diff options
Diffstat (limited to '43432-8.txt')
| -rw-r--r-- | 43432-8.txt | 9117 |
1 files changed, 0 insertions, 9117 deletions
diff --git a/43432-8.txt b/43432-8.txt deleted file mode 100644 index 5dae195..0000000 --- a/43432-8.txt +++ /dev/null @@ -1,9117 +0,0 @@ -The Project Gutenberg EBook of La Lucha Por La Vida; La Busca, by Pío Baroja - -This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with -almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or -re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included -with this eBook or online at www.gutenberg.org - - -Title: La Lucha Por La Vida; La Busca - -Author: Pío Baroja - -Release Date: August 9, 2013 [EBook #43432] - -Language: Spanish - -Character set encoding: ISO-8859-1 - -*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA LUCHA POR LA VIDA; LA BUSCA *** - - - - -Produced by Carlos Colon and the Online Distributed -Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This book was -created from images of public domain material made available -by the University of Toronto Libraries -(http://link.library.utoronto.ca/booksonline/).) - - - - - - - - - - - Nota del Transcriptor: - - Errores obvios de imprenta han sido corregidos. - Páginas en blanco han sido eliminadas. - Letras itálicas son denotadas con _líneas_. - Letras oscuras son denotadas con =signos de igual=. - - - - -OBRAS DE PIÓ BAROJA - - - Vidas sombrías. - - Idilios vascos. - - El tablado de Arlequín. - - Nuevo tablado de Arlequín. - - Juventud, egolatría. - - Idilios y fantasías. - - Las horas solitarias. - - Momentum Catastrophicum. - - La Caverna del Humorismo. - - Divagaciones sobre la Cultura. - - -LAS TRILOGÍAS - -TIERRA VASCA - - La casa de Aizgorri. - - El Mayorazgo de Labraz. - - Zalacaín, el aventurero. - - -LA VIDA FANTÁSTICA - - Camino de perfección. - - Aventuras, inventos y mixtificaciones de Silvestre Paradox. - - Paradox, rey. - - -LA RAZA - - La dama errante. - - La ciudad de la niebla. - - El árbol de la ciencia. - - -LA LUCHA POR LA VIDA - - La busca. - - Mala hierba. - - Aurora roja. - - -EL PASADO - - La feria de los discretos. - - Los últimas románticos. - - Las tragedias grotescas. - - -LAS CIUDADES - - César o nada. - - El mundo es ansí. - - -EL MAR - - Las inquietudes de Shanti Andía. - - -MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN - - El aprendiz de conspirador. - - El escuadrón del Brigante. - - Los caminos del mundo. - - Con la pluma y con el sable. - - Los recursos de la astucia. - - La ruta del aventurero. - - Los contrastes de la vida. - - La veleta de Gastizar. - - Los caudillos de 1830. - - La Isabelina. - - - - - LA LUCHA POR LA VIDA - - LA BUSCA - - - - - ES PROPIEDAD - - DERECHOS RESERVADOS - - PARA TODOS LOS PAÍSES - - - COPYRIGHT BY - - RAFAEL CARO RAGGIO - - 1920 - - - Establecimiento tipográfico de Rafael Caro Raggio. - - - - - PIÓ BAROJA - - - LA LUCHA POR LA VIDA - - LA BUSCA - - NOVELA - - QUINTA EDICIÓN - - - [Ilustración] - - - RAFAEL CARO RAGGIO - - EDITOR - - MENDIZÁBAL, 34 - - MADRID - - - - -PRIMERA PARTE - - - - -CAPÍTULO PRIMERO - -PREÁMBULO.--CONCEPTOS UN TANTO INMORALES DE UNA PUPILERA.--CHARLAS.--SE -OYE CERRAR UN BALCÓN.--CANTA UN GRILLO. - - -ACABABAN de dar las doce, de una manera pausada, acompasada y -respetable, en el reloj del pasillo. Era costumbre de aquel viejo reloj, -alto y de caja estrecha, adelantar y retrasar a su gusto y antojo la -uniforme y monótona serie de las horas que va rodeando nuestra vida, -hasta envolverla y dejarla, como a un niño en la cuna, en el obscuro -seno del tiempo. - -Poco después de esta indicación amigable del viejo reloj, hecha con la -voz grave y reposada, propia de un anciano, sonaron las once, de un modo -agudo y grotesco, con una impertinencia juvenil, en un relojillo -petulante de la vecindad, y unos minutos más tarde, para mayor confusión -y desbarajuste cronométrico, el reloj de una iglesia próxima dió una -larga y sonora campanada, que vibró durante algunos segundos en el aire -silencioso. - -¿Cuál de los tres relojes estaba en lo fijo? ¿Cuál de aquellas tres -máquinas para medir el tiempo tenía más exactitud en sus indicaciones? -El autor no puede decirlo, y lo siente. Lo siente, porque el tiempo es, -según algunos graves filósofos, el cañamazo en donde bordamos las -tonterías de nuestra vida; y es verdaderamente poco científico el no -poder precisar con seguridad en qué momento empieza el cañamazo de este -libro. Pero el autor lo desconoce: sólo sabe que en aquel minuto, en -aquel segundo, hacía ya largo rato que los caballos de la noche -galopaban por el cielo. Era, pues, la hora del misterio; la hora de la -gente maleante; la hora en que el poeta piensa en la inmortalidad, -rimando hijos con prolijos y amor con dolor; la hora en que la buscona -sale de su cubil y el jugador entra en él; la hora de las aventuras que -se buscan y nunca se encuentran; la hora, en fin, de los sueños de la -casta doncella y de los reumatismos del venerable anciano. Y mientras se -deslizaba esta hora romántica, cesaban en la calle los gritos, las -canciones, las riñas; en los balcones se apagaban las luces, y los -tenderos y las porteras retiraban sus sillas del arroyo para entregarse -en brazos del sueño. - -En la morada casta y pura de doña Casiana, la pupilera, reinaba hacía -algún tiempo apacible silencio; solo entraba por el balcón, abierto de -par en par, el rumor lejano de los coches y el canto de un grillo de la -vecindad, que rascaba en la chirriante cuerda de su instrumento con una -persistencia desagradable. - -En aquella hora, fuera la que fuese, marcada por los doce lentos y -gangosos ronquidos del reloj del pasillo, no se encontraban en la casa -mas que un señor viejo, madrugador impenitente; la dueña, doña Casiana, -patrona también impenitente, para desgracia de sus huéspedes, y la -criada Petra. - -La patrona dormía en aquel instante sentada en la mecedora, en el balcón -abierto; la Petra, en la cocina, hacía lo mismo, con la cabeza apoyada -en el marco de la ventana, y el señor viejo madrugador se entretenía -tosiendo en la cama. - -Había concluído la Petra de fregar, y el sueño, el calor y el cansancio -la rindieron, sin duda. A la luz de la lamparilla colgada en el fogón se -la veía vagamente. Era una mujer flaca, macilenta, con el pecho hundido, -los brazos delgados, las manos grandes, rojas, y el pelo gris. Dormía -con la boca abierta, sentada en una silla, con una respiración anhelante -y fatigosa. - -Al sonar las campanadas en el reloj del pasillo, se despertó de repente: -cerró la ventana, de donde entraba un nauseabundo olor a establo de la -vaquería de la planta baja; dobló los paños, salió con un rimero de -platos y los dejó sobre la mesa del comedor; luego guardó los cubiertos, -el mantel y el pan sobrante en un armario; descolgó la candileja y entró -en el cuarto, en cuyo balcón dormía la patrona. - ---¡Señora! ¡Señora!--llamó varias veces. - ---¿Eh? ¿Qué pasa?--murmuró doña Casiana, de un modo soñoliento. - ---Si quiere usted algo. - ---No, nada. ¡Ah, sí! Mañana dígale usted al panadero que el lunes que -viene le pagaré. - ---Está bien. Buenas noches. - -Salía la criada del cuarto, cuando se iluminaron los balcones de la casa -de enfrente; después se abrieron de par en par, y se oyó un preludio -suave de guitarra. - ---¡Petra! ¡Petra!--gritó doña Casiana--. Venga usted. ¿Eh? En casa de -la Isabelona... se conoce que ha venido gente. - -La criada se asomó al balcón y miró con indiferencia la casa frontera. - ---Eso, eso produce--siguió diciendo la patrona--; no estas porquerías de -casas de huéspedes. - -En aquel momento apareció en uno de los balcones de la casa vecina una -mujer envuelta en amplia bata, con una flor roja en el pelo, cogida -estrechamente de la cintura por un señorito vestido de etiqueta, con -frac y chaleco blanco. - ---Eso, eso produce--repitió la patrona varias veces. - -Luego, esta idea debió alterar su bilis, porque añadió con voz irritada: - ---Mañana voy a echar el toro al curita y a esas golfas de las hijas de -doña Violante, y a todo el que no me pague. ¡Que tenga una que luchar -con esta granujería! No; pues de mí no se ríen más... - -La Petra, sin replicar nada, dió nuevamente las buenas noches y salió -del cuarto. Doña Casiana siguió mascullando sus iras; después repantigó -su cuerpo rechoncho en la mecedora y soñó con un establecimiento de la -misma especie que el de la vecindad; pero un establecimiento modelo, con -salas lujosamente amuebladas, adonde iban en procesión todos los jóvenes -escrofulosos de los círculos y congregaciones, místicos y mundanos, -hasta tal punto, que se veía ella en la necesidad de poner un despacho -de billetes a la puerta. - -Mientras la patrona mecía su imaginación en este dulce sueño de burdel -monstruo, la Petra entró en un cuartucho obscuro, lleno de trastos -viejos; dejó la luz en una silla, puso una caja de fósforos, grasienta, -en el recazo de la candileja; leyó un instante en un libro de -oraciones, sucio y mugriento, con letras gordas; repitió algunos rezos -mirando al techo, y comenzó a desnudarse. La noche estaba sofocante; en -aquel agujero el calor era horrible. La Petra se metió en la cama, se -persignó, apagó la candileja, que humeó largo rato, se tendió y apoyó la -cabeza en la almohada. Un gusano de la carcoma en alguno de aquellos -trastos viejos hacía crujir la madera de un modo isócrono... - -La Petra durmió con un sueño profundo un par de horas, y se despertó -ahogada de calor. Habían abierto la puerta, se oían pasos en el pasillo. - ---Ya está ahí doña Violante con sus hijas--murmuró la Petra--. Será muy -tarde. - -Volverían las tres damas de los jardines, adonde iban después de cenar -en busca de las pesetas necesarias para vivir. La suerte no debió -favorecerlas, porque traían mal humor, y las dos jóvenes disputaban, -achacándose una a otra la culpa de haber perdido el tiempo. - -Cesó la conversación, después de unas cuantas frases agrias e irónicas, -y volvió a reinar el silencio. La Petra, desvelada, se abismó en sus -preocupaciones; de nuevo se oyeron pasos, pero leves y rápidos, en el -corredor; después, el ruido de la falleba de un balcón abierto con -cautela. - ---Alguna de esas se ha levantado--pensó la Petra--. ¿Qué trapisonda -traerá? - -Al cabo de unos minutos se oyó la voz de la patrona, que gritaba -imperiosamente desde su cuarto: - ---¡Irene!... ¡Irene! - ---¿Qué? - ---Salga usted del balcón. - ---Y ¿por qué tengo _de_ salir?--replicó una voz áspera, con palabra -estropajosa. - ---Porque sí... porque sí. - ---¿Pues qué hago yo en el balcón? - ---Usted lo sabrá mejor que yo. - ---Pues no sé. - ---Pues yo sí sé. - ---Estaba tomando el fresco. - ---Usted sí que es fresca. - ---La fresca será usted, señora. - ---Cierre usted el balcón. Usted se figura que mi casa es lo que no es. - ---Yo ¿qué he hecho? - ---No tengo necesidad de decírselo. Para eso, enfrente, enfrente. - ---Quiere decir que en casa de la Isabelona--pensó la Petra. - -Se oyó cerrar el balcón de golpe; sonaron pasos en el corredor, seguidos -de un portazo. La patrona continuó rezongando durante largo tiempo; -luego hubo un murmullo de conversación tenida en voz baja. Después no se -oyó mas que el chirriar persistente del grillo de la vecindad, que -siguió rascando en su desagradable instrumento con la constancia de un -aprendiz de violinista. - - - - -CAPÍTULO II - -LA CASA DE DOÑA CASIANA.--UNA CEREMONIA MATINAL.--COMPLOT.--EN DONDE SE -DISCURRE ACERCA DEL VALOR ALIMENTICIO DE LOS HUESOS.--LA PETRA Y SU -FAMILIA.--MANUEL: SU LLEGADA A MADRID. - - -... Y el grillo, como virtuoso obstinado, persistió en sus ejercicios -musicales, a la verdad algo monótonos, hasta que apareció en el cielo la -plácida sonrisa del alba. A los primeros rayos del sol calló el músico, -satisfecho, sin duda, de la perfección de su artístico trabajo, y una -codorniz le sustituyó en el solo, dando los tres golpes consabidos. El -sereno llamó con su chuzo en las tiendas, pasaron uno o dos panaderos -con la cesta a la cabeza, se abrió una tienda, luego otra, después un -portal, echó una criada la basura a la acera, se oyó el vocear de un -periódico. Poco después la calle entraba en movimiento. - -Sería el autor demasiado audaz si tratase de demostrar la necesidad -matemática en que se encontraba la casa de doña Casiana de hallarse -colocada en la calle de Mesonero Romanos, antes del Olivo, porque, -indudablemente, con la misma razón podía haber estado emplazada en la -del Desengaño, en la de Tudescos, o en otra cualquiera; pero los deberes -del autor, sus deberes de cronista imparcial y verídico, le obligan a -decir la verdad, y la verdad es que la casa estaba en la calle de -Mesonero Romanos, antes del Olivo. - -En aquellas horas tempranas no se oía en ella el menor ruido; el portero -había abierto el portal y contemplaba la calle con cierta melancolía. - -El portal, largo, obscuro, mal oliente, era más bien un corredor -angosto, a uno de cuyos lados estaba la portería. - -Al pasar junto a esta última, si se echaba una mirada a su interior, -ahogado y repleto de muebles, se veía constantemente una mujer gorda, -inmóvil, muy morena, en cuyos brazos descansaba un niño enteco, pálido y -larguirucho, como una lombriz blanca. Encima de la ventana, se figuraba -uno que, en vez de «Portería», debía poner: «La mujer cañón con su -hijo», o un letrero semejante de barraca de feria. - -Si a esta mujer voluminosa se la preguntaba algo, contestaba con una voz -muy chillona, acompañada de un gesto desdeñoso bastante desagradable. Se -seguía adelante, dejando a un lado el antro de la mujer-cañón, y a la -izquierda del portal, daba comienzo la escalera, siempre a obscuras, sin -más ventilación que la de unas ventanas altas, con rejas, que daban a un -patio estrecho, de paredes sucias, llenas de ventiladores redondos. Para -una nariz amplia y espaciosa, dotada de una pituitaria perspicaz, -hubiese sido un curioso _sport_ el de descubrir e investigar la -procedencia y la especie de todos los malos olores, constitutivos de -aquel tufo pesado, propio y característico de la casa. - -El autor no llegó a conocer los inquilinos que habitaban los pisos -altos; tiene una idea vaga de que había dos o tres patronas, alguna -familia que alquilaba cuartos a caballeros estables, pero nada más. Por -esta causa el autor no se remota a las alturas y se detiene en el piso -principal. - -En éste, de día apenas si se divisaba, por la obscuridad reinante, una -puerta pequeña; de noche, en cambio, a la luz de un farol de petróleo, -podía verse una chapa de hoja de lata, pintada de rojo, en la cual se -leía escrito con letras negras: «Casiana Fernández». - -A un lado de la puerta colgaba un trozo de cadena negruzco, que sólo -poniéndose de puntillas y alargando el brazo se alcanzaba; pero como la -puerta estaba siempre entornada, los huéspedes podían entrar y salir sin -necesidad de llamar. - -Se pasaba dentro de la casa. Si era de día, encontrábase uno sumergido -en las profundas tinieblas; lo único que denotaba el cambio de lugar era -el olor, no precisamente por ser más agradable que el de la escalera, -pero sí distinto; en cambio, de noche, a la vaga claridad difundida por -una mariposa de corcho, que nadaba sobre el agua y el aceite de un vaso, -sujeto por una anilla de latón a la pared, se advertían, con cierta vaga -nebulosidad, los muebles, cuadros y demás trastos que ocupaban el -recibimiento de la casa. - -Frente a la entrada había una mesa ancha y sólida, y sobre ella una caja -de música de las antiguas, con unos cilindros de acero erizados de -pinchos, y junto a ella una estatua de yeso: una figura ennegrecida y -sin nariz, que no se conocía fácilmente si era de algún dios, de algún -semidiós o de algún mortal. - -En la pared del recibimiento y en la del pasillo se destacaban cuadros -pintados al óleo, grandes y negruzcos. Un inteligente quizá los hubiese -encontrado detestables; pero la patrona, que se figuraba que cuadro muy -obscuro debía de ser muy bueno, se recreaba, a veces, pensando que quizá -aquellos cuadros, vendidos a un inglés, le sacarían algún día de apuros. - -Eran unos lienzos en donde el pintor había desarrollado escenas bíblicas -tremebundas: matanzas, asolamientos, fieros males; pero de tal manera, -que a pesar de la prodigalidad del artista en sangre, llagas y cabezas -cortadas, aquellos lienzos, en vez de horrorizar, producían una -impresión alegre. Uno de ellos representaba la hija de Herodes -contemplando la cabeza de San Juan Bautista. Las figuras todas eran de -amable jovialidad; el rey, con una indumentaria de rey de baraja y en la -postura de un jugador de naipes, sonreía; su hija, una señora -coloradota, sonreía; los familiares, metidos en sus grandes cascos, -sonreían, y hasta la misma cabeza de San Juan Bautista sonreía, colocada -en un plato repujado. Indudablemente el autor de aquellos cuadros, si no -el mérito del dibujo ni el del colorido, tenía el de la jovialidad. - -A derecha e izquierda de la puerta de la casa corría el pasillo, de -cuyas paredes colgaban otra porción de lienzos negros, la mayoría sin -marco, en los cuales no se veía absolutamente nada, y sólo en uno se -adivinaba, después de fijarse mucho, un gallo rojizo picoteando en las -hojas de una verde col. - -A este pasillo daban las alcobas, en las que hasta muy entrada la tarde -solían verse por el suelo calcetines sucios, zapatillas rotas, y, sobre -las camas sin hacer, cuellos y puños postizos. - -Casi todos los huéspedes se levantaban en aquella casa tarde, excepto -dos comisionistas, un tenedor de libros y un cura, los cuales -madrugaban por mor del oficio, y un señor viejo, que lo hacía por -costumbre o por higiene. - -El tenedor de libros se largaba a las ocho de la mañana sin desayunarse; -el cura salía _in albis_ para decir misa; pero los comisionistas tenían -la audaz pretensión de tomar algo en casa, y la patrona empleaba un -procedimiento muy sencillo para no darles ni agua: los dos comisionistas -comenzaban su trabajo de nueve y media a diez; se acostaban muy tarde, y -encargaban a la patrona que les despertase a las ocho y media; ella -cuidaba de no llamarles hasta las diez. Al despertarse los viajantes y -ver la hora, se levantaban, se vestían de prisa y escapaban disparados, -renegando de la patrona. Luego, cuando el elemento femenino de la casa -daba señales de vida, se oían por todas partes gritos, voces -destempladas, conversaciones de una alcoba a otra, y se veía salir de -los cuartos, la mano armada con el servicio de noche, a la patrona, a -alguna de las hijas de doña Violante, a una vizcaína alta y gorda, y a -otra señora, a la que llamaban la Baronesa. - -La patrona llevaba invariablemente un cubrecorsé de bayeta amarilla; la -Baronesa, un peinador lleno de manchas de cosmético, y la vizcaína, un -corpiño rojo, por cuya abertura solía presentar a la admiración de los -que transitaban por el corredor una ubre monstruosa y blanca con gruesas -venas azules... - -Después de aquella ceremonia matinal, y muchas veces durante la misma, -se iniciaban murmuraciones, disputas, chismes y líos, que servían de -comidilla para las horas restantes. - -Al día siguiente de la riña entre la patrona y la Irene, cuando ésta -volvió a su cuarto, luego de realizada su misión, hubo conciliábulo -secreto entre las que quedaron. - ---¿No saben ustedes? ¿No han oído nada esta noche?--dijo la vizcaína. - ---No--contestaron la patrona y la Baronesa--. ¿Qué ocurre? - ---La Irene ha metido esta noche un hombre en casa. - ---¿Sí? - ---Yo misma he oído cómo hablaba con él. - ---¡Y habrá abierto la puerta de la calle! ¡Qué perro!--murmuró la -patrona. - ---No; el hombre era de la vecindad. - ---Alguno de los estudiantes de arriba--dijo la Baronesa. - ---Ya le diré yo cuatro cosas a ese pingo--replicó doña Casiana. - ---No; espere usted--contestó la vizcaína--. Vamos a darle un susto a -ella y al galán. Cuando estén hablando, si él viene esta noche, le -avisamos al sereno para que llame a la puerta de casa, y al mismo tiempo -salimos de nuestros cuartos con luz, como si fuéramos al comedor, y los -cogemos. - -Mientras se tramaba el complot en el pasillo, la Petra preparaba el -almuerzo en las obscuridades de la cocina. No tenía gran cosa que -preparar, pues el almuerzo se componía invariablemente de un huevo -frito, que nunca, por casualidad, fué grande, y un _beefsteak_, que -desde los más remotos tiempos no se recordaba que una vez, por -excepción, hubiese sido blando. - -Al mediodía, la vizcaína, con mucho misterio, contó a la Petra el -complot; pero la criada no estaba aquel día para bromas: acababa de -recibir una carta que la llenó de preocupaciones. Su cuñado le escribía -que a Manuel, el mayor de los hijos de la Petra, lo enviaban a Madrid; -no le daba explicaciones claras del porqué de aquella determinación; -decía únicamente la carta que allí, en el pueblo, el chico perdía el -tiempo, y que lo mejor era que fuese a Madrid a aprender un oficio. - -A la Petra, aquella carta la hizo cavilar mucho. Después de fregar los -platos se puso a lavar en la artesa; no le abandonaba la idea fija de -que, cuando su cuñado le enviaba a Manuel, habría hecho alguna -barbaridad el muchacho. Pronto lo podía saber, porque a la noche -llegaba. - -La Petra tenía cuatro hijos, dos varones y dos hembras; las dos -muchachas estaban bien colocadas: la mayor, de doncella, con unas -señoras muy ricas y religiosas; la pequeña, en casa de un empleado. - -Los chicos le preocupaban más; el menor no tanto, porque, según le -decían, seguía siendo de buena índole; pero el mayor era revoltoso y -díscolo. - ---No se parece a mí--pensaba la Petra--. En cambio, tiene bastante -semejanza con mi marido. - -Y esto le producía inquietudes; su marido, Manuel Alcázar, había sido un -hombre enérgico y fuerte, y en la última época de su vida, malhumorado y -brutal. - -Era maquinista de tren y ganaba un buen sueldo. La Petra y él no se -entendían, y el matrimonio andaba siempre a trastazos. - -La gente, los conocidos, culpaban de todo a Alcázar, el maquinista, como -si la oposición sistemática de la Petra, que parecía gozar impacientando -al hombre, no fuera bastante para exasperar a cualquiera. Siempre la -Petra había sido así, voluntariosa, con apariencia de humilde, de una -testarudez de mula; en haciendo su capricho, lo demás le importaba poco. - -En vida del maquinista, la situación económica de la familia era -relativamente buena. Alcázar y la Petra pagaban diez y seis duros de -casa en la calle del Reloj, y tenían huéspedes: un ambulante de Correos -y otros empleados del tren. - -La existencia de la familia hubiera podido ser sosegada y agradable sin -las diarias peleas entre marido y mujer. Habían llegado los dos a -experimentar una necesidad tal de reñir, que por la cosa más -insignificante armaban un escándalo; bastaba que él dijera blanco para -que ella afirmase negro; aquella oposición enfurecía al maquinista, que -tiraba los platos por el aire, abofeteaba a su mujer y andaba a -puñetazos con todos los muebles de la casa. Entonces la Petra, -satisfecha de tener un motivo suficiente de aflicción, se encerraba a -llorar y a rezar en su cuarto. - -Entre el alcohol, las rabietas y el trabajo duro, el maquinista estaba -torpe; un día de agosto, de calor horrible, se cayó del tren a la vía, -y, sin herida ninguna, lo encontraron muerto. - -La Petra, desoyendo las advertencias de sus huéspedes, se empeñó en -mudarse de casa porque no le gustaba aquel barrio; lo hizo, tomó nuevos -pupilos, gente informal y sin dinero, que dejaban a deber mucho, o que -no pagaban nada, y, al poco tiempo, se vió en la necesidad de vender sus -muebles y abandonar su nueva casa. - -Entonces puso a sus hijas a servir, envió a los dos chicos a un -pueblecillo de la provincia de Soria, en donde su cuñado estaba de jefe -de un apeadero, y entró de sirviente en la casa de huéspedes de doña -Casiana. De ama pasó a criada, sin quejarse. Le bastaba habérsele -ocurrido a ella la idea para considerarla la mejor. - -Dos años llevaba en la casa guardando la soldada; su ideal era que sus -hijos pudiesen estudiar en un Seminario y que llegasen a ser curas. - -Aquella vuelta de Manuel, el hijo mayor, desbarataba sus planes. ¿Qué -habría pasado? - -Y hacía una porción de conjeturas. En tanto, removía con sus manos -deformadas la ropa sucia de los huéspedes. - -Llegaba de la ventana del patio una baraúnda de cánticos y voces de -gente que riñe, alternando con el chirriar de las garruchas de las -cuerdas para tender la ropa. - -A media tarde, la Petra comenzó a preparar la comida. La patrona mandaba -traer todas las mañanas una cantidad enorme de huesos para el sustento -de los huéspedes. Es muy posible que en aquel montón de huesos hubiera, -de cuando en cuando, alguno de cristiano; lo seguro es que, fuesen de -carnívoro o de rumiante, en aquellas tibias, húmeros y fémures, no había -casi nunca una mala piltrafa de carne. Hervía el osario en el puchero -grande con garbanzos, a los cuales se ablandaba con bicarbonato, y con -el caldo se hacía la sopa, la cual, gracias a su cantidad de sebo, -parecía una cosa turbia para limpiar cristales o sacar brillo a los -dorados. - -Después de observar en qué estado se encontraba el osario en el puchero, -la Petra hizo la sopa, y luego se dedicó a extraer todas las piltrafas -de los huesos y a envolverlas hipócritamente con una salsa de tomate. -Esto constituía el principio en casa de doña Casiana. - -Gracias a este régimen higiénico, ninguno de los huéspedes caía enfermo -de obesidad, de gota ni de cualquiera de esas otras enfermedades por -exceso de alimentación, tan frecuentes en los ricos. - -Luego de preparar y de servir a los huéspedes la comida, la Petra dejó -el fregado para más tarde y salió de casa a recibir a su hijo. - -Aun no había obscurecido del todo; el cielo estaba vagamente rojizo, el -aire sofocante, lleno de un vaho denso de polvo y de vapor. La Petra -subió la calle de Carretas, siguió por la de Atocha, entró en la -estación del Mediodía y se sentó en un banco a esperar a Manuel... - -Mientras tanto, el muchacho venía medio dormido, medio asfixiado en un -vagón de tercera. - -Había tomado el tren por la noche en el apeadero en donde su tío estaba -de jefe. Al llegar a Almazán tuvo que esperar más de una hora a que -saliera un mixto, dando paseos para hacer tiempo por las calles -desiertas. - -A Manuel le pareció Almazán enorme, tristísimo; tenía el pueblo, -vislumbrado en la obscuridad de una noche vagamente estrellada, la -apariencia de grande y fantástica ciudad muerta. En las calles -estrechas, de casas bajas, brillaba la luz eléctrica, pálida y -mortecina; la espaciosa plaza con arcos estaba desierta; la torre de una -iglesia se erguía en el cielo. - -Manuel bajó hacia el río. Desde el puente presentábase el pueblo aun más -fantástico y misterioso; adivinábanse sobre una muralla las galerías de -un palacio; algunas torres altas y negras se alzaban en medio del -caserío confuso del pueblo; un trozo de luna resplandecía junto a la -línea del horizonte, y el río, dividido en brazos por algunas isletas, -brillaba como si fuera de azogue. - -Salió Manuel de Almazán y tuvo que esperar unas horas en Alcuneza para -transbordar. Estaba cansado, y como en la estación no había bancos, se -tendió en el suelo entre fardos y pellejos de aceite. - -Al amanecer tomó el otro tren, y, a pesar de la dureza del asiento, -logró dormirse. - -Manuel llevaba dos años con sus parientes; dejaba la casa con más -satisfacción que pena. - -No tuvo para él la vida nada de agradable en aquellos dos años. - -La pequeña estación en donde su tío estaba de jefe hallábase próxima a -una aldehuela pobre, rodeada de áridas pedrizas, sin árboles ni matas. -Solía hacer en aquellos parajes una temperatura siberiana; pero las -inclemencias de la Naturaleza no eran cosa para preocupar a un chico, y -a Manuel le tenían sin cuidado. - -Lo peor era que ni su tío ni la mujer de su tío le mostraron afecto, -sino indiferencia, y esta indiferencia preparó al muchacho para recibir -los pocos beneficios recibidos con una completa frialdad. - -No pasaba lo mismo con el hermano de Manuel, con quien los tíos llegaron -a encariñarse. - -Los dos muchachos manifestaron condiciones casi en absoluto opuestas: el -mayor, Manuel, gozaba de un carácter ligero, perezoso e indolente; no -quería estudiar ni ir a la escuela; le encantaban las correrías por el -campo, todo lo atrevido y peligroso; el rasgo característico de Juan, el -hermano menor, era un sentimentalismo enfermizo que se desbordaba en -lágrimas por la menor causa. - -Manuel recordaba que el maestro de escuela y organista del pueblo, un -vejete medio dómine que enseñaba latín a los dos hermanos, aseguraba que -Juan llegaría a ser algo: a Manuel le consideraba como un holgazán -aventurero y vagabundo que no podía acabar bien. - -Mientras Manuel dormitaba en el coche de tercera se amontonaban en su -imaginación mil recuerdos: los hechos sucedidos la víspera en casa de -sus tíos se mezclaban en su cerebro con fugaces impresiones de Madrid, -ya medio olvidadas, y las sensaciones de distintas épocas se -intercalaban unas en otras en su memoria, sin razón ni lógica, y, entre -ellas, en la turbamulta de imágenes lejanas y próximas que pasaban ante -sus ojos, se destacaban fuertemente aquellas torres negras entrevistas -de noche en Almazán a la luz de la luna... - -Cuando uno de los compañeros de viaje anunció que ya estaban en Madrid, -Manuel sintió verdadera angustia; un crepúsculo rojo esclarecía el -cielo, inyectado de sangre como la pupila de un monstruo; el tren iba -aminorando su marcha; pasaba por delante de barriadas pobres y de casas -sórdidas; en aquel momento brillaban las luces eléctricas pálidamente -sobre los altos faros de señales... - -Se deslizó el tren entre filas de vagones, retemblaron las placas -giratorias con estrépito férreo y apareció la estación del Mediodía -iluminada por arcos voltaicos. - -Descendieron los viajeros; bajó Manuel con su fardelillo de ropa en la -mano, miró a todas partes por si encontraba a su madre, y no la vió en -toda la anchura del andén. Quedó perplejo; siguió luego a la gente que -marchaba de prisa con líos y jaulas hacia una puerta; le pidieron el -billete, se detuvo a registrarse los bolsillos, lo encontró y salió por -entre dos filas de mozos que anunciaban nombres de hoteles. - ---¡Manuel! ¿Adónde vas? - -Allí estaba su madre. La Petra tenía intención de mostrarse severa; pero -al ver a su hijo se olvidó de su severidad y le abrazó con efusión. - ---Pero ¿qué ha pasado?--preguntó en seguida la Petra. - ---Nada. - ---Y entonces, ¿por qué vienes? - ---Me han preguntado si quería estar allá o venir a Madrid, y yo he dicho -que prefería venir a Madrid. - ---¿Y nada más? - ---Nada más--contestó Manuel con sencillez. - ---Y Juan, ¿estudiaba? - ---Sí; mucho más que yo. ¿Está lejos la casa, madre? - ---Sí. Qué, ¿tienes apetito? - ---Ya lo creo: no he comido en todo el camino. - -Salieron de la estación al Prado; después subieron por la calle de -Alcalá. Una gasa de polvo llenaba el aire; los faroles brillaban opacos -en la atmósfera enturbiada.... Al llegar a la casa, la Petra dió de -cenar a Manuel y le hizo la cama en el suelo, al lado de la suya. El -muchacho se acostó, y era tan violento el contraste del silencio de la -aldea con aquella algarabía de ruido de pasos, conversaciones y voces de -la casa, que, a pesar del cansancio, Manuel no pudo dormir. - -Oyó cómo entraban todos los huéspedes; ya era más de media noche cuando -el cotarro quedó tranquilo; pero de repente se armó una trapatiesta de -voces y de risas alborotadoras, que terminó con una imprecación de -triple blasfemia y una bofetada que resonó estrepitosamente. - ---¿Qué será eso, madre?--preguntó Manuel desde su cama. - ---A la hija de doña Violante que la han cogido con el novio--contestó la -Petra, medio dormida; luego le pareció una imprudencia decir esto al -muchacho, y añadió, malhumorada: - ---Calla y duerme ya. - -La caja de música del recibimiento, movida por la mano de alguno de los -huéspedes, comenzó a tocar aquel aire sentimental de _La Mascota_, el -dúo de Pippo y Bettina: - - ¿Me olvidarás, gentil pastor? - -Luego quedó todo en silencio. - - - - -CAPÍTULO III - -PRIMERAS IMPRESIONES DE MADRID.--LOS HUÉSPEDES.--ESCENA -APACIBLE.--DULCES Y DELEITOSAS ENSEÑANZAS. - - -LA madre de Manuel tenía un pariente, primo de su marido, que era -zapatero. Había pensado la Petra, en los días anteriores, enviar a -Manuel de aprendiz a la zapatería; pero le quedaba la esperanza de que -el muchacho se convenciera de que le convenía más estudiar cualquier -cosa que aprender un oficio; y esta esperanza la hizo no decidirse a -llevar al chico a casa de su cuñado. - -Algún trabajo costó a Petra convencer a la patrona que permitiera estar -en casa a Manuel; pero al fin lo consiguió. Se convino en que el chico -haría recados y serviría la comida. Luego, cuando pasara la época de -vacaciones, seguiría estudiando. - -Al día siguiente de su llegada, el muchacho ayudó a servir la mesa a su -madre. - -En el comedor se sentaban todos los huéspedes, menos la Baronesa y su -niña, presididos por la patrona, con su cara llena de arrugas, de color -de orejón, y sus treinta y tantos lunares. - -El comedor, un cuarto estrecho y largo, con una ventana al patio, -comunicaba con dos angostos corredores, torcido en ángulo recto; frente -a la ventana se levantaba un aparador de nogal negruzco con estantes, -sobre los cuales lucían baratijas de porcelana y de vidrio, y copas y -vasos en hilera. La mesa del centro era tan larga para cuarto tan -pequeño, que apenas dejaba sitio para pasar por los extremos cuando se -sentaban los huéspedes. - -El papel amarillo del cuarto, rasgado en muchos sitios, ostentaba a -trechos círculos negruzcos, de la grasa del pelo de los huéspedes, que, -echados con la silla hacia atrás, apoyaban el respaldar del asiento y la -cabeza en la pared. - -Los muebles, las sillas de paja, los cuadros, la estera, llena de -agujeros, todo estaba en aquel cuarto mugriento, como si el polvo de -muchos años se hubiese depositado sobre los objetos unido al sudor de -unas cuantas generaciones de huéspedes. - -De día, el comedor era obscuro; de noche, lo iluminaba un quinqué de -petróleo de sube y baja que manchaba el techo de humo. - -La primera vez que sirvió la mesa Manuel, obedeciendo las indicaciones -de su madre, presidía la mesa la patrona, según costumbre; a su derecha -se sentaba un señor viejo, de aspecto cadavérico, un señor muy pulcro, -que limpiaba los vasos y los platos con la servilleta concienzudamente. -Este señor tenía a su lado un frasco con un cuentagotas, y antes de -comer comenzó a echar la medicina en el vino. A la izquierda de la -patrona se erguía la vizcaína, mujer alta, gruesa, de aspecto bestial, -nariz larga, labios abultados y color encendido; y al lado de esta -dama, aplastada coma un sapo, estaba doña Violante, a quien los -huéspedes llamaban en broma unas veces doña Violente y otras doña -Violada. - -Cerca de doña Violante se acomodaban sus hijas; luego, un cura que -charlaba por los codos, un periodista a quien decían el Superhombre, un -joven muy rubio, muy delgado y muy serio, los comisionistas y el tenedor -de libros. - -Sirvió Manuel la sopa, la tomaron todos los huéspedes, sorbiéndola con -un desagradable resoplido, y, por mandato de su madre, el muchacho quedó -allí, de pie. Vinieron después los garbanzos, que, si no por lo grandes, -por lo duros hubiesen podido figurar en un parque de artillería, y uno -de los huéspedes se permitió alguna broma acerca de lo comestible de -legumbre tan pétrea; broma que resbaló por el rostro impasible de doña -Casiana sin hacer la menor huella. - -Manuel se dedicó a observar a los huéspedes. Era el día siguiente al -complot, y doña Violante y sus niñas estaban hurañas y malhumoradas. La -cara abotagada de doña Violante se fruncía a cada momento, y en sus ojos -saltones y turbios se adivinaba una honda preocupación. Celia, la mayor -de las hijas, molestada por las bromas del cura, comenzó a contestarle -violentamente, maldiciendo de todo lo divino y humano con una rabia y un -odio desesperado y pintoresco, lo que provocó grandes risas de todos. -Irene, la culpable del escándalo de la noche anterior, una muchacha de -quince a diez y seis años, de cabeza gorda, manos y pies grandes, cuerpo -sin desarrollo completo y ademanes pesados y torpes, no hablaba apenas, -ni separaba la vista del plato. - -Concluyó la comida, y los huéspedes se largaron cada uno a su trabajo. -Por la noche, Manuel sirvió la cena sin tirar nada ni equivocarse una -vez; pero a los cinco o seis días ya no daba pie con bola. - -No se sabe hasta qué punto impresionaron al muchacho los usos y -costumbres de la casa de huéspedes y la clase de pájaros que en ella -vivían; pero no debieron impresionarle mucho. Manuel tuvo que aguantar -mientras sirvió la mesa en los días posteriores una serie interminable -de advertencias, bromas y cuchufletas. - -Mil incidentes, chuscos para el que no tuviera que sufrirlos, se -producían a cada paso: unas veces se encontraba tabaco en la sopa, otras -carbón, ceniza, pedazos de papel de color en la botella del agua. - -Uno de los comisionistas, que padecía del estómago y se pasaba la vida -mirándose la lengua en el espejo, solía levantarse, furioso, cuando -pasaba alguna de estas cosas, a pedir a la dueña que despachase a un -zascandil que hacía tantos disparates. - -Manuel se acostumbró a estas manifestaciones contra su humilde persona, -y contestaba cuando le reñían con el mayor descaro e indiferencia. - -Pronto se enteró de la vida y milagros de todos los huéspedes, y se -hallaba dispuesto a soltarles cualquier barbaridad si le fastidiaban -demasiado. - -Doña Violante y sus niñas manifestaron por Manuel gran simpatía, la -vieja sobre todo. Llevaban ya varios meses las tres damas viviendo en la -casa; pagaban poco, y cuando no podían, no pagaban, pero eran fáciles de -contentar. Dormían las tres en un cuarto interior, que daba al patio, -del cual venía un olor a leche fermentada, repugnante, que escapaba del -establo del piso bajo. - -No tenían en el cubil donde se albergaban sitio ni aun para moverse; el -cuarto que les había asignado la patrona, en relación a la pequeñez del -pupilaje y a la inseguridad del pago, era un chiscón obscuro, ocupado -por dos estrechas camas de hierro, entre las cuales, en el poco sitio -que dejaban ambas, se hallaba embutido un catre de tijera. - -Allá dormían aquellas galantes damas; de día correteaban todo Madrid, y -se pasaban la existencia haciendo combinaciones con prestamistas, -empeñando y desempeñando cosas. - -Las dos jóvenes, Celia e Irene, aunque madre e hija, pasaban como -hermanas. Doña Violante tuvo en sus buenos tiempos una vida de pequeña -cortesana; logró hacer sus ahorros, sus provisiones, allá para el -invierno de la vejez, cuando un protector anciano le convenció de que -tenía una combinación admirable para ganar mucho dinero en el Frontón. -Doña Violante cayó en el lazo, y el protector la dejó sin un céntimo. -Entonces, doña Violante volvió a las andadas, se quedó medio ciega, y -llegó a aquel estado lamentable, al cual hubiera llegado, seguramente -mucho más pronto, si en el comienzo de su vida le diera el naipe por ser -honrada. - -De día, la vieja se pasaba casi siempre metida en su cuarto obscuro, que -olía a establo, a polvos de arroz y a cosmético; de noche, tenía que -acompañar a su hija y a su nieta, en paseos, cafés y teatros, a la busca -y captura del cabrito, como decía el viajante enfermo del estómago, -hombre entre humorista y malhumorado. - -Celia e Irene, la hija y la nieta de doña Violante, cuando estaban en -casa disputaban a todas horas; quizá esta irritación continua del -carácter dependía de lo amontonadas que vivían; quizá de tanto pasar -ante los ojos de los demás como hermanas llegaron a convencerse de que -lo eran, y, efectivamente, se insultaban y reñían como tales. - -Lo único en que concordaban era en asegurar que doña Violante las -estorbaba; la impedimenta de la ciega asustaba a todo viejo libidinoso -que se pusiese a tiro de la Irene y de la Celia. - -La patrona doña Casiana, que veía a la menor ocasión el abandono de la -ciega, aconsejaba maternalmente a las dos que se armasen de paciencia; -doña Violante, al fin y al cabo, no era como Calipso, inmortal; pero -ellas contestaban que eso de que tuviesen que trabajar a toda máquina -para comprar potingues y jarabes no les resultaba. - -Doña Casiana agitaba la cabeza con melancolía, porque por su edad y sus -circunstancias se colocaba en el lugar de doña Violante, y argumentaba -con el ejemplo, y decía que se pusieran en el caso de la abuela; pero -ninguna de ellas se daba por convencida. - -Entonces la patrona les aconsejaba que se mirasen en su espejo. Ella, -según aseguraban, bajó desde las alturas de la comandancia (su marido -había sido comandante de carabineros) hasta las miserias del patronato -de huéspedes, resignada, con la sonrisa del estoicismo en los labios. - -Doña Casiana sabía lo que es la resignación, y no tenía en esta vida más -consuelos que unos cuantos tomos de novelas por entregas, dos o tres -folletines y un líquido turbio fabricado misteriosamente por ella misma -con agua azucarada y alcohol. - -Este líquido lo echaba en un frasco cuadrado de boca ancha, en cuyo -interior ponía un tronco grueso de anís, y lo guardaba en el armario de -su alcoba. - -Alguno que hizo el descubrimiento del frasco, con su rama negra de anís, -lo comparó con esos en donde suelen conservarse fetos y otras porquerías -por el estilo, y desde entonces, cuando la patrona aparecía con las -mejillas sonrosadas, mil comentarios nada favorables a la templanza de -la dueña corrían entre los huéspedes. - ---Doña Casiana está ajumada con el aguardiente de feto. - ---La buena señora abusa del feto. - ---El feto se le ha subido a la cabeza... - -Manuel participaba amigablemente de estos espirituales esparcimientos de -los huéspedes. Las facultades de acomodación de muchacho eran, sin -disputa, muy grandes, porque a la semana de verse en casa de la patrona -se figuraba haber vivido siempre allí. - -Se desenvolvían sus aptitudes por encanto: cuando se le necesitaba, no -se le veía, y al menor descuido ya estaba en la calle jugando con los -chicos de la vecindad. - -A consecuencia de sus juegos y de sus riñas tenía el traje tan sucio y -tan roto, que la patrona solía llamarle el paje don Rompe Galas, -recordando un tipo desastrado de un sainete que doña Casiana vió, según -decía, representar en sus verdes años. - -Generalmente, los que utilizaban con más frecuencia los servicios de -Manuel eran el periodista, a quien llamaban el Superhombre, para enviar -cuartillas a la imprenta, y la Celia y la Irene para el servicio de -cartas y de peticiones de dinero que tenían con sus amigos. Doña -Violante, cuando robaba a su hija algunos céntimos, solía mandar a -Manuel al estanco por una cajetilla, y por el recado le daba un cigarro. - ---Fúmalo aquí--le decía--, no te verá nadie. - -Manuel se sentaba sobre un baúl, y la vieja, con el pitillo en la boca y -echando humo por las narices, contaba aventuras de sus tiempos de -esplendor. - -El cuarto aquel de doña Violante y de sus niñas era infecto; colgaban en -las escarpias clavadas en la pared trapajos sucios, y, entre la falta de -aire y la mezcolanza de olores que allí había, se formaba un tufo capaz -de marear a un buey. - -Manuel escuchaba las historias de doña Violante con verdadera fruición. -Sobre todo, en los comentarios era donde la vieja estaba más graciosa. - ---Porque, hijo, créelo--le decía--, una mujer que tenga buenos pechos y -que sea así cachondona--y la vieja daba una chupada al cigarro y -explicaba con un gesto expresivo lo que entendía por aquella palabra, no -menos expresiva--, siempre se llevará de calle a los hombres. - -Doña Violante solía cantar canciones de zarzuelas españolas y de -operetas francesas, que a Manuel le producían una tristeza horrible. Sin -saber por qué, le daban la impresión de un mundo de placeres inasequible -para él. Cuando oía a doña Violante cantar aquello de _El Juramento_ - - Es el desdén espada de doble filo: - uno mata de amores, otro, de olvido..., - -se figuraba salones, damas, amores fáciles; pero más que esto, aun le -daba una impresión de tristeza los valses de _La Diva_ y de _La gran -Duquesa_. - -Las reflexiones de doña Violante abrían los ojos a Manuel; pero tanto -como ellas colaboraban en este resultado las escenas que diariamente -ocurrían en la casa. - -Era también buena profesora una sobrina de doña Casiana, de la edad poco -más o menos de Manuel, una chiquilla flaca, esmirriada, de tan mala -intención, que siempre estaba tramando complots en contra de alguien. - -Si le pegaban no derramaba una lágrima; solía bajar a la portería cuando -el chico de la portera estaba solo, lo cogía por su cuenta y le -pellizcaba y le daba puntapiés, y de esta manera se vengaba de los -porrazos que ella había recibido. - -Después de comer, casi todos los huéspedes iban a sus ocupaciones; la -Celia y la Irene, en unión de la vizcaína, tenían el gran holgorio -espiando a las mujeres de casa de la Isabelona, las cuales solían -asomarse al balcón y hablaban y se hacían señas con los vecinos. Algunas -veces aquellas pobres odaliscas de burdel no se contentaban con hablar, -y bailaban y enseñaban las pantorrillas. - -La madre de Manuel, como siempre, estaba pensando en el cielo y en el -infierno; no se preocupaba gran cosa de las pequeñeces de la tierra y no -sabía apartar al chico de espectáculos tan edificantes. El procedimiento -educativo de la Petra no consistía mas que en darle algún golpe a Manuel -y en hacerle leer libros de oraciones. - -La Petra creía ver resurgir en el muchacho alguno de los rasgos de -carácter del maquinista, y esto le preocupaba. Quería que Manuel fuese -como ella, humilde con los superiores, respetuoso con los sacerdotes...; -pero, ¡buen sitio era aquél para aprender a respetar nada! - -Una mañana, luego de celebrada la solemne ceremonia, en la cual todas -las mujeres de la casa salían al pasillo blandiendo el servicio de -noche, se oyó en el cuarto de doña Violante un estrépito de gritos, -lloros, patatas y vociferaciones. - -La patrona, la vizcaína y algunos huéspedes salieron al pasillo a -fisgar. De dentro debieron comprender el espionaje, porque abrieron la -puerta y siguió la riña en voz baja. - -Manuel y la sobrina de la patrona se quedaron en el pasillo. Se oían -gimoteos de la Irene y las increpaciones de la Celia y de doña Violante. - -Al principio no se entendía bien lo que decían; pero se conoce que las -tres mujeres se olvidaron pronto de la determinación de hablar bajo y -las voces se levantaron iracundas. - ---¡Anda! ¡Anda a la casa de socorro a que te quiten la hinchazón! -¡Bribona!--decía la Celia. - ---¿Y qué? ¿Y qué?--contestaba la Irene--¿Qué estoy preñada? Ya lo sé. ¿Y -qué? - -Doña Violante abrió la puerta del pasillo con furia; Manuel y la chica -de la patrona huyeron, y la vieja salió con una camisa de bayeta -remendada y sucia y un pañuelo de hierbas anudado a la cabeza y se puso -a pasear, arrastrando las chanclas, de un lado a otro del corredor. - ---¡Cochina! ¡Más que cochina!--murmuraba--. ¡Habráse visto la guarra! - -Manuel fué al gabinete, en donde la patrona y la vizcaína charloteaban -en voz baja. La sobrina de la patrona, muerta de curiosidad, preguntaba -a las dos mujeres con irritación creciente: - ---Pero, ¿por qué la riñen a la Irene? - -La patrona y la vizcaína cambiaron una ojeada amistosa, y se echaron a -reír. - ---Di--gritó la niña porfiada, agarrando de la toquilla a su tía--. ¿Qué -importa que tenga ese bulto? ¿Quién le ha hecho ese bulto? - -Entonces ya la patrona y la vizcaína no pudieron contener la carcajada, -mientras la chiquilla las miraba con avidez, tratando de penetrar el -sentido de lo que oía. - ---¿Quién le ha hecho ese bulto?--decía entre risotadas la vizcaína--. -Pero, hija, si nosotras no sabemos quién le ha hecho el bulto. - ---Todos los huéspedes repitieron con fruición y entusiasmo la pregunta -de la sobrina de la patrona, y en cualquier discusión de sobremesa algún -chusco salía diciendo de improviso: - ---Ya veo que usted sabe quién le ha hecho el bulto--y la frase se acogía -con grandes risotadas. - -Luego, pasados unos días, se habló de una consulta misteriosa, celebrada -por las niñas de doña Violante con la mujer de un barbero de la calle de -Jardines, especie de proveedora de angelitos para el limbo; se dijo que -la Irene, al volver de la conferencia tenebrosa, vino en un coche, muy -pálida, que la tuvieron que meter en la cama. Lo cierto fué que la -muchacha pasó sin salir del cuarto más de una semana; que, al aparecer, -su aspecto era de convaleciente, y que el ceño de la madre y de la -abuela se desarrugó por completo. - ---Tiene cara de infanticida--dijo el cura al verla de nuevo--, pero está -más guapa. - -Si algo nefando hubo, nadie podría asegurarlo; pronto se olvidó lo -ocurrido; a la niña se le presentó un protector rico, al parecer, y, en -conmemoración de tan fausto acontecimiento, los huéspedes participaron -del alboroque. Después de cenar, se bebió _cognac_ y aguardiente; el -cura tocó la guitarra; la Irene bailó sevillanas, con menos gracia que -un albañil, según dijo la patrona; el Superhombre cantó unos fados -aprendidos en Portugal, y la vizcaína, por no ser menos, se arrancó con -unas malagueñas, que lo mismo podían ser cante flamenco que salmos de -David. - -Sólo el estudiante rubio, con sus ojos de acero, no participaba de la -juerga, embebido en sus pensamientos. - ---Y usted, Roberto--le dijo la Celia varias veces--, ¿no canta ni hace -usted nada? - ---Yo, no--replicó él, fríamente. - ---No tiene usted sangre en las venas. - -El jovencito la contempló un momento, se encogió de hombros con -indiferencia, y en sus labios pálidos se marcó una sonrisa de desdén y -de burla. - -Luego, como acontecía casi siempre en las francachelas de la casa de -huéspedes, un chusco se puso a darle a la caja de música del pasillo, y -el «Gentil pastor» de _La Mascota_ y el vals de _La Diva_ brotaron -confusos; el Superhombre y Celia dieron unas vueltas de vals y -concluyeron cantando todos una habanera, hasta que se cansaron y se -marchó cada mochuelo a su olivo. - - - - -CAPÍTULO IV - -¡OH, EL AMOR, EL AMOR!--¿QUÉ HACE DON TELMO? ¿QUIÉN ES DON TELMO?--EN EL -CUAL EL ESTUDIANTE Y DON TELMO TOMAN CIERTAS PROPORCIONES NOVELESCAS. - - -A la Baronesa apenas se la veía en casa, excepto en las primeras horas -de la mañana y de la noche. Comía y cenaba fuera. A creer a la patrona, -era una trapisondista, y tenía grandes alternativas en su posición, pues -tan pronto se mudaba a una casa buena y llevaba coche como desaparecía -varios meses en el cuartucho infecto de una casa de pupilos barata. - -La hija de la Baronesa, una niña de unos doce a catorce años, no se -presentaba nunca en el comedor ni en el pasillo; su madre la prohibía -toda comunicación con los huéspedes. Se llamaba Kate. Era una muchacha -rubia, muy blanca y muy bonita. Sólo el estudiante Roberto hablaba con -ella algunas veces en inglés. - -El muchacho miraba a la chiquilla con entusiasmo. - -Aquel verano debió de terminar la mala racha de la Baronesa, porque -comenzó a hacerse ropa y se preparó a mudarse de casa. - -Durante unas semanas iban todos los días una costurera y una aprendiza -con trajes y sombreros para la Baronesa y Kate. - -Manuel, una noche, vió pasar a la aprendiza de la costurera con una caja -grande en la mano, y se sintió enamorado. - -La siguió de lejos con gran miedo de que lo viera. Mientras iba tras -ella, pensaba en lo que se le tendría que decir a una muchacha así, al -acompañarla. Había de ser una cosa galante, exquisita; llegaba a suponer -que estaba a su lado y torturaba su imaginación ideando frases y giros, -y no se le ocurrían mas que vulgaridades. En esto, la aprendiza y su -caja se perdieron entre la gente y no volvió a verlas. - -Fué para Manuel el recuerdo de aquella chiquilla como una música -encantadora, una fantasía, base de otras fantasías. Muchas veces ideaba -historias, en que él hacía siempre de héroe y la aprendiza de heroína. -En tanto que Manuel lamentaba los rigores del destino, Roberto, el -estudiante rubio, se dedicaba también a la melancolía, pensando en la -hija de la Baronesa. Algunas bromas tenía que sufrir el estudiante, -sobre todo de la Celia, que, según malas lenguas, trataba de arrancarle -de su habitual frialdad; pero Roberto no se ocupaba de ella. - -Días después, un motivo de curiosidad agitó la casa. - -Al volver de la calle los huéspedes, se saludaban en broma unos a otros, -diciéndose, a manera de santo y seña: ¿Quién es don Telmo? ¿Qué hace don -Telmo? - -Un día estuvo el delegado de policía del distrito hablando en la casa -con don Telmo, y alguien oyó o inventó que se ocuparon los dos del -célebre crimen de la calle de Malasaña. La expectación entre los -huéspedes al conocerse la noticia fué grande, y todos, entre burlas y -veras, se pusieron de acuerdo para espiar al misterioso señor. - -Don Telmo se llamaba el viejo cadavérico que limpiaba con la servilleta -las copas y las cucharas, y su reserva predisponía a observarle. -Callado, indiferente, sin terciar en las conversaciones, hombre de muy -pocas palabras, que no se quejaba nunca, llamaba la atención por lo -mismo que parecía empeñado en no llamarla. - -Su única ocupación visible era dar cuerda a los siete u ocho relojes de -la casa y arreglarlos cuando se descomponían, cosa que ocurría a cada -paso. - -Don Telmo tenía las trazas de un hombre profundamente entristecido, de -un ser desgraciado; en su cara lívida se leía un abatimiento profundo. -La barba y el pelo blancos los llevaba muy recortados; sus cejas caían -como pinceles sobre los ojos grises. - -En casa andaba envuelto en un gabán verdoso, con un gorro griego y -zapatillas de paño. A la calle salía con una levita larga y un sombrero -de copa muy alto, y sólo algunos días de verano sacaba un jipijapa -habanero. - -Durante más de un mes don Telmo fué el motivo de las conversaciones de -la casa de huéspedes. - -En el famoso proceso de la calle de Malasaña, una criada declaró que una -tarde vió al hijo de doña Celsa en un aguaducho de la plaza de Oriente -hablando con un viejo cojo. Para los huéspedes el tal hombre no podía -ser otro que don Telmo. Con esta sospecha se dedicaron a espiar al -viejo; pero él tenía buena nariz y lo notó al momento; viendo los -huéspedes lo infructuoso de sus tentativas, trataron de registrarle el -cuarto; ensayaron una porción de llaves hasta abrir la puerta, y se -encontraron dentro con que no había mas que un armario con un cerrojo de -seguridad formidable. - -La vizcaína y Roberto, el estudiante rubio, rechazaron aquella campaña -de espionaje. El Superhombre, el cura, los comisionistas y las mujeres -de la casa inventaron que la vizcaína y el estudiante eran aliados de -don Telmo, y, probablemente, cómplices en el crimen de la calle de -Malasaña. - ---Indudablemente--dijo el Superhombre--, don Telmo mató a doña Celsa -Nebot; la vizcaína fué la que regó el cadáver con petróleo y le pegó -fuego, y Roberto el que guardó las alhajas en la casa de la calle de -Amaniel. - ---¡Ese pájaro frito!--replicaba la Celia--. ¿Qué va hacer ése? - ---Nada, nada; hay que seguirles la pista--dijo el cura. - ---Y pedirle dinero al viejo Shylock--añadió el Superhombre. - -Aquel espionaje, llevado entre bromas y veras, terminó en discusiones y -disputas, y, a consecuencia de ellas, se formaron dos grupos en la casa: -el de los sensatos, constituído por los tres criminales y la patrona, y -el de los insensatos, en donde se alistaban todos los demás. - -Esta limitación de campos hizo que Roberto y don Telmo intimaran, y que -el estudiante cambiara de sitio en la mesa y se sentara junto al viejo. - -Una noche, después de comer, mientras Manuel recogía de la mesa los -cubiertos, los platos y copas, hablaban don Telmo y Roberto. - -El estudiante era un razonador dogmático, seco, rectilíneo, que no se -desviaba de su punto de vista nunca; hablaba poco, pero cuando lo -hacía, era de un modo sentencioso. - -Un día, discutiendo si los jóvenes debían o no ser ambiciosos y -preocuparse del porvenir, Roberto aseguró que era lo primero que debía -hacer uno. - ---Pues usted no lo hace--dijo el Superhombre. - ---Tengo el convencimiento absoluto--contestó Roberto--de que he de -llegar a ser millonario. Estoy construyendo la máquina que me llenará de -dinero. - -El Superhombre, que se las echaba de mundano y de corrido, se permitió, -al oír esto, una broma desdeñosa acerca de las facultades de Roberto, y -éste le replicó de una manera tan violenta y tan agresiva, que el -periodista se descompuso y balbuceó una porción de excusas. - -Luego, cuando quedaron solos don Telmo y Roberto en la mesa, siguieron -hablando, y del tema general de si los jóvenes debían o no ser -ambiciosos, pasaron a tratar de las esperanzas que el estudiante tenía -de llegar a ser millonario. - ---Yo estoy convencido de que lo seré--dijo el muchacho--. En mi familia -han abundado las personas de gran suerte. - ---Eso está muy bien, Roberto--murmuró el viejo--; pero hay que saber -cómo se hace uno rico. - ---No crea usted que mi esperanza es ilusoria; yo tengo que heredar, y no -poca cosa; tengo que heredar muchísimo... millones...; los cimientos de -mi obra y el andamiaje están hechos; ahora el caso es que necesito -dinero. - -En el rostro de don Telmo se pintó una expresión de sorpresa -desagradable. - ---No tenga usted cuidado--replicó Roberto--, no se lo voy a pedir. - ---Hijo mío, si yo tuviera se lo daría con mucho gusto y sin interés. A -mí se me cree millonario. - ---No; ya le digo a usted que no trato de sacarle ni un céntimo; lo único -que le pediría a usted sería un consejo. - ---Hable usted, hable usted; le escucho con verdadera atención--repuso el -viejo, apoyando un codo en la mesa. - -Manuel, que recogía el mantel, aguzó los oídos. - -En aquel instante entró en el comedor uno de los comisionistas, y -Roberto, que se preparaba a contar algo, se calló y contempló al intruso -con impertinencia. Era un tipo aristocrático el del estudiante, de pelo -rubio, espeso y peinado para arriba, bigote blanco, como si fuera de -plata; la piel, algo curtida por el sol. - ---¿No sigue usted?--le dijo don Telmo. - ---No--replicó el estudiante, mirando al comisionista--, porque no quiero -que nadie se entere de lo que yo hablo. - ---Venga usted a mi cuarto--repuso don Telmo--; allí hablaremos -tranquilamente. Tomaremos café en mi habitación. ¡Manuel!--dijo -después--, vete por dos cafés. - -Manuel, que tenía un gran interés en oír lo que contaba el estudiante, -salió a la calle disparado. Tardó en volver con las cafeteras más de un -cuarto de hora, con lo que supuso que Roberto habría terminado su -narración. - -Llamó en el cuarto de don Telmo y se preparó a tardar el mayor tiempo -posible allí, para oír todo lo que pudiese de la conversación. Limpió el -velador del cuarto de don Telmo con un paño. - ---¿Y cómo averiguó usted eso--preguntaba don Telmo--si no lo sabía su -familia? - ---Pues de una manera casual--replicó el estudiante--. Hará dos años por -esta época quise yo hacer un regalillo a una hermana, que es ahijada -mía, y a quien le gusta mucho tocar el piano, y se me ocurrió, tres días -antes de su santo, comprar dos óperas, encuadernarlas y enviárselas. Yo -quería que encuadernasen el libro en seguida, pero en las tiendas donde -entré me dijeron que no había tiempo; iba con mis óperas bajo el brazo -por cerca de la plaza de las Descalzas, cuando veo en la pared trasera -de un convento una tiendecilla muy pequeña de encuadernador, como una -covachuela, con escaleras para bajar. Pregunto al hombre, un viejo -encorvado, si quiere encuadernarme el libro en dos días, y me dice que -sí. Bueno--le digo--, pues yo vendré dentro de dos días.--Se lo enviaré -a usted; deme usted sus señas--. Le doy mis señas y me pregunta el -nombre. Roberto Hasting y Núñez de Letona.--¿Es usted Núñez de -Letona?--me pregunta, mirándome con curiosidad.--Sí, señor.--¿Es usted -oriundo de la Rioja?--Sí, ¿y qué?--le digo yo, fastidiado con tanta -pregunta--. Y el encuadernador, cuya mujer es Núñez de Letona y oriunda -de la Rioja, me cuenta la historia ésta que le he dicho a usted. Yo, al -principio, lo tomé a broma; luego, al cabo de algún tiempo, escribí a mi -madre, y me contestó que sí, que recordaba algo de todo esto. - -Don Telmo paró la vista en Manuel. - ---¿Qué haces tú aquí?--le preguntó--. Anda fuera; no quiero que vayas -contando después... - ---Yo no cuento nada. - ---Bueno, pues márchate. - -Salió Manuel, y don Telmo y Roberto siguieron hablando. Los huéspedes -interrogaron a Manuel, pero éste no quiso decir nada. Se había decidido -por el bando de los sensatos. - -Con esta amistad del viejo y el estudiante el servicio de espías siguió -funcionando. Uno de los comisionistas averiguó que don Telmo celebraba -contratos de retroventa y se dedicaba a prestar dinero sobre casas y -muebles y a otros negocios usurarios. - -Alguien le vió en una ropavejería del Rastro, que probablemente sería -suya, y se inventó que en su cuarto guardaba monedas de oro y que de -noche jugaba con ellas encima de la cama. - -Se supo también que don Telmo iba a visitar con alguna frecuencia a una -muchacha muy elegante y guapa, según unos querida suya, y, según otros, -su sobrina. - -Al siguiente domingo, Manuel sorprendió una conversación entre el viejo -y el estudiante. En un cuarto obscuro había un montante que daba a la -habitación de don Telmo, y desde allí se puso a oír. - ---¿De manera que se niega a dar más datos?--preguntaba don Telmo. - ---Se niega en absoluto--decía el estudiante--; y él me aseguró que el -que no apareciera el nombre de Fermín Núñez de Letona en el libro -parroquial era consecuencia de una falsificación; que esto lo mandó -hacer un tal Shapfer, agente de Bandon, y que luego los curas se -aprovecharon para apoderarse de unas capellanías. Yo tengo la -certidumbre de que el pueblo en donde nació Fermín Núñez fué Arnedo o -Autol. - -Don Telmo contemplaba atentamente un pliego de papel grande: el árbol -genealógico de la familia de Roberto. - ---¿Qué camino cree usted que debía seguir?--preguntó el estudiante. - ---Necesita usted dinero; pero ¡es tan difícil encontrarlo!--murmuró el -viejo--. ¿Por qué no se casa usted? - ---¿Y qué adelantaría? - ---Con una mujer rica es lo que digo... - -Aquí don Telmo se puso a hablar en voz baja, y tras breves palabras se -despidieron los dos. - -El espionaje de los huéspedes se hizo tan fastidioso para los espiados, -que la vizcaína y don Telmo advirtieron a la patrona que se marchaban. -La desolación de doña Casiana al saber su decisión fué grandísima; tuvo -que recurrir varias veces al armario y dedicarse a los consuelos del -líquido fabricado por ella. - -Los huéspedes, con la fuga de la vizcaína y don Telmo, se encontraron -tan chasqueados, que ni los líos de la Irene y la Celia, ni los cuentos -del cura don Jacinto, que exageró la nota soez, bastaron para sacar de -su mutismo a la gente. - -El tenedor de libros, un hombre ictérico, de cara chupada y barba de -judío de monumento, muy silencioso y tímido, que había roto a hablar -intrigado por las cábalas ideadas y fantaseadas sobre la vida de don -Telmo, se fué poniendo cada vez más amarillo de hipocondría. - -La marcha de don Telmo la pagaron el estudiante y Manuel. Con el -estudiante no se atrevían mas que a darle bromas acerca de su -complicidad con el viejo y la vizcaína; a Manuel le chillaba todo el -mundo, cuando no le daban algún puntapié. - -Uno de los comisionistas, el enfermo del estómago, exasperado por el -aburrimiento, el calor y las malas digestiones, no encontró otra -distracción mas que insultar y reñir a Manuel mientras éste servía la -mesa, viniera o no a cuento. - ---¡Anda, ganguero!--le decía--. ¡Lástima de la comida que te dan! -¡Calamidad! - -Esta cantinela, unida a otras del mismo género, comenzaba a fastidiar a -Manuel. Un día el comisionista cargó la mano de insultos y de -improperios sobre Manuel. Le habían enviado al chico por dos cafés, y -tardaba mucho en venir con el servicio; precisamente aquel día no era -suya la culpa de la tardanza, pues le hicieron esperar mucho. - ---Te debían poner una albarda, ¡imbécil!--gritó el comisionista al verle -entrar. - ---No será usted el que me la ponga--le contestó de mala manera Manuel, -colocando las tazas en la mesa. - ---¿Que no? ¿Quieres verlo? - ---Sí. - -El comisionista se levantó y le pegó un puntapié a Manuel en una -canilla, que le hizo ver las estrellas. Dió el muchacho un grito de -dolor, y, furioso, agarrando un plato, se lo tiró a la cabeza del -comisionista; éste se agachó; cruzó el proyectil el comedor, rompió un -cristal de la ventana y cayó al patio, rompiéndose allí con estrépito. -El comisionista cogió una de las cafeteras llenas de café con leche y se -la tiró a Manuel, con tanto acierto, que le dió en la cara; bramó el -chico, cegado por la ira y el café con leche, se lanzó sobre su enemigo, -lo arrinconó, y se vengó de sus insultos y de sus golpes con una serie -inacabable de puñetazos y patadas. - ---¡Que me mata! ¡Que me mata!--chillaba el comisionista con unos gritos -de mujer. - ---¡Ladrón! ¡Morral!--vociferaba Manuel empleando el repertorio de -insultos más escogido de la calle. - -El Superhombre y el cura sujetaron por los brazos a Manuel, dejándole a -merced del comisionista; éste trató de vengarse viendo al chico -acorralado; pero cuando se disponía a pegarle, Manuel le dió una patada -en el estómago que le hizo vomitar toda la comida. - -Todos se pusieron en contra de Manuel; pero Roberto le defendió. El -comisionista se marchó a su cuarto, llamó a la patrona y le dijo que no -permanecería un momento en la casa mientras estuviera allí el hijo de la -Petra. - -La patrona, cuyo interés mayor era conservar el huésped, comunicó la -decisión a su criada. - ---Ya ves lo que has conseguido: ya no puedes estar aquí--dijo la Petra a -su hijo. - ---Bueno. Ese morral me las pagará--replicó el muchacho apretándose los -chichones de la frente--. Le digo a usted que si le encuentro le voy a -machacar los sesos. - ---Te guardarás muy bien de decirle nada. - -En este momento entró el estudiante en la cocina. - ---Has hecho bien, Manuel--exclamó dirigiéndose a la Petra--. ¿A qué le -insultaba ese mamarracho? Aquí todo dios tiene derecho a meterse con uno -si no hace lo que los demás quieren. ¡Gentuza cobarde! - -Al decir esto, Roberto se puso pálido de ira; luego se calmó y preguntó -a la Petra: - ---¿Adónde va usted a llevar ahora a Manuel? - ---A una zapatería de un primo mío de la calle del Aguila. - ---¿Está por barrios bajos? - ---Sí. - ---Algún día iré a verle. - -Antes de acostarse Manuel, volvió a aparecer Roberto en la cocina. - ---Oye--le dijo a Manuel--, si conoces algún sitio raro por barrios -bajos donde haya mala gente, avísame: iré contigo. - ---Le avisaré a usted, no tenga usted cuidado. Bueno. Hasta la vista. -¡Adiós! - -Roberto le dió la mano a Manuel, y éste la estrechó muy agradecido. - - - - -SEGUNDA PARTE - - - - -CAPÍTULO PRIMERO - -LA REGENERACIÓN DEL CALZADO Y EL LEÓN DE LA ZAPATERÍA.--EL PRIMER -DOMINGO.--UNA ESCAPATORIA. EL «BIZCO» Y SU CUADRILLA. - - -EL madrileño que alguna vez, por casualidad, se encuentra en los barrios -pobres próximos al Manzanares, hállase sorprendido ante el espectáculo -de miseria y sordidez, de tristeza e incultura que ofrecen las afueras -de Madrid con sus rondas miserables, llenas de polvo en verano y de lodo -en invierno. La corte es ciudad de contrastes; presenta luz fuerte al -lado de sombra obscura; vida refinada, casi europea, en el centro vida -africana, de aduar, en los suburbios. Hace unos años, no muchos, cerca -de la ronda de Segovia y del Campillo de Gil Imón, existía una casa de -sospechoso aspecto y de no muy buena fama, a juzgar por el rumor -público. El observador... - -En este y otros párrafos de la misma calaña tenía yo alguna esperanza, -porque daban a mi novela cierto aspecto fantasmagórico y misterioso; -pero mis amigos me han convencido de que suprima los tales párrafos, -porque dicen que en una novela parisiense estarán bien, pero en una -madrileña, no; y añaden, además, que aquí nadie extravía, ni aun -queriendo; ni hay observadores, ni casas de sospechoso aspecto, ni nada. -Yo, resignado, he suprimido esos párrafos, por los cuales esperaba -llegar algún día a la Academia Española, y sigo con mi cuento en un -lenguaje más chabacano. - -Sucedió, pues, que al día siguiente de la bronca en el comedor de la -casa de huéspedes, la Petra, muy de mañana, despertó a Manuel y le mandó -vestirse. - -Recordó el muchacho la escena del día anterior; la comprobó, llevándose -la mano a la frente, pues aun le dolían los chichones, y por el tono de -su madre comprendió que persistía en su resolución de llevarle a la -zapatería. - -Luego que se hubo vestido Manuel salieron madre e hijo de casa y -entraron en la buñolería a tomar una taza de café con leche. Bajaron -después a la calle del Arenal, cruzaron la plaza de Oriente, y por el -Viaducto, y luego por la calle del Rosario, siguiendo a lo largo de la -pared de un cuartel, llegaron a unas alturas a cuyo pie pasaba la ronda -de Segovia. Veíase desde allá arriba el campo amarillento que se -extendía hasta Getafe y Villaverde, y los cementerios de San Isidro con -sus tapias grises y sus cipreses negros. - -De la ronda de Segovia, que recorrieron en corto trecho, subieron por la -escalinata de la calle del Aguila, y en una casa que hacía esquina al -Campillo de Gil Imón se detuvieron. - -Había dos zapaterías, ambas cerradas, una enfrente de la otra; y la -madre de Manuel, que no recordaba cuál de las dos era la de su pariente, -preguntó en una taberna. - ---La del señor Ignacio es la de la casa grande--contestó el tabernero--. -Creo que el zapatero vino ya, pero aun no ha abierto el almacén. - -Madre e hijo tuvieron que esperar a que abrieran. No era la casa aquélla -pequeña ni de mal aspecto; pero parecía que tenía unas ganas atroces de -caerse, porque ostentaba, aquí sí y allí también, desconchaduras, -agujeros y toda clase de cicatrices. Tenía piso bajo y principal, -balcones grandes y anchos con los barandados de hierro carcomidos por el -orín, y los cristales, pequeños y verdes, sujetos con, listas de plomo. - -En el piso bajo de la casa, en la parte que daba a la calle del Aguila, -había una cochera, una carpintería, una taberna y la zapatería del -pariente de la Petra. Este establecimiento tenía sobre la puerta de -entrada un rótulo que decía: - - «A LA REGENERACIÓN DEL CALZADO» - -El historiógrafo del porvenir seguramente encontrará en este letrero una -prueba de lo extendida que estuvo en algunas épocas cierta idea de -regeneración nacional, y no le asombrará que esa idea, que comenzó por -querer reformar y regenerar la Constitución y la raza española, -concluyera en la muestra de una tienda de un rincón de los barrios -bajos, en donde lo único que se hacía era reformar y regenerar el -calzado. - -Nosotros no negaremos la influencia de esa teoría regeneradora en el -dueño del establecimiento _A la regeneración del calzado_; pero tenemos -que señalar que este rótulo presuntuoso fué puesto en señal de desafío a -la zapatería de enfrente, y también tenemos que dar fe de que había sido -contestado por otro aun más presuntuoso. - -Una mañana los de _A la regeneración del calzado_ se encontraron -anonadados al ver el rótulo de la zapatería rival. Se trataba de una -hermosa muestra de dos metros de larga, con este letrero: - - «EL LEÓN DE LA ZAPATERÍA» - -Esto aun era tolerable; pero lo terrible, lo aniquilador, era la pintura -que en medio ostentaba la muestra. Un hermoso león amarillo con cara de -hombre y melena encrespada, puesto de pie, tenía entre las garras -delanteras una bota, al parecer, de charol. Debajo de la pintura se leía -lo siguiente: _La romperás, pero no la descoserás_. - -Era un lema abrumador: ¡Un león (fiera) tratando de descoser la bota -hecha por el León (zapatería), y sin poderlo conseguir! ¡Qué humillación -para la fiera! ¡Qué triunfo para la zapatería! La fiera, en este caso, -era _A la regeneración de calzado_, que había quedado, como suele -decirse, a la altura del betún. - -Además del rótulo de la tienda del señor Ignacio, en uno de los balcones -de la casa grande había un busto de mujer, de cartón probablemente, y un -letrero debajo: _Perfecta Ruiz; se peinan señoras_; a los lados del -portal, en la pared, colgaban varios anuncios, indignos de llamar la -atención del historiógrafo antes mencionado, y en los cuales se ofrecían -cuartos baratos con cama y sin cama, memorialistas y costureras. Sólo un -cartel, en donde estaban pegados horizontal, vertical y oblicuamente una -porción de figurines recortados, merecía pasar a la historia por su -laconismo; decía: - - «MODA PARISIÉN. ESCORIHUELA, SASTRE» - -Manuel, que no se había tomado el trabajo de leer todos estos rótulos, -entró en la casa por una puertecilla que había al lado del portalón de -la cochera, y siguió por un corredor hasta un patio muy sucio. - -Cuando salió a la calle habían abierto la zapatería. La Petra y el chico -entraron. - ---¿No está el señor Ignacio?--preguntó ella. - ---Ahora viene--contestó un muchacho que amontonaba zapatos viejos en el -centro de la tienda. - ---Dígale usted que está aquí su prima, la Petra. - -Salió el señor Ignacio. Era un hombre de unos cuarenta a cincuenta años, -seco y enjuto. Comenzaron a hablar la Petra y él, mientras el muchacho y -un chiquillo seguían amontonando los zapatos viejos. Manuel les miraba, -cuando el mozo le dijo: - ---¡Anda, tú, ayuda! - -Manuel hizo lo que ellos, y cuando terminaron los tres, esperaron a que -cesaran de hablar la Petra y el señor Ignacio. La Petra contaba a su -primo la última hazaña de Manuel, y el zapatero escuchaba sonriendo. El -hombre no tenía trazas de mala persona; era rubio e imberbe; en su labio -superior sólo nacían unos cuantos pelos azafranados. La tez amarilla, -rugosa, los surcos profundos de su cara, el aire cansado, le daban -aspecto de hombre débil. Hablaba con cierta vaguedad irónica. - ---Te vas a quedar aquí--le dijo la Petra a Manuel. - ---Bueno. - -Este es un barbián--exclamó el señor Ignacio, riendo--; se conforma -pronto. - ---Sí; éste todo lo toma con calma. Pero, mira--añadió, dirigiéndose a su -hijo--, si yo sé que haces alguna cosa como la de ayer, ya verás. - -Se despidió Manuel de su madre. - ---¿Has estado mucho tiempo en ese pueblo de Soria con mi primo?--le -preguntó el señor Ignacio. - ---Dos años. - ---Y qué, ¿allí trabajabas mucho? - ---Allí no trabajaba nada. - ---Pues hijo, aquí no tendrás más remedio. Anda, siéntate a trabajar. Ahí -tienes a tus primos--añadió el señor Ignacio, mostrando al mozo y al -chiquillo--. Estos también son unos guerreros. - -El mozo se llamaba Leandro, y era robusto; no se parecía nada a su -padre: tenía la nariz y los labios gruesos, la expresión testaruda y -varonil; el otro era un chico de la edad de Manuel, delgaducho, esbelto, -con cara de pillo, y se llamaba Vidal. - -Se sentaron el señor Ignacio y los tres muchachos alrededor de un tajo -de madera, formado por un tronco de árbol con una gran muesca. El -trabajo consistía en desarmar y deshacer botas y zapatos viejos, que en -grandes fardos, atados de mala manera, y en sacos, con un letrero de -papel cosido a la tela, se veían por el almacén por todas partes. En el -tajo se colocaba la bota destinada al descuartizamiento; allí se le daba -un golpe o varios con una cuchilla, hasta cortarle el tacón; después, -con las tenazas, se arrancaban las distintas capas de suela; con unas -tijeras se quitaban los botones y tirantes, y cada cosa se echaba en su -espuerta correspondiente: en una, los tacones; en otras, las gomas, las -correas, las hebillas. - -A esto había descendido _La regeneración del calzado_: a justificar el -título de una manera bastante distinta de la pensada por el que lo puso. - -El señor Ignacio, maestro de obra prima, había tenido necesidad, por -falta de trabajo, de abandonar la lezna y el tirapié para dedicarse a -las tenazas y a la cuchilla; de crear, a destruir; de hacer botas -nuevas, a destripar botas viejas. El contraste era duro; pero el señor -Ignacio podía consolarse viendo a su vecino, el de _El león de la -zapatería_, que sólo de Pascuas a Ramos tenía alguna mala chapuza que -hacer. - -La primera mañana de trabajo fué pesadísimo para Manuel; el estar tanto -tiempo quieto le resultó insoportable. Al mediodía entró en el almacén -una vieja gorda, con la comida en una cesta; era la madre del señor -Ignacio. - ---¿Y mi mujer?--le preguntó el zapatero. - ---Ha ido a lavar. - ---¿Y la Salomé? ¿No viene? - ---Tampoco; le ha salido trabajo en una casa para toda la semana. - -Sacó la vieja un puchero, platos, cubiertos y un pan grande de la cesta; -extendió un paño en el suelo, sentáronse todos alrededor de él, vertió -el caldo del puchero en los platos, en donde cada uno desmigó un pedazo -de pan, y fueron comiendo. Después dió la vieja a cada uno su ración de -cocido, y, mientras comían, el zapatero discurseó un poco acerca del -porvenir de España y de los motivos de nuestro atraso, conversación -agradable para la mayoría de los españoles que nos sentimos regenadores. - -Era el señor Ignacio de un liberalismo templado, hombre a quien -entusiasmaban esas palabras de la soberanía nacional y que hablaba a -boca llena de la Gloriosa. En cuestiones de religión se mostraba -partidario de la libertad de cultos; para él, el ideal hubiese sido que -en España existiese el mismo número de curas católicos, protestantes, -judíos, de todas las religiones, porque así, decía, cada uno elegiría el -dogma que le pareciera mejor. Eso sí, si él fuera del Gobierno, -expulsaría a todos los frailes y monjas, porque son como la sarna, que -viven mejor cuanto más débil se encuentra el que la padece. A esto -arguyó Leandro, el hijo mayor, diciendo que a los frailes, monjas y -demás morralla lo mejor era degollarlos, como se hace con los cerdos, y -que respecto a los curas, fuesen católicos, protestantes o chinos, -aunque no hubiera ninguno, no se perdería nada. - -Terció también la vieja en la conversación, y como para ella, vendedora -de verduras, la política era principalmente cuestión entre verduleras y -guardias municipales, habló de un motín en que las amables damas del -mercado de la Cebada dispararon sus hortalizas a la cabeza de unos -cuantos guindillas, defensores de un contratista del mercado. Las -verduleras querían asociarse, y después poner la ley y fijar los -precios; y eso a ella no le parecía bien. - ---Porque ¡qué moler!--dijo--. ¿Por qué le han de quitar a una el género, -si quiere venderlo más barato? Como si a mí se me pone en el moño darlo -todo de balde. - ---Pues, no, señora--le replicó Leandro--. Eso no está bien. - ---¿Por qué no? - ---Porque no; porque los industriales tienen que ayudarse, y si usted -hace eso, pongo por caso, impide usted que otra venda, y para eso se ha -inventado el socialismo, para favorecer la industria del hombre. - ---Bueno; pues que le den dos duros a la industria del hombre y que la -maten. - -Hablaba la mujer muy cachazuda y sentenciosamente. Estaba su calma muy -en perfecta consonancia con su corpachón, de un grosor y de una rigidez -de tronco; tenía la cara carnosa y de torpes facciones; las arrugas -profundas, bolsas de piel lacia debajo de los ojos; en la cabeza llevaba -un pañuelo negro, muy ceñido y apretado a las sienes. - -Era la señora Jacoba, así se llamaba, una mujer que no debía sentir ni -el frío ni el calor: verano e invierno se pasaba las horas muertas -sentada en su puesto de verduras de Puerta de Moros; si vendía una -lechuga, desde que el sol nace hasta que se pone, vendía mucho. - -Después de comer la familia del zapatero, fueron unos a dormir la siesta -al patio de la casa, y otros se quedaron allí en el almacén. - -Vidal, el hijo menor del zapatero, se tendió en el patio al lado de -Manuel, y después de interrogarle acerca de la causa de aquellos -chichones que apuntaban en la frente de su primo, le preguntó: - ---¿Tú habías estado alguna vez en esta calle? - ---Yo, no. - ---Por estos barrios se divierte uno la mar. - ---Sí, ¿eh? - ---Ya lo creo. ¿Tú no tienes novia? - ---Yo, no. - ---Pues hay muchas chicas que están deseando tener avío. - ---¿De veras? - ---Sí, hombre. En la casa donde vivimos hay una chica muy bonita, amiga -de mi novia. Te puedes quedar con ella. - ---Pero vosotros, ¿no vivís en esta casa? - ---No; nosotros vivimos en el arroyo de Embajadores; mi tía Salomé y mi -abuela son las que viven aquí. Pero allá en mi casa se divierte uno; -¡gachó! las cosas que me han pasado a mí allí. - ---En el pueblo en donde he estado yo--dijo Manuel, para no dejarse -achicar por su primo--había montes más altos que veinte casas de éstas. - ---En Madrid también hay la Montaña del Príncipe Pío. - ---Pero no será tan grande como la del pueblo. - ---¿Que no? Si en Madrid está todo lo mejor. - -Molestaba bastante a Manuel la superioridad que su primo quería -asignarse, hablándole de mujeres con el tono de un hombre experimentado -que las conoce a fondo. Después de echar la siesta y de terminar una -partida al mus, en que se enzarzaron el zapatero y unos vecinos, -volvieron el señor Ignacio y los muchachos a su faena de cortar tacones -y destripar botas. Se cerró de noche el almacén; el zapatero y sus hijos -se fueron a su casa. Manuel cenó en el cuarto de la señora Jacoba la -verdulera, y durmió en una hermosa cama, que le pareció bastante mejor -que la de la casa de huéspedes. - -Ya acostado, pesó el pro y el contra de su nueva posición social, y, -calculando si el fiel de la balanza se inclinaría a uno u otro lado, se -quedó dormido. - -Al principio, la monotonía en el trabajo y la sujeción atormentaban a -Manuel; pero pronto se acostumbró a una cosa y otra, y los días le -parecieron más cortos y la labor menos penosa. - -El primer domingo dormía Manuel a pierna suelta en casa de la señora -Jacoba, cuando entró Vidal a despertarle. Eran más de las once; la -verdulera, según su costumbre, había salido al amanecer para su puesto, -dejando al muchacho solo. - ---¿Qué haces?--le preguntó Vidal--. ¿Por qué no te levantas? - ---Pues ¿qué hora es? - ---La mar de tarde. - -Se vistió Manuel de prisa y corriendo, y salieron los dos de casa; -cerca, enfrente de la calle del Aguila, en una plazoleta, se reunieron a -un grupo de granujas que jugaban al chito, y observaron muy atentos las -peripecias del juego. - -Al mediodía Vidal le dijo a su primo: - ---Hoy vamos a comer allá. - ---¿En vuestra casa? - ---Sí; anda, vamos. - -Vidal, cuya especialidad eran los hallazgos, encontró cerca de la fuente -de la Ronda, que está próxima a la calle del Aguila, un sombrero de -copa, viejo, de grandes alas, escondido el cuitado en un rincón, quizá -por modestia, y empezó a darle de puntapiés y a echarlo por el alto; se -asoció Manuel a la empresa, y entre los dos llevaron aquella reliquia, -venerable por su antigüedad, desde la ronda de Segovia a la de Toledo, y -de ésta a la de Embajadores, hasta dejarla, sin copa y sin alas, en -medio del arroyo. Cometida esta perversidad, Manuel y Vidal desembocaron -en el paseo de las Acacias y entraron en una casa cuya entrada mostraba -un arco sin puerta. - -Pasaron los dos muchachos por una callejuela, empedrada con cantos -redondos, hasta un patio, y después, por una de sus muchas escalerillas -subieron al balcón del piso primero, en el cual se abría una fila de -puertas y de ventanas pintadas de azul. - ---Aquí vivimos nosotros--dijo Vidal, señalando una de aquellas puertas. - -Pasaron adentro; era la casa del señor Ignacio pequeña: la componían dos -alcobas, una sala, la cocina y un cuarto obscuro. El primer cuarto era -la sala, amueblada con una cómoda de pino, un sofá, varias sillas de -paja y un espejo verde, lleno de cromos y de fotografías, envuelto en -una gasa roja. Solía la familia del zapatero hacer de comedor este -cuarto los domingos, por ser el más espacioso y el de más luz. - -Cuando llegaron Manuel y Vidal, hacía tiempo que los esperaban. -Sentáronse todos a la mesa, y la Salomé, la cuñada del zapatero, se -encargó de servir la comida. Manuel no conocía a la Salomé. Era -parecidísima a su hermana, la madre de Vidal. Las dos, de mediana -estatura, tenían la nariz corta y descarada, los ojos negros y hermosos; -a pesar de su semejanza física, las diferenciaba por completo su -aspecto: la madre de Vidal, llamada Leandra, sucia, despeinada, astrosa, -con trazas de malhumor, parecía mucho más vieja que la Salomé, aunque no -la llevaba mas que tres o cuatro años. La Salomé mostraba en su -semblante un aire alegre y decidido. - -¡Y lo que es la suerte! La Leandra, a pesar de su abandono, de su humor -agrio y de su afición al aguardiente, estaba casada con un hombre -trabajador y bueno, y, en cambio, la Salomé, dotada de excelentes -condiciones de laboriosidad y buen genio, había concluído amontonándose -con un gachó entre estafador, descuidero y matón, del cual tenía dos -hijos. Por un espíritu de humildad o de esclavitud, unido a un natural -independiente y bravío, la Salomé adoraba a su hombre, y se engañaba a -sí misma, para considerarlo como tremendo y bragado, aunque era un -cobarde y un gandul. El bellaco se había dado cuenta clara de la cosa, y -cuando le parecía bien, con un ceño terrible aparecía en la casa y -exigía los cuartos que la Salomé ganaba cosiendo a máquina, a cinco -céntimos las dos varas. Ella le daba sin pena el producto de su penoso -trabajo, y muchas veces el truhán no se contentaba con sacarle el -dinero, sino que la zurraba además. - -Los dos niños de la Salomé no estaban este día en casa del señor -Ignacio; los domingos, después de ponerlos muy guapos y bien vestidos, -su madre los enviaba a casa de una parienta suya, maestra de un taller, -en donde pasaban la tarde. - -En la comida, Manuel escuchó, sin terciar en la conversación. Se habló -de una de las muchachas de la vecindad que se había ido con un chalán -muy rico, hombre casado y con familia. - ---Ha hecho bien--dijo la Leandra, vaciando un vaso de vino. - ---Si no sabía que era casado... - ---¿Qué más da?--contestó la Leandra, con aire indiferente. - ---Mucho. ¿A ti te gustaría que una mujer se llevara tu marido?--preguntó -la Salomé a su hermana. - ---¡Psch! - ---Sí; ahora ya se sabe--interrumpió la madre del señor Ignacio--. ¡Si de -dos mujeres no hay una _honrá_! - ---Bastante se adelanta con ser _honrá_--repuso la Leandra--: miseria y -hambre... Si no se casara una, podría una alternar y hasta tener dinero. - ---Pues no sé cómo--replicó la Salomé. - ---¿Cómo? Aunque fuese haciendo la carrera. - -El señor Ignacio desvió con disgusto la vista de su mujer, y el hijo -mayor, Leandro, miró a su madre de un modo torvo y severo. - ---¡Bah!, eso se dice--arguyó la Salomé, que quería discutir la cuestión -impersonalmente--; pero a ti no te hubiera gustado que te insultaran por -todas partes. - ---¿A mí? ¡Bastante me importa a mí lo que digan!--contestó la -zapatera--. ¡Ay, qué leñe! Si me dicen golfa, y no soy golfa..., ya ves: -corona de flores; y si lo soy..., pata. - -El señor Ignacio se sentía ofendido, y desvió la conversación, hablando -del crimen de las Peñuelas: se trataba de un organillero celoso que -había matado a su querida por una mala palabra; la cuestión apasionaba; -cada uno dió su parecer. Concluyó la comida, y el señor Ignacio, -Leandro, Vidal y Manuel salieron a la galería a echar la siesta mientras -las mujeres quedaban dentro hablando. - -En el patio, todos los vecinos sacaban el petate fuera, y, en camiseta, -medio desnudos, sentados unos, tendidos los otros, dormían en las -galerías. - ---Anda, tú, vamos--dijo Vidal a Manuel. - ---¿Adónde? - ---Con los Piratas. Hoy tenemos cita; nos estarán esperando. - ---Pero ¿qué piratas? - ---El _Bizco_ y esos. - ---¿Y por qué los llaman así? - ---Porque son como los piratas. - -Bajaron Manuel y Vidal al patio; salieron de casa y descendieron por el -arroyo de Embajadores. - ---Pues nos llaman los Piratas--dijo Vidal--, de una pedrea que tuvimos. -Unos chicos del paseo de las Acacias se habían formado con palos, y -llevaban una bandera española, y, entonces, yo, el _Bizco_ y otros tres -o cuatro, empezamos con ellos a pedradas y les hicimos escapar; y el -_Corretor_, uno que vive en nuestra casa y que nos vió ir detrás de -ellos, nos dijo: «--Pero vosotros, ¿sois piratas o qué? Porque si sois -piratas debéis llevar la bandera negra». Y al día siguiente yo cogí un -delantal obscuro de mi padre y lo até en un palo y fuimos detrás de los -que llevaban la bandera española, y por poco no se la quitamos; por eso -nos llaman los piratas. - -Llegaron los dos primos a una barriada miserable y pequeña. - ---Esta es la Casa del Cabrero--dijo Vidal--; aquí están los socios. - -Efectivamente; se hallaba acampada toda la piratería. Allí conoció -Manuel al _Bizco_, una especie de chimpancé, cuadrado, membrudo, con los -brazos largos, las piernas torcidas y las manos enormes y rojas. - ---Este es mi primo--añadió Vidal, presentando Manuel a la cuadrilla; y -después, para hacerle más interesante, contó cómo había llegado a casa -con dos chichones inmensos producidos en lucha homérica sostenida contra -un hombre. - -El _Bizco_ miró atentamente a Manuel, y viendo que Manuel le observaba a -su vez con tranquilidad, desvió la vista. La cara del _Bizco_ producía -el interés de un bicharraco extraño o de un tic patológico. La frente -estrecha, la nariz roma, los labios abultados, la piel pecosa y el pelo -rojo y duro, le daban el aspecto de un mandril grande y rubio. - -Desde el momento que llegó Vidal, la cuadrilla se movilizó y anduvieron -todos los chicos merodeando por la Casa del Cabrero. - -Llamaban así a un grupo de casuchas bajas con un patio estrecho y largo -en medio. En aquella hora de calor, a la sombra, dormían como -aletargados, tendidos en el suelo, hombres y mujeres medio desnudos. -Algunas mujeres en camisa, acurrucadas y en corro de cuatro o cinco, -fumaban el mismo cigarro, pasándoselo una a otra y dándole cada una su -chupada. - -Pululaba una nube de chiquillos desnudos, de color de tierra, la mayoría -negros, algunos rubios, de ojos, azules. Como si sintieran ya la -degradación de su miseria, aquellos chicos no alborotaban ni gritaban. - -Unas cuantas chiquillas de diez a catorce años charlaban en grupo. El -_Bizco_ y Vidal y los demás las persiguieron por el patio. Corrían las -chicas medio desnudas, insultándoles y chillando. - -El _Bizco_ contó que había forzado algunas de aquellas muchachitas. - ---Son todas puchereras, como las de la calle de Ceres--dijo uno de los -piratas. - ---¿Hacen pucheros?--preguntó Manuel. - ---Sí; buenos pucheros. - ---Pues ¿por qué son puchereras? - ---Pu... lo demás--añadió el chico haciendo un corte de mangas. - ---Que son zorras, tartamudeó el _Bizco_--. Pareces tonto. - -Manuel contempló al _Bizco_ con desprecio, y preguntó a su primo: - ---¿Pero esas chicas? - ---Ellas y sus madres--repuso Vidal con filosofía--. Casi todas las que -viven aquí. - -Salieron los Piratas de la Casa del Cabrero, bajaron a una hondonada, -después de pasar al lado de una valla alta y negra, y por en medio de -Casa Blanca desembocaron en el paseo de Yeserías. - -Se acercaron al Depósito de cadáveres, un pabellón blanco próximo al -río, colocado al comienzo de la Dehesa del Canal. Le dieron vuelta por -si veían por las ventanas algún muerto, pero las ventanas estaban -cerradas. - -Siguieron andando por la orilla del Manzanares, entre los pinos torcidos -de la Dehesa. El río venía exhausto, formado por unos cuantos hilillos -de agua negra y de charcos encima del barro. - -Al final de la Dehesa de la Arganzuela, frente a un solar espacioso y -grande, limitado por una valla hecha con latas de petróleo, extendidas -y clavadas en postes, se detuvo la cuadrilla a contemplar el solar, -cuya área extensa la ocupaban carros de riego, barrederas mecánicas, -bombas de extraer pozos negros, montones de escobas y otra porción de -menesteres y utensilios de la limpieza urbana. - -A uno de los lados del solar se levantaba un edificio blanco, en otra -época iglesia o convento, a juzgar por sus dos torres y el hueco de las -campanas abierto en ellas. - -Anduvo la cuadrilla husmeando por allí; pasaron los chicos por debajo de -un arco, con un letrero, en donde se leía: «Depósito de Caballos -Padres»; y por detrás del edificio con trazas de convento llegaron cerca -de unas barracas de esteras sucias y mugrientas: chozas de aduar -africano, construídas sobre armazón de palitroques y cañas. - -El _Bizco_ entró en una de aquellas chozas y salió con un pedazo de -bacalao en la mano. - -Manuel sintió un miedo horrible. - ---Me voy--dijo a Vidal. - ---¡Anda éste!...--exclamó uno con ironía--. Pues no tienes tú poco -sorullo. - -De pronto otro de los chicos gritó: - ---A _najarse_, que viene gente. - -Echaron todos los de la cuadrilla a correr por el paseo del Canal. - -Se veía Madrid envuelto en una nube de polvo, con sus casas -amarillentas. Las altas vidrieras relucían a la luz del sol poniente. -Del paseo del Canal, atravesando un campo de rastrojo, entraron todos -por una callejuela en la plaza de las Peñuelas; luego, por otra calle en -cuesta, subieron al paseo de las Acacias. - -Entraron en el Corralón, Manuel y Vidal, después de citarse con la -cuadrilla para el domingo siguiente, subieron la escalera hasta la -galería de la casa del señor Ignacio, y cuando se acercaron a la puerta -del zapatero oyeron gritos. - ---Padre está zurrando a la vieja--murmuró Vidal--. Lo que haya hoy que -_jamar_ aquí, _pa_ el gato. Me marcho a acostar. - ---Y yo, ¿cómo voy a la otra casa?--preguntó Manuel. - ---No tienes mas que seguir la Ronda hasta llegar a la escalera de la -calle del Aguila. No hay pérdida. - -Manuel siguió el camino indicado. Hacía un calor horrible; el aire -estaba lleno de polvo: jugaban algunos hombres a los naipes a las -puertas de las tabernas, y en otras, al son de un organillo, bailaban -abrazados. - -Cuando llegó Manuel frente a la escalera de la calle del Aguila, -anochecía. Se sentó a descansar un rato en el Campillo de Gil Imón. -Veíase desde allá arriba el campo amarillento, cada vez más sombrío con -la proximidad de la noche, y las chimeneas y las casas, perfiladas con -dureza en el horizonte. El cielo azul y verde arriba se inyectaba de -rojo a ras de la tierra, se obscurecía y tomaba colores siniestros, -rojos cobrizos, rojos de púrpura. - -Asomaban por encima de las tapias las torrecitas y cipreses del -cementerio de San Isidro; una cúpula redonda se destacaba recortada en -el aire; en su remate se erguía un angelote, con las alas desplegadas, -como presto para levantar el vuelo sobre el fondo incendiado y -sangriento de la tarde. - -Por encima de las nubes estratificadas del crepúsculo brillaba una -pálida estrella en una gran franja verde, y en el vago horizonte, -animado por la última palpitación del día, se divisaban, inciertos, -montes lejanos. - - - - -CAPÍTULO II - -EL CORRALÓN O LA CASA DEL TÍO RILO. LOS ODIOS DE VECINDAD. - - -CUANDO la Salomé terminó su labor de costura y fué a dormir a la calle -del Aguila, Manuel pasó definitivamente a sentar sus reales a la casa -del tío Rilo, del arroyo de Embajadores. Llamaban unos a esta casa la -Corrala, otros el Corralón, otros la Piltra, y con tantos nombres la -designaban, que no parecía sino que los inquilinos se pasaban horas y -horas pensando motes para ella. - -Daba el Corralón--este era el nombre más familiar de la piltra del tío -Rilo--al paseo de las Acacias, pero no se hallaba en la línea de este -paseo, sino algo metida hacia atrás. La fachada de esta casa, baja, -estrecha, enjalbegada de cal, no indicaba su profundidad y tamaño; se -abrían en esta fachada unos cuantos ventanucos y agujeros -asimétricamente combinados, y un arco sin puerta daba acceso a un -callejón empedrado con cantos, el cual, ensanchado después, formaba un -patio, circunscrito por altas paredes negruzcas. - -De los lados del callejón de entrada subían escaleras de ladrillo a -galerías abiertas, que corrían a lo largo de la casa en los tres pisos, -dando la vuelta al patio. Abríanse de trecho en trecho, en el fondo de -estas galerías, filas de puertas pintadas de azul, con un número negro -en el dintel de cada una. - -Entre la cal y los ladrillos de las paredes asomaban, como huesos -puestos al descubierto, largueros y travesaños, rodeados de tomizas -resecas. Las columnas de las galerías, así como las zapatas y pies -derechos en que se apoyaban, debían haber estado en otro tiempo pintados -de verde; pero, a consecuencia de la acción constante del sol y de la -lluvia, ya no les quedaban mas que alguna que otra zona con su primitivo -color. - -Hallábase el patio siempre sucio; en un ángulo se levantaba un montón de -trastos inservibles, cubierto de chapas de cinc; se veían telas puercas -y tablas carcomidas, escombros, ladrillos, tejas y cestos: un revoltijo -de mil diablos. Todas las tardes algunas vecinas lavaban el patio, y -cuando terminaban su faena vaciaban los lebrillos en el suelo, y los -grandes charcos, al secarse, dejaban manchas blancas y regueros azules -del agua de añil. Solían echar también los vecinos por cualquier parte -la basura, y cuando llovía, como se obturaba casi siempre la boca del -sumidero, se producía una pestilencia insoportable de la corrupción del -agua negra que inundaba el patio, y sobre la cual nadaban hojas de col y -papeles pringosos. - -A cada vecino le quedaba para sus menesteres el trozo de galería que -ocupaba su casa; por el aspecto de este espacio podía colegirse el grado -de miseria o de relativo bienestar de cada familia, sus aficiones y sus -gustos, Aquí se advertía cierta limpieza y curiosidad: la pared -blanqueada, una jaula, algunas flores en pucheretes de barro; allá se -traslucía cierto instinto utilitario en las ristras de ajos puestas a -secar, en las uvas colgadas; en otra parte, un banco de carpintero, la -caja de herramientas, denunciaban al hombre laborioso, que trabajaba en -las horas libres. - -Pero, en general, no se veían mas que ropas sucias, colgadas en las -barandillas; cortinas hechas con esteras, colchas llenas de remiendos de -abigarrados colores, harapos negruzcos puestos sobre mangos de escobas o -tendidos en cuerdas atadas de un pilar a otro, para interceptar más aún -la luz y el aire. - -Cada trozo de galería era manifestación de una vida distinta dentro del -comunismo del hambre; había en aquella casa todos los grados y matices -de la miseria: desde la heroica, vestida con el harapo limpio y decente, -hasta la más nauseabunda y repulsiva. - -En la mayor parte de los cuartos y chiribitiles de la Corrala, saltaba a -los ojos la miseria resignada y perezosa, unida al empobrecimiento -orgánico y al empobrecimiento moral. - -En el espacio que disfrutaba la familia del zapatero; en la punta de una -pértiga muy larga, atada a uno de los pilares, colgaban unos pantalones -llenos de remiendos, que se balanceaban cómicamente. - -Del patio grande del Corralón partía un pasillo, lleno de inmundicias, -que daba a otro patio más pequeño, en el invierno convertido en un -fétido pantano. - -Un farol, metido dentro de una alambrera, para evitar que lo rompiesen -los chicos a pedradas, colgaba de una de sus paredes negras. - -En el patio interior los cuartos costaban mucho menos que en el grande; -la mayoría eran de veinte y treinta reales; pero los había de dos y tres -pesetas al mes: chiscones obscuros, sin ventilación alguna, construídos -en los huecos de las escaleras y debajo del tejado. - -En otro clima más húmedo, la Corrala hubiera sido un foco de infección; -el viento y el sol de Madrid, ese sol que saca ronchas en la piel, se -encargaba de desinfectar aquella madriguera. - -Para que en aquella casa hubiese siempre algo terrible y trágico, al -entrar solía verse en el portal o en el pasillo una mujer borracha y -delirante, que pedía limosna e insultaba a todo el mundo, a quien -llamaban _La Muerte_. Debía ser muy vieja, o lo parecía al menos; su -mirada era extraviada, su aspecto huraño, la cara llena de costras; uno -de sus párpados inferiores, retraído por alguna enfermedad, dejaba ver -el interior del globo del ojo, sangriento y turbio. Solía andar _La -Muerte_ cubierta de harapos, en chanelas, con una lata y un cesto viejo, -donde recogía lo que encontraba. Por cierta consideración supersticiosa -no la echaban a la calle. - -La primera noche de Manuel en la Corrala vió, no sin cierto asombro, la -verdad de lo que decía Vidal. Este y casi todos los de su edad tenían -sus novias entre las chiquillas de la casa, y no era raro, al pasar -junto a un rincón, ver una pareja que se levantaba y echaba a correr. - -Los chicos pequeños se divertían jugando al toro, y entre las suertes -más aplaudidas se contaba la de Don Tancredo. Se ponía un chico a cuatro -patas, y otro, que no pesase mucho, encima, con los brazos cruzados, el -cuerpo echado para atrás, y en la cabeza, alta y erguida, un sombrero de -papel de tres picos. - -Se acercaba el que hacía de toro, mugía sonoramente, olfateaba a Don -Tancredo y pasaba junto a él sin derribarle; volvía a pasar un par de -veces, hasta que se largaba. Entonces Don Tancredo bajaba de su vivo -pedestal a recibir el aplauso del público. Había toros marrajos, y -guasones que se les ocurría tirar estatua y pedestal al suelo, lo cual -era recibido entre el clamoreo y la algazara del público. - -Mientras tanto, las chicas jugaban al corro, las mujeres gritaban de -galería a galería y los hombres charlaban en mangas de camisa; alguno, -sentado en el suelo, rasgueaba monótonamente en las cuerdas de una -guitarra. - -_La Muerte_, la vieja mendiga, solía también amenizar las veladas con -sus largos parlamentos. - -Era la Corrala un mundo en pequeño, agitado y febril, que bullía como -una gusanera. Allí se trabajaba, se holgaba, se bebía, se ayunaba, se -moría de hambre; allí se construían muebles, se falsificaban -antigüedades, se zurcían bordados antiguos, se fabricaban buñuelos, se -componían porcelanas rotas, se concertaban robos, se prostituían -mujeres. - -Era la Corrala un microcosmo; se decía que, puestos en hilera los -vecinos, llegarían desde el arroyo de Embajadores a la plaza del -Progreso; allí había hombres que lo eran todo, y no eran nada: medio -sabios, medio herreros, medio carpinteros, medio albañiles, medio -comerciantes, medio ladrones. - -Era, en general, toda la gente que allí habitaba gente descentrada, que -vivía en el continuo aplanamiento producido por la eterna e irremediable -miseria; muchos cambiaban de oficio, como un reptil, de piel; otros no -lo tenían; algunos peones de carpintero, de albañil, a consecuencia de -su falta de iniciativa, de comprensión y de habilidad, no podían pasar -de peones. Había también gitanos, esquiladores de mulas y de perros, y -no faltaban cargadores, barberos ambulantes y saltimbanquis. Casi todos -ellos, si se terciaba, robaban lo que podían; todos presentaban el mismo -aspecto de miseria y de consunción. Todos sentían una rabia constante, -que se manifestaba en imprecaciones furiosas y en blasfemias. - -Vivían como hundidos en las sombras de un sueño profundo, sin formarse -idea clara de su vida, sin aspiraciones, ni planes, ni proyectos, ni -nada. - -Había algunos a los cuales un par de vasos de vino les dejaba borrachos -media semana; otros parecían estarlo, sin beber, y reflejaban -constantemente en su rostro el abatimiento más absoluto, del cual no -salían mas que en un momento de ira o de indignación. - -El dinero era para ellos la mayoría de las veces una desgracia. -Comprendiendo instintivamente la debilidad de sus fuerzas y de sus -inclinaciones, se preparaban a hacer ánimos yendo a la taberna; allí se -exaltaban, gritaban, discutían, olvidaban las penas del momento, se -sentían generosos, y cuando, después de soltar baladronadas, se creían -dispuestos para algo, se encontraban sin un céntimo y con las energías -ficticias del alcohol que se iba disipando. - -Las mujeres de la casa, por lo general, trabajaban más que los hombres, -y reñían casi constantemente. De treinta años para arriba tenían todas -el mismo carácter y casi el mismo tipo: negras, desmelenadas, iracundas; -gritaban y se desesperaban por cualquier cosa. - -De cuando en cuando, como un suave rayo de sol en la umbría, penetraba -en el alma de aquellos hombres entontecidos y bestiales, de aquellas -mujeres agriadas por la vida áspera y sin consuelo ni ilusión, un -sentimiento romántico, de desinterés, de ternura, que les hacía vivir -humanamente; y cuando pasaba la racha de sentimentalismo, volvían otra -vez a su inercia moral, resignada y pasiva. - -Los vecinos constantes del Corralón se contaban entre los del primer -patio. En el otro, la mayoría ambulantes, pasaban en la casa a lo más un -par de semanas, y luego, como se decía allí, ahuecaban el ala. - -Un día se presentaba un lañador con su gran zurrón, su berbiquí y sus -alicates, que gritaba por las calles, con voz bronca: «¡A componer -tinajas y artesones..., barreños, platos y fuentes!», y después de pasar -una corta temporada se largaba; a la semana siguiente aparecía un -vendedor de telas de saldo, que pregonaba a gritos pañuelos de seda a -diez y quince céntimos; otro día se hospedaba un buhonero con sus cajas -llenas de alfileres, horquillas y pasadores, o algún comprador ce -galones de oro y plata. Ciertas épocas del año daban un contingente de -tipos especiales; la primavera se revelaba por la aparición de -vendedores de burros, caldereros, gitanos y bohemios; en otoño se -presentaban cuadrillas de paletos con quesos de la Mancha y pucheros de -miel, y en el invierno abundaban los nueceros y castañeros. - -De los vecinos constantes del primer patio, los que se trataban con el -señor Ignacio el zapatero eran: un corrector de pruebas, a quien -llamaban el _Corretor_; un tal Rebolledo, barbero e inventor, y cuatro -ciegos, que se conocían por los remoquetes de el _Calabazas_, el -_Sopistas_, el _Brígido_ y el _Cuco_, los cuales vivían decentemente con -sus mujeres respectivas y tocaban por las calles los últimos tangos, -tientos y coplas de zarzuela. - -El corrector tenía una familia numerosa: su mujer, la suegra, una hija -de veinte años y una lechigada de chiquillos; no le bastaba el jornal -que ganaba corrigiendo pruebas en un periódico, y solía pasar grandes -apuros. El corrector solía llevar un macfarlán destrozado, lleno de -flecos, un pañuelo grande y sucio anudado a la garganta y un hongo -amarillo, blanco y mugriento. - -Su hija, Milagros de nombre, una muchacha esbelta, fina como un -pajarito, estaba en relaciones con Leandro, el primo de Manuel. - -Los novios solían tener alternativas en sus amores, unas veces por -coqueterías de ella, otras, por la mala vida de él. - -No se entendían, porque la Milagros era un poco entonada y ambiciosa, se -consideraba como venida a menos, y Leandro tenía, en cambio, un genio -brusco e irascible. - -El otro vecino del zapatero, el señor Zurro, tipo pintoresco y curioso, -no se trataba con el señor Ignacio y odiaba cordialmente al corrector. -El Zurro andaba siempre agazapado tras de unas antiparras azules, -llevaba gorra de piel y balandranes largos. - ---Se llama Zurro de apellido--decía el corrector--; pero es un zorro en -sus actos; de estos zorros camperos, maestros en malicias y habilidades. - -Según se hablaba, el Zurro entendía su negocio; tenía un puesto en la -parte baja del Rastro, una choza obscura e infecta rellena de trapos, -casacas antiguas, retales de telas viejas, tapicerías, trozos de -casullas, y, además de esto, botellas vacías, botellas llenas de -aguardiente y _cognac_, sifones de agua de Seltz, cerraduras roñosas, -escopetas tomadas por la herrumbre, llaves, pistolas, botones, medallas -y otras baratijas sin valor. - -Y a pesar de que en la tienda del señor Zurro no entraban, seguramente, -al cabo del día, más de dos personas, que harían un gasto de un par de -reales, el ropavejero marchaba bien. - -Vivía con su hija, la Encarna, una flamencona de unos veinticinco años, -muy chulapa, muy descarada, que los domingos salía a pasear con su padre -cargada de joyas. La Encarna sentía arder en su pecho el fuego de la -pasión por Leandro; pero éste, enamorado de la Milagros, no correspondía -al fuego del alma de la ropavejera. - -Por tal motivo, la Encarna odiaba cordialmente a la Milagros y a los -individuos de su familia, y los ponía a todas horas de cursis y de -muertos de hambre, los injuriaba con motes desdeñosos, como el de -_Sopista mendrugo_, adjudicado por ella al corrector, y el de _La Loca -del Vaticano_ a su hija. - -Odios de personas de vida casi común, no era raro que fuesen de un -encono y de un rencor violento; así, los de una y otra familia, no se -miraban sin maldecirse y sin desearse mutuamente las mayores -desgracias. - - - - -CAPÍTULO III - -ROBERTO HASTING EN LA ZAPATERÍA.--PROCESIÓN DE MENDIGOS.--CORTE DE LOS -MILAGROS. - - -UNA mañana de fines de septiembre presentóse Roberto en la puerta de _La -regeneración del calzado_, y asomando la cabeza al interior del almacén, -dijo: - ---¡Hola, Manuel! - ---¡Hola, don Roberto! - ---Se trabaja, ¿eh? - -Manuel se encogió de hombres dando a entender que no era precisamente -por su gusto. - -Roberto vaciló un momento para entrar en la zapatería, y, al último, se -decidió y entró. - ---Siéntese usted--le dijo el señor Ignacio, ofreciéndole una silla. - ---¿Usted es el tío de Manuel? - ---Para servirle. - -Se sentó Roberto, ofreció un cigarro al señor Ignacio, otro a Leandro, y -se pusieron a fumar los tres. - ---Yo conozco a su sobrino--dijo Roberto al zapatero--, porque vivo en -casa de la Petra. - ---¡Ah! ¿Sí? - ---Y hoy quisiera que le dejara usted libre un par de horas. - ---Sí, señor; toda la tarde, si usted quiere. - ---Bueno; entonces, yo vendré por él después de comer. - ---Está bien. - -Roberto contempló cómo trabajaban, y de repente se levantó y se fué. - -Manuel no comprendía qué le quería Roberto, y por la tarde le esperó con -verdadera impaciencia. Llegó, y los dos salieron de la calle del Aguila -y bajaron a la ronda de Segovia. - ---¿Tú sabes dónde está la Doctrina?--preguntó Roberto a Manuel. - ---¿Qué Doctrina? - ---Un sitio donde se reúnen los viernes muchos mendigos. - ---No sé. - ---¿Sabes dónde está el camino alto de San Isidro? - --Sí. - ---Bueno; pues allí vamos a ir; ahí es dónde está la Doctrina. - -Manuel y Roberto bajaron por el paseo de los Pontones y siguieron en -dirección del puente de Toledo. El estudiante no dijo nada, y Manuel -nada quiso preguntarle. - -El día estaba seco, polvoriento. El viento sur, sofocante, echaba -bocanadas de calor y de arena; algunos relámpagos iluminaban las nubes; -se oía el sonar lejano de los truenos; el campo amarilleaba cubierto de -polvo. - -Por el puente de Toledo pasaba una procesión de mendigos y mendigas, al -cual más desastrados y sucios. Salía gente, para formar aquella -procesión del harapo, de las Cambroneras y de las Injurias; llegaban -del paseo Imperial y de los Ocho Hilos; y ya, en filas apretadas, -entraban por el puente de Toledo y seguían por el camino alto de San -Isidro a detenerse ante una casa roja. - ---Esto debe ser la Doctrina--dijo Roberto a Manuel señalándole un -edificio, que tenía un patio con una figura de Cristo en medio. - -Se acercaron los dos a la verja. Era aquello un conclave de mendigos, un -conciliábulo de Corte de los Milagros. Las mujeres ocupaban casi todo el -patio; en un extremo, cerca de una capilla, se amontonaban los hombres; -no se veían mas que caras hinchadas, de estúpida apariencia, narices -inflamadas y bocas torcidas; viejas gordas y pesadas como ballenas, -melancólicas; viejezuelas esqueléticas de boca hundida y nariz de ave -rapaz; mendigas vergonzantes con la barba verrugosa, llena de pelos, y -la mirada entre irónica y huraña; mujeres jóvenes, flacas y extenuadas, -desmelenadas y negras; y todas, viejas y jóvenes, envueltas en trajes -raídos, remendados, zurcidos, vueltos a remendar hasta no dejar una -pulgada sin su remiendo. Los mantones, verdes, de color de aceituna, y -el traje tiste ciudadano, alternaban con los refajos de bayeta, -amarillos y rojos, de las campesinas. - -Roberto paseó mirando con atención el interior del patio. Manuel le -seguía indiferente. - -Entre los mendigos, un gran número lo formaban los ciegos; había -lisiados, cojos, mancos; unos hieráticos, silenciosos y graves; otros -movedizos. Se mezclaban las anguarinas pardas con las americanas raídas -y las blusas sucias. Algunos andrajosos llevaban a la espalda sacos y -morrales negros; otros, enormes cachiporras en la mano; un negrazo, con -la cara tatuada a rayas profundas, esclavo, sin duda, en otra época, -envuelto en harapos, se apoyaba en la pared con una indiferencia digna; -por entre hombres y mujeres correteaban los chiquillos descalzos y los -perros escuálidos; y todo aquel montón de mendigos, revuelto, agitado, -palpitante, bullía como una gusanera. - ---Vamos--dijo Roberto--, no está aquí ninguna de las que busco. ¿Te has -fijado?--añadió--. ¡Qué pocas caras humanas hay entre los hombres! En -estos miserables no se lee mas que la suspicacia, la ruindad, la mala -intención, como en los ricos no se advierte mas que la solemnidad, la -gravedad, la pedantería. Es curioso, ¿verdad? Todos los gatos tienen -cara de gatos, todos los bueyes tienen cara de bueyes; en cambio, la -mayoría de los hombres no tienen cara de hombres. - -Salieron del patio Roberto y Manuel. Frente a la Doctrina, al otro lado -de la carretera, en unos desmontes arenosos, se sentaron. - ---A ti te chocarán--dijo Roberto--estas maniobras mías; pero no te -extrañarán cuando te diga que busco aquí dos mujeres; una, pobre, que -puede hacerme rico; otra, rica, que quizá me hiciera pobre. - -Manuel contempló a Roberto con asombro. Tenía siempre cierta sospecha de -que la cabeza del estudiante no andaba bien. - ---No, no creas que es una tontería; voy corriendo detrás de una fortuna, -pero de una fortuna enorme; si tú me ayudas, me acordaré de ti. - ---Bueno; y ¿qué quiere usted que yo haga? - ---Te lo diré cuando llegue el momento. - -Manuel no pudo ocultar una sonrisa de ironía. - ---Tú no lo crees--murmuró Roberto--; no importa; cuando veas, creerás. - ---Claro. - ---Por si acaso, si te necesito, ayúdame. - ---Le ayudaré a usted en todo lo que pueda--contestó Manuel con fingida -seriedad. - -Unos golfos se tendieron en los desmontes, cerca de Manuel y de Roberto, -y éste no quiso seguir hablando. - ---Ya empiezan a dividirse en secciones--dijo uno de los golfos, que -llevaba una gorra de cochero, señalando con una vara a las mujeres que -estaban en la Doctrina. - -Efectivamente; formáronse grupos alrededor de los árboles del patio, en -cada uno de los cuales colgaba un cartelón con una imagen y un número en -medio. - ---Ahí están las marquesas--añadió el de la gorra indicando a unas -cuantas señoras vestidas de negro que se presentaron en el patio. - -Se destacaban las caras blancas entre las telas de luto. - ---Todas son marquesas--advirtió uno. - ---Pues todas no son guapas--replicó Manuel terciando en la -conversación--. ¿Y a qué vienen aquí? - ---Son éstas las que enseñan la doctrina--contestó el de la gorra--; de -vez en cuando regalan sábanas y camisas a las mujeres y a los hombres. -Ahora van a pasar lista. - -Comenzó a sonar una campana; cerraron la verja del edificio; se formaron -corros, y en medio de cada uno de ellos entró una señora. - ---¿Ves aquella que está allá?--preguntó Roberto--. Es la sobrina de don -Telmo. - ---¿Aquella rubia? - ---Sí. Espérame aquí. - -Bajó Roberto el camino y se acercó a la verja. - -Comenzó la lección de doctrina; salía del patio un rumor de rezo, lento -y monótono. - -Manuel se tendió de espaldas en el suelo. Desde allá surgía Madrid, muy -llano, bajo el horizonte gris, por entre la gasa del aire polvoriento. -El cauce ancho del Manzanares, de color de ocre, aparecía surcado por -alguno que otro hilillo de agua negra. El Guadarrama destacaba de un -modo confuso la línea de sus crestas en el aire empañado. - -Roberto paseaba por delante del patio. Seguía el rumor de los mendigos -recitando la doctrina. Una vieja, con un pañuelo rojo en la cabeza y un -mantón negro que verdeaba, se sentó en el desmonte. - ---¿Qué es eso _agüela_? ¿No le han querido abrir la puerta?--gritó el de -la gorra. - ---No... ¡Las tías brujas esas! - ---No tenga usted cuidado, que hoy no dan nada. El viernes que viene es -el reparto. Ya le darán a usted lo menos una sábana--añadió el de la -gorra con aviesa intención. - ---Si no me dan más que una sábana--chilló la vieja torciendo la jeta--, -les digo que se la guarden en el moño. ¡Las tías zorras!... - ---Ya la han tañado a usted, _agüela_--exclamó uno de los golfos tendidos -en el suelo--. Usted lo que es, es una ansiosa. - -Celebraron los circunstantes la frase, que procedía de una zarzuela, y -el de la gorra siguió explicando a Manuel particularidades de la -Doctrina. - ---Hay algunas y algunos que se inscriben en dos y en tres secciones para -coger más veces limosnas--dijo--. Nosotros, mi padre y yo, nos -inscribimos una vez en cuatro secciones con nombres distintos... ¡Vaya -un lío que se armó! Y ¡menudo choteo que tuvimos con las marquesas! - ---Y ¿para qué querías tanta sábana?--le preguntó Manuel. - ---¡Toma!, para pulirlas. Se venden aquí en la misma puerta a dos -_chulés_. - ---Yo voy a comprar una--dijo un cochero de punto que se acercó al -corro--; la unto con aceite de linaza, luego la doy barniz, y hago un -impermeable cogolludo. - ---Pero las marquesas, ¿no notan que la gente vende en seguida lo que -ellas dan? - ---¡Qué han de notar! - -Para los golfos todo aquello no era mas que un piadoso entretenimiento -de las señoras devotas; hablaban de ellas con amable ironía. - -No llegó a durar una hora la lección de doctrina. - -Sonó una campana; se abrió la puerta de la verja; se disolvieron y -confundieron los grupos; todo el mundo se puso de pie, y comenzaron a -marcharse las mujeres con sus sillas, colocadas en equilibrio sobre la -cabeza, gritando, empujándose violentamente unas a otras; dos o tres -vendedoras pregonaron su mercancía mientras salía aquella muchedumbre de -andrajosos apretándose, chillando, como si escaparan de algún peligro. -Unas viejas corrían pesadamente por la carretera; otras se ponían a -orinar acurrucadas, y todas vociferaban y sentían la necesidad de -insultar a las señoras de la Doctrina, como si instintivamente -adivinasen lo inútil de un simulacro de caridad que no remediaba nada. -No se oían mas que protestas y manifestaciones de odio y desprecio. - ---¡Moler! Con las mujeres de Dios... - ---Ahora _quien_ que se confiese una. - ---Esas tías borrachas. - ---¡Anda que confiesen ellas y la _maire_ que las ha _parío_! - ---Que las den morcilla a todas. - -Después de las mujeres salían los hombres, los ciegos, los tullidos y -los mancos, sin apresurarse, hablando con gravedad. - ---¡Pues no _quien_ que me case!--murmuraba un ciego, sarcásticamente, -dirigiéndose a un cojo. - ---Y tú ¿qué dices?--le preguntaba éste. - ---¿Yo? ¡Que naranjas de la China! Que se casen ellas si _tien_ con -quién. Vienen aquí amolando con rezos y oraciones. Aquí no hacen falta -oraciones, sino _jierro_, mucho _jierro_. - ---Claro, hombre..., _parné_, eso es lo que hace falta. - ---Y todo lo demás... leñe y jarabe de pico...; porque _pa_ dar consejos -_toos semos_ buenos; pero en tocante al _manró_, ni las gracias. - ---Me parece. - -Salieron las señoras con sus libros de rezos en la mano; las viejas -mendigas las perseguían y las atosigaban con sus peticiones. - -Manuel miraba a todas partes por si encontraba al estudiante; al fin lo -vió cerca de la sobrina de don Telmo. La rubia se volvió a mirarle, y -subió en un coche. Roberto la saludó y el coche echó a andar. - -Volvieron Roberto y Manuel por el camino de San Isidro. - -Seguía el cielo nublado, el aire seco; la procesión de mendigos avanzaba -en dirección a Madrid. Antes de llegar al puente de Toledo, en la -esquina del camino alto de San Isidro y de la carretera de Extremadura, -en una taberna muy grande entraron Roberto y Manuel. Roberto pidió una -botella de cerveza. - ---¿Vives ahí en la misma casa en donde está la zapatería?--preguntó -Roberto. - ---No; vivo en el paseo de las Acacias, en una casa que se llama el -Corralón. - ---Bueno, te iré a ver allá; y ya sabes, siempre que vayas a algún sitio -donde se reúna gente pobre o de mala vida avísame. - ---Le avisaré a usted. Ya he visto cómo le miraba a usted la rubia. Es -bonita. - ---Sí. - ---Y tiene un coche pistonudo. - ---Ya lo creo. - ---Y ¿qué? ¿Es que se va usted a casar con ella? - ---¿Qué sé yo? Ya veremos. Vamos, aquí no se puede estar--dijo Roberto--y -se acercó al mostrador a pagar. - -En la taberna, un gran número de mendigos, sentados en las mesas, -engullían pedazos de bacalao y piltrafas de carne; un olor picante de -gallinejas y de aceite salía de la cocina. - -Salieron. El viento seguía soplando, lleno de arena: volaban locamente -por el aire hojas secas y trozos de periódicos; las casas altas próximas -al puente de Segovia, con sus ventanas estrechas y sus galerías llenas -de harapos, parecían más sórdidas, más grises, entrevistas en la -atmósfera enturbiada por el polvo. De repente, Roberto se paró, y, -poniendo la mano en el hombro de Manuel, le dijo: - ---Hazme caso, porque es la verdad. Si quieres hacer algo en la vida, no -creas en la palabra imposible. Nada hay imposible para una voluntad -enérgica. Si tratas de disparar una flecha, apunta muy alto, lo más alto -que puedas; cuanto más alto apuntes más lejos irá. - -Manuel miró a Roberto con extrañeza, y se encogió de hombros. - - - - -CAPÍTULO IV - -LA VIDA EN LA ZAPATERÍA.--LOS AMIGOS DE MANUEL. - - -HIZO calor en aquellos meses de septiembre y octubre; en el almacén de -zapatos no se podía respirar. - -Todas las mañanas, Manuel y Vidal, mientras iban a la zapatería, -hablaban de mil cosas, se comunicaban sus impresiones; el dinero, las -mujeres, los planes para el porvenir, eran los motivos constantes de sus -charlas. A los dos les parecía un gran sacrificio, algo como una -eventualidad desgraciada de su mala suerte, pasar días y días metidos en -un rincón arrancando suelas usadas. - -Las tardes lánguidas convidaban al sueño. Sobre todo, después de comer, -Manuel sentía un sopor y un abatimiento profundo. Desde la puerta del -almacén se veían los campos de San Isidro inundados de luz; en el -Campillo de Gil Imón las ropas puestas a secar centelleaban al sol. - -Oíase cacareos de gallos, gritos lejanos de vendedores, silbidos, -apagados por la distancia, de locomotoras. El aire vibraba seco, -abrasado. Algunas vecinas salían a peinarse a la calle, y los -colchoneros vareaban la lana, a la sombra, en el Campillo, mientras las -gallinas correteaban y escarbaban en el suelo. - -Después, al caer de la tarde, el aire y la tierra quedaban grises, -polvorientos; a lo lejos, cortando el horizontes, ondulaba la línea del -campo árido, una línea ingenua, formada por la enarcadura suave de las -lomas; una línea como la de los paisajes dibujados por los chicos, con -sus casas aisladas y sus chimeneas humeantes. Sólo algunas arboledas -verdes manchaban a trechos la llanura amarilla, tostada por el sol y -bajo el cielo pálido, blanquecino, turbio por los vapores del calor; ni -un grito, ni un leve ruido hendía el aire. - -Transparentábase, al anochecer, la niebla, y el horizonte se alargaba -hasta verse muy a lo lejos vagas siluetas de montañas no entrevistas de -día, sobre el fondo rojo del crepúsculo. - -Cuando en la zapatería dejaban el trabajo, solía ser ya de noche. -Bajaban el señor Ignacio, Leandro, Manuel y Vidal a la ronda y volvían a -casa. - -Las luces de gas brillaban a largos trechos en el aire polvoriento; -filas de carros pasaban con lentitud, y a lo largo de las rondas -marchaban en cuadrillas los obreros de los talleres próximos. - -Y constantemente, al ir y al venir, la conversación de Manuel y Vidal -versaba sobre lo mismo: las mujeres, el dinero. - -No tenía ninguno de los dos una idea romántica, ni mucho menos, de las -mujeres. Para Manuel, una mujer era un animal magnífico, con la carne -dura y el pecho turgente; Vidal no sentía este entusiasmo sexual; -experimentaba por todas las mujeres un sentimiento confuso de desprecio, -de curiosidad y preocupación. - -En cuestión de dinero, los dos estaban conformes en que era lo más -selecto y admirable; hablaba, sobre todo Vidal, del dinero con un -entusiasmo feroz; pensar que pudiese haber algo, bueno o malo, que no se -consiguiera con _jierro_, era para él el colmo de los absurdos. Manuel -deseaba el dinero para correr el mundo y ver pueblos, y más pueblos, y -andar en barco. Vidal soñaba con llevar la buena vida en Madrid. - -A los dos o tres meses de estancia en el Corralón, Manuel se hallaba tan -acostumbrado a su trabajo y a su vida, que no comprendía que pudiese -hacer otra cosa. No le daban aquellas barriadas miserables la impresión -de tristeza sombría y adusta que producen al que no está acostumbrado a -vivir en ellas; al revés, se le antojaban llenas de atractivos. Conocía -a casi toda la gente del barrio. Vidal y él se escapaban de casa con -cualquier pretexto, y los domingos se reunían con el _Bizco_ en casa del -Cabrero, y marchaban por los alrededores: a las Injurias, a las -Cambroneras, a las ventas de Alcorcón, al Campamento y a los ventorros -del camino de Andalucía, en donde se juntaban con merodeadores y randas, -y jugaban con ellos al cané o a la rayuela. - -A Manuel no le gustaba la compañía del _Bizco_; éste no quería reunirse -mas que con ladrones. A Manuel y a Vidal constantemente los llevaba a -sitios donde pululaban bandidos y tipos de mala traza, pero Manuel no se -decidía a oponerse a lo que pensaba Vidal. - -El lazo de unión entre Manuel y el _Bizco_ era Vidal. El _Bizco_ odiaba -a Manuel y éste sentía odio y repugnancia por el _Bizco_ y no le -ocultaba su repulsión. Era un bruto, una alimaña digna de exterminio. -Lujurioso como un mono, había forzado algunas chiquillas de la casa del -Cabrero a puñetazos; solía robar a su padre, un miserable tejedor de -caña, dinero para ir a algún bajo prostíbulo de las Peñuelas o de la -calle de la Chopa, en donde encontraba mujeronas pintarrajeadas, con la -colilla en los labios, que a él le parecían princesas. Su cráneo -estrecho, su mandíbula fuerte, su morro, la mirada torva, le daban un -aspecto de brutalidad y animalidad repelentes. Hombre primitivo, afilaba -su puñal, comprado en el Rastro, y lo guardaba como una cosa sagrada. Si -cogía a algún gato o perro por su cuenta, lo mataba a pinchazos, gozando -en martirizar al animal. Hablaba torpemente, rellenando sus frases con -barbaridades y blasfemias. - -No se sabe quién indujo al _Bizco_ a tatuarse los brazos, o si la idea -se le ocurrió a él; probablemente el tatuaje, visto en alguno de los -bandidos con quien se juntaba, le induciría a él a hacer lo mismo. Vidal -le imitó, y los dos se dedicaron en una época a tatuarse con entusiasmo. -Se pinchaban con un alfiler hasta hacerse un poco de sangre y después -mojaban las heridas con tinta. - -El _Bizco_ se pintó cruces, estrellas y nombres en el pecho; Vidal, a -quien no le gustaba pincharse, puso su nombre en un brazo y el de su -novia en el otro; Manuel no quiso marcarse, primeramente, porque le daba -miedo la sangre, y además porque la idea se le había ocurrido al -_Bizco_. - -Sentían los dos, uno para el otro, una hostilidad sorda. - -Manuel, siempre en acecho, se encontraba dispuesto a hacerle frente; el -_Bizco_, sin duda, notaba el desprecio y el odio en los ojos de Manuel, -y esto le confundía. - -Para Manuel, la superioridad de un hombre estaba en el talento y, sobre -todo, en la maña; para el _Bizco_, el valor y la fuerza constituían las -únicas cualidades envidiables: el mérito mayor para él era ser muy -bruto, como decía con entusiasmo. - -Por esta condición de habilidad y de maña, que Manuel en tanta estima -tenía, admiraba a los Rebolledos, padre e hijo, los cuales habitaban -también en el Corralón. Rebolledo padre, contrahecho de cuerpo, enano y -jorobado, barbero de oficio, solía afeitar al sol en la Ronda, cerca del -Rastro. Tenía el tal enano una cara muy inteligente, ojos profundos; -gastaba bigote y patillas, y melena azulada y grasienta. Vestía de luto; -en verano y en invierno llevaba gabán, y no se sabe por qué misterios de -la química, el gabán negro verdeaba ostensiblemente, mientras que el -pantalón, también negro, tiraba a rojo. - -Por las mañanas, Rebolledo salía del Corralón cargado con un banco y una -palomilla de madera, de la que colgaba una bacía de azófar y un rótulo. -Al llegar a un punto de la tapia de las Américas, sujetaba la palomilla -y a su lado el rótulo, un anuncio humorístico, cuya gracia, -probablemente, sólo él comprendía, y que cantaba así: - - BARBERÍA MODERNISTA - - _Barbería Antisética._ - - _Pasar cabayeros, Reboyedo afeita - y - da dinero._ - -Los Rebolledos, padre e hijo, eran muy habilidosos; hacían juguetes de -alambre y de cartón, que vendían luego a los vendedores de las calles; -tenían su casa, un cuartucho del primer patio, convertido en taller, y -allí un tornillo de presión, un banco de carpintero y una serie de -baratijas rotas, sin aplicación, al parecer, posible. - -Con esta frase indicaban en el Corralón el agudo ingenio de Rebolledo: - ---Ese enano--decían--tiene en la cabeza un arca de Noé. - -Rebolledo padre había construído para su uso particular una dentadura -postiza. Cogió un servilletero de hueso, lo cortó en dos partes -desiguales, y con la mayor de éstas, limando por un lado y por otro, -logró adaptársela a la boca. Luego, con una sierrecilla hizo los -dientes, y para imitar la encía recubrió una parte del antiguo -servilletero de lacre. Rebolledo se quitaba y se ponía la dentadura con -una maravillosa facilidad y comía con ella perfectamente, siempre que -tuviera qué, como decía él. - -El hijo del enano, Perico de nombre, prometía ser más avispado aun que -el padre. Entre las hambres que pasaba y las tercianas pertinaces, -estaba flaco y de color de limón. No era contrahecho, como el padre, -sino esbelto, delgado, con los ojos brillantes y los movimientos vivos y -desordenados. Parecía, como suele decirse, un ratón debajo de una -escudilla. - -Una de las pruebas de su ingenio era un apagavelas mecánico que había -construído con una caja de betún para limpiar las botas. - -Sentía Perico un gran entusiasmo por las paredes blancas, y allí donde -encontraba alguna dibujaba con carbón procesiones de hombres, mujeres, -caballos y perros, casas echando humo, soldados, barcos en el mar, la -lucha de los hombres flacos con los hombres gordos, y otros pasos -igualmente divertidos. - -La obra maestra de Perico en dibujo era el tríptico de Don Tancredo, -pintado al carbón en la callejuela de entrada de la Corrala. La obra -produjo la admiración y el asombro de todos los habitantes de la casa. -La primera parte del tríptico representaba al valiente sugestionador de -toros marchando a la plaza a caballo, en medio de un gran golpe de -jinetes; la leyenda decía: «Don Tancredo _ba_ a los toros». En la -segunda parte del tríptico, el _rey del valor_ estaba con su sombrero de -tres picos, cruzado de brazos frente a la fiera; la leyenda cantaba: -«Don Tancredo en su pedestal». Debajo del tercer dibujo se leía: «El -toro _uye_»; y la representación de esta última escena era admirable; se -veía escapar al toro como alma que lleva el diablo, por entre los -toreros, a los cuales se les veía la nariz de perfil y al mismo tiempo -la boca y los dos ojos de frente. - -A pesar de sus triunfos, Perico Rebolledo no se envanecía ni se -consideraba superior a los hombres de su época; su mayor placer era -sentarse a lado de su padre en el patio de la Corrala, entre máquinas de -reloj viejas, manojos de llaves y otra porción de cosas negras y -descabaladas, y pensar y cavilar las aplicaciones de un cristal de unas -gafas, por ejemplo, o de un braguero, o del cuerpo de bomba de una -lavativa, o de cualquier otro trasto roto o descompuesto. - -Padre e hijo pasaban la vida soñando maquinarias; para ellos no había -nada inservible: la llave que no abre puerta alguna; la cafetera de -viejo sistema, estrafalaria como un instrumento de física; el quinqué de -aceite con máquina, todo se guardaba, se descomponía y se utilizaba. -Rebolledo, padre e hijo, gastaban más ingenio para vivir miserablemente -que el que emplean un par de docenas de autores cómicos, de periodistas -y de ministros para vivir con esplendidez. - -Amigos de Perico Rebolledo eran los Aristas, que luego intimaron con -Manuel. - -Los Aristas, dos hermanos, hijos de una planchadora, estaban de -aprendices en una fundición de metales de la Ronda. El más pequeño de -los dos se pasaba la vida en una continua cabriola, dando saltos -mortales, encaramándose por los árboles, andando con los pies para -arriba y haciendo flexiones en todos los montantes de las puertas. - -El hermano mayor, un muchacho zanquilargo y tartamudo, a quien llamaban -en broma el Aristón, era el chico más fúnebre del planeta; tenía una -necromanía aguda; todo lo relacionado con ataúdes, muertos, capillas -ardientes y cirios le entusiasmaba. Hubiera querido ser enterrador, cura -de una sacramental, guarda de un cementerio; pero su sueño, lo que más -le encantaba, era una funeraria; pensaba, como en un bello ideal, en las -conversaciones que debía de tener el amo de una tienda de pompas -fúnebres con el padre o con la viuda inconsolable, al ofrecerle coronas -de siemprevivas, al ir a tomar las medidas a un muerto, al pasearse -entre los ataúdes. Hacer cajas mortuorias de hombres, mujeres y chicos, -y acompañarles luego al cementerio. Para el Aristón, las cosas -relacionadas con la muerte eran las más importantes de la vida. - -Por estos contrastes del destino, que casi siempre pone las etiquetas -cambiadas a las cosas y a los hombres, el Aristón estaba de comparsa en -un teatro del género chico, por consideración a su padre, que fué -tramoyista, y el tal oficio le disgustaba, porque en el teatro adonde -iba no se moría nadie en la escena, ni salía gente de luto, ni se -lloraba. Y mientras el Aristón no pensaba mas que en cosas fúnebres, el -otro hermano soñaba con circos y trapecios y volatineros, y esperaba que -alguna vez la suerte le proporcionaría el medio de cultivar sus -facultades de gimnasta. - - - - -CAPÍTULO V - -LA TABERNA DE LA «BLASA» - - -LAS disputas frecuentes entre Leandro y su novia, la hija del -_Corretor_, servían muy a menudo de comidilla a los inquilinos de la -Corrala. Leandro era malhumorado y camorrista; se le despertaban los -instintos brutales rápidamente; a pesar de que casi todos los sábados, -por la noche, iba a las tabernas y cafetines dispuesto a armar broncas -con matones y gente cruda, no le había sucedido hasta entonces ningún -accidente desagradable. A su novia, en parte, le gustaba este valor; -pero a la madre de la Milagros le producía verdadera indignación, y -recomendaba a todas horas a su hija que diera a Leandro una despedida -terminante. - -La muchacha despedía a su novio; pero luego, al verle volver humilde y -dispuesto a aceptar toda condición, se mostraba menos rigurosa. - -Esta confianza en su fuerza hacía a la muchacha ser despótica, -caprichosa y voluble; se divertía dando celos a Leandro; había llegado a -un estado especial, mezcla de cariño y de odio, en el cual el cariño -quedaba dentro y el odio fuera, manifestándose en una crueldad sañuda, -en la satisfacción de mortificar constantemente a su novio. - ---Un día lo que tú debías hacer--dijo el señor Ignacio a Leandro, -indignado con las coqueterías de la muchacha--es cogerla en un rincón y -allá hartarte..., y después darla una paliza y dejarla el cuerpo hecho -una breva...; al día siguiente te seguía como un perro. - -Leandro, tan valiente con los matones, al lado de su novia resultaba un -doctrino; algunas veces pensó en el consejo de su padre; pero nunca -hubiese tenido ánimos para llevarlo a cabo. - -Un sábado por la tarde, después de una agria disputa con la Milagros, -Leandro invitó a Manuel a dar una vuelta de noche en su compañía. - ---¿Adónde iremos?--le preguntó Manuel. - ---Al café de Naranjeros, o al cafetín de la Esgrima. - ---Donde te parezca. - ---Daremos una vuelta por esos _chabisques_ e iremos luego a la taberna -de la _Blasa_. - ---¿Va por ahí gente del bronce? - ---Claro que va, de lo más granado. - ---Entonces avisaré a don Roberto, a aquel señorito que me vino a buscar -para ir a la Doctrina. - ---Bueno. - ---Después del trabajo fué Manuel a la casa de huéspedes y habló con -Roberto. - ---Pasar por el café de San Millán a eso de las nueve de la noche--dijo -Roberto--; allí estaré yo con una prima mía. - ---¿La va usted a llevar allá?--preguntó asombrado Manuel. - ---Sí; es una mujer original, una pintora. - -Manuel cenó en la Corrala y contó a Leandro lo que le había dicho -Roberto. - ---¿Y esa pintora es guapa?--pregunto Leandro. - ---No sé; no la conozco. - ---¡Maldita sea la...! Daría cualquier cosa porque viniera, hombre. - ---Y yo. - -Fueron ambos al café de San Millán, se sentaron y esperaron con -impaciencia. A la hora indicada apareció Roberto con su prima, a la que -llamó Fanny. Era ésta una mujer de treinta a cuarenta años, muy delgada, -de mal color y de tipo varonil y distinguido; tenía algo de la belleza -desgarbada de un caballo de carrera; la nariz corva, la mandíbula larga, -las mejillas hundidas y los ojos grises y fríos. Vestía una chaqueta de -tafetán verde obscuro, falda negra y un sombrero pequeño. - -Leandro y Manuel la saludaron con gran timidez y torpeza; dieron la mano -a Roberto, y hablaron. - ---Mi prima--dijo Roberto--tiene gana de ver algo de la vida de estos -pobres barrios. - ---Pues cuando ustedes quieran--contestó Leandro--. Eso sí, les advierto -a ustedes que hay mala gente por allá. - ---¡Oh, yo voy prevenida!--dijo la dama con ligero acento extranjero, -mostrando un revólver de pequeño calibre. - -Pagó Roberto, a pesar de las protestas de Leandro, y salieron todos del -café. Desembocaron en la plaza del Rastro, bajaron por la Ribera de -Curtidores hasta la ronda de Toledo. - ---Si quiere ver la señora la casa donde vivimos nosotros, es ésta--dijo -Leandro. - -Pasaron al interior del Corralón; un grupo de chiquillos y de viejas se -les acercó, asombrados de ver a aquellas horas a una mujer con tan -extrañas trazas, y acosaron a preguntas a Manuel y a Leandro. Este -quería que supiese la Milagros como había estado allí con una dama, y -fué acompañando a Fanny y enseñándola los cuchitriles del corralón. - ---Aquí miseria es lo único que se ve--decía Leandro. - ---¡Oh, sí, sí!--contestaba la dama. - ---Ahora, si ustedes quieren, vamos a la taberna de la _Blasa_. - -Salieron del Corralón hasta tomar el arroyo de Embajadores, y siguieron -a lo largo de la empalizada negra de un lavadero. Hacía una noche -obscura; empezaba a lloviznar. Tropezaron con la vía de circunvalación. - ---Tengan ustedes cuidado--dijo Leandro--, que hay un alambre. - -Le puso el pie encima. Cruzaron todos la vía y pasaron por delante de -unas casas blancas hasta entrar en el barrio de las Injurias. - -Se acercaron a una casita baja con un zócalo obscuro; una puerta de -cristales rotos, empañados, compuestos con tiras de papel, iluminados -por una luz pálida, daba acceso a esta casa. En la opaca claridad de la -vidriera se destacaba a veces la sombra de alguna persona. - -Abrió la puerta Leandro, y entraron todos. Un vaho caliente y cargado de -humo les dió en la cara. Un quinqué de petróleo, colgado del techo, con -una pantalla blanca, iluminaba la taberna, pequeña y de techo bajo. - -Al entrar los cuatro, todos los concurrentes se les quedaron mirando con -expresión de extrañera; hablaron entre ellos y después siguieron unos -jugando, otros viendo jugar. - -Fanny, Roberto, Leandro y Manuel se sentaron a la derecha de la puerta. - ---¿Qué van a tomar?--dijo la mujer del mostrador. - ---Cuatro quinces--contestó Leandro. - -Llevó la mujer vasos en una bandeja sucia y los colocó en la mesa, -Leandro sacó sesenta céntimos. - ---Son a diez--dijo la mujer en tono malhumorado. - ---¿Por qué? - ---Porque esto es el extrarradio. - ---Bueno; cobre usted lo que sea. - -La mujer dejó veinte céntimos en la mesa y volvió al mostrador. Era -ancha, tetuda, de obesidad enorme, con la cabeza metida entre los -hombros, con cinco o seis papadas en el cuello; despachaba de cuando en -cuando una copa, que cobraba de antemano, y hablaba poco, con -displicencia, con un gesto invariable del malhumor. - -Tenía aquel hipopótamo malhumorado al lado derecho un depósito de hoja -de lata con su grifo para el aguardiente, y al izquierdo un frasco de -peleón y un jarro desportillado con un embudo negro encima, adonde -echaba el sobrante de las copas de vino. - -La prima de Roberto sacó un frasco de esencias, lo ocultó en la mano -cerrada, y de vez en cuando aspiraba las sales. - -Al otro lado de donde estaban Roberto, Fanny, Leandro y Manuel, un corro -de unos veinte hombres se amontonaban alrededor de una mesa jugando al -cané. - -Cerca de ellos, acurrucadas en el suelo, junto a la estufa, recostadas -en la pared, se veían unas cuantas mujeres feas, desgreñadas, vestidas -con corpiños y faldas haraposas, sujetas a la cintura por cuerdas. - ---¿Qué son estas mujeres?--preguntó la pintora. - ---Son golfas viejas--contestó Leandro--de esas que van al Botánico y a -los desmontes. - -Dos o tres de aquellas infelices llevaban en sus brazos niños de otras -mujeres que iban a pasar allí la noche; algunas dormitaban con la -colilla pegada en el extremo de la boca. Entre la fila de viejas había -algunas chiquillas de trece a catorce años, monstruosas, deformes, con -los ojos legañosos; una de ellas tenía la nariz carcomida completamente, -y en su lugar un agujero como una llaga; otra era hidrocéfala, con el -cuello muy delgado, y parecía que al menor movimiento se le iba a caer -la cabeza de los hombros. - ---¿Tú has visto las tinajas que hay aquí?--preguntó Leandro a Manuel--, -Ven a verlas. - -Se levantaron los dos y se acercaron al grupo de los jugadores. Uno de -éstos interrumpía el paso. - ---¿Hace usted el favor?--le dijo Leandro con marcada impertinencia. - -El hombre separó la silla malhumorado. Las tinajas no ofrecían nada de -particular; eran grandes, empotradas en la pared, pintadas de minio; -cada una de ellas llevaba un letrero de la clase de vino que contenía y -un grifo. - ---Y ¿qué tiene esto de raro?--preguntó Manuel. - -Leandro sonrió; volvieron a pasar por el mismo sitio, a molestar al -jugador y a sentarse en la mesa. - -Roberto y Fanny hablaban en inglés. - ---Ese a quien hemos hecho levantar--dijo Leandro--es el baratero de esta -taberna. - ---¿Cómo se llama?--preguntó Fanny. - ---El _Valencia_. - -El aludido, que oyó su apodo, se volvió y contempló a Leandro; la mirada -de los dos se cruzó un momento desafiadora; el _Valencia_ desvió los -ojos y siguió jugando. Era hombre fuerte, corpulento, de unos cuarenta -años, de cara juanetuda, pelo rojizo y expresión de sarcasmo -desagradable. De vez en cuando echaba una mirada severa al grupo formado -por Fanny, Roberto y los otros dos. - ---Y ese _Valencia_, ¿quién es?--preguntó la dama en voz baja. - ---Es esterero de oficio--contestó Leandro alzando la voz--, un gandul -que saca las perras a los chavalejos de mal vivir; antes fué de los del -pote, de esos que van a las casas los domingos, llaman, y si ven que no -hay nadie, meten la palanqueta en la cerradura y crac... Pero ni para -eso tenía alma, porque es más blanco que el papel. - ---Sería curioso averiguar--dijo Roberto--hasta qué punto la miseria ha -servido de centro de gravedad para la degradación de estos hombres. - ---¿Y ese viejo de barba blanca que está a su lado?--preguntó Fanny. - ---Ese es un apóstol de los que curan con agua; dicen que sabe mucho... -Tiene una cruz en la lengua; pero creo que se la ha pintado él mismo. - ---¿Y esa otra? - ---Esa es la _Paloma_, la _gamberra_ del _Valencia_. - ---¿Prostituta?--preguntó la dama. - ---Desde hace lo menos cuarenta años--contestó Leandro riendo. - -Todos contemplaron a la _Paloma_ con atención; tenía una cara enorme, -blanda, con bolsas de piel violácea, una mirada tímida, de animal; -representaba cuarenta años lo menos de prostitución, con sus -enfermedades consiguientes; cuarenta años de noches pasadas en claro, -rondando los cuarteles, durmiendo en cobertizos de las afueras, en las -más nauseabundas casas de dormir. - -Entre las mujeres había también una gitana, que de cuando en cuando se -levantaba y cruzaba la taberna con un jacarandoso contoneo. - -Pidió Leandro unas copas de aguardiente; pero era tan malo, que nadie lo -pudo beber. - ---Tú--dijo Leandro a la gitana, ofreciéndole la copa--. ¿Quieres? - ---No. - -La gitana puso sus manos sobre la mesa, unas manos cortas, rugosas, -incrustadas en negro. - ---¿Quiénes son estos _payos_?--preguntó a Leandro. - ---Son amigos. ¿Quieres o no?--Y le volvió a ofrecer la copa. - ---No. - -Luego, con una voz aguda, gritó: - ---Apóstol, ¿quieres una copa? - -Se levantó del grupo de los jugadores el Apóstol. Estaba borracho y no -podía andar; tenía los ojos viscosos, de animal descompuesto; se acercó -a Leandro y tomó la copa, que tembló entre sus dedos; la acercó a los -labios y la vació. - ---¿Quieres más?--le dijo la gitana. - ---Sí, sí--murmuró. - -Luego se puso a hablar, enseñando los raigones de los dientes amarillos, -sin que se le entendiera nada; bebió las otras copas, apoyó la mano en -la frente, y despacio fué a un rincón, se arrodilló y se tendió en el -suelo. - ---¿Quieres que te la diga, princesa?--preguntó la gitana a Fanny, -agarrándole la mano. - ---No--replicó secamente la dama. - ---¿No me darás unas perrillas para los _churumbeles_? - ---No. - ---_Escarriá_, ¿por qué no me das unas perrillas para los _churumbeles_? - ---¿Qué son _churumbeles_?--preguntó la dama. - ---Los hijos--contestó, riendo, Leandro. - ---¿Tienes hijos?--le dijo Fanny a la gitana. - ---Sí. - ---¿Cuántos? - ---Dos. Míralos aquí. - -Y la gitana vino con un chiquitín, rubio, y una niña de cinco a seis -años. - -La dama acarició al chiquitín; luego sacó un duro de un portamonedas, y -le dió a la gitana. - -Esta comenzó a hacer aspavientos y zalamerías y a mostrar el duro a -todos los de la taberna. - ---Vamos--dijo Leandro--, sacar aquí un machacante de esos es peligroso. - -Salieron los cuatro de la taberna. - ---¿Quieren ustedes que demos una vuelta por el barrio?--preguntó -Leandro. - ---Sí; vamos--dijo la dama. - -Recorrieron juntos las callejuelas de las Injurias. - ---Tengan ustedes cuidado, que en medio va la alcantarilla--advirtió -Manuel. - -Seguía lloviendo; se internaron los cuatro en patios angostos, en donde -se hundían los pies en el lodo infecto. Sólo algún farol de petróleo, -sujeto en la pared de alguna tapia medio caída, brillaba en toda la -extensión de la hondonada, negra de cieno. - ---¿Volvemos ya?--preguntó Roberto. - ---Sí--respondió la dama. - -Tomaron por el arroyo de Embajadores, y subieron por el paseo de las -Acacias. Arreciaba la lluvia; alguna que otra luz mortecina brillaba a -lo lejos; en el cielo, obscurísimo, se destacaba, de una manera vaga, la -silueta alta de una chimenea... - -Acompañaron Leandro y Manuel hasta la plaza del Rastro a Fanny y a -Roberto, y allí se despidieron, cambiando un apretón de manos. - ---¡Qué mujer!--exclamó Leandro. - ---Es simpática, ¿eh?--preguntó Manuel. - ---Sí es. Daría cualquier cosa por tener algo que ver con ella. - - - - -CAPÍTULO VI - -ROBERTO EN BUSCA DE UNA MUJER.--EL «TABUENCA» Y SUS ARTIFICIOS.--DON -ALONSO O EL «HOMBRE BOA». - - -UNOS meses después se presentó Roberto en la Corrala, a la hora en que -Manuel y los de la zapatería tornaban de su trabajo. - ---¿Tú conoces al señor Zurro?--preguntó Roberto a Manuel. - ---Sí; aquí al lado vive. - ---Ya lo sé; quisiera hablarle. - ---Pues llame usted, porque debe estar. - ---Acompáñame tú. - -Llamó Manuel, les abrió la Encarna y pasaron adentro. El señor Zurro -leía un periódico a la luz de un velón en su cuarto, un verdadero -almacén repleto de bargueños viejos, arcas apolilladas, relojes de -chimenea y otra porción de cosas. Se ahogaba allí cualquiera; no se -podía respirar ni dar un paso sin tropezar con algo. - ---¿Es usted el señor Zurro?--preguntó Roberto. - ---Sí. - ---Yo venía de parte de don Telmo. - ---¡De don Telmo!--repitió el viejo, levantándose y ofreciendo una silla -al estudiante--. Siéntese usted. ¿Cómo está ese buen señor? - ---Muy bien. - ---Es muy amigo mío--siguió diciendo el Zurro. ¡Vaya! Ya lo creo. Pero -usted me dirá lo que desea, señorito. Para mí basta que venga usted de -parte de don Telmo, para que yo haga lo que pueda por servirle. - ---Lo que yo deseo es informarme del paradero de una muchacha volatinera -que vivió hace cinco o seis años en una posada de estos barrios, en el -mesón del Cuco. - ---¿Y usted sabe cómo se llamaba la muchacha? - ---Sí. - ---¿Y dice usted que vivió en el mesón del Cuco? - ---Sí, señor. - ---Yo conozco alguno que vive ahí--murmuró el ropavejero. - ---Sí; es verdad--repuso la Encarna. - ---Aquel hombre de los monos, ¿no vivía allá?--preguntó el señor Zurro. - ---No; era la Quinta de Goya--contestó su hija. - ---¡Pues, señor!... Espere usted un poco, joven...; espere usted. - ---¿No será el _Tabuenca_ el que vive allá, padre?--interrumpió la -Encarna. - ---Ese es; ese mismo. El _Tabuenca_. Vaya usted a verle. Dígale -usted--añadió el señor Zurro, dirigiéndose a Roberto--que va de mi -parte. Es un tío de mal genio, muy cascarrabias. - -Se despidió Roberto del ropavejero y de su hija, y salió con Manuel a la -galería de la casa. - ---¿Y dónde está el mesón del Cuco?--preguntó. - ---Por ahí, por las Yeserías--le dijo Manuel. - ---Acompáñame; luego cenaremos juntos--dijo Roberto. - ---Bueno. - -Fueron los dos al mesón, colocado en un paseo a aquellas horas desierto. -Era una casa grande, con un zaguán a estilo de pueblo y un patio lleno -de carros. Preguntaron a un muchacho. El _Tabuenca_ acababa de -llegar--les dijo--. Entraron en el zaguán, iluminado por un farol. Allí -había un hombre. - ---¿Vive aquí uno a quien llaman el _Tabuenca_?--preguntó Roberto. - ---Sí. ¿Qué hay?--dijo el hombre. - ---Pues que quisiera hablarle. - ---Puede usté hablar, porque el _Tabuenca_ soy yo. - -Al volverse éste, la luz del farol de petróleo, colgado en la pared, le -dió en la cara, y Roberto y Manuel le miraron con extrañeza. Era un tipo -apergaminado, amarillento; tenía una nariz absurda, una nariz arrancada -de cuajo y substituída por una bolita de carne. Parecía que miraba al -mismo tiempo con los ojos y con los dos agujeros de la nariz. Estaba -afeitado, vestido decentemente y con una boina de visera verde. - -El hombre oyó con displicencia lo que le indicó Roberto; después -encendió un cigarro y tiró lejos el fósforo. A causa, sin duda, de la -exigüidad de su órgano nasal, se veía en la necesidad de tapar con los -dedos las ventanas de la nariz para poder fumar. - -Roberto creyó que el hombre no había entendido su pregunta, y la repitió -dos veces. El _Tabuenca_ no hizo caso; pero, de repente, presa de la -mayor indignación, tiró el cigarro con furia y empezó a blasfemar con -una voz gangosa, una voz de gaviota, y a decir que no comprendía por qué -le molestaban con cosas que a él no le importaban nada. - ---No chille usted tanto--le dijo Roberto, molestado con aquella -algarabía--; van a creer que hemos venido a asesinarle a usted, lo -menos. - ---Chillo, porque me da la gana. - ---Bueno, hombre, bueno; chille usted lo que quiera. - ---A mí no me dices tú eso, porque te ando en la cara--gritó el -_Tabuenca_. - ---¿Usted a mí?--replicó riéndose Roberto--; y añadió dirigiéndose a -Manuel--: Me hacen la santísima los hombres sin nariz, y a este tío -chato le voy a dar un disgusto. - -Se retiró el _Tabuenca_, decidido, y salió al poco rato con un bastón de -estoque, que desenvainó; Roberto buscó por todas partes algo para -defenderse, y encontró una vara de un carretero; el _Tabuenca_ tiró una -estocada a Roberto, y éste la paró con la vara; volvió a tirarle otra -estocada, y Roberto, al pararla, rompió el farol del portal y quedaron a -obscuras. Roberto comenzó a hacer molinetes con su vara, y debió de dar -una vez a el _Tabuenca_ en algún sitio delicado, porque el hombre empezó -a gritar horriblemente: - ---¡Asesinos! ¡Asesinos! - -En esto se presentaron unas cuantas personas en el zaguán, y entre ellas -un arriero gordo, con un candil en la mano. - ---¿Qué pasa?--preguntó. - ---Estos asesinos, que me quieren matar--gritó el _Tabuenca_. - ---No hay nada de eso--repuso Roberto con voz tranquila--, sino que hemos -venido a preguntarle una cosa a este tío, y, sin saber por qué, ha -empezado a gritar y a insultarme. - ---Y te andaré en la cara--interrumpió el _Tabuenca_. - ---Pues venga usted de una vez; no se quede con las ganas--replicó -Roberto. - ---¡Granuja! ¡Cobarde! - ---Usted sí que es cobarde. Tiene usted tan pocos riñones como poca -nariz. - -El _Tabuenca_ engarzó una porción de insultos y blasfemias, y, volviendo -la espalda, se fué. - ---¿Y a mí quién me paga el farol?--preguntó el arriero. - ---¿Cuánto vale?--dijo Roberto. - ---Tres pesetas. - ---Ahí van. - -Ese _Tabuenca_ es un boceras--dijo el arriero del candil, al recibir el -dinero--. ¿Y qué es lo que querían ustedes? - ---Preguntarle por una mujer que vivió aquí hace años y que era -volatinera. - ---Eso, don Alonso, el _Titiri_, quizá lo sepa. Si quieren, díganme -ustedes adónde van, y yo le encargaré al _Titiri_ que les busque. - ---Bueno; pues dígale usted que le esperamos en el café de San Millán, a -las nueve--dijo Roberto. - ---¿Y cómo le vamos a conocer a ese hombre?--preguntó Manuel. - ---Es verdad--dijo Roberto--; ¿cómo le vamos a conocer? - ---Muy fácilmente. Él suele andar, de noche, por los cafés con un aparato -de esos para oír canciones. - ---¿Un fonógrafo? - ---Eso es. - -En esto apareció en el portal una vieja, que vino gritando: - ---¿Quién ha sido el hijo de la grandísima perra que ha roto el farol? - ---Calla, calla--le contestó el arriero--, que está todo arreglado. - ---¡Hala, vamos!--dijo Manuel a Roberto. - -Los dos salieron de la posada y echaron a andar de prisa. Entraron en el -café de San Millán. Roberto pidió de cenar. Manuel conocía al _Tabuenca_ -de verle por las rondas, y explicó a Roberto la clase de tipo que era -mientras cenaban. - -El _Tabuenca_ vivía de una porción de artificios construídos por él. -Cuando notaba que el público se cansaba de una cosa, sacaba otra al -mercado, y así iba tirando. Uno de estos artificios era una rueda de -barquillero, que daba vueltas por un círculo de clavos, entre los cuales -había escritos números y pintados colores. Esta rueda la llevaba su -dueño en una caja de cartón, que tenía dos tapas, divididas en cuadritos -con números y colores, donde se apuntaba, y que correspondían a los -números puestos alrededor de los clavos. Solía llevar el _Tabuenca_ en -una mano la caja cerrada y en la otra una mesita de tijera. Colocaba sus -trastos en el rincón de una calle, hacía girar la rueda y, con una voz -gangosa, murmuraba: - ---¡Ande la reolina! Hagan juego, señores... Hagan juego. Número o -color... número o color... hagan juego. - -Cuando había ya bastantes puestas, lo que era frecuente, daba el -_Tabuenca_ a la rueda del barquillero, diciendo al mismo tiempo su -frase: «¡Ande la reolina!» Saltaba la ballena en los clavos, y antes que -se detuviera, ya sabía el hombre el número y el color que ganaban, y -decía: «El siete encarnado», o «el cinco azul», y siempre acertaba... - -Mientras Manuel hablaba, Roberto parecía pensativo. - ---¿Ves?--dijo de pronto--estas dilaciones son las que aburren; se tiene -un caudal de voluntad en billetes, en onzas, en grandes unidades, y se -necesita la energía en céntimos, en perros chicos. Lo mismo sucede con -la inteligencia; por eso fracasan muchos ambiciosos, inteligentes y -enérgicos. Les falta las fracciones, les falta también, en general, el -talento para disimular sus fuerzas. Poder ser estúpido en algunas -ocasiones, sería más útil probablemente que poder ser discreto en otras -tantas. - -Manuel, que no comprendía el motivo de aquel chaparrón de frases, se -quedó mirando atónito a Roberto, quien volvió a sumirse en sus -cavilaciones. - -Permanecieron los dos silenciosos largo tiempo, cuando entró en el café -un hombre alto, flaco, de pelo entrecano y bigote gris. - ---¿Será este el _Titiri_, ese don Alonso?--preguntó Roberto. - ---Quizá. - -El hombre flaco pasó por delante de todas las mesas, mostrando una -cajita, y diciendo: «Novedé, novedé». - -Iba a salir cuando le llamó Roberto. - ---¿Usted vive en el mesón del Cuco?--le preguntó. - ---Sí, señor. - ---¿Es usted don Alonso? - ---Para servirle. - ---Pues le estábamos esperando. Siéntese usted; tomará usted café con -nosotros. - -El hombre se sentó. Tenía un aspecto cómico, mezcla de humildad, de -fanfarronería y de jactancia triste. Miró el plato que acababa de dejar -Roberto, en donde quedaba todavía un trozo de carne asada. - ---Perdón--le dijo a Roberto--. ¿Usted no piensa concluir este trozo? -¿No? Entonces... con su permiso--y cogió el plato, el tenedor y el -cuchillo. - ---Le traerán a usted otro bisteck--dijo Roberto. - ---No, no. Si es un capricho; me ha parecido que esta carne debía estar -buena. ¿Me quieres dar un pedazo de pan?--añadió, dirigiéndose a -Manuel--.Gracias, joven, muchas gracias. - -Tragó el hombre la carne y el pan en un momento. - ---¿Qué? ¿Queda un poco de vino?--preguntó, sonriendo. - ---Sí--contestó Manuel, vaciando la botella en la copa. - ---_Ol rait_--dijo el hombre al bebería--. ¡Señores! A su disposición. -Creo que querían preguntarme algo. - ---Sí. - ---Pues a su disposición. Me llamo Alonso de Guzmán Calderón y Téllez. -Aquí donde me ven ustedes, he sido director de un circo en América, he -viajado por todas las tierras y todos los mares del mundo; ahora estoy -sufriendo un temporal deshecho; por las noches ando de café en café con -este fonógrafo, y por la mañana llevo un juego de esos de martingala, -que consiste en una torre _Infiel_ con un espiral. Por debajo de la -torre hay un cañón con resorte que lanza una bola de hueso por la -espiral arriba, y cae luego en un tablero lleno de agujeros y de -colores. Esa es mi vida. ¡Yo! ¡El director de un circo ecuestre! He -venido a parar en esto, en ayudante del _Tabuenca_. ¡Qué cosas se ven en -el mundo! - ---Quería yo preguntarle--interrumpió Roberto--si por haber vivido en el -mesón del Cuco conocía usted a una tal Rosita Buenavida, volatinera. - ---¡Rosita Buenavida! ¿Dice usted que esa mujer se llamaba Rosita -Buenavida?... No, no recuerdo... Tuve en mi compañía una Rosita, pero no -se llamaba Buenavida; mejor se hubiera llamado Mala vida y costumbres. - ---Quizá varió de apellido--dijo Roberto impacientado--. ¿Qué edad tenía -la Rosita que conoció usted? - ---Pues le diré a usted; yo fuí a París el sesenta y ocho, contratado al -circo de la Emperatriz. Yo era entonces contorsionista, y en los -carteles me llamaban el _Hombre-Boa_; luego me hice malabarista, y -adopté el nombre de don Alonso. Alonso es mi nombre. A los cuatro meses, -Pérez y yo, Pérez ha sido el gimnasta más grande del mundo, fuimos a -América, y dos o tres años después conocía a Rosita, que entonces -tendría veinticinco o treinta. - ---De manera que la Rosita que usted dice tendría ahora sesenta y -tantos--dijo Roberto--; la que yo busco tendrá a lo más treinta. - ---Entonces no es ella. ¡Caramba, cuánto lo siento!--murmuró don Alonso, -agarrando el vaso de café con leche y llevándoselo a los labios, como si -tuviera miedo de que se lo fuesen a quitar--. ¡Y qué bonita era aquella -chiquilla! Tenía unos ojos verdes como los de un gato. Una monada, una -verdadera monada. - -Roberto había quedado pensativo; don Alonso prosiguió hablando, -dirigiéndose a Manuel: - ---No hay vida como la del artista de circo--exclamó--. No sé la -profesión de ustedes, y no quiero rebajarla; pero donde esté el arte... -¡Aquel París, aquel circo de la Emperatriz, no los olvidaré nunca! -Verdad es que Pérez y yo tuvimos suerte: hicimos furor allá, y no digo -nada lo que eso supone. ¡Oh! Era una cosa... Una noche, después de -trabajar, se encontraba uno con un recado: «Se le espera en el café -tal». Iba uno allá y se encontraba uno con una mujer de la _jai laif_, -una mujer caprichosa, que convidaba a cenar... y a todo lo demás. Pero -vinieron otros gimnastas al circo de la Emperatriz; nosotros dejamos de -ser novedad, y el empresario, un yanqui que tenía una porción de -compañías, nos dijo a Pérez y a mí si queríamos ir a Cuba. -_Alante_--dije yo--, _Ol rait_. - ---¿Ha estado usted en Cuba?--preguntó Roberto, saliendo de su -abstracción. - ---¡He estado en tantos sitios!--contestó, con aire de superioridad, el -antiguo _Hombre-Boa_--. Nos embarcamos en el _Abre_--siguió diciendo don -Alonso--en un barco que se llamaba la _Navarr_, y estuvimos en La Habana -durante unos ocho meses; trabajando allí, nos salió un negocio de una -lotería, y Pérez y yo ganamos veinte mil pesos oro. - ---¡Veinte mil duros!--dijo Manuel. - ---¡Cabalito! A la semana siguiente ya los habíamos perdido, y nos -encontrábamos Pérez y yo sin un centavo. Pasábamos unos días -alimentándonos de guayaba y de ñame, hasta que encontramos en el muelle -de La Habana unos gimnastas que estaban más arruinados que el verbo y -nos reunimos a ellos. Era gente que no trabajaba mal; había acróbatas, -_clauns_, pantomimistas, barristas y una _equiyer_ francesa; formamos -una compañía e hicimos una _turné_ por los pueblos de la isla; pero una -_turné_ morrocotuda. ¡Cómo nos obsequiaban en aquella tierra! «Pase, mi -amigo, y tomará una copa». «Muchísimas gracias». «No me desaire el -_señó_; _vamo a tomá_ una copa en _eta_ cantina, ¿no?...» Y la bebida -andaba que era un gusto. Como yo era el único de la cuadrilla que sabía -hacer cuentas, he tenido educación--añadió don Alonso--, mi padre fué -militar, me nombré director. En uno de los pueblos reforcé la compañía -con una bailarina y un Hércules. La bailarina se llamaba Rosita -Montañés; de ésta me he acordado cuando me hablaban ustedes de esa -Rosita que buscan. La Montañés era española y estaba casada con el -Hércules, un italiano, Napoleó Pitti, de nombre. El matrimonio llevaba -como secretario a un galleguito muy inteligente, pero detestable como -artista, y la Rosita y él se la pegaban al Hércules. No era esto -difícil, porque Napoleó era uno de los hombres más brutos que he -conocido; como fuerte no había otro: tenía una espalda como una pared -maestra; las orejas aplastadas por los puñetazos del boxeo; era un -barbarote, y es lo que se dice: «al hombre por la palabra y al buey por -el asta»; y el galleguito le llevaba al Hércules por el asta. El -condenado marusiño me engañó a mí también, aunque no como al Hércules, -pues siempre he sido soltero, gracias a Dios, parte por aprensión y -parte por cálculo; y mujeres no me han faltado--dijo don Alonso, con -jactancia. - -¿En qué iba? ¡Ah, sí! Yo no sabía el inglés; la condenada lengua esa, -aunque no es muy difícil, no me entraba; tenía necesidad de un -intérprete, y nombré al gallego secretario de la compañía y taquillero. -Así, juntos, estuvimos cerca de un año, y al cabo de este tiempo -llegamos a una isla inglesa que está cerca de la Jamaica. El gobernador -de la isla, un inglés más barbián que el mundo, con unas patillas que -parecían de fuego, me llamó al desembarcar; y como no había sitio para -que trabajáramos nosotros, habilitó la escuela municipal, que era un -palacio, y mandó tirar todos los tabiques y hacer la pista y las gradas. -En el pueblo sólo los negros iban a aquella escuela; y estas criaturas, -¿para qué quieren saber leer y escribir? - -Llevábamos allá un mes, y, a pesar de que no pagábamos el local, de que -solía estar lleno todas las tardes, y de que no teníamos apenas gastos, -no ganábamos. ¿En qué consistirá?--me decía yo continuamente--. Un -misterio. - ---¿Y en qué consistía?--preguntó Manuel. - ---Ahora voy. Antes hay que explicar que el gobernador de las patillas -rojas se enamoró de la Rosita, y, sin andarse por las ramas, se la llevó -a su palacio. El pobre Hércules mugía, rompía los platos con los dedos y -desahogaba su dolor y su rabia haciendo barbaridades. - -El gobernador, muy campechano, nos invitaba al galleguito y a mí a su -palacio, y allí, en un jardín que tenía con cedros y palmeras, solíamos -preparar el programa de las funciones y nos entreteníamos en tirar al -blanco, mientras fumábamos unos tabacos admirables y bebíamos copas de -ron. Hacíamos la corte a Rosita, y ella se reía como una loca, y bailaba -el tango, la cachucha y el vito, y le faltaba al inglés una barbaridad -de veces; un día me dijo el gobernador, que me trataba como a un amigo: -«Ese secretario de usted le roba.» «Creo que sí», le contesté. «Esta -noche tendrá usted la prueba». - -Concluímos la función; me fuí a casa, cené e iba a acostarme, cuando -viene un negrito y me dice que le siga; bueno: lo hago; salimos los dos: -nos acercamos al circo, y en una cantina próxima veo al gobernador y al -jefe de policía del pueblo. Hacía una noche de luna muy hermosa; en la -cantina no había luz; esperamos, y esperamos, y de pronto aparece un -bulto, y se cuela por una ventana del circo. «_For uer_»--murmuró el -gobernador--. Esto quiere decir: _¡Alante!_--añadió don Alonso. - -Nos acercamos los tres, y por la misma ventana pasamos sin hacer ruido; -llegamos, de puntillas, al portal de la antigua escuela, que hacía de -vestíbulo del circo, y que era donde estaba la taquilla, y vemos al -secretario con una linterna en la mano, registrando la caja. «--¡Alto a -la autoridad!»--gritó el gobernador--, y, con el revólver que llevaba en -la mano, disparó un tiro al aire. El secretario quedó paralizado -mirándonos; el gobernador entonces le apuntó con el arma al pecho y -volvió a disparar a boca de jarro; el hombre vaciló, dió una vuelta en -el aire y cayó muerto. - -El gobernador estaba celoso, y la verdad es que la Rosita le quería al -secretario. Yo no he visto en mi vida un dolor tan grande como el de -aquella mujer cuando encontró a su amante muerto. Lloraba y se -arrastraba dando unos lamentos que partían el alma. Napoleó lloró -también. - -Enterramos al secretario, y a los cuatro o cinco días del entierro nos -comunicó el jefe de policía de la isla que la escuela no podía estar más -tiempo haciendo de circo, y que nos fuéramos. Obedecimos la orden, -porque no había más remedio, y durante un par de años estuvimos andando -por pueblos del centro de América del Yucatán y de Méjico, hasta que en -Tampico se deshizo la compañía. Como allá no había medio de trabajar, -Pérez y yo nos embarcamos para Nueva Orleáns. - ---Hermoso pueblo, ¿eh?--dijo Roberto. - ---Hermoso ¿Ha estado usted allí? - ---Sí. - ---Hombre, ¡cuánto me alegro! - ---Qué río, ¿eh? - ---¡Un mar! Pues voy a mi historia. La primera vez que trabajamos en la -ciudad, señores, ¡qué éxito! El circo era más alto que una iglesia; yo -le dije al carpintero: «--Pon el trapecio nuestro lo más alto posible»; -y después de hacer esta recomendación me fuí a comer. - -En nuestra ausencia llegó al circo el empresario y preguntó: «--¿Es que -los gimnastas españoles quieren trabajar a esa altura?» «--Eso han -dicho»--le contestó el carpintero. «--Que les avisen que no quiero ser -responsable de una barbaridad semejante». - -Estábamos Pérez y yo en el hotel, y nos dan el recado de que fuéramos en -seguida al circo. «--¿Qué pasará?»--me preguntó mi compañero. «--Ya -verás--le dije yo--cómo nos van a exigir que bajemos el trapecio». - -Efectivamente; vamos Pérez y yo al circo, y le vemos al empresario. Era -eso lo que quería. «--Nada--le dije--aunque venga el mismísimo -presidente de la República de los Estados Unidos con su señora madre, no -bajo el trapecio ni una pulgada». «--Pues se le obligará a usted». «--Lo -veremos.» Llamó el empresario a uno de policía; le enseñé yo a éste el -contrato, y me dió la razón: me dijo que mi compañero y yo teníamos el -perfecto derecho de rompernos la cabeza... - ---¡Qué país!--murmuró irónicamente Roberto. - ---Tiene usted razón--dijo en serio don Alonso--. ¡Qué país! ¡Eso es -adelanto! - -Por la noche, en el circo, antes de debutar, estábamos Pérez y yo oyendo -los comentarios del público. «--Pero esos españoles, ¿van a trabajar a -esa altura?»--se preguntaba la gente. «--Se van a matar». Nosotros tan -tranquilos, sonriendo. - -Ibamos a salir a la pista, cuando se nos acerca un señor de sotabarba -marinera, sombrero de copa de alas planas y carrick, y gangueando mucho, -nos dice que nos podía suceder una desgracia trabajando tan alto, y -que, si queríamos, podíamos asegurar la vida, para lo cual no había mas -que firmar unos papeles que llevaba en la mano. ¡Cristo! Me quedé -muerto; sentí ganas de estrangular al tío aquel. - -Temblando y haciendo de tripas corazón salimos Pérez y yo a la pista. -Tuvimos que darnos colorete. Llevábamos un traje azul cuajado de -estrellas plateadas; una alusión a la bandera del _Unichs Steis_; -saludamos, y arriba por la cuerda. - -Al principio, yo creí que me caía; se me iba la cabeza, me zumbaban los -oídos; pero con los primeros aplausos se me olvidó todo, y Pérez y yo -hicimos los ejercicios más difíciles con una precisión admirable. El -publicó aplaudía a rabiar. ¡Qué tiempos! - -Y el viejo gimnasta sonrió; luego hizo una mueca de amargura; se le -humedecieron los ojos; parpadeó para absorber una lágrima, que escapó al -fin y corrió por la mejilla terrosa. - ---Soy un tonto; no lo puedo remediar--murmuró don Alonso para explicar -su debilidad. - ---¿Y siguieron ustedes en Nueva Orleáns?--preguntó Roberto. - ---Allí--contestó don Alonso--nos contrató a Pérez y a mí una gran -empresa de circos de _Niu Yoc_, que tenía veinte o treinta compañías -andando por toda América. Ibamos en un tren especial todos los -gimnastas, bailarinas, _equiyeres_, acróbatas, pantomimistas, _clauns_, -contorsionistas, Hércules... La mayoría eran italianos y franceses. - ---Habría mujeres guapas, ¿eh?--dijo Manuel. - ---¡Uf..., así...--contestó don Alonso uniendo sus dedos--. ¡Mujeres con -unos músculos!... Era una vida como no hay otra--añadió volviendo a su -tema melancólico--. Se tenía dinero, mujeres, trajes... y, sobre todo, -la gloria, el aplauso... - -Y el gimnasta quedó entusiasmado, mirando fijamente a un punto. - -Roberto y Manuel le contemplaban con curiosidad. - ---Y a la Rosita, ¿no la volvió usted a ver más?--preguntó Roberto. - ---No; me dijeron que se había divorciado de Napoleó para casarse de -nuevo en _Beustón_ con un millonario del Oeste. Las mujeres... ¿Quién se -fía de ellas?... Pero, señores, son las once. Perdonen ustedes; me tengo -que marchar. ¡Muchas gracias! ¡Muchísimas gracias!--murmuró don Alonso -apretando con efusión la mano de Roberto y la de Manuel--. Ya nos -veremos otra vez ¿verdad? - ---Sí; nos veremos--contestó Roberto. - -Don Alonso cogió su fonógrafo en la mano y pasó por entre las mesas -repitiendo su frase: _¡Novedé! ¡Novedé!_ Luego, después de saludar -nuevamente a Roberto y a Manuel, desapareció. - ---Nada, no se averigua nada--murmuró Roberto--. Vaya, adiós; hasta otro -día. - -Manuel quedó solo, y pensando en las historias de don Alonso y en los -misterios de Roberto, se fué al Corralón a acostarse. - - - - -CAPÍTULO VII - -LA «KERMESSE» DE LA CALLE DE LA PASIÓN.--EL «LECHUGUINO».--UN CAFÉ -CANTANTE. - - -LA _kermesse_ de la calle de la Pasión fué esperada por Leandro con -ansiedad. Otros años había acompañado a la Milagros a la verbena de San -Antonio y a las del Prado; bailó con ella, la convidó a buñuelos, la -regaló un tiesto de albahaca; aquel verano la familia del _Corretor_ -parecía tener empeño decidido de apartar a la Milagros de Leandro. Este -se enteró de que su novia y su madre pensaban ir a la _kermesse_, y se -agenció dos billetes, y anunció a Manuel que los dos se presentarían -allá. - -Efectivamente: fueron una noche de agosto, que hacía un calor horrible; -un vaho denso y turbio llenaba las calles de las cercanías del Rastro, -adornadas e iluminadas con farolillos a la veneciana. - -Se celebraba la fiesta en un solar grande de la calle de la Pasión. -Entraron Leandro y Manuel: la música del Hospicio tocaba una habanera. -El solar, alumbrado con arcos voltaicos, estaba adornado con cintas, -gasas y flores artificiales, que partían como radios de un poste del -centro e iban hasta los extremos. Frente a la puerta de entrada había -una caseta de tablas, recubierta con percalina roja y amarilla, y una -porción de banderas españolas: era la tómbola. - -Leandro y Manuel se sentaron en un rincón y esperaron. El corrector y su -familia llegaron pasadas las diez; la Milagros estaba muy bonita: vestía -traje claro con dibujos azules, pañuelo de crespón negro y zapato -blanco. Iba un poco escotada hasta el nacimiento del cuello, terso y -redondo. - -En aquel momento la banda del Hospicio tocaba a trompetazos el scottish -de _Los Cocineros_, y Leandro, emocionado, invitó a bailar a la -Milagros. La muchacha hizo un gestillo de enfado. - ---A ver si me manchas el traje nuevo--murmuró, y se puso el pañuelo en -la cintura. - ---Si bailas con otro también te manchará--contestó Leandro humildemente. - -La Milagros no hizo caso: bailaba cogiéndose la falda con una mano, -contestando de una manera displicente y por monosílabos. - -Concluyó el scottish, y Leandro invitó a la familia a ir al ambigú. A la -derecha de la puerta había dos escalinatas adornadas, que conducían a -otro solar a un nivel de seis o siete metros más alto del sitio donde se -celebraba el baile. En una de las escaleras, llenas de banderas -españolas, había un letrero, sostenido por un poste, donde ponía: -«Subida al ambigú»; en la otra: «Bajada del ambigú». - -Subieron todos la escalera. El ambigú era un sitio espacioso, con -árboles, alumbrado por globos eléctricos, que colgaban de gruesos -cables. Sentados a las mesas, una multitud abigarrada hablaba a gritos, -palmoteaba y reía. - -Tuvieron que esperar muchísimo tiempo para que un mozo trajese cerveza; -la Milagros pidió un helado, y, como no había, no quiso tomar nada. -Estuvo así, sin hablar, considerándose profundamente ofendida, hasta que -se encontró con dos muchachas de su taller, se reunió con ellas y se le -marchó el enfado al momento. Leandro, a la primera ocasión, abandonó al -corrector, se reunió con Manuel y fué a buscar a su novia. En el solar -próximo de la entrada, en el sitio del baile, paseaban, dando vueltas, -las parejas en los momentos de descanso; las dos amigas de la Milagros y -ésta, las tres agarradas del brazo, paseaban muy alegres, seguidas muy -de cerca por tres hombres. Uno de ellos era un señorito achulapado, -alto, de bigote rubio; el otro, un hombre bajito, de facha ordinaria, -con el bigote pintado, la pechera y los dedos llenos de brillantes, y el -tercero, un chulapón, con patillas de hacha, mezcla de gitano y tratante -en ganados, con las trazas del más abyecto truhán. - -Leandro, al notar la maniobra de los tres compadres, se interpuso entre -las muchachas y sus galanteadores, y, volviéndose hacia ellos con -impertinencia, dijo: - ---¿Qué hay? - -Los tres se hicieron los distraídos y se rezagaron. - ---¿Quiénes son?--preguntó Manuel. - ---Uno es el _Lechuguino_--dijo Leandro en voz alta para que le oyera su -novia--, un tío que tiene lo menos cincuenta años y anda por ahí -echándoselas de pollo; el bajito, del bigote pintado, es _Pepe el -Federal_, y el otro, _Eusebio el Carnicero_, un hombre que es dueño de -unas cuantas casas de compromiso. - -El arranque fanfarrón de Leandro gustó a una de las muchachas, que se -volvió a mirar al mozo y sonrió; pero a la Milagros no le hizo gracia -ninguna, y, mirando hacia atrás, buscó repetidas veces con la mirada al -grupo de los tres hombres. - -En esto apareció el que Leandro había designado con el mote de -_Lechuguino_, acompañando al corrector y a su mujer. Las tres muchachas -se acercaron a ellos, y el _Lechuguino_ invitó a bailar a la Milagros. -Leandro miró a su novia angustiosamente; ella, sin hacerle caso, se puso -a bailar. Tocaban el paso doble de _El tambor de granaderos_. El -_Lechuguino_ era un bailarín consumado; llevaba a su pareja como una -pluma y le hablaba tan de cerca, que parecía que le estaba besando. - -Leandro no sabía qué cara poner, sufría horriblemente; no se decidía a -marcharse. Concluyó aquel baile, y el _Lechuguino_ acompañó a Milagros -adonde estaba su madre. - ---¡Vámonos! ¡Vámonos!--dijo Leandro a Manuel--. Si no, voy a hacer un -disparate. - -Salieron de allí escapados y entraron en un café cantante de la calle de -la Encomienda. Estaba desierto. Dos chiquillas bailaron en un tablado: -una vestida de maja, y otra de manolo. - -Leandro, pensativo, no hablaba una palabra; Manuel sentía sueño. - ---Vamos de aquí--murmuró Leandro, después de breve rato--. Esto está muy -triste. - -Salieron a la plaza del Progreso; Leandro, siempre cabizbajo y -pensativo; Manuel, muerto de sueño. - ---En el café de la Marina--dijo Leandro--habrá holgorio. - -Más nos vale ir a casa--contestó Manuel. - -Leandro, sin atenderle, bajó a la Puerta del Sol; entraron los dos muy -silenciosos por la calle de la Montera y volvieron la esquina de la de -Jardines. Era más de la una. Al paso las busconas, apostadas en los -portales, con sus trajes claros, les detenían, y al ver el aspecto torvo -de Leandro y la facha pobre de Manuel, les dejaban pasar, dándoles -alguna broma por su seriedad. - -A la mitad de la calle, estrecha y obscura, brillaba un farol rojo, que -iluminaba la portada sórdida del café de la Marina. - -Empujó la puerta Leandro y pasaron adentro. Enfrente, el tablado con -cuatro o cinco espejos, relucía lleno de luz; en el local, angosto, la -fila de mesas arrinconadas a una y otra pared no dejaban en medio mas -que un pasillo. - -Se sentaron Leandro y Manuel. Este apoyó la frente en la mano y quedó -dormido; Leandro hizo una seña a dos _cantaoras_, vestidas con trajes -vistosos, que hablaban con unas mujeres gordas, y las dos fueron a -sentarse a la mesa. - ---¿Qué vais a tomar?--las preguntó Leandro. - ---Yo alpiste--contestó una de ellas, que era delgadita, nerviosa, con -los ojos pequeños y pintados. - ---¿Tú cómo te llamas? - ---Yo, _María la Chivato_. - ---¿Y ésta? - ---_La Tarugo._ - -La _Tarugo_, que era una malagueña gorda y agitanada, se sentó al lado -de Leandro, y se pusieron los dos a hablar bajo. - -Se acercó el mozo a la mesa. - ---Tráenos cuatro medias de aguardiente--dijo la _Chivato_--, porque éste -beberá--añadió dirigiéndose a Manuel y agarrándole del brazo--. ¡Tú, -chaval! - ---¡Eh!--exclamó el muchacho, despertándose, sin tener idea de dónde -estaba--. ¿Qué quiere usted? - -La _Chivato_ se echó a reír. - ---¡Despiértate, hombre, que se te va el tren! ¿Has venido en el mixto de -esta tarde? - ---He venido en la...--y Manuel soltó un rosario de barbaridades. - -Luego, de muy malhumor, se puso a mirar a todos lados, haciendo -esfuerzos para no dormirse. - -En una mesa de al lado, un hombre con trazas de chalán discutía acerca -del cante y del baile flamenco con un bizco de cara de asesino. - ---Ya no hay artistas--decía el chalán--; antes venía uno aquí a ver al -_Pinto_, al _Canito_, a los _Feos_, a las _Macarronas_... Ahora, ¿qué? -Ahora, _na_; pollos en vinagre. - ---Me parece--decía muy serio el bizco. - ---Ese es el _tocaor_--dijo, señalando a este último la _Chivato_. - -No pararon mucho tiempo las dos _cantaoras_ en la mesa de Leandro y -Manuel. El bizco estaba ya en el tablado; empezó a puntear la guitarra, -se sentaron seis mujeres en fila y comenzaron a palmotear rítmicamente; -la _Tarugo_ se levantó de su asiento y se arrancó a bailar de costado, -luego zarandeó las caderas de una manera convulsiva; el _cantaor_ -comenzó a gargarizar suavemente; a intervalos callaba y no se oía -entonces más que el castañeteo de los dedos de la _Tarugo_ y los golpes -de sus tacones, que llevaban el contrapunto. - -Cuando concluyó la _cantaora_ malagueña, se levantó un gitano de piel -achocolatada, y bailó un tango, un danzón de negro; se retorcía, echaba -el abdomen para adelante y los brazos atrás. Terminó con movimientos de -caderas afeminados y un trenzado complicadísimo de brazos y de piernas. - ---Eso es trabajar--dijo el chalán. - ---Mira, yo me voy--murmuró Manuel. - ---Espera; vamos a tomar otra copa. - ---No; me marcho. - --Bueno; vámonos. ¡Es lástima! - -En aquel momento un _cantaor_ gordo, con una cerviz poderosa, y el -guitarrista bizco de cara de asesino, se adelantaron al público, y -mientras el uno rasgueaba la guitarra, poniendo de repente la mano sobre -las cuerdas para detener el sonido, el otro, con la cara inyectada, las -venas del cuello tensas y los ojos fuera de las órbitas, lanzaba una -queja gutural, sin duda muy dificultosa, porque le hacía enrojecer hasta -la frente. - - - - -CAPÍTULO VIII - -LAS VACILACIONES DE LEANDRO.--EN LA TABERNA DE LA «BLASA».--EL DE LAS -TRES CARTAS.--LUCHA CON EL «VALENCIA». - - -ALGUNAS noches Manuel oía a Leandro en su cuarto que se revolvía en la -cama y suspiraba con unos suspiros tan profundos como los mugidos de un -toro. - ---Las cosas le van mal--pensaba Manuel. - -La ruptura entre la Milagros y Leandro era definitiva. El _Lechuguino_, -en cambio, ganaba terreno: había conquistado a la madre de la muchacha, -convidaba al corrector y esperaba y acompañaba a la Milagros. - -Un día, al anochecer, los vió Manuel a los dos, calle de Embajadores -abajo: él iba contoneándose, con la capa terciada; ella, arrebujada en -el mantón; el la hablaba y ella se reía. - ---¿Qué va a hacer Leandro cuando lo sepa?--preguntó Manuel--. No, pues -yo no se lo digo; ya se encargará alguna bruja de la vecindad de darle -la noticia. - -Efectivamente, así pasó; y antes de un mes nadie ignoraba en la casa -que la Milagros era la novia del _Lechuguino_; que éste había abandonado -la vida de juerga y de garito, y pensaba seguir con el negocio de su -padre: la venta de materiales para construcciones, y establecerse y -hacer la vida de una persona formal. - -Mientras que Leandro trabajaba en la zapatería, el _Lechuguino_ solía -visitar a la familia del corrector, y hablaba con la Milagros ya con el -consentimiento de los padres. - -Leandro era o aparentaba ser el único no enterado de las nuevas -relaciones de la Milagros. Algunas mañanas, al pasar el mozo por delante -de la casa del señor Zurro, para bajar al patio, solía encontrar a la -Encarna, y ésta, al verle, le preguntaba con sorna por la Milagros, -cuando no solía cantarle un tango, que empezaba diciendo: - - De las grandes locuras que el hombre hace, - no comete ninguna como casarse, - -y especificando la locura y entrando en detalles, añadía a voz en grito: - - Y por la mañana él va a la oficina, - y ella queda en casa con algún vecino - que es persona fina. - -Leandro sentía el amargor que se deslizaba hasta el fondo de su alma, y -por más que se revolvía para dominar sus instintos, no lograba -tranquilizarse. Un sábado por la noche, mientras volvían por la Ronda -hacia casa, Leandro se acercó a Manuel. - ---¿Tú sabes si la Milagros habla con el _Lechuguino_?--le preguntó. - --¿Yo? - ---¿No has oído decir que se van a casar? - ---Sí; eso se ha dicho. - ---¿Tú que harías en mi caso? - ---Yo... me enteraría. - ---¿Y si resultaba verdad? - -Manuel se calló. Fueron andando juntos sin hablarse. De pronto Leandro -se paró bruscamente, y puso la mano en el hombro de Manuel. - ---¿Tú crees--dijo--que si una mujer le engaña a un hombre no tiene uno -el derecho de matarla? - ---Yo creo que no--contestó Manuel, mirando a Leandro a los ojos. - ---Pues cuando un hombre tiene riñones lo hace con derecho o sin él. - ---Pero ¡moler! ¿A ti te ha engañado la Milagros? ¿Estabas casado con -ella? Habéis reñido, y nada más. - ---Yo voy a concluir haciendo una barbaridad. Créelo--murmuró Leandro. - -Se callaron los dos. Cruzaron el portal de la Corrala; subieron las -escaleras y entraron en casa. Sacaron la cena; pero Leandro no comió, -bebió tres vasos de agua seguidos y salió a la galería. - -Iba a salir Manuel después de cenar, cuando oyó que Leandro le llamaba -repetidas veces. - ---¿Qué quieres? - ---Anda, vamos. - -Manuel salió al balcón corrido; la Milagros y su madre, desde la puerta -de su casa, insultaban a Leandro violentamente. - ---¡Golfo! ¡Granuja!--decía la mujer del corrector--. Si estuviera aquí -su padre no hablarías de ese modo. - ---Y si estuviera su abuelo lo mismo--exclamó Leandro, riéndose de un -modo salvaje--. Anda, vámonos, tú--añadió dirigiéndose a Manuel--. Ya -está uno harto de estas zorras. - -Salieron los dos de la galería, y después del Corralón. - ---Pero, ¿qué ha pasado?--preguntó Manuel, - ---Nada, que esto se ha concluído--contestó Leandro--. La he dicho de -buena manera: Oye, Milagros, ¿es verdad que te vas a casar con el -_Lechuguino_? «Sí, es verdad, ¿te importa algo?» «Sí, la he contestado, -porque ya sabes que yo te quiero. ¿Es porque es más rico que yo?» -«Aunque fuera más pobre que una rata me casaba con él». «¡Bah!» «¿Es que -no lo crees?» «Bueno». Al último me ha indignado, y la he dicho que me -daba lo mismo que se casara con un perro, y que era una tía zorra -indecente... Luego la madre ha salido a insultarme... Esto ya se ha -concluído. Mejor. Los cosas claras. ¿Adónde vamos? ¿Vamos otra vez a las -Injurias? - ---¿Para qué? - ---A ver si ese _Valencia_ se sigue poniendo moños conmigo. - -Cruzaron la vía de circunvalación. Leandro, dando zancadas, se plantó en -un momento en las Injurias. Manuel apenas podía seguirle. - -Entraron en la taberna de la _Blasa_; los mismos hombres de la noche -anterior jugaban al cané cerca de la estufa. De las mujeres, sólo -estaban la _Paloma_ y la _Muerte_. Esta, completamente borracha, dormía -sobre la mesa. La luz daba en su cara erisipelatosa y llena de costras; -de la boca entreabierta, de labios hinchados, le fluía la saliva; la -melena estoposa, gris, sucia y enmarañada le salía en mechones por -debajo del pañuelo negro, verdoso y lleno de caspa; a pesar de los -gritos y riñas de los jugadores, no pestañeaba; sólo de cuando en cuando -lanzaba un ronquido prolongado, que, al comenzar, era sibilante, y que -terminaba con un estertor ronco. A su lado la _Paloma_, acurrucada en -el sucio al lado del _Valencia_, tenía un niño de tres o cuatro años en -los brazos, un chiquillo delgaducho y pálido, que parpadeaba sin cesar, -a quien daba a beber una copa de aguardiente. - -Por delante del mostrador un hombre alto y flaco, con una gorrilla con -un número dorado en la cabeza y una blusa azul, se paseaba melancólico; -los brazos, a lo largo del cuerpo, como si no fueran suyos; las piernas, -dobladas. Echaba un sorbo de una copa cuando se le ocurría; se limpiaba -los labios con el dorso de la mano, y volvía a pasearse con indolencia. -Era hermano de la mujer de la taberna. - -Se sentaron Leandro y Manuel en la misma mesa donde estaban los -jugadores. Leandro pidió vino, vació un vaso grande de un trago y -suspiró varias veces. - ---¡Cristo!--murmuró sordamente Leandro--. Que no se te ocurra -entusiasmarte con una mujer. La más buena es tan venenosa como un sapo. - -Después pareció calmarse; contempló los dibujos del tablero de la mesa: -corazones heridos por una flecha, nombres de mujeres; sacó una navaja -del bolsillo y se puso a grabar letras en la tabla. - -Cuando se cansó convidó a uno de los jugadores a beber con él. - ---Hombre, muchas gracias--replicó el otro--, estoy jugando. - ---Bueno; pues deja usted el juego, y si no quiere usted no se le obliga. -¿Nadie quiere tomar una copa? Yo le convido. - ---Se acepta--dijo un hombre alto, encorvado, de aire enfermizo, a quien -llamaban el _Pastiri_--, levantándose y acercándose a Leandro. - -Este pidió más vino, y se entretuvo en reír alto cuando alguno perdía y -en apostar contra el _Valencia_. - -El _Pastiri_ se aprovechaba, vaciando un vaso tras otro. Era el tal un -borrachín, compadre del _Tabuenca_, que se dedicaba también a engañar a -los incautos con juegos de ballestilla. Manuel le conocía de verle en la -Ribera de Curtidores, Solía ejercer su arte en las afueras, jugando a -las tres cartas. Colocaba tres naipes sobre una tablita; uno de éstos lo -mostraba; luego cambiaba de lugar los otros dos muy despacio, dejando -quieta la carta que había enseñado, y ponía encima de los tres naipes un -palito, y apostaba a que no se indicaba cuál era la que había enseñado. -Y no se daba con la carta nunca; tan bien preparado estaba el juego. - -Una operación parecida a ésta solía realizar el _Pastiri_ con tres -fichas de juego de damas, debajo de una de las cuales ponía una bolita -de papel o miga de pan; apostaba a que no se decía debajo de cuál de las -tres estaba la bolita, y si por casualidad alguno acertaba, la -escamoteaba con la uña. - -El _Pastiri_ aquella noche estaba repleto de alcohol y completamente -afónico. - -Manuel, que había bebido algo de más, sintió el principio del mareo, -pensó en el modo de huir disimuladamente; pero, cuando se decidió, el -hermano de la tabernera cerraba la puerta de la taberna. - -Antes de que concluyese de hacerlo entró, por la media puerta que aun -quedaba abierta, un hombre bajito, afeitado, vestido de negro, con una -boina de visera, el pelo rizado y un aspecto de andrógino repugnante. -Saludó afectuosamente a Leandro. Era un cordonero de la casa del tío -Rilo, de fama sospechosa, a quien llamaban el _Besuguito_, por su cara -de pez, y por mal mote, la _Tragabatallones_. - -Bebió el cordonero un sorbo de una copa, de pie, y se puso a hablar con -una voz gruesa, pero de mujer, una voz untuosa, desagradable, recalcando -sus palabras con una porción de aspavientos y dengues. - -No atajaba nadie su verbosidad. El mejor día--dijo--iban a quedar -enterrados todos los que vivían en las Injurias, entre los escombros de -la Fábrica del Gas. - ---_Pa_ mí--añadió--que se debía terraplenar toda esta hondonada; en -parte yo lo sentiría, porque tengo buenas amistades en este barrio. - ---¡Ay!... Zape--dijo uno de los jugadores - ---Sí, lo sentiría--siguió diciendo el _Besuguito_, sin hacer caso de la -interrupción--; pero la verdad es que poco se iba a perder, porque, como -dice Angelillo, el sereno del barrio, aquí no viven mas que los de la -busca, randas y prostitutas. - ---¡Cállate tú, _sarasa_! _¡Tragabatallones!_--gritó la tabernera--; este -barrio es tan bueno como el tuyo. - ---Y en eso no dejas de tener razón--replicó el _Besuguito_--; porque -mira que el Portillo de Embajadores y las Peñuelas hay que verlos. _Na_, -allí el sereno no ha conseguido que se cierren las puertas de noche. El -las cierra, y las abren los vecinos. Porque como todos son de la -busca... A mí me dan cada susto... - -Se celebró entre algazara el susto del _Besuguito_, que siguió -impertérrito con su charla insubstancial y redicha, adornada de -consideraciones y recovecos. Manuel apoyó un brazo encima de la mesa, y -con una mejilla sobre él quedó dormido. - ---Pero tú, ¿por qué no bebes, _Pastiri_?--preguntó Leandro--. ¿Es que me -desairas? ¿A mí? - ---No, hombre; es que ya no puede pasar--contestó el de las tres cartas, -con su voz desgarrada, llevando la mano abierta a la garganta. Luego, -con una voz que parecía venir de un órgano roto, gritó: - ---_¡Paloma!_ - ---¿Quién llama a esta mujer?--contestó inmediatamente el _Valencia_, -levantando la mirada por entre el grupo de jugadores. - ---Yo--contestó el _Pastiri_--. Que venga la _Paloma_. - ---¡Ah!... ¿Eres tú? Pues no _pue_ ser--replicó el _Valencia_. - ---He dicho que venga la _Paloma_--repuso el _Pastiri_, sin mirar al -matón. - -Este pareció no oír la frase. El de las tres cartas se levantó molestado -por la descortesía, y dando en la manga al _Valencia_ con el revés de la -mano, repitió su frase, recalcando palabra por palabra: - ---He dicho que venga la _Paloma_, que esos amigos _quien_ hablar con esa -señora. - ---Pues yo te digo que no _pue_ ser--contestó el otro. - ---Es que esos _cabayeros quien_ hablar con _eya_. - ---Bueno... pues que me pidan a mí permiso. - -El _Pastiri_ acercó su cara a la del matón, y mirándole a los ojos, -gritó: - ---¿Sabes, _Valencia_, que te estás poniendo más patoso que Dios? - ---¡Mentira!--replicó el aludido, continuando tranquilamente su juego. - ---¿Sabes que te voy a dar dos _trompás_? - ---¡Mentira! - -El _Pastiri_ se retiró un poco, con la torpeza de un borracho, y comenzó -a buscar la navaja en el bolsillo interior de su chaqueta, entre las -risas burlonas de todos. Entonces, de pronto, con una decisión -repentina, Leandro se levantó con la cara inyectada de sangre, agarró al -_Valencia_ por las solapas de la chaqueta, y lo zarandeó y le golpeó -contra la pared rudamente. - -Todos los jugadores se interpusieron: cayó la mesa y se armó un -estrépito infernal de gritos y vociferaciones. Manuel se despertó -despavorido. Se encontró en medio de una trapatiesta horrorosa; la -mayoría de los jugadores, con el hermano de la tabernera a la cabeza, -quería echar fuera a Leandro; pero éste apoyado en el mostrador, recibía -a patadas a todo el que se le acercaba. - ---Dejadnos solos--gritaba el _Valencia_ con los labios llenos de saliva -y tratando de desasirse de los que lo sujetaban. - ---Sí; dejadlos solos--dijo uno de los jugadores. - ---Al que me agarre lo mato--exclamó el _Valencia_, y apareció armado con -un cuchillo largo de cachas negras. - ---Eso es--dijo Leandro con sorna--, que se vean los hombres. - ---¡Ole!--gritó el _Pastiri_, entusiasmado con su voz ronca. - -Leandro sacó del bolsillo interior de la americana una navaja larga y -estrecha; todo el mundo se acercó a las paredes para dejar sitio a los -contendientes. La _Paloma_ se desgañitaba gritando: - ---¡Que te pierdes! ¡Que te pierdes! - ---Llevad a esa mujer--gritó el _Valencia_ con voz trágica--. -¡Ea!--añadió, haciendo un molinete con su navaja--. Ahora veremos los -hombres de riñones. - -Avanzaron los dos rivales hasta el centro de la taberna, lanzándose -furiosas miradas. El interés y el espanto sobrecogió a los -espectadores. - -El primero que atacó fué el _Valencia_, se inclinó hacia adelante, como -si quisiera saber dónde le hería al contrario, se agachó, apuntó a la -ingle y se lanzó sobre Leandro; pero viendo que éste le esperaba sin -retroceder, tranquilo, dió un rápido salto hacia atrás. Luego volvió a -los mismos ataques en falso, intentando sorprender al adversario con sus -fintas, amagando al vientre y tratando de herirle en la cara; pero ante -el brazo inmóvil de Leandro, que parecía querer ahorrar movimiento hasta -tener el golpe seguro, el matón se desconcertó y retrocedió. Entonces -avanzó Leandro. Se adelantaba el mozo con una sangre fría que daba -miedo; se veía en su cara la resolución de clavar al _Valencia_. En la -taberna reinaba un silencio angustioso, y sólo se oía el hipo de la -_Paloma_ en el cuarto de al lado. - -El _Valencia_ palideció de tal modo al comprender la decisión de -Leandro, que su cara quedó azulada, los ojos se le dilataron y le -castañetearon los dientes. Al primer envite retrocedió, pero quedó en -guardia; luego el miedo pudo más que él y huyó, sin pensar ya en atacar, -derribando los bancos, y Leandro, ciego, con una sonrisa de crueldad en -los labios, le persiguió implacablemente. - -El espectáculo era triste y penoso; todos los partidarios del matón -comenzaban a mirarle con sorna. - ---_Menúo_ canguelo _ties_, gachó--gritó el _Pastiri_--. Pareces un -saltamontes. ¡Anda ahí, barbián! ¡Que te la _diñan_! Si no te retiras -pronto te meten un palmo _jierro_ en el cuerpo. - -Una de los golpes de Leandro rasgó la chaqueta del matón. - -Entonces éste, poseído del mayor pánico, se refugió detrás del -mostrador; los ojos desencajados reflejaban un terror espantoso. - -Leandro, despreciativo e insolente, quedó parado en medio de la taberna, -y tirando del muelle de su navaja la cerró. Un murmullo de admiración -salió de los espectadores. - -El _Valencia_ lanzó un grito de dolor, como si le hubieran herido; su -honra, su fama de valiente, quedaba por los suelos; desesperado se -acercó a la puerta de la trastienda y miró a la tabernera anhelante. -Esta debió de entenderle, porque le dió una llave y el _Valencia_ se -escabulló. Pero de pronto volvió a abrirse con rapidez la puerta de la -trastienda, y apareció en ella el matón de nuevo, y blandiendo su largo -cuchillo por la punta, lo lanzó furioso a la cara de Leandro. Pasó el -arma zumbando por el aire como una terrible flecha y quedó temblando -clavado en la pared. - -Leandro se levantó al momento, pero el _Valencia_ había desaparecido. -Entonces, repuesto el mozo de la impresión, desclavó la navaja con -calma, la cerró y se la entregó a la tabernera. - ---Cuando no se sabe hacer uso de estas cosas--la dijo con petulancia--, -no se deben emplear. Adviértaselo usted así a ese señor cuando le vea. - -La tabernera contestó con un gruñido, y Leandro se sentó a recibir -felicitaciones por su valor y sangre fría; todos querían obsequiarle. - ---El _Valencia_ empezaba a molestar demasiado--dijo uno--. Daba el pego -todas las noches; y se lo pasaban por ser quien era; pero ya estaba -molestando. - ---Claro--repuso otro de los jugadores, un viejo sombrío escapado de -Ceuta, que tenía un aire de zorro--. Porque un hombre, cuando _tie_ lado -izquierdo, echa los negros a la manta--e hizo ademán de coger con los -dedos las monedas de encima de la mesa--y se _naja_. - -Pero si ese _Valencia_ es un blanco--dijo el _Pastiri_ con su voz -estropajosa--. Un boceras, que no _tie_ media _bofetá_. - ---Pues él se había _empalmao_ en seguida. ¡Por si acaso!--repuso el -_Besuguito_ con su voz extraña, imitando la actitud del que va a atacar -con una navaja. - ---¿Y qué? ¿Y qué?--repuso el _Pastiri_--. Yo te digo que es un _pipi_ y -que no _pue_ con la _jinda_ que tiene. - ---Bueno; pero él se rascaba y echaba cada derrote...--añadió el -cordonero. - ---¡Que se rascaba! Pero, ¡qué cacho de primo! ¿Tú lo has visto? - ---Y bien. - ---Pero, ¡qué vas a ver tú, si estás _cheo_! - ---Ya quisieras estar tan fresco como yo, ¡bah! - ---¡Pero si no puedes con la tajada que llevas! - ---Calla, calla, tú sí que no puedes con la curda; yo te digo que si se -descuida aquí--y el _Besuguito_ señaló a Leandro--, con los viajes que -le ha tirado malamente, le moja. - ---¡Magras! - ---Es una opinión, hombre. - ---Tú no opinas aquí ni _na_--exclamó Leandro--. Tú te vas a tomar el -fresco y te callas. El _Valencia_ es más blanco que el papel; lo que -dice el _Pastiri_, eso. Muy valiente para explotar a los _sarasas_ como -tú y a los chavalejos de mal vivir...; pero cuando se encuentra con un -tío que los tiene bien puestos, ¿qué? _Na_, que es un ganguero más -blanco que el papel. - ---Es verdad--asintieron todos. - -Y _menúo abucheo_ que le vamos a dar a ese gachó--dijo el presidiario -cumplido--, si viene aquí a cobrar el barato. - ---¡La pértiga!--exclamó el _Pastiri_. - ---Bueno, señores; ahora yo convido--dijo Leandro--, porque tengo dinero, -y porque sí--y sacó unas monedas del bolsillo y dió con ellas en la -mesa--. Tabernera, unas tintas. - ---Ya van. - ---¡Manuel! ¡Manuel!--gritó después Leandro varias veces--. Pero, ¿dónde -está ese chaval?... - -Manuel, siguiendo el camino del matón, se había escapado por la puerta -de la trastienda. - - - - -CAPÍTULO IX - -UNA HISTORIA INVEROSÍMIL.--LAS HERMANAS DE MANUEL.--LO INCOMPRENSIBLE DE -LA VIDA. - - -ERA ya a principios de otoño; Leandro, por consejo del señor Ignacio, -vivía con su abuela en la calle del Aguila; la Milagros seguía en -relaciones con el _Lechuguino_. Manuel abandonaba a Vidal y al _Bizco_ -en sus escaramuzas y se juntaba con Rebolledo y los dos Aristas. - -El mayor, el _Aristón_, le entretenía y le aterrorizaba contándole cosas -lúgubres de cementerios y aparecidos; el Aristas pequeño seguía en sus -ejercicios gimnásticos; había hecho un trampolín con una tabla puesta -sobre un montón de arena, y allí aprendía a dar saltos mortales. - -Un día apareció en el Corralón don Alonso, el ayudante del _Tabuenca_, -acompañado de una mujer y de una niña. - -La mujer parecía vieja y cansada; la niña era larguirucha pálida. Don -Alonso las acomodó en un chiscón del patio pequeño. - -Traían un fardelillo de ropa, un perro de lanas sucio con una mirada muy -inteligente y un mono atado a una cadena; al poco tiempo tuvieron que -vender el mono a unos gitanos que vivían en la Quinta de Goya. - -Don Alonso llamó a Manuel y le dijo: - ---Vete a buscar a don Roberto y dile que hay aquí una mujer que se llama -Rosa, y que es o ha sido volatinera; debe ser la que el busca. - -Manuel fué inmediatamente a la casa; Roberto se había marchado de allí y -no sabía su paradero. - -Don Alonso iba por el Corralón con mucha frecuencia y hablaba con la -mujer y la niña. En el marco de la ventana de su casa tenían madre e -hija una cajita con una mata de hierbabuena, que, aunque la regaban -todas las mañanas, como no le daba el sol, apenas crecía. Un día las -mujeres desaparecieron con su hermoso perro de aguas; no dejaron en la -casa mas que una pandereta usada y rota... - - * * * * * - -Don Alonso tomó la costumbre de aparecer por el Corralón; solía echar un -párrafo con Rebolledo, el de la barbería modernista, que hablaba por los -codos, y presenciaba las habilidades gimnásticas del Aristas. Una tarde -la madre de éste le preguntó al antiguo _Hombre-Boa_ si el chico tenía -verdaderas disposiciones. - -Don Alonso se puso serio y examinó detenidamente los trabajos del -muchacho para darse cuenta de sus facultades, y le dió algunos útiles -consejos. - -Era verdaderamente curioso ver al viejo titiritero dando órdenes; lo -hacía con una seriedad augusta. - ---Una, dos, tres... _O pla_... De nuevo. En posición. Las rodillas cerca -de la cabeza..., uñas para abajo..., una, dos..., una, dos... _O pla_. - -Don Alonso no quedó descontento del Aristas, pero afirmó la necesidad -ineludible del trabajo constante. - ---Quien algo quiere, algo le cuesta, chiquillo--dijo--, y el ser -gimnasta no está a la altura de cualquiera. - -A la madre, confidencialmente, le aseguró que su hijo podría ser un buen -artista de circo. - -Después don Alonso, viéndose ante un público numeroso, comenzó a hablar -con volubilidad de los Estados Unidos, de Méjico y de las Repúblicas -sudamericanas. - ---¿Por qué no nos cuenta usted cosas de esos países que ha visto?--le -preguntó Perico Rebolledo. - ---No, ahora no; tengo que salir con la torre _Infiel_. - ---¡Ah!... Cuente usted--dijeron todos. - ---Don Alonso aparentó que le molestaba la petición; pero, cuando tomó el -hilo, contó, una tras otra, historias y anécdotas en tal cantidad, que -casi le tuvieron que pedir que se callara. - ---¿Y en esas tierras no ha visto usted hombres muertos por los -leones?--preguntó Aristón. - ---No. - ---¿Es que no hay leones? - ---Leones en jaulas... muchos. - ---Pero yo digo en el campo. - ---En el campo, no. - -Don Alonso pareció bastante contrariado al hacer estas confesiones. - ---¿Ni otras fieras tampoco? - ---Ya no hay fieras en los países civilizados--dijo el barbero. - ---Pues mire usted, si, allá hay fieras--y don Alonso hizo una mueca -burlona y una señal de inteligencia a Rebolledo--. Una vez me sucedió -una cosa terrible; pasábamos cerca de una isla y oímos cañonazos. Era la -guarnición que tiraba salvas. - ---Pero, ¿por qué se ríe usted?--preguntó el Aristón. - ---Es nervioso... Pues sí, me acerqué al capitán del barco y le pedí -permiso para que me dejase desembarcar en la isla. Bueno--me dijo--; -llévese usted la _Golondrina_, si quiere--la _Golondrina_ era el nombre -de la piragua--; pero dentro de un par de horas esté usted de vuelta. - -Me embarco en mi bote, y ¡hala!, ¡hala!..., llego a la isla, que estaba -poblada de plátanos y cocoteros, y desembarco en una playa, en donde se -hundió la proa de la _Golondrina_. - -Aquí, don Alonso hizo una mueca del hombre que no puede contener la -risa, y lanzó después al barbero una mirada, acompañada de un guiño -confidencial. - ---Salto a tierra--siguió diciendo don Alonso--; echo a andar, y de -pronto, paf... en la cara, un mosquito enorme, y luego, paf... otro -mosquito, hasta que me rodeó una nube de aquellos animales tan grandes -como murciélagos. Con la cara martirizada echo a correr a la playa, a -embarcarme, cuando veo a un cangrejo que estaba junto a la _Golondrina_; -pero ¡qué cangrejo! Sería como un oso de grande; era negro, reluciente y -hacía fa... fa... fa..., como un automóvil. Verme el bicho y echarse a -correr sobre mí, gritando, todo fué uno; yo corría hacia un cocotero, y -tras... tras... tras..., subí por él hasta arriba. El cangrejo se acerca -al árbol, se detiene pensativo y se decide y empieza a subir también. - ---Terrible situación--dijo el barbero. - ---Figúrese usted--replicó don Alonso guiñando los ojos--, yo no tenía en -la mano mas que un palito, y me defendí del cangrejo dándole golpes en -los nudillos; pero él, bramando de rabia y con los ojos brillantes, -seguía subiendo. Yo no podía ir más lejos, y pensé en bajar; pero al -hacer un movimiento, ¡tras!... me agarra el granuja del bicho con una de -sus muchas patas de la levita y se queda colgando de mí. El condenado -pesaba de una manera atroz; ya estaba levantando otra de las zarpas para -agarrarme, cuando me acorde que llevaba en el bolsillo del chaleco un -limpiadientes que había comprado en Chicago y que tenía una navajita; -abrí esta, y en un momento corté los faldones de mi levita, y ¡cataplún! -desde una altura, lo menos de cuarenta metros, el cangrejo se cayó al -suelo. Yo no sé cómo no se mató. Allá empezó a llorar, y a berrear, y a -dar vueltas al cocotero, en donde yo estaba, mirándome con ojos -terribles. Yo entonces, para algo le tenía que servir a uno el ser -gimnasta, fuí saltando de una rama a otra, de cocotero en cocotero y de -plátano en plátano, y el cangrejo siguiéndome, berreando, con los -faldones de la levita en la boca. - -Al llegar cerca de la playa me encuentro con que había bajado la marea y -que la _Golondrina_ andaba a más de cincuenta metros por encima de las -olas. Esperaré--me dije--; pero en esto veo asomar en la copa del árbol -donde estaba la cabeza de una serpiente; me agarro a una rama, me -balanceo para caer lo más lejos posible del cangrejo y se me rompe la -rama y me falta el sostén. - ---¿Y qué hizo usted entonces?--preguntó el barbero. - ---Di dos saltos mortales en el aire, por si acaso. - ---Fué una precaución útil. - ---Ciertamente, creí que estaba perdido. Todo lo contrario: estaba -salvado. - ---Pero, ¿cómo?--preguntó el Aristón. - ---Nada, que al caer, con la rama que llevaba en la mano di sobre el -cangrejo, y como llevaba tanta fuerza, lo atravesé de parte a parte y le -dejé clavado en la playa. El animal bramaba como un toro; yo me metí en -la _Golondrina_ y me escapé; pero el barco mío se había marchado. Me -puse a remar, no había una vela a la vista. Estoy perdido--dije--; pero -gracias al cangrejo me salvé... - ---¿Al cangrejo?--preguntaron todos extrañados. - ---Sí; un vapor que pasó a muchas millas, al oír los lamentos del -cangrejo pensó si sería la señal de alarma de algún barco náufrago, se -acercó a la isla, me recogió, y a los pocos días ya estaba con mi -compañía. - -Don Alonso, al concluir su narración, hizo una mueca más expresiva, y -con su torre _Infiel_ se marchó a la calle. El Aristas, Rebolledo y -Manuel celebraron las historias del titiritero, y el aprendiz de -gimnasta se afianzó más en su idea de seguir trabajando en el trapecio y -en el trampolín, para ver aquellas lejanas tierras de las cuales hablaba -don Alonso. - -Un par de semanas después ocurrió una de las cosas que más impresionaron -a Manuel en toda su vida. Era domingo; el muchacho fué a casa de su -madre, la ayudó, como solía hacer siempre, a secar platos. Vinieron -después las hijas de la Petra, y, por cuestión de unas faldas o de unas -enaguas que la menor había comprado con el dinero de la mayor, se -pasaron las dos toda la tarde riñendo. - -Manuel, aburrido de la charla, se fué, pretextando una ocupación. - -Estaba lloviendo a cántaros; Manuel llegó a la Puerta del Sol, entró en -el café de Levante y se sentó cerca de la ventana. Huía la gente -endomingada corriendo a refugiarse en los portales de la ancha plaza; -los coches pasaban de prisa en medio de aquel diluvio; los paraguas iban -y venían y se entrecruzaban con sus convexidades negras, brillantes por -el agua, como un rebaño de tortugas. A la hora escampó, y Manuel salió -del café; era todavía temprano para ir a casa; Manuel pasó por la plaza -de Oriente y quedó en el Viaducto mirando desde allá ala gente que -pasaba por la calle de Segovia. - -En el cielo, ya despejado, nadaban nubes obscuras, blancas en los -bordes, como montañas coronadas de nieve; a impulsos del viento corrían -y desplegaban sus alas; el sol claro alumbraba con rayos de oro el -campo, resplandeciente en las nubes, las enrojecía como brasas; algunos -celajes corrían por el espacio, blancos jirones de espuma. Aun no -manchaba la hierba verde las lomas y las hondonadas de los alrededores -madrileños; los árboles del Campo del Moro aparecían rojizos, -esqueléticos, entre el follaje de los de hoja perenne; humaredas -negruzcas salían rasando la tierra para ser pronto barridas por el -viento. Al paso de las nubes la llanura cambiaba de color; era -sucesivamente morada, plomiza, amarilla, de cobre; la carretera de -Extremadura trazaba una línea quebrada, con sus dos filas de casas -grises y sucias. Aquel severo, aquel triste paisaje de los alrededores -madrileños con su hosquedad torva y fría le llegaba a Manuel al alma. - -Abandonó el balcón del Viaducto, cruzó por unas cuantas callejuelas, -hasta llegar a la calle de Toledo; bajó a la Ronda y se dirigió a su -casa Llegaba cerca del paseo de las Acacias cuando oyó a dos viejas que -hablaban de un crimen cometido hacía un instante en la esquina de la -calle del Amparo. - ---Cuando le iban a coger, él mismo se ha matado--dijo una. - -Manuel apresuró el paso por curiosidad y se acercó a un grupo de -personas que había a la puerta del Corralón. - ---¿De dónde era ese que se ha matado?--preguntó Manuel a Aristas. - ---¡Pero si es Leandro! - ---¡Leandro! - ---Sí; Leandro, que ha matado a la Milagros, y luego se ha matado él. - ---Pero... ¿es verdad? - ---Sí, hombre. Hace un momento. - ---¿Aquí, en casa? - ---Aquí mismo. - -Manuel, despavorido, subió la escalera hasta la galería. Aun quedaba el -charco de sangre en el suelo. El señor Zurro, el único espectador del -drama, contaba lo ocurrido a un grupo de vecinos. - ---Estaba yo aquí, leyendo el periódico--dijo el ropavejero--, y la -Milagros, con su madre, hablaba con el _Lechuguino_. Estaban los novios -de broma, cuando subió Leandro a la galería; fué a abrir la puerta de su -casa y, antes de entrar, volviéndose de repente, le dice a la Milagros: -«¿Es ese tu novio?» Me pareció que él estaba pálido como un muerto. -«Si», contestó ella. «Bueno; pues yo vengo aquí a concluir de una vez», -gritó. «¿A cuál de los dos quieres, a él o a mí?» «A él», chilló la -Milagros. «Entonces se acabó todo», gritó Leandro con una voz ronca. -«Voy a matarte.» Luego, ya no me pude dar cuenta de nada; fué todo -rápido como un rayo; cuando me acerqué, la muchacha echaba un caño de -sangre por la boca, la mujer del _Corretor_ gritaba y Leandro seguía al -_Lechuguino_ con la navaja abierta. - ---Yo le vi salir de casa--añadió una vieja--; llevaba en la mano la -navaja manchada de sangre; mi marido quiso detenerle, pero él paró como -un toro, le echó un derrote y por poco le mata. - ---Y mis tíos, ¿dónde están?--preguntó Manuel. - ---En la Casa de Socorro. Han ido detrás de la camilla. - -Bajó Manuel al patio. - ---¿Adónde vas?--le preguntó el _Aristón_. - ---Voy a la Casa de Socorro. - ---Yo iré contigo. - -Se reunió a los dos muchachos un aprendiz de un taller de máquinas que -vivía en la Corrala. - ---Yo le vi cuando se mató--dijo el aprendiz--; íbamos corriendo todos -detrás de él, gritando: «¡A ése! ¡A ése!», cuando aparecieron por la -calle del Amparo dos guardias, sacaron el sable y se pusieron delante de -él; entonces Leandro dió un bote hacia atrás, abrió paso entre la gente -y volvió otra vez para aquí; iba a bajar por el paseo de las Acacias, -cuando tropezó con la _Muerte_, que le empezó a insultar. Leandro se -paró, miró a todos lados; nadie se atrevía a acercarse; le echaban fuego -los ojos. De pronto se metió la navaja por el costado izquierdo, yo no -sé cuántas veces. Cuando uno de los guardias le agarró del brazo, se -cayó como un saco. - -Los comentarios del _Aristón_ y del aprendiz eran inacabables; llegaron -los muchachos a la Casa de Socorro, y allí les dijeron que los dos -cadáveres, el de la Milagros y el de Leandro, los habían llevado al -Depósito. Bajaron los tres chicos al Canal, a la casita próxima al río, -que tantas veces Manuel y los de su cuadrilla miraban con curiosidad -desde las ventanas. En la puerta se agrupaban varias personas. - ---Vamos a mirar--dijo el _Aristón_. - -Había una ventana abierta de par en par y se asomaron a ella. Tendido -sobre una mesa de mármol estaba Leandro; tenía un color de cera, y en su -rostro se leía una expresión de soberbia y de desafío. A su lado, la -señora Leandra gritaba y vociferaba; el señor Ignacio, con la mano de su -hijo entre las suyas, lloraba en silencio. En otra mesa rodeaban el -cadáver de la Milagros un grupo de personas. El empleado del Depósito -hizo salir a todos. Al encontrarse el _Corretor_ y el señor Ignacio en -la puerta, se vieron y desviaron la vista: las dos madres, en cambio, se -lanzaron una mirada de odio terrible. - -El señor Ignacio dispuso que no fueran a dormir al Corralón, sino a la -calle del Aguila. Allí, en casa de la señora Jacoba, hubo una algarabía -horrorosa de lloros y de imprecaciones. Las tres mujeres echaban la -culpa de todo a la Milagros, que era una golfa, una mala hembra -descastada, egoísta y miserable. - -Un vecino de la Corrala señaló un detalle raro; al reconocer el médico -forense a la Milagros y al quitarle el corsé para apreciar la herida, -entre unos escapularios encontró un medallón chiquito con un retrato de -Leandro. - ---¿De quién es este retrato?--dicen que preguntó. - ---Del que la ha matado--le contestaron. - -Era una cosa rara que intrigaba a Manuel; muchas veces había pensado que -la Milagros quería a Leandro; aquello casi lo confirmaba. - -Durante toda la noche, el señor Ignacio, sentado en una silla, lloró sin -cesar; Vidal estaba asustado y Manuel también. La presencia de la -muerte, vista tan de cerca, les aterrorizó a los dos. - -Y mientras lloraban dentro, en la calle las niñas cantaban a coro; y -aquel contraste de angustia y de calma, de dolor y de serenidad, daba a -Manuel una sensación confusa de la vida; algo pensaba él que debía ser -muy triste; algo muy incomprensible y extraño. - - - - -TERCERA PARTE - - - - -CAPÍTULO PRIMERO - -EL DRAMA DEL TÍO PATAS.--LA TAHONA.--KARL EL HORNERO.--LA SOCIEDAD DE -LOS TRES. - - -LA impresión por la muerte de su hijo en el señor Ignacio fué tan -profunda, que cayó enfermo. Se dejó de trabajar en el almacén, y al cabo -de dos o tres semanas, como el señor Ignacio no se ponía bueno, la -Leandra le dijo a Manuel: - ---Mira: vete a casa de tu madre, porque aquí yo no te puedo tener. - -Volvió Manuel a la casa de huéspedes, y la Petra, por mediación de la -patrona, llevó al muchacho de mozo a un puesto de pan y verduras situado -en la plaza del Carmen. - -Allá Manuel tuvo que sujetarse más que en la casa del señor Ignacio. El -tío _Patas_, el dueño del puesto, un gallegazo pesadote como un buey, -puso al corriente a Manuel de sus obligaciones. - -Tenía que levantarse el muchacho al amanecer, abrir el puesto, soltar -los fardos de verdura que subía un mozo de la plaza de la Cebada, e ir -tomando el pan que traían los repartidores. Después, barrer la tienda y -esperar a que se levantara el tío _Patas_, su mujer o su cuñada. Al -llegar alguno de ellos, Manuel abandonaba el mostrador, y con una cesta -pequeña a la cabeza iba con el pan a las casas de los parroquianos de la -vecindad. En ir y venir se pasaba toda la mañana. Por la tarde era más -pesado el trabajo: Manuel tenía que estarse quieto detrás del mostrador, -aburriéndose, vigilado por el ama y su cuñada. - -Acostumbrado a los paseos diarios por las rondas, le desesperaba tal -inmovilidad. - -La tienda del tío _Patas_, pequeña y mal oliente, tenía un papel -amarillo, que se despegaba de puro viejo, con unas cenefas verdes. Un -mostrador de madera, unos cuantos vasares sucios, un quinqué de petróleo -en el techo y dos bancos constituían todo el mobiliario. - -La trastienda, a la cual se llegaba por una puerta del fondo, era un -cuarto sin más luz que la que entraba por un montante que daba al -portal. En este cuarto se comía; de él se pasaba a la cocina y de ésta a -un patio estrecho, muy sucio, con una fuente. Al otro lado del patio -estaban las alcobas del tío _Patas_, de su mujer y de la cuñada. - -A Manuel le ponían un jergón y unas mantas detrás del mostrador. Allí -dentro, de noche sobre todo, olía a berza podrida; pero más que esto aun -molestaba a Manuel el levantarse de madrugada, cuando el sereno daba dos -o tres golpes con el chuzo a la puerta de la tienda. - -En el puesto se vendía algo, lo bastante para vivir, nada más. En aquel -tabuco había reunido el tío Patas una fortuna, ahorrando céntimo a -céntimo. - -La historia del tío _Patas_ era verdaderamente interesante. Manuel la -averiguó por las habladurías de los repartidores de pan y de los chicos -de los otros puestos. - -El tío _Patas_ había llegado a Madrid, desde un pueblo de Lugo, a -buscarse la vida, a los quince años. Al cabo de veinte de economías -inverosímiles, trabajando en una tahona, ahorró tres o cuatro mil -pesetas, y con ellas estableció un puesto de pan y de verdura. Su mujer -despachaba en el puesto, y él seguía trabajando en la tahona y guardando -dinero. Cuando su hijo creció, le tomó en traspaso una taberna, y luego -una casa de préstamos. En esta época de prosperidad murió la mujer del -tío _Patas_, y el hombre, ya viudo, quiso saborear la vida, que tan -estéril fué para él, y se casó, a pesar de sus cincuenta y tantos, con -una muchacha, paisana suya, de veinte, que no pensaba, al ir al -matrimonio, mas que en convertirse de criada en ama. Todos los amigos -del tío _Patas_ trataron de convencerle de que era una barbaridad el -casarse a sus años, y con una moza tan joven; pero él siguió en sus -trece, y se casó. - -A los dos meses de matrimonio, el hijo del tío _Patas_ se entendía con -su madrastra, y poco tiempo después el viejo se enteraba. Espió un día, -y vió salir a su hijo y a su mujer de una casa de compromiso de la calle -de Santa Margarita. Quizá el hombre pensó tomar una determinación -enérgica, decir a los dos algo muy fuerte; pero como era calmoso y -tranquilo, y no quería perturbar sus negocios, dejó pasar tiempo, y poco -a poco se acostumbró a su situación. Después, la mujer del tío _Patas_ -trajo del pueblo a una hermana suya, y cuando llegó, entre la mujer y el -hijo del tío _Patas_ se la empujaron al viejo, y éste concluyó -amontonándose con su cuñada. Desde entonces los cuatro vivieron con una -tranquilidad completa. Se entendían admirablemente. - -A Manuel, que estaba curado de espanto, porque en la Corrala había más -de una combinación matrimonial parecida, no le asombró la cosa; lo que -le indignaba era la tacañería del tío _Patas_ y de su gente. - -Toda la escrupulosidad que no tenía la mujer del tío _Patas_ en otras -cuestiones, la guardaba, sin duda, para las cuentas. Acostumbraba a -sisar, conocía al dedillo las socaliñas de las criadas, y no se le -escapaba un céntimo: siempre creía que la robaban. Era tal su espíritu -de economía, que todos en casa comían pan seco, confirmando el dicho -popular de que «en casa del herrero, cuchillo de palo». - -La cuñada, una mujer cerril, de nariz corta, mejillas rojas, de pecho y -caderas abundantes, podía dar lecciones de sordidez a su hermana, y en -cuestión de falta de pudor y de dignidad la aventajaba con mucho. Solía -andar por la tienda despechugada, y no había repartidor que no la diese -un tiento en la pechera. - ---¡Qué gorda estás, _oh_!--la decían los paisanos. - -Y no parecía sino que toda aquella grasa tan manoseada no la pertenecía, -porque no protestaba; pero si alguien trataba de escamotearla en la -cuenta algún panecillo, entonces se ponía hecha una fiera. - -Los domingos por la tarde el tío _Patas_, su mujer, su cuñada y su hijo -solían jugar en la calle, al mus, en una mesita, en medio del arroyo; -nunca se atrevían a dejar la tienda sola. - -A los tres meses de entrar Manuel allá, la Petra fué a ver al tío -_Patas_, y le dijo que diera al chico algún jornal. El tío _Patas_ se -echó a reír: le parecía la pretensión el colmo de lo absurdo, y dijo que -no, que era imposible: que el muchacho no ganaba el pan que comía. - -Entonces la Petra buscó otra casa para Manuel, y lo llevó a una tahona -de la calle del Horno de la Mata, a que aprendiera el oficio de -panadero. - -En la tahona, para comenzar el aprendizaje, le pusieron en el horno, a -ayudar al oficial de pala. El trabajo era superior a sus fuerzas. Se -tenía que levantar a las once de la noche, y comenzaba por limpiar con -una raedera unas latas de hierro, en donde se cocían bollos, pasándolas, -después de frotadas, con una brocha untada en manteca derretida; hecho -esto, ayudaba al oficial de pala a sacar la brasa del horno con un -hierro; luego, mientras el hornero cocía, iba cogiendo tablas -pesadísimas, cargadas de panecillos, y las llevaba del amasadero a la -boca del horno; y cuando el oficial metía los panecillos dentro, volvía -Manuel con las tablas al amasadero. A medida que el pan salía del horno, -lo mojaba con un cepillo empapado en agua, para dar brillo a la corteza. -A las once de la mañana se concluía el trabajo, y en los intervalos de -descanso, Manuel y los trabajadores dormían. - -La vida allí era horriblemente penosa. - -La tahona ocupaba un sótano obscuro, triste y sucio. Estaba el piso del -sótano por debajo del nivel de la calle, a la cual tenía unas ventanas -con cristales tan obscurecidos por el polvo y las telarañas, que no -dejaban pasar mas que una luz turbia y amarillenta. A todas horas se -trabajaba con gas. - -Se entraba a la tahona por una puerta que daba a un patio grande, en el -cual se levantaba un cobertizo de cinc agujereado, que protegía de la -lluvia, o trataba de proteger al menos, las cargas de ramaje de retama y -las pilas de leña allí amontonadas. - -De este patio, por una puerta baja, se pasaba a un largo corredor, -estrecho y húmedo, negro por todas partes, y en el cual no se veía mas -que allá en el fondo un cuadrado de luz de una ventana alta con unos -cuantos cristales rajados y sucios, por donde entraba una claridad -triste. - -Cuando los ojos se acostumbraban a la penumbra reinante, se veían en las -paredes del corredor cestos de repartir, palas del horno, blusas, gorras -y zapatos colgados en clavos, y en el techo, gruesas telas de araña -plateadas y llenas de polvo. - -A ambos lados del pasillo y a la mitad de su longitud se abrían dos -puertas frente por frente: una daba al horno, la otra, al amasadero. - -El sitio del horno era anchuroso, con las paredes recubiertas de hollín, -negro como una cámara obscura; un mechero de gas brillaba en aquella -caverna, sin iluminar apenas nada. Delante de la boca del horno, en un -tinglado de hierro, estaban colocadas las palas; arriba, en el techo, se -entreveían tubos grandes de chimenea cruzados. - -El amasadero, menos negro, resultaba más sombrío que la cocina del -horno; a su interior llegaba una luz pálida por dos ventanas que daban -al patio, con los cristales empañados por el polvo de la harina. Veíase -siempre allí a diez o doce hombres en camiseta, agitando los brazos -desesperadamente sobre las artesas, y en el fondo del local una mula -movía lentamente la máquina de amasar. - -La vida en la tahona era antipática y molesta; el trabajo, abrumador, y -el jornal, pequeño: siete reales al día. Manuel, no acostumbrado a -sufrir el calor del horno, se mareaba; además, al mojar los panes recién -cocidos se le quemaban los dedos y sentía repugnancia al verse con las -manos infiltradas de grasa y de hollín. - -Tuvo también la mala suerte de que su cama estuviese en el cuarto de los -panaderos, al lado de la de un viejo, mozo de la tahona, enfermo de -catarro crónico, por la infiltración de harina en el pulmón, que -gargajeaba a todas horas. - -Manuel, de asco, no podía dormir en el cuarto de los panaderos, y se -marchaba a la cocina del horno y se echaba en el suelo. Se sentía -siempre cansado; pero, a pesar de esto, trabajaba automáticamente. - -Luego nadie le hacía caso; los demás panaderos, una colección de -gallegos bastante brutos, le trataban como a una mula; ni siquiera se -ocupó alguno de ellos en saber el nombre de Manuel, y unos le llamaban: -«¡Eh, tú, _Choto_!»; otros le gritaban: «¡Hala, _Barriga_!»; cuando -hablaban de él, decían «O golfo de Madrid», o solamente «o golfo». El -contestaba a los nombres y motes que le daban. - -Al principio, de todos, el más odioso para Manuel, fué el hornero: le -mandaba de una manera despótica; se incomodaba si no lo encontraba todo -hecho en seguida. Era este hornero un alemán llamado Karl Schneider; -había venido a España huyendo de las quintas de su país, vagabundeando. -Tenía unos veinticuatro o veinticinco años, los ojos muy claros, el pelo -y el bigote casi blancos, de puro rubios. - -Hombre tímido y flemático, todo le asombraba y le parecía difícil. Sus -impresiones fuertes no se manifestaban ni en gestos ni en palabras, sino -en un enrojecimiento súbito, que coloreaba sus mejillas y su frente, y -que desaparecía para ser reemplazado por una palidez intensa. - -Se expresaba Karl muy bien en castellano, pero de una manera rara; sabía -una retahíla de refranes y de frases, que barajaba sin medida; esto daba -a su conversación un carácter extraño. - -Pronto pudo ver Manuel que el alemán, a pesar de su brusquedad, era un -excelente muchacho, muy inocente, muy sentimental y de una candidez -paradisíaca. - -Al mes de trabajar en la tahona, Manuel consideraba a Karl como su único -amigo: se trataban los dos como camaradas; se llamaban de tú, y si el -hornero ayudaba muchas veces a su pinche para cualquier trabajo de -fuerza, en cambio, en ocasiones, le pedía su parecer y le consultaba -acerca de puntos y complicaciones sentimentales, que al alemán -intrigaban, y que Manuel resolvía con su perspicacia y su instinto de -chiquillo vagabundo, convencido de que todos los móviles de la vida son -egoístas y bajos. La igualdad entre maestro y ayudante desaparecía desde -que Karl se ponía a la boca del horno. Entonces Manuel debía obedecer al -alemán sin vacilaciones ni tardanzas. - -El único vicio de Karl era la borrachera: continuamente tenía sed; -cuando bebía vino y cerveza, marchaba bien; llevaba método en su vida, y -las horas libres las pasaba en la plaza de Oriente o en la Moncloa, -leyendo los dos tomos que constituían su biblioteca: uno, _Las ilusiones -perdidas_, de Balzac, y el otro, una colección de poesías alemanas. - -Estos dos libros, constantemente leídos, comentados y anotados por él, -le llenaban la cabeza de preocupaciones y de sueños. Entre los -razonamientos amargos y desesperados de Balzac, pero en el fondo llenos -de romanticismo, y las idealidades de Goethe y de Heine, el pobre -hornero vivía en el más irreal de los mundos. Muchas veces Karl le -explicaba a Manuel los conflictos de los personajes de su novela -favorita, y le preguntaba cómo se conduciría él en casos semejantes. -Manuel encontraba casi siempre una solución tan lógica, tan natural y -tan poco romántica, que el alemán quedaba perplejo e intrigado con la -claridad de juicio del muchacho; pero luego, pensando otra vez sobre el -mismo tema, veía que la tal solución no podía tener valor para sus -personajes quintaesenciados, porque el conflicto mismo de la novela no -hubiera llegado a existir entre gente de pensamientos vulgares. - -En algunas épocas de diez y doce días el alemán necesitaba excitantes -más fuertes que el vino y la lectura, y solía emborracharse con -aguardiente, y bebía media botella como si fuera agua. - -Según le contaba a Manuel, sentía una avalancha de tristeza y todo lo -veía negro y desagradable; se encontraba febril, y el único remedio para -su tristeza era el alcohol. - -Cuando entraba en la taberna llevaba el corazón oprimido y la cabeza -pesada y llena de ideas feas, y a medida que iba bebiendo sentía que el -corazón se le ensanchaba y respiraba mejor, y los pensamientos alegres -se le metían en la cabeza. Luego, al salir de la taberna, por más -esfuerzos que hacía, le era imposible conservar la seriedad, y la risa -le retozaba en los labios. Entonces llegaban a su memoria canciones de -su tierra, y las cantaba, llevando el compás al andar. Mientras iba por -las calles céntricas caminaba derecho; pero cuando llegaba a las -callejuelas apartadas, a las avenidas desiertas, se abandonaba al placer -de trompicar y de ir haciendo eses, dando un encontronazo aquí y un -tropezón allá. En aquellas horas todo le parecía al alemán grande, -hermoso, soberbio; el sentimentalismo de su raza se desbordaba en él y -comenzaba a recitar versos y a llorar, y a cualquier conocido que -encontraba en la calle le pedía perdón por su falta imaginaria y le -preguntaba si le seguía estimándole y concediéndole su amistad. - -Por muy borracho que se encontrara, nunca se le olvidaba la obligación, -y a la hora de cocer se marchaba vacilando a la tahona; e inmediatamente -que se ponía a la boca del horno se le pasaba la borrachera y trabajaba -como si tal cosa, riéndose él solo de sus extravagancias. - -Tenía el alemán una fuerza orgánica maravillosa, una resistencia -inaudita; Manuel necesitaba dormir todo el tiempo que estaba libre, y -aun así no conseguía levantarse de la cama descansado. Durante dos meses -que pasó Manuel en la tahona, vivió como un autómata. El trabajo en el -horno le había cambiado de tal modo las horas de sueño, que los días le -parecían noches, y al revés. - -Un día, Manuel cayó enfermo, y toda la fuerza que le sostenía le -abandonó de repente; dejó el trabajo, cobró la quincena y, sin saber -cómo, casi arrastrándose, fué hasta la casa de huéspedes. - -La Petra, al verle en aquel estado, le hizo acostarse, y Manuel pasó -cerca de dos semanas con una calentura muy alta, delirando. Al -levantarse había crecido, estaba demacrado y sentía una gran laxitud y -desmadejamiento en todo el cuerpo y una sensibilidad tal, que una -palabra más fuerte que otra le daba ganas de llorar. - -Cuando salió a la calle, por consejo de la Petra, compró un broche de -dublé y se lo regaló a doña Casiana, y ésta lo agradeció tanto que le -dijo a su criada que el muchacho podía quedarse en la casa hasta su -completo restablecimiento. - -Aquellos días fueron de los más agradables de la vida de Manuel; lo -único que le molestaba era el hambre. - -Hacía un tiempo soberbio, y Manuel marchaba por las mañanas a pasear al -Retiro. El periodista, a quien llamaban el _Superhombre_, utilizaba a -Manuel para que le copiara cuartillas, y, como compensación, sin duda, -le prestaba novelas de Paúl de Kock y de Pigaul-Lebrún, algunas de un -verde muy subido, como _Monjas y corsarios_ y _Gustavo el calavera_. - -Las teorías amorosas de los dos escritores convencieron a Manuel de tal -manera, que quiso ponerlas en práctica con la sobrina de la patrona. En -dos años la muchacha se había desarrollado tanto, que estaba hecha una -mujer. - -Una noche, a primera hora, poco después de cenar, por influencia de la -estación primaveral o por seguir las teorías del autor de _Monjas y -corsarios_, el caso fué que Manuel convenció a la chica de la patrona de -la utilidad de una explicación a solas, y una vecina los vió a los dos -que marchaban juntos, escaleras arriba, y entraban en el desván. - -Cuando iban a encerrarse, la vecina les sorprendió y los llevó contritos -a presencia de doña Casiana. La paliza que la patrona propinó a su -sobrina le quitó a la muchacha las ganas de nuevas aventuras, y a la tía -fuerzas para administrar otra a Manuel. - ---Tú te vas a la calle--le dijo, agarrándole del brazo e hincándole las -uñas--, y que no te vuelva a ver más aquí, porque te desuello. - -Manuel, avergonzado y confuso, no deseaba en aquel momento mas que -escapar, y se marchó a la calle en cuanto pudo, como un perro azotado. -Estaba la noche fresca, agradable. Como no tenía un céntimo, se aburrió -pronto de pasear; llamó en la tahona, preguntó por Karl el hornero, le -abrieron y se tendió en una de las camas. Al amanecer se despertó a la -voz de uno de los panaderos, que gritaba: - ---¡Eh, tú, _golfo_, ahueca! - -Se levantó Manuel, y salió a la calle. Paseando, se acercó al Viaducto, -a su sitio favorito, a mirar el paisaje y la calle de Segovia. - -Era una mañana espléndida, de un día de primavera. En el sotillo próximo -al Campo del Moro algunos soldados se ejercitaban tocando cornetas y -tambores; de una chimenea de ladrillo de la ronda de Segovia salía a -borbotones un humazo obscuro que manchaba el cielo, limpio y -transparente; en los lavaderos del Manzanares brillaban al sol las ropas -puestas a secar, con vívida blancura. - -Manuel cruzó despacio el Viaducto, llegó a las Vistillas, miró cómo unos -traperos hacían sus apartijos, después de extender el contenido de los -sacos en el suelo, y se sentó un rato al sol. Veía, con los ojos -entornados, los arcos de la iglesia de la Almudena, por encima de una -tapia; más arriba, el Palacio Real, blanco y brillante; los desmontes -arenosos de la Montaña del Príncipe Pío, y su cuartel rojo y largo, y la -hilera de casas del paseo de Rosales, con sus cristales incendiados por -la luz del sol. - -Hacia la Casa de Campo algunos cerrillos pardos se destacaban, escuetos, -con dos o tres pinos, como recortados y pegados sobre el aire azul. - -De las Vistillas bajó Manuel a la ronda de Segovia. Al pasar por la -calle del Aguila vió que el almacén del señor Ignacio seguía cerrado. -Entró Manuel en la casa, y preguntó en el patio por la Salomé. - ---Estará trabajando en su casa--le dijeron. - -Subió por la escalera y llamó en el cuarto; se oía desde fuera el ruido -de la máquina de coser. - -Abrió la Salomé y pasó Manuel. Estaba la costurera tan guapa como -siempre, y, como siempre, trabajando. Sus dos chicos todavía no habían -ido al colegio. La Salomé contó a Manuel que el señor Ignacio había -estado en el hospital y que andaba buscando dinero para pagar algunas -deudas y seguir con el negocio; la Leandra, en aquel momento, en el río; -la señora Jacoba, en el puesto, y Vidal, golfeando y sin querer -trabajar. Se empeñaba en reunirse con un condenado bizco, más malo que -un dolor, y estaba hecho un randa. Andaban siempre los dos con mujeres -perdidas, en los cajones y merenderos de la carretera de Andalucía. - -Manuel contó cómo había estado de panadero y cómo se puso malo; lo que -no dijo fué la despedida de casa de su madre. - ---Eso no te conviene a ti; debías aprender algún oficio menos fuerte--le -aconsejó la Salomé. - -Manuel estuvo charlando con la costurera toda la mañana; ella le convidó -a almorzar, y él aceptó con gusto. - -Por la tarde, Manuel se fué de casa de la Salomé, pensando que si él -tuviera más años y un buen oficio que le diera dinero, se casaría con la -Salomé, aunque se viese en la precisión de darle una puñalada al chulapo -que la entretenía. - -Al encontrarse en la ronda, lo primero que se le ocurrió a Manuel fué -que no debía ir al puente de Toledo, ni mucho menos a la carretera de -Andalucía, porque allí era fácil que se encontrase con Vidal o con el -_Bizco_. Pensó así, efectivamente, y, a pesar de esto, bajó hacia el -puente, echó una ojeada por los cajones, y viendo que allí no estaban -sus amigos, siguió por el Canal, atravesó el Manzanares por el puente de -un lavadero y salió a la carretera de Andalucía. En un merendero, con -varias mesas debajo del cobertizo, estaban Vidal y el _Bizco_ entre unos -cuantos golfos que jugaban al cané. - ---¡Eh!, tú, Vidal--gritó Manuel. - ---¡Rediez! ¿Eres tú?--dijo su primo. - ---Ya ves... - ---¿Qué te haces? - ---Nada, ¿y vosotros? - ---A lo que cae. - -Contempló Manuel cómo jugaban al cané. Cuando terminaron una de las -partidas, Vidal dijo: - ---¿Qué? ¿vamos a dar un paseo? - ---Vamos. - ---¿Vienes tú, _Bizco_? - ---Sí. - -Echaron los tres a andar carretera de Andalucía adelante. - -Vivían Vidal y el _Bizco_ de randas: aquí cogiendo una manta de un -caballo, allá llevándose las lamparillas eléctricas de una escalera o -robando alambres del teléfono; lo que se terciaba. No iban al centro de -Madrid porque no se consideraban todavía bastante diestros. - -Hacía unos días, contó Vidal, birlaron entre los dos a un chico una -cabra, a orillas del Manzanares, cerca del puente de Toledo; Vidal -entretuvo al chico jugando a las chapas, mientras que el _Bizco_ -agarraba la cabra y la subía por la rampa de los pinos al paseo de las -Yeserías y la llevaba después a las Injurias. Entonces Vidal, -señalándole al chico la parte opuesta de la rampa, le dijo: «Corre, que -por allá va tu cabra», y mientras el muchacho echaba a trotar en la -dirección indicada, Vidal se escabullía en las Injurias y se juntaba con -el _Bizco_ y su querida. Todavía estaban comiendo la carne de la cabra. - ---Es lo que tú debes hacer--dijo Vidal--. Venirte con nosotros. ¡Si esta -es una vida de _chipendi_! Ya ves, hace unos días Juan el _Burra_ y el -_Arenero_, que viven en Casa Blanca, se encontraron en el camino de las -Yeserías con un cerdo muerto. Iba un mozo con una piara al matadero, -cuando se conoce que murió el animal; el mozo lo dejó allá, y Juan el -_Burra_ y el _Arenero_ lo arrastraron hasta su casa, lo descuartizaron y -hemos comido cerdo sus amigos durante más de una semana. ¡Si te digo que -es una vida de _chipendi_! - -Se conocían, por lo que decía Vidal, todos los randas, hasta los de los -barrios más lejanos. Era una vida extrasocial la suya, admirable; hoy se -veían en los Cuatro Caminos; a los tres o cuatro días, en el puente de -Vallecas o en la Guindalera, se ayudaban unos a otros. - -Su radio de acción era una zona comprendida desde el extremo de la Casa -de Campo, en donde se encuentran el ventorro de Agapito y las ventas de -Alcorcón, hasta los Carabancheles; desde aquí, las orillas del arroyo -Abroñigal, La Elipa; el Este, las Ventas y la Concepción hasta la -Prosperidad; luego, Tetuán hasta la Puerta de Hierro. Dormían, en -verano, en corrales y cobertizos de las afueras. - -Los del centro, mejor vestidos, más aristócratas, tenían ya su golfa, a -la que fiscalizaban las ganancias y que se cuidaban de ellos; pero la -golfería del centro era ya distinta, de otra clase, con otros matices. - -A veces el _Bizco_ y Vidal habían pasado malas épocas, comiendo gatos y -ratas, guareciéndose en las cuevas del cerrillo de San Blas, de Madrid -Moderno y del cementerio del Este; pero ya tenían los dos su apaño. - ---¿Y de trabajar? ¿Nada?--preguntó Manuel. - ---¡Trabajar!... _pa_ el gato--contestó Vidal. - -Ellos no trabajaban, tartamudeó el _Bizco_; con su chaira en la mano, -¿quien le tosía a el? - -En el cerebro de aquella bestia fiera no habían entrado, ni aun -vagamente, ideas de derechos y de deberes. Ni deberes, ni leyes, ni -nada; para él la fuerza era la razón; el mundo un bosque de caza. Sólo -los miserables podían obedecer la ley del trabajo; así decía él: El -trabajo _pa_ los primos; el miedo _pa_ los blancos. - -Mientras hablaban los tres, pasaron por la carretera un hombre y una -mujer con un niño en brazos. Tenían un aspecto entristecido, de gente -perseguida y famélica, la mirada tímida y huraña. - ---Esos son los que trabajan--exclamó Vidal--. Así están ellos. - ---Que se hagan la santísima--murmuró el _Bizco_. - ---¿Adónde irán?--preguntó Manuel, contemplándolos con pena. - ---A los tejares--contestó Vidal--. A vender azafrán, como dicen por ahí. - ---¿Y por qué dicen eso? - ---Como el azafrán es tan caro... - -Se detuvieron los tres y se tendieron en el suelo. Estuvieron más de una -hora hablando de mujeres y de medios de sacar dinero. - ---¿No tenéis perras?--preguntó Vidal a Manuel y al _Bizco_. - ---Dos reales--contestó éste. - ---¡Anda, convida! Vamos a tomar una botella. - -Accedió el _Bizco_ refunfuñando, se levantaron y se fueron acercando a -Madrid. Una fila de burros blanquecinos pasó por delante de ellos; un -gitano joven y moreno, con una larga vara debajo del brazo, montado en -las ancas del último borrico de la fila, gritaba a cada paso: -_¡Coroné!_, _¡coroné!_ - ---¡Adiós, _cañí_!--le dijo Vidal. - ---Vaya con Dios la gente buena--contestó el gitano, con voz ronca. Al -llegar a una taberna del camino, al lado de la casucha de un trapero, se -detuvieron, y Vidal pidió la botella de vino. - ---¡Qué es esa fábrica?--preguntó Manuel, señalando una que estaba a la -izquierda de la carretera de Andalucía, según se había vuelto a Madrid. - ---Ahí hacen dinero con sangre--contestó Vidal solemnemente. - -Manuel le miró asustado. - ---Es que hacen cola con la sangre que sobra en el Matadero--añadió su -primo, riéndose. - -Escanció Vidal en las copas y bebieron los tres. - -Se veía Madrid en alto, con su caserío alargado y plano, sobre la -arboleda del Canal. A la luz roja del sol poniente brillaban las -ventanas con resplandor de brasa; destacábanse muy cerca, debajo de San -Francisco el Grande, los rojos depósitos de la fábrica del gas, con sus -altos soportes, entre escombreras negruzcas; del centro de la ciudad -brotaban torrecillas de poca altura y chimeneas que vomitaban, en -borbotones negros, columnas de humo inmovilizadas en el aire tranquilo. -A un lado se erguía el Observatorio, sobre un cerrillo, centelleando el -sol en sus ventanas; al otro, el Guadarrama, azul, con sus crestas -blancas, se recortaba en el cielo limpio y transparente, surcado por -nubes rojas. - ---_Na_--añadió Vidal, después de un momento de silencio, dirigiéndose a -Manuel--, tú has de venir con nosotros; formaremos una cuadrilla. - ---Eso es--tartamudeó el _Bizco_. - ---Bueno; ya veré--dijo Manuel de mala gana. - ---¿Qué ya veré ni qué hostia? Ya está formada la cuadrilla. Se llamará -la cuadrilla de los Tres. - ---Muy bien--gritó el _Bizco_. - ---¿Y nos ayudaremos unos a otros?--preguntó Manuel. - ---Claro que sí--contestó su primo--. Y si hay alguno que hace -traición... - ---Si hay alguno que haga traición--interrumpió el _Bizco_--, se le -cortan los riñones--. Y para dar fuerza a su afirmación, sacó el puñal y -lo clavó con energía en la mesa. - -Al anochecer volvieron los tres por la carretera hasta el puente de -Toledo, y se separaron allí, citándose para el día siguiente. - -Manuel pensaba en lo que le podía comprometer la promesa hecha de entrar -a formar parte de la Sociedad de los Tres. La vida del _Bizco_ y de -Vidal le daba miedo. Tenía que resolverse a dar a su existencia un nuevo -giro; pero ¿cuál? Eso es lo que no sabía. - -Durante algún tiempo, Manuel no se atrevió a aparecer en casa de la -patrona; veía a su madre en la calle, y dormía en la cuadra de la casa -en donde servía una de sus hermanas. Luego se dió el caso de que a la -sobrina de la patrona la encontraron en la alcoba de un estudiante de la -vecindad, y esto le rehabilitó un tanto a Manuel en la casa de -huéspedes. - - - - -CAPÍTULO II - -UNA DE LAS MUCHAS MANERAS DESAGRADABLES DE MORIRSE QUE HAY EN -MADRID.--EL «EXPÓSITO».--EL «COJO» Y SU CUEVA.--LA NOCHE EN EL -OBSERVATORIO. - - -UN día Manuel se vió bastante sorprendido al saber que su madre no se -levantaba y que estaba enferma. Hacía tiempo que echaba sangre por la -boca; pero no le daba importancia a esto. - -Manuel se presentó en la casa humildemente, y la patrona, en vez de -recriminarle, le hizo pasar a ver a su madre. No se quejaba ésta mas que -de un magullamiento grande en todo el cuerpo y de dolor en la espalda. - -Pasó así días y días, unas veces mejor, otras peor, hasta que empezó a -tener mucha fiebre y hubo que llamar al médico. La patrona dijo que -habría que llevar a la enferma al hospital; pero como tenía buen -corazón, no se determinó a hacerlo. - -Ya había confesado a la Petra el cura de la casa una porción de veces. -Las hermanas de Manuel iban de vez en cuando por allí, pero ninguna de -las dos traía el dinero necesario para comprar las medicinas y los -alimentos que recomendaba el médico. - -El Domingo de Piñata, por la noche, la Petra se puso peor; por la tarde -había estado hablando animadamente con su hijo: pero esta animación fué -desapareciendo, hasta que quedó presa de un aniquilamiento mortal. - -Aquella noche del Domingo de Piñata tenían los huéspedes de doña Casiana -una cena más suculenta que de ordinario, y después de la cena unas -rosquillas de postre, regadas con el más puro amílico de las destilerías -prusianas. - -A las doce de la noche seguía la juerga. La Petra le dijo a Manuel: - ---Llámale a don Jacinto y dile que estoy peor. - -Manuel entró en el comedor. En la atmósfera, espesa por el humo del -tabaco, apenas se veían las caras congestionadas. Al entrar Manuel, uno -dijo: - ---Callad un poco, que hay un enfermo. - -Manuel dió el recado al cura. - ---Tu madre no tiene mas que aprensión. Luego iré--repuso don Jacinto. - -Manuel volvió al cuarto. - ---¿No viene?--preguntó la enferma. - ---Ahora vendrá; dice que no tiene usted mas que aprensión. - ---¡Sí; buena aprensión!--murmuró ella tristemente--. Estate aquí. - -Manuel se sentó sobre un baúl; tenía un sueño que no veía. - -Iba a dormirse cuando le llamó su madre. - ---Mira--le dijo--, trae el cuadro de la Virgen de los Dolores que hay en -la sala. - -Manuel descolgó el cuadro, un cromo barato, y lo llevó a la alcoba. - ---Ponlo a los pies de la cama, que lo pueda ver yo. - -Hizo el muchacho lo que le mandaban, y volvió a sentarse. Seguía el -jaleo de canciones, palmadas y castañuelas en el comedor. - -De pronto, Manuel, que estaba medio dormido, oyó un estertor fuerte, que -salía del pecho de su madre, y al mismo tiempo vió que su cara, más -pálida, tenía extrañas contracciones. - ---¿Que le pasa a usted? - -La enferma no contestó. Entonces Manuel volvió a avisar al cura. Este -abandonó el comedor refunfuñando, miró a la enferma y le dijo al -muchacho: - ---Tu madre se muere. Estate aquí, que yo vengo en seguida con la Unción. - -Mandó el cura callar a los que alborotaban en el comedor, y enmudeció la -casa entera. - -No se oyó entonces mas que un ruido de pasos, abrir y cerrar de puertas -y luego el estertor de la moribunda y el tic-tac de un reloj del -pasillo. - -Llegó el cura con otro que traía una estola e hizo todas las ceremonias -de la Unción. Cuando el vicario y sacristán salían, Manuel miró a su -madre y la vió lívida, con la mandíbula desencajada. Estaba muerta. - -El muchacho se quedó solo en el cuarto, iluminado por la luz de aceite, -sentado en un baúl, temblando de frío y de miedo. - -Toda la noche la pasó así; de vez en cuando entraba la patrona en paños -menores y preguntaba algo a Manuel, o le hacía alguna recomendación, que -este, en general, no comprendía. - -Manuel aquella noche pensó y sufrió lo que, quizá nunca pensara ni -sufriera: reflexionó acerca de la utilidad de la vida y acerca de la -muerte con una lucidez que nunca había tenido. Por más esfuerzos que -hacía, no podía detener aquel flujo de pensamientos que se enlazaban -unos con otros. - -A las cuatro de la mañana estaba toda la casa en silencio, cuando se oyó -el ruido del picaporte en la puerta de la escalera; después, pasos en el -corredor, y luego, el sonido quejumbroso de la caja de música colocada -en la mesa del vestíbulo, que tocaba la Mandolinata. - -Manuel se despertó sobresaltado, como de un sueño; no se pudo dar cuenta -de lo que era aquella música; hasta pensó si se le había trastornado la -cabeza. El organillo, después de unas cuantas paradas y asmáticos hipos, -abandonó la Mandolinata y comenzó a tocar atropelladamente el dúo de -Bettina y de Pippo, de _La Mascota_: - - Me olvidarás, gentil pastor, - con ese traje tan señor. - -Manuel salió de la alcoba y preguntó en la obscuridad: - ---¿Quién es? - -Al mismo tiempo se oyeron voces que salían de todos los cuartos. El -organillo interrumpió el aire de _La Mascota_ para emprender con brío el -himno de Garibaldi. De repente cesaron las notas de la caja de música y -una voz ronca gritó: - ---¡Paco! ¡Paco! - -La patrona se levantó y preguntó quiénes alborotaban así; uno de los que -habían entrado en la casa, con voz aguardentosa, dijo que eran -estudiantes de la casa de huéspedes del piso tercero, que venían del -baile en busca de Paco, uno de los comisionistas. La patrona les dijo -que había un muerto en la casa, y uno de los borrachos, que era -estudiante de Medicina, dijo que deseaba verle. Se le pudo disuadir de -su idea y todos se marcharon. Al otro día se avisó a las hermanas de -Manuel y se enterró a la Petra... - -Al día siguiente del entierro, Manuel salió de la casa de huéspedes y se -despidió de doña Casiana. - ---¿Qué vas a hacer?--le dijo ésta. - ---No sé; ya veremos. - ---Yo no te puedo tener, pero no quiero que pases hambre. Alguna que otra -vez ven por aquí. - -Después de callejear toda la mañana, Manuel se encontró al mediodía en -la ronda de Toledo, recostado en la tapia de las Américas y sin saber -qué hacer. A un lado, sentado también en el suelo, había un chiquillo -astroso, horriblemente feo y chato, con un ojo nublado, los pies -desnudos y un chaquetón roto, por cuyos agujeros se veía la piel negra, -curtida por el sol y la intemperie. Colgando del cuello llevaba un bote -para coger colillas. - -¿Dónde vives tú?--le preguntó Manuel. - ---Yo no tengo padre ni madre--contestó indirectamente el muchacho. - ---¿Cómo te llamas? - ---El _Expósito_. - ---¿Y por qué te llaman _Expósito_? - ---¡Toma! Porque soy inclusero. - ---Y tú ¿no has tenido nunca casa? - ---Yo no. - ---¿Y dónde sueles dormir? - ---Pues en el verano, en las cuevas y en los corrales, y en el invierno, -en las calderas del asfalto. - ---¿Y cuando no hay asfalto? - ---En algún asilo. - ---Pero bueno, ¿qué comes? - ---Lo que me dan. - ---¿Y se vive bien así? - -El inclusero no debió de entender la pregunta o le pareció muy necia, -porque se encogió de hombros. Manuel siguió interrogándole con -curiosidad. - ---¿No tienes frío en los pies? - ---No. - ---¿Y no haces nada? - ---¡Psch...!, lo que se tercia: cojo colillas, vendo arena, y cuando no -gano nada voy al cuartel de María Cristina. - ---¿A qué? - ---Toma, por rancho. - ---¿Y dónde está ese cuartel? - ---Cerca de la estación de Atocha. ¿Qué? ¿También quieres ir tú allí? - ---Sí; también. - ---Pues vamos, no se vaya a pasar la hora del cocido. - -Se levantaron los dos y echaron a andar por las rondas. El _Expósito_ -entró en las tiendas del camino a pedir, y le dieron dos pedazos de pan -y una perra chica. - ---¿Quieres, _ninchi_?--dijo ofreciendo uno de los pedazos a Manuel. - ---Venga. - -Llegaron los dos por la ronda de Atocha frente a la estación del -Mediodía. - ---¿Tú conoces la hora?--preguntó el _Expósito_. - ---Sí, son las once. - ---Entonces aun es temprano para ir al cuartel. - -Frente a la estación, una señora, subida en un coche rojo, peroraba y -ofrecía un ungüento para las heridas y un específico para quitar el -dolor de muelas. - -El _Expósito_, mordiendo el pedazo de pan, interrumpió el discurso de -la señora del coche, gritando irónicamente: - ---¡Deme usted una tajada para que se me quite el dolor de muelas! - ---Y a mí otra--dijo Manuel. - ---El marido de la señora del coche, un viejo con un ranglán muy largo, -que, en el grupo de los oyentes, escuchaba con el mayor respeto lo que -decía su costilla, se indignó y, hablando medio en castellano, dijo: - ---Ahora sí que os van a _dolert_ de _veres_. - ---Este señor ha venido del Archipipi--interrumpió el _Expósito_. - -El señor trató de coger a uno de los chicos. Manuel y el _Expósito_ se -alejaban corriendo, le daban un quiebro al del ranglán y se plantaban -frente a él. - -_Sinvergüenses_--gritaba el señor--os voy a _dart_ una _guantade_, que -_entonses_ si que os van a _dolert_ de _verdat_. - ---Si ya nos duelen--le replicaban ellos. - -El hombre, en el último grado de exasperación, comenzó a perseguir -frenético a los chicos; un grupo de golfos y de vendedores de periódicos -le achucharon irónicamente, y el viejo, sudando, secándose la cara con -el pañuelo, fué en busca de un guardia municipal. - ---¡Golfolaire! ¡Frachute! _¡Méndigo!_--le gritó el _Expósito_. - -Luego, riéndose de la guasa, se acercaron al cuartel y se pusieron a la -cola de una fila de pobres y de vagos que esperaban la comida. Una -vieja, que ya había comido, les prestó una lata para recoger el rancho. - -Comieron, y después, en unión de otros chiquillos andrajosos, subieron -por los altos arenosos del cerrillo de San Blas, a ver desde allá el -ejercicio de los soldados en el paseo de Atocha. - -Manuel se tendió perezosamente al sol; sentía el bienestar de hallarse -libre por completo de preocupaciones, de ver el cielo azul extendiéndose -hasta el infinito. Aquel bienestar le llevó a un sueño profundo. - -Cuando se despertó era ya media tarde; el viento arrastraba nubes -obscuras por el cielo. Manuel se sentó; había un grupo de golfos junto -él, pero entre ellos no estaba el _Expósito_. - -Un nubarrón negro vino avanzando hasta ocultar el sol; poco después -empezó a llover. - ---¿Vamos a la cueva del _Cojo_?--dijo uno de los muchachos. - ---Vamos. - -Echó toda la golfería a correr, y Manuel con ella, en la dirección del -Retiro. Caían las gruesas gotas de lluvia en líneas oblicuas de color de -acero; en el cielo, algunos rayos de sol pasaban brillantes por entre -las violáceas nubes obscuras y alargadas, como grandes peces inmóviles. - -Delante de los golfos, a bastante distancia, corrían dos mujeres y dos -hombres. - -Son la _Rubia_ y la _Chata_, que van con dos paletos--dijo uno. - ---Van a la cueva--añadió otro. - -Llegaron los muchachos a la parte alta del cerrillo; en la entrada de la -cueva, un agujero hecho en la arena; sentado en el suelo, un hombre, a -quien le faltaba una pierna, fumaba en una pipa. - ---Vamos a entrar--advirtió uno de los golfos al _Cojo_. - ---No se puede--replicó él. - ---¿Por qué? - ---Porque no. - ---¡Hombre! Déjenos usted entrar hasta que pase la lluvia. - ---No puede ser. - ---¿Es que están la _Rubia_ y la _Chata_ ahí? - ---A vosotros ¿qué os importa? - ---¿Vamos a darles un susto a esos paletos?--propuso uno de los golfos, -que llevaba largos tufos negros por encima de las orejas. - ---Ven y verás--masculló el _Cojo_, agarrando una piedra. - ---Vamos al Observatorio--dijo otro--. Allá no nos mojaremos. - -Los de la cuadrilla volvieron hacia atrás, saltaron una tapia que les -salió al paso, y se guarecieron en el pórtico del Observatorio, del lado -de Atocha. Venía el viento del Guadarrama, y allá quedaban al socaire. - -La tarde y parte de la noche estuvo lloviendo, y la pasaron hablando de -mujeres, de robos y de crímenes. Dos o tres de aquellos chicos tenían -casa, pero no querían ir. Uno, que se llamaba el _Mariané_, contó una -porción de timos y de estafas notables; algunos, que demostraban un -ingenio y habilidad portentosos, entusiasmaron a la concurrencia. -Agotado este tema, unos cuantos se pusieron a jugar al cané, y el de los -tufos negros, a quien llamaban el _Canco_, cantó por lo bajo canciones -flamencas con voz de mujer. - -De noche, como hacía frío, se tendieron muy juntos en el suelo y -siguieron hablando. A Manuel le chocaba la mala intención de todos; uno -explicó cómo a un viejo de ochenta años, que dormía furtivamente en un -cuchitril formado por cuatro esteras en el lavadero del Manzanares el -Arco Iris, le abrieron una noche que corría un viento helado dos de las -esteras, y al día siguiente lo encontraron muerto de frío; el _Mariané_ -contó que había estado con un primo suyo, que era sargento de -caballería, en una casa pública, y el sargento se montó sobre la espalda -de una mujer desnuda y con las espuelas le desgarró los muslos. - ---Es que para tener contentas a las mujeres no hay como hacerlas -sufrir--terminó diciendo el _Mariané_. - -Manuel oyó esta sentencia asombrado; pensó en aquella costurerita que -iba a casa de la patrona, y después en la Salomé, y en que no le hubiese -gustado hacerse querer de ellas martirizándolas; y barajando estas ideas -quedó dormido. - -Cuando despertó sintió el frío, que le penetraba hasta los huesos. -Alboreaba la mañana, ya no llovía; el cielo, aun obscuro, se llenaba de -nubes negruzcas. Por encima de un seto de evónimos brillaba una -estrella, en medio de la pálida franja del horizonte, y sobre aquella -claridad de ópalo se destacaban entrecruzadas las ramas de los árboles, -todavía sin hojas. - -Se oían silbidos de las locomotoras en la estación próxima; hacia -Carabanchel palidecían las luces de los faroles en el campo obscuro -entrevisto a la vaga luminosidad del día naciente. - -Madrid, plano, blanquecino, bañado por la humedad, brotaba de la noche -con sus tejados, que cortaban en una línea recta el cielo; sus -torrecillas, sus altas chimeneas de fábrica y, en el silencio del -amanecer, el pueblo y el paisaje lejano tenían algo de lo irreal y de lo -inmóvil de una pintura. - -Clareaba más el cielo, azuleando poco a poco. Se destacaban ya de un -modo preciso las casas nuevas, blancas; las medianerías altas de -ladrillo, agujereadas por ventanucos simétricos; los tejados, los -esquinazos, las balaustradas, las torres rojas, recién construídas, los -ejércitos de chimeneas, todo envuelto en la atmósfera húmeda, fría y -triste de la mañana, bajo un cielo bajo de color de cinc. - -Fuera del pueblo, a lo lejos, se extendía la llanura madrileña en suaves -ondulaciones, por donde nadaban las neblinas del amanecer; serpenteaba -el Manzanares, estrecho como un hilo de plata; se acercaba al cerrillo -de los Ángeles, cruzando campos yermos y barriadas humildes, para -curvarse después y perderse en el horizonte gris. Por encima de Madrid, -el Guadarrama aparecía como una alta muralla azul, con las crestas -blanqueadas por la nieve. - -En pleno silencio el esquilón de una iglesia comenzó a sonar alegre, -olvidado en la ciudad dormida. - -Manuel sentía mucho frío y comenzó a pasearse de un lado a otro, -golpeándose con las manos en los hombros y en las piernas. Entretenido -en esta operación, no vió a un hombre de boina, con una linterna en la -mano, que se acercó y le dijo: - ---¿Qué haces ahí? - -Manuel, sin contestar, echó a correr para abajo; poco después comenzaron -a bajar los demás, despertados a puntapiés por el hombre de la boina. - -Al llegar junto al Museo Velasco, el _Mariané_ dijo: - ---Vamos a ver si hacemos la Pascua a ese morral del _Cojo_. - ---Sí; vamos. - -Volvieron a subir por una vereda al sitio en donde habían estado la -tarde anterior. De las cuevas del cerrillo de San Blas salían gateando -algunos golfos miserables que, asustados al oír ruido de voces, y -pensando sin duda en alguna batida de la policía, echaban a correr -desnudos, con los harapos debajo del brazo. - -Se acercaron a la cueva del _Cojo_; el _Mariané_ propuso que en castigo -a no haberles dejado entrar el día anterior, debían hacer un montón de -hierbas en la entrada de la cueva y pegarle fuego. - ---No, hombre, eso es una barbaridad--dijo el _Canco_--. El hombre -alquila su cueva a la _Rubia_ y a la _Chata_, que andan por ahí y tienen -su parroquia en el cuartel, y no puede menos de respetar sus contratos. - ---Pues hay que amolarle--repuso el _Mariané_--. Ya veréis. El muchacho -entró a gatas en la cueva y salió poco después con la pierna de palo del -_Cojo_ en una mano y en la otra un puchero. - ---_¡Cojo! ¡Cojo!_--gritó. - -A los gritos se presentó el lisiado en la boca de la cueva, apoyándose -en las manos, andando a rastras, vociferando y blasfemando con furia. - ---_¡Cojo! ¡Cojo!_--le volvió a gritar el _Mariané_ como quien azuza a un -perro--. ¡Que se te va la pierna! ¡Que se te escapa el _piri_!--y -cogiendo la pata de palo y el puchero los tiró por el desmonte abajo. - -Echaron todos a correr hacia la ronda de Vallecas. Por encima de los -altos y hondonadas del barrio del Pacífico, el disco rojo enorme del sol -brotaba de la tierra y ascendía lento y majestuoso por detrás de unas -casuchas negras. - - - - -CAPÍTULO III - -ENCUENTRO CON ROBERTO.--ROBERTO CUENTA EL ORIGEN DE UNA FORTUNA -FANTÁSTICA. - - -TUVO Manuel que volver a la tahona a pedir trabajo, y allí, gracias a -que Karl le habló al amo, pasó el muchacho algún tiempo substituyendo a -un repartidor. - -Manuel comprendía que aquello no era definitivo, ni llevaba a ninguna -parte; pero no sabía qué hacer, ni qué camino seguir. - -Cuando se quedó sin jornal, mientras no le faltó para comer, en un figón -fué viviendo; llegó un día en que se quedó sin un céntimo y recurrió al -cuartel de María Cristina. - -Dos o tres días aguardaba entre la fila de mendigos a que sacasen el -rancho, cuando vió a Roberto que entraba en el cuartel. Por no perder la -vez no se acercó, pero, después de comer, le esperó hasta que le vió -salir. - ---¡Don Roberto!--gritó Manuel. - -El estudiante se puso muy pálido; luego se tranquilizó al ver a Manuel. - ---¿Qué haces aquí?--dijo. - ---Pues, ya ve usted, aquí vengo a comer; no encuentro trabajo. - ---¡Ah! ¿Vienes a comer aquí? - ---Sí, señor. - ---Pues yo vengo a lo mismo--murmuró Roberto, riéndose. - ---¿Usted? - ---Sí; el destino que tenía me lo quitaron. - ---¿Y qué hace usted ahora? - ---Estoy en un periódico trabajando y esperando a que haya una plaza -vacante. En el cuartel me he hecho amigo de un escultor que viene a -comer también aquí y vivimos los dos en una guardilla. Yo me río de -estas cosas, porque tengo el convencimiento de que he de ser rico, y, -cuando lo sea, recordaré con gusto mis apuros. - ---Ya empieza a desbarrar--pensó Manuel. - ---¿Es que tú no estás convencido de que yo voy a ser rico? - ---Sí; ¡ya lo creo! - ---¿Adónde vas?--preguntó Roberto. - ---A ninguna parte. - ---Pasearemos. - ---Vamos. - -Bajaron a la calle de Alfonso XII y entraron en el Retiro; llegaron -hasta el final del paseo de coches, y allí se sentaron en un banco. - ---Por aquí andaremos nosotros en carruaje cuando yo sea millonario--dijo -Roberto. - ---Usted...; lo que es yo--replicó Manuel. - ---Tú también. ¿Te crees tú que te voy a dejar comer en el cuartel cuando -tenga millones? - ---La verdad es que estará chiflado, pero tiene buen corazón--pensó -Manuel--; luego añadió:--¿Han adelantado mucho sus cosas? - ---No, mucho, no; todavía la cuestión está embrollada; pero ya se -aclarará. - ---¿Sabe usted que el titiritero aquel del fonógrafo--dijo Manuel--vino -con una mujer que se llamaba Rosa? Yo fuí a buscarle a usted para ver si -era la que usted decía. - ---No. Esta que yo buscaba ha muerto - ---¿Entonces el asunto de usted se habrá aclarado? - ---Sí; pero me falta dinero. Don Telmo me prestaba diez mil duros, a -condición de cederle, en el caso de ganar, la mitad de la fortuna al -entrar en posesión de ella, y no he aceptado. - ---Qué disparate. - ---Quería, además, que me casase con su sobrina. - ---¿Y usted no ha querido? - ---No. - ---Pues es guapa. - ---Sí; pero no me gusta. - ---¿Qué? ¿Se acuerda usted todavía de la chica de la Baronesa? - ---¡No me he de acordar! La he visto. Está preciosa. - ---Sí; es bonita. - ---¡Bonita sólo! No blasfemes. Desde que la vi, me he decidido. O va uno -al fondo o arriba. - ---Se expone usted a quedarse sin nada. - ---Ya lo sé; no me importa. O todo o nada. - -Los Hasting han tenido siempre voluntad y decisión para las cosas. El -ejemplo de un pariente mío me alienta. Es un caso de terquedad, -tonificador. Verás. - -Mi tío, el hermano de mi abuelo, estuvo en Londres en una casa de -comercio; supo por un marino que en una isla del Pacífico habían sacado -una vez una caja llena de plata, que suponían sería de un barco que -había salido del Perú para Filipinas. Mi tío logró saber el punto fijo -en donde había naufragado el barco, e, inmediatamente, dejó su empleo y -se fué a Filipinas. Fletó un barquito, llegó al punto señalado, un peñón -del archipiélago de Magallanes, sondaron en distintas partes y no -llegaron a sacar, después de grandes trabajos, mas que unas cuantas -cajas rotas, en donde no quedaban huellas de nada. Cuando los víveres se -acabaron tuvieron que volver, y mi tío llegó sin un cuarto a Manila, y -se metió de empleado en una casa de comercio. Al año de esto, un yanqui -le propuso buscar el tesoro juntos, y mi tío aceptó, con la condición de -que partirían entre los dos las ganancias. En este segundo viaje sacaron -dos cajas pesadísimas y grandes, una llena de lingotes de plata, la otra -con onzas mejicanas. El yanqui y mi tío se repartieron el dinero, y a -cada uno le tocó más de cien mil duros; pero mi tío, que era terco, -volvió al lugar del naufragio, y entonces ya debió de encontrar el -tesoro, porque llegó a Inglaterra con una fortuna colosal. Hoy los -Hasting, que viven en Inglaterra, siguen siendo millonarios. ¿No te -acuerdas de Fanny, la que vino a la taberna de las Injurias con -nosotros? - ---Sí. - ---Pues es de los Hasting ricos de Inglaterra. - ---¿Y usted por qué no les pide algún dinero?--preguntó Manuel. - ---No, nunca, aunque me muriera de hambre, y eso que ellos se han -prestado muchas veces a favorecerme. Antes de venir a Madrid estuve -viajando por casi todas partes del mundo en un yate del hermano de -Fanny. - ---¿Y esa fortuna que usted piensa encontrar está también en alguna -isla?--dijo Manuel. - ---Me parece que eres de los que no tienen fe--contestó Roberto--. Antes -de que cantara el gallo me negarías tres veces. - ---No; yo no conozco sus asuntos; pero si usted me necesitara a mí, yo le -serviría con mucho gusto. - ---Pero dudas de mi estrella, y haces mal; te figuras que estoy chiflado. - ---No, no, señor. - ---¡Bah! Tú te crees que esa fortuna que yo tengo que heredar es una -filfa. - ---Yo no sé. - ---Pues, no; la fortuna existe. ¿Tú te acuerdas una vez que hablaba con -don Telmo delante de ti de cómo había estado en casa de un -encuadernador, y la conversación que tuve con él? - ---Sí, señor; me acuerdo. - -Pues bien; aquella conversación fué para mí la base de las indagaciones -que he hecho después; no te contaré yo cómo he ido recogiendo datos y -más datos, poco a poco, porque esto te resultaría pesado; te mostraré -escuetamente la cuestión. - -Al concluir esto, Roberto se levantó del banco en donde estaban -sentados, y dijo a Manuel: - ---Vamos de aquí. Aquel señor anda rondándonos; trata de oír nuestra -conversación. - -Manuel se levantó convencido de la chifladura de Roberto; pasaron por -delante del Ángel Caído, llegaron cerca del Observatorio Meteorológico, -y de allí salieron a unos cerrillos que están frente al Pacífico y al -barrio de Doña Carlota. - ---Aquí se puede hablar--murmuró Roberto--. Si viene alguno, avísame. - ---No tenga usted cuidado--respondió Manuel. - ---Pues como te decía, esa conversación fué la base de una fortuna que -pronto me pertenecerá; pero mira si será uno torpe y lo mal que se ven -las cosas cuando están al lado de uno. Hasta pasado lo menos un año de -la conversación no empecé yo a hacer gestiones. Las primeras las hice -hace dos años. Un día de Carnaval se me ocurrió la idea. Yo daba -lecciones de inglés y estudiaba en la Universidad; con el poco dinero -que ganaba tenía que enviar parte a mi madre, y parte me servía para -vivir y para las matrículas. Este día de Carnaval, un martes, lo -recuerdo, no tenía mas que tres pesetas en el bolsillo; llevaba tanto -tiempo trabajando sin distraerme un momento, que dije:--Nada, hoy voy a -hacer una calaverada; me voy a disfrazar. Efectivamente, en la calle de -San Marcos alquilé un dominó y un antifaz por tres pesetas, y me eché a -la calle, sin un céntimo en el bolsillo. Comencé a bajar hacia la -Castellana, y al llegar a la Cibeles me pregunté a mí mismo, extrañado: -¿Para qué habré hecho yo la necedad de gastar el poco dinero que tenía -en disfrazarme cuando no conozco a nadie? - -Quise volver hacia arriba a abandonar mi disfraz; pero había tanta -gente, que tuve que seguir con la marea. No sé si te habrás fijado en lo -solo que se encuentra uno esos días de Carnaval entre las oleadas de la -multitud. Esa soledad entre la muchedumbre es mucho mayor que la soledad -en el bosque. Esto me hizo pensar en las mil torpezas que uno comete: en -la esterilidad de mi vida.--Me voy a consumir--me dije--en una actividad -de ratoncillo; voy a terminar en ser un profesor, una especie de -institutriz inglesa. No; eso nunca. Hay que buscar una ocasión y un fin -para emanciparse de esta existencia mezquina, y si no lanzarse a la vida -trágica. Pensé también en que era muy posible que la ocasión hubiese -pasado ante mí sin que yo supiese aprovecharme de ella, y de pronto -recordé la conversación con el encuadernador. Me decidí a enterarme, -hasta ver la cosa claramente, sin esperanza ninguna, sólo como una -gimnasia de la voluntad.--Se necesita más voluntad--me dije--para -vencer los detalles que aparecen a cada instante que no para hacer un -gran sacrificio o para tener un momento de abnegación. Los momentos -sublimes, los actos heroicos, son más bien actos de exaltación de la -inteligencia que de voluntad; yo me he sentido siempre capaz de hacer -una gran cosa, de tomar una trinchera, de defender una barricada, de ir -al Polo Norte; pero ¿sería capaz de llevar a cabo una obra diaria, de -pequeñas molestias y de fastidios cotidianos? Sí, me dije a mí mismo, y -decidido me metí entre las máscaras, y volví a Madrid mientras los demás -alborotaban. - ---¿Y desde entonces trabajó usted? - ---Desde entonces, con una constancia rabiosa. El encuadernador no quería -darme ningún dato; me instalé en la Casa de Canónigos, pedí el libro de -Turnos, y allí un día y otro estuve revisando listas y listas, hasta que -encontré la fecha del proceso; de aquí me fuí a las Salesas, di con el -archivo, y un mes entero pasé allá en una guardilla abriendo legajos, -hasta que pude ver los autos. Luego tuve que sacar fes de bautismo, -buscar recomendaciones para un obispo, andar, correr, intrigar, ir de un -lado a otro, hasta que la cuestión comenzó a aclararse, y con mis -documentos en regla hice mi reclamación en Londres. He plantado durante -estos dos años los cimientos para levantar la torre a la que he de -subir. - ---¿Y está usted seguro que los cimientos son sólidos? - ---¡Oh, son los hechos! Aquí están--y Roberto sacó un papel doblado del -bolsillo--. Es el árbol genealógico de mi familia. Este círculo rojo es -don Fermín Núñez de Letona, cura de Labraz, que va a Venezuela, a fines -del siglo XVIII. Hace, no se sabe cómo, una inmensa fortuna, y vuelve a -España en la época de Trafalgar. En la travesía, un barco inglés aborda -al español en donde viene el cura, y a éste y a los demás pasajeros los -apresan y los llevan a Inglaterra. Don Fermín reclama su fortuna al -Gobierno inglés, se la devuelven, y la coloca en el Banco de Londres, y -viene a España en la época de la guerra de la Independencia. Como en -aquellos tiempos el dinero no estaba muy seguro en España, don Fermín -deja su fortuna en el Banco de Londres, y una de las veces que trata de -retirar una cantidad grande para comprar propiedades, va a Inglaterra -con la sobrina de un primo suyo y único pariente, llamado Juan Antonio. -Esta sobrina--y Roberto señaló un círculo en el papel--se casa con un -señorito irlandés, Bandon, y muere a los tres años de casada. El cura -don Fermín decide volver a España, y manda girar su fortuna al Banco de -San Fernando, y antes de que se haga el giro don Fermín muere. Bandon, -el irlandés, presenta un testamento en que el cura deja como heredera -universal a su sobrina, y además prueba que tuvo un hijo de su mujer, -que murió después de bautizado. El primo de don Fermín, Juan Antonio, el -de Labraz, le pone pleito a Bandon, y el pleito dura cerca de veinte -años, y muere Juan Antonio, y el irlandés puede recoger una parte de la -herencia. - -La otra hija de Juan Antonio se casa con un primo suyo, comerciante de -Haro, y tiene tres hijos, dos varones y una hembra. Esta se mete monja, -uno de los varones muere en la guerra carlista y el otro entra en un -comercio y se va a América. - -Este, Juan Manuel Núñez, hace una fortuna regular, se casa con una -criolla y tiene dos hijas: Augusta y Margarita. Augusta, la menor, se -casa con mi padre, Ricardo Hasting, que era un calavera que se escapó -de su casa, y Margarita, con un militar, el coronel Buenavida. Vienen -todos a España en muy buena posición, mi padre se mete en negocios -ruinosos, y ya arruinado, no sé por dónde averigua que la fortuna del -cura Núñez de Letona está a disposición de los herederos; va a -Inglaterra, hace su reclamación, le exigen documentos, saca las fes de -bautismo de los antepasados de su mujer y se encuentra con que la -partida de nacimiento del cura don Fermín no se encuentra por ningún -lado. De pronto, mi padre deja de escribir y pasan años y años, y al -cabo de más de diez recibimos una carta participándonos que ha muerto en -Australia. - -Margarita, la hermana de mi madre, queda viuda con una hija, se vuelve a -casar, y el segundo marido resulta un bribón de marca mayor, que la deja -sin un céntimo. La hija del primer matrimonio, Rosa, sin poder sufrir al -padrastro, se escapa de casa con un cómico, y no sabe más de ella. - -Si has seguido--añadió Roberto--mis explicaciones, habrás visto que no -quedan más parientes de don Fermín Núñez de Letona que mis hermanas y -yo, porque la hija de Margarita, Rosa Núñez, ha muerto. - -Ahora, la cuestión está en probar este parentesco, y ese parentesco está -probado; tengo las partidas de bautismo que acreditan que descendemos en -línea directa de Juan Antonio, el hermano de Fermín. Pero ¿por qué no -aparece el nombre de Fermín Núñez de Letona en el libro parroquial de -Labraz? Eso es lo que a mí me preocupó y eso es lo que he resuelto. -Bandon el irlandés, cuando murió su contrincante Juan Antonio, envió a -España un agente llamado Shaphter, y éste hizo desaparecer la fe de -bautismo de don Fermín. ¿Cómo? Aun no lo sé. Mientras tanto, yo sigo en -Londres la reclamación, sólo para mantener la causa en estado de -litigio, y los Hasting son los que llevan el proceso. - ---¿Y a cuánto asciende esa fortuna?--preguntó Manuel. - ---Entre el capital y los intereses, a un millón de libras esterlinas. - ---¿Y es mucho eso? - ---Sin el cambio, unos cien millones de reales; con el cambio, ciento -treinta. - -Manuel se echó a reír. - ---¿Para usted solo? - ---Para mí y para mis hermanas. Figúrate tú, cuando yo coja esa cantidad, -lo que van a ser para mí estos cochecitos y estas cosas. Nada. - ---Y ahora, mientras tanto, no tiene usted una perra. - ---Así es la vida, hay que esperar, no hay más remedio. Ahora que nadie -me cree, gozo yo más con el reconocimiento de mi fuerza que gozaré -después con el éxito. He construído una montaña entera; una niebla -profunda impide verla; mañana se desgarrará la niebla y el monte -aparecerá erguido, con las cumbres cubiertas de nieve. - -Manuel encontraba necio estar hablando de tanta grandeza cuando ni uno -ni otro tenían para comer, y, pretextando una ocupación, se despidió de -Roberto. - - - - -CAPÍTULO IV - -DOLORES LA «ESCANDALOSA».--LAS ENGAÑIFAS DEL «PASTIRI».--DULCE -SALVAJISMO.--UN MODESTO ROBO EN DESPOBLADO. - - -DESPUÉS de una semana pasada al sereno, un día Manuel se decidió a -reunirse con Vidal y el _Bizco_ y a lanzarse a la vida maleante. - -Preguntó por sus amigos en los ventorros de la carretera de Andalucía, -en la Llorosa, en las Injurias, y un compinche del _Bizco_, que se -llamaba el _Chungui_, le dijo que el _Bizco_ paraba en las Cambroneras, -en casa de una mujer ladrona de fama, conocida por Dolores la -_Escandalosa_. - -Fué Manuel a las Cambroneras, preguntó por la Dolores y le indicaron una -puerta en un patio habitado por gitanos. - -Llamó Manuel, pero la Dolores no quiso abrir la puerta; luego, con las -explicaciones que le dió el muchacho, le dejó entrar. - -La casa de la _Escandalosa_ consistía en un cuarto de unos tres metros -en cuadro; en el fondo se veía una cama, donde dormía vestido el -_Bizco_; a un lado, una especie de hornacina con su chimenea y un fogón -pequeño. Además, ocupaban el cuarto una mesa, un baúl, un vasar blanco -con platos y pucheros de barro y una palomilla de pino con un quinqué de -petróleo encima. - -La Dolores era una mujer de cincuenta años próximamente; vestía traje -negro, un pañuelo rojo atado como una venda a la frente, y otro, de -color obscuro, por encima. - -Llamó Manuel al _Bizco_, y, cuando éste se despertó, le preguntó por -Vidal. - ---Ahora vendrá--dijo el _Bizco_; luego, dirigiéndose a la vieja, -gritó--: Tráeme las botas, tú. - -La Dolores no hizo pronto el mandado, y el _Bizco_, por alarde, para -demostrar el dominio que tenía sobre ella, le dió una bofetada. - -La mujer no chistó; Manuel miró al _Bizco_ fríamente, con disgusto; el -otro desvió la vista de un modo huraño. - ---¿Quieres almorzar?--le preguntó el _Bizco_ a Manuel cuando se hubo -levantado. - ---Si das algo bueno... - -La Dolores sacó la sartén del fuego llena de pedazos de carne y de -patatas. - ---No os tratáis poco bien--murmuró Manuel, a quien el hambre hacía -profundamente cínico. - ---Nos dan fiado en la casquería--dijo la Dolores, para explicar la -abundancia de carne. - ---¡Si tú y yo no afanáramos por ahí--saltó el _Bizco_, dirigiéndose a la -vieja--, lo que comiéramos nosotros! - -La mujer sonrió modestamente. Acabaron con el almuerzo, y la Dolores -sacó una botella de vino. - ---Esta mujer--dijo el _Bizco_--, ahí donde la ves, no hay otra como -ella. Enséñale lo que tenemos en el rincón. - ---Ahora, no, hombre. - ---¿Por qué no? - ---¿Si viene alguno? - ---Echo el cerrojo. - ---Bueno. - -Cerró la puerta el _Bizco_, la Dolores empujó la cama al centro del -cuarto, se acercó a la pared, despegó un trozo de tela rebozado de cal, -de una vara en cuadro, y apareció un boquete lleno de cintas, cordones, -puntillas y otros objetos de pasamanería. - ---¿Eh?--dijo el _Bizco_--; pues todo esto lo ha afanado ella. - ---Aquí debéis tener mucho dinero. - ---Sí; algo hay--contestó la Dolores--. Luego, dejó caer el trozo de tela -que tapaba la excavación de la pared, lo sujetó y colocó delante la -cama. El _Bizco_ descorrió el cerrojo. Al poco rato llamaban en la -puerta. - ---Debe ser Vidal--dijo el _Bizco_, y añadió en voz baja, dirigiéndose a -Manuel--: Oye, tú, a éste no le digas nada. - -Entró Vidal con su aire desenvuelto, celebró la llegada de Manuel, y los -tres camaradas salieron a la calle. - ---¿Vais a barbear por ahí?--preguntó la vieja. - ---Sí. - ---A ver si no vienes tarde, ¿eh?--añadió la Dolores, dirigiéndose al -_Bizco_. - -Este no se dignó contestar a la recomendación. - -Salieron los tres a la glorieta del puente de Toledo; allí cerca tomaron -una copa, en el cajón del _Garatusa_, un licenciado de presidio, -protector de descuideros, no sin interés y su cuenta, y luego, por el -paseo de los Ocho Hilos, salieron a la ronda de Toledo. - -Como domingo, los alrededores del Rastro rebosaban gente. - -A lo largo de la tapia de las grandiosas Américas, en el espacio -comprendido entre el Matadero y la Escuela de Veterinaria, una larga -fila de vendedores ambulantes establecía sus reales. - -Había algunos de éstos con trazas de mendigos, inmóviles, somnolientos, -apoyados en la pared, contemplando con indiferencia sus géneros: cuadros -viejos, cromos nuevos, libros, cosas inútiles, desportilladas, sucias, -convencidos de que nadie mercaría lo que ellos mostraban al público. -Otros gesticulaban, discutían con los compradores; algunas viejas -horribles y atezadas, con sombreros de paja grandes en la cabeza, las -manos negras, los brazos en jarra, la desvergüenza pronta a surgir del -labio, chillaban como cotorras. - -Las gitanas de trajes abigarrados peinaban al sol a las gitanillas -morenuchas y a los _churumbeles_ de pelo negro y ojos grandes; una -porción de vagos discurría gravemente; pordioseros envueltos en harapos, -lisiados, lacrosos, clamaban, cantaban, se lamentaban, y el público -dominguero, buscador de gangas, iba y venía, deteniéndose en este -puesto, preguntando, husmeando, y la gente pasaba, con el rostro -inyectado por el calor del sol, un sol de primavera que cegaba al -reflejar la blancura de creta de la tierra polvorienta, y brillaba y -centelleaba con reflejos mil en los espejos rotos y en los cachivaches -de metal, tirados y amontonados en el suelo. Y para aumentar aquella -baraúnda turbadora de voces y de gritos, dos organillos llenaban el aire -con el campanilleo alegre de sus notas, mezcladas y entrecruzadas. - -Manuel, el _Bizco_ y Vidal subieron a la cabecera del Rastro y volvieron -a bajar. En la puerta de las Américas se encontraron con el _Pastiri_, -que andaba husmeando por allí. - -Al ver a Manuel y a los otros dos, el de las tres cartas se les acercó y -les dijo: - ---¿Vamos a tomar unas tintas? - ---Vamos. - -Entraron en una tasca de la Ronda. El _Pastiri_ aquel día estaba solo, -porque su compañero se había marchado a El Escorial, y como no tenía -quien le hiciera el paripé en el juego, no sacaba una perra. Si ellos -tomaban el papel de ganchos, para decidir a los curiosos a jugar, les -daría una parte en las ganancias. - ---Pregúntale cuánto--dijo el _Bizco_ a Vidal. - ---No seas tonto. - -El _Pastiri_ explicó la cosa para que la entendiera el _Bizco_; la -cuestión era apostar y decir en voz alta que ganaban, que él se -encargaría de meter en ganas de jugar a los espectadores. - ---Ya, ya sabemos lo que hay que hacer--dijo Vidal. - ---¿Y aceptáis la _combi_? - ---Sí, hombre. - -Repartió el _Pastiri_ tres pesetas por barba, y salieron los cuatro de -la taberna, atravesaron la Ronda y se metieron en el Rastro. - -A veces se paraba el _Pastiri_, creyendo tener algún tonto a la vista; -el _Bizco_ o Manuel apuntaban; pero el que parecía tonto sonreía al -notar la celada, o pasaba indiferente, acostumbrado a presenciar aquella -clase de timos. - -De pronto vió venir el _Pastiri_ un grupo de paletos con sombrero ancho -y calzón corto. - ---_Aluspiar_, que ahí vienen unos pardillos, y puede caer algo--dijo, y -se plantó delante de los paletos con su tablita y sus cartas, y comenzó -el juego. - -El _Bizco_ apuntó dos pesetas y ganó; Manuel hizo lo mismo, y ganó -también. - ---Este hombre es un primo--dijo Vidal, en voz alta, y dirigiéndose al -grupo de los campesinos--. Pero ¿han visto ustedes el dinero que está -perdiendo?--añadió--. Aquel militar le ha ganado seis duros. - -Uno de los paletos se acercó al oír esto, y viendo que Manuel y el -_Bizco_ ganaban, apostó una peseta y ganó. Los compañeros del paleto le -aconsejaron que se retirara con su ganancia; pero la codicia pudo más en -él, y, volviendo, apostó dos pesetas y las perdió. - -Vidal puso entonces un duro. - ---Un machacante--dijo, dando con la moneda en el suelo--. Acertó la -carta y ganó. - -El _Pastiri_ hizo un gesto de fastidio. - -Apostó el paleto otro duro y lo perdió; miró angustiado a sus paisanos, -sacó otro duro y lo volvió a perder. - -En aquel momento se acercó un guardia y se disolvió el grupo; al ver el -movimiento de fuga del _Pastiri_, el paleto quiso sujetarle, agarrándole -de la americana; pero el hombre dió un tirón y se escabulló por entre la -gente. - -Manuel, Vidal y el _Bizco_ salieron por la plaza del Rastro a la calle -de Embajadores. - -El _Bizco_ tenía cuatro pesetas, Manuel seis y Vidal catorce. - ---¿Y qué le vamos a devolver a ése?--preguntó el _Bizco_. - ---¿Devolver? Nada--contestó Vidal. - ---Le vamos a _apandar_ la ganancia del año--dijo Manuel. - ---Bueno; que lo maten--replicó Vidal--. _Pa_ chasco que nos fuéramos -nosotros de rositas. - -Era hora de almorzar, discutieron adónde irían, y Vidal dispuso que ya -que se encontraban en la calle de Embajadores, la Sociedad de los Tres -en pleno siguiera hacia abajo hasta el merendero de la Manigua. - -Se tuvo en cuenta la indicación, y los socios pasaron toda la tarde del -domingo hechos unos príncipes; Vidal estuvo espléndido, gastando el -dinero del _Pastiri_, convidando a unas chicas y bailando a lo chulo. - -A Manuel no le pareció tan mal el comienzo de la vida de golfería. De -noche, los tres socios, un poco cargados de vino, subieron por la calle -de Embajadores, tomando después por la vía de circunvalación. - ---¿Adónde iré yo a dormir?--preguntó Manuel. - ---Ven a mi casa--le contestó Vidal. - -Al acercarse a Casa Blanca, se separó el _Bizco_. - ---Gracias a Dios que se va ese tío--murmuró Vidal. - ---¿Estás reñido con él? - ---Es un tío bestia. Vive con la _Escandalosa_, que es una vieja zorra; -es verdad que tiene lo menos sesenta años y gasta lo que roba con sus -queridos; pero bueno, le alimenta y él debía considerarla; pues nada, -anda siempre con ella a puntapiés y a puñetazos y la pincha con el -puñal, y hasta una vez ha calentado un hierro y la ha querido quemar. -Bueno que la quite el dinero; pero eso de quemarla, ¿para qué? - -Llegaron a Casa Blanca, que era como una aldea pobre, de una calle sola; -Vidal abrió con su llave una puerta, encendió un fósforo y subieron los -dos a un cuarto estrecho con un colchón puesto sobre los ladrillos. - ---Te tendrás que echar en el suelo--dijo Vidal--. Esta cama es la de mi -chica. - ---Bueno. - ---Toma esto para la cabeza--y le arrojó una falda de mujer arrebuñada. - -Manuel apoyó allí la cabeza y quedó dormido. Se despertó a la madrugada. -Se incorporó y se sentó en el suelo sin darse cuenta de dónde podía -encontrarse. Entraba pálida claridad de un ventanuco. Vidal, tendido en -el colchón, roncaba: a su lado dormía una muchacha, respirando con la -boca abierta; grandes chafarrinones de pintura le surcaban las mejillas. - -Manuel sentía el malestar de haber bebido demasiado el día anterior y un -profundo abatimiento. Pensó seriamente en su vida: - ---Yo no sirvo para esto--se dijo--; ni soy un salvaje como el _Bizco_, -ni un desahogado como Vidal. ¿Y qué hacer? - -Ideó mil cosas, la mayoría irrealizables; imaginó proyectos complicados. -En el interior luchaban obscuramente la tendencia de su madre, de -respeto a todo lo establecido, con su instinto antisocial de vagabundo, -aumentado por su clase de vida. - ---Vidal y el _Bizco_--se dijo--son más afortunados que yo; no tienen -vacilaciones ni reparos; se han lanzado... - -Pensó que al final podían encontrar el palo o el presidio; pero mientras -tanto no sufrían; el uno por bestialidad, el otro por pereza, se -abandonaban con tranquilidad a la corriente... - - * * * * * - -A pesar de sus escrúpulos y remordimientos, el verano lo pasó Manuel -protegido por el _Bizco_ y Vidal, viviendo en Casa Blanca con su primo y -la querida de éste, una muchachuela vendedora de periódicos y buscona al -mismo tiempo. - -La Sociedad de los Tres funcionó por las afueras y las Ventas, la -Prosperidad y el barrio de Doña Carlota, el puente de Vallecas y los -Cuatro Caminos; y si la existencia de esa Sociedad no llegó a -sospecharse ni a pasar a los anales del crimen, fué porque sus fechorías -se redujeron a modestos robos de los llamados por los profesionales al -descuido. - -No se contentaban los tres socios con espigar en las afueras de Madrid: -extendían su radio de acción a los pueblos próximos y a todos los sitios -en general en donde se reuniera alguna gente. - -Los mercados y las plazuelas eran lugares de prueba, porque el -_descuido_ podía ser de mayor cantidad, pero, en cambio, la policía -andaba ojo avizor. - -En general, los puntos más explotados por ellos eran los lavaderos. - -Vidal, con su genuina listeza, convenció al _Bizco_ de que él era quien -poseía más condiciones para el afano; el otro, por vanidad, se lanzaba -siempre a lo más peligroso, el coger la prenda, mientras Vidal y Manuel -estaban a la husma. - -Solía decir Vidal a Manuel, en el momento mismo del robo, cuando el -_Bizco_ se guardaba debajo de la chaqueta la sábana o la camisa: - ---Si viene alguno no hagas una seña ni nada. Que lo cojan; nosotros -callados, hechos unos _púas_, sin movernos; nos preguntan algo, nosotros -no sabemos nada, ¿eh? - ---Convenido. - -Sábanas, camisas, mantas y otra porción de ropas robadas por ellos las -pulían en la ropavejería de la Ribera de Curtidores, adonde solía ir de -visita don Telmo. El amo, encargado o lo que fuese, de la tienda, -compraba todo lo que le llevaban los randas, a bajo precio. - -Vigilaba esta ropavejería de peristas, de las asechanzas de algún -polizonte torpe (los listos no se ocupaban de estas cosas), un hombre a -quien llamaban el _Tío Pérquique_. Este hombre se pasaba la vida -paseándose por delante del establecimiento. Para disimular la guardia -vendía cordones para las botas y géneros de saldo que le entregaban en -la ropavejería. - -En la primavera este hombre se ponía un gorro blanco de cocinero y -pregonaba unos pastelillos con una palabra que apenas pronunciaba y que -se entretenía en cambiar constantemente. Unas veces la palabra parecía -ser ¡Pérquique! ¡Pérquique!; pero inmediatamente cambiaba el sonido, se -transformaba en ¡Pérqueque! o en ¡Párquique!, y estas evoluciones -fonéticas se alargaban hasta el infinito. - -El origen de esta palabra Pérquique, que no se encuentra en el -diccionario, era el siguiente: Los pastelillos rellenos de crema que -vendía el del gorro blanco los daba al precio de cinco céntimos y los -voceaba: ¡A perra chica! ¡A perra chica! De vocearlos perezosamente -suprimió la A primera y convirtió en e las otras dos, transformando su -grito en ¡Perre chique! ¡Perre chique! Después Perre chique se convirtió -en Pérquique. - -El guardián de la ropavejería, hombre de carácter jovial, tenía la -especialidad en los pregones, los matizaba artísticamente; iba de las -notas agudas a las más graves, o al contrario. Comenzaba, por ejemplo, -en un tono muy alto, gritando: - ---¡Miren, a real! ¡Miren, a real! ¡Calcetines y medias a real! ¡Miren, a -real!--Luego bajaba el diapasón, y decía gravemente--: ¡Chalequito de -Bayona muy bonito!--Y, por último, en voz de bajo profundo, añadía--: ¡A -cuatro perra _orda_! - -El _Tío Pérquique_ conocía la Sociedad de los Tres, y daba al _Bizco_ y -a Vidal algunos consejos. - -Más seguro y mucho más productivo que el trato con los peristas de la -ropavejería era el procedimiento de Dolores la _Escandalosa_, la cual -vendía las cintas y encajes robados por ella a buhoneros que pagaban -bien; pero los socios de la Sociedad de los Tres querían cobrar sus -dividendos pronto. - -Hecha la venta se iban los tres a una taberna del final del paseo de -Embajadores, esquina al de las Delicias, que llamaban del Pico del -Pañuelo. - -Tenían los socios especial cuidado de no robar en el mismo sitio y de no -presentarse juntos por aquellos parajes de donde había temor de una -vigilancia molesta. - -Algunos días, muy pocos, que la rapiña no dió resultado, se vieron los -tres socios obligados a trabajar en el Campillo del Mundo Nuevo, -esparciendo montones de lana y recogiéndola, después de aireada y seca, -con unos rastrillos. - -Otro de los medios de subsistencia de la Sociedad era la caza del gato. -El _Bizco_, que no atesoraba ningún talento, su cabeza, según frase de -Vidal, era un melón salado, poseía, en cambio, uno grandísimo para coger -gatos. Con un saco y una vara se las arreglaba admirablemente. Bicho que -veía, a los pocos instantes había caído. - -Los socios no distinguían de gato flaco o tísico, ni de gata embarazada; -todos los que caían se devoraban con idéntico apetito. Se vendían las -pieles en el Rastro; el tabernero del Pico del Pañuelo fiaba el vino y -el pan, cuando no había fondos con qué pagarlos, y la Sociedad se -entregaba al sardanapalesco festín... - -Una tarde de agosto, Vidal, que había estado merendando en las Ventas -con su prójima el día anterior, expuso ante sus socios y compañeros el -proyecto de asaltar una casa abandonada del camino del Este. - -Se discutió el proyecto con seriedad, y al día siguiente, por la tarde, -fueron los tres a estudiar el terreno. - -Era domingo; había novillos en la plaza; pasaban por la calle de Alcalá -ómnibus y tranvías llenos de bote en bote, manuelas ocupadas por -mujeronas con mantones de Manila y hombres de aspecto rufianesco. - -En los alrededores de la plaza el gentío se amontonaba; de los tranvías -bajaban grupos de gente que corrían hacia la puerta; los revendedores se -abalanzaban sobre ellos voceando; brillaban entre la masa negra de la -multitud los cascos de los guardias a caballo. Del interior de la plaza -salía un vago rumor, como el de la marea. - -Vidal el _Bizco_ y Manuel, lamentándose de no poder entrar allí, -siguieron adelante, pasaron las Ventas y tomaron el camino de Vicálvaro. -El viento sur, cálido, ardoroso, blanqueaba de polvo el campo; por la -carretera pasaban y se cruzaban coches de muerto blancos y negros, de -hombres y de niños, seguidos de tartanas llenas de gente. - -Vidal mostró la casa: hallábase a un lado del camino; parecía -abandonada; por delante la rodeaba un jardín con su verja; por la parte -de atrás se extendía un huerto plantado de arbolillos sin hojas, con un -molino para sacar agua. La tapia del huerto, baja, podía escalarse con -relativa facilidad; ningún peligro amenazaba; ni vecinos curiosos ni -perros; la casa más próxima, un taller de marmolista, distaba más de -trescientos metros. - -Desde las cercanías de la casa se divisaba el cementerio del Este, -rodeado de campos áridos amarillos y lomas yermas; en dirección -contraria se presentaba la Plaza de Toros, con su bandera flameante, y -las primeras casas de Madrid; el camino del camposanto se tendía, -polvoriento, por entre hondonadas y taludes verdes, por entre tejares -abandonados y lomas con las entrañas de ocre rojo al descubierto. - -Cuando examinaron bien las condiciones de la casa, volvieron los tres a -las Ventas. De noche, se hallaban dispuestos a regresar a Madrid; pero -Vidal aconsejó el quedarse allá para dar el golpe al amanecer del día -siguiente. Decidieron esto, y se tendieron en un tejar, en el callejón -constituído por dos murallas de ladrillos apilados. - -El viento, frío, sopló durante toda la noche con violencia. El primero -que se despertó fué Manuel, y llamó a los otros dos. Salieron del -callejón formado por los dos muros de ladrillo. Aun era de noche; un -trozo de luna asomaba de vez en cuando en el cielo por entre las nubes -obscuras; a veces se ocultaba, a veces parecía descansar en el seno de -uno de aquellos nubarrones, a los cuales plateaba débilmente. - -A lo lejos, sobre Madrid, se cernía una gran claridad, irradiada de las -luces del pueblo; en el camposanto blanqueaban algunas lápidas -pálidamente. - -El alba teñía con su claridad melancólica el cielo, cuando los tres -socios se acercaron a la casa. - -A Manuel le palpitaba el corazón con fuerza. - ---¡Ah! Una advertencia--dijo Vidal--: Si por casualidad nos pescaran, no -hay que echar a correr, sino quedarse dentro de la casa. - -El _Bizco_ se echó a reír; Manuel, que comprendía que su primo no -hablaba por hablar, preguntó: - ---¿Y por qué? - ---Porque si nos pescan en la casa es un robo frustrado, y tiene poco -castigo; en cambio, si nos cogieran huyendo, sería un robo consumado, lo -que tiene mucha pena. Esto me lo dijeron ayer. - ---Pues yo escapo si puedo--dijo el _Bizco_. - ---Haz lo que quieras. - -Saltaron la cerca de la casa; Vidal quedó a caballo encima, agachado, -espiando, por si venía alguno. Manuel y el _Bizco_, a horcajadas, se -acercaron a la casa y, afianzando el pie en el tejadillo de un -cobertizo, bajaron a una terraza con un emparrado un tanto más alto que -la huerta. - -A esta galería daban la puerta trasera y los balcones del piso bajo de -la casa; pero estaban una y otros tan bien cerrados, que era imposible -abrirlos. - ---¿No se puede?--preguntó Vidal desde arriba. - ---No. - ---Ahí va mi navaja--y Vidal la tiró a la galería. - -Manuel intentó con la navaja abrir los balcones; pero no había medio; el -_Bizco_ se puso a empujar con el hombro la puerta, cedió algo, dejando -un resquicio, y entonces Manuel introdujo por allí la hoja del cuchillo, -e hizo correr la lengüeta de la cerradura hasta conseguir abrir la -puerta. Al momento entraron el _Bizco_ y Manuel. - -El piso bajo de la casa constaba de un vestíbulo, desde donde comenzaba -la escalera de un corredor, y de dos gabinetes con balcón al huerto. - -La primera idea de Manuel fué salir al vestíbulo y echar el cerrojo a la -puerta que daba a la carretera. - ---Ahora--le dijo al _Bizco_, que quedó admirado de aquel rasgo de -prudencia--vamos a ver qué hay aquí. - -Se pusieron a registrar la casa con tranquilidad, sin apurarse; no había -nada que valiera tres ochavos. Estaban forzando el armario del comedor, -cuando, de pronto, oyeron muy cerca los ladridos de un perro, y salieron -asustados a la galería. - ---¿Qué hay?--preguntaron a Vidal. - ---Un condenado perro que se ha puesto a ladrar y va a llamar la atención -de alguno. - ---Tírale una piedra. - ---¿De dónde? - ---Asústale. - ---Ladra más. - ---Baja aquí, si no te van a ver. - ---Vidal saltó al huerto. El perro, que debía ser un perro moral, -defensor de la propiedad, siguió ladrando fuerte. - ---Pero ¡leñe!--dijo Vidal a sus amigos--, ¿no habéis concluído? - ---¡Si no hay nada! - -Entraron los tres llenos de miedo, atortolados, cogieron una servilleta -y metieron dentro lo que encontraron a mano, un reloj de cobre, un -candelero de metal blanco, un timbre eléctrico roto, un barómetro de -mercurio, un imán y un cañón de juguete. - -Vidal se subió a la tapia con el lío. - ---Ahí está--dijo asustado. - ---¿Quién? - ---El perro. - ---Yo bajaré primero--murmuró Manuel--y se puso la navaja en los dientes -y se dejó caer. El perro, en vez de acercarse, se alejó un poco; pero -siguió ladrando. - -Vidal no se atrevía a saltar la tapia con el lío en la mano y lo echó -con cuidado sobre unas matas; en la caída no se rompió mas que el -barómetro, lo demás estaba roto. Saltaron la tapia el _Bizco_ y Vidal, y -los tres socios echaron a correr a campo traviesa, perseguidos por el -perro defensor de la propiedad, que ladraba tras de ellos. - ---¡Qué brutos somos!--exclamó Vidal deteniéndose--. Si nos ve un guardia -correr así nos coge. - ---Y si pasamos por el fielato reconocerán lo que llevamos en el lío y -nos detendrán--añadió Manuel. - -La Sociedad se detuvo a deliberar y a tomar acuerdos. Se dejó el botín -al pie de una tapia. Se tendieron en el suelo. - ---Por aquí--dijo Vidal--pasan muchos traperos y basureros a La Elipa. Al -primero que veamos le ofrecemos esto. - ---Si nos diese tres duros--murmuró el _Bizco_. - ---Sí, hombre. - -Esperaron un rato y no tardó en pasar un trapero con un saco vacío en -dirección a Madrid. Le llamó Vidal y le propuso la venta. - ---¿Cuánto nos da usted por estas cosas? - -El trapero miró y remiró lo que había en el lío, y después en tono de -chunga y manera de hablar achulapada preguntó: - ---¿Dónde habéis _robao_ eso? - -Protestaron los tres socios, pero el trapero no hizo caso de sus -protestas. - ---No os puedo dar por _to_ más que tres pesetas. - ---No--contestó Vidal--; para eso nos llevamos el lío. - ---Bueno. Al primer guardia que encuentre le daré vuestras señas y le -diré que _sus_ lleváis unas cosas _robás_. - ---Vengan las tres pesetas--dijo Vidal--; tome _usté_ el lío. - -Tomó Vidal el dinero, y el trapero, riéndose, el envoltorio. - ---Cuando veamos al primer guardia le diremos que lleva usted unas cosas -_robás_--le gritó Vidal al trapero--. Alteróse éste y empezó a correr -detrás de los tres. - ---_¡Esperaisos! ¡Esperaisos!_--gritaba. - ---¿Qué quiere _usté_? - ---Dame mis tres pesetas y toma el lío. - ---No; denos _usté_ un duro y no decimos nada. - ---Un tiro. - ---Denos _usté_ aunque no sea mas que dos pesetas. - ---Ahí tienes una, bribón. - -Cogió Vidal la moneda que tiró el trapero, y como no las tenían todas -consigo, fueron andando de prisa. Cuando llegaron a la casa de la -Dolores, en las Cambroneras, estaban rendidos, nadando en sudor. - -Mandaron traer un frasco de vino de la taberna. - ---Menuda chapuza hemos hecho, ¡moler!--dijo Vidal. - -Después de pagado el frasco les quedaban diez reales; repartidos entre -los tres les tocaron a ochenta céntimos cada uno. Vidal resumió la -jornada diciendo que robar en despoblado tenía todos los inconvenientes -y ninguna de las ventajas, pues, además de exponerse a ir a presidio -para casi toda la vida y a recibir una paliza y a ser mordido por un -perro moral, corría uno el riesgo de ser miserablemente engañado. - - - - -CAPÍTULO V - -VESTALES DEL ARROYO.--LOS TROGLODITAS. - - -NADA. Tenemos que separarnos de ese bruto de _Bizco_. Cada vez le tengo -más odio y más asco. - ---¿Por qué? - ---Porque es un bestia. Que se vaya con esa vieja zorra de la Dolores. -Nosotros, tú y yo, vamos a ir al teatro todas las noches. - ---¿Cómo? - ---Con la _clac_. No tenemos que pagar; lo único que hay que hacer es -aplaudir cuando nos den la señal. - -La condición le pareció a Manuel tan fácil de cumplir, que le preguntó a -su primo: - ---Pero oye, ¿cómo no va todo el mundo así? - ---Todos no conocen como yo al jefe de la _clac_. - -Fueron, efectivamente, al teatro de Apolo. Manuel los primeros días no -hizo mas que pensar en las funciones y en las actrices. Vidal, con la -superioridad que tenía para todo, aprendió las canciones en seguida; -Manuel, en secreto, le envidiaba. - -En los entreactos iban los de la _clac_ a una taberna de la calle del -Barquillo, y algunas veces a otra de la plaza del Rey. En esta última -abundaban los alabarderos del circo de Price. - -Casi todos los que formaban la legión de aplaudidores contaban pocos -años; algunos, en corto número, trabajaban en algún taller; la mayoría, -golfos y organilleros, terminaban después en comparsas, coristas o -revendedores. - -Había entre ellos tipos afeminados, afeitados, con cara de mujer y voz -aguda. - -A la puerta del teatro conocieron Vidal y Manuel una cuadrilla de -muchachas, de trece a diez y ocho años, que merodeaban por la calle de -Alcalá, acercándose a los buenos burgueses, fingiéndose vendedoras de -periódicos y llevando constantemente un _Heraldo_ en la mano. - -Vidal cultivó la amistad de las muchachas; casi todas eran feas, pero -esto no estorbaba para sus planes, que consistían en ensanchar el radio -de acción de sus conocimientos. - ---Hay que dejar las afueras y meterse en el centro--decía Vidal. - -Vidal quería que Manuel le secundase, pero éste no tenía aptitudes. -Vidal llegó a ser el indispensable para cuatro muchachas que vivían -juntas en Cuatro Caminos, que se llamaban la _Mellá_, la _Goya_, la -_Rabanitos_ y la Engracia, y que habían formado con Vidal, el _Bizco_ y -Manuel una Sociedad, aunque anónima. - -Las pobres muchachas necesitaban alguna protección; las perseguían los -polizontes más que a las demás mujeres de la vida porque no pagaban a -los inspectores. Solían andar huyendo de los guardias y agentes, los -cuales, cuando había recogida, las llevaban al Gobierno civil, y de aquí -al convento de las Trinitarias. - -La idea de quedar encerradas en el convento producía en ellas un -verdadero terror. - ---¡Eso de no ver la _caye_!--decían, como si fuera un tremendo castigo. - -Y el abandono de noche, en las calles desamparadas, para otros un motivo -de horror: el frío, el agua, la nieve, era para ellas la libertad y la -vida. - -Hablaban todas de una manera tosca; decían _veniría_, _saliría_, -_quedría_; en ellas el lenguaje saltaba hacia atrás en una curiosa -regresión atávica. - -Adornaban sus dichos con una larga serie de frases y muletillas del -teatro. - -Llevaban las cuatro una vida terrible; pasaban la mañana y tarde -durmiendo y se acostaban al amanecer. - ---Nosotras somos como los gatos--decía la _Mellá_--, cazamos de noche y -dormimos de día. - -La _Mellá_, la _Goya_, la _Rabanitos_ y la Engracia, solían venir de -noche al centro de Madrid, acompañadas por un mendigo de barba blanca, -cara sonriente y boina a rayas. - -El viejo venía a pedir limosna, era vecino de las muchachas y éstas le -llamaban el _Tío Tarrillo_ y le daban broma por las borracheras que -pescaba. Completamente chocho, le gustaba hablar de lo corrompido de las -costumbres. - -La _Mellá_ contaba que el _Tío Tarrillo_ la quiso forzar al volver a -casa los dos solos una noche en los jardinillos del Depósito de Agua, y -la dió a la muchacha tanta risa que no pudo ser. - -El mendigo se indignaba al oír esto y perseguía a la indiscreta como un -viejo fauno. - -De las cuatro muchachas la más fea era la _Mellá_; con su cabeza gorda y -disforme, los ojos negros, la boca grande con los dientes rotos, el -cuerpo rechoncho, parecía la bufona de una antigua princesa. Había -estado a punto de entrar de corista en un teatro; pero no pudo, porque, -a pesar de su buena voz y oído, no pronunciaba con claridad por la falta -de dientes. - -Estaba la _Mellá_ siempre alegre, a todas horas cantando y riendo; -llevaba una polvera pequeña en el bolsillo del delantal, que en el fondo -de la tapa tenía un espejo, y mirándose en él a la luz de un farol, se -enharinaba la cara a cada paso. - -La _Mellá_ era cariñosa y de muy buen corazón; a Manuel se le -atragantaba por demasiado fea; la muchacha quería captarse sus -simpatías, pero Vidal aconsejó a su primo que no se quedara con ella; le -convenía más la _Goya_, que sacaba más dinero. - -A Manuel no le gustaba la _Mellá_, a pesar de sus arrumacos; pero la -_Goya_ estaba comprometida con el _Soldadito_, un hombre con oficio, -según decía ella, porque cuando se ponía a trabajar era pianista de -manubrio. - -Este organillero sacaba los cuartos a la _Goya_, que, como más bonita, -tenía también más parroquia; el _Soldadito_ la vigilaba, y cuando se iba -con alguno, la seguía y la esperaba a la salida de la casa de citas para -sacarle el dinero. - -Vidal, de las cuatro, se dignaba proteger a la _Rabanitos_ y a la -Engracia; las dos se lo disputaban. La _Rabanitos_ parecía una mujer en -miniatura: una carita blanca con manchas azules alrededor de la nariz y -de la boca; un cuerpecillo raquítico y delgaducho; labios finos y ojos -grandes de esclerótica azul; en el vestir una vieja, con su mantoncito -obscuro y su falda negra: ésta era la _Rabanitos_. Echaba sangre por la -boca con frecuencia; hablaba con unos remilgos de comadre, haciendo -gestos y jeribeques, y todo su dinero lo gastaba en mojama, en -caramelos y en golosinas. - -La Engracia, la otra favorita de Vidal, era el tipo de la mujer de -burdel: llevaba la cara blanca por los polvos de arroz; sus ojos, negros -y brillantes, tenían una expresión de melancolía puramente animal; al -hablar enseñaba los dientes azulados, que contrastaban con la blancura -de su cara empolvada. Pasaba de la alegría al enfado sin transición. No -sabía sonreír. En su cara aleteaba tan pronto la estupidez como una -alegría canallesca, insultante y cínica. - -La Engracia hablaba poco, y cuando hablaba era para decir algo muy -bestial y muy sucio, algo de un cinismo y de una pornografía complicada. -Tenía la imaginación monstruosa y fecunda. - -Un imaginero macabro hubiese encontrado algo genial tallando en piedra -los pensamientos de aquella muchacha en el infierno de una Danza de la -Muerte. - -La Engracia no sabía leer. Vestía blusas vistosas, azules y sonrosadas; -pañuelo blanco en la cabeza y delantal de color; andaba siempre -corriendo de un lado a otro, haciendo sonar las monedas del bolsillo. -Llevaba ocho años de buscona y tenía diez y siete. Se lamentaba de haber -crecido, porque decía que de niña ganaba más. - -Las amistades de Manuel y Vidal con las muchachas duraron un par de -meses; Manuel no se decidía por la _Mellá_, le resultaba demasiado fea; -Vidal extendía su radio de acción, copeaba con unos cuantos chulos y se -dedicaba a la conquista de una florera que vendía claveles. - -La Engracia y la _Rabanitos_ tenían un odio feroz a la muchacha. - ---Esa--decía la _Rabanitos_--, esa está ya tan _deshonrá_ como -nosotras... - -Una noche, Vidal no se presentó en Casa Blanca, y a los dos o tres días -apareció en la Puerta del Sol con una mujerona alta, vestida de gris. - ---¿Quién es?--le preguntó Manuel a su primo. - ---Se llama Violeta; me he quedado con ella. - ---¿Y la otra, la de Casa Blanca? - -Vidal se encogió de hombros. - ---Quédate tú con ella si quieres--dijo. - -La antigua querida de Vidal dejó de aparecer también por Casa Blanca, y -a las dos semanas de no pagar, el administrador puso a Manuel en la -calle y vendió el mobiliario: unas cuantas botellas vacías, un puchero y -una cama. - -Manuel durmió durante algunos días en los bancos de la plaza de Oriente -y en las sillas de la Castellana y Recoletos. Era al final del verano y -todavía se podía dormir al raso. Algunos céntimos que ganó subiendo -maletas de las estaciones le permitieron ir viviendo, aunque malamente, -hasta octubre. - -Hubo días en que no comió mas que tronchos de berza cogidos en el suelo -de los mercados; otros, en cambio, se regaló con banquetes de setenta y -ochenta céntimos en los figones. - -Llegó octubre, y Manuel empezó a helarse por las noches; su hermana -mayor le proporcionó un gabán raído y una bufanda; pero, a pesar de -esto, cuando no encontraba sitio donde dormir bajo techado, se moría de -frío en la calle. - -Una noche, a principios de noviembre, Manuel se encontró a la puerta de -un cafetín de la Cabecera del Rastro con el _Bizco_, que iba encorvado, -casi desnudo, con los brazos cruzados por delante del pecho, y descalzo; -tenía un aspecto imponente de miseria y de frío. - -Dolores la _Escandalosa_ le había dejado por otro. - ---¿Dónde podríamos ir a dormir?--le preguntó Manuel. - ---Vamos a las cuevas de la Montaña--contestó el _Bizco_. - ---Pero ¿allá se podrá entrar? - ---Sí; si no hay mucha gente. - ---Entonces, andando. - -Salieron los dos, por Puerta de Moros y la calle de los Mancebos, al -Viaducto; cruzaron la plaza de Oriente, siguieron la calle de Bailen y -la de Ferraz, y, al llegar a la Montaña del Príncipe Pío, subieron por -una vereda estrecha, entre pinos recién plantados. - -A obscuras anduvieron el _Bizco_ y Manuel de un lado a otro, explorando -los huecos de la Montaña, hasta que una línea de luz que brotaba de una -rendija de la tierra les indicó una de las cuevas. - -Se acercaron al agujero; salía del interior un murmullo interrumpido de -voces roncas. - -A la claridad vacilante de una bujía, sujeta en el suelo entre dos -piedras, más de una docena de golfos, sentados unos, otros de rodillas, -formaban un corro jugando a las cartas. En los rincones se esbozaban -vagas siluetas de hombres tendidos en la arena. - -Un vaho pestilente se exhalaba del interior del agujero. - -Temblaba la llama, iluminando a ratos, ya un trozo de la cueva, ya la -cara pálida de uno de los jugadores, y, al parpadear de la luz, las -sombras de los hombres se alargaban y se achicaban en las paredes -arenosas. De cuando en cuando se oía una maldición o una blasfemia. - -Manuel pensó haber visto algo parecido en la pesadilla de una fiebre. - ---Yo no entro--le dijo al _Bizco_. - ---¿Por qué?--preguntó éste. - ---Prefiero helarme. - ---Haz lo que quieras. Yo conozco a uno de esos. Es el _Intérprete_. - ---¿Y quién es el _Intérprete_? - ---El capitán de los golfos de la Montaña. - -A pesar de estas seguridades, Manuel no se decidió. - ---¿Quién está ahí?--se oyó que preguntaban de dentro. - ---Yo--contestó el _Bizco_. - -Manuel se alejó de allá a todo correr. Cerca de la cueva había dos o -tres casuchas reunidas, con un corral en medio, cercada por una tapia de -pedruscos. - -Era aquello, según el nombre irónico puesto por la golfería, el Palacio -de Cristal, nido de palomas torcaces de bajo vuelo que garfaban en el -cuartel de la montaña, y a las cuales, por la noche, acompañaban -gavilanes y gerifaltes amigos. - -El paso del corral estaba cerrado por una puerta de dos hojas. - -Manuel la examinó por ver si cedía, pero era fuerte, y blindada con -latas extendidas y claveteadas sobre esteras. - -Pensó que allí no habría nadie, e intentó saltar la tapia; subió sobre -el muro bajo de cascote y, al ir a pasar, se enredó en un alambre, cayó -una piedra de la cerca al suelo, comenzó a ladrar un perro con furia y -se oyó de dentro una maldición. - -Manuel pudo convencerse de que el nido no estaba vacío, y huyó de allá. -En un hueco, algo resguardado de la lluvia, se metió y se acurrucó a -dormir. - -Era de noche aún cuando se despertó tiritando de frío, temblando de la -cabeza a los pies. Echó a correr para entrar en reacción; llegó al -paseo de Rosales y dió varias vueltas arriba y abajo. - -La noche se le hizo eterna. - -Dejó de llover; a la mañana salió el sol; en un agujero abierto en la -pendiente del terraplén, Manuel se guareció. El sol comenzaba a calentar -de una manera deliciosa. Manuel soñó con una mujer muy blanca y muy -hermosa, con unos cabellos de oro. Se acercó a la dama, muerto de frío, -y ella le envolvió con sus hebras doradas y él se fué quedando en su -regazo agazapado dulcemente, muy dulcemente... - - - - -CAPÍTULO VI - -EL SEÑOR CUSTODIO Y SU HACIENDA.--A LA BUSCA. - - -... Y dormía con el más dulce de los sueños, cuando una voz áspera le -trajo a las amargas e impuras realidades de la existencia. - ---¿Qué haces ahí, golfo?--le dijeron. - ---¡Yo!--murmuró Manuel, abriendo los ojos y contemplando a quien le -hablaba--. Yo no hago nada. - ---Sí; ya lo veo; ya lo veo. - -Manuel se incorporó; tenía ante sí un viejo de barba entrecana y mirada -adusta, con un saco al hombro y un gancho en la mano. Llevaba el viejo -una gorra de piel, una especie de gabán amarillento y una bufanda rojiza -arrollada al cuello. - ---¿Es que no tienes casa?--preguntó el hombre. - ---No, señor. - ---¿Y duermes al aire libre? - ---Como no tengo casa... - -El trapero se puso a escarbar en el suelo, sacó algunos trapos y -papeles, los guardó en el saco y, volviendo a mirar a Manuel, añadió: - ---Más te valdría trabajar. - ---Si tuviera trabajo, trabajaría; pero como no tengo... a ver...--y -Manuel, harto de palabras inútiles, se acurrucó para seguir durmiendo. - ---Mira...--dijo el trapero--ven conmigo. Yo necesito un chico... te dará -de comer. - -Manuel miró al viejo, sin contestar nada. - ---Conque ¿quieres o no? Anda, decídete. - -Manuel se levantó perezosamente. El trapero subió la cuesta del -terraplén con el saco al hombro, hasta llegar a la calle de Rosales, en -donde tenía un carrito, tirado por dos burros. Arreó el hombre a los -animales, bajaron al paseo de la Florida, y después, por el de los -Melancólicos, pasaron por delante de la Virgen del Puerto y siguieron la -ronda de Segovia. El carro era viejo, compuesto con tiras de pleita, con -su chapa y su número y estaba cargado con dos o tres sacos, cubos y -espuertas. - -El trapero, el señor Custodio, así dijo él que se llamaba, tenía facha -de buena persona. - -De cuando en cuando recogía algo en la calle y lo echaba en el carro. - -Debajo del carro, sujeto por una cadena y andando despacio, iba un perro -con unas lanas amarillas, largas y lustrosas, un perro simpático que, en -su clase, le pareció a Manuel que debía ser tan buena persona como su -amo. - - * * * * * - -Entre el puente de Segovia y el de Toledo, no muy lejos del comienzo del -paseo Imperial, se abre una hondonada negra con dos o tres chozas -sórdidas y miserables. Es un hoyo cuadrangular, ennegrecido por el humo -y el polvo del carbón, limitado por murallas de cascote y montones de -escombros. - -Al llegar a los bordes de esta hondonada, el trapero se detuvo e indicó -a Manuel una casucha próxima a un _Tío Vivo_ roto y a unos columpios, y -le dijo: - ---Esa es mi casa; lleva el carro ahí y vete descargando. ¿Podrás? - ---Sí; creo que sí. - ---¿Tienes hambre? - ---Sí, señor. - ---Bueno; pues dile a mi mujer que te dé de almorzar. - -Bajó Manuel con el carro hasta la hondonada por una pendiente de -escombros. La casa del trapero era la mayor de todas y tenía corral y un -cobertizo adosado a ella. - -Se detuvo Manuel en la puerta de la casucha; una vieja le salió al -encuentro: - ---¿Qué quieres tú, chaval?--le dijo--. ¿Quién te manda venir aquí? - ---El señor Custodio. Me ha encargado que me diga usted dónde tengo que -dejar lo que va en el carro. - -La vieja le indicó el cobertizo. - ---Me ha dicho también--agregó el muchacho--que me dé usted de almorzar. - ---¡Te conozco, lebrel!--murmuró la vieja. - -Y después de refunfuñar durante largo rato y de esperar a que Manuel -descargara el carro, le dió un trozo de pan y de queso. - -La vieja desenganchó los dos borricos del carrito y soltó al perro, que -se puso a ladrar y a jugar de contento; ladró a los burros, uno negro y -otro rucio, que volvieron la cabeza para mirarle y le enseñaron los -dientes; persiguió desesperadamente a un gato blanco de cola erizada -como un plumero, luego se acercó a Manuel, que, sentado al sol, comía su -trozo de queso y de pan en espera de algo. Almorzaron los dos. - -Manuel dió vuelta a la casa para verla. Uno de sus lados estrechos lo -componían dos casetas de baño. - -Estas dos casetas no se hallaban unidas, dejaban entre ambas un espacio -tapado por una puerta de hierro, de las usadas para cerrar las tiendas, -llenas de orín. - -Formaban las dos paredes más largas de la casa del trapero estacas -embreadas, y la pared contraria a la de las dos casetas de baño estaba -construída con piedras gruesas e irregulares, y se curvaba hacia el -exterior con un abombamiento como el del ábside de una iglesia. Por -dentro, esta curvatura correspondía a un hueco a modo de ancha -hornacina, ocupado por el fogón de la chimenea. - -La casa, a pesar de ser pequeña, no tenía un sistema igual de cubierta; -en unas partes, las latas, con grandes pedruscos encima y con los -intersticios llenos de paja, substituían a las tejas; en otras, las -pizarras sujetas y afianzadas con barro; en otras, las chapas de cinc. - -Se notaba en la construcción de la casa las fases de su crecimiento. -Como el caparazón de una tortuga aumenta a medida del desarrollo del -animal, así la casucha del trapero debió ir agrandándose poco a poco. Al -principio aquello debió ser una choza para un hombre solo, como la de un -pastor; luego se ensanchó, se alargó, se dividió en habitaciones; -después agregó sus dependencias, su cubierto y su corraliza. - -Frente a la puerta de la vivienda, en un raso de tierra apisonado, se -levantaba un _Tío Vivo_, rodeado de una valla bajita, octogonal, en -cuyos palitroques, podridos por la acción de la humedad y del calor, se -conservaban algunos restos de pintura azul. - -Aquellos pobres caballos del _Tío Vivo_, pintados de rojo, ofrecían a -las miradas del espectador indiferente el más cómico y al mismo tiempo -el más lamentable de los aspectos; uno de los corceles, desteñido, -presentaba un color indefinible; otro debió de olvidar una de sus patas -en su veloz carrera; algunos de ellos, en una postura elegantemente -incómoda, simbolizaba la tristeza humilde y la modestia honrada y de -buen gusto. - -Al lado del _Tio Vivo_ se levantaba un caballete formado por dos -trípodes, sobre los cuales se apoyaba una viga, cuyos ganchos servían -para colgar los columpios. - -La hondonada negra contaba con tres casuchas más, las tres construídas -con latas, escombros, tablas, cascotes y otros elementos similares de -construcción; una de las chozas se cuarteaba por vejez o mala -construcción, y para impedir su caída, su dueño, sin duda, la puso, a lo -largo de una de las paredes, una fila de estacas, en las cuales se -apoyaba como un cojo en su muleta; otra de las casas tenía, a modo de -asta bandera, un palo largo en el tejado, con un puchero en la punta... - -Después de almorzar, Manuel indicó a la vieja cómo el señor Custodio le -había dicho que se quedara allí. - ---Dígame usted si tengo que hacer algo--concluyó diciendo. - ---Bueno; quédate aquí. Ten cuidado con la lumbre; si el puchero hierve, -déjalo; si no, echa al fuego un poco de carbón. ¡Reverte! -¡Reverte!--gritó la vieja llamando al perro--. Que se quede aquí. - -Se fué la mujer y quedó Manuel solo con el perro. La olla hervía. -Manuel, seguido de Reverte, recorrió la casa por dentro. Estaba dividida -en tres cuartos: una cocina pequeña y un cuarto grande, al cual entraba -la luz por dos altos ventanillos. - -En este cuarto o almacén, por todas partes, de las paredes y del techo, -colgaban trapos viejos de diversos colores, ropas blancas, barretinas y -boinas rojas, trozos de mantones de crespón. En los vasares y en el -suelo, separados por clases y tamaños, había frascos, botellas, tarros, -botes, un verdadero ejército de cacharros de cristal y de porcelana; -rompían fila esos botellones verdosos hidrópicos de las droguerías y -unas cuantas ventrudas damajuanas; luego venían botellas de azumbre, -altas, negruzcas; bombonas recubiertas de paja; después seguía la -sección de aguas medicamentosas, la más variada y numerosa, pues en ella -se incluían los sifones de agua de Seltz y de agua oxigenada, los -botellines de gaseosa, las botellas de Vichy, de Mondariz, de Carabaña; -y pasada esta sección, se amontonaba la morralla, los frascos de -perfumería, los tarros y botes de pomada, de crema y de velutina. - -Además de este departamento de botillería, había otros: de lata de -conservas y de galletas, colocadas en vasares; de botones y llaves -metidos en cajas; de retales, de cintas y de puntillas arrollados en -carretes y cartones. - -A Manuel le pareció agradable aquello. Hallábase todo arreglado, limpio -relativamente, se notaba la mano de una persona ordenada y pulcra. - -En la cocina, enjalbegada de cal, brillaban los pocos trastos de la -espetera. En el fogón, sobre la ceniza blanca, un puchero de barro -hervía con un glu glu suave. - -De fuera, apenas llegaba vagamente, y eso como un pálido rumor, el ruido -lejano de la ciudad; reinaba un silencio de aldea; a intervalos, algún -perro ladraba, algún carro resonaba al dar barquinazos por el camino y -volvía el silencio, y en la cocina sólo se escuchaba el glu glu del -puchero, como un suave y confidencial murmullo... - -Manuel echaba una mirada de satisfacción, por la rendija de la puerta, a -la hondonada negra. En el corral, las gallinas picoteaban la tierra; un -cerdo hozaba y corría asustado de un lado a otro, gruñendo y agitándose -con estremecimientos nerviosos; Reverte bostezaba y guiñaba los ojos con -gravedad, y uno de los burros se revolcaba alegremente entre pucheros -rotos, cestas carcomidas y montones de basura, mientras el otro -contemplaba con la mayor sorpresa, como escandalizado por un -comportamiento tan poco distinguido. - -Toda aquella tierra negra daba a Manuel una impresión de fealdad, pero -al mismo tiempo de algo tranquilizador, abrigado; le parecía un medio -propio para él. Aquella tierra, formada por el aluvión diario de los -vertederos; aquella tierra, cuyos únicos productos eran latas viejas de -sardinas, conchas de ostras, peines rotos y cacharros desportillados; -aquella tierra, árida y negra, constituída por detritus de la -civilización, por trozos de cal y de mortero y escorias de fábricas, por -todo lo arrojado del pueblo como inservible, le parecía a Manuel un -lugar a propósito para él, residuo también desechado de la vida urbana. - -Manuel no había visto más campos que los tristes y pedregosos del pueblo -de Soria y los más tristes aún de los alrededores de Madrid. No -sospechaba que en sitios no cultivados por el hombre hubiese praderas -verdes, bosques frondosos, macizos de flores; creía que los árboles y -las flores sólo nacían en los jardines de los ricos... - -Los primeros días en casa del señor Custodio parecieron a Manuel de -demasiada sujeción; pero como en la vida del trapero hay mucho de -vagabundaje, pronto se acostumbró a ella. - -Se levantaba el señor Custodio todavía de noche, despertaba a Manuel, -enganchaban entre los dos los borricos al carro y comenzaban a subir a -Madrid, a la caza cotidiana de la bota vieja y del pedazo de trapo. Unas -veces iban por el paseo de los Melancólicos; otras, por las rondas o por -la calle de Segovia. - -El invierno comenzaba; a las horas que salían Madrid estaba -completamente a obscuras. El trapero tenía sus itinerarios fijos y sus -puntos de parada determinados. Cuando iba por las rondas y subía por la -calle de Toledo, que era lo más frecuente, se detenía en la plaza de la -Cebada y en Puerta de Moros, llenaba los serones de verdura y seguía -hacia el centro. - -Otros días se encaminaba por el paseo de los Melancólicos a la Virgen -del Puerto, de aquí a la Florida, luego a la calle de Rosales, en donde -escogía lo que echaban algunos volquetes de la basura, y seguía a la -plaza de San Marcial y llegaba a la plaza de los Mostenses. - -En el camino, el señor Custodio no veía nada sin examinar al pasar lo -que fuera, y recogerlo si valía la pena; las hojas de verdura iban a los -serones; el trapo, el papel y los huesos, a los sacos; el cok medio -quemado y el carbón, a un cubo, y el estiércol, al fondo del carro. - -Regresaban Manuel y el trapero por la mañana temprano; descargaban en el -raso que había delante de la puerta, y marido y mujer y el chico hacían -las separaciones y clasificaciones. El trapero y su mujer tenían una -habilidad y una rapidez para esto pasmosa. - -Los días de lluvia hacían la selección dentro del cobertizo. En estos -días la hondonada era un pantano negro, repugnante, y para cruzarlo -había que meterse en el lodo, en algunos sitios hasta media pierna. Todo -en estos días chorreaba agua; en el corral, el cerdo se revolcaba en el -cieno; las gallinas aparecían con las plumas negras, y los perros -andaban llenos de barro hasta las orejas. - -Después de la clasificación de todo lo recogido, el señor Custodio y -Manuel, con una espuerta cada uno, esperaban a que vinieran los carros -de escombros, y cuando descargaban los carreros, iban apartando en el -mismo vertedero: los cartones, los pedazos de trapo, de cristal y de -hueso. - -Por las tardes, el señor Custodio iba a algunas cuadras del barrio de -Argüelles a sacar el estiércol y lo llevaba a las huertas del -Manzanares. - -Entre unas cosas y otras, el señor Custodio sacaba para vivir con cierta -holgura; tenía su negocio perfectamente estudiado, y como el vender su -género no le apremiaba, solía esperar las ocasiones más convenientes -para hacerlo con alguna ventaja. - -El papel que almacenaba se lo compraban en las fábricas de cartón; le -daban de treinta a cuarenta céntimos por arroba. Exigían los fabricantes -que estuviera perfectamente seco, y el señor Custodio lo secaba al sol. -Como a veces querían escatimarle en el peso, solía meter en cada saco -tres o cuatro arrobas justas, pesadas con una romana; en la jerga del -talego pintaba un número con tinta, indicador de las arrobas que -contenía; estos sacos los guardaba en una especie de bodega o sentina de -barco que había hecho el trapero ahondando en el suelo del cobertizo. - -Cuando había una partida grande de papel se vendía en una fábrica de -cartón que había en el paseo de las Acacias. No solía perder el viaje -el señor Custodio, porque además de vender el género en buenas -condiciones, a la vuelta llevaba su carro a unas escombreras de una -fábrica de alquitrán que había por allá, y recogía del suelo una -carbonilla muy menuda, que se quemaba bien y ardía como cisco. - -Las botellas las vendía el trapero en los almacenes de vino, en las -fábricas de licores y de cervezas; los frascos de específicos en las -droguerías; los huesos iban a parar a las refinerías y el trapo a las -fábricas de papel. - -Los desperdicios de pan, hojas de verdura, restos de frutas, se -reservaban para la comida de los cerdos y gallinas, y lo que no servía -para nada se echaba al pudridero y, convertido en fiemo, se vendía en -las huertas próximas al río. - -El primer domingo que estuvo allí Manuel, el señor Custodio y su mujer -aprovecharon la tarde. Hacía mucho tiempo que no salían juntos por no -dejar la casa sola; se vistieron los dos muy elegantes y fueron a -visitar a su hija, que estaba de modista en el taller de una parienta. - -Manuel se quedó solo muy a gusto con Reverte, contemplando la casa, el -corral, la hondonada; hizo dar vueltas al _Tío Vivo_, que rechinó como -malhumorado; se subió al caballete del columpio, contempló a las -gallinas, molestó un poco al cerdo y corrió de un lado para otro, -perseguido por el perro, que ladraba alegremente con furia fingida. - -Atraía a Manuel, sin saber por qué, aquella negra hondonada con sus -escombreras, sus casuchas tristes, su cómico y destartalado _Tío Vivo_, -su caballete de columpio y su suelo lleno de sorpresas, pues lo mismo -brotaba de sus entrañas negruzcas el pucherete tosco y ordinario, que el -elegante frasco de esencias de la dama; lo mismo el émbolo de una -prosaica jeringa, que el papel satinado y perfumado de una carta de -amor. - -Aquella vida tosca y humilde, sustentada con los detritus del vivir -refinado y vicioso; aquella existencia casi salvaje en el suburbio de -una capital, entusiasmaba a Manuel. Le parecía que todo lo arrojado allí -de la urbe, con desprecio, escombros y barreños rotos, tiestos viejos y -peines sin púas, botones y latas de sardinas, todo lo desechado y -menospreciado por la ciudad, se dignificaba y se purificaba al contacto -de la tierra. - -Manuel pensó que si con el tiempo llegaba a tener una casucha igual a la -del señor Custodio y su carro, y sus borricos y sus gallinas, y su -perro, y además una mujer que le quisiera, sería uno de los hombres casi -felices de este mundo. - - - - -CAPÍTULO VII - -EL SEÑOR CUSTODIO Y SUS IDEAS.--LA JUSTA, EL «CARNICERÍN» Y EL «CONEJO». - - -EL señor Custodio era un hombre inteligente, de luces naturales, muy -observador y aprovechado. No sabía leer ni escribir, y, sin embargo, -hacía notas y cuentas; con cruces y garabatos de su invención, llegaba a -substituir la escritura, al menos para los usos de su industria. - -Sentía el señor Custodio un gran deseo de instruirse, y a no ser porque -le parecía ridículo, se hubiese puesto a aprender a leer y escribir. Por -las tardes, concluído el trabajo, solía decir a Manuel que leyese los -periódicos y revistas ilustradas que recogía por la calle, y el trapero -y su mujer prestaban gran atención a la lectura. - -Guardaba también el señor Custodio unos cuantos tomos de novelas por -entregas que había dejado su hija, y Manuel comenzó a leerlos en voz -alta. - -Las observaciones del trapero, el cual tomaba por historia la ficción -novelesca, eran siempre atinadas y justas, reveladoras de un instinto -de sensatez y de buen sentido. El criterio sensato del trapero a Manuel -no siempre le agradaba, y a veces se atrevía a defender una tesis -romántica e inmoral; pero el señor Custodio le atajaba en seguida, sin -permitirle que siguiera adelante. - -Por razón de su oficio, el trapero tenía una preocupación por el abono -que se desperdiciaba en Madrid. - -Solía decir a Manuel: - ---¿Tú te figuras el dinero que vale toda la basura que sale de Madrid? - ---Yo no. - ---Pues haz la cuenta. A sesenta céntimos la arroba, los millones de -arrobas que saldrán al año... Extiende eso por los alrededores y haz que -el agua del Manzanares y la del Lozoya rieguen estos terrenos, y verías -tú huertas y más huertas. - -Otra de las ideas fijas del trapero era la de regenerar los materiales -usados. Creía que se debía de poder sacar la cal y la arena de los -cascotes de mortero, el yeso vivo del ya viejo y apagado, y suponía que -esta regeneración daría una gran cantidad de dinero. - -El señor Custodio, que había nacido cerca de aquella hondonada en donde -estaba su casa, sentía por sus barrios, y, en general, por Madrid, un -gran entusiasmo; el Manzanares era para él un río tan serio como el -Amazonas. - -El señor Custodio tenía dos hijos, de los cuales no conocía Manuel mas -que a Juan, un chulapo alto y moreno, que estaba casado con la hija de -la dueña de un lavadero de la Bombilla. La hija, Justa de nombre, estaba -de modista en un taller. - -En las primeras semanas, ninguno de los hijos apareció por casa de los -padres. Juan vivía en el lavadero, y la Justa, con una pariente suya, -dueña de un taller. - -Manuel, que solía hablar mucho con el señor Custodio, pudo notar pronto -que el trapero era, aunque comprendiendo lo ínfimo de su condición, de -un orgullo extraordinario, y que tenía acerca del honor y de la virtud -las ideas de un señor noble de la Edad Media. - -Al mes de vivir allí estaba Manuel un domingo a la puerta de la casa, -después de comer, cuando vió que por la pendiente del vertedero bajaba a -la hondonada corriendo, con las faldas recogidas, una muchacha, Al verla -de cerca, Manuel quedó rojo, luego pálido. Era la chiquilla que había -ido dos o tres veces a casa de la patrona, a probar los trajes a la -Baronesa, pero hecha ya una mujer. - -Se acercó la muchacha, levantando las faldas y las enaguas almidonadas, -cuidando de no ensuciarse los zapatitos de charol. - ---¿Qué vendrá a hacer aquí?--se dijo Manuel. - ---¿Está padre?--preguntó ella. - -Salió el señor Custodio y abrazó a la muchacha. Era la hija del trapero, -la Justa, de quien Manuel oía hablar continuamente, y que, sin saber por -qué, se había figurado que debía de ser muy flaca, muy esmirriada y -desagradable. - -La Justa entró en la cocina, y después de mirar las sillas, por si -tenían algo que ensuciara su vestido, se sentó en una. Luego habló por -los codos, diciendo tonterías a porrillo y riendo ella misma chistes. - -Manuel la escuchaba silencioso; la verdad es que no era tan guapa como -se había figurado, pero no por eso le gustaba menos. Tendría unos diez y -ocho años, era morena, bajita, de ojos muy negros y muy vivos, la nariz -respingona y descarada, la boca sensual, de labios gruesos. Era algo -fondoncilla y abundante de pecho y de caderas; iba limpia, fresca, con -el moño muy empingorotado y unos zapatos nuevos y relucientes. - -Mientras hablaba la Justa y la oían extasiados sus padres, se presentó -en la cocina un jorobado de una de las casuchas de la hondonada, a quien -llamaban el _Conejo_, y que tenía, efectivamente, en su rostro una gran -semejanza con el simpático roedor cuyo nombre llevaba. - -Era el _Conejo_ del gremio del señor Custodio, y conocía a Justa desde -niño; Manuel solía verle todos los días, pero no paraba su atención en -él. - -Entró el _Conejo_ en casa del señor Custodio y se puso a decir simplezas -y a reírse a carcajadas; pero de un modo tan mecánico que molestaba, -porque parecía que detrás de aquel reír continuo debía haber una -amargura muy grande. La Justa le tocó la joroba, pues sabido es que esto -da la buena suerte, y el _Conejo_ se echó a reír. - ---¿Te han llevado alguna otra vez a la Delegación?--le preguntó ella. - ---Sí; muchas veces... ji... ji... - ---¿Y por qué? - ---Porque el otro día me puse a gritar en la calle: ¡Aire, quién compra -el paraguas de Sagasta, el sombrero de Krüger, el orinal del Papa, una -lavativa que se le ha perdido a una monja cuando estaba hablando con el -sacristán!... - -El _Conejo_ daba gritos formidables y la Justa se reía a carcajadas. - ---¿Y ya no cantas la misa como antes? - ---Sí, también. - ---Pues cántala. - -El jorobado había tomado, como motivo de escándalo, el Prefacio de la -Misa, y substituía las palabras sagradas por otras con que anunciaba su -comercio, y empezó a gritar: - ---Quién me vende... las zapatillas... los pantalones... las -alpargatas... las botas viejas... y las usadas... las lavativas... los -orinales y hasta la camisa. - -A la Justa le producían los gritos del jorobado una risa nerviosa. El -_Conejo_, después de cantar dos o tres veces el Prefacio, tomó el aire -de las rogativas y cantó unas cosas con voz de tiple y otras con voz de -bajo: - -El sombrero de copa... y en vez de decir _Liberanos dominé_, decía: -ahora mismo compraré... el chaleco viejo... una perra gorda daré... - -El jorobado tuvo que callarse para que dejara de reír la Justa. - -De pronto ésta advirtió el entusiasmo de Manuel, y, a pesar de que no le -parecía una gran conquista, se puso seria, le animó y le dedicó miradas -furtivas, que hicieron latir apresuradamente el corazón del muchacho. - -Cuando se fué la hija del señor Custodio, Manuel se quedó como si le -hubieran dejado a obscuras. Pensó que con el recuerdo de las miradas -incendiarias tendría que vivir dos o tres semanas. - -Al día siguiente, cuando Manuel se encontró con el _Conejo_, escuchó las -tonterías que le dijo el jorobado, que siempre estaba hablando del -obispo de Madrid-Alcalá, y luego trató de llevar la conversación al tema -del señor Custodio y su familia. - ---Es guapa la Justa, ¿verdad? - ---Psch... sí--y el _Conejo_ le miró a Manuel con un aspecto reservado de -hombre que oculta un misterio. - ---Usted la ha conocido de chica, ¿eh? - ---Sí; pero he conocido otras muchas. - ---¿Tiene novio? - ---Sí lo tendrá. Todas las mujeres tienen novio, a no ser que sean muy -feas. - ---¿Y quién es el novio de la Justa? - ---Cualquiera; yo creo que es el obispo de Madrid-Alcalá. - -El _Conejo_ era un hombre de aspecto muy inteligente; tenía la cara -larga, la nariz corva, la frente ancha, los ojos pequeños y brillantes y -una perilla rojiza y en punta como la de un chivo. - -Un tic especial, un movimiento convulsivo de la nariz agitaba su rostro -de vez en cuando, y era lo que le daba más semejanza con un conejo. Reía -tan pronto con una carcajada nerviosa, metálica, sonora, como con una -risa sorda de polichinela. Miraba a la gente de arriba abajo y de abajo -arriba, de una manera insolente a fuerza de ser burlona, y para más -sorna detenía su mirada en los botones del traje de su interlocutor, e -iba danzando con la vista de la corbata al pantalón y de las botas al -sombrero. Tenía especial empeño en vestir de un modo ridículo y le -gustaba adornarse la gorra con vistosas plumas de gallo, andar con botas -de montar y hacer otra porción de extravagancias. - -Le gustaba también embromar a la gente con sus mentiras, y afirmaba las -cosas que inventaba con tal tesón, que no se comprendía si se estaba -riendo o hablando en serio: - ---¿No sabe usted lo que le ha pasado esta tarde al obispo de -Madrid-Alcalá en las Cambroneras?--decía a algún conocido. - ---No. - ---Pues que ha ido a hacer una visita para darle una limosna a -_Garibaldi_, y _Garibaldi_ le ha sacado una jícara de chocolate al señor -obispo. Se ha sentado el señor obispo, ha tomado una sopa y clac... no -se sabe qué le ha pasado: se ha quedado muerto. - ---¡Pero, hombre!... - ---Es cosa de los republicanos--decía el _Conejo_, muy serio, y se -marchaba a otra parte a propalar la noticia o a contar otro embuste. Se -metía en un grupo: - ---¿Ya saben ustedes eso de Weyler? - ---No, ¿qué ha pasado? - ---Nada; que al volver del Campamento unas moscas se le han puesto en la -cara y le han comido toda la oreja. Ha pasado por el puente de Segovia -echando sangre. - -Así se divertía aquel bufón. - -Por las mañanas echaba el saco a la espalda e iba al centro de Madrid y -anunciaba su oficio por las calles, mezclando en sus pregones a -personajes políticos y hombres ilustres, lo que algunas veces le había -valido los honores de la Delegación. - -Era el _Conejo_ perverso y malintencionado como un demonio; la muchacha -de los alrededores que tuviera su lío podía temblar, porque se las -apañaba para sorprenderla. Lo sabía todo, lo husmeaba todo; pero, al -parecer, no se valía de sus descubrimientos. Con asustar, estaba -satisfecho. - ---El _Conejo_ lo sabrá--le solían decir algunas veces cuando se -sospechaba algo. - ---Yo no sé nada; yo no he visto nada--contestaba él riéndose--; yo no sé -nada. - -Y de aquí no había medio de sacarle. - -Cuando Manuel fué conociendo al _Conejo_, sintió por él, si no -estimación, un cierto respeto por su inteligencia. - -Era tan listo aquel jorobado bufón, que se las arreglaba en el Rastro -muchas veces para engañar a sus colegas, que de tontos no tenían un -pelo. - -Casi todas las mañanas se reunían los traperos en la cabecera del Rastro -para cambiar impresiones y prendas usadas. El _Conejo_ se enteraba de -lo que necesitaban los vendedores de los puestos, y aquello que querían, -él lo compraba a los traperos y se lo revendía a los de los puestos, y -entre cambalaches y ventas siempre salía ganando... - -En los domingos sucesivos la Justa tomó como entretenimiento el -entusiasmar a Manuel. La muchacha tenía una libertad absoluta de palabra -y un conocimiento completo y acabado de todas las frases y timos -madrileños. - -Manuel, al principio, se mostraba respetuoso; pero viendo que ella no se -incomodaba, se iba atreviendo cada vez más y la abrazaba a traición. La -Justa se desasía con facilidad y se reía al ver al mozo con su cara -seria y la mirada brillante de deseos. - -Con la libertad de palabras que le caracterizaba, la Justa tenía -conversaciones escabrosas; contaba a Manuel lo que la decían en la -calle, las proposiciones que los hombres deslizaban en su oído y hablaba -con gran delectación de compañeras de taller que habían perdido su flor -de azahar en la Bombilla o en las Ventas con cualquier Tenorio de -mostrador que se pasaba la vida atusándose el bigote delante del espejo -de alguna perfumería o tienda de sedas. - -Las frases de la Justa tenían siempre un doble sentido y eran, a veces, -alusiones candentes. Su malicia y su coquetería chulesca y desgarrada -creaba en derredor suyo una atmósfera de deseo. - -Manuel sentía por ella un anhelo doloroso de posesión, mezclado con una -gran tristeza y hasta con odio, al ver que la Justa se reía de él. - -Muchas veces, al verla llegar, Manuel se juraba a sí mismo no hablarla, -ni mirarla, ni decirla nada y entonces ella le buscaba y le sonreía y -le provocaba haciéndole señas y dándole con el pie. - -Era la Justa de una desigualdad de carácter perturbadora. Unas veces, al -verla asida por Manuel de la cintura y sentada en sus rodillas, se -dejaba abrazar y besar; otras, en cambio, sólo porque se le acercaba y -le tomaba la mano, le soltaba una bofetada que le dejaba aturdido. - ---Y vuelve por otra--añadía, al parecer incomodada. - -Manuel sentía ganas de llorar de ira y de rabia, y se tenía que contener -para no preguntarle con una lógica infantil: «¿Por qué la otra tarde -dejaste que te besara?» Pero luego pensaba en la ridiculez de una -pregunta así hecha. - -La Justa iba sintiendo cierto cariño por Manuel, pero un cariño de -hermana o de amiga; como novio, como pretendiente, no le parecía -bastante para tomarle en serio. - -Aquel flirteo, que fué para la Justa como un simulacro de amor, -constituyó para Manuel un doloroso despertar de la pubertad. Sentía -vértigos de lujuria, que terminaban en una atonía y en un aplanamiento -mortales. Y entonces echaba a andar de prisa con el paso irregular de un -atáxico; muchas veces, al atravesar el pinar del Canal, le entraban -deseos de dejarse ahogar en el río; pero el agua sucia y negra no -invitaba a sumergirse en ella. - -En estas rachas de lujuria era cuando le acometían con más fuerza los -pensamientos negros y tristes, la idea de la inutilidad de su vida, de -la seguridad de un destino adverso, y al pensar en la existencia de -abandonado que se le preparaba, sentía su alma llena de amargura y los -sollozos le subían a la garganta... - -Un domingo de invierno, la Justa, que había tomado la costumbre de ir -todos los días de fiesta a casa de sus padres, dejó de aparecer por -allá; Manuel supuso si la causa de esto sería el mal tiempo, y pasó toda -la semana intranquilo y nervioso, contando los días que faltaban para -ver a la Justa. - -Al domingo siguiente, Manuel se apostó en la esquina del paseo de los -Pontones a esperar que pasara la muchacha, y al verla de lejos le dió un -vuelco el corazón. Venía acompañada por un joven elegante, medio torero, -medio señorito, con sombrero cordobés y capa azul llena de bordados. Al -final del paseo se despidió la Justa del que la acompañaba. - -Al otro domingo, la Justa se presentó en casa de su padre con una amiga -y el joven de la capa bordada, y presentó a éste al señor Custodio. Dijo -después que era hijo de un carnicero de la Corredera Alta y muy rico, -hermano de una muchacha del taller, y a su madre la Justa le confesó, -alborozada, que el muchacho le había pedido relaciones. Aquella frase de -pedir relaciones, que lo dicen relamiéndose, desde la princesa altiva -hasta la portera humilde, encantó a la mujer del trapero, mayormente -tratándose de un muchacho rico. - -El hijo del carnicero fué considerado en casa del señor Custodio como -prototipo de todas las perfecciones y bellezas; Manuel únicamente -protestaba y fulminaba sobre el _Carnicerín_, como le denominó desde el -primer momento con desprecio, miradas asesinas. - -Los sufrimientos de Manuel al comprender que la Justa admitía con -entusiasmo como novio al hijo del carnicero fueron crueles; ya no la -melancolía, la ira y la desesperación más rabiosa agitaban su alma. - -Eran también demasiadas ventajas las de aquel mozo: alto, gallardo, -esbelto, de naciente y rubio bigote, bien vestido, con los dedos llenos -de sortijas, bailarín consumado y guitarrista hábil; tenía casi el -derecho de estar tan satisfecho de su persona como lo estaba. - ---¿Cómo no notará esa mujer--pensaba Manuel--que ese tipo no se quiere -mas que a sí mismo? En cambio yo... - -Solía haber los domingos baile en una explanada próxima a la ronda de -Segovia, y el señor Custodio, con su mujer, la Justa y su novio, iban -allí. A Manuel le dejaban guardando la casa, pero algunas veces se -escapó para ver el baile. - -Cuando vió a la Justa bailando con el _Carnicerín_ le dieron ganas de -ahogarles a los dos. - -Luego el novio era de una petulancia extraordinaria; cuando bailaba se -contoneaba y parecía que iba jaleándose y piropeándose a sí mismo y que -guardaba en el ritmo del baile algo tan precioso, que un movimiento de -abandono podría echarlo todo a perder. Ni aun para decir misa, lo -hubiera hecho con tanta ceremonia. - -Como es natural, un conocimiento tan completo de la ciencia del baile, -unido a la conciencia de su superioridad, le daban al _Carnicerín_ un -admirable aplomo. Era él quien se dejaba conquistar indolentemente por -la Justa, que estaba frenética. Al bailar se le echaba encima, sus ojos -brillaban y le temblaban las alas de la nariz; parecía que le quería -sujetar, tragar, devorar. No separaba la vista de él, y si le veía con -otra mujer se alteraba su rostro rápidamente. - -Una de las tardes, el _Carnicerín_ hablaba con un amigo suyo. Manuel se -acercó a oír la conversación. - ---¿Es aquélla?--le preguntaba el amigo. - ---Sí. - ---Gachó, como está de _colá_ contigo. - -Y el _Carnicerín_, con una sonrisa petulante, añadió: - ---La tengo _chalá_. - -Manuel en aquel momento le hubiera arrancado el corazón. - -La decepción amorosa hizo que Manuel pensara en abandonar la casa del -señor Custodio. - -Un día se encontró cerca del puente de Segovia con el _Bizco_ y otro -golfo que le acompañaba. - -Iban los dos desharrapados; el _Bizco_ tenía un aspecto más ceñudo y -brutal que nunca; llevaba una chaqueta vieja, por entre cuyos agujeros -se veía la piel negruzca; los dos marchaban, según le dijeron, al cruce -del camino de Aravaca con la carretera de Extremadura, a un rincón que -llamaban el Confesonario. Allí pensaban reunirse con el _Cura_ y el -_Hospiciano_ para asaltar una casa. - ---Anda, ¿vienes?--le dijo irónicamente el _Bizco_. - ---Yo, no. - ---¿Dónde estás ahora? - ---En una casa... trabajando. - ---¡Valiente panoli! Anda, vente con nosotros. - ---No, no puede ser... Oye, ¿y Vidal? ¿No le has vuelto a ver? - -El rostro del _Bizco_ quedó más ceñudo. - ---Ya me las pagará ese charrán. No se escapa sin que yo le pinte un -chirlo en la cara... Pero, ¿vienes o no? - ---No. - -Las ideas del señor Custodio habían influído en Manuel fuertemente; -pero, como a pesar de esto sus instintos aventureros le persistían, -pensaba marcharse a América, en hacerse marinero, en alguna cosa por el -estilo. - - - - -CAPÍTULO VIII - -LA PLAZA.--UNA BODA EN LA BOMBILLA.--LAS CALDERAS DEL ASFALTO. - - -EL noviazgo del _Carnicerín_ y de la Justa se formalizaba; el señor -Custodio y su mujer se bañaban en agua de rosas, y únicamente Manuel -creía que el matrimonio, al fin, no se realizaría. - -El _Carnicerín_ era demasiado estirado y señorito para casarse con la -hija de un trapero; Manuel pensaba que iba a ver si se aprovechaba de la -ocasión; pero nada autorizaba por el momento estas malévolas -suposiciones. - -El _Carnicerín_ se mostraba generoso y tenía delicados obsequios para -los padres de su novia. - -Un día de verano convidó a toda la familia y a Manuel a una corrida de -toros. La Justa se puso muy elegante y bonita para ir con su novio. El -señor Custodio llevaba las prendas de toda gala: el sombrero hongo -nuevo, nuevo aunque tenía más de treinta años; su chaqueta de pana -forrada, excelente para las regiones boreales, y un bastón con puño de -cuerno comprado en el Rastro; la mujer del trapero llevaba un traje -antiguo y un pañuelo alfombrado, y Manuel estaba ridículo con un -sombrero sacado del almacén, que le salía un palmo por delante de los -ojos, un traje de invierno que le sofocaba y unas botas estrechas. - -Detrás de la Justa y del _Carnicerín_, el señor Custodio, su mujer y -Manuel llamaban la atención de la gente, que se reía al verlos. - -La Justa se volvía a mirarlos y sonreía. Manuel iba furioso, sofocado; -el sombrero le apretaba en la frente y le dolían los pies. - -Salieron a la calle de Toledo y llegaron en el tranvía a la Puerta del -Sol; allí subieron a un ómnibus, que los llevó a la plaza de toros. - -Entraron, y, dirigidos por el _Carnicerín_, se colocaron cada uno en su -sitio. Había empezado la corrida; la plaza estaba llena. Se veían todas -las gradas y tendidos ocupados por una masa negra de gente. - -Manuel miró al redondel; iban a matar al toro cerca de la barrera, a muy -poca distancia de donde ellos estaban. El pobre animal, ya medio muerto, -andaba despacio, seguido de tres o cuatro toreros y del matador, que, -encorvado hacia adelante, con la muleta en una mano y la espada en la -otra, marchaba tras de él. Tenía el matador un miedo horrible; se ponía -enfrente del toro, tanteaba dónde le había de pinchar, y al menor -movimiento de la bestia, se preparaba para correr. Luego, si el toro se -quedaba quieto, le daba un pinchazo; después, otro pinchazo, y el animal -bajaba la cabeza y, con la lengua fuera, chorreando sangre, miraba con -ojos tristes de moribundo. Tras de mucho bregar el matador, le clavó la -espada más, y lo mató. - -Aplaudió la gente y comenzó a tocar la música. El lance le pareció -bastante desagradable a Manuel; pero esperó con ansiedad. Salieron las -mulillas y arrastraron al toro muerto. - -Al poco rato cesó la música y salió otro toro. Los picadores se quedaron -cerca de las vallas, los toreros se aventuraban un poco, daban un -capotazo y echaban a correr en seguida. - -No era aquello, ni mucho menos, lo que Manuel se figuraba, lo visto por -él en los cromos de _La Lidia_. El creía que los toreros, a fuerza de -arte, andarían jugando con el toro, y no había nada de aquello; -encomendaban su salvación a las piernas, como todo el mundo. - -Después de los capotazos de los toreros, dos monosabios empezaron a -golpear con unas varas al caballo de un picador, hasta hacerle avanzar -al medio. Manuel vió al caballo de cerca, era blanco, grande, huesudo, -con un aspecto tristísimo. Los monosabios acercaron al caballo al toro. -Este, de pronto, se acercó; el picador le aplicó la punta de su lanza, -el toro embistió y levantó el caballo en el aire. Cayó el jinete al -suelo, y lo cogieron en seguida; el caballo trató de levantarse, con -todos los intestinos sangrientos fuera, pisó sus entrañas con los cascos -y, agitando las piernas, cayó convulsivamente al suelo. - -Manuel se levantó pálido. - -Un monosabio se acercó al caballo, que seguía estremeciéndose; el animal -levantó la cabeza como para pedir auxilio; entonces, el hombre le dió un -cachetazo y lo dejó muerto. - ---Yo me voy. Esto es una porquería--dijo Manuel al señor Custodio--; -pero no era fácil salir de allí en aquel momento. - ---Al muchacho--dijo el trapero a su mujer--no le gusta. - -La Justa, que se enteró, se echó a reír. - -Manuel esperó la muerte del toro mirando al suelo; volvieron a salir -las mulillas, y al arrastrar el caballo quedaron todos los intestinos en -el suelo, y un monosabio los llevó con un rastrillo. - ---Mira, mira el mondongo--dijo, riendo, la Justa. - -Manuel, sin decir nada ni hacer caso de observaciones, salió del -tendido. Bajó a unas galerías grandes, llenas de urinarios que olían -mal, y anduvo buscando la puerta, sin encontrarla. - -Sentía rabia contra todo el mundo, contra los demás y contra él. Le -pareció el espectáculo una asquerosidad repugnante y cobarde. - -Él suponía que los toros era una cosa completamente distinta a lo que -acababa de ver; pensaba que se advertiría siempre el dominio del hombre -sobre la fiera, que las estocadas serían como rayos y que en todos los -momentos de la lidia habría algo interesante y sugestivo; y en vez de un -espectáculo como él soñaba, en vez de una apoteosis sangrienta del valor -y de la fuerza, veía una cosa mezquina y sucia, de cobardía y de -intestinos; una fiesta en donde no se notaba mas que el miedo del torero -y la crueldad cobarde del público recreándose en sentir la pulsación de -aquel miedo. - -Aquello no podía gustar--pensó Manuel--mas que a gente como el -_Carnicerín_, a chulapos afeminados y a mujerzuelas indecentes. - -Al llegar a casa, Manuel arrojó de sí con rabia el sombrero y las botas -y el traje con el cual había ido a la plaza tan ridículo... - -Se comentó mucho por el señor Custodio y su mujer la indignación de -Manuel, y a él mismo le produjo cierto asombro; comprendía que no le -hubiera gustado; lo que le chocaba es que le produjese tanta ira y tanta -rabia. - -Pasó el verano; la Justa comenzó a hacer los preparativos para la boda, -Manuel mientras tanto proyectaba marcharse de casa del señor Custodio y -salir de Madrid, ¿Adónde? No lo sabía; cuanto más lejos, mejor, pensaba. - -En el mes de noviembre se celebró la boda de una compañera del taller de -la Justa, en la Bombilla. No podían ir el señor Custodio y su mujer, y -Manuel acompañó a la Justa. - -Vivía la novia en la ronda de Toledo, y su casa era el punto de partida -de los invitados. - -A la puerta esperaba un ómnibus grande, en donde cabían una infinidad de -personas. - -Subieron todos los invitados; la Justa y Manuel se acomodaron en la -imperial del coche y esperaron un rato. Se presentaron los novios -rodeados de una nube de chiquillos que gritaban; él tenía facha de -hortera; ella, esmirriada y fea, parecía una mona; los padrinos iban -detrás, y en el grupo de éstos, una vieja gorda, chata, bizca, de pelo -blanco, con una rosa roja en la cabeza y una guitarra en la mano, -avanzaba con aire flamenco. - ---¡Viva la novia! ¡Vivan los padrinos!--gritó la bizca; contestaron -todos sin gran entusiasmo y echó andar el coche en medio de la algarabía -y las voces de unos y de otros. En el camino fueron todos chillando y -cantando. - -Manuel, al no ver al _Carnicerín_ allí, no se atrevía a alegrarse, -pensando que estaría ya en los Viveros. - -La mañana era hermosa, húmeda; los árboles, de color de cobre, iban -desprendiéndose de sus hojas secas, a impulso de las ráfagas suaves de -viento; surcaba el cielo pálido nubes blancas, la carretera brillaba por -la humedad, a lo lejos en el campo ardían montones de hojas, y las -humaredas espesas corrían rasando la tierra. - -Se detuvo el coche en una de las fondas de los Viveros; bajaron todos -del ómnibus, y se reprodujeron los gritos y el clamoreo. El _Carnicerín_ -no estaba allí, pero se presentó poco después, y en la mesa se colocó al -lado de la Justa. - -A Manuel le pareció el día odioso; hubo momentos en que sintió ganas de -llorar. Pasó toda la tarde desesperado en un rincón, viendo cómo bailaba -la Justa con su novio al compás de las notas de un organillo. - -Al anochecer, Manuel se acercó a la Justa y, con gravedad cómica, la -dijo bruscamente: - ---Vamos, tú--y viendo que no le hacía caso, añadió--. Oye, Justa, vamos -a casa. - ---Anda ¡Déjame a mí en paz!--replicó ella con malos modos. - ---Es que tu padre ha dicho que para la noche estés en casa. Anda, vamos. - ---Oye, niño--dijo el _Carnicerín_ con pausa--. ¿A ti quién te da vela en -este entierro? - ---A mí me han encargado... - ---Bueno; pues tú te callas. ¿Sabes? - ---No me da la gana. - ---Te haré callar yo calentándote las orejas. - ---¿Usted a mí?... Si usted lo que es es un morral, un ladrón--y Manuel -se echó sobre el _Carnicerín_; pero uno de los amigos de éste le soltó -un garrotazo en la cabeza que lo dejó atontado. Trató el muchacho de -volver a acometer al hijo del carnicero; dos o tres invitados le -empujaron y lo zarandearon hasta ponerle en la carretera a la puerta de -la fonda. - ---¡Hambrón!... Golfo--gritaba Manuel. - ---Expresiones en casa--le dijo una de las amigas de la Justa con -sorna--y _canalla novedá_. - -Manuel, avergonzado y sediento de venganza, medio aturdido aún con el -golpe, se tapó la cara con la boina y fué andando por el camino -llorando de rabia. Al poco tiempo sintió alguien que se le acercaba -corriendo tras él. - ---Manuel, Manolillo--le dijo la Justa con voz cariñosa y burlona--, ¿qué -tienes? - -Manuel respiró fuerte y se le escapó un largo sollozo de dolor. - ---¿Qué tienes? Anda; vuelve. Iremos juntos. - ---No, no; déjame. - -Luego no supo qué resolución tomar, y sin hablar más echó a correr -camino de Madrid. - -La carrera secó sus lágrimas y reanimó sus iras. Estaba dispuesto a no -volver a casa del señor Custodio, aunque se muriera de hambre. - -La ira le subía en oleadas a la garganta, sentía un furor negro, vagas -ideas de acometer, de destruir todo, de echar todas las cosas al suelo y -despanzurrar a todos los hombres. - -El le prometía al _Carnicerín_ que, si alguna vez le encontraba a solas, -le echaría las zarpas al cuello hasta estrangularle, le abriría en canal -como a los cerdos y le colgaría con la cabeza para abajo y un palo entre -las costillas y otro en las tripas, y le pondría, además, en la boca una -taza de hoja de lata, para que gotease allí su maldita sangre de -cochino. - -Y luego generalizaba su odio y pensaba que la sociedad entera se ponía -en contra de él y no trataba mas que de martirizarle y de negarle todo. - -Pues bien; él se pondría en contra de la sociedad, se reuniría con el -_Bizco_ y asesinaría a diestro y siniestro, y cuando, cansado de hacer -crímenes, le llevaran al patíbulo, miraría desde allí al pueblo con -desprecio y moriría con un supremo gesto de odio y de desdén. - -Mientras barajaba en la cabeza todas estas ideas de exterminio, iba -obscureciendo. Manuel subió a la plaza de Oriente, y de aquí siguió por -la calle del Arenal. - -Estaban asfaltando un trozo de la Puerta del Sol; diez o doce hornillos -puestos en hilera vomitaban por sus chimeneas un humo espeso y acre. -Todavía las luces blancas de los arcos voltaicos no habían iluminado la -plaza; las siluetas de unos cuantos hombres que removían la masa de -asfalto en las calderas con largos palos, se agitaban diabólicamente -ante las bocas inflamadas de los hornillos. - -Manuel se acercó a una de las calderas y oyó que le llamaban. Era el -_Bizco_; se hallaba sentado sobre unos adoquines. - ---¿Qué hacéis aquí?--le preguntó Manuel. - ---Nos han derribado las cuevas de la Montaña--dijo el _Bizco_--, y hace -frío. Y tú, ¿qué? ¿Has dejado la casa? - ---Sí. - ---Anda, siéntate. - -Manuel se sentó y se recostó en una barrica de asfalto. - -En los escaparates y en los balcones de las casas iban brillando luces; -llegaban los tranvías suavemente, como si fueran barcos, con sus faroles -amarillos, verdes y rojos; sonaban sus timbres, y corrían por la Puerta -del Sol, trazando elegantes círculos. Cruzaban coches, caballos, carros, -gritaban los vendedores ambulantes en las aceras, había una baraúnda -ensordecedora... Al final de una calle, sobre el resplandor cobrizo del -crepúsculo, se recortaba la silueta aguda de un campanario. - ---Y a Vidal, ¿no lo ves?--preguntó Manuel. - ---No. Oye: ¿tú tienes dinero?--dijo el _Bizco_. - ---Veinte o treinta céntimos nada más. - ---¿Vamos por una libreta? - ---Bueno. - -Compró Manuel un panecillo, que dió al _Bizco_, y los dos tomaron una -copa de aguardiente en una taberna. Anduvieron después correteando por -las calles, y a las once, próximamente, volvieron a la Puerta del Sol. - -Alrededor de las calderas del asfalto se habían amontonado grupos de -hombres y de chiquillos astrosos; dormían algunos con la cabeza apoyada -en el hornillo, como si fueran a embestir contra él. Los chicos hablaban -y gritaban, y se reían de los espectadores que se acercaban con -curiosidad a mirarles. - ---Dormimos como en campaña--decía uno de los golfos. - ---Ahora no vendría mal--agregaba otro--pasarse a dar una vuelta por la -Plaza Mayor, a ver si nos daban una libra de jamón. - ---Tiene trichina. - ---Cuidado con el colchón de muelles--vociferaba uno chato, que andaba -con una varita dando en las piernas de los que dormían--. ¡Eh, tú, que -estás estropeando las sábanas! - -Al lado de Manuel, un chiquillo raquítico, de labios belfos y ojos -ribeteados, con uno de los pies envuelto en trapos sucios, lloraba y -gimoteaba; Manuel, absorto en sus ideas, no se había fijado en él. - ---Pues no berreas tú poco--le dijo al enfermo un muchacho que estaba -tendido en el suelo, con las piernas encogidas y la cabeza apoyada en -una piedra. - ---Es que me duele mucho. - ---Pues, amolarse. Ahórcate. - -Manuel creyó oír la voz del _Carnicerín_, y miró al que hablaba. Con la -gorra puesta sobre los ojos, no se le veía la cara. - ---¿Quién es ése?--preguntó Manuel al _Bizco_. - ---Es el capitán de los de la Montaña: el _Intérprete_. - ---¿Y por qué le habla así a ese chico? - ---El _Bizco_ se encogió de hombros con un ademán de indiferencia. - ---¿Qué te pasa?--le preguntó Manuel al chiquillo. - ---Tengo una llaga en un pie--contestó el otro, volviendo a llorar. - ---Te callarás--interrumpió el _Intérprete_ soltando una patada al -enfermo, el cual pudo esquivar el golpe--. Vete a contar eso a la perra -de tu madre... ¡Moler! No se puede dormir aquí. - ---Amolarse--gritó Manuel. - ---Eso ¿a quién se lo dices?--preguntó el _Intérprete_, echando la gorra -hacia atrás y mostrando su cara brutal de nariz chata y pómulos -salientes. - ---A ti te lo digo ¡ladrón! ¡cobarde! - -El _Intérprete_ se levantó y marchó contra Manuel; éste, en un arrebato -de ira, le agarró del cuello con las dos manos, le dió con el talón -derecho un golpe en la pierna, le hizo perder el equilibrio y le tumbó -en la tierra. Allí le golpeó violentamente. El _Intérprete_, más forzudo -que Manuel, logró levantarse; pero había perdido la fuerza moral, y -Manuel estaba enardecido y volvió a tumbarle, e iba a darle con un -pedrusco en la cara, cuando una pareja de municipales los separó a -puntapiés. El _Intérprete_ se marchó de allí avergonzado. - -Se tranquilizó el corro, y fueron, unos tras otros, tendiéndose -nuevamente alrededor de la caldera. - -Manuel se sentó sobre unos adoquines; la lucha le había hecho olvidar el -golpe recibido a la tarde; se sentía valiente y burlón, y encarándose -con los curiosos que contemplaban el corro, unos con risas y otros con -lástima, se puso a hablar con ellos. - ---Se va a terminar la sesión--les dijo--. Ahora van a dar comienzo los -grandes ejercicios de canto. Vamos a empezar a roncar, señores. ¡No se -inquieten los señores del público! Tendremos cuidado con las sábanas. -Mañana las enviaremos a lavar al río. Ahora es el momento. El que -quiera--señalando una piedra--puede aprovecharse de estas almohadas. Son -almohadas finas, como las gastan los marqueses del Archipipi. El que no -quiera que se vaya y no moleste. ¡Ea!, señores: si no pagan, llamo a la -criada y digo que cierre... - ---Pero si a todos éstos les pasa lo mismo--dijo uno de los golfos--; -cuando duermen van al mesón de la Cuerda. Si todos tienen cara de -hambre. - -Manuel sentía una verbosidad de charlatán. Cuando se cansó se apoyó en -un montón de piedras y, con los brazos cruzados, se dispuso a dormir. - -Poco después el grupo de curiosos se había dispersado; no quedaban mas -que un municipal y un señor viejo, que hablaban de los golfos en tono de -lástima. - -El señor se lamentaba del abandono en que se les dejaba a los chicos, y -decía que en otros países se creaban escuelas y asilos y mil cosas. El -municipal movía la cabeza en señal de duda. Al último resumió la -conversación, diciendo con un tono tranquilo de gallego: - ---Créame usted a mí: éstos ya no son buenos. - ---Manuel, al oír aquello, se estremeció; se levantó del suelo en donde -estaba, salió de la Puerta del Sol y se puso a andar sin dirección ni -rumbo. - -«¡Estos ya no son buenos!» La frase le había producido una impresión -profunda. ¿Por qué no era bueno él? ¿Por qué? Examinó su vida. El no era -malo, no había hecho daño a nadie. Odiaba al _Carnicerín_ porque le -arrebataba su dicha, le imposibilitaba vivir en el rincón donde -únicamente encontró algún cariño y alguna protección. Después, -contradiciéndose, pensó que quizá era malo y, en ese caso, no tenía más -remedio que corregirse y hacerse mejor. - -Embebido en estos pensamientos oyó, al pasar por la calle de Alcalá, que -le llamaban repetidas veces. Era la _Mellá_ y la _Rabanitos_, -acurrucadas en un portal. - ---¿Qué queréis?--las dijo. - ---_Na_, hombre, hablarte. ¿Has heredado? - ---No; ¿qué hacéis? - ---Aquí filando--contestó la _Mellá_. - ---¿Pues qué pasa? - ---Que hay recogida, y ese morral de _ispetor_, a pesar de que le -pagamos, nos _quie_ llevar a la _delega_. ¡Acompáñanos! - -Manuel las acompañó un rato; pero una y otra se fueron con unos señores -y él quedó sólo. Volvió a la Puerta del Sol. - -La noche le pareció interminable: dió vueltas y más vueltas; apagaron la -luz eléctrica, los tranvías cesaron de pasar, la plaza quedó a obscuras. - -Entre la calle de la Montera y la de Alcalá iban y venían delante de un -café, con las ventanas iluminadas, mujeres de trajes claros y pañuelos -de crespón, cantando, parando a los noctámbulos; unos cuantos chulos, -agazapados tras de los faroles, las vigilaban y charlaban con ellas, -dándoles órdenes... - -Luego fueron desfilando busconas, chulos y celestinas. Todo el Madrid -parásito, holgazán, alegre, abandonaba en aquellas horas las tabernas, -los garitos, las casas de juego, las madrigueras y los refugios del -vicio, y por en medio de la miseria que palpitaba en las calles, pasaban -los trasnochadores con el cigarro encendido, hablando, riendo, bromeando -con las busconas, indiferentes a las agonías de tanto miserable -desharrapado, sin pan y sin techo, que se refugiaba temblando de frío en -los quicios de las puertas. - -Quedaban algunas viejas busconas en las esquinas, envueltas en el -mantón, fumando... - -Tardó mucho en aclarar el cielo; aun de noche se armaron puestos de -café; los cocheros y los golfos se acercaron a tomar su vaso o su copa. -Se apagaron los faroles de gas. - -Danzaban las claridades de las linternas de los serenos en el suelo -gris, alumbrado vagamente por el pálido claror del alba, y las siluetas -negras de los traperos se detenían en los montones de basura, -encorvándose para escarbar en ellos. Todavía algún trasnochador pálido, -con el cuello del gabán levantado, se deslizaba siniestro como un búho -ante la luz, y mientras tanto comenzaban a pasar obreros... El Madrid -trabajador y honrado se preparaba para su ruda faena diaria. - -Aquella transición del bullicio febril de la noche a la actividad serena -y tranquila de la mañana le hizo pensar a Manuel largamente. - -Comprendía que eran las de los noctámbulos y las de los trabajadores -vidas paralelas que no llegaban ni un momento a encontrarse. Para los -unos, el placer, el vicio, la noche; para los otros, el trabajo, la -fatiga, el sol. Y pensaba también que él debía ser de éstos, de los que -trabajan al sol, no de los que buscan el placer en la sombra. - - FIN - - - - -ÍNDICE - - - Págs. - - PRIMERA PARTE - - I.--Preámbulo.--Conceptos un tanto inmorales - de una pupilera.--Charlas.--Se oye cerrar un - balcón.--Canta un grillo. 9 - - II.--La casa de doña Casiana.--Una ceremonia - matinal.--Complot.--En donde se discurre - acerca del valor alimenticio de los huesos. - --La Petra y su familia.--Manuel; su llegada - a Madrid. 15 - - III.--Primeras impresiones de Madrid.--Los - huéspedes.--Escena apacible.--Dulces y - deleitosas enseñanzas. 29 - - IV.--¡Oh, el amor, el amor!--¿Qué hace don - Telmo?--¿Quién es don Telmo?--En el cual el - estudiante y don Telmo toman ciertas - proporciones novelescas. 41 - - - SEGUNDA PARTE - - I.--La regeneración del calzado y El león de - la zapatería.--El primer domingo.--Una - escapatoria.--El _Bizco_ y su cuadrilla. 53 - - II.--El corralón o la casa del tío Rilo.--Los - odios de vecindad. 71 - - III.--Roberto Hasting en la zapatería. - --Procesión de mendigos.--Corte de los - Milagros. 81 - - IV.--La vida en la zapatería.--Los amigos de - Manuel. 91 - - V.--La taberna de la _Blasa_. 99 - - VI.--Roberto en busca de una mujer.--El - _Tabuenca_ y sus artificios.--Don Alonso - o el _Hombre Boa_. 109 - - VII.--La _kermesse_ de la calle de la - Pasión.--El _Lechuguino_.--Un café - cantante. 125 - - VIII.--Las vacilaciones de Leandro.--En la - taberna de la _Blasa_.--El de las tres - cartas.--Lucha con el _Valencia_. 133 - - IX.--Una historia inverosímil.--Las hermanas - de Manuel.--Lo incomprensible de la vida. 147 - - - TERCERA PARTE - - I.--El drama del _Tío Patas_.--La tahona. - --Karl el hornero.--La Sociedad de los Tres. 159 - - II.--Una de las muchas maneras desagradables - de morirse que hay en Madrid.--El _Expósito_. - --El _Cojo_ y su cueva.--La noche en el - Observatorio. 177 - - III.--Encuentro con Roberto.--Roberto cuenta - el origen de una fortuna fantástica. 189 - - IV.--Dolores la _Escandalosa_.--Las - engañifas del _Pastiri_.--Dulce salvajismo. - --Un modesto robo en despoblado. 199 - - V.--Vestales del arroyo.--Los trogloditas. 217 - - VI.--El señor Custodio y su hacienda.--A la - busca. 227 - - VII.--El señor Custodio y sus ideas.--La - Justa, el _Carnicerín_ y el _Conejo_. 239 - - VIII.--La plaza.--Una boda en la Bombilla. - --Las calderas del asfalto. 251 - - - - -_Rafael Caro Raggio: Editor.--Ventura Rodríguez, 18._ - -COLECCIÓN SELECTA - -VOLÚMENES PUBLICADOS - - - JULIO VALLÉS.--=El Niño.= (Vida de Jaime Vigntras.) - - ENRIQUE BARBUSSE.--=El fuego en las trincheras.= - » » --=Claridad.= - - CARLOS RIVET.--=El último Romanof.= (Historia del Tsar de Rusia - y su corte.) - - STENDHAL.--I. =Un oficial enamorado.= (Luciano Leuwen.) - » --II. =Un oficial enamorado.= (Luciano Leuwen.) - - HENRY KISTEMAECKERS.--=El relevo galante.= (Novela.) - - RUDYARD KIPLING.--=Capitanes valientes.= - - JOSÉ MARÍA SALAVERRÍA.--=Los conquistadores.= (El - origen heroico de América). - » » » --=En la Vorágine.= - - JUAN GUALBERTO NESSI.--=Aventuras del submarino alemán U...= - » » » --=De tobillera a "cocotte".= - - ABEL BOTELHO.--I. =El libro de Alda.= - » » --II. =El libro de Alda.= - - A. S. PUSHKIN.--=El bandido Dubrovsky.= - » --=La casita solitaria de la isla Basilio.= - - ABEL HERMANT.--=Los amores de Fanfán.= - - A. GUILMAIN.--=La condesa busca un amante.= - » --=Margot peca siete veces.= - » --=Frou-frou, vendedora de caricias.= - - AUGUSTO MARTÍNEZ OLMEDILLA.--=Resurgimiento.= - - - - -JOSÉ MARTÍNEZ RUIZ (AZORÍN) - - -COLECCIÓN DE OBRAS COMPLETAS - - I.--EL ALMA CASTELLANA. - II.--LA VOLUNTAD. - III.--ANTONIO AZORÍN. - IV.--LAS CONFESIONES DE UN PEQUEÑO FILÓSOFO. (Aumentada.) - V.--ESPAÑA. - VI.--LOS PUEBLOS. - VII.--FANTASÍAS Y DEVANEOS. - VIII.--EL POLÍTICO. - IX.--LA RUTA DE DON QUIJOTE. - X.--LECTURAS ESPAÑOLAS. - XI.--LOS VALORES LITERARIOS. - XII.--CLÁSICOS Y MODERNOS. - XIII.--CASTILLA. - XIV.--UN DISCURSO DE LA CIERVA. - XV.--AL MARGEN DE LOS CLÁSICOS. - XVI.--EL LICENCIADO VIDRIERA. - XVII.--UN PUEBLECITO. - XVIII.--RIVAS Y LARRA. - XIX.--EL PAISAJE DE ESPAÑA VISTO POR LOS ESPAÑOLES. - XX.--ENTRE ESPAÑA Y FRANCIA. - XXI.--PARLAMENTARISMO ESPAÑOL. - XXII.--PARÍS, BOMBARDEADO Y MADRID SENTIMENTAL. - XXIII.--LABERINTO. - - -OTRAS PUBLICACIONES - - LORENZO GALLEGO CARRANZA.--=Lecciones de Topografía.= 9 ptas. - » » --=Sistema de acotaciones.= 3,50 ptas. - - - - - -End of Project Gutenberg's La Lucha Por La Vida; La Busca, by Pío Baroja - -*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA LUCHA POR LA VIDA; LA BUSCA *** - -***** This file should be named 43432-8.txt or 43432-8.zip ***** -This and all associated files of various formats will be found in: - http://www.gutenberg.org/4/3/4/3/43432/ - -Produced by Carlos Colon and the Online Distributed -Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This book was -created from images of public domain material made available -by the University of Toronto Libraries -(http://link.library.utoronto.ca/booksonline/).) - - -Updated editions will replace the previous one--the old editions -will be renamed. - -Creating the works from public domain print editions means that no -one owns a United States copyright in these works, so the Foundation -(and you!) can copy and distribute it in the United States without -permission and without paying copyright royalties. Special rules, -set forth in the General Terms of Use part of this license, apply to -copying and distributing Project Gutenberg-tm electronic works to -protect the PROJECT GUTENBERG-tm concept and trademark. Project -Gutenberg is a registered trademark, and may not be used if you -charge for the eBooks, unless you receive specific permission. If you -do not charge anything for copies of this eBook, complying with the -rules is very easy. You may use this eBook for nearly any purpose -such as creation of derivative works, reports, performances and -research. They may be modified and printed and given away--you may do -practically ANYTHING with public domain eBooks. Redistribution is -subject to the trademark license, especially commercial -redistribution. - - - -*** START: FULL LICENSE *** - -THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE -PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK - -To protect the Project Gutenberg-tm mission of promoting the free -distribution of electronic works, by using or distributing this work -(or any other work associated in any way with the phrase "Project -Gutenberg"), you agree to comply with all the terms of the Full Project -Gutenberg-tm License available with this file or online at - www.gutenberg.org/license. - - -Section 1. General Terms of Use and Redistributing Project Gutenberg-tm -electronic works - -1.A. By reading or using any part of this Project Gutenberg-tm -electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to -and accept all the terms of this license and intellectual property -(trademark/copyright) agreement. If you do not agree to abide by all -the terms of this agreement, you must cease using and return or destroy -all copies of Project Gutenberg-tm electronic works in your possession. -If you paid a fee for obtaining a copy of or access to a Project -Gutenberg-tm electronic work and you do not agree to be bound by the -terms of this agreement, you may obtain a refund from the person or -entity to whom you paid the fee as set forth in paragraph 1.E.8. - -1.B. "Project Gutenberg" is a registered trademark. It may only be -used on or associated in any way with an electronic work by people who -agree to be bound by the terms of this agreement. There are a few -things that you can do with most Project Gutenberg-tm electronic works -even without complying with the full terms of this agreement. See -paragraph 1.C below. There are a lot of things you can do with Project -Gutenberg-tm electronic works if you follow the terms of this agreement -and help preserve free future access to Project Gutenberg-tm electronic -works. See paragraph 1.E below. - -1.C. The Project Gutenberg Literary Archive Foundation ("the Foundation" -or PGLAF), owns a compilation copyright in the collection of Project -Gutenberg-tm electronic works. Nearly all the individual works in the -collection are in the public domain in the United States. If an -individual work is in the public domain in the United States and you are -located in the United States, we do not claim a right to prevent you from -copying, distributing, performing, displaying or creating derivative -works based on the work as long as all references to Project Gutenberg -are removed. Of course, we hope that you will support the Project -Gutenberg-tm mission of promoting free access to electronic works by -freely sharing Project Gutenberg-tm works in compliance with the terms of -this agreement for keeping the Project Gutenberg-tm name associated with -the work. You can easily comply with the terms of this agreement by -keeping this work in the same format with its attached full Project -Gutenberg-tm License when you share it without charge with others. - -1.D. The copyright laws of the place where you are located also govern -what you can do with this work. Copyright laws in most countries are in -a constant state of change. If you are outside the United States, check -the laws of your country in addition to the terms of this agreement -before downloading, copying, displaying, performing, distributing or -creating derivative works based on this work or any other Project -Gutenberg-tm work. The Foundation makes no representations concerning -the copyright status of any work in any country outside the United -States. - -1.E. Unless you have removed all references to Project Gutenberg: - -1.E.1. The following sentence, with active links to, or other immediate -access to, the full Project Gutenberg-tm License must appear prominently -whenever any copy of a Project Gutenberg-tm work (any work on which the -phrase "Project Gutenberg" appears, or with which the phrase "Project -Gutenberg" is associated) is accessed, displayed, performed, viewed, -copied or distributed: - -This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with -almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or -re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included -with this eBook or online at www.gutenberg.org - -1.E.2. If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is derived -from the public domain (does not contain a notice indicating that it is -posted with permission of the copyright holder), the work can be copied -and distributed to anyone in the United States without paying any fees -or charges. If you are redistributing or providing access to a work -with the phrase "Project Gutenberg" associated with or appearing on the -work, you must comply either with the requirements of paragraphs 1.E.1 -through 1.E.7 or obtain permission for the use of the work and the -Project Gutenberg-tm trademark as set forth in paragraphs 1.E.8 or -1.E.9. - -1.E.3. If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is posted -with the permission of the copyright holder, your use and distribution -must comply with both paragraphs 1.E.1 through 1.E.7 and any additional -terms imposed by the copyright holder. Additional terms will be linked -to the Project Gutenberg-tm License for all works posted with the -permission of the copyright holder found at the beginning of this work. - -1.E.4. Do not unlink or detach or remove the full Project Gutenberg-tm -License terms from this work, or any files containing a part of this -work or any other work associated with Project Gutenberg-tm. - -1.E.5. Do not copy, display, perform, distribute or redistribute this -electronic work, or any part of this electronic work, without -prominently displaying the sentence set forth in paragraph 1.E.1 with -active links or immediate access to the full terms of the Project -Gutenberg-tm License. - -1.E.6. You may convert to and distribute this work in any binary, -compressed, marked up, nonproprietary or proprietary form, including any -word processing or hypertext form. However, if you provide access to or -distribute copies of a Project Gutenberg-tm work in a format other than -"Plain Vanilla ASCII" or other format used in the official version -posted on the official Project Gutenberg-tm web site (www.gutenberg.org), -you must, at no additional cost, fee or expense to the user, provide a -copy, a means of exporting a copy, or a means of obtaining a copy upon -request, of the work in its original "Plain Vanilla ASCII" or other -form. Any alternate format must include the full Project Gutenberg-tm -License as specified in paragraph 1.E.1. - -1.E.7. Do not charge a fee for access to, viewing, displaying, -performing, copying or distributing any Project Gutenberg-tm works -unless you comply with paragraph 1.E.8 or 1.E.9. - -1.E.8. You may charge a reasonable fee for copies of or providing -access to or distributing Project Gutenberg-tm electronic works provided -that - -- You pay a royalty fee of 20% of the gross profits you derive from - the use of Project Gutenberg-tm works calculated using the method - you already use to calculate your applicable taxes. The fee is - owed to the owner of the Project Gutenberg-tm trademark, but he - has agreed to donate royalties under this paragraph to the - Project Gutenberg Literary Archive Foundation. Royalty payments - must be paid within 60 days following each date on which you - prepare (or are legally required to prepare) your periodic tax - returns. Royalty payments should be clearly marked as such and - sent to the Project Gutenberg Literary Archive Foundation at the - address specified in Section 4, "Information about donations to - the Project Gutenberg Literary Archive Foundation." - -- You provide a full refund of any money paid by a user who notifies - you in writing (or by e-mail) within 30 days of receipt that s/he - does not agree to the terms of the full Project Gutenberg-tm - License. You must require such a user to return or - destroy all copies of the works possessed in a physical medium - and discontinue all use of and all access to other copies of - Project Gutenberg-tm works. - -- You provide, in accordance with paragraph 1.F.3, a full refund of any - money paid for a work or a replacement copy, if a defect in the - electronic work is discovered and reported to you within 90 days - of receipt of the work. - -- You comply with all other terms of this agreement for free - distribution of Project Gutenberg-tm works. - -1.E.9. If you wish to charge a fee or distribute a Project Gutenberg-tm -electronic work or group of works on different terms than are set -forth in this agreement, you must obtain permission in writing from -both the Project Gutenberg Literary Archive Foundation and Michael -Hart, the owner of the Project Gutenberg-tm trademark. Contact the -Foundation as set forth in Section 3 below. - -1.F. - -1.F.1. Project Gutenberg volunteers and employees expend considerable -effort to identify, do copyright research on, transcribe and proofread -public domain works in creating the Project Gutenberg-tm -collection. Despite these efforts, Project Gutenberg-tm electronic -works, and the medium on which they may be stored, may contain -"Defects," such as, but not limited to, incomplete, inaccurate or -corrupt data, transcription errors, a copyright or other intellectual -property infringement, a defective or damaged disk or other medium, a -computer virus, or computer codes that damage or cannot be read by -your equipment. - -1.F.2. LIMITED WARRANTY, DISCLAIMER OF DAMAGES - Except for the "Right -of Replacement or Refund" described in paragraph 1.F.3, the Project -Gutenberg Literary Archive Foundation, the owner of the Project -Gutenberg-tm trademark, and any other party distributing a Project -Gutenberg-tm electronic work under this agreement, disclaim all -liability to you for damages, costs and expenses, including legal -fees. YOU AGREE THAT YOU HAVE NO REMEDIES FOR NEGLIGENCE, STRICT -LIABILITY, BREACH OF WARRANTY OR BREACH OF CONTRACT EXCEPT THOSE -PROVIDED IN PARAGRAPH 1.F.3. YOU AGREE THAT THE FOUNDATION, THE -TRADEMARK OWNER, AND ANY DISTRIBUTOR UNDER THIS AGREEMENT WILL NOT BE -LIABLE TO YOU FOR ACTUAL, DIRECT, INDIRECT, CONSEQUENTIAL, PUNITIVE OR -INCIDENTAL DAMAGES EVEN IF YOU GIVE NOTICE OF THE POSSIBILITY OF SUCH -DAMAGE. - -1.F.3. LIMITED RIGHT OF REPLACEMENT OR REFUND - If you discover a -defect in this electronic work within 90 days of receiving it, you can -receive a refund of the money (if any) you paid for it by sending a -written explanation to the person you received the work from. If you -received the work on a physical medium, you must return the medium with -your written explanation. The person or entity that provided you with -the defective work may elect to provide a replacement copy in lieu of a -refund. If you received the work electronically, the person or entity -providing it to you may choose to give you a second opportunity to -receive the work electronically in lieu of a refund. If the second copy -is also defective, you may demand a refund in writing without further -opportunities to fix the problem. - -1.F.4. Except for the limited right of replacement or refund set forth -in paragraph 1.F.3, this work is provided to you 'AS-IS', WITH NO OTHER -WARRANTIES OF ANY KIND, EXPRESS OR IMPLIED, INCLUDING BUT NOT LIMITED TO -WARRANTIES OF MERCHANTABILITY OR FITNESS FOR ANY PURPOSE. - -1.F.5. Some states do not allow disclaimers of certain implied -warranties or the exclusion or limitation of certain types of damages. -If any disclaimer or limitation set forth in this agreement violates the -law of the state applicable to this agreement, the agreement shall be -interpreted to make the maximum disclaimer or limitation permitted by -the applicable state law. The invalidity or unenforceability of any -provision of this agreement shall not void the remaining provisions. - -1.F.6. INDEMNITY - You agree to indemnify and hold the Foundation, the -trademark owner, any agent or employee of the Foundation, anyone -providing copies of Project Gutenberg-tm electronic works in accordance -with this agreement, and any volunteers associated with the production, -promotion and distribution of Project Gutenberg-tm electronic works, -harmless from all liability, costs and expenses, including legal fees, -that arise directly or indirectly from any of the following which you do -or cause to occur: (a) distribution of this or any Project Gutenberg-tm -work, (b) alteration, modification, or additions or deletions to any -Project Gutenberg-tm work, and (c) any Defect you cause. - - -Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg-tm - -Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of -electronic works in formats readable by the widest variety of computers -including obsolete, old, middle-aged and new computers. It exists -because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from -people in all walks of life. - -Volunteers and financial support to provide volunteers with the -assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg-tm's -goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will -remain freely available for generations to come. In 2001, the Project -Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure -and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations. -To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation -and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4 -and the Foundation information page at www.gutenberg.org - - -Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive -Foundation - -The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit -501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the -state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal -Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification -number is 64-6221541. Contributions to the Project Gutenberg -Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent -permitted by U.S. federal laws and your state's laws. - -The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S. -Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered -throughout numerous locations. Its business office is located at 809 -North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887. Email -contact links and up to date contact information can be found at the -Foundation's web site and official page at www.gutenberg.org/contact - -For additional contact information: - Dr. Gregory B. Newby - Chief Executive and Director - gbnewby@pglaf.org - -Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg -Literary Archive Foundation - -Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide -spread public support and donations to carry out its mission of -increasing the number of public domain and licensed works that can be -freely distributed in machine readable form accessible by the widest -array of equipment including outdated equipment. Many small donations -($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt -status with the IRS. - -The Foundation is committed to complying with the laws regulating -charities and charitable donations in all 50 states of the United -States. Compliance requirements are not uniform and it takes a -considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up -with these requirements. We do not solicit donations in locations -where we have not received written confirmation of compliance. To -SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any -particular state visit www.gutenberg.org/donate - -While we cannot and do not solicit contributions from states where we -have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition -against accepting unsolicited donations from donors in such states who -approach us with offers to donate. - -International donations are gratefully accepted, but we cannot make -any statements concerning tax treatment of donations received from -outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff. - -Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation -methods and addresses. Donations are accepted in a number of other -ways including checks, online payments and credit card donations. -To donate, please visit: www.gutenberg.org/donate - - -Section 5. General Information About Project Gutenberg-tm electronic -works. - -Professor Michael S. Hart was the originator of the Project Gutenberg-tm -concept of a library of electronic works that could be freely shared -with anyone. For forty years, he produced and distributed Project -Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support. - -Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed -editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S. -unless a copyright notice is included. Thus, we do not necessarily -keep eBooks in compliance with any particular paper edition. - -Most people start at our Web site which has the main PG search facility: - - www.gutenberg.org - -This Web site includes information about Project Gutenberg-tm, -including how to make donations to the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to -subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks. |
