hizo una de las suyas, que dió mucho que
-hablar.</p>
-
-<p>El capitán había arrastrado á la Cándida á una
-vida completa de crápula. La casa de la <i>Canóniga</i>
-era un ir y venir de jóvenes calaveras, que comían y
-bebían allí.</p>
-
-<p>El capitán Lozano, entrampado en el juego, había
-sacado á la <i>Canóniga</i> cinco mil duros para pagar
-sus deudas. Por lo que se supo luego, en vez de
-pagar se jugó la cantidad, y la perdió.</p>
-
-<p>Entonces no se le ocurrió cosa mejor que robar la
-caja del batallón y escaparse con la Adela, la doncella
-de la Cándida, que era una muchacha muy
-bonita.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_160" id="Page_160">[160]</a></span></p>
-
-<p>Lozano se proveyó de papeles falsos; fué á Orán,
-donde tuvo un café, y años después se alistó como
-voluntario en el ejército francés y murió en una emboscada
-de los moros.</p>
-
-<p>La Adela, que había seguido con el café de
-Orán, se casó con el dependiente, un francés trabajador,
-y se hizo rica.</p>
-
-<p>La Cándida, al saber la fuga del capitán con su
-doncella Adela, á quien consideraba tan fiel, sintió
-grandes accesos de melancolía, que intentó curárselos
-á fuerza de alcohol.</p>
-
-<p>Alguien le indicó que llamara á la <i>Zincalí</i>, la vieja
-gitana, que tenía filtros para curar el mal de amores.
-La Cándida la llamó, y la gitana entró en la casa
-y llegó á apoderarse del ánimo de la <i>Canóniga</i> con
-sus mentiras y sus arrumacos.</p>
-
-<p>La casa llegó á ser un asilo de la gitanería del
-pueblo.</p>
-
-<p>La <i>Zincalí</i> se encargó de proporcionar amantes á
-la Cándida y de sacarle el dinero.</p>
-
-<p>El pueblo entero la había aislado, como á una
-apestada.</p>
-
-<p>La <i>Canóniga</i> se trasladó á un casucho del barrio
-del Castillo, que se convirtió en mancebía.</p>
-
-<p>Un proceso que se entabló contra ella y la vieja
-gitana, acusadas por un médico de dar bebedizos y
-de hacer abortar con la hierba del Buen Varón, les
-obligó á las dos á ir á la cárcel, y arruinó por completo
-á la Cándida.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_161" id="Page_161">[161]</a></span></p>
-
-<p>Desde entonces, la pobre mujer comenzó á oficiar
-de Celestina.</p>
-
-<p>Luis Torralba desapareció de Cuenca, al morir su
-madre, y fué á establecerse á Valencia.</p>
-
-<p>La abuela de Asunción murió. Asunción, sin
-familia, vivió sola en la casa de la Sirena hasta que
-recogió la herencia de un pariente lejano, lo que le
-permitió mejorar de posición.</p>
-
-<p>Entonces llevó á vivir con ella una sobrina pobre
-y la prohijó. Ya vieja, con el pelo blanco, siempre
-vestida de luto, se la veía pasear con su sobrina. A
-veces, al sentarse á descansar sobre una roca de la
-Hoz, su cara afilada reposaba sobre su mano, y sus
-ojos tenían una gran expresión de melancolía.</p>
-
-<p>Durante mucho tiempo, únicamente la casa del
-pertiguero del callejón de los Canónigos siguió igual:
-el viejo Ginés leyendo, la Dominica trabajando, el
-constructor de ataúdes filosofando, D. Víctor comentando
-al canónigo volteriano, el <i>Degollado</i>
-cantando en la calle con su hermosa voz las oraciones,
-Astaroth roncando y mirando el vacío con sus
-ojos de oro, y el cuervo monologando.</p>
-
-<p>Al comenzar la guerra civil, el viento de la muerte
-sopló sobre la casa. Ginés y la Dominica murieron;
-D. Víctor se unió al canónigo carlista Batanero,
-y peleó con él en la guerra civil. Luego, no queriendo
-aceptar el Convenio de Vergara, fué internado
-en Francia y conducido á Alenzon, donde murió.</p>
-
-<p>Astaroth, el espíritu familiar de la casa, desapare<span class="pagenum"><a name="Page_162" id="Page_162">[162]</a></span>ció
-un día misteriosamente, y se lo encontró pocos
-días después muerto en la calle; dejando el campo libre
-á Juanito, el cuervo, que tenía cuerda más larga
-para la vida.</p>
-
-<p>Damián, el carpintero, fué únicamente el que sobrevivió
-á la familia de Ginés, y siguió construyendo
-sus ataúdes, grandes y pequeños, de hombres, de mujeres
-y de niños, negros y blancos, en su portal de la
-casa del callejón de los Canónigos.</p>
-
-<p>Mientras trabajaba, Juanito el cuervo mascullaba
-palabras confusas desde lo alto del armario de los
-féretros; en el reloj del canónigo Chirino las edades
-de la vida seguían huyendo ante la Muerte con su
-sudario y su guadaña; Caronte se balanceaba en su
-barca; el viejo Cronos, alado y haraposo, meditaba
-con el reloj de arena en la mano; la música de campanillas
-tocaba su sonata melancólica al salir la Virgen,
-y seguía brillando en la orla de bronce la terrible sentencia
-sobre las horas: <i>Vulnerant omnes, ultima
-necat</i>.</p>
-
-<p>Todas hieren; la última, mata.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_163" id="Page_163"></a></span></p>
-
-
-
-
-<h2 id="EMPECINADO">Los guerrilleros del Empecinado
-en 1823</h2>
-
-<h3 id="COMISION">I.<br />
-NUEVA COMISIÓN</h3>
-
-
-<p>En apariencia la vida de un hombre de acción es
-un juego de azar, una lotería en la que se emplea
-mucho dinero y sólo de tarde en tarde toca un premio
-pequeño, en realidad la vida de un hombre de
-acción, si es una lotería, es una lotería que toca siempre,
-porque el jugador lleva el mayor premio en el
-máximo esfuerzo.</p>
-
-<p>La acción por la acción es el ideal del hombre
-sano y fuerte; lo demás es parálisis que nos ha producido
-la vida sedentaria.</p>
-
-<p>Unos días después de recibir la visita de Cugnet
-de Montarlot, el Empecinado y el <i>Lobo</i> se presentaban
-en casa de Aviraneta.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_164" id="Page_164">[164]</a></span>
-Al día siguiente el general y D. Eugenio iban al
-Ministerio de Estado á conferenciar con D. Evaristo
-San Miguel.</p>
-
-<p>Se habló entre los tres largo rato de la situación
-de España y de la invasión francesa, que parecía inminente.</p>
-
-<p>Don Evaristo tenía alguna esperanza en el fracaso
-de la Intendencia de los ejércitos que había de mandar
-Angulema.</p>
-
-<p>Esto unido á la oposición de los liberales, pensaba,
-podría influir en el Gobierno francés.</p>
-
-<p>&mdash;¿Es que no tienen víveres?&mdash;preguntó Aviraneta.</p>
-
-<p>&mdash;Eso me comunican los agentes&mdash;contestó el
-ministro&mdash;, pero no hay que abrigar mucha confianza.
-Es posible que mis agentes estén en relación con los
-realistas.</p>
-
-<p>&mdash;Es muy probable&mdash;añadió Aviraneta.</p>
-
-<p>&mdash;Casi valdría la pena de que fuera usted otra vez
-á Francia&mdash;dijo de pronto San Miguel.</p>
-
-<p>&mdash;¿A París?</p>
-
-<p>&mdash;No; á la frontera.</p>
-
-<p>&mdash;Pues si usted quiere, voy. ¿Qué hay que hacer?</p>
-
-<p>&mdash;Primero averiguar cómo va la cuestión de la Intendencia
-del ejército de Angulema, y si no hay esperanza
-en esto, marchar á San Sebastián y ayudar á
-los emigrados franceses, que parece que van á hacer
-un intento.</p>
-
-<p>&mdash;Muy bien. Estoy á la orden de usted.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_165" id="Page_165">[165]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Pues cuanto antes. Si se puede hoy, mejor que
-mañana. Me conviene que vaya usted en seguida. En
-cuanto llegue usted á la frontera, que le tengan una
-silla de postas preparada, é inmediatamente que sepa
-usted algo definitivo me avisa.</p>
-
-<p>&mdash;Y en San Sebastián, ¿qué haré?</p>
-
-<p>&mdash;En San Sebastián activará usted la gestión de
-los carbonarios. Usted creo que es carbonario también.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por dónde lo sabe usted?&mdash;dijo Aviraneta
-algo alarmado.</p>
-
-<p>&mdash;Amigo, un ministro tiene sus informes secretos.</p>
-
-<p>&mdash;Yo creí que en España los ministros eran los
-últimos que se enteraban de las cosas&mdash;replicó sarcásticamente
-Aviraneta.</p>
-
-<p>&mdash;Como ve usted, no siempre&mdash;dijo D. Evaristo,
-riendo&mdash;. Cuando llegue usted á San Sebastián se
-pondrá usted al habla con el jefe político y el militar.
-Usted, como hombre más expeditivo, les aconsejará
-que obren con rapidez, aunque sea saltando por
-encima de la ley.</p>
-
-<p>&mdash;Mala opinión tiene usted de mí, D. Evaristo.</p>
-
-<p>&mdash;No, hombre, no. Muy buena.</p>
-
-<p>&mdash;¡Hum! ¡Qué sé yo! Creo que me considera usted
-como un apreciable granuja.</p>
-
-<p>&mdash;Bien. Ya discutiremos eso con más tiempo.
-Ahora voy á hacer que escriban los reales decretos:
-uno para usted, Aviraneta; otro para usted, D. Juan
-Martín.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_166" id="Page_166">[166]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;¿Qué ha pensado usted para mí?&mdash;preguntó
-el Empecinado.</p>
-
-<p>&mdash;Haré que el rey le autorice á usted para el levantamiento
-y organización de guerrillas en Castilla
-la Vieja y la Nueva, para oponerse á la invasión de
-los franceses.</p>
-
-<p>&mdash;¿Querrá?</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué remedio le queda!&mdash;exclamó irónicamente
-San Miguel&mdash;. ¡Mientras esté con nosotros! Esperen
-ustedes un momento aquí. Yo mismo voy.</p>
-
-<p>Quedaron solos Aviraneta y el Empecinado.</p>
-
-<p>&mdash;De manera que eres carbonario&mdash;preguntó
-D. Juan Martín.</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y por qué no me lo has dicho?</p>
-
-<p>&mdash;Hombre. ¿Para qué?</p>
-
-<p>&mdash;Yo no he tenido secretos para ti.</p>
-
-<p>Aviraneta no contestó. Esperaron cerca de una
-hora y al cabo de este tiempo, volvió el ministro,
-un poco nervioso y sofocado, con los dos despachos.</p>
-
-<p>En el uno mandaba á los gobernadores, alcaldes
-y justicias del reino que obedecieran las órdenes de
-D. Eugenio de Aviraneta; en el otro nombraba comandante
-general de todas las columnas patrióticas
-que se organizasen en ambas Castillas, con facultades
-extraordinarias para crear cuerpos y premiar el
-mérito militar hasta coronel inclusive, á D. Juan Martín,
-el Empecinado.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_167" id="Page_167">[167]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Espero que harán ustedes maravillas&mdash;dijo el
-ministro.</p>
-
-<p>&mdash;Haremos lo que podamos&mdash;replicó D. Juan
-Martín.</p>
-
-<p>&mdash;Se acerca el momento de prueba&mdash;repuso el
-ministro&mdash;. Quiera Dios que salgamos con bien. Hasta
-la vista, señores.</p>
-
-<p>&mdash;Adiós.</p>
-
-<p>Se estrecharon las manos, y D. Juan Martín y
-Aviraneta salieron de Palacio.</p>
-
-<p>&mdash;Iremos juntos hasta Valladolid&mdash;dijo el Empecinado.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno, iremos juntos&mdash;contestó Aviraneta.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_168" id="Page_168"></a>
-<a name="Page_169" id="Page_169"></a></span></p>
-
-
-<h3 id="MILITAR">II.<br />
-MASCARADA MILITAR</h3>
-
-
-<p>Salieron Aviraneta, el Empecinado y el <i>Lobo</i>, á
-caballo, con una escolta de lanceros, y el primer
-punto en donde hicieron una parada larga fué en la
-finca de Castrillo, de D. Juan Martín.</p>
-
-<p>El Empecinado había pensado en reunir á sus antiguos
-guerrilleros. Efectivamente, mandó recado á
-los amigos de toda la comarca: unos no estaban en
-sus casas, otros habían muerto, otros no podían.</p>
-
-<p>De Castrillo se pasó á Aranda, y aquí también,
-excepción hecha de Diamante, Valladares y alguno
-que otro miliciano nacional, no acudió nadie al llamamiento.</p>
-
-<p>Se decidió nombrar jefe de la Milicia del partido
-de Aranda á Diamante y encargarle de la organización
-de una columna patriótica.</p>
-
-<p>El <i>Lobo</i> aprovechó su estancia en Aranda para
-traspasar su posada y su fragua á un pariente, y decidió,
-en espera de los sucesos, llevar su familia á un
-<span class="pagenum"><a name="Page_170" id="Page_170">[170]</a></span>
-pueblo de la provincia de Burgos, de donde era su
-mujer.</p>
-
-<p>Casi con la seguridad de que la comarca del Duero
-no respondería al llamamiento para luchar por la
-Constitución, se siguió á Valladolid.</p>
-
-<p>El Empecinado y Aviraneta giraron una visita á
-los cuarteles y á los parques de la ciudad castellana,
-y recibieron una impresión desconsoladora.</p>
-
-<p>Les acompañó un oficial de Estado Mayor, ex
-ayudante de Zarco del Valle.</p>
-
-<p>Los informes de éste les sirvió para darse cuenta
-de la situación. No había en los parques material de
-artillería: los cañones eran malos y viejos, perfectamente
-inútiles, y faltaban las municiones. Respecto á
-la caballería, estaba en cuadro, y hacía mucho tiempo
-que no maniobraba.</p>
-
-<p>Lo mejor era la infantería, y aun así, escaseaban fusiles,
-cartuchos, uniformes y armas blancas.</p>
-
-<p>En cuestión de competencia, según el oficial de
-Estado Mayor, se estaba á la altura de lo demás; los
-oficiales conocían únicamente la guerra de guerrillas
-y de pequeños grupos. El Estado Mayor no se hallaba
-constituído científicamente: parecía un cuerpo
-sin más objeto que llevar un uniforme lujoso.</p>
-
-<p>Los generales y jefes políticos querían resolver en
-un momento lo que no se había resuelto en años, y
-daban constantemente órdenes diversas y contradictorias.</p>
-
-<p>Para obviar la falta de uniformes y armas, las au<span class="pagenum"><a name="Page_171" id="Page_171">[171]</a></span>toridades
-decidieron abrir las cuadras, conventos é
-iglesias arruinadas, donde se habían almacenado los
-despojos del ejército de Napoleón, y comenzaron á
-aparecer, con gran regocijo de la gente, cascos, chacós,
-morriones y turbantes de polacos, alemanes, mamelucos
-y franceses. Al mismo tiempo salieron lanzas,
-alfanjes, espadines y gumías.</p>
-
-<p>Un gran motivo de confusión y de desorden en las
-ciudades eran las Sociedades secretas, que obligaban
-á sus afiliados á adoptar una actitud especial ante los
-sucesos. En el ejército, casi todos los oficiales y jefes
-pertenecían á algún grupo político.</p>
-
-<p>Los generales habían dado el ejemplo.</p>
-
-<p>Mina era carbonario; O'Donnell, San Miguel,
-O'Daly y Montijo, masones; Ballesteros, el Empecinado
-y Palarea, comuneros; Morillo, anillero.</p>
-
-<p>Una divergencia parecida á la de los jefes de altos
-cargos existía entre los oficiales subalternos, que
-intrigaban abiertamente contra la política de los unos
-ó de los otros.</p>
-
-<p>Para mayor confusión, los liberales exaltados de
-los Ayuntamientos, casi todos ellos de la Milicia nacional,
-viendo la indiferencia y pasividad del ejército,
-pretendían dirigir y preparar la defensa de los
-pueblos con planes absurdos y descabellados.</p>
-
-<p>Estos milicianos pensaban que los jefes no manifestaban
-bastante ardimiento en la defensa de la libertad.
-En los pueblos se veía ir y venir á los exaltados
-seguidos de sus grupos.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_172" id="Page_172">[172]</a></span></p>
-
-<p>Algunos de estos ciudadanos, con su indumentaria
-napoleónica, sus casacas, sus morriones, sus tricornios,
-sus corazas, sus sables corvos de mameluco,
-parecían comparsas de carnaval.</p>
-
-<p>El mayor contingente de soldados espontáneos lo
-daba la clase media; los pobres, en general, odiaban
-á los liberales como se odia á los tiranos: no los tenían
-por gente del pueblo, sino por aristócratas extranjerizados,
-enemigos de todo lo popular.</p>
-
-<p>Había, además de causas de simpatía espiritual,
-otras más materiales para explicar el odio de la plebe
-feota á los liberales: el liberal, en aquella época,
-mandaba, el realista obedecía; el miliciano estaba
-bien vestido; en cambio el soldado de la fe andaba
-roto y haraposo. El feota quería cambiar su camisa
-desgarrada y sucia por la casaca abrigada del audaz
-matareyes y del impío matafrailes.</p>
-
-<p>Por entonces empezaba á generalizarse la palabra
-<i>negro</i> para llamar al liberal, palabra que tuvo su expansión
-con la entrada triunfal de los franceses con
-Angulema.</p>
-
-<p>En los liberales de los pueblos había las mismas
-divisiones que en los de Madrid.</p>
-
-<p>Los masones eran las personas más ilustradas; los
-comuneros, los radicales y los lectores del <i>Zurriago</i>,
-formaban una turba de demagogos callejeros, escandalosos
-y chillones, que gritaban en las tabernas y
-se confundían con la gente clerical.</p>
-
-<p>En el ejército había muchos oficiales enemigos de<span class="pagenum"><a name="Page_173" id="Page_173">[173]</a></span>
-la Constitución. Estos no se recataban en decir que
-veían próximo y deseaban el triunfo de los franceses.</p>
-
-<p>Los oficiales liberales entusiastas buscaban la manera
-de preparar una resistencia seria; pero se encontraban
-hundidos en aquel pantano de debilidades,
-de desconfianzas y de intrigas.</p>
-
-<p>Por otra parte, los sargentos y cabos de milicianos
-comuneros y zurriaguistas creían que las tropas de
-Angulema estaban en la frontera únicamente para
-intimidar á los descamisados españoles; pensaban
-que el ejército francés era un ejército falso, inventado
-por los pasteleros masones.</p>
-
-<p>Con este ambiente de indisciplina, de vacilaciones
-y desconfianzas, era imposible que el país y el
-ejército hiciesen algo serio.</p>
-
-<p>Así, el fracaso constitucional fué consumado de
-una manera pobre, triste y grotesca, sin grandeza en
-el vencedor ni heroísmo en el vencido.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_174" id="Page_174"></a>
-<a name="Page_175" id="Page_175"></a></span></p>
-
-
-
-
-<h3 id="II_III">III.<br />
-ANTIGUOS AMIGOS</h3>
-
-
-<p>Dejando á don Juan Martín muy desalentado, Aviraneta,
-en compañía del <i>Lobo</i>, marchó á Burgos; se
-detuvo unas horas en Miranda y en Vitoria, y llegó
-á San Sebastián.</p>
-
-<p>Estaba de jefe político un navarro llamado Albistur,
-y mandaba la guarnición el brigadier de Caballería
-don Pablo de la Peña, que tenía á sus órdenes
-los regimientos incompletos de Valencey, España,
-Salamanca é Imperial Alejandro.</p>
-
-<p>Aviraneta conferenció con los dos jefes y les explicó
-su misión de averiguar lo que ocurría con la
-Intendencia del ejército de Angulema.</p>
-
-<p>&mdash;El ministro supone&mdash;dijo Aviraneta&mdash;que si el
-Gobierno francés no resuelve este punto, su empresa
-morirá por consunción antes de nacer.</p>
-
-<p>&mdash;Yo creo que lo resuelve&mdash;repuso el brigadier
-Peña.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_176" id="Page_176">[176]</a></span>
-&mdash;Entonces ustedes, los militares, tendrán la palabra&mdash;contestó
-Aviraneta.</p>
-
-<p>&mdash;¿No es usted militar?</p>
-
-<p>&mdash;Militar de afición. He sido guerrillero.</p>
-
-<p>&mdash;¿Durante la guerra de la Independencia?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>El brigadier Peña contempló á Aviraneta con
-curiosidad.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y qué pretende el ministro?&mdash;repuso.</p>
-
-<p>&mdash;El ministro desea que se den facilidades al proyecto
-de los republicanos franceses, que intentan hacer
-desistir á sus paisanos de la invasión.</p>
-
-<p>&mdash;Estoy enterado de ese proyecto&mdash;dijo el brigadier.</p>
-
-<p>&mdash;Yo también&mdash;repuso el jefe político&mdash;, y ayudaré
-con mis medios.</p>
-
-<p>&mdash;Entonces de acuerdo&mdash;añadió Aviraneta&mdash;; yo
-me voy á Bayona y la primera noticia definitiva que
-sepa la enviaré con un propio á Behovia.</p>
-
-<p>&mdash;Entonces yo me encargo de recogerla y hacer
-que la lleven por la posta á Madrid&mdash;dijo el jefe político.</p>
-
-<p>Aviraneta dejó al <i>Lobo</i> en San Sebastián y se dirigió
-á Irún. Encontró allí á su amigo Juan Olavarría,
-quien se manifestó muy pesimista. Creía que Angulema
-entraría sin dificultades, y que el ejército español
-no sabría defenderse.</p>
-
-<p>Los liberales de Irún habían publicado una alocución
-que terminaba diciendo:</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_177" id="Page_177">[177]</a></span></p>
-
-<p>"Si á pesar de todo la libertad sucumbiera, aun
-nos quedaría un arbitrio que se burla de todos los tiranos:
-perecer, como Leonidas, bajo las ruinas de la
-República."</p>
-
-<p>Aviraneta tenía poca fe en las frases, y no hizo de
-ésta mucho caso.</p>
-
-<p>Aviraneta alquiló una barca en Fuenterrabía, pasó
-á Hendaya, y en un cochecito fué á San Juan de Luz.</p>
-
-<p>Aquí se detuvo en la casa donde vivía la viuda de
-Ignacio Arteaga. Encontró á Mercedes como siempre
-muy guapa. Corito, la ahijada de don Eugenio,
-tenía ya tres años y estaba muy bonita, hablaba mucho;
-contaba largas historias. Aviraneta comió con
-la viuda y pasó unas horas en la terraza de la casa,
-con la niña en brazos, mirando el mar.</p>
-
-<p>Recordó los tiempos en que solía estar en compañía
-de Lara y de Fermina la <i>Navarra</i>, con la hija de
-Martinillo el pastor, en un pueblo de la provincia de
-Burgos.</p>
-
-<p>En aquellos momentos, en su imaginación se fundían
-la hija de Teodosia y Corito, y eran la misma
-persona.</p>
-
-<p>Por la noche llegaron á casa de Mercedes su tío
-don Francisco Ramírez de la Piscina con el señor
-Salazar, dos personalidades de Laguardia.</p>
-
-<p>Ramírez de la Piscina era un señor vestido de traje
-negro, algo raído, con calzón corto, casaca larga y
-aire clerical, frío y solemne.</p>
-
-<p>El Sr. Salazar contrastaba con él por su aspecto<span class="pagenum"><a name="Page_178" id="Page_178">[178]</a></span>
-elegante. Salazar parecía salir de una fábrica recién
-construído y barnizado. Iba muy elegante: vestía pantalón
-estrecho con trabillas, levita azul estilo inglés,
-botas que le sonaban al andar, cuello de camisa limpísimo
-y corbata brillante de muchas vueltas. Sobre
-el chaleco rameado llevaba una gruesa cadena de reloj
-con muchos dijes, y en los dedos, una porción de
-sortijas.</p>
-
-<p>El Sr. Salazar iba tan empaquetado, que cualquiera
-hubiese temido que iba á hacer crac y á romperse
-por alguna parte.</p>
-
-<p>Ramírez de la Piscina era realista; el Sr. Salazar
-figuraba entre los anilleros y se tenía por hombre que
-miraba los acontecimientos con frialdad y buen sentido.
-Hablaba de una manera un tanto pedantesca.</p>
-
-<p>&mdash;Yo entiendo&mdash;le dijo el Sr. Salazar á Aviraneta&mdash;que
-la Constitución de Cádiz tiene poca vida.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué?</p>
-
-<p>&mdash;Porque no la han de dejar robustecerse, reconstituirse:
-ó ha de vencer, y para eso no tiene fuerza,
-ó ha de morir de anemia. Dentro tiene como enemigos
-al rey y á la corte, que trabajan de consuno con
-su dinero y su influencia en su descrédito, y, á mayor
-abundamiento, á los frailes, á los afrancesados, á los
-realistas, á los moderados. ¿No es cierto?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;Fuera tiene como enemigos á la Santa Alianza,
-á Francia, que hoy está bajo una dinastía restaurada;
-á Inglaterra, gobernada por una aristocracia<span class="pagenum"><a name="Page_179" id="Page_179">[179]</a></span>
-<i>tory</i>, á la prensa europea y al comercio de todo el
-mundo. Esto hace pensar que no vivirá.</p>
-
-<p>&mdash;¿De manera que vamos al absolutismo, al gobierno
-de los frailes?</p>
-
-<p>&mdash;Algunos afirman que el Gobierno de Luis XVIII
-ha ofrecido una Carta otorgada por el rey, á estilo
-francés, con dos Cámaras; pero que las Cortes no la
-aceptan. Esto no es óbice para que este sistema se
-acepte tarde ó temprano en España.</p>
-
-<p>&mdash;No sé; lo que no creo es que el ofrecimiento
-sea cierto&mdash;replicó Aviraneta&mdash;.Los políticos franceses
-suponen que España no puede salir del absolutismo.
-Piensan que á los españoles nos viene grande,
-no una Constitución democrática como la de Cádiz,
-sino una sombra de Parlamento vigilado por el
-Gobierno.</p>
-
-<p>Tras de las divagaciones de Salazar, el Sr. Ramírez
-de la Piscina contó á Aviraneta las postrimerías
-de la regencia de Urgel. Esta regencia, después de
-haber trabajado por el absolutismo y la intervención,
-tomaba á última hora una actitud casi facciosa ante
-los realistas.</p>
-
-<p>Uno de los directores, Eroles, había abandonado
-á sus compañeros y se había unido á Eguía. Los otros
-dos, los más acérrimos, el marqués de Mataflorida y
-el arzobispo Creux, habían salido de Toulouse <i>motu
-proprio</i>, estableciéndose en Perpiñán.</p>
-
-<p>Estando allí se les presentó el general Bordesoulle
-y les invitó á que regresaran á Toulouse inmedia<span class="pagenum"><a name="Page_180" id="Page_180">[180]</a></span>tamente
-á cumplimentar al duque de Angulema.</p>
-
-<p>La decadencia de la regencia de Urgel daba más
-importancia al general Eguía. Este escribía á Mataflorida
-diciéndole:</p>
-
-<p>"Renuncie V. E. á toda idea de sostener la regencia
-que formó, dejando obrar libremente la que
-yo debo presidir."</p>
-
-<p>Mataflorida, indignado, comunicó á sus amigos que
-Eguía era partidario de la Carta y de las dos Cámaras,
-cosa horrible para un realista puro, y les advirtió
-que pensaba entrar en Navarra á desenmascarar á los
-traidores. Eguía, incomodado, contestó dando orden
-de prenderlo si se presentaba en Navarra. Mataflorida
-dirigió una protesta al duque de Angulema, y
-éste, en vez de escucharle, mandó confinar al marqués
-y al arzobispo absolutistas en el interior de
-Francia.</p>
-
-<p>Eguía triunfó en toda la línea, y con Calderón,
-Juan Bautista Erro y el barón de Eroles fundó la Regencia
-provincial, que comenzó en Bayona y se instaló
-después en Oyarzun.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_181" id="Page_181"></a></span></p>
-
-
-
-
-<h3 id="II_IV">IV.<br />
-EN EL ESPIONAJE</h3>
-
-
-<p>Con sentimiento dejó Aviraneta San Juan de Luz
-y se dirigió á Bayona. Tomó un cuartucho alto en la
-fonda de San Esteban, que fué lo único que pudo
-encontrar, pues todos los hoteles estaban ocupados,
-y se dispuso á enterarse de cuanto pasaba.</p>
-
-<p>Su primera gestión fué ir á casa de Juan Bautista
-Beunza, que vivía en la calle de los Vascos, y encargarle
-que le tuviera constantemente preparado un
-tílburi para salir en cualquier momento y á toda prisa
-para España.</p>
-
-<p>Hecha esta diligencia se dedicó á husmear por el
-pueblo. El ejército francés de ocupación estaba distribuído
-por las plazas del Mediodía de Francia. El
-duque de Angulema iba á ponerse al frente de cinco
-cuerpos de ejército. El primero se hallaba á las órdenes
-del mariscal duque de Reggio, con los tenientes
-generales conde de Autichamp, Bourke, vizconde
-de Obert y Castex. Este era el destinado á mar<span class="pagenum"><a name="Page_182" id="Page_182">[182]</a></span>char
-sobre Madrid. Los otros los mandarían el general
-Molitor, el príncipe de Hohenlohe, el mariscal
-Moncey y el general Bordesoulle.</p>
-
-<p>El general Guilleminot, hombre sagaz y de talento,
-distinguido como militar y como político, había
-sido nombrado mayor general.</p>
-
-<p>Además del gran número de jefes y oficiales franceses
-reunidos en Bayona, estaba toda la flor y nata
-del absolutismo español, excepto los pocos que quedaban
-fieles á la Regencia de Urgel. Eguía, Erro,
-Quesada, Longa, José O'Donnell, el <i>Trapense</i>, Josefina
-Comerford, Urbiztondo, Corpas y otros muchos
-andaban por allí reunidos con sus partidarios,
-preparándose é intrigando.</p>
-
-<p>El ejército francés, paralizado en la frontera, y la
-nube de cortesanos realistas, hacía que Bayona fuera
-un gran foco de noticias falsas.</p>
-
-<p>Constantemente se decía que el ejército iba á salir,
-y al mismo tiempo se aseguraba que no podía
-marchar porque no tenía víveres ni para los hombres
-ni para los caballos, y que faltaban almacenes, carros
-y toda clase de medios de transporte.</p>
-
-<p>Estas últimas noticias, unidas á las diferencias y
-al odio que se tenían los realistas españoles entre sí,
-alimentaban las esperanzas de los liberales. Por otro
-lado, algunos suboficiales y veteranos franceses decían
-que no querían batirse con generales de sacristía.</p>
-
-<p>Aviraneta fué á casa de Basterreche y á la logia<span class="pagenum"><a name="Page_183" id="Page_183">[183]</a></span>
-de Bayona, á la librería de Gosse y á la de Lamaignere.
-Todas las logias del Mediodía de Francia se
-habían movilizado. Quedaba todavía en ellas un rastro
-republicano, un residuo de la tendencia girondina.
-En la parte vasca dominaban dos hombres: Garat
-y Basterreche; en las Landas quedaban algunos
-amigos de Ducos, y en la parte gascona persistía la
-influencia del convencional Barère, que vivía por
-entonces, ya viejo, en Bruselas.</p>
-
-<p>A pesar de su versatilidad, de haber sido girondino,
-jacobino, bonapartista y hasta haberse ofrecido,
-según algunos, á los Borbones, Beltrán Barère era
-muy querido por los gascones, que veían en él un regionalista
-entusiasta y un enemigo de la centralización
-y de la supremacía de París sobre la provincia.</p>
-
-<p>Tanto á Garat como á Barère se les consideraba
-por su influencia y su grado en la masonería, como
-<i>acerrimi libertatis et veritatis defensores</i>: acérrimos
-defensores de la libertad y de la verdad.</p>
-
-<p>Estas logias de los pueblos del Mediodía de Francia
-se cambiaban órdenes y mandaban impresos asegurando
-que las tropas no entrarían en España y
-que los soldados franceses no querían ser criados de
-los jesuítas.</p>
-
-<p>Al segundo día de llegar, en casa de Basterreche
-le dijeron á Aviraneta que el banquero Ouvrard acababa
-de presentarse en Bayona. La noticia era grave,
-porque Ouvrard tenía fama de ser hombre expeditivo
-y capaz de resolver las mayores dificultades.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_184" id="Page_184">[184]</a></span></p>
-
-<p>El día siguiente, 4 de Abril, Aviraneta se puso
-en campaña para seguir los pasos de Ouvrard. No
-era fácil, ni mucho menos. El banquero venía con su
-socio Seguín, su sobrino Víctor, una docena de criados,
-y estaba muy vigilado por la policía. Ouvrard
-tuvo varias conferencias con el intendente Sicard,
-con el duque de Bellune y con el general Tirlet.</p>
-
-<p>El día 5, por la mañana, Aviraneta supo en la librería
-de Gosse que el príncipe generalísimo de las
-tropas francesas había llamado á conferencia á Ouvrard,
-y poco después se aseguró que se enviaba la
-caballería hacia las llanuras de Tarbes, porque no
-había forrajes suficientes para ella.</p>
-
-<p>El mismo día por la noche Aviraneta tuvo la gran
-sorpresa de ver entrar en la fonda de San Esteban
-á la Sole con el marqués de Vieuzac.</p>
-
-<p>Ella le conoció en seguida; el marqués, no. Aviraneta,
-por uno de los mozos del hotel, afiliado á la
-masonería, mandó á la Soledad un recado diciéndola
-que quería tener con ella una entrevista. La Soledad,
-sin duda, se alarmó al saber que don Eugenio
-estaba en el mismo hotel, y le contestó advirtiéndole
-que se hallaba muy vigilada, y que si le tenía algo
-que decir se lo comunicara por el mozo, sin escribirla.
-La Soledad no apareció por el comedor. Comía
-en su cuarto con una señora parisiense que la acompañaba.</p>
-
-<p>Aviraneta hubiese querido averiguar algo por la
-Sole. Vieuzac, como empleado de importancia, de<span class="pagenum"><a name="Page_185" id="Page_185">[185]</a></span>bía
-estar enterado al detalle de cuanto pensaba hacer
-el Gobierno francés.</p>
-
-<p>El día 5, por la tarde, el mozo masón de la fonda
-de San Esteban se acercó á Aviraneta y le dijo
-que tenía que hablarle.</p>
-
-<p>Este mozo, que se llamaba Gracieux, era todo un
-tipo: alto, flaco, aventurero, hombre de gran nariz y
-de concepciones atrevidas. Gracieux era admirador
-de Aviraneta. Gracieux, con gran misterio, le dijo
-á don Eugenio que iban á tener una cena en un comedorcito
-aparte un ayudante del general Tirlet, el
-sobrino de Ouvrard, el marqués de Vieuzac y varias
-damas: la Soledad con su señora de compañía, una
-cómica amiga de Ouvrard y una bailarina entretenida
-por el ayudante de Tirlet.</p>
-
-<p>El mozo masón dijo á Aviraneta que si quería le
-prepararía un escondrijo, y desde él podría oír la
-conversación.</p>
-
-<p>&mdash;Vamos á ver eso.</p>
-
-<p>Entraron en el comedor.</p>
-
-<p>El mozo abrió la parte baja de un armario grande.</p>
-
-<p>&mdash;Aquí puede usted meterse&mdash;le dijo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Aquí?&mdash;exclamó Aviraneta.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, hay sitio. Un poco incómodo será.</p>
-
-<p>&mdash;Veamos.</p>
-
-<p>Aviraneta hizo la prueba y murmuró:</p>
-
-<p>&mdash;La cabeza no está muy cómoda sobre un trozo
-de madera.</p>
-
-<p>&mdash;Le traeré á usted una almohada.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_186" id="Page_186">[186]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Buena idea.</p>
-
-<p>Aviraneta cogió la almohada que le dió el mozo,
-y se tendió en el armario.</p>
-
-<p>&mdash;¿A qué hora es la cena?&mdash;preguntó.</p>
-
-<p>&mdash;A las doce.</p>
-
-<p>&mdash;Tres horas de espera. Bueno. Me dedicaré á
-la meditación.</p>
-
-<p>&mdash;Cuando se acabe la cena y se vayan yo vendré
-á sacarle á usted&mdash;dijo el mozo.</p>
-
-<p>Aviraneta se tendió en su agujero y pasó las tres
-horas aburrido. Sonaron las doce, y no apareció
-nadie; á la una se presentaron las mujeres, y poco
-después de las dos llegaron los hombres.</p>
-
-<p>Comenzó la cena. Vieuzac estaba galante con la
-Soledad. Ella hablaba ya bastante bien el francés, y
-se manifestaba, como siempre, muy mimosa, coqueta
-y melancólica.</p>
-
-<p>Ouvrard el joven, como parisiense que encuentra
-que fuera de París no se puede vivir, comenzó á hablar
-mal de los meridionales. Según él, desde Angulema
-para abajo no se veía más que afectación, falsedad,
-farsa y mentira. A alguien había oído decir
-<i>Mendacia vasconica</i>: mentira vasca ó gascona, y repetía
-la frase.</p>
-
-<p>Vieuzac, que procedía de Argeles de Bigorre,
-defendió á los meridionales con calor.</p>
-
-<p>&mdash;Defienda usted también á su paisano el regicida
-Barère&mdash;dijo Ouvrard con ironía.</p>
-
-<p>&mdash;Paisano y pariente&mdash;replicó Vieuzac.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_187" id="Page_187">[187]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;¿Es usted pariente del Anacreonte de la guillotina?&mdash;preguntó
-el ayudante de Tirlet.</p>
-
-<p>-Sí.</p>
-
-<p>&mdash;Y creo que tiene cierto orgullo con ello&mdash;repuso
-Ouvrard.</p>
-
-<p>&mdash;Como ustedes, los bretones, tienen entusiasmo
-por sus realistas salvajes.</p>
-
-<p>&mdash;¿Vive Barère?&mdash;dijo el ayudante de Tirlet.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, en Bruselas.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué extraña existencia la de esos hombres!
-¿Usted le conoce?</p>
-
-<p>&mdash;Sí. Es uno de los tipos más sugestivos y más
-amenos que se pueden tratar. En su conversación
-hace desfilar todas las figuras de la historia contemporánea
-de Francia.</p>
-
-<p>Aviraneta pensó que perdía el tiempo en su agujero
-y que no se iba á hablar de la intervención; pero
-á los postres el ayudante de Tirlet preguntó:</p>
-
-<p>&mdash;¿Y al fin entramos ó no entramos en España?</p>
-
-<p>&mdash;Sí&mdash;dijo Vieuzac&mdash;. Está decidido.</p>
-
-<p>&mdash;Mañana, á las diez, se firma el tratado de mi tío
-añadió Víctor Ouvrard&mdash;. Su alteza real el príncipe
-generalísimo pondrá él mismo el sello en el contrato.</p>
-
-<p>&mdash;¿De modo que han quedado todos los puntos
-resueltos?</p>
-
-<p>&mdash;Todos.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y el ministro de la Guerra?</p>
-
-<p>&mdash;El mariscal Víctor&mdash;dijo Ouvrard&mdash;está enfermo
-de gota, y grita á todas horas furioso que mi tío<span class="pagenum"><a name="Page_188" id="Page_188">[188]</a></span>
-es un ladrón y que quiere quedarse con todo el dinero
-de la administración militar.&mdash;Y es posible que
-sea verdad.</p>
-
-<p>&mdash;¡Vaya un buen sobrino!&mdash;exclamó el ayudante
-de Tirlet.</p>
-
-<p>&mdash;Amigo de Platón, pero más amigo de la verdad&mdash;contestó
-Víctor Ouvrard.</p>
-
-<p>&mdash;¿Amigo de quién?&mdash;preguntó la bailarina.</p>
-
-<p>&mdash;De Platón... un banquero&mdash;dijo el ayudante de
-Tirlet, riendo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Rico?</p>
-
-<p>&mdash;Muy rico.</p>
-
-<p>&mdash;Me gustaría conocerle.</p>
-
-<p>&mdash;Es incorruptible.</p>
-
-<p>&mdash;¡Bah!</p>
-
-<p>&mdash;Esos españoles lo están haciendo mal&mdash;exclamó
-Vieuzac.</p>
-
-<p>&mdash;Sí; vamos á hacer el juego á Fernando y á los
-frailes&mdash;repuso el ayudante.</p>
-
-<p>&mdash;Se hará lo posible para impedirlo&mdash;dijo Vieuzac&mdash;.
-Mientras el ejército francés esté en España,
-yo creo que los realistas y los frailes no se desmandarán,
-á no ser que los liberales cometan grandes
-violencias.</p>
-
-<p>&mdash;En fin, poco importa&mdash;exclamó el ayudante&mdash;nos
-pegaremos con los españoles. Esta no es una
-guerra como las de Napoleón, cierto; pero el militar
-no puede elegir las guerras. De todos modos habrá
-ascensos y condecoraciones.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_189" id="Page_189">[189]</a></span></p>
-
-<p>Tras de este intermedio político los comensales
-volvieron á su conversación de París, y á las cuatro
-de la mañana abandonaron el comedor. El mozo fué
-á avisar á Aviraneta que podía salir.</p>
-
-<p>Este marchó rápidamente á su cuarto y luego á la
-calle.</p>
-
-<p>Estaba clareando. D. Eugenio fué corriendo á la
-calle de los Vascos y llamó en casa de Beunza.
-Pronto bajó el hijo Pedro, acompañado de un joven,
-de Ustaritz, llamado Cadet. Sacaron entre los dos el
-cochecito, aparejado.</p>
-
-<p>Aviraneta, Beunza y Cadet montaron en el coche
-y salieron inmediatamente camino de la frontera.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_190" id="Page_190"></a>
-<a name="Page_191" id="Page_191"></a></span></p>
-
-
-
-
-<h3 id="II_V">V.<br />
-EN EL CAMINO</h3>
-
-
-<p>Beunza, el joven, dirigía muy bien; el caballo tenía
-mucha sangre y el tílburi marchaba á la carrera. El
-día estaba hermoso; el sol brillaba en los campos.</p>
-
-<p>Beunza saludaba á derecha é izquierda á las muchachas,
-que salían á las ventanas y reían, y las echaba
-besos.</p>
-
-<p>&mdash;Sabe usted que ayer hubo jaleo en el teatro de
-Bayona&mdash;, dijo de pronto Pedro.</p>
-
-<p>&mdash;No. ¿Qué pasó?&mdash;preguntó Aviraneta.</p>
-
-<p>&mdash;Pues nada: una manifestación de hostilidad entre
-los liberales y el ejército.</p>
-
-<p>&mdash;Cuenta eso.</p>
-
-<p>&mdash;Ayer, por la noche, se representaba una comedia
-bastante sosa, llamada <i>El interior de mi estudio</i>, en
-que se habla de la paz conyugal; y cuando se oía esta
-palabra paz, nosotros aplaudíamos. Entonces un ayudante
-del general Autichamp, que estaba en un palco,
-se levantó y gritó: <i>A la porte la canaille!</i> Nosotros<span class="pagenum"><a name="Page_192" id="Page_192">[192]</a></span>
-contestamos, gritando: ¡Fuera! ¡Fuera! ¡Mueran los
-chuanes!</p>
-
-<p>&mdash;Los militares se echarían sobre vosotros.</p>
-
-<p>&mdash;Sí; dos oficiales franceses vinieron á pedirnos
-explicaciones á Cadet y á mí: yo le dije al mío que era
-una vergüenza que fueran á matar la libertad en España.
-Estábamos discutiendo en tono cada vez más
-agrio, cuando se presentó un señor gordo con pretensiones
-de elegante: gran levitón á la inglesa y sombrero
-de copa. Este señor debía tener algún ascendiente
-sobre los militares, porque los calmó y los hizo
-marcharse de allí.</p>
-
-<p>&mdash;¿Usted es francés?&mdash;me preguntó luego, con un
-acento muy cómico.</p>
-
-<p>&mdash;No, soy español.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah, es usted español!</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;¿Castellano?</p>
-
-<p>&mdash;No, navarro.</p>
-
-<p>&mdash;¿Realista?</p>
-
-<p>&mdash;Republicano.</p>
-
-<p>El gordo se echó á reir y encendió una gran pipa
-de ámbar que llevaba.</p>
-
-<p>&mdash;¿De manera que es usted republicano?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, señor.</p>
-
-<p>&mdash;Yo soy realista.</p>
-
-<p>&mdash;Peor para usted.</p>
-
-<p>&mdash;Sin embargo, comprendo que cada cual tiene
-que tener sus ideas.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_193" id="Page_193">[193]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Yo no lo comprendo&mdash;le dije.</p>
-
-<p>&mdash;Es posible que haya usted oído hablar de mí&mdash;añadió
-el gordo, amablemente.</p>
-
-<p>&mdash;Creo que no.</p>
-
-<p>&mdash;Yo soy el general Longa. Francisco Longa, el
-guerrillero.</p>
-
-<p>Como yo sé que Longa es además de muy valiente
-muy honrado, le traté con respeto y nos hemos hecho
-amigos.</p>
-
-<p>El joven Beunza se consideraba á sí mismo como
-hombre á quien preocupaba únicamente la política,
-pero se le veía que se le iban los ojos tras de las muchachas
-que pasaban.</p>
-
-<p>En el cochecito cruzaron, de prisa, por Bidart, San
-Juan de Luz y Urruña, y al llegar á Hendaya se encontraron
-con que estaban allí acantonadas fuerzas
-de artillería, infantería y caballería francesas preparándose
-para atravesar la frontera.</p>
-
-<p>Aviraneta, Cadet y Beunza pasaron el Bidasoa
-en una barca, y en Behovia D. Eugenio, se encontró
-con el correo enviado por Albistur, el jefe político
-de Guipúzcoa.</p>
-
-<p>Aviraneta se sentó á la puerta de un caserío y escribió
-un oficio al ministro y otro al gobernador de
-San Sebastián.</p>
-
-<p>Poco después el correo salía al galope.</p>
-
-<p>Aviraneta iba á buscar un sitio donde acostarse,
-cuando se encontró con el <i>Lobo</i>.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué hay?&mdash;le dijo&mdash;¿Está usted aquí?</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_194" id="Page_194">[194]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Sí, aquí estamos con los carbonarios franceses
-é italianos. Yo he venido con ellos de San Sebastián.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cuántos hay?</p>
-
-<p>&mdash;Ciento y tantos.</p>
-
-<p>&mdash;¿Nada más?</p>
-
-<p>&mdash;Nada más.</p>
-
-<p>&mdash;Mal negocio.</p>
-
-<p>&mdash;Sabe usted que el jefe le conoce á usted.</p>
-
-<p>&mdash;¿A mí?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién es?</p>
-
-<p>&mdash;Ha preguntado por usted. Si quiere usted
-verle...</p>
-
-<p>&mdash;Sí; vamos.</p>
-
-<p>El <i>Lobo</i>, Beunza, Cadet y Aviraneta marcharon
-hacia la cabeza del puente de Behovia, roto por entonces.</p>
-
-<p>Había por allí varios grupos de paisanos y de militares
-con uniformes del tiempo de Bonaparte.</p>
-
-<p>Los paisanos llevaban el traje clásico del liberal
-de la época: levitón largo y entallado, cerrado hasta
-la barba, sombrero blando y bastón de junco, con
-alma de plomo, sostenido en la muñeca con una cinta
-de cuero.</p>
-
-<p>El <i>Lobo</i>, Beunza, Cadet y Aviraneta cruzaron
-entre el grupo, y el <i>Lobo</i>, señalando á uno de los militares,
-dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Ese es el jefe.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_195" id="Page_195">[195]</a></span></p>
-
-<p>Aviraneta reconoció los ojos brillantes y la cara
-redonda, alegre y decidida del barón de Fabvier.</p>
-
-<p>Aviraneta hizo un gesto de sorpresa y estrechó con
-efusión la mano del francés.</p>
-
-<p>&mdash;Usted siempre en la hora del peligro&mdash;dijo
-Fabvier.</p>
-
-<p>Al lado de éste se hallaban el coronel Caron y
-un hombre de unos cincuenta años, de tipo germánico,
-tostado por el sol, que resultó ser el general Lallemand.</p>
-
-<p>El barón explicó á Aviraneta su proyecto.</p>
-
-<p>Pensaba invitar, desde la orilla española del Bidasoa,
-á los soldados de Angulema á que abandonaran
-la invasión y á que se acogiesen á la bandera
-tricolor que enarbolarían ellos. En el caso de que
-los soldados de Luis XVIII simpatizaran, cruzarían
-el río en unas cuantas barcas que tenían en la orilla,
-cerca de Azquen Portu.</p>
-
-<p>&mdash;Si le puedo servir en algo, mándeme usted&mdash;dijo
-Aviraneta.</p>
-
-<p>&mdash;Tengo un aventurero francés que he encontrado
-por aquí para dirigir mi pequeña flota, pero no es de
-confianza, no le conozco; vaya usted y tome la dirección
-de las barcas. Si la cosa sale bien, yo le llamaré
-para que se acerque.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno, voy en seguida.</p>
-
-<p>Aviraneta con sus amigos, marchó camino de Irún,
-y, al llegar á Azquen Portu, se embarcó.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_196" id="Page_196"></a>
-<a name="Page_197" id="Page_197"></a></span></p>
-
-
-
-
-<h3 id="II_VI">VI.<br />
-EL BATALLÓN DE LOS HOMBRES LIBRES</h3>
-
-
-<p>El batallón de los Hombres libres, así se llamaba
-aquel puñado de ilusos reunidos delante de Behovia,
-había tenido una larga y difícil gestación.</p>
-
-<p>Habían esperado los carbonarios organizadores
-formar una columna de mil hombres, con armas, entre
-franceses é italianos liberales. Esta tropa se iría
-alistando en Bilbao, Tolosa y San Sebastián.</p>
-
-<p>Los jefes políticos de Vizcaya y de Guipúzcoa
-tenían orden del Gobierno español de ayudarlos.</p>
-
-<p>El primer núcleo del pomposo batallón de Hombres
-libres fué una compañía de cazadores, formada
-en Bilbao con desertores franceses y algunos napolitanos.</p>
-
-<p>Mandaba esta compañía el capitán de artillería
-Nantil, hombre de cierta fama. Nantil era un antiguo
-oficial de la legión del Meurthe, bonapartista,
-que había tomado parte en Francia en el proyectado
-asalto del castillo de Vincennes.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_198" id="Page_198">[198]</a></span></p>
-
-<p>Este complot se fraguó en París antes de la constitución
-del carbonarismo.</p>
-
-<p>Habían ideado los revolucionarios sorprender el
-castillo de Vincennes; después, Nantil y otro oficial,
-Capes, sublevarían sus regimientos de guarnición en
-París, y con la gente de los arrabales de esta ciudad
-darían el asalto á las Tullerías. Estaban complicados
-en la conspiración Lafayette con sus amigos, varios
-generales y oficiales de alta graduación, como Ordener,
-Fabvier, Caron y Dentzel. Después del movimiento
-en París, Argenson debía sublevar la Alsacia,
-Saint-Aignan, Nantes y Corcelles Lyon.</p>
-
-<p>La víspera del día fijado para sorprender Vincennes,
-un polvorín de este fuerte voló por casualidad.
-Al hacer la sumaria, los agentes de la policía
-militar y civil notaron los trabajos de los conspiradores
-y las disposiciones tomadas para el asalto. Nantil
-y sus amigos escaparon.</p>
-
-<p>Nantil vino á España y se estableció en Bilbao, y
-estuvo estudiando durante algún tiempo las fortificaciones
-de esta ciudad con el barón de Condé.</p>
-
-<p>Nantil, con su compañía de cincuenta ó sesenta
-hombres, la bandera tricolor desplegada, pasó por
-las calles de Bilbao, el 20 de Marzo de 1823, al
-grito de ¡Viva la Libertad! ¡Viva la unión de los pueblos!
-y alguno que otro de ¡Viva Napoleón segundo!
-Los italianos de Nantil casi todos eran republicanos;
-los franceses, la mayoría, bonapartistas.</p>
-
-<p>Este grupo marchó camino de Tolosa.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_199" id="Page_199">[199]</a></span></p>
-
-<p>Pocos días después, el coronel Caron dejaba Madrid
-y se trasladaba á San Sebastián, en compañía
-de Fabvier.</p>
-
-<p>Caron era hermano del militar fusilado en Estrasburgo
-á consecuencia del falso complot preparado
-por la policía y uno de los jefes más importantes de
-los carbonarios.</p>
-
-<p>Fabvier era el que aparecía como organizador y
-hombre de empuje de los liberales desde la ejecución
-de los sargentos de la Rochela.</p>
-
-<p>El punto de cita de los Hombres libres, hasta
-1.º de Abril, fué Tolosa; pasado este día se reunirían
-en San Sebastián y en Irún.</p>
-
-<p>El Gobierno francés no estaba tranquilo; á uno
-de los militares que había salido de París, con su
-uniforme de oficial bonapartista metido en la maleta,
-se le había ocurrido poner en ésta, para despistar, el
-nombre y la dirección del general Lostende, ayudante
-de Guilleminot. La maleta fué detenida por la
-policía, y se creyó que Lostende y el mismo Guilleminot
-estaban complicados con los revolucionarios, y
-el ministro de la Guerra, el mariscal Víctor, dió la
-orden de destituirlos.</p>
-
-<p>El peligro que asustaba al Gobierno francés era
-bien pequeño.</p>
-
-<p>El batallón de los hombres libres marchaba muy
-despacio y tenía bastante menos fuerza de lo que
-aparentaba.</p>
-
-<p>Se había mandado aviso, por las ventas carbona<span class="pagenum"><a name="Page_200" id="Page_200">[200]</a></span>rias,
-á Cugnet de Montarlot, á Vaudoncourt y á Delon;
-pero no se estaba muy seguro de que hubieran
-recibido el aviso, ni de que tuvieran tiempo de presentarse
-en San Sebastián.</p>
-
-<p>Se esperaba mucho de los tres; sobre todo, de
-Vaudoncourt y de Delon.</p>
-
-<p>Delon, como casi todos los oficiales franceses de
-artillería cultos, era republicano, demócrata y partidario
-de la gente civil.</p>
-
-<p>Esto separaba mucho á los republicanos de los
-bonapartistas, pues aunque los bonapartistas se llamaban
-liberales, eran en general enemigos de los hombres
-civiles.</p>
-
-<p>Delon, de oficial de artillería, trabajó con entusiasmo
-con el general Berton en el movimiento de
-Saumur. Estuvo también complicado en el asunto de
-los sargentos de la Rochela; era jefe importante de
-los carbonarios, y vivía desde hacía tiempo en España.</p>
-
-<p>Llegado el momento, Delon no se presentó, y Vaudoncourt,
-tampoco. Se vió con gran tristeza que en vez
-de los mil hombres que se esperaban, apenas se reunieron
-en San Sebastián unos doscientos, entre militares
-y carbonarios.</p>
-
-<p>El último día apareció el general Lallemand, con
-dos amigos. Lallemand era fundador del Campo de
-Asilo de Tejas, que había sido un fracaso. Este general
-había iniciado una suscripción para formar una
-colonia, en América, suscripción que no se llevó á<span class="pagenum"><a name="Page_201" id="Page_201">[201]</a></span>
-cabo porque los liberales comprendieron que no les
-convenía enviar á los oficiales liberales y bonapartistas,
-á medio sueldo, tan lejos.</p>
-
-<p>Al volver á Europa y saber lo que se preparaba
-Lallemand, se presentó en seguida en la frontera
-española.</p>
-
-<p>Varios generales, coroneles y comandantes formaban
-el batallón de los Hombres libres, que estuvo
-instalado unos días en San Sebastián.</p>
-
-<p>En un pueblo pequeño, como entonces era éste,
-hubo dificultades para alojar aquellos hombres. Los
-liberales de la ciudad se los repartieron, y algunos
-lombardos quincalleros recién venidos al pueblo tomaron
-como alojados á los italianos.</p>
-
-<p>El pequeño batallón de los Hombres libres se dirigió
-á Irún.</p>
-
-<p>Iban en él Fabvier, Lallemand, Caron, Nantil,
-Berard, Lamotte, Moreau, Pombas y Armando Carrel.
-A pesar de su pequeñez, no se desanimaron.</p>
-
-<p>Caron, Fabvier y Lallemand tuvieron una conferencia.
-Caron había recibido cartas de sus confidentes
-diciéndole que el primer cuerpo de ejército, que
-estaba ya en Urruña, avanzaría hacia Hendaya y las
-orillas del Bidasoa, el día 6 de Abril.</p>
-
-<p>El día 5, por la noche, se decidió que el batallón
-de los Hombres libres se presentara en Behovia.
-Los militares, con sus uniformes y al frente la bandera
-tricolor, intentarían fraternizar con las avanzadas
-francesas.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_202" id="Page_202">[202]</a></span></p>
-
-<p>El gobernador militar de San Sebastián envió al
-campo atrincherado de Irún al regimiento Imperial
-Alejandro, para demostrar á los franceses de Angulema
-que el Gobierno español patrocinaba la empresa
-de los carbonarios, y al mismo tiempo para defenderlos.</p>
-
-<p>El día 6, por la mañana, el coronel Fabvier tomaba
-posiciones en la cabeza del puente destruído del
-Bidasoa.</p>
-
-<p>Al otro lado del río, y al alcance de su voz, estaba
-el 9.º regimiento de Infantería ligera y de Artillería
-de campaña.</p>
-
-<p>A primera hora de la tarde, el teniente general
-de Artillería Tirlet fué á la orilla del Bidasoa, delante
-de Behovia, y dió las órdenes al general Vallin para
-que estableciera un puente de barcas.</p>
-
-<p>El general Vallin mandaba la brigada de vanguardia
-del primer cuerpo, y una compañía de esta
-brigada comenzó los trabajos para instalar los pontones.</p>
-
-<p>Al mismo tiempo, algunas patrullas del regimiento
-Imperial Alejandro se acercaron á la orilla española,
-en observación.</p>
-
-<p>Aviraneta, Beunza, Cadet y el <i>Lobo</i>, en las barcas,
-fueron acercándose á Behovia.</p>
-
-<p>Era ya media tarde cuando apareció el grupo de
-bonapartistas y carbonarios, y comenzó á llamar á los
-soldados de las avanzadas francesas y á darse á conocer.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_203" id="Page_203">[203]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;¡Ahora vamos!&mdash;gritaron los de la orilla española.</p>
-
-<p>&mdash;¡Sí, venid!&mdash;contestaron los soldados que trabajaban
-al otro lado.</p>
-
-<p>En esto, los carbonarios se pusieron á cantar <i>La
-Marsellesa</i> y á agitar la bandera tricolor. Las notas
-del hermoso himno se extendieron por la superficie
-tranquila del río.</p>
-
-<p>Aviraneta dió orden á los de sus barcas para que se
-acercaran á la cabeza del puente, donde se hallaban
-los carbonarios. En esto se vió avanzar al galope, en
-la orilla francesa, un general á caballo.</p>
-
-<p>Era el general Vallin. Mandó preparar una batería;
-los artilleros obedecieron, y sonaron dos estampidos.</p>
-
-<p>&mdash;¡Viva el Rey!&mdash;gritó el general.</p>
-
-<p>&mdash;¡Viva!&mdash;contestaron los soldados, sin gran entusiasmo.</p>
-
-<p>Fabvier y sus tropas, al ver que la descarga no había
-alcanzado á nadie, y creyendo que los artilleros
-estaban de su parte, gritaron, agitando la bandera
-tricolor:</p>
-
-<p>&mdash;¡Viva la Artillería francesa! ¡Viva la República!</p>
-
-<p>&mdash;¡Retiraos, miserables!&mdash;oyó Aviraneta que vociferaba
-el general.</p>
-
-<p>&mdash;¡Viva la Libertad! ¡Viva la República!&mdash;contestaron
-los hombres libres.</p>
-
-<p>Entonces el general Vallin volvió á mandar cargar
-los cañones, y se hicieron varios disparos, segui<span class="pagenum"><a name="Page_204" id="Page_204">[204]</a></span>dos
-de metralla. Ocho hombres quedaron muertos
-en la orilla española, y veinte ó treinta heridos.</p>
-
-<p>El general Vallin mandaba hacer alto el fuego,
-cuando se le presentó el cabecilla español el <i>Trapense</i>
-solicitando permiso para pasar el Bidasoa, con
-ochocientos soldados de la Fe, y perseguir á los carbonarios.</p>
-
-<p>Aviraneta y los suyos iban á escapar dejándose
-llevar en las barcas por la corriente; pero de la orilla
-francesa les habían apercibido, y les intimaban á
-acercarse, si no querían recibir un tiro.</p>
-
-<p>Aviraneta vió que era muy difícil escapar á quinientas
-balas que podían disparar sobre ellos, y se
-acercó á la orilla francesa.</p>
-
-<p>La partida del <i>Trapense</i> quería pasar en las mismas
-barcas preparadas para los carbonarios.</p>
-
-<p>No hubo más remedio que conformarse.</p>
-
-<p>El <i>Trapense</i> venía montado en un caballo tordo,
-y cerca de él iba su amante, Josefina Comerford, de
-amazona, con un velo en la cara.</p>
-
-<p>El <i>Trapense</i> entró con Josefina en la lancha.</p>
-
-<p>Era el padre Marañón un hombre moreno, de
-ojos negros brillantes, melenas y larga barba espesa,
-de obscuro color castaño.</p>
-
-<p>Su indumentaria tenía de hombre de iglesia y de
-bandolero de teatro. Llevaba sombrero de ala ancha,
-de color ceniza, con plumas rojas y amarillas y
-escarapela roja; zamarra de piel negra con el entorchado
-de brigadier en la ancha manga; calzones<span class="pagenum"><a name="Page_205" id="Page_205">[205]</a></span>
-bombachos, de terciopelo azul, con muchos botones,
-y botas con gruesas espuelas de plata.</p>
-
-<p>En la cintura ostentaba una canana y dos pistolas;
-en el pecho, un escapulario de la Orden de San
-Francisco y un crucifijo de metal dorado.</p>
-
-<p>En vez de espada empuñaba un látigo.</p>
-
-<p>Josefina Comerford entró en la lancha, y estuvo
-sentada al lado de Aviraneta.</p>
-
-<p>Era esta dama realista una mujer seductora: tenía
-los ojos azules, la tez blanca y el pelo negro. Aunque
-no de gran estatura, su talle era muy esbelto.</p>
-
-<p>Llevaba traje de amazona, dormán con alamares
-de oro, y una insignia de plata en la manga. Josefina,
-al ver que la observaban, tomó una actitud desafiadora
-y orgullosa.</p>
-
-<p>Beunza la estuvo contemplando con gran atención.</p>
-
-<p>&mdash;Lástima que le guste ese frailazo&mdash;dijo en vascuence;
-y uno de los remeros, al oirlo, se echó á reir.</p>
-
-<p>Al bajar en la orilla española, el fraile enarboló el
-crucifijo, y lo dió á besar á un grupo de aldeanos
-que se había reunido allá.</p>
-
-<p>Unos ochocientos soldados de la Fe fueron pasando,
-en barcas, á ocupar Behovia.</p>
-
-<p>Al terminar, viéndose menos vigilado, Aviraneta,
-en su lancha se dejó llevar por la corriente, y desembarcó
-cerca de Irún.</p>
-
-<p>Beunza y Cadet se metieron en casa de un amigo,
-con la intención de volver á Francia. Los demás
-remeros desaparecieron, y Aviraneta quedó en com<span class="pagenum"><a name="Page_206" id="Page_206">[206]</a></span>pañía
-de un pescador que llamaban el <i>Arranchale</i>,
-un francés apodado <i>Nación</i> y el <i>Lobo</i>.</p>
-
-<p>En Irún se estaban haciendo preparativos para la
-entrada de Angulema, y como allí Aviraneta era conocido,
-decidió marchar á San Sebastián á pie.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_207" id="Page_207"></a></span></p>
-
-
-
-
-<h3 id="II_VII">VII.<br />
-HUYENDO</h3>
-
-
-<p>Aviraneta y el <i>Lobo</i>, con los dos hombres de las
-barcas, <i>Arranchale</i> y <i>Nación</i>, tomaron el camino de
-San Sebastián. La noche estaba obscura, no se veía
-una luz en todo el campo.</p>
-
-<p>Al llegar al alto de Gainchurizqueta se desviaron
-del camino, se metieron en una borda y se echaron á
-dormir sobre la hierba seca.</p>
-
-<p>Aviraneta estaba rendido del ajetreo de los días
-anteriores.</p>
-
-<p>Al amanecer se despertó el <i>Lobo</i>, llamó á los
-compañeros y salieron de la borda.</p>
-
-<p>La mañana estaba radiante, el cielo muy azul y
-los campos muy verdes.</p>
-
-<p>Durante la marcha fueron hablando los cuatro. El
-francés, <i>Nación</i>, era un hombre fuerte, membrudo,
-sombrío, de tipo brutal. Era del Norte, vestía un
-traje azul, de tela basta. Tenía los brazos tatuados
-y un anillo en la oreja; fumaba en una pipa corta y
-negra, en la que hundía el dedo pulgar. <i>Nación</i> con<span class="pagenum"><a name="Page_208" id="Page_208">[208]</a></span>sideraba
-España y el Mediodía de Francia como países
-salvajes.</p>
-
-<p>Aviraneta le hizo algunas preguntas que no quiso
-contestar. Habló únicamente de los sitios de Europa
-que había recorrido, que al parecer eran muchos, y
-se dejó decir que había estado en los pontones. Aviraneta
-supuso que era algún forzado escapado de presidio.</p>
-
-<p>El <i>Arranchale</i>, por el contrario de <i>Nación</i>, no conocía
-más que su país, y no sabía hablar más que vascuence.
-El <i>Arranchale</i> no entendía de política ni sabía
-lo que querían los liberales ni los realistas: para él,
-unos y otros peleaban por fantasía. El <i>Arranchale</i>,
-unos años antes, había dejado de ser marinero y se
-había hecho labrador; pero su mala suerte le indujo
-á tomar en arriendo un caserío de Oyarzun, en donde
-los blancos y los negros siempre tenían que parar
-á reñir y á llevarse después lo que hubiera.</p>
-
-<p>Entonces el <i>Arranchale</i> había dejado su mujer y
-dos hijos en casa de la suegra, y andaba de un lado
-á otro trabajando en Francia ó España, siempre en el
-país vasco á pocas leguas de su casa.</p>
-
-<p>El <i>Arranchale</i> no se atrevía á alejarse mucho porque
-á una pequeña distancia de su pueblo ya se sentía
-extranjero.</p>
-
-<p>Era el <i>Arranchale</i> fuerte, membrudo, sonriente y
-ágil como un mono. Charlando, pasaron por delante
-de la bahía de Pasajes, que brillaba como un lago al
-sol, y se acercaron á San Sebastián.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_209" id="Page_209">[209]</a></span></p>
-
-<p>La ciudad en su promontorio, arrimada al Castillo,
-formaba una pequeña península, unida á tierra por
-arenales, pero en aquel momento de marea alta, éstos
-se hallaban cubiertos de agua, y el pueblo, apoyado
-en el monte, parecía una isla fortificada, con sus murallas,
-sus baluartes y sus cubos.</p>
-
-<p>Pasaron Aviraneta y sus compañeros un puente de
-barcas, se acercaron á la puerta de Tierra y entraron
-en la plaza.</p>
-
-<p>Aviraneta fué á ver al gobernador militar. El gobernador
-y el Ayuntamiento tomaban en aquel momento
-las más enérgicas medidas: mandaban prender
-á varios frailes y curas y á otras personas sospechosas
-desafectas á la Constitución, entre ellas al escribano
-don Sebastián Ignacio de Alzate, tío de Aviraneta.</p>
-
-<p>Siete presbíteros de los presos aquel día fueron
-después fusilados y arrojados desde las rocas del Castillo
-de la Mota al mar.</p>
-
-<p>Aviraneta explicó al gobernador militar lo ocurrido
-en Behovia y el paso de los soldados de la Fe
-con el <i>Trapense</i> á la cabeza.</p>
-
-<p>&mdash;No conocía estos detalles&mdash;dijo el brigadier
-Peña&mdash;; el fracaso de la empresa de los Hombres
-libres lo sabía porque lo han contado ellos mismos.</p>
-
-<p>&mdash;¿Han quedado aquí los carbonarios?&mdash;preguntó
-Aviraneta.</p>
-
-<p>&mdash;Hace un momento han embarcado. Van la mayoría
-á La Coruña, á ponerse á las órdenes de sir Roberto
-Wilson.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_210" id="Page_210">[210]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;¿Y usted cómo está aquí, general? La plaza ¿se
-encuentra en buenas condiciones?</p>
-
-<p>&mdash;No del todo&mdash;contestó el brigadier&mdash;. Es una
-lástima que le quitaran á Torrijos el mando de las
-provincias vascas.</p>
-
-<p>&mdash;¿Lo llevaba bien?</p>
-
-<p>&mdash;Muy bien. Se hubiera podido resistir mucho mejor.
-Torrijos había comenzado los trabajos de aprovisionar
-y de defender San Sebastián y Pamplona con
-método. Al mismo tiempo se había puesto al habla
-con los republicanos y liberales franceses para poner
-obstáculos á la entrada del ejército de Angulema.
-Cuando la amenaza de la invasión era ya inminente,
-Torrijos consultó con los generales, y todos opinaron
-que lo más prudente era retirar las tropas al interior,
-dejando guarnecidas las plazas. Todos opinaron así
-menos él y yo. Torrijos, que consideraba este plan
-descabellado, envió al Gobierno una exposición, manifestando
-los graves inconvenientes que tenía tal proyecto.
-El Gobierno, en vez de contestarle le destituyó,
-nombrándole ministro de la Guerra, y dió el
-mando de este distrito al general Ballesteros.</p>
-
-<p>&mdash;Que no hace nada.</p>
-
-<p>&mdash;¡Nada!</p>
-
-<p>&mdash;Siempre lo mismo. No sabemos aprovechar la
-gente.</p>
-
-<p>&mdash;Lo estamos llevando esto muy mal&mdash;dijo amargamente
-el brigadier Peña&mdash;; me temo que esta guerra
-va á ser vergonzosa para nosotros. Vamos á mo<span class="pagenum"><a name="Page_211" id="Page_211">[211]</a></span>rir
-en la ignominia. Yo pienso resistir hasta lo último.</p>
-
-<p>&mdash;¿El jefe político ha resignado el mando?</p>
-
-<p>&mdash;Sí. Albistur, con el jefe político de Alava y el
-de Vizcaya, se han reunido con sus fuerzas de nacionales
-en Vitoria. Los milicianos de las tres provincias
-van hacer la campaña á las órdenes de don
-Gaspar de Jáuregui, el <i>Pastor</i>.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y usted se podrá defender mucho tiempo?&mdash;preguntó
-Aviraneta.</p>
-
-<p>&mdash;Sí. Resistiré.</p>
-
-<p>&mdash;¿Están bien las murallas?</p>
-
-<p>&mdash;Sí. Las veremos si usted quiere.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, vamos.</p>
-
-<p>Salieron del baluarte de la puerta de Tierra hacia
-el Castillo, pasando por encima del puerto, dieron
-la vuelta al monte Urgull y volvieron por el lado de
-la Zurriola otra vez á la puerta de Tierra. Peña mostró
-las baterías, el hornabeque, los revellines y baluartes
-y expuso las probabilidades favorables y adversas
-que se podían tener con aquellos medios.</p>
-
-<p>Por la tarde volvió Aviraneta á visitar al brigadier
-Peña, y éste le dijo que las tropas de Bourke se acercaban
-y habían tomado las lomas próximas al convento
-de San Bartolomé.</p>
-
-<p>&mdash;Si tiene usted que marcharse, Aviraneta, puede
-usted darse prisa.</p>
-
-<p>&mdash;Mañana me iré.</p>
-
-<p>&mdash;Mañana estaremos bloqueados.</p>
-
-<p>&mdash;Pero se podrá salir por mar.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_212" id="Page_212">[212]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Sí, eso sí.</p>
-
-<p>&mdash;Entonces no importa.</p>
-
-<p>&mdash;¿A qué hora piensa usted salir?</p>
-
-<p>&mdash;A la madrugada.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno, yo daré orden de que le abran.</p>
-
-<p>Al día siguiente, Aviraneta, el <i>Lobo</i>, <i>Arranchale</i>
-y <i>Nación</i> esperaban reunidos delante de la puerta
-del Mar.</p>
-
-<p>Estaba amaneciendo; la campana de la iglesia tocaba
-á la primera misa y algunas mujeres y algunos
-pescadores pasaban por entre la bruma matinal como
-sombras.</p>
-
-<p>En esto llegó delante de la puerta el Capitán de
-las llaves, examinó á Aviraneta y á sus compañeros
-y abrió un postigo; salieron todos al muelle, el
-<i>Arranchale</i> habló con un pescador y poco después
-los cuatro fugitivos, en una trainera pequeña, con
-una vela, salieron del puerto, pasaron por entre la
-isla de Santa Clara y el Castillo y marcharon hacia
-Orio.</p>
-
-<p>El <i>Arranchale</i> estaba alegre de verse en el mar.
-Con su agilidad de mono subía y bajaba por el palo
-de la lancha para arreglar la vela, riéndose.</p>
-
-<p>&mdash;Aquí, aquí cerca&mdash;dijo el <i>Arranchale</i> á Aviraneta&mdash;encontramos
-una ballena hace unos años.</p>
-
-<p>&mdash;¡Una ballena tan cerca!</p>
-
-<p>&mdash;Sí. E intentamos cogerla.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y la cogisteis?</p>
-
-<p>&mdash;No.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_213" id="Page_213">[213]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;¿Y cómo fué?</p>
-
-<p>&mdash;Pues pasábamos por aquí cuando la vimos dormida
-en el agua. Nos acercamos á ella, y yo dije:
-Atadme de la cintura y me acercaré. Llevábamos un
-arpón pequeño. Al llegar á la ballena di un salto desde
-la lancha sobre ella, y con todas mis fuerzas le
-clavé el arpón. La sacudida que dió fué terrible: yo
-estuve más de cinco minutos dando vueltas en la espuma,
-hasta que me llevaron á la lancha, que iba volando
-arrastrada por la ballena. Cuando me di cuenta
-de cómo íbamos dije: Cortad la cuerda. Pero no
-quisieron. Así fuimos yo no sé cuanto tiempo, hasta
-que la cuerda se rompió, y desapareció la ballena.</p>
-
-<p>Al concluir su narración, el <i>Arranchale</i> se echó á
-reir. El <i>Lobo</i>, aunque no le entendía, se rió también.
-<i>Nación</i> refunfuñó diciendo á Aviraneta que aquel
-salvaje podía hablar un idioma comprensible y no
-aquella jerga endiablada.</p>
-
-<p>Aviraneta no hizo caso de las murmuraciones del
-francés, y siguió hablando con el <i>Arranchale</i>, cuya
-alegría era comunicativa.</p>
-
-<p>Llegaron á Orio, en donde los tomaron por gentes
-del ejército de la Fe; alquiló Aviraneta un coche,
-con un caballo, y tomando primero la carretera de la
-costa hasta Zarauz, y luego abandonándola por Cestona,
-Azpeitia y Elgoíbar, llegaron de noche á Vergara.</p>
-
-<p>Se encontraron en las proximidades de esta villa á
-trescientos hombres, mandados por Mac Crohon, que<span class="pagenum"><a name="Page_214" id="Page_214">[214]</a></span>
-habían salido de Bilbao custodiando un convoy que
-debían conducir á San Sebastián. Al saber por Aviraneta
-que los franceses estaban en España, Mac
-Crohon decidió retirarse, y marchar en busca de don
-Gaspar de Jáuregui.</p>
-
-<p>En Vergara, como en todos aquellos pueblos, los
-absolutistas estaban entusiasmados con la entrada de
-los franceses: decían que se iba á restaurar la pureza
-de la fe y la unidad de la patria, y pensaban pedir el
-restablecimiento de la inquisición.</p>
-
-<p>En la región vascongada pululaban las partidas realistas:
-Quesada, O'Donnell, Zabala, Altalarrea, alias
-<i>Francho Berri</i>, Juan Villanueva (Juanito el de la
-<i>Rochapea</i>), Fernández el (<i>Pastor</i>), Castor Andechaga
-y el cura Gorostidi maniobraban en Vizcaya, Guipúzcoa
-y Navarra.</p>
-
-<p>Jáuregui, Oraá, López Campillo y Chapalangarra
-luchaban contra ellos.</p>
-
-<p>El 9 de Abril, don Vicente Quesada, desde su
-cuartel general de Zumárraga, anunciaba la entrada
-en España de las tropas de Angulema.</p>
-
-<p>Al día siguiente de llegar á Vergara, Aviraneta y
-sus satélites aparejaban el cochecito y salían en dirección
-de Vitoria.</p>
-
-<p>Llegaron á esta ciudad, y Aviraneta se presentó
-en el Gobierno civil. No estaba el jefe político, Núñez
-de Arenas; y Aviraneta habló con un partidario
-liberal llamado Mantilla, venido de Murcia, á quien
-las tropas del <i>Trapense</i> fusilaron en Julio de 1823.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_215" id="Page_215">[215]</a></span></p>
-
-<p>Mantilla quitó toda esperanza á Aviraneta de que
-Vitoria pudiera defenderse. Se entregaría al momento.
-En los pueblos, la Milicia Nacional no quería que
-se hiciera la recluta; así que no había esperanza alguna
-de tener hombres con qué resistir.</p>
-
-<p>Aviraneta salió de Vitoria, se detuvo en Miranda
-y en Haro, y el día 15 de Abril estaba en Logroño.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_216" id="Page_216"></a>
-<a name="Page_217" id="Page_217"></a></span></p>
-
-
-
-
-<h3 id="II_VIII">VIII.<br />
-DON JULIAN SANCHEZ</h3>
-
-
-<p>El Gobierno español había intentado organizar
-sus fuerzas, y había puesto todos sus prestigios en el
-mando de los cuerpos de ejército: Mina, en Cataluña;
-Ballesteros, en las provincias vascas; O'Donnell,
-en Castilla la Nueva; Morillo, en Galicia, y Villacampa,
-en Andalucía.</p>
-
-<p>De estos cinco hombres, de quien se esperaba
-mucho, O'Donnell, eterno tránsfuga, abandonó la
-causa constitucional escribiendo una carta á Montijo,
-en la que se manifestaba enemigo de las Cortes; Ballesteros
-y Morillo capitularon; Villacampa no hizo
-nada, y únicamente Mina tuvo en jaque á los franceses,
-y llevó la campaña con brío y con fuerza.</p>
-
-<p>Cierto que tenía él mejor ejército; que sus compañeros
-eran constitucionales entusiastas, y que todos
-lucharon hasta el fin, excepto el general Manso, que
-se pasó al enemigo.</p>
-
-<p>De los caudillos sueltos, Torrijos, Chapalangarra,<span class="pagenum"><a name="Page_218" id="Page_218">[218]</a></span>
-Jáuregui, Valdés, Campillo y algunos otros fueron
-también intrépidos campeones de la libertad.</p>
-
-<p>Entre los generales de la Independencia, don Julián
-Sánchez, el <i>Salamanquino</i>, estaba en Logroño.</p>
-
-<p>Tenía á sus órdenes dos batallones: uno de Infantería
-de línea, y otro de Milicia activa; éste era el
-provincial de Logroño, mandado por don Joaquín
-Cos-Gayón. Había también un cuerpo de voluntarios,
-á las órdenes del coronel don Eugenio Arana.</p>
-
-<p>En Logroño, como en casi todas las demás ciudades,
-los oficiales del ejército regular se sentían desalentados,
-y únicamente los voluntarios tomaban la
-defensa de la Constitución con calor.</p>
-
-<p>Arana trabajaba con todo el entusiasmo posible:
-había pedido fusiles al parque, había formado una
-compañía Sagrada, había instado al Ayuntamiento á
-que publicase bandos llamando á los que debían ingresar
-en la Milicia Nacional, y á que se reforzaran
-las murallas de Logroño con las losas de la iglesia,
-suprimida, de San Blas.</p>
-
-<p>Aviraneta, con el <i>Lobo</i>, <i>Arranchale</i> y <i>Nación</i>,
-llegó á Logroño y se presentó en seguida á Arana.
-Había un cabo de la Milicia Nacional, Pedro Iriarte,
-que era navarro, y Arana lo puso á las órdenes de
-Aviraneta.</p>
-
-<p>Iriarte se distinguía por su entusiasmo: era silencioso,
-trabajador y liberal acérrimo.</p>
-
-<p>Además de la Milicia de Arana, estaba en Logroño
-un pequeño grupo de guerrilleros que formaba<span class="pagenum"><a name="Page_219" id="Page_219">[219]</a></span>
-la partida del <i>Hereje</i>, que procedía de los pueblos
-de la orilla del Ebro.</p>
-
-<p>La partida del <i>Hereje</i> se distinguía por su radicalismo.
-El nombre del <i>Hereje</i> tenía su historia. Este
-jefe había estado de barquero en una barca del Ebro,
-trasladando gente. Cobraba dos cuartos por cabeza,
-y un día fué un vendedor de santos con una cesta
-llena de éstos, y pasó la barca.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cuánto es?&mdash;le preguntó al llegar á la otra orilla
-al barquero.</p>
-
-<p>El <i>Hereje</i> contó todos los santos que llevaba, y
-dijo:</p>
-
-<p>&mdash;A dos cuartos por cabeza, son catorce cabezas:
-veintiocho cuartos.</p>
-
-<p>El vendedor protestó, y dijo que una cabeza de
-santo no podía pagar como una de persona, y añadió
-que no pagaba. El <i>Hereje</i> cogió la cesta con los santos,
-y la tiró al río. Desde entonces le vino el apodo.</p>
-
-<p>El <i>Hereje</i> era hombre pequeño, moreno, canoso,
-muy vehemente y atrevido.</p>
-
-<p>Su partida no tenía buena fama, porque entre los
-que la formaban había gente que experimentaba gran
-inclinación por los bienes ajenos.</p>
-
-<p>En períodos normales, la partida del <i>Hereje</i> había
-estado varias veces suprimida por el capitán general;
-pero en aquel momento era indispensable
-aprovecharse de todos los recursos de que se pudiera
-echar mano, y la partida del <i>Hereje</i> tenía libertad
-de acción.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_220" id="Page_220">[220]</a></span></p>
-
-<p>Aviraneta, Arana y el <i>Hereje</i> intentaron inflamar
-el espíritu público, y se convocó á una reunión de
-nacionales, que no tuvo gran resultado. Todo el mundo
-estaba desalentado, cansado.</p>
-
-<p>Al día siguiente, Aviraneta y Arana fueron á ver
-al brigadier don Julián Sánchez. Don Julián Sánchez
-era hombre alto, rubio, de ojos azules. Ya no recordaba
-el antiguo garrochista, brioso y hercúleo.</p>
-
-<p>A pesar de su fortaleza, era tipo de hombre distinguido,
-fino, cara melancólica, nariz corva y frente
-ancha y despejada.</p>
-
-<p>Sánchez dijo que cumpliría las órdenes del general
-Ballesteros, quien le había mandado que resistiera,
-y cuando no pudiera más, se retirara hacia Soria.</p>
-
-<p>La frialdad é indiferencia de don Julián le preocupó
-á Aviraneta. La mayoría de los militares no sentían
-con entusiasmo la causa liberal. Don Julián Sánchez
-no era ya el guerrillero arrebatado y valiente.
-Ya no se podía decir de él, como en una canción
-popular de la guerra de la Independencia:</p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry"><div class="stanza">
-<div class="line i1">Cuando don Julián Sánchez</div>
-<div class="line">monta á caballo</div>
-<div class="line">se dicen los franceses:</div>
-<div class="line">"Ya viene el diablo".</div>
-</div></div></div>
-
-<p>Don Julián no tenía por entonces ningún aire de
-diablo: más parecía un buen burócrata, apagado y
-tranquilo.</p>
-
-<p>Aviraneta y Arana se despidieron del brigadier,
-<span class="pagenum"><a name="Page_221" id="Page_221">[221]</a></span>
-y pensaron en las providencias que se podían tomar.</p>
-
-<p>Aviraneta era partidario de hacer saltar el puente
-de Logroño; pero Arana creía que quizás la parte
-reaccionaria del pueblo se exasperaría y les atacaría.
-Además, no había pólvora sobrante para hacer esto.</p>
-
-<p>El puente tenía dos puertas, y se dispuso defenderlas
-con barricadas. Se hicieron dos parapetos, mal
-cimentados y sin gran resistencia, que se fortificaron
-con cuerdas y alambres.</p>
-
-<p>Todo el mundo tenía la impresión del fracaso, y
-de que el enemigo entraría en la ciudad.</p>
-
-<p>Algunos ilusos esperaban; dos mil hombres podían
-hacer algo.</p>
-
-<p>Cierto que escaseaban las municiones, pero aprovechadas
-bien había posibilidad de detener á los
-franceses muchos días.</p>
-
-<p>Al saberse la aproximación del enemigo, don Julián
-Sánchez comenzó á preparar, con los pocos medios
-que disponía, la defensa de Logroño.</p>
-
-<p>Envió á la fuerza que mandaba Cos-Gayón á que
-tomara posiciones cerca del Ebro, se apoderara de
-las barcas, é impidiera el paso de los franceses por
-los vados.</p>
-
-<p>El brigadier quedó para defender el interior de la
-ciudad con el batallón de Infantería de línea y los
-milicianos.</p>
-
-<p>El día 17, las tropas del mariscal de campo, conde
-de Vittré, de la división del vizconde de Obert, se
-presentaron en los alrededores de la ciudad.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_222" id="Page_222">[222]</a></span></p>
-
-<p>El día 18, por la mañana, el conde de Vittré envió
-un parlamentario á Sánchez, quien no lo quiso
-recibir.</p>
-
-<p>Poco después, el primer batallón francés de ligeros
-del 20 de línea tomó posiciones, y empezó á tirotearse
-con los españoles.</p>
-
-<p>Estos contestaron al fuego con ardor, y contuvieron
-á los franceses durante toda la mañana y parte
-de la tarde.</p>
-
-<p>Comenzaban los voluntarios y milicianos á entusiasmarse
-con la defensa cuando se supo, con asombro,
-que el batallón de Milicia activa provincial de
-Logroño, mandado por Cos-Gayón, y enviado por
-Sánchez á las orillas del Ebro, alejándose de la capital
-y dejándola abierta por varios puntos se retiraba
-á Fuenmayor con ochocientos hombres y noventa
-jinetes.</p>
-
-<p>La voz de traición corrió entre la tropa, y el desaliento
-cundió rápidamente por las filas constitucionales.</p>
-
-<p>En esto, á media tarde, otra compañía francesa de
-ligeros del 21 de línea intervino en el ataque. Destacaron
-los franceses dos piezas de artillería, que
-rompieron el fuego contra la primera puerta del
-puente, destrozándola, y al poco rato un pelotón de
-zapadores, acercándose, la hundía á martillazos y
-destruía la trinchera. Sostúvose un momento desde
-la plaza el fuego, pero cesó de nuevo; y entonces
-un cornetilla francés, subido á los hombros de un<span class="pagenum"><a name="Page_223" id="Page_223">[223]</a></span>
-tambor mayor, escaló la segunda puerta y la abrió.</p>
-
-<p>Pronto los cazadores ligeros despejaron el puente;
-los constitucionales españoles comenzaron á retirarse
-hacia la parte alta del pueblo, cuando el general
-Vittré mandó al primer escuadrón de la Dordogne
-diera una carga contra los españoles.</p>
-
-<p>Sánchez, rodeándose de sus tropas, había formado
-el cuadro para resistir el primer ataque de los de la
-Dordogne, y lo resistió bravamente. Como los franceses
-tenían una superioridad de fuerzas enorme, el
-general mandó al coronel Müller, de los húsares del
-Bajo Rhin, que atacara por segunda vez. La caballería
-cargó con furia cuesta arriba; las tropas de
-Sánchez se desordenaron, y el propio don Julián cayó
-herido de una lanzada en el costado y fué hecho
-prisionero.</p>
-
-<p>Aviraneta estuvo á punto de ser derribado y fué
-alcanzado por una lanza, que le rompió el pantalón
-y le hizo un rasponazo en la pierna.</p>
-
-<p>&mdash;Al camino de Soria&mdash;gritó el <i>Hereje</i> á Aviraneta.</p>
-
-<p>Aviraneta, el <i>Lobo</i>, algunos otros milicianos y los
-de la partida del <i>Hereje</i> se defendieron en las esquinas
-de la calle del Mercado, disparando contra
-los franceses; al coronel Arana se le distinguía por
-su pelo blanco, entre sus milicianos, gritando y accionando,
-rojo de ira. Aviraneta y los del <i>Hereje</i>
-tuvieron que escapar subiendo á la parte alta del
-pueblo. Aviraneta vió á <i>Arranchale</i> y á <i>Nación</i><span class="pagenum"><a name="Page_224" id="Page_224">[224]</a></span>
-montados á caballo, dispuestos á huir. Aviraneta y
-el <i>Lobo</i> se acercaron á ellos, montaron en sus mismos
-caballos y tomaron la carretera de Islallana.</p>
-
-<p>A la media hora de salir de Logroño se encontraron
-con varios milicianos, y media docena de hombres
-de la partida del <i>Hereje</i>.</p>
-
-<p>Aviraneta quería reunirse con las fuerzas constitucionales;
-pero, al preguntar en el camino si habían
-pasado por allí soldados, le dijeron que no.</p>
-
-<p>Según unos, el grueso de los liberales había tomado
-en su retirada hacia Rivaflecha. Otros creían que
-se había dirigido á Soria, por los montes.</p>
-
-<p>Se hizo de noche. Aviraneta decidió detenerse en
-un sitio de fácil defensa y aprovisionamiento, y esperar
-allí al <i>Hereje</i>.</p>
-
-<p>Se formó una patrulla, compuesta de veinte hombres,
-y en el camino quedó reducida á doce. A la luz
-de la luna pasaron Islallana y entraron en esa zona
-teatral y decorativa de la Sierra de Cameros.</p>
-
-<p>Al pie de estos montes, desnudos y pelados, corría
-un río claro y espumoso.</p>
-
-<p>Antes de Torrecilla de Cameros se detuvieron;
-mandaron á uno por provisiones al pueblo, y Aviraneta
-dispuso ocupar unas rocas que, como trincheras
-naturales, dominaban el camino.</p>
-
-<p>Se pasó la noche allí, y á la mañana siguiente
-Aviraneta se encontró con que de los doce hombres
-del piquete, más de la mitad habían desaparecido.
-El coronel Arana no llegaba, y en vista de esto<span class="pagenum"><a name="Page_225" id="Page_225">[225]</a></span>
-Aviraneta dijo que cada cual hiciera lo que le pareciese
-mejor. Aviraneta y el <i>Lobo</i> compraron por
-diez duros, cada uno, dos caballos que llevaban los
-milicianos fugitivos, y que querían deshacerse de
-ellos.</p>
-
-<p>Al día siguiente se supo que las tropas constitucionales
-huían á la desbandada.</p>
-
-<p>Cos-Gayón dijo años más tarde que se había retirado
-á Fuenmayor con el batallón de Milicia activa,
-siguiendo las órdenes del general Ballesteros y que
-había sido atacado por los franceses que le dispersaron
-sus fuerzas.</p>
-
-<p>Sin embargo, todo el mundo creyó que había
-obrado de acuerdo con los realistas, pues luego de
-la supuesta derrota, Cos-Gayón se retiró hacia Pedro
-Manrique; volvió á Logroño, y unas semanas más
-tarde el Gobierno absolutista le nombraba gobernador
-de Vitoria.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_226" id="Page_226"></a>
-<a name="Page_227" id="Page_227"></a></span></p>
-
-
-
-
-<h3 id="II_IX">IX.<br />
-AVIRANETA EN EL CONVENTO</h3>
-
-
-<p>Aviraneta dijo que él pensaba marchar á Aranda,
-y después á Valladolid, á reunirse con el Empecinado.</p>
-
-<p>El <i>Arranchale</i>, <i>Nación</i>, el <i>Lobo</i> y un muchacho
-riojano de la partida del <i>Hereje</i>, á quien llamaban el
-<i>Estudiante</i>, decidieron seguirle.</p>
-
-<p>Dejaron la calzada de Cameros, que se abre entre
-grandes masas de tierras rocosas, horadadas por
-el agua, coloreadas de rojo y amarillo, pasaron por
-delante de la cueva Lúbriga, donde se detuvieron
-un momento, y tomaron después á campo traviesa.
-No se sabía el espíritu que tendrían los pueblos por
-allí, y no era muy prudente entrar en ellos.</p>
-
-<p>Dos ó tres veces se comisionó al <i>Estudiante</i> para
-que comprara pan y algunas viandas, y se hizo la
-comida en el campo.</p>
-
-<p>&mdash;Oiga usted, capitán&mdash;dijo de pronto el <i>Estudiante</i>.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_228" id="Page_228">[228]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;¿Qué hay?&mdash;preguntó Aviraneta.</p>
-
-<p>&mdash;¿Usted cree que no podremos entrar en estos
-pueblos con seguridad?</p>
-
-<p>&mdash;No; seguramente que no. Sabrán que los franceses
-han tomado Logroño y los realistas estarán alborotados.</p>
-
-<p>&mdash;Pues yo sé un sitio donde estaremos seguros.</p>
-
-<p>&mdash;¿En dónde?</p>
-
-<p>&mdash;En un convento de monjas. Tenemos que desviarnos
-una hora de camino.</p>
-
-<p>&mdash;¡Bah! No importa.</p>
-
-<p>&mdash;Entonces vamos allá.</p>
-
-<p>Se puso el <i>Estudiante</i> á la cabeza del grupo y los
-demás marcharon tras él.</p>
-
-<p>El <i>Estudiante</i> era un joven vivo de movimientos,
-de estos tipos de señoritos de pueblo conquistadores
-y jactanciosos. Tenía los ojos negros y los ademanes
-petulantes. Llevaba un pañolito rojo en el cuello y
-una rosa, cuyo tallo mordía entre los dientes.</p>
-
-<p>La mañana era de sol; el viento, frío y sutil, se
-metía en los huesos.</p>
-
-<p>Al llegar á algún grupo de casas, la patrulla lo
-rodeaba sin acercarse.</p>
-
-<p>Pasaron por delante de varias aldeas destacadas
-en el campo verde, con un color amarillo de miel
-ó de pan tostado, y las dejaron sin intentar entrar.</p>
-
-<p>Al caer de la tarde llegaron al pueblo indicado
-por el <i>Estudiante</i>. Era grande, ruinoso, colocado en
-un alto, con casas amarillentas y pardas, alrededor<span class="pagenum"><a name="Page_229" id="Page_229">[229]</a></span>
-de una iglesia enorme. De lejos parecía un montón
-de trigo rojizo levantado sobre la masa cenicienta y
-plateada de la sierra.</p>
-
-<p>Se decidió que Aviraneta y el <i>Estudiante</i> entraran
-en el lugar, y que el <i>Arranchale</i>, <i>Nación</i> y el
-<i>Lobo</i> quedaran cerca de un abrevadero con los caballos.</p>
-
-<p>Aviraneta y el <i>Estudiante</i> subieron por una rampa
-á la plaza del pueblo. Era ésta espaciosa, cuadrada.</p>
-
-<p>En aquel instante no había en ella nadie.</p>
-
-<p>Uno de los lados de la plaza lo cerraba la Iglesia,
-una de esas fachadas inmensas de estilo jesuítico del
-siglo XVII, con dos torres altísimas y grandes remates
-barrocos.</p>
-
-<p>Otro de los lados lo formaba un viejo palacio
-abandonado, con una soberbia arcada sostenida por
-columnas de piedra amarillo rojiza.</p>
-
-<p>Tenía este palacio magníficas rejas platerescas,
-balcones de hierro florido y grandes escudos. Las
-ventanas y contraventanas eran de cuarterones, pintadas
-con un rojo y un verde, desteñidos por el tiempo
-y la humedad, que tenían unos tonos de nácar. Algunos
-huecos de la casa estaban tapiados por dentro
-con paredes de ladrillo aspilleradas.</p>
-
-<p>En medio de la plaza había una fuente de cuatro
-caños, con un gran pilón redondo.</p>
-
-<p>El ruido del agua en la taza de piedra era el único
-que resonaba en aquel momento en el pueblo.</p>
-
-<p>Aviraneta y el <i>Estudiante</i> entraron por una calle<span class="pagenum"><a name="Page_230" id="Page_230">[230]</a></span>
-de casas grandes, ruinosas, tostadas por el sol, con
-aleros artesonados, y salieron á una plazuela ó encrucijada
-de la que partía una rambla pedregosa y en
-cuesta.</p>
-
-<p>A un lado de esta rambla había un edificio de
-ladrillo con una torre baja y un campanario rematado
-por una cruz y una veleta con un gallo. Era el
-convento.</p>
-
-<p>Se acercó el <i>Estudiante</i> á una puerta pequeña y
-verde, abrió el picaporte, pasó él y tras él Aviraneta;
-recorrieron un pasillo enlosado y un patio con
-tiestos de geranios y claveles y llamaron en otra
-puerta, de la que salió una mujer flaca, atezada y sonriente.</p>
-
-<p>&mdash;Ave María Purísima.</p>
-
-<p>&mdash;Sin pecado concebida.</p>
-
-<p>&mdash;Hola, señora Benita. Buenas tardes. ¿Cómo está
-usted?</p>
-
-<p>&mdash;Bien, ¿y usted?</p>
-
-<p>&mdash;Bien; ¿podré hablar con Sor Maravillas?</p>
-
-<p>&mdash;Sí; creo que sí.</p>
-
-<p>Entraron en una habitación larga, obscura que olía
-á cerrado, con dos bancos largos de nogal y el torno
-en el fondo.</p>
-
-<p>Se avisó á Sor Maravillas, y el <i>Estudiante</i> pasó
-al torno y habló con la monja, y se dedicó á echarla
-piropos con cierta petulancia y afectación de Tenorio.
-Aviraneta oía la risa de Sor Maravillas.</p>
-
-<p>Luego el <i>Estudiante</i> le contó que había venido<span class="pagenum"><a name="Page_231" id="Page_231">[231]</a></span>
-con un amigo y que deseaba que les permitieran pasar
-la noche á los dos en casa de la señora Benita.
-La señora Benita era la guardiana.</p>
-
-<p>&mdash;Ya se lo diré á la superiora&mdash;dijo Sor Maravillas.</p>
-
-<p>Poco después volvió diciendo que podían quedarse.</p>
-
-<p>El <i>Estudiante</i> piropeó de nuevo á la monjita y el
-torno se cerró.</p>
-
-<p>&mdash;Ahora quédese usted aquí&mdash;dijo el <i>Estudiante</i>&mdash;yo
-iré á buscar á ésos, encontraré sitio para meter
-los caballos y vendremos todos.</p>
-
-<p>Salió Aviraneta del zaguán á un patio, y precedido
-de la señora Benita subió á un cuarto alto con un
-balcón corrido.</p>
-
-<p>Aviraneta, como hombre acostumbrado desde chico
-á vivir con gente de iglesia, sabía tratarla, y habló
-á la señora Benita como si hubiera sido el capellán
-de la comunidad. La señora Benita quedó convencida
-de que era un santo varón y le estuvo explicando
-cómo vivían las monjas y las rentas que tenían.</p>
-
-<p>Había ya obscurecido; la señora Benita tomó su
-cena y se fué á dormir. Aviraneta, esperando á sus
-compañeros, se asomó al balcón corrido de madera.
-La luna aparecía sobre un monte iluminando el pueblo
-de paredones blancos y de tejados completamente
-negros; abajo se veía el jardín de las monjas
-con un estanque cuadrado donde brillaban las estrellas;
-á lo lejos, la sierra se destacaba con todas sus<span class="pagenum"><a name="Page_232" id="Page_232">[232]</a></span>
-piedras, como una muralla sombría que estuviera á
-pocos pasos.</p>
-
-<p>A Aviraneta le vino á la imaginación el contraste
-de la España, tal como era, soñolienta, inmutable,
-con la agitación política de los últimos años; agitación
-que seguramente no había conmovido más que
-la superficie del país.</p>
-
-<p>A las nueve apareció el <i>Estudiante</i> con el <i>Lobo</i>,
-<i>Nación</i> y el <i>Arranchale</i>. Traían comestibles y vino;
-habían dejado los caballos en una cuadra.</p>
-
-<p>Comieron, y después de comer se prepararon para
-dormir; no había más que un catre con dos colchones.</p>
-
-<p>Los extendieron en el suelo é intentaron tenderse
-los cinco, pero no tenían espacio. <i>Nación</i> comenzó
-á refunfuñar.</p>
-
-<p>&mdash;Aquí debe haber un desván muy hermoso&mdash;dijo
-el <i>Estudiante</i>.</p>
-
-<p>Salieron á la escalera, subieron de puntillas y se
-encontraron con que la puerta estaba cerrada.</p>
-
-<p>&mdash;¿No se podría entrar por otra parte?&mdash;preguntó
-Aviraneta.</p>
-
-<p>&mdash;Por el tejado quizás.</p>
-
-<p>&mdash;Veamos cómo.</p>
-
-<p>El <i>Estudiante</i> indicó por dónde se podía ir.</p>
-
-<p>Aviraneta explicó al <i>Arranchale</i> lo que decía.
-Este, con su agilidad de simio, salió al balcón corrido,
-se subió por uno de los postes de los extremos,
-escaló el tejado y volvió al poco rato diciendo
-que había un camaranchón magnífico.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_233" id="Page_233">[233]</a></span></p>
-
-<p><i>Nación</i> no se decidió al escalo. Aviraneta y el
-<i>Lobo</i> siguieron al <i>Arranchale</i> y salieron á un desván
-grande, con columnas de madera, que tenía unas figuras
-de monumento de Semana Santa en un rincón entre
-ristras de ajos y de cebollas y grandes calabazas.</p>
-
-<p>Durmieron admirablemente en un montón de paja;
-por la mañana, al despertarse, abrieron la puerta del
-sobrado y fueron al cuartucho en donde estaban el
-<i>Estudiante</i> y <i>Nación</i>.</p>
-
-<p>Todos, menos el <i>Estudiante</i> y Aviraneta, se trasladaron
-al desván, y decidieron pasar unos días allá
-para descansar.</p>
-
-<p>El <i>Estudiante</i> llevó á Aviraneta á la botica á que
-le curaran el rasponazo que tenía en la pierna.</p>
-
-<p>La botica, un sitio de un par de metros en cuadro,
-miserable, ahogado, olía á humedad. El boticario era
-un viejo bajito, gordo, rojo, con el vientre piriforme
-y los ojos pequeños y malignos. Por lo que dijo el
-<i>Estudiante</i>, aquel boticario no debía saber una palabra
-de farmacia, porque su mujer, una vieja flaca y
-triste, con una venda negra en un ojo, hacía los récipes.</p>
-
-<p>Le pusieron á don Eugenio unas hilas con ungüento
-en la herida y le vendaron la pierna.</p>
-
-<p>Por la tarde, Aviraneta y el <i>Estudiante</i> visitaron á
-las monjas en el locutorio. Había ocho ó diez, todas
-de aire enfermizo y triste, menos Sor Maravillas, muchacha
-aún de buen aspecto, de ojos negros, brillantes,
-y cara ojerosa.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_234" id="Page_234">[234]</a></span></p>
-
-<p>La historia de Sor Maravillas era tragicómica.</p>
-
-<p>Había ido al convento de niña con su tía, que era
-la Superiora, y de oír á todas las monjas que la vida
-del claustro era la mejor, decidió profesar. Al comunicárselo
-á su tía la Superiora, ésta dijo que no, que
-antes su sobrina tenía que ver el mundo y sus grandezas
-y sus complicaciones, y un día de Agosto sacaron
-á la muchacha del convento en compañía de la
-señora Benita y la hicieron dar una vuelta por el pueblo
-desierto, polvoriento, abrasado por el calor. Sor
-Maravillas volvió de prisa al convento diciendo que el
-mundo no le ilusionaba.</p>
-
-<p>Aviraneta habló con las monjas con la mayor amabilidad
-y después se retiró en compañía del <i>Estudiante</i>.</p>
-
-<p>Al marcharse la señora Benita, Aviraneta y el
-<i>Estudiante</i> entraron en el desván; <i>Nación</i>, el <i>Arranchale</i>
-y el <i>Lobo</i>, habían dado por una escalera interior
-con la despensa de las monjas y habían sacado
-jamón, bacalao, queso y dulce, y lo estaban devorando.</p>
-
-<p>El <i>Estudiante</i> se alarmó porque dijo que la falta
-se la iban á atribuir á él; <i>Nación</i> le contestó con
-desprecio, y Aviraneta decidió que debían marcharse.</p>
-
-<p>Se dispuso salir á media noche á buscar los caballos
-y por la madrugada dejar el pueblo.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_235" id="Page_235"></a></span></p>
-
-
-
-
-<h3 id="II_X">X.<br />
-DE NÁJERA Á ARANDA</h3>
-
-
-<p>No conocía el <i>Estudiante</i> muy bien el camino, ni
-Aviraneta tampoco, y en vez de marchar en línea
-recta á Salas, aparecieron á media mañana en Nájera.</p>
-
-<p>Entraron Aviraneta y el <i>Estudiante</i> en el pueblo,
-y un linternero chato, de ojos negros y brillantes,
-pequeño, aceitunado, que trabajaba en una tiendecilla
-obscura de la calle Mayor, con quien entablaron
-conversación, les dió todos los informes que le pidieron.
-Les tomaron á los cinco por una avanzada del
-ejército de la Fe, y les trataron bien. Comieron en
-un cuarto de una posada, bajo de techo, con baldosas
-rojas y un balcón que daba á un pedregal, cruzado
-por el río Najerilla, y después de comer, se
-encaminaron hacia Santo Domingo de la Calzada.</p>
-
-<p>A media tarde se detuvieron á descansar en la
-plaza de Alesanco. Una nube de chiquillos apareció
-al ver los caballos. Vino el alguacil á preguntarles
-qué pensaban hacer allí, y Aviraneta le dijo que se
-iban á marchar en seguida.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_236" id="Page_236">[236]</a></span>
-Un maestro de escuela, viejo, medio ciego, el único
-liberal del pueblo, salió al encuentro de los forasteros.</p>
-
-<p>Se sentaron Aviraneta y él en un tronco de árbol
-que había al borde de los arcos de la casa del Ayuntamiento.
-El maestro tenía un gran entusiasmo por
-la libertad, y le temblaban las manos al hablar del liberalismo.
-Quiso traer á Aviraneta un mapa de la
-provincia, y se fué á buscarlo. Aviraneta quedó
-solo. Enfrente veía un caserón grande y unas casuchas
-de adobes, en cuyos tejados nacían verdaderos
-prados verdes. Vino el maestro con su mapa, se
-lo dió á don Eugenio, y éste y la compañía salió del
-pueblo.</p>
-
-<p>El viento era fuerte y frío. Después de beber un
-trago, en un ventorro, se lanzaron en dirección de
-Santo Domingo de la Calzada, adonde llegaron de
-noche; durmieron en un parador de las afueras.</p>
-
-<p>Al día siguiente, con un hermoso sol, dejaron Santo
-Domingo. Durante mucho tiempo estuvieron viendo
-su gran torre, alta y amarilla, hasta que en la revuelta
-del camino la perdieron de vista.</p>
-
-<p>Al mediodía llegaron á Ezcaray, pueblo bastante
-grande, con una hermosa plaza, y siguieron camino
-de Salas.</p>
-
-<p>Tardaron muchas horas en llegar á Salas; aquí tenía
-el <i>Lobo</i> un mesón amigo donde hospedarse, y
-pudieron descansar.</p>
-
-<hr class="tb" />
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_237" id="Page_237">[237]</a></span>
-Poco después de salir de Salas les sorprendió un
-temporal de lluvia y viento que duró varios días.</p>
-
-<p>El campo estaba cubierto de brezos, que empezaban
-á florecer. Cruzaron por Acinas, aldehuela que
-tiene cerca una peña con restos de castillo, y llegaron
-á Huerta del Rey. Decidieron guarecerse en el
-pinar, en una tenada de pastores, porque Aviraneta
-no tenía gran confianza en la gente de aquel
-pueblo.</p>
-
-<p>Entre el <i>Arranchale</i> y <i>Nación</i> robaron un cordero,
-lo mataron y lo asaron.</p>
-
-<p>Dejaron al mediodía el pinar de Huerta, y siguieron
-su marcha.</p>
-
-<p>Enfrente se veía Somosierra nevada. Pasaron por
-delante de Quintanarraya, y al llegar cerca de Coruña
-del Conde el cielo comenzó á obscurecer y á
-ponerse morado; el viento levantó remolinos de hojas
-secas y de polvo en el camino, y empezó á granizar
-con una enorme violencia.</p>
-
-<p>Se guarecieron los cinco en un soportal de una
-casa del pueblo, y cuando cesó el granizo siguieron
-adelante.</p>
-
-<p>Pasaron por Peñaranda de Duero, Vadocondes y
-Fresnillo, y llegaron á Aranda por la noche.</p>
-
-<p>El <i>Lobo</i> llevó al <i>Estudiante</i> y á <i>Nación</i> á su antigua
-casa, y Aviraneta á la suya al <i>Arranchale</i>.</p>
-
-<p>Aviraneta se lavó, se mudó de ropa, y salió á la
-calle.</p>
-
-<p>Habló un momento con el relojero suizo y con el<span class="pagenum"><a name="Page_238" id="Page_238">[238]</a></span>
-farmacéutico, y marchó después á ver á Diamante.</p>
-
-<p>&mdash;Viene usted á tiempo&mdash;le dijo éste.</p>
-
-<p>&mdash;Pues, ¿qué pasa?</p>
-
-<p>&mdash;Que iba á marcharme del pueblo. La Milicia
-nacional de todo el partido de Aranda está deshecha,
-y no hay quien la organice. Unos la han abandonado
-y se han pasado á los realistas; otros se han marchado
-á sus casas; el <i>Lobo</i> y dos ó tres más han ido
-á reunirse con el Empecinado.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, ya lo sé. ¿Y Frutos?</p>
-
-<p>&mdash;Ese está con los feotas. Ya tienen preparado el
-batallón de voluntarios realistas, y mandan en el pueblo
-como si estuvieran en el poder. El teniente de
-realistas va á ser don Narciso de la Muela; el corregidor,
-don Manuel del Pozo, y el regidor primero,
-Frutos.</p>
-
-<p>&mdash;¿De manera que aquí no podemos hacer nada?</p>
-
-<p>&mdash;Nada, porque nadie nos obedece. Yo he intentado
-restablecer la disciplina: imposible.</p>
-
-<p>&mdash;Entonces, vámonos.</p>
-
-<p>&mdash;Cuando usted quiera&mdash;dijo Diamante&mdash;¡Antes
-si pudiéramos hacer una barrabasada aquí! Podíamos
-trincar á los jefes realistas, y fusilarlos.</p>
-
-<p>&mdash;No, no vale la pena&mdash;dijo Aviraneta&mdash;. Una
-gota más ó menos en el mar no es cosa. Lo que hay
-que hacer es marcharse rápidamente. ¿No quedan
-caballos de la Milicia?</p>
-
-<p>&mdash;Sí; cuatro ó cinco.</p>
-
-<p>&mdash;¿Hay armas?</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_239" id="Page_239">[239]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Ninguna. Todas se las han llevado los realistas.</p>
-
-<p>&mdash;Pues avise usted á los milicianos amigos, y mañana,
-á la mañana, si es posible, saldremos todos para
-Valladolid.</p>
-
-<p>&mdash;Esperaremos. Mandaré el recado de día y sin
-que nadie se entere. Ahora si los feotas vieran movimiento
-se alarmarían y quizás nos atacaran.</p>
-
-<p>&mdash;Entonces, mañana avíseme usted cuando podamos
-salir.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno.</p>
-
-<p>Hablaron Aviraneta y Diamante de los acontecimientos
-del pueblo y de la proximidad de la invasión
-francesa, y se separaron.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_240" id="Page_240"></a>
-<a name="Page_241" id="Page_241"></a></span></p>
-
-
-
-
-<h3 id="II_XI">XI.<br />
-EL ESPÍA DE ROA</h3>
-
-
-<p>Hasta las doce de la mañana Aviraneta y Diamante
-no estuvieron preparados para salir. A Diamante
-le acompañaban tres milicianos: uno era Valladares,
-el otro un exclaustrado voluntario de un
-convento de Peñaranda, á quien llamaban el <i>Fraile</i>,
-y que era tipo de mala catadura, y el tercero un cómico,
-que por dedicarse á representar entremeses y
-sainetes de tendencia liberal en los teatrillos de los
-pueblos y cantar canciones de circunstancias había
-tenido que alistarse entre los milicianos y huir de
-todos los lugares donde le conocían.</p>
-
-<p>El <i>Cómico</i> era un viejecillo grotesco, flaco, estrecho,
-sin dientes, con la nariz en punta, los ojos hundidos,
-la barba mal afeitada y blanca y anteojos. Era
-de esos cómicos malos que en todas partes parecen
-actores menos en el teatro: hablaba como un pedante
-consumado.</p>
-
-<p>Su compañero el <i>Fraile</i>, más repulsivo, era un<span class="pagenum"><a name="Page_242" id="Page_242">[242]</a></span>
-hombre grueso y grasiento, con la cara ancha, de
-blancura mate, tachonada de pústulas; ojos negros y
-unas barbas negrísimas, que parecían de alambre,
-con algunos hilos de plata. Este hombre, pesado y
-adiposo, tenía á veces movimientos de mujer, y una
-mano blanca y sin huesos.</p>
-
-<p>Su conversación, mezcla de frases frailunas y de
-lugares comunes del liberalismo de la época, era de
-lo más desagradable que pudiera imaginarse.</p>
-
-<p>Con los cuatro que llegaron con Diamante se reunieron
-nueve hombres á caballo. Diamante y el
-<i>Lobo</i> llevaban sable; los demás no tenían armas. Pasaron
-por Villalba, y luego, cruzando el monte de la
-Ventosilla, tomaron todos el camino de Valladolid.
-Aviraneta pensaba que les sería posible hacer las
-diez y siete ó diez y ocho leguas que hay de Aranda
-á Valladolid en dos jornadas; pero no contaba
-con lo imprevisto, y lo imprevisto fué que á tres de
-los caballos sacados de Aranda se les cayeron las
-herraduras y comenzaron á marchar al paso, cojeando.</p>
-
-<p>A media tarde, un poco antes de llegar cerca de
-Roa, se les acercó un aldeano montado en un macho.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por aquí no podríamos herrar estos caballos?&mdash;le
-preguntó el <i>Estudiante</i>.</p>
-
-<p>&mdash;Sí; ahí mismo, en Roa, que está á un paso.</p>
-
-<p>&mdash;¿Hay que entrar en el pueblo?&mdash;dijo Aviraneta.</p>
-
-<p>&mdash;No; el herrador tiene la fragua en la misma carretera.</p>
-
-<p>Se acercaron á Roa. Se veía el pueblo rodeado<span class="pagenum"><a name="Page_243" id="Page_243">[243]</a></span>
-de sus viejas murallas, con sus cubos de piedra y sus
-restos de un castillo.</p>
-
-<p>El aldeano que les acompañaba era un hombre
-bajito, amable, rasurado, que marchaba en su macho
-á mujeriegas, al parecer sin ganas de entrar en conversación
-con los milicianos.</p>
-
-<p>Le preguntaron de nuevo dónde estaba el herrador,
-y él dijo que les conduciría á su fragua. Efectivamente,
-los llevó á todos cerca de una de las puertas
-de la muralla, á un cobertizo ennegrecido por el humo,
-en cuyo fondo brillaba el fuego y sonaba un martillo.
-Hubo que esperar largo rato á que terminaran de
-herrar á un potro bravo. Un mozo con el acial revolvía
-violentamente el belfo del caballo hasta hacerle
-sangrar; otro le había echado un lazo en la pezuña,
-y le tenía con el brazuelo doblado. El potro luchaba
-furioso; pero al último, estremecido y lleno de sudor,
-tuvo que dejarse poner las herraduras.</p>
-
-<p>Después del potro comenzaron á herrar á los caballos
-de los milicianos, y cuando concluyeron era
-ya de noche.</p>
-
-<p>Aviraneta pensaba que lo mejor era seguir; pero
-el <i>Fraile</i>, <i>Nación</i> y los demás opinaron que, puesto
-que estaban allí, debían cenar.</p>
-
-<p>El aldeano que les había acompañado, y que hablaba
-con el herrador sosteniendo su mula del diestro,
-les dijo que allí cerca estaba la posada del <i>Trigueros</i>,
-y á pocos pasos una cuadra, donde podían
-meter los caballos.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_244" id="Page_244">[244]</a></span></p>
-
-<p>Dejaron los caballos y fueron á la posada del
-<i>Trigueros</i>.</p>
-
-<p>Entraron en la cocina y rodearon el fogón donde
-ardía la lumbre. Aviraneta, amigo de inspeccionarlo
-todo, entró por el pasillo y salió á un patio y á un
-corral.</p>
-
-<p>La posada del <i>Trigueros</i> era un mesón grande,
-sucio y á medias derruído. Todo el mundo tenía
-allí mal aspecto. La dueña parecía un buho con sus
-ojos redondos y obscuros y la nariz picuda. El patrón
-era un hombre mal encarado, de mirada torva
-dirigida siempre al suelo.</p>
-
-<p>Había también una criada, una muchacha morena,
-con la piel de tonos de cobre. Esta muchacha
-tenía unos ojos negros brillantes, la boca con una
-dentadura blanca, fuerte, de animal salvaje, el andar
-de gitana y un aire entre misterioso y amenazador.</p>
-
-<p>Algunos, y sobre todo el <i>Fraile</i> y el <i>Estudiante</i>,
-comenzaron á galantearla; pero ella, por malicia ó
-por indiferencia, contestaba á lo que le decían con
-frases que no venían á cuento.</p>
-
-<p>La rivalidad entre el <i>Fraile</i> y el <i>Estudiante</i> ante
-la criada hizo que los dos se enzarzaran en frases
-ofensivas, y que el <i>Estudiante</i> llamara Paternidad
-varias veces al <i>Fraile</i>, y que éste quisiera tirar un
-plato á la cabeza del <i>Estudiante</i>. Aviraneta intentó
-cortar la disputa, pero no le reconocieron autoridad.
-Se cenó en la cocina, y la cena fué tan larga que se<span class="pagenum"><a name="Page_245" id="Page_245">[245]</a></span>
-resolvió jugar una partida al monte y quedarse allí á
-dormir.</p>
-
-<p>El patrón de la posada, el <i>Trigueros</i>, se acercó
-varias veces á la mesa donde jugaban los milicianos,
-mirando al suelo, y anduvo rondando junto á ella.</p>
-
-<p>Aviraneta, dirigiéndose á él, le preguntó:</p>
-
-<p>&mdash;Oiga usted, patrón. ¿Hay aquí tropa?</p>
-
-<p>&mdash;¿Aquí tropa? A veces. ¿Es que son ustedes
-milicianos?</p>
-
-<p>&mdash;¿Milicianos? ¿Por qué lo ha supuesto usted?</p>
-
-<p>&mdash;Qué sé yo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Es usted el alcalde del pueblo?&mdash;le preguntó
-á su vez Aviraneta.</p>
-
-<p>&mdash;Decía si eran ustedes milicianos.</p>
-
-<p>&mdash;Yo decía si era usted el alcalde ó el juez.</p>
-
-<p>El <i>Trigueros</i> comprendió que no le querían contestar,
-y replicó con cierta sorna amenazadora:</p>
-
-<p>&mdash;Aquí se asegura que son ustedes amigos del
-Empecinado.</p>
-
-<p>&mdash;¿Dónde es aquí?</p>
-
-<p>&mdash;En el pueblo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Es que aquí le tienen mucho cariño al Empecinado?</p>
-
-<p>&mdash;¿Aquí? Ninguno.</p>
-
-<p>&mdash;¿Les gustará más Merino?</p>
-
-<p>&mdash;Claro.</p>
-
-<p>&mdash;Como cura. Es natural.</p>
-
-<p>&mdash;Qué, ¿ustedes no son partidarios de los curas,
-verdad?</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_246" id="Page_246">[246]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué no?</p>
-
-<p>&mdash;¡Como dicen que son ustedes milicianos!</p>
-
-<p>&mdash;¡Bah! ¡Tantas cosas se dicen!</p>
-
-<p>El <i>Trigueros</i>, viendo que no sacaba gran partido
-con sus preguntas, escupiendo por el colmillo, se fué
-de allá.</p>
-
-<p>Don Eugenio salió á la puerta del mesón. No tenía
-gran simpatía por Roa; sabía que aquel pueblo
-era muy absolutista, pero en esto no se diferenciaba
-de los demás. Años más tarde, cuando el capitán
-Abad y el corregidor Fuentenebro llevaron al patíbulo
-al Empecinado, Roa tomó una fama siniestra
-entre los liberales.</p>
-
-<p>Después de jugar, los milicianos quedaron en la
-cocina, alrededor del fuego, bebiendo y hablando.
-El <i>Estudiante</i> y el <i>Fraile</i> siguieron batiéndose á sarcasmos
-ante la criada agitanada.</p>
-
-<p>El <i>Lobo</i> tenía un amigo en el pueblo, á quien pensaba
-visitar.</p>
-
-<p>Aviraneta quiso acompañarle. Salieron de la posada
-y se metieron en Roa. Pasaron por una de las
-puertas de la muralla, que tenía una imagen iluminada
-con dos farolillos, y por una callejuela llegaron á
-la plaza; luego, de aquí marcharon hasta una encrucijada,
-donde vivía el amigo del <i>Lobo</i>.</p>
-
-<p>Aviraneta se despidió del <i>Lobo</i> y volvió á la plaza
-Mayor.</p>
-
-<p>La noche estaba obscura. Iba marchando con gran
-precaución, cuando de pronto vió un grupo de sayo<span class="pagenum"><a name="Page_247" id="Page_247">[247]</a></span>nes,
-con hopalandas negras; empuñando alabardas
-marchaban á la luz de unos faroles, y se pusieron á
-cantar.</p>
-
-<p>Aviraneta esquivó el encuentro metiéndose en el
-hueco de una puerta. Aquellos sayones de las hopalandas
-negras, los Hermanos de las Animas, no eran
-para tranquilizar á nadie.</p>
-
-<p>Aviraneta tomó por un callejón pedregoso.</p>
-
-<p>Al marchar por él, en la obscuridad, vió un grupo
-de hombres en el fondo de una taberna que estaban
-hablando y discutiendo á voces. Aviraneta se
-paró á ver si oía algo; pero no llegaron hasta él más
-que fragmentos de frases sin ilación.</p>
-
-<p>Luego siguió adelante, por calles y callejones,
-hasta salir á la posada. La idea de un vago peligro
-le iba sobrecogiendo. Pensó en aconsejar á los compañeros
-el marcharse de allí; pero no les vió.</p>
-
-<p>En el pasillo de la posada del <i>Trigueros</i> encontró
-al aldeano del macho hablando con el patrón. Tanta
-vigilancia aumentó sus sospechas.</p>
-
-<p>Preguntó á la patrona dónde tenía que ir á dormir,
-y ella le dijo que arriba.</p>
-
-<p>Había en el piso bajo dos cuartos grandes, cada
-uno con dos camas, y el <i>Fraile</i>, el <i>Cómico</i>, el <i>Estudiante</i>
-y <i>Nación</i> se apoderaron de ellas por medio
-de una propina que dieron á la criada.</p>
-
-<p>En el piso alto quedaba un gabinete pequeño con
-una alcoba; el gabinete tenía un canapé y la alcoba
-dos catres estrechos de tijera.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_248" id="Page_248">[248]</a></span></p>
-
-<p>Se habían sacado los colchones de los catres; los
-habían tendido en el suelo en el gabinete, y estaban
-echados en ellos el viejo Valladares y Diamante. El
-<i>Arranchale</i> y Aviraneta disponían de la alcoba y del
-lienzo de los catres.</p>
-
-<p>El <i>Arranchale</i> roncaba al entrar don Eugenio;
-Aviraneta quedó sentado en el camastro, en la obscuridad.
-Su natural prudencia de zorro se alarmaba.</p>
-
-<p>Un pueblo tan hostil á los liberales, sin guarnición,
-con aquellas gentes misteriosas que iban y venían, ¿no
-haría algo contra ellos? Realmente era una torpeza el
-que todos se entregaran al sueño sin poner un centinela.
-El no tenía autoridad para despertar á la gente
-y dar órdenes. Aviraneta encendió con una pajuela
-un cabo de cera y comenzó á inspeccionar el cuarto.
-Salió al gabinete. La puerta cerraba mal. Volvió
-á la alcoba y abrió una ventana. Daba á un patio
-ó corralillo.</p>
-
-<p>Con la corriente de aire el <i>Arranchale</i> se despertó:</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué hay?&mdash;dijo en vascuence.</p>
-
-<p>Aviraneta le explicó sus sospechas y le indicó que
-le parecía conveniente ver si aquel patio tenía salida
-á la carretera. El <i>Arranchale</i> no se hizo rogar: se
-descolgó por la ventana y bajó.</p>
-
-<p>El corral tenía una puerta á la carretera. El <i>Arranchale</i>
-cogió del suelo un palo liso, largo, de cinco ó
-seis metros, de esos que suelen servir de ánima para
-hacer los almiares, y lo acercó á la ventana.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_249" id="Page_249">[249]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Sosténgalo usted&mdash;le dijo á Aviraneta.</p>
-
-<p>Aviraneta lo sostuvo, y el <i>Arranchale</i> subió por
-el palo y ató la punta de éste con una cuerda de
-esparto en los goznes de la ventana. Hecha la maniobra,
-el <i>Arranchale</i> entró en el cuarto con tres garrotes
-que había cogido en el corral, y los dejó en un
-rincón; luego se tendió en el catre y se quedó dormido.</p>
-
-<p>Aviraneta no tenía sueño. Seguía intrigado, pensando
-en los sayones de la noche de Roa, en la supuesta
-hostilidad del pueblo, en la amabilidad de
-aquel aldeano, en lo largo que había sido el herraje
-de los caballos, en los preparativos de la cena y en
-el mal aspecto del <i>Trigueros</i>.</p>
-
-<p>Si se hubiera encontrado solo con el <i>Arranchale</i>
-y con Diamante, en aquel mismo momento se hubiera
-marchado.</p>
-
-<p>Estuvo por despertarlos; pero temía que le acusasen
-de asustadizo y de suspicaz.</p>
-
-<p>Aviraneta, preocupado con esto y deseando tener
-armas, cortó unas tiras del pañuelo y se dedicó á atar
-con gran perfección el puñal suyo y la navaja y la
-bayoneta de Valladares al extremo de los palos traídos
-por el <i>Arranchale</i> del patio. Cerca ya de media
-noche, convencido de que no pasaba nada, apagó la
-vela y se tendió á dormir en el catre.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_250" id="Page_250"></a>
-<a name="Page_251" id="Page_251"></a></span></p>
-
-
-
-
-<h3 id="II_XII">XII.<br />
-LA ENCERRONA</h3>
-
-
-<p>Mientras Aviraneta y los suyos dormían en la posada
-de Roa se iba amontonando sobre ellos una
-gruesa nube próxima á estallar.</p>
-
-<p>El hombre bajito que habían encontrado en el camino
-montado en un mulo era uno de los realistas
-más exaltados del pueblo. Hábilmente les había hecho
-perder tiempo, quedarse en la posada del <i>Trigueros</i>
-y dejar los caballos en una cuadra lejana.</p>
-
-<p>Este hombre, conocido por el <i>Zocato</i>, porque era
-zurdo, fué en seguida de dejar en la posada á los
-viajeros á casa del jefe realista de Roa, un tal Abad.
-Abad llamó á sus partidarios y tuvieron una reunión.
-Se trataba de prender á los liberales llegados al
-pueblo y de quitarles los caballos, que servirían para
-la futura tropa de voluntarios realistas.</p>
-
-<p>La gente estaba contenta con la presa, pero había
-muchos á quienes no satisfacía el procedimiento de
-encarcelar á aquellos hombres y preferían algo más
-violento y decisivo.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_252" id="Page_252">[252]</a></span>
-Entre estos estaban el <i>Zocato</i>, un lugarteniente de
-Abad, llamado Gregorio González y apodado el
-<i>Buche</i>, y un cura joven que se distinguía por su fervor
-absolutista y su odio á los impíos, á quien llamaban
-el <i>Capillitas</i>.</p>
-
-<p>El <i>Zocato</i>, el <i>Buche</i> y el <i>Capillitas</i> hablaron á su
-gente, se encontraron con los de la Hermandad de
-las Animas y entraron en algunas tabernas á discutir
-y á esperar el momento.</p>
-
-<p>A media noche toda la tropa, en número de ochenta
-ó noventa hombres, se acercaron á la posada del
-<i>Trigueros</i> cantando la <i>Pitita</i> y el <i>Serení</i>. Los jefes
-colocaron á los suyos en las esquinas, rodeando la
-casa.</p>
-
-<p>Aviraneta, que estaba en el comienzo del sueño,
-creyó oír un rumor de gentes; pensó primero que desvariaba,
-pero al notar el murmullo más claro y distinto,
-se incorporó en el catre y escuchó.</p>
-
-<p>Se oía claramente entonado á coro el estribillo de
-la canción que llamaban la Pitita:</p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry"><div class="stanza">
-<div class="line i1">Pitita, bonita,</div>
-<div class="line">con el pío, pío, pon.</div>
-<div class="line">¡Viva Fernando</div>
-<div class="line">y la Religión!</div>
-</div></div></div>
-
-<p>&mdash;Nos querrán dar una cencerrada&mdash;pensó Aviraneta,
-y se levantó á tientas, salió al gabinete y, empujando
-violentamente las maderas, abrió la ventana.</p>
-
-<p>Al mismo tiempo sonaron los estampidos de cua<span class="pagenum"><a name="Page_253" id="Page_253">[253]</a></span>tro
-ó cinco trabucazos, y una lluvia de metralla pasó
-alrededor de Aviraneta. No le dió ni una bala. Aviraneta
-despertó á puntapiés á Diamante y á Valladares.
-El <i>Arranchale</i> había saltado inmediatamente
-de la cama al oír los estampidos.</p>
-
-<p>Se sintió abajo un rumor de lucha y gritos agudos.</p>
-
-<p>El <i>Arranchale</i>, Aviraneta, y después Diamante y
-Valladares, bajaron rápidamente por el palo del almiar
-desde la ventana al corralillo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Mueran los masones! ¡Mueran los judíos! ¡Mueran
-los negros!&mdash;gritaban desde fuera.</p>
-
-<p>Aviraneta miró desde una rendija de la puerta del
-corral. Había un grupo de veinte ó treinta hombres.
-Los dirigían dos ó tres personas, y entre ellas el
-<i>Zocato</i>.</p>
-
-<p>Aviraneta dijo en voz baja:</p>
-
-<p>&mdash;¡Atención! Prepararse. A correr á la derecha.
-Al que quiera detenernos hay que matarlo.</p>
-
-<p>Diamante tenía su sable; Valladares, el <i>Arranchale</i>
-y Aviraneta, los palos con la bayoneta, la navaja
-y el puñal en la punta.</p>
-
-<p>Aviraneta abrió la puerta del corral, y los cuatro
-rompieron por en medio de la gente y echaron á correr.
-Los sitiadores no comprendieron bien que era
-aquéllo, pero al poco rato un grupo de diez ó doce
-salió en persecución de los fugitivos. Era gente joven,
-sin duda, y más ágil, porque pronto les dió alcance.</p>
-
-<p>Aviraneta gritó:</p>
-
-<p>&mdash;¡Media vuelta!</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_254" id="Page_254">[254]</a></span></p>
-
-<p>Los cuatro, al mismo tiempo, hicieron frente á los
-que les perseguían.</p>
-
-<p>Valladares, que era un soldado viejo y manejaba
-bien la bayoneta, dió un bayonetazo á uno en el muslo,
-y Aviraneta clavó el puñal en la garganta de otro.</p>
-
-<p>Los perseguidores vieron que sin armas les tocaba
-la de perder y se retiraron. Era la noche obscura,
-nadie conocía el camino y no sabían qué hacer.</p>
-
-<p>Meterse por los sembrados era condenarse á no
-adelantar nada, y seguir por la carretera exponerse á
-que con facilidad los cogieran. Decidieron seguir por
-el camino hasta que aclarara, y luego esconderse.</p>
-
-<p>Antes de amanecer vieron á dos hombres que
-venían corriendo. Uno de ellos era el <i>Estudiante</i>,
-que había escapado no sabía cómo, medio desnudo
-y lleno de heridas; el otro, el <i>Lobo</i>, á quien habían
-ido á buscar para matarlo á la casa de su amigo.</p>
-
-<p>El <i>Estudiante</i> dijo que á <i>Nación</i>, al <i>Fraile</i> y al
-<i>Cómico</i> los habían acribillado á navajadas hasta dejarlos
-como una criba. Después, al <i>Fraile</i> le habían
-vaciado los ojos y al <i>Cómico</i> le habían mutilado.</p>
-
-<p>Al hacerse de día, los fugitivos se metieron á campo
-traviesa hasta llegar á un bosquecillo de encinas
-y carrascas. Era este bosquete el único que había por
-aquellas tierras, pero ni Aviraneta ni sus compañeros
-se fijaron en ello.</p>
-
-<p>Se tendieron todos á descansar un momento, y el
-despertar fué terrible. Tenían delante al <i>Buche</i>, al
-<i>Capillitas</i>, al <i>Zocato</i> y al <i>Trigueros</i>, con otros ocho<span class="pagenum"><a name="Page_255" id="Page_255">[255]</a></span>
-hombres más que, montados en sus caballos, los habían
-perseguido hasta encontrarlos y atarlos.</p>
-
-<p>El <i>Arranchale</i>, sin saber cómo, desapareció. El
-<i>Estudiante</i>, loco de cansancio y de terror, se echó á
-los pies del <i>Capillitas</i> pidiendo perdón, pero éste
-no estaba para perdones.</p>
-
-<p>&mdash;No, no, os vamos á fusilar á todos.</p>
-
-<p>&mdash;¡A todos, á todos!&mdash;dijeron los demás.</p>
-
-<p>&mdash;Va usted á fusilar á un oficial de Merino&mdash;dijo
-Aviraneta.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién es?</p>
-
-<p>&mdash;Yo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Hombre! Pues no me importa nada, monín&mdash;dijo
-el <i>Capillitas</i>&mdash;. Te contestaré con la divisa de
-Roa: «Quien bien quiere á Beltrán, bien quiere á
-su cán». Haber salido con don Jerónimo, amiguito,
-no sólo antes sino ahora que defiende la religión.</p>
-
-<p>A pesar del momento, que no era para sentir pinchazos
-de amor propio, Aviraneta experimentó una
-profunda cólera al oirse llamar amiguito y monín.</p>
-
-<p>&mdash;Este es el jefe&mdash;dijo el <i>Trigueros</i> mostrando
-á don Eugenio&mdash;el amigo del Empecinado.</p>
-
-<p>&mdash;Lo tendremos en cuenta&mdash;exclamó el <i>Capillitas</i>&mdash;.
-Conque señores, como dentro de poco van
-ustedes á estar en la eternidad voy á confesarles á
-ustedes. Tú, teniente de Merino.</p>
-
-<p>&mdash;Yo no quiero confesarme con un hijo de perra
-como tú&mdash;dijo Aviraneta&mdash;. ¡Confesarme tú! Lo más
-que te permitiría sería limpiarme las botas.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_256" id="Page_256">[256]</a></span></p>
-
-<p>Dos hombres del <i>Buche</i> se acercaron á Aviraneta.</p>
-
-<p>&mdash;Dejadle, dejadle&mdash;dijo el cura&mdash;; le calentaremos
-los pies para que se amanse. ¿Y usted?&mdash;preguntó
-el cura á Diamante.</p>
-
-<p>&mdash;Yo te desprecio, miserable. ¿Es que crees que
-me vas á asustar á mí? A mí con amenazas.</p>
-
-<p>&mdash;Otro candidato al fuego&mdash;repuso el cura.</p>
-
-<p>El <i>Lobo</i> no dijo nada. El <i>Estudiante</i> y Valladares
-asintieron á la confesión, y el primero se aproximó
-al cura, llorando.</p>
-
-<p>El <i>Capillitas</i> se alejó de los demás con el <i>Estudiante</i>
-y dió á su fisonomía un aire de hipócrita
-unción.</p>
-
-<p>Era el cura un tipo bajito, con unos ojos grandes
-negros, unos movimientos vivos y una barba muy azul
-del afeitado. Mientras estaba serio tenía aire de persona,
-pero cuando se reía se desenmascaraba y parecía
-una estúpida bestia.</p>
-
-<p>Mientras el <i>Capillitas</i> confesaba, el <i>Buche</i> contemplaba
-la escena apoyado en el sable con una gran
-jactancia. El tal tipo tenía una cara abultada y torpe,
-los ojos pequeños y la expresión de orgullo.</p>
-
-<p>Al terminar la confesión el <i>Estudiante</i>, le sustituyó
-Valladares. El <i>Estudiante</i> quedó paralizado de
-terror.</p>
-
-<p>En esto, con una rapidez inaudita, se presentaron
-varios soldados constitucionales que rodearon el
-bosquecillo donde estaban todos.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_257" id="Page_257">[257]</a></span></p>
-
-<p>El <i>Buche</i> y sus hombres montaron á caballo con
-rapidez y huyeron. El <i>Zocato</i>, el <i>Capillitas</i> y el <i>Trigueros</i>
-fueron á hacer lo mismo; pero Diamante, el
-<i>Lobo</i> y Aviraneta, á pesar de estar atados por las muñecas,
-se echaron sobre los estribos de los caballos,
-é interponiéndose y mordiendo, sufriendo los golpes
-y patadas de los realistas, no les dejaron montar.</p>
-
-<p>El <i>Arranchale</i> había resuelto la situación. Al escapar
-había encontrado á un campesino que le había
-dicho que cerca había tropas y las había buscado y
-las había traído.</p>
-
-<p>Era una media compañía con un capitán. Soltaron
-á Aviraneta y á sus amigos y ataron al cura, al
-<i>Zocato</i> y al <i>Trigueros</i>.</p>
-
-<p>Aviraneta contó al oficial lo ocurrido y éste decidió
-fusilar á los tres facciosos. Al oír su sentencia el
-cura se acobardó y empezó á sollozar y á pedir á
-Aviraneta que intercediera por él. Aviraneta volvió
-la espalda con desdén y miró á otro lado.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quiere usted ahora que yo le confiese padre?&mdash;le
-comenzó á preguntar el <i>Estudiante</i> con sorna.</p>
-
-<p>El cura gritaba, se tiraba al suelo llorando, el <i>Zocato</i>
-pedía perdón y el <i>Trigueros</i> protestaba. El oficial
-les dijo que se dejaran atar porque iba á llevarlos
-prisioneros.</p>
-
-<p>Se dejaron atar casi satisfechos, y cuando estaban
-atados los hizo ponerse á los tres junto á un árbol y
-mandó fusilarlos.</p>
-
-<p>Luego, entre el <i>Estudiante</i> y unos soldados, cogie<span class="pagenum"><a name="Page_258" id="Page_258">[258]</a></span>ron
-los cadáveres del <i>Zocato</i>, del <i>Trigueros</i> y del
-<i>Capillitas</i>, y los colgaron por el cuello, con gran simetría,
-de las ramas de una encina.</p>
-
-<p>&mdash;Este amor por lo decorativo nos pierde&mdash;exclamó
-Aviraneta con humor.</p>
-
-<p>&mdash;No cabe duda&mdash;dijo el <i>Arranchale</i> á Aviraneta
-en vascuence, con mucha seriedad y como
-quien hace un descubrimiento&mdash;que les gustará á
-ustedes más ver desde aquí á esos hombres colgados,
-que no que ellos les hubieran visto á ustedes en esa
-posición incómoda.</p>
-
-<p>Aviraneta dió una palmada cariñosa en el hombro
-al <i>Arranchale</i>, y celebró la frase riendo.</p>
-
-<p>El oficial de la tropa que los había salvado permitió
-á Diamante, Aviraneta y al <i>Lobo</i> que tomaran
-los caballos del <i>Trigueros</i>, del <i>Zocato</i> y del <i>Capillitas</i>
-y se fueran con ellos.</p>
-
-<p>El <i>Arranchale</i> se volvió á su país y Valladares y
-el <i>Estudiante</i> se incorporaron á la media compañía,
-mandada por el capitán.</p>
-
-<p>Aviraneta, el <i>Lobo</i> y Diamante llegaron á Valladolid,
-y se encontraron la población sin tropas liberales.</p>
-
-<p>El día 25 de Abril, con la división del ejército de
-la derecha, había entrado el cura Merino en Palencia
-con cinco mil hombres y derribado la lápida de la
-Constitución. El general Morillo, conde de Cartagena,
-de miedo al copo, se retiró á Galicia, y el Empecinado,
-viéndose sin posibilidad de defenderse,<span class="pagenum"><a name="Page_259" id="Page_259">[259]</a></span>
-evacuó también la ciudad y marchó á Salamanca y
-luego á la plaza de Ciudad Rodrigo.</p>
-
-<p>Diamante, el <i>Lobo</i> y Aviraneta tuvieron que seguir
-el mismo camino hasta unirse con el Empecinado.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_260" id="Page_260"></a>
-<a name="Page_261" id="Page_261"></a></span></p>
-
-
-
-
-<h3 id="II_XIII">XIII.<br />
-EN CIUDAD RODRIGO</h3>
-
-
-<p>Ciudad Rodrigo es una ciudad colocada en una
-eminencia, rodeada de murallas, algunas antiguas,
-otras reconstruídas á trozos. Tiene hermosas casas de
-sillería con grandes escudos, un magnífico Ayuntamiento
-y un castillo derruído, el de Don Enrique de
-Trastamara.</p>
-
-<p>En sus muros se abren tres puertas: la del Conde,
-la de Santiago y la de la Colada.</p>
-
-<p>La antigua Miróbriga tiene alrededor una gran
-vega ancha y sonriente que se divisa como un mar
-verde desde lo alto de la muralla.</p>
-
-<p>No era muy agradable para un ejército numeroso
-la estancia en Ciudad Rodrigo.</p>
-
-<p>Además de la opresión del pueblo amurallado y
-estrecho estaba todo muy sucio y abandonado.</p>
-
-<p>Las calles se veían siempre llenas de basura y
-había un olor pestilente.</p>
-
-<p>Por fortuna Aviraneta, el <i>Lobo</i> y Diamante fueron
-<span class="pagenum"><a name="Page_262" id="Page_262">[262]</a></span>
-encargados de hacer excursiones, para forrajear, por
-los alrededores, y se establecieron con un piquete
-en una alquería próxima que se llamaba Pedro Tello.</p>
-
-<p>Los aldeanos de los contornos manifestaban por
-Aviraneta un odio terrible; pero alguno que otro se
-había hecho amigo suyo y solía contarle las hazañas
-realizadas en Ciudad Rodrigo por don Julián Sánchez
-y don Andrés Pérez de Herrasti.</p>
-
-<p>Aviraneta todos los días marchaba al alojamiento
-del Empecinado, y entre los dos discutían planes y
-proyectos. Muchas veces, para estar más solos, iban
-al claustro de la catedral. Aviraneta comenzó á redactar
-un periódico que hacía copiar á mano y repartía
-entre los soldados.</p>
-
-<p>Pretendía dar confianza á las tropas, y contaba una
-serie de triunfos de los constitucionales contra los
-franceses que no existían más que en su imaginación.</p>
-
-<p>La situación del ejército era muy mala: don Juan
-Martín tenía sus cuadros de tropas de línea incompletos;
-las partidas de milicianos y voluntarios patriotas
-muy entusiastas, muchas veces no servían; no
-había dinero y era indispensable salir todas las semanas
-á requisar ganado y forraje para el abastecimiento
-de la plaza.</p>
-
-<p>El estado del país iba poniéndose desesperado.</p>
-
-<p>El ejército no hacía el esfuerzo necesario para
-oponerse al avance de los franceses.</p>
-
-<p>No pasarán los Pirineos, se dijo primero. Se que<span class="pagenum"><a name="Page_263" id="Page_263">[263]</a></span>darán
-en las provincias del Norte. No pasarán el
-Ebro. En Despeñaperros los destrozaremos.</p>
-
-<p>Y los franceses pasaron los Pirineos, no se quedaron
-en las provincias del Norte, cruzaron el Ebro y
-atravesaron Despeñaperros.</p>
-
-<p>Los liberales tuvieron que ir perdiendo sus ilusiones
-en Ballesteros, en Morillo, en Montijo y en
-O'Donnell.</p>
-
-<p>Se había creído que este último se opondría á los
-franceses en Somosierra y en el Guadarrama, pero
-los dejó pasar sin disputarles el terreno.</p>
-
-<p>Todos estos generales eran partidarios de dar
-por fracasada la Constitución del año 12. Montijo
-escribió una carta á don Enrique O'Donnell,
-conde de la Bisbal, diciéndole que se decidiese á
-salvar al país y á cumplir la voluntad del pueblo; que
-era que no siguiese rigiendo la Constitución, porque
-ésta no afianzaba la seguridad individual ni conservaba
-la dignidad de la monarquía española.</p>
-
-<p>O'Donnell contestó en un sentido parecido; los
-liberales, al leer su carta, se indignaron, y La Bisbal
-tuvo que escapar de Madrid, resignando el mando de
-las fuerzas en Castelldosrius, quien también abandonó
-la Corte dejando el mochuelo al general Zayas,
-que fué quien tuvo que capitular.</p>
-
-<p>Unicamente los guerrilleros Mina, el Empecinado,
-Chapalangarra y algunos generales como Torrijos,
-Riego y López Baños estaban dispuestos á defender
-la Constitución hasta el fin.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_264" id="Page_264">[264]</a></span></p>
-
-<p>Mina tenía lo mejor del ejército y estaba en Barcelona,
-en donde había espíritu liberal entusiasta;
-primero por los hijos del país, luego por encontrarse
-allí hombres comprometidos en las revoluciones de
-Nápoles y Piamonte; patriotas polacos, estudiantes,
-alemanes y franceses obligados á dejar su patria por
-las persecuciones policiacas de la Santa Alianza.
-Había también en Barcelona una Legión liberal extranjera,
-organizada por Pacchiarotti, con un pequeño
-batallón de infantería y un escuadrón de lanceros.</p>
-
-<p>Muchas compañías estaban formadas por oficiales
-y dos generales italianos empuñaban la lanza como
-simples soldados.</p>
-
-<p>El Empecinado no tenía estas ventajas; no estaba
-sostenido por el espíritu de una ciudad liberal: se
-encontraba en tierras hostiles, sin más consejo que el
-de Aviraneta, y no podía aceptar siempre sus inspiraciones.</p>
-
-<p>Entre los dos había una obscura incompatibilidad.
-Aviraneta sentía una mezcla de cariño, de admiración
-y de desdén por el general. El verle tan tosco
-y muchas veces tan incomprensivo le ponía en contra
-suya. Al Empecinado, por su parte, le producía su
-secretario un sentimiento confuso de desconfianza y
-de repulsión. Sabía que Aviraneta era hombre de
-probidad, pero le veía capaz de una infamia por defender
-su causa.</p>
-
-<p>Don Juan afirmaba que, puesto que la doctrina liberal
-era la mejor y la más justa, los procedimientos<span class="pagenum"><a name="Page_265" id="Page_265">[265]</a></span>
-de los liberales debían ser también siempre claros
-y justos.</p>
-
-<p>Aviraneta creía que el fin justifica los medios. Con
-este motivo, el general y su secretario solían discutir.
-Uno de los sitios de sus discusiones era el claustro
-de la catedral.</p>
-
-<p>Aviraneta quería convencer á don Juan Martín de
-que debía aceptar todos los recursos.</p>
-
-<p>&mdash;El hombre de guerra, por lo mismo que vive
-entre catástrofes&mdash;decía Aviraneta&mdash;tiene que ser
-inmoral. Esta es su superioridad. Aquí conviene ser
-benévolo, se respetan las personas y las cosas; allí
-conviene ser severo, se fusila á todo el mundo y
-se queman las casas y los campos. En una parte,
-religioso; en otra, impío; aquí, blando; allí, duro.
-El militar es lo arbitrario. No puede rechazar medio
-ninguno. Para nosotros, el fin lo purifica todo.</p>
-
-<p>&mdash;No, no&mdash;decía el Empecinado.</p>
-
-<p>Aviraneta, que seguía inspirándose en los Comentarios
-de César y en el Príncipe de Maquiavelo, creía
-que en la política todo está permitido, y que lo que
-en la vida de un individuo: el engaño, el fraude,
-la falsificación, es una infamia, puede en la vida
-pública considerarse como una maniobra del Estado.</p>
-
-<p>Don Juan Martín, por el contrario, no quería aceptar
-que, para ejercer el mando con habilidad, se necesitara
-el empleo de medios reprobables é inmorales;
-no veía que los hombres de gobierno, cuanto más<span class="pagenum"><a name="Page_266" id="Page_266">[266]</a></span>
-inteligentes y á la vez más fríos, astutos y crueles, son
-los mejores políticos.</p>
-
-<p>&mdash;Mientras la sociedad viva como un organismo
-en perpetuo desequilibrio&mdash;decía Aviraneta&mdash;el gobierno
-será bárbaro y depravado; tendrá el político
-algo de las atribuciones del cirujano: cortará la carne
-enferma y la sana, gozará de una verdadera dictadura
-para el bien y para el mal. ¿Quién le podrá atajar?
-¿La opinión pública? Ilusión. Unicamente al final, se
-dirá: Tuvo éxito ó fracasó. Salvó al país ó lo hundió.
-Si tuvo éxito se le aplaudirá, si no se abominará de
-él. ¿Quién irá á comprobar los medios que empleó?
-Nadie.</p>
-
-<p>&mdash;¡Horror!&mdash;decía don Juan.</p>
-
-<p>&mdash;Verdad, verdad&mdash;replicaba Aviraneta&mdash;. Verdad
-de hoy y probablemente verdad de siempre.
-No hay pueblo que pueda tener un gobierno de
-hombres justos. Tendría que haber un medio social
-sano, cuerdo, en perfecto equilibrio. Es decir, que
-para sostener una utopía habría que inventar otra.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_267" id="Page_267"></a></span></p>
-
-
-
-
-<h3 id="II_XIV">XIV.<br />
-LA TOMA DE CORIA</h3>
-
-
-<p>Al final de la primavera llegó á Ciudad Rodrigo
-la noticia de la sublevación de algunos pueblos de
-Extremadura que habían desarmado la Milicia nacional
-y proclamado el rey absoluto.</p>
-
-<p>La primera ciudad importante que se rebeló en
-la región fué Coria; á ésta, al parecer, debía seguir
-Plasencia, y después la Vera y la Serranía de Gata.</p>
-
-<p>El levantamiento de aquella comarca podía cortar
-la comunicación de las tropas del Empecinado con
-el ejército de Extremadura y dejar en el aislamiento
-á Ciudad Rodrigo, que á la larga hubiese tenido
-que rendirse.</p>
-
-<p>El Empecinado y Aviraneta decidieron marchar
-á Extremadura á sofocar el incendio; y dejando la
-guarnición casi íntegra en la ciudad salamanquina, se
-formó una columna de caballería de unos seiscientos
-hombres, la mitad compuesta de jefes y oficiales
-que habían servido en los cuerpos de guerrilla du<span class="pagenum"><a name="Page_268" id="Page_268">[268]</a></span>rante
-la Independencia, y la otra mitad, por lanceros.</p>
-
-<p>Iba la columna dividida en tres escuadrones: uno
-mandado por el coronel Maricuela; el otro, por el
-coronel Dámaso Martín, el hermano del Empecinado,
-y el último, por el comandante don Francisco Cañicero.</p>
-
-<p>Salieron de Ciudad Rodrigo á final de Mayo, pasaron
-por Fuente Guinaldo, que había sido el cuartel
-general de Wellington en la guerra de la Independencia,
-y por Moraleja dieron la vista á Coria.</p>
-
-<p>En la mañana del día primero de Junio, Aviraneta
-se acercó con los exploradores á mirar con su anteojo
-el Castillo de Coria, y vió que entre las almenas
-había gente apostada. Se aproximaron un poco
-más, y entonces los del castillo les hicieron una descarga
-cerrada.</p>
-
-<p>Dispuso el Empecinado que un parlamentario con
-bandera blanca se acercase al pueblo á intimar su
-rendición; pero al ponerse á tiro comenzaron á gritarle
-desde arriba: "No te acerques. No te acerques".
-Algunos dispararon, y el parlamentario se retiró.</p>
-
-<p>En vista de la resistencia, el Empecinado decidió
-sitiar y atacar la ciudad. Se acampó á media legua
-de distancia de las murallas y la noche del día primero
-se hicieron varios reconocimientos.</p>
-
-<p>Cien hombres mandados por Dámaso Martín dieron
-la vuelta al pueblo, y Aviraneta, con una patrulla
-de cinco hombres, inspeccionó de noche la mura<span class="pagenum"><a name="Page_269" id="Page_269">[269]</a></span>lla
-y fué de una puerta á otra con un vecino liberal
-de uno de los barrios de extramuros.</p>
-
-<p>El resultado de las investigaciones de don Eugenio
-fué que la puerta del Carmen era la más débil,
-que no tenía hierros, sino una tranca, y que por ella
-había que hacer el intento de entrar.</p>
-
-<p>Aviraneta explicó estos datos al Empecinado y se
-dispuso el ataque para el día siguiente.</p>
-
-<p>El Empecinado haría un amago de una manera
-muy ostentosa, con todas sus tropas, por la puerta de
-San Francisco; Dámaso Martín alarmaría por el lado
-del palacio derruído del marqués de Coria, y cuando
-toda la atención de los realistas se pusiese en
-aquellos puntos, Aviraneta, con un grupo de hombres,
-intentaría forzar la puerta del Carmen.</p>
-
-<p>Así se hizo. Antes del amanecer cincuenta soldados,
-dirigidos por Aviraneta, se establecieron en unas
-casas próximas á la puerta del Carmen. Eran cinco
-zapadores, cuarenta fusileros, cuatro tambores y un
-pito.</p>
-
-<p>Debían esperar allí hasta el anochecer.</p>
-
-<p>En la casa donde entró Aviraneta vivía un hombre
-muy viejo, un tipo de senador romano. Este viejo,
-alto, tenía una cara de medalla antigua, las cejas
-salientes, la nariz corva, la boca severa y estaba ciego.
-Vestía una chupa de ante amarillo, con bordados
-abrochada hasta arriba, casaca negra con faldones y
-cuello blanco. En la cabeza llevaba apretado un pañuelo
-y encima un sombrero chambergo. Sobre las<span class="pagenum"><a name="Page_270" id="Page_270">[270]</a></span>
-calzas gastaba zajones con listas doradas, y zapatos
-con hebillas y polainas. A pesar de que no hacía
-frío se cubría con una gran capa bordada.</p>
-
-<p>Aviraneta estuvo hablando con el viejo, y oyéndole
-contar historias y anécdotas que se remontaban á
-la primera mitad del siglo XVIII.</p>
-
-<p>Aquel viejo tenía muy buena memoria, y con su
-semblante severo, su hablar tranquilo, sentado en un
-sillón antiguo, parecía la voz del pasado.</p>
-
-<p>A media tarde Aviraneta salió de la casa del viejo
-y se alejó de ella en línea recta, bajando un barranco
-en dirección contraria á la ciudad; luego tomó
-por la izquierda, acercándose al campamento del Empecinado,
-á enterarse de las circunstancias de la
-lucha.</p>
-
-<p>El Empecinado había comenzado un ataque aparatoso.
-Mandó incendiar varias casas del barrio de
-San Francisco y se tiroteó á gran distancia con los
-realistas. Estos le insultaban furiosamente. El incendio
-duró largo tiempo, pero no llegó á la puerta
-de San Francisco, cosa que sabía muy bien don
-Juan. Al anochecer, el general fraccionó sus fuerzas
-é hizo que parte se dirigiese á atacar la puerta
-de la Guía, mientras Dámaso Martín intentaba
-escalar el cerro por las proximidades del palacio del
-marqués de Coria. Aviraneta corrió á la casa del
-viejo á dar sus disposiciones. Era el momento en que
-tenía que obrar, un centinela desde el tejado anunció
-que los realistas se corrían hacia el sitio de la<span class="pagenum"><a name="Page_271" id="Page_271">[271]</a></span>
-muralla, donde comenzaba el nuevo ataque, y que
-por el lado de acá no había nadie.</p>
-
-<p>Aviraneta se preparó.</p>
-
-<p>Cuatro zapadores avanzarían con él inmediatamente
-á la puerta del Carmen y comenzarían á serrarla;
-veinte fusileros pasarían en seguida que ésta
-se abriera, y otros veinte quedarían emboscados en
-la casa para hacer fuego desde los balcones sobre los
-realistas que aparecieran en la muralla.</p>
-
-<p>Todo se hizo con rapidez. Aviraneta y los zapadores
-llegaron á la puerta y en un momento la abrieron.
-Al ruido aparecieron dos realistas en la muralla,
-que fueron tiroteados, y se retiraron en seguida.</p>
-
-<p>Abierta la puerta, los cincuenta hombres, precedidos
-por Aviraneta, pasaron, derribaron una barricada
-y entraron por una calle del pueblo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Adelante!&mdash;dijo Aviraneta.</p>
-
-<p>Avanzaron todos, en silencio, por la callejuela.</p>
-
-<p>&mdash;Tocad el himno de Riego&mdash;añadió don Eugenio.</p>
-
-<p>Coria estaba desierta. La pequeña tropa marchaba
-en medio de la oscuridad al compás de su himno
-saltarín y bullanguero. Aviraneta caminaba delante,
-con el sable desenvainado, y los soldados
-arma al brazo... No sabía dónde estaba la puerta de
-San Francisco, y comenzaba á temer que los realistas
-hubiesen cerrado la del Carmen y le hubiesen
-dejado dentro.</p>
-
-<p>Aviraneta dividió su fuerza, é hizo que cuarenta<span class="pagenum"><a name="Page_272" id="Page_272">[272]</a></span>
-hombres se dirigiesen al pie del castillo á abrir la
-puerta, mientras él, con los diez restantes y los
-tambores y el pito, se dirigía por las calles haciendo
-que tocaran el himno constantemente.</p>
-
-<p>Poco después se oyeron otros tambores. El Empecinado
-entraba en Coria.</p>
-
-<p>Los sublevados, desmoralizados, no intentaron
-defenderse y escaparon, abandonando las armas.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_273" id="Page_273"></a></span></p>
-
-
-
-
-<h3 id="II_XV">XV.<br />
-UNA CIUDAD LEVÍTICA</h3>
-
-
-<p>Coria es una ciudad pequeña de Extremadura,
-asentada sobre una colina á orillas del río Alagón.</p>
-
-<p>Es ciudad antigua, de silueta castiza: tiene el aspecto
-místico, estático, religioso y guerrero de casi
-todos los pueblos españoles de tradición.</p>
-
-<p>Coria, más que un pueblo con una catedral, es
-una catedral con un pueblo.</p>
-
-<p>Es una ciudad levítica por excelencia. Para unos
-quinientos vecinos, que representan unos dos mil á
-tres mil habitantes, Coria cuenta con la catedral, el
-seminario, la parroquia de Santiago, el convento de
-monjas de Santa Isabel, el de San Benito y varias
-ermitas y capillas.</p>
-
-<p>Por entonces la catedral tenía once dignidades:
-deán, tesorero, arcediano de Coria, arcediano de
-Valencia de Alcántara, prior, arcipreste de Coria,
-arcipreste de Calzadilla, chantre, arcediano de Cáceres,
-arcediano de Galisteo, maestrescuela y arcediano
-de Alcántara.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_274" id="Page_274">[274]</a></span></p>
-
-<p>Había, además, quince canónigos, seis racioneros,
-seis medioracioneros, un beneficio curado y número
-competente de capellanes.</p>
-
-<p>Funcionaba también en Coria el tribunal eclesiástico,
-formado por el provisor, el vicario general, un
-fiscal, dos notarios y tres procuradores. Estos, unidos
-á los profesores del seminario, á los párrocos, curas,
-frailes, monjas, sacristanes, legos y monaguillos, hacía
-que el obispo tuviera bajo sus órdenes un pequeño
-ejército.</p>
-
-<p>Coria era pueblo amurallado con gruesas murallas,
-algunas de las cuales databan de la dominación romana.</p>
-
-<p>Entonces Coria tenía unos pequeños arrabales extramuros
-que después han ido creciendo. Se asentaba
-la ciudad sobre una meseta que se prolongaba en
-llano hacia el Norte; en cambio, hacia el Sur el cauce
-del Alagón dejaba un barranco, en cuyo fondo
-corría el río.</p>
-
-<p>Este pasaba lamiendo la base de la colina cauriense,
-y tenía un magnífico puente. Con el tiempo el
-Alagón se desvió de su álveo, que fué cegándose
-con la tierra de las crecidas, y se separó del pueblo,
-dejando el puente en seco, con lo cual el antiguo
-cauce se llenó de huertas, formando la Isla ó el Arenal
-del Río.</p>
-
-<p>Esta irregularidad de encontrarse en seco el puente
-daba lugar á bromas que las gentes de Coria, que
-no se sentían completamente coriáceas, aguantaban<span class="pagenum"><a name="Page_275" id="Page_275">[275]</a></span>
-con poca calma. Por la época aquella, á falta de puente,
-había una barca en el sitio llamado las Lagunillas,
-y dos vados: el de la Barca y el de la Martina.
-Mirando á Coria por el camino de Plasencia, la ciudad
-se presentaba en un alto, en el fondo de la gran
-vega, cruzada por el río. Sobre el vértice del cerro
-aparecía la catedral en medio; á la izquierda, el palacio
-del marqués de Coria, y á la derecha, un edificio
-cuadrado, grande, con muchas ventanas: el seminario.</p>
-
-<p>Desde el camino de Ciudad Rodrigo, Coria se
-presentaba plana, con el castillo de piedra, en medio
-de la muralla dominando los tejados, y la torre
-de la catedral.</p>
-
-<p>Había cuatro puertas en la ciudad: la de San
-Francisco, la de la Estrella, la del Carmen ó del
-Sol y la de la Guía ó de la Corredera. Había además
-la puerta del Postiguillo, estrecha abertura entre
-el seminario y la catedral.</p>
-
-<p>Al entrar Aviraneta y el Empecinado en Coria, se
-encontraron el pueblo que parecía desalquilado. La
-gente estaba escondida, las calles tristes, sucias,
-completamente desiertas. En la plaza, las pocas
-tiendas se veían cerradas, y únicamente se hallaba
-abierta la botica. La lápida de la Constitución había
-sido arrancada del Ayuntamiento.</p>
-
-<p>Fué un problema alojar los seiscientos hombres
-del Empecinado en Coria.</p>
-
-<p>Los jefes fueron á vivir á las casas de las familias<span class="pagenum"><a name="Page_276" id="Page_276">[276]</a></span>
-liberales del pueblo, que eran cuatro ó cinco: la de
-Zugasti, la de Simones, la de Medrano, la de Roda
-y la de uno que se hacía llamar el Segundo Empecinado.</p>
-
-<p>El Empecinado y Aviraneta fueron á parar á casa
-de don Marcelo Zugasti.</p>
-
-<p>Al día siguiente, domingo, se reunieron los constitucionales
-del pueblo á hablar con el general. Estuvieron
-en la reunión don Juan Muñoz de Roda,
-síndico y miliciano nacional; don Pedro José de Medrano,
-médico; el farmacéutico y dos contribuyentes
-ricos: Sebastián Simones, y el que se hacía llamar el
-Segundo Empecinado.</p>
-
-<p>Zugasti explicó la situación. Este Zugasti era un
-propietario liberal que se había hecho con bienes
-monacales, y mandaba la Milicia de Coria.</p>
-
-<p>Era un tipo de hombre flemático y sereno; tenía
-una cara correcta, los ojos azules, la tez muy curtida
-por el sol y la expresión fría.</p>
-
-<p>Zugasti explicó cómo había empezado á armarse la
-Milicia Nacional en el pueblo: al principio bien, con
-cierto entusiasmo. Los curas párrocos del partido no
-habían tenido inconveniente en prestarse á explicar
-los días festivos la Constitución; pero cuando comenzaban
-sus explicaciones, la gente se marchaba. El
-año anterior se había uniformado la Milicia Nacional,
-quedando formada por catorce hombres de caballería
-y veintidós de infantería. Ya en este año, el
-22, el espíritu del pueblo se había hecho francamen<span class="pagenum"><a name="Page_277" id="Page_277">[277]</a></span>te
-hostil á la Constitución, y cuando algún párroco
-hablaba de ella en la iglesia, la gente vociferaba.</p>
-
-<p>Al final de 1822, el arcediano de Valencia de Alcántara
-había comenzado á conspirar; don Feliciano
-Cuesta se pronunciaba á favor del rey absoluto, y á
-principio del 23 se presentaba la facción de Morales
-en los pueblos comarcanos. La Milicia de Coria,
-al mando de Zugasti, salió á pelear contra ella. La
-partida de Morales constaba de veintitrés hombres
-mal armados, é intentó sublevar Plasencia y Coria.
-Zugasti, con sus milicianos, les mató un hombre y
-dispersó á los demás hacia la Sierra de Gata.</p>
-
-<p>Desde esta época el alcalde había tenido mucho
-cuidado con los facciosos, mandando cerrar las tabernas
-á las ocho, obligando á los dueños de las posadas
-á que presentasen los pasaportes de los forasteros,
-y prohibiendo que nadie saliese á la calle después
-de la diez de la noche sin motivo justificado.</p>
-
-<p>A pesar de esto, los absolutistas conspiraban sin
-rebozo, y una mañana de Mayo se habían encontrado
-con el pueblo sublevado, la lápida de la Constitución
-derribada y los milicianos desarmados.</p>
-
-<p>El peligro, por el momento, parecía remediable.
-La entrada del Empecinado en Coria había coincidido
-con la captura del cabecilla Morales.</p>
-
-<p>Este Morales era un guerrillero extremeño, de la
-guerra de la Independencia.</p>
-
-<p>En 1820 formó una partida que se llamaba Columna
-real volante de Húsares de Plasencia, y los<span class="pagenum"><a name="Page_278" id="Page_278">[278]</a></span>
-años 21, 22 y 23 merodeó por la parte Norte y Sur
-de la Sierra de Gredos y Gata.</p>
-
-<p>Unos días antes, el 30 de Mayo, en el valle de la
-Corneja, cerca de Piedrahita, Morales había sido batido,
-hecho prisionero y llevado á Salamanca.</p>
-
-<p>Con la toma de Coria y la captura de Francisco
-Ramón Morales, Zugasti suponía que el espíritu público
-reaccionaría.</p>
-
-<p>El Empecinado escuchó la relación y murmuró:</p>
-
-<p>&mdash;Bueno, señores, está bien. Lo pasado, pasado.
-Ya veremos qué se hace. Vamos á misa, que hoy es
-fiesta y debe ser hora.</p>
-
-<p>Don Juan Martín, con su Estado mayor, se dirigió
-á la catedral. En el camino habló largamente con
-Aviraneta.</p>
-
-<p>El problema para el Empecinado no estaba en
-quedarse en Coria, en donde apenas había medios
-para alimentar á sus hombres; lo que él pretendía era
-que el país sublevado no cortara las comunicaciones
-con el ejército de Extremadura.</p>
-
-<p>Don Juan Martín y Aviraneta decidieron estudiar
-el terreno y ver si con una guarnición de doscientos
-hombres podría bastar para defender Coria durante
-algún tiempo.</p>
-
-<p>Hablando llegaron á la plaza del Obispo y á la
-entrada de la catedral. Un corro de campesinos, entre
-los que abundaban las mujeres y los chiquillos,
-contemplaban admirados á aquellos militares de vistosos
-uniformes.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_279" id="Page_279">[279]</a></span></p>
-
-<p>Esperaron en el atrio el Empecinado y su Estado
-mayor, hasta que oyeron la campana, y entraron en
-la catedral seguidos de un grupo de gente.</p>
-
-<p>En un pueblo tan pequeño, la catedral sorprendía
-por su grandeza y su magnificencia. Los canónigos
-con sus mucetas, estaban en el coro. El altar mayor
-brillaba lleno de resplandores. Oyeron los militares
-la misa y, al acabarse ésta, siguiendo la dirección de
-algunas personas, en vez de salir á la plaza; aparecieron
-en un gran balcón de la catedral que dominaba
-toda la vega. Esta terraza se llamaba en el
-pueblo el Paredón.</p>
-
-<p>Era aquel un buen punto para darse cuenta de la
-topografía de los alrededores. Aldeanos, viejas, sacristanes
-y monaguillos, se presentaron á observar
-con espanto y con curiosidad á aquellos soldados de
-Lucifer.</p>
-
-<p>Aviraneta se sentó en el pretil del Paredón á contemplar
-el paisaje.</p>
-
-<p>Delante, como en una hondonada, se veía la vega
-ancha y el río que la cruzaba, festoneado por dos
-franjas de arena.</p>
-
-<p>El día estaba nublado, el cielo gris; el Alagón
-brillaba con un color de gelatina y parecía inmóvil,
-como un cristal turbio. A lo lejos se destacaban
-montes esfumados en la niebla.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno, vamos á almorzar&mdash;dijo don Juan Martín,
-y, por la tarde, veremos qué se hace.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_280" id="Page_280"></a>
-<a name="Page_281" id="Page_281"></a></span></p>
-
-
-
-
-<h3 id="II_XVI">XVI.<br />
-LA TARDE DEL DOMINGO</h3>
-
-
-<p>Don Juan Martín era hombre bueno, de gran corazón,
-pero un poco absorbente, y le molestaba la
-tendencia centrífuga de Aviraneta.</p>
-
-<p>Después de almorzar, el Estado mayor se disponía
-á jugar una partida de cartas, cuando Aviraneta
-se levantó.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué vas á hacer?&mdash;le preguntó el Empecinado.</p>
-
-<p>&mdash;Voy á dar una vuelta por el pueblo.</p>
-
-<p>&mdash;Luego la daremos.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno; pues entonces voy á echar la siesta.</p>
-
-<p>&mdash;Nada, que no quieres jugar.</p>
-
-<p>&mdash;No, no; me aburre.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué gente ésta!&mdash;exclamó don Juan&mdash;. Todo
-le aburre. Este es un puro vinagre. Bueno, bueno;
-márchate y no vuelvas.</p>
-
-<p>Aviraneta se fué á tenderse á la cama. Aquellas
-diversiones de cuerpo de guardia, un cuartucho lleno<span class="pagenum"><a name="Page_282" id="Page_282">[282]</a></span>
-de humo, con la gente jugando á las cartas, fumando
-y bebiendo, le producía una impresión de aburrimiento
-espantoso.</p>
-
-<p>Estuvo Aviraneta en la cama leyendo un tomo de
-Salustio, y á media tarde se acercó al comedor, en
-donde estaban el Empecinado y sus oficiales.</p>
-
-<p>&mdash;¿Vamos?&mdash;preguntó.</p>
-
-<p>&mdash;Espera un momento. Ahora voy.</p>
-
-<p>Salieron don Juan, Aviraneta, Diamante y Zugasti,
-á caballo, á recorrer el pueblo. Hacía buen tiempo,
-había salido el sol.</p>
-
-<p>Llegaron á una plaza, con una picota en medio, la
-plaza del Rollo, y fueron luego hacia la puerta de la
-Guía. Bajaron hacia el Alagón, al paseo de la Barca,
-y contemplaron desde allí el cerro de Coria, con su
-catedral en lo alto; el seminario grande, con muchas
-ventanas, y el palacio derruído del Marqués.</p>
-
-<p>Se alejaron algo por el paseo de grandes árboles,
-á orillas del río, para inspeccionar los alrededores, y,
-al volver, subieron por una estrecha vereda.</p>
-
-<p>Durante la marcha exploradora se había comenzado
-á debatir el problema entre el Empecinado y sus
-oficiales de lo que se iba á hacer. La cuestión no era,
-naturalmente, defender Coria, porque eso solo significaba
-poco: la cuestión era tener asegurado el paso
-para el ejército.</p>
-
-<p>Zugasti y Aviraneta eran partidarios de dejar trescientos
-hombres de guarnición allí; pero don Juan
-Martín aseguraba que trescientos hombres contra un<span class="pagenum"><a name="Page_283" id="Page_283">[283]</a></span>
-ejército no harían nada encontrándose con un vecindario
-en su mayor parte enemigo.</p>
-
-<p>Siguieron por delante de la catedral, entraron por
-la puerta del Sol y dejaron los caballos en casa de
-Zugasti.</p>
-
-<p>&mdash;Vamos á ver la muralla ahora por arriba&mdash;dijo
-Aviraneta.</p>
-
-<p>Marcharon á la plaza del Rollo entraron en el castillo
-y subieron por una escalera de caracol. El castillo
-era una gran torre pentagonal, de piedra amarillenta
-muy bien labrada; tenía cinco pisos, varias pequeñas
-azoteas y encima una gran terraza, con un tambor almenado.
-Se subía á esta terraza por una escalera muy
-estrecha que corría por el grueso de la pared.</p>
-
-<p>Desde el castillo á un lado y á otro corría la muralla.</p>
-
-<p>Esta muralla describía una línea de doscientas
-treinta y tres toesas y era casi circular, de unos treinta
-y cinco pies de alta, con un paseo de unos diez pies
-de ancho que corría todo á lo largo.</p>
-
-<p>De trecho en trecho se elevaban torreones y cubos,
-á los que había que subir por escalones.</p>
-
-<p>Dieron la vuelta á la muralla, marchando paralelamente
-al camino por donde habían ido extramuros, y
-volvieron al castillo.</p>
-
-<p>&mdash;¿De aquí no se verá Plasencia?&mdash;dijo Aviraneta.</p>
-
-<p>&mdash;No. Ca.</p>
-
-<p>&mdash;¿Ni habría medio de comunicarse con ella?</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_284" id="Page_284">[284]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Sí, por medio del castillo de Mirabel, que se ve
-allí en unos montes, quizás se pudiera. Zugasti señaló
-un pico lejano y Aviraneta miró con su anteojo en
-la dirección indicada.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y Plasencia no nos secundaría?&mdash;preguntó
-Aviraneta.</p>
-
-<p>&mdash;No; creo que no.</p>
-
-<p>Don Eugenio se sentó en una de las almenas á
-mirar con su anteojo los alrededores.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno&mdash;dijo don Juan Martín&mdash;. Eugenio quiere
-dedicarse á la geografía. Muy bien, yo me marcho.</p>
-
-<p>El Empecinado y Zugasti se fueron, y el <i>Lobo</i>,
-Diamante y Aviraneta quedaron allí.</p>
-
-<p>Luego dejaron el castillo bajaron á la muralla,
-y fueron contemplando el paisaje y hablando.</p>
-
-<p>Cruzaron la huerta de un convento y salieron al
-Paredón de la catedral. Desde aquí se veía el campo,
-completamente distinto á como estaba por la mañana.
-El cielo tenía un azul intenso, la campiña se extendía
-verde y el río resplandecía como un metal fundido
-sobre una gran cinta de arena dorada.</p>
-
-<p>El viento levantaba oleadas en los trigales y movía
-el follaje de los árboles.</p>
-
-<p>Unas mujeres lavaban en el río, y las ropas blancas
-y los refajos rojos brillaban tendidos en las cuerdas.
-Por el paseo de la Barca volvían algunos aldeanos,
-hombres y mujeres en sus borriquillos.</p>
-
-<p>Aviraneta se sentó en el pretil de piedra del Paredón.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_285" id="Page_285">[285]</a></span></p>
-
-<p>A Don Eugenio le gustaba contemplar el paisaje:
-le producía, momentáneamente un olvido de todo; le
-recordaba los días de su infancia cuando iba á la
-Peña de Aya y al monte Larun á ver el mar á lo lejos.
-Ese germen ahogado que tenemos todos de otro
-hombre ó de otros hombres despertaba en él con la
-contemplación. Aviraneta quedó inmóvil y en silencio.</p>
-
-<p>Era una tarde espléndida, gloriosa: los campos
-verdes relucían frescos después de la lluvia; el río
-venía crecido y alguna nubecilla blanca se miraba en
-su superficie como en un espejo azulado. Dentro de la
-iglesia, los canónigos cantaban en el coro y se oían
-las notas del órgano.</p>
-
-<p>En el aire pasaban las cigüeñas con ramas en el
-pico y quedaban en extrañas actitudes sobre sus nidos;
-los gorriones y los vencejos chillaban, y una nube
-de cernícalos, que al transparentarse tenían un color
-morado, lanzaban un grito agudo.</p>
-
-<p>Había al mismo tiempo ligeros incidentes que
-animaban el conjunto: un burro que corría por los
-hierbales y hacía sonar un cencerro; unas ovejas esquiladas
-que saltaban sobre unas piedras; un hombre
-que pasaba á caballo por el puente. A lo lejos, una
-galera de siete mulas venía despacio por el camino.</p>
-
-<p>Este silencio, lleno de ruidos, de ladridos de perros,
-de cacareo de gallos, de balidos de ovejas, del
-canto suave del abejaruco, tenía un gran encanto. De<span class="pagenum"><a name="Page_286" id="Page_286">[286]</a></span>
-pronto, las campanadas del reloj de la iglesia sonaban
-allí cerca con un fragor imponente.</p>
-
-<p>Aviraneta se sentía saturado de tranquilidad, de
-paz, ante aquella majestuosa tarde que marchaba con
-su ritmo lento hacia el crepúsculo....</p>
-
-<p>&mdash;Realmente la guerra es una cosa absurda&mdash;pensó;
-luego, dirigiéndose á Diamante, dijo&mdash;: ¡Qué
-paz! Está hermoso esto. ¿Verdad?</p>
-
-<p>&mdash;Yo, como el general&mdash;contestó Diamante&mdash;, no
-defendería este pueblo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pues qué haría usted?</p>
-
-<p>&mdash;Arrasaría toda esta campiña sin dejar nada y
-me volvería á Ciudad Rodrigo&mdash;y Diamante pasaba
-su mano como con cariño por encima del panorama.</p>
-
-<p>&mdash;Pero hombre, no&mdash;exclamó Aviraneta saltando
-del pretil&mdash;. Me parece un poco bárbaro. Este es
-nuestro país.</p>
-
-<p>&mdash;Ríase usted de esas tonterías&mdash;replicó Diamante,
-con un gesto entre desdeñoso y de superioridad&mdash;;
-todo lo que no sea hacer la guerra de exterminio
-será tiempo perdido.</p>
-
-<p>Aviraneta, el <i>Lobo</i> y Diamante salieron de la catedral
-y volvieron á casa de Zugasti.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_287" id="Page_287"></a></span></p>
-
-
-
-
-<h3 id="II_XVII">XVII.<br />
-EXPEDICIÓN Á PLASENCIA</h3>
-
-
-<p>Por la noche, en el correo que vino de Ciudad
-Rodrigo, Aviraneta recibió una carta de Aranda.
-Era del relojero suizo Schulze.</p>
-
-<p>"De aquí no le puedo dar á usted más que malas
-noticias&mdash;decía&mdash;. Ha habido tiros y enredos en el
-pueblo y han asaltado la casa de usted, llevándose
-todo. Los libros y papeles se han metido en un carro
-por orden del capitán general O'Donnell, que no
-es el O'Donnell de ustedes y los han llevado á Valladolid."</p>
-
-<p>A Aviraneta no le hizo mucha mella la noticia.
-Ya todo lo ocurrido en Aranda le parecía de una
-vida anterior, lejana y borrosa.</p>
-
-<p>Habló un momento con el<i>Lobo</i> y Diamante acerca
-de lo que podía haber ocurrido en Aranda, y, olvidando
-pronto esto, se puso á planear lo que había
-que hacer en Coria. Después de varios proyectos,
-pensó que lo conveniente sería acercarse á Plasencia<span class="pagenum"><a name="Page_288" id="Page_288">[288]</a></span>
-á conocer el estado de esta ciudad. Plasencia, como
-pueblo de más importancia que Coria, había llegado
-á tener una Milicia Nacional bastante numerosa y
-bien organizada. Si Plasencia estaba definitivamente
-por el absolutismo, indudablemente era inútil permanecer
-en Coria; en cambio, si los placentinos tenían
-intenciones de defenderse contra los realistas,
-podía enviárseles una pequeña guarnición y dejar
-otra en Coria.</p>
-
-<p>Aviraneta habló á don Juan Martín, y éste aprobó
-la idea.</p>
-
-<p>Aviraneta fué encargado de marchar á Plasencia.
-Llevaría una escolta de veinte lanceros al mando
-del <i>Lobo</i>. Salió por la mañana con sus hombres, cruzaron
-la puerta del Sol, vadearon el río, y al trote
-largo se dirigieron hacia Galisteo. Almorzaron aquí,
-y á media tarde estaban en Plasencia.</p>
-
-<p>Zugasti había recomendado á Aviraneta que sin
-pérdida de tiempo se presentase en el palacio del
-marqués de Mirabel, con su escolta.</p>
-
-<p>Así lo hizo don Eugenio.</p>
-
-<p>El palacio del marqués de Mirabel era hermoso,
-grande, de piedra amarilla negruzca. Daba su fachada
-á una plaza que tenía en medio una fuente.</p>
-
-<p>Aviraneta bajó del caballo, dió la brida á un soldado
-y entró por un arco del palacio, arco que continuaba
-en un corredor abovedado.</p>
-
-<p>A la izquierda había una puerta y llamó; abrieron
-y Aviraneta pasó á un patio con una gran escalera<span class="pagenum"><a name="Page_289" id="Page_289">[289]</a></span>
-de piedra. Preguntó al criado por el señor, y al comenzar
-á subir se encontró con el marqués, que bajaba
-de prisa alarmado por el ruido de los caballos.</p>
-
-<p>Era el marqués un hombrecito afeitado, moreno,
-de cara antigua y pelo negro y ensortijado. Iba muy
-currutaco; llevaba calzón corto de tafetán, medias
-blancas, un chaleco verde de seda y una chaquetilla
-negra. Hablaba en voz baja, con una vocecita aguda.</p>
-
-<p>Explicó Aviraneta en pocas palabras quién era y
-á lo que iba, y el señor de Mirabel, cruzando unas
-cuantas habitaciones, le llevó á una azotea, llena de
-flores, que caía hacia la plaza de la fuente.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quiere usted alguna cosa?&mdash;le dijo el marqués.</p>
-
-<p>&mdash;Primeramente quisiera alojar á mis soldados.</p>
-
-<p>&mdash;En seguida. Y usted no quiere nada, ¿Algún refresco?
-¿Café?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, tomaré café.</p>
-
-<p>El marqués salió y Aviraneta estuvo contemplando
-la terraza, adornada con lápidas romanas y estatuas
-antiguas.</p>
-
-<p>Volvió el marqués y dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Ahora traen el café. Bueno, veamos que es lo
-que necesita usted de mí.</p>
-
-<p>&mdash;Como sabrá usted&mdash;dijo don Eugenio&mdash;las
-fuerzas del Empecinado, saliendo de Ciudad Rodrigo,
-han entrado en Coria, que hizo alguna resistencia.
-No conocemos el espíritu del país y vacilamos en tomar
-una resolución.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_290" id="Page_290">[290]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;¿Y usted quiere saber el estado del liberalismo
-de este pueblo?&mdash;preguntó el marqués con su vocecita
-aguda.</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;Pues muy malo. Al comenzar el Gobierno constitucional,
-aquí la gente, como en casi todos los pueblos,
-quedó indecisa; entonces, veinte ó treinta plasencianos
-de la gente más rica nos decidimos á ponernos
-el uniforme de nacionales; los demás comenzaron
-á seguirnos, y llegamos á tener el año pasado
-más de cien infantes y cuarenta soldados de caballería.
-Fundamos una sociedad patriótica que la inauguró
-don Laureano Santibáñez, y tuvimos un momento
-dominado al pueblo. Vino la sublevación de Cuesta
-y la de Francisco Morales, y empezó el tinglado á
-descomponerse. La gente supo que los franceses iban
-á entrar en España, que los absolutistas avanzaban y
-los milicianos comenzaron á abandonar nuestras filas:
-unos quedándose en casa, y otros pasándose al otro
-bando.</p>
-
-<p>&mdash;¿De manera que esto está perdido para nosotros?&mdash;preguntó
-Aviraneta.</p>
-
-<p>&mdash;Completamente perdido. Figúrese usted
-que se están buscando firmas para pedir á la Regencia
-del Reino, en nombre de la ciudad, que se restablezca
-la Inquisición, y firma casi todo el pueblo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Usted cree que doscientos hombres aquí de
-guarnición podrían hacer algo?</p>
-
-<p>&mdash;Nada.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_291" id="Page_291">[291]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;¿Qué harán los liberales significados de Plasencia
-cuando se presenten los absolutistas?</p>
-
-<p>&mdash;Tendrán que huir.</p>
-
-<p>&mdash;Les voy á proponer si quieren venir conmigo á
-reunirse con el Empecinado.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno. Si usted quiere, cuando tome usted café,
-le acompañarán á casa del teniente.</p>
-
-<p>&mdash;Muy bien.</p>
-
-<p>Tomó Aviraneta su café y se levantó.</p>
-
-<p>&mdash;Aquí cenará usted y dormirá&mdash;le dijo el marqués.</p>
-
-<p>&mdash;Muchísimas gracias. Hasta luego.</p>
-
-<p>&mdash;Adiós. Voy á ver si arreglo el alojamiento para
-su tropa.</p>
-
-<p>Aviraneta salió del palacio del marqués acompañado
-por un criado de aire de lego, quien le llevó
-hasta la plaza. Entró en la botica y salió al poco rato
-con un hombre de unos sesenta años, que al ver á
-Aviraneta hizo un signo masónico. Le contestó Aviraneta
-y se dieron la mano. Era el masón un teniente
-de la Milicia Nacional, don Juan Bustillo. Bustillo
-era un hombre fuerte, rechoncho, bajito, de cabeza
-redonda, la tez quebrada, las patillas cortas y la voz
-gruesa y fuerte. Era hombre cándido, entusiasta del
-<i>Sistema</i> y que creía que era indispensable sacrificarse
-por las ideas.</p>
-
-<p>&mdash;Vamos al Enlosado de la catedral&mdash;dijo Bustillo&mdash;.
-Allí podremos hablar sin que nos espíen.</p>
-
-<p>El Enlosado de la catedral era una terraza parecida
-al Paredón de Coria, aunque más grande y es<span class="pagenum"><a name="Page_292" id="Page_292">[292]</a></span>paciosa.
-Daba á esta terraza una portada del Renacimiento,
-adornada con grandes escudos, una torre
-románica como un tambor de muralla, á la que llamaban
-el Melón, y otra torrecilla cónica.</p>
-
-<p>Aviraneta y Bustillo se pusieron á pasear por las
-grandes piedras del Enlosado, ribeteadas de verde y
-de matas con flores amarillas.</p>
-
-<p>Abajo, en la campiña, el río Jerte fulguraba reflejando
-los últimos rayos del sol, y brillaba en las
-masas verdes de los árboles de la ribera.</p>
-
-<p>Bustillo, al principio, había considerado como una
-solución magnífica el que el Empecinado mandara
-fuerzas á Plasencia; pero después reconoció que la
-cosa no tenía objeto: en el pueblo no había víveres,
-la muralla no servía, no había cañones ni una posible
-retirada.</p>
-
-<p>&mdash;Tendrán ustedes que venir con nosotros&mdash;dijo
-Aviraneta.</p>
-
-<p>&mdash;Yo sí, sí; iré. ¡Ya lo creo!</p>
-
-<p>&mdash;Hombre, usted precisamente, no. La gente joven.
-Usted tiene familia aquí.</p>
-
-<p>&mdash;Antes es la libertad y la patria que la familia&mdash;dijo
-el señor Bustillo solemnemente.</p>
-
-<p>&mdash;Sí; pero usted es un hombre que tiene derecho
-al descanso.</p>
-
-<p>&mdash;Para disparar un fusil sirvo. No me diga usted
-que no.</p>
-
-<p>El señor Bustillo llevó á su casa á Aviraneta y le
-presentó á su mujer y á sus hijas.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_293" id="Page_293">[293]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Este señor es el ayudante del Empecinado&mdash;dijo
-con entusiasmo.</p>
-
-<p>La mujer y las hijas miraron á Aviraneta con una
-mezcla de terror y de pasmo, y no se atrevieron á
-desplegar los labios. Bustillo quería tener en su casa
-á Aviraneta; pero éste le dijo que le había invitado
-á quedarse en su palacio el marqués de Mirabel.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah! ¡El marqués! ¿Qué le ha parecido á usted?</p>
-
-<p>&mdash;Bien.</p>
-
-<p>&mdash;Pues es un tipo muy raro.</p>
-
-<p>Y Bustillo contó sus varias manías de coleccionista
-que no tenían nada de particular. Lo que sí constituía
-una extraña inclinación en el marqués era la de
-ser peluquero de señoras. El marqués peinaba á todas
-las damas del pueblo cuando iban á alguna fiesta.
-Esta era una de sus ocupaciones favoritas.</p>
-
-<p>Recordando su tipo no parecía nada raro que le
-gustara ser peluquero.</p>
-
-<p>Se despidió Aviraneta de Bustillo y fué á cenar
-con el marqués de Mirabel. Realmente, éste era un
-bicho raro; se había educado en Inglaterra y ofrecía
-una mezcla de ideas contradictorias bastante absurda.
-Aviraneta no le podía mirar sin figurárselo con
-un peine y unas tenacillas alisando el cabello con esa
-mano fría y suave de los barberos.</p>
-
-<p>Después de cenar, Aviraneta marchó á una sala
-muy grande, con una cama muy pequeña, y pensando
-en las extravagancias del marqués-peluquero, se quedó
-dormido.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_294" id="Page_294">[294]</a></span></p>
-
-<p>Al otro día, Aviraneta, con sus lanceros, hizo
-un recorrido por la Vera de Plasencia, y se encontró
-sorprendido al oír decir á la gente que se esperaba al
-Cura Merino. Aviraneta no tenía por allí ni amigos ni
-confidentes, y decidió volver á Plasencia. ¿Por dónde
-vendría el Cura? Hubiera sido terrible para él caer
-en sus garras.</p>
-
-<p>Al día siguiente, con la escolta del <i>Lobo</i> y unos
-cuantos milicianos, entre ellos el señor Bustillo, se dirigió
-á Coria.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_295" id="Page_295"></a></span></p>
-
-
-
-
-<h3 id="II_XVIII">XVIII.<br />
-¡MERINO!</h3>
-
-
-<p>La presencia de Merino en Extremadura desazonó
-á don Juan Martín. Sabía que mandaba mucha
-gente, que llevaba las espaldas guardadas por el ejército
-francés y que tenía el terreno amigo; sabía también
-que pondría todos los medios para derrotarle.</p>
-
-<p>Se hicieron gestiones para averiguar el paradero
-de Merino, sin fruto; el Empecinado en esta época,
-como Mina en la Guerra civil, se encontraban con
-que sus procedimientos del período de la guerra de
-la Independencia flaqueaban. Durante la lucha contra
-los franceses, todos los informes eran espontáneos:
-bastaba indicar algo para que inmediatamente se hiciera;
-en el año 23 y en la Guerra carlista, ocurría lo
-contrario: las indicaciones de la gente del campo
-eran casi siempre equívocas cuando no falsas.</p>
-
-<p>Don Juan Martín averiguó que Merino, flanqueando
-á los generales franceses Vallin y Bourmont, venía
-persiguiendo á Zayas por la línea del Tajo. Los
-absolutistas se habían corrido por Talavera de la
-<span class="pagenum"><a name="Page_296" id="Page_296">[296]</a></span>
-Reina, Almaraz, Trujillo y Cáceres, dejando amargo
-recuerdo por donde pasaban.</p>
-
-<p>A Merino le salió al encuentro López Baños,
-pero ninguno de los dos se decidió á entablar la batalla.
-Desde entonces no se sabía el sitio exacto
-donde se encontraba el Cura.</p>
-
-<p>Se decía que llevaba una tropa numerosa, una división
-completa, pues se habían reunido con él una
-porción de partidas.</p>
-
-<p>Se citaban entre los cabecillas incorporados á
-Merino, á Blanco, Puente Duro (el <i>Rojo</i>), Caraza y
-Lucio Nieto, que se titulaban brigadieres; á Corral,
-el <i>Gorro</i>, los Leonardos, el <i>Inglés</i>, Navaza, Mauricio
-y Huerta, que mandaban regimientos y tenían el
-grado de coroneles, y á otros muchos.</p>
-
-<p>El Empecinado, en vista de estas noticias, en junta
-de oficiales decidió abandonar Coria y volver á
-Ciudad Rodrigo.</p>
-
-<p>El 12 de Junio, por la mañana, se desalojó Coria,
-se cruzó el arrabal de las Angustias, y por la tarde
-se entró en el pueblo llamado Moraleja de Hoyos ó
-Moraleja del Peral.</p>
-
-<p>Se dejó la tropa alojada en el Ayuntamiento, cárcel,
-hospital de transeúntes y en la Casa de la Encomienda.
-Los coroneles Dámaso Martín y Juan Maricuela
-quedaron encargados de buscar víveres, y el
-Empecinado encargó, con gran insistencia, que se
-pusieran centinelas en todos los caminos y puntos
-altos y se organizara una guardia volante.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_297" id="Page_297">[297]</a></span></p>
-
-<p>A un castillejo arruinado de un cerro próximo se
-envió un piquete de caballería.</p>
-
-<p>Dispuesto todo para evitar una sorpresa, el general
-con su escolta, Aviraneta y dos ó tres oficiales
-atravesaron el arroyo llamado Ribera del Gata, por
-un vado, y fueron á alojarse á una dehesa grande del
-camino de Perales, con una casa ancha y baja en el
-centro. Esta finca se conocía con el nombre de la
-Dehesa de la Reina; estaba rodeada de una extensísima
-tapia de adobes, cubierta de bardas de ramaje,
-y se hallaba próxima al río Árrago.</p>
-
-<p>Se pasó la noche con tranquilidad, y al comenzar
-el día se presentó una mañana de verano ardorosa y
-sofocante. El sol centelleaba en las mieses y en los
-barbechos; el cielo brillaba con un azul negruzco, y
-los pocos árboles que se veían en el campo parecían
-arder con el calor.</p>
-
-<p>El Empecinado había pensado no emprender la
-marcha hasta la caída de la tarde.</p>
-
-<p>Serían las diez, próximamente, cuando por el lado
-del pueblo comenzó un ligero tiroteo, que se convirtió
-en furiosas descargas.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué puede ser esto?&mdash;preguntó don Juan
-Martín, alarmado.</p>
-
-<p>No se sabía.</p>
-
-<p>&mdash;Preparad los caballos.</p>
-
-<p>Se comenzó á aparejar los caballos. El fuego se
-hacía cada vez más intenso. Se iba á abrir la puerta
-de la casa, cuando aparecieron delante de ella vein<span class="pagenum"><a name="Page_298" id="Page_298">[298]</a></span>te
-lanceros constitucionales que venían huyendo al
-galope, perseguidos por un escuadrón de feotas.</p>
-
-<p>Pasaron adentro, se cerró la puerta del corral y se
-recibió á los perseguidores con una descarga, hecha
-desde las tapias.</p>
-
-<p>Los feotas contestaron al fuego, y se retiraron.</p>
-
-<p>&mdash;Pero ¿qué pasa?&mdash;gritó el Empecinado.</p>
-
-<p>Los soldados fugitivos, llenos de zozobra, contaron
-á don Juan Martín que la tropa que pernoctaba en
-Moraleja había sido sorprendida por el Cura Merino.</p>
-
-<p>&mdash;Pero, ¿cuándo? ¿ahora mismo?&mdash;preguntó don
-Juan.</p>
-
-<p>&mdash;Ahora mismo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y los centinelas?</p>
-
-<p>&mdash;Han dicho algunos que, al ver de lejos al enemigo,
-han creído que era un rebaño.</p>
-
-<p>Merino, con una fuerza de tres mil á cuatro mil
-infantes y con ochocientos caballos, marchando de
-noche y con el mayor sigilio, y dirigido por buenos
-guías, se había presentado á una legua de Moraleja
-en las primeras horas de la mañana.</p>
-
-<p>Pronto supo por sus confidentes que el Empecinado
-no se había movido de allá, y se le ocurrió acercarse
-á Moraleja, echando por delante de su tropa
-dos inmensos rebaños. Así lo hizo, y avanzó detrás
-de las ovejas, que levantaban grandes nubes de polvo.
-La estratagema le dió un gran resultado; sin ser
-advertido rodeó el pueblo y comenzó una metódica
-carnicería de los constitucionales.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_299" id="Page_299">[299]</a></span></p>
-
-<p>Don Juan Martín comprendió que el mal no tenía
-remedio, y furioso por haber sido derrotado de una
-manera tan necia, mandó que se concluyese de aparejar
-los caballos y se dispusiera todo el mundo á hacer
-una salida. Entre los que estaban y los que habían venido
-se formó un pelotón de sesenta hombres en el
-patio, delante de la casa.</p>
-
-<p>Don Juan y unos cuantos más, gente forzuda y fuerte,
-enarbolaron la lanza. Se abrió la puerta de la tapia
-y el piquete salió al galope hacia el pueblo. Los
-realistas en el mayor desorden, se ocupaban en
-matar á los constitucionales en las calles, sacándolos
-de las posadas y alojamientos.</p>
-
-<p>La entrada del Empecinado por el pueblo fué trágica.
-A lanzadas, á sablazos, atropellando con los caballos,
-se abrieron paso.</p>
-
-<p>&mdash;¡Viva la libertad!&mdash;gritaba Aviraneta, entusiasmado,
-levantando su sable en alto.</p>
-
-<p>&mdash;¡Viva!&mdash;vociferaban todos.</p>
-
-<p>Como un aluvión se pasó Moraleja y se siguió carretera
-adelante hacia Hoyos. Los realistas, repuestos
-de la sorpresa, reunieron doscientos jinetes, que
-se lanzaron en persecución de los liberales.</p>
-
-<p>Afortunadamente para éstos la mayoría de los caballos
-de los feotas estaban cansados de la jornada
-del día anterior, y no podían darles alcance.</p>
-
-<p>Llegaron un poco después del mediodía á Perales,
-y una rápida inspección del pueblo hizo comprender
-al Empecinado que allí no había posibilidad<span class="pagenum"><a name="Page_300" id="Page_300">[300]</a></span>
-de defensa, y se siguió adelante hasta dar la vista á
-Hoyos, pueblo en la falda de la Sierra de Gata.</p>
-
-<p>Desde allí se veía el castillo de Almenara sobre
-un monte agudo; la Sierra de Béjar á la derecha, con
-algunas estrías de nieve y la hondonada grande de
-Hoyos.</p>
-
-<p>Se acercaron á este pueblo; pasaron á todo correr
-por el Teso de las Animas, con sus cruces de piedra
-del Calvario; luego, por delante del humilladero
-y de un convento ruinoso, y por una calle en cuesta
-subieron á la plaza de la iglesia.</p>
-
-<p>Serían las dos ó dos y media de la tarde cuando
-llegaron. Inmediatamente tomaron posiciones. Veinte
-dragones de Merino entraron casi al mismo tiempo
-que los sesenta jinetes del Empecinado. Estos
-volviéndose contra los que les perseguían, les atacaron
-á sablazos y á lanzadas.</p>
-
-<p>Los dragones realistas perdieron dos hombres y se
-retiraron á las proximidades del pueblo. Sin duda
-iban á esperar á reunirse con el grueso de su escuadrón.
-Don Juan Martín pensaba continuar la retirada,
-cuando se presentaron treinta nacionales de Hoyos y
-de pueblos cercanos bien armados. Con este refuerzo
-se pensó en defenderse en Hoyos.</p>
-
-<p>Se ocupó la iglesia y las casas de la plaza; se subió
-la gente á las ventanas y guardillas, y se dividió
-en dos pelotones la caballería. Uno se colocó detrás
-de la iglesia y el otro en una plazoleta próxima.
-Aviraneta subió á la torre y exploró el horizonte<span class="pagenum"><a name="Page_301" id="Page_301">[301]</a></span>
-con su anteojo. A la hora ó cosa así bajó diciendo
-que una columna grande de caballería venía hacia
-el pueblo.</p>
-
-<p>Cada cual tomó posiciones, y se encargó que se
-economizaran los cartuchos.</p>
-
-<p>Los realistas subieron al galope hasta la iglesia; las
-herraduras de los caballos hacían un ruido de campanas
-en las piedras. Al desembocar en la plaza gritaron:
-¡Viva el rey! ¡Viva la Inquisición!</p>
-
-<p>Los liberales les hicieron una descarga cerrada,
-que mató á ocho ó diez hombres. Los realistas vacilaron;
-algunos, no muchos, pasaron de la plaza hacia
-adelante y fueron cortados y atacados por el Empecinado
-al grito de ¡Viva la libertad! ¡Viva la Constitución!</p>
-
-<p>Después de una hora de combate los realistas se
-retiraron, dejando algunos muertos, quince á veinte heridos
-y otros tantos caballos, de los que se apoderaron
-los liberales.</p>
-
-<p>Los realistas quedaron en el Calvario y allí se
-plantaron de observación.</p>
-
-<p>El Empecinado, Aviraneta y el jefe de los nacionales
-de Hoyos conferenciaron. Era indudablemente
-difícil defenderse en Hoyos con tan poca gente; podían
-meterse en la iglesia y atrincherarse allí, pero
-entonces se verían expuestos á un sitio; sin víveres
-ni municiones y sin posibilidad de ser socorridos.</p>
-
-<p>El jefe de los nacionales consideraba más fácil defenderse
-en la próxima aldea de Trevejo, que, ade<span class="pagenum"><a name="Page_302" id="Page_302">[302]</a></span>más
-de estar en un cerro con una subida difícil, tenía
-la ventaja de que se podía avisar desde allá á San
-Martín de Trevejo, donde se hallaban refugiados algunos
-nacionales de los contornos.</p>
-
-<p>Se dispuso seguir este plan. Aviraneta, con los nacionales
-de Hoyos, marcharía inmediatamente á Trevejo
-y tomaría posiciones. Mientras tanto, don Juan
-Martín, con sus jinetes y con cinco ó seis fusileros,
-entretendría al enemigo hasta que tuviera que retirarse,
-y entonces, en la retirada, vendría el apoyo de
-Aviraneta con sus nacionales, que atacarían á los perseguidores.</p>
-
-<p>Se decidió hacerlo así, y sin que se enterase el
-pueblo, uno por uno tomaron los nacionales el camino
-de Trevejo y comenzaron á marchar de prisa. Era
-necesario que tuviesen, por lo menos, una hora ú hora
-y media de ventaja sobre el Empecinado para que
-cuando éste pasase se encontraran ellos ya atrincherados.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_303" id="Page_303"></a></span></p>
-
-
-
-
-<h3 id="II_XIX">XIX.<br />
-EL CAMINO DE SAN MARTÍN</h3>
-
-
-<p>Serían de cuatro y media á cinco de la tarde cuando
-salió de Hoyos Aviraneta con los milicianos, y
-próximamente las seis cuando daban frente á Trevejo.</p>
-
-<p>Trevejo es una aldea miserable asentada sobre un
-cerro. Este cerro, formado por rocas obscuras, tiene
-graderías de piedra hechas para sostener la tierra
-de algunos pequeños olivares y viñedos.</p>
-
-<p>Mirando á Trevejo desde el camino de Hoyos
-se ve á la izquierda de la mísera aldea un castillo
-negro, erguido y fantástico.</p>
-
-<p>Más á su izquierda se levanta la sierra de la Estrella,
-y á la derecha, el terreno se hunde en una cañada,
-por donde sube el camino que continúa á San
-Martín.</p>
-
-<p>A esta cañada, abierta entre un talud muy pendiente
-y un castañar vetusto, llamaban, aunque no
-con mucha propiedad, el desfiladero de Trevejo.
-Hoy no hay cerca de este desfiladero muchos árboles;
-á principios del siglo XIX los grandes robles y<span class="pagenum"><a name="Page_304" id="Page_304">[304]</a></span>
-castaños centenarios formaban á un lado del camino
-una muralla de follaje. Serían las seis y media ó
-siete de la tarde cuando los milicianos llegaron á
-este castañar, próximo á la calzada. Aviraneta pensó
-varias estratagemas para detener á los realistas, que
-la mayoría tuvo que desechar, y al último se decidió
-por dos.</p>
-
-<p>A un cuarto de hora de Trevejo partía de la calzada
-un camino que escalaba el cerro y marchaba á
-la aldea. Don Eugenio, á unos trescientos pasos de
-la bifurcación, mandó clavar palos entre las ramas,
-puso encima los morriones de los nacionales é hizo
-que se quedaran tres ó cuatro allí. Después de hecho
-esto fué colocando sus veinticinco hombres emboscados
-en el castañar. Si los realistas tomaban por
-el camino de la aldea, él con su gente les atacaría
-por la espalda.</p>
-
-<p>Aviraneta pensó que don Juan Martín y los suyos
-llegarían á media tarde. ¿Pero si llegaban al anochecer?
-Su estratagema no tendría entonces gran
-objeto. Pensando que podrían venir ya obscuro, mandó
-á uno de los nacionales que fuera á Trevejo y
-trajera una cuerda gruesa de ocho ó nueve varas.</p>
-
-<p>El nacional volvió al poco rato con la cuerda.
-Aviraneta la ató por una punta á un árbol de la calzada,
-del otro lado del castañar, á una altura de dos
-varas, y dejó la otra punta colgando por el suelo. La
-mayoría de los nacionales no comprendieron el objeto
-de esta maniobra.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_305" id="Page_305">[305]</a></span></p>
-
-<p>Se esperó bastante tiempo, y, ya obscuro, se notó
-que venía don Juan Martín. Llegaba perseguido
-muy de cerca. Los tres ó cuatro milicianos que estaban
-en el cerro dispararon varios tiros contra los perseguidores.
-Los realistas, despreciando el tiroteo,
-avanzaron con la esperanza de apoderarse del caudillo.</p>
-
-<p>Pasaron los liberales y se acercaron á toda prisa
-los realistas.</p>
-
-<p>Entonces Aviraneta, levantando la cuerda, la puso
-tensa, á una altura de un par de varas, y la ató al
-tronco de un grueso castaño.</p>
-
-<p>&mdash;Atención. Cuando yo diga&mdash;murmuró Aviraneta.</p>
-
-<p>Los jinetes realistas, que iban al galope, al llegar
-á tropezar con la cuerda tensa se sintieron lanzados
-al suelo con una fuerza tremenda.</p>
-
-<p>&mdash;¡Fuego!&mdash;dijo Aviraneta, y sonó una descarga
-á quemarropa, y cayeron más de dos docenas de
-hombres al suelo.</p>
-
-<p>Algunos valientes quisieron avanzar, y, como no
-veían la cuerda, fueron despedidos con violencia.
-Aviraneta y los suyos lanzaron una segunda descarga,
-y una tercera.</p>
-
-<p>El Empecinado había vuelto grupas y se disponía
-á atacar á los perseguidores.</p>
-
-<p>&mdash;No se puede pasar&mdash;le dijo Aviraneta.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué?</p>
-
-<p>&mdash;Porque hay una cuerda. Cortadla.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_306" id="Page_306">[306]</a></span></p>
-
-<p>La cortaron de un sablazo, y don Juan Martín y
-sus lanceros atacaron á los realistas y les cogieron
-cerca de cincuenta caballos.</p>
-
-<p>El éxito de la escaramuza había producido gran
-entusiasmo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Viva el Empecinado! ¡Viva Aviraneta!&mdash;gritaron
-los soldados y los nacionales.</p>
-
-<p>Don Juan Martín abrazó á Aviraneta y le dijo que
-tenía que pedir para él la cruz de San Fernando.
-Los peligros, con Aviraneta, no eran peligros.</p>
-
-<p>Se había hecho de noche, las estrellas parpadeaban
-en el cielo alto y claro, y Júpiter brillaba con
-su luz blanca.</p>
-
-<p>Se descansó allí en el castañar, al borde del camino,
-y se dispuso esperar unas horas por si llegaba
-alguno salvado de la sorpresa de Moraleja; y, efectivamente,
-poco después de las diez de la noche aparecieron
-hasta treinta soldados de caballería, varios
-oficiales y capitanes y el comandante Cañicero.</p>
-
-<p>Muchos de estos hombres, que habían venido á
-pie desde Moraleja, llegaban reventados.</p>
-
-<p>¿Qué se iba á hacer? El Empecinado, Aviraneta
-y los oficiales conferenciaron.</p>
-
-<p>Los hombres de á pie, rendidos por larga jornada
-huyendo y sin comer, no podrían llegar á San
-Martín. Sería mejor que se quedaran en el castillo
-de Trevejo, y se buscara comida para ellos. Mientras
-tanto el Empecinado, con la gente montada podría
-seguir á San Martín.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_307" id="Page_307">[307]</a></span></p>
-
-<p>Acordado esto, Aviraneta y el jefe de nacionales
-de Hoyos, con los heridos, cansados y con los milicianos,
-irían á pasar la noche al castillo de Trevejo,
-donde se atrincherarían. Si al día siguiente estaban
-sitiados pondrían una bandera en el torreón derruído
-para que desde lejos pudiese verla don Juan Martín;
-si no lo estaban, seguirían camino de Ciudad
-Rodrigo.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_308" id="Page_308"></a>
-<a name="Page_309" id="Page_309"></a></span></p>
-
-
-
-
-<h3 id="II_XX">XX.<br />
-EL CASTILLO DE TREVEJO</h3>
-
-
-<p>Dos de los nacionales de Hoyos marcharon hacia
-el castillo, con la orden de encender una tea y agitarla
-en el aire si no había dificultad alguna para subir.</p>
-
-<p>Al cuarto de hora, Aviraneta, los nacionales y los
-lanceros aspeados, tomaron hacia arriba y hacia la
-izquierda, en dirección al pueblo, y el Empecinado
-con su caballería siguió adelante, camino de San
-Martín.</p>
-
-<p>Llegaron los primeros á la aldea de Trevejo y se
-detuvieron, Aviraneta y dos milicianos se encargaron
-de buscar provisiones. Costó mucho tiempo: se recorrió
-casa por casa, y se llenó un saco de pan, medio
-saco de habas, una gran cantidad de carne salada
-y un pellejo de vino.</p>
-
-<p>Se tomaron dos calderas prestadas, se cogió leña
-y, con todo lo necesario para la comida, alumbrados
-por un farol y varias teas de resina, se dirigieron camino
-del castillo.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_310" id="Page_310">[310]</a></span></p>
-
-<p>El castillo de Trevejo era un edificio sólido, de
-piedra sillar, de más de veinte varas de altura, colocado
-sobre un teso ó cerro que dominaba una gran
-llanada.</p>
-
-<p>Como castillo roquero no era muy grande; debía
-haber estado destinado en su tiempo para una guarnición
-pequeña: tenía torres, muralla, barbacana, una
-plaza de armas, escaleras, subterráneos y galerías.</p>
-
-<p>En el siglo XVIII había comenzado á desmoronarse,
-y en la guerra de la Independencia se consumó
-su ruina.</p>
-
-<p>Escalaron los milicianos el cerro del castillo, encontraron
-la vereda, que daba á una brecha; pasaron
-y cerraron el boquete con grandes piedras. Se instalaron
-en la plaza de armas.</p>
-
-<p>Aviraneta puso centinelas. Se trajo leña, se hicieron
-dos hogueras y se comenzó á hervir el rancho.</p>
-
-<p>Se comió con un apetito voraz, y después todo el
-mundo quiso tenderse. El jefe de los nacionales de
-Hoyos y Aviraneta sustituyeron á los centinelas, que
-se dormían y se quedaron en observación del camino.</p>
-
-<p>Hablando, se les pasó gran parte de la noche. El
-cielo estaba muy estrellado, muy hermoso; la Vía
-Láctea resplandecía con sus millones de nebulosas;
-Arturus, Altair y Aldebaran lanzaban sus guiños
-en el espacio, y Sirio comenzó á brillar al amanecer.
-Un poco antes del alba se oyeron voces en el cerro
-próximo al castillo.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_311" id="Page_311">[311]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;¡Alto! ¿Quién vive?&mdash;dijo Aviraneta.</p>
-
-<p>&mdash;¡Aviraneta!&mdash;gritó una voz&mdash;. ¿Estás ahí?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, aquí estoy ¿quién es?</p>
-
-<p>&mdash;Somos nosotros: Antonio Martín, Diamante y
-otros que venimos huyendo de Moraleja.</p>
-
-<p>&mdash;Acercáos, que os vea.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por dónde?</p>
-
-<p>&mdash;Ahí encontraréis la vereda.</p>
-
-<p>Aviraneta se convenció de que eran ellos y les
-dijo por dónde tenían que subir al castillo. Eran seis
-hombres que gateando llegaron á la plaza de armas.</p>
-
-<p>&mdash;¿No os queda algo que comer?&mdash;preguntaron al
-entrar.</p>
-
-<p>Quedaba pan y cecina, que devoraron.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y qué ha pasado allá?&mdash;preguntó Aviraneta.</p>
-
-<p>&mdash;Nada. Un estropicio&mdash;dijo Antonio Martín, el
-hermano pequeño del Empecinado.</p>
-
-<p>&mdash;Pero, ¿cómo no han visto los centinelas que venía
-el enemigo?</p>
-
-<p>&mdash;No lo sé. Yo pienso si habrá habido traición.</p>
-
-<p>&mdash;No, no la ha habido&mdash;dijo un soldado&mdash;. Yo
-estaba allá. El sol picaba mucho. Había mucho polvo
-cuando se acercó un gran rebaño de ovejas&mdash;. Yo
-dije para mí: ¡Qué rebaño más grande! y cuando
-estaba pensando en esto me encontré rodeado del
-enemigo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Se habrá perdido mucha gente?&mdash;preguntó
-Aviraneta.</p>
-
-<p>&mdash;Mucha&mdash;contestó Martín&mdash;. Mi hermano Dá<span class="pagenum"><a name="Page_312" id="Page_312">[312]</a></span>maso
-ha muerto, el coronel Maricuela también. Hemos
-perdido más de trescientos hombres. Algunos se
-habrán refugiado hacia Extremadura baja y otros en
-la Sierra de Gata.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y el <i>Lobo</i>?</p>
-
-<p>&mdash;El <i>Lobo</i> ha muerto.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y el señor Bustillo, el de Plasencia?</p>
-
-<p>&mdash;También ha muerto. Lo vi en la calle atravesado
-á bayonetazos.</p>
-
-<p>&mdash;¡Pobre hombre! ¡Mala suerte ha tenido!</p>
-
-<p>El soldado que había estado de centinela en Moraleja
-contó que pasó dos horas enterrado en un
-pajar con el coronel Dámaso Martín. Viéndose
-éste perdido había ofrecido todo lo que llevaba
-al patrón de su casa, un tal Estévez, para que le
-ocultara entre la paja. El patrón aceptó y tomó el
-dinero, y, cuando registraron la casa los realistas
-y se iban á marchar, aquel canalla les dijo: "Ahí
-está. Ahí está el hermano del Empecinado," y á bayonetazos
-lo mataron...</p>
-
-<p>Lo mismo los que ya estaban en el castillo, que
-los que habían venido, se fueron tendiendo en el
-suelo y quedaron dormidos.</p>
-
-<p>El alba apuntaba y el cielo iba clareando de prisa.</p>
-
-<p>Algunas nubecillas rojizas, mensajeras de la mañana,
-aparecían sobre el cielo gris.</p>
-
-<p>Desde allá arriba parecía encontrarse uno en un
-globo; ligeras brumas vagaban por el fondo del valle.
-Aviraneta, asomado á un lado y á otro, miraba á ver<span class="pagenum"><a name="Page_313" id="Page_313">[313]</a></span>
-si se acercaba el enemigo. No venía nadie. Antes de
-salir el sol aparecieron otros cuatro soldados fugitivos
-de Moraleja.</p>
-
-<p>Estos habían pasado la tarde escondidos en una
-choza, cerca de Hoyos, y dijeron que habían oído
-que las fuerzas de Merino habían dejado las proximidades
-de la Sierra de Gata y se dirigían hacia
-Coria. Efectivamente, el 16 de Junio entraba el Cura
-en esta ciudad.</p>
-
-<p>A eso de las cuatro de la mañana uno de los nacionales
-de Hoyos se levantó.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y usted no duerme?&mdash;le dijo á Aviraneta.</p>
-
-<p>&mdash;¡Pse! Hay que vigilar.</p>
-
-<p>El nacional era un pastor que se llamaba el <i>Rito</i>.
-Era un hombre grueso, fuerte, con unos ojos azules
-brillantes, la cara ancha y juanetuda, como de kalmuko,
-la barba rojiza, la manera de hablar violenta
-y por sacudidas y la expresión alegre.</p>
-
-<p>El <i>Rito</i> se puso á hablar. Era un hombre primitivo,
-lleno de credulidad y de esperanza en todo. Mostró
-á Aviraneta el paisaje, el campanario de Villamiel,
-el camino de San Martín de Trevejo y los
-montes lejanos, con sus nombres.</p>
-
-<p>Para cada sitio ó para cada monte tenía una historia
-ó un cantar. El <i>Rito</i> no era muy inculto para
-pastor, y estuvo explicando lo que sabía del castillo
-de Trevejo. En sus conocimientos se mezclaba la fábula
-con la historia.</p>
-
-<p>Dijo que uno de los escudos de la torre era de<span class="pagenum"><a name="Page_314" id="Page_314">[314]</a></span>
-los Borbones, y el otro, de la Orden de Alcantara,
-que tenía como enseña un jaramago; habló vagamente
-de un gran maestre déspota, y de sus luchas con el
-comendador de Santibáñez y el corregidor de Gata.</p>
-
-<p>Contó también el <i>Rito</i> una historia clásica de un
-caballero cautivo, encerrado en el sótano del castillo,
-que había escapado viendo que una serpiente entraba
-en un subterráneo y siguiéndola. Este subterráneo se
-llamaba la Lapa de la Sierpe.</p>
-
-<p>&mdash;Subterráneo que no existe&mdash;dijo Aviraneta irónicamente.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, señor; existe.</p>
-
-<p>&mdash;¿Usted lo ha visto?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, sí. Y si quiere usted se lo enseñaré.</p>
-
-<p>&mdash;Vamos á verlo.</p>
-
-<p>Cogió el <i>Rito</i> el farol y dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Sígame usted.</p>
-
-<p>Se acercaron á la torre y comenzaron á bajar una
-escalera de caracol, de piedra, con los escalones primeros
-derruídos. A poco de descender la escalera
-era practicable y se podía bajar por ella con seguridad.
-Bajaron cinco ó seis varas, hasta llegar á un sótano
-abovedado. De él partía un pasillo y cerca se
-veía una poterna ferrada y llena de clavos. El <i>Rito</i>
-descorrió un cerrojo enmohecido y apareció la boca
-de un subterráneo, que lanzó un hálito de frío y de
-humedad.</p>
-
-<p>&mdash;Aquí tiene usted la Lapa de la Sierpe&mdash;dijo el
-<i>Rito</i>.&mdash;Si quiere usted entraremos.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_315" id="Page_315">[315]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Entremos.</p>
-
-<p>El suelo estaba bastante seco y se podía marchar
-bien. Avanzaron un cuarto de hora.</p>
-
-<p>&mdash;Ahora estaremos debajo del pueblo.</p>
-
-<p>Unos minutos después salieron por entre dos piedras
-al campo. El <i>Rito</i> apagó el farol. Escuchó por
-si se oía algo. No se oía nada.</p>
-
-<p>El <i>Rito</i> y Aviraneta anduvieron por las proximidades
-del castillo, vieron la Cama del Moro, un
-abrevadero que á Aviraneta le pareció un sepulcro
-ibérico tallado en roca.</p>
-
-<p>Luego el <i>Rito</i> le contó la historia de una partida
-que se había levantado en un monte próximo llamado
-Jálama, que debía tener grandes encantos, porque
-el <i>Rito</i> decía:</p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry"><div class="stanza">
-<div class="line i1">Jálama, jalamea,</div>
-<div class="line">quien no te ve</div>
-<div class="line">no te desea.</div>
-</div></div></div>
-
-<p>Dieron la vuelta al castillo, y el <i>Rito</i> gritó dirigiéndose
-á sus compañeros: ¡Masones! ¡Negros!</p>
-
-<p>&mdash;¿Volvemos de nuevo por la Lapa de la Sierpe?&mdash;preguntó
-el <i>Rito</i>, riendo.</p>
-
-<p>&mdash;Sí; vamos por allá.</p>
-
-<p>Entraron de nuevo en el largo subterráneo y llegaron
-al castillo.</p>
-
-<p>Algunos soldados se habían despertado y estaban
-buscando á Aviraneta para decirle que habían oído
-gritos en el campo. Aviraneta los tranquilizó dicien<span class="pagenum"><a name="Page_316" id="Page_316">[316]</a></span>do
-que había sido el <i>Rito</i>. El sol comenzaba á brillar.
-Aviraneta miró á todas partes con su anteojo.
-No se veía nada. Algunos soldados empezaban á
-despertarse y á vestirse; un murciano cantaba:</p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry"><div class="stanza">
-<div class="line i1">Cartagena me da pena</div>
-<div class="line">y Murcia me da dolor.</div>
-<div class="line">¡Ay, Cartagena de mi vida,</div>
-<div class="line">Murcia de mi corazón!</div>
-</div></div></div>
-
-<p>Antonio Martín se despertó, y viendo á Aviraneta
-todavía derecho le dijo:</p>
-
-<p>&mdash;¿Tú no has dormido nada?</p>
-
-<p>&mdash;No.</p>
-
-<p>&mdash;Pues échate un rato al sol. Yo haré lo que sea
-necesario.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué hay que hacer?</p>
-
-<p>&mdash;Habrá que hacer un reconocimiento por el camino
-de San Martín y por el de Hoyos. Si hay enemigos
-en gran cantidad nos encerraremos aquí y
-pondremos una bandera para avisar á tu hermano;
-si no los hay saldremos inmediatamente para San
-Martín.</p>
-
-<p>&mdash;Está bien.</p>
-
-<p>&mdash;Si pudierais comprar un poco de pan, vendría
-admirablemente. Y para nosotros dos mira á ver si
-puedes traer un cacharro con leche de cabras.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno, todo se hará.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_317" id="Page_317">[317]</a></span></p>
-
-<p>Aviraneta se tendió al sol en un hueco entre dos
-piedras, y se quedó dormido.</p>
-
-<p>Soñó que echaba un discurso magnífico á una inmensa
-multitud en un pueblo que tenía algo de París,
-de Madrid y de Vera Cruz. Comparaba á la libertad
-con una mujer desnuda que va escalando un
-monte pedregoso, en cuya cumbre había un castillo
-que no sabía si era la Justicia ó el castillo de Trevejo.
-La libertad marchaba entre espinas y zarzas
-desgarrándose los pies. Aviraneta se preguntaba en su
-discurso: ¿Por qué no descansar en el valle? Pero no.
-En el valle estaba la maldad, la miseria&mdash;los soldados
-de Merino&mdash;y en el monte el aire limpio y sano
-de la sierra de Jálama. El recuerdo de este monte le
-apartó de su discurso y llevó su pensamiento á unas
-escenas de caza. Estaba cobrando piezas á montones
-cuando oyó la voz de Antonio Martín, que decía:</p>
-
-<p>&mdash;Ya estamos aquí. Te traigo leche para el desayuno.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah, muy bien! ¿Habéis hecho el reconocimiento?</p>
-
-<p>&mdash;Sí; el enemigo ha desaparecido.</p>
-
-<p>Eran las ocho de la mañana y el sol centelleaba
-en la tierra. Los soldados y milicianos habían desayunado
-y limpiado sus uniformes y sus armas.</p>
-
-<p>Se formó al pie del castillo.</p>
-
-<p>Antonio Martín dió la voz de ¡marchen! Como
-no tenían música, al pasar por el pueblo, Aviraneta
-comenzó á cantar el himno de Riego:</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_318" id="Page_318">[318]</a></span></p>
-
-<div class="poetry-container">
-<div class="poetry"><div class="stanza">
-<div class="line i1">¡Soldados!: la patria</div>
-<div class="line">nos llama á la lid;</div>
-<div class="line">juremos, por ella,</div>
-<div class="line">vencer ó morir.</div>
-</div></div></div>
-
-<p>Los soldados y los milicianos cantaron á coro, y la
-patrulla comenzó á desfilar al paso. Al cruzar por delante
-del pueblo daba más la impresión de que iba
-victoriosa, que derrotada.</p>
-
-<p>De Trevejo se avanzó á San Martín, y al día siguiente,
-de aquí se dirigían á Ciudad Rodrigo.</p>
-
-<p>El Empecinado, muy satisfecho de Aviraneta, en
-el parte que dió el 20 de Junio le propuso para la
-cruz laureada de San Fernando, y, en uso de las facultades
-que le había concedido el ministro, le nombró
-capitán efectivo de caballería.</p>
-
-<p>Era la segunda vez que nombraban capitán á don
-Eugenio; pero ni la primera vez ni la segunda llegó
-á serlo de veras. Aviraneta tenía poca suerte en la
-milicia.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_319" id="Page_319"></a></span></p>
-
-
-
-
-<h3 id="II_XXI">XXI.<br />
-LA SITUACIÓN EMPEORA</h3>
-
-
-<p>Llegaron á Ciudad Rodrigo y se comenzaron á organizar
-de nuevo las fuerzas de caballería, hasta reunir
-varios escuadrones.</p>
-
-<p>Algunos militares liberales huídos de Valladolid
-dijeron que en esta ciudad no había apenas guarnición,
-y que sería fácil apoderarse de la plaza.</p>
-
-<p>Con este objeto se preparó una columna de caballería,
-y el mismo don Juan Martín, al mando de ella,
-se corrió hasta Medina del Campo; pero al enterarse
-de que en Valladolid había varios regimientos
-franceses y fuerzas de voluntarios realistas, desistió
-del proyecto.</p>
-
-<p>En Medina se encontraron con el coronel Boscan,
-del regimiento de Farnesio, y algunos oficiales y soldados.</p>
-
-<p>El coronel Boscan venía de Galicia y se incorporó
-á la columna de don Juan Martín. Las noticias
-que trajo eran malas; el alto mando del ejército se pa<span class="pagenum"><a name="Page_320" id="Page_320">[320]</a></span>saba
-al enemigo: Montijo, O'Donnell, Morillo, Ballesteros...
-todos hacían traición. No quedaban más
-que Mina, Riego y el Empecinado.</p>
-
-<p>Se habló con Boscan de lo que se podía hacer.
-Para éste lo mejor era ir hacia al Sur: seguir la misma
-marcha que en la guerra de la Independencia, en lo
-cual estaba conforme con Aviraneta.</p>
-
-<p>Al Empecinado le parecía bien; pero dijo que había
-que tener en cuenta que existía un Gobierno todavía,
-y era necesario obedecerle.</p>
-
-<p>Se volvió á Ciudad Rodrigo, y unos días después,
-aumentada la caballería con los soldados de Farnesio
-y con otros muchos que desertaron de Galicia al
-saber la capitulación del conde de Cartagena, se volvió
-á salir para Extremadura, se pasó de nuevo por
-San Martín de Trevejo, Hoyos, Moraleja y Coria.</p>
-
-<p>En Moraleja se buscó al Estévez, que había primero
-ocultado y luego denunciado á Dámaso Martín,
-el hermano del Empecinado, y se quiso quemar
-su casa, pero el general lo impidió.</p>
-
-<p>De Coria se salió en dirección á Cáceres, donde
-se entró con alguna dificultad. Se repusieron las autoridades,
-depuestas por el populacho sublevado, y se
-impuso la paz con bastante rapidez.</p>
-
-<p>En esta labor, Aviraneta se lució. Era el ministro
-de la Gobernación, el alcalde y el jefe de policía,
-todo al mismo tiempo. No habían tenido mayores
-atribuciones los tiranos de las repúblicas italianas ni
-los Saint-Just y los Barras en las ciudades francesas<span class="pagenum"><a name="Page_321" id="Page_321">[321]</a></span>
-durante la Revolución. Aviraneta satisfacía su ansia
-de poder. Estaba á sus anchas. Reponía á una autoridad,
-prendía á otra, imponía la paz pública con sus
-procedimientos, que tan pronto eran de benevolencia
-como del terrorismo más puro.</p>
-
-<p>Cáceres fué dominado, y quedó así hasta un día
-de Octubre del año 23 en que se rebeló y hubo un
-encuentro con las tropas del Empecinado, en el que
-se produjeron muchas víctimas.</p>
-
-<p>La situación del pueblo mejoró con las medidas
-de Aviraneta; pero la de la guarnición iba empeorando
-por días. Corrían noticias del avance de los
-franceses y de su vanguardia de realistas españoles.
-Bordesoulle y Bourmont se corrían por Andalucía,
-sin que nadie se les opusiera; el conde de Molitor,
-con sus generales Lacroix y conde de Loverdo, marchaban
-por donde les convenía, como en un paseo
-militar; únicamente Moncey encontraba una resistencia
-seria y pertinaz en el ejército de Mina.</p>
-
-<p>Los soldados desertaban en grupos, y el espíritu
-de los pueblos era hostil á los constitucionales. La
-deserción había hecho que sólo los entusiastas y fanáticos
-quedaran en las filas.</p>
-
-<p>A final de Junio, el Empecinado al saber que Castelldosrius
-era el jefe militar de Extremadura y que
-trabajaba en dominar el país y en meter en cintura á
-Badajoz, le envió á Aviraneta para que éste desarrollara
-los procedimientos que había utilizado en Cáceres.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_322" id="Page_322">[322]</a></span></p>
-
-<p>Castelldosrius había salido con las tropas que Zayas
-le había confiado poco después de evacuar Madrid,
-y había ido perseguido por Vallin y Bourmont
-y por la vanguardia de Merino hasta Trujillo,
-donde entregó el mando de su fuerza al general López
-Baños, marchando él á Badajoz, de cuya comandancia
-militar tomó posesión en Junio.</p>
-
-<p>Castelldosrius, al saber la situación de la ciudad,
-pidió en seguida su exoneración. Reinaba en ella,
-como en casi todas las capitales españolas, una perfecta
-anarquía. La deserción cundía con una rapidez
-asombrosa; los realistas, alentados por el giro que tomaban
-los negocios públicos, maltrataban y vejaban
-en la calle á los liberales.</p>
-
-<p>Aviraneta, al llegar á Badajoz, se presentó á Castelldosrius,
-como enviado por el Empecinado, para
-ver de ponerse de acuerdo.</p>
-
-<p>Castelldosrius le contestó que estaba deseando
-abandonar el cargo, y que pensaba que de un día á
-otro tendría que dejarlo. El marqués explicó la situación
-anárquica en que se encontraba Badajoz.</p>
-
-<p>&mdash;Estaba lo mismo Cáceres&mdash;replicó Aviraneta&mdash;,
-y lo hemos dominado. A fuerza de paciencia.
-Yo he hecho de alcalde, de jefe de la policía, y por
-ahora hay tranquilidad.</p>
-
-<p>&mdash;¿De veras?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;¿Usted se encargaría aquí de hacer lo mismo?</p>
-
-<p>&mdash;Sí; si usted lo autoriza.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_323" id="Page_323">[323]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Bueno; pues haga usted lo que quiera. Véase
-usted con mi ayudante González Estéfani, que le pondrá
-en antecedentes. Aunque sea, fusile usted á todo
-el pueblo; me tiene sin cuidado.</p>
-
-<p>Aviraneta se entrevistó con Antonio González Estéfani,
-y entre los dos dispusieron lo que había que
-hacer.</p>
-
-<p>Aviraneta se instaló en la Capitanía General y
-llamó á las autoridades del pueblo. La mayoría no
-acudió.</p>
-
-<p>Al día siguiente aparecía un bando terrible en las
-esquinas, y veinte realistas, escoltados por bayonetas,
-iban á la cárcel. El pueblo, como un caballo que
-siente la espuela, quiso sacudirse el jinete; pero éste,
-en poco tiempo, lo supo dominar.</p>
-
-<p>El 6 de Julio, Castelldosrius fué destituído y marchó
-destinado como de cuartel á Barcelona.</p>
-
-<p>El bando de Aviraneta sirvió luego de motivo para
-que Castelldosrius fuera terriblemente perseguido en
-la época de la reacción de Calomarde.</p>
-
-<p>Aviraneta, sin ser conocido de nadie, ejerció durante
-algunos días la dictadura. En compañía de Estéfani,
-González Llanos y otros militares liberales recorrió
-la muralla, sus ocho baluartes, las tres entradas
-de la ciudad y los dos torreones de la puerta de las
-Palmas, que dan hacia el Guadiana.</p>
-
-<p>Visitó también los fuertes exteriores que existían
-entonces: el de San Cristóbal, en un cerro á orillas
-del río; el de Pardaleras, el de la Picurina, el reve<span class="pagenum"><a name="Page_324" id="Page_324">[324]</a></span>llín
-de San Roque y la Luneta, hecha por el mariscal
-Soult en 1811. Aviraneta trabajó para que se
-guarnecieran estas fortificaciones y se pusieran en
-condiciones de defenderlas del enemigo.</p>
-
-<p>Toda esta labor era inútil; el pueblo, hostil, á la
-mejor ocasión había de echar por tierra á sus dictadores.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_325" id="Page_325"></a></span></p>
-
-
-
-
-<h3 id="II_XXII">XXII.<br />
-UN OFICIO DEL ESTADO MAYOR</h3>
-
-
-<p>Al dejar Badajoz el marqués de Castelldosrius siguieron
-Aviraneta y sus amigos ejerciendo en la ciudad
-el mando supremo, sin ningún título para ello.</p>
-
-<p>Estaba nombrado por el Gobierno para la Comandancia
-de Extremadura el general don Francisco Plasencia,
-que días antes, derrotado en Despeñaperros,
-se había visto abandonado por sus tropas, que desertaron
-ante el enemigo.</p>
-
-<p>Plasencia tardó bastante en presentarse en Badajoz,
-y quedó asombrado de que existiera todavía orden
-y disciplina en la ciudad extremeña.</p>
-
-<p>Plasencia rogó á Aviraneta y á los demás que
-siguieran mandando.</p>
-
-<p>La situación de España en Julio de 1823 era malísima,
-y en Agosto se hizo desesperada.</p>
-
-<p>Don Juan Martín envió una carta á Aviraneta, diciéndole
-que hablara á todos los jefes y oficiales liberales
-decididos, para ver si querían intentar un su<span class="pagenum"><a name="Page_326" id="Page_326">[326]</a></span>premo
-esfuerzo: el de formar una columna de ocho
-á diez mil hombres, marchar sobre Madrid y atacarlo
-á la desesperada.</p>
-
-<p>Aviraneta habló á los oficiales de Badajoz, pero
-ya no era posible reanimar en ellos el entusiasmo:
-todo el mundo veía la partida perdida. El general
-Plasencia, desalentado desde que había visto en Despeñaperros
-desertar á los soldados antes de entrar en
-fuego, creía que el único ideal era obtener una capitulación
-decente y esperar mejores tiempos.</p>
-
-<p>Aviraneta escribió á don Juan el resultado de sus
-gestiones, y unos días más tarde recibió este oficio:</p>
-
-<p class="p2">DIVISIÓN DE CASTILLA</p>
-<p class="i2">ESTADO MAYOR</p>
-
-<p class="i4">El Excmo. Sr. Comandante general, que
-ha salido esta mañana para la Vera de
-Plasencia, me ha indicado que escriba á
-usted.</p>
-
-<p class="i4">Se recibió su pliego en el que participaba
-el poco éxito de nuestro plan de atacar
-Madrid, y al mismo tiempo el desfallecimiento
-de las tropas constitucionales de
-esa zona. Nada de esto es extraño, y es necesario
-un ánimo esforzado para no dejarse
-rendir por las noticias adversas para
-nuestras armas que llegan constantemente.</p>
-
-<p class="i4">El general desiste de su proyecto, y me
-encarga le diga cese de practicar diligencias
-con este fin.</p>
-
-<p class="i4"><span class="pagenum"><a name="Page_327" id="Page_327">[327]</a></span>
-Se ha celebrado ayer una junta de oficiales
-y jefes de la división, y en ella se ha
-acordado enviar á usted á Cádiz á que se
-aviste con el Gobierno, le exprese la situación
-de Extremadura y Castilla y pida instrucciones
-acerca de la conducta que debe
-seguirse en lo sucesivo.</p>
-
-<p class="i4">Se ha elegido á don Eugenio de Aviraneta
-ayudante de campo y secretario del
-comandante general para esta comisión,
-por considerársele de gran confianza y el
-más capacitado por su inteligencia para el
-caso.</p>
-
-<p class="i4">Es necesario, pues, salga usted inmediatamente
-para evacuar tan importante comisión.</p>
-
-<p class="i4">Puede usted atravesar Portugal, embarcarse
-en un puerto de este país, franquear
-el bloqueo de la escuadra francesa y entrar
-en Cádiz.</p>
-
-<p class="i4">Hoy se escribe al Excmo. Sr. Marqués
-de Castelldosrius para que auxilie á usted
-con cuantas noticias necesite del vecino
-reino y para que le dé contraseñas y recomendaciones
-para los puertos de Villa
-Real, Mértola y Tavira. Preséntese usted
-á Su Excelencia y pónganse de acuerdo
-sobre este particular.</p>
-
-<p class="i4">El general me encarga diga á usted
-que de ninguna manera quiere que nadie
-sepa el objeto de su viaje más que el señor
-Marqués y usted.</p>
-
-<p class="i4">Con el sargento Sánchez, jefe de la escolta
-y portador de este oficio, comunicará
-<span class="pagenum"><a name="Page_328" id="Page_328">[328]</a></span>
-usted al general lo que acuerde con el señor
-Marqués.</p>
-
-<p class="i4">Se están extendiendo todas las comunicaciones
-para el Gobierno y las instrucciones
-que debe usted llevar, al mismo tiempo
-que las recomendaciones para los sujetos
-con quienes tiene usted que verse.</p>
-
-<p class="i4">Participe usted verbalmente al Sr. Marqués
-que esta división se engruesa con las
-partidas sueltas procedentes del ejército
-de Galicia, pero que carecemos de buen
-armamento.</p>
-
-<p class="i4">En las comunicaciones al Gobierno va
-usted altamente recomendado, y si llega á
-puerto de salvación con toda felicidad, no
-necesita usted más para que el Gobierno
-premie á usted como es debido sus muchos
-y distinguidos servicios en favor de
-la Libertad.</p>
-
-<p class="i4">Dios guarde á usted muchos años. Cuartel
-general del Casar de Cáceres, á 18 de
-Agosto de 1823.</p>
-
-<p class="smcap mright">Máximo Reynoso.</p>
-
-<p class="i2"><i>Postdata:</i></p>
-
-<p class="i4">En este momento se reciben noticias de nuestros
-confidentes de Portugal. Afirman que en Lisboa y en
-los Algarbes se ha proclamado el absolutismo.</p>
-
-<p class="i4">Esta nueva situación hace indudablemente difícil
-ó imposible la marcha de usted, sobre todo con carácter
-militar y como representante del excelentísimo
-comandante general. Consulte usted con el señor Marqués
-y vea si pueden proporcionarle á usted papeles
-de comerciante, para que disfrazado de tal y con pa<span class="pagenum"><a name="Page_329" id="Page_329">[329]</a></span>saporte
-pueda llegar á Villa Real. En ese caso se
-embarcaría aquí y entraría en Gibraltar, si no hubiese
-medio de meterse en Cádiz.</p>
-
-<p class="i4">Hay quien supone que sería mejor que se pusiera
-usted en relación con los contrabandistas de Ceclavin
-y atravesara Andalucía con ellos. Estos contrabandistas
-conocen la ruta á palmos y marchan sin tocar
-en ninguna población. Si se decidiera usted por
-esto último, avíselo, porque hay en nuestra división
-individuos que conocen muy bien las partidas de
-contrabandistas y éstos le pondrían en relación con
-ellas.&mdash;<i>Vale.</i></p>
-
-<p class="p2">Aviraneta, impaciente con una carta tan larga y
-tan ceremoniosa, cogió un papel y escribió:</p>
-
-<p class="i4">«Amigo Reynoso: Castelldosrius no está aquí.
-Para salir por un lado ó por otro necesito dinero y
-no lo tengo».&mdash;Suyo,</p>
-
-<p class="smcap mright">Aviraneta.</p>
-
-<p class="p2">Dos días después el mismo sargento Sánchez llegaba
-á Badajoz y entregaba á Aviraneta una bolsa
-con veinte onzas, moneda suelta y un sobre con documentos.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_330" id="Page_330"></a>
-<a name="Page_331" id="Page_331"></a></span></p>
-
-
-
-
-<h3 id="II_XXIII">XXIII.<br />
-EL VIAJE</h3>
-
-
-<p>Aviraneta comenzó los preparativos para la marcha.
-Compró cerca de la puerta de las Palmas una
-chaqueta y un pantalón ordinarios de aldeano, una
-faja y un sombrero. Luego quitó á la chaqueta los botones
-y los sustituyó por onzas de oro forradas de tela.
-En el chaleco puso monedas de cinco duros, también
-recubiertas como si fueran botoncitos.</p>
-
-<p>El dinero sobrante, menos unas pesetas para el camino,
-hizo que se lo girasen á Mértola, en Portugal.</p>
-
-<p>Luego escribió una carta dirigida á un supuesto
-Domingo Ibargoyen, una carta en que el padre del
-tal Domingo le decía que se escapara del servicio y
-abandonara á los liberales impíos y volviera á reunirse
-con los absolutistas.</p>
-
-<p>Hecho esto leyó todos los oficios que le había
-enviado Máximo Reynoso desde el cuartel general,
-y los clasificó. Los dos en donde figuraba su nombre
-los aprendió de memoria y los rompió.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué falta de sentido el mandar á un hombre<span class="pagenum"><a name="Page_332" id="Page_332">[332]</a></span>
-con papeles así entre gente enemiga!&mdash;se dijo&mdash;; ¡oh
-manes de Cisneros, de Richelieu y de Talleyrand!
-Esta pobre gente no va á saber nunca hacer bien las
-cosas.</p>
-
-<p>Los documentos que no citaban su nombre, don
-Eugenio los envolvió, los metió en un bote, que llenó
-de tierra, y lo envió á Mértola, como si fuera una
-mercancía.</p>
-
-<p>Pensaba que no llevando consigo ningún papel,
-aunque le cogieran, sería imposible identificarlo. Si lo
-pescaban diría que no, que no era miliciano; luego,
-si le registraban, le encontrarían la carta á Domingo
-Ibargoyen, y ya bastaría esto para que le tuviesen por
-un pobre hombre absolutista soldado de milicianos á
-la fuerza.</p>
-
-<p>Estando en estos preparativos se le presentó Diamante,
-y no tuvo más remedio que decirle que iba á
-ir con una comisión á Cádiz.</p>
-
-<p>Diamante se ofreció á acompañarle en el viaje.
-Al advertirle Aviraneta la manera cómo pensaba
-hacerlo, Diamante torció el gesto.</p>
-
-<p>&mdash;Es mejor que vaya usted de uniforme&mdash;dijo
-Diamante&mdash;, le tendrán á usted más respeto.</p>
-
-<p>&mdash;No, no. Es absurdo, hombre.</p>
-
-<p>&mdash;Pues yo pienso ir de uniforme hasta Mértola, y
-verá usted como llego.</p>
-
-<p>&mdash;Haga usted lo que quiera; pero en ese caso, si
-me encuentra usted en el camino, no diga usted que
-me conoce.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_333" id="Page_333">[333]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;No necesito de usted para nada&mdash;replicó Diamante,
-con acritud.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno, bueno. Está bien.</p>
-
-<p>Diamante todavía quiso hacer un esfuerzo para
-convencer á Aviraneta que debía ir de modo que se
-le conociera que era un oficial y no un patán cualquiera.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué?&mdash;preguntó Aviraneta.</p>
-
-<p>&mdash;Porque á un oficial se le fusila; en cambio á un
-patán, no: se le cuelga de una manera ignominiosa
-y vil.</p>
-
-<p>&mdash;Cada cual tiene sus preocupaciones&mdash;dijo don
-Eugenio&mdash;; morir de una manera ó de otra, es igual.</p>
-
-<p>&mdash;Para usted será igual; para mí, no. Si le cogen
-á usted le tomarán por un espía.</p>
-
-<p>&mdash;O no. Yo me las arreglaré para que no me cojan.
-La cuestión es que no le maten á uno.</p>
-
-<p>&mdash;¡Bah! No me asusta la muerte&mdash;replicó Diamante&mdash;.
-Si me prenden verá esa chusma miserable
-cómo muere el alférez Diamante. Pienso decir cuatro
-cosas bien dichas.</p>
-
-<p>Aviraneta no quiso chocar con la vanidad de su
-compañero, y se citó con él en Mértola.</p>
-
-<p>Si se encontraban allá, buscarían los dos el modo
-de marchar á Cádiz.</p>
-
-<p>Aviraneta, unas veces en coche, otras en carro,
-pasó por Villaviciosa, llegó hasta Beja, y de aquí fué
-á Mértola. Hacía un calor horrible. No apareció
-Diamante.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_334" id="Page_334">[334]</a></span></p>
-
-<p>Recogió en casa de un comerciante liberal el bote
-con sus documentos y lo volvió á reexpedir á Castro
-Marín.</p>
-
-<p>Aviraneta se puso en camino hacia Castro Marín,
-á caballo, mirando á derecha é izquierda, guareciéndose
-en los árboles y las matas cuando veía á alguien.
-Los realistas debían tener espías á los lados
-del camino, porque, á pesar de todas sus precauciones,
-Aviraneta cayó en manos de una patrulla de realistas
-portugueses. Eran muchos para luchar con ellos,
-y tuvo que entregarse.</p>
-
-<p>Los realistas lo prendieron y lo tuvieron toda la
-noche atado á un árbol, sufriendo una serie de chaparrones
-de agua tibia y abundante. Por la mañana
-le hicieron marchar entre ellos. Eran aquellos portugueses
-raquíticos, con un tipo agitanado, el pelo negro,
-la tez amarilla, los ojos brillantes é inquietos, la
-expresión suspicaz y ladina. Hablaban todos ellos
-con un aire entre amenazador y sonriente.</p>
-
-<p>A media mañana, Aviraneta, rodeado de los portugueses,
-rendido y febril, fué entregado á una partida
-de realistas españoles que vigilaban la frontera.
-Esta partida llevaba un gran número de presos; entre
-ellos se encontraba Diamante.</p>
-
-<p>El jefe de estos realistas, un señorito andaluz, bajito,
-rubio, que ceceaba exageradamente y sonreía al
-hablar con cierta petulancia, mandó registrar al prisionero,
-y se encontró la carta, manoseada y sucia, dirigida
-á Domingo Ibargoyen.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_335" id="Page_335">[335]</a></span></p>
-
-<p>El aire de estupor febril que tenía Aviraneta hizo
-creer al andaluz que el preso era un pobre infeliz,
-casi idiota.</p>
-
-<p>&mdash;Es un vascongado&mdash;dijo el oficial á su gente&mdash;.
-Yo le hablaré, ¿Tú ser realista ó negro?&mdash;le preguntó
-á Aviraneta.</p>
-
-<p>Aviraneta contempló con asombro al oficial, y éste
-repitió la pregunta.</p>
-
-<p>Don Eugenio, viendo que le tomaban en broma,
-dijo haciendo su papel:</p>
-
-<p>&mdash;Yo, no entender.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo no entender?... ¡Granuja! Tú ser miliciano...</p>
-
-<p>&mdash;Sí, coger á uno... poner uniforme... y llevar andando
-lejos, malos caminos... luego cansar... escapar
-campos.</p>
-
-<p>El andaluz se echó á reir.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y á dónde marchar tú ahora?... ¿A dónde
-marchar?...</p>
-
-<p>&mdash;Yo querer ir á América...</p>
-
-<p>&mdash;Realmente&mdash;murmuró el andaluz&mdash;á este desdichado
-es una tontería prenderlo; pero en fin, le llevaremos
-á Sevilla con los demás y allí ya verán lo
-que hacen con él.</p>
-
-<p>Pasó la noche Aviraneta en la cárcel de Ayamonte.
-No pudo dormir un momento. Estaba febril,
-la humedad de la noche anterior le había producido
-un acceso de reumatismo, le dolía la cabeza, tenía
-una rodilla hinchada y una misantropía terrible.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_336" id="Page_336">[336]</a></span></p>
-
-<p>En medio de aquel estado de abatimiento el instinto
-de conservación vigilaba.</p>
-
-<p>Al día siguiente, por la mañana, Aviraneta advirtió
-al jefe de los realistas que no podría marchar
-con la rodilla hinchada, y le dijo que daría lo que
-tenía, una moneda de cinco duros si se le proporcionaba
-un caballo. El oficial cogió la moneda y mandó
-traer un caballo viejo para Aviraneta.</p>
-
-<p>Durmieron los presos los días posteriores en las
-cárceles de Gibraleón, Niebla, Palma, San Lúcar la
-Mayor, y al quinto día entraron en Sevilla.</p>
-
-<p>A las tres de la tarde, Aviraneta y Diamante, con
-otros cuarenta ó cincuenta liberales, formando cuerda
-de presos, pasaban el puente de Triana, rodeados de
-una multitud de hombres, mujeres y chicos que los
-insultaban. Diamante iba con una serenidad olímpica,
-sonriendo, despreciando al populacho.</p>
-
-<p>Todos los vagos del barrio estaban en el puente.
-Se oían gritos furiosos de ¡Mueran los negros! ¡Muera
-la nación! ¡Viva Fernando! ¡Vivan las <i>caenas</i>!
-¡Viva el duque de Angulema!</p>
-
-<p>Era el populacho amenazador, la demagogía negra
-desbordada. Mujeres desarrapadas, con chiquillos
-en brazos, que chillaban sin saber porqué; viejas,
-gitanos, frailes que pasaban dando á besar á la
-chusma la cuerda de su hábito....</p>
-
-<p>&mdash;¡Viva nuestra religión! ¡Viva Dios!&mdash;gritaban
-algunos. Y otros decían, dirigiéndose á los liberales:
-¡Al palo! ¡Al palo! ¡Canallas! ¡Mata frailes!</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_337" id="Page_337">[337]</a></span></p>
-
-<p>Unos cuantos chicos les tiraron pelotas de barro á
-los prisioneros, y una vieja, acercándose á Aviraneta,
-le dijo:</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué mala estampa de judío tienes, ladrón!
-¡Toma!&mdash;Y le escupió á la cara.</p>
-
-<p>Aviraneta, con la cabeza baja y ceñudo, recibió
-la injuria, al parecer, impasible.</p>
-
-<p>Sentía el odio de todos reconcentrado en él. ¡Si
-por un momento hubiese cambiado la situación! El
-en aquel instante, con diez mil hombres y unas baterías
-de cañones en el puente, ¡qué sarracina! Mujeres,
-viejas, chiquillos, ancianos, casas, iglesias...
-Todo lo hubiera barrido con la metralla. Hubiera
-dejado chiquito á los Collot d'Herbois y á los Carrier.</p>
-
-<p>Desarrollando esta idea de cómo sería su venganza,
-pudo pasar entre la chusma y recibir los insultos
-y las pedradas con estiércol, mondaduras de patata
-y tronchos de berza, sin protestar.</p>
-
-<p>Pasaron el puente y el barrio de Triana, y entraron
-en el casco de la ciudad. A cada paso se repetían
-los insultos y las pedreas.</p>
-
-<p>Con la escolta, Aviraneta y los presos recorrieron
-varias calles y fueron á parar al Salón de Cortes.</p>
-
-<p>Al llegar aquí se abrió la puerta y entraron todos
-en un ancho portal.</p>
-
-<p>El Salón de Cortes, el punto donde se habían celebrado
-las sesiones del Congreso en Sevilla en 1823,
-era la iglesia del antiguo convento de jesuítas de San<span class="pagenum"><a name="Page_338" id="Page_338">[338]</a></span>
-Hermenegildo, que estaba en la calle de las Palmas,
-que hoy se llama de Cortes.</p>
-
-<p>Este edificio tuvo distinto empleo: primero fué colegio
-de los jesuítas, luego, escuela, seminario y cuartel.
-Los franceses lo desvalijaron; después la capilla se
-convirtió en salón de Cortes, y terminó siendo, durante
-una corta temporada, teatro.</p>
-
-<p>En aquel momento, el salón de sesiones estaba
-destruído.</p>
-
-<p>Unos días antes, los realistas sevillanos habían entrado
-allí, habían asaltado el edificio y lo habían desmantelado.</p>
-
-<p>Pasaron Aviraneta y sus compañeros del zaguán
-del convento á un patio, y aquí uno de los jefes de
-los absolutistas comenzó la distribución de los presos.</p>
-
-<p>La gente distinguida iba al Salón de sesiones.</p>
-
-<p>En él estaban detenidos el duque de Veragua y
-otros muchos liberales aristócratas. A la gente del
-pueblo, milicianos y soldados, se la dirigía á unas
-cuadras grandes.</p>
-
-<p>Diamante fué enviado con la gente distinguida.</p>
-
-<p>Aviraneta, en compañía de unos cuantos, marchó
-con la morralla á un salón, que debía haber sido en
-otro tiempo biblioteca ó sala capitular.</p>
-
-<p>Un sargento, con una gorra de cuartel y un uniforme
-lleno de manchas, les hizo formar militarmente y
-les dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Bueno, niños, cuidado. Antes habéis obedecido
-á la Constitución; ahora vais á obedecer á ésta&mdash;y<span class="pagenum"><a name="Page_339" id="Page_339">[339]</a></span>
-les mostró una estaca&mdash;. Conque ya lo sabéis. ¡Media
-vuelta á la derecha! ¡Dre!...</p>
-
-<p>Al día siguiente, Aviraneta como sus compañeros,
-tuvieron que dedicarse á bajos menesteres de barrer
-patios y cuartos.</p>
-
-<p>Aviraneta en su calidad de Domingo Ibargoyen,
-no tenía importancia, no ya para ser fusilado, ni aun
-para ser vigilado; pero no dejaba de estar ojo avizor
-por si alguno le reconocía como carbonario, masón y
-ayudante del Empecinado.</p>
-
-<p>Entonces hubiera sido otra cosa.</p>
-
-<p>Aviraneta fué destinado á barrer un corredor del
-claustro y unas cuadras y á cumplir las órdenes del
-que hacía de alcaide de la cárcel, un hombre á quien
-llamaban el señor Pepe el <i>Tiznado</i>.</p>
-
-<p>El señor Pepe el <i>Tiznado</i> era un viejo andaluz,
-serio, grave, profundo, un pozo de ciencia que hablaba
-por apotegmas.</p>
-
-<p>Algunos decían que había sido contrabandista y
-ladrón, cosa muy posible; la verdad era que tenía
-muchos oficios, y ninguno bueno, porque cambiaba
-de ellos más que de camisa.</p>
-
-<p>El lugarteniente del señor Pepe el <i>Tiznado</i>, que
-hacía de portero de la cárcel, era el <i>Telaraña</i>, un
-hombrecito muy redicho y hablador.</p>
-
-<p>El <i>Telaraña</i> tenía en la portería muchos pájaros
-en jaulas. En sus horas de ocio se dedicaba á enseñarles
-á cantar. En épocas normales el <i>Telaraña</i>
-era pajarero.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_340" id="Page_340">[340]</a></span></p>
-
-<p>Aviraneta comenzó á ver de ganarse la confianza
-del señor Pepe y del <i>Telaraña</i>.</p>
-
-<p>Esperaba que alguno de ellos llegara á enviarle
-á hacer cualquier recado fuera de la cárcel, en cuyo
-caso no hubiera vuelto.</p>
-
-<p>A los pocos días de estar allá, Aviraneta que había
-tomado un odio por Sevilla frenético, no tuvo
-más remedio que reconocer que aquellos realistas
-andaluces, á pesar de su fanatismo y de su barbarie,
-eran mucho menos brutos que los del Norte y se
-avenían á razones.</p>
-
-<p>Aviraneta, de noche, iba á su rincón y se dedicaba
-á cavilar y preparar planes de fuga. No encontraba
-ninguno bueno, porque le faltaban datos; no conocía
-bien el edificio en donde estaba, ni sabía hacia
-qué punto de Sevilla se hallaba enclavado.</p>
-
-<p>Sin embargo, pensaba que, á fuerza de examinar
-proyectos y estudiar sus dificultades, encontraría algo.&mdash;<i>Mio
-caro studiate la matematica</i>, se decía á sí
-mismo, recordando la frase que repetía su amigo
-Sanguinetti.</p>
-
-<p>Aviraneta sondeó al <i>Tiznado</i> y al <i>Telaraña</i> para
-saber qué harían con ellos si dejaban escapar algún
-prisionero; y, al parecer, los dos estaban convencidos
-de que les costaría un castigo grave, si no los
-fusilaban tomándolos por cómplices. Esto hizo pensar
-á don Eugenio que el poco dinero que tenía no
-bastaba para comprar á los carceleros.</p>
-
-<p>Había que escaparse, sin contar con ellos para<span class="pagenum"><a name="Page_341" id="Page_341">[341]</a></span>
-nada; había que hacerlo <i>á maña</i>, como decían los
-contrabandistas del Bidasoa que había conocido en
-la infancia cuando no sobornaban á los guardias y
-tenían que andar á tiros.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_342" id="Page_342"></a>
-<a name="Page_343" id="Page_343"></a></span></p>
-
-
-
-
-<h3 id="II_XXIV">XXIV.<br />
-FUGA</h3>
-
-
-<p>Aviraneta se dedicó á cumplir las órdenes que le
-daba el señor Pepe y su lugarteniente, con rapidez;
-se hizo amigo de los dos, y ellos le dejaban andar de
-un lado á otro convencidos de que no les iba á jugar
-una mala pasada. A los ocho días llegó á conseguir
-su confianza.</p>
-
-<p>El señor Pepe el <i>Tiznado</i> le trataba bien y le contaba
-las noticias que corrían por el pueblo. El señor
-Pepe le dijo que en aquel momento estaban en capilla
-un oficial del regimiento de Galicia llamado
-Peña, á quien le habían encontrado varias proclamas
-y documentos de los de Cádiz, y un alférez del Empecinado,
-de apellido Diamante.</p>
-
-<p>&mdash;Dicen&mdash;concluyó diciendo el señor Pepe&mdash;que
-el Empecinado ha mandado á un hombre de su confianza
-por Portugal y que se ha debido escapar.</p>
-
-<p>&mdash;Y ese Diamante ¿qué tipo es?&mdash;preguntó el <i>Telaraña</i>.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_344" id="Page_344">[344]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Es un gachó de cuidado&mdash;dijo el señor Pepe.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué?</p>
-
-<p>&mdash;Porque no hay manera de confesarlo. Dice que
-todo eso es pamplina, y no quiere ni arrodillarse, ni
-nada. Mañana yo voy á ver cómo lo <i>afusilan</i>.</p>
-
-<p>Efectivamente: al otro día el señor Pepe contó el
-fusilamiento del alférez del Empecinado y la serenidad
-de éste, que había llamado bellacos y cobardes
-á los realistas, y había concluído gritando: ¡Viva la
-Libertad! ¡Viva Diamante!</p>
-
-<p>Aviraneta oyó con curiosidad los detalles del final
-de su amigo. Su deseo de escapar no le permitía el
-lujo de conmoverse. Siguió pensando en sus planes
-de fuga; tenía el convencimiento de que pensando
-con energía y de una manera metódica se encontraban
-soluciones para todo.</p>
-
-<p>Al día siguiente del fusilamiento de su amigo vió
-que había en el pasillo del claustro una puerta que
-daba á un sótano. La puerta tenía un gran cerrojo y
-un ventanillo. De éste se veían algunos trastos viejos
-amontonados.</p>
-
-<p>&mdash;Con esto algo se puede hacer&mdash;pensó&mdash;. Estudiaremos
-la matemática&mdash;se dijo.</p>
-
-<p>Al día siguiente ya tenía su plan. Por la mañana,
-al limpiar el corredor, pidió al <i>Tiznado</i> permiso para
-entrar en el sótano y coger unas tablas. El <i>Tiznado</i>
-se lo dió, y Aviraneta estuvo sacando fuera unos
-cuantos trastos viejos y observándolos como si esperara
-sacar algo de ellos. Después volvió á meterlos<span class="pagenum"><a name="Page_345" id="Page_345">[345]</a></span>
-de nuevo, cerró el ventanillo y con un poco de tocino
-lubrificó el cerrojo de la puerta, hasta que comenzó
-á deslizarse bien.</p>
-
-<p>Estaban Pepe el <i>Tiznado</i> y el <i>Telaraña</i> hablando
-al anochecer en el cuarto del conserje, cuando Aviraneta
-se les presentó y les dijo, mostrándoles una
-monedita de oro:</p>
-
-<p>&mdash;Miren ustedes lo que he encontrado.</p>
-
-<p>&mdash;¡Niño! ¿Dónde has encontrado esto?&mdash;exclamó
-el señor Pepe el <i>Tiznado</i>, con severidad y con ansia&mdash;.
-¡Si es oro!</p>
-
-<p>&mdash;La fija... ¡ya lo creo!&mdash;exclamó el <i>Telaraña</i>.</p>
-
-<p>&mdash;Pues lo he encontrado en ese sótano que he ido
-á limpiar esta mañana.</p>
-
-<p>&mdash;¿De verdad?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero en dónde?</p>
-
-<p>&mdash;En el suelo.</p>
-
-<p>&mdash;¿En qué sitio?</p>
-
-<p>&mdash;Yo se lo diré á ustedes. Pero si es oro me tienen
-ustedes que dar á mí parte&mdash;dijo Aviraneta.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno, bueno; eso, ya veremos&mdash;replicó el señor
-Pepe&mdash;. Primero vamos á ver dónde está.</p>
-
-<p>&mdash;Yo les enseñaré el punto fijo.</p>
-
-<p>Se encendió un farol, y el señor Pepe y el <i>Telaraña</i>,
-llenos de ansiedad, cogieron, el uno una piqueta,
-y el otro una palanca. Marcharon los tres
-por el corredor del claustro y abrieron la puerta
-del sótano, y entraron. Pusieron el farol en el suelo,<span class="pagenum"><a name="Page_346" id="Page_346">[346]</a></span>
-y Aviraneta, señalando un rincón, les dijo: Aquí,
-aquí mismo estaba.</p>
-
-<p>El señor Pepe y <i>Telaraña</i> se arrodillaron para mirar;
-Aviraneta, sin meter ruido, de un salto se acercó
-á la puerta del sótano, salió fuera y la cerró con
-el cerrojo, dejando dentro á los dos carceleros. Enseguida
-echó á correr, encendió una pajuela y luego
-una vela, marchó al cuarto del conserje, cogió la llave,
-abrió las dos puertas que se necesitaban franquear
-para salir á la calle, dejó el manojo de llaves en el
-suelo y se largó.</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_347" id="Page_347"></a></span></p>
-
-
-
-
-<h3 id="II_XXV">XXV.<br />
-CAMINO DE GIBRALTAR</h3>
-
-
-<p>Aviraneta no conocía bien Sevilla. Echó á andar
-callejeando. Un sereno le detuvo, y le echó la luz
-del farolillo á la cara.</p>
-
-<p>&mdash;¿A dónde va usted?&mdash;le dijo.</p>
-
-<p>&mdash;Ando buscando posada.</p>
-
-<p>&mdash;Ahí está la posada. A mano izquierda.</p>
-
-<p>El sereno se alejó y cantó: Ave María Purísima.
-Las diez y media y sereno. Y añadió á su cántico:
-¡Viva Fernando! ¡Viva el duque de Angulema!</p>
-
-<p>Aviraneta encontró una posada de arrieros que
-había cerca; entró en el zaguán, y acurrucado en un
-rincón esperó á que amaneciera.</p>
-
-<p>La noche se le hizo eterna. Al amanecer salió de
-Sevilla y compró á unos gitanos una mula.</p>
-
-<p>Le costó cuarenta duros; entregó tres onzas y le
-devolvieron mucha plata y cuartos.</p>
-
-<p>Ya caballero, Aviraneta tomó el camino de Utrera
-é hizo la larga jornada hasta Jimena, donde le de<span class="pagenum"><a name="Page_348" id="Page_348">[348]</a></span>tuvieron,
-le quitaron la mula y todo lo que llevaba.</p>
-
-<p>Le quedaba aún en la chaqueta una onza de oro
-y un centén en el chaleco. Estaba sucio, lleno de
-polvo, con un aire de vagabundo de camino, triste y
-enfermo. Se sentía desanimado. Se juraba á sí mismo
-no volver á intervenir en política, no hacer caso
-de la palabrería de los liberales, que al último hacían
-traición á sus principios, sin escrúpulos ni vergüenza.</p>
-
-<p>De Jimena, Aviraneta fué á San Roque: comió y
-durmió en una posada, pagó con un centén de oro y
-compró á un contrabandista un puñal.</p>
-
-<p>El contrabandista le dijo que para ir á Gibraltar
-le convendría dirigirse á Algeciras, mejor que á La
-Línea, porque aquí había mucha vigilancia.</p>
-
-<p>Aviraneta siguió el consejo y se dirigió á Algeciras.</p>
-
-<p>A media tarde fué acercándose al pueblo, y esperó
-á que se hiciera de noche. Estuvo contemplando
-durante algún tiempo el caserío negruzco de la ciudad,
-alrededor de la iglesia, y cuando comenzaban á
-brillar las estrellas, rodeando el pueblo, salió á la
-orilla del mar.</p>
-
-<p>Se acercó al muelle, y á un hombre que estaba
-atando un bote, le dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Oiga usted.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué?</p>
-
-<p>&mdash;¿Quiere usted llevarme á Gibraltar?</p>
-
-<p>&mdash;No; vengo de allá ahora.</p>
-
-<p>&mdash;Le pagaré bien.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_349" id="Page_349">[349]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;No.</p>
-
-<p>&mdash;Le daré una onza.</p>
-
-<p>&mdash;¿La tiene usted?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;A verla.</p>
-
-<p>&mdash;Se la daré á usted á la mitad de la travesía.</p>
-
-<p>&mdash;¿Será usted el general Riego?</p>
-
-<p>&mdash;No; pero tengo que marchar á Gibraltar.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno, suba usted; pero deme primero la onza.</p>
-
-<p>&mdash;No, no. Cuando estemos cerca de la plaza inglesa.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno.</p>
-
-<p>El hombre desató su lancha, extendió una vela, y,
-puesto al timón, enderezó la proa hacia Gibraltar.</p>
-
-<p>A medida que avanzaban, Algeciras iba quedando
-atrás, recostada en una sierra que se destacaba
-negra en el horizonte. Las luces de Gibraltar brillaban
-enfrente.</p>
-
-<p>&mdash;Me parece que estamos á mitad del trayecto&mdash;dijo
-el hombre de la barca.</p>
-
-<p>&mdash;Sí; eso quiere decir que exige usted la onza.</p>
-
-<p>&mdash;Lo ha entendido usted muy bien.</p>
-
-<p>Entregó la onza Aviraneta, y el hombre inmediatamente
-se levantó é hizo arriar la vela.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué hace usted?&mdash;le dijo Aviraneta.</p>
-
-<p>&mdash;Nada, que vamos á volver.</p>
-
-<p>&mdash;¡A volver!</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué?</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_350" id="Page_350">[350]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Porque queda usted preso. Yo soy uno de los
-encargados de vigilar esta playa. Tú eres un conspirador
-que huye y te hago prisionero.</p>
-
-<p>&mdash;¡Bah! no podrás&mdash;exclamó Aviraneta, con voz
-sorda.</p>
-
-<p>&mdash;¿No?</p>
-
-<p>&mdash;No.</p>
-
-<p>Y Aviraneta acercándose al hombre, en la obscuridad,
-lo agarró del cuello y le puso el puñal en
-la garganta.</p>
-
-<p>El policía pidió tregua en seguida. Aviraneta con
-el puñal en una mano le registró los bolsillos y sacó
-de ellos una navaja y un lío de cuerda. Con la cuerda
-ató los brazos y los pies del hombre y lo dejó sentado
-en uno de los bancos del bote. Después izó de
-nuevo la vela.</p>
-
-<p>La barca comenzó á marchar hacia Gibraltar. La
-silueta negra del peñón se veía destacándose en el
-cielo estrellado. Los faros y las luces del pueblo
-brillaban en el agua. Aviraneta dirigía en línea recta,
-sin hacer caso de las olas que entraban en la lancha.</p>
-
-<p>A pesar de que sus intenciones eran llegar directamente,
-torció hacia la izquierda y fué á embarrancar
-en un arenal, cerca de la Estacada.</p>
-
-<p>&mdash;¿Estamos en tierra inglesa?&mdash;preguntó Aviraneta.</p>
-
-<p>&mdash;Sí. ¿Ahora me desatará usted?</p>
-
-<p>&mdash;Sí. Y usted me devolverá la onza de oro.</p>
-
-<p>&mdash;Hombre, eso no es lo acordado.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_351" id="Page_351">[351]</a></span></p>
-
-<p>&mdash;Tampoco estaba acordado que usted me hiciera
-traición.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno, le devolveré la onza.</p>
-
-<p>Soltó Aviraneta las manos del policía, recogió la
-moneda y luego le soltó los pies.</p>
-
-<p>&mdash;Ya se ha salvado usted&mdash;dijo el polizonte&mdash;.
-He sido un tonto. Ahora dígame usted quién es.</p>
-
-<p>&mdash;¡Soy el demonio!&mdash;exclamó Aviraneta con voz
-cavernosa.</p>
-
-<p>El polizonte debió quedar santiguándose, y Aviraneta
-marchó hacia la estacada. Un soldado inglés le
-dió el alto y llamó al teniente, que sabía español,
-y á quien explicó Aviraneta lo que le ocurría.</p>
-
-<p>Aviraneta, acompañado por el soldado, fué por la
-calzada del dique, entre la laguna y el mar, y pasó
-por la puerta de Tierra á la ciudad...</p>
-
-<p>Mientras había venido huyendo se había forjado
-la idea de que estaba arrepentido y cansado de tanto
-ajetreo como se había dado á sí mismo. Al poner el
-pie en puerto de salvación veía que no sólo no estaba
-cansado de su papel, sino que estaba ansiando volverlo
-á tomar de nuevo.</p>
-
-<p>Aquel pajarraco de Aviraneta vivía en su centro
-como los albatros en los remolinos de la tempestad.
-Las convulsiones, los peligros, la guerra, las cárceles,
-eran su elemento...</p>
-
-<p>Al mismo tiempo que se burlaba de sus planes de
-modificar su vida, volvía á rehabilitar sus ideas. Ya
-se habían borrado de su imaginación todos los absur<span class="pagenum"><a name="Page_352" id="Page_352">[352]</a></span>dos,
-torpezas y cobardías llevadas á cabo por los revolucionarios;
-la Libertad, como una diosa, marchaba
-en su carro triunfante por encima de los monstruos y
-bestias inmundas del absolutismo: la revolución era la
-salvación de España.</p>
-
-<p>&mdash;Hay que implantarla cuanto antes&mdash;se dijo á sí
-mismo, y convencido añadió, señalando con la mano
-la costa española, que se iba ocultando entre las brumas
-de la noche:</p>
-
-<p>&mdash;Nos veremos de nuevo.</p>
-
-<p class="i2 p2">Itzea&mdash;Septiembre, 1915</p>
-
-
-<p class="center p4">FIN DE LOS RECURSOS DE LA ASTUCIA</p>
-
-<hr class="chap" />
-
-<p><span class="pagenum"><a name="Page_353" id="Page_353"></a></span></p>
-
-<h2>ÍNDICE</h2>
-
-<table border="0" cellpadding="5" cellspacing="5" summary="indice">
-
-<tr>
- <td class="tdr" colspan="3"><i>Páginas.</i></td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdl smcap" colspan="2"><a href="#PROLOGO">La Canóniga.&mdash;Prólogo</a></td>
- <td class="tdrb">5</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdc" colspan="3"><a href="#PRIMERA">PARTE PRIMERA</a></td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdrt">I.&nbsp;&mdash;</td>
- <td class="tdl"><a href="#I_I">Cuenca.</a></td>
- <td class="tdrb">31</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdrt">II.&nbsp;&mdash;</td>
- <td class="tdl"><a href="#I_II">La casa de la Sirena.</a></td>
- <td class="tdrb">41</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdrt">III.&nbsp;&mdash;</td>
- <td class="tdl"><a href="#I_III">Miguelito Torralba.</a></td>
- <td class="tdrb">53</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdrt">IV.&nbsp;&mdash;</td>
- <td class="tdl"><a href="#I_IV">Sansirgue el penitenciario.</a></td>
- <td class="tdrb">67</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdrt">V.&nbsp;&mdash;</td>
- <td class="tdl"><a href="#I_V">La casa del pertiguero.</a></td>
- <td class="tdrb">71</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdrt">VI.&nbsp;&mdash;</td>
- <td class="tdl"><a href="#I_VI">Don Víctor.</a></td>
- <td class="tdrb">81</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdrt">VII.&nbsp;&mdash;</td>
- <td class="tdl"><a href="#I_VII">La Biblioteca de Chirino.</a></td>
- <td class="tdrb">87</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdrt">VIII.&nbsp;&mdash;</td>
- <td class="tdl"><a href="#I_VIII">Su majestad el odio.</a></td>
- <td class="tdrb">93</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdrt">IX.&nbsp;&mdash;</td>
- <td class="tdl"><a href="#I_IX">Un romance anónimo.</a></td>
- <td class="tdrb">101</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdrt">X.&nbsp;&mdash;</td>
- <td class="tdl"><a href="#I_X">La junta realista.</a></td>
- <td class="tdrb">107</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdrt">XI.&nbsp;&mdash;</td>
- <td class="tdl"><a href="#I_XI">Un sermón de Sansirgue.</a></td>
- <td class="tdrb">107</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdrt">XII.&nbsp;&mdash;</td>
- <td class="tdl"><a href="#I_XII">La alarma de Bessieres.</a></td>
- <td class="tdrb">117</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdrt">XIII.&nbsp;&mdash;</td>
- <td class="tdl"><a href="#I_XIII">Proyectos.</a></td>
- <td class="tdrb">123</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdrt">XIV.&nbsp;&mdash;</td>
- <td class="tdl"><a href="#I_XIV">Cabildeos de Don Víctor.</a></td>
- <td class="tdrb">129</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdrt">XV.&nbsp;&mdash;</td>
- <td class="tdl"><a href="#I_XV">La Puerta de San Juan.</a></td>
- <td class="tdrb">139</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdrt">XVI.&nbsp;&mdash;</td>
- <td class="tdl"><a href="#I_XVI">Después de la catástrofe.</a></td>
- <td class="tdrb">143</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdrt">XVII.&nbsp;&mdash;</td>
- <td class="tdl"><a href="#I_XVII">Meses después.</a></td>
- <td class="tdrb">149</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdrt"><a href="#I_EPILOGO">Epílogo</a></td>
- <td class="tdrb" colspan="2">159</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdc" colspan="3"><a href="#EMPECINADO">LOS GUERRILLEROS DEL EMPECINADO</a></td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdrt">I.&nbsp;&mdash;</td>
- <td class="tdl"><a href="#COMISION">Nueva comisión.</a></td>
- <td class="tdrb">163</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdrt">II.&nbsp;&mdash;</td>
- <td class="tdl"><a href="#MILITAR">Mascarada militar.</a></td>
- <td class="tdrb">169</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdrt">III.&nbsp;&mdash;</td>
- <td class="tdl"><a href="#II_III">Antiguos amigos.</a></td>
- <td class="tdrb">175</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdrt">IV.&nbsp;&mdash;</td>
- <td class="tdl"><a href="#II_IV">En el espionaje.</a></td>
- <td class="tdrb">181</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdrt">V.&nbsp;&mdash;</td>
- <td class="tdl"><a href="#II_V">En el camino.</a></td>
- <td class="tdrb">191</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdrt">VI.&nbsp;&mdash;</td>
- <td class="tdl"><a href="#II_VI">El batallón de los hombres libres.</a></td>
- <td class="tdrb">197</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdrt">VII.&nbsp;&mdash;</td>
- <td class="tdl"><a href="#II_VII">Huyendo.</a></td>
- <td class="tdrb">207</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdrt">VIII.&nbsp;&mdash;</td>
- <td class="tdl"><a href="#II_VIII">Don Julián Sánchez.</a></td>
- <td class="tdrb">217<span class="pagenum"><a name="Page_354" id="Page_354">[354]</a></span></td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdrt">IX.&nbsp;&mdash;</td>
- <td class="tdl"><a href="#II_IX">Aviraneta en el convento.</a></td>
- <td class="tdrb">227</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdrt">X.&nbsp;&mdash;</td>
- <td class="tdl"><a href="#II_X">De Nájera á Aranda.</a></td>
- <td class="tdrb">235</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdrt">XI.&nbsp;&mdash;</td>
- <td class="tdl"><a href="#II_XI">El espía de Roa.</a></td>
- <td class="tdrb">241</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdrt">XII.&nbsp;&mdash;</td>
- <td class="tdl"><a href="#II_XII">La encerrona.</a></td>
- <td class="tdrb">251</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdrt">XIII.&nbsp;&mdash;</td>
- <td class="tdl"><a href="#II_XIII">En Ciudad Rodrigo.</a></td>
- <td class="tdrb">261</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdrt">XIV.&nbsp;&mdash;</td>
- <td class="tdl"><a href="#II_XIV">La toma de Coria.</a></td>
- <td class="tdrb">267</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdrt">XV.&nbsp;&mdash;</td>
- <td class="tdl"><a href="#II_XV">Una ciudad levítica.</a></td>
- <td class="tdrb">273</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdrt">XVI.&nbsp;&mdash;</td>
- <td class="tdl"><a href="#II_XVI">La tarde del domingo.</a></td>
- <td class="tdrb">281</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdrt">XVII.&nbsp;&mdash;</td>
- <td class="tdl"><a href="#II_XVII">Expedición á Plasencia.</a></td>
- <td class="tdrb">287</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdrt">XVIII.&nbsp;&mdash;</td>
- <td class="tdl"><a href="#II_XVIII">¡Merino!</a></td>
- <td class="tdrb">295</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdrt">XIX.&nbsp;&mdash;</td>
- <td class="tdl"><a href="#II_XIX">El camino de San Martín.</a></td>
- <td class="tdrb">303</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdrt">XX.&nbsp;&mdash;</td>
- <td class="tdl"><a href="#II_XX">El Castillo de Trevejo.</a></td>
- <td class="tdrb">309</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdrt">XXI.&nbsp;&mdash;</td>
- <td class="tdl"><a href="#II_XXI">La situación empeora.</a></td>
- <td class="tdrb">319</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdrt">XXII.&nbsp;&mdash;</td>
- <td class="tdl"><a href="#II_XXII">Un oficio del Estado Mayor.</a></td>
- <td class="tdrb">325</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdrt">XXIII.&nbsp;&mdash;</td>
- <td class="tdl"><a href="#II_XXIII">El viaje.</a></td>
- <td class="tdrb">331</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdrt">XXIV.&nbsp;&mdash;</td>
- <td class="tdl"><a href="#II_XXIV">Fuga.</a></td>
- <td class="tdrb">343</td>
-</tr>
-
-<tr>
- <td class="tdrt">XXV.&nbsp;&mdash;</td>
- <td class="tdl"><a href="#II_XXV">Camino de Gibraltar.</a></td>
- <td class="tdrb">347</td>
-</tr>
-
-</table>
-
-
-
-
-
-
-
-
-
-
-<pre>
-
-
-
-
-
-End of the Project Gutenberg EBook of Memorias de un Hombre de Acción: #5
-Los Recursos de la Astucia, by Pío Baroja
-
-*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK MEMORIAS DE UN HOMBRE ***
-
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-Archive Foundation and how your efforts and donations can help, see
-Sections 3 and 4 and the Foundation information page at
-www.gutenberg.org Section 3. Information about the Project Gutenberg
-Literary Archive Foundation
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-The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
-501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
-state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
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-Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
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-Professor Michael S. Hart was the originator of the Project
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-freely shared with anyone. For forty years, he produced and
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