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-The Project Gutenberg EBook of La Lucha Por La Vida; La Busca, by Pío Baroja
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-This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
-almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or
-re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
-with this eBook or online at www.gutenberg.org
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-
-Title: La Lucha Por La Vida; La Busca
-
-Author: Pío Baroja
-
-Release Date: August 9, 2013 [EBook #43432]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: ISO-8859-1
-
-*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA LUCHA POR LA VIDA; LA BUSCA ***
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-
-Produced by Carlos Colon and the Online Distributed
-Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This book was
-created from images of public domain material made available
-by the University of Toronto Libraries
-(http://link.library.utoronto.ca/booksonline/).)
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- Nota del Transcriptor:
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- Errores obvios de imprenta han sido corregidos.
- Páginas en blanco han sido eliminadas.
- Letras itálicas son denotadas con _líneas_.
- Letras oscuras son denotadas con =signos de igual=.
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-
-OBRAS DE PIÓ BAROJA
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-
- Vidas sombrías.
-
- Idilios vascos.
-
- El tablado de Arlequín.
-
- Nuevo tablado de Arlequín.
-
- Juventud, egolatría.
-
- Idilios y fantasías.
-
- Las horas solitarias.
-
- Momentum Catastrophicum.
-
- La Caverna del Humorismo.
-
- Divagaciones sobre la Cultura.
-
-
-LAS TRILOGÍAS
-
-TIERRA VASCA
-
- La casa de Aizgorri.
-
- El Mayorazgo de Labraz.
-
- Zalacaín, el aventurero.
-
-
-LA VIDA FANTÁSTICA
-
- Camino de perfección.
-
- Aventuras, inventos y mixtificaciones de Silvestre Paradox.
-
- Paradox, rey.
-
-
-LA RAZA
-
- La dama errante.
-
- La ciudad de la niebla.
-
- El árbol de la ciencia.
-
-
-LA LUCHA POR LA VIDA
-
- La busca.
-
- Mala hierba.
-
- Aurora roja.
-
-
-EL PASADO
-
- La feria de los discretos.
-
- Los últimas románticos.
-
- Las tragedias grotescas.
-
-
-LAS CIUDADES
-
- César o nada.
-
- El mundo es ansí.
-
-
-EL MAR
-
- Las inquietudes de Shanti Andía.
-
-
-MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN
-
- El aprendiz de conspirador.
-
- El escuadrón del Brigante.
-
- Los caminos del mundo.
-
- Con la pluma y con el sable.
-
- Los recursos de la astucia.
-
- La ruta del aventurero.
-
- Los contrastes de la vida.
-
- La veleta de Gastizar.
-
- Los caudillos de 1830.
-
- La Isabelina.
-
-
-
-
- LA LUCHA POR LA VIDA
-
- LA BUSCA
-
-
-
-
- ES PROPIEDAD
-
- DERECHOS RESERVADOS
-
- PARA TODOS LOS PAÍSES
-
-
- COPYRIGHT BY
-
- RAFAEL CARO RAGGIO
-
- 1920
-
-
- Establecimiento tipográfico de Rafael Caro Raggio.
-
-
-
-
- PIÓ BAROJA
-
-
- LA LUCHA POR LA VIDA
-
- LA BUSCA
-
- NOVELA
-
- QUINTA EDICIÓN
-
-
- [Ilustración]
-
-
- RAFAEL CARO RAGGIO
-
- EDITOR
-
- MENDIZÁBAL, 34
-
- MADRID
-
-
-
-
-PRIMERA PARTE
-
-
-
-
-CAPÍTULO PRIMERO
-
-PREÁMBULO.--CONCEPTOS UN TANTO INMORALES DE UNA PUPILERA.--CHARLAS.--SE
-OYE CERRAR UN BALCÓN.--CANTA UN GRILLO.
-
-
-ACABABAN de dar las doce, de una manera pausada, acompasada y
-respetable, en el reloj del pasillo. Era costumbre de aquel viejo reloj,
-alto y de caja estrecha, adelantar y retrasar a su gusto y antojo la
-uniforme y monótona serie de las horas que va rodeando nuestra vida,
-hasta envolverla y dejarla, como a un niño en la cuna, en el obscuro
-seno del tiempo.
-
-Poco después de esta indicación amigable del viejo reloj, hecha con la
-voz grave y reposada, propia de un anciano, sonaron las once, de un modo
-agudo y grotesco, con una impertinencia juvenil, en un relojillo
-petulante de la vecindad, y unos minutos más tarde, para mayor confusión
-y desbarajuste cronométrico, el reloj de una iglesia próxima dió una
-larga y sonora campanada, que vibró durante algunos segundos en el aire
-silencioso.
-
-¿Cuál de los tres relojes estaba en lo fijo? ¿Cuál de aquellas tres
-máquinas para medir el tiempo tenía más exactitud en sus indicaciones?
-El autor no puede decirlo, y lo siente. Lo siente, porque el tiempo es,
-según algunos graves filósofos, el cañamazo en donde bordamos las
-tonterías de nuestra vida; y es verdaderamente poco científico el no
-poder precisar con seguridad en qué momento empieza el cañamazo de este
-libro. Pero el autor lo desconoce: sólo sabe que en aquel minuto, en
-aquel segundo, hacía ya largo rato que los caballos de la noche
-galopaban por el cielo. Era, pues, la hora del misterio; la hora de la
-gente maleante; la hora en que el poeta piensa en la inmortalidad,
-rimando hijos con prolijos y amor con dolor; la hora en que la buscona
-sale de su cubil y el jugador entra en él; la hora de las aventuras que
-se buscan y nunca se encuentran; la hora, en fin, de los sueños de la
-casta doncella y de los reumatismos del venerable anciano. Y mientras se
-deslizaba esta hora romántica, cesaban en la calle los gritos, las
-canciones, las riñas; en los balcones se apagaban las luces, y los
-tenderos y las porteras retiraban sus sillas del arroyo para entregarse
-en brazos del sueño.
-
-En la morada casta y pura de doña Casiana, la pupilera, reinaba hacía
-algún tiempo apacible silencio; solo entraba por el balcón, abierto de
-par en par, el rumor lejano de los coches y el canto de un grillo de la
-vecindad, que rascaba en la chirriante cuerda de su instrumento con una
-persistencia desagradable.
-
-En aquella hora, fuera la que fuese, marcada por los doce lentos y
-gangosos ronquidos del reloj del pasillo, no se encontraban en la casa
-mas que un señor viejo, madrugador impenitente; la dueña, doña Casiana,
-patrona también impenitente, para desgracia de sus huéspedes, y la
-criada Petra.
-
-La patrona dormía en aquel instante sentada en la mecedora, en el balcón
-abierto; la Petra, en la cocina, hacía lo mismo, con la cabeza apoyada
-en el marco de la ventana, y el señor viejo madrugador se entretenía
-tosiendo en la cama.
-
-Había concluído la Petra de fregar, y el sueño, el calor y el cansancio
-la rindieron, sin duda. A la luz de la lamparilla colgada en el fogón se
-la veía vagamente. Era una mujer flaca, macilenta, con el pecho hundido,
-los brazos delgados, las manos grandes, rojas, y el pelo gris. Dormía
-con la boca abierta, sentada en una silla, con una respiración anhelante
-y fatigosa.
-
-Al sonar las campanadas en el reloj del pasillo, se despertó de repente:
-cerró la ventana, de donde entraba un nauseabundo olor a establo de la
-vaquería de la planta baja; dobló los paños, salió con un rimero de
-platos y los dejó sobre la mesa del comedor; luego guardó los cubiertos,
-el mantel y el pan sobrante en un armario; descolgó la candileja y entró
-en el cuarto, en cuyo balcón dormía la patrona.
-
---¡Señora! ¡Señora!--llamó varias veces.
-
---¿Eh? ¿Qué pasa?--murmuró doña Casiana, de un modo soñoliento.
-
---Si quiere usted algo.
-
---No, nada. ¡Ah, sí! Mañana dígale usted al panadero que el lunes que
-viene le pagaré.
-
---Está bien. Buenas noches.
-
-Salía la criada del cuarto, cuando se iluminaron los balcones de la casa
-de enfrente; después se abrieron de par en par, y se oyó un preludio
-suave de guitarra.
-
---¡Petra! ¡Petra!--gritó doña Casiana--. Venga usted. ¿Eh? En casa de
-la Isabelona... se conoce que ha venido gente.
-
-La criada se asomó al balcón y miró con indiferencia la casa frontera.
-
---Eso, eso produce--siguió diciendo la patrona--; no estas porquerías de
-casas de huéspedes.
-
-En aquel momento apareció en uno de los balcones de la casa vecina una
-mujer envuelta en amplia bata, con una flor roja en el pelo, cogida
-estrechamente de la cintura por un señorito vestido de etiqueta, con
-frac y chaleco blanco.
-
---Eso, eso produce--repitió la patrona varias veces.
-
-Luego, esta idea debió alterar su bilis, porque añadió con voz irritada:
-
---Mañana voy a echar el toro al curita y a esas golfas de las hijas de
-doña Violante, y a todo el que no me pague. ¡Que tenga una que luchar
-con esta granujería! No; pues de mí no se ríen más...
-
-La Petra, sin replicar nada, dió nuevamente las buenas noches y salió
-del cuarto. Doña Casiana siguió mascullando sus iras; después repantigó
-su cuerpo rechoncho en la mecedora y soñó con un establecimiento de la
-misma especie que el de la vecindad; pero un establecimiento modelo, con
-salas lujosamente amuebladas, adonde iban en procesión todos los jóvenes
-escrofulosos de los círculos y congregaciones, místicos y mundanos,
-hasta tal punto, que se veía ella en la necesidad de poner un despacho
-de billetes a la puerta.
-
-Mientras la patrona mecía su imaginación en este dulce sueño de burdel
-monstruo, la Petra entró en un cuartucho obscuro, lleno de trastos
-viejos; dejó la luz en una silla, puso una caja de fósforos, grasienta,
-en el recazo de la candileja; leyó un instante en un libro de
-oraciones, sucio y mugriento, con letras gordas; repitió algunos rezos
-mirando al techo, y comenzó a desnudarse. La noche estaba sofocante; en
-aquel agujero el calor era horrible. La Petra se metió en la cama, se
-persignó, apagó la candileja, que humeó largo rato, se tendió y apoyó la
-cabeza en la almohada. Un gusano de la carcoma en alguno de aquellos
-trastos viejos hacía crujir la madera de un modo isócrono...
-
-La Petra durmió con un sueño profundo un par de horas, y se despertó
-ahogada de calor. Habían abierto la puerta, se oían pasos en el pasillo.
-
---Ya está ahí doña Violante con sus hijas--murmuró la Petra--. Será muy
-tarde.
-
-Volverían las tres damas de los jardines, adonde iban después de cenar
-en busca de las pesetas necesarias para vivir. La suerte no debió
-favorecerlas, porque traían mal humor, y las dos jóvenes disputaban,
-achacándose una a otra la culpa de haber perdido el tiempo.
-
-Cesó la conversación, después de unas cuantas frases agrias e irónicas,
-y volvió a reinar el silencio. La Petra, desvelada, se abismó en sus
-preocupaciones; de nuevo se oyeron pasos, pero leves y rápidos, en el
-corredor; después, el ruido de la falleba de un balcón abierto con
-cautela.
-
---Alguna de esas se ha levantado--pensó la Petra--. ¿Qué trapisonda
-traerá?
-
-Al cabo de unos minutos se oyó la voz de la patrona, que gritaba
-imperiosamente desde su cuarto:
-
---¡Irene!... ¡Irene!
-
---¿Qué?
-
---Salga usted del balcón.
-
---Y ¿por qué tengo _de_ salir?--replicó una voz áspera, con palabra
-estropajosa.
-
---Porque sí... porque sí.
-
---¿Pues qué hago yo en el balcón?
-
---Usted lo sabrá mejor que yo.
-
---Pues no sé.
-
---Pues yo sí sé.
-
---Estaba tomando el fresco.
-
---Usted sí que es fresca.
-
---La fresca será usted, señora.
-
---Cierre usted el balcón. Usted se figura que mi casa es lo que no es.
-
---Yo ¿qué he hecho?
-
---No tengo necesidad de decírselo. Para eso, enfrente, enfrente.
-
---Quiere decir que en casa de la Isabelona--pensó la Petra.
-
-Se oyó cerrar el balcón de golpe; sonaron pasos en el corredor, seguidos
-de un portazo. La patrona continuó rezongando durante largo tiempo;
-luego hubo un murmullo de conversación tenida en voz baja. Después no se
-oyó mas que el chirriar persistente del grillo de la vecindad, que
-siguió rascando en su desagradable instrumento con la constancia de un
-aprendiz de violinista.
-
-
-
-
-CAPÍTULO II
-
-LA CASA DE DOÑA CASIANA.--UNA CEREMONIA MATINAL.--COMPLOT.--EN DONDE SE
-DISCURRE ACERCA DEL VALOR ALIMENTICIO DE LOS HUESOS.--LA PETRA Y SU
-FAMILIA.--MANUEL: SU LLEGADA A MADRID.
-
-
-... Y el grillo, como virtuoso obstinado, persistió en sus ejercicios
-musicales, a la verdad algo monótonos, hasta que apareció en el cielo la
-plácida sonrisa del alba. A los primeros rayos del sol calló el músico,
-satisfecho, sin duda, de la perfección de su artístico trabajo, y una
-codorniz le sustituyó en el solo, dando los tres golpes consabidos. El
-sereno llamó con su chuzo en las tiendas, pasaron uno o dos panaderos
-con la cesta a la cabeza, se abrió una tienda, luego otra, después un
-portal, echó una criada la basura a la acera, se oyó el vocear de un
-periódico. Poco después la calle entraba en movimiento.
-
-Sería el autor demasiado audaz si tratase de demostrar la necesidad
-matemática en que se encontraba la casa de doña Casiana de hallarse
-colocada en la calle de Mesonero Romanos, antes del Olivo, porque,
-indudablemente, con la misma razón podía haber estado emplazada en la
-del Desengaño, en la de Tudescos, o en otra cualquiera; pero los deberes
-del autor, sus deberes de cronista imparcial y verídico, le obligan a
-decir la verdad, y la verdad es que la casa estaba en la calle de
-Mesonero Romanos, antes del Olivo.
-
-En aquellas horas tempranas no se oía en ella el menor ruido; el portero
-había abierto el portal y contemplaba la calle con cierta melancolía.
-
-El portal, largo, obscuro, mal oliente, era más bien un corredor
-angosto, a uno de cuyos lados estaba la portería.
-
-Al pasar junto a esta última, si se echaba una mirada a su interior,
-ahogado y repleto de muebles, se veía constantemente una mujer gorda,
-inmóvil, muy morena, en cuyos brazos descansaba un niño enteco, pálido y
-larguirucho, como una lombriz blanca. Encima de la ventana, se figuraba
-uno que, en vez de «Portería», debía poner: «La mujer cañón con su
-hijo», o un letrero semejante de barraca de feria.
-
-Si a esta mujer voluminosa se la preguntaba algo, contestaba con una voz
-muy chillona, acompañada de un gesto desdeñoso bastante desagradable. Se
-seguía adelante, dejando a un lado el antro de la mujer-cañón, y a la
-izquierda del portal, daba comienzo la escalera, siempre a obscuras, sin
-más ventilación que la de unas ventanas altas, con rejas, que daban a un
-patio estrecho, de paredes sucias, llenas de ventiladores redondos. Para
-una nariz amplia y espaciosa, dotada de una pituitaria perspicaz,
-hubiese sido un curioso _sport_ el de descubrir e investigar la
-procedencia y la especie de todos los malos olores, constitutivos de
-aquel tufo pesado, propio y característico de la casa.
-
-El autor no llegó a conocer los inquilinos que habitaban los pisos
-altos; tiene una idea vaga de que había dos o tres patronas, alguna
-familia que alquilaba cuartos a caballeros estables, pero nada más. Por
-esta causa el autor no se remota a las alturas y se detiene en el piso
-principal.
-
-En éste, de día apenas si se divisaba, por la obscuridad reinante, una
-puerta pequeña; de noche, en cambio, a la luz de un farol de petróleo,
-podía verse una chapa de hoja de lata, pintada de rojo, en la cual se
-leía escrito con letras negras: «Casiana Fernández».
-
-A un lado de la puerta colgaba un trozo de cadena negruzco, que sólo
-poniéndose de puntillas y alargando el brazo se alcanzaba; pero como la
-puerta estaba siempre entornada, los huéspedes podían entrar y salir sin
-necesidad de llamar.
-
-Se pasaba dentro de la casa. Si era de día, encontrábase uno sumergido
-en las profundas tinieblas; lo único que denotaba el cambio de lugar era
-el olor, no precisamente por ser más agradable que el de la escalera,
-pero sí distinto; en cambio, de noche, a la vaga claridad difundida por
-una mariposa de corcho, que nadaba sobre el agua y el aceite de un vaso,
-sujeto por una anilla de latón a la pared, se advertían, con cierta vaga
-nebulosidad, los muebles, cuadros y demás trastos que ocupaban el
-recibimiento de la casa.
-
-Frente a la entrada había una mesa ancha y sólida, y sobre ella una caja
-de música de las antiguas, con unos cilindros de acero erizados de
-pinchos, y junto a ella una estatua de yeso: una figura ennegrecida y
-sin nariz, que no se conocía fácilmente si era de algún dios, de algún
-semidiós o de algún mortal.
-
-En la pared del recibimiento y en la del pasillo se destacaban cuadros
-pintados al óleo, grandes y negruzcos. Un inteligente quizá los hubiese
-encontrado detestables; pero la patrona, que se figuraba que cuadro muy
-obscuro debía de ser muy bueno, se recreaba, a veces, pensando que quizá
-aquellos cuadros, vendidos a un inglés, le sacarían algún día de apuros.
-
-Eran unos lienzos en donde el pintor había desarrollado escenas bíblicas
-tremebundas: matanzas, asolamientos, fieros males; pero de tal manera,
-que a pesar de la prodigalidad del artista en sangre, llagas y cabezas
-cortadas, aquellos lienzos, en vez de horrorizar, producían una
-impresión alegre. Uno de ellos representaba la hija de Herodes
-contemplando la cabeza de San Juan Bautista. Las figuras todas eran de
-amable jovialidad; el rey, con una indumentaria de rey de baraja y en la
-postura de un jugador de naipes, sonreía; su hija, una señora
-coloradota, sonreía; los familiares, metidos en sus grandes cascos,
-sonreían, y hasta la misma cabeza de San Juan Bautista sonreía, colocada
-en un plato repujado. Indudablemente el autor de aquellos cuadros, si no
-el mérito del dibujo ni el del colorido, tenía el de la jovialidad.
-
-A derecha e izquierda de la puerta de la casa corría el pasillo, de
-cuyas paredes colgaban otra porción de lienzos negros, la mayoría sin
-marco, en los cuales no se veía absolutamente nada, y sólo en uno se
-adivinaba, después de fijarse mucho, un gallo rojizo picoteando en las
-hojas de una verde col.
-
-A este pasillo daban las alcobas, en las que hasta muy entrada la tarde
-solían verse por el suelo calcetines sucios, zapatillas rotas, y, sobre
-las camas sin hacer, cuellos y puños postizos.
-
-Casi todos los huéspedes se levantaban en aquella casa tarde, excepto
-dos comisionistas, un tenedor de libros y un cura, los cuales
-madrugaban por mor del oficio, y un señor viejo, que lo hacía por
-costumbre o por higiene.
-
-El tenedor de libros se largaba a las ocho de la mañana sin desayunarse;
-el cura salía _in albis_ para decir misa; pero los comisionistas tenían
-la audaz pretensión de tomar algo en casa, y la patrona empleaba un
-procedimiento muy sencillo para no darles ni agua: los dos comisionistas
-comenzaban su trabajo de nueve y media a diez; se acostaban muy tarde, y
-encargaban a la patrona que les despertase a las ocho y media; ella
-cuidaba de no llamarles hasta las diez. Al despertarse los viajantes y
-ver la hora, se levantaban, se vestían de prisa y escapaban disparados,
-renegando de la patrona. Luego, cuando el elemento femenino de la casa
-daba señales de vida, se oían por todas partes gritos, voces
-destempladas, conversaciones de una alcoba a otra, y se veía salir de
-los cuartos, la mano armada con el servicio de noche, a la patrona, a
-alguna de las hijas de doña Violante, a una vizcaína alta y gorda, y a
-otra señora, a la que llamaban la Baronesa.
-
-La patrona llevaba invariablemente un cubrecorsé de bayeta amarilla; la
-Baronesa, un peinador lleno de manchas de cosmético, y la vizcaína, un
-corpiño rojo, por cuya abertura solía presentar a la admiración de los
-que transitaban por el corredor una ubre monstruosa y blanca con gruesas
-venas azules...
-
-Después de aquella ceremonia matinal, y muchas veces durante la misma,
-se iniciaban murmuraciones, disputas, chismes y líos, que servían de
-comidilla para las horas restantes.
-
-Al día siguiente de la riña entre la patrona y la Irene, cuando ésta
-volvió a su cuarto, luego de realizada su misión, hubo conciliábulo
-secreto entre las que quedaron.
-
---¿No saben ustedes? ¿No han oído nada esta noche?--dijo la vizcaína.
-
---No--contestaron la patrona y la Baronesa--. ¿Qué ocurre?
-
---La Irene ha metido esta noche un hombre en casa.
-
---¿Sí?
-
---Yo misma he oído cómo hablaba con él.
-
---¡Y habrá abierto la puerta de la calle! ¡Qué perro!--murmuró la
-patrona.
-
---No; el hombre era de la vecindad.
-
---Alguno de los estudiantes de arriba--dijo la Baronesa.
-
---Ya le diré yo cuatro cosas a ese pingo--replicó doña Casiana.
-
---No; espere usted--contestó la vizcaína--. Vamos a darle un susto a
-ella y al galán. Cuando estén hablando, si él viene esta noche, le
-avisamos al sereno para que llame a la puerta de casa, y al mismo tiempo
-salimos de nuestros cuartos con luz, como si fuéramos al comedor, y los
-cogemos.
-
-Mientras se tramaba el complot en el pasillo, la Petra preparaba el
-almuerzo en las obscuridades de la cocina. No tenía gran cosa que
-preparar, pues el almuerzo se componía invariablemente de un huevo
-frito, que nunca, por casualidad, fué grande, y un _beefsteak_, que
-desde los más remotos tiempos no se recordaba que una vez, por
-excepción, hubiese sido blando.
-
-Al mediodía, la vizcaína, con mucho misterio, contó a la Petra el
-complot; pero la criada no estaba aquel día para bromas: acababa de
-recibir una carta que la llenó de preocupaciones. Su cuñado le escribía
-que a Manuel, el mayor de los hijos de la Petra, lo enviaban a Madrid;
-no le daba explicaciones claras del porqué de aquella determinación;
-decía únicamente la carta que allí, en el pueblo, el chico perdía el
-tiempo, y que lo mejor era que fuese a Madrid a aprender un oficio.
-
-A la Petra, aquella carta la hizo cavilar mucho. Después de fregar los
-platos se puso a lavar en la artesa; no le abandonaba la idea fija de
-que, cuando su cuñado le enviaba a Manuel, habría hecho alguna
-barbaridad el muchacho. Pronto lo podía saber, porque a la noche
-llegaba.
-
-La Petra tenía cuatro hijos, dos varones y dos hembras; las dos
-muchachas estaban bien colocadas: la mayor, de doncella, con unas
-señoras muy ricas y religiosas; la pequeña, en casa de un empleado.
-
-Los chicos le preocupaban más; el menor no tanto, porque, según le
-decían, seguía siendo de buena índole; pero el mayor era revoltoso y
-díscolo.
-
---No se parece a mí--pensaba la Petra--. En cambio, tiene bastante
-semejanza con mi marido.
-
-Y esto le producía inquietudes; su marido, Manuel Alcázar, había sido un
-hombre enérgico y fuerte, y en la última época de su vida, malhumorado y
-brutal.
-
-Era maquinista de tren y ganaba un buen sueldo. La Petra y él no se
-entendían, y el matrimonio andaba siempre a trastazos.
-
-La gente, los conocidos, culpaban de todo a Alcázar, el maquinista, como
-si la oposición sistemática de la Petra, que parecía gozar impacientando
-al hombre, no fuera bastante para exasperar a cualquiera. Siempre la
-Petra había sido así, voluntariosa, con apariencia de humilde, de una
-testarudez de mula; en haciendo su capricho, lo demás le importaba poco.
-
-En vida del maquinista, la situación económica de la familia era
-relativamente buena. Alcázar y la Petra pagaban diez y seis duros de
-casa en la calle del Reloj, y tenían huéspedes: un ambulante de Correos
-y otros empleados del tren.
-
-La existencia de la familia hubiera podido ser sosegada y agradable sin
-las diarias peleas entre marido y mujer. Habían llegado los dos a
-experimentar una necesidad tal de reñir, que por la cosa más
-insignificante armaban un escándalo; bastaba que él dijera blanco para
-que ella afirmase negro; aquella oposición enfurecía al maquinista, que
-tiraba los platos por el aire, abofeteaba a su mujer y andaba a
-puñetazos con todos los muebles de la casa. Entonces la Petra,
-satisfecha de tener un motivo suficiente de aflicción, se encerraba a
-llorar y a rezar en su cuarto.
-
-Entre el alcohol, las rabietas y el trabajo duro, el maquinista estaba
-torpe; un día de agosto, de calor horrible, se cayó del tren a la vía,
-y, sin herida ninguna, lo encontraron muerto.
-
-La Petra, desoyendo las advertencias de sus huéspedes, se empeñó en
-mudarse de casa porque no le gustaba aquel barrio; lo hizo, tomó nuevos
-pupilos, gente informal y sin dinero, que dejaban a deber mucho, o que
-no pagaban nada, y, al poco tiempo, se vió en la necesidad de vender sus
-muebles y abandonar su nueva casa.
-
-Entonces puso a sus hijas a servir, envió a los dos chicos a un
-pueblecillo de la provincia de Soria, en donde su cuñado estaba de jefe
-de un apeadero, y entró de sirviente en la casa de huéspedes de doña
-Casiana. De ama pasó a criada, sin quejarse. Le bastaba habérsele
-ocurrido a ella la idea para considerarla la mejor.
-
-Dos años llevaba en la casa guardando la soldada; su ideal era que sus
-hijos pudiesen estudiar en un Seminario y que llegasen a ser curas.
-
-Aquella vuelta de Manuel, el hijo mayor, desbarataba sus planes. ¿Qué
-habría pasado?
-
-Y hacía una porción de conjeturas. En tanto, removía con sus manos
-deformadas la ropa sucia de los huéspedes.
-
-Llegaba de la ventana del patio una baraúnda de cánticos y voces de
-gente que riñe, alternando con el chirriar de las garruchas de las
-cuerdas para tender la ropa.
-
-A media tarde, la Petra comenzó a preparar la comida. La patrona mandaba
-traer todas las mañanas una cantidad enorme de huesos para el sustento
-de los huéspedes. Es muy posible que en aquel montón de huesos hubiera,
-de cuando en cuando, alguno de cristiano; lo seguro es que, fuesen de
-carnívoro o de rumiante, en aquellas tibias, húmeros y fémures, no había
-casi nunca una mala piltrafa de carne. Hervía el osario en el puchero
-grande con garbanzos, a los cuales se ablandaba con bicarbonato, y con
-el caldo se hacía la sopa, la cual, gracias a su cantidad de sebo,
-parecía una cosa turbia para limpiar cristales o sacar brillo a los
-dorados.
-
-Después de observar en qué estado se encontraba el osario en el puchero,
-la Petra hizo la sopa, y luego se dedicó a extraer todas las piltrafas
-de los huesos y a envolverlas hipócritamente con una salsa de tomate.
-Esto constituía el principio en casa de doña Casiana.
-
-Gracias a este régimen higiénico, ninguno de los huéspedes caía enfermo
-de obesidad, de gota ni de cualquiera de esas otras enfermedades por
-exceso de alimentación, tan frecuentes en los ricos.
-
-Luego de preparar y de servir a los huéspedes la comida, la Petra dejó
-el fregado para más tarde y salió de casa a recibir a su hijo.
-
-Aun no había obscurecido del todo; el cielo estaba vagamente rojizo, el
-aire sofocante, lleno de un vaho denso de polvo y de vapor. La Petra
-subió la calle de Carretas, siguió por la de Atocha, entró en la
-estación del Mediodía y se sentó en un banco a esperar a Manuel...
-
-Mientras tanto, el muchacho venía medio dormido, medio asfixiado en un
-vagón de tercera.
-
-Había tomado el tren por la noche en el apeadero en donde su tío estaba
-de jefe. Al llegar a Almazán tuvo que esperar más de una hora a que
-saliera un mixto, dando paseos para hacer tiempo por las calles
-desiertas.
-
-A Manuel le pareció Almazán enorme, tristísimo; tenía el pueblo,
-vislumbrado en la obscuridad de una noche vagamente estrellada, la
-apariencia de grande y fantástica ciudad muerta. En las calles
-estrechas, de casas bajas, brillaba la luz eléctrica, pálida y
-mortecina; la espaciosa plaza con arcos estaba desierta; la torre de una
-iglesia se erguía en el cielo.
-
-Manuel bajó hacia el río. Desde el puente presentábase el pueblo aun más
-fantástico y misterioso; adivinábanse sobre una muralla las galerías de
-un palacio; algunas torres altas y negras se alzaban en medio del
-caserío confuso del pueblo; un trozo de luna resplandecía junto a la
-línea del horizonte, y el río, dividido en brazos por algunas isletas,
-brillaba como si fuera de azogue.
-
-Salió Manuel de Almazán y tuvo que esperar unas horas en Alcuneza para
-transbordar. Estaba cansado, y como en la estación no había bancos, se
-tendió en el suelo entre fardos y pellejos de aceite.
-
-Al amanecer tomó el otro tren, y, a pesar de la dureza del asiento,
-logró dormirse.
-
-Manuel llevaba dos años con sus parientes; dejaba la casa con más
-satisfacción que pena.
-
-No tuvo para él la vida nada de agradable en aquellos dos años.
-
-La pequeña estación en donde su tío estaba de jefe hallábase próxima a
-una aldehuela pobre, rodeada de áridas pedrizas, sin árboles ni matas.
-Solía hacer en aquellos parajes una temperatura siberiana; pero las
-inclemencias de la Naturaleza no eran cosa para preocupar a un chico, y
-a Manuel le tenían sin cuidado.
-
-Lo peor era que ni su tío ni la mujer de su tío le mostraron afecto,
-sino indiferencia, y esta indiferencia preparó al muchacho para recibir
-los pocos beneficios recibidos con una completa frialdad.
-
-No pasaba lo mismo con el hermano de Manuel, con quien los tíos llegaron
-a encariñarse.
-
-Los dos muchachos manifestaron condiciones casi en absoluto opuestas: el
-mayor, Manuel, gozaba de un carácter ligero, perezoso e indolente; no
-quería estudiar ni ir a la escuela; le encantaban las correrías por el
-campo, todo lo atrevido y peligroso; el rasgo característico de Juan, el
-hermano menor, era un sentimentalismo enfermizo que se desbordaba en
-lágrimas por la menor causa.
-
-Manuel recordaba que el maestro de escuela y organista del pueblo, un
-vejete medio dómine que enseñaba latín a los dos hermanos, aseguraba que
-Juan llegaría a ser algo: a Manuel le consideraba como un holgazán
-aventurero y vagabundo que no podía acabar bien.
-
-Mientras Manuel dormitaba en el coche de tercera se amontonaban en su
-imaginación mil recuerdos: los hechos sucedidos la víspera en casa de
-sus tíos se mezclaban en su cerebro con fugaces impresiones de Madrid,
-ya medio olvidadas, y las sensaciones de distintas épocas se
-intercalaban unas en otras en su memoria, sin razón ni lógica, y, entre
-ellas, en la turbamulta de imágenes lejanas y próximas que pasaban ante
-sus ojos, se destacaban fuertemente aquellas torres negras entrevistas
-de noche en Almazán a la luz de la luna...
-
-Cuando uno de los compañeros de viaje anunció que ya estaban en Madrid,
-Manuel sintió verdadera angustia; un crepúsculo rojo esclarecía el
-cielo, inyectado de sangre como la pupila de un monstruo; el tren iba
-aminorando su marcha; pasaba por delante de barriadas pobres y de casas
-sórdidas; en aquel momento brillaban las luces eléctricas pálidamente
-sobre los altos faros de señales...
-
-Se deslizó el tren entre filas de vagones, retemblaron las placas
-giratorias con estrépito férreo y apareció la estación del Mediodía
-iluminada por arcos voltaicos.
-
-Descendieron los viajeros; bajó Manuel con su fardelillo de ropa en la
-mano, miró a todas partes por si encontraba a su madre, y no la vió en
-toda la anchura del andén. Quedó perplejo; siguió luego a la gente que
-marchaba de prisa con líos y jaulas hacia una puerta; le pidieron el
-billete, se detuvo a registrarse los bolsillos, lo encontró y salió por
-entre dos filas de mozos que anunciaban nombres de hoteles.
-
---¡Manuel! ¿Adónde vas?
-
-Allí estaba su madre. La Petra tenía intención de mostrarse severa; pero
-al ver a su hijo se olvidó de su severidad y le abrazó con efusión.
-
---Pero ¿qué ha pasado?--preguntó en seguida la Petra.
-
---Nada.
-
---Y entonces, ¿por qué vienes?
-
---Me han preguntado si quería estar allá o venir a Madrid, y yo he dicho
-que prefería venir a Madrid.
-
---¿Y nada más?
-
---Nada más--contestó Manuel con sencillez.
-
---Y Juan, ¿estudiaba?
-
---Sí; mucho más que yo. ¿Está lejos la casa, madre?
-
---Sí. Qué, ¿tienes apetito?
-
---Ya lo creo: no he comido en todo el camino.
-
-Salieron de la estación al Prado; después subieron por la calle de
-Alcalá. Una gasa de polvo llenaba el aire; los faroles brillaban opacos
-en la atmósfera enturbiada.... Al llegar a la casa, la Petra dió de
-cenar a Manuel y le hizo la cama en el suelo, al lado de la suya. El
-muchacho se acostó, y era tan violento el contraste del silencio de la
-aldea con aquella algarabía de ruido de pasos, conversaciones y voces de
-la casa, que, a pesar del cansancio, Manuel no pudo dormir.
-
-Oyó cómo entraban todos los huéspedes; ya era más de media noche cuando
-el cotarro quedó tranquilo; pero de repente se armó una trapatiesta de
-voces y de risas alborotadoras, que terminó con una imprecación de
-triple blasfemia y una bofetada que resonó estrepitosamente.
-
---¿Qué será eso, madre?--preguntó Manuel desde su cama.
-
---A la hija de doña Violante que la han cogido con el novio--contestó la
-Petra, medio dormida; luego le pareció una imprudencia decir esto al
-muchacho, y añadió, malhumorada:
-
---Calla y duerme ya.
-
-La caja de música del recibimiento, movida por la mano de alguno de los
-huéspedes, comenzó a tocar aquel aire sentimental de _La Mascota_, el
-dúo de Pippo y Bettina:
-
- ¿Me olvidarás, gentil pastor?
-
-Luego quedó todo en silencio.
-
-
-
-
-CAPÍTULO III
-
-PRIMERAS IMPRESIONES DE MADRID.--LOS HUÉSPEDES.--ESCENA
-APACIBLE.--DULCES Y DELEITOSAS ENSEÑANZAS.
-
-
-LA madre de Manuel tenía un pariente, primo de su marido, que era
-zapatero. Había pensado la Petra, en los días anteriores, enviar a
-Manuel de aprendiz a la zapatería; pero le quedaba la esperanza de que
-el muchacho se convenciera de que le convenía más estudiar cualquier
-cosa que aprender un oficio; y esta esperanza la hizo no decidirse a
-llevar al chico a casa de su cuñado.
-
-Algún trabajo costó a Petra convencer a la patrona que permitiera estar
-en casa a Manuel; pero al fin lo consiguió. Se convino en que el chico
-haría recados y serviría la comida. Luego, cuando pasara la época de
-vacaciones, seguiría estudiando.
-
-Al día siguiente de su llegada, el muchacho ayudó a servir la mesa a su
-madre.
-
-En el comedor se sentaban todos los huéspedes, menos la Baronesa y su
-niña, presididos por la patrona, con su cara llena de arrugas, de color
-de orejón, y sus treinta y tantos lunares.
-
-El comedor, un cuarto estrecho y largo, con una ventana al patio,
-comunicaba con dos angostos corredores, torcido en ángulo recto; frente
-a la ventana se levantaba un aparador de nogal negruzco con estantes,
-sobre los cuales lucían baratijas de porcelana y de vidrio, y copas y
-vasos en hilera. La mesa del centro era tan larga para cuarto tan
-pequeño, que apenas dejaba sitio para pasar por los extremos cuando se
-sentaban los huéspedes.
-
-El papel amarillo del cuarto, rasgado en muchos sitios, ostentaba a
-trechos círculos negruzcos, de la grasa del pelo de los huéspedes, que,
-echados con la silla hacia atrás, apoyaban el respaldar del asiento y la
-cabeza en la pared.
-
-Los muebles, las sillas de paja, los cuadros, la estera, llena de
-agujeros, todo estaba en aquel cuarto mugriento, como si el polvo de
-muchos años se hubiese depositado sobre los objetos unido al sudor de
-unas cuantas generaciones de huéspedes.
-
-De día, el comedor era obscuro; de noche, lo iluminaba un quinqué de
-petróleo de sube y baja que manchaba el techo de humo.
-
-La primera vez que sirvió la mesa Manuel, obedeciendo las indicaciones
-de su madre, presidía la mesa la patrona, según costumbre; a su derecha
-se sentaba un señor viejo, de aspecto cadavérico, un señor muy pulcro,
-que limpiaba los vasos y los platos con la servilleta concienzudamente.
-Este señor tenía a su lado un frasco con un cuentagotas, y antes de
-comer comenzó a echar la medicina en el vino. A la izquierda de la
-patrona se erguía la vizcaína, mujer alta, gruesa, de aspecto bestial,
-nariz larga, labios abultados y color encendido; y al lado de esta
-dama, aplastada coma un sapo, estaba doña Violante, a quien los
-huéspedes llamaban en broma unas veces doña Violente y otras doña
-Violada.
-
-Cerca de doña Violante se acomodaban sus hijas; luego, un cura que
-charlaba por los codos, un periodista a quien decían el Superhombre, un
-joven muy rubio, muy delgado y muy serio, los comisionistas y el tenedor
-de libros.
-
-Sirvió Manuel la sopa, la tomaron todos los huéspedes, sorbiéndola con
-un desagradable resoplido, y, por mandato de su madre, el muchacho quedó
-allí, de pie. Vinieron después los garbanzos, que, si no por lo grandes,
-por lo duros hubiesen podido figurar en un parque de artillería, y uno
-de los huéspedes se permitió alguna broma acerca de lo comestible de
-legumbre tan pétrea; broma que resbaló por el rostro impasible de doña
-Casiana sin hacer la menor huella.
-
-Manuel se dedicó a observar a los huéspedes. Era el día siguiente al
-complot, y doña Violante y sus niñas estaban hurañas y malhumoradas. La
-cara abotagada de doña Violante se fruncía a cada momento, y en sus ojos
-saltones y turbios se adivinaba una honda preocupación. Celia, la mayor
-de las hijas, molestada por las bromas del cura, comenzó a contestarle
-violentamente, maldiciendo de todo lo divino y humano con una rabia y un
-odio desesperado y pintoresco, lo que provocó grandes risas de todos.
-Irene, la culpable del escándalo de la noche anterior, una muchacha de
-quince a diez y seis años, de cabeza gorda, manos y pies grandes, cuerpo
-sin desarrollo completo y ademanes pesados y torpes, no hablaba apenas,
-ni separaba la vista del plato.
-
-Concluyó la comida, y los huéspedes se largaron cada uno a su trabajo.
-Por la noche, Manuel sirvió la cena sin tirar nada ni equivocarse una
-vez; pero a los cinco o seis días ya no daba pie con bola.
-
-No se sabe hasta qué punto impresionaron al muchacho los usos y
-costumbres de la casa de huéspedes y la clase de pájaros que en ella
-vivían; pero no debieron impresionarle mucho. Manuel tuvo que aguantar
-mientras sirvió la mesa en los días posteriores una serie interminable
-de advertencias, bromas y cuchufletas.
-
-Mil incidentes, chuscos para el que no tuviera que sufrirlos, se
-producían a cada paso: unas veces se encontraba tabaco en la sopa, otras
-carbón, ceniza, pedazos de papel de color en la botella del agua.
-
-Uno de los comisionistas, que padecía del estómago y se pasaba la vida
-mirándose la lengua en el espejo, solía levantarse, furioso, cuando
-pasaba alguna de estas cosas, a pedir a la dueña que despachase a un
-zascandil que hacía tantos disparates.
-
-Manuel se acostumbró a estas manifestaciones contra su humilde persona,
-y contestaba cuando le reñían con el mayor descaro e indiferencia.
-
-Pronto se enteró de la vida y milagros de todos los huéspedes, y se
-hallaba dispuesto a soltarles cualquier barbaridad si le fastidiaban
-demasiado.
-
-Doña Violante y sus niñas manifestaron por Manuel gran simpatía, la
-vieja sobre todo. Llevaban ya varios meses las tres damas viviendo en la
-casa; pagaban poco, y cuando no podían, no pagaban, pero eran fáciles de
-contentar. Dormían las tres en un cuarto interior, que daba al patio,
-del cual venía un olor a leche fermentada, repugnante, que escapaba del
-establo del piso bajo.
-
-No tenían en el cubil donde se albergaban sitio ni aun para moverse; el
-cuarto que les había asignado la patrona, en relación a la pequeñez del
-pupilaje y a la inseguridad del pago, era un chiscón obscuro, ocupado
-por dos estrechas camas de hierro, entre las cuales, en el poco sitio
-que dejaban ambas, se hallaba embutido un catre de tijera.
-
-Allá dormían aquellas galantes damas; de día correteaban todo Madrid, y
-se pasaban la existencia haciendo combinaciones con prestamistas,
-empeñando y desempeñando cosas.
-
-Las dos jóvenes, Celia e Irene, aunque madre e hija, pasaban como
-hermanas. Doña Violante tuvo en sus buenos tiempos una vida de pequeña
-cortesana; logró hacer sus ahorros, sus provisiones, allá para el
-invierno de la vejez, cuando un protector anciano le convenció de que
-tenía una combinación admirable para ganar mucho dinero en el Frontón.
-Doña Violante cayó en el lazo, y el protector la dejó sin un céntimo.
-Entonces, doña Violante volvió a las andadas, se quedó medio ciega, y
-llegó a aquel estado lamentable, al cual hubiera llegado, seguramente
-mucho más pronto, si en el comienzo de su vida le diera el naipe por ser
-honrada.
-
-De día, la vieja se pasaba casi siempre metida en su cuarto obscuro, que
-olía a establo, a polvos de arroz y a cosmético; de noche, tenía que
-acompañar a su hija y a su nieta, en paseos, cafés y teatros, a la busca
-y captura del cabrito, como decía el viajante enfermo del estómago,
-hombre entre humorista y malhumorado.
-
-Celia e Irene, la hija y la nieta de doña Violante, cuando estaban en
-casa disputaban a todas horas; quizá esta irritación continua del
-carácter dependía de lo amontonadas que vivían; quizá de tanto pasar
-ante los ojos de los demás como hermanas llegaron a convencerse de que
-lo eran, y, efectivamente, se insultaban y reñían como tales.
-
-Lo único en que concordaban era en asegurar que doña Violante las
-estorbaba; la impedimenta de la ciega asustaba a todo viejo libidinoso
-que se pusiese a tiro de la Irene y de la Celia.
-
-La patrona doña Casiana, que veía a la menor ocasión el abandono de la
-ciega, aconsejaba maternalmente a las dos que se armasen de paciencia;
-doña Violante, al fin y al cabo, no era como Calipso, inmortal; pero
-ellas contestaban que eso de que tuviesen que trabajar a toda máquina
-para comprar potingues y jarabes no les resultaba.
-
-Doña Casiana agitaba la cabeza con melancolía, porque por su edad y sus
-circunstancias se colocaba en el lugar de doña Violante, y argumentaba
-con el ejemplo, y decía que se pusieran en el caso de la abuela; pero
-ninguna de ellas se daba por convencida.
-
-Entonces la patrona les aconsejaba que se mirasen en su espejo. Ella,
-según aseguraban, bajó desde las alturas de la comandancia (su marido
-había sido comandante de carabineros) hasta las miserias del patronato
-de huéspedes, resignada, con la sonrisa del estoicismo en los labios.
-
-Doña Casiana sabía lo que es la resignación, y no tenía en esta vida más
-consuelos que unos cuantos tomos de novelas por entregas, dos o tres
-folletines y un líquido turbio fabricado misteriosamente por ella misma
-con agua azucarada y alcohol.
-
-Este líquido lo echaba en un frasco cuadrado de boca ancha, en cuyo
-interior ponía un tronco grueso de anís, y lo guardaba en el armario de
-su alcoba.
-
-Alguno que hizo el descubrimiento del frasco, con su rama negra de anís,
-lo comparó con esos en donde suelen conservarse fetos y otras porquerías
-por el estilo, y desde entonces, cuando la patrona aparecía con las
-mejillas sonrosadas, mil comentarios nada favorables a la templanza de
-la dueña corrían entre los huéspedes.
-
---Doña Casiana está ajumada con el aguardiente de feto.
-
---La buena señora abusa del feto.
-
---El feto se le ha subido a la cabeza...
-
-Manuel participaba amigablemente de estos espirituales esparcimientos de
-los huéspedes. Las facultades de acomodación de muchacho eran, sin
-disputa, muy grandes, porque a la semana de verse en casa de la patrona
-se figuraba haber vivido siempre allí.
-
-Se desenvolvían sus aptitudes por encanto: cuando se le necesitaba, no
-se le veía, y al menor descuido ya estaba en la calle jugando con los
-chicos de la vecindad.
-
-A consecuencia de sus juegos y de sus riñas tenía el traje tan sucio y
-tan roto, que la patrona solía llamarle el paje don Rompe Galas,
-recordando un tipo desastrado de un sainete que doña Casiana vió, según
-decía, representar en sus verdes años.
-
-Generalmente, los que utilizaban con más frecuencia los servicios de
-Manuel eran el periodista, a quien llamaban el Superhombre, para enviar
-cuartillas a la imprenta, y la Celia y la Irene para el servicio de
-cartas y de peticiones de dinero que tenían con sus amigos. Doña
-Violante, cuando robaba a su hija algunos céntimos, solía mandar a
-Manuel al estanco por una cajetilla, y por el recado le daba un cigarro.
-
---Fúmalo aquí--le decía--, no te verá nadie.
-
-Manuel se sentaba sobre un baúl, y la vieja, con el pitillo en la boca y
-echando humo por las narices, contaba aventuras de sus tiempos de
-esplendor.
-
-El cuarto aquel de doña Violante y de sus niñas era infecto; colgaban en
-las escarpias clavadas en la pared trapajos sucios, y, entre la falta de
-aire y la mezcolanza de olores que allí había, se formaba un tufo capaz
-de marear a un buey.
-
-Manuel escuchaba las historias de doña Violante con verdadera fruición.
-Sobre todo, en los comentarios era donde la vieja estaba más graciosa.
-
---Porque, hijo, créelo--le decía--, una mujer que tenga buenos pechos y
-que sea así cachondona--y la vieja daba una chupada al cigarro y
-explicaba con un gesto expresivo lo que entendía por aquella palabra, no
-menos expresiva--, siempre se llevará de calle a los hombres.
-
-Doña Violante solía cantar canciones de zarzuelas españolas y de
-operetas francesas, que a Manuel le producían una tristeza horrible. Sin
-saber por qué, le daban la impresión de un mundo de placeres inasequible
-para él. Cuando oía a doña Violante cantar aquello de _El Juramento_
-
- Es el desdén espada de doble filo:
- uno mata de amores, otro, de olvido...,
-
-se figuraba salones, damas, amores fáciles; pero más que esto, aun le
-daba una impresión de tristeza los valses de _La Diva_ y de _La gran
-Duquesa_.
-
-Las reflexiones de doña Violante abrían los ojos a Manuel; pero tanto
-como ellas colaboraban en este resultado las escenas que diariamente
-ocurrían en la casa.
-
-Era también buena profesora una sobrina de doña Casiana, de la edad poco
-más o menos de Manuel, una chiquilla flaca, esmirriada, de tan mala
-intención, que siempre estaba tramando complots en contra de alguien.
-
-Si le pegaban no derramaba una lágrima; solía bajar a la portería cuando
-el chico de la portera estaba solo, lo cogía por su cuenta y le
-pellizcaba y le daba puntapiés, y de esta manera se vengaba de los
-porrazos que ella había recibido.
-
-Después de comer, casi todos los huéspedes iban a sus ocupaciones; la
-Celia y la Irene, en unión de la vizcaína, tenían el gran holgorio
-espiando a las mujeres de casa de la Isabelona, las cuales solían
-asomarse al balcón y hablaban y se hacían señas con los vecinos. Algunas
-veces aquellas pobres odaliscas de burdel no se contentaban con hablar,
-y bailaban y enseñaban las pantorrillas.
-
-La madre de Manuel, como siempre, estaba pensando en el cielo y en el
-infierno; no se preocupaba gran cosa de las pequeñeces de la tierra y no
-sabía apartar al chico de espectáculos tan edificantes. El procedimiento
-educativo de la Petra no consistía mas que en darle algún golpe a Manuel
-y en hacerle leer libros de oraciones.
-
-La Petra creía ver resurgir en el muchacho alguno de los rasgos de
-carácter del maquinista, y esto le preocupaba. Quería que Manuel fuese
-como ella, humilde con los superiores, respetuoso con los sacerdotes...;
-pero, ¡buen sitio era aquél para aprender a respetar nada!
-
-Una mañana, luego de celebrada la solemne ceremonia, en la cual todas
-las mujeres de la casa salían al pasillo blandiendo el servicio de
-noche, se oyó en el cuarto de doña Violante un estrépito de gritos,
-lloros, patatas y vociferaciones.
-
-La patrona, la vizcaína y algunos huéspedes salieron al pasillo a
-fisgar. De dentro debieron comprender el espionaje, porque abrieron la
-puerta y siguió la riña en voz baja.
-
-Manuel y la sobrina de la patrona se quedaron en el pasillo. Se oían
-gimoteos de la Irene y las increpaciones de la Celia y de doña Violante.
-
-Al principio no se entendía bien lo que decían; pero se conoce que las
-tres mujeres se olvidaron pronto de la determinación de hablar bajo y
-las voces se levantaron iracundas.
-
---¡Anda! ¡Anda a la casa de socorro a que te quiten la hinchazón!
-¡Bribona!--decía la Celia.
-
---¿Y qué? ¿Y qué?--contestaba la Irene--¿Qué estoy preñada? Ya lo sé. ¿Y
-qué?
-
-Doña Violante abrió la puerta del pasillo con furia; Manuel y la chica
-de la patrona huyeron, y la vieja salió con una camisa de bayeta
-remendada y sucia y un pañuelo de hierbas anudado a la cabeza y se puso
-a pasear, arrastrando las chanclas, de un lado a otro del corredor.
-
---¡Cochina! ¡Más que cochina!--murmuraba--. ¡Habráse visto la guarra!
-
-Manuel fué al gabinete, en donde la patrona y la vizcaína charloteaban
-en voz baja. La sobrina de la patrona, muerta de curiosidad, preguntaba
-a las dos mujeres con irritación creciente:
-
---Pero, ¿por qué la riñen a la Irene?
-
-La patrona y la vizcaína cambiaron una ojeada amistosa, y se echaron a
-reír.
-
---Di--gritó la niña porfiada, agarrando de la toquilla a su tía--. ¿Qué
-importa que tenga ese bulto? ¿Quién le ha hecho ese bulto?
-
-Entonces ya la patrona y la vizcaína no pudieron contener la carcajada,
-mientras la chiquilla las miraba con avidez, tratando de penetrar el
-sentido de lo que oía.
-
---¿Quién le ha hecho ese bulto?--decía entre risotadas la vizcaína--.
-Pero, hija, si nosotras no sabemos quién le ha hecho el bulto.
-
---Todos los huéspedes repitieron con fruición y entusiasmo la pregunta
-de la sobrina de la patrona, y en cualquier discusión de sobremesa algún
-chusco salía diciendo de improviso:
-
---Ya veo que usted sabe quién le ha hecho el bulto--y la frase se acogía
-con grandes risotadas.
-
-Luego, pasados unos días, se habló de una consulta misteriosa, celebrada
-por las niñas de doña Violante con la mujer de un barbero de la calle de
-Jardines, especie de proveedora de angelitos para el limbo; se dijo que
-la Irene, al volver de la conferencia tenebrosa, vino en un coche, muy
-pálida, que la tuvieron que meter en la cama. Lo cierto fué que la
-muchacha pasó sin salir del cuarto más de una semana; que, al aparecer,
-su aspecto era de convaleciente, y que el ceño de la madre y de la
-abuela se desarrugó por completo.
-
---Tiene cara de infanticida--dijo el cura al verla de nuevo--, pero está
-más guapa.
-
-Si algo nefando hubo, nadie podría asegurarlo; pronto se olvidó lo
-ocurrido; a la niña se le presentó un protector rico, al parecer, y, en
-conmemoración de tan fausto acontecimiento, los huéspedes participaron
-del alboroque. Después de cenar, se bebió _cognac_ y aguardiente; el
-cura tocó la guitarra; la Irene bailó sevillanas, con menos gracia que
-un albañil, según dijo la patrona; el Superhombre cantó unos fados
-aprendidos en Portugal, y la vizcaína, por no ser menos, se arrancó con
-unas malagueñas, que lo mismo podían ser cante flamenco que salmos de
-David.
-
-Sólo el estudiante rubio, con sus ojos de acero, no participaba de la
-juerga, embebido en sus pensamientos.
-
---Y usted, Roberto--le dijo la Celia varias veces--, ¿no canta ni hace
-usted nada?
-
---Yo, no--replicó él, fríamente.
-
---No tiene usted sangre en las venas.
-
-El jovencito la contempló un momento, se encogió de hombros con
-indiferencia, y en sus labios pálidos se marcó una sonrisa de desdén y
-de burla.
-
-Luego, como acontecía casi siempre en las francachelas de la casa de
-huéspedes, un chusco se puso a darle a la caja de música del pasillo, y
-el «Gentil pastor» de _La Mascota_ y el vals de _La Diva_ brotaron
-confusos; el Superhombre y Celia dieron unas vueltas de vals y
-concluyeron cantando todos una habanera, hasta que se cansaron y se
-marchó cada mochuelo a su olivo.
-
-
-
-
-CAPÍTULO IV
-
-¡OH, EL AMOR, EL AMOR!--¿QUÉ HACE DON TELMO? ¿QUIÉN ES DON TELMO?--EN EL
-CUAL EL ESTUDIANTE Y DON TELMO TOMAN CIERTAS PROPORCIONES NOVELESCAS.
-
-
-A la Baronesa apenas se la veía en casa, excepto en las primeras horas
-de la mañana y de la noche. Comía y cenaba fuera. A creer a la patrona,
-era una trapisondista, y tenía grandes alternativas en su posición, pues
-tan pronto se mudaba a una casa buena y llevaba coche como desaparecía
-varios meses en el cuartucho infecto de una casa de pupilos barata.
-
-La hija de la Baronesa, una niña de unos doce a catorce años, no se
-presentaba nunca en el comedor ni en el pasillo; su madre la prohibía
-toda comunicación con los huéspedes. Se llamaba Kate. Era una muchacha
-rubia, muy blanca y muy bonita. Sólo el estudiante Roberto hablaba con
-ella algunas veces en inglés.
-
-El muchacho miraba a la chiquilla con entusiasmo.
-
-Aquel verano debió de terminar la mala racha de la Baronesa, porque
-comenzó a hacerse ropa y se preparó a mudarse de casa.
-
-Durante unas semanas iban todos los días una costurera y una aprendiza
-con trajes y sombreros para la Baronesa y Kate.
-
-Manuel, una noche, vió pasar a la aprendiza de la costurera con una caja
-grande en la mano, y se sintió enamorado.
-
-La siguió de lejos con gran miedo de que lo viera. Mientras iba tras
-ella, pensaba en lo que se le tendría que decir a una muchacha así, al
-acompañarla. Había de ser una cosa galante, exquisita; llegaba a suponer
-que estaba a su lado y torturaba su imaginación ideando frases y giros,
-y no se le ocurrían mas que vulgaridades. En esto, la aprendiza y su
-caja se perdieron entre la gente y no volvió a verlas.
-
-Fué para Manuel el recuerdo de aquella chiquilla como una música
-encantadora, una fantasía, base de otras fantasías. Muchas veces ideaba
-historias, en que él hacía siempre de héroe y la aprendiza de heroína.
-En tanto que Manuel lamentaba los rigores del destino, Roberto, el
-estudiante rubio, se dedicaba también a la melancolía, pensando en la
-hija de la Baronesa. Algunas bromas tenía que sufrir el estudiante,
-sobre todo de la Celia, que, según malas lenguas, trataba de arrancarle
-de su habitual frialdad; pero Roberto no se ocupaba de ella.
-
-Días después, un motivo de curiosidad agitó la casa.
-
-Al volver de la calle los huéspedes, se saludaban en broma unos a otros,
-diciéndose, a manera de santo y seña: ¿Quién es don Telmo? ¿Qué hace don
-Telmo?
-
-Un día estuvo el delegado de policía del distrito hablando en la casa
-con don Telmo, y alguien oyó o inventó que se ocuparon los dos del
-célebre crimen de la calle de Malasaña. La expectación entre los
-huéspedes al conocerse la noticia fué grande, y todos, entre burlas y
-veras, se pusieron de acuerdo para espiar al misterioso señor.
-
-Don Telmo se llamaba el viejo cadavérico que limpiaba con la servilleta
-las copas y las cucharas, y su reserva predisponía a observarle.
-Callado, indiferente, sin terciar en las conversaciones, hombre de muy
-pocas palabras, que no se quejaba nunca, llamaba la atención por lo
-mismo que parecía empeñado en no llamarla.
-
-Su única ocupación visible era dar cuerda a los siete u ocho relojes de
-la casa y arreglarlos cuando se descomponían, cosa que ocurría a cada
-paso.
-
-Don Telmo tenía las trazas de un hombre profundamente entristecido, de
-un ser desgraciado; en su cara lívida se leía un abatimiento profundo.
-La barba y el pelo blancos los llevaba muy recortados; sus cejas caían
-como pinceles sobre los ojos grises.
-
-En casa andaba envuelto en un gabán verdoso, con un gorro griego y
-zapatillas de paño. A la calle salía con una levita larga y un sombrero
-de copa muy alto, y sólo algunos días de verano sacaba un jipijapa
-habanero.
-
-Durante más de un mes don Telmo fué el motivo de las conversaciones de
-la casa de huéspedes.
-
-En el famoso proceso de la calle de Malasaña, una criada declaró que una
-tarde vió al hijo de doña Celsa en un aguaducho de la plaza de Oriente
-hablando con un viejo cojo. Para los huéspedes el tal hombre no podía
-ser otro que don Telmo. Con esta sospecha se dedicaron a espiar al
-viejo; pero él tenía buena nariz y lo notó al momento; viendo los
-huéspedes lo infructuoso de sus tentativas, trataron de registrarle el
-cuarto; ensayaron una porción de llaves hasta abrir la puerta, y se
-encontraron dentro con que no había mas que un armario con un cerrojo de
-seguridad formidable.
-
-La vizcaína y Roberto, el estudiante rubio, rechazaron aquella campaña
-de espionaje. El Superhombre, el cura, los comisionistas y las mujeres
-de la casa inventaron que la vizcaína y el estudiante eran aliados de
-don Telmo, y, probablemente, cómplices en el crimen de la calle de
-Malasaña.
-
---Indudablemente--dijo el Superhombre--, don Telmo mató a doña Celsa
-Nebot; la vizcaína fué la que regó el cadáver con petróleo y le pegó
-fuego, y Roberto el que guardó las alhajas en la casa de la calle de
-Amaniel.
-
---¡Ese pájaro frito!--replicaba la Celia--. ¿Qué va hacer ése?
-
---Nada, nada; hay que seguirles la pista--dijo el cura.
-
---Y pedirle dinero al viejo Shylock--añadió el Superhombre.
-
-Aquel espionaje, llevado entre bromas y veras, terminó en discusiones y
-disputas, y, a consecuencia de ellas, se formaron dos grupos en la casa:
-el de los sensatos, constituído por los tres criminales y la patrona, y
-el de los insensatos, en donde se alistaban todos los demás.
-
-Esta limitación de campos hizo que Roberto y don Telmo intimaran, y que
-el estudiante cambiara de sitio en la mesa y se sentara junto al viejo.
-
-Una noche, después de comer, mientras Manuel recogía de la mesa los
-cubiertos, los platos y copas, hablaban don Telmo y Roberto.
-
-El estudiante era un razonador dogmático, seco, rectilíneo, que no se
-desviaba de su punto de vista nunca; hablaba poco, pero cuando lo
-hacía, era de un modo sentencioso.
-
-Un día, discutiendo si los jóvenes debían o no ser ambiciosos y
-preocuparse del porvenir, Roberto aseguró que era lo primero que debía
-hacer uno.
-
---Pues usted no lo hace--dijo el Superhombre.
-
---Tengo el convencimiento absoluto--contestó Roberto--de que he de
-llegar a ser millonario. Estoy construyendo la máquina que me llenará de
-dinero.
-
-El Superhombre, que se las echaba de mundano y de corrido, se permitió,
-al oír esto, una broma desdeñosa acerca de las facultades de Roberto, y
-éste le replicó de una manera tan violenta y tan agresiva, que el
-periodista se descompuso y balbuceó una porción de excusas.
-
-Luego, cuando quedaron solos don Telmo y Roberto en la mesa, siguieron
-hablando, y del tema general de si los jóvenes debían o no ser
-ambiciosos, pasaron a tratar de las esperanzas que el estudiante tenía
-de llegar a ser millonario.
-
---Yo estoy convencido de que lo seré--dijo el muchacho--. En mi familia
-han abundado las personas de gran suerte.
-
---Eso está muy bien, Roberto--murmuró el viejo--; pero hay que saber
-cómo se hace uno rico.
-
---No crea usted que mi esperanza es ilusoria; yo tengo que heredar, y no
-poca cosa; tengo que heredar muchísimo... millones...; los cimientos de
-mi obra y el andamiaje están hechos; ahora el caso es que necesito
-dinero.
-
-En el rostro de don Telmo se pintó una expresión de sorpresa
-desagradable.
-
---No tenga usted cuidado--replicó Roberto--, no se lo voy a pedir.
-
---Hijo mío, si yo tuviera se lo daría con mucho gusto y sin interés. A
-mí se me cree millonario.
-
---No; ya le digo a usted que no trato de sacarle ni un céntimo; lo único
-que le pediría a usted sería un consejo.
-
---Hable usted, hable usted; le escucho con verdadera atención--repuso el
-viejo, apoyando un codo en la mesa.
-
-Manuel, que recogía el mantel, aguzó los oídos.
-
-En aquel instante entró en el comedor uno de los comisionistas, y
-Roberto, que se preparaba a contar algo, se calló y contempló al intruso
-con impertinencia. Era un tipo aristocrático el del estudiante, de pelo
-rubio, espeso y peinado para arriba, bigote blanco, como si fuera de
-plata; la piel, algo curtida por el sol.
-
---¿No sigue usted?--le dijo don Telmo.
-
---No--replicó el estudiante, mirando al comisionista--, porque no quiero
-que nadie se entere de lo que yo hablo.
-
---Venga usted a mi cuarto--repuso don Telmo--; allí hablaremos
-tranquilamente. Tomaremos café en mi habitación. ¡Manuel!--dijo
-después--, vete por dos cafés.
-
-Manuel, que tenía un gran interés en oír lo que contaba el estudiante,
-salió a la calle disparado. Tardó en volver con las cafeteras más de un
-cuarto de hora, con lo que supuso que Roberto habría terminado su
-narración.
-
-Llamó en el cuarto de don Telmo y se preparó a tardar el mayor tiempo
-posible allí, para oír todo lo que pudiese de la conversación. Limpió el
-velador del cuarto de don Telmo con un paño.
-
---¿Y cómo averiguó usted eso--preguntaba don Telmo--si no lo sabía su
-familia?
-
---Pues de una manera casual--replicó el estudiante--. Hará dos años por
-esta época quise yo hacer un regalillo a una hermana, que es ahijada
-mía, y a quien le gusta mucho tocar el piano, y se me ocurrió, tres días
-antes de su santo, comprar dos óperas, encuadernarlas y enviárselas. Yo
-quería que encuadernasen el libro en seguida, pero en las tiendas donde
-entré me dijeron que no había tiempo; iba con mis óperas bajo el brazo
-por cerca de la plaza de las Descalzas, cuando veo en la pared trasera
-de un convento una tiendecilla muy pequeña de encuadernador, como una
-covachuela, con escaleras para bajar. Pregunto al hombre, un viejo
-encorvado, si quiere encuadernarme el libro en dos días, y me dice que
-sí. Bueno--le digo--, pues yo vendré dentro de dos días.--Se lo enviaré
-a usted; deme usted sus señas--. Le doy mis señas y me pregunta el
-nombre. Roberto Hasting y Núñez de Letona.--¿Es usted Núñez de
-Letona?--me pregunta, mirándome con curiosidad.--Sí, señor.--¿Es usted
-oriundo de la Rioja?--Sí, ¿y qué?--le digo yo, fastidiado con tanta
-pregunta--. Y el encuadernador, cuya mujer es Núñez de Letona y oriunda
-de la Rioja, me cuenta la historia ésta que le he dicho a usted. Yo, al
-principio, lo tomé a broma; luego, al cabo de algún tiempo, escribí a mi
-madre, y me contestó que sí, que recordaba algo de todo esto.
-
-Don Telmo paró la vista en Manuel.
-
---¿Qué haces tú aquí?--le preguntó--. Anda fuera; no quiero que vayas
-contando después...
-
---Yo no cuento nada.
-
---Bueno, pues márchate.
-
-Salió Manuel, y don Telmo y Roberto siguieron hablando. Los huéspedes
-interrogaron a Manuel, pero éste no quiso decir nada. Se había decidido
-por el bando de los sensatos.
-
-Con esta amistad del viejo y el estudiante el servicio de espías siguió
-funcionando. Uno de los comisionistas averiguó que don Telmo celebraba
-contratos de retroventa y se dedicaba a prestar dinero sobre casas y
-muebles y a otros negocios usurarios.
-
-Alguien le vió en una ropavejería del Rastro, que probablemente sería
-suya, y se inventó que en su cuarto guardaba monedas de oro y que de
-noche jugaba con ellas encima de la cama.
-
-Se supo también que don Telmo iba a visitar con alguna frecuencia a una
-muchacha muy elegante y guapa, según unos querida suya, y, según otros,
-su sobrina.
-
-Al siguiente domingo, Manuel sorprendió una conversación entre el viejo
-y el estudiante. En un cuarto obscuro había un montante que daba a la
-habitación de don Telmo, y desde allí se puso a oír.
-
---¿De manera que se niega a dar más datos?--preguntaba don Telmo.
-
---Se niega en absoluto--decía el estudiante--; y él me aseguró que el
-que no apareciera el nombre de Fermín Núñez de Letona en el libro
-parroquial era consecuencia de una falsificación; que esto lo mandó
-hacer un tal Shapfer, agente de Bandon, y que luego los curas se
-aprovecharon para apoderarse de unas capellanías. Yo tengo la
-certidumbre de que el pueblo en donde nació Fermín Núñez fué Arnedo o
-Autol.
-
-Don Telmo contemplaba atentamente un pliego de papel grande: el árbol
-genealógico de la familia de Roberto.
-
---¿Qué camino cree usted que debía seguir?--preguntó el estudiante.
-
---Necesita usted dinero; pero ¡es tan difícil encontrarlo!--murmuró el
-viejo--. ¿Por qué no se casa usted?
-
---¿Y qué adelantaría?
-
---Con una mujer rica es lo que digo...
-
-Aquí don Telmo se puso a hablar en voz baja, y tras breves palabras se
-despidieron los dos.
-
-El espionaje de los huéspedes se hizo tan fastidioso para los espiados,
-que la vizcaína y don Telmo advirtieron a la patrona que se marchaban.
-La desolación de doña Casiana al saber su decisión fué grandísima; tuvo
-que recurrir varias veces al armario y dedicarse a los consuelos del
-líquido fabricado por ella.
-
-Los huéspedes, con la fuga de la vizcaína y don Telmo, se encontraron
-tan chasqueados, que ni los líos de la Irene y la Celia, ni los cuentos
-del cura don Jacinto, que exageró la nota soez, bastaron para sacar de
-su mutismo a la gente.
-
-El tenedor de libros, un hombre ictérico, de cara chupada y barba de
-judío de monumento, muy silencioso y tímido, que había roto a hablar
-intrigado por las cábalas ideadas y fantaseadas sobre la vida de don
-Telmo, se fué poniendo cada vez más amarillo de hipocondría.
-
-La marcha de don Telmo la pagaron el estudiante y Manuel. Con el
-estudiante no se atrevían mas que a darle bromas acerca de su
-complicidad con el viejo y la vizcaína; a Manuel le chillaba todo el
-mundo, cuando no le daban algún puntapié.
-
-Uno de los comisionistas, el enfermo del estómago, exasperado por el
-aburrimiento, el calor y las malas digestiones, no encontró otra
-distracción mas que insultar y reñir a Manuel mientras éste servía la
-mesa, viniera o no a cuento.
-
---¡Anda, ganguero!--le decía--. ¡Lástima de la comida que te dan!
-¡Calamidad!
-
-Esta cantinela, unida a otras del mismo género, comenzaba a fastidiar a
-Manuel. Un día el comisionista cargó la mano de insultos y de
-improperios sobre Manuel. Le habían enviado al chico por dos cafés, y
-tardaba mucho en venir con el servicio; precisamente aquel día no era
-suya la culpa de la tardanza, pues le hicieron esperar mucho.
-
---Te debían poner una albarda, ¡imbécil!--gritó el comisionista al verle
-entrar.
-
---No será usted el que me la ponga--le contestó de mala manera Manuel,
-colocando las tazas en la mesa.
-
---¿Que no? ¿Quieres verlo?
-
---Sí.
-
-El comisionista se levantó y le pegó un puntapié a Manuel en una
-canilla, que le hizo ver las estrellas. Dió el muchacho un grito de
-dolor, y, furioso, agarrando un plato, se lo tiró a la cabeza del
-comisionista; éste se agachó; cruzó el proyectil el comedor, rompió un
-cristal de la ventana y cayó al patio, rompiéndose allí con estrépito.
-El comisionista cogió una de las cafeteras llenas de café con leche y se
-la tiró a Manuel, con tanto acierto, que le dió en la cara; bramó el
-chico, cegado por la ira y el café con leche, se lanzó sobre su enemigo,
-lo arrinconó, y se vengó de sus insultos y de sus golpes con una serie
-inacabable de puñetazos y patadas.
-
---¡Que me mata! ¡Que me mata!--chillaba el comisionista con unos gritos
-de mujer.
-
---¡Ladrón! ¡Morral!--vociferaba Manuel empleando el repertorio de
-insultos más escogido de la calle.
-
-El Superhombre y el cura sujetaron por los brazos a Manuel, dejándole a
-merced del comisionista; éste trató de vengarse viendo al chico
-acorralado; pero cuando se disponía a pegarle, Manuel le dió una patada
-en el estómago que le hizo vomitar toda la comida.
-
-Todos se pusieron en contra de Manuel; pero Roberto le defendió. El
-comisionista se marchó a su cuarto, llamó a la patrona y le dijo que no
-permanecería un momento en la casa mientras estuviera allí el hijo de la
-Petra.
-
-La patrona, cuyo interés mayor era conservar el huésped, comunicó la
-decisión a su criada.
-
---Ya ves lo que has conseguido: ya no puedes estar aquí--dijo la Petra a
-su hijo.
-
---Bueno. Ese morral me las pagará--replicó el muchacho apretándose los
-chichones de la frente--. Le digo a usted que si le encuentro le voy a
-machacar los sesos.
-
---Te guardarás muy bien de decirle nada.
-
-En este momento entró el estudiante en la cocina.
-
---Has hecho bien, Manuel--exclamó dirigiéndose a la Petra--. ¿A qué le
-insultaba ese mamarracho? Aquí todo dios tiene derecho a meterse con uno
-si no hace lo que los demás quieren. ¡Gentuza cobarde!
-
-Al decir esto, Roberto se puso pálido de ira; luego se calmó y preguntó
-a la Petra:
-
---¿Adónde va usted a llevar ahora a Manuel?
-
---A una zapatería de un primo mío de la calle del Aguila.
-
---¿Está por barrios bajos?
-
---Sí.
-
---Algún día iré a verle.
-
-Antes de acostarse Manuel, volvió a aparecer Roberto en la cocina.
-
---Oye--le dijo a Manuel--, si conoces algún sitio raro por barrios
-bajos donde haya mala gente, avísame: iré contigo.
-
---Le avisaré a usted, no tenga usted cuidado. Bueno. Hasta la vista.
-¡Adiós!
-
-Roberto le dió la mano a Manuel, y éste la estrechó muy agradecido.
-
-
-
-
-SEGUNDA PARTE
-
-
-
-
-CAPÍTULO PRIMERO
-
-LA REGENERACIÓN DEL CALZADO Y EL LEÓN DE LA ZAPATERÍA.--EL PRIMER
-DOMINGO.--UNA ESCAPATORIA. EL «BIZCO» Y SU CUADRILLA.
-
-
-EL madrileño que alguna vez, por casualidad, se encuentra en los barrios
-pobres próximos al Manzanares, hállase sorprendido ante el espectáculo
-de miseria y sordidez, de tristeza e incultura que ofrecen las afueras
-de Madrid con sus rondas miserables, llenas de polvo en verano y de lodo
-en invierno. La corte es ciudad de contrastes; presenta luz fuerte al
-lado de sombra obscura; vida refinada, casi europea, en el centro vida
-africana, de aduar, en los suburbios. Hace unos años, no muchos, cerca
-de la ronda de Segovia y del Campillo de Gil Imón, existía una casa de
-sospechoso aspecto y de no muy buena fama, a juzgar por el rumor
-público. El observador...
-
-En este y otros párrafos de la misma calaña tenía yo alguna esperanza,
-porque daban a mi novela cierto aspecto fantasmagórico y misterioso;
-pero mis amigos me han convencido de que suprima los tales párrafos,
-porque dicen que en una novela parisiense estarán bien, pero en una
-madrileña, no; y añaden, además, que aquí nadie extravía, ni aun
-queriendo; ni hay observadores, ni casas de sospechoso aspecto, ni nada.
-Yo, resignado, he suprimido esos párrafos, por los cuales esperaba
-llegar algún día a la Academia Española, y sigo con mi cuento en un
-lenguaje más chabacano.
-
-Sucedió, pues, que al día siguiente de la bronca en el comedor de la
-casa de huéspedes, la Petra, muy de mañana, despertó a Manuel y le mandó
-vestirse.
-
-Recordó el muchacho la escena del día anterior; la comprobó, llevándose
-la mano a la frente, pues aun le dolían los chichones, y por el tono de
-su madre comprendió que persistía en su resolución de llevarle a la
-zapatería.
-
-Luego que se hubo vestido Manuel salieron madre e hijo de casa y
-entraron en la buñolería a tomar una taza de café con leche. Bajaron
-después a la calle del Arenal, cruzaron la plaza de Oriente, y por el
-Viaducto, y luego por la calle del Rosario, siguiendo a lo largo de la
-pared de un cuartel, llegaron a unas alturas a cuyo pie pasaba la ronda
-de Segovia. Veíase desde allá arriba el campo amarillento que se
-extendía hasta Getafe y Villaverde, y los cementerios de San Isidro con
-sus tapias grises y sus cipreses negros.
-
-De la ronda de Segovia, que recorrieron en corto trecho, subieron por la
-escalinata de la calle del Aguila, y en una casa que hacía esquina al
-Campillo de Gil Imón se detuvieron.
-
-Había dos zapaterías, ambas cerradas, una enfrente de la otra; y la
-madre de Manuel, que no recordaba cuál de las dos era la de su pariente,
-preguntó en una taberna.
-
---La del señor Ignacio es la de la casa grande--contestó el tabernero--.
-Creo que el zapatero vino ya, pero aun no ha abierto el almacén.
-
-Madre e hijo tuvieron que esperar a que abrieran. No era la casa aquélla
-pequeña ni de mal aspecto; pero parecía que tenía unas ganas atroces de
-caerse, porque ostentaba, aquí sí y allí también, desconchaduras,
-agujeros y toda clase de cicatrices. Tenía piso bajo y principal,
-balcones grandes y anchos con los barandados de hierro carcomidos por el
-orín, y los cristales, pequeños y verdes, sujetos con, listas de plomo.
-
-En el piso bajo de la casa, en la parte que daba a la calle del Aguila,
-había una cochera, una carpintería, una taberna y la zapatería del
-pariente de la Petra. Este establecimiento tenía sobre la puerta de
-entrada un rótulo que decía:
-
- «A LA REGENERACIÓN DEL CALZADO»
-
-El historiógrafo del porvenir seguramente encontrará en este letrero una
-prueba de lo extendida que estuvo en algunas épocas cierta idea de
-regeneración nacional, y no le asombrará que esa idea, que comenzó por
-querer reformar y regenerar la Constitución y la raza española,
-concluyera en la muestra de una tienda de un rincón de los barrios
-bajos, en donde lo único que se hacía era reformar y regenerar el
-calzado.
-
-Nosotros no negaremos la influencia de esa teoría regeneradora en el
-dueño del establecimiento _A la regeneración del calzado_; pero tenemos
-que señalar que este rótulo presuntuoso fué puesto en señal de desafío a
-la zapatería de enfrente, y también tenemos que dar fe de que había sido
-contestado por otro aun más presuntuoso.
-
-Una mañana los de _A la regeneración del calzado_ se encontraron
-anonadados al ver el rótulo de la zapatería rival. Se trataba de una
-hermosa muestra de dos metros de larga, con este letrero:
-
- «EL LEÓN DE LA ZAPATERÍA»
-
-Esto aun era tolerable; pero lo terrible, lo aniquilador, era la pintura
-que en medio ostentaba la muestra. Un hermoso león amarillo con cara de
-hombre y melena encrespada, puesto de pie, tenía entre las garras
-delanteras una bota, al parecer, de charol. Debajo de la pintura se leía
-lo siguiente: _La romperás, pero no la descoserás_.
-
-Era un lema abrumador: ¡Un león (fiera) tratando de descoser la bota
-hecha por el León (zapatería), y sin poderlo conseguir! ¡Qué humillación
-para la fiera! ¡Qué triunfo para la zapatería! La fiera, en este caso,
-era _A la regeneración de calzado_, que había quedado, como suele
-decirse, a la altura del betún.
-
-Además del rótulo de la tienda del señor Ignacio, en uno de los balcones
-de la casa grande había un busto de mujer, de cartón probablemente, y un
-letrero debajo: _Perfecta Ruiz; se peinan señoras_; a los lados del
-portal, en la pared, colgaban varios anuncios, indignos de llamar la
-atención del historiógrafo antes mencionado, y en los cuales se ofrecían
-cuartos baratos con cama y sin cama, memorialistas y costureras. Sólo un
-cartel, en donde estaban pegados horizontal, vertical y oblicuamente una
-porción de figurines recortados, merecía pasar a la historia por su
-laconismo; decía:
-
- «MODA PARISIÉN. ESCORIHUELA, SASTRE»
-
-Manuel, que no se había tomado el trabajo de leer todos estos rótulos,
-entró en la casa por una puertecilla que había al lado del portalón de
-la cochera, y siguió por un corredor hasta un patio muy sucio.
-
-Cuando salió a la calle habían abierto la zapatería. La Petra y el chico
-entraron.
-
---¿No está el señor Ignacio?--preguntó ella.
-
---Ahora viene--contestó un muchacho que amontonaba zapatos viejos en el
-centro de la tienda.
-
---Dígale usted que está aquí su prima, la Petra.
-
-Salió el señor Ignacio. Era un hombre de unos cuarenta a cincuenta años,
-seco y enjuto. Comenzaron a hablar la Petra y él, mientras el muchacho y
-un chiquillo seguían amontonando los zapatos viejos. Manuel les miraba,
-cuando el mozo le dijo:
-
---¡Anda, tú, ayuda!
-
-Manuel hizo lo que ellos, y cuando terminaron los tres, esperaron a que
-cesaran de hablar la Petra y el señor Ignacio. La Petra contaba a su
-primo la última hazaña de Manuel, y el zapatero escuchaba sonriendo. El
-hombre no tenía trazas de mala persona; era rubio e imberbe; en su labio
-superior sólo nacían unos cuantos pelos azafranados. La tez amarilla,
-rugosa, los surcos profundos de su cara, el aire cansado, le daban
-aspecto de hombre débil. Hablaba con cierta vaguedad irónica.
-
---Te vas a quedar aquí--le dijo la Petra a Manuel.
-
---Bueno.
-
-Este es un barbián--exclamó el señor Ignacio, riendo--; se conforma
-pronto.
-
---Sí; éste todo lo toma con calma. Pero, mira--añadió, dirigiéndose a su
-hijo--, si yo sé que haces alguna cosa como la de ayer, ya verás.
-
-Se despidió Manuel de su madre.
-
---¿Has estado mucho tiempo en ese pueblo de Soria con mi primo?--le
-preguntó el señor Ignacio.
-
---Dos años.
-
---Y qué, ¿allí trabajabas mucho?
-
---Allí no trabajaba nada.
-
---Pues hijo, aquí no tendrás más remedio. Anda, siéntate a trabajar. Ahí
-tienes a tus primos--añadió el señor Ignacio, mostrando al mozo y al
-chiquillo--. Estos también son unos guerreros.
-
-El mozo se llamaba Leandro, y era robusto; no se parecía nada a su
-padre: tenía la nariz y los labios gruesos, la expresión testaruda y
-varonil; el otro era un chico de la edad de Manuel, delgaducho, esbelto,
-con cara de pillo, y se llamaba Vidal.
-
-Se sentaron el señor Ignacio y los tres muchachos alrededor de un tajo
-de madera, formado por un tronco de árbol con una gran muesca. El
-trabajo consistía en desarmar y deshacer botas y zapatos viejos, que en
-grandes fardos, atados de mala manera, y en sacos, con un letrero de
-papel cosido a la tela, se veían por el almacén por todas partes. En el
-tajo se colocaba la bota destinada al descuartizamiento; allí se le daba
-un golpe o varios con una cuchilla, hasta cortarle el tacón; después,
-con las tenazas, se arrancaban las distintas capas de suela; con unas
-tijeras se quitaban los botones y tirantes, y cada cosa se echaba en su
-espuerta correspondiente: en una, los tacones; en otras, las gomas, las
-correas, las hebillas.
-
-A esto había descendido _La regeneración del calzado_: a justificar el
-título de una manera bastante distinta de la pensada por el que lo puso.
-
-El señor Ignacio, maestro de obra prima, había tenido necesidad, por
-falta de trabajo, de abandonar la lezna y el tirapié para dedicarse a
-las tenazas y a la cuchilla; de crear, a destruir; de hacer botas
-nuevas, a destripar botas viejas. El contraste era duro; pero el señor
-Ignacio podía consolarse viendo a su vecino, el de _El león de la
-zapatería_, que sólo de Pascuas a Ramos tenía alguna mala chapuza que
-hacer.
-
-La primera mañana de trabajo fué pesadísimo para Manuel; el estar tanto
-tiempo quieto le resultó insoportable. Al mediodía entró en el almacén
-una vieja gorda, con la comida en una cesta; era la madre del señor
-Ignacio.
-
---¿Y mi mujer?--le preguntó el zapatero.
-
---Ha ido a lavar.
-
---¿Y la Salomé? ¿No viene?
-
---Tampoco; le ha salido trabajo en una casa para toda la semana.
-
-Sacó la vieja un puchero, platos, cubiertos y un pan grande de la cesta;
-extendió un paño en el suelo, sentáronse todos alrededor de él, vertió
-el caldo del puchero en los platos, en donde cada uno desmigó un pedazo
-de pan, y fueron comiendo. Después dió la vieja a cada uno su ración de
-cocido, y, mientras comían, el zapatero discurseó un poco acerca del
-porvenir de España y de los motivos de nuestro atraso, conversación
-agradable para la mayoría de los españoles que nos sentimos regenadores.
-
-Era el señor Ignacio de un liberalismo templado, hombre a quien
-entusiasmaban esas palabras de la soberanía nacional y que hablaba a
-boca llena de la Gloriosa. En cuestiones de religión se mostraba
-partidario de la libertad de cultos; para él, el ideal hubiese sido que
-en España existiese el mismo número de curas católicos, protestantes,
-judíos, de todas las religiones, porque así, decía, cada uno elegiría el
-dogma que le pareciera mejor. Eso sí, si él fuera del Gobierno,
-expulsaría a todos los frailes y monjas, porque son como la sarna, que
-viven mejor cuanto más débil se encuentra el que la padece. A esto
-arguyó Leandro, el hijo mayor, diciendo que a los frailes, monjas y
-demás morralla lo mejor era degollarlos, como se hace con los cerdos, y
-que respecto a los curas, fuesen católicos, protestantes o chinos,
-aunque no hubiera ninguno, no se perdería nada.
-
-Terció también la vieja en la conversación, y como para ella, vendedora
-de verduras, la política era principalmente cuestión entre verduleras y
-guardias municipales, habló de un motín en que las amables damas del
-mercado de la Cebada dispararon sus hortalizas a la cabeza de unos
-cuantos guindillas, defensores de un contratista del mercado. Las
-verduleras querían asociarse, y después poner la ley y fijar los
-precios; y eso a ella no le parecía bien.
-
---Porque ¡qué moler!--dijo--. ¿Por qué le han de quitar a una el género,
-si quiere venderlo más barato? Como si a mí se me pone en el moño darlo
-todo de balde.
-
---Pues, no, señora--le replicó Leandro--. Eso no está bien.
-
---¿Por qué no?
-
---Porque no; porque los industriales tienen que ayudarse, y si usted
-hace eso, pongo por caso, impide usted que otra venda, y para eso se ha
-inventado el socialismo, para favorecer la industria del hombre.
-
---Bueno; pues que le den dos duros a la industria del hombre y que la
-maten.
-
-Hablaba la mujer muy cachazuda y sentenciosamente. Estaba su calma muy
-en perfecta consonancia con su corpachón, de un grosor y de una rigidez
-de tronco; tenía la cara carnosa y de torpes facciones; las arrugas
-profundas, bolsas de piel lacia debajo de los ojos; en la cabeza llevaba
-un pañuelo negro, muy ceñido y apretado a las sienes.
-
-Era la señora Jacoba, así se llamaba, una mujer que no debía sentir ni
-el frío ni el calor: verano e invierno se pasaba las horas muertas
-sentada en su puesto de verduras de Puerta de Moros; si vendía una
-lechuga, desde que el sol nace hasta que se pone, vendía mucho.
-
-Después de comer la familia del zapatero, fueron unos a dormir la siesta
-al patio de la casa, y otros se quedaron allí en el almacén.
-
-Vidal, el hijo menor del zapatero, se tendió en el patio al lado de
-Manuel, y después de interrogarle acerca de la causa de aquellos
-chichones que apuntaban en la frente de su primo, le preguntó:
-
---¿Tú habías estado alguna vez en esta calle?
-
---Yo, no.
-
---Por estos barrios se divierte uno la mar.
-
---Sí, ¿eh?
-
---Ya lo creo. ¿Tú no tienes novia?
-
---Yo, no.
-
---Pues hay muchas chicas que están deseando tener avío.
-
---¿De veras?
-
---Sí, hombre. En la casa donde vivimos hay una chica muy bonita, amiga
-de mi novia. Te puedes quedar con ella.
-
---Pero vosotros, ¿no vivís en esta casa?
-
---No; nosotros vivimos en el arroyo de Embajadores; mi tía Salomé y mi
-abuela son las que viven aquí. Pero allá en mi casa se divierte uno;
-¡gachó! las cosas que me han pasado a mí allí.
-
---En el pueblo en donde he estado yo--dijo Manuel, para no dejarse
-achicar por su primo--había montes más altos que veinte casas de éstas.
-
---En Madrid también hay la Montaña del Príncipe Pío.
-
---Pero no será tan grande como la del pueblo.
-
---¿Que no? Si en Madrid está todo lo mejor.
-
-Molestaba bastante a Manuel la superioridad que su primo quería
-asignarse, hablándole de mujeres con el tono de un hombre experimentado
-que las conoce a fondo. Después de echar la siesta y de terminar una
-partida al mus, en que se enzarzaron el zapatero y unos vecinos,
-volvieron el señor Ignacio y los muchachos a su faena de cortar tacones
-y destripar botas. Se cerró de noche el almacén; el zapatero y sus hijos
-se fueron a su casa. Manuel cenó en el cuarto de la señora Jacoba la
-verdulera, y durmió en una hermosa cama, que le pareció bastante mejor
-que la de la casa de huéspedes.
-
-Ya acostado, pesó el pro y el contra de su nueva posición social, y,
-calculando si el fiel de la balanza se inclinaría a uno u otro lado, se
-quedó dormido.
-
-Al principio, la monotonía en el trabajo y la sujeción atormentaban a
-Manuel; pero pronto se acostumbró a una cosa y otra, y los días le
-parecieron más cortos y la labor menos penosa.
-
-El primer domingo dormía Manuel a pierna suelta en casa de la señora
-Jacoba, cuando entró Vidal a despertarle. Eran más de las once; la
-verdulera, según su costumbre, había salido al amanecer para su puesto,
-dejando al muchacho solo.
-
---¿Qué haces?--le preguntó Vidal--. ¿Por qué no te levantas?
-
---Pues ¿qué hora es?
-
---La mar de tarde.
-
-Se vistió Manuel de prisa y corriendo, y salieron los dos de casa;
-cerca, enfrente de la calle del Aguila, en una plazoleta, se reunieron a
-un grupo de granujas que jugaban al chito, y observaron muy atentos las
-peripecias del juego.
-
-Al mediodía Vidal le dijo a su primo:
-
---Hoy vamos a comer allá.
-
---¿En vuestra casa?
-
---Sí; anda, vamos.
-
-Vidal, cuya especialidad eran los hallazgos, encontró cerca de la fuente
-de la Ronda, que está próxima a la calle del Aguila, un sombrero de
-copa, viejo, de grandes alas, escondido el cuitado en un rincón, quizá
-por modestia, y empezó a darle de puntapiés y a echarlo por el alto; se
-asoció Manuel a la empresa, y entre los dos llevaron aquella reliquia,
-venerable por su antigüedad, desde la ronda de Segovia a la de Toledo, y
-de ésta a la de Embajadores, hasta dejarla, sin copa y sin alas, en
-medio del arroyo. Cometida esta perversidad, Manuel y Vidal desembocaron
-en el paseo de las Acacias y entraron en una casa cuya entrada mostraba
-un arco sin puerta.
-
-Pasaron los dos muchachos por una callejuela, empedrada con cantos
-redondos, hasta un patio, y después, por una de sus muchas escalerillas
-subieron al balcón del piso primero, en el cual se abría una fila de
-puertas y de ventanas pintadas de azul.
-
---Aquí vivimos nosotros--dijo Vidal, señalando una de aquellas puertas.
-
-Pasaron adentro; era la casa del señor Ignacio pequeña: la componían dos
-alcobas, una sala, la cocina y un cuarto obscuro. El primer cuarto era
-la sala, amueblada con una cómoda de pino, un sofá, varias sillas de
-paja y un espejo verde, lleno de cromos y de fotografías, envuelto en
-una gasa roja. Solía la familia del zapatero hacer de comedor este
-cuarto los domingos, por ser el más espacioso y el de más luz.
-
-Cuando llegaron Manuel y Vidal, hacía tiempo que los esperaban.
-Sentáronse todos a la mesa, y la Salomé, la cuñada del zapatero, se
-encargó de servir la comida. Manuel no conocía a la Salomé. Era
-parecidísima a su hermana, la madre de Vidal. Las dos, de mediana
-estatura, tenían la nariz corta y descarada, los ojos negros y hermosos;
-a pesar de su semejanza física, las diferenciaba por completo su
-aspecto: la madre de Vidal, llamada Leandra, sucia, despeinada, astrosa,
-con trazas de malhumor, parecía mucho más vieja que la Salomé, aunque no
-la llevaba mas que tres o cuatro años. La Salomé mostraba en su
-semblante un aire alegre y decidido.
-
-¡Y lo que es la suerte! La Leandra, a pesar de su abandono, de su humor
-agrio y de su afición al aguardiente, estaba casada con un hombre
-trabajador y bueno, y, en cambio, la Salomé, dotada de excelentes
-condiciones de laboriosidad y buen genio, había concluído amontonándose
-con un gachó entre estafador, descuidero y matón, del cual tenía dos
-hijos. Por un espíritu de humildad o de esclavitud, unido a un natural
-independiente y bravío, la Salomé adoraba a su hombre, y se engañaba a
-sí misma, para considerarlo como tremendo y bragado, aunque era un
-cobarde y un gandul. El bellaco se había dado cuenta clara de la cosa, y
-cuando le parecía bien, con un ceño terrible aparecía en la casa y
-exigía los cuartos que la Salomé ganaba cosiendo a máquina, a cinco
-céntimos las dos varas. Ella le daba sin pena el producto de su penoso
-trabajo, y muchas veces el truhán no se contentaba con sacarle el
-dinero, sino que la zurraba además.
-
-Los dos niños de la Salomé no estaban este día en casa del señor
-Ignacio; los domingos, después de ponerlos muy guapos y bien vestidos,
-su madre los enviaba a casa de una parienta suya, maestra de un taller,
-en donde pasaban la tarde.
-
-En la comida, Manuel escuchó, sin terciar en la conversación. Se habló
-de una de las muchachas de la vecindad que se había ido con un chalán
-muy rico, hombre casado y con familia.
-
---Ha hecho bien--dijo la Leandra, vaciando un vaso de vino.
-
---Si no sabía que era casado...
-
---¿Qué más da?--contestó la Leandra, con aire indiferente.
-
---Mucho. ¿A ti te gustaría que una mujer se llevara tu marido?--preguntó
-la Salomé a su hermana.
-
---¡Psch!
-
---Sí; ahora ya se sabe--interrumpió la madre del señor Ignacio--. ¡Si de
-dos mujeres no hay una _honrá_!
-
---Bastante se adelanta con ser _honrá_--repuso la Leandra--: miseria y
-hambre... Si no se casara una, podría una alternar y hasta tener dinero.
-
---Pues no sé cómo--replicó la Salomé.
-
---¿Cómo? Aunque fuese haciendo la carrera.
-
-El señor Ignacio desvió con disgusto la vista de su mujer, y el hijo
-mayor, Leandro, miró a su madre de un modo torvo y severo.
-
---¡Bah!, eso se dice--arguyó la Salomé, que quería discutir la cuestión
-impersonalmente--; pero a ti no te hubiera gustado que te insultaran por
-todas partes.
-
---¿A mí? ¡Bastante me importa a mí lo que digan!--contestó la
-zapatera--. ¡Ay, qué leñe! Si me dicen golfa, y no soy golfa..., ya ves:
-corona de flores; y si lo soy..., pata.
-
-El señor Ignacio se sentía ofendido, y desvió la conversación, hablando
-del crimen de las Peñuelas: se trataba de un organillero celoso que
-había matado a su querida por una mala palabra; la cuestión apasionaba;
-cada uno dió su parecer. Concluyó la comida, y el señor Ignacio,
-Leandro, Vidal y Manuel salieron a la galería a echar la siesta mientras
-las mujeres quedaban dentro hablando.
-
-En el patio, todos los vecinos sacaban el petate fuera, y, en camiseta,
-medio desnudos, sentados unos, tendidos los otros, dormían en las
-galerías.
-
---Anda, tú, vamos--dijo Vidal a Manuel.
-
---¿Adónde?
-
---Con los Piratas. Hoy tenemos cita; nos estarán esperando.
-
---Pero ¿qué piratas?
-
---El _Bizco_ y esos.
-
---¿Y por qué los llaman así?
-
---Porque son como los piratas.
-
-Bajaron Manuel y Vidal al patio; salieron de casa y descendieron por el
-arroyo de Embajadores.
-
---Pues nos llaman los Piratas--dijo Vidal--, de una pedrea que tuvimos.
-Unos chicos del paseo de las Acacias se habían formado con palos, y
-llevaban una bandera española, y, entonces, yo, el _Bizco_ y otros tres
-o cuatro, empezamos con ellos a pedradas y les hicimos escapar; y el
-_Corretor_, uno que vive en nuestra casa y que nos vió ir detrás de
-ellos, nos dijo: «--Pero vosotros, ¿sois piratas o qué? Porque si sois
-piratas debéis llevar la bandera negra». Y al día siguiente yo cogí un
-delantal obscuro de mi padre y lo até en un palo y fuimos detrás de los
-que llevaban la bandera española, y por poco no se la quitamos; por eso
-nos llaman los piratas.
-
-Llegaron los dos primos a una barriada miserable y pequeña.
-
---Esta es la Casa del Cabrero--dijo Vidal--; aquí están los socios.
-
-Efectivamente; se hallaba acampada toda la piratería. Allí conoció
-Manuel al _Bizco_, una especie de chimpancé, cuadrado, membrudo, con los
-brazos largos, las piernas torcidas y las manos enormes y rojas.
-
---Este es mi primo--añadió Vidal, presentando Manuel a la cuadrilla; y
-después, para hacerle más interesante, contó cómo había llegado a casa
-con dos chichones inmensos producidos en lucha homérica sostenida contra
-un hombre.
-
-El _Bizco_ miró atentamente a Manuel, y viendo que Manuel le observaba a
-su vez con tranquilidad, desvió la vista. La cara del _Bizco_ producía
-el interés de un bicharraco extraño o de un tic patológico. La frente
-estrecha, la nariz roma, los labios abultados, la piel pecosa y el pelo
-rojo y duro, le daban el aspecto de un mandril grande y rubio.
-
-Desde el momento que llegó Vidal, la cuadrilla se movilizó y anduvieron
-todos los chicos merodeando por la Casa del Cabrero.
-
-Llamaban así a un grupo de casuchas bajas con un patio estrecho y largo
-en medio. En aquella hora de calor, a la sombra, dormían como
-aletargados, tendidos en el suelo, hombres y mujeres medio desnudos.
-Algunas mujeres en camisa, acurrucadas y en corro de cuatro o cinco,
-fumaban el mismo cigarro, pasándoselo una a otra y dándole cada una su
-chupada.
-
-Pululaba una nube de chiquillos desnudos, de color de tierra, la mayoría
-negros, algunos rubios, de ojos, azules. Como si sintieran ya la
-degradación de su miseria, aquellos chicos no alborotaban ni gritaban.
-
-Unas cuantas chiquillas de diez a catorce años charlaban en grupo. El
-_Bizco_ y Vidal y los demás las persiguieron por el patio. Corrían las
-chicas medio desnudas, insultándoles y chillando.
-
-El _Bizco_ contó que había forzado algunas de aquellas muchachitas.
-
---Son todas puchereras, como las de la calle de Ceres--dijo uno de los
-piratas.
-
---¿Hacen pucheros?--preguntó Manuel.
-
---Sí; buenos pucheros.
-
---Pues ¿por qué son puchereras?
-
---Pu... lo demás--añadió el chico haciendo un corte de mangas.
-
---Que son zorras, tartamudeó el _Bizco_--. Pareces tonto.
-
-Manuel contempló al _Bizco_ con desprecio, y preguntó a su primo:
-
---¿Pero esas chicas?
-
---Ellas y sus madres--repuso Vidal con filosofía--. Casi todas las que
-viven aquí.
-
-Salieron los Piratas de la Casa del Cabrero, bajaron a una hondonada,
-después de pasar al lado de una valla alta y negra, y por en medio de
-Casa Blanca desembocaron en el paseo de Yeserías.
-
-Se acercaron al Depósito de cadáveres, un pabellón blanco próximo al
-río, colocado al comienzo de la Dehesa del Canal. Le dieron vuelta por
-si veían por las ventanas algún muerto, pero las ventanas estaban
-cerradas.
-
-Siguieron andando por la orilla del Manzanares, entre los pinos torcidos
-de la Dehesa. El río venía exhausto, formado por unos cuantos hilillos
-de agua negra y de charcos encima del barro.
-
-Al final de la Dehesa de la Arganzuela, frente a un solar espacioso y
-grande, limitado por una valla hecha con latas de petróleo, extendidas
-y clavadas en postes, se detuvo la cuadrilla a contemplar el solar,
-cuya área extensa la ocupaban carros de riego, barrederas mecánicas,
-bombas de extraer pozos negros, montones de escobas y otra porción de
-menesteres y utensilios de la limpieza urbana.
-
-A uno de los lados del solar se levantaba un edificio blanco, en otra
-época iglesia o convento, a juzgar por sus dos torres y el hueco de las
-campanas abierto en ellas.
-
-Anduvo la cuadrilla husmeando por allí; pasaron los chicos por debajo de
-un arco, con un letrero, en donde se leía: «Depósito de Caballos
-Padres»; y por detrás del edificio con trazas de convento llegaron cerca
-de unas barracas de esteras sucias y mugrientas: chozas de aduar
-africano, construídas sobre armazón de palitroques y cañas.
-
-El _Bizco_ entró en una de aquellas chozas y salió con un pedazo de
-bacalao en la mano.
-
-Manuel sintió un miedo horrible.
-
---Me voy--dijo a Vidal.
-
---¡Anda éste!...--exclamó uno con ironía--. Pues no tienes tú poco
-sorullo.
-
-De pronto otro de los chicos gritó:
-
---A _najarse_, que viene gente.
-
-Echaron todos los de la cuadrilla a correr por el paseo del Canal.
-
-Se veía Madrid envuelto en una nube de polvo, con sus casas
-amarillentas. Las altas vidrieras relucían a la luz del sol poniente.
-Del paseo del Canal, atravesando un campo de rastrojo, entraron todos
-por una callejuela en la plaza de las Peñuelas; luego, por otra calle en
-cuesta, subieron al paseo de las Acacias.
-
-Entraron en el Corralón, Manuel y Vidal, después de citarse con la
-cuadrilla para el domingo siguiente, subieron la escalera hasta la
-galería de la casa del señor Ignacio, y cuando se acercaron a la puerta
-del zapatero oyeron gritos.
-
---Padre está zurrando a la vieja--murmuró Vidal--. Lo que haya hoy que
-_jamar_ aquí, _pa_ el gato. Me marcho a acostar.
-
---Y yo, ¿cómo voy a la otra casa?--preguntó Manuel.
-
---No tienes mas que seguir la Ronda hasta llegar a la escalera de la
-calle del Aguila. No hay pérdida.
-
-Manuel siguió el camino indicado. Hacía un calor horrible; el aire
-estaba lleno de polvo: jugaban algunos hombres a los naipes a las
-puertas de las tabernas, y en otras, al son de un organillo, bailaban
-abrazados.
-
-Cuando llegó Manuel frente a la escalera de la calle del Aguila,
-anochecía. Se sentó a descansar un rato en el Campillo de Gil Imón.
-Veíase desde allá arriba el campo amarillento, cada vez más sombrío con
-la proximidad de la noche, y las chimeneas y las casas, perfiladas con
-dureza en el horizonte. El cielo azul y verde arriba se inyectaba de
-rojo a ras de la tierra, se obscurecía y tomaba colores siniestros,
-rojos cobrizos, rojos de púrpura.
-
-Asomaban por encima de las tapias las torrecitas y cipreses del
-cementerio de San Isidro; una cúpula redonda se destacaba recortada en
-el aire; en su remate se erguía un angelote, con las alas desplegadas,
-como presto para levantar el vuelo sobre el fondo incendiado y
-sangriento de la tarde.
-
-Por encima de las nubes estratificadas del crepúsculo brillaba una
-pálida estrella en una gran franja verde, y en el vago horizonte,
-animado por la última palpitación del día, se divisaban, inciertos,
-montes lejanos.
-
-
-
-
-CAPÍTULO II
-
-EL CORRALÓN O LA CASA DEL TÍO RILO. LOS ODIOS DE VECINDAD.
-
-
-CUANDO la Salomé terminó su labor de costura y fué a dormir a la calle
-del Aguila, Manuel pasó definitivamente a sentar sus reales a la casa
-del tío Rilo, del arroyo de Embajadores. Llamaban unos a esta casa la
-Corrala, otros el Corralón, otros la Piltra, y con tantos nombres la
-designaban, que no parecía sino que los inquilinos se pasaban horas y
-horas pensando motes para ella.
-
-Daba el Corralón--este era el nombre más familiar de la piltra del tío
-Rilo--al paseo de las Acacias, pero no se hallaba en la línea de este
-paseo, sino algo metida hacia atrás. La fachada de esta casa, baja,
-estrecha, enjalbegada de cal, no indicaba su profundidad y tamaño; se
-abrían en esta fachada unos cuantos ventanucos y agujeros
-asimétricamente combinados, y un arco sin puerta daba acceso a un
-callejón empedrado con cantos, el cual, ensanchado después, formaba un
-patio, circunscrito por altas paredes negruzcas.
-
-De los lados del callejón de entrada subían escaleras de ladrillo a
-galerías abiertas, que corrían a lo largo de la casa en los tres pisos,
-dando la vuelta al patio. Abríanse de trecho en trecho, en el fondo de
-estas galerías, filas de puertas pintadas de azul, con un número negro
-en el dintel de cada una.
-
-Entre la cal y los ladrillos de las paredes asomaban, como huesos
-puestos al descubierto, largueros y travesaños, rodeados de tomizas
-resecas. Las columnas de las galerías, así como las zapatas y pies
-derechos en que se apoyaban, debían haber estado en otro tiempo pintados
-de verde; pero, a consecuencia de la acción constante del sol y de la
-lluvia, ya no les quedaban mas que alguna que otra zona con su primitivo
-color.
-
-Hallábase el patio siempre sucio; en un ángulo se levantaba un montón de
-trastos inservibles, cubierto de chapas de cinc; se veían telas puercas
-y tablas carcomidas, escombros, ladrillos, tejas y cestos: un revoltijo
-de mil diablos. Todas las tardes algunas vecinas lavaban el patio, y
-cuando terminaban su faena vaciaban los lebrillos en el suelo, y los
-grandes charcos, al secarse, dejaban manchas blancas y regueros azules
-del agua de añil. Solían echar también los vecinos por cualquier parte
-la basura, y cuando llovía, como se obturaba casi siempre la boca del
-sumidero, se producía una pestilencia insoportable de la corrupción del
-agua negra que inundaba el patio, y sobre la cual nadaban hojas de col y
-papeles pringosos.
-
-A cada vecino le quedaba para sus menesteres el trozo de galería que
-ocupaba su casa; por el aspecto de este espacio podía colegirse el grado
-de miseria o de relativo bienestar de cada familia, sus aficiones y sus
-gustos, Aquí se advertía cierta limpieza y curiosidad: la pared
-blanqueada, una jaula, algunas flores en pucheretes de barro; allá se
-traslucía cierto instinto utilitario en las ristras de ajos puestas a
-secar, en las uvas colgadas; en otra parte, un banco de carpintero, la
-caja de herramientas, denunciaban al hombre laborioso, que trabajaba en
-las horas libres.
-
-Pero, en general, no se veían mas que ropas sucias, colgadas en las
-barandillas; cortinas hechas con esteras, colchas llenas de remiendos de
-abigarrados colores, harapos negruzcos puestos sobre mangos de escobas o
-tendidos en cuerdas atadas de un pilar a otro, para interceptar más aún
-la luz y el aire.
-
-Cada trozo de galería era manifestación de una vida distinta dentro del
-comunismo del hambre; había en aquella casa todos los grados y matices
-de la miseria: desde la heroica, vestida con el harapo limpio y decente,
-hasta la más nauseabunda y repulsiva.
-
-En la mayor parte de los cuartos y chiribitiles de la Corrala, saltaba a
-los ojos la miseria resignada y perezosa, unida al empobrecimiento
-orgánico y al empobrecimiento moral.
-
-En el espacio que disfrutaba la familia del zapatero; en la punta de una
-pértiga muy larga, atada a uno de los pilares, colgaban unos pantalones
-llenos de remiendos, que se balanceaban cómicamente.
-
-Del patio grande del Corralón partía un pasillo, lleno de inmundicias,
-que daba a otro patio más pequeño, en el invierno convertido en un
-fétido pantano.
-
-Un farol, metido dentro de una alambrera, para evitar que lo rompiesen
-los chicos a pedradas, colgaba de una de sus paredes negras.
-
-En el patio interior los cuartos costaban mucho menos que en el grande;
-la mayoría eran de veinte y treinta reales; pero los había de dos y tres
-pesetas al mes: chiscones obscuros, sin ventilación alguna, construídos
-en los huecos de las escaleras y debajo del tejado.
-
-En otro clima más húmedo, la Corrala hubiera sido un foco de infección;
-el viento y el sol de Madrid, ese sol que saca ronchas en la piel, se
-encargaba de desinfectar aquella madriguera.
-
-Para que en aquella casa hubiese siempre algo terrible y trágico, al
-entrar solía verse en el portal o en el pasillo una mujer borracha y
-delirante, que pedía limosna e insultaba a todo el mundo, a quien
-llamaban _La Muerte_. Debía ser muy vieja, o lo parecía al menos; su
-mirada era extraviada, su aspecto huraño, la cara llena de costras; uno
-de sus párpados inferiores, retraído por alguna enfermedad, dejaba ver
-el interior del globo del ojo, sangriento y turbio. Solía andar _La
-Muerte_ cubierta de harapos, en chanelas, con una lata y un cesto viejo,
-donde recogía lo que encontraba. Por cierta consideración supersticiosa
-no la echaban a la calle.
-
-La primera noche de Manuel en la Corrala vió, no sin cierto asombro, la
-verdad de lo que decía Vidal. Este y casi todos los de su edad tenían
-sus novias entre las chiquillas de la casa, y no era raro, al pasar
-junto a un rincón, ver una pareja que se levantaba y echaba a correr.
-
-Los chicos pequeños se divertían jugando al toro, y entre las suertes
-más aplaudidas se contaba la de Don Tancredo. Se ponía un chico a cuatro
-patas, y otro, que no pesase mucho, encima, con los brazos cruzados, el
-cuerpo echado para atrás, y en la cabeza, alta y erguida, un sombrero de
-papel de tres picos.
-
-Se acercaba el que hacía de toro, mugía sonoramente, olfateaba a Don
-Tancredo y pasaba junto a él sin derribarle; volvía a pasar un par de
-veces, hasta que se largaba. Entonces Don Tancredo bajaba de su vivo
-pedestal a recibir el aplauso del público. Había toros marrajos, y
-guasones que se les ocurría tirar estatua y pedestal al suelo, lo cual
-era recibido entre el clamoreo y la algazara del público.
-
-Mientras tanto, las chicas jugaban al corro, las mujeres gritaban de
-galería a galería y los hombres charlaban en mangas de camisa; alguno,
-sentado en el suelo, rasgueaba monótonamente en las cuerdas de una
-guitarra.
-
-_La Muerte_, la vieja mendiga, solía también amenizar las veladas con
-sus largos parlamentos.
-
-Era la Corrala un mundo en pequeño, agitado y febril, que bullía como
-una gusanera. Allí se trabajaba, se holgaba, se bebía, se ayunaba, se
-moría de hambre; allí se construían muebles, se falsificaban
-antigüedades, se zurcían bordados antiguos, se fabricaban buñuelos, se
-componían porcelanas rotas, se concertaban robos, se prostituían
-mujeres.
-
-Era la Corrala un microcosmo; se decía que, puestos en hilera los
-vecinos, llegarían desde el arroyo de Embajadores a la plaza del
-Progreso; allí había hombres que lo eran todo, y no eran nada: medio
-sabios, medio herreros, medio carpinteros, medio albañiles, medio
-comerciantes, medio ladrones.
-
-Era, en general, toda la gente que allí habitaba gente descentrada, que
-vivía en el continuo aplanamiento producido por la eterna e irremediable
-miseria; muchos cambiaban de oficio, como un reptil, de piel; otros no
-lo tenían; algunos peones de carpintero, de albañil, a consecuencia de
-su falta de iniciativa, de comprensión y de habilidad, no podían pasar
-de peones. Había también gitanos, esquiladores de mulas y de perros, y
-no faltaban cargadores, barberos ambulantes y saltimbanquis. Casi todos
-ellos, si se terciaba, robaban lo que podían; todos presentaban el mismo
-aspecto de miseria y de consunción. Todos sentían una rabia constante,
-que se manifestaba en imprecaciones furiosas y en blasfemias.
-
-Vivían como hundidos en las sombras de un sueño profundo, sin formarse
-idea clara de su vida, sin aspiraciones, ni planes, ni proyectos, ni
-nada.
-
-Había algunos a los cuales un par de vasos de vino les dejaba borrachos
-media semana; otros parecían estarlo, sin beber, y reflejaban
-constantemente en su rostro el abatimiento más absoluto, del cual no
-salían mas que en un momento de ira o de indignación.
-
-El dinero era para ellos la mayoría de las veces una desgracia.
-Comprendiendo instintivamente la debilidad de sus fuerzas y de sus
-inclinaciones, se preparaban a hacer ánimos yendo a la taberna; allí se
-exaltaban, gritaban, discutían, olvidaban las penas del momento, se
-sentían generosos, y cuando, después de soltar baladronadas, se creían
-dispuestos para algo, se encontraban sin un céntimo y con las energías
-ficticias del alcohol que se iba disipando.
-
-Las mujeres de la casa, por lo general, trabajaban más que los hombres,
-y reñían casi constantemente. De treinta años para arriba tenían todas
-el mismo carácter y casi el mismo tipo: negras, desmelenadas, iracundas;
-gritaban y se desesperaban por cualquier cosa.
-
-De cuando en cuando, como un suave rayo de sol en la umbría, penetraba
-en el alma de aquellos hombres entontecidos y bestiales, de aquellas
-mujeres agriadas por la vida áspera y sin consuelo ni ilusión, un
-sentimiento romántico, de desinterés, de ternura, que les hacía vivir
-humanamente; y cuando pasaba la racha de sentimentalismo, volvían otra
-vez a su inercia moral, resignada y pasiva.
-
-Los vecinos constantes del Corralón se contaban entre los del primer
-patio. En el otro, la mayoría ambulantes, pasaban en la casa a lo más un
-par de semanas, y luego, como se decía allí, ahuecaban el ala.
-
-Un día se presentaba un lañador con su gran zurrón, su berbiquí y sus
-alicates, que gritaba por las calles, con voz bronca: «¡A componer
-tinajas y artesones..., barreños, platos y fuentes!», y después de pasar
-una corta temporada se largaba; a la semana siguiente aparecía un
-vendedor de telas de saldo, que pregonaba a gritos pañuelos de seda a
-diez y quince céntimos; otro día se hospedaba un buhonero con sus cajas
-llenas de alfileres, horquillas y pasadores, o algún comprador ce
-galones de oro y plata. Ciertas épocas del año daban un contingente de
-tipos especiales; la primavera se revelaba por la aparición de
-vendedores de burros, caldereros, gitanos y bohemios; en otoño se
-presentaban cuadrillas de paletos con quesos de la Mancha y pucheros de
-miel, y en el invierno abundaban los nueceros y castañeros.
-
-De los vecinos constantes del primer patio, los que se trataban con el
-señor Ignacio el zapatero eran: un corrector de pruebas, a quien
-llamaban el _Corretor_; un tal Rebolledo, barbero e inventor, y cuatro
-ciegos, que se conocían por los remoquetes de el _Calabazas_, el
-_Sopistas_, el _Brígido_ y el _Cuco_, los cuales vivían decentemente con
-sus mujeres respectivas y tocaban por las calles los últimos tangos,
-tientos y coplas de zarzuela.
-
-El corrector tenía una familia numerosa: su mujer, la suegra, una hija
-de veinte años y una lechigada de chiquillos; no le bastaba el jornal
-que ganaba corrigiendo pruebas en un periódico, y solía pasar grandes
-apuros. El corrector solía llevar un macfarlán destrozado, lleno de
-flecos, un pañuelo grande y sucio anudado a la garganta y un hongo
-amarillo, blanco y mugriento.
-
-Su hija, Milagros de nombre, una muchacha esbelta, fina como un
-pajarito, estaba en relaciones con Leandro, el primo de Manuel.
-
-Los novios solían tener alternativas en sus amores, unas veces por
-coqueterías de ella, otras, por la mala vida de él.
-
-No se entendían, porque la Milagros era un poco entonada y ambiciosa, se
-consideraba como venida a menos, y Leandro tenía, en cambio, un genio
-brusco e irascible.
-
-El otro vecino del zapatero, el señor Zurro, tipo pintoresco y curioso,
-no se trataba con el señor Ignacio y odiaba cordialmente al corrector.
-El Zurro andaba siempre agazapado tras de unas antiparras azules,
-llevaba gorra de piel y balandranes largos.
-
---Se llama Zurro de apellido--decía el corrector--; pero es un zorro en
-sus actos; de estos zorros camperos, maestros en malicias y habilidades.
-
-Según se hablaba, el Zurro entendía su negocio; tenía un puesto en la
-parte baja del Rastro, una choza obscura e infecta rellena de trapos,
-casacas antiguas, retales de telas viejas, tapicerías, trozos de
-casullas, y, además de esto, botellas vacías, botellas llenas de
-aguardiente y _cognac_, sifones de agua de Seltz, cerraduras roñosas,
-escopetas tomadas por la herrumbre, llaves, pistolas, botones, medallas
-y otras baratijas sin valor.
-
-Y a pesar de que en la tienda del señor Zurro no entraban, seguramente,
-al cabo del día, más de dos personas, que harían un gasto de un par de
-reales, el ropavejero marchaba bien.
-
-Vivía con su hija, la Encarna, una flamencona de unos veinticinco años,
-muy chulapa, muy descarada, que los domingos salía a pasear con su padre
-cargada de joyas. La Encarna sentía arder en su pecho el fuego de la
-pasión por Leandro; pero éste, enamorado de la Milagros, no correspondía
-al fuego del alma de la ropavejera.
-
-Por tal motivo, la Encarna odiaba cordialmente a la Milagros y a los
-individuos de su familia, y los ponía a todas horas de cursis y de
-muertos de hambre, los injuriaba con motes desdeñosos, como el de
-_Sopista mendrugo_, adjudicado por ella al corrector, y el de _La Loca
-del Vaticano_ a su hija.
-
-Odios de personas de vida casi común, no era raro que fuesen de un
-encono y de un rencor violento; así, los de una y otra familia, no se
-miraban sin maldecirse y sin desearse mutuamente las mayores
-desgracias.
-
-
-
-
-CAPÍTULO III
-
-ROBERTO HASTING EN LA ZAPATERÍA.--PROCESIÓN DE MENDIGOS.--CORTE DE LOS
-MILAGROS.
-
-
-UNA mañana de fines de septiembre presentóse Roberto en la puerta de _La
-regeneración del calzado_, y asomando la cabeza al interior del almacén,
-dijo:
-
---¡Hola, Manuel!
-
---¡Hola, don Roberto!
-
---Se trabaja, ¿eh?
-
-Manuel se encogió de hombres dando a entender que no era precisamente
-por su gusto.
-
-Roberto vaciló un momento para entrar en la zapatería, y, al último, se
-decidió y entró.
-
---Siéntese usted--le dijo el señor Ignacio, ofreciéndole una silla.
-
---¿Usted es el tío de Manuel?
-
---Para servirle.
-
-Se sentó Roberto, ofreció un cigarro al señor Ignacio, otro a Leandro, y
-se pusieron a fumar los tres.
-
---Yo conozco a su sobrino--dijo Roberto al zapatero--, porque vivo en
-casa de la Petra.
-
---¡Ah! ¿Sí?
-
---Y hoy quisiera que le dejara usted libre un par de horas.
-
---Sí, señor; toda la tarde, si usted quiere.
-
---Bueno; entonces, yo vendré por él después de comer.
-
---Está bien.
-
-Roberto contempló cómo trabajaban, y de repente se levantó y se fué.
-
-Manuel no comprendía qué le quería Roberto, y por la tarde le esperó con
-verdadera impaciencia. Llegó, y los dos salieron de la calle del Aguila
-y bajaron a la ronda de Segovia.
-
---¿Tú sabes dónde está la Doctrina?--preguntó Roberto a Manuel.
-
---¿Qué Doctrina?
-
---Un sitio donde se reúnen los viernes muchos mendigos.
-
---No sé.
-
---¿Sabes dónde está el camino alto de San Isidro?
-
--Sí.
-
---Bueno; pues allí vamos a ir; ahí es dónde está la Doctrina.
-
-Manuel y Roberto bajaron por el paseo de los Pontones y siguieron en
-dirección del puente de Toledo. El estudiante no dijo nada, y Manuel
-nada quiso preguntarle.
-
-El día estaba seco, polvoriento. El viento sur, sofocante, echaba
-bocanadas de calor y de arena; algunos relámpagos iluminaban las nubes;
-se oía el sonar lejano de los truenos; el campo amarilleaba cubierto de
-polvo.
-
-Por el puente de Toledo pasaba una procesión de mendigos y mendigas, al
-cual más desastrados y sucios. Salía gente, para formar aquella
-procesión del harapo, de las Cambroneras y de las Injurias; llegaban
-del paseo Imperial y de los Ocho Hilos; y ya, en filas apretadas,
-entraban por el puente de Toledo y seguían por el camino alto de San
-Isidro a detenerse ante una casa roja.
-
---Esto debe ser la Doctrina--dijo Roberto a Manuel señalándole un
-edificio, que tenía un patio con una figura de Cristo en medio.
-
-Se acercaron los dos a la verja. Era aquello un conclave de mendigos, un
-conciliábulo de Corte de los Milagros. Las mujeres ocupaban casi todo el
-patio; en un extremo, cerca de una capilla, se amontonaban los hombres;
-no se veían mas que caras hinchadas, de estúpida apariencia, narices
-inflamadas y bocas torcidas; viejas gordas y pesadas como ballenas,
-melancólicas; viejezuelas esqueléticas de boca hundida y nariz de ave
-rapaz; mendigas vergonzantes con la barba verrugosa, llena de pelos, y
-la mirada entre irónica y huraña; mujeres jóvenes, flacas y extenuadas,
-desmelenadas y negras; y todas, viejas y jóvenes, envueltas en trajes
-raídos, remendados, zurcidos, vueltos a remendar hasta no dejar una
-pulgada sin su remiendo. Los mantones, verdes, de color de aceituna, y
-el traje tiste ciudadano, alternaban con los refajos de bayeta,
-amarillos y rojos, de las campesinas.
-
-Roberto paseó mirando con atención el interior del patio. Manuel le
-seguía indiferente.
-
-Entre los mendigos, un gran número lo formaban los ciegos; había
-lisiados, cojos, mancos; unos hieráticos, silenciosos y graves; otros
-movedizos. Se mezclaban las anguarinas pardas con las americanas raídas
-y las blusas sucias. Algunos andrajosos llevaban a la espalda sacos y
-morrales negros; otros, enormes cachiporras en la mano; un negrazo, con
-la cara tatuada a rayas profundas, esclavo, sin duda, en otra época,
-envuelto en harapos, se apoyaba en la pared con una indiferencia digna;
-por entre hombres y mujeres correteaban los chiquillos descalzos y los
-perros escuálidos; y todo aquel montón de mendigos, revuelto, agitado,
-palpitante, bullía como una gusanera.
-
---Vamos--dijo Roberto--, no está aquí ninguna de las que busco. ¿Te has
-fijado?--añadió--. ¡Qué pocas caras humanas hay entre los hombres! En
-estos miserables no se lee mas que la suspicacia, la ruindad, la mala
-intención, como en los ricos no se advierte mas que la solemnidad, la
-gravedad, la pedantería. Es curioso, ¿verdad? Todos los gatos tienen
-cara de gatos, todos los bueyes tienen cara de bueyes; en cambio, la
-mayoría de los hombres no tienen cara de hombres.
-
-Salieron del patio Roberto y Manuel. Frente a la Doctrina, al otro lado
-de la carretera, en unos desmontes arenosos, se sentaron.
-
---A ti te chocarán--dijo Roberto--estas maniobras mías; pero no te
-extrañarán cuando te diga que busco aquí dos mujeres; una, pobre, que
-puede hacerme rico; otra, rica, que quizá me hiciera pobre.
-
-Manuel contempló a Roberto con asombro. Tenía siempre cierta sospecha de
-que la cabeza del estudiante no andaba bien.
-
---No, no creas que es una tontería; voy corriendo detrás de una fortuna,
-pero de una fortuna enorme; si tú me ayudas, me acordaré de ti.
-
---Bueno; y ¿qué quiere usted que yo haga?
-
---Te lo diré cuando llegue el momento.
-
-Manuel no pudo ocultar una sonrisa de ironía.
-
---Tú no lo crees--murmuró Roberto--; no importa; cuando veas, creerás.
-
---Claro.
-
---Por si acaso, si te necesito, ayúdame.
-
---Le ayudaré a usted en todo lo que pueda--contestó Manuel con fingida
-seriedad.
-
-Unos golfos se tendieron en los desmontes, cerca de Manuel y de Roberto,
-y éste no quiso seguir hablando.
-
---Ya empiezan a dividirse en secciones--dijo uno de los golfos, que
-llevaba una gorra de cochero, señalando con una vara a las mujeres que
-estaban en la Doctrina.
-
-Efectivamente; formáronse grupos alrededor de los árboles del patio, en
-cada uno de los cuales colgaba un cartelón con una imagen y un número en
-medio.
-
---Ahí están las marquesas--añadió el de la gorra indicando a unas
-cuantas señoras vestidas de negro que se presentaron en el patio.
-
-Se destacaban las caras blancas entre las telas de luto.
-
---Todas son marquesas--advirtió uno.
-
---Pues todas no son guapas--replicó Manuel terciando en la
-conversación--. ¿Y a qué vienen aquí?
-
---Son éstas las que enseñan la doctrina--contestó el de la gorra--; de
-vez en cuando regalan sábanas y camisas a las mujeres y a los hombres.
-Ahora van a pasar lista.
-
-Comenzó a sonar una campana; cerraron la verja del edificio; se formaron
-corros, y en medio de cada uno de ellos entró una señora.
-
---¿Ves aquella que está allá?--preguntó Roberto--. Es la sobrina de don
-Telmo.
-
---¿Aquella rubia?
-
---Sí. Espérame aquí.
-
-Bajó Roberto el camino y se acercó a la verja.
-
-Comenzó la lección de doctrina; salía del patio un rumor de rezo, lento
-y monótono.
-
-Manuel se tendió de espaldas en el suelo. Desde allá surgía Madrid, muy
-llano, bajo el horizonte gris, por entre la gasa del aire polvoriento.
-El cauce ancho del Manzanares, de color de ocre, aparecía surcado por
-alguno que otro hilillo de agua negra. El Guadarrama destacaba de un
-modo confuso la línea de sus crestas en el aire empañado.
-
-Roberto paseaba por delante del patio. Seguía el rumor de los mendigos
-recitando la doctrina. Una vieja, con un pañuelo rojo en la cabeza y un
-mantón negro que verdeaba, se sentó en el desmonte.
-
---¿Qué es eso _agüela_? ¿No le han querido abrir la puerta?--gritó el de
-la gorra.
-
---No... ¡Las tías brujas esas!
-
---No tenga usted cuidado, que hoy no dan nada. El viernes que viene es
-el reparto. Ya le darán a usted lo menos una sábana--añadió el de la
-gorra con aviesa intención.
-
---Si no me dan más que una sábana--chilló la vieja torciendo la jeta--,
-les digo que se la guarden en el moño. ¡Las tías zorras!...
-
---Ya la han tañado a usted, _agüela_--exclamó uno de los golfos tendidos
-en el suelo--. Usted lo que es, es una ansiosa.
-
-Celebraron los circunstantes la frase, que procedía de una zarzuela, y
-el de la gorra siguió explicando a Manuel particularidades de la
-Doctrina.
-
---Hay algunas y algunos que se inscriben en dos y en tres secciones para
-coger más veces limosnas--dijo--. Nosotros, mi padre y yo, nos
-inscribimos una vez en cuatro secciones con nombres distintos... ¡Vaya
-un lío que se armó! Y ¡menudo choteo que tuvimos con las marquesas!
-
---Y ¿para qué querías tanta sábana?--le preguntó Manuel.
-
---¡Toma!, para pulirlas. Se venden aquí en la misma puerta a dos
-_chulés_.
-
---Yo voy a comprar una--dijo un cochero de punto que se acercó al
-corro--; la unto con aceite de linaza, luego la doy barniz, y hago un
-impermeable cogolludo.
-
---Pero las marquesas, ¿no notan que la gente vende en seguida lo que
-ellas dan?
-
---¡Qué han de notar!
-
-Para los golfos todo aquello no era mas que un piadoso entretenimiento
-de las señoras devotas; hablaban de ellas con amable ironía.
-
-No llegó a durar una hora la lección de doctrina.
-
-Sonó una campana; se abrió la puerta de la verja; se disolvieron y
-confundieron los grupos; todo el mundo se puso de pie, y comenzaron a
-marcharse las mujeres con sus sillas, colocadas en equilibrio sobre la
-cabeza, gritando, empujándose violentamente unas a otras; dos o tres
-vendedoras pregonaron su mercancía mientras salía aquella muchedumbre de
-andrajosos apretándose, chillando, como si escaparan de algún peligro.
-Unas viejas corrían pesadamente por la carretera; otras se ponían a
-orinar acurrucadas, y todas vociferaban y sentían la necesidad de
-insultar a las señoras de la Doctrina, como si instintivamente
-adivinasen lo inútil de un simulacro de caridad que no remediaba nada.
-No se oían mas que protestas y manifestaciones de odio y desprecio.
-
---¡Moler! Con las mujeres de Dios...
-
---Ahora _quien_ que se confiese una.
-
---Esas tías borrachas.
-
---¡Anda que confiesen ellas y la _maire_ que las ha _parío_!
-
---Que las den morcilla a todas.
-
-Después de las mujeres salían los hombres, los ciegos, los tullidos y
-los mancos, sin apresurarse, hablando con gravedad.
-
---¡Pues no _quien_ que me case!--murmuraba un ciego, sarcásticamente,
-dirigiéndose a un cojo.
-
---Y tú ¿qué dices?--le preguntaba éste.
-
---¿Yo? ¡Que naranjas de la China! Que se casen ellas si _tien_ con
-quién. Vienen aquí amolando con rezos y oraciones. Aquí no hacen falta
-oraciones, sino _jierro_, mucho _jierro_.
-
---Claro, hombre..., _parné_, eso es lo que hace falta.
-
---Y todo lo demás... leñe y jarabe de pico...; porque _pa_ dar consejos
-_toos semos_ buenos; pero en tocante al _manró_, ni las gracias.
-
---Me parece.
-
-Salieron las señoras con sus libros de rezos en la mano; las viejas
-mendigas las perseguían y las atosigaban con sus peticiones.
-
-Manuel miraba a todas partes por si encontraba al estudiante; al fin lo
-vió cerca de la sobrina de don Telmo. La rubia se volvió a mirarle, y
-subió en un coche. Roberto la saludó y el coche echó a andar.
-
-Volvieron Roberto y Manuel por el camino de San Isidro.
-
-Seguía el cielo nublado, el aire seco; la procesión de mendigos avanzaba
-en dirección a Madrid. Antes de llegar al puente de Toledo, en la
-esquina del camino alto de San Isidro y de la carretera de Extremadura,
-en una taberna muy grande entraron Roberto y Manuel. Roberto pidió una
-botella de cerveza.
-
---¿Vives ahí en la misma casa en donde está la zapatería?--preguntó
-Roberto.
-
---No; vivo en el paseo de las Acacias, en una casa que se llama el
-Corralón.
-
---Bueno, te iré a ver allá; y ya sabes, siempre que vayas a algún sitio
-donde se reúna gente pobre o de mala vida avísame.
-
---Le avisaré a usted. Ya he visto cómo le miraba a usted la rubia. Es
-bonita.
-
---Sí.
-
---Y tiene un coche pistonudo.
-
---Ya lo creo.
-
---Y ¿qué? ¿Es que se va usted a casar con ella?
-
---¿Qué sé yo? Ya veremos. Vamos, aquí no se puede estar--dijo Roberto--y
-se acercó al mostrador a pagar.
-
-En la taberna, un gran número de mendigos, sentados en las mesas,
-engullían pedazos de bacalao y piltrafas de carne; un olor picante de
-gallinejas y de aceite salía de la cocina.
-
-Salieron. El viento seguía soplando, lleno de arena: volaban locamente
-por el aire hojas secas y trozos de periódicos; las casas altas próximas
-al puente de Segovia, con sus ventanas estrechas y sus galerías llenas
-de harapos, parecían más sórdidas, más grises, entrevistas en la
-atmósfera enturbiada por el polvo. De repente, Roberto se paró, y,
-poniendo la mano en el hombro de Manuel, le dijo:
-
---Hazme caso, porque es la verdad. Si quieres hacer algo en la vida, no
-creas en la palabra imposible. Nada hay imposible para una voluntad
-enérgica. Si tratas de disparar una flecha, apunta muy alto, lo más alto
-que puedas; cuanto más alto apuntes más lejos irá.
-
-Manuel miró a Roberto con extrañeza, y se encogió de hombros.
-
-
-
-
-CAPÍTULO IV
-
-LA VIDA EN LA ZAPATERÍA.--LOS AMIGOS DE MANUEL.
-
-
-HIZO calor en aquellos meses de septiembre y octubre; en el almacén de
-zapatos no se podía respirar.
-
-Todas las mañanas, Manuel y Vidal, mientras iban a la zapatería,
-hablaban de mil cosas, se comunicaban sus impresiones; el dinero, las
-mujeres, los planes para el porvenir, eran los motivos constantes de sus
-charlas. A los dos les parecía un gran sacrificio, algo como una
-eventualidad desgraciada de su mala suerte, pasar días y días metidos en
-un rincón arrancando suelas usadas.
-
-Las tardes lánguidas convidaban al sueño. Sobre todo, después de comer,
-Manuel sentía un sopor y un abatimiento profundo. Desde la puerta del
-almacén se veían los campos de San Isidro inundados de luz; en el
-Campillo de Gil Imón las ropas puestas a secar centelleaban al sol.
-
-Oíase cacareos de gallos, gritos lejanos de vendedores, silbidos,
-apagados por la distancia, de locomotoras. El aire vibraba seco,
-abrasado. Algunas vecinas salían a peinarse a la calle, y los
-colchoneros vareaban la lana, a la sombra, en el Campillo, mientras las
-gallinas correteaban y escarbaban en el suelo.
-
-Después, al caer de la tarde, el aire y la tierra quedaban grises,
-polvorientos; a lo lejos, cortando el horizontes, ondulaba la línea del
-campo árido, una línea ingenua, formada por la enarcadura suave de las
-lomas; una línea como la de los paisajes dibujados por los chicos, con
-sus casas aisladas y sus chimeneas humeantes. Sólo algunas arboledas
-verdes manchaban a trechos la llanura amarilla, tostada por el sol y
-bajo el cielo pálido, blanquecino, turbio por los vapores del calor; ni
-un grito, ni un leve ruido hendía el aire.
-
-Transparentábase, al anochecer, la niebla, y el horizonte se alargaba
-hasta verse muy a lo lejos vagas siluetas de montañas no entrevistas de
-día, sobre el fondo rojo del crepúsculo.
-
-Cuando en la zapatería dejaban el trabajo, solía ser ya de noche.
-Bajaban el señor Ignacio, Leandro, Manuel y Vidal a la ronda y volvían a
-casa.
-
-Las luces de gas brillaban a largos trechos en el aire polvoriento;
-filas de carros pasaban con lentitud, y a lo largo de las rondas
-marchaban en cuadrillas los obreros de los talleres próximos.
-
-Y constantemente, al ir y al venir, la conversación de Manuel y Vidal
-versaba sobre lo mismo: las mujeres, el dinero.
-
-No tenía ninguno de los dos una idea romántica, ni mucho menos, de las
-mujeres. Para Manuel, una mujer era un animal magnífico, con la carne
-dura y el pecho turgente; Vidal no sentía este entusiasmo sexual;
-experimentaba por todas las mujeres un sentimiento confuso de desprecio,
-de curiosidad y preocupación.
-
-En cuestión de dinero, los dos estaban conformes en que era lo más
-selecto y admirable; hablaba, sobre todo Vidal, del dinero con un
-entusiasmo feroz; pensar que pudiese haber algo, bueno o malo, que no se
-consiguiera con _jierro_, era para él el colmo de los absurdos. Manuel
-deseaba el dinero para correr el mundo y ver pueblos, y más pueblos, y
-andar en barco. Vidal soñaba con llevar la buena vida en Madrid.
-
-A los dos o tres meses de estancia en el Corralón, Manuel se hallaba tan
-acostumbrado a su trabajo y a su vida, que no comprendía que pudiese
-hacer otra cosa. No le daban aquellas barriadas miserables la impresión
-de tristeza sombría y adusta que producen al que no está acostumbrado a
-vivir en ellas; al revés, se le antojaban llenas de atractivos. Conocía
-a casi toda la gente del barrio. Vidal y él se escapaban de casa con
-cualquier pretexto, y los domingos se reunían con el _Bizco_ en casa del
-Cabrero, y marchaban por los alrededores: a las Injurias, a las
-Cambroneras, a las ventas de Alcorcón, al Campamento y a los ventorros
-del camino de Andalucía, en donde se juntaban con merodeadores y randas,
-y jugaban con ellos al cané o a la rayuela.
-
-A Manuel no le gustaba la compañía del _Bizco_; éste no quería reunirse
-mas que con ladrones. A Manuel y a Vidal constantemente los llevaba a
-sitios donde pululaban bandidos y tipos de mala traza, pero Manuel no se
-decidía a oponerse a lo que pensaba Vidal.
-
-El lazo de unión entre Manuel y el _Bizco_ era Vidal. El _Bizco_ odiaba
-a Manuel y éste sentía odio y repugnancia por el _Bizco_ y no le
-ocultaba su repulsión. Era un bruto, una alimaña digna de exterminio.
-Lujurioso como un mono, había forzado algunas chiquillas de la casa del
-Cabrero a puñetazos; solía robar a su padre, un miserable tejedor de
-caña, dinero para ir a algún bajo prostíbulo de las Peñuelas o de la
-calle de la Chopa, en donde encontraba mujeronas pintarrajeadas, con la
-colilla en los labios, que a él le parecían princesas. Su cráneo
-estrecho, su mandíbula fuerte, su morro, la mirada torva, le daban un
-aspecto de brutalidad y animalidad repelentes. Hombre primitivo, afilaba
-su puñal, comprado en el Rastro, y lo guardaba como una cosa sagrada. Si
-cogía a algún gato o perro por su cuenta, lo mataba a pinchazos, gozando
-en martirizar al animal. Hablaba torpemente, rellenando sus frases con
-barbaridades y blasfemias.
-
-No se sabe quién indujo al _Bizco_ a tatuarse los brazos, o si la idea
-se le ocurrió a él; probablemente el tatuaje, visto en alguno de los
-bandidos con quien se juntaba, le induciría a él a hacer lo mismo. Vidal
-le imitó, y los dos se dedicaron en una época a tatuarse con entusiasmo.
-Se pinchaban con un alfiler hasta hacerse un poco de sangre y después
-mojaban las heridas con tinta.
-
-El _Bizco_ se pintó cruces, estrellas y nombres en el pecho; Vidal, a
-quien no le gustaba pincharse, puso su nombre en un brazo y el de su
-novia en el otro; Manuel no quiso marcarse, primeramente, porque le daba
-miedo la sangre, y además porque la idea se le había ocurrido al
-_Bizco_.
-
-Sentían los dos, uno para el otro, una hostilidad sorda.
-
-Manuel, siempre en acecho, se encontraba dispuesto a hacerle frente; el
-_Bizco_, sin duda, notaba el desprecio y el odio en los ojos de Manuel,
-y esto le confundía.
-
-Para Manuel, la superioridad de un hombre estaba en el talento y, sobre
-todo, en la maña; para el _Bizco_, el valor y la fuerza constituían las
-únicas cualidades envidiables: el mérito mayor para él era ser muy
-bruto, como decía con entusiasmo.
-
-Por esta condición de habilidad y de maña, que Manuel en tanta estima
-tenía, admiraba a los Rebolledos, padre e hijo, los cuales habitaban
-también en el Corralón. Rebolledo padre, contrahecho de cuerpo, enano y
-jorobado, barbero de oficio, solía afeitar al sol en la Ronda, cerca del
-Rastro. Tenía el tal enano una cara muy inteligente, ojos profundos;
-gastaba bigote y patillas, y melena azulada y grasienta. Vestía de luto;
-en verano y en invierno llevaba gabán, y no se sabe por qué misterios de
-la química, el gabán negro verdeaba ostensiblemente, mientras que el
-pantalón, también negro, tiraba a rojo.
-
-Por las mañanas, Rebolledo salía del Corralón cargado con un banco y una
-palomilla de madera, de la que colgaba una bacía de azófar y un rótulo.
-Al llegar a un punto de la tapia de las Américas, sujetaba la palomilla
-y a su lado el rótulo, un anuncio humorístico, cuya gracia,
-probablemente, sólo él comprendía, y que cantaba así:
-
- BARBERÍA MODERNISTA
-
- _Barbería Antisética._
-
- _Pasar cabayeros, Reboyedo afeita
- y
- da dinero._
-
-Los Rebolledos, padre e hijo, eran muy habilidosos; hacían juguetes de
-alambre y de cartón, que vendían luego a los vendedores de las calles;
-tenían su casa, un cuartucho del primer patio, convertido en taller, y
-allí un tornillo de presión, un banco de carpintero y una serie de
-baratijas rotas, sin aplicación, al parecer, posible.
-
-Con esta frase indicaban en el Corralón el agudo ingenio de Rebolledo:
-
---Ese enano--decían--tiene en la cabeza un arca de Noé.
-
-Rebolledo padre había construído para su uso particular una dentadura
-postiza. Cogió un servilletero de hueso, lo cortó en dos partes
-desiguales, y con la mayor de éstas, limando por un lado y por otro,
-logró adaptársela a la boca. Luego, con una sierrecilla hizo los
-dientes, y para imitar la encía recubrió una parte del antiguo
-servilletero de lacre. Rebolledo se quitaba y se ponía la dentadura con
-una maravillosa facilidad y comía con ella perfectamente, siempre que
-tuviera qué, como decía él.
-
-El hijo del enano, Perico de nombre, prometía ser más avispado aun que
-el padre. Entre las hambres que pasaba y las tercianas pertinaces,
-estaba flaco y de color de limón. No era contrahecho, como el padre,
-sino esbelto, delgado, con los ojos brillantes y los movimientos vivos y
-desordenados. Parecía, como suele decirse, un ratón debajo de una
-escudilla.
-
-Una de las pruebas de su ingenio era un apagavelas mecánico que había
-construído con una caja de betún para limpiar las botas.
-
-Sentía Perico un gran entusiasmo por las paredes blancas, y allí donde
-encontraba alguna dibujaba con carbón procesiones de hombres, mujeres,
-caballos y perros, casas echando humo, soldados, barcos en el mar, la
-lucha de los hombres flacos con los hombres gordos, y otros pasos
-igualmente divertidos.
-
-La obra maestra de Perico en dibujo era el tríptico de Don Tancredo,
-pintado al carbón en la callejuela de entrada de la Corrala. La obra
-produjo la admiración y el asombro de todos los habitantes de la casa.
-La primera parte del tríptico representaba al valiente sugestionador de
-toros marchando a la plaza a caballo, en medio de un gran golpe de
-jinetes; la leyenda decía: «Don Tancredo _ba_ a los toros». En la
-segunda parte del tríptico, el _rey del valor_ estaba con su sombrero de
-tres picos, cruzado de brazos frente a la fiera; la leyenda cantaba:
-«Don Tancredo en su pedestal». Debajo del tercer dibujo se leía: «El
-toro _uye_»; y la representación de esta última escena era admirable; se
-veía escapar al toro como alma que lleva el diablo, por entre los
-toreros, a los cuales se les veía la nariz de perfil y al mismo tiempo
-la boca y los dos ojos de frente.
-
-A pesar de sus triunfos, Perico Rebolledo no se envanecía ni se
-consideraba superior a los hombres de su época; su mayor placer era
-sentarse a lado de su padre en el patio de la Corrala, entre máquinas de
-reloj viejas, manojos de llaves y otra porción de cosas negras y
-descabaladas, y pensar y cavilar las aplicaciones de un cristal de unas
-gafas, por ejemplo, o de un braguero, o del cuerpo de bomba de una
-lavativa, o de cualquier otro trasto roto o descompuesto.
-
-Padre e hijo pasaban la vida soñando maquinarias; para ellos no había
-nada inservible: la llave que no abre puerta alguna; la cafetera de
-viejo sistema, estrafalaria como un instrumento de física; el quinqué de
-aceite con máquina, todo se guardaba, se descomponía y se utilizaba.
-Rebolledo, padre e hijo, gastaban más ingenio para vivir miserablemente
-que el que emplean un par de docenas de autores cómicos, de periodistas
-y de ministros para vivir con esplendidez.
-
-Amigos de Perico Rebolledo eran los Aristas, que luego intimaron con
-Manuel.
-
-Los Aristas, dos hermanos, hijos de una planchadora, estaban de
-aprendices en una fundición de metales de la Ronda. El más pequeño de
-los dos se pasaba la vida en una continua cabriola, dando saltos
-mortales, encaramándose por los árboles, andando con los pies para
-arriba y haciendo flexiones en todos los montantes de las puertas.
-
-El hermano mayor, un muchacho zanquilargo y tartamudo, a quien llamaban
-en broma el Aristón, era el chico más fúnebre del planeta; tenía una
-necromanía aguda; todo lo relacionado con ataúdes, muertos, capillas
-ardientes y cirios le entusiasmaba. Hubiera querido ser enterrador, cura
-de una sacramental, guarda de un cementerio; pero su sueño, lo que más
-le encantaba, era una funeraria; pensaba, como en un bello ideal, en las
-conversaciones que debía de tener el amo de una tienda de pompas
-fúnebres con el padre o con la viuda inconsolable, al ofrecerle coronas
-de siemprevivas, al ir a tomar las medidas a un muerto, al pasearse
-entre los ataúdes. Hacer cajas mortuorias de hombres, mujeres y chicos,
-y acompañarles luego al cementerio. Para el Aristón, las cosas
-relacionadas con la muerte eran las más importantes de la vida.
-
-Por estos contrastes del destino, que casi siempre pone las etiquetas
-cambiadas a las cosas y a los hombres, el Aristón estaba de comparsa en
-un teatro del género chico, por consideración a su padre, que fué
-tramoyista, y el tal oficio le disgustaba, porque en el teatro adonde
-iba no se moría nadie en la escena, ni salía gente de luto, ni se
-lloraba. Y mientras el Aristón no pensaba mas que en cosas fúnebres, el
-otro hermano soñaba con circos y trapecios y volatineros, y esperaba que
-alguna vez la suerte le proporcionaría el medio de cultivar sus
-facultades de gimnasta.
-
-
-
-
-CAPÍTULO V
-
-LA TABERNA DE LA «BLASA»
-
-
-LAS disputas frecuentes entre Leandro y su novia, la hija del
-_Corretor_, servían muy a menudo de comidilla a los inquilinos de la
-Corrala. Leandro era malhumorado y camorrista; se le despertaban los
-instintos brutales rápidamente; a pesar de que casi todos los sábados,
-por la noche, iba a las tabernas y cafetines dispuesto a armar broncas
-con matones y gente cruda, no le había sucedido hasta entonces ningún
-accidente desagradable. A su novia, en parte, le gustaba este valor;
-pero a la madre de la Milagros le producía verdadera indignación, y
-recomendaba a todas horas a su hija que diera a Leandro una despedida
-terminante.
-
-La muchacha despedía a su novio; pero luego, al verle volver humilde y
-dispuesto a aceptar toda condición, se mostraba menos rigurosa.
-
-Esta confianza en su fuerza hacía a la muchacha ser despótica,
-caprichosa y voluble; se divertía dando celos a Leandro; había llegado a
-un estado especial, mezcla de cariño y de odio, en el cual el cariño
-quedaba dentro y el odio fuera, manifestándose en una crueldad sañuda,
-en la satisfacción de mortificar constantemente a su novio.
-
---Un día lo que tú debías hacer--dijo el señor Ignacio a Leandro,
-indignado con las coqueterías de la muchacha--es cogerla en un rincón y
-allá hartarte..., y después darla una paliza y dejarla el cuerpo hecho
-una breva...; al día siguiente te seguía como un perro.
-
-Leandro, tan valiente con los matones, al lado de su novia resultaba un
-doctrino; algunas veces pensó en el consejo de su padre; pero nunca
-hubiese tenido ánimos para llevarlo a cabo.
-
-Un sábado por la tarde, después de una agria disputa con la Milagros,
-Leandro invitó a Manuel a dar una vuelta de noche en su compañía.
-
---¿Adónde iremos?--le preguntó Manuel.
-
---Al café de Naranjeros, o al cafetín de la Esgrima.
-
---Donde te parezca.
-
---Daremos una vuelta por esos _chabisques_ e iremos luego a la taberna
-de la _Blasa_.
-
---¿Va por ahí gente del bronce?
-
---Claro que va, de lo más granado.
-
---Entonces avisaré a don Roberto, a aquel señorito que me vino a buscar
-para ir a la Doctrina.
-
---Bueno.
-
---Después del trabajo fué Manuel a la casa de huéspedes y habló con
-Roberto.
-
---Pasar por el café de San Millán a eso de las nueve de la noche--dijo
-Roberto--; allí estaré yo con una prima mía.
-
---¿La va usted a llevar allá?--preguntó asombrado Manuel.
-
---Sí; es una mujer original, una pintora.
-
-Manuel cenó en la Corrala y contó a Leandro lo que le había dicho
-Roberto.
-
---¿Y esa pintora es guapa?--pregunto Leandro.
-
---No sé; no la conozco.
-
---¡Maldita sea la...! Daría cualquier cosa porque viniera, hombre.
-
---Y yo.
-
-Fueron ambos al café de San Millán, se sentaron y esperaron con
-impaciencia. A la hora indicada apareció Roberto con su prima, a la que
-llamó Fanny. Era ésta una mujer de treinta a cuarenta años, muy delgada,
-de mal color y de tipo varonil y distinguido; tenía algo de la belleza
-desgarbada de un caballo de carrera; la nariz corva, la mandíbula larga,
-las mejillas hundidas y los ojos grises y fríos. Vestía una chaqueta de
-tafetán verde obscuro, falda negra y un sombrero pequeño.
-
-Leandro y Manuel la saludaron con gran timidez y torpeza; dieron la mano
-a Roberto, y hablaron.
-
---Mi prima--dijo Roberto--tiene gana de ver algo de la vida de estos
-pobres barrios.
-
---Pues cuando ustedes quieran--contestó Leandro--. Eso sí, les advierto
-a ustedes que hay mala gente por allá.
-
---¡Oh, yo voy prevenida!--dijo la dama con ligero acento extranjero,
-mostrando un revólver de pequeño calibre.
-
-Pagó Roberto, a pesar de las protestas de Leandro, y salieron todos del
-café. Desembocaron en la plaza del Rastro, bajaron por la Ribera de
-Curtidores hasta la ronda de Toledo.
-
---Si quiere ver la señora la casa donde vivimos nosotros, es ésta--dijo
-Leandro.
-
-Pasaron al interior del Corralón; un grupo de chiquillos y de viejas se
-les acercó, asombrados de ver a aquellas horas a una mujer con tan
-extrañas trazas, y acosaron a preguntas a Manuel y a Leandro. Este
-quería que supiese la Milagros como había estado allí con una dama, y
-fué acompañando a Fanny y enseñándola los cuchitriles del corralón.
-
---Aquí miseria es lo único que se ve--decía Leandro.
-
---¡Oh, sí, sí!--contestaba la dama.
-
---Ahora, si ustedes quieren, vamos a la taberna de la _Blasa_.
-
-Salieron del Corralón hasta tomar el arroyo de Embajadores, y siguieron
-a lo largo de la empalizada negra de un lavadero. Hacía una noche
-obscura; empezaba a lloviznar. Tropezaron con la vía de circunvalación.
-
---Tengan ustedes cuidado--dijo Leandro--, que hay un alambre.
-
-Le puso el pie encima. Cruzaron todos la vía y pasaron por delante de
-unas casas blancas hasta entrar en el barrio de las Injurias.
-
-Se acercaron a una casita baja con un zócalo obscuro; una puerta de
-cristales rotos, empañados, compuestos con tiras de papel, iluminados
-por una luz pálida, daba acceso a esta casa. En la opaca claridad de la
-vidriera se destacaba a veces la sombra de alguna persona.
-
-Abrió la puerta Leandro, y entraron todos. Un vaho caliente y cargado de
-humo les dió en la cara. Un quinqué de petróleo, colgado del techo, con
-una pantalla blanca, iluminaba la taberna, pequeña y de techo bajo.
-
-Al entrar los cuatro, todos los concurrentes se les quedaron mirando con
-expresión de extrañera; hablaron entre ellos y después siguieron unos
-jugando, otros viendo jugar.
-
-Fanny, Roberto, Leandro y Manuel se sentaron a la derecha de la puerta.
-
---¿Qué van a tomar?--dijo la mujer del mostrador.
-
---Cuatro quinces--contestó Leandro.
-
-Llevó la mujer vasos en una bandeja sucia y los colocó en la mesa,
-Leandro sacó sesenta céntimos.
-
---Son a diez--dijo la mujer en tono malhumorado.
-
---¿Por qué?
-
---Porque esto es el extrarradio.
-
---Bueno; cobre usted lo que sea.
-
-La mujer dejó veinte céntimos en la mesa y volvió al mostrador. Era
-ancha, tetuda, de obesidad enorme, con la cabeza metida entre los
-hombros, con cinco o seis papadas en el cuello; despachaba de cuando en
-cuando una copa, que cobraba de antemano, y hablaba poco, con
-displicencia, con un gesto invariable del malhumor.
-
-Tenía aquel hipopótamo malhumorado al lado derecho un depósito de hoja
-de lata con su grifo para el aguardiente, y al izquierdo un frasco de
-peleón y un jarro desportillado con un embudo negro encima, adonde
-echaba el sobrante de las copas de vino.
-
-La prima de Roberto sacó un frasco de esencias, lo ocultó en la mano
-cerrada, y de vez en cuando aspiraba las sales.
-
-Al otro lado de donde estaban Roberto, Fanny, Leandro y Manuel, un corro
-de unos veinte hombres se amontonaban alrededor de una mesa jugando al
-cané.
-
-Cerca de ellos, acurrucadas en el suelo, junto a la estufa, recostadas
-en la pared, se veían unas cuantas mujeres feas, desgreñadas, vestidas
-con corpiños y faldas haraposas, sujetas a la cintura por cuerdas.
-
---¿Qué son estas mujeres?--preguntó la pintora.
-
---Son golfas viejas--contestó Leandro--de esas que van al Botánico y a
-los desmontes.
-
-Dos o tres de aquellas infelices llevaban en sus brazos niños de otras
-mujeres que iban a pasar allí la noche; algunas dormitaban con la
-colilla pegada en el extremo de la boca. Entre la fila de viejas había
-algunas chiquillas de trece a catorce años, monstruosas, deformes, con
-los ojos legañosos; una de ellas tenía la nariz carcomida completamente,
-y en su lugar un agujero como una llaga; otra era hidrocéfala, con el
-cuello muy delgado, y parecía que al menor movimiento se le iba a caer
-la cabeza de los hombros.
-
---¿Tú has visto las tinajas que hay aquí?--preguntó Leandro a Manuel--,
-Ven a verlas.
-
-Se levantaron los dos y se acercaron al grupo de los jugadores. Uno de
-éstos interrumpía el paso.
-
---¿Hace usted el favor?--le dijo Leandro con marcada impertinencia.
-
-El hombre separó la silla malhumorado. Las tinajas no ofrecían nada de
-particular; eran grandes, empotradas en la pared, pintadas de minio;
-cada una de ellas llevaba un letrero de la clase de vino que contenía y
-un grifo.
-
---Y ¿qué tiene esto de raro?--preguntó Manuel.
-
-Leandro sonrió; volvieron a pasar por el mismo sitio, a molestar al
-jugador y a sentarse en la mesa.
-
-Roberto y Fanny hablaban en inglés.
-
---Ese a quien hemos hecho levantar--dijo Leandro--es el baratero de esta
-taberna.
-
---¿Cómo se llama?--preguntó Fanny.
-
---El _Valencia_.
-
-El aludido, que oyó su apodo, se volvió y contempló a Leandro; la mirada
-de los dos se cruzó un momento desafiadora; el _Valencia_ desvió los
-ojos y siguió jugando. Era hombre fuerte, corpulento, de unos cuarenta
-años, de cara juanetuda, pelo rojizo y expresión de sarcasmo
-desagradable. De vez en cuando echaba una mirada severa al grupo formado
-por Fanny, Roberto y los otros dos.
-
---Y ese _Valencia_, ¿quién es?--preguntó la dama en voz baja.
-
---Es esterero de oficio--contestó Leandro alzando la voz--, un gandul
-que saca las perras a los chavalejos de mal vivir; antes fué de los del
-pote, de esos que van a las casas los domingos, llaman, y si ven que no
-hay nadie, meten la palanqueta en la cerradura y crac... Pero ni para
-eso tenía alma, porque es más blanco que el papel.
-
---Sería curioso averiguar--dijo Roberto--hasta qué punto la miseria ha
-servido de centro de gravedad para la degradación de estos hombres.
-
---¿Y ese viejo de barba blanca que está a su lado?--preguntó Fanny.
-
---Ese es un apóstol de los que curan con agua; dicen que sabe mucho...
-Tiene una cruz en la lengua; pero creo que se la ha pintado él mismo.
-
---¿Y esa otra?
-
---Esa es la _Paloma_, la _gamberra_ del _Valencia_.
-
---¿Prostituta?--preguntó la dama.
-
---Desde hace lo menos cuarenta años--contestó Leandro riendo.
-
-Todos contemplaron a la _Paloma_ con atención; tenía una cara enorme,
-blanda, con bolsas de piel violácea, una mirada tímida, de animal;
-representaba cuarenta años lo menos de prostitución, con sus
-enfermedades consiguientes; cuarenta años de noches pasadas en claro,
-rondando los cuarteles, durmiendo en cobertizos de las afueras, en las
-más nauseabundas casas de dormir.
-
-Entre las mujeres había también una gitana, que de cuando en cuando se
-levantaba y cruzaba la taberna con un jacarandoso contoneo.
-
-Pidió Leandro unas copas de aguardiente; pero era tan malo, que nadie lo
-pudo beber.
-
---Tú--dijo Leandro a la gitana, ofreciéndole la copa--. ¿Quieres?
-
---No.
-
-La gitana puso sus manos sobre la mesa, unas manos cortas, rugosas,
-incrustadas en negro.
-
---¿Quiénes son estos _payos_?--preguntó a Leandro.
-
---Son amigos. ¿Quieres o no?--Y le volvió a ofrecer la copa.
-
---No.
-
-Luego, con una voz aguda, gritó:
-
---Apóstol, ¿quieres una copa?
-
-Se levantó del grupo de los jugadores el Apóstol. Estaba borracho y no
-podía andar; tenía los ojos viscosos, de animal descompuesto; se acercó
-a Leandro y tomó la copa, que tembló entre sus dedos; la acercó a los
-labios y la vació.
-
---¿Quieres más?--le dijo la gitana.
-
---Sí, sí--murmuró.
-
-Luego se puso a hablar, enseñando los raigones de los dientes amarillos,
-sin que se le entendiera nada; bebió las otras copas, apoyó la mano en
-la frente, y despacio fué a un rincón, se arrodilló y se tendió en el
-suelo.
-
---¿Quieres que te la diga, princesa?--preguntó la gitana a Fanny,
-agarrándole la mano.
-
---No--replicó secamente la dama.
-
---¿No me darás unas perrillas para los _churumbeles_?
-
---No.
-
---_Escarriá_, ¿por qué no me das unas perrillas para los _churumbeles_?
-
---¿Qué son _churumbeles_?--preguntó la dama.
-
---Los hijos--contestó, riendo, Leandro.
-
---¿Tienes hijos?--le dijo Fanny a la gitana.
-
---Sí.
-
---¿Cuántos?
-
---Dos. Míralos aquí.
-
-Y la gitana vino con un chiquitín, rubio, y una niña de cinco a seis
-años.
-
-La dama acarició al chiquitín; luego sacó un duro de un portamonedas, y
-le dió a la gitana.
-
-Esta comenzó a hacer aspavientos y zalamerías y a mostrar el duro a
-todos los de la taberna.
-
---Vamos--dijo Leandro--, sacar aquí un machacante de esos es peligroso.
-
-Salieron los cuatro de la taberna.
-
---¿Quieren ustedes que demos una vuelta por el barrio?--preguntó
-Leandro.
-
---Sí; vamos--dijo la dama.
-
-Recorrieron juntos las callejuelas de las Injurias.
-
---Tengan ustedes cuidado, que en medio va la alcantarilla--advirtió
-Manuel.
-
-Seguía lloviendo; se internaron los cuatro en patios angostos, en donde
-se hundían los pies en el lodo infecto. Sólo algún farol de petróleo,
-sujeto en la pared de alguna tapia medio caída, brillaba en toda la
-extensión de la hondonada, negra de cieno.
-
---¿Volvemos ya?--preguntó Roberto.
-
---Sí--respondió la dama.
-
-Tomaron por el arroyo de Embajadores, y subieron por el paseo de las
-Acacias. Arreciaba la lluvia; alguna que otra luz mortecina brillaba a
-lo lejos; en el cielo, obscurísimo, se destacaba, de una manera vaga, la
-silueta alta de una chimenea...
-
-Acompañaron Leandro y Manuel hasta la plaza del Rastro a Fanny y a
-Roberto, y allí se despidieron, cambiando un apretón de manos.
-
---¡Qué mujer!--exclamó Leandro.
-
---Es simpática, ¿eh?--preguntó Manuel.
-
---Sí es. Daría cualquier cosa por tener algo que ver con ella.
-
-
-
-
-CAPÍTULO VI
-
-ROBERTO EN BUSCA DE UNA MUJER.--EL «TABUENCA» Y SUS ARTIFICIOS.--DON
-ALONSO O EL «HOMBRE BOA».
-
-
-UNOS meses después se presentó Roberto en la Corrala, a la hora en que
-Manuel y los de la zapatería tornaban de su trabajo.
-
---¿Tú conoces al señor Zurro?--preguntó Roberto a Manuel.
-
---Sí; aquí al lado vive.
-
---Ya lo sé; quisiera hablarle.
-
---Pues llame usted, porque debe estar.
-
---Acompáñame tú.
-
-Llamó Manuel, les abrió la Encarna y pasaron adentro. El señor Zurro
-leía un periódico a la luz de un velón en su cuarto, un verdadero
-almacén repleto de bargueños viejos, arcas apolilladas, relojes de
-chimenea y otra porción de cosas. Se ahogaba allí cualquiera; no se
-podía respirar ni dar un paso sin tropezar con algo.
-
---¿Es usted el señor Zurro?--preguntó Roberto.
-
---Sí.
-
---Yo venía de parte de don Telmo.
-
---¡De don Telmo!--repitió el viejo, levantándose y ofreciendo una silla
-al estudiante--. Siéntese usted. ¿Cómo está ese buen señor?
-
---Muy bien.
-
---Es muy amigo mío--siguió diciendo el Zurro. ¡Vaya! Ya lo creo. Pero
-usted me dirá lo que desea, señorito. Para mí basta que venga usted de
-parte de don Telmo, para que yo haga lo que pueda por servirle.
-
---Lo que yo deseo es informarme del paradero de una muchacha volatinera
-que vivió hace cinco o seis años en una posada de estos barrios, en el
-mesón del Cuco.
-
---¿Y usted sabe cómo se llamaba la muchacha?
-
---Sí.
-
---¿Y dice usted que vivió en el mesón del Cuco?
-
---Sí, señor.
-
---Yo conozco alguno que vive ahí--murmuró el ropavejero.
-
---Sí; es verdad--repuso la Encarna.
-
---Aquel hombre de los monos, ¿no vivía allá?--preguntó el señor Zurro.
-
---No; era la Quinta de Goya--contestó su hija.
-
---¡Pues, señor!... Espere usted un poco, joven...; espere usted.
-
---¿No será el _Tabuenca_ el que vive allá, padre?--interrumpió la
-Encarna.
-
---Ese es; ese mismo. El _Tabuenca_. Vaya usted a verle. Dígale
-usted--añadió el señor Zurro, dirigiéndose a Roberto--que va de mi
-parte. Es un tío de mal genio, muy cascarrabias.
-
-Se despidió Roberto del ropavejero y de su hija, y salió con Manuel a la
-galería de la casa.
-
---¿Y dónde está el mesón del Cuco?--preguntó.
-
---Por ahí, por las Yeserías--le dijo Manuel.
-
---Acompáñame; luego cenaremos juntos--dijo Roberto.
-
---Bueno.
-
-Fueron los dos al mesón, colocado en un paseo a aquellas horas desierto.
-Era una casa grande, con un zaguán a estilo de pueblo y un patio lleno
-de carros. Preguntaron a un muchacho. El _Tabuenca_ acababa de
-llegar--les dijo--. Entraron en el zaguán, iluminado por un farol. Allí
-había un hombre.
-
---¿Vive aquí uno a quien llaman el _Tabuenca_?--preguntó Roberto.
-
---Sí. ¿Qué hay?--dijo el hombre.
-
---Pues que quisiera hablarle.
-
---Puede usté hablar, porque el _Tabuenca_ soy yo.
-
-Al volverse éste, la luz del farol de petróleo, colgado en la pared, le
-dió en la cara, y Roberto y Manuel le miraron con extrañeza. Era un tipo
-apergaminado, amarillento; tenía una nariz absurda, una nariz arrancada
-de cuajo y substituída por una bolita de carne. Parecía que miraba al
-mismo tiempo con los ojos y con los dos agujeros de la nariz. Estaba
-afeitado, vestido decentemente y con una boina de visera verde.
-
-El hombre oyó con displicencia lo que le indicó Roberto; después
-encendió un cigarro y tiró lejos el fósforo. A causa, sin duda, de la
-exigüidad de su órgano nasal, se veía en la necesidad de tapar con los
-dedos las ventanas de la nariz para poder fumar.
-
-Roberto creyó que el hombre no había entendido su pregunta, y la repitió
-dos veces. El _Tabuenca_ no hizo caso; pero, de repente, presa de la
-mayor indignación, tiró el cigarro con furia y empezó a blasfemar con
-una voz gangosa, una voz de gaviota, y a decir que no comprendía por qué
-le molestaban con cosas que a él no le importaban nada.
-
---No chille usted tanto--le dijo Roberto, molestado con aquella
-algarabía--; van a creer que hemos venido a asesinarle a usted, lo
-menos.
-
---Chillo, porque me da la gana.
-
---Bueno, hombre, bueno; chille usted lo que quiera.
-
---A mí no me dices tú eso, porque te ando en la cara--gritó el
-_Tabuenca_.
-
---¿Usted a mí?--replicó riéndose Roberto--; y añadió dirigiéndose a
-Manuel--: Me hacen la santísima los hombres sin nariz, y a este tío
-chato le voy a dar un disgusto.
-
-Se retiró el _Tabuenca_, decidido, y salió al poco rato con un bastón de
-estoque, que desenvainó; Roberto buscó por todas partes algo para
-defenderse, y encontró una vara de un carretero; el _Tabuenca_ tiró una
-estocada a Roberto, y éste la paró con la vara; volvió a tirarle otra
-estocada, y Roberto, al pararla, rompió el farol del portal y quedaron a
-obscuras. Roberto comenzó a hacer molinetes con su vara, y debió de dar
-una vez a el _Tabuenca_ en algún sitio delicado, porque el hombre empezó
-a gritar horriblemente:
-
---¡Asesinos! ¡Asesinos!
-
-En esto se presentaron unas cuantas personas en el zaguán, y entre ellas
-un arriero gordo, con un candil en la mano.
-
---¿Qué pasa?--preguntó.
-
---Estos asesinos, que me quieren matar--gritó el _Tabuenca_.
-
---No hay nada de eso--repuso Roberto con voz tranquila--, sino que hemos
-venido a preguntarle una cosa a este tío, y, sin saber por qué, ha
-empezado a gritar y a insultarme.
-
---Y te andaré en la cara--interrumpió el _Tabuenca_.
-
---Pues venga usted de una vez; no se quede con las ganas--replicó
-Roberto.
-
---¡Granuja! ¡Cobarde!
-
---Usted sí que es cobarde. Tiene usted tan pocos riñones como poca
-nariz.
-
-El _Tabuenca_ engarzó una porción de insultos y blasfemias, y, volviendo
-la espalda, se fué.
-
---¿Y a mí quién me paga el farol?--preguntó el arriero.
-
---¿Cuánto vale?--dijo Roberto.
-
---Tres pesetas.
-
---Ahí van.
-
-Ese _Tabuenca_ es un boceras--dijo el arriero del candil, al recibir el
-dinero--. ¿Y qué es lo que querían ustedes?
-
---Preguntarle por una mujer que vivió aquí hace años y que era
-volatinera.
-
---Eso, don Alonso, el _Titiri_, quizá lo sepa. Si quieren, díganme
-ustedes adónde van, y yo le encargaré al _Titiri_ que les busque.
-
---Bueno; pues dígale usted que le esperamos en el café de San Millán, a
-las nueve--dijo Roberto.
-
---¿Y cómo le vamos a conocer a ese hombre?--preguntó Manuel.
-
---Es verdad--dijo Roberto--; ¿cómo le vamos a conocer?
-
---Muy fácilmente. Él suele andar, de noche, por los cafés con un aparato
-de esos para oír canciones.
-
---¿Un fonógrafo?
-
---Eso es.
-
-En esto apareció en el portal una vieja, que vino gritando:
-
---¿Quién ha sido el hijo de la grandísima perra que ha roto el farol?
-
---Calla, calla--le contestó el arriero--, que está todo arreglado.
-
---¡Hala, vamos!--dijo Manuel a Roberto.
-
-Los dos salieron de la posada y echaron a andar de prisa. Entraron en el
-café de San Millán. Roberto pidió de cenar. Manuel conocía al _Tabuenca_
-de verle por las rondas, y explicó a Roberto la clase de tipo que era
-mientras cenaban.
-
-El _Tabuenca_ vivía de una porción de artificios construídos por él.
-Cuando notaba que el público se cansaba de una cosa, sacaba otra al
-mercado, y así iba tirando. Uno de estos artificios era una rueda de
-barquillero, que daba vueltas por un círculo de clavos, entre los cuales
-había escritos números y pintados colores. Esta rueda la llevaba su
-dueño en una caja de cartón, que tenía dos tapas, divididas en cuadritos
-con números y colores, donde se apuntaba, y que correspondían a los
-números puestos alrededor de los clavos. Solía llevar el _Tabuenca_ en
-una mano la caja cerrada y en la otra una mesita de tijera. Colocaba sus
-trastos en el rincón de una calle, hacía girar la rueda y, con una voz
-gangosa, murmuraba:
-
---¡Ande la reolina! Hagan juego, señores... Hagan juego. Número o
-color... número o color... hagan juego.
-
-Cuando había ya bastantes puestas, lo que era frecuente, daba el
-_Tabuenca_ a la rueda del barquillero, diciendo al mismo tiempo su
-frase: «¡Ande la reolina!» Saltaba la ballena en los clavos, y antes que
-se detuviera, ya sabía el hombre el número y el color que ganaban, y
-decía: «El siete encarnado», o «el cinco azul», y siempre acertaba...
-
-Mientras Manuel hablaba, Roberto parecía pensativo.
-
---¿Ves?--dijo de pronto--estas dilaciones son las que aburren; se tiene
-un caudal de voluntad en billetes, en onzas, en grandes unidades, y se
-necesita la energía en céntimos, en perros chicos. Lo mismo sucede con
-la inteligencia; por eso fracasan muchos ambiciosos, inteligentes y
-enérgicos. Les falta las fracciones, les falta también, en general, el
-talento para disimular sus fuerzas. Poder ser estúpido en algunas
-ocasiones, sería más útil probablemente que poder ser discreto en otras
-tantas.
-
-Manuel, que no comprendía el motivo de aquel chaparrón de frases, se
-quedó mirando atónito a Roberto, quien volvió a sumirse en sus
-cavilaciones.
-
-Permanecieron los dos silenciosos largo tiempo, cuando entró en el café
-un hombre alto, flaco, de pelo entrecano y bigote gris.
-
---¿Será este el _Titiri_, ese don Alonso?--preguntó Roberto.
-
---Quizá.
-
-El hombre flaco pasó por delante de todas las mesas, mostrando una
-cajita, y diciendo: «Novedé, novedé».
-
-Iba a salir cuando le llamó Roberto.
-
---¿Usted vive en el mesón del Cuco?--le preguntó.
-
---Sí, señor.
-
---¿Es usted don Alonso?
-
---Para servirle.
-
---Pues le estábamos esperando. Siéntese usted; tomará usted café con
-nosotros.
-
-El hombre se sentó. Tenía un aspecto cómico, mezcla de humildad, de
-fanfarronería y de jactancia triste. Miró el plato que acababa de dejar
-Roberto, en donde quedaba todavía un trozo de carne asada.
-
---Perdón--le dijo a Roberto--. ¿Usted no piensa concluir este trozo?
-¿No? Entonces... con su permiso--y cogió el plato, el tenedor y el
-cuchillo.
-
---Le traerán a usted otro bisteck--dijo Roberto.
-
---No, no. Si es un capricho; me ha parecido que esta carne debía estar
-buena. ¿Me quieres dar un pedazo de pan?--añadió, dirigiéndose a
-Manuel--.Gracias, joven, muchas gracias.
-
-Tragó el hombre la carne y el pan en un momento.
-
---¿Qué? ¿Queda un poco de vino?--preguntó, sonriendo.
-
---Sí--contestó Manuel, vaciando la botella en la copa.
-
---_Ol rait_--dijo el hombre al bebería--. ¡Señores! A su disposición.
-Creo que querían preguntarme algo.
-
---Sí.
-
---Pues a su disposición. Me llamo Alonso de Guzmán Calderón y Téllez.
-Aquí donde me ven ustedes, he sido director de un circo en América, he
-viajado por todas las tierras y todos los mares del mundo; ahora estoy
-sufriendo un temporal deshecho; por las noches ando de café en café con
-este fonógrafo, y por la mañana llevo un juego de esos de martingala,
-que consiste en una torre _Infiel_ con un espiral. Por debajo de la
-torre hay un cañón con resorte que lanza una bola de hueso por la
-espiral arriba, y cae luego en un tablero lleno de agujeros y de
-colores. Esa es mi vida. ¡Yo! ¡El director de un circo ecuestre! He
-venido a parar en esto, en ayudante del _Tabuenca_. ¡Qué cosas se ven en
-el mundo!
-
---Quería yo preguntarle--interrumpió Roberto--si por haber vivido en el
-mesón del Cuco conocía usted a una tal Rosita Buenavida, volatinera.
-
---¡Rosita Buenavida! ¿Dice usted que esa mujer se llamaba Rosita
-Buenavida?... No, no recuerdo... Tuve en mi compañía una Rosita, pero no
-se llamaba Buenavida; mejor se hubiera llamado Mala vida y costumbres.
-
---Quizá varió de apellido--dijo Roberto impacientado--. ¿Qué edad tenía
-la Rosita que conoció usted?
-
---Pues le diré a usted; yo fuí a París el sesenta y ocho, contratado al
-circo de la Emperatriz. Yo era entonces contorsionista, y en los
-carteles me llamaban el _Hombre-Boa_; luego me hice malabarista, y
-adopté el nombre de don Alonso. Alonso es mi nombre. A los cuatro meses,
-Pérez y yo, Pérez ha sido el gimnasta más grande del mundo, fuimos a
-América, y dos o tres años después conocía a Rosita, que entonces
-tendría veinticinco o treinta.
-
---De manera que la Rosita que usted dice tendría ahora sesenta y
-tantos--dijo Roberto--; la que yo busco tendrá a lo más treinta.
-
---Entonces no es ella. ¡Caramba, cuánto lo siento!--murmuró don Alonso,
-agarrando el vaso de café con leche y llevándoselo a los labios, como si
-tuviera miedo de que se lo fuesen a quitar--. ¡Y qué bonita era aquella
-chiquilla! Tenía unos ojos verdes como los de un gato. Una monada, una
-verdadera monada.
-
-Roberto había quedado pensativo; don Alonso prosiguió hablando,
-dirigiéndose a Manuel:
-
---No hay vida como la del artista de circo--exclamó--. No sé la
-profesión de ustedes, y no quiero rebajarla; pero donde esté el arte...
-¡Aquel París, aquel circo de la Emperatriz, no los olvidaré nunca!
-Verdad es que Pérez y yo tuvimos suerte: hicimos furor allá, y no digo
-nada lo que eso supone. ¡Oh! Era una cosa... Una noche, después de
-trabajar, se encontraba uno con un recado: «Se le espera en el café
-tal». Iba uno allá y se encontraba uno con una mujer de la _jai laif_,
-una mujer caprichosa, que convidaba a cenar... y a todo lo demás. Pero
-vinieron otros gimnastas al circo de la Emperatriz; nosotros dejamos de
-ser novedad, y el empresario, un yanqui que tenía una porción de
-compañías, nos dijo a Pérez y a mí si queríamos ir a Cuba.
-_Alante_--dije yo--, _Ol rait_.
-
---¿Ha estado usted en Cuba?--preguntó Roberto, saliendo de su
-abstracción.
-
---¡He estado en tantos sitios!--contestó, con aire de superioridad, el
-antiguo _Hombre-Boa_--. Nos embarcamos en el _Abre_--siguió diciendo don
-Alonso--en un barco que se llamaba la _Navarr_, y estuvimos en La Habana
-durante unos ocho meses; trabajando allí, nos salió un negocio de una
-lotería, y Pérez y yo ganamos veinte mil pesos oro.
-
---¡Veinte mil duros!--dijo Manuel.
-
---¡Cabalito! A la semana siguiente ya los habíamos perdido, y nos
-encontrábamos Pérez y yo sin un centavo. Pasábamos unos días
-alimentándonos de guayaba y de ñame, hasta que encontramos en el muelle
-de La Habana unos gimnastas que estaban más arruinados que el verbo y
-nos reunimos a ellos. Era gente que no trabajaba mal; había acróbatas,
-_clauns_, pantomimistas, barristas y una _equiyer_ francesa; formamos
-una compañía e hicimos una _turné_ por los pueblos de la isla; pero una
-_turné_ morrocotuda. ¡Cómo nos obsequiaban en aquella tierra! «Pase, mi
-amigo, y tomará una copa». «Muchísimas gracias». «No me desaire el
-_señó_; _vamo a tomá_ una copa en _eta_ cantina, ¿no?...» Y la bebida
-andaba que era un gusto. Como yo era el único de la cuadrilla que sabía
-hacer cuentas, he tenido educación--añadió don Alonso--, mi padre fué
-militar, me nombré director. En uno de los pueblos reforcé la compañía
-con una bailarina y un Hércules. La bailarina se llamaba Rosita
-Montañés; de ésta me he acordado cuando me hablaban ustedes de esa
-Rosita que buscan. La Montañés era española y estaba casada con el
-Hércules, un italiano, Napoleó Pitti, de nombre. El matrimonio llevaba
-como secretario a un galleguito muy inteligente, pero detestable como
-artista, y la Rosita y él se la pegaban al Hércules. No era esto
-difícil, porque Napoleó era uno de los hombres más brutos que he
-conocido; como fuerte no había otro: tenía una espalda como una pared
-maestra; las orejas aplastadas por los puñetazos del boxeo; era un
-barbarote, y es lo que se dice: «al hombre por la palabra y al buey por
-el asta»; y el galleguito le llevaba al Hércules por el asta. El
-condenado marusiño me engañó a mí también, aunque no como al Hércules,
-pues siempre he sido soltero, gracias a Dios, parte por aprensión y
-parte por cálculo; y mujeres no me han faltado--dijo don Alonso, con
-jactancia.
-
-¿En qué iba? ¡Ah, sí! Yo no sabía el inglés; la condenada lengua esa,
-aunque no es muy difícil, no me entraba; tenía necesidad de un
-intérprete, y nombré al gallego secretario de la compañía y taquillero.
-Así, juntos, estuvimos cerca de un año, y al cabo de este tiempo
-llegamos a una isla inglesa que está cerca de la Jamaica. El gobernador
-de la isla, un inglés más barbián que el mundo, con unas patillas que
-parecían de fuego, me llamó al desembarcar; y como no había sitio para
-que trabajáramos nosotros, habilitó la escuela municipal, que era un
-palacio, y mandó tirar todos los tabiques y hacer la pista y las gradas.
-En el pueblo sólo los negros iban a aquella escuela; y estas criaturas,
-¿para qué quieren saber leer y escribir?
-
-Llevábamos allá un mes, y, a pesar de que no pagábamos el local, de que
-solía estar lleno todas las tardes, y de que no teníamos apenas gastos,
-no ganábamos. ¿En qué consistirá?--me decía yo continuamente--. Un
-misterio.
-
---¿Y en qué consistía?--preguntó Manuel.
-
---Ahora voy. Antes hay que explicar que el gobernador de las patillas
-rojas se enamoró de la Rosita, y, sin andarse por las ramas, se la llevó
-a su palacio. El pobre Hércules mugía, rompía los platos con los dedos y
-desahogaba su dolor y su rabia haciendo barbaridades.
-
-El gobernador, muy campechano, nos invitaba al galleguito y a mí a su
-palacio, y allí, en un jardín que tenía con cedros y palmeras, solíamos
-preparar el programa de las funciones y nos entreteníamos en tirar al
-blanco, mientras fumábamos unos tabacos admirables y bebíamos copas de
-ron. Hacíamos la corte a Rosita, y ella se reía como una loca, y bailaba
-el tango, la cachucha y el vito, y le faltaba al inglés una barbaridad
-de veces; un día me dijo el gobernador, que me trataba como a un amigo:
-«Ese secretario de usted le roba.» «Creo que sí», le contesté. «Esta
-noche tendrá usted la prueba».
-
-Concluímos la función; me fuí a casa, cené e iba a acostarme, cuando
-viene un negrito y me dice que le siga; bueno: lo hago; salimos los dos:
-nos acercamos al circo, y en una cantina próxima veo al gobernador y al
-jefe de policía del pueblo. Hacía una noche de luna muy hermosa; en la
-cantina no había luz; esperamos, y esperamos, y de pronto aparece un
-bulto, y se cuela por una ventana del circo. «_For uer_»--murmuró el
-gobernador--. Esto quiere decir: _¡Alante!_--añadió don Alonso.
-
-Nos acercamos los tres, y por la misma ventana pasamos sin hacer ruido;
-llegamos, de puntillas, al portal de la antigua escuela, que hacía de
-vestíbulo del circo, y que era donde estaba la taquilla, y vemos al
-secretario con una linterna en la mano, registrando la caja. «--¡Alto a
-la autoridad!»--gritó el gobernador--, y, con el revólver que llevaba en
-la mano, disparó un tiro al aire. El secretario quedó paralizado
-mirándonos; el gobernador entonces le apuntó con el arma al pecho y
-volvió a disparar a boca de jarro; el hombre vaciló, dió una vuelta en
-el aire y cayó muerto.
-
-El gobernador estaba celoso, y la verdad es que la Rosita le quería al
-secretario. Yo no he visto en mi vida un dolor tan grande como el de
-aquella mujer cuando encontró a su amante muerto. Lloraba y se
-arrastraba dando unos lamentos que partían el alma. Napoleó lloró
-también.
-
-Enterramos al secretario, y a los cuatro o cinco días del entierro nos
-comunicó el jefe de policía de la isla que la escuela no podía estar más
-tiempo haciendo de circo, y que nos fuéramos. Obedecimos la orden,
-porque no había más remedio, y durante un par de años estuvimos andando
-por pueblos del centro de América del Yucatán y de Méjico, hasta que en
-Tampico se deshizo la compañía. Como allá no había medio de trabajar,
-Pérez y yo nos embarcamos para Nueva Orleáns.
-
---Hermoso pueblo, ¿eh?--dijo Roberto.
-
---Hermoso ¿Ha estado usted allí?
-
---Sí.
-
---Hombre, ¡cuánto me alegro!
-
---Qué río, ¿eh?
-
---¡Un mar! Pues voy a mi historia. La primera vez que trabajamos en la
-ciudad, señores, ¡qué éxito! El circo era más alto que una iglesia; yo
-le dije al carpintero: «--Pon el trapecio nuestro lo más alto posible»;
-y después de hacer esta recomendación me fuí a comer.
-
-En nuestra ausencia llegó al circo el empresario y preguntó: «--¿Es que
-los gimnastas españoles quieren trabajar a esa altura?» «--Eso han
-dicho»--le contestó el carpintero. «--Que les avisen que no quiero ser
-responsable de una barbaridad semejante».
-
-Estábamos Pérez y yo en el hotel, y nos dan el recado de que fuéramos en
-seguida al circo. «--¿Qué pasará?»--me preguntó mi compañero. «--Ya
-verás--le dije yo--cómo nos van a exigir que bajemos el trapecio».
-
-Efectivamente; vamos Pérez y yo al circo, y le vemos al empresario. Era
-eso lo que quería. «--Nada--le dije--aunque venga el mismísimo
-presidente de la República de los Estados Unidos con su señora madre, no
-bajo el trapecio ni una pulgada». «--Pues se le obligará a usted». «--Lo
-veremos.» Llamó el empresario a uno de policía; le enseñé yo a éste el
-contrato, y me dió la razón: me dijo que mi compañero y yo teníamos el
-perfecto derecho de rompernos la cabeza...
-
---¡Qué país!--murmuró irónicamente Roberto.
-
---Tiene usted razón--dijo en serio don Alonso--. ¡Qué país! ¡Eso es
-adelanto!
-
-Por la noche, en el circo, antes de debutar, estábamos Pérez y yo oyendo
-los comentarios del público. «--Pero esos españoles, ¿van a trabajar a
-esa altura?»--se preguntaba la gente. «--Se van a matar». Nosotros tan
-tranquilos, sonriendo.
-
-Ibamos a salir a la pista, cuando se nos acerca un señor de sotabarba
-marinera, sombrero de copa de alas planas y carrick, y gangueando mucho,
-nos dice que nos podía suceder una desgracia trabajando tan alto, y
-que, si queríamos, podíamos asegurar la vida, para lo cual no había mas
-que firmar unos papeles que llevaba en la mano. ¡Cristo! Me quedé
-muerto; sentí ganas de estrangular al tío aquel.
-
-Temblando y haciendo de tripas corazón salimos Pérez y yo a la pista.
-Tuvimos que darnos colorete. Llevábamos un traje azul cuajado de
-estrellas plateadas; una alusión a la bandera del _Unichs Steis_;
-saludamos, y arriba por la cuerda.
-
-Al principio, yo creí que me caía; se me iba la cabeza, me zumbaban los
-oídos; pero con los primeros aplausos se me olvidó todo, y Pérez y yo
-hicimos los ejercicios más difíciles con una precisión admirable. El
-publicó aplaudía a rabiar. ¡Qué tiempos!
-
-Y el viejo gimnasta sonrió; luego hizo una mueca de amargura; se le
-humedecieron los ojos; parpadeó para absorber una lágrima, que escapó al
-fin y corrió por la mejilla terrosa.
-
---Soy un tonto; no lo puedo remediar--murmuró don Alonso para explicar
-su debilidad.
-
---¿Y siguieron ustedes en Nueva Orleáns?--preguntó Roberto.
-
---Allí--contestó don Alonso--nos contrató a Pérez y a mí una gran
-empresa de circos de _Niu Yoc_, que tenía veinte o treinta compañías
-andando por toda América. Ibamos en un tren especial todos los
-gimnastas, bailarinas, _equiyeres_, acróbatas, pantomimistas, _clauns_,
-contorsionistas, Hércules... La mayoría eran italianos y franceses.
-
---Habría mujeres guapas, ¿eh?--dijo Manuel.
-
---¡Uf..., así...--contestó don Alonso uniendo sus dedos--. ¡Mujeres con
-unos músculos!... Era una vida como no hay otra--añadió volviendo a su
-tema melancólico--. Se tenía dinero, mujeres, trajes... y, sobre todo,
-la gloria, el aplauso...
-
-Y el gimnasta quedó entusiasmado, mirando fijamente a un punto.
-
-Roberto y Manuel le contemplaban con curiosidad.
-
---Y a la Rosita, ¿no la volvió usted a ver más?--preguntó Roberto.
-
---No; me dijeron que se había divorciado de Napoleó para casarse de
-nuevo en _Beustón_ con un millonario del Oeste. Las mujeres... ¿Quién se
-fía de ellas?... Pero, señores, son las once. Perdonen ustedes; me tengo
-que marchar. ¡Muchas gracias! ¡Muchísimas gracias!--murmuró don Alonso
-apretando con efusión la mano de Roberto y la de Manuel--. Ya nos
-veremos otra vez ¿verdad?
-
---Sí; nos veremos--contestó Roberto.
-
-Don Alonso cogió su fonógrafo en la mano y pasó por entre las mesas
-repitiendo su frase: _¡Novedé! ¡Novedé!_ Luego, después de saludar
-nuevamente a Roberto y a Manuel, desapareció.
-
---Nada, no se averigua nada--murmuró Roberto--. Vaya, adiós; hasta otro
-día.
-
-Manuel quedó solo, y pensando en las historias de don Alonso y en los
-misterios de Roberto, se fué al Corralón a acostarse.
-
-
-
-
-CAPÍTULO VII
-
-LA «KERMESSE» DE LA CALLE DE LA PASIÓN.--EL «LECHUGUINO».--UN CAFÉ
-CANTANTE.
-
-
-LA _kermesse_ de la calle de la Pasión fué esperada por Leandro con
-ansiedad. Otros años había acompañado a la Milagros a la verbena de San
-Antonio y a las del Prado; bailó con ella, la convidó a buñuelos, la
-regaló un tiesto de albahaca; aquel verano la familia del _Corretor_
-parecía tener empeño decidido de apartar a la Milagros de Leandro. Este
-se enteró de que su novia y su madre pensaban ir a la _kermesse_, y se
-agenció dos billetes, y anunció a Manuel que los dos se presentarían
-allá.
-
-Efectivamente: fueron una noche de agosto, que hacía un calor horrible;
-un vaho denso y turbio llenaba las calles de las cercanías del Rastro,
-adornadas e iluminadas con farolillos a la veneciana.
-
-Se celebraba la fiesta en un solar grande de la calle de la Pasión.
-Entraron Leandro y Manuel: la música del Hospicio tocaba una habanera.
-El solar, alumbrado con arcos voltaicos, estaba adornado con cintas,
-gasas y flores artificiales, que partían como radios de un poste del
-centro e iban hasta los extremos. Frente a la puerta de entrada había
-una caseta de tablas, recubierta con percalina roja y amarilla, y una
-porción de banderas españolas: era la tómbola.
-
-Leandro y Manuel se sentaron en un rincón y esperaron. El corrector y su
-familia llegaron pasadas las diez; la Milagros estaba muy bonita: vestía
-traje claro con dibujos azules, pañuelo de crespón negro y zapato
-blanco. Iba un poco escotada hasta el nacimiento del cuello, terso y
-redondo.
-
-En aquel momento la banda del Hospicio tocaba a trompetazos el scottish
-de _Los Cocineros_, y Leandro, emocionado, invitó a bailar a la
-Milagros. La muchacha hizo un gestillo de enfado.
-
---A ver si me manchas el traje nuevo--murmuró, y se puso el pañuelo en
-la cintura.
-
---Si bailas con otro también te manchará--contestó Leandro humildemente.
-
-La Milagros no hizo caso: bailaba cogiéndose la falda con una mano,
-contestando de una manera displicente y por monosílabos.
-
-Concluyó el scottish, y Leandro invitó a la familia a ir al ambigú. A la
-derecha de la puerta había dos escalinatas adornadas, que conducían a
-otro solar a un nivel de seis o siete metros más alto del sitio donde se
-celebraba el baile. En una de las escaleras, llenas de banderas
-españolas, había un letrero, sostenido por un poste, donde ponía:
-«Subida al ambigú»; en la otra: «Bajada del ambigú».
-
-Subieron todos la escalera. El ambigú era un sitio espacioso, con
-árboles, alumbrado por globos eléctricos, que colgaban de gruesos
-cables. Sentados a las mesas, una multitud abigarrada hablaba a gritos,
-palmoteaba y reía.
-
-Tuvieron que esperar muchísimo tiempo para que un mozo trajese cerveza;
-la Milagros pidió un helado, y, como no había, no quiso tomar nada.
-Estuvo así, sin hablar, considerándose profundamente ofendida, hasta que
-se encontró con dos muchachas de su taller, se reunió con ellas y se le
-marchó el enfado al momento. Leandro, a la primera ocasión, abandonó al
-corrector, se reunió con Manuel y fué a buscar a su novia. En el solar
-próximo de la entrada, en el sitio del baile, paseaban, dando vueltas,
-las parejas en los momentos de descanso; las dos amigas de la Milagros y
-ésta, las tres agarradas del brazo, paseaban muy alegres, seguidas muy
-de cerca por tres hombres. Uno de ellos era un señorito achulapado,
-alto, de bigote rubio; el otro, un hombre bajito, de facha ordinaria,
-con el bigote pintado, la pechera y los dedos llenos de brillantes, y el
-tercero, un chulapón, con patillas de hacha, mezcla de gitano y tratante
-en ganados, con las trazas del más abyecto truhán.
-
-Leandro, al notar la maniobra de los tres compadres, se interpuso entre
-las muchachas y sus galanteadores, y, volviéndose hacia ellos con
-impertinencia, dijo:
-
---¿Qué hay?
-
-Los tres se hicieron los distraídos y se rezagaron.
-
---¿Quiénes son?--preguntó Manuel.
-
---Uno es el _Lechuguino_--dijo Leandro en voz alta para que le oyera su
-novia--, un tío que tiene lo menos cincuenta años y anda por ahí
-echándoselas de pollo; el bajito, del bigote pintado, es _Pepe el
-Federal_, y el otro, _Eusebio el Carnicero_, un hombre que es dueño de
-unas cuantas casas de compromiso.
-
-El arranque fanfarrón de Leandro gustó a una de las muchachas, que se
-volvió a mirar al mozo y sonrió; pero a la Milagros no le hizo gracia
-ninguna, y, mirando hacia atrás, buscó repetidas veces con la mirada al
-grupo de los tres hombres.
-
-En esto apareció el que Leandro había designado con el mote de
-_Lechuguino_, acompañando al corrector y a su mujer. Las tres muchachas
-se acercaron a ellos, y el _Lechuguino_ invitó a bailar a la Milagros.
-Leandro miró a su novia angustiosamente; ella, sin hacerle caso, se puso
-a bailar. Tocaban el paso doble de _El tambor de granaderos_. El
-_Lechuguino_ era un bailarín consumado; llevaba a su pareja como una
-pluma y le hablaba tan de cerca, que parecía que le estaba besando.
-
-Leandro no sabía qué cara poner, sufría horriblemente; no se decidía a
-marcharse. Concluyó aquel baile, y el _Lechuguino_ acompañó a Milagros
-adonde estaba su madre.
-
---¡Vámonos! ¡Vámonos!--dijo Leandro a Manuel--. Si no, voy a hacer un
-disparate.
-
-Salieron de allí escapados y entraron en un café cantante de la calle de
-la Encomienda. Estaba desierto. Dos chiquillas bailaron en un tablado:
-una vestida de maja, y otra de manolo.
-
-Leandro, pensativo, no hablaba una palabra; Manuel sentía sueño.
-
---Vamos de aquí--murmuró Leandro, después de breve rato--. Esto está muy
-triste.
-
-Salieron a la plaza del Progreso; Leandro, siempre cabizbajo y
-pensativo; Manuel, muerto de sueño.
-
---En el café de la Marina--dijo Leandro--habrá holgorio.
-
-Más nos vale ir a casa--contestó Manuel.
-
-Leandro, sin atenderle, bajó a la Puerta del Sol; entraron los dos muy
-silenciosos por la calle de la Montera y volvieron la esquina de la de
-Jardines. Era más de la una. Al paso las busconas, apostadas en los
-portales, con sus trajes claros, les detenían, y al ver el aspecto torvo
-de Leandro y la facha pobre de Manuel, les dejaban pasar, dándoles
-alguna broma por su seriedad.
-
-A la mitad de la calle, estrecha y obscura, brillaba un farol rojo, que
-iluminaba la portada sórdida del café de la Marina.
-
-Empujó la puerta Leandro y pasaron adentro. Enfrente, el tablado con
-cuatro o cinco espejos, relucía lleno de luz; en el local, angosto, la
-fila de mesas arrinconadas a una y otra pared no dejaban en medio mas
-que un pasillo.
-
-Se sentaron Leandro y Manuel. Este apoyó la frente en la mano y quedó
-dormido; Leandro hizo una seña a dos _cantaoras_, vestidas con trajes
-vistosos, que hablaban con unas mujeres gordas, y las dos fueron a
-sentarse a la mesa.
-
---¿Qué vais a tomar?--las preguntó Leandro.
-
---Yo alpiste--contestó una de ellas, que era delgadita, nerviosa, con
-los ojos pequeños y pintados.
-
---¿Tú cómo te llamas?
-
---Yo, _María la Chivato_.
-
---¿Y ésta?
-
---_La Tarugo._
-
-La _Tarugo_, que era una malagueña gorda y agitanada, se sentó al lado
-de Leandro, y se pusieron los dos a hablar bajo.
-
-Se acercó el mozo a la mesa.
-
---Tráenos cuatro medias de aguardiente--dijo la _Chivato_--, porque éste
-beberá--añadió dirigiéndose a Manuel y agarrándole del brazo--. ¡Tú,
-chaval!
-
---¡Eh!--exclamó el muchacho, despertándose, sin tener idea de dónde
-estaba--. ¿Qué quiere usted?
-
-La _Chivato_ se echó a reír.
-
---¡Despiértate, hombre, que se te va el tren! ¿Has venido en el mixto de
-esta tarde?
-
---He venido en la...--y Manuel soltó un rosario de barbaridades.
-
-Luego, de muy malhumor, se puso a mirar a todos lados, haciendo
-esfuerzos para no dormirse.
-
-En una mesa de al lado, un hombre con trazas de chalán discutía acerca
-del cante y del baile flamenco con un bizco de cara de asesino.
-
---Ya no hay artistas--decía el chalán--; antes venía uno aquí a ver al
-_Pinto_, al _Canito_, a los _Feos_, a las _Macarronas_... Ahora, ¿qué?
-Ahora, _na_; pollos en vinagre.
-
---Me parece--decía muy serio el bizco.
-
---Ese es el _tocaor_--dijo, señalando a este último la _Chivato_.
-
-No pararon mucho tiempo las dos _cantaoras_ en la mesa de Leandro y
-Manuel. El bizco estaba ya en el tablado; empezó a puntear la guitarra,
-se sentaron seis mujeres en fila y comenzaron a palmotear rítmicamente;
-la _Tarugo_ se levantó de su asiento y se arrancó a bailar de costado,
-luego zarandeó las caderas de una manera convulsiva; el _cantaor_
-comenzó a gargarizar suavemente; a intervalos callaba y no se oía
-entonces más que el castañeteo de los dedos de la _Tarugo_ y los golpes
-de sus tacones, que llevaban el contrapunto.
-
-Cuando concluyó la _cantaora_ malagueña, se levantó un gitano de piel
-achocolatada, y bailó un tango, un danzón de negro; se retorcía, echaba
-el abdomen para adelante y los brazos atrás. Terminó con movimientos de
-caderas afeminados y un trenzado complicadísimo de brazos y de piernas.
-
---Eso es trabajar--dijo el chalán.
-
---Mira, yo me voy--murmuró Manuel.
-
---Espera; vamos a tomar otra copa.
-
---No; me marcho.
-
--Bueno; vámonos. ¡Es lástima!
-
-En aquel momento un _cantaor_ gordo, con una cerviz poderosa, y el
-guitarrista bizco de cara de asesino, se adelantaron al público, y
-mientras el uno rasgueaba la guitarra, poniendo de repente la mano sobre
-las cuerdas para detener el sonido, el otro, con la cara inyectada, las
-venas del cuello tensas y los ojos fuera de las órbitas, lanzaba una
-queja gutural, sin duda muy dificultosa, porque le hacía enrojecer hasta
-la frente.
-
-
-
-
-CAPÍTULO VIII
-
-LAS VACILACIONES DE LEANDRO.--EN LA TABERNA DE LA «BLASA».--EL DE LAS
-TRES CARTAS.--LUCHA CON EL «VALENCIA».
-
-
-ALGUNAS noches Manuel oía a Leandro en su cuarto que se revolvía en la
-cama y suspiraba con unos suspiros tan profundos como los mugidos de un
-toro.
-
---Las cosas le van mal--pensaba Manuel.
-
-La ruptura entre la Milagros y Leandro era definitiva. El _Lechuguino_,
-en cambio, ganaba terreno: había conquistado a la madre de la muchacha,
-convidaba al corrector y esperaba y acompañaba a la Milagros.
-
-Un día, al anochecer, los vió Manuel a los dos, calle de Embajadores
-abajo: él iba contoneándose, con la capa terciada; ella, arrebujada en
-el mantón; el la hablaba y ella se reía.
-
---¿Qué va a hacer Leandro cuando lo sepa?--preguntó Manuel--. No, pues
-yo no se lo digo; ya se encargará alguna bruja de la vecindad de darle
-la noticia.
-
-Efectivamente, así pasó; y antes de un mes nadie ignoraba en la casa
-que la Milagros era la novia del _Lechuguino_; que éste había abandonado
-la vida de juerga y de garito, y pensaba seguir con el negocio de su
-padre: la venta de materiales para construcciones, y establecerse y
-hacer la vida de una persona formal.
-
-Mientras que Leandro trabajaba en la zapatería, el _Lechuguino_ solía
-visitar a la familia del corrector, y hablaba con la Milagros ya con el
-consentimiento de los padres.
-
-Leandro era o aparentaba ser el único no enterado de las nuevas
-relaciones de la Milagros. Algunas mañanas, al pasar el mozo por delante
-de la casa del señor Zurro, para bajar al patio, solía encontrar a la
-Encarna, y ésta, al verle, le preguntaba con sorna por la Milagros,
-cuando no solía cantarle un tango, que empezaba diciendo:
-
- De las grandes locuras que el hombre hace,
- no comete ninguna como casarse,
-
-y especificando la locura y entrando en detalles, añadía a voz en grito:
-
- Y por la mañana él va a la oficina,
- y ella queda en casa con algún vecino
- que es persona fina.
-
-Leandro sentía el amargor que se deslizaba hasta el fondo de su alma, y
-por más que se revolvía para dominar sus instintos, no lograba
-tranquilizarse. Un sábado por la noche, mientras volvían por la Ronda
-hacia casa, Leandro se acercó a Manuel.
-
---¿Tú sabes si la Milagros habla con el _Lechuguino_?--le preguntó.
-
--¿Yo?
-
---¿No has oído decir que se van a casar?
-
---Sí; eso se ha dicho.
-
---¿Tú que harías en mi caso?
-
---Yo... me enteraría.
-
---¿Y si resultaba verdad?
-
-Manuel se calló. Fueron andando juntos sin hablarse. De pronto Leandro
-se paró bruscamente, y puso la mano en el hombro de Manuel.
-
---¿Tú crees--dijo--que si una mujer le engaña a un hombre no tiene uno
-el derecho de matarla?
-
---Yo creo que no--contestó Manuel, mirando a Leandro a los ojos.
-
---Pues cuando un hombre tiene riñones lo hace con derecho o sin él.
-
---Pero ¡moler! ¿A ti te ha engañado la Milagros? ¿Estabas casado con
-ella? Habéis reñido, y nada más.
-
---Yo voy a concluir haciendo una barbaridad. Créelo--murmuró Leandro.
-
-Se callaron los dos. Cruzaron el portal de la Corrala; subieron las
-escaleras y entraron en casa. Sacaron la cena; pero Leandro no comió,
-bebió tres vasos de agua seguidos y salió a la galería.
-
-Iba a salir Manuel después de cenar, cuando oyó que Leandro le llamaba
-repetidas veces.
-
---¿Qué quieres?
-
---Anda, vamos.
-
-Manuel salió al balcón corrido; la Milagros y su madre, desde la puerta
-de su casa, insultaban a Leandro violentamente.
-
---¡Golfo! ¡Granuja!--decía la mujer del corrector--. Si estuviera aquí
-su padre no hablarías de ese modo.
-
---Y si estuviera su abuelo lo mismo--exclamó Leandro, riéndose de un
-modo salvaje--. Anda, vámonos, tú--añadió dirigiéndose a Manuel--. Ya
-está uno harto de estas zorras.
-
-Salieron los dos de la galería, y después del Corralón.
-
---Pero, ¿qué ha pasado?--preguntó Manuel,
-
---Nada, que esto se ha concluído--contestó Leandro--. La he dicho de
-buena manera: Oye, Milagros, ¿es verdad que te vas a casar con el
-_Lechuguino_? «Sí, es verdad, ¿te importa algo?» «Sí, la he contestado,
-porque ya sabes que yo te quiero. ¿Es porque es más rico que yo?»
-«Aunque fuera más pobre que una rata me casaba con él». «¡Bah!» «¿Es que
-no lo crees?» «Bueno». Al último me ha indignado, y la he dicho que me
-daba lo mismo que se casara con un perro, y que era una tía zorra
-indecente... Luego la madre ha salido a insultarme... Esto ya se ha
-concluído. Mejor. Los cosas claras. ¿Adónde vamos? ¿Vamos otra vez a las
-Injurias?
-
---¿Para qué?
-
---A ver si ese _Valencia_ se sigue poniendo moños conmigo.
-
-Cruzaron la vía de circunvalación. Leandro, dando zancadas, se plantó en
-un momento en las Injurias. Manuel apenas podía seguirle.
-
-Entraron en la taberna de la _Blasa_; los mismos hombres de la noche
-anterior jugaban al cané cerca de la estufa. De las mujeres, sólo
-estaban la _Paloma_ y la _Muerte_. Esta, completamente borracha, dormía
-sobre la mesa. La luz daba en su cara erisipelatosa y llena de costras;
-de la boca entreabierta, de labios hinchados, le fluía la saliva; la
-melena estoposa, gris, sucia y enmarañada le salía en mechones por
-debajo del pañuelo negro, verdoso y lleno de caspa; a pesar de los
-gritos y riñas de los jugadores, no pestañeaba; sólo de cuando en cuando
-lanzaba un ronquido prolongado, que, al comenzar, era sibilante, y que
-terminaba con un estertor ronco. A su lado la _Paloma_, acurrucada en
-el sucio al lado del _Valencia_, tenía un niño de tres o cuatro años en
-los brazos, un chiquillo delgaducho y pálido, que parpadeaba sin cesar,
-a quien daba a beber una copa de aguardiente.
-
-Por delante del mostrador un hombre alto y flaco, con una gorrilla con
-un número dorado en la cabeza y una blusa azul, se paseaba melancólico;
-los brazos, a lo largo del cuerpo, como si no fueran suyos; las piernas,
-dobladas. Echaba un sorbo de una copa cuando se le ocurría; se limpiaba
-los labios con el dorso de la mano, y volvía a pasearse con indolencia.
-Era hermano de la mujer de la taberna.
-
-Se sentaron Leandro y Manuel en la misma mesa donde estaban los
-jugadores. Leandro pidió vino, vació un vaso grande de un trago y
-suspiró varias veces.
-
---¡Cristo!--murmuró sordamente Leandro--. Que no se te ocurra
-entusiasmarte con una mujer. La más buena es tan venenosa como un sapo.
-
-Después pareció calmarse; contempló los dibujos del tablero de la mesa:
-corazones heridos por una flecha, nombres de mujeres; sacó una navaja
-del bolsillo y se puso a grabar letras en la tabla.
-
-Cuando se cansó convidó a uno de los jugadores a beber con él.
-
---Hombre, muchas gracias--replicó el otro--, estoy jugando.
-
---Bueno; pues deja usted el juego, y si no quiere usted no se le obliga.
-¿Nadie quiere tomar una copa? Yo le convido.
-
---Se acepta--dijo un hombre alto, encorvado, de aire enfermizo, a quien
-llamaban el _Pastiri_--, levantándose y acercándose a Leandro.
-
-Este pidió más vino, y se entretuvo en reír alto cuando alguno perdía y
-en apostar contra el _Valencia_.
-
-El _Pastiri_ se aprovechaba, vaciando un vaso tras otro. Era el tal un
-borrachín, compadre del _Tabuenca_, que se dedicaba también a engañar a
-los incautos con juegos de ballestilla. Manuel le conocía de verle en la
-Ribera de Curtidores, Solía ejercer su arte en las afueras, jugando a
-las tres cartas. Colocaba tres naipes sobre una tablita; uno de éstos lo
-mostraba; luego cambiaba de lugar los otros dos muy despacio, dejando
-quieta la carta que había enseñado, y ponía encima de los tres naipes un
-palito, y apostaba a que no se indicaba cuál era la que había enseñado.
-Y no se daba con la carta nunca; tan bien preparado estaba el juego.
-
-Una operación parecida a ésta solía realizar el _Pastiri_ con tres
-fichas de juego de damas, debajo de una de las cuales ponía una bolita
-de papel o miga de pan; apostaba a que no se decía debajo de cuál de las
-tres estaba la bolita, y si por casualidad alguno acertaba, la
-escamoteaba con la uña.
-
-El _Pastiri_ aquella noche estaba repleto de alcohol y completamente
-afónico.
-
-Manuel, que había bebido algo de más, sintió el principio del mareo,
-pensó en el modo de huir disimuladamente; pero, cuando se decidió, el
-hermano de la tabernera cerraba la puerta de la taberna.
-
-Antes de que concluyese de hacerlo entró, por la media puerta que aun
-quedaba abierta, un hombre bajito, afeitado, vestido de negro, con una
-boina de visera, el pelo rizado y un aspecto de andrógino repugnante.
-Saludó afectuosamente a Leandro. Era un cordonero de la casa del tío
-Rilo, de fama sospechosa, a quien llamaban el _Besuguito_, por su cara
-de pez, y por mal mote, la _Tragabatallones_.
-
-Bebió el cordonero un sorbo de una copa, de pie, y se puso a hablar con
-una voz gruesa, pero de mujer, una voz untuosa, desagradable, recalcando
-sus palabras con una porción de aspavientos y dengues.
-
-No atajaba nadie su verbosidad. El mejor día--dijo--iban a quedar
-enterrados todos los que vivían en las Injurias, entre los escombros de
-la Fábrica del Gas.
-
---_Pa_ mí--añadió--que se debía terraplenar toda esta hondonada; en
-parte yo lo sentiría, porque tengo buenas amistades en este barrio.
-
---¡Ay!... Zape--dijo uno de los jugadores
-
---Sí, lo sentiría--siguió diciendo el _Besuguito_, sin hacer caso de la
-interrupción--; pero la verdad es que poco se iba a perder, porque, como
-dice Angelillo, el sereno del barrio, aquí no viven mas que los de la
-busca, randas y prostitutas.
-
---¡Cállate tú, _sarasa_! _¡Tragabatallones!_--gritó la tabernera--; este
-barrio es tan bueno como el tuyo.
-
---Y en eso no dejas de tener razón--replicó el _Besuguito_--; porque
-mira que el Portillo de Embajadores y las Peñuelas hay que verlos. _Na_,
-allí el sereno no ha conseguido que se cierren las puertas de noche. El
-las cierra, y las abren los vecinos. Porque como todos son de la
-busca... A mí me dan cada susto...
-
-Se celebró entre algazara el susto del _Besuguito_, que siguió
-impertérrito con su charla insubstancial y redicha, adornada de
-consideraciones y recovecos. Manuel apoyó un brazo encima de la mesa, y
-con una mejilla sobre él quedó dormido.
-
---Pero tú, ¿por qué no bebes, _Pastiri_?--preguntó Leandro--. ¿Es que me
-desairas? ¿A mí?
-
---No, hombre; es que ya no puede pasar--contestó el de las tres cartas,
-con su voz desgarrada, llevando la mano abierta a la garganta. Luego,
-con una voz que parecía venir de un órgano roto, gritó:
-
---_¡Paloma!_
-
---¿Quién llama a esta mujer?--contestó inmediatamente el _Valencia_,
-levantando la mirada por entre el grupo de jugadores.
-
---Yo--contestó el _Pastiri_--. Que venga la _Paloma_.
-
---¡Ah!... ¿Eres tú? Pues no _pue_ ser--replicó el _Valencia_.
-
---He dicho que venga la _Paloma_--repuso el _Pastiri_, sin mirar al
-matón.
-
-Este pareció no oír la frase. El de las tres cartas se levantó molestado
-por la descortesía, y dando en la manga al _Valencia_ con el revés de la
-mano, repitió su frase, recalcando palabra por palabra:
-
---He dicho que venga la _Paloma_, que esos amigos _quien_ hablar con esa
-señora.
-
---Pues yo te digo que no _pue_ ser--contestó el otro.
-
---Es que esos _cabayeros quien_ hablar con _eya_.
-
---Bueno... pues que me pidan a mí permiso.
-
-El _Pastiri_ acercó su cara a la del matón, y mirándole a los ojos,
-gritó:
-
---¿Sabes, _Valencia_, que te estás poniendo más patoso que Dios?
-
---¡Mentira!--replicó el aludido, continuando tranquilamente su juego.
-
---¿Sabes que te voy a dar dos _trompás_?
-
---¡Mentira!
-
-El _Pastiri_ se retiró un poco, con la torpeza de un borracho, y comenzó
-a buscar la navaja en el bolsillo interior de su chaqueta, entre las
-risas burlonas de todos. Entonces, de pronto, con una decisión
-repentina, Leandro se levantó con la cara inyectada de sangre, agarró al
-_Valencia_ por las solapas de la chaqueta, y lo zarandeó y le golpeó
-contra la pared rudamente.
-
-Todos los jugadores se interpusieron: cayó la mesa y se armó un
-estrépito infernal de gritos y vociferaciones. Manuel se despertó
-despavorido. Se encontró en medio de una trapatiesta horrorosa; la
-mayoría de los jugadores, con el hermano de la tabernera a la cabeza,
-quería echar fuera a Leandro; pero éste apoyado en el mostrador, recibía
-a patadas a todo el que se le acercaba.
-
---Dejadnos solos--gritaba el _Valencia_ con los labios llenos de saliva
-y tratando de desasirse de los que lo sujetaban.
-
---Sí; dejadlos solos--dijo uno de los jugadores.
-
---Al que me agarre lo mato--exclamó el _Valencia_, y apareció armado con
-un cuchillo largo de cachas negras.
-
---Eso es--dijo Leandro con sorna--, que se vean los hombres.
-
---¡Ole!--gritó el _Pastiri_, entusiasmado con su voz ronca.
-
-Leandro sacó del bolsillo interior de la americana una navaja larga y
-estrecha; todo el mundo se acercó a las paredes para dejar sitio a los
-contendientes. La _Paloma_ se desgañitaba gritando:
-
---¡Que te pierdes! ¡Que te pierdes!
-
---Llevad a esa mujer--gritó el _Valencia_ con voz trágica--.
-¡Ea!--añadió, haciendo un molinete con su navaja--. Ahora veremos los
-hombres de riñones.
-
-Avanzaron los dos rivales hasta el centro de la taberna, lanzándose
-furiosas miradas. El interés y el espanto sobrecogió a los
-espectadores.
-
-El primero que atacó fué el _Valencia_, se inclinó hacia adelante, como
-si quisiera saber dónde le hería al contrario, se agachó, apuntó a la
-ingle y se lanzó sobre Leandro; pero viendo que éste le esperaba sin
-retroceder, tranquilo, dió un rápido salto hacia atrás. Luego volvió a
-los mismos ataques en falso, intentando sorprender al adversario con sus
-fintas, amagando al vientre y tratando de herirle en la cara; pero ante
-el brazo inmóvil de Leandro, que parecía querer ahorrar movimiento hasta
-tener el golpe seguro, el matón se desconcertó y retrocedió. Entonces
-avanzó Leandro. Se adelantaba el mozo con una sangre fría que daba
-miedo; se veía en su cara la resolución de clavar al _Valencia_. En la
-taberna reinaba un silencio angustioso, y sólo se oía el hipo de la
-_Paloma_ en el cuarto de al lado.
-
-El _Valencia_ palideció de tal modo al comprender la decisión de
-Leandro, que su cara quedó azulada, los ojos se le dilataron y le
-castañetearon los dientes. Al primer envite retrocedió, pero quedó en
-guardia; luego el miedo pudo más que él y huyó, sin pensar ya en atacar,
-derribando los bancos, y Leandro, ciego, con una sonrisa de crueldad en
-los labios, le persiguió implacablemente.
-
-El espectáculo era triste y penoso; todos los partidarios del matón
-comenzaban a mirarle con sorna.
-
---_Menúo_ canguelo _ties_, gachó--gritó el _Pastiri_--. Pareces un
-saltamontes. ¡Anda ahí, barbián! ¡Que te la _diñan_! Si no te retiras
-pronto te meten un palmo _jierro_ en el cuerpo.
-
-Una de los golpes de Leandro rasgó la chaqueta del matón.
-
-Entonces éste, poseído del mayor pánico, se refugió detrás del
-mostrador; los ojos desencajados reflejaban un terror espantoso.
-
-Leandro, despreciativo e insolente, quedó parado en medio de la taberna,
-y tirando del muelle de su navaja la cerró. Un murmullo de admiración
-salió de los espectadores.
-
-El _Valencia_ lanzó un grito de dolor, como si le hubieran herido; su
-honra, su fama de valiente, quedaba por los suelos; desesperado se
-acercó a la puerta de la trastienda y miró a la tabernera anhelante.
-Esta debió de entenderle, porque le dió una llave y el _Valencia_ se
-escabulló. Pero de pronto volvió a abrirse con rapidez la puerta de la
-trastienda, y apareció en ella el matón de nuevo, y blandiendo su largo
-cuchillo por la punta, lo lanzó furioso a la cara de Leandro. Pasó el
-arma zumbando por el aire como una terrible flecha y quedó temblando
-clavado en la pared.
-
-Leandro se levantó al momento, pero el _Valencia_ había desaparecido.
-Entonces, repuesto el mozo de la impresión, desclavó la navaja con
-calma, la cerró y se la entregó a la tabernera.
-
---Cuando no se sabe hacer uso de estas cosas--la dijo con petulancia--,
-no se deben emplear. Adviértaselo usted así a ese señor cuando le vea.
-
-La tabernera contestó con un gruñido, y Leandro se sentó a recibir
-felicitaciones por su valor y sangre fría; todos querían obsequiarle.
-
---El _Valencia_ empezaba a molestar demasiado--dijo uno--. Daba el pego
-todas las noches; y se lo pasaban por ser quien era; pero ya estaba
-molestando.
-
---Claro--repuso otro de los jugadores, un viejo sombrío escapado de
-Ceuta, que tenía un aire de zorro--. Porque un hombre, cuando _tie_ lado
-izquierdo, echa los negros a la manta--e hizo ademán de coger con los
-dedos las monedas de encima de la mesa--y se _naja_.
-
-Pero si ese _Valencia_ es un blanco--dijo el _Pastiri_ con su voz
-estropajosa--. Un boceras, que no _tie_ media _bofetá_.
-
---Pues él se había _empalmao_ en seguida. ¡Por si acaso!--repuso el
-_Besuguito_ con su voz extraña, imitando la actitud del que va a atacar
-con una navaja.
-
---¿Y qué? ¿Y qué?--repuso el _Pastiri_--. Yo te digo que es un _pipi_ y
-que no _pue_ con la _jinda_ que tiene.
-
---Bueno; pero él se rascaba y echaba cada derrote...--añadió el
-cordonero.
-
---¡Que se rascaba! Pero, ¡qué cacho de primo! ¿Tú lo has visto?
-
---Y bien.
-
---Pero, ¡qué vas a ver tú, si estás _cheo_!
-
---Ya quisieras estar tan fresco como yo, ¡bah!
-
---¡Pero si no puedes con la tajada que llevas!
-
---Calla, calla, tú sí que no puedes con la curda; yo te digo que si se
-descuida aquí--y el _Besuguito_ señaló a Leandro--, con los viajes que
-le ha tirado malamente, le moja.
-
---¡Magras!
-
---Es una opinión, hombre.
-
---Tú no opinas aquí ni _na_--exclamó Leandro--. Tú te vas a tomar el
-fresco y te callas. El _Valencia_ es más blanco que el papel; lo que
-dice el _Pastiri_, eso. Muy valiente para explotar a los _sarasas_ como
-tú y a los chavalejos de mal vivir...; pero cuando se encuentra con un
-tío que los tiene bien puestos, ¿qué? _Na_, que es un ganguero más
-blanco que el papel.
-
---Es verdad--asintieron todos.
-
-Y _menúo abucheo_ que le vamos a dar a ese gachó--dijo el presidiario
-cumplido--, si viene aquí a cobrar el barato.
-
---¡La pértiga!--exclamó el _Pastiri_.
-
---Bueno, señores; ahora yo convido--dijo Leandro--, porque tengo dinero,
-y porque sí--y sacó unas monedas del bolsillo y dió con ellas en la
-mesa--. Tabernera, unas tintas.
-
---Ya van.
-
---¡Manuel! ¡Manuel!--gritó después Leandro varias veces--. Pero, ¿dónde
-está ese chaval?...
-
-Manuel, siguiendo el camino del matón, se había escapado por la puerta
-de la trastienda.
-
-
-
-
-CAPÍTULO IX
-
-UNA HISTORIA INVEROSÍMIL.--LAS HERMANAS DE MANUEL.--LO INCOMPRENSIBLE DE
-LA VIDA.
-
-
-ERA ya a principios de otoño; Leandro, por consejo del señor Ignacio,
-vivía con su abuela en la calle del Aguila; la Milagros seguía en
-relaciones con el _Lechuguino_. Manuel abandonaba a Vidal y al _Bizco_
-en sus escaramuzas y se juntaba con Rebolledo y los dos Aristas.
-
-El mayor, el _Aristón_, le entretenía y le aterrorizaba contándole cosas
-lúgubres de cementerios y aparecidos; el Aristas pequeño seguía en sus
-ejercicios gimnásticos; había hecho un trampolín con una tabla puesta
-sobre un montón de arena, y allí aprendía a dar saltos mortales.
-
-Un día apareció en el Corralón don Alonso, el ayudante del _Tabuenca_,
-acompañado de una mujer y de una niña.
-
-La mujer parecía vieja y cansada; la niña era larguirucha pálida. Don
-Alonso las acomodó en un chiscón del patio pequeño.
-
-Traían un fardelillo de ropa, un perro de lanas sucio con una mirada muy
-inteligente y un mono atado a una cadena; al poco tiempo tuvieron que
-vender el mono a unos gitanos que vivían en la Quinta de Goya.
-
-Don Alonso llamó a Manuel y le dijo:
-
---Vete a buscar a don Roberto y dile que hay aquí una mujer que se llama
-Rosa, y que es o ha sido volatinera; debe ser la que el busca.
-
-Manuel fué inmediatamente a la casa; Roberto se había marchado de allí y
-no sabía su paradero.
-
-Don Alonso iba por el Corralón con mucha frecuencia y hablaba con la
-mujer y la niña. En el marco de la ventana de su casa tenían madre e
-hija una cajita con una mata de hierbabuena, que, aunque la regaban
-todas las mañanas, como no le daba el sol, apenas crecía. Un día las
-mujeres desaparecieron con su hermoso perro de aguas; no dejaron en la
-casa mas que una pandereta usada y rota...
-
- * * * * *
-
-Don Alonso tomó la costumbre de aparecer por el Corralón; solía echar un
-párrafo con Rebolledo, el de la barbería modernista, que hablaba por los
-codos, y presenciaba las habilidades gimnásticas del Aristas. Una tarde
-la madre de éste le preguntó al antiguo _Hombre-Boa_ si el chico tenía
-verdaderas disposiciones.
-
-Don Alonso se puso serio y examinó detenidamente los trabajos del
-muchacho para darse cuenta de sus facultades, y le dió algunos útiles
-consejos.
-
-Era verdaderamente curioso ver al viejo titiritero dando órdenes; lo
-hacía con una seriedad augusta.
-
---Una, dos, tres... _O pla_... De nuevo. En posición. Las rodillas cerca
-de la cabeza..., uñas para abajo..., una, dos..., una, dos... _O pla_.
-
-Don Alonso no quedó descontento del Aristas, pero afirmó la necesidad
-ineludible del trabajo constante.
-
---Quien algo quiere, algo le cuesta, chiquillo--dijo--, y el ser
-gimnasta no está a la altura de cualquiera.
-
-A la madre, confidencialmente, le aseguró que su hijo podría ser un buen
-artista de circo.
-
-Después don Alonso, viéndose ante un público numeroso, comenzó a hablar
-con volubilidad de los Estados Unidos, de Méjico y de las Repúblicas
-sudamericanas.
-
---¿Por qué no nos cuenta usted cosas de esos países que ha visto?--le
-preguntó Perico Rebolledo.
-
---No, ahora no; tengo que salir con la torre _Infiel_.
-
---¡Ah!... Cuente usted--dijeron todos.
-
---Don Alonso aparentó que le molestaba la petición; pero, cuando tomó el
-hilo, contó, una tras otra, historias y anécdotas en tal cantidad, que
-casi le tuvieron que pedir que se callara.
-
---¿Y en esas tierras no ha visto usted hombres muertos por los
-leones?--preguntó Aristón.
-
---No.
-
---¿Es que no hay leones?
-
---Leones en jaulas... muchos.
-
---Pero yo digo en el campo.
-
---En el campo, no.
-
-Don Alonso pareció bastante contrariado al hacer estas confesiones.
-
---¿Ni otras fieras tampoco?
-
---Ya no hay fieras en los países civilizados--dijo el barbero.
-
---Pues mire usted, si, allá hay fieras--y don Alonso hizo una mueca
-burlona y una señal de inteligencia a Rebolledo--. Una vez me sucedió
-una cosa terrible; pasábamos cerca de una isla y oímos cañonazos. Era la
-guarnición que tiraba salvas.
-
---Pero, ¿por qué se ríe usted?--preguntó el Aristón.
-
---Es nervioso... Pues sí, me acerqué al capitán del barco y le pedí
-permiso para que me dejase desembarcar en la isla. Bueno--me dijo--;
-llévese usted la _Golondrina_, si quiere--la _Golondrina_ era el nombre
-de la piragua--; pero dentro de un par de horas esté usted de vuelta.
-
-Me embarco en mi bote, y ¡hala!, ¡hala!..., llego a la isla, que estaba
-poblada de plátanos y cocoteros, y desembarco en una playa, en donde se
-hundió la proa de la _Golondrina_.
-
-Aquí, don Alonso hizo una mueca del hombre que no puede contener la
-risa, y lanzó después al barbero una mirada, acompañada de un guiño
-confidencial.
-
---Salto a tierra--siguió diciendo don Alonso--; echo a andar, y de
-pronto, paf... en la cara, un mosquito enorme, y luego, paf... otro
-mosquito, hasta que me rodeó una nube de aquellos animales tan grandes
-como murciélagos. Con la cara martirizada echo a correr a la playa, a
-embarcarme, cuando veo a un cangrejo que estaba junto a la _Golondrina_;
-pero ¡qué cangrejo! Sería como un oso de grande; era negro, reluciente y
-hacía fa... fa... fa..., como un automóvil. Verme el bicho y echarse a
-correr sobre mí, gritando, todo fué uno; yo corría hacia un cocotero, y
-tras... tras... tras..., subí por él hasta arriba. El cangrejo se acerca
-al árbol, se detiene pensativo y se decide y empieza a subir también.
-
---Terrible situación--dijo el barbero.
-
---Figúrese usted--replicó don Alonso guiñando los ojos--, yo no tenía en
-la mano mas que un palito, y me defendí del cangrejo dándole golpes en
-los nudillos; pero él, bramando de rabia y con los ojos brillantes,
-seguía subiendo. Yo no podía ir más lejos, y pensé en bajar; pero al
-hacer un movimiento, ¡tras!... me agarra el granuja del bicho con una de
-sus muchas patas de la levita y se queda colgando de mí. El condenado
-pesaba de una manera atroz; ya estaba levantando otra de las zarpas para
-agarrarme, cuando me acorde que llevaba en el bolsillo del chaleco un
-limpiadientes que había comprado en Chicago y que tenía una navajita;
-abrí esta, y en un momento corté los faldones de mi levita, y ¡cataplún!
-desde una altura, lo menos de cuarenta metros, el cangrejo se cayó al
-suelo. Yo no sé cómo no se mató. Allá empezó a llorar, y a berrear, y a
-dar vueltas al cocotero, en donde yo estaba, mirándome con ojos
-terribles. Yo entonces, para algo le tenía que servir a uno el ser
-gimnasta, fuí saltando de una rama a otra, de cocotero en cocotero y de
-plátano en plátano, y el cangrejo siguiéndome, berreando, con los
-faldones de la levita en la boca.
-
-Al llegar cerca de la playa me encuentro con que había bajado la marea y
-que la _Golondrina_ andaba a más de cincuenta metros por encima de las
-olas. Esperaré--me dije--; pero en esto veo asomar en la copa del árbol
-donde estaba la cabeza de una serpiente; me agarro a una rama, me
-balanceo para caer lo más lejos posible del cangrejo y se me rompe la
-rama y me falta el sostén.
-
---¿Y qué hizo usted entonces?--preguntó el barbero.
-
---Di dos saltos mortales en el aire, por si acaso.
-
---Fué una precaución útil.
-
---Ciertamente, creí que estaba perdido. Todo lo contrario: estaba
-salvado.
-
---Pero, ¿cómo?--preguntó el Aristón.
-
---Nada, que al caer, con la rama que llevaba en la mano di sobre el
-cangrejo, y como llevaba tanta fuerza, lo atravesé de parte a parte y le
-dejé clavado en la playa. El animal bramaba como un toro; yo me metí en
-la _Golondrina_ y me escapé; pero el barco mío se había marchado. Me
-puse a remar, no había una vela a la vista. Estoy perdido--dije--; pero
-gracias al cangrejo me salvé...
-
---¿Al cangrejo?--preguntaron todos extrañados.
-
---Sí; un vapor que pasó a muchas millas, al oír los lamentos del
-cangrejo pensó si sería la señal de alarma de algún barco náufrago, se
-acercó a la isla, me recogió, y a los pocos días ya estaba con mi
-compañía.
-
-Don Alonso, al concluir su narración, hizo una mueca más expresiva, y
-con su torre _Infiel_ se marchó a la calle. El Aristas, Rebolledo y
-Manuel celebraron las historias del titiritero, y el aprendiz de
-gimnasta se afianzó más en su idea de seguir trabajando en el trapecio y
-en el trampolín, para ver aquellas lejanas tierras de las cuales hablaba
-don Alonso.
-
-Un par de semanas después ocurrió una de las cosas que más impresionaron
-a Manuel en toda su vida. Era domingo; el muchacho fué a casa de su
-madre, la ayudó, como solía hacer siempre, a secar platos. Vinieron
-después las hijas de la Petra, y, por cuestión de unas faldas o de unas
-enaguas que la menor había comprado con el dinero de la mayor, se
-pasaron las dos toda la tarde riñendo.
-
-Manuel, aburrido de la charla, se fué, pretextando una ocupación.
-
-Estaba lloviendo a cántaros; Manuel llegó a la Puerta del Sol, entró en
-el café de Levante y se sentó cerca de la ventana. Huía la gente
-endomingada corriendo a refugiarse en los portales de la ancha plaza;
-los coches pasaban de prisa en medio de aquel diluvio; los paraguas iban
-y venían y se entrecruzaban con sus convexidades negras, brillantes por
-el agua, como un rebaño de tortugas. A la hora escampó, y Manuel salió
-del café; era todavía temprano para ir a casa; Manuel pasó por la plaza
-de Oriente y quedó en el Viaducto mirando desde allá ala gente que
-pasaba por la calle de Segovia.
-
-En el cielo, ya despejado, nadaban nubes obscuras, blancas en los
-bordes, como montañas coronadas de nieve; a impulsos del viento corrían
-y desplegaban sus alas; el sol claro alumbraba con rayos de oro el
-campo, resplandeciente en las nubes, las enrojecía como brasas; algunos
-celajes corrían por el espacio, blancos jirones de espuma. Aun no
-manchaba la hierba verde las lomas y las hondonadas de los alrededores
-madrileños; los árboles del Campo del Moro aparecían rojizos,
-esqueléticos, entre el follaje de los de hoja perenne; humaredas
-negruzcas salían rasando la tierra para ser pronto barridas por el
-viento. Al paso de las nubes la llanura cambiaba de color; era
-sucesivamente morada, plomiza, amarilla, de cobre; la carretera de
-Extremadura trazaba una línea quebrada, con sus dos filas de casas
-grises y sucias. Aquel severo, aquel triste paisaje de los alrededores
-madrileños con su hosquedad torva y fría le llegaba a Manuel al alma.
-
-Abandonó el balcón del Viaducto, cruzó por unas cuantas callejuelas,
-hasta llegar a la calle de Toledo; bajó a la Ronda y se dirigió a su
-casa Llegaba cerca del paseo de las Acacias cuando oyó a dos viejas que
-hablaban de un crimen cometido hacía un instante en la esquina de la
-calle del Amparo.
-
---Cuando le iban a coger, él mismo se ha matado--dijo una.
-
-Manuel apresuró el paso por curiosidad y se acercó a un grupo de
-personas que había a la puerta del Corralón.
-
---¿De dónde era ese que se ha matado?--preguntó Manuel a Aristas.
-
---¡Pero si es Leandro!
-
---¡Leandro!
-
---Sí; Leandro, que ha matado a la Milagros, y luego se ha matado él.
-
---Pero... ¿es verdad?
-
---Sí, hombre. Hace un momento.
-
---¿Aquí, en casa?
-
---Aquí mismo.
-
-Manuel, despavorido, subió la escalera hasta la galería. Aun quedaba el
-charco de sangre en el suelo. El señor Zurro, el único espectador del
-drama, contaba lo ocurrido a un grupo de vecinos.
-
---Estaba yo aquí, leyendo el periódico--dijo el ropavejero--, y la
-Milagros, con su madre, hablaba con el _Lechuguino_. Estaban los novios
-de broma, cuando subió Leandro a la galería; fué a abrir la puerta de su
-casa y, antes de entrar, volviéndose de repente, le dice a la Milagros:
-«¿Es ese tu novio?» Me pareció que él estaba pálido como un muerto.
-«Si», contestó ella. «Bueno; pues yo vengo aquí a concluir de una vez»,
-gritó. «¿A cuál de los dos quieres, a él o a mí?» «A él», chilló la
-Milagros. «Entonces se acabó todo», gritó Leandro con una voz ronca.
-«Voy a matarte.» Luego, ya no me pude dar cuenta de nada; fué todo
-rápido como un rayo; cuando me acerqué, la muchacha echaba un caño de
-sangre por la boca, la mujer del _Corretor_ gritaba y Leandro seguía al
-_Lechuguino_ con la navaja abierta.
-
---Yo le vi salir de casa--añadió una vieja--; llevaba en la mano la
-navaja manchada de sangre; mi marido quiso detenerle, pero él paró como
-un toro, le echó un derrote y por poco le mata.
-
---Y mis tíos, ¿dónde están?--preguntó Manuel.
-
---En la Casa de Socorro. Han ido detrás de la camilla.
-
-Bajó Manuel al patio.
-
---¿Adónde vas?--le preguntó el _Aristón_.
-
---Voy a la Casa de Socorro.
-
---Yo iré contigo.
-
-Se reunió a los dos muchachos un aprendiz de un taller de máquinas que
-vivía en la Corrala.
-
---Yo le vi cuando se mató--dijo el aprendiz--; íbamos corriendo todos
-detrás de él, gritando: «¡A ése! ¡A ése!», cuando aparecieron por la
-calle del Amparo dos guardias, sacaron el sable y se pusieron delante de
-él; entonces Leandro dió un bote hacia atrás, abrió paso entre la gente
-y volvió otra vez para aquí; iba a bajar por el paseo de las Acacias,
-cuando tropezó con la _Muerte_, que le empezó a insultar. Leandro se
-paró, miró a todos lados; nadie se atrevía a acercarse; le echaban fuego
-los ojos. De pronto se metió la navaja por el costado izquierdo, yo no
-sé cuántas veces. Cuando uno de los guardias le agarró del brazo, se
-cayó como un saco.
-
-Los comentarios del _Aristón_ y del aprendiz eran inacabables; llegaron
-los muchachos a la Casa de Socorro, y allí les dijeron que los dos
-cadáveres, el de la Milagros y el de Leandro, los habían llevado al
-Depósito. Bajaron los tres chicos al Canal, a la casita próxima al río,
-que tantas veces Manuel y los de su cuadrilla miraban con curiosidad
-desde las ventanas. En la puerta se agrupaban varias personas.
-
---Vamos a mirar--dijo el _Aristón_.
-
-Había una ventana abierta de par en par y se asomaron a ella. Tendido
-sobre una mesa de mármol estaba Leandro; tenía un color de cera, y en su
-rostro se leía una expresión de soberbia y de desafío. A su lado, la
-señora Leandra gritaba y vociferaba; el señor Ignacio, con la mano de su
-hijo entre las suyas, lloraba en silencio. En otra mesa rodeaban el
-cadáver de la Milagros un grupo de personas. El empleado del Depósito
-hizo salir a todos. Al encontrarse el _Corretor_ y el señor Ignacio en
-la puerta, se vieron y desviaron la vista: las dos madres, en cambio, se
-lanzaron una mirada de odio terrible.
-
-El señor Ignacio dispuso que no fueran a dormir al Corralón, sino a la
-calle del Aguila. Allí, en casa de la señora Jacoba, hubo una algarabía
-horrorosa de lloros y de imprecaciones. Las tres mujeres echaban la
-culpa de todo a la Milagros, que era una golfa, una mala hembra
-descastada, egoísta y miserable.
-
-Un vecino de la Corrala señaló un detalle raro; al reconocer el médico
-forense a la Milagros y al quitarle el corsé para apreciar la herida,
-entre unos escapularios encontró un medallón chiquito con un retrato de
-Leandro.
-
---¿De quién es este retrato?--dicen que preguntó.
-
---Del que la ha matado--le contestaron.
-
-Era una cosa rara que intrigaba a Manuel; muchas veces había pensado que
-la Milagros quería a Leandro; aquello casi lo confirmaba.
-
-Durante toda la noche, el señor Ignacio, sentado en una silla, lloró sin
-cesar; Vidal estaba asustado y Manuel también. La presencia de la
-muerte, vista tan de cerca, les aterrorizó a los dos.
-
-Y mientras lloraban dentro, en la calle las niñas cantaban a coro; y
-aquel contraste de angustia y de calma, de dolor y de serenidad, daba a
-Manuel una sensación confusa de la vida; algo pensaba él que debía ser
-muy triste; algo muy incomprensible y extraño.
-
-
-
-
-TERCERA PARTE
-
-
-
-
-CAPÍTULO PRIMERO
-
-EL DRAMA DEL TÍO PATAS.--LA TAHONA.--KARL EL HORNERO.--LA SOCIEDAD DE
-LOS TRES.
-
-
-LA impresión por la muerte de su hijo en el señor Ignacio fué tan
-profunda, que cayó enfermo. Se dejó de trabajar en el almacén, y al cabo
-de dos o tres semanas, como el señor Ignacio no se ponía bueno, la
-Leandra le dijo a Manuel:
-
---Mira: vete a casa de tu madre, porque aquí yo no te puedo tener.
-
-Volvió Manuel a la casa de huéspedes, y la Petra, por mediación de la
-patrona, llevó al muchacho de mozo a un puesto de pan y verduras situado
-en la plaza del Carmen.
-
-Allá Manuel tuvo que sujetarse más que en la casa del señor Ignacio. El
-tío _Patas_, el dueño del puesto, un gallegazo pesadote como un buey,
-puso al corriente a Manuel de sus obligaciones.
-
-Tenía que levantarse el muchacho al amanecer, abrir el puesto, soltar
-los fardos de verdura que subía un mozo de la plaza de la Cebada, e ir
-tomando el pan que traían los repartidores. Después, barrer la tienda y
-esperar a que se levantara el tío _Patas_, su mujer o su cuñada. Al
-llegar alguno de ellos, Manuel abandonaba el mostrador, y con una cesta
-pequeña a la cabeza iba con el pan a las casas de los parroquianos de la
-vecindad. En ir y venir se pasaba toda la mañana. Por la tarde era más
-pesado el trabajo: Manuel tenía que estarse quieto detrás del mostrador,
-aburriéndose, vigilado por el ama y su cuñada.
-
-Acostumbrado a los paseos diarios por las rondas, le desesperaba tal
-inmovilidad.
-
-La tienda del tío _Patas_, pequeña y mal oliente, tenía un papel
-amarillo, que se despegaba de puro viejo, con unas cenefas verdes. Un
-mostrador de madera, unos cuantos vasares sucios, un quinqué de petróleo
-en el techo y dos bancos constituían todo el mobiliario.
-
-La trastienda, a la cual se llegaba por una puerta del fondo, era un
-cuarto sin más luz que la que entraba por un montante que daba al
-portal. En este cuarto se comía; de él se pasaba a la cocina y de ésta a
-un patio estrecho, muy sucio, con una fuente. Al otro lado del patio
-estaban las alcobas del tío _Patas_, de su mujer y de la cuñada.
-
-A Manuel le ponían un jergón y unas mantas detrás del mostrador. Allí
-dentro, de noche sobre todo, olía a berza podrida; pero más que esto aun
-molestaba a Manuel el levantarse de madrugada, cuando el sereno daba dos
-o tres golpes con el chuzo a la puerta de la tienda.
-
-En el puesto se vendía algo, lo bastante para vivir, nada más. En aquel
-tabuco había reunido el tío Patas una fortuna, ahorrando céntimo a
-céntimo.
-
-La historia del tío _Patas_ era verdaderamente interesante. Manuel la
-averiguó por las habladurías de los repartidores de pan y de los chicos
-de los otros puestos.
-
-El tío _Patas_ había llegado a Madrid, desde un pueblo de Lugo, a
-buscarse la vida, a los quince años. Al cabo de veinte de economías
-inverosímiles, trabajando en una tahona, ahorró tres o cuatro mil
-pesetas, y con ellas estableció un puesto de pan y de verdura. Su mujer
-despachaba en el puesto, y él seguía trabajando en la tahona y guardando
-dinero. Cuando su hijo creció, le tomó en traspaso una taberna, y luego
-una casa de préstamos. En esta época de prosperidad murió la mujer del
-tío _Patas_, y el hombre, ya viudo, quiso saborear la vida, que tan
-estéril fué para él, y se casó, a pesar de sus cincuenta y tantos, con
-una muchacha, paisana suya, de veinte, que no pensaba, al ir al
-matrimonio, mas que en convertirse de criada en ama. Todos los amigos
-del tío _Patas_ trataron de convencerle de que era una barbaridad el
-casarse a sus años, y con una moza tan joven; pero él siguió en sus
-trece, y se casó.
-
-A los dos meses de matrimonio, el hijo del tío _Patas_ se entendía con
-su madrastra, y poco tiempo después el viejo se enteraba. Espió un día,
-y vió salir a su hijo y a su mujer de una casa de compromiso de la calle
-de Santa Margarita. Quizá el hombre pensó tomar una determinación
-enérgica, decir a los dos algo muy fuerte; pero como era calmoso y
-tranquilo, y no quería perturbar sus negocios, dejó pasar tiempo, y poco
-a poco se acostumbró a su situación. Después, la mujer del tío _Patas_
-trajo del pueblo a una hermana suya, y cuando llegó, entre la mujer y el
-hijo del tío _Patas_ se la empujaron al viejo, y éste concluyó
-amontonándose con su cuñada. Desde entonces los cuatro vivieron con una
-tranquilidad completa. Se entendían admirablemente.
-
-A Manuel, que estaba curado de espanto, porque en la Corrala había más
-de una combinación matrimonial parecida, no le asombró la cosa; lo que
-le indignaba era la tacañería del tío _Patas_ y de su gente.
-
-Toda la escrupulosidad que no tenía la mujer del tío _Patas_ en otras
-cuestiones, la guardaba, sin duda, para las cuentas. Acostumbraba a
-sisar, conocía al dedillo las socaliñas de las criadas, y no se le
-escapaba un céntimo: siempre creía que la robaban. Era tal su espíritu
-de economía, que todos en casa comían pan seco, confirmando el dicho
-popular de que «en casa del herrero, cuchillo de palo».
-
-La cuñada, una mujer cerril, de nariz corta, mejillas rojas, de pecho y
-caderas abundantes, podía dar lecciones de sordidez a su hermana, y en
-cuestión de falta de pudor y de dignidad la aventajaba con mucho. Solía
-andar por la tienda despechugada, y no había repartidor que no la diese
-un tiento en la pechera.
-
---¡Qué gorda estás, _oh_!--la decían los paisanos.
-
-Y no parecía sino que toda aquella grasa tan manoseada no la pertenecía,
-porque no protestaba; pero si alguien trataba de escamotearla en la
-cuenta algún panecillo, entonces se ponía hecha una fiera.
-
-Los domingos por la tarde el tío _Patas_, su mujer, su cuñada y su hijo
-solían jugar en la calle, al mus, en una mesita, en medio del arroyo;
-nunca se atrevían a dejar la tienda sola.
-
-A los tres meses de entrar Manuel allá, la Petra fué a ver al tío
-_Patas_, y le dijo que diera al chico algún jornal. El tío _Patas_ se
-echó a reír: le parecía la pretensión el colmo de lo absurdo, y dijo que
-no, que era imposible: que el muchacho no ganaba el pan que comía.
-
-Entonces la Petra buscó otra casa para Manuel, y lo llevó a una tahona
-de la calle del Horno de la Mata, a que aprendiera el oficio de
-panadero.
-
-En la tahona, para comenzar el aprendizaje, le pusieron en el horno, a
-ayudar al oficial de pala. El trabajo era superior a sus fuerzas. Se
-tenía que levantar a las once de la noche, y comenzaba por limpiar con
-una raedera unas latas de hierro, en donde se cocían bollos, pasándolas,
-después de frotadas, con una brocha untada en manteca derretida; hecho
-esto, ayudaba al oficial de pala a sacar la brasa del horno con un
-hierro; luego, mientras el hornero cocía, iba cogiendo tablas
-pesadísimas, cargadas de panecillos, y las llevaba del amasadero a la
-boca del horno; y cuando el oficial metía los panecillos dentro, volvía
-Manuel con las tablas al amasadero. A medida que el pan salía del horno,
-lo mojaba con un cepillo empapado en agua, para dar brillo a la corteza.
-A las once de la mañana se concluía el trabajo, y en los intervalos de
-descanso, Manuel y los trabajadores dormían.
-
-La vida allí era horriblemente penosa.
-
-La tahona ocupaba un sótano obscuro, triste y sucio. Estaba el piso del
-sótano por debajo del nivel de la calle, a la cual tenía unas ventanas
-con cristales tan obscurecidos por el polvo y las telarañas, que no
-dejaban pasar mas que una luz turbia y amarillenta. A todas horas se
-trabajaba con gas.
-
-Se entraba a la tahona por una puerta que daba a un patio grande, en el
-cual se levantaba un cobertizo de cinc agujereado, que protegía de la
-lluvia, o trataba de proteger al menos, las cargas de ramaje de retama y
-las pilas de leña allí amontonadas.
-
-De este patio, por una puerta baja, se pasaba a un largo corredor,
-estrecho y húmedo, negro por todas partes, y en el cual no se veía mas
-que allá en el fondo un cuadrado de luz de una ventana alta con unos
-cuantos cristales rajados y sucios, por donde entraba una claridad
-triste.
-
-Cuando los ojos se acostumbraban a la penumbra reinante, se veían en las
-paredes del corredor cestos de repartir, palas del horno, blusas, gorras
-y zapatos colgados en clavos, y en el techo, gruesas telas de araña
-plateadas y llenas de polvo.
-
-A ambos lados del pasillo y a la mitad de su longitud se abrían dos
-puertas frente por frente: una daba al horno, la otra, al amasadero.
-
-El sitio del horno era anchuroso, con las paredes recubiertas de hollín,
-negro como una cámara obscura; un mechero de gas brillaba en aquella
-caverna, sin iluminar apenas nada. Delante de la boca del horno, en un
-tinglado de hierro, estaban colocadas las palas; arriba, en el techo, se
-entreveían tubos grandes de chimenea cruzados.
-
-El amasadero, menos negro, resultaba más sombrío que la cocina del
-horno; a su interior llegaba una luz pálida por dos ventanas que daban
-al patio, con los cristales empañados por el polvo de la harina. Veíase
-siempre allí a diez o doce hombres en camiseta, agitando los brazos
-desesperadamente sobre las artesas, y en el fondo del local una mula
-movía lentamente la máquina de amasar.
-
-La vida en la tahona era antipática y molesta; el trabajo, abrumador, y
-el jornal, pequeño: siete reales al día. Manuel, no acostumbrado a
-sufrir el calor del horno, se mareaba; además, al mojar los panes recién
-cocidos se le quemaban los dedos y sentía repugnancia al verse con las
-manos infiltradas de grasa y de hollín.
-
-Tuvo también la mala suerte de que su cama estuviese en el cuarto de los
-panaderos, al lado de la de un viejo, mozo de la tahona, enfermo de
-catarro crónico, por la infiltración de harina en el pulmón, que
-gargajeaba a todas horas.
-
-Manuel, de asco, no podía dormir en el cuarto de los panaderos, y se
-marchaba a la cocina del horno y se echaba en el suelo. Se sentía
-siempre cansado; pero, a pesar de esto, trabajaba automáticamente.
-
-Luego nadie le hacía caso; los demás panaderos, una colección de
-gallegos bastante brutos, le trataban como a una mula; ni siquiera se
-ocupó alguno de ellos en saber el nombre de Manuel, y unos le llamaban:
-«¡Eh, tú, _Choto_!»; otros le gritaban: «¡Hala, _Barriga_!»; cuando
-hablaban de él, decían «O golfo de Madrid», o solamente «o golfo». El
-contestaba a los nombres y motes que le daban.
-
-Al principio, de todos, el más odioso para Manuel, fué el hornero: le
-mandaba de una manera despótica; se incomodaba si no lo encontraba todo
-hecho en seguida. Era este hornero un alemán llamado Karl Schneider;
-había venido a España huyendo de las quintas de su país, vagabundeando.
-Tenía unos veinticuatro o veinticinco años, los ojos muy claros, el pelo
-y el bigote casi blancos, de puro rubios.
-
-Hombre tímido y flemático, todo le asombraba y le parecía difícil. Sus
-impresiones fuertes no se manifestaban ni en gestos ni en palabras, sino
-en un enrojecimiento súbito, que coloreaba sus mejillas y su frente, y
-que desaparecía para ser reemplazado por una palidez intensa.
-
-Se expresaba Karl muy bien en castellano, pero de una manera rara; sabía
-una retahíla de refranes y de frases, que barajaba sin medida; esto daba
-a su conversación un carácter extraño.
-
-Pronto pudo ver Manuel que el alemán, a pesar de su brusquedad, era un
-excelente muchacho, muy inocente, muy sentimental y de una candidez
-paradisíaca.
-
-Al mes de trabajar en la tahona, Manuel consideraba a Karl como su único
-amigo: se trataban los dos como camaradas; se llamaban de tú, y si el
-hornero ayudaba muchas veces a su pinche para cualquier trabajo de
-fuerza, en cambio, en ocasiones, le pedía su parecer y le consultaba
-acerca de puntos y complicaciones sentimentales, que al alemán
-intrigaban, y que Manuel resolvía con su perspicacia y su instinto de
-chiquillo vagabundo, convencido de que todos los móviles de la vida son
-egoístas y bajos. La igualdad entre maestro y ayudante desaparecía desde
-que Karl se ponía a la boca del horno. Entonces Manuel debía obedecer al
-alemán sin vacilaciones ni tardanzas.
-
-El único vicio de Karl era la borrachera: continuamente tenía sed;
-cuando bebía vino y cerveza, marchaba bien; llevaba método en su vida, y
-las horas libres las pasaba en la plaza de Oriente o en la Moncloa,
-leyendo los dos tomos que constituían su biblioteca: uno, _Las ilusiones
-perdidas_, de Balzac, y el otro, una colección de poesías alemanas.
-
-Estos dos libros, constantemente leídos, comentados y anotados por él,
-le llenaban la cabeza de preocupaciones y de sueños. Entre los
-razonamientos amargos y desesperados de Balzac, pero en el fondo llenos
-de romanticismo, y las idealidades de Goethe y de Heine, el pobre
-hornero vivía en el más irreal de los mundos. Muchas veces Karl le
-explicaba a Manuel los conflictos de los personajes de su novela
-favorita, y le preguntaba cómo se conduciría él en casos semejantes.
-Manuel encontraba casi siempre una solución tan lógica, tan natural y
-tan poco romántica, que el alemán quedaba perplejo e intrigado con la
-claridad de juicio del muchacho; pero luego, pensando otra vez sobre el
-mismo tema, veía que la tal solución no podía tener valor para sus
-personajes quintaesenciados, porque el conflicto mismo de la novela no
-hubiera llegado a existir entre gente de pensamientos vulgares.
-
-En algunas épocas de diez y doce días el alemán necesitaba excitantes
-más fuertes que el vino y la lectura, y solía emborracharse con
-aguardiente, y bebía media botella como si fuera agua.
-
-Según le contaba a Manuel, sentía una avalancha de tristeza y todo lo
-veía negro y desagradable; se encontraba febril, y el único remedio para
-su tristeza era el alcohol.
-
-Cuando entraba en la taberna llevaba el corazón oprimido y la cabeza
-pesada y llena de ideas feas, y a medida que iba bebiendo sentía que el
-corazón se le ensanchaba y respiraba mejor, y los pensamientos alegres
-se le metían en la cabeza. Luego, al salir de la taberna, por más
-esfuerzos que hacía, le era imposible conservar la seriedad, y la risa
-le retozaba en los labios. Entonces llegaban a su memoria canciones de
-su tierra, y las cantaba, llevando el compás al andar. Mientras iba por
-las calles céntricas caminaba derecho; pero cuando llegaba a las
-callejuelas apartadas, a las avenidas desiertas, se abandonaba al placer
-de trompicar y de ir haciendo eses, dando un encontronazo aquí y un
-tropezón allá. En aquellas horas todo le parecía al alemán grande,
-hermoso, soberbio; el sentimentalismo de su raza se desbordaba en él y
-comenzaba a recitar versos y a llorar, y a cualquier conocido que
-encontraba en la calle le pedía perdón por su falta imaginaria y le
-preguntaba si le seguía estimándole y concediéndole su amistad.
-
-Por muy borracho que se encontrara, nunca se le olvidaba la obligación,
-y a la hora de cocer se marchaba vacilando a la tahona; e inmediatamente
-que se ponía a la boca del horno se le pasaba la borrachera y trabajaba
-como si tal cosa, riéndose él solo de sus extravagancias.
-
-Tenía el alemán una fuerza orgánica maravillosa, una resistencia
-inaudita; Manuel necesitaba dormir todo el tiempo que estaba libre, y
-aun así no conseguía levantarse de la cama descansado. Durante dos meses
-que pasó Manuel en la tahona, vivió como un autómata. El trabajo en el
-horno le había cambiado de tal modo las horas de sueño, que los días le
-parecían noches, y al revés.
-
-Un día, Manuel cayó enfermo, y toda la fuerza que le sostenía le
-abandonó de repente; dejó el trabajo, cobró la quincena y, sin saber
-cómo, casi arrastrándose, fué hasta la casa de huéspedes.
-
-La Petra, al verle en aquel estado, le hizo acostarse, y Manuel pasó
-cerca de dos semanas con una calentura muy alta, delirando. Al
-levantarse había crecido, estaba demacrado y sentía una gran laxitud y
-desmadejamiento en todo el cuerpo y una sensibilidad tal, que una
-palabra más fuerte que otra le daba ganas de llorar.
-
-Cuando salió a la calle, por consejo de la Petra, compró un broche de
-dublé y se lo regaló a doña Casiana, y ésta lo agradeció tanto que le
-dijo a su criada que el muchacho podía quedarse en la casa hasta su
-completo restablecimiento.
-
-Aquellos días fueron de los más agradables de la vida de Manuel; lo
-único que le molestaba era el hambre.
-
-Hacía un tiempo soberbio, y Manuel marchaba por las mañanas a pasear al
-Retiro. El periodista, a quien llamaban el _Superhombre_, utilizaba a
-Manuel para que le copiara cuartillas, y, como compensación, sin duda,
-le prestaba novelas de Paúl de Kock y de Pigaul-Lebrún, algunas de un
-verde muy subido, como _Monjas y corsarios_ y _Gustavo el calavera_.
-
-Las teorías amorosas de los dos escritores convencieron a Manuel de tal
-manera, que quiso ponerlas en práctica con la sobrina de la patrona. En
-dos años la muchacha se había desarrollado tanto, que estaba hecha una
-mujer.
-
-Una noche, a primera hora, poco después de cenar, por influencia de la
-estación primaveral o por seguir las teorías del autor de _Monjas y
-corsarios_, el caso fué que Manuel convenció a la chica de la patrona de
-la utilidad de una explicación a solas, y una vecina los vió a los dos
-que marchaban juntos, escaleras arriba, y entraban en el desván.
-
-Cuando iban a encerrarse, la vecina les sorprendió y los llevó contritos
-a presencia de doña Casiana. La paliza que la patrona propinó a su
-sobrina le quitó a la muchacha las ganas de nuevas aventuras, y a la tía
-fuerzas para administrar otra a Manuel.
-
---Tú te vas a la calle--le dijo, agarrándole del brazo e hincándole las
-uñas--, y que no te vuelva a ver más aquí, porque te desuello.
-
-Manuel, avergonzado y confuso, no deseaba en aquel momento mas que
-escapar, y se marchó a la calle en cuanto pudo, como un perro azotado.
-Estaba la noche fresca, agradable. Como no tenía un céntimo, se aburrió
-pronto de pasear; llamó en la tahona, preguntó por Karl el hornero, le
-abrieron y se tendió en una de las camas. Al amanecer se despertó a la
-voz de uno de los panaderos, que gritaba:
-
---¡Eh, tú, _golfo_, ahueca!
-
-Se levantó Manuel, y salió a la calle. Paseando, se acercó al Viaducto,
-a su sitio favorito, a mirar el paisaje y la calle de Segovia.
-
-Era una mañana espléndida, de un día de primavera. En el sotillo próximo
-al Campo del Moro algunos soldados se ejercitaban tocando cornetas y
-tambores; de una chimenea de ladrillo de la ronda de Segovia salía a
-borbotones un humazo obscuro que manchaba el cielo, limpio y
-transparente; en los lavaderos del Manzanares brillaban al sol las ropas
-puestas a secar, con vívida blancura.
-
-Manuel cruzó despacio el Viaducto, llegó a las Vistillas, miró cómo unos
-traperos hacían sus apartijos, después de extender el contenido de los
-sacos en el suelo, y se sentó un rato al sol. Veía, con los ojos
-entornados, los arcos de la iglesia de la Almudena, por encima de una
-tapia; más arriba, el Palacio Real, blanco y brillante; los desmontes
-arenosos de la Montaña del Príncipe Pío, y su cuartel rojo y largo, y la
-hilera de casas del paseo de Rosales, con sus cristales incendiados por
-la luz del sol.
-
-Hacia la Casa de Campo algunos cerrillos pardos se destacaban, escuetos,
-con dos o tres pinos, como recortados y pegados sobre el aire azul.
-
-De las Vistillas bajó Manuel a la ronda de Segovia. Al pasar por la
-calle del Aguila vió que el almacén del señor Ignacio seguía cerrado.
-Entró Manuel en la casa, y preguntó en el patio por la Salomé.
-
---Estará trabajando en su casa--le dijeron.
-
-Subió por la escalera y llamó en el cuarto; se oía desde fuera el ruido
-de la máquina de coser.
-
-Abrió la Salomé y pasó Manuel. Estaba la costurera tan guapa como
-siempre, y, como siempre, trabajando. Sus dos chicos todavía no habían
-ido al colegio. La Salomé contó a Manuel que el señor Ignacio había
-estado en el hospital y que andaba buscando dinero para pagar algunas
-deudas y seguir con el negocio; la Leandra, en aquel momento, en el río;
-la señora Jacoba, en el puesto, y Vidal, golfeando y sin querer
-trabajar. Se empeñaba en reunirse con un condenado bizco, más malo que
-un dolor, y estaba hecho un randa. Andaban siempre los dos con mujeres
-perdidas, en los cajones y merenderos de la carretera de Andalucía.
-
-Manuel contó cómo había estado de panadero y cómo se puso malo; lo que
-no dijo fué la despedida de casa de su madre.
-
---Eso no te conviene a ti; debías aprender algún oficio menos fuerte--le
-aconsejó la Salomé.
-
-Manuel estuvo charlando con la costurera toda la mañana; ella le convidó
-a almorzar, y él aceptó con gusto.
-
-Por la tarde, Manuel se fué de casa de la Salomé, pensando que si él
-tuviera más años y un buen oficio que le diera dinero, se casaría con la
-Salomé, aunque se viese en la precisión de darle una puñalada al chulapo
-que la entretenía.
-
-Al encontrarse en la ronda, lo primero que se le ocurrió a Manuel fué
-que no debía ir al puente de Toledo, ni mucho menos a la carretera de
-Andalucía, porque allí era fácil que se encontrase con Vidal o con el
-_Bizco_. Pensó así, efectivamente, y, a pesar de esto, bajó hacia el
-puente, echó una ojeada por los cajones, y viendo que allí no estaban
-sus amigos, siguió por el Canal, atravesó el Manzanares por el puente de
-un lavadero y salió a la carretera de Andalucía. En un merendero, con
-varias mesas debajo del cobertizo, estaban Vidal y el _Bizco_ entre unos
-cuantos golfos que jugaban al cané.
-
---¡Eh!, tú, Vidal--gritó Manuel.
-
---¡Rediez! ¿Eres tú?--dijo su primo.
-
---Ya ves...
-
---¿Qué te haces?
-
---Nada, ¿y vosotros?
-
---A lo que cae.
-
-Contempló Manuel cómo jugaban al cané. Cuando terminaron una de las
-partidas, Vidal dijo:
-
---¿Qué? ¿vamos a dar un paseo?
-
---Vamos.
-
---¿Vienes tú, _Bizco_?
-
---Sí.
-
-Echaron los tres a andar carretera de Andalucía adelante.
-
-Vivían Vidal y el _Bizco_ de randas: aquí cogiendo una manta de un
-caballo, allá llevándose las lamparillas eléctricas de una escalera o
-robando alambres del teléfono; lo que se terciaba. No iban al centro de
-Madrid porque no se consideraban todavía bastante diestros.
-
-Hacía unos días, contó Vidal, birlaron entre los dos a un chico una
-cabra, a orillas del Manzanares, cerca del puente de Toledo; Vidal
-entretuvo al chico jugando a las chapas, mientras que el _Bizco_
-agarraba la cabra y la subía por la rampa de los pinos al paseo de las
-Yeserías y la llevaba después a las Injurias. Entonces Vidal,
-señalándole al chico la parte opuesta de la rampa, le dijo: «Corre, que
-por allá va tu cabra», y mientras el muchacho echaba a trotar en la
-dirección indicada, Vidal se escabullía en las Injurias y se juntaba con
-el _Bizco_ y su querida. Todavía estaban comiendo la carne de la cabra.
-
---Es lo que tú debes hacer--dijo Vidal--. Venirte con nosotros. ¡Si esta
-es una vida de _chipendi_! Ya ves, hace unos días Juan el _Burra_ y el
-_Arenero_, que viven en Casa Blanca, se encontraron en el camino de las
-Yeserías con un cerdo muerto. Iba un mozo con una piara al matadero,
-cuando se conoce que murió el animal; el mozo lo dejó allá, y Juan el
-_Burra_ y el _Arenero_ lo arrastraron hasta su casa, lo descuartizaron y
-hemos comido cerdo sus amigos durante más de una semana. ¡Si te digo que
-es una vida de _chipendi_!
-
-Se conocían, por lo que decía Vidal, todos los randas, hasta los de los
-barrios más lejanos. Era una vida extrasocial la suya, admirable; hoy se
-veían en los Cuatro Caminos; a los tres o cuatro días, en el puente de
-Vallecas o en la Guindalera, se ayudaban unos a otros.
-
-Su radio de acción era una zona comprendida desde el extremo de la Casa
-de Campo, en donde se encuentran el ventorro de Agapito y las ventas de
-Alcorcón, hasta los Carabancheles; desde aquí, las orillas del arroyo
-Abroñigal, La Elipa; el Este, las Ventas y la Concepción hasta la
-Prosperidad; luego, Tetuán hasta la Puerta de Hierro. Dormían, en
-verano, en corrales y cobertizos de las afueras.
-
-Los del centro, mejor vestidos, más aristócratas, tenían ya su golfa, a
-la que fiscalizaban las ganancias y que se cuidaban de ellos; pero la
-golfería del centro era ya distinta, de otra clase, con otros matices.
-
-A veces el _Bizco_ y Vidal habían pasado malas épocas, comiendo gatos y
-ratas, guareciéndose en las cuevas del cerrillo de San Blas, de Madrid
-Moderno y del cementerio del Este; pero ya tenían los dos su apaño.
-
---¿Y de trabajar? ¿Nada?--preguntó Manuel.
-
---¡Trabajar!... _pa_ el gato--contestó Vidal.
-
-Ellos no trabajaban, tartamudeó el _Bizco_; con su chaira en la mano,
-¿quien le tosía a el?
-
-En el cerebro de aquella bestia fiera no habían entrado, ni aun
-vagamente, ideas de derechos y de deberes. Ni deberes, ni leyes, ni
-nada; para él la fuerza era la razón; el mundo un bosque de caza. Sólo
-los miserables podían obedecer la ley del trabajo; así decía él: El
-trabajo _pa_ los primos; el miedo _pa_ los blancos.
-
-Mientras hablaban los tres, pasaron por la carretera un hombre y una
-mujer con un niño en brazos. Tenían un aspecto entristecido, de gente
-perseguida y famélica, la mirada tímida y huraña.
-
---Esos son los que trabajan--exclamó Vidal--. Así están ellos.
-
---Que se hagan la santísima--murmuró el _Bizco_.
-
---¿Adónde irán?--preguntó Manuel, contemplándolos con pena.
-
---A los tejares--contestó Vidal--. A vender azafrán, como dicen por ahí.
-
---¿Y por qué dicen eso?
-
---Como el azafrán es tan caro...
-
-Se detuvieron los tres y se tendieron en el suelo. Estuvieron más de una
-hora hablando de mujeres y de medios de sacar dinero.
-
---¿No tenéis perras?--preguntó Vidal a Manuel y al _Bizco_.
-
---Dos reales--contestó éste.
-
---¡Anda, convida! Vamos a tomar una botella.
-
-Accedió el _Bizco_ refunfuñando, se levantaron y se fueron acercando a
-Madrid. Una fila de burros blanquecinos pasó por delante de ellos; un
-gitano joven y moreno, con una larga vara debajo del brazo, montado en
-las ancas del último borrico de la fila, gritaba a cada paso:
-_¡Coroné!_, _¡coroné!_
-
---¡Adiós, _cañí_!--le dijo Vidal.
-
---Vaya con Dios la gente buena--contestó el gitano, con voz ronca. Al
-llegar a una taberna del camino, al lado de la casucha de un trapero, se
-detuvieron, y Vidal pidió la botella de vino.
-
---¡Qué es esa fábrica?--preguntó Manuel, señalando una que estaba a la
-izquierda de la carretera de Andalucía, según se había vuelto a Madrid.
-
---Ahí hacen dinero con sangre--contestó Vidal solemnemente.
-
-Manuel le miró asustado.
-
---Es que hacen cola con la sangre que sobra en el Matadero--añadió su
-primo, riéndose.
-
-Escanció Vidal en las copas y bebieron los tres.
-
-Se veía Madrid en alto, con su caserío alargado y plano, sobre la
-arboleda del Canal. A la luz roja del sol poniente brillaban las
-ventanas con resplandor de brasa; destacábanse muy cerca, debajo de San
-Francisco el Grande, los rojos depósitos de la fábrica del gas, con sus
-altos soportes, entre escombreras negruzcas; del centro de la ciudad
-brotaban torrecillas de poca altura y chimeneas que vomitaban, en
-borbotones negros, columnas de humo inmovilizadas en el aire tranquilo.
-A un lado se erguía el Observatorio, sobre un cerrillo, centelleando el
-sol en sus ventanas; al otro, el Guadarrama, azul, con sus crestas
-blancas, se recortaba en el cielo limpio y transparente, surcado por
-nubes rojas.
-
---_Na_--añadió Vidal, después de un momento de silencio, dirigiéndose a
-Manuel--, tú has de venir con nosotros; formaremos una cuadrilla.
-
---Eso es--tartamudeó el _Bizco_.
-
---Bueno; ya veré--dijo Manuel de mala gana.
-
---¿Qué ya veré ni qué hostia? Ya está formada la cuadrilla. Se llamará
-la cuadrilla de los Tres.
-
---Muy bien--gritó el _Bizco_.
-
---¿Y nos ayudaremos unos a otros?--preguntó Manuel.
-
---Claro que sí--contestó su primo--. Y si hay alguno que hace
-traición...
-
---Si hay alguno que haga traición--interrumpió el _Bizco_--, se le
-cortan los riñones--. Y para dar fuerza a su afirmación, sacó el puñal y
-lo clavó con energía en la mesa.
-
-Al anochecer volvieron los tres por la carretera hasta el puente de
-Toledo, y se separaron allí, citándose para el día siguiente.
-
-Manuel pensaba en lo que le podía comprometer la promesa hecha de entrar
-a formar parte de la Sociedad de los Tres. La vida del _Bizco_ y de
-Vidal le daba miedo. Tenía que resolverse a dar a su existencia un nuevo
-giro; pero ¿cuál? Eso es lo que no sabía.
-
-Durante algún tiempo, Manuel no se atrevió a aparecer en casa de la
-patrona; veía a su madre en la calle, y dormía en la cuadra de la casa
-en donde servía una de sus hermanas. Luego se dió el caso de que a la
-sobrina de la patrona la encontraron en la alcoba de un estudiante de la
-vecindad, y esto le rehabilitó un tanto a Manuel en la casa de
-huéspedes.
-
-
-
-
-CAPÍTULO II
-
-UNA DE LAS MUCHAS MANERAS DESAGRADABLES DE MORIRSE QUE HAY EN
-MADRID.--EL «EXPÓSITO».--EL «COJO» Y SU CUEVA.--LA NOCHE EN EL
-OBSERVATORIO.
-
-
-UN día Manuel se vió bastante sorprendido al saber que su madre no se
-levantaba y que estaba enferma. Hacía tiempo que echaba sangre por la
-boca; pero no le daba importancia a esto.
-
-Manuel se presentó en la casa humildemente, y la patrona, en vez de
-recriminarle, le hizo pasar a ver a su madre. No se quejaba ésta mas que
-de un magullamiento grande en todo el cuerpo y de dolor en la espalda.
-
-Pasó así días y días, unas veces mejor, otras peor, hasta que empezó a
-tener mucha fiebre y hubo que llamar al médico. La patrona dijo que
-habría que llevar a la enferma al hospital; pero como tenía buen
-corazón, no se determinó a hacerlo.
-
-Ya había confesado a la Petra el cura de la casa una porción de veces.
-Las hermanas de Manuel iban de vez en cuando por allí, pero ninguna de
-las dos traía el dinero necesario para comprar las medicinas y los
-alimentos que recomendaba el médico.
-
-El Domingo de Piñata, por la noche, la Petra se puso peor; por la tarde
-había estado hablando animadamente con su hijo: pero esta animación fué
-desapareciendo, hasta que quedó presa de un aniquilamiento mortal.
-
-Aquella noche del Domingo de Piñata tenían los huéspedes de doña Casiana
-una cena más suculenta que de ordinario, y después de la cena unas
-rosquillas de postre, regadas con el más puro amílico de las destilerías
-prusianas.
-
-A las doce de la noche seguía la juerga. La Petra le dijo a Manuel:
-
---Llámale a don Jacinto y dile que estoy peor.
-
-Manuel entró en el comedor. En la atmósfera, espesa por el humo del
-tabaco, apenas se veían las caras congestionadas. Al entrar Manuel, uno
-dijo:
-
---Callad un poco, que hay un enfermo.
-
-Manuel dió el recado al cura.
-
---Tu madre no tiene mas que aprensión. Luego iré--repuso don Jacinto.
-
-Manuel volvió al cuarto.
-
---¿No viene?--preguntó la enferma.
-
---Ahora vendrá; dice que no tiene usted mas que aprensión.
-
---¡Sí; buena aprensión!--murmuró ella tristemente--. Estate aquí.
-
-Manuel se sentó sobre un baúl; tenía un sueño que no veía.
-
-Iba a dormirse cuando le llamó su madre.
-
---Mira--le dijo--, trae el cuadro de la Virgen de los Dolores que hay en
-la sala.
-
-Manuel descolgó el cuadro, un cromo barato, y lo llevó a la alcoba.
-
---Ponlo a los pies de la cama, que lo pueda ver yo.
-
-Hizo el muchacho lo que le mandaban, y volvió a sentarse. Seguía el
-jaleo de canciones, palmadas y castañuelas en el comedor.
-
-De pronto, Manuel, que estaba medio dormido, oyó un estertor fuerte, que
-salía del pecho de su madre, y al mismo tiempo vió que su cara, más
-pálida, tenía extrañas contracciones.
-
---¿Que le pasa a usted?
-
-La enferma no contestó. Entonces Manuel volvió a avisar al cura. Este
-abandonó el comedor refunfuñando, miró a la enferma y le dijo al
-muchacho:
-
---Tu madre se muere. Estate aquí, que yo vengo en seguida con la Unción.
-
-Mandó el cura callar a los que alborotaban en el comedor, y enmudeció la
-casa entera.
-
-No se oyó entonces mas que un ruido de pasos, abrir y cerrar de puertas
-y luego el estertor de la moribunda y el tic-tac de un reloj del
-pasillo.
-
-Llegó el cura con otro que traía una estola e hizo todas las ceremonias
-de la Unción. Cuando el vicario y sacristán salían, Manuel miró a su
-madre y la vió lívida, con la mandíbula desencajada. Estaba muerta.
-
-El muchacho se quedó solo en el cuarto, iluminado por la luz de aceite,
-sentado en un baúl, temblando de frío y de miedo.
-
-Toda la noche la pasó así; de vez en cuando entraba la patrona en paños
-menores y preguntaba algo a Manuel, o le hacía alguna recomendación, que
-este, en general, no comprendía.
-
-Manuel aquella noche pensó y sufrió lo que, quizá nunca pensara ni
-sufriera: reflexionó acerca de la utilidad de la vida y acerca de la
-muerte con una lucidez que nunca había tenido. Por más esfuerzos que
-hacía, no podía detener aquel flujo de pensamientos que se enlazaban
-unos con otros.
-
-A las cuatro de la mañana estaba toda la casa en silencio, cuando se oyó
-el ruido del picaporte en la puerta de la escalera; después, pasos en el
-corredor, y luego, el sonido quejumbroso de la caja de música colocada
-en la mesa del vestíbulo, que tocaba la Mandolinata.
-
-Manuel se despertó sobresaltado, como de un sueño; no se pudo dar cuenta
-de lo que era aquella música; hasta pensó si se le había trastornado la
-cabeza. El organillo, después de unas cuantas paradas y asmáticos hipos,
-abandonó la Mandolinata y comenzó a tocar atropelladamente el dúo de
-Bettina y de Pippo, de _La Mascota_:
-
- Me olvidarás, gentil pastor,
- con ese traje tan señor.
-
-Manuel salió de la alcoba y preguntó en la obscuridad:
-
---¿Quién es?
-
-Al mismo tiempo se oyeron voces que salían de todos los cuartos. El
-organillo interrumpió el aire de _La Mascota_ para emprender con brío el
-himno de Garibaldi. De repente cesaron las notas de la caja de música y
-una voz ronca gritó:
-
---¡Paco! ¡Paco!
-
-La patrona se levantó y preguntó quiénes alborotaban así; uno de los que
-habían entrado en la casa, con voz aguardentosa, dijo que eran
-estudiantes de la casa de huéspedes del piso tercero, que venían del
-baile en busca de Paco, uno de los comisionistas. La patrona les dijo
-que había un muerto en la casa, y uno de los borrachos, que era
-estudiante de Medicina, dijo que deseaba verle. Se le pudo disuadir de
-su idea y todos se marcharon. Al otro día se avisó a las hermanas de
-Manuel y se enterró a la Petra...
-
-Al día siguiente del entierro, Manuel salió de la casa de huéspedes y se
-despidió de doña Casiana.
-
---¿Qué vas a hacer?--le dijo ésta.
-
---No sé; ya veremos.
-
---Yo no te puedo tener, pero no quiero que pases hambre. Alguna que otra
-vez ven por aquí.
-
-Después de callejear toda la mañana, Manuel se encontró al mediodía en
-la ronda de Toledo, recostado en la tapia de las Américas y sin saber
-qué hacer. A un lado, sentado también en el suelo, había un chiquillo
-astroso, horriblemente feo y chato, con un ojo nublado, los pies
-desnudos y un chaquetón roto, por cuyos agujeros se veía la piel negra,
-curtida por el sol y la intemperie. Colgando del cuello llevaba un bote
-para coger colillas.
-
-¿Dónde vives tú?--le preguntó Manuel.
-
---Yo no tengo padre ni madre--contestó indirectamente el muchacho.
-
---¿Cómo te llamas?
-
---El _Expósito_.
-
---¿Y por qué te llaman _Expósito_?
-
---¡Toma! Porque soy inclusero.
-
---Y tú ¿no has tenido nunca casa?
-
---Yo no.
-
---¿Y dónde sueles dormir?
-
---Pues en el verano, en las cuevas y en los corrales, y en el invierno,
-en las calderas del asfalto.
-
---¿Y cuando no hay asfalto?
-
---En algún asilo.
-
---Pero bueno, ¿qué comes?
-
---Lo que me dan.
-
---¿Y se vive bien así?
-
-El inclusero no debió de entender la pregunta o le pareció muy necia,
-porque se encogió de hombros. Manuel siguió interrogándole con
-curiosidad.
-
---¿No tienes frío en los pies?
-
---No.
-
---¿Y no haces nada?
-
---¡Psch...!, lo que se tercia: cojo colillas, vendo arena, y cuando no
-gano nada voy al cuartel de María Cristina.
-
---¿A qué?
-
---Toma, por rancho.
-
---¿Y dónde está ese cuartel?
-
---Cerca de la estación de Atocha. ¿Qué? ¿También quieres ir tú allí?
-
---Sí; también.
-
---Pues vamos, no se vaya a pasar la hora del cocido.
-
-Se levantaron los dos y echaron a andar por las rondas. El _Expósito_
-entró en las tiendas del camino a pedir, y le dieron dos pedazos de pan
-y una perra chica.
-
---¿Quieres, _ninchi_?--dijo ofreciendo uno de los pedazos a Manuel.
-
---Venga.
-
-Llegaron los dos por la ronda de Atocha frente a la estación del
-Mediodía.
-
---¿Tú conoces la hora?--preguntó el _Expósito_.
-
---Sí, son las once.
-
---Entonces aun es temprano para ir al cuartel.
-
-Frente a la estación, una señora, subida en un coche rojo, peroraba y
-ofrecía un ungüento para las heridas y un específico para quitar el
-dolor de muelas.
-
-El _Expósito_, mordiendo el pedazo de pan, interrumpió el discurso de
-la señora del coche, gritando irónicamente:
-
---¡Deme usted una tajada para que se me quite el dolor de muelas!
-
---Y a mí otra--dijo Manuel.
-
---El marido de la señora del coche, un viejo con un ranglán muy largo,
-que, en el grupo de los oyentes, escuchaba con el mayor respeto lo que
-decía su costilla, se indignó y, hablando medio en castellano, dijo:
-
---Ahora sí que os van a _dolert_ de _veres_.
-
---Este señor ha venido del Archipipi--interrumpió el _Expósito_.
-
-El señor trató de coger a uno de los chicos. Manuel y el _Expósito_ se
-alejaban corriendo, le daban un quiebro al del ranglán y se plantaban
-frente a él.
-
-_Sinvergüenses_--gritaba el señor--os voy a _dart_ una _guantade_, que
-_entonses_ si que os van a _dolert_ de _verdat_.
-
---Si ya nos duelen--le replicaban ellos.
-
-El hombre, en el último grado de exasperación, comenzó a perseguir
-frenético a los chicos; un grupo de golfos y de vendedores de periódicos
-le achucharon irónicamente, y el viejo, sudando, secándose la cara con
-el pañuelo, fué en busca de un guardia municipal.
-
---¡Golfolaire! ¡Frachute! _¡Méndigo!_--le gritó el _Expósito_.
-
-Luego, riéndose de la guasa, se acercaron al cuartel y se pusieron a la
-cola de una fila de pobres y de vagos que esperaban la comida. Una
-vieja, que ya había comido, les prestó una lata para recoger el rancho.
-
-Comieron, y después, en unión de otros chiquillos andrajosos, subieron
-por los altos arenosos del cerrillo de San Blas, a ver desde allá el
-ejercicio de los soldados en el paseo de Atocha.
-
-Manuel se tendió perezosamente al sol; sentía el bienestar de hallarse
-libre por completo de preocupaciones, de ver el cielo azul extendiéndose
-hasta el infinito. Aquel bienestar le llevó a un sueño profundo.
-
-Cuando se despertó era ya media tarde; el viento arrastraba nubes
-obscuras por el cielo. Manuel se sentó; había un grupo de golfos junto
-él, pero entre ellos no estaba el _Expósito_.
-
-Un nubarrón negro vino avanzando hasta ocultar el sol; poco después
-empezó a llover.
-
---¿Vamos a la cueva del _Cojo_?--dijo uno de los muchachos.
-
---Vamos.
-
-Echó toda la golfería a correr, y Manuel con ella, en la dirección del
-Retiro. Caían las gruesas gotas de lluvia en líneas oblicuas de color de
-acero; en el cielo, algunos rayos de sol pasaban brillantes por entre
-las violáceas nubes obscuras y alargadas, como grandes peces inmóviles.
-
-Delante de los golfos, a bastante distancia, corrían dos mujeres y dos
-hombres.
-
-Son la _Rubia_ y la _Chata_, que van con dos paletos--dijo uno.
-
---Van a la cueva--añadió otro.
-
-Llegaron los muchachos a la parte alta del cerrillo; en la entrada de la
-cueva, un agujero hecho en la arena; sentado en el suelo, un hombre, a
-quien le faltaba una pierna, fumaba en una pipa.
-
---Vamos a entrar--advirtió uno de los golfos al _Cojo_.
-
---No se puede--replicó él.
-
---¿Por qué?
-
---Porque no.
-
---¡Hombre! Déjenos usted entrar hasta que pase la lluvia.
-
---No puede ser.
-
---¿Es que están la _Rubia_ y la _Chata_ ahí?
-
---A vosotros ¿qué os importa?
-
---¿Vamos a darles un susto a esos paletos?--propuso uno de los golfos,
-que llevaba largos tufos negros por encima de las orejas.
-
---Ven y verás--masculló el _Cojo_, agarrando una piedra.
-
---Vamos al Observatorio--dijo otro--. Allá no nos mojaremos.
-
-Los de la cuadrilla volvieron hacia atrás, saltaron una tapia que les
-salió al paso, y se guarecieron en el pórtico del Observatorio, del lado
-de Atocha. Venía el viento del Guadarrama, y allá quedaban al socaire.
-
-La tarde y parte de la noche estuvo lloviendo, y la pasaron hablando de
-mujeres, de robos y de crímenes. Dos o tres de aquellos chicos tenían
-casa, pero no querían ir. Uno, que se llamaba el _Mariané_, contó una
-porción de timos y de estafas notables; algunos, que demostraban un
-ingenio y habilidad portentosos, entusiasmaron a la concurrencia.
-Agotado este tema, unos cuantos se pusieron a jugar al cané, y el de los
-tufos negros, a quien llamaban el _Canco_, cantó por lo bajo canciones
-flamencas con voz de mujer.
-
-De noche, como hacía frío, se tendieron muy juntos en el suelo y
-siguieron hablando. A Manuel le chocaba la mala intención de todos; uno
-explicó cómo a un viejo de ochenta años, que dormía furtivamente en un
-cuchitril formado por cuatro esteras en el lavadero del Manzanares el
-Arco Iris, le abrieron una noche que corría un viento helado dos de las
-esteras, y al día siguiente lo encontraron muerto de frío; el _Mariané_
-contó que había estado con un primo suyo, que era sargento de
-caballería, en una casa pública, y el sargento se montó sobre la espalda
-de una mujer desnuda y con las espuelas le desgarró los muslos.
-
---Es que para tener contentas a las mujeres no hay como hacerlas
-sufrir--terminó diciendo el _Mariané_.
-
-Manuel oyó esta sentencia asombrado; pensó en aquella costurerita que
-iba a casa de la patrona, y después en la Salomé, y en que no le hubiese
-gustado hacerse querer de ellas martirizándolas; y barajando estas ideas
-quedó dormido.
-
-Cuando despertó sintió el frío, que le penetraba hasta los huesos.
-Alboreaba la mañana, ya no llovía; el cielo, aun obscuro, se llenaba de
-nubes negruzcas. Por encima de un seto de evónimos brillaba una
-estrella, en medio de la pálida franja del horizonte, y sobre aquella
-claridad de ópalo se destacaban entrecruzadas las ramas de los árboles,
-todavía sin hojas.
-
-Se oían silbidos de las locomotoras en la estación próxima; hacia
-Carabanchel palidecían las luces de los faroles en el campo obscuro
-entrevisto a la vaga luminosidad del día naciente.
-
-Madrid, plano, blanquecino, bañado por la humedad, brotaba de la noche
-con sus tejados, que cortaban en una línea recta el cielo; sus
-torrecillas, sus altas chimeneas de fábrica y, en el silencio del
-amanecer, el pueblo y el paisaje lejano tenían algo de lo irreal y de lo
-inmóvil de una pintura.
-
-Clareaba más el cielo, azuleando poco a poco. Se destacaban ya de un
-modo preciso las casas nuevas, blancas; las medianerías altas de
-ladrillo, agujereadas por ventanucos simétricos; los tejados, los
-esquinazos, las balaustradas, las torres rojas, recién construídas, los
-ejércitos de chimeneas, todo envuelto en la atmósfera húmeda, fría y
-triste de la mañana, bajo un cielo bajo de color de cinc.
-
-Fuera del pueblo, a lo lejos, se extendía la llanura madrileña en suaves
-ondulaciones, por donde nadaban las neblinas del amanecer; serpenteaba
-el Manzanares, estrecho como un hilo de plata; se acercaba al cerrillo
-de los Ángeles, cruzando campos yermos y barriadas humildes, para
-curvarse después y perderse en el horizonte gris. Por encima de Madrid,
-el Guadarrama aparecía como una alta muralla azul, con las crestas
-blanqueadas por la nieve.
-
-En pleno silencio el esquilón de una iglesia comenzó a sonar alegre,
-olvidado en la ciudad dormida.
-
-Manuel sentía mucho frío y comenzó a pasearse de un lado a otro,
-golpeándose con las manos en los hombros y en las piernas. Entretenido
-en esta operación, no vió a un hombre de boina, con una linterna en la
-mano, que se acercó y le dijo:
-
---¿Qué haces ahí?
-
-Manuel, sin contestar, echó a correr para abajo; poco después comenzaron
-a bajar los demás, despertados a puntapiés por el hombre de la boina.
-
-Al llegar junto al Museo Velasco, el _Mariané_ dijo:
-
---Vamos a ver si hacemos la Pascua a ese morral del _Cojo_.
-
---Sí; vamos.
-
-Volvieron a subir por una vereda al sitio en donde habían estado la
-tarde anterior. De las cuevas del cerrillo de San Blas salían gateando
-algunos golfos miserables que, asustados al oír ruido de voces, y
-pensando sin duda en alguna batida de la policía, echaban a correr
-desnudos, con los harapos debajo del brazo.
-
-Se acercaron a la cueva del _Cojo_; el _Mariané_ propuso que en castigo
-a no haberles dejado entrar el día anterior, debían hacer un montón de
-hierbas en la entrada de la cueva y pegarle fuego.
-
---No, hombre, eso es una barbaridad--dijo el _Canco_--. El hombre
-alquila su cueva a la _Rubia_ y a la _Chata_, que andan por ahí y tienen
-su parroquia en el cuartel, y no puede menos de respetar sus contratos.
-
---Pues hay que amolarle--repuso el _Mariané_--. Ya veréis. El muchacho
-entró a gatas en la cueva y salió poco después con la pierna de palo del
-_Cojo_ en una mano y en la otra un puchero.
-
---_¡Cojo! ¡Cojo!_--gritó.
-
-A los gritos se presentó el lisiado en la boca de la cueva, apoyándose
-en las manos, andando a rastras, vociferando y blasfemando con furia.
-
---_¡Cojo! ¡Cojo!_--le volvió a gritar el _Mariané_ como quien azuza a un
-perro--. ¡Que se te va la pierna! ¡Que se te escapa el _piri_!--y
-cogiendo la pata de palo y el puchero los tiró por el desmonte abajo.
-
-Echaron todos a correr hacia la ronda de Vallecas. Por encima de los
-altos y hondonadas del barrio del Pacífico, el disco rojo enorme del sol
-brotaba de la tierra y ascendía lento y majestuoso por detrás de unas
-casuchas negras.
-
-
-
-
-CAPÍTULO III
-
-ENCUENTRO CON ROBERTO.--ROBERTO CUENTA EL ORIGEN DE UNA FORTUNA
-FANTÁSTICA.
-
-
-TUVO Manuel que volver a la tahona a pedir trabajo, y allí, gracias a
-que Karl le habló al amo, pasó el muchacho algún tiempo substituyendo a
-un repartidor.
-
-Manuel comprendía que aquello no era definitivo, ni llevaba a ninguna
-parte; pero no sabía qué hacer, ni qué camino seguir.
-
-Cuando se quedó sin jornal, mientras no le faltó para comer, en un figón
-fué viviendo; llegó un día en que se quedó sin un céntimo y recurrió al
-cuartel de María Cristina.
-
-Dos o tres días aguardaba entre la fila de mendigos a que sacasen el
-rancho, cuando vió a Roberto que entraba en el cuartel. Por no perder la
-vez no se acercó, pero, después de comer, le esperó hasta que le vió
-salir.
-
---¡Don Roberto!--gritó Manuel.
-
-El estudiante se puso muy pálido; luego se tranquilizó al ver a Manuel.
-
---¿Qué haces aquí?--dijo.
-
---Pues, ya ve usted, aquí vengo a comer; no encuentro trabajo.
-
---¡Ah! ¿Vienes a comer aquí?
-
---Sí, señor.
-
---Pues yo vengo a lo mismo--murmuró Roberto, riéndose.
-
---¿Usted?
-
---Sí; el destino que tenía me lo quitaron.
-
---¿Y qué hace usted ahora?
-
---Estoy en un periódico trabajando y esperando a que haya una plaza
-vacante. En el cuartel me he hecho amigo de un escultor que viene a
-comer también aquí y vivimos los dos en una guardilla. Yo me río de
-estas cosas, porque tengo el convencimiento de que he de ser rico, y,
-cuando lo sea, recordaré con gusto mis apuros.
-
---Ya empieza a desbarrar--pensó Manuel.
-
---¿Es que tú no estás convencido de que yo voy a ser rico?
-
---Sí; ¡ya lo creo!
-
---¿Adónde vas?--preguntó Roberto.
-
---A ninguna parte.
-
---Pasearemos.
-
---Vamos.
-
-Bajaron a la calle de Alfonso XII y entraron en el Retiro; llegaron
-hasta el final del paseo de coches, y allí se sentaron en un banco.
-
---Por aquí andaremos nosotros en carruaje cuando yo sea millonario--dijo
-Roberto.
-
---Usted...; lo que es yo--replicó Manuel.
-
---Tú también. ¿Te crees tú que te voy a dejar comer en el cuartel cuando
-tenga millones?
-
---La verdad es que estará chiflado, pero tiene buen corazón--pensó
-Manuel--; luego añadió:--¿Han adelantado mucho sus cosas?
-
---No, mucho, no; todavía la cuestión está embrollada; pero ya se
-aclarará.
-
---¿Sabe usted que el titiritero aquel del fonógrafo--dijo Manuel--vino
-con una mujer que se llamaba Rosa? Yo fuí a buscarle a usted para ver si
-era la que usted decía.
-
---No. Esta que yo buscaba ha muerto
-
---¿Entonces el asunto de usted se habrá aclarado?
-
---Sí; pero me falta dinero. Don Telmo me prestaba diez mil duros, a
-condición de cederle, en el caso de ganar, la mitad de la fortuna al
-entrar en posesión de ella, y no he aceptado.
-
---Qué disparate.
-
---Quería, además, que me casase con su sobrina.
-
---¿Y usted no ha querido?
-
---No.
-
---Pues es guapa.
-
---Sí; pero no me gusta.
-
---¿Qué? ¿Se acuerda usted todavía de la chica de la Baronesa?
-
---¡No me he de acordar! La he visto. Está preciosa.
-
---Sí; es bonita.
-
---¡Bonita sólo! No blasfemes. Desde que la vi, me he decidido. O va uno
-al fondo o arriba.
-
---Se expone usted a quedarse sin nada.
-
---Ya lo sé; no me importa. O todo o nada.
-
-Los Hasting han tenido siempre voluntad y decisión para las cosas. El
-ejemplo de un pariente mío me alienta. Es un caso de terquedad,
-tonificador. Verás.
-
-Mi tío, el hermano de mi abuelo, estuvo en Londres en una casa de
-comercio; supo por un marino que en una isla del Pacífico habían sacado
-una vez una caja llena de plata, que suponían sería de un barco que
-había salido del Perú para Filipinas. Mi tío logró saber el punto fijo
-en donde había naufragado el barco, e, inmediatamente, dejó su empleo y
-se fué a Filipinas. Fletó un barquito, llegó al punto señalado, un peñón
-del archipiélago de Magallanes, sondaron en distintas partes y no
-llegaron a sacar, después de grandes trabajos, mas que unas cuantas
-cajas rotas, en donde no quedaban huellas de nada. Cuando los víveres se
-acabaron tuvieron que volver, y mi tío llegó sin un cuarto a Manila, y
-se metió de empleado en una casa de comercio. Al año de esto, un yanqui
-le propuso buscar el tesoro juntos, y mi tío aceptó, con la condición de
-que partirían entre los dos las ganancias. En este segundo viaje sacaron
-dos cajas pesadísimas y grandes, una llena de lingotes de plata, la otra
-con onzas mejicanas. El yanqui y mi tío se repartieron el dinero, y a
-cada uno le tocó más de cien mil duros; pero mi tío, que era terco,
-volvió al lugar del naufragio, y entonces ya debió de encontrar el
-tesoro, porque llegó a Inglaterra con una fortuna colosal. Hoy los
-Hasting, que viven en Inglaterra, siguen siendo millonarios. ¿No te
-acuerdas de Fanny, la que vino a la taberna de las Injurias con
-nosotros?
-
---Sí.
-
---Pues es de los Hasting ricos de Inglaterra.
-
---¿Y usted por qué no les pide algún dinero?--preguntó Manuel.
-
---No, nunca, aunque me muriera de hambre, y eso que ellos se han
-prestado muchas veces a favorecerme. Antes de venir a Madrid estuve
-viajando por casi todas partes del mundo en un yate del hermano de
-Fanny.
-
---¿Y esa fortuna que usted piensa encontrar está también en alguna
-isla?--dijo Manuel.
-
---Me parece que eres de los que no tienen fe--contestó Roberto--. Antes
-de que cantara el gallo me negarías tres veces.
-
---No; yo no conozco sus asuntos; pero si usted me necesitara a mí, yo le
-serviría con mucho gusto.
-
---Pero dudas de mi estrella, y haces mal; te figuras que estoy chiflado.
-
---No, no, señor.
-
---¡Bah! Tú te crees que esa fortuna que yo tengo que heredar es una
-filfa.
-
---Yo no sé.
-
---Pues, no; la fortuna existe. ¿Tú te acuerdas una vez que hablaba con
-don Telmo delante de ti de cómo había estado en casa de un
-encuadernador, y la conversación que tuve con él?
-
---Sí, señor; me acuerdo.
-
-Pues bien; aquella conversación fué para mí la base de las indagaciones
-que he hecho después; no te contaré yo cómo he ido recogiendo datos y
-más datos, poco a poco, porque esto te resultaría pesado; te mostraré
-escuetamente la cuestión.
-
-Al concluir esto, Roberto se levantó del banco en donde estaban
-sentados, y dijo a Manuel:
-
---Vamos de aquí. Aquel señor anda rondándonos; trata de oír nuestra
-conversación.
-
-Manuel se levantó convencido de la chifladura de Roberto; pasaron por
-delante del Ángel Caído, llegaron cerca del Observatorio Meteorológico,
-y de allí salieron a unos cerrillos que están frente al Pacífico y al
-barrio de Doña Carlota.
-
---Aquí se puede hablar--murmuró Roberto--. Si viene alguno, avísame.
-
---No tenga usted cuidado--respondió Manuel.
-
---Pues como te decía, esa conversación fué la base de una fortuna que
-pronto me pertenecerá; pero mira si será uno torpe y lo mal que se ven
-las cosas cuando están al lado de uno. Hasta pasado lo menos un año de
-la conversación no empecé yo a hacer gestiones. Las primeras las hice
-hace dos años. Un día de Carnaval se me ocurrió la idea. Yo daba
-lecciones de inglés y estudiaba en la Universidad; con el poco dinero
-que ganaba tenía que enviar parte a mi madre, y parte me servía para
-vivir y para las matrículas. Este día de Carnaval, un martes, lo
-recuerdo, no tenía mas que tres pesetas en el bolsillo; llevaba tanto
-tiempo trabajando sin distraerme un momento, que dije:--Nada, hoy voy a
-hacer una calaverada; me voy a disfrazar. Efectivamente, en la calle de
-San Marcos alquilé un dominó y un antifaz por tres pesetas, y me eché a
-la calle, sin un céntimo en el bolsillo. Comencé a bajar hacia la
-Castellana, y al llegar a la Cibeles me pregunté a mí mismo, extrañado:
-¿Para qué habré hecho yo la necedad de gastar el poco dinero que tenía
-en disfrazarme cuando no conozco a nadie?
-
-Quise volver hacia arriba a abandonar mi disfraz; pero había tanta
-gente, que tuve que seguir con la marea. No sé si te habrás fijado en lo
-solo que se encuentra uno esos días de Carnaval entre las oleadas de la
-multitud. Esa soledad entre la muchedumbre es mucho mayor que la soledad
-en el bosque. Esto me hizo pensar en las mil torpezas que uno comete: en
-la esterilidad de mi vida.--Me voy a consumir--me dije--en una actividad
-de ratoncillo; voy a terminar en ser un profesor, una especie de
-institutriz inglesa. No; eso nunca. Hay que buscar una ocasión y un fin
-para emanciparse de esta existencia mezquina, y si no lanzarse a la vida
-trágica. Pensé también en que era muy posible que la ocasión hubiese
-pasado ante mí sin que yo supiese aprovecharme de ella, y de pronto
-recordé la conversación con el encuadernador. Me decidí a enterarme,
-hasta ver la cosa claramente, sin esperanza ninguna, sólo como una
-gimnasia de la voluntad.--Se necesita más voluntad--me dije--para
-vencer los detalles que aparecen a cada instante que no para hacer un
-gran sacrificio o para tener un momento de abnegación. Los momentos
-sublimes, los actos heroicos, son más bien actos de exaltación de la
-inteligencia que de voluntad; yo me he sentido siempre capaz de hacer
-una gran cosa, de tomar una trinchera, de defender una barricada, de ir
-al Polo Norte; pero ¿sería capaz de llevar a cabo una obra diaria, de
-pequeñas molestias y de fastidios cotidianos? Sí, me dije a mí mismo, y
-decidido me metí entre las máscaras, y volví a Madrid mientras los demás
-alborotaban.
-
---¿Y desde entonces trabajó usted?
-
---Desde entonces, con una constancia rabiosa. El encuadernador no quería
-darme ningún dato; me instalé en la Casa de Canónigos, pedí el libro de
-Turnos, y allí un día y otro estuve revisando listas y listas, hasta que
-encontré la fecha del proceso; de aquí me fuí a las Salesas, di con el
-archivo, y un mes entero pasé allá en una guardilla abriendo legajos,
-hasta que pude ver los autos. Luego tuve que sacar fes de bautismo,
-buscar recomendaciones para un obispo, andar, correr, intrigar, ir de un
-lado a otro, hasta que la cuestión comenzó a aclararse, y con mis
-documentos en regla hice mi reclamación en Londres. He plantado durante
-estos dos años los cimientos para levantar la torre a la que he de
-subir.
-
---¿Y está usted seguro que los cimientos son sólidos?
-
---¡Oh, son los hechos! Aquí están--y Roberto sacó un papel doblado del
-bolsillo--. Es el árbol genealógico de mi familia. Este círculo rojo es
-don Fermín Núñez de Letona, cura de Labraz, que va a Venezuela, a fines
-del siglo XVIII. Hace, no se sabe cómo, una inmensa fortuna, y vuelve a
-España en la época de Trafalgar. En la travesía, un barco inglés aborda
-al español en donde viene el cura, y a éste y a los demás pasajeros los
-apresan y los llevan a Inglaterra. Don Fermín reclama su fortuna al
-Gobierno inglés, se la devuelven, y la coloca en el Banco de Londres, y
-viene a España en la época de la guerra de la Independencia. Como en
-aquellos tiempos el dinero no estaba muy seguro en España, don Fermín
-deja su fortuna en el Banco de Londres, y una de las veces que trata de
-retirar una cantidad grande para comprar propiedades, va a Inglaterra
-con la sobrina de un primo suyo y único pariente, llamado Juan Antonio.
-Esta sobrina--y Roberto señaló un círculo en el papel--se casa con un
-señorito irlandés, Bandon, y muere a los tres años de casada. El cura
-don Fermín decide volver a España, y manda girar su fortuna al Banco de
-San Fernando, y antes de que se haga el giro don Fermín muere. Bandon,
-el irlandés, presenta un testamento en que el cura deja como heredera
-universal a su sobrina, y además prueba que tuvo un hijo de su mujer,
-que murió después de bautizado. El primo de don Fermín, Juan Antonio, el
-de Labraz, le pone pleito a Bandon, y el pleito dura cerca de veinte
-años, y muere Juan Antonio, y el irlandés puede recoger una parte de la
-herencia.
-
-La otra hija de Juan Antonio se casa con un primo suyo, comerciante de
-Haro, y tiene tres hijos, dos varones y una hembra. Esta se mete monja,
-uno de los varones muere en la guerra carlista y el otro entra en un
-comercio y se va a América.
-
-Este, Juan Manuel Núñez, hace una fortuna regular, se casa con una
-criolla y tiene dos hijas: Augusta y Margarita. Augusta, la menor, se
-casa con mi padre, Ricardo Hasting, que era un calavera que se escapó
-de su casa, y Margarita, con un militar, el coronel Buenavida. Vienen
-todos a España en muy buena posición, mi padre se mete en negocios
-ruinosos, y ya arruinado, no sé por dónde averigua que la fortuna del
-cura Núñez de Letona está a disposición de los herederos; va a
-Inglaterra, hace su reclamación, le exigen documentos, saca las fes de
-bautismo de los antepasados de su mujer y se encuentra con que la
-partida de nacimiento del cura don Fermín no se encuentra por ningún
-lado. De pronto, mi padre deja de escribir y pasan años y años, y al
-cabo de más de diez recibimos una carta participándonos que ha muerto en
-Australia.
-
-Margarita, la hermana de mi madre, queda viuda con una hija, se vuelve a
-casar, y el segundo marido resulta un bribón de marca mayor, que la deja
-sin un céntimo. La hija del primer matrimonio, Rosa, sin poder sufrir al
-padrastro, se escapa de casa con un cómico, y no sabe más de ella.
-
-Si has seguido--añadió Roberto--mis explicaciones, habrás visto que no
-quedan más parientes de don Fermín Núñez de Letona que mis hermanas y
-yo, porque la hija de Margarita, Rosa Núñez, ha muerto.
-
-Ahora, la cuestión está en probar este parentesco, y ese parentesco está
-probado; tengo las partidas de bautismo que acreditan que descendemos en
-línea directa de Juan Antonio, el hermano de Fermín. Pero ¿por qué no
-aparece el nombre de Fermín Núñez de Letona en el libro parroquial de
-Labraz? Eso es lo que a mí me preocupó y eso es lo que he resuelto.
-Bandon el irlandés, cuando murió su contrincante Juan Antonio, envió a
-España un agente llamado Shaphter, y éste hizo desaparecer la fe de
-bautismo de don Fermín. ¿Cómo? Aun no lo sé. Mientras tanto, yo sigo en
-Londres la reclamación, sólo para mantener la causa en estado de
-litigio, y los Hasting son los que llevan el proceso.
-
---¿Y a cuánto asciende esa fortuna?--preguntó Manuel.
-
---Entre el capital y los intereses, a un millón de libras esterlinas.
-
---¿Y es mucho eso?
-
---Sin el cambio, unos cien millones de reales; con el cambio, ciento
-treinta.
-
-Manuel se echó a reír.
-
---¿Para usted solo?
-
---Para mí y para mis hermanas. Figúrate tú, cuando yo coja esa cantidad,
-lo que van a ser para mí estos cochecitos y estas cosas. Nada.
-
---Y ahora, mientras tanto, no tiene usted una perra.
-
---Así es la vida, hay que esperar, no hay más remedio. Ahora que nadie
-me cree, gozo yo más con el reconocimiento de mi fuerza que gozaré
-después con el éxito. He construído una montaña entera; una niebla
-profunda impide verla; mañana se desgarrará la niebla y el monte
-aparecerá erguido, con las cumbres cubiertas de nieve.
-
-Manuel encontraba necio estar hablando de tanta grandeza cuando ni uno
-ni otro tenían para comer, y, pretextando una ocupación, se despidió de
-Roberto.
-
-
-
-
-CAPÍTULO IV
-
-DOLORES LA «ESCANDALOSA».--LAS ENGAÑIFAS DEL «PASTIRI».--DULCE
-SALVAJISMO.--UN MODESTO ROBO EN DESPOBLADO.
-
-
-DESPUÉS de una semana pasada al sereno, un día Manuel se decidió a
-reunirse con Vidal y el _Bizco_ y a lanzarse a la vida maleante.
-
-Preguntó por sus amigos en los ventorros de la carretera de Andalucía,
-en la Llorosa, en las Injurias, y un compinche del _Bizco_, que se
-llamaba el _Chungui_, le dijo que el _Bizco_ paraba en las Cambroneras,
-en casa de una mujer ladrona de fama, conocida por Dolores la
-_Escandalosa_.
-
-Fué Manuel a las Cambroneras, preguntó por la Dolores y le indicaron una
-puerta en un patio habitado por gitanos.
-
-Llamó Manuel, pero la Dolores no quiso abrir la puerta; luego, con las
-explicaciones que le dió el muchacho, le dejó entrar.
-
-La casa de la _Escandalosa_ consistía en un cuarto de unos tres metros
-en cuadro; en el fondo se veía una cama, donde dormía vestido el
-_Bizco_; a un lado, una especie de hornacina con su chimenea y un fogón
-pequeño. Además, ocupaban el cuarto una mesa, un baúl, un vasar blanco
-con platos y pucheros de barro y una palomilla de pino con un quinqué de
-petróleo encima.
-
-La Dolores era una mujer de cincuenta años próximamente; vestía traje
-negro, un pañuelo rojo atado como una venda a la frente, y otro, de
-color obscuro, por encima.
-
-Llamó Manuel al _Bizco_, y, cuando éste se despertó, le preguntó por
-Vidal.
-
---Ahora vendrá--dijo el _Bizco_; luego, dirigiéndose a la vieja,
-gritó--: Tráeme las botas, tú.
-
-La Dolores no hizo pronto el mandado, y el _Bizco_, por alarde, para
-demostrar el dominio que tenía sobre ella, le dió una bofetada.
-
-La mujer no chistó; Manuel miró al _Bizco_ fríamente, con disgusto; el
-otro desvió la vista de un modo huraño.
-
---¿Quieres almorzar?--le preguntó el _Bizco_ a Manuel cuando se hubo
-levantado.
-
---Si das algo bueno...
-
-La Dolores sacó la sartén del fuego llena de pedazos de carne y de
-patatas.
-
---No os tratáis poco bien--murmuró Manuel, a quien el hambre hacía
-profundamente cínico.
-
---Nos dan fiado en la casquería--dijo la Dolores, para explicar la
-abundancia de carne.
-
---¡Si tú y yo no afanáramos por ahí--saltó el _Bizco_, dirigiéndose a la
-vieja--, lo que comiéramos nosotros!
-
-La mujer sonrió modestamente. Acabaron con el almuerzo, y la Dolores
-sacó una botella de vino.
-
---Esta mujer--dijo el _Bizco_--, ahí donde la ves, no hay otra como
-ella. Enséñale lo que tenemos en el rincón.
-
---Ahora, no, hombre.
-
---¿Por qué no?
-
---¿Si viene alguno?
-
---Echo el cerrojo.
-
---Bueno.
-
-Cerró la puerta el _Bizco_, la Dolores empujó la cama al centro del
-cuarto, se acercó a la pared, despegó un trozo de tela rebozado de cal,
-de una vara en cuadro, y apareció un boquete lleno de cintas, cordones,
-puntillas y otros objetos de pasamanería.
-
---¿Eh?--dijo el _Bizco_--; pues todo esto lo ha afanado ella.
-
---Aquí debéis tener mucho dinero.
-
---Sí; algo hay--contestó la Dolores--. Luego, dejó caer el trozo de tela
-que tapaba la excavación de la pared, lo sujetó y colocó delante la
-cama. El _Bizco_ descorrió el cerrojo. Al poco rato llamaban en la
-puerta.
-
---Debe ser Vidal--dijo el _Bizco_, y añadió en voz baja, dirigiéndose a
-Manuel--: Oye, tú, a éste no le digas nada.
-
-Entró Vidal con su aire desenvuelto, celebró la llegada de Manuel, y los
-tres camaradas salieron a la calle.
-
---¿Vais a barbear por ahí?--preguntó la vieja.
-
---Sí.
-
---A ver si no vienes tarde, ¿eh?--añadió la Dolores, dirigiéndose al
-_Bizco_.
-
-Este no se dignó contestar a la recomendación.
-
-Salieron los tres a la glorieta del puente de Toledo; allí cerca tomaron
-una copa, en el cajón del _Garatusa_, un licenciado de presidio,
-protector de descuideros, no sin interés y su cuenta, y luego, por el
-paseo de los Ocho Hilos, salieron a la ronda de Toledo.
-
-Como domingo, los alrededores del Rastro rebosaban gente.
-
-A lo largo de la tapia de las grandiosas Américas, en el espacio
-comprendido entre el Matadero y la Escuela de Veterinaria, una larga
-fila de vendedores ambulantes establecía sus reales.
-
-Había algunos de éstos con trazas de mendigos, inmóviles, somnolientos,
-apoyados en la pared, contemplando con indiferencia sus géneros: cuadros
-viejos, cromos nuevos, libros, cosas inútiles, desportilladas, sucias,
-convencidos de que nadie mercaría lo que ellos mostraban al público.
-Otros gesticulaban, discutían con los compradores; algunas viejas
-horribles y atezadas, con sombreros de paja grandes en la cabeza, las
-manos negras, los brazos en jarra, la desvergüenza pronta a surgir del
-labio, chillaban como cotorras.
-
-Las gitanas de trajes abigarrados peinaban al sol a las gitanillas
-morenuchas y a los _churumbeles_ de pelo negro y ojos grandes; una
-porción de vagos discurría gravemente; pordioseros envueltos en harapos,
-lisiados, lacrosos, clamaban, cantaban, se lamentaban, y el público
-dominguero, buscador de gangas, iba y venía, deteniéndose en este
-puesto, preguntando, husmeando, y la gente pasaba, con el rostro
-inyectado por el calor del sol, un sol de primavera que cegaba al
-reflejar la blancura de creta de la tierra polvorienta, y brillaba y
-centelleaba con reflejos mil en los espejos rotos y en los cachivaches
-de metal, tirados y amontonados en el suelo. Y para aumentar aquella
-baraúnda turbadora de voces y de gritos, dos organillos llenaban el aire
-con el campanilleo alegre de sus notas, mezcladas y entrecruzadas.
-
-Manuel, el _Bizco_ y Vidal subieron a la cabecera del Rastro y volvieron
-a bajar. En la puerta de las Américas se encontraron con el _Pastiri_,
-que andaba husmeando por allí.
-
-Al ver a Manuel y a los otros dos, el de las tres cartas se les acercó y
-les dijo:
-
---¿Vamos a tomar unas tintas?
-
---Vamos.
-
-Entraron en una tasca de la Ronda. El _Pastiri_ aquel día estaba solo,
-porque su compañero se había marchado a El Escorial, y como no tenía
-quien le hiciera el paripé en el juego, no sacaba una perra. Si ellos
-tomaban el papel de ganchos, para decidir a los curiosos a jugar, les
-daría una parte en las ganancias.
-
---Pregúntale cuánto--dijo el _Bizco_ a Vidal.
-
---No seas tonto.
-
-El _Pastiri_ explicó la cosa para que la entendiera el _Bizco_; la
-cuestión era apostar y decir en voz alta que ganaban, que él se
-encargaría de meter en ganas de jugar a los espectadores.
-
---Ya, ya sabemos lo que hay que hacer--dijo Vidal.
-
---¿Y aceptáis la _combi_?
-
---Sí, hombre.
-
-Repartió el _Pastiri_ tres pesetas por barba, y salieron los cuatro de
-la taberna, atravesaron la Ronda y se metieron en el Rastro.
-
-A veces se paraba el _Pastiri_, creyendo tener algún tonto a la vista;
-el _Bizco_ o Manuel apuntaban; pero el que parecía tonto sonreía al
-notar la celada, o pasaba indiferente, acostumbrado a presenciar aquella
-clase de timos.
-
-De pronto vió venir el _Pastiri_ un grupo de paletos con sombrero ancho
-y calzón corto.
-
---_Aluspiar_, que ahí vienen unos pardillos, y puede caer algo--dijo, y
-se plantó delante de los paletos con su tablita y sus cartas, y comenzó
-el juego.
-
-El _Bizco_ apuntó dos pesetas y ganó; Manuel hizo lo mismo, y ganó
-también.
-
---Este hombre es un primo--dijo Vidal, en voz alta, y dirigiéndose al
-grupo de los campesinos--. Pero ¿han visto ustedes el dinero que está
-perdiendo?--añadió--. Aquel militar le ha ganado seis duros.
-
-Uno de los paletos se acercó al oír esto, y viendo que Manuel y el
-_Bizco_ ganaban, apostó una peseta y ganó. Los compañeros del paleto le
-aconsejaron que se retirara con su ganancia; pero la codicia pudo más en
-él, y, volviendo, apostó dos pesetas y las perdió.
-
-Vidal puso entonces un duro.
-
---Un machacante--dijo, dando con la moneda en el suelo--. Acertó la
-carta y ganó.
-
-El _Pastiri_ hizo un gesto de fastidio.
-
-Apostó el paleto otro duro y lo perdió; miró angustiado a sus paisanos,
-sacó otro duro y lo volvió a perder.
-
-En aquel momento se acercó un guardia y se disolvió el grupo; al ver el
-movimiento de fuga del _Pastiri_, el paleto quiso sujetarle, agarrándole
-de la americana; pero el hombre dió un tirón y se escabulló por entre la
-gente.
-
-Manuel, Vidal y el _Bizco_ salieron por la plaza del Rastro a la calle
-de Embajadores.
-
-El _Bizco_ tenía cuatro pesetas, Manuel seis y Vidal catorce.
-
---¿Y qué le vamos a devolver a ése?--preguntó el _Bizco_.
-
---¿Devolver? Nada--contestó Vidal.
-
---Le vamos a _apandar_ la ganancia del año--dijo Manuel.
-
---Bueno; que lo maten--replicó Vidal--. _Pa_ chasco que nos fuéramos
-nosotros de rositas.
-
-Era hora de almorzar, discutieron adónde irían, y Vidal dispuso que ya
-que se encontraban en la calle de Embajadores, la Sociedad de los Tres
-en pleno siguiera hacia abajo hasta el merendero de la Manigua.
-
-Se tuvo en cuenta la indicación, y los socios pasaron toda la tarde del
-domingo hechos unos príncipes; Vidal estuvo espléndido, gastando el
-dinero del _Pastiri_, convidando a unas chicas y bailando a lo chulo.
-
-A Manuel no le pareció tan mal el comienzo de la vida de golfería. De
-noche, los tres socios, un poco cargados de vino, subieron por la calle
-de Embajadores, tomando después por la vía de circunvalación.
-
---¿Adónde iré yo a dormir?--preguntó Manuel.
-
---Ven a mi casa--le contestó Vidal.
-
-Al acercarse a Casa Blanca, se separó el _Bizco_.
-
---Gracias a Dios que se va ese tío--murmuró Vidal.
-
---¿Estás reñido con él?
-
---Es un tío bestia. Vive con la _Escandalosa_, que es una vieja zorra;
-es verdad que tiene lo menos sesenta años y gasta lo que roba con sus
-queridos; pero bueno, le alimenta y él debía considerarla; pues nada,
-anda siempre con ella a puntapiés y a puñetazos y la pincha con el
-puñal, y hasta una vez ha calentado un hierro y la ha querido quemar.
-Bueno que la quite el dinero; pero eso de quemarla, ¿para qué?
-
-Llegaron a Casa Blanca, que era como una aldea pobre, de una calle sola;
-Vidal abrió con su llave una puerta, encendió un fósforo y subieron los
-dos a un cuarto estrecho con un colchón puesto sobre los ladrillos.
-
---Te tendrás que echar en el suelo--dijo Vidal--. Esta cama es la de mi
-chica.
-
---Bueno.
-
---Toma esto para la cabeza--y le arrojó una falda de mujer arrebuñada.
-
-Manuel apoyó allí la cabeza y quedó dormido. Se despertó a la madrugada.
-Se incorporó y se sentó en el suelo sin darse cuenta de dónde podía
-encontrarse. Entraba pálida claridad de un ventanuco. Vidal, tendido en
-el colchón, roncaba: a su lado dormía una muchacha, respirando con la
-boca abierta; grandes chafarrinones de pintura le surcaban las mejillas.
-
-Manuel sentía el malestar de haber bebido demasiado el día anterior y un
-profundo abatimiento. Pensó seriamente en su vida:
-
---Yo no sirvo para esto--se dijo--; ni soy un salvaje como el _Bizco_,
-ni un desahogado como Vidal. ¿Y qué hacer?
-
-Ideó mil cosas, la mayoría irrealizables; imaginó proyectos complicados.
-En el interior luchaban obscuramente la tendencia de su madre, de
-respeto a todo lo establecido, con su instinto antisocial de vagabundo,
-aumentado por su clase de vida.
-
---Vidal y el _Bizco_--se dijo--son más afortunados que yo; no tienen
-vacilaciones ni reparos; se han lanzado...
-
-Pensó que al final podían encontrar el palo o el presidio; pero mientras
-tanto no sufrían; el uno por bestialidad, el otro por pereza, se
-abandonaban con tranquilidad a la corriente...
-
- * * * * *
-
-A pesar de sus escrúpulos y remordimientos, el verano lo pasó Manuel
-protegido por el _Bizco_ y Vidal, viviendo en Casa Blanca con su primo y
-la querida de éste, una muchachuela vendedora de periódicos y buscona al
-mismo tiempo.
-
-La Sociedad de los Tres funcionó por las afueras y las Ventas, la
-Prosperidad y el barrio de Doña Carlota, el puente de Vallecas y los
-Cuatro Caminos; y si la existencia de esa Sociedad no llegó a
-sospecharse ni a pasar a los anales del crimen, fué porque sus fechorías
-se redujeron a modestos robos de los llamados por los profesionales al
-descuido.
-
-No se contentaban los tres socios con espigar en las afueras de Madrid:
-extendían su radio de acción a los pueblos próximos y a todos los sitios
-en general en donde se reuniera alguna gente.
-
-Los mercados y las plazuelas eran lugares de prueba, porque el
-_descuido_ podía ser de mayor cantidad, pero, en cambio, la policía
-andaba ojo avizor.
-
-En general, los puntos más explotados por ellos eran los lavaderos.
-
-Vidal, con su genuina listeza, convenció al _Bizco_ de que él era quien
-poseía más condiciones para el afano; el otro, por vanidad, se lanzaba
-siempre a lo más peligroso, el coger la prenda, mientras Vidal y Manuel
-estaban a la husma.
-
-Solía decir Vidal a Manuel, en el momento mismo del robo, cuando el
-_Bizco_ se guardaba debajo de la chaqueta la sábana o la camisa:
-
---Si viene alguno no hagas una seña ni nada. Que lo cojan; nosotros
-callados, hechos unos _púas_, sin movernos; nos preguntan algo, nosotros
-no sabemos nada, ¿eh?
-
---Convenido.
-
-Sábanas, camisas, mantas y otra porción de ropas robadas por ellos las
-pulían en la ropavejería de la Ribera de Curtidores, adonde solía ir de
-visita don Telmo. El amo, encargado o lo que fuese, de la tienda,
-compraba todo lo que le llevaban los randas, a bajo precio.
-
-Vigilaba esta ropavejería de peristas, de las asechanzas de algún
-polizonte torpe (los listos no se ocupaban de estas cosas), un hombre a
-quien llamaban el _Tío Pérquique_. Este hombre se pasaba la vida
-paseándose por delante del establecimiento. Para disimular la guardia
-vendía cordones para las botas y géneros de saldo que le entregaban en
-la ropavejería.
-
-En la primavera este hombre se ponía un gorro blanco de cocinero y
-pregonaba unos pastelillos con una palabra que apenas pronunciaba y que
-se entretenía en cambiar constantemente. Unas veces la palabra parecía
-ser ¡Pérquique! ¡Pérquique!; pero inmediatamente cambiaba el sonido, se
-transformaba en ¡Pérqueque! o en ¡Párquique!, y estas evoluciones
-fonéticas se alargaban hasta el infinito.
-
-El origen de esta palabra Pérquique, que no se encuentra en el
-diccionario, era el siguiente: Los pastelillos rellenos de crema que
-vendía el del gorro blanco los daba al precio de cinco céntimos y los
-voceaba: ¡A perra chica! ¡A perra chica! De vocearlos perezosamente
-suprimió la A primera y convirtió en e las otras dos, transformando su
-grito en ¡Perre chique! ¡Perre chique! Después Perre chique se convirtió
-en Pérquique.
-
-El guardián de la ropavejería, hombre de carácter jovial, tenía la
-especialidad en los pregones, los matizaba artísticamente; iba de las
-notas agudas a las más graves, o al contrario. Comenzaba, por ejemplo,
-en un tono muy alto, gritando:
-
---¡Miren, a real! ¡Miren, a real! ¡Calcetines y medias a real! ¡Miren, a
-real!--Luego bajaba el diapasón, y decía gravemente--: ¡Chalequito de
-Bayona muy bonito!--Y, por último, en voz de bajo profundo, añadía--: ¡A
-cuatro perra _orda_!
-
-El _Tío Pérquique_ conocía la Sociedad de los Tres, y daba al _Bizco_ y
-a Vidal algunos consejos.
-
-Más seguro y mucho más productivo que el trato con los peristas de la
-ropavejería era el procedimiento de Dolores la _Escandalosa_, la cual
-vendía las cintas y encajes robados por ella a buhoneros que pagaban
-bien; pero los socios de la Sociedad de los Tres querían cobrar sus
-dividendos pronto.
-
-Hecha la venta se iban los tres a una taberna del final del paseo de
-Embajadores, esquina al de las Delicias, que llamaban del Pico del
-Pañuelo.
-
-Tenían los socios especial cuidado de no robar en el mismo sitio y de no
-presentarse juntos por aquellos parajes de donde había temor de una
-vigilancia molesta.
-
-Algunos días, muy pocos, que la rapiña no dió resultado, se vieron los
-tres socios obligados a trabajar en el Campillo del Mundo Nuevo,
-esparciendo montones de lana y recogiéndola, después de aireada y seca,
-con unos rastrillos.
-
-Otro de los medios de subsistencia de la Sociedad era la caza del gato.
-El _Bizco_, que no atesoraba ningún talento, su cabeza, según frase de
-Vidal, era un melón salado, poseía, en cambio, uno grandísimo para coger
-gatos. Con un saco y una vara se las arreglaba admirablemente. Bicho que
-veía, a los pocos instantes había caído.
-
-Los socios no distinguían de gato flaco o tísico, ni de gata embarazada;
-todos los que caían se devoraban con idéntico apetito. Se vendían las
-pieles en el Rastro; el tabernero del Pico del Pañuelo fiaba el vino y
-el pan, cuando no había fondos con qué pagarlos, y la Sociedad se
-entregaba al sardanapalesco festín...
-
-Una tarde de agosto, Vidal, que había estado merendando en las Ventas
-con su prójima el día anterior, expuso ante sus socios y compañeros el
-proyecto de asaltar una casa abandonada del camino del Este.
-
-Se discutió el proyecto con seriedad, y al día siguiente, por la tarde,
-fueron los tres a estudiar el terreno.
-
-Era domingo; había novillos en la plaza; pasaban por la calle de Alcalá
-ómnibus y tranvías llenos de bote en bote, manuelas ocupadas por
-mujeronas con mantones de Manila y hombres de aspecto rufianesco.
-
-En los alrededores de la plaza el gentío se amontonaba; de los tranvías
-bajaban grupos de gente que corrían hacia la puerta; los revendedores se
-abalanzaban sobre ellos voceando; brillaban entre la masa negra de la
-multitud los cascos de los guardias a caballo. Del interior de la plaza
-salía un vago rumor, como el de la marea.
-
-Vidal el _Bizco_ y Manuel, lamentándose de no poder entrar allí,
-siguieron adelante, pasaron las Ventas y tomaron el camino de Vicálvaro.
-El viento sur, cálido, ardoroso, blanqueaba de polvo el campo; por la
-carretera pasaban y se cruzaban coches de muerto blancos y negros, de
-hombres y de niños, seguidos de tartanas llenas de gente.
-
-Vidal mostró la casa: hallábase a un lado del camino; parecía
-abandonada; por delante la rodeaba un jardín con su verja; por la parte
-de atrás se extendía un huerto plantado de arbolillos sin hojas, con un
-molino para sacar agua. La tapia del huerto, baja, podía escalarse con
-relativa facilidad; ningún peligro amenazaba; ni vecinos curiosos ni
-perros; la casa más próxima, un taller de marmolista, distaba más de
-trescientos metros.
-
-Desde las cercanías de la casa se divisaba el cementerio del Este,
-rodeado de campos áridos amarillos y lomas yermas; en dirección
-contraria se presentaba la Plaza de Toros, con su bandera flameante, y
-las primeras casas de Madrid; el camino del camposanto se tendía,
-polvoriento, por entre hondonadas y taludes verdes, por entre tejares
-abandonados y lomas con las entrañas de ocre rojo al descubierto.
-
-Cuando examinaron bien las condiciones de la casa, volvieron los tres a
-las Ventas. De noche, se hallaban dispuestos a regresar a Madrid; pero
-Vidal aconsejó el quedarse allá para dar el golpe al amanecer del día
-siguiente. Decidieron esto, y se tendieron en un tejar, en el callejón
-constituído por dos murallas de ladrillos apilados.
-
-El viento, frío, sopló durante toda la noche con violencia. El primero
-que se despertó fué Manuel, y llamó a los otros dos. Salieron del
-callejón formado por los dos muros de ladrillo. Aun era de noche; un
-trozo de luna asomaba de vez en cuando en el cielo por entre las nubes
-obscuras; a veces se ocultaba, a veces parecía descansar en el seno de
-uno de aquellos nubarrones, a los cuales plateaba débilmente.
-
-A lo lejos, sobre Madrid, se cernía una gran claridad, irradiada de las
-luces del pueblo; en el camposanto blanqueaban algunas lápidas
-pálidamente.
-
-El alba teñía con su claridad melancólica el cielo, cuando los tres
-socios se acercaron a la casa.
-
-A Manuel le palpitaba el corazón con fuerza.
-
---¡Ah! Una advertencia--dijo Vidal--: Si por casualidad nos pescaran, no
-hay que echar a correr, sino quedarse dentro de la casa.
-
-El _Bizco_ se echó a reír; Manuel, que comprendía que su primo no
-hablaba por hablar, preguntó:
-
---¿Y por qué?
-
---Porque si nos pescan en la casa es un robo frustrado, y tiene poco
-castigo; en cambio, si nos cogieran huyendo, sería un robo consumado, lo
-que tiene mucha pena. Esto me lo dijeron ayer.
-
---Pues yo escapo si puedo--dijo el _Bizco_.
-
---Haz lo que quieras.
-
-Saltaron la cerca de la casa; Vidal quedó a caballo encima, agachado,
-espiando, por si venía alguno. Manuel y el _Bizco_, a horcajadas, se
-acercaron a la casa y, afianzando el pie en el tejadillo de un
-cobertizo, bajaron a una terraza con un emparrado un tanto más alto que
-la huerta.
-
-A esta galería daban la puerta trasera y los balcones del piso bajo de
-la casa; pero estaban una y otros tan bien cerrados, que era imposible
-abrirlos.
-
---¿No se puede?--preguntó Vidal desde arriba.
-
---No.
-
---Ahí va mi navaja--y Vidal la tiró a la galería.
-
-Manuel intentó con la navaja abrir los balcones; pero no había medio; el
-_Bizco_ se puso a empujar con el hombro la puerta, cedió algo, dejando
-un resquicio, y entonces Manuel introdujo por allí la hoja del cuchillo,
-e hizo correr la lengüeta de la cerradura hasta conseguir abrir la
-puerta. Al momento entraron el _Bizco_ y Manuel.
-
-El piso bajo de la casa constaba de un vestíbulo, desde donde comenzaba
-la escalera de un corredor, y de dos gabinetes con balcón al huerto.
-
-La primera idea de Manuel fué salir al vestíbulo y echar el cerrojo a la
-puerta que daba a la carretera.
-
---Ahora--le dijo al _Bizco_, que quedó admirado de aquel rasgo de
-prudencia--vamos a ver qué hay aquí.
-
-Se pusieron a registrar la casa con tranquilidad, sin apurarse; no había
-nada que valiera tres ochavos. Estaban forzando el armario del comedor,
-cuando, de pronto, oyeron muy cerca los ladridos de un perro, y salieron
-asustados a la galería.
-
---¿Qué hay?--preguntaron a Vidal.
-
---Un condenado perro que se ha puesto a ladrar y va a llamar la atención
-de alguno.
-
---Tírale una piedra.
-
---¿De dónde?
-
---Asústale.
-
---Ladra más.
-
---Baja aquí, si no te van a ver.
-
---Vidal saltó al huerto. El perro, que debía ser un perro moral,
-defensor de la propiedad, siguió ladrando fuerte.
-
---Pero ¡leñe!--dijo Vidal a sus amigos--, ¿no habéis concluído?
-
---¡Si no hay nada!
-
-Entraron los tres llenos de miedo, atortolados, cogieron una servilleta
-y metieron dentro lo que encontraron a mano, un reloj de cobre, un
-candelero de metal blanco, un timbre eléctrico roto, un barómetro de
-mercurio, un imán y un cañón de juguete.
-
-Vidal se subió a la tapia con el lío.
-
---Ahí está--dijo asustado.
-
---¿Quién?
-
---El perro.
-
---Yo bajaré primero--murmuró Manuel--y se puso la navaja en los dientes
-y se dejó caer. El perro, en vez de acercarse, se alejó un poco; pero
-siguió ladrando.
-
-Vidal no se atrevía a saltar la tapia con el lío en la mano y lo echó
-con cuidado sobre unas matas; en la caída no se rompió mas que el
-barómetro, lo demás estaba roto. Saltaron la tapia el _Bizco_ y Vidal, y
-los tres socios echaron a correr a campo traviesa, perseguidos por el
-perro defensor de la propiedad, que ladraba tras de ellos.
-
---¡Qué brutos somos!--exclamó Vidal deteniéndose--. Si nos ve un guardia
-correr así nos coge.
-
---Y si pasamos por el fielato reconocerán lo que llevamos en el lío y
-nos detendrán--añadió Manuel.
-
-La Sociedad se detuvo a deliberar y a tomar acuerdos. Se dejó el botín
-al pie de una tapia. Se tendieron en el suelo.
-
---Por aquí--dijo Vidal--pasan muchos traperos y basureros a La Elipa. Al
-primero que veamos le ofrecemos esto.
-
---Si nos diese tres duros--murmuró el _Bizco_.
-
---Sí, hombre.
-
-Esperaron un rato y no tardó en pasar un trapero con un saco vacío en
-dirección a Madrid. Le llamó Vidal y le propuso la venta.
-
---¿Cuánto nos da usted por estas cosas?
-
-El trapero miró y remiró lo que había en el lío, y después en tono de
-chunga y manera de hablar achulapada preguntó:
-
---¿Dónde habéis _robao_ eso?
-
-Protestaron los tres socios, pero el trapero no hizo caso de sus
-protestas.
-
---No os puedo dar por _to_ más que tres pesetas.
-
---No--contestó Vidal--; para eso nos llevamos el lío.
-
---Bueno. Al primer guardia que encuentre le daré vuestras señas y le
-diré que _sus_ lleváis unas cosas _robás_.
-
---Vengan las tres pesetas--dijo Vidal--; tome _usté_ el lío.
-
-Tomó Vidal el dinero, y el trapero, riéndose, el envoltorio.
-
---Cuando veamos al primer guardia le diremos que lleva usted unas cosas
-_robás_--le gritó Vidal al trapero--. Alteróse éste y empezó a correr
-detrás de los tres.
-
---_¡Esperaisos! ¡Esperaisos!_--gritaba.
-
---¿Qué quiere _usté_?
-
---Dame mis tres pesetas y toma el lío.
-
---No; denos _usté_ un duro y no decimos nada.
-
---Un tiro.
-
---Denos _usté_ aunque no sea mas que dos pesetas.
-
---Ahí tienes una, bribón.
-
-Cogió Vidal la moneda que tiró el trapero, y como no las tenían todas
-consigo, fueron andando de prisa. Cuando llegaron a la casa de la
-Dolores, en las Cambroneras, estaban rendidos, nadando en sudor.
-
-Mandaron traer un frasco de vino de la taberna.
-
---Menuda chapuza hemos hecho, ¡moler!--dijo Vidal.
-
-Después de pagado el frasco les quedaban diez reales; repartidos entre
-los tres les tocaron a ochenta céntimos cada uno. Vidal resumió la
-jornada diciendo que robar en despoblado tenía todos los inconvenientes
-y ninguna de las ventajas, pues, además de exponerse a ir a presidio
-para casi toda la vida y a recibir una paliza y a ser mordido por un
-perro moral, corría uno el riesgo de ser miserablemente engañado.
-
-
-
-
-CAPÍTULO V
-
-VESTALES DEL ARROYO.--LOS TROGLODITAS.
-
-
-NADA. Tenemos que separarnos de ese bruto de _Bizco_. Cada vez le tengo
-más odio y más asco.
-
---¿Por qué?
-
---Porque es un bestia. Que se vaya con esa vieja zorra de la Dolores.
-Nosotros, tú y yo, vamos a ir al teatro todas las noches.
-
---¿Cómo?
-
---Con la _clac_. No tenemos que pagar; lo único que hay que hacer es
-aplaudir cuando nos den la señal.
-
-La condición le pareció a Manuel tan fácil de cumplir, que le preguntó a
-su primo:
-
---Pero oye, ¿cómo no va todo el mundo así?
-
---Todos no conocen como yo al jefe de la _clac_.
-
-Fueron, efectivamente, al teatro de Apolo. Manuel los primeros días no
-hizo mas que pensar en las funciones y en las actrices. Vidal, con la
-superioridad que tenía para todo, aprendió las canciones en seguida;
-Manuel, en secreto, le envidiaba.
-
-En los entreactos iban los de la _clac_ a una taberna de la calle del
-Barquillo, y algunas veces a otra de la plaza del Rey. En esta última
-abundaban los alabarderos del circo de Price.
-
-Casi todos los que formaban la legión de aplaudidores contaban pocos
-años; algunos, en corto número, trabajaban en algún taller; la mayoría,
-golfos y organilleros, terminaban después en comparsas, coristas o
-revendedores.
-
-Había entre ellos tipos afeminados, afeitados, con cara de mujer y voz
-aguda.
-
-A la puerta del teatro conocieron Vidal y Manuel una cuadrilla de
-muchachas, de trece a diez y ocho años, que merodeaban por la calle de
-Alcalá, acercándose a los buenos burgueses, fingiéndose vendedoras de
-periódicos y llevando constantemente un _Heraldo_ en la mano.
-
-Vidal cultivó la amistad de las muchachas; casi todas eran feas, pero
-esto no estorbaba para sus planes, que consistían en ensanchar el radio
-de acción de sus conocimientos.
-
---Hay que dejar las afueras y meterse en el centro--decía Vidal.
-
-Vidal quería que Manuel le secundase, pero éste no tenía aptitudes.
-Vidal llegó a ser el indispensable para cuatro muchachas que vivían
-juntas en Cuatro Caminos, que se llamaban la _Mellá_, la _Goya_, la
-_Rabanitos_ y la Engracia, y que habían formado con Vidal, el _Bizco_ y
-Manuel una Sociedad, aunque anónima.
-
-Las pobres muchachas necesitaban alguna protección; las perseguían los
-polizontes más que a las demás mujeres de la vida porque no pagaban a
-los inspectores. Solían andar huyendo de los guardias y agentes, los
-cuales, cuando había recogida, las llevaban al Gobierno civil, y de aquí
-al convento de las Trinitarias.
-
-La idea de quedar encerradas en el convento producía en ellas un
-verdadero terror.
-
---¡Eso de no ver la _caye_!--decían, como si fuera un tremendo castigo.
-
-Y el abandono de noche, en las calles desamparadas, para otros un motivo
-de horror: el frío, el agua, la nieve, era para ellas la libertad y la
-vida.
-
-Hablaban todas de una manera tosca; decían _veniría_, _saliría_,
-_quedría_; en ellas el lenguaje saltaba hacia atrás en una curiosa
-regresión atávica.
-
-Adornaban sus dichos con una larga serie de frases y muletillas del
-teatro.
-
-Llevaban las cuatro una vida terrible; pasaban la mañana y tarde
-durmiendo y se acostaban al amanecer.
-
---Nosotras somos como los gatos--decía la _Mellá_--, cazamos de noche y
-dormimos de día.
-
-La _Mellá_, la _Goya_, la _Rabanitos_ y la Engracia, solían venir de
-noche al centro de Madrid, acompañadas por un mendigo de barba blanca,
-cara sonriente y boina a rayas.
-
-El viejo venía a pedir limosna, era vecino de las muchachas y éstas le
-llamaban el _Tío Tarrillo_ y le daban broma por las borracheras que
-pescaba. Completamente chocho, le gustaba hablar de lo corrompido de las
-costumbres.
-
-La _Mellá_ contaba que el _Tío Tarrillo_ la quiso forzar al volver a
-casa los dos solos una noche en los jardinillos del Depósito de Agua, y
-la dió a la muchacha tanta risa que no pudo ser.
-
-El mendigo se indignaba al oír esto y perseguía a la indiscreta como un
-viejo fauno.
-
-De las cuatro muchachas la más fea era la _Mellá_; con su cabeza gorda y
-disforme, los ojos negros, la boca grande con los dientes rotos, el
-cuerpo rechoncho, parecía la bufona de una antigua princesa. Había
-estado a punto de entrar de corista en un teatro; pero no pudo, porque,
-a pesar de su buena voz y oído, no pronunciaba con claridad por la falta
-de dientes.
-
-Estaba la _Mellá_ siempre alegre, a todas horas cantando y riendo;
-llevaba una polvera pequeña en el bolsillo del delantal, que en el fondo
-de la tapa tenía un espejo, y mirándose en él a la luz de un farol, se
-enharinaba la cara a cada paso.
-
-La _Mellá_ era cariñosa y de muy buen corazón; a Manuel se le
-atragantaba por demasiado fea; la muchacha quería captarse sus
-simpatías, pero Vidal aconsejó a su primo que no se quedara con ella; le
-convenía más la _Goya_, que sacaba más dinero.
-
-A Manuel no le gustaba la _Mellá_, a pesar de sus arrumacos; pero la
-_Goya_ estaba comprometida con el _Soldadito_, un hombre con oficio,
-según decía ella, porque cuando se ponía a trabajar era pianista de
-manubrio.
-
-Este organillero sacaba los cuartos a la _Goya_, que, como más bonita,
-tenía también más parroquia; el _Soldadito_ la vigilaba, y cuando se iba
-con alguno, la seguía y la esperaba a la salida de la casa de citas para
-sacarle el dinero.
-
-Vidal, de las cuatro, se dignaba proteger a la _Rabanitos_ y a la
-Engracia; las dos se lo disputaban. La _Rabanitos_ parecía una mujer en
-miniatura: una carita blanca con manchas azules alrededor de la nariz y
-de la boca; un cuerpecillo raquítico y delgaducho; labios finos y ojos
-grandes de esclerótica azul; en el vestir una vieja, con su mantoncito
-obscuro y su falda negra: ésta era la _Rabanitos_. Echaba sangre por la
-boca con frecuencia; hablaba con unos remilgos de comadre, haciendo
-gestos y jeribeques, y todo su dinero lo gastaba en mojama, en
-caramelos y en golosinas.
-
-La Engracia, la otra favorita de Vidal, era el tipo de la mujer de
-burdel: llevaba la cara blanca por los polvos de arroz; sus ojos, negros
-y brillantes, tenían una expresión de melancolía puramente animal; al
-hablar enseñaba los dientes azulados, que contrastaban con la blancura
-de su cara empolvada. Pasaba de la alegría al enfado sin transición. No
-sabía sonreír. En su cara aleteaba tan pronto la estupidez como una
-alegría canallesca, insultante y cínica.
-
-La Engracia hablaba poco, y cuando hablaba era para decir algo muy
-bestial y muy sucio, algo de un cinismo y de una pornografía complicada.
-Tenía la imaginación monstruosa y fecunda.
-
-Un imaginero macabro hubiese encontrado algo genial tallando en piedra
-los pensamientos de aquella muchacha en el infierno de una Danza de la
-Muerte.
-
-La Engracia no sabía leer. Vestía blusas vistosas, azules y sonrosadas;
-pañuelo blanco en la cabeza y delantal de color; andaba siempre
-corriendo de un lado a otro, haciendo sonar las monedas del bolsillo.
-Llevaba ocho años de buscona y tenía diez y siete. Se lamentaba de haber
-crecido, porque decía que de niña ganaba más.
-
-Las amistades de Manuel y Vidal con las muchachas duraron un par de
-meses; Manuel no se decidía por la _Mellá_, le resultaba demasiado fea;
-Vidal extendía su radio de acción, copeaba con unos cuantos chulos y se
-dedicaba a la conquista de una florera que vendía claveles.
-
-La Engracia y la _Rabanitos_ tenían un odio feroz a la muchacha.
-
---Esa--decía la _Rabanitos_--, esa está ya tan _deshonrá_ como
-nosotras...
-
-Una noche, Vidal no se presentó en Casa Blanca, y a los dos o tres días
-apareció en la Puerta del Sol con una mujerona alta, vestida de gris.
-
---¿Quién es?--le preguntó Manuel a su primo.
-
---Se llama Violeta; me he quedado con ella.
-
---¿Y la otra, la de Casa Blanca?
-
-Vidal se encogió de hombros.
-
---Quédate tú con ella si quieres--dijo.
-
-La antigua querida de Vidal dejó de aparecer también por Casa Blanca, y
-a las dos semanas de no pagar, el administrador puso a Manuel en la
-calle y vendió el mobiliario: unas cuantas botellas vacías, un puchero y
-una cama.
-
-Manuel durmió durante algunos días en los bancos de la plaza de Oriente
-y en las sillas de la Castellana y Recoletos. Era al final del verano y
-todavía se podía dormir al raso. Algunos céntimos que ganó subiendo
-maletas de las estaciones le permitieron ir viviendo, aunque malamente,
-hasta octubre.
-
-Hubo días en que no comió mas que tronchos de berza cogidos en el suelo
-de los mercados; otros, en cambio, se regaló con banquetes de setenta y
-ochenta céntimos en los figones.
-
-Llegó octubre, y Manuel empezó a helarse por las noches; su hermana
-mayor le proporcionó un gabán raído y una bufanda; pero, a pesar de
-esto, cuando no encontraba sitio donde dormir bajo techado, se moría de
-frío en la calle.
-
-Una noche, a principios de noviembre, Manuel se encontró a la puerta de
-un cafetín de la Cabecera del Rastro con el _Bizco_, que iba encorvado,
-casi desnudo, con los brazos cruzados por delante del pecho, y descalzo;
-tenía un aspecto imponente de miseria y de frío.
-
-Dolores la _Escandalosa_ le había dejado por otro.
-
---¿Dónde podríamos ir a dormir?--le preguntó Manuel.
-
---Vamos a las cuevas de la Montaña--contestó el _Bizco_.
-
---Pero ¿allá se podrá entrar?
-
---Sí; si no hay mucha gente.
-
---Entonces, andando.
-
-Salieron los dos, por Puerta de Moros y la calle de los Mancebos, al
-Viaducto; cruzaron la plaza de Oriente, siguieron la calle de Bailen y
-la de Ferraz, y, al llegar a la Montaña del Príncipe Pío, subieron por
-una vereda estrecha, entre pinos recién plantados.
-
-A obscuras anduvieron el _Bizco_ y Manuel de un lado a otro, explorando
-los huecos de la Montaña, hasta que una línea de luz que brotaba de una
-rendija de la tierra les indicó una de las cuevas.
-
-Se acercaron al agujero; salía del interior un murmullo interrumpido de
-voces roncas.
-
-A la claridad vacilante de una bujía, sujeta en el suelo entre dos
-piedras, más de una docena de golfos, sentados unos, otros de rodillas,
-formaban un corro jugando a las cartas. En los rincones se esbozaban
-vagas siluetas de hombres tendidos en la arena.
-
-Un vaho pestilente se exhalaba del interior del agujero.
-
-Temblaba la llama, iluminando a ratos, ya un trozo de la cueva, ya la
-cara pálida de uno de los jugadores, y, al parpadear de la luz, las
-sombras de los hombres se alargaban y se achicaban en las paredes
-arenosas. De cuando en cuando se oía una maldición o una blasfemia.
-
-Manuel pensó haber visto algo parecido en la pesadilla de una fiebre.
-
---Yo no entro--le dijo al _Bizco_.
-
---¿Por qué?--preguntó éste.
-
---Prefiero helarme.
-
---Haz lo que quieras. Yo conozco a uno de esos. Es el _Intérprete_.
-
---¿Y quién es el _Intérprete_?
-
---El capitán de los golfos de la Montaña.
-
-A pesar de estas seguridades, Manuel no se decidió.
-
---¿Quién está ahí?--se oyó que preguntaban de dentro.
-
---Yo--contestó el _Bizco_.
-
-Manuel se alejó de allá a todo correr. Cerca de la cueva había dos o
-tres casuchas reunidas, con un corral en medio, cercada por una tapia de
-pedruscos.
-
-Era aquello, según el nombre irónico puesto por la golfería, el Palacio
-de Cristal, nido de palomas torcaces de bajo vuelo que garfaban en el
-cuartel de la montaña, y a las cuales, por la noche, acompañaban
-gavilanes y gerifaltes amigos.
-
-El paso del corral estaba cerrado por una puerta de dos hojas.
-
-Manuel la examinó por ver si cedía, pero era fuerte, y blindada con
-latas extendidas y claveteadas sobre esteras.
-
-Pensó que allí no habría nadie, e intentó saltar la tapia; subió sobre
-el muro bajo de cascote y, al ir a pasar, se enredó en un alambre, cayó
-una piedra de la cerca al suelo, comenzó a ladrar un perro con furia y
-se oyó de dentro una maldición.
-
-Manuel pudo convencerse de que el nido no estaba vacío, y huyó de allá.
-En un hueco, algo resguardado de la lluvia, se metió y se acurrucó a
-dormir.
-
-Era de noche aún cuando se despertó tiritando de frío, temblando de la
-cabeza a los pies. Echó a correr para entrar en reacción; llegó al
-paseo de Rosales y dió varias vueltas arriba y abajo.
-
-La noche se le hizo eterna.
-
-Dejó de llover; a la mañana salió el sol; en un agujero abierto en la
-pendiente del terraplén, Manuel se guareció. El sol comenzaba a calentar
-de una manera deliciosa. Manuel soñó con una mujer muy blanca y muy
-hermosa, con unos cabellos de oro. Se acercó a la dama, muerto de frío,
-y ella le envolvió con sus hebras doradas y él se fué quedando en su
-regazo agazapado dulcemente, muy dulcemente...
-
-
-
-
-CAPÍTULO VI
-
-EL SEÑOR CUSTODIO Y SU HACIENDA.--A LA BUSCA.
-
-
-... Y dormía con el más dulce de los sueños, cuando una voz áspera le
-trajo a las amargas e impuras realidades de la existencia.
-
---¿Qué haces ahí, golfo?--le dijeron.
-
---¡Yo!--murmuró Manuel, abriendo los ojos y contemplando a quien le
-hablaba--. Yo no hago nada.
-
---Sí; ya lo veo; ya lo veo.
-
-Manuel se incorporó; tenía ante sí un viejo de barba entrecana y mirada
-adusta, con un saco al hombro y un gancho en la mano. Llevaba el viejo
-una gorra de piel, una especie de gabán amarillento y una bufanda rojiza
-arrollada al cuello.
-
---¿Es que no tienes casa?--preguntó el hombre.
-
---No, señor.
-
---¿Y duermes al aire libre?
-
---Como no tengo casa...
-
-El trapero se puso a escarbar en el suelo, sacó algunos trapos y
-papeles, los guardó en el saco y, volviendo a mirar a Manuel, añadió:
-
---Más te valdría trabajar.
-
---Si tuviera trabajo, trabajaría; pero como no tengo... a ver...--y
-Manuel, harto de palabras inútiles, se acurrucó para seguir durmiendo.
-
---Mira...--dijo el trapero--ven conmigo. Yo necesito un chico... te dará
-de comer.
-
-Manuel miró al viejo, sin contestar nada.
-
---Conque ¿quieres o no? Anda, decídete.
-
-Manuel se levantó perezosamente. El trapero subió la cuesta del
-terraplén con el saco al hombro, hasta llegar a la calle de Rosales, en
-donde tenía un carrito, tirado por dos burros. Arreó el hombre a los
-animales, bajaron al paseo de la Florida, y después, por el de los
-Melancólicos, pasaron por delante de la Virgen del Puerto y siguieron la
-ronda de Segovia. El carro era viejo, compuesto con tiras de pleita, con
-su chapa y su número y estaba cargado con dos o tres sacos, cubos y
-espuertas.
-
-El trapero, el señor Custodio, así dijo él que se llamaba, tenía facha
-de buena persona.
-
-De cuando en cuando recogía algo en la calle y lo echaba en el carro.
-
-Debajo del carro, sujeto por una cadena y andando despacio, iba un perro
-con unas lanas amarillas, largas y lustrosas, un perro simpático que, en
-su clase, le pareció a Manuel que debía ser tan buena persona como su
-amo.
-
- * * * * *
-
-Entre el puente de Segovia y el de Toledo, no muy lejos del comienzo del
-paseo Imperial, se abre una hondonada negra con dos o tres chozas
-sórdidas y miserables. Es un hoyo cuadrangular, ennegrecido por el humo
-y el polvo del carbón, limitado por murallas de cascote y montones de
-escombros.
-
-Al llegar a los bordes de esta hondonada, el trapero se detuvo e indicó
-a Manuel una casucha próxima a un _Tío Vivo_ roto y a unos columpios, y
-le dijo:
-
---Esa es mi casa; lleva el carro ahí y vete descargando. ¿Podrás?
-
---Sí; creo que sí.
-
---¿Tienes hambre?
-
---Sí, señor.
-
---Bueno; pues dile a mi mujer que te dé de almorzar.
-
-Bajó Manuel con el carro hasta la hondonada por una pendiente de
-escombros. La casa del trapero era la mayor de todas y tenía corral y un
-cobertizo adosado a ella.
-
-Se detuvo Manuel en la puerta de la casucha; una vieja le salió al
-encuentro:
-
---¿Qué quieres tú, chaval?--le dijo--. ¿Quién te manda venir aquí?
-
---El señor Custodio. Me ha encargado que me diga usted dónde tengo que
-dejar lo que va en el carro.
-
-La vieja le indicó el cobertizo.
-
---Me ha dicho también--agregó el muchacho--que me dé usted de almorzar.
-
---¡Te conozco, lebrel!--murmuró la vieja.
-
-Y después de refunfuñar durante largo rato y de esperar a que Manuel
-descargara el carro, le dió un trozo de pan y de queso.
-
-La vieja desenganchó los dos borricos del carrito y soltó al perro, que
-se puso a ladrar y a jugar de contento; ladró a los burros, uno negro y
-otro rucio, que volvieron la cabeza para mirarle y le enseñaron los
-dientes; persiguió desesperadamente a un gato blanco de cola erizada
-como un plumero, luego se acercó a Manuel, que, sentado al sol, comía su
-trozo de queso y de pan en espera de algo. Almorzaron los dos.
-
-Manuel dió vuelta a la casa para verla. Uno de sus lados estrechos lo
-componían dos casetas de baño.
-
-Estas dos casetas no se hallaban unidas, dejaban entre ambas un espacio
-tapado por una puerta de hierro, de las usadas para cerrar las tiendas,
-llenas de orín.
-
-Formaban las dos paredes más largas de la casa del trapero estacas
-embreadas, y la pared contraria a la de las dos casetas de baño estaba
-construída con piedras gruesas e irregulares, y se curvaba hacia el
-exterior con un abombamiento como el del ábside de una iglesia. Por
-dentro, esta curvatura correspondía a un hueco a modo de ancha
-hornacina, ocupado por el fogón de la chimenea.
-
-La casa, a pesar de ser pequeña, no tenía un sistema igual de cubierta;
-en unas partes, las latas, con grandes pedruscos encima y con los
-intersticios llenos de paja, substituían a las tejas; en otras, las
-pizarras sujetas y afianzadas con barro; en otras, las chapas de cinc.
-
-Se notaba en la construcción de la casa las fases de su crecimiento.
-Como el caparazón de una tortuga aumenta a medida del desarrollo del
-animal, así la casucha del trapero debió ir agrandándose poco a poco. Al
-principio aquello debió ser una choza para un hombre solo, como la de un
-pastor; luego se ensanchó, se alargó, se dividió en habitaciones;
-después agregó sus dependencias, su cubierto y su corraliza.
-
-Frente a la puerta de la vivienda, en un raso de tierra apisonado, se
-levantaba un _Tío Vivo_, rodeado de una valla bajita, octogonal, en
-cuyos palitroques, podridos por la acción de la humedad y del calor, se
-conservaban algunos restos de pintura azul.
-
-Aquellos pobres caballos del _Tío Vivo_, pintados de rojo, ofrecían a
-las miradas del espectador indiferente el más cómico y al mismo tiempo
-el más lamentable de los aspectos; uno de los corceles, desteñido,
-presentaba un color indefinible; otro debió de olvidar una de sus patas
-en su veloz carrera; algunos de ellos, en una postura elegantemente
-incómoda, simbolizaba la tristeza humilde y la modestia honrada y de
-buen gusto.
-
-Al lado del _Tio Vivo_ se levantaba un caballete formado por dos
-trípodes, sobre los cuales se apoyaba una viga, cuyos ganchos servían
-para colgar los columpios.
-
-La hondonada negra contaba con tres casuchas más, las tres construídas
-con latas, escombros, tablas, cascotes y otros elementos similares de
-construcción; una de las chozas se cuarteaba por vejez o mala
-construcción, y para impedir su caída, su dueño, sin duda, la puso, a lo
-largo de una de las paredes, una fila de estacas, en las cuales se
-apoyaba como un cojo en su muleta; otra de las casas tenía, a modo de
-asta bandera, un palo largo en el tejado, con un puchero en la punta...
-
-Después de almorzar, Manuel indicó a la vieja cómo el señor Custodio le
-había dicho que se quedara allí.
-
---Dígame usted si tengo que hacer algo--concluyó diciendo.
-
---Bueno; quédate aquí. Ten cuidado con la lumbre; si el puchero hierve,
-déjalo; si no, echa al fuego un poco de carbón. ¡Reverte!
-¡Reverte!--gritó la vieja llamando al perro--. Que se quede aquí.
-
-Se fué la mujer y quedó Manuel solo con el perro. La olla hervía.
-Manuel, seguido de Reverte, recorrió la casa por dentro. Estaba dividida
-en tres cuartos: una cocina pequeña y un cuarto grande, al cual entraba
-la luz por dos altos ventanillos.
-
-En este cuarto o almacén, por todas partes, de las paredes y del techo,
-colgaban trapos viejos de diversos colores, ropas blancas, barretinas y
-boinas rojas, trozos de mantones de crespón. En los vasares y en el
-suelo, separados por clases y tamaños, había frascos, botellas, tarros,
-botes, un verdadero ejército de cacharros de cristal y de porcelana;
-rompían fila esos botellones verdosos hidrópicos de las droguerías y
-unas cuantas ventrudas damajuanas; luego venían botellas de azumbre,
-altas, negruzcas; bombonas recubiertas de paja; después seguía la
-sección de aguas medicamentosas, la más variada y numerosa, pues en ella
-se incluían los sifones de agua de Seltz y de agua oxigenada, los
-botellines de gaseosa, las botellas de Vichy, de Mondariz, de Carabaña;
-y pasada esta sección, se amontonaba la morralla, los frascos de
-perfumería, los tarros y botes de pomada, de crema y de velutina.
-
-Además de este departamento de botillería, había otros: de lata de
-conservas y de galletas, colocadas en vasares; de botones y llaves
-metidos en cajas; de retales, de cintas y de puntillas arrollados en
-carretes y cartones.
-
-A Manuel le pareció agradable aquello. Hallábase todo arreglado, limpio
-relativamente, se notaba la mano de una persona ordenada y pulcra.
-
-En la cocina, enjalbegada de cal, brillaban los pocos trastos de la
-espetera. En el fogón, sobre la ceniza blanca, un puchero de barro
-hervía con un glu glu suave.
-
-De fuera, apenas llegaba vagamente, y eso como un pálido rumor, el ruido
-lejano de la ciudad; reinaba un silencio de aldea; a intervalos, algún
-perro ladraba, algún carro resonaba al dar barquinazos por el camino y
-volvía el silencio, y en la cocina sólo se escuchaba el glu glu del
-puchero, como un suave y confidencial murmullo...
-
-Manuel echaba una mirada de satisfacción, por la rendija de la puerta, a
-la hondonada negra. En el corral, las gallinas picoteaban la tierra; un
-cerdo hozaba y corría asustado de un lado a otro, gruñendo y agitándose
-con estremecimientos nerviosos; Reverte bostezaba y guiñaba los ojos con
-gravedad, y uno de los burros se revolcaba alegremente entre pucheros
-rotos, cestas carcomidas y montones de basura, mientras el otro
-contemplaba con la mayor sorpresa, como escandalizado por un
-comportamiento tan poco distinguido.
-
-Toda aquella tierra negra daba a Manuel una impresión de fealdad, pero
-al mismo tiempo de algo tranquilizador, abrigado; le parecía un medio
-propio para él. Aquella tierra, formada por el aluvión diario de los
-vertederos; aquella tierra, cuyos únicos productos eran latas viejas de
-sardinas, conchas de ostras, peines rotos y cacharros desportillados;
-aquella tierra, árida y negra, constituída por detritus de la
-civilización, por trozos de cal y de mortero y escorias de fábricas, por
-todo lo arrojado del pueblo como inservible, le parecía a Manuel un
-lugar a propósito para él, residuo también desechado de la vida urbana.
-
-Manuel no había visto más campos que los tristes y pedregosos del pueblo
-de Soria y los más tristes aún de los alrededores de Madrid. No
-sospechaba que en sitios no cultivados por el hombre hubiese praderas
-verdes, bosques frondosos, macizos de flores; creía que los árboles y
-las flores sólo nacían en los jardines de los ricos...
-
-Los primeros días en casa del señor Custodio parecieron a Manuel de
-demasiada sujeción; pero como en la vida del trapero hay mucho de
-vagabundaje, pronto se acostumbró a ella.
-
-Se levantaba el señor Custodio todavía de noche, despertaba a Manuel,
-enganchaban entre los dos los borricos al carro y comenzaban a subir a
-Madrid, a la caza cotidiana de la bota vieja y del pedazo de trapo. Unas
-veces iban por el paseo de los Melancólicos; otras, por las rondas o por
-la calle de Segovia.
-
-El invierno comenzaba; a las horas que salían Madrid estaba
-completamente a obscuras. El trapero tenía sus itinerarios fijos y sus
-puntos de parada determinados. Cuando iba por las rondas y subía por la
-calle de Toledo, que era lo más frecuente, se detenía en la plaza de la
-Cebada y en Puerta de Moros, llenaba los serones de verdura y seguía
-hacia el centro.
-
-Otros días se encaminaba por el paseo de los Melancólicos a la Virgen
-del Puerto, de aquí a la Florida, luego a la calle de Rosales, en donde
-escogía lo que echaban algunos volquetes de la basura, y seguía a la
-plaza de San Marcial y llegaba a la plaza de los Mostenses.
-
-En el camino, el señor Custodio no veía nada sin examinar al pasar lo
-que fuera, y recogerlo si valía la pena; las hojas de verdura iban a los
-serones; el trapo, el papel y los huesos, a los sacos; el cok medio
-quemado y el carbón, a un cubo, y el estiércol, al fondo del carro.
-
-Regresaban Manuel y el trapero por la mañana temprano; descargaban en el
-raso que había delante de la puerta, y marido y mujer y el chico hacían
-las separaciones y clasificaciones. El trapero y su mujer tenían una
-habilidad y una rapidez para esto pasmosa.
-
-Los días de lluvia hacían la selección dentro del cobertizo. En estos
-días la hondonada era un pantano negro, repugnante, y para cruzarlo
-había que meterse en el lodo, en algunos sitios hasta media pierna. Todo
-en estos días chorreaba agua; en el corral, el cerdo se revolcaba en el
-cieno; las gallinas aparecían con las plumas negras, y los perros
-andaban llenos de barro hasta las orejas.
-
-Después de la clasificación de todo lo recogido, el señor Custodio y
-Manuel, con una espuerta cada uno, esperaban a que vinieran los carros
-de escombros, y cuando descargaban los carreros, iban apartando en el
-mismo vertedero: los cartones, los pedazos de trapo, de cristal y de
-hueso.
-
-Por las tardes, el señor Custodio iba a algunas cuadras del barrio de
-Argüelles a sacar el estiércol y lo llevaba a las huertas del
-Manzanares.
-
-Entre unas cosas y otras, el señor Custodio sacaba para vivir con cierta
-holgura; tenía su negocio perfectamente estudiado, y como el vender su
-género no le apremiaba, solía esperar las ocasiones más convenientes
-para hacerlo con alguna ventaja.
-
-El papel que almacenaba se lo compraban en las fábricas de cartón; le
-daban de treinta a cuarenta céntimos por arroba. Exigían los fabricantes
-que estuviera perfectamente seco, y el señor Custodio lo secaba al sol.
-Como a veces querían escatimarle en el peso, solía meter en cada saco
-tres o cuatro arrobas justas, pesadas con una romana; en la jerga del
-talego pintaba un número con tinta, indicador de las arrobas que
-contenía; estos sacos los guardaba en una especie de bodega o sentina de
-barco que había hecho el trapero ahondando en el suelo del cobertizo.
-
-Cuando había una partida grande de papel se vendía en una fábrica de
-cartón que había en el paseo de las Acacias. No solía perder el viaje
-el señor Custodio, porque además de vender el género en buenas
-condiciones, a la vuelta llevaba su carro a unas escombreras de una
-fábrica de alquitrán que había por allá, y recogía del suelo una
-carbonilla muy menuda, que se quemaba bien y ardía como cisco.
-
-Las botellas las vendía el trapero en los almacenes de vino, en las
-fábricas de licores y de cervezas; los frascos de específicos en las
-droguerías; los huesos iban a parar a las refinerías y el trapo a las
-fábricas de papel.
-
-Los desperdicios de pan, hojas de verdura, restos de frutas, se
-reservaban para la comida de los cerdos y gallinas, y lo que no servía
-para nada se echaba al pudridero y, convertido en fiemo, se vendía en
-las huertas próximas al río.
-
-El primer domingo que estuvo allí Manuel, el señor Custodio y su mujer
-aprovecharon la tarde. Hacía mucho tiempo que no salían juntos por no
-dejar la casa sola; se vistieron los dos muy elegantes y fueron a
-visitar a su hija, que estaba de modista en el taller de una parienta.
-
-Manuel se quedó solo muy a gusto con Reverte, contemplando la casa, el
-corral, la hondonada; hizo dar vueltas al _Tío Vivo_, que rechinó como
-malhumorado; se subió al caballete del columpio, contempló a las
-gallinas, molestó un poco al cerdo y corrió de un lado para otro,
-perseguido por el perro, que ladraba alegremente con furia fingida.
-
-Atraía a Manuel, sin saber por qué, aquella negra hondonada con sus
-escombreras, sus casuchas tristes, su cómico y destartalado _Tío Vivo_,
-su caballete de columpio y su suelo lleno de sorpresas, pues lo mismo
-brotaba de sus entrañas negruzcas el pucherete tosco y ordinario, que el
-elegante frasco de esencias de la dama; lo mismo el émbolo de una
-prosaica jeringa, que el papel satinado y perfumado de una carta de
-amor.
-
-Aquella vida tosca y humilde, sustentada con los detritus del vivir
-refinado y vicioso; aquella existencia casi salvaje en el suburbio de
-una capital, entusiasmaba a Manuel. Le parecía que todo lo arrojado allí
-de la urbe, con desprecio, escombros y barreños rotos, tiestos viejos y
-peines sin púas, botones y latas de sardinas, todo lo desechado y
-menospreciado por la ciudad, se dignificaba y se purificaba al contacto
-de la tierra.
-
-Manuel pensó que si con el tiempo llegaba a tener una casucha igual a la
-del señor Custodio y su carro, y sus borricos y sus gallinas, y su
-perro, y además una mujer que le quisiera, sería uno de los hombres casi
-felices de este mundo.
-
-
-
-
-CAPÍTULO VII
-
-EL SEÑOR CUSTODIO Y SUS IDEAS.--LA JUSTA, EL «CARNICERÍN» Y EL «CONEJO».
-
-
-EL señor Custodio era un hombre inteligente, de luces naturales, muy
-observador y aprovechado. No sabía leer ni escribir, y, sin embargo,
-hacía notas y cuentas; con cruces y garabatos de su invención, llegaba a
-substituir la escritura, al menos para los usos de su industria.
-
-Sentía el señor Custodio un gran deseo de instruirse, y a no ser porque
-le parecía ridículo, se hubiese puesto a aprender a leer y escribir. Por
-las tardes, concluído el trabajo, solía decir a Manuel que leyese los
-periódicos y revistas ilustradas que recogía por la calle, y el trapero
-y su mujer prestaban gran atención a la lectura.
-
-Guardaba también el señor Custodio unos cuantos tomos de novelas por
-entregas que había dejado su hija, y Manuel comenzó a leerlos en voz
-alta.
-
-Las observaciones del trapero, el cual tomaba por historia la ficción
-novelesca, eran siempre atinadas y justas, reveladoras de un instinto
-de sensatez y de buen sentido. El criterio sensato del trapero a Manuel
-no siempre le agradaba, y a veces se atrevía a defender una tesis
-romántica e inmoral; pero el señor Custodio le atajaba en seguida, sin
-permitirle que siguiera adelante.
-
-Por razón de su oficio, el trapero tenía una preocupación por el abono
-que se desperdiciaba en Madrid.
-
-Solía decir a Manuel:
-
---¿Tú te figuras el dinero que vale toda la basura que sale de Madrid?
-
---Yo no.
-
---Pues haz la cuenta. A sesenta céntimos la arroba, los millones de
-arrobas que saldrán al año... Extiende eso por los alrededores y haz que
-el agua del Manzanares y la del Lozoya rieguen estos terrenos, y verías
-tú huertas y más huertas.
-
-Otra de las ideas fijas del trapero era la de regenerar los materiales
-usados. Creía que se debía de poder sacar la cal y la arena de los
-cascotes de mortero, el yeso vivo del ya viejo y apagado, y suponía que
-esta regeneración daría una gran cantidad de dinero.
-
-El señor Custodio, que había nacido cerca de aquella hondonada en donde
-estaba su casa, sentía por sus barrios, y, en general, por Madrid, un
-gran entusiasmo; el Manzanares era para él un río tan serio como el
-Amazonas.
-
-El señor Custodio tenía dos hijos, de los cuales no conocía Manuel mas
-que a Juan, un chulapo alto y moreno, que estaba casado con la hija de
-la dueña de un lavadero de la Bombilla. La hija, Justa de nombre, estaba
-de modista en un taller.
-
-En las primeras semanas, ninguno de los hijos apareció por casa de los
-padres. Juan vivía en el lavadero, y la Justa, con una pariente suya,
-dueña de un taller.
-
-Manuel, que solía hablar mucho con el señor Custodio, pudo notar pronto
-que el trapero era, aunque comprendiendo lo ínfimo de su condición, de
-un orgullo extraordinario, y que tenía acerca del honor y de la virtud
-las ideas de un señor noble de la Edad Media.
-
-Al mes de vivir allí estaba Manuel un domingo a la puerta de la casa,
-después de comer, cuando vió que por la pendiente del vertedero bajaba a
-la hondonada corriendo, con las faldas recogidas, una muchacha, Al verla
-de cerca, Manuel quedó rojo, luego pálido. Era la chiquilla que había
-ido dos o tres veces a casa de la patrona, a probar los trajes a la
-Baronesa, pero hecha ya una mujer.
-
-Se acercó la muchacha, levantando las faldas y las enaguas almidonadas,
-cuidando de no ensuciarse los zapatitos de charol.
-
---¿Qué vendrá a hacer aquí?--se dijo Manuel.
-
---¿Está padre?--preguntó ella.
-
-Salió el señor Custodio y abrazó a la muchacha. Era la hija del trapero,
-la Justa, de quien Manuel oía hablar continuamente, y que, sin saber por
-qué, se había figurado que debía de ser muy flaca, muy esmirriada y
-desagradable.
-
-La Justa entró en la cocina, y después de mirar las sillas, por si
-tenían algo que ensuciara su vestido, se sentó en una. Luego habló por
-los codos, diciendo tonterías a porrillo y riendo ella misma chistes.
-
-Manuel la escuchaba silencioso; la verdad es que no era tan guapa como
-se había figurado, pero no por eso le gustaba menos. Tendría unos diez y
-ocho años, era morena, bajita, de ojos muy negros y muy vivos, la nariz
-respingona y descarada, la boca sensual, de labios gruesos. Era algo
-fondoncilla y abundante de pecho y de caderas; iba limpia, fresca, con
-el moño muy empingorotado y unos zapatos nuevos y relucientes.
-
-Mientras hablaba la Justa y la oían extasiados sus padres, se presentó
-en la cocina un jorobado de una de las casuchas de la hondonada, a quien
-llamaban el _Conejo_, y que tenía, efectivamente, en su rostro una gran
-semejanza con el simpático roedor cuyo nombre llevaba.
-
-Era el _Conejo_ del gremio del señor Custodio, y conocía a Justa desde
-niño; Manuel solía verle todos los días, pero no paraba su atención en
-él.
-
-Entró el _Conejo_ en casa del señor Custodio y se puso a decir simplezas
-y a reírse a carcajadas; pero de un modo tan mecánico que molestaba,
-porque parecía que detrás de aquel reír continuo debía haber una
-amargura muy grande. La Justa le tocó la joroba, pues sabido es que esto
-da la buena suerte, y el _Conejo_ se echó a reír.
-
---¿Te han llevado alguna otra vez a la Delegación?--le preguntó ella.
-
---Sí; muchas veces... ji... ji...
-
---¿Y por qué?
-
---Porque el otro día me puse a gritar en la calle: ¡Aire, quién compra
-el paraguas de Sagasta, el sombrero de Krüger, el orinal del Papa, una
-lavativa que se le ha perdido a una monja cuando estaba hablando con el
-sacristán!...
-
-El _Conejo_ daba gritos formidables y la Justa se reía a carcajadas.
-
---¿Y ya no cantas la misa como antes?
-
---Sí, también.
-
---Pues cántala.
-
-El jorobado había tomado, como motivo de escándalo, el Prefacio de la
-Misa, y substituía las palabras sagradas por otras con que anunciaba su
-comercio, y empezó a gritar:
-
---Quién me vende... las zapatillas... los pantalones... las
-alpargatas... las botas viejas... y las usadas... las lavativas... los
-orinales y hasta la camisa.
-
-A la Justa le producían los gritos del jorobado una risa nerviosa. El
-_Conejo_, después de cantar dos o tres veces el Prefacio, tomó el aire
-de las rogativas y cantó unas cosas con voz de tiple y otras con voz de
-bajo:
-
-El sombrero de copa... y en vez de decir _Liberanos dominé_, decía:
-ahora mismo compraré... el chaleco viejo... una perra gorda daré...
-
-El jorobado tuvo que callarse para que dejara de reír la Justa.
-
-De pronto ésta advirtió el entusiasmo de Manuel, y, a pesar de que no le
-parecía una gran conquista, se puso seria, le animó y le dedicó miradas
-furtivas, que hicieron latir apresuradamente el corazón del muchacho.
-
-Cuando se fué la hija del señor Custodio, Manuel se quedó como si le
-hubieran dejado a obscuras. Pensó que con el recuerdo de las miradas
-incendiarias tendría que vivir dos o tres semanas.
-
-Al día siguiente, cuando Manuel se encontró con el _Conejo_, escuchó las
-tonterías que le dijo el jorobado, que siempre estaba hablando del
-obispo de Madrid-Alcalá, y luego trató de llevar la conversación al tema
-del señor Custodio y su familia.
-
---Es guapa la Justa, ¿verdad?
-
---Psch... sí--y el _Conejo_ le miró a Manuel con un aspecto reservado de
-hombre que oculta un misterio.
-
---Usted la ha conocido de chica, ¿eh?
-
---Sí; pero he conocido otras muchas.
-
---¿Tiene novio?
-
---Sí lo tendrá. Todas las mujeres tienen novio, a no ser que sean muy
-feas.
-
---¿Y quién es el novio de la Justa?
-
---Cualquiera; yo creo que es el obispo de Madrid-Alcalá.
-
-El _Conejo_ era un hombre de aspecto muy inteligente; tenía la cara
-larga, la nariz corva, la frente ancha, los ojos pequeños y brillantes y
-una perilla rojiza y en punta como la de un chivo.
-
-Un tic especial, un movimiento convulsivo de la nariz agitaba su rostro
-de vez en cuando, y era lo que le daba más semejanza con un conejo. Reía
-tan pronto con una carcajada nerviosa, metálica, sonora, como con una
-risa sorda de polichinela. Miraba a la gente de arriba abajo y de abajo
-arriba, de una manera insolente a fuerza de ser burlona, y para más
-sorna detenía su mirada en los botones del traje de su interlocutor, e
-iba danzando con la vista de la corbata al pantalón y de las botas al
-sombrero. Tenía especial empeño en vestir de un modo ridículo y le
-gustaba adornarse la gorra con vistosas plumas de gallo, andar con botas
-de montar y hacer otra porción de extravagancias.
-
-Le gustaba también embromar a la gente con sus mentiras, y afirmaba las
-cosas que inventaba con tal tesón, que no se comprendía si se estaba
-riendo o hablando en serio:
-
---¿No sabe usted lo que le ha pasado esta tarde al obispo de
-Madrid-Alcalá en las Cambroneras?--decía a algún conocido.
-
---No.
-
---Pues que ha ido a hacer una visita para darle una limosna a
-_Garibaldi_, y _Garibaldi_ le ha sacado una jícara de chocolate al señor
-obispo. Se ha sentado el señor obispo, ha tomado una sopa y clac... no
-se sabe qué le ha pasado: se ha quedado muerto.
-
---¡Pero, hombre!...
-
---Es cosa de los republicanos--decía el _Conejo_, muy serio, y se
-marchaba a otra parte a propalar la noticia o a contar otro embuste. Se
-metía en un grupo:
-
---¿Ya saben ustedes eso de Weyler?
-
---No, ¿qué ha pasado?
-
---Nada; que al volver del Campamento unas moscas se le han puesto en la
-cara y le han comido toda la oreja. Ha pasado por el puente de Segovia
-echando sangre.
-
-Así se divertía aquel bufón.
-
-Por las mañanas echaba el saco a la espalda e iba al centro de Madrid y
-anunciaba su oficio por las calles, mezclando en sus pregones a
-personajes políticos y hombres ilustres, lo que algunas veces le había
-valido los honores de la Delegación.
-
-Era el _Conejo_ perverso y malintencionado como un demonio; la muchacha
-de los alrededores que tuviera su lío podía temblar, porque se las
-apañaba para sorprenderla. Lo sabía todo, lo husmeaba todo; pero, al
-parecer, no se valía de sus descubrimientos. Con asustar, estaba
-satisfecho.
-
---El _Conejo_ lo sabrá--le solían decir algunas veces cuando se
-sospechaba algo.
-
---Yo no sé nada; yo no he visto nada--contestaba él riéndose--; yo no sé
-nada.
-
-Y de aquí no había medio de sacarle.
-
-Cuando Manuel fué conociendo al _Conejo_, sintió por él, si no
-estimación, un cierto respeto por su inteligencia.
-
-Era tan listo aquel jorobado bufón, que se las arreglaba en el Rastro
-muchas veces para engañar a sus colegas, que de tontos no tenían un
-pelo.
-
-Casi todas las mañanas se reunían los traperos en la cabecera del Rastro
-para cambiar impresiones y prendas usadas. El _Conejo_ se enteraba de
-lo que necesitaban los vendedores de los puestos, y aquello que querían,
-él lo compraba a los traperos y se lo revendía a los de los puestos, y
-entre cambalaches y ventas siempre salía ganando...
-
-En los domingos sucesivos la Justa tomó como entretenimiento el
-entusiasmar a Manuel. La muchacha tenía una libertad absoluta de palabra
-y un conocimiento completo y acabado de todas las frases y timos
-madrileños.
-
-Manuel, al principio, se mostraba respetuoso; pero viendo que ella no se
-incomodaba, se iba atreviendo cada vez más y la abrazaba a traición. La
-Justa se desasía con facilidad y se reía al ver al mozo con su cara
-seria y la mirada brillante de deseos.
-
-Con la libertad de palabras que le caracterizaba, la Justa tenía
-conversaciones escabrosas; contaba a Manuel lo que la decían en la
-calle, las proposiciones que los hombres deslizaban en su oído y hablaba
-con gran delectación de compañeras de taller que habían perdido su flor
-de azahar en la Bombilla o en las Ventas con cualquier Tenorio de
-mostrador que se pasaba la vida atusándose el bigote delante del espejo
-de alguna perfumería o tienda de sedas.
-
-Las frases de la Justa tenían siempre un doble sentido y eran, a veces,
-alusiones candentes. Su malicia y su coquetería chulesca y desgarrada
-creaba en derredor suyo una atmósfera de deseo.
-
-Manuel sentía por ella un anhelo doloroso de posesión, mezclado con una
-gran tristeza y hasta con odio, al ver que la Justa se reía de él.
-
-Muchas veces, al verla llegar, Manuel se juraba a sí mismo no hablarla,
-ni mirarla, ni decirla nada y entonces ella le buscaba y le sonreía y
-le provocaba haciéndole señas y dándole con el pie.
-
-Era la Justa de una desigualdad de carácter perturbadora. Unas veces, al
-verla asida por Manuel de la cintura y sentada en sus rodillas, se
-dejaba abrazar y besar; otras, en cambio, sólo porque se le acercaba y
-le tomaba la mano, le soltaba una bofetada que le dejaba aturdido.
-
---Y vuelve por otra--añadía, al parecer incomodada.
-
-Manuel sentía ganas de llorar de ira y de rabia, y se tenía que contener
-para no preguntarle con una lógica infantil: «¿Por qué la otra tarde
-dejaste que te besara?» Pero luego pensaba en la ridiculez de una
-pregunta así hecha.
-
-La Justa iba sintiendo cierto cariño por Manuel, pero un cariño de
-hermana o de amiga; como novio, como pretendiente, no le parecía
-bastante para tomarle en serio.
-
-Aquel flirteo, que fué para la Justa como un simulacro de amor,
-constituyó para Manuel un doloroso despertar de la pubertad. Sentía
-vértigos de lujuria, que terminaban en una atonía y en un aplanamiento
-mortales. Y entonces echaba a andar de prisa con el paso irregular de un
-atáxico; muchas veces, al atravesar el pinar del Canal, le entraban
-deseos de dejarse ahogar en el río; pero el agua sucia y negra no
-invitaba a sumergirse en ella.
-
-En estas rachas de lujuria era cuando le acometían con más fuerza los
-pensamientos negros y tristes, la idea de la inutilidad de su vida, de
-la seguridad de un destino adverso, y al pensar en la existencia de
-abandonado que se le preparaba, sentía su alma llena de amargura y los
-sollozos le subían a la garganta...
-
-Un domingo de invierno, la Justa, que había tomado la costumbre de ir
-todos los días de fiesta a casa de sus padres, dejó de aparecer por
-allá; Manuel supuso si la causa de esto sería el mal tiempo, y pasó toda
-la semana intranquilo y nervioso, contando los días que faltaban para
-ver a la Justa.
-
-Al domingo siguiente, Manuel se apostó en la esquina del paseo de los
-Pontones a esperar que pasara la muchacha, y al verla de lejos le dió un
-vuelco el corazón. Venía acompañada por un joven elegante, medio torero,
-medio señorito, con sombrero cordobés y capa azul llena de bordados. Al
-final del paseo se despidió la Justa del que la acompañaba.
-
-Al otro domingo, la Justa se presentó en casa de su padre con una amiga
-y el joven de la capa bordada, y presentó a éste al señor Custodio. Dijo
-después que era hijo de un carnicero de la Corredera Alta y muy rico,
-hermano de una muchacha del taller, y a su madre la Justa le confesó,
-alborozada, que el muchacho le había pedido relaciones. Aquella frase de
-pedir relaciones, que lo dicen relamiéndose, desde la princesa altiva
-hasta la portera humilde, encantó a la mujer del trapero, mayormente
-tratándose de un muchacho rico.
-
-El hijo del carnicero fué considerado en casa del señor Custodio como
-prototipo de todas las perfecciones y bellezas; Manuel únicamente
-protestaba y fulminaba sobre el _Carnicerín_, como le denominó desde el
-primer momento con desprecio, miradas asesinas.
-
-Los sufrimientos de Manuel al comprender que la Justa admitía con
-entusiasmo como novio al hijo del carnicero fueron crueles; ya no la
-melancolía, la ira y la desesperación más rabiosa agitaban su alma.
-
-Eran también demasiadas ventajas las de aquel mozo: alto, gallardo,
-esbelto, de naciente y rubio bigote, bien vestido, con los dedos llenos
-de sortijas, bailarín consumado y guitarrista hábil; tenía casi el
-derecho de estar tan satisfecho de su persona como lo estaba.
-
---¿Cómo no notará esa mujer--pensaba Manuel--que ese tipo no se quiere
-mas que a sí mismo? En cambio yo...
-
-Solía haber los domingos baile en una explanada próxima a la ronda de
-Segovia, y el señor Custodio, con su mujer, la Justa y su novio, iban
-allí. A Manuel le dejaban guardando la casa, pero algunas veces se
-escapó para ver el baile.
-
-Cuando vió a la Justa bailando con el _Carnicerín_ le dieron ganas de
-ahogarles a los dos.
-
-Luego el novio era de una petulancia extraordinaria; cuando bailaba se
-contoneaba y parecía que iba jaleándose y piropeándose a sí mismo y que
-guardaba en el ritmo del baile algo tan precioso, que un movimiento de
-abandono podría echarlo todo a perder. Ni aun para decir misa, lo
-hubiera hecho con tanta ceremonia.
-
-Como es natural, un conocimiento tan completo de la ciencia del baile,
-unido a la conciencia de su superioridad, le daban al _Carnicerín_ un
-admirable aplomo. Era él quien se dejaba conquistar indolentemente por
-la Justa, que estaba frenética. Al bailar se le echaba encima, sus ojos
-brillaban y le temblaban las alas de la nariz; parecía que le quería
-sujetar, tragar, devorar. No separaba la vista de él, y si le veía con
-otra mujer se alteraba su rostro rápidamente.
-
-Una de las tardes, el _Carnicerín_ hablaba con un amigo suyo. Manuel se
-acercó a oír la conversación.
-
---¿Es aquélla?--le preguntaba el amigo.
-
---Sí.
-
---Gachó, como está de _colá_ contigo.
-
-Y el _Carnicerín_, con una sonrisa petulante, añadió:
-
---La tengo _chalá_.
-
-Manuel en aquel momento le hubiera arrancado el corazón.
-
-La decepción amorosa hizo que Manuel pensara en abandonar la casa del
-señor Custodio.
-
-Un día se encontró cerca del puente de Segovia con el _Bizco_ y otro
-golfo que le acompañaba.
-
-Iban los dos desharrapados; el _Bizco_ tenía un aspecto más ceñudo y
-brutal que nunca; llevaba una chaqueta vieja, por entre cuyos agujeros
-se veía la piel negruzca; los dos marchaban, según le dijeron, al cruce
-del camino de Aravaca con la carretera de Extremadura, a un rincón que
-llamaban el Confesonario. Allí pensaban reunirse con el _Cura_ y el
-_Hospiciano_ para asaltar una casa.
-
---Anda, ¿vienes?--le dijo irónicamente el _Bizco_.
-
---Yo, no.
-
---¿Dónde estás ahora?
-
---En una casa... trabajando.
-
---¡Valiente panoli! Anda, vente con nosotros.
-
---No, no puede ser... Oye, ¿y Vidal? ¿No le has vuelto a ver?
-
-El rostro del _Bizco_ quedó más ceñudo.
-
---Ya me las pagará ese charrán. No se escapa sin que yo le pinte un
-chirlo en la cara... Pero, ¿vienes o no?
-
---No.
-
-Las ideas del señor Custodio habían influído en Manuel fuertemente;
-pero, como a pesar de esto sus instintos aventureros le persistían,
-pensaba marcharse a América, en hacerse marinero, en alguna cosa por el
-estilo.
-
-
-
-
-CAPÍTULO VIII
-
-LA PLAZA.--UNA BODA EN LA BOMBILLA.--LAS CALDERAS DEL ASFALTO.
-
-
-EL noviazgo del _Carnicerín_ y de la Justa se formalizaba; el señor
-Custodio y su mujer se bañaban en agua de rosas, y únicamente Manuel
-creía que el matrimonio, al fin, no se realizaría.
-
-El _Carnicerín_ era demasiado estirado y señorito para casarse con la
-hija de un trapero; Manuel pensaba que iba a ver si se aprovechaba de la
-ocasión; pero nada autorizaba por el momento estas malévolas
-suposiciones.
-
-El _Carnicerín_ se mostraba generoso y tenía delicados obsequios para
-los padres de su novia.
-
-Un día de verano convidó a toda la familia y a Manuel a una corrida de
-toros. La Justa se puso muy elegante y bonita para ir con su novio. El
-señor Custodio llevaba las prendas de toda gala: el sombrero hongo
-nuevo, nuevo aunque tenía más de treinta años; su chaqueta de pana
-forrada, excelente para las regiones boreales, y un bastón con puño de
-cuerno comprado en el Rastro; la mujer del trapero llevaba un traje
-antiguo y un pañuelo alfombrado, y Manuel estaba ridículo con un
-sombrero sacado del almacén, que le salía un palmo por delante de los
-ojos, un traje de invierno que le sofocaba y unas botas estrechas.
-
-Detrás de la Justa y del _Carnicerín_, el señor Custodio, su mujer y
-Manuel llamaban la atención de la gente, que se reía al verlos.
-
-La Justa se volvía a mirarlos y sonreía. Manuel iba furioso, sofocado;
-el sombrero le apretaba en la frente y le dolían los pies.
-
-Salieron a la calle de Toledo y llegaron en el tranvía a la Puerta del
-Sol; allí subieron a un ómnibus, que los llevó a la plaza de toros.
-
-Entraron, y, dirigidos por el _Carnicerín_, se colocaron cada uno en su
-sitio. Había empezado la corrida; la plaza estaba llena. Se veían todas
-las gradas y tendidos ocupados por una masa negra de gente.
-
-Manuel miró al redondel; iban a matar al toro cerca de la barrera, a muy
-poca distancia de donde ellos estaban. El pobre animal, ya medio muerto,
-andaba despacio, seguido de tres o cuatro toreros y del matador, que,
-encorvado hacia adelante, con la muleta en una mano y la espada en la
-otra, marchaba tras de él. Tenía el matador un miedo horrible; se ponía
-enfrente del toro, tanteaba dónde le había de pinchar, y al menor
-movimiento de la bestia, se preparaba para correr. Luego, si el toro se
-quedaba quieto, le daba un pinchazo; después, otro pinchazo, y el animal
-bajaba la cabeza y, con la lengua fuera, chorreando sangre, miraba con
-ojos tristes de moribundo. Tras de mucho bregar el matador, le clavó la
-espada más, y lo mató.
-
-Aplaudió la gente y comenzó a tocar la música. El lance le pareció
-bastante desagradable a Manuel; pero esperó con ansiedad. Salieron las
-mulillas y arrastraron al toro muerto.
-
-Al poco rato cesó la música y salió otro toro. Los picadores se quedaron
-cerca de las vallas, los toreros se aventuraban un poco, daban un
-capotazo y echaban a correr en seguida.
-
-No era aquello, ni mucho menos, lo que Manuel se figuraba, lo visto por
-él en los cromos de _La Lidia_. El creía que los toreros, a fuerza de
-arte, andarían jugando con el toro, y no había nada de aquello;
-encomendaban su salvación a las piernas, como todo el mundo.
-
-Después de los capotazos de los toreros, dos monosabios empezaron a
-golpear con unas varas al caballo de un picador, hasta hacerle avanzar
-al medio. Manuel vió al caballo de cerca, era blanco, grande, huesudo,
-con un aspecto tristísimo. Los monosabios acercaron al caballo al toro.
-Este, de pronto, se acercó; el picador le aplicó la punta de su lanza,
-el toro embistió y levantó el caballo en el aire. Cayó el jinete al
-suelo, y lo cogieron en seguida; el caballo trató de levantarse, con
-todos los intestinos sangrientos fuera, pisó sus entrañas con los cascos
-y, agitando las piernas, cayó convulsivamente al suelo.
-
-Manuel se levantó pálido.
-
-Un monosabio se acercó al caballo, que seguía estremeciéndose; el animal
-levantó la cabeza como para pedir auxilio; entonces, el hombre le dió un
-cachetazo y lo dejó muerto.
-
---Yo me voy. Esto es una porquería--dijo Manuel al señor Custodio--;
-pero no era fácil salir de allí en aquel momento.
-
---Al muchacho--dijo el trapero a su mujer--no le gusta.
-
-La Justa, que se enteró, se echó a reír.
-
-Manuel esperó la muerte del toro mirando al suelo; volvieron a salir
-las mulillas, y al arrastrar el caballo quedaron todos los intestinos en
-el suelo, y un monosabio los llevó con un rastrillo.
-
---Mira, mira el mondongo--dijo, riendo, la Justa.
-
-Manuel, sin decir nada ni hacer caso de observaciones, salió del
-tendido. Bajó a unas galerías grandes, llenas de urinarios que olían
-mal, y anduvo buscando la puerta, sin encontrarla.
-
-Sentía rabia contra todo el mundo, contra los demás y contra él. Le
-pareció el espectáculo una asquerosidad repugnante y cobarde.
-
-Él suponía que los toros era una cosa completamente distinta a lo que
-acababa de ver; pensaba que se advertiría siempre el dominio del hombre
-sobre la fiera, que las estocadas serían como rayos y que en todos los
-momentos de la lidia habría algo interesante y sugestivo; y en vez de un
-espectáculo como él soñaba, en vez de una apoteosis sangrienta del valor
-y de la fuerza, veía una cosa mezquina y sucia, de cobardía y de
-intestinos; una fiesta en donde no se notaba mas que el miedo del torero
-y la crueldad cobarde del público recreándose en sentir la pulsación de
-aquel miedo.
-
-Aquello no podía gustar--pensó Manuel--mas que a gente como el
-_Carnicerín_, a chulapos afeminados y a mujerzuelas indecentes.
-
-Al llegar a casa, Manuel arrojó de sí con rabia el sombrero y las botas
-y el traje con el cual había ido a la plaza tan ridículo...
-
-Se comentó mucho por el señor Custodio y su mujer la indignación de
-Manuel, y a él mismo le produjo cierto asombro; comprendía que no le
-hubiera gustado; lo que le chocaba es que le produjese tanta ira y tanta
-rabia.
-
-Pasó el verano; la Justa comenzó a hacer los preparativos para la boda,
-Manuel mientras tanto proyectaba marcharse de casa del señor Custodio y
-salir de Madrid, ¿Adónde? No lo sabía; cuanto más lejos, mejor, pensaba.
-
-En el mes de noviembre se celebró la boda de una compañera del taller de
-la Justa, en la Bombilla. No podían ir el señor Custodio y su mujer, y
-Manuel acompañó a la Justa.
-
-Vivía la novia en la ronda de Toledo, y su casa era el punto de partida
-de los invitados.
-
-A la puerta esperaba un ómnibus grande, en donde cabían una infinidad de
-personas.
-
-Subieron todos los invitados; la Justa y Manuel se acomodaron en la
-imperial del coche y esperaron un rato. Se presentaron los novios
-rodeados de una nube de chiquillos que gritaban; él tenía facha de
-hortera; ella, esmirriada y fea, parecía una mona; los padrinos iban
-detrás, y en el grupo de éstos, una vieja gorda, chata, bizca, de pelo
-blanco, con una rosa roja en la cabeza y una guitarra en la mano,
-avanzaba con aire flamenco.
-
---¡Viva la novia! ¡Vivan los padrinos!--gritó la bizca; contestaron
-todos sin gran entusiasmo y echó andar el coche en medio de la algarabía
-y las voces de unos y de otros. En el camino fueron todos chillando y
-cantando.
-
-Manuel, al no ver al _Carnicerín_ allí, no se atrevía a alegrarse,
-pensando que estaría ya en los Viveros.
-
-La mañana era hermosa, húmeda; los árboles, de color de cobre, iban
-desprendiéndose de sus hojas secas, a impulso de las ráfagas suaves de
-viento; surcaba el cielo pálido nubes blancas, la carretera brillaba por
-la humedad, a lo lejos en el campo ardían montones de hojas, y las
-humaredas espesas corrían rasando la tierra.
-
-Se detuvo el coche en una de las fondas de los Viveros; bajaron todos
-del ómnibus, y se reprodujeron los gritos y el clamoreo. El _Carnicerín_
-no estaba allí, pero se presentó poco después, y en la mesa se colocó al
-lado de la Justa.
-
-A Manuel le pareció el día odioso; hubo momentos en que sintió ganas de
-llorar. Pasó toda la tarde desesperado en un rincón, viendo cómo bailaba
-la Justa con su novio al compás de las notas de un organillo.
-
-Al anochecer, Manuel se acercó a la Justa y, con gravedad cómica, la
-dijo bruscamente:
-
---Vamos, tú--y viendo que no le hacía caso, añadió--. Oye, Justa, vamos
-a casa.
-
---Anda ¡Déjame a mí en paz!--replicó ella con malos modos.
-
---Es que tu padre ha dicho que para la noche estés en casa. Anda, vamos.
-
---Oye, niño--dijo el _Carnicerín_ con pausa--. ¿A ti quién te da vela en
-este entierro?
-
---A mí me han encargado...
-
---Bueno; pues tú te callas. ¿Sabes?
-
---No me da la gana.
-
---Te haré callar yo calentándote las orejas.
-
---¿Usted a mí?... Si usted lo que es es un morral, un ladrón--y Manuel
-se echó sobre el _Carnicerín_; pero uno de los amigos de éste le soltó
-un garrotazo en la cabeza que lo dejó atontado. Trató el muchacho de
-volver a acometer al hijo del carnicero; dos o tres invitados le
-empujaron y lo zarandearon hasta ponerle en la carretera a la puerta de
-la fonda.
-
---¡Hambrón!... Golfo--gritaba Manuel.
-
---Expresiones en casa--le dijo una de las amigas de la Justa con
-sorna--y _canalla novedá_.
-
-Manuel, avergonzado y sediento de venganza, medio aturdido aún con el
-golpe, se tapó la cara con la boina y fué andando por el camino
-llorando de rabia. Al poco tiempo sintió alguien que se le acercaba
-corriendo tras él.
-
---Manuel, Manolillo--le dijo la Justa con voz cariñosa y burlona--, ¿qué
-tienes?
-
-Manuel respiró fuerte y se le escapó un largo sollozo de dolor.
-
---¿Qué tienes? Anda; vuelve. Iremos juntos.
-
---No, no; déjame.
-
-Luego no supo qué resolución tomar, y sin hablar más echó a correr
-camino de Madrid.
-
-La carrera secó sus lágrimas y reanimó sus iras. Estaba dispuesto a no
-volver a casa del señor Custodio, aunque se muriera de hambre.
-
-La ira le subía en oleadas a la garganta, sentía un furor negro, vagas
-ideas de acometer, de destruir todo, de echar todas las cosas al suelo y
-despanzurrar a todos los hombres.
-
-El le prometía al _Carnicerín_ que, si alguna vez le encontraba a solas,
-le echaría las zarpas al cuello hasta estrangularle, le abriría en canal
-como a los cerdos y le colgaría con la cabeza para abajo y un palo entre
-las costillas y otro en las tripas, y le pondría, además, en la boca una
-taza de hoja de lata, para que gotease allí su maldita sangre de
-cochino.
-
-Y luego generalizaba su odio y pensaba que la sociedad entera se ponía
-en contra de él y no trataba mas que de martirizarle y de negarle todo.
-
-Pues bien; él se pondría en contra de la sociedad, se reuniría con el
-_Bizco_ y asesinaría a diestro y siniestro, y cuando, cansado de hacer
-crímenes, le llevaran al patíbulo, miraría desde allí al pueblo con
-desprecio y moriría con un supremo gesto de odio y de desdén.
-
-Mientras barajaba en la cabeza todas estas ideas de exterminio, iba
-obscureciendo. Manuel subió a la plaza de Oriente, y de aquí siguió por
-la calle del Arenal.
-
-Estaban asfaltando un trozo de la Puerta del Sol; diez o doce hornillos
-puestos en hilera vomitaban por sus chimeneas un humo espeso y acre.
-Todavía las luces blancas de los arcos voltaicos no habían iluminado la
-plaza; las siluetas de unos cuantos hombres que removían la masa de
-asfalto en las calderas con largos palos, se agitaban diabólicamente
-ante las bocas inflamadas de los hornillos.
-
-Manuel se acercó a una de las calderas y oyó que le llamaban. Era el
-_Bizco_; se hallaba sentado sobre unos adoquines.
-
---¿Qué hacéis aquí?--le preguntó Manuel.
-
---Nos han derribado las cuevas de la Montaña--dijo el _Bizco_--, y hace
-frío. Y tú, ¿qué? ¿Has dejado la casa?
-
---Sí.
-
---Anda, siéntate.
-
-Manuel se sentó y se recostó en una barrica de asfalto.
-
-En los escaparates y en los balcones de las casas iban brillando luces;
-llegaban los tranvías suavemente, como si fueran barcos, con sus faroles
-amarillos, verdes y rojos; sonaban sus timbres, y corrían por la Puerta
-del Sol, trazando elegantes círculos. Cruzaban coches, caballos, carros,
-gritaban los vendedores ambulantes en las aceras, había una baraúnda
-ensordecedora... Al final de una calle, sobre el resplandor cobrizo del
-crepúsculo, se recortaba la silueta aguda de un campanario.
-
---Y a Vidal, ¿no lo ves?--preguntó Manuel.
-
---No. Oye: ¿tú tienes dinero?--dijo el _Bizco_.
-
---Veinte o treinta céntimos nada más.
-
---¿Vamos por una libreta?
-
---Bueno.
-
-Compró Manuel un panecillo, que dió al _Bizco_, y los dos tomaron una
-copa de aguardiente en una taberna. Anduvieron después correteando por
-las calles, y a las once, próximamente, volvieron a la Puerta del Sol.
-
-Alrededor de las calderas del asfalto se habían amontonado grupos de
-hombres y de chiquillos astrosos; dormían algunos con la cabeza apoyada
-en el hornillo, como si fueran a embestir contra él. Los chicos hablaban
-y gritaban, y se reían de los espectadores que se acercaban con
-curiosidad a mirarles.
-
---Dormimos como en campaña--decía uno de los golfos.
-
---Ahora no vendría mal--agregaba otro--pasarse a dar una vuelta por la
-Plaza Mayor, a ver si nos daban una libra de jamón.
-
---Tiene trichina.
-
---Cuidado con el colchón de muelles--vociferaba uno chato, que andaba
-con una varita dando en las piernas de los que dormían--. ¡Eh, tú, que
-estás estropeando las sábanas!
-
-Al lado de Manuel, un chiquillo raquítico, de labios belfos y ojos
-ribeteados, con uno de los pies envuelto en trapos sucios, lloraba y
-gimoteaba; Manuel, absorto en sus ideas, no se había fijado en él.
-
---Pues no berreas tú poco--le dijo al enfermo un muchacho que estaba
-tendido en el suelo, con las piernas encogidas y la cabeza apoyada en
-una piedra.
-
---Es que me duele mucho.
-
---Pues, amolarse. Ahórcate.
-
-Manuel creyó oír la voz del _Carnicerín_, y miró al que hablaba. Con la
-gorra puesta sobre los ojos, no se le veía la cara.
-
---¿Quién es ése?--preguntó Manuel al _Bizco_.
-
---Es el capitán de los de la Montaña: el _Intérprete_.
-
---¿Y por qué le habla así a ese chico?
-
---El _Bizco_ se encogió de hombros con un ademán de indiferencia.
-
---¿Qué te pasa?--le preguntó Manuel al chiquillo.
-
---Tengo una llaga en un pie--contestó el otro, volviendo a llorar.
-
---Te callarás--interrumpió el _Intérprete_ soltando una patada al
-enfermo, el cual pudo esquivar el golpe--. Vete a contar eso a la perra
-de tu madre... ¡Moler! No se puede dormir aquí.
-
---Amolarse--gritó Manuel.
-
---Eso ¿a quién se lo dices?--preguntó el _Intérprete_, echando la gorra
-hacia atrás y mostrando su cara brutal de nariz chata y pómulos
-salientes.
-
---A ti te lo digo ¡ladrón! ¡cobarde!
-
-El _Intérprete_ se levantó y marchó contra Manuel; éste, en un arrebato
-de ira, le agarró del cuello con las dos manos, le dió con el talón
-derecho un golpe en la pierna, le hizo perder el equilibrio y le tumbó
-en la tierra. Allí le golpeó violentamente. El _Intérprete_, más forzudo
-que Manuel, logró levantarse; pero había perdido la fuerza moral, y
-Manuel estaba enardecido y volvió a tumbarle, e iba a darle con un
-pedrusco en la cara, cuando una pareja de municipales los separó a
-puntapiés. El _Intérprete_ se marchó de allí avergonzado.
-
-Se tranquilizó el corro, y fueron, unos tras otros, tendiéndose
-nuevamente alrededor de la caldera.
-
-Manuel se sentó sobre unos adoquines; la lucha le había hecho olvidar el
-golpe recibido a la tarde; se sentía valiente y burlón, y encarándose
-con los curiosos que contemplaban el corro, unos con risas y otros con
-lástima, se puso a hablar con ellos.
-
---Se va a terminar la sesión--les dijo--. Ahora van a dar comienzo los
-grandes ejercicios de canto. Vamos a empezar a roncar, señores. ¡No se
-inquieten los señores del público! Tendremos cuidado con las sábanas.
-Mañana las enviaremos a lavar al río. Ahora es el momento. El que
-quiera--señalando una piedra--puede aprovecharse de estas almohadas. Son
-almohadas finas, como las gastan los marqueses del Archipipi. El que no
-quiera que se vaya y no moleste. ¡Ea!, señores: si no pagan, llamo a la
-criada y digo que cierre...
-
---Pero si a todos éstos les pasa lo mismo--dijo uno de los golfos--;
-cuando duermen van al mesón de la Cuerda. Si todos tienen cara de
-hambre.
-
-Manuel sentía una verbosidad de charlatán. Cuando se cansó se apoyó en
-un montón de piedras y, con los brazos cruzados, se dispuso a dormir.
-
-Poco después el grupo de curiosos se había dispersado; no quedaban mas
-que un municipal y un señor viejo, que hablaban de los golfos en tono de
-lástima.
-
-El señor se lamentaba del abandono en que se les dejaba a los chicos, y
-decía que en otros países se creaban escuelas y asilos y mil cosas. El
-municipal movía la cabeza en señal de duda. Al último resumió la
-conversación, diciendo con un tono tranquilo de gallego:
-
---Créame usted a mí: éstos ya no son buenos.
-
---Manuel, al oír aquello, se estremeció; se levantó del suelo en donde
-estaba, salió de la Puerta del Sol y se puso a andar sin dirección ni
-rumbo.
-
-«¡Estos ya no son buenos!» La frase le había producido una impresión
-profunda. ¿Por qué no era bueno él? ¿Por qué? Examinó su vida. El no era
-malo, no había hecho daño a nadie. Odiaba al _Carnicerín_ porque le
-arrebataba su dicha, le imposibilitaba vivir en el rincón donde
-únicamente encontró algún cariño y alguna protección. Después,
-contradiciéndose, pensó que quizá era malo y, en ese caso, no tenía más
-remedio que corregirse y hacerse mejor.
-
-Embebido en estos pensamientos oyó, al pasar por la calle de Alcalá, que
-le llamaban repetidas veces. Era la _Mellá_ y la _Rabanitos_,
-acurrucadas en un portal.
-
---¿Qué queréis?--las dijo.
-
---_Na_, hombre, hablarte. ¿Has heredado?
-
---No; ¿qué hacéis?
-
---Aquí filando--contestó la _Mellá_.
-
---¿Pues qué pasa?
-
---Que hay recogida, y ese morral de _ispetor_, a pesar de que le
-pagamos, nos _quie_ llevar a la _delega_. ¡Acompáñanos!
-
-Manuel las acompañó un rato; pero una y otra se fueron con unos señores
-y él quedó sólo. Volvió a la Puerta del Sol.
-
-La noche le pareció interminable: dió vueltas y más vueltas; apagaron la
-luz eléctrica, los tranvías cesaron de pasar, la plaza quedó a obscuras.
-
-Entre la calle de la Montera y la de Alcalá iban y venían delante de un
-café, con las ventanas iluminadas, mujeres de trajes claros y pañuelos
-de crespón, cantando, parando a los noctámbulos; unos cuantos chulos,
-agazapados tras de los faroles, las vigilaban y charlaban con ellas,
-dándoles órdenes...
-
-Luego fueron desfilando busconas, chulos y celestinas. Todo el Madrid
-parásito, holgazán, alegre, abandonaba en aquellas horas las tabernas,
-los garitos, las casas de juego, las madrigueras y los refugios del
-vicio, y por en medio de la miseria que palpitaba en las calles, pasaban
-los trasnochadores con el cigarro encendido, hablando, riendo, bromeando
-con las busconas, indiferentes a las agonías de tanto miserable
-desharrapado, sin pan y sin techo, que se refugiaba temblando de frío en
-los quicios de las puertas.
-
-Quedaban algunas viejas busconas en las esquinas, envueltas en el
-mantón, fumando...
-
-Tardó mucho en aclarar el cielo; aun de noche se armaron puestos de
-café; los cocheros y los golfos se acercaron a tomar su vaso o su copa.
-Se apagaron los faroles de gas.
-
-Danzaban las claridades de las linternas de los serenos en el suelo
-gris, alumbrado vagamente por el pálido claror del alba, y las siluetas
-negras de los traperos se detenían en los montones de basura,
-encorvándose para escarbar en ellos. Todavía algún trasnochador pálido,
-con el cuello del gabán levantado, se deslizaba siniestro como un búho
-ante la luz, y mientras tanto comenzaban a pasar obreros... El Madrid
-trabajador y honrado se preparaba para su ruda faena diaria.
-
-Aquella transición del bullicio febril de la noche a la actividad serena
-y tranquila de la mañana le hizo pensar a Manuel largamente.
-
-Comprendía que eran las de los noctámbulos y las de los trabajadores
-vidas paralelas que no llegaban ni un momento a encontrarse. Para los
-unos, el placer, el vicio, la noche; para los otros, el trabajo, la
-fatiga, el sol. Y pensaba también que él debía ser de éstos, de los que
-trabajan al sol, no de los que buscan el placer en la sombra.
-
- FIN
-
-
-
-
-ÍNDICE
-
-
- Págs.
-
- PRIMERA PARTE
-
- I.--Preámbulo.--Conceptos un tanto inmorales
- de una pupilera.--Charlas.--Se oye cerrar un
- balcón.--Canta un grillo. 9
-
- II.--La casa de doña Casiana.--Una ceremonia
- matinal.--Complot.--En donde se discurre
- acerca del valor alimenticio de los huesos.
- --La Petra y su familia.--Manuel; su llegada
- a Madrid. 15
-
- III.--Primeras impresiones de Madrid.--Los
- huéspedes.--Escena apacible.--Dulces y
- deleitosas enseñanzas. 29
-
- IV.--¡Oh, el amor, el amor!--¿Qué hace don
- Telmo?--¿Quién es don Telmo?--En el cual el
- estudiante y don Telmo toman ciertas
- proporciones novelescas. 41
-
-
- SEGUNDA PARTE
-
- I.--La regeneración del calzado y El león de
- la zapatería.--El primer domingo.--Una
- escapatoria.--El _Bizco_ y su cuadrilla. 53
-
- II.--El corralón o la casa del tío Rilo.--Los
- odios de vecindad. 71
-
- III.--Roberto Hasting en la zapatería.
- --Procesión de mendigos.--Corte de los
- Milagros. 81
-
- IV.--La vida en la zapatería.--Los amigos de
- Manuel. 91
-
- V.--La taberna de la _Blasa_. 99
-
- VI.--Roberto en busca de una mujer.--El
- _Tabuenca_ y sus artificios.--Don Alonso
- o el _Hombre Boa_. 109
-
- VII.--La _kermesse_ de la calle de la
- Pasión.--El _Lechuguino_.--Un café
- cantante. 125
-
- VIII.--Las vacilaciones de Leandro.--En la
- taberna de la _Blasa_.--El de las tres
- cartas.--Lucha con el _Valencia_. 133
-
- IX.--Una historia inverosímil.--Las hermanas
- de Manuel.--Lo incomprensible de la vida. 147
-
-
- TERCERA PARTE
-
- I.--El drama del _Tío Patas_.--La tahona.
- --Karl el hornero.--La Sociedad de los Tres. 159
-
- II.--Una de las muchas maneras desagradables
- de morirse que hay en Madrid.--El _Expósito_.
- --El _Cojo_ y su cueva.--La noche en el
- Observatorio. 177
-
- III.--Encuentro con Roberto.--Roberto cuenta
- el origen de una fortuna fantástica. 189
-
- IV.--Dolores la _Escandalosa_.--Las
- engañifas del _Pastiri_.--Dulce salvajismo.
- --Un modesto robo en despoblado. 199
-
- V.--Vestales del arroyo.--Los trogloditas. 217
-
- VI.--El señor Custodio y su hacienda.--A la
- busca. 227
-
- VII.--El señor Custodio y sus ideas.--La
- Justa, el _Carnicerín_ y el _Conejo_. 239
-
- VIII.--La plaza.--Una boda en la Bombilla.
- --Las calderas del asfalto. 251
-
-
-
-
-_Rafael Caro Raggio: Editor.--Ventura Rodríguez, 18._
-
-COLECCIÓN SELECTA
-
-VOLÚMENES PUBLICADOS
-
-
- JULIO VALLÉS.--=El Niño.= (Vida de Jaime Vigntras.)
-
- ENRIQUE BARBUSSE.--=El fuego en las trincheras.=
- » » --=Claridad.=
-
- CARLOS RIVET.--=El último Romanof.= (Historia del Tsar de Rusia
- y su corte.)
-
- STENDHAL.--I. =Un oficial enamorado.= (Luciano Leuwen.)
- » --II. =Un oficial enamorado.= (Luciano Leuwen.)
-
- HENRY KISTEMAECKERS.--=El relevo galante.= (Novela.)
-
- RUDYARD KIPLING.--=Capitanes valientes.=
-
- JOSÉ MARÍA SALAVERRÍA.--=Los conquistadores.= (El
- origen heroico de América).
- » » » --=En la Vorágine.=
-
- JUAN GUALBERTO NESSI.--=Aventuras del submarino alemán U...=
- » » » --=De tobillera a "cocotte".=
-
- ABEL BOTELHO.--I. =El libro de Alda.=
- » » --II. =El libro de Alda.=
-
- A. S. PUSHKIN.--=El bandido Dubrovsky.=
- » --=La casita solitaria de la isla Basilio.=
-
- ABEL HERMANT.--=Los amores de Fanfán.=
-
- A. GUILMAIN.--=La condesa busca un amante.=
- » --=Margot peca siete veces.=
- » --=Frou-frou, vendedora de caricias.=
-
- AUGUSTO MARTÍNEZ OLMEDILLA.--=Resurgimiento.=
-
-
-
-
-JOSÉ MARTÍNEZ RUIZ (AZORÍN)
-
-
-COLECCIÓN DE OBRAS COMPLETAS
-
- I.--EL ALMA CASTELLANA.
- II.--LA VOLUNTAD.
- III.--ANTONIO AZORÍN.
- IV.--LAS CONFESIONES DE UN PEQUEÑO FILÓSOFO. (Aumentada.)
- V.--ESPAÑA.
- VI.--LOS PUEBLOS.
- VII.--FANTASÍAS Y DEVANEOS.
- VIII.--EL POLÍTICO.
- IX.--LA RUTA DE DON QUIJOTE.
- X.--LECTURAS ESPAÑOLAS.
- XI.--LOS VALORES LITERARIOS.
- XII.--CLÁSICOS Y MODERNOS.
- XIII.--CASTILLA.
- XIV.--UN DISCURSO DE LA CIERVA.
- XV.--AL MARGEN DE LOS CLÁSICOS.
- XVI.--EL LICENCIADO VIDRIERA.
- XVII.--UN PUEBLECITO.
- XVIII.--RIVAS Y LARRA.
- XIX.--EL PAISAJE DE ESPAÑA VISTO POR LOS ESPAÑOLES.
- XX.--ENTRE ESPAÑA Y FRANCIA.
- XXI.--PARLAMENTARISMO ESPAÑOL.
- XXII.--PARÍS, BOMBARDEADO Y MADRID SENTIMENTAL.
- XXIII.--LABERINTO.
-
-
-OTRAS PUBLICACIONES
-
- LORENZO GALLEGO CARRANZA.--=Lecciones de Topografía.= 9 ptas.
- » » --=Sistema de acotaciones.= 3,50 ptas.
-
-
-
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-Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg-tm
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-Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
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-because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
-people in all walks of life.
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-Volunteers and financial support to provide volunteers with the
-assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
-goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
-remain freely available for generations to come. In 2001, the Project
-Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
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-To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
-and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
-and the Foundation information page at www.gutenberg.org
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-
-Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive
-Foundation
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-The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
-501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
-state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
-Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification
-number is 64-6221541. Contributions to the Project Gutenberg
-Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
-permitted by U.S. federal laws and your state's laws.
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-Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
-throughout numerous locations. Its business office is located at 809
-North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887. Email
-contact links and up to date contact information can be found at the
-Foundation's web site and official page at www.gutenberg.org/contact
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-For additional contact information:
- Dr. Gregory B. Newby
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-Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg
-Literary Archive Foundation
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-Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
-spread public support and donations to carry out its mission of
-increasing the number of public domain and licensed works that can be
-freely distributed in machine readable form accessible by the widest
-array of equipment including outdated equipment. Many small donations
-($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
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-The Foundation is committed to complying with the laws regulating
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-States. Compliance requirements are not uniform and it takes a
-considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
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-ways including checks, online payments and credit card donations.
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-Section 5. General Information About Project Gutenberg-tm electronic
-works.
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-Professor Michael S. Hart was the originator of the Project Gutenberg-tm
-concept of a library of electronic works that could be freely shared
-with anyone. For forty years, he produced and distributed Project
-Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.
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