summaryrefslogtreecommitdiff
path: root/44358-0.txt
diff options
context:
space:
mode:
Diffstat (limited to '44358-0.txt')
-rw-r--r--44358-0.txt4696
1 files changed, 4696 insertions, 0 deletions
diff --git a/44358-0.txt b/44358-0.txt
new file mode 100644
index 0000000..f760d31
--- /dev/null
+++ b/44358-0.txt
@@ -0,0 +1,4696 @@
+*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK 44358 ***
+
+ Nota del Transcriptor:
+
+
+ Errores obvios de imprenta han sido corregidos.
+
+ Páginas en blanco han sido eliminadas.
+
+ Letras itálicas son denotadas con _líneas_.
+
+ Las versalitas (letras mayúsculas de tamaño igual a las minúsculas)
+ han sido sustituidas por letras mayúsculas de tamaño normal.
+
+
+
+
+ MIGUEL DE UNAMUNO
+
+
+ LA TIA TULA
+
+ (NOVELA)
+
+
+ RENACIMIENTO
+ SAN MARCOS, 42
+ MADRID
+ 1921
+
+
+
+
+ ES PROPIEDAD
+
+
+ Copyright 1921 by Miguel de Unamuno.
+
+
+ Imprenta de Juan Pueyo. Luna, 29. Teléf. 14-30.--Madrid.
+
+
+
+
+_PROLOGO_
+
+(_QUE PUEDE SALTAR EL LECTOR DE NOVELAS_)
+
+
+«TENÍA _uno (hermano) casi de mi edad, que era el que yo más quería,
+aunque a todos tenía gran amor y ellos a mí; juntábamonos entrambos a
+leer vidas de santos... Espantábanos mucho el decir en lo que leíamos
+que pena y gloria eran para siempre. Acaecíanos estar muchos ratos
+tratando desto, y gustábamos de decir muchas veces para siempre,
+siempre, siempre. En pronunciar esto mucho rato era el Señor servido, me
+quedase en esta niñez imprimido el camino de la verdad. De que vi que
+era imposible ir adonde me matasen por Dios, ordenábamos ser ermitaños,
+y en una huerta que había en casa procurábamos, como podíamos, hacer
+ermitas poniendo unas pedrecillas, que luego se nos caían, y ansí no
+hallábamos remedio en nada para nuestro deseo; que ahora me pone
+devoción ver cómo me daba Dios tan presto lo que yo perdí por mi
+culpa._»
+
+ * * * * *
+
+«_Acuérdome que cuando murió mi madre quedé yo de edad de doce años,
+poco menos; como yo comencé a entender lo que había perdido, afligida
+fuíme a una imagen de Nuestra Señora y supliquela fuese mi madre con
+muchas lágrimas. Paréceme que aunque se hizo con simpleza, que me ha
+valido, pues conocidamente he hallado a esta Virgen Soberana en cuanto
+me he encomendado a ella, y, en fin, me ha tornado a sí._»
+
+ _(Del capítulo I de la Vida de la Santa Madre Teresa de Jesús, que
+ escribió ella misma por mandado de su confesor.)_
+
+«_Sea (Dios) alabado por siempre, que tanta merced ha hecho a vuestra
+merced, pues le ha dado mujer, con quien pueda tener mucho descanso. Sea
+mucho de enhorabuena, que harto consuelo es para mí pensar que le tiene.
+A la señora doña María beso siempre las manos muchas veces; aquí tiene
+una capellana y muchas. Harto quisiéramos poderla gozar; mas si había
+de ser con los trabajos que por acá hay, más quiero que tenga allá
+sosiego, que verla acá padecer._»
+
+ (_De una carta que desde Avila, a 15 de diciembre de 1581, dirigió
+ la Santa Madre, y Tía, Teresa de Jesús, a su sobrino don Lorenzo de
+ Cepeda, que estaba en Indias, en el Perú, donde se casó con doña
+ María de Hinojosa, que es la señora doña María de que se habla en
+ ella_)
+
+_En el capítulo II de la misma susomentada Vida, dice la Santa Madre
+Teresa de Jesús que era moza «aficionada a leer libros de
+caballerías»--los suyos lo son, a lo divino--y en uno de los sonetos, de
+nuestro Rosario de ellos, la hemos llamado_
+
+ _Quijotesa_
+ _a lo divino, que dejó asentada_
+ _nuestra España inmoral, cuya es la empresa:_
+ _sólo existe lo eterno; ¡Dios o nada!_
+
+_Lo que acaso alguien crea que diferencia a Santa Teresa de Don Quijote,
+es que éste, el Caballero--y tío, tío de su inmortal sobrina--se puso en
+ridículo y fué el ludibrio y juguete de padres y madres, de zánganos y
+de reinas; pero ¿es que Santa Teresa escapó al ridículo? ¿Es que no se
+burlaron de ella? ¿Es que no se estima hoy por muchos quijotesco, o sea
+ridículo, su instituto, y aventurera, de caballería andante, su obra y
+su vida?_
+
+_No crea el lector, por lo que precede, que el relato que se sigue y va
+a leer es, en modo alguno, un comentario a la vida de la Santa española.
+¡No, nada de esto! Ni pensábamos en Teresa de Jesús al emprenderlo y
+desarrollarlo; ni en Don Quijote. Ha sido después de haberlo terminado,
+cuando aun para nuestro ánimo, que lo concibió, resultó una novedad este
+parangón, cuando hemos descubierto las raíces de este relato novelesco.
+Nos fué oculto su más hondo sentido al emprenderlo. No hemos visto sino
+después, al hacer sobre él examen de conciencia de autor, sus raíces
+teresianas y quijotescas. Que son una misma raíz._
+
+_¿Es acaso éste un libro de caballerías? Como el lector quiera
+tomarlo... Tal vez a alguno pueda parecerle una novela agiográfica, de
+vida de santos. Es, de todos modos, una novela, podemos asegurarlo._
+
+_No se nos ocurrió a nosotros, sino que fué cosa de un amigo, francés
+por más señas, el notar que la inspiración--¡perdón!--de nuestra
+nivola_ Niebla _era de la misma raíz que la de_ La vida es sueño, _de
+Calderón. Mas en este otro caso ha sido cosa nuestra el descubrir,
+después de concluída esta novela que tienes a la vista, lector, sus
+raíces quijotescas y teresianas. Lo que no quiere decir ¡claro está! que
+lo que aquí se cuenta no haya podido pasar fuera de España._
+
+ * * * * *
+
+_Antes de terminar este Prólogo queremos hacer otra observación, que le
+podrá parecer a alguien quizás sutileza de lingüista y filólogo, y no lo
+es sino de psicología. Aunque ¿es la psicología algo más que lingüística
+y filología?_
+
+_La observación es que así como tenemos la palabra_ paternal _y_
+paternidad, _que derivan de_ pater, _padre, y_ maternal _y_ maternidad,
+_de_ mater, _madre, y no es lo mismo, ni mucho menos, lo paternal y lo
+maternal, ni la paternidad y la maternidad, es extraño que junto a_
+fraternal _y_ fraternidad, _de_ frater, _hermano, no tengamos_ sororal
+_y_ sororidad, _de_ soror, _hermana. En latín hay_ sororius, a, um, _lo
+de la hermana, y el verbo_ sororiare, _crecer por igual y juntamente._
+
+_Se nos dirá que la_ sororidad _equivaldría a la_ fraternidad, _mas no
+lo creemos así. Como si en latín tuviese la hija un apelativo de raíz
+distinta que el de hijo, valdría la pena de distinguir entre las dos
+filialidades._
+
+Sororidad _fué la de la admirable Antígona, esta santa del paganismo
+helénico, la hija de Edipo, que sufrió martirio por amor a su hermano
+Polinices, y por confesar su fe de que las leyes eternas de la
+conciencia, las que rigen en el eterno mundo de los muertos, en el mundo
+de la inmortalidad, no son las que forjan los déspotas y tiranos de la
+tierra, como era Creonte._
+
+_Cuando en la tragedia sofocleana Creonte le acusa a su sobrina Antígona
+de haber faltado a la ley, al mandato regio, rindiendo servicio fúnebre
+a su hermano, el fratricida, hay entre aquéllos este duelo de palabras:_
+
+«A.--_No es nada feo honrar a los de la misma entraña..._
+
+»Cr.--_¿No era de tu sangre también el que murió contra él?_
+
+»A.--_De la misma, por madre y padre..._
+
+»Cr.--_¿Y cómo rindes a éste un honor impío?_
+
+»A.--_No diría eso el muerto..._
+
+»Cr.--_Pero es que le honras igual que al impío..._
+
+»A.--_No murió su siervo, sino su hermano..._
+
+»Cr.--_Asolando esta tierra, y el otro defendiéndola..._
+
+»A.--_El otro mundo, sin embargo, gusta de igualdad ante la ley..._
+
+»Cr.--_¿Cómo ha de ser igual para el vil que para el noble?_
+
+»A.--_Quién sabe si estas máximas son santas allí abajo..._»
+
+ (_Antígona_, versos 511-521.)
+
+ * * * * *
+
+_¿Es que acaso lo que a Antígona le permitió descubrir esa ley eterna,
+apareciendo a los ojos de los ciudadanos de Tebas y de Creonte, su tío,
+como una anarquista, no fué el que era, por terrible decreto del Hado,
+hermana carnal de su propio padre, Edipo? Con el que había ejercido
+oficio de_ sororidad _también._
+
+_El acto_ sororio _de Antígona dando tierra al cadáver insepulto de su
+hermano y librándolo así del furor regio de su tío Creonte, parecióle a
+éste un acto de anarquista. «¡No hay mal mayor que el de la
+anarquía!»--declaraba el tirano--._ (Antígona, _verso 672_.)
+_¿Anarquía? ¿Civilización?_
+
+_Antígona, la anarquista según su tío, el tirano Creonte, modelo de
+virilidad, pero no de humanidad; Antígona, hermana de su padre Edipo y,
+por lo tanto, tía de su hermano Polinices, representa acaso la
+domesticidad religiosa, la religión doméstica, la del hogar, frente a la
+civilidad política y tiránica, a la tiranía civil, y acaso también la
+domesticación frente a la civilización. ¿Aunque es posible civilizarse
+sin haberse domesticado antes? ¿Caben civilidad y civilización donde no
+tienen como cimientos domesticidad y domesticación?_
+
+_Hablamos de_ patrias _y sobre ellas de_ fraternidad _universal, pero no
+es una sutileza lingüística el sostener que no pueden prosperar sino
+sobre_ matrias _y_ sororidad. _Y habrá barbarie de guerras devastadoras,
+y otros estragos, mientras sean los zánganos, que revolotean en torno de
+la reina para fecundarla y devorar la miel que no hicieron, los que
+rijan las colmenas._
+
+_¿Guerras? El primer acto guerrero fué, según lo que llamamos Historia
+Sagrada, la de la Biblia, el asesinato de Abel por su hermano Caín. Fué
+una muerte fraternal, entre hermanos, el primer acto de fraternidad. Y
+dice el Génesis que fué Caín, el fratricida, el que primero edificó una
+ciudad, a la que llamó del nombre de su hijo--habido en una
+hermana--Henoc._ (_Gén. IV, 17._) _Y en aquella ciudad,_ polis, _debió
+empezar la vida civil, política, la civilidad y la civilización. Obra,
+como se ve, del fratricida. Y cuando, siglos más tarde, nuestro Lucano,
+español, llamó a las guerras entre César y Pompeyo_ plusquam civilia,
+_más que civiles--lo dice en el primer verso de su_ Pharsalia--_quiere
+decir_ fraternales. _Las guerras más que civiles son las fraternales._
+
+_Aristóteles le llamó al hombre_ zoon politicon, _esto es, animal civil
+o ciudadano--no político, que esto es no traducir--animal que tiende a
+vivir en ciudades, en mazorcas de casas estadizas, arraigadas en tierra
+por cimientos, y ése es el hombre y, sobre todo, el varón. Animal civil,
+urbano, fraternal y... fratricida. Pero ese animal civil, ¿no ha de
+depurarse por acción doméstica? Y el hogar, el verdadero hogar, ¿no ha
+de encontrarse lo mismo en la tienda del pastor errante que se planta al
+azar de los caminos? Y Antígona acompañó a su padre, ciego y errante,
+por los senderos del desierto, hasta que desapareció en Colono. ¡Pobre
+civilidad fraternal, cainita, si no hubiera la domesticidad sororia!..._
+
+_Va, pues, el fundamento de la civilidad, la domesticidad, de mano en
+mano de hermanas, de tías. O de esposas de espíritu, castísimas, como
+aquella Abisag, la sunamita de que se nos habla en el capítulo I del
+libro I de los Reyes, aquella doncella que le llevaron al viejo rey
+David, ya cercano a su muerte, para que le mantuviese en la puesta de su
+vida, abrigándole y calentándole en la cama mientras dormía. Y Abisag le
+sacrificó su maternidad, permaneció virgen por él--pues David no la
+conoció--y fué causa de que más luego Salomón, el hijo del pecado de
+David con la adúltera Betsabé, hiciese matar a Adonías, su hermanastro,
+hijo de David y de Hagit, porque pretendió para mujer a Abisag, la
+última reina con David, pensando así heredar a éste su reino._
+
+_Pero a esta Abisag y a su suerte y a su sentido pensamos dedicar todo
+un libro que no será precisamente una novela. Ni una_ nivola.
+
+_Y ahora el lector que ha leído este prólogo--que no es necesario para
+inteligencia en lo que sigue--puede pasar a hacer conocimiento con la
+tía Tula, que si supo de Santa Teresa y de Don Quijote, acaso no supo ni
+de Antígona la griega ni de Abisag la israelita._
+
+_En mi novela_ Abel Sánchez _intenté escarbar en ciertos sótanos y
+escondrijos del corazón, en ciertas catacumbas del alma, adonde no
+gustan descender los más de los mortales. Creen que en esas catacumbas
+hay muertos, a los que lo mejor es no visitar, y esos muertos, sin
+embargo, nos gobiernan. Es la herencia de Caín. Y aquí, en esta novela,
+he intentado escarbar en otros sótanos y escondrijos. Y como no ha
+faltado quien me haya dicho que aquello era inhumano, no faltará quien
+me lo diga, aunque en otro sentido, de esto. Aquello pareció a alguien
+inhumano por viril, por fraternal; esto lo parecerá acaso por femenil,
+por sororio. Sin que quepa negar que el varón hereda femenidad de su
+madre y la mujer virilidad de su padre. ¿O es que el zángano no tiene
+algo de abeja y la abeja algo de zángano? O hay, si se quiere,_ abejos
+_y_ zánganas.
+
+_Y nada más, que no debo hacer una novela sobre otra novela._
+
+ _En Salamanca, ciudad, en el día de los Desposorios de Nuestra
+ Señora del año de gracia milésimo novecentésimo y vigésimo._
+
+
+
+
+I
+
+
+ERA a Rosa y no a su hermana Gertrudis, que siempre salía de casa con
+ella, a quien ceñían aquellas ansiosas miradas que les enderezaba
+Ramiro. O por lo menos, así lo creían ambos, Ramiro y Rosa, al atraerse
+el uno al otro.
+
+Formaban las dos hermanas, siempre juntas, aunque no por eso unidas
+siempre, una pareja al parecer indisoluble, y como un solo valor. Era la
+hermosura espléndida y algún tanto provocativa de Rosa, flor de carne
+que se abría a flor del cielo a toda luz y todo viento, la que llevaba
+de primera vez las miradas a la pareja; pero eran luego los ojos tenaces
+de Gertrudis los que sujetaban a los ojos que se habían fijado en ellos
+y los que a la par les ponían raya. Hubo quien al verlas pasar preparó
+algún chicoleo un poco más subido de tono; mas tuvo que contenerse al
+tropezar con el reproche de aquellos ojos de Gertrudis, que hablaban
+mudamente de seriedad. «Con esta pareja no se juega», parecía decir con
+sus miradas silenciosas.
+
+Y bien miradas y de cerca aún despertaba más Gertrudis el ansia de goce.
+Mientras su hermana Rosa abría espléndidamente a todo viento y toda luz
+la flor de su encarnadura, ella era como un cofre cerrado y sellado en
+que se adivina un tesoro de ternuras y delicias secretas.
+
+Pero Ramiro, que llevaba el alma toda a flor de los ojos, no creyó ver
+más que a Rosa, y a Rosa se dirigió desde luego.
+
+--Sabes que me ha escrito--le dijo ésta a su hermana.
+
+--Sí, vi la carta.
+
+--¿Cómo? ¿que la viste? ¿es que me espías?
+
+--¿Podía dejar de haberla visto? No, yo no espío nunca, ya lo sabes, y
+has dicho eso no más que por decirlo...
+
+--Tienes razón, Tula, perdónamelo.
+
+--Sí, una vez más, porque tú eres así. Yo no espío, pero tampoco oculto
+nunca nada. Vi la carta.
+
+--Ya lo sé; ya lo sé...
+
+--He visto la carta y la esperaba.
+
+--Y bien, ¿qué te parece de Ramiro?
+
+--No le conozco.
+
+--Pero no hace falta conocer a un hombre para decir lo que le parece a
+una de él.
+
+--A mí, sí.
+
+--Pero lo que se ve, lo que está a la vista...
+
+--Ni de eso puedo juzgar sin conocerle.
+
+--¿Es que no tienes ojos en la cara?
+
+--Acaso no los tenga así...; ya sabes que soy corta de vista.
+
+--¡Pretextos! Pues mira, chica, es un guapo mozo.
+
+--Así parece.
+
+--Y simpático.
+
+--Con que te lo sea a ti, basta.
+
+--¿Pero es que crees que le he dicho ya que sí?
+
+--Sé que se lo dirás al cabo, y basta.
+
+--No importa; hay que hacerle esperar y hasta rabiar un poco...
+
+--¿Para qué?
+
+--Hay que hacerse valer.
+
+--Así no te haces valer, Rosa; y ese coqueteo es cosa muy fea.
+
+--De modo que tú...
+
+--A mí no se me ha dirigido.
+
+--¿Y si se hubiera dirigido a ti?
+
+--No sirve preguntar cosas sin sustancia.
+
+--Pero tú, si a ti se te dirige, ¿qué le habrías contestado?
+
+--Yo no he dicho que me parece un guapo mozo y que es simpático, y por
+eso me habría puesto a estudiarle...
+
+--Y entretanto si iba a otra...
+
+--Es lo más probable.
+
+--Pues así, hija, ya puedes prepararte...
+
+--Sí, a ser tía.
+
+--¿Cómo tía?
+
+--Tía de tus hijos, Rosa.
+
+--¡Eh, qué cosas tienes!--y se le quebró la voz.
+
+--Vamos, Rosita, no te pongas así, y perdóname--le dijo dándole un beso.
+
+--Pero si vuelves...
+
+--¡No, no volveré!
+
+--Y bien, ¿qué le digo?
+
+--¡Dile que sí!
+
+--Pero pensará que soy demasiado fácil...
+
+--¡Entonces dile que no!
+
+--Pero es que...
+
+--Sí, que te parece un guapo mozo y simpático. Dile, pues, que sí y no
+andes con más coqueterías, que eso es feo. Dile que sí. Después de todo,
+no es fácil que se te presente mejor partido. Ramiro está muy bien, es
+hijo solo...
+
+--Yo no he hablado de eso.
+
+--Pero yo hablo de ello, Rosa, y es igual.
+
+--¿Y no dirán, Tula, que tengo ganas de novio?
+
+--Y dirán bien.
+
+--¿Otra vez, Tula?
+
+--Y ciento. Tienes ganas de novio y es natural que las tengas. ¿Para qué
+si no te hizo Dios tan guapa?
+
+--¡Guasitas no!
+
+--Ya sabes que yo no me guaseo. Parézcanos bien o mal, nuestra carrera
+es el matrimonio o el convento; tú no tienes vocación de monja; Dios te
+hizo para el mundo y el hogar... vamos, para madre de familia... No vas
+a quedarte a vestir imágenes. Dile, pues, que sí.
+
+--¿Y tú?
+
+--¿Cómo yo?
+
+--Que tú, luego...
+
+--A mí déjame.
+
+Al día siguiente de estas palabras estaban ya en lo que se llaman
+relaciones amorosas Rosa y Ramiro.
+
+Lo que empezó a cuajar la soledad de Gertrudis.
+
+Vivían las dos hermanas, huérfanas de padre y madre desde muy niñas, con
+un tío materno, sacerdote, que no las mantenía, pues ellas disfrutaban
+de un pequeño patrimonio que les permitía sostenerse en la holgura de la
+modestia, pero les daba buenos consejos a la hora de comer, en la mesa,
+dejándolas, por lo demás, a la guía de su buen natural. Los buenos
+consejos eran consejos de libros, los mismos que le servían a don
+Primitivo para formar sus escasos sermones.
+
+«Además--se decía a sí mismo con muy buen acierto don Primitivo--¿para
+qué me voy a meter en sus inclinaciones y sentimientos íntimos? Lo mejor
+es no hablarlas mucho de eso, que se les abre demasiado los ojos.
+Aunque... ¿abrirles? ¡Bah! bien abiertos los tienen, sobre todo las
+mujeres. Nosotros los hombres no sabemos una palabra de esas cosas. Y
+los curas, menos. Todo lo que nos dicen los libros son pataratas. ¡Y
+luego, me mete un miedo esa Tulilla...! Delante de ella no me atrevo...
+no me atrevo... ¡Tiene unas preguntas la mocita! ¡Y cuando me mira tan
+seria, tan seria... con esos ojazos tristes--los de mi hermana, los de
+mi madre, Dios las tenga en su santa gloria!--¡Esos ojazos de luto que
+se le meten a uno en el corazón...! Muy serios, sí, pero riéndose con el
+rabillo. Parecen decirme: «¡no diga usted más bobadas, tío!» ¡El demonio
+de la chiquilla! ¡Todavía me acuerdo el día en que se empeñó en ir, con
+su hermana, a oirme aquel sermoncete; el rato que pasé, Jesús Santo!
+¡Todo se me volvía apartar mis ojos de ella por no cortarme; pero nada,
+ella tirando de los míos! Lo mismo, lo mismito me pasaba con su santa
+madre, mi hermana, y con mi santa madre, Dios las tenga en su gloria.
+Jamás pude predicar a mis anchas delante de ellas, y por eso les tenía
+dicho que no fuesen a oirme. Madre iba, pero iba a hurtadillas, sin
+decírmelo, y se ponía detrás de la columna, donde yo no le viera, y
+luego no me decía nada de mi sermón. Y lo mismo hacía mi hermana. Pero
+yo sé lo que ésta pensaba, aunque tan cristiana, lo sé. «¡Bobadas de
+hombres!» Y lo mismo piensa esta mocita, estoy de ello seguro. No, no,
+¿delante de ella predicar? ¿Yo? ¿Darle consejos? Una vez se le escapó lo
+de _¡bobadas de hombres!_ y no dirigiéndose a mí, no, pero yo le
+entiendo...»
+
+El pobre señor sentía un profundísimo respeto, mezclado de admiración,
+por su sobrina Gertrudis. Tenía el sentimiento de que la sabiduría iba
+en su linaje por vía femenina, que su madre había sido la providencia
+inteligente de la casa en que se crió, que su hermana lo había sido en
+la suya, tan breve. Y en cuanto a su otra sobrina, a Rosa, le bastaba
+para protección y guía con su hermana. «Pero qué hermosa la ha hecho
+Dios, Dios sea alabado--se decía--; esta chica o hace un gran
+matrimonio, con quien ella quiera, o no tienen los mozos de hoy ojos en
+la cara.»
+
+Y un día fué Gertrudis la que, después que Rosa se levantó de la mesa
+fingiendo sentirse algo indispuesta, al quedarse a solas con su tío, le
+dijo:
+
+--Tengo que decirle a usted, tío, una cosa muy grave.
+
+--Muy grave..., muy grave...--y el pobre señor se azaró, creyendo
+observar que los rabillos de los ojazos tan serios de su sobrina se
+reían maliciosamente.
+
+--Sí, muy grave.
+
+--Bueno, pues desembucha, hija, que aquí estamos los dos para tomar un
+consejo.
+
+--El caso es que Rosa tiene ya novio.
+
+--¿Y no es más que eso?
+
+--Pero novio formal, ¿eh?, tío.
+
+--Vamos, sí, para que yo los case.
+
+--¡Naturalmente!
+
+--Y a ti, ¿qué te parece de él?
+
+--Aun no ha preguntado usted quién es...
+
+--¿Y qué más da, si yo apenas conozco a nadie? A ti qué te parece de él,
+contesta.
+
+--Pues tampoco yo le conozco.
+
+--¿Pero no sabes quién es, tú?
+
+--Sí, sé cómo se llama y de qué familia es y...
+
+--¡Basta! ¿Qué te parece?
+
+--Que es un buen partido para Rosa y que se querrán.
+
+--¿Pero es que no se quieren ya?
+
+--¿Pero cree usted, tío, que pueden empezar queriéndose?
+
+--Pues así dicen, chiquilla, y hasta que eso viene como un rayo...
+
+--Son decires, tío.
+
+--Así será; basta que tú lo digas.
+
+--Ramiro..., Ramiro Cuadrado...
+
+--¿Pero es el hijo de doña Venancia, la viuda? ¡Acabáramos! No hay más
+que hablar.
+
+--A Ramiro, tío, se le ha metido Rosa por los ojos y cree estar
+enamorado de ella...
+
+--Y lo estará, Tulilla, lo estará...
+
+--Eso digo yo, tío, que lo estará. Porque como es hombre de vergüenza y
+de palabra, acabará por cobrar cariño a aquella con la que se ha
+comprometido ya. No le creo hombre de volver atrás.
+
+--¿Y ella?
+
+--¿Quién? ¿Mi hermana? A ella le pasará lo mismo.
+
+--Sabes más que San Agustín, hija.
+
+--Esto no se aprende, tío.
+
+--¡Pues que se casen, los bendigo y sanseacabó!
+
+--¡O sanseempezó! Pero hay que casarlos y pronto. Antes que él se
+vuelva...
+
+--Pero temes tú que él pueda volverse...
+
+--Yo siempre temo de los hombres, tío.
+
+--¿Y de las mujeres no?
+
+--Esos temores deben quedar para los hombres. Pero sin ánimo de ofender
+al sexo... fuerte, ¿no se dice así?, le digo que la constancia, que la
+fortaleza está más bien de parte nuestra...
+
+--Si todas fueran como tú, chiquilla, lo creería así, pero...
+
+--¿Pero qué?
+
+--¡Que tú eres excepcional, Tulilla!
+
+--Le he oído a usted más de una vez, tío, que las excepciones confirman
+la regla...
+
+--Vamos, que me aturdes... Pues bien, los casaremos, no sea que se
+vuelva él... o ella...
+
+Por los ojos de Gertrudis pasó como la sombra de una nube de borrasca, y
+si se hubiera podido oir el silencio habríase oído que en las bóvedas de
+los sótanos de su alma resonaba como un eco repetido y que va
+perdiéndose a lo lejos aquello de «o ella...»
+
+
+
+
+II
+
+
+¿PERO qué le pasaba a Ramiro, en relaciones ya, y en relaciones
+formales, con Rosa, y poco menos que entrando en la casa? ¿Qué
+dilaciones y qué frialdades eran aquéllas?
+
+--Mira, Tula, yo no le entiendo; cada vez le entiendo menos. Parece que
+está siempre distraído y como si estuviese pensando en otra cosa--o en
+otra persona, ¡quién sabe!--o temiendo que alguien nos vaya a sorprender
+de pronto. Y cuando le tiro algún avance y le hablo, así como quien no
+quiere la cosa, del fin que deben tener nuestras relaciones, hace como
+que no oye y como si estuviera atendiendo a otra...
+
+--Es porque le hablas como quien no quiere la cosa. Háblale como quien
+la quiere.
+
+--¡Eso es, y que piense que tengo prisa por casarme!
+
+--¡Pues que lo piense! ¿No es acaso así?
+
+--¿Pero crees tú, Tula, que yo estoy rabiando por casarme?
+
+--¿Le quieres?
+
+--Eso nada tiene que ver...
+
+--¿Le quieres, di?
+
+--Pues mira...
+
+--¡Pues mira, no! ¿le quieres? ¡sí o no!
+
+Rosa bajó la frente con los ojos, arrebolóse toda y llorándole la voz
+tartamudeó:
+
+--Tienes unas cosas, Tula; ¡pareces un confesor!
+
+Gertrudis tomó la mano de su hermana, con otra le hizo levantar la
+frente, le clavó los ojos en los ojos y le dijo:
+
+--Vivimos solas, hermana...
+
+--¿Y el tío?
+
+--Vivimos solas, te he dicho. Las mujeres vivimos siempre solas. El
+pobre tío es un santo, pero un santo de libro, y aunque cura, al fin y
+al cabo hombre.
+
+--Pero confiesa...
+
+--Acaso por eso sabe menos. Además, se le olvida. Y así debe ser.
+Vivimos solas, te he dicho. Y ahora lo que debes hacer es confesarte
+aquí, pero confesarte a ti misma. ¿Le quieres? repito.
+
+La pobre Rosa se echó a llorar.
+
+--¿Le quieres?--sonó la voz implacable.
+
+Y Rosa llegó a fingirse que aquella pregunta, en una voz pastosa y
+solemne y que parecía venir de las lontananzas de la vida común de la
+pureza, era su propia voz, era acaso la de su madre común.
+
+--Sí, creo que le querré... mucho... mucho...--exclamó en voz baja y
+sollozando.
+
+--¡Sí, le querrás mucho y él te querrá más aún!
+
+--¿Y cómo lo sabes?
+
+--Yo sé que te querrá.
+
+--Entonces, ¿por qué está distraído? ¿por qué rehuye el que abordemos lo
+del casorio?
+
+--¡Yo le hablaré de eso, Rosa, déjalo de mi cuenta!
+
+--¿Tú?
+
+--¡Yo, sí! ¿Tiene algo de extraño?
+
+--Pero...
+
+--A mí no puede cohibirme el temor que a ti te cohibe.
+
+--Pero dirá que rabio por casarme.
+
+--¡No, no dirá eso! Dirá, si quiere, que es a mí a quien me conviene que
+tú te cases para facilitar así el que se me pretenda o para quedarme a
+mandar aquí sola; y las dos cosas son, como sabes, dos disparates. Dirá
+lo que quiera, pero yo me las arreglaré.
+
+Rosa cayó en brazos de su hermana, que le dijo al oído:
+
+--¿Y luego, tienes que quererle mucho, eh?
+
+--¿Y por qué me dices tú eso, Tula?
+
+--Porque es tu deber.
+
+Y al otro día, al ir Ramiro a visitar a su novia, encontróse con la
+otra, con la hermana. Demudósele el semblante y se le vió vacilar. La
+seriedad de aquellos serenos ojazos de luto le concentró la sangre toda
+en el corazón.
+
+--¿Y Rosa?--preguntó sin oirse.
+
+--Rosa ha salido y soy yo quien tengo ahora que hablarte.
+
+--¿Tú?--dijo con labios que le temblaban.
+
+-¡Sí, yo!
+
+--¡Grave te pones, chica!--y se esforzó en reirse.
+
+--Nací con esa gravedad encima, dicen. El tío asegura que la heredé de
+mi madre, su hermana, y de mi abuela, su madre. No lo sé, ni me
+importa. Lo que sí sé es que me gustan las cosas sencillas y derechas y
+sin engaño.
+
+--¿Por qué lo dices, Tula?
+
+--¿Y por qué rehuyes hablar de vuestro casamiento a mi hermana? Vamos,
+dímelo, ¿por qué?
+
+El pobre mozo inclinó la frente arrebolada de vergüenza. Sentíase herido
+por un golpe inesperado.
+
+--Tú le pediste relaciones con buen fin, como dicen los inocentes.
+
+--¡Tula!
+
+--¡Nada de Tula! Tú te pusiste con ella en relaciones para hacerla tu
+mujer y madre de tus hijos...
+
+--¡Pero qué de prisa vas...!--y volvió a esforzarse a reirse.
+
+--Es que hay que ir de prisa, porque la vida es corta.
+
+--¡La vida es corta! ¡y lo dice a los veintidós años!
+
+--Más corta aún. Pues bien, ¿piensas casarte con Rosa, sí o no?
+
+--¡Pues qué duda cabe!--y al decirlo le temblaba el cuerpo todo.
+
+--Pues si piensas casarte con ella, ¿por qué diferirlo así?
+
+--Somos aún jóvenes...
+
+--¡Mejor!
+
+--Tenemos que probarnos...
+
+--¿Qué, qué es eso? ¿qué es eso de probaros? ¿Crees que la conocerás
+mejor dentro de un año? Peor, mucho peor...
+
+--Y si luego...
+
+--¡No pensaste en eso al pedir la entrada aquí!
+
+--Pero, Tula...
+
+--¡Nada de Tula! ¿La quieres, sí o no?
+
+--¿Puedes dudarlo, Tula?
+
+--¡Te he dicho que nada de Tula! ¿La quieres?
+
+--¡Claro que la quiero!
+
+--Pues la querrás más todavía. Será una buena mujer para ti. Haréis un
+buen matrimonio.
+
+--Y con tu consejo...
+
+--Nada de consejo. ¡Yo haré una buena tía, y basta!
+
+Ramiro pareció luchar un breve rato consigo mismo y como si buscase
+algo, y al cabo, con un gesto de desesperada resolución, exclamó:
+
+--¡Pues bien, Gertrudis, quiero decirte toda la verdad!
+
+--No tienes que decirme más verdad--le atajó severamente--; me has dicho
+que quieres a Rosa y que estás resuelto a casarte con ella; todo lo
+demás de la verdad es a ella a quien se la tienes que decir luego que os
+caséis.
+
+--Pero hay cosas...
+
+--No, no hay cosas que no se deba decir a la mujer...
+
+--¡Pero, Tula!
+
+--Nada de Tula, te he dicho. Si la quieres, a casarte con ella, y si no
+la quieres, estás de más en esta casa.
+
+Estas palabras le brotaron de los labios fríos y mientras se le paraba
+el corazón. Siguió a ellas un silencio de hielo, y durante él la sangre,
+antes represada y ahora suelta, le encendió la cara a la hermana. Y
+entonces, en el silencio agorero, podía oírsele el galope trepidante del
+corazón.
+
+Al siguiente día se fijaba el de la boda.
+
+
+
+
+III
+
+
+DON Primitivo autorizó y bendijo la boda de Ramiro con Rosa. Y nadie
+estuvo en ella más alegre que lo estuvo Gertrudis. A tal punto, que su
+alegría sorprendió a cuantos la conocían, sin que faltara quien creyese
+que tenía muy poco de natural.
+
+Fuéronse a su casa los recién casados, y Rosa reclamaba a ella de
+continuo la presencia de su hermana. Gertrudis le replicaba que a los
+novios les convenía soledad.
+
+--Pero si es al contrario, hija, si nunca he sentido más tu falta; ahora
+es cuando comprendo lo que te quería.
+
+Y poníase a abrazarla y besuquearla.
+
+--Sí, sí--le replicaba Gertrudis sonriendo gravemente--; vuestra
+felicidad necesita de testigos; se os acrecienta la dicha sabiendo que
+otros se dan cuenta de ella.
+
+Ibase, pues, de cuando en cuando a hacerles compañía; a comer con ellos
+alguna vez. Su hermana le hacía las más ostentosas demostraciones de
+cariño, y luego a su marido, que, por su parte, aparecía como
+avergonzado ante su cuñada.
+
+--Mira--llegó a decirle una vez Gertrudis a su hermana ante aquellas
+señales--, no te pongas así, tan babosa. No parece sino que has
+inventado lo del matrimonio.
+
+Un día vió un perrito en la casa.
+
+--Y esto ¿qué es?
+
+--Un perro, chica, ¿no lo ves?
+
+--¿Y cómo ha venido?
+
+--Lo encontré ahí, en la calle, abandonado y medio muerto, me dió
+lástima, le traje, le di de comer, le curé y aquí le tengo--y lo
+acariciaba en su regazo y le daba besos en el hocico.
+
+--Pues mira, Rosa, me parece que debes regalar el perrito, porque el que
+le mates me parece una crueldad.
+
+--¿Regalarle? Y ¿por qué? Mira, Tití--y al decirlo apechugaba contra su
+seno al animalito--, me dicen que te eche. ¿Adónde irás tú, pobrecito?
+
+--Vamos, vamos, no seas chiquilla y no lo tomes así. ¿A que tu marido es
+de mi opinión?
+
+--¡Claro, en cuanto se lo digas! Como tú eres la sabia...
+
+--Déjate de esas cosas y deja al perro.
+
+--Pero ¿qué? ¿Crees que tendrá Ramiro celos?
+
+--Nunca creí, Rosa, que el matrimonio pudiese entontecer así.
+
+Cuando llegó Ramiro y se enteró de la pequeña disputa por lo del perro,
+no se atrevió a dar la razón ni a la una ni a la otra, declarando que la
+cosa no tenía importancia.
+
+--No, nada la tiene y lo tiene todo, según--dijo Gertrudis--. Pero en
+eso hay algo de chiquillada, y aún más. Serás capaz, Rosa, de haberte
+traído aquella pepona que guardas desde que nos dieron dos, una a ti y a
+mí otra, siendo niñas, y serás capaz de haberla puesto ocupando su
+silla...
+
+--Exacto; allí está, en la sala, con su mejor traje, ocupando toda una
+silla de respeto. ¿La quieres ver?
+
+--Así es--asintió Ramiro.
+
+--Bueno, ya la quitarás de allí...
+
+--Quia, hija, la guardaré...
+
+--Sí, para juguete de tus hijas...
+
+--¡Qué cosas se te ocurren, Tula...!--y se arreboló.
+
+--No, es a ti a quien se te ocurren cosas como la del perro.
+
+--Y tú--exclamó Rosa, tratando de desasirse de aquella inquisitoria que
+le molestaba--¿no tienes también tu pepona? ¿La has dado, o deshecho
+acaso?
+
+--No--respondióle resueltamente su hermana--, pero la tengo guardada.
+
+--¡Y tan guardada que no se la he podido descubrir nunca...!
+
+--Es que Gertrudis la guarda para sí sola--dijo Ramiro sin saber lo que
+decía.
+
+--Dios sabe para qué la guardo. Es un talismán de mi niñez.
+
+El que iba poco, poquísimo, por casa del nuevo matrimonio era el bueno
+de don Primitivo. «El onceno no estorbar»--decía.
+
+Corrían los días, todos iguales, en una y otra casa. Gertrudis se había
+propuesto visitar lo menos posible a su hermana, pero ésta venía a
+buscarla en cuanto pasaba un par de días sin que se viesen. «¿Pero qué,
+estás mala, chica? ¿O te sigue estorbando el perro? Porque si es así,
+mira, le echaré. ¿Por qué me dejas así, sola?»
+
+--¿Sola, Rosa? ¿Sola? ¿Y tu marido?
+
+--Pero él se tiene que ir a sus asuntos...
+
+--O los inventa...
+
+--¿Qué, es que crees que me deja aposta? ¿Es que sabes algo? ¡Dilo,
+Tula, por lo que más quieras, por nuestra madre dímelo!
+
+--No, es que os aburrís de vuestra felicidad y de vuestra soledad. Ya le
+echarás el perro o si no te darán antojos, y será peor.
+
+--No digas esas cosas.
+
+--Te darán antojos--replicó con más firmeza.
+
+Y cuando al fin fué un día a decirle que había regalado el perrito,
+Gertrudis, sonriendo gravemente y acariciándola como a una niña, le
+preguntó al oído: «¿Por miedo a los antojos, eh?» Y al oir en respuesta
+un susurrado «¡sí!» abrazó a su hermana con una efusión de que ésta no
+la creía capaz.
+
+--Ahora va de veras, Rosa; ahora no os aburriréis de la felicidad ni de
+la soledad y tendrá varios asuntos tu marido. Esto era lo que os
+faltaba...
+
+--Y acaso lo que te faltaba... ¿no es así, hermanita?
+
+--¿Y a ti quién te ha dicho eso?
+
+--Mira, aunque soy tan tonta, como he vivido siempre contigo...
+
+--¡Bueno, déjate de bromas!
+
+Y desde entonces empezó Gertrudis a frecuentar más la casa de su
+hermana.
+
+
+
+
+IV
+
+
+EN el parto de Rosa, que fué durísimo, nadie estuvo más serena y
+valerosa que Gertrudis. Creeríase que era una veterana en asistir a
+trances tales. Llegó a haber peligro de muerte para la madre o la cría
+que hubiera de salir, y el médico llegó a hablar de sacársela viva o
+muerta.
+
+--¿Muerta?--exclamó Gertrudis--; ¡eso sí que no!
+
+--¿Pero no ve usted--exclamó el médico--que aunque se muera el crío
+queda la madre para hacer otros, mientras que si se muere ella no es lo
+mismo?
+
+Pasó rápidamente por el magín de Gertrudis replicarle que quedaban otras
+madres, pero se contuvo e insistió:
+
+--Muerta, ¡no!, ¡nunca! Y hay, además, que salvar un alma.
+
+La pobre parturienta ni se enteraba de cosa alguna. Hasta que, rendida
+al combate, dió a luz un niño.
+
+Recojiólo Gertrudis con avidez, y como si nunca hubiera hecho otra cosa
+lo lavó y envolvió en sus pañales.
+
+--Es usted comadrona de nacimiento--le dijo el médico.
+
+Tomó la criaturita y se la llevó a su padre, que en un rincón, aterrado
+y como contrito de una falta, aguardaba la noticia de la muerte de su
+mujer.
+
+--¡Aquí tienes tu primer hijo, Ramiro; mírale qué hermoso!
+
+Pero al levantar la vista el padre, libre del peso de su angustia, no
+vió sino los ojazos de su cuñada, que irradiaban una luz nueva, más
+negra pero más brillante que la de antes. Y al ir a besar a aquel rollo
+de carne que le presentaban como su hijo rozó su mejilla, encendida, con
+la de Gertrudis.
+
+--Ahora--le dijo tranquilamente ésta--ve a dar las gracias a tu mujer, a
+pedirle perdón y a animarla.
+
+--¿A pedirle perdón?
+
+--Sí, a pedirle perdón.
+
+--¿Y por qué?
+
+--Yo me entiendo y ella te entenderá. Y en cuanto a éste--y al decirlo
+apretábalo contra su seno palpitante--corre ya de mi cuenta, y o poco he
+de poder o haré de él un hombre.
+
+La casa le daba vueltas en derredor a Ramiro. Y del fondo de su alma
+salíale una voz diciendo: «¿Cuál es la madre?»
+
+Poco después ponía Gertrudis cuidadosamente el niño al lado de la madre,
+que parecía dormir extenuada y con la cara blanca como la nieve. Pero
+Rosa entreabrió los ojos y se encontró con los de su hermana. Al ver a
+ésta una corriente de ánimo recorrió el cuerpo todo victorioso de la
+nueva madre.
+
+--¡Tula!--gimió.
+
+--Aquí estoy, Rosa, aquí estaré. Ahora descansa. Cuando sea le das de
+mamar a este crío para que se calle. De todo lo demás no te preocupes.
+
+--Creí morirme, Tula. Aun ahora me parece que sueño muerta. Y me daba
+tanta pena de Ramiro...
+
+--Cállate. El médico ha dicho que no hables mucho. El pobre Ramiro
+estaba más muerto que tú. ¡Ahora, ánimo, y a otra!
+
+La enferma sonrió tristemente.
+
+--Este se llamará Ramiro, como su padre--decretó luego Gertrudis en
+pequeño consejo de familia--y la otra, porque la siguiente será niña,
+Gertrudis como yo.
+
+--¿Pero ya estás pensando en otra--exclamó don Primitivo--y tu pobre
+hermana de por poco se queda en el trance?
+
+--¿Y qué hacer?--replicó ella--; ¿para qué se han casado si no? ¿No es
+así, Ramiro?--y le clavó los ojos.
+
+--Ahora lo que importa es que se reponga--dijo el marido sobrecojiéndose
+bajo aquella mirada.
+
+--¡Bah!, de estas dolencias se repone una mujer pronto.
+
+--Bien dice el médico, sobrina, que parece como si hubieras nacido
+comadrona.
+
+--Toda mujer nace madre, tío.
+
+Y lo dijo con tan íntima solemnidad casera, que Ramiro se sintió presa
+de un indefinible desasosiego y de un extraño remordimiento. «¿Querré yo
+a mi mujer como se merece?»--se decía.
+
+--Y ahora, Ramiro--le dijo su cuñada--ya puedes decir que tienes mujer.
+
+Y a partir de entonces no faltó Gertrudis un solo día de casa de su
+hermana. Ella era quien desnudaba y vestía y cuidaba al niño hasta que
+su madre pudiera hacerlo.
+
+La cual se repuso muy pronto y su hermosura se redondeó más. A la vez
+extremó sus ternuras para con su marido y aun llegó a culparle de que se
+le mostraba esquivo.
+
+--Temí por tu vida--le dijo su marido--y estaba aterrado. Aterrado y
+desesperado y lleno de remordimiento.
+
+--Remordimiento, ¿por qué?
+
+--¡Si llegas a morirte me pego un tiro!
+
+--¡Quia! ¿a qué? «Cosas de hombres», que diría Tula. Pero eso ya pasó y
+ya sé lo que es.
+
+--¿Y no has quedado escarmentada, Rosa?
+
+--¿Escarmentada?--y cojiendo a su marido, echándole los brazos al
+cuello, apechugándole fuertemente a sí, le dijo al oído con un aliento
+que se lo quemaba:--¡A otra, Ramiro, a otra! ¡Ahora sí que te quiero! ¡Y
+aunque me mates!
+
+Gertrudis en tanto arrollaba al niño, celosa de que no se
+percatase--¡inocente!--de los ardores de sus padres.
+
+Era como una preocupación en la tía la de ir sustrayendo al niño, ya
+desde su más tierna edad de inconciencia, de conocer, ni en las más
+leves y remotas señales, el amor de que había brotado. Colgóle al cuello
+desde luego una medalla de la Santísima Virgen, de la Virgen Madre, con
+su Niño en brazos.
+
+Con frecuencia, cuando veía que su hermana, la madre, se impacientaba en
+acallar al niño o al envolverlo en sus pañales, le decía:
+
+--Dámelo, Rosa, dámelo, y vete a entretener a tu marido...
+
+--Pero, Tula...
+
+--Sí, tú tienes que atender a los dos y yo sólo a éste.
+
+--Tienes, Tula, una manera de decir las cosas...
+
+--No seas niña, ea, que eres ya toda una señora mamá. Y da gracias a
+Dios que podamos así repartirnos el trabajo.
+
+--Tula... Tula...
+
+--Ramiro... Ramiro... Rosa.
+
+La madre se amoscaba, pero iba a su marido.
+
+Y así pasaba el tiempo y llegó otra cría, una niña.
+
+
+
+
+V
+
+
+A poco de nacer la niña encontraron un día muerto al bueno de don
+Primitivo. Gertrudis le amortajó después de haberle lavado--quería que
+fuese limpio a la tumba--con el mismo esmero con que había envuelto en
+pañales a sus sobrinos recién nacidos. Y a solas en el cuarto con el
+cuerpo del buen anciano, le lloró como no se creyera capaz de hacerlo.
+«Nunca habría creído que le quisiese tanto--se dijo--; era un bendito;
+de poco llega a hacerme creer que soy un pozo de prudencia; ¡era tan
+sencillo!»
+
+--Fué nuestro padre--le dijo a su hermana--y jamás le oímos una palabra
+más alta que otra.
+
+--¡Claro!--exclamó Rosa--; como que siempre nos dejó hacer nuestra
+santísima voluntad.
+
+--Porque sabía, Rosa, que su sola presencia santificaba nuestra
+voluntad. Fué nuestro padre; él nos educó. Y para educarnos le bastó la
+trasparencia de su vida, tan sencilla, tan clara...
+
+--Es verdad, sí--dijo Rosa con los ojos henchidos de lágrimas--, como
+sencillo no he conocido otro.
+
+--Nos habría sido imposible, hermana, habernos criado en un hogar más
+limpio que éste.
+
+--¿Qué quieres decir con eso, Tula?
+
+--El nos llenó la vida casi silenciosamente casi sin decirnos palabra,
+con el culto de la Santísima Virgen Madre y con el culto también de
+nuestra madre, su hermana, y de nuestra abuela, su madre. ¿Te acuerdas
+cuando por las noches nos hacía rezar el rosario, cómo le cambiaba la
+voz al llegar a aquel padrenuestro y avemaría por el eterno descanso del
+alma de nuestra madre, y luego aquellos otros por el de su madre,
+nuestra abuela, a las que no conocimos? En aquel rosario nos daba madre
+y en aquel rosario te enseñó a serlo.
+
+--¡Y a ti, Tula, a ti!--exclamó entre sollozos Rosa.
+
+--¿A mí?
+
+--¡A ti, sí, a ti! ¿Quién, si no, es la verdadera madre de mis hijos?
+
+--Deja ahora eso. Y ahí le tienes, un santo silencioso. Me han dicho que
+las pobres beatas lloraban algunas veces al oirle predicar sin percibir
+ni una sola de sus palabras. Y lo comprendo. Su voz sola era un consejo
+de serenidad amorosa. ¡Y ahora, Rosa, el rosario!
+
+Arrodilláronse las dos hermanas al pie del lecho mortuorio de su tío y
+rezaron el mismo rosario que con él habían rezado durante tantos años,
+con dos padrenuestros y avemarías por el eterno descanso de las almas de
+su madre y de la del que yacía allí muerto, a que añadieron otro
+padrenuestro y otra avemaría por el alma del recién bienaventurado. Y
+las lenguas de manso y dulce fuego de los dos cirios que ardían a un
+lado y otro del cadáver, haciendo brillar su frente, tan blanca como la
+cera de ellos, parecían, vibrando al compás del rezo, acompañar en sus
+oraciones a las dos hermanas. Una paz entrañable irradiaba de aquella
+muerte. Levantáronse del suelo las dos hermanas, la pareja; besaron,
+primero Gertrudis y Rosa después, la frente cérea del anciano y
+abrazáronse luego con los ojos ya enjutos.
+
+--Y ahora--le dijo Gertrudis a su hermana al oído--a querer mucho a tu
+marido, a hacerle dichoso y... ¡a darnos muchos hijos!
+
+--Y ahora--le respondió Rosa--te vendrás a vivir con nosotros, por
+supuesto.
+
+--¡No, eso no!--exclamó súbitamente la otra.
+
+--¿Cómo que no? Y lo dices de un modo...
+
+--Sí, sí, hermana; perdóname la viveza, perdónamela, ¿me la perdonas?--e
+hizo mención, ante el cadáver, de volver a arrodillarse.
+
+--Vaya, no te pongas así, Tula, que no es para tanto. Tienes unos
+prontos...
+
+--Es verdad, pero me los perdonas, ¿no es verdad, Rosa?, me los
+perdonas.
+
+--Eso ni se pregunta. Pero te vendrás con nosotros...
+
+--No insistas, Rosa, no insistas...
+
+--¿Qué? ¿No te vendrás? Dejarás a tus sobrinos, más bien tus hijos
+casi...
+
+--Pero si no los he dejado un día...
+
+--¿Te vendrás?
+
+--Lo pensaré, Rosa, lo pensaré...
+
+--Bueno, pues no insisto.
+
+Pero a los pocos días insistió, y Gertrudis se defendía.
+
+--No, no; no quiero estorbaros...
+
+--¿Estorbarnos? ¿qué dices, Tula?
+
+--Los casados casa quieren.
+
+--¿Y no puede ser la tuya también?
+
+--No, no; aunque tú no lo creas, yo os quitaría libertad. ¿No es así,
+Ramiro?
+
+--No... no veo...--balbuceó el marido confuso, como casi siempre le
+ocurría, ante la inesperada interpelación de su cuñada.
+
+--Sí, Rosa; tu marido, aunque no lo dice, comprende que un matrimonio, y
+más un matrimonio joven como vosotros y en plena producción, necesita
+estar solo. Yo, la tía, vendré a mis horas a ir enseñando a vuestros
+hijos todo aquello en que no podáis ocuparos.
+
+Y allá seguía yendo, a las veces desde muy temprano, encontrándose con
+el niño ya levantado, pero no así sus padres. «Cuando digo que hago yo
+aquí falta»--se decía.
+
+
+
+
+VI
+
+
+VENÍA ya el tercer hijo al matrimonio. Rosa empezaba a quejarse de su
+fecundidad. «Vamos a cargarnos de hijos»--decía. A lo que su hermana:
+«¿Pues para qué os habéis casado?»
+
+El embarazo fué molestísimo para la madre y tenía que descuidar más que
+antes a sus otros hijos, que así quedaban al cuidado de su tía,
+encantada de que se los dejasen. Y hasta consiguió llevárselos más de un
+día a su casa, a su solitario hogar de soltera, donde vivía con la vieja
+criada que fué de don Primitivo, y donde los retenía. Y los pequeñuelos
+se apegaban con ciego cariño a aquella mujer severa y grave.
+
+Ramiro, malhumorado antes en los últimos meses de los embarazos de su
+mujer, malhumor que desasosegaba a Gertrudis, ahora lo estaba más.
+
+--¡Qué pesado y molesto es esto!--decía.
+
+--¿Para ti?--le preguntaba su cuñada sin levantar los ojos del sobrino o
+sobrina que de seguro tenía en el regazo.
+
+--Para mí, sí. Vivo en perpetuo sobresalto, temiéndolo todo.
+
+--¡Bah! no será al fin nada. La Naturaleza es sabia.
+
+--Pero tantas veces va el cántaro a la fuente...
+
+--¡Ay, hijo, todo tiene sus riesgos y todo estado sus contrariedades!
+
+Ramiro se sobrecojía al oirse llamar hijo por su cuñada, que rehuía
+darle su nombre, mientras él en cambio se complacía en llamarla por el
+familiar Tula.
+
+--¡Qué bien has hecho en no casarte, Tula!
+
+--¿De veras?--y levantando los ojos se los clavó en los suyos.
+
+--De veras, sí. Todo son trabajos y aun peligros...
+
+--¿Y sabes tú acaso si no me he de casar todavía?
+
+--Claro. ¡Lo que es por la edad!
+
+--¿Pues por qué ha de quedar?
+
+--Como no te veo con afición a ello...
+
+--¿Afición a casarse? ¿Qué es eso?
+
+--Bueno; es que...
+
+--Es que no me ves buscar novio, ¿no es eso?
+
+--No, no es eso.
+
+--Sí, eso es.
+
+--Si tú los aceptaras, de seguro que no te habrán faltado...
+
+--Pero yo no puedo buscarlos. No soy hombre, y la mujer tiene que
+esperar y ser elegida. Y yo, la verdad, me gusta elegir, pero no ser
+elegida.
+
+--¿Qué es eso de que estáis hablando?--dijo Rosa acercándose y dejándose
+caer abatida en un sillón.
+
+--Nada, discreteos de tu marido sobre las ventajas e inconvenientes del
+matrimonio.
+
+--¡No hables de eso, Ramiro! Vosotros los hombres apenas sabéis de eso.
+Somos nosotras las que nos casamos, no vosotros.
+
+--¡Pero, mujer!
+
+--Anda, ven, sosténme, que apenas puedo tenerme en pie. Voy a echarme.
+Adiós, Tula. Ahí te los dejo.
+
+Acercóse a ella su marido; le tomó del brazo con sus dos manos y se
+incorporó y levantó trabajosamente; luego, tendiéndole un brazo por el
+hombro, doblando su cabeza hasta casi darle en éste con ella y
+cojiéndole con la otra mano, con la diestra, de su diestra, se fué
+lentamente, así apoyada en él y gimoteando. Gertrudis, teniendo a cada
+uno de sus sobrinos en sus rodillas, se quedó mirando la marcha
+trabajosa de su hermana, colgada de su marido como una enredadera de su
+rodrigón. Llenáronsele los grandes ojazos, aquellos ojos de luto,
+serenamente graves, gravemente serenos, de lágrimas, y apretando a su
+seno a los dos pequeños, apretó sus mejillas a cada una de las de ellos.
+Y el pequeñito, Ramirín, al ver llorar a su tía, a tita Tula, se echó a
+llorar también.
+
+--Vamos, no llores; vamos a jugar.
+
+De este tercer parto quedó quebrantadísima Rosa.
+
+--Tengo malos presentimientos, Tula.
+
+--No hagas caso de agüeros.
+
+--No es agüero; es que siento que se me va la vida; he quedado sin
+sangre.
+
+--Ella volverá.
+
+--Por de pronto ya no puedo criar este niño. Y eso de las amas, Tula,
+¡eso me aterra!
+
+Y así era, en verdad. En pocos días cambiaron tres. El padre estaba
+furioso y hablaba de tratarlas a latigazos. Y la madre decaía.
+
+--¡Esto se va!--pronunció un día el médico.
+
+Ramiro vagaba por la casa como atontado, presa de extraños
+remordimientos y de furias súbitas. Una tarde llegó a decir a su cuñada:
+
+--Pero es que esta Rosa no hace nada por vivir; se le ha metido en la
+cabeza que tiene que morirse y ¡es claro! así se morirá. ¿Por qué no le
+animas y le convences a que viva?
+
+--Eso tú, hijo, tú, su marido. Si tú no le infundes apetito de vivir,
+¿quién va a infundírselo? Porque sí, no es lo peor lo débil y exangüe
+que está; lo peor es que no piensa sino en morirse. Ya ves, hasta los
+chicos la cansan pronto. Y apenas si pregunta por las cosas del ama.
+
+Y era que la pobre Rosa vivía como en sueños, en un constante mareo,
+viéndolo todo como a través de una niebla.
+
+Una tarde llamó a solas a su hermana y en frases entrecortadas, con un
+hilito de voz febril, le dijo cojiéndole la mano:
+
+--Mira, Tula, yo me muero y me muero sin remedio. Ahí te dejo mis hijos,
+los pedazos de mi corazón, y ahí te dejo a Ramiro, que es como otro
+hijo. Créeme que es otro niño, un niño grande y antojadizo, pero bueno,
+más bueno que el pan. No me ha dado ni un solo disgusto. Ahí te los
+dejo, Tula.
+
+--Descuida, Rosa; conozco mis deberes.
+
+--Deberes... deberes...
+
+--Sí, sé mis amores. A tus hijos no les faltará madre mientras yo viva.
+
+--Gracias, Tula, gracias. Eso quería de ti.
+
+--Pues no lo dudes.
+
+--¡Es decir que mis hijos, los míos, los pedazos de mi corazón no
+tendrán madrastra!
+
+--¿Qué quieres decir con eso, Rosa?
+
+--Que como Ramiro volverá a pensar en casarse... es lo natural... tan
+joven... y yo sé que no podrá vivir sin mujer, lo sé... pues que...
+
+--¿Qué quieres decir?
+
+--Que serás tú su mujer, Tula.
+
+--Yo no te he dicho eso, Rosa, y ahora, en este momento, no puedo, ni
+por piedad, mentir. Yo no te he dicho que me casaré con tu marido si tú
+le faltas; yo te he dicho que a tus hijos no les faltará madre...
+
+--No, tú me has dicho que no tendrán madrastra.
+
+--¡Pues bien, sí, no tendrán madrastra!
+
+--Y eso no puede ser sino casándote tú con mi Ramiro, y mira, no tengo
+celos, no. ¡Si ha de ser de otra, que sea tuyo! Que sea tuyo. Acaso...
+
+--¿Y por qué ha de volver a casarse?
+
+--¡Ay, Tula, tú no conoces a los hombres! Tú no conoces a mi marido...
+
+--No, no le conozco.
+
+--¡Pues yo sí!
+
+--Quién sabe...
+
+La pobre enferma se desvaneció.
+
+Poco después llamaba a su marido. Y al salir éste del cuarto iba
+desencajado y pálido como un cadáver.
+
+La Muerte afilaba su guadaña en la piedra angular del hogar de Rosa y
+Ramiro, y mientras la vida de la joven madre se iba en rosario de gotas,
+destilando, había que andar a la busca de una nueva ama de cría para el
+pequeñito, que iba rindiéndose también de hambre. Y Gertrudis, dejando
+que su hermana se adormeciese en la cuna de una agonía lenta, no hacía
+sino agitarse en busca de un seno próvido para su sobrinito. Procuraba
+irle engañando el hambre, sosteniéndole a biberón.
+
+--¿Y esa ama?
+
+--¡Hasta mañana no podrá venir, señorita!
+
+--Mira, Tula--empezó Ramiro.
+
+--¡Déjame! ¡Déjame! ¡Vete al lado de tu mujer, que se muere de un
+momento a otro; vete, que allí es tu puesto, y déjame con el niño!
+
+--Pero, Tula...
+
+--Déjame, te he dicho. Vete a verla morir; a que entre en la otra vida
+en tus brazos; ¡vete! ¡Déjame!
+
+Ramiro se fué. Gertrudis tomó a su sobrinito, que no hacía sino gemir;
+encerróse con él en un cuarto y sacando uno de sus pechos secos, uno de
+sus pechos de doncella que arrebolado todo él le retemblaba como con
+fiebre, le retemblaba por los latidos del corazón--era el derecho--,
+puso el botón de ese pecho en la flor sonrosada pálida de la boca del
+pequeñuelo. Y éste gemía más estrujando entre sus pálidos labios el
+conmovido pezón seco.
+
+--Un milagro, Virgen Santísima--gemía Gertrudis con los ojos velados por
+las lágrimas--; un milagro, y nadie lo sabrá, nadie.
+
+Y apretaba como una loca al niño a su seno.
+
+Oyó pasos y luego que intentaban abrir la puerta. Metióse el pecho, lo
+cubrió, se enjugó los ojos y salió a abrir. Era Ramiro, que le dijo:
+
+--¡Ya acabó!
+
+--Dios la tenga en su gloria. Y ahora, Ramiro, a cuidar de éstos.
+
+--¿A cuidar? Tú... tú... porque sin ti...
+
+--Bueno, ahora a criarlos te digo.
+
+
+
+
+VII
+
+
+AHORA, ahora que se había quedado viudo era cuando Ramiro sentía todo lo
+que sin él siquiera sospecharlo había querido a Rosa, su mujer. Uno de
+sus consuelos, el mayor, era recojerse en aquella alcoba en que tanto
+habían vivido amándose y repasar su vida de matrimonio.
+
+Primero el noviazgo, aquel noviazgo, aunque no muy prolongado, de lento
+reposo, en que Rosa parecía como que le hurtaba el fondo del alma
+siempre, y como si por acaso no la tuviese o haciéndole pensar que no la
+conocería hasta que fuese suya del todo y por entero; aquel noviazgo de
+recato y de reserva, bajo la mirada de Gertrudis, que era todo alma.
+Repasaba en su mente Ramiro, lo recordaba bien, cómo la presencia de
+Gertrudis, la tía Tula de sus hijos, le contenía y desasosegaba, cómo
+ante ella no se atrevía a soltar ninguna de esas obligadas bromas entre
+novios, sino a medir sus palabras.
+
+Vino luego la boda y la embriaguez de los primeros meses, de las lunas
+de miel; Rosa iba abriéndole el espíritu, pero era éste tan sencillo,
+tan trasparente, que cayó en la cuenta Ramiro de que no le había velado
+ni recatado nada. Porque su mujer vivía con el corazón en la mano y
+extendida ésta en gesto de oferta y con las entrañas espirituales al
+aire del mundo, entregada por entero al cuidado del momento, como viven
+las rosas del campo y las alondras del cielo. Y era a la vez el espíritu
+de Rosa como un reflejo del de su hermana, como el agua corriente al sol
+de que aquél era el manantial cerrado.
+
+Llegó, por fin, una mañana en que se le desprendieron a Ramiro las
+escamas de la vista, y purificada ésta vió claro con el corazón. Rosa no
+era una hermosura cual él se la había creído y antojado, sino una figura
+vulgar, pero con todo el más dulce encanto de la vulgaridad recojida y
+mansa; era como el pan de cada día, como el pan casero y cotidiano y no
+un raro manjar de turbadores jugos. Su mirada que sembraba paz, su
+sonrisa, su aire de vida, eran encarnación de un ánimo sedante,
+sosegado y doméstico. Tenía su pobre mujer algo de planta en la
+silenciosa mansedumbre, en la callada tarea de beber y atesorar luz con
+los ojos y derramarla luego convertida en paz; tenía algo de planta en
+aquella fuerza velada y a la vez poderosa con que de continuo, momento
+tras momento, chupaba jugos de las entrañas de la vida común ordinaria y
+en la dulce naturalidad con que abría sus perfumadas corolas.
+
+¡Qué de recuerdos! Aquellos juegos cuando la pobre se le escapaba y la
+perseguía él por la casa toda fingiendo un triunfo para cobrar como
+botín besos largos y apretados, boca a boca; aquel cojerle la cara con
+ambas manos y estarse en silencio mirándole al alma por los ojos y,
+sobre todo, cuando apoyaba el oído sobre el pecho de ella ciñéndole con
+los brazos el talle, y escuchándole la marcha tranquila del corazón le
+decía: «¡Calla, déjale que hable!»
+
+Y las visitas de Gertrudis, que con su cara grave y sus grandes ojazos
+de luto a que se asomaba un espíritu embozado, parecía decirles: «Sois
+unos chiquillos que cuando no os veo estáis jugando a marido y mujer; no
+es esa la manera de prepararse a criar hijos, pues el matrimonio se
+instituyó para casar, dar gracia a los casados y que críen hijos para el
+cielo.»
+
+¡Los hijos! Ellos fueron sus primeras grandes meditaciones. Porque pasó
+un mes y otro y algunos más, y al no notar señal ni indicio de que
+hubiese fructificado aquel amor, «¿tendría razón--decíase
+entonces--Gertrudis? ¿Sería verdad que no estaban sino jugando a marido
+y mujer y sin querer, con la fuerza toda de la fe en el deber, el fruto
+de la bendición del amor justo?» Pero lo que más le molestaba entonces,
+recordábalo bien ahora, era lo que pensarían los demás, pues acaso
+hubiese quien le creyera a él, por eso de no haber podido hacer hijos,
+menos hombre que otros. ¿Por qué no había de hacer él, y mejor, lo que
+cualquier mentecato, enclenque y apocado hace? Heríale en su amor
+propio; habría querido que su mujer hubiese dado a luz a los nueve meses
+justos y cabales de haberse ellos casado. Además, eso de tener hijos o
+no tenerlos debía de depender--decíase entonces--de la mayor o menor
+fuerza de cariño que los casados se tengan, aunque los hay
+enamoradísimos uno de otro y que no dan fruto, y otros, ayuntados por
+conveniencias de fortuna y ventura, que se carguen de críos. Pero--y
+esto sí que lo recordaba bien ahora--pero para explicárselo había
+fraguado su teoría, y era que hay un amor aparente y conciente, de
+cabeza, que puede mostrarse muy grande y ser, sin embargo, infecundo, y
+otro sustancial y oculto, recatado aun al propio conocimiento de los
+mismos que lo alimentan, un amor del alma y el cuerpo enteros y justos,
+amor fecundo siempre. ¿No querría él lo bastante a Rosa o no le querría
+lo bastante Rosa a él? Y recordaba ahora cómo había tratado de descifrar
+el misterio mientras la envolvía en besos, a solas, en el silencio y
+oscuro de la noche y susurrándola una y otra vez al oído en letanía un
+rosario de: «¿me quieres, me quieres, Rosa?», mientras a ella se la
+escapaban síes desfallecidos. Aquello fué una locura, una necia locura,
+de la que se avergonzaba apenas veía entrar a Gertrudis derramando
+serena seriedad en torno, y de aquello le curó la sazón del amor cuando
+le fué anunciado el hijo. Fué un trasporte loco... ¡había vencido! Y
+entonces fué cuando vino, con su primer fruto, el verdadero amor.
+
+El amor, sí. ¿Amor? ¿Amor dicen? ¿Qué saben de él todos esos escritores
+amatorios, que no amorosos, que de él hablan y quieren excitarlo en
+quien los lee? ¿Qué saben de él los galeotos de las letras? ¿Amor? No
+amor, sino mejor cariño. Eso de amor--decíase Ramiro ahora--sabe a
+libro; sólo en el teatro y en las novelas se oye el _yo te amo_; en la
+vida de carne y sangre y hueso el entrañable _¡te quiero!_ y el más
+entrañable aún callárselo. ¿Amor? No, ni cariño siquiera, sino algo sin
+nombre y que no se dice por confundirse ello con la vida misma. Los más
+de los cantores amatorios saben de amor lo que de oración los
+masculla-jaculatorias, traga-novenas y engulle-rosarios. No, la oración
+no es tanto algo que haya de cumplirse a tales o cuales horas, en sitio
+apartado y recojido y en postura compuesta, cuanto es un modo de hacerlo
+todo votivamente con toda el alma y viviendo en Dios. Oración ha de ser
+el comer y el beber y el pasearse y el jugar y el leer y el escribir y
+el conversar y hasta el dormir, y rezo todo, y nuestra vida un continuo
+y mudo «¡hágase tu voluntad!» y un incesante «¡venga a nos el tu reino!»
+no ya pronunciados, mas ni aun pensados siquiera, sino vividos. Así oyó
+de la oración una vez Ramiro a un santo varón religioso que pasaba por
+maestro de ella, y así lo aplicó él al amor luego. Pues el que profesara
+a su mujer y a ella le apegaba veía bien ahora en que ella se le fué,
+que se le llegó a fundir con el rutinero andar de la vida diaria, que lo
+había respirado en las mil naderías y frioleras del vivir doméstico, que
+le fué como el aire que se respira y al que no se le siente sino en
+momentos de angustioso ahogo, cuando nos falta. Y ahora ahogábase
+Ramiro, y la congoja de su viudez reciente le revelaba todo el poderío
+del amor pasado y vivido.
+
+Al principio de su matrimonio fué, sí, el imperio del deseo; no podía
+juntar carne con carne sin que la suya se le encendiese y alborotase y
+empezara a martillarle el corazón, pero era porque la otra no era aún de
+veras y por entero suya también; pero luego, cuando ponía su mano sobre
+la carne desnuda de ella, era como si en la propia la hubiese puesto,
+tan tranquilo se quedaba; mas también si se la hubiesen cortado habríale
+dolido como si se la cortaran a él. ¿No sintió acaso en sus entrañas los
+dolores de los partos de su Rosa?
+
+Cuando la vió gozar, sufriendo al darle su primer hijo, es cuando
+comprendió cómo es el amor más fuerte que la vida y que la muerte, y
+domina la discordia de éstas; cómo el amor hace morirse a la vida y
+vivir la muerte; cómo él vivía ahora la muerte de su Rosa y se moría en
+su propia vida. Luego, al ver al niño dormido y sereno, con los labios
+en flor entreabiertos vió al amor hecho carne que vive. Y allí, sobre la
+cuna, contemplando a su fruto, traía a sí a la madre, y mientras el niño
+sonreía en sueños palpitando sus labios, besaba él a Rosa en la corola
+de sus labios frescos y en la fuente de paz de sus ojos. Y le decía
+mostrándole dos dedos de la mano: «¡Otra vez, dos, dos...!» Y ella:
+«¡No, no, ya no más, uno y no más!» Y se reía. Y él: «¡Dos, dos, me ha
+entrado el capricho de que tengamos dos melguizos, una parejita, niño y
+niña!» Y cuando ella volvió a quedarse encinta, a cada paso y tropezón,
+él: «¡Qué cargado viene eso! ¡Qué granazón! ¡Me voy a salir con la mía;
+por lo menos, dos!» «¡Uno, el último, y basta!», replicaba ella riendo.
+Y vino el segundo, la niña, Tulita, y luego que salió con vida, cuando
+descansaba la madre, la besó larga y apretadamente en la boca, como en
+premio, diciéndose: «¡bien has trabajado, pobrecilla!»; mientras Rosa,
+vencedora de la muerte y de la vida, sonreía con los domésticos ojos
+apacibles.
+
+¡Y murió!; aunque pareciese mentira, se murió. Vino la tarde terrible
+del combate último. Allí estuvo Gertrudis, mientras el cuidado de la
+pobrecita niña que desfallecía de hambre se lo permitió, sirviendo
+medicinas inútiles, componiendo la cama, animando a la enferma,
+encorazonando a todos. Tendida en el lecho que había sido campo de donde
+brotaron tres vidas, llegó a faltarle el habla y las fuerzas, y cojida
+de la mano a la mano de su hombre, del padre de sus hijos, mirábale como
+el navegante, al ir a perderse en el mar sin orillas, mira al lejano
+promontorio, lengua de la tierra nativa, que se va desvaneciendo en la
+lontananza y junto al cielo; en los trances del ahogo miraban sus ojos,
+desde el borde la eternidad, a los ojos de su Ramiro. Y parecía aquella
+mirada una pregunta desesperada y suprema, como si a punto de partirse
+para nunca más volver a tierra, preguntase por el oculto sentido de la
+vida. Aquellas miradas de congoja reposada, de acongojado reposo,
+decían: «Tú, tú que eres mi vida, tú que conmigo has traído al mundo
+nuevos mortales, tú que me has sacado tres vidas, tú, mi hombre, dime,
+¿esto qué es?» Fué una tarde abismática. En momentos de tregua, teniendo
+Rosa entre sus manos, húmedas y febriles, las manos temblorosas de
+Ramiro, clavados en los ojos de éste sus ojos henchidos de cansancio de
+vida, sonreía tristemente, volviéndolos luego al niño, que dormía allí
+cerca, en su cunita, y decía con los ojos, y alguna vez con un hilito de
+voz: «¡No despertarle, no!, ¡que duerma, pobrecillo!, ¡que duerma... que
+duerma hasta hartarse, que duerma!» Llególe por último el supremo
+trance, el del tránsito, y fué como si en el brocal de las eternas
+tinieblas, suspendida sobre el abismo, se aferrara a él, a su hombre,
+que vacilaba sintiéndose arrastrado. Quería abrirse con las uñas la
+garganta la pobre, mirábale despavorida, pidiéndole con los ojos aire;
+luego, con ellos le sondó el fondo del alma, y soltando su mano cayó en
+la cama donde había concebido y parido sus tres hijos. Descansaron los
+dos; Ramiro, aturdido, con el corazón acorchado, sumergido como en un
+sueño sin fondo y sin despertar, muerta el alma, mientras dormía el
+niño. Gertrudis fué quien, viniendo con la pequeñita al pecho, cerró
+luego los ojos a su hermana, la compuso un poco y fuese después a cubrir
+y arropar mejor al niño dormido y a trasladarle en un beso la tibieza
+que con otro recojió de la vida que aún tendía sus últimos jirones sobre
+la frente de la rendida madre.
+
+Pero, ¿murió acaso Rosa? ¿Se murió de veras? ¿Podía haberse muerto
+viviendo él, Ramiro? No; en sus noches, ahora solitarias, mientras se
+dormía solo en aquella cama de la muerte y de la vida y del amor, sentía
+a su lado el ritmo de su respiración, su calor tibio, aunque con una
+congojosa sensación de vacío. Y tendía la mano, recorriendo con ella la
+otra mitad de la cama, apretándola algunas veces. Y era lo peor que,
+cuando recojiéndose se ponía a meditar en ella, no se le ocurrieran sino
+cosas de libro, cosas de amor de libro y no de cariño de vida, y le
+escocía que aquel robusto sentimiento, vida de su vida y aire de su
+espíritu, no se le cuajara más que en abstractas lucubraciones. El dolor
+se le espiritualizaba, vale decir que se le intelectualizaba, y sólo
+cobraba carne, aunque fuera vaporosa, cuando entraba Gertrudis. Y de
+todo esto sacábale una de aquellas vocecitas frescas que piaba: «¡Papá!»
+Ya estaba, pues, allí, ella, la muerta inmortal. Y luego, la misma
+vocecita: «¡Mamá!» Y la de Gertrudis, gravemente dulce, respondía:
+«¡Hijo!»
+
+No, Rosa, su Rosa, no se había muerto, no era posible que se le hubiese
+muerto; la mujer estaba allí, tan viva como antes, y derramando vida en
+torno; la mujer no podía morir.
+
+
+
+
+VIII
+
+
+GERTRUDIS, que se había instalado en casa de su hermana desde que ésta
+dió por última vez a luz y durante su enfermedad última, le dijo un día
+a su cuñado:
+
+--Mira, voy a levantar mi casa.
+
+El corazón de Ramiro se puso al galope.
+
+--Sí--añadió ella--, tengo que venir a vivir con vosotros y a cuidar de
+los chicos. No se le puede, además, dejar aquí sola a esa buena pécora
+del ama.
+
+--Dios te lo pague, Tula.
+
+--Nada de Tula, ya te lo tengo dicho; para ti soy Gertrudis.
+
+--¿Y qué más da?
+
+--Yo lo sé.
+
+--Mira, Gertrudis...
+
+--Bueno, voy a ver qué hace el ama.
+
+A la cual vigilaba sin descanso. No le dejaba dar el pecho al pequeñito
+delante del padre de éste, y le regañaba por el poco recato y mucha
+desenvoltura con que se desabrochaba el seno.
+
+--Si no hace falta que enseñes eso así; en el niño es en quien hay que
+ver si tienes o no leche abundante.
+
+Ramiro sufría y Gertrudis le sentía sufrir.
+
+--¡Pobre Rosa!--decía de continuo.
+
+--Ahora los pobres son los niños y es en ellos en quienes hay que
+pensar...
+
+--No basta, no. Apenas descanso. Sobre todo por las noches la soledad me
+pesa; las hay que las paso en vela.
+
+--Sal después de cenar, como salías de casado últimamente, y no vuelvas
+a casa hasta que sientas sueño. Hay que acostarse con sueño.
+
+--Pero es que siento un vacío...
+
+--¿Vacío teniendo hijos?
+
+--Pero ella es insustituíble...
+
+--Así lo creo... Aunque vosotros los hombres...
+
+--No creí que la quería tanto...
+
+--Así nos pasa de continuo. Así me pasó con mi tío y así me ha pasado
+con mi hermana, con tu Rosa. Hasta que ha muerto tampoco yo he sabido lo
+que la quería. Lo sé ahora en que cuido a sus hijos, a vuestros hijos. Y
+es que queremos a los muertos en los vivos...
+
+--¿Y no acaso a los vivos en los muertos...?
+
+--No sutilicemos.
+
+Y por las mañanas, luego de haberse levantado Ramiro, iba su cuñada a la
+alcoba y abría de par en par las hojas del balcón diciéndose: «para que
+se vaya el olor a hombre». Y evitaba luego encontrarse a solas con su
+cuñado, para lo cual llevaba siempre algún niño delante.
+
+Sentada en la butaca en que solía sentarse la difunta, contemplaba los
+juegos de los pequeñuelos.
+
+--Es que yo soy chico y tú no eres más que chica--oyó que le decía un
+día, con su voz de trapo, Ramirín a su hermanita.
+
+--Ramirín, Ramirín--le dijo la tía--, ¿qué es eso? ¿Ya empiezas a ser
+bruto, a ser hombre?
+
+Un día llegó Ramiro, llamó a su cuñada y le dijo:
+
+--He sorprendido tu secreto, Gertrudis.
+
+--¿Qué secreto?
+
+--Las relaciones que llevabas con Ricardo, mi primo.
+
+--Pues bien, sí, es cierto; se empeñó, me hostigó, no me dejaba en paz y
+acabó por darme lástima.
+
+--Y tan oculto que lo teníais...
+
+--¿Para qué declararlo?
+
+--Y sé más.
+
+--¿Qué es lo que sabes?
+
+--Que le has despedido.
+
+--También es cierto.
+
+--Me ha enseñado él mismo tu carta.
+
+--¿Cómo? No le creía capaz de eso. Bien he hecho en dejarle: ¡hombre al
+fin!
+
+Ramiro, en efecto, había visto una carta de su cuñada a Ricardo, que
+decía así:
+
+«Mi querido Ricardo: No sabes bien qué días tan malos estoy pasando
+desde que murió la pobre Rosa. Estos últimos han sido terribles y no he
+cesado de pedir a la Virgen Santísima y a su Hijo que me diesen fuerzas
+para ver claro en mi porvenir. No sabes bien con cuánta pena te lo digo,
+pero no pueden continuar nuestras relaciones; no puedo casarme. Mi
+hermana me sigue rogando desde el otro mundo que no abandone a sus
+hijos y que les haga de madre. Y puesto que tengo estos hijos a que
+cuidar, no debo ya casarme. Perdóname, Ricardo, perdónamelo, por Dios, y
+mira bien por qué lo hago. Me cuesta mucha pena porque sé que habría
+llegado a quererte y, sobre todo, porque sé lo que me quieres y lo que
+sufrirás con esto. Siento en el alma causarte esta pena, pero tú que
+eres bueno, comprenderás mis deberes y los motivos de mi resolución y
+encontrarás otra mujer que no tenga mis obligaciones sagradas y que te
+pueda hacer más feliz que yo habría podido hacerte. Adiós, Ricardo, que
+seas feliz y hagas felices a otros, y ten por seguro que nunca, nunca te
+olvidará
+
+ GERTRUDIS.»
+
+ * * * * *
+
+--Y ahora--añadió Ramiro--, a pesar de esto Ricardo quiere verte.
+
+--¿Es que yo me oculto acaso?
+
+--No, pero...
+
+--Dile que venga cuando quiera a verme a esta nuestra casa.
+
+--Nuestra casa, Gertrudis, nuestra...
+
+--Nuestra, sí, y de nuestros hijos...
+
+--Si tú quisieras...
+
+--¡No hablemos de eso!--y se levantó.
+
+Al siguiente día se le presentó Ricardo.
+
+--Pero, por Dios, Tula.
+
+--No hablemos más de eso, Ricardo, que es cosa hecha.
+
+--Pero, por Dios--y se le quebró la voz.
+
+--¡Sé hombre, Ricardo, sé fuerte!
+
+--Pero es que ya tienen padre...
+
+--No basta; no tienen madre... es decir, sí la tienen.
+
+--Puede él volver a casarse.
+
+--¿Volverse a casar él? En ese caso los niños se irán conmigo. Le
+prometí a su madre, en su lecho de muerte, que no tendrían madrastra.
+
+--¿Y si llegases a serlo tú, Tula?
+
+--¿Cómo yo?
+
+--Sí, tú; casándote con él, con Ramiro.
+
+--¡Eso nunca!
+
+--Pues yo sólo así me lo explico.
+
+--Eso nunca, te he dicho; no me expondría a que unos míos, es decir, de
+mi vientre, pudiesen mermarme el cariño que a ésos tengo. ¿Y más hijos,
+más? Eso nunca. Bastan éstos para bien criarlos.
+
+--Pues a nadie le convencerás, Tula, de que no te has venido a vivir
+aquí por eso.
+
+--Yo no trato de convencer a nadie de nada. Y en cuanto a ti, basta que
+yo te lo diga.
+
+Se separaron para siempre.
+
+--¿Y qué?--le preguntó luego Ramiro.
+
+--Que hemos acabado; no podía ser de otro modo.
+
+--Y que has quedado libre...
+
+--Libre estaba, libre estoy, libre pienso morirme.
+
+--Gertrudis... Gertrudis--y su voz temblaba a súplica.
+
+--Le he despedido porque me debo, ya te lo dije, a tus hijos, a los
+hijos de Rosa...
+
+--Y tuyos... ¿no dices así?
+
+--¡Y míos, sí!
+
+--Pero si tú quisieras...
+
+--No insistas; ya te tengo dicho que no debo casarme ni contigo ni con
+otro menos.
+
+--¿Menos?--y se le abrió el pecho.
+
+--Sí, menos.
+
+--¿Y cómo no fuiste monja?
+
+--No me gusta que me manden.
+
+--Es que en el convento en que entrases serías tú la abadesa, la
+superiora.
+
+--Menos me gusta mandar. ¿Ramirín?
+
+El niño acudió al reclamo. Y cojiéndole su tía le dijo: «¡vamos a jugar
+al escondite, rico!»
+
+--Pero Tula...
+
+--Te he dicho--y para decirle esto se le acercó, teniendo cojido de la
+mano al niño, y se lo dijo al oído--que no me llames Tula, y menos
+delante de los niños. Ellos sí, pero tú no. Y ten respeto a los
+pequeños.
+
+--¿En qué les falto al respeto?
+
+--En dejar así al descubierto delante de ellos tus instintos...
+
+--Pero si no comprenden...
+
+--Los niños lo comprenden todo; más que nosotros. Y no olvidan nada. Y
+si ahora no lo comprende, lo comprenderá mañana. Cada cosa de estas que
+ve u oye un niño es una semilla en su alma, que luego echa tallo y da
+fruto. ¡Y basta!
+
+
+
+
+IX
+
+
+Y empezó una vida de triste desasosiego, de interna lucha en aquel
+hogar. Ella defendíase con los niños, a los que siempre procuraba tener
+presentes, y le excitaba a él a que saliese a distraerse. El, por su
+parte, extremaba sus caricias a los hijos y no hacía sino hablarles de
+su madre, de su pobre madre. Cojía a la niña y allí, delante de la tía,
+se la devoraba a besos.
+
+--No tanto, hombre, no tanto, que así no haces sino molestar a la pobre
+criatura. Y eso, permíteme que te lo diga, no es natural. Bien está que
+hagas que me llamen tía y no mamá, pero no tanto; repórtate.
+
+--¿Es que yo no he de tener el consuelo de mis hijos?
+
+--Sí, hijo, sí; pero lo primero es educarlos bien.
+
+--¿Y así?
+
+--Hartándoles de besos y de golosinas se les hace débiles. Y mira que
+los niños adivinan...
+
+--Y qué culpa tengo yo...
+
+--¿Pero es que puede haber para unos niños, hombre de Dios, un hogar
+mejor que éste? Tienen hogar, verdadero hogar, con padre y madre, y es
+un hogar limpio, castísimo, por todos cuyos rincones pueden andar a
+todas horas, un hogar donde nunca hay que cerrarles puerta alguna, un
+hogar sin misterios. ¿Quieres más?
+
+Pero él buscaba acercarse a ella, hasta rozarla. Y alguna vez le tuvo
+que decir en la mesa:
+
+--No me mires así, que los niños ven.
+
+Por las noches solía hacerles rezar por mamá Rosa, por mamita, para que
+Dios la tuviese en su gloria. Y una noche, después de este rezo y
+hallándose presente el padre, añadió:
+
+--Ahora, hijos míos, un padrenuestro y avemaría por papá también.
+
+--Pero papá no se ha muerto, mamá Tula.
+
+--No importa, porque se puede morir...
+
+--Eso, también tú.
+
+--Es verdad; otro padrenuestro y avemaría por mí entonces.
+
+Y cuando los niños se hubieron acostado, volviéndose a su cuñado le dijo
+secamente:
+
+--Esto no puede ser así. Si sigues sin reportarte tendré que marcharme
+de esta casa aunque Rosa no me lo perdone desde el cielo.
+
+--Pero es que...
+
+--Lo dicho; no quiero que ensucies así, ni con miradas, esta casa tan
+pura y donde mejor pueden criarse las almas de tus hijos. Acuérdate de
+Rosa.
+
+--¿Pero de qué crees que somos los hombres?
+
+--De carne y muy brutos.
+
+--¿Y tú, no te has mirado nunca?
+
+--¿Qué es eso?--y se le demudó el rostro sereno.
+
+--Que aunque no fueses, como en realidad lo eres, su madre, ¿tienes
+derecho, Gertrudis, a perseguirme con tu presencia? ¿Es justo que me
+reproches y estés llenando la casa con tu persona, con el fuego de tus
+ojos, con el son de tu voz, con el imán de tu cuerpo lleno de alma, pero
+de un alma llena de cuerpo?
+
+Gertrudis, toda encendida, bajaba la cabeza y se callaba, mientras le
+tocaba a rebato el corazón.
+
+--¿Quién tiene la culpa de esto?, dime.
+
+--Tienes razón, Ramiro, y si me fuese, los niños piarían por mí, porque
+me quieren...
+
+--Más que a mí--dijo tristemente el padre.
+
+--Es que yo no les besuqueo como tú ni les sobo, y cuando les beso,
+ellos sienten que mis besos son más puros, que son para ellos solos...
+
+--Y bien, ¿quién tiene la culpa de esto?, repito.
+
+--Bueno, pues. Espera un año, esperemos un año; déjame un año de plazo
+para que vea claro en mí, para que veas claro en ti mismo, para que te
+convenzas...
+
+--Un año... un año...
+
+--¿Te parece mucho?
+
+--¿Y luego, cuando se acabe?
+
+--Entonces... veremos...
+
+--Veremos... veremos...
+
+--Yo no prometo más.
+
+--Y si en este año...
+
+--¿Qué? Si en este año haces alguna tontería...
+
+--¿A qué llamas hacer una tontería?
+
+--A enamorarte de otra y volverte a casar.
+
+--Eso... ¡nunca!
+
+--Qué pronto lo dijiste...
+
+--Eso... ¡nunca!
+
+--¡Bah! juramentos de hombres...
+
+--Y si así fuese, ¿quién tendrá la culpa?
+
+--¿Culpa?
+
+--¡Sí, la culpa!
+
+--Eso sólo querría decir...
+
+--¿Qué?
+
+--Que no le quisiste, que no le quieres a tu Rosa como ella te quiso a
+ti, como ella te habría querido de haber sido ella la viuda...
+
+--No, eso querría decir otra cosa, que no es...
+
+--Bueno, basta. ¡Ramirín!, ¡ven acá, Ramirín! Anda, corre.
+
+Y así se aplacó aquella lucha.
+
+Y ella continuaba su labor de educar a sus sobrinos.
+
+No quiso que a la niña se le ocupase demasiado en aprender costura y
+cosas así. «¿Labores de su sexo?--decía--, no, nada de labores de su
+sexo; el oficio de una mujer es hacer hombres y mujeres, y no
+vestirlos.»
+
+Un día que Ramirín soltó una expresión soez que había aprendido en la
+calle y su padre iba a reprenderle, interrumpióle Gertrudis, diciéndole
+bajo: «No, dejarlo; hay que hacer como si no se ha oído; debe de haber
+un mundo de que ni para condenarlo hay que hablar aquí.»
+
+Una vez que oyó decir de una que se quedaba soltera que quedaba para
+vestir santos, agregó: «¡o para vestir almas de niños!»
+
+--Tulita es mi novia--dijo una vez Ramirín.
+
+--No digas tonterías; Tulita es tu hermana.
+
+--¿Y no puede ser novia y hermana?
+
+--No.
+
+--¿Y qué es ser hermana?
+
+--¿Ser hermana? Ser hermana es...
+
+--Vivir en la misma casa--acabó la niña.
+
+Un día llegó la niña llorando y mostrando un dedo en que le había picado
+una abeja. Lo primero que se le ocurrió a la tía fué ver si con su boca,
+chupándoselo, podía extraerle el veneno como había leído que se hace con
+el de ciertas culebras. Luego declararon los niños, y se les unió el
+padre, que no dejarían viva a ninguna de las abejas que venían al
+jardín, que las perseguirían a muerte.
+
+--No, eso sí que no--exclamó Gertrudis--; a las abejas no las toca
+nadie.
+
+--¿Por qué? ¿Por la miel?--preguntó Ramiro.
+
+--No las toca nadie, he dicho.
+
+--Pero si no son madres, Gertrudis.
+
+--Lo sé, lo sé bien. He leído en uno de esos libros tuyos lo que son las
+abejas, lo he leído. Sé lo que son las abejas estas, las que pican y
+hacen la miel; sé lo que es la reina y sé también lo que son los
+zánganos.
+
+--Los zánganos somos nosotros, los hombres.
+
+--¡Claro está!
+
+--Pues mira, voy a meterme en política; me van a presentar candidato a
+diputado provincial.
+
+--¿De veras?--preguntó Gertrudis, sin poder disimular su alegría.
+
+--¿Tanto te place?
+
+--Todo lo que te distraiga.
+
+--Faltan once meses, Gertrudis...
+
+--¿Para qué?, ¿para la elección?
+
+--¡Para la elección, sí!
+
+
+
+
+X
+
+
+Y era lo cierto que en el alma cerrada de Gertrudis se estaba
+desencadenando una brava galerna. Su cabeza reñía con su corazón, y
+ambos, corazón y cabeza, reñían en ella con algo más ahincado, más
+entrañado, más íntimo, con algo que era como el tuétano de los huesos de
+su espíritu.
+
+A solas, cuando Ramiro estaba ausente del hogar, cojía al hijo de éste y
+de Rosa, a Ramirín, al que llamaba su hijo, y se lo apretaba al seno
+virgen, palpitante de congoja y henchido de zozobra. Y otras veces se
+quedaba contemplando el retrato de la que fué, de la que era todavía su
+hermana y como interrogándole si había querido, de veras, que ella, que
+Gertrudis, le sucediese en Ramiro. «Sí, me dijo que yo habría de llegar
+a ser la mujer de su hombre, su otra mujer--se decía--, pero no pudo
+querer eso, no, no pudo quererlo... yo en su caso, al menos, no lo
+habría querido, no podría haberlo querido... ¿de otra? ¡no, de otra no!
+ni después de mi muerte... ni de mi hermana... ¡de otra no! no se puede
+ser más que de una... No, no pudo querer eso; no pudo querer que entre
+él, entre su hombre, entre el padre de sus hijos y yo se interpusiese su
+sombra... no pudo querer eso. Porque cuando él estuviese a mi lado,
+arrimado a mí, carne a carne, ¿quién me dice que no estuviese pensando
+en ella? Yo no sería sino el recuerdo... ¡algo peor que el recuerdo de
+la otra! No, lo que me pidió es que impida que sus hijos tengan
+madrasta. ¡Y lo impediré! Y casándome con Ramiro, entregándole mi
+cuerpo, y no sólo mi alma, no lo impediría... Porque entonces sí que
+sería madrasta. Y más si llegaba a darme hijos de mi carne y de mi
+sangre...» Y esto de los hijos de la carne hacía palpitar de sagrado
+terror el tuétano de los huesos del alma de Gertrudis, que era toda
+maternidad, pero maternidad de espíritu.
+
+Y encerrábase en su cuarto, en su recatada alcoba, a llorar al pie de
+una imagen de la Santísima Virgen Madre, a llorar mientras susurraba:
+«el fruto de tu vientre...»
+
+Una vez que tenía apretado a su seno a Ramirín, éste le dijo:
+
+--¿Por qué lloras, mamita?--pues habíale enseñado a llamarla así.
+
+--Si no lloro...
+
+--Sí, lloras...
+
+--¿Pero es que me ves llorar...?
+
+--No, pero te siento que lloras... Estás llorando...
+
+--Es que me acuerdo de tu madre...
+
+--¿Pues no dices que lo eres tú...?
+
+--Sí, pero de la otra, de mamá Rosa.
+
+--Ah, sí, la que se murió... la de papá...
+
+--¡Sí, la de papá!
+
+--¿Y por qué papá nos dice que no te llamemos mamá, sino tía, tiíta
+Tula, y tú nos dices que te llamemos mamá y no tía, no tiíta Tula...?
+
+--¿Pero es que papá os dice eso?
+
+--Sí, nos ha dicho que todavía no eres nuestra mamá, que todavía no eres
+más que nuestra tía...
+
+--¿Todavía?
+
+--Sí, nos ha dicho que todavía no eres nuestra mamá, pero que lo
+serás... Sí, que vas a ser nuestra mamá cuando pasen unos meses...
+
+«Entonces sería vuestra madrasta»--pensó Gertrudis, pero no se atrevió a
+desnudar este pensamiento pecaminoso ante el niño.
+
+--Bueno, mira, no hagas caso de esas cosas, hijo mío...
+
+Y cuando luego llegó Ramiro, el padre, le llamó aparte y severamente le
+dijo:
+
+--No andes diciéndole al niño esas cosas. No le digas que yo no soy
+todavía más que su tía, la tía Tula, y que seré su mamá. Eso es
+corromperle, eso es abrirle los ojos sobre cosas que no debe ver. Y si
+lo haces por influir con él sobre mí, si lo haces por moverme...
+
+--Me dijiste que te tomabas un plazo...
+
+--Bueno, si lo haces por eso piensa en el papel que haces hacer a tu
+hijo, un papel de...
+
+--¡Bueno, calla!
+
+--Las palabras no me asustan, pero lo callaré. Y tú piensa en Rosa,
+recuerda a Rosa, ¡tu primer... amor!
+
+--¡Tula!
+
+--Basta. Y no busques madrasta para tus hijos, que tienen madre.
+
+
+
+
+XI
+
+
+«ESTO necesita campo»--se dijo Gertrudis, e indicó a Ramiro la
+conveniencia de que todos ellos se fuesen a veranear a un pueblecito
+costero que tuviese montaña, dominando al mar y por éste dominada. Buscó
+un lugar que no fuese muy de moda, pero donde Ramiro pudiese encontrar
+compañeros de tresillo, pues tampoco le quería obligado a la continua
+compañía de los suyos. Era un género de soledad a que Gertrudis temía.
+
+Allí todos los días salían de paseo, por la montaña, dando vista al mar,
+entre madroñales, ellos dos, Gertrudis y Ramiro, y los tres niños:
+Ramirín, Rosita y Elvira. Jamás, ni aun allí donde no los conocían--es
+decir, allí menos--se hubiese arriesgado Gertrudis a salir de paseo con
+su cuñado, solos los dos. Al llegar a un punto en que un tronco tendido
+en tierra, junto al sendero, ofrecía, a modo de banco rústico, asiento,
+sentábanse en él ellos dos, cara al mar, mientras los niños jugaban allí
+cerca, lo más cerca posible. Una vez en que Ramiro quiso que se sentaran
+en el suelo, sobre la yerba montañesa, Gertrudis le contestó: «¡No, en
+el suelo, no! yo no me siento en el suelo, sobre la tierra, y menos
+junto a ti y ante los niños...» «Pero si el suelo está limpio... si hay
+yerba...» «¡Te he dicho que no me siento así!» «No, la postura no es
+cómoda...» «¡Peor que incómoda!»
+
+Desde aquel tronco, mirando al mar, hablaban de mil nonadas, pues en
+cuanto el hombre deslizaba la conversación a senderos de lo por pacto
+tácito ya vedado de hablar entre ellos, la tía tenía en la boca un
+«¡Ramirín!» o «¡Rosita!» o «¡Elvira!» Le hablaba ella del mar y eran sus
+palabras, que le llegaban a él envueltas en el rumor no lejano de las
+olas, como la letra vaga de un canto de cuna para el alma. Gertrudis
+estaba brizando la pasión de Ramiro para adormecérsela. No le miraba
+casi nunca entonces, miraba al mar; pero en él, en el mar, veía
+reflejada por misterioso modo la mirada del hombre. El mar purísimo les
+unía las miradas y las almas.
+
+Otras veces íbanse al bosque, a un castañar, y allí tenía ella que
+vigilarle, vigilarse y vigilar a los niños con más cuidado. Y también
+allí encontró el tronco derribado que le sirviese de asiento.
+
+Quería atemperarle a una vida de familia purísima y campesina, hacer que
+se acostase cansado de luz y de aire libres, que se durmiese, oyendo
+fuera al grillo, para dormir sin ensueños, que le despertase el canto
+del gallo y el trajineo de los campesinos y los marineros.
+
+Por las mañanas bajaban a una pequeña playa, donde se reunía la pequeña
+colonia veraniega. Los niños, descalzos, entreteníanse, después del
+baño, en desviar con los pies el curso de un pequeño arroyuelo vagabundo
+e indeciso que por la arena desaguaba en el mar. Ramiro se unió alguna
+vez a este juego de los niños.
+
+Pero Gertrudis empezó a temer. Se había equivocado en sus precauciones.
+Ramiro huía del tresillo con sus compañeros de colonia veraniega y
+parecía espiar más que nunca la ocasión de hallarse a solas con su
+cuñada. La casita que habitaban tenía más de tienda de gitanos
+trashumantes que de otra cosa. El campo, en vez de adormecer no la
+pasión, el deseo de Ramiro, parecía como si se lo excitase más, y ella
+misma, Gertrudis, empezó a sentirse desasosegada. La vida se les ofrecía
+más al desnudo en aquellos campos, en el bosque, en los repliegues de la
+montaña. Y luego había los animales domésticos, los que cría el hombre,
+con los que era mayor allí la convivencia. Gertrudis sufría al ver la
+atención con que los pequeños, sus sobrinos, seguían los juegos del
+averío. No, el campo no rendía una lección de pureza. Lo puro allí era
+hundir la mirada en el mar. Y aun el mar... La brisa marina les llegaba
+como un aguijón.
+
+--¡Mira qué hermosura!--exclamó Gertrudis una tarde, al ocaso, en que
+estaban sentados frente al mar.
+
+Era la luna llena, roja sobre su palidez, que surgía de las olas como
+una flor gigantesca y solitaria en un yermo palpitante.
+
+--¿Por qué le habrán cantado tanto a la luna los poetas?--dijo
+Ramiro;--¿por qué será la luz romántica y de los enamorados?
+
+--No lo sé, pero se me ocurre que es la única tierra, porque es una
+tierra... que vemos sabiendo que nunca llegaremos a ella... es lo
+inaccesible... El sol no, el sol nos rechaza; gustamos de bañarnos en su
+luz, pero sabemos que es inhabitable, que en él nos quemaríamos,
+mientras que en la luna creemos que se podría vivir y en paz y
+crepúsculo eternos, sin tormentas, pues no la vemos cambiar, pero
+sentimos que no se puede llegar a ella... Es lo intangible...
+
+--Y siempre nos da la misma cara... esa cara tan triste y tan seria...
+es decir, siempre ¡no! porque la va velando poco a poco y la oscurece
+del todo y otras veces parece una hoz...
+
+--Sí--y al decirlo parecía como que Gertrudis seguía sus propios
+pensamientos sin oir los de su compañero, aunque no era así--; siempre
+enseña la misma cara porque es constante, es fiel. No sabemos cómo será
+por el otro lado... cuál será su otra cara...
+
+--Y eso añade a su misterio...
+
+--Puede ser... puede ser... Me explico que alguien anhele llegar a la
+luna... ¡lo imposible!... para ver cómo es por el otro lado... para
+conocer y explorar su otra cara...
+
+--La oscura...
+
+--¿La oscura? ¡Me parece que no! Ahora que esta que vemos está iluminada
+la otra estará a oscuras, pero o yo sé poco de estas cosas o cuando esta
+cara se oscurece del todo, en luna nueva, está en luz por el otro, es
+luna llena de la otra parte...
+
+--¿Para quién?
+
+--¿Cómo para quién...?
+
+--Sí, que cuando el otro lado alumbra ¿para quién?
+
+--Para el cielo, y basta. ¿O es que a la luna la hizo Dios no más que
+para alumbrarnos de noche a nosotros, los de la tierra? ¿O para que
+hablemos estas tonterías?
+
+--Pues bien, mira, Tula...
+
+--¡Rosita!
+
+Y no le dejó comentar la intangibilidad y la plenitud de la luna.
+
+Cuando ella habló de volver ya a la ciudad apresuróse él a aceptarlo.
+Aquella temporada en el campo, entre la montaña y el mar, había sido
+estéril para sus propósitos. «Me he equivocado--se decía también él--;
+aquí está más segura que allí, que en casa; aquí parece embozarse en la
+montaña, en el bosque, y como si el mar le sirviese de escudo; aquí es
+tan intangible como la luna, y entretanto este aire de salina filtrado
+por entre rayos de sol enciende la sangre... y ella me parece aquí fuera
+de su ámbito y como si temiese algo; vive alerta y diríase que no
+duerme...» Y ella a su vez se decía: «No, la pureza no es del campo, la
+pureza es de celda, de claustro y de ciudad; la pureza se desarrolla
+entre gentes que se unen en mazorcas de viviendas para mejor aislarse;
+la ciudad es monasterio, convento de solitarios; aquí la tierra, sobre
+que casi se acuestan, las une y los animales son otras tantas serpientes
+del paraíso... ¡a la ciudad, a la ciudad!»
+
+En la ciudad estaba su convento, su hogar, y en él su celda. Y allí
+adormecería mejor a su cuñado. Oh, si pudiese decir de él--pensaba--lo
+que Santa Teresa en una carta--Gertrudis leía mucho a Santa
+Teresa--decía de su cuñado don Juan de Ovalle, marido de doña Juana de
+Ahumada: «El es de condición en cosas muy aniñado...» ¿Cómo le
+aniñaría?
+
+
+
+
+XII
+
+
+AL fin Gertrudis no pudo con su soledad y decidió llevar su congoja al
+padre Alvarez, su confesor, pero no su director espiritual. Porque esta
+mujer había rehuído siempre ser dirigida, y menos por un hombre. Sus
+normas de conducta moral, sus convicciones y creencias religiosas se las
+había formado ella con lo que oía a su alrededor y con lo que leía, pero
+las interpretaba a su modo. Su pobre tío, don Primitivo, el sacerdote
+ingenuo que las había criado a las dos hermanas y les enseñó el
+catecismo de la doctrina cristiana explicado según _el Mazo_, sintió
+siempre un profundo respeto por la inteligencia de su sobrina Tula, a la
+que admiraba. «Si te hicieses monja--solía decirle--llegarías a ser otra
+Santa Teresa... Qué cosas se te ocurren, hija...» Y otras veces: «Me
+parece que eso que dices, Tulilla, huele un poco a herejía; ¡hum! No lo
+sé... no lo sé... porque no es posible que te inspire herejías el ángel
+de tu guarda, pero eso me suena así como a... qué sé yo...» Y ella le
+contestaba riendo: «Sí, tío, son tonterías que se me ocurren, y ya que
+dice usted que huele a herejía no lo volveré a pensar.» Pero ¿quién pone
+barreras al pensamiento?
+
+Gertrudis se sintió siempre sola. Es decir, sola para que la ayudaran,
+porque para ayudar ella a los otros no, no estaba sola. Era como una
+huérfana cargada de hijos. Ella sería el báculo de todos los que la
+rodearan; pero si sus piernas flaquearan, si su cabeza no le mantuviese
+firme en su sendero, si su corazón empezaba a bambolear y enflaquecer,
+¿quién la sostendría a ella? ¿quién sería su báculo? Porque ella, tan
+henchida del sentimiento, de la pasión mejor, de la maternidad, no
+sentía la filialidad. «¿No es esto orgullo?»--se preguntaba.
+
+No pudo al fin con esta soledad y decidió llevar a su confesor, al padre
+Alvarez, su congoja. Y le contó la declaración y proposición de Ramiro,
+y hasta lo que les había dicho a los niños de que no le llamasen a ella
+todavía madre, y las razones que tenía para mantener la pureza de aquel
+hogar y cómo no quería entregarse a hombre alguno, sino reservarse para
+mejor consagrarse a los hijos de Rosa.
+
+--Pero lo de su cuñado lo encuentro muy natural--arguyó el buen padre de
+almas.
+
+--Es que no se trata ahora de mi cuñado, padre, sino de mí; y no creo
+que haya acudido a usted también en busca de alianza...
+
+--¡No, no, hija, no!
+
+--Como dicen que en los confesonarios se confeccionan bodas y que
+ustedes, los padres, se dedican a casamenteros...
+
+--Yo lo único que digo ahora, hija, es que es muy natural que su cuñado,
+viudo y joven y fuerte, quiera volver a casarse, y más natural, y hasta
+santo, que busque otra madre para sus hijos...
+
+--¿Otra? ¡Ya la tiene!
+
+--Sí; pero... y si ésta se va...
+
+--¿Irme? ¿Yo? Estoy tan obligada a esos niños como estaría su madre de
+carne y sangre si viviese...
+
+--Y luego eso da que hablar...
+
+--De lo que hablen, padre, ya le he dicho que nada se me da...
+
+--¿Y si lo hiciese precisamente por eso, porque hablen? Examínese y mire
+si no entra en ello un deseo de afrontar las preocupaciones ajenas, de
+desafiar la opinión pública...
+
+--Y si así fuese, ¿qué?
+
+--Que eso sí que es pecaminoso. Y después de todo, la cuestión es
+otra...
+
+--¿Cuál es la cuestión?
+
+--La cuestión es si usted le quiere o no. Esta es la cuestión. ¿Le
+quiere usted, sí o no?
+
+--¡Para marido... no!
+
+--¿Pero le rechaza?
+
+--¡Rechazarle... no!
+
+--Si cuando se dirigió a su hermana, la difunta, se hubiera dirigido a
+usted...
+
+--¡Padre! ¡Padre!--y su voz gemía.
+
+--Sí, por ahí hay que verlo...
+
+--¡Padre; que eso no es pecado...!
+
+--Pero ahora se trata de dirección espiritual, de tomar consejo... Y sí,
+es pecado, es acaso pecado... Tal vez hay aquí unos viejos celos...
+
+--¡Padre!
+
+--Hay que ahondar en ello. Acaso no le ha perdonado aún...
+
+--Le he dicho, padre, que le quiero; pero no para marido. Le quiero
+como a un hermano, como a un más que hermano, como al padre de mis
+hijos, porque éstos, sus hijos, lo son míos de lo más dentro mío, de
+todo mi corazón; pero para marido no. Yo no puedo ocupar en su cama el
+sitio que ocupó mi hermana... Y sobre todo, yo no quiero, no debo darles
+madrasta a mis hijos...
+
+--¿Madrasta?
+
+--Sí, madrastra. Si yo me caso con él, con el padre de los hijos de mi
+corazón, les daré madrasta a éstos, y más si llego a tener hijos de
+carne y de sangre con él. Esto, ahora ya... ¡nunca!
+
+--Ahora ya...
+
+--Sí, ahora que ya tengo a los de mi corazón... mis hijos...
+
+--Pero piense en él, en su cuñado, en su situación...
+
+--¿Que piense...?
+
+--¡Sí! ¿Y no tiene compasión de él?
+
+--Sí que la tengo. Y por eso le ayudo y le sostengo. Es como otro hijo
+mío.
+
+--Le ayuda... le sostiene...
+
+--Sí, le ayudo y le sostengo a ser padre...
+
+--A ser padre... a ser padre... Pero él es un hombre...
+
+--¡Y yo una mujer!
+
+--Es débil...
+
+--¿Soy yo fuerte?
+
+--Más de lo debido.
+
+--¿Más de lo debido? ¿Y lo de la mujer fuerte?
+
+--Es que esa fortaleza, hija mía, puede alguna vez ser dureza, ser
+crueldad. Y es dura con él, muy dura. ¿Que no le quiere como a marido?
+¡Y qué importa! Ni hace falta eso para casarse con un hombre. Muchas
+veces tiene que casarse una mujer con un hombre por compasión, por no
+dejarle solo, por salvarle, por salvar su alma...
+
+--Pero si no le dejo solo...
+
+--Sí, sí, le deja solo. Y creo que me comprende sin que se lo explique
+más claro...
+
+--Sí, sí que se lo comprendo, pero no quiero comprenderlo. No está solo.
+¡Quien está sola soy yo! Sola... sola... siempre sola...
+
+--Pero ya sabe aquello de «más vale casarse que abrasarse...»
+
+--Pero si no me abraso...
+
+--¿No se queja de su soledad?
+
+--No es soledad de abrasarse; no es esa soledad a que usted, padre,
+alude. No, no es esa. No me abraso...
+
+--¿Y si se abrasa él...?
+
+--Que se refresque en el cuidado y amor de sus hijos...
+
+--Bueno, pero ya me entiende...
+
+--Demasiado.
+
+--Y por si no, le diré más claro aún que su cuñado corre peligro, y que
+si cae en él, le cabrá culpa...
+
+--¿A mí?
+
+--¡Claro está!
+
+--No lo veo tan claro... Como no soy hombre...
+
+--Me dijo que uno de sus temores de casarse con su cuñado era el de
+tener hijos con él, ¿no es así?
+
+--Sí, así es. Si tuviéramos hijos llegaría yo a ser, quieras o no,
+madrasta de los que me dejó mi hermana...
+
+--Pero el matrimonio no se instituyó sólo para hacer hijos...
+
+--Para casar y dar gracia a los casados y que críen hijos para el
+cielo.
+
+--Dar gracia a los casados... ¿Lo entiende?
+
+--Apenas...
+
+--Que vivan en gracia, libres de pecado...
+
+--Ahora lo entiendo menos...
+
+--Bueno, pues que es un remedio contra la sensualidad.
+
+--¿Cómo? ¿Qué es eso? ¿Qué?
+
+--¿Pero por qué se pone así...? ¿Por qué se altera...?
+
+--¿Qué es el remedio contra la sensualidad? ¿El matrimonio o la mujer?
+
+--Los dos... La mujer... y... y el hombre.
+
+--¡Pues, no, padre, no, no y no! Yo no puedo ser remedio contra nada.
+¿Qué es eso de considerarme remedio? ¡Y remedio... contra eso! No, me
+estimo en más...
+
+--Pero si es que...
+
+--No, ya no sirve. Yo, si él no tuviera ya hijos de mi hermana, acaso me
+habría casado con él para tenerlos... para tenerlos de él... pero,
+¿remedio? ¿Y a eso? ¿Yo remedio? ¡No!
+
+--Y si antes de haber solicitado a su hermana la hubiera solicitado...
+
+--¿A mí? ¿Antes? ¿Cuando nos conoció? No hablemos ya más, padre, que no
+podemos entendernos, pues veo que hablamos lenguas diferentes. Ni yo sé
+la de usted ni usted sabe la mía.
+
+Y dicho esto, se levantó de junto al confesonario. Le costaba andar: tan
+doloridas le habían quedado del arrodillamiento las rodillas. Y a la vez
+le dolían las articulaciones del alma y sentía su soledad más hondamente
+que nunca. «¡No, no me entiende--se decía--, no me entiende; hombre al
+fin! ¿Pero me entiendo yo misma? ¿Es que me entiendo? ¿Le quiero o no le
+quiero? ¿No es soberbia esto? ¿No es la triste pasión solitaria del
+armiño que por no mancharse no se echa a nado en un lodazal a salvar a
+su compañero...? No lo sé... no lo sé...»
+
+
+
+
+XIII
+
+
+Y de pronto observó Gertrudis que su cuñado era otro hombre, que celaba
+algún secreto, que andaba caviloso y desconfiado, que salía mucho de
+casa. Pero aquellas más largas ausencias del hogar no le engañaron. El
+secreto estaba en él, en el hogar. Y a fuerza de paciente astucia logró
+sorprender miradas de conocimiento íntimo entre Ramiro y la criada de
+servicio.
+
+Era Manuela una hospiciana de diez y nueve años, enfermiza y pálida, de
+un brillo febril en los ojos, de maneras sumisas y mansas, de muy pocas
+palabras, triste casi siempre. A ella, a Gertrudis, ante quien sin saber
+por qué temblaba, llamábale «señora». Ramiro quiso hacer que le llamase
+«señorita».
+
+--No, llámame así, señora; nada de señorita...
+
+En general parecía como que la criada le temiera, como avergonzada o
+amedrentada en su presencia. Y a los niños los evitaba y apenas si les
+dirigía la palabra. Ellos, por su parte, sentían una indiferencia,
+rayana en despego, hacia la Manuela. Y hasta alguna vez se burlaban de
+ella, por ciertas sus maneras de hablar, lo que la ponía de grana. «Lo
+extraño es--pensaba Gertrudis--que a pesar de todo no quiera irse...
+tiene algo de gata esta mozuela.» Hasta que se percató de lo que podría
+haber escondido.
+
+Un día logró sorprender a la pobre muchacha cuando salía del cuarto de
+Ramiro, del señorito--porque a éste sí que le llamaba así--toda
+encendida y jadeante. Cruzáronse las miradas y la criada rindió la suya.
+Pero llegó otro en que el niño, Ramirín, se fué a su tía y le dijo:
+
+--Dime, mamá Tula, ¿es Manuela también hermana nuestra?
+
+--Ya te tengo dicho que todos los hombres y mujeres somos hermanos.
+
+--Sí, pero como nosotros, los que vivimos juntos...
+
+--No, porque aunque vive aquí ésta no es su casa...
+
+--¿Y cuál es su casa?
+
+--¿Su casa? No lo quieras saber. ¿Y por qué preguntas eso?
+
+--Porque le he visto a papá que la estaba besando...
+
+Aquella noche, luego que hubieron acostado a los niños, dijo Gertrudis a
+Ramiro:
+
+--Tenemos que hablar.
+
+--Pero si aun faltan ocho meses...
+
+--¿Ocho meses?
+
+--¿No hace cuatro que me diste un año de plazo?
+
+--No se trata de eso, hombre, sino de algo más serio.
+
+A Ramiro se le paró el corazón y se puso pálido.
+
+--¿Más serio?
+
+--Más serio, sí. Se trata de tus hijos, de su buena crianza, y se trata
+de esa pobre hospiciana, de la que estoy segura que estás abusando.
+
+--Y si así fuese, ¿quién tiene la culpa de eso?
+
+--¿Y aún lo preguntas? ¿Aún querrás también culparme de ello?
+
+--¡Claro que sí!
+
+--Pues bien, Ramiro: se ha acabado ya aquello del año; no hay plazo
+ninguno; no puede ser, no puede ser. Y ahora sí que me voy, y, diga lo
+que dijere la ley, me llevaré a los niños conmigo, es decir, se irán
+conmigo.
+
+--¿Pero estás loca, Gertrudis?
+
+--Quien está loco eres tú.
+
+--Pero qué querías...
+
+--Nada, o yo o ella. O me voy o echas a esa criadita de casa.
+
+Siguióse un congojoso silencio.
+
+--No la puedo echar, Gertrudis, no la puedo echar. ¿Adónde se va? ¿Al
+Hospicio otra vez?
+
+--A servir a otra casa.
+
+--No la puedo echar, Gertrudis, no la puedo echar--y el hombre rompió a
+llorar.
+
+--¡Pobre hombre!--murmuró ella poniéndole la mano sobre la suya--. Me
+das pena.
+
+--Ahora, ¿eh?, ¿ahora?
+
+--Sí; me das lástima... Estoy ya dispuesta a todo...
+
+--¡Gertrudis! ¡Tula!
+
+--Pero has dicho que no la puedes echar...
+
+--Es verdad; no la puedo echar--y volvió a abatirse.
+
+--¿Qué, pues?, ¿que no va sola?
+
+--No, no irá sola.
+
+--Los ocho meses del plazo, ¿eh?
+
+--Estoy perdido, Tula, estoy perdido.
+
+--No, la que está perdida es ella, la huérfana, la hospiciana, la sin
+amparo.
+
+--Es verdad, es verdad...
+
+--Pero no te aflijas así, Ramiro, que la cosa tiene fácil remedio...
+
+--¿Remedio? ¿Y fácil?--y se atrevió a mirarle a la cara.
+
+--Sí; casarte con ella.
+
+Un rayo que le hubiese herido no le habría dejado más deshecho que esas
+palabras sencillas.
+
+--¡Que me case! ¡Que me case con la criada! ¿Que me case con una
+hospiciana? ¡Y me lo dices tú!...
+
+--¡Y quién si no había de decírtelo! Yo, la verdadera madre hoy de tus
+hijos.
+
+--¿Que les dé madrasta?
+
+--¡No, eso no!, que aquí estoy yo para seguir siendo su madre. Pero que
+des padre al que haya de ser tu nuevo hijo, y que le des madre también.
+Esa hospiciana tiene derecho a ser madre, tiene ya el deber de serlo,
+tiene derecho a su hijo y al padre de su hijo.
+
+--Pero Gertrudis...
+
+--Cásate con ella, te he dicho; y te lo dice Rosa. Sí--y su voz, serena
+y pastosa, resonó como una campana--. Rosa, tu mujer, te dice por mi
+boca que te cases con la hospiciana. ¡Manuela!
+
+--«¡Señora!»--se oyó como un gemido, y la pobre muchacha, que acurrucada
+junto al fogón, en la cocina, había estado oyéndolo todo, no se movió de
+su sitio. Volvió a llamarla, y después de otro «¡Señora!», tampoco se
+movió.
+
+--Ven acá, o iré a traerte.
+
+--¡Por Dios!--suplicó Ramiro.
+
+La muchacha apareció cubriéndose la llorosa cara con las manos.
+
+--Descubre la cara y míranos.
+
+--¡No, señora, no!
+
+--Sí, míranos. Aquí tienes a tu amo, a Ramiro, que te pide perdón por lo
+que de ti ha hecho.
+
+--Perdón, yo, señora, y a usted...
+
+--No, te pide perdón y se casará contigo.
+
+--¡Pero señora!--clamó Manuela a la vez que Ramiro clamaba: «¡Pero
+Gertrudis!»
+
+--Lo he dicho, se casará contigo: así lo quiere Rosa. No es posible
+dejarte así. Porque tú estás ya... ¿no es eso?
+
+--Creo que sí, señora, pero yo...
+
+--No llores así ni hagas juramentos; sé que no es tuya la culpa...
+
+--Pero se podría arreglar...
+
+--Bien sabe aquí Manuela--dijo Ramiro--que nunca he pensado en
+abandonarla... Yo le colocaría...
+
+--Sí, señora, sí; yo me contento...
+
+--No, tú no debes contentarte con eso que ibas a decir. O, mejor, aquí
+Ramiro no puede contentarse con eso. Tú te has criado en el Hospicio,
+¿no es eso?
+
+--Sí, señora.
+
+--Pues tu hijo no se criará en él. Tiene derecho a tener padre, a su
+padre, y le tendrá. Y ahora vete... vete a tu cuarto, y déjanos.
+
+Y cuando quedaron Ramiro y ella a solas:
+
+--Me parece que no dudarás ni un momento...
+
+--¡Pero eso que pretendes es una locura, Gertrudis!
+
+--La locura, peor que locura, la infamia, sería lo que pensabas.
+
+--Consúltalo siquiera con el padre Alvarez.
+
+--No lo necesito. Lo he consultado con Rosa.
+
+--Pero si ella te dijo que no dieses madrasta a sus hijos...
+
+--¿A sus hijos? ¡Y tuyos!
+
+--Bueno, sí, a nuestros hijos...
+
+--Y no les daré madrasta. De ellos, de los nuestros, seguiré siendo yo
+la madre, pero del de ésa...
+
+--Nadie le quitará de ser madre...
+
+--Sí, tú si no te casas con ella. Eso no será ser madre...
+
+--Pues ella...
+
+--¿Y qué? ¿Porque ella no ha conocido a la suya pretendes tú que no lo
+sea como es debido?
+
+--Pero fíjate en que esta chica...
+
+--Tú eres quien debió fijarse...
+
+--Es una locura... una locura...
+
+--La locura ha sido antes. Y ahora piénsalo, que si no haces lo que
+debes el escándalo le daré yo. Lo sabrá todo el mundo.
+
+--¡Gertrudis!
+
+--Cásate con ella, y se acabó.
+
+
+
+
+XIV
+
+
+UNA profunda tristeza henchía aquel hogar después del matrimonio de
+Ramiro con la hospiciana. Y ésta parecía aún más que antes la criada, la
+sirvienta, y más que nunca Gertrudis el ama de la casa. Y esforzábase
+ésta más que nunca por mantener al nuevo matrimonio apartado de los
+niños, y que éstos se percataran lo menos posible de aquella convivencia
+íntima. Mas hubo que tomar otra criada y explicar a los pequeños el
+caso.
+
+Pero, ¿cómo explicarles el que la antigua criada se sentara a la mesa a
+comer con los de casa? Porque esto exigió Gertrudis.
+
+--Por Dios, señora--suplicaba la Manuela--, no me avergüence así... mire
+que me avergüenza... Hacerme que me siente a la mesa con los señores, y
+sobre todo con los niños... y que hable de tú al señorito... ¡eso nunca!
+
+--Háblale como quieras, pero es menester que los niños, a los que tanto
+temes, sepan que eres de la familia. Y ahora, una vez arreglado esto, no
+podrán ya sorprender intimidades a hurtadillas. Ahora os recataréis
+mejor. Porque antes el querer ocultaros de ellos os delataba.
+
+La preñez de Manuela fué, en tanto, molestísima. Su fragilísima fábrica
+de cuerpo la soportaba muy mal. Y Gertrudis, por su parte, le
+recomendaba que ocultase a los niños lo anormal de su estado.
+
+Ramiro vivía sumido en una resignada desesperación y más entregado que
+nunca al albedrío de Gertrudis.
+
+--Sí, sí, bien lo comprendo ahora--decía--, no ha habido más remedio,
+pero...
+
+--¿Te pesa?--le preguntaba Gertrudis.
+
+--De haberme casado, ¡no! De haber tenido que volverme a casar, ¡sí!
+
+--Ahora no es ya tiempo de pensar en eso; ¡pecho a la vida!
+
+--¡Ah, si tú hubieras querido, Tula!
+
+--Te di un año de plazo; ¿has sabido guardarlo?
+
+--¿Y si lo hubiese guardado como tú querías, al fin de él qué, dime?
+Porque no me prometiste nada.
+
+--Aunque te hubiese prometido algo habría sido igual. No, habría sido
+peor aún. En nuestras circunstancias, el haberte hecho una promesa, el
+haberte sólo pedido una dilación para nuestro enlace, habría sido peor.
+
+--Pero si hubiese guardado la tregua como tú querías que la guardase,
+dime: ¿qué habrías hecho?
+
+--No lo sé.
+
+--Que no lo sabes... Tula... que no lo sabes...
+
+--No, no lo sé; te digo que no lo sé.
+
+--Pero tus sentimientos...
+
+--Piensa ahora en tu mujer, que no sé si podrá soportar el trance en que
+la pusiste. ¡Es tan endeble la pobrecilla! Y está tan llena de miedo.
+Sigue asustada de ser tu mujer y ama de su casa.
+
+Y cuando llegó el peligroso parto repitió Gertrudis las abnegaciones que
+en los partos de su hermana tuviera, y recojió al niño, una criatura
+menguada y debilísima, y fué quien lo enmantilló y quien se lo presentó
+a su padre.
+
+--Aquí le tienes, hombre, aquí le tienes.
+
+--¡Pobre criatura!--exclamó Ramiro sintiendo que se le derretían de
+lástima las entrañas a la vista de aquel mezquino rollo de carne
+viviente y sufriente.
+
+--Pues es tu hijo, un hijo más... Es un hijo más que nos llega.
+
+--¿Nos llega? ¿También a ti?
+
+--Sí, también a mí; no he de ser madrasta para él, yo que hago que no lo
+tengan los otros.
+
+Y así fué que no hizo distinción entre uno y otros.
+
+--Eres una santa, Gertrudis--le decía Ramiro--, pero una santa que ha
+hecho pecadores.
+
+--No digas eso; soy una pecadora que me esfuerzo por hacer santos,
+santos a tus hijos y a ti y a tu mujer.
+
+--¡Mi mujer!...
+
+--Tu mujer, sí; la madre de tu hijo. ¿Por qué le tratas con ese cariñoso
+despego y como a una carga?
+
+--¿Y qué quieres que haga, que me enamore de ella?
+
+--¿Pero no lo estabas cuando la sedujiste?
+
+--¿De quién? ¿De ella?
+
+--Ya lo sé, ya sé que no; pero lo merece la pobre...
+
+--¡Pero si es la menor cantidad de mujer posible, si no es nada!
+
+--No, hombre, no; es más, es mucho más de lo que tú te crees. Aun no la
+has conocido.
+
+--Si es una esclava...
+
+--Puede ser, pero debes libertarla... La pobre está asustada... nació
+asustada... Te aprovechaste de su susto...
+
+--No sé, no sé cómo fué aquello...
+
+--Así sois los hombres; no sabéis lo que hacéis ni pensáis en ello.
+Hacéis las cosas sin pensarlas...
+
+--Peor es muchas veces pensarlas y no hacerlas...
+
+--¿Por qué lo dices?
+
+--No, nada, por nada...
+
+--¿Tú crees sin duda que yo no hago más que pensar?
+
+--No, no he dicho que crea eso...
+
+--Sí, tú crees que yo no soy más que pensamiento.
+
+
+
+
+XV
+
+
+DE nuevo la pobre Manuela, la hospiciana, la esclava, hallábase preñada.
+Y Ramiro muy malhumorado con ello.
+
+--Como si uno no tuviese bastante con los otros...--decía.
+
+--¡Y yo qué quieres que le haga!--exclamaba la víctima.
+
+--Después de todo, tú lo has querido así--concluía Gertrudis.
+
+Y luego, aparte, volvía a reprenderle por el trato de compasivo despego
+que daba a su mujer. La cual soportaba esta preñez aún peor que la otra.
+
+--Me temo por la pobre muchacha--vaticinó don Juan, el médico, un viudo
+que menudeaba sus visitas.
+
+--¿Cree usted que corre peligro?--le preguntó Gertrudis.
+
+--Esta pobre chica está deshecha por dentro; es una tísica consumada y
+consumida. Resistirá, es lo más probable, hasta dar a luz, pues la
+Naturaleza, que es muy sabia...
+
+--¡La Naturaleza no! La Santísima Virgen Madre, don Juan--le interrumpió
+Gertrudis.
+
+--Como usted quiera; me rindo, como siempre, a su superior parecer.
+Pues, como decía, la Naturaleza o la Virgen, que para mí es lo mismo...
+
+--No, la Virgen es la Gracia...
+
+--Bueno, pues la Naturaleza, la Virgen, la Gracia o lo que sea, hace que
+en estos casos la madre se defienda y resista hasta que dé a luz al
+nuevo ser. Ese inocente pequeñuelo le sirve a la pobre madre futura como
+escudo contra la muerte.
+
+--¿Y luego?
+
+--¿Luego? Que probablemente tendrá usted que criar sola, sirviéndose de
+un ama de cría, por supuesto, un crío más. Tiene ya cuatro; cargará con
+cinco.
+
+--Con todos los que Dios me mande.
+
+--Y que probablemente, no digo que seguramente, a no tardar mucho, don
+Ramiro volverá a quedar libre--y miró fijamente con sus ojillos grises a
+Gertrudis.
+
+--Y dispuesto a casarse tercera vez--agregó ésta haciéndose la
+desentendida.
+
+--¡Eso sería ya heroico!
+
+--Y usted, puesto que permanece viudo, y viudo sin hijos, es que no
+tiene madera de héroe.
+
+--¡Ah, doña Gertrudis, si yo pudiese hablar!
+
+--¡Pues cállese usted!
+
+--Me callo.
+
+Le tomó la mano, reteniéndosela un rato, y dándole con la otra suya unos
+golpecitos añadió con un suspiro:
+
+--Cada hombre es un mundo, Gertrudis.
+
+--Y cada mujer, una luna, ¿no es eso, don Juan?
+
+--Cada mujer puede ser un cielo.
+
+«Este hombre me dedica un cortejeo platónico», se dijo Gertrudis.
+
+Cuando en la casa temían por la pobre Manuela y todos los cuidados eran
+para ella, cayó de pronto en cama Ramiro, declarándosele desde luego
+una pulmonía. La pobre hospiciana quedóse como atontada.
+
+--Déjame a mí, Manuela--le dijo Gertrudis--; tú cuídate y cuida a lo que
+llevas contigo. No te empeñes en atender a tu marido, que eso puede
+agravarte.
+
+--Pero yo debo...
+
+--Tú debes cuidar de lo tuyo.
+
+--Y mi marido, ¿no es mío?
+
+--No, ahora no; ahora es tuyo tu hijo que está por venir.
+
+La enfermedad de Ramiro se agravaba.
+
+--Temo complicaciones al corazón--sentenció don Juan--. Le tiene débil;
+claro, ¡los pesares y disgustos!
+
+--¿Pero se morirá, don Juan?--preguntó henchida de angustia Gertrudis.
+
+--Todo pudiera ser...
+
+--Sálvele, don Juan, sálvele, como sea...
+
+--Qué más quisiera yo...
+
+--¡Ah, qué desgracia! ¡Qué desgracia!--y por primera vez se le vió a
+aquella mujer tener que sentarse y sufrir un desvanecimiento.
+
+--Es, en efecto, terrible--dijo el médico en cuanto Gertrudis se
+repuso--dejar así cuatro hijos, ¿qué digo cuatro?, cinco se puede
+decir, ¡y esa pobre viuda tal como está!...
+
+--Eso es lo de menos, don Juan; para todo eso me basto y me sobro yo.
+¡Qué desgracia! ¡Qué desgracia!
+
+Y el médico se fué diciéndose: «Está visto; esta cuñadita contaba con
+volver a tenerle libre a su cuñado. Cada persona es un mundo y algunas
+varios mundos. ¡Pero qué mujer! ¡Es toda una mujer! ¡Qué fortaleza! ¡Qué
+sagacidad! ¡Y qué ojos! ¡Qué cuerpo! ¡Irradia fuego!»
+
+Ramiro, una tarde en que la fiebre, remitiéndosele, habíale dejado algo
+más tranquilo, llamó a Gertrudis, le rogó que cerrara la puerta de la
+alcoba, y le dijo:
+
+--Yo me muero, Tula, me muero sin remedio. Siento que el corazón no
+quiere ya marchar, a pesar de todas las inyecciones; yo me muero...
+
+--No pienses en eso, Ramiro.
+
+Pero ella también creía en aquella muerte.
+
+--Me muero, y es hora, Tula, de decirte toda la verdad. Tú me casaste
+con Rosa.
+
+--Como no te decidías y dabas largas...
+
+--¿Y sabes por qué?
+
+--Sí, lo sé, Ramiro.
+
+--Al principio, al veros, al ver a la pareja, sólo reparé en Rosa; era a
+quien se le veía de lejos; pero al acercarme, al empezar a frecuentaros,
+sólo te vi a ti, pues eras la única a quien desde cerca se veía. De
+lejos te borraba ella; de cerca le borrabas tú.
+
+--No hables así de mi hermana, de la madre de tus hijos.
+
+--No; la madre de mis hijos eres tú, tú, tú.
+
+--No pienses ahora sino en Rosa, Ramiro.
+
+--A la que me juntaré pronto, ¿no es eso?
+
+--¡Quién sabe...! Piensa en vivir, en tus hijos...
+
+--A mis hijos les quedas tú, su madre.
+
+--Y en Manuela, en la pobre Manuela...
+
+--Aquel plazo, Tula, aquel plazo fatal.
+
+Los ojos de Gertrudis se hinchieron de lágrimas.
+
+--¡Tula!--gimió el enfermo, abriendo los brazos.
+
+--¡Sí, Ramiro, sí!--exclamó ella cayendo en ellos y abrazándole.
+
+Juntaron las bocas y así se estuvieron, sollozando.
+
+--¿Me perdonas todo, Tula?
+
+--No, Ramiro, no; eres tú quien tienes que perdonarme.
+
+--¿Yo?
+
+--¡Tú! Una vez hablabas de santos que hacen pecadores. Acaso he tenido
+una idea inhumana de la virtud. Pero cuando lo primero, cuando te
+dirigiste a mi hermana, yo hice lo que debí hacer. Además, te lo
+confieso, el hombre, todo hombre, hasta tú, Ramiro, hasta tú, me ha dado
+miedo siempre; no he podido ver en él sino el bruto. Los niños, sí; pero
+el hombre... He huído del hombre...
+
+--Tienes razón, Tula.
+
+--Pero ahora descansa, que estas emociones así pueden dañarte.
+
+Le hizo guardar los brazos bajo las mantas, le arropó, le dió un beso en
+la frente como se le da a un niño--y un niño era entonces para ella--y
+se fué. Mas al encontrarse sola se dijo: «¿Y si se repone y cura? ¿Si no
+se muere? ¿Ahora que ha acabado de romperse el secreto entre nosotros?
+¿Y la pobre Manuela? ¡Tendré que marcharme! ¿Y adónde? ¿Y si Manuela se
+muere y vuelve él a quedarse libre?» Y fué a ver a Manuela, a la que
+encontró postradísima.
+
+Al siguiente día llevó a los niños al lecho del padre, ya sacramentado y
+moribundo; los levantó uno a uno y les hizo que le besaran. Luego fué,
+apoyada en ella, en Gertrudis, Manuela, y de poco se muere de la congoja
+que le dió sobre el enfermo. Hubo que sacarla y acostarla. Y poco
+después, cojido de una mano a otra de Gertrudis, y susurrando: «¡Adiós,
+mi Tula!», rindió el espíritu con el último huelgo Ramiro. Y ella, la
+tía, vació su corazón en sollozos de congoja sobre el cuerpo exánime del
+padre de sus hijos, de su pobre Ramiro.
+
+
+
+
+XVI
+
+
+APENAS, fuera de la soberana, hubo abatimiento en aquel hogar, pues los
+niños eran incapaces de darse cuenta de lo que había pasado, y Manuela,
+la viuda casi sin saberlo, concentraba su vida y su ánimo todos en
+luchar, al modo de una planta, por la otra vida que llevaba en su seno y
+aun repitiendo, como un gemido de res herida, que se quería morir.
+Gertrudis proveía a todo.
+
+Cerró los ojos al muerto, no sin decirse: «¿Me estará mirando
+todavía...?» Le amortajó como lo había hecho con su tío, cubriéndole con
+un hábito sobre la ropa con que murió, y sin quitarle ésta, y luego,
+quebrantada por un largo cansancio, por fatiga de años, juntó un momento
+su boca a la boca fría de Ramiro, y repasó sus vidas, que era su vida.
+Cuando el llanto de uno de los niños, del pequeñito, del hijo de la
+hospiciana, le hizo desprenderse del muerto e ir a cojer y acallar y
+mimar al que vivía.
+
+Manuela iba hundiéndose.
+
+--Yo, señora, me muero; no voy a poder resistir esta vez; este parto me
+cuesta la vida.
+
+Y así fué. Dió a luz una niña, pero se iba en sangre. La niña misma
+nació envuelta en sangre. Y Gertrudis tuvo que vencer la repugnancia que
+la sangre, sobre todo la negra y cuajada, le producía. Siempre le costó
+una terrible brega consigo misma al vencer este asco. Cuando una vez,
+poco antes de morir, su hermana Rosa tuvo un vómito, de ella Gertrudis
+huyó despavorida. Y no era miedo, no; era, sobre todo, asco.
+
+Murió Manuela clavados en los ojos de Gertrudis sus ojos, donde vagaban
+figuras de niebla sobre las sombras del Hospicio.
+
+--Por tus hijos no pases cuidado--le había dicho Gertrudis--, que yo he
+de vivir hasta dejarlos colocados y que se puedan valer por sí en el
+mundo, y si no les dejaré sus hermanos. Cuidaré sobre todo de esta
+última, ¡pobrecilla!, la que te cuesta la vida. Yo seré su madre y su
+padre.
+
+--¡Gracias! ¡Gracias! ¡Gracias! ¡Dios se lo pagará! ¡Es una santa!
+
+Y quiso besarle la mano, pero Gertrudis se inclinó a ella, la besó en la
+frente y le puso su mejilla a que se la besase. Y esas expresiones de
+gratitud repetíalas la hospiciana como quien recita una lección
+aprendida desde niña. Y murió como había vivido, como una res sumisa y
+paciente, más bien como un enser.
+
+Y fué esta muerte, tan natural, la que más ahondó en el ánimo de
+Gertrudis, que había asistido a otras tres ya. En ésta creyó sentir
+mejor el sentido del enigma. Ni la de su tío, ni la de su hermana, ni la
+de Ramiro horadaron tan hondo el agujero que se iba abriendo en el
+centro de su alma. Era como si esta muerte confirmara las otras tres,
+como si las iluminara a la vez.
+
+En sus solitarias cavilaciones se decía: «Los otros se murieron; ¡a esta
+la han matado...! ¡la ha matado...! ¡la hemos matado! ¿No la he matado
+yo más que nadie? ¿No la he traído yo a este trance? ¿Pero es que la
+pobre ha vivido? ¿Es que pudo vivir? ¿Es que nació acaso? Si fué
+expósita, ¿no ha sido _exposición_ su muerte? ¿No lo fué su casamiento?
+¿No la hemos echado en el torno de la eternidad para que entre al
+hospicio de la Gloria? ¿No será allí hospiciana también?» Y lo que más
+le acongojaba era el pensamiento tenaz que le perseguía de lo que
+sentiría Rosa al recibirla al lado suyo, al lado de Ramiro, y conocerla
+en el otro mundo. Su tío, el buen sacerdote que les crió, cumplió su
+misión en este mundo, protegió con su presencia la crianza de ellas; su
+hermana Rosa logró su deseo y gozó y dejó los hijos que había querido
+tener; Ramiro... ¿Ramiro? Sí, también Ramiro hizo su travesía, aunque a
+remo y de espaldas a la estrella que le marcaba rumbo, y sufrió, pero
+con noble sufrir, y pecó y purgó su pecado; pero, ¡y esta pobre que ni
+sufrió siquiera, que no pecó, sino se pecó en ella y murió huérfana!...
+«Huérfana también murió Eva...», pensaba Gertrudis. Y luego: «¡No; tuvo
+a Dios de padre! ¿Y madre? Eva no conoció madre... ¡Así se explica el
+pecado original!... ¡Eva murió huérfana de humanidad!» Y Eva le trajo el
+recuerdo del relato del _Génesis_, que había leído poco antes, y cómo el
+Señor alentó al hombre por la nariz soplo de vida, y se imaginó que se
+la quitase por manera análoga. Y luego se figuraba que a aquella pobre
+hospiciana, cuyo sentido de vida no comprendía, le quitó Dios la vida de
+un beso, posando sus infinitos labios invisibles, los que se cierran
+formando el cielo azul, sobre los labios, azulados por la muerte, de la
+pobre muchacha, y sorbiéndole el aliento así.
+
+Y ahora quedábase Gertrudis con sus cinco crías, y bregando, para la
+última, con amas.
+
+El mayor, Ramirín, era la viva imagen de su padre, en figura y en
+gestos, y su tía proponíase combatir en él desde entonces, desde
+pequeño, aquellos rasgos e inclinaciones de aquel que, observando a
+éste, había visto que más le perjudicaban. «Tengo que estar alerta--se
+decía Gertrudis--para cuando en él se despierte el hombre, el macho más
+bien, y educarle a que haga su elección con reposo y tiento.» Lo malo
+era que su salud no fuese del todo buena y su desarrollo difícil y hasta
+doliente.
+
+Y a todos había que sacarlos adelante en la vida y educarlos en el culto
+a sus padres perdidos.
+
+¿Y los pobres niños de la hospiciana? «Esos también son míos--pensaba
+Gertrudis--; tan míos como los otros, como los de mi hermana, más míos
+aún. Porque éstos son hijos de mi pecado. ¿Del mío? ¿No más bien el de
+él? ¡No, de mi pecado! ¡Son los hijos de mi pecado! ¡Sí, de mi pecado!
+¡Pobre chica!» Y le preocupaba sobre todo la pequeñita.
+
+
+
+
+XVII
+
+
+GERTRUDIS, molesta por las insinuaciones de don Juan, el médico, que
+menudeaba las visitas para los niños, y aun pretendió verla a ella como
+enferma, cuando no sabía que adoleciese de cosa alguna, le anunció un
+día hallarse dispuesta a cambiar de médico.
+
+--¿Cómo así, Gertrudis?
+
+--Pues muy claro: le observo a usted singularidades que me hacen temer
+que está entrando en la chochera de una vejez prematura, y para médico
+necesitamos un hombre con el seso bien despejado y despierto.
+
+--Muy bien; pues que ha llegado el momento, usted me permitirá que le
+hable claro.
+
+--Diga lo que quiera, don Juan, mas en la inteligencia de que es lo
+último que dirá en esta casa.
+
+--¡Quién sabe!...
+
+--Diga.
+
+--Yo soy viudo y sin hijos, como usted sabe, Gertrudis. Y adoro a los
+niños.
+
+--Pues vuélvase usted a casar.
+
+--A eso voy.
+
+--¡Ah! ¿Y busca usted consejo de mí?
+
+--Busco más que consejo.
+
+--¿Que le encuentre yo novia?
+
+--Yo soy médico, le digo, y no sólo no tuve hijos de mi mujer, que era
+viuda, y perdimos el que ella me trajo al matrimonio, ¡aún le lloro al
+pobrecillo!, sino que sé, sé positivamente, sé con toda seguridad, que
+no he de tener nunca hijos propios, que no puedo tenerlos. Aunque no por
+eso, claro está, me sienta menos hombre que otro cualquiera; ¿usted me
+entiende, Gertrudis?
+
+--Quisiera no entenderle a usted, don Juan.
+
+--Para acabar, yo creo que a estos niños, a estos sobrinos de usted y a
+los otros dos acaso...
+
+--Son tan sobrinos para mí como los otros, más bien hijos.
+
+--Bueno, pues que a estos hijos de usted, ya que por tales les tiene, no
+les vendría mal un padre, y un padre no mal acomodado y hasta
+regularmente rico.
+
+--¿Y eso es todo?
+
+--Sí, que yo creo que hasta necesitan padre.
+
+--Les basta, don Juan, con el Padre nuestro que está en los cielos.
+
+--Y como madre usted, que es la representante de la Madre Santísima, ¿no
+es eso?
+
+--Usted lo ha dicho, don Juan, y por última vez en esta casa.
+
+--¿De modo que...?
+
+--Que toda esa historia de la necesidad que siente de tener hijos y de
+su incapacidad para tenerlos, ¿le he entendido bien, don Juan?
+
+--Perfectamente, y esto último, por supuesto, quede entre los dos.
+
+--No seré yo quien le estorbe otro matrimonio. Y esa historia, digo, no
+me ha convencido de que usted busque hijos que adoptar, que eso le será
+muy fácil y casándose, sino que me busca a mí y me buscaría aunque
+estuviese sola y hubiésemos de vivir solos y sin hijos; ¿le he
+entendido, don Juan? ¿Me entiende usted?
+
+--Cierto es, Gertrudis, que si estuviese sola lo mismo me casaría con
+usted, si usted lo quisiera, ¡claro!, porque yo soy muy claro, muy
+claro, y es usted la que me atrae; pero en ese caso nos quedaba el
+adoptar hijos de cualquier modo, aunque fuese sacándolos del Hospicio.
+Pues ya he podido ver que usted, como yo, se muere por los niños y que
+los necesita y los busca y los adora.
+
+--Pero ni usted ni nadie ha visto, don Juan, que yo haya sido y sea
+incapaz de hacerlos; nadie puede decir que yo sea estéril, y no vuelva a
+poner los pies en esta casa.
+
+--¿Por qué, Gertrudis?
+
+--¡Por puerco!
+
+Y así se despidieron para siempre.
+
+Mas luego que le hubo así despachado entróle una desdeñosa lástima, un
+lastimero desdén de aquel hombre. «¿No le he tratado con demasiada
+dureza?--se decía--. El hombre me sacaba de quicio, es cierto; sus
+miradas me herían más que sus palabras, pero debí tratarle de otro modo.
+El pobrecillo parece que necesita remedio, pero no el que él busca, sino
+otro, un remedio heroico y radical.» Pero cuando supo que don Juan se
+remediaba empezó a pensar si era, en efecto, calor de hogar lo que
+buscaba, aunque bien pronto dió en otra sospecha que le sublevó aún más
+el corazón. «¡Ah--se dijo--, lo que necesita es una de casa, una que le
+cuide, que le ponga sobre la cama la ropa limpia, que haga que se le
+prepare el puchero... peor, peor que el remedio, peor aún! ¡Cuando una
+no es remedio es animal doméstico y la mayor parte de las veces ambas
+cosas a la vez! Estos hombres... ¡O porquería o poltronería! ¡Y aún
+dicen que el cristianismo redimió nuestra suerte, la de las mujeres!» Y
+al pensar esto, acordándose de su buen tío, se santiguó diciéndole:
+«¡No, no lo volveré a pensar...!»
+
+¿Pero quién enfrenaba a un pensamiento que mordía en el fruto de la
+ciencia del mal? «¡El cristianismo, al fin, y a pesar de la Magdalena,
+es religión de hombres--se decía Gertrudis--; masculinos el Padre, el
+Hijo y el Espíritu Santo...!» ¿Pero y la Madre? La religión de la Madre
+está en: «He aquí la criada del Señor; hágase en mí según tu palabra» y
+en pedir a su Hijo que provea de vino a unas bodas, de vino que embriaga
+y alegra y hace olvidar penas, y para que el Hijo le diga: «¿Qué tengo
+yo que ver contigo, mujer? Aún no ha venido mi hora.» ¿Qué tengo que
+ver contigo...? Y llamarle mujer y no madre... Y volvió a santiguarse,
+esta vez con verdadero temblor. Y es que el demonio de su guarda--así
+creía ella--le susurró: «¡Hombre al fin!»
+
+
+
+
+XVIII
+
+
+CORRIERON unos años apacibles y serenos. La orfandad daba a aquel hogar,
+en el que de nada de bienestar se carecía, una íntima luz espiritual de
+serena calma. Apenas si había que pensar en el día de mañana. Y seguían
+en él viviendo, con más dulce imperio que cuando respirando llenaban con
+sus cuerpos sus sitios, los tres que le dieron a Gertrudis masa con que
+fraguarlo, Ramiro y sus dos mujeres de carne y hueso. De continuo
+hablaba Gertrudis de ellos a sus hijos. «¡Mira que te está mirando tu
+madre!» o «¡Mira que te ve tu padre!» Eran sus dos más frecuentes
+amonestaciones. Y los retratos de los que se fueron presidían el hogar
+de los tres.
+
+Los niños, sin embargo, íbanlos olvidando. Para ellos no existían sino
+en las palabras de mamá Tula, que así la llamaban todos. Los recuerdos
+directos del mayorcito, de Ramirín, se iban perdiendo y fundiendo en los
+recuerdos de lo que de ellos oía contar a su tía. Sus padres eran ya
+para él una creación de ésta.
+
+Lo que más preocupaba a Gertrudis era evitar que entre ellos naciese la
+idea de una diferencia, de que había dos madres, de que no eran sino
+medio hermanos. Mas no podía evitarlo. Sufrió en un principio la
+tentación de decirles que las dos, Rosa y Manuela, eran, como ella
+misma, madres de todos ellos, pero vió la imposibilidad de mantener
+mucho tiempo el equívoco; y, sobre todo, el amor a la verdad, un amor en
+ella desenfrenado, le hizo rechazar tal tentación al punto.
+
+Porque su amor a la verdad confundíase en ella con su amor a la pureza.
+Repugnábanle esas historietas corrientes con que se trata de engañar la
+inocencia de los niños, como la de decirles que los traen a este mundo
+desde París, donde los compran. «¡Buena gana de gastar el dinero en
+tonto!»--había dicho un niño que tenía varios hermanos y a quien le
+dijeron que a un amiguito suyo le iban a traer pronto un hermanito sus
+padres. «Buena gana de gastar mentiras en balde»--se decía Gertrudis;
+añadiéndose: «toda mentira es cuando menos en balde».
+
+--Me han dicho que soy hijo de una criada de mi padre; que mi mamá fué
+criada de la mamá de mis hermanos.
+
+Así fué diciendo un día a casa el hijo de Manuela. Y la tía Tula, con su
+voz más seria y delante de todos, le contestó:
+
+--Aquí todos sois hermanos, todos sois hijos de un mismo padre y de una
+misma madre, que soy yo.
+
+--¿Pues no dices, mamita, que hemos tenido otra madre?
+
+--La tuvisteis, pero ahora la madre soy yo; ya lo sabéis. ¡Y que no se
+vuelva a hablar de eso!
+
+Mas no lograba evitar el que se trasparentara que sentía preferencias. Y
+eran por el mayor, el primogénito, Ramirín, al que engendró su padre
+cuando aún tuviera reciente en el corazón el cardenal del golpe que le
+produjo el haber tenido que escojer entre las dos hermanas, o mejor el
+haber tenido que aceptar de mandato de Gertrudis a Rosa, y por la
+pequeñuela, por Manolita, pálido y frágil botoncito de rosa que hacía
+temer lo hiciese ajarse un frío o un ardor tempranos.
+
+De Ramirín, del mayor, una voz muy queda, muy sumisa, pero de un susurro
+sibilante y diabólico, que Gertrudis solía oir que brotaba de un rincón
+de las entrañas de su espíritu--y al oirla se hacía, santiguándose, una
+cruz sobre la frente y otra sobre el pecho, ya que no pudiese taparse
+los oídos íntimos de aquélla y de éste--de Ramirín decíale ese tentador
+susurro que acaso cuando le engendró su padre soñaba más en ella, en
+Gertrudis, que en Rosa. Y de Manolita, de la hija de la muerte de la
+hospiciana, se decía que sin su decisión de casar segunda vez a Ramiro,
+sin aquel haberle obligado a redimir su pecado y a rescatar a la víctima
+de él, a la pobre Manuela, no viviría el pálido y frágil botoncito.
+
+¡Y lo que le costó criarla! Porque el primer hijo de Ramiro y Manuela
+fué criado por ésta, por su madre. La cual, sumisa siempre como una res,
+y ayudada a la vez por su natural instinto, no intentó siquiera
+rehusarlo a pesar de la endeblez de su carne, pero fué con el hombre,
+fué con el marido, con quien tuvo que bregar Gertrudis. Porque Ramiro,
+viendo la flaqueza de su pobre mujer, procuró buscar nodriza a su hijo.
+Y fué Gertrudis la que le obligó a casarse con aquélla, quien se plantó
+en firme en que había de ser la madre misma quien criara al hijo. «No
+hay leche como la de la madre»--repetía, y al redargüir su cuñado: «Sí,
+pero es tan débil que corren peligro ella y el niño, y éste se criará
+enclenque», replicaba implacable la soberana del hogar: «¡Pretextos y
+habladurías! Una mujer a la que se le puede alimentar, puede siempre
+criar y la naturaleza ayuda, y en cuanto al niño, te repito que la mejor
+leche es la de la madre, si no está envenenada.» Y luego, bajando la
+voz, agregaba: «Y no creo que le hayas envenenado la sangre a tu mujer.»
+Y Ramiro tenía que someterse. Y la querella terminó un día en que a
+nuevas instancias del hombre, que vió que su nueva mujer sufrió un
+vahido, para que le desahijaran el hijo, la soberana del hogar,
+cojiéndole aparte, le dijo: «¡Pero qué empeño, hombre! Cualquiera
+creería que te estorba el hijo...»
+
+--¿Cómo que me estorba el hijo...? No lo comprendo...
+
+--¿No lo comprendes? ¡Pues yo sí!
+
+--Como no te expliques...
+
+--¿Que me explique? ¿Te acuerdas de lo de aquel bárbaro de Pascualón, el
+guarda de tu cortijo de Majadalaprieta?
+
+--¿Qué? ¿Aquello que comentamos de la insensibilidad con que recibió la
+muerte de su hijo...?
+
+--Sí.
+
+--¿Y qué tiene que ver esto con aquello? Por Dios, Tula...
+
+--Que a mí aquello me llegó al fondo del alma, me hirió profundamente y
+quise averiguar la raíz del mal...
+
+--Tu manía de siempre...
+
+--Sí, ya me decía el pobre tío que yo era como Eva, empeñada en conocer
+la ciencia del bien y del mal.
+
+--¿Y averiguaste...?
+
+--Que a aquel... hombre...
+
+--¿Ibas a decir...?
+
+--Que a aquel hombre, digo, le estorbaba el niño para más cómodamente
+disponer de su mujer. ¿Lo entiendes?
+
+--¡Qué barbaridad!
+
+Pero ya Ramiro tuvo que darse por vencido y dejó que su Manuela criara
+al niño mientras Gertrudis lo dispusiese así.
+
+Y ahora se encontraba ésta con que tenía que criar a la pequeñuela, a la
+hija de la muerte, y que forzosamente había de dársela a una madre de
+alquiler, buscándole un pecho mercenario. Y esto le horrorizaba.
+Horrorizábale porque temía que cualquier nodriza, y más si era soltera,
+pudiese tener envenenada, con la sangre, la leche, y abusase de su
+posición. «Si es soltera--se decía--, ¡malo! Hay que vigilarla para que
+no vuelva al novio o acaso a otro cualquiera, y si es casada, malo
+también, y peor aún si dejó al hijo propio para criar el ajeno.» Porque
+esto era lo que sobre todo le repugnaba. Vender el jugo maternal de las
+propias entrañas para mantener mal, para dejarlos morir acaso de hambre,
+a los propios hijos, era algo que le causaba dolorosos retortijones en
+las entrañas maternales. Y así es como se vió desde un principio en
+conflicto con las amas de cría de la pobre criatura, y teniendo que
+cambiar de ellas cada cuatro días. ¡No poder criarle ella misma! Hasta
+que tuvo que acudir a la lactancia artificial.
+
+Pero el artificio se hizo en ella arte, y luego poesía, y por fin más
+profunda naturaleza que la del instinto ciego. Fué un culto, un
+sacrificio, casi un sacramento. El biberón, ese artefacto industrial,
+llegó a ser para Gertrudis el símbolo y el instrumento de un rito
+religioso. Limpiaba los botellines, cocía los pisgos cada vez que los
+había empleado, preparaba y esterilizaba la leche con el ardor recatado
+y ansioso con que una sacerdotisa cumpliría un sacrificio ritual. Cuando
+ponía el pisgo de caucho en la boquita de la pobre criatura, sentía que
+le palpitaba y se le encendía la propia mama. La pobre criatura posaba
+alguna vez su manecita en la mano de Gertrudis, que sostenía el frasco.
+
+Se acostaba con la niña, a la que daba calor con su cuerpo, y contra
+éste guardaba el frasco de la leche por si de noche se despertaba
+aquélla pidiendo alimento. Y se le antojaba que el calor de su carne,
+enfebrecida a ratos por la fiebre de la maternidad virginal, de la
+virginidad maternal, daba a aquella leche industrial una virtud de vida
+materna y hasta que pasaba a ella, por misterioso modo, algo de los
+ensueños que habían florecido en aquella cama solitaria. Y al darle de
+mamar, en aquel artilugio, por la noche, a oscuras y a solas las dos,
+poníale a la criaturita uno de sus pechos estériles, pero henchidos de
+sangre, al alcance de las manecitas para que siquiera las posase sobre
+él mientras chupaba el jugo de vida. Antojábasele que así una vaga y
+dulce ilusión animaría a la huérfana. Y era ella, Gertrudis, la que así
+soñaba. ¿Qué? Ni ella misma lo sabía bien.
+
+Alguna vez la criaturita se vomitó sobre aquella cama, limpia siempre
+hasta entonces como una patena, y de pronto sintió Gertrudis la punzada
+de la mancha. Su pasión morbosa por la pureza, de que procedía su culto
+místico a la limpieza, sufrió entonces, y tuvo que esforzarse para
+dominarse. Comprendía, sí, que no cabe vivir sin mancharse y que aquella
+mancha era inocentísima, pero los cimientos de su espíritu se conmovían
+dolorosamente con ello. Y luego le apretaba a la criaturita contra sus
+pechos pidiéndole perdón en silencio por aquella tentación de su
+pureza.
+
+
+
+
+XIX
+
+
+FUERA de este cuidado maternal por la pobre criaturita de la muerte de
+Manuela, cuidado que celaba una expiación y un culto místicos, y sin
+desatender a los otros y esforzándose por no mostrar preferencias a
+favor de los de su sangre, Gertrudis se preocupaba muy en especial de
+Ramirín y seguía su educación paso a paso, vigilando todo lo que en él
+pudiese recordar rasgos de su padre, a quien físicamente se parecía
+mucho. «Así sería a su edad»--pensaba la tía y hasta buscó y llegó a
+encontrar entre los papeles de su cuñado retratos de cuando éste era un
+chicuelo y los miraba y remiraba para descubrir en ellos al hijo. Porque
+quería hacer de éste lo que de aquél habría hecho a haberle conocido y
+podido tomar bajo su amparo y crianza cuando fué un mozuelo a quien se
+le abrían los caminos de la vida. «Que no se equivoque como él--se
+decía--, que aprenda a detenerse para elegir, que no encadene la
+voluntad antes de haberla asentado en su raíz viva, en el amor perfecto
+y bien alumbrado, a la luz que le sea propia.» Porque ella creía que no
+era al suelo, sino al cielo, a lo que había que mirar antes de plantar
+un retoño; no al mantillo de la tierra, sino a las razas de lumbre que
+del sol le llegaran, y que crece mejor el arbolito que prende sobre una
+roca al solano dulce del mediodía que no el que sobre un mantillo
+vicioso y graso se alza a la umbría. La luz era la pureza.
+
+Fué con Ramirín aprendiendo todo lo que él tenía que aprender, pues le
+tomaba a diario las lecciones. Y así satisfacía aquella ansia por saber
+que desde niña le había aquejado y que hizo que su tío le comparase
+alguna vez con Eva. Y de entre las cosas que aprendió con su sobrino y
+para enseñárselas, pocas le interesaron más que la geometría. ¡Nunca lo
+hubiese ella creído! Y es que en aquellas demostraciones de la
+geometría, ciencia árida y fría al sentir de los más, encontraba
+Gertrudis un no sabía qué de luminosidad y de pureza. Años después, ya
+mayor Ramirín, y cuando el polvo que fué la carne de su tía reposaba
+bajo tierra, sin luz de sol, recordaba el entusiasmo con que un día de
+radiante primavera le explicaba cómo no puede haber más que cinco y sólo
+cinco poliedros regulares; tres formados de triángulos: el tetraedro, de
+cuatro; el octaedro, de ocho, y el icosaedro, de veinte; uno de
+cuadrados: el cubo, de seis, y uno de pentágonos: el dodecaedro, de
+doce. «¿Pero no ves qué claro?», me decía--contaba el sobrino--; «¿no lo
+ves?, sólo cinco y no más que cinco, ni uno menos, ni uno más, ¡qué
+bonito! ¡Y no puede ser de otro modo, tiene que ser así!», y al decirlo
+me mostraba los cinco modelos en cartulina blanca, blanquísima, que ella
+misma había construído, con sus santas manos, que eran prodigiosas para
+toda labor, y parecía como si acabase de descubrir por sí misma la ley
+de los cinco poliedros regulares... ¡pobre tía Tula! Y recuerdo que como
+a uno de aquellos modelos geométricos le cayera una mancha de grasa,
+hizo otro porque decía que con la mancha no se veía bien la
+demostración. Para ella la geometría era luz y pureza.
+
+En cambio huyó de enseñarle anatomía y fisiología. «Esas son
+porquerías--decía--y en que nada se sabe de cierto ni de claro.»
+
+Y lo que sobre todo acechaba era el alborear de la pubertad en su
+sobrino. Quería guiarle en sus primeros descubrimientos sentimentales y
+que fuese su amor primero el último y el único. «¿Pero es que hay un
+primer amor?», se preguntaba a sí misma sin acertar a responderse.
+
+Lo que más temía era las soledades de su sobrino. La soledad, no siendo
+a toda luz, la temía. Para ella no había más soledad santa que la del
+sol y la de la Virgen de la Soledad cuando se quedó sin su Hijo, el Sol
+del Espíritu. «Que no se encierre en su cuarto--pensaba--, que no esté
+nunca, a poder ser, solo; hay soledad que es la peor compañía; que no
+lea mucho sobre todo, que no lea mucho; y que no se esté mirando
+grabados.» No temía tanto para su sobrino a lo vivo cuanto a lo muerto,
+a lo pintado. «La muerte viene por lo muerto»--pensaba.
+
+Confesábase Gertrudis con el confesor de Ramirín, y era para, dirigiendo
+al director del muchacho en la dirección de éste, ser ella la que de
+veras le dirigiese. Y por eso en sus confesiones hablaba más que de sí
+misma de su hijo mayor, como le llamaba. «Pero es, señora, que usted
+viene aquí a confesar sus pecados y no los de otros»--le tuvo que decir
+alguna vez el padre Alvarez, a lo que ella contestó: «Y si ese chico es
+mi pecado...»
+
+Cuando una vez creyó observar en el muchacho inclinaciones ascéticas,
+acaso místicas, acudió alarmada al padre Alvarez.
+
+--¡Eso no puede ser, padre!
+
+--Y si Dios le llamase por ese camino...
+
+--No, no le llama por ahí; lo sé, lo sé mejor que usted y desde luego
+mejor que él mismo; eso es... la sensualidad que se le despierta...
+
+--Pero, señora...
+
+--Sí, anda triste, y la tristeza no es señal de vocación religiosa. ¡Y
+remordimiento no puede ser! ¿De qué...?
+
+--Los juicios de Dios, señora...
+
+--Los juicios de Dios son claros. Y esto es oscuro. Quítele eso de la
+cabeza. ¡El ha nacido para padre y yo para abuela!
+
+--¡Ya salió aquello!
+
+--¡Sí, ya salió aquello!
+
+--¡Y cómo le pesa a usted eso! Líbrese de ese peso... Me ha dicho cien
+veces que había ahogado ese mal pensamiento...
+
+--¡No puedo, padre, no puedo! Que ellos, que mis hijos--porque son mis
+hijos, mis verdaderos hijos--que ellos no lo sepan, que no lo sepan,
+padre, que no lo adivinen...
+
+--Cálmese, señora, por Dios, cálmese... y deseche esas aprensiones...
+esas tentaciones del Demonio, se lo he dicho cien veces... Sea la que
+es... la tía Tula que todos conocemos y veneramos y admiramos...; sí,
+admiramos...
+
+--¡No, padre, no! ¡Usted lo sabe! Por dentro soy otra...
+
+--Pero hay que ocultarlo...
+
+--Sí, hay que ocultarlo, sí; pero hay días en que siento ganas de reunir
+a sus hijos, a mis hijos...
+
+--¡Sí, suyos, de usted!
+
+--¡Sí, yo madre, como usted... padre!
+
+--Deje eso, señora, deje eso...
+
+--Sí, reunirles y decirles que toda mi vida ha sido una mentira, una
+equivocación, un fracaso...
+
+--Usted se calumnia, señora. Esa no es usted, usted es la otra... la que
+todos conocemos... la tía Tula...
+
+--Yo le hice desgraciado, padre; yo le hice caer dos veces: una con mi
+hermana, otra vez con otra...
+
+--¿Caer?
+
+--¡Caer, sí! ¡Y fué por soberbia!
+
+--No, fué por amor, por verdadero amor...
+
+--Por amor propio, padre--y estalló a llorar.
+
+
+
+
+XX
+
+
+LOGRÓ sacar a su sobrino de aquellas veleidades ascéticas y se puso a
+vigilarle, a espiar la aparición del primer amor. «Fíjate bien, hijo--le
+decía--y no te precipites, que una vez que hayas comprometido a una no
+debes dejarla...»
+
+--Pero, mamá, si no se trata de compromisos... Primero hay que probar...
+
+--No, nada de pruebas; nada de esos noviazgos; nada de eso de «hablo con
+Fulana». Todo seriamente...
+
+En rigor la tía Tula había ya hecho, por su parte, su elección y se
+proponía ir llevando dulcemente a su Ramirín a aquella que le había
+escojido, a Caridad.
+
+--Parece que te fijas en Carita--le dijo un día.
+
+-¡Psé!
+
+--Y ella en ti, si no me equivoco.
+
+--Y tú en los dos, a lo que parece...
+
+--¿Yo? Eso es cosa vuestra, hijo mío, cosa vuestra...
+
+Pero les fué llevando el uno al otro, y consiguió su propósito. Y luego
+se propuso casarlos cuanto antes. «Y que venga acá--decía--y viviremos
+todos juntos, que hay sitio para todos... ¡Una hija más!»
+
+Y cuando hubo llevado a Carita a su casa, como mujer de su sobrino, era
+con ésta con la que tenía sus confidencias. Y era de quien trataba de
+sonsacar lo íntimo de su sobrino.
+
+Le obligó, ya desde un principio, a que le tutease y le llamase madre. Y
+le recomendaba que cuidase sobre todo de la pequeñita, de la mansa,
+tranquila y medrosica Manolita.
+
+--Mira, Caridad--le decía--, cuida sobre todo de esa pobrecita, que es
+lo más inocente y lo más quebradizo que hay y buena como el pan... Es mi
+obra...
+
+--Pero si la pobrecita apenas levanta la voz... si ni se le siente andar
+por la casa... Parece como que tuviera vergüenza hasta de presentarse...
+
+--Sí, sí, es así... Harto he hecho por infundirle valor, pero en no
+estando arrimada a mí, cosida a mi falda, la pobrecita se encuentra como
+perdida. ¡Claro, como criada con biberón!
+
+--El caso es que es laboriosa, obediente, servicial, pero ¡habla tan
+poco...! ¡Y luego no se la oye reir nunca...!
+
+--Sólo alguna vez cuando está a solas conmigo, porque entonces es otra
+cosa, es otra Manolita... entonces resucita... Y trato de animarla, de
+consolarla, y me dice: «No te canses, mamita, que yo soy así... y
+además, no estoy triste...»
+
+--Pues lo parece...
+
+--Lo parece, sí, pero he llegado a creer que no lo está. Porque yo, yo
+misma, ¿qué te parezco, Carita, triste o alegre?
+
+--Usted, tía...
+
+--¿Qué es eso de usted y de tía?
+
+--Bueno, tú, mamá, tú... pues no sé si eres triste o alegre, pero a mí
+me pareces alegre...
+
+--¿Te parezco así? ¡Pues basta!
+
+--Por lo menos a mí me alegras...
+
+--Y es a lo que nos manda Dios a este mundo, a alegrar a los demás.
+
+--Pero para alegrar a los demás hay que estar alegre una...
+
+--O no...
+
+--¿Cómo no?
+
+--Nada alegra más que un rayo de sol, sobre todo si da sobre la verdura
+del follaje de un árbol, y el rayo de sol no está ni alegre ni triste, y
+quién sabe... acaso su propio fuego le consume... El rayo de sol alegra
+porque está limpio; todo lo limpio alegra... Y esa pobre Manolita debe
+alegrarte, porque a limpia...
+
+--¡Sí, eso sí! Y luego esos ojos que tiene, que parecen...
+
+--Parecen dos estanques quietos entre verdura... Los he estado mirando
+muchas veces y desde cerca. Y no sé de dónde ha sacado esos ojos... No
+son de su madre, que tenía ojos de tísica, turbios de fiebre... ni son
+los de su padre, que eran...
+
+--¿Sabes de quién parecen esos ojos?
+
+--¿De quién?--y Gertrudis temblaba al preguntarlo.
+
+--¡Pues son tus ojos...!
+
+--Puede ser... puede ser... No me los he mirado nunca de cerca ni puedo
+vérmelos desde dentro, pero puede ser... puede ser... Al menos le he
+enseñado a mirar...
+
+
+
+
+XXI
+
+
+¿QUÉ le pasaba a la pobre Gertrudis que se sentía derretir por dentro?
+Sin duda había cumplido su misión en el mundo. Dejaba a su sobrino
+mayor, a su Ramiro, a su otro Ramiro, a cubierto de la peor tormenta,
+embarcado en su barca de por vida, y a los otros hijos al amparo de él;
+dejaba un hogar encendido y quien cuidase de su fuego. Y se sentía
+deshacer. Sufría frecuentes embaimientos, desmayos, y durante días
+enteros lo veía todo como en niebla, como si fuese bruma y humo todo. Y
+soñaba; soñaba como nunca había soñado. Soñaba lo que habría sido si
+Ramiro hubiese dejado por ella a Rosa. Y acababa diciéndose que no
+habrían sido de otro modo las cosas. Pero ella había pasado por el mundo
+fuera del mundo. El padre Alvarez creía que la pobre Gertrudis
+chocheaba antes de tiempo, que su robusta inteligencia flaqueaba y que
+flaqueaba al peso mismo de su robustez. Y tenía que defenderle de
+aquellas sus viejas tentaciones.
+
+Cuando un día se le acercó Caridad y, al oído, le dijo: «¡Madre...!», al
+notarle el rubor que le encendía el rostro, exclamó: «¿Qué? ¿Ya?» «¡Sí,
+ya!»--susurró la muchacha. «¿Estás segura?» «¡Segura; si no, no te lo
+habría dicho!» Y Gertrudis, en medio de su goce, sintió como si una
+espada de hielo le atravesase por medio el corazón. Ya no tenía qué
+hacer en el mundo más que esperar al nieto, al nieto de los suyos, de su
+Ramiro y su Rosa, a su nieto, e ir luego a darles la buena nueva. Ya
+apenas se cuidaba más que de Caridad, que era quien para ella llenaba la
+casa. Hasta de Manolita, de su obra, se iba descuidando, y la pobre niña
+lo sentía; sentía que el esperado iba relegándole en la sombra.
+
+--Ven acá--le decía Gertrudis a Caridad, cuando alguna vez se
+encontraban a solas, ocasión que acechaba--, ven acá, siéntate aquí, a
+mi lado... ¿Qué, le sientes, hija mía, le sientes?
+
+--Algunas veces...
+
+--¿No llama? ¿No tiene prisa por salir a luz, a la luz del sol? Porque
+ahí dentro, a oscuras... aunque esté ello tan tibio, tan sosegado... ¿No
+da empujoncitos? Si tarda no me va a ver... no le voy a ver... Es decir:
+¡si tarda, no!, si me apresuro yo...
+
+--Pero, madre, no diga esas cosas...
+
+--¡_No digas_, hija! Pero me siento derretir... ya no soy para nada...
+Veo todo como empañado... como en sueños... Si no lo supiera no podría
+ahora decir si tu pelo es rubio o moreno...
+
+Y le acariciaba lentamente la espléndida cabellera rubia. Y como si
+viese con los dedos, añadía: «Rubia, rubia como el sol...»
+
+--Si es chico, ya lo sabes, Ramiro, y si es chica... Rosa...
+
+--No, madre, sino Gertrudis... Tula, mamá Tula.
+
+--¡Tula... bueno...! Y mejor si fuese una pareja, mellizos, pero chico y
+chica...
+
+--¡Por Dios, madre!
+
+--¿Qué? ¿Crees que no podrías con eso? ¿Te parece demasiado trabajo?
+
+--Yo... no sé... no sé nada de eso, madre; pero...
+
+--Sí, eso es lo perfecto, una parejita de gemelos... un chico y una
+chica que han estado abrazaditos cuando no sabían nada del mundo, cuando
+no sabían ni que existían; que han estado abrazaditos al calorcito del
+vientre materno... Algo así debe de ser el cielo...
+
+--¡Qué cosas se te ocurren, mamá Tula!
+
+--No ves que me he pasado la vida soñando...
+
+Y en esto, mientras soñaba así y como para guardar en su pecho este
+último ensueño y llevarlo como viático al seno de la madre tierra, la
+pobre Manolita cayó gravemente enferma. «¡Ah!, yo tengo la culpa--se
+dijo Gertrudis--, yo que con esto de la parejita de mi ensueño me he
+descuidado de esa pobre avecilla... Sin duda en un momento en que
+necesitaba de mi arrimo ha debido de cojer algún frío...» Y sintió que
+le volvían las fuerzas, unas fuerzas como de milagro. Se le despejó la
+cabeza, y se dispuso a cuidar a la enferma.
+
+--Pero, madre--le decía Caridad--, déjeme que le cuide yo, que le
+cuidemos nosotras... entre yo, Rosita y Elvira le cuidaremos.
+
+--No; tú no puedes cuidarla como es debido, no debes cuidarla... Tú te
+debes al que llevas, a lo que llevas, y no es cosa de que por atender a
+ésta malogres lo otro... y en cuanto a Rosita y Elvira, sí, son sus
+hermanas, la quieren como tales, pero no entienden de eso, y además la
+pobre, aunque se aviene a todo, no se halla sin mí... Un simple vaso de
+agua que yo le sirva le hace más provecho que todo lo que los demás le
+podáis hacer. Yo sola sé arreglarle la almohada de modo que no le duela
+en ella la cabeza y que no tenga luego pesadillas...
+
+--Sí, es verdad...
+
+--¡Claro, yo la crié...! Y yo debo cuidarle.
+
+Resucitó. Volvióle todo el luminoso y fuerte aplomo de sus días más
+heroicos. Ya no le temblaba el pulso ni le vacilaban las piernas. Y
+cuando teniendo el vaso con la pócima medicinal que a las veces tenía
+que darle, la pobre enferma le posaba las manos febriles en sus manos
+firmes y finas, pasaba sobre su enlace como el resplandor de un dulce
+recuerdo, casi borrado para la encamada. Y luego se sentaba la tía Tula
+junto a la cama de la enferma y se estaba allí, y ésta no hacía sino
+mirarle en silencio.
+
+--¿Me moriré, mamita?--preguntaba la niña.
+
+--¿Morirte? ¡No, pobrecita alondra, no! Tú tienes que vivir...
+
+--Mientras tú vivas...
+
+--Y después... y después...
+
+--Después... no... ¿para qué...?
+
+--Pero las muchachas deben vivir...
+
+--¿Para qué...?
+
+--Pues... para vivir... para casarse... para criar familia...
+
+--Pues tú no te casaste, mamita...
+
+--No, yo no me casé; pero como si me hubiese casado... Y tú tienes que
+vivir para cuidar de tu hermano...
+
+--Es verdad... de mi hermano... de mis hermanos...
+
+--Sí, de todos ellos...
+
+--Pero si dicen, mamita, que yo no sirvo para nada...
+
+--¿Y quién dice eso, hija mía?
+
+--No, no lo dicen... no lo dicen... pero lo piensan...
+
+--¿Y cómo sabes tú que lo piensan?
+
+--¡Pues... porque lo sé! Y además, porque es verdad... porque yo no
+sirvo para nada, y después de que tú te me mueras yo nada tengo que
+hacer aquí... Si tú te murieras me moriría de frío...
+
+--Vamos, vamos, arrópate bien y no digas esas cosas... Y voy a
+arreglarte esa medicina...
+
+Y fué a ocultar sus lágrimas y a echarse a los pies de su imagen de la
+Virgen de la Soledad y a suplicarla: «¡Mi vida por la suya, Madre, mi
+vida por la suya! Siente que yo me voy, que me llaman mis muertos, y
+quiere irse conmigo; quiere arrimarse a mí, arropada por la tierra, allí
+abajo, donde no llega la luz, y que yo le preste no sé qué calor... ¡Mi
+vida por la suya, Madre, mi vida por la suya! Que no caiga tan pronto
+esa cortina de tierra de las tinieblas sobre esos ojos en que la luz no
+se quiebra, sobre esos ojos que dicen que son los míos, sobre esos ojos
+sin mancha que le di yo... sí, yo... Que no se muera... que no se
+muera... Sálvala, Madre, aunque tenga yo que irme sin ver al que ha de
+venir...»
+
+Y se cumplió su ruego.
+
+La pobre niña enferma fué recobrando vida; volvieron los colores de rosa
+a sus mejillas; volvió a mirar la luz del sol dando en el verdor de los
+árboles del jardincito de la casa, pero la tía Tula cayó con una
+broncopneumonía cojida durante la convalecencia de Manolita. Y entonces
+fué ésta la que sintió que brotaba en sus entrañas un manadero de salud,
+pues tenía que cuidar a la que le había dado vida.
+
+Toda la casa vió con asombro la revelación de aquella niña.
+
+--Di a Manolita--decía Gertrudis a Caridad--que no se afane tanto, que
+aún estará débil... Tú tampoco, por supuesto; tú te debes a los tuyos,
+ya lo sabes... Con Rosita y Elvira basta... Además, como todo ha de ser
+inútil... Porque yo ya he cumplido...
+
+--Pero, madre...
+
+--Nada, lo dicho, y que esa palomita de Dios no se malgaste...
+
+--Pero si se ha puesto tan fuerte... Jamás hubiese creído...
+
+--Y ella que se quería morir y creía morirse... Y yo también lo temí...
+¡Porque la pobre me parecía tan débil...! Claro, no conoció a su padre
+que estaba ya herido de muerte cuando la engendró... y en cuanto a su
+pobre madre, yo creo que siempre vivió medio muerta... ¡Pero esa chica
+ha resucitado!
+
+--¡Sí, al verte en peligro ha resucitado!
+
+--¡Claro, es mi hija!
+
+--¿Más?
+
+--¡Sí, más! Te lo quiero declarar ahora que estoy en el zaguán de la
+eternidad; si, más. ¡Ella y tú!
+
+--¿Ella y yo?
+
+--¡Sí, ella y tú! Y porque no tenéis mi sangre. Ella y tú. Ella tiene la
+sangre de Ramiro, no la mía, pero la he hecho yo, ¡es obra mía! Y a ti
+yo te casé con mi hijo.
+
+--Lo sé...
+
+--Sí, como le casé a su padre con su madre, con mi hermana, y luego le
+volví a casar con la madre de Manolita...
+
+--Lo sé... lo sé...
+
+--Sé que lo sabes, pero no todo...
+
+--No, todo no...
+
+--Ni yo tampoco... O al menos no quiero saberlo. Quiero irme de este
+mundo sin saber muchas cosas... Porque hay cosas que el saberlas
+mancha... Eso es el pecado original, y la Santísima Virgen Madre nació
+sin mancha de pecado original...
+
+--Pues yo he oído decir que lo sabía todo...
+
+--No, no lo sabía todo; no conocía la ciencia del mal... que es
+ciencia...
+
+--Bueno, no hables tanto, madre, que te perjudica...
+
+--Más me perjudica cavilar, y si me callo cavilo... cavilo...
+
+
+
+
+XXII
+
+
+LA tía Tula no podía ya más con su cuerpo. El alma le revoloteaba dentro
+de él, como un pájaro en una jaula que se desvencija, a la que deja con
+el dolor de quien le desollaran, pero ansiando volar por encima de las
+nubes. No llegaría a ver al nieto. ¿Lo sentía? «Allá arriba, estando con
+ellos--soñaba--sabré cómo es, y si es niño o niña... o los dos... y lo
+sabré mejor que aquí, pues desde allí arriba se ve mejor y más limpio lo
+de aquí abajo.»
+
+La última fiebre teníala postrada en cama. Apenas si distinguía a sus
+sobrinos más que por el paso, sobre todo a Caridad y a Manolita. El paso
+de aquélla, de Caridad, llegábale como el de una criatura cargada de
+fruto y hasta le parecía oler a sazón de madurez. Y el de Manolita era
+tan leve como el de un pajarito que no se sabe si corre o vuela a ras de
+tierra. «Cuando ella entra--se decía la tía--siento rumor de alas caídas
+y quietas.»
+
+Quiso despedirse primero de ésta, a solas, y aprovechó un momento en que
+vino a traerle la medicina. Sacó el brazo de la cama, lo alargó como
+para bendecirla, y poniéndole la mano sobre la cabeza, que ella inclinó
+con los claros ojos empañados, le dijo:
+
+--¿Qué, palomita sin hiel, quieres todavía morirte...? ¡La verdad!
+
+--Si con ello consiguiera...
+
+--Que yo no me muera, ¿eh? No, no debes querer morirte... tienes a tu
+hermano, a tus hermanos... Estuviste cerca de ello, pero me parece que
+la prueba te curó de esas cosas... ¿No es así? Dímelo como en confesión,
+que voy a contárselo a los nuestros...
+
+--Sí, ya no se me ocurren aquellas tonterías...
+
+--¿Tonterías? No, no eran tonterías. ¡Ah!, y ahora que dices eso de
+tonterías, tráeme tu muñeca, porque la guardas, ¿no es así? Si, sé que
+la guardas... Tráeme aquella muñeca, ¿sabes? Quiero despedirme de ella
+también y que se despida de mí... ¿Te acuerdas? Vamos, ¿a que no te
+acuerdas?
+
+--Sí, madre, me acuerdo.
+
+--¿De qué te acuerdas?
+
+--De cuando se me cayó en aquel patín de la huerta y Elvira me llamaba
+tonta porque lloraba tanto y me decía que de nada sirve llorar...
+
+--Eso... eso... ¿y qué más? ¿Te acuerdas de más?
+
+--Sí, del cuento que nos contaste entonces...
+
+--¿A ver, qué cuento?
+
+--De la niña que se le cayó la muñeca en un pozo seco adonde no podía
+bajar a sacarla y se puso a llorar, a llorar, a llorar, y lloró tanto
+que se llenó el pozo con sus lágrimas y salió flotando en ellas la
+muñeca...
+
+--¿Y qué dijo Elvirita a eso? ¿Qué dijo? Que no me acuerdo...
+
+--Sí, sí se acuerda, madre...
+
+--Bueno, ¿pues qué dijo?
+
+--Dijo que la niña se quedaría seca y muerta de haber llorado tanto...
+
+--¿Y yo qué dije?
+
+--Por Dios, madre...
+
+--Bueno, no lo digas, pero no llores así, palomita, no llores así...
+que por mucho que llores no se llenará con tus lágrimas el pozo en que
+voy cayendo y no saldré flotando...
+
+--Si pudiera ser...
+
+--¡Ah, sí! Si pudiera ser yo saldría a cojerte y llevarte conmigo...
+Pero hay que esperar la hora. Y cuida de tus hermanos. Te los entrego a
+ti, ¿sabes? a ti. Haz que no se den cuenta de que me he muerto.
+
+--Haré todo lo que pueda...
+
+--Y yo te ayudaré desde arriba.
+
+--Que no se enteren de que me he muerto...
+
+--Te rezaré, madre...
+
+--A la Virgen, hija, a la Virgen...
+
+--Te rezaré, madre, todas las noches antes de acostarme...
+
+--Bueno, no llores así...
+
+--Pero si no lloro, ¿no ves que no lloro?
+
+--Para lavar los ojos cuando han visto cosas feas no está mal, pero tú
+no has visto cosas feas, no puedes verlas...
+
+--Y si es caso, cerrando los ojos...
+
+--No, no, así se ven cosas más feas. Y pide por tu padre, por tu madre,
+por mí... No olvides a tu madre...
+
+--Si no la olvido...
+
+--Como no la conociste...
+
+--¡Sí, la conozco!
+
+--Pero a la otra, digo, a la que te trajo al mundo.
+
+--¡Sí, gracias a ti la conozco; a aquélla!
+
+--¡Pobrecilla! Ella no había conocido a la suya...
+
+--¡Su madre fuiste tú, lo sé bien!
+
+--Bueno, pero no llores...
+
+--¡Si no lloro!--y se enjugaba los ojos con el dorso de la mano
+izquierda mientras con la otra temblorosa, sostenía el vaso de la
+medicina.
+
+--Bueno, y ahora trae a la muñeca, que quiero verla. ¡Ah! ¡Y allí en un
+rincón de aquella arquita mía que tú sabes... ahí está la llave... sí,
+ésa, ésa!... Allí donde nadie ha tocado más que yo, y tú alguna vez;
+allí, junto a aquellos retratos, ¿sabes?, hay otra muñeca... la mía...
+la que yo tenía siendo niña... mi primer cariño... ¿el primero?...
+¡bueno! Tráemela también... Pero que no se entere ninguna de ésas, no
+digan que son tonterías nuestras, porque las tontas somos nosotras...
+Tráeme las dos muñecas, que me despida de ellas, y luego nos pondremos
+serias para despedirnos de los otros... Vete, que me viene un mal
+pensamiento--y se santiguó.
+
+El mal pensamiento era que el susurro diabólico allá, en el fondo de las
+entrañas doloridas con el dolor de la partida, le decía: «¡muñecos
+todos!»
+
+
+
+
+XXIII
+
+
+LUEGO llamó a todos, y Caridad entre ellos.
+
+--Esto es, hijos míos, la última fiebre, el principio del fuego del
+Purgatorio...
+
+--Pero qué cosas dices, mamá...
+
+--Sí; el fuego del Purgatorio, porque en el Infierno no hay fuego... el
+Infierno es de hielo y nada más que de hielo. Se me está quemando la
+carne... Y lo que siento es irme sin ver, sin conocer, al que ha de
+llegar... o a la que ha de llegar... o a los que han de llegar...
+
+--Vamos, mamá...
+
+--Bueno, tú, Cari, cállate y no nos vengas ahora con vergüenza... Porque
+yo querría contarles todo a los que me llaman... Vamos, no lloréis
+así... Allí están... los tres...
+
+--Pero no digas esas cosas...
+
+--Ah, ¿queréis que os diga cosas de reir? Las tonterías ya nos las hemos
+dicho Manolita y yo, las dos tontas de la casa, y ahora hay que hacer
+esto como se hace en los libros...
+
+--Bueno, ¡no hables tanto! El médico ha dicho que no se te deje hablar
+mucho.
+
+--¿Ya estás ahí tú, Ramiro? ¡El hombre! ¿El médico dices? ¿Y qué sabe el
+médico? No le hagáis caso... Y además es mejor vivir una hora hablando
+que dos días más en silencio. Ahora es cuando hay que hablar. Además,
+así me distraigo y no pienso en mis cosas...
+
+--Pues ya sabes que el padre Alvarez te ha dicho que pienses ahora en
+tus cosas...
+
+--Ah, ¿ya estás ahí tú, Elvira, la juiciosa? ¿Conque el padre Alvarez,
+eh?... el del remedio... ¿Y qué sabe el padre Alvarez? ¡Otro médico!
+¡Otro hombre! Además, yo no tengo cosas mías en que pensar... yo no
+tengo mis cosas... Mis cosas son las vuestras... y las de ellos... las
+de los que me llaman... Yo no estoy ni viva ni muerta... no he estado
+nunca ni viva ni muerta... ¿Qué? ¿Qué dices tú ahí, Enriquín? Que estoy
+delirando...
+
+--No, no digo eso...
+
+--Sí, has dicho eso, te lo he oído bien... se lo has dicho al oído a
+Rosita... No ves que siento hasta el roce en el aire de las alas quietas
+de Manolita. Pues si deliro... ¿qué?
+
+--Que debes descansar...
+
+--Descansar... descansar... ¡tiempo me queda para descansar!
+
+--Pero no te destapes así...
+
+--Si es que me abraso... Y ya sabes, Caridad, Tula, Tula como yo... y
+él, el otro, Ramiro... Sí, son dos, él y ella, que estarán ahora
+abrazaditos... al calorcito...
+
+Callaron todos un momento. Y al oir la moribunda sollozos entrecortados
+y contenidos, añadió:
+
+--Bueno, ¡hay que tener ánimo! Pensad bien, bien, muy bien, lo que
+hayáis de hacer, pensadlo muy bien... que nunca tengáis que arrepentiros
+de haber hecho algo y menos de no haberlo hecho... Y si veis que el que
+queréis se ha caído en una laguna de fango y aunque sea en un pozo
+negro, en un albañal, echaos a salvarle, aun a riesgo de ahogaros,
+echaos a salvarle... que no se ahogue él allí... o ahogaros juntos... en
+el albañal... servidle de remedio... sí, de remedio... ¿que morís entre
+légamo y porquería? no importa... Y no podréis ir a salvar al compañero
+volando sobre el ras del albañal porque no tenemos alas... no, no
+tenemos alas... o son alas de gallina, de no volar... y hasta las alas
+se mancharían con el fango que salpica el que se ahoga en él... No, no
+tenemos alas... a lo más de gallina... no somos ángeles... lo seremos en
+la otra vida... donde no hay fango... ni sangre! Fango hay en el
+Purgatorio, fango ardiente, que quema y limpia... fango que limpia,
+sí... En el Purgatorio les queman a los que no quisieron lavarse con
+fango... sí, con fango... Les queman con estiércol ardiente... les lavan
+con porquería... Es lo último que os digo, no tengáis miedo a la
+podredumbre... Rogad por mí, y que la Virgen me perdone.
+
+Le dió un desmayo. Al volver de él no coordinaba los pensamientos. Entró
+luego en una agonía dulce. Y se apagó como se apaga una tarde de otoño
+cuando las últimas razas del sol, filtradas por nubes sangrientas, se
+derriten en las aguas serenas de un remanso del río en que se reflejan
+los álamos--sanguíneo su follaje también--que velan a sus orillas.
+
+
+
+
+XXIV
+
+
+¿MURIÓ la tía Tula? No, sino que empezó a vivir en la familia, e
+irradiando de ella, con una nueva vida más entrañada y más vivífica, con
+la vida eterna de la familiaridad inmortal. Ahora era ya para sus hijos,
+sus sobrinos, la Tía, no más que la Tía, ni _madre_ ya ni _mamá_, ni aun
+tía Tula, sino sólo la Tía. Fué este nombre de invocación, de verdadera
+invocación religiosa, como el canonizamiento doméstico de una santidad
+de hogar. La misma Manolita, su más hija y la más heredera de su
+espíritu, la depositaria de su tradición, no le llamaba sino la Tía.
+
+Mantenía la unidad y la unión de la familia, y si al morir ella
+afloraron a vista de todos, haciéndose patentes, divisiones intestinas
+antes ocultas, alianzas defensivas y ofensivas entre los hermanos, fué
+porque esas divisiones brotaban de la vida misma familiar que ella creó.
+Su espíritu provocó tales disensiones y bajo de ellas y sobre ellas la
+unidad fundamental y culminante de la familia. La tía Tula era el
+cimiento y la techumbre de aquel hogar.
+
+Formáronse en éste dos grupos: de un lado, Rosita, la hija mayor de
+Rosa, aliada con Caridad, con su cuñada y no con su hermano, no con
+Ramiro; de otro, Elvira, la segunda hija de Rosa, con Enrique, su
+hermanastro, el hijo de la hospiciana, y quedaban fuera Ramiro y
+Manolita. Ramiro vivía, o más bien se dejaba vivir, atento a su hijo y
+al porvenir que podía depararle otros y a sus negocios civiles, y
+Manolita, atenta a mantener el culto de la Tía y la tradición del hogar.
+
+Manolita se preparaba a ser el posible lazo entre cuatro probables
+familias venideras. Desde la muerte de la Tía habíase revelado. Guardaba
+todo su saber, todo su espíritu; las mismas frases recortadas y
+aceradas, a las veces repetición de las que oyó a la otra, la misma
+doctrina, el mismo estilo y hasta el mismo gesto. «¡Otra
+tía!»--exclamaban sus hermanos, y no siempre llevándoselo a bien. Ella
+guardaba el archivo y el tesoro de la otra; ella tenía la llave de los
+cajoncitos secretos de la que se fué en carne y sangre; ella guardaba,
+con su muñeca de cuando niña, la muñeca de la niñez de la Tía, y algunas
+cartas, y el devocionario y el breviario de don Primitivo; ella era en
+la familia quien sabía los dichos y hechos de los antepasados dentro de
+memoria: de don Primitivo, que nada era de su sangre; de la madre del
+primer Ramiro; de Rosa; de su propia madre Manuela, la hospiciana--de
+ésta no dichos ni hechos, sino silencios y pasiones--, ella era la
+historia doméstica; por ella se continuaba la eternidad espiritual de la
+familia. Ella heredó el alma de ésta, espiritualizada en la Tía.
+
+¿Herencia? Se trasmite por herencia en una colmena el espíritu de las
+abejas, la tradición abejil, el arte de la melificación y de la fábrica
+del panal, la _abejidad_, y no se trasmite, sin embargo, por carne y por
+jugos de ella. La carnalidad se perpetúa por zánganos y por reinas, y ni
+los zánganos ni las reinas trabajaron nunca, no supieron ni fabricar
+panales, ni hacer miel, ni cuidar larvas, y no sabiéndolo, no pudieron
+trasmitir ese saber, con su carne y sus jugos, a sus crías. La tradición
+del arte de las abejas, de la fábrica del panal y el laboreo de la miel
+y la cera, es, pues, colateral y no de trasmisión de carne, sino de
+espíritu, y débese a las tías, a las abejas que ni fecundan huevecillos
+ni los ponen. Y todo esto lo sabía Manolita, a quien se lo había
+enseñado la Tía, que desde muy joven paró su atención en la vida de las
+abejas y la estudió y meditó, y hasta soñó sobre ella. Y una de las
+frases de íntimo sentido, casi esotérico, que aprendió Manolita de la
+Tía y que de vez en cuando aplicaba a sus hermanos, cuando dejaban muy
+al desnudo su masculinidad de instintos, era decirles: «¡Cállate,
+zángano!» Y zángano tenía para ella, como lo había tenido para la Tía,
+un sentido de largas y profundas resonancias. Sentido que sus hermanos
+adivinaban.
+
+La alianza entre Elvira, la hija del primer Ramiro que le costó la vida
+a Rosa, su primera mujer, y Enrique, el hijo del pecado de aquél y de la
+hospiciana, era muy estrecha. Queríanse los hermanastros más que
+cualesquiera otros de los cinco entre sí. Siempre andaban en cuchicheos
+y en secreteos. Y esta a modo de conjura desasosegábale a Manolita. No
+que le doliera que su hermano uterino, el salido del mismo vientre de
+donde ella salió, tuviese más apego a hermana nacida de otra madre, no;
+sentía que a ella no había de apegársele ninguno de sus hermanos y
+complacíase en ello. Pero aquel afecto más que fraternal le era
+repulsivo.
+
+--Ya estoy deseando--les dijo una vez--que uno de vosotros se enamore;
+que tú, Enrique, te eches novia o que a ésta, a ti, Elvira, te pretenda
+alguno...
+
+--¿Y para qué?--preguntó ésta.
+
+--Para que dejéis de andar así, de bracete por la casa, y con
+cuentecitos al oído y carantoñas, arrumacos y lagoterías...
+
+--Acaso entonces más...--dijo Enrique.
+
+--¿Y cómo así?
+
+--Porque ésta vendrá a contarme los secretos de su novio, ¿verdad,
+Elvira?, y yo le contaré, ¡claro está!, los de mi novia...
+
+--Sí, sí...--exclamó Elvira a punto de palmotear.
+
+--Y os reiréis uno y otro del otro novio y de la otra novia, ¿no es
+así?... ¡qué bonito!
+
+--Bueno, ¿y qué diría a esto la Tía?--preguntó Elvira mirándole a
+Manolita a los ojos.
+
+--Diría que no se debe jugar con las cosas santas y que sois unos
+chiquillos...
+
+--Pues no repitas con la Tía--le arguyó Enrique--aquello del Evangelio
+de que hay que hacerse niño para entrar en el reino de los cielos...
+
+--¡Niño, sí! ¡Chiquillo, no!
+
+--¿Y en qué se le distingue al niño del chiquillo...?
+
+--¿En qué? En la manera de jugar.
+
+--¿Cómo juega el chiquillo?
+
+--El chiquillo juega a persona mayor. Los niños no son, como los
+mayores, ni hombres ni mujeres, sino que son como los ángeles. Recuerdo
+haberle oído decir a la Tía que había oído que hay lenguas en que el
+niño no es ni masculino ni femenino, sino neutro...
+
+--Sí--añadió Enrique--en alemán. Y la señorita es neutro...
+
+--Pues esta señorita--dijo Manolita intentando, sin conseguirlo, teñir
+de una sonrisa estas palabras--no es neutra...
+
+--¡Claro que no soy neutra; pues no faltaba más...!
+
+--¡Pero bueno, nada de chiquilladas!
+
+--Chiquilladas, no; niñerías, eso, ¿no es eso?
+
+--¡Eso es!
+
+--Bueno, ¿y en qué las conoceremos?
+
+--Basta, que no quiero deciros más. ¿Para qué? Porque hay cosas que al
+tratar de decirlas se ponen más oscuras...
+
+--Bien, bien, tiíta--exclamó Elvira abrazándola y dándole un beso--, no
+te enfades así... ¿Verdad que no te enfadas, tiíta...?
+
+--No; y menos porque me llames tiíta...
+
+--Si lo hacía sin intención...
+
+--Lo sé; pero eso es lo peligroso. Porque la intención viene después...
+
+Enrique le hizo una carantoña a su hermana completa y cojiendo a la
+otra, a la hermanastra, por debajo de un brazo, se la llevó consigo.
+
+Y Manolita, viéndoles alejarse, quedó diciéndose: «¿Chiquillos? ¡En
+efecto, chiquillos! ¿Pero he hecho bien en decirles lo que les he dicho?
+¿He hecho bien, Tía?»--e invocaba mentalmente a la Tía.--«La intención
+viene después... ¿No soy yo la que con mis reconvenciones voy a darles
+una intención que les falta? Pero, ¡no, no! ¡Que no jueguen así! ¡Porque
+están jugando...! ¡Y ojalá les salga pronto el novio a ella y la novia a
+él!»
+
+
+
+
+XXV
+
+
+EL otro grupo lo formaban en la familia, no Rosita y Ramiro, sino la
+mujer de éste, Caridad, y aquella su cuñada. Aunque en rigor era Rosita
+la que buscaba a Caridad y le llevaba sus quejas, sus aprensiones, sus
+suspicacias. Porque iba, por lo común, a quejarse. Creíase, o al menos
+aparentaba creer, que era la desdeñada y la no comprendida. Poníase
+triste y como preocupada en espera de que le preguntasen qué era lo que
+tenía, y como nadie se lo preguntaba sufría con ello. Y menos que los
+otros hermanos se lo preguntaba Manolita, que se decía: «Si tiene algo
+de verdad y más que gana de mimo y de que nos ocupemos especialmente en
+ella, ya reventará!» Y la preocupada sufría con ello.
+
+A su cuñada, a Caridad, le iba sobre todo con quejas de su marido;
+complacíase en acusar a éste, a Ramiro, de egoísta. Y la mujer le oía
+pacientemente y sin saber qué decirle.
+
+--Yo no sé, Manuela--le decía a ésta Caridad, su cuñada--qué hacer con
+Rosa... Siempre me está viniendo con quejas de Ramiro: que si es un
+orgulloso, que si un egoísta, que si un distraído...
+
+--¡Llévale la hebra y dile que sí!
+
+--¿Pero cómo? ¿Voy a darle alas?
+
+--No, sino a cortárselas.
+
+--Pues no lo entiendo. Y además, eso no es verdad; ¡Ramiro no es así!...
+
+--Lo sé, lo sé muy bien. Sé que Ramiro podrá tener, como todo hombre,
+sus defectos...
+
+--Y como toda mujer.
+
+--¡Claro, sí! Pero los de él son defectos de hombre...
+
+--¡De zángano, vamos!
+
+--Como quieras; los de Ramiro son defectos de hombre, o si quieres, pues
+que te empeñas, de zángano...
+
+--¿Y los míos?
+
+--¿Los tuyos, Caridad? Los tuyos... ¡de reina!
+
+--¡Muy bien! ¡Ni la Tía...!
+
+--Pero los defectos de Ramiro no son los que Rosa dice. Ni es
+orgulloso, ni es egoísta, ni es distraído...
+
+--¿Y entonces por qué voy a llevarle la hebra como dices?
+
+--Porque eso será llevarle la contraria. Lo sé muy bien. La conozco.
+
+Cierta mañana, encontrándose las tres, Caridad, Manuela y Rosa, comenzó
+ésta el ataque.
+
+R.--¡Vaya unas horas de llegar anoche tu maridito!
+
+Nunca hablando con su cuñada le llamaba a Ramiro «mi hermano», sino
+siempre: «tu marido».
+
+C.--¿Y qué mal hay en ello?
+
+M.--Y tú, Rosa, estabas a esas horas despierta...
+
+R.--Me despertó su llegada...
+
+M.--¿Sí, eh?
+
+C.--Pues a mí apenas si me despertó...
+
+R.--¡Vaya una calma!
+
+M.--Aquí Caridad duerme confiada y hace bien.
+
+R.--¿Hace bien...? ¿Hace bien...? No lo comprendo.
+
+M.--Pues yo sí. Pero tú parece que te complaces en eso, que es un juego
+muy peligroso y muy feo...
+
+C.--¡Por Dios, Manuela!
+
+R.--Déjale, déjale a la tía...
+
+M.--Con el acento que ahora le pones la tía aquí eres ahora tú...
+
+R.--¿Yo? ¿Yo la tía?
+
+M.--Sí, tú, tú, Rosa. ¿A qué viene querer provocar celos en tu hermana?
+
+C.--Pero si Rosa no quiere hacerme celosa, Manuela...
+
+M.--Yo sé lo que me digo, Caridad.
+
+R.--Sí, aquí ella sabe lo que se dice...
+
+M.--Aquí sabemos todos lo que queremos decir y yo sé, además, lo que me
+digo, ¿me entiendes, Rosa?
+
+R.--El estribillo de la Tía...
+
+M.--Sea. Y te digo que serías capaz de aceptar el peor novio que se te
+presente y casarte con él no más que para provocarle a que te diese
+celos, no a dárselos tú...
+
+R.--¿Casarme yo? ¿Yo casarme? ¿Yo novio? ¡Las ganas...!
+
+M.--Sí, ya sé que dices, aunque no sé si lo piensas, que no te has de
+casar, que tú no quieres novio... Ya sé que andas en si te vas o no a
+meter monja...
+
+C.--¿Y cómo lo has sabido, Manuela?
+
+M.--Ah, ¿pero vosotras creéis que no me percato de vuestros secretos?
+Precisamente por ser secretos...
+
+R.--Bueno, y si pensara yo en meterme monja, ¿qué? ¿Qué mal hay en ello?
+¿Qué mal hay en servir a Dios?
+
+M.--En servir a Dios, no, no hay mal ninguno... Pero es que si tú
+entrases monja no sería por servir a Dios...
+
+R.--¿No? ¿Pues por qué?
+
+M.--Por no servir a los hombres... ni a las mujeres...
+
+C.--Pero por Dios, Manuela, qué cosas tienes...
+
+R.--Sí, ella tiene sus cosas y yo las mías... ¿Y quién te ha dicho,
+hermana, que desde el convento no se puede servir a los hombres...?
+
+M.--Sin duda, rezando por ellos...
+
+R.--¡Pues claro está! Pidiendo a Dios que les libre de tentaciones...
+
+M.--Pero me parece que tú más que a rezar «no nos dejes caer en la
+tentación» vas a «no me dejes caer en la tentación...»
+
+R.--Sí, que voy a que no me tienten...
+
+M.--¿Pues no has venido acá a tentar a Caridad, tu hermana? ¿O es que
+crees que no era tentación eso? ¿No venías a hacerle caer en tentación?
+
+C.--No, Manuela, no venía a eso. Y además sabe que no soy celosa, que no
+lo seré, que no puedo serlo...
+
+R.--Déjale, déjale, Caridad, déjale a la abejita, que pique... que
+pique...
+
+M.--Duele, ¿eh? Pues, hija, rascarse...
+
+R.--_Hija_ ahora, ¿eh?
+
+M.--Y siempre, hermana.
+
+R.--Y dime tú, hermanita, la abejita, ¿tú no has pensado nunca en
+meterte en un panal así, en una colmena...?
+
+M.--Se puede hacer miel y cera en el mundo...
+
+R.--Y picar...
+
+M.--¡Y picar, exacto!
+
+R.--Vamos, sí, que tú, como tía Tula, vas para tía...
+
+M.--Yo no sé para lo que voy, pero si siguiera el ejemplo de la Tía no
+habría de ir por mal camino. ¿O es que crees que marró ella el suyo? ¿Es
+que has olvidado sus enseñanzas? ¿Es que trató ella nunca de encismar a
+los de casa? ¿Es que habría ella nunca denunciado un acto de uno de sus
+hermanos?
+
+C.--Por Dios, Manuela, por la memoria de tía Tula, cállate ya... Y tú,
+Rosa, no llores así... vamos, levanta esa frente... no te tapes así la
+cara con las manos... no llores así, hija, no llores así...
+
+Manuela le puso a su hermanastra la mano sobre el hombro y con una voz
+que parecía venir del otro mundo, del mundo eterno de la familia
+inmortal, le dijo:
+
+--¡Perdóname, hermana, me he excedido... pero tu conducta me ha herido
+en lo vivo de la familia y he hecho lo que creo que habría hecho la Tía
+en este caso... perdónamelo!
+
+Y Rosa, cayendo en sus brazos y ocultando su cabeza entre los pechos de
+su hermana, le dijo entre sollozos:
+
+--¡Quien tiene que perdonarme eres tú, hermana, tú... Pero hermana...
+no, sino madre... ni madre... ¡Tía! ¡Tía!
+
+--¡Es la Tía, la tía Tula, la que tiene que perdonarnos y unirnos y
+guiarnos a todos!--concluyó Manuela.
+
+
+
+
+
+End of the Project Gutenberg EBook of La tía Tula, by Miguel De Unamuno
+
+*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK 44358 ***