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diff --git a/44512-h/44512-h.htm b/44512-h/44512-h.htm new file mode 100644 index 0000000..9f618b4 --- /dev/null +++ b/44512-h/44512-h.htm @@ -0,0 +1,6246 @@ +<!DOCTYPE html PUBLIC "-//W3C//DTD XHTML 1.0 Strict//EN" + "http://www.w3.org/TR/xhtml1/DTD/xhtml1-strict.dtd"> +<html xmlns="http://www.w3.org/1999/xhtml" xml:lang="es" lang="es"> + <head> + <meta http-equiv="Content-Type" content="text/html;charset=UTF-8" /> + <meta http-equiv="Content-Style-Type" content="text/css" /> + <title> + The Project Gutenberg eBook of Abel Sánchez, by Miguel de Unamuno. + </title> + <link rel="coverpage" href="images/cover.jpg" /> + <style type="text/css"> + +body { + margin-left: 10%; + margin-right: 10%; +} + + h1,h2{ + text-align: center; /* all headings centered */ + clear: both; + line-height: 2; +} + +h1 {margin-top: 2em; margin-bottom: 2em;} + +h2 {margin-top: 4em; margin-bottom: 2em;} + + +p { + margin-top: .75em; + text-align: justify; + margin-bottom: .75em; + } + + .p6 {margin-top: 6em;} + .ht {page-break-after: always;} + +hr { + width: 33%; + margin-top: 2em; + margin-bottom: 2em; + margin-left: auto; + margin-right: auto; + clear: both; +} + +hr.tb {width: 5%; margin-top: 2em; margin-bottom: 2em;} +hr.chap {width: 15%; margin-top: 2em; margin-bottom: 2em; + page-break-after: always;} + + + +.pagenum { /* uncomment the next line for invisible page numbers */ + /* visibility: hidden; */ + position: absolute; + left: 92%; + font-size: smaller; + text-align: right; + /* not bold */ + font-weight: normal; + /* not italic */ + font-style: normal; + /* not small cap */ + font-variant: normal; +} /* page numbers */ + + +.center {text-align: center;} +.large {font-size: large;} + + +/* Images */ +.figcenter6m {margin: auto; + text-align: center; + margin-top: 6em;} + + +/* Transcriber's notes */ +.box {margin: auto; + border: 1px solid; + padding: 1em; + background-color: #F0FFFF; + width: 25em;} + +table { + margin-left: auto; + margin-right: auto; + margin-top: 2em; +} + + .tdl {text-align: left; } + .tdr {text-align: right; vertical-align: top;} + +th {padding-top: 1em; padding-bottom: 1em; font-weight: normal;} + + +@media print +{ + + hr.tb + { + width: 5%; + margin-left: 47.5%; + margin-top: 2em; + margin-bottom: 2em; + } + + hr.chap + { + width: 15%; + margin-left: 42.5%; + margin-top: 2em; + margin-bottom: 2em; + } +} + +@media handheld +{ + body + { + margin: 0; + padding: 0; + width: 90%; + } + + .box + { + width: auto; + } + + hr.tb + { + width: 5%; + margin-left: 47.5%; + margin-top: 2em; + margin-bottom: 2em; + } + + hr.chap + { + width: 15%; + margin-left: 42.5%; + margin-top: 2em; + margin-bottom: 2em; + } + +} + </style> + </head> +<body> +<div>*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK 44512 ***</div> + +<p class="box">Nota del Transcriptor:<br/><br/> + Errores obvios de imprenta han sido corregidos.<br/><br /> + + Con la intención de conservar el texto original, signos de interrogación y exclamación no se usan al + principio de la mayoría de las preguntas y exclamaciones respectivamente.<br /><br /> + + Páginas en blanco han sido eliminadas.<br/> +</p> + + + +<p class="p6 large center">ABEL SÁNCHEZ</p> + +<p class="large center ht">UNA HISTORIA DE PASIÓN</p> + + +<p class="center p6 ht">IMP. JOSÉ POVEDA.—PRÍNCIPE, 24.—MADRID</p> + + + + +<h1>ABEL SÁNCHEZ<br /> +UNA HISTORIA DE PASIÓN</h1> + +<p class="center">POR</p> +<p class="center large">MIGUEL DE UNAMUNO</p> + + + +<div class="figcenter6m"><img src="images/title.jpg" width="125" +height="141" alt="logo" title="" /></div> + + +<p class="p6 center ht">RENACIMIENTO<br /> +SAN MARCOS, 42<br /> +MADRID<br /> +1917</p> + + + +<h2>ABEL SÁNCHEZ<br /> + +UNA HISTORIA DE PASIÓN</h2> + + +<p>Al morir Joaquín Monegro encontróse +entre sus papeles una especie de +Memoria de la sombría pasión que le +hubo devorado en vida. Entremézclase +en este relato fragmentos tomados +de esa confesión—así lo rotuló—, y +que vienen a ser al modo de comentario +que se hacía Joaquín a sí mismo +de su propia dolencia. Esos fragmentos +van entrecomillados. La <b>Confesión</b> +iba dirigida a su hija.</p> + +<hr class="chap" /> + + + + +<h2>I</h2> + + +<p>No recordaban Abel Sánchez y Joaquín +Monegro desde cuándo se conocían. Eran conocidos +desde antes de la niñez, desde la primera +infancia, pues ya sus sendas nodrizas +se juntaban y los juntaban cuando aun ellos +no sabían hablar. Aprendió cada uno de ellos +a conocerse conociendo al otro. Y así vivieron +y se hicieron juntos amigos desde nacimiento +casi, más bien hermanos de crianza.</p> + +<p>En sus paseos, en sus juegos, en sus otras +amistades comunes, parecía dominar e iniciarlo +todo Joaquín, el más voluntarioso; +pero era Abel quien, pareciendo ceder, hacía +la suya siempre. Y es que le importaba más +<span class="pagenum"><a name="Page_10" id="Page_10">[10]</a></span> +no obedecer que mandar. Casi nunca reñían. +«Por mí como tú quieras...!» le decía Abel a +Joaquín, y éste se exasperaba a las veces porque +con aquel «como tú quieras...!» esquivaba +las disputas.</p> + +<p>—Nunca me dices que no!—exclamaba +Joaquín.</p> + +<p>—Y para qué?—respondía el otro.</p> + +<p>—Bueno, este no quiere que vayamos al +Pinar—dijo una vez aquel cuando varios +compañeros se disponían a un paseo.</p> + +<p>—Yo? pues no he de quererlo...!—exclamó +Abel.—Sí, hombre, sí; como tú quieras. +Vamos allá!</p> + +<p>—No, como yo quiera, no! Ya te he dicho +otras veces que no! Como yo quiera no! Tú +no quieres ir!</p> + +<p>—Que sí, hombre...</p> + +<p>—Pues entonces no lo quiero yo...</p> + +<p>—Ni yo tampoco...</p> + +<p>—Eso no vale—gritó ya Joaquín.—O con +él o conmigo!</p> + +<p>Y todos se fueron con Abel, dejándole a +Joaquín solo.</p> + +<p>Al comentar éste en sus <i>Confesiones</i> tal<span class="pagenum"><a name="Page_11" id="Page_11">[11]</a></span> +suceso de la infancia, escribía: «Ya desde entonces +era él simpático, no sabía por qué, y +antipático yo, sin que se me alcanzara mejor +la causa de ello, y me dejaban solo. +Desde niño me aislaron mis amigos».</p> + +<p>Durante los estudios del bachillerato, que +siguieron juntos, Joaquín era el empollón, el +que iba a la caza de los premios, el primero +en las aulas y el primero Abel fuera de ellas, +en el patio del Instituto, en la calle, en el campo, +en los novillos, entre los compañeros. +Abel era el que hacía reir con sus gracias y, +sobre todo, obtenía triunfos de aplauso por +las caricaturas que de los catedráticos hacía. +«Joaquín es mucho más aplicado, pero Abel +es más listo... si se pusiera a estudiar...» Y +este juicio común de los compañeros, sabido +por Joaquín, no hacía sino envenenarle el corazón. +Llegó a sentir la tentación de descuidar +el estudio y tratar de vencer al otro en el +otro campo, pero diciéndose: «bah! qué saben +ellos...» siguió fiel a su propio natural. Además, +por más que procuraba aventajar al +otro en ingenio y donosura no lo conseguía. +Sus chistes no eran reídos y pasaba por ser<span class="pagenum"><a name="Page_12" id="Page_12">[12]</a></span> +fundamentalmente serio. «Tú eres fúnebre»—solía +decirle Federico Cuadrado—«tus chistes +son chistes de duelo».</p> + +<p>Concluyeron ambos el bachillerato. Abel +se dedicó a ser artista siguiendo el estudio de +la pintura y Joaquín se matriculó en la Facultad +de Medicina. Veíanse con frecuencia y +hablaba cada uno al otro de los progresos que +en sus respectivos estudios hacían, empeñándose +Joaquín en probarle a Abel que la Medicina +era también un arte y hasta un arte +bella, en que cabía inspiración poética. Otras +veces, en cambio, daba en menospreciar las +bellas artes, enervadoras del espíritu, exaltando +la ciencia, que es la que eleva, fortifica +y ensancha el espíritu con la verdad.</p> + +<p>—Pero es que la Medicina tampoco es ciencia—le +decía Abel.—No es sino un arte, una +práctica derivada de ciencias.</p> + +<p>—Es que yo no he de dedicarme al oficio +de curar enfermos—replicaba Joaquín.</p> + +<p>—Oficio muy honrado y muy útil...—añadía +el otro.</p> + +<p>—Sí, pero no para mí. Será todo lo honrado +y todo lo útil que quieras, pero detesto<span class="pagenum"><a name="Page_13" id="Page_13">[13]</a></span> +esa honradez y esa utilidad. Para otros el hacer +dinero tomando el pulso, mirando la lengua +y recetando cualquier cosa. Yo aspiro a +más.</p> + +<p>—A más?</p> + +<p>—Sí, yo aspiro a abrir nuevos caminos. +Pienso dedicarme a la investigación científica. +La gloria médica es de los que descubrieron +el secreto de alguna enfermedad y no +de los que aplicaron el descubrimiento con +mayor o menor fortuna.</p> + +<p>—Me gusta verte así, tan idealista.</p> + +<p>—Pues qué, ¿crees que sólo vosotros, los +artistas, los pintores, soñáis con la gloria?</p> + +<p>—Hombre, nadie te ha dicho que yo sueñe +con tal cosa...</p> + +<p>—Que no? pues por qué, si no, te has dedicado +a pintar?</p> + +<p>—Porque si se acierta es oficio que promete...</p> + +<p>—Que promete?</p> + +<p>—Vamos, sí, que da dinero.</p> + +<p>—A otro perro con ese hueso, Abel. Te conozco +desde que nacimos casi. A mí no me la +das. Te conozco.</p><p><span class="pagenum"><a name="Page_14" id="Page_14">[14]</a></span></p> + +<p>—Y he pretendido nunca engañarte?</p> + +<p>—No, pero tú engañas sin pretenderlo. Con +ese aire de no importarte nada, de tomar la +vida en juego, de dársete un comino de todo, +eres un terrible ambicioso...</p> + +<p>—Ambicioso yo?</p> + +<p>—Sí, ambicioso de gloria, de fama, de renombre... +Lo fuiste siempre, de nacimiento. +Sólo que solapadamente.</p> + +<p>—Pero ven acá, Joaquín, y dime: te disputé +nunca tus premios? no fuiste tú siempre +el primero en clase? el chico que promete?</p> + +<p>—Sí, pero el gallito, el niño mimado de los +compañeros tú...</p> + +<p>—Y qué iba yo a hacerle...?</p> + +<p>—Me querrás hacer creer que no buscabas +esa especie de popularidad...?</p> + +<p>—Haberla buscado tú...</p> + +<p>—Yo? yo? Desprecio a la masa!</p> + +<p>—Bueno, bueno, déjame de esas tonterías +y cúrate de ellas. Mejor será que me hables +otra vez de tu novia.</p> + +<p>—Novia?</p> + +<p>—Bueno, de esa tu primita que quieres +que lo sea.</p><p><span class="pagenum"><a name="Page_15" id="Page_15">[15]</a></span></p> + +<p>Porque Joaquín estaba queriendo forzar +el corazón de su prima Helena y había puesto +en su empeño amoroso todo el ahinco de su +ánimo reconcentrado y suspicaz. Y sus desahogos, +los inevitables y saludables desahogos +de enamorado en lucha, eran con su amigo +Abel.</p> + +<p>Y lo que Helena le hacía sufrir!</p> + +<p>—Cada vez la entiendo menos—solía decirle +a Abel.—Esa muchacha es para mí una +esfinge...</p> + +<p>—Ya sabes lo que decía Oscar Wilde, o +quien fuese, que toda mujer es una esfinge +sin secreto.</p> + +<p>—Pues Helena parece tenerlo. Debe de +querer a otro, aunque éste no lo sepa. Estoy +seguro de que quiere a otro.</p> + +<p>—Y por qué?</p> + +<p>—De otro modo no me explico su actitud +conmigo...</p> + +<p>—Es decir, que porque no quiere quererte +a ti... quererte para novio, que como primo +sí te querrá...</p> + +<p>—¡No te burles!</p> + +<p>—Bueno, pues porque no quiere quererte<span class="pagenum"><a name="Page_16" id="Page_16">[16]</a></span> +para novio, o más claro, para marido, tiene +que estar enamorada de otro? Bonita lógica!</p> + +<p>—Yo me entiendo!</p> + +<p>—Sí, y también yo te entiendo.</p> + +<p>—Tú?</p> + +<p>—No pretendes ser quien mejor me conoce? +Qué mucho, pues, que yo pretenda conocerte? +Nos conocimos a un tiempo.</p> + +<p>—Te digo que esa mujer me trae loco y me +hará perder la paciencia. Está jugando conmigo. +Si me hubiera dicho desde un principio +que no, bien estaba, pero tenerme así, diciendo +que lo verá, que lo pensará... Esas cosas +no se piensan... coqueta!</p> + +<p>—Es que te está estudiando.</p> + +<p>—Estudiándome a mí? Ella? Qué tengo +yo que estudiar? Qué puede ella estudiar?</p> + +<p>—Joaquín, Joaquín, te estás rebajando y +la estás rebajando...! O crees que no más +verte y oirte y saber que la quieres y ya debía +rendírsete?</p> + +<p>—Sí, siempre he sido antipático...</p> + +<p>—Vamos, hombre, no te pongas así...</p> + +<p>—Es que esa mujer está jugando conmigo! +Es que no es noble jugar así con un hom<span class="pagenum"><a name="Page_17" id="Page_17">[17]</a></span>bre +como yo, franco, leal, abierto... Pero si +vieras qué hermosa está! Y cuanto más fría +y más desdeñosa se pone más hermosa. Hay +veces que no sé si la quiero o la aborrezco +más...! Quieres que te presente a ella...?</p> + +<p>—Hombre, si tú...</p> + +<p>—Bueno; os presentaré.</p> + +<p>—Y si ella quiere...</p> + +<p>—Qué?</p> + +<p>—Le haré un retrato.</p> + +<p>—Hombre, sí!</p> + +<p>Mas aquella noche durmió Joaquín mal +rumiando lo del retrato, pensando en que +Abel Sánchez, el simpático sin proponérselo, +el mimado del favor ajeno, iba a retratarle a +Helena.</p> + +<p>Qué saldría de allí? Encontraría también +Helena, como sus compañeros de ellos, más +simpático a Abel? Pensó negarse a la presentación, +mas como ya se la había prometido.</p> + +<hr class="chap" /> + + + + + +<h2>II</h2> + + +<p>—Qué tal te pareció mi prima?—le preguntaba +Joaquín a Abel al día siguiente de +habérsela presentado y propuesto a ella, a +Helena, lo del retrato, que acojió alborozada +de satisfacción.</p> + +<p>—Hombre, quieres la verdad?</p> + +<p>—La verdad siempre, Abel; si nos dijéramos +siempre la verdad, toda la verdad, esto +sería el paraíso.</p> + +<p>—Sí, y si se la dijera cada cual a sí mismo...</p> + +<p>—Bueno, pues la verdad!</p> + +<p>—La verdad es que tu prima y futura novia, +acaso esposa, Helena, me parece una +pava real... es decir, un pavo real hembra... +ya me entiendes...</p><p><span class="pagenum"><a name="Page_20" id="Page_20">[20]</a></span></p> + +<p>—Sí, te entiendo.</p> + +<p>—Como no sé expresarme bien más que +con el pincel...</p> + +<p>—Y vas a pintar la pava real, o el pavo +real hembra, haciendo la rueda acaso, con +su cola llena de ojos, su cabecita...</p> + +<p>—Para modelo, excelente! Excelente, chico! +Qué ojos! Qué boca! Esa boca carnosa y a +la vez fruncida... esos ojos que no miran... +Qué cuello! Y sobre todo qué color de tez! Si +no te incomodas...</p> + +<p>—Incomodarme yo?</p> + +<p>—Te diré que tiene un color como de india +brava, o mejor, de fiera indómita. Hay algo, +en el mejor sentido, de pantera en ella. Y +todo ello fríamente.</p> + +<p>—Y tan fríamente!</p> + +<p>—Nada, chico, que espero hacerte un retrato +estupendo.</p> + +<p>—A mí? Será a ella?</p> + +<p>—No, el retrato será para ti, aunque de +ella.</p> + +<p>—No, eso no, el retrato será para ella!</p> + +<p>—Bien, para los dos. Quién sabe... Acaso +con él os una.</p><p><span class="pagenum"><a name="Page_21" id="Page_21">[21]</a></span></p> + +<p>—Vamos, sí, que de retratista pasas a...</p> + +<p>—A lo que quieras, Joaquín, a celestino, +con tal de que dejes de sufrir así. Me duele +verte de esa manera.</p> + +<p>Empezaron las sesiones de pintura, reuniéndose +los tres. Helena se posaba en su +asiento solemne y fría, henchida de desdén, +como una diosa llevada por el destino. «Puedo +hablar?», preguntó al primer día, y Abel +le contestó: «Sí, puede usted hablar y moverse; +para mí es mejor que hable y se mueva, +porque así vive la fisonomía... Esto no es fotografía, +y además no la quiero hecha estatua...» +Y ella hablaba, hablaba, pero moviéndose +poco y estudiando la postura. Qué +hablaba? Ellos no lo sabían. Porque uno y +otro no hacían sino devorarla con los ojos; la +veían, no la oían hablar.</p> + +<p>Y ella hablaba, hablaba, por creer de +buena educación no estarse callada, y +hablaba zahiriendo a Joaquín cuanto podía.</p> + +<p>—Qué tal vas de clientela, primito?—le +preguntaba.</p> + +<p>—Tanto te importa eso?...</p><p><span class="pagenum"><a name="Page_22" id="Page_22">[22]</a></span></p> + +<p>—Pues no ha de importarme, hombre, +pues no ha de importarme...! Figúrate...</p> + +<p>—No, no me figuro.</p> + +<p>—Interesándote tú tanto como por mí te +interesas, no cumplo con menos que con interesarme +yo por ti. Y además, quién sabe...</p> + +<p>—Quién sabe, qué?</p> + +<p>—Bueno, dejen eso—interrumpía Abel;—no +hacen sino regañar.</p> + +<p>—Es lo natural—decía Helena—entre parientes... +Y además, dicen que así se empieza.</p> + +<p>—Se empieza, qué?—preguntó Joaquín.</p> + +<p>—Eso tú lo sabrás, primo, que tú has empezado.</p> + +<p>—Lo que voy a hacer es acabar!</p> + +<p>—Hay varios modos de acabar, primo.</p> + +<p>—Y varios de empezar.</p> + +<p>—Sin duda. Qué, me descompongo con +este floreteo, Abel?</p> + +<p>—No, no, todo lo contrario. Este floreteo, +como le llama, le da más expresión a la mirada +y al gesto. Pero...</p> + +<p>A los dos días tuteábanse ya Abel y Helena; +lo había querido así Joaquín. Quien al +tercer día faltó a una sesión.</p><p><span class="pagenum"><a name="Page_23" id="Page_23">[23]</a></span></p> + +<p>—A ver, a ver cómo va eso—dijo Helena +levantándose para ir a ver el retrato.</p> + +<p>—Qué te parece?</p> + +<p>—Yo no entiendo, y además no soy quien +mejor puede saber si se me parece o no.</p> + +<p>—Qué? No tienes espejo? No te has mirado +a él?</p> + +<p>—Sí, pero...</p> + +<p>—Pero qué...</p> + +<p>—Qué sé yo...</p> + +<p>—No te encuentras bastante guapa en +este espejo?</p> + +<p>—No seas adulón.</p> + +<p>—Bien, se lo preguntaremos a Joaquín.</p> + +<p>—No me hables de él, por favor. Qué +pelma!</p> + +<p>—Pues de él he de hablarte.</p> + +<p>—Entonces me marcho...</p> + +<p>—No, y oye. Está muy mal lo que estás +haciendo con ese chico.</p> + +<p>—¡Ah! ¿Pero ahora vienes a abogar por él? +Es esto del retrato un achaque.</p> + +<p>—Mira, Helena, no está bien que estés así, +jugando con tu primo. El es algo, vamos, +algo...</p><p><span class="pagenum"><a name="Page_24" id="Page_24">[24]</a></span></p> + +<p>—Sí, insoportable!</p> + +<p>—No, él es reconcentrado, altivo por dentro, +terco, lleno de sí mismo, pero es bueno, +honrado a carta cabal, inteligente, le espera +un brillante porvenir en su carrera, te quiere +con delirio...</p> + +<p>—Y si a pesar de todo eso no le quiero yo?</p> + +<p>—Pues debes entonces desengañarle.</p> + +<p>—Y poco que le he desengañado! Estoy +harta de decirle que me parece un buen chico, +pero que por eso, porque me parece un buen +chico, un excelente primo—y no quiero hacer +un chiste,—por eso no le quiero para novio +con lo que luego viene.</p> + +<p>—Pues él dice...</p> + +<p>—Si él te ha dicho otra cosa, no te ha dicho +la verdad, Abel. Es que voy a despedirle y +prohibirle que me hable siendo como es mi +primo? Primo! Qué gracia!</p> + +<p>—No te burles así.</p> + +<p>—Si es que no puedo...</p> + +<p>—Y él sospecha más, y es que se empeña +en creer que puesto que no quieres quererle +a él, estás en secreto enamorada de otro...</p> + +<p>—Eso te ha dicho?</p><p><span class="pagenum"><a name="Page_25" id="Page_25">[25]</a></span></p> + +<p>—Sí, eso me ha dicho.</p> + +<p>Helena se mordió los labios, se ruborizó y +calló un momento.</p> + +<p>—Sí, eso me ha dicho—repitió Abel, descansando +la diestra sobre el tiento que apoyaba +en el lienzo, y mirando fijamente a +Helena, como queriendo adivinar el sentido +de algún rasgo de su cara.</p> + +<p>—Pues si se empeña...</p> + +<p>-Qué...?</p> + +<p>—Que acabará por conseguir que me enamore +de algún otro...</p> + +<p>Aquella tarde no pintó ya más Abel. Y +salieron novios.</p><hr class="chap" /> + + + + + +<h2>III</h2> + + +<p>El éxito del retrato de Helena por Abel +fué clamoroso. Siempre había alguien contemplándolo +frente al escaparate en que fué +expuesto. «Ya tenemos un gran pintor más», +decían. Y ella, Helena, procuraba pasar +junto al lugar en que su retrato se exponía +para oir los comentarios y paseábase por las +calles de la ciudad como un inmortal retrato +viviente, como una obra de arte haciendo la +rueda. No había acaso nacido para eso?</p> + +<p>Joaquín apenas dormía.</p> + +<p>—Está peor que nunca—le dijo a Abel.—Ahora +es cuando juega conmigo. Me va a +matar!</p><p><span class="pagenum"><a name="Page_28" id="Page_28">[28]</a></span></p> + +<p>—Naturalmente! Se siente ya belleza profesional...</p> + +<p>—Sí, la has inmortalizado! Otra Joconda!</p> + +<p>—Pero tú, como médico, puedes alargarle +la vida...</p> + +<p>—O acortársela.</p> + +<p>—No te pongas así, trágico.</p> + +<p>—Y qué voy a hacer, Abel, qué voy a +hacer...?</p> + +<p>—Tener paciencia...</p> + +<p>—Además, me ha dicho cosas de donde +he sacado que le has contado lo de que la creo +enamorada de otro...</p> + +<p>—Fué por hacer tu causa...</p> + +<p>—Por hacer mi causa... Abel, Abel, tú estás +de acuerdo con ella... vosotros me engañáis...</p> + +<p>—Engañarte? En qué? Te ha prometido +algo?</p> + +<p>—Y a ti?</p> + +<p>—Es tu novia acaso?</p> + +<p>—Y es ya la tuya?</p> + +<p>Callóse Abel, mudándosele la color.</p> + +<p>—Lo ves?—exclamó Joaquín, balbuciente +y tembloroso.—Lo ves?</p><p><span class="pagenum"><a name="Page_29" id="Page_29">[29]</a></span></p> + +<p>—El qué?</p> + +<p>—Y lo negarás ahora? Tendrás cara para +negármelo?</p> + +<p>—Pues bien, Joaquín, somos amigos de +antes de conocernos, casi hermanos...</p> + +<p>—Y al hermano, puñalada trapera, no es +eso?</p> + +<p>—No te sulfures así; ten paciencia...</p> + +<p>—Paciencia? Y qué es mi vida sino continua +paciencia, continuo padecer?... Tú el +simpático, tú el festejado, tú el vencedor, tú +el artista... Y yo...</p> + +<p>Lágrimas que le reventaron en los ojos +cortáronle la palabra.</p> + +<p>—Y qué iba a hacer, Joaquín, qué querías +que hiciese...?</p> + +<p>—No haberla solicitado, pues que la quería +yo...!</p> + +<p>—Pero si ha sido ella, Joaquín, si ha sido +ella...</p> + +<p>—Claro, a ti, al artista, al afortunado, al +favorito de la fortuna, a ti son ellas las que +te solicitan. Ya la tienes, pues...</p> + +<p>—Me tiene ella, te digo.</p> + +<p>—Sí, ya te tiene la pava real, la belleza<span class="pagenum"><a name="Page_30" id="Page_30">[30]</a></span> +profesional, la Joconda... Serás su pintor... +La pintarás en todas posturas y en todas +formas, a todas las luces, vestida y sin vestir...</p> + +<p>—Joaquín!</p> + +<p>—Y así la inmortalizarás. Vivirá tanto +como tus cuadros vivan. Es decir, vivirá, no! +Porque Helena no vive; durará. Durará +como el mármol, de que es. Porque es de +piedra, fría y dura, fría y dura como tú. +Montón de carne...!</p> + +<p>—No te sulfures, te he dicho.</p> + +<p>—Pues no he de sulfurarme, hombre, pues +no he de sulfurarme! Esto es una infamia, +una canallada!</p> + +<p>Sintióse abatido y calló, como si le faltaran +palabras para la violencia de su pasión.</p> + +<p>—Pero ven acá, hombre—le dijo Abel con +su voz más dulce, que era la más terrible—y +reflexiona. Iba yo a hacer que te quisiese si +ella no quiere quererte? Para novio no le +eres...</p> + +<p>—Sí, no soy simpático a nadie; nací condenado.</p> + +<p>—Te juro, Joaquín...</p><p><span class="pagenum"><a name="Page_31" id="Page_31">[31]</a></span></p> + +<p>—No jures!</p> + +<p>—Te juro que si en mí sólo consistiese, +Helena sería tu novia, y mañana tu mujer. +Si pudiese cedértela...</p> + +<p>—Me la venderías por un plato de lentejas, +no es eso?</p> + +<p>—No, vendértela no! Te la cedería gratis +y gozaría en veros felices, pero...</p> + +<p>—Sí, que ella no me quiere y te quiere +a ti, no es eso?</p> + +<p>—Eso es!</p> + +<p>—Que me rechaza a mí, que la buscaba, +y te busca a ti, que la rechazabas.</p> + +<p>—Eso! Aunque no lo creas; soy un seducido.</p> + +<p>—Qué manera de darte postín! Me das +asco!</p> + +<p>—Postín?</p> + +<p>—Sí, ser así, seducido, es más que ser seductor. +Pobre víctima! Se pelean por ti las +mujeres...</p> + +<p>—No me saques de quicio, Joaquín...</p> + +<p>—A ti? Sacarte a ti de quicio? Te digo que +esto es una canallada, una infamia, un crimen... +Hemos acabado para siempre!</p><p><span class="pagenum"><a name="Page_32" id="Page_32">[32]</a></span></p> + +<p>Y luego, cambiando de tono, con lágrimas +insondables en la voz:</p> + +<p>—Ten compasión de mí, Abel, ten compasión. +Ve que todos me miran de reojo, ve +que todos son obstáculos para mí... Tú eres +joven, afortunado, mimado, te sobran mujeres... +Déjame a Helena, mira que no sabré +dirigirme a otra... Déjame a Helena...</p> + +<p>—Pero si ya te la dejo...</p> + +<p>—Haz que me oiga; haz que me conozca; +haz que sepa que muero por ella, que sin ella +no viviré...</p> + +<p>—No la conoces...</p> + +<p>—Sí, os conozco! Pero, por Dios... Júrame +que no has de casarte con ella...</p> + +<p>—Y quién ha hablado de casamiento?</p> + +<p>—Ah, entonces es por darme celos nada +más? Sí, ella no es más que una coqueta... +peor que una coqueta, una...</p> + +<p>—Cállate!—rugió Abel.</p> + +<p>Y fué tal el rugido, que Joaquín se quedó +callado, mirándole.</p> + +<p>—Es imposible, Joaquín; contigo no se +puede! Eres imposible!</p> + +<p>Y Abel marchóse.</p><p><span class="pagenum"><a name="Page_33" id="Page_33">[33]</a></span></p> + +<p>«Pasé una noche horrible—dejó escrito en +su <i>Confesión</i> Joaquín—volviéndome a un +lado y otro en la cama, mordiendo a ratos +la almohada, levantándome a beber agua +del jarro del lavabo. Tuve fiebre. A ratos me +amodorraba en sueños acerbos. Pensaba +matarles y urdía mentalmente, como si se +tratase de un drama o de una novela que +iba componiendo, los detalles de mi sangrienta +venganza, y tramaba diálogos con +ellos. Parecíame que Helena había querido +afrentarme y nada más, que había enamorado +a Abel por menosprecio a mí, pero que +no podía, montón de carne al espejo, querer +a nadie. Y la deseaba más que nunca y +con más furia que nunca. En alguna de las +interminables modorras de aquella noche +me soñé poseyéndola y junto al cuerpo frío +e inerte de Abel. Fué una tempestad de malos +deseos, de cóleras, de apetitos sucios, de +rabia. Con el día y el cansancio de tanto sufrir +volvióme la reflexión, comprendí que no +tenía derecho alguno a Helena, pero empecé +a odiar a Abel con toda mi alma y a proponerme +a la vez ocultar ese odio, abonarlo,<span class="pagenum"><a name="Page_34" id="Page_34">[34]</a></span> +criarlo, cuidarlo en lo recóndito de las entrañas +de mi alma. Odio? Aun no quería +darle su nombre, ni quería reconocer que +nací, predestinado, con su masa y con su +semilla. Aquella noche nací al infierno de mi +vida.»</p> + +<hr class="chap" /> + + + +<h2>IV</h2> + + +<p>—Helena—le decía Abel,—eso de Joaquín +me quita el sueño...!</p> + +<p>—El qué?</p> + +<p>—Cuando le diga que vamos a casarnos +no sé lo que va a ser. Y eso que parece ya +tranquilo y como si se resignase a nuestras +relaciones...</p> + +<p>—Sí, bonito es él para resignarse!</p> + +<p>—La verdad es que esto no estuvo del +todo bien.</p> + +<p>—Qué? También tú? Es que vamos a ser +las mujeres como bestias, que se dan y prestan +y alquilan y venden?</p> + +<p>—No, pero...</p><p><span class="pagenum"><a name="Page_36" id="Page_36">[36]</a></span></p> + +<p>—Pero qué?</p> + +<p>—Que fué él quien me presentó a ti, para +que te hiciera el retrato, y me aproveché...</p> + +<p>—Y bien aprovechado! Estaba yo acaso +comprometida con él? Y aunque lo hubiese +estado! Cada cual va a lo suyo.</p> + +<p>—Sí, pero...</p> + +<p>—Qué? Te pesa? Pues por mí... Aunque +si tú me dejases ahora, ahora que estoy comprometida +y todas saben que eres mi novio +oficial y que me vas a pedir un día de estos, +no por eso buscaría a Joaquín, no! Menos que +nunca! Me sobrarían pretendientes, así, como +los dedos de las manos—y levantaba sus dos +largas manos, de ahusados dedos, aquellas +manos que con tanto amor pintara Abel, y +sacudía los dedos, como si revolotearan.</p> + +<p>Abel le cojió las dos manos en las recias +suyas, se las llevó a la boca y las besó alargadamente. +Y luego en la boca...</p> + +<p>—Estate quieto, Abel!</p> + +<p>—Tienes razón, Helena, no vamos a turbar +nuestra felicidad pensando en lo que sienta +y sufra por ella el pobre Joaquín...</p> + +<p>—Pobre? No es más que un envidioso!</p><p><span class="pagenum"><a name="Page_37" id="Page_37">[37]</a></span></p> + +<p>—Pero hay envidias, Helena...</p> + +<p>—Que se fastidie!</p> + +<p>Y después de una pausa llena de un negro +silencio:</p> + +<p>—Por supuesto, le convidaremos a la +boda...</p> + +<p>—Helena!</p> + +<p>—Y qué mal hay en ello? Es mi primo, tu +primer amigo, a él debemos el habernos conocido. +Y si no le convidas tú, le convidaré +yo. Que no va? Mejor! Que va? Mejor que +mejor!</p> + +<hr class="chap" /> + + + + + +<h2>V</h2> + + +<p>Al anunciar Abel a Joaquín su casamiento, +éste dijo:</p> + +<p>—Así tenía que ser. Tal para cual.</p> + +<p>—Pero bien comprendes...</p> + +<p>—Sí, lo comprendo, no me creas un demente +o un furioso; lo comprendo, está bien, +que seáis felices... Yo no lo podré ser ya...</p> + +<p>—Pero, Joaquín, por Dios, por lo que más +quieras...</p> + +<p>—Basta y no hablemos más de ello. Haz +feliz a Helena y que ella te haga feliz... Os +he perdonado ya...</p> + +<p>—De veras?</p> + +<p>—Sí, de veras. Quiero perdonaros. Me +buscaré mi vida.</p><p><span class="pagenum"><a name="Page_40" id="Page_40">[40]</a></span></p> + +<p>—Entonces me atrevo a convidarte a la +boda, en mi nombre...</p> + +<p>—Y en el de ella, eh?</p> + +<p>—Sí, en el de ella también.</p> + +<p>—Lo comprendo. Iré a realzar vuestra +dicha. Iré.</p> + +<p>Como regalo de boda mandó Joaquín a +Abel un par de magníficas pistolas damasquinadas, +como para un artista.</p> + +<p>—Son para que te pegues un tiro cuando +te canses de mí—le dijo Helena a su futuro +marido.</p> + +<p>—Qué cosas tienes, mujer!</p> + +<p>—Quién sabe sus intenciones... Se pasa +la vida tramándolas...</p> + +<p>«En los días que siguieron a aquel en que +me dijo que se casaban—escribió en su <i>Confesión</i> +Joaquín—sentí como si el alma toda +se me helase. Y el hielo me apretaba el corazón. +Eran como llamas de hielo. Me costaba +respirar. El odio a Helena, y sobre +todo, a Abel, porque era odio, odio frío cuyas +raíces me llenaban el ánimo, se me había +empedernido. No era una mala planta, era +un témpano que se me había clavado en el<span class="pagenum"><a name="Page_41" id="Page_41">[41]</a></span> +alma; era, más bien, mi alma toda congelada +en aquel odio. Y un hielo tan cristalino, +que lo veía todo a su través con una +claridad perfecta. Me daba acabada cuenta +de que razón, lo que se llama razón, eran +ellos los que la tenían; que yo no podía alegar +derecho alguno sobre ella; que no se +debe ni se puede forzar el afecto de una mujer, +que, pues se querían, debían unirse. +Pero sentía también confusamente que fuí +yo quien les llevó, no sólo a conocerse, sino +a quererse, que fué por desprecio a mí por +lo que se entendieron, que en la resolución de +Helena entraba por mucho el hacerme rabiar +y sufrir, el darme dentera, el rebajarme +a Abel, y en la de éste el soberano egoísmo +que nunca le dejó sentir el sufrimiento ajeno. +Ingenuamente, sencillamente no se +daba cuenta de que existieran otros. Los +demás éramos para él, a lo sumo, modelos +para sus cuadros. No sabía ni odiar; tan +lleno de sí vivía.»</p> + +<p>»Fuí a la boda con el alma escarchada de +odio, el corazón garapiñado en hielo agrio +pero sobrecojido de un mortal terror, te<span class="pagenum"><a name="Page_42" id="Page_42">[42]</a></span>miendo +que al oir el <i>sí</i> de ellos, el hielo se +me resquebrajara y hendido el corazón quedase +allí muerto o imbécil. Fuí a ella como +quien va a la muerte. Y lo que me ocurrió +fué más mortal que la muerte misma; fué +peor, mucho peor que morirse. Ojalá me hubiese +entonces muerto allí.</p> + +<p>»Ella estaba hermosísima. Cuando me saludó +sentí que una espada de hielo, de hielo +dentro del hielo de mi corazón, junto a la +cual aun era tibio el mío, me lo atravesaba; +era la sonrisa insolente de su compasión. +<i>Gracias!</i> me dijo, y entendí: <i>Pobre Joaquín!</i> +El, Abel, él ni sé si me vió. «Comprendo tu +sacrificio—me dijo, por no callarse.» No, +no hay tal—le repliqué;—te dije que vendría +y vengo; ya ves que soy razonable; no +podía faltar a mi amigo de siempre, a mi... +hermano.» Debió de parecerle interesante +mi actitud, aunque poco pictórica. Yo era +allí el convidado de piedra.</p> + +<p>»Al acercarse el momento fatal, yo contaba +los segundos. «Dentro de poco—me decía—ha +terminado para mí todo!» Creo que se me +paró el corazón. Oí claros y distintos los dos<span class="pagenum"><a name="Page_43" id="Page_43">[43]</a></span> +<i>sís</i>, el de él y el de ella. Ella me miró al pronunciarlo. +Y quedé más frío que antes, sin +un sobresalto, sin una palpitación, como si +nada que me tocase hubiese oído. Y ello +me llenó de un infernal terror a mí mismo. +Me sentí peor que un monstruo, me sentí +como si no existiera, como si no fuese nada +más que un pedazo de hielo, y esto para +siempre. Llegué a palparme la carne, a pellizcármela, +a tomarme el pulso. «Pero estoy +vivo? Yo soy yo?»—me dije.</p> + +<p>»No quiero recordar todo lo que sucedió +aquel día. Se despidieron de mí y fuéronse +a su viaje de luna de miel. Yo me hundí en +mis libros, en mi estudio, en mi clientela, +que empezaba ya a tenerla. El despejo mental +que me dió aquel golpe de lo ya irreparable, +el descubrimiento en mí mismo de +que no hay alma, moviéronme a buscar en +el estudio, no ya consuelo—consuelo, ni lo +necesitaba ni lo quería,—sino apoyo para +una ambición inmensa. Tenía que aplastar +con la fama de mi nombre la fama, ya incipiente, +de Abel; mis descubrimientos científicos, +obra de arte, de verdadera poesía,<span class="pagenum"><a name="Page_44" id="Page_44">[44]</a></span> +tenían que hacer sombra a sus cuadros. Tenía +que llegar a comprender un día Helena +que era yo, el médico, el antipático, quien +habría de darle aureola de gloria, y no él, +no el pintor. Me hundí en el estudio. Hasta +llegué a creer que los olvidaría! Quise hacer +de la ciencia un narcótico y a la vez un estimulante!»</p> + +<hr class="chap" /> + + + + + +<h2>VI</h2> + + +<p>Al poco de haber vuelto los novios de su +viaje de luna de miel, cayó Abel enfermo de +alguna gravedad y llamaron a Joaquín a +que le viese y le asistiese.</p> + +<p>—Estoy muy intranquila, Joaquín—le +dijo Helena;—anoche no ha hecho sino delirar, +y en el delirio no hacía sino llamarte.</p> + +<p>Examinó Joaquín con todo cuidado y minucia +a su amigo, y luego, mirando ojos a +ojos a su prima, le dijo:</p> + +<p>—La cosa es grave, pero creo que le salvaré. +Yo soy quien no tiene salvación ya.</p> + +<p>—Sí, sálvamelo!—exclamó ella.—Y ya +sabes...</p><p><span class="pagenum"><a name="Page_46" id="Page_46">[46]</a></span></p> + +<p>—Sí, lo sé todo!—y se salió.</p> + +<p>Helena se fué al lecho de su marido, le +puso una mano sobre la frente, que le ardía, +y se puso a temblar. «Joaquín, Joaquín—deliraba +Abel,—perdónanos, perdóname!»</p> + +<p>—Calla—le dijo casi al oído Helena,—calla; +ha venido a verte y dice que te curará, +que te sanará... Dice que te calles...</p> + +<p>—Que me curará...?—añadió maquinalmente +el enfermo.</p> + +<p>Joaquín llegó a su casa también febril, +pero con una especie de fiebre de hielo. «Y +si se muriera...!» pensaba. Echóse vestido +sobre la cama y se puso a imaginar escenas +de lo que acaecería si Abel se muriese: el +luto de Helena, sus entrevistas con la viuda, +el remordimiento de ésta, el descubrimiento +por parte de ella de quién era él, Joaquín, y +de cómo, con qué violencia necesitaba el desquite +y la necesitaba a ella, y cómo caía al +fin ella en sus brazos y reconocía que lo otro, +la traición, no había sido sino una pesadilla, +un mal sueño de coqueta, que siempre le había +querido a él, a Joaquín y no a otro. «Pero +no se morirá!», se dijo luego. «No dejaré yo<span class="pagenum"><a name="Page_47" id="Page_47">[47]</a></span> +que se muera, no debo dejarlo, está comprometido +mi honor, y luego... necesito que +viva!»</p> + +<p>Y al decirse este: «necesito que viva!», +temblábale toda el alma, como tiembla el +follaje de una encina a la sacudida del huracán.</p> + +<p>«Fueron unos días atroces aquellos de la +enfermedad de Abel—escribía en su <i>Confesión</i> +el otro—unos días de tortura increíble. +Estaba en mi mano dejarle morir, aun +más, hacerle morir sin que nadie lo sospechase, +sin que de ello quedase rastro alguno. +He conocido en mi práctica profesional +casos de extrañas muertes misteriosas +que he podido ver luego iluminadas al trágico +fulgor de sucesos posteriores, una nueva +boda de la viuda y otros así. Luché entonces +como no he luchado nunca conmigo +mismo, con este hediondo dragón que me +ha envenenado y entenebrecido la vida. +Estaba allí comprometido mi honor de médico, +mi honor de hombre, y estaba comprometida +mi salud mental, mi razón. Comprendí +que me agitaba bajo las garras de la<span class="pagenum"><a name="Page_48" id="Page_48">[48]</a></span> +locura; vi el espectro de la demencia haciendo +sombra a mi corazón. Y vencí. Salvé +a Abel de la muerte. Nunca he estado más +feliz, más acertado. El exceso de mi infelicidad +me hizo estar felicísimo de acierto.»</p> + +<p>—Ya está fuera de todo cuidado tu... marido—le +dijo un día Joaquín a Helena.</p> + +<p>—Gracias, Joaquín, gracias—y le cojió la +mano, que él se la dejó entre las suyas;—no +sabes cuánto te debemos...</p> + +<p>—Ni vosotros sabéis cuánto os debo...</p> + +<p>—Por Dios, no seas así... ahora que tanto +te debemos, no volvamos a eso...</p> + +<p>—No, si no vuelvo a nada. Os debo mucho. +Esta enfermedad de Abel me ha enseñado +mucho, pero mucho...</p> + +<p>—Ah, le tomas como a un caso?</p> + +<p>—No, Helena, no; el caso soy yo!</p> + +<p>—Pues no te entiendo.</p> + +<p>—Ni yo del todo. Y te digo que estos días +luchando por salvar a tu marido...</p> + +<p>—Di a Abel!</p> + +<p>—Bien, sea; luchando por salvarle he estudiado +con su enfermedad la mía y vuestra +felicidad y he decidido... casarme!</p><p><span class="pagenum"><a name="Page_49" id="Page_49">[49]</a></span></p> + +<p>—Ah, pero tienes novia?</p> + +<p>—No, no la tengo aún, pero la buscaré. Necesito +un hogar. Buscaré mujer. O crees tú, +Helena, que no encontraré una mujer que me +quiera?</p> + +<p>—Pues no la has de encontrar, hombre, +pues no la has de encontrar...!</p> + +<p>—Una mujer que me quiera, digo.</p> + +<p>—Sí, te he entendido, una mujer que te +quiera, sí!</p> + +<p>—Porque como partido...</p> + +<p>—Sí, sin duda eres un buen partido... joven, +no pobre, con una buena carrera, empezando +a tener fama, bueno...</p> + +<p>—Bueno... sí, y antipático, no es eso?</p> + +<p>—No, hombre, no; tú no eres antipático!</p> + +<p>—Ay, Helena, Helena, dónde encontraré +una mujer...</p> + +<p>—Que te quiera?</p> + +<p>—No, sino que no me engañe, que me diga +la verdad, que no se burle de mí, Helena, que +no se burle de mí...! Que se case conmigo por +desesperación, porque yo la mantenga, pero +que me lo diga...</p><p><span class="pagenum"><a name="Page_50" id="Page_50">[50]</a></span></p> + +<p>—Bien has dicho que estás enfermo, Joaquín. +Cásate!</p> + +<p>—Y crees, Helena, que hay alguien, hombre +o mujer, que pueda quererme?</p> + +<p>—No hay nadie que no pueda encontrar +quien le quiera.</p> + +<p>—Y querré yo a mi mujer? Podré quererla, +dime?</p> + +<p>—Hombre, pues no faltaba más...</p> + +<p>—Porque mira, Helena, no es lo peor no +ser querido, no poder ser querido; lo peor es +no poder querer.</p> + +<p>—Eso dice don Mateo, el párroco, del demonio, +que no puede querer.</p> + +<p>—Y el demonio anda por la tierra, Helena.</p> + +<p>—Cállate y no me digas esas cosas.</p> + +<p>—Es peor que me las diga a mí mismo.</p> + +<p>—Pues cállate!</p> + +<hr class="chap" /> + + + + + +<h2>VII</h2> + + +<p>Dedicóse Joaquín, para salvarse, requiriendo +amparo a su pasión, a buscar mujer, +los brazos maternales de una esposa en que +defenderse de aquel odio que sentía, un regazo +en que esconder la cabeza, como un +niño que siente terror al coco, para no ver +los ojos infernales del dragón de hielo.</p> + +<p>Aquella pobre Antonia!</p> + +<p>Antonia había nacido para madre; era +todo ternura, todo compasión. Adivinó en +Joaquín, con divino instinto, un enfermo, +un inválido del alma, un poseso, y sin saber +de qué, enamoróse de su desgracia. Sentía +un misterioso atractivo en las palabras frías<span class="pagenum"><a name="Page_52" id="Page_52">[52]</a></span> +y cortantes de aquel médico que no creía en +la virtud ajena.</p> + +<p>Antonia era la hija única de una viuda a +que asistía Joaquín.</p> + +<p>—Cree usted que saldrá de ésta?—le preguntaba +a él.</p> + +<p>—Lo veo difícil, muy difícil. Está la pobre +muy trabajada, muy acabada; ha debido de +sufrir mucho... su corazón está muy débil...</p> + +<p>—Sálvemela usted, don Joaquín, sálvemela +usted, por Dios! Si pudiera, daría mi +vida por la suya!</p> + +<p>—No, eso no se puede. Y, además, quién +sabe? La vida de usted, Antonia, ha de hacer +más falta que la suya...</p> + +<p>—La mía? Para qué? Para quién?</p> + +<p>—Quién sabe...!</p> + +<p>Llegó la muerte de la pobre viuda.</p> + +<p>—No ha podido ser, Antonia—dijo Joaquín.—La +ciencia es impotente!</p> + +<p>—Sí, Dios lo ha querido!</p> + +<p>—Dios?</p> + +<p>—Ah—y los ojos bañados en lágrimas de +Antonia clavaron su mirada en los de Joa<span class="pagenum"><a name="Page_53" id="Page_53">[53]</a></span>quín, +enjutos y acerados.—Pero usted no +cree en Dios?</p> + +<p>—Yo...? No lo sé...!</p> + +<p>A la pobre huérfana la compunción de piedad +que entonces sintió por el médico aquel +le hizo olvidar un momento la muerte de su +madre.</p> + +<p>—Y si yo no creyera en él, qué haría ahora?</p> + +<p>—La vida todo lo puede, Antonia.</p> + +<p>—Puede más la muerte! Y ahora... tan +sola... sin nadie...</p> + +<p>—Eso sí, la soledad es terrible. Pero usted +tiene el recuerdo de su santa madre, el vivir +para encomendarla a Dios... Hay otra soledad +mucho más terrible!</p> + +<p>—Cual?</p> + +<p>—La de aquel a quien todos menosprecian, +de quien todos se burlan... la del que no encuentra +quien le diga la verdad...</p> + +<p>—Y qué verdad quiere usted que se le +diga?</p> + +<p>—Me la dirá usted, ahora, aquí, sobre el +cuerpo aun tibio de su madre? Jura usted decírmela?</p> + +<p>—Sí, se la diré.</p><p><span class="pagenum"><a name="Page_54" id="Page_54">[54]</a></span></p> + +<p>—Bien, yo soy antipático, no es así?</p> + +<p>—No, no es así!</p> + +<p>—La verdad, Antonia...</p> + +<p>—No, no es así!</p> + +<p>—Pues qué soy...?</p> + +<p>—Usted? Usted es un desgraciado, un +hombre que sufre...</p> + +<p>Derritiósele a Joaquín el hielo y asomáronsele +unas lágrimas a los ojos. Y volvió a +temblar hasta las raíces del alma.</p> + +<p>Poco después Joaquín y la huérfana formalizaban +sus relaciones, dispuestos a casarse +luego que pasase el año de luto de ella.</p> + +<p>«Pobre mi mujercita!—escribía, años después, +Joaquín en su <i>Confesión</i>—empeñada +en quererme y en curarme, en vencer la repugnancia +que sin duda yo debía de inspirarle. +Nunca me lo dijo, nunca me lo dió a +entender, pero podía no inspirarle yo repugnancia, +sobre todo cuando le descubrí la +lepra de mi alma, la gangrena de mis odios? +Se casó conmigo como se habría casado con +un leproso, no me cabe duda de ello, por divina +piedad, por espíritu de abnegación y +de sacrificio cristianos, para salvar mi alma<span class="pagenum"><a name="Page_55" id="Page_55">[55]</a></span> +y así salvar la suya, por heroísmo de santidad. +Y fué una santa! Pero no me curó de +Helena; no me curó de Abel! Su santidad +fué para mí un remordimiento más.</p> + +<p>»Su mansedumbre me irritaba. Había veces +en que, Dios me perdone!, la habría querido +mala, colérica, despreciativa.»</p> + +<hr class="chap" /> + + + + + +<h2>VIII</h2> + + +<p>En tanto la gloria artística de Abel seguía +creciendo y confirmándose. Era ya uno de +los pintores de más nombradía de la nación +toda, y su renombre empezaba a traspasar +las fronteras. Y esa fama creciente era como +una granizada desoladora en el alma de Joaquín. +«Sí, es un pintor muy científico; domina +la técnica; sabe mucho, mucho; es habilísimo»—decía +de su amigo, con palabras +que silbaban. Era un modo de fingir exaltarle +deprimiéndole.</p> + +<p>Porque él, Joaquín, presumía ser un artista, +un verdadero poeta en su profesión, un +clínico genial, creador, intuitivo, y seguía<span class="pagenum"><a name="Page_58" id="Page_58">[58]</a></span> +soñando con dejar su clientela para dedicarse +a la ciencia pura, a la patología teórica, a la +investigación. Pero ganaba tanto...!</p> + +<p>«No era, sin embargo, la ganancia—dice +en su <i>Confesión</i> póstuma—lo que más me +impedía dedicarme a la investigación científica. +Tirábame a ésta por un lado el deseo +de adquirir fama y renombre, de hacerme +una gran reputación científica y asombrar +con ella la artística de Abel, de castigar así +a Helena, de vengarme de ellos, de ellos y +de todos los demás, y aquí encadenaba los +más locos de mis ensueños, mas por otra +parte, esa misma pasión fangosa, el exceso +de mi despecho y mi odio me quitaban serenidad +de espíritu. No, no tenía el ánimo +para el estudio, que lo requiere limpio y +tranquilo. La clientela me distraía.</p> + +<p>La clientela me distraía, pero a las veces +temblaba pensando que el estado de distracción +en que mi pasión me tenía preso me +impidiera prestar el debido cuidado a las +dolencias de mis pobres enfermos.</p> + +<p>«Ocurrióme un caso que me sacudió las +entrañas. Asistía a una pobre señora, en<span class="pagenum"><a name="Page_59" id="Page_59">[59]</a></span>ferma +de algún riesgo, pero no caso desesperado, +a la que él había hecho un retrato, +un retrato magnífico, uno de sus mejores +retratos, de los que han quedado como definitivos +de entre los que ha pintado, y aquel +retrato era lo primero que se me venía a +los ojos y al odio así que entraba en la casa +de la enferma. Estaba viva en el retrato, +más viva que en el lecho la de carne y hueso +sufrientes. Y el retrato parecía decirme: +«Mira, él me ha dado vida para siempre; a +ver si tú me alargas esta otra de aquí abajo.» +Y junto a la pobre enferma, auscultándola, +tomándole el pulso, no veía sino a la otra, a +la retratada. Estuve torpe, torpísimo, y la +pobre enferma se me murió; la dejé morir +más bien, por mi torpeza, por mi criminal +distracción. Sentí horror de mí mismo, de +mi miseria.</p> + +<p>»A los pocos días de muerta la señora aquella, +tuve que ir a su casa, a ver allí otro enfermo, +y entré dispuesto a no mirar al retrato. +Pero era inútil, porque era él, el retrato +el que me miraba aunque yo no le mirase +y me atraía la mirada. Al despedirme<span class="pagenum"><a name="Page_60" id="Page_60">[60]</a></span> +me acompañó hasta la puerta el viudo. Nos +detuvimos al pie del retrato, y yo, como empujado +por una fuerza irresistible y fatal, +exclamé:</p> + +<p>»—Magnífico retrato! Es de lo mejor que +ha hecho Abel!</p> + +<p>»—Sí—me contestó el viudo,—es el mayor +consuelo que me queda. Me paso largas horas +contemplándola. Parece como que me +habla.</p> + +<p>»—Sí, sí—añadí,—este Abel es un artista +estupendo!</p> + +<p>»Y al salir me decía: «Yo la dejé morir y él +la resucita!»</p> + +<p>Sufría Joaquín mucho cada vez que se le +morían algunos de sus enfermos, sobre todo +los niños, pero la muerte de otros le tenía sin +grave cuidado. «Para qué querrá vivir...?—decíase +de algunos.—Hasta le haría un favor +dejándole morir...»</p> + +<p>Sus facultades de observador psicólogo +habíansele aguzado con su pasión de ánimo +y adivinaba al punto las más ocultas lacerías +morales. Percatábase en seguida, bajo +el embuste de las convenciones, de que ma<span class="pagenum"><a name="Page_61" id="Page_61">[61]</a></span>ridos +preveían sin pena, cuando no deseaban, +la muerte de sus mujeres y qué mujeres ansiaban +verse libres de sus maridos, acaso +para tomar otros de antemano escojidos ya. +Cuando al año de la muerte de su cliente Alvarez, +la viuda se casó con Menéndez, amigo +íntimo del difunto, Joaquín se dijo: «Sí que +fué rara aquella muerte... Ahora me la explico... +La humanidad es lo más cochino que +hay, y la tal señora, dama caritativa, una +de las señoras de lo más honrado...!»</p> + +<p>—Doctor—le decía una vez uno de sus enfermos—máteme +usted, por Dios, máteme +usted sin decirme nada, que ya no puedo +más... Deme algo que me haga dormir para +siempre...</p> + +<p>«Y por qué no había de hacer lo que este +hombre quiere?—se decía Joaquín—si no +vive más que para sufrir? Me da pena! Cochino +mundo!»</p> + +<p>Y eran sus enfermos para él no pocas veces +espejos.</p> + +<p>Un día le llegó una pobre mujer de la vecindad, +gastada por los años y los trabajos, +cuyo marido, en los veinticinco años de ma<span class="pagenum"><a name="Page_62" id="Page_62">[62]</a></span>trimonio, +se había enredado con una pobre +aventurera. Iba a contarle sus cuitas la +mujer desdeñada.</p> + +<p>—Ay, don Joaquín—le decía,—usted, que +dicen que sabe tanto, a ver si me da un remedio +para que le cure a mi pobre marido +del bebedizo que le ha dado esa pelona.</p> + +<p>—Pero qué bebedizo, mujer de Dios?</p> + +<p>—Se va a ir a vivir con ella, dejándome a +mí, al cabo de veinticinco años...</p> + +<p>—Más extraño es que la hubiese dejado +de recién casados, cuando usted era joven y +acaso...</p> + +<p>—Ah, no, señor, no! Es que le ha dado un +bebedizo trastornándole el seso, porque si no, +no podría ser... no podría ser...</p> + +<p>—Bebedizo... bebedizo...—murmuró Joaquín.</p> + +<p>—Sí, don Joaquín, sí, un bebedizo... Y usted, +que sabe tanto, deme un remedio para él.</p> + +<p>—Ay, buena mujer; ya los antiguos trabajaron +en balde para encontrar un agua que +los rejuveneciese...</p> + +<p>Y cuando la pobre mujer se fué desolada, +Joaquín se decía: «Pero no se mirará al es<span class="pagenum"><a name="Page_63" id="Page_63">[63]</a></span>pejo +esta desdichada? No verá el estrago de +los años de rudo trabajo? Estas gentes del +pueblo todo lo atribuyen a bebedizos o a +envidias... Que no encuentran trabajo...? +Envidias! Que les sale algo mal? Envidias. +El que todos sus fracasos los atribuye a ajenas +envidias es un envidioso. Y no lo seremos +todos? No me habrán dado un bebedizo?»</p> + +<p>Durante unos días apenas pensó más que +en el bebedizo. Y acabó diciéndose: «Es el +pecado original!»</p> + +<hr class="chap" /> + + + + + +<h2>IX</h2> + + +<p>Casóse Joaquín con Antonia buscando en +ella un amparo, y la pobre adivinó desde +luego su menester, el oficio que hacía en el +corazón de su marido y cómo le era un escudo +y un posible consuelo. Tomaba por marido +a un enfermo, acaso a un inválido incurable, +del alma; su misión era la de una enfermera. +Y le aceptó llena de compasión, +llena de amor a la desgracia de quien así +unía su vida a la de ella.</p> + +<p>Sentía Antonia que entre ella y su Joaquín +había como un muro invisible, una cristalina +y trasparente muralla de hielo. Aquel +hombre no podía ser de su mujer, porque no<span class="pagenum"><a name="Page_66" id="Page_66">[66]</a></span> +era de sí mismo, dueño de sí, sino a la vez un +enajenado y un poseído. En los más íntimos +trasportes del trato conyugal, una invisible +sombra fatídica se interponía entre ellos. Los +besos de su marido parecíanle besos robados, +cuando no de rabia.</p> + +<p>Joaquín evitaba hablar de su prima Helena +delante de su mujer, y ésta, que se percató +de ello al punto, no hacía sino sacarla a +colación a cada paso en sus conversaciones.</p> + +<p>Esto en un principio, que más adelante +evitó mentarla.</p> + +<p>Llamáronle un día a Joaquín a casa de +Abel, como a médico, y se enteró de que Helena +llevaba ya en sus entrañas fruto de su +marido, mientras que su mujer, Antonia, no +ofrecía aún muestra alguna de ello. Y al pobre +le asaltó una tentación vergonzosa, de +que se sentía abochornado, y era la de un diablo +que le decía: «Ves? Hasta es más hombre +que tú! El, el que con su arte resucita e +inmortaliza a los que tú dejas morir por tu +torpeza, él tendrá pronto un hijo, traerá un +nuevo viviente, una obra suya de carne y +sangre y hueso al mundo, mientras tú... Tú<span class="pagenum"><a name="Page_67" id="Page_67">[67]</a></span> +acaso no seas capaz de ello... Es más hombre +que tú!»</p> + +<p>Entró mustio y sombrío en el puerto de +su hogar.</p> + +<p>—Vienes de casa de Abel, no?—le preguntó +su mujer.</p> + +<p>—Sí. En qué lo has conocido?</p> + +<p>—En tu cara. Esa casa es tu tormento. No +debías ir a ella...</p> + +<p>—Y qué voy a hacer?</p> + +<p>—Excusarte! Lo primero es tu salud y tu +tranquilidad...</p> + +<p>—Aprensiones tuyas...</p> + +<p>—No, Joaquín, no quieras ocultármelo...—y +no pudo continuar, porque las lágrimas le +ahogaron la voz.</p> + +<p>Sentóse la pobre Antonia. Los sollozos se +le arrancaban de cuajo.</p> + +<p>—Pero qué te pasa, mujer, qué es eso...?</p> + +<p>—Dime tú lo que a ti te pasa, Joaquín, +confíamelo todo, confiésate conmigo...</p> + +<p>—No tengo nada de que acusarme...</p> + +<p>—Vamos, me dirás la verdad, Joaquín, la +verdad?</p> + +<p>El hombre vaciló un momento, parecien<span class="pagenum"><a name="Page_68" id="Page_68">[68]</a></span>do +luchar con un enemigo invisible, con el +diablo de su guarda, y con voz arrancada de +una resolución súbita, desesperada, gritó casi:</p> + +<p>—Sí, te diré la verdad, toda la verdad!</p> + +<p>—Tú quieres a Helena; tú estás enamorado +todavía de Helena.</p> + +<p>—No, no lo estoy! no lo estoy! lo estuve; +pero no lo estoy ya, no!</p> + +<p>—Pues entonces?...</p> + +<p>—Entonces, qué?</p> + +<p>—A qué esa tortura en que vives? Porque +esa casa, la casa de Helena, es la fuente de +tu malhumor, esa casa es la que no te deja +vivir en paz, es Helena...</p> + +<p>—Helena no! Es Abel!</p> + +<p>—Tienes celos de Abel?</p> + +<p>—Sí, tengo celos de Abel; le odio, le odio, +le odio—y cerraba la boca y los puños al decirlo, +pronunciándolo entre dientes.</p> + +<p>—Tienes celos de Abel... luego quieres a +Helena.</p> + +<p>—No, no quiero a Helena. Si fuese de otro +no tendría celos de este otro. No, no quiero +a Helena, la desprecio, desprecio a la pava +real esa, a la belleza profesional, a la modelo<span class="pagenum"><a name="Page_69" id="Page_69">[69]</a></span> +del pintor de moda, a la querida de Abel...</p> + +<p>—Por Dios, Joaquín, por Dios...!</p> + +<p>—Sí, a su querida... legítima. O es que +crees que la bendición de un cura cambia un +arrimo en matrimonio?</p> + +<p>—Mira, Joaquín, que estamos casados +como ellos...</p> + +<p>—Como ellos no, Antonia, como ellos, no! +Ellos se casaron por rebajarme, por humillarme, +por denigrarme; ellos se casaron para +burlarse de mí; ellos se casaron contra mí.</p> + +<p>Y el pobre hombre rompió en unos sollozos +que le ahogaban el pecho, cortándole el +respiro. Se creía morir.</p> + +<p>—Antonia... Antonia...—suspiró con un +hilito de voz apagada.</p> + +<p>—Pobre hijo mío!—exclamó ella abrazándole.</p> + +<p>Y le tomó en su regazo como a un niño enfermo, +acariciándole. Y le decía:</p> + +<p>—Cálmate, mi Joaquín, cálmate... Estoy +aquí yo, tu mujer, toda tuya y sólo tuya. Y +ahora que sé del todo tu secreto, soy más +tuya que antes y te quiero más que nunca... +Olvídalos... desprécialos... Habría sido<span class="pagenum"><a name="Page_70" id="Page_70">[70]</a></span> +peor que una mujer así te hubiese querido...</p> + +<p>—Sí, pero él, Antonia, él...</p> + +<p>—Olvídale!</p> + +<p>—No puedo olvidarle... me persigue... su +fama, su gloria me sigue a todas partes...</p> + +<p>—Trabaja tú y tendrás fama y gloria, porque +no vales menos que él. Deja la clientela, +que no la necesitamos, vámonos de aquí a +Renada, a la casa que fué de mis padres, y +allí dedícate a lo que más te guste, a la ciencia, +a hacer descubrimientos de esos y que +se hable de ti... yo te ayudaré en lo que pueda... +yo haré que no te distraigan... y serás +más que él...</p> + +<p>—No puedo, Antonia, no puedo; sus éxitos +me quitan el sueño y no me dejarían trabajar +en paz... la visión de sus cuadros maravillosos +se pondría entre mis ojos y el microscopio +y no me dejaría ver lo que otros no han +visto aún por él... No puedo... no puedo...</p> + +<p>Y bajando la voz como un niño, casi balbuciendo +como atontado por la caída en la +sima de su abyección, sollozó diciendo:</p> + +<p>—Y van a tener un hijo, Antonia...</p> + +<p>—También nosotros lo tendremos—le sus<span class="pagenum"><a name="Page_71" id="Page_71">[71]</a></span>piró +ella al oído, envolviéndolo en un beso—no +me lo negará la Santísima Virgen a quien +se lo pido todos los días... Y el agua bendita +de Lourdes...</p> + +<p>—También tú crees en bebedizos, Antonia?</p> + +<p>—Creo en Dios!</p> + +<p>—«Creo en Dios»—se repitió Joaquín al +verse sólo; sólo con el otro—; «y qué es creer +en Dios? Dónde está Dios? Tendré que buscarle!»</p> + +<hr class="chap" /> + + + + + +<h2>X</h2> + + +<p>«Cuando Abel tuvo su hijo—escribía en su +<i>Confesión</i> Joaquín—sentí que el odio se me +enconaba. Me había invitado a asistir a Helena +al parto, pero me excusé con que yo no +asistía a partos, lo que era cierto y con que +no sabría conservar toda la sangre fría, mi +sangre arrecida más bien, ante mi prima si +se viera en peligro. Pero mi diablo me insinuó +la feroz tentación de ir a asistirla y de +ahogar a hurtadillas al niño. Vencí a la asquerosa +idea.</p> + +<p>»Aquel nuevo triunfo de Abel, del hombre, +no ya del artista—el niño era una hermosura, +una obra maestra de salud y de vigor, un +<span class="pagenum"><a name="Page_74" id="Page_74">[74]</a></span> +angelito» decían—me apretó aun más a mi +Antonia, de quien esperaba el mío. Quería, +necesitaba que la pobre víctima de mi ciego +odio—pues la víctima era mi mujer más +que yo—fuese madre de hijos míos, de carne +de mi carne, de entrañas de mis entrañas +torturadas por el demonio. Sería la madre +de mis hijos y por ellos superiora a las madres +de los hijos de otros. Ella, la pobre, me había +preferido a mí, al antipático, al despreciado, +al afrentado; ella había tomado lo +que otra desechó con desdén y burla. Y +hasta me hablaba bien de ellos!</p> + +<p>»El hijo de Abel, Abelín, pues le pusieron +el nombre mismo de su padre y como para +que continuara su linaje y la gloria de él, el +hijo de Abel; que habría de ser andando el +tiempo instrumento de mi desquite, era una +maravilla de niño. Y yo necesitaba tener +uno así, más hermoso aún que él.»</p> + +<hr class="chap" /> + + + + + +<h2>XI</h2> + + +<p>—Y qué preparas ahora?—le preguntó a +Abel Joaquín un día en que, habiendo ido +a ver al niño, se encontraron en el cuarto de +estudio de aquél.</p> + +<p>—Pues ahora voy a pintar un cuadro de +Historia, o mejor, de Antiguo Testamento, +y me estoy documentando...</p> + +<p>—Cómo? Buscando modelos de aquella +época?</p> + +<p>—No, leyendo la Biblia y comentarios a +ella.</p> + +<p>—Bien digo yo, que tú eres un pintor científico...</p> + +<p>—Y tú un médico artista, no es eso?</p><p><span class="pagenum"><a name="Page_76" id="Page_76">[76]</a></span></p> + +<p>—Peor que un pintor científico... literato! +Cuida de no hacer con el pincel literatura!</p> + +<p>—Gracias por el consejo.</p> + +<p>—Y cuál va a ser el asunto de tu cuadro?</p> + +<p>—La muerte de Abel por Caín, el primer +fratricidio.</p> + +<p>Joaquín palideció aún más, y mirando fijamente +a su primer amigo, le preguntó a media +voz:</p> + +<p>—Y cómo se te ha ocurrido eso?</p> + +<p>—Muy sencillo—contestó Abel sin haberse +percatado del ánimo de su amigo;—es la +sugestión del nombre. Como me llamo Abel... +Dos estudios de desnudo...</p> + +<p>—Sí, desnudo del cuerpo...</p> + +<p>—Y aun del alma...</p> + +<p>—Pero piensas pintar sus almas?</p> + +<p>—Claro está! El alma de Caín, de la envidia, +y el alma de Abel...</p> + +<p>—Alma de qué?</p> + +<p>—En eso estoy ahora. No acierto a dar con +la expresión, con el alma de Abel. Porque +quiero pintarle antes de morir, derribado en +tierra y herido de muerte por su hermano.<span class="pagenum"><a name="Page_77" id="Page_77">[77]</a></span> +Aquí tengo el Génesis y el <i>Caín</i> de lord Byron; +lo conoces?</p> + +<p>—No, no conozco el <i>Caín</i> de lord Byron. Y +qué has sacado de la Biblia?</p> + +<p>—Poca cosa... Verás—y tomando un libro, +leyó: «y conoció Adán a su mujer Eva, la +cual concibió y parió a Caín y dijo: He adquirido +varón por Jehová. Y después parió +a su hermano Abel y fué Abel pastor de ovejas, +y Caín fué labrador de la tierra. Y aconteció, +andando el tiempo, que Caín trajo del +fruto de la tierra una ofrenda a Jehová y +Abel trajo de los primogénitos de sus ovejas +y de su grosura. Y miró Jehová con agrado +a Abel y a su ofrenda, mas no miró propicio +a Caín y a la ofrenda suya...»</p> + +<p>—Y eso, por qué?—interrumpió Joaquín. +Por qué miró Dios con agrado la ofrenda de +Abel y con desdén la de Caín?</p> + +<p>—No lo explica aquí...</p> + +<p>—Y no te lo has preguntado tú antes de +ponerte a pintar tu cuadro?</p> + +<p>—Aún no... Acaso porque Dios veía ya en +Caín el futuro matador de su hermano... al +envidioso...</p><p><span class="pagenum"><a name="Page_78" id="Page_78">[78]</a></span></p> + +<p>—Entonces es que le había hecho envidioso, +es que le había dado un bebedizo. Sigue +leyendo.</p> + +<p>—«Y ensañóse Caín en gran manera y decayó +su semblante. Y entonces Jehová dijo +a Caín: Por qué te has ensañado? y por qué +se ha demudado tu rostro? Si bien hicieres, +no serás ensalzado? y si no hicieres bien el +pecado está a tu puerta. Ahí está que te +desea, pero tú le dominarás...»</p> + +<p>—Y le venció el pecado—interrumpió Joaquín—porque +Dios le había dejado de su +mano. Sigue!</p> + +<p>—«Y habló Caín a su hermano Abel, y +aconteció que estando ellos en el campo, Caín +se levantó contra su hermano Abel y le mató. +Y Jehová dijo a Caín...»</p> + +<p>—Basta! No leas más. No me interesa lo +que Jehová dijo a Caín luego que la cosa no +tenía ya remedio.</p> + +<p>Apoyó Joaquín los codos en la mesa, la +cara entre las palmas de la mano, y clavando +una mirada helada y punzante en la mirada +de Abel, sin saber de qué alarmado, le dijo:</p> + +<p>—No has oído nunca una especie de broma<span class="pagenum"><a name="Page_79" id="Page_79">[79]</a></span> +que gastan con los niños que aprenden de +memoria la Historia sagrada cuando les preguntan: +«Quién mató a Caín?»</p> + +<p>—No!</p> + +<p>—Pues sí, les preguntan eso y los niños, +confundiéndose, suelen decir: «su hermano +Abel!»</p> + +<p>—No sabía eso.</p> + +<p>—Pues ahora lo sabes. Y dime, tú que +vas a pintar esa escena bíblica... y tan bíblica! +no se te ha ocurrido pensar que si Caín +no mata a Abel habría sido éste el que habría +acabado matando a su hermano?</p> + +<p>—Y cómo se te puede ocurrir eso?</p> + +<p>—Las ovejas de Abel eran aceptas a Dios, +y Abel, el pastor, hallaba gracia a los ojos +del Señor, pero los frutos de la tierra de Caín, +del labrador, no gustaban a Dios ni tenía +para él gracia Caín. El agraciado, el favorito +de Dios era Abel... el desgraciado Caín...</p> + +<p>—Y qué culpa tenía Abel de eso?</p> + +<p>—Ah, pero tú crees que los afortunados, +los agraciados, los favoritos, no tienen culpa +de ello? La tienen de no ocultar y ocultar +como una vergüenza, que lo es todo favor<span class="pagenum"><a name="Page_80" id="Page_80">[80]</a></span> +gratuito, todo privilegio no ganado por propios +méritos, de no ocultar esa gracia en vez +de hacer ostentación de ella. Porque no me +cabe duda de que Abel restregaría a los hocicos +de Caín su gracia, le azuzaría con el +humo de sus ovejas sacrificadas a Dios. Los +que se creen justos suelen ser unos arrogantes +que van a deprimir a los otros con la ostentación +de su justicia. Ya dijo quien lo +dijera que no hay canalla mayor que las personas +honradas...</p> + +<p>—Y tú sabes—le preguntó Abel sobrecojido +por la gravedad de la conversación—qué +Abel se jactara de su gracia?</p> + +<p>—No me cabe duda, ni de que no tuvo respeto +a su hermano mayor, ni pidió al Señor +gracia también para él. Y sé más, y es que los +abelitas han inventado el infierno para los +cainitas porque si no su gloria les resultaría +insípida. Su goce está en ver, libres de padecimiento, +padecer a los otros...</p> + +<p>—Ay, Joaquín, Joaquín, qué malo estás!</p> + +<p>—Sí, nadie es médico de sí mismo. Y ahora, +dame ese Caín de lord Byron, que quiero +leerlo.</p><p><span class="pagenum"><a name="Page_81" id="Page_81">[81]</a></span></p> + +<p>—Tómalo!</p> + +<p>—Y dime, no te inspira tu mujer algo para +ese cuadro? no te da alguna idea?</p> + +<p>—Mi mujer? En esta tragedia no hubo +mujer.</p> + +<p>—En toda tragedia la hay, Abel.</p> + +<p>—Sería acaso Eva...</p> + +<p>—Acaso... La que les dió la misma leche; +el bebedizo...</p> + +<hr class="chap" /> + + + + + +<h2>XII</h2> + + +<p>Leyó Joaquín el <i>Caín</i> de lord Byron. Y en +su <i>Confesión</i> escribía más tarde:</p> + +<p>«Fué terrible el efecto que la lectura de +aquel libro me hizo. Sentí la necesidad de +desahogarme y tomé unas notas que aún +conservo y las tengo ahora aquí, presentes. +Pero fué sólo por desahogarme? No; fué con +el propósito de aprovecharlas algún día pensando +que podrían servirme de materiales +para una obra genial. La vanidad nos consume. +Hacemos espectáculo de nuestras más +íntimas y asquerosas dolencias. Me figuro +que habrá quien desee tener un tumor pestífero +como no le ha tenido antes ninguno<span class="pagenum"><a name="Page_84" id="Page_84">[84]</a></span> +para hombrearse con él. Esta misma <i>Confesión</i> +no es algo más que un desahogo?</p> + +<p>»He pensado alguna vez romperla para +librarme de ella. Pero me libraría? No! Vale +más darse en espectáculo que consumirse. Y +al fin y al cabo no es más que espectáculo la +vida.</p> + +<p>»La lectura del <i>Caín</i> de lord Byron me entró +hasta lo más íntimo. Con que razón culpaba +Caín a sus padres de que hubieran cojido +de los frutos del árbol de la ciencia en +vez de cojer de la del árbol de la vida! A +mí, por lo menos, la ciencia no ha hecho más +que exacerbarme la herida.</p> + +<p>»Ojalá nunca hubiera vivido!—digo con +aquel Caín. Por qué me hicieron? Por qué he +de vivir? Y lo que no me explico es cómo +Caín no se decidió por el suicidio. Habría sido +el más noble comienzo de la historia humana. +Pero por qué no se suicidaron Adán y Eva +después de la caída y antes de haber dado +hijos? Ah, es que entonces Jehová habría hecho +otros iguales y otro Caín y otro Abel. No +se repetirá esta misma tragedia en otros mundos, +allá por las estrellas? Acaso la tragedia<span class="pagenum"><a name="Page_85" id="Page_85">[85]</a></span> +tiene otras representaciones, sin que baste +el extremo de la tierra. Pero fué extremo?</p> + +<p>»Cuando leí cómo Luzbel le declaraba a +Caín cómo era éste, Caín, inmortal, es cuando +empecé con terror a pensar si yo también +seré inmortal y si será inmortal en mí mi +odio. «Tendré alma—me dije entonces»—será +este mi odio alma? y llegué a pensar que +no podría ser de otro modo, que no puede ser +función de un cuerpo un odio así. Lo que no +había encontrado con el escalpelo en otros +lo encontré en mí. Un organismo corruptible +no podía odiar como yo odiaba. Luzbel +aspiraba a ser Dios, y yo desde muy niño, +no aspiré a anular a los demás? Y cómo podía +ser yo tan desgraciado si no me hizo +tal el creador de la desgracia?</p> + +<p>»Nada le costaba a Abel criar sus ovejas, +como nada le costaba a él, al otro, hacer sus +cuadros; pero a mí? a mí me costaba mucho +diagnosticar las dolencias de mis enfermos.</p> + +<p>«Quejábase Caín de que Adah, su propia +querida Adah, su mujer y hermana, no comprendiera +el espíritu que a él le abrumaba. +Pero sí, sí, mi Adah, mi pobre Adah com<span class="pagenum"><a name="Page_86" id="Page_86">[86]</a></span>prendía +mi espíritu. Es que era cristiana. +Mas tampoco yo encontré algo que conmigo +simpatizara.</p> + +<p>»Hasta que leí y releí el <i>Caín</i> byroniano, yo, +que tantos hombres había visto agonizar y +morir, no pensé en la muerte, no la descubrí. +Y entonces pensé si al morir me moriría +con mi odio, si se moriría conmigo o si me +sobreviviría; pensé si el odio sobrevive a +los odiadores, si es algo sustancial y que se +trasmite, si es el alma, la esencia misma del +alma. Y empecé a creer en el Infierno y que +la muerte es un ser, es el Demonio, es el +Odio hecho persona, es el Dios del alma. +Todo lo que mi ciencia no me enseñó me enseñaba +el terrible poema de aquel gran odiador +que fué lord Byron.</p> + +<p>»Mi Adah también me echaba dulcemente +en cara cuando yo no trabajaba, cuando no +podía trabajar. Y Luzbel estaba entre mi +Adah y yo. «No vayas con ese Espíritu!»—me +gritaba mi Adán. Pobre Antonia! Y me +pedía también que le salvara de aquel Espíritu. +Mi pobre Adán no llegó a odiarlos +como los odiaba yo. Pero llegué yo a querer<span class="pagenum"><a name="Page_87" id="Page_87">[87]</a></span> +de veras a mi Antonia? Ah, si hubiera sido +capaz de quererla me habría salvado. Era +para mí otro instrumento de venganza. Queríala +para madre de un hijo o de una hija +que me vengaran. Aunque pensé, necio de +mí, que una vez padre se me curaría aquello. +Mas acaso no me casé sino para hacer odiosos +como yo, para trasmitir mi odio, para +inmortalizarlo.</p> + +<p>»Se me quedó grabada en el alma como con +fuego aquella escena de Caín y Luzbel en el +abismo del espacio. Vi mi ciencia a través +de mi pecado y la miseria de dar vida para +propagar la muerte. Y vi que aquel odio inmortal +era mi alma. Ese odio pensé que debió +de haber precedido a mi nacimiento y que +sobreviviría a mi muerte. Y me sobrecojí de +espanto al pensar en vivir siempre para aborrecer +siempre. Era el Infierno. Y yo que +tanto me había reído de la creencia en él! +Era el Infierno!</p> + +<p>»Cuando leí cómo Adah habló a Caín de su +hijo, de Enoc, pensé en el hijo, o en la hija +que habría de tener; pensé en ti, hija mía, mi +redención y mi consuelo; pensé en que tú<span class="pagenum"><a name="Page_88" id="Page_88">[88]</a></span> +vendrías a salvarme un día. Y al leer lo que +aquel Caín decía a su hijo dormido e inocente, +que no sabía que estaba desnudo, +pensé si no había sido en mí un crimen engendrarte, +pobre hija mía! Me perdonarás +haberte hecho? Y al leer lo que Adah decía +a su Caín, recordé mis años de paraíso, cuando +aun no iba a cazar premios, cuando no +soñaba en superar a todos los demás. No, +hija mía, no; no ofrecí mis estudios a Dios +con corazón puro, no busqué la verdad y el +saber, sino que busqué los premios y la fama +y ser más que él.</p> + +<p>»El, Abel, amaba su arte y lo cultivaba +con pureza de intención y no trató nunca +de imponérseme. No, no fué él quien me la +quitó, no! Y yo llegué a pensar en derribar +el altar de Abel, loco de mí! Y es que no había +pensado más que en mí.</p> + +<p>»El relato de la muerte de Abel tal y como +aquel terrible poeta del demonio nos le expone, +me cegó. Al leerlo sentí que se me +iban las cosas y hasta creo que sufrí un mareo. +Y desde aquel día, gracias al impío Byron, +empecé a creer.»</p> + +<hr class="chap" /> + + + + + +<h2>XIII</h2> + + +<p>Le dió Antonia a Joaquín una hija. «Una +hija—se dijo—y él un hijo!» Mas pronto se +repuso de esta nueva treta de su demonio. Y +empezó a querer a su hija con toda la fuerza +de su pasión y por ella a la madre. «Será mi +vengadora»—se dijo primero, sin saber de +qué habría de vengarle, y luego: «Será mi +purificadora».</p> + +<p>«Empecé a escribir esto—dejó escrito en +su <i>Confesión</i>—más tarde para mi hija, para +que ella, después de yo muerto, pudiese conocer +a su pobre padre y compadecerle y +quererle. Mirándola dormir en la cuna, soñando +su inocencia, pensaba que para criar<span class="pagenum"><a name="Page_90" id="Page_90">[90]</a></span>la +y educarla pura tenía yo que purificarme +de mi pasión, limpiarme de la lepra de mi +alma. Y decidí hacerle que amase a todos y +sobre todo a ellos. Y allí, sobre la inocencia +de su sueño, juré libertarme de mi infernal +cadena. Tenía que ser yo el mayor heraldo +de la gloria de Abel.»</p> + +<p>Y sucedió que habiendo Abel Sánchez acabado +su cuadro, lo llevó a una Exposición, +donde obtuvo un aplauso general y fué admirado +como estupenda obra maestra, y se +le dió la medalla de honor.</p> + +<p>Joaquín iba a la sala de la Exposición a +contemplar el cuadro y a mirar en él, como +si mirase en un espejo, al Caín de la pintura +y a espiar en los ojos de las gentes si le miraban +a él, después de haber mirado al otro.</p> + +<p>«Torturábame la sospecha—escribió en su +<i>Confesión</i>—de que Abel hubiese pensado en +mí al pintar su Caín, de que hubiese descubierto +todas las insondables negruras de la +conversación que con él mantuve en su +casa cuando me anunció su propósito de +pintarlo y cuando me leyó los pasajes del +Génesis, y yo me olvidé tanto de él y pensé<span class="pagenum"><a name="Page_91" id="Page_91">[91]</a></span> +tanto en mí mismo, que puse al desnudo mi +alma enferma. Pero no! No había en el Caín +de Abel el menor parecido conmigo, no +pensó en mí al pintarlo, es decir, no me despreció, +no lo pintó desdeñándome, ni Helena +debió de decirle nada de mí. Les bastaba +con saborear el futuro triunfo, el que esperaban. +Ni siquiera pensaban en mí!</p> + +<p>»Y esta idea de que ni siquiera pensasen +en mí, de que no me odiaran, torturábame +aun más que lo otro. Ser odiado por él con +un odio como el que yo le tenía, era algo y +podía haber sido mi salvación.»</p> + +<p>Y fué más allá, o entró más dentro de sí +Joaquín, y fué que lanzó la idea de dar un +banquete a Abel para celebrar su triunfo y +que él, su amigo de siempre, su amigo de antes +de conocerse, le ofrecería el banquete.</p> + +<p>Joaquín gozaba de cierta fama de orador. +En la Academia de Medicina y Ciencias era +el que dominaba a los demás con su palabra +cortante y fría, precisa y sarcástica de ordinario. +Sus discursos solían ser chorros de +agua fría sobre los entusiasmos de los principiantes, +acres lecciones de escepticismo pe<span class="pagenum"><a name="Page_92" id="Page_92">[92]</a></span>simista. +Su tesis ordinaria que nada se sabía +de cierto en Medicina, que todo era hipótesis +y un continuo tejer y destejer, que lo +más seguro era la desconfianza. Por esto, al +saberse que era él, Joaquín, quien ofrecería +el banquete, echáronse los más a esperar alborozados +un discurso de doble filo, una disección +despiadada, bajo apariencias de elogio, +de la pintura científica y documentada, +o bien un encomio sarcástico de ella. Y un +regocijo malévolo corría por los corazones de +todos los que habían oído alguna vez hablar +a Joaquín del arte de Abel. Apercibiéronle +a éste del peligro.</p> + +<p>—Os equivocáis—les dijo Abel.—Conozco +a Joaquín y no le creo capaz de eso. Sé algo +de lo que le pasa, pero tiene un profundo sentido +artístico y dirá cosas que valga la pena +de oirlas. Y ahora quiero hacerle un retrato...</p> + +<p>—Un retrato?</p> + +<p>—Sí, vosotros no le conocéis como yo. Es +un alma de fuego, tormentosa...</p> + +<p>—Hombre más frío...</p> + +<p>—Por fuera. Y en todo caso dicen que el +fuego quema. Es una figura que ni a posta...</p><p><span class="pagenum"><a name="Page_93" id="Page_93">[93]</a></span></p> + +<p>Y este juicio de Abel llegó a oídos del juzgado, +de Joaquín, y le sumió más en sus cavilaciones. +«Qué pensará en realidad de mí?», +se decía.—«Será cierto que me tiene así, por +un alma de fuego, tormentosa? Será cierto +que me reconoce víctima del capricho de la +suerte?»</p> + +<p>Llegó en esto a algo de que tuvo que avergonzarse +hondamente, y fué que, recibida en +su casa una criada que había servido en la +de Abel, la requirió de ambiguas familiaridades +aun sin comprometerse, no más que +para inquirir de ella lo que en la otra casa +hubiera oído decir de él.</p> + +<p>—Pero, vamos, dime, es que no les oíste +nunca nada de mí?</p> + +<p>—Nada, señorito, nada.</p> + +<p>—Pero no hablaban alguna vez de mí?</p> + +<p>—Como hablar, sí, creo que sí, pero no +decían nada.</p> + +<p>—Nada, nunca nada?</p> + +<p>—Yo no les oía hablar. En la mesa, mientras +yo les servía, hablaban poco y cosas de +esas de que se habla en la mesa. De los cuadros +de él...</p><p><span class="pagenum"><a name="Page_94" id="Page_94">[94]</a></span></p> + +<p>—Lo comprendo. Pero nada, nunca nada +de mí?</p> + +<p>—No me acuerdo.</p> + +<p>Y al separarse de la criada sintió Joaquín +entrañada aversión a sí mismo. «Me estoy +idiotizando—se dijo.—Qué pensará de mí +esta muchacha!» Y tanto le acongojó esto que +hizo que con un pretexto cualquiera se le +despachase a aquella criada. «Y si ahora +va—se dijo luego—y vuelve a servir a Abel +y le cuenta esto?» Por lo que estuvo a punto +de pedir a su mujer que volviera a llamarla. +Mas no se atrevió. E iba siempre temblando +de encontrarla por la calle.</p> + +<hr class="chap" /> + + + + + +<h2>XIV</h2> + + +<p>Llegó el día del banquete. Joaquín no durmió +la noche de la víspera.</p> + +<p>—Voy a la batalla, Antonia—le dijo a su +mujer al salir de casa.</p> + +<p>—Que Dios te ilumine y te guíe, Joaquín.</p> + +<p>—Quiero ver a la niña, a la pobre Joaquinita...</p> + +<p>—Sí, ven, mírala... está dormida...</p> + +<p>—Pobrecilla! No sabe lo que es el demonio! +Pero yo te juro, Antonia, que sabré arrancármelo. +Me lo arrancaré, lo estrangularé y +lo echaré a los pies de Abel. Le daría un beso +si no fuese que temo despertarla...</p> + +<p>---No, no! Bésala!</p><p><span class="pagenum"><a name="Page_96" id="Page_96">[96]</a></span></p> + +<p>Inclinóse el padre y besó a la niña dormida, +que sonrió al sentirse besada en +sueños.</p> + +<p>—Ves, Joaquín, también ella te bendice.</p> + +<p>—Adiós, mujer!—Y le dió un beso largo, +muy largo.</p> + +<p>Ella se fué a rezar ante la imagen de la +Virgen.</p> + +<p>Corría una maliciosa expectación por debajo +de las conversaciones mantenidas durante +el banquete. Joaquín, sentado a la +derecha de Abel, e intensamente pálido, apenas +comía ni hablaba. Abel mismo empezó +a temer algo.</p> + +<p>A los postres se oyeron siseos, empezó a +cuajar el silencio, y alguien dijo: «Que hable!» +Levantóse Joaquín. Su voz empezó +temblona y sorda, pero pronto se aclaró y +vibraba con un acento nuevo. No se oía más +que su voz, que llenaba el silencio. El asombro +era general. Jamás se había pronunciado +un elogio más férvido, más encendido, más +lleno de admiración y de cariño a la obra y a +su autor. Sintieron muchos asomárseles las +lágrimas cuando Joaquín evocó aquellos días<span class="pagenum"><a name="Page_97" id="Page_97">[97]</a></span> +de su común infancia con Abel, cuando ni +uno ni otro soñaban lo que habrían de ser.</p> + +<p>«Nadie le ha conocido más adentro que yo—decía;—creo +conocerte mejor que me conozco +a mí mismo, más puramente, porque +de nosotros mismos no vemos en nuestras +entrañas sino el fango de que hemos sido +hechos. Es en otros donde vemos lo mejor +de nosotros y lo amamos, y eso es la admiración. +El ha hecho en su arte lo que yo +habría querido hacer en el mío, y por eso es +uno de mis modelos; su gloria es un acicate +para mi trabajo y es un consuelo de la gloria +que no he podido adquirir. El es nuestro, +de todos, él es mío sobre todo, y yo, gozando +su obra, la hago tan mía como él la hizo suya +creándola. Y me consuelo de verme sujeto a +mi medianía...»</p> + +<p>Su voz lloraba a las veces. El público estaba +subyugado, vislumbrando oscuramente +la lucha gigantesca de aquel alma con su +demonio.</p> + +<p>«Y ved la figura de Caín—decía Joaquín +dejando gotear las ardientes palabras,—del +trágico Caín, del labrador errante, del pri<span class="pagenum"><a name="Page_98" id="Page_98">[98]</a></span>mero +que fundó ciudades, del padre de la industria, +de la envidia y de la vida civil, +vedla! Ved con qué cariño, con qué compasión, +con qué amor al desgraciado está pintada. +Pobre Caín! Nuestro Abel Sánchez admira +a Caín como Milton admiraba a Satán, +está enamorado de su Caín como Milton lo +estuvo de su Satán, porque admirar es amar +y amar es compadecer. Nuestro Abel ha sentido +toda la miseria, toda la desgracia inmerecida +del que mató al primer Abel, del que +trajo, según la leyenda bíblica, la muerte al +mundo. Nuestro Abel nos hace comprender +la culpa de Caín, porque hubo culpa, y compadecerle +y amarle... Este cuadro es un acto +de amor!»</p> + +<p>Cuando acabó Joaquín de hablar medió un +silencio espeso, hasta que estalló una salva +de aplausos. Levantóse entonces Abel y, pálido, +convulso, tartamudeante, con lágrimas +en los ojos, le dijo a su amigo:</p> + +<p>—Joaquín, lo que acabas de decir vale más, +mucho más que mi cuadro, más que todos +los cuadros que he pintado, más que todos los +que pintaré... Eso, eso es una obra de arte<span class="pagenum"><a name="Page_99" id="Page_99">[99]</a></span> +y de corazón. Yo no sabía lo que he hecho +hasta que te he oído. Tú y no yo has hecho +mi cuadro, tú!</p> + +<p>Y abrazáronse llorando los dos amigos de +siempre entre los clamorosos aplausos y vivas +de la concurrencia puesta en pie. Y al +abrazarse le dijo a Joaquín su demonio: «Si +pudieses ahora ahogarle en tus brazos...!»</p> + +<p>—Estupendo!—decían.—Qué orador! Qué +discurso! Quién podía haber esperado esto? +Lástima que no se haya traído taquígrafos!</p> + +<p>—Esto es prodigioso—decía uno.—No espero +volver a oir cosa igual.</p> + +<p>—A mí—añadía otro—me corrían escalofríos +al oirlo.</p> + +<p>—Pero mírale, mírale qué pálido está!</p> + +<p>Y así era. Joaquín, sintiéndose, después +de su victoria, vencido, sentía hundirse +en una sima de tristeza. No, su demonio no +estaba muerto. Aquel discurso fué un éxito +como no lo había tenido, como no volvería +a tenerlo, y le hizo concebir la idea de dedicarse +a la oratoria para adquirir en ella gloria +con que oscurecer la de su amigo en la +pintura.</p><p><span class="pagenum"><a name="Page_100" id="Page_100">[100]</a></span></p> + +<p>—Has visto cómo lloraba Abel?—decía +uno al salir.</p> + +<p>—Es que este discurso de Joaquín vale +por todos los cuadros del otro. El discurso +ha hecho el cuadro. Habrá que llamarle el +cuadro del discurso. Quita el discurso y qué +queda del cuadro? Nada! A pesar del primer +premio.</p> + +<p>Cuando Joaquín llegó a casa, Antonia salió +a abrirle la puerta y a abrazarle:</p> + +<p>—Ya lo sé, ya me lo han dicho. Así, así! +Vales más que él, mucho más que él; que sepa +que si su cuadro vale será por tu discurso.</p> + +<p>—Es verdad, Antonia, es verdad, pero...</p> + +<p>—Pero qué? Todavía...</p> + +<p>—Todavía, sí. No quiero decirte las cosas +que el demonio, mi demonio, me decía mientras +nos abrazábamos...</p> + +<p>—No, no me las digas, cállate!</p> + +<p>—Pues tápame la boca.</p> + +<p>Y ella se la tapó con un beso largo, cálido, +húmedo, mientras se le nublaban de lágrimas +los ojos.</p> + +<p>—A ver si así me sacas el demonio, Antonia, +a ver si me lo sorbes.</p><p><span class="pagenum"><a name="Page_101" id="Page_101">[101]</a></span></p> + +<p>—Sí, para quedarme con él, no es eso?—y +procuraba reirse la pobre.</p> + +<p>—Sí, sórbemelo, que a ti no puede hacerte +daño, que en ti se morirá, se ahogará en tu +sangre como en agua bendita...</p> + +<p>Y cuando Abel se encontró en su casa, a +solas con su Helena, ésta le dijo:</p> + +<p>—Ya han venido a contarme lo del discurso +de Joaquín. Ha tenido que tragar tu +triunfo... ha tenido que tragarte...!</p> + +<p>—No hables así, mujer, que no le has oído.</p> + +<p>—Como si le hubiese oído,</p> + +<p>—Le salía del corazón. Me ha conmovido. +Te digo que ni yo sé lo que he pintado hasta +que no le he oído a él explicárnoslo.</p> + +<p>—No te fíes... no te fíes de él... cuando +tanto le ha elogiado, por algo será...</p> + +<p>—Y no puede haber dicho lo que sentía?</p> + +<p>---Tú sabes que está muerto de envidia +de ti...</p> + +<p>—Cállate.</p> + +<p>—Muerto, sí, muertito de envidia de ti...</p> + +<p>—Cállate, cállate, mujer, cállate!</p> + +<p>—No, no son celos, porque él ya no me<span class="pagenum"><a name="Page_102" id="Page_102">[102]</a></span> +quiere, si es que me quiso... es envidia... envidia...</p> + +<p>—Cállate! Cállate!—rugió Abel.</p> + +<p>—Bueno, me callo, pero tú verás...</p> + +<p>—Ya he visto y he oído y me basta. Cállate, +digo!</p> + +<hr class="chap" /> + + +<h2>XV</h2> + + +<p>Pero no, no! Aquel acto heroico no le curó +al pobre Joaquín.</p> + +<p>«Empecé a sentir remordimiento—escribió +en su <i>Confesión</i>—de haber dicho lo que +dije, de no haber dejado estallar mi mala +pasión para así librarme de ella, de no haber +acabado con él artísticamente, denunciando +los engaños y falsos efectismos de su arte, +sus imitaciones, su técnica fría y calculada, +su falta de emoción; de no haber matado +su gloria. Y así me habría librado de lo otro, +diciendo la verdad, reduciendo su prestigio +a su verdadera tasa. Acaso Caín, el bíblico, +el que mató al otro Abel, empezó a querer a<span class="pagenum"><a name="Page_104" id="Page_104">[104]</a></span> +éste luego que le vió muerto. Y entonces fué +cuando empecé a creer: de los efectos de +aquel discurso provino mi conversión.»</p> + +<p>Lo que Joaquín llamaba así en su <i>Confesión</i> +fué que Antonia, su mujer, que le vió no +curado, que le temió acaso incurable, fué induciéndole +a que buscase armas en la religión +de sus padres, en la de ella, en la que había +de ser de su hija, en la oración.</p> + +<p>—Tú lo que debes hacer es ir a confesarte...</p> + +<p>—Pero, mujer, si hace años que no voy a +la iglesia...</p> + +<p>—Por lo mismo.</p> + +<p>—Pero si no creo en esas cosas...</p> + +<p>—Eso creerás tú, pero a mí me ha explicado +el padre cómo vosotros, los hombres de +ciencia, creéis no creer, pero creéis. Yo sé que +las cosas que te enseñó tu madre, las que yo +enseñaré a nuestra hija...</p> + +<p>—Bueno, bueno, déjame!</p> + +<p>—No, no te dejaré. Vete a confesarte, te +lo ruego.</p> + +<p>—Y qué dirán los que conocen mis ideas?</p> + +<p>—Ah, es eso? Son respetos humanos?</p> + +<p>Mas la cosa empezó a hacer mella en el co<span class="pagenum"><a name="Page_105" id="Page_105">[105]</a></span>razón +de Joaquín y se preguntó si realmente +no creía y aun sin creer quiso probar si la +Iglesia podría curarle. Y empezó a frecuentar +el templo, algo demasiado a las claras, como +en son de desafío a los que conocían sus ideas +irreligiosas, y acabó yendo a un confesor. Y +una vez en el confesonario se le desató el +alma.</p> + +<p>—Le odio, padre, le odio con toda mi alma, +y a no creer como creo, a no querer creer +como quiero creer, le mataría...</p> + +<p>—Pero eso, hijo mío, eso no es odio; eso +es más bien envidia.</p> + +<p>—Todo odio es envidia, padre, todo odio +es envidia.</p> + +<p>—Pero debe cambiarlo en noble emulación, +en deseo de hacer en su profesión y sirviendo +a Dios, lo mejor que pueda...</p> + +<p>—No puedo, no puedo, no puedo trabajar. +Su gloria no me deja.</p> + +<p>—Hay que hacer un esfuerzo... para eso +el hombre es libre...</p> + +<p>—No creo en el libre albedrío, padre. Soy +médico.</p> + +<p>—Pero...</p><p><span class="pagenum"><a name="Page_106" id="Page_106">[106]</a></span></p> + +<p>—Qué hice yo para que Dios me hiciese +así, rencoroso, envidioso, malo? Qué mala +sangre me legó mi padre?</p> + +<p>—Hijo mío... hijo mío...</p> + +<p>—No, no creo en la libertad humana, y el +que no cree en la libertad no es libre. No, no +lo soy! Ser libre es creer serlo!</p> + +<p>—Es usted malo porque desconfía de Dios.</p> + +<p>—El desconfiar de Dios es maldad, padre?</p> + +<p>—No quiero decir eso, sino que la mala +pasión de usted proviene de que desconfía +de Dios...</p> + +<p>—El desconfiar de Dios es maldad? Vuelvo +a preguntárselo.</p> + +<p>—Sí, es maldad.</p> + +<p>—Luego desconfío de Dios porque me hizo +malo, como a Caín le hizo malo. Dios me +hizo desconfiado...</p> + +<p>—Le hizo libre.</p> + +<p>—Sí, libre de ser malo.</p> + +<p>—Y de ser bueno!</p> + +<p>—Por qué nací, padre?</p> + +<p>—Pregunte más bien que para qué nació...</p> + +<hr class="chap" /> + + + +<h2>XVI</h2> + + +<p>Abel había pintado una Virgen con el niño +en brazos, que no era sino un retrato de Helena, +su mujer, con el hijo, Abelito. El cuadro +tuvo éxito, fué reproducido, y ante una espléndida +fotografía de él rezaba Joaquín a +la Virgen Santísima, diciéndole: «Protégeme! +Sálvame!»</p> + +<p>Pero mientras así rezaba, susurrándose en +voz baja y como para oirse, quería acallar +otra voz más honda, que brotándole de las +entrañas le decía: «Así se muera! Así te la +deje libre!»</p> + +<p>—Con que te has hecho ahora reaccionario?—le +dijo un día Abel a Joaquín.</p><p><span class="pagenum"><a name="Page_108" id="Page_108">[108]</a></span></p> + +<p>—Yo?</p> + +<p>—Sí, me han dicho que te has dado a la +iglesia y que oyes misa diaria, y como nunca +has creído ni en Dios ni en el Diablo, y no es +cosa de convertirse así, sin más ni menos, +pues que te has hecho reaccionario!</p> + +<p>—Y a ti qué?</p> + +<p>—No, si no te pido cuentas; pero... crees +de veras?</p> + +<p>—Necesito creer.</p> + +<p>—Eso es otra cosa. Pero crees?</p> + +<p>—Ya te he dicho que necesito creer, y no +me preguntes más.</p> + +<p>—Pues a mí con el arte me basta; el arte +es mi religión.</p> + +<p>—Pues has pintado Vírgenes...</p> + +<p>—Sí, a Helena.</p> + +<p>—Que no lo es precisamente.</p> + +<p>—Para mí como si lo fuese. Es la madre +de mi hijo...</p> + +<p>—Nada más?</p> + +<p>—Y toda madre es virgen en cuanto es +madre.</p> + +<p>—Ya estás haciendo teología!</p> + +<p>—No sé, pero aborrezco el reaccionarismo<span class="pagenum"><a name="Page_109" id="Page_109">[109]</a></span> +y la gazmoñería. Todo eso me parece que no +nace sino de la envidia, y me extraña en ti, +que te creo muy capaz de distinguirte del +vulgo, de los mediocres, me extraña que te +pongas ese uniforme.</p> + +<p>—A ver, a ver, Abel, explícate!</p> + +<p>---Es muy claro. Los espíritus vulgares, +ramplones, no consiguen distinguirse, y como +no pueden sufrir que otros se distingan, les +quieren imponer el uniforme del dogma, que +es un traje de munición, para que no se distingan. +El origen de toda ortodoxia, lo mismo +en religión que en arte, es la envidia, no te +quepa duda. Si a todos se nos deja vestirnos +como se nos antoje, a uno se le ocurre un +atavío que llame la atención y pone de realce +su natural elegancia, y si es hombre hace que +las mujeres le admiren, y se enamoren de él +mientras otro, naturalmente ramplón y vulgar, +no logra sino ponerse en ridículo buscando +vestirse a su modo, y por eso los vulgares, +los ramplones, que son los envidiosos, +han ideado una especie de uniforme, un +modo de vestirse como muñecos, que pueda +ser moda, porque la moda es otra ortodoxia.<span class="pagenum"><a name="Page_110" id="Page_110">[110]</a></span> +Desengáñate, Joaquín: eso que llaman ideas +peligrosas, atrevidas, impías, no son sino +las que no se les ocurre a los pobres de ingenio +rutinario, a los que no tienen ni pizca de +sentido propio ni originalidad y sí sólo sentido +común y vulgaridad. Lo que más odian +es la imaginación y porque no la tienen.</p> + +<p>—Y aunque así sea—exclamó Joaquín,—es +que esos que llaman los vulgares, los ramplones, +los mediocres, no tienen derecho a +defenderse?</p> + +<p>—Otra vez defendiste en mi casa, ¿te +acuerdas?, a Caín, al envidioso, y luego, en +aquel inolvidable discurso que me moriré leyéndotelo, +en aquel discurso a que debo lo +más de mi reputación, nos enseñaste, me +enseñaste a mí al menos, el alma de Caín. +Pero Caín no era ningún vulgar, ningún ramplón, +ningún mediocre...</p> + +<p>—Pero fué el padre de los envidiosos...</p> + +<p>—Sí, pero de otra envidia, no de la de esa +gente... La envidia de Caín era algo grande; +la del fanático inquisidor es lo más pequeño +que hay. Y me choca verte entre ellos...</p> + +<p>«Pero este hombre—se decía Joaquín al<span class="pagenum"><a name="Page_111" id="Page_111">[111]</a></span> +separarse de Abel—es que lee en mí? Aunque +no, parece no darse cuenta de lo que me +pasa. Habla y piensa como pinta, sin saber +lo que dice y lo que pinta. Es un inconsciente, +aunque yo me empeñe en ver en él un +técnico reflexivo...»</p> + +<hr class="chap" /> + + + +<h2>XVII</h2> + + +<p>Enteróse Joaquín de que Abel andaba enredado +con una antigua modelo, y esto le corroboró +en su aprensión de que no se había +casado con Helena por amor. «Se casaron—decíase—por +humillarme.» Y luego se añadía: +«Ni ella, ni Helena le quiere, ni puede +quererle... ella no quiere a nadie, es incapaz +de cariño, no es más que un hermoso estuche +de vanidad... Por vanidad, y por desdén +a mí, se casó, y por vanidad o por capricho +es capaz de faltar a su marido... Y hasta con +el mismo a quien no quiso para marido...» +Surgíale a la vez de entre pavesas una brasa +que creía apagada al hielo de su odio, y era<span class="pagenum"><a name="Page_114" id="Page_114">[114]</a></span> +su antiguo amor a Helena. Seguía, sí, a pesar +de todo, enamorado de la pava real, de la +coqueta, de la modelo de su marido. Antonia +le era muy superior, sin duda, pero la otra +era la otra. Y luego, la venganza... es tan +dulce la venganza! Tan tibia para un corazón +helado!</p> + +<p>A los pocos días fué a casa de Abel, acechando +la hora en que éste se hallara fuera +de ella. Encontró a Helena sola con el niño, +a aquella Helena, a cuya imagen divinizada +había en vano pedido protección y salvación.</p> + +<p>—Ya me ha dicho Abel—le dijo su prima—que +ahora te ha dado por la iglesia. Es +que Antonia te ha llevado a ella, o es que vas +huyendo de Antonia?</p> + +<p>—Pues?</p> + +<p>—Porque los hombres soléis haceros beatos +o a rastras de la mujer o escapando de +ella...</p> + +<p>—Hay quien escapa de la mujer, y no para +ir a la iglesia precisamente.</p> + +<p>—Sí, eh?</p> + +<p>—Sí, pero tu marido, que te ha venido<span class="pagenum"><a name="Page_115" id="Page_115">[115]</a></span> +con el cuento ese, no sabe algo más, y es que +no sólo rezo en la iglesia...</p> + +<p>—Es claro! Todo hombre devoto debe hacer +sus devociones en casa.</p> + +<p>—Y las hago. Y la principal es pedir a la +Virgen que me proteja y me salve.</p> + +<p>—Me parece muy bien.</p> + +<p>—Y sabes ante qué imagen pido eso?</p> + +<p>—Si tú no me lo dices...</p> + +<p>—Ante la que pintó tu marido...</p> + +<p>Helena volvió la cara de pronto, enrojecida, +al niño que dormía en un rincón del gabinete. +La brusca violencia del ataque la desconcertó. +Mas reponiéndose dijo:</p> + +<p>—Eso me parece una impiedad de tu +parte y prueba, Joaquín, que tu nueva devoción +no es más que una farsa y algo peor...</p> + +<p>—Te juro, Helena...</p> + +<p>—El segundo: no jurar su santo nombre +en vano.</p> + +<p>—Pues te juro, Helena, que mi conversión +fué verdadera, es decir que he querido +creer, que he querido defenderme con la fe +de una pasión que me devora...</p> + +<p>—Sí, conozco tu pasión.</p><p><span class="pagenum"><a name="Page_116" id="Page_116">[116]</a></span></p> + +<p>—No, no la conoces!</p> + +<p>—La conozco. No puedes sufrir a Abel.</p> + +<p>—Pero por qué no puedo sufrirle?</p> + +<p>—Eso tú lo sabrás. No has podido sufrirle +nunca, ni aun antes de que me le presentases.</p> + +<p>—Falso!... Falso!</p> + +<p>—Verdad! Verdad!</p> + +<p>—Y por qué no he de poder sufrirle?</p> + +<p>—Pues porque adquiere fama, porque +tiene renombre... No tienes tú clientela? No +ganas con ella?</p> + +<p>—Pues mira, Helena, voy a decirte la verdad, +toda la verdad. No me basta con eso! +Yo querría haberme hecho famoso, haber +hallado algo nuevo en mi ciencia, haber unido +mi nombre a algún descubrimiento científico...</p> + +<p>—Pues ponte a ello, que talento no te +falta.</p> + +<p>—Ponerme a ello... ponerme a ello... Habríame +puesto a ello, sí, Helena, si hubiese +podido haber puesto esa gloria a tus pies...</p> + +<p>—Y por qué no a los de Antonia?</p> + +<p>—No hablemos de ella!</p><p><span class="pagenum"><a name="Page_117" id="Page_117">[117]</a></span></p> + +<p>—Ah, pero has venido a esto? Has espiado +el que mi Abel—y recalcó el <i>mi</i>—estuviese +fuera para venir a esto?</p> + +<p>—Tu Abel... tu Abel... valiente caso hace +de ti tu Abel!</p> + +<p>—Qué? También delator, acusique, soplón?</p> + +<p>—Tu Abel tiene otros modelos que tú.</p> + +<p>—Y qué?—exclamó Helena, irguiéndose.—Y +qué si las tiene? Señal de que sabe ganarlas! +O es que también de eso le tienes envidia? +Es que no tienes más remedio que +contentarte con... tu Antonia? Ah, y porque +él ha sabido buscarse otra vienes tú aquí +hoy a buscarte otra también? Y vienes así, +con chismes de estos? No te da vergüenza, +Joaquín? Quítate, quítate de ahí, que me da +bascas sólo el verte.</p> + +<p>—Por Dios, Helena, que me estás matando... +que me estás matando!</p> + +<p>—Anda, vete, vete a la iglesia, hipócrita, +envidioso; vete a que tu mujer te cure, que +estás muy malo.</p> + +<p>—Helena, Helena, que tú sola puedes curarme! +Por cuanto más quieras, Helena, mira +que pierdes para siempre a un hombre!</p><p><span class="pagenum"><a name="Page_118" id="Page_118">[118]</a></span></p> + +<p>—Ah, y quieres que por salvarte a ti pierda +a otro, al mío?</p> + +<p>—A ese no le pierdes; le tienes ya perdido. +Nada le importa de ti. Es incapaz de quererte. +Yo, yo soy el que te quiero, con toda +mi alma, con un cariño como no puedes soñar.</p> + +<p>Helena se levantó, fué al niño y despertándolo, +cojiólo en brazos, y volviendo a +Joaquín le dijo: «Vete! Es éste, el hijo de +Abel, quien te echa de su casa; vete!»</p> + +<hr class="chap" /> + + +<h2>XVIII</h2> + + +<p>Joaquín empeoró. La ira al conocer que se +había desnudado el alma ante Helena, y el +despecho por la manera como ésta le rechazó, +en que vió claro que le despreciaba, acabó +de enconarle el ánimo. Mas se dominó buscando +en su mujer y en su hija consuelo y +remedio. Ensombreciósele aun más su vida +de hogar; se le agrió el humor.</p> + +<p>Tenía entonces en casa una criada muy +devota, que procuraba oir misa diaria y se +pasaba las horas que el servicio le dejaba +libre, encerrada en su cuarto haciendo sus devociones. +Andaba con los ojos bajos, fijos +en el suelo, y respondía a todo con la mayor<span class="pagenum"><a name="Page_120" id="Page_120">[120]</a></span> +mansedumbre y en voz algo gangosa. Joaquín +no podía resistirla y la regañaba con +cualquier pretexto. «Tiene razón el señor», +solía decirle ella.</p> + +<p>—Cómo que tengo razón?—exclamó una +vez, ya perdida la paciencia, él, el amo.—No, +ahora no tengo razón!</p> + +<p>—Bueno, señor, no se enfade, no la tendrá.</p> + +<p>—Y nada más?</p> + +<p>—No le entiendo, señor.</p> + +<p>—Cómo que no me entiendes, gazmoña, +hipócrita? Por qué no te defiendes? Por +qué, no me replicas? Por qué no te rebelas?</p> + +<p>—Rebelarme yo? Dios y la Santísima Virgen +me defiendan de ello, señor.</p> + +<p>—Pero quieres más—intervino Antonia—sino +que reconozca sus faltas?</p> + +<p>—No, no las reconoce. Está llena de soberbia!</p> + +<p>—De soberbia yo, señor?</p> + +<p>—Lo ves? Es la hipócrita soberbia de no +reconocerla. Es que está haciendo conmigo, +a mi costa, ejercicios de humildad y de paciencia; +es que toma mis accesos de mal humor +como cilicios para ejercitarse en la vir<span class="pagenum"><a name="Page_121" id="Page_121">[121]</a></span>tud +de la paciencia. Y a mi costa, no! No, +no y no! A mi costa, no! A mí no se me toma +de instrumento para hacer méritos para el +cielo. Eso es hipocresía!</p> + +<p>La criadita lloraba, rezando entre dientes.</p> + +<p>—Pero y si es verdad, Joaquín—dijo Antonia—que +realmente es humilde... Por qué +va a rebelarse? Si se hubiese rebelado te habrías +irritado aún más.</p> + +<p>—No! Es una canallada tomar las flaquezas +del prójimo como medio para ejercitarnos +en la virtud. Que me replique, que +se insolente, que sea persona... y no criada...</p> + +<p>—Entonces, Joaquín, te irritaría más.</p> + +<p>—No, lo que más me irrita son esas pretensiones +a mayor perfección.</p> + +<p>—Se equivoca usted, señor—dijo la criada, +sin levantar los ojos del suelo;—yo no +me creo mejor que nadie.</p> + +<p>—No, eh? Pues yo sí! Y el que no se crea +mejor que otro, es un mentecato. Tú te +creerás la más pecadora de las mujeres, es +eso? Anda, responde!</p> + +<p>—Esas cosas no se preguntan, señor.</p> + +<p>—Anda, responde, que también San Luis<span class="pagenum"><a name="Page_122" id="Page_122">[122]</a></span> +Gonzaga dicen que se creía el más pecador +de los hombres; responde: te crees, sí o no, +la más pecadora de las mujeres?</p> + +<p>—Los pecados de las otras no van a mi +cuenta, señor.</p> + +<p>—Idiota, más que idiota. Vete de ahí!</p> + +<p>—Dios le perdone, como yo le perdono, +señor.</p> + +<p>—De qué? Ven y dímelo, de qué? De qué +me tiene que perdonar Dios? Anda, dilo.</p> + +<p>—Bueno, señora, lo siento por usted, pero +me voy de esta casa.</p> + +<p>—Por ahí debiste empezar—concluyó Joaquín.</p> + +<p>Y luego, a solas con su mujer, le decía:</p> + +<p>—Y no irá diciendo esta gatita muerta +que estoy loco? No lo estoy acaso, Antonia? +Dime, estoy loco, sí o no?</p> + +<p>—Por Dios, Joaquín, no te pongas así...</p> + +<p>—Sí, sí creo estar loco... Enciérrame. Esto +va a acabar conmigo.</p> + +<p>—Acaba tú con ello.</p> + +<hr class="chap" /> + + + +<h2>XIX</h2> + + +<p>Concentró entonces todo su ahinco en su +hija, en criarla y educarla, en mantenerla libre +de las inmundicias morales del mundo.</p> + +<p>—Mira—solía decirle a su mujer,—es una +suerte que sea sola, que no hayamos tenido +más.</p> + +<p>—No te habría gustado un hijo?</p> + +<p>—No, no, es mejor hija, es más fácil aislarla +del mundo indecente. Además, si hubiésemos +tenido dos, habrían nacido envidias +entre ellos...</p> + +<p>—O no!</p> + +<p>—O sí. No se puede repartir el cariño +igualmente entre varios: lo que se le da al<span class="pagenum"><a name="Page_124" id="Page_124">[124]</a></span> +uno se le quita al otro. Cada uno pide todo +para él y sólo para él. No, no, no quisiera +verme en el caso de Dios...</p> + +<p>—Y cuál es ese caso?</p> + +<p>—El de tener tantos hijos. No dicen que +somos todos hijos de Dios?</p> + +<p>—No digas esas cosas, Joaquín...</p> + +<p>—Unos están sanos para que otros estén +enfermos... Hay que ver el reparto de las enfermedades...</p> + +<p>No quería que su hija tratase con nadie. +La llevó una maestra particular a casa, +y él mismo, en ratos de ocio, le enseñaba +algo.</p> + +<p>La pobre Joaquina adivinó en su padre a +un paciente mientras recibía de él una concepción +tétrica del mundo y de la vida.</p> + +<p>—Te digo—le decía Joaquín a su mujer—que +es mejor, mucho mejor que tengamos +una hija sola, que no tengamos que repartir +el cariño...</p> + +<p>—Dicen que cuanto más se reparte crece +más...</p> + +<p>—No creas así. Te acuerdas de aquel pobre +Ramírez, el procurador? Su padre tenía<span class="pagenum"><a name="Page_125" id="Page_125">[125]</a></span> +dos hijos y dos hijas y pocos recursos. En su +casa no se comía sino sota, caballo y rey, cocido, +pero no principio; sólo el padre, Ramírez +padre, tomaba principio, del cual daba +alguna vez a uno de los hijos y a una de las +hijas, pero nunca a los otros. Cuando repicaban +gordo, en días señalados, había dos +principios para todos y otro además para él, +para el amo de la casa, que en algo había de +distinguirse. Hay que conservar la jerarquía. +Y a la noche, al recojerse a dormir Ramírez +padre daba siempre un beso a uno de los hijos +y a una de las hijas, pero no a los otros +dos.</p> + +<p>—Qué horror! Y por qué?</p> + +<p>—Qué sé yo... Le parecerían más guapos +los preferidos...</p> + +<p>—Es como lo de Carvajal, que no puede +ver a su hija menor...</p> + +<p>—Es que le ha llegado la última, seis años +después de la anterior y cuando andaba mal +de recursos. Es una nueva carga, e inesperada. +Por eso le llama la intrusa.</p> + +<p>—Qué horrores, Dios mío!</p> + +<p>—Así es la vida, Antonia, un semillero de<span class="pagenum"><a name="Page_126" id="Page_126">[126]</a></span> +horrores. Y bendigamos a Dios el no tener +que repartir nuestro cariño.</p> + +<p>—Cállate!</p> + +<p>—Cállome!</p> + +<p>Y le hizo callar.</p> + +<hr class="chap" /> + + +<h2>XX</h2> + + +<p>El hijo de Abel estudiaba Medicina, y su +padre solía dar a Joaquín noticias de la marcha +de sus estudios. Habló Joaquín algunas +veces con el muchacho mismo y le cobró algún +afecto; tan insignificante le pareció.</p> + +<p>—Y cómo le dedicas a médico y no a pintor?—le +preguntó a su amigo.</p> + +<p>—No le dedico yo, se dedica él. No siente +vocación alguna por el arte...</p> + +<p>—Claro, y para estudiar Medicina no hace +falta vocación...</p> + +<p>—No he dicho eso. Tú siempre tan mal +pensado. Y no sólo no siente vocación por +la pintura, pero ni curiosidad. Apenas si se<span class="pagenum"><a name="Page_128" id="Page_128">[128]</a></span> +detiene a ver lo que pinto ni se informa de +ello.</p> + +<p>—Es mejor así acaso...</p> + +<p>—Por qué?</p> + +<p>—Porque si se hubiera dedicado a la pintura, +o lo hacía mejor que tú, o peor. Si peor, +eso de ser Abel Sánchez, hijo, al que llamarían +Abel Sánchez el Malo o Sánchez el Malo +o Abel el Malo, no está bien ni él lo sufriría...</p> + +<p>—Y si fuera mejor que yo?</p> + +<p>—Entonces serías tú quien no lo sufriría.</p> + +<p>—Piensa el ladrón que todos son de su +condición.</p> + +<p>—Sí, venme ahora a mí, a mí, con esas +pamemas. Un artista no soporta la gloria +de otro, y menos si es su propio hijo o su +hermano. Antes la de un extraño. Eso de +que uno de su sangre le supere... eso no! +Cómo explicarlo? Haces bien en dedicarle +a la Medicina.</p> + +<p>—Además, así ganará más.</p> + +<p>—Pero quieres hacerme creer que no ganas +mucho con la pintura?</p> + +<p>—Bah, algo.</p> + +<p>—Y además, gloria.</p><p><span class="pagenum"><a name="Page_129" id="Page_129">[129]</a></span></p> + +<p>—Gloria? Para lo que dura...</p> + +<p>—Menos dura el dinero.</p> + +<p>—Pero es más sólido.</p> + +<p>—No seas farsante, Abel, no finjas despreciar +la gloria.</p> + +<p>—Te aseguro que lo que hoy me preocupa +es dejar una fortuna a mi hijo.</p> + +<p>—Le dejarás un nombre.</p> + +<p>—Los nombres no se cotizan.</p> + +<p>—El tuyo, sí!</p> + +<p>—Mi firma, pero es... Sánchez! Y menos +mal si no le da por firmar Abel S. Puig!—que +le hagan marqués de Casa Sánchez. +Y luego el Abel quita la malicia al Sánchez. +Abel Sánchez suena bien.</p> + +<hr class="chap" /> + + +<h2>XXI</h2> + + +<p>Huyendo de sí mismo, y para ahogar con +la constante presencia del otro, de Abel, en +su espíritu, la triste conciencia enferma que +se le presentaba, empezó a frecuentar una +peña del Casino. Aquella conversación ligera +le serviría como de narcótico, o más bien se +embriagaría con ella. No hay quien se entrega +a la bebida para ahogar una pasión devastadora +en ella, para derretir en vino un +amor frustrado? Pues él se entregaría a la +conversación casinera, a oirla más que a +tomar parte muy activa en ella, para ahogar +también su pasión. Sólo que el remedio, +fué peor que la enfermedad.</p><p><span class="pagenum"><a name="Page_132" id="Page_132">[132]</a></span></p> + +<p>Iba siempre decidido a contenerse, a reir +y bromear, a murmurar como por juego, a +presentarse a modo de desinteresado espectador +de la vida, bondadoso como un escéptico +de profesión, atento a lo de que comprender +es perdonar, y sin dejar traslucir el +cáncer que le devoraba la voluntad. Pero el +mal le salía por la boca, en las palabras, cuando +menos lo esperaba, y percibían todos en +ellas el hedor del mal. Y volvía a casa irritado +contra sí mismo, reprochándose su cobardía +y el poco dominio sobre sí y decidido +a no volver más a la peña del Casino. «No—se +decía—no vuelvo, no debo volver; esto me +empeora, me agrava; aquel ámbito es deletéreo; +no se respira allí más que malas pasiones +retenidas; no, no vuelvo; lo que yo +necesito es soledad, soledad. Santa soledad!»</p> + +<p>Y volvía.</p> + +<p>Volvía por no poder sufrir la soledad. Pues +en la soledad, jamás lograba estar solo, sino +que siempre allí el otro. El otro! Llegó a sorprenderse +en diálogo con él, tramando lo +que el otro le decía. Y el otro, en estos diálogos +solitarios, en estos monólogos dialoga<span class="pagenum"><a name="Page_133" id="Page_133">[133]</a></span>dos, +le decía cosas indiferentes o gratas, no +le mostraba ningún rencor. «Por qué no me +odia, Dios mío!—llegó a decirse.—Por qué +no me odia?»</p> + +<p>Y se sorprendió un día a sí mismo a punto +de pedir a Dios, en infame oración diabólica, +que infiltrase en el alma de Abel odio +a él, a Joaquín. Y otra vez: «Ah, si me envidiase... +si me envidiase...!» Y a esta idea, que +como fulgor lívido cruzó por las tinieblas de +su espíritu de amargura, sintió un gozo +como de derretimiento, un gozo que le hizo +temblar hasta los tuétanos del alma, escalofriados. +Ser envidiado...! Ser envidiado...!</p> + +<p>«Mas no es esto—se dijo luego—que me +odio, que me envidio a mí mismo...?» Fuese a +la puerta, la cerró con llave, miró a todos lados, +y al verse solo arrodillóse murmurando +con lágrimas de las que escaldan en la voz: +«Señor, Señor. Tú me dijiste: ama a tu prójimo +como a ti mismo! Y yo no amo al prójimo, +no puedo amarle, porque no me amo, +no sé amarme, no puedo amarme a mí mismo. +Qué has hecho de mí, Señor!»</p> + +<p>Fué luego a cojer la Biblia y la abrió por<span class="pagenum"><a name="Page_134" id="Page_134">[134]</a></span> +donde dice: «Y Jehová dijo a Caín: dónde +está Abel tu hermano?» Cerró lentamente el +libro, murmurando: «Y dónde estoy yo?» Oyó +entonces ruido fuera y se apresuró a abrir la +puerta. «Papá, papaíto!», exclamó su hija al +entrar. Aquella voz fresca pareció volverle +a la luz. Besó a la muchacha y rozándole el +oído con la boca le dijo bajo, muy bajito, +para que no lo oyera nadie: «Reza por tu +padre, hija mía!»</p> + +<p>—Padre! Padre!—gimió la muchacha, +echándole los brazos al cuello.</p> + +<p>Ocultó la cabeza en el hombro de la hija +y rompió a llorar.</p> + +<p>—Qué te pasa, papá, estás enfermo?</p> + +<p>—Sí, estoy enfermo. Pero no quieras saber +más.</p> + +<hr class="chap" /> + + + +<h2>XXII</h2> + + +<p>Y volvió al Casino. Era inútil resistirlo. +Cada día se inventaba a sí mismo un pretexto +para ir allá. Y el molino de la peña seguía +moliendo.</p> + +<p>Allí estaba Federico Cuadrado, implacable, +que en cuanto oía que alguien elogiaba a otro +preguntaba: «Contra quién va ese elogio?»</p> + +<p>—Porque a mí—decía con su vocecita fría +y cortante—no me la dan con queso; cuando +se elogia mucho a uno, se tiene presente a +otro al que se trata de rebajar con ese elogio, +a un rival del elogiado. Eso cuando no se le +elogia con mala intención, por ensañarse en +él... Nadie elogia con buena intención.</p><p><span class="pagenum"><a name="Page_136" id="Page_136">[136]</a></span></p> + +<p>—Hombre—le replicaba León Gómez, que +se gozaba en dar cuerda al cínico Cuadrado—ahí +tienes a don Leovigildo, al cual nadie le +ha oído todavía hablar mal de otro...</p> + +<p>—Bueno—intercalaba un diputado provincial,—es +que don Leovigildo es un político +y los políticos deben estar a bien con +todo el mundo. Qué dices Federico?</p> + +<p>—Digo que don Leovigildo se morirá sin +haber hablado mal ni pensado bien de nadie. +El no dará acaso ni el más lijero empujoncito +para que otro caiga, ni aunque no se lo +vean, porque no sólo teme al código penal, +sino también al infierno; pero si el otro se +cae y se rompe la crisma, se alegrará hasta +los tuétanos. Y para gozarse en la rotura de +la crisma del otro, será el primero que irá a +condolerse de su desgracia y darle el pésame.</p> + +<p>—Yo no sé cómo se puede vivir sintiendo +así—dijo Joaquín.</p> + +<p>—Sintiendo cómo?—le arguyó al punto +Federico.—Como siente don Leovigildo, +como siento yo o como sientes tú?</p> + +<p>—De mí nadie ha hablado!—Y esto lo +dijo con acre displicencia.</p><p><span class="pagenum"><a name="Page_137" id="Page_137">[137]</a></span></p> + +<p>—Pero hablo yo, hijo mío, porque aquí +todos nos conocemos...</p> + +<p>Joaquín se sintió palidecer. Le llegaba +como un puñal de hielo hasta las entrañas +de la voluntad aquel <i>hijo mío!</i> que prodigaba +Federico, su demonio de la guarda, +cuando echaba la garra sobre alguien.</p> + +<p>—No sé por qué le tienes esa tirria a don +Leovigildo—añadió Joaquín, arrepintiéndose +de haberlo dicho apenas lo dijera, pues sintió +que estaba atizando la mala lumbre.</p> + +<p>—Tirria? Tirria yo? Y a don Leovigildo?</p> + +<p>—Sí, no sé qué mal te ha hecho...</p> + +<p>—En primer lugar, hijo mío, no hace falta +que le hayan hecho a uno mal alguno para +tenerle tirria. Cuando se le tiene a uno tirria, +es fácil inventar ese mal, es decir, figurarse +uno que se lo han hecho... Y yo no le tengo +a don Leovigildo más tirria que a otro cualquiera. +Es un hombre y basta. Y un hombre +honrado!</p> + +<p>—Como tú eres un misántropo profesional...—empezó +el diputado provincial.</p> + +<p>—El hombre es el bicho más podrido y +más indecente, ya os lo he dicho cien veces.<span class="pagenum"><a name="Page_138" id="Page_138">[138]</a></span> +Y el hombre honrado es el peor de los hombres.</p> + +<p>—Anda, anda, qué dices a eso tú, que hablabas +el otro día del político honrado, refiriéndote +a don Leovigildo?—le dijo León Gómez +al diputado.</p> + +<p>—Político honrado!—saltó Federico.—Eso +sí que no!</p> + +<p>—Y por qué?—preguntaron tres a coro.</p> + +<p>—Que por qué? Porque lo ha dicho él +mismo. Porque tuvo en un discurso la avilantez +de llamarse a sí mismo honrado. No es +honrado declararse tal. Dice el Evangelio +que Cristo Nuestro Señor...</p> + +<p>—No mientes a Cristo, te lo suplico!—le +interrumpió Joaquín.</p> + +<p>—Qué? Te duele también Cristo, hijo mío?</p> + +<p>Hubo un breve silencio, oscuro y frío.</p> + +<p>—Dijo Cristo Nuestro Señor—recalcó Federico—que +no le llamaran bueno, que bueno +era sólo Dios. Y hay cochinos cristianos +que se atreven a llamarse a sí mismos honrados!</p> + +<p>—Es que honrado no es precisamente bueno—intercaló +don Vicente, el magistrado.</p><p><span class="pagenum"><a name="Page_139" id="Page_139">[139]</a></span></p> + +<p>—Ahora lo ha dicho usted, don Vicente. +Y gracias a Dios que le oigo a un magistrado +alguna sentencia razonable y justa!</p> + +<p>—De modo—dijo Joaquín—que uno no +debe confesarse honrado. Y pillo?</p> + +<p>—No hace falta.</p> + +<p>—Lo que quiere el señor Cuadrado—dijo +don Vicente, el magistrado—es que los hombres +se confiesen bellacos y sigan siéndolo; +no es eso?</p> + +<p>—Bravo!—exclamó el diputado provincial.</p> + +<p>—Le diré a usted, hijo mío—contestó Federico, +pensando la respuesta.—Usted debe +saber cuál es la excelencia del sacramento de +la confesión en nuestra sapientísima Madre +Iglesia...</p> + +<p>—Alguna otra barbaridad—interrumpió +el magistrado.</p> + +<p>—Barbaridad, no, sino muy sabia institución. +La confesión sirve para pecar más +tranquilamente, pues ya sabe uno que le ha +de ser perdonado su pecado. No es así, Joaquín?</p> + +<p>—Hombre, si uno no se arrepiente...</p><p><span class="pagenum"><a name="Page_140" id="Page_140">[140]</a></span></p> + +<p>—Sí, hijo mío, sí, si uno se arrepiente, +pero vuelve a pecar y vuelve a arrepentirse +y sabe cuando peca que se arrepentirá y sabe +cuando se arrepiente que volverá a pecar, y +acaba por pecar y arrepentirse a la vez; no +es así?</p> + +<p>—El hombre es un misterio—dijo León +Gómez.</p> + +<p>—Hombre, no digas sandeces!—le replicó +Federico.</p> + +<p>—Sandez, por qué?</p> + +<p>—Toda sentencia filosófica, así, todo axioma, +toda proposición general y solemne, +enunciada aforísticamente, es una sandez.</p> + +<p>—Y la filosofía, entonces?</p> + +<p>—No hay más filosofía que ésta, la que hacemos +aquí...</p> + +<p>—Sí, desollar al prójimo.</p> + +<p>—Exacto. Nunca está mejor que desollado.</p> + +<p>Al levantarse la tertulia, Federico se acercó +a Joaquín a preguntarle si se iba a su casa, +pues gustaría de acompañarle un rato, y al +decirle éste que no, que iba a hacer una visita +allí, al lado, aquél le dijo:</p> + +<p>—Sí, te comprendo; eso de la visita es un<span class="pagenum"><a name="Page_141" id="Page_141">[141]</a></span> +achaque. Lo que tú quieres es verte solo. Lo +comprendo.</p> + +<p>—Y por qué lo comprendes?</p> + +<p>—Nunca se está mejor que solo. Pero +cuando te pese la soledad, acude a mí. Nadie +te distraerá mejor de tus penas.</p> + +<p>—Y las tuyas?—le espetó Joaquín.</p> + +<p>—Bah! ¡Quién piensa en eso...!</p> + +<p>Y se separaron.</p> + +<hr class="chap" /> + + + +<h2>XXIII</h2> + + +<p>Andaba por la ciudad un pobre hombre +necesitado, aragonés, padre de cinco hijos y +que se ganaba la vida como podía, de escribiente +y a lo que saliera. El pobre acudía +con frecuencia a conocidos y amigos, si es +que un hombre así los tiene, pidiéndoles con +mil pretextos que le anticiparan dos o tres +duros. Y lo que era más triste, mandaba a +alguno de sus hijos, y alguna vez a su mujer, +a las casas de los conocidos con cartitas de +petición. Joaquín le había socorrido algunas +veces, sobre todo cuando le llamaba a que +viese, como médico, a personas de su familia. +Y hallaba un singular alivio en socorrer a<span class="pagenum"><a name="Page_144" id="Page_144">[144]</a></span> +aquel pobre hombre. Adivinaba en él una +víctima de la maldad humana.</p> + +<p>Preguntóle una vez por él a Abel.</p> + +<p>—Sí, le conozco—le dijo éste,—y hasta le +tuve algún tiempo empleado. Pero es un haragán, +un vago. Con el pretexto de que tiene +que ahogar sus penas, no deja de ir ningún +día al café, aunque en su casa no se encienda +la cocina. Y no le faltará su cajetilla de cigarros. +Tiene que convertir sus pesares en +humo.</p> + +<p>—Eso no es decir nada, Abel. Habría que +ver el caso por dentro...</p> + +<p>—Mira, déjate de garambainas. Y por lo +que no paso es por la mentira esa de pedirme +prestado y lo de «se lo devolveré en cuanto +pueda...» Que pida limosna y al avío. Es más +claro y más noble. La última vez me pidió +tres duros adelantados y le di tres pesetas, +pero diciéndole: «Y sin devolución!» Es un +haragán!</p> + +<p>—Y qué culpa tiene él...!</p> + +<p>—Vamos, sí, ya salió aquello, qué culpa +tiene...</p> + +<p>—Pues claro! De quién son las culpas?</p><p><span class="pagenum"><a name="Page_145" id="Page_145">[145]</a></span></p> + +<p>—Bueno, mira, dejémonos de esas cosas. +Y si quieres socorrerle, socórrele, que yo no +me opongo. Y yo mismo estoy seguro de que +si me vuelve a pedir, le daré.</p> + +<p>—Eso ya lo sabía yo, porque en el fondo +tú...</p> + +<p>—No nos metamos al fondo. Soy pintor +y no pinto los fondos de las personas. Es más, +estoy convencido de que todo hombre lleva +fuera todo lo que tiene dentro.</p> + +<p>—Vamos, sí, que para ti un hombre no es +más que un modelo...</p> + +<p>—Te parece poco? Y para ti un enfermo. +Porque tú eres el que les andas mirando y +auscultando a los hombres por dentro...</p> + +<p>—Mediano oficio...</p> + +<p>—Por qué?</p> + +<p>—Porque acostumbrado uno a mirar a los +demás por dentro, da en ponerse a mirarse +a sí mismo, a auscultarse.</p> + +<p>—Ve ahí mi ventaja. Yo con mirarme al +espejo tengo bastante...</p> + +<p>—Y te has mirado de veras alguna vez?</p> + +<p>—Naturalmente! Pues no sabes que me he +hecho un autorretrato?</p><p><span class="pagenum"><a name="Page_146" id="Page_146">[146]</a></span></p> + +<p>—Que será una obra maestra...</p> + +<p>—Hombre, no está del todo mal... Y tú, +te has registrado por dentro bien?</p> + +<hr class="tb" /> + +<p>Al día siguiente de esta conversación Joaquín +salió del Casino con Federico para preguntarle +si conocía a aquel pobre hombre que +andaba así pidiendo de manera vergonzante. +«Y dime la verdad, eh, que estamos solos; +nada de tus ferocidades».</p> + +<p>—Pues mira, ese es un pobre diablo que +debía estar en la cárcel, donde por lo menos +comería mejor que come y viviría más tranquilo.</p> + +<p>—Pues qué ha hecho?</p> + +<p>—No, no ha hecho nada; debió hacer, y +por eso digo que debería estar en la cárcel.</p> + +<p>—Y qué es lo que debió haber hecho?</p> + +<p>—Matar a su hermano.</p> + +<p>—Ya empiezas!</p> + +<p>—Te lo explicaré. Ese pobre hombre es,<span class="pagenum"><a name="Page_147" id="Page_147">[147]</a></span> +como sabes, aragonés y allá en su tierra aún +subsiste la absoluta libertad de testar. Tuvo +la desgracia de nacer el primero a su padre, +de ser el mayorazgo y luego tuvo la desgracia +de enamorarse de una muchacha pobre, +guapa y honrada, según parecía. El padre se +opuso con todas sus fuerzas a esas relaciones +amenazándole con desheredarle si llegaba +a casarse con ella. Y él, ciego de amor, comprometió +primero gravemente a la muchacha, +pensando convencer así al padre, y acaso +por casarse con ella y por salir de casa. Y +siguió en el pueblo, trabajando como podía +en casa de sus suegros, y esperando convencer +y ablandar a su padre. Y éste, buen aragonés, +tesa que tesa. Y murió desheredándole +al pobre diablo y dejando su hacienda al +hijo segundo; una hacienda regular. Y muertos +poco después los suegros del hoy aquí +sablista, acudió éste a su hermano pidiéndole +amparo y trabajo, y su hermano se los negó, +y por no matarle, que es lo que le pedía el +coraje, se ha venido acá a vivir de limosna y +del sable. Esta es la historia, como ves, muy +edificante.</p><p><span class="pagenum"><a name="Page_148" id="Page_148">[148]</a></span></p> + +<p>—Y tan edificante!</p> + +<p>—Si le hubiera matado a su hermano, a +esa especie de Jacob, mal, muy mal, y no habiéndole +matado mal, muy mal también...</p> + +<p>—Acaso peor.</p> + +<p>—No digas eso, Federico.</p> + +<p>—Sí, porque no sólo vive miserable y vergonzosamente, +del sable, sino que vive odiando +a su hermano.</p> + +<p>—Y si le hubiera matado?</p> + +<p>—Entonces se le habría curado el odio, y +hoy, arrepentido de su crimen, querría su +memoria. La acción libra del mal sentimiento, +y es el mal sentimiento el que envenena +el alma. Créemelo, Joaquín, que lo sé +muy bien.</p> + +<p>Miróle Joaquín a la mirada fijamente y le +espetó un:</p> + +<p>—Y tú?</p> + +<p>—Yo? No quieras saber, hijo mío, lo que +no te importa. Bástete saber que todo mi cinismo +es defensivo. Yo no soy hijo del que +todos vosotros tenéis por mi padre; yo soy hijo +adulterino y a nadie odio en este mundo más +que a mi propio padre, al natural, que ha sido<span class="pagenum"><a name="Page_149" id="Page_149">[149]</a></span> +el verdugo del otro, del que por vileza y +cobardía me dió su nombre, este indecente +nombre que llevo.</p> + +<p>—Pero padre no es el que engendra; es +el que cría...</p> + +<p>—Es que ese, el que creéis que me ha criado, +no me ha criado sino que me destetó +con el veneno del odio que guarda al otro, +al que me hizo y le obligó a casarse con mi +madre.</p> + +<hr class="chap" /> + + + +<h2>XXIV</h2> + + +<p>Concluyó la carrera el hijo de Abel, Abelín, +y acudió su padre, a su amigo, por si quería +tomarle de ayudante para que a su lado practicase. +Lo aceptó Joaquín.</p> + +<p>«Le admití—escribía más tarde en su <i>Confesión</i>, +dedicada a su hija—por una extraña +mezcla de curiosidad, de aborrecimiento a +su padre, de afecto al muchacho, que me +parecía entonces una medianía y por un +deseo de libertarme así de mi mala pasión a +la vez que, por más debajo de mi alma, mi +demonio me decía que con el fracaso del hijo +me vengaría del encumbramiento del padre. +Quería por un lado, con el cariño al hijo,<span class="pagenum"><a name="Page_152" id="Page_152">[152]</a></span> +redimirme del odio al padre, y por otro lado +me regodeaba esperando que si Abel Sánchez +triunfó en la pintura, otro Abel Sánchez de +su sangre marraría en la Medicina. Nunca +pude figurarme entonces cuán hondo cariño +cobraría luego al hijo del que me amargaba +y entenebrecía la vida del corazón.»</p> + +<p>Y así fué que Joaquín y el hijo de Abel sintiéronse +atraídos el uno al otro. Era Abelín +rápido de comprensión y se interesaba por las +enseñanzas de Joaquín, a quien empezó llamando +maestro. Este su maestro se propuso +hacer de él un buen médico y confiarle el +tesoro de su experiencia clínica. «Le guiaré—se +decía—a descubrir las cosas que esta maldita +inquietud de mi ánimo me ha impedido +descubrir a mí».</p> + +<p>—Maestro,—le preguntó un día Abelín,—por +qué no recoje usted todas esas observaciones +dispersas, todas esas notas y apuntes +que me ha enseñado y escribe un libro? Sería +interesantísimo y de mucha enseñanza. +Hay cosas hasta geniales, de una extraordinaria +sagacidad científica.</p> + +<p>—Pues mira, hijo—(que así solía llamar<span class="pagenum"><a name="Page_153" id="Page_153">[153]</a></span>le) +respondió—yo no puedo, no puedo... +No tengo humor para ello, me faltan ganas, +coraje, serenidad, no sé qué...</p> + +<p>—Todo sería ponerse a ello...</p> + +<p>—Sí, hijo, sí, todo sería ponerse a ello, +pero cuantas veces lo he pensado no he llegado +a decidirme. Ponerme a escribir un libro... +y en España... y sobre Medicina...! No +vale la pena. Caería en el vacío...</p> + +<p>—No, el de usted, no, maestro, se lo respondo.</p> + +<p>—Lo que yo debía haber hecho es lo que tú +has de hacer, dejar esta insoportable clientela +y dedicarte a la investigación pura, a la verdadera +ciencia, a la fisiología, a la histología, +a la patología y no a los enfermos de pago. Tú +que tienes alguna fortuna, pues los cuadros de +tu padre han debido dársela, dedícate a eso.</p> + +<p>—Acaso tenga usted razón, maestro; pero +ello no quita para que usted deba publicar +sus memorias de clínico.</p> + +<p>—Mira, si quieres, hagamos una cosa. Yo +te doy mis notas todas, te las amplío de palabra, +te digo cuanto me preguntes y publica +tú el libro. Te parece?</p><p><span class="pagenum"><a name="Page_154" id="Page_154">[154]</a></span></p> + +<p>—De perlas, maestro. Ya vengo apuntando +desde que le ayudo todo lo que le oigo y +todo lo que a su lado aprendo.</p> + +<p>—Muy bien, hijo, muy bien!—y le abrazó +conmovido.</p> + +<p>Y luego se decía Joaquín: «Este, éste será +mi obra! Mío y no de su padre. Acabará venerándome +y comprendiendo que yo valgo +mucho más que su padre y que hay en mi +práctica de la Medicina mucha más arte que +en la pintura de su padre. Y al cabo se lo +quitaré, sí, se lo quitaré! El me quitó a Helena, +yo les quitaré el hijo. Que será mío, y +quién sabe?... acaso concluya renegando de +su padre, cuando le conozca y sepa lo que +me hizo».</p> + +<hr class="chap" /> + + +<h2>XXV</h2> + + +<p>—Pero dime—le preguntó un día Joaquín +a su discípulo—cómo se te ocurrió estudiar +Medicina?</p> + +<p>—No lo sé...</p> + +<p>—Porque lo natural es que hubieses sentido +inclinación a la pintura. Los muchachos +se sienten llamados a la profesión de sus +padres; es el espíritu de imitación... el ambiente...</p> + +<p>—Nunca me ha interesado la pintura, +maestro.</p> + +<p>—Lo sé, lo sé por tu padre, hijo.</p> + +<p>—Y la de mi padre menos.</p> + +<p>—Hombre, hombre, y cómo así?</p><p><span class="pagenum"><a name="Page_156" id="Page_156">[156]</a></span></p> + +<p>—No la siento y no sé si la siente él...</p> + +<p>—Eso es más grande. A ver, explícate.</p> + +<p>—Estamos solos; nadie nos oye; usted, +maestro, es como si fuese mi segundo padre... +segundo... Bueno. Además usted es el +más antiguo amigo suyo, le he oído decir que +de siempre, de toda la vida, de antes de tener +uso de razón, que son como hermanos...</p> + +<p>—Sí, sí, así es; Abel y yo somos como hermanos... +Sigue.</p> + +<p>—Pues bien, quiero abrirle hoy mi corazón, +maestro.</p> + +<p>—Ábremelo. Lo que me digas caerá en él +como en el vacío, nadie lo sabrá!</p> + +<p>—Pues sí, dudo que mi padre sienta la pintura +ni nada. Pinta como una máquina, es +un don natural, pero sentir?</p> + +<p>—Siempre he creído eso.</p> + +<p>—Pues fué usted, maestro, quien, según +dicen; hizo la mayor fama de mi padre con +aquel famoso discurso de que aún se habla...</p> + +<p>—Y qué iba yo a decir?</p> + +<p>—Algo así me pasa. Pero mi padre no siente +ni la pintura ni nada. Es de corcho, maestro, +de corcho.</p><p><span class="pagenum"><a name="Page_157" id="Page_157">[157]</a></span></p> + +<p>—No tanto, hijo.</p> + +<p>—Sí, de corcho. No vive más que para su +gloria. Todo eso de que la desprecia es farsa, +farsa, farsa. No busca más que el aplauso. +Y es un egoísta, un perfecto egoísta. No quiere +a nadie.</p> + +<p>—Hombre, a nadie...</p> + +<p>—A nadie, maestro, a nadie! Ni sé cómo se +casó con mi madre. Dudo que fuera por amor.</p> + +<p>Joaquín palideció.</p> + +<p>—Sé—prosiguió el hijo—que ha tenido +enredos y líos con algunas modelos, pero eso +no es más que capricho y algo de jactancia. +No quiere a nadie.</p> + +<p>—Pero me parece que no eres tú quien debieras...</p> + +<p>—A mí nunca me ha hecho caso. A mí me +ha mantenido, ha pagado mi educación y +mis estudios, no me ha escatimado ni me escatima +su dinero, pero yo apenas si existo +para él. Cuando alguna vez le he preguntado +algo, de historia del arte, de técnica, de la +pintura o de sus viajes o de otra cosa, me ha +dicho: «Déjame, déjame en paz» y una vez +llegó a decirme: «apréndelo, como lo he apren<span class="pagenum"><a name="Page_158" id="Page_158">[158]</a></span>dido +yo! ahí tienes los libros». Qué diferencia +con usted, maestro!</p> + +<p>—Sería que no lo sabía, hijo. Porque mira, +los padres quedan a las veces mal con sus +hijos por no confesarse más ignorantes o más +torpes que ellos.</p> + +<p>—No era eso. Y hay algo peor.</p> + +<p>—Peor? A ver!</p> + +<p>—Peor, sí. Jamás me ha reprendido, haya +hecho yo lo que hiciera. No soy, no he sido +nunca un calavera, un disoluto, pero todos +los jóvenes tenemos nuestras caídas, nuestros +tropiezos. Pues bien, jamás los ha inquirido +y si por acaso los sabía nada me ha dicho.</p> + +<p>—Eso es respeto a tu personalidad, confianza +en ti... Es acaso la manera más generosa +y noble de educar a un hijo, es fiarse...</p> + +<p>—No, no es nada de eso, maestro. Es sencillamente +indiferencia.</p> + +<p>—No, no, no exageres, no es eso... Qué te +iba a decir que tú no te lo dijeras? Un padre +no puede ser un juez...</p> + +<p>—Pero sí un compañero, un consejero, un +amigo o un maestro como usted.</p><p><span class="pagenum"><a name="Page_159" id="Page_159">[159]</a></span></p> + +<p>—Pero hay cosas que el pudor impide se +traten entre padres e hijos.</p> + +<p>—Es natural que usted, su mayor y más +antiguo amigo, su casi hermano, le defienda +aunque...</p> + +<p>—Aunque qué?</p> + +<p>—Puedo decirlo todo?</p> + +<p>—Sí, dilo todo!</p> + +<p>—Pues bien, de usted no le he oído nunca +hablar sino muy bien, demasiado bien, pero...</p> + +<p>—Pero qué?</p> + +<p>—Que habla demasiado bien de usted.</p> + +<p>—Qué es eso de demasiado?</p> + +<p>—Que antes de conocerle yo a usted, maestro, +le creía otro.</p> + +<p>—Explícate.</p> + +<p>—Para mi padre es usted una especie de +personaje trágico, de ánimo torturado, de hondas +pasiones. «Si se pudiera pintar el alma de +Joaquín!» suele decir. Habla de un modo como +si mediase entre usted y él algún secreto...</p> + +<p>—Aprensiones tuyas...</p> + +<p>—No, no lo son.</p> + +<p>—Y tu madre?</p> + +<p>—Mi madre...</p> + +<hr class="chap" /> + + +<h2>XXVI</h2> + + +<p>—Mira, Joaquín—le dijo un día Antonia a +su marido,—me parece que el mejor día nuestra +hija se nos va o nos la llevan...</p> + +<p>—Joaquina? Y a dónde?</p> + +<p>—Al convento!</p> + +<p>—Imposible!</p> + +<p>—No, sino muy posible. Tú distraído con +tus cosas y ahora con ese hijo de Abel al que +pareces haber prohijado... cualquiera diría +que le quieres más que a tu hija...</p> + +<p>—Es que trato de salvarle, de redimirle de +los suyos...</p> + +<p>—No; de lo que tratas es de vengarte. Qué +vengativo eres! Ni olvidas ni perdonas! Temo<span class="pagenum"><a name="Page_162" id="Page_162">[162]</a></span> +que Dios te va a castigar, va a castigarnos...</p> + +<p>—Ah, y es por eso por lo que Joaquina se +quiere ir al convento?</p> + +<p>—Yo no he dicho eso.</p> + +<p>—Pero lo digo yo y es lo mismo. Se va acaso +por celos de Abelín? Es que teme que le +llegue a querer más que a ella? Pues si es por +eso...</p> + +<p>—Por eso no.</p> + +<p>—Entonces?</p> + +<p>—Qué sé yo...! Dice que tiene vocación, +que es adonde Dios la llama...</p> + +<p>—Dios... Dios... será su confesor. Quién es?</p> + +<p>—El padre Echevarría.</p> + +<p>—El que me confesaba a mí?</p> + +<p>—El mismo!</p> + +<p>Quedóse Joaquín mustio y cabizbajo, y al +día siguiente, llamando a solas a su mujer, le +dijo:</p> + +<p>—Creo haber penetrado en los motivos +que empujan a Joaquina al claustro, o mejor, +en los motivos por que le induce el padre +Echevarría a que entre en él. Tú recuerdas +cómo busqué refugio y socorro en la iglesia +contra esta maldita obsesión que me embar<span class="pagenum"><a name="Page_163" id="Page_163">[163]</a></span>ga +el ánimo todo, contra este despecho que +con los años se hace más viejo, es decir, más +duro y más terco, y cómo, después de los mayores +esfuerzos, no pude lograrlo? No, no +me dió remedio el padre Echevarría, no pudo +dármelo. Para este mal no hay más que un +remedio, uno sólo.</p> + +<p>Callóse un momento como esperando una +pregunta de su mujer, y como ella callara, +prosiguió diciéndole:</p> + +<p>—Para ese mal no hay más remedio que +la muerte. Quién sabe... Acaso nací con él y +con él moriré. Pues bien, ese padrecito que +no pudo remediarme ni reducirme empuja +ahora, sin duda, a mi hija, a tu hija, a nuestra +hija, al convento, para que en él ruegue +por mí, para que se sacrifique salvándome...</p> + +<p>—Pero si no es sacrificio... si dice que es su +vocación...</p> + +<p>—Mentira, Antonia; te digo que eso es +mentira. Las más de las que van monjas o +van a trabajar poco, a pasar una vida pobre, +pero descansada, a sestear místicamente o +van huyendo de casa, y nuestra hija huye +de casa, huye de nosotros...</p><p><span class="pagenum"><a name="Page_164" id="Page_164">[164]</a></span></p> + +<p>—Será de ti...</p> + +<p>—Sí, huye de mí! Me ha adivinado!</p> + +<p>—Y ahora que le has cobrado ese apego a +ese...</p> + +<p>—Quieres decirme que huye de él?</p> + +<p>—No sino de tu nuevo capricho...</p> + +<p>—Capricho? capricho? capricho dices? Yo +seré todo menos caprichoso, Antonia. Yo +tomo todo en serio, todo, lo entiendes?</p> + +<p>—Sí, demasiado en serio—agregó la mujer +llorando.</p> + +<p>—Vamos, no llores así, Antonia, mi santa, +mi ángel bueno, y perdóname si he dicho +algo...</p> + +<p>—No es peor lo que dices, sino lo que callas.</p> + +<p>—Pero, por Dios, Antonia, por Dios, haz +que nuestra hija no nos deje; que si se va al +convento, me mata, sí, me mata, porque me +mata! Que se quede... que yo haré lo que ella +quiera... que si quiere que le despache a Abelín, +le despacharé...</p> + +<p>—Me acuerdo cuando decías que te alegrabas +de que no tuviéramos más que una +hija, porque así no teníamos que repartir el +cariño...</p><p><span class="pagenum"><a name="Page_165" id="Page_165">[165]</a></span></p> + +<p>—Pero si no lo reparto!</p> + +<p>—Algo peor entonces...</p> + +<p>—Sí, Antonia, esa hija quiere sacrificarse +por mí, y no sabe que si se va al convento +me deja desesperado. Su convento es esta +casa!</p> + +<hr class="chap" /> + + +<h2>XXVII</h2> + + +<p>Dos días después encerrábase en el gabinete +Joaquín con su mujer y su hija.</p> + +<p>—Papá, Dios lo quiere!—exclamó resueltamente +y mirándole cara a cara su hija Joaquina.</p> + +<p>—Pues, no! No es Dios quien lo quiere, +sino el padrecito ese—replicó él.—Qué sabes +tú, mocosuela, lo que quiere Dios? Cuándo +te has comunicado con él?</p> + +<p>—Comulgo cada semana, papá.</p> + +<p>—Y se te antojan revelaciones de Dios los +desvanecimientos que te suben del estómago +en ayunas.</p> + +<p>—Peores son los del corazón en ayunas.</p><p><span class="pagenum"><a name="Page_168" id="Page_168">[168]</a></span></p> + +<p>—No, no, eso no puede ser; eso no lo quiere +Dios, no puede quererlo, te digo que no lo +puede querer!</p> + +<p>—Yo no sé lo que Dios quiere, y tú, padre, +sabes lo que no puede querer, eh? De cosas +del cuerpo sabrás mucho, pero de cosas de +Dios, del alma...</p> + +<p>—Del alma, eh? Con que tú crees que no +sé del alma?</p> + +<p>—Acaso lo que mejor te sería no saber.</p> + +<p>—Me acusas?</p> + +<p>—No, eres tú, papá, quien se acusa a sí +mismo.</p> + +<p>—Lo ves, Antonia, lo ves, no te lo decía?</p> + +<p>—Y qué te decía, mamá?</p> + +<p>—Nada, hija mía, nada; aprensiones, cavilaciones +de tu padre...</p> + +<p>—Pues bueno—exclamó Joaquín como +quien se decide,—tú vas al convento para +salvarme, no es eso?</p> + +<p>—Acaso no andes lejos de la verdad.</p> + +<p>—Y salvarme de qué?</p> + +<p>—No lo sé bien.</p> + +<p>—Lo sabré yo...! De qué? de quién?</p><p><span class="pagenum"><a name="Page_169" id="Page_169">[169]</a></span></p> + +<p>—De quién, padre, de quién? Pues del demonio +o de ti mismo.</p> + +<p>—Y tú qué sabes?</p> + +<p>—Por Dios, Joaquín, por Dios—suplicó +la madre con lágrimas en la voz, llena de +miedo ante la mirada y el tono de su marido.</p> + +<p>—Déjanos, mujer, déjanos, déjanos a ella +y a mí. Esto no te toca!</p> + +<p>—Pues no ha de tocarme? Pero si es mi +hija...</p> + +<p>—La mía! Déjanos, ella es una Monegro, +yo soy un Monegro; déjanos. Tú no entiendes, +tú no puedes entender estas cosas...</p> + +<p>—Padre, si trata así a madre delante mío, +me voy. No llores, mamá.</p> + +<p>—Pero tú crees, hija mía...?</p> + +<p>—Lo que yo creo y sé es que soy tan hija +suya como tuya.</p> + +<p>—Tanto?</p> + +<p>—Acaso más.</p> + +<p>—No digáis esas cosas, por Dios—exclamó +la madre llorando—si no me voy...</p> + +<p>—Sería lo mejor—añadió la hija.—A solas +nos veríamos mejor las caras, digo, las almas, +nosotros, los Monegros.</p><p><span class="pagenum"><a name="Page_170" id="Page_170">[170]</a></span></p> + +<p>La madre besó a la hija y se salió.</p> + +<p>—Y bueno—dijo fríamente el padre, así +que se vió a solas con su hija,—para salvarme +de qué o de quién te vas al convento?</p> + +<p>—Pues bien, padre, no sé de quién, no sé +de qué, pero hay que salvarte. Yo no sé lo +que anda por dentro de esta casa, entre tú +y mi madre, no sé lo que anda dentro de ti, +pero es algo malo...</p> + +<p>—Eso te lo ha dicho el padrecito ese?</p> + +<p>—No, no me lo ha dicho el padrecito; no +ha tenido que decírmelo; no me lo ha dicho +nadie, sino que lo he respirado desde que +nací. Aquí, en esta casa, se vive como en tinieblas +espirituales!</p> + +<p>—Bah, esas son cosas que has leído en tus +libros...</p> + +<p>—Como tú has leído otras en los tuyos. O +es que crees que sólo los libros que hablan de +lo que hay dentro del cuerpo, esos libros tuyos +con esas láminas feas, son los que enseñan +la verdad?</p> + +<p>—Y bien, esas tinieblas espirituales que +dices, qué son?</p> + +<p>—Tú lo sabrás mejor que yo, papá; pero<span class="pagenum"><a name="Page_171" id="Page_171">[171]</a></span> +no me niegues que aquí pasa algo, que aquí +hay, como si fuese una niebla oscura, una +tristeza que se mete por todas partes, que +tú no estás contento nunca, que sufres, que +es como si llevases a cuestas una culpa grande...</p> + +<p>—Sí, el pecado original—dijo Joaquín con +sorna.</p> + +<p>—Ese, ese!—exclamó la hija.—Ese, del +que no te has sanado!</p> + +<p>—Pues me bautizaron...!</p> + +<p>—No importa.</p> + +<p>—Y como remedio para esto vas a meterte +monja, no es eso? Pues lo primero era averiguar +qué es ello, a qué se debe todo esto...</p> + +<p>—Dios me libre, papá, de tal cosa. Nada +de querer juzgaros.</p> + +<p>—Pero de condenarme, sí, no es eso?</p> + +<p>—Condenarte?</p> + +<p>—Sí, condenarme; eso de irte así es condenarme...</p> + +<p>—Y si me fuese con un marido? Si te dejara +por un hombre...?</p> + +<p>—Según el hombre.</p> + +<p>Hubo un breve silencio.</p><p><span class="pagenum"><a name="Page_172" id="Page_172">[172]</a></span></p> + +<p>—Pues sí, hija mía—reanudó Joaquín,—yo +no estoy bien, yo sufro, sufro casi toda mi +vida; hay mucho de verdad en lo que has adivinado; +pero con tu resolución de meterte +monja me acabas de matar, exacerbas y enconas +mis males. Ten compasión de tu padre, +de tu pobre padre...</p> + +<p>—Es por compasión...</p> + +<p>—No, es por egoísmo. Tú huyes; me ves +sufrir y huyes. Es el egoísmo, es el despego, +es el desamor lo que te lleva al claustro. Figúrate +que yo tuviese una enfermedad pegajosa +y larga, una lepra, me dejarías yendo +al convento a rogar por Dios que me sanara? +Vamos, contesta, me dejarías?</p> + +<p>—No, no te dejaría, pues soy tu única +hija.</p> + +<p>—Pues haz cuenta que soy un leproso. +Quédate a cuidarme. Me pondré bajo tu cuidado, +haré lo que me mandes.</p> + +<p>—Si es así...</p> + +<p>Levantóse el padre, y mirando a su hija a +través de lágrimas, abrazóla, y teniéndola +así, en sus brazos, con voz de susurro, le dijo +al oído:</p><p><span class="pagenum"><a name="Page_173" id="Page_173">[173]</a></span></p> + +<p>—Quieres curarme, hija mía?</p> + +<p>—Sí, papá.</p> + +<p>—Pues bien, cásate con Abelín.</p> + +<p>—Eh?—exclamó Joaquina, separándose +de su padre y mirándole cara a cara.</p> + +<p>—Qué? Qué te sorprende?—balbució el +padre, sorprendido a su vez.</p> + +<p>—Casarme? Yo? Con Abelín? Con el hijo +de tu enemigo?</p> + +<p>—Quién te ha dicho eso?</p> + +<p>—Tu silencio de años.</p> + +<p>—Pues por eso, por ser el hijo del que llamas +mi enemigo.</p> + +<p>—Yo no sé lo que hay entre vosotros, no +quiero saberlo, pero al verte últimamente +cómo te aficionabas a su hijo, me dió miedo... +temí... no sé lo que temí. Ese tu cariño a +Abelín me parecía monstruoso, algo infernal...</p> + +<p>—Pues no, hija, no! Buscaba en él redención. +Y créeme, si logras traerle a mi casa, +si le haces mi hijo, será como si sale al fin el +sol en mi alma...</p> + +<p>—Pero pretendes tú, tú, mi padre, que yo +le solicite, le busque?</p><p><span class="pagenum"><a name="Page_174" id="Page_174">[174]</a></span></p> + +<p>—No digo eso.</p> + +<p>—Pues entonces?</p> + +<p>—Y si él...</p> + +<p>—Ah, pero lo teníais ya tramado entre los +dos y sin contar conmigo?</p> + +<p>—No, lo tenía pensado yo, yo, tu padre, tu +pobre padre, yo...</p> + +<p>—Me das pena, padre.</p> + +<p>—También yo me doy pena. Y ahora todo +corre de mi cuenta. No pensabas sacrificarte +por mí?</p> + +<p>—Pues bien, sí, me sacrificaré por ti. Dispón +de mí!</p> + +<p>Fué el padre a besarla, y ella, desasiéndosele, +exclamó:</p> + +<p>—No, ahora no! Cuando lo merezcas. O es +que quieres que también yo te haga callar +con besos?</p> + +<p>—Dónde has aprendido eso, hija?</p> + +<p>—Las paredes oyen, papá.</p> + +<p>—Y acusan!</p> + +<hr class="chap" /> + + + +<h2>XXVIII</h2> + + +<p>—Quién fuera usted, don Joaquín—decíale +un día a éste aquel pobre desheredado +aragonés, el padre de los cinco hijos, luego +que le hubo sacado algún dinero.</p> + +<p>—Querer ser yo! No lo comprendo!</p> + +<p>—Pues sí, lo daría todo por poder ser usted, +don Joaquín.</p> + +<p>—Y qué es eso todo que daría usted?</p> + +<p>—Todo lo que puedo dar, todo lo que +tengo.</p> + +<p>—Y qué es ello?</p> + +<p>—La vida!</p> + +<p>—La vida por ser yo!—y a sí mismo se<span class="pagenum"><a name="Page_176" id="Page_176">[176]</a></span> +añadió Joaquín: «Pues yo la daría por poder +ser otro!»</p> + +<p>—Sí, la vida por ser usted.</p> + +<p>—He ahí una cosa que no comprendo bien, +amigo mío; no comprendo que nadie se disponga +a dar la vida por poder ser otro, ni siquiera +comprendo que nadie quiera ser otro. +Ser otro es dejar de ser uno, de ser el que +se es.</p> + +<p>—Sin duda.</p> + +<p>—Y eso es dejar de existir.</p> + +<p>—Sin duda.</p> + +<p>—Pero no para ser otro...</p> + +<p>—Sin duda.</p> + +<p>—Entonces...</p> + +<p>—Quiero decir, don Joaquín, que de buena +gana dejaría de ser, o dicho más claro, me +pegaría un tiro o me echaría al río si supiera +que los míos, los que me atan a esta vida perra, +los que no me dejan suicidarme, habrían +de encontrar un padre en usted. No comprende +usted ahora?</p> + +<p>—Sí que lo comprendo. De modo que...</p> + +<p>—Que maldito el apego que tengo a la +vida y que de buena gana me separaría de<span class="pagenum"><a name="Page_177" id="Page_177">[177]</a></span> +mí mismo y mataría para siempre mis recuerdos +si no fuese por los míos. Aunque también +me retiene otra cosa.</p> + +<p>—Qué?</p> + +<p>—El temor de que mis recuerdos, de que +mi historia me acompañen más allá de la +muerte. Quién fuera usted, don Joaquín!</p> + +<p>—Y si a mí me retuvieran en la vida, amigo +mío, motivos como los de usted?</p> + +<p>—Bah, usted es rico.</p> + +<p>—Rico... rico...</p> + +<p>—Y un rico nunca tiene motivo de queja. +A usted no le falta nada. Mujer, hija, una +buena clientela, reputación... qué más quiere +usted? A usted no le desheredó su padre; +a usted no le echó de su casa su hermano a +pedir... A usted no le han obligado a hacerse +un mendigo! Quién fuera usted, D. Joaquín!</p> + +<p>Y al quedarse luego éste solo se decía: +«Quién fuera yo! Ese hombre me envidia! me +envidia! Y yo quién quiero ser?»</p> + +<hr class="chap" /> + + + +<h2>XXIX</h2> + + +<p>Pocos días después Abelín y Joaquina estaban +en relaciones de noviazgo. Y en su +<i>Confesión</i>, dedicada a su hija, escribía algo +después Joaquín:</p> + +<p>«No es posible, hija mía, que te explique +cómo llevé a Abel, tu marido de hoy, a que +te solicitase por novia pidiéndote relaciones. +Tuve que darle a entender que tú estabas +enamorada de él o que por lo menos te +gustaría que de ti se enamorase sin descubrir +lo más mínimo de aquella nuestra conversación +a solas, luego que tu madre me +hizo saber como querías entrar por mi causa +en un convento. Veía en ello mi salvación.<span class="pagenum"><a name="Page_180" id="Page_180">[180]</a></span> +Sólo uniendo tu suerte a la suerte del hijo +único de quien me ha envenenado la fuente +de la vida, sólo mezclando así nuestras sangres +esperaba poder salvarme.</p> + +<p>»Pensaba que acaso un día tus hijos, mis +nietos, los hijos de su hijo, sus nietos, al heredar +nuestras sangres, se encontraran con +la guerra dentro, con el odio en sí mismos. +Pero no es acaso el odio a sí mismo, a la propia +sangre, el único remedio contra el odio +a los demás? La escritura dice que en el +seno de Rebeca se peleaban ya Esaú y Jacob. +Quién sabe si un día no concebirás tú +dos mellizos, el uno con mi sangre y el otro +con la suya, y se pelearán y se odiarán ya +desde tu seno y antes de salir al aire y a la +conciencia! Porque esta es la tragedia humana +y todo hombre es, como Job, hijo de +contradicción.</p> + +<p>»Y he temblado al pensar que acaso os +junté, no para unir, sino para separar aún +más vuestras sangres, para perpetuar un +odio. Perdóname! Deliro.</p> + +<p>»Pero no son sólo nuestras sangres, la de +él y la mía; es también la de ella, la de He<span class="pagenum"><a name="Page_181" id="Page_181">[181]</a></span>lena. +La sangre de Helena! Esto es lo que +más me turba; esa sangre que le florece en +las mejillas, en la frente, en los labios, que +le hace marco a la mirada, esa sangre que +me cegó desde su carne!</p> + +<p>»Y queda otra, la sangre de Antonia, de +la pobre Antonia, de tu santa madre. Esta +sangre es agua de bautismo. Esta sangre es +la redentora. Sólo la sangre de tu madre, +Joaquina, puede salvar a tus hijos, a nuestros +nietos. Esa es la sangre sin mancha que +puede redimirlos.</p> + +<p>»Y que no vea nunca ella, Antonia, esta +<i>Confesión</i>; que no la vea. Que se vaya de +este mundo, si me sobrevive, sin haber más +que vislumbrado nuestro misterio de iniquidad.»</p> + +<p>Los novios comprendiéronse muy pronto +y se cobraron cariño. En íntimas conversaciones +conociéronse sendas víctimas de sus +hogares, de dos ámbitos tristes, de frívola +impasibilidad el uno, de helada pasión oculta +el otro. Buscaron su apoyo en Antonia, en +la madre de ella. Tenían que encender un +hogar, un verdadero hogar, un nido de amor<span class="pagenum"><a name="Page_182" id="Page_182">[182]</a></span> +sereno que vive de sí mismo, que no espía los +otros amores, un castillo de soledad amorosa, +y unir en él a las dos desgraciadas familias. +Le harían ver a Abel, al pintor, que la vida +íntima del hogar es la sustancia imperecedera +de que no es sino resplandor, cuando +no sombra, el arte; a Helena, que la juventud +perpetua está en el alma que sabe hundirse +en la corriente viva del linaje, en el alma de +la familia; a Joaquín, que nuestro nombre se +pierde con nuestra sangre, pero para recobrarse +en los nombres y en las sangres de +los que las mezclan a los nuestros; a Antonia +no le tenían que hacerle ver nada, porque era +una mujer nacida para vivir y revivir en la +dulzura de la costumbre.</p> + +<p>Joaquín sentía renacerse. Hablaba con +emoción de cariño de su antiguo amigo, de +Abel, y llegó a confesar que fué una fortuna +que le quitase toda esperanza respecto a Helena.</p> + +<p>—Pues bien—le decía una vez a solas a su +hija;—ahora que todo parece tomar otro +cauce, te lo diré. Yo quería a Helena, o por +lo menos creía quererla y la solicité sin con<span class="pagenum"><a name="Page_183" id="Page_183">[183]</a></span>seguir +nada de ella. Porque, eso sí, la verdad, +jamás me dió la menor esperanza. Y entonces +le presenté a Abel, al que será tu suegro... +tu otro padre, y al punto se entendieron. Lo +que tomé yo por un menosprecio, una ofensa... +Qué derecho tenía yo a ella?</p> + +<p>—Es verdad eso, pero así sois los hombres.</p> + +<p>—Tienes razón, hija mía, tienes razón. +He vivido como loco, rumiando esa que estimaba +una ofensa, una traición...</p> + +<p>—Nada más, papá?</p> + +<p>—Cómo nada más?</p> + +<p>—No había más que eso, nada más?</p> + +<p>—Que yo sepa... no!</p> + +<p>Y al decirlo, el pobre hombre se cerraba +los ojos hacia adentro y no lograba contener +al corazón.</p> + +<p>—Ahora os casaréis—continuó—y viviréis +conmigo, sí, viviréis conmigo, y haré de +tu marido, de mi nuevo hijo, un gran médico, +un artista de la Medicina, todo un artista, que +pueda igualar siquiera la gloria de su padre.</p> + +<p>—Y él escribirá, papá, tu obra, pues así +me lo ha dicho.</p> + +<p>—Sí, la que yo no he podido escribir...</p><p><span class="pagenum"><a name="Page_184" id="Page_184">[184]</a></span></p> + +<p>—Me ha dicho que en tu carrera, en la +práctica de la Medicina, tienes cosas geniales +y que has hecho, descubrimientos...</p> + +<p>—Aduladores!</p> + +<p>—No, así me ha dicho. Y que como no se +te conoce, y al no conocerte no se te estima +en todo lo que vales, que quiere escribir ese +libro para darte a conocer.</p> + +<p>—A buena hora...</p> + +<p>—Nunca es tarde si la dicha es buena.</p> + +<p>—Ay, hija mía, si en vez de haberme somormujado +en esto de la clientela, en esta +maldita práctica de la profesión que ni deja +respirar libre ni aprender... si en vez de eso +me hubiese dedicado a la ciencia pura, a la +investigación...! Eso que ha descubierto el +doctor Alvarez y García y por lo que tanto +le bombean, lo habría descubierto antes yo, +yo, tu padre, yo lo habría descubierto, pues +estuve a punto de ello. Pero esto de ponerse +a trabajar para ganarse la vida...</p> + +<p>—Sin embargo, no necesitábamos de ello.</p> + +<p>—Sí, pero... Y además, qué sé yo... Mas +todo eso ha pasado y ahora comienza vida +nueva. Ahora voy a dejar la clientela...</p><p><span class="pagenum"><a name="Page_185" id="Page_185">[185]</a></span></p> + +<p>—De veras?</p> + +<p>—Sí, voy a dejársela al que va a ser tu +marido, bajo mi alta inspección, por supuesto. +Lo guiaré, y yo a mis cosas! Y viviremos +todos juntos, y será otra vida... otra +vida... Empezaré a vivir; seré otro... otro... +otro...</p> + +<p>—Ay, papá, qué gusto! Cómo me alegra +oirte hablar así. Al cabo!</p> + +<p>—Qué te alegra oirme decir que seré otro?</p> + +<p>La hija le miró a los ojos al oir el tono de +lo que había debajo de su voz.</p> + +<p>—Te alegra oirme decir que seré otro?—volvió +a preguntar el padre.</p> + +<p>—Sí, papá, me alegra!</p> + +<p>—Es decir que el otro, que el otro, el que +soy, te parece mal?</p> + +<p>—Y a ti, papá?—le preguntó a su vez, resueltamente, +la hija.</p> + +<p>—Tápame la boca!—gimió él.</p> + +<p>Y se la tapó con un beso.</p> + +<hr class="chap" /> + + +<h2>XXX</h2> + + +<p>—Ya te figurarás a lo que vengo—le dijo +Abel a Joaquín apenas se encontraron a solas +en el despacho de éste.</p> + +<p>—Sí, lo sé. Tu hijo me ha anunciado tu visita.</p> + +<p>—Mi hijo y pronto tuyo, de los dos. Y no +sabes bien cuánto me alegro! Es como debía +acabar nuestra amistad. Y mi hijo es ya casi +tuyo; te quiere ya como a padre, no sólo como +a maestro. Estoy por decir que te quiere más +que a mí...</p> + +<p>—Hombre... no... no... no digas así.</p> + +<p>—Y qué? Crees que tengo celos? No, no<span class="pagenum"><a name="Page_188" id="Page_188">[188]</a></span> +soy celoso. Y mira, Joaquín, si entre nosotros +había algo...</p> + +<p>—No sigas por ahí, Abel, te lo ruego, no +sigas...</p> + +<p>—Es preciso. Ahora que van a unirse nuestras +sangres, ahora que mi hijo va a serlo +tuyo y mía tu hija, tenemos que hablar de +esa vieja cuenta, tenemos que ser absolutamente +sinceros.</p> + +<p>—No, no, de ningún modo, y si hablas de +ella, me voy!</p> + +<p>—Bien, sea! Pero no creas que olvido, no +lo olvidaré nunca, tu discurso aquel cuando +lo del cuadro.</p> + +<p>—Tampoco quiero que hables de eso.</p> + +<p>—Pues de qué?</p> + +<p>—Nada de lo pasado, nada! Hablemos sólo +del porvenir...</p> + +<p>—Pues si tú y yo, a nuestra edad, no hablamos +del pasado, de que vamos a hablar? +Si nosotros no tenemos ya más que pasado!</p> + +<p>—No digas eso!—casi gritó Joaquín.</p> + +<p>—Nosotros ya no podemos vivir más que +de recuerdos!</p> + +<p>—Cállate, Abel, cállate!</p><p><span class="pagenum"><a name="Page_189" id="Page_189">[189]</a></span></p> + +<p>—Y si te he de decir la verdad, vale más +vivir de recuerdos que de esperanzas. Al fin, +ellos fueron y de éstas no se sabe si serán.</p> + +<p>—No, no, recuerdos, no!</p> + +<p>—En todo caso, hablemos de nuestros hijos, +que son nuestras esperanzas.</p> + +<p>—Eso sí!</p> + +<p>—De ellos y no de nosotros, de ellos, de +nuestros hijos...</p> + +<p>—Él tendrá en ti un maestro y un padre...</p> + +<p>—Sí, pienso dejarle mi clientela, es decir, +la que quiera tomarlo, que ya la he preparado +para eso. Le ayudaré en los casos graves.</p> + +<p>—Gracias, gracias.</p> + +<p>—Eso además de la dote que doy a Joaquina. +Pero vivirán conmigo.</p> + +<p>—Eso me ha dicho mi hijo. Yo, sin embargo, +creo que deben poner casa; el casado, +casa quiere.</p> + +<p>—No, no puedo separarme de mi hija.</p> + +<p>—Y nosotros de nuestro hijo, sí, eh?</p> + +<p>—Más separados que estáis de él... Un +hombre apenas vive en casa; una mujer apenas +sale de ella. Necesito a mi hija.</p><p><span class="pagenum"><a name="Page_190" id="Page_190">[190]</a></span></p> + +<p>—Sea. Ya ves si soy complaciente.</p> + +<p>—Y más que esta casa será la vuestra, la +tuya, la de Helena...</p> + +<p>—Gracias por la hospitalidad. Eso se entiende.</p> + +<p>Después de una larga entrevista en que +convinieron todo lo atañedero al establecimiento +de sus hijos, al ir a separarse Abel, +mirándole a Joaquín a los ojos, con mirada +franca, le tendió la mano, y sacando la voz +de las entrañas de su común infancia le +dijo: «Joaquín!» Asomáronsele a éste las lágrimas +a los ojos al cojer aquella mano.</p> + +<p>—No te había visto llorar desde que fuimos +niños, Joaquín.</p> + +<p>—No volveremos a serlo, Abel.</p> + +<p>—Sí, y es lo peor.</p> + +<p>Se separaron.</p> + +<hr class="chap" /> + + + +<h2>XXXI</h2> + + +<p>Con el casamiento de su hija pareció entrar +el sol, un sol de ocaso de otoño, en el hogar +antes frío de Joaquín, y éste empezar a +vivir de veras. Fué dejándole al yerno su +clientela, aunque acudiendo, como en consulta, +en los casos graves y repitiendo que +era bajo su dirección como aquél ejercía.</p> + +<p>Abelín, con las notas de su suegro, a quien +llamaba su padre, tuteándole ya, y con sus +ampliaciones y explicaciones verbales, iba +componiendo la obra en que se recojía la +ciencia médica del doctor Joaquín Monegro, +y con un acento de veneración admirativa +que el mismo Joaquín no habría podido darle.<span class="pagenum"><a name="Page_192" id="Page_192">[192]</a></span> +«Era mejor, sí—pensaba éste—era mucho +mejor que escribiese otro aquella obra, como +fué Platón quien expuso la doctrina socrática.» +No era él mismo quien podía, con toda +libertad de ánimo y sin que ello pareciese +no ya presuntuoso, mas un esfuerzo para +violentar el aplauso de la posteridad, que +se estimaba no conseguible; no era él quien +podía exaltar su saber y su pericia. Reservaba +su actividad literaria para otros empeños.</p> + +<p>Fué entonces, en efecto, cuando empezó +a escribir su <i>Confesión</i>, que así la llamaba, +dedicada a su hija y para que ésta la abriese +luego que él hubiese muerto, y que era el relato +de su lucha íntima con la pasión que fué +su vida, con aquel demonio con quien peleó +casi desde el albor de su mente dueña de sí +hasta entonces, hasta cuando lo escribía. +Esta confesión se decía dirigida a su hija, +pero tan penetrado estaba él del profundo +valor trágico de su vida de pasión y de la pasión +de su vida, que acariciaba la esperanza +de que un día su hija o sus nietos la dieran +al mundo, para que éste se sobrecojiera de<span class="pagenum"><a name="Page_193" id="Page_193">[193]</a></span> +admiración y de espanto ante aquel héroe de +la angustia tenebrosa que pasó sin que le conocieran +en todo su fondo los que con él convivieron. +Porque Joaquín se creía un espíritu +de excepción, y como tal torturado y +más capaz de dolor que los otros, un alma +señalada al nacer por Dios con la señal de +los grandes predestinados.</p> + +<p>«Mi vida, hija mía—escribía en la <i>Confesión</i>,—ha +sido un arder continuo, pero no +la habría cambiado por la de otro. He odiado +como nadie, como ningún otro ha sabido +odiar, pero es que he sentido más que los +otros la suprema injusticia de los cariños +del mundo y de los favores de la fortuna. +No, no, aquello que hicieron conmigo los +padres de tu marido no fué humano ni noble; +fué infame, pero fué peor, mucho peor, +lo que me hicieron todos, todos los que encontré +desde que, niño aún y lleno de confianza, +busqué el apoyo y el amor de mis +semejantes. Por qué me rechazaban? Por +qué me acojían fríamente y como obligados +a ello? Por qué preferían al lijero, al +inconstante, al egoísta? Todos, todos me<span class="pagenum"><a name="Page_194" id="Page_194">[194]</a></span> +amargaron la vida. Y comprendí que el +mundo es naturalmente injusto y que yo +no había nacido entre los míos. Esta fué mi +desgracia, no haber nacido entre los míos. +La baja mezquindad, la vil ramplonería de +los que me rodeaban, me perdió.»</p> + +<p>Y a la vez que escribía esta <i>Confesión</i>, preparaba, +por si ésta marrase, otra obra que sería +la puerta de entrada de su nombre en el +panteón de los ingenios inmortales de su pueblo +y casta. Titularíase <i>Memorias de un médico +viejo</i> y sería la mies del saber de mundo, +de pasiones, de vida, de tristezas y alegrías, +hasta de crímenes ocultos, que había cosechado +de la práctica de su profesión de médico. +Un espejo de la vida, pero de las entrañas, +y de las más negras, de ésta; una bajada +a las simas de la vileza humana; un libro de +alta literatura y de filosofía acibarada a la +vez. Allí pondría toda su alma sin hablar de +sí mismo; allí, para desnudar las almas de +los otros, desnudaría la suya; allí se vengaría +del mundo vil en que había tenido que +vivir. Y las gentes, al verse así, al desnudo, +admirarían primero y quedarían agradeci<span class="pagenum"><a name="Page_195" id="Page_195">[195]</a></span>das +después al que las desnudó. Y allí, cambiando +los nombres a guisa de ficción, haría +el retrato que para siempre habría de quedar +de Abel y de Helena. Y su retrato valdría por +todos los que Abel pintara. Y se regodeaba +a solas pensando que si él acertaba aquel retrato +literario de Abel Sánchez, le habría de +inmortalizar a éste más que todos sus propios +cuadros, cuando los comentaristas y +eruditos del porvenir llegasen a descubrir, +bajo el débil velo de la ficción, al personaje +histórico. «Sí, Abel, sí—se decía Joaquín a +sí mismo—la mayor coyuntura que tienes +de lograr eso por lo que tanto has luchado, +por lo único que has luchado, por lo único +que te preocupa, por lo que me despreciaste +siempre o, aun peor, no hiciste caso de mí, la +mayor coyuntura que tienes de perpetuarte +en la memoria de los venideros, no son tus +cuadros, no! sino es que yo acierte a pintarte +con mi pluma tal y como eres. Y acertaré, +acertaré, porque te conozco, porque te he +sufrido, porque has pesado toda mi vida sobre +mí. Te pondré para siempre en el rollo, +y no serás Abel Sánchez, no, sino el nombre<span class="pagenum"><a name="Page_196" id="Page_196">[196]</a></span> +que yo te dé. Y cuando se hable de ti como +pintor de tus cuadros, dirán las gentes: «Ah, +sí, el de Joaquín Monegro!» Porque serás de +este modo mío, mío, y vivirás lo que mi obra +viva, y tu nombre irá por los suelos, por el +fango, a rastras del mío, como van arrastrados +por el Dante los que colocó en el Infierno. +Y serás la cifra del envidioso.»</p> + +<p>Del envidioso! Pues Joaquín dió en +creer que toda la pasión que bajo su aparente +impasibilidad de egoísta animaba a Abel, +era la envidia, la envidia de él, a Joaquín, +que por envidia le arrebatara de mozo el +afecto de los compañeros, que por envidia le +quitó a Helena. Y cómo, entonces, se dejó +quitar el hijo? «Ah—se decía Joaquín,—es +que él no se cuida de su hijo, sino de su nombre, +de su fama, no cree que vivirá en las vidas +de sus descendientes de carne, sino en +las de los que admiren sus cuadros, y me +deja su hijo para mejor quedarse con su gloria. +Pero yo le desnudaré!»</p> + +<p>Inquietábale la edad a que emprendía la +composición de esas <i>Memorias</i>, entrado ya +en los cincuenta y cinco años, pero, no había<span class="pagenum"><a name="Page_197" id="Page_197">[197]</a></span> +acaso empezado Cervantes su <i>Quijote</i> a los +cincuenta y siete de su edad? Y se dió a averiguar +qué obras maestras escribieron sus +autores después de haber pasado la edad +suya. Y a la par se sentía fuerte, dueño de +su mente toda, rico de experiencia, maduro +de juicio y con su pasión, fermentada en +tantos años, contenida pero bullente.</p> + +<p>Ahora, para cumplir su obra, se contendría. +Pobre Abel! La que le esperaba...! Y +empezó a sentir desprecio y compasión hacia +él. Mirábale como a un modelo y como a una +víctima, y le observaba y le estudiaba. No +mucho, pues Abel iba poco, muy poco, a casa +de su hijo.</p> + +<p>—Debe de andar muy ocupado tu padre—decía +Joaquín a su yerno;—apenas parece +por aquí. Tendrá alguna queja? Le habremos +ofendido yo, Antonia o mi hija en algo? Lo +sentiría...</p> + +<p>—No, no, papá—así le llamaba ya Abelín,—no +es nada de eso. En casa tampoco +paraba. No te dije que no le importa nada +más que sus cosas? Y sus cosas son las de su +arte y qué sé yo...</p><p><span class="pagenum"><a name="Page_198" id="Page_198">[198]</a></span></p> + +<p>—No, hijo, no, exageras... algo más habrá...</p> + +<p>—No, no hay más.</p> + +<p>Y Joaquín insistía para oir la misma versión.</p> + +<p>—Y Abel, cómo no viene?—le preguntaba +a Helena.</p> + +<p>—Bah, él es así con todos!—respondía +ésta.</p> + +<p>Ella, Helena, sí solía ir a casa de su nuera.</p> + +<hr class="chap" /> + + +<h2>XXXII</h2> + + +<p>—Pero dime—le decía un día Joaquín a su +yerno—cómo no se le ocurrió a tu padre +nunca inclinarte a la pintura?</p> + +<p>—No me ha gustado nunca...</p> + +<p>—No importa; parecía lo natural que él +quisiera iniciarte en su arte...</p> + +<p>—Pues, no, sino que antes más bien le molestaba +que yo me interesase en él. Jamás me +animó a que cuando niño hiciera lo que es +natural en niños, figuras y dibujos.</p> + +<p>—Es raro... es raro...—murmuraba Joaquín.—Pero...</p> + +<p>Abel sentía desasosiego al ver la expresión +del rostro de su suegro, el lívido ful<span class="pagenum"><a name="Page_200" id="Page_200">[200]</a></span>gor +de sus ojos. Sentíase que algo le escarabajeaba +dentro, algo doloroso y que deseaba +echar fuera; algún veneno sin duda. Siguióse +a esas últimas palabras un silencio cargado +de acre amargura. Y lo rompió Joaquín diciendo:</p> + +<p>—No me explico que no quisiese dedicarte +a pintor...</p> + +<p>—No, no quería que fuese lo que él...</p> + +<p>Siguióse otro silencio, que volvió a romper, +como con pesar, Joaquín, exclamando +como quien se decide a una confesión:</p> + +<p>—Pues sí, lo comprendo!</p> + +<p>Abel tembló, sin saber a punto cierto por +qué, al oir el tono y timbre con que su suegro +pronunció esas palabras.</p> + +<p>—Pues...?—interrogó el yerno.</p> + +<p>—No... nada...—Y el otro pareció recojerse +en sí.</p> + +<p>—Dímelo!—suplicó el yerno, que por ruego +de Joaquín ya le tuteaba como a padre +amigo—amigo y cómplice!—aunque temblaba +de oir lo que pedía que se le dijese.</p> + +<p>—No; no, no quiero que digas luego...</p> + +<p>—Pues eso es peor, padre, que decírmelo,<span class="pagenum"><a name="Page_201" id="Page_201">[201]</a></span> +sea lo que fuere. Además, que creo adivinarlo...</p> + +<p>—Qué?—preguntó el suegro, atravesándole +los ojos con la mirada.</p> + +<p>—Que acaso temiese que yo con el tiempo +eclipsara su gloria...</p> + +<p>—Sí—añadió con reconcentrada voz Joaquín,—sí, +eso! Abel Sánchez hijo, o Abel +Sánchez el Joven! Y que luego se le recordase +a él como tu padre y no a ti como a su +hijo. Es tragedia que se ha visto más de una +vez dentro de las familias... Eso de que un +hijo haga sombra a su padre...</p> + +<p>—Pero eso es...—dijo el yerno, por decir +algo.</p> + +<p>—Eso es envidia, hijo, nada más que envidia.</p> + +<p>—Envidia de un hijo...! Y un padre!</p> + +<p>—Sí, y la más natural. La envidia no puede +ser entre personas que no se conocen apenas. +No se envidia al de otras tierras ni al de +otros tiempos. No se envidia al forastero, sino +los del mismo pueblo entre sí; no al de más +edad, al de otra generación, sino al contemporáneo, +al camarada. Y la mayor envidia<span class="pagenum"><a name="Page_202" id="Page_202">[202]</a></span> +entre hermanos. Por algo es la leyenda de +Caín y Abel... Los celos más terribles, tenlo +por seguro, han de ser los de uno que cree que +su hermano pone ojos en su mujer, en la cuñada... +Y entre padres e hijos...</p> + +<p>—Pero y la diferencia de edad en este +caso?</p> + +<p>—No importa! Eso de que nos llegue a +oscurecer aquel a quien hicimos...</p> + +<p>—Y del maestro al discípulo?—preguntó +Abel.</p> + +<p>Joaquín se calló, clavó un momento su +vista en el suelo, bajo el que adivinaba la +tierra, y luego añadió, como hablando con +ella, con la tierra:</p> + +<p>—Decididamente, la envidia es una forma +de parentesco.</p> + +<p>Y luego:</p> + +<p>—Pero hablemos de otra cosa, y todo esto, +hijo, como si no lo hubiese dicho. Lo has oído?</p> + +<p>—No!</p> + +<p>—Cómo que no?...</p> + +<p>—Que no he oído lo que antes dijiste.</p> + +<p>—Ojalá no lo hubiese oído yo tampoco!—y +la voz le lloraba.</p> + +<hr class="chap" /> + + + +<h2>XXXIII</h2> + + +<p>Solía ir Helena a casa de su nuera, de sus +hijos, para introducir un poco de gusto más +fino, de mayor elegancia, en aquel hogar de +burgueses sin distinción, para corregir—así +lo creía ella—los defectos de la educación +de la pobre Joaquina, criada por aquel padre +lleno de una soberbia sin fundamento y +por aquella pobre madre que había tenido +que cargar con el hombre que otra desdeñó. +Y cada día dictaba alguna lección de buen +tono y de escojidas maneras.</p> + +<p>—Bien, como quieras!—solía decirle Antonia.</p> + +<p>Y Joaquina, aunque recomiéndose, resig<span class="pagenum"><a name="Page_204" id="Page_204">[204]</a></span>nábase. +Pero dispuesta a rebelarse un día. +Y si no lo hizo fué por los ruegos de su marido.</p> + +<p>—Como usted quiera, señora—le dijo una +vez y recalcando el <i>usted</i>, que no habían logrado +lo dejase al hablarle;—yo no entiendo +de esas cosas ni me importa. En todo eso se +hará su gusto...</p> + +<p>—Pero si no es mi gusto, hija, si es...</p> + +<p>—Lo mismo da! Yo me he criado en la +casa de un médico, que es ésta, y cuando se +trate de higiene, de salubridad, y luego que +nos llegue el hijo, de criarle, sé lo que he de +hacer, pero ahora, en estas cosas que llama +usted de gusto, de distinción, me someto a +quien se ha formado en casa de un artista.</p> + +<p>—Pero no te pongas así, chicuela...</p> + +<p>—No, si no me pongo. Es que siempre nos +está usted echando en cara que si esto no se +hace así, que si se hace asá. Después de todo +no vamos a dar saraos ni tés danzantes.</p> + +<p>—No sé de dónde te ha venido, hija, ese +fingido desprecio, fingido, sí, fingido, lo repito, +fingido...</p> + +<p>—Pero si yo no he dicho nada, señora...</p><p><span class="pagenum"><a name="Page_205" id="Page_205">[205]</a></span></p> + +<p>—Ese fingido desprecio a las buenas formas, +a las conveniencias sociales. Aviados +estaríamos sin ellas...! No se podría vivir!</p> + +<p>Como a Joaquina le habían recomendado +su padre y su marido que se pasease, que +airease y solease la sangre que iba dando al +hijo que vendría, y como ellos no podían +siempre acompañarla, y Antonia no gustaba +de salir de casa, escoltábala Helena, su suegra. +Y se complacía en ello, en llevarla al +lado como a una hermana menor, pues por +tal la tomaban los que no las conocían, en +hacerle sombra con su espléndida hermosura +casi intacta por los años. A su lado su nuera +se borraba a los ojos precipitados de los +transeuntes. El encanto de Joaquina era para +paladeado lentamente por los ojos, mientras +que Helena se ataviaba para barrer las miradas +de los distraídos. «Me quedo con la +madre!»—oyó que una vez decía un mocetón, +a modo de chicoleo, cuando al pasar ellas le +oyó que llamaba <i>hija</i> a Joaquina, y respiró +más fuerte, humedeciéndose con la punta +de la lengua los labios.</p> + +<p>—Mira, hija—solía decirle a Joaquina,—haz<span class="pagenum"><a name="Page_206" id="Page_206">[206]</a></span> +lo más por disimular tu estado, es muy +feo eso de que se conozca que una muchacha +está encinta... es así como una petulancia...</p> + +<p>—Lo que yo hago, madre, es andar cómoda +y no cuidarme de lo que crean o no +crean... Aunque estoy en lo que los cursis +llaman estado interesante, no me hago la +tal como otras se habrán hecho y se hacen. +No me preocupo de esas cosas.</p> + +<p>—Pues hay que preocuparse; se vive en +el mundo.</p> + +<p>—Y qué más da que lo conozcan...? O es +que no le gusta a usted, madre, que sepan +que va para abuela?—añadió con sorna.</p> + +<p>Helena se escocía al oir la palabra odiosa: +abuela, pero se contuvo.</p> + +<p>—Pues mira, lo que es por edad...—dijo, +picada.</p> + +<p>—Sí, por edad podía usted ser madre de +nuevo—repuso la nuera, hiriéndola en lo +vivo.</p> + +<p>—Claro, claro...—dijo Helena, sofocada y +sorprendida, inerme por el brusco ataque.—Pero +eso de que se te queden mirando...</p> + +<p>—No; esté tranquila, pues a usted es más<span class="pagenum"><a name="Page_207" id="Page_207">[207]</a></span> +bien a la que miran. Se acuerdan de aquel +magnífico retrato, de aquella obra de arte...</p> + +<p>—Pues yo en tu caso...—empezó la suegra.</p> + +<p>—Usted en mi caso, madre, y si pudiese +acompañarme en mi estado mismo, entonces?</p> + +<p>—Mira, niña, si sigues así nos volvemos +en seguida y no vuelvo a salir contigo ni a +pisar tu casa... es decir, la de tu padre.</p> + +<p>—La mía, señora, la mía, y la de mi marido +y la de usted...!</p> + +<p>—Pero de dónde has sacado ese geniecillo, +niña?</p> + +<p>—Geniecillo? Ah, sí, el genio es de otros!</p> + +<p>—Miren, miren la mosquita muerta... la +que se iba a ir monja antes de que su padre +le pescase a mi hijo...</p> + +<p>—Le he dicho a usted ya, señora, que no +vuelva a mentarme eso. Yo sé lo que me +hice.</p> + +<p>—Y mi hijo también.</p> + +<p>—Sí, sabe también lo que se hizo, y no +hablemos más de ello.</p> + +<hr class="chap" /> + + + +<h2>XXXIV</h2> + + +<p>Y vino al mundo el hijo de Abelín y de +Joaquina, en quien se mezclaron las sangres +de Abel Sánchez y de Joaquín Monegro.</p> + +<p>La primer batalla fué la del nombre que +había de ponérsele; su madre quería que Joaquín; +Helena, que Abel, y Abel, su hijo Abelín +y Antonia, remitieron la decisión a Joaquín, +que sería quien le diese nombre. Y fué +un combate en el alma de Monegro. Un acto +tan sencillo como es dar nombre a un hombre +nuevo, tomaba para él tamaño de algo agorero, +de un sortilegio fatídico. Era como si se +decidiera el porvenir del nuevo espíritu.</p> + +<p>«Joaquín—se decía éste,—Joaquín, sí,<span class="pagenum"><a name="Page_210" id="Page_210">[210]</a></span> +como yo, y luego será Joaquín S. Monegro y +hasta borrará la ese, la ese a que se le reducirá +ese odioso Sánchez, y desaparecerá su +nombre, el de su hijo, y su linaje quedará +anegado en el mío... Pero no, es mejor que +sea Abel Monegro. Abel S. Monegro, y se +redima así el Abel? Abel es su abuelo, pero +Abel es también su padre, mi yerno, mi +hijo, que es ya mío, un Abel mío, que he hecho +yo. Y qué más da que se llame Abel si él, +el otro, su otro abuelo, no será Abel ni nadie +le conocerá por tal, sino será como yo le +llame en las <i>Memorias</i>, con el nombre con +que le marque en la frente con fuego? Pero +no...»</p> + +<p>Y, mientras, así dudaba, fué Abel Sánchez, +el pintor, quien decidió la cuestión, diciendo:</p> + +<p>—Que se llame Joaquín. Abel el abuelo, +Abel el padre, Abel el hijo, tres Abeles... son +muchos! Además, no me gusta, es nombre de +víctima...</p> + +<p>—Pues bien dejaste ponérselo a tu hijo—objetó +Helena.</p> + +<p>—Sí, fué un empeño tuyo, y por no oponerme... +Pero figúrate que en vez de ha<span class="pagenum"><a name="Page_211" id="Page_211">[211]</a></span>berse +dedicado a médico se dedica a pintor, +pues... Abel Sánchez el Viejo y Abel Sánchez +el Joven...</p> + +<p>—Y Abel Sánchez no puede haber más +que uno—añadió Joaquín, sotorriéndose.</p> + +<p>—Por mí que haya ciento—replicó aquél. +Yo siempre he de ser yo.</p> + +<p>—Y quién lo duda?—dijo su amigo.</p> + +<p>—Nada, nada, que le llamen Joaquín, decidido!</p> + +<p>—Y que no se dedique a la pintura, eh?</p> + +<p>—Ni a la medicina!—concluyó Abel, fingiendo +seguir la fingida broma.</p> + +<p>Y Joaquín se llamó el niño.</p> + +<hr class="chap" /> + + + +<h2>XXXV</h2> + + +<p>Tomaba al niño su abuela Antonia, que +era quien le cuidaba, y apechugándolo como +para ampararlo y cual si presintiese alguna +desgracia, le decía: «Duerme, hijo mío, duerme, +que cuanto más duermas, mejor. Así +crecerás sano y fuerte. Y luego también, mejor +dormido que despierto, sobre todo en esta +casa. Qué va a ser de ti? Dios quiera que no +riñan en ti tus dos sangres!» Y dormido el +niño, ella, teniéndole en brazos, rezaba y +rezaba.</p> + +<p>Y el niño crecía a la par que la <i>Confesión</i> +y las <i>Memorias</i> de su abuelo de madre +y que la fama de pintor de su abuelo de pa<span class="pagenum"><a name="Page_214" id="Page_214">[214]</a></span>dre. +Pues nunca fué más grande la reputación +de Abel que en este tiempo. El cual, por +su parte, parecía preocuparse muy poco de +toda otra cosa que no fuese su reputación.</p> + +<p>Una vez se fijó más intensamente en el +nietecillo, y fué que al verle una mañana +dormido exclamó: «Qué precioso apunte!» +Y tomando un álbum se puso a hacer un bosquejo +a lápiz del niño dormido.</p> + +<p>---Qué lástima—exclamó—no tener aquí +mi paleta y mis colores! Ese juego de la luz en +la mejilla, que parece como de melocotón, es +encantador. Y el color del pelo! Si parecen +rayos del sol los rizos!</p> + +<p>—Y luego—le dijo Joaquín,—cómo le llamarías +al cuadro? Inocencia?</p> + +<p>—Eso de poner títulos a los cuadros se +queda para los literatos, como para los médicos +el poner nombres a las enfermedades, +aunque no se curen.</p> + +<p>—Y quién te ha dicho, Abel, que sea lo +propio de la medicina curar las enfermedades?</p> + +<p>—Entonces, qué es?</p> + +<p>—Conocerlas. El fin de la ciencia es conocer.</p><p><span class="pagenum"><a name="Page_215" id="Page_215">[215]</a></span></p> + +<p>—Yo creí que conocer para curar. De qué +nos serviría haber probado del fruto de la +ciencia del bien y del mal si no era para librarnos +de éste?</p> + +<p>—Y el fin del arte, cuál es? Cuál es el fin +de ese dibujo de nuestro nieto que acabas de +hacer?</p> + +<p>—Eso tiene su fin en sí. Es una cosa bonita +y basta.</p> + +<p>—Qué es lo bonito? Tu dibujo o nuestro +nieto?</p> + +<p>—Los dos!</p> + +<p>—Acaso crees que tu dibujo es más hermoso +que él, que Joaquinito?</p> + +<p>—Ya estás en las tuyas! Joaquín! Joaquín!</p> + +<p>Y vino Antonia, la abuela, y cojió al niño +de la cuna y se lo llevó como para defenderlo +de uno y de otro abuelo. Y le decía: «Ay, +hijo, hijito, hijo mío, corderito de Dios, sol de +la casa, angelito sin culpa, que no te retraten, +que no te curen! No seas modelo de pintor, +no seas enfermo de médico... Déjales, déjales +con su arte y con su ciencia y vente con +tu abuelita, tú, vida, vida, vidita, vidita<span class="pagenum"><a name="Page_216" id="Page_216">[216]</a></span> +mía! Tú eres mi vida; tú eres nuestra vida; +tú eres el sol de esta casa. Yo te enseñaré a +rezar por tus abuelos y Dios te oirá. Vente +conmigo, vidita, vida, corderito sin mancha, +corderito de Dios!» Y no quiso Antonia ver +el apunte de Abel.</p> + +<hr class="chap" /> + + + +<h2>XXXVI</h2> + + +<p>Joaquín seguía con su enfermiza ansiedad +el crecimiento en cuerpo y en espíritu de su +nieto Joaquinito. A quién salía? A quién se +parecía? De qué sangre era? Sobre todo cuando +empezó a balbucir.</p> + +<p>Desasosegábale al abuelo que el otro abuelo, +Abel, desde que tuvo el nieto, frecuentaba +la casa de su hijo y hacía que le llevasen +a la suya el pequeñuelo. Aquel grandísimo +egoísta—por tal le tenían su hijo y su consuegro—parecía +ablandarse de corazón y +aun aniñarse ante el niño. Solía ir a hacerle +dibujos, lo que encantaba a la criatura. +«<i>Abelito</i>, santos!», le pedía. Y Abel no se can<span class="pagenum"><a name="Page_218" id="Page_218">[218]</a></span>saba +de dibujarle perros, gatos, caballos, toros, +figuras humanas. Ya le pedía un jinete, +ya dos chicos haciendo cachetina, ya un niño +corriendo de un perro que le sigue, y que las +escenas se repitiesen.</p> + +<p>—En mi vida he trabajado con más gusto—decía +Abel;—esto, esto es arte puro y lo +demás... chanfaina!</p> + +<p>—Puedes hacer un álbum de dibujos para +los niños—le dijo Joaquín.</p> + +<p>—No, así no tiene gracia, para los niños... +no! Eso no sería arte sino...</p> + +<p>—Pedagogía—dijo Joaquín.</p> + +<p>—Eso, sí, sea lo que fuere, pero arte no. +Esto es arte, esto; estos dibujos que dentro +de media hora romperá nuestro nieto.</p> + +<p>—Y si yo los guardase?—preguntó Joaquín.</p> + +<p>—Guardarlos? Para qué?</p> + +<p>—Para tu gloria. He oído de no sé qué pintor +de fama que se han publicado los dibujos +que les hacía, para divertirlos, a sus hijos, +y que son de lo mejor de él.</p> + +<p>—Yo no los hago para que los publiquen +luego, entiendes? Y, en cuanto a eso de la<span class="pagenum"><a name="Page_219" id="Page_219">[219]</a></span> +gloria, que es una de tus reticencias, Joaquín, +sábete que no se me da un comino de +ella.</p> + +<p>—Hipócrita! Si es lo único que de veras +te preocupa...</p> + +<p>—Lo único? Parece mentira que me lo digas +ahora. Hoy lo que me preocupa es este +niño. Y será un gran artista!</p> + +<p>—Que herede tu genio, no?</p> + +<p>—Y el tuyo!</p> + +<p>El niño miraba sin comprender el duelo +entre sus dos abuelos, pero adivinando algo +en sus actitudes.</p> + +<p>—Qué le pasa a mi padre?—preguntaba +a Joaquín su yerno—que está chocho con el +nieto, él que apenas nunca me hizo caso? Ni +recuerdo que siendo yo niño me hiciese esos +dibujos...</p> + +<p>—Es que vamos para viejos, hijo—le respondió +Joaquín,—y la vejez enseña mucho.</p> + +<p>—Y hasta el otro día, a no sé qué pregunta +del niño, le vi llorar. Es decir, le salieron las +lágrimas. Las primeras que le he visto.</p> + +<p>—Bah! Eso es cardíaco!</p> + +<p>—Cómo?</p><p><span class="pagenum"><a name="Page_220" id="Page_220">[220]</a></span></p> + +<p>—Que tu padre está ya gastado por los +años y el trabajo y por el esfuerzo de la inspiración +artística y por las emociones; que +tiene muy mermadas las reservas del corazón +y que el mejor día...</p> + +<p>—Qué?</p> + +<p>—Os da, es decir, nos da un susto. Y me +alegro que haya llegado ocasión de decírtelo, +aunque ya pensaba en ello. Adviérteselo +a Helena, a tu madre.</p> + +<p>—Sí, él se queja de fatiga, de disnea, será...?</p> + +<p>—Eso es. Me ha hecho que le reconozca +sin saberlo tú y le he reconocido. Necesita +cuidado.</p> + +<p>Y así era que en cuanto se encrudecía el +tiempo Abel se quedaba en casa y hacía que +le llevasen a ella al nieto, lo que amargaba +para el día todo al otro abuelo. «Me lo está +mimando—se decía Joaquín—, quiere arrebatarme +su cariño; quiere ser el primero; +quiere vengarse de lo de su hijo. Sí, sí, es +por venganza, nada más que por venganza. +Quiere quitarme este último consuelo. Vuelve +a ser él, él, él, que me quitaba los amigos +cuando éramos mozos.»</p><p><span class="pagenum"><a name="Page_221" id="Page_221">[221]</a></span></p> + +<p>Y en tanto Abel le repetía al nietecito +que quisiera mucho al abuelito Joaquín.</p> + +<p>—Te quiero más a ti—le dijo una vez el +nieto.</p> + +<p>—Pues no! No debes quererme a mí más; +hay que querer a todos igual. Primero a papá +y mamá y luego a los abuelos y a todos lo +mismo. El abuelito Joaquín es muy bueno, +te quiere mucho, te compra juguetes...</p> + +<p>—También tú me los compras...</p> + +<p>—Te cuenta cuentos...</p> + +<p>—Me gustan más los dibujos que tú me +haces. Anda, píntame un toro y un picador +a caballo!</p> + +<hr class="chap" /> + + +<h2>XXXVII</h2> + + +<p>—Mira, Abel—le dijo solemnemente Joaquín, +así que se encontraron solos,—vengo +a hablarte de una cosa grave, muy grave, de +una cuestión de vida o muerte.</p> + +<p>—De mi enfermedad?</p> + +<p>—No, pero si quieres de la mía.</p> + +<p>—De la tuya?</p> + +<p>—De la mía, sí! Vengo a hablarte de nuestro +nieto. Y para no andar con rodeos es menester +que te vayas, que te alejes, que nos +pierdas de vista; te lo ruego, te lo suplico...</p> + +<p>—Yo? Pero estás loco, Joaquín? Y por +qué?</p> + +<p>—El niño te quiere a ti más que a mí. Esto<span class="pagenum"><a name="Page_224" id="Page_224">[224]</a></span> +es claro. Yo no sé lo que haces con él... no +quiero saberlo...</p> + +<p>—Le aojaré o le daré algún bebedizo, sin +duda...</p> + +<p>—No lo sé. Le haces esos dibujos, esos +malditos dibujos, le entretienes con las artes +perversas de tu maldito arte...</p> + +<p>—Ah, pero eso también es malo? Tú no +estás bueno, Joaquín.</p> + +<p>—Puede ser que no esté bueno, pero eso +no importa ya. No estoy en edad de curarme. +Y si estoy malo debes respetarme. Mira, +Abel, que me amargaste la juventud, que +me has perseguido la vida toda...</p> + +<p>—Yo?</p> + +<p>—Sí, tú, tú.</p> + +<p>—Pues lo ignoraba.</p> + +<p>—No finjas. Me has despreciado siempre...</p> + +<p>—Mira, si sigues así, me voy, porque me +pones malo de verdad. Ya sabes mejor que +nadie, que no estoy para oir locuras de ese +jaez. Vete a un manicomio a que te curen o +te cuiden y déjanos en paz.</p> + +<p>—Mira, Abel, que me quitaste, por humillarme, +por rebajarme, a Helena...</p><p><span class="pagenum"><a name="Page_225" id="Page_225">[225]</a></span></p> + +<p>—Y no has tenido a Antonia...?</p> + +<p>—No, no es por ella, no! Fué el desprecio, +la afrenta, la burla.</p> + +<p>—Tú no estás bueno, te lo repito, Joaquín, +no estás bueno...</p> + +<p>—Peor estás tú.</p> + +<p>—De salud del cuerpo, desde luego. Sé +que no estoy para vivir mucho.</p> + +<p>—Demasiado...</p> + +<p>—Ah, pero me deseas la muerte?</p> + +<p>—No, Abel, no, no digo eso—y tomó Joaquín +tono de quejumbrosa súplica, diciéndole: +Vete, vete de aquí, vete a vivir a otra +parte, déjame con él... no me lo quites... por +lo que te queda...</p> + +<p>—Pues por lo que me queda, déjame +con él.</p> + +<p>—No, que le envenenas con tus mañas, +que le desapegas de mí, que le enseñas a despreciarme...</p> + +<p>—Mentira, mentira y mentira! Jamás me +ha oído ni me oirá nada en desprestigio tuyo.</p> + +<p>—Sí, pero basta con lo que le engatusas.</p> + +<p>—Y crees tú que por irme yo, por quitarme +yo de en medio habría de quererte? Si a<span class="pagenum"><a name="Page_226" id="Page_226">[226]</a></span> +ti, Joaquín, aunque uno se proponga no +puede quererte... Si rechazas a la gente....</p> + +<p>—Lo ves, lo ves...</p> + +<p>—Y si el niño no te quiere como tú quieres +ser querido, con exclusión de los demás o +más que a ellos, es que presiente el peligro, +es que teme...</p> + +<p>—Y qué teme?—preguntó Joaquín, palideciendo.</p> + +<p>---El contagio de tu mala sangre.</p> + +<p>Levantóse entonces Joaquín, lívido, se fué +a Abel y le puso las dos manos, como dos garras, +en el cuello, diciendo: Bandido!</p> + +<p>Mas al punto las soltó. Abel dió un grito, +llevándose las manos al pecho, suspiró un +«Me muero!» y dió el último respiro. Joaquín +se dijo: «El ataque de angina; ya no hay remedio; +se acabó!»</p> + +<p>En aquel momento oyó la voz del nieto +que llamaba: «Abuelito! Abuelito!» Joaquín +se volvió:</p> + +<p>—A quién llamas? A qué abuelo llamas? +A mí?—Y como el niño callara lleno de estupor +ante el misterio que veía:—Vamos, dí, +a qué abuelo? A mí?</p><p><span class="pagenum"><a name="Page_227" id="Page_227">[227]</a></span></p> + +<p>—No, al abuelito Abel.</p> + +<p>—A Abel? Ahí le tienes... muerto. Sabes +lo que es eso? Muerto.</p> + +<p>Después de haber sostenido en la butaca +en que murió el cuerpo de Abel, se volvió +Joaquín al nieto y con voz de otro mundo le +dijo:</p> + +<p>—Muerto, sí! Y le he matado yo, yo, ha +matado a Abel Caín, tu abuelo Caín. Mátame +ahora si quieres. Me quería robarte; quería +quitarme tu cariño. Y me lo ha quitado. +Pero él tuvo la culpa; él.</p> + +<p>Y rompiendo a llorar, añadió:</p> + +<p>—Me quería robarte a ti, a ti, al único consuelo +que le quedaba al pobre Caín! No le +dejarán a Caín nada? Ven acá, abrázame.</p> + +<p>El niño huyó sin comprender nada de +aquello, como se huye de un loco. Huyó llamando +a Helena: abuela, abuela!</p> + +<p>—Le he matado, sí—continuó Joaquín +solo;—pero él me estaba matando; hace más +de cuarenta años que me estaba matando. +Me envenenó los caminos de la vida con su +alegría y con sus triunfos. Quería robarme +el nieto...</p><p><span class="pagenum"><a name="Page_228" id="Page_228">[228]</a></span></p> + +<p>Al oir pasos precipitados, volviendo Joaquín +en sí, volvióse. Era Helena, que entraba.</p> + +<p>—Qué pasa... qué sucede... qué dice el +niño...</p> + +<p>—Que la enfermedad de tu marido ha tenido +su fatal desenlace—dijo Joaquín heladamente.</p> + +<p>—Y tú?</p> + +<p>—Yo no he podido hacer nada. En esto se +llega siempre tarde.</p> + +<p>Helena le miró fijamente y le dijo:</p> + +<p>—Tú... tú has sido!</p> + +<p>Luego se fué, pálida y convulsa, pero sin +perder su compostura, al cuerpo de su marido.</p> + +<hr class="chap" /> + + +<h2>XXXVIII</h2> + + +<p>Pasó un año, en que Joaquín cayó en una +honda melancolía. Abandonó sus <i>Memorias</i>, +evitaba ver a todo el mundo, incluso a +sus hijos. La muerte de Abel había aparecido +el natural desenlace de su dolencia, conocida +por su hija, pero un espeso bochorno +de misterio pesaba sobre la casa. Helena encontró +que el traje de luto la favorecía mucho +y empezó a vender los cuadros que de +su marido le quedaban. Parecía tener cierta +aversión al nieto. Al cual le había nacido ya +una hermanita.</p> + +<p>Postróle, al fin, una oscura enfermedad +en el lecho. Y sintiéndose morir, llamó un día +a sus hijos, a su mujer, a Helena.</p><p><span class="pagenum"><a name="Page_230" id="Page_230">[230]</a></span></p> + +<p>—Os dijo verdad el niño—empezó diciendo,—yo +le maté.</p> + +<p>—No digas esas cosas, padre—suplicó +Abel, su yerno.</p> + +<p>—No es hora de interrupciones ni de embustes. +Yo le maté. O como si yo le hubiera +matado, pues murió en mis manos...</p> + +<p>—Eso es otra cosa.</p> + +<p>—Se me murió teniéndole yo en mis manos, +cojido del cuello. Aquello fué como un +sueño. Toda mi vida ha sido como un sueño. +Por eso ha sido como una de esas pesadillas +dolorosas que nos caen encima poco antes de +despertar, al alba, entre el sueño y la vela. +No he vivido ni dormido... ojalá! ni despierto. +No me acuerdo ya de mis padres, no quiero +acordarme de ellos y confío en que ya +muertos me hayan olvidado. Me olvidará +también Dios? Sería lo mejor acaso, el +eterno olvido. Olvidadme, hijos míos!</p> + +<p>—Nunca!—exclamó Abel, yendo a besarle +la mano.</p> + +<p>—Déjala! Estuvo en el cuello de tu padre +al morirse éste. Déjala! Pero no me dejéis. +Rogad por mí.</p><p><span class="pagenum"><a name="Page_231" id="Page_231">[231]</a></span></p> + +<p>—Padre, padre!—suplicó la hija.</p> + +<p>—Por qué he sido tan envidioso, tan malo? +Qué hice para ser así? Qué leche mamé? Era +un bebedizo de odio? Ha sido un bebedizo mi +sangre? Por qué nací en tierra de odios? En +tierra en que el precepto parece ser: «Odia a +tu prójimo como a ti mismo.» Porque he vivido +odiándome; porque aquí todos vivimos +odiándonos. Pero... traed al niño.</p> + +<p>—Padre!</p> + +<p>—Traed al niño!</p> + +<p>Y cuando el niño llegó le hizo acercarse:</p> + +<p>—Me perdonas?—le preguntó.</p> + +<p>—No hay de qué—dijo Abel.</p> + +<p>—Dí que sí, arrímate al abuelo—le dijo +su madre.</p> + +<p>—Sí!—susurró el niño.</p> + +<p>—Dí claro, hijo mío, dí si me perdonas.</p> + +<p>—Sí.</p> + +<p>—Así, sólo de ti, sólo de ti, que no tienes +todavía uso de razón, de ti que eres inocente, +necesito perdón. Y no olvides a tu abuelo +Abel, al que te hacía los dibujos. Le olvidarás?</p> + +<p>—No!</p><p><span class="pagenum"><a name="Page_232" id="Page_232">[232]</a></span></p> + +<p>—No, no le olvides, hijo mío, no le olvides. +Y tú, Helena...</p> + +<p>Helena, la vista en el suelo, callaba.</p> + +<p>—Y tú, Helena...</p> + +<p>—Yo, Joaquín, te tengo hace tiempo perdonado.</p> + +<p>—No te pedía eso. Sólo quiero verte junto +a Antonia. Antonia...</p> + +<p>La pobre mujer, henchidos de lágrimas los +ojos, se echó sobre la cabeza de su marido y +como queriendo protegerla.</p> + +<p>—Tú has sido aquí la víctima. No pudiste +curarme, no pudiste hacerme bueno...</p> + +<p>—Pero si lo has sido, Joaquín... Has sufrido +tanto!...</p> + +<p>—Sí, la tisis del alma. Y no pudiste hacerme +bueno porque no te he querido.</p> + +<p>—No digas eso!</p> + +<p>—Sí, lo digo, lo tengo que decir, y lo digo +aquí, delante de todos. No te he querido. Si +te hubiera querido me había curado. No te +he querido. Y ahora me duele no haberte +querido. Si pudiéramos volver a empezar...</p> + +<p>—Joaquín! Joaquín!—clamaba desde el +destrozado corazón la pobre mujer.—No di<span class="pagenum"><a name="Page_233" id="Page_233">[233]</a></span>gas +esas cosas. Ten piedad de mí; ten piedad +de tus hijos, de tu nieto que te oye, y que, +aunque parece no entenderte, acaso mañana...</p> + +<p>—Por eso lo digo, por piedad. No, no te +he querido; no he querido quererte. Si volviésemos +a empezar! Ahora, ahora es cuando...</p> + +<p>No le dejó acabar su mujer, tapándole la +moribunda con su boca y como si quisiera +recojer en el propio su último aliento.</p> + +<p>—Esto te salva, Joaquín.</p> + +<p>—Salvarme? Y a qué llamas salvarse?</p> + +<p>—Aun puedes vivir unos años, si lo quieres.</p> + +<p>—Para qué? Para llegar a viejo? A la verdadera +vejez? No; la vejez, no! La vejez +egoísta no es más que una infancia en que +hay conciencia de la muerte. El viejo es un +niño que sabe que ha de morir. No, no quiero +llegar a viejo. Reñiría con los nietos por +celos, les odiaría... No, no... basta de odio! +Pude quererte, debí quererte, que habría sido +mi salvación, y no te quise.</p> + +<p>Calló. No quiso o no pudo proseguir. Besó +a los suyos. Horas después rendía su último +cansado respiro.</p><hr class="chap" /> + + + + + +<h2>OBRAS DEL MISMO AUTOR</h2> + +<p class="center">EDITADAS POR LA BIBLIOTECA</p> + +<p class="center large">RENACIMIENTO</p> + + +<table border="0" cellpadding="5" cellspacing="5" summary="obras"> + +<tr> + <td class="tdr" colspan="2">Ptas.</td> +</tr> + +<tr> + <td class="tdl">Por tierras de Portugal y España</td> + <td class="tdr">3,50</td> +</tr> + +<tr> + <td class="tdl">Soliloquios y conversaciones</td> + <td class="tdr">3,50</td> +</tr> + +<tr> + <td class="tdl">Contra esto y aquello</td> + <td class="tdr">3,50</td> +</tr> + +<tr> + <td class="tdl">Del sentimiento trágico de la vida</td> + <td class="tdr">3,50</td> +</tr> + +<tr> + <td class="tdl">Vida de Don Quijote y Sancho</td> + <td class="tdr">4,00</td> +</tr> + +<tr> + <td class="tdl">Niebla, <i>novela</i></td> + <td class="tdr">3,50</td> +</tr> + +<tr> + <td class="tdl">Recuerdos de niñez y de mocedad</td> + <td class="tdr">3,00</td> +</tr> + +<tr> + <td class="tdl">Poesías</td> + <td class="tdr">3,00</td> +</tr> + +<tr> + <td class="tdl">De mi país</td> + <td class="tdr">2,00</td> +</tr> + +<tr> + <td class="tdl">Rosario de sonetos líricos</td> + <td class="tdr">3,00</td> +</tr> + +<tr> + <td class="tdl">El espejo de la muerte, <i>novelas</i></td> + <td class="tdr">1,00</td> +</tr> + +<tr> + <td class="tdl">Abel Sánchez</td> + <td class="tdr">3,50</td> +</tr> + +<tr> + <th colspan="2">UNAMUNO Y GANIVET</th> +</tr> + +<tr> + <td class="tdl">El porvenir de España</td> + <td class="tdr">2,00</td> +</tr> + +</table> + +<div>*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK 44512 ***</div> +</body> +</html> diff --git a/44512-h/images/cover.jpg b/44512-h/images/cover.jpg Binary files differnew file mode 100644 index 0000000..a6bcca4 --- /dev/null +++ b/44512-h/images/cover.jpg diff --git a/44512-h/images/title.jpg b/44512-h/images/title.jpg Binary files differnew file mode 100644 index 0000000..6c0e551 --- /dev/null +++ b/44512-h/images/title.jpg |
