diff options
Diffstat (limited to '44358-0.txt')
| -rw-r--r-- | 44358-0.txt | 4696 |
1 files changed, 4696 insertions, 0 deletions
diff --git a/44358-0.txt b/44358-0.txt new file mode 100644 index 0000000..f760d31 --- /dev/null +++ b/44358-0.txt @@ -0,0 +1,4696 @@ +*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK 44358 *** + + Nota del Transcriptor: + + + Errores obvios de imprenta han sido corregidos. + + Páginas en blanco han sido eliminadas. + + Letras itálicas son denotadas con _líneas_. + + Las versalitas (letras mayúsculas de tamaño igual a las minúsculas) + han sido sustituidas por letras mayúsculas de tamaño normal. + + + + + MIGUEL DE UNAMUNO + + + LA TIA TULA + + (NOVELA) + + + RENACIMIENTO + SAN MARCOS, 42 + MADRID + 1921 + + + + + ES PROPIEDAD + + + Copyright 1921 by Miguel de Unamuno. + + + Imprenta de Juan Pueyo. Luna, 29. Teléf. 14-30.--Madrid. + + + + +_PROLOGO_ + +(_QUE PUEDE SALTAR EL LECTOR DE NOVELAS_) + + +«TENÍA _uno (hermano) casi de mi edad, que era el que yo más quería, +aunque a todos tenía gran amor y ellos a mí; juntábamonos entrambos a +leer vidas de santos... Espantábanos mucho el decir en lo que leíamos +que pena y gloria eran para siempre. Acaecíanos estar muchos ratos +tratando desto, y gustábamos de decir muchas veces para siempre, +siempre, siempre. En pronunciar esto mucho rato era el Señor servido, me +quedase en esta niñez imprimido el camino de la verdad. De que vi que +era imposible ir adonde me matasen por Dios, ordenábamos ser ermitaños, +y en una huerta que había en casa procurábamos, como podíamos, hacer +ermitas poniendo unas pedrecillas, que luego se nos caían, y ansí no +hallábamos remedio en nada para nuestro deseo; que ahora me pone +devoción ver cómo me daba Dios tan presto lo que yo perdí por mi +culpa._» + + * * * * * + +«_Acuérdome que cuando murió mi madre quedé yo de edad de doce años, +poco menos; como yo comencé a entender lo que había perdido, afligida +fuíme a una imagen de Nuestra Señora y supliquela fuese mi madre con +muchas lágrimas. Paréceme que aunque se hizo con simpleza, que me ha +valido, pues conocidamente he hallado a esta Virgen Soberana en cuanto +me he encomendado a ella, y, en fin, me ha tornado a sí._» + + _(Del capítulo I de la Vida de la Santa Madre Teresa de Jesús, que + escribió ella misma por mandado de su confesor.)_ + +«_Sea (Dios) alabado por siempre, que tanta merced ha hecho a vuestra +merced, pues le ha dado mujer, con quien pueda tener mucho descanso. Sea +mucho de enhorabuena, que harto consuelo es para mí pensar que le tiene. +A la señora doña María beso siempre las manos muchas veces; aquí tiene +una capellana y muchas. Harto quisiéramos poderla gozar; mas si había +de ser con los trabajos que por acá hay, más quiero que tenga allá +sosiego, que verla acá padecer._» + + (_De una carta que desde Avila, a 15 de diciembre de 1581, dirigió + la Santa Madre, y Tía, Teresa de Jesús, a su sobrino don Lorenzo de + Cepeda, que estaba en Indias, en el Perú, donde se casó con doña + María de Hinojosa, que es la señora doña María de que se habla en + ella_) + +_En el capítulo II de la misma susomentada Vida, dice la Santa Madre +Teresa de Jesús que era moza «aficionada a leer libros de +caballerías»--los suyos lo son, a lo divino--y en uno de los sonetos, de +nuestro Rosario de ellos, la hemos llamado_ + + _Quijotesa_ + _a lo divino, que dejó asentada_ + _nuestra España inmoral, cuya es la empresa:_ + _sólo existe lo eterno; ¡Dios o nada!_ + +_Lo que acaso alguien crea que diferencia a Santa Teresa de Don Quijote, +es que éste, el Caballero--y tío, tío de su inmortal sobrina--se puso en +ridículo y fué el ludibrio y juguete de padres y madres, de zánganos y +de reinas; pero ¿es que Santa Teresa escapó al ridículo? ¿Es que no se +burlaron de ella? ¿Es que no se estima hoy por muchos quijotesco, o sea +ridículo, su instituto, y aventurera, de caballería andante, su obra y +su vida?_ + +_No crea el lector, por lo que precede, que el relato que se sigue y va +a leer es, en modo alguno, un comentario a la vida de la Santa española. +¡No, nada de esto! Ni pensábamos en Teresa de Jesús al emprenderlo y +desarrollarlo; ni en Don Quijote. Ha sido después de haberlo terminado, +cuando aun para nuestro ánimo, que lo concibió, resultó una novedad este +parangón, cuando hemos descubierto las raíces de este relato novelesco. +Nos fué oculto su más hondo sentido al emprenderlo. No hemos visto sino +después, al hacer sobre él examen de conciencia de autor, sus raíces +teresianas y quijotescas. Que son una misma raíz._ + +_¿Es acaso éste un libro de caballerías? Como el lector quiera +tomarlo... Tal vez a alguno pueda parecerle una novela agiográfica, de +vida de santos. Es, de todos modos, una novela, podemos asegurarlo._ + +_No se nos ocurrió a nosotros, sino que fué cosa de un amigo, francés +por más señas, el notar que la inspiración--¡perdón!--de nuestra +nivola_ Niebla _era de la misma raíz que la de_ La vida es sueño, _de +Calderón. Mas en este otro caso ha sido cosa nuestra el descubrir, +después de concluída esta novela que tienes a la vista, lector, sus +raíces quijotescas y teresianas. Lo que no quiere decir ¡claro está! que +lo que aquí se cuenta no haya podido pasar fuera de España._ + + * * * * * + +_Antes de terminar este Prólogo queremos hacer otra observación, que le +podrá parecer a alguien quizás sutileza de lingüista y filólogo, y no lo +es sino de psicología. Aunque ¿es la psicología algo más que lingüística +y filología?_ + +_La observación es que así como tenemos la palabra_ paternal _y_ +paternidad, _que derivan de_ pater, _padre, y_ maternal _y_ maternidad, +_de_ mater, _madre, y no es lo mismo, ni mucho menos, lo paternal y lo +maternal, ni la paternidad y la maternidad, es extraño que junto a_ +fraternal _y_ fraternidad, _de_ frater, _hermano, no tengamos_ sororal +_y_ sororidad, _de_ soror, _hermana. En latín hay_ sororius, a, um, _lo +de la hermana, y el verbo_ sororiare, _crecer por igual y juntamente._ + +_Se nos dirá que la_ sororidad _equivaldría a la_ fraternidad, _mas no +lo creemos así. Como si en latín tuviese la hija un apelativo de raíz +distinta que el de hijo, valdría la pena de distinguir entre las dos +filialidades._ + +Sororidad _fué la de la admirable Antígona, esta santa del paganismo +helénico, la hija de Edipo, que sufrió martirio por amor a su hermano +Polinices, y por confesar su fe de que las leyes eternas de la +conciencia, las que rigen en el eterno mundo de los muertos, en el mundo +de la inmortalidad, no son las que forjan los déspotas y tiranos de la +tierra, como era Creonte._ + +_Cuando en la tragedia sofocleana Creonte le acusa a su sobrina Antígona +de haber faltado a la ley, al mandato regio, rindiendo servicio fúnebre +a su hermano, el fratricida, hay entre aquéllos este duelo de palabras:_ + +«A.--_No es nada feo honrar a los de la misma entraña..._ + +»Cr.--_¿No era de tu sangre también el que murió contra él?_ + +»A.--_De la misma, por madre y padre..._ + +»Cr.--_¿Y cómo rindes a éste un honor impío?_ + +»A.--_No diría eso el muerto..._ + +»Cr.--_Pero es que le honras igual que al impío..._ + +»A.--_No murió su siervo, sino su hermano..._ + +»Cr.--_Asolando esta tierra, y el otro defendiéndola..._ + +»A.--_El otro mundo, sin embargo, gusta de igualdad ante la ley..._ + +»Cr.--_¿Cómo ha de ser igual para el vil que para el noble?_ + +»A.--_Quién sabe si estas máximas son santas allí abajo..._» + + (_Antígona_, versos 511-521.) + + * * * * * + +_¿Es que acaso lo que a Antígona le permitió descubrir esa ley eterna, +apareciendo a los ojos de los ciudadanos de Tebas y de Creonte, su tío, +como una anarquista, no fué el que era, por terrible decreto del Hado, +hermana carnal de su propio padre, Edipo? Con el que había ejercido +oficio de_ sororidad _también._ + +_El acto_ sororio _de Antígona dando tierra al cadáver insepulto de su +hermano y librándolo así del furor regio de su tío Creonte, parecióle a +éste un acto de anarquista. «¡No hay mal mayor que el de la +anarquía!»--declaraba el tirano--._ (Antígona, _verso 672_.) +_¿Anarquía? ¿Civilización?_ + +_Antígona, la anarquista según su tío, el tirano Creonte, modelo de +virilidad, pero no de humanidad; Antígona, hermana de su padre Edipo y, +por lo tanto, tía de su hermano Polinices, representa acaso la +domesticidad religiosa, la religión doméstica, la del hogar, frente a la +civilidad política y tiránica, a la tiranía civil, y acaso también la +domesticación frente a la civilización. ¿Aunque es posible civilizarse +sin haberse domesticado antes? ¿Caben civilidad y civilización donde no +tienen como cimientos domesticidad y domesticación?_ + +_Hablamos de_ patrias _y sobre ellas de_ fraternidad _universal, pero no +es una sutileza lingüística el sostener que no pueden prosperar sino +sobre_ matrias _y_ sororidad. _Y habrá barbarie de guerras devastadoras, +y otros estragos, mientras sean los zánganos, que revolotean en torno de +la reina para fecundarla y devorar la miel que no hicieron, los que +rijan las colmenas._ + +_¿Guerras? El primer acto guerrero fué, según lo que llamamos Historia +Sagrada, la de la Biblia, el asesinato de Abel por su hermano Caín. Fué +una muerte fraternal, entre hermanos, el primer acto de fraternidad. Y +dice el Génesis que fué Caín, el fratricida, el que primero edificó una +ciudad, a la que llamó del nombre de su hijo--habido en una +hermana--Henoc._ (_Gén. IV, 17._) _Y en aquella ciudad,_ polis, _debió +empezar la vida civil, política, la civilidad y la civilización. Obra, +como se ve, del fratricida. Y cuando, siglos más tarde, nuestro Lucano, +español, llamó a las guerras entre César y Pompeyo_ plusquam civilia, +_más que civiles--lo dice en el primer verso de su_ Pharsalia--_quiere +decir_ fraternales. _Las guerras más que civiles son las fraternales._ + +_Aristóteles le llamó al hombre_ zoon politicon, _esto es, animal civil +o ciudadano--no político, que esto es no traducir--animal que tiende a +vivir en ciudades, en mazorcas de casas estadizas, arraigadas en tierra +por cimientos, y ése es el hombre y, sobre todo, el varón. Animal civil, +urbano, fraternal y... fratricida. Pero ese animal civil, ¿no ha de +depurarse por acción doméstica? Y el hogar, el verdadero hogar, ¿no ha +de encontrarse lo mismo en la tienda del pastor errante que se planta al +azar de los caminos? Y Antígona acompañó a su padre, ciego y errante, +por los senderos del desierto, hasta que desapareció en Colono. ¡Pobre +civilidad fraternal, cainita, si no hubiera la domesticidad sororia!..._ + +_Va, pues, el fundamento de la civilidad, la domesticidad, de mano en +mano de hermanas, de tías. O de esposas de espíritu, castísimas, como +aquella Abisag, la sunamita de que se nos habla en el capítulo I del +libro I de los Reyes, aquella doncella que le llevaron al viejo rey +David, ya cercano a su muerte, para que le mantuviese en la puesta de su +vida, abrigándole y calentándole en la cama mientras dormía. Y Abisag le +sacrificó su maternidad, permaneció virgen por él--pues David no la +conoció--y fué causa de que más luego Salomón, el hijo del pecado de +David con la adúltera Betsabé, hiciese matar a Adonías, su hermanastro, +hijo de David y de Hagit, porque pretendió para mujer a Abisag, la +última reina con David, pensando así heredar a éste su reino._ + +_Pero a esta Abisag y a su suerte y a su sentido pensamos dedicar todo +un libro que no será precisamente una novela. Ni una_ nivola. + +_Y ahora el lector que ha leído este prólogo--que no es necesario para +inteligencia en lo que sigue--puede pasar a hacer conocimiento con la +tía Tula, que si supo de Santa Teresa y de Don Quijote, acaso no supo ni +de Antígona la griega ni de Abisag la israelita._ + +_En mi novela_ Abel Sánchez _intenté escarbar en ciertos sótanos y +escondrijos del corazón, en ciertas catacumbas del alma, adonde no +gustan descender los más de los mortales. Creen que en esas catacumbas +hay muertos, a los que lo mejor es no visitar, y esos muertos, sin +embargo, nos gobiernan. Es la herencia de Caín. Y aquí, en esta novela, +he intentado escarbar en otros sótanos y escondrijos. Y como no ha +faltado quien me haya dicho que aquello era inhumano, no faltará quien +me lo diga, aunque en otro sentido, de esto. Aquello pareció a alguien +inhumano por viril, por fraternal; esto lo parecerá acaso por femenil, +por sororio. Sin que quepa negar que el varón hereda femenidad de su +madre y la mujer virilidad de su padre. ¿O es que el zángano no tiene +algo de abeja y la abeja algo de zángano? O hay, si se quiere,_ abejos +_y_ zánganas. + +_Y nada más, que no debo hacer una novela sobre otra novela._ + + _En Salamanca, ciudad, en el día de los Desposorios de Nuestra + Señora del año de gracia milésimo novecentésimo y vigésimo._ + + + + +I + + +ERA a Rosa y no a su hermana Gertrudis, que siempre salía de casa con +ella, a quien ceñían aquellas ansiosas miradas que les enderezaba +Ramiro. O por lo menos, así lo creían ambos, Ramiro y Rosa, al atraerse +el uno al otro. + +Formaban las dos hermanas, siempre juntas, aunque no por eso unidas +siempre, una pareja al parecer indisoluble, y como un solo valor. Era la +hermosura espléndida y algún tanto provocativa de Rosa, flor de carne +que se abría a flor del cielo a toda luz y todo viento, la que llevaba +de primera vez las miradas a la pareja; pero eran luego los ojos tenaces +de Gertrudis los que sujetaban a los ojos que se habían fijado en ellos +y los que a la par les ponían raya. Hubo quien al verlas pasar preparó +algún chicoleo un poco más subido de tono; mas tuvo que contenerse al +tropezar con el reproche de aquellos ojos de Gertrudis, que hablaban +mudamente de seriedad. «Con esta pareja no se juega», parecía decir con +sus miradas silenciosas. + +Y bien miradas y de cerca aún despertaba más Gertrudis el ansia de goce. +Mientras su hermana Rosa abría espléndidamente a todo viento y toda luz +la flor de su encarnadura, ella era como un cofre cerrado y sellado en +que se adivina un tesoro de ternuras y delicias secretas. + +Pero Ramiro, que llevaba el alma toda a flor de los ojos, no creyó ver +más que a Rosa, y a Rosa se dirigió desde luego. + +--Sabes que me ha escrito--le dijo ésta a su hermana. + +--Sí, vi la carta. + +--¿Cómo? ¿que la viste? ¿es que me espías? + +--¿Podía dejar de haberla visto? No, yo no espío nunca, ya lo sabes, y +has dicho eso no más que por decirlo... + +--Tienes razón, Tula, perdónamelo. + +--Sí, una vez más, porque tú eres así. Yo no espío, pero tampoco oculto +nunca nada. Vi la carta. + +--Ya lo sé; ya lo sé... + +--He visto la carta y la esperaba. + +--Y bien, ¿qué te parece de Ramiro? + +--No le conozco. + +--Pero no hace falta conocer a un hombre para decir lo que le parece a +una de él. + +--A mí, sí. + +--Pero lo que se ve, lo que está a la vista... + +--Ni de eso puedo juzgar sin conocerle. + +--¿Es que no tienes ojos en la cara? + +--Acaso no los tenga así...; ya sabes que soy corta de vista. + +--¡Pretextos! Pues mira, chica, es un guapo mozo. + +--Así parece. + +--Y simpático. + +--Con que te lo sea a ti, basta. + +--¿Pero es que crees que le he dicho ya que sí? + +--Sé que se lo dirás al cabo, y basta. + +--No importa; hay que hacerle esperar y hasta rabiar un poco... + +--¿Para qué? + +--Hay que hacerse valer. + +--Así no te haces valer, Rosa; y ese coqueteo es cosa muy fea. + +--De modo que tú... + +--A mí no se me ha dirigido. + +--¿Y si se hubiera dirigido a ti? + +--No sirve preguntar cosas sin sustancia. + +--Pero tú, si a ti se te dirige, ¿qué le habrías contestado? + +--Yo no he dicho que me parece un guapo mozo y que es simpático, y por +eso me habría puesto a estudiarle... + +--Y entretanto si iba a otra... + +--Es lo más probable. + +--Pues así, hija, ya puedes prepararte... + +--Sí, a ser tía. + +--¿Cómo tía? + +--Tía de tus hijos, Rosa. + +--¡Eh, qué cosas tienes!--y se le quebró la voz. + +--Vamos, Rosita, no te pongas así, y perdóname--le dijo dándole un beso. + +--Pero si vuelves... + +--¡No, no volveré! + +--Y bien, ¿qué le digo? + +--¡Dile que sí! + +--Pero pensará que soy demasiado fácil... + +--¡Entonces dile que no! + +--Pero es que... + +--Sí, que te parece un guapo mozo y simpático. Dile, pues, que sí y no +andes con más coqueterías, que eso es feo. Dile que sí. Después de todo, +no es fácil que se te presente mejor partido. Ramiro está muy bien, es +hijo solo... + +--Yo no he hablado de eso. + +--Pero yo hablo de ello, Rosa, y es igual. + +--¿Y no dirán, Tula, que tengo ganas de novio? + +--Y dirán bien. + +--¿Otra vez, Tula? + +--Y ciento. Tienes ganas de novio y es natural que las tengas. ¿Para qué +si no te hizo Dios tan guapa? + +--¡Guasitas no! + +--Ya sabes que yo no me guaseo. Parézcanos bien o mal, nuestra carrera +es el matrimonio o el convento; tú no tienes vocación de monja; Dios te +hizo para el mundo y el hogar... vamos, para madre de familia... No vas +a quedarte a vestir imágenes. Dile, pues, que sí. + +--¿Y tú? + +--¿Cómo yo? + +--Que tú, luego... + +--A mí déjame. + +Al día siguiente de estas palabras estaban ya en lo que se llaman +relaciones amorosas Rosa y Ramiro. + +Lo que empezó a cuajar la soledad de Gertrudis. + +Vivían las dos hermanas, huérfanas de padre y madre desde muy niñas, con +un tío materno, sacerdote, que no las mantenía, pues ellas disfrutaban +de un pequeño patrimonio que les permitía sostenerse en la holgura de la +modestia, pero les daba buenos consejos a la hora de comer, en la mesa, +dejándolas, por lo demás, a la guía de su buen natural. Los buenos +consejos eran consejos de libros, los mismos que le servían a don +Primitivo para formar sus escasos sermones. + +«Además--se decía a sí mismo con muy buen acierto don Primitivo--¿para +qué me voy a meter en sus inclinaciones y sentimientos íntimos? Lo mejor +es no hablarlas mucho de eso, que se les abre demasiado los ojos. +Aunque... ¿abrirles? ¡Bah! bien abiertos los tienen, sobre todo las +mujeres. Nosotros los hombres no sabemos una palabra de esas cosas. Y +los curas, menos. Todo lo que nos dicen los libros son pataratas. ¡Y +luego, me mete un miedo esa Tulilla...! Delante de ella no me atrevo... +no me atrevo... ¡Tiene unas preguntas la mocita! ¡Y cuando me mira tan +seria, tan seria... con esos ojazos tristes--los de mi hermana, los de +mi madre, Dios las tenga en su santa gloria!--¡Esos ojazos de luto que +se le meten a uno en el corazón...! Muy serios, sí, pero riéndose con el +rabillo. Parecen decirme: «¡no diga usted más bobadas, tío!» ¡El demonio +de la chiquilla! ¡Todavía me acuerdo el día en que se empeñó en ir, con +su hermana, a oirme aquel sermoncete; el rato que pasé, Jesús Santo! +¡Todo se me volvía apartar mis ojos de ella por no cortarme; pero nada, +ella tirando de los míos! Lo mismo, lo mismito me pasaba con su santa +madre, mi hermana, y con mi santa madre, Dios las tenga en su gloria. +Jamás pude predicar a mis anchas delante de ellas, y por eso les tenía +dicho que no fuesen a oirme. Madre iba, pero iba a hurtadillas, sin +decírmelo, y se ponía detrás de la columna, donde yo no le viera, y +luego no me decía nada de mi sermón. Y lo mismo hacía mi hermana. Pero +yo sé lo que ésta pensaba, aunque tan cristiana, lo sé. «¡Bobadas de +hombres!» Y lo mismo piensa esta mocita, estoy de ello seguro. No, no, +¿delante de ella predicar? ¿Yo? ¿Darle consejos? Una vez se le escapó lo +de _¡bobadas de hombres!_ y no dirigiéndose a mí, no, pero yo le +entiendo...» + +El pobre señor sentía un profundísimo respeto, mezclado de admiración, +por su sobrina Gertrudis. Tenía el sentimiento de que la sabiduría iba +en su linaje por vía femenina, que su madre había sido la providencia +inteligente de la casa en que se crió, que su hermana lo había sido en +la suya, tan breve. Y en cuanto a su otra sobrina, a Rosa, le bastaba +para protección y guía con su hermana. «Pero qué hermosa la ha hecho +Dios, Dios sea alabado--se decía--; esta chica o hace un gran +matrimonio, con quien ella quiera, o no tienen los mozos de hoy ojos en +la cara.» + +Y un día fué Gertrudis la que, después que Rosa se levantó de la mesa +fingiendo sentirse algo indispuesta, al quedarse a solas con su tío, le +dijo: + +--Tengo que decirle a usted, tío, una cosa muy grave. + +--Muy grave..., muy grave...--y el pobre señor se azaró, creyendo +observar que los rabillos de los ojazos tan serios de su sobrina se +reían maliciosamente. + +--Sí, muy grave. + +--Bueno, pues desembucha, hija, que aquí estamos los dos para tomar un +consejo. + +--El caso es que Rosa tiene ya novio. + +--¿Y no es más que eso? + +--Pero novio formal, ¿eh?, tío. + +--Vamos, sí, para que yo los case. + +--¡Naturalmente! + +--Y a ti, ¿qué te parece de él? + +--Aun no ha preguntado usted quién es... + +--¿Y qué más da, si yo apenas conozco a nadie? A ti qué te parece de él, +contesta. + +--Pues tampoco yo le conozco. + +--¿Pero no sabes quién es, tú? + +--Sí, sé cómo se llama y de qué familia es y... + +--¡Basta! ¿Qué te parece? + +--Que es un buen partido para Rosa y que se querrán. + +--¿Pero es que no se quieren ya? + +--¿Pero cree usted, tío, que pueden empezar queriéndose? + +--Pues así dicen, chiquilla, y hasta que eso viene como un rayo... + +--Son decires, tío. + +--Así será; basta que tú lo digas. + +--Ramiro..., Ramiro Cuadrado... + +--¿Pero es el hijo de doña Venancia, la viuda? ¡Acabáramos! No hay más +que hablar. + +--A Ramiro, tío, se le ha metido Rosa por los ojos y cree estar +enamorado de ella... + +--Y lo estará, Tulilla, lo estará... + +--Eso digo yo, tío, que lo estará. Porque como es hombre de vergüenza y +de palabra, acabará por cobrar cariño a aquella con la que se ha +comprometido ya. No le creo hombre de volver atrás. + +--¿Y ella? + +--¿Quién? ¿Mi hermana? A ella le pasará lo mismo. + +--Sabes más que San Agustín, hija. + +--Esto no se aprende, tío. + +--¡Pues que se casen, los bendigo y sanseacabó! + +--¡O sanseempezó! Pero hay que casarlos y pronto. Antes que él se +vuelva... + +--Pero temes tú que él pueda volverse... + +--Yo siempre temo de los hombres, tío. + +--¿Y de las mujeres no? + +--Esos temores deben quedar para los hombres. Pero sin ánimo de ofender +al sexo... fuerte, ¿no se dice así?, le digo que la constancia, que la +fortaleza está más bien de parte nuestra... + +--Si todas fueran como tú, chiquilla, lo creería así, pero... + +--¿Pero qué? + +--¡Que tú eres excepcional, Tulilla! + +--Le he oído a usted más de una vez, tío, que las excepciones confirman +la regla... + +--Vamos, que me aturdes... Pues bien, los casaremos, no sea que se +vuelva él... o ella... + +Por los ojos de Gertrudis pasó como la sombra de una nube de borrasca, y +si se hubiera podido oir el silencio habríase oído que en las bóvedas de +los sótanos de su alma resonaba como un eco repetido y que va +perdiéndose a lo lejos aquello de «o ella...» + + + + +II + + +¿PERO qué le pasaba a Ramiro, en relaciones ya, y en relaciones +formales, con Rosa, y poco menos que entrando en la casa? ¿Qué +dilaciones y qué frialdades eran aquéllas? + +--Mira, Tula, yo no le entiendo; cada vez le entiendo menos. Parece que +está siempre distraído y como si estuviese pensando en otra cosa--o en +otra persona, ¡quién sabe!--o temiendo que alguien nos vaya a sorprender +de pronto. Y cuando le tiro algún avance y le hablo, así como quien no +quiere la cosa, del fin que deben tener nuestras relaciones, hace como +que no oye y como si estuviera atendiendo a otra... + +--Es porque le hablas como quien no quiere la cosa. Háblale como quien +la quiere. + +--¡Eso es, y que piense que tengo prisa por casarme! + +--¡Pues que lo piense! ¿No es acaso así? + +--¿Pero crees tú, Tula, que yo estoy rabiando por casarme? + +--¿Le quieres? + +--Eso nada tiene que ver... + +--¿Le quieres, di? + +--Pues mira... + +--¡Pues mira, no! ¿le quieres? ¡sí o no! + +Rosa bajó la frente con los ojos, arrebolóse toda y llorándole la voz +tartamudeó: + +--Tienes unas cosas, Tula; ¡pareces un confesor! + +Gertrudis tomó la mano de su hermana, con otra le hizo levantar la +frente, le clavó los ojos en los ojos y le dijo: + +--Vivimos solas, hermana... + +--¿Y el tío? + +--Vivimos solas, te he dicho. Las mujeres vivimos siempre solas. El +pobre tío es un santo, pero un santo de libro, y aunque cura, al fin y +al cabo hombre. + +--Pero confiesa... + +--Acaso por eso sabe menos. Además, se le olvida. Y así debe ser. +Vivimos solas, te he dicho. Y ahora lo que debes hacer es confesarte +aquí, pero confesarte a ti misma. ¿Le quieres? repito. + +La pobre Rosa se echó a llorar. + +--¿Le quieres?--sonó la voz implacable. + +Y Rosa llegó a fingirse que aquella pregunta, en una voz pastosa y +solemne y que parecía venir de las lontananzas de la vida común de la +pureza, era su propia voz, era acaso la de su madre común. + +--Sí, creo que le querré... mucho... mucho...--exclamó en voz baja y +sollozando. + +--¡Sí, le querrás mucho y él te querrá más aún! + +--¿Y cómo lo sabes? + +--Yo sé que te querrá. + +--Entonces, ¿por qué está distraído? ¿por qué rehuye el que abordemos lo +del casorio? + +--¡Yo le hablaré de eso, Rosa, déjalo de mi cuenta! + +--¿Tú? + +--¡Yo, sí! ¿Tiene algo de extraño? + +--Pero... + +--A mí no puede cohibirme el temor que a ti te cohibe. + +--Pero dirá que rabio por casarme. + +--¡No, no dirá eso! Dirá, si quiere, que es a mí a quien me conviene que +tú te cases para facilitar así el que se me pretenda o para quedarme a +mandar aquí sola; y las dos cosas son, como sabes, dos disparates. Dirá +lo que quiera, pero yo me las arreglaré. + +Rosa cayó en brazos de su hermana, que le dijo al oído: + +--¿Y luego, tienes que quererle mucho, eh? + +--¿Y por qué me dices tú eso, Tula? + +--Porque es tu deber. + +Y al otro día, al ir Ramiro a visitar a su novia, encontróse con la +otra, con la hermana. Demudósele el semblante y se le vió vacilar. La +seriedad de aquellos serenos ojazos de luto le concentró la sangre toda +en el corazón. + +--¿Y Rosa?--preguntó sin oirse. + +--Rosa ha salido y soy yo quien tengo ahora que hablarte. + +--¿Tú?--dijo con labios que le temblaban. + +-¡Sí, yo! + +--¡Grave te pones, chica!--y se esforzó en reirse. + +--Nací con esa gravedad encima, dicen. El tío asegura que la heredé de +mi madre, su hermana, y de mi abuela, su madre. No lo sé, ni me +importa. Lo que sí sé es que me gustan las cosas sencillas y derechas y +sin engaño. + +--¿Por qué lo dices, Tula? + +--¿Y por qué rehuyes hablar de vuestro casamiento a mi hermana? Vamos, +dímelo, ¿por qué? + +El pobre mozo inclinó la frente arrebolada de vergüenza. Sentíase herido +por un golpe inesperado. + +--Tú le pediste relaciones con buen fin, como dicen los inocentes. + +--¡Tula! + +--¡Nada de Tula! Tú te pusiste con ella en relaciones para hacerla tu +mujer y madre de tus hijos... + +--¡Pero qué de prisa vas...!--y volvió a esforzarse a reirse. + +--Es que hay que ir de prisa, porque la vida es corta. + +--¡La vida es corta! ¡y lo dice a los veintidós años! + +--Más corta aún. Pues bien, ¿piensas casarte con Rosa, sí o no? + +--¡Pues qué duda cabe!--y al decirlo le temblaba el cuerpo todo. + +--Pues si piensas casarte con ella, ¿por qué diferirlo así? + +--Somos aún jóvenes... + +--¡Mejor! + +--Tenemos que probarnos... + +--¿Qué, qué es eso? ¿qué es eso de probaros? ¿Crees que la conocerás +mejor dentro de un año? Peor, mucho peor... + +--Y si luego... + +--¡No pensaste en eso al pedir la entrada aquí! + +--Pero, Tula... + +--¡Nada de Tula! ¿La quieres, sí o no? + +--¿Puedes dudarlo, Tula? + +--¡Te he dicho que nada de Tula! ¿La quieres? + +--¡Claro que la quiero! + +--Pues la querrás más todavía. Será una buena mujer para ti. Haréis un +buen matrimonio. + +--Y con tu consejo... + +--Nada de consejo. ¡Yo haré una buena tía, y basta! + +Ramiro pareció luchar un breve rato consigo mismo y como si buscase +algo, y al cabo, con un gesto de desesperada resolución, exclamó: + +--¡Pues bien, Gertrudis, quiero decirte toda la verdad! + +--No tienes que decirme más verdad--le atajó severamente--; me has dicho +que quieres a Rosa y que estás resuelto a casarte con ella; todo lo +demás de la verdad es a ella a quien se la tienes que decir luego que os +caséis. + +--Pero hay cosas... + +--No, no hay cosas que no se deba decir a la mujer... + +--¡Pero, Tula! + +--Nada de Tula, te he dicho. Si la quieres, a casarte con ella, y si no +la quieres, estás de más en esta casa. + +Estas palabras le brotaron de los labios fríos y mientras se le paraba +el corazón. Siguió a ellas un silencio de hielo, y durante él la sangre, +antes represada y ahora suelta, le encendió la cara a la hermana. Y +entonces, en el silencio agorero, podía oírsele el galope trepidante del +corazón. + +Al siguiente día se fijaba el de la boda. + + + + +III + + +DON Primitivo autorizó y bendijo la boda de Ramiro con Rosa. Y nadie +estuvo en ella más alegre que lo estuvo Gertrudis. A tal punto, que su +alegría sorprendió a cuantos la conocían, sin que faltara quien creyese +que tenía muy poco de natural. + +Fuéronse a su casa los recién casados, y Rosa reclamaba a ella de +continuo la presencia de su hermana. Gertrudis le replicaba que a los +novios les convenía soledad. + +--Pero si es al contrario, hija, si nunca he sentido más tu falta; ahora +es cuando comprendo lo que te quería. + +Y poníase a abrazarla y besuquearla. + +--Sí, sí--le replicaba Gertrudis sonriendo gravemente--; vuestra +felicidad necesita de testigos; se os acrecienta la dicha sabiendo que +otros se dan cuenta de ella. + +Ibase, pues, de cuando en cuando a hacerles compañía; a comer con ellos +alguna vez. Su hermana le hacía las más ostentosas demostraciones de +cariño, y luego a su marido, que, por su parte, aparecía como +avergonzado ante su cuñada. + +--Mira--llegó a decirle una vez Gertrudis a su hermana ante aquellas +señales--, no te pongas así, tan babosa. No parece sino que has +inventado lo del matrimonio. + +Un día vió un perrito en la casa. + +--Y esto ¿qué es? + +--Un perro, chica, ¿no lo ves? + +--¿Y cómo ha venido? + +--Lo encontré ahí, en la calle, abandonado y medio muerto, me dió +lástima, le traje, le di de comer, le curé y aquí le tengo--y lo +acariciaba en su regazo y le daba besos en el hocico. + +--Pues mira, Rosa, me parece que debes regalar el perrito, porque el que +le mates me parece una crueldad. + +--¿Regalarle? Y ¿por qué? Mira, Tití--y al decirlo apechugaba contra su +seno al animalito--, me dicen que te eche. ¿Adónde irás tú, pobrecito? + +--Vamos, vamos, no seas chiquilla y no lo tomes así. ¿A que tu marido es +de mi opinión? + +--¡Claro, en cuanto se lo digas! Como tú eres la sabia... + +--Déjate de esas cosas y deja al perro. + +--Pero ¿qué? ¿Crees que tendrá Ramiro celos? + +--Nunca creí, Rosa, que el matrimonio pudiese entontecer así. + +Cuando llegó Ramiro y se enteró de la pequeña disputa por lo del perro, +no se atrevió a dar la razón ni a la una ni a la otra, declarando que la +cosa no tenía importancia. + +--No, nada la tiene y lo tiene todo, según--dijo Gertrudis--. Pero en +eso hay algo de chiquillada, y aún más. Serás capaz, Rosa, de haberte +traído aquella pepona que guardas desde que nos dieron dos, una a ti y a +mí otra, siendo niñas, y serás capaz de haberla puesto ocupando su +silla... + +--Exacto; allí está, en la sala, con su mejor traje, ocupando toda una +silla de respeto. ¿La quieres ver? + +--Así es--asintió Ramiro. + +--Bueno, ya la quitarás de allí... + +--Quia, hija, la guardaré... + +--Sí, para juguete de tus hijas... + +--¡Qué cosas se te ocurren, Tula...!--y se arreboló. + +--No, es a ti a quien se te ocurren cosas como la del perro. + +--Y tú--exclamó Rosa, tratando de desasirse de aquella inquisitoria que +le molestaba--¿no tienes también tu pepona? ¿La has dado, o deshecho +acaso? + +--No--respondióle resueltamente su hermana--, pero la tengo guardada. + +--¡Y tan guardada que no se la he podido descubrir nunca...! + +--Es que Gertrudis la guarda para sí sola--dijo Ramiro sin saber lo que +decía. + +--Dios sabe para qué la guardo. Es un talismán de mi niñez. + +El que iba poco, poquísimo, por casa del nuevo matrimonio era el bueno +de don Primitivo. «El onceno no estorbar»--decía. + +Corrían los días, todos iguales, en una y otra casa. Gertrudis se había +propuesto visitar lo menos posible a su hermana, pero ésta venía a +buscarla en cuanto pasaba un par de días sin que se viesen. «¿Pero qué, +estás mala, chica? ¿O te sigue estorbando el perro? Porque si es así, +mira, le echaré. ¿Por qué me dejas así, sola?» + +--¿Sola, Rosa? ¿Sola? ¿Y tu marido? + +--Pero él se tiene que ir a sus asuntos... + +--O los inventa... + +--¿Qué, es que crees que me deja aposta? ¿Es que sabes algo? ¡Dilo, +Tula, por lo que más quieras, por nuestra madre dímelo! + +--No, es que os aburrís de vuestra felicidad y de vuestra soledad. Ya le +echarás el perro o si no te darán antojos, y será peor. + +--No digas esas cosas. + +--Te darán antojos--replicó con más firmeza. + +Y cuando al fin fué un día a decirle que había regalado el perrito, +Gertrudis, sonriendo gravemente y acariciándola como a una niña, le +preguntó al oído: «¿Por miedo a los antojos, eh?» Y al oir en respuesta +un susurrado «¡sí!» abrazó a su hermana con una efusión de que ésta no +la creía capaz. + +--Ahora va de veras, Rosa; ahora no os aburriréis de la felicidad ni de +la soledad y tendrá varios asuntos tu marido. Esto era lo que os +faltaba... + +--Y acaso lo que te faltaba... ¿no es así, hermanita? + +--¿Y a ti quién te ha dicho eso? + +--Mira, aunque soy tan tonta, como he vivido siempre contigo... + +--¡Bueno, déjate de bromas! + +Y desde entonces empezó Gertrudis a frecuentar más la casa de su +hermana. + + + + +IV + + +EN el parto de Rosa, que fué durísimo, nadie estuvo más serena y +valerosa que Gertrudis. Creeríase que era una veterana en asistir a +trances tales. Llegó a haber peligro de muerte para la madre o la cría +que hubiera de salir, y el médico llegó a hablar de sacársela viva o +muerta. + +--¿Muerta?--exclamó Gertrudis--; ¡eso sí que no! + +--¿Pero no ve usted--exclamó el médico--que aunque se muera el crío +queda la madre para hacer otros, mientras que si se muere ella no es lo +mismo? + +Pasó rápidamente por el magín de Gertrudis replicarle que quedaban otras +madres, pero se contuvo e insistió: + +--Muerta, ¡no!, ¡nunca! Y hay, además, que salvar un alma. + +La pobre parturienta ni se enteraba de cosa alguna. Hasta que, rendida +al combate, dió a luz un niño. + +Recojiólo Gertrudis con avidez, y como si nunca hubiera hecho otra cosa +lo lavó y envolvió en sus pañales. + +--Es usted comadrona de nacimiento--le dijo el médico. + +Tomó la criaturita y se la llevó a su padre, que en un rincón, aterrado +y como contrito de una falta, aguardaba la noticia de la muerte de su +mujer. + +--¡Aquí tienes tu primer hijo, Ramiro; mírale qué hermoso! + +Pero al levantar la vista el padre, libre del peso de su angustia, no +vió sino los ojazos de su cuñada, que irradiaban una luz nueva, más +negra pero más brillante que la de antes. Y al ir a besar a aquel rollo +de carne que le presentaban como su hijo rozó su mejilla, encendida, con +la de Gertrudis. + +--Ahora--le dijo tranquilamente ésta--ve a dar las gracias a tu mujer, a +pedirle perdón y a animarla. + +--¿A pedirle perdón? + +--Sí, a pedirle perdón. + +--¿Y por qué? + +--Yo me entiendo y ella te entenderá. Y en cuanto a éste--y al decirlo +apretábalo contra su seno palpitante--corre ya de mi cuenta, y o poco he +de poder o haré de él un hombre. + +La casa le daba vueltas en derredor a Ramiro. Y del fondo de su alma +salíale una voz diciendo: «¿Cuál es la madre?» + +Poco después ponía Gertrudis cuidadosamente el niño al lado de la madre, +que parecía dormir extenuada y con la cara blanca como la nieve. Pero +Rosa entreabrió los ojos y se encontró con los de su hermana. Al ver a +ésta una corriente de ánimo recorrió el cuerpo todo victorioso de la +nueva madre. + +--¡Tula!--gimió. + +--Aquí estoy, Rosa, aquí estaré. Ahora descansa. Cuando sea le das de +mamar a este crío para que se calle. De todo lo demás no te preocupes. + +--Creí morirme, Tula. Aun ahora me parece que sueño muerta. Y me daba +tanta pena de Ramiro... + +--Cállate. El médico ha dicho que no hables mucho. El pobre Ramiro +estaba más muerto que tú. ¡Ahora, ánimo, y a otra! + +La enferma sonrió tristemente. + +--Este se llamará Ramiro, como su padre--decretó luego Gertrudis en +pequeño consejo de familia--y la otra, porque la siguiente será niña, +Gertrudis como yo. + +--¿Pero ya estás pensando en otra--exclamó don Primitivo--y tu pobre +hermana de por poco se queda en el trance? + +--¿Y qué hacer?--replicó ella--; ¿para qué se han casado si no? ¿No es +así, Ramiro?--y le clavó los ojos. + +--Ahora lo que importa es que se reponga--dijo el marido sobrecojiéndose +bajo aquella mirada. + +--¡Bah!, de estas dolencias se repone una mujer pronto. + +--Bien dice el médico, sobrina, que parece como si hubieras nacido +comadrona. + +--Toda mujer nace madre, tío. + +Y lo dijo con tan íntima solemnidad casera, que Ramiro se sintió presa +de un indefinible desasosiego y de un extraño remordimiento. «¿Querré yo +a mi mujer como se merece?»--se decía. + +--Y ahora, Ramiro--le dijo su cuñada--ya puedes decir que tienes mujer. + +Y a partir de entonces no faltó Gertrudis un solo día de casa de su +hermana. Ella era quien desnudaba y vestía y cuidaba al niño hasta que +su madre pudiera hacerlo. + +La cual se repuso muy pronto y su hermosura se redondeó más. A la vez +extremó sus ternuras para con su marido y aun llegó a culparle de que se +le mostraba esquivo. + +--Temí por tu vida--le dijo su marido--y estaba aterrado. Aterrado y +desesperado y lleno de remordimiento. + +--Remordimiento, ¿por qué? + +--¡Si llegas a morirte me pego un tiro! + +--¡Quia! ¿a qué? «Cosas de hombres», que diría Tula. Pero eso ya pasó y +ya sé lo que es. + +--¿Y no has quedado escarmentada, Rosa? + +--¿Escarmentada?--y cojiendo a su marido, echándole los brazos al +cuello, apechugándole fuertemente a sí, le dijo al oído con un aliento +que se lo quemaba:--¡A otra, Ramiro, a otra! ¡Ahora sí que te quiero! ¡Y +aunque me mates! + +Gertrudis en tanto arrollaba al niño, celosa de que no se +percatase--¡inocente!--de los ardores de sus padres. + +Era como una preocupación en la tía la de ir sustrayendo al niño, ya +desde su más tierna edad de inconciencia, de conocer, ni en las más +leves y remotas señales, el amor de que había brotado. Colgóle al cuello +desde luego una medalla de la Santísima Virgen, de la Virgen Madre, con +su Niño en brazos. + +Con frecuencia, cuando veía que su hermana, la madre, se impacientaba en +acallar al niño o al envolverlo en sus pañales, le decía: + +--Dámelo, Rosa, dámelo, y vete a entretener a tu marido... + +--Pero, Tula... + +--Sí, tú tienes que atender a los dos y yo sólo a éste. + +--Tienes, Tula, una manera de decir las cosas... + +--No seas niña, ea, que eres ya toda una señora mamá. Y da gracias a +Dios que podamos así repartirnos el trabajo. + +--Tula... Tula... + +--Ramiro... Ramiro... Rosa. + +La madre se amoscaba, pero iba a su marido. + +Y así pasaba el tiempo y llegó otra cría, una niña. + + + + +V + + +A poco de nacer la niña encontraron un día muerto al bueno de don +Primitivo. Gertrudis le amortajó después de haberle lavado--quería que +fuese limpio a la tumba--con el mismo esmero con que había envuelto en +pañales a sus sobrinos recién nacidos. Y a solas en el cuarto con el +cuerpo del buen anciano, le lloró como no se creyera capaz de hacerlo. +«Nunca habría creído que le quisiese tanto--se dijo--; era un bendito; +de poco llega a hacerme creer que soy un pozo de prudencia; ¡era tan +sencillo!» + +--Fué nuestro padre--le dijo a su hermana--y jamás le oímos una palabra +más alta que otra. + +--¡Claro!--exclamó Rosa--; como que siempre nos dejó hacer nuestra +santísima voluntad. + +--Porque sabía, Rosa, que su sola presencia santificaba nuestra +voluntad. Fué nuestro padre; él nos educó. Y para educarnos le bastó la +trasparencia de su vida, tan sencilla, tan clara... + +--Es verdad, sí--dijo Rosa con los ojos henchidos de lágrimas--, como +sencillo no he conocido otro. + +--Nos habría sido imposible, hermana, habernos criado en un hogar más +limpio que éste. + +--¿Qué quieres decir con eso, Tula? + +--El nos llenó la vida casi silenciosamente casi sin decirnos palabra, +con el culto de la Santísima Virgen Madre y con el culto también de +nuestra madre, su hermana, y de nuestra abuela, su madre. ¿Te acuerdas +cuando por las noches nos hacía rezar el rosario, cómo le cambiaba la +voz al llegar a aquel padrenuestro y avemaría por el eterno descanso del +alma de nuestra madre, y luego aquellos otros por el de su madre, +nuestra abuela, a las que no conocimos? En aquel rosario nos daba madre +y en aquel rosario te enseñó a serlo. + +--¡Y a ti, Tula, a ti!--exclamó entre sollozos Rosa. + +--¿A mí? + +--¡A ti, sí, a ti! ¿Quién, si no, es la verdadera madre de mis hijos? + +--Deja ahora eso. Y ahí le tienes, un santo silencioso. Me han dicho que +las pobres beatas lloraban algunas veces al oirle predicar sin percibir +ni una sola de sus palabras. Y lo comprendo. Su voz sola era un consejo +de serenidad amorosa. ¡Y ahora, Rosa, el rosario! + +Arrodilláronse las dos hermanas al pie del lecho mortuorio de su tío y +rezaron el mismo rosario que con él habían rezado durante tantos años, +con dos padrenuestros y avemarías por el eterno descanso de las almas de +su madre y de la del que yacía allí muerto, a que añadieron otro +padrenuestro y otra avemaría por el alma del recién bienaventurado. Y +las lenguas de manso y dulce fuego de los dos cirios que ardían a un +lado y otro del cadáver, haciendo brillar su frente, tan blanca como la +cera de ellos, parecían, vibrando al compás del rezo, acompañar en sus +oraciones a las dos hermanas. Una paz entrañable irradiaba de aquella +muerte. Levantáronse del suelo las dos hermanas, la pareja; besaron, +primero Gertrudis y Rosa después, la frente cérea del anciano y +abrazáronse luego con los ojos ya enjutos. + +--Y ahora--le dijo Gertrudis a su hermana al oído--a querer mucho a tu +marido, a hacerle dichoso y... ¡a darnos muchos hijos! + +--Y ahora--le respondió Rosa--te vendrás a vivir con nosotros, por +supuesto. + +--¡No, eso no!--exclamó súbitamente la otra. + +--¿Cómo que no? Y lo dices de un modo... + +--Sí, sí, hermana; perdóname la viveza, perdónamela, ¿me la perdonas?--e +hizo mención, ante el cadáver, de volver a arrodillarse. + +--Vaya, no te pongas así, Tula, que no es para tanto. Tienes unos +prontos... + +--Es verdad, pero me los perdonas, ¿no es verdad, Rosa?, me los +perdonas. + +--Eso ni se pregunta. Pero te vendrás con nosotros... + +--No insistas, Rosa, no insistas... + +--¿Qué? ¿No te vendrás? Dejarás a tus sobrinos, más bien tus hijos +casi... + +--Pero si no los he dejado un día... + +--¿Te vendrás? + +--Lo pensaré, Rosa, lo pensaré... + +--Bueno, pues no insisto. + +Pero a los pocos días insistió, y Gertrudis se defendía. + +--No, no; no quiero estorbaros... + +--¿Estorbarnos? ¿qué dices, Tula? + +--Los casados casa quieren. + +--¿Y no puede ser la tuya también? + +--No, no; aunque tú no lo creas, yo os quitaría libertad. ¿No es así, +Ramiro? + +--No... no veo...--balbuceó el marido confuso, como casi siempre le +ocurría, ante la inesperada interpelación de su cuñada. + +--Sí, Rosa; tu marido, aunque no lo dice, comprende que un matrimonio, y +más un matrimonio joven como vosotros y en plena producción, necesita +estar solo. Yo, la tía, vendré a mis horas a ir enseñando a vuestros +hijos todo aquello en que no podáis ocuparos. + +Y allá seguía yendo, a las veces desde muy temprano, encontrándose con +el niño ya levantado, pero no así sus padres. «Cuando digo que hago yo +aquí falta»--se decía. + + + + +VI + + +VENÍA ya el tercer hijo al matrimonio. Rosa empezaba a quejarse de su +fecundidad. «Vamos a cargarnos de hijos»--decía. A lo que su hermana: +«¿Pues para qué os habéis casado?» + +El embarazo fué molestísimo para la madre y tenía que descuidar más que +antes a sus otros hijos, que así quedaban al cuidado de su tía, +encantada de que se los dejasen. Y hasta consiguió llevárselos más de un +día a su casa, a su solitario hogar de soltera, donde vivía con la vieja +criada que fué de don Primitivo, y donde los retenía. Y los pequeñuelos +se apegaban con ciego cariño a aquella mujer severa y grave. + +Ramiro, malhumorado antes en los últimos meses de los embarazos de su +mujer, malhumor que desasosegaba a Gertrudis, ahora lo estaba más. + +--¡Qué pesado y molesto es esto!--decía. + +--¿Para ti?--le preguntaba su cuñada sin levantar los ojos del sobrino o +sobrina que de seguro tenía en el regazo. + +--Para mí, sí. Vivo en perpetuo sobresalto, temiéndolo todo. + +--¡Bah! no será al fin nada. La Naturaleza es sabia. + +--Pero tantas veces va el cántaro a la fuente... + +--¡Ay, hijo, todo tiene sus riesgos y todo estado sus contrariedades! + +Ramiro se sobrecojía al oirse llamar hijo por su cuñada, que rehuía +darle su nombre, mientras él en cambio se complacía en llamarla por el +familiar Tula. + +--¡Qué bien has hecho en no casarte, Tula! + +--¿De veras?--y levantando los ojos se los clavó en los suyos. + +--De veras, sí. Todo son trabajos y aun peligros... + +--¿Y sabes tú acaso si no me he de casar todavía? + +--Claro. ¡Lo que es por la edad! + +--¿Pues por qué ha de quedar? + +--Como no te veo con afición a ello... + +--¿Afición a casarse? ¿Qué es eso? + +--Bueno; es que... + +--Es que no me ves buscar novio, ¿no es eso? + +--No, no es eso. + +--Sí, eso es. + +--Si tú los aceptaras, de seguro que no te habrán faltado... + +--Pero yo no puedo buscarlos. No soy hombre, y la mujer tiene que +esperar y ser elegida. Y yo, la verdad, me gusta elegir, pero no ser +elegida. + +--¿Qué es eso de que estáis hablando?--dijo Rosa acercándose y dejándose +caer abatida en un sillón. + +--Nada, discreteos de tu marido sobre las ventajas e inconvenientes del +matrimonio. + +--¡No hables de eso, Ramiro! Vosotros los hombres apenas sabéis de eso. +Somos nosotras las que nos casamos, no vosotros. + +--¡Pero, mujer! + +--Anda, ven, sosténme, que apenas puedo tenerme en pie. Voy a echarme. +Adiós, Tula. Ahí te los dejo. + +Acercóse a ella su marido; le tomó del brazo con sus dos manos y se +incorporó y levantó trabajosamente; luego, tendiéndole un brazo por el +hombro, doblando su cabeza hasta casi darle en éste con ella y +cojiéndole con la otra mano, con la diestra, de su diestra, se fué +lentamente, así apoyada en él y gimoteando. Gertrudis, teniendo a cada +uno de sus sobrinos en sus rodillas, se quedó mirando la marcha +trabajosa de su hermana, colgada de su marido como una enredadera de su +rodrigón. Llenáronsele los grandes ojazos, aquellos ojos de luto, +serenamente graves, gravemente serenos, de lágrimas, y apretando a su +seno a los dos pequeños, apretó sus mejillas a cada una de las de ellos. +Y el pequeñito, Ramirín, al ver llorar a su tía, a tita Tula, se echó a +llorar también. + +--Vamos, no llores; vamos a jugar. + +De este tercer parto quedó quebrantadísima Rosa. + +--Tengo malos presentimientos, Tula. + +--No hagas caso de agüeros. + +--No es agüero; es que siento que se me va la vida; he quedado sin +sangre. + +--Ella volverá. + +--Por de pronto ya no puedo criar este niño. Y eso de las amas, Tula, +¡eso me aterra! + +Y así era, en verdad. En pocos días cambiaron tres. El padre estaba +furioso y hablaba de tratarlas a latigazos. Y la madre decaía. + +--¡Esto se va!--pronunció un día el médico. + +Ramiro vagaba por la casa como atontado, presa de extraños +remordimientos y de furias súbitas. Una tarde llegó a decir a su cuñada: + +--Pero es que esta Rosa no hace nada por vivir; se le ha metido en la +cabeza que tiene que morirse y ¡es claro! así se morirá. ¿Por qué no le +animas y le convences a que viva? + +--Eso tú, hijo, tú, su marido. Si tú no le infundes apetito de vivir, +¿quién va a infundírselo? Porque sí, no es lo peor lo débil y exangüe +que está; lo peor es que no piensa sino en morirse. Ya ves, hasta los +chicos la cansan pronto. Y apenas si pregunta por las cosas del ama. + +Y era que la pobre Rosa vivía como en sueños, en un constante mareo, +viéndolo todo como a través de una niebla. + +Una tarde llamó a solas a su hermana y en frases entrecortadas, con un +hilito de voz febril, le dijo cojiéndole la mano: + +--Mira, Tula, yo me muero y me muero sin remedio. Ahí te dejo mis hijos, +los pedazos de mi corazón, y ahí te dejo a Ramiro, que es como otro +hijo. Créeme que es otro niño, un niño grande y antojadizo, pero bueno, +más bueno que el pan. No me ha dado ni un solo disgusto. Ahí te los +dejo, Tula. + +--Descuida, Rosa; conozco mis deberes. + +--Deberes... deberes... + +--Sí, sé mis amores. A tus hijos no les faltará madre mientras yo viva. + +--Gracias, Tula, gracias. Eso quería de ti. + +--Pues no lo dudes. + +--¡Es decir que mis hijos, los míos, los pedazos de mi corazón no +tendrán madrastra! + +--¿Qué quieres decir con eso, Rosa? + +--Que como Ramiro volverá a pensar en casarse... es lo natural... tan +joven... y yo sé que no podrá vivir sin mujer, lo sé... pues que... + +--¿Qué quieres decir? + +--Que serás tú su mujer, Tula. + +--Yo no te he dicho eso, Rosa, y ahora, en este momento, no puedo, ni +por piedad, mentir. Yo no te he dicho que me casaré con tu marido si tú +le faltas; yo te he dicho que a tus hijos no les faltará madre... + +--No, tú me has dicho que no tendrán madrastra. + +--¡Pues bien, sí, no tendrán madrastra! + +--Y eso no puede ser sino casándote tú con mi Ramiro, y mira, no tengo +celos, no. ¡Si ha de ser de otra, que sea tuyo! Que sea tuyo. Acaso... + +--¿Y por qué ha de volver a casarse? + +--¡Ay, Tula, tú no conoces a los hombres! Tú no conoces a mi marido... + +--No, no le conozco. + +--¡Pues yo sí! + +--Quién sabe... + +La pobre enferma se desvaneció. + +Poco después llamaba a su marido. Y al salir éste del cuarto iba +desencajado y pálido como un cadáver. + +La Muerte afilaba su guadaña en la piedra angular del hogar de Rosa y +Ramiro, y mientras la vida de la joven madre se iba en rosario de gotas, +destilando, había que andar a la busca de una nueva ama de cría para el +pequeñito, que iba rindiéndose también de hambre. Y Gertrudis, dejando +que su hermana se adormeciese en la cuna de una agonía lenta, no hacía +sino agitarse en busca de un seno próvido para su sobrinito. Procuraba +irle engañando el hambre, sosteniéndole a biberón. + +--¿Y esa ama? + +--¡Hasta mañana no podrá venir, señorita! + +--Mira, Tula--empezó Ramiro. + +--¡Déjame! ¡Déjame! ¡Vete al lado de tu mujer, que se muere de un +momento a otro; vete, que allí es tu puesto, y déjame con el niño! + +--Pero, Tula... + +--Déjame, te he dicho. Vete a verla morir; a que entre en la otra vida +en tus brazos; ¡vete! ¡Déjame! + +Ramiro se fué. Gertrudis tomó a su sobrinito, que no hacía sino gemir; +encerróse con él en un cuarto y sacando uno de sus pechos secos, uno de +sus pechos de doncella que arrebolado todo él le retemblaba como con +fiebre, le retemblaba por los latidos del corazón--era el derecho--, +puso el botón de ese pecho en la flor sonrosada pálida de la boca del +pequeñuelo. Y éste gemía más estrujando entre sus pálidos labios el +conmovido pezón seco. + +--Un milagro, Virgen Santísima--gemía Gertrudis con los ojos velados por +las lágrimas--; un milagro, y nadie lo sabrá, nadie. + +Y apretaba como una loca al niño a su seno. + +Oyó pasos y luego que intentaban abrir la puerta. Metióse el pecho, lo +cubrió, se enjugó los ojos y salió a abrir. Era Ramiro, que le dijo: + +--¡Ya acabó! + +--Dios la tenga en su gloria. Y ahora, Ramiro, a cuidar de éstos. + +--¿A cuidar? Tú... tú... porque sin ti... + +--Bueno, ahora a criarlos te digo. + + + + +VII + + +AHORA, ahora que se había quedado viudo era cuando Ramiro sentía todo lo +que sin él siquiera sospecharlo había querido a Rosa, su mujer. Uno de +sus consuelos, el mayor, era recojerse en aquella alcoba en que tanto +habían vivido amándose y repasar su vida de matrimonio. + +Primero el noviazgo, aquel noviazgo, aunque no muy prolongado, de lento +reposo, en que Rosa parecía como que le hurtaba el fondo del alma +siempre, y como si por acaso no la tuviese o haciéndole pensar que no la +conocería hasta que fuese suya del todo y por entero; aquel noviazgo de +recato y de reserva, bajo la mirada de Gertrudis, que era todo alma. +Repasaba en su mente Ramiro, lo recordaba bien, cómo la presencia de +Gertrudis, la tía Tula de sus hijos, le contenía y desasosegaba, cómo +ante ella no se atrevía a soltar ninguna de esas obligadas bromas entre +novios, sino a medir sus palabras. + +Vino luego la boda y la embriaguez de los primeros meses, de las lunas +de miel; Rosa iba abriéndole el espíritu, pero era éste tan sencillo, +tan trasparente, que cayó en la cuenta Ramiro de que no le había velado +ni recatado nada. Porque su mujer vivía con el corazón en la mano y +extendida ésta en gesto de oferta y con las entrañas espirituales al +aire del mundo, entregada por entero al cuidado del momento, como viven +las rosas del campo y las alondras del cielo. Y era a la vez el espíritu +de Rosa como un reflejo del de su hermana, como el agua corriente al sol +de que aquél era el manantial cerrado. + +Llegó, por fin, una mañana en que se le desprendieron a Ramiro las +escamas de la vista, y purificada ésta vió claro con el corazón. Rosa no +era una hermosura cual él se la había creído y antojado, sino una figura +vulgar, pero con todo el más dulce encanto de la vulgaridad recojida y +mansa; era como el pan de cada día, como el pan casero y cotidiano y no +un raro manjar de turbadores jugos. Su mirada que sembraba paz, su +sonrisa, su aire de vida, eran encarnación de un ánimo sedante, +sosegado y doméstico. Tenía su pobre mujer algo de planta en la +silenciosa mansedumbre, en la callada tarea de beber y atesorar luz con +los ojos y derramarla luego convertida en paz; tenía algo de planta en +aquella fuerza velada y a la vez poderosa con que de continuo, momento +tras momento, chupaba jugos de las entrañas de la vida común ordinaria y +en la dulce naturalidad con que abría sus perfumadas corolas. + +¡Qué de recuerdos! Aquellos juegos cuando la pobre se le escapaba y la +perseguía él por la casa toda fingiendo un triunfo para cobrar como +botín besos largos y apretados, boca a boca; aquel cojerle la cara con +ambas manos y estarse en silencio mirándole al alma por los ojos y, +sobre todo, cuando apoyaba el oído sobre el pecho de ella ciñéndole con +los brazos el talle, y escuchándole la marcha tranquila del corazón le +decía: «¡Calla, déjale que hable!» + +Y las visitas de Gertrudis, que con su cara grave y sus grandes ojazos +de luto a que se asomaba un espíritu embozado, parecía decirles: «Sois +unos chiquillos que cuando no os veo estáis jugando a marido y mujer; no +es esa la manera de prepararse a criar hijos, pues el matrimonio se +instituyó para casar, dar gracia a los casados y que críen hijos para el +cielo.» + +¡Los hijos! Ellos fueron sus primeras grandes meditaciones. Porque pasó +un mes y otro y algunos más, y al no notar señal ni indicio de que +hubiese fructificado aquel amor, «¿tendría razón--decíase +entonces--Gertrudis? ¿Sería verdad que no estaban sino jugando a marido +y mujer y sin querer, con la fuerza toda de la fe en el deber, el fruto +de la bendición del amor justo?» Pero lo que más le molestaba entonces, +recordábalo bien ahora, era lo que pensarían los demás, pues acaso +hubiese quien le creyera a él, por eso de no haber podido hacer hijos, +menos hombre que otros. ¿Por qué no había de hacer él, y mejor, lo que +cualquier mentecato, enclenque y apocado hace? Heríale en su amor +propio; habría querido que su mujer hubiese dado a luz a los nueve meses +justos y cabales de haberse ellos casado. Además, eso de tener hijos o +no tenerlos debía de depender--decíase entonces--de la mayor o menor +fuerza de cariño que los casados se tengan, aunque los hay +enamoradísimos uno de otro y que no dan fruto, y otros, ayuntados por +conveniencias de fortuna y ventura, que se carguen de críos. Pero--y +esto sí que lo recordaba bien ahora--pero para explicárselo había +fraguado su teoría, y era que hay un amor aparente y conciente, de +cabeza, que puede mostrarse muy grande y ser, sin embargo, infecundo, y +otro sustancial y oculto, recatado aun al propio conocimiento de los +mismos que lo alimentan, un amor del alma y el cuerpo enteros y justos, +amor fecundo siempre. ¿No querría él lo bastante a Rosa o no le querría +lo bastante Rosa a él? Y recordaba ahora cómo había tratado de descifrar +el misterio mientras la envolvía en besos, a solas, en el silencio y +oscuro de la noche y susurrándola una y otra vez al oído en letanía un +rosario de: «¿me quieres, me quieres, Rosa?», mientras a ella se la +escapaban síes desfallecidos. Aquello fué una locura, una necia locura, +de la que se avergonzaba apenas veía entrar a Gertrudis derramando +serena seriedad en torno, y de aquello le curó la sazón del amor cuando +le fué anunciado el hijo. Fué un trasporte loco... ¡había vencido! Y +entonces fué cuando vino, con su primer fruto, el verdadero amor. + +El amor, sí. ¿Amor? ¿Amor dicen? ¿Qué saben de él todos esos escritores +amatorios, que no amorosos, que de él hablan y quieren excitarlo en +quien los lee? ¿Qué saben de él los galeotos de las letras? ¿Amor? No +amor, sino mejor cariño. Eso de amor--decíase Ramiro ahora--sabe a +libro; sólo en el teatro y en las novelas se oye el _yo te amo_; en la +vida de carne y sangre y hueso el entrañable _¡te quiero!_ y el más +entrañable aún callárselo. ¿Amor? No, ni cariño siquiera, sino algo sin +nombre y que no se dice por confundirse ello con la vida misma. Los más +de los cantores amatorios saben de amor lo que de oración los +masculla-jaculatorias, traga-novenas y engulle-rosarios. No, la oración +no es tanto algo que haya de cumplirse a tales o cuales horas, en sitio +apartado y recojido y en postura compuesta, cuanto es un modo de hacerlo +todo votivamente con toda el alma y viviendo en Dios. Oración ha de ser +el comer y el beber y el pasearse y el jugar y el leer y el escribir y +el conversar y hasta el dormir, y rezo todo, y nuestra vida un continuo +y mudo «¡hágase tu voluntad!» y un incesante «¡venga a nos el tu reino!» +no ya pronunciados, mas ni aun pensados siquiera, sino vividos. Así oyó +de la oración una vez Ramiro a un santo varón religioso que pasaba por +maestro de ella, y así lo aplicó él al amor luego. Pues el que profesara +a su mujer y a ella le apegaba veía bien ahora en que ella se le fué, +que se le llegó a fundir con el rutinero andar de la vida diaria, que lo +había respirado en las mil naderías y frioleras del vivir doméstico, que +le fué como el aire que se respira y al que no se le siente sino en +momentos de angustioso ahogo, cuando nos falta. Y ahora ahogábase +Ramiro, y la congoja de su viudez reciente le revelaba todo el poderío +del amor pasado y vivido. + +Al principio de su matrimonio fué, sí, el imperio del deseo; no podía +juntar carne con carne sin que la suya se le encendiese y alborotase y +empezara a martillarle el corazón, pero era porque la otra no era aún de +veras y por entero suya también; pero luego, cuando ponía su mano sobre +la carne desnuda de ella, era como si en la propia la hubiese puesto, +tan tranquilo se quedaba; mas también si se la hubiesen cortado habríale +dolido como si se la cortaran a él. ¿No sintió acaso en sus entrañas los +dolores de los partos de su Rosa? + +Cuando la vió gozar, sufriendo al darle su primer hijo, es cuando +comprendió cómo es el amor más fuerte que la vida y que la muerte, y +domina la discordia de éstas; cómo el amor hace morirse a la vida y +vivir la muerte; cómo él vivía ahora la muerte de su Rosa y se moría en +su propia vida. Luego, al ver al niño dormido y sereno, con los labios +en flor entreabiertos vió al amor hecho carne que vive. Y allí, sobre la +cuna, contemplando a su fruto, traía a sí a la madre, y mientras el niño +sonreía en sueños palpitando sus labios, besaba él a Rosa en la corola +de sus labios frescos y en la fuente de paz de sus ojos. Y le decía +mostrándole dos dedos de la mano: «¡Otra vez, dos, dos...!» Y ella: +«¡No, no, ya no más, uno y no más!» Y se reía. Y él: «¡Dos, dos, me ha +entrado el capricho de que tengamos dos melguizos, una parejita, niño y +niña!» Y cuando ella volvió a quedarse encinta, a cada paso y tropezón, +él: «¡Qué cargado viene eso! ¡Qué granazón! ¡Me voy a salir con la mía; +por lo menos, dos!» «¡Uno, el último, y basta!», replicaba ella riendo. +Y vino el segundo, la niña, Tulita, y luego que salió con vida, cuando +descansaba la madre, la besó larga y apretadamente en la boca, como en +premio, diciéndose: «¡bien has trabajado, pobrecilla!»; mientras Rosa, +vencedora de la muerte y de la vida, sonreía con los domésticos ojos +apacibles. + +¡Y murió!; aunque pareciese mentira, se murió. Vino la tarde terrible +del combate último. Allí estuvo Gertrudis, mientras el cuidado de la +pobrecita niña que desfallecía de hambre se lo permitió, sirviendo +medicinas inútiles, componiendo la cama, animando a la enferma, +encorazonando a todos. Tendida en el lecho que había sido campo de donde +brotaron tres vidas, llegó a faltarle el habla y las fuerzas, y cojida +de la mano a la mano de su hombre, del padre de sus hijos, mirábale como +el navegante, al ir a perderse en el mar sin orillas, mira al lejano +promontorio, lengua de la tierra nativa, que se va desvaneciendo en la +lontananza y junto al cielo; en los trances del ahogo miraban sus ojos, +desde el borde la eternidad, a los ojos de su Ramiro. Y parecía aquella +mirada una pregunta desesperada y suprema, como si a punto de partirse +para nunca más volver a tierra, preguntase por el oculto sentido de la +vida. Aquellas miradas de congoja reposada, de acongojado reposo, +decían: «Tú, tú que eres mi vida, tú que conmigo has traído al mundo +nuevos mortales, tú que me has sacado tres vidas, tú, mi hombre, dime, +¿esto qué es?» Fué una tarde abismática. En momentos de tregua, teniendo +Rosa entre sus manos, húmedas y febriles, las manos temblorosas de +Ramiro, clavados en los ojos de éste sus ojos henchidos de cansancio de +vida, sonreía tristemente, volviéndolos luego al niño, que dormía allí +cerca, en su cunita, y decía con los ojos, y alguna vez con un hilito de +voz: «¡No despertarle, no!, ¡que duerma, pobrecillo!, ¡que duerma... que +duerma hasta hartarse, que duerma!» Llególe por último el supremo +trance, el del tránsito, y fué como si en el brocal de las eternas +tinieblas, suspendida sobre el abismo, se aferrara a él, a su hombre, +que vacilaba sintiéndose arrastrado. Quería abrirse con las uñas la +garganta la pobre, mirábale despavorida, pidiéndole con los ojos aire; +luego, con ellos le sondó el fondo del alma, y soltando su mano cayó en +la cama donde había concebido y parido sus tres hijos. Descansaron los +dos; Ramiro, aturdido, con el corazón acorchado, sumergido como en un +sueño sin fondo y sin despertar, muerta el alma, mientras dormía el +niño. Gertrudis fué quien, viniendo con la pequeñita al pecho, cerró +luego los ojos a su hermana, la compuso un poco y fuese después a cubrir +y arropar mejor al niño dormido y a trasladarle en un beso la tibieza +que con otro recojió de la vida que aún tendía sus últimos jirones sobre +la frente de la rendida madre. + +Pero, ¿murió acaso Rosa? ¿Se murió de veras? ¿Podía haberse muerto +viviendo él, Ramiro? No; en sus noches, ahora solitarias, mientras se +dormía solo en aquella cama de la muerte y de la vida y del amor, sentía +a su lado el ritmo de su respiración, su calor tibio, aunque con una +congojosa sensación de vacío. Y tendía la mano, recorriendo con ella la +otra mitad de la cama, apretándola algunas veces. Y era lo peor que, +cuando recojiéndose se ponía a meditar en ella, no se le ocurrieran sino +cosas de libro, cosas de amor de libro y no de cariño de vida, y le +escocía que aquel robusto sentimiento, vida de su vida y aire de su +espíritu, no se le cuajara más que en abstractas lucubraciones. El dolor +se le espiritualizaba, vale decir que se le intelectualizaba, y sólo +cobraba carne, aunque fuera vaporosa, cuando entraba Gertrudis. Y de +todo esto sacábale una de aquellas vocecitas frescas que piaba: «¡Papá!» +Ya estaba, pues, allí, ella, la muerta inmortal. Y luego, la misma +vocecita: «¡Mamá!» Y la de Gertrudis, gravemente dulce, respondía: +«¡Hijo!» + +No, Rosa, su Rosa, no se había muerto, no era posible que se le hubiese +muerto; la mujer estaba allí, tan viva como antes, y derramando vida en +torno; la mujer no podía morir. + + + + +VIII + + +GERTRUDIS, que se había instalado en casa de su hermana desde que ésta +dió por última vez a luz y durante su enfermedad última, le dijo un día +a su cuñado: + +--Mira, voy a levantar mi casa. + +El corazón de Ramiro se puso al galope. + +--Sí--añadió ella--, tengo que venir a vivir con vosotros y a cuidar de +los chicos. No se le puede, además, dejar aquí sola a esa buena pécora +del ama. + +--Dios te lo pague, Tula. + +--Nada de Tula, ya te lo tengo dicho; para ti soy Gertrudis. + +--¿Y qué más da? + +--Yo lo sé. + +--Mira, Gertrudis... + +--Bueno, voy a ver qué hace el ama. + +A la cual vigilaba sin descanso. No le dejaba dar el pecho al pequeñito +delante del padre de éste, y le regañaba por el poco recato y mucha +desenvoltura con que se desabrochaba el seno. + +--Si no hace falta que enseñes eso así; en el niño es en quien hay que +ver si tienes o no leche abundante. + +Ramiro sufría y Gertrudis le sentía sufrir. + +--¡Pobre Rosa!--decía de continuo. + +--Ahora los pobres son los niños y es en ellos en quienes hay que +pensar... + +--No basta, no. Apenas descanso. Sobre todo por las noches la soledad me +pesa; las hay que las paso en vela. + +--Sal después de cenar, como salías de casado últimamente, y no vuelvas +a casa hasta que sientas sueño. Hay que acostarse con sueño. + +--Pero es que siento un vacío... + +--¿Vacío teniendo hijos? + +--Pero ella es insustituíble... + +--Así lo creo... Aunque vosotros los hombres... + +--No creí que la quería tanto... + +--Así nos pasa de continuo. Así me pasó con mi tío y así me ha pasado +con mi hermana, con tu Rosa. Hasta que ha muerto tampoco yo he sabido lo +que la quería. Lo sé ahora en que cuido a sus hijos, a vuestros hijos. Y +es que queremos a los muertos en los vivos... + +--¿Y no acaso a los vivos en los muertos...? + +--No sutilicemos. + +Y por las mañanas, luego de haberse levantado Ramiro, iba su cuñada a la +alcoba y abría de par en par las hojas del balcón diciéndose: «para que +se vaya el olor a hombre». Y evitaba luego encontrarse a solas con su +cuñado, para lo cual llevaba siempre algún niño delante. + +Sentada en la butaca en que solía sentarse la difunta, contemplaba los +juegos de los pequeñuelos. + +--Es que yo soy chico y tú no eres más que chica--oyó que le decía un +día, con su voz de trapo, Ramirín a su hermanita. + +--Ramirín, Ramirín--le dijo la tía--, ¿qué es eso? ¿Ya empiezas a ser +bruto, a ser hombre? + +Un día llegó Ramiro, llamó a su cuñada y le dijo: + +--He sorprendido tu secreto, Gertrudis. + +--¿Qué secreto? + +--Las relaciones que llevabas con Ricardo, mi primo. + +--Pues bien, sí, es cierto; se empeñó, me hostigó, no me dejaba en paz y +acabó por darme lástima. + +--Y tan oculto que lo teníais... + +--¿Para qué declararlo? + +--Y sé más. + +--¿Qué es lo que sabes? + +--Que le has despedido. + +--También es cierto. + +--Me ha enseñado él mismo tu carta. + +--¿Cómo? No le creía capaz de eso. Bien he hecho en dejarle: ¡hombre al +fin! + +Ramiro, en efecto, había visto una carta de su cuñada a Ricardo, que +decía así: + +«Mi querido Ricardo: No sabes bien qué días tan malos estoy pasando +desde que murió la pobre Rosa. Estos últimos han sido terribles y no he +cesado de pedir a la Virgen Santísima y a su Hijo que me diesen fuerzas +para ver claro en mi porvenir. No sabes bien con cuánta pena te lo digo, +pero no pueden continuar nuestras relaciones; no puedo casarme. Mi +hermana me sigue rogando desde el otro mundo que no abandone a sus +hijos y que les haga de madre. Y puesto que tengo estos hijos a que +cuidar, no debo ya casarme. Perdóname, Ricardo, perdónamelo, por Dios, y +mira bien por qué lo hago. Me cuesta mucha pena porque sé que habría +llegado a quererte y, sobre todo, porque sé lo que me quieres y lo que +sufrirás con esto. Siento en el alma causarte esta pena, pero tú que +eres bueno, comprenderás mis deberes y los motivos de mi resolución y +encontrarás otra mujer que no tenga mis obligaciones sagradas y que te +pueda hacer más feliz que yo habría podido hacerte. Adiós, Ricardo, que +seas feliz y hagas felices a otros, y ten por seguro que nunca, nunca te +olvidará + + GERTRUDIS.» + + * * * * * + +--Y ahora--añadió Ramiro--, a pesar de esto Ricardo quiere verte. + +--¿Es que yo me oculto acaso? + +--No, pero... + +--Dile que venga cuando quiera a verme a esta nuestra casa. + +--Nuestra casa, Gertrudis, nuestra... + +--Nuestra, sí, y de nuestros hijos... + +--Si tú quisieras... + +--¡No hablemos de eso!--y se levantó. + +Al siguiente día se le presentó Ricardo. + +--Pero, por Dios, Tula. + +--No hablemos más de eso, Ricardo, que es cosa hecha. + +--Pero, por Dios--y se le quebró la voz. + +--¡Sé hombre, Ricardo, sé fuerte! + +--Pero es que ya tienen padre... + +--No basta; no tienen madre... es decir, sí la tienen. + +--Puede él volver a casarse. + +--¿Volverse a casar él? En ese caso los niños se irán conmigo. Le +prometí a su madre, en su lecho de muerte, que no tendrían madrastra. + +--¿Y si llegases a serlo tú, Tula? + +--¿Cómo yo? + +--Sí, tú; casándote con él, con Ramiro. + +--¡Eso nunca! + +--Pues yo sólo así me lo explico. + +--Eso nunca, te he dicho; no me expondría a que unos míos, es decir, de +mi vientre, pudiesen mermarme el cariño que a ésos tengo. ¿Y más hijos, +más? Eso nunca. Bastan éstos para bien criarlos. + +--Pues a nadie le convencerás, Tula, de que no te has venido a vivir +aquí por eso. + +--Yo no trato de convencer a nadie de nada. Y en cuanto a ti, basta que +yo te lo diga. + +Se separaron para siempre. + +--¿Y qué?--le preguntó luego Ramiro. + +--Que hemos acabado; no podía ser de otro modo. + +--Y que has quedado libre... + +--Libre estaba, libre estoy, libre pienso morirme. + +--Gertrudis... Gertrudis--y su voz temblaba a súplica. + +--Le he despedido porque me debo, ya te lo dije, a tus hijos, a los +hijos de Rosa... + +--Y tuyos... ¿no dices así? + +--¡Y míos, sí! + +--Pero si tú quisieras... + +--No insistas; ya te tengo dicho que no debo casarme ni contigo ni con +otro menos. + +--¿Menos?--y se le abrió el pecho. + +--Sí, menos. + +--¿Y cómo no fuiste monja? + +--No me gusta que me manden. + +--Es que en el convento en que entrases serías tú la abadesa, la +superiora. + +--Menos me gusta mandar. ¿Ramirín? + +El niño acudió al reclamo. Y cojiéndole su tía le dijo: «¡vamos a jugar +al escondite, rico!» + +--Pero Tula... + +--Te he dicho--y para decirle esto se le acercó, teniendo cojido de la +mano al niño, y se lo dijo al oído--que no me llames Tula, y menos +delante de los niños. Ellos sí, pero tú no. Y ten respeto a los +pequeños. + +--¿En qué les falto al respeto? + +--En dejar así al descubierto delante de ellos tus instintos... + +--Pero si no comprenden... + +--Los niños lo comprenden todo; más que nosotros. Y no olvidan nada. Y +si ahora no lo comprende, lo comprenderá mañana. Cada cosa de estas que +ve u oye un niño es una semilla en su alma, que luego echa tallo y da +fruto. ¡Y basta! + + + + +IX + + +Y empezó una vida de triste desasosiego, de interna lucha en aquel +hogar. Ella defendíase con los niños, a los que siempre procuraba tener +presentes, y le excitaba a él a que saliese a distraerse. El, por su +parte, extremaba sus caricias a los hijos y no hacía sino hablarles de +su madre, de su pobre madre. Cojía a la niña y allí, delante de la tía, +se la devoraba a besos. + +--No tanto, hombre, no tanto, que así no haces sino molestar a la pobre +criatura. Y eso, permíteme que te lo diga, no es natural. Bien está que +hagas que me llamen tía y no mamá, pero no tanto; repórtate. + +--¿Es que yo no he de tener el consuelo de mis hijos? + +--Sí, hijo, sí; pero lo primero es educarlos bien. + +--¿Y así? + +--Hartándoles de besos y de golosinas se les hace débiles. Y mira que +los niños adivinan... + +--Y qué culpa tengo yo... + +--¿Pero es que puede haber para unos niños, hombre de Dios, un hogar +mejor que éste? Tienen hogar, verdadero hogar, con padre y madre, y es +un hogar limpio, castísimo, por todos cuyos rincones pueden andar a +todas horas, un hogar donde nunca hay que cerrarles puerta alguna, un +hogar sin misterios. ¿Quieres más? + +Pero él buscaba acercarse a ella, hasta rozarla. Y alguna vez le tuvo +que decir en la mesa: + +--No me mires así, que los niños ven. + +Por las noches solía hacerles rezar por mamá Rosa, por mamita, para que +Dios la tuviese en su gloria. Y una noche, después de este rezo y +hallándose presente el padre, añadió: + +--Ahora, hijos míos, un padrenuestro y avemaría por papá también. + +--Pero papá no se ha muerto, mamá Tula. + +--No importa, porque se puede morir... + +--Eso, también tú. + +--Es verdad; otro padrenuestro y avemaría por mí entonces. + +Y cuando los niños se hubieron acostado, volviéndose a su cuñado le dijo +secamente: + +--Esto no puede ser así. Si sigues sin reportarte tendré que marcharme +de esta casa aunque Rosa no me lo perdone desde el cielo. + +--Pero es que... + +--Lo dicho; no quiero que ensucies así, ni con miradas, esta casa tan +pura y donde mejor pueden criarse las almas de tus hijos. Acuérdate de +Rosa. + +--¿Pero de qué crees que somos los hombres? + +--De carne y muy brutos. + +--¿Y tú, no te has mirado nunca? + +--¿Qué es eso?--y se le demudó el rostro sereno. + +--Que aunque no fueses, como en realidad lo eres, su madre, ¿tienes +derecho, Gertrudis, a perseguirme con tu presencia? ¿Es justo que me +reproches y estés llenando la casa con tu persona, con el fuego de tus +ojos, con el son de tu voz, con el imán de tu cuerpo lleno de alma, pero +de un alma llena de cuerpo? + +Gertrudis, toda encendida, bajaba la cabeza y se callaba, mientras le +tocaba a rebato el corazón. + +--¿Quién tiene la culpa de esto?, dime. + +--Tienes razón, Ramiro, y si me fuese, los niños piarían por mí, porque +me quieren... + +--Más que a mí--dijo tristemente el padre. + +--Es que yo no les besuqueo como tú ni les sobo, y cuando les beso, +ellos sienten que mis besos son más puros, que son para ellos solos... + +--Y bien, ¿quién tiene la culpa de esto?, repito. + +--Bueno, pues. Espera un año, esperemos un año; déjame un año de plazo +para que vea claro en mí, para que veas claro en ti mismo, para que te +convenzas... + +--Un año... un año... + +--¿Te parece mucho? + +--¿Y luego, cuando se acabe? + +--Entonces... veremos... + +--Veremos... veremos... + +--Yo no prometo más. + +--Y si en este año... + +--¿Qué? Si en este año haces alguna tontería... + +--¿A qué llamas hacer una tontería? + +--A enamorarte de otra y volverte a casar. + +--Eso... ¡nunca! + +--Qué pronto lo dijiste... + +--Eso... ¡nunca! + +--¡Bah! juramentos de hombres... + +--Y si así fuese, ¿quién tendrá la culpa? + +--¿Culpa? + +--¡Sí, la culpa! + +--Eso sólo querría decir... + +--¿Qué? + +--Que no le quisiste, que no le quieres a tu Rosa como ella te quiso a +ti, como ella te habría querido de haber sido ella la viuda... + +--No, eso querría decir otra cosa, que no es... + +--Bueno, basta. ¡Ramirín!, ¡ven acá, Ramirín! Anda, corre. + +Y así se aplacó aquella lucha. + +Y ella continuaba su labor de educar a sus sobrinos. + +No quiso que a la niña se le ocupase demasiado en aprender costura y +cosas así. «¿Labores de su sexo?--decía--, no, nada de labores de su +sexo; el oficio de una mujer es hacer hombres y mujeres, y no +vestirlos.» + +Un día que Ramirín soltó una expresión soez que había aprendido en la +calle y su padre iba a reprenderle, interrumpióle Gertrudis, diciéndole +bajo: «No, dejarlo; hay que hacer como si no se ha oído; debe de haber +un mundo de que ni para condenarlo hay que hablar aquí.» + +Una vez que oyó decir de una que se quedaba soltera que quedaba para +vestir santos, agregó: «¡o para vestir almas de niños!» + +--Tulita es mi novia--dijo una vez Ramirín. + +--No digas tonterías; Tulita es tu hermana. + +--¿Y no puede ser novia y hermana? + +--No. + +--¿Y qué es ser hermana? + +--¿Ser hermana? Ser hermana es... + +--Vivir en la misma casa--acabó la niña. + +Un día llegó la niña llorando y mostrando un dedo en que le había picado +una abeja. Lo primero que se le ocurrió a la tía fué ver si con su boca, +chupándoselo, podía extraerle el veneno como había leído que se hace con +el de ciertas culebras. Luego declararon los niños, y se les unió el +padre, que no dejarían viva a ninguna de las abejas que venían al +jardín, que las perseguirían a muerte. + +--No, eso sí que no--exclamó Gertrudis--; a las abejas no las toca +nadie. + +--¿Por qué? ¿Por la miel?--preguntó Ramiro. + +--No las toca nadie, he dicho. + +--Pero si no son madres, Gertrudis. + +--Lo sé, lo sé bien. He leído en uno de esos libros tuyos lo que son las +abejas, lo he leído. Sé lo que son las abejas estas, las que pican y +hacen la miel; sé lo que es la reina y sé también lo que son los +zánganos. + +--Los zánganos somos nosotros, los hombres. + +--¡Claro está! + +--Pues mira, voy a meterme en política; me van a presentar candidato a +diputado provincial. + +--¿De veras?--preguntó Gertrudis, sin poder disimular su alegría. + +--¿Tanto te place? + +--Todo lo que te distraiga. + +--Faltan once meses, Gertrudis... + +--¿Para qué?, ¿para la elección? + +--¡Para la elección, sí! + + + + +X + + +Y era lo cierto que en el alma cerrada de Gertrudis se estaba +desencadenando una brava galerna. Su cabeza reñía con su corazón, y +ambos, corazón y cabeza, reñían en ella con algo más ahincado, más +entrañado, más íntimo, con algo que era como el tuétano de los huesos de +su espíritu. + +A solas, cuando Ramiro estaba ausente del hogar, cojía al hijo de éste y +de Rosa, a Ramirín, al que llamaba su hijo, y se lo apretaba al seno +virgen, palpitante de congoja y henchido de zozobra. Y otras veces se +quedaba contemplando el retrato de la que fué, de la que era todavía su +hermana y como interrogándole si había querido, de veras, que ella, que +Gertrudis, le sucediese en Ramiro. «Sí, me dijo que yo habría de llegar +a ser la mujer de su hombre, su otra mujer--se decía--, pero no pudo +querer eso, no, no pudo quererlo... yo en su caso, al menos, no lo +habría querido, no podría haberlo querido... ¿de otra? ¡no, de otra no! +ni después de mi muerte... ni de mi hermana... ¡de otra no! no se puede +ser más que de una... No, no pudo querer eso; no pudo querer que entre +él, entre su hombre, entre el padre de sus hijos y yo se interpusiese su +sombra... no pudo querer eso. Porque cuando él estuviese a mi lado, +arrimado a mí, carne a carne, ¿quién me dice que no estuviese pensando +en ella? Yo no sería sino el recuerdo... ¡algo peor que el recuerdo de +la otra! No, lo que me pidió es que impida que sus hijos tengan +madrasta. ¡Y lo impediré! Y casándome con Ramiro, entregándole mi +cuerpo, y no sólo mi alma, no lo impediría... Porque entonces sí que +sería madrasta. Y más si llegaba a darme hijos de mi carne y de mi +sangre...» Y esto de los hijos de la carne hacía palpitar de sagrado +terror el tuétano de los huesos del alma de Gertrudis, que era toda +maternidad, pero maternidad de espíritu. + +Y encerrábase en su cuarto, en su recatada alcoba, a llorar al pie de +una imagen de la Santísima Virgen Madre, a llorar mientras susurraba: +«el fruto de tu vientre...» + +Una vez que tenía apretado a su seno a Ramirín, éste le dijo: + +--¿Por qué lloras, mamita?--pues habíale enseñado a llamarla así. + +--Si no lloro... + +--Sí, lloras... + +--¿Pero es que me ves llorar...? + +--No, pero te siento que lloras... Estás llorando... + +--Es que me acuerdo de tu madre... + +--¿Pues no dices que lo eres tú...? + +--Sí, pero de la otra, de mamá Rosa. + +--Ah, sí, la que se murió... la de papá... + +--¡Sí, la de papá! + +--¿Y por qué papá nos dice que no te llamemos mamá, sino tía, tiíta +Tula, y tú nos dices que te llamemos mamá y no tía, no tiíta Tula...? + +--¿Pero es que papá os dice eso? + +--Sí, nos ha dicho que todavía no eres nuestra mamá, que todavía no eres +más que nuestra tía... + +--¿Todavía? + +--Sí, nos ha dicho que todavía no eres nuestra mamá, pero que lo +serás... Sí, que vas a ser nuestra mamá cuando pasen unos meses... + +«Entonces sería vuestra madrasta»--pensó Gertrudis, pero no se atrevió a +desnudar este pensamiento pecaminoso ante el niño. + +--Bueno, mira, no hagas caso de esas cosas, hijo mío... + +Y cuando luego llegó Ramiro, el padre, le llamó aparte y severamente le +dijo: + +--No andes diciéndole al niño esas cosas. No le digas que yo no soy +todavía más que su tía, la tía Tula, y que seré su mamá. Eso es +corromperle, eso es abrirle los ojos sobre cosas que no debe ver. Y si +lo haces por influir con él sobre mí, si lo haces por moverme... + +--Me dijiste que te tomabas un plazo... + +--Bueno, si lo haces por eso piensa en el papel que haces hacer a tu +hijo, un papel de... + +--¡Bueno, calla! + +--Las palabras no me asustan, pero lo callaré. Y tú piensa en Rosa, +recuerda a Rosa, ¡tu primer... amor! + +--¡Tula! + +--Basta. Y no busques madrasta para tus hijos, que tienen madre. + + + + +XI + + +«ESTO necesita campo»--se dijo Gertrudis, e indicó a Ramiro la +conveniencia de que todos ellos se fuesen a veranear a un pueblecito +costero que tuviese montaña, dominando al mar y por éste dominada. Buscó +un lugar que no fuese muy de moda, pero donde Ramiro pudiese encontrar +compañeros de tresillo, pues tampoco le quería obligado a la continua +compañía de los suyos. Era un género de soledad a que Gertrudis temía. + +Allí todos los días salían de paseo, por la montaña, dando vista al mar, +entre madroñales, ellos dos, Gertrudis y Ramiro, y los tres niños: +Ramirín, Rosita y Elvira. Jamás, ni aun allí donde no los conocían--es +decir, allí menos--se hubiese arriesgado Gertrudis a salir de paseo con +su cuñado, solos los dos. Al llegar a un punto en que un tronco tendido +en tierra, junto al sendero, ofrecía, a modo de banco rústico, asiento, +sentábanse en él ellos dos, cara al mar, mientras los niños jugaban allí +cerca, lo más cerca posible. Una vez en que Ramiro quiso que se sentaran +en el suelo, sobre la yerba montañesa, Gertrudis le contestó: «¡No, en +el suelo, no! yo no me siento en el suelo, sobre la tierra, y menos +junto a ti y ante los niños...» «Pero si el suelo está limpio... si hay +yerba...» «¡Te he dicho que no me siento así!» «No, la postura no es +cómoda...» «¡Peor que incómoda!» + +Desde aquel tronco, mirando al mar, hablaban de mil nonadas, pues en +cuanto el hombre deslizaba la conversación a senderos de lo por pacto +tácito ya vedado de hablar entre ellos, la tía tenía en la boca un +«¡Ramirín!» o «¡Rosita!» o «¡Elvira!» Le hablaba ella del mar y eran sus +palabras, que le llegaban a él envueltas en el rumor no lejano de las +olas, como la letra vaga de un canto de cuna para el alma. Gertrudis +estaba brizando la pasión de Ramiro para adormecérsela. No le miraba +casi nunca entonces, miraba al mar; pero en él, en el mar, veía +reflejada por misterioso modo la mirada del hombre. El mar purísimo les +unía las miradas y las almas. + +Otras veces íbanse al bosque, a un castañar, y allí tenía ella que +vigilarle, vigilarse y vigilar a los niños con más cuidado. Y también +allí encontró el tronco derribado que le sirviese de asiento. + +Quería atemperarle a una vida de familia purísima y campesina, hacer que +se acostase cansado de luz y de aire libres, que se durmiese, oyendo +fuera al grillo, para dormir sin ensueños, que le despertase el canto +del gallo y el trajineo de los campesinos y los marineros. + +Por las mañanas bajaban a una pequeña playa, donde se reunía la pequeña +colonia veraniega. Los niños, descalzos, entreteníanse, después del +baño, en desviar con los pies el curso de un pequeño arroyuelo vagabundo +e indeciso que por la arena desaguaba en el mar. Ramiro se unió alguna +vez a este juego de los niños. + +Pero Gertrudis empezó a temer. Se había equivocado en sus precauciones. +Ramiro huía del tresillo con sus compañeros de colonia veraniega y +parecía espiar más que nunca la ocasión de hallarse a solas con su +cuñada. La casita que habitaban tenía más de tienda de gitanos +trashumantes que de otra cosa. El campo, en vez de adormecer no la +pasión, el deseo de Ramiro, parecía como si se lo excitase más, y ella +misma, Gertrudis, empezó a sentirse desasosegada. La vida se les ofrecía +más al desnudo en aquellos campos, en el bosque, en los repliegues de la +montaña. Y luego había los animales domésticos, los que cría el hombre, +con los que era mayor allí la convivencia. Gertrudis sufría al ver la +atención con que los pequeños, sus sobrinos, seguían los juegos del +averío. No, el campo no rendía una lección de pureza. Lo puro allí era +hundir la mirada en el mar. Y aun el mar... La brisa marina les llegaba +como un aguijón. + +--¡Mira qué hermosura!--exclamó Gertrudis una tarde, al ocaso, en que +estaban sentados frente al mar. + +Era la luna llena, roja sobre su palidez, que surgía de las olas como +una flor gigantesca y solitaria en un yermo palpitante. + +--¿Por qué le habrán cantado tanto a la luna los poetas?--dijo +Ramiro;--¿por qué será la luz romántica y de los enamorados? + +--No lo sé, pero se me ocurre que es la única tierra, porque es una +tierra... que vemos sabiendo que nunca llegaremos a ella... es lo +inaccesible... El sol no, el sol nos rechaza; gustamos de bañarnos en su +luz, pero sabemos que es inhabitable, que en él nos quemaríamos, +mientras que en la luna creemos que se podría vivir y en paz y +crepúsculo eternos, sin tormentas, pues no la vemos cambiar, pero +sentimos que no se puede llegar a ella... Es lo intangible... + +--Y siempre nos da la misma cara... esa cara tan triste y tan seria... +es decir, siempre ¡no! porque la va velando poco a poco y la oscurece +del todo y otras veces parece una hoz... + +--Sí--y al decirlo parecía como que Gertrudis seguía sus propios +pensamientos sin oir los de su compañero, aunque no era así--; siempre +enseña la misma cara porque es constante, es fiel. No sabemos cómo será +por el otro lado... cuál será su otra cara... + +--Y eso añade a su misterio... + +--Puede ser... puede ser... Me explico que alguien anhele llegar a la +luna... ¡lo imposible!... para ver cómo es por el otro lado... para +conocer y explorar su otra cara... + +--La oscura... + +--¿La oscura? ¡Me parece que no! Ahora que esta que vemos está iluminada +la otra estará a oscuras, pero o yo sé poco de estas cosas o cuando esta +cara se oscurece del todo, en luna nueva, está en luz por el otro, es +luna llena de la otra parte... + +--¿Para quién? + +--¿Cómo para quién...? + +--Sí, que cuando el otro lado alumbra ¿para quién? + +--Para el cielo, y basta. ¿O es que a la luna la hizo Dios no más que +para alumbrarnos de noche a nosotros, los de la tierra? ¿O para que +hablemos estas tonterías? + +--Pues bien, mira, Tula... + +--¡Rosita! + +Y no le dejó comentar la intangibilidad y la plenitud de la luna. + +Cuando ella habló de volver ya a la ciudad apresuróse él a aceptarlo. +Aquella temporada en el campo, entre la montaña y el mar, había sido +estéril para sus propósitos. «Me he equivocado--se decía también él--; +aquí está más segura que allí, que en casa; aquí parece embozarse en la +montaña, en el bosque, y como si el mar le sirviese de escudo; aquí es +tan intangible como la luna, y entretanto este aire de salina filtrado +por entre rayos de sol enciende la sangre... y ella me parece aquí fuera +de su ámbito y como si temiese algo; vive alerta y diríase que no +duerme...» Y ella a su vez se decía: «No, la pureza no es del campo, la +pureza es de celda, de claustro y de ciudad; la pureza se desarrolla +entre gentes que se unen en mazorcas de viviendas para mejor aislarse; +la ciudad es monasterio, convento de solitarios; aquí la tierra, sobre +que casi se acuestan, las une y los animales son otras tantas serpientes +del paraíso... ¡a la ciudad, a la ciudad!» + +En la ciudad estaba su convento, su hogar, y en él su celda. Y allí +adormecería mejor a su cuñado. Oh, si pudiese decir de él--pensaba--lo +que Santa Teresa en una carta--Gertrudis leía mucho a Santa +Teresa--decía de su cuñado don Juan de Ovalle, marido de doña Juana de +Ahumada: «El es de condición en cosas muy aniñado...» ¿Cómo le +aniñaría? + + + + +XII + + +AL fin Gertrudis no pudo con su soledad y decidió llevar su congoja al +padre Alvarez, su confesor, pero no su director espiritual. Porque esta +mujer había rehuído siempre ser dirigida, y menos por un hombre. Sus +normas de conducta moral, sus convicciones y creencias religiosas se las +había formado ella con lo que oía a su alrededor y con lo que leía, pero +las interpretaba a su modo. Su pobre tío, don Primitivo, el sacerdote +ingenuo que las había criado a las dos hermanas y les enseñó el +catecismo de la doctrina cristiana explicado según _el Mazo_, sintió +siempre un profundo respeto por la inteligencia de su sobrina Tula, a la +que admiraba. «Si te hicieses monja--solía decirle--llegarías a ser otra +Santa Teresa... Qué cosas se te ocurren, hija...» Y otras veces: «Me +parece que eso que dices, Tulilla, huele un poco a herejía; ¡hum! No lo +sé... no lo sé... porque no es posible que te inspire herejías el ángel +de tu guarda, pero eso me suena así como a... qué sé yo...» Y ella le +contestaba riendo: «Sí, tío, son tonterías que se me ocurren, y ya que +dice usted que huele a herejía no lo volveré a pensar.» Pero ¿quién pone +barreras al pensamiento? + +Gertrudis se sintió siempre sola. Es decir, sola para que la ayudaran, +porque para ayudar ella a los otros no, no estaba sola. Era como una +huérfana cargada de hijos. Ella sería el báculo de todos los que la +rodearan; pero si sus piernas flaquearan, si su cabeza no le mantuviese +firme en su sendero, si su corazón empezaba a bambolear y enflaquecer, +¿quién la sostendría a ella? ¿quién sería su báculo? Porque ella, tan +henchida del sentimiento, de la pasión mejor, de la maternidad, no +sentía la filialidad. «¿No es esto orgullo?»--se preguntaba. + +No pudo al fin con esta soledad y decidió llevar a su confesor, al padre +Alvarez, su congoja. Y le contó la declaración y proposición de Ramiro, +y hasta lo que les había dicho a los niños de que no le llamasen a ella +todavía madre, y las razones que tenía para mantener la pureza de aquel +hogar y cómo no quería entregarse a hombre alguno, sino reservarse para +mejor consagrarse a los hijos de Rosa. + +--Pero lo de su cuñado lo encuentro muy natural--arguyó el buen padre de +almas. + +--Es que no se trata ahora de mi cuñado, padre, sino de mí; y no creo +que haya acudido a usted también en busca de alianza... + +--¡No, no, hija, no! + +--Como dicen que en los confesonarios se confeccionan bodas y que +ustedes, los padres, se dedican a casamenteros... + +--Yo lo único que digo ahora, hija, es que es muy natural que su cuñado, +viudo y joven y fuerte, quiera volver a casarse, y más natural, y hasta +santo, que busque otra madre para sus hijos... + +--¿Otra? ¡Ya la tiene! + +--Sí; pero... y si ésta se va... + +--¿Irme? ¿Yo? Estoy tan obligada a esos niños como estaría su madre de +carne y sangre si viviese... + +--Y luego eso da que hablar... + +--De lo que hablen, padre, ya le he dicho que nada se me da... + +--¿Y si lo hiciese precisamente por eso, porque hablen? Examínese y mire +si no entra en ello un deseo de afrontar las preocupaciones ajenas, de +desafiar la opinión pública... + +--Y si así fuese, ¿qué? + +--Que eso sí que es pecaminoso. Y después de todo, la cuestión es +otra... + +--¿Cuál es la cuestión? + +--La cuestión es si usted le quiere o no. Esta es la cuestión. ¿Le +quiere usted, sí o no? + +--¡Para marido... no! + +--¿Pero le rechaza? + +--¡Rechazarle... no! + +--Si cuando se dirigió a su hermana, la difunta, se hubiera dirigido a +usted... + +--¡Padre! ¡Padre!--y su voz gemía. + +--Sí, por ahí hay que verlo... + +--¡Padre; que eso no es pecado...! + +--Pero ahora se trata de dirección espiritual, de tomar consejo... Y sí, +es pecado, es acaso pecado... Tal vez hay aquí unos viejos celos... + +--¡Padre! + +--Hay que ahondar en ello. Acaso no le ha perdonado aún... + +--Le he dicho, padre, que le quiero; pero no para marido. Le quiero +como a un hermano, como a un más que hermano, como al padre de mis +hijos, porque éstos, sus hijos, lo son míos de lo más dentro mío, de +todo mi corazón; pero para marido no. Yo no puedo ocupar en su cama el +sitio que ocupó mi hermana... Y sobre todo, yo no quiero, no debo darles +madrasta a mis hijos... + +--¿Madrasta? + +--Sí, madrastra. Si yo me caso con él, con el padre de los hijos de mi +corazón, les daré madrasta a éstos, y más si llego a tener hijos de +carne y de sangre con él. Esto, ahora ya... ¡nunca! + +--Ahora ya... + +--Sí, ahora que ya tengo a los de mi corazón... mis hijos... + +--Pero piense en él, en su cuñado, en su situación... + +--¿Que piense...? + +--¡Sí! ¿Y no tiene compasión de él? + +--Sí que la tengo. Y por eso le ayudo y le sostengo. Es como otro hijo +mío. + +--Le ayuda... le sostiene... + +--Sí, le ayudo y le sostengo a ser padre... + +--A ser padre... a ser padre... Pero él es un hombre... + +--¡Y yo una mujer! + +--Es débil... + +--¿Soy yo fuerte? + +--Más de lo debido. + +--¿Más de lo debido? ¿Y lo de la mujer fuerte? + +--Es que esa fortaleza, hija mía, puede alguna vez ser dureza, ser +crueldad. Y es dura con él, muy dura. ¿Que no le quiere como a marido? +¡Y qué importa! Ni hace falta eso para casarse con un hombre. Muchas +veces tiene que casarse una mujer con un hombre por compasión, por no +dejarle solo, por salvarle, por salvar su alma... + +--Pero si no le dejo solo... + +--Sí, sí, le deja solo. Y creo que me comprende sin que se lo explique +más claro... + +--Sí, sí que se lo comprendo, pero no quiero comprenderlo. No está solo. +¡Quien está sola soy yo! Sola... sola... siempre sola... + +--Pero ya sabe aquello de «más vale casarse que abrasarse...» + +--Pero si no me abraso... + +--¿No se queja de su soledad? + +--No es soledad de abrasarse; no es esa soledad a que usted, padre, +alude. No, no es esa. No me abraso... + +--¿Y si se abrasa él...? + +--Que se refresque en el cuidado y amor de sus hijos... + +--Bueno, pero ya me entiende... + +--Demasiado. + +--Y por si no, le diré más claro aún que su cuñado corre peligro, y que +si cae en él, le cabrá culpa... + +--¿A mí? + +--¡Claro está! + +--No lo veo tan claro... Como no soy hombre... + +--Me dijo que uno de sus temores de casarse con su cuñado era el de +tener hijos con él, ¿no es así? + +--Sí, así es. Si tuviéramos hijos llegaría yo a ser, quieras o no, +madrasta de los que me dejó mi hermana... + +--Pero el matrimonio no se instituyó sólo para hacer hijos... + +--Para casar y dar gracia a los casados y que críen hijos para el +cielo. + +--Dar gracia a los casados... ¿Lo entiende? + +--Apenas... + +--Que vivan en gracia, libres de pecado... + +--Ahora lo entiendo menos... + +--Bueno, pues que es un remedio contra la sensualidad. + +--¿Cómo? ¿Qué es eso? ¿Qué? + +--¿Pero por qué se pone así...? ¿Por qué se altera...? + +--¿Qué es el remedio contra la sensualidad? ¿El matrimonio o la mujer? + +--Los dos... La mujer... y... y el hombre. + +--¡Pues, no, padre, no, no y no! Yo no puedo ser remedio contra nada. +¿Qué es eso de considerarme remedio? ¡Y remedio... contra eso! No, me +estimo en más... + +--Pero si es que... + +--No, ya no sirve. Yo, si él no tuviera ya hijos de mi hermana, acaso me +habría casado con él para tenerlos... para tenerlos de él... pero, +¿remedio? ¿Y a eso? ¿Yo remedio? ¡No! + +--Y si antes de haber solicitado a su hermana la hubiera solicitado... + +--¿A mí? ¿Antes? ¿Cuando nos conoció? No hablemos ya más, padre, que no +podemos entendernos, pues veo que hablamos lenguas diferentes. Ni yo sé +la de usted ni usted sabe la mía. + +Y dicho esto, se levantó de junto al confesonario. Le costaba andar: tan +doloridas le habían quedado del arrodillamiento las rodillas. Y a la vez +le dolían las articulaciones del alma y sentía su soledad más hondamente +que nunca. «¡No, no me entiende--se decía--, no me entiende; hombre al +fin! ¿Pero me entiendo yo misma? ¿Es que me entiendo? ¿Le quiero o no le +quiero? ¿No es soberbia esto? ¿No es la triste pasión solitaria del +armiño que por no mancharse no se echa a nado en un lodazal a salvar a +su compañero...? No lo sé... no lo sé...» + + + + +XIII + + +Y de pronto observó Gertrudis que su cuñado era otro hombre, que celaba +algún secreto, que andaba caviloso y desconfiado, que salía mucho de +casa. Pero aquellas más largas ausencias del hogar no le engañaron. El +secreto estaba en él, en el hogar. Y a fuerza de paciente astucia logró +sorprender miradas de conocimiento íntimo entre Ramiro y la criada de +servicio. + +Era Manuela una hospiciana de diez y nueve años, enfermiza y pálida, de +un brillo febril en los ojos, de maneras sumisas y mansas, de muy pocas +palabras, triste casi siempre. A ella, a Gertrudis, ante quien sin saber +por qué temblaba, llamábale «señora». Ramiro quiso hacer que le llamase +«señorita». + +--No, llámame así, señora; nada de señorita... + +En general parecía como que la criada le temiera, como avergonzada o +amedrentada en su presencia. Y a los niños los evitaba y apenas si les +dirigía la palabra. Ellos, por su parte, sentían una indiferencia, +rayana en despego, hacia la Manuela. Y hasta alguna vez se burlaban de +ella, por ciertas sus maneras de hablar, lo que la ponía de grana. «Lo +extraño es--pensaba Gertrudis--que a pesar de todo no quiera irse... +tiene algo de gata esta mozuela.» Hasta que se percató de lo que podría +haber escondido. + +Un día logró sorprender a la pobre muchacha cuando salía del cuarto de +Ramiro, del señorito--porque a éste sí que le llamaba así--toda +encendida y jadeante. Cruzáronse las miradas y la criada rindió la suya. +Pero llegó otro en que el niño, Ramirín, se fué a su tía y le dijo: + +--Dime, mamá Tula, ¿es Manuela también hermana nuestra? + +--Ya te tengo dicho que todos los hombres y mujeres somos hermanos. + +--Sí, pero como nosotros, los que vivimos juntos... + +--No, porque aunque vive aquí ésta no es su casa... + +--¿Y cuál es su casa? + +--¿Su casa? No lo quieras saber. ¿Y por qué preguntas eso? + +--Porque le he visto a papá que la estaba besando... + +Aquella noche, luego que hubieron acostado a los niños, dijo Gertrudis a +Ramiro: + +--Tenemos que hablar. + +--Pero si aun faltan ocho meses... + +--¿Ocho meses? + +--¿No hace cuatro que me diste un año de plazo? + +--No se trata de eso, hombre, sino de algo más serio. + +A Ramiro se le paró el corazón y se puso pálido. + +--¿Más serio? + +--Más serio, sí. Se trata de tus hijos, de su buena crianza, y se trata +de esa pobre hospiciana, de la que estoy segura que estás abusando. + +--Y si así fuese, ¿quién tiene la culpa de eso? + +--¿Y aún lo preguntas? ¿Aún querrás también culparme de ello? + +--¡Claro que sí! + +--Pues bien, Ramiro: se ha acabado ya aquello del año; no hay plazo +ninguno; no puede ser, no puede ser. Y ahora sí que me voy, y, diga lo +que dijere la ley, me llevaré a los niños conmigo, es decir, se irán +conmigo. + +--¿Pero estás loca, Gertrudis? + +--Quien está loco eres tú. + +--Pero qué querías... + +--Nada, o yo o ella. O me voy o echas a esa criadita de casa. + +Siguióse un congojoso silencio. + +--No la puedo echar, Gertrudis, no la puedo echar. ¿Adónde se va? ¿Al +Hospicio otra vez? + +--A servir a otra casa. + +--No la puedo echar, Gertrudis, no la puedo echar--y el hombre rompió a +llorar. + +--¡Pobre hombre!--murmuró ella poniéndole la mano sobre la suya--. Me +das pena. + +--Ahora, ¿eh?, ¿ahora? + +--Sí; me das lástima... Estoy ya dispuesta a todo... + +--¡Gertrudis! ¡Tula! + +--Pero has dicho que no la puedes echar... + +--Es verdad; no la puedo echar--y volvió a abatirse. + +--¿Qué, pues?, ¿que no va sola? + +--No, no irá sola. + +--Los ocho meses del plazo, ¿eh? + +--Estoy perdido, Tula, estoy perdido. + +--No, la que está perdida es ella, la huérfana, la hospiciana, la sin +amparo. + +--Es verdad, es verdad... + +--Pero no te aflijas así, Ramiro, que la cosa tiene fácil remedio... + +--¿Remedio? ¿Y fácil?--y se atrevió a mirarle a la cara. + +--Sí; casarte con ella. + +Un rayo que le hubiese herido no le habría dejado más deshecho que esas +palabras sencillas. + +--¡Que me case! ¡Que me case con la criada! ¿Que me case con una +hospiciana? ¡Y me lo dices tú!... + +--¡Y quién si no había de decírtelo! Yo, la verdadera madre hoy de tus +hijos. + +--¿Que les dé madrasta? + +--¡No, eso no!, que aquí estoy yo para seguir siendo su madre. Pero que +des padre al que haya de ser tu nuevo hijo, y que le des madre también. +Esa hospiciana tiene derecho a ser madre, tiene ya el deber de serlo, +tiene derecho a su hijo y al padre de su hijo. + +--Pero Gertrudis... + +--Cásate con ella, te he dicho; y te lo dice Rosa. Sí--y su voz, serena +y pastosa, resonó como una campana--. Rosa, tu mujer, te dice por mi +boca que te cases con la hospiciana. ¡Manuela! + +--«¡Señora!»--se oyó como un gemido, y la pobre muchacha, que acurrucada +junto al fogón, en la cocina, había estado oyéndolo todo, no se movió de +su sitio. Volvió a llamarla, y después de otro «¡Señora!», tampoco se +movió. + +--Ven acá, o iré a traerte. + +--¡Por Dios!--suplicó Ramiro. + +La muchacha apareció cubriéndose la llorosa cara con las manos. + +--Descubre la cara y míranos. + +--¡No, señora, no! + +--Sí, míranos. Aquí tienes a tu amo, a Ramiro, que te pide perdón por lo +que de ti ha hecho. + +--Perdón, yo, señora, y a usted... + +--No, te pide perdón y se casará contigo. + +--¡Pero señora!--clamó Manuela a la vez que Ramiro clamaba: «¡Pero +Gertrudis!» + +--Lo he dicho, se casará contigo: así lo quiere Rosa. No es posible +dejarte así. Porque tú estás ya... ¿no es eso? + +--Creo que sí, señora, pero yo... + +--No llores así ni hagas juramentos; sé que no es tuya la culpa... + +--Pero se podría arreglar... + +--Bien sabe aquí Manuela--dijo Ramiro--que nunca he pensado en +abandonarla... Yo le colocaría... + +--Sí, señora, sí; yo me contento... + +--No, tú no debes contentarte con eso que ibas a decir. O, mejor, aquí +Ramiro no puede contentarse con eso. Tú te has criado en el Hospicio, +¿no es eso? + +--Sí, señora. + +--Pues tu hijo no se criará en él. Tiene derecho a tener padre, a su +padre, y le tendrá. Y ahora vete... vete a tu cuarto, y déjanos. + +Y cuando quedaron Ramiro y ella a solas: + +--Me parece que no dudarás ni un momento... + +--¡Pero eso que pretendes es una locura, Gertrudis! + +--La locura, peor que locura, la infamia, sería lo que pensabas. + +--Consúltalo siquiera con el padre Alvarez. + +--No lo necesito. Lo he consultado con Rosa. + +--Pero si ella te dijo que no dieses madrasta a sus hijos... + +--¿A sus hijos? ¡Y tuyos! + +--Bueno, sí, a nuestros hijos... + +--Y no les daré madrasta. De ellos, de los nuestros, seguiré siendo yo +la madre, pero del de ésa... + +--Nadie le quitará de ser madre... + +--Sí, tú si no te casas con ella. Eso no será ser madre... + +--Pues ella... + +--¿Y qué? ¿Porque ella no ha conocido a la suya pretendes tú que no lo +sea como es debido? + +--Pero fíjate en que esta chica... + +--Tú eres quien debió fijarse... + +--Es una locura... una locura... + +--La locura ha sido antes. Y ahora piénsalo, que si no haces lo que +debes el escándalo le daré yo. Lo sabrá todo el mundo. + +--¡Gertrudis! + +--Cásate con ella, y se acabó. + + + + +XIV + + +UNA profunda tristeza henchía aquel hogar después del matrimonio de +Ramiro con la hospiciana. Y ésta parecía aún más que antes la criada, la +sirvienta, y más que nunca Gertrudis el ama de la casa. Y esforzábase +ésta más que nunca por mantener al nuevo matrimonio apartado de los +niños, y que éstos se percataran lo menos posible de aquella convivencia +íntima. Mas hubo que tomar otra criada y explicar a los pequeños el +caso. + +Pero, ¿cómo explicarles el que la antigua criada se sentara a la mesa a +comer con los de casa? Porque esto exigió Gertrudis. + +--Por Dios, señora--suplicaba la Manuela--, no me avergüence así... mire +que me avergüenza... Hacerme que me siente a la mesa con los señores, y +sobre todo con los niños... y que hable de tú al señorito... ¡eso nunca! + +--Háblale como quieras, pero es menester que los niños, a los que tanto +temes, sepan que eres de la familia. Y ahora, una vez arreglado esto, no +podrán ya sorprender intimidades a hurtadillas. Ahora os recataréis +mejor. Porque antes el querer ocultaros de ellos os delataba. + +La preñez de Manuela fué, en tanto, molestísima. Su fragilísima fábrica +de cuerpo la soportaba muy mal. Y Gertrudis, por su parte, le +recomendaba que ocultase a los niños lo anormal de su estado. + +Ramiro vivía sumido en una resignada desesperación y más entregado que +nunca al albedrío de Gertrudis. + +--Sí, sí, bien lo comprendo ahora--decía--, no ha habido más remedio, +pero... + +--¿Te pesa?--le preguntaba Gertrudis. + +--De haberme casado, ¡no! De haber tenido que volverme a casar, ¡sí! + +--Ahora no es ya tiempo de pensar en eso; ¡pecho a la vida! + +--¡Ah, si tú hubieras querido, Tula! + +--Te di un año de plazo; ¿has sabido guardarlo? + +--¿Y si lo hubiese guardado como tú querías, al fin de él qué, dime? +Porque no me prometiste nada. + +--Aunque te hubiese prometido algo habría sido igual. No, habría sido +peor aún. En nuestras circunstancias, el haberte hecho una promesa, el +haberte sólo pedido una dilación para nuestro enlace, habría sido peor. + +--Pero si hubiese guardado la tregua como tú querías que la guardase, +dime: ¿qué habrías hecho? + +--No lo sé. + +--Que no lo sabes... Tula... que no lo sabes... + +--No, no lo sé; te digo que no lo sé. + +--Pero tus sentimientos... + +--Piensa ahora en tu mujer, que no sé si podrá soportar el trance en que +la pusiste. ¡Es tan endeble la pobrecilla! Y está tan llena de miedo. +Sigue asustada de ser tu mujer y ama de su casa. + +Y cuando llegó el peligroso parto repitió Gertrudis las abnegaciones que +en los partos de su hermana tuviera, y recojió al niño, una criatura +menguada y debilísima, y fué quien lo enmantilló y quien se lo presentó +a su padre. + +--Aquí le tienes, hombre, aquí le tienes. + +--¡Pobre criatura!--exclamó Ramiro sintiendo que se le derretían de +lástima las entrañas a la vista de aquel mezquino rollo de carne +viviente y sufriente. + +--Pues es tu hijo, un hijo más... Es un hijo más que nos llega. + +--¿Nos llega? ¿También a ti? + +--Sí, también a mí; no he de ser madrasta para él, yo que hago que no lo +tengan los otros. + +Y así fué que no hizo distinción entre uno y otros. + +--Eres una santa, Gertrudis--le decía Ramiro--, pero una santa que ha +hecho pecadores. + +--No digas eso; soy una pecadora que me esfuerzo por hacer santos, +santos a tus hijos y a ti y a tu mujer. + +--¡Mi mujer!... + +--Tu mujer, sí; la madre de tu hijo. ¿Por qué le tratas con ese cariñoso +despego y como a una carga? + +--¿Y qué quieres que haga, que me enamore de ella? + +--¿Pero no lo estabas cuando la sedujiste? + +--¿De quién? ¿De ella? + +--Ya lo sé, ya sé que no; pero lo merece la pobre... + +--¡Pero si es la menor cantidad de mujer posible, si no es nada! + +--No, hombre, no; es más, es mucho más de lo que tú te crees. Aun no la +has conocido. + +--Si es una esclava... + +--Puede ser, pero debes libertarla... La pobre está asustada... nació +asustada... Te aprovechaste de su susto... + +--No sé, no sé cómo fué aquello... + +--Así sois los hombres; no sabéis lo que hacéis ni pensáis en ello. +Hacéis las cosas sin pensarlas... + +--Peor es muchas veces pensarlas y no hacerlas... + +--¿Por qué lo dices? + +--No, nada, por nada... + +--¿Tú crees sin duda que yo no hago más que pensar? + +--No, no he dicho que crea eso... + +--Sí, tú crees que yo no soy más que pensamiento. + + + + +XV + + +DE nuevo la pobre Manuela, la hospiciana, la esclava, hallábase preñada. +Y Ramiro muy malhumorado con ello. + +--Como si uno no tuviese bastante con los otros...--decía. + +--¡Y yo qué quieres que le haga!--exclamaba la víctima. + +--Después de todo, tú lo has querido así--concluía Gertrudis. + +Y luego, aparte, volvía a reprenderle por el trato de compasivo despego +que daba a su mujer. La cual soportaba esta preñez aún peor que la otra. + +--Me temo por la pobre muchacha--vaticinó don Juan, el médico, un viudo +que menudeaba sus visitas. + +--¿Cree usted que corre peligro?--le preguntó Gertrudis. + +--Esta pobre chica está deshecha por dentro; es una tísica consumada y +consumida. Resistirá, es lo más probable, hasta dar a luz, pues la +Naturaleza, que es muy sabia... + +--¡La Naturaleza no! La Santísima Virgen Madre, don Juan--le interrumpió +Gertrudis. + +--Como usted quiera; me rindo, como siempre, a su superior parecer. +Pues, como decía, la Naturaleza o la Virgen, que para mí es lo mismo... + +--No, la Virgen es la Gracia... + +--Bueno, pues la Naturaleza, la Virgen, la Gracia o lo que sea, hace que +en estos casos la madre se defienda y resista hasta que dé a luz al +nuevo ser. Ese inocente pequeñuelo le sirve a la pobre madre futura como +escudo contra la muerte. + +--¿Y luego? + +--¿Luego? Que probablemente tendrá usted que criar sola, sirviéndose de +un ama de cría, por supuesto, un crío más. Tiene ya cuatro; cargará con +cinco. + +--Con todos los que Dios me mande. + +--Y que probablemente, no digo que seguramente, a no tardar mucho, don +Ramiro volverá a quedar libre--y miró fijamente con sus ojillos grises a +Gertrudis. + +--Y dispuesto a casarse tercera vez--agregó ésta haciéndose la +desentendida. + +--¡Eso sería ya heroico! + +--Y usted, puesto que permanece viudo, y viudo sin hijos, es que no +tiene madera de héroe. + +--¡Ah, doña Gertrudis, si yo pudiese hablar! + +--¡Pues cállese usted! + +--Me callo. + +Le tomó la mano, reteniéndosela un rato, y dándole con la otra suya unos +golpecitos añadió con un suspiro: + +--Cada hombre es un mundo, Gertrudis. + +--Y cada mujer, una luna, ¿no es eso, don Juan? + +--Cada mujer puede ser un cielo. + +«Este hombre me dedica un cortejeo platónico», se dijo Gertrudis. + +Cuando en la casa temían por la pobre Manuela y todos los cuidados eran +para ella, cayó de pronto en cama Ramiro, declarándosele desde luego +una pulmonía. La pobre hospiciana quedóse como atontada. + +--Déjame a mí, Manuela--le dijo Gertrudis--; tú cuídate y cuida a lo que +llevas contigo. No te empeñes en atender a tu marido, que eso puede +agravarte. + +--Pero yo debo... + +--Tú debes cuidar de lo tuyo. + +--Y mi marido, ¿no es mío? + +--No, ahora no; ahora es tuyo tu hijo que está por venir. + +La enfermedad de Ramiro se agravaba. + +--Temo complicaciones al corazón--sentenció don Juan--. Le tiene débil; +claro, ¡los pesares y disgustos! + +--¿Pero se morirá, don Juan?--preguntó henchida de angustia Gertrudis. + +--Todo pudiera ser... + +--Sálvele, don Juan, sálvele, como sea... + +--Qué más quisiera yo... + +--¡Ah, qué desgracia! ¡Qué desgracia!--y por primera vez se le vió a +aquella mujer tener que sentarse y sufrir un desvanecimiento. + +--Es, en efecto, terrible--dijo el médico en cuanto Gertrudis se +repuso--dejar así cuatro hijos, ¿qué digo cuatro?, cinco se puede +decir, ¡y esa pobre viuda tal como está!... + +--Eso es lo de menos, don Juan; para todo eso me basto y me sobro yo. +¡Qué desgracia! ¡Qué desgracia! + +Y el médico se fué diciéndose: «Está visto; esta cuñadita contaba con +volver a tenerle libre a su cuñado. Cada persona es un mundo y algunas +varios mundos. ¡Pero qué mujer! ¡Es toda una mujer! ¡Qué fortaleza! ¡Qué +sagacidad! ¡Y qué ojos! ¡Qué cuerpo! ¡Irradia fuego!» + +Ramiro, una tarde en que la fiebre, remitiéndosele, habíale dejado algo +más tranquilo, llamó a Gertrudis, le rogó que cerrara la puerta de la +alcoba, y le dijo: + +--Yo me muero, Tula, me muero sin remedio. Siento que el corazón no +quiere ya marchar, a pesar de todas las inyecciones; yo me muero... + +--No pienses en eso, Ramiro. + +Pero ella también creía en aquella muerte. + +--Me muero, y es hora, Tula, de decirte toda la verdad. Tú me casaste +con Rosa. + +--Como no te decidías y dabas largas... + +--¿Y sabes por qué? + +--Sí, lo sé, Ramiro. + +--Al principio, al veros, al ver a la pareja, sólo reparé en Rosa; era a +quien se le veía de lejos; pero al acercarme, al empezar a frecuentaros, +sólo te vi a ti, pues eras la única a quien desde cerca se veía. De +lejos te borraba ella; de cerca le borrabas tú. + +--No hables así de mi hermana, de la madre de tus hijos. + +--No; la madre de mis hijos eres tú, tú, tú. + +--No pienses ahora sino en Rosa, Ramiro. + +--A la que me juntaré pronto, ¿no es eso? + +--¡Quién sabe...! Piensa en vivir, en tus hijos... + +--A mis hijos les quedas tú, su madre. + +--Y en Manuela, en la pobre Manuela... + +--Aquel plazo, Tula, aquel plazo fatal. + +Los ojos de Gertrudis se hinchieron de lágrimas. + +--¡Tula!--gimió el enfermo, abriendo los brazos. + +--¡Sí, Ramiro, sí!--exclamó ella cayendo en ellos y abrazándole. + +Juntaron las bocas y así se estuvieron, sollozando. + +--¿Me perdonas todo, Tula? + +--No, Ramiro, no; eres tú quien tienes que perdonarme. + +--¿Yo? + +--¡Tú! Una vez hablabas de santos que hacen pecadores. Acaso he tenido +una idea inhumana de la virtud. Pero cuando lo primero, cuando te +dirigiste a mi hermana, yo hice lo que debí hacer. Además, te lo +confieso, el hombre, todo hombre, hasta tú, Ramiro, hasta tú, me ha dado +miedo siempre; no he podido ver en él sino el bruto. Los niños, sí; pero +el hombre... He huído del hombre... + +--Tienes razón, Tula. + +--Pero ahora descansa, que estas emociones así pueden dañarte. + +Le hizo guardar los brazos bajo las mantas, le arropó, le dió un beso en +la frente como se le da a un niño--y un niño era entonces para ella--y +se fué. Mas al encontrarse sola se dijo: «¿Y si se repone y cura? ¿Si no +se muere? ¿Ahora que ha acabado de romperse el secreto entre nosotros? +¿Y la pobre Manuela? ¡Tendré que marcharme! ¿Y adónde? ¿Y si Manuela se +muere y vuelve él a quedarse libre?» Y fué a ver a Manuela, a la que +encontró postradísima. + +Al siguiente día llevó a los niños al lecho del padre, ya sacramentado y +moribundo; los levantó uno a uno y les hizo que le besaran. Luego fué, +apoyada en ella, en Gertrudis, Manuela, y de poco se muere de la congoja +que le dió sobre el enfermo. Hubo que sacarla y acostarla. Y poco +después, cojido de una mano a otra de Gertrudis, y susurrando: «¡Adiós, +mi Tula!», rindió el espíritu con el último huelgo Ramiro. Y ella, la +tía, vació su corazón en sollozos de congoja sobre el cuerpo exánime del +padre de sus hijos, de su pobre Ramiro. + + + + +XVI + + +APENAS, fuera de la soberana, hubo abatimiento en aquel hogar, pues los +niños eran incapaces de darse cuenta de lo que había pasado, y Manuela, +la viuda casi sin saberlo, concentraba su vida y su ánimo todos en +luchar, al modo de una planta, por la otra vida que llevaba en su seno y +aun repitiendo, como un gemido de res herida, que se quería morir. +Gertrudis proveía a todo. + +Cerró los ojos al muerto, no sin decirse: «¿Me estará mirando +todavía...?» Le amortajó como lo había hecho con su tío, cubriéndole con +un hábito sobre la ropa con que murió, y sin quitarle ésta, y luego, +quebrantada por un largo cansancio, por fatiga de años, juntó un momento +su boca a la boca fría de Ramiro, y repasó sus vidas, que era su vida. +Cuando el llanto de uno de los niños, del pequeñito, del hijo de la +hospiciana, le hizo desprenderse del muerto e ir a cojer y acallar y +mimar al que vivía. + +Manuela iba hundiéndose. + +--Yo, señora, me muero; no voy a poder resistir esta vez; este parto me +cuesta la vida. + +Y así fué. Dió a luz una niña, pero se iba en sangre. La niña misma +nació envuelta en sangre. Y Gertrudis tuvo que vencer la repugnancia que +la sangre, sobre todo la negra y cuajada, le producía. Siempre le costó +una terrible brega consigo misma al vencer este asco. Cuando una vez, +poco antes de morir, su hermana Rosa tuvo un vómito, de ella Gertrudis +huyó despavorida. Y no era miedo, no; era, sobre todo, asco. + +Murió Manuela clavados en los ojos de Gertrudis sus ojos, donde vagaban +figuras de niebla sobre las sombras del Hospicio. + +--Por tus hijos no pases cuidado--le había dicho Gertrudis--, que yo he +de vivir hasta dejarlos colocados y que se puedan valer por sí en el +mundo, y si no les dejaré sus hermanos. Cuidaré sobre todo de esta +última, ¡pobrecilla!, la que te cuesta la vida. Yo seré su madre y su +padre. + +--¡Gracias! ¡Gracias! ¡Gracias! ¡Dios se lo pagará! ¡Es una santa! + +Y quiso besarle la mano, pero Gertrudis se inclinó a ella, la besó en la +frente y le puso su mejilla a que se la besase. Y esas expresiones de +gratitud repetíalas la hospiciana como quien recita una lección +aprendida desde niña. Y murió como había vivido, como una res sumisa y +paciente, más bien como un enser. + +Y fué esta muerte, tan natural, la que más ahondó en el ánimo de +Gertrudis, que había asistido a otras tres ya. En ésta creyó sentir +mejor el sentido del enigma. Ni la de su tío, ni la de su hermana, ni la +de Ramiro horadaron tan hondo el agujero que se iba abriendo en el +centro de su alma. Era como si esta muerte confirmara las otras tres, +como si las iluminara a la vez. + +En sus solitarias cavilaciones se decía: «Los otros se murieron; ¡a esta +la han matado...! ¡la ha matado...! ¡la hemos matado! ¿No la he matado +yo más que nadie? ¿No la he traído yo a este trance? ¿Pero es que la +pobre ha vivido? ¿Es que pudo vivir? ¿Es que nació acaso? Si fué +expósita, ¿no ha sido _exposición_ su muerte? ¿No lo fué su casamiento? +¿No la hemos echado en el torno de la eternidad para que entre al +hospicio de la Gloria? ¿No será allí hospiciana también?» Y lo que más +le acongojaba era el pensamiento tenaz que le perseguía de lo que +sentiría Rosa al recibirla al lado suyo, al lado de Ramiro, y conocerla +en el otro mundo. Su tío, el buen sacerdote que les crió, cumplió su +misión en este mundo, protegió con su presencia la crianza de ellas; su +hermana Rosa logró su deseo y gozó y dejó los hijos que había querido +tener; Ramiro... ¿Ramiro? Sí, también Ramiro hizo su travesía, aunque a +remo y de espaldas a la estrella que le marcaba rumbo, y sufrió, pero +con noble sufrir, y pecó y purgó su pecado; pero, ¡y esta pobre que ni +sufrió siquiera, que no pecó, sino se pecó en ella y murió huérfana!... +«Huérfana también murió Eva...», pensaba Gertrudis. Y luego: «¡No; tuvo +a Dios de padre! ¿Y madre? Eva no conoció madre... ¡Así se explica el +pecado original!... ¡Eva murió huérfana de humanidad!» Y Eva le trajo el +recuerdo del relato del _Génesis_, que había leído poco antes, y cómo el +Señor alentó al hombre por la nariz soplo de vida, y se imaginó que se +la quitase por manera análoga. Y luego se figuraba que a aquella pobre +hospiciana, cuyo sentido de vida no comprendía, le quitó Dios la vida de +un beso, posando sus infinitos labios invisibles, los que se cierran +formando el cielo azul, sobre los labios, azulados por la muerte, de la +pobre muchacha, y sorbiéndole el aliento así. + +Y ahora quedábase Gertrudis con sus cinco crías, y bregando, para la +última, con amas. + +El mayor, Ramirín, era la viva imagen de su padre, en figura y en +gestos, y su tía proponíase combatir en él desde entonces, desde +pequeño, aquellos rasgos e inclinaciones de aquel que, observando a +éste, había visto que más le perjudicaban. «Tengo que estar alerta--se +decía Gertrudis--para cuando en él se despierte el hombre, el macho más +bien, y educarle a que haga su elección con reposo y tiento.» Lo malo +era que su salud no fuese del todo buena y su desarrollo difícil y hasta +doliente. + +Y a todos había que sacarlos adelante en la vida y educarlos en el culto +a sus padres perdidos. + +¿Y los pobres niños de la hospiciana? «Esos también son míos--pensaba +Gertrudis--; tan míos como los otros, como los de mi hermana, más míos +aún. Porque éstos son hijos de mi pecado. ¿Del mío? ¿No más bien el de +él? ¡No, de mi pecado! ¡Son los hijos de mi pecado! ¡Sí, de mi pecado! +¡Pobre chica!» Y le preocupaba sobre todo la pequeñita. + + + + +XVII + + +GERTRUDIS, molesta por las insinuaciones de don Juan, el médico, que +menudeaba las visitas para los niños, y aun pretendió verla a ella como +enferma, cuando no sabía que adoleciese de cosa alguna, le anunció un +día hallarse dispuesta a cambiar de médico. + +--¿Cómo así, Gertrudis? + +--Pues muy claro: le observo a usted singularidades que me hacen temer +que está entrando en la chochera de una vejez prematura, y para médico +necesitamos un hombre con el seso bien despejado y despierto. + +--Muy bien; pues que ha llegado el momento, usted me permitirá que le +hable claro. + +--Diga lo que quiera, don Juan, mas en la inteligencia de que es lo +último que dirá en esta casa. + +--¡Quién sabe!... + +--Diga. + +--Yo soy viudo y sin hijos, como usted sabe, Gertrudis. Y adoro a los +niños. + +--Pues vuélvase usted a casar. + +--A eso voy. + +--¡Ah! ¿Y busca usted consejo de mí? + +--Busco más que consejo. + +--¿Que le encuentre yo novia? + +--Yo soy médico, le digo, y no sólo no tuve hijos de mi mujer, que era +viuda, y perdimos el que ella me trajo al matrimonio, ¡aún le lloro al +pobrecillo!, sino que sé, sé positivamente, sé con toda seguridad, que +no he de tener nunca hijos propios, que no puedo tenerlos. Aunque no por +eso, claro está, me sienta menos hombre que otro cualquiera; ¿usted me +entiende, Gertrudis? + +--Quisiera no entenderle a usted, don Juan. + +--Para acabar, yo creo que a estos niños, a estos sobrinos de usted y a +los otros dos acaso... + +--Son tan sobrinos para mí como los otros, más bien hijos. + +--Bueno, pues que a estos hijos de usted, ya que por tales les tiene, no +les vendría mal un padre, y un padre no mal acomodado y hasta +regularmente rico. + +--¿Y eso es todo? + +--Sí, que yo creo que hasta necesitan padre. + +--Les basta, don Juan, con el Padre nuestro que está en los cielos. + +--Y como madre usted, que es la representante de la Madre Santísima, ¿no +es eso? + +--Usted lo ha dicho, don Juan, y por última vez en esta casa. + +--¿De modo que...? + +--Que toda esa historia de la necesidad que siente de tener hijos y de +su incapacidad para tenerlos, ¿le he entendido bien, don Juan? + +--Perfectamente, y esto último, por supuesto, quede entre los dos. + +--No seré yo quien le estorbe otro matrimonio. Y esa historia, digo, no +me ha convencido de que usted busque hijos que adoptar, que eso le será +muy fácil y casándose, sino que me busca a mí y me buscaría aunque +estuviese sola y hubiésemos de vivir solos y sin hijos; ¿le he +entendido, don Juan? ¿Me entiende usted? + +--Cierto es, Gertrudis, que si estuviese sola lo mismo me casaría con +usted, si usted lo quisiera, ¡claro!, porque yo soy muy claro, muy +claro, y es usted la que me atrae; pero en ese caso nos quedaba el +adoptar hijos de cualquier modo, aunque fuese sacándolos del Hospicio. +Pues ya he podido ver que usted, como yo, se muere por los niños y que +los necesita y los busca y los adora. + +--Pero ni usted ni nadie ha visto, don Juan, que yo haya sido y sea +incapaz de hacerlos; nadie puede decir que yo sea estéril, y no vuelva a +poner los pies en esta casa. + +--¿Por qué, Gertrudis? + +--¡Por puerco! + +Y así se despidieron para siempre. + +Mas luego que le hubo así despachado entróle una desdeñosa lástima, un +lastimero desdén de aquel hombre. «¿No le he tratado con demasiada +dureza?--se decía--. El hombre me sacaba de quicio, es cierto; sus +miradas me herían más que sus palabras, pero debí tratarle de otro modo. +El pobrecillo parece que necesita remedio, pero no el que él busca, sino +otro, un remedio heroico y radical.» Pero cuando supo que don Juan se +remediaba empezó a pensar si era, en efecto, calor de hogar lo que +buscaba, aunque bien pronto dió en otra sospecha que le sublevó aún más +el corazón. «¡Ah--se dijo--, lo que necesita es una de casa, una que le +cuide, que le ponga sobre la cama la ropa limpia, que haga que se le +prepare el puchero... peor, peor que el remedio, peor aún! ¡Cuando una +no es remedio es animal doméstico y la mayor parte de las veces ambas +cosas a la vez! Estos hombres... ¡O porquería o poltronería! ¡Y aún +dicen que el cristianismo redimió nuestra suerte, la de las mujeres!» Y +al pensar esto, acordándose de su buen tío, se santiguó diciéndole: +«¡No, no lo volveré a pensar...!» + +¿Pero quién enfrenaba a un pensamiento que mordía en el fruto de la +ciencia del mal? «¡El cristianismo, al fin, y a pesar de la Magdalena, +es religión de hombres--se decía Gertrudis--; masculinos el Padre, el +Hijo y el Espíritu Santo...!» ¿Pero y la Madre? La religión de la Madre +está en: «He aquí la criada del Señor; hágase en mí según tu palabra» y +en pedir a su Hijo que provea de vino a unas bodas, de vino que embriaga +y alegra y hace olvidar penas, y para que el Hijo le diga: «¿Qué tengo +yo que ver contigo, mujer? Aún no ha venido mi hora.» ¿Qué tengo que +ver contigo...? Y llamarle mujer y no madre... Y volvió a santiguarse, +esta vez con verdadero temblor. Y es que el demonio de su guarda--así +creía ella--le susurró: «¡Hombre al fin!» + + + + +XVIII + + +CORRIERON unos años apacibles y serenos. La orfandad daba a aquel hogar, +en el que de nada de bienestar se carecía, una íntima luz espiritual de +serena calma. Apenas si había que pensar en el día de mañana. Y seguían +en él viviendo, con más dulce imperio que cuando respirando llenaban con +sus cuerpos sus sitios, los tres que le dieron a Gertrudis masa con que +fraguarlo, Ramiro y sus dos mujeres de carne y hueso. De continuo +hablaba Gertrudis de ellos a sus hijos. «¡Mira que te está mirando tu +madre!» o «¡Mira que te ve tu padre!» Eran sus dos más frecuentes +amonestaciones. Y los retratos de los que se fueron presidían el hogar +de los tres. + +Los niños, sin embargo, íbanlos olvidando. Para ellos no existían sino +en las palabras de mamá Tula, que así la llamaban todos. Los recuerdos +directos del mayorcito, de Ramirín, se iban perdiendo y fundiendo en los +recuerdos de lo que de ellos oía contar a su tía. Sus padres eran ya +para él una creación de ésta. + +Lo que más preocupaba a Gertrudis era evitar que entre ellos naciese la +idea de una diferencia, de que había dos madres, de que no eran sino +medio hermanos. Mas no podía evitarlo. Sufrió en un principio la +tentación de decirles que las dos, Rosa y Manuela, eran, como ella +misma, madres de todos ellos, pero vió la imposibilidad de mantener +mucho tiempo el equívoco; y, sobre todo, el amor a la verdad, un amor en +ella desenfrenado, le hizo rechazar tal tentación al punto. + +Porque su amor a la verdad confundíase en ella con su amor a la pureza. +Repugnábanle esas historietas corrientes con que se trata de engañar la +inocencia de los niños, como la de decirles que los traen a este mundo +desde París, donde los compran. «¡Buena gana de gastar el dinero en +tonto!»--había dicho un niño que tenía varios hermanos y a quien le +dijeron que a un amiguito suyo le iban a traer pronto un hermanito sus +padres. «Buena gana de gastar mentiras en balde»--se decía Gertrudis; +añadiéndose: «toda mentira es cuando menos en balde». + +--Me han dicho que soy hijo de una criada de mi padre; que mi mamá fué +criada de la mamá de mis hermanos. + +Así fué diciendo un día a casa el hijo de Manuela. Y la tía Tula, con su +voz más seria y delante de todos, le contestó: + +--Aquí todos sois hermanos, todos sois hijos de un mismo padre y de una +misma madre, que soy yo. + +--¿Pues no dices, mamita, que hemos tenido otra madre? + +--La tuvisteis, pero ahora la madre soy yo; ya lo sabéis. ¡Y que no se +vuelva a hablar de eso! + +Mas no lograba evitar el que se trasparentara que sentía preferencias. Y +eran por el mayor, el primogénito, Ramirín, al que engendró su padre +cuando aún tuviera reciente en el corazón el cardenal del golpe que le +produjo el haber tenido que escojer entre las dos hermanas, o mejor el +haber tenido que aceptar de mandato de Gertrudis a Rosa, y por la +pequeñuela, por Manolita, pálido y frágil botoncito de rosa que hacía +temer lo hiciese ajarse un frío o un ardor tempranos. + +De Ramirín, del mayor, una voz muy queda, muy sumisa, pero de un susurro +sibilante y diabólico, que Gertrudis solía oir que brotaba de un rincón +de las entrañas de su espíritu--y al oirla se hacía, santiguándose, una +cruz sobre la frente y otra sobre el pecho, ya que no pudiese taparse +los oídos íntimos de aquélla y de éste--de Ramirín decíale ese tentador +susurro que acaso cuando le engendró su padre soñaba más en ella, en +Gertrudis, que en Rosa. Y de Manolita, de la hija de la muerte de la +hospiciana, se decía que sin su decisión de casar segunda vez a Ramiro, +sin aquel haberle obligado a redimir su pecado y a rescatar a la víctima +de él, a la pobre Manuela, no viviría el pálido y frágil botoncito. + +¡Y lo que le costó criarla! Porque el primer hijo de Ramiro y Manuela +fué criado por ésta, por su madre. La cual, sumisa siempre como una res, +y ayudada a la vez por su natural instinto, no intentó siquiera +rehusarlo a pesar de la endeblez de su carne, pero fué con el hombre, +fué con el marido, con quien tuvo que bregar Gertrudis. Porque Ramiro, +viendo la flaqueza de su pobre mujer, procuró buscar nodriza a su hijo. +Y fué Gertrudis la que le obligó a casarse con aquélla, quien se plantó +en firme en que había de ser la madre misma quien criara al hijo. «No +hay leche como la de la madre»--repetía, y al redargüir su cuñado: «Sí, +pero es tan débil que corren peligro ella y el niño, y éste se criará +enclenque», replicaba implacable la soberana del hogar: «¡Pretextos y +habladurías! Una mujer a la que se le puede alimentar, puede siempre +criar y la naturaleza ayuda, y en cuanto al niño, te repito que la mejor +leche es la de la madre, si no está envenenada.» Y luego, bajando la +voz, agregaba: «Y no creo que le hayas envenenado la sangre a tu mujer.» +Y Ramiro tenía que someterse. Y la querella terminó un día en que a +nuevas instancias del hombre, que vió que su nueva mujer sufrió un +vahido, para que le desahijaran el hijo, la soberana del hogar, +cojiéndole aparte, le dijo: «¡Pero qué empeño, hombre! Cualquiera +creería que te estorba el hijo...» + +--¿Cómo que me estorba el hijo...? No lo comprendo... + +--¿No lo comprendes? ¡Pues yo sí! + +--Como no te expliques... + +--¿Que me explique? ¿Te acuerdas de lo de aquel bárbaro de Pascualón, el +guarda de tu cortijo de Majadalaprieta? + +--¿Qué? ¿Aquello que comentamos de la insensibilidad con que recibió la +muerte de su hijo...? + +--Sí. + +--¿Y qué tiene que ver esto con aquello? Por Dios, Tula... + +--Que a mí aquello me llegó al fondo del alma, me hirió profundamente y +quise averiguar la raíz del mal... + +--Tu manía de siempre... + +--Sí, ya me decía el pobre tío que yo era como Eva, empeñada en conocer +la ciencia del bien y del mal. + +--¿Y averiguaste...? + +--Que a aquel... hombre... + +--¿Ibas a decir...? + +--Que a aquel hombre, digo, le estorbaba el niño para más cómodamente +disponer de su mujer. ¿Lo entiendes? + +--¡Qué barbaridad! + +Pero ya Ramiro tuvo que darse por vencido y dejó que su Manuela criara +al niño mientras Gertrudis lo dispusiese así. + +Y ahora se encontraba ésta con que tenía que criar a la pequeñuela, a la +hija de la muerte, y que forzosamente había de dársela a una madre de +alquiler, buscándole un pecho mercenario. Y esto le horrorizaba. +Horrorizábale porque temía que cualquier nodriza, y más si era soltera, +pudiese tener envenenada, con la sangre, la leche, y abusase de su +posición. «Si es soltera--se decía--, ¡malo! Hay que vigilarla para que +no vuelva al novio o acaso a otro cualquiera, y si es casada, malo +también, y peor aún si dejó al hijo propio para criar el ajeno.» Porque +esto era lo que sobre todo le repugnaba. Vender el jugo maternal de las +propias entrañas para mantener mal, para dejarlos morir acaso de hambre, +a los propios hijos, era algo que le causaba dolorosos retortijones en +las entrañas maternales. Y así es como se vió desde un principio en +conflicto con las amas de cría de la pobre criatura, y teniendo que +cambiar de ellas cada cuatro días. ¡No poder criarle ella misma! Hasta +que tuvo que acudir a la lactancia artificial. + +Pero el artificio se hizo en ella arte, y luego poesía, y por fin más +profunda naturaleza que la del instinto ciego. Fué un culto, un +sacrificio, casi un sacramento. El biberón, ese artefacto industrial, +llegó a ser para Gertrudis el símbolo y el instrumento de un rito +religioso. Limpiaba los botellines, cocía los pisgos cada vez que los +había empleado, preparaba y esterilizaba la leche con el ardor recatado +y ansioso con que una sacerdotisa cumpliría un sacrificio ritual. Cuando +ponía el pisgo de caucho en la boquita de la pobre criatura, sentía que +le palpitaba y se le encendía la propia mama. La pobre criatura posaba +alguna vez su manecita en la mano de Gertrudis, que sostenía el frasco. + +Se acostaba con la niña, a la que daba calor con su cuerpo, y contra +éste guardaba el frasco de la leche por si de noche se despertaba +aquélla pidiendo alimento. Y se le antojaba que el calor de su carne, +enfebrecida a ratos por la fiebre de la maternidad virginal, de la +virginidad maternal, daba a aquella leche industrial una virtud de vida +materna y hasta que pasaba a ella, por misterioso modo, algo de los +ensueños que habían florecido en aquella cama solitaria. Y al darle de +mamar, en aquel artilugio, por la noche, a oscuras y a solas las dos, +poníale a la criaturita uno de sus pechos estériles, pero henchidos de +sangre, al alcance de las manecitas para que siquiera las posase sobre +él mientras chupaba el jugo de vida. Antojábasele que así una vaga y +dulce ilusión animaría a la huérfana. Y era ella, Gertrudis, la que así +soñaba. ¿Qué? Ni ella misma lo sabía bien. + +Alguna vez la criaturita se vomitó sobre aquella cama, limpia siempre +hasta entonces como una patena, y de pronto sintió Gertrudis la punzada +de la mancha. Su pasión morbosa por la pureza, de que procedía su culto +místico a la limpieza, sufrió entonces, y tuvo que esforzarse para +dominarse. Comprendía, sí, que no cabe vivir sin mancharse y que aquella +mancha era inocentísima, pero los cimientos de su espíritu se conmovían +dolorosamente con ello. Y luego le apretaba a la criaturita contra sus +pechos pidiéndole perdón en silencio por aquella tentación de su +pureza. + + + + +XIX + + +FUERA de este cuidado maternal por la pobre criaturita de la muerte de +Manuela, cuidado que celaba una expiación y un culto místicos, y sin +desatender a los otros y esforzándose por no mostrar preferencias a +favor de los de su sangre, Gertrudis se preocupaba muy en especial de +Ramirín y seguía su educación paso a paso, vigilando todo lo que en él +pudiese recordar rasgos de su padre, a quien físicamente se parecía +mucho. «Así sería a su edad»--pensaba la tía y hasta buscó y llegó a +encontrar entre los papeles de su cuñado retratos de cuando éste era un +chicuelo y los miraba y remiraba para descubrir en ellos al hijo. Porque +quería hacer de éste lo que de aquél habría hecho a haberle conocido y +podido tomar bajo su amparo y crianza cuando fué un mozuelo a quien se +le abrían los caminos de la vida. «Que no se equivoque como él--se +decía--, que aprenda a detenerse para elegir, que no encadene la +voluntad antes de haberla asentado en su raíz viva, en el amor perfecto +y bien alumbrado, a la luz que le sea propia.» Porque ella creía que no +era al suelo, sino al cielo, a lo que había que mirar antes de plantar +un retoño; no al mantillo de la tierra, sino a las razas de lumbre que +del sol le llegaran, y que crece mejor el arbolito que prende sobre una +roca al solano dulce del mediodía que no el que sobre un mantillo +vicioso y graso se alza a la umbría. La luz era la pureza. + +Fué con Ramirín aprendiendo todo lo que él tenía que aprender, pues le +tomaba a diario las lecciones. Y así satisfacía aquella ansia por saber +que desde niña le había aquejado y que hizo que su tío le comparase +alguna vez con Eva. Y de entre las cosas que aprendió con su sobrino y +para enseñárselas, pocas le interesaron más que la geometría. ¡Nunca lo +hubiese ella creído! Y es que en aquellas demostraciones de la +geometría, ciencia árida y fría al sentir de los más, encontraba +Gertrudis un no sabía qué de luminosidad y de pureza. Años después, ya +mayor Ramirín, y cuando el polvo que fué la carne de su tía reposaba +bajo tierra, sin luz de sol, recordaba el entusiasmo con que un día de +radiante primavera le explicaba cómo no puede haber más que cinco y sólo +cinco poliedros regulares; tres formados de triángulos: el tetraedro, de +cuatro; el octaedro, de ocho, y el icosaedro, de veinte; uno de +cuadrados: el cubo, de seis, y uno de pentágonos: el dodecaedro, de +doce. «¿Pero no ves qué claro?», me decía--contaba el sobrino--; «¿no lo +ves?, sólo cinco y no más que cinco, ni uno menos, ni uno más, ¡qué +bonito! ¡Y no puede ser de otro modo, tiene que ser así!», y al decirlo +me mostraba los cinco modelos en cartulina blanca, blanquísima, que ella +misma había construído, con sus santas manos, que eran prodigiosas para +toda labor, y parecía como si acabase de descubrir por sí misma la ley +de los cinco poliedros regulares... ¡pobre tía Tula! Y recuerdo que como +a uno de aquellos modelos geométricos le cayera una mancha de grasa, +hizo otro porque decía que con la mancha no se veía bien la +demostración. Para ella la geometría era luz y pureza. + +En cambio huyó de enseñarle anatomía y fisiología. «Esas son +porquerías--decía--y en que nada se sabe de cierto ni de claro.» + +Y lo que sobre todo acechaba era el alborear de la pubertad en su +sobrino. Quería guiarle en sus primeros descubrimientos sentimentales y +que fuese su amor primero el último y el único. «¿Pero es que hay un +primer amor?», se preguntaba a sí misma sin acertar a responderse. + +Lo que más temía era las soledades de su sobrino. La soledad, no siendo +a toda luz, la temía. Para ella no había más soledad santa que la del +sol y la de la Virgen de la Soledad cuando se quedó sin su Hijo, el Sol +del Espíritu. «Que no se encierre en su cuarto--pensaba--, que no esté +nunca, a poder ser, solo; hay soledad que es la peor compañía; que no +lea mucho sobre todo, que no lea mucho; y que no se esté mirando +grabados.» No temía tanto para su sobrino a lo vivo cuanto a lo muerto, +a lo pintado. «La muerte viene por lo muerto»--pensaba. + +Confesábase Gertrudis con el confesor de Ramirín, y era para, dirigiendo +al director del muchacho en la dirección de éste, ser ella la que de +veras le dirigiese. Y por eso en sus confesiones hablaba más que de sí +misma de su hijo mayor, como le llamaba. «Pero es, señora, que usted +viene aquí a confesar sus pecados y no los de otros»--le tuvo que decir +alguna vez el padre Alvarez, a lo que ella contestó: «Y si ese chico es +mi pecado...» + +Cuando una vez creyó observar en el muchacho inclinaciones ascéticas, +acaso místicas, acudió alarmada al padre Alvarez. + +--¡Eso no puede ser, padre! + +--Y si Dios le llamase por ese camino... + +--No, no le llama por ahí; lo sé, lo sé mejor que usted y desde luego +mejor que él mismo; eso es... la sensualidad que se le despierta... + +--Pero, señora... + +--Sí, anda triste, y la tristeza no es señal de vocación religiosa. ¡Y +remordimiento no puede ser! ¿De qué...? + +--Los juicios de Dios, señora... + +--Los juicios de Dios son claros. Y esto es oscuro. Quítele eso de la +cabeza. ¡El ha nacido para padre y yo para abuela! + +--¡Ya salió aquello! + +--¡Sí, ya salió aquello! + +--¡Y cómo le pesa a usted eso! Líbrese de ese peso... Me ha dicho cien +veces que había ahogado ese mal pensamiento... + +--¡No puedo, padre, no puedo! Que ellos, que mis hijos--porque son mis +hijos, mis verdaderos hijos--que ellos no lo sepan, que no lo sepan, +padre, que no lo adivinen... + +--Cálmese, señora, por Dios, cálmese... y deseche esas aprensiones... +esas tentaciones del Demonio, se lo he dicho cien veces... Sea la que +es... la tía Tula que todos conocemos y veneramos y admiramos...; sí, +admiramos... + +--¡No, padre, no! ¡Usted lo sabe! Por dentro soy otra... + +--Pero hay que ocultarlo... + +--Sí, hay que ocultarlo, sí; pero hay días en que siento ganas de reunir +a sus hijos, a mis hijos... + +--¡Sí, suyos, de usted! + +--¡Sí, yo madre, como usted... padre! + +--Deje eso, señora, deje eso... + +--Sí, reunirles y decirles que toda mi vida ha sido una mentira, una +equivocación, un fracaso... + +--Usted se calumnia, señora. Esa no es usted, usted es la otra... la que +todos conocemos... la tía Tula... + +--Yo le hice desgraciado, padre; yo le hice caer dos veces: una con mi +hermana, otra vez con otra... + +--¿Caer? + +--¡Caer, sí! ¡Y fué por soberbia! + +--No, fué por amor, por verdadero amor... + +--Por amor propio, padre--y estalló a llorar. + + + + +XX + + +LOGRÓ sacar a su sobrino de aquellas veleidades ascéticas y se puso a +vigilarle, a espiar la aparición del primer amor. «Fíjate bien, hijo--le +decía--y no te precipites, que una vez que hayas comprometido a una no +debes dejarla...» + +--Pero, mamá, si no se trata de compromisos... Primero hay que probar... + +--No, nada de pruebas; nada de esos noviazgos; nada de eso de «hablo con +Fulana». Todo seriamente... + +En rigor la tía Tula había ya hecho, por su parte, su elección y se +proponía ir llevando dulcemente a su Ramirín a aquella que le había +escojido, a Caridad. + +--Parece que te fijas en Carita--le dijo un día. + +-¡Psé! + +--Y ella en ti, si no me equivoco. + +--Y tú en los dos, a lo que parece... + +--¿Yo? Eso es cosa vuestra, hijo mío, cosa vuestra... + +Pero les fué llevando el uno al otro, y consiguió su propósito. Y luego +se propuso casarlos cuanto antes. «Y que venga acá--decía--y viviremos +todos juntos, que hay sitio para todos... ¡Una hija más!» + +Y cuando hubo llevado a Carita a su casa, como mujer de su sobrino, era +con ésta con la que tenía sus confidencias. Y era de quien trataba de +sonsacar lo íntimo de su sobrino. + +Le obligó, ya desde un principio, a que le tutease y le llamase madre. Y +le recomendaba que cuidase sobre todo de la pequeñita, de la mansa, +tranquila y medrosica Manolita. + +--Mira, Caridad--le decía--, cuida sobre todo de esa pobrecita, que es +lo más inocente y lo más quebradizo que hay y buena como el pan... Es mi +obra... + +--Pero si la pobrecita apenas levanta la voz... si ni se le siente andar +por la casa... Parece como que tuviera vergüenza hasta de presentarse... + +--Sí, sí, es así... Harto he hecho por infundirle valor, pero en no +estando arrimada a mí, cosida a mi falda, la pobrecita se encuentra como +perdida. ¡Claro, como criada con biberón! + +--El caso es que es laboriosa, obediente, servicial, pero ¡habla tan +poco...! ¡Y luego no se la oye reir nunca...! + +--Sólo alguna vez cuando está a solas conmigo, porque entonces es otra +cosa, es otra Manolita... entonces resucita... Y trato de animarla, de +consolarla, y me dice: «No te canses, mamita, que yo soy así... y +además, no estoy triste...» + +--Pues lo parece... + +--Lo parece, sí, pero he llegado a creer que no lo está. Porque yo, yo +misma, ¿qué te parezco, Carita, triste o alegre? + +--Usted, tía... + +--¿Qué es eso de usted y de tía? + +--Bueno, tú, mamá, tú... pues no sé si eres triste o alegre, pero a mí +me pareces alegre... + +--¿Te parezco así? ¡Pues basta! + +--Por lo menos a mí me alegras... + +--Y es a lo que nos manda Dios a este mundo, a alegrar a los demás. + +--Pero para alegrar a los demás hay que estar alegre una... + +--O no... + +--¿Cómo no? + +--Nada alegra más que un rayo de sol, sobre todo si da sobre la verdura +del follaje de un árbol, y el rayo de sol no está ni alegre ni triste, y +quién sabe... acaso su propio fuego le consume... El rayo de sol alegra +porque está limpio; todo lo limpio alegra... Y esa pobre Manolita debe +alegrarte, porque a limpia... + +--¡Sí, eso sí! Y luego esos ojos que tiene, que parecen... + +--Parecen dos estanques quietos entre verdura... Los he estado mirando +muchas veces y desde cerca. Y no sé de dónde ha sacado esos ojos... No +son de su madre, que tenía ojos de tísica, turbios de fiebre... ni son +los de su padre, que eran... + +--¿Sabes de quién parecen esos ojos? + +--¿De quién?--y Gertrudis temblaba al preguntarlo. + +--¡Pues son tus ojos...! + +--Puede ser... puede ser... No me los he mirado nunca de cerca ni puedo +vérmelos desde dentro, pero puede ser... puede ser... Al menos le he +enseñado a mirar... + + + + +XXI + + +¿QUÉ le pasaba a la pobre Gertrudis que se sentía derretir por dentro? +Sin duda había cumplido su misión en el mundo. Dejaba a su sobrino +mayor, a su Ramiro, a su otro Ramiro, a cubierto de la peor tormenta, +embarcado en su barca de por vida, y a los otros hijos al amparo de él; +dejaba un hogar encendido y quien cuidase de su fuego. Y se sentía +deshacer. Sufría frecuentes embaimientos, desmayos, y durante días +enteros lo veía todo como en niebla, como si fuese bruma y humo todo. Y +soñaba; soñaba como nunca había soñado. Soñaba lo que habría sido si +Ramiro hubiese dejado por ella a Rosa. Y acababa diciéndose que no +habrían sido de otro modo las cosas. Pero ella había pasado por el mundo +fuera del mundo. El padre Alvarez creía que la pobre Gertrudis +chocheaba antes de tiempo, que su robusta inteligencia flaqueaba y que +flaqueaba al peso mismo de su robustez. Y tenía que defenderle de +aquellas sus viejas tentaciones. + +Cuando un día se le acercó Caridad y, al oído, le dijo: «¡Madre...!», al +notarle el rubor que le encendía el rostro, exclamó: «¿Qué? ¿Ya?» «¡Sí, +ya!»--susurró la muchacha. «¿Estás segura?» «¡Segura; si no, no te lo +habría dicho!» Y Gertrudis, en medio de su goce, sintió como si una +espada de hielo le atravesase por medio el corazón. Ya no tenía qué +hacer en el mundo más que esperar al nieto, al nieto de los suyos, de su +Ramiro y su Rosa, a su nieto, e ir luego a darles la buena nueva. Ya +apenas se cuidaba más que de Caridad, que era quien para ella llenaba la +casa. Hasta de Manolita, de su obra, se iba descuidando, y la pobre niña +lo sentía; sentía que el esperado iba relegándole en la sombra. + +--Ven acá--le decía Gertrudis a Caridad, cuando alguna vez se +encontraban a solas, ocasión que acechaba--, ven acá, siéntate aquí, a +mi lado... ¿Qué, le sientes, hija mía, le sientes? + +--Algunas veces... + +--¿No llama? ¿No tiene prisa por salir a luz, a la luz del sol? Porque +ahí dentro, a oscuras... aunque esté ello tan tibio, tan sosegado... ¿No +da empujoncitos? Si tarda no me va a ver... no le voy a ver... Es decir: +¡si tarda, no!, si me apresuro yo... + +--Pero, madre, no diga esas cosas... + +--¡_No digas_, hija! Pero me siento derretir... ya no soy para nada... +Veo todo como empañado... como en sueños... Si no lo supiera no podría +ahora decir si tu pelo es rubio o moreno... + +Y le acariciaba lentamente la espléndida cabellera rubia. Y como si +viese con los dedos, añadía: «Rubia, rubia como el sol...» + +--Si es chico, ya lo sabes, Ramiro, y si es chica... Rosa... + +--No, madre, sino Gertrudis... Tula, mamá Tula. + +--¡Tula... bueno...! Y mejor si fuese una pareja, mellizos, pero chico y +chica... + +--¡Por Dios, madre! + +--¿Qué? ¿Crees que no podrías con eso? ¿Te parece demasiado trabajo? + +--Yo... no sé... no sé nada de eso, madre; pero... + +--Sí, eso es lo perfecto, una parejita de gemelos... un chico y una +chica que han estado abrazaditos cuando no sabían nada del mundo, cuando +no sabían ni que existían; que han estado abrazaditos al calorcito del +vientre materno... Algo así debe de ser el cielo... + +--¡Qué cosas se te ocurren, mamá Tula! + +--No ves que me he pasado la vida soñando... + +Y en esto, mientras soñaba así y como para guardar en su pecho este +último ensueño y llevarlo como viático al seno de la madre tierra, la +pobre Manolita cayó gravemente enferma. «¡Ah!, yo tengo la culpa--se +dijo Gertrudis--, yo que con esto de la parejita de mi ensueño me he +descuidado de esa pobre avecilla... Sin duda en un momento en que +necesitaba de mi arrimo ha debido de cojer algún frío...» Y sintió que +le volvían las fuerzas, unas fuerzas como de milagro. Se le despejó la +cabeza, y se dispuso a cuidar a la enferma. + +--Pero, madre--le decía Caridad--, déjeme que le cuide yo, que le +cuidemos nosotras... entre yo, Rosita y Elvira le cuidaremos. + +--No; tú no puedes cuidarla como es debido, no debes cuidarla... Tú te +debes al que llevas, a lo que llevas, y no es cosa de que por atender a +ésta malogres lo otro... y en cuanto a Rosita y Elvira, sí, son sus +hermanas, la quieren como tales, pero no entienden de eso, y además la +pobre, aunque se aviene a todo, no se halla sin mí... Un simple vaso de +agua que yo le sirva le hace más provecho que todo lo que los demás le +podáis hacer. Yo sola sé arreglarle la almohada de modo que no le duela +en ella la cabeza y que no tenga luego pesadillas... + +--Sí, es verdad... + +--¡Claro, yo la crié...! Y yo debo cuidarle. + +Resucitó. Volvióle todo el luminoso y fuerte aplomo de sus días más +heroicos. Ya no le temblaba el pulso ni le vacilaban las piernas. Y +cuando teniendo el vaso con la pócima medicinal que a las veces tenía +que darle, la pobre enferma le posaba las manos febriles en sus manos +firmes y finas, pasaba sobre su enlace como el resplandor de un dulce +recuerdo, casi borrado para la encamada. Y luego se sentaba la tía Tula +junto a la cama de la enferma y se estaba allí, y ésta no hacía sino +mirarle en silencio. + +--¿Me moriré, mamita?--preguntaba la niña. + +--¿Morirte? ¡No, pobrecita alondra, no! Tú tienes que vivir... + +--Mientras tú vivas... + +--Y después... y después... + +--Después... no... ¿para qué...? + +--Pero las muchachas deben vivir... + +--¿Para qué...? + +--Pues... para vivir... para casarse... para criar familia... + +--Pues tú no te casaste, mamita... + +--No, yo no me casé; pero como si me hubiese casado... Y tú tienes que +vivir para cuidar de tu hermano... + +--Es verdad... de mi hermano... de mis hermanos... + +--Sí, de todos ellos... + +--Pero si dicen, mamita, que yo no sirvo para nada... + +--¿Y quién dice eso, hija mía? + +--No, no lo dicen... no lo dicen... pero lo piensan... + +--¿Y cómo sabes tú que lo piensan? + +--¡Pues... porque lo sé! Y además, porque es verdad... porque yo no +sirvo para nada, y después de que tú te me mueras yo nada tengo que +hacer aquí... Si tú te murieras me moriría de frío... + +--Vamos, vamos, arrópate bien y no digas esas cosas... Y voy a +arreglarte esa medicina... + +Y fué a ocultar sus lágrimas y a echarse a los pies de su imagen de la +Virgen de la Soledad y a suplicarla: «¡Mi vida por la suya, Madre, mi +vida por la suya! Siente que yo me voy, que me llaman mis muertos, y +quiere irse conmigo; quiere arrimarse a mí, arropada por la tierra, allí +abajo, donde no llega la luz, y que yo le preste no sé qué calor... ¡Mi +vida por la suya, Madre, mi vida por la suya! Que no caiga tan pronto +esa cortina de tierra de las tinieblas sobre esos ojos en que la luz no +se quiebra, sobre esos ojos que dicen que son los míos, sobre esos ojos +sin mancha que le di yo... sí, yo... Que no se muera... que no se +muera... Sálvala, Madre, aunque tenga yo que irme sin ver al que ha de +venir...» + +Y se cumplió su ruego. + +La pobre niña enferma fué recobrando vida; volvieron los colores de rosa +a sus mejillas; volvió a mirar la luz del sol dando en el verdor de los +árboles del jardincito de la casa, pero la tía Tula cayó con una +broncopneumonía cojida durante la convalecencia de Manolita. Y entonces +fué ésta la que sintió que brotaba en sus entrañas un manadero de salud, +pues tenía que cuidar a la que le había dado vida. + +Toda la casa vió con asombro la revelación de aquella niña. + +--Di a Manolita--decía Gertrudis a Caridad--que no se afane tanto, que +aún estará débil... Tú tampoco, por supuesto; tú te debes a los tuyos, +ya lo sabes... Con Rosita y Elvira basta... Además, como todo ha de ser +inútil... Porque yo ya he cumplido... + +--Pero, madre... + +--Nada, lo dicho, y que esa palomita de Dios no se malgaste... + +--Pero si se ha puesto tan fuerte... Jamás hubiese creído... + +--Y ella que se quería morir y creía morirse... Y yo también lo temí... +¡Porque la pobre me parecía tan débil...! Claro, no conoció a su padre +que estaba ya herido de muerte cuando la engendró... y en cuanto a su +pobre madre, yo creo que siempre vivió medio muerta... ¡Pero esa chica +ha resucitado! + +--¡Sí, al verte en peligro ha resucitado! + +--¡Claro, es mi hija! + +--¿Más? + +--¡Sí, más! Te lo quiero declarar ahora que estoy en el zaguán de la +eternidad; si, más. ¡Ella y tú! + +--¿Ella y yo? + +--¡Sí, ella y tú! Y porque no tenéis mi sangre. Ella y tú. Ella tiene la +sangre de Ramiro, no la mía, pero la he hecho yo, ¡es obra mía! Y a ti +yo te casé con mi hijo. + +--Lo sé... + +--Sí, como le casé a su padre con su madre, con mi hermana, y luego le +volví a casar con la madre de Manolita... + +--Lo sé... lo sé... + +--Sé que lo sabes, pero no todo... + +--No, todo no... + +--Ni yo tampoco... O al menos no quiero saberlo. Quiero irme de este +mundo sin saber muchas cosas... Porque hay cosas que el saberlas +mancha... Eso es el pecado original, y la Santísima Virgen Madre nació +sin mancha de pecado original... + +--Pues yo he oído decir que lo sabía todo... + +--No, no lo sabía todo; no conocía la ciencia del mal... que es +ciencia... + +--Bueno, no hables tanto, madre, que te perjudica... + +--Más me perjudica cavilar, y si me callo cavilo... cavilo... + + + + +XXII + + +LA tía Tula no podía ya más con su cuerpo. El alma le revoloteaba dentro +de él, como un pájaro en una jaula que se desvencija, a la que deja con +el dolor de quien le desollaran, pero ansiando volar por encima de las +nubes. No llegaría a ver al nieto. ¿Lo sentía? «Allá arriba, estando con +ellos--soñaba--sabré cómo es, y si es niño o niña... o los dos... y lo +sabré mejor que aquí, pues desde allí arriba se ve mejor y más limpio lo +de aquí abajo.» + +La última fiebre teníala postrada en cama. Apenas si distinguía a sus +sobrinos más que por el paso, sobre todo a Caridad y a Manolita. El paso +de aquélla, de Caridad, llegábale como el de una criatura cargada de +fruto y hasta le parecía oler a sazón de madurez. Y el de Manolita era +tan leve como el de un pajarito que no se sabe si corre o vuela a ras de +tierra. «Cuando ella entra--se decía la tía--siento rumor de alas caídas +y quietas.» + +Quiso despedirse primero de ésta, a solas, y aprovechó un momento en que +vino a traerle la medicina. Sacó el brazo de la cama, lo alargó como +para bendecirla, y poniéndole la mano sobre la cabeza, que ella inclinó +con los claros ojos empañados, le dijo: + +--¿Qué, palomita sin hiel, quieres todavía morirte...? ¡La verdad! + +--Si con ello consiguiera... + +--Que yo no me muera, ¿eh? No, no debes querer morirte... tienes a tu +hermano, a tus hermanos... Estuviste cerca de ello, pero me parece que +la prueba te curó de esas cosas... ¿No es así? Dímelo como en confesión, +que voy a contárselo a los nuestros... + +--Sí, ya no se me ocurren aquellas tonterías... + +--¿Tonterías? No, no eran tonterías. ¡Ah!, y ahora que dices eso de +tonterías, tráeme tu muñeca, porque la guardas, ¿no es así? Si, sé que +la guardas... Tráeme aquella muñeca, ¿sabes? Quiero despedirme de ella +también y que se despida de mí... ¿Te acuerdas? Vamos, ¿a que no te +acuerdas? + +--Sí, madre, me acuerdo. + +--¿De qué te acuerdas? + +--De cuando se me cayó en aquel patín de la huerta y Elvira me llamaba +tonta porque lloraba tanto y me decía que de nada sirve llorar... + +--Eso... eso... ¿y qué más? ¿Te acuerdas de más? + +--Sí, del cuento que nos contaste entonces... + +--¿A ver, qué cuento? + +--De la niña que se le cayó la muñeca en un pozo seco adonde no podía +bajar a sacarla y se puso a llorar, a llorar, a llorar, y lloró tanto +que se llenó el pozo con sus lágrimas y salió flotando en ellas la +muñeca... + +--¿Y qué dijo Elvirita a eso? ¿Qué dijo? Que no me acuerdo... + +--Sí, sí se acuerda, madre... + +--Bueno, ¿pues qué dijo? + +--Dijo que la niña se quedaría seca y muerta de haber llorado tanto... + +--¿Y yo qué dije? + +--Por Dios, madre... + +--Bueno, no lo digas, pero no llores así, palomita, no llores así... +que por mucho que llores no se llenará con tus lágrimas el pozo en que +voy cayendo y no saldré flotando... + +--Si pudiera ser... + +--¡Ah, sí! Si pudiera ser yo saldría a cojerte y llevarte conmigo... +Pero hay que esperar la hora. Y cuida de tus hermanos. Te los entrego a +ti, ¿sabes? a ti. Haz que no se den cuenta de que me he muerto. + +--Haré todo lo que pueda... + +--Y yo te ayudaré desde arriba. + +--Que no se enteren de que me he muerto... + +--Te rezaré, madre... + +--A la Virgen, hija, a la Virgen... + +--Te rezaré, madre, todas las noches antes de acostarme... + +--Bueno, no llores así... + +--Pero si no lloro, ¿no ves que no lloro? + +--Para lavar los ojos cuando han visto cosas feas no está mal, pero tú +no has visto cosas feas, no puedes verlas... + +--Y si es caso, cerrando los ojos... + +--No, no, así se ven cosas más feas. Y pide por tu padre, por tu madre, +por mí... No olvides a tu madre... + +--Si no la olvido... + +--Como no la conociste... + +--¡Sí, la conozco! + +--Pero a la otra, digo, a la que te trajo al mundo. + +--¡Sí, gracias a ti la conozco; a aquélla! + +--¡Pobrecilla! Ella no había conocido a la suya... + +--¡Su madre fuiste tú, lo sé bien! + +--Bueno, pero no llores... + +--¡Si no lloro!--y se enjugaba los ojos con el dorso de la mano +izquierda mientras con la otra temblorosa, sostenía el vaso de la +medicina. + +--Bueno, y ahora trae a la muñeca, que quiero verla. ¡Ah! ¡Y allí en un +rincón de aquella arquita mía que tú sabes... ahí está la llave... sí, +ésa, ésa!... Allí donde nadie ha tocado más que yo, y tú alguna vez; +allí, junto a aquellos retratos, ¿sabes?, hay otra muñeca... la mía... +la que yo tenía siendo niña... mi primer cariño... ¿el primero?... +¡bueno! Tráemela también... Pero que no se entere ninguna de ésas, no +digan que son tonterías nuestras, porque las tontas somos nosotras... +Tráeme las dos muñecas, que me despida de ellas, y luego nos pondremos +serias para despedirnos de los otros... Vete, que me viene un mal +pensamiento--y se santiguó. + +El mal pensamiento era que el susurro diabólico allá, en el fondo de las +entrañas doloridas con el dolor de la partida, le decía: «¡muñecos +todos!» + + + + +XXIII + + +LUEGO llamó a todos, y Caridad entre ellos. + +--Esto es, hijos míos, la última fiebre, el principio del fuego del +Purgatorio... + +--Pero qué cosas dices, mamá... + +--Sí; el fuego del Purgatorio, porque en el Infierno no hay fuego... el +Infierno es de hielo y nada más que de hielo. Se me está quemando la +carne... Y lo que siento es irme sin ver, sin conocer, al que ha de +llegar... o a la que ha de llegar... o a los que han de llegar... + +--Vamos, mamá... + +--Bueno, tú, Cari, cállate y no nos vengas ahora con vergüenza... Porque +yo querría contarles todo a los que me llaman... Vamos, no lloréis +así... Allí están... los tres... + +--Pero no digas esas cosas... + +--Ah, ¿queréis que os diga cosas de reir? Las tonterías ya nos las hemos +dicho Manolita y yo, las dos tontas de la casa, y ahora hay que hacer +esto como se hace en los libros... + +--Bueno, ¡no hables tanto! El médico ha dicho que no se te deje hablar +mucho. + +--¿Ya estás ahí tú, Ramiro? ¡El hombre! ¿El médico dices? ¿Y qué sabe el +médico? No le hagáis caso... Y además es mejor vivir una hora hablando +que dos días más en silencio. Ahora es cuando hay que hablar. Además, +así me distraigo y no pienso en mis cosas... + +--Pues ya sabes que el padre Alvarez te ha dicho que pienses ahora en +tus cosas... + +--Ah, ¿ya estás ahí tú, Elvira, la juiciosa? ¿Conque el padre Alvarez, +eh?... el del remedio... ¿Y qué sabe el padre Alvarez? ¡Otro médico! +¡Otro hombre! Además, yo no tengo cosas mías en que pensar... yo no +tengo mis cosas... Mis cosas son las vuestras... y las de ellos... las +de los que me llaman... Yo no estoy ni viva ni muerta... no he estado +nunca ni viva ni muerta... ¿Qué? ¿Qué dices tú ahí, Enriquín? Que estoy +delirando... + +--No, no digo eso... + +--Sí, has dicho eso, te lo he oído bien... se lo has dicho al oído a +Rosita... No ves que siento hasta el roce en el aire de las alas quietas +de Manolita. Pues si deliro... ¿qué? + +--Que debes descansar... + +--Descansar... descansar... ¡tiempo me queda para descansar! + +--Pero no te destapes así... + +--Si es que me abraso... Y ya sabes, Caridad, Tula, Tula como yo... y +él, el otro, Ramiro... Sí, son dos, él y ella, que estarán ahora +abrazaditos... al calorcito... + +Callaron todos un momento. Y al oir la moribunda sollozos entrecortados +y contenidos, añadió: + +--Bueno, ¡hay que tener ánimo! Pensad bien, bien, muy bien, lo que +hayáis de hacer, pensadlo muy bien... que nunca tengáis que arrepentiros +de haber hecho algo y menos de no haberlo hecho... Y si veis que el que +queréis se ha caído en una laguna de fango y aunque sea en un pozo +negro, en un albañal, echaos a salvarle, aun a riesgo de ahogaros, +echaos a salvarle... que no se ahogue él allí... o ahogaros juntos... en +el albañal... servidle de remedio... sí, de remedio... ¿que morís entre +légamo y porquería? no importa... Y no podréis ir a salvar al compañero +volando sobre el ras del albañal porque no tenemos alas... no, no +tenemos alas... o son alas de gallina, de no volar... y hasta las alas +se mancharían con el fango que salpica el que se ahoga en él... No, no +tenemos alas... a lo más de gallina... no somos ángeles... lo seremos en +la otra vida... donde no hay fango... ni sangre! Fango hay en el +Purgatorio, fango ardiente, que quema y limpia... fango que limpia, +sí... En el Purgatorio les queman a los que no quisieron lavarse con +fango... sí, con fango... Les queman con estiércol ardiente... les lavan +con porquería... Es lo último que os digo, no tengáis miedo a la +podredumbre... Rogad por mí, y que la Virgen me perdone. + +Le dió un desmayo. Al volver de él no coordinaba los pensamientos. Entró +luego en una agonía dulce. Y se apagó como se apaga una tarde de otoño +cuando las últimas razas del sol, filtradas por nubes sangrientas, se +derriten en las aguas serenas de un remanso del río en que se reflejan +los álamos--sanguíneo su follaje también--que velan a sus orillas. + + + + +XXIV + + +¿MURIÓ la tía Tula? No, sino que empezó a vivir en la familia, e +irradiando de ella, con una nueva vida más entrañada y más vivífica, con +la vida eterna de la familiaridad inmortal. Ahora era ya para sus hijos, +sus sobrinos, la Tía, no más que la Tía, ni _madre_ ya ni _mamá_, ni aun +tía Tula, sino sólo la Tía. Fué este nombre de invocación, de verdadera +invocación religiosa, como el canonizamiento doméstico de una santidad +de hogar. La misma Manolita, su más hija y la más heredera de su +espíritu, la depositaria de su tradición, no le llamaba sino la Tía. + +Mantenía la unidad y la unión de la familia, y si al morir ella +afloraron a vista de todos, haciéndose patentes, divisiones intestinas +antes ocultas, alianzas defensivas y ofensivas entre los hermanos, fué +porque esas divisiones brotaban de la vida misma familiar que ella creó. +Su espíritu provocó tales disensiones y bajo de ellas y sobre ellas la +unidad fundamental y culminante de la familia. La tía Tula era el +cimiento y la techumbre de aquel hogar. + +Formáronse en éste dos grupos: de un lado, Rosita, la hija mayor de +Rosa, aliada con Caridad, con su cuñada y no con su hermano, no con +Ramiro; de otro, Elvira, la segunda hija de Rosa, con Enrique, su +hermanastro, el hijo de la hospiciana, y quedaban fuera Ramiro y +Manolita. Ramiro vivía, o más bien se dejaba vivir, atento a su hijo y +al porvenir que podía depararle otros y a sus negocios civiles, y +Manolita, atenta a mantener el culto de la Tía y la tradición del hogar. + +Manolita se preparaba a ser el posible lazo entre cuatro probables +familias venideras. Desde la muerte de la Tía habíase revelado. Guardaba +todo su saber, todo su espíritu; las mismas frases recortadas y +aceradas, a las veces repetición de las que oyó a la otra, la misma +doctrina, el mismo estilo y hasta el mismo gesto. «¡Otra +tía!»--exclamaban sus hermanos, y no siempre llevándoselo a bien. Ella +guardaba el archivo y el tesoro de la otra; ella tenía la llave de los +cajoncitos secretos de la que se fué en carne y sangre; ella guardaba, +con su muñeca de cuando niña, la muñeca de la niñez de la Tía, y algunas +cartas, y el devocionario y el breviario de don Primitivo; ella era en +la familia quien sabía los dichos y hechos de los antepasados dentro de +memoria: de don Primitivo, que nada era de su sangre; de la madre del +primer Ramiro; de Rosa; de su propia madre Manuela, la hospiciana--de +ésta no dichos ni hechos, sino silencios y pasiones--, ella era la +historia doméstica; por ella se continuaba la eternidad espiritual de la +familia. Ella heredó el alma de ésta, espiritualizada en la Tía. + +¿Herencia? Se trasmite por herencia en una colmena el espíritu de las +abejas, la tradición abejil, el arte de la melificación y de la fábrica +del panal, la _abejidad_, y no se trasmite, sin embargo, por carne y por +jugos de ella. La carnalidad se perpetúa por zánganos y por reinas, y ni +los zánganos ni las reinas trabajaron nunca, no supieron ni fabricar +panales, ni hacer miel, ni cuidar larvas, y no sabiéndolo, no pudieron +trasmitir ese saber, con su carne y sus jugos, a sus crías. La tradición +del arte de las abejas, de la fábrica del panal y el laboreo de la miel +y la cera, es, pues, colateral y no de trasmisión de carne, sino de +espíritu, y débese a las tías, a las abejas que ni fecundan huevecillos +ni los ponen. Y todo esto lo sabía Manolita, a quien se lo había +enseñado la Tía, que desde muy joven paró su atención en la vida de las +abejas y la estudió y meditó, y hasta soñó sobre ella. Y una de las +frases de íntimo sentido, casi esotérico, que aprendió Manolita de la +Tía y que de vez en cuando aplicaba a sus hermanos, cuando dejaban muy +al desnudo su masculinidad de instintos, era decirles: «¡Cállate, +zángano!» Y zángano tenía para ella, como lo había tenido para la Tía, +un sentido de largas y profundas resonancias. Sentido que sus hermanos +adivinaban. + +La alianza entre Elvira, la hija del primer Ramiro que le costó la vida +a Rosa, su primera mujer, y Enrique, el hijo del pecado de aquél y de la +hospiciana, era muy estrecha. Queríanse los hermanastros más que +cualesquiera otros de los cinco entre sí. Siempre andaban en cuchicheos +y en secreteos. Y esta a modo de conjura desasosegábale a Manolita. No +que le doliera que su hermano uterino, el salido del mismo vientre de +donde ella salió, tuviese más apego a hermana nacida de otra madre, no; +sentía que a ella no había de apegársele ninguno de sus hermanos y +complacíase en ello. Pero aquel afecto más que fraternal le era +repulsivo. + +--Ya estoy deseando--les dijo una vez--que uno de vosotros se enamore; +que tú, Enrique, te eches novia o que a ésta, a ti, Elvira, te pretenda +alguno... + +--¿Y para qué?--preguntó ésta. + +--Para que dejéis de andar así, de bracete por la casa, y con +cuentecitos al oído y carantoñas, arrumacos y lagoterías... + +--Acaso entonces más...--dijo Enrique. + +--¿Y cómo así? + +--Porque ésta vendrá a contarme los secretos de su novio, ¿verdad, +Elvira?, y yo le contaré, ¡claro está!, los de mi novia... + +--Sí, sí...--exclamó Elvira a punto de palmotear. + +--Y os reiréis uno y otro del otro novio y de la otra novia, ¿no es +así?... ¡qué bonito! + +--Bueno, ¿y qué diría a esto la Tía?--preguntó Elvira mirándole a +Manolita a los ojos. + +--Diría que no se debe jugar con las cosas santas y que sois unos +chiquillos... + +--Pues no repitas con la Tía--le arguyó Enrique--aquello del Evangelio +de que hay que hacerse niño para entrar en el reino de los cielos... + +--¡Niño, sí! ¡Chiquillo, no! + +--¿Y en qué se le distingue al niño del chiquillo...? + +--¿En qué? En la manera de jugar. + +--¿Cómo juega el chiquillo? + +--El chiquillo juega a persona mayor. Los niños no son, como los +mayores, ni hombres ni mujeres, sino que son como los ángeles. Recuerdo +haberle oído decir a la Tía que había oído que hay lenguas en que el +niño no es ni masculino ni femenino, sino neutro... + +--Sí--añadió Enrique--en alemán. Y la señorita es neutro... + +--Pues esta señorita--dijo Manolita intentando, sin conseguirlo, teñir +de una sonrisa estas palabras--no es neutra... + +--¡Claro que no soy neutra; pues no faltaba más...! + +--¡Pero bueno, nada de chiquilladas! + +--Chiquilladas, no; niñerías, eso, ¿no es eso? + +--¡Eso es! + +--Bueno, ¿y en qué las conoceremos? + +--Basta, que no quiero deciros más. ¿Para qué? Porque hay cosas que al +tratar de decirlas se ponen más oscuras... + +--Bien, bien, tiíta--exclamó Elvira abrazándola y dándole un beso--, no +te enfades así... ¿Verdad que no te enfadas, tiíta...? + +--No; y menos porque me llames tiíta... + +--Si lo hacía sin intención... + +--Lo sé; pero eso es lo peligroso. Porque la intención viene después... + +Enrique le hizo una carantoña a su hermana completa y cojiendo a la +otra, a la hermanastra, por debajo de un brazo, se la llevó consigo. + +Y Manolita, viéndoles alejarse, quedó diciéndose: «¿Chiquillos? ¡En +efecto, chiquillos! ¿Pero he hecho bien en decirles lo que les he dicho? +¿He hecho bien, Tía?»--e invocaba mentalmente a la Tía.--«La intención +viene después... ¿No soy yo la que con mis reconvenciones voy a darles +una intención que les falta? Pero, ¡no, no! ¡Que no jueguen así! ¡Porque +están jugando...! ¡Y ojalá les salga pronto el novio a ella y la novia a +él!» + + + + +XXV + + +EL otro grupo lo formaban en la familia, no Rosita y Ramiro, sino la +mujer de éste, Caridad, y aquella su cuñada. Aunque en rigor era Rosita +la que buscaba a Caridad y le llevaba sus quejas, sus aprensiones, sus +suspicacias. Porque iba, por lo común, a quejarse. Creíase, o al menos +aparentaba creer, que era la desdeñada y la no comprendida. Poníase +triste y como preocupada en espera de que le preguntasen qué era lo que +tenía, y como nadie se lo preguntaba sufría con ello. Y menos que los +otros hermanos se lo preguntaba Manolita, que se decía: «Si tiene algo +de verdad y más que gana de mimo y de que nos ocupemos especialmente en +ella, ya reventará!» Y la preocupada sufría con ello. + +A su cuñada, a Caridad, le iba sobre todo con quejas de su marido; +complacíase en acusar a éste, a Ramiro, de egoísta. Y la mujer le oía +pacientemente y sin saber qué decirle. + +--Yo no sé, Manuela--le decía a ésta Caridad, su cuñada--qué hacer con +Rosa... Siempre me está viniendo con quejas de Ramiro: que si es un +orgulloso, que si un egoísta, que si un distraído... + +--¡Llévale la hebra y dile que sí! + +--¿Pero cómo? ¿Voy a darle alas? + +--No, sino a cortárselas. + +--Pues no lo entiendo. Y además, eso no es verdad; ¡Ramiro no es así!... + +--Lo sé, lo sé muy bien. Sé que Ramiro podrá tener, como todo hombre, +sus defectos... + +--Y como toda mujer. + +--¡Claro, sí! Pero los de él son defectos de hombre... + +--¡De zángano, vamos! + +--Como quieras; los de Ramiro son defectos de hombre, o si quieres, pues +que te empeñas, de zángano... + +--¿Y los míos? + +--¿Los tuyos, Caridad? Los tuyos... ¡de reina! + +--¡Muy bien! ¡Ni la Tía...! + +--Pero los defectos de Ramiro no son los que Rosa dice. Ni es +orgulloso, ni es egoísta, ni es distraído... + +--¿Y entonces por qué voy a llevarle la hebra como dices? + +--Porque eso será llevarle la contraria. Lo sé muy bien. La conozco. + +Cierta mañana, encontrándose las tres, Caridad, Manuela y Rosa, comenzó +ésta el ataque. + +R.--¡Vaya unas horas de llegar anoche tu maridito! + +Nunca hablando con su cuñada le llamaba a Ramiro «mi hermano», sino +siempre: «tu marido». + +C.--¿Y qué mal hay en ello? + +M.--Y tú, Rosa, estabas a esas horas despierta... + +R.--Me despertó su llegada... + +M.--¿Sí, eh? + +C.--Pues a mí apenas si me despertó... + +R.--¡Vaya una calma! + +M.--Aquí Caridad duerme confiada y hace bien. + +R.--¿Hace bien...? ¿Hace bien...? No lo comprendo. + +M.--Pues yo sí. Pero tú parece que te complaces en eso, que es un juego +muy peligroso y muy feo... + +C.--¡Por Dios, Manuela! + +R.--Déjale, déjale a la tía... + +M.--Con el acento que ahora le pones la tía aquí eres ahora tú... + +R.--¿Yo? ¿Yo la tía? + +M.--Sí, tú, tú, Rosa. ¿A qué viene querer provocar celos en tu hermana? + +C.--Pero si Rosa no quiere hacerme celosa, Manuela... + +M.--Yo sé lo que me digo, Caridad. + +R.--Sí, aquí ella sabe lo que se dice... + +M.--Aquí sabemos todos lo que queremos decir y yo sé, además, lo que me +digo, ¿me entiendes, Rosa? + +R.--El estribillo de la Tía... + +M.--Sea. Y te digo que serías capaz de aceptar el peor novio que se te +presente y casarte con él no más que para provocarle a que te diese +celos, no a dárselos tú... + +R.--¿Casarme yo? ¿Yo casarme? ¿Yo novio? ¡Las ganas...! + +M.--Sí, ya sé que dices, aunque no sé si lo piensas, que no te has de +casar, que tú no quieres novio... Ya sé que andas en si te vas o no a +meter monja... + +C.--¿Y cómo lo has sabido, Manuela? + +M.--Ah, ¿pero vosotras creéis que no me percato de vuestros secretos? +Precisamente por ser secretos... + +R.--Bueno, y si pensara yo en meterme monja, ¿qué? ¿Qué mal hay en ello? +¿Qué mal hay en servir a Dios? + +M.--En servir a Dios, no, no hay mal ninguno... Pero es que si tú +entrases monja no sería por servir a Dios... + +R.--¿No? ¿Pues por qué? + +M.--Por no servir a los hombres... ni a las mujeres... + +C.--Pero por Dios, Manuela, qué cosas tienes... + +R.--Sí, ella tiene sus cosas y yo las mías... ¿Y quién te ha dicho, +hermana, que desde el convento no se puede servir a los hombres...? + +M.--Sin duda, rezando por ellos... + +R.--¡Pues claro está! Pidiendo a Dios que les libre de tentaciones... + +M.--Pero me parece que tú más que a rezar «no nos dejes caer en la +tentación» vas a «no me dejes caer en la tentación...» + +R.--Sí, que voy a que no me tienten... + +M.--¿Pues no has venido acá a tentar a Caridad, tu hermana? ¿O es que +crees que no era tentación eso? ¿No venías a hacerle caer en tentación? + +C.--No, Manuela, no venía a eso. Y además sabe que no soy celosa, que no +lo seré, que no puedo serlo... + +R.--Déjale, déjale, Caridad, déjale a la abejita, que pique... que +pique... + +M.--Duele, ¿eh? Pues, hija, rascarse... + +R.--_Hija_ ahora, ¿eh? + +M.--Y siempre, hermana. + +R.--Y dime tú, hermanita, la abejita, ¿tú no has pensado nunca en +meterte en un panal así, en una colmena...? + +M.--Se puede hacer miel y cera en el mundo... + +R.--Y picar... + +M.--¡Y picar, exacto! + +R.--Vamos, sí, que tú, como tía Tula, vas para tía... + +M.--Yo no sé para lo que voy, pero si siguiera el ejemplo de la Tía no +habría de ir por mal camino. ¿O es que crees que marró ella el suyo? ¿Es +que has olvidado sus enseñanzas? ¿Es que trató ella nunca de encismar a +los de casa? ¿Es que habría ella nunca denunciado un acto de uno de sus +hermanos? + +C.--Por Dios, Manuela, por la memoria de tía Tula, cállate ya... Y tú, +Rosa, no llores así... vamos, levanta esa frente... no te tapes así la +cara con las manos... no llores así, hija, no llores así... + +Manuela le puso a su hermanastra la mano sobre el hombro y con una voz +que parecía venir del otro mundo, del mundo eterno de la familia +inmortal, le dijo: + +--¡Perdóname, hermana, me he excedido... pero tu conducta me ha herido +en lo vivo de la familia y he hecho lo que creo que habría hecho la Tía +en este caso... perdónamelo! + +Y Rosa, cayendo en sus brazos y ocultando su cabeza entre los pechos de +su hermana, le dijo entre sollozos: + +--¡Quien tiene que perdonarme eres tú, hermana, tú... Pero hermana... +no, sino madre... ni madre... ¡Tía! ¡Tía! + +--¡Es la Tía, la tía Tula, la que tiene que perdonarnos y unirnos y +guiarnos a todos!--concluyó Manuela. + + + + + +End of the Project Gutenberg EBook of La tía Tula, by Miguel De Unamuno + +*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK 44358 *** |
