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-*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LA LUCHA POR LA VIDA: MALA
-HIERBA ***
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+*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK 43033 ***
Nota del transcriptor: La ortografía del original fue conservada.
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[A] El episodio que precede á MALA HIERBA se titula LA BUSCA.
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-*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LA LUCHA POR LA VIDA: MALA
-HIERBA *** \ No newline at end of file
+*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK 43033 ***
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-Project Gutenberg's La lucha por la vida; Mala hierba, by Pío Baroja
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
-almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or
-re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
-with this eBook or online at www.gutenberg.org/license
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-
-Title: La lucha por la vida; Mala hierba
-
-Author: Pío Baroja
-
-Release Date: June 25, 2013 [EBook #43033]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: ISO-8859-1
-
-*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA LUCHA POR LA VIDA; MALA HIERBA ***
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-
-Produced by Chuck Greif and the Online Distributed
-Proofreading Canada Team at http://www.pgdpcanada.net (This
-book was produced from scanned images of public domain
-material from the Google Book Search project.)
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- Nota del transcriptor: La ortografía del original fue conservada.
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- LA LUCHA POR LA VIDA
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- Mala Hierba.
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-OBRAS DEL MISMO AUTOR
-
-=Vidas sombrías=; un volumen.
-
-=La casa de Aizgorri=, novela en siete jornadas; ídem.
-
-=Aventuras, inventos y mixtificaciones de Silvestre Paradox=; ídem.
-
-=Camino de perfección= (=pasión mística=), novela; ídem.
-
-=El Mayorazgo de Labraz=, novela; ídem.
-
-=Idilios vascos=; con ilustraciones de F. Periquet y R. Baroja; ídem.
-
-LA LUCHA POR LA VIDA
-
-=La Busca= (novela); un vol.
-
-=Mala hierba= (novela); un vol.
-
-=Aurora roja= (novela); un vol. (en prensa).
-
-
-
-
- LA LUCHA POR LA VIDA
-
- Mala Hierba
-
- NOVELA
-
- POR
-
- PIO BAROJA
-
- [imagen: colophon]
-
- MADRID
-
- LIBRERÍA DE FERNANDO FÉ.
-
- 1904
-
- ES PROPIEDAD.--DERECHOS RESERVADOS
-
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-
-
- Mala hierba.[A]
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-
-
-PRIMERA PARTE
-
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-
-CAPÍTULO I
-
-El taller.--La vida de Roberto Hasting.--Alex Monzon.
-
-
-Roberto se había levantado de la cama, y vestido con su traje de calle y
-sentado á una mesa llena de papeles, escribía.
-
-El cuarto era una guardilla trastera, baja de techo, con una gran
-ventana á un patio. El centro del cuarto lo ocupaban dos estatuas de
-barro, de un armazón interior de alambre, dos figuras de más del tamaño
-natural, descomunales y estrambóticas. Estaban ambas solamente
-esbozadas, como si el autor no hubiera sabido acabarlas; eran dos
-jigantes rendidos por el cansancio, los dos de cabeza pequeña y rapada,
-pecho hundido, vientre abultado y largos brazos simiescos. Los dos
-parecían agobiados por un abatimiento profundo. Frente á la ventana
-ancha había un sofá, tapizado con una percalina floreada; en las sillas
-y en el suelo se levantaban estatuas medio envueltas en trapos húmedos;
-en un ángulo aparecía una caja, llena de pedazos secos de escayola, y en
-un rincón un lebrillo con barro.
-
-De cuando en cuando Roberto miraba á un reloj de bolsillo colocado sobre
-la mesa, entre los papeles; se levantaba y daba unos paseos por el
-cuarto. Por la ventana, en las galerías de las casas de enfrente se
-veían pasar mujeres desharrapadas y sucias; de la calle subía una
-baraúnda ensordecedora de gritos de las verduleras y de los vendedores
-ambulantes.
-
-A Roberto, sin duda, no le molestaba aquella continua algarabía, y al
-cabo de poco rato se sentaba y seguía escribiendo.
-
- * * * * *
-
-Mientras tanto, Manuel subía y bajaba las casas de toda la calle en
-busca de Roberto Hasting.
-
-Hallábase Manuel con decisión para intentar seriamente un cambio de
-vida, se sentía capaz de tomar una determinación enérgica y dispuesto á
-seguirla hasta el fin.
-
-Su hermana mayor, que acababa de casarse con un bombero, le regaló unos
-pantalones rotos de su esposo, una chaqueta vieja y una bufanda raida.
-Además, añadió á la donación una gorra de forma y de color absurdos, un
-sombrero hongo anciano y algunos buenos y vagos consejos acerca del
-trabajo, el cual, como nadie ignora, es el padre de todas las virtudes,
-como el caballo es el más noble de todos los animales y la ociosidad la
-madre de todos los vicios.
-
-Es muy posible, casi seguro, que Manuel hubiese preferido á estos buenos
-y vagos consejos, á esta gorra de forma y color absurdos, á la chaqueta
-vieja, al sombrero anciano, á la bufanda raida y á los pantalones rotos,
-una pequeña cantidad de dinero, ya fuera en cuartos, en plata ó en
-billetes.
-
-La juventud es así, no tiene norte ni guía; imprevisora siempre, concede
-más valor á los dones materiales que á los espirituales, sin comprender
-en su ignorancia absoluta que una moneda se gasta, un billete se cambia,
-y las dos cosas pueden perderse, y en cambio un buen consejo ni se gasta
-ni se pierde, ni se reduce á calderilla, y tiene además la ventaja de
-que sin cuidarse de él para nada, dura eternamente, sin enmohecimiento
-ni deterioro. Prefiriese una cosa ú otra, hay que confesar que Manuel
-tuvo que contentarse con lo que le dieron.
-
-Con este lastre de los buenos consejos y de las malas prendas de vestir,
-sin vislumbrar ni un cuarto de luz en su camino, Manuel repasó en la
-memoria la corta lista de sus conocimientos, y pensó que de todos, el
-único capaz de favorecerle era Roberto Hasting.
-
-Penetrado de esta verdad, para él muy importante, se dedicó á buscar á
-su amigo. En el cuartel ya le habían perdido de vista hacía tiempo; doña
-Casiana, la de la casa de huéspedes, á quien Manuel encontró en la
-calle, no sabía las señas de Roberto, y le indicó que quizás el
-Superhombre las supiera.
-
---¿Sigue viviendo en su casa de usted?
-
---No, estaba ya harta de que no me pagara. No sé dónde vive; pero le
-encontrarás en _El Mundo_, un periódico de la calle de Valverde que
-tiene un letrero en el balcón.
-
-Buscó Manuel el periódico de la calle de Valverde y lo encontró en
-seguida; subió al piso principal de la casa, y se detuvo ante una puerta
-cerrada con un cristal, en donde había grabados dos mundos, el antiguo y
-el moderno. No había timbre ni llamador de campanilla, y Manuel se puso
-á repiquetear con los dedos en el cristal, encima precisamente del nuevo
-mundo, y en esta ocupación le sorprendió el mismísimo Superhombre, que
-llegaba de la calle.
-
---¿Qué haces aquí?--le dijo el periodista, mirándole de arriba á
-abajo--¿Quién eres tú?
-
---Yo soy Manuel, el hijo de la Petra, la de la casa de huéspedes, ¿no se
-acuerda usted?
-
---¡Ah, sí!... ¿y qué quieres?
-
---Quisiera que me dijese usted si sabe dónde vive don Roberto, que creo
-que ahora es periodista.
-
---¿Y quién es don Roberto?
-
---El rubio... el estudiante amigo de don Telmo.
-
---¿El niño _litri_ aquél?... ¡yo qué sé!
-
---¿Ni dónde trabaja tampoco?
-
---Creo que da lecciones en la academia de Fischer.
-
---No sé en qué sitio está esa academia.
-
---Me parece que en la plaza de Isabel II--contestó el Superhombre de un
-modo displicente, mientras abría la puerta de cristales con un llavín y
-entraba.
-
-Manuel fué á la academia; aquí un ordenanza le dijo que Roberto vivía en
-la calle del Espíritu Santo, en el número 21 ó 23, no sabía á punto
-fijo, en un piso alto, donde había un estudio de escultor.
-
-Manuel buscó la calle del Espíritu Santo; la geografía de esta parte de
-Madrid le era un tanto desconocida. Tardó en dar con la calle, que
-estaba en aquellas horas animadísima; las verduleras, colocadas en fila
-á los lados de la calle, anunciaban sus judías y sus tomates á voz en
-grito; las criadas pasaban con sus cestas al brazo y sus delantales
-blancos; los horteras echaban un párrafo recostados en la puerta de la
-tienda con la cocinera guapa; corrían los panaderos entre la gente con
-la cesta en equilibrio sobre la cabeza, y el ir y venir de la gente, el
-gritar de unos y de otros formaba una baraúnda ensordecedora y un
-espectáculo abigarrado y pintoresco.
-
-Manuel, abriéndose paso entre el gentío y las cestas de tomates,
-preguntó por Roberto en los números que le indicaron; no le conocían las
-porteras, y no tuvo más remedio que subir hasta los pisos altos y
-enterarse allí.
-
-Después de varias ascensiones dió con el estudio del escultor. En el
-extremo de una escalera sucia y obscura se encontró con un pasillo en
-donde charlaban unas cuantas viejas.
-
---¿Don Roberto Hasting? ¿Uno que vive en el taller de un escultor?
-
---Será ahí en esa puerta.
-
-La entreabrió Manuel, se asomó y vió á Roberto escribiendo.
-
---Hola, ¿eres tú?--dijo Roberto--. ¿Qué hay?
-
---Pues venía á verle á usted.
-
---¿A mí?
-
---Sí, señor.
-
---¿Qué te pasa?
-
---Que me he quedado parado.
-
---¿Cómo parado?
-
---Sin trabajo.
-
---¿Y tu tío?
-
---¡Oh, ya hacía tiempo que no estaba allí!
-
---¿Y cómo ha sido eso?
-
-Manuel contó sus cuitas. Luego, viendo que Roberto seguía escribiendo
-rápidamente, se calló.
-
---Puedes seguir--murmuró Hasting--, te oigo mientras escribo; tengo que
-concluir un trabajo para mañana y necesito correr, pero te oigo.
-
-Manuel, á pesar de la indicación, no siguió hablando. Miró los dos
-jigantones derrengados que ocupaban el centro del taller y quedó
-sorprendido. Roberto, que notó el asombro de Manuel, le preguntó riendo:
-
---¿Qué te parece eso?
-
---Qué sé yo. Da miedo. ¿Qué quieren decir esos hombres?
-
---El autor los llama Los Explotados. Quiere dar á entender que son los
-hombres á quienes agota el trabajo. Poco oportuno el asunto para España.
-
-Roberto siguió escribiendo. Manuel separó la vista de los dos figurones
-y la dirigió por el cuarto. No tenía aspecto de riqueza, ni siquiera de
-comodidad; Manuel pensó que el estudiante no marchaba bien en sus
-asuntos.
-
-Roberto echó una rápida mirada á su reloj, dejó la pluma, se levantó, y
-paseó por el cuarto. Contrastaba su elegancia con el aspecto miserable
-del cuarto.
-
---¿Quién te ha dicho dónde vivía?--preguntó.
-
---En una academia.
-
---¿Y quién te ha indicado la academia?
-
---El Superhombre.
-
---¡Ah! El divino Langairiños... Y dime: ¿desde cuándo estás sin trabajo?
-
---Desde hace unos días.
-
---¿Y qué piensas hacer?
-
---Pues estar á lo que salga.
-
---¿Y si no sale nada?
-
---Creo que algo saldrá.
-
-Roberto sonrió burlonamente.
-
---¡Qué español es eso! Estar á lo que salga. Siempre esperando... Pero,
-en fin, tú no tienes la culpa. Oye. Si estos días no encuentras sitio
-donde dormir, quédate aquí.
-
---Bueno, muchas gracias. ¿Y la herencia de usted, don Roberto? ¿Cómo va?
-
---Marchando poco á poco. Antes de un año me ves rico.
-
---Me alegraré.
-
---Ya te dije que me figuraba que había un enredo de los curas en esta
-cuestión; pues, efectivamente, así es. Don Fermín Núñez de Letona, el
-cura, fundó diez capellanías para parientes suyos que llevaran su
-apellido. Sabiendo esto pregunté por estas capellanías en el Obispado;
-no sabían nada; pedí varias veces la partida de bautismo de don Fermín á
-Labraz; me dijeron que allí no aparecía tal nombre. Para aclarar este
-asunto he ido hace un mes á Labraz.
-
---¿Ha estado usted fuera de Madrid?
-
---Sí; he gastado mil pesetas. En la situación en que me encuentro,
-figúrate lo que representan mil pesetas para mí; pero no he tenido
-ningún inconveniente en gastarlas. He ido, como te decía, á Labraz; he
-visto el libro de partidas en la iglesia vieja y me he encontrado con
-que hay un salto en el libro desde el año 1759 al 60. ¿Qué es esto?, me
-dije. Miré, volví á mirar, no había señal de hoja arrancada; la
-numeración de los folios estaba bien, pero los años no concordaban y,
-¿sabes lo que pasa?, que una hoja está pegada á otra. Después fuí al
-Seminario de Pamplona y conseguí encontrar una lista de los alumnos que
-estudiaron á fines del siglo XVIII y allí está don Fermín, y pone: Núñez
-de Letona, Labraz (Alava). De manera que la partida de bautismo de don
-Fermín se encuentra en la hoja pegada.
-
---¿Y por qué no ha hecho usted que la despeguen?
-
---No; ¿quién sabe lo que puede suceder?, podría levantar la caza. El
-libro queda allá. Yo he mandado á Londres mi escrito; cuando venga el
-exhorto, el Juzgado nombrará tres peritos que irán á Labraz y, ante
-ellos y ante el Juez y el Notario, se despegará la hoja.
-
-Roberto, como siempre que hablaba de su fortuna, iba exaltándose; su
-imaginación le hacía ver perspectivas admirables de riqueza, de lujo,
-de viajes maravillosos. En medio de sus entusiasmos y de sus ilusiones
-apareció el hombre práctico; miró al reloj, se calmó en un instante, y
-se puso á escribir de nuevo.
-
-Manuel se levantó.
-
---¿Qué, te vas?--le dijo Roberto.
-
---Sí; ¿qué voy á hacer aquí?
-
---Si no tienes para almorzar toma una peseta. No tengo más.
-
---¿Y usted?
-
---Yo como en casa de un discípulo. Oye, si vienes á dormir, adviérteselo
-á mi compañero. Estará aquí dentro de un momento. Aún no se ha
-levantado. Se llama Alejo Monzon, pero le llaman Alex.
-
---Bueno; sí, señor.
-
-Almorzó Manuel pan y queso y volvió al poco rato al taller. Un hombre
-rechoncho, de barba negra y espesa, cubierto con una blusa blanca, la
-pipa en la boca, modelaba en plastelina una Venus desnuda.
-
---¿Usted es don Alejo?--le preguntó Manuel.
-
---Sí, ¿que hay?
-
---Yo soy amigo de don Roberto, y he venido á verle hoy y le he dicho que
-no tenía trabajo ni casa, y él me ha indicado que podía dormir aquí.
-
---Tendrás que acostarte en el sofá--dijo el de la blusa blanca--, porque
-no hay otra cama.
-
---No importa. Estoy acostumbrado.
-
---¡Qué! ¿Tú tienes algo que hacer?
-
---Yo no.
-
---Anda, entonces ponte sobre la tarima; me servirás de modelo. Siéntate
-en esta caja. Así. Ahora apoya la cabeza en la mano como si estuvieras
-pensando en algo. Bueno. Está bien. La mirada más alta. Eso es.
-
-El escultor se sentó, machacó de un puñetazo la Venus que estaba
-modelando y comenzó á levantar otra figura.
-
-Manuel se cansó pronto de posar y se lo advirtió así á Alex, quien le
-dijo que descansara.
-
-A media tarde entraron en la guardilla una porción de muchachos amigos
-del escultor; dos de ellos se pusieron en mangas de camisa y comenzaron
-á amontonar barro en una mesa; un melenudo se sentó en un sofá. Llegaron
-poco después otros y comenzaron todos á charlar á voz en grito.
-
-Hablaron y discutieron una porción de cosas, de pintura, de escultura,
-de comedias. Manuel pensó que debían de ser personas importantes.
-
-Habían clasificado al mundo. Tal, era admirable; Cuál, detestable; H, un
-genio; B, un imbécil.
-
-No les gustaba, sin duda, las medias tintas ni los términos medios;
-parecían árbitros de la opinión, juzgadores y sentenciadores de todo.
-
-Al anochecer se prepararon para salir.
-
---¿Tú te vas?--preguntó el escultor á Manuel.
-
---Saldré un momento á cenar.
-
---Bueno; ahí tienes la llave. Yo vendré á eso de las doce y llamaré.
-
---Está bien.
-
-Manuel comió otra ración de pan y queso y dió un paseo después por las
-calles y, entrada la noche, volvió al taller. Hacía frío allá arriba,
-más frío que en la calle. Se acercó á tientas al sofá, se tendió y
-esperó á que vinera el escultor. Cerca de la una llamó y le abrió
-Manuel.
-
-Alex venía ceñudo. Se metió en su alcoba, encendió una vela y anduvo
-paseando por el estudio hablando solo.
-
---Ese imbécil de Santiuste--le oyó murmurar Manuel--que dice que el no
-concluir una obra de arte es señal de impotencia. ¡Y me miraba á mí!
-Pero, ¿por qué le haré caso yo á ese idiota?
-
-Nadie pudo dar al escultor una contestación satisfactoria, y siguió
-paseando por el cuarto lamentándose en voz alta de la estupidez y de la
-envidia de sus compañeros.
-
-Después, ya apaciguada su cólera, cogió la bujía, la acercó al grupo de
-Los Explotados y lo miró durante largo tiempo con curiosidad. Vió que
-Manuel no dormía y le preguntó cándidamente:
-
---¿Has visto tú algo más colosal que esto?
-
---Es una cosa muy rara--contestó Manuel.
-
---¡Sí es!--replicó Alex--. Tiene la rareza de todo lo genial. Yo no sé
-si habrá alguien en el mundo capaz de hacer esto. Quizás Rodín, Hum...
-¿quién sabe? ¿Dónde te figuras tú que pondría yo este grupo?
-
---No sé.
-
---En un desierto. Sobre un pedestal de granito cuadrado, tosco, sin
-adornos. ¡Qué efecto produciría, eh!
-
---Ya lo creo.
-
-El asombro de Manuel lo tomó Alex por admiración, y con la bujía en la
-mano fué quitando los paños que cubrían sus estatuas y enseñándoselas.
-
-Eran figuras espantables y monstruosas: viejas encogidas con los
-pellejos lacios y los brazos hasta los tobillos, hombres que parecían
-buitres, chiquillos jorobados y deformes, unos de cabeza muy grande,
-otros de cabeza muy chica, cuerpos todos sin proporción ni armonía.
-Manuel sospechó si aquella fauna monstruosa sería una broma de Alex;
-pero el escultor hablaba entusiasmado y explicaba por qué sus figuras no
-tenían la estúpida corrección académica tan alabada por los imbéciles.
-Todas eran símbolos.
-
-Después de mostrar sus obras, Alex se sentó en una silla.
-
---No me dejan trabajar--exclamó con abandono--y lo siento, no creas que
-por mí, sino por el arte. Si Alejo Monzon no triunfa, la escultura en
-Europa retrocede cien años.
-
-Manuel no podía decir lo contrario, y se echó en el sofá á dormir.
-
-Al día siguiente cuando se despertó, Roberto estaba ya vestido
-elegantemente y escribiendo en su mesa.
-
---¿Está usted ya levantado?--le dijo Manuel con asombro.
-
---Hay que madrugar, amigo--contestó Roberto--, yo no soy de los que
-están á lo que salga. No viene la montaña á mí, pues yo voy á la
-montaña, no hay más remedio.
-
-Manuel no entendió bien lo que quería decir Roberto con esto de la
-montaña, y desperezándose se levantó del sofá.
-
---Anda, le dijo Roberto--, ve por un café con media tostada.
-
-Salió Manuel y volvió en seguida. Desayunaron los dos.
-
---¿Quiere usted alguna cosa más?--preguntó Manuel.
-
---No, nada.
-
---¿No piensa usted volver hasta la noche?
-
---No.
-
---¿Tantas cosas tiene usted que hacer?
-
---Muchas, ya lo creo. Ahora, después de traducir invariablemente diez
-páginas, voy á la calle de Serrano á dar una lección de inglés; de aquí
-tomo el tranvía y marcho al final de la calle de Mendizábal, vuelvo al
-centro, me meto en la casa editorial y corrijo las pruebas de la
-traducción. Salgo á las doce, voy á mi restaurant, como, tomo café,
-escribo mis cartas á Inglaterra y á las tres estoy en la academia de
-Fischer. A las cuatro y media voy al colegio protestante. De seis á ocho
-paseo, á las nueve ceno, á las diez estoy en el periódico y á las doce
-en la cama.
-
---¡Qué barbaridad! Pero entonces usted ganará mucho--dijo Manuel.
-
---De 80 á 90 duros.
-
---¿Y vive usted aquí?
-
---Es que tú ves los ingresos, pero no los gastos. Tengo que enviar todos
-los meses 30 duros á mi familia para que mi madre y mis dos hermanas
-vayan viviendo. El proceso me lleva mensualmente 15 ó 20 duros, y con lo
-demás voy pasando.
-
-Manuel contempló con admiración profunda á Roberto.
-
---Pues hijo--exclamó Roberto--, para vivir no hay más remedio. Y es lo
-que debes hacer tú, buscar, preguntar, correr, trotar, algo encontrarás.
-
-Manuel pensó que aunque le hubiesen prometido ser rey, no era capaz él
-de desenvolver una actividad semejante, pero se calló.
-
-Esperó á que se levantara el escultor y hablaron los dos largamente de
-las dificultades de la vida.
-
---Mira, por ahora me sirves de modelo--dijo Alex--, y ya encontraremos
-alguna combinación para comer.
-
---Bueno, sí señor, como usted quiera.
-
-Alex tenía crédito en la tahona y en la tienda de ultramarinos, y
-calculó que la alimentación de Manuel le resultaría más barata que pagar
-un modelo. Los dos se decidieron á alimentarse de conservas y de pan.
-
-No era el escultor perezoso, ni mucho menos, pero no tenía constancia en
-el trabajo, ni dominaba su arte; no sabía concluir sus figuras, y viendo
-que al ir á detallarlas los defectos iban apareciendo con más fuerza,
-las dejaba sin terminar. Su orgullo le hacía creer después que el
-modelar exactamente un brazo ó una pierna era una labor indigna y
-decadente, y sus amigos, en quienes se daba la misma impotencia para el
-trabajo, corroboraban su idea.
-
-Manuel no se preocupaba de cuestiones artísticas, pero muchas veces
-pensó que las teorías del escultor, más que convencimientos suyos,
-parecían pantallas para ocultar sus defectos.
-
-Hacía un retrato ó un busto, y se le decía: No se le parece, y él
-contestaba: Eso es lo de menos, y en todo pasaba lo mismo.
-
-Manuel se fué aficionando á las reuniones del estudio por la tarde, y
-escuchaba con atención lo que decían los amigos de Alex.
-
-Dos ó tres eran escultores, otros pintores y literatos. Ninguno de ellos
-conocido. Pasaban el tiempo correteando de teatro en teatro y de café en
-café, reuniéndose en cualquier parte, para tener el gusto de hablar mal
-de los amigos. Fuera de esta conversación en la cual todos concretaban
-admirablemente, en las demás se divagaba con placidez. Era un continuo
-discutir y proyectar, afirmar hoy, negar mañana, que á Manuel, que no
-tenía base alguna de juicio, le despistaba por completo; no comprendía
-si hablaban en serio ó en broma; les oía cambiar de opinión á cada
-momento y le chocaba cómo uno mismo podía defender cosas tan
-contradictorias.
-
-A veces una alusión embozada, un juicio acerca de éste ó del otro
-exasperaba á todos los de la reunión de tal manera, que entonces cada
-palabra tenía un retintín rabioso, y por debajo de las frases más
-sencillas se notaba que latía el odio, la envidia y la intención
-mortificante y agresiva.
-
-En medio de aquellos jóvenes, casi todos de una mordacidad venenosa,
-solían acudir al taller dos tipos que permanecían tranquilos é
-indiferentes en medio del furor de las discusiones. Uno era ya algo
-viejo, grave, enjuto; se llamaba D. Servando Arzubiaga; el otro, de la
-misma edad que Alex, se apellidaba Santín. Don Servando, aunque
-literato, no tenía vanidad literaria, ó si la tenía era tan honda, tan
-subterránea, que no se le notaba.
-
-Acudía al taller á distraerse, y fumando cigarrillos solía escuchar los
-diversos pareceres de unos y otros, sonriendo á las exageraciones,
-terciando en la conversación con alguna palabra conciliadora.
-
-Bernardo Santín, el más joven de los contertulios indiferentes, no
-hablaba; le era muy difícil comprender que por una cuestión puramente
-literaria ó artística pudiesen reñir de aquella manera.
-
-Santín era flaco, tenía la cara correcta, la nariz afilada, los ojos
-tristes, el bigote rubio y la sonrisa insípida. Se pasaba este hombre
-copiando cuadros en el Museo y cada vez lo hacía peor; pero desde que
-comenzó á frecuentar el estudio de Alex, las pocas aficiones al trabajo
-las había perdido por completo.
-
-Una de sus manías era hablar de tú á todo el mundo. A la tercera ó
-cuarta vez de ver á una persona ya la tuteaba.
-
-Los conciliábulos en el estudio de Alex se conoce que no bastaban á los
-bohemios, porque de noche volvían á reunirse en el café de Lisboa.
-Manuel, sin ser considerado como uno de ellos, era aceptado en la
-reunión, aunque sin voz ni voto.
-
-Por lo mismo que no hablaba se fijaba más en lo que oía.
-
-Eran casi todos ellos de malos instintos y de aviesa intención. Sentían
-la necesidad de hablar mal unos de otros, de injuriarse, de perjudicarse
-con sus maquinaciones y sus perfidias, y al mismo tiempo necesitaban
-verse y hablarse. Tenían, como las mujeres, el afán de complicar la vida
-con miserias y pequeñeces, la necesidad de vivir y desenvolverse en un
-ambiente de murmuraciones y de intrigas.
-
-Roberto pasaba por en medio de ellos tranquilo, indiferente; sin hacer
-caso de sus proyectos, ni de sus discusiones.
-
-Manuel creyó comprender que á Roberto le molestaba verle tan metido en
-la vida bohemia, y para congraciarse con él, una mañana le acompañó
-hasta la casa en donde daba su lección de inglés. Le contó por el camino
-que había hecho una porción de gestiones infructuosas para buscar
-trabajo, y le preguntó qué marcha debía seguir en adelante.
-
---¿Qué? Ya te he dicho varias veces lo que debes hacer--contestó
-Roberto--; buscar, buscar y buscar. Luego trabajar hasta echar el alma
-por la boca.
-
---¡Pero si no tengo en dónde!
-
---Siempre hay donde trabajar si se quiere. Pero hay que querer. Saber
-desear con fuerza es lo primero que se debe aprender. Tú me dirás que no
-deseas más que vegetar de cualquier modo; pues ni eso conseguirás, y si
-te reúnes con los que vienen aquí al estudio, además de vago concluirás
-en sinvergüenza.
-
---¿Pero ellos?...
-
---Ellos yo no sé si han hecho ó no indignidades; como comprenderás, eso
-á mí no me va ni me viene; pero cuando un hombre no puede comprender
-nada en serio, cuando no tiene voluntad, ni corazón, ni sentimientos
-altos, ni idea de justicia ni de equidad, es capaz de todo. Si esta
-gente tuviera un talento excepcional, podrían ser útiles y hacer su
-carrera, pero no lo tienen; en cambio han perdido las nociones morales
-del burgués, los puntales que sostienen la vida del hombre vulgar. Viven
-como hombres que poseyeran de los genios sus enfermedades y sus vicios,
-pero no su talento ni su corazón; vegetan en una atmósfera de pequeñas
-intrigas, de mezquindades torpes. Son incapaces de realizar una cosa.
-Quizás haya algo genial, yo no digo que no, en esos monstruos de Alex,
-en esas poesías de Santillana; pero eso no basta, hay que ejecutar lo
-que se ha pensado, lo que se ha sentido, y para eso se necesita el
-trabajo diario, constante. Es como un niño que nace, y la comparación,
-aunque sea vieja, es exacta: la madre lo pare con dolor, luego le
-alimenta en su pecho y le cuida hasta que crece y se hace fuerte. Esos
-quieren hacer de golpe y porrazo una obra hermosa, y no hacen más que
-hablar y hablar.
-
-Roberto se detuvo para tomar aliento, y continuó con más dulzura.
-
---Aun así, ellos tienen la ventaja de estar en la corriente, se conocen
-unos á otros, conocen á los periodistas, y, amigo, la prensa hoy es una
-fuerza brutal. Pero tú no, tú no puedes acercarte á la prensa;
-necesitarías siete ú ocho años de preparación, de buscar amistades,
-recomendaciones. Y mientras tanto, ¿de qué comes?
-
---No, si yo no quiero ser como ellos. Yo ya sé que soy un obrero.
-
---¡Obrero! ¡Quia! Ojalá lo fueras. Hoy no eres más que un vago y debes
-hacerte obrero. Lo que soy yo, lo que somos todos los que trabajamos.
-Muévete, actívate. Ahora la actividad para ti es un esfuerzo; haz algo;
-repite lo que hagas, hasta que la actividad sea para ti una costumbre.
-Convierte tu vida estática en vida dinámica. ¿No me entiendes? Quiero
-decirte que tengas voluntad.
-
-Manuel contempló á Roberto desanimado; hablaban los dos en distinto
-idioma.
-
-
-
-
-CAPÍTULO II
-
-La señorita Esther Volowitch.--Una boda.--Manuel, aprendiz de fotógrafo.
-
-
-A pesar de los consejos de Roberto, Manuel siguió sin buscar ni hacer
-nada útil, sirviendo de modelo á Alex y de criado á todos los demás que
-se reunían en el estudio.
-
-Algunas veces, al pensar en las recomendaciones de Roberto, se indignaba
-en contra de él.
-
---Yo ya sé--pensaba--que no tengo su arranque, que no soy capaz de hacer
-lo que hace él. Pero su consejo es una tontería, al menos para mí. Me
-dice:--Ten voluntad,--Pero ¿si no la tengo?--Hazla. Es como si me
-dijesen que tuviera un palmo más de estatura. ¿No sería mejor que me
-buscase un sitio donde trabajar?
-
-Manuel comenzó á sentir odio por Roberto. Esquivaba el encontrarse á
-solas con él; le daba rabia que en vez de proporcionarle algo, cualquier
-cosa, saliera del paso con un consejo metafísico imposible de llevar á
-la práctica.
-
-Seguían los bohemios su vida desordenada, en su continuo proyectar,
-cuando hubo en la reunión una baja, la de Santín. Un día faltó al café,
-al siguiente no apareció por el estudio, y en un par de semanas no se le
-vió el pelo.
-
---¿Dónde andará ese ganso?--se preguntaron todos.
-
-Nadie lo sabía.
-
-Una noche Varela, uno de los literatos, dijo que había visto á Bernardo
-Santín paseando por Recoletos con una señorita rubia que parecía
-inglesa.
-
---¡Rediez con los tontos!--exclamó uno.
-
---Eso es cosa vieja--repuso otro--. Ya lo dijo Schopenhauer, los fatuos
-son los que tienen más éxito con las mujeres.
-
---¿De dónde habrá sacado esa inglesa?
-
---¡La ingle esa!... ¡Como no haya sido de la ingle!--dijo un jovencito,
-aprendiz de sainetero.
-
---¡Uf! Se va uno á intoxicar aquí con esos chistes--gritaron varios al
-mismo tiempo.
-
-Se pasó á hablar de otra cosa. A los tres días de esta conversación
-apareció Santín en el café. Se le obsequió con un recibimiento
-estrepitoso, haciendo sonar las cucharillas y los platillos. Cuando
-terminó la ovación, le preguntaron:
-
---¿Quién es esa inglesa?
-
---¿Qué inglesa?
-
---¡Esa chica rubia con quien te paseas!
-
---Es mi novia; pero no es inglesa. Es polaca. Es una muchacha á la que
-he conocido en el Museo. Da lecciones de francés y de inglés.
-
---¿Y cómo se llama?
-
---Esther.
-
---Buena cosa para invierno--saltó el aprendiz de sainetero.
-
---¿Por qué?--preguntó Bernardo.
-
---Toma, porque una estera abriga mucho las habitaciones.
-
---¡Eh! ¡Eh! ¡Fuera! ¡Fuera!--gritaron todos.
-
---¡Gracias! ¡Gracias, amado pueblo!--replicó impertérrito el jovencito.
-
-Santín contó cómo había conocido á la polaca. Todos sentían alguna
-envidia por el éxito de Bernardo, y se encargaron de amargarle su
-triunfo, insinuando que la polaca podía ser una aventurera, podía tener
-cincuenta años, podía haber tenido dos ó tres chiquillos con algún
-carabinero... Bernardo, que comprendió la mala intención, no volvió á
-presentarse en el café.
-
-Un par de semanas después muy temprano aún dormía Manuel en el sofá del
-estudio, y Roberto, según costumbre, traducía sus diez páginas, lo que
-constituía su tarea diaria, cuando se abrió la puerta del estudio y
-apareció Bernardo. Se despertó Manuel al ruido de los pasos, pero se
-hizo el dormido.
-
---¿A qué vendrá éste?--se preguntó.
-
-Bernardo saludó á Roberto y se puso á andar á un lado y á otro del
-estudio.
-
---Qué temprano vienes. ¿Pasa algo?--dijo Hasting.
-
---Chico--murmuró Santín deteniéndose en su paseo--, te tengo que dar una
-noticia muy seria.
-
---¿Qué hay?
-
---Que me caso.
-
---¡Que te casas tú!
-
---Sí.
-
---¿Con quién?
-
---¡Con quién ha de ser! Con una mujer.
-
---Me lo figuro. ¿Pero tú estás loco?
-
---¿Por qué?
-
---¿Con qué vas á mantener á tu mujer?
-
---¡Hombre... algo gano pintando!
-
---¡Pero qué has de ganar tú! No ganas dos perras gordas.
-
---Eso te parece á ti... Además, mi novia da lecciones.
-
---Y piensas vivir á su costa... Vamos, lo comprendo.
-
---No, no, señor. No pienso vivir á su costa. Voy á poner una fotografía.
-
---¡Una fotografía! ¿Tú? ¡Si no sabes hacer retratos!
-
---Nada. Yo no sé nada, según tú. Pues habrá otros más brutos que yo que
-hagan retratos. No creo que para ser fotógrafo se necesite ser un
-genio.
-
---No; pero se necesita saber, y tú no sabes.
-
---Ya verás, ya verás como sé, hombre.
-
---Además, se necesita dinero.
-
---El dinero lo tengo.
-
---¿Quién te lo ha dado?
-
---Una persona.
-
---¡Qué suerte tienes, chico!
-
---Ahí verás.
-
---¿A que le has sacado ese dinero á tu novia?
-
---No.
-
---¡Bah! No me engañes.
-
---Te digo que no.
-
---Y yo te digo que sí. ¿Quién te iba á dar el dinero si no? Una persona
-cualquiera se enteraría primero de tus conocimientos fotográficos, de si
-habías trabajado en algún taller; exigiría pruebas de tu habilidad. Sólo
-una mujer puede creer así, bajo la palabra de uno.
-
---Es una mujer la que me presta el dinero, pero no es mi novia.
-
---Bueno. No me vengas con embustes. No creo que habrás venido á contarme
-unas cuantas bolas.
-
-Roberto, que había dejado de escribir, reanudó su tarea.
-
-Bernardo no contestó y siguió paseando por el cuarto.
-
---¿Te falta mucho?--preguntó de repente, parándose.
-
---Dos páginas. Si tienes que decirme algo, te escucho.
-
---Pues mira, la cuestión es ésta. El dinero, efectivamente, es de mi
-novia. Ella me lo ofreció.--¿Qué podríamos hacer con esto?--me dijo. Y á
-mí se me ocurrió el instalar la fotografía. He alquilado un piso cuarto,
-con un taller muy hermoso, en la calle de Luchana, y tengo que arreglar
-la casa y la galería. Y la verdad, la galería yo no sé cómo arreglarla,
-porque hay que poner cortinas... Pero no sé cómo.
-
---Es raro eso en un fotógrafo, hombre, no saber cómo se arregla una
-galería.
-
---Yo sé manejar la máquina.
-
---Vamos, tú sabes lo que sabe todo el mundo, apuntar, dar al resorte y
-lo demás... que lo haga otro.
-
---No; también sé lo demás.
-
---¿Sabrías reforzar una placa?
-
---Sí, ya lo creo que lo sabría.
-
---¿Cómo?
-
---¿Cómo?... Pues lo vería en un manual.
-
---¡Qué fotógrafo! Estás engañando á tu novia de una manera miserable.
-
---Ella lo ha querido. Yo no sabré nada, pero ya aprenderé. Lo que quiero
-ahora es que escribas á estas dos casas de Alemania que traigo aquí
-apuntadas, pidiendo catálogos de máquinas y de los demás aparatos de
-fotografía. Además quisiera que pasaras por mi casa, porque tú, con tu
-talento, me puedes dar una idea.
-
---Me adulas de una manera indecente.
-
---No, es la verdad; tú entiendes de esas cosas. Conque ¿irás?
-
---Bueno, iré algún día.
-
---Sí, vete. La verdad, créeme, me quiero hacer una persona decente y
-trabajar, para que mi pobre padre pueda vivir en la vejez tranquilo.
-
---Hombre, me parece bien.
-
---Oye otra cosa. Este muchacho que tenéis aquí, ¿os sirve?
-
---¿Por qué?
-
---Porque yo me lo podía llevar á mi casa, y allí podría aprender el
-oficio.
-
---Mira, también eso me parece bien. Llévatelo.
-
---¿Querrá Alex?
-
---Con tal de que quiera el chico.
-
---¿Le hablarás?
-
---Sí, ahora mismo.
-
---¿Cuento con que escribirás esas cartas?
-
---Sí.
-
---Bueno; me voy, que tengo que comprar unos cristales. ¡Háblale al
-chico!
-
---Descuida.
-
---Gracias por todo. Y vete por mi casa, ¿eh? Mira que de eso depende mi
-porvenir y el de mi padre.
-
---Iré por allá.
-
-Bernardo estrechó las manos de su amigo con efusión y se fué. Roberto,
-al terminar de escribir, llamó.
-
---¡Manuel!
-
---¿Qué?
-
---Estabas despierto, ¿eh?
-
---Sí, señor.
-
---¿Has oído la conversación?
-
---Sí, señor.
-
---Pues si quieres, ya sabes. Ahí tienes un oficio que aprender.
-
---Iré, si le parece á usted bien.
-
---Lo que tú quieras.
-
---Entonces voy ahora mismo.
-
-Manuel dejó la guardilla de Roberto sin despedirse de Alex y se marchó
-en busca de Bernardo Santín, á la calle de Luchana. Era la casa piso
-tercero, pero con el entresuelo y el principal resultaba quinto. Llamó
-Manuel y le abrió un viejo de ojos encarnados, el padre de Bernardo. Le
-explicó á lo que iba, y el viejo se encogió de hombros y se fué á la
-cocina en donde estaba guisando. Manuel esperó á que llegara Bernardo.
-La casa estaba todavía sin muebles; sólo había una mesa y unos cuantos
-cacharros en la cocina y en un cuarto grande dos camas. Llegó Bernardo,
-almorzaron los tres y dispuso Santín que el muchacho pidiera una
-escalera al portero y se dedicase á sujetar y á componer los cristales
-de la galería.
-
-Después de dar estas órdenes, dijo que le esperaban y se fué.
-
-Manuel el primer día se lo pasó en lo alto de una escalera sujetando los
-cristales con listas de plomo y los rotos con tiras de papel.
-
-Le costó mucho tiempo el arreglar los cristales; después Manuel colocó
-las cortinas y empapeló la galería con papel continuo de color azulado.
-
-A la semana ó cosa así apareció Roberto con los catálogos. Marcó con
-lápiz las cosas necesarias que se habían de traer, y le dijo á Bernardo
-cómo debía poner el laboratorio; le señaló un sitio en donde era
-conveniente hacer un tragaluz para poner las placas al sol y sacar las
-positivas, y le indicó otra porción de cosas. Bernardo se fijó en lo que
-le decía, y transmitió el encargo á Manuel. Bernardo, además de ser poco
-inteligente, era un gandul completo. No hacía absolutamente nada. Sólo
-cuando venía su novia á ver cómo marchaban los trabajos, fingía estar
-atareado.
-
-Era la novia muy simpática; á Manuel le pareció hasta bonita, á pesar de
-tener el pelo rojo, y las pestañas y las cejas del mismo color. Tenía
-una carita blanca, algo pecosa, la nariz sonrosada, respingona, los ojos
-claros y los labios tan rojos y tan bonitos que despertaban el deseo de
-besarlos. Era de pequeña estatura, pero estaba muy bien formada. Hablaba
-rozando las erres y convirtiendo las ces en eses.
-
-Parecía bastante enamorada de Bernardo, lo que á Manuel le chocó.
-
---Es que no le conoce--pensó.
-
-Bernardo, con un convencimiento absoluto de su propia ciencia, le
-explicaba á la muchacha los trabajos que hacía, cómo iba á poner el
-laboratorio. Lo que oía á Roberto se lo espetaba á su novia con un
-descaro inaudito. La muchacha lo encontraba todo muy bien; sin duda se
-prometía un porvenir risueño.
-
-Manuel, que comprendía el timo que estaba dando Bernardo, pensaba si no
-sería una obra de caridad advertirle á la rubia que su novio era un
-zascandil que no servía para nada; pero ¡quién le metía á él en esto!
-
-Bernardo se llevaba la gran vida; paseaba, compraba alhajas en las casas
-de préstamos, jugaba en el Frontón Central. Si algo hacía en casa era
-dar disposiciones contradictorias y embarullarlo todo. Mientras tanto el
-padre, indiferente, guisaba en la cocina y se pasaba el día entero
-machacando en el almirez ó picando en el tajo.
-
-Manuel iba á la cama tan cansado que se dormía en seguida; pero una
-noche en que no se durmió tan pronto, oyó en el otro cuarto á Bernardo
-que decía:--Voy á mataros--. ¿Le mata?--preguntó la voz del viejo de los
-ojos encarnados--. Espera--replicó el hijo--, me has interrumpido, y
-volvió á comenzar nuevamente la lectura, porque no se trataba más que de
-una lectura, hasta llegar otra vez al: Voy á mataros. En las noches
-siguientes continuó Bernardo leyendo con un tono terrible. Era este sin
-duda su único trabajo.
-
-Bernardo no tenía más preocupación que su padre; lo demás le era
-completamente indiferente; le había sacado el dinero á su novia y vivía
-con aquel dinero y lo gastaba como si fuera suyo. Cuando llegaron la
-máquina y los demás artefactos de fotografía de Alemania, al principio
-se entretuvo en impresionar placas que reveló Roberto; pronto se aburrió
-de esto y no hizo nada.
-
-Era torpe y bruto hasta la exageración; no hacía más que necedades,
-abrir la linterna cuando se estaban revelando las placas, confundir los
-frascos. Roberto se exasperaba al ver que no ponía ningún cuidado.
-
-Mientras tanto adelantaban los preparativos de la boda, Manuel y
-Bernardo fueron varias mañanas al Rastro y compraron fotografías de
-actrices hechas en París por Reutlinger, despegaron de la cartulina el
-retrato y lo volvieron á pegar en otros cartones con la firma _Bernardo
-Santín, fotógrafo_, puesta al margen con letras doradas.
-
-En Noviembre se celebró la boda en la iglesia de Chamberí. Roberto no
-quiso asistir, pero el mismo Bernardo fué á buscarle á casa y no tuvo
-más remedio que tomar parte en la fiesta. Después de la ceremonia fueron
-á comer á un café de la Glorieta de Bilbao.
-
-Los comensales eran: dos amigos del padre del novio, uno de ellos
-militar retirado; la patrona en cuya casa vivía la novia, con su hija;
-un primo de Bernardo, su mujer y Manuel.
-
-Roberto comenzó á hablar con la novia y le pareció muy simpática y
-agradable; hablaba muy bien el inglés y cambiaron los dos algunas frases
-en este idioma.
-
---Es una lástima que se case con esta mastuerzo--pensó Roberto.
-
-En la comida uno de los viejos comenzó á soltar una porción de
-indecencias que hicieron ruborizar á la novia; Bernardo, que bebió
-demasiado, dió bromas á la mujer de su primo y lo hizo con la pesadez y
-la falta de gracia que le caracterizaba.
-
-La vuelta de la boda á la casa, al anochecer, fué melancólica. Bernardo
-se sentía valiente y quería hacer graciosidades. Esther hablaba con
-Roberto de su madre que había muerto, de la soledad en que vivía.
-
-Al llegar al portal se despidieron los invitados de los novios, y al ir
-á marcharse Roberto, Bernardo se le acercó y con voz apagada y débil le
-confesó que tenía miedo de quedarse solo con su mujer.
-
---Hombre, no seas idiota. Entonces, ¿para qué te has casado?
-
---No sabía lo que hacía. Anda, acompáñame un momento.
-
---Pues ¡vaya una gracia que le haría á tu mujer!
-
---Sí, le eres muy simpático.
-
-Roberto contempló con atención á su amigo y no le miró la frente porque
-no le gustaban las bromas.
-
---Sí, hombre, acompáñame. Hay otra cosa además.
-
---¿Pues qué hay?
-
---Que no sé aún nada de fotografía y quisiera que vinieras una semana ó
-dos. ¡Por favor te lo pido!
-
---No puede ser, yo tengo que dar mis lecciones.
-
---Ven aunque no sea más que á la hora de comer. Comerás con nosotros.
-
---Bueno.
-
---Y ahora sube un instante, por favor.
-
---No, ahora no subo--, y Roberto dió media vuelta y se fué.
-
-En los días posteriores Roberto fué á casa del recién casado y charló
-un rato con el matrimonio durante la comida.
-
-Al tercer día entre Bernardo y Manuel retrataron á dos criadas que
-aparecieron por la fotografía. Roberto reveló los clichés que por
-casualidad salieron bien, y siguió acudiendo á casa de su amigo.
-
-Bernardo continuaba haciendo la misma vida de antes de casado,
-dedicándose á pasear y divertirse. A los pocos días no se presentó á la
-hora de comer. Tenía una falta de sentido moral absoluta; había notado
-que su mujer y Roberto simpatizaban y pensó que éste, por seguir
-adelante y hacerle el amor á su mujer, trabajaría en su lugar. Con tal
-de que su padre y él viviesen bien, lo demás no le importaba nada.
-
-Cuando lo comprendió Roberto, se indignó:
-
---Pero, oye tú--le dijo--¿Es que tú crees que yo voy á trabajar por ti,
-mientras tú andas golfeando? Quia, hombre.
-
---Yo no sirvo para estas porquerías de reactivos--replicó Bernardo
-malhumorado--, yo soy un artista.
-
---Lo que tú eres es un imbécil que no sirve para nada.
-
---Bueno, mejor.
-
---Es indigno. Te has casado con esa muchacha para quitarle los pocos
-cuartos que tenía. Da asco.
-
---Si ya sé yo que tú defenderás á mi mujer.
-
---No, hombre, yo no la defiendo. Ella ha sido también bastante idiota la
-pobre para casarse contigo.
-
---¿Eso quiere decir que ya no quieres venir á trabajar?
-
---Claro que no.
-
---Pues me tiene sin cuidado. He encontrado un socio industrial. De
-manera que ya sabes; yo á nadie le pido que venga á mi casa.
-
---Está bien. Adiós.
-
-Dejó Roberto de aparecer por la casa; á los pocos días se presentó el
-socio y Bernardo despidió á Manuel.
-
-[Illustration]
-
-
-
-
-CAPÍTULO III
-
-La Europea y la Benefactora.--Una colocación extraña.
-
-
-Volvió Manuel al estudio de Alex. Éste, incomodado con el muchacho por
-haberse ido del estudio sin despedirse, no quiso que se quedara allí de
-nuevo.
-
-Preguntaron á los bohemios que se reunían en el taller por la vida de
-Bernardo, y se hicieron una porción de comentarios humorísticos acerca
-de la suerte que el Destino reservaba á la cabeza del fotógrafo.
-
---¿De manera que Roberto le revelaba los clichés?--dijo uno.
-
---Sí.
-
---Le retocaba las placas y la mujer--añadió otro.
-
---¡Qué sinvergüenza es el tal Bernardo!
-
---No, es un filósofo de la escuela de Cándido. Ser cornudo y cultivar la
-huerta. Es la verdadera felicidad.
-
---¿Y tú que vas á hacer?--preguntó Alex irónicamente á Manuel.
-
---No sé; buscaré una colocación.
-
---Hombre, ¿ustedes conocen á un señor don Bonifacio Mingote, que vive
-en el tercer piso de esta casa?--dijo don Servando Arzubiaga, el hombre
-enjuto é indiferente.
-
---No.
-
---Es un agente de colocaciones. No debe tenerlas muy buenas cuando no se
-ha colocado él. Yo le conozco del periódico; antes era representante de
-unas aguas minerales, y solía llevar anuncios. Me habló el otro día de
-que necesitaba un chico.
-
---Véanle ustedes--replicó Alex.
-
---¿Tú no aspiras á ser grande de España, verdad?--preguntó don Servando
-á Manuel, con una sonrisa entre irónica y bondadosa.
-
---No, ni usted tampoco--dijo con desenfado Manuel.
-
-Don Servando se echó á reir.
-
---Si quieres, le veremos á ese Mingote. ¿Vamos ahora mismo?
-
---Vamos, si usted quiere.
-
-Bajaron al tercero de la casa, llamaron en una puerta y les hicieron
-pasar á un comedor estrecho. Preguntaron por el agente, y una criada
-zarrapastrosa les mostró una puerta. Llamó don Servando con los
-nudillos, y al oir ¡adelante!, que dijeron de dentro, pasaron los dos al
-interior del cuarto.
-
-Un hombre gordo, de bigote grueso y pintado, envuelto en un mantón de
-mujer, que iba y venía, hablando, y accionando con un junquillo en la
-mano derecha, se detuvo y, abriendo los brazos con grandes extremos y en
-un tono teatral, exclamó:
-
---¡Oh, mi señor don Servando! ¡Tanto bueno por aquí!--Después miró al
-techo, y de la misma manera afectada, añadió:--¿Qué le trae por este
-cuarto al ilustre escritor, noctámbulo empedernido, á horas tan
-tempranas?
-
-Don Servando contó al señor gordo, el propio don Bonifacio Mingote, lo
-que le llevaba por allá.
-
-En tanto, un hombre feo, con unos brazos de muñeco y una cabeza de
-chino, sucio y enfermo, colocó la pluma sobre la oreja y se puso á
-frotarse las manos con aire de satisfacción.
-
-El cuarto era nauseabundo, atestado de anuncios rotos, grandes y
-pequeños, pegados á la pared; en un rincón había una cama estrecha y sin
-hacer; tres sillas destripadas, con la crin al descubierto, y en medio
-un brasero cubierto con una alambrera, encima de la cual se secaban dos
-calcetines sucios.
-
---Por ahora no puedo asegurar nada--dijo el agente de negocios á don
-Servando, después de oir sus explicaciones--, mañana lo sabré; pero
-tengo un buen asunto entre manos.
-
---Ya ves lo que dice este señor--indicó don Servando á Manuel--; mañana
-ven por aquí.
-
---¿Tú sabes escribir?--preguntó el señor Mingote al muchacho.
-
---Sí, señor.
-
---¿Con ortografía?
-
---Algunas palabras quizás no sepa...
-
---A mí me pasa lo mismo. Los hombres verdaderamente grandes despreciamos
-esas cosas verdaderamente pequeñas. Ponte á trabajar aquí--y puso una
-silla al otro lado de la mesa donde escribía el hombre amarillo--. Este
-trabajo--añadió--será el pago del servicio que te voy á prestar
-buscándote una colocación pistonuda.
-
---Señor Mingote--exclamó don Servando--, muchísimas gracias por todo.
-
---¡Señor don Servando! ¡Siempre á sus órdenes!--contestó el agente de
-negocios y de colocaciones revirando uno de los ojos que se le desviaba
-y haciendo una solemne reverencia.
-
-Manuel se sentó á la mesa, tomó la pluma, la mojó en el tintero y
-esperó.
-
---Vete poniendo un nombre de estos en cada circular--le dijo Mingote
-dándole una lista y un paquete de circulares. La letra del agente era
-defectuosa, mal hecha, de hombre que apenas sabe escribir. La circular
-ponía lo siguiente:
-
- LA EUROPEA
- AGENCIA DE NEGOCIOS Y DE COLOCACIONES
- DE
- BONIFACIO DE MINGOTE
-
-En ella se ofrecían á las diversas clases sociales toda clase de
-artículos, de representaciones y de colocaciones.
-
-Se compraban á bajo precio medicamentos, carnes, hules, frutas,
-mariscos, coronas fúnebres, dentaduras postizas, sombreros de señora; se
-analizaban esputos y orinas; se buscaban amas de cría garantizadas; se
-proporcionaban apuntes de asignaturas de Derecho, de Medicina y carreras
-especiales; se ofrecían capitales, préstamos, hipotecas; se ponían
-anuncios monstruos, sensacionales, emocionantes, y todos estos servicios
-y otros muchísimos más se hacían por una tarifa mínima, ridícula de puro
-exigua.
-
-Manuel se puso á copiar con su mejor letra los nombres en las circulares
-y en los sobres.
-
-El señor de Mingote vió la letra de Manuel y, después de conceder su
-beneplácito, se embozó en el mantón, dió dos ó tres pasos por el cuarto
-y preguntó á su escribiente:
-
---¿Dónde íbamos?
-
---Decíamos--contestó con su gravedad siniestra el amanuense--que el Anís
-Estrellado Fernández es la salvación.
-
---Ah, sí; lo recuerdo.
-
-De pronto el señor de Mingote, con voz de trueno, gritó:
-
---¿Qué es el Anís Estrellado Fernández? Es la salvación, es la vida, es
-la energía, es la fuerza.
-
-Manuel levantó la cabeza asombrado y vió al agente de negocios con la
-vista desviada fija en el techo que accionaba terriblemente, como
-amenazando á alguien con su mano derecha armada del junquillo, mientras
-el escribiente garrapateaba veloz en el papel.
-
---Es un hecho, universalmente reconocido por la Ciencia--siguió diciendo
-Mingote en tono melodramático--, que la neurastenia, la astenia, la
-impotencia, el histerismo y otros muchos desórdenes del sistema
-nervioso... ¿Qué otras enfermedades cura?--añadió Mingote en su voz
-natural.
-
---El raquitismo, la escrófula, la corea...
-
---Que el raquitismo, la escrófula, la corea y otros muchos desórdenes
-del sistema nervioso...
-
---Perdone usted--dijo el amanuense--, creo que el raquitismo no es un
-desorden del sistema nervioso.
-
---Bueno, pues táchelo usted. ¿Ibamos en el sistema nervioso?
-
---Sí, señor.
-
---...Y otros desórdenes del sistema nervioso provienen única y
-exclusivamente de la atonía, del cansancio de las células. Pues bien--y
-Mingote levantó la voz con nuevos bríos--; el Anís Estrellado Fernández
-corrige esta atonía, el Anís Estrellado Fernández, excitando la
-secreción de los jugos del estómago, hace desaparecer esas enfermedades
-que envejecen y aniquilan al hombre.
-
-Después de este párrafo, dicho con el mayor entusiasmo y fuego oratorio,
-Mingote se sacudió con el junquillo los pantalones y murmuro con voz
-natural.
-
---Ya verá usted cómo ese Fernández no paga. ¡Y aún si el anís fuera
-bueno! ¿No han mandado más botellas de la farmacia?
-
---Sí, ayer enviaron dos.
-
---¿Y dónde están?
-
---Me las he llevado á casa.
-
---¿Eh?
-
---Sí, me las prometieron; y como en la primera remesa usted arrambló con
-todas, yo me he permitido llevarme estas á casa.
-
---¡Dios de Dios! Está bien; es cogolludo... Que le envíen á usted unas
-botellas de un anís magnífico, para que venga otro con sus manos
-lavadas... ¡Dios de Dios!--y Mingote quedó mirando al techo con uno de
-los ojos extraviados.
-
---¿No le queda á usted ninguna?--dijo el amanuense.
-
---Sí, pero se me van á acabar en seguida.
-
-Después comenzó otro párrafo elocuente, paseándose por el cuarto,
-accionando con su junquillo é interrumpiendo con frecuencia su discurso
-para lanzar un violento apóstrofe ó una cómica reflexión.
-
-Al medio día el escribiente se levantó, se encasquetó el sombrero y se
-fué sin saludar ni decir una palabra.
-
-Mingote, puso una mano sobre el hombro de Manuel, y paternalmente
-añadió:
-
---Anda, ve á tu casa á comer y vuelve á eso de las dos.
-
-Manuel subió al estudio; ni Roberto ni Alejo estaban; no había en toda
-la casa ni un mendrugo de pan. Registró por todos los rincones y para la
-una y media volvió á casa de don Bonifacio y entre bostezo y bostezo
-siguió poniendo nombres en las circulares.
-
-A Mingote le agradó el comportamiento de Manuel, y por esto ó porque en
-la comida se dedicara con exceso al Anís Estrellado Fernández, se
-entregó á la verbosidad más desordenada y pintoresca, siempre con la
-mirada desviada hacia el techo. Manuel rió con grandes carcajadas las
-cómicas y extravagantes ocurrencias de don Bonifacio.
-
---No eres como mi amanuense--le dijo, halagado por las manifestaciones
-de alegría del muchacho--, que no ríe mis chistes y luego me los roba y
-los pone estropeados en unas cuantas piececitas fúnebres que escribe. Y
-no es eso lo peor. Lee. Y Mingote le dió á Manuel un anuncio impreso.
-
-Era también una circular por el estilo de las de don Bonifacio. Decía
-así:
-
- LA BENEFACTORA
- AGENCIA MÉDICO-FARMACÉUTICA DE DON
- PELAYO HUESCA
-
-_Nadie como ella cumple sus compromisos. El Consejo de Administración de
-La Benefactora lo forman los banqueros más acaudalados de Madrid. La
-Benefactora tiene cuenta corriente con el Banco de España. En La
-Benefactora no hay cuota de entrada._
-
-_Servicio de abogado, relator, procurador, médico, farmacéutico, partos,
-dietas, entierros, lactancia, etc._
-
-_Cuota mensual: Una, dos, dos cincuenta, tres, cuatro y cinco pesetas._
-
-(_Obras son amores y no buenas razones._)
-
-_Director gerente: Pelayo Huesca, Misericordia, 6._
-
---¿Eh?--gritó Mingote cuando Manuel concluyó de leer--. ¿Qué te parece?
-Está viviendo de La Europea y, plagiándome, hace La Benefactora. En todo
-es así este hombre: pérfido como la onda. Pero ¡ah! señor don Pelayo, yo
-le encontraré á usted. Si es usted murciélago alevoso, yo le clavaré en
-mi puerta; si es usted un miserable galápago, yo le romperé su concha.
-¿Ves, hijo mío? ¿Qué se puede esperar de un país donde no se respeta la
-propiedad intelectual, no la más santa, pero sí la única legítima de
-todas las propiedades?
-
-Mingote no enseñó á Manuel ó una nota impresa al margen de la circular.
-Era una idea de don Pelayo. En ella la Agencia se ofrecía para servicios
-y averiguaciones íntimas. Esta nota, discretamente redactada, se dirigía
-á los que deseaban conocer una mujer agradable para completar su
-educación; á los que querían realizar un buen matrimonio; á los que
-dudaban de su cónyuge, y á otros, á los cuales la Agencia ofrecía
-investigaciones confidenciales y profundas por poco precio, y vigilancia
-de día y de noche, realizando todos estos servicios con una delicadeza
-delirante.
-
-A Mingote no le gustaba confesar que esta idea se le había escapado á
-él.
-
---¿Ves? No se puede vivir--terminó diciendo--. Todos los hombres son
-unos canallas. Tú veo que distingues, y yo te protegeré.
-
-Efectivamente; por la protección de Mingote, Manuel pudo comer aquella
-noche.
-
---Mañana, cuando vengas aquí--advirtió don Bonifacio--, coges un paquete
-de circulares y las vas repartiendo casa por casa, sin dejar una. No
-quiero que las eches por debajo de la puerta. En cada piso llamas y
-preguntas. ¿Entiendes?
-
---Sí, señor.
-
---Yo, mientras tanto, prepararé tu asunto.
-
-Al día siguiente Manuel repartió una porción de circulares y volvió á
-la hora de comer con el recado hecho.
-
-Se encontraba aburrido de esperar, cuando apareció Mingote en el cuarto;
-se plantó delante de Manuel, agitó su junquillo en un rápido molinete,
-dió un golpe en el brazo al muchacho; se paró, se tiró á fondo, y gritó:
-
---¡Ah! ¡pillo! ¡bandido! ¡infame!
-
---¿Qué pasa?--dijo asustado Manuel.
-
---¿Qué pasa? ¡Tunante! ¿Qué pasa? ¡Miserable! Que eres el hombre de la
-suerte lisa; que ya tienes un porvenir, que ya tienes un empleo.
-
---¿De qué?--preguntó el muchacho.
-
---De hijo.
-
---¿De hijo? No comprendo.
-
-Mingote se cuadró, miró al techo, hizo un saludo con el bastón como un
-profesor de esgrima con el florete, y añadió:
-
---¡Vas á pasar por hijo de toda una baronesa!
-
---¿Quién, yo?
-
---Sí. No te podrás quejar, perillán. Desde el arroyo subes á las alturas
-aristocráticas. Hasta título puedes llegar á tener.
-
---Pero ¿es verdad?
-
---Tan verdad como que yo soy el hombre de más talento de toda Europa.
-Conque anda, futuro barón, arréglate, ráscate la mugre, cepíllate, quita
-el barro á esas alpargatas inmundas que llevas y ven conmigo á casa de
-la baronesa.
-
-Manuel quedó ofuscado; no comprendía bien de qué se trataba; pero no
-creía que el agente se tomase el trabajo de corretear por las calles
-únicamente por el gusto de embromarle.
-
-Estuvo en seguida en disposición de acompañar á Mingote.
-
-Salieron los dos á la calle Ancha de San Bernardo, bajaron por la de los
-Reyes á la de la Princesa y siguieron después por esta calle hasta
-detenerse en un portal, en donde entraron.
-
-De aquí pasaron por un corredor á un patio espacioso.
-
-Una serie de galerías con filas simétricas de puertas de color de
-chocolate circundaban el patio.
-
-Llamó Mingote en una de las puertas de la galería del segundo piso.
-
---¿Quién es?--preguntó desde dentro una voz de mujer.
-
---Soy yo--contestó Mingote.
-
---Voy, voy.
-
-Se abrió la puerta y apareció una mulata, en chanclas, seguida de tres
-perros de lanas, que ladraron con furia.
-
---¡Quieto, León! ¡Quieto, Morito!--gritó la mulata con un tono muy
-lánguido--. Pasen, pasen.
-
-Entraron Manuel y Mingote en un cuarto ahogado, con una ventana al
-patio. Las paredes del cuarto, desde cierta altura, se hallaban casi
-cubiertas por ropas de mujer que formaban como un zócalo de trapos
-alrededor de la habitación; en la falleba de la ventana colgaba una
-camisa escotada, sin mangas, con puntillas y lazos azules marchitos, que
-mostraba cínicamente un manchón obscuro de sangre.
-
---Esperen un momento. La señora está vistiéndose--advirtió la mulata.
-
-Al poco tiempo salió de nuevo y les indicó que pasaran al gabinete.
-
-La baronesa, una señora rubia vestida con una bata clara, estaba sentada
-en un sofá, con un gran aspecto de languidez y desolación.
-
---¿Otra vez por aquí, Mingote?
-
---Sí, señora, otra vez.
-
---Siéntense ustedes.
-
-El cuarto era un tabuco estrecho y sin luz, ocupado por muchos más
-muebles de los que buenamente cabían en él. Amontonados en poco trecho
-se veían una consola antigua con un reloj de chimenea encima; unos
-sillones ajados, en los cuales la seda, antes roja, había quedado
-violácea por la acción del sol; dos retratos grandes al óleo, y un
-espejo biselado grande con la luna rajada.
-
---Le traigo á usted, baronesa--dijo Mingote--, el chico del que hemos
-hablado.
-
---¿Es éste?
-
---Sí.
-
---Yo creo que le conozco á este chico.
-
---Sí; yo también la conozco á usted--dijo Manuel--. Yo estaba en una
-casa de huéspedes de la calle de Mesonero Romanos; la patrona se llamaba
-doña Casiana; mi madre era la criada.
-
---Toma. Es verdad. Y tu madre, ¿qué hace?--preguntó la baronesa á
-Manuel.
-
---Murió ya.
-
---Es huérfano--saltó diciendo Mingote--. Libre como el pájaro en la
-selva, libre para cantar y para morirse de hambre. En esta misma
-situación llegué yo á Madrid hace ya bastante tiempo, y, es original,
-extraño, verdaderamente extraño, me gustaría volver á aquella época.
-
---Y tú, ¿cuántos años tienes?--preguntó la baronesa al muchacho sin
-hacer caso de las reflexiones del agente.
-
---Diez y ocho.
-
---Pero, oiga usted Mingote--dijo la baronesa--, el chico no tiene la
-edad que usted me decía.
-
---Eso es lo de menos. Nadie dirá que tiene más de catorce ó quince. El
-hambre no deja crecer los productos de la naturaleza. Deje usted de
-regar á un árbol, deje usted de alimentar á un hombre...
-
---Y diga usted--y la baronesa interrumpió impaciente á Mingote para
-hablarle en voz baja--, ¿le ha dicho usted para qué es?
-
---Sí; si no lo hubiera averiguado en seguida. A un chico de éstos, que
-ha rodado por ahí, no se le engaña como á un hijo de familia. La miseria
-enseña mucho, baronesa.
-
---Dígamelo usted á mí--repuso la dama--, que cuando pienso en la vida
-que he llevado y en la que llevo ahora, me asombro. Indudablemente, Dios
-me ha dado una naturaleza privilegiada, porque me acostumbro con
-facilidad á todo.
-
---Usted siempre podrá llevar una buena vida si quiere--replicó
-Mingote--. ¡Oh! Si yo hubiera sido mujer, ¡qué carrera!
-
-La baronesa volvió la cabeza con un gesto de disgusto.
-
---No hablemos de eso.
-
---Tiene usted razón; ya, ¿para qué? Ahora desarrollaremos el nuevo plan
-estratégico. Yo iré preparando las pruebas del estado civil del
-muchacho. Usted, ¿quiere quedarse con él?
-
---Bueno.
-
---Le puede servir á usted para los recadas. Sabe escribir bastante bien.
-
---Nada, nada, que se quede.
-
---Entonces, mi señora baronesa, hasta uno de estos días en que traeré
-los papeles. Señora... á sus pies.
-
---¡Ay, qué ceremonioso! ¡Adiós, Mingote! Acompáñale, Manuel.
-
-Fueron los dos hasta la puerta. Allí el agente puso sus dos manos en los
-hombros del muchacho.
-
---Adiós, hijo mío--le dijo--, que no se te olvide: si alguna vez llegas
-á ser barón de veras, que todo me lo debes á mí.
-
---No se me olvidará; descuide usted--contestó Manuel.
-
---¿Te acordarás siempre de tu protector?
-
---Siempre.
-
---Conserva, hijo mío, esa piedad filial; un protector como yo es casi
-tanto como un padre; es..., iba á decir, el brazo de la Providencia. Me
-siento enternecido... ya no soy joven. ¿Tienes ahí, por casualidad,
-algunos cuartos?
-
---No.
-
---Es un contratiempo molesto--y Mingote, después de hacer un molinete
-con su bastón, salió de casa.
-
-Manuel cerró la puerta y volvió al cuarto de puntillas.
-
---¡Chucha! ¡Chucha!--gritó la baronesa; y al aparecer la mulata que les
-había abierto la puerta á Mingote y á Manuel, le dijo, señalando á éste
-que se hallaba confundido y sin saber que hacer:
-
---Mira, éste es el chico.
-
---_¡Jesú! ¡Jesú!_--gritó la mulata--. ¡Si es un golfo! ¿Pero qué
-_ocurrensia_ le ha dado á la señora de traer este granuja á casa?
-
-Manuel, ante un ex abrupto así, aunque dicho con la más melosa y la más
-lánguida de las pronunciaciones, quedó paralizado.
-
---Le estás azorando--exclamó la baronesa riendo á carcajadas.
-
---Pero su _mersé_ está loca--murmuró la mulata.
-
---Calla, calla; ¿para qué tanto alborotar? Prepárale agua y jabón y que
-se limpie.
-
-Salió la mulata, y la baronesa contempló á Manuel atentamente.
-
---¿De modo que te ha contado ese hombre lo que vienes á hacer aquí?
-
---Sí, algo me ha dicho.
-
---¿Y estás conforme?
-
---Yo sí, señora.
-
---Vamos, eres un filósofo. Me parece bien; ¿y qué has hecho hasta ahora?
-
-Manuel contó su vida, fantaseando un poco, y entretuvo á la baronesa
-durante algún tiempo.
-
---Bueno, no cuentes eso á nadie, ¿sabes?... y vete á lavarte.
-
-
-
-
-CAPÍTULO IV
-
-La baronesa de Aynant, sus perros y su mulata de compañía. Se prepara
-una farsa.
-
-
-Poco trabajo, poca comida y ropa limpia; estas condiciones encontró
-Manuel en casa de la baronesa, condiciones inmejorables.
-
-Por la mañana, la obligación consistía en pasear los perros de la
-baronesa, y por la tarde, en algunos recados. A veces, los primeros
-días, experimentaba la nostalgia de su vida bohemia. Unos cuantos tomos
-de novelones por entregas que le prestó niña Chucha, mitigaron su afán
-de corretear por las calles y le transportaron, en compañía de Fernández
-y González y Tárrago y Mateos, á la vida del siglo XVII, con sus
-caballeros bravucones y damas enamoradas.
-
-Niña Chucha, habladora sempiterna, contó á Manuel, en varios folletines,
-la vida de su amita, como llamaba á la baronesa.
-
-La baronesa de Aynant, Paquita Figueroa, era una mujer original. Su
-padre, un rico señor cubano, la envió á los diez y ocho años, acompañada
-de una tía, á que conociera Europa. En el vapor, un joven flamenco,
-rubio y blanco, elegante como un tipo de Van Dyck, le hizo la corte; la
-muchacha le correspondió con todo el entusiasmo de los trópicos, y al
-mes de llegar á España, la cubana se llamaba la baronesa de Aynant, y
-marchaba con su marido á vivir á Amberes.
-
-Pasó la luna de miel, y el flamenco y la cubana se convencieron, al
-comenzar la vida tranquila, de que no congeniaban: el flamenco era
-entusiasta de la vida tranquila y metódica, de la música de Beethoven y
-de las comidas aderezadas con manteca de vaca; á la cubana, en cambio,
-le entusiasmaba la vida desordenada, el corretear por las calles, el
-clima seco y ardiente, la música de Chueca, las comidas ligeras y los
-guisotes hechos con aceite.
-
-Estas divergencias de gustos en cosas pequeñas, amontonándose,
-espesándose, llegaron á nublar por completo el amor del barón y de su
-esposa. Esta no podía oir con calma las ironías tranquilas y frías que
-su marido dedicaba á los boniatos, al aceite y al acento de la gente del
-Sur. El barón á su vez se molestaba oyendo hablar á su mujer con
-desprecio de las mujeres grasientas, que se dedican á atracarse de
-manteca. La supremacía del aceite ó de la manteca, enredándose y
-mezclándose con asuntos más importantes, tomó tales proporciones, que
-los cónyuges llegaron á un estado de exaltación y de odio tal, que se
-separaron; y el barón quedó en Amberes dedicándose á sus aficiones
-artísticas y á sus tostadas de manteca, y la baronesa vino á Madrid,
-donde pudo entregarse á la alimentación frugívora y aceitosa con
-delicia.
-
-En Madrid, la baronesa hizo mil disparates; trató de divorciarse para
-volverse á casar con un aristócrata arruinado; pero cuando tenía
-presentada su demanda de divorcio, supo que su marido estaba gravemente
-enfermo, y al saberlo, en seguida abandonó Madrid, se presentó en
-Amberes, cuidó al barón, le salvó, se enamoró otra vez de él y tuvieron
-una niña.
-
-En esta segunda época de su amor, los dos cónyuges echaron un velo sobre
-la cuestión capital que los dividía; la baronesa y el barón hicieron
-mutuas concesiones, y la baronesa iba á terminar en una buena dama
-flamenca cuando quedó viuda.
-
-Volvió á Madrid con su hija, y pronto sus instintos levantiscos se
-despertaron; su cuñado, tutor y tío de la niña, le pasaba un tanto al
-mes, pero esto no le bastaba. Un amigo de su padre, un señor don Sergio
-Redondo, comerciante riquísimo, le ofreció la mano; pero la baronesa no
-la aceptó y prefirió la protección de aquel señor á ser su mujer. Pronto
-le engañó con cualquiera, y en plena trapisonda vivió durante doce años.
-
-En medio de sus prodigalidades, de sus locuras y de sus caprichos, la
-baronesa tenía un fondo moral y apartaba á su hija por completo del
-mundo en que ella vivía; la puso interna en un colegio de monjas, y
-todos los meses, el primer dinero que encontraba, era para pagar el
-colegio de la niña. Cuando ésta terminase su educación, la llevaría á
-Amberes y viviría con ella, resignándose á ser una señora respetable.
-
-Niña Chucha gruñía y se incomodaba con las ocurrencias de su amita, pero
-terminaba siempre obedeciéndola.
-
-Manuel encontrábase en aquella casa en el paraíso; no tenía nada que
-hacer, y se pasaba las horas muertas fumando, si había qué, ó paseando
-por la Moncloa, acompañado de los tres perros de la baronesa.
-
-Mientras tanto Mingote laboraba. El plan de Mingote era explotar á don
-Sergio Redondo, amigo del padre de la baronesa y antiguo protector de la
-dama. Esta, con su instinto de mujer enredadora y trapisondista,
-manifestó á su antiguo protector que, de sus relaciones, tenían un hijo;
-después, que el hijo había muerto, y luego, nuevamente, que el hijo
-vivía.
-
-A todas estas afirmaciones y negaciones acompañaba la dama con una
-petición de dinero, á la cual don Sergio accedía; hasta que al último,
-escamado, advirtió á la baronesa que no creía en la existencia de aquel
-hijo. La baronesa le acusó de hombre ruin y miserable, y don Sergio
-contestó haciéndose el sueco y cerrando su caja.
-
-¿Cómo averiguó Mingote estos hechos? Indudablemente no fué la baronesa
-la que se los contó, pero él logró averiguarlos; y como su imaginación
-era fecunda, se le ocurrió proponer á la baronesa el buscar un chico,
-proveerle de papeles falsos y hacerle pasar por hijo de don Sergio.
-
-La baronesa, que no entendía de leyes y creía que el Código era una red
-puesta para cazar á los descamisados, le pareció aquello una jugada
-productiva y excelente. Mingote exigió una participación en el negocio,
-y la baronesa le prometió que le daría todo lo que quisiera.
-
-Desde aquel momento, Mingote se dió á buscar un chico que reuniera las
-condiciones necesarias, para darle el cambiazo á don Sergio, y cuando
-encontró á Manuel lo llevó inmediatamente á casa de la baronesa.
-
-A la semana de estar allí, Manuel tenía ya los papeles que le
-identificaban como Sergio Figueroa. Entre Mingote, don Pelayo, el
-escribiente y un amigo de éstos, llamado Peñalar, los falsificaron con
-un arte exquisito.
-
---¿Y ahora qué hacemos?--preguntó la baronesa.
-
-Mingote quedó pensativo. Si la baronesa le escribía á don Sergio, éste
-probablemente, ya escamado, podía acoger con duda la especie. Había,
-pues, que encontrar un procedimiento indirecto, darle la noticia por
-otra persona.
-
---¿Qué le parece á usted si fuera un confesor?--preguntó Mingote.
-
---¿Un confesor?
-
---Sí. Un cura que se presentase en casa de don Sergio y le dijese que en
-secreto de confesión le había usted dicho...
-
---No, no--interrumpió la baronesa--. ¿Y dónde está ese cura?
-
---Iría Peñalar disfrazado.
-
---No. Además don Sergio sabe que soy poco devota.
-
---Un maestro de escuela quizás sería mejor.
-
---¿Pero piensa usted que va á creer que me confieso con un maestro?
-
---No, el plan varía. El maestro va á ver á don Sergio y le dice que
-tiene un niño en su escuela, un prodigio de talento, pero cuya madre no
-le atiende. Un día le pregunta al prodigio:--¿Cómo se llaman tus padres,
-niño?--Y él dice:--Yo no tengo padres; mi madrina se llama la baronesa
-de Aynant. Entonces él, el pedagogo, viene á ver á usted y usted le
-contesta que está en una mala situación y que no puede pagar el colegio
-del chico, y que su padre, un señor acaudalado, no quiere ni conocerlo
-siquiera. El pedagogo evangélico le pregunta á usted repetidas veces el
-nombre del padre desnaturalizado; usted no se lo quiere decir, pero al
-último le arranca á usted el nombre de ese ser cruel. El pedagogo
-sublime dice:--Yo no puedo permitir el abandono de ese niño, de ese
-prodigioso niño, de ese extraordinario niño, y toma la determinación de
-ir á ver al padre de la criatura... ¿Eh? ¿Qué le parece á usted?
-
---La trama no está mal urdida, ¿pero quién va á hacer de maestro de
-escuela? ¿Usted?
-
---No, Peñalar. Viene pintiparado para el caso. Ha sido pasante de un
-colegio; ya lo verá usted. Hoy mismo le busco y le traigo aquí. Mientras
-tanto, arregle usted á Manuel. Que tenga cierto aspecto de colegial. En
-el tiempo que yo estoy fuera, no estaría de más que le enseñara usted
-algo de ciencia, las primeras preguntas y respuestas de la doctrina, por
-ejemplo.
-
-Siguiendo las indicaciones de Mingote, la baronesa ordenó á Manuel que
-se peinara y se acicalara; luego buscaron para él un traje de marinero y
-un cuello grande y blanco; pero por más que le adornaron y le
-escamondaron no se consiguió darle un aspecto regular de hijo de
-familia; siempre trascendía á golfo, con sus ojos indiferentes y
-burlones y la expresión de la sonrisa entre amarga y sarcástica.
-
-A las dos horas, Mingote estaba de vuelta en casa de la baronesa, con un
-hombre negro, de aspecto clerical. El hombre, apellidado Peñalar, habló
-con gran énfasis; luego, cuando le propuso Mingote el negocio,
-abandonando el tono enfático, discutió las condiciones de cobro y el
-tanto por ciento que le correspondería á él.
-
-Vaciló en aceptar el trato por ver si obtenía mayores beneficios; pero
-viendo que Mingote no cedía, aceptó.
-
---Ahora mismo que venga el chico conmigo.
-
-Peñalar se cepilló las mangas de la levita negra, se echó el pelo hacia
-atrás, y tomando de la mano á Manuel, le dijo con un tono verdaderamente
-evangélico:
-
---Vamos, hijo mío.
-
-Don Sergio Redondo tenía un almacén de harinas en la plaza del Progreso.
-
-Llegaron á la plaza y entraron en el almacén.
-
---¿Don Sergio Redondo?--preguntó Peñalar á un viejo de boina.
-
---No ha bajado aún al despacho.
-
---Esperaré; dígale usted que hay aquí un caballero que desea verle.
-
---Bueno; ¿quién le digo que le espera?
-
---No, no me conoce. Adviértale usted que se trata de asuntos de familia.
-Siéntate, hijo mío--añadió Peñalar, dirigiéndose á Manuel con una voz y
-una sonrisa de pura cepa evangélica.
-
-Se sentó Manuel y Peñalar paseó su mirada por el almacén con la calma y
-la tranquilidad del que tiene la seguridad y la conciencia de sus actos.
-
-No tardó en aparecer el viejo de la boina.
-
---Pasen ustedes al despacho--y empujó una mampara negra con cristales
-rayados. Ahora viene el señor--añadió.
-
-Peñalar y Manuel entraron en un cuarto iluminado por una ventana con
-rejas y se sentaron en un sofá verde. Enfrente se levantaba un armario
-de caoba con libros de comercio, en medio una mesa de escribir llena de
-cajoncitos y á un lado de ésta una caja de valores con botones dorados.
-
-El cuarto trascendía á comerciante implacable; se comprendía que aquella
-jaula debía de encerrar un pajarraco de mala catadura. Manuel se sintió
-amilanado. Peñalar quizás experimentó también un momento de debilidad,
-pero se creció, se atusó el pelo, colocó bien los lentes sobre su nariz
-y sonrió.
-
-No tardó mucho en aparecer don Sergio. Era un viejo alto, de bigote
-blanco, con una mirada suspicaz lanzada de través por fuera de sus
-antiparras. Vestía levita larga, pantalones claros; en la cabeza llevaba
-un gorro griego de terciopelo verde, con una gran borla que le caía
-hacia un lado. Entró sin saludar, miró con desagrado al hombre y al
-muchacho, que se levantaron; quizás creyó que había descubierto el
-objeto de la visita, porque con voz seca, autoritaria y sin invitarles á
-que se sentaran, preguntó á Peñalar:
-
---¿Qué quería usted, caballero? ¿Era usted el que tenía que hablarme de
-un asunto de familia? ¿Usted?
-
-Otro cualquiera hubiera sentido ganas de estrangular al viejo, Peñalar
-no; los casos difíciles eran los de su incumbencia, los que á él más le
-gustaban. Comenzó á hablar sin desconcertarse, con las miradas
-inquisitoriales del comerciante.
-
-Manuel le escuchaba lleno de admiración y de espanto. Veía que el
-comerciante iba cargándose de cólera por momentos. Peñalar hablaba
-impertérrito:
-
-El era una pobre alma cautiva, un sentimental, un idealista ¡oh!,
-dedicado á la enseñanza de la juventud, de esa juventud en cuyo seno se
-guardan los gérmenes regeneradores de la patria. El sufría mucho, mucho;
-había estado en el hospital; ¡un hombre como él! conocedor del francés,
-del inglés, del alemán, que tocaba el piano, un hombre como él,
-emparentado con toda la aristocracia del reino de León, un hombre que
-sabía más teología y teodicea que todos los curas juntos.
-
-¡Ah! Esto no lo decía para vanagloriarse; pero él tenía derecho á la
-vida. Gómez Sánchez, el ilustre histólogo, le había dicho:--Usted no
-debe trabajar--. Pero tengo hambre.--Pida usted dinero--. Y por eso
-algunas veces pedía.
-
-Don Sergio, en el colmo del asombro, ante aquel chorro de palabras, no
-intentó interrumpir á Peñalar; éste se detuvo, sonrió con dulzura, notó
-que la fuerza de la costumbre había llevado su discurso al tema
-constante del por qué pegaba sablazos, y comprendiendo que su elocuencia
-le arrastraba por un camino extraviado, bajo la voz y continuó en tono
-confidencial.
-
---Esta vida atrae de tal modo, á pesar de sus impurezas, ¿no es verdad,
-don Sergio?, que no puede uno desprenderse con indiferencia de ella. Y
-eso que yo creo que la muerte es la liberación, sí, yo creo en la
-inmortalidad del alma, en el dominio absoluto del espíritu sobre la
-materia. Antes no, lo confieso--sonriendo más dulcemente aún--, antes
-era panteísta y conservo no sé si de aquella época el entusiasmo por la
-naturaleza. ¡Oh, el campo!, ¡el campo es mi delicia!; muchas veces
-recuerdo aquellos versos del mantuano:
-
- «Te, dulcis conjux, te solo in litore secum
- te veniente die, te decedente canebat.»
-
-¿A usted le gusta el campo, don Sergio? Sí le debe de gustar, con el
-talento que usted tiene.
-
-La cólera de don Sergio, que iba agrandándose con la verbosidad
-incoherente de Peñalar, estalló en esta frase corta:
-
---El campo me revienta.
-
-Peñalar quedó parado, con la boca abierta.
-
---Señor mío, señor mío--añadió el comerciante, levantando la voz
-iracunda--, si usted tiene mucho tiempo que perder, á mí no me pasa lo
-propio.
-
---No le he expresado á usted aún el motivo de mi visita--, dijo Peñalar
-y se quitó los lentes y se preparó á limpiarlos con el pañuelo.
-
---No, ni hay necesidad; me lo figuro, me lo figuro muy bien. Yo no doy
-limosnas.
-
---Caballero, señor don Sergio--y Peñalar se levantó con las gafas en la
-mano y paseó por el cuarto su mirada oscura de cegato--, está usted en
-un profundo error. No vengo á pedir una limosna, no son esos mis
-hábitos. Nadie podrá decirlo, vengo--y se coló los lentes con
-resolución--á cumplir un deber sagrado.
-
---Concluyamos. ¿Qué deber sagrado es ese? ¡Qué! Basta de farsas. La
-charlatanería me revienta.
-
---Permítame usted que me siente. Estoy fatigado--murmuró Peñalar con voz
-desfallecida--. ¿No nos oye nadie?
-
-Don Sergio le miró como una hiena; Peñalar pasó por su ancha frente el
-pañuelo lleno de agujeros; luego, dirigiéndose á Manuel, que seguía
-sumido en el mayor estupor, le dijo:
-
---Haz el favor, mi querido niño, de salir un momento y esperarme.
-
-Manuel abrió la puerta del despacho, y salió al almacén. Esta maniobra
-produjo un movimiento de extrañeza en don Sergio.
-
---Yo, caballero--dijo Peñalar al verse solo con el comerciante--, estoy
-dedicado á la enseñanza de la juventud.
-
---¿Que es usted maestro? Lo he oído.
-
---Estaba de pasante en el colegio del Espíritu Santo, cuando se me
-ocurrió establecerme por mi cuenta.
-
---Y ha perdido usted el dinero; bueno. ¿Y á mí todo eso qué me
-importa?--gritó don Sergio, golpeando la mesa con un libro.
-
---Perdone usted. Entre mis alumnos tengo este muchacho que acaba de
-salir de aquí, y que es un prodigio, un niño de unas facultades
-extraordinarias. Al notar la claridad de su inteligencia y la energía de
-su voluntad, me interesé por él; le pregunté por su familia, y me dijo
-que no tenía padre ni madre, y que una señora le había recogido en su
-casa.
-
---¿Y á mí qué?
-
---Espere usted, don Sergio. Fuí á ver á esa señora protectora suya, que
-es una baronesa, y la dije:--El muchacho á quien usted protege es digno
-de las mayores atenciones y de que se haga algo por su educación.--Su
-madre no tiene dinero y su padre que es rico, no hace nada por él--me
-contestó la baronesa.--Dígame usted quién es su padre, y le iré á
-ver.--Es inútil--replicó--, porque no conseguirá usted nada de él; se
-llama don Sergio Redondo.
-
-Al decir esto, Peñalar se levantó, y contempló con la cabeza erguida á
-don Sergio, como el ángel exterminador puede mirar á un pobre réprobo.
-Don Sergio palideció profundamente, sacó el pañuelo, se frotó los
-labios, carraspeó. Se comprendía que estaba turbado.
-
-Peñalar observó al viejo atentamente, y viendo que aminoraba en sus
-arrogancias, se sintió cada vez más evangélico y más moral.
-
---La baronesa--añadió--me dijo, y perdone la inquebrantable sinceridad
-mía, me dijo que era usted un egoísta y un hombre sin corazón; yo, á
-pesar de esto--sonriendo dulcemente y sintiéndose ya super-evangélico y
-super-moral--pensé: Mi deber es ir á ver á ese caballero. Por eso he
-venido. Ahora usted hará lo que su conciencia le dicte. Yo he cumplido
-con la mía.
-
-Después de este párrafo, Peñalar nada tenía que decir y con la sonrisa
-de todo el martirologio en los labios cogió el sombrero, saludó
-ceremoniosamente y se acercó á la puerta.
-
---¿Y ese niño es el que estaba aquí?--preguntó en voz baja y vacilante
-don Sergio.
-
---El mismo.
-
---¿Y dónde vive esa mujer, esa baronesa?--exclamó el comerciante.
-
---Yo no puedo decirlo. Se lo preguntaré; si ella me lo autoriza, vendré
-con la contestación.
-
-Y Peñalar salió del despacho.
-
---Vamos, hijo mío--le dijo á Manuel.
-
-Y con altivo y noble continente, con la cabeza erguida, salió de casa,
-llevando de la mano á su querido discípulo, á aquel niño portentoso tan
-poco apreciado por sus padres.
-
-
-
-
-CAPÍTULO V
-
-Vida y milagros del señor de Mingote.--Comienza la dulce explotación de
-don Sergio.
-
-
-Según los mejores historiógrafos madrileños, el conocimiento de la
-baronesa de Aynant con Bonifacio de Mingote databa de dos años á la
-fecha.
-
-Una de las muchas veces que la baronesa se encontraba en la necesidad de
-buscar dinero, avisó á un prestamista de la calle del Pez. En lugar del
-prestamista se presentó su dependiente, el propio Mingote, y se arregló
-el negocio entre los dos. Desde entonces don Bonifacio frecuentaba la
-casa de la baronesa. ¿Quién era don Bonifacio? ¿Cómo era don Bonifacio?
-
-Hay bimanos que producen una extraordinaria curiosidad. En la historia
-natural del hombre son como esas especies de monotremas entre aves y
-mamíferos, asombro de los zoólogos. A esta clase de bimanos interesantes
-pertenecía Mingote.
-
-Era este Mingote hombre de unos cincuenta años, bajo, grueso, de bigote
-pintado, con la cara carnosa, la nariz pequeña y roja, la boca cínica,
-las trazas de agente de la policía ó de zurupeto. Vestía de una manera
-presuntuosa, le encantaba llevar una cadena gruesa en el chaleco y
-diamantes falsos, como garbanzos de grandes, en la pechera y en los
-dedos.
-
-Mingote había ejercido todos los oficios que un hombre puede ejercer no
-siendo persona decente: prestamista, policía, jefe de clac, zurupeto de
-la Bolsa, agente de quintas, curial, revendedor, gancho...
-
-Manuel pudo ir conociéndolo á fondo. Era maestro en todas las artes del
-engaño, ingrato, procaz, cobarde con los valientes, valiente con los
-cobardes, petulante y vanidoso como pocos, amigo de atribuirse las
-heroicidades y los méritos ajenos y de repartir entre los demás los
-defectos propios.
-
-Manuel notó que la baronesa solía hablar siempre mal de Mingote, cuando
-se hallaba ausente, y, sin embargo, cuando le escuchaba lo hacía con
-gusto; sin duda al oirle admiraba la sutileza y la finura de las malas
-artes de aquel pícaro.
-
-Al cabo de algún tiempo de oirle su charla desvergonzada repugnaba.
-
-La preocupación de Mingote era ocultar su natural cínico, pero el
-cinismo suyo, por su fuerza de expansión, le salía fuera del alma,
-apuntaba en sus ojos y en sus labios y fluía libremente en sus
-palabras.
-
---Pierden el tiempo los que me insultan--decía tranquilamente--; á
-sinvergüenza no me gana nadie.
-
-Y tenía razón. A veces se daba cuenta del mal efecto producido por
-alguna arlequinada suya, y se esforzaba entonces en presentarse como un
-Roldán ó un Cid de la corrección; pero al poco rato, por entre su coraza
-de puntilloso caballero aparecía la garfa del truhán.
-
---En cuestiones de honor, no admito distingos--decía el hombre cuando se
-sentía hidalgo--; usted me dirá: el honor es una martingala. Es verdad.
-Pero yo tengo esta desgracia; soy caballeresco por temperamento.
-
-Mingote comulgaba en las ideas anárquico-filantrópico-colectivistas,
-algunas de sus cartas terminaba poniendo: Salud y Revolución Social, lo
-cual no era obstáculo para que intentase unas veces establecer una casa
-de préstamos, otras una casa de citas ó algún otro honrado comercio por
-el estilo.
-
-Había hecho aquel ex prestamista una porción de ignominias con los
-compañeros de la dinamita y del ácido pícrico, sacándoles dinero, ya
-para dar un golpe y comprar bombas, ya para escribir un diccionario
-libertario en donde él, Mingote, desmenuzaría con su análisis
-formidable, más formidable que los más furiosos explosivos, todas las
-ideas tradicionales de esta estúpida sociedad.
-
-Cuando Mingote hablaba de su diccionario, su desdén por la existencia,
-su mirada de iluminado, su melancólica actitud de hombre no comprendido,
-todo indicaba al genio de las revoluciones.
-
-En cambio, al contar y especificar sus éxitos de agente de anuncios y de
-negocios, surgía el hombre moderno, el _struggle for lifeur_ de la
-almoneda y de la casa de préstamos, de la droguería y de la perfumería.
-
---Yo--solía decir--hice la almoneda de la Chavito, yo le vendí la cuadra
-al marqués del Sacro-Cerro y el monte á la vizcondesa. Yo he lanzado el
-cataforético Pipot; el pectoral de sampaguita salvaje Alex; la pasta
-manícura de Chiper; la cataplasma eléctrica de Pirogoff; la harina
-pépsica de Clarckson; la auditina de Well; el corazón artificial de
-Tomás y Gil; el emplasto sudorífico de Rocagut, y, sin embargo, se ha
-hecho el vacío á mi alrededor.
-
-Mingote suponía que Madrid entero se confabulaba contra él para no
-dejarle prosperar; pero él esperaba el momento bueno en que les daría en
-la cabeza á sus enemigos.
-
-Sus mayores ilusiones se basaban en sus minas, que, á pesar de ser
-admirables, no tenía inconveniente en venderlas en lotes de poco dinero.
-Constantemente llevaba en el bolsillo piedras envueltas en papeles de
-periódico de sus minas de aquí y de allá.
-
---Esta--y Mingote mostraba un pedrusco--es de mis minas del Suspiro del
-Moro. ¡Qué muestra! ¿Eh? Es admirable. ¿Es verdad? De hierro... casi
-puro. Noventa y nueve y medio por ciento de hierro mineralizado. Esta
-otra es de calamina. Sesenta y ocho por ciento. Hay medio millón de
-toneladas.
-
-Cuando se le descubría la mentira, no sólo no se incomodaba, sino que se
-echaba á reir.
-
-La baronesa celebraba con carcajadas los proyectos de Mingote.
-
---Pero si no tiene usted minas, ¿cómo las va usted á vender?--le
-preguntaba.
-
---¡Ah!, no importa--replicaba Mingote--; se inventan; es lo mismo. En
-seguida que le demos el golpe á don Sergio, nos dedicamos á los
-negocios. Demarcamos una mina; depósito: trescientas, cuatrocientas
-pesetas, lo que sea; llevamos al terreno minerales de otra parte, y en
-seguida hacemos acciones: «Sociedad anónima del coto Prosperidad»;
-capital: 7.000.000 de pesetas; alquilamos una casa, ponemos una hermosa
-plancha de cobre con letras en la puerta y un criado con una librea
-azul: cobramos las acciones, y ya está hecho el negocio.
-
-¿Creía Mingote en sus fantasías? Ni aun él lo sabía de cierto; aquel
-hombre se hallaba desconocido á sí mismo. Allá, dentro de su alma,
-encerraba la idea de un hado adverso que le impedía prosperar, por ser
-un sinvergüenza; porque habilidad tenía de sobra; sabía como nadie
-recibir á un acreedor y no pagarle; sabía adular y mentir; pero, á pesar
-de su mentir constante, era crédulo para los embustes ajenos como nadie.
-
-Creía en las sociedades secretas, en la masonería, en los h.*. y en otra
-porción de mojigangas por el estilo.
-
-En el peligro y en las situaciones graves, á pesar de la cobardía
-extraordinaria del ex prestamista, no le abandonaba nunca su ingenio; el
-soltar una gracia constituía para él una necesidad, y probablemente,
-empalado, con la soga al cuello, ó en las gradas del patíbulo, temblando
-de miedo, hubiera tenido que decir, entre castañeteos de dientes y
-convulsiones, alguna cosa chusca.
-
-Reñía con todo aquel á quien no necesitaba, por cosas fútiles;
-vociferaba en los tranvías y teatros con cobradores y acomodadores,
-levantaba el bastón á los golfos, trataba desdeñosamente á todo el
-mundo, hacía proposiciones indecorosas á las mujeres delante de sus
-maridos ó de sus padres, y á pesar de esto no recibía más que raras
-veces las bofetadas ó los palos que otro cualquiera en su lugar
-recibiera.
-
-Vanidoso y petulante, él mismo se reía de su petulancia. Cambiaba la
-sonrisa en gesto amenazador y el gesto amenazador en sonrisa; á veces
-sentía cierta especie rara y cómica de pudor y se ruborizaba, pero no se
-desconcertaba nunca.
-
-El ex prestamista, á pesar de que su tipo no era nada agradable, tenía
-grandes éxitos con las mujeres. Se dedicaba á la ancianidad. Su táctica
-era rapidísima y expedita; á la primera semana ya pedía dinero.
-
-Contaba las queridas á pares, cada una con dos ó tres pequeños Mingotes.
-Con ellas el ex prestamista había organizado un servicio de mendicidad
-maravilloso por medio de cartas, y como la agencia producía cada vez
-menos, gracias al dinero que traían las mujeres, vivían ellas, el gran
-Mingote y los pequeños Mingotes. Cuando le preguntaban por aquellas
-mujeres, el ex prestamista decía que constituían su servidumbre.
-
-Este era Mingote, el maravilloso y peregrino Mingote, auxiliar y
-colaborador de la baronesa de Aynant.
-
-El mismo día en que Manuel y el sublime pedagogo contaron los detalles
-de la visita á don Sergio, la baronesa y Mingote se pusieron en campaña.
-La baronesa alquiló un gabinete por unos días á una patrona del
-principal.
-
---¿Pero para qué hace usted eso?--la preguntó Mingote--. Cuanto en peor
-situación la vea á usted _il vecchio_ será más espléndido.
-
---Yo le creía á usted más listo, Mingote--replicó fríamente la
-baronesa--. Si don Sergio me viera en este cuartucho indecente, me daría
-una limosna; de otro modo, ya veremos. Además déjeme usted á mí dirigir
-mis asuntos.
-
-Mingote calló confundido. Indudablemente allí tenía que aprender.
-
-La baronesa arregló el cuarto alquilado con gusto, mandó coser y
-planchar una de sus batas, y vistió á Manuel y hasta le dió polvos de
-arroz, con gran desesperación del chico. Todo preparado, Mingote
-escribió á don Sergio, _il vecchio Cromwell_, como le llamaba él, una
-tarjeta con la firma de Peñalar, dándole las señas de la casa.
-
-La baronesa y Manuel esperaron á que llegara _il vechio_. A media tarde
-se oyó el ruido de un coche que paraba á la puerta.
-
---Este es--dijo la baronesa. Miró por las rendijas de la persiana--. Sí,
-es él--añadió, y se tendió en el sofá y cogió un libro.
-
-Bien vestida y ataviada resultaba apetitosa; una jamona rubia de buen
-ver.
-
---Mira, es mejor que te metas en ese otro cuarto--dijo la baronesa á
-Manuel señalándole una alcoba--; le diré que estás estudiando.
-
-Manuel, á quien el papel que le designaron no le agradaba, se escabulló
-en la alcoba. Había entre ésta y el gabinete una puerta de cristales,
-con sus correspondientes cortinas. Manuel encontró el observatorio muy
-cómodo, y se puso á mirar por los visillos; le interesaba ver cómo se
-desenvolvía la baronesa y manejaba los hilos de aquella trapisonda, en
-los cuales podía quedar enredada al menor descuido.
-
-Cuando la criada de la casa de huéspedes fué á anunciar la visita de don
-Sergio, la baronesa se hallaba ya posesionada de su papel. _Il vecchio_
-pasó gravemente, saludó; la baronesa hizo un gesto de asombro al verle,
-luego con un ademán de languidez y de contrariedad le indicó que podía
-sentarse.
-
-_Il vecchio Cromwell_ se sentó; Manuel pudo observarle con calma. Estaba
-pálido y tenía un color calcáreo.
-
---Vaya un papá feo que me he echado--se dijo Manuel.
-
-La baronesa y don Sergio comenzaron á hablar en voz baja. No se oía lo
-que hablaban. El calcáreo anciano pasó la mirada por el cuarto, observó
-los muebles, indudablemente extrañado de ver el gabinete tan elegante.
-
-Luego siguió hablando con calor; la baronesa le escuchaba lánguidamente,
-sonriendo con cierta amable y bondadosa ironía. Manuel pensó que no le
-faltaban al viejo más que unos cuernecitos y unas patas de cabra para
-representar, en unión de la baronesa, un grupo que él había visto unos
-días antes en un escaparate de la carrera de San Jerónimo, cuyo título
-era «La Ninfa y el Sátiro». Manuel creyó que el viejo se iba á
-arrodillar y le dieron ganas de gritarle ¡fuera _Cromwell_!
-
-Continuaba el viejo hablando de una manera insinuante, cuando se fué
-animando y comenzó á accionar con violencia.
-
---Ese abandono del muchacho es incalificable--decía.
-
---¡Incalificable!
-
---Sí, señora.
-
---Pero usted, ¿qué derechos tiene para hablar?
-
---Tengo derechos. Sí, señora.
-
-La baronesa pareció asombrada de aquellas palabras, y replicó con
-vaguedades y excusas; luego se indignó, y levantándose del sofá con un
-gallardo ademán y tirando el libro al suelo acusó al iracundo _Cromwell_
-de todo lo malo que podía ocurrir al niño. El tenía la culpa de todo,
-por ser un avaro y un miserable.
-
-Replicó á esto el terrible _vecchio_, en tono brusco, diciendo que para
-las mujeres livianas y gastadoras todos los hombres eran avaros.
-
---Si usted ha venido aquí--interrumpió la baronesa--á insultar á una
-mujer porque está sola, no lo consentiré.
-
-Entonces vinieron las explicaciones del calcáreo anciano, el sincerarse,
-el ofrecerse...
-
---No necesito de usted para nada--contestó la baronesa
-arrogantemente--. No le he llamado á usted.
-
-El marrullero _vecchio_ juró y perjuró que no había ido allá más que á
-ofrecerle todo lo que necesitara y á pedir que le dejara costear los
-gastos de los estudios del muchacho. También deseaba verle un momento.
-
-La baronesa se dejó convencer; pero advirtió al _calcáreo_ que el niño
-creía que sus padres habían muerto.
-
---No, no tenga usted cuidado, Paquita--exclamó _il vecchio_.
-
-Llamó la baronesa el timbre, y preguntó á la criada con indolencia:
-
---¿Está en casa Sergio?
-
---Sí, señora.
-
---Dígale usted que venga.
-
-Entró Manuel confuso.
-
---Este señor quiere verte--dijo la dama.
-
---Ya sé, ya sé que eres un estudiante muy aprovechado--murmuró _il
-vecchio_.
-
-Manuel levantó los ojos con el mayor asombro. Don Sergio dió unos
-golpecitos en la mejilla nada sonrosada del muchacho. Manuel quedó
-mirando al suelo, y se marchó, al darle la baronesa el permiso para
-salir.
-
---Es muy huraño--dijo la baronesa.
-
---Yo era igual á su edad--repuso don Sergio.
-
-La dama sonrió maliciosamente. Manuel volvió á la alcoba y siguió
-observando la actitud de los dos; la baronesa se lamentaba de su falta
-de recursos; _Cromwell_ se defendía como un león. Al terminar la
-conferencia, el _calcáreo_ sacó su cartera y dejó unos billetes sobre el
-velador.
-
-La baronesa le acompañó hasta la puerta.
-
---¿De modo, Paquita, que está usted contenta?--la dijo antes de
-marcharse.
-
---¡Contentísima!
-
---¿No siente usted que haya venido á verla?
-
---¡Ay, don Sergio! Me ha tenido usted muy abandonada. ¡Cuando es usted
-el único amigo de mi pobre padre!
-
---Sí, es verdad, Paquita, es verdad--murmuró _il vecchio_ acariciando
-entre las suyas una de las manos regordetas de la baronesa.
-
-Y bajó las escaleras, deteniéndose á cada instante, para saludar á la
-dama.
-
---Jesús, qué lata de viejo--murmuró ella dando un portazo--. ¡Manuel,
-Manolito, has estado muy bien! Hecho un héroe. ¿Has visto? _Il vecchio
-Cromwell_, como dice Mingote, ha dejado mil pesetas. Mañana mismito nos
-mudamos de casa.
-
-Al día siguiente, muy de mañana, la baronesa y Manuel se echaron á la
-calle á buscar cuarto. Después de mucho corretear y de andar con la
-cabeza descoyuntada de tanto mirar hacia arriba, encontraron un tercer
-piso en la plaza de Oriente, que á la baronesa le encantó. Costaba
-veinticinco duros al mes.
-
---A niña Chucha le va á parecer caro, pero yo lo alquilo--dijo la
-baronesa--. Y llamó en el primer piso en donde vivía el administrador y
-habló con él y pagó la casa por adelantado.
-
-El mismo día se hizo la mudanza y Manuel trajinó con entusiasmo,
-llevando trastos de un lado á otro y colocándolos en la nueva casa en el
-sitio que designaba niña Chucha.
-
-Como la casa quedaba vacía y la baronesa tenía algunos muebles guardados
-en casa de una amiga cubana, unos días después fué á verla para
-pedírselos. No apareció en todo el día ni aun á cenar, y volvió á la
-noche muy tarde. Niña Chucha y Manuel la esperaron. Al llegar á casa,
-venía con los ojos más brillantes que de ordinario.
-
---La coronela no me ha querido dejar venir--murmuró--; he cenado en su
-casa, luego he ido con sus chicas á Apolo y me han acompañado hasta aquí
-mismo.
-
-No pudo Manuel comprender qué tendría esto de extraño para la baronesa,
-y se asombró bastante al oirle contestar á los reproches de niña Chucha,
-balbuceando y riéndose á carcajadas de una manera insubstancial. Hubiese
-jurado Manuel que al salir del comedor la baronesa había dado un
-traspiés, pero con el sueño no se enteró bien y se abstuvo de
-comentarios.
-
-Al día siguiente, poco antes de la hora de comer, estaba niña Chucha en
-la calle cuando llamaron á la puerta. Abrió Manuel. Era el _calcáreo_.
-
---Hola, estudiante--dijo--. ¿Y doña Paquita?
-
---En su cuarto--contestó Manuel.
-
-Llamó don Sergio en la puerta con los nudillos y repitió varias veces:
-
---¿Se puede?
-
---Pase usted, don Sergio--dijo la baronesa--y abra usted las ventanas.
-
-Entró el viejo en el cuarto tropezando con los bultos desparramados por
-el suelo y abrió el balcón.
-
---Pero, Paquita, ¿todavía en la cama?--preguntó en el colmo de la
-estupefacción--. Eso no es sano.
-
---¡Oh! si viera usted cómo he trabajado--replicó la baronesa
-desperezándose--. Ayer me acosté rendidita, y hoy para las cinco estaba
-ya trabajando; pero de tanto trajinar se me ha levantado un dolor de
-cabeza que me he tenido que acostar otra vez.
-
---¿Para qué trabajas tanto? No te conviene.
-
---Es que hay que hacer las cosas; luego, en esta casa no ayudan. Chucha
-no hace más que leer novelas; á Sergio no le voy á poner á andar como
-un mozo de cuerda, y yo sola tengo que hacerlo todo. Espero que otro día
-seré más feliz y tendrá usted el gusto de presenciar lo buena chica que
-soy y cómo sigo sus consejos al pie de la letra.
-
---Bueno, Paquita, bueno. Sigues siendo una chiquilla.
-
-La baronesa, para demostrar que era verdad esto, hizo unos cuantos
-arrumacos á _Cromwell_, y después, en tono indiferente, le pidió
-cincuenta pesetas.
-
---Pero...
-
---Si ya sé que me va usted á reñir. No crea usted que he gastado todo el
-dinero, ni mucho menos. Es que la verdad, un billete de quinientas
-pesetas no quiero cambiarlo, y como tengo que pagar una cuentecilla...
-
---Vaya, ahí va--. Y don Sergio con una sonrisa que quería ser amable,
-sacó la cartera del bolsillo y dejó un papel azul sobre la mesilla de
-noche; luego le pareció poco galante dar lo que le habían pedido y dejó
-otro.
-
-La baronesa puso el candelero encima de los dos billetes, y después,
-acurrucándose entre las sábanas con voz soñolienta, murmuró:
-
---¡Ay, don Sergio, me vuelve el dolor de cabeza!
-
---Pues cúidate, hija, cuídate y no trabajes tanto.
-
-Don Sergio salió de la alcoba, luego de cerrar el balcón, y se encontró
-con niña Chucha que volvía de la calle.
-
---No debes dejar que trabaje tanto tu ama--le dijo secamente--; se pone
-enferma.
-
-La mulata contempló sonriendo al viejo.
-
---Bueno, _señó_--dijo.
-
---Y el muchacho, ¿qué hace?
-
---_Etá_ etudiando--contestó niña Chucha con malicia, y lo mostró con los
-codos sobre la mesa del comedor y la cabeza entre las manos.
-
-Efectivamente, estaba devorando una novela por entregas de Tárrago y
-Mateos.
-
-
-
-
-CAPÍTULO VI
-
-Kate, la niña blanca.--Los amores de Roberto.--El pundonor militar.--Las
-cucas.--Disquisiciones antropológicas.
-
-
-Al mes de instalados en la nueva casa llegaron las fiestas de Navidad, y
-como en los colegios había vacaciones, la baronesa fué en busca de su
-hija al del Sagrado Corazón, y volvió con ella en coche.
-
-Niña Chucha se encargó de informar á Manuel y de darle detalles de la
-hija de la baronesa.
-
---Es una cantimpla, ¿sabe?, una niña blanca y sosa que parece una
-muñeca.
-
-Manuel la conocía, pero no sabía si ella se acordaría de él; en los años
-que no la veía se había hecho una muchacha preciosa. No recordaba en su
-tipo á su madre; aunque rubia como ella, debía de parecerse al padre.
-Era blanca, de facciones correctas, ojos azules claros, de cejas y
-pestañas doradas y el pelo rubio, sin brillo, pero muy bonito.
-
-Al llegar á casa, niña Chucha hizo grandes demostraciones de cariño á la
-colegiala; Manuel fué reconocido por ella, lo que le produjo gran
-satisfacción.
-
-La hija de la baronesa se llamaba Catalina, sus parientes de Amberes la
-llamaban Kate, pero la baronesa generalmente la decía la Nena.
-
-Con la llegada de Kate las costumbres variaron en la casa; la baronesa
-abandonó sus excursiones nocturnas y contuvo sus ligerezas de palabra.
-En la mesa, con una sonrisa triste, escuchaba las historias de colegio
-que contaba su hija, sin poner interés en lo que oía.
-
-No armonizaban los caracteres de las dos. Kate tenía la comprensión
-lenta, pero profunda; en cambio su madre poseía la sutileza y el ingenio
-del momento. La baronesa á veces se impacientaba al oirla, y decía entre
-cariñosa y enfadada:
-
---¡Ay, qué Nena más sosita tengo!
-
-Desde la llegada de Kate, niña Chucha y Manuel no le acompañaban en el
-comedor á la baronesa; esto á Manuel no le molestaba, pero á la mulata
-sí, y atribuía estas disposiciones á Kate, á quien consideraba como una
-muñeca blanca, orgullosa, fría y de poco corazón. Manuel, que no tenía
-motivo alguno de antipatía por Kate, la encontró muy llana, muy amable,
-aunque con poca vivacidad.
-
-Por aquellos días de fiestas de Navidad, madre é hija salían de casa con
-mucha frecuencia á compras, y les acompañaba generalmente Manuel, que
-volvía cargado con paquetes.
-
-Un día de Año Nuevo, en que la baronesa, Kate y Manuel fueron al Teatro
-de Apolo á ver _Los sobrinos del Capitán Grant_, notó Manuel que Roberto
-Hasting iba á alguna distancia detrás de ellos. Al salir les siguió; la
-muchacha se hizo la desentendida.
-
-Al día siguiente estaba nevando, y Manuel vió á Roberto que paseaba por
-la plaza de Oriente, al parecer muy entretenido.
-
-Encontró Manuel un pretexto para salir de casa, y al momento Roberto se
-acercó á él.
-
---¿Estás en su casa?--le preguntó apresuradamente.
-
---Sí.
-
---Tienes que darle una carta.
-
---Bueno.
-
---A la tarde te la traeré. Se la das, y me dices qué cara pone al
-recibirla. No me contestará, ya sé que no me contestará; pero tú se la
-darás, ¿verdad?
-
---Sí, hombre, descuide usted.
-
-Efectivamente, á la tarde Roberto siguió paseando por entre la nieve,
-bajó Manuel, cogió la carta y subió en seguida á casa.
-
-Kate se divertía arreglando en aquel momento su armario. Tenía guardadas
-mil chucherías en varias cajitas; en unas, medallas; en otras, estampas,
-cromos, regalos del colegio y de su familia. Sus libros de rezos estaban
-llenos de recordatorios y de estampitas.
-
-Manuel, con la carta de Roberto en el bolsillo, se acercó á la muchacha
-como un criminal. La Nena enseñó á Manuel todas sus riquezas, éste se
-sintió orgulloso. Manuel apenas se atrevía á tocar las medallas, las
-alhajas, las mil cosas que guardaba Kate.
-
---Esta cadena me la regaló mi tío--decía la colegiala--. Esta sortija es
-de mi abuelo. Este pensamiento le cogí en Hyde-Park, cuando estuve en
-Londres con mi tío.
-
-Manuel la escuchaba sin decir palabra, avergonzado de tener la carta en
-el bolsillo. La Nena siguió enseñando nuevas cosas. Los juguetes de su
-niñez aún los conservaba; en su armario todo estaba clasificado con el
-mayor orden, cada cosa tenía su sitio. En algunos libros prensaba
-pensamientos y hierbas que luego copiaba y pintaba con una caja de
-acuarelas.
-
-Manuel hizo dos ó tres veces un esfuerzo para hablar de Roberto, pero no
-se atrevió.
-
-De pronto, después de carraspear mucho, balbuceó:
-
---¿Sabe usted?
-
---¿Qué?
-
---Roberto... aquel estudiante rubio de la otra casa... el que ayer
-estaba en el teatro... me ha dado una carta para usted.
-
---¿Para mí?--. Y las mejillas de Kate tomaron un tono rosado y sus ojos
-brillaron con más vivacidad que de ordinario.
-
---Sí.
-
---Pues dámela.
-
---Tome usted.
-
-Manuel entregó la carta y Kate la escondió rápidamente en el pecho.
-Concluyó de arreglar su armario, y poco después se encerró en su cuarto.
-A los dos días, Kate le envió á Manuel con una carta para Roberto, y
-Roberto en seguida con otra para Kate.
-
-Un día Kate fué con Manuel á su colegio, en donde había un Nacimiento, y
-á la ida y á la vuelta le acompañó Roberto. Hablaron los dos muchísimo;
-Roberto contó sus proyectos. Manuel pensó en que esto del amor es una
-cosa extraña. Para él no dijo Roberto nada que valiera la pena de oirse,
-y, sin embargo, Kate le escuchó con el alma en un hilo.
-
-Roberto fué para Kate el colmo de lo respetuoso. Le habló con una
-gravedad tranquila, sin echárselas de jacarandoso ni de listo; ella le
-escuchó atenta.
-
-Manuel fué confidente de Roberto y de Kate. Era la muchacha de un candor
-y de una inocencia inmaculadas, tenía una falta de comprensión para
-cosas de malicia extraordinaria. Manuel sentía verdadera sumisión ante
-aquella naturaleza aristocrática y elegante, tenía un sentimiento de
-inferioridad que en nada le molestaba.
-
-La Nena le contó á Manuel las cosas que había visto en París, Bruselas,
-Gante; le habló de los parques de Londres, le deslumbró. En cambio,
-Manuel le contó á Kate detalles de la vida pobre madrileña, que á la
-colegiala le producían el más profundo asombro; las cuevas, las
-tabernas, los descampados; le habló de los chicos que se escapaban de
-sus casas é iban á dormir á los rincones de las iglesias, de los que
-robaban en los lavaderos; le describió las tiendas-asilos...
-
-Manuel tenía cierta gracia para contar sus impresiones; exageraba y
-rellenaba con fantasías imaginadas los vacíos dejados por la realidad.
-La Nena le solía escuchar muy intrigada.
-
---¡Oh, qué miedo!--solía decir--; y sólo el pensar que aquella gente
-miserable de que Manuel hablaba podía rozarse con ella, le hacía
-estremecer.
-
-Sentía la niña una repugnancia profunda por la gente de la calle; no
-quería salir los domingos por no andar entre hombres de blusa y
-soldados. Le parecía que la gente del pueblo debía ser mala. Desde que
-se encendían los faroles no le gustaba salir de casa.
-
-Las conversaciones solían tenerlas al anochecer en un gabinete que daba
-á la calle, desde donde se veía la plaza de Oriente, como un bosque, y
-el Palacio Real en cuyas cornisas se posaban cientos de palomas que de
-día revoloteaban en bandadas. Como fondo se veía la Casa de Campo y el
-horizonte que se enrojecía al caer de la tarde...
-
-Pasado el día de Reyes, Kate volvió al colegio, y en la casa se
-restablecieron las antiguas costumbres y reinó el habitual desorden.
-
-La primera salida nocturna que hizo la baronesa fué acompañada por
-Manuel á casa de su amiga cubana.
-
-Salieron la baronesa y Manuel después de cenar. La cubana vivía en la
-calle Ancha. Llamaron en la casa; les abrió un criadito con librea azul
-y galones dorados, y entraron, por un corredor, en una sala muy
-iluminada adornada con lujo barato y chillón. En medio había un aparato
-eléctrico con siete ú ocho bombillas, un sofá grande con flores, dos
-sillones dorados al lado de una chimenea y sobre el mármol de ésta un
-reloj en forma de bola, un barómetro como un martillo, un termómetro
-como un puñal y otra porción de cosas con formas absurdas. Por todos
-lados se veían fotografías.
-
-No había allí más que unas cuantas mujeres de mal aspecto, que se
-levantaron humildemente. La baronesa se sentó, y al poco rato entró la
-cubana, una mujer ordinaria y brutal, vestida con un traje muy llamativo
-y con brillantes gruesos en las orejas y en los dedos. Tomó de la mano á
-la baronesa y se sentó en un sofá junto á ella. Se veía que quería
-halagarla. Era la coronela una mujer, más que vulgar, bestial; tenía la
-mandíbula prominente, los ojos pequeños, negros y la boca con una
-expresión de crueldad. Había en su aspecto algo lúbrico inquietante y
-amenazador; se figuraba uno que aquella mujer debía tener vicios
-extraños, que era capaz de cometer crímenes.
-
-Manuel, en un rincón, se puso á mirar un álbum de fotografías puesto
-sobre un velador.
-
-La mujer del coronel, á quien la baronesa había conocido de sargenta en
-Cuba, dijo que pensaba que su niña menor, Lulú, debutara en un Salón, de
-bailarina, y le estaban dando las últimas lecciones.
-
---Pero, ¿de verdad?--preguntó la baronesa.
-
---Sí, sí; Mingote hizo la contrata, y se ha encargado de los últimos
-toques, como dice él. ¡Ay, qué hombre tan gracioso! Está ahora con unos
-amigos en el comedor. Vendrán en seguida. Mingote ha traído un poeta que
-ha hecho un monólogo para la niña graciosísimo. Se llama _Instantáneas_.
-Es un nombre modernista, ¿verdad?
-
---Ya lo creo.
-
---Es una muchacha que va á sacar fotografías á la calle y se encuentra
-con un pollo que se le acerca y le propone hacer una reproducción ó un
-grupo, y ella contesta: «¡Ay, no me toque usted el _chassis_!» Es
-bonito, ¿verdad?
-
---Precioso--dijo la baronesa mirando á Manuel y riéndose.
-
-Las demás mujeres, fregonas distinguidas á juzgar por su aspecto,
-movieron la cabeza en señal de asentimiento, y sonrieron de un modo
-triste.
-
---¿Tiene usted mucha gente en la sala?--preguntó la baronesa.
-
---Todavía no ha venido nadie. Mientras tanto, que baile la niña un poco
-para que usted la vea.
-
-Dió la coronela un grito por el corredor, y apareció Lulú, vestida con
-falda llena de lentejuelas y el pelo cortado y rizado. Estaba incomodada
-porque no encontraba una pulsera, y chillando con una vocecilla agria.
-
---Advierte á esos--le dijo la coronela--de que estás aquí.
-
-Salió la niña con el recado, y al poco rato entraron en la sala el
-coronel, señor respetable, de barba blanca, que cojeaba é iba apoyado en
-el brazo de Mingote; detrás de éstos un joven flaco, de bigote rubio,
-con las mejillas rojas; el poeta, según advirtió la baronesa, y un
-melenudo, el profesor de piano, que venía llevando del brazo á la hija
-mayor de la casa, una mujer guapetona, blanca y rubia, que parecía
-escapada de un cuadro de Rubens.
-
---Primero, ¿qué va á ser? ¿el monólogo ó el baile?--preguntó la
-coronela.
-
---El monólogo, el monólogo--dijeron todos.
-
---Vamos á ver. Silencio.
-
-El poeta, borracho á juzgar por el brillo de sus ojos y el color de sus
-mejillas, sonrió amablemente.
-
-La chiquilla comenzó á recitar muy mal, con voz de gallito ronco, una
-porción de brutalidades en verso, capaces de llevar el rubor á las
-curtidas mejillas de un carabinero. Cada barbaridad de aquellas
-terminaba con el estribillo de ¡Ay, no me toque usted el chassis!
-
-Al terminar el coronel dijo que le parecían los versos un poco así... un
-poco, vamos, demasiado libres y miró á todos pidiendo su opinión. Se
-discutió el punto acaloradamente. El amo de la casa presentó sus
-argumentos, pero la réplica de Mingote fué decisiva.
-
---No, coronel--concluyó diciéndole el ex prestamista exaltado--, es que
-usted siente de una manera excesiva el pundonor militar. Usted lo mira
-esto como militar.
-
-La baronesa contempló asombrada á Mingote y no pudo contener la risa.
-
-El coronel explicó confidencialmente á Mingote por qué las ideas de los
-militares acerca de la honra necesariamente tenían que ser más rígidas
-que las de los paisanos, por la disciplina, la ordenanza, y sobre todo
-por el uniforme.
-
-Después del monólogo, el melenudo se puso al piano y la niña comenzó á
-bailar el tango. En este punto se presentaba también una cuestión que
-dilucidar y la coronela quería que se resolviera al momento. La cosa no
-era para menos. Hay una parte en el tango verdaderamente grave y
-trascendental; es ese movimiento de caderas que el público llama
-científicamente bisagra. La coronela preguntaba: ¿Cómo tiene Lulú que
-hacer esta parte del tango, ó sea la bisagra? ¿Dándole todo lo que ello
-pide ó velándolo un poco?
-
-A la baronesa no le parecía bien que el tango fuera tan exagerado; un
-poco de aquel movimiento no estaba mal. La coronela y Mingote
-protestaron, y afirmaron que el público pide siempre, por más
-emocionante, la bisagra.
-
-El coronel, á pesar de su pundonor militar, opinaba que el público,
-efectivamente, pedía bisagra, y que un poco más ó menos de zarandeo era
-cosa _de material_.
-
-Mingote entonces, para enseñar á la niña cómo debía hacer aquel
-movimiento, se levantó y se puso á mover las caderas de un modo
-grotesco. La niña repitió la suerte sonriendo, pero sin calor. Entonces
-la coronela dijo al oído de la baronesa que sólo el hombre podía enseñar
-á la mujer la gracia en aquel movimiento. La baronesa sonrió
-discretamente.
-
-En aquel momento el criadito galoneado entró y dijo que estaba
-Fernández. Fernández debía de ser persona de importancia porque la
-coronela se levantó al momento y se dispuso á salir.
-
---Anda, dale la ruleta, dijo el coronel á su esposa, y que enciendan las
-luces en la sala.--¿Que?--añadió el buen señor--, ¿quiere usted que
-hagamos una vaquita, baronesa?
-
---Ya veremos, coronel. Primeramente intentaré la suerte sola.
-
---Bueno.
-
-Bailó otro tango Lulú y al poco rato apareció la coronela.
-
---Ya pueden ustedes pasar--dijo.
-
-Las viejas fregonas se levantaron de sus asientos, y cruzando el
-corredor entraron en una sala grande con tres balcones. Había dos mesas
-allí, una de ellas con una ruleta, la otra sin nada.
-
-Las tres viejas, la baronesa, el coronel y sus dos hijas se sentaron en
-la mesa de la ruleta, en donde estaban ya sentados el banquero y los dos
-pagadores.
-
---Hagan juego--dijo el _croupier_ con una impasibilidad de autómata.
-
-Giró la bola blanca en la ruleta, y antes de que se parara, el
-_croupier_ dijo:
-
---¡No va más!
-
-Los dos pagadores dieron con su rastrillo en los paños, para impedir que
-se siguiera apuntando.--No va más--repitieron al mismo tiempo con voz
-monótona.
-
-Fué entrando gente poco á poco y se ocuparon las sillas colocadas
-alrededor de la mesa.
-
-Al lado de la baronesa se sentó un hombre de unos cuarenta años, alto,
-fornido, ancho de hombros, de pelo crespo negrísimo y dientes blancos.
-
---Pero hijo, ¿tú aquí?--le dijo la baronesa.
-
---¿Y tú?--replicó él.
-
-Era aquel hombre, primo en segundo ó tercer grado de la baronesa y se
-llamaba Horacio.
-
---¿No decías que te acostabas invariablemente á las nueve?--preguntó la
-baronesa.
-
---Y es una casualidad que haya venido aquí. Es la primera vez que vengo.
-
---Bah.
-
---Créeme. ¿Hacemos una vaca, prima?
-
---No me parece mal.
-
-Reunieron el dinero de ambos y siguieron jugando. Horacio apuntaba según
-las órdenes de la baronesa. Tenían suerte y ganaban. Poco á poco se iba
-llenando el salón de un público abigarrado y extraño. Había dos
-aristócratas conocidos, un torero, militares. De pie se apretaban
-algunas señoras con sus hijas.
-
-Manuel vió á la Irene, la nieta de doña Violante, al lado de un señor
-viejo con el pelo engomado, que jugaba fuerte. Tenía los dedos llenos de
-sortijas con piedras grandes.
-
-Sentados en un diván hablaban cerca de Manuel un hombre viejo, de barba
-blanca, muy pálido y demacrado, con otro joven lampiño de aire aburrido.
-
---¿Usted se retiró ya?--decía el joven.
-
---Sí; me retiré porque no tenía dinero; si no hubiera seguido jugando
-hasta que me hubieran encontrado muerto sobre el tapete verde. Para mí
-esta es la única vida. Yo soy como la Valiente. Ella me conoce, y me
-suele decir algunas veces:--¿Hacemos una vaca, marqués?--No le daría á
-usted mala suerte--le contesto yo.
-
---¿Quién es la Valiente?
-
---Ahora la verá usted cuando empiece el bacarrat.
-
-Se encendió la luz en la otra mesa.
-
-Se levantó un viejo de bigote de mosquetero, con una baraja en la mano,
-y se apoyó en el borde de la mesa. Al mismo tiempo se le acercaron diez
-ó doce personas.
-
---¿Quién talla?--preguntó el viejo.
-
---Cincuenta duros--murmuró uno.
-
---Sesenta.
-
---Cien.
-
---Ciento cincuenta duros.
-
---Doscientos--gritó una voz de mujer.
-
---Ahí está la Valiente--dijo el marqués.
-
-Manuel la contempló con curiosidad. Era una mujer de treinta á cuarenta
-años; vestía traje de hechura de sastre y sombrero Frégoli. Era muy
-morena, con una tez olivácea, los ojos negros, hermosos. Se cegaba en
-las apuestas y salía á los pasillos á fumar. Se notaba en ella una gran
-energía y una inteligencia clara. Decían que llevaba siempre revólver.
-No le gustaban los hombres y se enamoraba de las mujeres con verdadera
-pasión. Su última conquista había sido la hija mayor del coronel, la
-rubia gruesa, á la cual dominaba. Tenía una suerte loca algunas veces, y
-para mitigar sus amorosas penas jugaba, y ganaba de un modo insolente.
-
---Y ese hombre que no juega nunca y está siempre aquí, ¿quién
-es?--preguntó el joven, señalando un tipo de unos sesenta años, basto,
-de bigote pintado.
-
---Este es un usurero que creo que es socio de la coronela. Cuando yo fuí
-gobernador de la Coruña estaba pendiente de un proceso por no sé qué
-chanchullo que había hecho en la Aduana. Le dejaron cesante y luego le
-dieron un destino en Filipinas.
-
---¿En recompensa?
-
---Hombre, todo el mundo tiene que vivir--replicó el marqués--. En
-Filipinas no sé qué hizo que le procesaron varias veces, y cuando quedó
-libre, lo emplearon en Cuba.
-
---Querían que estudiara el régimen colonial español--advirtió el joven.
-
---Sin duda. Allí también tuvo líos, hasta que vino aquí y se dedicó á
-negocios de usura, y dicen que ahora no se ahogará por menos de un
-millón de pesetas.
-
---¡Demonio!
-
---Es un hombre serio y modesto. Hasta hace unos años vivía con una tal
-Paca, que era dueña de una tintorería de la calle de Hortaleza, y los
-dos salían á pasear los domingos por las afueras como gente pobre. Se le
-murió aquella Paca, y ahora vive solo. Es huraño y humilde; muchas veces
-él mismo va á la compra y guisa. El que es interesante es su antiguo
-secretario; tiene unas condiciones de falsificador como nadie.
-
-Manuel escuchaba con atención.
-
---Ese sí que es un hombre--dijo el marqués, mirándole atentamente.
-
-El observado, un hombre de barba roja y puntiaguda, de aire burlón, se
-volvió y saludó amablemente al viejo.
-
---Adiós, Maestro--le dijo éste.
-
---¿Le llama usted maestro?--preguntó el joven.
-
---Así le llama todo el mundo.
-
-Lulú, la hija de la coronela, y otras dos amigas pasaron por delante del
-marqués y del joven.
-
---Qué moninas son--dijo el marqués.
-
-Tomaba aquello un aspecto mixto de mancebía lujosa y garito elegante. No
-reinaba el silencio angustioso de las casas de juego, ni la greguería
-alborotadora de un burdel; se jugaba y se amaba discretamente. Como
-decía la coronela, era una reunión muy modernista.
-
-En los divanes hablaban las muchachas con los hombres animadamente; se
-discutía, se estudiaban combinaciones para el juego...
-
---A mí esto me encanta--dijo el marqués con su sonrisa pálida.
-
-La baronesa estaba mareada y sentía ganas de marcharse.
-
---Me voy. ¿Me acompañas, Horacio?--preguntó á su primo.
-
---Sí, te acompañaré.
-
-Se levantó la baronesa, después Horacio, y Manuel se reunió á ellos.
-
---¡Qué gentuza!, ¿verdad?--dijo la baronesa con la risa ingenua peculiar
-suya al encontrarse en la calle.
-
---Es la amoralidad, como dicen ahora--replicó Horacio--. Los españoles
-no somos inmorales, lo que pasa es que no tenemos idea de moralidad. «Ya
-ve usted--decía el coronel en el momento que me he levantado para tomar
-un poco de aire--ya ve usted, á mí me han mermado el retiro: de ochenta
-duros me han dejado en setenta; y ¡claro!, hay que buscar otros
-ingresos; así las hijas de los militares tienen que ser bailarinas... y
-todo lo demás.
-
---¿Te decía eso? ¡Qué bárbaro!
-
---¿Pero eso te choca? A mí no. Si eso es una consecuencia natural y
-necesaria de nuestra raza. Estamos degenerados. Somos una raza de última
-clase.
-
---¿Por qué?
-
---Porque sí; no hay mas que observar. ¿Te has fijado en la cabeza que
-tiene el coronel?
-
---No. ¿Qué, tiene algo en la cabeza?--preguntó burlonamente la baronesa.
-
---Nada, que tiene la cabeza de un papúa. La moralidad sólo se da en
-razas superiores. Los ingleses dicen que Wellington es superior á
-Napoleón porque Wellington peleó por el deber y Napoleón por la gloria.
-La idea del deber no entra en cráneos como el del coronel. Háblale á un
-mandingo del deber. Nada. ¡Oh! La antropología enseña mucho. Yo me lo
-explico todo por leyes antropológicas.
-
-Pasaron por delante del café de Varela.
-
---¿Quieres que entremos aquí?--dijo el primo.
-
---Vamos.
-
-Se sentaron los tres en una mesa, pidió cada uno lo que quería y siguió
-el primo de la baronesa hablando.
-
-Era un tipo gracioso el de aquel hombre; hablaba en andaluz cerrado,
-aspirando las haches; tenía algún dinero para vivir y con eso y un
-destinillo en un ministerio iba pasando. Vivía en un desorden muy
-reglamentado, leyendo á Spencer en inglés y cambiando de género de vida
-por temporadas.
-
-Hombre original, llevaba ya cuatro ó cinco años encenagado en los
-pantanosos campos de la sociología y de la antropología. Estaba
-convencido de que intelectualmente era un anglosajón, á quien no le
-debían de preocupar las cosas de España ni de ningún otro país del
-Mediodía.
-
---Pues sí--siguió diciendo Horacio llenando su copa de cerveza--. Yo me
-lo explico todo, los detalles más nimios por leyes biológicas ó
-sociales. Esta mañana al levantarme oía á mi patrona que hablaba con el
-panadero de la subida del pan.--¿Y por qué ha encarecido el pan?--le
-preguntaba ella.--No sé replicaba él; dicen que la cosecha es
-buena.--¿Pues entonces?--No sé. Me fuí á la oficina á la hora en punto
-con exactitud inglesa; no había nadie; es la costumbre española, y me
-pregunté: ¿En qué consiste la subida del pan si la cosecha se presenta
-buena? Y dí con la explicación que creo te convencerá. Tú sabrás que en
-el cerebro hay lóbulos.
-
---Yo qué he de saber eso, hijo mío--replicó la baronesa distraída,
-mojando un bizcocho en el chocolate.
-
---Pues sí hay lóbulos, y según opinión de los fisiólogos, cada lóbulo
-tiene su función; uno sirve para una cosa, el otro para otra,
-¿comprendes?
-
---Sí.
-
---Bueno; pues figúrate tú que en España hay cerca de trece millones de
-individuos que no saben leer y escribir. ¿No me atiendes?
-
---Sí, hombre, sí.
-
---Pues bien; ese lóbulo que en los hombres ilustrados se emplea en
-esfuerzos para entender y pensar en lo que se lee, aquí no lo utilizan
-trece millones de habitantes. Esa fuerza que debían de gastar en
-discurrir, la emplean en instintos fieros. Consecuencia de esto, el
-crimen aumenta, aumenta el apetito sexual, y al aumentar éste, crece el
-consumo de alimentos y encarece el pan.
-
-La baronesa no pudo menos de reirse al oir la explicación de su primo.
-
---No es una fantasía--replicó Horacio--es la pura verdad.
-
---Si no lo dudo, pero me hace reir la noticia. Manuel también se ríe.
-
---¿De dónde has sacado este chico?
-
---Es el hijo de una mujer que conocimos. ¿Qué te dice tu ciencia de él?
-
---A ver, quítate la gorra.
-
-Manuel se quitó la gorra.
-
---Este es un celta--añadió Horacio--. ¡Buena raza! El ángulo facial
-abierto, la frente grande, poca mandíbula...
-
---Y eso, ¿qué quiere decir?--preguntó Manuel.
-
---En último término, nada. ¿Tú tienes dinero?
-
---¿Yo? Ni un botón.
-
---Pues entonces lo que te puedo decir es esto, que como no tienes
-dinero, ni eres hombre de presa, ni podrás utilizar tu inteligencia,
-aunque la tengas, que creo que sí; probablemente morirás en algún
-hospital.
-
---¡Qué bárbaro!--exclamó la baronesa--no le digas eso al chico.
-
-Manuel se echó á reir; la profecía le parecía muy divertida.
-
---En cambio yo--siguió diciendo Horacio--no hay cuidado que muera en un
-hospital. Mira qué cabeza, qué quijada, qué instinto de adquisividad más
-brutal. Soy un berebere de raza, un euro-africano; eso sí,
-afortunadamente, estoy influído por las ideas de la filosofía práctica
-de lord Bacon. Si no fuera por eso estaría bailando tangos en Cuba ó en
-Puerto Rico.
-
---¿De manera que gracias á ese lord eres un hombre civilizado?
-
---Relativamente civilizado; no trato de compararme con un inglés. ¿Tengo
-yo la seguridad de ser un ario? ¿Soy acaso celta ó sajón? No me hago
-ilusiones; soy de una raza inferior, ¡qué le voy á hacer! Yo no he
-nacido en Manchester sino en el Camagüey y he sido criado en Málaga.
-¡Figúrate!
-
---Y eso, ¿qué tiene que ver?
-
---La mar, chica. La civilización viene con la lluvia. En esos países
-húmedos y lluviosos es donde se dan los tipos más civilizados y más
-hermosos también, tipos como el de tu hija con sus ojos tan azules, la
-tez tan blanca y el cabello tan rubio.
-
---Y yo... ¿qué soy?--preguntó la baronesa--¿Un poco de eso que decías
-antes?
-
---¿Un poco berebere?
-
---Sí, me parece que sí; un poco berebere, ¿eh?
-
---En el carácter quizás, pero en el tipo, no. Eres de raza aria pura,
-tus ascendientes vendrían de la India, de la meseta de Pamir ó del valle
-de Cabul, pero no han pasado por Africa. Puedes estar tranquila.
-
-La baronesa miró á su primo con expresión un tanto enigmática. Poco
-después los dos primos y Manuel salieron del café.
-
-[Illustration]
-
-
-
-
-CAPÍTULO VII
-
-El berebere se siente profundamente anglosajón.--Mingote
-mefistofélico.--Cogolludo.--Despedida.
-
-
-Desde aquel encuentro en la chirlata del coronel, de la baronesa y el
-sociólogo, éste comenzó á frecuentar la casa y á poner cátedra de
-antropología y de sociología en el comedor. Manuel no sabía cómo serían
-aquellas ciencias; pero traducidas al andaluz por el primo de la
-baronesa, eran muy pintorescas; Manuel y niña Chucha escuchaban al
-berebere con grandísima atención y algunas veces le hacían objeciones
-que él contestaba, si no con grandes argumentos científicos, con
-muchísima gracia.
-
-El primo Horacio empezó á quedarse á cenar en la casa y terminó
-quedándose después de cenar; niña Chucha protegía al berebere quizás por
-afinidades de raza y se reía enseñando los dientes blancos cuando venía
-don Sergio.
-
-La situación era comprometida porque la baronesa no se preocupaba de
-nada; después de servirse de Mingote le había despedido dos ó tres veces
-sin darle un céntimo. El agente comenzaba á amenazar, y un día fué
-decidido á armar la gorda. Habló de la falsificación de los papeles de
-Manuel y de que aquello podía costar á la baronesa ir á presidio. Ella
-le contestó que la responsabilidad de la falsificación era de Mingote,
-que ella tendría quien la protegiese, y que en el caso de que
-interviniese la justicia el primero que iría á la cárcel sería él.
-
-Mingote amenazó, chilló, gritó demasiado, y en el momento álgido de la
-disputa llegó el primo Horacio.
-
---¿Qué pasa? Se oye el escándalo desde la calle--dijo.
-
---Este hombre que me está insultando--clamó la baronesa.
-
-Horacio cogió á Mingote del cuello de la americana y lo plantó en la
-puerta. Mingote se deshizo en insultos, sacó á relucir la madre de
-Horacio; entonces éste, olvidando á lord Bacon, se sintió berebere,
-levantó el pie y dió con la punta de la bota en las nalgas de Mingote.
-El agente gritó más y de nuevo el berebere le acarició con el pie en la
-parte mas redonda de su individuo.
-
-La baronesa comprendió que al agente le faltaría tiempo para vengarse;
-no creía que se atrevería á hablar de la falsificación de los papeles de
-Manuel porque se cogía los dedos con la puerta, pero probablemente
-advertiría á don Sergio de la presencia del primo Horacio en la casa.
-Antes de que pudiese hacerlo, escribió al comerciante una carta
-pidiéndole dinero, porque tenía que pagar unas cuentas. Envió la carta
-con Manuel.
-
-El viejo calcáreo, al leer la carta, se incomodó.
-
---Mira, dile á tu... señora que espere, que yo también tengo que esperar
-muchas veces.
-
-Al saber la contestación, la baronesa se indignó:
-
---¡Valiente grosero! ¡Valiente animal! La culpa la tengo yo de hacer
-caso á ese vejestorio infecto. Cuando venga yo le diré cuántas son
-cinco.
-
-Pero don Sergio no apareció, y la baronesa, que supuso lo pasado, se
-mudó á una casa más barata con el propósito de economizar; y niña
-Chucha, Manuel y los tres perros pasaron á ocupar un tercer piso de la
-calle del Ave María.
-
-Allí continuó el idilio iniciado entre la baronesa y Horacio; á pesar de
-que éste, por su tranquilidad anglosajona, ó por la idea pobre de la
-mujer, patrimonio de las razas del Sur, no le daba gran importancia al
-flirt.
-
-La baronesa, de vez en cuando, para atender á los gastos de la casa,
-vendía ó mandaba empeñar algún mueble; pero con el desbarajuste que
-reinaba allí, el dinero no duraba un momento.
-
-Al mes de estancia en la calle del Ave María, apareció una mañana don
-Sergio indignado. La baronesa no quiso presentarse y mandó á decirle por
-la mulata que no estaba. El viejo se marchó y por la tarde escribió una
-carta á la baronesa.
-
-Mingote no había cantado. Don Sergio respiraba por la herida; no le
-parecía bien que Horacio pasase la vida en la casa de la baronesa; no
-encontraba mal que la visitase, sino la asiduidad con que lo hacía. La
-baronesa enseñó la carta á su primo, y éste, que sin duda no buscaba más
-que un pretexto para escurrir el bulto, se acordó de lord Bacon, se
-sintió de pronto anglosajón, ario y hombre moral y dejó de presentarse
-en casa de la baronesa.
-
-Ella, que padecía el último brote de romanticismo de la juventud de la
-vejez, se desesperó, escribió cartas al galán, pero él siguió
-sintiéndose anglosajón y ario y acordándose de lord Bacon.
-
-Mientras tanto don Sergio, al ver que su carta no producía efecto,
-volvió á la carga y se presentó en la casa.
-
---Pero, ¿qué le pasa á usted, Paquita?--dijo al ver á la baronesa
-desmejorada.
-
---Creo que tengo el trancazo, según siento de pesada la cabeza. Estoy
-con dolores en todo el cuerpo. Me tiene usted completamente abandonada.
-En fin, Dios sobre todo.
-
-Don Sergio dejó pasar la hojarasca de palabras y lamentaciones con que
-la baronesa trataba de sincerarse, y dijo:
-
---Este sistema de vida no puede seguir. Hay que tener método, hay que
-tener régimen; así no puede ser.
-
---Eso mismo estaba pensando yo--replicó la baronesa--. Sí, lo comprendo,
-á mí no me corresponde esa vida. Volveré á tomar otra casita de doce
-duros.
-
---¿Y los muebles?
-
---Los venderé.
-
-¿Cómo decir que los había ya vendido?
-
---No, yo...--El calcáreo iba á hacer una observación de buen
-comerciante, pero no se atrevió.--Luego esas visitas tan frecuentes de
-su primo de usted no están bien--añadió.
-
---¿Pero si me persigue--murmuró con voz quejumbrosa la baronesa--qué voy
-á hacerle yo? Ese hombre tiene por mí una pasión loca; comprendo que es
-raro, porque ya á mis años...
-
---No diga usted esas cosas, Paquita.
-
---Pero nada; se ha convertido en mi duende. Pero ahora ya verá usted
-cómo no va á volver.
-
---¿No ha de volver? Volverá hasta que usted no se lo diga claramente...
-
---Si se lo he dicho, y por eso ya no volverá.
-
---Entonces, mejor que mejor.
-
-La baronesa miró indignada á don Sergio; después tomó una actitud
-compungida.
-
-Don Sergio planteó sus planes de regeneración y pensó que Paquita debía
-dejar á niña Chucha, á quien el viejo calcáreo detestaba cordialmente;
-pero la baronesa afirmó que la quería como á una hija, tanto ó más que á
-sus perros, que eran casi para ella como las niñas de sus ojos.
-
-De pronto la baronesa se incorporó en el sofá.
-
---Tengo un plan--le dijo á don Sergio--. Dígame usted si le parece bien.
-En _El Imparcial_ de ayer vi anunciada una finca ó casa en Cogolludo,
-con huerta y jardín, por cincuenta duros al año. Supongo que será cosa
-muy mala; pero, al fin, será un terreno y una choza, y á mí me basta con
-una cabañita. Podría ir arreglando esa choza. ¿Qué le parece á usted,
-don Sergio?
-
---Pero, ¿para qué te vas á marchar de aquí?
-
---Es que no se lo he querido decir--añadió la baronesa--; pero ese
-hombre me persigue. Y contó una porción de embustes. Se recreaba la
-buena señora haciéndose la ilusión de que el primo la perseguía
-tenazmente, y todas las cartas quien ella había escrito á él supuso que
-era él quien se las había escrito á ella.
-
---Y claro--siguió diciendo--, no es cosa de ir al fin del mundo huyendo
-de ese ridículo trovador.
-
---Pero Cogolludo no debe tener tren; te vas á aburrir.
-
---¡Quia! Allá me meto en mi choza como una santa y me entretengo en
-regar el jardín y cuidar las flores... pero soy tan desgraciada, que con
-seguridad ya habrán alquilado la casa.
-
---No, eso no. Pero yo no veo la necesidad de marcharse. El chico no
-podrá ir al colegio.
-
---Ya no tiene necesidad. Estudiará por libre.
-
---Bueno; alquilaremos esa casa.
-
---Si no, ese canalla me va á perseguir. Yo quisiera que le llevasen á la
-cárcel y le ahorcaran. ¡Ay, don Sergio! ¡Cuándo vendrá Carlos VII! No
-estoy por la libertad ni por las garantías constitucionales para los
-pillos.
-
---Vamos, vamos, mujer. Ya veremos si se arregla eso de la casa. Y
-alíviate pronto.
-
---Gracias, don Sergio; usted siempre tan fuerte. Es usted una roca...
-Tarpeya. Y sin saber dónde guardar el dinero. ¡Acuérdese usted de mí! Ya
-sabe usted que soy muy arregladita y que no pienso ni desperdicio nada.
-
-Era lo mejor que tenía la baronesa, que se conocía á fondo.
-
-Decididos á ir á Cogolludo, comenzaron á embalar los muebles entre niña
-Chucha y Manuel, cuando la mulata salió diciendo que ella lo sentía
-mucho, pero que se quedaba en Madrid en una casa.
-
---Pero hija, ¿qué vas á hacer?
-
-La mulata, apurada á preguntas, confesó que un señor americano, un
-pequeño _rastaquouere_ que sentía la nostalgia del cocotero, le había
-ofrecido el puesto de ama de llaves en su casa.
-
-La baronesa no se atrevió á hablarla de moralidad, y el único consejo
-que le dió fué que si el americano no se contentaba únicamente con que
-ella fuera ama de llaves, que se afirmara bien; pero la mulata no era
-tonta, y había, según dijo, tomado todas sus precauciones para caer en
-blando.
-
-Manuel quedó solo en la casa para terminar las diligencias necesarias
-para el traslado. Una tarde, de vuelta de la estación del Mediodía, se
-encontró con Mingote, que al verle echó á correr tras él.
-
---¿A dónde vas?--le dijo--; cualquiera hubiese dicho que huías de mí.
-
---¡Yo! ¡Qué disparate! Me alegro mucho de verle.
-
---Yo también.
-
---Mira, vamos á entrar en este café. Te convido.
-
---Bueno.
-
-Entraron en el café de Zaragoza. Mingote pidió dos cafés, papel y
-pluma.
-
---¿A ti te importaría algo escribir lo que voy á dictarte?
-
---Hombre, según lo que sea.
-
---Se trata de que me pongas una carta diciéndome que no te llamas Sergio
-Figueroa, sino Manuel Alcázar.
-
---¿Y para qué quiere usted que le escriba eso? Si usted lo sabe tan bien
-como yo--contestó cándidamente Manuel.
-
---Es una combina que me traigo.
-
---Y yo, ¿qué voy ganando en eso?
-
---Te puedes ganar treinta duros.
-
---¿Sí? ¡Vengan!
-
---No, cuando el negocio esté terminado.
-
-Viendo Mingote á Manuel tan propicio, le dijo que si se las apañaba para
-quitar á la baronesa los papeles falsificados de su identificación y se
-los entregaba, añadiría á los treinta veinte duros más.
-
---Los papeles los tengo yo guardados--dijo Manuel--; si espera usted
-aquí un momento, voy y se los traigo á usted en seguida.
-
---Bueno, aquí espero. ¡Qué infeliz es este muchacho!--murmuró Mingote--.
-Se figura que le voy á dar cincuenta duros. ¡Qué primo!
-
-Pasó una hora, luego otra; Manuel no aparecía.
-
---¿Habré sido yo el primo!--exclamó Mingote--. Sin duda. ¡Me habrá
-engañado ese condenado niño!
-
-Mientras esperaba Mingote, la baronesa y Manuel tomaban el tren.
-
- * * * * *
-
-Fueron á Cogolludo, y la baronesa se llevó el gran chasco. Creía que el
-pueblo sería algo así como una aldea flamenca y se encontró con un
-poblachón en medio de una llanura.
-
-La casa alquilada estaba en un extremo del pueblo; era grande, con una
-puerta azul, tres ventanas chicas al camino y un corral en la parte de
-atrás. Debía de hacer más de diez años que no la habitaban. Al día
-siguiente de llegar la baronesa y Manuel la barrieron y fregaron. La
-baronesa se lamentaba amargamente de su resolución.
-
---¡Ay, Dios mío, ¡qué casa!--decía--. ¿Por qué habremos venido aquí? Y
-¡qué pueblo! Yo había visto de paso algún pueblo de España, pero en el
-Norte, donde hay árboles. ¡Esto es tan seco, tan árido!
-
-Manuel se encontraba en sus glorias; la huerta de la casa no producía
-más que ortigas y yezgos, pero él supuso que se podría convertir aquel
-trozo de tierra, seco y lleno de plantas viciosas, en un vergel. Se puso
-á trabajar con fe.
-
-Primeramente escardó y quemó toda la hierba del huerto.
-
-Después removió la tierra con un pincho y sembró á discreción garbanzos,
-habichuelas y patatas, sin enterarse de si era ó no el tiempo de la
-siembra. Luego pasó horas y horas sacando agua de un pozo profundísimo
-que había en medio del huerto, y como se desollaba las manos con la
-cuerda y además á la media hora de regar la tierra estaba seca, ideó una
-especie de torno con el cual se tardaba media hora en sacar un balde de
-agua.
-
-A los quince días de estancia allí tomó la baronesa una criada, y cuando
-ya la casa estuvo limpia fué á Madrid, sacó del colegio á Kate y la
-llevó á Cogolludo.
-
-Kate, como tenía un espíritu práctico, llenó unas cuantas macetas de
-tierra y plantó una porción de cosas en ellas.
-
---¿Para qué hace usted eso?--le dijo Manuel--, si dentro de poco estará
-todo esto lleno de plantas.
-
---Yo quiero tener las mías--contestó la niña.
-
-Pasó un mes, y á pesar de los trabajos ímprobos de Manuel, no brotó nada
-de lo plantado por él. Sólo unos geranios y unos ajos puestos por la
-criada crecían, á pesar de la sequedad, admirablemente.
-
-Los tiestos de Kate también prosperaban; en las horas de calor los metía
-dentro de la casa y los regaba. Manuel, viendo que sus ensayos de
-horticultura fracasaban, se dedicó con rabia al exterminio de las
-avispas, que en grandes panales de celdas simétricas, ocultos en los
-intersticios de las tejas, se guarecían.
-
-Entabló con las avispas una lucha á muerte y no las pudo vencer: parecía
-que le habían tomado odio; le atacaban de una manera tan furiosa, que la
-mayoría de las veces tenía que batirse en retirada, expuesto á caerse
-del tejado lleno de picaduras.
-
-Los entretenimientos de Kate eran más tranquilos y pacíficos. Había
-arreglado su cuarto con un orden perfecto. Sabía embellecerlo todo. Con
-la cama, cubierta por la colcha blanca y oculta por las cortinas; los
-tiestos, en la ventana, en los que empezaban á brotar las plantas; su
-armario, y los cromos en las paredes azules; su alcoba tenía un aspecto
-de gracia encantador.
-
-Luego, era la muchacha de una bondad amable y serena.
-
-Había encontrado en el campo un gato herido, á quien perseguían unos
-chicos, á pedradas; lo recogió, á riesgo de ser arañada, lo cuidó y
-curó, y el gato la seguía ya por todas partes y sólo quería estar con
-ella.
-
-Manuel obedecía á la Nena ciegamente, sentía además una gran
-satisfacción al obedecerla; la consideraba como un dechado de
-perfecciones, y á pesar de esto, nunca se le ocurrió, ni en su fuero
-interno, enamorarse de ella. Quizás la encontraba demasiado buena,
-demasiado hermosa. Experimentaba Manuel la tendencia paradójica de
-todos los hombres de fantasía que creen amar la perfección y se enamoran
-de lo imperfecto.
-
-El verano transcurrió agradablemente; el calcáreo estuvo dos veces en
-Cogolludo, al parecer contento; pero, al fin de Agosto, las pesetas que
-recibía la baronesa no aparecieron.
-
-Escribió á don Sergio varias veces sacando á relucir la persecución de
-que era víctima, pues de este modo satisfacía la vanidad y el amor
-propio del viejo _Cromwell_; pero don Sergio no cayó en la celada.
-
-Indudablemente, Mingote había hablado. Esperó la baronesa algún tiempo
-trampeando, haciendo deudas. Un día, á principios de Otoño, se presentó
-el guarda de la casa diciendo á la baronesa que la desalojara, que en
-Madrid no habían pagado el alquiler. Se desahogó la baronesa insultando
-y poniendo como un trapo á don Sergio; el guarda dijo que la orden suya
-era no dejar que se llevaran los muebles sin que le pagaran el alquiler.
-
-La baronesa sentía que su hija se enterara de sus trapisondas; calculó
-lo que valdrían los muebles, que ya en Madrid con las ventas y los
-empeños quedaron reducidos estrictamente á lo indispensable, y se
-decidió á dejarlos y á huir de Cogolludo.
-
-Una tarde en que salieron del pueblo á dar un paseo, la baronesa expuso
-á Kate, muy azorada, la situación.
-
---¿Vamos á Madrid?--terminó diciendo.
-
---Vamos.
-
---¿Ahora mismo?
-
---Ahora mismo.
-
-Hacía frió. Comenzaba á lloviznar.
-
-La estación del tren estaba en un pueblo inmediato. Manuel sabía el
-camino. Marcharon los tres por entre lomas bajas; no encontraron á
-nadie. Kate iba un tanto asustada.
-
---Vaya una facha rara que debemos de tener--decía la baronesa.
-
-A la hora y media de salir del pueblo, de repente, á la revuelta de un
-sendero, apareció el faro de señales de la vía férrea, un disco blanco
-como un alto fantasma. Soplaba un vientecillo sutil. Oyeron de pronto á
-lo lejos los silbidos agudos de un tren, aparecieron las linternas roja
-y blanca de la locomotora, fueron agrandándose en la obscuridad
-rápidamente, retembló la tierra, pasó la fila de vagones rechinando con
-una algarabía infernal, surgió una bocanada de humo blanco con
-incandescencias luminosas, cayó un diluvio de chispas al suelo y el tren
-huyó y quedaron dos farolillos rojos y uno verde danzando en la
-obscuridad de la noche, hasta que se escabulleron en seguida en las
-sombras.
-
-Estaban los tres cansados cuando entraron en la estación. Esperaron
-unas horas, y á la mañana del día siguiente llegaron á Madrid.
-
-La baronesa estaba azorada, fueron á una casa de huéspedes, les
-preguntaron si tenían equipaje, la baronesa dijo que no, y no supo
-encontrar ningún pretexto ni explicación; les dijeron que sin equipaje
-no les tomarían, á no ser que pagaran por adelantado, y la baronesa
-salió avergonzada. De allí pasaron por la casa de una amiga, pero se
-había mudado: no se sabían tampoco las señas de Horacio. La baronesa
-tuvo que empeñar un reloj de Kate y fueron á parar los tres á un hotel
-de tercera clase.
-
-Al cuarto día el dinero terminó. La baronesa había perdido su presencia
-de ánimo y en su rostro se notaba la fatiga y el cansancio.
-
-Escribió una carta humilde á su cuñado pidiéndole hospitalidad para ella
-y su hija, y la contestación tardaba. La baronesa se ocultaba de Kate
-para llorar.
-
-La dueña del hotel les pasó la cuenta; le suplicó la baronesa que
-esperara unos días á que recibiera una carta; pero la mujer de la fonda,
-á quien la petición hecha en otra forma no le hubiera chocado, se
-figuró, por el tono empleado por la baronesa, que se trataba de
-engañarla, y dijo que no esperaba, que, si al día siguiente no la
-pagaban, avisaría á la policía.
-
-Kate, al ver á su madre más afligida que de costumbre, le preguntó lo
-que le pasaba, y ella expuso la situación apurada en que se veían.
-
---Voy á ver al embajador de mi país--dijo Kate resueltamente.
-
---¿Tú sola? Iré yo.
-
---No, que me acompañe Manuel.
-
-Fueron los dos á la Embajada; entraron en un portal grande. Dió su
-tarjeta Kate á un portero é inmediatamente la hicieron pasar. Manuel,
-sentado en un banco, esperó un cuarto de hora. Al cabo de este tiempo
-salió la muchacha al portal acompañada de un señor de aspecto venerable.
-
-Este la acompañó hasta la puerta y habló con un lacayo con galones.
-
-El lacayo abrió la puerta de un coche que había frente á la puerta y
-permaneció con el sombrero en la mano.
-
-Kate se despidió del anciano señor; luego dijo á Manuel.
-
---Vamos.
-
-Entró ella en el coche y después Manuel estupefacto.
-
---Ya está todo arreglado--dijo la muchacha á Manuel--. El embajador ha
-telefoneado al hotel diciendo que pasen la cuenta á la Embajada.
-
-Manuel pudo notar en esta ocasión, y comprobarlo después repetidas
-veces, que las mujeres acostumbradas desde niñas á doblegarse y á
-ocultar sus deseos tienen, cuando despliegan sus energías ocultas, un
-poder y una fuerza extraordinarios.
-
-La baronesa recibió la noticia alborozada, y en un arrebato de ternura,
-besó á Kate repetidas veces y lloró amargamente.
-
-Días después se recibió la contestación del cuñado de la baronesa y un
-cheque para que se pusieran en camino.
-
-A pesar de lo que le prometió la baronesa á Manuel, éste comprendió que
-no le llevarían á él. Era natural. La baronesa compró ropa para la Nena
-y para ella.
-
-Una tarde de otoño se fueron madre é hija. Manuel las acompañó, en
-coche, hasta la estación.
-
-La baronesa sentía mucha tristeza de dejar Madrid; la Nena estaba, como
-siempre, al parecer serena y tranquila.
-
-En el trayecto, ninguno de los tres dijo una palabra.
-
-Bajaron del coche, entraron en la sala de espera; había que facturar un
-baúl y Manuel se encargó de ello. Después pasaron al andén y tomaron
-asiento en un vagón de segunda. Roberto paseaba por el andén de la
-estación pálido, de un lado á otro.
-
-La baronesa prometió al muchacho que volverían.
-
-Sonó la campana de la estación. Manuel se subió al coche.
-
---Vamos, bájate--dijo la baronesa--. El tren va empezar á andar.
-
-Manuel ofreció la mano tímidamente á la Nena.
-
---Abrázala--dijo su madre.
-
-Manuel apenas se atrevió á rodear el talle de la muchacha con sus
-brazos. La baronesa le besó en las dos mejillas.
-
---Adiós, Manuel--le dijo--, secándose una lágrima.
-
-Echó andar el tren; la Nena saludó desde la ventanilla con la mano;
-pasaron vagones y vagones con un ruido sordo; el tren aceleró la marcha.
-Manuel sintió una congoja grande; huyó el tren, silbando por los campos,
-y Manuel se llevó las manos á los ojos y sintió que estaba llorando.
-
-Roberto le agarró del brazo.
-
---Vamos de aquí.
-
---¿Es usted?--le dijo Manuel.
-
---Sí.
-
---Han sido muy buenas para mí--añadió Manuel tristemente.
-
-
-
-
-SEGUNDA PARTE
-
-
-
-
-CAPÍTULO I
-
-Sandoval.--Los sapos de Sánchez Gómez.--Jacob y Jesús.
-
-
-Salieron juntos Manuel y Roberto de la estación del Norte.
-
---¿Y otra vez á empezar?--le dijo Roberto. ¿Por qué no te decides de una
-vez á trabajar?
-
---¿En dónde? Yo para buscar no sirvo. ¿Usted no sabe algo para mí? En
-alguna imprenta...
-
---¿Te decidirás á entrar de aprendiz sin ganar nada?
-
---Sí; ¿qué voy á hacer?
-
---Si te parece bien, yo te llevaré al director de un periódico ahora
-mismo. Vamos.
-
-Subieron hasta la plaza de San Marcial; luego, por la calle de los
-Reyes, hasta la de San Bernardo, y en la calle del Pez entraron en una
-casa. Llamaron en el piso principal y una mujer esmirriada salió á la
-puerta y les dijo que aquel por quien preguntó Roberto estaba durmiendo
-y no quería que se le despertase.
-
---Soy amigo suyo--replicó Roberto--; yo le despertaré.
-
-Entraron los dos por un corredor á un cuarto obscuro, en donde olía á
-yodoformo de una manera apestosa. Roberto llamó.
-
---¡Sandoval!
-
---¿Qué hay? ¿Qué sucede?--gritó una voz fuerte.
-
---Soy yo; Roberto.
-
-Se oyeron los pasos de un hombre desnudo que abrió las maderas del
-balcón y luego se le vió volver y meterse en una cama grande.
-
-Era un hombre de unos cuarenta años, rechoncho, grasiento, de barba
-negra.
-
---¿Qué hora es?--dijo desperezándose.
-
---Las diez.
-
---¡Qué barbaridad! ¿Es tan temprano? Me alegro que me hayas despertado;
-tengo que hacer muchas cosas. Da un grito por el pasillo.
-
-Roberto lanzó un ¡eh! sonoro, y se presentó en el cuarto una muchacha
-pintada, con aire de mal humor.
-
---Anda, tráeme la ropa--la dijo Sandoval, y de un esfuerzo se sentó en
-la cama, bostezó estúpidamente y se puso á rascarse los brazos.
-
---¿A qué venías?--preguntó.
-
---Pues como el otro día dijiste que necesitabas un chico en la
-redacción, te traigo éste.
-
---Pues, hombre, tengo ya otro.
-
---Entonces nada.
-
---Pero en la imprenta creo que necesitan.
-
---A mí ese Sánchez Gómez no me hace mucho caso.
-
---Se lo diré yo; no me puede negar eso.
-
---¿Te se olvidará?
-
---No, no se me olvidará.
-
---¡Bah! Escríbele; es mejor.
-
---Ya le escribiré.
-
---No, ahora; ponle unas letras.
-
-Mientras hablaban, Manuel observó con curiosidad el cuarto, de un
-desorden y suciedad grandes. El mobiliario lo componían: la cama de
-matrimonio, una cómoda, una mesa, un aguamanil de hierro, un estante y
-dos sillas rotas. Sobre la cómoda y en el estante se amontonaban libros
-desencuadernados y papeles; en las sillas enaguas y vestidos de mujer;
-el suelo estaba lleno de puntas de cigarro, de trozos de periódico y de
-pedazos de algodón utilizados para alguna cura; debajo de la mesa
-aparecía una jofaina de hierro convertida en brasero, llena de ceniza y
-de carbones apagados.
-
-Cuando la muchacha pintada vino con el traje y la camisa, Sandoval se
-levantó en calzoncillos y anduvo buscando un jabón entre los papeles,
-hasta que lo encontró. Se fué á lavar en la palangana del aguamanil,
-llena de agua sucia hasta arriba, en la que nadaban remolinos de pelos
-de mujer.
-
---¿Quieres echar el agua?--dijo el periodista á la muchacha
-humildemente.
-
---Echala tú--contestó ella de mala manera, saliendo del cuarto.
-
-Sandoval salió en calzoncillos al corredor con la palangana en la mano,
-después volvió, se lavó y fué vistiéndose.
-
-Sobre los libros y los papeles se veían algún peine grasiento, algún
-cepillo de dientes gastado y rojo por la sangre de las encías; un cuello
-postizo con ribetes de mugre, una caja de polvos de arroz llena de
-abolladuras, con la brocha apelmazada y negra.
-
-Después de vestido Sandoval, se transformó á los ojos de Manuel; tomó un
-aire de distinción y elegancia, escribió la carta que le pedían, y
-Roberto y Manuel salieron de la casa.
-
---Se ha quedado maldiciendo de nosotros--dijo Roberto.
-
---¿Por qué?
-
---Porque es perezoso como un turco. Perdona todo menos que le hagan
-trabajar.
-
-Salieron los dos nuevamente á la calle de San Bernardo y entraron en una
-callejuela transversal. Se detuvieron frente á una casa pequeña que
-salía de la línea de las demás.
-
---Esta es la imprenta--dijo Roberto.
-
-Manuel miró; ni letrero, ni muestra, ni indicación alguna de que aquello
-fuera una imprenta. Empujó Roberto una puertecilla y entraron en un
-sótano negro, iluminado por la puerta de un patio húmedo y sucio. Un
-tabique recién blanqueado, en donde se señalaban huellas impresas de
-dedos y de manos enteras, dividía este sótano en dos compartimientos. Se
-amontonaban en el primero una porción de cosas polvorientas; el otro, el
-interior, parecía barnizado de negro; una ventana lo iluminaba; cerca de
-ella arrancaba una escalera estrecha y resbaladiza que desaparecía en el
-techo. En medio de este segundo compartimiento un hombre barbudo, flaco
-y negro, subido en una prensa grande, colocaba el papel que allí parecía
-blanco como la nieve sobre la platina de la máquina, y otro hombre lo
-recogía. En un rincón funcionaba trabajosamente un motor de gas que
-movía la prensa.
-
-Subieron Manuel y Roberto por la escalera á un cuarto largo y estrecho
-que recibía la luz por dos ventanas á un patio.
-
-Adosadas á las paredes y en medio, estaban los casilleros de las letras,
-y sobre ellos colgaban algunas lámparas eléctricas, envueltas en
-cucuruchos de papel de periódico, que servían de pantalla.
-
-En las cajas trabajaban tres hombres y un chico; uno de los hombres
-cojo, de blusa azul larga, sombrero hongo, aspecto de mal humor, con los
-anteojos puestos, se paseaba de un lado á otro.
-
-Roberto saludó al señor cojo y le entregó la carta de Sandoval. El cojo
-cogió la carta y gruñó malhumorado:
-
---No sé para qué me vienen con estas comisiones. ¡Maldita sea la!...
-
---Este es el chico á quien hay que enseñarle el oficio--interrumpió
-Roberto fríamente.
-
---Como no le enseñe yo la...--y el cojo soltó diez ó doce barbaridades y
-un rosario de blasfemias.
-
---¿Hoy está usted de mal humor?
-
---Estoy como me da la gana... tanto amolar... porque me sale así de los
-santísimos... ¿Sabe usted?
-
---Bueno, hombre, bueno--repuso Roberto, y añadió en un aparte alto de
-teatro, de los que oye todo el mundo:--¡Qué paciencia hay que tener con
-este animal!
-
---Es una broma--siguió diciendo el cojo sin hacer caso del aparte--; que
-el chico quiere aprender el oficio, ¿y á mí qué?; que no tiene que
-comer, ¿y á mí qué? Que se vaya con dos mil pares... con viento fresco.
-
---¿Le va usted á enseñar ó no, señor Sánchez? Yo tengo que hacer, no
-quiero perder el tiempo.
-
---¡Ah, usted no quiere perder tiempo! Pues váyase usted, hombre; á bien
-que yo no necesito que se quede usted aquí, que se quede el chico; usted
-aquí estorba.
-
---Gracias. Tú quédate aquí--dijo Roberto á Manuel--, ya te dirán lo que
-tienes que hacer.
-
-Manuel quedó perplejo, vió á su protector que se marchaba, miró á todos
-lados, y viendo que no le hacían caso, se fué acercando á la escalera y
-bajó dos peldaños.
-
---¡Eh! ¿Adónde vas?--le grito el cojo.--¿Es que quieres ó no quieres
-aprender el oficio? ¿Qué es esto?
-
-Manuel quedó nuevamente confuso.
-
---Eh, tú, Yaco--gritó el cojo, dirigiéndose á uno de los hombres que
-trabajaban--, enséñale las cajas á este choto.
-
-El aludido, un hombrecillo flaco y muy moreno, con una barba negrísima,
-que trabajaba con una rapidez asombrosa, echó una mirada indiferente á
-Manuel y volvió á su trabajo.
-
-El chico permaneció inmóvil, y viéndolo así el otro cajista, un joven
-rubio, de aspecto enfermizo, le dijo al compañero de la barba en tono
-burlón, con una canturia extraña:
-
---¡Ah, Yaco! ¿por qué no le enseñas al muchacho las letras?
-
---Enséñale tú--contestó el que llamaban Yaco.
-
---Ah, Yaco, veo que la ley de Moisés os hace muy egoístas, Yaco. ¿No
-quieres perder tiempo, Yaco?
-
-El de la barba arrojó á su compañero una mirada siniestra; el rubio se
-echó á reir y le indicó á Manuel en dónde estaban las letras; después
-trajo una columna impresa que sacó rápidamente de un marco de hierro, y
-dijo:
-
---Ves echando cada letra en su cajetín.
-
-Manuel comenzó á hacerlo con mucha lentitud.
-
-El cajista rubio llevaba una blusa azul larga y un sombrero hongo, á un
-lado de la cabeza. Inclinado sobre el chibalete, con los ojos muy cerca
-de las cuartillas, el componedor en la mano izquierda, hacía líneas con
-una rapidez extraordinaria; su mano derecha saltaba vertiginosamente de
-cajetín á cajetín.
-
-Con frecuencia se paraba á encender un cigarro, miraba á su barbudo
-compañero y le preguntaba una cosa, ó muy tonta ó de esas que no tienen
-contestación posible en tono jovial, pregunta á la cual el otro no
-contestaba más que con una mirada siniestra de sus ojos negros.
-
-Dieron las doce, dejaron todos el trabajo y se fueron. Manuel quedó solo
-en la imprenta. Al principio abrigó la esperanza de que le darían algo
-de comer; luego pudo convencerse de que nadie se había preocupado de su
-alimentación. Reconoció la imprenta; nada, por desgracia, era
-comestible; pensó que quizás aquellos rodillos, quitándoles la tinta de
-encima, podrían ser aprovechados, pero no se decidió.
-
-A las dos volvió Yaco; poco después el rubio, que se llamaba Jesús, y
-comenzaron de nuevo el trabajo. Manuel siguió en su tarea de
-distribución de letras, y Jesús y Yaco en la componer.
-
-El cojo corregía galeradas, las entintaba, sacaba una prueba poniendo
-encima de ellas un papel y golpeando con un mazo, y después, con unas
-pinzas, extraía unas letras y las iba substituyendo por otras.
-
-Jesús á media tarde dejó de componer, cambió de faena, cogía las
-galeradas, atadas con un bramante, las soltaba, formaba columnas, las
-metía en un marco de hierro y las sujetaba dentro con cuñas.
-
-El marco se lo llevaba uno de los maquinistas del sótano y volvía con él
-al cabo de una hora. Jesús substituía en el marco de hierro unas
-columnas por otras y se llevaban de nuevo la forma. Poco después se
-repetía la misma operación.
-
-Luego de trabajar toda la tarde iban á salir á las siete, cuando Manuel
-se acercó á Jesús y le dijo:
-
---¿No me dará el amo de comer?
-
---¡Quia!
-
---Yo no tengo dinero; no he podido tampoco almorzar.
-
---¿Ah, no? Anda, vente conmigo.
-
-Salieron juntos de la imprenta y entraron en una tabernucha de la calle
-de Silva, en donde comía Jesús. Habló éste con el tabernero y después le
-dijo á Manuel:
-
---Aquí te darán el cocido de fiado. Yo he respondido por ti. A ver si no
-haces una charranada.
-
---Descuide usted.
-
---Bueno, vamos adentro, hoy convido yo.
-
-Penetraron en el interior de la tasca y se sentaron los dos en una mesa.
-
-Les trajeron una fuente con guisado, pan y vino. Mientras comían, Jesús
-contó de una manera humorística una porción de anécdotas del amo de la
-imprenta, de los periodistas y, sobre todo, de Yaco, el de la barba, que
-era judío, muy buena persona, pero avaro y sórdido hasta perderse de
-vista.
-
-Jesús le solía tomar el pelo y le incomodaba para oirle.
-
-Al concluir de cenar, Jesús preguntó á Manuel:
-
---¿Tienes sitio donde dormir?
-
---No.
-
---Ahí, en la imprenta, debe haber.
-
-Volvieron á la imprenta, y el cajista le pidió al cojo que permitiera á
-Manuel dormir en algún rincón.
-
---Moler--exclamó el cojo--, esto va á ser el asilo de la Montaña. ¡Vaya
-una golfería! porque el cojo será muy malo pero aquí todo el mundo
-viene. Claro.. A la _gandinga_.
-
-Gruñendo, como era su costumbre, el cojo abrió un cuartucho, al que se
-subía por unas escaleras, lleno de grabados envueltos en papeles, y
-después señaló un rincón, en donde había paja de jergones y unas mantas.
-
-Durmió Manuel en la covacha hecho un príncipe.
-
-Al día siguiente, el dueño le mandó ir al sótano.
-
---Mira lo que hace éste y luego haz tú lo mismo--le dijo, indicándole al
-hombre flaco y barbudo subido á la plataforma de la máquina.
-
-Cogía éste una hoja de papel de un montón y la colocaba sobre la
-platina, venían al momento las lengüetas de la prensa á agarrar la hoja
-con la seguridad de los dedos de una mano; al movimiento del volante, la
-máquina tragaba el papel y al poco rato salía impreso por un lado, y
-unas varillas, como las de un abanico, lo depositaban automáticamente en
-una platina baja. Manuel aprendió pronto la maniobra.
-
-El amo dispuso que Manuel trabajase por la mañana en las cajas, y por la
-tarde, y parte de la noche, en la máquina, y le asignó seis reales de
-jornal al día. Por la tarde se podía aguantar el trabajo en el sótano,
-pero de noche imposible. Entre el motor de gas y los quinqués de
-petróleo quedaba la atmósfera asfixiante.
-
-A la semana de estar allí, Manuel había intimado con Jesús y con Yaco y
-se tuteaba con los dos.
-
-Jesús le aconsejaba á Manuel el que se aplicase en las cajas y
-aprendiera pronto á componer.
-
---Al menos se tiene la pitanza segura.
-
---Pero es muy difícil--decía Manuel.
-
---Quia, hombre, acostumbrándose es más sencillo que cargar cubas de
-agua.
-
-Manuel trabajaba siempre que podía, esforzándose en adquirir ligereza;
-algunas noches hacía líneas, y era para él un motivo de orgullo el
-verlas después impresas.
-
-Jesús se entretenía en embromar al judío, remedándole en su manera de
-hablar. Habían vivido los dos algunos meses en la misma casa. Yaco
-(Jacob era su nombre) con su familia, y Jesús con sus dos hermanas.
-
-Le entusiasmaba á Jesús sacar á Jacob de sus casillas y oirle decir
-maldiciones pintorescas en su lengua melosa y suave, arrastrando las
-eses.
-
-Según decía Jesús, en casa de Jacob hablaban su mujer, su suegro y él,
-en la más extraña jerigonza que imaginarse puede, una mezcla de árabe y
-de castellano arcaico que sonaba á algo muy raro.
-
---¿Te acuerdas, Yaco--le decía Jesús remedándole--, cuando llevaste á
-Mesoda, á tu mujer, aquel canario? Y te preguntaba ella: ¡Ah, Yaco! ¿qué
-es ese _pasharo_ que tiene las plumas _amarias_? Y tú le contestabas:
-¡Ah, Mesoda!, este _pasharo_ es un canario y te lo traigo para _tú_.
-
-Jacob, al ver que todo el mundo se reía, lanzaba una mirada terrible á
-Jesús y le decía:
-
---¡Ah _roín_, te venga un dardo que borre tu nombre del libro de los
-vivos!
-
---Y cuando Mesoda--proseguía, Jesús te decía--: Finca aquí, Yaco, finca
-aquí. ¡Ah, Yaco, qué mala estoy! Tengo una paloma en el _corasón_, un
-_martio_ en cada sién y un _pescao_ en la nuca. ¡Llámale á mi _babá_,
-que me traiga una ramita de _letuario_, Yaco!
-
-Estas intimidades de su hogar, tratadas en broma, exasperaban á Jacob, y
-oyéndolas se exaltaba, y sus imprecaciones podían dejar atrás las de
-Camila.
-
---No respetas la familia, perro--terminaba diciendo.
-
---¡La familia!--le replicaba Jesús--. Lo primero que debe hacer uno es
-olvidarla. Los padres y los hermanos, y los tíos y los primos, no sirven
-más que para hacerle á uno la pascua. Lo primero que un hombre debe
-aprender, es á desobedecer á sus padres y á no creer en el Eterno.
-
---Calla _cafer_, calla. Te veas como el _vapó_ con agua en los lados y
-fuego en el _corasón_. Te barra la escoba negra si sigues blasfemando
-así.
-
-Jesús se reía y, después de oirle hablar á Jacob, añadía:
-
---Hace unos miles de años, este animal que ahora no es más que un
-tipógrafo, hubiera sido un profeta y estaría en la Biblia al lado de
-Matatías, de Zabulón y de toda esa morralla.
-
---No digas necedades--replicaba Jacob.
-
-Después de la discusión, Jesús le decía:
-
---Tú ya sabes, Yaco, que nos separa un abismo de ideas; pero á pesar de
-esto, si quieres aceptar el convite de un cristiano, te convido á una
-copa.
-
-Jacob movía la cabeza y aceptaba.
-
-
-
-
-CAPÍTULO II
-
-Los nombres de los Sapos.--El director de _Los Debates_ y sus
-redactores.
-
-
-Sánchez Gómez el impresor, á quien también se le conocía por el mote del
-Plancheta, aunque trabajaba como obrero era hombre rico; tenía un humor
-endiablado y desigual, una jovialidad corrosiva y un fondo de buen
-corazón.
-
-Era el impresor más pintoresco y multiforme de Madrid, y su negocio el
-más complicado é interesante.
-
-Este solo dato bastaba para juzgarle: con una sola prensa, movida por un
-motor de gas, de los antiguos, publicaba nueve periódicos, cuyos títulos
-nadie podría encontrar insignificantes.
-
-_Los Debates_, _El Porvenir_, _La Nación_, _La Tarde_, _El Radical_, _La
-Mañana_, _El Mundo_, _El Tiempo_ y _La Prensa_; todos estos diarios
-importantes nacían en el sótano de la imprenta.
-
-A cualquier hombre vulgar le parecería esto imposible; para Sánchez
-Gómez, aquel Proteo de la tipografía, la palabra imposible no existía en
-el diccionario.
-
-Cada periódico importante de éstos, tenía una columna suya; y lo demás,
-información, artículos literarios, anuncios, folletín, noticias, era
-común á todos.
-
-Sánchez Gómez hermanaba en sus periódicos el individualismo y el
-colectivismo. Cada uno de sus órganos gozaba de su autonomía é
-independencia en absoluto y, sin embargo, cada uno de ellos se parecía
-al otro como dos gotas de agua. El Cojo realizaba en sus publicaciones,
-la unidad y la variedad.
-
-_El Radical_, por ejemplo, furibundo republicano, dedicaba la primera
-columna á faltar al Gobierno y á los curas; pero sus noticias eran las
-mismas que las de _El Mundo_, diario conservador impenitente que
-empleaba la primera columna en defender la Iglesia, esa arca santa de
-nuestras tradiciones; la Monarquía, esa gloriosa institución, símbolo de
-nuestra Patria; el Ejército, baluarte firmísimo de nuestra nacionalidad;
-la Constitución, ese compendio de nuestras libertades públicas...
-
-De todos los periódicos allí impresos, _Los Debates_ constituían un buen
-negocio para su propietario, don Pedro Sampayo y Sánchez del Pelgar. Era
-_Los Debates_--utilizando los símiles empleados en el diario--terrible
-ariete contra el bolsillo de los políticos, fortaleza inexpugnable para
-las exigencias de los acreedores.
-
-El _chantage_, en manos del director del periódico, se convertía en
-terrible arma de combate; ni la catapulta antigua ni el cañón de
-treinta y seis podía comparársele.
-
-El periódico de don Pedro Sampayo y Sánchez del Pelgar disponía de tres
-columnas propias.
-
-Estas columnas las fabricaban un gallegote, macizo y grueso, de aspecto
-cerril, que escribía muy intencionadamente, llamado González Parla, y un
-señor Fresneda, muy flaco, muy espiritado, muy bien vestido y siempre
-muerto de hambre.
-
-Langairiños, el Superhombre, pertenecía á la redacción de _Los Debates_,
-pero sólo en una parte alícuota, pues sus producciones geniales se
-estampaban en los nueve sapos nacidos en el sótano de la imprenta de
-Sánchez Gómez.
-
-Indudablemente, es hora de presentar á Langairiños. Le llamaban, en
-broma, los periodistas el Superhombre y, abreviando, el Super, porque
-siempre estaba hablando del advenimiento del superhombre de Nietzsche,
-sin comprender que, en broma y todo, no le hacían más que justicia.
-
-Era lo más alto, lo más excelso de la redacción; unas veces se firmaba
-Máximo, otras Mínimo; pero su nombre, su verdadero nombre, el que
-inmortalizaba diariamente, y diariamente, cada vez más, en _Los Debates_
-ó en _El Tiempo_, en _El Mundo_ ó en _El Radical_, era Ernesto
-Langairiños.
-
-¡Langairiños! Nombre dulce y sonoro, algo así como una brisa fresca en
-una tarde de verano; ¡Langairiños! Un sueño.
-
-El gran Langairiños tenía entre treinta y cuarenta años; abdomen
-pronunciado, nariz aquilina y barba negra, fuerte y tupida.
-
-Algún imbécil de los que le odiaban, al verle tan vertebrado y cerebral,
-alguna de esas serpientes que tratan de morder en el acero de las
-grandes personalidades, aseguraba que el aspecto de Langairiños era
-grotesco, aseveración falsa á todas luces, pues, á pesar de que su
-indumentaria no reunía las condiciones exigidas por el más estrecho
-dandysmo; á pesar de que casi constantemente sus pantalones mostraban
-rodilleras y flecos y sus americanas constelaciones de manchas; á pesar
-de todo esto, su elegancia natural, su aire de superioridad y de
-distinción borraba tan ligeras imperfecciones, bien así como la ola del
-mar hace desaparecer las huellas en la arena de la playa.
-
-Langairiños ejercía de crítico, y de crítico cruel; sus artículos
-aparecían al mismo tiempo en nueve periódicos. Su manera impresionista
-despreciaba esas frases vulgares como «la señorita Pérez rayó á gran
-altura», «los caracteres están bien sostenidos en la obra» y otras de la
-misma clase.
-
-En dos apotegmas reunía aquel superhombre todas sus ideas acerca del
-mundo que le rodeaba, eran dos frases terribles, de una ironía amarga y
-dislacerante. Que alguno aseguraba que este político, el otro periodista
-tenían influencia, dinero ó talento..., él replicaba: Sí, sí; ya sé
-quién dices. Que otro decía que el novelista, el dramaturgo hacían ó
-dejaban de hacer..., él contestaba: Bueno, bueno; por la otra puerta.
-
-La superioridad de espíritu de Langairiños no le permitía suponer que un
-hombre que no fuera él valiese más que otro.
-
-Su obra maestra era un artículo titulado _Todos golfos_. Se trataba de
-una conversación entre un maestro del periodismo--él--y un aprendiz de
-periodista.
-
-Aquel derroche de sal ática terminaba con este rasgo de humor:
-
-El aprendiz.--Hay que tener principios.
-
-El maestro.--En la mesa.
-
-El aprendiz.--Hay que decir las cosas con verdadera crudeza al país.
-
-El maestro.--Se le van á indigestar. Acuérdese usted de los garbanzos de
-la casa de huéspedes.
-
-El Superhombre escribía siempre así, de un modo terrible, shakesperiano.
-
-A consecuencia del desgaste cerebral producido por sus trabajos
-intelectuales, el Súper se encontraba neurasténico, y para curar su
-enfermedad tomaba glicerofosfato de cal en las comidas y hacía gimnasia.
-
-Manuel recordaba haber oído muchas veces en la casa de huéspedes de doña
-Casiana una voz sonora que contaba valientemente y sin fatiga el número
-de flexiones de piernas y de brazos. Veinticinco..., veintiséis...,
-veintisiete, hasta llegar á ciento, y aun más. Aquel Bayardo de la
-gimnasia se llamaba Langairiños.
-
-Los otros dos redactores no podían compararse con Langairiños. González
-Parla parecía un bárbaro por su facha de mozo de cuerda. Hablaba
-brutalmente; llamaba al pan, pan, y al vino, vino; á los políticos
-braguetones y á los periódicos de Sánchez Gómez, los _sapos_.
-
-El otro redactor, Fresneda, podía apostar á finura al hombre más fino y
-almibarado de Madrid. Experimentaba un verdadero placer en llamar señor
-á todo el mundo. Fresneda se sostenía en pie por milagro; se pasaba la
-vida muerto de hambre, pero esto no producía en él iras ni cóleras.
-
-González Parla y Fresneda necesitaban recurrir á toda clase de
-expedientes para obligar á Sampayo, el propietario de _Los Debates_, á
-que les pagara algunas pesetas. La esperanza de los dos, una credencial
-obtenida por intermedio del director propietario, no se realizaba
-nunca.
-
-Manuel oía hablar tanto de Sampayo, que sintió curiosidad por conocerle.
-
-Era un señor alto, erguido, de noble aspecto, de unos sesenta y tantos
-años; había conseguido varias veces el cargo de Gobernador, gracias á su
-mujer, una real hembra, en sus buenos tiempos, capaz de obtener
-cualquier cosa de un Ministro. En los gobiernos civiles por donde pasó
-el matrimonio no quedaron ni los clavos.
-
-La mujer de Sampayo tenía buenas amistades con algunos señores ricos,
-pero en justa reciprocidad era tan superhembra y tan tolerante, que
-buscaba siempre criadas guapas y amables para que su marido estuviese
-satisfecho.
-
-¡Y qué espectáculo más humano presentaba el hogar! Algunas veces, cuando
-llegaba la señora de Sampayo á su casa, un tanto fatigada, después de
-alguna aventurilla, se encontraba á su esposo con su noble aspecto
-cenando mano á mano con la criada, cuando no abrazándola cariñosamente.
-
-El matrimonio gastaba sus ingresos íntegros; pero Sampayo era tan
-diestro en el arte de crearse acreedores y de torearlos después, que
-siempre encontraba medio de sacar algunos cuartos.
-
-Una vez que González Parla, muy ceñudo, y Fresneda, muy amable, llamando
-al director señor de Sampayo á cada momento, le exponían su crítica
-situación, Sampayo entregó á Fresneda una carta para un general
-americano, pidiéndole dinero. Puso á su redactor la condición de que
-todo lo que pasara de diez duros quedaría para la caja.
-
-Al salir á la calle los dos redactores, González Parla le exigió á su
-compañero la carta, y el hombre espectral se la dió.
-
---Yo iré á verle á ese braguetón de general--dijo González Parla--y le
-sacaré las perras y nos las repartiremos. La mitad para ti y la otra
-mitad para mí.
-
-El hombre flaco acompañó al hombre gordo hasta la casa del general.
-
-El general, un guachindanguito vestido de guacamayo, leyó la carta del
-director, miró al periodista, se caló los lentes y le preguntó,
-contemplándole de arriba abajo:
-
---¿_Uté_ es el _señó_ Fresneda?
-
---Sí, señor.
-
---¿_Etá uté_ seguro?
-
---Claro; soy yo.
-
---Pero _uté etá_ tísico, ¿no?
-
---¿Yo? No, señor.
-
---Pues eso me _disen_ en la carta, ¿sabe?... Que tiene _uté_ siete hijos
-y que por su aspecto podré comprender que _etá_ en el último período de
-tisis, ¿sabe?
-
-González Parla se azoró; dijo que era verdad que no estaba tísico; pero
-que había tenido un padre que había estado tísico, y como había tenido
-el padre tísico, le decían los médicos que él quedaría también tísico,
-que ya lo estaba en principio, de modo que aunque no lo fuera, era casi
-lo mismo que si lo estuviera ya.
-
---Yo no comprendo eso, ¿sabe?--dijo el general, después de escuchar una
-argumentación tan deficiente--; yo entiendo que eso _é_ una _macana_,
-¿no? No se puede _etá_ tan gordo hallándose enfermo, ¿sabe? Pero, en
-fin--y largó un billete doblado entre sus dedos--, tome y váyase, y no
-sea pendejo.
-
---Esta gordura es falsa--replicaba humildemente González Parla, cogiendo
-el billete--. Es la patata que come uno, y se escabulló avergonzado.
-
-El billete era de cien pesetas, y se lo repartieron entre el redactor
-flaco y el redactor gordo, con gran indignación de Sampayo. Este se
-prometió no darles ni un céntimo durante meses.
-
-Fresneda, en las últimas boqueadas del hambre, tuvo la única frase
-enérgica de toda su vida.
-
---Yo le daré á usted una recomendación para el ministro--le dijo el
-director, contestando así á una petición de dinero.
-
---Para morirse de hambre, señor de Sampayo--contestó con energía no
-exenta de su proverbial finura Fresneda--, no se necesitan
-recomendaciones.
-
-
-
-
-CAPÍTULO III
-
-El parador de Santa Casilda.--La historia de Jacob.--La Fea y la
-Sinforosa.--La chica sin madre.--Mala Nochebuena.
-
-
-Para la primavera Manuel componía con facilidad. Poco después el tercer
-cajista se fué, y Jesús dijo al amo que debía de poner á Manuel en la
-plaza vacante.
-
---Pero si no sabe nada--replicó el dueño.
-
---¡No ha de saber! Páguele usted por líneas.
-
---No, le subiré el jornal.
-
---¿Cuánto le va usted á dar?
-
---Le daré ocho reales.
-
---Es poco. El otro ganaba doce.
-
---Bueno, le daré nueve; pero que no venga á dormir aquí.
-
-El nuevo cargo emancipó á Manuel de la obligación de barrer la imprenta
-y salió de su cuchitril. Jesús le llevó al parador de Santa Casilda, en
-donde él vivía; un enorme caserón de un solo piso, con tres patios muy
-grandes, que estaba en la ronda de Toledo. Hubiera deseado Manuel no ir
-por aquellos barrios, de los que conservaba malos recuerdos; pero su
-amistad con Jesús le hizo quedarse allí. Le alquilaron en el parador
-por ocho reales á la quincena, un cuartucho con una cama, una silla de
-paja rota, y una estera colgada del techo, que hacía de puerta. Cuando
-el viento venía del campo de San Isidro, se llenaban de humo los cuartos
-y los corredores del parador de Santa Casilda. Los patios del parador
-eran, poco más ó menos, como los de la casa del tío Rilo, con galerías
-idénticas, y puertas numeradas.
-
-Desde la ventana del cuartucho de Manuel se veían tres depósitos,
-panzudos, rojos, de la fábrica del gas, con sus soportes altos de hierro
-terminados en poleas, y alrededor el Rastro; á un lado, vertederos
-ennegrecidos por el carbón y las escorias; más lejos se extendía el
-paisaje árido, y sus lomas calvas amarillentas se escalonaban hasta
-perderse en el horizonte. Enfrente sobresalía el cerrillo de los Angeles
-con su ermita en la punta.
-
-En el cuarto inmediato al alquilado por Manuel, había un carpintero y su
-mujer que tenían una niña. Los dos se emborrachaban y pegaban á la chica
-de una manera bestial.
-
-Manuel estuvo muchas veces dispuesto á entrar en el cuarto, porque
-suponía que aquellos bárbaros martirizaban á la niña.
-
-Una de las mañanas que encontró á la carpintera, le dijo:
-
---¿Por qué pegan ustedes así á la chica?
-
---¿Te importa algo?
-
---Claro que me importa.
-
---¿No es mi hija? Puedo hacer con ella lo que quiera.
-
---Así debía haber hecho su madre con usted--le contestó--quitarla de en
-medio á palos por bruja.
-
-Refunfuñó la mujer y Manuel se fué á la imprenta.
-
-Por la noche, el carpintero detuvo á Manuel:
-
---¿Qué le has dicho tú á mi señora, eh?
-
---Le he dicho que no debía pegar á su hija.
-
---Y á ti, ¿quién te mete á decir nada?
-
-El carpintero tenía un aspecto feroz, un entrecejo abultado y un cuello
-de toro. Una gruesa vena le cruzaba la frente. Manuel no le contestó.
-
-Afortunadamente para él el carpintero y su mujer se mudaron de la casa
-pronto.
-
-En los cuchitriles del mismo pasillo del parador vivían también dos
-gitanos viejos con sus familias, los dos muy zaragateros y muy ladrones;
-una muchacha ciega, que cantaba flamenco en la calle, moviéndose con
-unas convulsiones de epiléptica, y que iba acompañada de otra chica, con
-la que se pegaba continuamente, y dos hermanas muy golfas, muy
-zarrapastrosas, pintadas, chillonas, embusteras, liosas, pero alegres
-como cabras.
-
-La habitación de Jesús se hallaba bastante próxima á la de Manuel, y
-esta vida común de la imprenta y de la casa hizo que estrecharan más sus
-relaciones de amistad.
-
-Jesús era un excelente muchacho; pero se emborrachaba con una frecuencia
-lamentable; tenía dos hermanas solteras, una bonita, con unos ojos
-verdes de gato, de facha desvergonzada, llamada Sinforosa, y la otra una
-pobre enclenque, torcida y escrofulosa, á quien todos le decían,
-implacablemente, la Fea.
-
-A los dos meses ó cosa así de vivir en el parador, Jesús, con su tono
-irónico peculiar, le dijo á Manuel cuando marchaban los dos á la
-imprenta:
-
---¿No sabes? Mi hermana está preñada.
-
---¿Sí?
-
---Vaya.
-
---¿Cuál de las dos?
-
---La Fea. ¿Quién habrá sido el héroe? Merece una cruz.
-
-El cajista siguió hablando del percance y bromeando con indiferencia.
-
-A Manuel no le parecía bien esto; al fin era su hermana; pero Jesús
-salió con sus invectivas contra la familia y con que uno no se debía
-ocupar para nada de los hermanos, ni de los padres, ni de nadie.
-
---Buena teoría para los egoístas--le dijo Manuel.
-
---La familia no es más que el egoísmo en beneficio de unos pocos y en
-contra de la humanidad--contestó Jesús.
-
---Bastante caso haces tú de la humanidad, tan poco como de tu
-familia--le replicó Manuel.
-
-Por esta cuestión volvieron á discutir varias veces y llegaron á decirse
-cosas muy agrias y mortificantes.
-
-A Manuel no le importaba mayormente aquello; pero le producía
-indignación el ver que Jesús y la Sinforosa no se compadeciesen de su
-hermana y la enviasen á hacer recados y la obligasen á barrer cuando la
-pobre raquítica no podía con su barriga, que amenazaba ser monstruosa.
-
-Por motivo de estas discusiones, hubo días en los cuales Manuel apenas
-cruzó unas cuantas palabras con Jesús, y se dedicó á charlar con Jacob y
-á hacerle preguntas acerca de su país.
-
-A Jacob, á pesar de que según decía no le había ido muy bien en su
-tierra, le gustaba hablar de ella.
-
-Era de Fez y tenía un entusiamo grande por esta ciudad.
-
-La pintaba como un paraíso lleno de huertas con palmeras, limoneros y
-naranjos, cruzada por riachuelos cristalinos. En Fez, en el barrio de
-los judíos, pasó Jacob su infancia, hasta que entró al servicio de un
-comerciante rico, que negociaba en Rabat, Mogador y Saffi.
-
-Jacob, con su imaginación viva y su modo de hablar exagerado, pintoresco
-y lleno de imágenes, daba la impresión de la realidad cuando hablaba de
-su país.
-
-Pintaba el paso de las caravanas compuestas de camellos, asnos y
-dromedarios. Describía éstos con sus cuellos largos y su cabeza pequeña,
-que se balancea como la de las serpientes, con los ojos apagados que
-miran al cielo; y al oirle mientras peroraba se creía estar atravesando
-aquellos arenales blancos, en donde el sol ciega. Describía también los
-mercados constituídos en la confluencia de unas cuantas sendas y
-caracterizaba á la gente que acudía á ellos; los moros de las cabilas
-próximas con sus fusiles, los encantadores de serpientes, los
-hechiceros, los narradores de cuentos de las _Mil y una noches_, los
-médicos que sacan los gusanos de los oídos.
-
-Y al retirarse las caravanas, al alejarse unos y otros por las sendas,
-jinetes en sus caballos y en sus mulas, Jacob imitaba los graznidos de
-los cuervos que acudían en bandadas al lugar del mercado y lo cubrían de
-una capa negra.
-
-Pintaba el efecto que causaba ver treinta ó cuarenta bereberes á
-caballo, con melenas largas, armados de espingardas, y que, al pasar un
-judío, escupían en el suelo; la vida sin seguridad; por los caminos,
-gentes sin ojos y sin brazos, castigados por la justicia, pidiendo
-limosna en nombre de Muley Edris, y durante el invierno, el paso
-peligroso de los ríos, los anocheceres en la puerta del aduar, mientras
-se preparaba el _cus-cus_, tocando el _guembrí_ y cantando canciones
-soñolientas y tristes.
-
-Un sábado, Jacob le convidó á Manuel á comer en su casa.
-
-Vivía el judío en el barrio de Pozas, en una casucha de una callejuela
-próxima al paseo de Areneros.
-
-La casita aquella tenía un aspecto extraño, algo oriental. Una ó dos
-mesas bajitas de pino; jergones pequeños en vez de sillas, y colgando de
-las paredes trapos de color y dos guitarrillos de tres cuerdas.
-
-Manuel conoció al padre de Jacob, un viejo melenudo que andaba por casa
-con una túnica obscura y una gorra, á su mujer Mesoda y á una niña de
-ojos negros llamada Aisa.
-
-Se sentaron todos á la mesa; el viejo pronunció unas cuantas palabras
-gravemente en una lengua enrevesada, que Manuel supuso sería una oración
-en judío, y comenzaron á comer.
-
-La comida tenía gusto á hierbas aromáticas fuertes, y á Manuel le
-pareció que mascaba flores.
-
-En la mesa, el viejo, en el castellano extravagante en que hablaba toda
-la familia, contó á Manuel las peripecias de la guerra de Africa; en su
-narración Prim, el señor Juan Prim--como decía él--tomaba proporciones
-épicas. Jacob debía de respetar profundamente al viejo y le dejaba
-perorar y hablar de Prim y del Eterno; Mesoda muy tímida sonreía y se
-ruborizaba por cualquier cosa.
-
-Después de comer, Jacob descolgó de la pared uno de los guitarrillos de
-tres cuerdas y cantó varias canciones árabes acompañándose de uno de
-aquellos instrumentos primitivos.
-
-Manuel se despidió de la familia de Jacob y prometió visitarla de cuando
-en cuando.
-
- * * * * *
-
-Una noche de otoño, al volver Manuel del trabajo, después de un día
-entero en que Jesús no apareció por la imprenta, al entrar en el Parador
-se encontró en el pasillo que conducía á su cuarto con un grupo de
-comadres, que hablaban de Jesús y de sus hermanas.
-
-La Fea había parido; estaban en su cuarto el médico de la Casa de
-Socorro y la señora Salomona, una buena mujer que se ganaba la vida
-asistiendo enfermos.
-
---¿Pero qué ha hecho Jesús?--preguntó Manuel al oir los dicterios de las
-mujeres contra el cajista.
-
---¿Qué ha hecho?--contestó una de las comadres--, pues ná, que ha
-resultao que vivía amontonao con la Sinfo, que es una pécora más mala
-que un dolor, y Jesús y ella se habían entregao á la bebida, y la
-zorrona de la Sinfo le quitaba el jornal que ganaba á la Fea.
-
---Eso no puede ser verdad--replicó Manuel.
-
---¿Qué no? Si lo ha dicho el mismo Jesús.
-
---Pues la otra no es muy decente tampoco, que digamos--añadió una de las
-mujeres.
-
---Tanto como la que más--replicó la comadre oradora--. Se lo ha contao
-tó al médico de la Casa de Socorro. Una noche en que no había pasao
-gracia divina por su cuerpo, porque Jesús y la Sinfo se habían llevao
-tóos los quisquis, fué la Fea y, para remediar el hambre, bebió un trago
-de aguardiente y luego otro, y con la debilidá que tenía se quedó
-borracha. Vinieron la Sinfo y Jesús, y los dos cargados, y la muy zorra,
-viéndola en la cama á la Fea, la dijo, dice: Anda, que la cama la
-necesitamos nosotros para... (haciendo un ademán desvergonzado). Ya me
-entienden ustés, y va y pone á su hermana á la puerta. La Fea, que no
-sabía lo que se hacía, salió á la calle, y uno del Orden, al verla
-curda, la lleva á la delega y la mete en un cuarto obscuro, y allí algún
-tío...
-
---Que estaría también curda--dijo un albañil que se detuvo á oir la
-relación.
-
---Pues ná...--añadió la comadre.
-
---Si llega á haber luz, pa mí que no hay nada, porque el compadre, al
-ver la cara de la socia, se asusta--añadió el albañil siguiendo su
-camino.
-
-Manuel se separó del grupo de comadres y se asomó á la puerta del cuarto
-de Jesús. Era un espectáculo desolador; la hermana del cajista, pálida,
-con los ojos cerrados, echada en el suelo sobre unas esteras, cubierta
-con telas de sacos, parecía un cadáver; el médico la fajaba en aquel
-momento; la señora Salomona vestía al recién nacido; un charco de sangre
-manchaba los ladrillos.
-
-Jesús, arrimado á la pared en un rincón, miraba al médico y á su
-hermana, impasible, con los ojos brillantes.
-
-El médico pidió á las vecinas que trajeran un colchón y unas sábanas;
-cuando llegaron estas cosas pusieron el colchón sobre el petate, de
-tablas, y colocaron con cuidado á la Fea. Estaba la pobre raquítica como
-un esqueleto; su pecho era liso como el de un hombre y, á pesar de que
-no debía tener fuerzas para moverse, cuando le pusieron el niño á su
-lado, cambió de postura é intentó darle de mamar.
-
-Manuel, al notarlo, miró á Jesús con ira.
-
-Le hubiera pegado con gusto, por permitir que su hermana estuviera así.
-
-El médico, cuando concluyó su trabajo, cogió á Jesús, lo llevó al
-extremo de la galería y habló con él. Jesús se hallaba dispuesto á
-hacer todo lo que le dijeran; daría el jornal entero á la Fea, lo
-prometía.
-
-Luego, cuando se fué el médico, Jesús cayó en manos de las comadres, que
-le pusieron como un trapo.
-
-El no negó nada. Al revés.
-
---Durante el embarazo--dijo--ha dormido en el suelo sobre la estera.
-
-Todas las comadres comentaron indignadas las palabras del cajista. Este
-se encogía de hombros estúpidamente.
-
---¡Mire usté que estar la pobre infeliz durmiendo sobre la estera
-mientras que la Sinfo y Jesús se estaban en la cama!--decía una.
-
-Y la indignación se acentuó contra la Sinfo, aquella golfa indecente, á
-la que juraron dar una paliza morrocotuda. La señora Salomona tuvo que
-interrumpir la charla, porque no dejaban dormir en paz á la parturienta.
-
-La Sinfo debió sospechar algo, pues no se presentó en el parador. Jesús,
-ceñudo, sombrío, con las mejillas encendidas y los ojos brillantes en
-los días posteriores iba de su casa á la imprenta sin hablar una
-palabra. Manuel sospechó si estaría enamorado de su hermana.
-
-Durante el sobreparto, las mujeres de la vecindad cuidaron con cariño á
-la Fea; exigían el jornal entero á Jesús, quien lo daba sin
-inconveniente alguno. El recién nacido, encanijado é hidrocéfalo, murió
-á la semana.
-
-La Sinforosa no apareció más por el parador; según se decía, se había
-lanzado á la _vida_.
-
- * * * * *
-
-El día de Nochebuena, por la tarde, llegaron al parador tres señores
-vestidos de negro. Un viejecillo de bigote blanco y ojos alegres; un
-señor estirado de barba entrecana y anteojos de oro; y otro que parecía
-secretario ó escribiente, bajito, de bigote negro, que taconeaba al
-andar é iba cargado de papeles. Dijeron que eran de la Conferencia de
-San Vicente de Paúl, visitaron á la hermana de Jesús y á otras personas
-que vivían en rincones y tabucos de la casa.
-
-Detrás de aquellos señores vestidos de negro fueron Manuel y Jesús, por
-curiosidad, con otro vecino albañil. Manuel y Jesús, que no hacían más
-que dormir en el parador, no conocían la vecindad, así que anduvieron
-por su casa como por una extraña.
-
---¡Hipócritas!--decía el albañil á voz en grito.
-
---Pero, hombre. ¡Cállese usted!--exclamó Manuel--que le van á oir.
-
---¿Y qué?--replicaba el vecino--¡Qué me oigan! Son unos hipócritas. ¿A
-qué vienen aquí á echárselas de caritativos? A hacer el paripé, á eso
-vienen esos tíos; estos jesuítas farsantes. ¿Qué leñe quieren saber?
-¿que vivimos mal? ¿que estamos hechos unos guarros? ¿que no cuidamos de
-los chicos? ¿que nos emborrachamos? Bueno, pues que nos den su dinero y
-viviremos mejor, pero que no se nos vengan con bonos y con consejos.
-
-Entraron los tres señores en un tabuco de un par de metros en cuadro. En
-el suelo, sobre un montón de paja y de harapos, había una mujer
-hidrópica, con la cara hinchada y entontecida.
-
-En una silla, á la luz de una candileja, cosía una mujer joven.
-
-Desde el pasillo Manuel pudo oir la conversación que tenían adentro.
-
-El viejecillo del bigote blanco preguntó con su voz alegre qué es lo que
-le pasaba á la mujer, y una vecina que vivía en un cuarto próximo contó
-un sin fin de miserias y dolores.
-
-La hidrópica sobrellevaba sus desdichas con resignación extraordinaria.
-
-Se cebó la desgracia en ella y fué cayendo y cayendo hasta llegar á
-aquella situación tan triste. No encontró una mano amiga, y sus únicos
-favorecedores fueron un carnicero y su mujer, antiguos criados de su
-casa á quienes había ayudado á establecerse en mejores épocas. La
-carnicera, que además era prestamista, solía comprar en el Rastro
-mantones y pañuelos de Manila, y cuando tenían algo que zurcir ó
-arreglar se los llevaba á la hija de la hidrópica para que los
-compusiera.
-
-Esto, la antigua criada se lo pagaba á la hija de sus amos con un montón
-de huesos, y á veces, cuando quedaba satisfecha del trabajo le daba las
-sobras de su comida.
-
---¡Moler con la generosidad de la carnicera!--dijo el albañil, que
-escuchaba la narración de la vecina.
-
---También la gente del pueblo--repuso Jesús en broma, recordando una
-frase de zarzuela--tiene su corazoncito.
-
-Los señores de la Conferencia de Paúl, después de oir tan conmovedora
-relación, dieron tres bonos á la hija de la hidrópica y salieron del
-cuarto.
-
---Ya es feliz esta mujer--murmuró Jesús irónicamente--; tenía que
-morirse mañana y se muere pasado. ¿Para qué quiere más?
-
-El albañil murmuró:
-
---Me parece.
-
-El secretario, el de los papeles, recordó un caso análogo al de la
-hidrópica, y lo llamó curioso y extremadamente interesante.
-
-Cuando los tres señores salían de un pasillo para desembocar en otro,
-una vieja les llamó y hablándoles de usía les pidió que la acompañaran y
-les llevo alumbrándoles con una bujía á un caramanchón ó agujero negro
-abierto debajo de una escalera. Sobre un montón de trapos y arropada en
-un mantón raido había una chiquilla delgada, esmirriada, la cara morena
-y flaca, los ojos negros, huraños, y brillantes. A su lado dormía un
-chico de dos ó tres años.
-
---Yo quisiera que usías--dijo la vieja--la metieran á esta chica en un
-asilo. Es huérfana; su madre, que con perdón, no llevaba muy buena vida,
-murió aquí. Ella se ha metido en este agujero y nadie la puede echar, y
-roba huevos, pan, todo lo que puede, unas veces en una casa, otras en
-otra, para dar de comer al rorro. Yo quisiera que usías consiguieran que
-la llevaran á un asilo.
-
-La chiquilla miró con sus ojos grandes, espantados á los tres señores, y
-agarró de la mano al chico.
-
---Esta niña--dijo el secretario, el de los papeles--, tiene por su
-hermano un cariño verdaderamente curioso é interesante, y yo no sé si no
-sería cruel separarlos.
-
---Estaría mejor en un asilo--añadió la vieja.
-
---Ya veremos, ya veremos--replicó el señor anciano--. Se fueron los
-tres.
-
---¿Cómo te llamas tú?--le preguntó Jesús á la chica.
-
---¿Yo? Salvadora.
-
---¿Quieres venir á vivir conmigo con tu chico?
-
---Sí--contestó sin vacilar la niña.
-
---Bueno, pues vamos, levántate. La Fea se va á poner más contenta--dijo
-Jesús como para dar una explicación de su rasgo--. Si no la van á
-separar de su crío y es una barbaridad.
-
-La chica cogió al niño en brazos y acompañó á Jesús. La Fea debió
-recibir á los dos abandonados con un gran entusiasmo. Manuel no
-presenció la escena porque en el pasillo le detuvo un muchacho joven:
-
---¿No me conoces?--le preguntó, encarándose con él.
-
---Sí, hombre... El Aristón.
-
---El mismo.
-
---¿Vives aquí?
-
---Ahí en el Corral.
-
-El Corral era uno de los patios del parador, y daba á ese infecto Rastro
-que va desde la Ronda á la fábrica del gas. El Aristón seguía con su
-necromanía; no le habló á Manuel más que de muertos, entierros y cosas
-fúnebres.
-
-Le dijo que iba á los camposantos los domingos, pues él consideraba como
-un deber el cumplir esa Obra de Misericordia que manda enterrar á los
-muertos.
-
-En el curso de la conversación, el necrómano insinuó la idea de que si
-el rey se muriera se le haría un entierro admirable; pero que á pesar de
-esto, él se figuraba que el entierro del Papa sería más suntuoso.
-
-Cruzaron el necrómano y Manuel varios pasillos.
-
---¿A dónde me llevas?--le preguntó Manuel.
-
---Si quieres venir, verás un muerto.
-
---¿Y qué vas á hacer junto á ese muerto?
-
---Voy á velarle y á rezar por él--dijo el Aristón.
-
-En un cuartucho iluminado por dos velas puestas en dos botellas, había
-un hombre muerto, tendido sobre un jergón...
-
-De lejos llegaba rumor de panderetas y de cánticos; de cuando en cuando
-una voz chillona de vieja borracha cantaba á voz en grito:
-
- «Ande, ande, ande
- la marimorena;
- ande, ande, ande,
- que es la Nochebuena.»
-
-En el cuarto del muerto en aquel instante no había nadie.
-
-
-
-
-CAPÍTULO IV
-
-La Navidad de Roberto.--Gente del Norte.
-
-
-A la misma hora, Roberto Hasting marchaba á casa de Bernardo Santín,
-envuelto en su abrigo. La noche estaba fría, apenas transitaba nadie por
-la calle, los tranvías pasaban de prisa resbalando por los railes con un
-zumbido suave.
-
-Roberto entró en la casa, subió al último piso y llamó. Abrió la puerta
-Esther y paso adentro.
-
---¿Y Bernardo?--preguntó Roberto.
-
---No ha venido en todo el día--contestó la ex institutriz.
-
---¿No?
-
---No.
-
-Esther, envuelta en un chal se sentó ante la mesa. El cuarto, la antigua
-galería fotográfica, estaba iluminada con un quinqué de petróleo. Todo
-denunciaba allí la mayor miseria.
-
---¿Se han llevado la máquina?--preguntó Roberto.
-
---Sí, esta mañana. Tengo el dinero guardado en este cajón. ¿Qué me
-aconseja usted que haga, Roberto?
-
-Roberto paseó de un lado á otro del cuarto, mirando al suelo; de
-repente se detuvo ante Esther.
-
---¿Usted quiere que le hable con entera franqueza?
-
---Sí, con entera franqueza; como hablaría usted á un camarada.
-
---Pues, bien, entonces yo creo que lo que debe usted hacer es, no se si
-el consejo le parecerá á usted brutal...
-
---Diga usted.
-
---Lo que creo que debe usted hacer es separarse de su marido.
-
-Esther calló.
-
---Ha caído usted en manos, no de un infame, ni de un canalla, pero sí en
-manos de un desgraciado, de un pobre imbécil, sin talento, sin energía,
-incapaz de vivir é incapaz de comprender á usted.
-
---¿Y qué voy á hacer?
-
---¿Qué? Volver á su vida pasada, á sus lecciones de piano y de inglés.
-¿Es que le sería á usted dolorosa la separación?
-
---No, al revés; puede usted creerlo, no siento el menor cariño por
-Bernardo; me inspira lástima y repulsión. Es más, no lo he querido
-nunca.
-
---Entonces, ¿por qué se casó usted con él?
-
---Qué sé yo. La fatalidad, el consejo pérfido de una amiga, el no
-conocerle; fué una de esas cosas que se hacen sin saber por qué. Al día
-siguiente estaba arrepentida.
-
---Lo creo. Yo cuando supe que Bernardo se casaba, pensé: Será alguna
-aventurera que quiere legitimar su situación con un nombre; luego,
-cuando la fuí conociendo á usted, me pregunté: ¿Cómo ha podido esta
-mujer engañarse con un hombre tan insignificante como Bernardo? No hay
-explicación. Ni dinero, ni talento, ni energía. ¿Qué le ha impulsado á
-una mujer ilustrada, de corazón, á casarse con un tipo así? Nunca me lo
-he podido explicar. ¿Es que creyó usted ver en él un artista, un hombre,
-aunque pobre, dispuesto á trabajar y á luchar?
-
---No, me hicieron ver todo esto. Para que comprenda usted mi decisión,
-tendría que contarle mi vida, desde que llegué á Madrid con mi madre.
-Vivíamos las dos modestamente con una pequeña pensión que nos mandaba un
-pariente de París. Yo había concluído de estudiar en el Conservatorio y
-buscaba lecciones. Tenía dos ó tres de piano y una de inglés, con lo que
-sacaba bastante para mis gastos. En esta situación se puso enferma mi
-madre, perdí mis lecciones para atenderla y me ví en una situación
-angustiosísima. Luego cuando murió, me encontraba sola en una casa de
-huéspedes, asediada por hombres que me hacían proposiciones indignas á
-todas horas, correteando por las calles para encontrar una plaza de
-institutriz; verdaderamente desesperada. Crea usted que hubo días en que
-sentí la tentación de suicidarme, de echarme á la mala vida, de tomar
-una resolución extrema para no tener ya que pensar. En esta situación un
-día leo en un periódico que una señora inglesa que se hospedaba en el
-hotel de París quería una señorita de compañía que conociera bien el
-español y el inglés. Me presento en el hotel, espero á la señora y ésta
-me recibe con los brazos abiertos y me trata como á una hermana. Puede
-usted comprender mi satisfacción y mi gratitud. Nunca he sido ingrata;
-si en aquella época mi protectora me hubiera pedido la vida se la
-hubiese dado con gusto. Créalo usted. Esta señora era aficionada á
-pintar y acostumbraba ir al Museo; yo solía acompañarla. Entre los que
-copiaban en el Museo había un joven alemán, alto, rubio, amigo de mi
-protectora, que comenzó á hacerme el amor. Yo lo encontraba petulante y
-poco simpático. Cuando mi protectora notó que el pintor me galanteaba,
-se incomodó mucho y me dijo que era un perdido, un canalla cínico; hizo
-un retrato horrible de él, lo pintó como un egoísta depravado. Yo, que
-no sentía gran simpatía por el alemán, escuché los consejos de mi
-protectora y le manifesté al pintor claramente mi desprecio. A pesar de
-esto Oswald, así se llamaba, insistía, cuando apareció allí Bernardo.
-Creo que conocía algo al alemán, y un día habló con nosotras. Entonces
-mi protectora hizo, sin que yo lo advirtiera, una labor contraria á la
-que había hecho con Oswald; me alabó á Bernardo á todas horas, me dijo
-que era un gran artista, de un talento superior, de una sensibilidad
-exquisita, un corazón de oro; que me adoraba. Efectivamente, recibí
-cartas de él encantadoras, llenas de sentimientos delicados, que me
-conmovieron. Ella, mi protectora, facilitó nuestras entrevistas, excitó
-mi imaginación, me impulsó á este matrimonio desdichado, y viéndome
-casada se fué de Madrid. A las dos ó tres semanas de matrimonio,
-Bernardo me confesó riendo que las cartas que me había escrito se las
-había dictado Fanny.
-
---¿Fanny dice usted?--preguntó Roberto.
-
---Sí; ¿la conoce usted?
-
---Creo que sí.
-
---Estaba ella enamorada de Oswald. Había hecho para impedir que Oswald
-me galantease una gran perfidia. Después de salvarme de la miseria, me
-ha llevado á una situación aún peor que aquella en que me encontró.
-Abusó de la confianza ciega que en ella tenía. Pero me vengaré, sí, me
-vengaré. Fanny está aquí con Oswald. Los he visto. Le he escrito á él
-citándole para mañana.
-
---Ha hecho usted mal, Esther.
-
---¿Por qué? ¿Se juega así con la vida de una persona?
-
---¿Qué adelantará usted con eso?
-
---Vengarme; ¿le parece á usted poco?
-
---Poco. Si ha conservado usted cariño por Oswald, es otra cosa.
-
---No, yo no. No le quiero; pero no dejaré á Fanny sin castigar su
-perfidia.
-
---¿Llegaría usted al adulterio por la venganza?
-
---¿Y quién le ha dicho á usted que llegaría al adulterio? Además, en mí
-sería un derecho, no una falta.
-
---Haría usted además desgraciado á Oswald.
-
---¿No me han hecho desgraciada á mí?
-
-Esther se hallaba presa de una gran excitación.
-
---¿Cree usted que mañana vendrá Oswald á esta casa?--le preguntó
-Roberto.
-
---Sí, creo que sí.
-
---Esta protectora de usted, ¿es alta, delgada, con ojos grises?
-
---¡Sí!
-
---Es mi prima.
-
---¿Su prima de usted?
-
---Sí. Le advierto á usted que es muy violenta.
-
---Lo sé.
-
---Que es capaz de atacarle á usted en cualquier parte.
-
---Lo sé también.
-
---¿Ha pensado usted con calma en su resolución? Como comprenderá usted,
-un hombre á quien se le cita y se le dice: «Si no le correspondí á
-usted fué porque me engañaron respecto á usted, y me dijeron que era
-usted lo que no era», ese hombre no puede resignarse á oir
-tranquilamente esta confidencia.
-
---¿Y qué va hacer?
-
---Buscará una compensación. Nadie se resigna á ser un instrumento de
-venganza ajena. Usted perturba la tranquilidad de ese hombre.
-
---¿No perturbaron la mía?
-
---Sí; pero vengar la perfidia de Fanny en su amante, no me parece justo.
-
---No me importa. Sólo una cosa me haría olvidar mi venganza.
-
---¿Cuál?
-
---El que le pudiera ocasionar á usted algún perjuicio. Usted ha sido
-bueno para mí--murmuró Esther ruborizándose.
-
---No, á mí ningún perjuicio puede ocasionarme, pero á usted sí. Fanny es
-colérica.
-
---¿Quiere usted venir mañana?
-
---Pero yo, ¿con qué derecho voy á intervenir?
-
---¿No es usted amigo mío?
-
---Sí.
-
---Entonces venga usted.
-
-Fué Roberto al día siguiente por la tarde. Bernardo estaba, según su
-costumbre, fuera de casa; Esther se hallaba muy excitada. A las cuatro
-llegó Oswald. Era un joven rubio, encarnado, chato, con los ojos rojos,
-muy alto y con el pelo largo. Pareció sufrir una gran decepción al
-encontrar solo á Roberto. Hablaron. A Roberto, Oswald le pareció un
-pedante insoportable. Tomó la palabra para decir, en un tono de dómine,
-que no podía aguantar á los españoles ni á los franceses. Iba á escribir
-un libro, el _Anti-latino_, considerando los pueblos latinos como
-degenerados, que deben conquistar cuanto antes los germanos. Le
-indignaba que se hablara de Francia. Francia no existía; Francia no
-había hecho nada. Francia tenía á su alrededor la muralla de la China;
-como ha dicho Björson: desde hace mucho tiempo, el mundo tiene como el
-mejor músico á Wagner; como el mejor dramaturgo, á Ibsen; como el mejor
-novelista, á Tolstoï; como el mejor pintor, á Böcklin; sin embargo, en
-Francia se sigue hablando de Sardou, de Mirbeau y de otros imbéciles por
-el estilo. Los escritores originales de París plagian á Nietzsche; los
-músicos latinos han copiado y saqueado á los alemanes; la ciencia
-francesa no existe, ni la filosofía, ni el arte. El hecho histórico de
-Francia era una completa ilusión. Toda la raza latina era una raza
-despreciable.
-
-Roberto no contestó á esto y observó atentamente á Oswald. ¡Le parecía
-tan absurdo, tan pedantesco aquel hombre largo, á quien citaba una mujer
-y hablaba de sociología!
-
-Entró Esther. La saludó el pintor muy gravemente, y le preguntó de
-sopetón el motivo de la cita. Esther nada dijo; Roberto discretamente
-salió del taller y comenzó á pasear por el corredor.
-
---¿Sabe Fanny que ha venido usted aquí?--dijo Esther á Oswald.
-
---Sí, creo que sí.
-
---Me alegro.
-
---¿Por qué?
-
---Porque vendrá también ella.
-
---¿Tiene algo que ver en este asunto?
-
---Sí. ¿Hace tiempo que vive con usted?
-
---Sí, ya hace tiempo.
-
-Callaron los dos y esperaron sin hablarse en una situación embarazosa.
-De pronto se oyó un campanillazo formidable.
-
---Aquí está ella, dijo Esther, y abrió la puerta.
-
-Penetró Fanny en el estudio. Venía pálida, descompuesta.
-
---¿No me esperabas?--preguntó á Esther.
-
---Sí, sabía que vendría usted.
-
---¿Qué le quieres á Oswald?
-
---Nada, quiero decirle qué clase de mujer es usted; quiero contarle sus
-perfidias nada más. Usted ha cometido conmigo, que me fiaba en usted
-como en mi madre, una acción villana; usted me ha vendido. Me dijo usted
-que Oswald había engañado á una mujer para abandonarla después.
-
---¡Yo!--dijo con asombro el pintor.
-
---Sí, usted; ella me lo contó; me dijo también que usted era un pintor
-despreciable y sin talento.
-
-Fanny, asombrada, desprevenida, no contestó una palabra.
-
---Durante el tiempo que usted y yo nos tratamos--siguió diciendo Esther
-dirigiéndose á Oswald--no dejó ocasión de hablar mal de usted, de
-insultarle; decía que usted quería seducirme; le pintaba á usted como un
-malvado, como un canalla, como un hombre repugnante...
-
---¡Mientes, mientes!--gritó Fanny con voz chillona.
-
---Digo la verdad, sólo la verdad. Yo entonces creí que sus consejos eran
-por mi bien, por el cariño que me tenía; después vi que había cometido
-conmigo la perfidia más grande, más inicua que se puede cometer,
-valiéndose del ascendiente que tenía sobre mí.
-
---Pero usted me escribió una carta--dijo Oswald.
-
---Yo, no.
-
---Sí, una carta en que contestaba con burlas á mis palabras.
-
---No, yo no he escrito esa carta; la escribiría Fanny, que quería á todo
-trance apartarle á usted de mí.
-
---¡Oh! Ha matado mi vida--exclamó Oswald de un modo enfático, y se
-sentó junto á la mesa y apoyó la frente en su mano; luego se levantó de
-la silla y comenzó á pasear de un lado á otro del cuarto.
-
---Esta es la verdad, la pura verdad--afirmó Esther--, y quería que la
-supiera usted, y delante de ella, que no podrá desmentirme. A mí me ha
-hecho desgraciada, pero ella no gozará tranquilamente de su perfidia.
-
---¡Ha matado mi vida!--repitió Oswald con su tono enfático.
-
---Ella. Ha sido ella.
-
---Te mataré--gritó Fanny con voz ronca, agarrando de los brazos á
-Esther.
-
---¿Pero ahora sabe usted que lo que ha dicho de mí es mentira?--preguntó
-Oswald.
-
---Sí.
-
---Ahora ¿podrá usted oirme?
-
---Ahora, ja... ja...--rió Fanny--; ahora tiene un amante.
-
---No es cierto--exclamó Esther.
-
---Sí lo es, viene todos los días á verte. Es uno rubio. No lo puedes
-negar.
-
---¡Ah! Estaba aquí hace un momento--dijo Oswald.
-
---No es mi amante, es un amigo.
-
---¿Pero por qué le has llamado á Oswald?--gritó Fanny con rabia--. ¿Es
-que le quieres?
-
---¡Yo, no!; pero quiero enseñarle á usted que no se juega con la vida de
-los demás, como usted jugó con la mía. Me engañó usted; ya me he
-vengado.
-
---Te mataré--volvió á gritar Fanny, y agarró del cuello á Esther.
-
---¡Roberto! ¡Roberto!, clamó Esther asustada.
-
-Apareció éste en el taller, cogió á su prima del brazo y violentamente
-la hizo separarse de Esther.
-
---¡Ah! ¿Eres tú, Bob?--dijo Fanny serenándose inmediatamente--; has
-venido á tiempo; iba á matarla.
-
-La entrada de Roberto apaciguó un tanto los ánimos; se sentaron los
-cuatro y hablaron. Discutieron el caso como si se tratara de un problema
-de ajedrez. Fanny quería á Oswald. Oswald estaba enamorado de Esther, y
-Esther no sentía inclinación alguna por el pintor, ¿Cómo iban á
-arreglarse? Nadie cedía; además, hablando se perdían en laberínticos
-análisis psicológicos que no conducían á nada. Había obscurecido; Esther
-encendió el quinqué y lo colocó sobre la mesa. La discusión continuaba
-en frío; Oswald hablaba monótonamente.
-
---Se tú el árbitro--dijo Fanny á Roberto.
-
---Yo, con que cada uno vaya por su lado, creo que resuelven su
-conflicto. Pero fuera del perjuicio moral, tú, Fanny, has producido á
-Esther un perjuicio material grandísimo.
-
---Estoy dispuesta á indemnizarla.
-
---Yo nada quiero de usted--exclamó Esther.
-
---No; perdone usted--dijo Roberto--, perdone usted que tercie en este
-asunto. Tú, Fanny, tienes una gran fortuna, una alta posición social;
-Esther, en cambio, se encuentra, por tu causa, con su porvenir truncado,
-tiene que ganar su vida, y tú no conoces lo que es esto; pero yo, que lo
-conozco, sé lo amargo y lo triste que es. Esther podía haber vivido
-tranquilamente; por tu culpa se ve así.
-
---Ya he dicho que estoy dispuesta á indemnizarla.
-
---Yo he dicho también que no quiero nada de usted.
-
---No; usted debe dejarme á mí arreglar este asunto, Esther. ¿Mañana
-podré verte, Fanny?
-
---Toda la tarde te esperaré.
-
---Está bien; trataremos de ese asunto.
-
-Fanny se levantó para salir; saludó ligeramente á Esther y tendió la
-mano á su primo.
-
---¿Sin rencor?--le preguntó Roberto.
-
---Sin rencor--afirmó ella dando una sacudida violenta á la mano de
-Roberto.
-
-Oswald salió sombrío y humillado con Fanny. Esther y Roberto quedaron
-solos en el taller.
-
---¿Sabe usted una cosa?--dijo Roberto riendo.
-
---¿Qué?
-
---Que no hubiera usted ganado gran cosa casándose con Oswald en vez de
-casarse con Bernardo... Adiós, hasta mañana.
-
---Me abandona usted, Roberto--murmuró Esther con melancolía.
-
---No; vendré mañana á ver á usted.
-
---No quiero estar en esta casa. Lléveme usted de aquí, Roberto.
-
---¿No le parece á usted peligroso?
-
---¿Peligroso? ¿Para quién? ¿Para usted ó para mí?
-
---Para los dos quizá.
-
---¡Oh!, para mí no. Quisiera salir de aquí no ver á Bernardo, que no me
-moleste.
-
---No le molestará ya más.
-
---Lléveme usted de aquí á cualquier parte.
-
---Mire usted, Esther; yo soy un hombre que va por la vida en línea
-recta. Es mi única fuerza; tengo orejeras como los caballos y no me
-desvío de mi camino. Mis dos aspiraciones son hacer una fortuna y
-casarme con una mujer; todo lo demás es para mi una tardanza en
-conseguir mis fines.
-
---¿Y yo entro en todo lo demás?
-
---Sí, porque si no me desviaría de mi camino.
-
---Es usted inflexible.
-
---Sí; pero lo soy también conmigo mismo. Usted se encuentra en una
-situación difícil. Se ha casado usted con un hombre hace un año, no
-enamorada de él, es cierto, pero creyendo que era un hombre leal,
-trabajador, á quien llegaría usted á querer; ese hombre ha resultado un
-miserable embrutecido, depravado, sin sentido moral. Se siente usted
-ofendida en su orgullo de mujer, de mujer enérgica y buena, yo lo
-comprendo. Quiere usted encontrar una tabla de salvación.
-
---Y usted me dice fríamente: Yo no puedo ser el que te salve; yo tengo
-otras aspiraciones; yo no me fijo si en mi camino hay gente que agoniza
-porque nadie le atiende, yo sigo adelante.
-
---Es verdad; yo sigo adelante. ¿Es que sería mejor lo que otro
-cualquiera, lo que un hombre galante, haría en mi posición?
-¿Aprovecharse de su desconcierto, y hacer que usted fuera mi querida, y
-luego, después, dejarle á usted abandonada? Yo tengo mi conciencia.
-Quizás sea rectilínea como mis aspiraciones, es así.
-
---No hay salvación; mi vida está aniquilada--murmuró Esther con la
-mirada brillante.
-
---No; hay el trabajo. No todos los hombres son mezquinos y miserables;
-luchar, ¡si esa es la vida!; vale más la inquietud, el ajetreo continuo,
-la alternativa continua de placeres y dolores que no el estancamiento.
-
-Esther se enjugó una lágrima con el pañuelo.
-
---Adiós; trataré de seguir sus consejos--y le tendió su mano.
-
-Roberto la tomó, y con su aire de caballero se inclinó y la besó.
-
-Iba á marcharse, cuando ella murmuró con angustia, con la voz de un niño
-que implora:
-
---¡Oh, no se vaya usted!
-
-Roberto volvió.
-
---Yo no le desviaré de su camino--exclamó Esther--. Lléveme usted de
-aquí. No, no me quejaré; seré como una hermana; como una criada, si
-usted quiere. Haga usted de mí lo que quiera, pero no me abandone.
-Cualquiera se aprovecharía de mi debilidad y sería peor para mí.
-
---Vamos--murmuró Roberto emocionado--. ¿No le va usted á avisar á
-Bernardo?
-
-Esther cogió un papel de cartas y escribió con letras grandes: «No me
-esperes; no vuelvo». Luego se puso el sombrero nerviosamente y se acercó
-á Roberto que esperaba á la puerta.
-
---Pero si no quiere usted acompañarme no lo haga usted, Roberto. Por
-compromiso, no--dijo Esther con los ojos llenos de lágrimas.
-
---Ha dicho usted que sería mi hermana, vamos--repuso él con cariño. Ella
-entonces se refugió en su pecho; él, apartando con la mano los rizos de
-la frente, la besó con dulzura.
-
---No, así no, así no--exclamó Esther temblando, y agarrando á Roberto
-por las muñecas le presentó los labios.
-
-Roberto perdió la cabeza y los besó frenético. Esther se abrazó á su
-cuello; un sollozo largo de dolor y de deseo le hizo temblar de la
-cabeza á los pies.
-
---¿Vamos?
-
---Vamos.
-
-Salieron de casa.
-
-Unas horas después, Bernardo Santín, con la carta de su mujer en la
-mano, murmuraba:
-
---¿Y mi padre? ¿Qué va á ser de mi pobre padre?
-
-
-
-
-CAPÍTULO V
-
-Paro general.--Juergas.--El baile del Frontón.--La iniciación del amor.
-
-
-La hermana de Jesús aceptó con gran entusiasmo á los dos huérfanos
-recogidos por el cajista, el día de Nochebuena, y la Salvadora y el
-chiquitín entraron á formar parte de la familia.
-
-Tenía la Salvadora un genio huraño y despótico, una afición á limpiar, á
-barrer, á fregar, á sacudir, que á Jesús y á Manuel les fastidiaba; le
-gustaba ordenar y disponer; todo lo que tenía de esmirriada lo tenía de
-enérgica. Ella dispuso llevar la comida á Jesús y á Manuel, porque
-gastaban mucho en la taberna, y al medio día, con un cesto que abultaba
-más que ella, iba á la imprenta. En tres meses de ahorros, la Fea y la
-Salvadora compraron en una casa de empeños una máquina de coser nueva.
-
---La chica esta no nos va á dejar vivir--decía Jesús.
-
-La vida del cajista se había normalizado; no se emborrachaba; pero, á
-pesar de los cuidados de su hermana y de la Salvadora, estaba cada vez
-más sombrío y más tétrico.
-
-Un día de invierno en que habían cobrado el jornal, al salir de la
-imprenta, Jesús le preguntó á Manuel:
-
---Oye, ¿no estás tú cansado de trabajar?
-
---¡Pse!
-
---¿No te da asco esta vida tan igual y tan monótona?
-
---¿Y qué le vas á hacer?
-
---Cualquier cosa preferiría yo á esto.
-
---¡Si estuvieras solo como yo!
-
---La Fea y la Salvadora se arreglan ya para vivir--dijo Jesús.--En la
-primavera--añadió--tenían que hacer los dos un viaje á pie por los
-caminos, trabajando un poco en cada lado y siempre viendo pueblos
-nuevos. Sabía que en el Ministerio de la Gobernación daban un socorro,
-que consistía en dos reales por cada pueblo por donde se pasara. Si
-lograban ellos el socorro, inmediatamente debían marcharse.
-
-Charlando de estas cosas iban por la plaza del Progreso, cuando pasó por
-delante de ellos una estudiantina tocando un alegre paso doble. Empezaba
-á nevar; hacía mucho frío.
-
---¿Vamos á cenar hoy bien?--dijo Jesús.
-
---En casa nos estarán esperando.
-
---¡Que esperen! Un día es un día. Vamos á estar ahí toda la vida
-pensando en ahorrar dos perras gordas. ¡Ahorrar!, ¿para qué?
-
-Volvieron sobre sus pasos, recorrieron la calle de Barrionuevo y en la
-de la Paz entraron en una taberna y dispusieron la cena. Mientras
-cenaban, hablaron del viaje proyectado con entusiasmo. Brindaron una
-porción de veces. Manuel nunca había estado tan alegre. Se encontraba
-decidido, con alientos para explorar el Polo Norte.
-
---Ahora hay que ir al baile del Frontón--murmuró Jesús con voz
-estropajosa á los postres--. Allí encontraremos unas golfas y, ¡venga
-juerga!, y la imprenta _pa_ el gato.
-
---Eso es--repetía Manuel--, ¡al baile! Y al cojo que le den morcilla.
-¡Anda, tú!
-
-Se levantaron, pagaron, y al pasar por la calle de Carretas entraron en
-una taberna á tomar dos copas.
-
-Tropezando con todo el mundo llegaron á la calle de Tetuán, y allí se
-empeñó Jesús en que debían de tomar otras copas; entraron en una taberna
-y se sentaron. El cajista tenía rabia por beber, estaba pálido y
-desencajado; Manuel, en cambio, sentía arder su sangre y las mejillas le
-echaban fuego.
-
---Anda, vamos--le dijo á Jesús; pero éste no podía levantarse. Manuel
-vaciló en quedarse allí ó en salir á la calle; pero se decidió por
-marcharse y dejó á Jesús dormido, con la cabeza echada sobre la mesa de
-la taberna.
-
-Manuel salió á la calle tambaleándose; los copos de nieve, danzando ante
-sus ojos, le mareaban. Llegó á la Puerta del Sol. En la esquina de la
-Carrera de San Jerónimo vió una muchacha que se detenía á hablar con los
-hombres. La confundió primero con la Rabanitos, pero no era ella.
-
-Esta tenía la cara abotagada y erisipelatosa.
-
---Tú, ¿qué haces?--le dijo Manuel bruscamente.
-
---¿No lo ves? Vender _Heraldos_.
-
---¿Y nada más?
-
-Ella bajó la voz, que era ronca y quebrada, y añadió:
-
---Y jugar.
-
-Manuel estaba con el corazón palpitante.
-
---¿No tienes novio?--la dijo.
-
---No quiero chulos.
-
---¿Por qué no?
-
---Pa que la quiten á una el dinero que gana y la harten, además, de
-palos. Sí, sí...
-
---¿Cuánto quieres por venir conmigo?
-
---¡Ay, qué guasa! ¡Si tú no tienes una perra!
-
---¿Que no?
-
---Vaya que no.
-
---Yo tengo--murmuró Manuel con jactancia--cinco duros para tirarlos y tú
-no me sirves á mí para nada.
-
---Y tú á mí ni pa la limpieza.
-
---Oye--añadió Manuel, y agarró á la muchacha del brazo y le dió un
-empellón.
-
---Vamos, ¡quita, asaúra!--gritó ella.
-
---No quiero.
-
---Pues no eres tú nadie. A ver si no te andas con tientos aquí, ¿eh?
-
---Si quieres te convido á café--y Manuel hizo sonar el dinero en su
-bolsillo.
-
-La muchacha vaciló, dió los números del periódico que llevaba en la mano
-á una vieja, se ató el pañuelo al cuello y fué con Manuel á una
-buñolería de la calle de Jacometrezo. Un perrillo de color de canela les
-siguió.
-
---¿Este perro es tuyo?
-
---Sí.
-
---¿Cómo se llama?
-
---Sevino.
-
---¿Y por qué le llamas así?
-
---Porque se presentó en casa sin que nadie lo trajera.
-
-Entraron en la buñolería. Era un local largo, con columnas, en cuyo
-fondo estaba la cocina, con su caldero grande para freir buñuelos. Dos
-luces de gas, con mecheros envueltos en fundas blancas, iluminaban con
-luz triste las paredes y las columnas cuadradas, recubiertas de azulejos
-blancos con dibujos azules. Se sentaron Manuel y la muchacha en una mesa
-próxima á una puerta que daba á un callejón.
-
-La muchacha habló por los codos mientras mojaba trozos de una ensaimada
-agria en la jícara de chocolate. Se llamaba Petra, pero la decían
-Matilde porque era más bonito. Tenía diez y seis años y vivía en la
-calle del Amparo en un sotabanco. Se levantaba á las dos; para cuando
-ella se levantaba, su madre ya tenía arreglada la casa. No salía hasta
-el anochecer; vendía una mano de _Heraldos_ y diez _Corres_, y luego...
-lo que se terciase. Entregaba todo el dinero que ganaba á su madre, y
-cuando ésta suponía algún engaño, le daba unas cuantas tortas.
-
-Manuel, mientras sorbía con gravedad una copa de aguardiente, oía, sin
-comprender apenas lo que le hablaban.
-
-Era la chica fea de veras. Llevaba la cara empolvada. A Manuel, luego de
-observarla atentamente, se le ocurrió que parecía un pez enharinado á
-quien espera la sartén. Hacía muchos visajes al hablar y movía los
-párpados, abultados y blancos, que se cerraban sobre los ojos saltones.
-
-La muchacha siguió charlando de su madre, de su hermano, de un tío de un
-puesto de periódicos, que prestaba un duro á los chicos que vendían el
-_Blanco y Negro_ por la mañana, y que por la noche le tenían que
-devolver el duro y una peseta más, y de otra porción de cosas.
-
-Mientras hablaba, Manuel recordó que Jesús había dicho algo de un baile,
-aunque ya no recordaba dónde.
-
---Vamos á ese baile--dijo.
-
---¿A cuál? ¿Al del Frontón?
-
---Sí.
-
---Hale.
-
-Salieron de la buñolería. Seguía nevando; por unas callejuelas desiertas
-llegaron al juego de pelota; los dos arcos voltaicos de la puerta
-iluminaban fuertemente la calle blanca. Manuel tomó los billetes;
-dejaron él la capa y ella el mantón en el guardarropa, y entraron.
-
-Era el Frontón un amplio espacio rectangular, con una de las dos paredes
-largas pintada de azul obscuro y marcada á trechos con rayas blancas y
-números. En la otra pared larga estaban las gradas y los palcos.
-
-Dos grandes mamparas verdes cerraban los testeros del juego de pelota.
-Arriba, en el alto techo, entre el armazón de hierro, diez ó doce puntos
-brillantes de arco voltaico, no recubiertos por globos de cristal,
-centelleaban de un modo deslumbrador.
-
-Aquel local ancho y pintado de obscuro, parecía un taller de máquinas
-desocupado.
-
-Algunas busconas de bajo vuelo, ataviadas con mantones de Manila y
-flores en la cabeza, mostraban su busto en los palcos. Se sentía frío.
-
-Cuando la charanga comenzó á tocar con estrépito, la gente de los
-pasillos y del ambigú salió al centro á bailar, y poco á poco se formó
-una corriente de parejas alrededor del salón. No había más que media
-docena de máscaras. Se generalizó el baile; á la luz fría y cruda de
-los arcos voltaicos se veía á las parejas dando vueltas hombres y
-mujeres, todos muy graves, muy estirados, tan fúnebres como si
-asistieran á un entierro.
-
-Algunos hombres apoyaban los labios en la frente de las mujeres. No se
-sentía una atmósfera de deseos, de fiebre; era un baile de gente
-apagada, de muñecos con ojos de aburrimiento ó de cólera.
-
-A veces algún gracioso, como sintiendo la necesidad de demostrar que se
-estaba en un baile de Carnaval, se tiraba al suelo ó gritaba
-desaforadamente; había un momento de confusión; pero se restablecía
-pronto el orden y se formaba de nuevo la corriente.
-
-Manuel sentía ganas de hacer locuras; se levantó y se puso á bailar con
-la muchacha. Esta, incomodada porque no llevaba el compás, se sentó.
-Manuel quedó desconsolado é hizo lo mismo. Pasaban parejas por delante
-de ellos; las mujeres pintarrajeadas, con los ojos sombreados y la
-expresión encanallada en la boca roja por el carmín; los hombres con
-aspecto petulante y la mirada agresiva.
-
-Estos, rompían con cólera las serpentinas que echaban desde los palcos y
-que se les enredaban al pasar.
-
-Un negro borracho sentado cerca de Manuel saludaba el paso de alguna
-mujer guapa, gritando con una voz aniñada:
-
---¡Olé ahí! ¡Vaya _caló_!
-
---Adiós, Manolo--oyó Manuel que le decían. Era Vidal, que bailaba con
-una máscara elegante, muy ceñido á ella.
-
---Vete á verme mañana--dijo Vidal.
-
---¿A dónde?
-
---A las siete de la noche en el café de Lisboa.
-
---Bueno.
-
-Vidal se perdió con su pareja en el remolino de gente. Cesó la música de
-tocar en un intermedio.
-
---¿Vamos?--preguntó Manuel á la muchacha.
-
---Sí, vamos.
-
-Manuel temblaba de emoción al pensar que llegaba el momento trágico.
-Tomaron las prendas en el guardarropa y salieron.
-
-Seguía nevando; la luz de los globos eléctricos de la puerta del Frontón
-iluminaba la calle, cubierta de una capa blanca de nieve. Atravesaron
-Manuel y la muchacha la Puerta del Sol de prisa, subieron por la calle
-de Correos, y en la de la Paz se detuvieron en un portal abierto,
-iluminado por la claridad, entre confidencial y misteriosa, que daba un
-farol grande con una luz muy triste.
-
-Empujaron una puerta de cristales, y en la escalera obscura
-desaparecieron...
-
-
-
-
-CAPÍTULO VI
-
-La nieve.--Otras historias de don Alonso.--Las Injurias. El Asilo del
-Sur.
-
-
-Al día siguiente pasó Manuel toda la mañana durmiendo á pierna suelta.
-Cuando se levantó eran más de las tres de la tarde.
-
-Llamó en el cuarto de Jesús. Estaban la Fea en la máquina y la Salvadora
-sentada en una silla pequeña, descosiendo unas faldas; el chiquitín
-jugaba en el suelo.
-
---¿Y Jesús?--preguntó Manuel.
-
---¡Tú lo sabrás!--contestó la Salvadora, con una voz colérica.
-
---Yo... me separé de él...; luego me encontré un amigo... Manuel se
-esforzó en inventar una mentira.--Quizás esté en la imprenta--añadió.
-
---No, en la imprenta no está--replicó la Salvadora.
-
---Le buscaré.
-
-Salió Manuel avergonzado del parador de Santa Casilda; se dirigió al
-centro y preguntó en la taberna de la calle de Tetuán por su amigo.
-
---Aquí estuvo--contestó el mozo--hasta que se cerró la taberna. Luego se
-fué, hecho un pepe, no sé á dónde.
-
-Manuel volvió al parador, se metió en la cama con intención de ir al día
-siguiente á la imprenta; pero también se levantó tarde. Sentía una
-inercia imposible de vencer.
-
-En el corredor se encontró con la Salvadora.
-
---¿Hoy tampoco has ido á la imprenta?--le dijo.
-
---No.
-
---Bueno, pues no vuelvas más por aquí--añadió la muchacha,
-encolerizada--; no necesitamos golfería. Mientras estamos ahí nosotras
-trabajando, vosotros de juerga. Ya te digo, no vuelvas más por aquí, y
-si le ves á Jesús dile esto mismo de parte de su hermana y de la mía.
-
-Manuel se encogió de hombros y salió de casa. Había nevado todo el día;
-en la Puerta del Sol, cuadrillas de barrenderos y mangueros quitaban la
-nieve; el agua negra corría por el arroyo.
-
-Se asomó Manuel varias veces al café de Lisboa, por si veía á Vidal;
-pero no lo vió, y, después de comer en una taberna, se fué á pasear por
-las calles. Obscureció muy pronto. Madrid, cubierto de nieve, estaba
-deshabitado; la plaza de Oriente tenía un aspecto irreal, de algo como
-una decoración de teatro; los reyes de piedra mostraban hermosos mantos
-blancos; la estatua del centro de la plaza se destacaba gallardamente
-sobre el cielo gris. Desde el Viaducto veíanse extensiones blancas.
-Hacia Madrid, un amontonamiento de casas amarillentas, y de tejados
-negros, y de torres perfiladas en el cielo lactescente, enrojecido por
-una irradiación luminosa.
-
-Manuel volvió á su casa, desalentado; se metió en la cama.
-
---Mañana voy á la imprenta--se dijo, pero tampoco fué; se despertó muy
-temprano, con este propósito; se levantó, se acercó á la imprenta, y, al
-ir á entrar, se le ocurrió la idea de que el amo le armaría un
-escándalo, y no entró.--Si no es ahí, encontraré trabajo en otra
-parte--pensó, y volviendo por sus pasos se fué á la Puerta del Sol,
-después á la plaza de Oriente, y por la calle de Bailén y luego la de
-Ferraz salió al paseo de Rosales. Estaba desierto y silencioso.
-
-Desde allá se veía todo el campo blanco por la nieve, las obscuras
-arboledas de la Casa de Campo y los cerros redondos erizados de pinos
-negros. El sol se presentaba pálido en el cielo plomizo. Al ras de la
-tierra, hacia el lado de Villaverde, resplandecía un trozo de cielo
-azul, limpio, entre brumas rosadas. Reinaba un profundo silencio; sólo
-el silbido estridente de las locomotoras y los martillazos en los
-talleres de la estación del Norte, turbaban aquella calma. Los pasos no
-resonaban en el suelo.
-
-Las casas del paseo tenían adornos blancos de la nieve en los barandados
-y en las cornisas; los árboles parecían aplastados bajo aquella capa
-blanca.
-
-Por la tarde volvió Manuel á acercarse á la imprenta, se asomó á ella y
-preguntó al maquinista por Jesús.
-
---Menuda bronca le ha echado el amo--le contestó.
-
---¿Le ha despedido?
-
---No que no. Anda, sube tú ahora.
-
-Manuel, que iba á subir, se detuvo.
-
---¿Se fué ya Jesús?
-
---Sí. Estará en la taberna de la esquina.
-
-Efectivamente, allí estaba. Sentado en una mesa bebía una copa de
-aguardiente. Cariacontecido y triste, se entregaba á sus pensamientos
-sombríos.
-
---¿Qué haces?--le preguntó Manuel.
-
---¡Ah! ¿Eres tú?
-
---Sí; ¿te ha despedido el Cojo?
-
---Sí.
-
---¿Estabas pensando en algo?
-
---¡Pse!... cuando no se tiene nada que hacer. Anda, vamos á tomar unas
-copas.
-
---No, yo no.
-
---Tú harás lo que te se mande. No tengo más que cuarenta céntimos, que
-es como no tener nada. ¡Eh, tú, chico! Echa unas copas.
-
-Bebieron y se fueron los dos hacia el parador de Santa Casilda. Seguía
-nevando; Jesús, con las mejillas rojas, tosía desesperadamente.
-
---Te advierto que la Salvadora, la chiquita, te va á armar una chillería
-de dos mil demonios.--dijo Manuel--¡Vaya un genio que tiene!
-
---¿Pues qué quieren, que estemos toda la vida ahorrando? Yo me alegro de
-que la chiquita esté en casa, porque así le defiende á la Fea, que es
-más infeliz... Y á ti, ¿cuánto te queda de la quincena?--preguntó el
-cajista á Manuel.
-
---¿A mí? ni un botón.
-
-Con esta respuesta, Jesús sintió tal enternecimiento, que agarrando del
-brazo á su amigo, le aseguró con calurosas frases que le estimaba y le
-quería como á un hermano.
-
---Y, ¡maldito sea el veneno!--concluyó diciendo--, si yo no soy capaz de
-hacer por ti cualquier cosa; porque eso que me has dicho que no tienes
-un botón, vale más para mí que lo del héroe de Cascorro.
-
-Manuel, conmovido con estas palabras, aseguró con voz velada que, aunque
-era un golfo y no servía para nada, estaba dispuesto á todo.
-
-Para celebrar aquellas manifestaciones tan afectuosas de amistad,
-entraron los dos en una taberna de la calle de Barrionuevo y bebieron
-otras copas de aguardiente.
-
-Cuando llegaron al parador de Santa Casilda, iban los dos completamente
-borrachos. La administradora de la casa les salió al encuentro,
-reclamándoles á ambos el alquiler de sus cuartos. Jesús la contestó, en
-broma, que no le daban dinero porque no tenían. Ella les dijo que
-pagaban ó se marchaban á la calle, y el cajista la replicó que les
-echara si se atrevía.
-
-La mujer, que era de armas tomar, empujándoles por la espalda, puso á
-los dos en la calle.
-
---Rediós ¡con el sexo débil!--murmuró Jesús--. A esto le llaman el sexo
-débil... y á uno le ponen en la puerta de la calle... y á tomar dos
-duros... ¿Eh, Manuel? El sexo débil... ¿qué te parece á ti esa manera de
-hablar figurada?... Más débiles somos nosotros... y abusan.
-
-Echaron á andar; no sentía ninguno de los dos el frío.
-
-De vez en cuando, Jesús se detenía perorando; algún hombre se reía al
-verles pasar ó algún chiquillo, desde un portal, les llamaba y les
-tiraba una bola de nieve.
-
---¿De quién se reirán?--pensaba Manuel.
-
-La ronda estaba silenciosa, blanca, con un reguero negro en medio,
-dejado por los carros. Los grandes copos llegaban entrecruzándose;
-danzaban con las ráfagas de viento como mariposas blancas; al volver la
-calma, caían lenta y blandamente en el aire gris, como el plumón suave
-desprendido del cuello de un cisne.
-
-A lo lejos, entre la niebla, blanqueaba el paisaje de los alrededores,
-las lomas redondas de curva suave, las casas y los cementerios del campo
-de San Isidro. Todo se destacaba más negro: los tejados, las tapias, los
-arboles, los faroles cubiertos de espesas caperuzas de nieve.
-
-Y en el ambiente blanquecino, el humo negro espirado por las chimeneas
-de las fábricas, se extendía por el aire como una amenaza.
-
---El sexo débil. ¿Eh, Manuel?--siguió Jesús con su idea fija--, y á uno
-le ponen en la puerta de la calle... es como si dijeran la nieve
-débil... porque tú la pisas... ¿no es verdad?..., pero ella te enfría...
-¿y quién es más débil, tú ó la nieve?... tú porque te enfrías... En este
-mundo no hace uno más que eso, constiparse... Todo está frío, ¿sabes?...
-todo... Como la nieve... la ves blanca, ¿eh?, parece buena, cariñosa...
-el sexo débil... pues cógela y te hielas.
-
-Gastaron los últimos céntimos en otra copa de aguardiente, y desde
-entonces perdieron ya la conciencia de sus actos...
-
- * * * * *
-
-A la mañana siguiente se despertaron ateridos de frío en un cobertizo
-del Mercado de Ganados que había cerca del paseo de los Pontones.
-
-Jesús tosía de una manera horrible.
-
---Estáte tú aquí--le dijo Manuel.--Voy á ver si encuentro algo que
-comer.
-
-Salió á la Ronda, ya no nevaba; algunos chiquillos se divertían
-tirándose bolas de nieve; subió por la calle del Aguila; la zapatería
-estaba cerrada. Entonces Manuel pensó en buscar á Jacob; se dirigió
-hacia el Viaducto, é iba distraído cuando sintió que le cogían de los
-hombros y le decían:
-
---Detén tu brazo, Abraham. ¿A dónde vas?
-
-Era el Hombre Boa, el ilustre don Alonso.
-
-Manuel le contó lo que les pasaba á su amigo y á él.
-
---No hay que apurarse; ya vendrá la buena--murmuró el Hombre Boa.--¿Tú
-tienes algún sitio á dónde ir?
-
---Una tejavana.
-
---Bueno. Vamos allá; yo tengo una peseta. Con esto podemos comer los
-tres.
-
-Entraron en una casa de comidas de la calle del Aguila, donde les
-dieron, por dos reales, un puchero de cocido; compraron pan y fueron los
-dos de prisa hacia el cobertizo. Comieron, dejaron algo para la noche, y
-después de comer, don Alonso arrancó unas maderas de una valla y logró
-hacer fuego dentro del cobertizo.
-
-Por la tarde empezó á llover á torrentes; el Hombre Boa se creyó en el
-caso de amenizar la reunión, y comenzó á contar historias sobre
-historias, comenzando siempre con su eterno estribillo de «Una vez en
-América...»
-
---Una vez en América--(y esta historia es la menos insubstancial de las
-que contó)--íbamos navegando por el Mississippí en vapor. Os advierto
-que en estos vapores se puede jugar al billar; tan poco movimiento
-tienen. Pues bien, íbamos navegando y llegamos á un pueblo; se detiene
-el barco y vemos en el muelle de aquella aldea una barbaridad de gente;
-nos acercamos y vemos que todos eran indios, excepto unos cuantos
-carabineros y soldados yanquis.
-
-Yo (esto añadió don Alonso con arrogancia), que era el director, dije á
-mis músicos: «Hay que tocar con brío», y en seguida, búm... búm...
-búm... tra... la... la...; No os podéis figurar los gritos y chillidos y
-graznidos de aquella gente.
-
-Cuando concluyeron de tocar los músicos se presentó delante de mí una
-india muy gorda, con la cabeza llena de plumas de gallo, que se puso á
-hacerme ceremoniosos saludos. Pregunté á uno de los yanquis:--¿Quién es
-esa señora?--Es la reina--me dijo--, y desea un poco más de música. Yo
-la saludé: ¡Muy señora mía! (haciendo elegantes y versallescas
-reverencias y echando un pie hacia atrás) y les dije á los de la banda:
-«Muchachos: un poquito más de música para S. M.» Volvieron á tocar, y la
-reina, muy agradecida, me saludó, poniéndose la mano en el corazón. Yo
-hice lo mismo: ¡Muy señora mía!
-
-Armamos nuestro circo portátil en unas horas, y me retiré á pensar en el
-programa. Yo era el director.--Hay que hacer el «Indio á caballo»--me
-dije--; aunque es un número desacreditado en las ciudades, aquí no lo
-conocerán. Luego sacaré _equiyeres_, acróbatas, equilibristas,
-pantomimistas, y al último los _clauns_, que darán el golpe. Al que iba
-á hacer el «Indio á caballo» le advertí:--Mira, tú ponte lo más parecido
-á ellos.--Descuide usted, señor director. Muchachos: fué un éxito
-sensacional. Salió el «Indio». ¡Qué aplausos!
-
-Don Alonso representó mímicamente el número; se agachaba, imitando los
-movimientos del que va á caballo; hundía la cabeza en el pecho, mirando
-con ojos desencajados á un punto, y hacía como si volteara el lazo por
-encima de su cabeza.
-
---El «Indio á caballo»--prosiguió don Alonso--se ganó los aplausos de
-los demás indios. Para mí que ellos no sabían ni montar. Después hubo un
-número de acróbatas, luego otros varios, hasta que llegó la hora de los
-_clauns_. Ahora sí que va á haber jaleo--pensé yo--; y, efectivamente,
-no hicieron más que salir, cuando se armó un alboroto terrible. ¡Cómo se
-divierten!--pensaba yo--, cuando viene un mozo á decirme:--¡Señor
-director!, ¡señor director!--¿Qué pasa?--El público entero se va.--¿Qué
-se va? Nada, los indios se habían asustado al ver á los _clauns_, y
-creían que eran demonios que habían ido allí á aguarles la función.
-Entro en la pista, y saco á los _clauns_ á trompicones. Luego, para
-quitar á los indios la mala impresión, hice unos cuantos juegos de
-manos. Cuando empecé á echar cintas encendidas por la boca, ¡rediez, qué
-éxito! Todo el mundo se quedó asombrado; pero cuando les escamoteé unas
-sortijas y les saqué una pecera del bolsillo de la chaqueta con sus
-peces vivos, no he tenido nunca ovación mayor.
-
-Calló don Alonso. Jesús y Manuel se preparaban á dormir, tirados en el
-suelo, acurrucados en un rincón. Comenzaba á llover á torrentes; el agua
-caía con estrépito sobre el techo de cinc del cobertizo; el viento
-silbaba y gemía á lo lejos.
-
-Empezó á tronar, y no parecía sino que algún tren caía por un
-despeñadero de metal, por el ruido continuado y violento que hacían los
-truenos.
-
---¡Vaya una tempestad!--murmuró Jesús.
-
---¡Las tempestades de tierra!--replicó don Alonso--. ¡Valiente filfa!
-Las tempestades de tierra no valen nada. En el mar, en el mar, hay que
-verlas, cuando el agua salta por encima de los puentes... Hasta en los
-lagos. En el lago Erie y en el Michigan he pasado yo tempestades
-tremendas, con olas como casas. Eso sí, se calma el viento y el agua
-queda al poco rato como el estanque del Retiro. Una vez allí en
-América...
-
-Pero Manuel y Jesús, hartos de narraciones americanas, se hicieron los
-dormidos, y el antiguo Hombre Boa se calló desconsolado y pensó en
-aquellos dulces tiempos en que escamoteaba sortijas á los indios y les
-sacaba la pecera.
-
-No pudieron dormir; tuvieron que levantarse varias veces y cambiar de
-sitio, porque entraba el agua por el tejado...
-
-A la mañana siguiente, cuando salieron, ya no llovía; la nieve se había
-derretido por completo. La explanada del Mercado de Ganados hallábase
-convertida en un pantano; el suelo de la Ronda, en un barrizal; las
-casas y los árboles chorreaban agua; todo se veía negro, cenagoso,
-desierto; sólo algunos perros vagabundos, famélicos, llenos de barro,
-husmeaban en los montones de basura.
-
-Manuel empeñó la capa, y por el consejo de Jesús, se abrigó el pecho con
-unos periódicos. Dieron diez reales en una casa de préstamos por la
-prenda y fueron los tres á comer á la Tienda-Asilo de la Montaña del
-Príncipe Pío.
-
-Manuel y Jesús, acompañados de don Alonso, entraron en dos imprentas á
-preguntar si había trabajo, pero no lo había. Por la noche volvieron á
-la Tienda-Asilo á cenar. Propuso don Alonso ir á dormir al Depósito de
-mendigos. Salieron los tres; era al anochecer; había una fila de golfos
-andrajosos á la puerta del Depósito, esperando á que abrieran; Jesús y
-Manuel fueron partidarios de no entrar allá.
-
-Recorrieron el bosquecillo próximo al cuartel de la Montaña; algunos
-soldados y algunas prostitutas charlaban y fumaban en corro; siguieron
-la calle de Ferraz, luego la de Bailén; cruzaron el Viaducto, y por la
-calle de Toledo bajaron al paseo de los Pontones.
-
-El rincón donde habían pasado la noche anterior le ocupaba una banda de
-golfos.
-
-Siguieron adelante, metiéndose en el barro; comenzaba á llover de nuevo.
-Propuso Manuel entrar en la taberna de la Blasa, y por la escalera del
-paseo Imperial bajaron á la hondonada de las Injurias. La taberna estaba
-cerrada. Entraron en una callejuela. Los pies se hundían en el barro y
-en los charcos. Vieron una casucha con la puerta abierta y entraron. El
-Hombre Boa encendió una cerilla. La casa tenía dos cuartos de un par de
-metros en cuadro. Las paredes de aquellos cuartuchos destilaban humedad
-y mugre; el suelo, de tierra apisonada, estaba agujereado por las
-goteras y lleno de charcos. La cocina era un foco de infección: había en
-medio un montón de basura y de excrementos; en los rincones, cucarachas
-muertas y secas.
-
-Por la mañana salieron de la casa. El día se presentaba húmedo y triste;
-á lo lejos, el campo envuelto en niebla. El barrio de las Injurias se
-despoblaba; iban saliendo sus habitantes hacia Madrid, á la busca, por
-las callejuelas llenas de cieno; subían unos al paseo Imperial, otros
-marchaban por el Arroyo de Embajadores.
-
-Era gente astrosa; algunos, traperos; otros, mendigos; otros, muertos de
-hambre; casi todos de facha repulsiva. Peor aspecto que los hombres
-tenían aún las mujeres, sucias, desgreñadas, haraposas. Era una basura
-humana, envuelta en guiñapos, entumecida por el frió y la humedad, la
-que vomitaba aquel barrio infecto. Era la herpe, la lacra, el color
-amarillo de la terciana, el párpado retraído, todos los estigmas de la
-enfermedad y de la miseria.
-
---Si los ricos vieran esto, ¿eh?--dijo don Alonso.
-
---Bah, no harían nada--murmuró Jesús.
-
---¿Por qué?
-
---Porque no. Si le quita usted al rico la satisfacción de saber que
-mientras él duerme otro se hiela y que mientras él come otro se muere de
-hambre, le quita usted la mitad de su dicha.
-
---¿Crees tú eso?--preguntó don Alonso mirando á Jesús con asombro.
-
---Sí. Además, ¿qué nos importa lo que piensen? Ellos no se ocupan de
-nosotros; ahora dormirán en sus camas limpias y mullidas tranquilamente,
-mientras nosotros...
-
-Hizo un gesto de desagrado el Hombre Boa; le molestaba que se hablara
-mal de los ricos.
-
-Salió el sol; un disco rojo sobre la tierra negra; luego, en las
-escombreras de la fábrica del gas de encima de las Injurias comenzaron á
-llegar carros y á verter cascotes y escombros. En las casuchas de la
-hondonada, alguna que otra mujer se asomaba á la puerta con la colilla
-del cigarro en la boca...
-
-Una noche el sereno de las Injurias sorprendió á los tres hombres en la
-casa desalquilada y los echó de allí.
-
-Los días siguientes, Manuel y Jesús--el titiritero había
-desaparecido--se decidieron á ir al Asilo de las Delicias á pasar la
-noche. Ninguno de los dos se preocupaba en buscar trabajo. Llevaban ya
-cerca de un mes vagabundeando, y un día en un cuartel, al siguiente en
-un convento ó en un asilo, iban viviendo.
-
-La primera vez que Jesús y Manuel durmieron en el Asilo de las Delicias
-fué un día de Marzo.
-
-Cuando llegaron al asilo no se hallaba abierto aún. Aguardaron paseando
-por el antiguo camino de Yeseros. Se internaron por los campos próximos,
-en los que se veían casuchas miserables, á cuyas puertas jugaban al
-chito y al tejo algunos hombres y pululaban chiquillos andrajosos.
-
-Eran aquellos andurriales sitios tristes, yermos, desolados; lugares de
-ruina, como si en ellos se hubiese levantado una ciudad á la cual un
-cataclismo aniquilara. Por todas partes se veían escombros y cascotes,
-hondonadas llenas de escorias; aquí y allí alguna chimenea de ladrillo
-rota, algún horno de cal derruido. Sólo á largo trecho se destacaba una
-huerta con su noria; á lo lejos, en las colinas que cerraban el
-horizonte, se levantaban barriadas confusas y casas esparcidas. Era un
-paraje intranquilizador; por detrás de las lomas salían vagos de mal
-aspecto en grupos de tres y cuatro.
-
-Por allá cerca pasaba el Arroyo Abroñigal, en el fondo de un barranco, y
-Manuel y Jesús lo siguieron hasta un puente de ladrillo llamado de los
-Tres Ojos.
-
-Volvieron al anochecer. El Asilo estaba ya abierto. Se encontraba á la
-derecha, camino de Yeseros arriba, próximo á unos cuantos cementerios
-abandonados. El tejado puntiagudo, las galerías y escalinatas de madera,
-le daban aspecto de chalet suizo. En el balcón, en un letrero sujeto al
-barandado, se leía: «Asilo Municipal del Sur». Un farol de cristal rojo
-lanzaba luz sangrienta en medio de los campos desiertos.
-
-Manuel y Jesús bajaron varios escalones; en una taquilla, un empleado
-que escribía en un cuaderno les pidió su nombre, lo dieron, y entraron
-en el Asilo.
-
-La parte destinada á los hombres tenía dos salas iluminadas con mecheros
-de gas, separadas por un tabique, las dos con pilares de madera y
-ventanucas altas y pequeñas. Jesús y Manuel cruzaron la primera sala y
-entraron en la segunda, en donde á lo largo, sobre unas tarimas, había
-algunos hombres. Se tendieron también ellos y charlaron un rato...
-
-Iban entrando mendigos, apoderándose de las tarimas, colocadas en medio
-y junto á las columnas. Dejaban los que entraban en el suelo sus
-abrigos, capas llenas de remiendos, elásticas sucias, montones de
-guiñapos, y al mismo tiempo latas llenas de colillas, pucheros y cestas.
-
-Los parroquianos pasaban casi todos á la segunda sala.
-
---Aquí no corre tanto el aire--dijo un viejo mendigo que se preparaba á
-tenderse cerca de Manuel.
-
-Unos cuantos golfos de quince á veinte años hicieron irrupción en la
-sala, se apoderaron de un rincón y se pusieron á jugar al cané.
-
---¡Qué tunantes sois!--les gritó el viejo mendigo vecino de Manuel--.
-Hasta aquí tenéis que venir á jugar, ¡leñe!
-
---¡Ay, con lo que sale ahora el arrugado!--replicó uno de los golfos.
-
---Cállese usted, ¡calandria! Si se parece usted á don Nicanor tocando el
-tambor--dijo otro.
-
---¡Granujas! ¡Golfos!--murmuró el viejo con ira.
-
-Manuel se volvió á contemplar al iracundo viejo. Era bajito, con barba
-escasa y gris; tenía los ojos como dos cicatrices y unas antiparras
-negras que le pasaban por en medio de la frente. Vestía un gabán
-remendado y mugriento, en la cabeza una boina y encima de ésta un
-sombrero duro de ala grasienta. Al llegar, se desembarazó de un morral
-de tela y lo dejó en el suelo.
-
---Es que estos granujas nos desacreditan--explicó el viejo--; el año
-pasado robaron el teléfono del Asilo y un pedazo de plomo de una
-cañería.
-
-Manuel paseó la vista por la sala. Cerca de él, un viejo alto, de barba
-blanca, con cara de apóstol, embebido en sus pensamientos, apoyaba la
-espalda en uno de los pilares; llevaba una blusa, una bufanda y una
-gorrilla. En el rincón ocupado por los golfos descarados y fanfarrones,
-se destacaba la silueta de un hombre vestido de negro, tipo de cesante.
-En sus rodillas apoyaba la cabeza un niño dormido, de cinco á seis años.
-
-Todos los demás eran de facha brutal; mendigos con aspecto de
-bandoleros; cojos y tullidos que andaban por la calle mostrando sus
-deformidades; obreros sin trabajo, acostumbrados á la holganza, y entre
-éstos algún tipo de hombre caído, con la barba larga y las guedejas
-grasientas, al cual le quedaba en su aspecto y en su traje, con cuello
-corbata y puños aunque muy sucios, algo de distinción; un pálido reflejo
-del esplendor de la vida pasada.
-
-La atmósfera se caldeó pronto en la sala, y el aire, impregnado de olor
-de tabaco y de miseria, se hizo nauseabundo.
-
-Manuel, se tendió en su tarima y escuchó la conversación que entablaron
-Jesús y el mendigo viejo de las antiparras. Era éste un pordiosero
-impenitente, conocedor de todos los medios de explotar la caridad
-oficial.
-
-A pesar de que andaba siempre rodando de un lado á otro, no se había
-alejado nunca más de cinco ó seis leguas de Madrid.
-
---Antes se estaba bien en este Asilo--explicaba el viejo á Jesús--;
-había una estufa; las tarimas tenían su manta, y por la mañana á todo el
-mundo se le daba una sopa.
-
---Sí, una sopa de agua--replicó otro mendigo joven, melenudo, flaco y
-tostado por el sol.
-
---Bueno, pero calentaba las tripas.
-
-El hombre de aspecto decente, disgustado, sin duda, de encontrarse entre
-la golfería, tomó al chico en sus brazos y se acercó al lugar ocupado
-por Jesús y Manuel y terció en la conversación contando sus cuitas.
-Dentro de lo triste, era cómica su historia.
-
-Venía de una capital de provincia, dejando un destinillo, creyendo en
-las palabras del diputado del distrito, que le prometió un empleo en un
-ministerio. Se pasó dos meses detrás del diputado y se encontró al cabo
-de ellos en la miseria y en el desamparo más grandes. Mientras tanto,
-escribía á su mujer dándole esperanzas.
-
-El día anterior le habían despachado de la casa de huéspedes, y después
-de correr medio Madrid y no encontrando medio de ganar una peseta, fué
-al Gobierno civil y pidió á un guardia que les llevara á su hijo y á él
-á un asilo.--No llevo al asilo sino á los que piden limosna--le dijo el
-guardia.--Yo voy á pedir limosna--le contestó él con humildad--puede
-usted llevarme.--No, pida usted limosna y entonces le cogeré.
-
-Al hombre se le resistía pedir; pasaba un señor, se acercaba con su
-hijo, se llevaba la mano al sombrero; pero la petición no salía de su
-boca. Entonces el guardia le había aconsejado que fuera al Asilo de las
-Delicias.
-
---Pues si le llegan á coger no adelanta usted nada--dijo el de los
-anteojos--; le hubieran llevado al Cerro del Pimiento y allá se hubiese
-usted pasado el día sin probar la gracia de Dios.
-
---Y luego, ¿qué hubieran hecho conmigo?--preguntó la persona decente.
-
---Echarlo fuera de Madrid.
-
---Pero, ¿no hay sitios por ahí para pasar la noche?--dijo Jesús.
-
---La mar--contestó el viejo--, por todas partes. Ahora, que en el
-invierno se tiene frío.
-
---Yo he vivido--añadió el mendigo joven--más de medio año en
-Vaciamadrid, un pueblo que está casi deshabitado; un compañero mío y yo
-encontramos una casa cerrada y nos instalamos en ella. Vivimos unas
-semanas al pelo. Por las noches íbamos á la estación de Arganda; con una
-barrena hacíamos un agujero en un barril de vino, llenábamos la bota y
-después tapábamos el agujero con pez.
-
---¿Y por qué se fueron ustedes de allí?--preguntó Manuel.
-
---La Guardia civil nos sitió y tuvimos que escaparnos por las ventanas.
-Maldito si yo no estaba cansado ya de aquel rincón. A mí me gusta andar
-por esos caminos, una vez aquí, otra vez allá. Se encuentra uno con
-gente que sabe, y se va uno ilustrando...
-
---¿Y usted ha andado mucho por ahí?
-
---Toda mi vida. Yo no puedo gastar más que un par de alpargatas en un
-pueblo. Me entra una desazón cuando estoy en el mismo sitio, que tengo
-que echar á andar. ¡Ah! ¡El campo! No hay como eso. Se come donde se
-puede; el invierno es malo, ¡pero el verano! Se hace uno una cama de
-tomillo debajo de un árbol y se duerme uno allá tan ricamente, mejor que
-el rey. Luego, como las golondrinas, se va uno donde hace calor.
-
-El viejo de las antiparras, desdeñando lo que decía el vagabundo joven,
-indicó á Jesús los rincones que había en las afueras.
-
---Adonde suelo ir yo cuando hace buen tiempo, es á un camposanto que hay
-cerca del tercer Depósito. Allá hay unas casas donde iremos esta
-primavera.
-
-Manuel oyó confusamente el final de la conversación y se quedó dormido.
-A media noche se despertó al oir unas voces. En el rincón de la golfería
-dos muchachos rodaban por el suelo y luchaban á brazo partido.
-
---Te daré dinero--murmuraba uno entre dientes.
-
---Suelta, que me ahogas.
-
-El mendigo viejo, que se había despertado, se levantó furioso, levantó
-el garrote y dió un golpe en la espalda á uno de ellos. El caído se
-irguió bramando de coraje.
-
---Ven ahora, ¡cochino! Hijo de la grandísima perra--gritó.
-
-Se abalanzaron el uno sobre el otro, se golpearon y cayeron los dos de
-bruces.
-
---Estos granujas nos están desacreditando--exclamó el viejo.
-
-Un guardia restableció el orden y expulsó á los alborotadores. Volvió á
-tranquilizarse el cotarro y no se oyeron más que ronquidos sordos y
-sibilantes...
-
-Por la mañana, aun antes de amanecer, cuando se abrieron las puertas del
-Asilo, salieron todos los que habían pasado allí la noche y se
-desparramaron al momento por aquellos andurriales.
-
-Manuel y Jesús siguieron la calle de Méndez Alvaro. En los andenes de la
-estación del Mediodía brillaban los focos eléctricos como globos de luz
-en el aire negro de la noche.
-
-De las chimeneas del taller de la estación salían columnas apretadas de
-humo blanco; las pupilas rojas y verdes de los faros de señales lanzaban
-un guiño confidencial desde sus altos soportes; las calderas en tensión
-de las locomotoras, bramaban con espantosos alaridos.
-
-Temblaban las luces mortecinas de los distanciados faroles de ambos
-lados de la carretera. Se entreveían en el campo, en el aire turbio y
-amarillento como un cristal esmerilado, sobre la tierra sin color,
-casucas bajas, estacadas negras, altos palos torcidos de telégrafo,
-lejanos y obscuros terraplenes por donde corría la línea del tren.
-Algunas tabernuchas, iluminadas por un quinqué de luz lánguida, estaban
-abiertas... Luego ya, á la claridad opaca del amanecer, fué apareciendo
-á la derecha el ancho tejado plomizo de la estación del Mediodía, húmedo
-de rocío; enfrente la mole del Hospital general, de un color de
-ictérico; á la izquierda, el campo yermo, las eras inciertas, pardas,
-que se alargaban hasta fundirse con las colinas onduladas del horizonte
-bajo el cielo húmedo y gris, en la enorme desolación de los alrededores
-madrileños...
-
-
-
-
-CAPÍTULO VII
-
-La Casa Negra.--Incendio.--Fuga.
-
-
-Cerca de la estación se alargaba una fila de coches; los cocheros habían
-hecho una hoguera. Se calentaron un momento Jesús y Manuel.
-
---Tenemos que ir á ese pueblo--murmuró Jesús.
-
---¿A cuál?
-
---A ese que está deshabitado, según ha dicho ese hombre. A Vaciamadrid.
-
---Bueno.
-
-Llegaba un tren en aquella hora, y Manuel y Jesús se colocaron á la
-puerta de la estación, á la salida de los viajeros, con la idea de
-ganarse unos cuartos llevando alguna maleta.
-
-Manuel tuvo la suerte de tomar un bulto de un señor y llevárselo á un
-coche. El señor le dió unas perras.
-
-Manuel y Jesús subieron al Prado. Iban por delante del Museo, cuando
-vieron un simón y detrás del coche, corriendo á todo correr, á don
-Alonso, con un traje haraposo lleno de agujeros.
-
---¡Eh!, ¡eh!--le gritó Manuel.
-
-Don Alonso miró hacia atrás, se detuvo y se acercó á Jesús y Manuel.
-
---¿A dónde iba usted?--le preguntaron.
-
---Detrás de ese coche para subirle el baúl á casa á ese caballero; pero
-estoy cansado, ya no tengo piernas.
-
---¿Y qué hace usted?--le preguntó Manuel.
-
---¡Pse!... Morirme de hambre.
-
---¿No viene la buena?
-
---¿Qué ha de venir? Napoleón se hizo la pascua en _Uaterlú_, ¿verdad?,
-pues mi vida es un _Uaterlú_ continuo.
-
---¿A qué se dedica usted ahora?
-
---He estado vendiendo libros verdes. Aquí debo tener uno--añadió
-mostrando á Manuel una cartilla, cuyo título era: _Las picardías de las
-mujeres la primera noche de novios_.
-
---¿Es bueno esto?--preguntó Manuel.
-
---Así, así. Te advierto que hay que leer un renglón sí el y otro no.
-¡Yo, dedicado á estas cosas! ¡Yo, que he sido director de un circo en
-_Niu Yoc_!
-
---Ya vendrá la buena.
-
---Hace unas noches salí tambaleándome, muerto de necesidad, y me fuí á
-una Casa de Socorro, porque ya no podía más.--¿Qué tiene usted?--me
-preguntó uno.--Hambre.--Eso no es enfermedad--me dijo. Entonces me eché
-á pedir limosna, y ahora voy al anochecer al barrio de Salamanca, y
-allá, á las señoras que van solas las digo que se me ha muerto un hijo,
-que necesito un par de reales para comprar velas. Ellas se horrorizan y
-me suelen dar algo. He encontrado también un rincón donde dormir. Está
-por allá, hacia el río.
-
-Comieron los tres el rancho sobrante en el cuartel de María Cristina, y
-por la tarde el Hombre Boa fué á su centro de operaciones del barrio de
-Salamanca.
-
---Peseta y media he sacado hoy--les dijo á Manuel y á Jesús. Vamos á
-cenar.
-
-Cenaron en el parador de Barcelona de la calle del Caballero de Gracia,
-y después el resto lo emplearon en aguardiente.
-
-Luego fueron al rincón encontrado por don Alonso, una casa en ruinas,
-próxima al puente de Toledo. La llamaban la Casa Negra; no quedaba de
-ella más que las cuatro paredes, cortadas á la altura del primer piso.
-
-Ocupaba el centro de una huerta; tenía un cañizo sobre el cual
-sobresalían unas cuantas vigas negruzcas derechas, como las chimeneas de
-un pontón.
-
-Entraron los tres en la casucha. Cruzaron el patio, saltando por encima
-de escombros, tejas, maderas podridas y montones de cascote. Recorrieron
-un pasillo. Don Alonso encendió un fósforo, que mantuvo en el hueco de
-la mano. Vivían allí clandestinamente unas familias de gitanos y unos
-cuantos mendigos. Algunos habían hecho sus camas con paja y trapos;
-otros dormían apoyándose sobre cuerdas de esparto, sujetas á las
-paredes.
-
-Don Alonso tenía su rincón y llevó allí á Manuel y á Jesús.
-
-El suelo era húmedo, de tierra; quedaban algunos tabiques de la casa en
-pie; los agujeros del techo estaban obturados con haces de caña, cogidos
-en el río, y pedazos de estera.
-
---¡Qué moler!--dijo don Alonso al tenderse--; siempre hay que andar
-buscando rincones. ¡Quién pudiera ser caracol!
-
---¿Para qué?--le preguntó Jesús.
-
---Aunque no fuera más que para no pagar la casa de huéspedes.
-
---¡Ya vendrá la buena!--dijo irónicamente Manuel.
-
---Esa es la esperanza--replicó el Hombre Boa--. Mañana quizás ha
-cambiado nuestra suerte. Tú no sabes lo que es la vida. El destino para
-el hombre es como el viento para la veleta.
-
---Lo malo es--murmuró Jesús--que la veleta nuestra, cuando no señala
-hambre, señala frío, y siempre miseria.
-
---Mañana puede variar.
-
-Con estas halagüeñas ilusiones se durmieron los tres. Despertó Manuel al
-amanecer; la luz del alba entraba por los agujeros del cañizo que hacía
-de techo, y con aquella luz pálida el interior de la Casa Negra ofrecía
-un aspecto siniestro.
-
-Dormían todos mezclados, arremolinados en un amontonamiento de harapos y
-de papeles de periódicos. Algunos hombres buscaban las mujeres en la
-semiobscuridad, y se oían sus gruñidos de placer.
-
-Cerca de Manuel, una mujer, con aspecto de idiotismo y de miseria
-orgánica, sucia y llena de harapos, mecía un niño en los brazos. Era una
-mendiga aún joven, una pobre criatura vagabunda, de esas que recorren
-los caminos sin rumbo ni dirección, á la gracia de Dios.
-
-Por entre el astroso corpiño mostraba el pecho lacio y negruzco. Uno de
-los gitanillos se deslizó junto á ella y le agarró el pecho con la mano.
-Ella dejó el niño á un lado y se tendió en el suelo...
-
- * * * * *
-
-Un día de Abril, por la madrugada, el frío era tan espantoso dentro de
-la Casa Negra, que hicieron en medio una hoguera; crecieron las llamas
-y, cuando menos se esperaba, prendió el cañizo. Inmediatamente se
-generalizó el fuego. Estallaban las cañas al arder; pronto una inmensa
-llamarada se levantó en el aire.
-
-Escaparon todos despavoridos; Manuel, Jesús y don Alonso salieron de
-prisa por el paseo de los Pontones hacia la Ronda.
-
-En la noche obscura brillaba el techo incendiado como una gran antorcha;
-pronto se apagó y quedaron sólo chispas, que saltaban y volaban en el
-aire.
-
-Los tres marcharon por la Ronda; allá lejos se veían líneas alargadas de
-faroles de gas, y á trechos núcleos de luces como islas brillantes en
-medio de la obscuridad. En la Ronda solitaria se oía muy de tarde en
-tarde el paso precipitado de algún transeunte y los ladridos lejanos de
-los perros.
-
-Se le ocurrió á Manuel ir á la taberna de la Blasa. En vez de tomar por
-el paseo Imperial, entraron en las Injurias por una callejuela iluminada
-con faroles de petróleo, que pasaba al lado de la Fábrica del gas.
-
-Humos negros y rojos salían de las altas chimeneas; las panzas redondas
-de los gasómetros se acercaban al suelo, y alrededor de ellas se
-levantaban los soportes, que en la obscuridad producían un efecto
-extraño.
-
-No estaba abierta la taberna de la Blasa. Tiritando de frío siguieron
-andando los tres por la Ronda de Toledo, pasaron frente á una fábrica,
-cuyas ventanas vertían una luz violenta de arco voltaico en la negrura
-de la noche.
-
-En medio de aquel silencio, la fábrica parecía rugir y echaba borbotones
-de humo por la chimenea.
-
---No debía haber fábricas--dijo Jesús con una indignación súbita.
-
---¿Y por qué?--preguntó don Alonso.
-
---Porque no.
-
---¿Y de qué va á vivir la gente? ¿Qué se va á hacer la industria si no
-hay fábricas?
-
---Que se haga la pascua como nosotros. La tierra debe dar para que
-vivamos todos--añadió Jesús.
-
---¿Y la civilización?--preguntó don Alonso.
-
---¡La civilización! Bastante nos sirve á nosotros la civilización. La
-civilización es muy buena para el rico, ¡lo que es para el pobre!
-
---¿Y la luz eléctrica?, ¿y los vapores?, ¿y el telégrafo?
-
---¿Pero usted los utiliza?
-
---No, pero los he utilizado.
-
---Cuando tenía usted dinero. La civilización está hecha para el que
-tiene dinero, y el que no lo tiene que se muera. Antes el rico y el
-pobre se alumbraban con un candil parecido; hoy el pobre sigue con el
-candil y el rico alumbra su casa con luz eléctrica; antes si el pobre
-iba á pie, el rico iba á caballo; hoy el pobre sigue andando á pie y el
-rico va en automóvil; antes el rico tenía que vivir entre los pobres;
-hoy vive aparte, se ha hecho una muralla de algodón y no oye nada. Que
-los pobres chillan, él no oye; que se mueren de hambre, él no se
-entera....
-
---No tienes razón--dijo don Alonso.
-
---Casi nada...
-
-Siguieron oyéndose ladridos lejanos de los perros. Hacía cada vez más
-frío. Pasaron por la Ronda de Valencia y por la de Atocha.
-
-Se destacó el Hospital General, con su sombría mole y sus ventanas
-iluminadas por luces mortecinas.
-
---Ahí siquiera no se debe tener frío--murmuró el Hombre Boa, con tono
-jovial que sonaba á dolorida queja.
-
-Comenzaba á clarear, iba disipándose el vaho gris de la mañana; por el
-camino pasaban carros de bueyes; las gallinas cacareaban á lo lejos....
-
-
-
-
-CAPÍTULO VIII
-
-Las cuevas del Gobierno civil.--Et repatriado.--La sopa del convento.
-
-
-Algunas veces, Manuel, Jesús y don Alonso iban á dormir á las iglesias.
-Una noche que se habían tendido los tres en una capilla de San Sebastián
-llena de bancos, el sacristán les hizo salir y les entregó á una pareja
-de Orden público. Don Alonso trató de demostrar á los guardias que era
-una persona, no sólo decente, sino importante; mientras él peroraba,
-Jesús se escabulló por la plaza de Santa Ana.
-
---En la Delegación contarán todo eso--contestó el guardia á las
-explicaciones del Hombre Boa.
-
-Bajaron por una calle próxima, y en un portal en donde brillaba un farol
-rojo, entraron y subieron por una escalera estrecha á un cuarto donde
-garrapateaban dos escribientes. Mandaron éstos á don Alonso y á Manuel
-sentarse en unos bancos, y ambos lo hicieron lo más humildemente
-posible.
-
---Usted, el viejo, ¿cómo se llama?--dijo uno de los escribientes.
-
---¿Yo?--preguntó el Hombre Boa.
-
---Sí, usted. ¿Es usted sordo ó idiota?
-
---No, no, señor.
-
---Pues lo parece. ¿Cuál es su nombre?
-
---Alonso de Guzmán Calderón y Téllez.
-
---¿Edad?
-
---Cincuenta y seis años.
-
---¿Estado?
-
---Soltero.
-
---¿Profesión?
-
---Artista de circo.
-
---¿En dónde vive usted?
-
---Hasta hace unos días...
-
---¿Dónde vive usted ahora le pregunto, imbécil?
-
---Ahora, pues...
-
---Pon sin domicilio--dijo uno de los escribientes al otro.
-
-Después tomaron la filiación á Manuel y volvieron á sentarse los dos sin
-hablar, muy intrigados con la suerte que les esperaba.
-
-Los del Orden paseaban por el cuarto charlando; á veces se oía sonar el
-repiqueteo de un timbre.
-
-De pronto se abrió la puerta y entró una mujer joven, de mantilla, con
-una gran inquietud en los ojos.
-
-Se acercó á los dos escribientes.
-
---¿Podría ir alguno... á mi casa... un médico...? mi madre se ha caído y
-se ha abierto la cabeza.
-
-El escribiente echó una bocanada de humo de tabaco y no contestó;
-después, volviéndose y mirando á la mujer de arriba á bajo, dijo con una
-grosería y una bestialidad épicas:
-
---Eso á la Casa de Socorro. Nosotros nada tenemos que ver con eso--, y
-volvió la cabeza y siguió fumando. La mujer paseó sus ojos asustados por
-la Delegación; se decidió á salir, dió buenas noches, que nadie
-contestó, con voz desfallecida y se fué.
-
---¡Cagatintas! ¡Canallas!--murmuró don Alonso en voz baja--. ¡Qué les
-costaba haber enviado algún guardia para que acompañara á esa pobre
-mujer á la Casa de Socorro!
-
-Pasaron allí Manuel y el Hombre Boa mas de dos horas, y al cabo de éstas
-los guardias les hicieron entrar en un cuarto en donde se paseaba un
-hombre alto de barba negra, peinado á lo chulo, con aspecto de jugador ó
-de _croupier_.
-
---¿Qué son éstos?--preguntó el hombre con acento andaluz, haciendo
-brillar, al retorcerse el bigote, un brillante que llevaba en el dedo.
-
---Son dos que iban á dormir á la iglesia de San Sebastián--dijo el
-guardia--; no tienen domicilio.
-
---Perdone usted--dijo don Alonso--, accidentalmente...
-
---Llevarlos á que pasen la quincena--dijo el hombre alto.
-
-No dieron tiempo á don Alonso de decir nada, porque uno de los guardias
-le empujó brutalmente fuera del cuarto. Manuel le siguió.
-
-Los dos guardias les obligaron á bajar las escaleras y les metieron en
-un cuarto obscuro, en donde, después de tantear, encontraron un banco.
-
---En fin, ya vendrá la buena--dijo don Alonso, sentándose y lanzando un
-profundo suspiro.
-
-Manuel, á pesar de que la situación no era del todo cómica, sintió unas
-ganas de reir tan grandes, que no las pudo contener.
-
---¿Por qué te ríes, hijo mío?--preguntó don Alonso.
-
-Manuel no supo explicar por qué se reía; pero después de reir, y de reir
-mucho, se quedó con un humor fúnebre.
-
---Qué diría Jesús si estuviera aquí--murmuró Manuel--. En la casa de
-Dios, en donde todos son iguales, es un crimen entrar á descansar; el
-sacristán le entrega á uno á los guardias, los guardias le meten á uno
-en un cuarto obscuro. ¡Y vaya usted á saber lo que nos harán después! Yo
-tengo miedo de que nos lleven á la cárcel, si es que no nos ahorcan.
-
---No digas tonterías. Siquiera, ¡si nos dieran de comer!--murmuró don
-Alonso.
-
---En eso estarán pensando.
-
-Serían la una ó á las dos de la mañana cuando abrieron la puerta del
-chiquero y, conducidos por dos guardias, el Hombre Boa y Manuel
-salieron á la calle.
-
---Pero, ¿á dónde nos llevan?--preguntó don Alonso un poco asustado.
-
---Usted siga para adelante--le contestó el guardia.
-
---Esto es una arbitrariedad--murmuró don Alonso.
-
---Usted siga para adelante, si no quiere ir atado codo con codo--replicó
-el guardia.
-
-Pasaron la Puerta del Sol, siguieron por la calle Mayor y se detuvieron
-en el Gobierno civil. A la izquierda del zaguán, por una estrecha
-escalera, tuvieron que bajar á una sala de techo bajo, iluminada por un
-quinqué, con unas tarimas altas, en donde dormían en fila diez ó doce
-guardias de orden público, vestidos y calzados.
-
-De esta sala bajaron por una escalerilla á un corredor estrecho, á uno
-de cuyos lados había dos jaulas con grandes rejas. En una de éstas,
-hicieron entrar á don Alonso y á Manuel y cerraron tras ellos.
-
-Un hombre y unos cuantos chicos se les acercaron á mirarles.
-
---Esto es una arbitrariedad--gritó don Alonso--. Nosotros nada hemos
-hecho para que se nos encarcele.
-
---Ni yo tampoco--murmuró un mendigo joven á quien según dijo habían
-cogido pidiendo limosna--; luego, aquí no se puede estar.
-
---¿Qué pasa?--preguntó Manuel.
-
---Que uno de esos se ha ensuciado ahí. Está enfermo y desnudo. Debían
-llevarlo al Hospital. El dice que le han robado la ropa; estos chicos
-aseguran que se la ha jugado en la cárcel.
-
---Y es verdad--replicó uno de los golfos--. Hemos estado pasando la
-quincena allá arriba. Cuando salimos de la cárcel, al llegar á la
-puerto, nos volvieron á coger á todos y nos trajeron aquí.
-
-A la luz del corredor, en el fondo de aquella jaula, se veían unos
-cuantos hombres en el suelo.
-
-Echado en un banco próximo á la pared, desnudo, con las piernas
-encogidas, se abrigaba con una capa raida el enfermo, y al moverse
-dejaba al descubierto alguna parte de su persona.
-
---¡Agua!--murmuró con voz débil.
-
---Ya se la hemos pedido al sargento--dijo el mendigo--; pero no la trae.
-
---Esto es una salvajada--gritó el Hombre Boa--, esto es una barbaridad.
-
-Como nadie hizo caso á don Alonso, tuvo á bien callarse.
-
---Ese otro--agregó el golfo, riéndose y señalando á uno escondido en un
-rincón--tiene sífilis y sarna.
-
-Don Alonso se abismó en su melancolía y se calló.
-
---¿Y qué van á hacer de nosotros?--preguntó Manuel.
-
---Nos llevarán á la cárcel á pasar quince días--contestó el mendigo.
-
---¿Y allí se come?--preguntó el Hombre Boa, saliendo del fondo de su
-ensimismamiento.
-
---No siempre.
-
-Quedaron todos silenciosos, cuando se oyó en el pasillo un murmullo de
-voces, que pronto se convirtió en una algarabía de gritos de mujer, de
-imprecaciones y de lloros.
-
---¡Leñe!, no empuje usted.
-
---¡Moler! con el hombre.
-
---Anda, anda para adentro--decía una voz de hombre.
-
-Eran unas treinta mujeres cogidas en la calle, que encerraban en la
-jaula inmediata. Unas gritaban, otras gemían, algunas se dedicaban á
-insultar, con el repertorio de palabras más selecto, al delegado y al
-jefe de la Higiene.
-
---No queda una madre sana--hizo observar don Alonso.
-
-Manuel creyó reconocer la voz de la Chata y de la Rabanitos. Después de
-encerrar á las mujeres, un sargento de Orden público se acercó á la
-jaula de los hombres.
-
---Señor sargento--dijo don Alonso--, que aquí hay un hombre que está
-malo.
-
---¿Y qué quiere usted que yo le haga?
-
---Señor sargento, si me hiciera usted un favor...--añadió Manuel.
-
---¿Qué?
-
---Que si hay algún periodista de esos que vienen á recoger noticias
-aquí, le diga usted que yo soy cajista en el periódico _El Mundo_ y que
-me han metido preso.
-
---Bueno, se dirá.
-
-No había pasado media hora, cuando volvió á presentarse el sargento,
-abrió la reja y se dirigió á Manuel:
-
---Eh, tú, el cajista. Afuera.
-
-Salió Manuel, pasó por delante de la jaula en donde estaban encerradas
-las mujeres, vió á la Chata y á la Rabanitos en un grupo de viejas
-prostitutas, entre las que había una negra, todas horribles, y subió de
-prisa la escalerilla hasta la sala en donde dormía el retén de guardias.
-El sargento abrió el postigo, cogió á Manuel de un brazo, le arreó un
-puntapie con toda su fuerza y lo puso en la calle.
-
-El reloj del Ayuntamiento marcaba las tres; lloviznaba; Manuel se metió
-por la calle de Ciudad Rodrigo á guarecerse en los arcos de la plaza
-Mayor, y como estaba cansado, se sentó en el escalón de un portal. Iba á
-dormirse, cuando un hombre con trazas de mendigo se sentó también allí y
-hablaron; el hombre dijo ser repatriado de Cuba, que no encontraba
-empleo ni servía tampoco para trabajar, pues se había acostumbrado á
-vivir á salto de mata.
-
---Después de todo, voy teniendo suerte--añadió el repatriado--. Cuando
-no me he muerto este invierno, es que ya no me muero nunca.
-
-Pasaron los dos la noche acurrucados uno junto á otro, y por la mañana
-fueron á la plaza de la Cebada y anduvieron merodeando por allí. El
-repatriado cogió unas cuantas nueces de un montón, y esto constituyó el
-desayuno de los dos compañeros.
-
-Más tarde bajaron por el puente de Toledo.
-
---¿Adónde vamos?--preguntó Manuel.
-
---Aquí, á un convento de trapenses que hay cerca de Jetafe, en donde nos
-darán de comer--dijo el repatriado.
-
-Manuel aceleró el paso.
-
---Vamos de prisa.
-
---No sirve. Sacan la comida después de que ellos comen. De manera que,
-aunque corras, no adelantas nada; hay que esperar.
-
-Entonces Manuel moderó su marcha. El repatriado era un tipo vulgar,
-tenía la nariz gruesa, la cara ancha y el bigote rubio. Llevaba un
-sombrero puntiagudo, la ropa llena de remiendos, una bufanda vieja
-arrollada al cuello y en la mano un garrote.
-
-Llegaron al convento, pasaron á la portería y se sentaron en una mesa,
-en donde seis ó siete hombres esperaban.
-
---¿Tú sabes hacer versos?--preguntó el repatriado á Manuel.
-
---Yo, no. ¿Por qué?
-
---Porque hace unos días vine yo aquí con un señor que, eso sí, estaba
-tan muerto de hambre como nosotros, y mientras esperábamos la comida, él
-preguntó el nombre del rector y le hizo unos versos la mar de bonitos. Y
-entonces el rector le mandó entrar y le dió de comer y de beber.
-
---Pues es una lástima que no sepamos nosotros hacer una copla. ¿Cómo se
-llama el rector?
-
---Domingo.
-
-Pensó Manuel en una palabra que terminara en ingo y no la encontró, y
-olvidó su faena cuando vino el lego con un gran caldero y lo dejó encima
-de la mesa.
-
-Luego trajo cucharas de palo y las repartió entre los mendigos. De éstos
-todos, menos uno, sacaron escudillas; el que no la tenía era un tipo
-repulsivo, con el labio inferior hinchado ulceroso y saliente.
-
---Espere usted, compadre--dijo el repatriado, antes de que metiera el
-otro la cuchara--. Nosotros vamos á echar el rancho en la tapa del
-caldero, y de allí comeremos.
-
---¡No sé qué tengo yo!--murmuró el mendigo.
-
---¿Usted? Que tiene un labio que parece un bisteck.
-
-Comieron Manuel y el repatriado, y después de dar las gracias al lego,
-salieron del convento y se tendieron al sol en el campo.
-
-Hacía un tarde de Mayo, espléndida; el sol calentaba de firme; el
-repatriado contó algunos episodios de la campaña de Cuba. Hablaba de una
-manera violenta, y cuando la cólera ó la indignación le dominaban, se
-ponía densamente pálido.
-
-Habló de la vida en la isla, una vida horrible; siempre marchando y
-marchando, descalzos, con las piernas hundidas en las tierras pantanosas
-y el aire lleno de mosquitos que levantaban ronchas. Recordaba el
-teatrucho de un pueblo convertido en hospital, con el escenario lleno de
-heridos y de enfermos. No se podía descansar del todo nunca. Los
-oficiales del ejército, antes de fantásticas batallas, porque los
-cubanos corrían siempre como liebres, disputándose las propuestas para
-las cruces, y los soldados burlándose de las batallas y de las cruces y
-del valor de sus jefes. Luego la guerra de exterminio decretada por
-Weyler, los ingenios ardiendo, las lomas verdes que quedaban sin una
-mata en un momento, la caña que estallaba, y en los poblados la gente
-famélica, las mujeres y los chicos que gritaban: «¡Don Teniente, don
-Sargento, que tenemos hambre!» Además de esto, los fusilamientos, el
-machetearse unos á otros con una crueldad fría. Entre generales y
-oficiales, odios y rivalidades, y mientras tanto los soldados,
-indiferentes, sin contestar apenas al tiroteo de los enemigos, con el
-mismo cariño por la vida que se puede tener por una alpargata vieja.
-Algunos que decían: «Mi capitán, yo me quedo aquí», y se le quitaba el
-fusil y se seguía adelante. Y después de todo esto, la vuelta á España,
-casi más triste aún; todo el barco lleno de hombres vestidos de
-rayadillo; un barco cargado de esqueletos, y todos los días cinco, seis,
-siete que expiraban y se les tiraba al agua.
-
---Y al llegar á Barcelona, ¡moler!, ¡qué desencanto!--terminó
-diciéndo--: Uno que esperaba algún recibimiento por haber servido á la
-patria y encontrar cariño. ¿Eh? Pues nada. ¡Dios!, todo el mundo le veía
-á uno pasar sin hacerle caso. Desembarcamos en el puerto como si
-fuéramos fardos de algodón; uno se decía en el barco: «Me van á marear á
-preguntas cuando llegue á España.» Nada. Ya no le interesaba á nadie lo
-que había pasado en la manigua... ¡Ande usted á defender la patria! ¡Que
-la defienda el Nuncio! Para morirse después de hambre y de frío, y luego
-que le digan á uno: Si hubierais tenido riñones, no se hubiera perdido
-la isla. Es también demasiado amolar esto...
-
-Iba ya inclinándose el sol cuando el repatriado y Manuel se levantaron y
-fueron hacia Madrid.
-
-
-
-
-CAPÍTULO IX
-
-Noche en el paseo de la Virgen del Puerto.--Suena un tiro.--Calatrava y
-Vidal.--Un tango de la bella Pérez.
-
-
---Las noches que no hace mucho frío--dijo el repatriado--yo suelo ir á
-dormir á esa arboleda que hay cerca de la Virgen del Puerto. ¿Quieres
-que vayamos hoy?--añadió.
-
---Sí, vamos.
-
-Estaban en la Puerta del Sol y fueron por la calle Mayor abajo. Hacía
-una noche templada de niebla, una niebla azulada, luminosa, que temblaba
-al soplo del viento; los globos eléctricos del Palacio Real brillaban
-entre aquella gasa flotante con una luz morada.
-
-Bajaron Manuel y el repatriado por la Cuesta de la Vega y entraron en el
-bosquecillo que hay entre el Campo del Moro y la calle de Segovia.
-Algunos faroles de petróleo lucían muy pálidamente entre los árboles.
-Llegaron al paseo de los Melancólicos. Cerca del puente de Segovia
-salían llamaradas de los hornillos de una churrería instalada en una
-barraca. Del paseo de los Melancólicos bajaron á la hondonada, y en un
-cobertizo se cobijaron y se tendieron á dormir. Hacía fresco; pasaban
-por allá algunas parejas misteriosas; Manuel se acurrucó, metió las
-manos en el bolsillo del pantalón y quedó profundamente dormido.
-
- * * * * *
-
-Rumor chillón de cornetas le despertó.
-
---Es la guardia de Palacio--dijo el repatriado.
-
-La claridad mortecina del alba alumbraba el cielo; palpitaba suave y
-gris el resplandor primero del día... De pronto resonó muy cerca el
-estampido de un arma de fuego; Manuel y el repatriado se levantaron;
-salieron del cobertizo dispuestos á huir; no vieron nada.
-
---Es un joven que se ha suicidado--dijo un hombre de blusa que pasó
-corriendo delante de Manuel y del repatriado.
-
-Acercáronse los dos al lugar donde se oyera la detonación y vieron á un
-muchacho joven, bien vestido, en el suelo, con la cara llena de sangre y
-un revólver en la mano derecha. Nadie había por allí; el repatriado se
-acercó al muerto, tomó su mano izquierda y le sacó dos sortijas que
-llevaba, una de ellas con un brillante; luego le desabrochó la chaqueta,
-le registró los bolsillos, no encontró dinero y le quitó un reloj de
-oro.
-
---Vamos á escaparnos, no vaya á venir alguno--dijo Manuel.
-
---No--contestó el repatriado.
-
-Volvió á entrar en el cobertizo donde habían pasado la noche, hizo en
-la tierra un agujero con las uñas, enterró, envueltas en un papel, las
-sortijas y el reloj y apretó la tierra con el pie.
-
---En la guerra como en la guerra--murmuró después de ejecutar su
-maniobra con una rapidez extraordinaria.--Ahora--añadió--vuélvete á
-echar y hazte el dormido, por si acaso.
-
-Poco después se oyó murmullo de voces en la hondonada, y Manuel vió dos
-guardias civiles que pasaban á caballo por delante del cobertizo.
-
-Se acercaba gente al lugar del suceso; los guardias civiles, registrando
-al muerto, encontraron una carta dirigida al juez, en la que indicaba
-que no se culpara á nadie de su muerte.
-
-Manuel y el repatriado se unieron al grupo de curiosos.
-
-Cuando levantaron el muerto y se lo llevaron, Manuel preguntó:
-
---¿Vamos á recoger eso?
-
---Espera que se vayan todos.
-
-Quedó el lugar desierto; entonces el repatriado desenterró las sortijas
-y el reloj.
-
---La sortija creo que es buena--dijo--. ¿Cómo lo averiguaremos?
-
---En una platería.
-
---Vete á la platería así con estos harapos y una sortija con un
-brillante y un reloj de oro, y es muy posible que te denuncien y te
-lleven á la cárcel.
-
---Entonces, ¿qué hacemos? Podíamos empeñar el reloj--dijo Manuel.
-
---También es peligroso. Vamos á buscar á Marcos Calatrava, un amigo mío
-á quien conocí en Cuba. Ese nos sacará del apuro. Vive en una casa de
-huéspedes de la calle de Embajadores.
-
-Fueron allá, les salió una mujer á la puerta y les dijo que el tal
-Marcos se había mudado. El repatriado preguntó en una taberna de la
-planta baja de la casa.
-
---¡El cojo! Si le conozco, ya lo creo--dijo el tabernero--. ¿Sabe usted
-dónde suele estar al anochecer? En la taberna del Majo de las Cubas, en
-la calle Mayor.
-
-Fué para Manuel y el repatriado uno de los días más largos de su
-existencia; sentían un hambre horrorosa, y el pensar que con la venta de
-aquellas sortijas y del reloj podían comer todo lo que se les antojara y
-que el miedo les impedía satisfacer su necesidad, era horrible. Se
-pasearon por las calles aburridos, y de cuando en cuando iban á la
-taberna á preguntar si había llegado ya el cojo.
-
-Al anochecer le vieron. El repatriado se acercó á saludarle, y los tres
-pasaron al interior de la taberna á un rincón á hablar. El repatriado
-contó el caso á Calatrava.
-
---Ahora mismo viene mi secretario--dijo Marcos--, y él lo arreglará.
-Mientras tanto, pedid de cenar.
-
---Pide tú--dijo el repatriado á Manuel.
-
-Lo hizo éste así, y para que todas fueran dilaciones, el mozo de la
-taberna dijo que la cena tardaría algo.
-
-Mientras charlaban el repatriado y Calatrava, Manuel se puso á observar
-á este último.
-
-Calatrava resultaba un tipo raro, á primera vista casi ridículo; tenía
-una pierna de palo, la cara muy estrecha, muy negra y amojamada; dos ó
-tres cicatrices en la frente, el bigote recio y el pelo crespo. Vestía
-traje claro, pantalón muy ancho, que se bamboleaba lo mismo en la pierna
-natural que en la de madera; una chaquetilla corta más obscura que el
-pantalón, una corbata de color rojo y un sombrero de paja muy chiquito.
-
-Marcos pidió con voz aguardentosa unas copas. Las bebieron y no tardó
-mucho en aparecer un muchacho elegante, con botas amarillas, sombrero
-hongo y un pañuelo de seda en el cuello.
-
---¡Vidal!--exclamó Manuel al verle--; ¿eres tú?
-
---Sí, chico. ¿Qué haces aquí?
-
---¿Le conoces á éste?--preguntó Calatrava á Vidal.
-
---Sí; es primo mío.
-
-Marcos explicó á Vidal lo que quería el repatriado.
-
---Ahora mismo--contestó Vidal--; no tardo diez minutos.
-
-Efectivamente; al poco tiempo volvía con dos papeletas de empeño y unos
-billetes. Los tomó el repatriado y fué repartiéndolos; á Manuel le
-tocaron cinco duros.
-
---Mira--le dijo Calatrava á Vidal--. Tú y tu primo os quedáis á cenar
-aquí; tendréis que hablar, y nosotros nos vamos á otro lado, que también
-tenemos que contarnos algunas cosas. Llévale á tu primo á dormir á tu
-casa.
-
-Se despidieron, y Manuel y Vidal se quedaron solos.
-
---¿Has cenado?--preguntó Vidal.
-
---No; pero ya he encargado la cena. ¿Y tus padres?
-
---Estarán bien.
-
---¿No los ves?
-
---No.
-
---¿Y el Bizco?
-
-Vidal palideció profundamente.
-
---No me hables del Bizco--dijo.
-
---¿Por qué?
-
---No, no; le tengo un miedo horrible. ¿Tú no sabes lo que pasó?
-
---¿Qué?
-
---La muerte de Dolores la Escandalosa.
-
---No sabía nada.
-
---Sí; mataron á la vieja en una casa que llaman el Confesonario, que
-está hacia Aravaca, ¿y sabes tú quién la mató?
-
---¿El Bizco?
-
---Sí; estoy seguro. El Bizco iba al Confesonario á reunirse con otros
-granujas.
-
---Es verdad. A mí me lo dijo.
-
---¿Has hablado con él?
-
---Sí, pero hace ya mucho tiempo.
-
---Pues sí, los periódicos que contaron el crimen dijeron que el asesino
-era de una fuerza extraordinaria, que la mujer había acudido allá como
-quien va á una cita. Era el Bizco, estoy seguro.
-
---¿Y no le han cogido?
-
---No.
-
-Vidal quedó pensativo; se notaba que hacía esfuerzos para serenarse.
-Trajo el mozo de la taberna la comida; Manuel devoraba.
-
---¡Menuda carpanta tienes tú, gachó!--dijo Vidal ya tranquilizado
-sonriendo.
-
---¡Dios!, si tenía un hambre...
-
---Ahora vamos á tomar café.
-
-Pagó Vidal, salieron de la taberna y entraron en el café de Lisboa.
-
-Mientras saboreaban el café, Manuel contempló á Vidal. Llevaba la cabeza
-muy lustrosa, la raya en medio y tufos rizados sobre las orejas. Tenía
-un gran aplomo en los movimientos; la sonrisa de hombre guapo, el
-cuello redondo, sin músculos salientes. Hablaba con simpatía, sonriendo
-siempre; pero sus ojos sagaces, falsos, descubrían la mentira de sus
-frases; no acompañaba á la afabilidad de su palabra cariñosa y de su
-sonrisa amable la expresión de sus ojos. En éstos no se leía más que
-desconfianza y cautela.
-
---Y tú, ¿qué haces?--preguntó Manuel, después de examinarle atentamente.
-
---¡Pse!... Vivo...
-
---Pero, ¿de qué? ¿Cómo?
-
---Hay negocios, chico... Luego las mujeres...
-
---Pero, ¿tú trabajas?
-
---Según á lo que llames trabajar.
-
---Hombre, quiero decir si vas á un taller...
-
---No.
-
---¿Tienes alguna querida?
-
---Ahora no tengo más que tres.
-
---¡Cristo! ¡Qué suerte! ¿Dónde las encuentras?
-
---Por ahí. En los teatros, en los bailes... Soy secretario del Bisturí y
-socio de la Paloma Azul y del Billete.
-
---¿Y de ahí tendrás muchas relaciones?
-
---¡Claro! Luego, con las mujeres todo es cuestión de labia... Algunas
-veces se las echa uno de incomodado y se le arrima á una un par de
-bofetadas...
-
---Tú vives al pelo... ¡Si yo pudiera hacer lo que tú!
-
---¡Pues es muy fácil!... Ahora tengo una chiquilla más bonita que el
-mundo y que está chalada por mí. Esta cadena del reloj me la regaló
-ella... Pero lo más gracioso es que me anda rondando, ¿á que no te
-figuras quién?
-
---¿Qué sé yo? Alguna marquesa.
-
---No, un marqués.
-
---¿Para qué?
-
---Nada, que me hace el amor.
-
-Manuel quedó mirando asombrado á Vidal, que sonrió misteriosamente.
-
---¿Tú estás cansado?--preguntó Vidal.
-
---No.
-
---Entonces vamos á Romea.
-
---¿Qué hay allá?
-
---Baile y mujeres guapas.
-
---Vamos, sí.
-
-Salieron del café y subieron la calle de Carretas.
-
-Tomó Vidal dos butacas. Era domingo.
-
-El aire en el interior del teatro estaba espeso, caliente, empañado de
-humo; con el vaho de cientos de personas que durante toda la tarde y la
-noche se habían amontonado allá. Había un lleno. Se representó una
-funcioncilla estúpida, plagada de chistes absurdos y groseros, de la
-manera más sosa que puede imaginarse entre las interrupciones y los
-gritos del público. Cayó el telón y apareció en seguida una muchacha,
-que cantó con una vocecilla aguda, desafinando horriblemente, una
-canción pornográfica sin pizca de gracia. Luego salió una pintarrajeada,
-vieja y fea mujerona francesa, con un sombrero descomunal; se acercó á
-las candilejas y cantó una larga narración, de la que Manuel no entendió
-media palabra, y cuyo estribillo era:
-
- _Pauvre petit chat, petit chat._
-
-Después dió unas cuantas volteretas, levantando un pie hasta dar con él
-en el sombrero y se fué. Bajó de nuevo el telón; al poco rato volvió á
-levantarse y se presentó la bella Pérez, y fué saludada por una salva
-nutrida de aplausos. Cantó muy mal una copla, equivocándose, riéndose, y
-cuando terminó de cantar se ocultó entre los bastidores. El piano de la
-orquesta atacó con brío un tango, y la bella Pérez salió de entre
-bastidores con falda corta, envuelta en una capa de torero, con un
-sombrero cordobés sobre los ojos y fumando. Cuando el piano concluyó el
-preludio, ella tiró el cigarro al público de las butacas, se quitó la
-capa y quedó con las faldas recogidas con las dos manos hacia atrás, que
-dejaban el vientre y los muslos ceñidos. A las primeras notas del tango,
-todo el mundo calló religiosamente; un soplo de voluptuosidad corrió por
-la sala. Se veían los rostros encendidos, con la mirada fija y
-brillante. Y la bella bailaba con la cara como enfurruñada y los dientes
-apretados, dando taconazos, haciendo que se dibujaran sus caderas
-poderosas al replegarse la falda sobre sus flancos como una bandera
-triunfante. De aquel hermoso cuerpo de mujer salía un efluvio de su sexo
-que enloquecía á todos. Al final del baile colocó el sombrero sobre el
-vientre y tuvo un movimiento de caderas que hizo rugir á todo el teatro.
-
---¡Eso!
-
---¡Ahí la _visagra_!
-
---¡Esa tripita!
-
-Concluyó el baile y hubo una tempestad de aplausos.
-
---¡Tango! ¡Tango!--gritaban todos como energúmenos.
-
-Manuel, con los ojos brillantes, aplaudía y gritaba entusiasmado.
-
---¡Viva la lujuria!--vociferaba un joven al lado de Manuel.
-
-Volvió la bella Pérez á bailar el tango. Detrás de la butaca de Manuel y
-Vidal, una muchacha mecía en sus brazos á una niña, con la cara llena de
-costras. La muchacha, señalando á la bella Pérez, decía á la niña:
-
---Mira, mira á mamá.
-
---¿Es la madre de esta chica?--preguntó Manuel.
-
---Sí--contestó la niñera.
-
-Sin saber por qué Manuel ya no se entusiasmó tanto con el baile, y hasta
-se figuró que en el rostro de la bailarina, tras de la capa de pintura
-y de polvos de arroz, se adivinaban roseolas y granos.
-
-Salieron Manuel y su primo del teatro. Vidal vivía en una casa de
-huéspedes de la calle del Olmo.
-
-Fueron los dos por la de Atocha, y en la esquina de la calle de la
-Magdalena se encontraron con la Chata y la Rabanitos, que les
-reconocieron y les llamaron.
-
-Las dos muchachas aguardaban á la Engracia, que se había ido con un
-señor. Mientras tanto reñían. La Rabanitos, juraba y perjuraba que no
-tenía más de diez y seis años; la Chata aseguraba que iba para los diez
-y ocho.
-
---¡Si se lo he oído decir á tu madre!--gritaba.
-
---¿Pero qué va decir eso mi madre? ¡Cerda!--replicaba la Rabanitos.
-
---Pues sí que lo ha dicho, ¡so perro!
-
---¿Cuándo empecé yo en la vida? Hace tres años. ¿Y cuántos tenía
-entonces? Trece.
-
---¡Bah! Si tú hace diez años andabas ya golfeando por ahí--interrumpió
-Vidal.
-
-La muchachita se volvió como una víbora, contempló á Vidal de arriba á
-bajo y, con voz estridente, le dijo:
-
---Pa mí que tú eres de los que se agarran á la verja del Dos de Mayo y
-dan la espalda.
-
-Celebraron todos el circunloquio, que demostraba las cualidades
-imaginativas de la Rabanitos, y ésta, ya calmada, sacó del bolsillo del
-delantal su cartilla, arrugada y sucia, y se la enseñó á todos.
-
-En esta ocupación de descifrar lo que ponía la cartilla, les encontró la
-Engracia.
-
---Anda, tú, convida--le dijo Vidal--. ¿Tendrás dinero?
-
---¡Sí, dinero! Las amas cada vez piden más. Yo no sé lo que _quedrán_.
-
---Aunque sea á recuelo--repuso Vidal.
-
---Bueno, vamos.
-
-Entraron los cinco en una buñolería.
-
---Este señor con quien he ido--dijo la Engracia--es un pintor, y me ha
-dicho que me daba cinco pesetas por hora por servir de modelo de
-desnudo.
-
-A la Rabanitos le sublevó la noticia.
-
---¿Pero qué vas á servir tú para eso, si no tienes tetas!--dijo con su
-vocecilla aguda.
-
---No, las tendrás tú.
-
---No es por ponerme moños--contestó la Rabanitos--; pero estoy mejor
-formada que tú.
-
---¡Magras!--replicó la otra, y sin hacer caso se puso á hablar con
-Vidal. La Rabanitos le cogió á Manuel por su cuenta y le contó sus penas
-con una seriedad de vieja.
-
---Chico, estoy _derrengá_--le decía--, porque como una es débil y no
-tiene fuerza... Luego, los hombres son tan brutos... y claro, como la
-ven á una así, hacen lo que quieren y todo el mundo la pone á una el
-pie encima.
-
-Manuel oía hablar á la Rabanitos; pero el cansancio y el sueño no le
-permitían darse cuenta de lo que oía.
-
-Entraron otras dos muchachas en la buñolería con dos golfos, uno de
-ellos de cara abultada, ojos nublados y expresión entre feroz é irónica.
-Los cuatro venían borrachos; las mujeres se pusieron á insultar á todos
-los que estaban en la buñolería.
-
---¿Quiénes son esas?--preguntó Manuel.
-
---Unas tías escandalosas.
-
---Oye, vamos--dijo Vidal á su primo con la prudencia que le
-caracterizaba.
-
-Salieron todos de la buñolería, las muchachas fueron hacia el centro y
-ellos por la calle del Ave María hasta la del Olmo. Abrió Vidal la
-puerta de su casa.
-
---Aquí es--le dijo á Manuel.
-
-Subieron hasta el último piso. Allí Vidal encendió una cerilla, metió la
-mano por debajo de la puerta, sacó una llave y abrió. Recorrieron un
-pasillo, y Vidal dijo á Manuel:
-
---Este es tu cuarto. Hasta mañana.
-
-Manuel se despojó de sus harapos, y la cama le pareció tan blanda, que,
-á pesar del cansancio, tardó mucho en dormirse.
-
-
-
-
-TERCERA PARTE
-
-
-
-
-CAPÍTULO PRIMERO
-
-¿Será la buena?--Proposiciones de Vidal.
-
-
-Al día siguiente, cuando despertó Manuel, daban las doce. Hacía tanto
-tiempo que la primera sensación de su despertar era de frío, de hambre ó
-de angustia, que, al encontrarse entre mantas, abrigado, en un cuarto
-estrecho y de poca luz, pensó si estaría soñando.
-
-Luego, de pronto, el recuerdo del suicida de la Virgen del Puerto le
-vino á la memoria; después, el encuentro con Vidal, el baile de Romea y
-la conversación en la buñolería con la Rabanitos.
-
---¿Habrá venido la buena?--se preguntó á sí mismo. Se incorporó en la
-cama, y al ver sus harapos colocados sobre una silla, no supo qué
-hacer.--Si me ven vestido así, me echan--pensó; y en la vacilación
-volvió á meterse entre las sábanas.
-
-Serían cerca de las dos cuando oyó que abrían la puerta del cuarto; era
-Vidal.
-
---Pero, hombre, ¿no sabes la hora que es? ¿Por qué no te levantas?
-
---Si me ven con eso me echan--replicó Manuel señalando sus andrajos.
-
---La verdad es que no puedes vestirte de etiqueta--dijo Vidal
-contemplando la indumentaria de su primo--. Vaya unos zapatitos de
-baile--añadió cogiendo por los tirantes una bota deformada y llena de
-barro, y levantándola cómicamente para observarla mejor--. Es de la
-última moda de los poceros de la villa. Y de medias nada, y de
-calzoncillos ídem; de la misma tela que las medias. ¡Estás apañado!
-
---Ya ves.
-
---Pues no vas á estar aquí siempre; hay que salir. Yo te traeré ropa
-mía; creo que te vendrá bien.
-
---Sí, tu eres un poco más alto.
-
---Bueno, espera un momento.
-
-Salió Vidal del cuarto y volvió con ropa suya. Manuel se vistió á la
-carrera. Los pantalones le estaban un poco largos y tuvo que darles
-vuelta por abajo; en cambio las botas le venían estrechas y cortas.
-
---Tienes el pie pequeño--murmuró Manuel--. Has nacido para señorito.
-
-Vidal mostró su pie, bien calzado, con cierta coquetería.
-
---Algunas señoritas darían algo por estos _pinreles_, ¿verdad? A mi,
-una mujer que tenga mucha pata, no me gusta; ¿y á ti?
-
---A mí, chico, me gustan todas, hasta las viejas. Hay tan poco dónde
-elegir. Anda, dame un periódico. Voy á envolver estas prendas.
-
---¿Para qué?
-
---Para que no las vean aquí. Esto desacredita. Las tiraré á la calle. Lo
-que es el que encuentre el lío puede decir que le ha caído el gordo.
-
-Envolvió Manuel los harapos con mucho cuidado, hizo un paquete, lo ató
-con una guita y lo cogió en la mano.
-
---¿Vamos?
-
---Andando.
-
-Salieron á la calle; Manuel pensaba que todo el mundo se fijaba en él y
-miraba el paquete que llevaba y no se atrevía á dejarlo en ninguna
-parte.
-
---Tráelo, no seas lila--dijo Vidal--, y quitándoselo de la mano lo tiró
-á un solar por encima de la tapia.
-
-Salieron los dos muchachos por la calle de la Magdalena á la plaza de
-Antón Martín y entraron en el café de Zaragoza.
-
-Se sentaron. Vidal pidió dos cafés con media tostada.
-
---¡Qué aplomo tiene!--pensó Manuel.
-
-Llegó el mozo con el servicio, y Manuel se arrojó sobre una de las
-tostadas con ansia.
-
---¡Rediez!--exclamó Vidal, mirándole de hito en hito--. ¡Qué facha de
-golfo tienes!
-
---¿Por qué?
-
---¿Qué se yo? Porque la tienes.
-
---¡Qué se le va á hacer! Uno parece lo que es.
-
---Pero, ¿tú has trabajado? ¿Tú has aprendido oficio?
-
---Sí, he sido criado, panadero, trapero, cajista y ahora golfo, y no sé
-de todo eso lo que es peor.
-
---¿Y habrás pasado muchas hambres, eh?
-
---Uf... la mar... y si fueran las últimas.
-
---Pues lo serán, hombre, lo serán si tu quieres.
-
---¿Cómo? ¿Poniéndome otra vez á trabajar?
-
---O de otra manera.
-
---Pues yo no sé cómo se puede vivir de otra manera, chico; ó hay que
-trabajar, ó hay que robar, ó hay que ser rico, ó hay que pedir limosna.
-De trabajar he perdido la costumbre, para robar no tengo agallas, rico
-no soy, con que me tendré que poner á pedir limosna. A no ser que caiga
-soldado un día de éstos.
-
---Todo eso que dices--replicó Vidal, es una pura pamplina--. ¿De mí se
-puede decir que trabajo? no; ¿que robo ó que pido limosna? tampoco; ¿qué
-soy rico? menos... y ya ves, vivo.
-
---Bueno, tendrás algún secreto.
-
---Puede ser.
-
---Y ese secreto, ¿no se puede saber cuál es?
-
---Si lo supieses tú, ¿me lo dirías?
-
---Hombre... verás; si yo tuviese un secreto y tú me lo quisieras birlar,
-la verdad, me lo guardaría para mí; pero si tú no pensases en
-quitármelo, sino en vivir y no me estorbases, entonces sí, que no te
-quepa duda.
-
---Bien, eso es justo. Tú eres franco... ¡qué moler! Mira, yo por ti
-haría cualquier cosa, y no tengo inconveniente en ponerte al tanto de
-cómo vivimos nosotros. Tu eres un barbián, no eres un bruto de esos que
-no quieren más que matar y asesinar á las personas. Yo te digo con
-franqueza, ¿por qué no? Yo no soy valiente...
-
---Ni yo tampoco--exclamó Manuel.
-
---¡Bah! Tu eres templado. El Bizco mismo te tenía respeto.
-
---¿A mí?
-
---A ti.
-
---¡Quia!
-
---Como quieras. Pero voy á lo de antes. Tú y yo, yo sobre todo, hemos
-nacido para ser ricos; pero ha dado la pijotera casualidad de que no lo
-somos. Ganarlo no se puede; á mí que no me vengan con historias. Para
-tener algo, hay que meterse en un rincón y pasarse treinta años
-trabajando como una mula. ¿Y cuánto reúnes? Unas pesetas cochinas;
-total, _ná_. ¿No se puede ganar dinero?, pues hay que arreglarse para
-quitárselo á alguno y para quitárselo sin peligro de ir á la _trena_.
-
---¿Y cómo?
-
---Ese es el busilis. Ahí está la cuestión. Mira: cuando yo me vine al
-centro desde Casa Blanca, era un _descuidero_, un _randa_. Me tuvieron
-sin culpa una quincena en el _Abanico_, en la jaula, y cuando lo
-recuerdo, ¡chico!, metiemblan las carnes. Me daba más miedo que
-vergüenza robar, esa es la verdad; pero ¿qué iba á hacer? Un día, que
-cogí unas lamparillas eléctricas de una casa de la calle del Olivo, la
-portera me vió, una tía vieja indecente, y se echó á correr tras de mí,
-gritando: «¡A ese! ¡A ese!» Yo tenía alas en los pies; figúrate. Al
-llegar á la iglesia de San Luis, tiré las bombillas al suelo, me colé
-entre la gente de la iglesia y me agazapé en un banco; no me cogieron;
-pero desde entonces, ¡gachó!, tuve un miedo que no podía con mi alma.
-Pues, ya ves, á pesar del miedo, no escarmenté.
-
---¿Volvistes á coger otras lámparas?
-
---No. Verás. Estaba en el patio de Apolo con aquella florera que tanto
-la odiaba la Rabanitos. ¿Te acuerdas?
-
---Sí, hombre.
-
---Era muy interesada la chica aquella. Pues estaba allá, cuando veo á un
-señor gordo, de chaleco blanco, que estaba de palique con unas golfas.
-Había mucha gente; me acerco á él, cojo la cadena, tiro suavemente hasta
-sacar el reloj del bolsillo, doy la vuelta á la anilla y la hago saltar.
-Como la cadena era bastante pesada, había el peligro de que, al
-soltarla, le diera al señor en la barriga y le hiciese comprender que le
-habían _afanado_; pero en aquel momento, dieron unas palmadas, la gente
-comenzó á entrar en el teatro á empellones, yo solté la cadena y me
-escabullí. Iba escapado por frente á San José á meterme por la calle de
-las Torres, cuando siento que me cogen del brazo. Chico, me entró un
-sudor...--Déjeme usted--dije yo.--Calla, si no llamo á uno del orden (Yo
-me callé)--. Te he visto cómo limpiabas el reloj á ese _pimpi_.--¿Yo?--Tú,
-sí. Tienes el reloj en el bolsillo del pantalón, conque no seas memo
-y anda á tomar una copa á la taberna del Brígido.--Vamos--pensé yo--;
-este es un _vivo_ que viene á la parte. Entramos en la taberna y allí
-el hombre me habló claro:--Mira--me dijo--, tú quieres prosperar de
-cualquier manera, ¿no es verdad?; pero le tienes asco al _Abanico_,
-y lo comprendo, porque tú no eres tonto; pero, bueno; ¿cómo quieres
-prosperar? ¿Qué armas tienes tú para luchar en la vida? Tú eres un
-_cimbel_, que no conoce la sociedad ni el mundo. Mañana vienes á mi
-casa; yo te llevaré á un bazar de ropas hechas, compras un traje, un
-sombrero y un baúl y te recomendaré á una casa de huéspedes buena; te
-haré ganar dinero, porque, que te conste que ganar dinero, cuando se
-está en un sitio donde lo hay, es lo más mollar de la vida. Ahora dame
-ese reloj; á ti te engañarían.
-
---¿Y le diste el reloj?
-
---Sí. Al día siguiente...
-
---Te quedarías de boqueras...
-
---Al día siguiente estaba yo ganando dinero.
-
---¿Y quién es ese hombre?
-
---Marcos Calatrava.
-
---¿El cojo? ¿El amigo del repatriado?
-
---El mismo. Conque ya sabes, lo que me dijo á mí él, te lo digo yo á ti.
-¿Quieres entrar en la _combi_?
-
---¿Pero, qué hay que hacer?
-
---Eso depende del negocio... Si tú aceptas, vivirás bien, tendrás una
-buena hembra... peligro no hay... conque tú dirás.
-
---No sé qué decirte, chico. Si hay que hacer una granujada, casi casi
-prefiero vivir así.
-
---Hombre, eso depende de lo que tú llames granujada. ¿A engañar le
-llamas granujada? Pues hay que engañar. No hay otra cosa: ó trabajar ó
-engañar, porque, lo que es regalarte el dinero, que te conste que no te
-lo han de regalar.
-
---Sí, es verdad.
-
---¡Pero si es que eso lo tienes en todo! Negociar y robar es lo mismo,
-chico. No hay más diferencia que, negociando, eres una persona decente,
-y, robando, te llevan á la cárcel.
-
---¿Crees tú?...
-
---Sí, hombre. Es más, creo que en el mundo hay dos castas de hombres;
-unos, que viven bien y roban trabajo ó dinero; otros, que viven mal y
-son robados.
-
---¡Sabes que me parece que tienes razón!
-
---Y tal... No hay más que comer ó ser comido. Conque tu dirás.
-
---Nada, se acepta. Otra Sociedad como la de los Tres.
-
---No compares, que aquello no hay que recordarlo. Aquí no hay un Bizco.
-
---Pero hay un cojo.
-
---Sí, pero es un cojo que vale un riñón.
-
---¿Es el jefe de la partida?
-
---Te diré, chico... yo no lo sé. Yo me entiendo con el Cojo, el Cojo se
-entiende con el Maestro, y el Maestro no sé con quién se entiende; lo
-que sé es que arriba, arriba, hay gente gorda. Una advertencia te tengo
-que hacer: tú ves, oyes y callas. Si te enteras de algo, me lo dices á
-mí; pero fuera, ni una palabra. ¿Comprendes?
-
---Comprendido.
-
---Aquí todo es cuestión de habilidad y de mucha pupila. Si marchamos
-bien, dentro de unos años se puede uno encontrar viviendo bien, hecho
-una persona decente... al pelo.
-
---Y oye: ¿tú has entrado ya en quintas?--preguntó Manuel--; porque yo
-maldito si lo sé.
-
---Yo sí; estoy rebajado. Debes de arreglar eso, si no te van á coger por
-prófugo.
-
---¡Pse!
-
---Se lo diremos al Cojo.
-
---¿Cuándo le veremos?
-
---Dentro de un momento estará aquí.
-
-Efectivamente, poco después el Cojo entraba en el café, Vidal le indicó
-lo que había propuesto á su primo en breves palabras.
-
---¿Servirá?--preguntó Calatrava mirando atentamente á Manuel.
-
---Sí, es más listo de lo que parece--contestó riendo Vidal.
-
-Manuel se irguió con un sentimiento de amor propio.
-
---Bueno; ya veremos. Por ahora no tiene que hacer gran cosa--repuso el
-Cojo.
-
-Se pusieron inmediatamente Calatrava y Vidal á tratar de sus asuntos, y
-Manuel entretuvo el tiempo leyendo un periódico.
-
-Cuando concluyeron de hablar, salió Calatrava del café, y quedaron
-nuevamente solos los dos primos.
-
---Vamos al Círculo--dijo Vidal.
-
-El Círculo estaba en una calle céntrica. Entraron; en el piso bajo
-había billares y algunas mesas de café.
-
-Se sentó en una de ellas Vidal, llamó en un timbre, y á un mozo que
-apareció le dijo:
-
---Dos cubiertos.
-
---Van.
-
---Oye--añadió Vidal--, desde que entres aquí, ni una palabra; ni me
-preguntas ni me dices nada. Lo que tengas que saber yo te lo diré.
-
-Comieron los dos; Vidal charló de teatros, de casinos, de cosas que
-Manuel no conocía, y éste estuvo callado.
-
---Vamos á tomar café arriba--dijo Vidal.
-
-Junto al mostrador había una puerta y de ella subía una escalera de
-caracol, muy estrecha, hasta el entresuelo. A la terminación de la
-escalera se topaba con una puerta de cristales esmerilados. La empujó
-Vidal, y pasaron á un corredor á cuyos lados se veían mamparas forradas
-de verde.
-
-Al final del pasillo, sentado en una mesa, escribía un hombre; contempló
-á Vidal y á Manuel y siguió escribiendo. Vidal abrió una puerta, empujó
-una pesada cortina y pasaron los dos.
-
-Se encontraron en una sala con tres balconcillos á la calle y otros tres
-á un patio. Hacia el lado de la calle había una mesa verde grande con
-dos escotaduras, una frente á otra, en los lados largos; hacia el
-patio, se veía una mesa más pequeña, iluminada por dos lámparas,
-alrededor de la cual se agrupaban treinta ó cuarenta personas. Había un
-gran silencio; no se oía más que las palabras de los dos _croupiers_ y
-el ruido que hacían al recoger con el rastrillo las monedas colocadas
-sobre el tapete verde.
-
-Cuando cesaban las jugadas cambiábanse algunas observaciones entre los
-puntos. Luego la voz monótona del banquero decía:
-
---Hagan juego, señores.
-
-Callaban todos y el silencio era tan grande que se oía el roce de las
-cartas entre los dedos del _croupier_.
-
---Esto parece una iglesia, ¿verdad?--murmuró Vidal--. Como dice un señor
-que viene aquí, el juego es la única religión que queda.
-
-Tomaron café y una copa.
-
---¿Tienes cigarros?--preguntó Vidal.
-
---No.
-
---Toma. Fíjate bien en este juego; yo me voy.
-
---¿Se podrá saber cómo se llama?
-
---Sí; el bacarrat. Oye, á las ocho en el café de Lisboa.
-
-Vidal salió y Manuel quedó solo; miró con atención cómo iba y venía el
-dinero de la banca á los puntos y de los puntos á la banca. Después se
-entretuvo en observar á los jugadores. Era un anhelo tan grande el que
-sentían todos, que nadie se fijaba en los demás.
-
-Los que estaban sentados tenían delante de ellos montones de plata y de
-fichas y las ponían sobre el tapete. El _croupier_ echaba las cartas
-francesas, y poco después pagaba ó recogía el dinero puesto.
-
-Los que estaban de pie alrededor, y de los cuales la mayoría no jugaba,
-parecían interesarse en el juego tanto ó más que los que se hallaban
-sentados y jugaban fuerte.
-
-Eran aquéllos, tipos de miseria y de sordidez horrible; llevaban
-chaquetas rozadas, sombreros grasientos, pantalones con rodilleras,
-llenos de barro.
-
-En sus ojos brillaba la pasión del juego, y se les veía seguir la marcha
-de las jugadas, con los brazos cruzados sobre la espalda y el cuerpo
-echado hacia adelante conteniendo la respiración.
-
-Manuel se aburría allá; miró por los balcones á la calle; vió cómo se
-reemplazaban los jugadores, y al anochecer salió y fué al café de
-Lisboa.
-
-Cuando llegó Vidal, mientras cenaron, le expuso sus dudas acerca del
-juego.
-
---Bueno; eso en seguida lo aprendes--le dijo el otro--. Además, los
-primeros días yo te daré un cartoncito con la indicación de cuándo
-debes jugar.
-
---Muy bien, ¿y el dinero?
-
---Toma para mañana. Cincuenta duros.
-
---¿Son buenos?
-
---Enséñaselos á cualquiera.
-
---De modo que es una combina como la del Pastiri.
-
---Igual.
-
-La tarde siguiente, con los cincuentas duros que le dió su primo y las
-indicaciones en una tarjeta, jugó y ganó veinte duros, que entregó á
-Vidal.
-
-Unos días después le llamaron de un cuartel, le preguntaron el nombre en
-una oficina y le despacharon.
-
---Te han rebajado--le advirtió Vidal.
-
---Bueno--contestó alegremente Manuel--; me alegro de no ser soldado.
-
-Siguió acudiendo al Círculo todos los días que le indicaron, y al cabo
-de algún tiempo conocía el personal de la casa de juego. Había mucha
-gente empleada allá; varios _croupiers_ muy atildados con las manos
-limpias y perfumadas; unos cuantos matones, otros medio ganchos, otros
-que vigilaban á los que entraban y á los ganchos.
-
-Eran todos tipos sin sentido moral, á quienes, á unos la miseria y la
-mala vida, á otros la inclinación á lo irregular, había desgastado y
-empañado la conciencia y roto el resorte de la voluntad.
-
-Manuel experimentaba, sin darse cuenta de ello con claridad, la
-repugnancia por aquel medio, y sentía obscuramente la protesta de su
-conciencia.
-
-
-
-
-CAPÍTULO II
-
-El Garro.--Marcos Calatrava.--El Maestro.--Confidencias.
-
-
-Una noche salió Manuel del Círculo, acompañado de un hombrecito con
-trazas de enfermo. Los dos llevaban el mismo camino; entraron en el cafe
-de Lisboa; el hombre se reunió allí con una mujer gorda y se sentó con
-ella, y Manuel se acercó á su primo.
-
---¿Qué hablabas con ese?--le preguntó Vidal al verle.
-
---Nada, de cosas indiferentes.
-
---Te advierto que es uno de la policía.
-
---¿Sí?
-
---Ya lo creo.
-
---Pues lo he visto en el Círculo.
-
---Sí, cobra allí. Le llaman el Garro. Está casado con esa, que es la
-Chana, una timadora antigua. Vivía en la calle de la Visitación, en casa
-de María la Guerrero, cuando yo me fuí con la Violeta. La Chana entonces
-ya se dedicaba á perista, conocía á todos los inspectores y estaba liada
-con un matón que llamaban el Ministro y á quien le mataron en la calle
-de Alcalá. Ten cuidado con el Garro; si te pregunta algo no le digas
-nada; ahora, si puedes sonsacarle alguna cosa, eso sí, hazlo.
-
-Al día siguiente el Garro volvió á reunirse con Manuel y le preguntó
-quién era y de dónde venía. Manuel, advertido, contó una porción de
-embustes con gran candor, y se hizo el engañado por Vidal y por el Cojo.
-
---Le advierto á usted que son dos pájaros de cuenta--le dijo el policía.
-
---¿Sí, eh?
-
---Uf, que se pierden de vista. El Cojo, sobre todo, es atravesado. No se
-meta usted con él, porque ese es capaz de todo.
-
---¿Tan fiero es?
-
---Ya lo creo. Yo conozco su historia, él no lo sabe. Se llama Marcos
-Calatrava y es de buena familia. Hace doce años cursaba medicina.
-
-El Garro contó toda la historia de Marcos. Al principio había sido un
-gran estudiante. Luego, de pronto, comenzó á frecuentar garitos, y en
-uno de éstos robó una capa. Tuvo la mala suerte de que le cogieran _in
-fraganti_, le llevaron á la Cárcel Modelo y estuvo allá arriba dos
-meses. Al año siguiente tomo la decisión de no estudiar, y como de su
-casa no le mandaban dinero, comenzó á matonear por garitos y chirlatas.
-Una navajada que le dieron en una bronca que tuvo, le quitó por algún
-tiempo sus arrestos de matón. Cuando se puso bueno fué á ver á la
-superiora de las Hermanas de la Caridad de San Carlos y le pidió dinero.
-Quería hacerse fraile, le había herido la gracia divina; y con su manera
-de hablar melosa, la convenció, le sacó los cuartos, y además una carta
-para el prior de un convento de Burgos.
-
-Calatrava se gastó el dinero, y á los dos ó tres meses estaba muerto de
-hambre. Entonces organizó una compañía de cómicos de la legua, á quienes
-explotó de una manera miserable, y al año ó cosa así de recibir la carta
-de la superiora, en un período de hambre horrorosa, se encontró en el
-fondo de una maleta la carta y determinó aprovecharse de ella. Como era
-hombre de decisiones rápidas, no vaciló, tomó el tren sin billete y
-entre los fardos de los vagones de mercancías llegó á Burgos, se
-presentó en el convento y entró de novicio. Al poco tiempo pidió que le
-enviaran por los pueblos pidiendo limosna; al principio estuvo bien,
-hasta se distinguió por su celo; pero después empezó á hacer
-barbaridades, escandalizó á las personas piadosas de las aldeas, y
-cuando el prior, á quien había llegado la noticia de sus fechorías, le
-mandó llamar y volver al convento, Calatrava, sin hacer caso, anduvo
-explotando los hábitos, y cuando ya iban á pescarle volvió á Madrid. A
-los tres ó cuatro meses de estar aquí agotó todo su dinero y su crédito
-y tomó la determinación de sentar plaza en Sanidad militar y marcharse
-á Filipinas.
-
-Un médico de regimiento, viendo á Marcos tan servicial y tan listo,
-trató de ayudarle á terminar la carrera y le colocó de interno en el
-Hospital militar de Manila.
-
-Inmediatamente, Calatrava empezó á robar de la botica del Hospital,
-medicamentos, vendajes, aparatos, todo lo que podía, para venderlo; le
-despacharon de allá; pidió la absoluta y se dedicó á cobrar el barato en
-los chabisques de Manila. Como era tan quisquilloso, pronto allí se le
-hizo la vida imposible, y entonces recurrió á un Círculo de militares y
-consiguió que se hiciera una colecta para él, y con el dinero vino á
-España.
-
-En Madrid volvió á encontrarse apurado, y como no era de los que se
-ahogan en poca agua, se alistó en el batallón de Voluntarios que iba á
-Cuba. Marcos se distinguió por su valor en muchas acciones, ascendió
-pronto á sargento cuando una bala le atravesó la pierna y tuvieron que
-cortársela en el Hospital de la Habana; y el hombre volvió á España ya
-sin porvenir y con un retiro ridículo.
-
-Aquí anduvo fingiéndose agente de la policía secreta, robando por las
-calles, hasta que encontró un socio y se dedicó con él al timo del
-entierro, que, á pesar de lo divulgado que está, suele dar resultados
-entre los estafadores. Formó en una época una sociedad de espadistas y
-de criadas de servir para desvalijar las casas; falsificó billetes;
-luego no hubo engaño ni timo que no intentase; y como tenía una
-inteligencia clara y despierta, estudió metódicamente todos los
-procedimientos conocidos de estafa, calculó el pro y el contra de cada
-uno de ellos y encontró que todos tenían grandes quiebras.
-
-Al último--concluyó diciendo el Garro--, se encontró con el Maestro que
-se ha retirado, y yo no sé de dónde han cogido dinero para estos
-garitos; el caso es que lo tienen.
-
---¿Hay más de un Círculo de éstos?--preguntó Manuel.
-
---Abierto al público no hay más que éste; pero tienen la casa de la
-Coronela, en donde se juega mucho más. Allá está todas las noches el
-Maestro. ¿No ha ido usted á aquella casa?
-
---No.
-
---Ya le llevarán. Si tiene usted dinero que perder, entre Vidal y el
-Cojo ya le llevarán. Luego la Coronela, como mete á la hija á bailarina,
-va á abrir un salón.
-
---Esa Coronela, ¿es cubana?--preguntó Manuel.
-
---Sí.
-
---La conozco, y conozco también á un amigo suyo que se llama Mingote.
-
-El policía miró con cierta reserva á Manuel.
-
---Puede usted decir--le dijo--que conoce usted lo peorcito de Madrid.
-Mingote está ahora con Joaquina la Verdeseca. Tienen una casa de citas
-elegante. Van señoras y dejan su retrato. Este Mingote, fué el que
-organizó aquel baile célebre. Se pagaba un duro la entrada, y al final,
-se rifaba una señorita. La hija de la querida de Mingote.
-
-Unos días después de esta conversación, Manuel, al salir del Círculo y
-encontrarse con Vidal, sintió la necesidad de hablarle del malestar que
-experimentaba con aquella vida. Vidal estaba también aquella noche de
-humor triste, é hizo lamentables confidencias á Manuel.
-
-Fueron á un teatro, pero no había gente; entraron en un café y, después
-de pasear con una noche horrible de frío, Vidal propuso que entraran á
-tomar algo en casa de la Concha, en la calle de Arlabán.
-
-Manuel no quería, porque no tenía ganas de comer ni de nada; pero á
-remolque entró en la taberna. Hacía dentro mucho calor, y esto les
-reanimó á los dos; se sentaron y Vidal pidió unas copas y luego unas
-chuletas.
-
---Hay que olvidar--dijo después de dar estas disposiciones.
-
-Manuel hizo un gesto de desaliento y vació un vaso de vino que llenó
-Vidal.
-
-Después contó lo que le había dicho el Garro. Su primo le escuchaba
-atentamente.
-
---No sabía la historia de Calatrava--dijo al concluir Vidal.
-
---Pues historia por historia--repuso Manuel--¿dime tú? ¿quién es ese
-Maestro?
-
---El Maestro... es un coloso. ¿Tú has leído Rocambole?
-
---No.
-
-Vidal quedó un poco parado; la figura de Rocambole, sin duda, le parecía
-la más á propósito para comparar al Maestro.
-
---Bueno, pues figúrate tú un hombre como el Cojo, ¿sabes?, pero
-muchísimo más listo que él; un hombre que imita todas las letras, que
-sabe cuatro ó cinco idiomas, que tiene una serenidad como nadie, que
-viste la blusa lo mismo que la levita, que habla con una señora y parece
-un caballero, y habla con una golfa y parece un chulo, y une á esto que
-es una especie de payaso, que toca el acordeón, imita el tren,
-gesticula, se ríe de todo el mundo. Y luego ¡chiquillo! le ves medio
-llorando porque ha visto un viejo medio desnudo por la calle ó le ha
-pedido limosna una golfilla.
-
---¿Y cómo se llama?
-
---¡Qué sé yo! Cualquiera lo sabe. Algunos dicen que han conocido á su
-padre y á su madre, pero no es verdad. Yo he pensado si será hijo
-natural de algún personaje, pero no lo creo del todo, porque si hubiera
-sido así, sería chocante que le prendieran, como le prendieron, cuando
-tenía diez y siete años.
-
---Pronto empezó.
-
---Sí; lo prendieron sin culpa. El era empleado de uno que había hecho
-una estafa, y lo metieron en el Saladero con su principal. Esto lo
-cuenta el mismo. Un día parece que fué el juez á tomar declaración á un
-preso, y estando el escribiente copiando la declaración le dió un mal y
-tuvieron que llevarle á casa. El juez preguntó al alcaide si no tenía
-algún preso que supiera escribir al dictado, y el alcaide llamó al
-Maestro. Este se sentó en la silla, miró los papeles y se puso á
-escribir. El juez, al terminar la declaración, echa una mirada á los
-autos y queda asombrado. No se conocía dónde había empezado á escribir
-el Maestro y dónde había acabado el escribiente; la letra de uno y de
-otro eran iguales.
-
---¡Qué tío!
-
---Cuando contaba el Maestro esto, decía que si aquel juez no hubiera
-sido un estúpido, él no hubiera terminado mal; pero al juez lo único que
-se le ocurrió fué decir que aquel chico era peligroso y que había que
-tener con él mucho ojo. El Maestro, que vió que extremaban la vigilancia
-con él por el motivo de haber hecho un favor, claro, se indignó. Luego,
-en el Saladero, conoció á un falsificador célebre, y entre los dos,
-desde la misma cárcel, le sacaron á un francés cuarenta mil duros por el
-registro del entierro.
-
---¡Qué bárbaros!
-
---Dieron cinco ó seis golpes por el estilo. Al fin cayeron en que eran
-ellos dos y se les formó causa de nuevo. Le preguntaban á uno:--¿Quién
-ha sido el que ha escrito esto?--Yo, contestaba; le preguntaban al
-otro:--¿Quién ha sido el que ha escrito esto?--Yo, contestaba también.
-No podían saber cuál de los dos era. Entonces al juez se le ocurrió
-meterles á cada uno de ellos en un cuarto y hacerles escribir la carta
-por la que habían venido á saber que estaban preparando un entierro, y
-¡chico! los dos escribieron igual, con la misma letra y con los mismos
-borrones. Figúrate tú qué maña tendrá este hombre, que algunas veces,
-cuando ha habido bailes y banquetes en el Palacio Real, ha falsificado
-la invitación, se ha puesto un frac y allá se ha marchado, alternando
-con duques y marqueses.
-
---¡Rediez!--dijo Manuel admirado--. ¿Y el compañero del Saladero vive?
-
---No; creo que murió en América.
-
---¿Ha estado allá también el Maestro?
-
---En todas partes; ha recorrido medio mundo, y en cada sitio ha dejado
-diez ó doce falsificaciones.
-
---¿Será rico?
-
---Sí, seguramente.
-
---¿Y qué hace con el dinero?
-
---Chico, yo no lo sé. No le gustan las juergas, no tiene queridas. El
-Cojo me dijo una vez que el Maestro tenía una hija educándose en Francia
-y que le dejaría una fortuna.
-
---¿Y dónde vive ese hombre?
-
---Vive hacia Chamberí; allí creo que se pasa los días leyendo y tocando
-la guitarra y besando el retrato de su hija.
-
---Sería curioso saber lo que hace.
-
---No lo hagas; á mí me entró la misma curiosidad. Un día le vi salir de
-un juego de bolos de los Cuatro Caminos:--Vamos á ver lo que hace este
-punto, me dije; fuí al otro día y lo encontré. Estaba muy alegre,
-jugando, hablando, accionando; parecía que no me había conocido. Al día
-siguiente el Cojo me dijo:--No vuelvas donde estuviste ayer, si no
-quieres reñir conmigo para siempre. Comprendí la advertencia y no he
-vuelto.
-
-Era curiosa la vida pura y sencilla de aquel hombre metido en
-combinaciones de estafas y de engaños. Manuel escuchaba á su primo como
-quien oye un cuento.
-
---¿Y la Coronela?--le preguntó.
-
---Nada... una pendona. Fué la querida de un relojero, que se hartó de
-ella porque es una tía ordinaria y luego se lió con ese militar. Es una
-tía sucia y mala.
-
---Es mala, sí. Desde el primer día que la vi me lo pareció.
-
---¿Mala? Es una loba y tiene furor... ¿sabes? Hace ignominias. Antes,
-cuando algún señorito seguía á alguna de sus hijas, le hacía subir á su
-casa y allá le decía que con sus hijas nada, pero con ella sí. Ahora va
-á los cuarteles. Es una tía de lo más indecente... Pero lo que está
-haciendo con el hijo es todavía peor.
-
---¿Pues qué hace?
-
---Nada. Que por entretenerse, le visten de chica y le pintan, y ya no le
-llaman Luis, como se llama él, sino Luisita la Ricopelo.
-
---¡Cristo!--murmuró Manuel dando un puñetazo en la mesa--. Eso es
-demasiado. Hay que denunciar eso.
-
---Calla, que viene gente--advirtió Vidal.
-
-Tres hombres y una muchacha se sentaron en la mesa de al lado de la
-taberna.
-
-Uno de ellos era un viejo teñido, con la cara llena de arrugas blandas y
-el aire de un cinismo repugnante; el otro tenía el tipo de un peluquero,
-patillas de hacha muy repeinadas y el pelo rizado; el tercero, calvo,
-con la nariz roja y las barbas deshilachadas y amarillas, presentaba el
-aspecto del joven decrépito.
-
-La muchacha era muy bonita; tenía la nariz afilada, los labios finos, el
-pelo negro, separado en dos bandas; llevaba una capa de color perla con
-cuello de plumas, la mantilla prendida en el moño que encuadraba su
-rostro y caía sobre el pecho.
-
-En su cara latía una continua nerviosidad y una expresión sarcástica; no
-paraba un momento de moverse, y cuando escuchaba, accionaba y movía
-nerviosamente los labios.
-
-Tenían todos las mejillas rojas y los ojos brillantes. El hombre de las
-barbas hacía preguntas y más preguntas á la muchacha, y ésta contestaba
-con gran descoco.
-
-Manuel y Vidal se pusieron á escuchar.
-
---¿De veras eres partidaria del amor libre?--decía el de las barbas.
-
---Sí.
-
---¿No quisieras casarte?
-
---Yo no.
-
---Es una mujer indiferente--interrumpió el de las patillas--no comprende
-esas cosas de cariño.
-
---Bah, no lo creo.
-
---Lo que tiene la pobre es que es muy... bruta--murmuró el viejo con voz
-aguardentosa.
-
---¿Y tu mujer?--preguntó ella agitándose en la silla y mirando al viejo
-con los ojos fríos y burlones. La muchacha aquella daba la impresión de
-una avispa ó de un bicho con aguijón. Se agitaba en el asiento cuando
-iba á decir algo, pinchaba y quedaba ya tranquila y satisfecha por un
-momento.
-
-El viejo masculló una serie de blasfemias. El de las barbas rojas
-siguió preguntando á la muchacha.
-
---¿Pero tú no has querido á nadie?
-
---Yo no; ¿para qué?
-
---Si te digo que es fría como el mármol--murmuró el de facha de
-peluquero.
-
---Cuando le conocí á éste--añadió ella riéndose y señalando al de las
-patillas--tenía un hombre que me había puesto un cuarto y la patrona de
-la casa pasaba por mi madre. Además, tenía otros amigos; pues ya ves,
-ninguno notó nada.
-
---Es terrible--exclamó el de las barbas llenando un vaso de vino y
-vaciándolo--; no nos quieren, y nosotros suponiendo siempre que tienen
-corazón. Pero de veras, dime de veras, ¿no has querido nunca á nadie?
-
---A nadie, á nadie.
-
---Si te digo que es fría como el mármol--repitió el hombre con facha de
-peluquero--. ¡Si supieras las majaderías que hice yo por ella!
-Preguntaba tímidamente en la portería; pasé un mes sin atreverme á
-hablarla, y luego, al conseguirla, supe que era una mujer á quien se
-dice:--¿Mañana estás libre á tal hora?--Sí.--Pues mañana nos veremos.
-
---Como quien avisa á un afinador de pianos--repuso el de la barba,
-encontrando no se sabe qué relación entre los hombres y los pianos--. Es
-terrible--añadió, y después con un arrebato de ira, golpeó la mesa con
-el puño é hizo tambalearse los vasos.
-
---¿Qué te pasa?--preguntó el viejo.
-
---Nada. Había que destruir esta cochina humanidad. Me siento anarquista.
-
---Bah, yo creo que te sientes borracho--interrumpió el de las patillas.
-
---San Dios; porque tú seas un indecente burgués dedicado á los
-negocios...
-
---Si tú eres más burgués que yo.
-
-El hombre de la nariz roja y de la barba amarilla se calló indignado;
-luego, dirigiéndose á la muchacha, con voz iracunda, la dijo:
-
---Dile á este imbécil que cuando habla un hombre de talento él debe
-callar. La culpa la tenemos nosotros que le otorgamos la beligerancia.
-
---¡Pobre hombre!
-
---¡Idiota!
-
---Si eres más pesado que un artículo tuyo--gritó el de las patillas--; y
-todavía, si esa soberbia de que haces gala la sintieras, estaría bien;
-pero si no la sientes; si eres un pobre desgraciado que te reconoces á
-ti mismo, imbécil; si te pasas la vida aburriéndonos, recitándonos
-artículos que ya has publicado y que ni siquiera son tuyos, porque los
-coges de cualquier parte...
-
-La palidez del de las barbas hizo callar á su contrincante, y siguieron
-los tres hablando en tono tranquilo.
-
-De pronto el viejo se puso á chillar.
-
---Pues no será una persona decente--decía.
-
---¿Por qué no?--replicaba la mujer.
-
---Porque no. Será carpintero, basurero, ó ladrón, ó hijo de mala madre,
-porque una persona decente no sé á qué se va á levantar por la mañana.
-
-Cenaron Manuel y Vidal. Poco después se levantaron la muchacha y sus
-tres acompañantes.
-
---Ahora va uno á casa--murmuró el de las barbas rojas en tono lúgubre--,
-arregla la cama, se mete uno dentro, se enciende un pitillo, bebe un
-vaso de agua, orina y se duerme uno. La vida es repugnante.
-
-Al salir los cuatro á la calle, Vidal fué detrás de ellos.
-
---Voy á enterarme quién es ella--le dijo á Manuel--. Hasta mañana.
-
---Adiós.
-
-
-
-
-CAPÍTULO III
-
-La Flora y la Aragonesa.--La Justa.--La inauguración del Salón París.
-
-
-Al día siguiente, Vidal dijo á su primo que se había enterado quién era
-la muchacha. Se llamaba Flora, vivía en la calle del Pez y solía acudir
-á una tienda de modas de la calle del Barquillo, casa de trato
-disimulada. Vidal esperaba hacer la conquista de la Flora.
-
-Ya iba adelantado en su intento, cuando Calatrava, que estaba satisfecho
-de Manuel y de Vidal, les invitó á los dos un domingo por la tarde á ir
-á una casa de la calle del Barquillo, en donde encontrarían mozas guapas
-é irían con ellas á los Viveros.
-
-Aquella tarde fué terrible de emociones para Manuel. Fueron Calatrava,
-Vidal y Manuel en coche á la tienda de modas, y les hicieron subir á un
-saloncillo regularmente amueblado. Al poco rato llegó Flora, acompañada
-de una mujer alta, de ojos negros y cara cetrina, verdaderamente
-hermosa, la cual produjo un gran entusiasmo en Calatrava.
-
---Esperaremos que venga otra--dijo Vidal.
-
-Esperaron charlando. Se oyó ruido de pasos en el corredor, se levantó
-una cortina y apareció una mujer. Era la Justa, más pálida, con los ojos
-más negros y la boca roja. Manuel la miró sobrecogido; ella volvió la
-espalda, y trató de salir.
-
---¿Por qué quieres marcharte?--preguntó Vidal.
-
-La muchacha nada replicó.
-
---Bueno, vamos--dijo Calatrava.
-
-Salieron del salón y bajaron las escaleras; en el coche que estaba
-esperando montaron Vidal con la Flora y Manuel con la Justa, y en otro
-coche Calatrava y la mujer alta de ojos negros; se dirigieron hacia la
-Puerta del Sol, y después, por la plaza de Oriente, á la Bombilla.
-
-En el coche, Vidal y Flora hablaron por los codos; la Justa y Manuel
-estuvieron callados.
-
-La merienda fué para los dos triste; al terminarla, Vidal y Calatrava
-desaparecieron; la Justa y Manuel quedaron en la mesa sin saber qué
-decirse. Manuel sentía una tristeza dolorosa, el aniquilamiento completo
-de la vida.
-
-Al anochecer, las tres parejas volvieron á Madrid, y cenaron en un
-cuarto del café Habanero.
-
-Hubo confidencias entre todos ellos; cada uno contó su vida y milagros,
-menos la Justa, que calló.
-
-Calatrava y Vidal querían saber cómo sus amadas habían entrado en la
-vida irregular que llevaban.
-
---Yo entré en la vida--dijo la Flora--, porque no veía otra cosa en mi
-casa. No he conocido padre ni madre, viví hasta los quince años con mis
-tías, que eran golfas como yo. Sólo que eran más alegres que yo. La
-mayor tenía un chico, y lo dejaba en el cajón de la cómoda, que había
-convertido en cama. No tenían trajes, y para salir era necesario que una
-se quedara en casa, y las botas y las enaguas de una servían para la
-otra. Cuando se encontraban sin dinero, escribían á una señora que tenía
-casa de compromiso, acudían á la cita, y volvían con el dinero tan
-contentas. A mí me querían meter en un taller, y dije yo:--No, para
-trabajar, prefiero ser golfa--, y me lancé á la vida.
-
-La otra mujer, alta y hermosa, habló con cierta amargura. La llamaban
-Petra la Aragonesa.
-
---Yo--dijo con voz grave--, fuí deshonrada por un señorito; vivía en
-Zaragoza, y entré en la vida. Como mi padre vive allí, y es carpintero,
-y también mis hermanos, para no darles esta vergüenza, pensé venir á
-Madrid, y nos arreglamos una compañera y yo para hacer el viaje juntas.
-Teníamos cada una más de diez duros cuando llegamos á Madrid. En la
-estación tomamos un coche, paramos en un café, comimos y nos echamos á
-andar por las calles. En una rinconada, creo que estaba por la plaza de
-los Mostenses, en una callejuela que no sabría decir á dónde cae ni qué
-nombre tiene, vimos una casa con las ventanas iluminadas y oímos el
-sonido de un organillo. Entramos, dos chulos se pusieron á bailar con
-nosotras, y nos llevaron á una casa de la calle de San Marcos.
-
-Al día siguiente, cuando me levanté, aquel hombre me dijo:--Anda; trae
-el dinero que llevas y vamos á comer aquí mismo. Yo dije que nones.
-Después salió un señor y nos enseñó la casa, que estaba muy bien puesta,
-con divanes y espejos, y nos ofreció unas copas y pasteles y nos invitó
-á quedarnos allá. Yo no quise tomar nada y me fuí. La otra le dió todo
-el dinero que tenía al chulo y se quedó. Luego el hombre aquel la sacaba
-el dinero y la pegaba.
-
---¿Y vive todavía en la casa tu compañera?--preguntó Vidal.
-
---No; la traspasaron á una casa de Lisboa por cuarenta y cinco duros.
-
---¿Para qué fué?
-
-La Aragonesa se encogió de hombros.
-
---Es que las mujeres de la vida son muy bestias--dijo Vidal--; no tienen
-entendimiento ni conocen sus derechos ni nada.
-
---¿Y tú?--preguntó Calatrava á la Justa.
-
-La muchacha se encogió de hombros y no desplegó sus labios.
-
---Esta será alguna princesa rusa--dijo con sorna la Flora.
-
---No--replicó la Justa secamente--; soy lo que eres tú, una tía.
-
-Concluyeron de cenar y cada pareja se fué por su lado. Manuel acompañó á
-la Justa hasta la calle de Jacometrezo, en donde vivía.
-
-Al llegar al portal, Manuel iba á despedirse, esquivando su mirada, pero
-ella le dijo:--Espera. Les abrió el sereno, le dió ella diez céntimos,
-el vigilante le entregó una cerilla larga después de encenderla en su
-linterna, y comenzaron á subir la escalera. A la luz de la cerilla, la
-sombra de los dos se alargaba y se achicaba con alternativas al
-reflejarse en las paredes. En el tercer piso abrió la Justa una puerta
-con un llavín y pasaron los dos adentro á un cuarto estrecho con una
-alcoba. La Justa encendió un quinqué de petróleo y se sentó; Manuel hizo
-lo mismo.
-
-Nunca Manuel se había sentido tan miserable como aquella noche. No
-comprendía para qué la Justa le había hecho subir á su casa; se
-encontraba cohibido ante ella y no se atrevía á preguntarle nada.
-
-Después de algunas palabras indiferentes que cambiaron, Manuel la dijo:
-
---¿Y tu padre?
-
---Bueno.
-
-De pronto la Justa, con una brusca transición, empezó á llorar. Debía de
-sentir un gran deseo de contar á Manuel su vida, y lo hizo sollozando,
-con palabra entrecortada.
-
-El hijo del carnicero, después de sacarla del taller, la había
-deshonrado y la había contagiado una enfermedad horrorosa; después la
-abandonó y se fué de Madrid. Entonces ella no tuvo más remedio que
-marcharse al Hospital. Cuando fué su padre á San Juan de Dios y la vió
-boca arriba con unos tubos de goma en las ingles abiertas, creyó que la
-iba á matar, y con voz rabiosa le dijo que para él su hija había muerto
-y que no volviera más por su casa. Ella se echó á llorar desconsolada;
-una vecina que estaba en una cama de al lado, le dijo: «¿Por qué no te
-echas á la vida?» Pero ella no hacía más que llorar. Cuando le dieron el
-alta fué á ver á la maestra del taller y no la quiso recibir. Entonces,
-ya á la noche, salió dispuesta á todo. Estaba en la calle Mayor cuando
-se le acercó un hombre que llevaba un bastón en la mano y le dijo: «Anda
-para adelante». Fueron calle abajo, y aquel hombre la hizo entrar en el
-Gobierno civil, subieron hasta el último piso y pasaron por un corredor
-obscuro á un cuarto con luz eléctrica, lleno de mujeres, que hablaban y
-reían con los empleados. Al cabo de algún tiempo, un señor empezó á
-leer una lista y se fueron marchando las mujeres. No quedaron más que
-veinte ó treinta de las más zarrapastrosas y sucias. A todas las
-hicieron bajar unas escaleras y las encerraron en una cueva.
-
---Allí pasé una noche desesperada--concluyó diciendo la Justa--; al día
-siguiente me llevaron á reconocimiento y me dieron cartilla.
-
-Manuel no supo encontrar ni una frase de consuelo, y al ver su frialdad
-la Justa se repuso de su emoción. Siguieron hablando. Después Manuel
-contó su vida tranquilamente; los recuerdos se engarzaron unos con
-otros, y hablaron y hablaron sin cansarse; de pronto la llama del
-quinqué vaciló un momento, y con un suave estallido se apagó.
-
---También es casualidad--dijo la Justa.
-
---No; que no tendría petróleo--repuso Manuel--. Bueno, yo me voy.
-
-Se registró los bolsillos; no tenía fósforos.
-
---¿No tienes cerillas?--preguntó ella.
-
---No.
-
-Manuel se levantó y fué tanteando; tropezó con la mesa; luego con una
-silla y se detuvo.
-
-La Justa abrió el balcón que daba á la calle y Manuel pudo ver algo y
-dirigirse hacia la puerta.
-
---¿Tienes la llave de la casa?--dijo.
-
---No.
-
---Y entonces, ¿cómo voy á salir?
-
---Tendremos que llamar al sereno.
-
-Salieron los dos al balcón; la noche estaba fría, muy estrellada.
-Esperaron á que se viera el farolillo del sereno.
-
-La Justa se acercó mucho á Manuel; éste le pasó él brazo por el talle.
-Luego no hablaron más; cerraron el balcón y huyeron en la obscuridad
-hacia la alcoba.
-
-Había que aceptar las cosas tal como venían; Manuel prometió á la Justa
-que si encontraba algún medio de ganar honradamente unos cuartos, la
-sacaría al momento de aquella vida, y la Justa lloró emocionada sobre el
-hombro de Manuel. A pesar de los hermosos planes de regeneración que
-idearon aquella noche, Manuel no intentó nada; lo único que hizo fué ir
-á vivir con la Justa. A veces los dos sentían una repugnancia grande por
-la vida que llevaban, y reñían y se insultaban por cualquier motivo,
-pero en seguida hacían las paces.
-
-Todas las noches, mientras Manuel dormía en aquel cuchitril, de vuelta
-de la casa de juego, llegaba la Justa, cansada de rodar por cafés,
-colmados y casas de citas. A la luz lívida del amanecer, sus mejillas
-tenían un color sucio y su sonrisa era muy triste.
-
-Algunas veces iba tambaleándose, completamente borracha, y al entrar en
-la casa y al subir las escaleras sola sentía un miedo y un
-remordimiento grandes. El amanecer le producía como un despertar de la
-conciencia.
-
-Al llegar al cuarto, abría la puerta con el llavín, entraba y se
-acostaba junto á él, sin despertarle, temblando de frío.
-
-Manuel se iba acostumbrando á aquella vida y á sus nuevas amistades; no
-se atrevía á intentar un cambio de postura por pereza y por miedo.
-Algunos domingos por la tarde, la Justa y él marchaban de paseo á los
-Cuatro Caminos y á la Puerta de Hierro, y cuando no reñían hablaban de
-sus ilusiones, de un cambio de vida que vendría para ellos sin esfuerzo,
-como una cosa providencial.
-
- * * * * *
-
-Durante este invierno los dueños del Círculo instalaron en la planta
-baja en donde antes estaba el café, el Salón París, y en la lista de las
-bellezas sensacionales que habían de exhibirse, aparecieron las
-bailarinas y cupletistas de más nombre; las Dalias, Gardenias,
-Magnolias, etc. Además, como gran atracción, se anunció el debut de
-Chuchita, la hija de la Coronela. Esta trataba de explotar á su niña
-como empresaria y como madre. El día de la presentación la madre hizo
-que la clac ocupara todas las localidades. Vidal, el Cojo y Manuel se
-acomodaron en las primeras filas de sillas en calidad de alabarderos.
-
---Aplaudirán ustedes, ¿eh?--preguntó la Coronela.
-
---Descuide usted--dijo Calatrava--y al que no le guste, mire usted qué
-argumento le traigo--y mostró su garrote.
-
-Después de un magnetizador salió Chuchita en medio de una salva de
-aplausos. Bailó sin gracia ninguna, y al terminar su canción y de bailar
-un tango sacaron al escenario una gran cantidad de guirnarlas de flores
-y de otros regalos. Cuando concluyó la sección en que trabajaba la
-Chuchita, se reunieron Manuel y Vidal con unos periodistas, entre los
-cuales había dos amigos de Alex el escultor, y fueron juntos á dar la
-enhorabuena al padre de la Chuchita.
-
-Llamaron al sereno y entraron en la casa. La criada les hizo pasar al
-cuarto del Coronel. Este, metido en la cama, fumaba tranquilamente.
-Entraron todos en la alcoba.
-
---Que sea enhorabuena, mi coronel.
-
-El hombre del pundonor militar recibía los plácemes sin notar la sorna
-que aquello significaba.
-
---¿Y cómo ha estado? ¿Cómo ha estado?--preguntaba el padre desde su
-cama.
-
---Muy bien; al principio un poco tímida, luego se soltó.
-
---Si las bailarinas son como los militares, en cuanto llegan al terreno
-se crecen.
-
-Celebraron todos, periodistas y demás golfería, la frase, con risas
-burlona, se despidieron del Coronel y volvieron de nuevo al Salón París.
-
-La Coronela, Chuchita y la hermana de ésta, la rubia, acompañadas las
-tres de un señor senador, de un periodista y de un torero de fama se
-preparaban para cenar en un gabinete del Círculo.
-
-Según se decía, Chuchita manifestaba una inclinación decidida por el
-torero, y la Coronela, no sólo no la disuadía, sino que había llamado al
-torero para que el debut de la Chuchita fuera para ella del todo
-agradable...
-
-La apertura del Salón París dió ocasiones á Manuel y á Vidal de nuevos
-conocimientos.
-
-Este se había hecho amigo del hermano de la Chuchita, que alcahueteaba
-por el teatro, y el chiquillo llevó á Vidal y á Manuel á los cuartos de
-las bailarinas.
-
-Cuando la Justa se enteró de las amistades de Manuel le armó un
-escándalo tremendo. La Justa se había propuesto hacer la vida de Manuel
-insoportable, y tan pronto le insultaba y le decía que era un chulo que
-vivía á sus expensas, como se manifestaba celosa. Cuando armaba un
-escándalo de éstos, Manuel resignado se encogía de hombros y la Justa,
-sumida momentáneamente en la mayor desesperación, se tiraba larga en el
-suelo y quedaba inmóvil, como muerta. Luego se le pasaba el arrechucho y
-tan tranquila.
-
-
-
-
-CAPÍTULO IV
-
-Un fusilamiento.--En el puente del Sotillo.--El Destino.
-
-
-Una noche de Agosto salían del Teatro Eldorado, Manuel, Vidal, la Flora
-y la Justa, cuando dijo Vidal.
-
---Hoy fusilan á un soldado. ¿Queréis que vayamos á ver?
-
---Sí, vamos--contestaron la Flora y la Justa.
-
-Hacía una noche hermosa y templada.
-
-Subieron la calle de Alcalá y entraron en Fornos. A eso de las tres
-salieron del café y en una manuela se dirigieron al lugar de la
-ejecución.
-
-Dejaron el coche frente á la Cárcel Modelo.
-
-Era demasiado temprano. Aún no había amanecido.
-
-Dieron vuelta á la cárcel metiéndose por una callejuela como una zanja
-abierta en la arena, hasta salir á los desmontes próximos á la calle de
-Rosales. Tenía el edificio de la Cárcel Modelo, visto desde aquellos
-campos desolados, un aspecto imponente; parecía una fortaleza envuelta
-en la luz azul y espectral de los arcos voltaicos. Los centinelas daban
-de vez en cuando un alerta largo que producía una terrible impresión de
-angustia.
-
---¡Qué triste es esta casa!--murmuró Vidal. ¡Y cuánta gente habrá ahí
-encerrada!
-
---Pse..., que los maten--replicó la Justa con indiferencia.
-
-Pero Vidal no sentía este desdén, y se indignó con la frase de la Justa.
-
---¿_Pa_ qué roban?--replicó ésta.
-
---Y tú, ¿por qué...?
-
---Yo para comer.
-
---Pues ellos también para comer.
-
-La Flora recordó que de chica había visto la ejecución de la Higinia.
-Había ido con la hija de la portera de su casa.
-
-Allí estaba el patíbulo,--y señaló el centro de una tapia frente á la
-capilla--. En los desmontes hormigueaba el gentío. Vino la Higinia
-vestida de negro, apoyada en los Hermanos de la Paz y Caridad; debía de
-estar ya muerta; la sentaron en el banquillo, y un cura con una cruz
-alzada se puso delante de la Higinia, le ató el verdugo con unas cuerdas
-por los pies, sujetándola las faldas; luego le tapó la cara con un
-pañuelo negro, y poniéndose detrás de ella dió de prisa dos vueltas á la
-rueda, en seguida le quitó el pañuelo de la cara y quedó la mujer tan
-raida sobre el palo.
-
-Después, terminó diciendo la Flora, la otra chica y ella tuvieron que
-echar á correr porque los guardias civiles dieron una carga.
-
-Vidal, al oir tan minuciosas descripciones, palideció.
-
---Estas cosas me matan--dijo poniéndose una mano sobre el corazón.
-
---¿Para qué has querido venir?--le preguntó Manuel.--¿Quieres que
-volvamos?
-
---No, no.
-
-Salieron á la plaza de la Moncloa. En una esquina de la cárcel había un
-grupo grande de gente. Estaba amaneciendo. Una franja de oro se formaba
-en el horizonte. Por la calle de la Princesa subía un escuadrón de
-artillería, presentaba un aspecto extraño á la luz vaga del amanecer. Se
-detuvo el escuadrón frente á la cárcel.
-
---A ver si nos dan la entretenida y lo fusilan en otra parte--decía un
-vejete, á quien la idea de madrugar y no presenciar la ejecución, debía
-parecer en extremo desagradable.
-
---Hacia San Bernardino es donde lo fusilan--anunció un golfo.
-
-Todos echaron á correr. Efectivamente, debajo de unos desmontes próximos
-al paseo de Areneros formaban los soldados el cuadro. Había un público
-de cómicos, trasnochadores, coristas, prostitutas, subidos en coches
-simones, y una turbamulta de golfos y de mendigos. El espació despejado
-era extensísimo. Vino un furgón gris y entró en medio del cuadro á la
-carrera, bajaron tres figuras que parecían muñecos; los de á los lados
-del reo llevaban sombrero de copa. No se veía bien al soldado.
-
---Bajad las cabezas--decían los del público, los que estaban atrás--,
-que veamos todos.
-
-Se destacaron ocho soldados de caballería con fusiles cortos y se
-pusieron delante del reo; se conoce que no quedaron bien de frente,
-porque moviéndose de lado, como un animal de muchas patas, anduvieron
-algunos metros. El sol brillaba en la arena amarilla del desmonte, en
-los cascos y correajes de los soldados. No se oyó voz de mando, los
-fusiles apuntaron.
-
---Bajad las cabezas--gritaron otra vez con acento irritado los que se
-hallaban colocados en tercera y cuarta fila.
-
-Sonó una detonación sin fuerza; poco después se oyó otra.
-
---Es el golpe de gracia--murmuró Vidal.
-
-Todo el público echó á andar hacia Madrid; se oyó estrépito de tambores
-y cornetas. El sol brillaba en los cristales de las casas. Iban Manuel,
-Vidal y las dos mujeres por el paseo de Areneros, cuando oyeron otra
-detonación.
-
---Se conoce que no había muerto--añadió Vidal, más pálido.
-
-Estaban los cuatro preocupados.
-
---¿Sabes?--dijo Vidal--. Se me ha ocurrido una cosa para quitar la mala
-impresión de esto: ir á merendar esta tarde.
-
---¿Adónde?--preguntó Manuel.
-
---Hacia el río. Recordaremos nuestros buenos tiempos. ¿Eh? ¿Qué te
-parece?
-
---Muy bien.
-
---¿La Justa no tendrá nada que hacer?
-
---No.
-
---Bueno. Pues entonces al medio día estamos todos en el merendero de la
-señora Benita, que está cerca del Embarcadero y del puente del Sotillo.
-
---Convenido.
-
---Ahora vamos á casa á dormir un rato.
-
-Lo hicieron así. A las doce salieron Manuel y la Justa y fueron al
-merendero; todavía no había llegado nadie.
-
-Se sentaron los dos en un banco; la Justa estaba malhumorada. Compró
-diez céntimos de cacahuetes y se puso á comerlos.
-
---¿Quieres?--le dijo á Manuel.
-
---No; se me meten en las muelas.
-
---Pues yo tampoco--y los tiró al suelo.
-
---¿A qué los compras para tirarlos?
-
---Me da la gana.
-
---Bueno, haz lo que quieras.
-
-Pasaron los dos bastante tiempo esperando, sin hablarse; la Justa,
-impacientada, se levantó.
-
---Me voy á casa--dijo.
-
---Yo voy á esperar--replicó Manuel--.
-
---Anda y que te zurzan con hilo negro, ladrón.
-
-Manuel se encogió de hombros.
-
---Y que te den morcilla.
-
---Gracias.
-
-La Justa, que iba á marcharse, se detuvo al ver que llegaban Calatrava
-con la Aragonesa y Vidal al lado de la Flora. Calatrava traía una
-guitarra.
-
-Pasó un organillo por delante del merendero. El Cojo lo hizo parar y
-bailaron Vidal y la Flora, la Justa y Manuel.
-
-Llegaron nuevas parejas, entre ellas una mujer gorda y chata, vestida de
-un modo ridículo, que iba acompañada de un hombre de patillas de hacha y
-aspecto agitanado. La Justa, que se sentía insolente y provocativa,
-comenzó á reirse de la mujer gorda; la otra contestó con despreciativo
-retintín y recalcando la palabra.
-
---Estos pericos...
-
---¡La tía gamberra!--murmuró la Justa--, y cantó á media voz,
-dirigiéndoselo á la chata, este tango:
-
- «Eres más fea que un perro de presa,
- y á presumida no hay quien te gane.»
-
---¡Indecente!--gruñó la gorda.
-
-El hombre con facha de gitano se acercó á Manuel para decirle que
-aquella señora (la Justa) estaba faltando á la suya y que él no podía
-permitir esto. Manuel comprendía que tenía razón; pero, á pesar de esto,
-contestó insolentemente al hombre. Vidal se interpuso, y después de
-muchas explicaciones por una y otra parte, se decidió que allí no se
-había faltado á nadie y se arregló la cuestión. Pero la Justa estaba con
-humor de pelea y se trabó de palabras con uno de los organilleros,
-desvergonzado por razón de oficio.
-
---Calla ¡leñe!--gritó Calatrava, dirigiéndose á la Justa--, y tú calla
-también--dijo al organillero--, porque si no te voy á arrimar un
-estacazo.
-
---Vamos nosotros adentro--indicó Vidal.
-
-Pasaron las tres parejas á un cobertizo con mesas y bancos rústicos y un
-barandado de palitroques que daba al Manzanares.
-
-En medio del río había dos islas cubiertas de un verdín brillante, y
-entre éstas unas cuantas tablas que servían de paso desde una orilla á
-otra.
-
-Trajeron la comida, pero la Justa no quiso comer, y á las preguntas que
-la hicieron no contestó, y luego, sin saber por qué, empezó á llorar
-amargamente entre las burlas de la Flora y de la Aragonesa. Luego se
-tranquilizó y quedó alegre y jovial.
-
-Comieron allá opíparamente y salieron un momento á bailar á la
-carretera al son del organillo. Manuel creyó ver pasar varias veces al
-Bizco por delante del merendero.
-
---¿Será él? ¿Qué buscará por aquí?--se preguntó.
-
-Al anochecer volvieron las tres parejas adentro, encendieron luz en un
-cuarto y mandaron traer aguardiente y café. Hablaron durante largo rato.
-Calatrava contó con verdadera delectación horrores de la guerra de Cuba.
-Había satisfecho allí sus instintos naturales de crueldad, macheteando
-negros, arrasando ingenios, destruyendo é incendiando todo lo que se le
-ponía por delante.
-
-Las tres mujeres, sobre todo la Aragonesa, le escuchaban con entusiasmo.
-De pronto, Calatrava calló pensativo, como si algún recuerdo triste le
-embargara.
-
-Vidal tomó la guitarra y cantó el tango del _Espartero_ con un gran
-sentimiento, después tarareó el de _La Tempranica_ con mucha gracia,
-cortando las frases para dar mas intención y poniendo la mano en la boca
-de la guitarra, para detener á veces el sonido. La Flora marcó unas
-cuantas posturas jacarandosas, mientras Vidal, echándoselas de gitano,
-cantaba:
-
- ¡Ze coman los mengues
- mardita la araña
- que tié en la barriga
- pintá una guitarra!
- Bailando ze cura
- tan jondo doló...
- ¡Ay!, malhaya la araña
- que á mí me picó.
-
-Luego fué Marcos Calatrava el que cogió la guitarra. No sabía puntear
-como Vidal, sino que rasgueaba suavemente, con monotonía. Marcos cantó
-una canción cubana, triste, lánguida, que daba la nostalgia de un país
-tropical. Era una larga narración que evocaba los danzones de los
-negros, las noches espléndidas del trópico, el sol, la patria, la sangre
-de los soldados muertos, la bandera, que hace saltar las lágrimas á los
-ojos; el recuerdo de la derrota... algo exótico y al mismo tiempo
-íntimo, algo muy doloroso, algo hermosamente plebeyo y triste.
-
-Y Manuel sentía al oir aquellas canciones la idea grande, fiera y
-sanguinaria de la patria. Y se la representaba como una mujer soberbia,
-con los ojos brillantes y el gesto terrible, al lado de un león...
-
-Después, Calatrava entonó, acompañándose del rasguear monótono de la
-guitarra, una canción de insurrectos muy lánguida y triste. Una de las
-coplas, que Calatrava cantaba en cubano, decía:
-
- «Pinté á Matansa confusa,
- la playa de Viyamá,
- y no he podío pintá
- el nido de la lechusa;
- yo pinté po donde crusa
- un beyo ferrocarrí,
- un machete y un fusí
- y una lancha cañonera,
- y no pinté la bandera
- po la que voy á morí.»
-
-No sabía Manuel por qué, pero aquella reunión de cosas incongruentes que
-se citaban en el canto le produjo una tristeza enorme...
-
- * * * * *
-
-Afuera anochecía. A lo lejos la tierra azafranada brillaba con las
-últimas palpitaciones del sol, oculto en nubes incendiadas como dragones
-de fuego; alguna torre, algún árbol, alguna casucha miserable rompía la
-línea del horizonte, recta y monótona; el cielo hacia el Poniente se
-llenaba de llamas.
-
-Luego obscureció; fué ennegreciéndose el campo, el sol se puso.
-
-Por el puentecillo de tablas, tendido de una orilla á otra, pasaban
-mujeres negruzcas, con fardeles de ropa bajo el brazo.
-
-Manuel experimentaba una gran angustia. A lo lejos, de algún merendero,
-llegaba el rasguear lejano de una guitarra.
-
- * * * * *
-
-Vidal salió del cobertizo.
-
---Ahora vengo--dijo.
-
-Un momento... y se oyó un grito de desesperación. Todos se levantaron.
-
---¿Ha sido Vidal?--preguntó la Flora.
-
---No sé--dijo Calatrava dejando la guitarra sobre la mesa.
-
-Rumor de voces resonó hacia el río. Se asomaron todos al balcón que daba
-al Manzanares. En una de las islillas verdes dos hombres luchaban á
-brazo partido. Uno de ellos era Vidal, se le conocía por el sombrero
-cordobés blanco. La Flora, al conocerlo, dió un grito de terror; poco
-después los dos hombres se separaron y Vidal cayó á tierra, de bruces,
-en silencio. El otro puso una rodilla sobre la espalda del caído y debió
-asestarle diez ó doce puñaladas. Luego se metió en el río, llegó á la
-otra orilla y desapareció.
-
-Calatrava y Manuel se descolgaron por el barandado del cobertizo y se
-acercaron por el puente de tablas hacia el islote.
-
-Vidal estaba tendido boca abajo y un charco de sangre había junto á él.
-Tenía clavada la navaja en el cuello, cerca de la nuca. Calatrava tiró
-del mango pero el arma debía de estar incrustada en las vértebras.
-Después Marcos hizo dar al cuerpo media vuelta y le puso la mano en el
-pecho sobre el corazón.
-
---Está muerto--dijo tranquilamente.
-
-Manuel miró al cadáver con horror; las últimas claridades de la tarde se
-reflejaban en sus ojos, muy abiertos. Calatrava puso al cadáver en la
-misma posición. Volvieron al merendero.
-
---¡Hala!, vamos--dijo Marcos.
-
---¿Y Vidal?--preguntó la Flora.
-
---Ha espichado.
-
-La Flora comenzó á chillar; pero Calatrava la agarró violentamente del
-brazo y la hizo enmudecer.
-
---Vaya... ahuecando--dijo, y con gran serenidad pagó la cuenta, cogió la
-guitarra y salieron todos del merendero.
-
-Había obscurecido; á lo lejos, Madrid, de un pálido color de cobre, se
-destacaba en el cielo azul, melancólico y dulce, surcado en el Poniente
-por grandes fajas moradas y verdosas, las estrellas comenzaban á lucir y
-á parpadear con languidez, el río brillaba con reflejo de plata.
-
-Pasaron silenciosos el puente de Toledo; cada uno entregado á sus
-pensamientos y á sus temores. A final del paseo de los Ocho Hilos
-encontraron dos coches; Calatrava con la Aragonesa y la Flora entraron
-en uno, la Justa y Manuel en otro.
-
-
-
-
-CAPÍTULO V
-
-El calabozo del Juzgado de guardia.--Digresiones. La declaración.
-
-
-Al día siguiente de la muerte de su primo, Manuel compró con ansiedad
-los periódicos; contaban todos lo pasado en el merendero; las señas de
-cada uno de los comensales venían claras; se había identificado el
-cadáver de Vidal, y se sabía que el asesino era el Bizco, un pájaro de
-cuenta, procesado por dos robos, lesiones y presunto autor de una muerte
-cometida en el camino de Aravaca.
-
-El pánico de la Justa y de Manuel fué grandísimo; temían que les
-considerasen complicados en el crimen, que les llamasen á declarar; no
-sabían qué hacer.
-
-Después de pensar mucho, decidieron como lo más cuerdo mudarse de casa é
-ir por los alrededores. Anduvieron la Justa y Manuel buscando
-habitación, y la encontraron al fin en una casa de la calle de Galileo,
-próxima á Tercer Depósito, en Vallehermoso.
-
-La casa era barata, tres duros al mes; tenía dos balcones, que daban á
-un gran descampado ó solar en donde tallaban los canteros grandes
-piedras. Este solar hallábase limitado por una cerca de pedruscos
-sueltos, residuos del corte de piedras, y en medio tenía una barraca en
-donde vivía el guarda con su familia.
-
-Entraba en las habitaciones el sol desde que salía hasta que se
-ocultaba. Fuera por el terror producido por la muerte trágica de Vidal ó
-por un impulso íntimo, Manuel sintió en su alma bríos para comenzar una
-vida nueva; buscó trabajo y lo encontró en una imprenta de Chamberí. Era
-muy violento para él estar encerrado todo el día en la imprenta; pero la
-misma violencia que tenía que hacer le animaba á perseverar. La Justa,
-en cambio, se aburría, se hallaba continuamente malhumorada y triste.
-
-A la semana de esta vida ejemplar, un sábado, al volver á casa Manuel,
-se encontró con que no estaba la Justa. La esperó toda la noche,
-inquieto; no apareció.
-
-Al día siguiente, cuando vió que no volvía, se echó á llorar. Comprendió
-que le abandonaba. Era el despertar de un sueño hermoso; había llegado á
-creer que al fin se emancipaban los dos de la miseria y de la deshonra.
-
-Los días anteriores le había oído á la Justa quejarse de dolores de
-cabeza, de falta de apetito, pero no sospechaba aquella resolución, no
-creía que le iba á abandonar así, tan fríamente.
-
-¡Y se sentía tan solo, tan miserable, tan cobarde otra vez! Aquel
-cuarto inundado de sol, que antes lo había encontrado alegre, ahora le
-parecía triste y sombrío. Miró desde el balcón las casas lejanas, con
-sus tejados rojos. En lontananza se extendía Madrid, envuelto en el
-ambiente limpio y claro, bajo un sol de oro. Algunas nubes blancas
-pasaban lenta y majestuosamente, desplegando sus fantásticas formas.
-
-Familias de artesanos endomingados pasaban en grupos; se oían vagamente
-notas alegres de los organillos.
-
-Manuel se sentó en la cama pensativo. ¡Cuántos buenos proyectos, cuántos
-planes acariciados en la mente no habían fracasado en su alma! Estaba al
-principio de la vida y se sentía sin fuerzas ya para la lucha. Ni una
-esperanza, ni una ilusión le sonreía. El trabajo, ¿para qué? Componer y
-componer columnas de letras de molde, ir y venir á casa, comer, dormir,
-¿para qué? No tenía un plan, una idea, una aspiración. Miraba la tarde
-del domingo alegre, inundada de sol, el cielo azul, las torrecillas
-lejanas...
-
-Embebido en vagos pensamientos, no oyó Manuel que llamaban á la puerta,
-cada vez más fuerte.
-
---¿Será la Justa?--pensó--. No puede ser.
-
-Abrió la puerta con la vaga esperanza de encontrarla. Delante de él se
-presentaron dos hombres.
-
---Manuel Alcázar--le dijo uno de ellos--. Quedas detenido.
-
---¿Por qué?
-
---El Juez te lo dirá; ponte las botas y anda para adelante.
-
---¿Me van á atar?--preguntó Manuel.
-
---Si no haces tonterías, no. Hala, vamos.
-
-Bajaron los tres á la calle y salieron al paseo de Areneros.
-
---Tomaremos el tranvía--dijo uno de los polizontes.
-
-Entraron; venía atestado de gente y fueron los tres en la plataforma. Al
-llegar á la plaza de Santa Bárbara bajaron, y, cruzando dos ó tres
-calles, aparecieron frente á las Salesas; de aquí torcieron una esquina,
-se metieron en un portal, atravesaron un pasillo largo, y al final de
-éste hicieron entrar á Manuel en un calabozo y cerraron por fuera.
-
- * * * * *
-
-Dicen que la soledad y el silencio son como el padre y la madre de los
-pensamientos profundos. Manuel, en medio de la soledad y el silencio, no
-encontró ni la idea más insignificante en su caletre. Por no encontrar,
-no encontró ni siquiera en el mundo de los fenómenos un sitio donde
-sentarse, lo cual no tenía nada de extraño, porque no había ni una mala
-silla ni una mala banqueta en el calabozo.
-
-Se sentía abatido y cansado, y se dejó caer en el suelo. Así permaneció
-algunas horas; de pronto, una claridad pálida brilló sobre la puerta, en
-un montante.
-
---Han encendido luz--se dijo Manuel--. Habrá obscurecido.
-
-Poco después se oyó un estrépito de voces y de lloros.
-
---Ande usted, que si no le va á salir peor cuenta--decía una voz grave.
-
---Pero si yo no he sido, señor guardia, si yo no he sido--replicaba una
-voz suplicante--; déjeme usted ir á casa.
-
---Hala. Adentro.
-
---¡Por Dios! ¡Por Dios! que yo no he sido.
-
---Adentro.
-
-Se oyó el ruido que hizo el hombre al entrar empujado en el calabozo,
-después el cerrar violento de la puerta. La voz suplicante siguió
-clamando con pesada monotonía:
-
---Yo no he sido... Yo no he sido... Yo no he sido.
-
---Pues señor ¡vaya una lata!--se dijo Manuel. Si está toda la noche así,
-me va á divertir.
-
-Las lamentaciones del vecino fueron aminorando poco á poco y debieron
-terminar en silencioso llanto. Se oía en el corredor los pasos rítmicos
-de alguno que iba y venía.
-
-Manuel trató de buscar desesperadamente una idea en su cerebro, aunque
-no fuese más que para entretenerse con ella, y no encontró nada; lo
-único que pudo sacar en conclusión es que se había lucido.
-
-Tal carencia de ideas le condujo como de la mano á un sueño profundo que
-quizás no duró más que un par de horas, pero que á él le parecieron un
-año. Se despertó derrengado, con la cintura dolorida; no había perdido
-en el sueño la idea de que se hallaba encerrado, pero fué para él tan
-reparador el corto momento de descanso, que se encontró fuerte,
-dispuesto á cualquier cosa.
-
-Tenía en el bolsillo aún el dinero que le habían dado en la imprenta.
-Llamó discretamente á la puerta del calabozo.
-
---¿Qué quiere usted?--le dijeron de afuera.
-
---Quisiera salir un rato.
-
---Salga usted.
-
-Salió al pasillo.
-
---¿Podría traerme alguno un café?--preguntó á un guardia.
-
---Pagándolo.
-
---Claro que pagándolo. Que me traigan un café con tostada y una
-cajetilla--Entregó al guardia dos pesetas.
-
---Ahora van--dijo éste.
-
---¿Qué hora es?--preguntó Manuel.
-
---Las doce.
-
---Si no fuera porque tengo que estar en ese rincón, le invitaría á tomar
-café conmigo, pero...
-
---Aquí fuera lo puede usted tomar. Con un café hay para los dos.
-
-Vino un mozo con el café y los cigarros. Tomaron el café, fumaron un
-pitillo, y el guardia, ya conquistado, le dijo:
-
---Llévese usted un banco de estos para dormir.
-
-Manuel cargó con uno y se echó á la larga. El día anterior, libre, se
-encontraba débil y caído; en aquel momento, preso, se sentía fuerte. Los
-proyectos se amontonaban en su cabeza, pero no podía dormir.
-
-El cansancio físico consume las fuerzas y excita el cerebro, la
-imaginación aletea en la obscuridad como los pájaros nocturnos, como
-ellos también se refugia en las ruinas.
-
-Manuel no durmió pero soñó y proyectó mil cosas: unas lógicas, la
-mayoría absurdas. La luz del día, al entrar vaga por el montante de la
-puerta, desechó sus ideas sobre el porvenir y pensó en lo inmediato.
-
-Le irían á llevar ante el juez. ¿Qué iba á contestar? Idearía un plan:
-una casualidad le había llevado al puente del Sotillo, no conocía á
-Calatrava; pero, ¿y si le careaban con ellos? Se iba á embarullar. Lo
-mejor era decir la verdad y atenuarla en todo lo que pudiera, para
-favorecer su causa: le conocía á Calatrava por su primo, le veía de
-cuando en cuando en el Salón, él trabajaba en una imprenta...
-
-Estaba ya decidido á seguir este plan, cuando entró un guardia:
-
---Manuel Alcázar.
-
---Servidor.
-
---Anda, al despacho del juez.
-
-Siguieron los dos un largo pasillo y llamaron en una puerta.
-
---¿Da usía su permiso?--dijo el guardia.
-
---Adelante.
-
-Pasaron á un despacho con dos grandes ventanas por donde se veían los
-árboles de la plaza. Delante de la mesa estaba el juez sentado en un
-sillón de alto respaldar. Frente á la mesa había un armario de estilo
-gótico lleno de libros. Un escribiente entraba y salía llevando montones
-de papeles debajo del brazo; el juez le hacía alguna que otra pregunta y
-firmaba de prisa.
-
-Cuando terminó, el guardia, con la gorra en la mano, se acercó al juez y
-le indicó, en pocas palabras, quién era Manuel. El juez echó una mirada
-rápida sobre el muchacho, y éste, en aquel momento, pensó:
-
---Hay que decir la verdad; si no me la arrancarán y será peor.
-
-Con esta decisión se sintió más tranquilo.
-
---Acérquese usted--le dijo el juez.
-
-Manuel se acercó.
-
---¿Cómo se llama usted?
-
---Manuel Alcázar.
-
---¿Cuántos años tiene?
-
---Veintiuno.
-
---¿Qué oficio?
-
---Cajista.
-
---¿Jura usted decir verdad en todo aquello que le sea preguntado?
-
---Sí, señor.
-
---Si así lo hace, Dios se le premie, y si no, se lo demande. ¿Qué hizo
-usted el día del crimen?
-
---La noche antes, Vidal y yo, con dos mujeres, fuimos á ver cómo
-fusilaban á un soldado; después, por la mañana, dormí un rato, y á las
-once fuí con una mujer al merendero del puente del Sotillo, en donde nos
-habíamos citado con Vidal.
-
---¿Qué parentesco tenía usted con el muerto?
-
---Era su primo.
-
---¿Riñó usted alguna vez con él?
-
---No, señor.
-
---¿Cómo ha vivido usted hasta el día en que murió Vidal?
-
---He vivido del juego.
-
---¿Qué hacía usted para vivir del juego?
-
---Jugaba el dinero que me daban, en el Círculo de la Amistad, y
-entregaba las ganancias unas veces á Vidal, otras á un cojo que se llama
-Calatrava.
-
---¿Qué cargos desempeñaban en el Círculo Vidal y ese cojo?
-
---El cojo era secretario del Maestro, y Vidal secretario del cojo.
-
---¿Cómo se llama el cojo?
-
---Marcos Calatrava.
-
---¿Por quién le conoció usted al cojo?
-
---Por Vidal.
-
---¿En dónde?
-
---En la taberna del Majo de las Cubas, que está en la calle Mayor.
-
---¿Cuánto tiempo hará de esto?
-
---Un año.
-
---¿Quién le llevó á usted al Círculo de la Amistad?
-
---Vidal.
-
---¿Conoce usted á un sujeto apodado el Bizco?
-
---Sí, señor.
-
---¿De dónde le conoce usted?
-
---De que era amigo de Vidal, cuando chico.
-
---¿No era amigo también de usted?
-
---Amigo, no; nunca he tenido simpatía por él.
-
---¿Por qué?
-
---Porque me parecía malo.
-
---¿Qué entiende usted por esto?
-
---Lo que entiende todo el mundo: que tenía malas entrañas y martirizaba
-al que era más débil que él.
-
---¿Usted tiene una querida?
-
---Sí, señor.
-
---¿Es una mujer pública?
-
---Sí, señor--tartamudeó Manuel temblando de dolor y de ira.
-
---¿Cómo se llama?
-
---Justa.
-
---¿Dónde vive?
-
---No sé; se marchó de mi casa anteayer.
-
---¿Dónde la conoció usted?
-
---En casa de un trapero, en donde yo estuve de criado.
-
---¿Cómo se llamaba ese trapero?
-
---El señor Custodio.
-
---¿Fué usted el que impulsó á su querida á prostituirse?
-
---Yo no, señor.
-
---Cuando la conoció usted, ¿era ya mujer pública?
-
---No, señor. Cuando la conocí era modista; un hombre la sacó de su casa;
-luego, cuando la vi por segunda vez, era ya pública.
-
-Al decir esto, á Manuel le temblaba la voz y las lágrimas pugnaban por
-salir de sus ojos.
-
-El juez le contempló fríamente.
-
---¿Quién propuso ir al merendero del puente del Sotillo?
-
---Vidal.
-
---¿Vió usted al Bizco rondar por los alrededores del merendero?
-
---Sí, señor.
-
---¿No le chocó?
-
---Sí, señor.
-
---¿Tenía usted noticia de que el Bizco había matado á una mujer en el
-camino de Aravaca?
-
---Eso me dijo Vidal.
-
---Después de este crimen del Bizco, ¿había hablado usted alguna vez con
-él?
-
---No, señor.
-
---¿Nunca?
-
---No, señor.
-
---Tenga cuidado con lo que dice--y el juez clavó su mirada en Manuel--.
-¿No habló usted, después de la muerte de la mujer, nunca con el Bizco?
-
---No, señor--y Manuel sostuvo con energía la mirada del juez.
-
---¿No le chocó el que el Bizco rondara el merendero?
-
---Sí, señor.
-
---¿Cómo no le comunicó usted la noticia á Vidal?
-
---Porque mi primo me había dicho que no le hablara del Bizco.
-
---¿Por qué?
-
---Porque le daba miedo. Yo, sabiendo esto, no quise asustarle.
-
---Cuando vió usted que iba á salir, ¿cómo no le advirtió usted que
-podría estar el Bizco?
-
---No se me ocurrió.
-
---¿Qué hizo usted cuando oyó el grito dado por Vidal?
-
---Salí al balcón del merendero con las tres mujeres y con el Cojo, y
-desde allá vimos á Vidal y al Bizco en la islilla que peleaban.
-
---¿Cómo conoció usted que eran ellos?
-
---Por el grito de Vidal, y además porque llevaba un sombrero cordobés
-blanco.
-
---¿Qué hora sería cuando sucedió esto?
-
---No sé á punto fijo. Estaba anocheciendo.
-
---¿Cómo conoció usted al Bizco?
-
---No le conocí; pensé que era él.
-
---¿Llevaba dinero Vidal?
-
---No lo sé.
-
---¿Cuánto duró la lucha?
-
---Un momento.
-
---¿No tuvieron ustedes tiempo de ir en su socorro?
-
---No, señor. A poco de asomarnos al balcón, cayó Vidal al suelo, y el
-otro se metió en el río y se fué.
-
---Está bien; ¿qué pasó después?
-
---El Cojo y yo nos descolgamos por el barandado, saltamos al río y nos
-acercamos á la isla. El Cojo le cogió la mano á Vidal y dijo: «Está
-muerto.» Luego volvimos los dos al merendero y nos fuimos.
-
-El juez se volvió al escribiente:
-
---Luego le leerá usted la declaración y que la firme.
-
-Llamó al timbre y apareció el guardia.
-
---Que siga incomunicado.
-
-Manuel salió del despacho, erguido. Le habían llegado al alma algunas de
-la frases del juez; pero estaba satisfecho de su declaración; no le
-habían llegado á embrollar.
-
-Entró de nuevo en el calabozo y se tendió en el banco.
-
---El juez quiere hacerme cómplice del crimen. O ese juez es muy bruto ó
-muy malo. En fin, esperemos.
-
-Al medio día abrieron la puerta del calabozo y entraron dos hombres. Uno
-era Calatrava; el otro el Garro.
-
---Chico, acabo de leer en un periódico cómo te han prendido--dijo
-Calatrava.
-
---Ya ve usted, aquí me tienen.
-
---¿Has declarado?
-
---Sí.
-
---¿Qué has dicho?
-
---Toma, ¡qué voy á decir!, la verdad.
-
---¿Has hablado de mí?
-
---No que no. He hablado de usted, del Maestro y de todos.
-
---Rediós, ¡qué bestia eres!
-
---No; que voy á pudrirme yo aquí, sin culpa, mientras los demás se
-pasean por la calle.
-
---Merecías estar aquí siempre--exclamó Calatrava--, por panoli, por
-boceras.
-
-Manuel se encogió de hombros. Consultáronse con la mirada Calatrava y el
-Garro, y salieron del calabozo.
-
-Volvió Manuel á tenderse. A media tarde se abrió de nuevo la puerta y
-entró el guardia. Llevaba un puchero, pan y una botella de vino.
-
---¿Quién me manda esto?--preguntó Manuel.
-
---Una muchacha que se llama Salvadora.
-
-Se enterneció Manuel con el recuerdo, y como el enternecimiento no le
-quitó el apetito, comió abundantemente y se tendió en el banco.
-
-
-
-
-CAPÍTULO VI
-
-Lo que pasaba en el despacho del juez.--La Casa de Canónigos.
-
-
-Unas horas después el juez recibió tres cartas urgentes. Las abrió é
-hizo sonar inmediatamente un timbre.
-
---¿Quién ha traído estas cartas?--preguntó el juez al guardia.
-
---Un lacayo.
-
---¿Hay por ahí algún agente?
-
---Está el agente Garro.
-
---Que pase.
-
-Entró el agente y se acercó á la mesa del juez.
-
---En estas cartas--le dijo éste--se hace referencia á la declaración que
-ha prestado ese muchacho preso. ¿Cómo alguien puede saber la declaración
-que ha dado?
-
---No lo sé.
-
---¿Ha hablado ese muchacho con alguno?
-
---Con nadie--dijo tranquilamente el Garro.
-
---En esta carta, dos señoras á quienes el ministro no puede negar nada,
-le piden á él, y él me pide á mí, que eche tierra á este asunto. ¿Qué
-interés pueden tener estas señoras en ello?
-
---No sé. Si supiera quiénes son, quizás....
-
---Son la señora de Braganza y la marquesa de Buendía.
-
---Sí, entonces sé de qué se trata. Los dueños del Círculo en donde
-estaba empleado el muchacho, tienen interés en que no se hable de la
-casa de juego. Uno de los dueños es la Coronela, que habrá hablado á
-esas señoras y esas señoras al Ministro.
-
---¿Y qué relación tiene la Coronela con estas señoras?
-
---La Coronela presta dinero. Esta señora de Braganza firmó en falso con
-el nombre de su marido, y el documento lo guarda la Coronela.
-
---¿Y la marquesa?
-
---Lo de la marquesa es otra cuestión. Ya sabe usted que, últimamente, su
-querido era Ricardo Salazar.
-
---¿El ex diputado?
-
---Sí, un golfo completo. Hace uno ó dos años, cuando las relaciones de
-Ricardo y la marquesa estaban todavía recientes, la marquesa recibía de
-vez en cuando una carta en la que le decían: «Tengo una carta de usted
-dirigida á su amante, en la que dice usted esto y esto (cosas íntimas
-bastante fuertes). Si no me da usted mil pesetas, enviaré la carta á su
-marido.» Ella, asustada, pagó tres, cuatro, cinco veces, hasta que, por
-consejo de una amiga, y de acuerdo con un delegado, prendieron al
-hombre que iba con la carta. Resultó que era un enviado del mismo
-Ricardo Salazar.
-
---¿Del amante?
-
---Sí.
-
---¡Vaya un caballero!
-
---Cuando riñeron la marquesa y Ricardo...
-
---¿Al descubrirse el enredo de la carta?
-
---No, eso se lo perdonó la marquesa. Riñeron porque Ricardo exigía
-dinero que la marquesa no pudo ó no quiso darle. Salazar debía tres mil
-duros á la Coronela, y ésta, que no es tonta, le dijo: Deme usted las
-cartas de la marquesa y no me debe usted nada. Ricardo se las dió, y la
-marquesa ha quedado entregada de pies y manos á la Coronela y á sus
-socios.
-
-El Juez se levantó de su silla y paseó lentamente por el despacho.
-
---Hay además--dijo--un besalamano del director de _El Popular_ en que me
-ruega que no prospere este asunto. ¿Qué relación hay entre el garito y
-el propietario del periódico?
-
---Que es socio. En el caso que se descubriera el garito, el periódico
-haría una campaña fuerte contra el gobierno.
-
---¡Quién hace justicia de este modo!--murmuró el juez, pensativo.
-
-El Garro contempló al juez irónicamente.
-
-Se oyó el timbre del teléfono que resonó durante largo tiempo.
-
---¿Da usía su permiso?--preguntó un escribiente.
-
---¿Qué hay?
-
---De parte del señor Ministro si se ha despachado el asunto conforme á
-sus deseos.
-
---Que sí, dígale usted que sí--contestó el juez malhumorado. Luego se
-volvió hacia el agente.--Este muchacho preso, ¿no tiene participación
-ninguna en el crimen?
-
---Absolutamente ninguna--contestó el Garro.
-
---¿Es primo del muerto?
-
---Sí, señor.
-
---¿Y conoce al Bizco?
-
---Sí, ha sido amigo suyo.
-
---¿Podría ayudar á la policía á capturar al Bizco?
-
---De esto yo me encargo. ¿Se le pone en libertad al preso?
-
---Sí. Necesitamos coger al Bizco. ¿No se sabe dónde anda?
-
---Andará escondido por las afueras.
-
---¿No hay algún agente que conozca bien los rincones de las afueras?
-
---El mejor es un cabo de orden público que se llama Ortiz. Si quiere
-usted escribirle al coronel de Seguridad que ponga á Ortiz á mis
-órdenes, el Bizco, antes de ocho días, está en la cárcel.
-
-Llamó el juez á un escribiente, le mandó escribir una carta, y se la
-entregó á Garro.
-
-Salió éste del despacho del juez é hizo que abrieran el calabozo de
-Manuel.
-
---¿Hay que declarar otra vez?--preguntó el muchacho.
-
---No, vas á firmar la declaración y quedas libre. Vamos.
-
-Salieron á la calle. A la puerta del Juzgado vió Manuel á la Fea y á la
-Salvadora, pero ésta no tenía un aspecto tan severo como de ordinario.
-
---¿Estás ya libre?--le dijeron.
-
---Así parece. ¿De dónde sabíais que estaba preso?
-
---Lo hemos leído en el periódico--contestó la Fea--, y á ésta se le
-ocurrió traerte la comida.
-
---¿Y Jesús?
-
---En el hospital.
-
---¿Qué tiene?
-
---El pecho... ya está mejor... Pasa luego por casa. Vivimos en el
-callejón del Mellizo, cerca de la calle de la Arganzuela.
-
---Bueno.
-
---Adiós, ¿eh?
-
---Adiós y muchas gracias.
-
-Dieron el Garro y Manuel la vuelta á la esquina y entraron en un portal
-con dos leones de bronce y subieron una corta escalera.
-
---¿Qué es esto?--preguntó Manuel.
-
---Esta es la casa de Canónigos.
-
-Recorrieron un pasillo con mamparas negras, y en un cuarto en donde
-escribían dos hombres, el Garro preguntó por el Gaditano.
-
---Ahí fuera debe estar--le dijeron.
-
-Siguieron adelante. Pululaban por los pasillos hombres que iban y venían
-de prisa; otros quietos, esperaban. Eran éstos obreros desharrapados,
-mujeres vestidas de negro, viejas tristes con el estigma de la miseria,
-gente toda asustada, tímida y humilde.
-
-Los que iban y venían llevando carpetas y papeles bajo el brazo, todos ó
-casi todos tenían un continente altivo y orgulloso; era el juez que
-pasaba con su birrete y su levita negra, mirando con indiferencia á
-través de sus gafas; era el escribano menos grave, más jovial que
-llamaba á uno y le hablaba al oído, entraba en la escribanía, dictaba,
-firmaba y volvía á salir; era el abogado joven que preguntaba por la
-marcha de sus pleitos; era el procurador, los curiales, los
-escribientes, los pinches.
-
-Y empujando al rebaño de humildes y de miserables hacia el matadero de
-la Justicia, aparecían el usurero, el polizonte, la corredora de
-alhajas, el prestamista, el casero...
-
-Todos se entendían con los pinches y escribientes, los cuales les
-arreglaban sus asuntos; daban carpetazo á los procesos molestos,
-arreglaban ó empeoraban un litigio y mandaban á presidio ó sacaban de
-él por poco dinero.
-
-¡Qué admirable maquinaria! Desde el primero hasta el último de aquellos
-leguleyos, togados y sin togar, sabían explotar al humilde, al pobre de
-espíritu, proteger los sagrados intereses de la sociedad haciendo que el
-fiel de la justicia se inclinara siempre por el lado de las monedas...
-
-El Garro encontró al Gaditano, á quien buscaba, y le llamó:
-
---Oye, tú has tomado la declaración á este chico, ¿verdad?
-
---Sí.
-
---Pues haz el favor de poner que no sabe quién le mató á su primo; que
-supone que sea el Bizco, y nada más. Y luego decreta su libertad.
-
---Bueno. Pasad á la escribanía.
-
-Entraron en un cuarto estrecho, con una ventana en el fondo. En una de
-las paredes largas del cuarto había un armario y encima una porción de
-cosas procedentes de robos y de embargos, entre ellas una bicicleta.
-
-Entró el Gaditano, sacó del armario un legajo y se puso á escribir
-rápidamente.
-
---Que es primo del muerto y que supone que el autor del hecho de autos
-es un sujeto apodado el Bizco, ¿no es eso?
-
---Eso es--dijo el Garro.
-
---Bueno, que firme aquí... Ahora aquí... Ya está.
-
-Se despidió el agente del Gaditano, y Manuel y Garro salieron á la
-calle.
-
---¿Ya estoy libre?--preguntó Manuel.
-
---No.
-
---¿Por qué no?
-
---Te han dejado libre con una condición: que ayudes á buscar al Bizco.
-
---Yo no soy de la policía.
-
---Bueno, pues escoge: ó ayudas á buscar al Bizco, ú otra vez vas al
-calabozo.
-
---Nada; ayudaré á buscar al Bizco.
-
-
-
-
-CAPÍTULO VII
-
-La Fea y la Salvadora.--Ortiz.--Antiguos conocidos.
-
-
-Salieron los dos por la calle del Barquillo á la de Alcalá.
-
-No me vuelven á coger, pensó Manuel; pero luego se le ocurrió que tan
-tupida y espesa era la trama de las leyes, que resultaba muy difícil no
-tropezar con ella aunque se anduviese con mucho tiento.
-
---Y no me ha dicho usted todavía por quién me dejan libre--exclamó
-Manuel.
-
---¿Por quién te han puesto libre? Por mí--contestó Garro.
-
-Manuel no contestó.
-
---Y ahora, ¿dónde vamos?--preguntó.
-
---Al Campillo del Mundo Nuevo.
-
---Entonces tenemos camino largo.
-
---En la Puerta del Sol tomaremos el tranvía de la Fuentecilla.
-
-Efectivamente, así lo hicieron. Bajaron en el sitio indicado y tomaron
-por la calle de la Arganzuela.
-
-Al final de esta calle, á mano derecha, ya en la plaza que constituye el
-Campillo del Mundo Nuevo, se detuvieron. Pasaron por un largo corredor
-á un patio ancho con galerías.
-
-En la primera puerta abierta entró Garro y preguntó con voz autoritaria:
-
---¿Vive aquí un cabo del orden que se llama Ortiz?
-
-Del fondo de un rincón obscuro, en donde trabajaban dos hombres, cerca
-de un hornillo, contestó uno de ellos:
-
---¿A mí qué me cuenta usted?, pregúnteselo usted al portero.
-
-Los dos hombres estaban haciendo barquillos. Tomaban de una caldera,
-llena de una masa blanca como engrudo, una cucharada y la echaban en
-unas planchas que se cerraban como tenazas. Después de cerradas las
-ponían al fuego, las calentaban por un lado y por otro, las abrían, y en
-una de las planchas aparecía el barquillo como una oblea redonda. El
-hombre, rápidamente, con los dedos, lo arrollaba y lo colocaba en una
-caja.
-
---¿De manera que no saben ustedes si vive ó no aquí Ortiz?--preguntó de
-nuevo Garro.
-
---Ortiz--dijo una voz del fondo negro, en donde no se veía nada--. Sí,
-aquí vive. Es el administrador.
-
-Manuel entrevió en el agujero negro dos hombres tendidos en el suelo.
-
---Pues sí es el administrador--dijo el que trabajaba--; hace un momento
-estaba en el patio.
-
-Salieron Garro y Manuel al patio y el agente vió al guardia en la
-galería del piso primero.
-
---¡Eh, Ortiz!--le gritó.
-
---¿Qué hay? ¿Quién me llama?
-
---Soy yo, Garro.
-
-Bajó el guardia con rapidez, y apareció en el patio.
-
---¡Hola, señor Garro! ¿Qué le trae á usted por aquí?
-
---Este muchacho es primo de ese que han matado en el puente del Sotillo;
-conoce al agresor, que es un randa conocido por el Bizco. ¿Quieres
-encargarte de la captura?
-
---Hombre... Si me lo mandan.
-
---No, la cuestión es si tienes tiempo y quieres hacerlo. Yo llevo una
-carta aquí del juez para tu coronel, pidiéndole que te encargues tú de
-la captura. Ahora, si no tienes tiempo, dilo.
-
---Tiempo hay de sobra.
-
---Entonces ahora voy á dejar la carta á tu coronel.
-
---Bueno. ¿Habrá alguna propinilla, eh?
-
---Descuida. Aquí está el chico; no le sueltes, que te acompañe.
-
---Está bien.
-
---¿No hay más que decir?
-
---Nada.
-
---Pues adiós, y buena mano derecha.
-
---Adiós.
-
-El Garro salió de la casa y quedaron frente á frente Manuel y Ortiz.
-
---Tú no te separas de mi lado hasta que cojamos al Bizco, ya lo
-sabes--le dijo el cabo á Manuel.
-
-El tal Ortiz, afamado como perseguidor de granujas y de bandidos, era un
-tipo de criminal completo; tenía el bigote negro y recortado, las cejas
-salientes y unidas, la nariz chata, el labio superior retraído, que
-dejaba mostrar los dientes hasta su nacimiento; la frente estrecha y una
-cicatriz profunda en la mejilla.
-
-Vestía de paisano, traje obscuro y gorra. En su figura había algo de lo
-agresivo de un perro de presa y de lo feroz de un jabalí.
-
---¿No me va usted á dejar salir?--preguntó Manuel.
-
---No.
-
---Tenía que ver á unas amigas.
-
---Aquí no hay amigas que valgan. ¿Quiénes son ellas?, algunas golfas...
-
---No; son las hermanas de un cajista compañero mío, que fueron mis
-vecinas en el parador de Santa Casilda.
-
---¡Ah!, pero ¿tú has vivido allí?
-
---Sí.
-
---Pues yo también. Las conoceré.
-
---No sé, son hermanas de un cajista que se llama Jesús.
-
---La Fea.
-
---Sí.
-
---La conozco. ¿Dónde vive?
-
---En el callejón del Mellizo.
-
---Aquí mismo está. Vamos á verla.
-
-Salieron de casa; calle de la Arganzuela arriba estaba el callejón del
-Mellizo, próximo al matadero de cerdos. No había en el callejón, que en
-su principio tenía empalizadas á ambos lados y estaba obstruído por
-grandes losas puestas unas encima de otras, más que una casa grande en
-el fondo. Delante de la casa en un patio grande, trajinaban algunos
-_cañis_ con mulas y pollinos; en las galerías asomaban gitanas negras y
-gitanillas de ojos brillantes y trajes abigarrados.
-
-Preguntaron á un gitano por la Fea y les indicó el número 6 del piso
-segundo.
-
-En la puerta del cuarto, un letrero, escrito en una cartulina, ponía:
-«Se cose á máquina.»
-
-Llamaron y apareció un chiquillo rubio.
-
---Este es el hermano de la Salvadora--dijo Manuel.
-
-Se presentó la Fea en la puerta y recibió á Manuel con grandes extremos
-de alegría, y saludó á Ortiz.
-
---¿Y la Salvadora?--preguntó Manuel.
-
---En la cocina; ahora viene.
-
-El cuarto era claro con una ventana, por donde entraban los últimos
-rayos del sol poniente.
-
---Debe ser muy alegre este cuarto--dijo Manuel.
-
---Entra el sol desde que sale hasta que se marcha--contestó la Fea--.
-Queremos mudarnos, pero no encontramos cuarto parecido á éste.
-
-Respiraba aquello tranquilidad y trabajo; había dos máquinas de coser
-nuevas, un armario de pino, sillas y macetas en la ventana.
-
---¿Y Jesús, en el hospital?
-
---En la clínica de San Carlos--dijo la Fea.
-
-No quería ser gravoso á la familia; y aunque la Salvadora y ella le
-hubieran cuidado en casa, á él se le había metido en la cabeza ir al
-Hospital. Afortunadamente se encontraba ya mucho mejor y le iban á dar
-el alta.
-
-En esto entró la Salvadora. Estaba muy arrogante y muy guapa. Saludó á
-Manuel y á Ortiz y se sentó á coser á la máquina.
-
---¿Te quedarás á cenar con nosotras?--le preguntó la Fea á Manuel.
-
---No, no puedo; no me dejan.
-
---Si vosotras me aseguráis--saltó diciendo Ortiz--que cuando le avise á
-este hombre vendrá, aunque sea á las dos de la mañana, le dejo libre.
-
---Sí, pues se lo aseguramos á usted--dijo la Fea.
-
---Bueno, entonces me voy--. Mañana á las nueve en punto en mi casa.
-¿Estamos?
-
---Sí, señor.
-
---Con exactitud militar.
-
---Con exactitud militar.
-
-Se fué Ortiz y quedó Manuel en el cuarto de las dos costureras.
-
-La Salvadora, muy desdeñosa con Manuel, parecía ofenderse porque éste la
-miraba con cierta complacencia al verla tan guapa. Enrique, el hermano
-de la Salvadora, estaba fuerte y muy gracioso, jugó con Manuel y le
-contó, en su media lengua, una porción de cosas de su hermana y de su
-tía, como le llamaba á la Fea.
-
-Después de cenar y de acostar al chico, pasaron al cuarto de una
-bordadora de la vecindad y Manuel se encontró con dos antiguos amigos
-suyos, el Aristas y el Aristón.
-
-El Aristas había olvidado sus entusiasmos de gimnasta y se había hecho
-capataz de periódicos.
-
-Corría medio Madrid llevando el _papel_ de un puesto á otro, y le había
-substituído al Aristón en su cargo de comparsa. Por la mañana repartía
-periódicos, repartía entregas, repartía prospectos; por la tarde solía
-pegar anuncios y por la noche iba al teatro. Tenía una actividad
-extraordinaria, no paraba nunca; organizaba funciones, bailes;
-representaba los domingos con una compañía de aficionados; sabía de
-memoria todo el _Don Juan Tenorio_, _El puñal del godo_ y otros dramas
-románticos; tenía tres ó cuatro novias y á todas horas hablaba,
-peroraba, disponía y manifestaba una alegría sana y comunicativa.
-
-El Aristón, algo más moderado en su necromanía, estaba de ajustador en
-una fábrica y tenía un buen sueldo. Manuel se encontró muy
-agradablemente entre sus antiguos amigos.
-
-Vió ó creyó ver al menos que el Aristón galanteaba á la Fea y le llamaba
-repetidas veces Joaquina, como era su nombre. La Fea, al verse
-galanteada, se ponía hasta guapa.
-
-Manuel, de noche, fué á su casa á la calle de Galileo. No había vuelto
-la Justa. El Aristas le encontró trabajo en una imprenta de la Carrera
-de San Francisco.
-
-
-
-
-CAPÍTULO VIII
-
-La pista del Bizco.--Las afueras.--El ideal de Jesús.
-
-
-Al día siguiente, después de trabajar en la imprenta, Manuel, á las
-nueve de la noche, estaba en casa de Ortiz.
-
---Así me gusta--le dijo el cabo--con puntualidad militar.
-
-Ortiz se armó de un revólver que metió en el cinto, de un bastón que
-sujetó al puño con una correa y de una cuerda; entregó un garrote á
-Manuel y salieron los dos.
-
---Vamos por estos cafetines--dijo el guardia á Manuel--, y tú mira bien
-si está el Bizco.
-
-Hablaron mientras subían por la calle de la Arganzuela.
-
-Ortiz era un polizonte enamorado de su profesión. Su padre lo había sido
-también, y el instinto de persecución era en ellos tan fuerte como en
-los perros de caza.
-
-Ortiz, según contó, estuvo de carabinero en la costa de Málaga, en lucha
-siempre con los contrabandistas, hasta que vino á Madrid y entró en el
-Orden público.
-
---He hecho más servicios que nadie--dijo--; pero no me ascienden porque
-no tengo recomendaciones. A mi padre le pasó lo mismo; él cogió más
-ladrones que toda la policía de Madrid junta, y nada, no pasó de cabo.
-Luego le colocaron en la ronda de las alcantarillas, y tuvo cada
-trifulca allá abajo...; pero aquél no llevaba revólver, ni garrote, como
-yo, sino su trabuco. Era un guerrero.
-
-Pasaron por delante de una taberna y entraron, bebieron su copa de vino,
-y Manuel recorrió con la mirada la gente reunida alrededor de las mesas.
-
---No hay nada de lo que buscas--dijo el tabernero al policía.
-
---Ya veo que no, tío Pepe--contestó Ortiz, y sacó dos monedas para
-pagar.
-
---Está pago--replicó el tabernero.
-
---Gracias. ¡Adiós!
-
-Salieron de la taberna y llegaron á la plaza de la Cebada.
-
---Vamos al café de Naranjeros--dijo el polizonte--; aunque por aquí no
-es fácil que ande ese pájaro; pero muchas veces, donde menos se
-piensa...
-
-Entraron en el café; no había más que un grupo de personas hablando con
-las cantaoras. Ortiz, desde la puerta, gritó:
-
---Eh, Tripulante, haz el favor.
-
-Se levantó un joven con aire de señorito y se acercó á Ortiz.
-
---¿Tú conoces á un randa á quien llaman el Bizco?
-
---Sí, creo que sí.
-
---¿Anda por estos barrios?
-
---No, por aquí no.
-
---¿De veras?
-
---De veras que no. Estará hacia abajo; puede usted creerme.
-
---Te creo, hombre, ¿por qué no? Oye, Tripulante--añadió Ortiz agarrando
-del brazo al muchacho--: Ojo, ¿eh?, que te vas á caer.
-
-El Tripulante se echó á reir, y poniéndose el dedo índice de la mano
-derecha en el párpado inferior y guiñando el ojo, murmuró:
-
---¡La pista!... ¡Y que no aluspia uno, cámara!
-
---Bueno; pues estate al file, por si acaso. Mira que te se conoce.
-
---Descuide usted, señor Ortiz--replicó el muchacho--; se filará.
-
-Salieron el guardia y Manuel del café.
-
---Este es uno de ful, listo como un condenado. Vamos hacia abajo; quizás
-que el Tripulante tenga razón.
-
-Llegaron á la ronda de Toledo. La noche estaba hermosa, estrellada,
-brillaban algunas hogueras á lo lejos; de la chimenea de la fábrica del
-gas salía una humareda negra, como la espiración poderosa de un
-monstruo. Pasaron por la calle del Gas, iluminada, para contrastar su
-nombre, con faroles de petróleo, y bajaron, rasando Casa Blanca, á las
-Injurias. Cruzaron por una callejuela y se encontraron de manos á boca
-con el sereno.
-
-Ortiz le dijo á lo que iban, le dió las señas del Bizco, pero el sereno
-les advirtió que allí no había ninguno de aquellas señas.
-
---Preguntaremos, si ustedes quieren.
-
-Entraron los tres por un pasillo estrecho á un patio, con el suelo lleno
-de barro. Salía luz por la ventana de una casa y se asomaron á mirar. A
-la luz de un cabo de vela, colocado en un vasar de madera, se veía un
-viejo haraposo sentado en el suelo. A su lado dos muchachos y una
-chiquilla, cubiertos de andrajos, dormían.
-
-Salieron del patio y recorrieron una callejuela.
-
---Aquí hay una familia que no conozco--dijo el sereno, y llamó en la
-puerta con la contera del chuzo. Tardaron en abrir.
-
---¿Quién es?--dijo de adentro una voz de mujer.
-
---La autoridad--contestó Ortiz.
-
-Abrió una mujer envuelta en harapos y sin camisa. El sereno entró y
-pasaron Manuel y Ortiz dentro; apestaba allí de un modo atroz. En un
-camastro hecho de trapos y papeles, dormía una mujer ciega. El sereno
-metió el chuzo por debajo de la cama.
-
---Ya ven ustedes, aquí no está.
-
-Salieron Ortiz y Manuel de las Injurias.
-
---Ahí en las Cambroneras vivió el Bizco durante algún tiempo--dijo
-Manuel.
-
---Entonces no hay que buscarle por ahí, pero no importa, ¡hala que
-hala!--repuso Ortiz--Vamos allá.
-
-Cruzaron por el paseo de Yeserías; brillaban las luces de los faroles á
-los lados del puente de Toledo, alguna vena estrecha del río los
-reflejaba en su agua negra. Hacia Madrid, de las chimeneas de la fábrica
-del gas salían llamaradas rojas como dragones de fuego. Se oían á lo
-lejos los silbidos de un tren; en la dehesa del Canal los árboles
-torcidos destacaban su silueta negra en el ambiente obscuro de la noche.
-
-Se encontraron en las Cambroneras al sereno y le preguntaron por el
-Bizco.
-
---Yo hablaré mañana á Paco el Cañí y lo sabré. ¿Dónde nos vemos mañana?
-
---En la taberna de la Blasa.
-
---Bueno. Allí iré á las tres.
-
-Volvieron á pasar el puente y entraron en Casa Blanca.
-
---Veremos al administrador--dijo Ortiz. Entraron en un portal, y á un
-lado de éste, en un cuarto por cuya puerta entornada salía luz,
-llamaron. Un hombre en mangas de camisa salió al portal.
-
---¿Quién es?--gritó.
-
-Ortiz se dió á conocer.
-
---Aquí no está ese--contestó el administrador. Estoy seguro, tengo todos
-mis inquilinos apuntados en este cuaderno y los conozco.
-
-De Casa Blanca, Ortiz y Manuel se dirigieron hacia las Peñuelas y Ortiz
-echó un largo párrafo con el sereno. Después recorrieron algunas
-tabernas del barrio en donde había gente, á pesar de tener las puertas
-cerradas.
-
-Al pasar por la calle del Ferrocarril el sereno señaló el sitio donde se
-había encontrado descuartizada á la mujer del saco. Hablaron Ortiz y el
-sereno de éste y de otros crímenes cometidos allá cerca y se
-despidieron.
-
---Este sereno es un barbián--dijo Ortiz--ha acabado con los matones de
-las Peñuelas á garrotazos.
-
-Era ya tarde después de la visita á las tabernas, y Ortiz estimó que
-podrían dejar la campaña para el día siguiente. Se quedó él en el
-Campillo del Mundo Nuevo y Manuel, atravesando medio Madrid, se fué á su
-casa.
-
-Por la mañana temprano marchó á la imprenta, y al advertir que por la
-tarde no podía ir, le despidieron.
-
-Manuel fué á comer á casa de la Fea.
-
---Me han despedido de la imprenta--dijo al entrar.
-
---Habrás ido tarde--saltó la Salvadora.
-
---No, sino que Ortiz me dijo ayer que esta tarde tenía que ir con él, y
-lo he advertido en la imprenta y me han despedido.
-
---Si hasta que esté arreglado eso no puedes empezar á hacer nada--dijo
-la Fea.
-
-La Salvadora sonrió irónicamente y Manuel sintió que se le enrojecía la
-cara.
-
---No, no lo creas si no quieres, pero es verdad.
-
---Si yo no te he dicho, nada, hombre--replicó burlonamente la Salvadora.
-
---Ya sé que no me has dicho nada, pero te reías.
-
-Manuel salió de casa de la Fea irritado, fué á buscar á Ortiz, y reunido
-con él, bajó á las Injurias.
-
-Hacía un día de sol espléndido, una tarde templada. Se sentaron á la
-puerta de la taberna de la Blasa. En una callejuela que se veía
-enfrente, dormían los hombres tumbados á las puertas de sus casas; las
-mujeres correteaban de un lado á otro con las haraposas faldas
-recogidas, chapoteando los pies en la alcantarilla mal oliente que
-corría por en medio de la calleja como un arroyo negro. Alguna de
-aquellas mujeres llevaba la colilla en la boca. Las ratas grandes,
-grises, corrían por encima del barro, y algunos chicos desnudos las
-perseguían á palos y á pedradas.
-
-Habló Ortiz con la dueña de la tasca, y poco después apareció allá el
-sereno de las Cambroneras. Saludó á Ortiz, tomaron unas copas los dos, y
-el sereno dijo:
-
---Hablé con Paco el Cañí. Le conoce al Bizco. Dice que no anda por estos
-barrios. El cree que debe estar en la Manigua, en la California ó por
-ahí.
-
---Es muy posible. Bueno, señores, hasta la vista--y Ortiz se levantó y
-Manuel hizo lo mismo. Subieron á la glorieta del puente de Toledo,
-cruzaron el Manzanares y echaron á andar por la carretera de Andalucía.
-Por allá había ido á merendar días antes Manuel con Vidal y con
-Calatrava. Seguían los mismos grupos de randas en las puertas de los
-merenderos; algunos conocían á Ortiz y le invitaban á tomar una copa.
-
-Llegaron á una barriada próxima al río, de chozas míseras, sin
-chimeneas, sin ventanas, con los techos formados por cañizos. Nubes de
-mosquitos se levantaban sobre las hierbas de la orilla.
-
---Este es el Tejar de Mata pobres--dijo Ortiz.
-
-En aquellas pobres chozas se refugiaban algunos traperos con sus
-familias. Todos los habitantes de tan miserable aduar, escuálidos,
-amarillentos, estaban devorados por las fiebres, cuyos gérmenes brotaban
-de las aguas negras y fangosas del río. Nadie conocía allí al Bizco.
-Manuel y Ortiz siguieron adelante. A corta distancia de este poblado
-apareció otro, sobre un altozano, constituído por casuchas con sus
-corrales.
-
---El barrio de los Hojalateros; así se llama esto--indicó Ortiz.
-
-Era como una aldea levantada sobre estiércol y paja. Cada una de las
-casas, hechas con escombros y restos de todas clases, tenía su corraliza
-limitada por vallas de latas viejas roñosas, extendidas y clavadas en
-postes. Se mezclaba allí la miseria urbana con la miseria campesina; en
-el suelo de los corrales, las cestas viejas, las cajas de cartón de las
-sombrererías, alternaban con la hoz mellada y el rastrillo. Alguna de
-las casas daba la impresión de relativo bienestar, y su aspecto era ya
-labradoriego; en sus corralizas se levantaban grandes montones de paja;
-las gallinas picoteaban en el suelo.
-
-Ortiz se acercó á un hombre que estaba componiendo un carro.
-
---Oiga, buen amigo; ¿conoce usted por si acaso á un muchacho que se
-llama el Bizco?; uno rojo, feo...
-
---¿Acaso es usted de la policía?--preguntó el hombre.
-
---No; no, señor.
-
---Pues lo parece; pero eso allá usted. No conozco á ese bizco--y el
-hombre volvió la espalda.
-
---Aquí hay que andar con ojo--murmuró Ortiz--, porque si se enteran á lo
-que venimos nos dan un pie de paliza que nos revientan.
-
-Salieron del barrio de los Hojalateros, cruzaron el río por un puente
-por donde pasaba la línea del tren, y siguieron por la orilla del
-Manzanares.
-
-En las praderas próximas al río, cubiertas de hierba verde y luciente,
-pastaban las vacas; algunos andrajosos andaban despacio, con cautela,
-buscando grillos.
-
-Llegaron Manuel y Ortiz á unas casas de campo que llamaban la China; el
-guardia interrogó á un hortelano. No conocía al Bizco.
-
-Se alejaron de allá, y se sentaron en la hierba á descansar. Iba
-anocheciendo; surgía Madrid, amarillo rojizo, con sus torres y sus
-cúpulas, iluminado con la última palpitación del sol poniente. Relucían
-las vidrieras del Observatorio. Una bola grande de cobre del remate de
-algún edificio centelleaba como un sol sobre los tejados mugrientos;
-alguna que otra estrella resplandecía en la bóveda de azul de Prusia del
-cielo; el Guadarrama, de color violeta obscuro, rompía con sus picachos
-blancos el horizonte lejano.
-
-Volvieron de prisa Ortiz y Manuel. Al llegar al paseo de Embajadores era
-de noche; tomaron una copa en un merendero de la Manigua y echaron una
-ojeada por allá.
-
---Cena conmigo--dijo Ortiz--, y por la noche volveremos á la cacería.
-Hemos de registrar todo Madrid.
-
-Cenó Manuel con el guardia y con su familia en la casa del Campillo del
-Mundo Nuevo. Después de cenar recorrieron casi todas las tabernas de la
-calle del Mesón de Paredes y de Embajadores, y entraron en el cafetín de
-la calle de la Esgrima. Estaba todo el local lleno de golfos; al
-sentarse el guardia y Manuel se comunicaron los contertulios unos á
-otros la noticia. Un muchacho que estaba en una mesa próxima mostrando
-en un corro una sortija y una peineta, las guardó de prisa y corriendo
-al ver á Ortiz. El guardia notó la maniobra, y le llamó al mozo.
-
---¿Qué quiere usted?--preguntó éste escamado.
-
---Preguntarte una cosa.
-
---Usted dirá.
-
---¿Tú conoces á uno que llaman el Bizco?
-
---Yo no, señor.
-
-El guardia hizo más preguntas al muchacho; debió de convencerse que no
-conocía al Bizco, porque murmuró:
-
---No sabe nadie dónde está.
-
-Siguieron recorriendo tabernas; al pasar por la calle del Amparo, Ortiz
-dispuso que registraran una casa de dormir que tenía un farol rojo en
-uno de sus balcones.
-
-Entraron y subieron una escalera de tablas, con los peldaños vacilantes,
-iluminada por un farol empotrado en la pared. En el primer piso había
-habitaciones para citas; en el segundo estaba el dormitorio público.
-Tiró Ortiz de la cadena de la campanilla y apareció una mujer astrosa
-con una vela en la mano, un pañuelo blanco en la cabeza y en chanclas:
-era la encargada.
-
---Somos de la policía y queremos echar un vistazo por dentro. Si usted
-lo permite, entraremos.
-
-La mujer se encogió de hombros y dejó lugar para que pasaran.
-
-Recorrieron un corto pasillo, que terminaba en una sala larga y estrecha
-con pies derechos de madera á ambos lados y dos filas de camas. En la
-crujía central pendía un quinqué de petróleo, que apenas iluminaba la
-cuadra anchurosa. El suelo, de ladrillos, se torcía hacia un lado.
-
-Ortiz pidió la vela y fué alumbrando los rostros de los que ocupaban las
-camas.
-
-Unos dormían con desaforados ronquidos, otros, despiertos, se dejaban
-contemplar con desdén. Por entre las cubiertas de las camas se veían
-espaldas desnudas, torsos hercúleos, tórax comprimidos de gente
-enferma...
-
---Y abajo, ¿hay alguien?--preguntó Ortiz á la encargada.
-
---En el principal, no. En los cuartos del zaguán habrá alguno.
-
-Bajaron al portal. Una puerta conducía á un sótano húmedo. En un rincón
-dormía un mendigo, envuelto en harapos.
-
- * * * * *
-
-Al día siguiente de esta correría, por la tarde, al entrar Manuel en
-casa de la Fea, se encontró con Jesús, sentado, charlando con su hermana
-y la Salvadora.
-
-Manuel sintió cierta emoción al verle. Estaba muy flaco y muy pálido.
-Los dos se examinaron atentamente y hablaron de su vida en el tiempo en
-que no se habían visto. Después pasaron á cosas del momento, y Manuel
-expuso su situación y el compromiso que tenía con Ortiz.
-
---Ya, ya me lo han dicho--advirtió Jesús--, y yo no quería creerlo. ¿De
-manera que á ti te dejaron en libertad á condición de que ayudases á
-coger al Bizco? ¿Y tú aceptas?
-
---Sí. Si no no me dejaban en libertad. ¿Qué iba á hacer?
-
---Negarte.
-
---¿Y pudrirme en la cárcel?
-
---Y pudrirte en la cárcel, mejor que hacer á un amigo una charranada
-así.
-
---El Bizco no es amigo mío.
-
---Pero lo fué, por lo que tú dices.
-
---Amigo, no...
-
---Compañero de golfería, vamos.
-
---Sí.
-
---¿De modo que te has hecho polizonte?
-
---¡Hombre!... Además, el muerto era mi primo.
-
---¡Cualquiera se fía de ti!--añadió sarcásticamente el cajista.
-
-Manuel se calló. Pensó que había hecho mal en comprometerse. El Bizco
-era un bandido; pero á él no le había hecho nunca daño, era la verdad.
-
---Lo malo es que no puedo volverme atrás--dijo Manuel--ni escaparme,
-porque ese Ortiz vendría aquí y sería capaz de llevar á tu hermana y á
-la Salvadora á la cárcel.
-
---¿Por qué?
-
---Porque ellas le han dicho que respondían de mí.
-
---¡Quia, hombre! Le dicen que estuviste aquí, que te dijeron que no te
-se olvidara el hacer lo de los demás días, y que no saben nada más,
-sencillamente.
-
---¿A ti qué te parece?--preguntó Manuel indeciso á la Fea.
-
---Haz lo que quieras; yo creo que Jesús ya sabrá lo que dice, y que á
-nosotras no nos pueden hacer nada.
-
---Hay otra cosa--advirtió Manuel--: que yo no puedo vivir escondido
-mucho tiempo; tendré que trabajar para comer, y me cogerán.
-
---Yo te llevaré á una imprenta que conozco, replicó Jesús.
-
---Pero pueden sospechar. No, no.
-
---¿Prefieres ser un charrán?
-
---Voy á hacer una cosa; ir ahora mismo á ver á uno que lo puede arreglar
-todo.
-
---Espera un momento.
-
---No, no, déjame.
-
-Salió Manuel decidido á hablar con el Cojo ó con el Maestro. Fué á la
-carrera al Círculo. Le dejaron pasar; subió al piso primero, y al hombre
-que solía estar en la puerta de la sala de juego, le preguntó:
-
---Y el Maestro, ¿está en la secretaría?
-
---No, el que está es don Marcos.
-
-Llamó Manuel á la puerta y pasó adelante. Calatrava estaba en una mesa
-con un empleado contando fichas blancas y rojas. Al ver á Manuel le miró
-fijamente:
-
---¿A qué vienes tú aquí? ¡Soplón!--exclamó--. Aquí no haces falta.
-
---Ya lo sé.
-
---Estás despedido. El jornal no lo esperes.
-
---No, no lo espero.
-
---Entonces, ¿á qué vienes aquí?
-
---Vengo á esto. El Garro, el polizonte amigo de usted, me puso en
-libertad, con la condición de que ayudara á coger al que mató á Vidal,
-y á mí me hacen ir y venir á todas horas, y ya me he hartado de eso, y
-ya no quiero hacer de polizonte.
-
---Pues mira, de todo eso, á mí... Prim.
-
---No, porque si yo no aparezco por casa del cabo, á quien me confió el
-Garro, me cogerán y me llevarán á la cárcel.
-
---Bueno; allá aprenderás á no mover la sin hueso.
-
---No; allá lo que haré será declarar cómo se estafa en este Círculo á la
-gente...
-
---Tú estás loco. Tú quieres que te dé dos garrotazos.
-
---No; yo quiero que le diga á usted al Garro que no me da la gana de
-perseguir al Bizco, y, además, que le mande usted que no me persiga;
-conque ya sabe usted lo que tiene que hacer.
-
---Lo que voy á hacer es darte dos patadas ahora mismo, ¡soplón!
-
---Eso lo veremos.
-
-Se acercó el cojo á Manuel con el puño cerrado y le largó un puñetazo;
-pero Manuel tuvo la habilidad de agarrarle de la mano, y empujándole
-para atrás, le hizo perder el equilibrio y cayó sobre la mesa y la
-derribó con un estrépito formidable. Se levantó Calatrava furioso y se
-fué hacia Manuel; pero al ruido entraron algunos mozos y los separaron.
-
-En esta situación, apareció el Maestro en la puerta de la secretaría:
-
---¿Qué pasa?--preguntó mirando á Calatrava y á Manuel severamente--.
-Marchaos vosotros--añadió dirigiéndose á los demás.
-
-Quedaron los tres solos, y Manuel explicó el motivo de la cuestión.
-
-El Maestro, después de oirle, dijo á Calatrava:
-
---¿Es eso de veras lo que te ha dicho?
-
---Sí; pero ha venido aquí con exigencias...
-
---Bueno. De eso no hay que hablar. ¿De manera--añadió dirigiéndose á
-Manuel--que tú no quieres ayudar á la policía? Haces bien. Puedes
-marcharte. Yo le diré al Garro que no te moleste.
-
-Una hora después, Manuel y Jesús habían salido de casa á dar una vuelta.
-Hacía una noche de calor sofocante; bajaron á la ronda.
-
-Hablaron. Manuel sentía una sorda irritación contra todo el mundo; un
-odio hasta entonces amortiguado se despertaba en su alma contra la
-sociedad, contra los hombres...
-
---De veras te digo--concluyó diciendo--, que quisiera que estuviera
-lloviendo dinamita ocho días y bajara después el Padre Eterno hecho
-ascuas.
-
-Y rabioso invocó á todos los poderes destructores para que redujesen á
-cenizas esta sociedad miserable.
-
-Jesús le escuchaba con atención.
-
---Eres un anarquista--le dijo.
-
---¿Yo?
-
---Sí. Yo también lo soy.
-
---¿Tú?
-
---Sí.
-
---¿Desde cuándo?
-
---Desde que he visto las infamias que se cometen en el mundo; desde que
-he visto cómo se entrega fríamente á la muerte un pedazo de humanidad;
-desde que he visto cómo mueren desamparados los hombres en las calles y
-en los hospitales--contestó Jesús con cierta solemnidad.
-
-Manuel enmudeció. Pasaron los dos amigos silenciosos por la ronda de
-Segovia, y en los jardinillos de la Virgen del Puerto se sentaron.
-
-El cielo estaba espléndido, cuajado de estrellas, la vía láctea cruzaba
-la cóncava inmensidad azul. La figura geométrica de la osa mayor
-brillaba muy alta. Arturus y Wega resplandecían dulcemente en aquel
-océano de astros.
-
-A lo lejos el campo obscuro surcado por líneas de luces, parecía el mar
-en un puerto, y las filas de luces semejaban las de los malecones de un
-muelle.
-
-El aire húmedo y caliente venía impregnado de olores de plantas
-silvestres, agostadas por el calor.
-
---¡Cuánta estrella!--dijo Manuel--. ¿Qué serán?
-
---Son mundos, y mundos sin fin.
-
---No sé por qué hoy me consuela ver ese cielo tan hermoso. Oye, Jesús,
-¿tú crees que habrá hombres en esos mundos?--preguntó Manuel.
-
---Quizás, ¿por qué no?
-
---¿Y habrá también cárceles, jueces, casas de juego, polizontes?... ¿Eh?
-¿Crees tú?
-
-Jesús no contestó á la pregunta. Luego habló con una voz serena de un
-sueño de humanidad idílica, un sueño dulce y piadoso, noble y pueril.
-
-En su sueño, el hombre, conducido por una idea nueva, llegaba á un
-estado superior.
-
-No más odios, no más rencores. Ni jueces, ni polizontes, ni soldados, ni
-autoridad, ni patria. En las grandes praderas de la tierra, los hombres
-libres trabajan al sol. La ley del amor ha sustituido á la ley del deber
-y el horizonte de la humanidad se ensancha cada vez más extenso, cada
-vez más azul...
-
-Y Jesús continuó hablando de un ideal vago de amor y de justicia, de
-energía y de piedad, y aquellas palabras suyas caóticas, incoherentes,
-caían como bálsamo consolador sobre el corazón ulcerado de Manuel...
-Luego los dos callaron, entregados á sus pensamientos, contemplando la
-noche.
-
-Una beatitud augusta resplandecía en el cielo, y la vaga sensación de la
-inmensidad del espacio, lo infinito de los mundos imponderables llevaba
-á sus corazones una deliciosa calma...
-
-FIN
-
-La continuación y fin de =Mala hierba= se titula =Aurora Roja=.
-
-
-
-
-ÍNDICE
-
-
-PRIMERA PARTE
-
- Págs.
-
-Anteportada 1
-
-Obras del mismo autor 2
-
-Portada 3
-
-CAPÍTULO I.--El taller.--La vida de Roberto
-Hasting.--Alex Monzon 5
-
-CAP. II.--La señorita Esther Volowitch.--Una
-boda.--Manuel, aprendiz de fotógrafo 26
-
-CAP. III.--La Europea y la Benefactora.--Una
-colocación extraña 41
-
-CAP. IV.--La baronesa de Aynant, sus perros y
-su mulata de compañía.--Se prepara una
-farsa 58
-
-CAP. V.--Vida y milagros del señor de Mingote.--Comienza
-la dulce explotación de don Sergio 73
-
-CAP. VI.--Kate, la niña blanca.--Los amores
-de Roberto.--El pundonor militar.--Las
-cucas.--Disquisiciones antropológicas 89
-
-CAP. VII.--El berebere se siente profundamente
-anglosajón.--Mingote mefistofélico.--Cogolludo.--Despedida 111
-
-
-SEGUNDA PARTE
-
-CAPÍTULO I.--Sandoval.--Los sapos de Sánchez
-Gómez.--Jacob y Jesús 129
-
-CAP. II.--Los nombres de los Sapos.--El director
-de _Los Debates_ y sus redactores 143
-
-CAP. III.--El parador de Santa Casilda.--La
-historia de Jacob.--La Fea y la Sinforosa.--La
-chica sin madre.--Mala Nochebuena 152
-
-CAP. IV.--La Navidad de Roberto.--Gente del
-Norte 169
-
-CAP. V.--Paro general.--Juergas.--El baile del
-Frontón.--La iniciación de amor 186
-
-CAP. VI.--La nieve.--Otras historias de don
-Alonso.--Las Injurias.--El Asilo del Sur 195
-
-CAP. VII.--La Casa Negra.--Incendio.--Fuga 219
-
-CAP. VIII.--Las cuevas del Gobierno civil.--El
-repatriado.--La sopa del convento 227
-
-CAP. IX.--Noche en el paseo de la Virgen del
-Puerto.--Suena un tiro.--Calatrava y Vidal.--Un
-tango de la bella Pérez 239
-
-
-TERCERA PARTE
-
-CAPÍTULO I.--¿Será la buena?--Proposiciones de Vidal 253
-
-CAP. II.--El Garro.--Marcos Calatrava.--El
-Maestro.--Confidencias 268
-
-CAP. III.--La Flora y la Aragonesa.--La Justa.--La
-inauguración del Salón París 283
-
-CAP. IV.--Un fusilamiento.--En el puente del
-Sotillo.--El Destino 294
-
-CAP. V.--El calabozo del Juzgado de guardia.--Digresiones.--La
-declaración 306
-
-CAP. VI.--Lo que pasaba en el despacho del
-Juez.--La Casa de Canónigos 321
-
-CAP. VII.--La Fea y la Salvadora.--Ortiz.--Antiguos
-conocidos 329
-
-CAP. VIII.--La pista del Bizco.--Las afueras.--El
-ideal de Jesús 337
-
-Indice 357
-
-Colofón 359
-
- * * * * *
-
- Se imprimió
-
- MALA HIERBA
-
- EN EL
-
- ESTABLECIMIENTO TIPOGRÁFICO
-
- DE
-
- ANTONIO MARZO
-
- DE
-
- MADRID
-
- en ABRIL de
-
- 1904
-
- [imagen: colophon]
-
- * * * * *
-
-De venta en todas las librerías.
-
-
-Jorge Ohnet.
-
-LAS BATALLAS DE LA VIDA
-
-_El Camino de la Gloria_
-
-(novela),
-
-versión castellana de =Carlos de Bataille=,
-
-Un volumen en 8.º, =3,50= pesetas.
-
-
-M. Ciges Aparicio.
-
-_DEL CAUTIVERIO_
-
-Un vol. en 8.º, =2= pesetas.
-
-
-GUY DE MAUPASSANT
-
-_Pedro y Juan_
-
-NOVELA
-
-VERSIÓN CASTELLANA
-
-de
-
-CARLOS FRONTAURA
-
-NUEVA EDICIÓN
-
-Un volumen en 8.º, =3,50= pesetas.
-
-
-RICARDO BURGUETE
-
-_Mi Rebeldía_
-
-«MANE-THECEL-PHARES»
-
-I. Filosofía de la Guerra.
-
-II. La revolución de los Ejércitos.
-
-III. Estudios sobre el valor.
-
-IV. El miedo.
-
-V. Educación de la voluntad.
-
-VI. Inutilidad de nuestras organizaciones militares.
-
-VII. Ensayo de filosofía de la guerra en la historia de los pueblos
-(Egipcios y Hebreos).
-
-VIII. Mi tramontana. El libro inseparable del soldado.
-
-IX. Algunas máximas y reflexiones militares en olvido.
-
-X. Conclusiones de un rebelde.
-
-Un volumen en 8.º, =3,50= pesetas.
-
-
-Willy
-
-(_Henri-Gauthier-Villars_)
-
-_Claudina en la escuela_
-
-(novela), un volumen en 8.º, =3,50= pesetas.
-
-_Claudina en París_
-
-(novela), un volumen en 8.º, =3,50= pesetas.
-
-_Claudina en su casa_
-
-(novela), un volumen en 8.º, =3,50= pesetas.
-
-_Claudina desaparece_
-
-(novela), un volumen en 8.º, =3,50= pesetas.
-
- * * * * *
-
-NOTA:
-
-[A] El episodio que precede á MALA HIERBA se titula LA BUSCA.
-
-
-
-
-
-
-End of Project Gutenberg's La lucha por la vida; Mala hierba, by Pío Baroja
-
-*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA LUCHA POR LA VIDA; MALA HIERBA ***
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-including obsolete, old, middle-aged and new computers. It exists
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-To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
-and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
-and the Foundation web page at http://www.pglaf.org.
-
-
-Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive
-Foundation
-
-The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
-501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
-state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
-Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification
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-http://pglaf.org/fundraising. Contributions to the Project Gutenberg
-Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
-permitted by U.S. federal laws and your state's laws.
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-The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
-Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
-throughout numerous locations. Its business office is located at
-809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
-business@pglaf.org. Email contact links and up to date contact
-information can be found at the Foundation's web site and official
-page at http://pglaf.org
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-For additional contact information:
- Dr. Gregory B. Newby
- Chief Executive and Director
- gbnewby@pglaf.org
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-Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg
-Literary Archive Foundation
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-Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
-spread public support and donations to carry out its mission of
-increasing the number of public domain and licensed works that can be
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-array of equipment including outdated equipment. Many small donations
-($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
-status with the IRS.
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-The Foundation is committed to complying with the laws regulating
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-States. Compliance requirements are not uniform and it takes a
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-SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
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-While we cannot and do not solicit contributions from states where we
-have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
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-Section 5. General Information About Project Gutenberg-tm electronic
-works.
-
-Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm
-concept of a library of electronic works that could be freely shared
-with anyone. For thirty years, he produced and distributed Project
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-This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
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Binary files differ
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</style>
</head>
<body>
-
-
-<pre>
-
-Project Gutenberg's La lucha por la vida; Mala hierba, by Pío Baroja
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
-almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or
-re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
-with this eBook or online at www.gutenberg.org/license
-
-
-Title: La lucha por la vida; Mala hierba
-
-Author: Pío Baroja
-
-Release Date: June 25, 2013 [EBook #43033]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: ISO-8859-1
-
-*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA LUCHA POR LA VIDA; MALA HIERBA ***
-
-
-
-
-Produced by Chuck Greif and the Online Distributed
-Proofreading Canada Team at http://www.pgdpcanada.net (This
-book was produced from scanned images of public domain
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-
-
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-
-
-
-</pre>
+<div>*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK 43033 ***</div>
<hr class="full" />
@@ -6277,7 +6240,7 @@ mujeres la primera noche de novios</i>.</p>
<p>&mdash;¿Es bueno esto?&mdash;preguntó Manuel.</p>
-<p>&mdash;Así, así. Te advierto que hay que leer un renglón sí el y otro no.
+<p>&mdash;Así, así. Te advierto que hay que leer un renglón sí y el otro no.
¡Yo, dedicado á estas cosas! ¡Yo, que he sido director de un circo en
<i>Niu Yoc</i>!</p>
@@ -10231,7 +10194,7 @@ ya no quiero hacer de polizonte.</p>
<p>&mdash;No, porque si yo no aparezco por casa del cabo, á quien me confió el
Garro, me cogerán y me llevarán á la cárcel.</p>
-<p>&mdash;Bueno; allá aprenderás á no mover la sin hueso.</p>
+<p>&mdash;Bueno; allá aprenderás á no moveria la sin hueso.</p>
<p>&mdash;No; allá lo que haré será declarar cómo se estafa en este Círculo á la
gente...</p>
@@ -10565,386 +10528,6 @@ versión castellana de <b>Carlos de Bataille</b>,</p>
<hr class="full" />
-
-
-
-
-
-
-<pre>
-
-
-
-
-
-End of Project Gutenberg's La lucha por la vida; Mala hierba, by Pío Baroja
-
-*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA LUCHA POR LA VIDA; MALA HIERBA ***
-
-***** This file should be named 43033-h.htm or 43033-h.zip *****
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+<div>*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK 43033 ***</div>
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@@ -1,10957 +0,0 @@
-Project Gutenberg's La lucha por la vida; Mala hierba, by Pío Baroja
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
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-
-
-Title: La lucha por la vida; Mala hierba
-
-Author: Pío Baroja
-
-Release Date: June 25, 2013 [EBook #43033]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: ISO-8859-1
-
-*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA LUCHA POR LA VIDA; MALA HIERBA ***
-
-
-
-
-Produced by Chuck Greif and the Online Distributed
-Proofreading Canada Team at http://www.pgdpcanada.net (This
-book was produced from scanned images of public domain
-material from the Google Book Search project.)
-
-
-
-
-
-
- Nota del transcriptor: La ortografía del original fue conservada.
-
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-
- LA LUCHA POR LA VIDA
-
-
-
-
-
- Mala Hierba.
-
-
-OBRAS DEL MISMO AUTOR
-
-=Vidas sombrías=; un volumen.
-
-=La casa de Aizgorri=, novela en siete jornadas; ídem.
-
-=Aventuras, inventos y mixtificaciones de Silvestre Paradox=; ídem.
-
-=Camino de perfección= (=pasión mística=), novela; ídem.
-
-=El Mayorazgo de Labraz=, novela; ídem.
-
-=Idilios vascos=; con ilustraciones de F. Periquet y R. Baroja; ídem.
-
-LA LUCHA POR LA VIDA
-
-=La Busca= (novela); un vol.
-
-=Mala hierba= (novela); un vol.
-
-=Aurora roja= (novela); un vol. (en prensa).
-
-
-
-
- LA LUCHA POR LA VIDA
-
- Mala Hierba
-
- NOVELA
-
- POR
-
- PIO BAROJA
-
- [imagen: colophon]
-
- MADRID
-
- LIBRERÍA DE FERNANDO FÉ.
-
- 1904
-
- ES PROPIEDAD.--DERECHOS RESERVADOS
-
-
-
-
- Mala hierba.[A]
-
-
-
-
-PRIMERA PARTE
-
-
-
-
-CAPÍTULO I
-
-El taller.--La vida de Roberto Hasting.--Alex Monzon.
-
-
-Roberto se había levantado de la cama, y vestido con su traje de calle y
-sentado á una mesa llena de papeles, escribía.
-
-El cuarto era una guardilla trastera, baja de techo, con una gran
-ventana á un patio. El centro del cuarto lo ocupaban dos estatuas de
-barro, de un armazón interior de alambre, dos figuras de más del tamaño
-natural, descomunales y estrambóticas. Estaban ambas solamente
-esbozadas, como si el autor no hubiera sabido acabarlas; eran dos
-jigantes rendidos por el cansancio, los dos de cabeza pequeña y rapada,
-pecho hundido, vientre abultado y largos brazos simiescos. Los dos
-parecían agobiados por un abatimiento profundo. Frente á la ventana
-ancha había un sofá, tapizado con una percalina floreada; en las sillas
-y en el suelo se levantaban estatuas medio envueltas en trapos húmedos;
-en un ángulo aparecía una caja, llena de pedazos secos de escayola, y en
-un rincón un lebrillo con barro.
-
-De cuando en cuando Roberto miraba á un reloj de bolsillo colocado sobre
-la mesa, entre los papeles; se levantaba y daba unos paseos por el
-cuarto. Por la ventana, en las galerías de las casas de enfrente se
-veían pasar mujeres desharrapadas y sucias; de la calle subía una
-baraúnda ensordecedora de gritos de las verduleras y de los vendedores
-ambulantes.
-
-A Roberto, sin duda, no le molestaba aquella continua algarabía, y al
-cabo de poco rato se sentaba y seguía escribiendo.
-
- * * * * *
-
-Mientras tanto, Manuel subía y bajaba las casas de toda la calle en
-busca de Roberto Hasting.
-
-Hallábase Manuel con decisión para intentar seriamente un cambio de
-vida, se sentía capaz de tomar una determinación enérgica y dispuesto á
-seguirla hasta el fin.
-
-Su hermana mayor, que acababa de casarse con un bombero, le regaló unos
-pantalones rotos de su esposo, una chaqueta vieja y una bufanda raida.
-Además, añadió á la donación una gorra de forma y de color absurdos, un
-sombrero hongo anciano y algunos buenos y vagos consejos acerca del
-trabajo, el cual, como nadie ignora, es el padre de todas las virtudes,
-como el caballo es el más noble de todos los animales y la ociosidad la
-madre de todos los vicios.
-
-Es muy posible, casi seguro, que Manuel hubiese preferido á estos buenos
-y vagos consejos, á esta gorra de forma y color absurdos, á la chaqueta
-vieja, al sombrero anciano, á la bufanda raida y á los pantalones rotos,
-una pequeña cantidad de dinero, ya fuera en cuartos, en plata ó en
-billetes.
-
-La juventud es así, no tiene norte ni guía; imprevisora siempre, concede
-más valor á los dones materiales que á los espirituales, sin comprender
-en su ignorancia absoluta que una moneda se gasta, un billete se cambia,
-y las dos cosas pueden perderse, y en cambio un buen consejo ni se gasta
-ni se pierde, ni se reduce á calderilla, y tiene además la ventaja de
-que sin cuidarse de él para nada, dura eternamente, sin enmohecimiento
-ni deterioro. Prefiriese una cosa ú otra, hay que confesar que Manuel
-tuvo que contentarse con lo que le dieron.
-
-Con este lastre de los buenos consejos y de las malas prendas de vestir,
-sin vislumbrar ni un cuarto de luz en su camino, Manuel repasó en la
-memoria la corta lista de sus conocimientos, y pensó que de todos, el
-único capaz de favorecerle era Roberto Hasting.
-
-Penetrado de esta verdad, para él muy importante, se dedicó á buscar á
-su amigo. En el cuartel ya le habían perdido de vista hacía tiempo; doña
-Casiana, la de la casa de huéspedes, á quien Manuel encontró en la
-calle, no sabía las señas de Roberto, y le indicó que quizás el
-Superhombre las supiera.
-
---¿Sigue viviendo en su casa de usted?
-
---No, estaba ya harta de que no me pagara. No sé dónde vive; pero le
-encontrarás en _El Mundo_, un periódico de la calle de Valverde que
-tiene un letrero en el balcón.
-
-Buscó Manuel el periódico de la calle de Valverde y lo encontró en
-seguida; subió al piso principal de la casa, y se detuvo ante una puerta
-cerrada con un cristal, en donde había grabados dos mundos, el antiguo y
-el moderno. No había timbre ni llamador de campanilla, y Manuel se puso
-á repiquetear con los dedos en el cristal, encima precisamente del nuevo
-mundo, y en esta ocupación le sorprendió el mismísimo Superhombre, que
-llegaba de la calle.
-
---¿Qué haces aquí?--le dijo el periodista, mirándole de arriba á
-abajo--¿Quién eres tú?
-
---Yo soy Manuel, el hijo de la Petra, la de la casa de huéspedes, ¿no se
-acuerda usted?
-
---¡Ah, sí!... ¿y qué quieres?
-
---Quisiera que me dijese usted si sabe dónde vive don Roberto, que creo
-que ahora es periodista.
-
---¿Y quién es don Roberto?
-
---El rubio... el estudiante amigo de don Telmo.
-
---¿El niño _litri_ aquél?... ¡yo qué sé!
-
---¿Ni dónde trabaja tampoco?
-
---Creo que da lecciones en la academia de Fischer.
-
---No sé en qué sitio está esa academia.
-
---Me parece que en la plaza de Isabel II--contestó el Superhombre de un
-modo displicente, mientras abría la puerta de cristales con un llavín y
-entraba.
-
-Manuel fué á la academia; aquí un ordenanza le dijo que Roberto vivía en
-la calle del Espíritu Santo, en el número 21 ó 23, no sabía á punto
-fijo, en un piso alto, donde había un estudio de escultor.
-
-Manuel buscó la calle del Espíritu Santo; la geografía de esta parte de
-Madrid le era un tanto desconocida. Tardó en dar con la calle, que
-estaba en aquellas horas animadísima; las verduleras, colocadas en fila
-á los lados de la calle, anunciaban sus judías y sus tomates á voz en
-grito; las criadas pasaban con sus cestas al brazo y sus delantales
-blancos; los horteras echaban un párrafo recostados en la puerta de la
-tienda con la cocinera guapa; corrían los panaderos entre la gente con
-la cesta en equilibrio sobre la cabeza, y el ir y venir de la gente, el
-gritar de unos y de otros formaba una baraúnda ensordecedora y un
-espectáculo abigarrado y pintoresco.
-
-Manuel, abriéndose paso entre el gentío y las cestas de tomates,
-preguntó por Roberto en los números que le indicaron; no le conocían las
-porteras, y no tuvo más remedio que subir hasta los pisos altos y
-enterarse allí.
-
-Después de varias ascensiones dió con el estudio del escultor. En el
-extremo de una escalera sucia y obscura se encontró con un pasillo en
-donde charlaban unas cuantas viejas.
-
---¿Don Roberto Hasting? ¿Uno que vive en el taller de un escultor?
-
---Será ahí en esa puerta.
-
-La entreabrió Manuel, se asomó y vió á Roberto escribiendo.
-
---Hola, ¿eres tú?--dijo Roberto--. ¿Qué hay?
-
---Pues venía á verle á usted.
-
---¿A mí?
-
---Sí, señor.
-
---¿Qué te pasa?
-
---Que me he quedado parado.
-
---¿Cómo parado?
-
---Sin trabajo.
-
---¿Y tu tío?
-
---¡Oh, ya hacía tiempo que no estaba allí!
-
---¿Y cómo ha sido eso?
-
-Manuel contó sus cuitas. Luego, viendo que Roberto seguía escribiendo
-rápidamente, se calló.
-
---Puedes seguir--murmuró Hasting--, te oigo mientras escribo; tengo que
-concluir un trabajo para mañana y necesito correr, pero te oigo.
-
-Manuel, á pesar de la indicación, no siguió hablando. Miró los dos
-jigantones derrengados que ocupaban el centro del taller y quedó
-sorprendido. Roberto, que notó el asombro de Manuel, le preguntó riendo:
-
---¿Qué te parece eso?
-
---Qué sé yo. Da miedo. ¿Qué quieren decir esos hombres?
-
---El autor los llama Los Explotados. Quiere dar á entender que son los
-hombres á quienes agota el trabajo. Poco oportuno el asunto para España.
-
-Roberto siguió escribiendo. Manuel separó la vista de los dos figurones
-y la dirigió por el cuarto. No tenía aspecto de riqueza, ni siquiera de
-comodidad; Manuel pensó que el estudiante no marchaba bien en sus
-asuntos.
-
-Roberto echó una rápida mirada á su reloj, dejó la pluma, se levantó, y
-paseó por el cuarto. Contrastaba su elegancia con el aspecto miserable
-del cuarto.
-
---¿Quién te ha dicho dónde vivía?--preguntó.
-
---En una academia.
-
---¿Y quién te ha indicado la academia?
-
---El Superhombre.
-
---¡Ah! El divino Langairiños... Y dime: ¿desde cuándo estás sin trabajo?
-
---Desde hace unos días.
-
---¿Y qué piensas hacer?
-
---Pues estar á lo que salga.
-
---¿Y si no sale nada?
-
---Creo que algo saldrá.
-
-Roberto sonrió burlonamente.
-
---¡Qué español es eso! Estar á lo que salga. Siempre esperando... Pero,
-en fin, tú no tienes la culpa. Oye. Si estos días no encuentras sitio
-donde dormir, quédate aquí.
-
---Bueno, muchas gracias. ¿Y la herencia de usted, don Roberto? ¿Cómo va?
-
---Marchando poco á poco. Antes de un año me ves rico.
-
---Me alegraré.
-
---Ya te dije que me figuraba que había un enredo de los curas en esta
-cuestión; pues, efectivamente, así es. Don Fermín Núñez de Letona, el
-cura, fundó diez capellanías para parientes suyos que llevaran su
-apellido. Sabiendo esto pregunté por estas capellanías en el Obispado;
-no sabían nada; pedí varias veces la partida de bautismo de don Fermín á
-Labraz; me dijeron que allí no aparecía tal nombre. Para aclarar este
-asunto he ido hace un mes á Labraz.
-
---¿Ha estado usted fuera de Madrid?
-
---Sí; he gastado mil pesetas. En la situación en que me encuentro,
-figúrate lo que representan mil pesetas para mí; pero no he tenido
-ningún inconveniente en gastarlas. He ido, como te decía, á Labraz; he
-visto el libro de partidas en la iglesia vieja y me he encontrado con
-que hay un salto en el libro desde el año 1759 al 60. ¿Qué es esto?, me
-dije. Miré, volví á mirar, no había señal de hoja arrancada; la
-numeración de los folios estaba bien, pero los años no concordaban y,
-¿sabes lo que pasa?, que una hoja está pegada á otra. Después fuí al
-Seminario de Pamplona y conseguí encontrar una lista de los alumnos que
-estudiaron á fines del siglo XVIII y allí está don Fermín, y pone: Núñez
-de Letona, Labraz (Alava). De manera que la partida de bautismo de don
-Fermín se encuentra en la hoja pegada.
-
---¿Y por qué no ha hecho usted que la despeguen?
-
---No; ¿quién sabe lo que puede suceder?, podría levantar la caza. El
-libro queda allá. Yo he mandado á Londres mi escrito; cuando venga el
-exhorto, el Juzgado nombrará tres peritos que irán á Labraz y, ante
-ellos y ante el Juez y el Notario, se despegará la hoja.
-
-Roberto, como siempre que hablaba de su fortuna, iba exaltándose; su
-imaginación le hacía ver perspectivas admirables de riqueza, de lujo,
-de viajes maravillosos. En medio de sus entusiasmos y de sus ilusiones
-apareció el hombre práctico; miró al reloj, se calmó en un instante, y
-se puso á escribir de nuevo.
-
-Manuel se levantó.
-
---¿Qué, te vas?--le dijo Roberto.
-
---Sí; ¿qué voy á hacer aquí?
-
---Si no tienes para almorzar toma una peseta. No tengo más.
-
---¿Y usted?
-
---Yo como en casa de un discípulo. Oye, si vienes á dormir, adviérteselo
-á mi compañero. Estará aquí dentro de un momento. Aún no se ha
-levantado. Se llama Alejo Monzon, pero le llaman Alex.
-
---Bueno; sí, señor.
-
-Almorzó Manuel pan y queso y volvió al poco rato al taller. Un hombre
-rechoncho, de barba negra y espesa, cubierto con una blusa blanca, la
-pipa en la boca, modelaba en plastelina una Venus desnuda.
-
---¿Usted es don Alejo?--le preguntó Manuel.
-
---Sí, ¿que hay?
-
---Yo soy amigo de don Roberto, y he venido á verle hoy y le he dicho que
-no tenía trabajo ni casa, y él me ha indicado que podía dormir aquí.
-
---Tendrás que acostarte en el sofá--dijo el de la blusa blanca--, porque
-no hay otra cama.
-
---No importa. Estoy acostumbrado.
-
---¡Qué! ¿Tú tienes algo que hacer?
-
---Yo no.
-
---Anda, entonces ponte sobre la tarima; me servirás de modelo. Siéntate
-en esta caja. Así. Ahora apoya la cabeza en la mano como si estuvieras
-pensando en algo. Bueno. Está bien. La mirada más alta. Eso es.
-
-El escultor se sentó, machacó de un puñetazo la Venus que estaba
-modelando y comenzó á levantar otra figura.
-
-Manuel se cansó pronto de posar y se lo advirtió así á Alex, quien le
-dijo que descansara.
-
-A media tarde entraron en la guardilla una porción de muchachos amigos
-del escultor; dos de ellos se pusieron en mangas de camisa y comenzaron
-á amontonar barro en una mesa; un melenudo se sentó en un sofá. Llegaron
-poco después otros y comenzaron todos á charlar á voz en grito.
-
-Hablaron y discutieron una porción de cosas, de pintura, de escultura,
-de comedias. Manuel pensó que debían de ser personas importantes.
-
-Habían clasificado al mundo. Tal, era admirable; Cuál, detestable; H, un
-genio; B, un imbécil.
-
-No les gustaba, sin duda, las medias tintas ni los términos medios;
-parecían árbitros de la opinión, juzgadores y sentenciadores de todo.
-
-Al anochecer se prepararon para salir.
-
---¿Tú te vas?--preguntó el escultor á Manuel.
-
---Saldré un momento á cenar.
-
---Bueno; ahí tienes la llave. Yo vendré á eso de las doce y llamaré.
-
---Está bien.
-
-Manuel comió otra ración de pan y queso y dió un paseo después por las
-calles y, entrada la noche, volvió al taller. Hacía frío allá arriba,
-más frío que en la calle. Se acercó á tientas al sofá, se tendió y
-esperó á que vinera el escultor. Cerca de la una llamó y le abrió
-Manuel.
-
-Alex venía ceñudo. Se metió en su alcoba, encendió una vela y anduvo
-paseando por el estudio hablando solo.
-
---Ese imbécil de Santiuste--le oyó murmurar Manuel--que dice que el no
-concluir una obra de arte es señal de impotencia. ¡Y me miraba á mí!
-Pero, ¿por qué le haré caso yo á ese idiota?
-
-Nadie pudo dar al escultor una contestación satisfactoria, y siguió
-paseando por el cuarto lamentándose en voz alta de la estupidez y de la
-envidia de sus compañeros.
-
-Después, ya apaciguada su cólera, cogió la bujía, la acercó al grupo de
-Los Explotados y lo miró durante largo tiempo con curiosidad. Vió que
-Manuel no dormía y le preguntó cándidamente:
-
---¿Has visto tú algo más colosal que esto?
-
---Es una cosa muy rara--contestó Manuel.
-
---¡Sí es!--replicó Alex--. Tiene la rareza de todo lo genial. Yo no sé
-si habrá alguien en el mundo capaz de hacer esto. Quizás Rodín, Hum...
-¿quién sabe? ¿Dónde te figuras tú que pondría yo este grupo?
-
---No sé.
-
---En un desierto. Sobre un pedestal de granito cuadrado, tosco, sin
-adornos. ¡Qué efecto produciría, eh!
-
---Ya lo creo.
-
-El asombro de Manuel lo tomó Alex por admiración, y con la bujía en la
-mano fué quitando los paños que cubrían sus estatuas y enseñándoselas.
-
-Eran figuras espantables y monstruosas: viejas encogidas con los
-pellejos lacios y los brazos hasta los tobillos, hombres que parecían
-buitres, chiquillos jorobados y deformes, unos de cabeza muy grande,
-otros de cabeza muy chica, cuerpos todos sin proporción ni armonía.
-Manuel sospechó si aquella fauna monstruosa sería una broma de Alex;
-pero el escultor hablaba entusiasmado y explicaba por qué sus figuras no
-tenían la estúpida corrección académica tan alabada por los imbéciles.
-Todas eran símbolos.
-
-Después de mostrar sus obras, Alex se sentó en una silla.
-
---No me dejan trabajar--exclamó con abandono--y lo siento, no creas que
-por mí, sino por el arte. Si Alejo Monzon no triunfa, la escultura en
-Europa retrocede cien años.
-
-Manuel no podía decir lo contrario, y se echó en el sofá á dormir.
-
-Al día siguiente cuando se despertó, Roberto estaba ya vestido
-elegantemente y escribiendo en su mesa.
-
---¿Está usted ya levantado?--le dijo Manuel con asombro.
-
---Hay que madrugar, amigo--contestó Roberto--, yo no soy de los que
-están á lo que salga. No viene la montaña á mí, pues yo voy á la
-montaña, no hay más remedio.
-
-Manuel no entendió bien lo que quería decir Roberto con esto de la
-montaña, y desperezándose se levantó del sofá.
-
---Anda, le dijo Roberto--, ve por un café con media tostada.
-
-Salió Manuel y volvió en seguida. Desayunaron los dos.
-
---¿Quiere usted alguna cosa más?--preguntó Manuel.
-
---No, nada.
-
---¿No piensa usted volver hasta la noche?
-
---No.
-
---¿Tantas cosas tiene usted que hacer?
-
---Muchas, ya lo creo. Ahora, después de traducir invariablemente diez
-páginas, voy á la calle de Serrano á dar una lección de inglés; de aquí
-tomo el tranvía y marcho al final de la calle de Mendizábal, vuelvo al
-centro, me meto en la casa editorial y corrijo las pruebas de la
-traducción. Salgo á las doce, voy á mi restaurant, como, tomo café,
-escribo mis cartas á Inglaterra y á las tres estoy en la academia de
-Fischer. A las cuatro y media voy al colegio protestante. De seis á ocho
-paseo, á las nueve ceno, á las diez estoy en el periódico y á las doce
-en la cama.
-
---¡Qué barbaridad! Pero entonces usted ganará mucho--dijo Manuel.
-
---De 80 á 90 duros.
-
---¿Y vive usted aquí?
-
---Es que tú ves los ingresos, pero no los gastos. Tengo que enviar todos
-los meses 30 duros á mi familia para que mi madre y mis dos hermanas
-vayan viviendo. El proceso me lleva mensualmente 15 ó 20 duros, y con lo
-demás voy pasando.
-
-Manuel contempló con admiración profunda á Roberto.
-
---Pues hijo--exclamó Roberto--, para vivir no hay más remedio. Y es lo
-que debes hacer tú, buscar, preguntar, correr, trotar, algo encontrarás.
-
-Manuel pensó que aunque le hubiesen prometido ser rey, no era capaz él
-de desenvolver una actividad semejante, pero se calló.
-
-Esperó á que se levantara el escultor y hablaron los dos largamente de
-las dificultades de la vida.
-
---Mira, por ahora me sirves de modelo--dijo Alex--, y ya encontraremos
-alguna combinación para comer.
-
---Bueno, sí señor, como usted quiera.
-
-Alex tenía crédito en la tahona y en la tienda de ultramarinos, y
-calculó que la alimentación de Manuel le resultaría más barata que pagar
-un modelo. Los dos se decidieron á alimentarse de conservas y de pan.
-
-No era el escultor perezoso, ni mucho menos, pero no tenía constancia en
-el trabajo, ni dominaba su arte; no sabía concluir sus figuras, y viendo
-que al ir á detallarlas los defectos iban apareciendo con más fuerza,
-las dejaba sin terminar. Su orgullo le hacía creer después que el
-modelar exactamente un brazo ó una pierna era una labor indigna y
-decadente, y sus amigos, en quienes se daba la misma impotencia para el
-trabajo, corroboraban su idea.
-
-Manuel no se preocupaba de cuestiones artísticas, pero muchas veces
-pensó que las teorías del escultor, más que convencimientos suyos,
-parecían pantallas para ocultar sus defectos.
-
-Hacía un retrato ó un busto, y se le decía: No se le parece, y él
-contestaba: Eso es lo de menos, y en todo pasaba lo mismo.
-
-Manuel se fué aficionando á las reuniones del estudio por la tarde, y
-escuchaba con atención lo que decían los amigos de Alex.
-
-Dos ó tres eran escultores, otros pintores y literatos. Ninguno de ellos
-conocido. Pasaban el tiempo correteando de teatro en teatro y de café en
-café, reuniéndose en cualquier parte, para tener el gusto de hablar mal
-de los amigos. Fuera de esta conversación en la cual todos concretaban
-admirablemente, en las demás se divagaba con placidez. Era un continuo
-discutir y proyectar, afirmar hoy, negar mañana, que á Manuel, que no
-tenía base alguna de juicio, le despistaba por completo; no comprendía
-si hablaban en serio ó en broma; les oía cambiar de opinión á cada
-momento y le chocaba cómo uno mismo podía defender cosas tan
-contradictorias.
-
-A veces una alusión embozada, un juicio acerca de éste ó del otro
-exasperaba á todos los de la reunión de tal manera, que entonces cada
-palabra tenía un retintín rabioso, y por debajo de las frases más
-sencillas se notaba que latía el odio, la envidia y la intención
-mortificante y agresiva.
-
-En medio de aquellos jóvenes, casi todos de una mordacidad venenosa,
-solían acudir al taller dos tipos que permanecían tranquilos é
-indiferentes en medio del furor de las discusiones. Uno era ya algo
-viejo, grave, enjuto; se llamaba D. Servando Arzubiaga; el otro, de la
-misma edad que Alex, se apellidaba Santín. Don Servando, aunque
-literato, no tenía vanidad literaria, ó si la tenía era tan honda, tan
-subterránea, que no se le notaba.
-
-Acudía al taller á distraerse, y fumando cigarrillos solía escuchar los
-diversos pareceres de unos y otros, sonriendo á las exageraciones,
-terciando en la conversación con alguna palabra conciliadora.
-
-Bernardo Santín, el más joven de los contertulios indiferentes, no
-hablaba; le era muy difícil comprender que por una cuestión puramente
-literaria ó artística pudiesen reñir de aquella manera.
-
-Santín era flaco, tenía la cara correcta, la nariz afilada, los ojos
-tristes, el bigote rubio y la sonrisa insípida. Se pasaba este hombre
-copiando cuadros en el Museo y cada vez lo hacía peor; pero desde que
-comenzó á frecuentar el estudio de Alex, las pocas aficiones al trabajo
-las había perdido por completo.
-
-Una de sus manías era hablar de tú á todo el mundo. A la tercera ó
-cuarta vez de ver á una persona ya la tuteaba.
-
-Los conciliábulos en el estudio de Alex se conoce que no bastaban á los
-bohemios, porque de noche volvían á reunirse en el café de Lisboa.
-Manuel, sin ser considerado como uno de ellos, era aceptado en la
-reunión, aunque sin voz ni voto.
-
-Por lo mismo que no hablaba se fijaba más en lo que oía.
-
-Eran casi todos ellos de malos instintos y de aviesa intención. Sentían
-la necesidad de hablar mal unos de otros, de injuriarse, de perjudicarse
-con sus maquinaciones y sus perfidias, y al mismo tiempo necesitaban
-verse y hablarse. Tenían, como las mujeres, el afán de complicar la vida
-con miserias y pequeñeces, la necesidad de vivir y desenvolverse en un
-ambiente de murmuraciones y de intrigas.
-
-Roberto pasaba por en medio de ellos tranquilo, indiferente; sin hacer
-caso de sus proyectos, ni de sus discusiones.
-
-Manuel creyó comprender que á Roberto le molestaba verle tan metido en
-la vida bohemia, y para congraciarse con él, una mañana le acompañó
-hasta la casa en donde daba su lección de inglés. Le contó por el camino
-que había hecho una porción de gestiones infructuosas para buscar
-trabajo, y le preguntó qué marcha debía seguir en adelante.
-
---¿Qué? Ya te he dicho varias veces lo que debes hacer--contestó
-Roberto--; buscar, buscar y buscar. Luego trabajar hasta echar el alma
-por la boca.
-
---¡Pero si no tengo en dónde!
-
---Siempre hay donde trabajar si se quiere. Pero hay que querer. Saber
-desear con fuerza es lo primero que se debe aprender. Tú me dirás que no
-deseas más que vegetar de cualquier modo; pues ni eso conseguirás, y si
-te reúnes con los que vienen aquí al estudio, además de vago concluirás
-en sinvergüenza.
-
---¿Pero ellos?...
-
---Ellos yo no sé si han hecho ó no indignidades; como comprenderás, eso
-á mí no me va ni me viene; pero cuando un hombre no puede comprender
-nada en serio, cuando no tiene voluntad, ni corazón, ni sentimientos
-altos, ni idea de justicia ni de equidad, es capaz de todo. Si esta
-gente tuviera un talento excepcional, podrían ser útiles y hacer su
-carrera, pero no lo tienen; en cambio han perdido las nociones morales
-del burgués, los puntales que sostienen la vida del hombre vulgar. Viven
-como hombres que poseyeran de los genios sus enfermedades y sus vicios,
-pero no su talento ni su corazón; vegetan en una atmósfera de pequeñas
-intrigas, de mezquindades torpes. Son incapaces de realizar una cosa.
-Quizás haya algo genial, yo no digo que no, en esos monstruos de Alex,
-en esas poesías de Santillana; pero eso no basta, hay que ejecutar lo
-que se ha pensado, lo que se ha sentido, y para eso se necesita el
-trabajo diario, constante. Es como un niño que nace, y la comparación,
-aunque sea vieja, es exacta: la madre lo pare con dolor, luego le
-alimenta en su pecho y le cuida hasta que crece y se hace fuerte. Esos
-quieren hacer de golpe y porrazo una obra hermosa, y no hacen más que
-hablar y hablar.
-
-Roberto se detuvo para tomar aliento, y continuó con más dulzura.
-
---Aun así, ellos tienen la ventaja de estar en la corriente, se conocen
-unos á otros, conocen á los periodistas, y, amigo, la prensa hoy es una
-fuerza brutal. Pero tú no, tú no puedes acercarte á la prensa;
-necesitarías siete ú ocho años de preparación, de buscar amistades,
-recomendaciones. Y mientras tanto, ¿de qué comes?
-
---No, si yo no quiero ser como ellos. Yo ya sé que soy un obrero.
-
---¡Obrero! ¡Quia! Ojalá lo fueras. Hoy no eres más que un vago y debes
-hacerte obrero. Lo que soy yo, lo que somos todos los que trabajamos.
-Muévete, actívate. Ahora la actividad para ti es un esfuerzo; haz algo;
-repite lo que hagas, hasta que la actividad sea para ti una costumbre.
-Convierte tu vida estática en vida dinámica. ¿No me entiendes? Quiero
-decirte que tengas voluntad.
-
-Manuel contempló á Roberto desanimado; hablaban los dos en distinto
-idioma.
-
-
-
-
-CAPÍTULO II
-
-La señorita Esther Volowitch.--Una boda.--Manuel, aprendiz de fotógrafo.
-
-
-A pesar de los consejos de Roberto, Manuel siguió sin buscar ni hacer
-nada útil, sirviendo de modelo á Alex y de criado á todos los demás que
-se reunían en el estudio.
-
-Algunas veces, al pensar en las recomendaciones de Roberto, se indignaba
-en contra de él.
-
---Yo ya sé--pensaba--que no tengo su arranque, que no soy capaz de hacer
-lo que hace él. Pero su consejo es una tontería, al menos para mí. Me
-dice:--Ten voluntad,--Pero ¿si no la tengo?--Hazla. Es como si me
-dijesen que tuviera un palmo más de estatura. ¿No sería mejor que me
-buscase un sitio donde trabajar?
-
-Manuel comenzó á sentir odio por Roberto. Esquivaba el encontrarse á
-solas con él; le daba rabia que en vez de proporcionarle algo, cualquier
-cosa, saliera del paso con un consejo metafísico imposible de llevar á
-la práctica.
-
-Seguían los bohemios su vida desordenada, en su continuo proyectar,
-cuando hubo en la reunión una baja, la de Santín. Un día faltó al café,
-al siguiente no apareció por el estudio, y en un par de semanas no se le
-vió el pelo.
-
---¿Dónde andará ese ganso?--se preguntaron todos.
-
-Nadie lo sabía.
-
-Una noche Varela, uno de los literatos, dijo que había visto á Bernardo
-Santín paseando por Recoletos con una señorita rubia que parecía
-inglesa.
-
---¡Rediez con los tontos!--exclamó uno.
-
---Eso es cosa vieja--repuso otro--. Ya lo dijo Schopenhauer, los fatuos
-son los que tienen más éxito con las mujeres.
-
---¿De dónde habrá sacado esa inglesa?
-
---¡La ingle esa!... ¡Como no haya sido de la ingle!--dijo un jovencito,
-aprendiz de sainetero.
-
---¡Uf! Se va uno á intoxicar aquí con esos chistes--gritaron varios al
-mismo tiempo.
-
-Se pasó á hablar de otra cosa. A los tres días de esta conversación
-apareció Santín en el café. Se le obsequió con un recibimiento
-estrepitoso, haciendo sonar las cucharillas y los platillos. Cuando
-terminó la ovación, le preguntaron:
-
---¿Quién es esa inglesa?
-
---¿Qué inglesa?
-
---¡Esa chica rubia con quien te paseas!
-
---Es mi novia; pero no es inglesa. Es polaca. Es una muchacha á la que
-he conocido en el Museo. Da lecciones de francés y de inglés.
-
---¿Y cómo se llama?
-
---Esther.
-
---Buena cosa para invierno--saltó el aprendiz de sainetero.
-
---¿Por qué?--preguntó Bernardo.
-
---Toma, porque una estera abriga mucho las habitaciones.
-
---¡Eh! ¡Eh! ¡Fuera! ¡Fuera!--gritaron todos.
-
---¡Gracias! ¡Gracias, amado pueblo!--replicó impertérrito el jovencito.
-
-Santín contó cómo había conocido á la polaca. Todos sentían alguna
-envidia por el éxito de Bernardo, y se encargaron de amargarle su
-triunfo, insinuando que la polaca podía ser una aventurera, podía tener
-cincuenta años, podía haber tenido dos ó tres chiquillos con algún
-carabinero... Bernardo, que comprendió la mala intención, no volvió á
-presentarse en el café.
-
-Un par de semanas después muy temprano aún dormía Manuel en el sofá del
-estudio, y Roberto, según costumbre, traducía sus diez páginas, lo que
-constituía su tarea diaria, cuando se abrió la puerta del estudio y
-apareció Bernardo. Se despertó Manuel al ruido de los pasos, pero se
-hizo el dormido.
-
---¿A qué vendrá éste?--se preguntó.
-
-Bernardo saludó á Roberto y se puso á andar á un lado y á otro del
-estudio.
-
---Qué temprano vienes. ¿Pasa algo?--dijo Hasting.
-
---Chico--murmuró Santín deteniéndose en su paseo--, te tengo que dar una
-noticia muy seria.
-
---¿Qué hay?
-
---Que me caso.
-
---¡Que te casas tú!
-
---Sí.
-
---¿Con quién?
-
---¡Con quién ha de ser! Con una mujer.
-
---Me lo figuro. ¿Pero tú estás loco?
-
---¿Por qué?
-
---¿Con qué vas á mantener á tu mujer?
-
---¡Hombre... algo gano pintando!
-
---¡Pero qué has de ganar tú! No ganas dos perras gordas.
-
---Eso te parece á ti... Además, mi novia da lecciones.
-
---Y piensas vivir á su costa... Vamos, lo comprendo.
-
---No, no, señor. No pienso vivir á su costa. Voy á poner una fotografía.
-
---¡Una fotografía! ¿Tú? ¡Si no sabes hacer retratos!
-
---Nada. Yo no sé nada, según tú. Pues habrá otros más brutos que yo que
-hagan retratos. No creo que para ser fotógrafo se necesite ser un
-genio.
-
---No; pero se necesita saber, y tú no sabes.
-
---Ya verás, ya verás como sé, hombre.
-
---Además, se necesita dinero.
-
---El dinero lo tengo.
-
---¿Quién te lo ha dado?
-
---Una persona.
-
---¡Qué suerte tienes, chico!
-
---Ahí verás.
-
---¿A que le has sacado ese dinero á tu novia?
-
---No.
-
---¡Bah! No me engañes.
-
---Te digo que no.
-
---Y yo te digo que sí. ¿Quién te iba á dar el dinero si no? Una persona
-cualquiera se enteraría primero de tus conocimientos fotográficos, de si
-habías trabajado en algún taller; exigiría pruebas de tu habilidad. Sólo
-una mujer puede creer así, bajo la palabra de uno.
-
---Es una mujer la que me presta el dinero, pero no es mi novia.
-
---Bueno. No me vengas con embustes. No creo que habrás venido á contarme
-unas cuantas bolas.
-
-Roberto, que había dejado de escribir, reanudó su tarea.
-
-Bernardo no contestó y siguió paseando por el cuarto.
-
---¿Te falta mucho?--preguntó de repente, parándose.
-
---Dos páginas. Si tienes que decirme algo, te escucho.
-
---Pues mira, la cuestión es ésta. El dinero, efectivamente, es de mi
-novia. Ella me lo ofreció.--¿Qué podríamos hacer con esto?--me dijo. Y á
-mí se me ocurrió el instalar la fotografía. He alquilado un piso cuarto,
-con un taller muy hermoso, en la calle de Luchana, y tengo que arreglar
-la casa y la galería. Y la verdad, la galería yo no sé cómo arreglarla,
-porque hay que poner cortinas... Pero no sé cómo.
-
---Es raro eso en un fotógrafo, hombre, no saber cómo se arregla una
-galería.
-
---Yo sé manejar la máquina.
-
---Vamos, tú sabes lo que sabe todo el mundo, apuntar, dar al resorte y
-lo demás... que lo haga otro.
-
---No; también sé lo demás.
-
---¿Sabrías reforzar una placa?
-
---Sí, ya lo creo que lo sabría.
-
---¿Cómo?
-
---¿Cómo?... Pues lo vería en un manual.
-
---¡Qué fotógrafo! Estás engañando á tu novia de una manera miserable.
-
---Ella lo ha querido. Yo no sabré nada, pero ya aprenderé. Lo que quiero
-ahora es que escribas á estas dos casas de Alemania que traigo aquí
-apuntadas, pidiendo catálogos de máquinas y de los demás aparatos de
-fotografía. Además quisiera que pasaras por mi casa, porque tú, con tu
-talento, me puedes dar una idea.
-
---Me adulas de una manera indecente.
-
---No, es la verdad; tú entiendes de esas cosas. Conque ¿irás?
-
---Bueno, iré algún día.
-
---Sí, vete. La verdad, créeme, me quiero hacer una persona decente y
-trabajar, para que mi pobre padre pueda vivir en la vejez tranquilo.
-
---Hombre, me parece bien.
-
---Oye otra cosa. Este muchacho que tenéis aquí, ¿os sirve?
-
---¿Por qué?
-
---Porque yo me lo podía llevar á mi casa, y allí podría aprender el
-oficio.
-
---Mira, también eso me parece bien. Llévatelo.
-
---¿Querrá Alex?
-
---Con tal de que quiera el chico.
-
---¿Le hablarás?
-
---Sí, ahora mismo.
-
---¿Cuento con que escribirás esas cartas?
-
---Sí.
-
---Bueno; me voy, que tengo que comprar unos cristales. ¡Háblale al
-chico!
-
---Descuida.
-
---Gracias por todo. Y vete por mi casa, ¿eh? Mira que de eso depende mi
-porvenir y el de mi padre.
-
---Iré por allá.
-
-Bernardo estrechó las manos de su amigo con efusión y se fué. Roberto,
-al terminar de escribir, llamó.
-
---¡Manuel!
-
---¿Qué?
-
---Estabas despierto, ¿eh?
-
---Sí, señor.
-
---¿Has oído la conversación?
-
---Sí, señor.
-
---Pues si quieres, ya sabes. Ahí tienes un oficio que aprender.
-
---Iré, si le parece á usted bien.
-
---Lo que tú quieras.
-
---Entonces voy ahora mismo.
-
-Manuel dejó la guardilla de Roberto sin despedirse de Alex y se marchó
-en busca de Bernardo Santín, á la calle de Luchana. Era la casa piso
-tercero, pero con el entresuelo y el principal resultaba quinto. Llamó
-Manuel y le abrió un viejo de ojos encarnados, el padre de Bernardo. Le
-explicó á lo que iba, y el viejo se encogió de hombros y se fué á la
-cocina en donde estaba guisando. Manuel esperó á que llegara Bernardo.
-La casa estaba todavía sin muebles; sólo había una mesa y unos cuantos
-cacharros en la cocina y en un cuarto grande dos camas. Llegó Bernardo,
-almorzaron los tres y dispuso Santín que el muchacho pidiera una
-escalera al portero y se dedicase á sujetar y á componer los cristales
-de la galería.
-
-Después de dar estas órdenes, dijo que le esperaban y se fué.
-
-Manuel el primer día se lo pasó en lo alto de una escalera sujetando los
-cristales con listas de plomo y los rotos con tiras de papel.
-
-Le costó mucho tiempo el arreglar los cristales; después Manuel colocó
-las cortinas y empapeló la galería con papel continuo de color azulado.
-
-A la semana ó cosa así apareció Roberto con los catálogos. Marcó con
-lápiz las cosas necesarias que se habían de traer, y le dijo á Bernardo
-cómo debía poner el laboratorio; le señaló un sitio en donde era
-conveniente hacer un tragaluz para poner las placas al sol y sacar las
-positivas, y le indicó otra porción de cosas. Bernardo se fijó en lo que
-le decía, y transmitió el encargo á Manuel. Bernardo, además de ser poco
-inteligente, era un gandul completo. No hacía absolutamente nada. Sólo
-cuando venía su novia á ver cómo marchaban los trabajos, fingía estar
-atareado.
-
-Era la novia muy simpática; á Manuel le pareció hasta bonita, á pesar de
-tener el pelo rojo, y las pestañas y las cejas del mismo color. Tenía
-una carita blanca, algo pecosa, la nariz sonrosada, respingona, los ojos
-claros y los labios tan rojos y tan bonitos que despertaban el deseo de
-besarlos. Era de pequeña estatura, pero estaba muy bien formada. Hablaba
-rozando las erres y convirtiendo las ces en eses.
-
-Parecía bastante enamorada de Bernardo, lo que á Manuel le chocó.
-
---Es que no le conoce--pensó.
-
-Bernardo, con un convencimiento absoluto de su propia ciencia, le
-explicaba á la muchacha los trabajos que hacía, cómo iba á poner el
-laboratorio. Lo que oía á Roberto se lo espetaba á su novia con un
-descaro inaudito. La muchacha lo encontraba todo muy bien; sin duda se
-prometía un porvenir risueño.
-
-Manuel, que comprendía el timo que estaba dando Bernardo, pensaba si no
-sería una obra de caridad advertirle á la rubia que su novio era un
-zascandil que no servía para nada; pero ¡quién le metía á él en esto!
-
-Bernardo se llevaba la gran vida; paseaba, compraba alhajas en las casas
-de préstamos, jugaba en el Frontón Central. Si algo hacía en casa era
-dar disposiciones contradictorias y embarullarlo todo. Mientras tanto el
-padre, indiferente, guisaba en la cocina y se pasaba el día entero
-machacando en el almirez ó picando en el tajo.
-
-Manuel iba á la cama tan cansado que se dormía en seguida; pero una
-noche en que no se durmió tan pronto, oyó en el otro cuarto á Bernardo
-que decía:--Voy á mataros--. ¿Le mata?--preguntó la voz del viejo de los
-ojos encarnados--. Espera--replicó el hijo--, me has interrumpido, y
-volvió á comenzar nuevamente la lectura, porque no se trataba más que de
-una lectura, hasta llegar otra vez al: Voy á mataros. En las noches
-siguientes continuó Bernardo leyendo con un tono terrible. Era este sin
-duda su único trabajo.
-
-Bernardo no tenía más preocupación que su padre; lo demás le era
-completamente indiferente; le había sacado el dinero á su novia y vivía
-con aquel dinero y lo gastaba como si fuera suyo. Cuando llegaron la
-máquina y los demás artefactos de fotografía de Alemania, al principio
-se entretuvo en impresionar placas que reveló Roberto; pronto se aburrió
-de esto y no hizo nada.
-
-Era torpe y bruto hasta la exageración; no hacía más que necedades,
-abrir la linterna cuando se estaban revelando las placas, confundir los
-frascos. Roberto se exasperaba al ver que no ponía ningún cuidado.
-
-Mientras tanto adelantaban los preparativos de la boda, Manuel y
-Bernardo fueron varias mañanas al Rastro y compraron fotografías de
-actrices hechas en París por Reutlinger, despegaron de la cartulina el
-retrato y lo volvieron á pegar en otros cartones con la firma _Bernardo
-Santín, fotógrafo_, puesta al margen con letras doradas.
-
-En Noviembre se celebró la boda en la iglesia de Chamberí. Roberto no
-quiso asistir, pero el mismo Bernardo fué á buscarle á casa y no tuvo
-más remedio que tomar parte en la fiesta. Después de la ceremonia fueron
-á comer á un café de la Glorieta de Bilbao.
-
-Los comensales eran: dos amigos del padre del novio, uno de ellos
-militar retirado; la patrona en cuya casa vivía la novia, con su hija;
-un primo de Bernardo, su mujer y Manuel.
-
-Roberto comenzó á hablar con la novia y le pareció muy simpática y
-agradable; hablaba muy bien el inglés y cambiaron los dos algunas frases
-en este idioma.
-
---Es una lástima que se case con esta mastuerzo--pensó Roberto.
-
-En la comida uno de los viejos comenzó á soltar una porción de
-indecencias que hicieron ruborizar á la novia; Bernardo, que bebió
-demasiado, dió bromas á la mujer de su primo y lo hizo con la pesadez y
-la falta de gracia que le caracterizaba.
-
-La vuelta de la boda á la casa, al anochecer, fué melancólica. Bernardo
-se sentía valiente y quería hacer graciosidades. Esther hablaba con
-Roberto de su madre que había muerto, de la soledad en que vivía.
-
-Al llegar al portal se despidieron los invitados de los novios, y al ir
-á marcharse Roberto, Bernardo se le acercó y con voz apagada y débil le
-confesó que tenía miedo de quedarse solo con su mujer.
-
---Hombre, no seas idiota. Entonces, ¿para qué te has casado?
-
---No sabía lo que hacía. Anda, acompáñame un momento.
-
---Pues ¡vaya una gracia que le haría á tu mujer!
-
---Sí, le eres muy simpático.
-
-Roberto contempló con atención á su amigo y no le miró la frente porque
-no le gustaban las bromas.
-
---Sí, hombre, acompáñame. Hay otra cosa además.
-
---¿Pues qué hay?
-
---Que no sé aún nada de fotografía y quisiera que vinieras una semana ó
-dos. ¡Por favor te lo pido!
-
---No puede ser, yo tengo que dar mis lecciones.
-
---Ven aunque no sea más que á la hora de comer. Comerás con nosotros.
-
---Bueno.
-
---Y ahora sube un instante, por favor.
-
---No, ahora no subo--, y Roberto dió media vuelta y se fué.
-
-En los días posteriores Roberto fué á casa del recién casado y charló
-un rato con el matrimonio durante la comida.
-
-Al tercer día entre Bernardo y Manuel retrataron á dos criadas que
-aparecieron por la fotografía. Roberto reveló los clichés que por
-casualidad salieron bien, y siguió acudiendo á casa de su amigo.
-
-Bernardo continuaba haciendo la misma vida de antes de casado,
-dedicándose á pasear y divertirse. A los pocos días no se presentó á la
-hora de comer. Tenía una falta de sentido moral absoluta; había notado
-que su mujer y Roberto simpatizaban y pensó que éste, por seguir
-adelante y hacerle el amor á su mujer, trabajaría en su lugar. Con tal
-de que su padre y él viviesen bien, lo demás no le importaba nada.
-
-Cuando lo comprendió Roberto, se indignó:
-
---Pero, oye tú--le dijo--¿Es que tú crees que yo voy á trabajar por ti,
-mientras tú andas golfeando? Quia, hombre.
-
---Yo no sirvo para estas porquerías de reactivos--replicó Bernardo
-malhumorado--, yo soy un artista.
-
---Lo que tú eres es un imbécil que no sirve para nada.
-
---Bueno, mejor.
-
---Es indigno. Te has casado con esa muchacha para quitarle los pocos
-cuartos que tenía. Da asco.
-
---Si ya sé yo que tú defenderás á mi mujer.
-
---No, hombre, yo no la defiendo. Ella ha sido también bastante idiota la
-pobre para casarse contigo.
-
---¿Eso quiere decir que ya no quieres venir á trabajar?
-
---Claro que no.
-
---Pues me tiene sin cuidado. He encontrado un socio industrial. De
-manera que ya sabes; yo á nadie le pido que venga á mi casa.
-
---Está bien. Adiós.
-
-Dejó Roberto de aparecer por la casa; á los pocos días se presentó el
-socio y Bernardo despidió á Manuel.
-
-[Illustration]
-
-
-
-
-CAPÍTULO III
-
-La Europea y la Benefactora.--Una colocación extraña.
-
-
-Volvió Manuel al estudio de Alex. Éste, incomodado con el muchacho por
-haberse ido del estudio sin despedirse, no quiso que se quedara allí de
-nuevo.
-
-Preguntaron á los bohemios que se reunían en el taller por la vida de
-Bernardo, y se hicieron una porción de comentarios humorísticos acerca
-de la suerte que el Destino reservaba á la cabeza del fotógrafo.
-
---¿De manera que Roberto le revelaba los clichés?--dijo uno.
-
---Sí.
-
---Le retocaba las placas y la mujer--añadió otro.
-
---¡Qué sinvergüenza es el tal Bernardo!
-
---No, es un filósofo de la escuela de Cándido. Ser cornudo y cultivar la
-huerta. Es la verdadera felicidad.
-
---¿Y tú que vas á hacer?--preguntó Alex irónicamente á Manuel.
-
---No sé; buscaré una colocación.
-
---Hombre, ¿ustedes conocen á un señor don Bonifacio Mingote, que vive
-en el tercer piso de esta casa?--dijo don Servando Arzubiaga, el hombre
-enjuto é indiferente.
-
---No.
-
---Es un agente de colocaciones. No debe tenerlas muy buenas cuando no se
-ha colocado él. Yo le conozco del periódico; antes era representante de
-unas aguas minerales, y solía llevar anuncios. Me habló el otro día de
-que necesitaba un chico.
-
---Véanle ustedes--replicó Alex.
-
---¿Tú no aspiras á ser grande de España, verdad?--preguntó don Servando
-á Manuel, con una sonrisa entre irónica y bondadosa.
-
---No, ni usted tampoco--dijo con desenfado Manuel.
-
-Don Servando se echó á reir.
-
---Si quieres, le veremos á ese Mingote. ¿Vamos ahora mismo?
-
---Vamos, si usted quiere.
-
-Bajaron al tercero de la casa, llamaron en una puerta y les hicieron
-pasar á un comedor estrecho. Preguntaron por el agente, y una criada
-zarrapastrosa les mostró una puerta. Llamó don Servando con los
-nudillos, y al oir ¡adelante!, que dijeron de dentro, pasaron los dos al
-interior del cuarto.
-
-Un hombre gordo, de bigote grueso y pintado, envuelto en un mantón de
-mujer, que iba y venía, hablando, y accionando con un junquillo en la
-mano derecha, se detuvo y, abriendo los brazos con grandes extremos y en
-un tono teatral, exclamó:
-
---¡Oh, mi señor don Servando! ¡Tanto bueno por aquí!--Después miró al
-techo, y de la misma manera afectada, añadió:--¿Qué le trae por este
-cuarto al ilustre escritor, noctámbulo empedernido, á horas tan
-tempranas?
-
-Don Servando contó al señor gordo, el propio don Bonifacio Mingote, lo
-que le llevaba por allá.
-
-En tanto, un hombre feo, con unos brazos de muñeco y una cabeza de
-chino, sucio y enfermo, colocó la pluma sobre la oreja y se puso á
-frotarse las manos con aire de satisfacción.
-
-El cuarto era nauseabundo, atestado de anuncios rotos, grandes y
-pequeños, pegados á la pared; en un rincón había una cama estrecha y sin
-hacer; tres sillas destripadas, con la crin al descubierto, y en medio
-un brasero cubierto con una alambrera, encima de la cual se secaban dos
-calcetines sucios.
-
---Por ahora no puedo asegurar nada--dijo el agente de negocios á don
-Servando, después de oir sus explicaciones--, mañana lo sabré; pero
-tengo un buen asunto entre manos.
-
---Ya ves lo que dice este señor--indicó don Servando á Manuel--; mañana
-ven por aquí.
-
---¿Tú sabes escribir?--preguntó el señor Mingote al muchacho.
-
---Sí, señor.
-
---¿Con ortografía?
-
---Algunas palabras quizás no sepa...
-
---A mí me pasa lo mismo. Los hombres verdaderamente grandes despreciamos
-esas cosas verdaderamente pequeñas. Ponte á trabajar aquí--y puso una
-silla al otro lado de la mesa donde escribía el hombre amarillo--. Este
-trabajo--añadió--será el pago del servicio que te voy á prestar
-buscándote una colocación pistonuda.
-
---Señor Mingote--exclamó don Servando--, muchísimas gracias por todo.
-
---¡Señor don Servando! ¡Siempre á sus órdenes!--contestó el agente de
-negocios y de colocaciones revirando uno de los ojos que se le desviaba
-y haciendo una solemne reverencia.
-
-Manuel se sentó á la mesa, tomó la pluma, la mojó en el tintero y
-esperó.
-
---Vete poniendo un nombre de estos en cada circular--le dijo Mingote
-dándole una lista y un paquete de circulares. La letra del agente era
-defectuosa, mal hecha, de hombre que apenas sabe escribir. La circular
-ponía lo siguiente:
-
- LA EUROPEA
- AGENCIA DE NEGOCIOS Y DE COLOCACIONES
- DE
- BONIFACIO DE MINGOTE
-
-En ella se ofrecían á las diversas clases sociales toda clase de
-artículos, de representaciones y de colocaciones.
-
-Se compraban á bajo precio medicamentos, carnes, hules, frutas,
-mariscos, coronas fúnebres, dentaduras postizas, sombreros de señora; se
-analizaban esputos y orinas; se buscaban amas de cría garantizadas; se
-proporcionaban apuntes de asignaturas de Derecho, de Medicina y carreras
-especiales; se ofrecían capitales, préstamos, hipotecas; se ponían
-anuncios monstruos, sensacionales, emocionantes, y todos estos servicios
-y otros muchísimos más se hacían por una tarifa mínima, ridícula de puro
-exigua.
-
-Manuel se puso á copiar con su mejor letra los nombres en las circulares
-y en los sobres.
-
-El señor de Mingote vió la letra de Manuel y, después de conceder su
-beneplácito, se embozó en el mantón, dió dos ó tres pasos por el cuarto
-y preguntó á su escribiente:
-
---¿Dónde íbamos?
-
---Decíamos--contestó con su gravedad siniestra el amanuense--que el Anís
-Estrellado Fernández es la salvación.
-
---Ah, sí; lo recuerdo.
-
-De pronto el señor de Mingote, con voz de trueno, gritó:
-
---¿Qué es el Anís Estrellado Fernández? Es la salvación, es la vida, es
-la energía, es la fuerza.
-
-Manuel levantó la cabeza asombrado y vió al agente de negocios con la
-vista desviada fija en el techo que accionaba terriblemente, como
-amenazando á alguien con su mano derecha armada del junquillo, mientras
-el escribiente garrapateaba veloz en el papel.
-
---Es un hecho, universalmente reconocido por la Ciencia--siguió diciendo
-Mingote en tono melodramático--, que la neurastenia, la astenia, la
-impotencia, el histerismo y otros muchos desórdenes del sistema
-nervioso... ¿Qué otras enfermedades cura?--añadió Mingote en su voz
-natural.
-
---El raquitismo, la escrófula, la corea...
-
---Que el raquitismo, la escrófula, la corea y otros muchos desórdenes
-del sistema nervioso...
-
---Perdone usted--dijo el amanuense--, creo que el raquitismo no es un
-desorden del sistema nervioso.
-
---Bueno, pues táchelo usted. ¿Ibamos en el sistema nervioso?
-
---Sí, señor.
-
---...Y otros desórdenes del sistema nervioso provienen única y
-exclusivamente de la atonía, del cansancio de las células. Pues bien--y
-Mingote levantó la voz con nuevos bríos--; el Anís Estrellado Fernández
-corrige esta atonía, el Anís Estrellado Fernández, excitando la
-secreción de los jugos del estómago, hace desaparecer esas enfermedades
-que envejecen y aniquilan al hombre.
-
-Después de este párrafo, dicho con el mayor entusiasmo y fuego oratorio,
-Mingote se sacudió con el junquillo los pantalones y murmuro con voz
-natural.
-
---Ya verá usted cómo ese Fernández no paga. ¡Y aún si el anís fuera
-bueno! ¿No han mandado más botellas de la farmacia?
-
---Sí, ayer enviaron dos.
-
---¿Y dónde están?
-
---Me las he llevado á casa.
-
---¿Eh?
-
---Sí, me las prometieron; y como en la primera remesa usted arrambló con
-todas, yo me he permitido llevarme estas á casa.
-
---¡Dios de Dios! Está bien; es cogolludo... Que le envíen á usted unas
-botellas de un anís magnífico, para que venga otro con sus manos
-lavadas... ¡Dios de Dios!--y Mingote quedó mirando al techo con uno de
-los ojos extraviados.
-
---¿No le queda á usted ninguna?--dijo el amanuense.
-
---Sí, pero se me van á acabar en seguida.
-
-Después comenzó otro párrafo elocuente, paseándose por el cuarto,
-accionando con su junquillo é interrumpiendo con frecuencia su discurso
-para lanzar un violento apóstrofe ó una cómica reflexión.
-
-Al medio día el escribiente se levantó, se encasquetó el sombrero y se
-fué sin saludar ni decir una palabra.
-
-Mingote, puso una mano sobre el hombro de Manuel, y paternalmente
-añadió:
-
---Anda, ve á tu casa á comer y vuelve á eso de las dos.
-
-Manuel subió al estudio; ni Roberto ni Alejo estaban; no había en toda
-la casa ni un mendrugo de pan. Registró por todos los rincones y para la
-una y media volvió á casa de don Bonifacio y entre bostezo y bostezo
-siguió poniendo nombres en las circulares.
-
-A Mingote le agradó el comportamiento de Manuel, y por esto ó porque en
-la comida se dedicara con exceso al Anís Estrellado Fernández, se
-entregó á la verbosidad más desordenada y pintoresca, siempre con la
-mirada desviada hacia el techo. Manuel rió con grandes carcajadas las
-cómicas y extravagantes ocurrencias de don Bonifacio.
-
---No eres como mi amanuense--le dijo, halagado por las manifestaciones
-de alegría del muchacho--, que no ríe mis chistes y luego me los roba y
-los pone estropeados en unas cuantas piececitas fúnebres que escribe. Y
-no es eso lo peor. Lee. Y Mingote le dió á Manuel un anuncio impreso.
-
-Era también una circular por el estilo de las de don Bonifacio. Decía
-así:
-
- LA BENEFACTORA
- AGENCIA MÉDICO-FARMACÉUTICA DE DON
- PELAYO HUESCA
-
-_Nadie como ella cumple sus compromisos. El Consejo de Administración de
-La Benefactora lo forman los banqueros más acaudalados de Madrid. La
-Benefactora tiene cuenta corriente con el Banco de España. En La
-Benefactora no hay cuota de entrada._
-
-_Servicio de abogado, relator, procurador, médico, farmacéutico, partos,
-dietas, entierros, lactancia, etc._
-
-_Cuota mensual: Una, dos, dos cincuenta, tres, cuatro y cinco pesetas._
-
-(_Obras son amores y no buenas razones._)
-
-_Director gerente: Pelayo Huesca, Misericordia, 6._
-
---¿Eh?--gritó Mingote cuando Manuel concluyó de leer--. ¿Qué te parece?
-Está viviendo de La Europea y, plagiándome, hace La Benefactora. En todo
-es así este hombre: pérfido como la onda. Pero ¡ah! señor don Pelayo, yo
-le encontraré á usted. Si es usted murciélago alevoso, yo le clavaré en
-mi puerta; si es usted un miserable galápago, yo le romperé su concha.
-¿Ves, hijo mío? ¿Qué se puede esperar de un país donde no se respeta la
-propiedad intelectual, no la más santa, pero sí la única legítima de
-todas las propiedades?
-
-Mingote no enseñó á Manuel ó una nota impresa al margen de la circular.
-Era una idea de don Pelayo. En ella la Agencia se ofrecía para servicios
-y averiguaciones íntimas. Esta nota, discretamente redactada, se dirigía
-á los que deseaban conocer una mujer agradable para completar su
-educación; á los que querían realizar un buen matrimonio; á los que
-dudaban de su cónyuge, y á otros, á los cuales la Agencia ofrecía
-investigaciones confidenciales y profundas por poco precio, y vigilancia
-de día y de noche, realizando todos estos servicios con una delicadeza
-delirante.
-
-A Mingote no le gustaba confesar que esta idea se le había escapado á
-él.
-
---¿Ves? No se puede vivir--terminó diciendo--. Todos los hombres son
-unos canallas. Tú veo que distingues, y yo te protegeré.
-
-Efectivamente; por la protección de Mingote, Manuel pudo comer aquella
-noche.
-
---Mañana, cuando vengas aquí--advirtió don Bonifacio--, coges un paquete
-de circulares y las vas repartiendo casa por casa, sin dejar una. No
-quiero que las eches por debajo de la puerta. En cada piso llamas y
-preguntas. ¿Entiendes?
-
---Sí, señor.
-
---Yo, mientras tanto, prepararé tu asunto.
-
-Al día siguiente Manuel repartió una porción de circulares y volvió á
-la hora de comer con el recado hecho.
-
-Se encontraba aburrido de esperar, cuando apareció Mingote en el cuarto;
-se plantó delante de Manuel, agitó su junquillo en un rápido molinete,
-dió un golpe en el brazo al muchacho; se paró, se tiró á fondo, y gritó:
-
---¡Ah! ¡pillo! ¡bandido! ¡infame!
-
---¿Qué pasa?--dijo asustado Manuel.
-
---¿Qué pasa? ¡Tunante! ¿Qué pasa? ¡Miserable! Que eres el hombre de la
-suerte lisa; que ya tienes un porvenir, que ya tienes un empleo.
-
---¿De qué?--preguntó el muchacho.
-
---De hijo.
-
---¿De hijo? No comprendo.
-
-Mingote se cuadró, miró al techo, hizo un saludo con el bastón como un
-profesor de esgrima con el florete, y añadió:
-
---¡Vas á pasar por hijo de toda una baronesa!
-
---¿Quién, yo?
-
---Sí. No te podrás quejar, perillán. Desde el arroyo subes á las alturas
-aristocráticas. Hasta título puedes llegar á tener.
-
---Pero ¿es verdad?
-
---Tan verdad como que yo soy el hombre de más talento de toda Europa.
-Conque anda, futuro barón, arréglate, ráscate la mugre, cepíllate, quita
-el barro á esas alpargatas inmundas que llevas y ven conmigo á casa de
-la baronesa.
-
-Manuel quedó ofuscado; no comprendía bien de qué se trataba; pero no
-creía que el agente se tomase el trabajo de corretear por las calles
-únicamente por el gusto de embromarle.
-
-Estuvo en seguida en disposición de acompañar á Mingote.
-
-Salieron los dos á la calle Ancha de San Bernardo, bajaron por la de los
-Reyes á la de la Princesa y siguieron después por esta calle hasta
-detenerse en un portal, en donde entraron.
-
-De aquí pasaron por un corredor á un patio espacioso.
-
-Una serie de galerías con filas simétricas de puertas de color de
-chocolate circundaban el patio.
-
-Llamó Mingote en una de las puertas de la galería del segundo piso.
-
---¿Quién es?--preguntó desde dentro una voz de mujer.
-
---Soy yo--contestó Mingote.
-
---Voy, voy.
-
-Se abrió la puerta y apareció una mulata, en chanclas, seguida de tres
-perros de lanas, que ladraron con furia.
-
---¡Quieto, León! ¡Quieto, Morito!--gritó la mulata con un tono muy
-lánguido--. Pasen, pasen.
-
-Entraron Manuel y Mingote en un cuarto ahogado, con una ventana al
-patio. Las paredes del cuarto, desde cierta altura, se hallaban casi
-cubiertas por ropas de mujer que formaban como un zócalo de trapos
-alrededor de la habitación; en la falleba de la ventana colgaba una
-camisa escotada, sin mangas, con puntillas y lazos azules marchitos, que
-mostraba cínicamente un manchón obscuro de sangre.
-
---Esperen un momento. La señora está vistiéndose--advirtió la mulata.
-
-Al poco tiempo salió de nuevo y les indicó que pasaran al gabinete.
-
-La baronesa, una señora rubia vestida con una bata clara, estaba sentada
-en un sofá, con un gran aspecto de languidez y desolación.
-
---¿Otra vez por aquí, Mingote?
-
---Sí, señora, otra vez.
-
---Siéntense ustedes.
-
-El cuarto era un tabuco estrecho y sin luz, ocupado por muchos más
-muebles de los que buenamente cabían en él. Amontonados en poco trecho
-se veían una consola antigua con un reloj de chimenea encima; unos
-sillones ajados, en los cuales la seda, antes roja, había quedado
-violácea por la acción del sol; dos retratos grandes al óleo, y un
-espejo biselado grande con la luna rajada.
-
---Le traigo á usted, baronesa--dijo Mingote--, el chico del que hemos
-hablado.
-
---¿Es éste?
-
---Sí.
-
---Yo creo que le conozco á este chico.
-
---Sí; yo también la conozco á usted--dijo Manuel--. Yo estaba en una
-casa de huéspedes de la calle de Mesonero Romanos; la patrona se llamaba
-doña Casiana; mi madre era la criada.
-
---Toma. Es verdad. Y tu madre, ¿qué hace?--preguntó la baronesa á
-Manuel.
-
---Murió ya.
-
---Es huérfano--saltó diciendo Mingote--. Libre como el pájaro en la
-selva, libre para cantar y para morirse de hambre. En esta misma
-situación llegué yo á Madrid hace ya bastante tiempo, y, es original,
-extraño, verdaderamente extraño, me gustaría volver á aquella época.
-
---Y tú, ¿cuántos años tienes?--preguntó la baronesa al muchacho sin
-hacer caso de las reflexiones del agente.
-
---Diez y ocho.
-
---Pero, oiga usted Mingote--dijo la baronesa--, el chico no tiene la
-edad que usted me decía.
-
---Eso es lo de menos. Nadie dirá que tiene más de catorce ó quince. El
-hambre no deja crecer los productos de la naturaleza. Deje usted de
-regar á un árbol, deje usted de alimentar á un hombre...
-
---Y diga usted--y la baronesa interrumpió impaciente á Mingote para
-hablarle en voz baja--, ¿le ha dicho usted para qué es?
-
---Sí; si no lo hubiera averiguado en seguida. A un chico de éstos, que
-ha rodado por ahí, no se le engaña como á un hijo de familia. La miseria
-enseña mucho, baronesa.
-
---Dígamelo usted á mí--repuso la dama--, que cuando pienso en la vida
-que he llevado y en la que llevo ahora, me asombro. Indudablemente, Dios
-me ha dado una naturaleza privilegiada, porque me acostumbro con
-facilidad á todo.
-
---Usted siempre podrá llevar una buena vida si quiere--replicó
-Mingote--. ¡Oh! Si yo hubiera sido mujer, ¡qué carrera!
-
-La baronesa volvió la cabeza con un gesto de disgusto.
-
---No hablemos de eso.
-
---Tiene usted razón; ya, ¿para qué? Ahora desarrollaremos el nuevo plan
-estratégico. Yo iré preparando las pruebas del estado civil del
-muchacho. Usted, ¿quiere quedarse con él?
-
---Bueno.
-
---Le puede servir á usted para los recadas. Sabe escribir bastante bien.
-
---Nada, nada, que se quede.
-
---Entonces, mi señora baronesa, hasta uno de estos días en que traeré
-los papeles. Señora... á sus pies.
-
---¡Ay, qué ceremonioso! ¡Adiós, Mingote! Acompáñale, Manuel.
-
-Fueron los dos hasta la puerta. Allí el agente puso sus dos manos en los
-hombros del muchacho.
-
---Adiós, hijo mío--le dijo--, que no se te olvide: si alguna vez llegas
-á ser barón de veras, que todo me lo debes á mí.
-
---No se me olvidará; descuide usted--contestó Manuel.
-
---¿Te acordarás siempre de tu protector?
-
---Siempre.
-
---Conserva, hijo mío, esa piedad filial; un protector como yo es casi
-tanto como un padre; es..., iba á decir, el brazo de la Providencia. Me
-siento enternecido... ya no soy joven. ¿Tienes ahí, por casualidad,
-algunos cuartos?
-
---No.
-
---Es un contratiempo molesto--y Mingote, después de hacer un molinete
-con su bastón, salió de casa.
-
-Manuel cerró la puerta y volvió al cuarto de puntillas.
-
---¡Chucha! ¡Chucha!--gritó la baronesa; y al aparecer la mulata que les
-había abierto la puerta á Mingote y á Manuel, le dijo, señalando á éste
-que se hallaba confundido y sin saber que hacer:
-
---Mira, éste es el chico.
-
---_¡Jesú! ¡Jesú!_--gritó la mulata--. ¡Si es un golfo! ¿Pero qué
-_ocurrensia_ le ha dado á la señora de traer este granuja á casa?
-
-Manuel, ante un ex abrupto así, aunque dicho con la más melosa y la más
-lánguida de las pronunciaciones, quedó paralizado.
-
---Le estás azorando--exclamó la baronesa riendo á carcajadas.
-
---Pero su _mersé_ está loca--murmuró la mulata.
-
---Calla, calla; ¿para qué tanto alborotar? Prepárale agua y jabón y que
-se limpie.
-
-Salió la mulata, y la baronesa contempló á Manuel atentamente.
-
---¿De modo que te ha contado ese hombre lo que vienes á hacer aquí?
-
---Sí, algo me ha dicho.
-
---¿Y estás conforme?
-
---Yo sí, señora.
-
---Vamos, eres un filósofo. Me parece bien; ¿y qué has hecho hasta ahora?
-
-Manuel contó su vida, fantaseando un poco, y entretuvo á la baronesa
-durante algún tiempo.
-
---Bueno, no cuentes eso á nadie, ¿sabes?... y vete á lavarte.
-
-
-
-
-CAPÍTULO IV
-
-La baronesa de Aynant, sus perros y su mulata de compañía. Se prepara
-una farsa.
-
-
-Poco trabajo, poca comida y ropa limpia; estas condiciones encontró
-Manuel en casa de la baronesa, condiciones inmejorables.
-
-Por la mañana, la obligación consistía en pasear los perros de la
-baronesa, y por la tarde, en algunos recados. A veces, los primeros
-días, experimentaba la nostalgia de su vida bohemia. Unos cuantos tomos
-de novelones por entregas que le prestó niña Chucha, mitigaron su afán
-de corretear por las calles y le transportaron, en compañía de Fernández
-y González y Tárrago y Mateos, á la vida del siglo XVII, con sus
-caballeros bravucones y damas enamoradas.
-
-Niña Chucha, habladora sempiterna, contó á Manuel, en varios folletines,
-la vida de su amita, como llamaba á la baronesa.
-
-La baronesa de Aynant, Paquita Figueroa, era una mujer original. Su
-padre, un rico señor cubano, la envió á los diez y ocho años, acompañada
-de una tía, á que conociera Europa. En el vapor, un joven flamenco,
-rubio y blanco, elegante como un tipo de Van Dyck, le hizo la corte; la
-muchacha le correspondió con todo el entusiasmo de los trópicos, y al
-mes de llegar á España, la cubana se llamaba la baronesa de Aynant, y
-marchaba con su marido á vivir á Amberes.
-
-Pasó la luna de miel, y el flamenco y la cubana se convencieron, al
-comenzar la vida tranquila, de que no congeniaban: el flamenco era
-entusiasta de la vida tranquila y metódica, de la música de Beethoven y
-de las comidas aderezadas con manteca de vaca; á la cubana, en cambio,
-le entusiasmaba la vida desordenada, el corretear por las calles, el
-clima seco y ardiente, la música de Chueca, las comidas ligeras y los
-guisotes hechos con aceite.
-
-Estas divergencias de gustos en cosas pequeñas, amontonándose,
-espesándose, llegaron á nublar por completo el amor del barón y de su
-esposa. Esta no podía oir con calma las ironías tranquilas y frías que
-su marido dedicaba á los boniatos, al aceite y al acento de la gente del
-Sur. El barón á su vez se molestaba oyendo hablar á su mujer con
-desprecio de las mujeres grasientas, que se dedican á atracarse de
-manteca. La supremacía del aceite ó de la manteca, enredándose y
-mezclándose con asuntos más importantes, tomó tales proporciones, que
-los cónyuges llegaron á un estado de exaltación y de odio tal, que se
-separaron; y el barón quedó en Amberes dedicándose á sus aficiones
-artísticas y á sus tostadas de manteca, y la baronesa vino á Madrid,
-donde pudo entregarse á la alimentación frugívora y aceitosa con
-delicia.
-
-En Madrid, la baronesa hizo mil disparates; trató de divorciarse para
-volverse á casar con un aristócrata arruinado; pero cuando tenía
-presentada su demanda de divorcio, supo que su marido estaba gravemente
-enfermo, y al saberlo, en seguida abandonó Madrid, se presentó en
-Amberes, cuidó al barón, le salvó, se enamoró otra vez de él y tuvieron
-una niña.
-
-En esta segunda época de su amor, los dos cónyuges echaron un velo sobre
-la cuestión capital que los dividía; la baronesa y el barón hicieron
-mutuas concesiones, y la baronesa iba á terminar en una buena dama
-flamenca cuando quedó viuda.
-
-Volvió á Madrid con su hija, y pronto sus instintos levantiscos se
-despertaron; su cuñado, tutor y tío de la niña, le pasaba un tanto al
-mes, pero esto no le bastaba. Un amigo de su padre, un señor don Sergio
-Redondo, comerciante riquísimo, le ofreció la mano; pero la baronesa no
-la aceptó y prefirió la protección de aquel señor á ser su mujer. Pronto
-le engañó con cualquiera, y en plena trapisonda vivió durante doce años.
-
-En medio de sus prodigalidades, de sus locuras y de sus caprichos, la
-baronesa tenía un fondo moral y apartaba á su hija por completo del
-mundo en que ella vivía; la puso interna en un colegio de monjas, y
-todos los meses, el primer dinero que encontraba, era para pagar el
-colegio de la niña. Cuando ésta terminase su educación, la llevaría á
-Amberes y viviría con ella, resignándose á ser una señora respetable.
-
-Niña Chucha gruñía y se incomodaba con las ocurrencias de su amita, pero
-terminaba siempre obedeciéndola.
-
-Manuel encontrábase en aquella casa en el paraíso; no tenía nada que
-hacer, y se pasaba las horas muertas fumando, si había qué, ó paseando
-por la Moncloa, acompañado de los tres perros de la baronesa.
-
-Mientras tanto Mingote laboraba. El plan de Mingote era explotar á don
-Sergio Redondo, amigo del padre de la baronesa y antiguo protector de la
-dama. Esta, con su instinto de mujer enredadora y trapisondista,
-manifestó á su antiguo protector que, de sus relaciones, tenían un hijo;
-después, que el hijo había muerto, y luego, nuevamente, que el hijo
-vivía.
-
-A todas estas afirmaciones y negaciones acompañaba la dama con una
-petición de dinero, á la cual don Sergio accedía; hasta que al último,
-escamado, advirtió á la baronesa que no creía en la existencia de aquel
-hijo. La baronesa le acusó de hombre ruin y miserable, y don Sergio
-contestó haciéndose el sueco y cerrando su caja.
-
-¿Cómo averiguó Mingote estos hechos? Indudablemente no fué la baronesa
-la que se los contó, pero él logró averiguarlos; y como su imaginación
-era fecunda, se le ocurrió proponer á la baronesa el buscar un chico,
-proveerle de papeles falsos y hacerle pasar por hijo de don Sergio.
-
-La baronesa, que no entendía de leyes y creía que el Código era una red
-puesta para cazar á los descamisados, le pareció aquello una jugada
-productiva y excelente. Mingote exigió una participación en el negocio,
-y la baronesa le prometió que le daría todo lo que quisiera.
-
-Desde aquel momento, Mingote se dió á buscar un chico que reuniera las
-condiciones necesarias, para darle el cambiazo á don Sergio, y cuando
-encontró á Manuel lo llevó inmediatamente á casa de la baronesa.
-
-A la semana de estar allí, Manuel tenía ya los papeles que le
-identificaban como Sergio Figueroa. Entre Mingote, don Pelayo, el
-escribiente y un amigo de éstos, llamado Peñalar, los falsificaron con
-un arte exquisito.
-
---¿Y ahora qué hacemos?--preguntó la baronesa.
-
-Mingote quedó pensativo. Si la baronesa le escribía á don Sergio, éste
-probablemente, ya escamado, podía acoger con duda la especie. Había,
-pues, que encontrar un procedimiento indirecto, darle la noticia por
-otra persona.
-
---¿Qué le parece á usted si fuera un confesor?--preguntó Mingote.
-
---¿Un confesor?
-
---Sí. Un cura que se presentase en casa de don Sergio y le dijese que en
-secreto de confesión le había usted dicho...
-
---No, no--interrumpió la baronesa--. ¿Y dónde está ese cura?
-
---Iría Peñalar disfrazado.
-
---No. Además don Sergio sabe que soy poco devota.
-
---Un maestro de escuela quizás sería mejor.
-
---¿Pero piensa usted que va á creer que me confieso con un maestro?
-
---No, el plan varía. El maestro va á ver á don Sergio y le dice que
-tiene un niño en su escuela, un prodigio de talento, pero cuya madre no
-le atiende. Un día le pregunta al prodigio:--¿Cómo se llaman tus padres,
-niño?--Y él dice:--Yo no tengo padres; mi madrina se llama la baronesa
-de Aynant. Entonces él, el pedagogo, viene á ver á usted y usted le
-contesta que está en una mala situación y que no puede pagar el colegio
-del chico, y que su padre, un señor acaudalado, no quiere ni conocerlo
-siquiera. El pedagogo evangélico le pregunta á usted repetidas veces el
-nombre del padre desnaturalizado; usted no se lo quiere decir, pero al
-último le arranca á usted el nombre de ese ser cruel. El pedagogo
-sublime dice:--Yo no puedo permitir el abandono de ese niño, de ese
-prodigioso niño, de ese extraordinario niño, y toma la determinación de
-ir á ver al padre de la criatura... ¿Eh? ¿Qué le parece á usted?
-
---La trama no está mal urdida, ¿pero quién va á hacer de maestro de
-escuela? ¿Usted?
-
---No, Peñalar. Viene pintiparado para el caso. Ha sido pasante de un
-colegio; ya lo verá usted. Hoy mismo le busco y le traigo aquí. Mientras
-tanto, arregle usted á Manuel. Que tenga cierto aspecto de colegial. En
-el tiempo que yo estoy fuera, no estaría de más que le enseñara usted
-algo de ciencia, las primeras preguntas y respuestas de la doctrina, por
-ejemplo.
-
-Siguiendo las indicaciones de Mingote, la baronesa ordenó á Manuel que
-se peinara y se acicalara; luego buscaron para él un traje de marinero y
-un cuello grande y blanco; pero por más que le adornaron y le
-escamondaron no se consiguió darle un aspecto regular de hijo de
-familia; siempre trascendía á golfo, con sus ojos indiferentes y
-burlones y la expresión de la sonrisa entre amarga y sarcástica.
-
-A las dos horas, Mingote estaba de vuelta en casa de la baronesa, con un
-hombre negro, de aspecto clerical. El hombre, apellidado Peñalar, habló
-con gran énfasis; luego, cuando le propuso Mingote el negocio,
-abandonando el tono enfático, discutió las condiciones de cobro y el
-tanto por ciento que le correspondería á él.
-
-Vaciló en aceptar el trato por ver si obtenía mayores beneficios; pero
-viendo que Mingote no cedía, aceptó.
-
---Ahora mismo que venga el chico conmigo.
-
-Peñalar se cepilló las mangas de la levita negra, se echó el pelo hacia
-atrás, y tomando de la mano á Manuel, le dijo con un tono verdaderamente
-evangélico:
-
---Vamos, hijo mío.
-
-Don Sergio Redondo tenía un almacén de harinas en la plaza del Progreso.
-
-Llegaron á la plaza y entraron en el almacén.
-
---¿Don Sergio Redondo?--preguntó Peñalar á un viejo de boina.
-
---No ha bajado aún al despacho.
-
---Esperaré; dígale usted que hay aquí un caballero que desea verle.
-
---Bueno; ¿quién le digo que le espera?
-
---No, no me conoce. Adviértale usted que se trata de asuntos de familia.
-Siéntate, hijo mío--añadió Peñalar, dirigiéndose á Manuel con una voz y
-una sonrisa de pura cepa evangélica.
-
-Se sentó Manuel y Peñalar paseó su mirada por el almacén con la calma y
-la tranquilidad del que tiene la seguridad y la conciencia de sus actos.
-
-No tardó en aparecer el viejo de la boina.
-
---Pasen ustedes al despacho--y empujó una mampara negra con cristales
-rayados. Ahora viene el señor--añadió.
-
-Peñalar y Manuel entraron en un cuarto iluminado por una ventana con
-rejas y se sentaron en un sofá verde. Enfrente se levantaba un armario
-de caoba con libros de comercio, en medio una mesa de escribir llena de
-cajoncitos y á un lado de ésta una caja de valores con botones dorados.
-
-El cuarto trascendía á comerciante implacable; se comprendía que aquella
-jaula debía de encerrar un pajarraco de mala catadura. Manuel se sintió
-amilanado. Peñalar quizás experimentó también un momento de debilidad,
-pero se creció, se atusó el pelo, colocó bien los lentes sobre su nariz
-y sonrió.
-
-No tardó mucho en aparecer don Sergio. Era un viejo alto, de bigote
-blanco, con una mirada suspicaz lanzada de través por fuera de sus
-antiparras. Vestía levita larga, pantalones claros; en la cabeza llevaba
-un gorro griego de terciopelo verde, con una gran borla que le caía
-hacia un lado. Entró sin saludar, miró con desagrado al hombre y al
-muchacho, que se levantaron; quizás creyó que había descubierto el
-objeto de la visita, porque con voz seca, autoritaria y sin invitarles á
-que se sentaran, preguntó á Peñalar:
-
---¿Qué quería usted, caballero? ¿Era usted el que tenía que hablarme de
-un asunto de familia? ¿Usted?
-
-Otro cualquiera hubiera sentido ganas de estrangular al viejo, Peñalar
-no; los casos difíciles eran los de su incumbencia, los que á él más le
-gustaban. Comenzó á hablar sin desconcertarse, con las miradas
-inquisitoriales del comerciante.
-
-Manuel le escuchaba lleno de admiración y de espanto. Veía que el
-comerciante iba cargándose de cólera por momentos. Peñalar hablaba
-impertérrito:
-
-El era una pobre alma cautiva, un sentimental, un idealista ¡oh!,
-dedicado á la enseñanza de la juventud, de esa juventud en cuyo seno se
-guardan los gérmenes regeneradores de la patria. El sufría mucho, mucho;
-había estado en el hospital; ¡un hombre como él! conocedor del francés,
-del inglés, del alemán, que tocaba el piano, un hombre como él,
-emparentado con toda la aristocracia del reino de León, un hombre que
-sabía más teología y teodicea que todos los curas juntos.
-
-¡Ah! Esto no lo decía para vanagloriarse; pero él tenía derecho á la
-vida. Gómez Sánchez, el ilustre histólogo, le había dicho:--Usted no
-debe trabajar--. Pero tengo hambre.--Pida usted dinero--. Y por eso
-algunas veces pedía.
-
-Don Sergio, en el colmo del asombro, ante aquel chorro de palabras, no
-intentó interrumpir á Peñalar; éste se detuvo, sonrió con dulzura, notó
-que la fuerza de la costumbre había llevado su discurso al tema
-constante del por qué pegaba sablazos, y comprendiendo que su elocuencia
-le arrastraba por un camino extraviado, bajo la voz y continuó en tono
-confidencial.
-
---Esta vida atrae de tal modo, á pesar de sus impurezas, ¿no es verdad,
-don Sergio?, que no puede uno desprenderse con indiferencia de ella. Y
-eso que yo creo que la muerte es la liberación, sí, yo creo en la
-inmortalidad del alma, en el dominio absoluto del espíritu sobre la
-materia. Antes no, lo confieso--sonriendo más dulcemente aún--, antes
-era panteísta y conservo no sé si de aquella época el entusiasmo por la
-naturaleza. ¡Oh, el campo!, ¡el campo es mi delicia!; muchas veces
-recuerdo aquellos versos del mantuano:
-
- «Te, dulcis conjux, te solo in litore secum
- te veniente die, te decedente canebat.»
-
-¿A usted le gusta el campo, don Sergio? Sí le debe de gustar, con el
-talento que usted tiene.
-
-La cólera de don Sergio, que iba agrandándose con la verbosidad
-incoherente de Peñalar, estalló en esta frase corta:
-
---El campo me revienta.
-
-Peñalar quedó parado, con la boca abierta.
-
---Señor mío, señor mío--añadió el comerciante, levantando la voz
-iracunda--, si usted tiene mucho tiempo que perder, á mí no me pasa lo
-propio.
-
---No le he expresado á usted aún el motivo de mi visita--, dijo Peñalar
-y se quitó los lentes y se preparó á limpiarlos con el pañuelo.
-
---No, ni hay necesidad; me lo figuro, me lo figuro muy bien. Yo no doy
-limosnas.
-
---Caballero, señor don Sergio--y Peñalar se levantó con las gafas en la
-mano y paseó por el cuarto su mirada oscura de cegato--, está usted en
-un profundo error. No vengo á pedir una limosna, no son esos mis
-hábitos. Nadie podrá decirlo, vengo--y se coló los lentes con
-resolución--á cumplir un deber sagrado.
-
---Concluyamos. ¿Qué deber sagrado es ese? ¡Qué! Basta de farsas. La
-charlatanería me revienta.
-
---Permítame usted que me siente. Estoy fatigado--murmuró Peñalar con voz
-desfallecida--. ¿No nos oye nadie?
-
-Don Sergio le miró como una hiena; Peñalar pasó por su ancha frente el
-pañuelo lleno de agujeros; luego, dirigiéndose á Manuel, que seguía
-sumido en el mayor estupor, le dijo:
-
---Haz el favor, mi querido niño, de salir un momento y esperarme.
-
-Manuel abrió la puerta del despacho, y salió al almacén. Esta maniobra
-produjo un movimiento de extrañeza en don Sergio.
-
---Yo, caballero--dijo Peñalar al verse solo con el comerciante--, estoy
-dedicado á la enseñanza de la juventud.
-
---¿Que es usted maestro? Lo he oído.
-
---Estaba de pasante en el colegio del Espíritu Santo, cuando se me
-ocurrió establecerme por mi cuenta.
-
---Y ha perdido usted el dinero; bueno. ¿Y á mí todo eso qué me
-importa?--gritó don Sergio, golpeando la mesa con un libro.
-
---Perdone usted. Entre mis alumnos tengo este muchacho que acaba de
-salir de aquí, y que es un prodigio, un niño de unas facultades
-extraordinarias. Al notar la claridad de su inteligencia y la energía de
-su voluntad, me interesé por él; le pregunté por su familia, y me dijo
-que no tenía padre ni madre, y que una señora le había recogido en su
-casa.
-
---¿Y á mí qué?
-
---Espere usted, don Sergio. Fuí á ver á esa señora protectora suya, que
-es una baronesa, y la dije:--El muchacho á quien usted protege es digno
-de las mayores atenciones y de que se haga algo por su educación.--Su
-madre no tiene dinero y su padre que es rico, no hace nada por él--me
-contestó la baronesa.--Dígame usted quién es su padre, y le iré á
-ver.--Es inútil--replicó--, porque no conseguirá usted nada de él; se
-llama don Sergio Redondo.
-
-Al decir esto, Peñalar se levantó, y contempló con la cabeza erguida á
-don Sergio, como el ángel exterminador puede mirar á un pobre réprobo.
-Don Sergio palideció profundamente, sacó el pañuelo, se frotó los
-labios, carraspeó. Se comprendía que estaba turbado.
-
-Peñalar observó al viejo atentamente, y viendo que aminoraba en sus
-arrogancias, se sintió cada vez más evangélico y más moral.
-
---La baronesa--añadió--me dijo, y perdone la inquebrantable sinceridad
-mía, me dijo que era usted un egoísta y un hombre sin corazón; yo, á
-pesar de esto--sonriendo dulcemente y sintiéndose ya super-evangélico y
-super-moral--pensé: Mi deber es ir á ver á ese caballero. Por eso he
-venido. Ahora usted hará lo que su conciencia le dicte. Yo he cumplido
-con la mía.
-
-Después de este párrafo, Peñalar nada tenía que decir y con la sonrisa
-de todo el martirologio en los labios cogió el sombrero, saludó
-ceremoniosamente y se acercó á la puerta.
-
---¿Y ese niño es el que estaba aquí?--preguntó en voz baja y vacilante
-don Sergio.
-
---El mismo.
-
---¿Y dónde vive esa mujer, esa baronesa?--exclamó el comerciante.
-
---Yo no puedo decirlo. Se lo preguntaré; si ella me lo autoriza, vendré
-con la contestación.
-
-Y Peñalar salió del despacho.
-
---Vamos, hijo mío--le dijo á Manuel.
-
-Y con altivo y noble continente, con la cabeza erguida, salió de casa,
-llevando de la mano á su querido discípulo, á aquel niño portentoso tan
-poco apreciado por sus padres.
-
-
-
-
-CAPÍTULO V
-
-Vida y milagros del señor de Mingote.--Comienza la dulce explotación de
-don Sergio.
-
-
-Según los mejores historiógrafos madrileños, el conocimiento de la
-baronesa de Aynant con Bonifacio de Mingote databa de dos años á la
-fecha.
-
-Una de las muchas veces que la baronesa se encontraba en la necesidad de
-buscar dinero, avisó á un prestamista de la calle del Pez. En lugar del
-prestamista se presentó su dependiente, el propio Mingote, y se arregló
-el negocio entre los dos. Desde entonces don Bonifacio frecuentaba la
-casa de la baronesa. ¿Quién era don Bonifacio? ¿Cómo era don Bonifacio?
-
-Hay bimanos que producen una extraordinaria curiosidad. En la historia
-natural del hombre son como esas especies de monotremas entre aves y
-mamíferos, asombro de los zoólogos. A esta clase de bimanos interesantes
-pertenecía Mingote.
-
-Era este Mingote hombre de unos cincuenta años, bajo, grueso, de bigote
-pintado, con la cara carnosa, la nariz pequeña y roja, la boca cínica,
-las trazas de agente de la policía ó de zurupeto. Vestía de una manera
-presuntuosa, le encantaba llevar una cadena gruesa en el chaleco y
-diamantes falsos, como garbanzos de grandes, en la pechera y en los
-dedos.
-
-Mingote había ejercido todos los oficios que un hombre puede ejercer no
-siendo persona decente: prestamista, policía, jefe de clac, zurupeto de
-la Bolsa, agente de quintas, curial, revendedor, gancho...
-
-Manuel pudo ir conociéndolo á fondo. Era maestro en todas las artes del
-engaño, ingrato, procaz, cobarde con los valientes, valiente con los
-cobardes, petulante y vanidoso como pocos, amigo de atribuirse las
-heroicidades y los méritos ajenos y de repartir entre los demás los
-defectos propios.
-
-Manuel notó que la baronesa solía hablar siempre mal de Mingote, cuando
-se hallaba ausente, y, sin embargo, cuando le escuchaba lo hacía con
-gusto; sin duda al oirle admiraba la sutileza y la finura de las malas
-artes de aquel pícaro.
-
-Al cabo de algún tiempo de oirle su charla desvergonzada repugnaba.
-
-La preocupación de Mingote era ocultar su natural cínico, pero el
-cinismo suyo, por su fuerza de expansión, le salía fuera del alma,
-apuntaba en sus ojos y en sus labios y fluía libremente en sus
-palabras.
-
---Pierden el tiempo los que me insultan--decía tranquilamente--; á
-sinvergüenza no me gana nadie.
-
-Y tenía razón. A veces se daba cuenta del mal efecto producido por
-alguna arlequinada suya, y se esforzaba entonces en presentarse como un
-Roldán ó un Cid de la corrección; pero al poco rato, por entre su coraza
-de puntilloso caballero aparecía la garfa del truhán.
-
---En cuestiones de honor, no admito distingos--decía el hombre cuando se
-sentía hidalgo--; usted me dirá: el honor es una martingala. Es verdad.
-Pero yo tengo esta desgracia; soy caballeresco por temperamento.
-
-Mingote comulgaba en las ideas anárquico-filantrópico-colectivistas,
-algunas de sus cartas terminaba poniendo: Salud y Revolución Social, lo
-cual no era obstáculo para que intentase unas veces establecer una casa
-de préstamos, otras una casa de citas ó algún otro honrado comercio por
-el estilo.
-
-Había hecho aquel ex prestamista una porción de ignominias con los
-compañeros de la dinamita y del ácido pícrico, sacándoles dinero, ya
-para dar un golpe y comprar bombas, ya para escribir un diccionario
-libertario en donde él, Mingote, desmenuzaría con su análisis
-formidable, más formidable que los más furiosos explosivos, todas las
-ideas tradicionales de esta estúpida sociedad.
-
-Cuando Mingote hablaba de su diccionario, su desdén por la existencia,
-su mirada de iluminado, su melancólica actitud de hombre no comprendido,
-todo indicaba al genio de las revoluciones.
-
-En cambio, al contar y especificar sus éxitos de agente de anuncios y de
-negocios, surgía el hombre moderno, el _struggle for lifeur_ de la
-almoneda y de la casa de préstamos, de la droguería y de la perfumería.
-
---Yo--solía decir--hice la almoneda de la Chavito, yo le vendí la cuadra
-al marqués del Sacro-Cerro y el monte á la vizcondesa. Yo he lanzado el
-cataforético Pipot; el pectoral de sampaguita salvaje Alex; la pasta
-manícura de Chiper; la cataplasma eléctrica de Pirogoff; la harina
-pépsica de Clarckson; la auditina de Well; el corazón artificial de
-Tomás y Gil; el emplasto sudorífico de Rocagut, y, sin embargo, se ha
-hecho el vacío á mi alrededor.
-
-Mingote suponía que Madrid entero se confabulaba contra él para no
-dejarle prosperar; pero él esperaba el momento bueno en que les daría en
-la cabeza á sus enemigos.
-
-Sus mayores ilusiones se basaban en sus minas, que, á pesar de ser
-admirables, no tenía inconveniente en venderlas en lotes de poco dinero.
-Constantemente llevaba en el bolsillo piedras envueltas en papeles de
-periódico de sus minas de aquí y de allá.
-
---Esta--y Mingote mostraba un pedrusco--es de mis minas del Suspiro del
-Moro. ¡Qué muestra! ¿Eh? Es admirable. ¿Es verdad? De hierro... casi
-puro. Noventa y nueve y medio por ciento de hierro mineralizado. Esta
-otra es de calamina. Sesenta y ocho por ciento. Hay medio millón de
-toneladas.
-
-Cuando se le descubría la mentira, no sólo no se incomodaba, sino que se
-echaba á reir.
-
-La baronesa celebraba con carcajadas los proyectos de Mingote.
-
---Pero si no tiene usted minas, ¿cómo las va usted á vender?--le
-preguntaba.
-
---¡Ah!, no importa--replicaba Mingote--; se inventan; es lo mismo. En
-seguida que le demos el golpe á don Sergio, nos dedicamos á los
-negocios. Demarcamos una mina; depósito: trescientas, cuatrocientas
-pesetas, lo que sea; llevamos al terreno minerales de otra parte, y en
-seguida hacemos acciones: «Sociedad anónima del coto Prosperidad»;
-capital: 7.000.000 de pesetas; alquilamos una casa, ponemos una hermosa
-plancha de cobre con letras en la puerta y un criado con una librea
-azul: cobramos las acciones, y ya está hecho el negocio.
-
-¿Creía Mingote en sus fantasías? Ni aun él lo sabía de cierto; aquel
-hombre se hallaba desconocido á sí mismo. Allá, dentro de su alma,
-encerraba la idea de un hado adverso que le impedía prosperar, por ser
-un sinvergüenza; porque habilidad tenía de sobra; sabía como nadie
-recibir á un acreedor y no pagarle; sabía adular y mentir; pero, á pesar
-de su mentir constante, era crédulo para los embustes ajenos como nadie.
-
-Creía en las sociedades secretas, en la masonería, en los h.*. y en otra
-porción de mojigangas por el estilo.
-
-En el peligro y en las situaciones graves, á pesar de la cobardía
-extraordinaria del ex prestamista, no le abandonaba nunca su ingenio; el
-soltar una gracia constituía para él una necesidad, y probablemente,
-empalado, con la soga al cuello, ó en las gradas del patíbulo, temblando
-de miedo, hubiera tenido que decir, entre castañeteos de dientes y
-convulsiones, alguna cosa chusca.
-
-Reñía con todo aquel á quien no necesitaba, por cosas fútiles;
-vociferaba en los tranvías y teatros con cobradores y acomodadores,
-levantaba el bastón á los golfos, trataba desdeñosamente á todo el
-mundo, hacía proposiciones indecorosas á las mujeres delante de sus
-maridos ó de sus padres, y á pesar de esto no recibía más que raras
-veces las bofetadas ó los palos que otro cualquiera en su lugar
-recibiera.
-
-Vanidoso y petulante, él mismo se reía de su petulancia. Cambiaba la
-sonrisa en gesto amenazador y el gesto amenazador en sonrisa; á veces
-sentía cierta especie rara y cómica de pudor y se ruborizaba, pero no se
-desconcertaba nunca.
-
-El ex prestamista, á pesar de que su tipo no era nada agradable, tenía
-grandes éxitos con las mujeres. Se dedicaba á la ancianidad. Su táctica
-era rapidísima y expedita; á la primera semana ya pedía dinero.
-
-Contaba las queridas á pares, cada una con dos ó tres pequeños Mingotes.
-Con ellas el ex prestamista había organizado un servicio de mendicidad
-maravilloso por medio de cartas, y como la agencia producía cada vez
-menos, gracias al dinero que traían las mujeres, vivían ellas, el gran
-Mingote y los pequeños Mingotes. Cuando le preguntaban por aquellas
-mujeres, el ex prestamista decía que constituían su servidumbre.
-
-Este era Mingote, el maravilloso y peregrino Mingote, auxiliar y
-colaborador de la baronesa de Aynant.
-
-El mismo día en que Manuel y el sublime pedagogo contaron los detalles
-de la visita á don Sergio, la baronesa y Mingote se pusieron en campaña.
-La baronesa alquiló un gabinete por unos días á una patrona del
-principal.
-
---¿Pero para qué hace usted eso?--la preguntó Mingote--. Cuanto en peor
-situación la vea á usted _il vecchio_ será más espléndido.
-
---Yo le creía á usted más listo, Mingote--replicó fríamente la
-baronesa--. Si don Sergio me viera en este cuartucho indecente, me daría
-una limosna; de otro modo, ya veremos. Además déjeme usted á mí dirigir
-mis asuntos.
-
-Mingote calló confundido. Indudablemente allí tenía que aprender.
-
-La baronesa arregló el cuarto alquilado con gusto, mandó coser y
-planchar una de sus batas, y vistió á Manuel y hasta le dió polvos de
-arroz, con gran desesperación del chico. Todo preparado, Mingote
-escribió á don Sergio, _il vecchio Cromwell_, como le llamaba él, una
-tarjeta con la firma de Peñalar, dándole las señas de la casa.
-
-La baronesa y Manuel esperaron á que llegara _il vechio_. A media tarde
-se oyó el ruido de un coche que paraba á la puerta.
-
---Este es--dijo la baronesa. Miró por las rendijas de la persiana--. Sí,
-es él--añadió, y se tendió en el sofá y cogió un libro.
-
-Bien vestida y ataviada resultaba apetitosa; una jamona rubia de buen
-ver.
-
---Mira, es mejor que te metas en ese otro cuarto--dijo la baronesa á
-Manuel señalándole una alcoba--; le diré que estás estudiando.
-
-Manuel, á quien el papel que le designaron no le agradaba, se escabulló
-en la alcoba. Había entre ésta y el gabinete una puerta de cristales,
-con sus correspondientes cortinas. Manuel encontró el observatorio muy
-cómodo, y se puso á mirar por los visillos; le interesaba ver cómo se
-desenvolvía la baronesa y manejaba los hilos de aquella trapisonda, en
-los cuales podía quedar enredada al menor descuido.
-
-Cuando la criada de la casa de huéspedes fué á anunciar la visita de don
-Sergio, la baronesa se hallaba ya posesionada de su papel. _Il vecchio_
-pasó gravemente, saludó; la baronesa hizo un gesto de asombro al verle,
-luego con un ademán de languidez y de contrariedad le indicó que podía
-sentarse.
-
-_Il vecchio Cromwell_ se sentó; Manuel pudo observarle con calma. Estaba
-pálido y tenía un color calcáreo.
-
---Vaya un papá feo que me he echado--se dijo Manuel.
-
-La baronesa y don Sergio comenzaron á hablar en voz baja. No se oía lo
-que hablaban. El calcáreo anciano pasó la mirada por el cuarto, observó
-los muebles, indudablemente extrañado de ver el gabinete tan elegante.
-
-Luego siguió hablando con calor; la baronesa le escuchaba lánguidamente,
-sonriendo con cierta amable y bondadosa ironía. Manuel pensó que no le
-faltaban al viejo más que unos cuernecitos y unas patas de cabra para
-representar, en unión de la baronesa, un grupo que él había visto unos
-días antes en un escaparate de la carrera de San Jerónimo, cuyo título
-era «La Ninfa y el Sátiro». Manuel creyó que el viejo se iba á
-arrodillar y le dieron ganas de gritarle ¡fuera _Cromwell_!
-
-Continuaba el viejo hablando de una manera insinuante, cuando se fué
-animando y comenzó á accionar con violencia.
-
---Ese abandono del muchacho es incalificable--decía.
-
---¡Incalificable!
-
---Sí, señora.
-
---Pero usted, ¿qué derechos tiene para hablar?
-
---Tengo derechos. Sí, señora.
-
-La baronesa pareció asombrada de aquellas palabras, y replicó con
-vaguedades y excusas; luego se indignó, y levantándose del sofá con un
-gallardo ademán y tirando el libro al suelo acusó al iracundo _Cromwell_
-de todo lo malo que podía ocurrir al niño. El tenía la culpa de todo,
-por ser un avaro y un miserable.
-
-Replicó á esto el terrible _vecchio_, en tono brusco, diciendo que para
-las mujeres livianas y gastadoras todos los hombres eran avaros.
-
---Si usted ha venido aquí--interrumpió la baronesa--á insultar á una
-mujer porque está sola, no lo consentiré.
-
-Entonces vinieron las explicaciones del calcáreo anciano, el sincerarse,
-el ofrecerse...
-
---No necesito de usted para nada--contestó la baronesa
-arrogantemente--. No le he llamado á usted.
-
-El marrullero _vecchio_ juró y perjuró que no había ido allá más que á
-ofrecerle todo lo que necesitara y á pedir que le dejara costear los
-gastos de los estudios del muchacho. También deseaba verle un momento.
-
-La baronesa se dejó convencer; pero advirtió al _calcáreo_ que el niño
-creía que sus padres habían muerto.
-
---No, no tenga usted cuidado, Paquita--exclamó _il vecchio_.
-
-Llamó la baronesa el timbre, y preguntó á la criada con indolencia:
-
---¿Está en casa Sergio?
-
---Sí, señora.
-
---Dígale usted que venga.
-
-Entró Manuel confuso.
-
---Este señor quiere verte--dijo la dama.
-
---Ya sé, ya sé que eres un estudiante muy aprovechado--murmuró _il
-vecchio_.
-
-Manuel levantó los ojos con el mayor asombro. Don Sergio dió unos
-golpecitos en la mejilla nada sonrosada del muchacho. Manuel quedó
-mirando al suelo, y se marchó, al darle la baronesa el permiso para
-salir.
-
---Es muy huraño--dijo la baronesa.
-
---Yo era igual á su edad--repuso don Sergio.
-
-La dama sonrió maliciosamente. Manuel volvió á la alcoba y siguió
-observando la actitud de los dos; la baronesa se lamentaba de su falta
-de recursos; _Cromwell_ se defendía como un león. Al terminar la
-conferencia, el _calcáreo_ sacó su cartera y dejó unos billetes sobre el
-velador.
-
-La baronesa le acompañó hasta la puerta.
-
---¿De modo, Paquita, que está usted contenta?--la dijo antes de
-marcharse.
-
---¡Contentísima!
-
---¿No siente usted que haya venido á verla?
-
---¡Ay, don Sergio! Me ha tenido usted muy abandonada. ¡Cuando es usted
-el único amigo de mi pobre padre!
-
---Sí, es verdad, Paquita, es verdad--murmuró _il vecchio_ acariciando
-entre las suyas una de las manos regordetas de la baronesa.
-
-Y bajó las escaleras, deteniéndose á cada instante, para saludar á la
-dama.
-
---Jesús, qué lata de viejo--murmuró ella dando un portazo--. ¡Manuel,
-Manolito, has estado muy bien! Hecho un héroe. ¿Has visto? _Il vecchio
-Cromwell_, como dice Mingote, ha dejado mil pesetas. Mañana mismito nos
-mudamos de casa.
-
-Al día siguiente, muy de mañana, la baronesa y Manuel se echaron á la
-calle á buscar cuarto. Después de mucho corretear y de andar con la
-cabeza descoyuntada de tanto mirar hacia arriba, encontraron un tercer
-piso en la plaza de Oriente, que á la baronesa le encantó. Costaba
-veinticinco duros al mes.
-
---A niña Chucha le va á parecer caro, pero yo lo alquilo--dijo la
-baronesa--. Y llamó en el primer piso en donde vivía el administrador y
-habló con él y pagó la casa por adelantado.
-
-El mismo día se hizo la mudanza y Manuel trajinó con entusiasmo,
-llevando trastos de un lado á otro y colocándolos en la nueva casa en el
-sitio que designaba niña Chucha.
-
-Como la casa quedaba vacía y la baronesa tenía algunos muebles guardados
-en casa de una amiga cubana, unos días después fué á verla para
-pedírselos. No apareció en todo el día ni aun á cenar, y volvió á la
-noche muy tarde. Niña Chucha y Manuel la esperaron. Al llegar á casa,
-venía con los ojos más brillantes que de ordinario.
-
---La coronela no me ha querido dejar venir--murmuró--; he cenado en su
-casa, luego he ido con sus chicas á Apolo y me han acompañado hasta aquí
-mismo.
-
-No pudo Manuel comprender qué tendría esto de extraño para la baronesa,
-y se asombró bastante al oirle contestar á los reproches de niña Chucha,
-balbuceando y riéndose á carcajadas de una manera insubstancial. Hubiese
-jurado Manuel que al salir del comedor la baronesa había dado un
-traspiés, pero con el sueño no se enteró bien y se abstuvo de
-comentarios.
-
-Al día siguiente, poco antes de la hora de comer, estaba niña Chucha en
-la calle cuando llamaron á la puerta. Abrió Manuel. Era el _calcáreo_.
-
---Hola, estudiante--dijo--. ¿Y doña Paquita?
-
---En su cuarto--contestó Manuel.
-
-Llamó don Sergio en la puerta con los nudillos y repitió varias veces:
-
---¿Se puede?
-
---Pase usted, don Sergio--dijo la baronesa--y abra usted las ventanas.
-
-Entró el viejo en el cuarto tropezando con los bultos desparramados por
-el suelo y abrió el balcón.
-
---Pero, Paquita, ¿todavía en la cama?--preguntó en el colmo de la
-estupefacción--. Eso no es sano.
-
---¡Oh! si viera usted cómo he trabajado--replicó la baronesa
-desperezándose--. Ayer me acosté rendidita, y hoy para las cinco estaba
-ya trabajando; pero de tanto trajinar se me ha levantado un dolor de
-cabeza que me he tenido que acostar otra vez.
-
---¿Para qué trabajas tanto? No te conviene.
-
---Es que hay que hacer las cosas; luego, en esta casa no ayudan. Chucha
-no hace más que leer novelas; á Sergio no le voy á poner á andar como
-un mozo de cuerda, y yo sola tengo que hacerlo todo. Espero que otro día
-seré más feliz y tendrá usted el gusto de presenciar lo buena chica que
-soy y cómo sigo sus consejos al pie de la letra.
-
---Bueno, Paquita, bueno. Sigues siendo una chiquilla.
-
-La baronesa, para demostrar que era verdad esto, hizo unos cuantos
-arrumacos á _Cromwell_, y después, en tono indiferente, le pidió
-cincuenta pesetas.
-
---Pero...
-
---Si ya sé que me va usted á reñir. No crea usted que he gastado todo el
-dinero, ni mucho menos. Es que la verdad, un billete de quinientas
-pesetas no quiero cambiarlo, y como tengo que pagar una cuentecilla...
-
---Vaya, ahí va--. Y don Sergio con una sonrisa que quería ser amable,
-sacó la cartera del bolsillo y dejó un papel azul sobre la mesilla de
-noche; luego le pareció poco galante dar lo que le habían pedido y dejó
-otro.
-
-La baronesa puso el candelero encima de los dos billetes, y después,
-acurrucándose entre las sábanas con voz soñolienta, murmuró:
-
---¡Ay, don Sergio, me vuelve el dolor de cabeza!
-
---Pues cúidate, hija, cuídate y no trabajes tanto.
-
-Don Sergio salió de la alcoba, luego de cerrar el balcón, y se encontró
-con niña Chucha que volvía de la calle.
-
---No debes dejar que trabaje tanto tu ama--le dijo secamente--; se pone
-enferma.
-
-La mulata contempló sonriendo al viejo.
-
---Bueno, _señó_--dijo.
-
---Y el muchacho, ¿qué hace?
-
---_Etá_ etudiando--contestó niña Chucha con malicia, y lo mostró con los
-codos sobre la mesa del comedor y la cabeza entre las manos.
-
-Efectivamente, estaba devorando una novela por entregas de Tárrago y
-Mateos.
-
-
-
-
-CAPÍTULO VI
-
-Kate, la niña blanca.--Los amores de Roberto.--El pundonor militar.--Las
-cucas.--Disquisiciones antropológicas.
-
-
-Al mes de instalados en la nueva casa llegaron las fiestas de Navidad, y
-como en los colegios había vacaciones, la baronesa fué en busca de su
-hija al del Sagrado Corazón, y volvió con ella en coche.
-
-Niña Chucha se encargó de informar á Manuel y de darle detalles de la
-hija de la baronesa.
-
---Es una cantimpla, ¿sabe?, una niña blanca y sosa que parece una
-muñeca.
-
-Manuel la conocía, pero no sabía si ella se acordaría de él; en los años
-que no la veía se había hecho una muchacha preciosa. No recordaba en su
-tipo á su madre; aunque rubia como ella, debía de parecerse al padre.
-Era blanca, de facciones correctas, ojos azules claros, de cejas y
-pestañas doradas y el pelo rubio, sin brillo, pero muy bonito.
-
-Al llegar á casa, niña Chucha hizo grandes demostraciones de cariño á la
-colegiala; Manuel fué reconocido por ella, lo que le produjo gran
-satisfacción.
-
-La hija de la baronesa se llamaba Catalina, sus parientes de Amberes la
-llamaban Kate, pero la baronesa generalmente la decía la Nena.
-
-Con la llegada de Kate las costumbres variaron en la casa; la baronesa
-abandonó sus excursiones nocturnas y contuvo sus ligerezas de palabra.
-En la mesa, con una sonrisa triste, escuchaba las historias de colegio
-que contaba su hija, sin poner interés en lo que oía.
-
-No armonizaban los caracteres de las dos. Kate tenía la comprensión
-lenta, pero profunda; en cambio su madre poseía la sutileza y el ingenio
-del momento. La baronesa á veces se impacientaba al oirla, y decía entre
-cariñosa y enfadada:
-
---¡Ay, qué Nena más sosita tengo!
-
-Desde la llegada de Kate, niña Chucha y Manuel no le acompañaban en el
-comedor á la baronesa; esto á Manuel no le molestaba, pero á la mulata
-sí, y atribuía estas disposiciones á Kate, á quien consideraba como una
-muñeca blanca, orgullosa, fría y de poco corazón. Manuel, que no tenía
-motivo alguno de antipatía por Kate, la encontró muy llana, muy amable,
-aunque con poca vivacidad.
-
-Por aquellos días de fiestas de Navidad, madre é hija salían de casa con
-mucha frecuencia á compras, y les acompañaba generalmente Manuel, que
-volvía cargado con paquetes.
-
-Un día de Año Nuevo, en que la baronesa, Kate y Manuel fueron al Teatro
-de Apolo á ver _Los sobrinos del Capitán Grant_, notó Manuel que Roberto
-Hasting iba á alguna distancia detrás de ellos. Al salir les siguió; la
-muchacha se hizo la desentendida.
-
-Al día siguiente estaba nevando, y Manuel vió á Roberto que paseaba por
-la plaza de Oriente, al parecer muy entretenido.
-
-Encontró Manuel un pretexto para salir de casa, y al momento Roberto se
-acercó á él.
-
---¿Estás en su casa?--le preguntó apresuradamente.
-
---Sí.
-
---Tienes que darle una carta.
-
---Bueno.
-
---A la tarde te la traeré. Se la das, y me dices qué cara pone al
-recibirla. No me contestará, ya sé que no me contestará; pero tú se la
-darás, ¿verdad?
-
---Sí, hombre, descuide usted.
-
-Efectivamente, á la tarde Roberto siguió paseando por entre la nieve,
-bajó Manuel, cogió la carta y subió en seguida á casa.
-
-Kate se divertía arreglando en aquel momento su armario. Tenía guardadas
-mil chucherías en varias cajitas; en unas, medallas; en otras, estampas,
-cromos, regalos del colegio y de su familia. Sus libros de rezos estaban
-llenos de recordatorios y de estampitas.
-
-Manuel, con la carta de Roberto en el bolsillo, se acercó á la muchacha
-como un criminal. La Nena enseñó á Manuel todas sus riquezas, éste se
-sintió orgulloso. Manuel apenas se atrevía á tocar las medallas, las
-alhajas, las mil cosas que guardaba Kate.
-
---Esta cadena me la regaló mi tío--decía la colegiala--. Esta sortija es
-de mi abuelo. Este pensamiento le cogí en Hyde-Park, cuando estuve en
-Londres con mi tío.
-
-Manuel la escuchaba sin decir palabra, avergonzado de tener la carta en
-el bolsillo. La Nena siguió enseñando nuevas cosas. Los juguetes de su
-niñez aún los conservaba; en su armario todo estaba clasificado con el
-mayor orden, cada cosa tenía su sitio. En algunos libros prensaba
-pensamientos y hierbas que luego copiaba y pintaba con una caja de
-acuarelas.
-
-Manuel hizo dos ó tres veces un esfuerzo para hablar de Roberto, pero no
-se atrevió.
-
-De pronto, después de carraspear mucho, balbuceó:
-
---¿Sabe usted?
-
---¿Qué?
-
---Roberto... aquel estudiante rubio de la otra casa... el que ayer
-estaba en el teatro... me ha dado una carta para usted.
-
---¿Para mí?--. Y las mejillas de Kate tomaron un tono rosado y sus ojos
-brillaron con más vivacidad que de ordinario.
-
---Sí.
-
---Pues dámela.
-
---Tome usted.
-
-Manuel entregó la carta y Kate la escondió rápidamente en el pecho.
-Concluyó de arreglar su armario, y poco después se encerró en su cuarto.
-A los dos días, Kate le envió á Manuel con una carta para Roberto, y
-Roberto en seguida con otra para Kate.
-
-Un día Kate fué con Manuel á su colegio, en donde había un Nacimiento, y
-á la ida y á la vuelta le acompañó Roberto. Hablaron los dos muchísimo;
-Roberto contó sus proyectos. Manuel pensó en que esto del amor es una
-cosa extraña. Para él no dijo Roberto nada que valiera la pena de oirse,
-y, sin embargo, Kate le escuchó con el alma en un hilo.
-
-Roberto fué para Kate el colmo de lo respetuoso. Le habló con una
-gravedad tranquila, sin echárselas de jacarandoso ni de listo; ella le
-escuchó atenta.
-
-Manuel fué confidente de Roberto y de Kate. Era la muchacha de un candor
-y de una inocencia inmaculadas, tenía una falta de comprensión para
-cosas de malicia extraordinaria. Manuel sentía verdadera sumisión ante
-aquella naturaleza aristocrática y elegante, tenía un sentimiento de
-inferioridad que en nada le molestaba.
-
-La Nena le contó á Manuel las cosas que había visto en París, Bruselas,
-Gante; le habló de los parques de Londres, le deslumbró. En cambio,
-Manuel le contó á Kate detalles de la vida pobre madrileña, que á la
-colegiala le producían el más profundo asombro; las cuevas, las
-tabernas, los descampados; le habló de los chicos que se escapaban de
-sus casas é iban á dormir á los rincones de las iglesias, de los que
-robaban en los lavaderos; le describió las tiendas-asilos...
-
-Manuel tenía cierta gracia para contar sus impresiones; exageraba y
-rellenaba con fantasías imaginadas los vacíos dejados por la realidad.
-La Nena le solía escuchar muy intrigada.
-
---¡Oh, qué miedo!--solía decir--; y sólo el pensar que aquella gente
-miserable de que Manuel hablaba podía rozarse con ella, le hacía
-estremecer.
-
-Sentía la niña una repugnancia profunda por la gente de la calle; no
-quería salir los domingos por no andar entre hombres de blusa y
-soldados. Le parecía que la gente del pueblo debía ser mala. Desde que
-se encendían los faroles no le gustaba salir de casa.
-
-Las conversaciones solían tenerlas al anochecer en un gabinete que daba
-á la calle, desde donde se veía la plaza de Oriente, como un bosque, y
-el Palacio Real en cuyas cornisas se posaban cientos de palomas que de
-día revoloteaban en bandadas. Como fondo se veía la Casa de Campo y el
-horizonte que se enrojecía al caer de la tarde...
-
-Pasado el día de Reyes, Kate volvió al colegio, y en la casa se
-restablecieron las antiguas costumbres y reinó el habitual desorden.
-
-La primera salida nocturna que hizo la baronesa fué acompañada por
-Manuel á casa de su amiga cubana.
-
-Salieron la baronesa y Manuel después de cenar. La cubana vivía en la
-calle Ancha. Llamaron en la casa; les abrió un criadito con librea azul
-y galones dorados, y entraron, por un corredor, en una sala muy
-iluminada adornada con lujo barato y chillón. En medio había un aparato
-eléctrico con siete ú ocho bombillas, un sofá grande con flores, dos
-sillones dorados al lado de una chimenea y sobre el mármol de ésta un
-reloj en forma de bola, un barómetro como un martillo, un termómetro
-como un puñal y otra porción de cosas con formas absurdas. Por todos
-lados se veían fotografías.
-
-No había allí más que unas cuantas mujeres de mal aspecto, que se
-levantaron humildemente. La baronesa se sentó, y al poco rato entró la
-cubana, una mujer ordinaria y brutal, vestida con un traje muy llamativo
-y con brillantes gruesos en las orejas y en los dedos. Tomó de la mano á
-la baronesa y se sentó en un sofá junto á ella. Se veía que quería
-halagarla. Era la coronela una mujer, más que vulgar, bestial; tenía la
-mandíbula prominente, los ojos pequeños, negros y la boca con una
-expresión de crueldad. Había en su aspecto algo lúbrico inquietante y
-amenazador; se figuraba uno que aquella mujer debía tener vicios
-extraños, que era capaz de cometer crímenes.
-
-Manuel, en un rincón, se puso á mirar un álbum de fotografías puesto
-sobre un velador.
-
-La mujer del coronel, á quien la baronesa había conocido de sargenta en
-Cuba, dijo que pensaba que su niña menor, Lulú, debutara en un Salón, de
-bailarina, y le estaban dando las últimas lecciones.
-
---Pero, ¿de verdad?--preguntó la baronesa.
-
---Sí, sí; Mingote hizo la contrata, y se ha encargado de los últimos
-toques, como dice él. ¡Ay, qué hombre tan gracioso! Está ahora con unos
-amigos en el comedor. Vendrán en seguida. Mingote ha traído un poeta que
-ha hecho un monólogo para la niña graciosísimo. Se llama _Instantáneas_.
-Es un nombre modernista, ¿verdad?
-
---Ya lo creo.
-
---Es una muchacha que va á sacar fotografías á la calle y se encuentra
-con un pollo que se le acerca y le propone hacer una reproducción ó un
-grupo, y ella contesta: «¡Ay, no me toque usted el _chassis_!» Es
-bonito, ¿verdad?
-
---Precioso--dijo la baronesa mirando á Manuel y riéndose.
-
-Las demás mujeres, fregonas distinguidas á juzgar por su aspecto,
-movieron la cabeza en señal de asentimiento, y sonrieron de un modo
-triste.
-
---¿Tiene usted mucha gente en la sala?--preguntó la baronesa.
-
---Todavía no ha venido nadie. Mientras tanto, que baile la niña un poco
-para que usted la vea.
-
-Dió la coronela un grito por el corredor, y apareció Lulú, vestida con
-falda llena de lentejuelas y el pelo cortado y rizado. Estaba incomodada
-porque no encontraba una pulsera, y chillando con una vocecilla agria.
-
---Advierte á esos--le dijo la coronela--de que estás aquí.
-
-Salió la niña con el recado, y al poco rato entraron en la sala el
-coronel, señor respetable, de barba blanca, que cojeaba é iba apoyado en
-el brazo de Mingote; detrás de éstos un joven flaco, de bigote rubio,
-con las mejillas rojas; el poeta, según advirtió la baronesa, y un
-melenudo, el profesor de piano, que venía llevando del brazo á la hija
-mayor de la casa, una mujer guapetona, blanca y rubia, que parecía
-escapada de un cuadro de Rubens.
-
---Primero, ¿qué va á ser? ¿el monólogo ó el baile?--preguntó la
-coronela.
-
---El monólogo, el monólogo--dijeron todos.
-
---Vamos á ver. Silencio.
-
-El poeta, borracho á juzgar por el brillo de sus ojos y el color de sus
-mejillas, sonrió amablemente.
-
-La chiquilla comenzó á recitar muy mal, con voz de gallito ronco, una
-porción de brutalidades en verso, capaces de llevar el rubor á las
-curtidas mejillas de un carabinero. Cada barbaridad de aquellas
-terminaba con el estribillo de ¡Ay, no me toque usted el chassis!
-
-Al terminar el coronel dijo que le parecían los versos un poco así... un
-poco, vamos, demasiado libres y miró á todos pidiendo su opinión. Se
-discutió el punto acaloradamente. El amo de la casa presentó sus
-argumentos, pero la réplica de Mingote fué decisiva.
-
---No, coronel--concluyó diciéndole el ex prestamista exaltado--, es que
-usted siente de una manera excesiva el pundonor militar. Usted lo mira
-esto como militar.
-
-La baronesa contempló asombrada á Mingote y no pudo contener la risa.
-
-El coronel explicó confidencialmente á Mingote por qué las ideas de los
-militares acerca de la honra necesariamente tenían que ser más rígidas
-que las de los paisanos, por la disciplina, la ordenanza, y sobre todo
-por el uniforme.
-
-Después del monólogo, el melenudo se puso al piano y la niña comenzó á
-bailar el tango. En este punto se presentaba también una cuestión que
-dilucidar y la coronela quería que se resolviera al momento. La cosa no
-era para menos. Hay una parte en el tango verdaderamente grave y
-trascendental; es ese movimiento de caderas que el público llama
-científicamente bisagra. La coronela preguntaba: ¿Cómo tiene Lulú que
-hacer esta parte del tango, ó sea la bisagra? ¿Dándole todo lo que ello
-pide ó velándolo un poco?
-
-A la baronesa no le parecía bien que el tango fuera tan exagerado; un
-poco de aquel movimiento no estaba mal. La coronela y Mingote
-protestaron, y afirmaron que el público pide siempre, por más
-emocionante, la bisagra.
-
-El coronel, á pesar de su pundonor militar, opinaba que el público,
-efectivamente, pedía bisagra, y que un poco más ó menos de zarandeo era
-cosa _de material_.
-
-Mingote entonces, para enseñar á la niña cómo debía hacer aquel
-movimiento, se levantó y se puso á mover las caderas de un modo
-grotesco. La niña repitió la suerte sonriendo, pero sin calor. Entonces
-la coronela dijo al oído de la baronesa que sólo el hombre podía enseñar
-á la mujer la gracia en aquel movimiento. La baronesa sonrió
-discretamente.
-
-En aquel momento el criadito galoneado entró y dijo que estaba
-Fernández. Fernández debía de ser persona de importancia porque la
-coronela se levantó al momento y se dispuso á salir.
-
---Anda, dale la ruleta, dijo el coronel á su esposa, y que enciendan las
-luces en la sala.--¿Que?--añadió el buen señor--, ¿quiere usted que
-hagamos una vaquita, baronesa?
-
---Ya veremos, coronel. Primeramente intentaré la suerte sola.
-
---Bueno.
-
-Bailó otro tango Lulú y al poco rato apareció la coronela.
-
---Ya pueden ustedes pasar--dijo.
-
-Las viejas fregonas se levantaron de sus asientos, y cruzando el
-corredor entraron en una sala grande con tres balcones. Había dos mesas
-allí, una de ellas con una ruleta, la otra sin nada.
-
-Las tres viejas, la baronesa, el coronel y sus dos hijas se sentaron en
-la mesa de la ruleta, en donde estaban ya sentados el banquero y los dos
-pagadores.
-
---Hagan juego--dijo el _croupier_ con una impasibilidad de autómata.
-
-Giró la bola blanca en la ruleta, y antes de que se parara, el
-_croupier_ dijo:
-
---¡No va más!
-
-Los dos pagadores dieron con su rastrillo en los paños, para impedir que
-se siguiera apuntando.--No va más--repitieron al mismo tiempo con voz
-monótona.
-
-Fué entrando gente poco á poco y se ocuparon las sillas colocadas
-alrededor de la mesa.
-
-Al lado de la baronesa se sentó un hombre de unos cuarenta años, alto,
-fornido, ancho de hombros, de pelo crespo negrísimo y dientes blancos.
-
---Pero hijo, ¿tú aquí?--le dijo la baronesa.
-
---¿Y tú?--replicó él.
-
-Era aquel hombre, primo en segundo ó tercer grado de la baronesa y se
-llamaba Horacio.
-
---¿No decías que te acostabas invariablemente á las nueve?--preguntó la
-baronesa.
-
---Y es una casualidad que haya venido aquí. Es la primera vez que vengo.
-
---Bah.
-
---Créeme. ¿Hacemos una vaca, prima?
-
---No me parece mal.
-
-Reunieron el dinero de ambos y siguieron jugando. Horacio apuntaba según
-las órdenes de la baronesa. Tenían suerte y ganaban. Poco á poco se iba
-llenando el salón de un público abigarrado y extraño. Había dos
-aristócratas conocidos, un torero, militares. De pie se apretaban
-algunas señoras con sus hijas.
-
-Manuel vió á la Irene, la nieta de doña Violante, al lado de un señor
-viejo con el pelo engomado, que jugaba fuerte. Tenía los dedos llenos de
-sortijas con piedras grandes.
-
-Sentados en un diván hablaban cerca de Manuel un hombre viejo, de barba
-blanca, muy pálido y demacrado, con otro joven lampiño de aire aburrido.
-
---¿Usted se retiró ya?--decía el joven.
-
---Sí; me retiré porque no tenía dinero; si no hubiera seguido jugando
-hasta que me hubieran encontrado muerto sobre el tapete verde. Para mí
-esta es la única vida. Yo soy como la Valiente. Ella me conoce, y me
-suele decir algunas veces:--¿Hacemos una vaca, marqués?--No le daría á
-usted mala suerte--le contesto yo.
-
---¿Quién es la Valiente?
-
---Ahora la verá usted cuando empiece el bacarrat.
-
-Se encendió la luz en la otra mesa.
-
-Se levantó un viejo de bigote de mosquetero, con una baraja en la mano,
-y se apoyó en el borde de la mesa. Al mismo tiempo se le acercaron diez
-ó doce personas.
-
---¿Quién talla?--preguntó el viejo.
-
---Cincuenta duros--murmuró uno.
-
---Sesenta.
-
---Cien.
-
---Ciento cincuenta duros.
-
---Doscientos--gritó una voz de mujer.
-
---Ahí está la Valiente--dijo el marqués.
-
-Manuel la contempló con curiosidad. Era una mujer de treinta á cuarenta
-años; vestía traje de hechura de sastre y sombrero Frégoli. Era muy
-morena, con una tez olivácea, los ojos negros, hermosos. Se cegaba en
-las apuestas y salía á los pasillos á fumar. Se notaba en ella una gran
-energía y una inteligencia clara. Decían que llevaba siempre revólver.
-No le gustaban los hombres y se enamoraba de las mujeres con verdadera
-pasión. Su última conquista había sido la hija mayor del coronel, la
-rubia gruesa, á la cual dominaba. Tenía una suerte loca algunas veces, y
-para mitigar sus amorosas penas jugaba, y ganaba de un modo insolente.
-
---Y ese hombre que no juega nunca y está siempre aquí, ¿quién
-es?--preguntó el joven, señalando un tipo de unos sesenta años, basto,
-de bigote pintado.
-
---Este es un usurero que creo que es socio de la coronela. Cuando yo fuí
-gobernador de la Coruña estaba pendiente de un proceso por no sé qué
-chanchullo que había hecho en la Aduana. Le dejaron cesante y luego le
-dieron un destino en Filipinas.
-
---¿En recompensa?
-
---Hombre, todo el mundo tiene que vivir--replicó el marqués--. En
-Filipinas no sé qué hizo que le procesaron varias veces, y cuando quedó
-libre, lo emplearon en Cuba.
-
---Querían que estudiara el régimen colonial español--advirtió el joven.
-
---Sin duda. Allí también tuvo líos, hasta que vino aquí y se dedicó á
-negocios de usura, y dicen que ahora no se ahogará por menos de un
-millón de pesetas.
-
---¡Demonio!
-
---Es un hombre serio y modesto. Hasta hace unos años vivía con una tal
-Paca, que era dueña de una tintorería de la calle de Hortaleza, y los
-dos salían á pasear los domingos por las afueras como gente pobre. Se le
-murió aquella Paca, y ahora vive solo. Es huraño y humilde; muchas veces
-él mismo va á la compra y guisa. El que es interesante es su antiguo
-secretario; tiene unas condiciones de falsificador como nadie.
-
-Manuel escuchaba con atención.
-
---Ese sí que es un hombre--dijo el marqués, mirándole atentamente.
-
-El observado, un hombre de barba roja y puntiaguda, de aire burlón, se
-volvió y saludó amablemente al viejo.
-
---Adiós, Maestro--le dijo éste.
-
---¿Le llama usted maestro?--preguntó el joven.
-
---Así le llama todo el mundo.
-
-Lulú, la hija de la coronela, y otras dos amigas pasaron por delante del
-marqués y del joven.
-
---Qué moninas son--dijo el marqués.
-
-Tomaba aquello un aspecto mixto de mancebía lujosa y garito elegante. No
-reinaba el silencio angustioso de las casas de juego, ni la greguería
-alborotadora de un burdel; se jugaba y se amaba discretamente. Como
-decía la coronela, era una reunión muy modernista.
-
-En los divanes hablaban las muchachas con los hombres animadamente; se
-discutía, se estudiaban combinaciones para el juego...
-
---A mí esto me encanta--dijo el marqués con su sonrisa pálida.
-
-La baronesa estaba mareada y sentía ganas de marcharse.
-
---Me voy. ¿Me acompañas, Horacio?--preguntó á su primo.
-
---Sí, te acompañaré.
-
-Se levantó la baronesa, después Horacio, y Manuel se reunió á ellos.
-
---¡Qué gentuza!, ¿verdad?--dijo la baronesa con la risa ingenua peculiar
-suya al encontrarse en la calle.
-
---Es la amoralidad, como dicen ahora--replicó Horacio--. Los españoles
-no somos inmorales, lo que pasa es que no tenemos idea de moralidad. «Ya
-ve usted--decía el coronel en el momento que me he levantado para tomar
-un poco de aire--ya ve usted, á mí me han mermado el retiro: de ochenta
-duros me han dejado en setenta; y ¡claro!, hay que buscar otros
-ingresos; así las hijas de los militares tienen que ser bailarinas... y
-todo lo demás.
-
---¿Te decía eso? ¡Qué bárbaro!
-
---¿Pero eso te choca? A mí no. Si eso es una consecuencia natural y
-necesaria de nuestra raza. Estamos degenerados. Somos una raza de última
-clase.
-
---¿Por qué?
-
---Porque sí; no hay mas que observar. ¿Te has fijado en la cabeza que
-tiene el coronel?
-
---No. ¿Qué, tiene algo en la cabeza?--preguntó burlonamente la baronesa.
-
---Nada, que tiene la cabeza de un papúa. La moralidad sólo se da en
-razas superiores. Los ingleses dicen que Wellington es superior á
-Napoleón porque Wellington peleó por el deber y Napoleón por la gloria.
-La idea del deber no entra en cráneos como el del coronel. Háblale á un
-mandingo del deber. Nada. ¡Oh! La antropología enseña mucho. Yo me lo
-explico todo por leyes antropológicas.
-
-Pasaron por delante del café de Varela.
-
---¿Quieres que entremos aquí?--dijo el primo.
-
---Vamos.
-
-Se sentaron los tres en una mesa, pidió cada uno lo que quería y siguió
-el primo de la baronesa hablando.
-
-Era un tipo gracioso el de aquel hombre; hablaba en andaluz cerrado,
-aspirando las haches; tenía algún dinero para vivir y con eso y un
-destinillo en un ministerio iba pasando. Vivía en un desorden muy
-reglamentado, leyendo á Spencer en inglés y cambiando de género de vida
-por temporadas.
-
-Hombre original, llevaba ya cuatro ó cinco años encenagado en los
-pantanosos campos de la sociología y de la antropología. Estaba
-convencido de que intelectualmente era un anglosajón, á quien no le
-debían de preocupar las cosas de España ni de ningún otro país del
-Mediodía.
-
---Pues sí--siguió diciendo Horacio llenando su copa de cerveza--. Yo me
-lo explico todo, los detalles más nimios por leyes biológicas ó
-sociales. Esta mañana al levantarme oía á mi patrona que hablaba con el
-panadero de la subida del pan.--¿Y por qué ha encarecido el pan?--le
-preguntaba ella.--No sé replicaba él; dicen que la cosecha es
-buena.--¿Pues entonces?--No sé. Me fuí á la oficina á la hora en punto
-con exactitud inglesa; no había nadie; es la costumbre española, y me
-pregunté: ¿En qué consiste la subida del pan si la cosecha se presenta
-buena? Y dí con la explicación que creo te convencerá. Tú sabrás que en
-el cerebro hay lóbulos.
-
---Yo qué he de saber eso, hijo mío--replicó la baronesa distraída,
-mojando un bizcocho en el chocolate.
-
---Pues sí hay lóbulos, y según opinión de los fisiólogos, cada lóbulo
-tiene su función; uno sirve para una cosa, el otro para otra,
-¿comprendes?
-
---Sí.
-
---Bueno; pues figúrate tú que en España hay cerca de trece millones de
-individuos que no saben leer y escribir. ¿No me atiendes?
-
---Sí, hombre, sí.
-
---Pues bien; ese lóbulo que en los hombres ilustrados se emplea en
-esfuerzos para entender y pensar en lo que se lee, aquí no lo utilizan
-trece millones de habitantes. Esa fuerza que debían de gastar en
-discurrir, la emplean en instintos fieros. Consecuencia de esto, el
-crimen aumenta, aumenta el apetito sexual, y al aumentar éste, crece el
-consumo de alimentos y encarece el pan.
-
-La baronesa no pudo menos de reirse al oir la explicación de su primo.
-
---No es una fantasía--replicó Horacio--es la pura verdad.
-
---Si no lo dudo, pero me hace reir la noticia. Manuel también se ríe.
-
---¿De dónde has sacado este chico?
-
---Es el hijo de una mujer que conocimos. ¿Qué te dice tu ciencia de él?
-
---A ver, quítate la gorra.
-
-Manuel se quitó la gorra.
-
---Este es un celta--añadió Horacio--. ¡Buena raza! El ángulo facial
-abierto, la frente grande, poca mandíbula...
-
---Y eso, ¿qué quiere decir?--preguntó Manuel.
-
---En último término, nada. ¿Tú tienes dinero?
-
---¿Yo? Ni un botón.
-
---Pues entonces lo que te puedo decir es esto, que como no tienes
-dinero, ni eres hombre de presa, ni podrás utilizar tu inteligencia,
-aunque la tengas, que creo que sí; probablemente morirás en algún
-hospital.
-
---¡Qué bárbaro!--exclamó la baronesa--no le digas eso al chico.
-
-Manuel se echó á reir; la profecía le parecía muy divertida.
-
---En cambio yo--siguió diciendo Horacio--no hay cuidado que muera en un
-hospital. Mira qué cabeza, qué quijada, qué instinto de adquisividad más
-brutal. Soy un berebere de raza, un euro-africano; eso sí,
-afortunadamente, estoy influído por las ideas de la filosofía práctica
-de lord Bacon. Si no fuera por eso estaría bailando tangos en Cuba ó en
-Puerto Rico.
-
---¿De manera que gracias á ese lord eres un hombre civilizado?
-
---Relativamente civilizado; no trato de compararme con un inglés. ¿Tengo
-yo la seguridad de ser un ario? ¿Soy acaso celta ó sajón? No me hago
-ilusiones; soy de una raza inferior, ¡qué le voy á hacer! Yo no he
-nacido en Manchester sino en el Camagüey y he sido criado en Málaga.
-¡Figúrate!
-
---Y eso, ¿qué tiene que ver?
-
---La mar, chica. La civilización viene con la lluvia. En esos países
-húmedos y lluviosos es donde se dan los tipos más civilizados y más
-hermosos también, tipos como el de tu hija con sus ojos tan azules, la
-tez tan blanca y el cabello tan rubio.
-
---Y yo... ¿qué soy?--preguntó la baronesa--¿Un poco de eso que decías
-antes?
-
---¿Un poco berebere?
-
---Sí, me parece que sí; un poco berebere, ¿eh?
-
---En el carácter quizás, pero en el tipo, no. Eres de raza aria pura,
-tus ascendientes vendrían de la India, de la meseta de Pamir ó del valle
-de Cabul, pero no han pasado por Africa. Puedes estar tranquila.
-
-La baronesa miró á su primo con expresión un tanto enigmática. Poco
-después los dos primos y Manuel salieron del café.
-
-[Illustration]
-
-
-
-
-CAPÍTULO VII
-
-El berebere se siente profundamente anglosajón.--Mingote
-mefistofélico.--Cogolludo.--Despedida.
-
-
-Desde aquel encuentro en la chirlata del coronel, de la baronesa y el
-sociólogo, éste comenzó á frecuentar la casa y á poner cátedra de
-antropología y de sociología en el comedor. Manuel no sabía cómo serían
-aquellas ciencias; pero traducidas al andaluz por el primo de la
-baronesa, eran muy pintorescas; Manuel y niña Chucha escuchaban al
-berebere con grandísima atención y algunas veces le hacían objeciones
-que él contestaba, si no con grandes argumentos científicos, con
-muchísima gracia.
-
-El primo Horacio empezó á quedarse á cenar en la casa y terminó
-quedándose después de cenar; niña Chucha protegía al berebere quizás por
-afinidades de raza y se reía enseñando los dientes blancos cuando venía
-don Sergio.
-
-La situación era comprometida porque la baronesa no se preocupaba de
-nada; después de servirse de Mingote le había despedido dos ó tres veces
-sin darle un céntimo. El agente comenzaba á amenazar, y un día fué
-decidido á armar la gorda. Habló de la falsificación de los papeles de
-Manuel y de que aquello podía costar á la baronesa ir á presidio. Ella
-le contestó que la responsabilidad de la falsificación era de Mingote,
-que ella tendría quien la protegiese, y que en el caso de que
-interviniese la justicia el primero que iría á la cárcel sería él.
-
-Mingote amenazó, chilló, gritó demasiado, y en el momento álgido de la
-disputa llegó el primo Horacio.
-
---¿Qué pasa? Se oye el escándalo desde la calle--dijo.
-
---Este hombre que me está insultando--clamó la baronesa.
-
-Horacio cogió á Mingote del cuello de la americana y lo plantó en la
-puerta. Mingote se deshizo en insultos, sacó á relucir la madre de
-Horacio; entonces éste, olvidando á lord Bacon, se sintió berebere,
-levantó el pie y dió con la punta de la bota en las nalgas de Mingote.
-El agente gritó más y de nuevo el berebere le acarició con el pie en la
-parte mas redonda de su individuo.
-
-La baronesa comprendió que al agente le faltaría tiempo para vengarse;
-no creía que se atrevería á hablar de la falsificación de los papeles de
-Manuel porque se cogía los dedos con la puerta, pero probablemente
-advertiría á don Sergio de la presencia del primo Horacio en la casa.
-Antes de que pudiese hacerlo, escribió al comerciante una carta
-pidiéndole dinero, porque tenía que pagar unas cuentas. Envió la carta
-con Manuel.
-
-El viejo calcáreo, al leer la carta, se incomodó.
-
---Mira, dile á tu... señora que espere, que yo también tengo que esperar
-muchas veces.
-
-Al saber la contestación, la baronesa se indignó:
-
---¡Valiente grosero! ¡Valiente animal! La culpa la tengo yo de hacer
-caso á ese vejestorio infecto. Cuando venga yo le diré cuántas son
-cinco.
-
-Pero don Sergio no apareció, y la baronesa, que supuso lo pasado, se
-mudó á una casa más barata con el propósito de economizar; y niña
-Chucha, Manuel y los tres perros pasaron á ocupar un tercer piso de la
-calle del Ave María.
-
-Allí continuó el idilio iniciado entre la baronesa y Horacio; á pesar de
-que éste, por su tranquilidad anglosajona, ó por la idea pobre de la
-mujer, patrimonio de las razas del Sur, no le daba gran importancia al
-flirt.
-
-La baronesa, de vez en cuando, para atender á los gastos de la casa,
-vendía ó mandaba empeñar algún mueble; pero con el desbarajuste que
-reinaba allí, el dinero no duraba un momento.
-
-Al mes de estancia en la calle del Ave María, apareció una mañana don
-Sergio indignado. La baronesa no quiso presentarse y mandó á decirle por
-la mulata que no estaba. El viejo se marchó y por la tarde escribió una
-carta á la baronesa.
-
-Mingote no había cantado. Don Sergio respiraba por la herida; no le
-parecía bien que Horacio pasase la vida en la casa de la baronesa; no
-encontraba mal que la visitase, sino la asiduidad con que lo hacía. La
-baronesa enseñó la carta á su primo, y éste, que sin duda no buscaba más
-que un pretexto para escurrir el bulto, se acordó de lord Bacon, se
-sintió de pronto anglosajón, ario y hombre moral y dejó de presentarse
-en casa de la baronesa.
-
-Ella, que padecía el último brote de romanticismo de la juventud de la
-vejez, se desesperó, escribió cartas al galán, pero él siguió
-sintiéndose anglosajón y ario y acordándose de lord Bacon.
-
-Mientras tanto don Sergio, al ver que su carta no producía efecto,
-volvió á la carga y se presentó en la casa.
-
---Pero, ¿qué le pasa á usted, Paquita?--dijo al ver á la baronesa
-desmejorada.
-
---Creo que tengo el trancazo, según siento de pesada la cabeza. Estoy
-con dolores en todo el cuerpo. Me tiene usted completamente abandonada.
-En fin, Dios sobre todo.
-
-Don Sergio dejó pasar la hojarasca de palabras y lamentaciones con que
-la baronesa trataba de sincerarse, y dijo:
-
---Este sistema de vida no puede seguir. Hay que tener método, hay que
-tener régimen; así no puede ser.
-
---Eso mismo estaba pensando yo--replicó la baronesa--. Sí, lo comprendo,
-á mí no me corresponde esa vida. Volveré á tomar otra casita de doce
-duros.
-
---¿Y los muebles?
-
---Los venderé.
-
-¿Cómo decir que los había ya vendido?
-
---No, yo...--El calcáreo iba á hacer una observación de buen
-comerciante, pero no se atrevió.--Luego esas visitas tan frecuentes de
-su primo de usted no están bien--añadió.
-
---¿Pero si me persigue--murmuró con voz quejumbrosa la baronesa--qué voy
-á hacerle yo? Ese hombre tiene por mí una pasión loca; comprendo que es
-raro, porque ya á mis años...
-
---No diga usted esas cosas, Paquita.
-
---Pero nada; se ha convertido en mi duende. Pero ahora ya verá usted
-cómo no va á volver.
-
---¿No ha de volver? Volverá hasta que usted no se lo diga claramente...
-
---Si se lo he dicho, y por eso ya no volverá.
-
---Entonces, mejor que mejor.
-
-La baronesa miró indignada á don Sergio; después tomó una actitud
-compungida.
-
-Don Sergio planteó sus planes de regeneración y pensó que Paquita debía
-dejar á niña Chucha, á quien el viejo calcáreo detestaba cordialmente;
-pero la baronesa afirmó que la quería como á una hija, tanto ó más que á
-sus perros, que eran casi para ella como las niñas de sus ojos.
-
-De pronto la baronesa se incorporó en el sofá.
-
---Tengo un plan--le dijo á don Sergio--. Dígame usted si le parece bien.
-En _El Imparcial_ de ayer vi anunciada una finca ó casa en Cogolludo,
-con huerta y jardín, por cincuenta duros al año. Supongo que será cosa
-muy mala; pero, al fin, será un terreno y una choza, y á mí me basta con
-una cabañita. Podría ir arreglando esa choza. ¿Qué le parece á usted,
-don Sergio?
-
---Pero, ¿para qué te vas á marchar de aquí?
-
---Es que no se lo he querido decir--añadió la baronesa--; pero ese
-hombre me persigue. Y contó una porción de embustes. Se recreaba la
-buena señora haciéndose la ilusión de que el primo la perseguía
-tenazmente, y todas las cartas quien ella había escrito á él supuso que
-era él quien se las había escrito á ella.
-
---Y claro--siguió diciendo--, no es cosa de ir al fin del mundo huyendo
-de ese ridículo trovador.
-
---Pero Cogolludo no debe tener tren; te vas á aburrir.
-
---¡Quia! Allá me meto en mi choza como una santa y me entretengo en
-regar el jardín y cuidar las flores... pero soy tan desgraciada, que con
-seguridad ya habrán alquilado la casa.
-
---No, eso no. Pero yo no veo la necesidad de marcharse. El chico no
-podrá ir al colegio.
-
---Ya no tiene necesidad. Estudiará por libre.
-
---Bueno; alquilaremos esa casa.
-
---Si no, ese canalla me va á perseguir. Yo quisiera que le llevasen á la
-cárcel y le ahorcaran. ¡Ay, don Sergio! ¡Cuándo vendrá Carlos VII! No
-estoy por la libertad ni por las garantías constitucionales para los
-pillos.
-
---Vamos, vamos, mujer. Ya veremos si se arregla eso de la casa. Y
-alíviate pronto.
-
---Gracias, don Sergio; usted siempre tan fuerte. Es usted una roca...
-Tarpeya. Y sin saber dónde guardar el dinero. ¡Acuérdese usted de mí! Ya
-sabe usted que soy muy arregladita y que no pienso ni desperdicio nada.
-
-Era lo mejor que tenía la baronesa, que se conocía á fondo.
-
-Decididos á ir á Cogolludo, comenzaron á embalar los muebles entre niña
-Chucha y Manuel, cuando la mulata salió diciendo que ella lo sentía
-mucho, pero que se quedaba en Madrid en una casa.
-
---Pero hija, ¿qué vas á hacer?
-
-La mulata, apurada á preguntas, confesó que un señor americano, un
-pequeño _rastaquouere_ que sentía la nostalgia del cocotero, le había
-ofrecido el puesto de ama de llaves en su casa.
-
-La baronesa no se atrevió á hablarla de moralidad, y el único consejo
-que le dió fué que si el americano no se contentaba únicamente con que
-ella fuera ama de llaves, que se afirmara bien; pero la mulata no era
-tonta, y había, según dijo, tomado todas sus precauciones para caer en
-blando.
-
-Manuel quedó solo en la casa para terminar las diligencias necesarias
-para el traslado. Una tarde, de vuelta de la estación del Mediodía, se
-encontró con Mingote, que al verle echó á correr tras él.
-
---¿A dónde vas?--le dijo--; cualquiera hubiese dicho que huías de mí.
-
---¡Yo! ¡Qué disparate! Me alegro mucho de verle.
-
---Yo también.
-
---Mira, vamos á entrar en este café. Te convido.
-
---Bueno.
-
-Entraron en el café de Zaragoza. Mingote pidió dos cafés, papel y
-pluma.
-
---¿A ti te importaría algo escribir lo que voy á dictarte?
-
---Hombre, según lo que sea.
-
---Se trata de que me pongas una carta diciéndome que no te llamas Sergio
-Figueroa, sino Manuel Alcázar.
-
---¿Y para qué quiere usted que le escriba eso? Si usted lo sabe tan bien
-como yo--contestó cándidamente Manuel.
-
---Es una combina que me traigo.
-
---Y yo, ¿qué voy ganando en eso?
-
---Te puedes ganar treinta duros.
-
---¿Sí? ¡Vengan!
-
---No, cuando el negocio esté terminado.
-
-Viendo Mingote á Manuel tan propicio, le dijo que si se las apañaba para
-quitar á la baronesa los papeles falsificados de su identificación y se
-los entregaba, añadiría á los treinta veinte duros más.
-
---Los papeles los tengo yo guardados--dijo Manuel--; si espera usted
-aquí un momento, voy y se los traigo á usted en seguida.
-
---Bueno, aquí espero. ¡Qué infeliz es este muchacho!--murmuró Mingote--.
-Se figura que le voy á dar cincuenta duros. ¡Qué primo!
-
-Pasó una hora, luego otra; Manuel no aparecía.
-
---¿Habré sido yo el primo!--exclamó Mingote--. Sin duda. ¡Me habrá
-engañado ese condenado niño!
-
-Mientras esperaba Mingote, la baronesa y Manuel tomaban el tren.
-
- * * * * *
-
-Fueron á Cogolludo, y la baronesa se llevó el gran chasco. Creía que el
-pueblo sería algo así como una aldea flamenca y se encontró con un
-poblachón en medio de una llanura.
-
-La casa alquilada estaba en un extremo del pueblo; era grande, con una
-puerta azul, tres ventanas chicas al camino y un corral en la parte de
-atrás. Debía de hacer más de diez años que no la habitaban. Al día
-siguiente de llegar la baronesa y Manuel la barrieron y fregaron. La
-baronesa se lamentaba amargamente de su resolución.
-
---¡Ay, Dios mío, ¡qué casa!--decía--. ¿Por qué habremos venido aquí? Y
-¡qué pueblo! Yo había visto de paso algún pueblo de España, pero en el
-Norte, donde hay árboles. ¡Esto es tan seco, tan árido!
-
-Manuel se encontraba en sus glorias; la huerta de la casa no producía
-más que ortigas y yezgos, pero él supuso que se podría convertir aquel
-trozo de tierra, seco y lleno de plantas viciosas, en un vergel. Se puso
-á trabajar con fe.
-
-Primeramente escardó y quemó toda la hierba del huerto.
-
-Después removió la tierra con un pincho y sembró á discreción garbanzos,
-habichuelas y patatas, sin enterarse de si era ó no el tiempo de la
-siembra. Luego pasó horas y horas sacando agua de un pozo profundísimo
-que había en medio del huerto, y como se desollaba las manos con la
-cuerda y además á la media hora de regar la tierra estaba seca, ideó una
-especie de torno con el cual se tardaba media hora en sacar un balde de
-agua.
-
-A los quince días de estancia allí tomó la baronesa una criada, y cuando
-ya la casa estuvo limpia fué á Madrid, sacó del colegio á Kate y la
-llevó á Cogolludo.
-
-Kate, como tenía un espíritu práctico, llenó unas cuantas macetas de
-tierra y plantó una porción de cosas en ellas.
-
---¿Para qué hace usted eso?--le dijo Manuel--, si dentro de poco estará
-todo esto lleno de plantas.
-
---Yo quiero tener las mías--contestó la niña.
-
-Pasó un mes, y á pesar de los trabajos ímprobos de Manuel, no brotó nada
-de lo plantado por él. Sólo unos geranios y unos ajos puestos por la
-criada crecían, á pesar de la sequedad, admirablemente.
-
-Los tiestos de Kate también prosperaban; en las horas de calor los metía
-dentro de la casa y los regaba. Manuel, viendo que sus ensayos de
-horticultura fracasaban, se dedicó con rabia al exterminio de las
-avispas, que en grandes panales de celdas simétricas, ocultos en los
-intersticios de las tejas, se guarecían.
-
-Entabló con las avispas una lucha á muerte y no las pudo vencer: parecía
-que le habían tomado odio; le atacaban de una manera tan furiosa, que la
-mayoría de las veces tenía que batirse en retirada, expuesto á caerse
-del tejado lleno de picaduras.
-
-Los entretenimientos de Kate eran más tranquilos y pacíficos. Había
-arreglado su cuarto con un orden perfecto. Sabía embellecerlo todo. Con
-la cama, cubierta por la colcha blanca y oculta por las cortinas; los
-tiestos, en la ventana, en los que empezaban á brotar las plantas; su
-armario, y los cromos en las paredes azules; su alcoba tenía un aspecto
-de gracia encantador.
-
-Luego, era la muchacha de una bondad amable y serena.
-
-Había encontrado en el campo un gato herido, á quien perseguían unos
-chicos, á pedradas; lo recogió, á riesgo de ser arañada, lo cuidó y
-curó, y el gato la seguía ya por todas partes y sólo quería estar con
-ella.
-
-Manuel obedecía á la Nena ciegamente, sentía además una gran
-satisfacción al obedecerla; la consideraba como un dechado de
-perfecciones, y á pesar de esto, nunca se le ocurrió, ni en su fuero
-interno, enamorarse de ella. Quizás la encontraba demasiado buena,
-demasiado hermosa. Experimentaba Manuel la tendencia paradójica de
-todos los hombres de fantasía que creen amar la perfección y se enamoran
-de lo imperfecto.
-
-El verano transcurrió agradablemente; el calcáreo estuvo dos veces en
-Cogolludo, al parecer contento; pero, al fin de Agosto, las pesetas que
-recibía la baronesa no aparecieron.
-
-Escribió á don Sergio varias veces sacando á relucir la persecución de
-que era víctima, pues de este modo satisfacía la vanidad y el amor
-propio del viejo _Cromwell_; pero don Sergio no cayó en la celada.
-
-Indudablemente, Mingote había hablado. Esperó la baronesa algún tiempo
-trampeando, haciendo deudas. Un día, á principios de Otoño, se presentó
-el guarda de la casa diciendo á la baronesa que la desalojara, que en
-Madrid no habían pagado el alquiler. Se desahogó la baronesa insultando
-y poniendo como un trapo á don Sergio; el guarda dijo que la orden suya
-era no dejar que se llevaran los muebles sin que le pagaran el alquiler.
-
-La baronesa sentía que su hija se enterara de sus trapisondas; calculó
-lo que valdrían los muebles, que ya en Madrid con las ventas y los
-empeños quedaron reducidos estrictamente á lo indispensable, y se
-decidió á dejarlos y á huir de Cogolludo.
-
-Una tarde en que salieron del pueblo á dar un paseo, la baronesa expuso
-á Kate, muy azorada, la situación.
-
---¿Vamos á Madrid?--terminó diciendo.
-
---Vamos.
-
---¿Ahora mismo?
-
---Ahora mismo.
-
-Hacía frió. Comenzaba á lloviznar.
-
-La estación del tren estaba en un pueblo inmediato. Manuel sabía el
-camino. Marcharon los tres por entre lomas bajas; no encontraron á
-nadie. Kate iba un tanto asustada.
-
---Vaya una facha rara que debemos de tener--decía la baronesa.
-
-A la hora y media de salir del pueblo, de repente, á la revuelta de un
-sendero, apareció el faro de señales de la vía férrea, un disco blanco
-como un alto fantasma. Soplaba un vientecillo sutil. Oyeron de pronto á
-lo lejos los silbidos agudos de un tren, aparecieron las linternas roja
-y blanca de la locomotora, fueron agrandándose en la obscuridad
-rápidamente, retembló la tierra, pasó la fila de vagones rechinando con
-una algarabía infernal, surgió una bocanada de humo blanco con
-incandescencias luminosas, cayó un diluvio de chispas al suelo y el tren
-huyó y quedaron dos farolillos rojos y uno verde danzando en la
-obscuridad de la noche, hasta que se escabulleron en seguida en las
-sombras.
-
-Estaban los tres cansados cuando entraron en la estación. Esperaron
-unas horas, y á la mañana del día siguiente llegaron á Madrid.
-
-La baronesa estaba azorada, fueron á una casa de huéspedes, les
-preguntaron si tenían equipaje, la baronesa dijo que no, y no supo
-encontrar ningún pretexto ni explicación; les dijeron que sin equipaje
-no les tomarían, á no ser que pagaran por adelantado, y la baronesa
-salió avergonzada. De allí pasaron por la casa de una amiga, pero se
-había mudado: no se sabían tampoco las señas de Horacio. La baronesa
-tuvo que empeñar un reloj de Kate y fueron á parar los tres á un hotel
-de tercera clase.
-
-Al cuarto día el dinero terminó. La baronesa había perdido su presencia
-de ánimo y en su rostro se notaba la fatiga y el cansancio.
-
-Escribió una carta humilde á su cuñado pidiéndole hospitalidad para ella
-y su hija, y la contestación tardaba. La baronesa se ocultaba de Kate
-para llorar.
-
-La dueña del hotel les pasó la cuenta; le suplicó la baronesa que
-esperara unos días á que recibiera una carta; pero la mujer de la fonda,
-á quien la petición hecha en otra forma no le hubiera chocado, se
-figuró, por el tono empleado por la baronesa, que se trataba de
-engañarla, y dijo que no esperaba, que, si al día siguiente no la
-pagaban, avisaría á la policía.
-
-Kate, al ver á su madre más afligida que de costumbre, le preguntó lo
-que le pasaba, y ella expuso la situación apurada en que se veían.
-
---Voy á ver al embajador de mi país--dijo Kate resueltamente.
-
---¿Tú sola? Iré yo.
-
---No, que me acompañe Manuel.
-
-Fueron los dos á la Embajada; entraron en un portal grande. Dió su
-tarjeta Kate á un portero é inmediatamente la hicieron pasar. Manuel,
-sentado en un banco, esperó un cuarto de hora. Al cabo de este tiempo
-salió la muchacha al portal acompañada de un señor de aspecto venerable.
-
-Este la acompañó hasta la puerta y habló con un lacayo con galones.
-
-El lacayo abrió la puerta de un coche que había frente á la puerta y
-permaneció con el sombrero en la mano.
-
-Kate se despidió del anciano señor; luego dijo á Manuel.
-
---Vamos.
-
-Entró ella en el coche y después Manuel estupefacto.
-
---Ya está todo arreglado--dijo la muchacha á Manuel--. El embajador ha
-telefoneado al hotel diciendo que pasen la cuenta á la Embajada.
-
-Manuel pudo notar en esta ocasión, y comprobarlo después repetidas
-veces, que las mujeres acostumbradas desde niñas á doblegarse y á
-ocultar sus deseos tienen, cuando despliegan sus energías ocultas, un
-poder y una fuerza extraordinarios.
-
-La baronesa recibió la noticia alborozada, y en un arrebato de ternura,
-besó á Kate repetidas veces y lloró amargamente.
-
-Días después se recibió la contestación del cuñado de la baronesa y un
-cheque para que se pusieran en camino.
-
-A pesar de lo que le prometió la baronesa á Manuel, éste comprendió que
-no le llevarían á él. Era natural. La baronesa compró ropa para la Nena
-y para ella.
-
-Una tarde de otoño se fueron madre é hija. Manuel las acompañó, en
-coche, hasta la estación.
-
-La baronesa sentía mucha tristeza de dejar Madrid; la Nena estaba, como
-siempre, al parecer serena y tranquila.
-
-En el trayecto, ninguno de los tres dijo una palabra.
-
-Bajaron del coche, entraron en la sala de espera; había que facturar un
-baúl y Manuel se encargó de ello. Después pasaron al andén y tomaron
-asiento en un vagón de segunda. Roberto paseaba por el andén de la
-estación pálido, de un lado á otro.
-
-La baronesa prometió al muchacho que volverían.
-
-Sonó la campana de la estación. Manuel se subió al coche.
-
---Vamos, bájate--dijo la baronesa--. El tren va empezar á andar.
-
-Manuel ofreció la mano tímidamente á la Nena.
-
---Abrázala--dijo su madre.
-
-Manuel apenas se atrevió á rodear el talle de la muchacha con sus
-brazos. La baronesa le besó en las dos mejillas.
-
---Adiós, Manuel--le dijo--, secándose una lágrima.
-
-Echó andar el tren; la Nena saludó desde la ventanilla con la mano;
-pasaron vagones y vagones con un ruido sordo; el tren aceleró la marcha.
-Manuel sintió una congoja grande; huyó el tren, silbando por los campos,
-y Manuel se llevó las manos á los ojos y sintió que estaba llorando.
-
-Roberto le agarró del brazo.
-
---Vamos de aquí.
-
---¿Es usted?--le dijo Manuel.
-
---Sí.
-
---Han sido muy buenas para mí--añadió Manuel tristemente.
-
-
-
-
-SEGUNDA PARTE
-
-
-
-
-CAPÍTULO I
-
-Sandoval.--Los sapos de Sánchez Gómez.--Jacob y Jesús.
-
-
-Salieron juntos Manuel y Roberto de la estación del Norte.
-
---¿Y otra vez á empezar?--le dijo Roberto. ¿Por qué no te decides de una
-vez á trabajar?
-
---¿En dónde? Yo para buscar no sirvo. ¿Usted no sabe algo para mí? En
-alguna imprenta...
-
---¿Te decidirás á entrar de aprendiz sin ganar nada?
-
---Sí; ¿qué voy á hacer?
-
---Si te parece bien, yo te llevaré al director de un periódico ahora
-mismo. Vamos.
-
-Subieron hasta la plaza de San Marcial; luego, por la calle de los
-Reyes, hasta la de San Bernardo, y en la calle del Pez entraron en una
-casa. Llamaron en el piso principal y una mujer esmirriada salió á la
-puerta y les dijo que aquel por quien preguntó Roberto estaba durmiendo
-y no quería que se le despertase.
-
---Soy amigo suyo--replicó Roberto--; yo le despertaré.
-
-Entraron los dos por un corredor á un cuarto obscuro, en donde olía á
-yodoformo de una manera apestosa. Roberto llamó.
-
---¡Sandoval!
-
---¿Qué hay? ¿Qué sucede?--gritó una voz fuerte.
-
---Soy yo; Roberto.
-
-Se oyeron los pasos de un hombre desnudo que abrió las maderas del
-balcón y luego se le vió volver y meterse en una cama grande.
-
-Era un hombre de unos cuarenta años, rechoncho, grasiento, de barba
-negra.
-
---¿Qué hora es?--dijo desperezándose.
-
---Las diez.
-
---¡Qué barbaridad! ¿Es tan temprano? Me alegro que me hayas despertado;
-tengo que hacer muchas cosas. Da un grito por el pasillo.
-
-Roberto lanzó un ¡eh! sonoro, y se presentó en el cuarto una muchacha
-pintada, con aire de mal humor.
-
---Anda, tráeme la ropa--la dijo Sandoval, y de un esfuerzo se sentó en
-la cama, bostezó estúpidamente y se puso á rascarse los brazos.
-
---¿A qué venías?--preguntó.
-
---Pues como el otro día dijiste que necesitabas un chico en la
-redacción, te traigo éste.
-
---Pues, hombre, tengo ya otro.
-
---Entonces nada.
-
---Pero en la imprenta creo que necesitan.
-
---A mí ese Sánchez Gómez no me hace mucho caso.
-
---Se lo diré yo; no me puede negar eso.
-
---¿Te se olvidará?
-
---No, no se me olvidará.
-
---¡Bah! Escríbele; es mejor.
-
---Ya le escribiré.
-
---No, ahora; ponle unas letras.
-
-Mientras hablaban, Manuel observó con curiosidad el cuarto, de un
-desorden y suciedad grandes. El mobiliario lo componían: la cama de
-matrimonio, una cómoda, una mesa, un aguamanil de hierro, un estante y
-dos sillas rotas. Sobre la cómoda y en el estante se amontonaban libros
-desencuadernados y papeles; en las sillas enaguas y vestidos de mujer;
-el suelo estaba lleno de puntas de cigarro, de trozos de periódico y de
-pedazos de algodón utilizados para alguna cura; debajo de la mesa
-aparecía una jofaina de hierro convertida en brasero, llena de ceniza y
-de carbones apagados.
-
-Cuando la muchacha pintada vino con el traje y la camisa, Sandoval se
-levantó en calzoncillos y anduvo buscando un jabón entre los papeles,
-hasta que lo encontró. Se fué á lavar en la palangana del aguamanil,
-llena de agua sucia hasta arriba, en la que nadaban remolinos de pelos
-de mujer.
-
---¿Quieres echar el agua?--dijo el periodista á la muchacha
-humildemente.
-
---Echala tú--contestó ella de mala manera, saliendo del cuarto.
-
-Sandoval salió en calzoncillos al corredor con la palangana en la mano,
-después volvió, se lavó y fué vistiéndose.
-
-Sobre los libros y los papeles se veían algún peine grasiento, algún
-cepillo de dientes gastado y rojo por la sangre de las encías; un cuello
-postizo con ribetes de mugre, una caja de polvos de arroz llena de
-abolladuras, con la brocha apelmazada y negra.
-
-Después de vestido Sandoval, se transformó á los ojos de Manuel; tomó un
-aire de distinción y elegancia, escribió la carta que le pedían, y
-Roberto y Manuel salieron de la casa.
-
---Se ha quedado maldiciendo de nosotros--dijo Roberto.
-
---¿Por qué?
-
---Porque es perezoso como un turco. Perdona todo menos que le hagan
-trabajar.
-
-Salieron los dos nuevamente á la calle de San Bernardo y entraron en una
-callejuela transversal. Se detuvieron frente á una casa pequeña que
-salía de la línea de las demás.
-
---Esta es la imprenta--dijo Roberto.
-
-Manuel miró; ni letrero, ni muestra, ni indicación alguna de que aquello
-fuera una imprenta. Empujó Roberto una puertecilla y entraron en un
-sótano negro, iluminado por la puerta de un patio húmedo y sucio. Un
-tabique recién blanqueado, en donde se señalaban huellas impresas de
-dedos y de manos enteras, dividía este sótano en dos compartimientos. Se
-amontonaban en el primero una porción de cosas polvorientas; el otro, el
-interior, parecía barnizado de negro; una ventana lo iluminaba; cerca de
-ella arrancaba una escalera estrecha y resbaladiza que desaparecía en el
-techo. En medio de este segundo compartimiento un hombre barbudo, flaco
-y negro, subido en una prensa grande, colocaba el papel que allí parecía
-blanco como la nieve sobre la platina de la máquina, y otro hombre lo
-recogía. En un rincón funcionaba trabajosamente un motor de gas que
-movía la prensa.
-
-Subieron Manuel y Roberto por la escalera á un cuarto largo y estrecho
-que recibía la luz por dos ventanas á un patio.
-
-Adosadas á las paredes y en medio, estaban los casilleros de las letras,
-y sobre ellos colgaban algunas lámparas eléctricas, envueltas en
-cucuruchos de papel de periódico, que servían de pantalla.
-
-En las cajas trabajaban tres hombres y un chico; uno de los hombres
-cojo, de blusa azul larga, sombrero hongo, aspecto de mal humor, con los
-anteojos puestos, se paseaba de un lado á otro.
-
-Roberto saludó al señor cojo y le entregó la carta de Sandoval. El cojo
-cogió la carta y gruñó malhumorado:
-
---No sé para qué me vienen con estas comisiones. ¡Maldita sea la!...
-
---Este es el chico á quien hay que enseñarle el oficio--interrumpió
-Roberto fríamente.
-
---Como no le enseñe yo la...--y el cojo soltó diez ó doce barbaridades y
-un rosario de blasfemias.
-
---¿Hoy está usted de mal humor?
-
---Estoy como me da la gana... tanto amolar... porque me sale así de los
-santísimos... ¿Sabe usted?
-
---Bueno, hombre, bueno--repuso Roberto, y añadió en un aparte alto de
-teatro, de los que oye todo el mundo:--¡Qué paciencia hay que tener con
-este animal!
-
---Es una broma--siguió diciendo el cojo sin hacer caso del aparte--; que
-el chico quiere aprender el oficio, ¿y á mí qué?; que no tiene que
-comer, ¿y á mí qué? Que se vaya con dos mil pares... con viento fresco.
-
---¿Le va usted á enseñar ó no, señor Sánchez? Yo tengo que hacer, no
-quiero perder el tiempo.
-
---¡Ah, usted no quiere perder tiempo! Pues váyase usted, hombre; á bien
-que yo no necesito que se quede usted aquí, que se quede el chico; usted
-aquí estorba.
-
---Gracias. Tú quédate aquí--dijo Roberto á Manuel--, ya te dirán lo que
-tienes que hacer.
-
-Manuel quedó perplejo, vió á su protector que se marchaba, miró á todos
-lados, y viendo que no le hacían caso, se fué acercando á la escalera y
-bajó dos peldaños.
-
---¡Eh! ¿Adónde vas?--le grito el cojo.--¿Es que quieres ó no quieres
-aprender el oficio? ¿Qué es esto?
-
-Manuel quedó nuevamente confuso.
-
---Eh, tú, Yaco--gritó el cojo, dirigiéndose á uno de los hombres que
-trabajaban--, enséñale las cajas á este choto.
-
-El aludido, un hombrecillo flaco y muy moreno, con una barba negrísima,
-que trabajaba con una rapidez asombrosa, echó una mirada indiferente á
-Manuel y volvió á su trabajo.
-
-El chico permaneció inmóvil, y viéndolo así el otro cajista, un joven
-rubio, de aspecto enfermizo, le dijo al compañero de la barba en tono
-burlón, con una canturia extraña:
-
---¡Ah, Yaco! ¿por qué no le enseñas al muchacho las letras?
-
---Enséñale tú--contestó el que llamaban Yaco.
-
---Ah, Yaco, veo que la ley de Moisés os hace muy egoístas, Yaco. ¿No
-quieres perder tiempo, Yaco?
-
-El de la barba arrojó á su compañero una mirada siniestra; el rubio se
-echó á reir y le indicó á Manuel en dónde estaban las letras; después
-trajo una columna impresa que sacó rápidamente de un marco de hierro, y
-dijo:
-
---Ves echando cada letra en su cajetín.
-
-Manuel comenzó á hacerlo con mucha lentitud.
-
-El cajista rubio llevaba una blusa azul larga y un sombrero hongo, á un
-lado de la cabeza. Inclinado sobre el chibalete, con los ojos muy cerca
-de las cuartillas, el componedor en la mano izquierda, hacía líneas con
-una rapidez extraordinaria; su mano derecha saltaba vertiginosamente de
-cajetín á cajetín.
-
-Con frecuencia se paraba á encender un cigarro, miraba á su barbudo
-compañero y le preguntaba una cosa, ó muy tonta ó de esas que no tienen
-contestación posible en tono jovial, pregunta á la cual el otro no
-contestaba más que con una mirada siniestra de sus ojos negros.
-
-Dieron las doce, dejaron todos el trabajo y se fueron. Manuel quedó solo
-en la imprenta. Al principio abrigó la esperanza de que le darían algo
-de comer; luego pudo convencerse de que nadie se había preocupado de su
-alimentación. Reconoció la imprenta; nada, por desgracia, era
-comestible; pensó que quizás aquellos rodillos, quitándoles la tinta de
-encima, podrían ser aprovechados, pero no se decidió.
-
-A las dos volvió Yaco; poco después el rubio, que se llamaba Jesús, y
-comenzaron de nuevo el trabajo. Manuel siguió en su tarea de
-distribución de letras, y Jesús y Yaco en la componer.
-
-El cojo corregía galeradas, las entintaba, sacaba una prueba poniendo
-encima de ellas un papel y golpeando con un mazo, y después, con unas
-pinzas, extraía unas letras y las iba substituyendo por otras.
-
-Jesús á media tarde dejó de componer, cambió de faena, cogía las
-galeradas, atadas con un bramante, las soltaba, formaba columnas, las
-metía en un marco de hierro y las sujetaba dentro con cuñas.
-
-El marco se lo llevaba uno de los maquinistas del sótano y volvía con él
-al cabo de una hora. Jesús substituía en el marco de hierro unas
-columnas por otras y se llevaban de nuevo la forma. Poco después se
-repetía la misma operación.
-
-Luego de trabajar toda la tarde iban á salir á las siete, cuando Manuel
-se acercó á Jesús y le dijo:
-
---¿No me dará el amo de comer?
-
---¡Quia!
-
---Yo no tengo dinero; no he podido tampoco almorzar.
-
---¿Ah, no? Anda, vente conmigo.
-
-Salieron juntos de la imprenta y entraron en una tabernucha de la calle
-de Silva, en donde comía Jesús. Habló éste con el tabernero y después le
-dijo á Manuel:
-
---Aquí te darán el cocido de fiado. Yo he respondido por ti. A ver si no
-haces una charranada.
-
---Descuide usted.
-
---Bueno, vamos adentro, hoy convido yo.
-
-Penetraron en el interior de la tasca y se sentaron los dos en una mesa.
-
-Les trajeron una fuente con guisado, pan y vino. Mientras comían, Jesús
-contó de una manera humorística una porción de anécdotas del amo de la
-imprenta, de los periodistas y, sobre todo, de Yaco, el de la barba, que
-era judío, muy buena persona, pero avaro y sórdido hasta perderse de
-vista.
-
-Jesús le solía tomar el pelo y le incomodaba para oirle.
-
-Al concluir de cenar, Jesús preguntó á Manuel:
-
---¿Tienes sitio donde dormir?
-
---No.
-
---Ahí, en la imprenta, debe haber.
-
-Volvieron á la imprenta, y el cajista le pidió al cojo que permitiera á
-Manuel dormir en algún rincón.
-
---Moler--exclamó el cojo--, esto va á ser el asilo de la Montaña. ¡Vaya
-una golfería! porque el cojo será muy malo pero aquí todo el mundo
-viene. Claro.. A la _gandinga_.
-
-Gruñendo, como era su costumbre, el cojo abrió un cuartucho, al que se
-subía por unas escaleras, lleno de grabados envueltos en papeles, y
-después señaló un rincón, en donde había paja de jergones y unas mantas.
-
-Durmió Manuel en la covacha hecho un príncipe.
-
-Al día siguiente, el dueño le mandó ir al sótano.
-
---Mira lo que hace éste y luego haz tú lo mismo--le dijo, indicándole al
-hombre flaco y barbudo subido á la plataforma de la máquina.
-
-Cogía éste una hoja de papel de un montón y la colocaba sobre la
-platina, venían al momento las lengüetas de la prensa á agarrar la hoja
-con la seguridad de los dedos de una mano; al movimiento del volante, la
-máquina tragaba el papel y al poco rato salía impreso por un lado, y
-unas varillas, como las de un abanico, lo depositaban automáticamente en
-una platina baja. Manuel aprendió pronto la maniobra.
-
-El amo dispuso que Manuel trabajase por la mañana en las cajas, y por la
-tarde, y parte de la noche, en la máquina, y le asignó seis reales de
-jornal al día. Por la tarde se podía aguantar el trabajo en el sótano,
-pero de noche imposible. Entre el motor de gas y los quinqués de
-petróleo quedaba la atmósfera asfixiante.
-
-A la semana de estar allí, Manuel había intimado con Jesús y con Yaco y
-se tuteaba con los dos.
-
-Jesús le aconsejaba á Manuel el que se aplicase en las cajas y
-aprendiera pronto á componer.
-
---Al menos se tiene la pitanza segura.
-
---Pero es muy difícil--decía Manuel.
-
---Quia, hombre, acostumbrándose es más sencillo que cargar cubas de
-agua.
-
-Manuel trabajaba siempre que podía, esforzándose en adquirir ligereza;
-algunas noches hacía líneas, y era para él un motivo de orgullo el
-verlas después impresas.
-
-Jesús se entretenía en embromar al judío, remedándole en su manera de
-hablar. Habían vivido los dos algunos meses en la misma casa. Yaco
-(Jacob era su nombre) con su familia, y Jesús con sus dos hermanas.
-
-Le entusiasmaba á Jesús sacar á Jacob de sus casillas y oirle decir
-maldiciones pintorescas en su lengua melosa y suave, arrastrando las
-eses.
-
-Según decía Jesús, en casa de Jacob hablaban su mujer, su suegro y él,
-en la más extraña jerigonza que imaginarse puede, una mezcla de árabe y
-de castellano arcaico que sonaba á algo muy raro.
-
---¿Te acuerdas, Yaco--le decía Jesús remedándole--, cuando llevaste á
-Mesoda, á tu mujer, aquel canario? Y te preguntaba ella: ¡Ah, Yaco! ¿qué
-es ese _pasharo_ que tiene las plumas _amarias_? Y tú le contestabas:
-¡Ah, Mesoda!, este _pasharo_ es un canario y te lo traigo para _tú_.
-
-Jacob, al ver que todo el mundo se reía, lanzaba una mirada terrible á
-Jesús y le decía:
-
---¡Ah _roín_, te venga un dardo que borre tu nombre del libro de los
-vivos!
-
---Y cuando Mesoda--proseguía, Jesús te decía--: Finca aquí, Yaco, finca
-aquí. ¡Ah, Yaco, qué mala estoy! Tengo una paloma en el _corasón_, un
-_martio_ en cada sién y un _pescao_ en la nuca. ¡Llámale á mi _babá_,
-que me traiga una ramita de _letuario_, Yaco!
-
-Estas intimidades de su hogar, tratadas en broma, exasperaban á Jacob, y
-oyéndolas se exaltaba, y sus imprecaciones podían dejar atrás las de
-Camila.
-
---No respetas la familia, perro--terminaba diciendo.
-
---¡La familia!--le replicaba Jesús--. Lo primero que debe hacer uno es
-olvidarla. Los padres y los hermanos, y los tíos y los primos, no sirven
-más que para hacerle á uno la pascua. Lo primero que un hombre debe
-aprender, es á desobedecer á sus padres y á no creer en el Eterno.
-
---Calla _cafer_, calla. Te veas como el _vapó_ con agua en los lados y
-fuego en el _corasón_. Te barra la escoba negra si sigues blasfemando
-así.
-
-Jesús se reía y, después de oirle hablar á Jacob, añadía:
-
---Hace unos miles de años, este animal que ahora no es más que un
-tipógrafo, hubiera sido un profeta y estaría en la Biblia al lado de
-Matatías, de Zabulón y de toda esa morralla.
-
---No digas necedades--replicaba Jacob.
-
-Después de la discusión, Jesús le decía:
-
---Tú ya sabes, Yaco, que nos separa un abismo de ideas; pero á pesar de
-esto, si quieres aceptar el convite de un cristiano, te convido á una
-copa.
-
-Jacob movía la cabeza y aceptaba.
-
-
-
-
-CAPÍTULO II
-
-Los nombres de los Sapos.--El director de _Los Debates_ y sus
-redactores.
-
-
-Sánchez Gómez el impresor, á quien también se le conocía por el mote del
-Plancheta, aunque trabajaba como obrero era hombre rico; tenía un humor
-endiablado y desigual, una jovialidad corrosiva y un fondo de buen
-corazón.
-
-Era el impresor más pintoresco y multiforme de Madrid, y su negocio el
-más complicado é interesante.
-
-Este solo dato bastaba para juzgarle: con una sola prensa, movida por un
-motor de gas, de los antiguos, publicaba nueve periódicos, cuyos títulos
-nadie podría encontrar insignificantes.
-
-_Los Debates_, _El Porvenir_, _La Nación_, _La Tarde_, _El Radical_, _La
-Mañana_, _El Mundo_, _El Tiempo_ y _La Prensa_; todos estos diarios
-importantes nacían en el sótano de la imprenta.
-
-A cualquier hombre vulgar le parecería esto imposible; para Sánchez
-Gómez, aquel Proteo de la tipografía, la palabra imposible no existía en
-el diccionario.
-
-Cada periódico importante de éstos, tenía una columna suya; y lo demás,
-información, artículos literarios, anuncios, folletín, noticias, era
-común á todos.
-
-Sánchez Gómez hermanaba en sus periódicos el individualismo y el
-colectivismo. Cada uno de sus órganos gozaba de su autonomía é
-independencia en absoluto y, sin embargo, cada uno de ellos se parecía
-al otro como dos gotas de agua. El Cojo realizaba en sus publicaciones,
-la unidad y la variedad.
-
-_El Radical_, por ejemplo, furibundo republicano, dedicaba la primera
-columna á faltar al Gobierno y á los curas; pero sus noticias eran las
-mismas que las de _El Mundo_, diario conservador impenitente que
-empleaba la primera columna en defender la Iglesia, esa arca santa de
-nuestras tradiciones; la Monarquía, esa gloriosa institución, símbolo de
-nuestra Patria; el Ejército, baluarte firmísimo de nuestra nacionalidad;
-la Constitución, ese compendio de nuestras libertades públicas...
-
-De todos los periódicos allí impresos, _Los Debates_ constituían un buen
-negocio para su propietario, don Pedro Sampayo y Sánchez del Pelgar. Era
-_Los Debates_--utilizando los símiles empleados en el diario--terrible
-ariete contra el bolsillo de los políticos, fortaleza inexpugnable para
-las exigencias de los acreedores.
-
-El _chantage_, en manos del director del periódico, se convertía en
-terrible arma de combate; ni la catapulta antigua ni el cañón de
-treinta y seis podía comparársele.
-
-El periódico de don Pedro Sampayo y Sánchez del Pelgar disponía de tres
-columnas propias.
-
-Estas columnas las fabricaban un gallegote, macizo y grueso, de aspecto
-cerril, que escribía muy intencionadamente, llamado González Parla, y un
-señor Fresneda, muy flaco, muy espiritado, muy bien vestido y siempre
-muerto de hambre.
-
-Langairiños, el Superhombre, pertenecía á la redacción de _Los Debates_,
-pero sólo en una parte alícuota, pues sus producciones geniales se
-estampaban en los nueve sapos nacidos en el sótano de la imprenta de
-Sánchez Gómez.
-
-Indudablemente, es hora de presentar á Langairiños. Le llamaban, en
-broma, los periodistas el Superhombre y, abreviando, el Super, porque
-siempre estaba hablando del advenimiento del superhombre de Nietzsche,
-sin comprender que, en broma y todo, no le hacían más que justicia.
-
-Era lo más alto, lo más excelso de la redacción; unas veces se firmaba
-Máximo, otras Mínimo; pero su nombre, su verdadero nombre, el que
-inmortalizaba diariamente, y diariamente, cada vez más, en _Los Debates_
-ó en _El Tiempo_, en _El Mundo_ ó en _El Radical_, era Ernesto
-Langairiños.
-
-¡Langairiños! Nombre dulce y sonoro, algo así como una brisa fresca en
-una tarde de verano; ¡Langairiños! Un sueño.
-
-El gran Langairiños tenía entre treinta y cuarenta años; abdomen
-pronunciado, nariz aquilina y barba negra, fuerte y tupida.
-
-Algún imbécil de los que le odiaban, al verle tan vertebrado y cerebral,
-alguna de esas serpientes que tratan de morder en el acero de las
-grandes personalidades, aseguraba que el aspecto de Langairiños era
-grotesco, aseveración falsa á todas luces, pues, á pesar de que su
-indumentaria no reunía las condiciones exigidas por el más estrecho
-dandysmo; á pesar de que casi constantemente sus pantalones mostraban
-rodilleras y flecos y sus americanas constelaciones de manchas; á pesar
-de todo esto, su elegancia natural, su aire de superioridad y de
-distinción borraba tan ligeras imperfecciones, bien así como la ola del
-mar hace desaparecer las huellas en la arena de la playa.
-
-Langairiños ejercía de crítico, y de crítico cruel; sus artículos
-aparecían al mismo tiempo en nueve periódicos. Su manera impresionista
-despreciaba esas frases vulgares como «la señorita Pérez rayó á gran
-altura», «los caracteres están bien sostenidos en la obra» y otras de la
-misma clase.
-
-En dos apotegmas reunía aquel superhombre todas sus ideas acerca del
-mundo que le rodeaba, eran dos frases terribles, de una ironía amarga y
-dislacerante. Que alguno aseguraba que este político, el otro periodista
-tenían influencia, dinero ó talento..., él replicaba: Sí, sí; ya sé
-quién dices. Que otro decía que el novelista, el dramaturgo hacían ó
-dejaban de hacer..., él contestaba: Bueno, bueno; por la otra puerta.
-
-La superioridad de espíritu de Langairiños no le permitía suponer que un
-hombre que no fuera él valiese más que otro.
-
-Su obra maestra era un artículo titulado _Todos golfos_. Se trataba de
-una conversación entre un maestro del periodismo--él--y un aprendiz de
-periodista.
-
-Aquel derroche de sal ática terminaba con este rasgo de humor:
-
-El aprendiz.--Hay que tener principios.
-
-El maestro.--En la mesa.
-
-El aprendiz.--Hay que decir las cosas con verdadera crudeza al país.
-
-El maestro.--Se le van á indigestar. Acuérdese usted de los garbanzos de
-la casa de huéspedes.
-
-El Superhombre escribía siempre así, de un modo terrible, shakesperiano.
-
-A consecuencia del desgaste cerebral producido por sus trabajos
-intelectuales, el Súper se encontraba neurasténico, y para curar su
-enfermedad tomaba glicerofosfato de cal en las comidas y hacía gimnasia.
-
-Manuel recordaba haber oído muchas veces en la casa de huéspedes de doña
-Casiana una voz sonora que contaba valientemente y sin fatiga el número
-de flexiones de piernas y de brazos. Veinticinco..., veintiséis...,
-veintisiete, hasta llegar á ciento, y aun más. Aquel Bayardo de la
-gimnasia se llamaba Langairiños.
-
-Los otros dos redactores no podían compararse con Langairiños. González
-Parla parecía un bárbaro por su facha de mozo de cuerda. Hablaba
-brutalmente; llamaba al pan, pan, y al vino, vino; á los políticos
-braguetones y á los periódicos de Sánchez Gómez, los _sapos_.
-
-El otro redactor, Fresneda, podía apostar á finura al hombre más fino y
-almibarado de Madrid. Experimentaba un verdadero placer en llamar señor
-á todo el mundo. Fresneda se sostenía en pie por milagro; se pasaba la
-vida muerto de hambre, pero esto no producía en él iras ni cóleras.
-
-González Parla y Fresneda necesitaban recurrir á toda clase de
-expedientes para obligar á Sampayo, el propietario de _Los Debates_, á
-que les pagara algunas pesetas. La esperanza de los dos, una credencial
-obtenida por intermedio del director propietario, no se realizaba
-nunca.
-
-Manuel oía hablar tanto de Sampayo, que sintió curiosidad por conocerle.
-
-Era un señor alto, erguido, de noble aspecto, de unos sesenta y tantos
-años; había conseguido varias veces el cargo de Gobernador, gracias á su
-mujer, una real hembra, en sus buenos tiempos, capaz de obtener
-cualquier cosa de un Ministro. En los gobiernos civiles por donde pasó
-el matrimonio no quedaron ni los clavos.
-
-La mujer de Sampayo tenía buenas amistades con algunos señores ricos,
-pero en justa reciprocidad era tan superhembra y tan tolerante, que
-buscaba siempre criadas guapas y amables para que su marido estuviese
-satisfecho.
-
-¡Y qué espectáculo más humano presentaba el hogar! Algunas veces, cuando
-llegaba la señora de Sampayo á su casa, un tanto fatigada, después de
-alguna aventurilla, se encontraba á su esposo con su noble aspecto
-cenando mano á mano con la criada, cuando no abrazándola cariñosamente.
-
-El matrimonio gastaba sus ingresos íntegros; pero Sampayo era tan
-diestro en el arte de crearse acreedores y de torearlos después, que
-siempre encontraba medio de sacar algunos cuartos.
-
-Una vez que González Parla, muy ceñudo, y Fresneda, muy amable, llamando
-al director señor de Sampayo á cada momento, le exponían su crítica
-situación, Sampayo entregó á Fresneda una carta para un general
-americano, pidiéndole dinero. Puso á su redactor la condición de que
-todo lo que pasara de diez duros quedaría para la caja.
-
-Al salir á la calle los dos redactores, González Parla le exigió á su
-compañero la carta, y el hombre espectral se la dió.
-
---Yo iré á verle á ese braguetón de general--dijo González Parla--y le
-sacaré las perras y nos las repartiremos. La mitad para ti y la otra
-mitad para mí.
-
-El hombre flaco acompañó al hombre gordo hasta la casa del general.
-
-El general, un guachindanguito vestido de guacamayo, leyó la carta del
-director, miró al periodista, se caló los lentes y le preguntó,
-contemplándole de arriba abajo:
-
---¿_Uté_ es el _señó_ Fresneda?
-
---Sí, señor.
-
---¿_Etá uté_ seguro?
-
---Claro; soy yo.
-
---Pero _uté etá_ tísico, ¿no?
-
---¿Yo? No, señor.
-
---Pues eso me _disen_ en la carta, ¿sabe?... Que tiene _uté_ siete hijos
-y que por su aspecto podré comprender que _etá_ en el último período de
-tisis, ¿sabe?
-
-González Parla se azoró; dijo que era verdad que no estaba tísico; pero
-que había tenido un padre que había estado tísico, y como había tenido
-el padre tísico, le decían los médicos que él quedaría también tísico,
-que ya lo estaba en principio, de modo que aunque no lo fuera, era casi
-lo mismo que si lo estuviera ya.
-
---Yo no comprendo eso, ¿sabe?--dijo el general, después de escuchar una
-argumentación tan deficiente--; yo entiendo que eso _é_ una _macana_,
-¿no? No se puede _etá_ tan gordo hallándose enfermo, ¿sabe? Pero, en
-fin--y largó un billete doblado entre sus dedos--, tome y váyase, y no
-sea pendejo.
-
---Esta gordura es falsa--replicaba humildemente González Parla, cogiendo
-el billete--. Es la patata que come uno, y se escabulló avergonzado.
-
-El billete era de cien pesetas, y se lo repartieron entre el redactor
-flaco y el redactor gordo, con gran indignación de Sampayo. Este se
-prometió no darles ni un céntimo durante meses.
-
-Fresneda, en las últimas boqueadas del hambre, tuvo la única frase
-enérgica de toda su vida.
-
---Yo le daré á usted una recomendación para el ministro--le dijo el
-director, contestando así á una petición de dinero.
-
---Para morirse de hambre, señor de Sampayo--contestó con energía no
-exenta de su proverbial finura Fresneda--, no se necesitan
-recomendaciones.
-
-
-
-
-CAPÍTULO III
-
-El parador de Santa Casilda.--La historia de Jacob.--La Fea y la
-Sinforosa.--La chica sin madre.--Mala Nochebuena.
-
-
-Para la primavera Manuel componía con facilidad. Poco después el tercer
-cajista se fué, y Jesús dijo al amo que debía de poner á Manuel en la
-plaza vacante.
-
---Pero si no sabe nada--replicó el dueño.
-
---¡No ha de saber! Páguele usted por líneas.
-
---No, le subiré el jornal.
-
---¿Cuánto le va usted á dar?
-
---Le daré ocho reales.
-
---Es poco. El otro ganaba doce.
-
---Bueno, le daré nueve; pero que no venga á dormir aquí.
-
-El nuevo cargo emancipó á Manuel de la obligación de barrer la imprenta
-y salió de su cuchitril. Jesús le llevó al parador de Santa Casilda, en
-donde él vivía; un enorme caserón de un solo piso, con tres patios muy
-grandes, que estaba en la ronda de Toledo. Hubiera deseado Manuel no ir
-por aquellos barrios, de los que conservaba malos recuerdos; pero su
-amistad con Jesús le hizo quedarse allí. Le alquilaron en el parador
-por ocho reales á la quincena, un cuartucho con una cama, una silla de
-paja rota, y una estera colgada del techo, que hacía de puerta. Cuando
-el viento venía del campo de San Isidro, se llenaban de humo los cuartos
-y los corredores del parador de Santa Casilda. Los patios del parador
-eran, poco más ó menos, como los de la casa del tío Rilo, con galerías
-idénticas, y puertas numeradas.
-
-Desde la ventana del cuartucho de Manuel se veían tres depósitos,
-panzudos, rojos, de la fábrica del gas, con sus soportes altos de hierro
-terminados en poleas, y alrededor el Rastro; á un lado, vertederos
-ennegrecidos por el carbón y las escorias; más lejos se extendía el
-paisaje árido, y sus lomas calvas amarillentas se escalonaban hasta
-perderse en el horizonte. Enfrente sobresalía el cerrillo de los Angeles
-con su ermita en la punta.
-
-En el cuarto inmediato al alquilado por Manuel, había un carpintero y su
-mujer que tenían una niña. Los dos se emborrachaban y pegaban á la chica
-de una manera bestial.
-
-Manuel estuvo muchas veces dispuesto á entrar en el cuarto, porque
-suponía que aquellos bárbaros martirizaban á la niña.
-
-Una de las mañanas que encontró á la carpintera, le dijo:
-
---¿Por qué pegan ustedes así á la chica?
-
---¿Te importa algo?
-
---Claro que me importa.
-
---¿No es mi hija? Puedo hacer con ella lo que quiera.
-
---Así debía haber hecho su madre con usted--le contestó--quitarla de en
-medio á palos por bruja.
-
-Refunfuñó la mujer y Manuel se fué á la imprenta.
-
-Por la noche, el carpintero detuvo á Manuel:
-
---¿Qué le has dicho tú á mi señora, eh?
-
---Le he dicho que no debía pegar á su hija.
-
---Y á ti, ¿quién te mete á decir nada?
-
-El carpintero tenía un aspecto feroz, un entrecejo abultado y un cuello
-de toro. Una gruesa vena le cruzaba la frente. Manuel no le contestó.
-
-Afortunadamente para él el carpintero y su mujer se mudaron de la casa
-pronto.
-
-En los cuchitriles del mismo pasillo del parador vivían también dos
-gitanos viejos con sus familias, los dos muy zaragateros y muy ladrones;
-una muchacha ciega, que cantaba flamenco en la calle, moviéndose con
-unas convulsiones de epiléptica, y que iba acompañada de otra chica, con
-la que se pegaba continuamente, y dos hermanas muy golfas, muy
-zarrapastrosas, pintadas, chillonas, embusteras, liosas, pero alegres
-como cabras.
-
-La habitación de Jesús se hallaba bastante próxima á la de Manuel, y
-esta vida común de la imprenta y de la casa hizo que estrecharan más sus
-relaciones de amistad.
-
-Jesús era un excelente muchacho; pero se emborrachaba con una frecuencia
-lamentable; tenía dos hermanas solteras, una bonita, con unos ojos
-verdes de gato, de facha desvergonzada, llamada Sinforosa, y la otra una
-pobre enclenque, torcida y escrofulosa, á quien todos le decían,
-implacablemente, la Fea.
-
-A los dos meses ó cosa así de vivir en el parador, Jesús, con su tono
-irónico peculiar, le dijo á Manuel cuando marchaban los dos á la
-imprenta:
-
---¿No sabes? Mi hermana está preñada.
-
---¿Sí?
-
---Vaya.
-
---¿Cuál de las dos?
-
---La Fea. ¿Quién habrá sido el héroe? Merece una cruz.
-
-El cajista siguió hablando del percance y bromeando con indiferencia.
-
-A Manuel no le parecía bien esto; al fin era su hermana; pero Jesús
-salió con sus invectivas contra la familia y con que uno no se debía
-ocupar para nada de los hermanos, ni de los padres, ni de nadie.
-
---Buena teoría para los egoístas--le dijo Manuel.
-
---La familia no es más que el egoísmo en beneficio de unos pocos y en
-contra de la humanidad--contestó Jesús.
-
---Bastante caso haces tú de la humanidad, tan poco como de tu
-familia--le replicó Manuel.
-
-Por esta cuestión volvieron á discutir varias veces y llegaron á decirse
-cosas muy agrias y mortificantes.
-
-A Manuel no le importaba mayormente aquello; pero le producía
-indignación el ver que Jesús y la Sinforosa no se compadeciesen de su
-hermana y la enviasen á hacer recados y la obligasen á barrer cuando la
-pobre raquítica no podía con su barriga, que amenazaba ser monstruosa.
-
-Por motivo de estas discusiones, hubo días en los cuales Manuel apenas
-cruzó unas cuantas palabras con Jesús, y se dedicó á charlar con Jacob y
-á hacerle preguntas acerca de su país.
-
-A Jacob, á pesar de que según decía no le había ido muy bien en su
-tierra, le gustaba hablar de ella.
-
-Era de Fez y tenía un entusiamo grande por esta ciudad.
-
-La pintaba como un paraíso lleno de huertas con palmeras, limoneros y
-naranjos, cruzada por riachuelos cristalinos. En Fez, en el barrio de
-los judíos, pasó Jacob su infancia, hasta que entró al servicio de un
-comerciante rico, que negociaba en Rabat, Mogador y Saffi.
-
-Jacob, con su imaginación viva y su modo de hablar exagerado, pintoresco
-y lleno de imágenes, daba la impresión de la realidad cuando hablaba de
-su país.
-
-Pintaba el paso de las caravanas compuestas de camellos, asnos y
-dromedarios. Describía éstos con sus cuellos largos y su cabeza pequeña,
-que se balancea como la de las serpientes, con los ojos apagados que
-miran al cielo; y al oirle mientras peroraba se creía estar atravesando
-aquellos arenales blancos, en donde el sol ciega. Describía también los
-mercados constituídos en la confluencia de unas cuantas sendas y
-caracterizaba á la gente que acudía á ellos; los moros de las cabilas
-próximas con sus fusiles, los encantadores de serpientes, los
-hechiceros, los narradores de cuentos de las _Mil y una noches_, los
-médicos que sacan los gusanos de los oídos.
-
-Y al retirarse las caravanas, al alejarse unos y otros por las sendas,
-jinetes en sus caballos y en sus mulas, Jacob imitaba los graznidos de
-los cuervos que acudían en bandadas al lugar del mercado y lo cubrían de
-una capa negra.
-
-Pintaba el efecto que causaba ver treinta ó cuarenta bereberes á
-caballo, con melenas largas, armados de espingardas, y que, al pasar un
-judío, escupían en el suelo; la vida sin seguridad; por los caminos,
-gentes sin ojos y sin brazos, castigados por la justicia, pidiendo
-limosna en nombre de Muley Edris, y durante el invierno, el paso
-peligroso de los ríos, los anocheceres en la puerta del aduar, mientras
-se preparaba el _cus-cus_, tocando el _guembrí_ y cantando canciones
-soñolientas y tristes.
-
-Un sábado, Jacob le convidó á Manuel á comer en su casa.
-
-Vivía el judío en el barrio de Pozas, en una casucha de una callejuela
-próxima al paseo de Areneros.
-
-La casita aquella tenía un aspecto extraño, algo oriental. Una ó dos
-mesas bajitas de pino; jergones pequeños en vez de sillas, y colgando de
-las paredes trapos de color y dos guitarrillos de tres cuerdas.
-
-Manuel conoció al padre de Jacob, un viejo melenudo que andaba por casa
-con una túnica obscura y una gorra, á su mujer Mesoda y á una niña de
-ojos negros llamada Aisa.
-
-Se sentaron todos á la mesa; el viejo pronunció unas cuantas palabras
-gravemente en una lengua enrevesada, que Manuel supuso sería una oración
-en judío, y comenzaron á comer.
-
-La comida tenía gusto á hierbas aromáticas fuertes, y á Manuel le
-pareció que mascaba flores.
-
-En la mesa, el viejo, en el castellano extravagante en que hablaba toda
-la familia, contó á Manuel las peripecias de la guerra de Africa; en su
-narración Prim, el señor Juan Prim--como decía él--tomaba proporciones
-épicas. Jacob debía de respetar profundamente al viejo y le dejaba
-perorar y hablar de Prim y del Eterno; Mesoda muy tímida sonreía y se
-ruborizaba por cualquier cosa.
-
-Después de comer, Jacob descolgó de la pared uno de los guitarrillos de
-tres cuerdas y cantó varias canciones árabes acompañándose de uno de
-aquellos instrumentos primitivos.
-
-Manuel se despidió de la familia de Jacob y prometió visitarla de cuando
-en cuando.
-
- * * * * *
-
-Una noche de otoño, al volver Manuel del trabajo, después de un día
-entero en que Jesús no apareció por la imprenta, al entrar en el Parador
-se encontró en el pasillo que conducía á su cuarto con un grupo de
-comadres, que hablaban de Jesús y de sus hermanas.
-
-La Fea había parido; estaban en su cuarto el médico de la Casa de
-Socorro y la señora Salomona, una buena mujer que se ganaba la vida
-asistiendo enfermos.
-
---¿Pero qué ha hecho Jesús?--preguntó Manuel al oir los dicterios de las
-mujeres contra el cajista.
-
---¿Qué ha hecho?--contestó una de las comadres--, pues ná, que ha
-resultao que vivía amontonao con la Sinfo, que es una pécora más mala
-que un dolor, y Jesús y ella se habían entregao á la bebida, y la
-zorrona de la Sinfo le quitaba el jornal que ganaba á la Fea.
-
---Eso no puede ser verdad--replicó Manuel.
-
---¿Qué no? Si lo ha dicho el mismo Jesús.
-
---Pues la otra no es muy decente tampoco, que digamos--añadió una de las
-mujeres.
-
---Tanto como la que más--replicó la comadre oradora--. Se lo ha contao
-tó al médico de la Casa de Socorro. Una noche en que no había pasao
-gracia divina por su cuerpo, porque Jesús y la Sinfo se habían llevao
-tóos los quisquis, fué la Fea y, para remediar el hambre, bebió un trago
-de aguardiente y luego otro, y con la debilidá que tenía se quedó
-borracha. Vinieron la Sinfo y Jesús, y los dos cargados, y la muy zorra,
-viéndola en la cama á la Fea, la dijo, dice: Anda, que la cama la
-necesitamos nosotros para... (haciendo un ademán desvergonzado). Ya me
-entienden ustés, y va y pone á su hermana á la puerta. La Fea, que no
-sabía lo que se hacía, salió á la calle, y uno del Orden, al verla
-curda, la lleva á la delega y la mete en un cuarto obscuro, y allí algún
-tío...
-
---Que estaría también curda--dijo un albañil que se detuvo á oir la
-relación.
-
---Pues ná...--añadió la comadre.
-
---Si llega á haber luz, pa mí que no hay nada, porque el compadre, al
-ver la cara de la socia, se asusta--añadió el albañil siguiendo su
-camino.
-
-Manuel se separó del grupo de comadres y se asomó á la puerta del cuarto
-de Jesús. Era un espectáculo desolador; la hermana del cajista, pálida,
-con los ojos cerrados, echada en el suelo sobre unas esteras, cubierta
-con telas de sacos, parecía un cadáver; el médico la fajaba en aquel
-momento; la señora Salomona vestía al recién nacido; un charco de sangre
-manchaba los ladrillos.
-
-Jesús, arrimado á la pared en un rincón, miraba al médico y á su
-hermana, impasible, con los ojos brillantes.
-
-El médico pidió á las vecinas que trajeran un colchón y unas sábanas;
-cuando llegaron estas cosas pusieron el colchón sobre el petate, de
-tablas, y colocaron con cuidado á la Fea. Estaba la pobre raquítica como
-un esqueleto; su pecho era liso como el de un hombre y, á pesar de que
-no debía tener fuerzas para moverse, cuando le pusieron el niño á su
-lado, cambió de postura é intentó darle de mamar.
-
-Manuel, al notarlo, miró á Jesús con ira.
-
-Le hubiera pegado con gusto, por permitir que su hermana estuviera así.
-
-El médico, cuando concluyó su trabajo, cogió á Jesús, lo llevó al
-extremo de la galería y habló con él. Jesús se hallaba dispuesto á
-hacer todo lo que le dijeran; daría el jornal entero á la Fea, lo
-prometía.
-
-Luego, cuando se fué el médico, Jesús cayó en manos de las comadres, que
-le pusieron como un trapo.
-
-El no negó nada. Al revés.
-
---Durante el embarazo--dijo--ha dormido en el suelo sobre la estera.
-
-Todas las comadres comentaron indignadas las palabras del cajista. Este
-se encogía de hombros estúpidamente.
-
---¡Mire usté que estar la pobre infeliz durmiendo sobre la estera
-mientras que la Sinfo y Jesús se estaban en la cama!--decía una.
-
-Y la indignación se acentuó contra la Sinfo, aquella golfa indecente, á
-la que juraron dar una paliza morrocotuda. La señora Salomona tuvo que
-interrumpir la charla, porque no dejaban dormir en paz á la parturienta.
-
-La Sinfo debió sospechar algo, pues no se presentó en el parador. Jesús,
-ceñudo, sombrío, con las mejillas encendidas y los ojos brillantes en
-los días posteriores iba de su casa á la imprenta sin hablar una
-palabra. Manuel sospechó si estaría enamorado de su hermana.
-
-Durante el sobreparto, las mujeres de la vecindad cuidaron con cariño á
-la Fea; exigían el jornal entero á Jesús, quien lo daba sin
-inconveniente alguno. El recién nacido, encanijado é hidrocéfalo, murió
-á la semana.
-
-La Sinforosa no apareció más por el parador; según se decía, se había
-lanzado á la _vida_.
-
- * * * * *
-
-El día de Nochebuena, por la tarde, llegaron al parador tres señores
-vestidos de negro. Un viejecillo de bigote blanco y ojos alegres; un
-señor estirado de barba entrecana y anteojos de oro; y otro que parecía
-secretario ó escribiente, bajito, de bigote negro, que taconeaba al
-andar é iba cargado de papeles. Dijeron que eran de la Conferencia de
-San Vicente de Paúl, visitaron á la hermana de Jesús y á otras personas
-que vivían en rincones y tabucos de la casa.
-
-Detrás de aquellos señores vestidos de negro fueron Manuel y Jesús, por
-curiosidad, con otro vecino albañil. Manuel y Jesús, que no hacían más
-que dormir en el parador, no conocían la vecindad, así que anduvieron
-por su casa como por una extraña.
-
---¡Hipócritas!--decía el albañil á voz en grito.
-
---Pero, hombre. ¡Cállese usted!--exclamó Manuel--que le van á oir.
-
---¿Y qué?--replicaba el vecino--¡Qué me oigan! Son unos hipócritas. ¿A
-qué vienen aquí á echárselas de caritativos? A hacer el paripé, á eso
-vienen esos tíos; estos jesuítas farsantes. ¿Qué leñe quieren saber?
-¿que vivimos mal? ¿que estamos hechos unos guarros? ¿que no cuidamos de
-los chicos? ¿que nos emborrachamos? Bueno, pues que nos den su dinero y
-viviremos mejor, pero que no se nos vengan con bonos y con consejos.
-
-Entraron los tres señores en un tabuco de un par de metros en cuadro. En
-el suelo, sobre un montón de paja y de harapos, había una mujer
-hidrópica, con la cara hinchada y entontecida.
-
-En una silla, á la luz de una candileja, cosía una mujer joven.
-
-Desde el pasillo Manuel pudo oir la conversación que tenían adentro.
-
-El viejecillo del bigote blanco preguntó con su voz alegre qué es lo que
-le pasaba á la mujer, y una vecina que vivía en un cuarto próximo contó
-un sin fin de miserias y dolores.
-
-La hidrópica sobrellevaba sus desdichas con resignación extraordinaria.
-
-Se cebó la desgracia en ella y fué cayendo y cayendo hasta llegar á
-aquella situación tan triste. No encontró una mano amiga, y sus únicos
-favorecedores fueron un carnicero y su mujer, antiguos criados de su
-casa á quienes había ayudado á establecerse en mejores épocas. La
-carnicera, que además era prestamista, solía comprar en el Rastro
-mantones y pañuelos de Manila, y cuando tenían algo que zurcir ó
-arreglar se los llevaba á la hija de la hidrópica para que los
-compusiera.
-
-Esto, la antigua criada se lo pagaba á la hija de sus amos con un montón
-de huesos, y á veces, cuando quedaba satisfecha del trabajo le daba las
-sobras de su comida.
-
---¡Moler con la generosidad de la carnicera!--dijo el albañil, que
-escuchaba la narración de la vecina.
-
---También la gente del pueblo--repuso Jesús en broma, recordando una
-frase de zarzuela--tiene su corazoncito.
-
-Los señores de la Conferencia de Paúl, después de oir tan conmovedora
-relación, dieron tres bonos á la hija de la hidrópica y salieron del
-cuarto.
-
---Ya es feliz esta mujer--murmuró Jesús irónicamente--; tenía que
-morirse mañana y se muere pasado. ¿Para qué quiere más?
-
-El albañil murmuró:
-
---Me parece.
-
-El secretario, el de los papeles, recordó un caso análogo al de la
-hidrópica, y lo llamó curioso y extremadamente interesante.
-
-Cuando los tres señores salían de un pasillo para desembocar en otro,
-una vieja les llamó y hablándoles de usía les pidió que la acompañaran y
-les llevo alumbrándoles con una bujía á un caramanchón ó agujero negro
-abierto debajo de una escalera. Sobre un montón de trapos y arropada en
-un mantón raido había una chiquilla delgada, esmirriada, la cara morena
-y flaca, los ojos negros, huraños, y brillantes. A su lado dormía un
-chico de dos ó tres años.
-
---Yo quisiera que usías--dijo la vieja--la metieran á esta chica en un
-asilo. Es huérfana; su madre, que con perdón, no llevaba muy buena vida,
-murió aquí. Ella se ha metido en este agujero y nadie la puede echar, y
-roba huevos, pan, todo lo que puede, unas veces en una casa, otras en
-otra, para dar de comer al rorro. Yo quisiera que usías consiguieran que
-la llevaran á un asilo.
-
-La chiquilla miró con sus ojos grandes, espantados á los tres señores, y
-agarró de la mano al chico.
-
---Esta niña--dijo el secretario, el de los papeles--, tiene por su
-hermano un cariño verdaderamente curioso é interesante, y yo no sé si no
-sería cruel separarlos.
-
---Estaría mejor en un asilo--añadió la vieja.
-
---Ya veremos, ya veremos--replicó el señor anciano--. Se fueron los
-tres.
-
---¿Cómo te llamas tú?--le preguntó Jesús á la chica.
-
---¿Yo? Salvadora.
-
---¿Quieres venir á vivir conmigo con tu chico?
-
---Sí--contestó sin vacilar la niña.
-
---Bueno, pues vamos, levántate. La Fea se va á poner más contenta--dijo
-Jesús como para dar una explicación de su rasgo--. Si no la van á
-separar de su crío y es una barbaridad.
-
-La chica cogió al niño en brazos y acompañó á Jesús. La Fea debió
-recibir á los dos abandonados con un gran entusiasmo. Manuel no
-presenció la escena porque en el pasillo le detuvo un muchacho joven:
-
---¿No me conoces?--le preguntó, encarándose con él.
-
---Sí, hombre... El Aristón.
-
---El mismo.
-
---¿Vives aquí?
-
---Ahí en el Corral.
-
-El Corral era uno de los patios del parador, y daba á ese infecto Rastro
-que va desde la Ronda á la fábrica del gas. El Aristón seguía con su
-necromanía; no le habló á Manuel más que de muertos, entierros y cosas
-fúnebres.
-
-Le dijo que iba á los camposantos los domingos, pues él consideraba como
-un deber el cumplir esa Obra de Misericordia que manda enterrar á los
-muertos.
-
-En el curso de la conversación, el necrómano insinuó la idea de que si
-el rey se muriera se le haría un entierro admirable; pero que á pesar de
-esto, él se figuraba que el entierro del Papa sería más suntuoso.
-
-Cruzaron el necrómano y Manuel varios pasillos.
-
---¿A dónde me llevas?--le preguntó Manuel.
-
---Si quieres venir, verás un muerto.
-
---¿Y qué vas á hacer junto á ese muerto?
-
---Voy á velarle y á rezar por él--dijo el Aristón.
-
-En un cuartucho iluminado por dos velas puestas en dos botellas, había
-un hombre muerto, tendido sobre un jergón...
-
-De lejos llegaba rumor de panderetas y de cánticos; de cuando en cuando
-una voz chillona de vieja borracha cantaba á voz en grito:
-
- «Ande, ande, ande
- la marimorena;
- ande, ande, ande,
- que es la Nochebuena.»
-
-En el cuarto del muerto en aquel instante no había nadie.
-
-
-
-
-CAPÍTULO IV
-
-La Navidad de Roberto.--Gente del Norte.
-
-
-A la misma hora, Roberto Hasting marchaba á casa de Bernardo Santín,
-envuelto en su abrigo. La noche estaba fría, apenas transitaba nadie por
-la calle, los tranvías pasaban de prisa resbalando por los railes con un
-zumbido suave.
-
-Roberto entró en la casa, subió al último piso y llamó. Abrió la puerta
-Esther y paso adentro.
-
---¿Y Bernardo?--preguntó Roberto.
-
---No ha venido en todo el día--contestó la ex institutriz.
-
---¿No?
-
---No.
-
-Esther, envuelta en un chal se sentó ante la mesa. El cuarto, la antigua
-galería fotográfica, estaba iluminada con un quinqué de petróleo. Todo
-denunciaba allí la mayor miseria.
-
---¿Se han llevado la máquina?--preguntó Roberto.
-
---Sí, esta mañana. Tengo el dinero guardado en este cajón. ¿Qué me
-aconseja usted que haga, Roberto?
-
-Roberto paseó de un lado á otro del cuarto, mirando al suelo; de
-repente se detuvo ante Esther.
-
---¿Usted quiere que le hable con entera franqueza?
-
---Sí, con entera franqueza; como hablaría usted á un camarada.
-
---Pues, bien, entonces yo creo que lo que debe usted hacer es, no se si
-el consejo le parecerá á usted brutal...
-
---Diga usted.
-
---Lo que creo que debe usted hacer es separarse de su marido.
-
-Esther calló.
-
---Ha caído usted en manos, no de un infame, ni de un canalla, pero sí en
-manos de un desgraciado, de un pobre imbécil, sin talento, sin energía,
-incapaz de vivir é incapaz de comprender á usted.
-
---¿Y qué voy á hacer?
-
---¿Qué? Volver á su vida pasada, á sus lecciones de piano y de inglés.
-¿Es que le sería á usted dolorosa la separación?
-
---No, al revés; puede usted creerlo, no siento el menor cariño por
-Bernardo; me inspira lástima y repulsión. Es más, no lo he querido
-nunca.
-
---Entonces, ¿por qué se casó usted con él?
-
---Qué sé yo. La fatalidad, el consejo pérfido de una amiga, el no
-conocerle; fué una de esas cosas que se hacen sin saber por qué. Al día
-siguiente estaba arrepentida.
-
---Lo creo. Yo cuando supe que Bernardo se casaba, pensé: Será alguna
-aventurera que quiere legitimar su situación con un nombre; luego,
-cuando la fuí conociendo á usted, me pregunté: ¿Cómo ha podido esta
-mujer engañarse con un hombre tan insignificante como Bernardo? No hay
-explicación. Ni dinero, ni talento, ni energía. ¿Qué le ha impulsado á
-una mujer ilustrada, de corazón, á casarse con un tipo así? Nunca me lo
-he podido explicar. ¿Es que creyó usted ver en él un artista, un hombre,
-aunque pobre, dispuesto á trabajar y á luchar?
-
---No, me hicieron ver todo esto. Para que comprenda usted mi decisión,
-tendría que contarle mi vida, desde que llegué á Madrid con mi madre.
-Vivíamos las dos modestamente con una pequeña pensión que nos mandaba un
-pariente de París. Yo había concluído de estudiar en el Conservatorio y
-buscaba lecciones. Tenía dos ó tres de piano y una de inglés, con lo que
-sacaba bastante para mis gastos. En esta situación se puso enferma mi
-madre, perdí mis lecciones para atenderla y me ví en una situación
-angustiosísima. Luego cuando murió, me encontraba sola en una casa de
-huéspedes, asediada por hombres que me hacían proposiciones indignas á
-todas horas, correteando por las calles para encontrar una plaza de
-institutriz; verdaderamente desesperada. Crea usted que hubo días en que
-sentí la tentación de suicidarme, de echarme á la mala vida, de tomar
-una resolución extrema para no tener ya que pensar. En esta situación un
-día leo en un periódico que una señora inglesa que se hospedaba en el
-hotel de París quería una señorita de compañía que conociera bien el
-español y el inglés. Me presento en el hotel, espero á la señora y ésta
-me recibe con los brazos abiertos y me trata como á una hermana. Puede
-usted comprender mi satisfacción y mi gratitud. Nunca he sido ingrata;
-si en aquella época mi protectora me hubiera pedido la vida se la
-hubiese dado con gusto. Créalo usted. Esta señora era aficionada á
-pintar y acostumbraba ir al Museo; yo solía acompañarla. Entre los que
-copiaban en el Museo había un joven alemán, alto, rubio, amigo de mi
-protectora, que comenzó á hacerme el amor. Yo lo encontraba petulante y
-poco simpático. Cuando mi protectora notó que el pintor me galanteaba,
-se incomodó mucho y me dijo que era un perdido, un canalla cínico; hizo
-un retrato horrible de él, lo pintó como un egoísta depravado. Yo, que
-no sentía gran simpatía por el alemán, escuché los consejos de mi
-protectora y le manifesté al pintor claramente mi desprecio. A pesar de
-esto Oswald, así se llamaba, insistía, cuando apareció allí Bernardo.
-Creo que conocía algo al alemán, y un día habló con nosotras. Entonces
-mi protectora hizo, sin que yo lo advirtiera, una labor contraria á la
-que había hecho con Oswald; me alabó á Bernardo á todas horas, me dijo
-que era un gran artista, de un talento superior, de una sensibilidad
-exquisita, un corazón de oro; que me adoraba. Efectivamente, recibí
-cartas de él encantadoras, llenas de sentimientos delicados, que me
-conmovieron. Ella, mi protectora, facilitó nuestras entrevistas, excitó
-mi imaginación, me impulsó á este matrimonio desdichado, y viéndome
-casada se fué de Madrid. A las dos ó tres semanas de matrimonio,
-Bernardo me confesó riendo que las cartas que me había escrito se las
-había dictado Fanny.
-
---¿Fanny dice usted?--preguntó Roberto.
-
---Sí; ¿la conoce usted?
-
---Creo que sí.
-
---Estaba ella enamorada de Oswald. Había hecho para impedir que Oswald
-me galantease una gran perfidia. Después de salvarme de la miseria, me
-ha llevado á una situación aún peor que aquella en que me encontró.
-Abusó de la confianza ciega que en ella tenía. Pero me vengaré, sí, me
-vengaré. Fanny está aquí con Oswald. Los he visto. Le he escrito á él
-citándole para mañana.
-
---Ha hecho usted mal, Esther.
-
---¿Por qué? ¿Se juega así con la vida de una persona?
-
---¿Qué adelantará usted con eso?
-
---Vengarme; ¿le parece á usted poco?
-
---Poco. Si ha conservado usted cariño por Oswald, es otra cosa.
-
---No, yo no. No le quiero; pero no dejaré á Fanny sin castigar su
-perfidia.
-
---¿Llegaría usted al adulterio por la venganza?
-
---¿Y quién le ha dicho á usted que llegaría al adulterio? Además, en mí
-sería un derecho, no una falta.
-
---Haría usted además desgraciado á Oswald.
-
---¿No me han hecho desgraciada á mí?
-
-Esther se hallaba presa de una gran excitación.
-
---¿Cree usted que mañana vendrá Oswald á esta casa?--le preguntó
-Roberto.
-
---Sí, creo que sí.
-
---Esta protectora de usted, ¿es alta, delgada, con ojos grises?
-
---¡Sí!
-
---Es mi prima.
-
---¿Su prima de usted?
-
---Sí. Le advierto á usted que es muy violenta.
-
---Lo sé.
-
---Que es capaz de atacarle á usted en cualquier parte.
-
---Lo sé también.
-
---¿Ha pensado usted con calma en su resolución? Como comprenderá usted,
-un hombre á quien se le cita y se le dice: «Si no le correspondí á
-usted fué porque me engañaron respecto á usted, y me dijeron que era
-usted lo que no era», ese hombre no puede resignarse á oir
-tranquilamente esta confidencia.
-
---¿Y qué va hacer?
-
---Buscará una compensación. Nadie se resigna á ser un instrumento de
-venganza ajena. Usted perturba la tranquilidad de ese hombre.
-
---¿No perturbaron la mía?
-
---Sí; pero vengar la perfidia de Fanny en su amante, no me parece justo.
-
---No me importa. Sólo una cosa me haría olvidar mi venganza.
-
---¿Cuál?
-
---El que le pudiera ocasionar á usted algún perjuicio. Usted ha sido
-bueno para mí--murmuró Esther ruborizándose.
-
---No, á mí ningún perjuicio puede ocasionarme, pero á usted sí. Fanny es
-colérica.
-
---¿Quiere usted venir mañana?
-
---Pero yo, ¿con qué derecho voy á intervenir?
-
---¿No es usted amigo mío?
-
---Sí.
-
---Entonces venga usted.
-
-Fué Roberto al día siguiente por la tarde. Bernardo estaba, según su
-costumbre, fuera de casa; Esther se hallaba muy excitada. A las cuatro
-llegó Oswald. Era un joven rubio, encarnado, chato, con los ojos rojos,
-muy alto y con el pelo largo. Pareció sufrir una gran decepción al
-encontrar solo á Roberto. Hablaron. A Roberto, Oswald le pareció un
-pedante insoportable. Tomó la palabra para decir, en un tono de dómine,
-que no podía aguantar á los españoles ni á los franceses. Iba á escribir
-un libro, el _Anti-latino_, considerando los pueblos latinos como
-degenerados, que deben conquistar cuanto antes los germanos. Le
-indignaba que se hablara de Francia. Francia no existía; Francia no
-había hecho nada. Francia tenía á su alrededor la muralla de la China;
-como ha dicho Björson: desde hace mucho tiempo, el mundo tiene como el
-mejor músico á Wagner; como el mejor dramaturgo, á Ibsen; como el mejor
-novelista, á Tolstoï; como el mejor pintor, á Böcklin; sin embargo, en
-Francia se sigue hablando de Sardou, de Mirbeau y de otros imbéciles por
-el estilo. Los escritores originales de París plagian á Nietzsche; los
-músicos latinos han copiado y saqueado á los alemanes; la ciencia
-francesa no existe, ni la filosofía, ni el arte. El hecho histórico de
-Francia era una completa ilusión. Toda la raza latina era una raza
-despreciable.
-
-Roberto no contestó á esto y observó atentamente á Oswald. ¡Le parecía
-tan absurdo, tan pedantesco aquel hombre largo, á quien citaba una mujer
-y hablaba de sociología!
-
-Entró Esther. La saludó el pintor muy gravemente, y le preguntó de
-sopetón el motivo de la cita. Esther nada dijo; Roberto discretamente
-salió del taller y comenzó á pasear por el corredor.
-
---¿Sabe Fanny que ha venido usted aquí?--dijo Esther á Oswald.
-
---Sí, creo que sí.
-
---Me alegro.
-
---¿Por qué?
-
---Porque vendrá también ella.
-
---¿Tiene algo que ver en este asunto?
-
---Sí. ¿Hace tiempo que vive con usted?
-
---Sí, ya hace tiempo.
-
-Callaron los dos y esperaron sin hablarse en una situación embarazosa.
-De pronto se oyó un campanillazo formidable.
-
---Aquí está ella, dijo Esther, y abrió la puerta.
-
-Penetró Fanny en el estudio. Venía pálida, descompuesta.
-
---¿No me esperabas?--preguntó á Esther.
-
---Sí, sabía que vendría usted.
-
---¿Qué le quieres á Oswald?
-
---Nada, quiero decirle qué clase de mujer es usted; quiero contarle sus
-perfidias nada más. Usted ha cometido conmigo, que me fiaba en usted
-como en mi madre, una acción villana; usted me ha vendido. Me dijo usted
-que Oswald había engañado á una mujer para abandonarla después.
-
---¡Yo!--dijo con asombro el pintor.
-
---Sí, usted; ella me lo contó; me dijo también que usted era un pintor
-despreciable y sin talento.
-
-Fanny, asombrada, desprevenida, no contestó una palabra.
-
---Durante el tiempo que usted y yo nos tratamos--siguió diciendo Esther
-dirigiéndose á Oswald--no dejó ocasión de hablar mal de usted, de
-insultarle; decía que usted quería seducirme; le pintaba á usted como un
-malvado, como un canalla, como un hombre repugnante...
-
---¡Mientes, mientes!--gritó Fanny con voz chillona.
-
---Digo la verdad, sólo la verdad. Yo entonces creí que sus consejos eran
-por mi bien, por el cariño que me tenía; después vi que había cometido
-conmigo la perfidia más grande, más inicua que se puede cometer,
-valiéndose del ascendiente que tenía sobre mí.
-
---Pero usted me escribió una carta--dijo Oswald.
-
---Yo, no.
-
---Sí, una carta en que contestaba con burlas á mis palabras.
-
---No, yo no he escrito esa carta; la escribiría Fanny, que quería á todo
-trance apartarle á usted de mí.
-
---¡Oh! Ha matado mi vida--exclamó Oswald de un modo enfático, y se
-sentó junto á la mesa y apoyó la frente en su mano; luego se levantó de
-la silla y comenzó á pasear de un lado á otro del cuarto.
-
---Esta es la verdad, la pura verdad--afirmó Esther--, y quería que la
-supiera usted, y delante de ella, que no podrá desmentirme. A mí me ha
-hecho desgraciada, pero ella no gozará tranquilamente de su perfidia.
-
---¡Ha matado mi vida!--repitió Oswald con su tono enfático.
-
---Ella. Ha sido ella.
-
---Te mataré--gritó Fanny con voz ronca, agarrando de los brazos á
-Esther.
-
---¿Pero ahora sabe usted que lo que ha dicho de mí es mentira?--preguntó
-Oswald.
-
---Sí.
-
---Ahora ¿podrá usted oirme?
-
---Ahora, ja... ja...--rió Fanny--; ahora tiene un amante.
-
---No es cierto--exclamó Esther.
-
---Sí lo es, viene todos los días á verte. Es uno rubio. No lo puedes
-negar.
-
---¡Ah! Estaba aquí hace un momento--dijo Oswald.
-
---No es mi amante, es un amigo.
-
---¿Pero por qué le has llamado á Oswald?--gritó Fanny con rabia--. ¿Es
-que le quieres?
-
---¡Yo, no!; pero quiero enseñarle á usted que no se juega con la vida de
-los demás, como usted jugó con la mía. Me engañó usted; ya me he
-vengado.
-
---Te mataré--volvió á gritar Fanny, y agarró del cuello á Esther.
-
---¡Roberto! ¡Roberto!, clamó Esther asustada.
-
-Apareció éste en el taller, cogió á su prima del brazo y violentamente
-la hizo separarse de Esther.
-
---¡Ah! ¿Eres tú, Bob?--dijo Fanny serenándose inmediatamente--; has
-venido á tiempo; iba á matarla.
-
-La entrada de Roberto apaciguó un tanto los ánimos; se sentaron los
-cuatro y hablaron. Discutieron el caso como si se tratara de un problema
-de ajedrez. Fanny quería á Oswald. Oswald estaba enamorado de Esther, y
-Esther no sentía inclinación alguna por el pintor, ¿Cómo iban á
-arreglarse? Nadie cedía; además, hablando se perdían en laberínticos
-análisis psicológicos que no conducían á nada. Había obscurecido; Esther
-encendió el quinqué y lo colocó sobre la mesa. La discusión continuaba
-en frío; Oswald hablaba monótonamente.
-
---Se tú el árbitro--dijo Fanny á Roberto.
-
---Yo, con que cada uno vaya por su lado, creo que resuelven su
-conflicto. Pero fuera del perjuicio moral, tú, Fanny, has producido á
-Esther un perjuicio material grandísimo.
-
---Estoy dispuesta á indemnizarla.
-
---Yo nada quiero de usted--exclamó Esther.
-
---No; perdone usted--dijo Roberto--, perdone usted que tercie en este
-asunto. Tú, Fanny, tienes una gran fortuna, una alta posición social;
-Esther, en cambio, se encuentra, por tu causa, con su porvenir truncado,
-tiene que ganar su vida, y tú no conoces lo que es esto; pero yo, que lo
-conozco, sé lo amargo y lo triste que es. Esther podía haber vivido
-tranquilamente; por tu culpa se ve así.
-
---Ya he dicho que estoy dispuesta á indemnizarla.
-
---Yo he dicho también que no quiero nada de usted.
-
---No; usted debe dejarme á mí arreglar este asunto, Esther. ¿Mañana
-podré verte, Fanny?
-
---Toda la tarde te esperaré.
-
---Está bien; trataremos de ese asunto.
-
-Fanny se levantó para salir; saludó ligeramente á Esther y tendió la
-mano á su primo.
-
---¿Sin rencor?--le preguntó Roberto.
-
---Sin rencor--afirmó ella dando una sacudida violenta á la mano de
-Roberto.
-
-Oswald salió sombrío y humillado con Fanny. Esther y Roberto quedaron
-solos en el taller.
-
---¿Sabe usted una cosa?--dijo Roberto riendo.
-
---¿Qué?
-
---Que no hubiera usted ganado gran cosa casándose con Oswald en vez de
-casarse con Bernardo... Adiós, hasta mañana.
-
---Me abandona usted, Roberto--murmuró Esther con melancolía.
-
---No; vendré mañana á ver á usted.
-
---No quiero estar en esta casa. Lléveme usted de aquí, Roberto.
-
---¿No le parece á usted peligroso?
-
---¿Peligroso? ¿Para quién? ¿Para usted ó para mí?
-
---Para los dos quizá.
-
---¡Oh!, para mí no. Quisiera salir de aquí no ver á Bernardo, que no me
-moleste.
-
---No le molestará ya más.
-
---Lléveme usted de aquí á cualquier parte.
-
---Mire usted, Esther; yo soy un hombre que va por la vida en línea
-recta. Es mi única fuerza; tengo orejeras como los caballos y no me
-desvío de mi camino. Mis dos aspiraciones son hacer una fortuna y
-casarme con una mujer; todo lo demás es para mi una tardanza en
-conseguir mis fines.
-
---¿Y yo entro en todo lo demás?
-
---Sí, porque si no me desviaría de mi camino.
-
---Es usted inflexible.
-
---Sí; pero lo soy también conmigo mismo. Usted se encuentra en una
-situación difícil. Se ha casado usted con un hombre hace un año, no
-enamorada de él, es cierto, pero creyendo que era un hombre leal,
-trabajador, á quien llegaría usted á querer; ese hombre ha resultado un
-miserable embrutecido, depravado, sin sentido moral. Se siente usted
-ofendida en su orgullo de mujer, de mujer enérgica y buena, yo lo
-comprendo. Quiere usted encontrar una tabla de salvación.
-
---Y usted me dice fríamente: Yo no puedo ser el que te salve; yo tengo
-otras aspiraciones; yo no me fijo si en mi camino hay gente que agoniza
-porque nadie le atiende, yo sigo adelante.
-
---Es verdad; yo sigo adelante. ¿Es que sería mejor lo que otro
-cualquiera, lo que un hombre galante, haría en mi posición?
-¿Aprovecharse de su desconcierto, y hacer que usted fuera mi querida, y
-luego, después, dejarle á usted abandonada? Yo tengo mi conciencia.
-Quizás sea rectilínea como mis aspiraciones, es así.
-
---No hay salvación; mi vida está aniquilada--murmuró Esther con la
-mirada brillante.
-
---No; hay el trabajo. No todos los hombres son mezquinos y miserables;
-luchar, ¡si esa es la vida!; vale más la inquietud, el ajetreo continuo,
-la alternativa continua de placeres y dolores que no el estancamiento.
-
-Esther se enjugó una lágrima con el pañuelo.
-
---Adiós; trataré de seguir sus consejos--y le tendió su mano.
-
-Roberto la tomó, y con su aire de caballero se inclinó y la besó.
-
-Iba á marcharse, cuando ella murmuró con angustia, con la voz de un niño
-que implora:
-
---¡Oh, no se vaya usted!
-
-Roberto volvió.
-
---Yo no le desviaré de su camino--exclamó Esther--. Lléveme usted de
-aquí. No, no me quejaré; seré como una hermana; como una criada, si
-usted quiere. Haga usted de mí lo que quiera, pero no me abandone.
-Cualquiera se aprovecharía de mi debilidad y sería peor para mí.
-
---Vamos--murmuró Roberto emocionado--. ¿No le va usted á avisar á
-Bernardo?
-
-Esther cogió un papel de cartas y escribió con letras grandes: «No me
-esperes; no vuelvo». Luego se puso el sombrero nerviosamente y se acercó
-á Roberto que esperaba á la puerta.
-
---Pero si no quiere usted acompañarme no lo haga usted, Roberto. Por
-compromiso, no--dijo Esther con los ojos llenos de lágrimas.
-
---Ha dicho usted que sería mi hermana, vamos--repuso él con cariño. Ella
-entonces se refugió en su pecho; él, apartando con la mano los rizos de
-la frente, la besó con dulzura.
-
---No, así no, así no--exclamó Esther temblando, y agarrando á Roberto
-por las muñecas le presentó los labios.
-
-Roberto perdió la cabeza y los besó frenético. Esther se abrazó á su
-cuello; un sollozo largo de dolor y de deseo le hizo temblar de la
-cabeza á los pies.
-
---¿Vamos?
-
---Vamos.
-
-Salieron de casa.
-
-Unas horas después, Bernardo Santín, con la carta de su mujer en la
-mano, murmuraba:
-
---¿Y mi padre? ¿Qué va á ser de mi pobre padre?
-
-
-
-
-CAPÍTULO V
-
-Paro general.--Juergas.--El baile del Frontón.--La iniciación del amor.
-
-
-La hermana de Jesús aceptó con gran entusiasmo á los dos huérfanos
-recogidos por el cajista, el día de Nochebuena, y la Salvadora y el
-chiquitín entraron á formar parte de la familia.
-
-Tenía la Salvadora un genio huraño y despótico, una afición á limpiar, á
-barrer, á fregar, á sacudir, que á Jesús y á Manuel les fastidiaba; le
-gustaba ordenar y disponer; todo lo que tenía de esmirriada lo tenía de
-enérgica. Ella dispuso llevar la comida á Jesús y á Manuel, porque
-gastaban mucho en la taberna, y al medio día, con un cesto que abultaba
-más que ella, iba á la imprenta. En tres meses de ahorros, la Fea y la
-Salvadora compraron en una casa de empeños una máquina de coser nueva.
-
---La chica esta no nos va á dejar vivir--decía Jesús.
-
-La vida del cajista se había normalizado; no se emborrachaba; pero, á
-pesar de los cuidados de su hermana y de la Salvadora, estaba cada vez
-más sombrío y más tétrico.
-
-Un día de invierno en que habían cobrado el jornal, al salir de la
-imprenta, Jesús le preguntó á Manuel:
-
---Oye, ¿no estás tú cansado de trabajar?
-
---¡Pse!
-
---¿No te da asco esta vida tan igual y tan monótona?
-
---¿Y qué le vas á hacer?
-
---Cualquier cosa preferiría yo á esto.
-
---¡Si estuvieras solo como yo!
-
---La Fea y la Salvadora se arreglan ya para vivir--dijo Jesús.--En la
-primavera--añadió--tenían que hacer los dos un viaje á pie por los
-caminos, trabajando un poco en cada lado y siempre viendo pueblos
-nuevos. Sabía que en el Ministerio de la Gobernación daban un socorro,
-que consistía en dos reales por cada pueblo por donde se pasara. Si
-lograban ellos el socorro, inmediatamente debían marcharse.
-
-Charlando de estas cosas iban por la plaza del Progreso, cuando pasó por
-delante de ellos una estudiantina tocando un alegre paso doble. Empezaba
-á nevar; hacía mucho frío.
-
---¿Vamos á cenar hoy bien?--dijo Jesús.
-
---En casa nos estarán esperando.
-
---¡Que esperen! Un día es un día. Vamos á estar ahí toda la vida
-pensando en ahorrar dos perras gordas. ¡Ahorrar!, ¿para qué?
-
-Volvieron sobre sus pasos, recorrieron la calle de Barrionuevo y en la
-de la Paz entraron en una taberna y dispusieron la cena. Mientras
-cenaban, hablaron del viaje proyectado con entusiasmo. Brindaron una
-porción de veces. Manuel nunca había estado tan alegre. Se encontraba
-decidido, con alientos para explorar el Polo Norte.
-
---Ahora hay que ir al baile del Frontón--murmuró Jesús con voz
-estropajosa á los postres--. Allí encontraremos unas golfas y, ¡venga
-juerga!, y la imprenta _pa_ el gato.
-
---Eso es--repetía Manuel--, ¡al baile! Y al cojo que le den morcilla.
-¡Anda, tú!
-
-Se levantaron, pagaron, y al pasar por la calle de Carretas entraron en
-una taberna á tomar dos copas.
-
-Tropezando con todo el mundo llegaron á la calle de Tetuán, y allí se
-empeñó Jesús en que debían de tomar otras copas; entraron en una taberna
-y se sentaron. El cajista tenía rabia por beber, estaba pálido y
-desencajado; Manuel, en cambio, sentía arder su sangre y las mejillas le
-echaban fuego.
-
---Anda, vamos--le dijo á Jesús; pero éste no podía levantarse. Manuel
-vaciló en quedarse allí ó en salir á la calle; pero se decidió por
-marcharse y dejó á Jesús dormido, con la cabeza echada sobre la mesa de
-la taberna.
-
-Manuel salió á la calle tambaleándose; los copos de nieve, danzando ante
-sus ojos, le mareaban. Llegó á la Puerta del Sol. En la esquina de la
-Carrera de San Jerónimo vió una muchacha que se detenía á hablar con los
-hombres. La confundió primero con la Rabanitos, pero no era ella.
-
-Esta tenía la cara abotagada y erisipelatosa.
-
---Tú, ¿qué haces?--le dijo Manuel bruscamente.
-
---¿No lo ves? Vender _Heraldos_.
-
---¿Y nada más?
-
-Ella bajó la voz, que era ronca y quebrada, y añadió:
-
---Y jugar.
-
-Manuel estaba con el corazón palpitante.
-
---¿No tienes novio?--la dijo.
-
---No quiero chulos.
-
---¿Por qué no?
-
---Pa que la quiten á una el dinero que gana y la harten, además, de
-palos. Sí, sí...
-
---¿Cuánto quieres por venir conmigo?
-
---¡Ay, qué guasa! ¡Si tú no tienes una perra!
-
---¿Que no?
-
---Vaya que no.
-
---Yo tengo--murmuró Manuel con jactancia--cinco duros para tirarlos y tú
-no me sirves á mí para nada.
-
---Y tú á mí ni pa la limpieza.
-
---Oye--añadió Manuel, y agarró á la muchacha del brazo y le dió un
-empellón.
-
---Vamos, ¡quita, asaúra!--gritó ella.
-
---No quiero.
-
---Pues no eres tú nadie. A ver si no te andas con tientos aquí, ¿eh?
-
---Si quieres te convido á café--y Manuel hizo sonar el dinero en su
-bolsillo.
-
-La muchacha vaciló, dió los números del periódico que llevaba en la mano
-á una vieja, se ató el pañuelo al cuello y fué con Manuel á una
-buñolería de la calle de Jacometrezo. Un perrillo de color de canela les
-siguió.
-
---¿Este perro es tuyo?
-
---Sí.
-
---¿Cómo se llama?
-
---Sevino.
-
---¿Y por qué le llamas así?
-
---Porque se presentó en casa sin que nadie lo trajera.
-
-Entraron en la buñolería. Era un local largo, con columnas, en cuyo
-fondo estaba la cocina, con su caldero grande para freir buñuelos. Dos
-luces de gas, con mecheros envueltos en fundas blancas, iluminaban con
-luz triste las paredes y las columnas cuadradas, recubiertas de azulejos
-blancos con dibujos azules. Se sentaron Manuel y la muchacha en una mesa
-próxima á una puerta que daba á un callejón.
-
-La muchacha habló por los codos mientras mojaba trozos de una ensaimada
-agria en la jícara de chocolate. Se llamaba Petra, pero la decían
-Matilde porque era más bonito. Tenía diez y seis años y vivía en la
-calle del Amparo en un sotabanco. Se levantaba á las dos; para cuando
-ella se levantaba, su madre ya tenía arreglada la casa. No salía hasta
-el anochecer; vendía una mano de _Heraldos_ y diez _Corres_, y luego...
-lo que se terciase. Entregaba todo el dinero que ganaba á su madre, y
-cuando ésta suponía algún engaño, le daba unas cuantas tortas.
-
-Manuel, mientras sorbía con gravedad una copa de aguardiente, oía, sin
-comprender apenas lo que le hablaban.
-
-Era la chica fea de veras. Llevaba la cara empolvada. A Manuel, luego de
-observarla atentamente, se le ocurrió que parecía un pez enharinado á
-quien espera la sartén. Hacía muchos visajes al hablar y movía los
-párpados, abultados y blancos, que se cerraban sobre los ojos saltones.
-
-La muchacha siguió charlando de su madre, de su hermano, de un tío de un
-puesto de periódicos, que prestaba un duro á los chicos que vendían el
-_Blanco y Negro_ por la mañana, y que por la noche le tenían que
-devolver el duro y una peseta más, y de otra porción de cosas.
-
-Mientras hablaba, Manuel recordó que Jesús había dicho algo de un baile,
-aunque ya no recordaba dónde.
-
---Vamos á ese baile--dijo.
-
---¿A cuál? ¿Al del Frontón?
-
---Sí.
-
---Hale.
-
-Salieron de la buñolería. Seguía nevando; por unas callejuelas desiertas
-llegaron al juego de pelota; los dos arcos voltaicos de la puerta
-iluminaban fuertemente la calle blanca. Manuel tomó los billetes;
-dejaron él la capa y ella el mantón en el guardarropa, y entraron.
-
-Era el Frontón un amplio espacio rectangular, con una de las dos paredes
-largas pintada de azul obscuro y marcada á trechos con rayas blancas y
-números. En la otra pared larga estaban las gradas y los palcos.
-
-Dos grandes mamparas verdes cerraban los testeros del juego de pelota.
-Arriba, en el alto techo, entre el armazón de hierro, diez ó doce puntos
-brillantes de arco voltaico, no recubiertos por globos de cristal,
-centelleaban de un modo deslumbrador.
-
-Aquel local ancho y pintado de obscuro, parecía un taller de máquinas
-desocupado.
-
-Algunas busconas de bajo vuelo, ataviadas con mantones de Manila y
-flores en la cabeza, mostraban su busto en los palcos. Se sentía frío.
-
-Cuando la charanga comenzó á tocar con estrépito, la gente de los
-pasillos y del ambigú salió al centro á bailar, y poco á poco se formó
-una corriente de parejas alrededor del salón. No había más que media
-docena de máscaras. Se generalizó el baile; á la luz fría y cruda de
-los arcos voltaicos se veía á las parejas dando vueltas hombres y
-mujeres, todos muy graves, muy estirados, tan fúnebres como si
-asistieran á un entierro.
-
-Algunos hombres apoyaban los labios en la frente de las mujeres. No se
-sentía una atmósfera de deseos, de fiebre; era un baile de gente
-apagada, de muñecos con ojos de aburrimiento ó de cólera.
-
-A veces algún gracioso, como sintiendo la necesidad de demostrar que se
-estaba en un baile de Carnaval, se tiraba al suelo ó gritaba
-desaforadamente; había un momento de confusión; pero se restablecía
-pronto el orden y se formaba de nuevo la corriente.
-
-Manuel sentía ganas de hacer locuras; se levantó y se puso á bailar con
-la muchacha. Esta, incomodada porque no llevaba el compás, se sentó.
-Manuel quedó desconsolado é hizo lo mismo. Pasaban parejas por delante
-de ellos; las mujeres pintarrajeadas, con los ojos sombreados y la
-expresión encanallada en la boca roja por el carmín; los hombres con
-aspecto petulante y la mirada agresiva.
-
-Estos, rompían con cólera las serpentinas que echaban desde los palcos y
-que se les enredaban al pasar.
-
-Un negro borracho sentado cerca de Manuel saludaba el paso de alguna
-mujer guapa, gritando con una voz aniñada:
-
---¡Olé ahí! ¡Vaya _caló_!
-
---Adiós, Manolo--oyó Manuel que le decían. Era Vidal, que bailaba con
-una máscara elegante, muy ceñido á ella.
-
---Vete á verme mañana--dijo Vidal.
-
---¿A dónde?
-
---A las siete de la noche en el café de Lisboa.
-
---Bueno.
-
-Vidal se perdió con su pareja en el remolino de gente. Cesó la música de
-tocar en un intermedio.
-
---¿Vamos?--preguntó Manuel á la muchacha.
-
---Sí, vamos.
-
-Manuel temblaba de emoción al pensar que llegaba el momento trágico.
-Tomaron las prendas en el guardarropa y salieron.
-
-Seguía nevando; la luz de los globos eléctricos de la puerta del Frontón
-iluminaba la calle, cubierta de una capa blanca de nieve. Atravesaron
-Manuel y la muchacha la Puerta del Sol de prisa, subieron por la calle
-de Correos, y en la de la Paz se detuvieron en un portal abierto,
-iluminado por la claridad, entre confidencial y misteriosa, que daba un
-farol grande con una luz muy triste.
-
-Empujaron una puerta de cristales, y en la escalera obscura
-desaparecieron...
-
-
-
-
-CAPÍTULO VI
-
-La nieve.--Otras historias de don Alonso.--Las Injurias. El Asilo del
-Sur.
-
-
-Al día siguiente pasó Manuel toda la mañana durmiendo á pierna suelta.
-Cuando se levantó eran más de las tres de la tarde.
-
-Llamó en el cuarto de Jesús. Estaban la Fea en la máquina y la Salvadora
-sentada en una silla pequeña, descosiendo unas faldas; el chiquitín
-jugaba en el suelo.
-
---¿Y Jesús?--preguntó Manuel.
-
---¡Tú lo sabrás!--contestó la Salvadora, con una voz colérica.
-
---Yo... me separé de él...; luego me encontré un amigo... Manuel se
-esforzó en inventar una mentira.--Quizás esté en la imprenta--añadió.
-
---No, en la imprenta no está--replicó la Salvadora.
-
---Le buscaré.
-
-Salió Manuel avergonzado del parador de Santa Casilda; se dirigió al
-centro y preguntó en la taberna de la calle de Tetuán por su amigo.
-
---Aquí estuvo--contestó el mozo--hasta que se cerró la taberna. Luego se
-fué, hecho un pepe, no sé á dónde.
-
-Manuel volvió al parador, se metió en la cama con intención de ir al día
-siguiente á la imprenta; pero también se levantó tarde. Sentía una
-inercia imposible de vencer.
-
-En el corredor se encontró con la Salvadora.
-
---¿Hoy tampoco has ido á la imprenta?--le dijo.
-
---No.
-
---Bueno, pues no vuelvas más por aquí--añadió la muchacha,
-encolerizada--; no necesitamos golfería. Mientras estamos ahí nosotras
-trabajando, vosotros de juerga. Ya te digo, no vuelvas más por aquí, y
-si le ves á Jesús dile esto mismo de parte de su hermana y de la mía.
-
-Manuel se encogió de hombros y salió de casa. Había nevado todo el día;
-en la Puerta del Sol, cuadrillas de barrenderos y mangueros quitaban la
-nieve; el agua negra corría por el arroyo.
-
-Se asomó Manuel varias veces al café de Lisboa, por si veía á Vidal;
-pero no lo vió, y, después de comer en una taberna, se fué á pasear por
-las calles. Obscureció muy pronto. Madrid, cubierto de nieve, estaba
-deshabitado; la plaza de Oriente tenía un aspecto irreal, de algo como
-una decoración de teatro; los reyes de piedra mostraban hermosos mantos
-blancos; la estatua del centro de la plaza se destacaba gallardamente
-sobre el cielo gris. Desde el Viaducto veíanse extensiones blancas.
-Hacia Madrid, un amontonamiento de casas amarillentas, y de tejados
-negros, y de torres perfiladas en el cielo lactescente, enrojecido por
-una irradiación luminosa.
-
-Manuel volvió á su casa, desalentado; se metió en la cama.
-
---Mañana voy á la imprenta--se dijo, pero tampoco fué; se despertó muy
-temprano, con este propósito; se levantó, se acercó á la imprenta, y, al
-ir á entrar, se le ocurrió la idea de que el amo le armaría un
-escándalo, y no entró.--Si no es ahí, encontraré trabajo en otra
-parte--pensó, y volviendo por sus pasos se fué á la Puerta del Sol,
-después á la plaza de Oriente, y por la calle de Bailén y luego la de
-Ferraz salió al paseo de Rosales. Estaba desierto y silencioso.
-
-Desde allá se veía todo el campo blanco por la nieve, las obscuras
-arboledas de la Casa de Campo y los cerros redondos erizados de pinos
-negros. El sol se presentaba pálido en el cielo plomizo. Al ras de la
-tierra, hacia el lado de Villaverde, resplandecía un trozo de cielo
-azul, limpio, entre brumas rosadas. Reinaba un profundo silencio; sólo
-el silbido estridente de las locomotoras y los martillazos en los
-talleres de la estación del Norte, turbaban aquella calma. Los pasos no
-resonaban en el suelo.
-
-Las casas del paseo tenían adornos blancos de la nieve en los barandados
-y en las cornisas; los árboles parecían aplastados bajo aquella capa
-blanca.
-
-Por la tarde volvió Manuel á acercarse á la imprenta, se asomó á ella y
-preguntó al maquinista por Jesús.
-
---Menuda bronca le ha echado el amo--le contestó.
-
---¿Le ha despedido?
-
---No que no. Anda, sube tú ahora.
-
-Manuel, que iba á subir, se detuvo.
-
---¿Se fué ya Jesús?
-
---Sí. Estará en la taberna de la esquina.
-
-Efectivamente, allí estaba. Sentado en una mesa bebía una copa de
-aguardiente. Cariacontecido y triste, se entregaba á sus pensamientos
-sombríos.
-
---¿Qué haces?--le preguntó Manuel.
-
---¡Ah! ¿Eres tú?
-
---Sí; ¿te ha despedido el Cojo?
-
---Sí.
-
---¿Estabas pensando en algo?
-
---¡Pse!... cuando no se tiene nada que hacer. Anda, vamos á tomar unas
-copas.
-
---No, yo no.
-
---Tú harás lo que te se mande. No tengo más que cuarenta céntimos, que
-es como no tener nada. ¡Eh, tú, chico! Echa unas copas.
-
-Bebieron y se fueron los dos hacia el parador de Santa Casilda. Seguía
-nevando; Jesús, con las mejillas rojas, tosía desesperadamente.
-
---Te advierto que la Salvadora, la chiquita, te va á armar una chillería
-de dos mil demonios.--dijo Manuel--¡Vaya un genio que tiene!
-
---¿Pues qué quieren, que estemos toda la vida ahorrando? Yo me alegro de
-que la chiquita esté en casa, porque así le defiende á la Fea, que es
-más infeliz... Y á ti, ¿cuánto te queda de la quincena?--preguntó el
-cajista á Manuel.
-
---¿A mí? ni un botón.
-
-Con esta respuesta, Jesús sintió tal enternecimiento, que agarrando del
-brazo á su amigo, le aseguró con calurosas frases que le estimaba y le
-quería como á un hermano.
-
---Y, ¡maldito sea el veneno!--concluyó diciendo--, si yo no soy capaz de
-hacer por ti cualquier cosa; porque eso que me has dicho que no tienes
-un botón, vale más para mí que lo del héroe de Cascorro.
-
-Manuel, conmovido con estas palabras, aseguró con voz velada que, aunque
-era un golfo y no servía para nada, estaba dispuesto á todo.
-
-Para celebrar aquellas manifestaciones tan afectuosas de amistad,
-entraron los dos en una taberna de la calle de Barrionuevo y bebieron
-otras copas de aguardiente.
-
-Cuando llegaron al parador de Santa Casilda, iban los dos completamente
-borrachos. La administradora de la casa les salió al encuentro,
-reclamándoles á ambos el alquiler de sus cuartos. Jesús la contestó, en
-broma, que no le daban dinero porque no tenían. Ella les dijo que
-pagaban ó se marchaban á la calle, y el cajista la replicó que les
-echara si se atrevía.
-
-La mujer, que era de armas tomar, empujándoles por la espalda, puso á
-los dos en la calle.
-
---Rediós ¡con el sexo débil!--murmuró Jesús--. A esto le llaman el sexo
-débil... y á uno le ponen en la puerta de la calle... y á tomar dos
-duros... ¿Eh, Manuel? El sexo débil... ¿qué te parece á ti esa manera de
-hablar figurada?... Más débiles somos nosotros... y abusan.
-
-Echaron á andar; no sentía ninguno de los dos el frío.
-
-De vez en cuando, Jesús se detenía perorando; algún hombre se reía al
-verles pasar ó algún chiquillo, desde un portal, les llamaba y les
-tiraba una bola de nieve.
-
---¿De quién se reirán?--pensaba Manuel.
-
-La ronda estaba silenciosa, blanca, con un reguero negro en medio,
-dejado por los carros. Los grandes copos llegaban entrecruzándose;
-danzaban con las ráfagas de viento como mariposas blancas; al volver la
-calma, caían lenta y blandamente en el aire gris, como el plumón suave
-desprendido del cuello de un cisne.
-
-A lo lejos, entre la niebla, blanqueaba el paisaje de los alrededores,
-las lomas redondas de curva suave, las casas y los cementerios del campo
-de San Isidro. Todo se destacaba más negro: los tejados, las tapias, los
-arboles, los faroles cubiertos de espesas caperuzas de nieve.
-
-Y en el ambiente blanquecino, el humo negro espirado por las chimeneas
-de las fábricas, se extendía por el aire como una amenaza.
-
---El sexo débil. ¿Eh, Manuel?--siguió Jesús con su idea fija--, y á uno
-le ponen en la puerta de la calle... es como si dijeran la nieve
-débil... porque tú la pisas... ¿no es verdad?..., pero ella te enfría...
-¿y quién es más débil, tú ó la nieve?... tú porque te enfrías... En este
-mundo no hace uno más que eso, constiparse... Todo está frío, ¿sabes?...
-todo... Como la nieve... la ves blanca, ¿eh?, parece buena, cariñosa...
-el sexo débil... pues cógela y te hielas.
-
-Gastaron los últimos céntimos en otra copa de aguardiente, y desde
-entonces perdieron ya la conciencia de sus actos...
-
- * * * * *
-
-A la mañana siguiente se despertaron ateridos de frío en un cobertizo
-del Mercado de Ganados que había cerca del paseo de los Pontones.
-
-Jesús tosía de una manera horrible.
-
---Estáte tú aquí--le dijo Manuel.--Voy á ver si encuentro algo que
-comer.
-
-Salió á la Ronda, ya no nevaba; algunos chiquillos se divertían
-tirándose bolas de nieve; subió por la calle del Aguila; la zapatería
-estaba cerrada. Entonces Manuel pensó en buscar á Jacob; se dirigió
-hacia el Viaducto, é iba distraído cuando sintió que le cogían de los
-hombros y le decían:
-
---Detén tu brazo, Abraham. ¿A dónde vas?
-
-Era el Hombre Boa, el ilustre don Alonso.
-
-Manuel le contó lo que les pasaba á su amigo y á él.
-
---No hay que apurarse; ya vendrá la buena--murmuró el Hombre Boa.--¿Tú
-tienes algún sitio á dónde ir?
-
---Una tejavana.
-
---Bueno. Vamos allá; yo tengo una peseta. Con esto podemos comer los
-tres.
-
-Entraron en una casa de comidas de la calle del Aguila, donde les
-dieron, por dos reales, un puchero de cocido; compraron pan y fueron los
-dos de prisa hacia el cobertizo. Comieron, dejaron algo para la noche, y
-después de comer, don Alonso arrancó unas maderas de una valla y logró
-hacer fuego dentro del cobertizo.
-
-Por la tarde empezó á llover á torrentes; el Hombre Boa se creyó en el
-caso de amenizar la reunión, y comenzó á contar historias sobre
-historias, comenzando siempre con su eterno estribillo de «Una vez en
-América...»
-
---Una vez en América--(y esta historia es la menos insubstancial de las
-que contó)--íbamos navegando por el Mississippí en vapor. Os advierto
-que en estos vapores se puede jugar al billar; tan poco movimiento
-tienen. Pues bien, íbamos navegando y llegamos á un pueblo; se detiene
-el barco y vemos en el muelle de aquella aldea una barbaridad de gente;
-nos acercamos y vemos que todos eran indios, excepto unos cuantos
-carabineros y soldados yanquis.
-
-Yo (esto añadió don Alonso con arrogancia), que era el director, dije á
-mis músicos: «Hay que tocar con brío», y en seguida, búm... búm...
-búm... tra... la... la...; No os podéis figurar los gritos y chillidos y
-graznidos de aquella gente.
-
-Cuando concluyeron de tocar los músicos se presentó delante de mí una
-india muy gorda, con la cabeza llena de plumas de gallo, que se puso á
-hacerme ceremoniosos saludos. Pregunté á uno de los yanquis:--¿Quién es
-esa señora?--Es la reina--me dijo--, y desea un poco más de música. Yo
-la saludé: ¡Muy señora mía! (haciendo elegantes y versallescas
-reverencias y echando un pie hacia atrás) y les dije á los de la banda:
-«Muchachos: un poquito más de música para S. M.» Volvieron á tocar, y la
-reina, muy agradecida, me saludó, poniéndose la mano en el corazón. Yo
-hice lo mismo: ¡Muy señora mía!
-
-Armamos nuestro circo portátil en unas horas, y me retiré á pensar en el
-programa. Yo era el director.--Hay que hacer el «Indio á caballo»--me
-dije--; aunque es un número desacreditado en las ciudades, aquí no lo
-conocerán. Luego sacaré _equiyeres_, acróbatas, equilibristas,
-pantomimistas, y al último los _clauns_, que darán el golpe. Al que iba
-á hacer el «Indio á caballo» le advertí:--Mira, tú ponte lo más parecido
-á ellos.--Descuide usted, señor director. Muchachos: fué un éxito
-sensacional. Salió el «Indio». ¡Qué aplausos!
-
-Don Alonso representó mímicamente el número; se agachaba, imitando los
-movimientos del que va á caballo; hundía la cabeza en el pecho, mirando
-con ojos desencajados á un punto, y hacía como si volteara el lazo por
-encima de su cabeza.
-
---El «Indio á caballo»--prosiguió don Alonso--se ganó los aplausos de
-los demás indios. Para mí que ellos no sabían ni montar. Después hubo un
-número de acróbatas, luego otros varios, hasta que llegó la hora de los
-_clauns_. Ahora sí que va á haber jaleo--pensé yo--; y, efectivamente,
-no hicieron más que salir, cuando se armó un alboroto terrible. ¡Cómo se
-divierten!--pensaba yo--, cuando viene un mozo á decirme:--¡Señor
-director!, ¡señor director!--¿Qué pasa?--El público entero se va.--¿Qué
-se va? Nada, los indios se habían asustado al ver á los _clauns_, y
-creían que eran demonios que habían ido allí á aguarles la función.
-Entro en la pista, y saco á los _clauns_ á trompicones. Luego, para
-quitar á los indios la mala impresión, hice unos cuantos juegos de
-manos. Cuando empecé á echar cintas encendidas por la boca, ¡rediez, qué
-éxito! Todo el mundo se quedó asombrado; pero cuando les escamoteé unas
-sortijas y les saqué una pecera del bolsillo de la chaqueta con sus
-peces vivos, no he tenido nunca ovación mayor.
-
-Calló don Alonso. Jesús y Manuel se preparaban á dormir, tirados en el
-suelo, acurrucados en un rincón. Comenzaba á llover á torrentes; el agua
-caía con estrépito sobre el techo de cinc del cobertizo; el viento
-silbaba y gemía á lo lejos.
-
-Empezó á tronar, y no parecía sino que algún tren caía por un
-despeñadero de metal, por el ruido continuado y violento que hacían los
-truenos.
-
---¡Vaya una tempestad!--murmuró Jesús.
-
---¡Las tempestades de tierra!--replicó don Alonso--. ¡Valiente filfa!
-Las tempestades de tierra no valen nada. En el mar, en el mar, hay que
-verlas, cuando el agua salta por encima de los puentes... Hasta en los
-lagos. En el lago Erie y en el Michigan he pasado yo tempestades
-tremendas, con olas como casas. Eso sí, se calma el viento y el agua
-queda al poco rato como el estanque del Retiro. Una vez allí en
-América...
-
-Pero Manuel y Jesús, hartos de narraciones americanas, se hicieron los
-dormidos, y el antiguo Hombre Boa se calló desconsolado y pensó en
-aquellos dulces tiempos en que escamoteaba sortijas á los indios y les
-sacaba la pecera.
-
-No pudieron dormir; tuvieron que levantarse varias veces y cambiar de
-sitio, porque entraba el agua por el tejado...
-
-A la mañana siguiente, cuando salieron, ya no llovía; la nieve se había
-derretido por completo. La explanada del Mercado de Ganados hallábase
-convertida en un pantano; el suelo de la Ronda, en un barrizal; las
-casas y los árboles chorreaban agua; todo se veía negro, cenagoso,
-desierto; sólo algunos perros vagabundos, famélicos, llenos de barro,
-husmeaban en los montones de basura.
-
-Manuel empeñó la capa, y por el consejo de Jesús, se abrigó el pecho con
-unos periódicos. Dieron diez reales en una casa de préstamos por la
-prenda y fueron los tres á comer á la Tienda-Asilo de la Montaña del
-Príncipe Pío.
-
-Manuel y Jesús, acompañados de don Alonso, entraron en dos imprentas á
-preguntar si había trabajo, pero no lo había. Por la noche volvieron á
-la Tienda-Asilo á cenar. Propuso don Alonso ir á dormir al Depósito de
-mendigos. Salieron los tres; era al anochecer; había una fila de golfos
-andrajosos á la puerta del Depósito, esperando á que abrieran; Jesús y
-Manuel fueron partidarios de no entrar allá.
-
-Recorrieron el bosquecillo próximo al cuartel de la Montaña; algunos
-soldados y algunas prostitutas charlaban y fumaban en corro; siguieron
-la calle de Ferraz, luego la de Bailén; cruzaron el Viaducto, y por la
-calle de Toledo bajaron al paseo de los Pontones.
-
-El rincón donde habían pasado la noche anterior le ocupaba una banda de
-golfos.
-
-Siguieron adelante, metiéndose en el barro; comenzaba á llover de nuevo.
-Propuso Manuel entrar en la taberna de la Blasa, y por la escalera del
-paseo Imperial bajaron á la hondonada de las Injurias. La taberna estaba
-cerrada. Entraron en una callejuela. Los pies se hundían en el barro y
-en los charcos. Vieron una casucha con la puerta abierta y entraron. El
-Hombre Boa encendió una cerilla. La casa tenía dos cuartos de un par de
-metros en cuadro. Las paredes de aquellos cuartuchos destilaban humedad
-y mugre; el suelo, de tierra apisonada, estaba agujereado por las
-goteras y lleno de charcos. La cocina era un foco de infección: había en
-medio un montón de basura y de excrementos; en los rincones, cucarachas
-muertas y secas.
-
-Por la mañana salieron de la casa. El día se presentaba húmedo y triste;
-á lo lejos, el campo envuelto en niebla. El barrio de las Injurias se
-despoblaba; iban saliendo sus habitantes hacia Madrid, á la busca, por
-las callejuelas llenas de cieno; subían unos al paseo Imperial, otros
-marchaban por el Arroyo de Embajadores.
-
-Era gente astrosa; algunos, traperos; otros, mendigos; otros, muertos de
-hambre; casi todos de facha repulsiva. Peor aspecto que los hombres
-tenían aún las mujeres, sucias, desgreñadas, haraposas. Era una basura
-humana, envuelta en guiñapos, entumecida por el frió y la humedad, la
-que vomitaba aquel barrio infecto. Era la herpe, la lacra, el color
-amarillo de la terciana, el párpado retraído, todos los estigmas de la
-enfermedad y de la miseria.
-
---Si los ricos vieran esto, ¿eh?--dijo don Alonso.
-
---Bah, no harían nada--murmuró Jesús.
-
---¿Por qué?
-
---Porque no. Si le quita usted al rico la satisfacción de saber que
-mientras él duerme otro se hiela y que mientras él come otro se muere de
-hambre, le quita usted la mitad de su dicha.
-
---¿Crees tú eso?--preguntó don Alonso mirando á Jesús con asombro.
-
---Sí. Además, ¿qué nos importa lo que piensen? Ellos no se ocupan de
-nosotros; ahora dormirán en sus camas limpias y mullidas tranquilamente,
-mientras nosotros...
-
-Hizo un gesto de desagrado el Hombre Boa; le molestaba que se hablara
-mal de los ricos.
-
-Salió el sol; un disco rojo sobre la tierra negra; luego, en las
-escombreras de la fábrica del gas de encima de las Injurias comenzaron á
-llegar carros y á verter cascotes y escombros. En las casuchas de la
-hondonada, alguna que otra mujer se asomaba á la puerta con la colilla
-del cigarro en la boca...
-
-Una noche el sereno de las Injurias sorprendió á los tres hombres en la
-casa desalquilada y los echó de allí.
-
-Los días siguientes, Manuel y Jesús--el titiritero había
-desaparecido--se decidieron á ir al Asilo de las Delicias á pasar la
-noche. Ninguno de los dos se preocupaba en buscar trabajo. Llevaban ya
-cerca de un mes vagabundeando, y un día en un cuartel, al siguiente en
-un convento ó en un asilo, iban viviendo.
-
-La primera vez que Jesús y Manuel durmieron en el Asilo de las Delicias
-fué un día de Marzo.
-
-Cuando llegaron al asilo no se hallaba abierto aún. Aguardaron paseando
-por el antiguo camino de Yeseros. Se internaron por los campos próximos,
-en los que se veían casuchas miserables, á cuyas puertas jugaban al
-chito y al tejo algunos hombres y pululaban chiquillos andrajosos.
-
-Eran aquellos andurriales sitios tristes, yermos, desolados; lugares de
-ruina, como si en ellos se hubiese levantado una ciudad á la cual un
-cataclismo aniquilara. Por todas partes se veían escombros y cascotes,
-hondonadas llenas de escorias; aquí y allí alguna chimenea de ladrillo
-rota, algún horno de cal derruido. Sólo á largo trecho se destacaba una
-huerta con su noria; á lo lejos, en las colinas que cerraban el
-horizonte, se levantaban barriadas confusas y casas esparcidas. Era un
-paraje intranquilizador; por detrás de las lomas salían vagos de mal
-aspecto en grupos de tres y cuatro.
-
-Por allá cerca pasaba el Arroyo Abroñigal, en el fondo de un barranco, y
-Manuel y Jesús lo siguieron hasta un puente de ladrillo llamado de los
-Tres Ojos.
-
-Volvieron al anochecer. El Asilo estaba ya abierto. Se encontraba á la
-derecha, camino de Yeseros arriba, próximo á unos cuantos cementerios
-abandonados. El tejado puntiagudo, las galerías y escalinatas de madera,
-le daban aspecto de chalet suizo. En el balcón, en un letrero sujeto al
-barandado, se leía: «Asilo Municipal del Sur». Un farol de cristal rojo
-lanzaba luz sangrienta en medio de los campos desiertos.
-
-Manuel y Jesús bajaron varios escalones; en una taquilla, un empleado
-que escribía en un cuaderno les pidió su nombre, lo dieron, y entraron
-en el Asilo.
-
-La parte destinada á los hombres tenía dos salas iluminadas con mecheros
-de gas, separadas por un tabique, las dos con pilares de madera y
-ventanucas altas y pequeñas. Jesús y Manuel cruzaron la primera sala y
-entraron en la segunda, en donde á lo largo, sobre unas tarimas, había
-algunos hombres. Se tendieron también ellos y charlaron un rato...
-
-Iban entrando mendigos, apoderándose de las tarimas, colocadas en medio
-y junto á las columnas. Dejaban los que entraban en el suelo sus
-abrigos, capas llenas de remiendos, elásticas sucias, montones de
-guiñapos, y al mismo tiempo latas llenas de colillas, pucheros y cestas.
-
-Los parroquianos pasaban casi todos á la segunda sala.
-
---Aquí no corre tanto el aire--dijo un viejo mendigo que se preparaba á
-tenderse cerca de Manuel.
-
-Unos cuantos golfos de quince á veinte años hicieron irrupción en la
-sala, se apoderaron de un rincón y se pusieron á jugar al cané.
-
---¡Qué tunantes sois!--les gritó el viejo mendigo vecino de Manuel--.
-Hasta aquí tenéis que venir á jugar, ¡leñe!
-
---¡Ay, con lo que sale ahora el arrugado!--replicó uno de los golfos.
-
---Cállese usted, ¡calandria! Si se parece usted á don Nicanor tocando el
-tambor--dijo otro.
-
---¡Granujas! ¡Golfos!--murmuró el viejo con ira.
-
-Manuel se volvió á contemplar al iracundo viejo. Era bajito, con barba
-escasa y gris; tenía los ojos como dos cicatrices y unas antiparras
-negras que le pasaban por en medio de la frente. Vestía un gabán
-remendado y mugriento, en la cabeza una boina y encima de ésta un
-sombrero duro de ala grasienta. Al llegar, se desembarazó de un morral
-de tela y lo dejó en el suelo.
-
---Es que estos granujas nos desacreditan--explicó el viejo--; el año
-pasado robaron el teléfono del Asilo y un pedazo de plomo de una
-cañería.
-
-Manuel paseó la vista por la sala. Cerca de él, un viejo alto, de barba
-blanca, con cara de apóstol, embebido en sus pensamientos, apoyaba la
-espalda en uno de los pilares; llevaba una blusa, una bufanda y una
-gorrilla. En el rincón ocupado por los golfos descarados y fanfarrones,
-se destacaba la silueta de un hombre vestido de negro, tipo de cesante.
-En sus rodillas apoyaba la cabeza un niño dormido, de cinco á seis años.
-
-Todos los demás eran de facha brutal; mendigos con aspecto de
-bandoleros; cojos y tullidos que andaban por la calle mostrando sus
-deformidades; obreros sin trabajo, acostumbrados á la holganza, y entre
-éstos algún tipo de hombre caído, con la barba larga y las guedejas
-grasientas, al cual le quedaba en su aspecto y en su traje, con cuello
-corbata y puños aunque muy sucios, algo de distinción; un pálido reflejo
-del esplendor de la vida pasada.
-
-La atmósfera se caldeó pronto en la sala, y el aire, impregnado de olor
-de tabaco y de miseria, se hizo nauseabundo.
-
-Manuel, se tendió en su tarima y escuchó la conversación que entablaron
-Jesús y el mendigo viejo de las antiparras. Era éste un pordiosero
-impenitente, conocedor de todos los medios de explotar la caridad
-oficial.
-
-A pesar de que andaba siempre rodando de un lado á otro, no se había
-alejado nunca más de cinco ó seis leguas de Madrid.
-
---Antes se estaba bien en este Asilo--explicaba el viejo á Jesús--;
-había una estufa; las tarimas tenían su manta, y por la mañana á todo el
-mundo se le daba una sopa.
-
---Sí, una sopa de agua--replicó otro mendigo joven, melenudo, flaco y
-tostado por el sol.
-
---Bueno, pero calentaba las tripas.
-
-El hombre de aspecto decente, disgustado, sin duda, de encontrarse entre
-la golfería, tomó al chico en sus brazos y se acercó al lugar ocupado
-por Jesús y Manuel y terció en la conversación contando sus cuitas.
-Dentro de lo triste, era cómica su historia.
-
-Venía de una capital de provincia, dejando un destinillo, creyendo en
-las palabras del diputado del distrito, que le prometió un empleo en un
-ministerio. Se pasó dos meses detrás del diputado y se encontró al cabo
-de ellos en la miseria y en el desamparo más grandes. Mientras tanto,
-escribía á su mujer dándole esperanzas.
-
-El día anterior le habían despachado de la casa de huéspedes, y después
-de correr medio Madrid y no encontrando medio de ganar una peseta, fué
-al Gobierno civil y pidió á un guardia que les llevara á su hijo y á él
-á un asilo.--No llevo al asilo sino á los que piden limosna--le dijo el
-guardia.--Yo voy á pedir limosna--le contestó él con humildad--puede
-usted llevarme.--No, pida usted limosna y entonces le cogeré.
-
-Al hombre se le resistía pedir; pasaba un señor, se acercaba con su
-hijo, se llevaba la mano al sombrero; pero la petición no salía de su
-boca. Entonces el guardia le había aconsejado que fuera al Asilo de las
-Delicias.
-
---Pues si le llegan á coger no adelanta usted nada--dijo el de los
-anteojos--; le hubieran llevado al Cerro del Pimiento y allá se hubiese
-usted pasado el día sin probar la gracia de Dios.
-
---Y luego, ¿qué hubieran hecho conmigo?--preguntó la persona decente.
-
---Echarlo fuera de Madrid.
-
---Pero, ¿no hay sitios por ahí para pasar la noche?--dijo Jesús.
-
---La mar--contestó el viejo--, por todas partes. Ahora, que en el
-invierno se tiene frío.
-
---Yo he vivido--añadió el mendigo joven--más de medio año en
-Vaciamadrid, un pueblo que está casi deshabitado; un compañero mío y yo
-encontramos una casa cerrada y nos instalamos en ella. Vivimos unas
-semanas al pelo. Por las noches íbamos á la estación de Arganda; con una
-barrena hacíamos un agujero en un barril de vino, llenábamos la bota y
-después tapábamos el agujero con pez.
-
---¿Y por qué se fueron ustedes de allí?--preguntó Manuel.
-
---La Guardia civil nos sitió y tuvimos que escaparnos por las ventanas.
-Maldito si yo no estaba cansado ya de aquel rincón. A mí me gusta andar
-por esos caminos, una vez aquí, otra vez allá. Se encuentra uno con
-gente que sabe, y se va uno ilustrando...
-
---¿Y usted ha andado mucho por ahí?
-
---Toda mi vida. Yo no puedo gastar más que un par de alpargatas en un
-pueblo. Me entra una desazón cuando estoy en el mismo sitio, que tengo
-que echar á andar. ¡Ah! ¡El campo! No hay como eso. Se come donde se
-puede; el invierno es malo, ¡pero el verano! Se hace uno una cama de
-tomillo debajo de un árbol y se duerme uno allá tan ricamente, mejor que
-el rey. Luego, como las golondrinas, se va uno donde hace calor.
-
-El viejo de las antiparras, desdeñando lo que decía el vagabundo joven,
-indicó á Jesús los rincones que había en las afueras.
-
---Adonde suelo ir yo cuando hace buen tiempo, es á un camposanto que hay
-cerca del tercer Depósito. Allá hay unas casas donde iremos esta
-primavera.
-
-Manuel oyó confusamente el final de la conversación y se quedó dormido.
-A media noche se despertó al oir unas voces. En el rincón de la golfería
-dos muchachos rodaban por el suelo y luchaban á brazo partido.
-
---Te daré dinero--murmuraba uno entre dientes.
-
---Suelta, que me ahogas.
-
-El mendigo viejo, que se había despertado, se levantó furioso, levantó
-el garrote y dió un golpe en la espalda á uno de ellos. El caído se
-irguió bramando de coraje.
-
---Ven ahora, ¡cochino! Hijo de la grandísima perra--gritó.
-
-Se abalanzaron el uno sobre el otro, se golpearon y cayeron los dos de
-bruces.
-
---Estos granujas nos están desacreditando--exclamó el viejo.
-
-Un guardia restableció el orden y expulsó á los alborotadores. Volvió á
-tranquilizarse el cotarro y no se oyeron más que ronquidos sordos y
-sibilantes...
-
-Por la mañana, aun antes de amanecer, cuando se abrieron las puertas del
-Asilo, salieron todos los que habían pasado allí la noche y se
-desparramaron al momento por aquellos andurriales.
-
-Manuel y Jesús siguieron la calle de Méndez Alvaro. En los andenes de la
-estación del Mediodía brillaban los focos eléctricos como globos de luz
-en el aire negro de la noche.
-
-De las chimeneas del taller de la estación salían columnas apretadas de
-humo blanco; las pupilas rojas y verdes de los faros de señales lanzaban
-un guiño confidencial desde sus altos soportes; las calderas en tensión
-de las locomotoras, bramaban con espantosos alaridos.
-
-Temblaban las luces mortecinas de los distanciados faroles de ambos
-lados de la carretera. Se entreveían en el campo, en el aire turbio y
-amarillento como un cristal esmerilado, sobre la tierra sin color,
-casucas bajas, estacadas negras, altos palos torcidos de telégrafo,
-lejanos y obscuros terraplenes por donde corría la línea del tren.
-Algunas tabernuchas, iluminadas por un quinqué de luz lánguida, estaban
-abiertas... Luego ya, á la claridad opaca del amanecer, fué apareciendo
-á la derecha el ancho tejado plomizo de la estación del Mediodía, húmedo
-de rocío; enfrente la mole del Hospital general, de un color de
-ictérico; á la izquierda, el campo yermo, las eras inciertas, pardas,
-que se alargaban hasta fundirse con las colinas onduladas del horizonte
-bajo el cielo húmedo y gris, en la enorme desolación de los alrededores
-madrileños...
-
-
-
-
-CAPÍTULO VII
-
-La Casa Negra.--Incendio.--Fuga.
-
-
-Cerca de la estación se alargaba una fila de coches; los cocheros habían
-hecho una hoguera. Se calentaron un momento Jesús y Manuel.
-
---Tenemos que ir á ese pueblo--murmuró Jesús.
-
---¿A cuál?
-
---A ese que está deshabitado, según ha dicho ese hombre. A Vaciamadrid.
-
---Bueno.
-
-Llegaba un tren en aquella hora, y Manuel y Jesús se colocaron á la
-puerta de la estación, á la salida de los viajeros, con la idea de
-ganarse unos cuartos llevando alguna maleta.
-
-Manuel tuvo la suerte de tomar un bulto de un señor y llevárselo á un
-coche. El señor le dió unas perras.
-
-Manuel y Jesús subieron al Prado. Iban por delante del Museo, cuando
-vieron un simón y detrás del coche, corriendo á todo correr, á don
-Alonso, con un traje haraposo lleno de agujeros.
-
---¡Eh!, ¡eh!--le gritó Manuel.
-
-Don Alonso miró hacia atrás, se detuvo y se acercó á Jesús y Manuel.
-
---¿A dónde iba usted?--le preguntaron.
-
---Detrás de ese coche para subirle el baúl á casa á ese caballero; pero
-estoy cansado, ya no tengo piernas.
-
---¿Y qué hace usted?--le preguntó Manuel.
-
---¡Pse!... Morirme de hambre.
-
---¿No viene la buena?
-
---¿Qué ha de venir? Napoleón se hizo la pascua en _Uaterlú_, ¿verdad?,
-pues mi vida es un _Uaterlú_ continuo.
-
---¿A qué se dedica usted ahora?
-
---He estado vendiendo libros verdes. Aquí debo tener uno--añadió
-mostrando á Manuel una cartilla, cuyo título era: _Las picardías de las
-mujeres la primera noche de novios_.
-
---¿Es bueno esto?--preguntó Manuel.
-
---Así, así. Te advierto que hay que leer un renglón sí el y otro no.
-¡Yo, dedicado á estas cosas! ¡Yo, que he sido director de un circo en
-_Niu Yoc_!
-
---Ya vendrá la buena.
-
---Hace unas noches salí tambaleándome, muerto de necesidad, y me fuí á
-una Casa de Socorro, porque ya no podía más.--¿Qué tiene usted?--me
-preguntó uno.--Hambre.--Eso no es enfermedad--me dijo. Entonces me eché
-á pedir limosna, y ahora voy al anochecer al barrio de Salamanca, y
-allá, á las señoras que van solas las digo que se me ha muerto un hijo,
-que necesito un par de reales para comprar velas. Ellas se horrorizan y
-me suelen dar algo. He encontrado también un rincón donde dormir. Está
-por allá, hacia el río.
-
-Comieron los tres el rancho sobrante en el cuartel de María Cristina, y
-por la tarde el Hombre Boa fué á su centro de operaciones del barrio de
-Salamanca.
-
---Peseta y media he sacado hoy--les dijo á Manuel y á Jesús. Vamos á
-cenar.
-
-Cenaron en el parador de Barcelona de la calle del Caballero de Gracia,
-y después el resto lo emplearon en aguardiente.
-
-Luego fueron al rincón encontrado por don Alonso, una casa en ruinas,
-próxima al puente de Toledo. La llamaban la Casa Negra; no quedaba de
-ella más que las cuatro paredes, cortadas á la altura del primer piso.
-
-Ocupaba el centro de una huerta; tenía un cañizo sobre el cual
-sobresalían unas cuantas vigas negruzcas derechas, como las chimeneas de
-un pontón.
-
-Entraron los tres en la casucha. Cruzaron el patio, saltando por encima
-de escombros, tejas, maderas podridas y montones de cascote. Recorrieron
-un pasillo. Don Alonso encendió un fósforo, que mantuvo en el hueco de
-la mano. Vivían allí clandestinamente unas familias de gitanos y unos
-cuantos mendigos. Algunos habían hecho sus camas con paja y trapos;
-otros dormían apoyándose sobre cuerdas de esparto, sujetas á las
-paredes.
-
-Don Alonso tenía su rincón y llevó allí á Manuel y á Jesús.
-
-El suelo era húmedo, de tierra; quedaban algunos tabiques de la casa en
-pie; los agujeros del techo estaban obturados con haces de caña, cogidos
-en el río, y pedazos de estera.
-
---¡Qué moler!--dijo don Alonso al tenderse--; siempre hay que andar
-buscando rincones. ¡Quién pudiera ser caracol!
-
---¿Para qué?--le preguntó Jesús.
-
---Aunque no fuera más que para no pagar la casa de huéspedes.
-
---¡Ya vendrá la buena!--dijo irónicamente Manuel.
-
---Esa es la esperanza--replicó el Hombre Boa--. Mañana quizás ha
-cambiado nuestra suerte. Tú no sabes lo que es la vida. El destino para
-el hombre es como el viento para la veleta.
-
---Lo malo es--murmuró Jesús--que la veleta nuestra, cuando no señala
-hambre, señala frío, y siempre miseria.
-
---Mañana puede variar.
-
-Con estas halagüeñas ilusiones se durmieron los tres. Despertó Manuel al
-amanecer; la luz del alba entraba por los agujeros del cañizo que hacía
-de techo, y con aquella luz pálida el interior de la Casa Negra ofrecía
-un aspecto siniestro.
-
-Dormían todos mezclados, arremolinados en un amontonamiento de harapos y
-de papeles de periódicos. Algunos hombres buscaban las mujeres en la
-semiobscuridad, y se oían sus gruñidos de placer.
-
-Cerca de Manuel, una mujer, con aspecto de idiotismo y de miseria
-orgánica, sucia y llena de harapos, mecía un niño en los brazos. Era una
-mendiga aún joven, una pobre criatura vagabunda, de esas que recorren
-los caminos sin rumbo ni dirección, á la gracia de Dios.
-
-Por entre el astroso corpiño mostraba el pecho lacio y negruzco. Uno de
-los gitanillos se deslizó junto á ella y le agarró el pecho con la mano.
-Ella dejó el niño á un lado y se tendió en el suelo...
-
- * * * * *
-
-Un día de Abril, por la madrugada, el frío era tan espantoso dentro de
-la Casa Negra, que hicieron en medio una hoguera; crecieron las llamas
-y, cuando menos se esperaba, prendió el cañizo. Inmediatamente se
-generalizó el fuego. Estallaban las cañas al arder; pronto una inmensa
-llamarada se levantó en el aire.
-
-Escaparon todos despavoridos; Manuel, Jesús y don Alonso salieron de
-prisa por el paseo de los Pontones hacia la Ronda.
-
-En la noche obscura brillaba el techo incendiado como una gran antorcha;
-pronto se apagó y quedaron sólo chispas, que saltaban y volaban en el
-aire.
-
-Los tres marcharon por la Ronda; allá lejos se veían líneas alargadas de
-faroles de gas, y á trechos núcleos de luces como islas brillantes en
-medio de la obscuridad. En la Ronda solitaria se oía muy de tarde en
-tarde el paso precipitado de algún transeunte y los ladridos lejanos de
-los perros.
-
-Se le ocurrió á Manuel ir á la taberna de la Blasa. En vez de tomar por
-el paseo Imperial, entraron en las Injurias por una callejuela iluminada
-con faroles de petróleo, que pasaba al lado de la Fábrica del gas.
-
-Humos negros y rojos salían de las altas chimeneas; las panzas redondas
-de los gasómetros se acercaban al suelo, y alrededor de ellas se
-levantaban los soportes, que en la obscuridad producían un efecto
-extraño.
-
-No estaba abierta la taberna de la Blasa. Tiritando de frío siguieron
-andando los tres por la Ronda de Toledo, pasaron frente á una fábrica,
-cuyas ventanas vertían una luz violenta de arco voltaico en la negrura
-de la noche.
-
-En medio de aquel silencio, la fábrica parecía rugir y echaba borbotones
-de humo por la chimenea.
-
---No debía haber fábricas--dijo Jesús con una indignación súbita.
-
---¿Y por qué?--preguntó don Alonso.
-
---Porque no.
-
---¿Y de qué va á vivir la gente? ¿Qué se va á hacer la industria si no
-hay fábricas?
-
---Que se haga la pascua como nosotros. La tierra debe dar para que
-vivamos todos--añadió Jesús.
-
---¿Y la civilización?--preguntó don Alonso.
-
---¡La civilización! Bastante nos sirve á nosotros la civilización. La
-civilización es muy buena para el rico, ¡lo que es para el pobre!
-
---¿Y la luz eléctrica?, ¿y los vapores?, ¿y el telégrafo?
-
---¿Pero usted los utiliza?
-
---No, pero los he utilizado.
-
---Cuando tenía usted dinero. La civilización está hecha para el que
-tiene dinero, y el que no lo tiene que se muera. Antes el rico y el
-pobre se alumbraban con un candil parecido; hoy el pobre sigue con el
-candil y el rico alumbra su casa con luz eléctrica; antes si el pobre
-iba á pie, el rico iba á caballo; hoy el pobre sigue andando á pie y el
-rico va en automóvil; antes el rico tenía que vivir entre los pobres;
-hoy vive aparte, se ha hecho una muralla de algodón y no oye nada. Que
-los pobres chillan, él no oye; que se mueren de hambre, él no se
-entera....
-
---No tienes razón--dijo don Alonso.
-
---Casi nada...
-
-Siguieron oyéndose ladridos lejanos de los perros. Hacía cada vez más
-frío. Pasaron por la Ronda de Valencia y por la de Atocha.
-
-Se destacó el Hospital General, con su sombría mole y sus ventanas
-iluminadas por luces mortecinas.
-
---Ahí siquiera no se debe tener frío--murmuró el Hombre Boa, con tono
-jovial que sonaba á dolorida queja.
-
-Comenzaba á clarear, iba disipándose el vaho gris de la mañana; por el
-camino pasaban carros de bueyes; las gallinas cacareaban á lo lejos....
-
-
-
-
-CAPÍTULO VIII
-
-Las cuevas del Gobierno civil.--Et repatriado.--La sopa del convento.
-
-
-Algunas veces, Manuel, Jesús y don Alonso iban á dormir á las iglesias.
-Una noche que se habían tendido los tres en una capilla de San Sebastián
-llena de bancos, el sacristán les hizo salir y les entregó á una pareja
-de Orden público. Don Alonso trató de demostrar á los guardias que era
-una persona, no sólo decente, sino importante; mientras él peroraba,
-Jesús se escabulló por la plaza de Santa Ana.
-
---En la Delegación contarán todo eso--contestó el guardia á las
-explicaciones del Hombre Boa.
-
-Bajaron por una calle próxima, y en un portal en donde brillaba un farol
-rojo, entraron y subieron por una escalera estrecha á un cuarto donde
-garrapateaban dos escribientes. Mandaron éstos á don Alonso y á Manuel
-sentarse en unos bancos, y ambos lo hicieron lo más humildemente
-posible.
-
---Usted, el viejo, ¿cómo se llama?--dijo uno de los escribientes.
-
---¿Yo?--preguntó el Hombre Boa.
-
---Sí, usted. ¿Es usted sordo ó idiota?
-
---No, no, señor.
-
---Pues lo parece. ¿Cuál es su nombre?
-
---Alonso de Guzmán Calderón y Téllez.
-
---¿Edad?
-
---Cincuenta y seis años.
-
---¿Estado?
-
---Soltero.
-
---¿Profesión?
-
---Artista de circo.
-
---¿En dónde vive usted?
-
---Hasta hace unos días...
-
---¿Dónde vive usted ahora le pregunto, imbécil?
-
---Ahora, pues...
-
---Pon sin domicilio--dijo uno de los escribientes al otro.
-
-Después tomaron la filiación á Manuel y volvieron á sentarse los dos sin
-hablar, muy intrigados con la suerte que les esperaba.
-
-Los del Orden paseaban por el cuarto charlando; á veces se oía sonar el
-repiqueteo de un timbre.
-
-De pronto se abrió la puerta y entró una mujer joven, de mantilla, con
-una gran inquietud en los ojos.
-
-Se acercó á los dos escribientes.
-
---¿Podría ir alguno... á mi casa... un médico...? mi madre se ha caído y
-se ha abierto la cabeza.
-
-El escribiente echó una bocanada de humo de tabaco y no contestó;
-después, volviéndose y mirando á la mujer de arriba á bajo, dijo con una
-grosería y una bestialidad épicas:
-
---Eso á la Casa de Socorro. Nosotros nada tenemos que ver con eso--, y
-volvió la cabeza y siguió fumando. La mujer paseó sus ojos asustados por
-la Delegación; se decidió á salir, dió buenas noches, que nadie
-contestó, con voz desfallecida y se fué.
-
---¡Cagatintas! ¡Canallas!--murmuró don Alonso en voz baja--. ¡Qué les
-costaba haber enviado algún guardia para que acompañara á esa pobre
-mujer á la Casa de Socorro!
-
-Pasaron allí Manuel y el Hombre Boa mas de dos horas, y al cabo de éstas
-los guardias les hicieron entrar en un cuarto en donde se paseaba un
-hombre alto de barba negra, peinado á lo chulo, con aspecto de jugador ó
-de _croupier_.
-
---¿Qué son éstos?--preguntó el hombre con acento andaluz, haciendo
-brillar, al retorcerse el bigote, un brillante que llevaba en el dedo.
-
---Son dos que iban á dormir á la iglesia de San Sebastián--dijo el
-guardia--; no tienen domicilio.
-
---Perdone usted--dijo don Alonso--, accidentalmente...
-
---Llevarlos á que pasen la quincena--dijo el hombre alto.
-
-No dieron tiempo á don Alonso de decir nada, porque uno de los guardias
-le empujó brutalmente fuera del cuarto. Manuel le siguió.
-
-Los dos guardias les obligaron á bajar las escaleras y les metieron en
-un cuarto obscuro, en donde, después de tantear, encontraron un banco.
-
---En fin, ya vendrá la buena--dijo don Alonso, sentándose y lanzando un
-profundo suspiro.
-
-Manuel, á pesar de que la situación no era del todo cómica, sintió unas
-ganas de reir tan grandes, que no las pudo contener.
-
---¿Por qué te ríes, hijo mío?--preguntó don Alonso.
-
-Manuel no supo explicar por qué se reía; pero después de reir, y de reir
-mucho, se quedó con un humor fúnebre.
-
---Qué diría Jesús si estuviera aquí--murmuró Manuel--. En la casa de
-Dios, en donde todos son iguales, es un crimen entrar á descansar; el
-sacristán le entrega á uno á los guardias, los guardias le meten á uno
-en un cuarto obscuro. ¡Y vaya usted á saber lo que nos harán después! Yo
-tengo miedo de que nos lleven á la cárcel, si es que no nos ahorcan.
-
---No digas tonterías. Siquiera, ¡si nos dieran de comer!--murmuró don
-Alonso.
-
---En eso estarán pensando.
-
-Serían la una ó á las dos de la mañana cuando abrieron la puerta del
-chiquero y, conducidos por dos guardias, el Hombre Boa y Manuel
-salieron á la calle.
-
---Pero, ¿á dónde nos llevan?--preguntó don Alonso un poco asustado.
-
---Usted siga para adelante--le contestó el guardia.
-
---Esto es una arbitrariedad--murmuró don Alonso.
-
---Usted siga para adelante, si no quiere ir atado codo con codo--replicó
-el guardia.
-
-Pasaron la Puerta del Sol, siguieron por la calle Mayor y se detuvieron
-en el Gobierno civil. A la izquierda del zaguán, por una estrecha
-escalera, tuvieron que bajar á una sala de techo bajo, iluminada por un
-quinqué, con unas tarimas altas, en donde dormían en fila diez ó doce
-guardias de orden público, vestidos y calzados.
-
-De esta sala bajaron por una escalerilla á un corredor estrecho, á uno
-de cuyos lados había dos jaulas con grandes rejas. En una de éstas,
-hicieron entrar á don Alonso y á Manuel y cerraron tras ellos.
-
-Un hombre y unos cuantos chicos se les acercaron á mirarles.
-
---Esto es una arbitrariedad--gritó don Alonso--. Nosotros nada hemos
-hecho para que se nos encarcele.
-
---Ni yo tampoco--murmuró un mendigo joven á quien según dijo habían
-cogido pidiendo limosna--; luego, aquí no se puede estar.
-
---¿Qué pasa?--preguntó Manuel.
-
---Que uno de esos se ha ensuciado ahí. Está enfermo y desnudo. Debían
-llevarlo al Hospital. El dice que le han robado la ropa; estos chicos
-aseguran que se la ha jugado en la cárcel.
-
---Y es verdad--replicó uno de los golfos--. Hemos estado pasando la
-quincena allá arriba. Cuando salimos de la cárcel, al llegar á la
-puerto, nos volvieron á coger á todos y nos trajeron aquí.
-
-A la luz del corredor, en el fondo de aquella jaula, se veían unos
-cuantos hombres en el suelo.
-
-Echado en un banco próximo á la pared, desnudo, con las piernas
-encogidas, se abrigaba con una capa raida el enfermo, y al moverse
-dejaba al descubierto alguna parte de su persona.
-
---¡Agua!--murmuró con voz débil.
-
---Ya se la hemos pedido al sargento--dijo el mendigo--; pero no la trae.
-
---Esto es una salvajada--gritó el Hombre Boa--, esto es una barbaridad.
-
-Como nadie hizo caso á don Alonso, tuvo á bien callarse.
-
---Ese otro--agregó el golfo, riéndose y señalando á uno escondido en un
-rincón--tiene sífilis y sarna.
-
-Don Alonso se abismó en su melancolía y se calló.
-
---¿Y qué van á hacer de nosotros?--preguntó Manuel.
-
---Nos llevarán á la cárcel á pasar quince días--contestó el mendigo.
-
---¿Y allí se come?--preguntó el Hombre Boa, saliendo del fondo de su
-ensimismamiento.
-
---No siempre.
-
-Quedaron todos silenciosos, cuando se oyó en el pasillo un murmullo de
-voces, que pronto se convirtió en una algarabía de gritos de mujer, de
-imprecaciones y de lloros.
-
---¡Leñe!, no empuje usted.
-
---¡Moler! con el hombre.
-
---Anda, anda para adentro--decía una voz de hombre.
-
-Eran unas treinta mujeres cogidas en la calle, que encerraban en la
-jaula inmediata. Unas gritaban, otras gemían, algunas se dedicaban á
-insultar, con el repertorio de palabras más selecto, al delegado y al
-jefe de la Higiene.
-
---No queda una madre sana--hizo observar don Alonso.
-
-Manuel creyó reconocer la voz de la Chata y de la Rabanitos. Después de
-encerrar á las mujeres, un sargento de Orden público se acercó á la
-jaula de los hombres.
-
---Señor sargento--dijo don Alonso--, que aquí hay un hombre que está
-malo.
-
---¿Y qué quiere usted que yo le haga?
-
---Señor sargento, si me hiciera usted un favor...--añadió Manuel.
-
---¿Qué?
-
---Que si hay algún periodista de esos que vienen á recoger noticias
-aquí, le diga usted que yo soy cajista en el periódico _El Mundo_ y que
-me han metido preso.
-
---Bueno, se dirá.
-
-No había pasado media hora, cuando volvió á presentarse el sargento,
-abrió la reja y se dirigió á Manuel:
-
---Eh, tú, el cajista. Afuera.
-
-Salió Manuel, pasó por delante de la jaula en donde estaban encerradas
-las mujeres, vió á la Chata y á la Rabanitos en un grupo de viejas
-prostitutas, entre las que había una negra, todas horribles, y subió de
-prisa la escalerilla hasta la sala en donde dormía el retén de guardias.
-El sargento abrió el postigo, cogió á Manuel de un brazo, le arreó un
-puntapie con toda su fuerza y lo puso en la calle.
-
-El reloj del Ayuntamiento marcaba las tres; lloviznaba; Manuel se metió
-por la calle de Ciudad Rodrigo á guarecerse en los arcos de la plaza
-Mayor, y como estaba cansado, se sentó en el escalón de un portal. Iba á
-dormirse, cuando un hombre con trazas de mendigo se sentó también allí y
-hablaron; el hombre dijo ser repatriado de Cuba, que no encontraba
-empleo ni servía tampoco para trabajar, pues se había acostumbrado á
-vivir á salto de mata.
-
---Después de todo, voy teniendo suerte--añadió el repatriado--. Cuando
-no me he muerto este invierno, es que ya no me muero nunca.
-
-Pasaron los dos la noche acurrucados uno junto á otro, y por la mañana
-fueron á la plaza de la Cebada y anduvieron merodeando por allí. El
-repatriado cogió unas cuantas nueces de un montón, y esto constituyó el
-desayuno de los dos compañeros.
-
-Más tarde bajaron por el puente de Toledo.
-
---¿Adónde vamos?--preguntó Manuel.
-
---Aquí, á un convento de trapenses que hay cerca de Jetafe, en donde nos
-darán de comer--dijo el repatriado.
-
-Manuel aceleró el paso.
-
---Vamos de prisa.
-
---No sirve. Sacan la comida después de que ellos comen. De manera que,
-aunque corras, no adelantas nada; hay que esperar.
-
-Entonces Manuel moderó su marcha. El repatriado era un tipo vulgar,
-tenía la nariz gruesa, la cara ancha y el bigote rubio. Llevaba un
-sombrero puntiagudo, la ropa llena de remiendos, una bufanda vieja
-arrollada al cuello y en la mano un garrote.
-
-Llegaron al convento, pasaron á la portería y se sentaron en una mesa,
-en donde seis ó siete hombres esperaban.
-
---¿Tú sabes hacer versos?--preguntó el repatriado á Manuel.
-
---Yo, no. ¿Por qué?
-
---Porque hace unos días vine yo aquí con un señor que, eso sí, estaba
-tan muerto de hambre como nosotros, y mientras esperábamos la comida, él
-preguntó el nombre del rector y le hizo unos versos la mar de bonitos. Y
-entonces el rector le mandó entrar y le dió de comer y de beber.
-
---Pues es una lástima que no sepamos nosotros hacer una copla. ¿Cómo se
-llama el rector?
-
---Domingo.
-
-Pensó Manuel en una palabra que terminara en ingo y no la encontró, y
-olvidó su faena cuando vino el lego con un gran caldero y lo dejó encima
-de la mesa.
-
-Luego trajo cucharas de palo y las repartió entre los mendigos. De éstos
-todos, menos uno, sacaron escudillas; el que no la tenía era un tipo
-repulsivo, con el labio inferior hinchado ulceroso y saliente.
-
---Espere usted, compadre--dijo el repatriado, antes de que metiera el
-otro la cuchara--. Nosotros vamos á echar el rancho en la tapa del
-caldero, y de allí comeremos.
-
---¡No sé qué tengo yo!--murmuró el mendigo.
-
---¿Usted? Que tiene un labio que parece un bisteck.
-
-Comieron Manuel y el repatriado, y después de dar las gracias al lego,
-salieron del convento y se tendieron al sol en el campo.
-
-Hacía un tarde de Mayo, espléndida; el sol calentaba de firme; el
-repatriado contó algunos episodios de la campaña de Cuba. Hablaba de una
-manera violenta, y cuando la cólera ó la indignación le dominaban, se
-ponía densamente pálido.
-
-Habló de la vida en la isla, una vida horrible; siempre marchando y
-marchando, descalzos, con las piernas hundidas en las tierras pantanosas
-y el aire lleno de mosquitos que levantaban ronchas. Recordaba el
-teatrucho de un pueblo convertido en hospital, con el escenario lleno de
-heridos y de enfermos. No se podía descansar del todo nunca. Los
-oficiales del ejército, antes de fantásticas batallas, porque los
-cubanos corrían siempre como liebres, disputándose las propuestas para
-las cruces, y los soldados burlándose de las batallas y de las cruces y
-del valor de sus jefes. Luego la guerra de exterminio decretada por
-Weyler, los ingenios ardiendo, las lomas verdes que quedaban sin una
-mata en un momento, la caña que estallaba, y en los poblados la gente
-famélica, las mujeres y los chicos que gritaban: «¡Don Teniente, don
-Sargento, que tenemos hambre!» Además de esto, los fusilamientos, el
-machetearse unos á otros con una crueldad fría. Entre generales y
-oficiales, odios y rivalidades, y mientras tanto los soldados,
-indiferentes, sin contestar apenas al tiroteo de los enemigos, con el
-mismo cariño por la vida que se puede tener por una alpargata vieja.
-Algunos que decían: «Mi capitán, yo me quedo aquí», y se le quitaba el
-fusil y se seguía adelante. Y después de todo esto, la vuelta á España,
-casi más triste aún; todo el barco lleno de hombres vestidos de
-rayadillo; un barco cargado de esqueletos, y todos los días cinco, seis,
-siete que expiraban y se les tiraba al agua.
-
---Y al llegar á Barcelona, ¡moler!, ¡qué desencanto!--terminó
-diciéndo--: Uno que esperaba algún recibimiento por haber servido á la
-patria y encontrar cariño. ¿Eh? Pues nada. ¡Dios!, todo el mundo le veía
-á uno pasar sin hacerle caso. Desembarcamos en el puerto como si
-fuéramos fardos de algodón; uno se decía en el barco: «Me van á marear á
-preguntas cuando llegue á España.» Nada. Ya no le interesaba á nadie lo
-que había pasado en la manigua... ¡Ande usted á defender la patria! ¡Que
-la defienda el Nuncio! Para morirse después de hambre y de frío, y luego
-que le digan á uno: Si hubierais tenido riñones, no se hubiera perdido
-la isla. Es también demasiado amolar esto...
-
-Iba ya inclinándose el sol cuando el repatriado y Manuel se levantaron y
-fueron hacia Madrid.
-
-
-
-
-CAPÍTULO IX
-
-Noche en el paseo de la Virgen del Puerto.--Suena un tiro.--Calatrava y
-Vidal.--Un tango de la bella Pérez.
-
-
---Las noches que no hace mucho frío--dijo el repatriado--yo suelo ir á
-dormir á esa arboleda que hay cerca de la Virgen del Puerto. ¿Quieres
-que vayamos hoy?--añadió.
-
---Sí, vamos.
-
-Estaban en la Puerta del Sol y fueron por la calle Mayor abajo. Hacía
-una noche templada de niebla, una niebla azulada, luminosa, que temblaba
-al soplo del viento; los globos eléctricos del Palacio Real brillaban
-entre aquella gasa flotante con una luz morada.
-
-Bajaron Manuel y el repatriado por la Cuesta de la Vega y entraron en el
-bosquecillo que hay entre el Campo del Moro y la calle de Segovia.
-Algunos faroles de petróleo lucían muy pálidamente entre los árboles.
-Llegaron al paseo de los Melancólicos. Cerca del puente de Segovia
-salían llamaradas de los hornillos de una churrería instalada en una
-barraca. Del paseo de los Melancólicos bajaron á la hondonada, y en un
-cobertizo se cobijaron y se tendieron á dormir. Hacía fresco; pasaban
-por allá algunas parejas misteriosas; Manuel se acurrucó, metió las
-manos en el bolsillo del pantalón y quedó profundamente dormido.
-
- * * * * *
-
-Rumor chillón de cornetas le despertó.
-
---Es la guardia de Palacio--dijo el repatriado.
-
-La claridad mortecina del alba alumbraba el cielo; palpitaba suave y
-gris el resplandor primero del día... De pronto resonó muy cerca el
-estampido de un arma de fuego; Manuel y el repatriado se levantaron;
-salieron del cobertizo dispuestos á huir; no vieron nada.
-
---Es un joven que se ha suicidado--dijo un hombre de blusa que pasó
-corriendo delante de Manuel y del repatriado.
-
-Acercáronse los dos al lugar donde se oyera la detonación y vieron á un
-muchacho joven, bien vestido, en el suelo, con la cara llena de sangre y
-un revólver en la mano derecha. Nadie había por allí; el repatriado se
-acercó al muerto, tomó su mano izquierda y le sacó dos sortijas que
-llevaba, una de ellas con un brillante; luego le desabrochó la chaqueta,
-le registró los bolsillos, no encontró dinero y le quitó un reloj de
-oro.
-
---Vamos á escaparnos, no vaya á venir alguno--dijo Manuel.
-
---No--contestó el repatriado.
-
-Volvió á entrar en el cobertizo donde habían pasado la noche, hizo en
-la tierra un agujero con las uñas, enterró, envueltas en un papel, las
-sortijas y el reloj y apretó la tierra con el pie.
-
---En la guerra como en la guerra--murmuró después de ejecutar su
-maniobra con una rapidez extraordinaria.--Ahora--añadió--vuélvete á
-echar y hazte el dormido, por si acaso.
-
-Poco después se oyó murmullo de voces en la hondonada, y Manuel vió dos
-guardias civiles que pasaban á caballo por delante del cobertizo.
-
-Se acercaba gente al lugar del suceso; los guardias civiles, registrando
-al muerto, encontraron una carta dirigida al juez, en la que indicaba
-que no se culpara á nadie de su muerte.
-
-Manuel y el repatriado se unieron al grupo de curiosos.
-
-Cuando levantaron el muerto y se lo llevaron, Manuel preguntó:
-
---¿Vamos á recoger eso?
-
---Espera que se vayan todos.
-
-Quedó el lugar desierto; entonces el repatriado desenterró las sortijas
-y el reloj.
-
---La sortija creo que es buena--dijo--. ¿Cómo lo averiguaremos?
-
---En una platería.
-
---Vete á la platería así con estos harapos y una sortija con un
-brillante y un reloj de oro, y es muy posible que te denuncien y te
-lleven á la cárcel.
-
---Entonces, ¿qué hacemos? Podíamos empeñar el reloj--dijo Manuel.
-
---También es peligroso. Vamos á buscar á Marcos Calatrava, un amigo mío
-á quien conocí en Cuba. Ese nos sacará del apuro. Vive en una casa de
-huéspedes de la calle de Embajadores.
-
-Fueron allá, les salió una mujer á la puerta y les dijo que el tal
-Marcos se había mudado. El repatriado preguntó en una taberna de la
-planta baja de la casa.
-
---¡El cojo! Si le conozco, ya lo creo--dijo el tabernero--. ¿Sabe usted
-dónde suele estar al anochecer? En la taberna del Majo de las Cubas, en
-la calle Mayor.
-
-Fué para Manuel y el repatriado uno de los días más largos de su
-existencia; sentían un hambre horrorosa, y el pensar que con la venta de
-aquellas sortijas y del reloj podían comer todo lo que se les antojara y
-que el miedo les impedía satisfacer su necesidad, era horrible. Se
-pasearon por las calles aburridos, y de cuando en cuando iban á la
-taberna á preguntar si había llegado ya el cojo.
-
-Al anochecer le vieron. El repatriado se acercó á saludarle, y los tres
-pasaron al interior de la taberna á un rincón á hablar. El repatriado
-contó el caso á Calatrava.
-
---Ahora mismo viene mi secretario--dijo Marcos--, y él lo arreglará.
-Mientras tanto, pedid de cenar.
-
---Pide tú--dijo el repatriado á Manuel.
-
-Lo hizo éste así, y para que todas fueran dilaciones, el mozo de la
-taberna dijo que la cena tardaría algo.
-
-Mientras charlaban el repatriado y Calatrava, Manuel se puso á observar
-á este último.
-
-Calatrava resultaba un tipo raro, á primera vista casi ridículo; tenía
-una pierna de palo, la cara muy estrecha, muy negra y amojamada; dos ó
-tres cicatrices en la frente, el bigote recio y el pelo crespo. Vestía
-traje claro, pantalón muy ancho, que se bamboleaba lo mismo en la pierna
-natural que en la de madera; una chaquetilla corta más obscura que el
-pantalón, una corbata de color rojo y un sombrero de paja muy chiquito.
-
-Marcos pidió con voz aguardentosa unas copas. Las bebieron y no tardó
-mucho en aparecer un muchacho elegante, con botas amarillas, sombrero
-hongo y un pañuelo de seda en el cuello.
-
---¡Vidal!--exclamó Manuel al verle--; ¿eres tú?
-
---Sí, chico. ¿Qué haces aquí?
-
---¿Le conoces á éste?--preguntó Calatrava á Vidal.
-
---Sí; es primo mío.
-
-Marcos explicó á Vidal lo que quería el repatriado.
-
---Ahora mismo--contestó Vidal--; no tardo diez minutos.
-
-Efectivamente; al poco tiempo volvía con dos papeletas de empeño y unos
-billetes. Los tomó el repatriado y fué repartiéndolos; á Manuel le
-tocaron cinco duros.
-
---Mira--le dijo Calatrava á Vidal--. Tú y tu primo os quedáis á cenar
-aquí; tendréis que hablar, y nosotros nos vamos á otro lado, que también
-tenemos que contarnos algunas cosas. Llévale á tu primo á dormir á tu
-casa.
-
-Se despidieron, y Manuel y Vidal se quedaron solos.
-
---¿Has cenado?--preguntó Vidal.
-
---No; pero ya he encargado la cena. ¿Y tus padres?
-
---Estarán bien.
-
---¿No los ves?
-
---No.
-
---¿Y el Bizco?
-
-Vidal palideció profundamente.
-
---No me hables del Bizco--dijo.
-
---¿Por qué?
-
---No, no; le tengo un miedo horrible. ¿Tú no sabes lo que pasó?
-
---¿Qué?
-
---La muerte de Dolores la Escandalosa.
-
---No sabía nada.
-
---Sí; mataron á la vieja en una casa que llaman el Confesonario, que
-está hacia Aravaca, ¿y sabes tú quién la mató?
-
---¿El Bizco?
-
---Sí; estoy seguro. El Bizco iba al Confesonario á reunirse con otros
-granujas.
-
---Es verdad. A mí me lo dijo.
-
---¿Has hablado con él?
-
---Sí, pero hace ya mucho tiempo.
-
---Pues sí, los periódicos que contaron el crimen dijeron que el asesino
-era de una fuerza extraordinaria, que la mujer había acudido allá como
-quien va á una cita. Era el Bizco, estoy seguro.
-
---¿Y no le han cogido?
-
---No.
-
-Vidal quedó pensativo; se notaba que hacía esfuerzos para serenarse.
-Trajo el mozo de la taberna la comida; Manuel devoraba.
-
---¡Menuda carpanta tienes tú, gachó!--dijo Vidal ya tranquilizado
-sonriendo.
-
---¡Dios!, si tenía un hambre...
-
---Ahora vamos á tomar café.
-
-Pagó Vidal, salieron de la taberna y entraron en el café de Lisboa.
-
-Mientras saboreaban el café, Manuel contempló á Vidal. Llevaba la cabeza
-muy lustrosa, la raya en medio y tufos rizados sobre las orejas. Tenía
-un gran aplomo en los movimientos; la sonrisa de hombre guapo, el
-cuello redondo, sin músculos salientes. Hablaba con simpatía, sonriendo
-siempre; pero sus ojos sagaces, falsos, descubrían la mentira de sus
-frases; no acompañaba á la afabilidad de su palabra cariñosa y de su
-sonrisa amable la expresión de sus ojos. En éstos no se leía más que
-desconfianza y cautela.
-
---Y tú, ¿qué haces?--preguntó Manuel, después de examinarle atentamente.
-
---¡Pse!... Vivo...
-
---Pero, ¿de qué? ¿Cómo?
-
---Hay negocios, chico... Luego las mujeres...
-
---Pero, ¿tú trabajas?
-
---Según á lo que llames trabajar.
-
---Hombre, quiero decir si vas á un taller...
-
---No.
-
---¿Tienes alguna querida?
-
---Ahora no tengo más que tres.
-
---¡Cristo! ¡Qué suerte! ¿Dónde las encuentras?
-
---Por ahí. En los teatros, en los bailes... Soy secretario del Bisturí y
-socio de la Paloma Azul y del Billete.
-
---¿Y de ahí tendrás muchas relaciones?
-
---¡Claro! Luego, con las mujeres todo es cuestión de labia... Algunas
-veces se las echa uno de incomodado y se le arrima á una un par de
-bofetadas...
-
---Tú vives al pelo... ¡Si yo pudiera hacer lo que tú!
-
---¡Pues es muy fácil!... Ahora tengo una chiquilla más bonita que el
-mundo y que está chalada por mí. Esta cadena del reloj me la regaló
-ella... Pero lo más gracioso es que me anda rondando, ¿á que no te
-figuras quién?
-
---¿Qué sé yo? Alguna marquesa.
-
---No, un marqués.
-
---¿Para qué?
-
---Nada, que me hace el amor.
-
-Manuel quedó mirando asombrado á Vidal, que sonrió misteriosamente.
-
---¿Tú estás cansado?--preguntó Vidal.
-
---No.
-
---Entonces vamos á Romea.
-
---¿Qué hay allá?
-
---Baile y mujeres guapas.
-
---Vamos, sí.
-
-Salieron del café y subieron la calle de Carretas.
-
-Tomó Vidal dos butacas. Era domingo.
-
-El aire en el interior del teatro estaba espeso, caliente, empañado de
-humo; con el vaho de cientos de personas que durante toda la tarde y la
-noche se habían amontonado allá. Había un lleno. Se representó una
-funcioncilla estúpida, plagada de chistes absurdos y groseros, de la
-manera más sosa que puede imaginarse entre las interrupciones y los
-gritos del público. Cayó el telón y apareció en seguida una muchacha,
-que cantó con una vocecilla aguda, desafinando horriblemente, una
-canción pornográfica sin pizca de gracia. Luego salió una pintarrajeada,
-vieja y fea mujerona francesa, con un sombrero descomunal; se acercó á
-las candilejas y cantó una larga narración, de la que Manuel no entendió
-media palabra, y cuyo estribillo era:
-
- _Pauvre petit chat, petit chat._
-
-Después dió unas cuantas volteretas, levantando un pie hasta dar con él
-en el sombrero y se fué. Bajó de nuevo el telón; al poco rato volvió á
-levantarse y se presentó la bella Pérez, y fué saludada por una salva
-nutrida de aplausos. Cantó muy mal una copla, equivocándose, riéndose, y
-cuando terminó de cantar se ocultó entre los bastidores. El piano de la
-orquesta atacó con brío un tango, y la bella Pérez salió de entre
-bastidores con falda corta, envuelta en una capa de torero, con un
-sombrero cordobés sobre los ojos y fumando. Cuando el piano concluyó el
-preludio, ella tiró el cigarro al público de las butacas, se quitó la
-capa y quedó con las faldas recogidas con las dos manos hacia atrás, que
-dejaban el vientre y los muslos ceñidos. A las primeras notas del tango,
-todo el mundo calló religiosamente; un soplo de voluptuosidad corrió por
-la sala. Se veían los rostros encendidos, con la mirada fija y
-brillante. Y la bella bailaba con la cara como enfurruñada y los dientes
-apretados, dando taconazos, haciendo que se dibujaran sus caderas
-poderosas al replegarse la falda sobre sus flancos como una bandera
-triunfante. De aquel hermoso cuerpo de mujer salía un efluvio de su sexo
-que enloquecía á todos. Al final del baile colocó el sombrero sobre el
-vientre y tuvo un movimiento de caderas que hizo rugir á todo el teatro.
-
---¡Eso!
-
---¡Ahí la _visagra_!
-
---¡Esa tripita!
-
-Concluyó el baile y hubo una tempestad de aplausos.
-
---¡Tango! ¡Tango!--gritaban todos como energúmenos.
-
-Manuel, con los ojos brillantes, aplaudía y gritaba entusiasmado.
-
---¡Viva la lujuria!--vociferaba un joven al lado de Manuel.
-
-Volvió la bella Pérez á bailar el tango. Detrás de la butaca de Manuel y
-Vidal, una muchacha mecía en sus brazos á una niña, con la cara llena de
-costras. La muchacha, señalando á la bella Pérez, decía á la niña:
-
---Mira, mira á mamá.
-
---¿Es la madre de esta chica?--preguntó Manuel.
-
---Sí--contestó la niñera.
-
-Sin saber por qué Manuel ya no se entusiasmó tanto con el baile, y hasta
-se figuró que en el rostro de la bailarina, tras de la capa de pintura
-y de polvos de arroz, se adivinaban roseolas y granos.
-
-Salieron Manuel y su primo del teatro. Vidal vivía en una casa de
-huéspedes de la calle del Olmo.
-
-Fueron los dos por la de Atocha, y en la esquina de la calle de la
-Magdalena se encontraron con la Chata y la Rabanitos, que les
-reconocieron y les llamaron.
-
-Las dos muchachas aguardaban á la Engracia, que se había ido con un
-señor. Mientras tanto reñían. La Rabanitos, juraba y perjuraba que no
-tenía más de diez y seis años; la Chata aseguraba que iba para los diez
-y ocho.
-
---¡Si se lo he oído decir á tu madre!--gritaba.
-
---¿Pero qué va decir eso mi madre? ¡Cerda!--replicaba la Rabanitos.
-
---Pues sí que lo ha dicho, ¡so perro!
-
---¿Cuándo empecé yo en la vida? Hace tres años. ¿Y cuántos tenía
-entonces? Trece.
-
---¡Bah! Si tú hace diez años andabas ya golfeando por ahí--interrumpió
-Vidal.
-
-La muchachita se volvió como una víbora, contempló á Vidal de arriba á
-bajo y, con voz estridente, le dijo:
-
---Pa mí que tú eres de los que se agarran á la verja del Dos de Mayo y
-dan la espalda.
-
-Celebraron todos el circunloquio, que demostraba las cualidades
-imaginativas de la Rabanitos, y ésta, ya calmada, sacó del bolsillo del
-delantal su cartilla, arrugada y sucia, y se la enseñó á todos.
-
-En esta ocupación de descifrar lo que ponía la cartilla, les encontró la
-Engracia.
-
---Anda, tú, convida--le dijo Vidal--. ¿Tendrás dinero?
-
---¡Sí, dinero! Las amas cada vez piden más. Yo no sé lo que _quedrán_.
-
---Aunque sea á recuelo--repuso Vidal.
-
---Bueno, vamos.
-
-Entraron los cinco en una buñolería.
-
---Este señor con quien he ido--dijo la Engracia--es un pintor, y me ha
-dicho que me daba cinco pesetas por hora por servir de modelo de
-desnudo.
-
-A la Rabanitos le sublevó la noticia.
-
---¿Pero qué vas á servir tú para eso, si no tienes tetas!--dijo con su
-vocecilla aguda.
-
---No, las tendrás tú.
-
---No es por ponerme moños--contestó la Rabanitos--; pero estoy mejor
-formada que tú.
-
---¡Magras!--replicó la otra, y sin hacer caso se puso á hablar con
-Vidal. La Rabanitos le cogió á Manuel por su cuenta y le contó sus penas
-con una seriedad de vieja.
-
---Chico, estoy _derrengá_--le decía--, porque como una es débil y no
-tiene fuerza... Luego, los hombres son tan brutos... y claro, como la
-ven á una así, hacen lo que quieren y todo el mundo la pone á una el
-pie encima.
-
-Manuel oía hablar á la Rabanitos; pero el cansancio y el sueño no le
-permitían darse cuenta de lo que oía.
-
-Entraron otras dos muchachas en la buñolería con dos golfos, uno de
-ellos de cara abultada, ojos nublados y expresión entre feroz é irónica.
-Los cuatro venían borrachos; las mujeres se pusieron á insultar á todos
-los que estaban en la buñolería.
-
---¿Quiénes son esas?--preguntó Manuel.
-
---Unas tías escandalosas.
-
---Oye, vamos--dijo Vidal á su primo con la prudencia que le
-caracterizaba.
-
-Salieron todos de la buñolería, las muchachas fueron hacia el centro y
-ellos por la calle del Ave María hasta la del Olmo. Abrió Vidal la
-puerta de su casa.
-
---Aquí es--le dijo á Manuel.
-
-Subieron hasta el último piso. Allí Vidal encendió una cerilla, metió la
-mano por debajo de la puerta, sacó una llave y abrió. Recorrieron un
-pasillo, y Vidal dijo á Manuel:
-
---Este es tu cuarto. Hasta mañana.
-
-Manuel se despojó de sus harapos, y la cama le pareció tan blanda, que,
-á pesar del cansancio, tardó mucho en dormirse.
-
-
-
-
-TERCERA PARTE
-
-
-
-
-CAPÍTULO PRIMERO
-
-¿Será la buena?--Proposiciones de Vidal.
-
-
-Al día siguiente, cuando despertó Manuel, daban las doce. Hacía tanto
-tiempo que la primera sensación de su despertar era de frío, de hambre ó
-de angustia, que, al encontrarse entre mantas, abrigado, en un cuarto
-estrecho y de poca luz, pensó si estaría soñando.
-
-Luego, de pronto, el recuerdo del suicida de la Virgen del Puerto le
-vino á la memoria; después, el encuentro con Vidal, el baile de Romea y
-la conversación en la buñolería con la Rabanitos.
-
---¿Habrá venido la buena?--se preguntó á sí mismo. Se incorporó en la
-cama, y al ver sus harapos colocados sobre una silla, no supo qué
-hacer.--Si me ven vestido así, me echan--pensó; y en la vacilación
-volvió á meterse entre las sábanas.
-
-Serían cerca de las dos cuando oyó que abrían la puerta del cuarto; era
-Vidal.
-
---Pero, hombre, ¿no sabes la hora que es? ¿Por qué no te levantas?
-
---Si me ven con eso me echan--replicó Manuel señalando sus andrajos.
-
---La verdad es que no puedes vestirte de etiqueta--dijo Vidal
-contemplando la indumentaria de su primo--. Vaya unos zapatitos de
-baile--añadió cogiendo por los tirantes una bota deformada y llena de
-barro, y levantándola cómicamente para observarla mejor--. Es de la
-última moda de los poceros de la villa. Y de medias nada, y de
-calzoncillos ídem; de la misma tela que las medias. ¡Estás apañado!
-
---Ya ves.
-
---Pues no vas á estar aquí siempre; hay que salir. Yo te traeré ropa
-mía; creo que te vendrá bien.
-
---Sí, tu eres un poco más alto.
-
---Bueno, espera un momento.
-
-Salió Vidal del cuarto y volvió con ropa suya. Manuel se vistió á la
-carrera. Los pantalones le estaban un poco largos y tuvo que darles
-vuelta por abajo; en cambio las botas le venían estrechas y cortas.
-
---Tienes el pie pequeño--murmuró Manuel--. Has nacido para señorito.
-
-Vidal mostró su pie, bien calzado, con cierta coquetería.
-
---Algunas señoritas darían algo por estos _pinreles_, ¿verdad? A mi,
-una mujer que tenga mucha pata, no me gusta; ¿y á ti?
-
---A mí, chico, me gustan todas, hasta las viejas. Hay tan poco dónde
-elegir. Anda, dame un periódico. Voy á envolver estas prendas.
-
---¿Para qué?
-
---Para que no las vean aquí. Esto desacredita. Las tiraré á la calle. Lo
-que es el que encuentre el lío puede decir que le ha caído el gordo.
-
-Envolvió Manuel los harapos con mucho cuidado, hizo un paquete, lo ató
-con una guita y lo cogió en la mano.
-
---¿Vamos?
-
---Andando.
-
-Salieron á la calle; Manuel pensaba que todo el mundo se fijaba en él y
-miraba el paquete que llevaba y no se atrevía á dejarlo en ninguna
-parte.
-
---Tráelo, no seas lila--dijo Vidal--, y quitándoselo de la mano lo tiró
-á un solar por encima de la tapia.
-
-Salieron los dos muchachos por la calle de la Magdalena á la plaza de
-Antón Martín y entraron en el café de Zaragoza.
-
-Se sentaron. Vidal pidió dos cafés con media tostada.
-
---¡Qué aplomo tiene!--pensó Manuel.
-
-Llegó el mozo con el servicio, y Manuel se arrojó sobre una de las
-tostadas con ansia.
-
---¡Rediez!--exclamó Vidal, mirándole de hito en hito--. ¡Qué facha de
-golfo tienes!
-
---¿Por qué?
-
---¿Qué se yo? Porque la tienes.
-
---¡Qué se le va á hacer! Uno parece lo que es.
-
---Pero, ¿tú has trabajado? ¿Tú has aprendido oficio?
-
---Sí, he sido criado, panadero, trapero, cajista y ahora golfo, y no sé
-de todo eso lo que es peor.
-
---¿Y habrás pasado muchas hambres, eh?
-
---Uf... la mar... y si fueran las últimas.
-
---Pues lo serán, hombre, lo serán si tu quieres.
-
---¿Cómo? ¿Poniéndome otra vez á trabajar?
-
---O de otra manera.
-
---Pues yo no sé cómo se puede vivir de otra manera, chico; ó hay que
-trabajar, ó hay que robar, ó hay que ser rico, ó hay que pedir limosna.
-De trabajar he perdido la costumbre, para robar no tengo agallas, rico
-no soy, con que me tendré que poner á pedir limosna. A no ser que caiga
-soldado un día de éstos.
-
---Todo eso que dices--replicó Vidal, es una pura pamplina--. ¿De mí se
-puede decir que trabajo? no; ¿que robo ó que pido limosna? tampoco; ¿qué
-soy rico? menos... y ya ves, vivo.
-
---Bueno, tendrás algún secreto.
-
---Puede ser.
-
---Y ese secreto, ¿no se puede saber cuál es?
-
---Si lo supieses tú, ¿me lo dirías?
-
---Hombre... verás; si yo tuviese un secreto y tú me lo quisieras birlar,
-la verdad, me lo guardaría para mí; pero si tú no pensases en
-quitármelo, sino en vivir y no me estorbases, entonces sí, que no te
-quepa duda.
-
---Bien, eso es justo. Tú eres franco... ¡qué moler! Mira, yo por ti
-haría cualquier cosa, y no tengo inconveniente en ponerte al tanto de
-cómo vivimos nosotros. Tu eres un barbián, no eres un bruto de esos que
-no quieren más que matar y asesinar á las personas. Yo te digo con
-franqueza, ¿por qué no? Yo no soy valiente...
-
---Ni yo tampoco--exclamó Manuel.
-
---¡Bah! Tu eres templado. El Bizco mismo te tenía respeto.
-
---¿A mí?
-
---A ti.
-
---¡Quia!
-
---Como quieras. Pero voy á lo de antes. Tú y yo, yo sobre todo, hemos
-nacido para ser ricos; pero ha dado la pijotera casualidad de que no lo
-somos. Ganarlo no se puede; á mí que no me vengan con historias. Para
-tener algo, hay que meterse en un rincón y pasarse treinta años
-trabajando como una mula. ¿Y cuánto reúnes? Unas pesetas cochinas;
-total, _ná_. ¿No se puede ganar dinero?, pues hay que arreglarse para
-quitárselo á alguno y para quitárselo sin peligro de ir á la _trena_.
-
---¿Y cómo?
-
---Ese es el busilis. Ahí está la cuestión. Mira: cuando yo me vine al
-centro desde Casa Blanca, era un _descuidero_, un _randa_. Me tuvieron
-sin culpa una quincena en el _Abanico_, en la jaula, y cuando lo
-recuerdo, ¡chico!, metiemblan las carnes. Me daba más miedo que
-vergüenza robar, esa es la verdad; pero ¿qué iba á hacer? Un día, que
-cogí unas lamparillas eléctricas de una casa de la calle del Olivo, la
-portera me vió, una tía vieja indecente, y se echó á correr tras de mí,
-gritando: «¡A ese! ¡A ese!» Yo tenía alas en los pies; figúrate. Al
-llegar á la iglesia de San Luis, tiré las bombillas al suelo, me colé
-entre la gente de la iglesia y me agazapé en un banco; no me cogieron;
-pero desde entonces, ¡gachó!, tuve un miedo que no podía con mi alma.
-Pues, ya ves, á pesar del miedo, no escarmenté.
-
---¿Volvistes á coger otras lámparas?
-
---No. Verás. Estaba en el patio de Apolo con aquella florera que tanto
-la odiaba la Rabanitos. ¿Te acuerdas?
-
---Sí, hombre.
-
---Era muy interesada la chica aquella. Pues estaba allá, cuando veo á un
-señor gordo, de chaleco blanco, que estaba de palique con unas golfas.
-Había mucha gente; me acerco á él, cojo la cadena, tiro suavemente hasta
-sacar el reloj del bolsillo, doy la vuelta á la anilla y la hago saltar.
-Como la cadena era bastante pesada, había el peligro de que, al
-soltarla, le diera al señor en la barriga y le hiciese comprender que le
-habían _afanado_; pero en aquel momento, dieron unas palmadas, la gente
-comenzó á entrar en el teatro á empellones, yo solté la cadena y me
-escabullí. Iba escapado por frente á San José á meterme por la calle de
-las Torres, cuando siento que me cogen del brazo. Chico, me entró un
-sudor...--Déjeme usted--dije yo.--Calla, si no llamo á uno del orden (Yo
-me callé)--. Te he visto cómo limpiabas el reloj á ese _pimpi_.--¿Yo?--Tú,
-sí. Tienes el reloj en el bolsillo del pantalón, conque no seas memo
-y anda á tomar una copa á la taberna del Brígido.--Vamos--pensé yo--;
-este es un _vivo_ que viene á la parte. Entramos en la taberna y allí
-el hombre me habló claro:--Mira--me dijo--, tú quieres prosperar de
-cualquier manera, ¿no es verdad?; pero le tienes asco al _Abanico_,
-y lo comprendo, porque tú no eres tonto; pero, bueno; ¿cómo quieres
-prosperar? ¿Qué armas tienes tú para luchar en la vida? Tú eres un
-_cimbel_, que no conoce la sociedad ni el mundo. Mañana vienes á mi
-casa; yo te llevaré á un bazar de ropas hechas, compras un traje, un
-sombrero y un baúl y te recomendaré á una casa de huéspedes buena; te
-haré ganar dinero, porque, que te conste que ganar dinero, cuando se
-está en un sitio donde lo hay, es lo más mollar de la vida. Ahora dame
-ese reloj; á ti te engañarían.
-
---¿Y le diste el reloj?
-
---Sí. Al día siguiente...
-
---Te quedarías de boqueras...
-
---Al día siguiente estaba yo ganando dinero.
-
---¿Y quién es ese hombre?
-
---Marcos Calatrava.
-
---¿El cojo? ¿El amigo del repatriado?
-
---El mismo. Conque ya sabes, lo que me dijo á mí él, te lo digo yo á ti.
-¿Quieres entrar en la _combi_?
-
---¿Pero, qué hay que hacer?
-
---Eso depende del negocio... Si tú aceptas, vivirás bien, tendrás una
-buena hembra... peligro no hay... conque tú dirás.
-
---No sé qué decirte, chico. Si hay que hacer una granujada, casi casi
-prefiero vivir así.
-
---Hombre, eso depende de lo que tú llames granujada. ¿A engañar le
-llamas granujada? Pues hay que engañar. No hay otra cosa: ó trabajar ó
-engañar, porque, lo que es regalarte el dinero, que te conste que no te
-lo han de regalar.
-
---Sí, es verdad.
-
---¡Pero si es que eso lo tienes en todo! Negociar y robar es lo mismo,
-chico. No hay más diferencia que, negociando, eres una persona decente,
-y, robando, te llevan á la cárcel.
-
---¿Crees tú?...
-
---Sí, hombre. Es más, creo que en el mundo hay dos castas de hombres;
-unos, que viven bien y roban trabajo ó dinero; otros, que viven mal y
-son robados.
-
---¡Sabes que me parece que tienes razón!
-
---Y tal... No hay más que comer ó ser comido. Conque tu dirás.
-
---Nada, se acepta. Otra Sociedad como la de los Tres.
-
---No compares, que aquello no hay que recordarlo. Aquí no hay un Bizco.
-
---Pero hay un cojo.
-
---Sí, pero es un cojo que vale un riñón.
-
---¿Es el jefe de la partida?
-
---Te diré, chico... yo no lo sé. Yo me entiendo con el Cojo, el Cojo se
-entiende con el Maestro, y el Maestro no sé con quién se entiende; lo
-que sé es que arriba, arriba, hay gente gorda. Una advertencia te tengo
-que hacer: tú ves, oyes y callas. Si te enteras de algo, me lo dices á
-mí; pero fuera, ni una palabra. ¿Comprendes?
-
---Comprendido.
-
---Aquí todo es cuestión de habilidad y de mucha pupila. Si marchamos
-bien, dentro de unos años se puede uno encontrar viviendo bien, hecho
-una persona decente... al pelo.
-
---Y oye: ¿tú has entrado ya en quintas?--preguntó Manuel--; porque yo
-maldito si lo sé.
-
---Yo sí; estoy rebajado. Debes de arreglar eso, si no te van á coger por
-prófugo.
-
---¡Pse!
-
---Se lo diremos al Cojo.
-
---¿Cuándo le veremos?
-
---Dentro de un momento estará aquí.
-
-Efectivamente, poco después el Cojo entraba en el café, Vidal le indicó
-lo que había propuesto á su primo en breves palabras.
-
---¿Servirá?--preguntó Calatrava mirando atentamente á Manuel.
-
---Sí, es más listo de lo que parece--contestó riendo Vidal.
-
-Manuel se irguió con un sentimiento de amor propio.
-
---Bueno; ya veremos. Por ahora no tiene que hacer gran cosa--repuso el
-Cojo.
-
-Se pusieron inmediatamente Calatrava y Vidal á tratar de sus asuntos, y
-Manuel entretuvo el tiempo leyendo un periódico.
-
-Cuando concluyeron de hablar, salió Calatrava del café, y quedaron
-nuevamente solos los dos primos.
-
---Vamos al Círculo--dijo Vidal.
-
-El Círculo estaba en una calle céntrica. Entraron; en el piso bajo
-había billares y algunas mesas de café.
-
-Se sentó en una de ellas Vidal, llamó en un timbre, y á un mozo que
-apareció le dijo:
-
---Dos cubiertos.
-
---Van.
-
---Oye--añadió Vidal--, desde que entres aquí, ni una palabra; ni me
-preguntas ni me dices nada. Lo que tengas que saber yo te lo diré.
-
-Comieron los dos; Vidal charló de teatros, de casinos, de cosas que
-Manuel no conocía, y éste estuvo callado.
-
---Vamos á tomar café arriba--dijo Vidal.
-
-Junto al mostrador había una puerta y de ella subía una escalera de
-caracol, muy estrecha, hasta el entresuelo. A la terminación de la
-escalera se topaba con una puerta de cristales esmerilados. La empujó
-Vidal, y pasaron á un corredor á cuyos lados se veían mamparas forradas
-de verde.
-
-Al final del pasillo, sentado en una mesa, escribía un hombre; contempló
-á Vidal y á Manuel y siguió escribiendo. Vidal abrió una puerta, empujó
-una pesada cortina y pasaron los dos.
-
-Se encontraron en una sala con tres balconcillos á la calle y otros tres
-á un patio. Hacia el lado de la calle había una mesa verde grande con
-dos escotaduras, una frente á otra, en los lados largos; hacia el
-patio, se veía una mesa más pequeña, iluminada por dos lámparas,
-alrededor de la cual se agrupaban treinta ó cuarenta personas. Había un
-gran silencio; no se oía más que las palabras de los dos _croupiers_ y
-el ruido que hacían al recoger con el rastrillo las monedas colocadas
-sobre el tapete verde.
-
-Cuando cesaban las jugadas cambiábanse algunas observaciones entre los
-puntos. Luego la voz monótona del banquero decía:
-
---Hagan juego, señores.
-
-Callaban todos y el silencio era tan grande que se oía el roce de las
-cartas entre los dedos del _croupier_.
-
---Esto parece una iglesia, ¿verdad?--murmuró Vidal--. Como dice un señor
-que viene aquí, el juego es la única religión que queda.
-
-Tomaron café y una copa.
-
---¿Tienes cigarros?--preguntó Vidal.
-
---No.
-
---Toma. Fíjate bien en este juego; yo me voy.
-
---¿Se podrá saber cómo se llama?
-
---Sí; el bacarrat. Oye, á las ocho en el café de Lisboa.
-
-Vidal salió y Manuel quedó solo; miró con atención cómo iba y venía el
-dinero de la banca á los puntos y de los puntos á la banca. Después se
-entretuvo en observar á los jugadores. Era un anhelo tan grande el que
-sentían todos, que nadie se fijaba en los demás.
-
-Los que estaban sentados tenían delante de ellos montones de plata y de
-fichas y las ponían sobre el tapete. El _croupier_ echaba las cartas
-francesas, y poco después pagaba ó recogía el dinero puesto.
-
-Los que estaban de pie alrededor, y de los cuales la mayoría no jugaba,
-parecían interesarse en el juego tanto ó más que los que se hallaban
-sentados y jugaban fuerte.
-
-Eran aquéllos, tipos de miseria y de sordidez horrible; llevaban
-chaquetas rozadas, sombreros grasientos, pantalones con rodilleras,
-llenos de barro.
-
-En sus ojos brillaba la pasión del juego, y se les veía seguir la marcha
-de las jugadas, con los brazos cruzados sobre la espalda y el cuerpo
-echado hacia adelante conteniendo la respiración.
-
-Manuel se aburría allá; miró por los balcones á la calle; vió cómo se
-reemplazaban los jugadores, y al anochecer salió y fué al café de
-Lisboa.
-
-Cuando llegó Vidal, mientras cenaron, le expuso sus dudas acerca del
-juego.
-
---Bueno; eso en seguida lo aprendes--le dijo el otro--. Además, los
-primeros días yo te daré un cartoncito con la indicación de cuándo
-debes jugar.
-
---Muy bien, ¿y el dinero?
-
---Toma para mañana. Cincuenta duros.
-
---¿Son buenos?
-
---Enséñaselos á cualquiera.
-
---De modo que es una combina como la del Pastiri.
-
---Igual.
-
-La tarde siguiente, con los cincuentas duros que le dió su primo y las
-indicaciones en una tarjeta, jugó y ganó veinte duros, que entregó á
-Vidal.
-
-Unos días después le llamaron de un cuartel, le preguntaron el nombre en
-una oficina y le despacharon.
-
---Te han rebajado--le advirtió Vidal.
-
---Bueno--contestó alegremente Manuel--; me alegro de no ser soldado.
-
-Siguió acudiendo al Círculo todos los días que le indicaron, y al cabo
-de algún tiempo conocía el personal de la casa de juego. Había mucha
-gente empleada allá; varios _croupiers_ muy atildados con las manos
-limpias y perfumadas; unos cuantos matones, otros medio ganchos, otros
-que vigilaban á los que entraban y á los ganchos.
-
-Eran todos tipos sin sentido moral, á quienes, á unos la miseria y la
-mala vida, á otros la inclinación á lo irregular, había desgastado y
-empañado la conciencia y roto el resorte de la voluntad.
-
-Manuel experimentaba, sin darse cuenta de ello con claridad, la
-repugnancia por aquel medio, y sentía obscuramente la protesta de su
-conciencia.
-
-
-
-
-CAPÍTULO II
-
-El Garro.--Marcos Calatrava.--El Maestro.--Confidencias.
-
-
-Una noche salió Manuel del Círculo, acompañado de un hombrecito con
-trazas de enfermo. Los dos llevaban el mismo camino; entraron en el cafe
-de Lisboa; el hombre se reunió allí con una mujer gorda y se sentó con
-ella, y Manuel se acercó á su primo.
-
---¿Qué hablabas con ese?--le preguntó Vidal al verle.
-
---Nada, de cosas indiferentes.
-
---Te advierto que es uno de la policía.
-
---¿Sí?
-
---Ya lo creo.
-
---Pues lo he visto en el Círculo.
-
---Sí, cobra allí. Le llaman el Garro. Está casado con esa, que es la
-Chana, una timadora antigua. Vivía en la calle de la Visitación, en casa
-de María la Guerrero, cuando yo me fuí con la Violeta. La Chana entonces
-ya se dedicaba á perista, conocía á todos los inspectores y estaba liada
-con un matón que llamaban el Ministro y á quien le mataron en la calle
-de Alcalá. Ten cuidado con el Garro; si te pregunta algo no le digas
-nada; ahora, si puedes sonsacarle alguna cosa, eso sí, hazlo.
-
-Al día siguiente el Garro volvió á reunirse con Manuel y le preguntó
-quién era y de dónde venía. Manuel, advertido, contó una porción de
-embustes con gran candor, y se hizo el engañado por Vidal y por el Cojo.
-
---Le advierto á usted que son dos pájaros de cuenta--le dijo el policía.
-
---¿Sí, eh?
-
---Uf, que se pierden de vista. El Cojo, sobre todo, es atravesado. No se
-meta usted con él, porque ese es capaz de todo.
-
---¿Tan fiero es?
-
---Ya lo creo. Yo conozco su historia, él no lo sabe. Se llama Marcos
-Calatrava y es de buena familia. Hace doce años cursaba medicina.
-
-El Garro contó toda la historia de Marcos. Al principio había sido un
-gran estudiante. Luego, de pronto, comenzó á frecuentar garitos, y en
-uno de éstos robó una capa. Tuvo la mala suerte de que le cogieran _in
-fraganti_, le llevaron á la Cárcel Modelo y estuvo allá arriba dos
-meses. Al año siguiente tomo la decisión de no estudiar, y como de su
-casa no le mandaban dinero, comenzó á matonear por garitos y chirlatas.
-Una navajada que le dieron en una bronca que tuvo, le quitó por algún
-tiempo sus arrestos de matón. Cuando se puso bueno fué á ver á la
-superiora de las Hermanas de la Caridad de San Carlos y le pidió dinero.
-Quería hacerse fraile, le había herido la gracia divina; y con su manera
-de hablar melosa, la convenció, le sacó los cuartos, y además una carta
-para el prior de un convento de Burgos.
-
-Calatrava se gastó el dinero, y á los dos ó tres meses estaba muerto de
-hambre. Entonces organizó una compañía de cómicos de la legua, á quienes
-explotó de una manera miserable, y al año ó cosa así de recibir la carta
-de la superiora, en un período de hambre horrorosa, se encontró en el
-fondo de una maleta la carta y determinó aprovecharse de ella. Como era
-hombre de decisiones rápidas, no vaciló, tomó el tren sin billete y
-entre los fardos de los vagones de mercancías llegó á Burgos, se
-presentó en el convento y entró de novicio. Al poco tiempo pidió que le
-enviaran por los pueblos pidiendo limosna; al principio estuvo bien,
-hasta se distinguió por su celo; pero después empezó á hacer
-barbaridades, escandalizó á las personas piadosas de las aldeas, y
-cuando el prior, á quien había llegado la noticia de sus fechorías, le
-mandó llamar y volver al convento, Calatrava, sin hacer caso, anduvo
-explotando los hábitos, y cuando ya iban á pescarle volvió á Madrid. A
-los tres ó cuatro meses de estar aquí agotó todo su dinero y su crédito
-y tomó la determinación de sentar plaza en Sanidad militar y marcharse
-á Filipinas.
-
-Un médico de regimiento, viendo á Marcos tan servicial y tan listo,
-trató de ayudarle á terminar la carrera y le colocó de interno en el
-Hospital militar de Manila.
-
-Inmediatamente, Calatrava empezó á robar de la botica del Hospital,
-medicamentos, vendajes, aparatos, todo lo que podía, para venderlo; le
-despacharon de allá; pidió la absoluta y se dedicó á cobrar el barato en
-los chabisques de Manila. Como era tan quisquilloso, pronto allí se le
-hizo la vida imposible, y entonces recurrió á un Círculo de militares y
-consiguió que se hiciera una colecta para él, y con el dinero vino á
-España.
-
-En Madrid volvió á encontrarse apurado, y como no era de los que se
-ahogan en poca agua, se alistó en el batallón de Voluntarios que iba á
-Cuba. Marcos se distinguió por su valor en muchas acciones, ascendió
-pronto á sargento cuando una bala le atravesó la pierna y tuvieron que
-cortársela en el Hospital de la Habana; y el hombre volvió á España ya
-sin porvenir y con un retiro ridículo.
-
-Aquí anduvo fingiéndose agente de la policía secreta, robando por las
-calles, hasta que encontró un socio y se dedicó con él al timo del
-entierro, que, á pesar de lo divulgado que está, suele dar resultados
-entre los estafadores. Formó en una época una sociedad de espadistas y
-de criadas de servir para desvalijar las casas; falsificó billetes;
-luego no hubo engaño ni timo que no intentase; y como tenía una
-inteligencia clara y despierta, estudió metódicamente todos los
-procedimientos conocidos de estafa, calculó el pro y el contra de cada
-uno de ellos y encontró que todos tenían grandes quiebras.
-
-Al último--concluyó diciendo el Garro--, se encontró con el Maestro que
-se ha retirado, y yo no sé de dónde han cogido dinero para estos
-garitos; el caso es que lo tienen.
-
---¿Hay más de un Círculo de éstos?--preguntó Manuel.
-
---Abierto al público no hay más que éste; pero tienen la casa de la
-Coronela, en donde se juega mucho más. Allá está todas las noches el
-Maestro. ¿No ha ido usted á aquella casa?
-
---No.
-
---Ya le llevarán. Si tiene usted dinero que perder, entre Vidal y el
-Cojo ya le llevarán. Luego la Coronela, como mete á la hija á bailarina,
-va á abrir un salón.
-
---Esa Coronela, ¿es cubana?--preguntó Manuel.
-
---Sí.
-
---La conozco, y conozco también á un amigo suyo que se llama Mingote.
-
-El policía miró con cierta reserva á Manuel.
-
---Puede usted decir--le dijo--que conoce usted lo peorcito de Madrid.
-Mingote está ahora con Joaquina la Verdeseca. Tienen una casa de citas
-elegante. Van señoras y dejan su retrato. Este Mingote, fué el que
-organizó aquel baile célebre. Se pagaba un duro la entrada, y al final,
-se rifaba una señorita. La hija de la querida de Mingote.
-
-Unos días después de esta conversación, Manuel, al salir del Círculo y
-encontrarse con Vidal, sintió la necesidad de hablarle del malestar que
-experimentaba con aquella vida. Vidal estaba también aquella noche de
-humor triste, é hizo lamentables confidencias á Manuel.
-
-Fueron á un teatro, pero no había gente; entraron en un café y, después
-de pasear con una noche horrible de frío, Vidal propuso que entraran á
-tomar algo en casa de la Concha, en la calle de Arlabán.
-
-Manuel no quería, porque no tenía ganas de comer ni de nada; pero á
-remolque entró en la taberna. Hacía dentro mucho calor, y esto les
-reanimó á los dos; se sentaron y Vidal pidió unas copas y luego unas
-chuletas.
-
---Hay que olvidar--dijo después de dar estas disposiciones.
-
-Manuel hizo un gesto de desaliento y vació un vaso de vino que llenó
-Vidal.
-
-Después contó lo que le había dicho el Garro. Su primo le escuchaba
-atentamente.
-
---No sabía la historia de Calatrava--dijo al concluir Vidal.
-
---Pues historia por historia--repuso Manuel--¿dime tú? ¿quién es ese
-Maestro?
-
---El Maestro... es un coloso. ¿Tú has leído Rocambole?
-
---No.
-
-Vidal quedó un poco parado; la figura de Rocambole, sin duda, le parecía
-la más á propósito para comparar al Maestro.
-
---Bueno, pues figúrate tú un hombre como el Cojo, ¿sabes?, pero
-muchísimo más listo que él; un hombre que imita todas las letras, que
-sabe cuatro ó cinco idiomas, que tiene una serenidad como nadie, que
-viste la blusa lo mismo que la levita, que habla con una señora y parece
-un caballero, y habla con una golfa y parece un chulo, y une á esto que
-es una especie de payaso, que toca el acordeón, imita el tren,
-gesticula, se ríe de todo el mundo. Y luego ¡chiquillo! le ves medio
-llorando porque ha visto un viejo medio desnudo por la calle ó le ha
-pedido limosna una golfilla.
-
---¿Y cómo se llama?
-
---¡Qué sé yo! Cualquiera lo sabe. Algunos dicen que han conocido á su
-padre y á su madre, pero no es verdad. Yo he pensado si será hijo
-natural de algún personaje, pero no lo creo del todo, porque si hubiera
-sido así, sería chocante que le prendieran, como le prendieron, cuando
-tenía diez y siete años.
-
---Pronto empezó.
-
---Sí; lo prendieron sin culpa. El era empleado de uno que había hecho
-una estafa, y lo metieron en el Saladero con su principal. Esto lo
-cuenta el mismo. Un día parece que fué el juez á tomar declaración á un
-preso, y estando el escribiente copiando la declaración le dió un mal y
-tuvieron que llevarle á casa. El juez preguntó al alcaide si no tenía
-algún preso que supiera escribir al dictado, y el alcaide llamó al
-Maestro. Este se sentó en la silla, miró los papeles y se puso á
-escribir. El juez, al terminar la declaración, echa una mirada á los
-autos y queda asombrado. No se conocía dónde había empezado á escribir
-el Maestro y dónde había acabado el escribiente; la letra de uno y de
-otro eran iguales.
-
---¡Qué tío!
-
---Cuando contaba el Maestro esto, decía que si aquel juez no hubiera
-sido un estúpido, él no hubiera terminado mal; pero al juez lo único que
-se le ocurrió fué decir que aquel chico era peligroso y que había que
-tener con él mucho ojo. El Maestro, que vió que extremaban la vigilancia
-con él por el motivo de haber hecho un favor, claro, se indignó. Luego,
-en el Saladero, conoció á un falsificador célebre, y entre los dos,
-desde la misma cárcel, le sacaron á un francés cuarenta mil duros por el
-registro del entierro.
-
---¡Qué bárbaros!
-
---Dieron cinco ó seis golpes por el estilo. Al fin cayeron en que eran
-ellos dos y se les formó causa de nuevo. Le preguntaban á uno:--¿Quién
-ha sido el que ha escrito esto?--Yo, contestaba; le preguntaban al
-otro:--¿Quién ha sido el que ha escrito esto?--Yo, contestaba también.
-No podían saber cuál de los dos era. Entonces al juez se le ocurrió
-meterles á cada uno de ellos en un cuarto y hacerles escribir la carta
-por la que habían venido á saber que estaban preparando un entierro, y
-¡chico! los dos escribieron igual, con la misma letra y con los mismos
-borrones. Figúrate tú qué maña tendrá este hombre, que algunas veces,
-cuando ha habido bailes y banquetes en el Palacio Real, ha falsificado
-la invitación, se ha puesto un frac y allá se ha marchado, alternando
-con duques y marqueses.
-
---¡Rediez!--dijo Manuel admirado--. ¿Y el compañero del Saladero vive?
-
---No; creo que murió en América.
-
---¿Ha estado allá también el Maestro?
-
---En todas partes; ha recorrido medio mundo, y en cada sitio ha dejado
-diez ó doce falsificaciones.
-
---¿Será rico?
-
---Sí, seguramente.
-
---¿Y qué hace con el dinero?
-
---Chico, yo no lo sé. No le gustan las juergas, no tiene queridas. El
-Cojo me dijo una vez que el Maestro tenía una hija educándose en Francia
-y que le dejaría una fortuna.
-
---¿Y dónde vive ese hombre?
-
---Vive hacia Chamberí; allí creo que se pasa los días leyendo y tocando
-la guitarra y besando el retrato de su hija.
-
---Sería curioso saber lo que hace.
-
---No lo hagas; á mí me entró la misma curiosidad. Un día le vi salir de
-un juego de bolos de los Cuatro Caminos:--Vamos á ver lo que hace este
-punto, me dije; fuí al otro día y lo encontré. Estaba muy alegre,
-jugando, hablando, accionando; parecía que no me había conocido. Al día
-siguiente el Cojo me dijo:--No vuelvas donde estuviste ayer, si no
-quieres reñir conmigo para siempre. Comprendí la advertencia y no he
-vuelto.
-
-Era curiosa la vida pura y sencilla de aquel hombre metido en
-combinaciones de estafas y de engaños. Manuel escuchaba á su primo como
-quien oye un cuento.
-
---¿Y la Coronela?--le preguntó.
-
---Nada... una pendona. Fué la querida de un relojero, que se hartó de
-ella porque es una tía ordinaria y luego se lió con ese militar. Es una
-tía sucia y mala.
-
---Es mala, sí. Desde el primer día que la vi me lo pareció.
-
---¿Mala? Es una loba y tiene furor... ¿sabes? Hace ignominias. Antes,
-cuando algún señorito seguía á alguna de sus hijas, le hacía subir á su
-casa y allá le decía que con sus hijas nada, pero con ella sí. Ahora va
-á los cuarteles. Es una tía de lo más indecente... Pero lo que está
-haciendo con el hijo es todavía peor.
-
---¿Pues qué hace?
-
---Nada. Que por entretenerse, le visten de chica y le pintan, y ya no le
-llaman Luis, como se llama él, sino Luisita la Ricopelo.
-
---¡Cristo!--murmuró Manuel dando un puñetazo en la mesa--. Eso es
-demasiado. Hay que denunciar eso.
-
---Calla, que viene gente--advirtió Vidal.
-
-Tres hombres y una muchacha se sentaron en la mesa de al lado de la
-taberna.
-
-Uno de ellos era un viejo teñido, con la cara llena de arrugas blandas y
-el aire de un cinismo repugnante; el otro tenía el tipo de un peluquero,
-patillas de hacha muy repeinadas y el pelo rizado; el tercero, calvo,
-con la nariz roja y las barbas deshilachadas y amarillas, presentaba el
-aspecto del joven decrépito.
-
-La muchacha era muy bonita; tenía la nariz afilada, los labios finos, el
-pelo negro, separado en dos bandas; llevaba una capa de color perla con
-cuello de plumas, la mantilla prendida en el moño que encuadraba su
-rostro y caía sobre el pecho.
-
-En su cara latía una continua nerviosidad y una expresión sarcástica; no
-paraba un momento de moverse, y cuando escuchaba, accionaba y movía
-nerviosamente los labios.
-
-Tenían todos las mejillas rojas y los ojos brillantes. El hombre de las
-barbas hacía preguntas y más preguntas á la muchacha, y ésta contestaba
-con gran descoco.
-
-Manuel y Vidal se pusieron á escuchar.
-
---¿De veras eres partidaria del amor libre?--decía el de las barbas.
-
---Sí.
-
---¿No quisieras casarte?
-
---Yo no.
-
---Es una mujer indiferente--interrumpió el de las patillas--no comprende
-esas cosas de cariño.
-
---Bah, no lo creo.
-
---Lo que tiene la pobre es que es muy... bruta--murmuró el viejo con voz
-aguardentosa.
-
---¿Y tu mujer?--preguntó ella agitándose en la silla y mirando al viejo
-con los ojos fríos y burlones. La muchacha aquella daba la impresión de
-una avispa ó de un bicho con aguijón. Se agitaba en el asiento cuando
-iba á decir algo, pinchaba y quedaba ya tranquila y satisfecha por un
-momento.
-
-El viejo masculló una serie de blasfemias. El de las barbas rojas
-siguió preguntando á la muchacha.
-
---¿Pero tú no has querido á nadie?
-
---Yo no; ¿para qué?
-
---Si te digo que es fría como el mármol--murmuró el de facha de
-peluquero.
-
---Cuando le conocí á éste--añadió ella riéndose y señalando al de las
-patillas--tenía un hombre que me había puesto un cuarto y la patrona de
-la casa pasaba por mi madre. Además, tenía otros amigos; pues ya ves,
-ninguno notó nada.
-
---Es terrible--exclamó el de las barbas llenando un vaso de vino y
-vaciándolo--; no nos quieren, y nosotros suponiendo siempre que tienen
-corazón. Pero de veras, dime de veras, ¿no has querido nunca á nadie?
-
---A nadie, á nadie.
-
---Si te digo que es fría como el mármol--repitió el hombre con facha de
-peluquero--. ¡Si supieras las majaderías que hice yo por ella!
-Preguntaba tímidamente en la portería; pasé un mes sin atreverme á
-hablarla, y luego, al conseguirla, supe que era una mujer á quien se
-dice:--¿Mañana estás libre á tal hora?--Sí.--Pues mañana nos veremos.
-
---Como quien avisa á un afinador de pianos--repuso el de la barba,
-encontrando no se sabe qué relación entre los hombres y los pianos--. Es
-terrible--añadió, y después con un arrebato de ira, golpeó la mesa con
-el puño é hizo tambalearse los vasos.
-
---¿Qué te pasa?--preguntó el viejo.
-
---Nada. Había que destruir esta cochina humanidad. Me siento anarquista.
-
---Bah, yo creo que te sientes borracho--interrumpió el de las patillas.
-
---San Dios; porque tú seas un indecente burgués dedicado á los
-negocios...
-
---Si tú eres más burgués que yo.
-
-El hombre de la nariz roja y de la barba amarilla se calló indignado;
-luego, dirigiéndose á la muchacha, con voz iracunda, la dijo:
-
---Dile á este imbécil que cuando habla un hombre de talento él debe
-callar. La culpa la tenemos nosotros que le otorgamos la beligerancia.
-
---¡Pobre hombre!
-
---¡Idiota!
-
---Si eres más pesado que un artículo tuyo--gritó el de las patillas--; y
-todavía, si esa soberbia de que haces gala la sintieras, estaría bien;
-pero si no la sientes; si eres un pobre desgraciado que te reconoces á
-ti mismo, imbécil; si te pasas la vida aburriéndonos, recitándonos
-artículos que ya has publicado y que ni siquiera son tuyos, porque los
-coges de cualquier parte...
-
-La palidez del de las barbas hizo callar á su contrincante, y siguieron
-los tres hablando en tono tranquilo.
-
-De pronto el viejo se puso á chillar.
-
---Pues no será una persona decente--decía.
-
---¿Por qué no?--replicaba la mujer.
-
---Porque no. Será carpintero, basurero, ó ladrón, ó hijo de mala madre,
-porque una persona decente no sé á qué se va á levantar por la mañana.
-
-Cenaron Manuel y Vidal. Poco después se levantaron la muchacha y sus
-tres acompañantes.
-
---Ahora va uno á casa--murmuró el de las barbas rojas en tono lúgubre--,
-arregla la cama, se mete uno dentro, se enciende un pitillo, bebe un
-vaso de agua, orina y se duerme uno. La vida es repugnante.
-
-Al salir los cuatro á la calle, Vidal fué detrás de ellos.
-
---Voy á enterarme quién es ella--le dijo á Manuel--. Hasta mañana.
-
---Adiós.
-
-
-
-
-CAPÍTULO III
-
-La Flora y la Aragonesa.--La Justa.--La inauguración del Salón París.
-
-
-Al día siguiente, Vidal dijo á su primo que se había enterado quién era
-la muchacha. Se llamaba Flora, vivía en la calle del Pez y solía acudir
-á una tienda de modas de la calle del Barquillo, casa de trato
-disimulada. Vidal esperaba hacer la conquista de la Flora.
-
-Ya iba adelantado en su intento, cuando Calatrava, que estaba satisfecho
-de Manuel y de Vidal, les invitó á los dos un domingo por la tarde á ir
-á una casa de la calle del Barquillo, en donde encontrarían mozas guapas
-é irían con ellas á los Viveros.
-
-Aquella tarde fué terrible de emociones para Manuel. Fueron Calatrava,
-Vidal y Manuel en coche á la tienda de modas, y les hicieron subir á un
-saloncillo regularmente amueblado. Al poco rato llegó Flora, acompañada
-de una mujer alta, de ojos negros y cara cetrina, verdaderamente
-hermosa, la cual produjo un gran entusiasmo en Calatrava.
-
---Esperaremos que venga otra--dijo Vidal.
-
-Esperaron charlando. Se oyó ruido de pasos en el corredor, se levantó
-una cortina y apareció una mujer. Era la Justa, más pálida, con los ojos
-más negros y la boca roja. Manuel la miró sobrecogido; ella volvió la
-espalda, y trató de salir.
-
---¿Por qué quieres marcharte?--preguntó Vidal.
-
-La muchacha nada replicó.
-
---Bueno, vamos--dijo Calatrava.
-
-Salieron del salón y bajaron las escaleras; en el coche que estaba
-esperando montaron Vidal con la Flora y Manuel con la Justa, y en otro
-coche Calatrava y la mujer alta de ojos negros; se dirigieron hacia la
-Puerta del Sol, y después, por la plaza de Oriente, á la Bombilla.
-
-En el coche, Vidal y Flora hablaron por los codos; la Justa y Manuel
-estuvieron callados.
-
-La merienda fué para los dos triste; al terminarla, Vidal y Calatrava
-desaparecieron; la Justa y Manuel quedaron en la mesa sin saber qué
-decirse. Manuel sentía una tristeza dolorosa, el aniquilamiento completo
-de la vida.
-
-Al anochecer, las tres parejas volvieron á Madrid, y cenaron en un
-cuarto del café Habanero.
-
-Hubo confidencias entre todos ellos; cada uno contó su vida y milagros,
-menos la Justa, que calló.
-
-Calatrava y Vidal querían saber cómo sus amadas habían entrado en la
-vida irregular que llevaban.
-
---Yo entré en la vida--dijo la Flora--, porque no veía otra cosa en mi
-casa. No he conocido padre ni madre, viví hasta los quince años con mis
-tías, que eran golfas como yo. Sólo que eran más alegres que yo. La
-mayor tenía un chico, y lo dejaba en el cajón de la cómoda, que había
-convertido en cama. No tenían trajes, y para salir era necesario que una
-se quedara en casa, y las botas y las enaguas de una servían para la
-otra. Cuando se encontraban sin dinero, escribían á una señora que tenía
-casa de compromiso, acudían á la cita, y volvían con el dinero tan
-contentas. A mí me querían meter en un taller, y dije yo:--No, para
-trabajar, prefiero ser golfa--, y me lancé á la vida.
-
-La otra mujer, alta y hermosa, habló con cierta amargura. La llamaban
-Petra la Aragonesa.
-
---Yo--dijo con voz grave--, fuí deshonrada por un señorito; vivía en
-Zaragoza, y entré en la vida. Como mi padre vive allí, y es carpintero,
-y también mis hermanos, para no darles esta vergüenza, pensé venir á
-Madrid, y nos arreglamos una compañera y yo para hacer el viaje juntas.
-Teníamos cada una más de diez duros cuando llegamos á Madrid. En la
-estación tomamos un coche, paramos en un café, comimos y nos echamos á
-andar por las calles. En una rinconada, creo que estaba por la plaza de
-los Mostenses, en una callejuela que no sabría decir á dónde cae ni qué
-nombre tiene, vimos una casa con las ventanas iluminadas y oímos el
-sonido de un organillo. Entramos, dos chulos se pusieron á bailar con
-nosotras, y nos llevaron á una casa de la calle de San Marcos.
-
-Al día siguiente, cuando me levanté, aquel hombre me dijo:--Anda; trae
-el dinero que llevas y vamos á comer aquí mismo. Yo dije que nones.
-Después salió un señor y nos enseñó la casa, que estaba muy bien puesta,
-con divanes y espejos, y nos ofreció unas copas y pasteles y nos invitó
-á quedarnos allá. Yo no quise tomar nada y me fuí. La otra le dió todo
-el dinero que tenía al chulo y se quedó. Luego el hombre aquel la sacaba
-el dinero y la pegaba.
-
---¿Y vive todavía en la casa tu compañera?--preguntó Vidal.
-
---No; la traspasaron á una casa de Lisboa por cuarenta y cinco duros.
-
---¿Para qué fué?
-
-La Aragonesa se encogió de hombros.
-
---Es que las mujeres de la vida son muy bestias--dijo Vidal--; no tienen
-entendimiento ni conocen sus derechos ni nada.
-
---¿Y tú?--preguntó Calatrava á la Justa.
-
-La muchacha se encogió de hombros y no desplegó sus labios.
-
---Esta será alguna princesa rusa--dijo con sorna la Flora.
-
---No--replicó la Justa secamente--; soy lo que eres tú, una tía.
-
-Concluyeron de cenar y cada pareja se fué por su lado. Manuel acompañó á
-la Justa hasta la calle de Jacometrezo, en donde vivía.
-
-Al llegar al portal, Manuel iba á despedirse, esquivando su mirada, pero
-ella le dijo:--Espera. Les abrió el sereno, le dió ella diez céntimos,
-el vigilante le entregó una cerilla larga después de encenderla en su
-linterna, y comenzaron á subir la escalera. A la luz de la cerilla, la
-sombra de los dos se alargaba y se achicaba con alternativas al
-reflejarse en las paredes. En el tercer piso abrió la Justa una puerta
-con un llavín y pasaron los dos adentro á un cuarto estrecho con una
-alcoba. La Justa encendió un quinqué de petróleo y se sentó; Manuel hizo
-lo mismo.
-
-Nunca Manuel se había sentido tan miserable como aquella noche. No
-comprendía para qué la Justa le había hecho subir á su casa; se
-encontraba cohibido ante ella y no se atrevía á preguntarle nada.
-
-Después de algunas palabras indiferentes que cambiaron, Manuel la dijo:
-
---¿Y tu padre?
-
---Bueno.
-
-De pronto la Justa, con una brusca transición, empezó á llorar. Debía de
-sentir un gran deseo de contar á Manuel su vida, y lo hizo sollozando,
-con palabra entrecortada.
-
-El hijo del carnicero, después de sacarla del taller, la había
-deshonrado y la había contagiado una enfermedad horrorosa; después la
-abandonó y se fué de Madrid. Entonces ella no tuvo más remedio que
-marcharse al Hospital. Cuando fué su padre á San Juan de Dios y la vió
-boca arriba con unos tubos de goma en las ingles abiertas, creyó que la
-iba á matar, y con voz rabiosa le dijo que para él su hija había muerto
-y que no volviera más por su casa. Ella se echó á llorar desconsolada;
-una vecina que estaba en una cama de al lado, le dijo: «¿Por qué no te
-echas á la vida?» Pero ella no hacía más que llorar. Cuando le dieron el
-alta fué á ver á la maestra del taller y no la quiso recibir. Entonces,
-ya á la noche, salió dispuesta á todo. Estaba en la calle Mayor cuando
-se le acercó un hombre que llevaba un bastón en la mano y le dijo: «Anda
-para adelante». Fueron calle abajo, y aquel hombre la hizo entrar en el
-Gobierno civil, subieron hasta el último piso y pasaron por un corredor
-obscuro á un cuarto con luz eléctrica, lleno de mujeres, que hablaban y
-reían con los empleados. Al cabo de algún tiempo, un señor empezó á
-leer una lista y se fueron marchando las mujeres. No quedaron más que
-veinte ó treinta de las más zarrapastrosas y sucias. A todas las
-hicieron bajar unas escaleras y las encerraron en una cueva.
-
---Allí pasé una noche desesperada--concluyó diciendo la Justa--; al día
-siguiente me llevaron á reconocimiento y me dieron cartilla.
-
-Manuel no supo encontrar ni una frase de consuelo, y al ver su frialdad
-la Justa se repuso de su emoción. Siguieron hablando. Después Manuel
-contó su vida tranquilamente; los recuerdos se engarzaron unos con
-otros, y hablaron y hablaron sin cansarse; de pronto la llama del
-quinqué vaciló un momento, y con un suave estallido se apagó.
-
---También es casualidad--dijo la Justa.
-
---No; que no tendría petróleo--repuso Manuel--. Bueno, yo me voy.
-
-Se registró los bolsillos; no tenía fósforos.
-
---¿No tienes cerillas?--preguntó ella.
-
---No.
-
-Manuel se levantó y fué tanteando; tropezó con la mesa; luego con una
-silla y se detuvo.
-
-La Justa abrió el balcón que daba á la calle y Manuel pudo ver algo y
-dirigirse hacia la puerta.
-
---¿Tienes la llave de la casa?--dijo.
-
---No.
-
---Y entonces, ¿cómo voy á salir?
-
---Tendremos que llamar al sereno.
-
-Salieron los dos al balcón; la noche estaba fría, muy estrellada.
-Esperaron á que se viera el farolillo del sereno.
-
-La Justa se acercó mucho á Manuel; éste le pasó él brazo por el talle.
-Luego no hablaron más; cerraron el balcón y huyeron en la obscuridad
-hacia la alcoba.
-
-Había que aceptar las cosas tal como venían; Manuel prometió á la Justa
-que si encontraba algún medio de ganar honradamente unos cuartos, la
-sacaría al momento de aquella vida, y la Justa lloró emocionada sobre el
-hombro de Manuel. A pesar de los hermosos planes de regeneración que
-idearon aquella noche, Manuel no intentó nada; lo único que hizo fué ir
-á vivir con la Justa. A veces los dos sentían una repugnancia grande por
-la vida que llevaban, y reñían y se insultaban por cualquier motivo,
-pero en seguida hacían las paces.
-
-Todas las noches, mientras Manuel dormía en aquel cuchitril, de vuelta
-de la casa de juego, llegaba la Justa, cansada de rodar por cafés,
-colmados y casas de citas. A la luz lívida del amanecer, sus mejillas
-tenían un color sucio y su sonrisa era muy triste.
-
-Algunas veces iba tambaleándose, completamente borracha, y al entrar en
-la casa y al subir las escaleras sola sentía un miedo y un
-remordimiento grandes. El amanecer le producía como un despertar de la
-conciencia.
-
-Al llegar al cuarto, abría la puerta con el llavín, entraba y se
-acostaba junto á él, sin despertarle, temblando de frío.
-
-Manuel se iba acostumbrando á aquella vida y á sus nuevas amistades; no
-se atrevía á intentar un cambio de postura por pereza y por miedo.
-Algunos domingos por la tarde, la Justa y él marchaban de paseo á los
-Cuatro Caminos y á la Puerta de Hierro, y cuando no reñían hablaban de
-sus ilusiones, de un cambio de vida que vendría para ellos sin esfuerzo,
-como una cosa providencial.
-
- * * * * *
-
-Durante este invierno los dueños del Círculo instalaron en la planta
-baja en donde antes estaba el café, el Salón París, y en la lista de las
-bellezas sensacionales que habían de exhibirse, aparecieron las
-bailarinas y cupletistas de más nombre; las Dalias, Gardenias,
-Magnolias, etc. Además, como gran atracción, se anunció el debut de
-Chuchita, la hija de la Coronela. Esta trataba de explotar á su niña
-como empresaria y como madre. El día de la presentación la madre hizo
-que la clac ocupara todas las localidades. Vidal, el Cojo y Manuel se
-acomodaron en las primeras filas de sillas en calidad de alabarderos.
-
---Aplaudirán ustedes, ¿eh?--preguntó la Coronela.
-
---Descuide usted--dijo Calatrava--y al que no le guste, mire usted qué
-argumento le traigo--y mostró su garrote.
-
-Después de un magnetizador salió Chuchita en medio de una salva de
-aplausos. Bailó sin gracia ninguna, y al terminar su canción y de bailar
-un tango sacaron al escenario una gran cantidad de guirnarlas de flores
-y de otros regalos. Cuando concluyó la sección en que trabajaba la
-Chuchita, se reunieron Manuel y Vidal con unos periodistas, entre los
-cuales había dos amigos de Alex el escultor, y fueron juntos á dar la
-enhorabuena al padre de la Chuchita.
-
-Llamaron al sereno y entraron en la casa. La criada les hizo pasar al
-cuarto del Coronel. Este, metido en la cama, fumaba tranquilamente.
-Entraron todos en la alcoba.
-
---Que sea enhorabuena, mi coronel.
-
-El hombre del pundonor militar recibía los plácemes sin notar la sorna
-que aquello significaba.
-
---¿Y cómo ha estado? ¿Cómo ha estado?--preguntaba el padre desde su
-cama.
-
---Muy bien; al principio un poco tímida, luego se soltó.
-
---Si las bailarinas son como los militares, en cuanto llegan al terreno
-se crecen.
-
-Celebraron todos, periodistas y demás golfería, la frase, con risas
-burlona, se despidieron del Coronel y volvieron de nuevo al Salón París.
-
-La Coronela, Chuchita y la hermana de ésta, la rubia, acompañadas las
-tres de un señor senador, de un periodista y de un torero de fama se
-preparaban para cenar en un gabinete del Círculo.
-
-Según se decía, Chuchita manifestaba una inclinación decidida por el
-torero, y la Coronela, no sólo no la disuadía, sino que había llamado al
-torero para que el debut de la Chuchita fuera para ella del todo
-agradable...
-
-La apertura del Salón París dió ocasiones á Manuel y á Vidal de nuevos
-conocimientos.
-
-Este se había hecho amigo del hermano de la Chuchita, que alcahueteaba
-por el teatro, y el chiquillo llevó á Vidal y á Manuel á los cuartos de
-las bailarinas.
-
-Cuando la Justa se enteró de las amistades de Manuel le armó un
-escándalo tremendo. La Justa se había propuesto hacer la vida de Manuel
-insoportable, y tan pronto le insultaba y le decía que era un chulo que
-vivía á sus expensas, como se manifestaba celosa. Cuando armaba un
-escándalo de éstos, Manuel resignado se encogía de hombros y la Justa,
-sumida momentáneamente en la mayor desesperación, se tiraba larga en el
-suelo y quedaba inmóvil, como muerta. Luego se le pasaba el arrechucho y
-tan tranquila.
-
-
-
-
-CAPÍTULO IV
-
-Un fusilamiento.--En el puente del Sotillo.--El Destino.
-
-
-Una noche de Agosto salían del Teatro Eldorado, Manuel, Vidal, la Flora
-y la Justa, cuando dijo Vidal.
-
---Hoy fusilan á un soldado. ¿Queréis que vayamos á ver?
-
---Sí, vamos--contestaron la Flora y la Justa.
-
-Hacía una noche hermosa y templada.
-
-Subieron la calle de Alcalá y entraron en Fornos. A eso de las tres
-salieron del café y en una manuela se dirigieron al lugar de la
-ejecución.
-
-Dejaron el coche frente á la Cárcel Modelo.
-
-Era demasiado temprano. Aún no había amanecido.
-
-Dieron vuelta á la cárcel metiéndose por una callejuela como una zanja
-abierta en la arena, hasta salir á los desmontes próximos á la calle de
-Rosales. Tenía el edificio de la Cárcel Modelo, visto desde aquellos
-campos desolados, un aspecto imponente; parecía una fortaleza envuelta
-en la luz azul y espectral de los arcos voltaicos. Los centinelas daban
-de vez en cuando un alerta largo que producía una terrible impresión de
-angustia.
-
---¡Qué triste es esta casa!--murmuró Vidal. ¡Y cuánta gente habrá ahí
-encerrada!
-
---Pse..., que los maten--replicó la Justa con indiferencia.
-
-Pero Vidal no sentía este desdén, y se indignó con la frase de la Justa.
-
---¿_Pa_ qué roban?--replicó ésta.
-
---Y tú, ¿por qué...?
-
---Yo para comer.
-
---Pues ellos también para comer.
-
-La Flora recordó que de chica había visto la ejecución de la Higinia.
-Había ido con la hija de la portera de su casa.
-
-Allí estaba el patíbulo,--y señaló el centro de una tapia frente á la
-capilla--. En los desmontes hormigueaba el gentío. Vino la Higinia
-vestida de negro, apoyada en los Hermanos de la Paz y Caridad; debía de
-estar ya muerta; la sentaron en el banquillo, y un cura con una cruz
-alzada se puso delante de la Higinia, le ató el verdugo con unas cuerdas
-por los pies, sujetándola las faldas; luego le tapó la cara con un
-pañuelo negro, y poniéndose detrás de ella dió de prisa dos vueltas á la
-rueda, en seguida le quitó el pañuelo de la cara y quedó la mujer tan
-raida sobre el palo.
-
-Después, terminó diciendo la Flora, la otra chica y ella tuvieron que
-echar á correr porque los guardias civiles dieron una carga.
-
-Vidal, al oir tan minuciosas descripciones, palideció.
-
---Estas cosas me matan--dijo poniéndose una mano sobre el corazón.
-
---¿Para qué has querido venir?--le preguntó Manuel.--¿Quieres que
-volvamos?
-
---No, no.
-
-Salieron á la plaza de la Moncloa. En una esquina de la cárcel había un
-grupo grande de gente. Estaba amaneciendo. Una franja de oro se formaba
-en el horizonte. Por la calle de la Princesa subía un escuadrón de
-artillería, presentaba un aspecto extraño á la luz vaga del amanecer. Se
-detuvo el escuadrón frente á la cárcel.
-
---A ver si nos dan la entretenida y lo fusilan en otra parte--decía un
-vejete, á quien la idea de madrugar y no presenciar la ejecución, debía
-parecer en extremo desagradable.
-
---Hacia San Bernardino es donde lo fusilan--anunció un golfo.
-
-Todos echaron á correr. Efectivamente, debajo de unos desmontes próximos
-al paseo de Areneros formaban los soldados el cuadro. Había un público
-de cómicos, trasnochadores, coristas, prostitutas, subidos en coches
-simones, y una turbamulta de golfos y de mendigos. El espació despejado
-era extensísimo. Vino un furgón gris y entró en medio del cuadro á la
-carrera, bajaron tres figuras que parecían muñecos; los de á los lados
-del reo llevaban sombrero de copa. No se veía bien al soldado.
-
---Bajad las cabezas--decían los del público, los que estaban atrás--,
-que veamos todos.
-
-Se destacaron ocho soldados de caballería con fusiles cortos y se
-pusieron delante del reo; se conoce que no quedaron bien de frente,
-porque moviéndose de lado, como un animal de muchas patas, anduvieron
-algunos metros. El sol brillaba en la arena amarilla del desmonte, en
-los cascos y correajes de los soldados. No se oyó voz de mando, los
-fusiles apuntaron.
-
---Bajad las cabezas--gritaron otra vez con acento irritado los que se
-hallaban colocados en tercera y cuarta fila.
-
-Sonó una detonación sin fuerza; poco después se oyó otra.
-
---Es el golpe de gracia--murmuró Vidal.
-
-Todo el público echó á andar hacia Madrid; se oyó estrépito de tambores
-y cornetas. El sol brillaba en los cristales de las casas. Iban Manuel,
-Vidal y las dos mujeres por el paseo de Areneros, cuando oyeron otra
-detonación.
-
---Se conoce que no había muerto--añadió Vidal, más pálido.
-
-Estaban los cuatro preocupados.
-
---¿Sabes?--dijo Vidal--. Se me ha ocurrido una cosa para quitar la mala
-impresión de esto: ir á merendar esta tarde.
-
---¿Adónde?--preguntó Manuel.
-
---Hacia el río. Recordaremos nuestros buenos tiempos. ¿Eh? ¿Qué te
-parece?
-
---Muy bien.
-
---¿La Justa no tendrá nada que hacer?
-
---No.
-
---Bueno. Pues entonces al medio día estamos todos en el merendero de la
-señora Benita, que está cerca del Embarcadero y del puente del Sotillo.
-
---Convenido.
-
---Ahora vamos á casa á dormir un rato.
-
-Lo hicieron así. A las doce salieron Manuel y la Justa y fueron al
-merendero; todavía no había llegado nadie.
-
-Se sentaron los dos en un banco; la Justa estaba malhumorada. Compró
-diez céntimos de cacahuetes y se puso á comerlos.
-
---¿Quieres?--le dijo á Manuel.
-
---No; se me meten en las muelas.
-
---Pues yo tampoco--y los tiró al suelo.
-
---¿A qué los compras para tirarlos?
-
---Me da la gana.
-
---Bueno, haz lo que quieras.
-
-Pasaron los dos bastante tiempo esperando, sin hablarse; la Justa,
-impacientada, se levantó.
-
---Me voy á casa--dijo.
-
---Yo voy á esperar--replicó Manuel--.
-
---Anda y que te zurzan con hilo negro, ladrón.
-
-Manuel se encogió de hombros.
-
---Y que te den morcilla.
-
---Gracias.
-
-La Justa, que iba á marcharse, se detuvo al ver que llegaban Calatrava
-con la Aragonesa y Vidal al lado de la Flora. Calatrava traía una
-guitarra.
-
-Pasó un organillo por delante del merendero. El Cojo lo hizo parar y
-bailaron Vidal y la Flora, la Justa y Manuel.
-
-Llegaron nuevas parejas, entre ellas una mujer gorda y chata, vestida de
-un modo ridículo, que iba acompañada de un hombre de patillas de hacha y
-aspecto agitanado. La Justa, que se sentía insolente y provocativa,
-comenzó á reirse de la mujer gorda; la otra contestó con despreciativo
-retintín y recalcando la palabra.
-
---Estos pericos...
-
---¡La tía gamberra!--murmuró la Justa--, y cantó á media voz,
-dirigiéndoselo á la chata, este tango:
-
- «Eres más fea que un perro de presa,
- y á presumida no hay quien te gane.»
-
---¡Indecente!--gruñó la gorda.
-
-El hombre con facha de gitano se acercó á Manuel para decirle que
-aquella señora (la Justa) estaba faltando á la suya y que él no podía
-permitir esto. Manuel comprendía que tenía razón; pero, á pesar de esto,
-contestó insolentemente al hombre. Vidal se interpuso, y después de
-muchas explicaciones por una y otra parte, se decidió que allí no se
-había faltado á nadie y se arregló la cuestión. Pero la Justa estaba con
-humor de pelea y se trabó de palabras con uno de los organilleros,
-desvergonzado por razón de oficio.
-
---Calla ¡leñe!--gritó Calatrava, dirigiéndose á la Justa--, y tú calla
-también--dijo al organillero--, porque si no te voy á arrimar un
-estacazo.
-
---Vamos nosotros adentro--indicó Vidal.
-
-Pasaron las tres parejas á un cobertizo con mesas y bancos rústicos y un
-barandado de palitroques que daba al Manzanares.
-
-En medio del río había dos islas cubiertas de un verdín brillante, y
-entre éstas unas cuantas tablas que servían de paso desde una orilla á
-otra.
-
-Trajeron la comida, pero la Justa no quiso comer, y á las preguntas que
-la hicieron no contestó, y luego, sin saber por qué, empezó á llorar
-amargamente entre las burlas de la Flora y de la Aragonesa. Luego se
-tranquilizó y quedó alegre y jovial.
-
-Comieron allá opíparamente y salieron un momento á bailar á la
-carretera al son del organillo. Manuel creyó ver pasar varias veces al
-Bizco por delante del merendero.
-
---¿Será él? ¿Qué buscará por aquí?--se preguntó.
-
-Al anochecer volvieron las tres parejas adentro, encendieron luz en un
-cuarto y mandaron traer aguardiente y café. Hablaron durante largo rato.
-Calatrava contó con verdadera delectación horrores de la guerra de Cuba.
-Había satisfecho allí sus instintos naturales de crueldad, macheteando
-negros, arrasando ingenios, destruyendo é incendiando todo lo que se le
-ponía por delante.
-
-Las tres mujeres, sobre todo la Aragonesa, le escuchaban con entusiasmo.
-De pronto, Calatrava calló pensativo, como si algún recuerdo triste le
-embargara.
-
-Vidal tomó la guitarra y cantó el tango del _Espartero_ con un gran
-sentimiento, después tarareó el de _La Tempranica_ con mucha gracia,
-cortando las frases para dar mas intención y poniendo la mano en la boca
-de la guitarra, para detener á veces el sonido. La Flora marcó unas
-cuantas posturas jacarandosas, mientras Vidal, echándoselas de gitano,
-cantaba:
-
- ¡Ze coman los mengues
- mardita la araña
- que tié en la barriga
- pintá una guitarra!
- Bailando ze cura
- tan jondo doló...
- ¡Ay!, malhaya la araña
- que á mí me picó.
-
-Luego fué Marcos Calatrava el que cogió la guitarra. No sabía puntear
-como Vidal, sino que rasgueaba suavemente, con monotonía. Marcos cantó
-una canción cubana, triste, lánguida, que daba la nostalgia de un país
-tropical. Era una larga narración que evocaba los danzones de los
-negros, las noches espléndidas del trópico, el sol, la patria, la sangre
-de los soldados muertos, la bandera, que hace saltar las lágrimas á los
-ojos; el recuerdo de la derrota... algo exótico y al mismo tiempo
-íntimo, algo muy doloroso, algo hermosamente plebeyo y triste.
-
-Y Manuel sentía al oir aquellas canciones la idea grande, fiera y
-sanguinaria de la patria. Y se la representaba como una mujer soberbia,
-con los ojos brillantes y el gesto terrible, al lado de un león...
-
-Después, Calatrava entonó, acompañándose del rasguear monótono de la
-guitarra, una canción de insurrectos muy lánguida y triste. Una de las
-coplas, que Calatrava cantaba en cubano, decía:
-
- «Pinté á Matansa confusa,
- la playa de Viyamá,
- y no he podío pintá
- el nido de la lechusa;
- yo pinté po donde crusa
- un beyo ferrocarrí,
- un machete y un fusí
- y una lancha cañonera,
- y no pinté la bandera
- po la que voy á morí.»
-
-No sabía Manuel por qué, pero aquella reunión de cosas incongruentes que
-se citaban en el canto le produjo una tristeza enorme...
-
- * * * * *
-
-Afuera anochecía. A lo lejos la tierra azafranada brillaba con las
-últimas palpitaciones del sol, oculto en nubes incendiadas como dragones
-de fuego; alguna torre, algún árbol, alguna casucha miserable rompía la
-línea del horizonte, recta y monótona; el cielo hacia el Poniente se
-llenaba de llamas.
-
-Luego obscureció; fué ennegreciéndose el campo, el sol se puso.
-
-Por el puentecillo de tablas, tendido de una orilla á otra, pasaban
-mujeres negruzcas, con fardeles de ropa bajo el brazo.
-
-Manuel experimentaba una gran angustia. A lo lejos, de algún merendero,
-llegaba el rasguear lejano de una guitarra.
-
- * * * * *
-
-Vidal salió del cobertizo.
-
---Ahora vengo--dijo.
-
-Un momento... y se oyó un grito de desesperación. Todos se levantaron.
-
---¿Ha sido Vidal?--preguntó la Flora.
-
---No sé--dijo Calatrava dejando la guitarra sobre la mesa.
-
-Rumor de voces resonó hacia el río. Se asomaron todos al balcón que daba
-al Manzanares. En una de las islillas verdes dos hombres luchaban á
-brazo partido. Uno de ellos era Vidal, se le conocía por el sombrero
-cordobés blanco. La Flora, al conocerlo, dió un grito de terror; poco
-después los dos hombres se separaron y Vidal cayó á tierra, de bruces,
-en silencio. El otro puso una rodilla sobre la espalda del caído y debió
-asestarle diez ó doce puñaladas. Luego se metió en el río, llegó á la
-otra orilla y desapareció.
-
-Calatrava y Manuel se descolgaron por el barandado del cobertizo y se
-acercaron por el puente de tablas hacia el islote.
-
-Vidal estaba tendido boca abajo y un charco de sangre había junto á él.
-Tenía clavada la navaja en el cuello, cerca de la nuca. Calatrava tiró
-del mango pero el arma debía de estar incrustada en las vértebras.
-Después Marcos hizo dar al cuerpo media vuelta y le puso la mano en el
-pecho sobre el corazón.
-
---Está muerto--dijo tranquilamente.
-
-Manuel miró al cadáver con horror; las últimas claridades de la tarde se
-reflejaban en sus ojos, muy abiertos. Calatrava puso al cadáver en la
-misma posición. Volvieron al merendero.
-
---¡Hala!, vamos--dijo Marcos.
-
---¿Y Vidal?--preguntó la Flora.
-
---Ha espichado.
-
-La Flora comenzó á chillar; pero Calatrava la agarró violentamente del
-brazo y la hizo enmudecer.
-
---Vaya... ahuecando--dijo, y con gran serenidad pagó la cuenta, cogió la
-guitarra y salieron todos del merendero.
-
-Había obscurecido; á lo lejos, Madrid, de un pálido color de cobre, se
-destacaba en el cielo azul, melancólico y dulce, surcado en el Poniente
-por grandes fajas moradas y verdosas, las estrellas comenzaban á lucir y
-á parpadear con languidez, el río brillaba con reflejo de plata.
-
-Pasaron silenciosos el puente de Toledo; cada uno entregado á sus
-pensamientos y á sus temores. A final del paseo de los Ocho Hilos
-encontraron dos coches; Calatrava con la Aragonesa y la Flora entraron
-en uno, la Justa y Manuel en otro.
-
-
-
-
-CAPÍTULO V
-
-El calabozo del Juzgado de guardia.--Digresiones. La declaración.
-
-
-Al día siguiente de la muerte de su primo, Manuel compró con ansiedad
-los periódicos; contaban todos lo pasado en el merendero; las señas de
-cada uno de los comensales venían claras; se había identificado el
-cadáver de Vidal, y se sabía que el asesino era el Bizco, un pájaro de
-cuenta, procesado por dos robos, lesiones y presunto autor de una muerte
-cometida en el camino de Aravaca.
-
-El pánico de la Justa y de Manuel fué grandísimo; temían que les
-considerasen complicados en el crimen, que les llamasen á declarar; no
-sabían qué hacer.
-
-Después de pensar mucho, decidieron como lo más cuerdo mudarse de casa é
-ir por los alrededores. Anduvieron la Justa y Manuel buscando
-habitación, y la encontraron al fin en una casa de la calle de Galileo,
-próxima á Tercer Depósito, en Vallehermoso.
-
-La casa era barata, tres duros al mes; tenía dos balcones, que daban á
-un gran descampado ó solar en donde tallaban los canteros grandes
-piedras. Este solar hallábase limitado por una cerca de pedruscos
-sueltos, residuos del corte de piedras, y en medio tenía una barraca en
-donde vivía el guarda con su familia.
-
-Entraba en las habitaciones el sol desde que salía hasta que se
-ocultaba. Fuera por el terror producido por la muerte trágica de Vidal ó
-por un impulso íntimo, Manuel sintió en su alma bríos para comenzar una
-vida nueva; buscó trabajo y lo encontró en una imprenta de Chamberí. Era
-muy violento para él estar encerrado todo el día en la imprenta; pero la
-misma violencia que tenía que hacer le animaba á perseverar. La Justa,
-en cambio, se aburría, se hallaba continuamente malhumorada y triste.
-
-A la semana de esta vida ejemplar, un sábado, al volver á casa Manuel,
-se encontró con que no estaba la Justa. La esperó toda la noche,
-inquieto; no apareció.
-
-Al día siguiente, cuando vió que no volvía, se echó á llorar. Comprendió
-que le abandonaba. Era el despertar de un sueño hermoso; había llegado á
-creer que al fin se emancipaban los dos de la miseria y de la deshonra.
-
-Los días anteriores le había oído á la Justa quejarse de dolores de
-cabeza, de falta de apetito, pero no sospechaba aquella resolución, no
-creía que le iba á abandonar así, tan fríamente.
-
-¡Y se sentía tan solo, tan miserable, tan cobarde otra vez! Aquel
-cuarto inundado de sol, que antes lo había encontrado alegre, ahora le
-parecía triste y sombrío. Miró desde el balcón las casas lejanas, con
-sus tejados rojos. En lontananza se extendía Madrid, envuelto en el
-ambiente limpio y claro, bajo un sol de oro. Algunas nubes blancas
-pasaban lenta y majestuosamente, desplegando sus fantásticas formas.
-
-Familias de artesanos endomingados pasaban en grupos; se oían vagamente
-notas alegres de los organillos.
-
-Manuel se sentó en la cama pensativo. ¡Cuántos buenos proyectos, cuántos
-planes acariciados en la mente no habían fracasado en su alma! Estaba al
-principio de la vida y se sentía sin fuerzas ya para la lucha. Ni una
-esperanza, ni una ilusión le sonreía. El trabajo, ¿para qué? Componer y
-componer columnas de letras de molde, ir y venir á casa, comer, dormir,
-¿para qué? No tenía un plan, una idea, una aspiración. Miraba la tarde
-del domingo alegre, inundada de sol, el cielo azul, las torrecillas
-lejanas...
-
-Embebido en vagos pensamientos, no oyó Manuel que llamaban á la puerta,
-cada vez más fuerte.
-
---¿Será la Justa?--pensó--. No puede ser.
-
-Abrió la puerta con la vaga esperanza de encontrarla. Delante de él se
-presentaron dos hombres.
-
---Manuel Alcázar--le dijo uno de ellos--. Quedas detenido.
-
---¿Por qué?
-
---El Juez te lo dirá; ponte las botas y anda para adelante.
-
---¿Me van á atar?--preguntó Manuel.
-
---Si no haces tonterías, no. Hala, vamos.
-
-Bajaron los tres á la calle y salieron al paseo de Areneros.
-
---Tomaremos el tranvía--dijo uno de los polizontes.
-
-Entraron; venía atestado de gente y fueron los tres en la plataforma. Al
-llegar á la plaza de Santa Bárbara bajaron, y, cruzando dos ó tres
-calles, aparecieron frente á las Salesas; de aquí torcieron una esquina,
-se metieron en un portal, atravesaron un pasillo largo, y al final de
-éste hicieron entrar á Manuel en un calabozo y cerraron por fuera.
-
- * * * * *
-
-Dicen que la soledad y el silencio son como el padre y la madre de los
-pensamientos profundos. Manuel, en medio de la soledad y el silencio, no
-encontró ni la idea más insignificante en su caletre. Por no encontrar,
-no encontró ni siquiera en el mundo de los fenómenos un sitio donde
-sentarse, lo cual no tenía nada de extraño, porque no había ni una mala
-silla ni una mala banqueta en el calabozo.
-
-Se sentía abatido y cansado, y se dejó caer en el suelo. Así permaneció
-algunas horas; de pronto, una claridad pálida brilló sobre la puerta, en
-un montante.
-
---Han encendido luz--se dijo Manuel--. Habrá obscurecido.
-
-Poco después se oyó un estrépito de voces y de lloros.
-
---Ande usted, que si no le va á salir peor cuenta--decía una voz grave.
-
---Pero si yo no he sido, señor guardia, si yo no he sido--replicaba una
-voz suplicante--; déjeme usted ir á casa.
-
---Hala. Adentro.
-
---¡Por Dios! ¡Por Dios! que yo no he sido.
-
---Adentro.
-
-Se oyó el ruido que hizo el hombre al entrar empujado en el calabozo,
-después el cerrar violento de la puerta. La voz suplicante siguió
-clamando con pesada monotonía:
-
---Yo no he sido... Yo no he sido... Yo no he sido.
-
---Pues señor ¡vaya una lata!--se dijo Manuel. Si está toda la noche así,
-me va á divertir.
-
-Las lamentaciones del vecino fueron aminorando poco á poco y debieron
-terminar en silencioso llanto. Se oía en el corredor los pasos rítmicos
-de alguno que iba y venía.
-
-Manuel trató de buscar desesperadamente una idea en su cerebro, aunque
-no fuese más que para entretenerse con ella, y no encontró nada; lo
-único que pudo sacar en conclusión es que se había lucido.
-
-Tal carencia de ideas le condujo como de la mano á un sueño profundo que
-quizás no duró más que un par de horas, pero que á él le parecieron un
-año. Se despertó derrengado, con la cintura dolorida; no había perdido
-en el sueño la idea de que se hallaba encerrado, pero fué para él tan
-reparador el corto momento de descanso, que se encontró fuerte,
-dispuesto á cualquier cosa.
-
-Tenía en el bolsillo aún el dinero que le habían dado en la imprenta.
-Llamó discretamente á la puerta del calabozo.
-
---¿Qué quiere usted?--le dijeron de afuera.
-
---Quisiera salir un rato.
-
---Salga usted.
-
-Salió al pasillo.
-
---¿Podría traerme alguno un café?--preguntó á un guardia.
-
---Pagándolo.
-
---Claro que pagándolo. Que me traigan un café con tostada y una
-cajetilla--Entregó al guardia dos pesetas.
-
---Ahora van--dijo éste.
-
---¿Qué hora es?--preguntó Manuel.
-
---Las doce.
-
---Si no fuera porque tengo que estar en ese rincón, le invitaría á tomar
-café conmigo, pero...
-
---Aquí fuera lo puede usted tomar. Con un café hay para los dos.
-
-Vino un mozo con el café y los cigarros. Tomaron el café, fumaron un
-pitillo, y el guardia, ya conquistado, le dijo:
-
---Llévese usted un banco de estos para dormir.
-
-Manuel cargó con uno y se echó á la larga. El día anterior, libre, se
-encontraba débil y caído; en aquel momento, preso, se sentía fuerte. Los
-proyectos se amontonaban en su cabeza, pero no podía dormir.
-
-El cansancio físico consume las fuerzas y excita el cerebro, la
-imaginación aletea en la obscuridad como los pájaros nocturnos, como
-ellos también se refugia en las ruinas.
-
-Manuel no durmió pero soñó y proyectó mil cosas: unas lógicas, la
-mayoría absurdas. La luz del día, al entrar vaga por el montante de la
-puerta, desechó sus ideas sobre el porvenir y pensó en lo inmediato.
-
-Le irían á llevar ante el juez. ¿Qué iba á contestar? Idearía un plan:
-una casualidad le había llevado al puente del Sotillo, no conocía á
-Calatrava; pero, ¿y si le careaban con ellos? Se iba á embarullar. Lo
-mejor era decir la verdad y atenuarla en todo lo que pudiera, para
-favorecer su causa: le conocía á Calatrava por su primo, le veía de
-cuando en cuando en el Salón, él trabajaba en una imprenta...
-
-Estaba ya decidido á seguir este plan, cuando entró un guardia:
-
---Manuel Alcázar.
-
---Servidor.
-
---Anda, al despacho del juez.
-
-Siguieron los dos un largo pasillo y llamaron en una puerta.
-
---¿Da usía su permiso?--dijo el guardia.
-
---Adelante.
-
-Pasaron á un despacho con dos grandes ventanas por donde se veían los
-árboles de la plaza. Delante de la mesa estaba el juez sentado en un
-sillón de alto respaldar. Frente á la mesa había un armario de estilo
-gótico lleno de libros. Un escribiente entraba y salía llevando montones
-de papeles debajo del brazo; el juez le hacía alguna que otra pregunta y
-firmaba de prisa.
-
-Cuando terminó, el guardia, con la gorra en la mano, se acercó al juez y
-le indicó, en pocas palabras, quién era Manuel. El juez echó una mirada
-rápida sobre el muchacho, y éste, en aquel momento, pensó:
-
---Hay que decir la verdad; si no me la arrancarán y será peor.
-
-Con esta decisión se sintió más tranquilo.
-
---Acérquese usted--le dijo el juez.
-
-Manuel se acercó.
-
---¿Cómo se llama usted?
-
---Manuel Alcázar.
-
---¿Cuántos años tiene?
-
---Veintiuno.
-
---¿Qué oficio?
-
---Cajista.
-
---¿Jura usted decir verdad en todo aquello que le sea preguntado?
-
---Sí, señor.
-
---Si así lo hace, Dios se le premie, y si no, se lo demande. ¿Qué hizo
-usted el día del crimen?
-
---La noche antes, Vidal y yo, con dos mujeres, fuimos á ver cómo
-fusilaban á un soldado; después, por la mañana, dormí un rato, y á las
-once fuí con una mujer al merendero del puente del Sotillo, en donde nos
-habíamos citado con Vidal.
-
---¿Qué parentesco tenía usted con el muerto?
-
---Era su primo.
-
---¿Riñó usted alguna vez con él?
-
---No, señor.
-
---¿Cómo ha vivido usted hasta el día en que murió Vidal?
-
---He vivido del juego.
-
---¿Qué hacía usted para vivir del juego?
-
---Jugaba el dinero que me daban, en el Círculo de la Amistad, y
-entregaba las ganancias unas veces á Vidal, otras á un cojo que se llama
-Calatrava.
-
---¿Qué cargos desempeñaban en el Círculo Vidal y ese cojo?
-
---El cojo era secretario del Maestro, y Vidal secretario del cojo.
-
---¿Cómo se llama el cojo?
-
---Marcos Calatrava.
-
---¿Por quién le conoció usted al cojo?
-
---Por Vidal.
-
---¿En dónde?
-
---En la taberna del Majo de las Cubas, que está en la calle Mayor.
-
---¿Cuánto tiempo hará de esto?
-
---Un año.
-
---¿Quién le llevó á usted al Círculo de la Amistad?
-
---Vidal.
-
---¿Conoce usted á un sujeto apodado el Bizco?
-
---Sí, señor.
-
---¿De dónde le conoce usted?
-
---De que era amigo de Vidal, cuando chico.
-
---¿No era amigo también de usted?
-
---Amigo, no; nunca he tenido simpatía por él.
-
---¿Por qué?
-
---Porque me parecía malo.
-
---¿Qué entiende usted por esto?
-
---Lo que entiende todo el mundo: que tenía malas entrañas y martirizaba
-al que era más débil que él.
-
---¿Usted tiene una querida?
-
---Sí, señor.
-
---¿Es una mujer pública?
-
---Sí, señor--tartamudeó Manuel temblando de dolor y de ira.
-
---¿Cómo se llama?
-
---Justa.
-
---¿Dónde vive?
-
---No sé; se marchó de mi casa anteayer.
-
---¿Dónde la conoció usted?
-
---En casa de un trapero, en donde yo estuve de criado.
-
---¿Cómo se llamaba ese trapero?
-
---El señor Custodio.
-
---¿Fué usted el que impulsó á su querida á prostituirse?
-
---Yo no, señor.
-
---Cuando la conoció usted, ¿era ya mujer pública?
-
---No, señor. Cuando la conocí era modista; un hombre la sacó de su casa;
-luego, cuando la vi por segunda vez, era ya pública.
-
-Al decir esto, á Manuel le temblaba la voz y las lágrimas pugnaban por
-salir de sus ojos.
-
-El juez le contempló fríamente.
-
---¿Quién propuso ir al merendero del puente del Sotillo?
-
---Vidal.
-
---¿Vió usted al Bizco rondar por los alrededores del merendero?
-
---Sí, señor.
-
---¿No le chocó?
-
---Sí, señor.
-
---¿Tenía usted noticia de que el Bizco había matado á una mujer en el
-camino de Aravaca?
-
---Eso me dijo Vidal.
-
---Después de este crimen del Bizco, ¿había hablado usted alguna vez con
-él?
-
---No, señor.
-
---¿Nunca?
-
---No, señor.
-
---Tenga cuidado con lo que dice--y el juez clavó su mirada en Manuel--.
-¿No habló usted, después de la muerte de la mujer, nunca con el Bizco?
-
---No, señor--y Manuel sostuvo con energía la mirada del juez.
-
---¿No le chocó el que el Bizco rondara el merendero?
-
---Sí, señor.
-
---¿Cómo no le comunicó usted la noticia á Vidal?
-
---Porque mi primo me había dicho que no le hablara del Bizco.
-
---¿Por qué?
-
---Porque le daba miedo. Yo, sabiendo esto, no quise asustarle.
-
---Cuando vió usted que iba á salir, ¿cómo no le advirtió usted que
-podría estar el Bizco?
-
---No se me ocurrió.
-
---¿Qué hizo usted cuando oyó el grito dado por Vidal?
-
---Salí al balcón del merendero con las tres mujeres y con el Cojo, y
-desde allá vimos á Vidal y al Bizco en la islilla que peleaban.
-
---¿Cómo conoció usted que eran ellos?
-
---Por el grito de Vidal, y además porque llevaba un sombrero cordobés
-blanco.
-
---¿Qué hora sería cuando sucedió esto?
-
---No sé á punto fijo. Estaba anocheciendo.
-
---¿Cómo conoció usted al Bizco?
-
---No le conocí; pensé que era él.
-
---¿Llevaba dinero Vidal?
-
---No lo sé.
-
---¿Cuánto duró la lucha?
-
---Un momento.
-
---¿No tuvieron ustedes tiempo de ir en su socorro?
-
---No, señor. A poco de asomarnos al balcón, cayó Vidal al suelo, y el
-otro se metió en el río y se fué.
-
---Está bien; ¿qué pasó después?
-
---El Cojo y yo nos descolgamos por el barandado, saltamos al río y nos
-acercamos á la isla. El Cojo le cogió la mano á Vidal y dijo: «Está
-muerto.» Luego volvimos los dos al merendero y nos fuimos.
-
-El juez se volvió al escribiente:
-
---Luego le leerá usted la declaración y que la firme.
-
-Llamó al timbre y apareció el guardia.
-
---Que siga incomunicado.
-
-Manuel salió del despacho, erguido. Le habían llegado al alma algunas de
-la frases del juez; pero estaba satisfecho de su declaración; no le
-habían llegado á embrollar.
-
-Entró de nuevo en el calabozo y se tendió en el banco.
-
---El juez quiere hacerme cómplice del crimen. O ese juez es muy bruto ó
-muy malo. En fin, esperemos.
-
-Al medio día abrieron la puerta del calabozo y entraron dos hombres. Uno
-era Calatrava; el otro el Garro.
-
---Chico, acabo de leer en un periódico cómo te han prendido--dijo
-Calatrava.
-
---Ya ve usted, aquí me tienen.
-
---¿Has declarado?
-
---Sí.
-
---¿Qué has dicho?
-
---Toma, ¡qué voy á decir!, la verdad.
-
---¿Has hablado de mí?
-
---No que no. He hablado de usted, del Maestro y de todos.
-
---Rediós, ¡qué bestia eres!
-
---No; que voy á pudrirme yo aquí, sin culpa, mientras los demás se
-pasean por la calle.
-
---Merecías estar aquí siempre--exclamó Calatrava--, por panoli, por
-boceras.
-
-Manuel se encogió de hombros. Consultáronse con la mirada Calatrava y el
-Garro, y salieron del calabozo.
-
-Volvió Manuel á tenderse. A media tarde se abrió de nuevo la puerta y
-entró el guardia. Llevaba un puchero, pan y una botella de vino.
-
---¿Quién me manda esto?--preguntó Manuel.
-
---Una muchacha que se llama Salvadora.
-
-Se enterneció Manuel con el recuerdo, y como el enternecimiento no le
-quitó el apetito, comió abundantemente y se tendió en el banco.
-
-
-
-
-CAPÍTULO VI
-
-Lo que pasaba en el despacho del juez.--La Casa de Canónigos.
-
-
-Unas horas después el juez recibió tres cartas urgentes. Las abrió é
-hizo sonar inmediatamente un timbre.
-
---¿Quién ha traído estas cartas?--preguntó el juez al guardia.
-
---Un lacayo.
-
---¿Hay por ahí algún agente?
-
---Está el agente Garro.
-
---Que pase.
-
-Entró el agente y se acercó á la mesa del juez.
-
---En estas cartas--le dijo éste--se hace referencia á la declaración que
-ha prestado ese muchacho preso. ¿Cómo alguien puede saber la declaración
-que ha dado?
-
---No lo sé.
-
---¿Ha hablado ese muchacho con alguno?
-
---Con nadie--dijo tranquilamente el Garro.
-
---En esta carta, dos señoras á quienes el ministro no puede negar nada,
-le piden á él, y él me pide á mí, que eche tierra á este asunto. ¿Qué
-interés pueden tener estas señoras en ello?
-
---No sé. Si supiera quiénes son, quizás....
-
---Son la señora de Braganza y la marquesa de Buendía.
-
---Sí, entonces sé de qué se trata. Los dueños del Círculo en donde
-estaba empleado el muchacho, tienen interés en que no se hable de la
-casa de juego. Uno de los dueños es la Coronela, que habrá hablado á
-esas señoras y esas señoras al Ministro.
-
---¿Y qué relación tiene la Coronela con estas señoras?
-
---La Coronela presta dinero. Esta señora de Braganza firmó en falso con
-el nombre de su marido, y el documento lo guarda la Coronela.
-
---¿Y la marquesa?
-
---Lo de la marquesa es otra cuestión. Ya sabe usted que, últimamente, su
-querido era Ricardo Salazar.
-
---¿El ex diputado?
-
---Sí, un golfo completo. Hace uno ó dos años, cuando las relaciones de
-Ricardo y la marquesa estaban todavía recientes, la marquesa recibía de
-vez en cuando una carta en la que le decían: «Tengo una carta de usted
-dirigida á su amante, en la que dice usted esto y esto (cosas íntimas
-bastante fuertes). Si no me da usted mil pesetas, enviaré la carta á su
-marido.» Ella, asustada, pagó tres, cuatro, cinco veces, hasta que, por
-consejo de una amiga, y de acuerdo con un delegado, prendieron al
-hombre que iba con la carta. Resultó que era un enviado del mismo
-Ricardo Salazar.
-
---¿Del amante?
-
---Sí.
-
---¡Vaya un caballero!
-
---Cuando riñeron la marquesa y Ricardo...
-
---¿Al descubrirse el enredo de la carta?
-
---No, eso se lo perdonó la marquesa. Riñeron porque Ricardo exigía
-dinero que la marquesa no pudo ó no quiso darle. Salazar debía tres mil
-duros á la Coronela, y ésta, que no es tonta, le dijo: Deme usted las
-cartas de la marquesa y no me debe usted nada. Ricardo se las dió, y la
-marquesa ha quedado entregada de pies y manos á la Coronela y á sus
-socios.
-
-El Juez se levantó de su silla y paseó lentamente por el despacho.
-
---Hay además--dijo--un besalamano del director de _El Popular_ en que me
-ruega que no prospere este asunto. ¿Qué relación hay entre el garito y
-el propietario del periódico?
-
---Que es socio. En el caso que se descubriera el garito, el periódico
-haría una campaña fuerte contra el gobierno.
-
---¡Quién hace justicia de este modo!--murmuró el juez, pensativo.
-
-El Garro contempló al juez irónicamente.
-
-Se oyó el timbre del teléfono que resonó durante largo tiempo.
-
---¿Da usía su permiso?--preguntó un escribiente.
-
---¿Qué hay?
-
---De parte del señor Ministro si se ha despachado el asunto conforme á
-sus deseos.
-
---Que sí, dígale usted que sí--contestó el juez malhumorado. Luego se
-volvió hacia el agente.--Este muchacho preso, ¿no tiene participación
-ninguna en el crimen?
-
---Absolutamente ninguna--contestó el Garro.
-
---¿Es primo del muerto?
-
---Sí, señor.
-
---¿Y conoce al Bizco?
-
---Sí, ha sido amigo suyo.
-
---¿Podría ayudar á la policía á capturar al Bizco?
-
---De esto yo me encargo. ¿Se le pone en libertad al preso?
-
---Sí. Necesitamos coger al Bizco. ¿No se sabe dónde anda?
-
---Andará escondido por las afueras.
-
---¿No hay algún agente que conozca bien los rincones de las afueras?
-
---El mejor es un cabo de orden público que se llama Ortiz. Si quiere
-usted escribirle al coronel de Seguridad que ponga á Ortiz á mis
-órdenes, el Bizco, antes de ocho días, está en la cárcel.
-
-Llamó el juez á un escribiente, le mandó escribir una carta, y se la
-entregó á Garro.
-
-Salió éste del despacho del juez é hizo que abrieran el calabozo de
-Manuel.
-
---¿Hay que declarar otra vez?--preguntó el muchacho.
-
---No, vas á firmar la declaración y quedas libre. Vamos.
-
-Salieron á la calle. A la puerta del Juzgado vió Manuel á la Fea y á la
-Salvadora, pero ésta no tenía un aspecto tan severo como de ordinario.
-
---¿Estás ya libre?--le dijeron.
-
---Así parece. ¿De dónde sabíais que estaba preso?
-
---Lo hemos leído en el periódico--contestó la Fea--, y á ésta se le
-ocurrió traerte la comida.
-
---¿Y Jesús?
-
---En el hospital.
-
---¿Qué tiene?
-
---El pecho... ya está mejor... Pasa luego por casa. Vivimos en el
-callejón del Mellizo, cerca de la calle de la Arganzuela.
-
---Bueno.
-
---Adiós, ¿eh?
-
---Adiós y muchas gracias.
-
-Dieron el Garro y Manuel la vuelta á la esquina y entraron en un portal
-con dos leones de bronce y subieron una corta escalera.
-
---¿Qué es esto?--preguntó Manuel.
-
---Esta es la casa de Canónigos.
-
-Recorrieron un pasillo con mamparas negras, y en un cuarto en donde
-escribían dos hombres, el Garro preguntó por el Gaditano.
-
---Ahí fuera debe estar--le dijeron.
-
-Siguieron adelante. Pululaban por los pasillos hombres que iban y venían
-de prisa; otros quietos, esperaban. Eran éstos obreros desharrapados,
-mujeres vestidas de negro, viejas tristes con el estigma de la miseria,
-gente toda asustada, tímida y humilde.
-
-Los que iban y venían llevando carpetas y papeles bajo el brazo, todos ó
-casi todos tenían un continente altivo y orgulloso; era el juez que
-pasaba con su birrete y su levita negra, mirando con indiferencia á
-través de sus gafas; era el escribano menos grave, más jovial que
-llamaba á uno y le hablaba al oído, entraba en la escribanía, dictaba,
-firmaba y volvía á salir; era el abogado joven que preguntaba por la
-marcha de sus pleitos; era el procurador, los curiales, los
-escribientes, los pinches.
-
-Y empujando al rebaño de humildes y de miserables hacia el matadero de
-la Justicia, aparecían el usurero, el polizonte, la corredora de
-alhajas, el prestamista, el casero...
-
-Todos se entendían con los pinches y escribientes, los cuales les
-arreglaban sus asuntos; daban carpetazo á los procesos molestos,
-arreglaban ó empeoraban un litigio y mandaban á presidio ó sacaban de
-él por poco dinero.
-
-¡Qué admirable maquinaria! Desde el primero hasta el último de aquellos
-leguleyos, togados y sin togar, sabían explotar al humilde, al pobre de
-espíritu, proteger los sagrados intereses de la sociedad haciendo que el
-fiel de la justicia se inclinara siempre por el lado de las monedas...
-
-El Garro encontró al Gaditano, á quien buscaba, y le llamó:
-
---Oye, tú has tomado la declaración á este chico, ¿verdad?
-
---Sí.
-
---Pues haz el favor de poner que no sabe quién le mató á su primo; que
-supone que sea el Bizco, y nada más. Y luego decreta su libertad.
-
---Bueno. Pasad á la escribanía.
-
-Entraron en un cuarto estrecho, con una ventana en el fondo. En una de
-las paredes largas del cuarto había un armario y encima una porción de
-cosas procedentes de robos y de embargos, entre ellas una bicicleta.
-
-Entró el Gaditano, sacó del armario un legajo y se puso á escribir
-rápidamente.
-
---Que es primo del muerto y que supone que el autor del hecho de autos
-es un sujeto apodado el Bizco, ¿no es eso?
-
---Eso es--dijo el Garro.
-
---Bueno, que firme aquí... Ahora aquí... Ya está.
-
-Se despidió el agente del Gaditano, y Manuel y Garro salieron á la
-calle.
-
---¿Ya estoy libre?--preguntó Manuel.
-
---No.
-
---¿Por qué no?
-
---Te han dejado libre con una condición: que ayudes á buscar al Bizco.
-
---Yo no soy de la policía.
-
---Bueno, pues escoge: ó ayudas á buscar al Bizco, ú otra vez vas al
-calabozo.
-
---Nada; ayudaré á buscar al Bizco.
-
-
-
-
-CAPÍTULO VII
-
-La Fea y la Salvadora.--Ortiz.--Antiguos conocidos.
-
-
-Salieron los dos por la calle del Barquillo á la de Alcalá.
-
-No me vuelven á coger, pensó Manuel; pero luego se le ocurrió que tan
-tupida y espesa era la trama de las leyes, que resultaba muy difícil no
-tropezar con ella aunque se anduviese con mucho tiento.
-
---Y no me ha dicho usted todavía por quién me dejan libre--exclamó
-Manuel.
-
---¿Por quién te han puesto libre? Por mí--contestó Garro.
-
-Manuel no contestó.
-
---Y ahora, ¿dónde vamos?--preguntó.
-
---Al Campillo del Mundo Nuevo.
-
---Entonces tenemos camino largo.
-
---En la Puerta del Sol tomaremos el tranvía de la Fuentecilla.
-
-Efectivamente, así lo hicieron. Bajaron en el sitio indicado y tomaron
-por la calle de la Arganzuela.
-
-Al final de esta calle, á mano derecha, ya en la plaza que constituye el
-Campillo del Mundo Nuevo, se detuvieron. Pasaron por un largo corredor
-á un patio ancho con galerías.
-
-En la primera puerta abierta entró Garro y preguntó con voz autoritaria:
-
---¿Vive aquí un cabo del orden que se llama Ortiz?
-
-Del fondo de un rincón obscuro, en donde trabajaban dos hombres, cerca
-de un hornillo, contestó uno de ellos:
-
---¿A mí qué me cuenta usted?, pregúnteselo usted al portero.
-
-Los dos hombres estaban haciendo barquillos. Tomaban de una caldera,
-llena de una masa blanca como engrudo, una cucharada y la echaban en
-unas planchas que se cerraban como tenazas. Después de cerradas las
-ponían al fuego, las calentaban por un lado y por otro, las abrían, y en
-una de las planchas aparecía el barquillo como una oblea redonda. El
-hombre, rápidamente, con los dedos, lo arrollaba y lo colocaba en una
-caja.
-
---¿De manera que no saben ustedes si vive ó no aquí Ortiz?--preguntó de
-nuevo Garro.
-
---Ortiz--dijo una voz del fondo negro, en donde no se veía nada--. Sí,
-aquí vive. Es el administrador.
-
-Manuel entrevió en el agujero negro dos hombres tendidos en el suelo.
-
---Pues sí es el administrador--dijo el que trabajaba--; hace un momento
-estaba en el patio.
-
-Salieron Garro y Manuel al patio y el agente vió al guardia en la
-galería del piso primero.
-
---¡Eh, Ortiz!--le gritó.
-
---¿Qué hay? ¿Quién me llama?
-
---Soy yo, Garro.
-
-Bajó el guardia con rapidez, y apareció en el patio.
-
---¡Hola, señor Garro! ¿Qué le trae á usted por aquí?
-
---Este muchacho es primo de ese que han matado en el puente del Sotillo;
-conoce al agresor, que es un randa conocido por el Bizco. ¿Quieres
-encargarte de la captura?
-
---Hombre... Si me lo mandan.
-
---No, la cuestión es si tienes tiempo y quieres hacerlo. Yo llevo una
-carta aquí del juez para tu coronel, pidiéndole que te encargues tú de
-la captura. Ahora, si no tienes tiempo, dilo.
-
---Tiempo hay de sobra.
-
---Entonces ahora voy á dejar la carta á tu coronel.
-
---Bueno. ¿Habrá alguna propinilla, eh?
-
---Descuida. Aquí está el chico; no le sueltes, que te acompañe.
-
---Está bien.
-
---¿No hay más que decir?
-
---Nada.
-
---Pues adiós, y buena mano derecha.
-
---Adiós.
-
-El Garro salió de la casa y quedaron frente á frente Manuel y Ortiz.
-
---Tú no te separas de mi lado hasta que cojamos al Bizco, ya lo
-sabes--le dijo el cabo á Manuel.
-
-El tal Ortiz, afamado como perseguidor de granujas y de bandidos, era un
-tipo de criminal completo; tenía el bigote negro y recortado, las cejas
-salientes y unidas, la nariz chata, el labio superior retraído, que
-dejaba mostrar los dientes hasta su nacimiento; la frente estrecha y una
-cicatriz profunda en la mejilla.
-
-Vestía de paisano, traje obscuro y gorra. En su figura había algo de lo
-agresivo de un perro de presa y de lo feroz de un jabalí.
-
---¿No me va usted á dejar salir?--preguntó Manuel.
-
---No.
-
---Tenía que ver á unas amigas.
-
---Aquí no hay amigas que valgan. ¿Quiénes son ellas?, algunas golfas...
-
---No; son las hermanas de un cajista compañero mío, que fueron mis
-vecinas en el parador de Santa Casilda.
-
---¡Ah!, pero ¿tú has vivido allí?
-
---Sí.
-
---Pues yo también. Las conoceré.
-
---No sé, son hermanas de un cajista que se llama Jesús.
-
---La Fea.
-
---Sí.
-
---La conozco. ¿Dónde vive?
-
---En el callejón del Mellizo.
-
---Aquí mismo está. Vamos á verla.
-
-Salieron de casa; calle de la Arganzuela arriba estaba el callejón del
-Mellizo, próximo al matadero de cerdos. No había en el callejón, que en
-su principio tenía empalizadas á ambos lados y estaba obstruído por
-grandes losas puestas unas encima de otras, más que una casa grande en
-el fondo. Delante de la casa en un patio grande, trajinaban algunos
-_cañis_ con mulas y pollinos; en las galerías asomaban gitanas negras y
-gitanillas de ojos brillantes y trajes abigarrados.
-
-Preguntaron á un gitano por la Fea y les indicó el número 6 del piso
-segundo.
-
-En la puerta del cuarto, un letrero, escrito en una cartulina, ponía:
-«Se cose á máquina.»
-
-Llamaron y apareció un chiquillo rubio.
-
---Este es el hermano de la Salvadora--dijo Manuel.
-
-Se presentó la Fea en la puerta y recibió á Manuel con grandes extremos
-de alegría, y saludó á Ortiz.
-
---¿Y la Salvadora?--preguntó Manuel.
-
---En la cocina; ahora viene.
-
-El cuarto era claro con una ventana, por donde entraban los últimos
-rayos del sol poniente.
-
---Debe ser muy alegre este cuarto--dijo Manuel.
-
---Entra el sol desde que sale hasta que se marcha--contestó la Fea--.
-Queremos mudarnos, pero no encontramos cuarto parecido á éste.
-
-Respiraba aquello tranquilidad y trabajo; había dos máquinas de coser
-nuevas, un armario de pino, sillas y macetas en la ventana.
-
---¿Y Jesús, en el hospital?
-
---En la clínica de San Carlos--dijo la Fea.
-
-No quería ser gravoso á la familia; y aunque la Salvadora y ella le
-hubieran cuidado en casa, á él se le había metido en la cabeza ir al
-Hospital. Afortunadamente se encontraba ya mucho mejor y le iban á dar
-el alta.
-
-En esto entró la Salvadora. Estaba muy arrogante y muy guapa. Saludó á
-Manuel y á Ortiz y se sentó á coser á la máquina.
-
---¿Te quedarás á cenar con nosotras?--le preguntó la Fea á Manuel.
-
---No, no puedo; no me dejan.
-
---Si vosotras me aseguráis--saltó diciendo Ortiz--que cuando le avise á
-este hombre vendrá, aunque sea á las dos de la mañana, le dejo libre.
-
---Sí, pues se lo aseguramos á usted--dijo la Fea.
-
---Bueno, entonces me voy--. Mañana á las nueve en punto en mi casa.
-¿Estamos?
-
---Sí, señor.
-
---Con exactitud militar.
-
---Con exactitud militar.
-
-Se fué Ortiz y quedó Manuel en el cuarto de las dos costureras.
-
-La Salvadora, muy desdeñosa con Manuel, parecía ofenderse porque éste la
-miraba con cierta complacencia al verla tan guapa. Enrique, el hermano
-de la Salvadora, estaba fuerte y muy gracioso, jugó con Manuel y le
-contó, en su media lengua, una porción de cosas de su hermana y de su
-tía, como le llamaba á la Fea.
-
-Después de cenar y de acostar al chico, pasaron al cuarto de una
-bordadora de la vecindad y Manuel se encontró con dos antiguos amigos
-suyos, el Aristas y el Aristón.
-
-El Aristas había olvidado sus entusiasmos de gimnasta y se había hecho
-capataz de periódicos.
-
-Corría medio Madrid llevando el _papel_ de un puesto á otro, y le había
-substituído al Aristón en su cargo de comparsa. Por la mañana repartía
-periódicos, repartía entregas, repartía prospectos; por la tarde solía
-pegar anuncios y por la noche iba al teatro. Tenía una actividad
-extraordinaria, no paraba nunca; organizaba funciones, bailes;
-representaba los domingos con una compañía de aficionados; sabía de
-memoria todo el _Don Juan Tenorio_, _El puñal del godo_ y otros dramas
-románticos; tenía tres ó cuatro novias y á todas horas hablaba,
-peroraba, disponía y manifestaba una alegría sana y comunicativa.
-
-El Aristón, algo más moderado en su necromanía, estaba de ajustador en
-una fábrica y tenía un buen sueldo. Manuel se encontró muy
-agradablemente entre sus antiguos amigos.
-
-Vió ó creyó ver al menos que el Aristón galanteaba á la Fea y le llamaba
-repetidas veces Joaquina, como era su nombre. La Fea, al verse
-galanteada, se ponía hasta guapa.
-
-Manuel, de noche, fué á su casa á la calle de Galileo. No había vuelto
-la Justa. El Aristas le encontró trabajo en una imprenta de la Carrera
-de San Francisco.
-
-
-
-
-CAPÍTULO VIII
-
-La pista del Bizco.--Las afueras.--El ideal de Jesús.
-
-
-Al día siguiente, después de trabajar en la imprenta, Manuel, á las
-nueve de la noche, estaba en casa de Ortiz.
-
---Así me gusta--le dijo el cabo--con puntualidad militar.
-
-Ortiz se armó de un revólver que metió en el cinto, de un bastón que
-sujetó al puño con una correa y de una cuerda; entregó un garrote á
-Manuel y salieron los dos.
-
---Vamos por estos cafetines--dijo el guardia á Manuel--, y tú mira bien
-si está el Bizco.
-
-Hablaron mientras subían por la calle de la Arganzuela.
-
-Ortiz era un polizonte enamorado de su profesión. Su padre lo había sido
-también, y el instinto de persecución era en ellos tan fuerte como en
-los perros de caza.
-
-Ortiz, según contó, estuvo de carabinero en la costa de Málaga, en lucha
-siempre con los contrabandistas, hasta que vino á Madrid y entró en el
-Orden público.
-
---He hecho más servicios que nadie--dijo--; pero no me ascienden porque
-no tengo recomendaciones. A mi padre le pasó lo mismo; él cogió más
-ladrones que toda la policía de Madrid junta, y nada, no pasó de cabo.
-Luego le colocaron en la ronda de las alcantarillas, y tuvo cada
-trifulca allá abajo...; pero aquél no llevaba revólver, ni garrote, como
-yo, sino su trabuco. Era un guerrero.
-
-Pasaron por delante de una taberna y entraron, bebieron su copa de vino,
-y Manuel recorrió con la mirada la gente reunida alrededor de las mesas.
-
---No hay nada de lo que buscas--dijo el tabernero al policía.
-
---Ya veo que no, tío Pepe--contestó Ortiz, y sacó dos monedas para
-pagar.
-
---Está pago--replicó el tabernero.
-
---Gracias. ¡Adiós!
-
-Salieron de la taberna y llegaron á la plaza de la Cebada.
-
---Vamos al café de Naranjeros--dijo el polizonte--; aunque por aquí no
-es fácil que ande ese pájaro; pero muchas veces, donde menos se
-piensa...
-
-Entraron en el café; no había más que un grupo de personas hablando con
-las cantaoras. Ortiz, desde la puerta, gritó:
-
---Eh, Tripulante, haz el favor.
-
-Se levantó un joven con aire de señorito y se acercó á Ortiz.
-
---¿Tú conoces á un randa á quien llaman el Bizco?
-
---Sí, creo que sí.
-
---¿Anda por estos barrios?
-
---No, por aquí no.
-
---¿De veras?
-
---De veras que no. Estará hacia abajo; puede usted creerme.
-
---Te creo, hombre, ¿por qué no? Oye, Tripulante--añadió Ortiz agarrando
-del brazo al muchacho--: Ojo, ¿eh?, que te vas á caer.
-
-El Tripulante se echó á reir, y poniéndose el dedo índice de la mano
-derecha en el párpado inferior y guiñando el ojo, murmuró:
-
---¡La pista!... ¡Y que no aluspia uno, cámara!
-
---Bueno; pues estate al file, por si acaso. Mira que te se conoce.
-
---Descuide usted, señor Ortiz--replicó el muchacho--; se filará.
-
-Salieron el guardia y Manuel del café.
-
---Este es uno de ful, listo como un condenado. Vamos hacia abajo; quizás
-que el Tripulante tenga razón.
-
-Llegaron á la ronda de Toledo. La noche estaba hermosa, estrellada,
-brillaban algunas hogueras á lo lejos; de la chimenea de la fábrica del
-gas salía una humareda negra, como la espiración poderosa de un
-monstruo. Pasaron por la calle del Gas, iluminada, para contrastar su
-nombre, con faroles de petróleo, y bajaron, rasando Casa Blanca, á las
-Injurias. Cruzaron por una callejuela y se encontraron de manos á boca
-con el sereno.
-
-Ortiz le dijo á lo que iban, le dió las señas del Bizco, pero el sereno
-les advirtió que allí no había ninguno de aquellas señas.
-
---Preguntaremos, si ustedes quieren.
-
-Entraron los tres por un pasillo estrecho á un patio, con el suelo lleno
-de barro. Salía luz por la ventana de una casa y se asomaron á mirar. A
-la luz de un cabo de vela, colocado en un vasar de madera, se veía un
-viejo haraposo sentado en el suelo. A su lado dos muchachos y una
-chiquilla, cubiertos de andrajos, dormían.
-
-Salieron del patio y recorrieron una callejuela.
-
---Aquí hay una familia que no conozco--dijo el sereno, y llamó en la
-puerta con la contera del chuzo. Tardaron en abrir.
-
---¿Quién es?--dijo de adentro una voz de mujer.
-
---La autoridad--contestó Ortiz.
-
-Abrió una mujer envuelta en harapos y sin camisa. El sereno entró y
-pasaron Manuel y Ortiz dentro; apestaba allí de un modo atroz. En un
-camastro hecho de trapos y papeles, dormía una mujer ciega. El sereno
-metió el chuzo por debajo de la cama.
-
---Ya ven ustedes, aquí no está.
-
-Salieron Ortiz y Manuel de las Injurias.
-
---Ahí en las Cambroneras vivió el Bizco durante algún tiempo--dijo
-Manuel.
-
---Entonces no hay que buscarle por ahí, pero no importa, ¡hala que
-hala!--repuso Ortiz--Vamos allá.
-
-Cruzaron por el paseo de Yeserías; brillaban las luces de los faroles á
-los lados del puente de Toledo, alguna vena estrecha del río los
-reflejaba en su agua negra. Hacia Madrid, de las chimeneas de la fábrica
-del gas salían llamaradas rojas como dragones de fuego. Se oían á lo
-lejos los silbidos de un tren; en la dehesa del Canal los árboles
-torcidos destacaban su silueta negra en el ambiente obscuro de la noche.
-
-Se encontraron en las Cambroneras al sereno y le preguntaron por el
-Bizco.
-
---Yo hablaré mañana á Paco el Cañí y lo sabré. ¿Dónde nos vemos mañana?
-
---En la taberna de la Blasa.
-
---Bueno. Allí iré á las tres.
-
-Volvieron á pasar el puente y entraron en Casa Blanca.
-
---Veremos al administrador--dijo Ortiz. Entraron en un portal, y á un
-lado de éste, en un cuarto por cuya puerta entornada salía luz,
-llamaron. Un hombre en mangas de camisa salió al portal.
-
---¿Quién es?--gritó.
-
-Ortiz se dió á conocer.
-
---Aquí no está ese--contestó el administrador. Estoy seguro, tengo todos
-mis inquilinos apuntados en este cuaderno y los conozco.
-
-De Casa Blanca, Ortiz y Manuel se dirigieron hacia las Peñuelas y Ortiz
-echó un largo párrafo con el sereno. Después recorrieron algunas
-tabernas del barrio en donde había gente, á pesar de tener las puertas
-cerradas.
-
-Al pasar por la calle del Ferrocarril el sereno señaló el sitio donde se
-había encontrado descuartizada á la mujer del saco. Hablaron Ortiz y el
-sereno de éste y de otros crímenes cometidos allá cerca y se
-despidieron.
-
---Este sereno es un barbián--dijo Ortiz--ha acabado con los matones de
-las Peñuelas á garrotazos.
-
-Era ya tarde después de la visita á las tabernas, y Ortiz estimó que
-podrían dejar la campaña para el día siguiente. Se quedó él en el
-Campillo del Mundo Nuevo y Manuel, atravesando medio Madrid, se fué á su
-casa.
-
-Por la mañana temprano marchó á la imprenta, y al advertir que por la
-tarde no podía ir, le despidieron.
-
-Manuel fué á comer á casa de la Fea.
-
---Me han despedido de la imprenta--dijo al entrar.
-
---Habrás ido tarde--saltó la Salvadora.
-
---No, sino que Ortiz me dijo ayer que esta tarde tenía que ir con él, y
-lo he advertido en la imprenta y me han despedido.
-
---Si hasta que esté arreglado eso no puedes empezar á hacer nada--dijo
-la Fea.
-
-La Salvadora sonrió irónicamente y Manuel sintió que se le enrojecía la
-cara.
-
---No, no lo creas si no quieres, pero es verdad.
-
---Si yo no te he dicho, nada, hombre--replicó burlonamente la Salvadora.
-
---Ya sé que no me has dicho nada, pero te reías.
-
-Manuel salió de casa de la Fea irritado, fué á buscar á Ortiz, y reunido
-con él, bajó á las Injurias.
-
-Hacía un día de sol espléndido, una tarde templada. Se sentaron á la
-puerta de la taberna de la Blasa. En una callejuela que se veía
-enfrente, dormían los hombres tumbados á las puertas de sus casas; las
-mujeres correteaban de un lado á otro con las haraposas faldas
-recogidas, chapoteando los pies en la alcantarilla mal oliente que
-corría por en medio de la calleja como un arroyo negro. Alguna de
-aquellas mujeres llevaba la colilla en la boca. Las ratas grandes,
-grises, corrían por encima del barro, y algunos chicos desnudos las
-perseguían á palos y á pedradas.
-
-Habló Ortiz con la dueña de la tasca, y poco después apareció allá el
-sereno de las Cambroneras. Saludó á Ortiz, tomaron unas copas los dos, y
-el sereno dijo:
-
---Hablé con Paco el Cañí. Le conoce al Bizco. Dice que no anda por estos
-barrios. El cree que debe estar en la Manigua, en la California ó por
-ahí.
-
---Es muy posible. Bueno, señores, hasta la vista--y Ortiz se levantó y
-Manuel hizo lo mismo. Subieron á la glorieta del puente de Toledo,
-cruzaron el Manzanares y echaron á andar por la carretera de Andalucía.
-Por allá había ido á merendar días antes Manuel con Vidal y con
-Calatrava. Seguían los mismos grupos de randas en las puertas de los
-merenderos; algunos conocían á Ortiz y le invitaban á tomar una copa.
-
-Llegaron á una barriada próxima al río, de chozas míseras, sin
-chimeneas, sin ventanas, con los techos formados por cañizos. Nubes de
-mosquitos se levantaban sobre las hierbas de la orilla.
-
---Este es el Tejar de Mata pobres--dijo Ortiz.
-
-En aquellas pobres chozas se refugiaban algunos traperos con sus
-familias. Todos los habitantes de tan miserable aduar, escuálidos,
-amarillentos, estaban devorados por las fiebres, cuyos gérmenes brotaban
-de las aguas negras y fangosas del río. Nadie conocía allí al Bizco.
-Manuel y Ortiz siguieron adelante. A corta distancia de este poblado
-apareció otro, sobre un altozano, constituído por casuchas con sus
-corrales.
-
---El barrio de los Hojalateros; así se llama esto--indicó Ortiz.
-
-Era como una aldea levantada sobre estiércol y paja. Cada una de las
-casas, hechas con escombros y restos de todas clases, tenía su corraliza
-limitada por vallas de latas viejas roñosas, extendidas y clavadas en
-postes. Se mezclaba allí la miseria urbana con la miseria campesina; en
-el suelo de los corrales, las cestas viejas, las cajas de cartón de las
-sombrererías, alternaban con la hoz mellada y el rastrillo. Alguna de
-las casas daba la impresión de relativo bienestar, y su aspecto era ya
-labradoriego; en sus corralizas se levantaban grandes montones de paja;
-las gallinas picoteaban en el suelo.
-
-Ortiz se acercó á un hombre que estaba componiendo un carro.
-
---Oiga, buen amigo; ¿conoce usted por si acaso á un muchacho que se
-llama el Bizco?; uno rojo, feo...
-
---¿Acaso es usted de la policía?--preguntó el hombre.
-
---No; no, señor.
-
---Pues lo parece; pero eso allá usted. No conozco á ese bizco--y el
-hombre volvió la espalda.
-
---Aquí hay que andar con ojo--murmuró Ortiz--, porque si se enteran á lo
-que venimos nos dan un pie de paliza que nos revientan.
-
-Salieron del barrio de los Hojalateros, cruzaron el río por un puente
-por donde pasaba la línea del tren, y siguieron por la orilla del
-Manzanares.
-
-En las praderas próximas al río, cubiertas de hierba verde y luciente,
-pastaban las vacas; algunos andrajosos andaban despacio, con cautela,
-buscando grillos.
-
-Llegaron Manuel y Ortiz á unas casas de campo que llamaban la China; el
-guardia interrogó á un hortelano. No conocía al Bizco.
-
-Se alejaron de allá, y se sentaron en la hierba á descansar. Iba
-anocheciendo; surgía Madrid, amarillo rojizo, con sus torres y sus
-cúpulas, iluminado con la última palpitación del sol poniente. Relucían
-las vidrieras del Observatorio. Una bola grande de cobre del remate de
-algún edificio centelleaba como un sol sobre los tejados mugrientos;
-alguna que otra estrella resplandecía en la bóveda de azul de Prusia del
-cielo; el Guadarrama, de color violeta obscuro, rompía con sus picachos
-blancos el horizonte lejano.
-
-Volvieron de prisa Ortiz y Manuel. Al llegar al paseo de Embajadores era
-de noche; tomaron una copa en un merendero de la Manigua y echaron una
-ojeada por allá.
-
---Cena conmigo--dijo Ortiz--, y por la noche volveremos á la cacería.
-Hemos de registrar todo Madrid.
-
-Cenó Manuel con el guardia y con su familia en la casa del Campillo del
-Mundo Nuevo. Después de cenar recorrieron casi todas las tabernas de la
-calle del Mesón de Paredes y de Embajadores, y entraron en el cafetín de
-la calle de la Esgrima. Estaba todo el local lleno de golfos; al
-sentarse el guardia y Manuel se comunicaron los contertulios unos á
-otros la noticia. Un muchacho que estaba en una mesa próxima mostrando
-en un corro una sortija y una peineta, las guardó de prisa y corriendo
-al ver á Ortiz. El guardia notó la maniobra, y le llamó al mozo.
-
---¿Qué quiere usted?--preguntó éste escamado.
-
---Preguntarte una cosa.
-
---Usted dirá.
-
---¿Tú conoces á uno que llaman el Bizco?
-
---Yo no, señor.
-
-El guardia hizo más preguntas al muchacho; debió de convencerse que no
-conocía al Bizco, porque murmuró:
-
---No sabe nadie dónde está.
-
-Siguieron recorriendo tabernas; al pasar por la calle del Amparo, Ortiz
-dispuso que registraran una casa de dormir que tenía un farol rojo en
-uno de sus balcones.
-
-Entraron y subieron una escalera de tablas, con los peldaños vacilantes,
-iluminada por un farol empotrado en la pared. En el primer piso había
-habitaciones para citas; en el segundo estaba el dormitorio público.
-Tiró Ortiz de la cadena de la campanilla y apareció una mujer astrosa
-con una vela en la mano, un pañuelo blanco en la cabeza y en chanclas:
-era la encargada.
-
---Somos de la policía y queremos echar un vistazo por dentro. Si usted
-lo permite, entraremos.
-
-La mujer se encogió de hombros y dejó lugar para que pasaran.
-
-Recorrieron un corto pasillo, que terminaba en una sala larga y estrecha
-con pies derechos de madera á ambos lados y dos filas de camas. En la
-crujía central pendía un quinqué de petróleo, que apenas iluminaba la
-cuadra anchurosa. El suelo, de ladrillos, se torcía hacia un lado.
-
-Ortiz pidió la vela y fué alumbrando los rostros de los que ocupaban las
-camas.
-
-Unos dormían con desaforados ronquidos, otros, despiertos, se dejaban
-contemplar con desdén. Por entre las cubiertas de las camas se veían
-espaldas desnudas, torsos hercúleos, tórax comprimidos de gente
-enferma...
-
---Y abajo, ¿hay alguien?--preguntó Ortiz á la encargada.
-
---En el principal, no. En los cuartos del zaguán habrá alguno.
-
-Bajaron al portal. Una puerta conducía á un sótano húmedo. En un rincón
-dormía un mendigo, envuelto en harapos.
-
- * * * * *
-
-Al día siguiente de esta correría, por la tarde, al entrar Manuel en
-casa de la Fea, se encontró con Jesús, sentado, charlando con su hermana
-y la Salvadora.
-
-Manuel sintió cierta emoción al verle. Estaba muy flaco y muy pálido.
-Los dos se examinaron atentamente y hablaron de su vida en el tiempo en
-que no se habían visto. Después pasaron á cosas del momento, y Manuel
-expuso su situación y el compromiso que tenía con Ortiz.
-
---Ya, ya me lo han dicho--advirtió Jesús--, y yo no quería creerlo. ¿De
-manera que á ti te dejaron en libertad á condición de que ayudases á
-coger al Bizco? ¿Y tú aceptas?
-
---Sí. Si no no me dejaban en libertad. ¿Qué iba á hacer?
-
---Negarte.
-
---¿Y pudrirme en la cárcel?
-
---Y pudrirte en la cárcel, mejor que hacer á un amigo una charranada
-así.
-
---El Bizco no es amigo mío.
-
---Pero lo fué, por lo que tú dices.
-
---Amigo, no...
-
---Compañero de golfería, vamos.
-
---Sí.
-
---¿De modo que te has hecho polizonte?
-
---¡Hombre!... Además, el muerto era mi primo.
-
---¡Cualquiera se fía de ti!--añadió sarcásticamente el cajista.
-
-Manuel se calló. Pensó que había hecho mal en comprometerse. El Bizco
-era un bandido; pero á él no le había hecho nunca daño, era la verdad.
-
---Lo malo es que no puedo volverme atrás--dijo Manuel--ni escaparme,
-porque ese Ortiz vendría aquí y sería capaz de llevar á tu hermana y á
-la Salvadora á la cárcel.
-
---¿Por qué?
-
---Porque ellas le han dicho que respondían de mí.
-
---¡Quia, hombre! Le dicen que estuviste aquí, que te dijeron que no te
-se olvidara el hacer lo de los demás días, y que no saben nada más,
-sencillamente.
-
---¿A ti qué te parece?--preguntó Manuel indeciso á la Fea.
-
---Haz lo que quieras; yo creo que Jesús ya sabrá lo que dice, y que á
-nosotras no nos pueden hacer nada.
-
---Hay otra cosa--advirtió Manuel--: que yo no puedo vivir escondido
-mucho tiempo; tendré que trabajar para comer, y me cogerán.
-
---Yo te llevaré á una imprenta que conozco, replicó Jesús.
-
---Pero pueden sospechar. No, no.
-
---¿Prefieres ser un charrán?
-
---Voy á hacer una cosa; ir ahora mismo á ver á uno que lo puede arreglar
-todo.
-
---Espera un momento.
-
---No, no, déjame.
-
-Salió Manuel decidido á hablar con el Cojo ó con el Maestro. Fué á la
-carrera al Círculo. Le dejaron pasar; subió al piso primero, y al hombre
-que solía estar en la puerta de la sala de juego, le preguntó:
-
---Y el Maestro, ¿está en la secretaría?
-
---No, el que está es don Marcos.
-
-Llamó Manuel á la puerta y pasó adelante. Calatrava estaba en una mesa
-con un empleado contando fichas blancas y rojas. Al ver á Manuel le miró
-fijamente:
-
---¿A qué vienes tú aquí? ¡Soplón!--exclamó--. Aquí no haces falta.
-
---Ya lo sé.
-
---Estás despedido. El jornal no lo esperes.
-
---No, no lo espero.
-
---Entonces, ¿á qué vienes aquí?
-
---Vengo á esto. El Garro, el polizonte amigo de usted, me puso en
-libertad, con la condición de que ayudara á coger al que mató á Vidal,
-y á mí me hacen ir y venir á todas horas, y ya me he hartado de eso, y
-ya no quiero hacer de polizonte.
-
---Pues mira, de todo eso, á mí... Prim.
-
---No, porque si yo no aparezco por casa del cabo, á quien me confió el
-Garro, me cogerán y me llevarán á la cárcel.
-
---Bueno; allá aprenderás á no mover la sin hueso.
-
---No; allá lo que haré será declarar cómo se estafa en este Círculo á la
-gente...
-
---Tú estás loco. Tú quieres que te dé dos garrotazos.
-
---No; yo quiero que le diga á usted al Garro que no me da la gana de
-perseguir al Bizco, y, además, que le mande usted que no me persiga;
-conque ya sabe usted lo que tiene que hacer.
-
---Lo que voy á hacer es darte dos patadas ahora mismo, ¡soplón!
-
---Eso lo veremos.
-
-Se acercó el cojo á Manuel con el puño cerrado y le largó un puñetazo;
-pero Manuel tuvo la habilidad de agarrarle de la mano, y empujándole
-para atrás, le hizo perder el equilibrio y cayó sobre la mesa y la
-derribó con un estrépito formidable. Se levantó Calatrava furioso y se
-fué hacia Manuel; pero al ruido entraron algunos mozos y los separaron.
-
-En esta situación, apareció el Maestro en la puerta de la secretaría:
-
---¿Qué pasa?--preguntó mirando á Calatrava y á Manuel severamente--.
-Marchaos vosotros--añadió dirigiéndose á los demás.
-
-Quedaron los tres solos, y Manuel explicó el motivo de la cuestión.
-
-El Maestro, después de oirle, dijo á Calatrava:
-
---¿Es eso de veras lo que te ha dicho?
-
---Sí; pero ha venido aquí con exigencias...
-
---Bueno. De eso no hay que hablar. ¿De manera--añadió dirigiéndose á
-Manuel--que tú no quieres ayudar á la policía? Haces bien. Puedes
-marcharte. Yo le diré al Garro que no te moleste.
-
-Una hora después, Manuel y Jesús habían salido de casa á dar una vuelta.
-Hacía una noche de calor sofocante; bajaron á la ronda.
-
-Hablaron. Manuel sentía una sorda irritación contra todo el mundo; un
-odio hasta entonces amortiguado se despertaba en su alma contra la
-sociedad, contra los hombres...
-
---De veras te digo--concluyó diciendo--, que quisiera que estuviera
-lloviendo dinamita ocho días y bajara después el Padre Eterno hecho
-ascuas.
-
-Y rabioso invocó á todos los poderes destructores para que redujesen á
-cenizas esta sociedad miserable.
-
-Jesús le escuchaba con atención.
-
---Eres un anarquista--le dijo.
-
---¿Yo?
-
---Sí. Yo también lo soy.
-
---¿Tú?
-
---Sí.
-
---¿Desde cuándo?
-
---Desde que he visto las infamias que se cometen en el mundo; desde que
-he visto cómo se entrega fríamente á la muerte un pedazo de humanidad;
-desde que he visto cómo mueren desamparados los hombres en las calles y
-en los hospitales--contestó Jesús con cierta solemnidad.
-
-Manuel enmudeció. Pasaron los dos amigos silenciosos por la ronda de
-Segovia, y en los jardinillos de la Virgen del Puerto se sentaron.
-
-El cielo estaba espléndido, cuajado de estrellas, la vía láctea cruzaba
-la cóncava inmensidad azul. La figura geométrica de la osa mayor
-brillaba muy alta. Arturus y Wega resplandecían dulcemente en aquel
-océano de astros.
-
-A lo lejos el campo obscuro surcado por líneas de luces, parecía el mar
-en un puerto, y las filas de luces semejaban las de los malecones de un
-muelle.
-
-El aire húmedo y caliente venía impregnado de olores de plantas
-silvestres, agostadas por el calor.
-
---¡Cuánta estrella!--dijo Manuel--. ¿Qué serán?
-
---Son mundos, y mundos sin fin.
-
---No sé por qué hoy me consuela ver ese cielo tan hermoso. Oye, Jesús,
-¿tú crees que habrá hombres en esos mundos?--preguntó Manuel.
-
---Quizás, ¿por qué no?
-
---¿Y habrá también cárceles, jueces, casas de juego, polizontes?... ¿Eh?
-¿Crees tú?
-
-Jesús no contestó á la pregunta. Luego habló con una voz serena de un
-sueño de humanidad idílica, un sueño dulce y piadoso, noble y pueril.
-
-En su sueño, el hombre, conducido por una idea nueva, llegaba á un
-estado superior.
-
-No más odios, no más rencores. Ni jueces, ni polizontes, ni soldados, ni
-autoridad, ni patria. En las grandes praderas de la tierra, los hombres
-libres trabajan al sol. La ley del amor ha sustituido á la ley del deber
-y el horizonte de la humanidad se ensancha cada vez más extenso, cada
-vez más azul...
-
-Y Jesús continuó hablando de un ideal vago de amor y de justicia, de
-energía y de piedad, y aquellas palabras suyas caóticas, incoherentes,
-caían como bálsamo consolador sobre el corazón ulcerado de Manuel...
-Luego los dos callaron, entregados á sus pensamientos, contemplando la
-noche.
-
-Una beatitud augusta resplandecía en el cielo, y la vaga sensación de la
-inmensidad del espacio, lo infinito de los mundos imponderables llevaba
-á sus corazones una deliciosa calma...
-
-FIN
-
-La continuación y fin de =Mala hierba= se titula =Aurora Roja=.
-
-
-
-
-ÍNDICE
-
-
-PRIMERA PARTE
-
- Págs.
-
-Anteportada 1
-
-Obras del mismo autor 2
-
-Portada 3
-
-CAPÍTULO I.--El taller.--La vida de Roberto
-Hasting.--Alex Monzon 5
-
-CAP. II.--La señorita Esther Volowitch.--Una
-boda.--Manuel, aprendiz de fotógrafo 26
-
-CAP. III.--La Europea y la Benefactora.--Una
-colocación extraña 41
-
-CAP. IV.--La baronesa de Aynant, sus perros y
-su mulata de compañía.--Se prepara una
-farsa 58
-
-CAP. V.--Vida y milagros del señor de Mingote.--Comienza
-la dulce explotación de don Sergio 73
-
-CAP. VI.--Kate, la niña blanca.--Los amores
-de Roberto.--El pundonor militar.--Las
-cucas.--Disquisiciones antropológicas 89
-
-CAP. VII.--El berebere se siente profundamente
-anglosajón.--Mingote mefistofélico.--Cogolludo.--Despedida 111
-
-
-SEGUNDA PARTE
-
-CAPÍTULO I.--Sandoval.--Los sapos de Sánchez
-Gómez.--Jacob y Jesús 129
-
-CAP. II.--Los nombres de los Sapos.--El director
-de _Los Debates_ y sus redactores 143
-
-CAP. III.--El parador de Santa Casilda.--La
-historia de Jacob.--La Fea y la Sinforosa.--La
-chica sin madre.--Mala Nochebuena 152
-
-CAP. IV.--La Navidad de Roberto.--Gente del
-Norte 169
-
-CAP. V.--Paro general.--Juergas.--El baile del
-Frontón.--La iniciación de amor 186
-
-CAP. VI.--La nieve.--Otras historias de don
-Alonso.--Las Injurias.--El Asilo del Sur 195
-
-CAP. VII.--La Casa Negra.--Incendio.--Fuga 219
-
-CAP. VIII.--Las cuevas del Gobierno civil.--El
-repatriado.--La sopa del convento 227
-
-CAP. IX.--Noche en el paseo de la Virgen del
-Puerto.--Suena un tiro.--Calatrava y Vidal.--Un
-tango de la bella Pérez 239
-
-
-TERCERA PARTE
-
-CAPÍTULO I.--¿Será la buena?--Proposiciones de Vidal 253
-
-CAP. II.--El Garro.--Marcos Calatrava.--El
-Maestro.--Confidencias 268
-
-CAP. III.--La Flora y la Aragonesa.--La Justa.--La
-inauguración del Salón París 283
-
-CAP. IV.--Un fusilamiento.--En el puente del
-Sotillo.--El Destino 294
-
-CAP. V.--El calabozo del Juzgado de guardia.--Digresiones.--La
-declaración 306
-
-CAP. VI.--Lo que pasaba en el despacho del
-Juez.--La Casa de Canónigos 321
-
-CAP. VII.--La Fea y la Salvadora.--Ortiz.--Antiguos
-conocidos 329
-
-CAP. VIII.--La pista del Bizco.--Las afueras.--El
-ideal de Jesús 337
-
-Indice 357
-
-Colofón 359
-
- * * * * *
-
- Se imprimió
-
- MALA HIERBA
-
- EN EL
-
- ESTABLECIMIENTO TIPOGRÁFICO
-
- DE
-
- ANTONIO MARZO
-
- DE
-
- MADRID
-
- en ABRIL de
-
- 1904
-
- [imagen: colophon]
-
- * * * * *
-
-De venta en todas las librerías.
-
-
-Jorge Ohnet.
-
-LAS BATALLAS DE LA VIDA
-
-_El Camino de la Gloria_
-
-(novela),
-
-versión castellana de =Carlos de Bataille=,
-
-Un volumen en 8.º, =3,50= pesetas.
-
-
-M. Ciges Aparicio.
-
-_DEL CAUTIVERIO_
-
-Un vol. en 8.º, =2= pesetas.
-
-
-GUY DE MAUPASSANT
-
-_Pedro y Juan_
-
-NOVELA
-
-VERSIÓN CASTELLANA
-
-de
-
-CARLOS FRONTAURA
-
-NUEVA EDICIÓN
-
-Un volumen en 8.º, =3,50= pesetas.
-
-
-RICARDO BURGUETE
-
-_Mi Rebeldía_
-
-«MANE-THECEL-PHARES»
-
-I. Filosofía de la Guerra.
-
-II. La revolución de los Ejércitos.
-
-III. Estudios sobre el valor.
-
-IV. El miedo.
-
-V. Educación de la voluntad.
-
-VI. Inutilidad de nuestras organizaciones militares.
-
-VII. Ensayo de filosofía de la guerra en la historia de los pueblos
-(Egipcios y Hebreos).
-
-VIII. Mi tramontana. El libro inseparable del soldado.
-
-IX. Algunas máximas y reflexiones militares en olvido.
-
-X. Conclusiones de un rebelde.
-
-Un volumen en 8.º, =3,50= pesetas.
-
-
-Willy
-
-(_Henri-Gauthier-Villars_)
-
-_Claudina en la escuela_
-
-(novela), un volumen en 8.º, =3,50= pesetas.
-
-_Claudina en París_
-
-(novela), un volumen en 8.º, =3,50= pesetas.
-
-_Claudina en su casa_
-
-(novela), un volumen en 8.º, =3,50= pesetas.
-
-_Claudina desaparece_
-
-(novela), un volumen en 8.º, =3,50= pesetas.
-
- * * * * *
-
-NOTA:
-
-[A] El episodio que precede á MALA HIERBA se titula LA BUSCA.
-
-
-
-
-
-
-End of Project Gutenberg's La lucha por la vida; Mala hierba, by Pío Baroja
-
-*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA LUCHA POR LA VIDA; MALA HIERBA ***
-
-***** This file should be named 43033-8.txt or 43033-8.zip *****
-This and all associated files of various formats will be found in:
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-
-Produced by Chuck Greif and the Online Distributed
-Proofreading Canada Team at http://www.pgdpcanada.net (This
-book was produced from scanned images of public domain
-material from the Google Book Search project.)
-
-
-Updated editions will replace the previous one--the old editions
-will be renamed.
-
-Creating the works from public domain print editions means that no
-one owns a United States copyright in these works, so the Foundation
-(and you!) can copy and distribute it in the United States without
-permission and without paying copyright royalties. Special rules,
-set forth in the General Terms of Use part of this license, apply to
-copying and distributing Project Gutenberg-tm electronic works to
-protect the PROJECT GUTENBERG-tm concept and trademark. Project
-Gutenberg is a registered trademark, and may not be used if you
-charge for the eBooks, unless you receive specific permission. If you
-do not charge anything for copies of this eBook, complying with the
-rules is very easy. You may use this eBook for nearly any purpose
-such as creation of derivative works, reports, performances and
-research. They may be modified and printed and given away--you may do
-practically ANYTHING with public domain eBooks. Redistribution is
-subject to the trademark license, especially commercial
-redistribution.
-
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-Gutenberg-tm License (available with this file or online at
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-
-
-Section 1. General Terms of Use and Redistributing Project Gutenberg-tm
-electronic works
-
-1.A. By reading or using any part of this Project Gutenberg-tm
-electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to
-and accept all the terms of this license and intellectual property
-(trademark/copyright) agreement. If you do not agree to abide by all
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-If you paid a fee for obtaining a copy of or access to a Project
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-entity to whom you paid the fee as set forth in paragraph 1.E.8.
-
-1.B. "Project Gutenberg" is a registered trademark. It may only be
-used on or associated in any way with an electronic work by people who
-agree to be bound by the terms of this agreement. There are a few
-things that you can do with most Project Gutenberg-tm electronic works
-even without complying with the full terms of this agreement. See
-paragraph 1.C below. There are a lot of things you can do with Project
-Gutenberg-tm electronic works if you follow the terms of this agreement
-and help preserve free future access to Project Gutenberg-tm electronic
-works. See paragraph 1.E below.
-
-1.C. The Project Gutenberg Literary Archive Foundation ("the Foundation"
-or PGLAF), owns a compilation copyright in the collection of Project
-Gutenberg-tm electronic works. Nearly all the individual works in the
-collection are in the public domain in the United States. If an
-individual work is in the public domain in the United States and you are
-located in the United States, we do not claim a right to prevent you from
-copying, distributing, performing, displaying or creating derivative
-works based on the work as long as all references to Project Gutenberg
-are removed. Of course, we hope that you will support the Project
-Gutenberg-tm mission of promoting free access to electronic works by
-freely sharing Project Gutenberg-tm works in compliance with the terms of
-this agreement for keeping the Project Gutenberg-tm name associated with
-the work. You can easily comply with the terms of this agreement by
-keeping this work in the same format with its attached full Project
-Gutenberg-tm License when you share it without charge with others.
-
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-what you can do with this work. Copyright laws in most countries are in
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-before downloading, copying, displaying, performing, distributing or
-creating derivative works based on this work or any other Project
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-States.
-
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-Gutenberg" is associated) is accessed, displayed, performed, viewed,
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-and distributed to anyone in the United States without paying any fees
-or charges. If you are redistributing or providing access to a work
-with the phrase "Project Gutenberg" associated with or appearing on the
-work, you must comply either with the requirements of paragraphs 1.E.1
-through 1.E.7 or obtain permission for the use of the work and the
-Project Gutenberg-tm trademark as set forth in paragraphs 1.E.8 or
-1.E.9.
-
-1.E.3. If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is posted
-with the permission of the copyright holder, your use and distribution
-must comply with both paragraphs 1.E.1 through 1.E.7 and any additional
-terms imposed by the copyright holder. Additional terms will be linked
-to the Project Gutenberg-tm License for all works posted with the
-permission of the copyright holder found at the beginning of this work.
-
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-License terms from this work, or any files containing a part of this
-work or any other work associated with Project Gutenberg-tm.
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-1.E.5. Do not copy, display, perform, distribute or redistribute this
-electronic work, or any part of this electronic work, without
-prominently displaying the sentence set forth in paragraph 1.E.1 with
-active links or immediate access to the full terms of the Project
-Gutenberg-tm License.
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-
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- The Project Gutenberg eBook of La lucha por la vida: Mala hierba, por Pio Baroja.
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-
-Project Gutenberg's La lucha por la vida; Mala hierba, by Pío Baroja
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
-almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or
-re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
-with this eBook or online at www.gutenberg.org/license
-
-
-Title: La lucha por la vida; Mala hierba
-
-Author: Pío Baroja
-
-Release Date: June 25, 2013 [EBook #43033]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: ISO-8859-1
-
-*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA LUCHA POR LA VIDA; MALA HIERBA ***
-
-
-
-
-Produced by Chuck Greif and the Online Distributed
-Proofreading Canada Team at http://www.pgdpcanada.net (This
-book was produced from scanned images of public domain
-material from the Google Book Search project.)
-
-
-
-
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-</pre>
-
-<hr class="full" />
-
-<p class="figcenter">
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-</p>
-
-<table border="2" cellpadding="5" cellspacing="0" summary="">
-<tr><td align="center">Nota del transcriptor: La ortografía del original fue conservada.</td></tr>
-</table>
-
-<p><a name="page_001" id="page_001"></a></p>
-
-<p class="cb">LA LUCHA POR LA VIDA</p>
-
-<h1>Mala Hierba.<a name="page_002" id="page_002"></a></h1>
-
-<table border="0" cellpadding="0" cellspacing="0" summary="">
-<tr><th align="center">OBRAS DEL MISMO AUTOR</th></tr>
-<tr><td align="left"><b>Vidas sombrías</b>; un volumen.</td></tr>
-<tr><td align="left"><b>La casa de Aizgorri</b>, novela en siete jornadas; ídem.</td></tr>
-<tr><td align="left"><b>Aventuras, inventos y mixtificaciones de Silvestre Paradox</b>; ídem.</td></tr>
-<tr><td align="left"><b>Camino de perfección</b> (<b>pasión mística</b>), novela; ídem.</td></tr>
-<tr><td align="left"><b>El Mayorazgo de Labraz</b>, novela; ídem.</td></tr>
-<tr><td align="left"><b>Idilios vascos</b>; con ilustraciones de F. Periquet y R. Baroja; ídem.</td></tr>
-</table>
-
-<table border="0" cellpadding="0" cellspacing="0" summary="">
-<tr><td align="center">LA LUCHA POR LA VIDA</td></tr>
-<tr><td align="left"><b>La Busca</b> (novela); un vol.</td></tr>
-<tr><td align="left"><b>Mala hierba</b> (novela); un vol.</td></tr>
-<tr><td align="left"><b>Aurora roja</b> (novela); un vol. (en prensa).</td></tr>
-</table>
-
-<p><a name="page_003" id="page_003"></a></p>
-
-<p class="cb">LA LUCHA POR LA VIDA<br />
-&mdash;&mdash;&mdash;</p>
-
-<h1><img src="images/mala_hierba.png"
-alt="Mala Hierba"
-width="350"
-height="60"
-title="Mala Hierba"
-/></h1>
-
-<p class="cb">NOVELA<br />
-<br />
-<small>POR</small><br />
-<br />
-<big><big>P<small>IO</small> B<small>AROJA</small></big></big><br />
-<br /><br />
-<img src="images/colophon.png" width="70" height="69" alt="" title="" />
-<br /><br />
-MADRID<br />
-
-<span class="smcap">Librería de Fernando Fé.</span><br />
-
-1904<br />
-</p>
-
-<p><a name="page_004" id="page_004"></a>&nbsp;</p>
-
-<p class="c"><span class="smcap">Es propiedad.&mdash;Derechos reservados</span><a name="page_005" id="page_005"></a></p>
-
-<p>&nbsp;</p>
-<p>&nbsp;</p>
-
-<h1><img src="images/mala_hierba.png"
-alt="Mala Hierba"
-width="250"
-height="43"
-title="Mala Hierba"
-/><a name="FNanchor_A_1" id="FNanchor_A_1"></a><a href="#Footnote_A_1" class="fnanchor"><span class="norm">[A]</span></a></h1>
-
-<h2><a name="PRIMERA_PARTE" id="PRIMERA_PARTE"></a>PRIMERA PARTE</h2>
-
-<h3><a name="CAPITULO_I-1" id="CAPITULO_I-1"></a>CAPÍTULO I<br /><br />
-<small>El taller.&mdash;La vida de Roberto Hasting.&mdash;Alex Monzon.</small></h3>
-
-<p>Roberto se había levantado de la cama, y vestido con su traje de calle y
-sentado á una mesa llena de papeles, escribía.</p>
-
-<p>El cuarto era una guardilla trastera, baja de techo, con una gran
-ventana á un patio. El centro del cuarto lo ocupaban dos estatuas de
-barro, de un armazón interior de alambre, dos figuras de más del tamaño
-natural, descomunales y estrambóticas. Estaban ambas solamente
-esbozadas, como si el autor no hubiera sabido acabarlas; eran dos
-jigantes rendidos por el cansancio, los dos de cabeza pequeña y rapada,
-pecho hundido, vientre abultado y largos<a name="page_006" id="page_006"></a> brazos simiescos. Los dos
-parecían agobiados por un abatimiento profundo. Frente á la ventana
-ancha había un sofá, tapizado con una percalina floreada; en las sillas
-y en el suelo se levantaban estatuas medio envueltas en trapos húmedos;
-en un ángulo aparecía una caja, llena de pedazos secos de escayola, y en
-un rincón un lebrillo con barro.</p>
-
-<p>De cuando en cuando Roberto miraba á un reloj de bolsillo colocado sobre
-la mesa, entre los papeles; se levantaba y daba unos paseos por el
-cuarto. Por la ventana, en las galerías de las casas de enfrente se
-veían pasar mujeres desharrapadas y sucias; de la calle subía una
-baraúnda ensordecedora de gritos de las verduleras y de los vendedores
-ambulantes.</p>
-
-<p>A Roberto, sin duda, no le molestaba aquella continua algarabía, y al
-cabo de poco rato se sentaba y seguía escribiendo.</p>
-
-<p>&nbsp;</p>
-
-<p>Mientras tanto, Manuel subía y bajaba las casas de toda la calle en
-busca de Roberto Hasting.</p>
-
-<p>Hallábase Manuel con decisión para intentar seriamente un cambio de
-vida, se sentía capaz de tomar una determinación enérgica y dispuesto á
-seguirla hasta el fin.</p>
-
-<p>Su hermana mayor, que acababa de casarse con un bombero, le regaló unos
-pantalones rotos de su esposo, una chaqueta vieja y una bufanda<a name="page_007" id="page_007"></a> raida.
-Además, añadió á la donación una gorra de forma y de color absurdos, un
-sombrero hongo anciano y algunos buenos y vagos consejos acerca del
-trabajo, el cual, como nadie ignora, es el padre de todas las virtudes,
-como el caballo es el más noble de todos los animales y la ociosidad la
-madre de todos los vicios.</p>
-
-<p>Es muy posible, casi seguro, que Manuel hubiese preferido á estos buenos
-y vagos consejos, á esta gorra de forma y color absurdos, á la chaqueta
-vieja, al sombrero anciano, á la bufanda raida y á los pantalones rotos,
-una pequeña cantidad de dinero, ya fuera en cuartos, en plata ó en
-billetes.</p>
-
-<p>La juventud es así, no tiene norte ni guía; imprevisora siempre, concede
-más valor á los dones materiales que á los espirituales, sin comprender
-en su ignorancia absoluta que una moneda se gasta, un billete se cambia,
-y las dos cosas pueden perderse, y en cambio un buen consejo ni se gasta
-ni se pierde, ni se reduce á calderilla, y tiene además la ventaja de
-que sin cuidarse de él para nada, dura eternamente, sin enmohecimiento
-ni deterioro. Prefiriese una cosa ú otra, hay que confesar que Manuel
-tuvo que contentarse con lo que le dieron.</p>
-
-<p>Con este lastre de los buenos consejos y de las malas prendas de vestir,
-sin vislumbrar ni un cuarto de luz en su camino, Manuel repasó en la
-memoria la corta lista de sus conocimientos,<a name="page_008" id="page_008"></a> y pensó que de todos, el
-único capaz de favorecerle era Roberto Hasting.</p>
-
-<p>Penetrado de esta verdad, para él muy importante, se dedicó á buscar á
-su amigo. En el cuartel ya le habían perdido de vista hacía tiempo; doña
-Casiana, la de la casa de huéspedes, á quien Manuel encontró en la
-calle, no sabía las señas de Roberto, y le indicó que quizás el
-Superhombre las supiera.</p>
-
-<p>&mdash;¿Sigue viviendo en su casa de usted?</p>
-
-<p>&mdash;No, estaba ya harta de que no me pagara. No sé dónde vive; pero le
-encontrarás en <i>El Mundo</i>, un periódico de la calle de Valverde que
-tiene un letrero en el balcón.</p>
-
-<p>Buscó Manuel el periódico de la calle de Valverde y lo encontró en
-seguida; subió al piso principal de la casa, y se detuvo ante una puerta
-cerrada con un cristal, en donde había grabados dos mundos, el antiguo y
-el moderno. No había timbre ni llamador de campanilla, y Manuel se puso
-á repiquetear con los dedos en el cristal, encima precisamente del nuevo
-mundo, y en esta ocupación le sorprendió el mismísimo Superhombre, que
-llegaba de la calle.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué haces aquí?&mdash;le dijo el periodista, mirándole de arriba á
-abajo&mdash;¿Quién eres tú?</p>
-
-<p>&mdash;Yo soy Manuel, el hijo de la Petra, la de la casa de huéspedes, ¿no se
-acuerda usted?</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah, sí!... ¿y qué quieres?</p>
-
-<p>&mdash;Quisiera que me dijese usted si sabe dónde<a name="page_009" id="page_009"></a> vive don Roberto, que creo
-que ahora es periodista.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y quién es don Roberto?</p>
-
-<p>&mdash;El rubio... el estudiante amigo de don Telmo.</p>
-
-<p>&mdash;¿El niño <i>litri</i> aquél?... ¡yo qué sé!</p>
-
-<p>&mdash;¿Ni dónde trabaja tampoco?</p>
-
-<p>&mdash;Creo que da lecciones en la academia de Fischer.</p>
-
-<p>&mdash;No sé en qué sitio está esa academia.</p>
-
-<p>&mdash;Me parece que en la plaza de Isabel II&mdash;contestó el Superhombre de un
-modo displicente, mientras abría la puerta de cristales con un llavín y
-entraba.</p>
-
-<p>Manuel fué á la academia; aquí un ordenanza le dijo que Roberto vivía en
-la calle del Espíritu Santo, en el número 21 ó 23, no sabía á punto
-fijo, en un piso alto, donde había un estudio de escultor.</p>
-
-<p>Manuel buscó la calle del Espíritu Santo; la geografía de esta parte de
-Madrid le era un tanto desconocida. Tardó en dar con la calle, que
-estaba en aquellas horas animadísima; las verduleras, colocadas en fila
-á los lados de la calle, anunciaban sus judías y sus tomates á voz en
-grito; las criadas pasaban con sus cestas al brazo y sus delantales
-blancos; los horteras echaban un párrafo recostados en la puerta de la
-tienda con la cocinera guapa; corrían los panaderos entre la gente con
-la cesta<a name="page_010" id="page_010"></a> en equilibrio sobre la cabeza, y el ir y venir de la gente, el
-gritar de unos y de otros formaba una baraúnda ensordecedora y un
-espectáculo abigarrado y pintoresco.</p>
-
-<p>Manuel, abriéndose paso entre el gentío y las cestas de tomates,
-preguntó por Roberto en los números que le indicaron; no le conocían las
-porteras, y no tuvo más remedio que subir hasta los pisos altos y
-enterarse allí.</p>
-
-<p>Después de varias ascensiones dió con el estudio del escultor. En el
-extremo de una escalera sucia y obscura se encontró con un pasillo en
-donde charlaban unas cuantas viejas.</p>
-
-<p>&mdash;¿Don Roberto Hasting? ¿Uno que vive en el taller de un escultor?</p>
-
-<p>&mdash;Será ahí en esa puerta.</p>
-
-<p>La entreabrió Manuel, se asomó y vió á Roberto escribiendo.</p>
-
-<p>&mdash;Hola, ¿eres tú?&mdash;dijo Roberto&mdash;. ¿Qué hay?</p>
-
-<p>&mdash;Pues venía á verle á usted.</p>
-
-<p>&mdash;¿A mí?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, señor.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué te pasa?</p>
-
-<p>&mdash;Que me he quedado parado.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo parado?</p>
-
-<p>&mdash;Sin trabajo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y tu tío?</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh, ya hacía tiempo que no estaba allí!</p>
-
-<p>&mdash;¿Y cómo ha sido eso?</p>
-
-<p>Manuel contó sus cuitas. Luego, viendo que<a name="page_011" id="page_011"></a> Roberto seguía escribiendo
-rápidamente, se calló.</p>
-
-<p>&mdash;Puedes seguir&mdash;murmuró Hasting&mdash;, te oigo mientras escribo; tengo que
-concluir un trabajo para mañana y necesito correr, pero te oigo.</p>
-
-<p>Manuel, á pesar de la indicación, no siguió hablando. Miró los dos
-jigantones derrengados que ocupaban el centro del taller y quedó
-sorprendido. Roberto, que notó el asombro de Manuel, le preguntó riendo:</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué te parece eso?</p>
-
-<p>&mdash;Qué sé yo. Da miedo. ¿Qué quieren decir esos hombres?</p>
-
-<p>&mdash;El autor los llama Los Explotados. Quiere dar á entender que son los
-hombres á quienes agota el trabajo. Poco oportuno el asunto para España.</p>
-
-<p>Roberto siguió escribiendo. Manuel separó la vista de los dos figurones
-y la dirigió por el cuarto. No tenía aspecto de riqueza, ni siquiera de
-comodidad; Manuel pensó que el estudiante no marchaba bien en sus
-asuntos.</p>
-
-<p>Roberto echó una rápida mirada á su reloj, dejó la pluma, se levantó, y
-paseó por el cuarto. Contrastaba su elegancia con el aspecto miserable
-del cuarto.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién te ha dicho dónde vivía?&mdash;preguntó.</p>
-
-<p>&mdash;En una academia.<a name="page_012" id="page_012"></a></p>
-
-<p>&mdash;¿Y quién te ha indicado la academia?</p>
-
-<p>&mdash;El Superhombre.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah! El divino Langairiños... Y dime: ¿desde cuándo estás sin trabajo?</p>
-
-<p>&mdash;Desde hace unos días.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y qué piensas hacer?</p>
-
-<p>&mdash;Pues estar á lo que salga.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y si no sale nada?</p>
-
-<p>&mdash;Creo que algo saldrá.</p>
-
-<p>Roberto sonrió burlonamente.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué español es eso! Estar á lo que salga. Siempre esperando... Pero,
-en fin, tú no tienes la culpa. Oye. Si estos días no encuentras sitio
-donde dormir, quédate aquí.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno, muchas gracias. ¿Y la herencia de usted, don Roberto? ¿Cómo va?</p>
-
-<p>&mdash;Marchando poco á poco. Antes de un año me ves rico.</p>
-
-<p>&mdash;Me alegraré.</p>
-
-<p>&mdash;Ya te dije que me figuraba que había un enredo de los curas en esta
-cuestión; pues, efectivamente, así es. Don Fermín Núñez de Letona, el
-cura, fundó diez capellanías para parientes suyos que llevaran su
-apellido. Sabiendo esto pregunté por estas capellanías en el Obispado;
-no sabían nada; pedí varias veces la partida de bautismo de don Fermín á
-Labraz; me dijeron que allí no aparecía tal nombre. Para aclarar este
-asunto he ido hace un mes á Labraz.<a name="page_013" id="page_013"></a></p>
-
-<p>&mdash;¿Ha estado usted fuera de Madrid?</p>
-
-<p>&mdash;Sí; he gastado mil pesetas. En la situación en que me encuentro,
-figúrate lo que representan mil pesetas para mí; pero no he tenido
-ningún inconveniente en gastarlas. He ido, como te decía, á Labraz; he
-visto el libro de partidas en la iglesia vieja y me he encontrado con
-que hay un salto en el libro desde el año 1759 al 60. ¿Qué es esto?, me
-dije. Miré, volví á mirar, no había señal de hoja arrancada; la
-numeración de los folios estaba bien, pero los años no concordaban y,
-¿sabes lo que pasa?, que una hoja está pegada á otra. Después fuí al
-Seminario de Pamplona y conseguí encontrar una lista de los alumnos que
-estudiaron á fines del siglo <small>XVIII</small> y allí está don Fermín, y pone: Núñez
-de Letona, Labraz (Alava). De manera que la partida de bautismo de don
-Fermín se encuentra en la hoja pegada.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y por qué no ha hecho usted que la despeguen?</p>
-
-<p>&mdash;No; ¿quién sabe lo que puede suceder?, podría levantar la caza. El
-libro queda allá. Yo he mandado á Londres mi escrito; cuando venga el
-exhorto, el Juzgado nombrará tres peritos que irán á Labraz y, ante
-ellos y ante el Juez y el Notario, se despegará la hoja.</p>
-
-<p>Roberto, como siempre que hablaba de su fortuna, iba exaltándose; su
-imaginación le hacía ver perspectivas admirables de riqueza, de<a name="page_014" id="page_014"></a> lujo,
-de viajes maravillosos. En medio de sus entusiasmos y de sus ilusiones
-apareció el hombre práctico; miró al reloj, se calmó en un instante, y
-se puso á escribir de nuevo.</p>
-
-<p>Manuel se levantó.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué, te vas?&mdash;le dijo Roberto.</p>
-
-<p>&mdash;Sí; ¿qué voy á hacer aquí?</p>
-
-<p>&mdash;Si no tienes para almorzar toma una peseta. No tengo más.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y usted?</p>
-
-<p>&mdash;Yo como en casa de un discípulo. Oye, si vienes á dormir, adviérteselo
-á mi compañero. Estará aquí dentro de un momento. Aún no se ha
-levantado. Se llama Alejo Monzon, pero le llaman Alex.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno; sí, señor.</p>
-
-<p>Almorzó Manuel pan y queso y volvió al poco rato al taller. Un hombre
-rechoncho, de barba negra y espesa, cubierto con una blusa blanca, la
-pipa en la boca, modelaba en plastelina una Venus desnuda.</p>
-
-<p>&mdash;¿Usted es don Alejo?&mdash;le preguntó Manuel.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, ¿que hay?</p>
-
-<p>&mdash;Yo soy amigo de don Roberto, y he venido á verle hoy y le he dicho que
-no tenía trabajo ni casa, y él me ha indicado que podía dormir aquí.</p>
-
-<p>&mdash;Tendrás que acostarte en el sofá&mdash;dijo el de la blusa blanca&mdash;, porque
-no hay otra cama.</p>
-
-<p>&mdash;No importa. Estoy acostumbrado.<a name="page_015" id="page_015"></a></p>
-
-<p>&mdash;¡Qué! ¿Tú tienes algo que hacer?</p>
-
-<p>&mdash;Yo no.</p>
-
-<p>&mdash;Anda, entonces ponte sobre la tarima; me servirás de modelo. Siéntate
-en esta caja. Así. Ahora apoya la cabeza en la mano como si estuvieras
-pensando en algo. Bueno. Está bien. La mirada más alta. Eso es.</p>
-
-<p>El escultor se sentó, machacó de un puñetazo la Venus que estaba
-modelando y comenzó á levantar otra figura.</p>
-
-<p>Manuel se cansó pronto de posar y se lo advirtió así á Alex, quien le
-dijo que descansara.</p>
-
-<p>A media tarde entraron en la guardilla una porción de muchachos amigos
-del escultor; dos de ellos se pusieron en mangas de camisa y comenzaron
-á amontonar barro en una mesa; un melenudo se sentó en un sofá. Llegaron
-poco después otros y comenzaron todos á charlar á voz en grito.</p>
-
-<p>Hablaron y discutieron una porción de cosas, de pintura, de escultura,
-de comedias. Manuel pensó que debían de ser personas importantes.</p>
-
-<p>Habían clasificado al mundo. Tal, era admirable; Cuál, detestable; H, un
-genio; B, un imbécil.</p>
-
-<p>No les gustaba, sin duda, las medias tintas ni los términos medios;
-parecían árbitros de la opinión, juzgadores y sentenciadores de todo.</p>
-
-<p>Al anochecer se prepararon para salir.<a name="page_016" id="page_016"></a></p>
-
-<p>&mdash;¿Tú te vas?&mdash;preguntó el escultor á Manuel.</p>
-
-<p>&mdash;Saldré un momento á cenar.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno; ahí tienes la llave. Yo vendré á eso de las doce y llamaré.</p>
-
-<p>&mdash;Está bien.</p>
-
-<p>Manuel comió otra ración de pan y queso y dió un paseo después por las
-calles y, entrada la noche, volvió al taller. Hacía frío allá arriba,
-más frío que en la calle. Se acercó á tientas al sofá, se tendió y
-esperó á que vinera el escultor. Cerca de la una llamó y le abrió
-Manuel.</p>
-
-<p>Alex venía ceñudo. Se metió en su alcoba, encendió una vela y anduvo
-paseando por el estudio hablando solo.</p>
-
-<p>&mdash;Ese imbécil de Santiuste&mdash;le oyó murmurar Manuel&mdash;que dice que el no
-concluir una obra de arte es señal de impotencia. ¡Y me miraba á mí!
-Pero, ¿por qué le haré caso yo á ese idiota?</p>
-
-<p>Nadie pudo dar al escultor una contestación satisfactoria, y siguió
-paseando por el cuarto lamentándose en voz alta de la estupidez y de la
-envidia de sus compañeros.</p>
-
-<p>Después, ya apaciguada su cólera, cogió la bujía, la acercó al grupo de
-Los Explotados y lo miró durante largo tiempo con curiosidad. Vió que
-Manuel no dormía y le preguntó cándidamente:<a name="page_017" id="page_017"></a></p>
-
-<p>&mdash;¿Has visto tú algo más colosal que esto?</p>
-
-<p>&mdash;Es una cosa muy rara&mdash;contestó Manuel.</p>
-
-<p>&mdash;¡Sí es!&mdash;replicó Alex&mdash;. Tiene la rareza de todo lo genial. Yo no sé
-si habrá alguien en el mundo capaz de hacer esto. Quizás Rodín, Hum...
-¿quién sabe? ¿Dónde te figuras tú que pondría yo este grupo?</p>
-
-<p>&mdash;No sé.</p>
-
-<p>&mdash;En un desierto. Sobre un pedestal de granito cuadrado, tosco, sin
-adornos. ¡Qué efecto produciría, eh!</p>
-
-<p>&mdash;Ya lo creo.</p>
-
-<p>El asombro de Manuel lo tomó Alex por admiración, y con la bujía en la
-mano fué quitando los paños que cubrían sus estatuas y enseñándoselas.</p>
-
-<p>Eran figuras espantables y monstruosas: viejas encogidas con los
-pellejos lacios y los brazos hasta los tobillos, hombres que parecían
-buitres, chiquillos jorobados y deformes, unos de cabeza muy grande,
-otros de cabeza muy chica, cuerpos todos sin proporción ni armonía.
-Manuel sospechó si aquella fauna monstruosa sería una broma de Alex;
-pero el escultor hablaba entusiasmado y explicaba por qué sus figuras no
-tenían la estúpida corrección académica tan alabada por los imbéciles.
-Todas eran símbolos.</p>
-
-<p>Después de mostrar sus obras, Alex se sentó en una silla.<a name="page_018" id="page_018"></a></p>
-
-<p>&mdash;No me dejan trabajar&mdash;exclamó con abandono&mdash;y lo siento, no creas que
-por mí, sino por el arte. Si Alejo Monzon no triunfa, la escultura en
-Europa retrocede cien años.</p>
-
-<p>Manuel no podía decir lo contrario, y se echó en el sofá á dormir.</p>
-
-<p>Al día siguiente cuando se despertó, Roberto estaba ya vestido
-elegantemente y escribiendo en su mesa.</p>
-
-<p>&mdash;¿Está usted ya levantado?&mdash;le dijo Manuel con asombro.</p>
-
-<p>&mdash;Hay que madrugar, amigo&mdash;contestó Roberto&mdash;, yo no soy de los que
-están á lo que salga. No viene la montaña á mí, pues yo voy á la
-montaña, no hay más remedio.</p>
-
-<p>Manuel no entendió bien lo que quería decir Roberto con esto de la
-montaña, y desperezándose se levantó del sofá.</p>
-
-<p>&mdash;Anda, le dijo Roberto&mdash;, ve por un café con media tostada.</p>
-
-<p>Salió Manuel y volvió en seguida. Desayunaron los dos.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quiere usted alguna cosa más?&mdash;preguntó Manuel.</p>
-
-<p>&mdash;No, nada.</p>
-
-<p>&mdash;¿No piensa usted volver hasta la noche?</p>
-
-<p>&mdash;No.</p>
-
-<p>&mdash;¿Tantas cosas tiene usted que hacer?</p>
-
-<p>&mdash;Muchas, ya lo creo. Ahora, después de traducir invariablemente diez
-páginas, voy á la<a name="page_019" id="page_019"></a> calle de Serrano á dar una lección de inglés; de aquí
-tomo el tranvía y marcho al final de la calle de Mendizábal, vuelvo al
-centro, me meto en la casa editorial y corrijo las pruebas de la
-traducción. Salgo á las doce, voy á mi restaurant, como, tomo café,
-escribo mis cartas á Inglaterra y á las tres estoy en la academia de
-Fischer. A las cuatro y media voy al colegio protestante. De seis á ocho
-paseo, á las nueve ceno, á las diez estoy en el periódico y á las doce
-en la cama.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué barbaridad! Pero entonces usted ganará mucho&mdash;dijo Manuel.</p>
-
-<p>&mdash;De 80 á 90 duros.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y vive usted aquí?</p>
-
-<p>&mdash;Es que tú ves los ingresos, pero no los gastos. Tengo que enviar todos
-los meses 30 duros á mi familia para que mi madre y mis dos hermanas
-vayan viviendo. El proceso me lleva mensualmente 15 ó 20 duros, y con lo
-demás voy pasando.</p>
-
-<p>Manuel contempló con admiración profunda á Roberto.</p>
-
-<p>&mdash;Pues hijo&mdash;exclamó Roberto&mdash;, para vivir no hay más remedio. Y es lo
-que debes hacer tú, buscar, preguntar, correr, trotar, algo encontrarás.</p>
-
-<p>Manuel pensó que aunque le hubiesen prometido ser rey, no era capaz él
-de desenvolver una actividad semejante, pero se calló.<a name="page_020" id="page_020"></a></p>
-
-<p>Esperó á que se levantara el escultor y hablaron los dos largamente de
-las dificultades de la vida.</p>
-
-<p>&mdash;Mira, por ahora me sirves de modelo&mdash;dijo Alex&mdash;, y ya encontraremos
-alguna combinación para comer.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno, sí señor, como usted quiera.</p>
-
-<p>Alex tenía crédito en la tahona y en la tienda de ultramarinos, y
-calculó que la alimentación de Manuel le resultaría más barata que pagar
-un modelo. Los dos se decidieron á alimentarse de conservas y de pan.</p>
-
-<p>No era el escultor perezoso, ni mucho menos, pero no tenía constancia en
-el trabajo, ni dominaba su arte; no sabía concluir sus figuras, y viendo
-que al ir á detallarlas los defectos iban apareciendo con más fuerza,
-las dejaba sin terminar. Su orgullo le hacía creer después que el
-modelar exactamente un brazo ó una pierna era una labor indigna y
-decadente, y sus amigos, en quienes se daba la misma impotencia para el
-trabajo, corroboraban su idea.</p>
-
-<p>Manuel no se preocupaba de cuestiones artísticas, pero muchas veces
-pensó que las teorías del escultor, más que convencimientos suyos,
-parecían pantallas para ocultar sus defectos.</p>
-
-<p>Hacía un retrato ó un busto, y se le decía: No se le parece, y él
-contestaba: Eso es lo de menos, y en todo pasaba lo mismo.<a name="page_021" id="page_021"></a></p>
-
-<p>Manuel se fué aficionando á las reuniones del estudio por la tarde, y
-escuchaba con atención lo que decían los amigos de Alex.</p>
-
-<p>Dos ó tres eran escultores, otros pintores y literatos. Ninguno de ellos
-conocido. Pasaban el tiempo correteando de teatro en teatro y de café en
-café, reuniéndose en cualquier parte, para tener el gusto de hablar mal
-de los amigos. Fuera de esta conversación en la cual todos concretaban
-admirablemente, en las demás se divagaba con placidez. Era un continuo
-discutir y proyectar, afirmar hoy, negar mañana, que á Manuel, que no
-tenía base alguna de juicio, le despistaba por completo; no comprendía
-si hablaban en serio ó en broma; les oía cambiar de opinión á cada
-momento y le chocaba cómo uno mismo podía defender cosas tan
-contradictorias.</p>
-
-<p>A veces una alusión embozada, un juicio acerca de éste ó del otro
-exasperaba á todos los de la reunión de tal manera, que entonces cada
-palabra tenía un retintín rabioso, y por debajo de las frases más
-sencillas se notaba que latía el odio, la envidia y la intención
-mortificante y agresiva.</p>
-
-<p>En medio de aquellos jóvenes, casi todos de una mordacidad venenosa,
-solían acudir al taller dos tipos que permanecían tranquilos é
-indiferentes en medio del furor de las discusiones. Uno era ya algo
-viejo, grave, enjuto;<a name="page_022" id="page_022"></a> se llamaba D. Servando Arzubiaga; el otro, de la
-misma edad que Alex, se apellidaba Santín. Don Servando, aunque
-literato, no tenía vanidad literaria, ó si la tenía era tan honda, tan
-subterránea, que no se le notaba.</p>
-
-<p>Acudía al taller á distraerse, y fumando cigarrillos solía escuchar los
-diversos pareceres de unos y otros, sonriendo á las exageraciones,
-terciando en la conversación con alguna palabra conciliadora.</p>
-
-<p>Bernardo Santín, el más joven de los contertulios indiferentes, no
-hablaba; le era muy difícil comprender que por una cuestión puramente
-literaria ó artística pudiesen reñir de aquella manera.</p>
-
-<p>Santín era flaco, tenía la cara correcta, la nariz afilada, los ojos
-tristes, el bigote rubio y la sonrisa insípida. Se pasaba este hombre
-copiando cuadros en el Museo y cada vez lo hacía peor; pero desde que
-comenzó á frecuentar el estudio de Alex, las pocas aficiones al trabajo
-las había perdido por completo.</p>
-
-<p>Una de sus manías era hablar de tú á todo el mundo. A la tercera ó
-cuarta vez de ver á una persona ya la tuteaba.</p>
-
-<p>Los conciliábulos en el estudio de Alex se conoce que no bastaban á los
-bohemios, porque de noche volvían á reunirse en el café de Lisboa.
-Manuel, sin ser considerado como uno<a name="page_023" id="page_023"></a> de ellos, era aceptado en la
-reunión, aunque sin voz ni voto.</p>
-
-<p>Por lo mismo que no hablaba se fijaba más en lo que oía.</p>
-
-<p>Eran casi todos ellos de malos instintos y de aviesa intención. Sentían
-la necesidad de hablar mal unos de otros, de injuriarse, de perjudicarse
-con sus maquinaciones y sus perfidias, y al mismo tiempo necesitaban
-verse y hablarse. Tenían, como las mujeres, el afán de complicar la vida
-con miserias y pequeñeces, la necesidad de vivir y desenvolverse en un
-ambiente de murmuraciones y de intrigas.</p>
-
-<p>Roberto pasaba por en medio de ellos tranquilo, indiferente; sin hacer
-caso de sus proyectos, ni de sus discusiones.</p>
-
-<p>Manuel creyó comprender que á Roberto le molestaba verle tan metido en
-la vida bohemia, y para congraciarse con él, una mañana le acompañó
-hasta la casa en donde daba su lección de inglés. Le contó por el camino
-que había hecho una porción de gestiones infructuosas para buscar
-trabajo, y le preguntó qué marcha debía seguir en adelante.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué? Ya te he dicho varias veces lo que debes hacer&mdash;contestó
-Roberto&mdash;; buscar, buscar y buscar. Luego trabajar hasta echar el alma
-por la boca.</p>
-
-<p>&mdash;¡Pero si no tengo en dónde!</p>
-
-<p>&mdash;Siempre hay donde trabajar si se quiere.<a name="page_024" id="page_024"></a> Pero hay que querer. Saber
-desear con fuerza es lo primero que se debe aprender. Tú me dirás que no
-deseas más que vegetar de cualquier modo; pues ni eso conseguirás, y si
-te reúnes con los que vienen aquí al estudio, además de vago concluirás
-en sinvergüenza.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero ellos?...</p>
-
-<p>&mdash;Ellos yo no sé si han hecho ó no indignidades; como comprenderás, eso
-á mí no me va ni me viene; pero cuando un hombre no puede comprender
-nada en serio, cuando no tiene voluntad, ni corazón, ni sentimientos
-altos, ni idea de justicia ni de equidad, es capaz de todo. Si esta
-gente tuviera un talento excepcional, podrían ser útiles y hacer su
-carrera, pero no lo tienen; en cambio han perdido las nociones morales
-del burgués, los puntales que sostienen la vida del hombre vulgar. Viven
-como hombres que poseyeran de los genios sus enfermedades y sus vicios,
-pero no su talento ni su corazón; vegetan en una atmósfera de pequeñas
-intrigas, de mezquindades torpes. Son incapaces de realizar una cosa.
-Quizás haya algo genial, yo no digo que no, en esos monstruos de Alex,
-en esas poesías de Santillana; pero eso no basta, hay que ejecutar lo
-que se ha pensado, lo que se ha sentido, y para eso se necesita el
-trabajo diario, constante. Es como un niño que nace, y la comparación,
-aunque sea vieja, es exacta: la madre lo pare con dolor, luego le
-alimenta<a name="page_025" id="page_025"></a> en su pecho y le cuida hasta que crece y se hace fuerte. Esos
-quieren hacer de golpe y porrazo una obra hermosa, y no hacen más que
-hablar y hablar.</p>
-
-<p>Roberto se detuvo para tomar aliento, y continuó con más dulzura.</p>
-
-<p>&mdash;Aun así, ellos tienen la ventaja de estar en la corriente, se conocen
-unos á otros, conocen á los periodistas, y, amigo, la prensa hoy es una
-fuerza brutal. Pero tú no, tú no puedes acercarte á la prensa;
-necesitarías siete ú ocho años de preparación, de buscar amistades,
-recomendaciones. Y mientras tanto, ¿de qué comes?</p>
-
-<p>&mdash;No, si yo no quiero ser como ellos. Yo ya sé que soy un obrero.</p>
-
-<p>&mdash;¡Obrero! ¡Quia! Ojalá lo fueras. Hoy no eres más que un vago y debes
-hacerte obrero. Lo que soy yo, lo que somos todos los que trabajamos.
-Muévete, actívate. Ahora la actividad para ti es un esfuerzo; haz algo;
-repite lo que hagas, hasta que la actividad sea para ti una costumbre.
-Convierte tu vida estática en vida dinámica. ¿No me entiendes? Quiero
-decirte que tengas voluntad.</p>
-
-<p>Manuel contempló á Roberto desanimado; hablaban los dos en distinto
-idioma.<a name="page_026" id="page_026"></a></p>
-
-<h3><a name="CAPITULO_II-1" id="CAPITULO_II-1"></a>CAPÍTULO II<br /><br />
-<small>La señorita Esther Volowitch.&mdash;Una boda.&mdash;Manuel, aprendiz de fotógrafo.</small></h3>
-
-<p>A pesar de los consejos de Roberto, Manuel siguió sin buscar ni hacer
-nada útil, sirviendo de modelo á Alex y de criado á todos los demás que
-se reunían en el estudio.</p>
-
-<p>Algunas veces, al pensar en las recomendaciones de Roberto, se indignaba
-en contra de él.</p>
-
-<p>&mdash;Yo ya sé&mdash;pensaba&mdash;que no tengo su arranque, que no soy capaz de hacer
-lo que hace él. Pero su consejo es una tontería, al menos para mí. Me
-dice:&mdash;Ten voluntad,&mdash;Pero ¿si no la tengo?&mdash;Hazla. Es como si me
-dijesen que tuviera un palmo más de estatura. ¿No sería mejor que me
-buscase un sitio donde trabajar?</p>
-
-<p>Manuel comenzó á sentir odio por Roberto. Esquivaba el encontrarse á
-solas con él; le daba rabia que en vez de proporcionarle algo, cualquier
-cosa, saliera del paso con un consejo metafísico imposible de llevar á
-la práctica.</p>
-
-<p>Seguían los bohemios su vida desordenada, en su continuo proyectar,
-cuando hubo en la<a name="page_027" id="page_027"></a> reunión una baja, la de Santín. Un día faltó al café,
-al siguiente no apareció por el estudio, y en un par de semanas no se le
-vió el pelo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Dónde andará ese ganso?&mdash;se preguntaron todos.</p>
-
-<p>Nadie lo sabía.</p>
-
-<p>Una noche Varela, uno de los literatos, dijo que había visto á Bernardo
-Santín paseando por Recoletos con una señorita rubia que parecía
-inglesa.</p>
-
-<p>&mdash;¡Rediez con los tontos!&mdash;exclamó uno.</p>
-
-<p>&mdash;Eso es cosa vieja&mdash;repuso otro&mdash;. Ya lo dijo Schopenhauer, los fatuos
-son los que tienen más éxito con las mujeres.</p>
-
-<p>&mdash;¿De dónde habrá sacado esa inglesa?</p>
-
-<p>&mdash;¡La ingle esa!... ¡Como no haya sido de la ingle!&mdash;dijo un jovencito,
-aprendiz de sainetero.</p>
-
-<p>&mdash;¡Uf! Se va uno á intoxicar aquí con esos chistes&mdash;gritaron varios al
-mismo tiempo.</p>
-
-<p>Se pasó á hablar de otra cosa. A los tres días de esta conversación
-apareció Santín en el café. Se le obsequió con un recibimiento
-estrepitoso, haciendo sonar las cucharillas y los platillos. Cuando
-terminó la ovación, le preguntaron:</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién es esa inglesa?</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué inglesa?</p>
-
-<p>&mdash;¡Esa chica rubia con quien te paseas!</p>
-
-<p>&mdash;Es mi novia; pero no es inglesa. Es polaca.<a name="page_028" id="page_028"></a> Es una muchacha á la que
-he conocido en el Museo. Da lecciones de francés y de inglés.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y cómo se llama?</p>
-
-<p>&mdash;Esther.</p>
-
-<p>&mdash;Buena cosa para invierno&mdash;saltó el aprendiz de sainetero.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué?&mdash;preguntó Bernardo.</p>
-
-<p>&mdash;Toma, porque una estera abriga mucho las habitaciones.</p>
-
-<p>&mdash;¡Eh! ¡Eh! ¡Fuera! ¡Fuera!&mdash;gritaron todos.</p>
-
-<p>&mdash;¡Gracias! ¡Gracias, amado pueblo!&mdash;replicó impertérrito el jovencito.</p>
-
-<p>Santín contó cómo había conocido á la polaca. Todos sentían alguna
-envidia por el éxito de Bernardo, y se encargaron de amargarle su
-triunfo, insinuando que la polaca podía ser una aventurera, podía tener
-cincuenta años, podía haber tenido dos ó tres chiquillos con algún
-carabinero... Bernardo, que comprendió la mala intención, no volvió á
-presentarse en el café.</p>
-
-<p>Un par de semanas después muy temprano aún dormía Manuel en el sofá del
-estudio, y Roberto, según costumbre, traducía sus diez páginas, lo que
-constituía su tarea diaria, cuando se abrió la puerta del estudio y
-apareció Bernardo. Se despertó Manuel al ruido de los pasos, pero se
-hizo el dormido.<a name="page_029" id="page_029"></a></p>
-
-<p>&mdash;¿A qué vendrá éste?&mdash;se preguntó.</p>
-
-<p>Bernardo saludó á Roberto y se puso á andar á un lado y á otro del
-estudio.</p>
-
-<p>&mdash;Qué temprano vienes. ¿Pasa algo?&mdash;dijo Hasting.</p>
-
-<p>&mdash;Chico&mdash;murmuró Santín deteniéndose en su paseo&mdash;, te tengo que dar una
-noticia muy seria.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué hay?</p>
-
-<p>&mdash;Que me caso.</p>
-
-<p>&mdash;¡Que te casas tú!</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;¿Con quién?</p>
-
-<p>&mdash;¡Con quién ha de ser! Con una mujer.</p>
-
-<p>&mdash;Me lo figuro. ¿Pero tú estás loco?</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué?</p>
-
-<p>&mdash;¿Con qué vas á mantener á tu mujer?</p>
-
-<p>&mdash;¡Hombre... algo gano pintando!</p>
-
-<p>&mdash;¡Pero qué has de ganar tú! No ganas dos perras gordas.</p>
-
-<p>&mdash;Eso te parece á ti... Además, mi novia da lecciones.</p>
-
-<p>&mdash;Y piensas vivir á su costa... Vamos, lo comprendo.</p>
-
-<p>&mdash;No, no, señor. No pienso vivir á su costa. Voy á poner una fotografía.</p>
-
-<p>&mdash;¡Una fotografía! ¿Tú? ¡Si no sabes hacer retratos!</p>
-
-<p>&mdash;Nada. Yo no sé nada, según tú. Pues habrá otros más brutos que yo que
-hagan retratos.<a name="page_030" id="page_030"></a> No creo que para ser fotógrafo se necesite ser un
-genio.</p>
-
-<p>&mdash;No; pero se necesita saber, y tú no sabes.</p>
-
-<p>&mdash;Ya verás, ya verás como sé, hombre.</p>
-
-<p>&mdash;Además, se necesita dinero.</p>
-
-<p>&mdash;El dinero lo tengo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién te lo ha dado?</p>
-
-<p>&mdash;Una persona.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué suerte tienes, chico!</p>
-
-<p>&mdash;Ahí verás.</p>
-
-<p>&mdash;¿A que le has sacado ese dinero á tu novia?</p>
-
-<p>&mdash;No.</p>
-
-<p>&mdash;¡Bah! No me engañes.</p>
-
-<p>&mdash;Te digo que no.</p>
-
-<p>&mdash;Y yo te digo que sí. ¿Quién te iba á dar el dinero si no? Una persona
-cualquiera se enteraría primero de tus conocimientos fotográficos, de si
-habías trabajado en algún taller; exigiría pruebas de tu habilidad. Sólo
-una mujer puede creer así, bajo la palabra de uno.</p>
-
-<p>&mdash;Es una mujer la que me presta el dinero, pero no es mi novia.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno. No me vengas con embustes. No creo que habrás venido á contarme
-unas cuantas bolas.</p>
-
-<p>Roberto, que había dejado de escribir, reanudó su tarea.</p>
-
-<p>Bernardo no contestó y siguió paseando por el cuarto.<a name="page_031" id="page_031"></a></p>
-
-<p>&mdash;¿Te falta mucho?&mdash;preguntó de repente, parándose.</p>
-
-<p>&mdash;Dos páginas. Si tienes que decirme algo, te escucho.</p>
-
-<p>&mdash;Pues mira, la cuestión es ésta. El dinero, efectivamente, es de mi
-novia. Ella me lo ofreció.&mdash;¿Qué podríamos hacer con esto?&mdash;me dijo. Y á
-mí se me ocurrió el instalar la fotografía. He alquilado un piso cuarto,
-con un taller muy hermoso, en la calle de Luchana, y tengo que arreglar
-la casa y la galería. Y la verdad, la galería yo no sé cómo arreglarla,
-porque hay que poner cortinas... Pero no sé cómo.</p>
-
-<p>&mdash;Es raro eso en un fotógrafo, hombre, no saber cómo se arregla una
-galería.</p>
-
-<p>&mdash;Yo sé manejar la máquina.</p>
-
-<p>&mdash;Vamos, tú sabes lo que sabe todo el mundo, apuntar, dar al resorte y
-lo demás... que lo haga otro.</p>
-
-<p>&mdash;No; también sé lo demás.</p>
-
-<p>&mdash;¿Sabrías reforzar una placa?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, ya lo creo que lo sabría.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo?</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo?... Pues lo vería en un manual.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué fotógrafo! Estás engañando á tu novia de una manera miserable.</p>
-
-<p>&mdash;Ella lo ha querido. Yo no sabré nada, pero ya aprenderé. Lo que quiero
-ahora es que escribas á estas dos casas de Alemania que traigo aquí
-apuntadas, pidiendo catálogos de máquinas<a name="page_032" id="page_032"></a> y de los demás aparatos de
-fotografía. Además quisiera que pasaras por mi casa, porque tú, con tu
-talento, me puedes dar una idea.</p>
-
-<p>&mdash;Me adulas de una manera indecente.</p>
-
-<p>&mdash;No, es la verdad; tú entiendes de esas cosas. Conque ¿irás?</p>
-
-<p>&mdash;Bueno, iré algún día.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, vete. La verdad, créeme, me quiero hacer una persona decente y
-trabajar, para que mi pobre padre pueda vivir en la vejez tranquilo.</p>
-
-<p>&mdash;Hombre, me parece bien.</p>
-
-<p>&mdash;Oye otra cosa. Este muchacho que tenéis aquí, ¿os sirve?</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué?</p>
-
-<p>&mdash;Porque yo me lo podía llevar á mi casa, y allí podría aprender el
-oficio.</p>
-
-<p>&mdash;Mira, también eso me parece bien. Llévatelo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Querrá Alex?</p>
-
-<p>&mdash;Con tal de que quiera el chico.</p>
-
-<p>&mdash;¿Le hablarás?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, ahora mismo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cuento con que escribirás esas cartas?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno; me voy, que tengo que comprar unos cristales. ¡Háblale al
-chico!</p>
-
-<p>&mdash;Descuida.</p>
-
-<p>&mdash;Gracias por todo. Y vete por mi casa, ¿eh?<a name="page_033" id="page_033"></a> Mira que de eso depende mi
-porvenir y el de mi padre.</p>
-
-<p>&mdash;Iré por allá.</p>
-
-<p>Bernardo estrechó las manos de su amigo con efusión y se fué. Roberto,
-al terminar de escribir, llamó.</p>
-
-<p>&mdash;¡Manuel!</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué?</p>
-
-<p>&mdash;Estabas despierto, ¿eh?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, señor.</p>
-
-<p>&mdash;¿Has oído la conversación?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, señor.</p>
-
-<p>&mdash;Pues si quieres, ya sabes. Ahí tienes un oficio que aprender.</p>
-
-<p>&mdash;Iré, si le parece á usted bien.</p>
-
-<p>&mdash;Lo que tú quieras.</p>
-
-<p>&mdash;Entonces voy ahora mismo.</p>
-
-<p>Manuel dejó la guardilla de Roberto sin despedirse de Alex y se marchó
-en busca de Bernardo Santín, á la calle de Luchana. Era la casa piso
-tercero, pero con el entresuelo y el principal resultaba quinto. Llamó
-Manuel y le abrió un viejo de ojos encarnados, el padre de Bernardo. Le
-explicó á lo que iba, y el viejo se encogió de hombros y se fué á la
-cocina en donde estaba guisando. Manuel esperó á que llegara Bernardo.
-La casa estaba todavía sin muebles; sólo había una mesa y unos cuantos
-cacharros en la cocina y en un cuarto grande dos camas. Llegó Bernardo,
-almorzaron los<a name="page_034" id="page_034"></a> tres y dispuso Santín que el muchacho pidiera una
-escalera al portero y se dedicase á sujetar y á componer los cristales
-de la galería.</p>
-
-<p>Después de dar estas órdenes, dijo que le esperaban y se fué.</p>
-
-<p>Manuel el primer día se lo pasó en lo alto de una escalera sujetando los
-cristales con listas de plomo y los rotos con tiras de papel.</p>
-
-<p>Le costó mucho tiempo el arreglar los cristales; después Manuel colocó
-las cortinas y empapeló la galería con papel continuo de color azulado.</p>
-
-<p>A la semana ó cosa así apareció Roberto con los catálogos. Marcó con
-lápiz las cosas necesarias que se habían de traer, y le dijo á Bernardo
-cómo debía poner el laboratorio; le señaló un sitio en donde era
-conveniente hacer un tragaluz para poner las placas al sol y sacar las
-positivas, y le indicó otra porción de cosas. Bernardo se fijó en lo que
-le decía, y transmitió el encargo á Manuel. Bernardo, además de ser poco
-inteligente, era un gandul completo. No hacía absolutamente nada. Sólo
-cuando venía su novia á ver cómo marchaban los trabajos, fingía estar
-atareado.</p>
-
-<p>Era la novia muy simpática; á Manuel le pareció hasta bonita, á pesar de
-tener el pelo rojo, y las pestañas y las cejas del mismo color. Tenía
-una carita blanca, algo pecosa, la nariz sonrosada, respingona, los ojos
-claros y los labios<a name="page_035" id="page_035"></a> tan rojos y tan bonitos que despertaban el deseo de
-besarlos. Era de pequeña estatura, pero estaba muy bien formada. Hablaba
-rozando las erres y convirtiendo las ces en eses.</p>
-
-<p>Parecía bastante enamorada de Bernardo, lo que á Manuel le chocó.</p>
-
-<p>&mdash;Es que no le conoce&mdash;pensó.</p>
-
-<p>Bernardo, con un convencimiento absoluto de su propia ciencia, le
-explicaba á la muchacha los trabajos que hacía, cómo iba á poner el
-laboratorio. Lo que oía á Roberto se lo espetaba á su novia con un
-descaro inaudito. La muchacha lo encontraba todo muy bien; sin duda se
-prometía un porvenir risueño.</p>
-
-<p>Manuel, que comprendía el timo que estaba dando Bernardo, pensaba si no
-sería una obra de caridad advertirle á la rubia que su novio era un
-zascandil que no servía para nada; pero ¡quién le metía á él en esto!</p>
-
-<p>Bernardo se llevaba la gran vida; paseaba, compraba alhajas en las casas
-de préstamos, jugaba en el Frontón Central. Si algo hacía en casa era
-dar disposiciones contradictorias y embarullarlo todo. Mientras tanto el
-padre, indiferente, guisaba en la cocina y se pasaba el día entero
-machacando en el almirez ó picando en el tajo.</p>
-
-<p>Manuel iba á la cama tan cansado que se dormía en seguida; pero una
-noche en que no<a name="page_036" id="page_036"></a> se durmió tan pronto, oyó en el otro cuarto á Bernardo
-que decía:&mdash;Voy á mataros&mdash;. ¿Le mata?&mdash;preguntó la voz del viejo de los
-ojos encarnados&mdash;. Espera&mdash;replicó el hijo&mdash;, me has interrumpido, y
-volvió á comenzar nuevamente la lectura, porque no se trataba más que de
-una lectura, hasta llegar otra vez al: Voy á mataros. En las noches
-siguientes continuó Bernardo leyendo con un tono terrible. Era este sin
-duda su único trabajo.</p>
-
-<p>Bernardo no tenía más preocupación que su padre; lo demás le era
-completamente indiferente; le había sacado el dinero á su novia y vivía
-con aquel dinero y lo gastaba como si fuera suyo. Cuando llegaron la
-máquina y los demás artefactos de fotografía de Alemania, al principio
-se entretuvo en impresionar placas que reveló Roberto; pronto se aburrió
-de esto y no hizo nada.</p>
-
-<p>Era torpe y bruto hasta la exageración; no hacía más que necedades,
-abrir la linterna cuando se estaban revelando las placas, confundir los
-frascos. Roberto se exasperaba al ver que no ponía ningún cuidado.</p>
-
-<p>Mientras tanto adelantaban los preparativos de la boda, Manuel y
-Bernardo fueron varias mañanas al Rastro y compraron fotografías de
-actrices hechas en París por Reutlinger, despegaron de la cartulina el
-retrato y lo volvieron á pegar en otros cartones con la firma <i>Bernardo<a name="page_037" id="page_037"></a>
-Santín, fotógrafo</i>, puesta al margen con letras doradas.</p>
-
-<p>En Noviembre se celebró la boda en la iglesia de Chamberí. Roberto no
-quiso asistir, pero el mismo Bernardo fué á buscarle á casa y no tuvo
-más remedio que tomar parte en la fiesta. Después de la ceremonia fueron
-á comer á un café de la Glorieta de Bilbao.</p>
-
-<p>Los comensales eran: dos amigos del padre del novio, uno de ellos
-militar retirado; la patrona en cuya casa vivía la novia, con su hija;
-un primo de Bernardo, su mujer y Manuel.</p>
-
-<p>Roberto comenzó á hablar con la novia y le pareció muy simpática y
-agradable; hablaba muy bien el inglés y cambiaron los dos algunas frases
-en este idioma.</p>
-
-<p>&mdash;Es una lástima que se case con esta mastuerzo&mdash;pensó Roberto.</p>
-
-<p>En la comida uno de los viejos comenzó á soltar una porción de
-indecencias que hicieron ruborizar á la novia; Bernardo, que bebió
-demasiado, dió bromas á la mujer de su primo y lo hizo con la pesadez y
-la falta de gracia que le caracterizaba.</p>
-
-<p>La vuelta de la boda á la casa, al anochecer, fué melancólica. Bernardo
-se sentía valiente y quería hacer graciosidades. Esther hablaba con
-Roberto de su madre que había muerto, de la soledad en que vivía.<a name="page_038" id="page_038"></a></p>
-
-<p>Al llegar al portal se despidieron los invitados de los novios, y al ir
-á marcharse Roberto, Bernardo se le acercó y con voz apagada y débil le
-confesó que tenía miedo de quedarse solo con su mujer.</p>
-
-<p>&mdash;Hombre, no seas idiota. Entonces, ¿para qué te has casado?</p>
-
-<p>&mdash;No sabía lo que hacía. Anda, acompáñame un momento.</p>
-
-<p>&mdash;Pues ¡vaya una gracia que le haría á tu mujer!</p>
-
-<p>&mdash;Sí, le eres muy simpático.</p>
-
-<p>Roberto contempló con atención á su amigo y no le miró la frente porque
-no le gustaban las bromas.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, hombre, acompáñame. Hay otra cosa además.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pues qué hay?</p>
-
-<p>&mdash;Que no sé aún nada de fotografía y quisiera que vinieras una semana ó
-dos. ¡Por favor te lo pido!</p>
-
-<p>&mdash;No puede ser, yo tengo que dar mis lecciones.</p>
-
-<p>&mdash;Ven aunque no sea más que á la hora de comer. Comerás con nosotros.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno.</p>
-
-<p>&mdash;Y ahora sube un instante, por favor.</p>
-
-<p>&mdash;No, ahora no subo&mdash;, y Roberto dió media vuelta y se fué.</p>
-
-<p>En los días posteriores Roberto fué á casa<a name="page_039" id="page_039"></a> del recién casado y charló
-un rato con el matrimonio durante la comida.</p>
-
-<p>Al tercer día entre Bernardo y Manuel retrataron á dos criadas que
-aparecieron por la fotografía. Roberto reveló los clichés que por
-casualidad salieron bien, y siguió acudiendo á casa de su amigo.</p>
-
-<p>Bernardo continuaba haciendo la misma vida de antes de casado,
-dedicándose á pasear y divertirse. A los pocos días no se presentó á la
-hora de comer. Tenía una falta de sentido moral absoluta; había notado
-que su mujer y Roberto simpatizaban y pensó que éste, por seguir
-adelante y hacerle el amor á su mujer, trabajaría en su lugar. Con tal
-de que su padre y él viviesen bien, lo demás no le importaba nada.</p>
-
-<p>Cuando lo comprendió Roberto, se indignó:</p>
-
-<p>&mdash;Pero, oye tú&mdash;le dijo&mdash;¿Es que tú crees que yo voy á trabajar por ti,
-mientras tú andas golfeando? Quia, hombre.</p>
-
-<p>&mdash;Yo no sirvo para estas porquerías de reactivos&mdash;replicó Bernardo
-malhumorado&mdash;, yo soy un artista.</p>
-
-<p>&mdash;Lo que tú eres es un imbécil que no sirve para nada.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno, mejor.</p>
-
-<p>&mdash;Es indigno. Te has casado con esa muchacha para quitarle los pocos
-cuartos que tenía. Da asco.<a name="page_040" id="page_040"></a></p>
-
-<p>&mdash;Si ya sé yo que tú defenderás á mi mujer.</p>
-
-<p>&mdash;No, hombre, yo no la defiendo. Ella ha sido también bastante idiota la
-pobre para casarse contigo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Eso quiere decir que ya no quieres venir á trabajar?</p>
-
-<p>&mdash;Claro que no.</p>
-
-<p>&mdash;Pues me tiene sin cuidado. He encontrado un socio industrial. De
-manera que ya sabes; yo á nadie le pido que venga á mi casa.</p>
-
-<p>&mdash;Está bien. Adiós.</p>
-
-<p>Dejó Roberto de aparecer por la casa; á los pocos días se presentó el
-socio y Bernardo despidió á Manuel.</p>
-
-<p><a name="page_041" id="page_041"></a></p>
-
-<h3><a name="CAPITULO_III-1" id="CAPITULO_III-1"></a>CAPÍTULO III<br /><br />
-<small>La Europea y la Benefactora.&mdash;Una colocación extraña.</small></h3>
-
-<p>Volvió Manuel al estudio de Alex. Éste, incomodado con el muchacho por
-haberse ido del estudio sin despedirse, no quiso que se quedara allí de
-nuevo.</p>
-
-<p>Preguntaron á los bohemios que se reunían en el taller por la vida de
-Bernardo, y se hicieron una porción de comentarios humorísticos acerca
-de la suerte que el Destino reservaba á la cabeza del fotógrafo.</p>
-
-<p>&mdash;¿De manera que Roberto le revelaba los clichés?&mdash;dijo uno.</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;Le retocaba las placas y la mujer&mdash;añadió otro.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué sinvergüenza es el tal Bernardo!</p>
-
-<p>&mdash;No, es un filósofo de la escuela de Cándido. Ser cornudo y cultivar la
-huerta. Es la verdadera felicidad.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y tú que vas á hacer?&mdash;preguntó Alex irónicamente á Manuel.</p>
-
-<p>&mdash;No sé; buscaré una colocación.</p>
-
-<p>&mdash;Hombre, ¿ustedes conocen á un señor don<a name="page_042" id="page_042"></a> Bonifacio Mingote, que vive
-en el tercer piso de esta casa?&mdash;dijo don Servando Arzubiaga, el hombre
-enjuto é indiferente.</p>
-
-<p>&mdash;No.</p>
-
-<p>&mdash;Es un agente de colocaciones. No debe tenerlas muy buenas cuando no se
-ha colocado él. Yo le conozco del periódico; antes era representante de
-unas aguas minerales, y solía llevar anuncios. Me habló el otro día de
-que necesitaba un chico.</p>
-
-<p>&mdash;Véanle ustedes&mdash;replicó Alex.</p>
-
-<p>&mdash;¿Tú no aspiras á ser grande de España, verdad?&mdash;preguntó don Servando
-á Manuel, con una sonrisa entre irónica y bondadosa.</p>
-
-<p>&mdash;No, ni usted tampoco&mdash;dijo con desenfado Manuel.</p>
-
-<p>Don Servando se echó á reir.</p>
-
-<p>&mdash;Si quieres, le veremos á ese Mingote. ¿Vamos ahora mismo?</p>
-
-<p>&mdash;Vamos, si usted quiere.</p>
-
-<p>Bajaron al tercero de la casa, llamaron en una puerta y les hicieron
-pasar á un comedor estrecho. Preguntaron por el agente, y una criada
-zarrapastrosa les mostró una puerta. Llamó don Servando con los
-nudillos, y al oir ¡adelante!, que dijeron de dentro, pasaron los dos al
-interior del cuarto.</p>
-
-<p>Un hombre gordo, de bigote grueso y pintado, envuelto en un mantón de
-mujer, que iba y venía, hablando, y accionando con un junquillo<a name="page_043" id="page_043"></a> en la
-mano derecha, se detuvo y, abriendo los brazos con grandes extremos y en
-un tono teatral, exclamó:</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh, mi señor don Servando! ¡Tanto bueno por aquí!&mdash;Después miró al
-techo, y de la misma manera afectada, añadió:&mdash;¿Qué le trae por este
-cuarto al ilustre escritor, noctámbulo empedernido, á horas tan
-tempranas?</p>
-
-<p>Don Servando contó al señor gordo, el propio don Bonifacio Mingote, lo
-que le llevaba por allá.</p>
-
-<p>En tanto, un hombre feo, con unos brazos de muñeco y una cabeza de
-chino, sucio y enfermo, colocó la pluma sobre la oreja y se puso á
-frotarse las manos con aire de satisfacción.</p>
-
-<p>El cuarto era nauseabundo, atestado de anuncios rotos, grandes y
-pequeños, pegados á la pared; en un rincón había una cama estrecha y sin
-hacer; tres sillas destripadas, con la crin al descubierto, y en medio
-un brasero cubierto con una alambrera, encima de la cual se secaban dos
-calcetines sucios.</p>
-
-<p>&mdash;Por ahora no puedo asegurar nada&mdash;dijo el agente de negocios á don
-Servando, después de oir sus explicaciones&mdash;, mañana lo sabré; pero
-tengo un buen asunto entre manos.</p>
-
-<p>&mdash;Ya ves lo que dice este señor&mdash;indicó don Servando á Manuel&mdash;; mañana
-ven por aquí.</p>
-
-<p>&mdash;¿Tú sabes escribir?&mdash;preguntó el señor Mingote al muchacho.<a name="page_044" id="page_044"></a></p>
-
-<p>&mdash;Sí, señor.</p>
-
-<p>&mdash;¿Con ortografía?</p>
-
-<p>&mdash;Algunas palabras quizás no sepa...</p>
-
-<p>&mdash;A mí me pasa lo mismo. Los hombres verdaderamente grandes despreciamos
-esas cosas verdaderamente pequeñas. Ponte á trabajar aquí&mdash;y puso una
-silla al otro lado de la mesa donde escribía el hombre amarillo&mdash;. Este
-trabajo&mdash;añadió&mdash;será el pago del servicio que te voy á prestar
-buscándote una colocación pistonuda.</p>
-
-<p>&mdash;Señor Mingote&mdash;exclamó don Servando&mdash;, muchísimas gracias por todo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Señor don Servando! ¡Siempre á sus órdenes!&mdash;contestó el agente de
-negocios y de colocaciones revirando uno de los ojos que se le desviaba
-y haciendo una solemne reverencia.</p>
-
-<p>Manuel se sentó á la mesa, tomó la pluma, la mojó en el tintero y
-esperó.</p>
-
-<p>&mdash;Vete poniendo un nombre de estos en cada circular&mdash;le dijo Mingote
-dándole una lista y un paquete de circulares. La letra del agente era
-defectuosa, mal hecha, de hombre que apenas sabe escribir. La circular
-ponía lo siguiente:</p>
-
-<p class="c">
-LA EUROPEA<br />
-AGENCIA DE NEGOCIOS Y DE COLOCACIONES<br />
-DE<br />
-<span class="smcap">Bonifacio de Mingote</span><br />
-</p>
-
-<p>En ella se ofrecían á las diversas clases sociales<a name="page_045" id="page_045"></a> toda clase de
-artículos, de representaciones y de colocaciones.</p>
-
-<p>Se compraban á bajo precio medicamentos, carnes, hules, frutas,
-mariscos, coronas fúnebres, dentaduras postizas, sombreros de señora; se
-analizaban esputos y orinas; se buscaban amas de cría garantizadas; se
-proporcionaban apuntes de asignaturas de Derecho, de Medicina y carreras
-especiales; se ofrecían capitales, préstamos, hipotecas; se ponían
-anuncios monstruos, sensacionales, emocionantes, y todos estos servicios
-y otros muchísimos más se hacían por una tarifa mínima, ridícula de puro
-exigua.</p>
-
-<p>Manuel se puso á copiar con su mejor letra los nombres en las circulares
-y en los sobres.</p>
-
-<p>El señor de Mingote vió la letra de Manuel y, después de conceder su
-beneplácito, se embozó en el mantón, dió dos ó tres pasos por el cuarto
-y preguntó á su escribiente:</p>
-
-<p>&mdash;¿Dónde íbamos?</p>
-
-<p>&mdash;Decíamos&mdash;contestó con su gravedad siniestra el amanuense&mdash;que el Anís
-Estrellado Fernández es la salvación.</p>
-
-<p>&mdash;Ah, sí; lo recuerdo.</p>
-
-<p>De pronto el señor de Mingote, con voz de trueno, gritó:</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué es el Anís Estrellado Fernández? Es la salvación, es la vida, es
-la energía, es la fuerza.<a name="page_046" id="page_046"></a></p>
-
-<p>Manuel levantó la cabeza asombrado y vió al agente de negocios con la
-vista desviada fija en el techo que accionaba terriblemente, como
-amenazando á alguien con su mano derecha armada del junquillo, mientras
-el escribiente garrapateaba veloz en el papel.</p>
-
-<p>&mdash;Es un hecho, universalmente reconocido por la Ciencia&mdash;siguió diciendo
-Mingote en tono melodramático&mdash;, que la neurastenia, la astenia, la
-impotencia, el histerismo y otros muchos desórdenes del sistema
-nervioso... ¿Qué otras enfermedades cura?&mdash;añadió Mingote en su voz
-natural.</p>
-
-<p>&mdash;El raquitismo, la escrófula, la corea...</p>
-
-<p>&mdash;Que el raquitismo, la escrófula, la corea y otros muchos desórdenes
-del sistema nervioso...</p>
-
-<p>&mdash;Perdone usted&mdash;dijo el amanuense&mdash;, creo que el raquitismo no es un
-desorden del sistema nervioso.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno, pues táchelo usted. ¿Ibamos en el sistema nervioso?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, señor.</p>
-
-<p>&mdash;...Y otros desórdenes del sistema nervioso provienen única y
-exclusivamente de la atonía, del cansancio de las células. Pues bien&mdash;y
-Mingote levantó la voz con nuevos bríos&mdash;; el Anís Estrellado Fernández
-corrige esta atonía, el Anís Estrellado Fernández, excitando la
-secreción de los jugos del estómago, hace desaparecer<a name="page_047" id="page_047"></a> esas enfermedades
-que envejecen y aniquilan al hombre.</p>
-
-<p>Después de este párrafo, dicho con el mayor entusiasmo y fuego oratorio,
-Mingote se sacudió con el junquillo los pantalones y murmuro con voz
-natural.</p>
-
-<p>&mdash;Ya verá usted cómo ese Fernández no paga. ¡Y aún si el anís fuera
-bueno! ¿No han mandado más botellas de la farmacia?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, ayer enviaron dos.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y dónde están?</p>
-
-<p>&mdash;Me las he llevado á casa.</p>
-
-<p>&mdash;¿Eh?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, me las prometieron; y como en la primera remesa usted arrambló con
-todas, yo me he permitido llevarme estas á casa.</p>
-
-<p>&mdash;¡Dios de Dios! Está bien; es cogolludo... Que le envíen á usted unas
-botellas de un anís magnífico, para que venga otro con sus manos
-lavadas... ¡Dios de Dios!&mdash;y Mingote quedó mirando al techo con uno de
-los ojos extraviados.</p>
-
-<p>&mdash;¿No le queda á usted ninguna?&mdash;dijo el amanuense.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, pero se me van á acabar en seguida.</p>
-
-<p>Después comenzó otro párrafo elocuente, paseándose por el cuarto,
-accionando con su junquillo é interrumpiendo con frecuencia su discurso
-para lanzar un violento apóstrofe ó una cómica reflexión.<a name="page_048" id="page_048"></a></p>
-
-<p>Al medio día el escribiente se levantó, se encasquetó el sombrero y se
-fué sin saludar ni decir una palabra.</p>
-
-<p>Mingote, puso una mano sobre el hombro de Manuel, y paternalmente
-añadió:</p>
-
-<p>&mdash;Anda, ve á tu casa á comer y vuelve á eso de las dos.</p>
-
-<p>Manuel subió al estudio; ni Roberto ni Alejo estaban; no había en toda
-la casa ni un mendrugo de pan. Registró por todos los rincones y para la
-una y media volvió á casa de don Bonifacio y entre bostezo y bostezo
-siguió poniendo nombres en las circulares.</p>
-
-<p>A Mingote le agradó el comportamiento de Manuel, y por esto ó porque en
-la comida se dedicara con exceso al Anís Estrellado Fernández, se
-entregó á la verbosidad más desordenada y pintoresca, siempre con la
-mirada desviada hacia el techo. Manuel rió con grandes carcajadas las
-cómicas y extravagantes ocurrencias de don Bonifacio.</p>
-
-<p>&mdash;No eres como mi amanuense&mdash;le dijo, halagado por las manifestaciones
-de alegría del muchacho&mdash;, que no ríe mis chistes y luego me los roba y
-los pone estropeados en unas cuantas piececitas fúnebres que escribe. Y
-no es eso lo peor. Lee. Y Mingote le dió á Manuel un anuncio impreso.</p>
-
-<p>Era también una circular por el estilo de las de don Bonifacio. Decía
-así:<a name="page_049" id="page_049"></a></p>
-
-<p class="c">
-LA BENEFACTORA<br />
-AGENCIA MÉDICO-FARMACÉUTICA DE DON<br />
-<span class="smcap">Pelayo Huesca</span><br />
-</p>
-
-<p><i>Nadie como ella cumple sus compromisos. El Consejo de Administración de
-La Benefactora lo forman los banqueros más acaudalados de Madrid. La
-Benefactora tiene cuenta corriente con el Banco de España. En La
-Benefactora no hay cuota de entrada.</i></p>
-
-<p><i>Servicio de abogado, relator, procurador, médico, farmacéutico, partos,
-dietas, entierros, lactancia, etc.</i></p>
-
-<p><i>Cuota mensual: Una, dos, dos cincuenta, tres, cuatro y cinco pesetas.</i></p>
-
-<p>(<i>Obras son amores y no buenas razones.</i>)</p>
-
-<p><i>Director gerente: Pelayo Huesca, Misericordia, 6.</i></p>
-
-<p>&mdash;¿Eh?&mdash;gritó Mingote cuando Manuel concluyó de leer&mdash;. ¿Qué te parece?
-Está viviendo de La Europea y, plagiándome, hace La Benefactora. En todo
-es así este hombre: pérfido como la onda. Pero ¡ah! señor don Pelayo, yo
-le encontraré á usted. Si es usted murciélago alevoso, yo le clavaré en
-mi puerta; si es usted un miserable galápago, yo le romperé su concha.
-¿Ves, hijo mío? ¿Qué se puede esperar de un país donde no se respeta la
-propiedad intelectual, no la más santa, pero sí la única legítima de
-todas las propiedades?<a name="page_050" id="page_050"></a></p>
-
-<p>Mingote no enseñó á Manuel ó una nota impresa al margen de la circular.
-Era una idea de don Pelayo. En ella la Agencia se ofrecía para servicios
-y averiguaciones íntimas. Esta nota, discretamente redactada, se dirigía
-á los que deseaban conocer una mujer agradable para completar su
-educación; á los que querían realizar un buen matrimonio; á los que
-dudaban de su cónyuge, y á otros, á los cuales la Agencia ofrecía
-investigaciones confidenciales y profundas por poco precio, y vigilancia
-de día y de noche, realizando todos estos servicios con una delicadeza
-delirante.</p>
-
-<p>A Mingote no le gustaba confesar que esta idea se le había escapado á
-él.</p>
-
-<p>&mdash;¿Ves? No se puede vivir&mdash;terminó diciendo&mdash;. Todos los hombres son
-unos canallas. Tú veo que distingues, y yo te protegeré.</p>
-
-<p>Efectivamente; por la protección de Mingote, Manuel pudo comer aquella
-noche.</p>
-
-<p>&mdash;Mañana, cuando vengas aquí&mdash;advirtió don Bonifacio&mdash;, coges un paquete
-de circulares y las vas repartiendo casa por casa, sin dejar una. No
-quiero que las eches por debajo de la puerta. En cada piso llamas y
-preguntas. ¿Entiendes?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, señor.</p>
-
-<p>&mdash;Yo, mientras tanto, prepararé tu asunto.</p>
-
-<p>Al día siguiente Manuel repartió una porción<a name="page_051" id="page_051"></a> de circulares y volvió á
-la hora de comer con el recado hecho.</p>
-
-<p>Se encontraba aburrido de esperar, cuando apareció Mingote en el cuarto;
-se plantó delante de Manuel, agitó su junquillo en un rápido molinete,
-dió un golpe en el brazo al muchacho; se paró, se tiró á fondo, y gritó:</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah! ¡pillo! ¡bandido! ¡infame!</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué pasa?&mdash;dijo asustado Manuel.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué pasa? ¡Tunante! ¿Qué pasa? ¡Miserable! Que eres el hombre de la
-suerte lisa; que ya tienes un porvenir, que ya tienes un empleo.</p>
-
-<p>&mdash;¿De qué?&mdash;preguntó el muchacho.</p>
-
-<p>&mdash;De hijo.</p>
-
-<p>&mdash;¿De hijo? No comprendo.</p>
-
-<p>Mingote se cuadró, miró al techo, hizo un saludo con el bastón como un
-profesor de esgrima con el florete, y añadió:</p>
-
-<p>&mdash;¡Vas á pasar por hijo de toda una baronesa!</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién, yo?</p>
-
-<p>&mdash;Sí. No te podrás quejar, perillán. Desde el arroyo subes á las alturas
-aristocráticas. Hasta título puedes llegar á tener.</p>
-
-<p>&mdash;Pero ¿es verdad?</p>
-
-<p>&mdash;Tan verdad como que yo soy el hombre de más talento de toda Europa.
-Conque anda, futuro barón, arréglate, ráscate la mugre, cepíllate, quita
-el barro á esas alpargatas inmundas<a name="page_052" id="page_052"></a> que llevas y ven conmigo á casa de
-la baronesa.</p>
-
-<p>Manuel quedó ofuscado; no comprendía bien de qué se trataba; pero no
-creía que el agente se tomase el trabajo de corretear por las calles
-únicamente por el gusto de embromarle.</p>
-
-<p>Estuvo en seguida en disposición de acompañar á Mingote.</p>
-
-<p>Salieron los dos á la calle Ancha de San Bernardo, bajaron por la de los
-Reyes á la de la Princesa y siguieron después por esta calle hasta
-detenerse en un portal, en donde entraron.</p>
-
-<p>De aquí pasaron por un corredor á un patio espacioso.</p>
-
-<p>Una serie de galerías con filas simétricas de puertas de color de
-chocolate circundaban el patio.</p>
-
-<p>Llamó Mingote en una de las puertas de la galería del segundo piso.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién es?&mdash;preguntó desde dentro una voz de mujer.</p>
-
-<p>&mdash;Soy yo&mdash;contestó Mingote.</p>
-
-<p>&mdash;Voy, voy.</p>
-
-<p>Se abrió la puerta y apareció una mulata, en chanclas, seguida de tres
-perros de lanas, que ladraron con furia.</p>
-
-<p>&mdash;¡Quieto, León! ¡Quieto, Morito!&mdash;gritó la mulata con un tono muy
-lánguido&mdash;. Pasen, pasen.<a name="page_053" id="page_053"></a></p>
-
-<p>Entraron Manuel y Mingote en un cuarto ahogado, con una ventana al
-patio. Las paredes del cuarto, desde cierta altura, se hallaban casi
-cubiertas por ropas de mujer que formaban como un zócalo de trapos
-alrededor de la habitación; en la falleba de la ventana colgaba una
-camisa escotada, sin mangas, con puntillas y lazos azules marchitos, que
-mostraba cínicamente un manchón obscuro de sangre.</p>
-
-<p>&mdash;Esperen un momento. La señora está vistiéndose&mdash;advirtió la mulata.</p>
-
-<p>Al poco tiempo salió de nuevo y les indicó que pasaran al gabinete.</p>
-
-<p>La baronesa, una señora rubia vestida con una bata clara, estaba sentada
-en un sofá, con un gran aspecto de languidez y desolación.</p>
-
-<p>&mdash;¿Otra vez por aquí, Mingote?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, señora, otra vez.</p>
-
-<p>&mdash;Siéntense ustedes.</p>
-
-<p>El cuarto era un tabuco estrecho y sin luz, ocupado por muchos más
-muebles de los que buenamente cabían en él. Amontonados en poco trecho
-se veían una consola antigua con un reloj de chimenea encima; unos
-sillones ajados, en los cuales la seda, antes roja, había quedado
-violácea por la acción del sol; dos retratos grandes al óleo, y un
-espejo biselado grande con la luna rajada.</p>
-
-<p>&mdash;Le traigo á usted, baronesa&mdash;dijo Mingote&mdash;, el chico del que hemos
-hablado.<a name="page_054" id="page_054"></a></p>
-
-<p>&mdash;¿Es éste?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;Yo creo que le conozco á este chico.</p>
-
-<p>&mdash;Sí; yo también la conozco á usted&mdash;dijo Manuel&mdash;. Yo estaba en una
-casa de huéspedes de la calle de Mesonero Romanos; la patrona se llamaba
-doña Casiana; mi madre era la criada.</p>
-
-<p>&mdash;Toma. Es verdad. Y tu madre, ¿qué hace?&mdash;preguntó la baronesa á
-Manuel.</p>
-
-<p>&mdash;Murió ya.</p>
-
-<p>&mdash;Es huérfano&mdash;saltó diciendo Mingote&mdash;. Libre como el pájaro en la
-selva, libre para cantar y para morirse de hambre. En esta misma
-situación llegué yo á Madrid hace ya bastante tiempo, y, es original,
-extraño, verdaderamente extraño, me gustaría volver á aquella época.</p>
-
-<p>&mdash;Y tú, ¿cuántos años tienes?&mdash;preguntó la baronesa al muchacho sin
-hacer caso de las reflexiones del agente.</p>
-
-<p>&mdash;Diez y ocho.</p>
-
-<p>&mdash;Pero, oiga usted Mingote&mdash;dijo la baronesa&mdash;, el chico no tiene la
-edad que usted me decía.</p>
-
-<p>&mdash;Eso es lo de menos. Nadie dirá que tiene más de catorce ó quince. El
-hambre no deja crecer los productos de la naturaleza. Deje usted de
-regar á un árbol, deje usted de alimentar á un hombre...<a name="page_055" id="page_055"></a></p>
-
-<p>&mdash;Y diga usted&mdash;y la baronesa interrumpió impaciente á Mingote para
-hablarle en voz baja&mdash;, ¿le ha dicho usted para qué es?</p>
-
-<p>&mdash;Sí; si no lo hubiera averiguado en seguida. A un chico de éstos, que
-ha rodado por ahí, no se le engaña como á un hijo de familia. La miseria
-enseña mucho, baronesa.</p>
-
-<p>&mdash;Dígamelo usted á mí&mdash;repuso la dama&mdash;, que cuando pienso en la vida
-que he llevado y en la que llevo ahora, me asombro. Indudablemente, Dios
-me ha dado una naturaleza privilegiada, porque me acostumbro con
-facilidad á todo.</p>
-
-<p>&mdash;Usted siempre podrá llevar una buena vida si quiere&mdash;replicó
-Mingote&mdash;. ¡Oh! Si yo hubiera sido mujer, ¡qué carrera!</p>
-
-<p>La baronesa volvió la cabeza con un gesto de disgusto.</p>
-
-<p>&mdash;No hablemos de eso.</p>
-
-<p>&mdash;Tiene usted razón; ya, ¿para qué? Ahora desarrollaremos el nuevo plan
-estratégico. Yo iré preparando las pruebas del estado civil del
-muchacho. Usted, ¿quiere quedarse con él?</p>
-
-<p>&mdash;Bueno.</p>
-
-<p>&mdash;Le puede servir á usted para los recadas. Sabe escribir bastante bien.</p>
-
-<p>&mdash;Nada, nada, que se quede.</p>
-
-<p>&mdash;Entonces, mi señora baronesa, hasta uno de estos días en que traeré
-los papeles. Señora... á sus pies.<a name="page_056" id="page_056"></a></p>
-
-<p>&mdash;¡Ay, qué ceremonioso! ¡Adiós, Mingote! Acompáñale, Manuel.</p>
-
-<p>Fueron los dos hasta la puerta. Allí el agente puso sus dos manos en los
-hombros del muchacho.</p>
-
-<p>&mdash;Adiós, hijo mío&mdash;le dijo&mdash;, que no se te olvide: si alguna vez llegas
-á ser barón de veras, que todo me lo debes á mí.</p>
-
-<p>&mdash;No se me olvidará; descuide usted&mdash;contestó Manuel.</p>
-
-<p>&mdash;¿Te acordarás siempre de tu protector?</p>
-
-<p>&mdash;Siempre.</p>
-
-<p>&mdash;Conserva, hijo mío, esa piedad filial; un protector como yo es casi
-tanto como un padre; es..., iba á decir, el brazo de la Providencia. Me
-siento enternecido... ya no soy joven. ¿Tienes ahí, por casualidad,
-algunos cuartos?</p>
-
-<p>&mdash;No.</p>
-
-<p>&mdash;Es un contratiempo molesto&mdash;y Mingote, después de hacer un molinete
-con su bastón, salió de casa.</p>
-
-<p>Manuel cerró la puerta y volvió al cuarto de puntillas.</p>
-
-<p>&mdash;¡Chucha! ¡Chucha!&mdash;gritó la baronesa; y al aparecer la mulata que les
-había abierto la puerta á Mingote y á Manuel, le dijo, señalando á éste
-que se hallaba confundido y sin saber que hacer:</p>
-
-<p>&mdash;Mira, éste es el chico.</p>
-
-<p>&mdash;<i>¡Jesú! ¡Jesú!</i>&mdash;gritó la mulata&mdash;. ¡Si es un<a name="page_057" id="page_057"></a> golfo! ¿Pero qué
-<i>ocurrensia</i> le ha dado á la señora de traer este granuja á casa?</p>
-
-<p>Manuel, ante un ex abrupto así, aunque dicho con la más melosa y la más
-lánguida de las pronunciaciones, quedó paralizado.</p>
-
-<p>&mdash;Le estás azorando&mdash;exclamó la baronesa riendo á carcajadas.</p>
-
-<p>&mdash;Pero su <i>mersé</i> está loca&mdash;murmuró la mulata.</p>
-
-<p>&mdash;Calla, calla; ¿para qué tanto alborotar? Prepárale agua y jabón y que
-se limpie.</p>
-
-<p>Salió la mulata, y la baronesa contempló á Manuel atentamente.</p>
-
-<p>&mdash;¿De modo que te ha contado ese hombre lo que vienes á hacer aquí?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, algo me ha dicho.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y estás conforme?</p>
-
-<p>&mdash;Yo sí, señora.</p>
-
-<p>&mdash;Vamos, eres un filósofo. Me parece bien; ¿y qué has hecho hasta ahora?</p>
-
-<p>Manuel contó su vida, fantaseando un poco, y entretuvo á la baronesa
-durante algún tiempo.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno, no cuentes eso á nadie, ¿sabes?... y vete á lavarte.</p>
-
-<p><a name="page_058" id="page_058"></a></p>
-
-<h3><a name="CAPITULO_IV-1" id="CAPITULO_IV-1"></a>CAPÍTULO IV<br /><br />
-<small>La baronesa de Aynant, sus perros y su mulata de compañía. Se prepara una farsa.</small></h3>
-
-<p>Poco trabajo, poca comida y ropa limpia; estas condiciones encontró
-Manuel en casa de la baronesa, condiciones inmejorables.</p>
-
-<p>Por la mañana, la obligación consistía en pasear los perros de la
-baronesa, y por la tarde, en algunos recados. A veces, los primeros
-días, experimentaba la nostalgia de su vida bohemia. Unos cuantos tomos
-de novelones por entregas que le prestó niña Chucha, mitigaron su afán
-de corretear por las calles y le transportaron, en compañía de Fernández
-y González y Tárrago y Mateos, á la vida del siglo <span class="smcap">XVII</span>, con sus
-caballeros bravucones y damas enamoradas.</p>
-
-<p>Niña Chucha, habladora sempiterna, contó á Manuel, en varios folletines,
-la vida de su amita, como llamaba á la baronesa.</p>
-
-<p>La baronesa de Aynant, Paquita Figueroa, era una mujer original. Su
-padre, un rico señor cubano, la envió á los diez y ocho años, acompañada
-de una tía, á que conociera Europa. En el vapor, un joven flamenco,
-rubio y<a name="page_059" id="page_059"></a> blanco, elegante como un tipo de Van Dyck, le hizo la corte; la
-muchacha le correspondió con todo el entusiasmo de los trópicos, y al
-mes de llegar á España, la cubana se llamaba la baronesa de Aynant, y
-marchaba con su marido á vivir á Amberes.</p>
-
-<p>Pasó la luna de miel, y el flamenco y la cubana se convencieron, al
-comenzar la vida tranquila, de que no congeniaban: el flamenco era
-entusiasta de la vida tranquila y metódica, de la música de Beethoven y
-de las comidas aderezadas con manteca de vaca; á la cubana, en cambio,
-le entusiasmaba la vida desordenada, el corretear por las calles, el
-clima seco y ardiente, la música de Chueca, las comidas ligeras y los
-guisotes hechos con aceite.</p>
-
-<p>Estas divergencias de gustos en cosas pequeñas, amontonándose,
-espesándose, llegaron á nublar por completo el amor del barón y de su
-esposa. Esta no podía oir con calma las ironías tranquilas y frías que
-su marido dedicaba á los boniatos, al aceite y al acento de la gente del
-Sur. El barón á su vez se molestaba oyendo hablar á su mujer con
-desprecio de las mujeres grasientas, que se dedican á atracarse de
-manteca. La supremacía del aceite ó de la manteca, enredándose y
-mezclándose con asuntos más importantes, tomó tales proporciones, que
-los cónyuges llegaron á un estado de exaltación y de odio tal, que se
-separaron; y<a name="page_060" id="page_060"></a> el barón quedó en Amberes dedicándose á sus aficiones
-artísticas y á sus tostadas de manteca, y la baronesa vino á Madrid,
-donde pudo entregarse á la alimentación frugívora y aceitosa con
-delicia.</p>
-
-<p>En Madrid, la baronesa hizo mil disparates; trató de divorciarse para
-volverse á casar con un aristócrata arruinado; pero cuando tenía
-presentada su demanda de divorcio, supo que su marido estaba gravemente
-enfermo, y al saberlo, en seguida abandonó Madrid, se presentó en
-Amberes, cuidó al barón, le salvó, se enamoró otra vez de él y tuvieron
-una niña.</p>
-
-<p>En esta segunda época de su amor, los dos cónyuges echaron un velo sobre
-la cuestión capital que los dividía; la baronesa y el barón hicieron
-mutuas concesiones, y la baronesa iba á terminar en una buena dama
-flamenca cuando quedó viuda.</p>
-
-<p>Volvió á Madrid con su hija, y pronto sus instintos levantiscos se
-despertaron; su cuñado, tutor y tío de la niña, le pasaba un tanto al
-mes, pero esto no le bastaba. Un amigo de su padre, un señor don Sergio
-Redondo, comerciante riquísimo, le ofreció la mano; pero la baronesa no
-la aceptó y prefirió la protección de aquel señor á ser su mujer. Pronto
-le engañó con cualquiera, y en plena trapisonda vivió durante doce años.</p>
-
-<p>En medio de sus prodigalidades, de sus locuras<a name="page_061" id="page_061"></a> y de sus caprichos, la
-baronesa tenía un fondo moral y apartaba á su hija por completo del
-mundo en que ella vivía; la puso interna en un colegio de monjas, y
-todos los meses, el primer dinero que encontraba, era para pagar el
-colegio de la niña. Cuando ésta terminase su educación, la llevaría á
-Amberes y viviría con ella, resignándose á ser una señora respetable.</p>
-
-<p>Niña Chucha gruñía y se incomodaba con las ocurrencias de su amita, pero
-terminaba siempre obedeciéndola.</p>
-
-<p>Manuel encontrábase en aquella casa en el paraíso; no tenía nada que
-hacer, y se pasaba las horas muertas fumando, si había qué, ó paseando
-por la Moncloa, acompañado de los tres perros de la baronesa.</p>
-
-<p>Mientras tanto Mingote laboraba. El plan de Mingote era explotar á don
-Sergio Redondo, amigo del padre de la baronesa y antiguo protector de la
-dama. Esta, con su instinto de mujer enredadora y trapisondista,
-manifestó á su antiguo protector que, de sus relaciones, tenían un hijo;
-después, que el hijo había muerto, y luego, nuevamente, que el hijo
-vivía.</p>
-
-<p>A todas estas afirmaciones y negaciones acompañaba la dama con una
-petición de dinero, á la cual don Sergio accedía; hasta que al último,
-escamado, advirtió á la baronesa que no creía en la existencia de aquel
-hijo. La baronesa<a name="page_062" id="page_062"></a> le acusó de hombre ruin y miserable, y don Sergio
-contestó haciéndose el sueco y cerrando su caja.</p>
-
-<p>¿Cómo averiguó Mingote estos hechos? Indudablemente no fué la baronesa
-la que se los contó, pero él logró averiguarlos; y como su imaginación
-era fecunda, se le ocurrió proponer á la baronesa el buscar un chico,
-proveerle de papeles falsos y hacerle pasar por hijo de don Sergio.</p>
-
-<p>La baronesa, que no entendía de leyes y creía que el Código era una red
-puesta para cazar á los descamisados, le pareció aquello una jugada
-productiva y excelente. Mingote exigió una participación en el negocio,
-y la baronesa le prometió que le daría todo lo que quisiera.</p>
-
-<p>Desde aquel momento, Mingote se dió á buscar un chico que reuniera las
-condiciones necesarias, para darle el cambiazo á don Sergio, y cuando
-encontró á Manuel lo llevó inmediatamente á casa de la baronesa.</p>
-
-<p>A la semana de estar allí, Manuel tenía ya los papeles que le
-identificaban como Sergio Figueroa. Entre Mingote, don Pelayo, el
-escribiente y un amigo de éstos, llamado Peñalar, los falsificaron con
-un arte exquisito.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y ahora qué hacemos?&mdash;preguntó la baronesa.</p>
-
-<p>Mingote quedó pensativo. Si la baronesa le escribía á don Sergio, éste
-probablemente, ya<a name="page_063" id="page_063"></a> escamado, podía acoger con duda la especie. Había,
-pues, que encontrar un procedimiento indirecto, darle la noticia por
-otra persona.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué le parece á usted si fuera un confesor?&mdash;preguntó Mingote.</p>
-
-<p>&mdash;¿Un confesor?</p>
-
-<p>&mdash;Sí. Un cura que se presentase en casa de don Sergio y le dijese que en
-secreto de confesión le había usted dicho...</p>
-
-<p>&mdash;No, no&mdash;interrumpió la baronesa&mdash;. ¿Y dónde está ese cura?</p>
-
-<p>&mdash;Iría Peñalar disfrazado.</p>
-
-<p>&mdash;No. Además don Sergio sabe que soy poco devota.</p>
-
-<p>&mdash;Un maestro de escuela quizás sería mejor.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero piensa usted que va á creer que me confieso con un maestro?</p>
-
-<p>&mdash;No, el plan varía. El maestro va á ver á don Sergio y le dice que
-tiene un niño en su escuela, un prodigio de talento, pero cuya madre no
-le atiende. Un día le pregunta al prodigio:&mdash;¿Cómo se llaman tus padres,
-niño?&mdash;Y él dice:&mdash;Yo no tengo padres; mi madrina se llama la baronesa
-de Aynant. Entonces él, el pedagogo, viene á ver á usted y usted le
-contesta que está en una mala situación y que no puede pagar el colegio
-del chico, y que su padre, un señor acaudalado, no quiere ni conocerlo
-siquiera. El pedagogo evangélico le pregunta á usted repetidas veces el
-nombre del<a name="page_064" id="page_064"></a> padre desnaturalizado; usted no se lo quiere decir, pero al
-último le arranca á usted el nombre de ese ser cruel. El pedagogo
-sublime dice:&mdash;Yo no puedo permitir el abandono de ese niño, de ese
-prodigioso niño, de ese extraordinario niño, y toma la determinación de
-ir á ver al padre de la criatura... ¿Eh? ¿Qué le parece á usted?</p>
-
-<p>&mdash;La trama no está mal urdida, ¿pero quién va á hacer de maestro de
-escuela? ¿Usted?</p>
-
-<p>&mdash;No, Peñalar. Viene pintiparado para el caso. Ha sido pasante de un
-colegio; ya lo verá usted. Hoy mismo le busco y le traigo aquí. Mientras
-tanto, arregle usted á Manuel. Que tenga cierto aspecto de colegial. En
-el tiempo que yo estoy fuera, no estaría de más que le enseñara usted
-algo de ciencia, las primeras preguntas y respuestas de la doctrina, por
-ejemplo.</p>
-
-<p>Siguiendo las indicaciones de Mingote, la baronesa ordenó á Manuel que
-se peinara y se acicalara; luego buscaron para él un traje de marinero y
-un cuello grande y blanco; pero por más que le adornaron y le
-escamondaron no se consiguió darle un aspecto regular de hijo de
-familia; siempre trascendía á golfo, con sus ojos indiferentes y
-burlones y la expresión de la sonrisa entre amarga y sarcástica.</p>
-
-<p>A las dos horas, Mingote estaba de vuelta en casa de la baronesa, con un
-hombre negro,<a name="page_065" id="page_065"></a> de aspecto clerical. El hombre, apellidado Peñalar, habló
-con gran énfasis; luego, cuando le propuso Mingote el negocio,
-abandonando el tono enfático, discutió las condiciones de cobro y el
-tanto por ciento que le correspondería á él.</p>
-
-<p>Vaciló en aceptar el trato por ver si obtenía mayores beneficios; pero
-viendo que Mingote no cedía, aceptó.</p>
-
-<p>&mdash;Ahora mismo que venga el chico conmigo.</p>
-
-<p>Peñalar se cepilló las mangas de la levita negra, se echó el pelo hacia
-atrás, y tomando de la mano á Manuel, le dijo con un tono verdaderamente
-evangélico:</p>
-
-<p>&mdash;Vamos, hijo mío.</p>
-
-<p>Don Sergio Redondo tenía un almacén de harinas en la plaza del Progreso.</p>
-
-<p>Llegaron á la plaza y entraron en el almacén.</p>
-
-<p>&mdash;¿Don Sergio Redondo?&mdash;preguntó Peñalar á un viejo de boina.</p>
-
-<p>&mdash;No ha bajado aún al despacho.</p>
-
-<p>&mdash;Esperaré; dígale usted que hay aquí un caballero que desea verle.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno; ¿quién le digo que le espera?</p>
-
-<p>&mdash;No, no me conoce. Adviértale usted que se trata de asuntos de familia.
-Siéntate, hijo mío&mdash;añadió Peñalar, dirigiéndose á Manuel con una voz y
-una sonrisa de pura cepa evangélica.<a name="page_066" id="page_066"></a></p>
-
-<p>Se sentó Manuel y Peñalar paseó su mirada por el almacén con la calma y
-la tranquilidad del que tiene la seguridad y la conciencia de sus actos.</p>
-
-<p>No tardó en aparecer el viejo de la boina.</p>
-
-<p>&mdash;Pasen ustedes al despacho&mdash;y empujó una mampara negra con cristales
-rayados. Ahora viene el señor&mdash;añadió.</p>
-
-<p>Peñalar y Manuel entraron en un cuarto iluminado por una ventana con
-rejas y se sentaron en un sofá verde. Enfrente se levantaba un armario
-de caoba con libros de comercio, en medio una mesa de escribir llena de
-cajoncitos y á un lado de ésta una caja de valores con botones dorados.</p>
-
-<p>El cuarto trascendía á comerciante implacable; se comprendía que aquella
-jaula debía de encerrar un pajarraco de mala catadura. Manuel se sintió
-amilanado. Peñalar quizás experimentó también un momento de debilidad,
-pero se creció, se atusó el pelo, colocó bien los lentes sobre su nariz
-y sonrió.</p>
-
-<p>No tardó mucho en aparecer don Sergio. Era un viejo alto, de bigote
-blanco, con una mirada suspicaz lanzada de través por fuera de sus
-antiparras. Vestía levita larga, pantalones claros; en la cabeza llevaba
-un gorro griego de terciopelo verde, con una gran borla que le caía
-hacia un lado. Entró sin saludar, miró con desagrado al hombre y al
-muchacho, que se levantaron;<a name="page_067" id="page_067"></a> quizás creyó que había descubierto el
-objeto de la visita, porque con voz seca, autoritaria y sin invitarles á
-que se sentaran, preguntó á Peñalar:</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué quería usted, caballero? ¿Era usted el que tenía que hablarme de
-un asunto de familia? ¿Usted?</p>
-
-<p>Otro cualquiera hubiera sentido ganas de estrangular al viejo, Peñalar
-no; los casos difíciles eran los de su incumbencia, los que á él más le
-gustaban. Comenzó á hablar sin desconcertarse, con las miradas
-inquisitoriales del comerciante.</p>
-
-<p>Manuel le escuchaba lleno de admiración y de espanto. Veía que el
-comerciante iba cargándose de cólera por momentos. Peñalar hablaba
-impertérrito:</p>
-
-<p>El era una pobre alma cautiva, un sentimental, un idealista ¡oh!,
-dedicado á la enseñanza de la juventud, de esa juventud en cuyo seno se
-guardan los gérmenes regeneradores de la patria. El sufría mucho, mucho;
-había estado en el hospital; ¡un hombre como él! conocedor del francés,
-del inglés, del alemán, que tocaba el piano, un hombre como él,
-emparentado con toda la aristocracia del reino de León, un hombre que
-sabía más teología y teodicea que todos los curas juntos.</p>
-
-<p>¡Ah! Esto no lo decía para vanagloriarse; pero él tenía derecho á la
-vida. Gómez Sánchez,<a name="page_068" id="page_068"></a> el ilustre histólogo, le había dicho:&mdash;Usted no
-debe trabajar&mdash;. Pero tengo hambre.&mdash;Pida usted dinero&mdash;. Y por eso
-algunas veces pedía.</p>
-
-<p>Don Sergio, en el colmo del asombro, ante aquel chorro de palabras, no
-intentó interrumpir á Peñalar; éste se detuvo, sonrió con dulzura, notó
-que la fuerza de la costumbre había llevado su discurso al tema
-constante del por qué pegaba sablazos, y comprendiendo que su elocuencia
-le arrastraba por un camino extraviado, bajo la voz y continuó en tono
-confidencial.</p>
-
-<p>&mdash;Esta vida atrae de tal modo, á pesar de sus impurezas, ¿no es verdad,
-don Sergio?, que no puede uno desprenderse con indiferencia de ella. Y
-eso que yo creo que la muerte es la liberación, sí, yo creo en la
-inmortalidad del alma, en el dominio absoluto del espíritu sobre la
-materia. Antes no, lo confieso&mdash;sonriendo más dulcemente aún&mdash;, antes
-era panteísta y conservo no sé si de aquella época el entusiasmo por la
-naturaleza. ¡Oh, el campo!, ¡el campo es mi delicia!; muchas veces
-recuerdo aquellos versos del mantuano:</p>
-
-<p class="c">
-«Te, dulcis conjux, te solo in litore secum<br />
-te veniente die, te decedente canebat.»<br />
-</p>
-
-<p>¿A usted le gusta el campo, don Sergio? Sí le debe de gustar, con el
-talento que usted tiene.<a name="page_069" id="page_069"></a></p>
-
-<p>La cólera de don Sergio, que iba agrandándose con la verbosidad
-incoherente de Peñalar, estalló en esta frase corta:</p>
-
-<p>&mdash;El campo me revienta.</p>
-
-<p>Peñalar quedó parado, con la boca abierta.</p>
-
-<p>&mdash;Señor mío, señor mío&mdash;añadió el comerciante, levantando la voz
-iracunda&mdash;, si usted tiene mucho tiempo que perder, á mí no me pasa lo
-propio.</p>
-
-<p>&mdash;No le he expresado á usted aún el motivo de mi visita&mdash;, dijo Peñalar
-y se quitó los lentes y se preparó á limpiarlos con el pañuelo.</p>
-
-<p>&mdash;No, ni hay necesidad; me lo figuro, me lo figuro muy bien. Yo no doy
-limosnas.</p>
-
-<p>&mdash;Caballero, señor don Sergio&mdash;y Peñalar se levantó con las gafas en la
-mano y paseó por el cuarto su mirada oscura de cegato&mdash;, está usted en
-un profundo error. No vengo á pedir una limosna, no son esos mis
-hábitos. Nadie podrá decirlo, vengo&mdash;y se coló los lentes con
-resolución&mdash;á cumplir un deber sagrado.</p>
-
-<p>&mdash;Concluyamos. ¿Qué deber sagrado es ese? ¡Qué! Basta de farsas. La
-charlatanería me revienta.</p>
-
-<p>&mdash;Permítame usted que me siente. Estoy fatigado&mdash;murmuró Peñalar con voz
-desfallecida&mdash;. ¿No nos oye nadie?</p>
-
-<p>Don Sergio le miró como una hiena; Peñalar pasó por su ancha frente el
-pañuelo lleno de agujeros; luego, dirigiéndose á Manuel, que<a name="page_070" id="page_070"></a> seguía
-sumido en el mayor estupor, le dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Haz el favor, mi querido niño, de salir un momento y esperarme.</p>
-
-<p>Manuel abrió la puerta del despacho, y salió al almacén. Esta maniobra
-produjo un movimiento de extrañeza en don Sergio.</p>
-
-<p>&mdash;Yo, caballero&mdash;dijo Peñalar al verse solo con el comerciante&mdash;, estoy
-dedicado á la enseñanza de la juventud.</p>
-
-<p>&mdash;¿Que es usted maestro? Lo he oído.</p>
-
-<p>&mdash;Estaba de pasante en el colegio del Espíritu Santo, cuando se me
-ocurrió establecerme por mi cuenta.</p>
-
-<p>&mdash;Y ha perdido usted el dinero; bueno. ¿Y á mí todo eso qué me
-importa?&mdash;gritó don Sergio, golpeando la mesa con un libro.</p>
-
-<p>&mdash;Perdone usted. Entre mis alumnos tengo este muchacho que acaba de
-salir de aquí, y que es un prodigio, un niño de unas facultades
-extraordinarias. Al notar la claridad de su inteligencia y la energía de
-su voluntad, me interesé por él; le pregunté por su familia, y me dijo
-que no tenía padre ni madre, y que una señora le había recogido en su
-casa.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y á mí qué?</p>
-
-<p>&mdash;Espere usted, don Sergio. Fuí á ver á esa señora protectora suya, que
-es una baronesa, y la dije:&mdash;El muchacho á quien usted protege es digno
-de las mayores atenciones y de que se haga algo por su educación.&mdash;Su
-madre no<a name="page_071" id="page_071"></a> tiene dinero y su padre que es rico, no hace nada por él&mdash;me
-contestó la baronesa.&mdash;Dígame usted quién es su padre, y le iré á
-ver.&mdash;Es inútil&mdash;replicó&mdash;, porque no conseguirá usted nada de él; se
-llama don Sergio Redondo.</p>
-
-<p>Al decir esto, Peñalar se levantó, y contempló con la cabeza erguida á
-don Sergio, como el ángel exterminador puede mirar á un pobre réprobo.
-Don Sergio palideció profundamente, sacó el pañuelo, se frotó los
-labios, carraspeó. Se comprendía que estaba turbado.</p>
-
-<p>Peñalar observó al viejo atentamente, y viendo que aminoraba en sus
-arrogancias, se sintió cada vez más evangélico y más moral.</p>
-
-<p>&mdash;La baronesa&mdash;añadió&mdash;me dijo, y perdone la inquebrantable sinceridad
-mía, me dijo que era usted un egoísta y un hombre sin corazón; yo, á
-pesar de esto&mdash;sonriendo dulcemente y sintiéndose ya super-evangélico y
-super-moral&mdash;pensé: Mi deber es ir á ver á ese caballero. Por eso he
-venido. Ahora usted hará lo que su conciencia le dicte. Yo he cumplido
-con la mía.</p>
-
-<p>Después de este párrafo, Peñalar nada tenía que decir y con la sonrisa
-de todo el martirologio en los labios cogió el sombrero, saludó
-ceremoniosamente y se acercó á la puerta.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y ese niño es el que estaba aquí?&mdash;preguntó en voz baja y vacilante
-don Sergio.<a name="page_072" id="page_072"></a></p>
-
-<p>&mdash;El mismo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y dónde vive esa mujer, esa baronesa?&mdash;exclamó el comerciante.</p>
-
-<p>&mdash;Yo no puedo decirlo. Se lo preguntaré; si ella me lo autoriza, vendré
-con la contestación.</p>
-
-<p>Y Peñalar salió del despacho.</p>
-
-<p>&mdash;Vamos, hijo mío&mdash;le dijo á Manuel.</p>
-
-<p>Y con altivo y noble continente, con la cabeza erguida, salió de casa,
-llevando de la mano á su querido discípulo, á aquel niño portentoso tan
-poco apreciado por sus padres.</p>
-
-<p><a name="page_073" id="page_073"></a></p>
-
-<h3><a name="CAPITULO_V-1" id="CAPITULO_V-1"></a>CAPÍTULO V<br /><br />
-<small>Vida y milagros del señor de Mingote.&mdash;Comienza la dulce explotación de don Sergio.</small></h3>
-
-<p>Según los mejores historiógrafos madrileños, el conocimiento de la
-baronesa de Aynant con Bonifacio de Mingote databa de dos años á la
-fecha.</p>
-
-<p>Una de las muchas veces que la baronesa se encontraba en la necesidad de
-buscar dinero, avisó á un prestamista de la calle del Pez. En lugar del
-prestamista se presentó su dependiente, el propio Mingote, y se arregló
-el negocio entre los dos. Desde entonces don Bonifacio frecuentaba la
-casa de la baronesa. ¿Quién era don Bonifacio? ¿Cómo era don Bonifacio?</p>
-
-<p>Hay bimanos que producen una extraordinaria curiosidad. En la historia
-natural del hombre son como esas especies de monotremas entre aves y
-mamíferos, asombro de los zoólogos. A esta clase de bimanos interesantes
-pertenecía Mingote.</p>
-
-<p>Era este Mingote hombre de unos cincuenta años, bajo, grueso, de bigote
-pintado, con la cara carnosa, la nariz pequeña y roja, la<a name="page_074" id="page_074"></a> boca cínica,
-las trazas de agente de la policía ó de zurupeto. Vestía de una manera
-presuntuosa, le encantaba llevar una cadena gruesa en el chaleco y
-diamantes falsos, como garbanzos de grandes, en la pechera y en los
-dedos.</p>
-
-<p>Mingote había ejercido todos los oficios que un hombre puede ejercer no
-siendo persona decente: prestamista, policía, jefe de clac, zurupeto de
-la Bolsa, agente de quintas, curial, revendedor, gancho...</p>
-
-<p>Manuel pudo ir conociéndolo á fondo. Era maestro en todas las artes del
-engaño, ingrato, procaz, cobarde con los valientes, valiente con los
-cobardes, petulante y vanidoso como pocos, amigo de atribuirse las
-heroicidades y los méritos ajenos y de repartir entre los demás los
-defectos propios.</p>
-
-<p>Manuel notó que la baronesa solía hablar siempre mal de Mingote, cuando
-se hallaba ausente, y, sin embargo, cuando le escuchaba lo hacía con
-gusto; sin duda al oirle admiraba la sutileza y la finura de las malas
-artes de aquel pícaro.</p>
-
-<p>Al cabo de algún tiempo de oirle su charla desvergonzada repugnaba.</p>
-
-<p>La preocupación de Mingote era ocultar su natural cínico, pero el
-cinismo suyo, por su fuerza de expansión, le salía fuera del alma,
-apuntaba en sus ojos y en sus labios y fluía libremente en sus
-palabras.<a name="page_075" id="page_075"></a></p>
-
-<p>&mdash;Pierden el tiempo los que me insultan&mdash;decía tranquilamente&mdash;; á
-sinvergüenza no me gana nadie.</p>
-
-<p>Y tenía razón. A veces se daba cuenta del mal efecto producido por
-alguna arlequinada suya, y se esforzaba entonces en presentarse como un
-Roldán ó un Cid de la corrección; pero al poco rato, por entre su coraza
-de puntilloso caballero aparecía la garfa del truhán.</p>
-
-<p>&mdash;En cuestiones de honor, no admito distingos&mdash;decía el hombre cuando se
-sentía hidalgo&mdash;; usted me dirá: el honor es una martingala. Es verdad.
-Pero yo tengo esta desgracia; soy caballeresco por temperamento.</p>
-
-<p>Mingote comulgaba en las ideas anárquico-filantrópico-colectivistas,
-algunas de sus cartas terminaba poniendo: Salud y Revolución Social, lo
-cual no era obstáculo para que intentase unas veces establecer una casa
-de préstamos, otras una casa de citas ó algún otro honrado comercio por
-el estilo.</p>
-
-<p>Había hecho aquel ex prestamista una porción de ignominias con los
-compañeros de la dinamita y del ácido pícrico, sacándoles dinero, ya
-para dar un golpe y comprar bombas, ya para escribir un diccionario
-libertario en donde él, Mingote, desmenuzaría con su análisis
-formidable, más formidable que los más furiosos explosivos, todas las
-ideas tradicionales de esta estúpida sociedad.<a name="page_076" id="page_076"></a></p>
-
-<p>Cuando Mingote hablaba de su diccionario, su desdén por la existencia,
-su mirada de iluminado, su melancólica actitud de hombre no comprendido,
-todo indicaba al genio de las revoluciones.</p>
-
-<p>En cambio, al contar y especificar sus éxitos de agente de anuncios y de
-negocios, surgía el hombre moderno, el <i>struggle for lifeur</i> de la
-almoneda y de la casa de préstamos, de la droguería y de la perfumería.</p>
-
-<p>&mdash;Yo&mdash;solía decir&mdash;hice la almoneda de la Chavito, yo le vendí la cuadra
-al marqués del Sacro-Cerro y el monte á la vizcondesa. Yo he lanzado el
-cataforético Pipot; el pectoral de sampaguita salvaje Alex; la pasta
-manícura de Chiper; la cataplasma eléctrica de Pirogoff; la harina
-pépsica de Clarckson; la auditina de Well; el corazón artificial de
-Tomás y Gil; el emplasto sudorífico de Rocagut, y, sin embargo, se ha
-hecho el vacío á mi alrededor.</p>
-
-<p>Mingote suponía que Madrid entero se confabulaba contra él para no
-dejarle prosperar; pero él esperaba el momento bueno en que les daría en
-la cabeza á sus enemigos.</p>
-
-<p>Sus mayores ilusiones se basaban en sus minas, que, á pesar de ser
-admirables, no tenía inconveniente en venderlas en lotes de poco dinero.
-Constantemente llevaba en el bolsillo piedras envueltas en papeles de
-periódico de sus minas de aquí y de allá.<a name="page_077" id="page_077"></a></p>
-
-<p>&mdash;Esta&mdash;y Mingote mostraba un pedrusco&mdash;es de mis minas del Suspiro del
-Moro. ¡Qué muestra! ¿Eh? Es admirable. ¿Es verdad? De hierro... casi
-puro. Noventa y nueve y medio por ciento de hierro mineralizado. Esta
-otra es de calamina. Sesenta y ocho por ciento. Hay medio millón de
-toneladas.</p>
-
-<p>Cuando se le descubría la mentira, no sólo no se incomodaba, sino que se
-echaba á reir.</p>
-
-<p>La baronesa celebraba con carcajadas los proyectos de Mingote.</p>
-
-<p>&mdash;Pero si no tiene usted minas, ¿cómo las va usted á vender?&mdash;le
-preguntaba.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah!, no importa&mdash;replicaba Mingote&mdash;; se inventan; es lo mismo. En
-seguida que le demos el golpe á don Sergio, nos dedicamos á los
-negocios. Demarcamos una mina; depósito: trescientas, cuatrocientas
-pesetas, lo que sea; llevamos al terreno minerales de otra parte, y en
-seguida hacemos acciones: «Sociedad anónima del coto Prosperidad»;
-capital: 7.000.000 de pesetas; alquilamos una casa, ponemos una hermosa
-plancha de cobre con letras en la puerta y un criado con una librea
-azul: cobramos las acciones, y ya está hecho el negocio.</p>
-
-<p>¿Creía Mingote en sus fantasías? Ni aun él lo sabía de cierto; aquel
-hombre se hallaba desconocido á sí mismo. Allá, dentro de su alma,
-encerraba la idea de un hado adverso que le impedía prosperar, por ser
-un sinvergüenza;<a name="page_078" id="page_078"></a> porque habilidad tenía de sobra; sabía como nadie
-recibir á un acreedor y no pagarle; sabía adular y mentir; pero, á pesar
-de su mentir constante, era crédulo para los embustes ajenos como nadie.</p>
-
-<p>Creía en las sociedades secretas, en la masonería, en los h.<sup>.</sup>. y en otra
-porción de mojigangas por el estilo.</p>
-
-<p>En el peligro y en las situaciones graves, á pesar de la cobardía
-extraordinaria del ex prestamista, no le abandonaba nunca su ingenio; el
-soltar una gracia constituía para él una necesidad, y probablemente,
-empalado, con la soga al cuello, ó en las gradas del patíbulo, temblando
-de miedo, hubiera tenido que decir, entre castañeteos de dientes y
-convulsiones, alguna cosa chusca.</p>
-
-<p>Reñía con todo aquel á quien no necesitaba, por cosas fútiles;
-vociferaba en los tranvías y teatros con cobradores y acomodadores,
-levantaba el bastón á los golfos, trataba desdeñosamente á todo el
-mundo, hacía proposiciones indecorosas á las mujeres delante de sus
-maridos ó de sus padres, y á pesar de esto no recibía más que raras
-veces las bofetadas ó los palos que otro cualquiera en su lugar
-recibiera.</p>
-
-<p>Vanidoso y petulante, él mismo se reía de su petulancia. Cambiaba la
-sonrisa en gesto amenazador y el gesto amenazador en sonrisa;<a name="page_079" id="page_079"></a> á veces
-sentía cierta especie rara y cómica de pudor y se ruborizaba, pero no se
-desconcertaba nunca.</p>
-
-<p>El ex prestamista, á pesar de que su tipo no era nada agradable, tenía
-grandes éxitos con las mujeres. Se dedicaba á la ancianidad. Su táctica
-era rapidísima y expedita; á la primera semana ya pedía dinero.</p>
-
-<p>Contaba las queridas á pares, cada una con dos ó tres pequeños Mingotes.
-Con ellas el ex prestamista había organizado un servicio de mendicidad
-maravilloso por medio de cartas, y como la agencia producía cada vez
-menos, gracias al dinero que traían las mujeres, vivían ellas, el gran
-Mingote y los pequeños Mingotes. Cuando le preguntaban por aquellas
-mujeres, el ex prestamista decía que constituían su servidumbre.</p>
-
-<p>Este era Mingote, el maravilloso y peregrino Mingote, auxiliar y
-colaborador de la baronesa de Aynant.</p>
-
-<p>El mismo día en que Manuel y el sublime pedagogo contaron los detalles
-de la visita á don Sergio, la baronesa y Mingote se pusieron en campaña.
-La baronesa alquiló un gabinete por unos días á una patrona del
-principal.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero para qué hace usted eso?&mdash;la preguntó Mingote&mdash;. Cuanto en peor
-situación la vea á usted <i>il vecchio</i> será más espléndido.</p>
-
-<p>&mdash;Yo le creía á usted más listo, Mingote<a name="page_080" id="page_080"></a>&mdash;replicó fríamente la
-baronesa&mdash;. Si don Sergio me viera en este cuartucho indecente, me daría
-una limosna; de otro modo, ya veremos. Además déjeme usted á mí dirigir
-mis asuntos.</p>
-
-<p>Mingote calló confundido. Indudablemente allí tenía que aprender.</p>
-
-<p>La baronesa arregló el cuarto alquilado con gusto, mandó coser y
-planchar una de sus batas, y vistió á Manuel y hasta le dió polvos de
-arroz, con gran desesperación del chico. Todo preparado, Mingote
-escribió á don Sergio, <i>il vecchio Cromwell</i>, como le llamaba él, una
-tarjeta con la firma de Peñalar, dándole las señas de la casa.</p>
-
-<p>La baronesa y Manuel esperaron á que llegara <i>il vechio</i>. A media tarde
-se oyó el ruido de un coche que paraba á la puerta.</p>
-
-<p>&mdash;Este es&mdash;dijo la baronesa. Miró por las rendijas de la persiana&mdash;. Sí,
-es él&mdash;añadió, y se tendió en el sofá y cogió un libro.</p>
-
-<p>Bien vestida y ataviada resultaba apetitosa; una jamona rubia de buen
-ver.</p>
-
-<p>&mdash;Mira, es mejor que te metas en ese otro cuarto&mdash;dijo la baronesa á
-Manuel señalándole una alcoba&mdash;; le diré que estás estudiando.</p>
-
-<p>Manuel, á quien el papel que le designaron no le agradaba, se escabulló
-en la alcoba. Había entre ésta y el gabinete una puerta de cristales,
-con sus correspondientes cortinas. Manuel encontró el observatorio muy
-cómodo, y<a name="page_081" id="page_081"></a> se puso á mirar por los visillos; le interesaba ver cómo se
-desenvolvía la baronesa y manejaba los hilos de aquella trapisonda, en
-los cuales podía quedar enredada al menor descuido.</p>
-
-<p>Cuando la criada de la casa de huéspedes fué á anunciar la visita de don
-Sergio, la baronesa se hallaba ya posesionada de su papel. <i>Il vecchio</i>
-pasó gravemente, saludó; la baronesa hizo un gesto de asombro al verle,
-luego con un ademán de languidez y de contrariedad le indicó que podía
-sentarse.</p>
-
-<p><i>Il vecchio Cromwell</i> se sentó; Manuel pudo observarle con calma. Estaba
-pálido y tenía un color calcáreo.</p>
-
-<p>&mdash;Vaya un papá feo que me he echado&mdash;se dijo Manuel.</p>
-
-<p>La baronesa y don Sergio comenzaron á hablar en voz baja. No se oía lo
-que hablaban. El calcáreo anciano pasó la mirada por el cuarto, observó
-los muebles, indudablemente extrañado de ver el gabinete tan elegante.</p>
-
-<p>Luego siguió hablando con calor; la baronesa le escuchaba lánguidamente,
-sonriendo con cierta amable y bondadosa ironía. Manuel pensó que no le
-faltaban al viejo más que unos cuernecitos y unas patas de cabra para
-representar, en unión de la baronesa, un grupo que él había visto unos
-días antes en un escaparate de la carrera de San Jerónimo,<a name="page_082" id="page_082"></a> cuyo título
-era «La Ninfa y el Sátiro». Manuel creyó que el viejo se iba á
-arrodillar y le dieron ganas de gritarle ¡fuera <i>Cromwell</i>!</p>
-
-<p>Continuaba el viejo hablando de una manera insinuante, cuando se fué
-animando y comenzó á accionar con violencia.</p>
-
-<p>&mdash;Ese abandono del muchacho es incalificable&mdash;decía.</p>
-
-<p>&mdash;¡Incalificable!</p>
-
-<p>&mdash;Sí, señora.</p>
-
-<p>&mdash;Pero usted, ¿qué derechos tiene para hablar?</p>
-
-<p>&mdash;Tengo derechos. Sí, señora.</p>
-
-<p>La baronesa pareció asombrada de aquellas palabras, y replicó con
-vaguedades y excusas; luego se indignó, y levantándose del sofá con un
-gallardo ademán y tirando el libro al suelo acusó al iracundo <i>Cromwell</i>
-de todo lo malo que podía ocurrir al niño. El tenía la culpa de todo,
-por ser un avaro y un miserable.</p>
-
-<p>Replicó á esto el terrible <i>vecchio</i>, en tono brusco, diciendo que para
-las mujeres livianas y gastadoras todos los hombres eran avaros.</p>
-
-<p>&mdash;Si usted ha venido aquí&mdash;interrumpió la baronesa&mdash;á insultar á una
-mujer porque está sola, no lo consentiré.</p>
-
-<p>Entonces vinieron las explicaciones del calcáreo anciano, el sincerarse,
-el ofrecerse...</p>
-
-<p>&mdash;No necesito de usted para nada&mdash;contestó<a name="page_083" id="page_083"></a> la baronesa
-arrogantemente&mdash;. No le he llamado á usted.</p>
-
-<p>El marrullero <i>vecchio</i> juró y perjuró que no había ido allá más que á
-ofrecerle todo lo que necesitara y á pedir que le dejara costear los
-gastos de los estudios del muchacho. También deseaba verle un momento.</p>
-
-<p>La baronesa se dejó convencer; pero advirtió al <i>calcáreo</i> que el niño
-creía que sus padres habían muerto.</p>
-
-<p>&mdash;No, no tenga usted cuidado, Paquita&mdash;exclamó <i>il vecchio</i>.</p>
-
-<p>Llamó la baronesa el timbre, y preguntó á la criada con indolencia:</p>
-
-<p>&mdash;¿Está en casa Sergio?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, señora.</p>
-
-<p>&mdash;Dígale usted que venga.</p>
-
-<p>Entró Manuel confuso.</p>
-
-<p>&mdash;Este señor quiere verte&mdash;dijo la dama.</p>
-
-<p>&mdash;Ya sé, ya sé que eres un estudiante muy aprovechado&mdash;murmuró <i>il
-vecchio</i>.</p>
-
-<p>Manuel levantó los ojos con el mayor asombro. Don Sergio dió unos
-golpecitos en la mejilla nada sonrosada del muchacho. Manuel quedó
-mirando al suelo, y se marchó, al darle la baronesa el permiso para
-salir.</p>
-
-<p>&mdash;Es muy huraño&mdash;dijo la baronesa.</p>
-
-<p>&mdash;Yo era igual á su edad&mdash;repuso don Sergio.</p>
-
-<p>La dama sonrió maliciosamente. Manuel volvió á la alcoba y siguió
-observando la actitud<a name="page_084" id="page_084"></a> de los dos; la baronesa se lamentaba de su falta
-de recursos; <i>Cromwell</i> se defendía como un león. Al terminar la
-conferencia, el <i>calcáreo</i> sacó su cartera y dejó unos billetes sobre el
-velador.</p>
-
-<p>La baronesa le acompañó hasta la puerta.</p>
-
-<p>&mdash;¿De modo, Paquita, que está usted contenta?&mdash;la dijo antes de
-marcharse.</p>
-
-<p>&mdash;¡Contentísima!</p>
-
-<p>&mdash;¿No siente usted que haya venido á verla?</p>
-
-<p>&mdash;¡Ay, don Sergio! Me ha tenido usted muy abandonada. ¡Cuando es usted
-el único amigo de mi pobre padre!</p>
-
-<p>&mdash;Sí, es verdad, Paquita, es verdad&mdash;murmuró <i>il vecchio</i> acariciando
-entre las suyas una de las manos regordetas de la baronesa.</p>
-
-<p>Y bajó las escaleras, deteniéndose á cada instante, para saludar á la
-dama.</p>
-
-<p>&mdash;Jesús, qué lata de viejo&mdash;murmuró ella dando un portazo&mdash;. ¡Manuel,
-Manolito, has estado muy bien! Hecho un héroe. ¿Has visto? <i>Il vecchio
-Cromwell</i>, como dice Mingote, ha dejado mil pesetas. Mañana mismito nos
-mudamos de casa.</p>
-
-<p>Al día siguiente, muy de mañana, la baronesa y Manuel se echaron á la
-calle á buscar cuarto. Después de mucho corretear y de andar con la
-cabeza descoyuntada de tanto mirar hacia arriba, encontraron un tercer
-piso en<a name="page_085" id="page_085"></a> la plaza de Oriente, que á la baronesa le encantó. Costaba
-veinticinco duros al mes.</p>
-
-<p>&mdash;A niña Chucha le va á parecer caro, pero yo lo alquilo&mdash;dijo la
-baronesa&mdash;. Y llamó en el primer piso en donde vivía el administrador y
-habló con él y pagó la casa por adelantado.</p>
-
-<p>El mismo día se hizo la mudanza y Manuel trajinó con entusiasmo,
-llevando trastos de un lado á otro y colocándolos en la nueva casa en el
-sitio que designaba niña Chucha.</p>
-
-<p>Como la casa quedaba vacía y la baronesa tenía algunos muebles guardados
-en casa de una amiga cubana, unos días después fué á verla para
-pedírselos. No apareció en todo el día ni aun á cenar, y volvió á la
-noche muy tarde. Niña Chucha y Manuel la esperaron. Al llegar á casa,
-venía con los ojos más brillantes que de ordinario.</p>
-
-<p>&mdash;La coronela no me ha querido dejar venir&mdash;murmuró&mdash;; he cenado en su
-casa, luego he ido con sus chicas á Apolo y me han acompañado hasta aquí
-mismo.</p>
-
-<p>No pudo Manuel comprender qué tendría esto de extraño para la baronesa,
-y se asombró bastante al oirle contestar á los reproches de niña Chucha,
-balbuceando y riéndose á carcajadas de una manera insubstancial. Hubiese
-jurado Manuel que al salir del comedor la baronesa había dado un
-traspiés, pero con el<a name="page_086" id="page_086"></a> sueño no se enteró bien y se abstuvo de
-comentarios.</p>
-
-<p>Al día siguiente, poco antes de la hora de comer, estaba niña Chucha en
-la calle cuando llamaron á la puerta. Abrió Manuel. Era el <i>calcáreo</i>.</p>
-
-<p>&mdash;Hola, estudiante&mdash;dijo&mdash;. ¿Y doña Paquita?</p>
-
-<p>&mdash;En su cuarto&mdash;contestó Manuel.</p>
-
-<p>Llamó don Sergio en la puerta con los nudillos y repitió varias veces:</p>
-
-<p>&mdash;¿Se puede?</p>
-
-<p>&mdash;Pase usted, don Sergio&mdash;dijo la baronesa&mdash;y abra usted las ventanas.</p>
-
-<p>Entró el viejo en el cuarto tropezando con los bultos desparramados por
-el suelo y abrió el balcón.</p>
-
-<p>&mdash;Pero, Paquita, ¿todavía en la cama?&mdash;preguntó en el colmo de la
-estupefacción&mdash;. Eso no es sano.</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh! si viera usted cómo he trabajado&mdash;replicó la baronesa
-desperezándose&mdash;. Ayer me acosté rendidita, y hoy para las cinco estaba
-ya trabajando; pero de tanto trajinar se me ha levantado un dolor de
-cabeza que me he tenido que acostar otra vez.</p>
-
-<p>&mdash;¿Para qué trabajas tanto? No te conviene.</p>
-
-<p>&mdash;Es que hay que hacer las cosas; luego, en esta casa no ayudan. Chucha
-no hace más que leer novelas; á Sergio no le voy á poner á andar<a name="page_087" id="page_087"></a> como
-un mozo de cuerda, y yo sola tengo que hacerlo todo. Espero que otro día
-seré más feliz y tendrá usted el gusto de presenciar lo buena chica que
-soy y cómo sigo sus consejos al pie de la letra.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno, Paquita, bueno. Sigues siendo una chiquilla.</p>
-
-<p>La baronesa, para demostrar que era verdad esto, hizo unos cuantos
-arrumacos á <i>Cromwell</i>, y después, en tono indiferente, le pidió
-cincuenta pesetas.</p>
-
-<p>&mdash;Pero...</p>
-
-<p>&mdash;Si ya sé que me va usted á reñir. No crea usted que he gastado todo el
-dinero, ni mucho menos. Es que la verdad, un billete de quinientas
-pesetas no quiero cambiarlo, y como tengo que pagar una cuentecilla...</p>
-
-<p>&mdash;Vaya, ahí va&mdash;. Y don Sergio con una sonrisa que quería ser amable,
-sacó la cartera del bolsillo y dejó un papel azul sobre la mesilla de
-noche; luego le pareció poco galante dar lo que le habían pedido y dejó
-otro.</p>
-
-<p>La baronesa puso el candelero encima de los dos billetes, y después,
-acurrucándose entre las sábanas con voz soñolienta, murmuró:</p>
-
-<p>&mdash;¡Ay, don Sergio, me vuelve el dolor de cabeza!</p>
-
-<p>&mdash;Pues cúidate, hija, cuídate y no trabajes tanto.</p>
-
-<p>Don Sergio salió de la alcoba, luego de <a name="page_088" id="page_088"></a>cerrar el balcón, y se encontró
-con niña Chucha que volvía de la calle.</p>
-
-<p>&mdash;No debes dejar que trabaje tanto tu ama&mdash;le dijo secamente&mdash;; se pone
-enferma.</p>
-
-<p>La mulata contempló sonriendo al viejo.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno, <i>señó</i>&mdash;dijo.</p>
-
-<p>&mdash;Y el muchacho, ¿qué hace?</p>
-
-<p>&mdash;<i>Etá</i> etudiando&mdash;contestó niña Chucha con malicia, y lo mostró con los
-codos sobre la mesa del comedor y la cabeza entre las manos.</p>
-
-<p>Efectivamente, estaba devorando una novela por entregas de Tárrago y
-Mateos.</p>
-
-<p><a name="page_089" id="page_089"></a></p>
-
-<h3><a name="CAPITULO_VI-1" id="CAPITULO_VI-1"></a>CAPÍTULO VI<br /><br />
-<small>Kate, la niña blanca.&mdash;Los amores de Roberto.&mdash;El pundonor militar.&mdash;Las cucas.&mdash;Disquisiciones antropológicas.</small></h3>
-
-<p>Al mes de instalados en la nueva casa llegaron las fiestas de Navidad, y
-como en los colegios había vacaciones, la baronesa fué en busca de su
-hija al del Sagrado Corazón, y volvió con ella en coche.</p>
-
-<p>Niña Chucha se encargó de informar á Manuel y de darle detalles de la
-hija de la baronesa.</p>
-
-<p>&mdash;Es una cantimpla, ¿sabe?, una niña blanca y sosa que parece una
-muñeca.</p>
-
-<p>Manuel la conocía, pero no sabía si ella se acordaría de él; en los años
-que no la veía se había hecho una muchacha preciosa. No recordaba en su
-tipo á su madre; aunque rubia como ella, debía de parecerse al padre.
-Era blanca, de facciones correctas, ojos azules claros, de cejas y
-pestañas doradas y el pelo rubio, sin brillo, pero muy bonito.</p>
-
-<p>Al llegar á casa, niña Chucha hizo grandes demostraciones de cariño á la
-colegiala; Manuel fué reconocido por ella, lo que le produjo gran
-satisfacción.<a name="page_090" id="page_090"></a></p>
-
-<p>La hija de la baronesa se llamaba Catalina, sus parientes de Amberes la
-llamaban Kate, pero la baronesa generalmente la decía la Nena.</p>
-
-<p>Con la llegada de Kate las costumbres variaron en la casa; la baronesa
-abandonó sus excursiones nocturnas y contuvo sus ligerezas de palabra.
-En la mesa, con una sonrisa triste, escuchaba las historias de colegio
-que contaba su hija, sin poner interés en lo que oía.</p>
-
-<p>No armonizaban los caracteres de las dos. Kate tenía la comprensión
-lenta, pero profunda; en cambio su madre poseía la sutileza y el ingenio
-del momento. La baronesa á veces se impacientaba al oirla, y decía entre
-cariñosa y enfadada:</p>
-
-<p>&mdash;¡Ay, qué Nena más sosita tengo!</p>
-
-<p>Desde la llegada de Kate, niña Chucha y Manuel no le acompañaban en el
-comedor á la baronesa; esto á Manuel no le molestaba, pero á la mulata
-sí, y atribuía estas disposiciones á Kate, á quien consideraba como una
-muñeca blanca, orgullosa, fría y de poco corazón. Manuel, que no tenía
-motivo alguno de antipatía por Kate, la encontró muy llana, muy amable,
-aunque con poca vivacidad.</p>
-
-<p>Por aquellos días de fiestas de Navidad, madre é hija salían de casa con
-mucha frecuencia á compras, y les acompañaba generalmente Manuel, que
-volvía cargado con paquetes.<a name="page_091" id="page_091"></a></p>
-
-<p>Un día de Año Nuevo, en que la baronesa, Kate y Manuel fueron al Teatro
-de Apolo á ver <i>Los sobrinos del Capitán Grant</i>, notó Manuel que Roberto
-Hasting iba á alguna distancia detrás de ellos. Al salir les siguió; la
-muchacha se hizo la desentendida.</p>
-
-<p>Al día siguiente estaba nevando, y Manuel vió á Roberto que paseaba por
-la plaza de Oriente, al parecer muy entretenido.</p>
-
-<p>Encontró Manuel un pretexto para salir de casa, y al momento Roberto se
-acercó á él.</p>
-
-<p>&mdash;¿Estás en su casa?&mdash;le preguntó apresuradamente.</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;Tienes que darle una carta.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno.</p>
-
-<p>&mdash;A la tarde te la traeré. Se la das, y me dices qué cara pone al
-recibirla. No me contestará, ya sé que no me contestará; pero tú se la
-darás, ¿verdad?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, hombre, descuide usted.</p>
-
-<p>Efectivamente, á la tarde Roberto siguió paseando por entre la nieve,
-bajó Manuel, cogió la carta y subió en seguida á casa.</p>
-
-<p>Kate se divertía arreglando en aquel momento su armario. Tenía guardadas
-mil chucherías en varias cajitas; en unas, medallas; en otras, estampas,
-cromos, regalos del colegio y de su familia. Sus libros de rezos estaban
-llenos de recordatorios y de estampitas.<a name="page_092" id="page_092"></a></p>
-
-<p>Manuel, con la carta de Roberto en el bolsillo, se acercó á la muchacha
-como un criminal. La Nena enseñó á Manuel todas sus riquezas, éste se
-sintió orgulloso. Manuel apenas se atrevía á tocar las medallas, las
-alhajas, las mil cosas que guardaba Kate.</p>
-
-<p>&mdash;Esta cadena me la regaló mi tío&mdash;decía la colegiala&mdash;. Esta sortija es
-de mi abuelo. Este pensamiento le cogí en Hyde-Park, cuando estuve en
-Londres con mi tío.</p>
-
-<p>Manuel la escuchaba sin decir palabra, avergonzado de tener la carta en
-el bolsillo. La Nena siguió enseñando nuevas cosas. Los juguetes de su
-niñez aún los conservaba; en su armario todo estaba clasificado con el
-mayor orden, cada cosa tenía su sitio. En algunos libros prensaba
-pensamientos y hierbas que luego copiaba y pintaba con una caja de
-acuarelas.</p>
-
-<p>Manuel hizo dos ó tres veces un esfuerzo para hablar de Roberto, pero no
-se atrevió.</p>
-
-<p>De pronto, después de carraspear mucho, balbuceó:</p>
-
-<p>&mdash;¿Sabe usted?</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué?</p>
-
-<p>&mdash;Roberto... aquel estudiante rubio de la otra casa... el que ayer
-estaba en el teatro... me ha dado una carta para usted.</p>
-
-<p>&mdash;¿Para mí?&mdash;. Y las mejillas de Kate tomaron un tono rosado y sus ojos
-brillaron con más vivacidad que de ordinario.<a name="page_093" id="page_093"></a></p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;Pues dámela.</p>
-
-<p>&mdash;Tome usted.</p>
-
-<p>Manuel entregó la carta y Kate la escondió rápidamente en el pecho.
-Concluyó de arreglar su armario, y poco después se encerró en su cuarto.
-A los dos días, Kate le envió á Manuel con una carta para Roberto, y
-Roberto en seguida con otra para Kate.</p>
-
-<p>Un día Kate fué con Manuel á su colegio, en donde había un Nacimiento, y
-á la ida y á la vuelta le acompañó Roberto. Hablaron los dos muchísimo;
-Roberto contó sus proyectos. Manuel pensó en que esto del amor es una
-cosa extraña. Para él no dijo Roberto nada que valiera la pena de oirse,
-y, sin embargo, Kate le escuchó con el alma en un hilo.</p>
-
-<p>Roberto fué para Kate el colmo de lo respetuoso. Le habló con una
-gravedad tranquila, sin echárselas de jacarandoso ni de listo; ella le
-escuchó atenta.</p>
-
-<p>Manuel fué confidente de Roberto y de Kate. Era la muchacha de un candor
-y de una inocencia inmaculadas, tenía una falta de comprensión para
-cosas de malicia extraordinaria. Manuel sentía verdadera sumisión ante
-aquella naturaleza aristocrática y elegante, tenía un sentimiento de
-inferioridad que en nada le molestaba.</p>
-
-<p>La Nena le contó á Manuel las cosas que<a name="page_094" id="page_094"></a> había visto en París, Bruselas,
-Gante; le habló de los parques de Londres, le deslumbró. En cambio,
-Manuel le contó á Kate detalles de la vida pobre madrileña, que á la
-colegiala le producían el más profundo asombro; las cuevas, las
-tabernas, los descampados; le habló de los chicos que se escapaban de
-sus casas é iban á dormir á los rincones de las iglesias, de los que
-robaban en los lavaderos; le describió las tiendas-asilos...</p>
-
-<p>Manuel tenía cierta gracia para contar sus impresiones; exageraba y
-rellenaba con fantasías imaginadas los vacíos dejados por la realidad.
-La Nena le solía escuchar muy intrigada.</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh, qué miedo!&mdash;solía decir&mdash;; y sólo el pensar que aquella gente
-miserable de que Manuel hablaba podía rozarse con ella, le hacía
-estremecer.</p>
-
-<p>Sentía la niña una repugnancia profunda por la gente de la calle; no
-quería salir los domingos por no andar entre hombres de blusa y
-soldados. Le parecía que la gente del pueblo debía ser mala. Desde que
-se encendían los faroles no le gustaba salir de casa.</p>
-
-<p>Las conversaciones solían tenerlas al anochecer en un gabinete que daba
-á la calle, desde donde se veía la plaza de Oriente, como un bosque, y
-el Palacio Real en cuyas cornisas se posaban cientos de palomas que de
-día<a name="page_095" id="page_095"></a> revoloteaban en bandadas. Como fondo se veía la Casa de Campo y el
-horizonte que se enrojecía al caer de la tarde...</p>
-
-<p>Pasado el día de Reyes, Kate volvió al colegio, y en la casa se
-restablecieron las antiguas costumbres y reinó el habitual desorden.</p>
-
-<p>La primera salida nocturna que hizo la baronesa fué acompañada por
-Manuel á casa de su amiga cubana.</p>
-
-<p>Salieron la baronesa y Manuel después de cenar. La cubana vivía en la
-calle Ancha. Llamaron en la casa; les abrió un criadito con librea azul
-y galones dorados, y entraron, por un corredor, en una sala muy
-iluminada adornada con lujo barato y chillón. En medio había un aparato
-eléctrico con siete ú ocho bombillas, un sofá grande con flores, dos
-sillones dorados al lado de una chimenea y sobre el mármol de ésta un
-reloj en forma de bola, un barómetro como un martillo, un termómetro
-como un puñal y otra porción de cosas con formas absurdas. Por todos
-lados se veían fotografías.</p>
-
-<p>No había allí más que unas cuantas mujeres de mal aspecto, que se
-levantaron humildemente. La baronesa se sentó, y al poco rato entró la
-cubana, una mujer ordinaria y brutal, vestida con un traje muy llamativo
-y con brillantes gruesos en las orejas y en los dedos. Tomó de la mano á
-la baronesa y se sentó en<a name="page_096" id="page_096"></a> un sofá junto á ella. Se veía que quería
-halagarla. Era la coronela una mujer, más que vulgar, bestial; tenía la
-mandíbula prominente, los ojos pequeños, negros y la boca con una
-expresión de crueldad. Había en su aspecto algo lúbrico inquietante y
-amenazador; se figuraba uno que aquella mujer debía tener vicios
-extraños, que era capaz de cometer crímenes.</p>
-
-<p>Manuel, en un rincón, se puso á mirar un álbum de fotografías puesto
-sobre un velador.</p>
-
-<p>La mujer del coronel, á quien la baronesa había conocido de sargenta en
-Cuba, dijo que pensaba que su niña menor, Lulú, debutara en un Salón, de
-bailarina, y le estaban dando las últimas lecciones.</p>
-
-<p>&mdash;Pero, ¿de verdad?&mdash;preguntó la baronesa.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, sí; Mingote hizo la contrata, y se ha encargado de los últimos
-toques, como dice él. ¡Ay, qué hombre tan gracioso! Está ahora con unos
-amigos en el comedor. Vendrán en seguida. Mingote ha traído un poeta que
-ha hecho un monólogo para la niña graciosísimo. Se llama <i>Instantáneas</i>.
-Es un nombre modernista, ¿verdad?</p>
-
-<p>&mdash;Ya lo creo.</p>
-
-<p>&mdash;Es una muchacha que va á sacar fotografías á la calle y se encuentra
-con un pollo que se le acerca y le propone hacer una reproducción ó un
-grupo, y ella contesta: «¡Ay,<a name="page_097" id="page_097"></a> no me toque usted el <i>chassis</i>!» Es
-bonito, ¿verdad?</p>
-
-<p>&mdash;Precioso&mdash;dijo la baronesa mirando á Manuel y riéndose.</p>
-
-<p>Las demás mujeres, fregonas distinguidas á juzgar por su aspecto,
-movieron la cabeza en señal de asentimiento, y sonrieron de un modo
-triste.</p>
-
-<p>&mdash;¿Tiene usted mucha gente en la sala?&mdash;preguntó la baronesa.</p>
-
-<p>&mdash;Todavía no ha venido nadie. Mientras tanto, que baile la niña un poco
-para que usted la vea.</p>
-
-<p>Dió la coronela un grito por el corredor, y apareció Lulú, vestida con
-falda llena de lentejuelas y el pelo cortado y rizado. Estaba incomodada
-porque no encontraba una pulsera, y chillando con una vocecilla agria.</p>
-
-<p>&mdash;Advierte á esos&mdash;le dijo la coronela&mdash;de que estás aquí.</p>
-
-<p>Salió la niña con el recado, y al poco rato entraron en la sala el
-coronel, señor respetable, de barba blanca, que cojeaba é iba apoyado en
-el brazo de Mingote; detrás de éstos un joven flaco, de bigote rubio,
-con las mejillas rojas; el poeta, según advirtió la baronesa, y un
-melenudo, el profesor de piano, que venía llevando del brazo á la hija
-mayor de la casa, una mujer guapetona, blanca y rubia, que parecía
-escapada de un cuadro de Rubens.<a name="page_098" id="page_098"></a></p>
-
-<p>&mdash;Primero, ¿qué va á ser? ¿el monólogo ó el baile?&mdash;preguntó la
-coronela.</p>
-
-<p>&mdash;El monólogo, el monólogo&mdash;dijeron todos.</p>
-
-<p>&mdash;Vamos á ver. Silencio.</p>
-
-<p>El poeta, borracho á juzgar por el brillo de sus ojos y el color de sus
-mejillas, sonrió amablemente.</p>
-
-<p>La chiquilla comenzó á recitar muy mal, con voz de gallito ronco, una
-porción de brutalidades en verso, capaces de llevar el rubor á las
-curtidas mejillas de un carabinero. Cada barbaridad de aquellas
-terminaba con el estribillo de ¡Ay, no me toque usted el chassis!</p>
-
-<p>Al terminar el coronel dijo que le parecían los versos un poco así... un
-poco, vamos, demasiado libres y miró á todos pidiendo su opinión. Se
-discutió el punto acaloradamente. El amo de la casa presentó sus
-argumentos, pero la réplica de Mingote fué decisiva.</p>
-
-<p>&mdash;No, coronel&mdash;concluyó diciéndole el ex prestamista exaltado&mdash;, es que
-usted siente de una manera excesiva el pundonor militar. Usted lo mira
-esto como militar.</p>
-
-<p>La baronesa contempló asombrada á Mingote y no pudo contener la risa.</p>
-
-<p>El coronel explicó confidencialmente á Mingote por qué las ideas de los
-militares acerca de la honra necesariamente tenían que ser más rígidas
-que las de los paisanos, por la disciplina, la ordenanza, y sobre todo
-por el uniforme.<a name="page_099" id="page_099"></a></p>
-
-<p>Después del monólogo, el melenudo se puso al piano y la niña comenzó á
-bailar el tango. En este punto se presentaba también una cuestión que
-dilucidar y la coronela quería que se resolviera al momento. La cosa no
-era para menos. Hay una parte en el tango verdaderamente grave y
-trascendental; es ese movimiento de caderas que el público llama
-científicamente bisagra. La coronela preguntaba: ¿Cómo tiene Lulú que
-hacer esta parte del tango, ó sea la bisagra? ¿Dándole todo lo que ello
-pide ó velándolo un poco?</p>
-
-<p>A la baronesa no le parecía bien que el tango fuera tan exagerado; un
-poco de aquel movimiento no estaba mal. La coronela y Mingote
-protestaron, y afirmaron que el público pide siempre, por más
-emocionante, la bisagra.</p>
-
-<p>El coronel, á pesar de su pundonor militar, opinaba que el público,
-efectivamente, pedía bisagra, y que un poco más ó menos de zarandeo era
-cosa <i>de material</i>.</p>
-
-<p>Mingote entonces, para enseñar á la niña cómo debía hacer aquel
-movimiento, se levantó y se puso á mover las caderas de un modo
-grotesco. La niña repitió la suerte sonriendo, pero sin calor. Entonces
-la coronela dijo al oído de la baronesa que sólo el hombre podía enseñar
-á la mujer la gracia en aquel movimiento. La baronesa sonrió
-discretamente.</p>
-
-<p>En aquel momento el criadito galoneado entró<a name="page_100" id="page_100"></a> y dijo que estaba
-Fernández. Fernández debía de ser persona de importancia porque la
-coronela se levantó al momento y se dispuso á salir.</p>
-
-<p>&mdash;Anda, dale la ruleta, dijo el coronel á su esposa, y que enciendan las
-luces en la sala.&mdash;¿Que?&mdash;añadió el buen señor&mdash;, ¿quiere usted que
-hagamos una vaquita, baronesa?</p>
-
-<p>&mdash;Ya veremos, coronel. Primeramente intentaré la suerte sola.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno.</p>
-
-<p>Bailó otro tango Lulú y al poco rato apareció la coronela.</p>
-
-<p>&mdash;Ya pueden ustedes pasar&mdash;dijo.</p>
-
-<p>Las viejas fregonas se levantaron de sus asientos, y cruzando el
-corredor entraron en una sala grande con tres balcones. Había dos mesas
-allí, una de ellas con una ruleta, la otra sin nada.</p>
-
-<p>Las tres viejas, la baronesa, el coronel y sus dos hijas se sentaron en
-la mesa de la ruleta, en donde estaban ya sentados el banquero y los dos
-pagadores.</p>
-
-<p>&mdash;Hagan juego&mdash;dijo el <i>croupier</i> con una impasibilidad de autómata.</p>
-
-<p>Giró la bola blanca en la ruleta, y antes de que se parara, el
-<i>croupier</i> dijo:</p>
-
-<p>&mdash;¡No va más!</p>
-
-<p>Los dos pagadores dieron con su rastrillo en los paños, para impedir que
-se siguiera apuntando.<a name="page_101" id="page_101"></a>&mdash;No va más&mdash;repitieron al mismo tiempo con voz
-monótona.</p>
-
-<p>Fué entrando gente poco á poco y se ocuparon las sillas colocadas
-alrededor de la mesa.</p>
-
-<p>Al lado de la baronesa se sentó un hombre de unos cuarenta años, alto,
-fornido, ancho de hombros, de pelo crespo negrísimo y dientes blancos.</p>
-
-<p>&mdash;Pero hijo, ¿tú aquí?&mdash;le dijo la baronesa.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y tú?&mdash;replicó él.</p>
-
-<p>Era aquel hombre, primo en segundo ó tercer grado de la baronesa y se
-llamaba Horacio.</p>
-
-<p>&mdash;¿No decías que te acostabas invariablemente á las nueve?&mdash;preguntó la
-baronesa.</p>
-
-<p>&mdash;Y es una casualidad que haya venido aquí. Es la primera vez que vengo.</p>
-
-<p>&mdash;Bah.</p>
-
-<p>&mdash;Créeme. ¿Hacemos una vaca, prima?</p>
-
-<p>&mdash;No me parece mal.</p>
-
-<p>Reunieron el dinero de ambos y siguieron jugando. Horacio apuntaba según
-las órdenes de la baronesa. Tenían suerte y ganaban. Poco á poco se iba
-llenando el salón de un público abigarrado y extraño. Había dos
-aristócratas conocidos, un torero, militares. De pie se apretaban
-algunas señoras con sus hijas.</p>
-
-<p>Manuel vió á la Irene, la nieta de doña Violante, al lado de un señor
-viejo con el pelo engomado, que jugaba fuerte. Tenía los dedos llenos de
-sortijas con piedras grandes.<a name="page_102" id="page_102"></a></p>
-
-<p>Sentados en un diván hablaban cerca de Manuel un hombre viejo, de barba
-blanca, muy pálido y demacrado, con otro joven lampiño de aire aburrido.</p>
-
-<p>&mdash;¿Usted se retiró ya?&mdash;decía el joven.</p>
-
-<p>&mdash;Sí; me retiré porque no tenía dinero; si no hubiera seguido jugando
-hasta que me hubieran encontrado muerto sobre el tapete verde. Para mí
-esta es la única vida. Yo soy como la Valiente. Ella me conoce, y me
-suele decir algunas veces:&mdash;¿Hacemos una vaca, marqués?&mdash;No le daría á
-usted mala suerte&mdash;le contesto yo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién es la Valiente?</p>
-
-<p>&mdash;Ahora la verá usted cuando empiece el bacarrat.</p>
-
-<p>Se encendió la luz en la otra mesa.</p>
-
-<p>Se levantó un viejo de bigote de mosquetero, con una baraja en la mano,
-y se apoyó en el borde de la mesa. Al mismo tiempo se le acercaron diez
-ó doce personas.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién talla?&mdash;preguntó el viejo.</p>
-
-<p>&mdash;Cincuenta duros&mdash;murmuró uno.</p>
-
-<p>&mdash;Sesenta.</p>
-
-<p>&mdash;Cien.</p>
-
-<p>&mdash;Ciento cincuenta duros.</p>
-
-<p>&mdash;Doscientos&mdash;gritó una voz de mujer.</p>
-
-<p>&mdash;Ahí está la Valiente&mdash;dijo el marqués.</p>
-
-<p>Manuel la contempló con curiosidad. Era una mujer de treinta á cuarenta
-años; vestía<a name="page_103" id="page_103"></a> traje de hechura de sastre y sombrero Frégoli. Era muy
-morena, con una tez olivácea, los ojos negros, hermosos. Se cegaba en
-las apuestas y salía á los pasillos á fumar. Se notaba en ella una gran
-energía y una inteligencia clara. Decían que llevaba siempre revólver.
-No le gustaban los hombres y se enamoraba de las mujeres con verdadera
-pasión. Su última conquista había sido la hija mayor del coronel, la
-rubia gruesa, á la cual dominaba. Tenía una suerte loca algunas veces, y
-para mitigar sus amorosas penas jugaba, y ganaba de un modo insolente.</p>
-
-<p>&mdash;Y ese hombre que no juega nunca y está siempre aquí, ¿quién
-es?&mdash;preguntó el joven, señalando un tipo de unos sesenta años, basto,
-de bigote pintado.</p>
-
-<p>&mdash;Este es un usurero que creo que es socio de la coronela. Cuando yo fuí
-gobernador de la Coruña estaba pendiente de un proceso por no sé qué
-chanchullo que había hecho en la Aduana. Le dejaron cesante y luego le
-dieron un destino en Filipinas.</p>
-
-<p>&mdash;¿En recompensa?</p>
-
-<p>&mdash;Hombre, todo el mundo tiene que vivir&mdash;replicó el marqués&mdash;. En
-Filipinas no sé qué hizo que le procesaron varias veces, y cuando quedó
-libre, lo emplearon en Cuba.</p>
-
-<p>&mdash;Querían que estudiara el régimen colonial español&mdash;advirtió el joven.<a name="page_104" id="page_104"></a></p>
-
-<p>&mdash;Sin duda. Allí también tuvo líos, hasta que vino aquí y se dedicó á
-negocios de usura, y dicen que ahora no se ahogará por menos de un
-millón de pesetas.</p>
-
-<p>&mdash;¡Demonio!</p>
-
-<p>&mdash;Es un hombre serio y modesto. Hasta hace unos años vivía con una tal
-Paca, que era dueña de una tintorería de la calle de Hortaleza, y los
-dos salían á pasear los domingos por las afueras como gente pobre. Se le
-murió aquella Paca, y ahora vive solo. Es huraño y humilde; muchas veces
-él mismo va á la compra y guisa. El que es interesante es su antiguo
-secretario; tiene unas condiciones de falsificador como nadie.</p>
-
-<p>Manuel escuchaba con atención.</p>
-
-<p>&mdash;Ese sí que es un hombre&mdash;dijo el marqués, mirándole atentamente.</p>
-
-<p>El observado, un hombre de barba roja y puntiaguda, de aire burlón, se
-volvió y saludó amablemente al viejo.</p>
-
-<p>&mdash;Adiós, Maestro&mdash;le dijo éste.</p>
-
-<p>&mdash;¿Le llama usted maestro?&mdash;preguntó el joven.</p>
-
-<p>&mdash;Así le llama todo el mundo.</p>
-
-<p>Lulú, la hija de la coronela, y otras dos amigas pasaron por delante del
-marqués y del joven.</p>
-
-<p>&mdash;Qué moninas son&mdash;dijo el marqués.</p>
-
-<p>Tomaba aquello un aspecto mixto de mancebía lujosa y garito elegante. No
-reinaba el<a name="page_105" id="page_105"></a> silencio angustioso de las casas de juego, ni la greguería
-alborotadora de un burdel; se jugaba y se amaba discretamente. Como
-decía la coronela, era una reunión muy modernista.</p>
-
-<p>En los divanes hablaban las muchachas con los hombres animadamente; se
-discutía, se estudiaban combinaciones para el juego...</p>
-
-<p>&mdash;A mí esto me encanta&mdash;dijo el marqués con su sonrisa pálida.</p>
-
-<p>La baronesa estaba mareada y sentía ganas de marcharse.</p>
-
-<p>&mdash;Me voy. ¿Me acompañas, Horacio?&mdash;preguntó á su primo.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, te acompañaré.</p>
-
-<p>Se levantó la baronesa, después Horacio, y Manuel se reunió á ellos.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué gentuza!, ¿verdad?&mdash;dijo la baronesa con la risa ingenua peculiar
-suya al encontrarse en la calle.</p>
-
-<p>&mdash;Es la amoralidad, como dicen ahora&mdash;replicó Horacio&mdash;. Los españoles
-no somos inmorales, lo que pasa es que no tenemos idea de moralidad. «Ya
-ve usted&mdash;decía el coronel en el momento que me he levantado para tomar
-un poco de aire&mdash;ya ve usted, á mí me han mermado el retiro: de ochenta
-duros me han dejado en setenta; y ¡claro!, hay que buscar otros
-ingresos; así las hijas de los militares tienen que ser bailarinas... y
-todo lo demás.</p>
-
-<p>&mdash;¿Te decía eso? ¡Qué bárbaro!<a name="page_106" id="page_106"></a></p>
-
-<p>&mdash;¿Pero eso te choca? A mí no. Si eso es una consecuencia natural y
-necesaria de nuestra raza. Estamos degenerados. Somos una raza de última
-clase.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué?</p>
-
-<p>&mdash;Porque sí; no hay mas que observar. ¿Te has fijado en la cabeza que
-tiene el coronel?</p>
-
-<p>&mdash;No. ¿Qué, tiene algo en la cabeza?&mdash;preguntó burlonamente la baronesa.</p>
-
-<p>&mdash;Nada, que tiene la cabeza de un papúa. La moralidad sólo se da en
-razas superiores. Los ingleses dicen que Wellington es superior á
-Napoleón porque Wellington peleó por el deber y Napoleón por la gloria.
-La idea del deber no entra en cráneos como el del coronel. Háblale á un
-mandingo del deber. Nada. ¡Oh! La antropología enseña mucho. Yo me lo
-explico todo por leyes antropológicas.</p>
-
-<p>Pasaron por delante del café de Varela.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quieres que entremos aquí?&mdash;dijo el primo.</p>
-
-<p>&mdash;Vamos.</p>
-
-<p>Se sentaron los tres en una mesa, pidió cada uno lo que quería y siguió
-el primo de la baronesa hablando.</p>
-
-<p>Era un tipo gracioso el de aquel hombre; hablaba en andaluz cerrado,
-aspirando las haches; tenía algún dinero para vivir y con eso y un
-destinillo en un ministerio iba pasando.<a name="page_107" id="page_107"></a> Vivía en un desorden muy
-reglamentado, leyendo á Spencer en inglés y cambiando de género de vida
-por temporadas.</p>
-
-<p>Hombre original, llevaba ya cuatro ó cinco años encenagado en los
-pantanosos campos de la sociología y de la antropología. Estaba
-convencido de que intelectualmente era un anglosajón, á quien no le
-debían de preocupar las cosas de España ni de ningún otro país del
-Mediodía.</p>
-
-<p>&mdash;Pues sí&mdash;siguió diciendo Horacio llenando su copa de cerveza&mdash;. Yo me
-lo explico todo, los detalles más nimios por leyes biológicas ó
-sociales. Esta mañana al levantarme oía á mi patrona que hablaba con el
-panadero de la subida del pan.&mdash;¿Y por qué ha encarecido el pan?&mdash;le
-preguntaba ella.&mdash;No sé replicaba él; dicen que la cosecha es
-buena.&mdash;¿Pues entonces?&mdash;No sé. Me fuí á la oficina á la hora en punto
-con exactitud inglesa; no había nadie; es la costumbre española, y me
-pregunté: ¿En qué consiste la subida del pan si la cosecha se presenta
-buena? Y dí con la explicación que creo te convencerá. Tú sabrás que en
-el cerebro hay lóbulos.</p>
-
-<p>&mdash;Yo qué he de saber eso, hijo mío&mdash;replicó la baronesa distraída,
-mojando un bizcocho en el chocolate.</p>
-
-<p>&mdash;Pues sí hay lóbulos, y según opinión de los fisiólogos, cada lóbulo
-tiene su función; uno<a name="page_108" id="page_108"></a> sirve para una cosa, el otro para otra,
-¿comprendes?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno; pues figúrate tú que en España hay cerca de trece millones de
-individuos que no saben leer y escribir. ¿No me atiendes?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, hombre, sí.</p>
-
-<p>&mdash;Pues bien; ese lóbulo que en los hombres ilustrados se emplea en
-esfuerzos para entender y pensar en lo que se lee, aquí no lo utilizan
-trece millones de habitantes. Esa fuerza que debían de gastar en
-discurrir, la emplean en instintos fieros. Consecuencia de esto, el
-crimen aumenta, aumenta el apetito sexual, y al aumentar éste, crece el
-consumo de alimentos y encarece el pan.</p>
-
-<p>La baronesa no pudo menos de reirse al oir la explicación de su primo.</p>
-
-<p>&mdash;No es una fantasía&mdash;replicó Horacio&mdash;es la pura verdad.</p>
-
-<p>&mdash;Si no lo dudo, pero me hace reir la noticia. Manuel también se ríe.</p>
-
-<p>&mdash;¿De dónde has sacado este chico?</p>
-
-<p>&mdash;Es el hijo de una mujer que conocimos. ¿Qué te dice tu ciencia de él?</p>
-
-<p>&mdash;A ver, quítate la gorra.</p>
-
-<p>Manuel se quitó la gorra.</p>
-
-<p>&mdash;Este es un celta&mdash;añadió Horacio&mdash;. ¡Buena raza! El ángulo facial
-abierto, la frente grande, poca mandíbula...<a name="page_109" id="page_109"></a></p>
-
-<p>&mdash;Y eso, ¿qué quiere decir?&mdash;preguntó Manuel.</p>
-
-<p>&mdash;En último término, nada. ¿Tú tienes dinero?</p>
-
-<p>&mdash;¿Yo? Ni un botón.</p>
-
-<p>&mdash;Pues entonces lo que te puedo decir es esto, que como no tienes
-dinero, ni eres hombre de presa, ni podrás utilizar tu inteligencia,
-aunque la tengas, que creo que sí; probablemente morirás en algún
-hospital.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué bárbaro!&mdash;exclamó la baronesa&mdash;no le digas eso al chico.</p>
-
-<p>Manuel se echó á reir; la profecía le parecía muy divertida.</p>
-
-<p>&mdash;En cambio yo&mdash;siguió diciendo Horacio&mdash;no hay cuidado que muera en un
-hospital. Mira qué cabeza, qué quijada, qué instinto de adquisividad más
-brutal. Soy un berebere de raza, un euro-africano; eso sí,
-afortunadamente, estoy influído por las ideas de la filosofía práctica
-de lord Bacon. Si no fuera por eso estaría bailando tangos en Cuba ó en
-Puerto Rico.</p>
-
-<p>&mdash;¿De manera que gracias á ese lord eres un hombre civilizado?</p>
-
-<p>&mdash;Relativamente civilizado; no trato de compararme con un inglés. ¿Tengo
-yo la seguridad de ser un ario? ¿Soy acaso celta ó sajón? No me hago
-ilusiones; soy de una raza inferior, ¡qué le voy á hacer! Yo no he
-nacido en<a name="page_110" id="page_110"></a> Manchester sino en el Camagüey y he sido criado en Málaga.
-¡Figúrate!</p>
-
-<p>&mdash;Y eso, ¿qué tiene que ver?</p>
-
-<p>&mdash;La mar, chica. La civilización viene con la lluvia. En esos países
-húmedos y lluviosos es donde se dan los tipos más civilizados y más
-hermosos también, tipos como el de tu hija con sus ojos tan azules, la
-tez tan blanca y el cabello tan rubio.</p>
-
-<p>&mdash;Y yo... ¿qué soy?&mdash;preguntó la baronesa&mdash;¿Un poco de eso que decías
-antes?</p>
-
-<p>&mdash;¿Un poco berebere?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, me parece que sí; un poco berebere, ¿eh?</p>
-
-<p>&mdash;En el carácter quizás, pero en el tipo, no. Eres de raza aria pura,
-tus ascendientes vendrían de la India, de la meseta de Pamir ó del valle
-de Cabul, pero no han pasado por Africa. Puedes estar tranquila.</p>
-
-<p>La baronesa miró á su primo con expresión un tanto enigmática. Poco
-después los dos primos y Manuel salieron del café.</p>
-
-<p><a name="page_111" id="page_111"></a></p>
-
-<h3><a name="CAPITULO_VII-1" id="CAPITULO_VII-1"></a>CAPÍTULO VII<br /><br />
-<small>El berebere se siente profundamente anglosajón.&mdash;Mingote mefistofélico.&mdash;Cogolludo.&mdash;Despedida.</small></h3>
-
-<p>Desde aquel encuentro en la chirlata del coronel, de la baronesa y el
-sociólogo, éste comenzó á frecuentar la casa y á poner cátedra de
-antropología y de sociología en el comedor. Manuel no sabía cómo serían
-aquellas ciencias; pero traducidas al andaluz por el primo de la
-baronesa, eran muy pintorescas; Manuel y niña Chucha escuchaban al
-berebere con grandísima atención y algunas veces le hacían objeciones
-que él contestaba, si no con grandes argumentos científicos, con
-muchísima gracia.</p>
-
-<p>El primo Horacio empezó á quedarse á cenar en la casa y terminó
-quedándose después de cenar; niña Chucha protegía al berebere quizás por
-afinidades de raza y se reía enseñando los dientes blancos cuando venía
-don Sergio.</p>
-
-<p>La situación era comprometida porque la baronesa no se preocupaba de
-nada; después de servirse de Mingote le había despedido dos ó tres veces
-sin darle un céntimo. El agente comenzaba á amenazar, y un día fué
-decidido á<a name="page_112" id="page_112"></a> armar la gorda. Habló de la falsificación de los papeles de
-Manuel y de que aquello podía costar á la baronesa ir á presidio. Ella
-le contestó que la responsabilidad de la falsificación era de Mingote,
-que ella tendría quien la protegiese, y que en el caso de que
-interviniese la justicia el primero que iría á la cárcel sería él.</p>
-
-<p>Mingote amenazó, chilló, gritó demasiado, y en el momento álgido de la
-disputa llegó el primo Horacio.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué pasa? Se oye el escándalo desde la calle&mdash;dijo.</p>
-
-<p>&mdash;Este hombre que me está insultando&mdash;clamó la baronesa.</p>
-
-<p>Horacio cogió á Mingote del cuello de la americana y lo plantó en la
-puerta. Mingote se deshizo en insultos, sacó á relucir la madre de
-Horacio; entonces éste, olvidando á lord Bacon, se sintió berebere,
-levantó el pie y dió con la punta de la bota en las nalgas de Mingote.
-El agente gritó más y de nuevo el berebere le acarició con el pie en la
-parte mas redonda de su individuo.</p>
-
-<p>La baronesa comprendió que al agente le faltaría tiempo para vengarse;
-no creía que se atrevería á hablar de la falsificación de los papeles de
-Manuel porque se cogía los dedos con la puerta, pero probablemente
-advertiría á don Sergio de la presencia del primo Horacio en la casa.
-Antes de que pudiese hacerlo, escribió<a name="page_113" id="page_113"></a> al comerciante una carta
-pidiéndole dinero, porque tenía que pagar unas cuentas. Envió la carta
-con Manuel.</p>
-
-<p>El viejo calcáreo, al leer la carta, se incomodó.</p>
-
-<p>&mdash;Mira, dile á tu... señora que espere, que yo también tengo que esperar
-muchas veces.</p>
-
-<p>Al saber la contestación, la baronesa se indignó:</p>
-
-<p>&mdash;¡Valiente grosero! ¡Valiente animal! La culpa la tengo yo de hacer
-caso á ese vejestorio infecto. Cuando venga yo le diré cuántas son
-cinco.</p>
-
-<p>Pero don Sergio no apareció, y la baronesa, que supuso lo pasado, se
-mudó á una casa más barata con el propósito de economizar; y niña
-Chucha, Manuel y los tres perros pasaron á ocupar un tercer piso de la
-calle del Ave María.</p>
-
-<p>Allí continuó el idilio iniciado entre la baronesa y Horacio; á pesar de
-que éste, por su tranquilidad anglosajona, ó por la idea pobre de la
-mujer, patrimonio de las razas del Sur, no le daba gran importancia al
-flirt.</p>
-
-<p>La baronesa, de vez en cuando, para atender á los gastos de la casa,
-vendía ó mandaba empeñar algún mueble; pero con el desbarajuste que
-reinaba allí, el dinero no duraba un momento.</p>
-
-<p>Al mes de estancia en la calle del Ave María,<a name="page_114" id="page_114"></a> apareció una mañana don
-Sergio indignado. La baronesa no quiso presentarse y mandó á decirle por
-la mulata que no estaba. El viejo se marchó y por la tarde escribió una
-carta á la baronesa.</p>
-
-<p>Mingote no había cantado. Don Sergio respiraba por la herida; no le
-parecía bien que Horacio pasase la vida en la casa de la baronesa; no
-encontraba mal que la visitase, sino la asiduidad con que lo hacía. La
-baronesa enseñó la carta á su primo, y éste, que sin duda no buscaba más
-que un pretexto para escurrir el bulto, se acordó de lord Bacon, se
-sintió de pronto anglosajón, ario y hombre moral y dejó de presentarse
-en casa de la baronesa.</p>
-
-<p>Ella, que padecía el último brote de romanticismo de la juventud de la
-vejez, se desesperó, escribió cartas al galán, pero él siguió
-sintiéndose anglosajón y ario y acordándose de lord Bacon.</p>
-
-<p>Mientras tanto don Sergio, al ver que su carta no producía efecto,
-volvió á la carga y se presentó en la casa.</p>
-
-<p>&mdash;Pero, ¿qué le pasa á usted, Paquita?&mdash;dijo al ver á la baronesa
-desmejorada.</p>
-
-<p>&mdash;Creo que tengo el trancazo, según siento de pesada la cabeza. Estoy
-con dolores en todo el cuerpo. Me tiene usted completamente abandonada.
-En fin, Dios sobre todo.</p>
-
-<p>Don Sergio dejó pasar la hojarasca de palabras<a name="page_115" id="page_115"></a> y lamentaciones con que
-la baronesa trataba de sincerarse, y dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Este sistema de vida no puede seguir. Hay que tener método, hay que
-tener régimen; así no puede ser.</p>
-
-<p>&mdash;Eso mismo estaba pensando yo&mdash;replicó la baronesa&mdash;. Sí, lo comprendo,
-á mí no me corresponde esa vida. Volveré á tomar otra casita de doce
-duros.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y los muebles?</p>
-
-<p>&mdash;Los venderé.</p>
-
-<p>¿Cómo decir que los había ya vendido?</p>
-
-<p>&mdash;No, yo...&mdash;El calcáreo iba á hacer una observación de buen
-comerciante, pero no se atrevió.&mdash;Luego esas visitas tan frecuentes de
-su primo de usted no están bien&mdash;añadió.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero si me persigue&mdash;murmuró con voz quejumbrosa la baronesa&mdash;qué voy
-á hacerle yo? Ese hombre tiene por mí una pasión loca; comprendo que es
-raro, porque ya á mis años...</p>
-
-<p>&mdash;No diga usted esas cosas, Paquita.</p>
-
-<p>&mdash;Pero nada; se ha convertido en mi duende. Pero ahora ya verá usted
-cómo no va á volver.</p>
-
-<p>&mdash;¿No ha de volver? Volverá hasta que usted no se lo diga claramente...</p>
-
-<p>&mdash;Si se lo he dicho, y por eso ya no volverá.</p>
-
-<p>&mdash;Entonces, mejor que mejor.<a name="page_116" id="page_116"></a></p>
-
-<p>La baronesa miró indignada á don Sergio; después tomó una actitud
-compungida.</p>
-
-<p>Don Sergio planteó sus planes de regeneración y pensó que Paquita debía
-dejar á niña Chucha, á quien el viejo calcáreo detestaba cordialmente;
-pero la baronesa afirmó que la quería como á una hija, tanto ó más que á
-sus perros, que eran casi para ella como las niñas de sus ojos.</p>
-
-<p>De pronto la baronesa se incorporó en el sofá.</p>
-
-<p>&mdash;Tengo un plan&mdash;le dijo á don Sergio&mdash;. Dígame usted si le parece bien.
-En <i>El Imparcial</i> de ayer vi anunciada una finca ó casa en Cogolludo,
-con huerta y jardín, por cincuenta duros al año. Supongo que será cosa
-muy mala; pero, al fin, será un terreno y una choza, y á mí me basta con
-una cabañita. Podría ir arreglando esa choza. ¿Qué le parece á usted,
-don Sergio?</p>
-
-<p>&mdash;Pero, ¿para qué te vas á marchar de aquí?</p>
-
-<p>&mdash;Es que no se lo he querido decir&mdash;añadió la baronesa&mdash;; pero ese
-hombre me persigue. Y contó una porción de embustes. Se recreaba la
-buena señora haciéndose la ilusión de que el primo la perseguía
-tenazmente, y todas las cartas quien ella había escrito á él supuso que
-era él quien se las había escrito á ella.</p>
-
-<p>&mdash;Y claro&mdash;siguió diciendo&mdash;, no es cosa de<a name="page_117" id="page_117"></a> ir al fin del mundo huyendo
-de ese ridículo trovador.</p>
-
-<p>&mdash;Pero Cogolludo no debe tener tren; te vas á aburrir.</p>
-
-<p>&mdash;¡Quia! Allá me meto en mi choza como una santa y me entretengo en
-regar el jardín y cuidar las flores... pero soy tan desgraciada, que con
-seguridad ya habrán alquilado la casa.</p>
-
-<p>&mdash;No, eso no. Pero yo no veo la necesidad de marcharse. El chico no
-podrá ir al colegio.</p>
-
-<p>&mdash;Ya no tiene necesidad. Estudiará por libre.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno; alquilaremos esa casa.</p>
-
-<p>&mdash;Si no, ese canalla me va á perseguir. Yo quisiera que le llevasen á la
-cárcel y le ahorcaran. ¡Ay, don Sergio! ¡Cuándo vendrá Carlos VII! No
-estoy por la libertad ni por las garantías constitucionales para los
-pillos.</p>
-
-<p>&mdash;Vamos, vamos, mujer. Ya veremos si se arregla eso de la casa. Y
-alíviate pronto.</p>
-
-<p>&mdash;Gracias, don Sergio; usted siempre tan fuerte. Es usted una roca...
-Tarpeya. Y sin saber dónde guardar el dinero. ¡Acuérdese usted de mí! Ya
-sabe usted que soy muy arregladita y que no pienso ni desperdicio nada.</p>
-
-<p>Era lo mejor que tenía la baronesa, que se conocía á fondo.</p>
-
-<p>Decididos á ir á Cogolludo, comenzaron á embalar los muebles entre niña
-Chucha y Manuel,<a name="page_118" id="page_118"></a> cuando la mulata salió diciendo que ella lo sentía
-mucho, pero que se quedaba en Madrid en una casa.</p>
-
-<p>&mdash;Pero hija, ¿qué vas á hacer?</p>
-
-<p>La mulata, apurada á preguntas, confesó que un señor americano, un
-pequeño <i>rastaquouere</i> que sentía la nostalgia del cocotero, le había
-ofrecido el puesto de ama de llaves en su casa.</p>
-
-<p>La baronesa no se atrevió á hablarla de moralidad, y el único consejo
-que le dió fué que si el americano no se contentaba únicamente con que
-ella fuera ama de llaves, que se afirmara bien; pero la mulata no era
-tonta, y había, según dijo, tomado todas sus precauciones para caer en
-blando.</p>
-
-<p>Manuel quedó solo en la casa para terminar las diligencias necesarias
-para el traslado. Una tarde, de vuelta de la estación del Mediodía, se
-encontró con Mingote, que al verle echó á correr tras él.</p>
-
-<p>&mdash;¿A dónde vas?&mdash;le dijo&mdash;; cualquiera hubiese dicho que huías de mí.</p>
-
-<p>&mdash;¡Yo! ¡Qué disparate! Me alegro mucho de verle.</p>
-
-<p>&mdash;Yo también.</p>
-
-<p>&mdash;Mira, vamos á entrar en este café. Te convido.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno.</p>
-
-<p>Entraron en el café de Zaragoza. Mingote pidió dos cafés, papel y
-pluma.<a name="page_119" id="page_119"></a></p>
-
-<p>&mdash;¿A ti te importaría algo escribir lo que voy á dictarte?</p>
-
-<p>&mdash;Hombre, según lo que sea.</p>
-
-<p>&mdash;Se trata de que me pongas una carta diciéndome que no te llamas Sergio
-Figueroa, sino Manuel Alcázar.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y para qué quiere usted que le escriba eso? Si usted lo sabe tan bien
-como yo&mdash;contestó cándidamente Manuel.</p>
-
-<p>&mdash;Es una combina que me traigo.</p>
-
-<p>&mdash;Y yo, ¿qué voy ganando en eso?</p>
-
-<p>&mdash;Te puedes ganar treinta duros.</p>
-
-<p>&mdash;¿Sí? ¡Vengan!</p>
-
-<p>&mdash;No, cuando el negocio esté terminado.</p>
-
-<p>Viendo Mingote á Manuel tan propicio, le dijo que si se las apañaba para
-quitar á la baronesa los papeles falsificados de su identificación y se
-los entregaba, añadiría á los treinta veinte duros más.</p>
-
-<p>&mdash;Los papeles los tengo yo guardados&mdash;dijo Manuel&mdash;; si espera usted
-aquí un momento, voy y se los traigo á usted en seguida.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno, aquí espero. ¡Qué infeliz es este muchacho!&mdash;murmuró Mingote&mdash;.
-Se figura que le voy á dar cincuenta duros. ¡Qué primo!</p>
-
-<p>Pasó una hora, luego otra; Manuel no aparecía.</p>
-
-<p>&mdash;¿Habré sido yo el primo!&mdash;exclamó Mingote&mdash;. Sin duda. ¡Me habrá
-engañado ese condenado niño!<a name="page_120" id="page_120"></a></p>
-
-<p>Mientras esperaba Mingote, la baronesa y Manuel tomaban el tren.</p>
-
-<p>&nbsp;</p>
-
-<p>Fueron á Cogolludo, y la baronesa se llevó el gran chasco. Creía que el
-pueblo sería algo así como una aldea flamenca y se encontró con un
-poblachón en medio de una llanura.</p>
-
-<p>La casa alquilada estaba en un extremo del pueblo; era grande, con una
-puerta azul, tres ventanas chicas al camino y un corral en la parte de
-atrás. Debía de hacer más de diez años que no la habitaban. Al día
-siguiente de llegar la baronesa y Manuel la barrieron y fregaron. La
-baronesa se lamentaba amargamente de su resolución.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ay, Dios mío, ¡qué casa!&mdash;decía&mdash;. ¿Por qué habremos venido aquí? Y
-¡qué pueblo! Yo había visto de paso algún pueblo de España, pero en el
-Norte, donde hay árboles. ¡Esto es tan seco, tan árido!</p>
-
-<p>Manuel se encontraba en sus glorias; la huerta de la casa no producía
-más que ortigas y yezgos, pero él supuso que se podría convertir aquel
-trozo de tierra, seco y lleno de plantas viciosas, en un vergel. Se puso
-á trabajar con fe.</p>
-
-<p>Primeramente escardó y quemó toda la hierba del huerto.</p>
-
-<p>Después removió la tierra con un pincho y sembró á discreción garbanzos,
-habichuelas y<a name="page_121" id="page_121"></a> patatas, sin enterarse de si era ó no el tiempo de la
-siembra. Luego pasó horas y horas sacando agua de un pozo profundísimo
-que había en medio del huerto, y como se desollaba las manos con la
-cuerda y además á la media hora de regar la tierra estaba seca, ideó una
-especie de torno con el cual se tardaba media hora en sacar un balde de
-agua.</p>
-
-<p>A los quince días de estancia allí tomó la baronesa una criada, y cuando
-ya la casa estuvo limpia fué á Madrid, sacó del colegio á Kate y la
-llevó á Cogolludo.</p>
-
-<p>Kate, como tenía un espíritu práctico, llenó unas cuantas macetas de
-tierra y plantó una porción de cosas en ellas.</p>
-
-<p>&mdash;¿Para qué hace usted eso?&mdash;le dijo Manuel&mdash;, si dentro de poco estará
-todo esto lleno de plantas.</p>
-
-<p>&mdash;Yo quiero tener las mías&mdash;contestó la niña.</p>
-
-<p>Pasó un mes, y á pesar de los trabajos ímprobos de Manuel, no brotó nada
-de lo plantado por él. Sólo unos geranios y unos ajos puestos por la
-criada crecían, á pesar de la sequedad, admirablemente.</p>
-
-<p>Los tiestos de Kate también prosperaban; en las horas de calor los metía
-dentro de la casa y los regaba. Manuel, viendo que sus ensayos de
-horticultura fracasaban, se dedicó con rabia al exterminio de las
-avispas, que en<a name="page_122" id="page_122"></a> grandes panales de celdas simétricas, ocultos en los
-intersticios de las tejas, se guarecían.</p>
-
-<p>Entabló con las avispas una lucha á muerte y no las pudo vencer: parecía
-que le habían tomado odio; le atacaban de una manera tan furiosa, que la
-mayoría de las veces tenía que batirse en retirada, expuesto á caerse
-del tejado lleno de picaduras.</p>
-
-<p>Los entretenimientos de Kate eran más tranquilos y pacíficos. Había
-arreglado su cuarto con un orden perfecto. Sabía embellecerlo todo. Con
-la cama, cubierta por la colcha blanca y oculta por las cortinas; los
-tiestos, en la ventana, en los que empezaban á brotar las plantas; su
-armario, y los cromos en las paredes azules; su alcoba tenía un aspecto
-de gracia encantador.</p>
-
-<p>Luego, era la muchacha de una bondad amable y serena.</p>
-
-<p>Había encontrado en el campo un gato herido, á quien perseguían unos
-chicos, á pedradas; lo recogió, á riesgo de ser arañada, lo cuidó y
-curó, y el gato la seguía ya por todas partes y sólo quería estar con
-ella.</p>
-
-<p>Manuel obedecía á la Nena ciegamente, sentía además una gran
-satisfacción al obedecerla; la consideraba como un dechado de
-perfecciones, y á pesar de esto, nunca se le ocurrió, ni en su fuero
-interno, enamorarse de ella. Quizás la encontraba demasiado buena,
-demasiado<a name="page_123" id="page_123"></a> hermosa. Experimentaba Manuel la tendencia paradójica de
-todos los hombres de fantasía que creen amar la perfección y se enamoran
-de lo imperfecto.</p>
-
-<p>El verano transcurrió agradablemente; el calcáreo estuvo dos veces en
-Cogolludo, al parecer contento; pero, al fin de Agosto, las pesetas que
-recibía la baronesa no aparecieron.</p>
-
-<p>Escribió á don Sergio varias veces sacando á relucir la persecución de
-que era víctima, pues de este modo satisfacía la vanidad y el amor
-propio del viejo <i>Cromwell</i>; pero don Sergio no cayó en la celada.</p>
-
-<p>Indudablemente, Mingote había hablado. Esperó la baronesa algún tiempo
-trampeando, haciendo deudas. Un día, á principios de Otoño, se presentó
-el guarda de la casa diciendo á la baronesa que la desalojara, que en
-Madrid no habían pagado el alquiler. Se desahogó la baronesa insultando
-y poniendo como un trapo á don Sergio; el guarda dijo que la orden suya
-era no dejar que se llevaran los muebles sin que le pagaran el alquiler.</p>
-
-<p>La baronesa sentía que su hija se enterara de sus trapisondas; calculó
-lo que valdrían los muebles, que ya en Madrid con las ventas y los
-empeños quedaron reducidos estrictamente á lo indispensable, y se
-decidió á dejarlos y á huir de Cogolludo.</p>
-
-<p>Una tarde en que salieron del pueblo á dar<a name="page_124" id="page_124"></a> un paseo, la baronesa expuso
-á Kate, muy azorada, la situación.</p>
-
-<p>&mdash;¿Vamos á Madrid?&mdash;terminó diciendo.</p>
-
-<p>&mdash;Vamos.</p>
-
-<p>&mdash;¿Ahora mismo?</p>
-
-<p>&mdash;Ahora mismo.</p>
-
-<p>Hacía frió. Comenzaba á lloviznar.</p>
-
-<p>La estación del tren estaba en un pueblo inmediato. Manuel sabía el
-camino. Marcharon los tres por entre lomas bajas; no encontraron á
-nadie. Kate iba un tanto asustada.</p>
-
-<p>&mdash;Vaya una facha rara que debemos de tener&mdash;decía la baronesa.</p>
-
-<p>A la hora y media de salir del pueblo, de repente, á la revuelta de un
-sendero, apareció el faro de señales de la vía férrea, un disco blanco
-como un alto fantasma. Soplaba un vientecillo sutil. Oyeron de pronto á
-lo lejos los silbidos agudos de un tren, aparecieron las linternas roja
-y blanca de la locomotora, fueron agrandándose en la obscuridad
-rápidamente, retembló la tierra, pasó la fila de vagones rechinando con
-una algarabía infernal, surgió una bocanada de humo blanco con
-incandescencias luminosas, cayó un diluvio de chispas al suelo y el tren
-huyó y quedaron dos farolillos rojos y uno verde danzando en la
-obscuridad de la noche, hasta que se escabulleron en seguida en las
-sombras.</p>
-
-<p>Estaban los tres cansados cuando entraron<a name="page_125" id="page_125"></a> en la estación. Esperaron
-unas horas, y á la mañana del día siguiente llegaron á Madrid.</p>
-
-<p>La baronesa estaba azorada, fueron á una casa de huéspedes, les
-preguntaron si tenían equipaje, la baronesa dijo que no, y no supo
-encontrar ningún pretexto ni explicación; les dijeron que sin equipaje
-no les tomarían, á no ser que pagaran por adelantado, y la baronesa
-salió avergonzada. De allí pasaron por la casa de una amiga, pero se
-había mudado: no se sabían tampoco las señas de Horacio. La baronesa
-tuvo que empeñar un reloj de Kate y fueron á parar los tres á un hotel
-de tercera clase.</p>
-
-<p>Al cuarto día el dinero terminó. La baronesa había perdido su presencia
-de ánimo y en su rostro se notaba la fatiga y el cansancio.</p>
-
-<p>Escribió una carta humilde á su cuñado pidiéndole hospitalidad para ella
-y su hija, y la contestación tardaba. La baronesa se ocultaba de Kate
-para llorar.</p>
-
-<p>La dueña del hotel les pasó la cuenta; le suplicó la baronesa que
-esperara unos días á que recibiera una carta; pero la mujer de la fonda,
-á quien la petición hecha en otra forma no le hubiera chocado, se
-figuró, por el tono empleado por la baronesa, que se trataba de
-engañarla, y dijo que no esperaba, que, si al día siguiente no la
-pagaban, avisaría á la policía.</p>
-
-<p>Kate, al ver á su madre más afligida que de<a name="page_126" id="page_126"></a> costumbre, le preguntó lo
-que le pasaba, y ella expuso la situación apurada en que se veían.</p>
-
-<p>&mdash;Voy á ver al embajador de mi país&mdash;dijo Kate resueltamente.</p>
-
-<p>&mdash;¿Tú sola? Iré yo.</p>
-
-<p>&mdash;No, que me acompañe Manuel.</p>
-
-<p>Fueron los dos á la Embajada; entraron en un portal grande. Dió su
-tarjeta Kate á un portero é inmediatamente la hicieron pasar. Manuel,
-sentado en un banco, esperó un cuarto de hora. Al cabo de este tiempo
-salió la muchacha al portal acompañada de un señor de aspecto venerable.</p>
-
-<p>Este la acompañó hasta la puerta y habló con un lacayo con galones.</p>
-
-<p>El lacayo abrió la puerta de un coche que había frente á la puerta y
-permaneció con el sombrero en la mano.</p>
-
-<p>Kate se despidió del anciano señor; luego dijo á Manuel.</p>
-
-<p>&mdash;Vamos.</p>
-
-<p>Entró ella en el coche y después Manuel estupefacto.</p>
-
-<p>&mdash;Ya está todo arreglado&mdash;dijo la muchacha á Manuel&mdash;. El embajador ha
-telefoneado al hotel diciendo que pasen la cuenta á la Embajada.</p>
-
-<p>Manuel pudo notar en esta ocasión, y comprobarlo después repetidas
-veces, que las mujeres<a name="page_127" id="page_127"></a> acostumbradas desde niñas á doblegarse y á
-ocultar sus deseos tienen, cuando despliegan sus energías ocultas, un
-poder y una fuerza extraordinarios.</p>
-
-<p>La baronesa recibió la noticia alborozada, y en un arrebato de ternura,
-besó á Kate repetidas veces y lloró amargamente.</p>
-
-<p>Días después se recibió la contestación del cuñado de la baronesa y un
-cheque para que se pusieran en camino.</p>
-
-<p>A pesar de lo que le prometió la baronesa á Manuel, éste comprendió que
-no le llevarían á él. Era natural. La baronesa compró ropa para la Nena
-y para ella.</p>
-
-<p>Una tarde de otoño se fueron madre é hija. Manuel las acompañó, en
-coche, hasta la estación.</p>
-
-<p>La baronesa sentía mucha tristeza de dejar Madrid; la Nena estaba, como
-siempre, al parecer serena y tranquila.</p>
-
-<p>En el trayecto, ninguno de los tres dijo una palabra.</p>
-
-<p>Bajaron del coche, entraron en la sala de espera; había que facturar un
-baúl y Manuel se encargó de ello. Después pasaron al andén y tomaron
-asiento en un vagón de segunda. Roberto paseaba por el andén de la
-estación pálido, de un lado á otro.</p>
-
-<p>La baronesa prometió al muchacho que volverían.<a name="page_128" id="page_128"></a></p>
-
-<p>Sonó la campana de la estación. Manuel se subió al coche.</p>
-
-<p>&mdash;Vamos, bájate&mdash;dijo la baronesa&mdash;. El tren va empezar á andar.</p>
-
-<p>Manuel ofreció la mano tímidamente á la Nena.</p>
-
-<p>&mdash;Abrázala&mdash;dijo su madre.</p>
-
-<p>Manuel apenas se atrevió á rodear el talle de la muchacha con sus
-brazos. La baronesa le besó en las dos mejillas.</p>
-
-<p>&mdash;Adiós, Manuel&mdash;le dijo&mdash;, secándose una lágrima.</p>
-
-<p>Echó andar el tren; la Nena saludó desde la ventanilla con la mano;
-pasaron vagones y vagones con un ruido sordo; el tren aceleró la marcha.
-Manuel sintió una congoja grande; huyó el tren, silbando por los campos,
-y Manuel se llevó las manos á los ojos y sintió que estaba llorando.</p>
-
-<p>Roberto le agarró del brazo.</p>
-
-<p>&mdash;Vamos de aquí.</p>
-
-<p>&mdash;¿Es usted?&mdash;le dijo Manuel.</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;Han sido muy buenas para mí&mdash;añadió Manuel tristemente.</p>
-
-<p><a name="page_129" id="page_129"></a></p>
-
-<h2><a name="SEGUNDA_PARTE" id="SEGUNDA_PARTE"></a>SEGUNDA PARTE</h2>
-
-<h3><a name="CAPITULO_I-2" id="CAPITULO_I-2"></a>CAPÍTULO I<br /><br />
-<small>Sandoval.&mdash;Los sapos de Sánchez Gómez.&mdash;Jacob y Jesús.</small></h3>
-
-<p>Salieron juntos Manuel y Roberto de la estación del Norte.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y otra vez á empezar?&mdash;le dijo Roberto. ¿Por qué no te decides de una
-vez á trabajar?</p>
-
-<p>&mdash;¿En dónde? Yo para buscar no sirvo. ¿Usted no sabe algo para mí? En
-alguna imprenta...</p>
-
-<p>&mdash;¿Te decidirás á entrar de aprendiz sin ganar nada?</p>
-
-<p>&mdash;Sí; ¿qué voy á hacer?</p>
-
-<p>&mdash;Si te parece bien, yo te llevaré al director de un periódico ahora
-mismo. Vamos.</p>
-
-<p>Subieron hasta la plaza de San Marcial; luego, por la calle de los
-Reyes, hasta la de San Bernardo, y en la calle del Pez entraron en una
-casa. Llamaron en el piso principal y una mujer esmirriada salió á la
-puerta y les dijo que aquel por quien preguntó Roberto estaba durmiendo
-y no quería que se le despertase.<a name="page_130" id="page_130"></a></p>
-
-<p>&mdash;Soy amigo suyo&mdash;replicó Roberto&mdash;; yo le despertaré.</p>
-
-<p>Entraron los dos por un corredor á un cuarto obscuro, en donde olía á
-yodoformo de una manera apestosa. Roberto llamó.</p>
-
-<p>&mdash;¡Sandoval!</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué hay? ¿Qué sucede?&mdash;gritó una voz fuerte.</p>
-
-<p>&mdash;Soy yo; Roberto.</p>
-
-<p>Se oyeron los pasos de un hombre desnudo que abrió las maderas del
-balcón y luego se le vió volver y meterse en una cama grande.</p>
-
-<p>Era un hombre de unos cuarenta años, rechoncho, grasiento, de barba
-negra.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué hora es?&mdash;dijo desperezándose.</p>
-
-<p>&mdash;Las diez.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué barbaridad! ¿Es tan temprano? Me alegro que me hayas despertado;
-tengo que hacer muchas cosas. Da un grito por el pasillo.</p>
-
-<p>Roberto lanzó un ¡eh! sonoro, y se presentó en el cuarto una muchacha
-pintada, con aire de mal humor.</p>
-
-<p>&mdash;Anda, tráeme la ropa&mdash;la dijo Sandoval, y de un esfuerzo se sentó en
-la cama, bostezó estúpidamente y se puso á rascarse los brazos.</p>
-
-<p>&mdash;¿A qué venías?&mdash;preguntó.</p>
-
-<p>&mdash;Pues como el otro día dijiste que necesitabas un chico en la
-redacción, te traigo éste.</p>
-
-<p>&mdash;Pues, hombre, tengo ya otro.</p>
-
-<p>&mdash;Entonces nada.<a name="page_131" id="page_131"></a></p>
-
-<p>&mdash;Pero en la imprenta creo que necesitan.</p>
-
-<p>&mdash;A mí ese Sánchez Gómez no me hace mucho caso.</p>
-
-<p>&mdash;Se lo diré yo; no me puede negar eso.</p>
-
-<p>&mdash;¿Te se olvidará?</p>
-
-<p>&mdash;No, no se me olvidará.</p>
-
-<p>&mdash;¡Bah! Escríbele; es mejor.</p>
-
-<p>&mdash;Ya le escribiré.</p>
-
-<p>&mdash;No, ahora; ponle unas letras.</p>
-
-<p>Mientras hablaban, Manuel observó con curiosidad el cuarto, de un
-desorden y suciedad grandes. El mobiliario lo componían: la cama de
-matrimonio, una cómoda, una mesa, un aguamanil de hierro, un estante y
-dos sillas rotas. Sobre la cómoda y en el estante se amontonaban libros
-desencuadernados y papeles; en las sillas enaguas y vestidos de mujer;
-el suelo estaba lleno de puntas de cigarro, de trozos de periódico y de
-pedazos de algodón utilizados para alguna cura; debajo de la mesa
-aparecía una jofaina de hierro convertida en brasero, llena de ceniza y
-de carbones apagados.</p>
-
-<p>Cuando la muchacha pintada vino con el traje y la camisa, Sandoval se
-levantó en calzoncillos y anduvo buscando un jabón entre los papeles,
-hasta que lo encontró. Se fué á lavar en la palangana del aguamanil,
-llena de agua sucia hasta arriba, en la que nadaban remolinos de pelos
-de mujer.<a name="page_132" id="page_132"></a></p>
-
-<p>&mdash;¿Quieres echar el agua?&mdash;dijo el periodista á la muchacha
-humildemente.</p>
-
-<p>&mdash;Echala tú&mdash;contestó ella de mala manera, saliendo del cuarto.</p>
-
-<p>Sandoval salió en calzoncillos al corredor con la palangana en la mano,
-después volvió, se lavó y fué vistiéndose.</p>
-
-<p>Sobre los libros y los papeles se veían algún peine grasiento, algún
-cepillo de dientes gastado y rojo por la sangre de las encías; un cuello
-postizo con ribetes de mugre, una caja de polvos de arroz llena de
-abolladuras, con la brocha apelmazada y negra.</p>
-
-<p>Después de vestido Sandoval, se transformó á los ojos de Manuel; tomó un
-aire de distinción y elegancia, escribió la carta que le pedían, y
-Roberto y Manuel salieron de la casa.</p>
-
-<p>&mdash;Se ha quedado maldiciendo de nosotros&mdash;dijo Roberto.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué?</p>
-
-<p>&mdash;Porque es perezoso como un turco. Perdona todo menos que le hagan
-trabajar.</p>
-
-<p>Salieron los dos nuevamente á la calle de San Bernardo y entraron en una
-callejuela transversal. Se detuvieron frente á una casa pequeña que
-salía de la línea de las demás.</p>
-
-<p>&mdash;Esta es la imprenta&mdash;dijo Roberto.</p>
-
-<p>Manuel miró; ni letrero, ni muestra, ni indicación alguna de que aquello
-fuera una imprenta. Empujó Roberto una puertecilla y entraron<a name="page_133" id="page_133"></a> en un
-sótano negro, iluminado por la puerta de un patio húmedo y sucio. Un
-tabique recién blanqueado, en donde se señalaban huellas impresas de
-dedos y de manos enteras, dividía este sótano en dos compartimientos. Se
-amontonaban en el primero una porción de cosas polvorientas; el otro, el
-interior, parecía barnizado de negro; una ventana lo iluminaba; cerca de
-ella arrancaba una escalera estrecha y resbaladiza que desaparecía en el
-techo. En medio de este segundo compartimiento un hombre barbudo, flaco
-y negro, subido en una prensa grande, colocaba el papel que allí parecía
-blanco como la nieve sobre la platina de la máquina, y otro hombre lo
-recogía. En un rincón funcionaba trabajosamente un motor de gas que
-movía la prensa.</p>
-
-<p>Subieron Manuel y Roberto por la escalera á un cuarto largo y estrecho
-que recibía la luz por dos ventanas á un patio.</p>
-
-<p>Adosadas á las paredes y en medio, estaban los casilleros de las letras,
-y sobre ellos colgaban algunas lámparas eléctricas, envueltas en
-cucuruchos de papel de periódico, que servían de pantalla.</p>
-
-<p>En las cajas trabajaban tres hombres y un chico; uno de los hombres
-cojo, de blusa azul larga, sombrero hongo, aspecto de mal humor, con los
-anteojos puestos, se paseaba de un lado á otro.<a name="page_134" id="page_134"></a></p>
-
-<p>Roberto saludó al señor cojo y le entregó la carta de Sandoval. El cojo
-cogió la carta y gruñó malhumorado:</p>
-
-<p>&mdash;No sé para qué me vienen con estas comisiones. ¡Maldita sea la!...</p>
-
-<p>&mdash;Este es el chico á quien hay que enseñarle el oficio&mdash;interrumpió
-Roberto fríamente.</p>
-
-<p>&mdash;Como no le enseñe yo la...&mdash;y el cojo soltó diez ó doce barbaridades y
-un rosario de blasfemias.</p>
-
-<p>&mdash;¿Hoy está usted de mal humor?</p>
-
-<p>&mdash;Estoy como me da la gana... tanto amolar... porque me sale así de los
-santísimos... ¿Sabe usted?</p>
-
-<p>&mdash;Bueno, hombre, bueno&mdash;repuso Roberto, y añadió en un aparte alto de
-teatro, de los que oye todo el mundo:&mdash;¡Qué paciencia hay que tener con
-este animal!</p>
-
-<p>&mdash;Es una broma&mdash;siguió diciendo el cojo sin hacer caso del aparte&mdash;; que
-el chico quiere aprender el oficio, ¿y á mí qué?; que no tiene que
-comer, ¿y á mí qué? Que se vaya con dos mil pares... con viento fresco.</p>
-
-<p>&mdash;¿Le va usted á enseñar ó no, señor Sánchez? Yo tengo que hacer, no
-quiero perder el tiempo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah, usted no quiere perder tiempo! Pues váyase usted, hombre; á bien
-que yo no necesito que se quede usted aquí, que se quede el chico; usted
-aquí estorba.<a name="page_135" id="page_135"></a></p>
-
-<p>&mdash;Gracias. Tú quédate aquí&mdash;dijo Roberto á Manuel&mdash;, ya te dirán lo que
-tienes que hacer.</p>
-
-<p>Manuel quedó perplejo, vió á su protector que se marchaba, miró á todos
-lados, y viendo que no le hacían caso, se fué acercando á la escalera y
-bajó dos peldaños.</p>
-
-<p>&mdash;¡Eh! ¿Adónde vas?&mdash;le grito el cojo.&mdash;¿Es que quieres ó no quieres
-aprender el oficio? ¿Qué es esto?</p>
-
-<p>Manuel quedó nuevamente confuso.</p>
-
-<p>&mdash;Eh, tú, Yaco&mdash;gritó el cojo, dirigiéndose á uno de los hombres que
-trabajaban&mdash;, enséñale las cajas á este choto.</p>
-
-<p>El aludido, un hombrecillo flaco y muy moreno, con una barba negrísima,
-que trabajaba con una rapidez asombrosa, echó una mirada indiferente á
-Manuel y volvió á su trabajo.</p>
-
-<p>El chico permaneció inmóvil, y viéndolo así el otro cajista, un joven
-rubio, de aspecto enfermizo, le dijo al compañero de la barba en tono
-burlón, con una canturia extraña:</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah, Yaco! ¿por qué no le enseñas al muchacho las letras?</p>
-
-<p>&mdash;Enséñale tú&mdash;contestó el que llamaban Yaco.</p>
-
-<p>&mdash;Ah, Yaco, veo que la ley de Moisés os hace muy egoístas, Yaco. ¿No
-quieres perder tiempo, Yaco?</p>
-
-<p>El de la barba arrojó á su compañero una<a name="page_136" id="page_136"></a> mirada siniestra; el rubio se
-echó á reir y le indicó á Manuel en dónde estaban las letras; después
-trajo una columna impresa que sacó rápidamente de un marco de hierro, y
-dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Ves echando cada letra en su cajetín.</p>
-
-<p>Manuel comenzó á hacerlo con mucha lentitud.</p>
-
-<p>El cajista rubio llevaba una blusa azul larga y un sombrero hongo, á un
-lado de la cabeza. Inclinado sobre el chibalete, con los ojos muy cerca
-de las cuartillas, el componedor en la mano izquierda, hacía líneas con
-una rapidez extraordinaria; su mano derecha saltaba vertiginosamente de
-cajetín á cajetín.</p>
-
-<p>Con frecuencia se paraba á encender un cigarro, miraba á su barbudo
-compañero y le preguntaba una cosa, ó muy tonta ó de esas que no tienen
-contestación posible en tono jovial, pregunta á la cual el otro no
-contestaba más que con una mirada siniestra de sus ojos negros.</p>
-
-<p>Dieron las doce, dejaron todos el trabajo y se fueron. Manuel quedó solo
-en la imprenta. Al principio abrigó la esperanza de que le darían algo
-de comer; luego pudo convencerse de que nadie se había preocupado de su
-alimentación. Reconoció la imprenta; nada, por desgracia, era
-comestible; pensó que quizás aquellos rodillos, quitándoles la tinta de
-encima,<a name="page_137" id="page_137"></a> podrían ser aprovechados, pero no se decidió.</p>
-
-<p>A las dos volvió Yaco; poco después el rubio, que se llamaba Jesús, y
-comenzaron de nuevo el trabajo. Manuel siguió en su tarea de
-distribución de letras, y Jesús y Yaco en la componer.</p>
-
-<p>El cojo corregía galeradas, las entintaba, sacaba una prueba poniendo
-encima de ellas un papel y golpeando con un mazo, y después, con unas
-pinzas, extraía unas letras y las iba substituyendo por otras.</p>
-
-<p>Jesús á media tarde dejó de componer, cambió de faena, cogía las
-galeradas, atadas con un bramante, las soltaba, formaba columnas, las
-metía en un marco de hierro y las sujetaba dentro con cuñas.</p>
-
-<p>El marco se lo llevaba uno de los maquinistas del sótano y volvía con él
-al cabo de una hora. Jesús substituía en el marco de hierro unas
-columnas por otras y se llevaban de nuevo la forma. Poco después se
-repetía la misma operación.</p>
-
-<p>Luego de trabajar toda la tarde iban á salir á las siete, cuando Manuel
-se acercó á Jesús y le dijo:</p>
-
-<p>&mdash;¿No me dará el amo de comer?</p>
-
-<p>&mdash;¡Quia!</p>
-
-<p>&mdash;Yo no tengo dinero; no he podido tampoco almorzar.<a name="page_138" id="page_138"></a></p>
-
-<p>&mdash;¿Ah, no? Anda, vente conmigo.</p>
-
-<p>Salieron juntos de la imprenta y entraron en una tabernucha de la calle
-de Silva, en donde comía Jesús. Habló éste con el tabernero y después le
-dijo á Manuel:</p>
-
-<p>&mdash;Aquí te darán el cocido de fiado. Yo he respondido por ti. A ver si no
-haces una charranada.</p>
-
-<p>&mdash;Descuide usted.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno, vamos adentro, hoy convido yo.</p>
-
-<p>Penetraron en el interior de la tasca y se sentaron los dos en una mesa.</p>
-
-<p>Les trajeron una fuente con guisado, pan y vino. Mientras comían, Jesús
-contó de una manera humorística una porción de anécdotas del amo de la
-imprenta, de los periodistas y, sobre todo, de Yaco, el de la barba, que
-era judío, muy buena persona, pero avaro y sórdido hasta perderse de
-vista.</p>
-
-<p>Jesús le solía tomar el pelo y le incomodaba para oirle.</p>
-
-<p>Al concluir de cenar, Jesús preguntó á Manuel:</p>
-
-<p>&mdash;¿Tienes sitio donde dormir?</p>
-
-<p>&mdash;No.</p>
-
-<p>&mdash;Ahí, en la imprenta, debe haber.</p>
-
-<p>Volvieron á la imprenta, y el cajista le pidió al cojo que permitiera á
-Manuel dormir en algún rincón.</p>
-
-<p>&mdash;Moler&mdash;exclamó el cojo&mdash;, esto va á ser<a name="page_139" id="page_139"></a> el asilo de la Montaña. ¡Vaya
-una golfería! porque el cojo será muy malo pero aquí todo el mundo
-viene. Claro.. A la <i>gandinga</i>.</p>
-
-<p>Gruñendo, como era su costumbre, el cojo abrió un cuartucho, al que se
-subía por unas escaleras, lleno de grabados envueltos en papeles, y
-después señaló un rincón, en donde había paja de jergones y unas mantas.</p>
-
-<p>Durmió Manuel en la covacha hecho un príncipe.</p>
-
-<p>Al día siguiente, el dueño le mandó ir al sótano.</p>
-
-<p>&mdash;Mira lo que hace éste y luego haz tú lo mismo&mdash;le dijo, indicándole al
-hombre flaco y barbudo subido á la plataforma de la máquina.</p>
-
-<p>Cogía éste una hoja de papel de un montón y la colocaba sobre la
-platina, venían al momento las lengüetas de la prensa á agarrar la hoja
-con la seguridad de los dedos de una mano; al movimiento del volante, la
-máquina tragaba el papel y al poco rato salía impreso por un lado, y
-unas varillas, como las de un abanico, lo depositaban automáticamente en
-una platina baja. Manuel aprendió pronto la maniobra.</p>
-
-<p>El amo dispuso que Manuel trabajase por la mañana en las cajas, y por la
-tarde, y parte de la noche, en la máquina, y le asignó seis reales de
-jornal al día. Por la tarde se podía aguantar el trabajo en el sótano,
-pero de noche imposible.<a name="page_140" id="page_140"></a> Entre el motor de gas y los quinqués de
-petróleo quedaba la atmósfera asfixiante.</p>
-
-<p>A la semana de estar allí, Manuel había intimado con Jesús y con Yaco y
-se tuteaba con los dos.</p>
-
-<p>Jesús le aconsejaba á Manuel el que se aplicase en las cajas y
-aprendiera pronto á componer.</p>
-
-<p>&mdash;Al menos se tiene la pitanza segura.</p>
-
-<p>&mdash;Pero es muy difícil&mdash;decía Manuel.</p>
-
-<p>&mdash;Quia, hombre, acostumbrándose es más sencillo que cargar cubas de
-agua.</p>
-
-<p>Manuel trabajaba siempre que podía, esforzándose en adquirir ligereza;
-algunas noches hacía líneas, y era para él un motivo de orgullo el
-verlas después impresas.</p>
-
-<p>Jesús se entretenía en embromar al judío, remedándole en su manera de
-hablar. Habían vivido los dos algunos meses en la misma casa. Yaco
-(Jacob era su nombre) con su familia, y Jesús con sus dos hermanas.</p>
-
-<p>Le entusiasmaba á Jesús sacar á Jacob de sus casillas y oirle decir
-maldiciones pintorescas en su lengua melosa y suave, arrastrando las
-eses.</p>
-
-<p>Según decía Jesús, en casa de Jacob hablaban su mujer, su suegro y él,
-en la más extraña jerigonza que imaginarse puede, una mezcla de árabe y
-de castellano arcaico que sonaba á algo muy raro.<a name="page_141" id="page_141"></a></p>
-
-<p>&mdash;¿Te acuerdas, Yaco&mdash;le decía Jesús remedándole&mdash;, cuando llevaste á
-Mesoda, á tu mujer, aquel canario? Y te preguntaba ella: ¡Ah, Yaco! ¿qué
-es ese <i>pasharo</i> que tiene las plumas <i>amarias</i>? Y tú le contestabas:
-¡Ah, Mesoda!, este <i>pasharo</i> es un canario y te lo traigo para <i>tú</i>.</p>
-
-<p>Jacob, al ver que todo el mundo se reía, lanzaba una mirada terrible á
-Jesús y le decía:</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah <i>roín</i>, te venga un dardo que borre tu nombre del libro de los
-vivos!</p>
-
-<p>&mdash;Y cuando Mesoda&mdash;proseguía, Jesús te decía&mdash;: Finca aquí, Yaco, finca
-aquí. ¡Ah, Yaco, qué mala estoy! Tengo una paloma en el <i>corasón</i>, un
-<i>martio</i> en cada sién y un <i>pescao</i> en la nuca. ¡Llámale á mi <i>babá</i>,
-que me traiga una ramita de <i>letuario</i>, Yaco!</p>
-
-<p>Estas intimidades de su hogar, tratadas en broma, exasperaban á Jacob, y
-oyéndolas se exaltaba, y sus imprecaciones podían dejar atrás las de
-Camila.</p>
-
-<p>&mdash;No respetas la familia, perro&mdash;terminaba diciendo.</p>
-
-<p>&mdash;¡La familia!&mdash;le replicaba Jesús&mdash;. Lo primero que debe hacer uno es
-olvidarla. Los padres y los hermanos, y los tíos y los primos, no sirven
-más que para hacerle á uno la pascua. Lo primero que un hombre debe
-aprender, es á desobedecer á sus padres y á no creer en el Eterno.<a name="page_142" id="page_142"></a></p>
-
-<p>&mdash;Calla <i>cafer</i>, calla. Te veas como el <i>vapó</i> con agua en los lados y
-fuego en el <i>corasón</i>. Te barra la escoba negra si sigues blasfemando
-así.</p>
-
-<p>Jesús se reía y, después de oirle hablar á Jacob, añadía:</p>
-
-<p>&mdash;Hace unos miles de años, este animal que ahora no es más que un
-tipógrafo, hubiera sido un profeta y estaría en la Biblia al lado de
-Matatías, de Zabulón y de toda esa morralla.</p>
-
-<p>&mdash;No digas necedades&mdash;replicaba Jacob.</p>
-
-<p>Después de la discusión, Jesús le decía:</p>
-
-<p>&mdash;Tú ya sabes, Yaco, que nos separa un abismo de ideas; pero á pesar de
-esto, si quieres aceptar el convite de un cristiano, te convido á una
-copa.</p>
-
-<p>Jacob movía la cabeza y aceptaba.</p>
-
-<p><a name="page_143" id="page_143"></a></p>
-
-<h3><a name="CAPITULO_II-2" id="CAPITULO_II-2"></a>CAPÍTULO II<br /><br />
-<small>Los nombres de los Sapos.&mdash;El director de <i>Los Debates</i> y sus redactores.</small></h3>
-
-<p>Sánchez Gómez el impresor, á quien también se le conocía por el mote del
-Plancheta, aunque trabajaba como obrero era hombre rico; tenía un humor
-endiablado y desigual, una jovialidad corrosiva y un fondo de buen
-corazón.</p>
-
-<p>Era el impresor más pintoresco y multiforme de Madrid, y su negocio el
-más complicado é interesante.</p>
-
-<p>Este solo dato bastaba para juzgarle: con una sola prensa, movida por un
-motor de gas, de los antiguos, publicaba nueve periódicos, cuyos títulos
-nadie podría encontrar insignificantes.</p>
-
-<p><i>Los Debates</i>, <i>El Porvenir</i>, <i>La Nación</i>, <i>La Tarde</i>, <i>El Radical</i>, <i>La
-Mañana</i>, <i>El Mundo</i>, <i>El Tiempo</i> y <i>La Prensa</i>; todos estos diarios
-importantes nacían en el sótano de la imprenta.</p>
-
-<p>A cualquier hombre vulgar le parecería esto imposible; para Sánchez
-Gómez, aquel Proteo de la tipografía, la palabra imposible no existía en
-el diccionario.</p>
-
-<p>Cada periódico importante de éstos, tenía<a name="page_144" id="page_144"></a> una columna suya; y lo demás,
-información, artículos literarios, anuncios, folletín, noticias, era
-común á todos.</p>
-
-<p>Sánchez Gómez hermanaba en sus periódicos el individualismo y el
-colectivismo. Cada uno de sus órganos gozaba de su autonomía é
-independencia en absoluto y, sin embargo, cada uno de ellos se parecía
-al otro como dos gotas de agua. El Cojo realizaba en sus publicaciones,
-la unidad y la variedad.</p>
-
-<p><i>El Radical</i>, por ejemplo, furibundo republicano, dedicaba la primera
-columna á faltar al Gobierno y á los curas; pero sus noticias eran las
-mismas que las de <i>El Mundo</i>, diario conservador impenitente que
-empleaba la primera columna en defender la Iglesia, esa arca santa de
-nuestras tradiciones; la Monarquía, esa gloriosa institución, símbolo de
-nuestra Patria; el Ejército, baluarte firmísimo de nuestra nacionalidad;
-la Constitución, ese compendio de nuestras libertades públicas...</p>
-
-<p>De todos los periódicos allí impresos, <i>Los Debates</i> constituían un buen
-negocio para su propietario, don Pedro Sampayo y Sánchez del Pelgar. Era
-<i>Los Debates</i>&mdash;utilizando los símiles empleados en el diario&mdash;terrible
-ariete contra el bolsillo de los políticos, fortaleza inexpugnable para
-las exigencias de los acreedores.</p>
-
-<p>El <i>chantage</i>, en manos del director del periódico, se convertía en
-terrible arma de combate;<a name="page_145" id="page_145"></a> ni la catapulta antigua ni el cañón de
-treinta y seis podía comparársele.</p>
-
-<p>El periódico de don Pedro Sampayo y Sánchez del Pelgar disponía de tres
-columnas propias.</p>
-
-<p>Estas columnas las fabricaban un gallegote, macizo y grueso, de aspecto
-cerril, que escribía muy intencionadamente, llamado González Parla, y un
-señor Fresneda, muy flaco, muy espiritado, muy bien vestido y siempre
-muerto de hambre.</p>
-
-<p>Langairiños, el Superhombre, pertenecía á la redacción de <i>Los Debates</i>,
-pero sólo en una parte alícuota, pues sus producciones geniales se
-estampaban en los nueve sapos nacidos en el sótano de la imprenta de
-Sánchez Gómez.</p>
-
-<p>Indudablemente, es hora de presentar á Langairiños. Le llamaban, en
-broma, los periodistas el Superhombre y, abreviando, el Super, porque
-siempre estaba hablando del advenimiento del superhombre de Nietzsche,
-sin comprender que, en broma y todo, no le hacían más que justicia.</p>
-
-<p>Era lo más alto, lo más excelso de la redacción; unas veces se firmaba
-Máximo, otras Mínimo; pero su nombre, su verdadero nombre, el que
-inmortalizaba diariamente, y diariamente, cada vez más, en <i>Los Debates</i>
-ó en <i>El Tiempo</i>, en <i>El Mundo</i> ó en <i>El Radical</i>, era Ernesto
-Langairiños.<a name="page_146" id="page_146"></a></p>
-
-<p>¡Langairiños! Nombre dulce y sonoro, algo así como una brisa fresca en
-una tarde de verano; ¡Langairiños! Un sueño.</p>
-
-<p>El gran Langairiños tenía entre treinta y cuarenta años; abdomen
-pronunciado, nariz aquilina y barba negra, fuerte y tupida.</p>
-
-<p>Algún imbécil de los que le odiaban, al verle tan vertebrado y cerebral,
-alguna de esas serpientes que tratan de morder en el acero de las
-grandes personalidades, aseguraba que el aspecto de Langairiños era
-grotesco, aseveración falsa á todas luces, pues, á pesar de que su
-indumentaria no reunía las condiciones exigidas por el más estrecho
-dandysmo; á pesar de que casi constantemente sus pantalones mostraban
-rodilleras y flecos y sus americanas constelaciones de manchas; á pesar
-de todo esto, su elegancia natural, su aire de superioridad y de
-distinción borraba tan ligeras imperfecciones, bien así como la ola del
-mar hace desaparecer las huellas en la arena de la playa.</p>
-
-<p>Langairiños ejercía de crítico, y de crítico cruel; sus artículos
-aparecían al mismo tiempo en nueve periódicos. Su manera impresionista
-despreciaba esas frases vulgares como «la señorita Pérez rayó á gran
-altura», «los caracteres están bien sostenidos en la obra» y otras de la
-misma clase.</p>
-
-<p>En dos apotegmas reunía aquel superhombre<a name="page_147" id="page_147"></a> todas sus ideas acerca del
-mundo que le rodeaba, eran dos frases terribles, de una ironía amarga y
-dislacerante. Que alguno aseguraba que este político, el otro periodista
-tenían influencia, dinero ó talento..., él replicaba: Sí, sí; ya sé
-quién dices. Que otro decía que el novelista, el dramaturgo hacían ó
-dejaban de hacer..., él contestaba: Bueno, bueno; por la otra puerta.</p>
-
-<p>La superioridad de espíritu de Langairiños no le permitía suponer que un
-hombre que no fuera él valiese más que otro.</p>
-
-<p>Su obra maestra era un artículo titulado <i>Todos golfos</i>. Se trataba de
-una conversación entre un maestro del periodismo&mdash;él&mdash;y un aprendiz de
-periodista.</p>
-
-<p>Aquel derroche de sal ática terminaba con este rasgo de humor:</p>
-
-<p>El aprendiz.&mdash;Hay que tener principios.</p>
-
-<p>El maestro.&mdash;En la mesa.</p>
-
-<p>El aprendiz.&mdash;Hay que decir las cosas con verdadera crudeza al país.</p>
-
-<p>El maestro.&mdash;Se le van á indigestar. Acuérdese usted de los garbanzos de
-la casa de huéspedes.</p>
-
-<p>El Superhombre escribía siempre así, de un modo terrible, shakesperiano.</p>
-
-<p>A consecuencia del desgaste cerebral producido por sus trabajos
-intelectuales, el Súper se encontraba neurasténico, y para curar<a name="page_148" id="page_148"></a> su
-enfermedad tomaba glicerofosfato de cal en las comidas y hacía gimnasia.</p>
-
-<p>Manuel recordaba haber oído muchas veces en la casa de huéspedes de doña
-Casiana una voz sonora que contaba valientemente y sin fatiga el número
-de flexiones de piernas y de brazos. Veinticinco..., veintiséis...,
-veintisiete, hasta llegar á ciento, y aun más. Aquel Bayardo de la
-gimnasia se llamaba Langairiños.</p>
-
-<p>Los otros dos redactores no podían compararse con Langairiños. González
-Parla parecía un bárbaro por su facha de mozo de cuerda. Hablaba
-brutalmente; llamaba al pan, pan, y al vino, vino; á los políticos
-braguetones y á los periódicos de Sánchez Gómez, los <i>sapos</i>.</p>
-
-<p>El otro redactor, Fresneda, podía apostar á finura al hombre más fino y
-almibarado de Madrid. Experimentaba un verdadero placer en llamar señor
-á todo el mundo. Fresneda se sostenía en pie por milagro; se pasaba la
-vida muerto de hambre, pero esto no producía en él iras ni cóleras.</p>
-
-<p>González Parla y Fresneda necesitaban recurrir á toda clase de
-expedientes para obligar á Sampayo, el propietario de <i>Los Debates</i>, á
-que les pagara algunas pesetas. La esperanza de los dos, una credencial
-obtenida por intermedio del director propietario, no se realizaba
-nunca.<a name="page_149" id="page_149"></a></p>
-
-<p>Manuel oía hablar tanto de Sampayo, que sintió curiosidad por conocerle.</p>
-
-<p>Era un señor alto, erguido, de noble aspecto, de unos sesenta y tantos
-años; había conseguido varias veces el cargo de Gobernador, gracias á su
-mujer, una real hembra, en sus buenos tiempos, capaz de obtener
-cualquier cosa de un Ministro. En los gobiernos civiles por donde pasó
-el matrimonio no quedaron ni los clavos.</p>
-
-<p>La mujer de Sampayo tenía buenas amistades con algunos señores ricos,
-pero en justa reciprocidad era tan superhembra y tan tolerante, que
-buscaba siempre criadas guapas y amables para que su marido estuviese
-satisfecho.</p>
-
-<p>¡Y qué espectáculo más humano presentaba el hogar! Algunas veces, cuando
-llegaba la señora de Sampayo á su casa, un tanto fatigada, después de
-alguna aventurilla, se encontraba á su esposo con su noble aspecto
-cenando mano á mano con la criada, cuando no abrazándola cariñosamente.</p>
-
-<p>El matrimonio gastaba sus ingresos íntegros; pero Sampayo era tan
-diestro en el arte de crearse acreedores y de torearlos después, que
-siempre encontraba medio de sacar algunos cuartos.</p>
-
-<p>Una vez que González Parla, muy ceñudo, y Fresneda, muy amable, llamando
-al director señor de Sampayo á cada momento, le exponían su crítica
-situación, Sampayo entregó<a name="page_150" id="page_150"></a> á Fresneda una carta para un general
-americano, pidiéndole dinero. Puso á su redactor la condición de que
-todo lo que pasara de diez duros quedaría para la caja.</p>
-
-<p>Al salir á la calle los dos redactores, González Parla le exigió á su
-compañero la carta, y el hombre espectral se la dió.</p>
-
-<p>&mdash;Yo iré á verle á ese braguetón de general&mdash;dijo González Parla&mdash;y le
-sacaré las perras y nos las repartiremos. La mitad para ti y la otra
-mitad para mí.</p>
-
-<p>El hombre flaco acompañó al hombre gordo hasta la casa del general.</p>
-
-<p>El general, un guachindanguito vestido de guacamayo, leyó la carta del
-director, miró al periodista, se caló los lentes y le preguntó,
-contemplándole de arriba abajo:</p>
-
-<p>&mdash;¿<i>Uté</i> es el <i>señó</i> Fresneda?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, señor.</p>
-
-<p>&mdash;¿<i>Etá uté</i> seguro?</p>
-
-<p>&mdash;Claro; soy yo.</p>
-
-<p>&mdash;Pero <i>uté etá</i> tísico, ¿no?</p>
-
-<p>&mdash;¿Yo? No, señor.</p>
-
-<p>&mdash;Pues eso me <i>disen</i> en la carta, ¿sabe?... Que tiene <i>uté</i> siete hijos
-y que por su aspecto podré comprender que <i>etá</i> en el último período de
-tisis, ¿sabe?</p>
-
-<p>González Parla se azoró; dijo que era verdad que no estaba tísico; pero
-que había tenido un padre que había estado tísico, y como<a name="page_151" id="page_151"></a> había tenido
-el padre tísico, le decían los médicos que él quedaría también tísico,
-que ya lo estaba en principio, de modo que aunque no lo fuera, era casi
-lo mismo que si lo estuviera ya.</p>
-
-<p>&mdash;Yo no comprendo eso, ¿sabe?&mdash;dijo el general, después de escuchar una
-argumentación tan deficiente&mdash;; yo entiendo que eso <i>é</i> una <i>macana</i>,
-¿no? No se puede <i>etá</i> tan gordo hallándose enfermo, ¿sabe? Pero, en
-fin&mdash;y largó un billete doblado entre sus dedos&mdash;, tome y váyase, y no
-sea pendejo.</p>
-
-<p>&mdash;Esta gordura es falsa&mdash;replicaba humildemente González Parla, cogiendo
-el billete&mdash;. Es la patata que come uno, y se escabulló avergonzado.</p>
-
-<p>El billete era de cien pesetas, y se lo repartieron entre el redactor
-flaco y el redactor gordo, con gran indignación de Sampayo. Este se
-prometió no darles ni un céntimo durante meses.</p>
-
-<p>Fresneda, en las últimas boqueadas del hambre, tuvo la única frase
-enérgica de toda su vida.</p>
-
-<p>&mdash;Yo le daré á usted una recomendación para el ministro&mdash;le dijo el
-director, contestando así á una petición de dinero.</p>
-
-<p>&mdash;Para morirse de hambre, señor de Sampayo&mdash;contestó con energía no
-exenta de su proverbial finura Fresneda&mdash;, no se necesitan
-recomendaciones.<a name="page_152" id="page_152"></a></p>
-
-<h3><a name="CAPITULO_III-2" id="CAPITULO_III-2"></a>CAPÍTULO III<br /><br />
-<small>El parador de Santa Casilda.&mdash;La historia de Jacob.&mdash;La Fea y la Sinforosa.&mdash;La chica sin madre.&mdash;Mala Nochebuena.</small></h3>
-
-<p>Para la primavera Manuel componía con facilidad. Poco después el tercer
-cajista se fué, y Jesús dijo al amo que debía de poner á Manuel en la
-plaza vacante.</p>
-
-<p>&mdash;Pero si no sabe nada&mdash;replicó el dueño.</p>
-
-<p>&mdash;¡No ha de saber! Páguele usted por líneas.</p>
-
-<p>&mdash;No, le subiré el jornal.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cuánto le va usted á dar?</p>
-
-<p>&mdash;Le daré ocho reales.</p>
-
-<p>&mdash;Es poco. El otro ganaba doce.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno, le daré nueve; pero que no venga á dormir aquí.</p>
-
-<p>El nuevo cargo emancipó á Manuel de la obligación de barrer la imprenta
-y salió de su cuchitril. Jesús le llevó al parador de Santa Casilda, en
-donde él vivía; un enorme caserón de un solo piso, con tres patios muy
-grandes, que estaba en la ronda de Toledo. Hubiera deseado Manuel no ir
-por aquellos barrios, de los que conservaba malos recuerdos; pero su
-amistad con Jesús le hizo quedarse allí. Le alquilaron<a name="page_153" id="page_153"></a> en el parador
-por ocho reales á la quincena, un cuartucho con una cama, una silla de
-paja rota, y una estera colgada del techo, que hacía de puerta. Cuando
-el viento venía del campo de San Isidro, se llenaban de humo los cuartos
-y los corredores del parador de Santa Casilda. Los patios del parador
-eran, poco más ó menos, como los de la casa del tío Rilo, con galerías
-idénticas, y puertas numeradas.</p>
-
-<p>Desde la ventana del cuartucho de Manuel se veían tres depósitos,
-panzudos, rojos, de la fábrica del gas, con sus soportes altos de hierro
-terminados en poleas, y alrededor el Rastro; á un lado, vertederos
-ennegrecidos por el carbón y las escorias; más lejos se extendía el
-paisaje árido, y sus lomas calvas amarillentas se escalonaban hasta
-perderse en el horizonte. Enfrente sobresalía el cerrillo de los Angeles
-con su ermita en la punta.</p>
-
-<p>En el cuarto inmediato al alquilado por Manuel, había un carpintero y su
-mujer que tenían una niña. Los dos se emborrachaban y pegaban á la chica
-de una manera bestial.</p>
-
-<p>Manuel estuvo muchas veces dispuesto á entrar en el cuarto, porque
-suponía que aquellos bárbaros martirizaban á la niña.</p>
-
-<p>Una de las mañanas que encontró á la carpintera, le dijo:</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué pegan ustedes así á la chica?</p>
-
-<p>&mdash;¿Te importa algo?<a name="page_154" id="page_154"></a></p>
-
-<p>&mdash;Claro que me importa.</p>
-
-<p>&mdash;¿No es mi hija? Puedo hacer con ella lo que quiera.</p>
-
-<p>&mdash;Así debía haber hecho su madre con usted&mdash;le contestó&mdash;quitarla de en
-medio á palos por bruja.</p>
-
-<p>Refunfuñó la mujer y Manuel se fué á la imprenta.</p>
-
-<p>Por la noche, el carpintero detuvo á Manuel:</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué le has dicho tú á mi señora, eh?</p>
-
-<p>&mdash;Le he dicho que no debía pegar á su hija.</p>
-
-<p>&mdash;Y á ti, ¿quién te mete á decir nada?</p>
-
-<p>El carpintero tenía un aspecto feroz, un entrecejo abultado y un cuello
-de toro. Una gruesa vena le cruzaba la frente. Manuel no le contestó.</p>
-
-<p>Afortunadamente para él el carpintero y su mujer se mudaron de la casa
-pronto.</p>
-
-<p>En los cuchitriles del mismo pasillo del parador vivían también dos
-gitanos viejos con sus familias, los dos muy zaragateros y muy ladrones;
-una muchacha ciega, que cantaba flamenco en la calle, moviéndose con
-unas convulsiones de epiléptica, y que iba acompañada de otra chica, con
-la que se pegaba continuamente, y dos hermanas muy golfas, muy
-zarrapastrosas, pintadas, chillonas, embusteras, liosas, pero alegres
-como cabras.</p>
-
-<p>La habitación de Jesús se hallaba bastante<a name="page_155" id="page_155"></a> próxima á la de Manuel, y
-esta vida común de la imprenta y de la casa hizo que estrecharan más sus
-relaciones de amistad.</p>
-
-<p>Jesús era un excelente muchacho; pero se emborrachaba con una frecuencia
-lamentable; tenía dos hermanas solteras, una bonita, con unos ojos
-verdes de gato, de facha desvergonzada, llamada Sinforosa, y la otra una
-pobre enclenque, torcida y escrofulosa, á quien todos le decían,
-implacablemente, la Fea.</p>
-
-<p>A los dos meses ó cosa así de vivir en el parador, Jesús, con su tono
-irónico peculiar, le dijo á Manuel cuando marchaban los dos á la
-imprenta:</p>
-
-<p>&mdash;¿No sabes? Mi hermana está preñada.</p>
-
-<p>&mdash;¿Sí?</p>
-
-<p>&mdash;Vaya.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cuál de las dos?</p>
-
-<p>&mdash;La Fea. ¿Quién habrá sido el héroe? Merece una cruz.</p>
-
-<p>El cajista siguió hablando del percance y bromeando con indiferencia.</p>
-
-<p>A Manuel no le parecía bien esto; al fin era su hermana; pero Jesús
-salió con sus invectivas contra la familia y con que uno no se debía
-ocupar para nada de los hermanos, ni de los padres, ni de nadie.</p>
-
-<p>&mdash;Buena teoría para los egoístas&mdash;le dijo Manuel.</p>
-
-<p>&mdash;La familia no es más que el egoísmo en<a name="page_156" id="page_156"></a> beneficio de unos pocos y en
-contra de la humanidad&mdash;contestó Jesús.</p>
-
-<p>&mdash;Bastante caso haces tú de la humanidad, tan poco como de tu
-familia&mdash;le replicó Manuel.</p>
-
-<p>Por esta cuestión volvieron á discutir varias veces y llegaron á decirse
-cosas muy agrias y mortificantes.</p>
-
-<p>A Manuel no le importaba mayormente aquello; pero le producía
-indignación el ver que Jesús y la Sinforosa no se compadeciesen de su
-hermana y la enviasen á hacer recados y la obligasen á barrer cuando la
-pobre raquítica no podía con su barriga, que amenazaba ser monstruosa.</p>
-
-<p>Por motivo de estas discusiones, hubo días en los cuales Manuel apenas
-cruzó unas cuantas palabras con Jesús, y se dedicó á charlar con Jacob y
-á hacerle preguntas acerca de su país.</p>
-
-<p>A Jacob, á pesar de que según decía no le había ido muy bien en su
-tierra, le gustaba hablar de ella.</p>
-
-<p>Era de Fez y tenía un entusiamo grande por esta ciudad.</p>
-
-<p>La pintaba como un paraíso lleno de huertas con palmeras, limoneros y
-naranjos, cruzada por riachuelos cristalinos. En Fez, en el barrio de
-los judíos, pasó Jacob su infancia, hasta que entró al servicio de un
-comerciante rico, que negociaba en Rabat, Mogador y Saffi.<a name="page_157" id="page_157"></a></p>
-
-<p>Jacob, con su imaginación viva y su modo de hablar exagerado, pintoresco
-y lleno de imágenes, daba la impresión de la realidad cuando hablaba de
-su país.</p>
-
-<p>Pintaba el paso de las caravanas compuestas de camellos, asnos y
-dromedarios. Describía éstos con sus cuellos largos y su cabeza pequeña,
-que se balancea como la de las serpientes, con los ojos apagados que
-miran al cielo; y al oirle mientras peroraba se creía estar atravesando
-aquellos arenales blancos, en donde el sol ciega. Describía también los
-mercados constituídos en la confluencia de unas cuantas sendas y
-caracterizaba á la gente que acudía á ellos; los moros de las cabilas
-próximas con sus fusiles, los encantadores de serpientes, los
-hechiceros, los narradores de cuentos de las <i>Mil y una noches</i>, los
-médicos que sacan los gusanos de los oídos.</p>
-
-<p>Y al retirarse las caravanas, al alejarse unos y otros por las sendas,
-jinetes en sus caballos y en sus mulas, Jacob imitaba los graznidos de
-los cuervos que acudían en bandadas al lugar del mercado y lo cubrían de
-una capa negra.</p>
-
-<p>Pintaba el efecto que causaba ver treinta ó cuarenta bereberes á
-caballo, con melenas largas, armados de espingardas, y que, al pasar un
-judío, escupían en el suelo; la vida sin seguridad; por los caminos,
-gentes sin ojos y sin<a name="page_158" id="page_158"></a> brazos, castigados por la justicia, pidiendo
-limosna en nombre de Muley Edris, y durante el invierno, el paso
-peligroso de los ríos, los anocheceres en la puerta del aduar, mientras
-se preparaba el <i>cus-cus</i>, tocando el <i>guembrí</i> y cantando canciones
-soñolientas y tristes.</p>
-
-<p>Un sábado, Jacob le convidó á Manuel á comer en su casa.</p>
-
-<p>Vivía el judío en el barrio de Pozas, en una casucha de una callejuela
-próxima al paseo de Areneros.</p>
-
-<p>La casita aquella tenía un aspecto extraño, algo oriental. Una ó dos
-mesas bajitas de pino; jergones pequeños en vez de sillas, y colgando de
-las paredes trapos de color y dos guitarrillos de tres cuerdas.</p>
-
-<p>Manuel conoció al padre de Jacob, un viejo melenudo que andaba por casa
-con una túnica obscura y una gorra, á su mujer Mesoda y á una niña de
-ojos negros llamada Aisa.</p>
-
-<p>Se sentaron todos á la mesa; el viejo pronunció unas cuantas palabras
-gravemente en una lengua enrevesada, que Manuel supuso sería una oración
-en judío, y comenzaron á comer.</p>
-
-<p>La comida tenía gusto á hierbas aromáticas fuertes, y á Manuel le
-pareció que mascaba flores.</p>
-
-<p>En la mesa, el viejo, en el castellano extravagante en que hablaba toda
-la familia, contó<a name="page_159" id="page_159"></a> á Manuel las peripecias de la guerra de Africa; en su
-narración Prim, el señor Juan Prim&mdash;como decía él&mdash;tomaba proporciones
-épicas. Jacob debía de respetar profundamente al viejo y le dejaba
-perorar y hablar de Prim y del Eterno; Mesoda muy tímida sonreía y se
-ruborizaba por cualquier cosa.</p>
-
-<p>Después de comer, Jacob descolgó de la pared uno de los guitarrillos de
-tres cuerdas y cantó varias canciones árabes acompañándose de uno de
-aquellos instrumentos primitivos.</p>
-
-<p>Manuel se despidió de la familia de Jacob y prometió visitarla de cuando
-en cuando.</p>
-
-<p>&nbsp;</p>
-
-<p>Una noche de otoño, al volver Manuel del trabajo, después de un día
-entero en que Jesús no apareció por la imprenta, al entrar en el Parador
-se encontró en el pasillo que conducía á su cuarto con un grupo de
-comadres, que hablaban de Jesús y de sus hermanas.</p>
-
-<p>La Fea había parido; estaban en su cuarto el médico de la Casa de
-Socorro y la señora Salomona, una buena mujer que se ganaba la vida
-asistiendo enfermos.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero qué ha hecho Jesús?&mdash;preguntó Manuel al oir los dicterios de las
-mujeres contra el cajista.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué ha hecho?&mdash;contestó una de las comadres&mdash;, pues ná, que ha
-resultao que vivía amontonao con la Sinfo, que es una pécora más<a name="page_160" id="page_160"></a> mala
-que un dolor, y Jesús y ella se habían entregao á la bebida, y la
-zorrona de la Sinfo le quitaba el jornal que ganaba á la Fea.</p>
-
-<p>&mdash;Eso no puede ser verdad&mdash;replicó Manuel.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué no? Si lo ha dicho el mismo Jesús.</p>
-
-<p>&mdash;Pues la otra no es muy decente tampoco, que digamos&mdash;añadió una de las
-mujeres.</p>
-
-<p>&mdash;Tanto como la que más&mdash;replicó la comadre oradora&mdash;. Se lo ha contao
-tó al médico de la Casa de Socorro. Una noche en que no había pasao
-gracia divina por su cuerpo, porque Jesús y la Sinfo se habían llevao
-tóos los quisquis, fué la Fea y, para remediar el hambre, bebió un trago
-de aguardiente y luego otro, y con la debilidá que tenía se quedó
-borracha. Vinieron la Sinfo y Jesús, y los dos cargados, y la muy zorra,
-viéndola en la cama á la Fea, la dijo, dice: Anda, que la cama la
-necesitamos nosotros para... (haciendo un ademán desvergonzado). Ya me
-entienden ustés, y va y pone á su hermana á la puerta. La Fea, que no
-sabía lo que se hacía, salió á la calle, y uno del Orden, al verla
-curda, la lleva á la delega y la mete en un cuarto obscuro, y allí algún
-tío...</p>
-
-<p>&mdash;Que estaría también curda&mdash;dijo un albañil que se detuvo á oir la
-relación.</p>
-
-<p>&mdash;Pues ná...&mdash;añadió la comadre.</p>
-
-<p>&mdash;Si llega á haber luz, pa mí que no hay nada, porque el compadre, al
-ver la cara de la<a name="page_161" id="page_161"></a> socia, se asusta&mdash;añadió el albañil siguiendo su
-camino.</p>
-
-<p>Manuel se separó del grupo de comadres y se asomó á la puerta del cuarto
-de Jesús. Era un espectáculo desolador; la hermana del cajista, pálida,
-con los ojos cerrados, echada en el suelo sobre unas esteras, cubierta
-con telas de sacos, parecía un cadáver; el médico la fajaba en aquel
-momento; la señora Salomona vestía al recién nacido; un charco de sangre
-manchaba los ladrillos.</p>
-
-<p>Jesús, arrimado á la pared en un rincón, miraba al médico y á su
-hermana, impasible, con los ojos brillantes.</p>
-
-<p>El médico pidió á las vecinas que trajeran un colchón y unas sábanas;
-cuando llegaron estas cosas pusieron el colchón sobre el petate, de
-tablas, y colocaron con cuidado á la Fea. Estaba la pobre raquítica como
-un esqueleto; su pecho era liso como el de un hombre y, á pesar de que
-no debía tener fuerzas para moverse, cuando le pusieron el niño á su
-lado, cambió de postura é intentó darle de mamar.</p>
-
-<p>Manuel, al notarlo, miró á Jesús con ira.</p>
-
-<p>Le hubiera pegado con gusto, por permitir que su hermana estuviera así.</p>
-
-<p>El médico, cuando concluyó su trabajo, cogió á Jesús, lo llevó al
-extremo de la galería y habló con él. Jesús se hallaba dispuesto á<a name="page_162" id="page_162"></a>
-hacer todo lo que le dijeran; daría el jornal entero á la Fea, lo
-prometía.</p>
-
-<p>Luego, cuando se fué el médico, Jesús cayó en manos de las comadres, que
-le pusieron como un trapo.</p>
-
-<p>El no negó nada. Al revés.</p>
-
-<p>&mdash;Durante el embarazo&mdash;dijo&mdash;ha dormido en el suelo sobre la estera.</p>
-
-<p>Todas las comadres comentaron indignadas las palabras del cajista. Este
-se encogía de hombros estúpidamente.</p>
-
-<p>&mdash;¡Mire usté que estar la pobre infeliz durmiendo sobre la estera
-mientras que la Sinfo y Jesús se estaban en la cama!&mdash;decía una.</p>
-
-<p>Y la indignación se acentuó contra la Sinfo, aquella golfa indecente, á
-la que juraron dar una paliza morrocotuda. La señora Salomona tuvo que
-interrumpir la charla, porque no dejaban dormir en paz á la parturienta.</p>
-
-<p>La Sinfo debió sospechar algo, pues no se presentó en el parador. Jesús,
-ceñudo, sombrío, con las mejillas encendidas y los ojos brillantes en
-los días posteriores iba de su casa á la imprenta sin hablar una
-palabra. Manuel sospechó si estaría enamorado de su hermana.</p>
-
-<p>Durante el sobreparto, las mujeres de la vecindad cuidaron con cariño á
-la Fea; exigían el jornal entero á Jesús, quien lo daba sin
-inconveniente alguno. El recién nacido, encanijado é hidrocéfalo, murió
-á la semana.<a name="page_163" id="page_163"></a></p>
-
-<p>La Sinforosa no apareció más por el parador; según se decía, se había
-lanzado á la <i>vida</i>.</p>
-
-<p>&nbsp;</p>
-
-<p>El día de Nochebuena, por la tarde, llegaron al parador tres señores
-vestidos de negro. Un viejecillo de bigote blanco y ojos alegres; un
-señor estirado de barba entrecana y anteojos de oro; y otro que parecía
-secretario ó escribiente, bajito, de bigote negro, que taconeaba al
-andar é iba cargado de papeles. Dijeron que eran de la Conferencia de
-San Vicente de Paúl, visitaron á la hermana de Jesús y á otras personas
-que vivían en rincones y tabucos de la casa.</p>
-
-<p>Detrás de aquellos señores vestidos de negro fueron Manuel y Jesús, por
-curiosidad, con otro vecino albañil. Manuel y Jesús, que no hacían más
-que dormir en el parador, no conocían la vecindad, así que anduvieron
-por su casa como por una extraña.</p>
-
-<p>&mdash;¡Hipócritas!&mdash;decía el albañil á voz en grito.</p>
-
-<p>&mdash;Pero, hombre. ¡Cállese usted!&mdash;exclamó Manuel&mdash;que le van á oir.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y qué?&mdash;replicaba el vecino&mdash;¡Qué me oigan! Son unos hipócritas. ¿A
-qué vienen aquí á echárselas de caritativos? A hacer el paripé, á eso
-vienen esos tíos; estos jesuítas farsantes. ¿Qué leñe quieren saber?
-¿que vivimos<a name="page_164" id="page_164"></a> mal? ¿que estamos hechos unos guarros? ¿que no cuidamos de
-los chicos? ¿que nos emborrachamos? Bueno, pues que nos den su dinero y
-viviremos mejor, pero que no se nos vengan con bonos y con consejos.</p>
-
-<p>Entraron los tres señores en un tabuco de un par de metros en cuadro. En
-el suelo, sobre un montón de paja y de harapos, había una mujer
-hidrópica, con la cara hinchada y entontecida.</p>
-
-<p>En una silla, á la luz de una candileja, cosía una mujer joven.</p>
-
-<p>Desde el pasillo Manuel pudo oir la conversación que tenían adentro.</p>
-
-<p>El viejecillo del bigote blanco preguntó con su voz alegre qué es lo que
-le pasaba á la mujer, y una vecina que vivía en un cuarto próximo contó
-un sin fin de miserias y dolores.</p>
-
-<p>La hidrópica sobrellevaba sus desdichas con resignación extraordinaria.</p>
-
-<p>Se cebó la desgracia en ella y fué cayendo y cayendo hasta llegar á
-aquella situación tan triste. No encontró una mano amiga, y sus únicos
-favorecedores fueron un carnicero y su mujer, antiguos criados de su
-casa á quienes había ayudado á establecerse en mejores épocas. La
-carnicera, que además era prestamista, solía comprar en el Rastro
-mantones y pañuelos de Manila, y cuando tenían algo que zurcir<a name="page_165" id="page_165"></a> ó
-arreglar se los llevaba á la hija de la hidrópica para que los
-compusiera.</p>
-
-<p>Esto, la antigua criada se lo pagaba á la hija de sus amos con un montón
-de huesos, y á veces, cuando quedaba satisfecha del trabajo le daba las
-sobras de su comida.</p>
-
-<p>&mdash;¡Moler con la generosidad de la carnicera!&mdash;dijo el albañil, que
-escuchaba la narración de la vecina.</p>
-
-<p>&mdash;También la gente del pueblo&mdash;repuso Jesús en broma, recordando una
-frase de zarzuela&mdash;tiene su corazoncito.</p>
-
-<p>Los señores de la Conferencia de Paúl, después de oir tan conmovedora
-relación, dieron tres bonos á la hija de la hidrópica y salieron del
-cuarto.</p>
-
-<p>&mdash;Ya es feliz esta mujer&mdash;murmuró Jesús irónicamente&mdash;; tenía que
-morirse mañana y se muere pasado. ¿Para qué quiere más?</p>
-
-<p>El albañil murmuró:</p>
-
-<p>&mdash;Me parece.</p>
-
-<p>El secretario, el de los papeles, recordó un caso análogo al de la
-hidrópica, y lo llamó curioso y extremadamente interesante.</p>
-
-<p>Cuando los tres señores salían de un pasillo para desembocar en otro,
-una vieja les llamó y hablándoles de usía les pidió que la acompañaran y
-les llevo alumbrándoles con una bujía á un caramanchón ó agujero negro
-abierto debajo de una escalera. Sobre un montón de<a name="page_166" id="page_166"></a> trapos y arropada en
-un mantón raido había una chiquilla delgada, esmirriada, la cara morena
-y flaca, los ojos negros, huraños, y brillantes. A su lado dormía un
-chico de dos ó tres años.</p>
-
-<p>&mdash;Yo quisiera que usías&mdash;dijo la vieja&mdash;la metieran á esta chica en un
-asilo. Es huérfana; su madre, que con perdón, no llevaba muy buena vida,
-murió aquí. Ella se ha metido en este agujero y nadie la puede echar, y
-roba huevos, pan, todo lo que puede, unas veces en una casa, otras en
-otra, para dar de comer al rorro. Yo quisiera que usías consiguieran que
-la llevaran á un asilo.</p>
-
-<p>La chiquilla miró con sus ojos grandes, espantados á los tres señores, y
-agarró de la mano al chico.</p>
-
-<p>&mdash;Esta niña&mdash;dijo el secretario, el de los papeles&mdash;, tiene por su
-hermano un cariño verdaderamente curioso é interesante, y yo no sé si no
-sería cruel separarlos.</p>
-
-<p>&mdash;Estaría mejor en un asilo&mdash;añadió la vieja.</p>
-
-<p>&mdash;Ya veremos, ya veremos&mdash;replicó el señor anciano&mdash;. Se fueron los
-tres.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo te llamas tú?&mdash;le preguntó Jesús á la chica.</p>
-
-<p>&mdash;¿Yo? Salvadora.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quieres venir á vivir conmigo con tu chico?</p>
-
-<p>&mdash;Sí&mdash;contestó sin vacilar la niña.<a name="page_167" id="page_167"></a></p>
-
-<p>&mdash;Bueno, pues vamos, levántate. La Fea se va á poner más contenta&mdash;dijo
-Jesús como para dar una explicación de su rasgo&mdash;. Si no la van á
-separar de su crío y es una barbaridad.</p>
-
-<p>La chica cogió al niño en brazos y acompañó á Jesús. La Fea debió
-recibir á los dos abandonados con un gran entusiasmo. Manuel no
-presenció la escena porque en el pasillo le detuvo un muchacho joven:</p>
-
-<p>&mdash;¿No me conoces?&mdash;le preguntó, encarándose con él.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, hombre... El Aristón.</p>
-
-<p>&mdash;El mismo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Vives aquí?</p>
-
-<p>&mdash;Ahí en el Corral.</p>
-
-<p>El Corral era uno de los patios del parador, y daba á ese infecto Rastro
-que va desde la Ronda á la fábrica del gas. El Aristón seguía con su
-necromanía; no le habló á Manuel más que de muertos, entierros y cosas
-fúnebres.</p>
-
-<p>Le dijo que iba á los camposantos los domingos, pues él consideraba como
-un deber el cumplir esa Obra de Misericordia que manda enterrar á los
-muertos.</p>
-
-<p>En el curso de la conversación, el necrómano insinuó la idea de que si
-el rey se muriera se le haría un entierro admirable; pero que á pesar de
-esto, él se figuraba que el entierro del Papa sería más suntuoso.<a name="page_168" id="page_168"></a></p>
-
-<p>Cruzaron el necrómano y Manuel varios pasillos.</p>
-
-<p>&mdash;¿A dónde me llevas?&mdash;le preguntó Manuel.</p>
-
-<p>&mdash;Si quieres venir, verás un muerto.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y qué vas á hacer junto á ese muerto?</p>
-
-<p>&mdash;Voy á velarle y á rezar por él&mdash;dijo el Aristón.</p>
-
-<p>En un cuartucho iluminado por dos velas puestas en dos botellas, había
-un hombre muerto, tendido sobre un jergón...</p>
-
-<p>De lejos llegaba rumor de panderetas y de cánticos; de cuando en cuando
-una voz chillona de vieja borracha cantaba á voz en grito:</p>
-
-<div class="poem"><div class="stanza">
-<span class="i2">«Ande, ande, ande<br /></span>
-<span class="i0">la marimorena;<br /></span>
-<span class="i0">ande, ande, ande,<br /></span>
-<span class="i0">que es la Nochebuena.»<br /></span>
-</div></div>
-
-<p>En el cuarto del muerto en aquel instante no había nadie.</p>
-
-<p><a name="page_169" id="page_169"></a></p>
-
-<h3><a name="CAPITULO_IV-2" id="CAPITULO_IV-2"></a>CAPÍTULO IV<br /><br />
-<small>La Navidad de Roberto.&mdash;Gente del Norte.</small></h3>
-
-<p>A la misma hora, Roberto Hasting marchaba á casa de Bernardo Santín,
-envuelto en su abrigo. La noche estaba fría, apenas transitaba nadie por
-la calle, los tranvías pasaban de prisa resbalando por los railes con un
-zumbido suave.</p>
-
-<p>Roberto entró en la casa, subió al último piso y llamó. Abrió la puerta
-Esther y paso adentro.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y Bernardo?&mdash;preguntó Roberto.</p>
-
-<p>&mdash;No ha venido en todo el día&mdash;contestó la ex institutriz.</p>
-
-<p>&mdash;¿No?</p>
-
-<p>&mdash;No.</p>
-
-<p>Esther, envuelta en un chal se sentó ante la mesa. El cuarto, la antigua
-galería fotográfica, estaba iluminada con un quinqué de petróleo. Todo
-denunciaba allí la mayor miseria.</p>
-
-<p>&mdash;¿Se han llevado la máquina?&mdash;preguntó Roberto.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, esta mañana. Tengo el dinero guardado en este cajón. ¿Qué me
-aconseja usted que haga, Roberto?</p>
-
-<p>Roberto paseó de un lado á otro del cuarto,<a name="page_170" id="page_170"></a> mirando al suelo; de
-repente se detuvo ante Esther.</p>
-
-<p>&mdash;¿Usted quiere que le hable con entera franqueza?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, con entera franqueza; como hablaría usted á un camarada.</p>
-
-<p>&mdash;Pues, bien, entonces yo creo que lo que debe usted hacer es, no se si
-el consejo le parecerá á usted brutal...</p>
-
-<p>&mdash;Diga usted.</p>
-
-<p>&mdash;Lo que creo que debe usted hacer es separarse de su marido.</p>
-
-<p>Esther calló.</p>
-
-<p>&mdash;Ha caído usted en manos, no de un infame, ni de un canalla, pero sí en
-manos de un desgraciado, de un pobre imbécil, sin talento, sin energía,
-incapaz de vivir é incapaz de comprender á usted.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y qué voy á hacer?</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué? Volver á su vida pasada, á sus lecciones de piano y de inglés.
-¿Es que le sería á usted dolorosa la separación?</p>
-
-<p>&mdash;No, al revés; puede usted creerlo, no siento el menor cariño por
-Bernardo; me inspira lástima y repulsión. Es más, no lo he querido
-nunca.</p>
-
-<p>&mdash;Entonces, ¿por qué se casó usted con él?</p>
-
-<p>&mdash;Qué sé yo. La fatalidad, el consejo pérfido de una amiga, el no
-conocerle; fué una de esas cosas que se hacen sin saber por qué. Al día
-siguiente estaba arrepentida.<a name="page_171" id="page_171"></a></p>
-
-<p>&mdash;Lo creo. Yo cuando supe que Bernardo se casaba, pensé: Será alguna
-aventurera que quiere legitimar su situación con un nombre; luego,
-cuando la fuí conociendo á usted, me pregunté: ¿Cómo ha podido esta
-mujer engañarse con un hombre tan insignificante como Bernardo? No hay
-explicación. Ni dinero, ni talento, ni energía. ¿Qué le ha impulsado á
-una mujer ilustrada, de corazón, á casarse con un tipo así? Nunca me lo
-he podido explicar. ¿Es que creyó usted ver en él un artista, un hombre,
-aunque pobre, dispuesto á trabajar y á luchar?</p>
-
-<p>&mdash;No, me hicieron ver todo esto. Para que comprenda usted mi decisión,
-tendría que contarle mi vida, desde que llegué á Madrid con mi madre.
-Vivíamos las dos modestamente con una pequeña pensión que nos mandaba un
-pariente de París. Yo había concluído de estudiar en el Conservatorio y
-buscaba lecciones. Tenía dos ó tres de piano y una de inglés, con lo que
-sacaba bastante para mis gastos. En esta situación se puso enferma mi
-madre, perdí mis lecciones para atenderla y me ví en una situación
-angustiosísima. Luego cuando murió, me encontraba sola en una casa de
-huéspedes, asediada por hombres que me hacían proposiciones indignas á
-todas horas, correteando por las calles para encontrar una plaza de
-institutriz; verdaderamente desesperada. Crea usted que hubo días en que
-sentí la tentación de<a name="page_172" id="page_172"></a> suicidarme, de echarme á la mala vida, de tomar
-una resolución extrema para no tener ya que pensar. En esta situación un
-día leo en un periódico que una señora inglesa que se hospedaba en el
-hotel de París quería una señorita de compañía que conociera bien el
-español y el inglés. Me presento en el hotel, espero á la señora y ésta
-me recibe con los brazos abiertos y me trata como á una hermana. Puede
-usted comprender mi satisfacción y mi gratitud. Nunca he sido ingrata;
-si en aquella época mi protectora me hubiera pedido la vida se la
-hubiese dado con gusto. Créalo usted. Esta señora era aficionada á
-pintar y acostumbraba ir al Museo; yo solía acompañarla. Entre los que
-copiaban en el Museo había un joven alemán, alto, rubio, amigo de mi
-protectora, que comenzó á hacerme el amor. Yo lo encontraba petulante y
-poco simpático. Cuando mi protectora notó que el pintor me galanteaba,
-se incomodó mucho y me dijo que era un perdido, un canalla cínico; hizo
-un retrato horrible de él, lo pintó como un egoísta depravado. Yo, que
-no sentía gran simpatía por el alemán, escuché los consejos de mi
-protectora y le manifesté al pintor claramente mi desprecio. A pesar de
-esto Oswald, así se llamaba, insistía, cuando apareció allí Bernardo.
-Creo que conocía algo al alemán, y un día habló con nosotras. Entonces
-mi protectora hizo, sin que yo<a name="page_173" id="page_173"></a> lo advirtiera, una labor contraria á la
-que había hecho con Oswald; me alabó á Bernardo á todas horas, me dijo
-que era un gran artista, de un talento superior, de una sensibilidad
-exquisita, un corazón de oro; que me adoraba. Efectivamente, recibí
-cartas de él encantadoras, llenas de sentimientos delicados, que me
-conmovieron. Ella, mi protectora, facilitó nuestras entrevistas, excitó
-mi imaginación, me impulsó á este matrimonio desdichado, y viéndome
-casada se fué de Madrid. A las dos ó tres semanas de matrimonio,
-Bernardo me confesó riendo que las cartas que me había escrito se las
-había dictado Fanny.</p>
-
-<p>&mdash;¿Fanny dice usted?&mdash;preguntó Roberto.</p>
-
-<p>&mdash;Sí; ¿la conoce usted?</p>
-
-<p>&mdash;Creo que sí.</p>
-
-<p>&mdash;Estaba ella enamorada de Oswald. Había hecho para impedir que Oswald
-me galantease una gran perfidia. Después de salvarme de la miseria, me
-ha llevado á una situación aún peor que aquella en que me encontró.
-Abusó de la confianza ciega que en ella tenía. Pero me vengaré, sí, me
-vengaré. Fanny está aquí con Oswald. Los he visto. Le he escrito á él
-citándole para mañana.</p>
-
-<p>&mdash;Ha hecho usted mal, Esther.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué? ¿Se juega así con la vida de una persona?</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué adelantará usted con eso?<a name="page_174" id="page_174"></a></p>
-
-<p>&mdash;Vengarme; ¿le parece á usted poco?</p>
-
-<p>&mdash;Poco. Si ha conservado usted cariño por Oswald, es otra cosa.</p>
-
-<p>&mdash;No, yo no. No le quiero; pero no dejaré á Fanny sin castigar su
-perfidia.</p>
-
-<p>&mdash;¿Llegaría usted al adulterio por la venganza?</p>
-
-<p>&mdash;¿Y quién le ha dicho á usted que llegaría al adulterio? Además, en mí
-sería un derecho, no una falta.</p>
-
-<p>&mdash;Haría usted además desgraciado á Oswald.</p>
-
-<p>&mdash;¿No me han hecho desgraciada á mí?</p>
-
-<p>Esther se hallaba presa de una gran excitación.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cree usted que mañana vendrá Oswald á esta casa?&mdash;le preguntó
-Roberto.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, creo que sí.</p>
-
-<p>&mdash;Esta protectora de usted, ¿es alta, delgada, con ojos grises?</p>
-
-<p>&mdash;¡Sí!</p>
-
-<p>&mdash;Es mi prima.</p>
-
-<p>&mdash;¿Su prima de usted?</p>
-
-<p>&mdash;Sí. Le advierto á usted que es muy violenta.</p>
-
-<p>&mdash;Lo sé.</p>
-
-<p>&mdash;Que es capaz de atacarle á usted en cualquier parte.</p>
-
-<p>&mdash;Lo sé también.</p>
-
-<p>&mdash;¿Ha pensado usted con calma en su resolución? Como comprenderá usted,
-un hombre á<a name="page_175" id="page_175"></a> quien se le cita y se le dice: «Si no le correspondí á
-usted fué porque me engañaron respecto á usted, y me dijeron que era
-usted lo que no era», ese hombre no puede resignarse á oir
-tranquilamente esta confidencia.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y qué va hacer?</p>
-
-<p>&mdash;Buscará una compensación. Nadie se resigna á ser un instrumento de
-venganza ajena. Usted perturba la tranquilidad de ese hombre.</p>
-
-<p>&mdash;¿No perturbaron la mía?</p>
-
-<p>&mdash;Sí; pero vengar la perfidia de Fanny en su amante, no me parece justo.</p>
-
-<p>&mdash;No me importa. Sólo una cosa me haría olvidar mi venganza.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cuál?</p>
-
-<p>&mdash;El que le pudiera ocasionar á usted algún perjuicio. Usted ha sido
-bueno para mí&mdash;murmuró Esther ruborizándose.</p>
-
-<p>&mdash;No, á mí ningún perjuicio puede ocasionarme, pero á usted sí. Fanny es
-colérica.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quiere usted venir mañana?</p>
-
-<p>&mdash;Pero yo, ¿con qué derecho voy á intervenir?</p>
-
-<p>&mdash;¿No es usted amigo mío?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;Entonces venga usted.</p>
-
-<p>Fué Roberto al día siguiente por la tarde. Bernardo estaba, según su
-costumbre, fuera de casa; Esther se hallaba muy excitada. A las cuatro
-llegó Oswald. Era un joven rubio, encarnado,<a name="page_176" id="page_176"></a> chato, con los ojos rojos,
-muy alto y con el pelo largo. Pareció sufrir una gran decepción al
-encontrar solo á Roberto. Hablaron. A Roberto, Oswald le pareció un
-pedante insoportable. Tomó la palabra para decir, en un tono de dómine,
-que no podía aguantar á los españoles ni á los franceses. Iba á escribir
-un libro, el <i>Anti-latino</i>, considerando los pueblos latinos como
-degenerados, que deben conquistar cuanto antes los germanos. Le
-indignaba que se hablara de Francia. Francia no existía; Francia no
-había hecho nada. Francia tenía á su alrededor la muralla de la China;
-como ha dicho Björson: desde hace mucho tiempo, el mundo tiene como el
-mejor músico á Wagner; como el mejor dramaturgo, á Ibsen; como el mejor
-novelista, á Tolstoï; como el mejor pintor, á Böcklin; sin embargo, en
-Francia se sigue hablando de Sardou, de Mirbeau y de otros imbéciles por
-el estilo. Los escritores originales de París plagian á Nietzsche; los
-músicos latinos han copiado y saqueado á los alemanes; la ciencia
-francesa no existe, ni la filosofía, ni el arte. El hecho histórico de
-Francia era una completa ilusión. Toda la raza latina era una raza
-despreciable.</p>
-
-<p>Roberto no contestó á esto y observó atentamente á Oswald. ¡Le parecía
-tan absurdo, tan pedantesco aquel hombre largo, á quien citaba una mujer
-y hablaba de sociología!<a name="page_177" id="page_177"></a></p>
-
-<p>Entró Esther. La saludó el pintor muy gravemente, y le preguntó de
-sopetón el motivo de la cita. Esther nada dijo; Roberto discretamente
-salió del taller y comenzó á pasear por el corredor.</p>
-
-<p>&mdash;¿Sabe Fanny que ha venido usted aquí?&mdash;dijo Esther á Oswald.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, creo que sí.</p>
-
-<p>&mdash;Me alegro.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué?</p>
-
-<p>&mdash;Porque vendrá también ella.</p>
-
-<p>&mdash;¿Tiene algo que ver en este asunto?</p>
-
-<p>&mdash;Sí. ¿Hace tiempo que vive con usted?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, ya hace tiempo.</p>
-
-<p>Callaron los dos y esperaron sin hablarse en una situación embarazosa.
-De pronto se oyó un campanillazo formidable.</p>
-
-<p>&mdash;Aquí está ella, dijo Esther, y abrió la puerta.</p>
-
-<p>Penetró Fanny en el estudio. Venía pálida, descompuesta.</p>
-
-<p>&mdash;¿No me esperabas?&mdash;preguntó á Esther.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, sabía que vendría usted.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué le quieres á Oswald?</p>
-
-<p>&mdash;Nada, quiero decirle qué clase de mujer es usted; quiero contarle sus
-perfidias nada más. Usted ha cometido conmigo, que me fiaba en usted
-como en mi madre, una acción villana; usted me ha vendido. Me dijo usted
-que Oswald había engañado á una mujer para abandonarla después.<a name="page_178" id="page_178"></a></p>
-
-<p>&mdash;¡Yo!&mdash;dijo con asombro el pintor.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, usted; ella me lo contó; me dijo también que usted era un pintor
-despreciable y sin talento.</p>
-
-<p>Fanny, asombrada, desprevenida, no contestó una palabra.</p>
-
-<p>&mdash;Durante el tiempo que usted y yo nos tratamos&mdash;siguió diciendo Esther
-dirigiéndose á Oswald&mdash;no dejó ocasión de hablar mal de usted, de
-insultarle; decía que usted quería seducirme; le pintaba á usted como un
-malvado, como un canalla, como un hombre repugnante...</p>
-
-<p>&mdash;¡Mientes, mientes!&mdash;gritó Fanny con voz chillona.</p>
-
-<p>&mdash;Digo la verdad, sólo la verdad. Yo entonces creí que sus consejos eran
-por mi bien, por el cariño que me tenía; después vi que había cometido
-conmigo la perfidia más grande, más inicua que se puede cometer,
-valiéndose del ascendiente que tenía sobre mí.</p>
-
-<p>&mdash;Pero usted me escribió una carta&mdash;dijo Oswald.</p>
-
-<p>&mdash;Yo, no.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, una carta en que contestaba con burlas á mis palabras.</p>
-
-<p>&mdash;No, yo no he escrito esa carta; la escribiría Fanny, que quería á todo
-trance apartarle á usted de mí.</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh! Ha matado mi vida&mdash;exclamó Oswald<a name="page_179" id="page_179"></a> de un modo enfático, y se
-sentó junto á la mesa y apoyó la frente en su mano; luego se levantó de
-la silla y comenzó á pasear de un lado á otro del cuarto.</p>
-
-<p>&mdash;Esta es la verdad, la pura verdad&mdash;afirmó Esther&mdash;, y quería que la
-supiera usted, y delante de ella, que no podrá desmentirme. A mí me ha
-hecho desgraciada, pero ella no gozará tranquilamente de su perfidia.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ha matado mi vida!&mdash;repitió Oswald con su tono enfático.</p>
-
-<p>&mdash;Ella. Ha sido ella.</p>
-
-<p>&mdash;Te mataré&mdash;gritó Fanny con voz ronca, agarrando de los brazos á
-Esther.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero ahora sabe usted que lo que ha dicho de mí es mentira?&mdash;preguntó
-Oswald.</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;Ahora ¿podrá usted oirme?</p>
-
-<p>&mdash;Ahora, ja... ja...&mdash;rió Fanny&mdash;; ahora tiene un amante.</p>
-
-<p>&mdash;No es cierto&mdash;exclamó Esther.</p>
-
-<p>&mdash;Sí lo es, viene todos los días á verte. Es uno rubio. No lo puedes
-negar.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah! Estaba aquí hace un momento&mdash;dijo Oswald.</p>
-
-<p>&mdash;No es mi amante, es un amigo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero por qué le has llamado á Oswald?&mdash;gritó Fanny con rabia&mdash;. ¿Es
-que le quieres?</p>
-
-<p>&mdash;¡Yo, no!; pero quiero enseñarle á usted que no se juega con la vida de
-los demás, como<a name="page_180" id="page_180"></a> usted jugó con la mía. Me engañó usted; ya me he
-vengado.</p>
-
-<p>&mdash;Te mataré&mdash;volvió á gritar Fanny, y agarró del cuello á Esther.</p>
-
-<p>&mdash;¡Roberto! ¡Roberto!, clamó Esther asustada.</p>
-
-<p>Apareció éste en el taller, cogió á su prima del brazo y violentamente
-la hizo separarse de Esther.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah! ¿Eres tú, Bob?&mdash;dijo Fanny serenándose inmediatamente&mdash;; has
-venido á tiempo; iba á matarla.</p>
-
-<p>La entrada de Roberto apaciguó un tanto los ánimos; se sentaron los
-cuatro y hablaron. Discutieron el caso como si se tratara de un problema
-de ajedrez. Fanny quería á Oswald. Oswald estaba enamorado de Esther, y
-Esther no sentía inclinación alguna por el pintor, ¿Cómo iban á
-arreglarse? Nadie cedía; además, hablando se perdían en laberínticos
-análisis psicológicos que no conducían á nada. Había obscurecido; Esther
-encendió el quinqué y lo colocó sobre la mesa. La discusión continuaba
-en frío; Oswald hablaba monótonamente.</p>
-
-<p>&mdash;Se tú el árbitro&mdash;dijo Fanny á Roberto.</p>
-
-<p>&mdash;Yo, con que cada uno vaya por su lado, creo que resuelven su
-conflicto. Pero fuera del perjuicio moral, tú, Fanny, has producido á
-Esther un perjuicio material grandísimo.</p>
-
-<p>&mdash;Estoy dispuesta á indemnizarla.</p>
-
-<p>&mdash;Yo nada quiero de usted&mdash;exclamó Esther.<a name="page_181" id="page_181"></a></p>
-
-<p>&mdash;No; perdone usted&mdash;dijo Roberto&mdash;, perdone usted que tercie en este
-asunto. Tú, Fanny, tienes una gran fortuna, una alta posición social;
-Esther, en cambio, se encuentra, por tu causa, con su porvenir truncado,
-tiene que ganar su vida, y tú no conoces lo que es esto; pero yo, que lo
-conozco, sé lo amargo y lo triste que es. Esther podía haber vivido
-tranquilamente; por tu culpa se ve así.</p>
-
-<p>&mdash;Ya he dicho que estoy dispuesta á indemnizarla.</p>
-
-<p>&mdash;Yo he dicho también que no quiero nada de usted.</p>
-
-<p>&mdash;No; usted debe dejarme á mí arreglar este asunto, Esther. ¿Mañana
-podré verte, Fanny?</p>
-
-<p>&mdash;Toda la tarde te esperaré.</p>
-
-<p>&mdash;Está bien; trataremos de ese asunto.</p>
-
-<p>Fanny se levantó para salir; saludó ligeramente á Esther y tendió la
-mano á su primo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Sin rencor?&mdash;le preguntó Roberto.</p>
-
-<p>&mdash;Sin rencor&mdash;afirmó ella dando una sacudida violenta á la mano de
-Roberto.</p>
-
-<p>Oswald salió sombrío y humillado con Fanny. Esther y Roberto quedaron
-solos en el taller.</p>
-
-<p>&mdash;¿Sabe usted una cosa?&mdash;dijo Roberto riendo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué?</p>
-
-<p>&mdash;Que no hubiera usted ganado gran cosa<a name="page_182" id="page_182"></a> casándose con Oswald en vez de
-casarse con Bernardo... Adiós, hasta mañana.</p>
-
-<p>&mdash;Me abandona usted, Roberto&mdash;murmuró Esther con melancolía.</p>
-
-<p>&mdash;No; vendré mañana á ver á usted.</p>
-
-<p>&mdash;No quiero estar en esta casa. Lléveme usted de aquí, Roberto.</p>
-
-<p>&mdash;¿No le parece á usted peligroso?</p>
-
-<p>&mdash;¿Peligroso? ¿Para quién? ¿Para usted ó para mí?</p>
-
-<p>&mdash;Para los dos quizá.</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh!, para mí no. Quisiera salir de aquí no ver á Bernardo, que no me
-moleste.</p>
-
-<p>&mdash;No le molestará ya más.</p>
-
-<p>&mdash;Lléveme usted de aquí á cualquier parte.</p>
-
-<p>&mdash;Mire usted, Esther; yo soy un hombre que va por la vida en línea
-recta. Es mi única fuerza; tengo orejeras como los caballos y no me
-desvío de mi camino. Mis dos aspiraciones son hacer una fortuna y
-casarme con una mujer; todo lo demás es para mi una tardanza en
-conseguir mis fines.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y yo entro en todo lo demás?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, porque si no me desviaría de mi camino.</p>
-
-<p>&mdash;Es usted inflexible.</p>
-
-<p>&mdash;Sí; pero lo soy también conmigo mismo. Usted se encuentra en una
-situación difícil. Se ha casado usted con un hombre hace un año, no
-enamorada de él, es cierto, pero creyendo<a name="page_183" id="page_183"></a> que era un hombre leal,
-trabajador, á quien llegaría usted á querer; ese hombre ha resultado un
-miserable embrutecido, depravado, sin sentido moral. Se siente usted
-ofendida en su orgullo de mujer, de mujer enérgica y buena, yo lo
-comprendo. Quiere usted encontrar una tabla de salvación.</p>
-
-<p>&mdash;Y usted me dice fríamente: Yo no puedo ser el que te salve; yo tengo
-otras aspiraciones; yo no me fijo si en mi camino hay gente que agoniza
-porque nadie le atiende, yo sigo adelante.</p>
-
-<p>&mdash;Es verdad; yo sigo adelante. ¿Es que sería mejor lo que otro
-cualquiera, lo que un hombre galante, haría en mi posición?
-¿Aprovecharse de su desconcierto, y hacer que usted fuera mi querida, y
-luego, después, dejarle á usted abandonada? Yo tengo mi conciencia.
-Quizás sea rectilínea como mis aspiraciones, es así.</p>
-
-<p>&mdash;No hay salvación; mi vida está aniquilada&mdash;murmuró Esther con la
-mirada brillante.</p>
-
-<p>&mdash;No; hay el trabajo. No todos los hombres son mezquinos y miserables;
-luchar, ¡si esa es la vida!; vale más la inquietud, el ajetreo continuo,
-la alternativa continua de placeres y dolores que no el estancamiento.</p>
-
-<p>Esther se enjugó una lágrima con el pañuelo.<a name="page_184" id="page_184"></a></p>
-
-<p>&mdash;Adiós; trataré de seguir sus consejos&mdash;y le tendió su mano.</p>
-
-<p>Roberto la tomó, y con su aire de caballero se inclinó y la besó.</p>
-
-<p>Iba á marcharse, cuando ella murmuró con angustia, con la voz de un niño
-que implora:</p>
-
-<p>&mdash;¡Oh, no se vaya usted!</p>
-
-<p>Roberto volvió.</p>
-
-<p>&mdash;Yo no le desviaré de su camino&mdash;exclamó Esther&mdash;. Lléveme usted de
-aquí. No, no me quejaré; seré como una hermana; como una criada, si
-usted quiere. Haga usted de mí lo que quiera, pero no me abandone.
-Cualquiera se aprovecharía de mi debilidad y sería peor para mí.</p>
-
-<p>&mdash;Vamos&mdash;murmuró Roberto emocionado&mdash;. ¿No le va usted á avisar á
-Bernardo?</p>
-
-<p>Esther cogió un papel de cartas y escribió con letras grandes: «No me
-esperes; no vuelvo». Luego se puso el sombrero nerviosamente y se acercó
-á Roberto que esperaba á la puerta.</p>
-
-<p>&mdash;Pero si no quiere usted acompañarme no lo haga usted, Roberto. Por
-compromiso, no&mdash;dijo Esther con los ojos llenos de lágrimas.</p>
-
-<p>&mdash;Ha dicho usted que sería mi hermana, vamos&mdash;repuso él con cariño. Ella
-entonces se refugió en su pecho; él, apartando con la mano los rizos de
-la frente, la besó con dulzura.</p>
-
-<p>&mdash;No, así no, así no&mdash;exclamó Esther temblando,<a name="page_185" id="page_185"></a> y agarrando á Roberto
-por las muñecas le presentó los labios.</p>
-
-<p>Roberto perdió la cabeza y los besó frenético. Esther se abrazó á su
-cuello; un sollozo largo de dolor y de deseo le hizo temblar de la
-cabeza á los pies.</p>
-
-<p>&mdash;¿Vamos?</p>
-
-<p>&mdash;Vamos.</p>
-
-<p>Salieron de casa.</p>
-
-<p>Unas horas después, Bernardo Santín, con la carta de su mujer en la
-mano, murmuraba:</p>
-
-<p>&mdash;¿Y mi padre? ¿Qué va á ser de mi pobre padre?</p>
-
-<p><a name="page_186" id="page_186"></a></p>
-
-<h3><a name="CAPITULO_V-2" id="CAPITULO_V-2"></a>CAPÍTULO V<br /><br />
-<small>Paro general.&mdash;Juergas.&mdash;El baile del Frontón.&mdash;La iniciación del amor.</small></h3>
-
-<p>La hermana de Jesús aceptó con gran entusiasmo á los dos huérfanos
-recogidos por el cajista, el día de Nochebuena, y la Salvadora y el
-chiquitín entraron á formar parte de la familia.</p>
-
-<p>Tenía la Salvadora un genio huraño y despótico, una afición á limpiar, á
-barrer, á fregar, á sacudir, que á Jesús y á Manuel les fastidiaba; le
-gustaba ordenar y disponer; todo lo que tenía de esmirriada lo tenía de
-enérgica. Ella dispuso llevar la comida á Jesús y á Manuel, porque
-gastaban mucho en la taberna, y al medio día, con un cesto que abultaba
-más que ella, iba á la imprenta. En tres meses de ahorros, la Fea y la
-Salvadora compraron en una casa de empeños una máquina de coser nueva.</p>
-
-<p>&mdash;La chica esta no nos va á dejar vivir&mdash;decía Jesús.</p>
-
-<p>La vida del cajista se había normalizado; no se emborrachaba; pero, á
-pesar de los cuidados de su hermana y de la Salvadora, estaba<a name="page_187" id="page_187"></a> cada vez
-más sombrío y más tétrico.</p>
-
-<p>Un día de invierno en que habían cobrado el jornal, al salir de la
-imprenta, Jesús le preguntó á Manuel:</p>
-
-<p>&mdash;Oye, ¿no estás tú cansado de trabajar?</p>
-
-<p>&mdash;¡Pse!</p>
-
-<p>&mdash;¿No te da asco esta vida tan igual y tan monótona?</p>
-
-<p>&mdash;¿Y qué le vas á hacer?</p>
-
-<p>&mdash;Cualquier cosa preferiría yo á esto.</p>
-
-<p>&mdash;¡Si estuvieras solo como yo!</p>
-
-<p>&mdash;La Fea y la Salvadora se arreglan ya para vivir&mdash;dijo Jesús.&mdash;En la
-primavera&mdash;añadió&mdash;tenían que hacer los dos un viaje á pie por los
-caminos, trabajando un poco en cada lado y siempre viendo pueblos
-nuevos. Sabía que en el Ministerio de la Gobernación daban un socorro,
-que consistía en dos reales por cada pueblo por donde se pasara. Si
-lograban ellos el socorro, inmediatamente debían marcharse.</p>
-
-<p>Charlando de estas cosas iban por la plaza del Progreso, cuando pasó por
-delante de ellos una estudiantina tocando un alegre paso doble. Empezaba
-á nevar; hacía mucho frío.</p>
-
-<p>&mdash;¿Vamos á cenar hoy bien?&mdash;dijo Jesús.</p>
-
-<p>&mdash;En casa nos estarán esperando.</p>
-
-<p>&mdash;¡Que esperen! Un día es un día. Vamos á estar ahí toda la vida
-pensando en ahorrar dos perras gordas. ¡Ahorrar!, ¿para qué?</p>
-
-<p>Volvieron sobre sus pasos, recorrieron la<a name="page_188" id="page_188"></a> calle de Barrionuevo y en la
-de la Paz entraron en una taberna y dispusieron la cena. Mientras
-cenaban, hablaron del viaje proyectado con entusiasmo. Brindaron una
-porción de veces. Manuel nunca había estado tan alegre. Se encontraba
-decidido, con alientos para explorar el Polo Norte.</p>
-
-<p>&mdash;Ahora hay que ir al baile del Frontón&mdash;murmuró Jesús con voz
-estropajosa á los postres&mdash;. Allí encontraremos unas golfas y, ¡venga
-juerga!, y la imprenta <i>pa</i> el gato.</p>
-
-<p>&mdash;Eso es&mdash;repetía Manuel&mdash;, ¡al baile! Y al cojo que le den morcilla.
-¡Anda, tú!</p>
-
-<p>Se levantaron, pagaron, y al pasar por la calle de Carretas entraron en
-una taberna á tomar dos copas.</p>
-
-<p>Tropezando con todo el mundo llegaron á la calle de Tetuán, y allí se
-empeñó Jesús en que debían de tomar otras copas; entraron en una taberna
-y se sentaron. El cajista tenía rabia por beber, estaba pálido y
-desencajado; Manuel, en cambio, sentía arder su sangre y las mejillas le
-echaban fuego.</p>
-
-<p>&mdash;Anda, vamos&mdash;le dijo á Jesús; pero éste no podía levantarse. Manuel
-vaciló en quedarse allí ó en salir á la calle; pero se decidió por
-marcharse y dejó á Jesús dormido, con la cabeza echada sobre la mesa de
-la taberna.</p>
-
-<p>Manuel salió á la calle tambaleándose; los copos de nieve, danzando ante
-sus ojos, le mareaban.<a name="page_189" id="page_189"></a> Llegó á la Puerta del Sol. En la esquina de la
-Carrera de San Jerónimo vió una muchacha que se detenía á hablar con los
-hombres. La confundió primero con la Rabanitos, pero no era ella.</p>
-
-<p>Esta tenía la cara abotagada y erisipelatosa.</p>
-
-<p>&mdash;Tú, ¿qué haces?&mdash;le dijo Manuel bruscamente.</p>
-
-<p>&mdash;¿No lo ves? Vender <i>Heraldos</i>.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y nada más?</p>
-
-<p>Ella bajó la voz, que era ronca y quebrada, y añadió:</p>
-
-<p>&mdash;Y jugar.</p>
-
-<p>Manuel estaba con el corazón palpitante.</p>
-
-<p>&mdash;¿No tienes novio?&mdash;la dijo.</p>
-
-<p>&mdash;No quiero chulos.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué no?</p>
-
-<p>&mdash;Pa que la quiten á una el dinero que gana y la harten, además, de
-palos. Sí, sí...</p>
-
-<p>&mdash;¿Cuánto quieres por venir conmigo?</p>
-
-<p>&mdash;¡Ay, qué guasa! ¡Si tú no tienes una perra!</p>
-
-<p>&mdash;¿Que no?</p>
-
-<p>&mdash;Vaya que no.</p>
-
-<p>&mdash;Yo tengo&mdash;murmuró Manuel con jactancia&mdash;cinco duros para tirarlos y tú
-no me sirves á mí para nada.</p>
-
-<p>&mdash;Y tú á mí ni pa la limpieza.</p>
-
-<p>&mdash;Oye&mdash;añadió Manuel, y agarró á la muchacha del brazo y le dió un
-empellón.</p>
-
-<p>&mdash;Vamos, ¡quita, asaúra!&mdash;gritó ella.<a name="page_190" id="page_190"></a></p>
-
-<p>&mdash;No quiero.</p>
-
-<p>&mdash;Pues no eres tú nadie. A ver si no te andas con tientos aquí, ¿eh?</p>
-
-<p>&mdash;Si quieres te convido á café&mdash;y Manuel hizo sonar el dinero en su
-bolsillo.</p>
-
-<p>La muchacha vaciló, dió los números del periódico que llevaba en la mano
-á una vieja, se ató el pañuelo al cuello y fué con Manuel á una
-buñolería de la calle de Jacometrezo. Un perrillo de color de canela les
-siguió.</p>
-
-<p>&mdash;¿Este perro es tuyo?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo se llama?</p>
-
-<p>&mdash;Sevino.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y por qué le llamas así?</p>
-
-<p>&mdash;Porque se presentó en casa sin que nadie lo trajera.</p>
-
-<p>Entraron en la buñolería. Era un local largo, con columnas, en cuyo
-fondo estaba la cocina, con su caldero grande para freir buñuelos. Dos
-luces de gas, con mecheros envueltos en fundas blancas, iluminaban con
-luz triste las paredes y las columnas cuadradas, recubiertas de azulejos
-blancos con dibujos azules. Se sentaron Manuel y la muchacha en una mesa
-próxima á una puerta que daba á un callejón.</p>
-
-<p>La muchacha habló por los codos mientras mojaba trozos de una ensaimada
-agria en la jícara de chocolate. Se llamaba Petra, pero la decían
-Matilde porque era más bonito. Tenía<a name="page_191" id="page_191"></a> diez y seis años y vivía en la
-calle del Amparo en un sotabanco. Se levantaba á las dos; para cuando
-ella se levantaba, su madre ya tenía arreglada la casa. No salía hasta
-el anochecer; vendía una mano de <i>Heraldos</i> y diez <i>Corres</i>, y luego...
-lo que se terciase. Entregaba todo el dinero que ganaba á su madre, y
-cuando ésta suponía algún engaño, le daba unas cuantas tortas.</p>
-
-<p>Manuel, mientras sorbía con gravedad una copa de aguardiente, oía, sin
-comprender apenas lo que le hablaban.</p>
-
-<p>Era la chica fea de veras. Llevaba la cara empolvada. A Manuel, luego de
-observarla atentamente, se le ocurrió que parecía un pez enharinado á
-quien espera la sartén. Hacía muchos visajes al hablar y movía los
-párpados, abultados y blancos, que se cerraban sobre los ojos saltones.</p>
-
-<p>La muchacha siguió charlando de su madre, de su hermano, de un tío de un
-puesto de periódicos, que prestaba un duro á los chicos que vendían el
-<i>Blanco y Negro</i> por la mañana, y que por la noche le tenían que
-devolver el duro y una peseta más, y de otra porción de cosas.</p>
-
-<p>Mientras hablaba, Manuel recordó que Jesús había dicho algo de un baile,
-aunque ya no recordaba dónde.</p>
-
-<p>&mdash;Vamos á ese baile&mdash;dijo.</p>
-
-<p>&mdash;¿A cuál? ¿Al del Frontón?<a name="page_192" id="page_192"></a></p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;Hale.</p>
-
-<p>Salieron de la buñolería. Seguía nevando; por unas callejuelas desiertas
-llegaron al juego de pelota; los dos arcos voltaicos de la puerta
-iluminaban fuertemente la calle blanca. Manuel tomó los billetes;
-dejaron él la capa y ella el mantón en el guardarropa, y entraron.</p>
-
-<p>Era el Frontón un amplio espacio rectangular, con una de las dos paredes
-largas pintada de azul obscuro y marcada á trechos con rayas blancas y
-números. En la otra pared larga estaban las gradas y los palcos.</p>
-
-<p>Dos grandes mamparas verdes cerraban los testeros del juego de pelota.
-Arriba, en el alto techo, entre el armazón de hierro, diez ó doce puntos
-brillantes de arco voltaico, no recubiertos por globos de cristal,
-centelleaban de un modo deslumbrador.</p>
-
-<p>Aquel local ancho y pintado de obscuro, parecía un taller de máquinas
-desocupado.</p>
-
-<p>Algunas busconas de bajo vuelo, ataviadas con mantones de Manila y
-flores en la cabeza, mostraban su busto en los palcos. Se sentía frío.</p>
-
-<p>Cuando la charanga comenzó á tocar con estrépito, la gente de los
-pasillos y del ambigú salió al centro á bailar, y poco á poco se formó
-una corriente de parejas alrededor del salón. No había más que media
-docena de máscaras. Se generalizó el baile; á la luz fría y cruda de<a name="page_193" id="page_193"></a>
-los arcos voltaicos se veía á las parejas dando vueltas hombres y
-mujeres, todos muy graves, muy estirados, tan fúnebres como si
-asistieran á un entierro.</p>
-
-<p>Algunos hombres apoyaban los labios en la frente de las mujeres. No se
-sentía una atmósfera de deseos, de fiebre; era un baile de gente
-apagada, de muñecos con ojos de aburrimiento ó de cólera.</p>
-
-<p>A veces algún gracioso, como sintiendo la necesidad de demostrar que se
-estaba en un baile de Carnaval, se tiraba al suelo ó gritaba
-desaforadamente; había un momento de confusión; pero se restablecía
-pronto el orden y se formaba de nuevo la corriente.</p>
-
-<p>Manuel sentía ganas de hacer locuras; se levantó y se puso á bailar con
-la muchacha. Esta, incomodada porque no llevaba el compás, se sentó.
-Manuel quedó desconsolado é hizo lo mismo. Pasaban parejas por delante
-de ellos; las mujeres pintarrajeadas, con los ojos sombreados y la
-expresión encanallada en la boca roja por el carmín; los hombres con
-aspecto petulante y la mirada agresiva.</p>
-
-<p>Estos, rompían con cólera las serpentinas que echaban desde los palcos y
-que se les enredaban al pasar.</p>
-
-<p>Un negro borracho sentado cerca de Manuel saludaba el paso de alguna
-mujer guapa, gritando con una voz aniñada:<a name="page_194" id="page_194"></a></p>
-
-<p>&mdash;¡Olé ahí! ¡Vaya <i>caló</i>!</p>
-
-<p>&mdash;Adiós, Manolo&mdash;oyó Manuel que le decían. Era Vidal, que bailaba con
-una máscara elegante, muy ceñido á ella.</p>
-
-<p>&mdash;Vete á verme mañana&mdash;dijo Vidal.</p>
-
-<p>&mdash;¿A dónde?</p>
-
-<p>&mdash;A las siete de la noche en el café de Lisboa.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno.</p>
-
-<p>Vidal se perdió con su pareja en el remolino de gente. Cesó la música de
-tocar en un intermedio.</p>
-
-<p>&mdash;¿Vamos?&mdash;preguntó Manuel á la muchacha.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, vamos.</p>
-
-<p>Manuel temblaba de emoción al pensar que llegaba el momento trágico.
-Tomaron las prendas en el guardarropa y salieron.</p>
-
-<p>Seguía nevando; la luz de los globos eléctricos de la puerta del Frontón
-iluminaba la calle, cubierta de una capa blanca de nieve. Atravesaron
-Manuel y la muchacha la Puerta del Sol de prisa, subieron por la calle
-de Correos, y en la de la Paz se detuvieron en un portal abierto,
-iluminado por la claridad, entre confidencial y misteriosa, que daba un
-farol grande con una luz muy triste.</p>
-
-<p>Empujaron una puerta de cristales, y en la escalera obscura
-desaparecieron...<a name="page_195" id="page_195"></a></p>
-
-<h3><a name="CAPITULO_VI-2" id="CAPITULO_VI-2"></a>CAPÍTULO VI<br /><br />
-<small>La nieve.&mdash;Otras historias de don Alonso.&mdash;Las Injurias. El Asilo del Sur.</small></h3>
-
-<p>Al día siguiente pasó Manuel toda la mañana durmiendo á pierna suelta.
-Cuando se levantó eran más de las tres de la tarde.</p>
-
-<p>Llamó en el cuarto de Jesús. Estaban la Fea en la máquina y la Salvadora
-sentada en una silla pequeña, descosiendo unas faldas; el chiquitín
-jugaba en el suelo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y Jesús?&mdash;preguntó Manuel.</p>
-
-<p>&mdash;¡Tú lo sabrás!&mdash;contestó la Salvadora, con una voz colérica.</p>
-
-<p>&mdash;Yo... me separé de él...; luego me encontré un amigo... Manuel se
-esforzó en inventar una mentira.&mdash;Quizás esté en la imprenta&mdash;añadió.</p>
-
-<p>&mdash;No, en la imprenta no está&mdash;replicó la Salvadora.</p>
-
-<p>&mdash;Le buscaré.</p>
-
-<p>Salió Manuel avergonzado del parador de Santa Casilda; se dirigió al
-centro y preguntó en la taberna de la calle de Tetuán por su amigo.<a name="page_196" id="page_196"></a></p>
-
-<p>&mdash;Aquí estuvo&mdash;contestó el mozo&mdash;hasta que se cerró la taberna. Luego se
-fué, hecho un pepe, no sé á dónde.</p>
-
-<p>Manuel volvió al parador, se metió en la cama con intención de ir al día
-siguiente á la imprenta; pero también se levantó tarde. Sentía una
-inercia imposible de vencer.</p>
-
-<p>En el corredor se encontró con la Salvadora.</p>
-
-<p>&mdash;¿Hoy tampoco has ido á la imprenta?&mdash;le dijo.</p>
-
-<p>&mdash;No.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno, pues no vuelvas más por aquí&mdash;añadió la muchacha,
-encolerizada&mdash;; no necesitamos golfería. Mientras estamos ahí nosotras
-trabajando, vosotros de juerga. Ya te digo, no vuelvas más por aquí, y
-si le ves á Jesús dile esto mismo de parte de su hermana y de la mía.</p>
-
-<p>Manuel se encogió de hombros y salió de casa. Había nevado todo el día;
-en la Puerta del Sol, cuadrillas de barrenderos y mangueros quitaban la
-nieve; el agua negra corría por el arroyo.</p>
-
-<p>Se asomó Manuel varias veces al café de Lisboa, por si veía á Vidal;
-pero no lo vió, y, después de comer en una taberna, se fué á pasear por
-las calles. Obscureció muy pronto. Madrid, cubierto de nieve, estaba
-deshabitado; la plaza de Oriente tenía un aspecto irreal, de algo como
-una decoración de teatro; los reyes<a name="page_197" id="page_197"></a> de piedra mostraban hermosos mantos
-blancos; la estatua del centro de la plaza se destacaba gallardamente
-sobre el cielo gris. Desde el Viaducto veíanse extensiones blancas.
-Hacia Madrid, un amontonamiento de casas amarillentas, y de tejados
-negros, y de torres perfiladas en el cielo lactescente, enrojecido por
-una irradiación luminosa.</p>
-
-<p>Manuel volvió á su casa, desalentado; se metió en la cama.</p>
-
-<p>&mdash;Mañana voy á la imprenta&mdash;se dijo, pero tampoco fué; se despertó muy
-temprano, con este propósito; se levantó, se acercó á la imprenta, y, al
-ir á entrar, se le ocurrió la idea de que el amo le armaría un
-escándalo, y no entró.&mdash;Si no es ahí, encontraré trabajo en otra
-parte&mdash;pensó, y volviendo por sus pasos se fué á la Puerta del Sol,
-después á la plaza de Oriente, y por la calle de Bailén y luego la de
-Ferraz salió al paseo de Rosales. Estaba desierto y silencioso.</p>
-
-<p>Desde allá se veía todo el campo blanco por la nieve, las obscuras
-arboledas de la Casa de Campo y los cerros redondos erizados de pinos
-negros. El sol se presentaba pálido en el cielo plomizo. Al ras de la
-tierra, hacia el lado de Villaverde, resplandecía un trozo de cielo
-azul, limpio, entre brumas rosadas. Reinaba un profundo silencio; sólo
-el silbido estridente de las locomotoras y los martillazos en los
-talleres de<a name="page_198" id="page_198"></a> la estación del Norte, turbaban aquella calma. Los pasos no
-resonaban en el suelo.</p>
-
-<p>Las casas del paseo tenían adornos blancos de la nieve en los barandados
-y en las cornisas; los árboles parecían aplastados bajo aquella capa
-blanca.</p>
-
-<p>Por la tarde volvió Manuel á acercarse á la imprenta, se asomó á ella y
-preguntó al maquinista por Jesús.</p>
-
-<p>&mdash;Menuda bronca le ha echado el amo&mdash;le contestó.</p>
-
-<p>&mdash;¿Le ha despedido?</p>
-
-<p>&mdash;No que no. Anda, sube tú ahora.</p>
-
-<p>Manuel, que iba á subir, se detuvo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Se fué ya Jesús?</p>
-
-<p>&mdash;Sí. Estará en la taberna de la esquina.</p>
-
-<p>Efectivamente, allí estaba. Sentado en una mesa bebía una copa de
-aguardiente. Cariacontecido y triste, se entregaba á sus pensamientos
-sombríos.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué haces?&mdash;le preguntó Manuel.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah! ¿Eres tú?</p>
-
-<p>&mdash;Sí; ¿te ha despedido el Cojo?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;¿Estabas pensando en algo?</p>
-
-<p>&mdash;¡Pse!... cuando no se tiene nada que hacer. Anda, vamos á tomar unas
-copas.</p>
-
-<p>&mdash;No, yo no.</p>
-
-<p>&mdash;Tú harás lo que te se mande. No tengo más que cuarenta céntimos, que
-es como no<a name="page_199" id="page_199"></a> tener nada. ¡Eh, tú, chico! Echa unas copas.</p>
-
-<p>Bebieron y se fueron los dos hacia el parador de Santa Casilda. Seguía
-nevando; Jesús, con las mejillas rojas, tosía desesperadamente.</p>
-
-<p>&mdash;Te advierto que la Salvadora, la chiquita, te va á armar una chillería
-de dos mil demonios.&mdash;dijo Manuel&mdash;¡Vaya un genio que tiene!</p>
-
-<p>&mdash;¿Pues qué quieren, que estemos toda la vida ahorrando? Yo me alegro de
-que la chiquita esté en casa, porque así le defiende á la Fea, que es
-más infeliz... Y á ti, ¿cuánto te queda de la quincena?&mdash;preguntó el
-cajista á Manuel.</p>
-
-<p>&mdash;¿A mí? ni un botón.</p>
-
-<p>Con esta respuesta, Jesús sintió tal enternecimiento, que agarrando del
-brazo á su amigo, le aseguró con calurosas frases que le estimaba y le
-quería como á un hermano.</p>
-
-<p>&mdash;Y, ¡maldito sea el veneno!&mdash;concluyó diciendo&mdash;, si yo no soy capaz de
-hacer por ti cualquier cosa; porque eso que me has dicho que no tienes
-un botón, vale más para mí que lo del héroe de Cascorro.</p>
-
-<p>Manuel, conmovido con estas palabras, aseguró con voz velada que, aunque
-era un golfo y no servía para nada, estaba dispuesto á todo.</p>
-
-<p>Para celebrar aquellas manifestaciones tan afectuosas de amistad,
-entraron los dos en<a name="page_200" id="page_200"></a> una taberna de la calle de Barrionuevo y bebieron
-otras copas de aguardiente.</p>
-
-<p>Cuando llegaron al parador de Santa Casilda, iban los dos completamente
-borrachos. La administradora de la casa les salió al encuentro,
-reclamándoles á ambos el alquiler de sus cuartos. Jesús la contestó, en
-broma, que no le daban dinero porque no tenían. Ella les dijo que
-pagaban ó se marchaban á la calle, y el cajista la replicó que les
-echara si se atrevía.</p>
-
-<p>La mujer, que era de armas tomar, empujándoles por la espalda, puso á
-los dos en la calle.</p>
-
-<p>&mdash;Rediós ¡con el sexo débil!&mdash;murmuró Jesús&mdash;. A esto le llaman el sexo
-débil... y á uno le ponen en la puerta de la calle... y á tomar dos
-duros... ¿Eh, Manuel? El sexo débil... ¿qué te parece á ti esa manera de
-hablar figurada?... Más débiles somos nosotros... y abusan.</p>
-
-<p>Echaron á andar; no sentía ninguno de los dos el frío.</p>
-
-<p>De vez en cuando, Jesús se detenía perorando; algún hombre se reía al
-verles pasar ó algún chiquillo, desde un portal, les llamaba y les
-tiraba una bola de nieve.</p>
-
-<p>&mdash;¿De quién se reirán?&mdash;pensaba Manuel.</p>
-
-<p>La ronda estaba silenciosa, blanca, con un reguero negro en medio,
-dejado por los carros. Los grandes copos llegaban entrecruzándose;<a name="page_201" id="page_201"></a>
-danzaban con las ráfagas de viento como mariposas blancas; al volver la
-calma, caían lenta y blandamente en el aire gris, como el plumón suave
-desprendido del cuello de un cisne.</p>
-
-<p>A lo lejos, entre la niebla, blanqueaba el paisaje de los alrededores,
-las lomas redondas de curva suave, las casas y los cementerios del campo
-de San Isidro. Todo se destacaba más negro: los tejados, las tapias, los
-arboles, los faroles cubiertos de espesas caperuzas de nieve.</p>
-
-<p>Y en el ambiente blanquecino, el humo negro espirado por las chimeneas
-de las fábricas, se extendía por el aire como una amenaza.</p>
-
-<p>&mdash;El sexo débil. ¿Eh, Manuel?&mdash;siguió Jesús con su idea fija&mdash;, y á uno
-le ponen en la puerta de la calle... es como si dijeran la nieve
-débil... porque tú la pisas... ¿no es verdad?..., pero ella te enfría...
-¿y quién es más débil, tú ó la nieve?... tú porque te enfrías... En este
-mundo no hace uno más que eso, constiparse... Todo está frío, ¿sabes?...
-todo... Como la nieve... la ves blanca, ¿eh?, parece buena, cariñosa...
-el sexo débil... pues cógela y te hielas.</p>
-
-<p>Gastaron los últimos céntimos en otra copa de aguardiente, y desde
-entonces perdieron ya la conciencia de sus actos...</p>
-
-<p>&nbsp;</p>
-
-<p><a name="page_202" id="page_202"></a></p>
-
-<p>A la mañana siguiente se despertaron ateridos de frío en un cobertizo
-del Mercado de Ganados que había cerca del paseo de los Pontones.</p>
-
-<p>Jesús tosía de una manera horrible.</p>
-
-<p>&mdash;Estáte tú aquí&mdash;le dijo Manuel.&mdash;Voy á ver si encuentro algo que
-comer.</p>
-
-<p>Salió á la Ronda, ya no nevaba; algunos chiquillos se divertían
-tirándose bolas de nieve; subió por la calle del Aguila; la zapatería
-estaba cerrada. Entonces Manuel pensó en buscar á Jacob; se dirigió
-hacia el Viaducto, é iba distraído cuando sintió que le cogían de los
-hombros y le decían:</p>
-
-<p>&mdash;Detén tu brazo, Abraham. ¿A dónde vas?</p>
-
-<p>Era el Hombre Boa, el ilustre don Alonso.</p>
-
-<p>Manuel le contó lo que les pasaba á su amigo y á él.</p>
-
-<p>&mdash;No hay que apurarse; ya vendrá la buena&mdash;murmuró el Hombre Boa.&mdash;¿Tú
-tienes algún sitio á dónde ir?</p>
-
-<p>&mdash;Una tejavana.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno. Vamos allá; yo tengo una peseta. Con esto podemos comer los
-tres.</p>
-
-<p>Entraron en una casa de comidas de la calle del Aguila, donde les
-dieron, por dos reales, un puchero de cocido; compraron pan y fueron los
-dos de prisa hacia el cobertizo. Comieron, dejaron algo para la noche, y
-después de comer, don Alonso arrancó unas maderas de<a name="page_203" id="page_203"></a> una valla y logró
-hacer fuego dentro del cobertizo.</p>
-
-<p>Por la tarde empezó á llover á torrentes; el Hombre Boa se creyó en el
-caso de amenizar la reunión, y comenzó á contar historias sobre
-historias, comenzando siempre con su eterno estribillo de «Una vez en
-América...»</p>
-
-<p>&mdash;Una vez en América&mdash;(y esta historia es la menos insubstancial de las
-que contó)&mdash;íbamos navegando por el Mississippí en vapor. Os advierto
-que en estos vapores se puede jugar al billar; tan poco movimiento
-tienen. Pues bien, íbamos navegando y llegamos á un pueblo; se detiene
-el barco y vemos en el muelle de aquella aldea una barbaridad de gente;
-nos acercamos y vemos que todos eran indios, excepto unos cuantos
-carabineros y soldados yanquis.</p>
-
-<p>Yo (esto añadió don Alonso con arrogancia), que era el director, dije á
-mis músicos: «Hay que tocar con brío», y en seguida, búm... búm...
-búm... tra... la... la...; No os podéis figurar los gritos y chillidos y
-graznidos de aquella gente.</p>
-
-<p>Cuando concluyeron de tocar los músicos se presentó delante de mí una
-india muy gorda, con la cabeza llena de plumas de gallo, que se puso á
-hacerme ceremoniosos saludos. Pregunté á uno de los yanquis:&mdash;¿Quién es
-esa señora?&mdash;Es la reina&mdash;me dijo&mdash;, y desea un poco<a name="page_204" id="page_204"></a> más de música. Yo
-la saludé: ¡Muy señora mía! (haciendo elegantes y versallescas
-reverencias y echando un pie hacia atrás) y les dije á los de la banda:
-«Muchachos: un poquito más de música para S. M.» Volvieron á tocar, y la
-reina, muy agradecida, me saludó, poniéndose la mano en el corazón. Yo
-hice lo mismo: ¡Muy señora mía!</p>
-
-<p>Armamos nuestro circo portátil en unas horas, y me retiré á pensar en el
-programa. Yo era el director.&mdash;Hay que hacer el «Indio á caballo»&mdash;me
-dije&mdash;; aunque es un número desacreditado en las ciudades, aquí no lo
-conocerán. Luego sacaré <i>equiyeres</i>, acróbatas, equilibristas,
-pantomimistas, y al último los <i>clauns</i>, que darán el golpe. Al que iba
-á hacer el «Indio á caballo» le advertí:&mdash;Mira, tú ponte lo más parecido
-á ellos.&mdash;Descuide usted, señor director. Muchachos: fué un éxito
-sensacional. Salió el «Indio». ¡Qué aplausos!</p>
-
-<p>Don Alonso representó mímicamente el número; se agachaba, imitando los
-movimientos del que va á caballo; hundía la cabeza en el pecho, mirando
-con ojos desencajados á un punto, y hacía como si volteara el lazo por
-encima de su cabeza.</p>
-
-<p>&mdash;El «Indio á caballo»&mdash;prosiguió don Alonso&mdash;se ganó los aplausos de
-los demás indios. Para mí que ellos no sabían ni montar. Después hubo un
-número de acróbatas, luego otros varios,<a name="page_205" id="page_205"></a> hasta que llegó la hora de los
-<i>clauns</i>. Ahora sí que va á haber jaleo&mdash;pensé yo&mdash;; y, efectivamente,
-no hicieron más que salir, cuando se armó un alboroto terrible. ¡Cómo se
-divierten!&mdash;pensaba yo&mdash;, cuando viene un mozo á decirme:&mdash;¡Señor
-director!, ¡señor director!&mdash;¿Qué pasa?&mdash;El público entero se va.&mdash;¿Qué
-se va? Nada, los indios se habían asustado al ver á los <i>clauns</i>, y
-creían que eran demonios que habían ido allí á aguarles la función.
-Entro en la pista, y saco á los <i>clauns</i> á trompicones. Luego, para
-quitar á los indios la mala impresión, hice unos cuantos juegos de
-manos. Cuando empecé á echar cintas encendidas por la boca, ¡rediez, qué
-éxito! Todo el mundo se quedó asombrado; pero cuando les escamoteé unas
-sortijas y les saqué una pecera del bolsillo de la chaqueta con sus
-peces vivos, no he tenido nunca ovación mayor.</p>
-
-<p>Calló don Alonso. Jesús y Manuel se preparaban á dormir, tirados en el
-suelo, acurrucados en un rincón. Comenzaba á llover á torrentes; el agua
-caía con estrépito sobre el techo de cinc del cobertizo; el viento
-silbaba y gemía á lo lejos.</p>
-
-<p>Empezó á tronar, y no parecía sino que algún tren caía por un
-despeñadero de metal, por el ruido continuado y violento que hacían los
-truenos.</p>
-
-<p>&mdash;¡Vaya una tempestad!&mdash;murmuró Jesús.<a name="page_206" id="page_206"></a></p>
-
-<p>&mdash;¡Las tempestades de tierra!&mdash;replicó don Alonso&mdash;. ¡Valiente filfa!
-Las tempestades de tierra no valen nada. En el mar, en el mar, hay que
-verlas, cuando el agua salta por encima de los puentes... Hasta en los
-lagos. En el lago Erie y en el Michigan he pasado yo tempestades
-tremendas, con olas como casas. Eso sí, se calma el viento y el agua
-queda al poco rato como el estanque del Retiro. Una vez allí en
-América...</p>
-
-<p>Pero Manuel y Jesús, hartos de narraciones americanas, se hicieron los
-dormidos, y el antiguo Hombre Boa se calló desconsolado y pensó en
-aquellos dulces tiempos en que escamoteaba sortijas á los indios y les
-sacaba la pecera.</p>
-
-<p>No pudieron dormir; tuvieron que levantarse varias veces y cambiar de
-sitio, porque entraba el agua por el tejado...</p>
-
-<p>A la mañana siguiente, cuando salieron, ya no llovía; la nieve se había
-derretido por completo. La explanada del Mercado de Ganados hallábase
-convertida en un pantano; el suelo de la Ronda, en un barrizal; las
-casas y los árboles chorreaban agua; todo se veía negro, cenagoso,
-desierto; sólo algunos perros vagabundos, famélicos, llenos de barro,
-husmeaban en los montones de basura.</p>
-
-<p>Manuel empeñó la capa, y por el consejo de Jesús, se abrigó el pecho con
-unos periódicos.<a name="page_207" id="page_207"></a> Dieron diez reales en una casa de préstamos por la
-prenda y fueron los tres á comer á la Tienda-Asilo de la Montaña del
-Príncipe Pío.</p>
-
-<p>Manuel y Jesús, acompañados de don Alonso, entraron en dos imprentas á
-preguntar si había trabajo, pero no lo había. Por la noche volvieron á
-la Tienda-Asilo á cenar. Propuso don Alonso ir á dormir al Depósito de
-mendigos. Salieron los tres; era al anochecer; había una fila de golfos
-andrajosos á la puerta del Depósito, esperando á que abrieran; Jesús y
-Manuel fueron partidarios de no entrar allá.</p>
-
-<p>Recorrieron el bosquecillo próximo al cuartel de la Montaña; algunos
-soldados y algunas prostitutas charlaban y fumaban en corro; siguieron
-la calle de Ferraz, luego la de Bailén; cruzaron el Viaducto, y por la
-calle de Toledo bajaron al paseo de los Pontones.</p>
-
-<p>El rincón donde habían pasado la noche anterior le ocupaba una banda de
-golfos.</p>
-
-<p>Siguieron adelante, metiéndose en el barro; comenzaba á llover de nuevo.
-Propuso Manuel entrar en la taberna de la Blasa, y por la escalera del
-paseo Imperial bajaron á la hondonada de las Injurias. La taberna estaba
-cerrada. Entraron en una callejuela. Los pies se hundían en el barro y
-en los charcos. Vieron una casucha con la puerta abierta y entraron. El
-Hombre Boa encendió una cerilla. La casa<a name="page_208" id="page_208"></a> tenía dos cuartos de un par de
-metros en cuadro. Las paredes de aquellos cuartuchos destilaban humedad
-y mugre; el suelo, de tierra apisonada, estaba agujereado por las
-goteras y lleno de charcos. La cocina era un foco de infección: había en
-medio un montón de basura y de excrementos; en los rincones, cucarachas
-muertas y secas.</p>
-
-<p>Por la mañana salieron de la casa. El día se presentaba húmedo y triste;
-á lo lejos, el campo envuelto en niebla. El barrio de las Injurias se
-despoblaba; iban saliendo sus habitantes hacia Madrid, á la busca, por
-las callejuelas llenas de cieno; subían unos al paseo Imperial, otros
-marchaban por el Arroyo de Embajadores.</p>
-
-<p>Era gente astrosa; algunos, traperos; otros, mendigos; otros, muertos de
-hambre; casi todos de facha repulsiva. Peor aspecto que los hombres
-tenían aún las mujeres, sucias, desgreñadas, haraposas. Era una basura
-humana, envuelta en guiñapos, entumecida por el frió y la humedad, la
-que vomitaba aquel barrio infecto. Era la herpe, la lacra, el color
-amarillo de la terciana, el párpado retraído, todos los estigmas de la
-enfermedad y de la miseria.</p>
-
-<p>&mdash;Si los ricos vieran esto, ¿eh?&mdash;dijo don Alonso.</p>
-
-<p>&mdash;Bah, no harían nada&mdash;murmuró Jesús.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué?<a name="page_209" id="page_209"></a></p>
-
-<p>&mdash;Porque no. Si le quita usted al rico la satisfacción de saber que
-mientras él duerme otro se hiela y que mientras él come otro se muere de
-hambre, le quita usted la mitad de su dicha.</p>
-
-<p>&mdash;¿Crees tú eso?&mdash;preguntó don Alonso mirando á Jesús con asombro.</p>
-
-<p>&mdash;Sí. Además, ¿qué nos importa lo que piensen? Ellos no se ocupan de
-nosotros; ahora dormirán en sus camas limpias y mullidas tranquilamente,
-mientras nosotros...</p>
-
-<p>Hizo un gesto de desagrado el Hombre Boa; le molestaba que se hablara
-mal de los ricos.</p>
-
-<p>Salió el sol; un disco rojo sobre la tierra negra; luego, en las
-escombreras de la fábrica del gas de encima de las Injurias comenzaron á
-llegar carros y á verter cascotes y escombros. En las casuchas de la
-hondonada, alguna que otra mujer se asomaba á la puerta con la colilla
-del cigarro en la boca...</p>
-
-<p>Una noche el sereno de las Injurias sorprendió á los tres hombres en la
-casa desalquilada y los echó de allí.</p>
-
-<p>Los días siguientes, Manuel y Jesús&mdash;el titiritero había
-desaparecido&mdash;se decidieron á ir al Asilo de las Delicias á pasar la
-noche. Ninguno de los dos se preocupaba en buscar trabajo. Llevaban ya
-cerca de un mes vagabundeando, y un día en un cuartel, al siguiente en
-un convento ó en un asilo, iban viviendo.<a name="page_210" id="page_210"></a></p>
-
-<p>La primera vez que Jesús y Manuel durmieron en el Asilo de las Delicias
-fué un día de Marzo.</p>
-
-<p>Cuando llegaron al asilo no se hallaba abierto aún. Aguardaron paseando
-por el antiguo camino de Yeseros. Se internaron por los campos próximos,
-en los que se veían casuchas miserables, á cuyas puertas jugaban al
-chito y al tejo algunos hombres y pululaban chiquillos andrajosos.</p>
-
-<p>Eran aquellos andurriales sitios tristes, yermos, desolados; lugares de
-ruina, como si en ellos se hubiese levantado una ciudad á la cual un
-cataclismo aniquilara. Por todas partes se veían escombros y cascotes,
-hondonadas llenas de escorias; aquí y allí alguna chimenea de ladrillo
-rota, algún horno de cal derruido. Sólo á largo trecho se destacaba una
-huerta con su noria; á lo lejos, en las colinas que cerraban el
-horizonte, se levantaban barriadas confusas y casas esparcidas. Era un
-paraje intranquilizador; por detrás de las lomas salían vagos de mal
-aspecto en grupos de tres y cuatro.</p>
-
-<p>Por allá cerca pasaba el Arroyo Abroñigal, en el fondo de un barranco, y
-Manuel y Jesús lo siguieron hasta un puente de ladrillo llamado de los
-Tres Ojos.</p>
-
-<p>Volvieron al anochecer. El Asilo estaba ya abierto. Se encontraba á la
-derecha, camino<a name="page_211" id="page_211"></a> de Yeseros arriba, próximo á unos cuantos cementerios
-abandonados. El tejado puntiagudo, las galerías y escalinatas de madera,
-le daban aspecto de chalet suizo. En el balcón, en un letrero sujeto al
-barandado, se leía: «Asilo Municipal del Sur». Un farol de cristal rojo
-lanzaba luz sangrienta en medio de los campos desiertos.</p>
-
-<p>Manuel y Jesús bajaron varios escalones; en una taquilla, un empleado
-que escribía en un cuaderno les pidió su nombre, lo dieron, y entraron
-en el Asilo.</p>
-
-<p>La parte destinada á los hombres tenía dos salas iluminadas con mecheros
-de gas, separadas por un tabique, las dos con pilares de madera y
-ventanucas altas y pequeñas. Jesús y Manuel cruzaron la primera sala y
-entraron en la segunda, en donde á lo largo, sobre unas tarimas, había
-algunos hombres. Se tendieron también ellos y charlaron un rato...</p>
-
-<p>Iban entrando mendigos, apoderándose de las tarimas, colocadas en medio
-y junto á las columnas. Dejaban los que entraban en el suelo sus
-abrigos, capas llenas de remiendos, elásticas sucias, montones de
-guiñapos, y al mismo tiempo latas llenas de colillas, pucheros y cestas.</p>
-
-<p>Los parroquianos pasaban casi todos á la segunda sala.</p>
-
-<p>&mdash;Aquí no corre tanto el aire&mdash;dijo un viejo<a name="page_212" id="page_212"></a> mendigo que se preparaba á
-tenderse cerca de Manuel.</p>
-
-<p>Unos cuantos golfos de quince á veinte años hicieron irrupción en la
-sala, se apoderaron de un rincón y se pusieron á jugar al cané.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué tunantes sois!&mdash;les gritó el viejo mendigo vecino de Manuel&mdash;.
-Hasta aquí tenéis que venir á jugar, ¡leñe!</p>
-
-<p>&mdash;¡Ay, con lo que sale ahora el arrugado!&mdash;replicó uno de los golfos.</p>
-
-<p>&mdash;Cállese usted, ¡calandria! Si se parece usted á don Nicanor tocando el
-tambor&mdash;dijo otro.</p>
-
-<p>&mdash;¡Granujas! ¡Golfos!&mdash;murmuró el viejo con ira.</p>
-
-<p>Manuel se volvió á contemplar al iracundo viejo. Era bajito, con barba
-escasa y gris; tenía los ojos como dos cicatrices y unas antiparras
-negras que le pasaban por en medio de la frente. Vestía un gabán
-remendado y mugriento, en la cabeza una boina y encima de ésta un
-sombrero duro de ala grasienta. Al llegar, se desembarazó de un morral
-de tela y lo dejó en el suelo.</p>
-
-<p>&mdash;Es que estos granujas nos desacreditan&mdash;explicó el viejo&mdash;; el año
-pasado robaron el teléfono del Asilo y un pedazo de plomo de una
-cañería.</p>
-
-<p>Manuel paseó la vista por la sala. Cerca de él, un viejo alto, de barba
-blanca, con cara de<a name="page_213" id="page_213"></a> apóstol, embebido en sus pensamientos, apoyaba la
-espalda en uno de los pilares; llevaba una blusa, una bufanda y una
-gorrilla. En el rincón ocupado por los golfos descarados y fanfarrones,
-se destacaba la silueta de un hombre vestido de negro, tipo de cesante.
-En sus rodillas apoyaba la cabeza un niño dormido, de cinco á seis años.</p>
-
-<p>Todos los demás eran de facha brutal; mendigos con aspecto de
-bandoleros; cojos y tullidos que andaban por la calle mostrando sus
-deformidades; obreros sin trabajo, acostumbrados á la holganza, y entre
-éstos algún tipo de hombre caído, con la barba larga y las guedejas
-grasientas, al cual le quedaba en su aspecto y en su traje, con cuello
-corbata y puños aunque muy sucios, algo de distinción; un pálido reflejo
-del esplendor de la vida pasada.</p>
-
-<p>La atmósfera se caldeó pronto en la sala, y el aire, impregnado de olor
-de tabaco y de miseria, se hizo nauseabundo.</p>
-
-<p>Manuel, se tendió en su tarima y escuchó la conversación que entablaron
-Jesús y el mendigo viejo de las antiparras. Era éste un pordiosero
-impenitente, conocedor de todos los medios de explotar la caridad
-oficial.</p>
-
-<p>A pesar de que andaba siempre rodando de un lado á otro, no se había
-alejado nunca más de cinco ó seis leguas de Madrid.</p>
-
-<p>&mdash;Antes se estaba bien en este Asilo&mdash;explicaba<a name="page_214" id="page_214"></a> el viejo á Jesús&mdash;;
-había una estufa; las tarimas tenían su manta, y por la mañana á todo el
-mundo se le daba una sopa.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, una sopa de agua&mdash;replicó otro mendigo joven, melenudo, flaco y
-tostado por el sol.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno, pero calentaba las tripas.</p>
-
-<p>El hombre de aspecto decente, disgustado, sin duda, de encontrarse entre
-la golfería, tomó al chico en sus brazos y se acercó al lugar ocupado
-por Jesús y Manuel y terció en la conversación contando sus cuitas.
-Dentro de lo triste, era cómica su historia.</p>
-
-<p>Venía de una capital de provincia, dejando un destinillo, creyendo en
-las palabras del diputado del distrito, que le prometió un empleo en un
-ministerio. Se pasó dos meses detrás del diputado y se encontró al cabo
-de ellos en la miseria y en el desamparo más grandes. Mientras tanto,
-escribía á su mujer dándole esperanzas.</p>
-
-<p>El día anterior le habían despachado de la casa de huéspedes, y después
-de correr medio Madrid y no encontrando medio de ganar una peseta, fué
-al Gobierno civil y pidió á un guardia que les llevara á su hijo y á él
-á un asilo.&mdash;No llevo al asilo sino á los que piden limosna&mdash;le dijo el
-guardia.&mdash;Yo voy á pedir limosna&mdash;le contestó él con humildad&mdash;puede
-usted llevarme.&mdash;No, pida usted limosna y entonces le cogeré.<a name="page_215" id="page_215"></a></p>
-
-<p>Al hombre se le resistía pedir; pasaba un señor, se acercaba con su
-hijo, se llevaba la mano al sombrero; pero la petición no salía de su
-boca. Entonces el guardia le había aconsejado que fuera al Asilo de las
-Delicias.</p>
-
-<p>&mdash;Pues si le llegan á coger no adelanta usted nada&mdash;dijo el de los
-anteojos&mdash;; le hubieran llevado al Cerro del Pimiento y allá se hubiese
-usted pasado el día sin probar la gracia de Dios.</p>
-
-<p>&mdash;Y luego, ¿qué hubieran hecho conmigo?&mdash;preguntó la persona decente.</p>
-
-<p>&mdash;Echarlo fuera de Madrid.</p>
-
-<p>&mdash;Pero, ¿no hay sitios por ahí para pasar la noche?&mdash;dijo Jesús.</p>
-
-<p>&mdash;La mar&mdash;contestó el viejo&mdash;, por todas partes. Ahora, que en el
-invierno se tiene frío.</p>
-
-<p>&mdash;Yo he vivido&mdash;añadió el mendigo joven&mdash;más de medio año en
-Vaciamadrid, un pueblo que está casi deshabitado; un compañero mío y yo
-encontramos una casa cerrada y nos instalamos en ella. Vivimos unas
-semanas al pelo. Por las noches íbamos á la estación de Arganda; con una
-barrena hacíamos un agujero en un barril de vino, llenábamos la bota y
-después tapábamos el agujero con pez.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y por qué se fueron ustedes de allí?&mdash;preguntó Manuel.</p>
-
-<p>&mdash;La Guardia civil nos sitió y tuvimos que escaparnos por las ventanas.
-Maldito si yo no<a name="page_216" id="page_216"></a> estaba cansado ya de aquel rincón. A mí me gusta andar
-por esos caminos, una vez aquí, otra vez allá. Se encuentra uno con
-gente que sabe, y se va uno ilustrando...</p>
-
-<p>&mdash;¿Y usted ha andado mucho por ahí?</p>
-
-<p>&mdash;Toda mi vida. Yo no puedo gastar más que un par de alpargatas en un
-pueblo. Me entra una desazón cuando estoy en el mismo sitio, que tengo
-que echar á andar. ¡Ah! ¡El campo! No hay como eso. Se come donde se
-puede; el invierno es malo, ¡pero el verano! Se hace uno una cama de
-tomillo debajo de un árbol y se duerme uno allá tan ricamente, mejor que
-el rey. Luego, como las golondrinas, se va uno donde hace calor.</p>
-
-<p>El viejo de las antiparras, desdeñando lo que decía el vagabundo joven,
-indicó á Jesús los rincones que había en las afueras.</p>
-
-<p>&mdash;Adonde suelo ir yo cuando hace buen tiempo, es á un camposanto que hay
-cerca del tercer Depósito. Allá hay unas casas donde iremos esta
-primavera.</p>
-
-<p>Manuel oyó confusamente el final de la conversación y se quedó dormido.
-A media noche se despertó al oir unas voces. En el rincón de la golfería
-dos muchachos rodaban por el suelo y luchaban á brazo partido.</p>
-
-<p>&mdash;Te daré dinero&mdash;murmuraba uno entre dientes.</p>
-
-<p>&mdash;Suelta, que me ahogas.<a name="page_217" id="page_217"></a></p>
-
-<p>El mendigo viejo, que se había despertado, se levantó furioso, levantó
-el garrote y dió un golpe en la espalda á uno de ellos. El caído se
-irguió bramando de coraje.</p>
-
-<p>&mdash;Ven ahora, ¡cochino! Hijo de la grandísima perra&mdash;gritó.</p>
-
-<p>Se abalanzaron el uno sobre el otro, se golpearon y cayeron los dos de
-bruces.</p>
-
-<p>&mdash;Estos granujas nos están desacreditando&mdash;exclamó el viejo.</p>
-
-<p>Un guardia restableció el orden y expulsó á los alborotadores. Volvió á
-tranquilizarse el cotarro y no se oyeron más que ronquidos sordos y
-sibilantes...</p>
-
-<p>Por la mañana, aun antes de amanecer, cuando se abrieron las puertas del
-Asilo, salieron todos los que habían pasado allí la noche y se
-desparramaron al momento por aquellos andurriales.</p>
-
-<p>Manuel y Jesús siguieron la calle de Méndez Alvaro. En los andenes de la
-estación del Mediodía brillaban los focos eléctricos como globos de luz
-en el aire negro de la noche.</p>
-
-<p>De las chimeneas del taller de la estación salían columnas apretadas de
-humo blanco; las pupilas rojas y verdes de los faros de señales lanzaban
-un guiño confidencial desde sus altos soportes; las calderas en tensión
-de las locomotoras, bramaban con espantosos alaridos.</p>
-
-<p>Temblaban las luces mortecinas de los distanciados<a name="page_218" id="page_218"></a> faroles de ambos
-lados de la carretera. Se entreveían en el campo, en el aire turbio y
-amarillento como un cristal esmerilado, sobre la tierra sin color,
-casucas bajas, estacadas negras, altos palos torcidos de telégrafo,
-lejanos y obscuros terraplenes por donde corría la línea del tren.
-Algunas tabernuchas, iluminadas por un quinqué de luz lánguida, estaban
-abiertas... Luego ya, á la claridad opaca del amanecer, fué apareciendo
-á la derecha el ancho tejado plomizo de la estación del Mediodía, húmedo
-de rocío; enfrente la mole del Hospital general, de un color de
-ictérico; á la izquierda, el campo yermo, las eras inciertas, pardas,
-que se alargaban hasta fundirse con las colinas onduladas del horizonte
-bajo el cielo húmedo y gris, en la enorme desolación de los alrededores
-madrileños...</p>
-
-<p><a name="page_219" id="page_219"></a></p>
-
-<h3><a name="CAPITULO_VII-2" id="CAPITULO_VII-2"></a>CAPÍTULO VII<br /><br />
-<small>La Casa Negra.&mdash;Incendio.&mdash;Fuga.</small></h3>
-
-<p>Cerca de la estación se alargaba una fila de coches; los cocheros habían
-hecho una hoguera. Se calentaron un momento Jesús y Manuel.</p>
-
-<p>&mdash;Tenemos que ir á ese pueblo&mdash;murmuró Jesús.</p>
-
-<p>&mdash;¿A cuál?</p>
-
-<p>&mdash;A ese que está deshabitado, según ha dicho ese hombre. A Vaciamadrid.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno.</p>
-
-<p>Llegaba un tren en aquella hora, y Manuel y Jesús se colocaron á la
-puerta de la estación, á la salida de los viajeros, con la idea de
-ganarse unos cuartos llevando alguna maleta.</p>
-
-<p>Manuel tuvo la suerte de tomar un bulto de un señor y llevárselo á un
-coche. El señor le dió unas perras.</p>
-
-<p>Manuel y Jesús subieron al Prado. Iban por delante del Museo, cuando
-vieron un simón y detrás del coche, corriendo á todo correr, á don
-Alonso, con un traje haraposo lleno de agujeros.</p>
-
-<p>&mdash;¡Eh!, ¡eh!&mdash;le gritó Manuel.<a name="page_220" id="page_220"></a></p>
-
-<p>Don Alonso miró hacia atrás, se detuvo y se acercó á Jesús y Manuel.</p>
-
-<p>&mdash;¿A dónde iba usted?&mdash;le preguntaron.</p>
-
-<p>&mdash;Detrás de ese coche para subirle el baúl á casa á ese caballero; pero
-estoy cansado, ya no tengo piernas.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y qué hace usted?&mdash;le preguntó Manuel.</p>
-
-<p>&mdash;¡Pse!... Morirme de hambre.</p>
-
-<p>&mdash;¿No viene la buena?</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué ha de venir? Napoleón se hizo la pascua en <i>Uaterlú</i>, ¿verdad?,
-pues mi vida es un <i>Uaterlú</i> continuo.</p>
-
-<p>&mdash;¿A qué se dedica usted ahora?</p>
-
-<p>&mdash;He estado vendiendo libros verdes. Aquí debo tener uno&mdash;añadió
-mostrando á Manuel una cartilla, cuyo título era: <i>Las picardías de las
-mujeres la primera noche de novios</i>.</p>
-
-<p>&mdash;¿Es bueno esto?&mdash;preguntó Manuel.</p>
-
-<p>&mdash;Así, así. Te advierto que hay que leer un renglón sí el y otro no.
-¡Yo, dedicado á estas cosas! ¡Yo, que he sido director de un circo en
-<i>Niu Yoc</i>!</p>
-
-<p>&mdash;Ya vendrá la buena.</p>
-
-<p>&mdash;Hace unas noches salí tambaleándome, muerto de necesidad, y me fuí á
-una Casa de Socorro, porque ya no podía más.&mdash;¿Qué tiene usted?&mdash;me
-preguntó uno.&mdash;Hambre.&mdash;Eso no es enfermedad&mdash;me dijo. Entonces me eché
-á pedir limosna, y ahora voy al anochecer al barrio de Salamanca, y
-allá, á las señoras que<a name="page_221" id="page_221"></a> van solas las digo que se me ha muerto un hijo,
-que necesito un par de reales para comprar velas. Ellas se horrorizan y
-me suelen dar algo. He encontrado también un rincón donde dormir. Está
-por allá, hacia el río.</p>
-
-<p>Comieron los tres el rancho sobrante en el cuartel de María Cristina, y
-por la tarde el Hombre Boa fué á su centro de operaciones del barrio de
-Salamanca.</p>
-
-<p>&mdash;Peseta y media he sacado hoy&mdash;les dijo á Manuel y á Jesús. Vamos á
-cenar.</p>
-
-<p>Cenaron en el parador de Barcelona de la calle del Caballero de Gracia,
-y después el resto lo emplearon en aguardiente.</p>
-
-<p>Luego fueron al rincón encontrado por don Alonso, una casa en ruinas,
-próxima al puente de Toledo. La llamaban la Casa Negra; no quedaba de
-ella más que las cuatro paredes, cortadas á la altura del primer piso.</p>
-
-<p>Ocupaba el centro de una huerta; tenía un cañizo sobre el cual
-sobresalían unas cuantas vigas negruzcas derechas, como las chimeneas de
-un pontón.</p>
-
-<p>Entraron los tres en la casucha. Cruzaron el patio, saltando por encima
-de escombros, tejas, maderas podridas y montones de cascote. Recorrieron
-un pasillo. Don Alonso encendió un fósforo, que mantuvo en el hueco de
-la mano. Vivían allí clandestinamente unas familias de gitanos y unos
-cuantos mendigos. Algunos<a name="page_222" id="page_222"></a> habían hecho sus camas con paja y trapos;
-otros dormían apoyándose sobre cuerdas de esparto, sujetas á las
-paredes.</p>
-
-<p>Don Alonso tenía su rincón y llevó allí á Manuel y á Jesús.</p>
-
-<p>El suelo era húmedo, de tierra; quedaban algunos tabiques de la casa en
-pie; los agujeros del techo estaban obturados con haces de caña, cogidos
-en el río, y pedazos de estera.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué moler!&mdash;dijo don Alonso al tenderse&mdash;; siempre hay que andar
-buscando rincones. ¡Quién pudiera ser caracol!</p>
-
-<p>&mdash;¿Para qué?&mdash;le preguntó Jesús.</p>
-
-<p>&mdash;Aunque no fuera más que para no pagar la casa de huéspedes.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ya vendrá la buena!&mdash;dijo irónicamente Manuel.</p>
-
-<p>&mdash;Esa es la esperanza&mdash;replicó el Hombre Boa&mdash;. Mañana quizás ha
-cambiado nuestra suerte. Tú no sabes lo que es la vida. El destino para
-el hombre es como el viento para la veleta.</p>
-
-<p>&mdash;Lo malo es&mdash;murmuró Jesús&mdash;que la veleta nuestra, cuando no señala
-hambre, señala frío, y siempre miseria.</p>
-
-<p>&mdash;Mañana puede variar.</p>
-
-<p>Con estas halagüeñas ilusiones se durmieron los tres. Despertó Manuel al
-amanecer; la luz del alba entraba por los agujeros del cañizo que hacía
-de techo, y con aquella luz pálida el<a name="page_223" id="page_223"></a> interior de la Casa Negra ofrecía
-un aspecto siniestro.</p>
-
-<p>Dormían todos mezclados, arremolinados en un amontonamiento de harapos y
-de papeles de periódicos. Algunos hombres buscaban las mujeres en la
-semiobscuridad, y se oían sus gruñidos de placer.</p>
-
-<p>Cerca de Manuel, una mujer, con aspecto de idiotismo y de miseria
-orgánica, sucia y llena de harapos, mecía un niño en los brazos. Era una
-mendiga aún joven, una pobre criatura vagabunda, de esas que recorren
-los caminos sin rumbo ni dirección, á la gracia de Dios.</p>
-
-<p>Por entre el astroso corpiño mostraba el pecho lacio y negruzco. Uno de
-los gitanillos se deslizó junto á ella y le agarró el pecho con la mano.
-Ella dejó el niño á un lado y se tendió en el suelo...</p>
-
-<p>&nbsp;</p>
-
-<p>Un día de Abril, por la madrugada, el frío era tan espantoso dentro de
-la Casa Negra, que hicieron en medio una hoguera; crecieron las llamas
-y, cuando menos se esperaba, prendió el cañizo. Inmediatamente se
-generalizó el fuego. Estallaban las cañas al arder; pronto una inmensa
-llamarada se levantó en el aire.</p>
-
-<p>Escaparon todos despavoridos; Manuel, Jesús y don Alonso salieron de
-prisa por el paseo de los Pontones hacia la Ronda.<a name="page_224" id="page_224"></a></p>
-
-<p>En la noche obscura brillaba el techo incendiado como una gran antorcha;
-pronto se apagó y quedaron sólo chispas, que saltaban y volaban en el
-aire.</p>
-
-<p>Los tres marcharon por la Ronda; allá lejos se veían líneas alargadas de
-faroles de gas, y á trechos núcleos de luces como islas brillantes en
-medio de la obscuridad. En la Ronda solitaria se oía muy de tarde en
-tarde el paso precipitado de algún transeunte y los ladridos lejanos de
-los perros.</p>
-
-<p>Se le ocurrió á Manuel ir á la taberna de la Blasa. En vez de tomar por
-el paseo Imperial, entraron en las Injurias por una callejuela iluminada
-con faroles de petróleo, que pasaba al lado de la Fábrica del gas.</p>
-
-<p>Humos negros y rojos salían de las altas chimeneas; las panzas redondas
-de los gasómetros se acercaban al suelo, y alrededor de ellas se
-levantaban los soportes, que en la obscuridad producían un efecto
-extraño.</p>
-
-<p>No estaba abierta la taberna de la Blasa. Tiritando de frío siguieron
-andando los tres por la Ronda de Toledo, pasaron frente á una fábrica,
-cuyas ventanas vertían una luz violenta de arco voltaico en la negrura
-de la noche.</p>
-
-<p>En medio de aquel silencio, la fábrica parecía rugir y echaba borbotones
-de humo por la chimenea.<a name="page_225" id="page_225"></a></p>
-
-<p>&mdash;No debía haber fábricas&mdash;dijo Jesús con una indignación súbita.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y por qué?&mdash;preguntó don Alonso.</p>
-
-<p>&mdash;Porque no.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y de qué va á vivir la gente? ¿Qué se va á hacer la industria si no
-hay fábricas?</p>
-
-<p>&mdash;Que se haga la pascua como nosotros. La tierra debe dar para que
-vivamos todos&mdash;añadió Jesús.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y la civilización?&mdash;preguntó don Alonso.</p>
-
-<p>&mdash;¡La civilización! Bastante nos sirve á nosotros la civilización. La
-civilización es muy buena para el rico, ¡lo que es para el pobre!</p>
-
-<p>&mdash;¿Y la luz eléctrica?, ¿y los vapores?, ¿y el telégrafo?</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero usted los utiliza?</p>
-
-<p>&mdash;No, pero los he utilizado.</p>
-
-<p>&mdash;Cuando tenía usted dinero. La civilización está hecha para el que
-tiene dinero, y el que no lo tiene que se muera. Antes el rico y el
-pobre se alumbraban con un candil parecido; hoy el pobre sigue con el
-candil y el rico alumbra su casa con luz eléctrica; antes si el pobre
-iba á pie, el rico iba á caballo; hoy el pobre sigue andando á pie y el
-rico va en automóvil; antes el rico tenía que vivir entre los pobres;
-hoy vive aparte, se ha hecho una muralla de algodón y no oye nada. Que
-los pobres chillan, él no oye; que se mueren de hambre, él no se
-entera....<a name="page_226" id="page_226"></a></p>
-
-<p>&mdash;No tienes razón&mdash;dijo don Alonso.</p>
-
-<p>&mdash;Casi nada...</p>
-
-<p>Siguieron oyéndose ladridos lejanos de los perros. Hacía cada vez más
-frío. Pasaron por la Ronda de Valencia y por la de Atocha.</p>
-
-<p>Se destacó el Hospital General, con su sombría mole y sus ventanas
-iluminadas por luces mortecinas.</p>
-
-<p>&mdash;Ahí siquiera no se debe tener frío&mdash;murmuró el Hombre Boa, con tono
-jovial que sonaba á dolorida queja.</p>
-
-<p>Comenzaba á clarear, iba disipándose el vaho gris de la mañana; por el
-camino pasaban carros de bueyes; las gallinas cacareaban á lo lejos....</p>
-
-<p><a name="page_227" id="page_227"></a></p>
-
-<h3><a name="CAPITULO_VIII-2" id="CAPITULO_VIII-2"></a>CAPÍTULO VIII<br /><br />
-<small>Las cuevas del Gobierno civil.&mdash;Et repatriado.&mdash;La sopa del convento.</small></h3>
-
-<p>Algunas veces, Manuel, Jesús y don Alonso iban á dormir á las iglesias.
-Una noche que se habían tendido los tres en una capilla de San Sebastián
-llena de bancos, el sacristán les hizo salir y les entregó á una pareja
-de Orden público. Don Alonso trató de demostrar á los guardias que era
-una persona, no sólo decente, sino importante; mientras él peroraba,
-Jesús se escabulló por la plaza de Santa Ana.</p>
-
-<p>&mdash;En la Delegación contarán todo eso&mdash;contestó el guardia á las
-explicaciones del Hombre Boa.</p>
-
-<p>Bajaron por una calle próxima, y en un portal en donde brillaba un farol
-rojo, entraron y subieron por una escalera estrecha á un cuarto donde
-garrapateaban dos escribientes. Mandaron éstos á don Alonso y á Manuel
-sentarse en unos bancos, y ambos lo hicieron lo más humildemente
-posible.</p>
-
-<p>&mdash;Usted, el viejo, ¿cómo se llama?&mdash;dijo uno de los escribientes.</p>
-
-<p>&mdash;¿Yo?&mdash;preguntó el Hombre Boa.<a name="page_228" id="page_228"></a></p>
-
-<p>&mdash;Sí, usted. ¿Es usted sordo ó idiota?</p>
-
-<p>&mdash;No, no, señor.</p>
-
-<p>&mdash;Pues lo parece. ¿Cuál es su nombre?</p>
-
-<p>&mdash;Alonso de Guzmán Calderón y Téllez.</p>
-
-<p>&mdash;¿Edad?</p>
-
-<p>&mdash;Cincuenta y seis años.</p>
-
-<p>&mdash;¿Estado?</p>
-
-<p>&mdash;Soltero.</p>
-
-<p>&mdash;¿Profesión?</p>
-
-<p>&mdash;Artista de circo.</p>
-
-<p>&mdash;¿En dónde vive usted?</p>
-
-<p>&mdash;Hasta hace unos días...</p>
-
-<p>&mdash;¿Dónde vive usted ahora le pregunto, imbécil?</p>
-
-<p>&mdash;Ahora, pues...</p>
-
-<p>&mdash;Pon sin domicilio&mdash;dijo uno de los escribientes al otro.</p>
-
-<p>Después tomaron la filiación á Manuel y volvieron á sentarse los dos sin
-hablar, muy intrigados con la suerte que les esperaba.</p>
-
-<p>Los del Orden paseaban por el cuarto charlando; á veces se oía sonar el
-repiqueteo de un timbre.</p>
-
-<p>De pronto se abrió la puerta y entró una mujer joven, de mantilla, con
-una gran inquietud en los ojos.</p>
-
-<p>Se acercó á los dos escribientes.</p>
-
-<p>&mdash;¿Podría ir alguno... á mi casa... un médico...? mi madre se ha caído y
-se ha abierto la cabeza.<a name="page_229" id="page_229"></a></p>
-
-<p>El escribiente echó una bocanada de humo de tabaco y no contestó;
-después, volviéndose y mirando á la mujer de arriba á bajo, dijo con una
-grosería y una bestialidad épicas:</p>
-
-<p>&mdash;Eso á la Casa de Socorro. Nosotros nada tenemos que ver con eso&mdash;, y
-volvió la cabeza y siguió fumando. La mujer paseó sus ojos asustados por
-la Delegación; se decidió á salir, dió buenas noches, que nadie
-contestó, con voz desfallecida y se fué.</p>
-
-<p>&mdash;¡Cagatintas! ¡Canallas!&mdash;murmuró don Alonso en voz baja&mdash;. ¡Qué les
-costaba haber enviado algún guardia para que acompañara á esa pobre
-mujer á la Casa de Socorro!</p>
-
-<p>Pasaron allí Manuel y el Hombre Boa mas de dos horas, y al cabo de éstas
-los guardias les hicieron entrar en un cuarto en donde se paseaba un
-hombre alto de barba negra, peinado á lo chulo, con aspecto de jugador ó
-de <i>croupier</i>.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué son éstos?&mdash;preguntó el hombre con acento andaluz, haciendo
-brillar, al retorcerse el bigote, un brillante que llevaba en el dedo.</p>
-
-<p>&mdash;Son dos que iban á dormir á la iglesia de San Sebastián&mdash;dijo el
-guardia&mdash;; no tienen domicilio.</p>
-
-<p>&mdash;Perdone usted&mdash;dijo don Alonso&mdash;, accidentalmente...</p>
-
-<p>&mdash;Llevarlos á que pasen la quincena&mdash;dijo el hombre alto.<a name="page_230" id="page_230"></a></p>
-
-<p>No dieron tiempo á don Alonso de decir nada, porque uno de los guardias
-le empujó brutalmente fuera del cuarto. Manuel le siguió.</p>
-
-<p>Los dos guardias les obligaron á bajar las escaleras y les metieron en
-un cuarto obscuro, en donde, después de tantear, encontraron un banco.</p>
-
-<p>&mdash;En fin, ya vendrá la buena&mdash;dijo don Alonso, sentándose y lanzando un
-profundo suspiro.</p>
-
-<p>Manuel, á pesar de que la situación no era del todo cómica, sintió unas
-ganas de reir tan grandes, que no las pudo contener.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué te ríes, hijo mío?&mdash;preguntó don Alonso.</p>
-
-<p>Manuel no supo explicar por qué se reía; pero después de reir, y de reir
-mucho, se quedó con un humor fúnebre.</p>
-
-<p>&mdash;Qué diría Jesús si estuviera aquí&mdash;murmuró Manuel&mdash;. En la casa de
-Dios, en donde todos son iguales, es un crimen entrar á descansar; el
-sacristán le entrega á uno á los guardias, los guardias le meten á uno
-en un cuarto obscuro. ¡Y vaya usted á saber lo que nos harán después! Yo
-tengo miedo de que nos lleven á la cárcel, si es que no nos ahorcan.</p>
-
-<p>&mdash;No digas tonterías. Siquiera, ¡si nos dieran de comer!&mdash;murmuró don
-Alonso.</p>
-
-<p>&mdash;En eso estarán pensando.</p>
-
-<p>Serían la una ó á las dos de la mañana cuando abrieron la puerta del
-chiquero y, conducidos<a name="page_231" id="page_231"></a> por dos guardias, el Hombre Boa y Manuel
-salieron á la calle.</p>
-
-<p>&mdash;Pero, ¿á dónde nos llevan?&mdash;preguntó don Alonso un poco asustado.</p>
-
-<p>&mdash;Usted siga para adelante&mdash;le contestó el guardia.</p>
-
-<p>&mdash;Esto es una arbitrariedad&mdash;murmuró don Alonso.</p>
-
-<p>&mdash;Usted siga para adelante, si no quiere ir atado codo con codo&mdash;replicó
-el guardia.</p>
-
-<p>Pasaron la Puerta del Sol, siguieron por la calle Mayor y se detuvieron
-en el Gobierno civil. A la izquierda del zaguán, por una estrecha
-escalera, tuvieron que bajar á una sala de techo bajo, iluminada por un
-quinqué, con unas tarimas altas, en donde dormían en fila diez ó doce
-guardias de orden público, vestidos y calzados.</p>
-
-<p>De esta sala bajaron por una escalerilla á un corredor estrecho, á uno
-de cuyos lados había dos jaulas con grandes rejas. En una de éstas,
-hicieron entrar á don Alonso y á Manuel y cerraron tras ellos.</p>
-
-<p>Un hombre y unos cuantos chicos se les acercaron á mirarles.</p>
-
-<p>&mdash;Esto es una arbitrariedad&mdash;gritó don Alonso&mdash;. Nosotros nada hemos
-hecho para que se nos encarcele.</p>
-
-<p>&mdash;Ni yo tampoco&mdash;murmuró un mendigo joven á quien según dijo habían
-cogido pidiendo<a name="page_232" id="page_232"></a> limosna&mdash;; luego, aquí no se puede estar.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué pasa?&mdash;preguntó Manuel.</p>
-
-<p>&mdash;Que uno de esos se ha ensuciado ahí. Está enfermo y desnudo. Debían
-llevarlo al Hospital. El dice que le han robado la ropa; estos chicos
-aseguran que se la ha jugado en la cárcel.</p>
-
-<p>&mdash;Y es verdad&mdash;replicó uno de los golfos&mdash;. Hemos estado pasando la
-quincena allá arriba. Cuando salimos de la cárcel, al llegar á la
-puerto, nos volvieron á coger á todos y nos trajeron aquí.</p>
-
-<p>A la luz del corredor, en el fondo de aquella jaula, se veían unos
-cuantos hombres en el suelo.</p>
-
-<p>Echado en un banco próximo á la pared, desnudo, con las piernas
-encogidas, se abrigaba con una capa raida el enfermo, y al moverse
-dejaba al descubierto alguna parte de su persona.</p>
-
-<p>&mdash;¡Agua!&mdash;murmuró con voz débil.</p>
-
-<p>&mdash;Ya se la hemos pedido al sargento&mdash;dijo el mendigo&mdash;; pero no la trae.</p>
-
-<p>&mdash;Esto es una salvajada&mdash;gritó el Hombre Boa&mdash;, esto es una barbaridad.</p>
-
-<p>Como nadie hizo caso á don Alonso, tuvo á bien callarse.</p>
-
-<p>&mdash;Ese otro&mdash;agregó el golfo, riéndose y señalando á uno escondido en un
-rincón&mdash;tiene sífilis y sarna.<a name="page_233" id="page_233"></a></p>
-
-<p>Don Alonso se abismó en su melancolía y se calló.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y qué van á hacer de nosotros?&mdash;preguntó Manuel.</p>
-
-<p>&mdash;Nos llevarán á la cárcel á pasar quince días&mdash;contestó el mendigo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y allí se come?&mdash;preguntó el Hombre Boa, saliendo del fondo de su
-ensimismamiento.</p>
-
-<p>&mdash;No siempre.</p>
-
-<p>Quedaron todos silenciosos, cuando se oyó en el pasillo un murmullo de
-voces, que pronto se convirtió en una algarabía de gritos de mujer, de
-imprecaciones y de lloros.</p>
-
-<p>&mdash;¡Leñe!, no empuje usted.</p>
-
-<p>&mdash;¡Moler! con el hombre.</p>
-
-<p>&mdash;Anda, anda para adentro&mdash;decía una voz de hombre.</p>
-
-<p>Eran unas treinta mujeres cogidas en la calle, que encerraban en la
-jaula inmediata. Unas gritaban, otras gemían, algunas se dedicaban á
-insultar, con el repertorio de palabras más selecto, al delegado y al
-jefe de la Higiene.</p>
-
-<p>&mdash;No queda una madre sana&mdash;hizo observar don Alonso.</p>
-
-<p>Manuel creyó reconocer la voz de la Chata y de la Rabanitos. Después de
-encerrar á las mujeres, un sargento de Orden público se acercó á la
-jaula de los hombres.</p>
-
-<p>&mdash;Señor sargento&mdash;dijo don Alonso&mdash;, que aquí hay un hombre que está
-malo.<a name="page_234" id="page_234"></a></p>
-
-<p>&mdash;¿Y qué quiere usted que yo le haga?</p>
-
-<p>&mdash;Señor sargento, si me hiciera usted un favor...&mdash;añadió Manuel.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué?</p>
-
-<p>&mdash;Que si hay algún periodista de esos que vienen á recoger noticias
-aquí, le diga usted que yo soy cajista en el periódico <i>El Mundo</i> y que
-me han metido preso.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno, se dirá.</p>
-
-<p>No había pasado media hora, cuando volvió á presentarse el sargento,
-abrió la reja y se dirigió á Manuel:</p>
-
-<p>&mdash;Eh, tú, el cajista. Afuera.</p>
-
-<p>Salió Manuel, pasó por delante de la jaula en donde estaban encerradas
-las mujeres, vió á la Chata y á la Rabanitos en un grupo de viejas
-prostitutas, entre las que había una negra, todas horribles, y subió de
-prisa la escalerilla hasta la sala en donde dormía el retén de guardias.
-El sargento abrió el postigo, cogió á Manuel de un brazo, le arreó un
-puntapie con toda su fuerza y lo puso en la calle.</p>
-
-<p>El reloj del Ayuntamiento marcaba las tres; lloviznaba; Manuel se metió
-por la calle de Ciudad Rodrigo á guarecerse en los arcos de la plaza
-Mayor, y como estaba cansado, se sentó en el escalón de un portal. Iba á
-dormirse, cuando un hombre con trazas de mendigo se sentó también allí y
-hablaron; el hombre dijo ser repatriado de Cuba, que no encontraba<a name="page_235" id="page_235"></a>
-empleo ni servía tampoco para trabajar, pues se había acostumbrado á
-vivir á salto de mata.</p>
-
-<p>&mdash;Después de todo, voy teniendo suerte&mdash;añadió el repatriado&mdash;. Cuando
-no me he muerto este invierno, es que ya no me muero nunca.</p>
-
-<p>Pasaron los dos la noche acurrucados uno junto á otro, y por la mañana
-fueron á la plaza de la Cebada y anduvieron merodeando por allí. El
-repatriado cogió unas cuantas nueces de un montón, y esto constituyó el
-desayuno de los dos compañeros.</p>
-
-<p>Más tarde bajaron por el puente de Toledo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Adónde vamos?&mdash;preguntó Manuel.</p>
-
-<p>&mdash;Aquí, á un convento de trapenses que hay cerca de Jetafe, en donde nos
-darán de comer&mdash;dijo el repatriado.</p>
-
-<p>Manuel aceleró el paso.</p>
-
-<p>&mdash;Vamos de prisa.</p>
-
-<p>&mdash;No sirve. Sacan la comida después de que ellos comen. De manera que,
-aunque corras, no adelantas nada; hay que esperar.</p>
-
-<p>Entonces Manuel moderó su marcha. El repatriado era un tipo vulgar,
-tenía la nariz gruesa, la cara ancha y el bigote rubio. Llevaba un
-sombrero puntiagudo, la ropa llena de remiendos, una bufanda vieja
-arrollada al cuello y en la mano un garrote.</p>
-
-<p>Llegaron al convento, pasaron á la portería y se sentaron en una mesa,
-en donde seis ó siete hombres esperaban.<a name="page_236" id="page_236"></a></p>
-
-<p>&mdash;¿Tú sabes hacer versos?&mdash;preguntó el repatriado á Manuel.</p>
-
-<p>&mdash;Yo, no. ¿Por qué?</p>
-
-<p>&mdash;Porque hace unos días vine yo aquí con un señor que, eso sí, estaba
-tan muerto de hambre como nosotros, y mientras esperábamos la comida, él
-preguntó el nombre del rector y le hizo unos versos la mar de bonitos. Y
-entonces el rector le mandó entrar y le dió de comer y de beber.</p>
-
-<p>&mdash;Pues es una lástima que no sepamos nosotros hacer una copla. ¿Cómo se
-llama el rector?</p>
-
-<p>&mdash;Domingo.</p>
-
-<p>Pensó Manuel en una palabra que terminara en ingo y no la encontró, y
-olvidó su faena cuando vino el lego con un gran caldero y lo dejó encima
-de la mesa.</p>
-
-<p>Luego trajo cucharas de palo y las repartió entre los mendigos. De éstos
-todos, menos uno, sacaron escudillas; el que no la tenía era un tipo
-repulsivo, con el labio inferior hinchado ulceroso y saliente.</p>
-
-<p>&mdash;Espere usted, compadre&mdash;dijo el repatriado, antes de que metiera el
-otro la cuchara&mdash;. Nosotros vamos á echar el rancho en la tapa del
-caldero, y de allí comeremos.</p>
-
-<p>&mdash;¡No sé qué tengo yo!&mdash;murmuró el mendigo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Usted? Que tiene un labio que parece un bisteck.</p>
-
-<p>Comieron Manuel y el repatriado, y después<a name="page_237" id="page_237"></a> de dar las gracias al lego,
-salieron del convento y se tendieron al sol en el campo.</p>
-
-<p>Hacía un tarde de Mayo, espléndida; el sol calentaba de firme; el
-repatriado contó algunos episodios de la campaña de Cuba. Hablaba de una
-manera violenta, y cuando la cólera ó la indignación le dominaban, se
-ponía densamente pálido.</p>
-
-<p>Habló de la vida en la isla, una vida horrible; siempre marchando y
-marchando, descalzos, con las piernas hundidas en las tierras pantanosas
-y el aire lleno de mosquitos que levantaban ronchas. Recordaba el
-teatrucho de un pueblo convertido en hospital, con el escenario lleno de
-heridos y de enfermos. No se podía descansar del todo nunca. Los
-oficiales del ejército, antes de fantásticas batallas, porque los
-cubanos corrían siempre como liebres, disputándose las propuestas para
-las cruces, y los soldados burlándose de las batallas y de las cruces y
-del valor de sus jefes. Luego la guerra de exterminio decretada por
-Weyler, los ingenios ardiendo, las lomas verdes que quedaban sin una
-mata en un momento, la caña que estallaba, y en los poblados la gente
-famélica, las mujeres y los chicos que gritaban: «¡Don Teniente, don
-Sargento, que tenemos hambre!» Además de esto, los fusilamientos, el
-machetearse unos á otros con una crueldad fría. Entre generales y
-<a name="page_238" id="page_238"></a>oficiales, odios y rivalidades, y mientras tanto los soldados,
-indiferentes, sin contestar apenas al tiroteo de los enemigos, con el
-mismo cariño por la vida que se puede tener por una alpargata vieja.
-Algunos que decían: «Mi capitán, yo me quedo aquí», y se le quitaba el
-fusil y se seguía adelante. Y después de todo esto, la vuelta á España,
-casi más triste aún; todo el barco lleno de hombres vestidos de
-rayadillo; un barco cargado de esqueletos, y todos los días cinco, seis,
-siete que expiraban y se les tiraba al agua.</p>
-
-<p>&mdash;Y al llegar á Barcelona, ¡moler!, ¡qué desencanto!&mdash;terminó
-diciéndo&mdash;: Uno que esperaba algún recibimiento por haber servido á la
-patria y encontrar cariño. ¿Eh? Pues nada. ¡Dios!, todo el mundo le veía
-á uno pasar sin hacerle caso. Desembarcamos en el puerto como si
-fuéramos fardos de algodón; uno se decía en el barco: «Me van á marear á
-preguntas cuando llegue á España.» Nada. Ya no le interesaba á nadie lo
-que había pasado en la manigua... ¡Ande usted á defender la patria! ¡Que
-la defienda el Nuncio! Para morirse después de hambre y de frío, y luego
-que le digan á uno: Si hubierais tenido riñones, no se hubiera perdido
-la isla. Es también demasiado amolar esto...</p>
-
-<p>Iba ya inclinándose el sol cuando el repatriado y Manuel se levantaron y
-fueron hacia Madrid.<a name="page_239" id="page_239"></a></p>
-
-<h3><a name="CAPITULO_IX-2" id="CAPITULO_IX-2"></a>CAPÍTULO IX<br /><br />
-<small>Noche en el paseo de la Virgen del Puerto.&mdash;Suena un tiro.&mdash;Calatrava y Vidal.&mdash;Un tango de la bella Pérez.</small></h3>
-
-<p>&mdash;Las noches que no hace mucho frío&mdash;dijo el repatriado&mdash;yo suelo ir á
-dormir á esa arboleda que hay cerca de la Virgen del Puerto. ¿Quieres
-que vayamos hoy?&mdash;añadió.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, vamos.</p>
-
-<p>Estaban en la Puerta del Sol y fueron por la calle Mayor abajo. Hacía
-una noche templada de niebla, una niebla azulada, luminosa, que temblaba
-al soplo del viento; los globos eléctricos del Palacio Real brillaban
-entre aquella gasa flotante con una luz morada.</p>
-
-<p>Bajaron Manuel y el repatriado por la Cuesta de la Vega y entraron en el
-bosquecillo que hay entre el Campo del Moro y la calle de Segovia.
-Algunos faroles de petróleo lucían muy pálidamente entre los árboles.
-Llegaron al paseo de los Melancólicos. Cerca del puente de Segovia
-salían llamaradas de los hornillos de una churrería instalada en una
-barraca. Del paseo de los Melancólicos bajaron á la hondonada, y en un
-cobertizo se cobijaron y se tendieron á dormir. Hacía fresco; pasaban<a name="page_240" id="page_240"></a>
-por allá algunas parejas misteriosas; Manuel se acurrucó, metió las
-manos en el bolsillo del pantalón y quedó profundamente dormido.</p>
-
-<p>&nbsp;</p>
-
-<p>Rumor chillón de cornetas le despertó.</p>
-
-<p>&mdash;Es la guardia de Palacio&mdash;dijo el repatriado.</p>
-
-<p>La claridad mortecina del alba alumbraba el cielo; palpitaba suave y
-gris el resplandor primero del día... De pronto resonó muy cerca el
-estampido de un arma de fuego; Manuel y el repatriado se levantaron;
-salieron del cobertizo dispuestos á huir; no vieron nada.</p>
-
-<p>&mdash;Es un joven que se ha suicidado&mdash;dijo un hombre de blusa que pasó
-corriendo delante de Manuel y del repatriado.</p>
-
-<p>Acercáronse los dos al lugar donde se oyera la detonación y vieron á un
-muchacho joven, bien vestido, en el suelo, con la cara llena de sangre y
-un revólver en la mano derecha. Nadie había por allí; el repatriado se
-acercó al muerto, tomó su mano izquierda y le sacó dos sortijas que
-llevaba, una de ellas con un brillante; luego le desabrochó la chaqueta,
-le registró los bolsillos, no encontró dinero y le quitó un reloj de
-oro.</p>
-
-<p>&mdash;Vamos á escaparnos, no vaya á venir alguno&mdash;dijo Manuel.</p>
-
-<p>&mdash;No&mdash;contestó el repatriado.</p>
-
-<p>Volvió á entrar en el cobertizo donde habían<a name="page_241" id="page_241"></a> pasado la noche, hizo en
-la tierra un agujero con las uñas, enterró, envueltas en un papel, las
-sortijas y el reloj y apretó la tierra con el pie.</p>
-
-<p>&mdash;En la guerra como en la guerra&mdash;murmuró después de ejecutar su
-maniobra con una rapidez extraordinaria.&mdash;Ahora&mdash;añadió&mdash;vuélvete á
-echar y hazte el dormido, por si acaso.</p>
-
-<p>Poco después se oyó murmullo de voces en la hondonada, y Manuel vió dos
-guardias civiles que pasaban á caballo por delante del cobertizo.</p>
-
-<p>Se acercaba gente al lugar del suceso; los guardias civiles, registrando
-al muerto, encontraron una carta dirigida al juez, en la que indicaba
-que no se culpara á nadie de su muerte.</p>
-
-<p>Manuel y el repatriado se unieron al grupo de curiosos.</p>
-
-<p>Cuando levantaron el muerto y se lo llevaron, Manuel preguntó:</p>
-
-<p>&mdash;¿Vamos á recoger eso?</p>
-
-<p>&mdash;Espera que se vayan todos.</p>
-
-<p>Quedó el lugar desierto; entonces el repatriado desenterró las sortijas
-y el reloj.</p>
-
-<p>&mdash;La sortija creo que es buena&mdash;dijo&mdash;. ¿Cómo lo averiguaremos?</p>
-
-<p>&mdash;En una platería.</p>
-
-<p>&mdash;Vete á la platería así con estos harapos y una sortija con un
-brillante y un reloj de oro,<a name="page_242" id="page_242"></a> y es muy posible que te denuncien y te
-lleven á la cárcel.</p>
-
-<p>&mdash;Entonces, ¿qué hacemos? Podíamos empeñar el reloj&mdash;dijo Manuel.</p>
-
-<p>&mdash;También es peligroso. Vamos á buscar á Marcos Calatrava, un amigo mío
-á quien conocí en Cuba. Ese nos sacará del apuro. Vive en una casa de
-huéspedes de la calle de Embajadores.</p>
-
-<p>Fueron allá, les salió una mujer á la puerta y les dijo que el tal
-Marcos se había mudado. El repatriado preguntó en una taberna de la
-planta baja de la casa.</p>
-
-<p>&mdash;¡El cojo! Si le conozco, ya lo creo&mdash;dijo el tabernero&mdash;. ¿Sabe usted
-dónde suele estar al anochecer? En la taberna del Majo de las Cubas, en
-la calle Mayor.</p>
-
-<p>Fué para Manuel y el repatriado uno de los días más largos de su
-existencia; sentían un hambre horrorosa, y el pensar que con la venta de
-aquellas sortijas y del reloj podían comer todo lo que se les antojara y
-que el miedo les impedía satisfacer su necesidad, era horrible. Se
-pasearon por las calles aburridos, y de cuando en cuando iban á la
-taberna á preguntar si había llegado ya el cojo.</p>
-
-<p>Al anochecer le vieron. El repatriado se acercó á saludarle, y los tres
-pasaron al interior de la taberna á un rincón á hablar. El repatriado
-contó el caso á Calatrava.<a name="page_243" id="page_243"></a></p>
-
-<p>&mdash;Ahora mismo viene mi secretario&mdash;dijo Marcos&mdash;, y él lo arreglará.
-Mientras tanto, pedid de cenar.</p>
-
-<p>&mdash;Pide tú&mdash;dijo el repatriado á Manuel.</p>
-
-<p>Lo hizo éste así, y para que todas fueran dilaciones, el mozo de la
-taberna dijo que la cena tardaría algo.</p>
-
-<p>Mientras charlaban el repatriado y Calatrava, Manuel se puso á observar
-á este último.</p>
-
-<p>Calatrava resultaba un tipo raro, á primera vista casi ridículo; tenía
-una pierna de palo, la cara muy estrecha, muy negra y amojamada; dos ó
-tres cicatrices en la frente, el bigote recio y el pelo crespo. Vestía
-traje claro, pantalón muy ancho, que se bamboleaba lo mismo en la pierna
-natural que en la de madera; una chaquetilla corta más obscura que el
-pantalón, una corbata de color rojo y un sombrero de paja muy chiquito.</p>
-
-<p>Marcos pidió con voz aguardentosa unas copas. Las bebieron y no tardó
-mucho en aparecer un muchacho elegante, con botas amarillas, sombrero
-hongo y un pañuelo de seda en el cuello.</p>
-
-<p>&mdash;¡Vidal!&mdash;exclamó Manuel al verle&mdash;; ¿eres tú?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, chico. ¿Qué haces aquí?</p>
-
-<p>&mdash;¿Le conoces á éste?&mdash;preguntó Calatrava á Vidal.</p>
-
-<p>&mdash;Sí; es primo mío.<a name="page_244" id="page_244"></a></p>
-
-<p>Marcos explicó á Vidal lo que quería el repatriado.</p>
-
-<p>&mdash;Ahora mismo&mdash;contestó Vidal&mdash;; no tardo diez minutos.</p>
-
-<p>Efectivamente; al poco tiempo volvía con dos papeletas de empeño y unos
-billetes. Los tomó el repatriado y fué repartiéndolos; á Manuel le
-tocaron cinco duros.</p>
-
-<p>&mdash;Mira&mdash;le dijo Calatrava á Vidal&mdash;. Tú y tu primo os quedáis á cenar
-aquí; tendréis que hablar, y nosotros nos vamos á otro lado, que también
-tenemos que contarnos algunas cosas. Llévale á tu primo á dormir á tu
-casa.</p>
-
-<p>Se despidieron, y Manuel y Vidal se quedaron solos.</p>
-
-<p>&mdash;¿Has cenado?&mdash;preguntó Vidal.</p>
-
-<p>&mdash;No; pero ya he encargado la cena. ¿Y tus padres?</p>
-
-<p>&mdash;Estarán bien.</p>
-
-<p>&mdash;¿No los ves?</p>
-
-<p>&mdash;No.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y el Bizco?</p>
-
-<p>Vidal palideció profundamente.</p>
-
-<p>&mdash;No me hables del Bizco&mdash;dijo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué?</p>
-
-<p>&mdash;No, no; le tengo un miedo horrible. ¿Tú no sabes lo que pasó?</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué?</p>
-
-<p>&mdash;La muerte de Dolores la Escandalosa.</p>
-
-<p>&mdash;No sabía nada.<a name="page_245" id="page_245"></a></p>
-
-<p>&mdash;Sí; mataron á la vieja en una casa que llaman el Confesonario, que
-está hacia Aravaca, ¿y sabes tú quién la mató?</p>
-
-<p>&mdash;¿El Bizco?</p>
-
-<p>&mdash;Sí; estoy seguro. El Bizco iba al Confesonario á reunirse con otros
-granujas.</p>
-
-<p>&mdash;Es verdad. A mí me lo dijo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Has hablado con él?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, pero hace ya mucho tiempo.</p>
-
-<p>&mdash;Pues sí, los periódicos que contaron el crimen dijeron que el asesino
-era de una fuerza extraordinaria, que la mujer había acudido allá como
-quien va á una cita. Era el Bizco, estoy seguro.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y no le han cogido?</p>
-
-<p>&mdash;No.</p>
-
-<p>Vidal quedó pensativo; se notaba que hacía esfuerzos para serenarse.
-Trajo el mozo de la taberna la comida; Manuel devoraba.</p>
-
-<p>&mdash;¡Menuda carpanta tienes tú, gachó!&mdash;dijo Vidal ya tranquilizado
-sonriendo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Dios!, si tenía un hambre...</p>
-
-<p>&mdash;Ahora vamos á tomar café.</p>
-
-<p>Pagó Vidal, salieron de la taberna y entraron en el café de Lisboa.</p>
-
-<p>Mientras saboreaban el café, Manuel contempló á Vidal. Llevaba la cabeza
-muy lustrosa, la raya en medio y tufos rizados sobre las orejas. Tenía
-un gran aplomo en los movimientos; la sonrisa de hombre guapo, el
-cuello<a name="page_246" id="page_246"></a> redondo, sin músculos salientes. Hablaba con simpatía, sonriendo
-siempre; pero sus ojos sagaces, falsos, descubrían la mentira de sus
-frases; no acompañaba á la afabilidad de su palabra cariñosa y de su
-sonrisa amable la expresión de sus ojos. En éstos no se leía más que
-desconfianza y cautela.</p>
-
-<p>&mdash;Y tú, ¿qué haces?&mdash;preguntó Manuel, después de examinarle atentamente.</p>
-
-<p>&mdash;¡Pse!... Vivo...</p>
-
-<p>&mdash;Pero, ¿de qué? ¿Cómo?</p>
-
-<p>&mdash;Hay negocios, chico... Luego las mujeres...</p>
-
-<p>&mdash;Pero, ¿tú trabajas?</p>
-
-<p>&mdash;Según á lo que llames trabajar.</p>
-
-<p>&mdash;Hombre, quiero decir si vas á un taller...</p>
-
-<p>&mdash;No.</p>
-
-<p>&mdash;¿Tienes alguna querida?</p>
-
-<p>&mdash;Ahora no tengo más que tres.</p>
-
-<p>&mdash;¡Cristo! ¡Qué suerte! ¿Dónde las encuentras?</p>
-
-<p>&mdash;Por ahí. En los teatros, en los bailes... Soy secretario del Bisturí y
-socio de la Paloma Azul y del Billete.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y de ahí tendrás muchas relaciones?</p>
-
-<p>&mdash;¡Claro! Luego, con las mujeres todo es cuestión de labia... Algunas
-veces se las echa uno de incomodado y se le arrima á una un par de
-bofetadas...</p>
-
-<p>&mdash;Tú vives al pelo... ¡Si yo pudiera hacer lo que tú!<a name="page_247" id="page_247"></a></p>
-
-<p>&mdash;¡Pues es muy fácil!... Ahora tengo una chiquilla más bonita que el
-mundo y que está chalada por mí. Esta cadena del reloj me la regaló
-ella... Pero lo más gracioso es que me anda rondando, ¿á que no te
-figuras quién?</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué sé yo? Alguna marquesa.</p>
-
-<p>&mdash;No, un marqués.</p>
-
-<p>&mdash;¿Para qué?</p>
-
-<p>&mdash;Nada, que me hace el amor.</p>
-
-<p>Manuel quedó mirando asombrado á Vidal, que sonrió misteriosamente.</p>
-
-<p>&mdash;¿Tú estás cansado?&mdash;preguntó Vidal.</p>
-
-<p>&mdash;No.</p>
-
-<p>&mdash;Entonces vamos á Romea.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué hay allá?</p>
-
-<p>&mdash;Baile y mujeres guapas.</p>
-
-<p>&mdash;Vamos, sí.</p>
-
-<p>Salieron del café y subieron la calle de Carretas.</p>
-
-<p>Tomó Vidal dos butacas. Era domingo.</p>
-
-<p>El aire en el interior del teatro estaba espeso, caliente, empañado de
-humo; con el vaho de cientos de personas que durante toda la tarde y la
-noche se habían amontonado allá. Había un lleno. Se representó una
-funcioncilla estúpida, plagada de chistes absurdos y groseros, de la
-manera más sosa que puede imaginarse entre las interrupciones y los
-gritos del público. Cayó el telón y apareció en seguida una muchacha,
-que cantó con una vocecilla aguda, desafinando horriblemente,<a name="page_248" id="page_248"></a> una
-canción pornográfica sin pizca de gracia. Luego salió una pintarrajeada,
-vieja y fea mujerona francesa, con un sombrero descomunal; se acercó á
-las candilejas y cantó una larga narración, de la que Manuel no entendió
-media palabra, y cuyo estribillo era:</p>
-
-<p class="c">
-<i>Pauvre petit chat, petit chat.</i><br />
-</p>
-
-<p>Después dió unas cuantas volteretas, levantando un pie hasta dar con él
-en el sombrero y se fué. Bajó de nuevo el telón; al poco rato volvió á
-levantarse y se presentó la bella Pérez, y fué saludada por una salva
-nutrida de aplausos. Cantó muy mal una copla, equivocándose, riéndose, y
-cuando terminó de cantar se ocultó entre los bastidores. El piano de la
-orquesta atacó con brío un tango, y la bella Pérez salió de entre
-bastidores con falda corta, envuelta en una capa de torero, con un
-sombrero cordobés sobre los ojos y fumando. Cuando el piano concluyó el
-preludio, ella tiró el cigarro al público de las butacas, se quitó la
-capa y quedó con las faldas recogidas con las dos manos hacia atrás, que
-dejaban el vientre y los muslos ceñidos. A las primeras notas del tango,
-todo el mundo calló religiosamente; un soplo de voluptuosidad corrió por
-la sala. Se veían los rostros encendidos, con la mirada fija y
-brillante. Y la bella bailaba con la cara como enfurruñada y los dientes
-apretados, dando taconazos, haciendo<a name="page_249" id="page_249"></a> que se dibujaran sus caderas
-poderosas al replegarse la falda sobre sus flancos como una bandera
-triunfante. De aquel hermoso cuerpo de mujer salía un efluvio de su sexo
-que enloquecía á todos. Al final del baile colocó el sombrero sobre el
-vientre y tuvo un movimiento de caderas que hizo rugir á todo el teatro.</p>
-
-<p>&mdash;¡Eso!</p>
-
-<p>&mdash;¡Ahí la <i>visagra</i>!</p>
-
-<p>&mdash;¡Esa tripita!</p>
-
-<p>Concluyó el baile y hubo una tempestad de aplausos.</p>
-
-<p>&mdash;¡Tango! ¡Tango!&mdash;gritaban todos como energúmenos.</p>
-
-<p>Manuel, con los ojos brillantes, aplaudía y gritaba entusiasmado.</p>
-
-<p>&mdash;¡Viva la lujuria!&mdash;vociferaba un joven al lado de Manuel.</p>
-
-<p>Volvió la bella Pérez á bailar el tango. Detrás de la butaca de Manuel y
-Vidal, una muchacha mecía en sus brazos á una niña, con la cara llena de
-costras. La muchacha, señalando á la bella Pérez, decía á la niña:</p>
-
-<p>&mdash;Mira, mira á mamá.</p>
-
-<p>&mdash;¿Es la madre de esta chica?&mdash;preguntó Manuel.</p>
-
-<p>&mdash;Sí&mdash;contestó la niñera.</p>
-
-<p>Sin saber por qué Manuel ya no se entusiasmó tanto con el baile, y hasta
-se figuró que en el rostro de la bailarina, tras de la capa de pintura<a name="page_250" id="page_250"></a>
-y de polvos de arroz, se adivinaban roseolas y granos.</p>
-
-<p>Salieron Manuel y su primo del teatro. Vidal vivía en una casa de
-huéspedes de la calle del Olmo.</p>
-
-<p>Fueron los dos por la de Atocha, y en la esquina de la calle de la
-Magdalena se encontraron con la Chata y la Rabanitos, que les
-reconocieron y les llamaron.</p>
-
-<p>Las dos muchachas aguardaban á la Engracia, que se había ido con un
-señor. Mientras tanto reñían. La Rabanitos, juraba y perjuraba que no
-tenía más de diez y seis años; la Chata aseguraba que iba para los diez
-y ocho.</p>
-
-<p>&mdash;¡Si se lo he oído decir á tu madre!&mdash;gritaba.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero qué va decir eso mi madre? ¡Cerda!&mdash;replicaba la Rabanitos.</p>
-
-<p>&mdash;Pues sí que lo ha dicho, ¡so perro!</p>
-
-<p>&mdash;¿Cuándo empecé yo en la vida? Hace tres años. ¿Y cuántos tenía
-entonces? Trece.</p>
-
-<p>&mdash;¡Bah! Si tú hace diez años andabas ya golfeando por ahí&mdash;interrumpió
-Vidal.</p>
-
-<p>La muchachita se volvió como una víbora, contempló á Vidal de arriba á
-bajo y, con voz estridente, le dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Pa mí que tú eres de los que se agarran á la verja del Dos de Mayo y
-dan la espalda.</p>
-
-<p>Celebraron todos el circunloquio, que demostraba las cualidades
-imaginativas de la Rabanitos,<a name="page_251" id="page_251"></a> y ésta, ya calmada, sacó del bolsillo del
-delantal su cartilla, arrugada y sucia, y se la enseñó á todos.</p>
-
-<p>En esta ocupación de descifrar lo que ponía la cartilla, les encontró la
-Engracia.</p>
-
-<p>&mdash;Anda, tú, convida&mdash;le dijo Vidal&mdash;. ¿Tendrás dinero?</p>
-
-<p>&mdash;¡Sí, dinero! Las amas cada vez piden más. Yo no sé lo que <i>quedrán</i>.</p>
-
-<p>&mdash;Aunque sea á recuelo&mdash;repuso Vidal.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno, vamos.</p>
-
-<p>Entraron los cinco en una buñolería.</p>
-
-<p>&mdash;Este señor con quien he ido&mdash;dijo la Engracia&mdash;es un pintor, y me ha
-dicho que me daba cinco pesetas por hora por servir de modelo de
-desnudo.</p>
-
-<p>A la Rabanitos le sublevó la noticia.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero qué vas á servir tú para eso, si no tienes tetas!&mdash;dijo con su
-vocecilla aguda.</p>
-
-<p>&mdash;No, las tendrás tú.</p>
-
-<p>&mdash;No es por ponerme moños&mdash;contestó la Rabanitos&mdash;; pero estoy mejor
-formada que tú.</p>
-
-<p>&mdash;¡Magras!&mdash;replicó la otra, y sin hacer caso se puso á hablar con
-Vidal. La Rabanitos le cogió á Manuel por su cuenta y le contó sus penas
-con una seriedad de vieja.</p>
-
-<p>&mdash;Chico, estoy <i>derrengá</i>&mdash;le decía&mdash;, porque como una es débil y no
-tiene fuerza... Luego, los hombres son tan brutos... y claro, como la
-ven á una así, hacen lo que quieren y<a name="page_252" id="page_252"></a> todo el mundo la pone á una el
-pie encima.</p>
-
-<p>Manuel oía hablar á la Rabanitos; pero el cansancio y el sueño no le
-permitían darse cuenta de lo que oía.</p>
-
-<p>Entraron otras dos muchachas en la buñolería con dos golfos, uno de
-ellos de cara abultada, ojos nublados y expresión entre feroz é irónica.
-Los cuatro venían borrachos; las mujeres se pusieron á insultar á todos
-los que estaban en la buñolería.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quiénes son esas?&mdash;preguntó Manuel.</p>
-
-<p>&mdash;Unas tías escandalosas.</p>
-
-<p>&mdash;Oye, vamos&mdash;dijo Vidal á su primo con la prudencia que le
-caracterizaba.</p>
-
-<p>Salieron todos de la buñolería, las muchachas fueron hacia el centro y
-ellos por la calle del Ave María hasta la del Olmo. Abrió Vidal la
-puerta de su casa.</p>
-
-<p>&mdash;Aquí es&mdash;le dijo á Manuel.</p>
-
-<p>Subieron hasta el último piso. Allí Vidal encendió una cerilla, metió la
-mano por debajo de la puerta, sacó una llave y abrió. Recorrieron un
-pasillo, y Vidal dijo á Manuel:</p>
-
-<p>&mdash;Este es tu cuarto. Hasta mañana.</p>
-
-<p>Manuel se despojó de sus harapos, y la cama le pareció tan blanda, que,
-á pesar del cansancio, tardó mucho en dormirse.</p>
-
-<p><a name="page_253" id="page_253"></a></p>
-
-<h2><a name="TERCERA_PARTE" id="TERCERA_PARTE"></a>TERCERA PARTE</h2>
-
-<h3><a name="CAPITULO_I-3" id="CAPITULO_I-3"></a>CAPÍTULO PRIMERO<br /><br />
-<small>¿Será la buena?&mdash;Proposiciones de Vidal.</small></h3>
-
-<p>Al día siguiente, cuando despertó Manuel, daban las doce. Hacía tanto
-tiempo que la primera sensación de su despertar era de frío, de hambre ó
-de angustia, que, al encontrarse entre mantas, abrigado, en un cuarto
-estrecho y de poca luz, pensó si estaría soñando.</p>
-
-<p>Luego, de pronto, el recuerdo del suicida de la Virgen del Puerto le
-vino á la memoria; después, el encuentro con Vidal, el baile de Romea y
-la conversación en la buñolería con la Rabanitos.</p>
-
-<p>&mdash;¿Habrá venido la buena?&mdash;se preguntó á sí mismo. Se incorporó en la
-cama, y al ver sus harapos colocados sobre una silla, no supo qué
-hacer.&mdash;Si me ven vestido así, me echan&mdash;pensó; y en la vacilación
-volvió á meterse entre las sábanas.</p>
-
-<p>Serían cerca de las dos cuando oyó que abrían la puerta del cuarto; era
-Vidal.<a name="page_254" id="page_254"></a></p>
-
-<p>&mdash;Pero, hombre, ¿no sabes la hora que es? ¿Por qué no te levantas?</p>
-
-<p>&mdash;Si me ven con eso me echan&mdash;replicó Manuel señalando sus andrajos.</p>
-
-<p>&mdash;La verdad es que no puedes vestirte de etiqueta&mdash;dijo Vidal
-contemplando la indumentaria de su primo&mdash;. Vaya unos zapatitos de
-baile&mdash;añadió cogiendo por los tirantes una bota deformada y llena de
-barro, y levantándola cómicamente para observarla mejor&mdash;. Es de la
-última moda de los poceros de la villa. Y de medias nada, y de
-calzoncillos ídem; de la misma tela que las medias. ¡Estás apañado!</p>
-
-<p>&mdash;Ya ves.</p>
-
-<p>&mdash;Pues no vas á estar aquí siempre; hay que salir. Yo te traeré ropa
-mía; creo que te vendrá bien.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, tu eres un poco más alto.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno, espera un momento.</p>
-
-<p>Salió Vidal del cuarto y volvió con ropa suya. Manuel se vistió á la
-carrera. Los pantalones le estaban un poco largos y tuvo que darles
-vuelta por abajo; en cambio las botas le venían estrechas y cortas.</p>
-
-<p>&mdash;Tienes el pie pequeño&mdash;murmuró Manuel&mdash;. Has nacido para señorito.</p>
-
-<p>Vidal mostró su pie, bien calzado, con cierta coquetería.</p>
-
-<p>&mdash;Algunas señoritas darían algo por estos<a name="page_255" id="page_255"></a> <i>pinreles</i>, ¿verdad? A mi,
-una mujer que tenga mucha pata, no me gusta; ¿y á ti?</p>
-
-<p>&mdash;A mí, chico, me gustan todas, hasta las viejas. Hay tan poco dónde
-elegir. Anda, dame un periódico. Voy á envolver estas prendas.</p>
-
-<p>&mdash;¿Para qué?</p>
-
-<p>&mdash;Para que no las vean aquí. Esto desacredita. Las tiraré á la calle. Lo
-que es el que encuentre el lío puede decir que le ha caído el gordo.</p>
-
-<p>Envolvió Manuel los harapos con mucho cuidado, hizo un paquete, lo ató
-con una guita y lo cogió en la mano.</p>
-
-<p>&mdash;¿Vamos?</p>
-
-<p>&mdash;Andando.</p>
-
-<p>Salieron á la calle; Manuel pensaba que todo el mundo se fijaba en él y
-miraba el paquete que llevaba y no se atrevía á dejarlo en ninguna
-parte.</p>
-
-<p>&mdash;Tráelo, no seas lila&mdash;dijo Vidal&mdash;, y quitándoselo de la mano lo tiró
-á un solar por encima de la tapia.</p>
-
-<p>Salieron los dos muchachos por la calle de la Magdalena á la plaza de
-Antón Martín y entraron en el café de Zaragoza.</p>
-
-<p>Se sentaron. Vidal pidió dos cafés con media tostada.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué aplomo tiene!&mdash;pensó Manuel.</p>
-
-<p>Llegó el mozo con el servicio, y Manuel se arrojó sobre una de las
-tostadas con ansia.<a name="page_256" id="page_256"></a></p>
-
-<p>&mdash;¡Rediez!&mdash;exclamó Vidal, mirándole de hito en hito&mdash;. ¡Qué facha de
-golfo tienes!</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué?</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué se yo? Porque la tienes.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué se le va á hacer! Uno parece lo que es.</p>
-
-<p>&mdash;Pero, ¿tú has trabajado? ¿Tú has aprendido oficio?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, he sido criado, panadero, trapero, cajista y ahora golfo, y no sé
-de todo eso lo que es peor.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y habrás pasado muchas hambres, eh?</p>
-
-<p>&mdash;Uf... la mar... y si fueran las últimas.</p>
-
-<p>&mdash;Pues lo serán, hombre, lo serán si tu quieres.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo? ¿Poniéndome otra vez á trabajar?</p>
-
-<p>&mdash;O de otra manera.</p>
-
-<p>&mdash;Pues yo no sé cómo se puede vivir de otra manera, chico; ó hay que
-trabajar, ó hay que robar, ó hay que ser rico, ó hay que pedir limosna.
-De trabajar he perdido la costumbre, para robar no tengo agallas, rico
-no soy, con que me tendré que poner á pedir limosna. A no ser que caiga
-soldado un día de éstos.</p>
-
-<p>&mdash;Todo eso que dices&mdash;replicó Vidal, es una pura pamplina&mdash;. ¿De mí se
-puede decir que trabajo? no; ¿que robo ó que pido limosna? tampoco; ¿qué
-soy rico? menos... y ya ves, vivo.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno, tendrás algún secreto.<a name="page_257" id="page_257"></a></p>
-
-<p>&mdash;Puede ser.</p>
-
-<p>&mdash;Y ese secreto, ¿no se puede saber cuál es?</p>
-
-<p>&mdash;Si lo supieses tú, ¿me lo dirías?</p>
-
-<p>&mdash;Hombre... verás; si yo tuviese un secreto y tú me lo quisieras birlar,
-la verdad, me lo guardaría para mí; pero si tú no pensases en
-quitármelo, sino en vivir y no me estorbases, entonces sí, que no te
-quepa duda.</p>
-
-<p>&mdash;Bien, eso es justo. Tú eres franco... ¡qué moler! Mira, yo por ti
-haría cualquier cosa, y no tengo inconveniente en ponerte al tanto de
-cómo vivimos nosotros. Tu eres un barbián, no eres un bruto de esos que
-no quieren más que matar y asesinar á las personas. Yo te digo con
-franqueza, ¿por qué no? Yo no soy valiente...</p>
-
-<p>&mdash;Ni yo tampoco&mdash;exclamó Manuel.</p>
-
-<p>&mdash;¡Bah! Tu eres templado. El Bizco mismo te tenía respeto.</p>
-
-<p>&mdash;¿A mí?</p>
-
-<p>&mdash;A ti.</p>
-
-<p>&mdash;¡Quia!</p>
-
-<p>&mdash;Como quieras. Pero voy á lo de antes. Tú y yo, yo sobre todo, hemos
-nacido para ser ricos; pero ha dado la pijotera casualidad de que no lo
-somos. Ganarlo no se puede; á mí que no me vengan con historias. Para
-tener algo, hay que meterse en un rincón y pasarse treinta años
-trabajando como una mula. ¿Y cuánto reúnes? Unas pesetas cochinas;
-total,<a name="page_258" id="page_258"></a> <i>ná</i>. ¿No se puede ganar dinero?, pues hay que arreglarse para
-quitárselo á alguno y para quitárselo sin peligro de ir á la <i>trena</i>.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y cómo?</p>
-
-<p>&mdash;Ese es el busilis. Ahí está la cuestión. Mira: cuando yo me vine al
-centro desde Casa Blanca, era un <i>descuidero</i>, un <i>randa</i>. Me tuvieron
-sin culpa una quincena en el <i>Abanico</i>, en la jaula, y cuando lo
-recuerdo, ¡chico!, metiemblan las carnes. Me daba más miedo que
-vergüenza robar, esa es la verdad; pero ¿qué iba á hacer? Un día, que
-cogí unas lamparillas eléctricas de una casa de la calle del Olivo, la
-portera me vió, una tía vieja indecente, y se echó á correr tras de mí,
-gritando: «¡A ese! ¡A ese!» Yo tenía alas en los pies; figúrate. Al
-llegar á la iglesia de San Luis, tiré las bombillas al suelo, me colé
-entre la gente de la iglesia y me agazapé en un banco; no me cogieron;
-pero desde entonces, ¡gachó!, tuve un miedo que no podía con mi alma.
-Pues, ya ves, á pesar del miedo, no escarmenté.</p>
-
-<p>&mdash;¿Volvistes á coger otras lámparas?</p>
-
-<p>&mdash;No. Verás. Estaba en el patio de Apolo con aquella florera que tanto
-la odiaba la Rabanitos. ¿Te acuerdas?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, hombre.</p>
-
-<p>&mdash;Era muy interesada la chica aquella. Pues estaba allá, cuando veo á un
-señor gordo, de chaleco blanco, que estaba de palique con unas<a name="page_259" id="page_259"></a> golfas.
-Había mucha gente; me acerco á él, cojo la cadena, tiro suavemente hasta
-sacar el reloj del bolsillo, doy la vuelta á la anilla y la hago saltar.
-Como la cadena era bastante pesada, había el peligro de que, al
-soltarla, le diera al señor en la barriga y le hiciese comprender que le
-habían <i>afanado</i>; pero en aquel momento, dieron unas palmadas, la gente
-comenzó á entrar en el teatro á empellones, yo solté la cadena y me
-escabullí. Iba escapado por frente á San José á meterme por la calle de
-las Torres, cuando siento que me cogen del brazo. Chico, me entró un
-sudor...&mdash;Déjeme usted&mdash;dije yo.&mdash;Calla, si no llamo á uno del orden (Yo
-me callé)&mdash;. Te he visto cómo limpiabas el reloj á ese
-<i>pimpi</i>.&mdash;¿Yo?&mdash;Tú, sí. Tienes el reloj en el bolsillo del pantalón,
-conque no seas memo y anda á tomar una copa á la taberna del
-Brígido.&mdash;Vamos&mdash;pensé yo&mdash;; este es un <i>vivo</i> que viene á la parte.
-Entramos en la taberna y allí el hombre me habló claro:&mdash;Mira&mdash;me
-dijo&mdash;, tú quieres prosperar de cualquier manera, ¿no es verdad?; pero
-le tienes asco al <i>Abanico</i>, y lo comprendo, porque tú no eres tonto;
-pero, bueno; ¿cómo quieres prosperar? ¿Qué armas tienes tú para luchar
-en la vida? Tú eres un <i>cimbel</i>, que no conoce la sociedad ni el mundo.
-Mañana vienes á mi casa; yo te llevaré á un bazar de ropas hechas,
-compras un traje, un sombrero y<a name="page_260" id="page_260"></a> un baúl y te recomendaré á una casa de
-huéspedes buena; te haré ganar dinero, porque, que te conste que ganar
-dinero, cuando se está en un sitio donde lo hay, es lo más mollar de la
-vida. Ahora dame ese reloj; á ti te engañarían.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y le diste el reloj?</p>
-
-<p>&mdash;Sí. Al día siguiente...</p>
-
-<p>&mdash;Te quedarías de boqueras...</p>
-
-<p>&mdash;Al día siguiente estaba yo ganando dinero.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y quién es ese hombre?</p>
-
-<p>&mdash;Marcos Calatrava.</p>
-
-<p>&mdash;¿El cojo? ¿El amigo del repatriado?</p>
-
-<p>&mdash;El mismo. Conque ya sabes, lo que me dijo á mí él, te lo digo yo á ti.
-¿Quieres entrar en la <i>combi</i>?</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero, qué hay que hacer?</p>
-
-<p>&mdash;Eso depende del negocio... Si tú aceptas, vivirás bien, tendrás una
-buena hembra... peligro no hay... conque tú dirás.</p>
-
-<p>&mdash;No sé qué decirte, chico. Si hay que hacer una granujada, casi casi
-prefiero vivir así.</p>
-
-<p>&mdash;Hombre, eso depende de lo que tú llames granujada. ¿A engañar le
-llamas granujada? Pues hay que engañar. No hay otra cosa: ó trabajar ó
-engañar, porque, lo que es regalarte el dinero, que te conste que no te
-lo han de regalar.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, es verdad.<a name="page_261" id="page_261"></a></p>
-
-<p>&mdash;¡Pero si es que eso lo tienes en todo! Negociar y robar es lo mismo,
-chico. No hay más diferencia que, negociando, eres una persona decente,
-y, robando, te llevan á la cárcel.</p>
-
-<p>&mdash;¿Crees tú?...</p>
-
-<p>&mdash;Sí, hombre. Es más, creo que en el mundo hay dos castas de hombres;
-unos, que viven bien y roban trabajo ó dinero; otros, que viven mal y
-son robados.</p>
-
-<p>&mdash;¡Sabes que me parece que tienes razón!</p>
-
-<p>&mdash;Y tal... No hay más que comer ó ser comido. Conque tu dirás.</p>
-
-<p>&mdash;Nada, se acepta. Otra Sociedad como la de los Tres.</p>
-
-<p>&mdash;No compares, que aquello no hay que recordarlo. Aquí no hay un Bizco.</p>
-
-<p>&mdash;Pero hay un cojo.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, pero es un cojo que vale un riñón.</p>
-
-<p>&mdash;¿Es el jefe de la partida?</p>
-
-<p>&mdash;Te diré, chico... yo no lo sé. Yo me entiendo con el Cojo, el Cojo se
-entiende con el Maestro, y el Maestro no sé con quién se entiende; lo
-que sé es que arriba, arriba, hay gente gorda. Una advertencia te tengo
-que hacer: tú ves, oyes y callas. Si te enteras de algo, me lo dices á
-mí; pero fuera, ni una palabra. ¿Comprendes?</p>
-
-<p>&mdash;Comprendido.</p>
-
-<p>&mdash;Aquí todo es cuestión de habilidad y de mucha pupila. Si marchamos
-bien, dentro de<a name="page_262" id="page_262"></a> unos años se puede uno encontrar viviendo bien, hecho
-una persona decente... al pelo.</p>
-
-<p>&mdash;Y oye: ¿tú has entrado ya en quintas?&mdash;preguntó Manuel&mdash;; porque yo
-maldito si lo sé.</p>
-
-<p>&mdash;Yo sí; estoy rebajado. Debes de arreglar eso, si no te van á coger por
-prófugo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Pse!</p>
-
-<p>&mdash;Se lo diremos al Cojo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cuándo le veremos?</p>
-
-<p>&mdash;Dentro de un momento estará aquí.</p>
-
-<p>Efectivamente, poco después el Cojo entraba en el café, Vidal le indicó
-lo que había propuesto á su primo en breves palabras.</p>
-
-<p>&mdash;¿Servirá?&mdash;preguntó Calatrava mirando atentamente á Manuel.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, es más listo de lo que parece&mdash;contestó riendo Vidal.</p>
-
-<p>Manuel se irguió con un sentimiento de amor propio.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno; ya veremos. Por ahora no tiene que hacer gran cosa&mdash;repuso el
-Cojo.</p>
-
-<p>Se pusieron inmediatamente Calatrava y Vidal á tratar de sus asuntos, y
-Manuel entretuvo el tiempo leyendo un periódico.</p>
-
-<p>Cuando concluyeron de hablar, salió Calatrava del café, y quedaron
-nuevamente solos los dos primos.</p>
-
-<p>&mdash;Vamos al Círculo&mdash;dijo Vidal.</p>
-
-<p>El Círculo estaba en una calle céntrica. Entraron;<a name="page_263" id="page_263"></a> en el piso bajo
-había billares y algunas mesas de café.</p>
-
-<p>Se sentó en una de ellas Vidal, llamó en un timbre, y á un mozo que
-apareció le dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Dos cubiertos.</p>
-
-<p>&mdash;Van.</p>
-
-<p>&mdash;Oye&mdash;añadió Vidal&mdash;, desde que entres aquí, ni una palabra; ni me
-preguntas ni me dices nada. Lo que tengas que saber yo te lo diré.</p>
-
-<p>Comieron los dos; Vidal charló de teatros, de casinos, de cosas que
-Manuel no conocía, y éste estuvo callado.</p>
-
-<p>&mdash;Vamos á tomar café arriba&mdash;dijo Vidal.</p>
-
-<p>Junto al mostrador había una puerta y de ella subía una escalera de
-caracol, muy estrecha, hasta el entresuelo. A la terminación de la
-escalera se topaba con una puerta de cristales esmerilados. La empujó
-Vidal, y pasaron á un corredor á cuyos lados se veían mamparas forradas
-de verde.</p>
-
-<p>Al final del pasillo, sentado en una mesa, escribía un hombre; contempló
-á Vidal y á Manuel y siguió escribiendo. Vidal abrió una puerta, empujó
-una pesada cortina y pasaron los dos.</p>
-
-<p>Se encontraron en una sala con tres balconcillos á la calle y otros tres
-á un patio. Hacia el lado de la calle había una mesa verde grande con
-dos escotaduras, una frente á otra, en<a name="page_264" id="page_264"></a> los lados largos; hacia el
-patio, se veía una mesa más pequeña, iluminada por dos lámparas,
-alrededor de la cual se agrupaban treinta ó cuarenta personas. Había un
-gran silencio; no se oía más que las palabras de los dos <i>croupiers</i> y
-el ruido que hacían al recoger con el rastrillo las monedas colocadas
-sobre el tapete verde.</p>
-
-<p>Cuando cesaban las jugadas cambiábanse algunas observaciones entre los
-puntos. Luego la voz monótona del banquero decía:</p>
-
-<p>&mdash;Hagan juego, señores.</p>
-
-<p>Callaban todos y el silencio era tan grande que se oía el roce de las
-cartas entre los dedos del <i>croupier</i>.</p>
-
-<p>&mdash;Esto parece una iglesia, ¿verdad?&mdash;murmuró Vidal&mdash;. Como dice un señor
-que viene aquí, el juego es la única religión que queda.</p>
-
-<p>Tomaron café y una copa.</p>
-
-<p>&mdash;¿Tienes cigarros?&mdash;preguntó Vidal.</p>
-
-<p>&mdash;No.</p>
-
-<p>&mdash;Toma. Fíjate bien en este juego; yo me voy.</p>
-
-<p>&mdash;¿Se podrá saber cómo se llama?</p>
-
-<p>&mdash;Sí; el bacarrat. Oye, á las ocho en el café de Lisboa.</p>
-
-<p>Vidal salió y Manuel quedó solo; miró con atención cómo iba y venía el
-dinero de la banca á los puntos y de los puntos á la banca.<a name="page_265" id="page_265"></a> Después se
-entretuvo en observar á los jugadores. Era un anhelo tan grande el que
-sentían todos, que nadie se fijaba en los demás.</p>
-
-<p>Los que estaban sentados tenían delante de ellos montones de plata y de
-fichas y las ponían sobre el tapete. El <i>croupier</i> echaba las cartas
-francesas, y poco después pagaba ó recogía el dinero puesto.</p>
-
-<p>Los que estaban de pie alrededor, y de los cuales la mayoría no jugaba,
-parecían interesarse en el juego tanto ó más que los que se hallaban
-sentados y jugaban fuerte.</p>
-
-<p>Eran aquéllos, tipos de miseria y de sordidez horrible; llevaban
-chaquetas rozadas, sombreros grasientos, pantalones con rodilleras,
-llenos de barro.</p>
-
-<p>En sus ojos brillaba la pasión del juego, y se les veía seguir la marcha
-de las jugadas, con los brazos cruzados sobre la espalda y el cuerpo
-echado hacia adelante conteniendo la respiración.</p>
-
-<p>Manuel se aburría allá; miró por los balcones á la calle; vió cómo se
-reemplazaban los jugadores, y al anochecer salió y fué al café de
-Lisboa.</p>
-
-<p>Cuando llegó Vidal, mientras cenaron, le expuso sus dudas acerca del
-juego.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno; eso en seguida lo aprendes&mdash;le dijo el otro&mdash;. Además, los
-primeros días yo te<a name="page_266" id="page_266"></a> daré un cartoncito con la indicación de cuándo
-debes jugar.</p>
-
-<p>&mdash;Muy bien, ¿y el dinero?</p>
-
-<p>&mdash;Toma para mañana. Cincuenta duros.</p>
-
-<p>&mdash;¿Son buenos?</p>
-
-<p>&mdash;Enséñaselos á cualquiera.</p>
-
-<p>&mdash;De modo que es una combina como la del Pastiri.</p>
-
-<p>&mdash;Igual.</p>
-
-<p>La tarde siguiente, con los cincuentas duros que le dió su primo y las
-indicaciones en una tarjeta, jugó y ganó veinte duros, que entregó á
-Vidal.</p>
-
-<p>Unos días después le llamaron de un cuartel, le preguntaron el nombre en
-una oficina y le despacharon.</p>
-
-<p>&mdash;Te han rebajado&mdash;le advirtió Vidal.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno&mdash;contestó alegremente Manuel&mdash;; me alegro de no ser soldado.</p>
-
-<p>Siguió acudiendo al Círculo todos los días que le indicaron, y al cabo
-de algún tiempo conocía el personal de la casa de juego. Había mucha
-gente empleada allá; varios <i>croupiers</i> muy atildados con las manos
-limpias y perfumadas; unos cuantos matones, otros medio ganchos, otros
-que vigilaban á los que entraban y á los ganchos.</p>
-
-<p>Eran todos tipos sin sentido moral, á quienes, á unos la miseria y la
-mala vida, á otros la inclinación á lo irregular, había desgastado<a name="page_267" id="page_267"></a> y
-empañado la conciencia y roto el resorte de la voluntad.</p>
-
-<p>Manuel experimentaba, sin darse cuenta de ello con claridad, la
-repugnancia por aquel medio, y sentía obscuramente la protesta de su
-conciencia.</p>
-
-<p><a name="page_268" id="page_268"></a></p>
-
-<h3><a name="CAPITULO_II-3" id="CAPITULO_II-3"></a>CAPÍTULO II<br /><br />
-<small>El Garro.&mdash;Marcos Calatrava.&mdash;El Maestro.&mdash;Confidencias.</small></h3>
-
-<p>Una noche salió Manuel del Círculo, acompañado de un hombrecito con
-trazas de enfermo. Los dos llevaban el mismo camino; entraron en el cafe
-de Lisboa; el hombre se reunió allí con una mujer gorda y se sentó con
-ella, y Manuel se acercó á su primo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué hablabas con ese?&mdash;le preguntó Vidal al verle.</p>
-
-<p>&mdash;Nada, de cosas indiferentes.</p>
-
-<p>&mdash;Te advierto que es uno de la policía.</p>
-
-<p>&mdash;¿Sí?</p>
-
-<p>&mdash;Ya lo creo.</p>
-
-<p>&mdash;Pues lo he visto en el Círculo.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, cobra allí. Le llaman el Garro. Está casado con esa, que es la
-Chana, una timadora antigua. Vivía en la calle de la Visitación, en casa
-de María la Guerrero, cuando yo me fuí con la Violeta. La Chana entonces
-ya se dedicaba á perista, conocía á todos los inspectores y estaba liada
-con un matón que llamaban el Ministro y á quien le mataron en la calle
-de Alcalá. Ten cuidado con el Garro; si te pregunta<a name="page_269" id="page_269"></a> algo no le digas
-nada; ahora, si puedes sonsacarle alguna cosa, eso sí, hazlo.</p>
-
-<p>Al día siguiente el Garro volvió á reunirse con Manuel y le preguntó
-quién era y de dónde venía. Manuel, advertido, contó una porción de
-embustes con gran candor, y se hizo el engañado por Vidal y por el Cojo.</p>
-
-<p>&mdash;Le advierto á usted que son dos pájaros de cuenta&mdash;le dijo el policía.</p>
-
-<p>&mdash;¿Sí, eh?</p>
-
-<p>&mdash;Uf, que se pierden de vista. El Cojo, sobre todo, es atravesado. No se
-meta usted con él, porque ese es capaz de todo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Tan fiero es?</p>
-
-<p>&mdash;Ya lo creo. Yo conozco su historia, él no lo sabe. Se llama Marcos
-Calatrava y es de buena familia. Hace doce años cursaba medicina.</p>
-
-<p>El Garro contó toda la historia de Marcos. Al principio había sido un
-gran estudiante. Luego, de pronto, comenzó á frecuentar garitos, y en
-uno de éstos robó una capa. Tuvo la mala suerte de que le cogieran <i>in
-fraganti</i>, le llevaron á la Cárcel Modelo y estuvo allá arriba dos
-meses. Al año siguiente tomo la decisión de no estudiar, y como de su
-casa no le mandaban dinero, comenzó á matonear por garitos y chirlatas.
-Una navajada que le dieron en una bronca que tuvo, le quitó por algún
-tiempo sus arrestos de matón. Cuando se puso bueno fué<a name="page_270" id="page_270"></a> á ver á la
-superiora de las Hermanas de la Caridad de San Carlos y le pidió dinero.
-Quería hacerse fraile, le había herido la gracia divina; y con su manera
-de hablar melosa, la convenció, le sacó los cuartos, y además una carta
-para el prior de un convento de Burgos.</p>
-
-<p>Calatrava se gastó el dinero, y á los dos ó tres meses estaba muerto de
-hambre. Entonces organizó una compañía de cómicos de la legua, á quienes
-explotó de una manera miserable, y al año ó cosa así de recibir la carta
-de la superiora, en un período de hambre horrorosa, se encontró en el
-fondo de una maleta la carta y determinó aprovecharse de ella. Como era
-hombre de decisiones rápidas, no vaciló, tomó el tren sin billete y
-entre los fardos de los vagones de mercancías llegó á Burgos, se
-presentó en el convento y entró de novicio. Al poco tiempo pidió que le
-enviaran por los pueblos pidiendo limosna; al principio estuvo bien,
-hasta se distinguió por su celo; pero después empezó á hacer
-barbaridades, escandalizó á las personas piadosas de las aldeas, y
-cuando el prior, á quien había llegado la noticia de sus fechorías, le
-mandó llamar y volver al convento, Calatrava, sin hacer caso, anduvo
-explotando los hábitos, y cuando ya iban á pescarle volvió á Madrid. A
-los tres ó cuatro meses de estar aquí agotó todo su dinero y su crédito
-y tomó la determinación de<a name="page_271" id="page_271"></a> sentar plaza en Sanidad militar y marcharse
-á Filipinas.</p>
-
-<p>Un médico de regimiento, viendo á Marcos tan servicial y tan listo,
-trató de ayudarle á terminar la carrera y le colocó de interno en el
-Hospital militar de Manila.</p>
-
-<p>Inmediatamente, Calatrava empezó á robar de la botica del Hospital,
-medicamentos, vendajes, aparatos, todo lo que podía, para venderlo; le
-despacharon de allá; pidió la absoluta y se dedicó á cobrar el barato en
-los chabisques de Manila. Como era tan quisquilloso, pronto allí se le
-hizo la vida imposible, y entonces recurrió á un Círculo de militares y
-consiguió que se hiciera una colecta para él, y con el dinero vino á
-España.</p>
-
-<p>En Madrid volvió á encontrarse apurado, y como no era de los que se
-ahogan en poca agua, se alistó en el batallón de Voluntarios que iba á
-Cuba. Marcos se distinguió por su valor en muchas acciones, ascendió
-pronto á sargento cuando una bala le atravesó la pierna y tuvieron que
-cortársela en el Hospital de la Habana; y el hombre volvió á España ya
-sin porvenir y con un retiro ridículo.</p>
-
-<p>Aquí anduvo fingiéndose agente de la policía secreta, robando por las
-calles, hasta que encontró un socio y se dedicó con él al timo del
-entierro, que, á pesar de lo divulgado que está, suele dar resultados
-entre los estafadores.<a name="page_272" id="page_272"></a> Formó en una época una sociedad de espadistas y
-de criadas de servir para desvalijar las casas; falsificó billetes;
-luego no hubo engaño ni timo que no intentase; y como tenía una
-inteligencia clara y despierta, estudió metódicamente todos los
-procedimientos conocidos de estafa, calculó el pro y el contra de cada
-uno de ellos y encontró que todos tenían grandes quiebras.</p>
-
-<p>Al último&mdash;concluyó diciendo el Garro&mdash;, se encontró con el Maestro que
-se ha retirado, y yo no sé de dónde han cogido dinero para estos
-garitos; el caso es que lo tienen.</p>
-
-<p>&mdash;¿Hay más de un Círculo de éstos?&mdash;preguntó Manuel.</p>
-
-<p>&mdash;Abierto al público no hay más que éste; pero tienen la casa de la
-Coronela, en donde se juega mucho más. Allá está todas las noches el
-Maestro. ¿No ha ido usted á aquella casa?</p>
-
-<p>&mdash;No.</p>
-
-<p>&mdash;Ya le llevarán. Si tiene usted dinero que perder, entre Vidal y el
-Cojo ya le llevarán. Luego la Coronela, como mete á la hija á bailarina,
-va á abrir un salón.</p>
-
-<p>&mdash;Esa Coronela, ¿es cubana?&mdash;preguntó Manuel.</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;La conozco, y conozco también á un amigo suyo que se llama Mingote.<a name="page_273" id="page_273"></a></p>
-
-<p>El policía miró con cierta reserva á Manuel.</p>
-
-<p>&mdash;Puede usted decir&mdash;le dijo&mdash;que conoce usted lo peorcito de Madrid.
-Mingote está ahora con Joaquina la Verdeseca. Tienen una casa de citas
-elegante. Van señoras y dejan su retrato. Este Mingote, fué el que
-organizó aquel baile célebre. Se pagaba un duro la entrada, y al final,
-se rifaba una señorita. La hija de la querida de Mingote.</p>
-
-<p>Unos días después de esta conversación, Manuel, al salir del Círculo y
-encontrarse con Vidal, sintió la necesidad de hablarle del malestar que
-experimentaba con aquella vida. Vidal estaba también aquella noche de
-humor triste, é hizo lamentables confidencias á Manuel.</p>
-
-<p>Fueron á un teatro, pero no había gente; entraron en un café y, después
-de pasear con una noche horrible de frío, Vidal propuso que entraran á
-tomar algo en casa de la Concha, en la calle de Arlabán.</p>
-
-<p>Manuel no quería, porque no tenía ganas de comer ni de nada; pero á
-remolque entró en la taberna. Hacía dentro mucho calor, y esto les
-reanimó á los dos; se sentaron y Vidal pidió unas copas y luego unas
-chuletas.</p>
-
-<p>&mdash;Hay que olvidar&mdash;dijo después de dar estas disposiciones.</p>
-
-<p>Manuel hizo un gesto de desaliento y vació un vaso de vino que llenó
-Vidal.<a name="page_274" id="page_274"></a></p>
-
-<p>Después contó lo que le había dicho el Garro. Su primo le escuchaba
-atentamente.</p>
-
-<p>&mdash;No sabía la historia de Calatrava&mdash;dijo al concluir Vidal.</p>
-
-<p>&mdash;Pues historia por historia&mdash;repuso Manuel&mdash;¿dime tú? ¿quién es ese
-Maestro?</p>
-
-<p>&mdash;El Maestro... es un coloso. ¿Tú has leído Rocambole?</p>
-
-<p>&mdash;No.</p>
-
-<p>Vidal quedó un poco parado; la figura de Rocambole, sin duda, le parecía
-la más á propósito para comparar al Maestro.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno, pues figúrate tú un hombre como el Cojo, ¿sabes?, pero
-muchísimo más listo que él; un hombre que imita todas las letras, que
-sabe cuatro ó cinco idiomas, que tiene una serenidad como nadie, que
-viste la blusa lo mismo que la levita, que habla con una señora y parece
-un caballero, y habla con una golfa y parece un chulo, y une á esto que
-es una especie de payaso, que toca el acordeón, imita el tren,
-gesticula, se ríe de todo el mundo. Y luego ¡chiquillo! le ves medio
-llorando porque ha visto un viejo medio desnudo por la calle ó le ha
-pedido limosna una golfilla.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y cómo se llama?</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué sé yo! Cualquiera lo sabe. Algunos dicen que han conocido á su
-padre y á su madre, pero no es verdad. Yo he pensado si será hijo
-natural de algún personaje, pero no lo<a name="page_275" id="page_275"></a> creo del todo, porque si hubiera
-sido así, sería chocante que le prendieran, como le prendieron, cuando
-tenía diez y siete años.</p>
-
-<p>&mdash;Pronto empezó.</p>
-
-<p>&mdash;Sí; lo prendieron sin culpa. El era empleado de uno que había hecho
-una estafa, y lo metieron en el Saladero con su principal. Esto lo
-cuenta el mismo. Un día parece que fué el juez á tomar declaración á un
-preso, y estando el escribiente copiando la declaración le dió un mal y
-tuvieron que llevarle á casa. El juez preguntó al alcaide si no tenía
-algún preso que supiera escribir al dictado, y el alcaide llamó al
-Maestro. Este se sentó en la silla, miró los papeles y se puso á
-escribir. El juez, al terminar la declaración, echa una mirada á los
-autos y queda asombrado. No se conocía dónde había empezado á escribir
-el Maestro y dónde había acabado el escribiente; la letra de uno y de
-otro eran iguales.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué tío!</p>
-
-<p>&mdash;Cuando contaba el Maestro esto, decía que si aquel juez no hubiera
-sido un estúpido, él no hubiera terminado mal; pero al juez lo único que
-se le ocurrió fué decir que aquel chico era peligroso y que había que
-tener con él mucho ojo. El Maestro, que vió que extremaban la vigilancia
-con él por el motivo de haber hecho un favor, claro, se indignó. Luego,
-en el Saladero, conoció á un falsificador<a name="page_276" id="page_276"></a> célebre, y entre los dos,
-desde la misma cárcel, le sacaron á un francés cuarenta mil duros por el
-registro del entierro.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué bárbaros!</p>
-
-<p>&mdash;Dieron cinco ó seis golpes por el estilo. Al fin cayeron en que eran
-ellos dos y se les formó causa de nuevo. Le preguntaban á uno:&mdash;¿Quién
-ha sido el que ha escrito esto?&mdash;Yo, contestaba; le preguntaban al
-otro:&mdash;¿Quién ha sido el que ha escrito esto?&mdash;Yo, contestaba también.
-No podían saber cuál de los dos era. Entonces al juez se le ocurrió
-meterles á cada uno de ellos en un cuarto y hacerles escribir la carta
-por la que habían venido á saber que estaban preparando un entierro, y
-¡chico! los dos escribieron igual, con la misma letra y con los mismos
-borrones. Figúrate tú qué maña tendrá este hombre, que algunas veces,
-cuando ha habido bailes y banquetes en el Palacio Real, ha falsificado
-la invitación, se ha puesto un frac y allá se ha marchado, alternando
-con duques y marqueses.</p>
-
-<p>&mdash;¡Rediez!&mdash;dijo Manuel admirado&mdash;. ¿Y el compañero del Saladero vive?</p>
-
-<p>&mdash;No; creo que murió en América.</p>
-
-<p>&mdash;¿Ha estado allá también el Maestro?</p>
-
-<p>&mdash;En todas partes; ha recorrido medio mundo, y en cada sitio ha dejado
-diez ó doce falsificaciones.</p>
-
-<p>&mdash;¿Será rico?<a name="page_277" id="page_277"></a></p>
-
-<p>&mdash;Sí, seguramente.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y qué hace con el dinero?</p>
-
-<p>&mdash;Chico, yo no lo sé. No le gustan las juergas, no tiene queridas. El
-Cojo me dijo una vez que el Maestro tenía una hija educándose en Francia
-y que le dejaría una fortuna.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y dónde vive ese hombre?</p>
-
-<p>&mdash;Vive hacia Chamberí; allí creo que se pasa los días leyendo y tocando
-la guitarra y besando el retrato de su hija.</p>
-
-<p>&mdash;Sería curioso saber lo que hace.</p>
-
-<p>&mdash;No lo hagas; á mí me entró la misma curiosidad. Un día le vi salir de
-un juego de bolos de los Cuatro Caminos:&mdash;Vamos á ver lo que hace este
-punto, me dije; fuí al otro día y lo encontré. Estaba muy alegre,
-jugando, hablando, accionando; parecía que no me había conocido. Al día
-siguiente el Cojo me dijo:&mdash;No vuelvas donde estuviste ayer, si no
-quieres reñir conmigo para siempre. Comprendí la advertencia y no he
-vuelto.</p>
-
-<p>Era curiosa la vida pura y sencilla de aquel hombre metido en
-combinaciones de estafas y de engaños. Manuel escuchaba á su primo como
-quien oye un cuento.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y la Coronela?&mdash;le preguntó.</p>
-
-<p>&mdash;Nada... una pendona. Fué la querida de un relojero, que se hartó de
-ella porque es una tía ordinaria y luego se lió con ese militar. Es una
-tía sucia y mala.<a name="page_278" id="page_278"></a></p>
-
-<p>&mdash;Es mala, sí. Desde el primer día que la vi me lo pareció.</p>
-
-<p>&mdash;¿Mala? Es una loba y tiene furor... ¿sabes? Hace ignominias. Antes,
-cuando algún señorito seguía á alguna de sus hijas, le hacía subir á su
-casa y allá le decía que con sus hijas nada, pero con ella sí. Ahora va
-á los cuarteles. Es una tía de lo más indecente... Pero lo que está
-haciendo con el hijo es todavía peor.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pues qué hace?</p>
-
-<p>&mdash;Nada. Que por entretenerse, le visten de chica y le pintan, y ya no le
-llaman Luis, como se llama él, sino Luisita la Ricopelo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Cristo!&mdash;murmuró Manuel dando un puñetazo en la mesa&mdash;. Eso es
-demasiado. Hay que denunciar eso.</p>
-
-<p>&mdash;Calla, que viene gente&mdash;advirtió Vidal.</p>
-
-<p>Tres hombres y una muchacha se sentaron en la mesa de al lado de la
-taberna.</p>
-
-<p>Uno de ellos era un viejo teñido, con la cara llena de arrugas blandas y
-el aire de un cinismo repugnante; el otro tenía el tipo de un peluquero,
-patillas de hacha muy repeinadas y el pelo rizado; el tercero, calvo,
-con la nariz roja y las barbas deshilachadas y amarillas, presentaba el
-aspecto del joven decrépito.</p>
-
-<p>La muchacha era muy bonita; tenía la nariz afilada, los labios finos, el
-pelo negro, separado en dos bandas; llevaba una capa de color perla con
-cuello de plumas, la mantilla prendida<a name="page_279" id="page_279"></a> en el moño que encuadraba su
-rostro y caía sobre el pecho.</p>
-
-<p>En su cara latía una continua nerviosidad y una expresión sarcástica; no
-paraba un momento de moverse, y cuando escuchaba, accionaba y movía
-nerviosamente los labios.</p>
-
-<p>Tenían todos las mejillas rojas y los ojos brillantes. El hombre de las
-barbas hacía preguntas y más preguntas á la muchacha, y ésta contestaba
-con gran descoco.</p>
-
-<p>Manuel y Vidal se pusieron á escuchar.</p>
-
-<p>&mdash;¿De veras eres partidaria del amor libre?&mdash;decía el de las barbas.</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;¿No quisieras casarte?</p>
-
-<p>&mdash;Yo no.</p>
-
-<p>&mdash;Es una mujer indiferente&mdash;interrumpió el de las patillas&mdash;no comprende
-esas cosas de cariño.</p>
-
-<p>&mdash;Bah, no lo creo.</p>
-
-<p>&mdash;Lo que tiene la pobre es que es muy... bruta&mdash;murmuró el viejo con voz
-aguardentosa.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y tu mujer?&mdash;preguntó ella agitándose en la silla y mirando al viejo
-con los ojos fríos y burlones. La muchacha aquella daba la impresión de
-una avispa ó de un bicho con aguijón. Se agitaba en el asiento cuando
-iba á decir algo, pinchaba y quedaba ya tranquila y satisfecha por un
-momento.</p>
-
-<p>El viejo masculló una serie de blasfemias. El<a name="page_280" id="page_280"></a> de las barbas rojas
-siguió preguntando á la muchacha.</p>
-
-<p>&mdash;¿Pero tú no has querido á nadie?</p>
-
-<p>&mdash;Yo no; ¿para qué?</p>
-
-<p>&mdash;Si te digo que es fría como el mármol&mdash;murmuró el de facha de
-peluquero.</p>
-
-<p>&mdash;Cuando le conocí á éste&mdash;añadió ella riéndose y señalando al de las
-patillas&mdash;tenía un hombre que me había puesto un cuarto y la patrona de
-la casa pasaba por mi madre. Además, tenía otros amigos; pues ya ves,
-ninguno notó nada.</p>
-
-<p>&mdash;Es terrible&mdash;exclamó el de las barbas llenando un vaso de vino y
-vaciándolo&mdash;; no nos quieren, y nosotros suponiendo siempre que tienen
-corazón. Pero de veras, dime de veras, ¿no has querido nunca á nadie?</p>
-
-<p>&mdash;A nadie, á nadie.</p>
-
-<p>&mdash;Si te digo que es fría como el mármol&mdash;repitió el hombre con facha de
-peluquero&mdash;. ¡Si supieras las majaderías que hice yo por ella!
-Preguntaba tímidamente en la portería; pasé un mes sin atreverme á
-hablarla, y luego, al conseguirla, supe que era una mujer á quien se
-dice:&mdash;¿Mañana estás libre á tal hora?&mdash;Sí.&mdash;Pues mañana nos veremos.</p>
-
-<p>&mdash;Como quien avisa á un afinador de pianos&mdash;repuso el de la barba,
-encontrando no se sabe qué relación entre los hombres y los pianos&mdash;. Es
-terrible&mdash;añadió, y después con un<a name="page_281" id="page_281"></a> arrebato de ira, golpeó la mesa con
-el puño é hizo tambalearse los vasos.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué te pasa?&mdash;preguntó el viejo.</p>
-
-<p>&mdash;Nada. Había que destruir esta cochina humanidad. Me siento anarquista.</p>
-
-<p>&mdash;Bah, yo creo que te sientes borracho&mdash;interrumpió el de las patillas.</p>
-
-<p>&mdash;San Dios; porque tú seas un indecente burgués dedicado á los
-negocios...</p>
-
-<p>&mdash;Si tú eres más burgués que yo.</p>
-
-<p>El hombre de la nariz roja y de la barba amarilla se calló indignado;
-luego, dirigiéndose á la muchacha, con voz iracunda, la dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Dile á este imbécil que cuando habla un hombre de talento él debe
-callar. La culpa la tenemos nosotros que le otorgamos la beligerancia.</p>
-
-<p>&mdash;¡Pobre hombre!</p>
-
-<p>&mdash;¡Idiota!</p>
-
-<p>&mdash;Si eres más pesado que un artículo tuyo&mdash;gritó el de las patillas&mdash;; y
-todavía, si esa soberbia de que haces gala la sintieras, estaría bien;
-pero si no la sientes; si eres un pobre desgraciado que te reconoces á
-ti mismo, imbécil; si te pasas la vida aburriéndonos, recitándonos
-artículos que ya has publicado y que ni siquiera son tuyos, porque los
-coges de cualquier parte...</p>
-
-<p>La palidez del de las barbas hizo callar á su<a name="page_282" id="page_282"></a> contrincante, y siguieron
-los tres hablando en tono tranquilo.</p>
-
-<p>De pronto el viejo se puso á chillar.</p>
-
-<p>&mdash;Pues no será una persona decente&mdash;decía.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué no?&mdash;replicaba la mujer.</p>
-
-<p>&mdash;Porque no. Será carpintero, basurero, ó ladrón, ó hijo de mala madre,
-porque una persona decente no sé á qué se va á levantar por la mañana.</p>
-
-<p>Cenaron Manuel y Vidal. Poco después se levantaron la muchacha y sus
-tres acompañantes.</p>
-
-<p>&mdash;Ahora va uno á casa&mdash;murmuró el de las barbas rojas en tono lúgubre&mdash;,
-arregla la cama, se mete uno dentro, se enciende un pitillo, bebe un
-vaso de agua, orina y se duerme uno. La vida es repugnante.</p>
-
-<p>Al salir los cuatro á la calle, Vidal fué detrás de ellos.</p>
-
-<p>&mdash;Voy á enterarme quién es ella&mdash;le dijo á Manuel&mdash;. Hasta mañana.</p>
-
-<p>&mdash;Adiós.</p>
-
-<p><a name="page_283" id="page_283"></a></p>
-
-<h3><a name="CAPITULO_III-3" id="CAPITULO_III-3"></a>CAPÍTULO III<br /><br />
-<small>La Flora y la Aragonesa.&mdash;La Justa.&mdash;La inauguración del Salón París.</small></h3>
-
-<p>Al día siguiente, Vidal dijo á su primo que se había enterado quién era
-la muchacha. Se llamaba Flora, vivía en la calle del Pez y solía acudir
-á una tienda de modas de la calle del Barquillo, casa de trato
-disimulada. Vidal esperaba hacer la conquista de la Flora.</p>
-
-<p>Ya iba adelantado en su intento, cuando Calatrava, que estaba satisfecho
-de Manuel y de Vidal, les invitó á los dos un domingo por la tarde á ir
-á una casa de la calle del Barquillo, en donde encontrarían mozas guapas
-é irían con ellas á los Viveros.</p>
-
-<p>Aquella tarde fué terrible de emociones para Manuel. Fueron Calatrava,
-Vidal y Manuel en coche á la tienda de modas, y les hicieron subir á un
-saloncillo regularmente amueblado. Al poco rato llegó Flora, acompañada
-de una mujer alta, de ojos negros y cara cetrina, verdaderamente
-hermosa, la cual produjo un gran entusiasmo en Calatrava.</p>
-
-<p>&mdash;Esperaremos que venga otra&mdash;dijo Vidal.</p>
-
-<p>Esperaron charlando. Se oyó ruido de pasos<a name="page_284" id="page_284"></a> en el corredor, se levantó
-una cortina y apareció una mujer. Era la Justa, más pálida, con los ojos
-más negros y la boca roja. Manuel la miró sobrecogido; ella volvió la
-espalda, y trató de salir.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué quieres marcharte?&mdash;preguntó Vidal.</p>
-
-<p>La muchacha nada replicó.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno, vamos&mdash;dijo Calatrava.</p>
-
-<p>Salieron del salón y bajaron las escaleras; en el coche que estaba
-esperando montaron Vidal con la Flora y Manuel con la Justa, y en otro
-coche Calatrava y la mujer alta de ojos negros; se dirigieron hacia la
-Puerta del Sol, y después, por la plaza de Oriente, á la Bombilla.</p>
-
-<p>En el coche, Vidal y Flora hablaron por los codos; la Justa y Manuel
-estuvieron callados.</p>
-
-<p>La merienda fué para los dos triste; al terminarla, Vidal y Calatrava
-desaparecieron; la Justa y Manuel quedaron en la mesa sin saber qué
-decirse. Manuel sentía una tristeza dolorosa, el aniquilamiento completo
-de la vida.</p>
-
-<p>Al anochecer, las tres parejas volvieron á Madrid, y cenaron en un
-cuarto del café Habanero.</p>
-
-<p>Hubo confidencias entre todos ellos; cada uno contó su vida y milagros,
-menos la Justa, que calló.</p>
-
-<p>Calatrava y Vidal querían saber cómo sus<a name="page_285" id="page_285"></a> amadas habían entrado en la
-vida irregular que llevaban.</p>
-
-<p>&mdash;Yo entré en la vida&mdash;dijo la Flora&mdash;, porque no veía otra cosa en mi
-casa. No he conocido padre ni madre, viví hasta los quince años con mis
-tías, que eran golfas como yo. Sólo que eran más alegres que yo. La
-mayor tenía un chico, y lo dejaba en el cajón de la cómoda, que había
-convertido en cama. No tenían trajes, y para salir era necesario que una
-se quedara en casa, y las botas y las enaguas de una servían para la
-otra. Cuando se encontraban sin dinero, escribían á una señora que tenía
-casa de compromiso, acudían á la cita, y volvían con el dinero tan
-contentas. A mí me querían meter en un taller, y dije yo:&mdash;No, para
-trabajar, prefiero ser golfa&mdash;, y me lancé á la vida.</p>
-
-<p>La otra mujer, alta y hermosa, habló con cierta amargura. La llamaban
-Petra la Aragonesa.</p>
-
-<p>&mdash;Yo&mdash;dijo con voz grave&mdash;, fuí deshonrada por un señorito; vivía en
-Zaragoza, y entré en la vida. Como mi padre vive allí, y es carpintero,
-y también mis hermanos, para no darles esta vergüenza, pensé venir á
-Madrid, y nos arreglamos una compañera y yo para hacer el viaje juntas.
-Teníamos cada una más de diez duros cuando llegamos á Madrid. En la
-estación tomamos un coche, paramos en un café,<a name="page_286" id="page_286"></a> comimos y nos echamos á
-andar por las calles. En una rinconada, creo que estaba por la plaza de
-los Mostenses, en una callejuela que no sabría decir á dónde cae ni qué
-nombre tiene, vimos una casa con las ventanas iluminadas y oímos el
-sonido de un organillo. Entramos, dos chulos se pusieron á bailar con
-nosotras, y nos llevaron á una casa de la calle de San Marcos.</p>
-
-<p>Al día siguiente, cuando me levanté, aquel hombre me dijo:&mdash;Anda; trae
-el dinero que llevas y vamos á comer aquí mismo. Yo dije que nones.
-Después salió un señor y nos enseñó la casa, que estaba muy bien puesta,
-con divanes y espejos, y nos ofreció unas copas y pasteles y nos invitó
-á quedarnos allá. Yo no quise tomar nada y me fuí. La otra le dió todo
-el dinero que tenía al chulo y se quedó. Luego el hombre aquel la sacaba
-el dinero y la pegaba.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y vive todavía en la casa tu compañera?&mdash;preguntó Vidal.</p>
-
-<p>&mdash;No; la traspasaron á una casa de Lisboa por cuarenta y cinco duros.</p>
-
-<p>&mdash;¿Para qué fué?</p>
-
-<p>La Aragonesa se encogió de hombros.</p>
-
-<p>&mdash;Es que las mujeres de la vida son muy bestias&mdash;dijo Vidal&mdash;; no tienen
-entendimiento ni conocen sus derechos ni nada.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y tú?&mdash;preguntó Calatrava á la Justa.<a name="page_287" id="page_287"></a></p>
-
-<p>La muchacha se encogió de hombros y no desplegó sus labios.</p>
-
-<p>&mdash;Esta será alguna princesa rusa&mdash;dijo con sorna la Flora.</p>
-
-<p>&mdash;No&mdash;replicó la Justa secamente&mdash;; soy lo que eres tú, una tía.</p>
-
-<p>Concluyeron de cenar y cada pareja se fué por su lado. Manuel acompañó á
-la Justa hasta la calle de Jacometrezo, en donde vivía.</p>
-
-<p>Al llegar al portal, Manuel iba á despedirse, esquivando su mirada, pero
-ella le dijo:&mdash;Espera. Les abrió el sereno, le dió ella diez céntimos,
-el vigilante le entregó una cerilla larga después de encenderla en su
-linterna, y comenzaron á subir la escalera. A la luz de la cerilla, la
-sombra de los dos se alargaba y se achicaba con alternativas al
-reflejarse en las paredes. En el tercer piso abrió la Justa una puerta
-con un llavín y pasaron los dos adentro á un cuarto estrecho con una
-alcoba. La Justa encendió un quinqué de petróleo y se sentó; Manuel hizo
-lo mismo.</p>
-
-<p>Nunca Manuel se había sentido tan miserable como aquella noche. No
-comprendía para qué la Justa le había hecho subir á su casa; se
-encontraba cohibido ante ella y no se atrevía á preguntarle nada.</p>
-
-<p>Después de algunas palabras indiferentes que cambiaron, Manuel la dijo:</p>
-
-<p>&mdash;¿Y tu padre?<a name="page_288" id="page_288"></a></p>
-
-<p>&mdash;Bueno.</p>
-
-<p>De pronto la Justa, con una brusca transición, empezó á llorar. Debía de
-sentir un gran deseo de contar á Manuel su vida, y lo hizo sollozando,
-con palabra entrecortada.</p>
-
-<p>El hijo del carnicero, después de sacarla del taller, la había
-deshonrado y la había contagiado una enfermedad horrorosa; después la
-abandonó y se fué de Madrid. Entonces ella no tuvo más remedio que
-marcharse al Hospital. Cuando fué su padre á San Juan de Dios y la vió
-boca arriba con unos tubos de goma en las ingles abiertas, creyó que la
-iba á matar, y con voz rabiosa le dijo que para él su hija había muerto
-y que no volviera más por su casa. Ella se echó á llorar desconsolada;
-una vecina que estaba en una cama de al lado, le dijo: «¿Por qué no te
-echas á la vida?» Pero ella no hacía más que llorar. Cuando le dieron el
-alta fué á ver á la maestra del taller y no la quiso recibir. Entonces,
-ya á la noche, salió dispuesta á todo. Estaba en la calle Mayor cuando
-se le acercó un hombre que llevaba un bastón en la mano y le dijo: «Anda
-para adelante». Fueron calle abajo, y aquel hombre la hizo entrar en el
-Gobierno civil, subieron hasta el último piso y pasaron por un corredor
-obscuro á un cuarto con luz eléctrica, lleno de mujeres, que hablaban y
-reían con los empleados. Al cabo de algún tiempo, un señor empezó<a name="page_289" id="page_289"></a> á
-leer una lista y se fueron marchando las mujeres. No quedaron más que
-veinte ó treinta de las más zarrapastrosas y sucias. A todas las
-hicieron bajar unas escaleras y las encerraron en una cueva.</p>
-
-<p>&mdash;Allí pasé una noche desesperada&mdash;concluyó diciendo la Justa&mdash;; al día
-siguiente me llevaron á reconocimiento y me dieron cartilla.</p>
-
-<p>Manuel no supo encontrar ni una frase de consuelo, y al ver su frialdad
-la Justa se repuso de su emoción. Siguieron hablando. Después Manuel
-contó su vida tranquilamente; los recuerdos se engarzaron unos con
-otros, y hablaron y hablaron sin cansarse; de pronto la llama del
-quinqué vaciló un momento, y con un suave estallido se apagó.</p>
-
-<p>&mdash;También es casualidad&mdash;dijo la Justa.</p>
-
-<p>&mdash;No; que no tendría petróleo&mdash;repuso Manuel&mdash;. Bueno, yo me voy.</p>
-
-<p>Se registró los bolsillos; no tenía fósforos.</p>
-
-<p>&mdash;¿No tienes cerillas?&mdash;preguntó ella.</p>
-
-<p>&mdash;No.</p>
-
-<p>Manuel se levantó y fué tanteando; tropezó con la mesa; luego con una
-silla y se detuvo.</p>
-
-<p>La Justa abrió el balcón que daba á la calle y Manuel pudo ver algo y
-dirigirse hacia la puerta.</p>
-
-<p>&mdash;¿Tienes la llave de la casa?&mdash;dijo.</p>
-
-<p>&mdash;No.<a name="page_290" id="page_290"></a></p>
-
-<p>&mdash;Y entonces, ¿cómo voy á salir?</p>
-
-<p>&mdash;Tendremos que llamar al sereno.</p>
-
-<p>Salieron los dos al balcón; la noche estaba fría, muy estrellada.
-Esperaron á que se viera el farolillo del sereno.</p>
-
-<p>La Justa se acercó mucho á Manuel; éste le pasó él brazo por el talle.
-Luego no hablaron más; cerraron el balcón y huyeron en la obscuridad
-hacia la alcoba.</p>
-
-<p>Había que aceptar las cosas tal como venían; Manuel prometió á la Justa
-que si encontraba algún medio de ganar honradamente unos cuartos, la
-sacaría al momento de aquella vida, y la Justa lloró emocionada sobre el
-hombro de Manuel. A pesar de los hermosos planes de regeneración que
-idearon aquella noche, Manuel no intentó nada; lo único que hizo fué ir
-á vivir con la Justa. A veces los dos sentían una repugnancia grande por
-la vida que llevaban, y reñían y se insultaban por cualquier motivo,
-pero en seguida hacían las paces.</p>
-
-<p>Todas las noches, mientras Manuel dormía en aquel cuchitril, de vuelta
-de la casa de juego, llegaba la Justa, cansada de rodar por cafés,
-colmados y casas de citas. A la luz lívida del amanecer, sus mejillas
-tenían un color sucio y su sonrisa era muy triste.</p>
-
-<p>Algunas veces iba tambaleándose, completamente borracha, y al entrar en
-la casa y al<a name="page_291" id="page_291"></a> subir las escaleras sola sentía un miedo y un
-remordimiento grandes. El amanecer le producía como un despertar de la
-conciencia.</p>
-
-<p>Al llegar al cuarto, abría la puerta con el llavín, entraba y se
-acostaba junto á él, sin despertarle, temblando de frío.</p>
-
-<p>Manuel se iba acostumbrando á aquella vida y á sus nuevas amistades; no
-se atrevía á intentar un cambio de postura por pereza y por miedo.
-Algunos domingos por la tarde, la Justa y él marchaban de paseo á los
-Cuatro Caminos y á la Puerta de Hierro, y cuando no reñían hablaban de
-sus ilusiones, de un cambio de vida que vendría para ellos sin esfuerzo,
-como una cosa providencial.</p>
-
-<p>&nbsp;</p>
-
-<p>Durante este invierno los dueños del Círculo instalaron en la planta
-baja en donde antes estaba el café, el Salón París, y en la lista de las
-bellezas sensacionales que habían de exhibirse, aparecieron las
-bailarinas y cupletistas de más nombre; las Dalias, Gardenias,
-Magnolias, etc. Además, como gran atracción, se anunció el debut de
-Chuchita, la hija de la Coronela. Esta trataba de explotar á su niña
-como empresaria y como madre. El día de la presentación la madre hizo
-que la clac ocupara todas las localidades. Vidal, el Cojo y Manuel se
-acomodaron en las primeras filas de sillas en calidad de alabarderos.<a name="page_292" id="page_292"></a></p>
-
-<p>&mdash;Aplaudirán ustedes, ¿eh?&mdash;preguntó la Coronela.</p>
-
-<p>&mdash;Descuide usted&mdash;dijo Calatrava&mdash;y al que no le guste, mire usted qué
-argumento le traigo&mdash;y mostró su garrote.</p>
-
-<p>Después de un magnetizador salió Chuchita en medio de una salva de
-aplausos. Bailó sin gracia ninguna, y al terminar su canción y de bailar
-un tango sacaron al escenario una gran cantidad de guirnarlas de flores
-y de otros regalos. Cuando concluyó la sección en que trabajaba la
-Chuchita, se reunieron Manuel y Vidal con unos periodistas, entre los
-cuales había dos amigos de Alex el escultor, y fueron juntos á dar la
-enhorabuena al padre de la Chuchita.</p>
-
-<p>Llamaron al sereno y entraron en la casa. La criada les hizo pasar al
-cuarto del Coronel. Este, metido en la cama, fumaba tranquilamente.
-Entraron todos en la alcoba.</p>
-
-<p>&mdash;Que sea enhorabuena, mi coronel.</p>
-
-<p>El hombre del pundonor militar recibía los plácemes sin notar la sorna
-que aquello significaba.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y cómo ha estado? ¿Cómo ha estado?&mdash;preguntaba el padre desde su
-cama.</p>
-
-<p>&mdash;Muy bien; al principio un poco tímida, luego se soltó.</p>
-
-<p>&mdash;Si las bailarinas son como los militares, en cuanto llegan al terreno
-se crecen.</p>
-
-<p>Celebraron todos, periodistas y demás golfería,<a name="page_293" id="page_293"></a> la frase, con risas
-burlona, se despidieron del Coronel y volvieron de nuevo al Salón París.</p>
-
-<p>La Coronela, Chuchita y la hermana de ésta, la rubia, acompañadas las
-tres de un señor senador, de un periodista y de un torero de fama se
-preparaban para cenar en un gabinete del Círculo.</p>
-
-<p>Según se decía, Chuchita manifestaba una inclinación decidida por el
-torero, y la Coronela, no sólo no la disuadía, sino que había llamado al
-torero para que el debut de la Chuchita fuera para ella del todo
-agradable...</p>
-
-<p>La apertura del Salón París dió ocasiones á Manuel y á Vidal de nuevos
-conocimientos.</p>
-
-<p>Este se había hecho amigo del hermano de la Chuchita, que alcahueteaba
-por el teatro, y el chiquillo llevó á Vidal y á Manuel á los cuartos de
-las bailarinas.</p>
-
-<p>Cuando la Justa se enteró de las amistades de Manuel le armó un
-escándalo tremendo. La Justa se había propuesto hacer la vida de Manuel
-insoportable, y tan pronto le insultaba y le decía que era un chulo que
-vivía á sus expensas, como se manifestaba celosa. Cuando armaba un
-escándalo de éstos, Manuel resignado se encogía de hombros y la Justa,
-sumida momentáneamente en la mayor desesperación, se tiraba larga en el
-suelo y quedaba inmóvil, como muerta. Luego se le pasaba el arrechucho y
-tan tranquila.<a name="page_294" id="page_294"></a></p>
-
-<h3><a name="CAPITULO_IV-3" id="CAPITULO_IV-3"></a>CAPÍTULO IV<br /><br />
-<small>Un fusilamiento.&mdash;En el puente del Sotillo.&mdash;El Destino.</small></h3>
-
-<p>Una noche de Agosto salían del Teatro Eldorado, Manuel, Vidal, la Flora
-y la Justa, cuando dijo Vidal.</p>
-
-<p>&mdash;Hoy fusilan á un soldado. ¿Queréis que vayamos á ver?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, vamos&mdash;contestaron la Flora y la Justa.</p>
-
-<p>Hacía una noche hermosa y templada.</p>
-
-<p>Subieron la calle de Alcalá y entraron en Fornos. A eso de las tres
-salieron del café y en una manuela se dirigieron al lugar de la
-ejecución.</p>
-
-<p>Dejaron el coche frente á la Cárcel Modelo.</p>
-
-<p>Era demasiado temprano. Aún no había amanecido.</p>
-
-<p>Dieron vuelta á la cárcel metiéndose por una callejuela como una zanja
-abierta en la arena, hasta salir á los desmontes próximos á la calle de
-Rosales. Tenía el edificio de la Cárcel Modelo, visto desde aquellos
-campos desolados, un aspecto imponente; parecía una fortaleza envuelta<a name="page_295" id="page_295"></a>
-en la luz azul y espectral de los arcos voltaicos. Los centinelas daban
-de vez en cuando un alerta largo que producía una terrible impresión de
-angustia.</p>
-
-<p>&mdash;¡Qué triste es esta casa!&mdash;murmuró Vidal. ¡Y cuánta gente habrá ahí
-encerrada!</p>
-
-<p>&mdash;Pse..., que los maten&mdash;replicó la Justa con indiferencia.</p>
-
-<p>Pero Vidal no sentía este desdén, y se indignó con la frase de la Justa.</p>
-
-<p>&mdash;¿<i>Pa</i> qué roban?&mdash;replicó ésta.</p>
-
-<p>&mdash;Y tú, ¿por qué...?</p>
-
-<p>&mdash;Yo para comer.</p>
-
-<p>&mdash;Pues ellos también para comer.</p>
-
-<p>La Flora recordó que de chica había visto la ejecución de la Higinia.
-Había ido con la hija de la portera de su casa.</p>
-
-<p>Allí estaba el patíbulo,&mdash;y señaló el centro de una tapia frente á la
-capilla&mdash;. En los desmontes hormigueaba el gentío. Vino la Higinia
-vestida de negro, apoyada en los Hermanos de la Paz y Caridad; debía de
-estar ya muerta; la sentaron en el banquillo, y un cura con una cruz
-alzada se puso delante de la Higinia, le ató el verdugo con unas cuerdas
-por los pies, sujetándola las faldas; luego le tapó la cara con un
-pañuelo negro, y poniéndose detrás de ella dió de prisa dos vueltas á la
-rueda, en seguida le quitó el pañuelo de la cara y quedó la mujer tan
-raida sobre el palo.<a name="page_296" id="page_296"></a></p>
-
-<p>Después, terminó diciendo la Flora, la otra chica y ella tuvieron que
-echar á correr porque los guardias civiles dieron una carga.</p>
-
-<p>Vidal, al oir tan minuciosas descripciones, palideció.</p>
-
-<p>&mdash;Estas cosas me matan&mdash;dijo poniéndose una mano sobre el corazón.</p>
-
-<p>&mdash;¿Para qué has querido venir?&mdash;le preguntó Manuel.&mdash;¿Quieres que
-volvamos?</p>
-
-<p>&mdash;No, no.</p>
-
-<p>Salieron á la plaza de la Moncloa. En una esquina de la cárcel había un
-grupo grande de gente. Estaba amaneciendo. Una franja de oro se formaba
-en el horizonte. Por la calle de la Princesa subía un escuadrón de
-artillería, presentaba un aspecto extraño á la luz vaga del amanecer. Se
-detuvo el escuadrón frente á la cárcel.</p>
-
-<p>&mdash;A ver si nos dan la entretenida y lo fusilan en otra parte&mdash;decía un
-vejete, á quien la idea de madrugar y no presenciar la ejecución, debía
-parecer en extremo desagradable.</p>
-
-<p>&mdash;Hacia San Bernardino es donde lo fusilan&mdash;anunció un golfo.</p>
-
-<p>Todos echaron á correr. Efectivamente, debajo de unos desmontes próximos
-al paseo de Areneros formaban los soldados el cuadro. Había un público
-de cómicos, trasnochadores, coristas, prostitutas, subidos en coches
-simones, y una turbamulta de golfos y de mendigos. El espació<a name="page_297" id="page_297"></a> despejado
-era extensísimo. Vino un furgón gris y entró en medio del cuadro á la
-carrera, bajaron tres figuras que parecían muñecos; los de á los lados
-del reo llevaban sombrero de copa. No se veía bien al soldado.</p>
-
-<p>&mdash;Bajad las cabezas&mdash;decían los del público, los que estaban atrás&mdash;,
-que veamos todos.</p>
-
-<p>Se destacaron ocho soldados de caballería con fusiles cortos y se
-pusieron delante del reo; se conoce que no quedaron bien de frente,
-porque moviéndose de lado, como un animal de muchas patas, anduvieron
-algunos metros. El sol brillaba en la arena amarilla del desmonte, en
-los cascos y correajes de los soldados. No se oyó voz de mando, los
-fusiles apuntaron.</p>
-
-<p>&mdash;Bajad las cabezas&mdash;gritaron otra vez con acento irritado los que se
-hallaban colocados en tercera y cuarta fila.</p>
-
-<p>Sonó una detonación sin fuerza; poco después se oyó otra.</p>
-
-<p>&mdash;Es el golpe de gracia&mdash;murmuró Vidal.</p>
-
-<p>Todo el público echó á andar hacia Madrid; se oyó estrépito de tambores
-y cornetas. El sol brillaba en los cristales de las casas. Iban Manuel,
-Vidal y las dos mujeres por el paseo de Areneros, cuando oyeron otra
-detonación.</p>
-
-<p>&mdash;Se conoce que no había muerto&mdash;añadió Vidal, más pálido.</p>
-
-<p>Estaban los cuatro preocupados.<a name="page_298" id="page_298"></a></p>
-
-<p>&mdash;¿Sabes?&mdash;dijo Vidal&mdash;. Se me ha ocurrido una cosa para quitar la mala
-impresión de esto: ir á merendar esta tarde.</p>
-
-<p>&mdash;¿Adónde?&mdash;preguntó Manuel.</p>
-
-<p>&mdash;Hacia el río. Recordaremos nuestros buenos tiempos. ¿Eh? ¿Qué te
-parece?</p>
-
-<p>&mdash;Muy bien.</p>
-
-<p>&mdash;¿La Justa no tendrá nada que hacer?</p>
-
-<p>&mdash;No.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno. Pues entonces al medio día estamos todos en el merendero de la
-señora Benita, que está cerca del Embarcadero y del puente del Sotillo.</p>
-
-<p>&mdash;Convenido.</p>
-
-<p>&mdash;Ahora vamos á casa á dormir un rato.</p>
-
-<p>Lo hicieron así. A las doce salieron Manuel y la Justa y fueron al
-merendero; todavía no había llegado nadie.</p>
-
-<p>Se sentaron los dos en un banco; la Justa estaba malhumorada. Compró
-diez céntimos de cacahuetes y se puso á comerlos.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quieres?&mdash;le dijo á Manuel.</p>
-
-<p>&mdash;No; se me meten en las muelas.</p>
-
-<p>&mdash;Pues yo tampoco&mdash;y los tiró al suelo.</p>
-
-<p>&mdash;¿A qué los compras para tirarlos?</p>
-
-<p>&mdash;Me da la gana.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno, haz lo que quieras.</p>
-
-<p>Pasaron los dos bastante tiempo esperando, sin hablarse; la Justa,
-impacientada, se levantó.<a name="page_299" id="page_299"></a></p>
-
-<p>&mdash;Me voy á casa&mdash;dijo.</p>
-
-<p>&mdash;Yo voy á esperar&mdash;replicó Manuel&mdash;.</p>
-
-<p>&mdash;Anda y que te zurzan con hilo negro, ladrón.</p>
-
-<p>Manuel se encogió de hombros.</p>
-
-<p>&mdash;Y que te den morcilla.</p>
-
-<p>&mdash;Gracias.</p>
-
-<p>La Justa, que iba á marcharse, se detuvo al ver que llegaban Calatrava
-con la Aragonesa y Vidal al lado de la Flora. Calatrava traía una
-guitarra.</p>
-
-<p>Pasó un organillo por delante del merendero. El Cojo lo hizo parar y
-bailaron Vidal y la Flora, la Justa y Manuel.</p>
-
-<p>Llegaron nuevas parejas, entre ellas una mujer gorda y chata, vestida de
-un modo ridículo, que iba acompañada de un hombre de patillas de hacha y
-aspecto agitanado. La Justa, que se sentía insolente y provocativa,
-comenzó á reirse de la mujer gorda; la otra contestó con despreciativo
-retintín y recalcando la palabra.</p>
-
-<p>&mdash;Estos pericos...</p>
-
-<p>&mdash;¡La tía gamberra!&mdash;murmuró la Justa&mdash;, y cantó á media voz,
-dirigiéndoselo á la chata, este tango:</p>
-
-<div class="poem"><div class="stanza">
-<span class="i2">«Eres más fea que un perro de presa,<br /></span>
-<span class="i0">y á presumida no hay quien te gane.»<br /></span>
-</div></div>
-
-<p>&mdash;¡Indecente!&mdash;gruñó la gorda.</p>
-
-<p>El hombre con facha de gitano se acercó á<a name="page_300" id="page_300"></a> Manuel para decirle que
-aquella señora (la Justa) estaba faltando á la suya y que él no podía
-permitir esto. Manuel comprendía que tenía razón; pero, á pesar de esto,
-contestó insolentemente al hombre. Vidal se interpuso, y después de
-muchas explicaciones por una y otra parte, se decidió que allí no se
-había faltado á nadie y se arregló la cuestión. Pero la Justa estaba con
-humor de pelea y se trabó de palabras con uno de los organilleros,
-desvergonzado por razón de oficio.</p>
-
-<p>&mdash;Calla ¡leñe!&mdash;gritó Calatrava, dirigiéndose á la Justa&mdash;, y tú calla
-también&mdash;dijo al organillero&mdash;, porque si no te voy á arrimar un
-estacazo.</p>
-
-<p>&mdash;Vamos nosotros adentro&mdash;indicó Vidal.</p>
-
-<p>Pasaron las tres parejas á un cobertizo con mesas y bancos rústicos y un
-barandado de palitroques que daba al Manzanares.</p>
-
-<p>En medio del río había dos islas cubiertas de un verdín brillante, y
-entre éstas unas cuantas tablas que servían de paso desde una orilla á
-otra.</p>
-
-<p>Trajeron la comida, pero la Justa no quiso comer, y á las preguntas que
-la hicieron no contestó, y luego, sin saber por qué, empezó á llorar
-amargamente entre las burlas de la Flora y de la Aragonesa. Luego se
-tranquilizó y quedó alegre y jovial.</p>
-
-<p>Comieron allá opíparamente y salieron un<a name="page_301" id="page_301"></a> momento á bailar á la
-carretera al son del organillo. Manuel creyó ver pasar varias veces al
-Bizco por delante del merendero.</p>
-
-<p>&mdash;¿Será él? ¿Qué buscará por aquí?&mdash;se preguntó.</p>
-
-<p>Al anochecer volvieron las tres parejas adentro, encendieron luz en un
-cuarto y mandaron traer aguardiente y café. Hablaron durante largo rato.
-Calatrava contó con verdadera delectación horrores de la guerra de Cuba.
-Había satisfecho allí sus instintos naturales de crueldad, macheteando
-negros, arrasando ingenios, destruyendo é incendiando todo lo que se le
-ponía por delante.</p>
-
-<p>Las tres mujeres, sobre todo la Aragonesa, le escuchaban con entusiasmo.
-De pronto, Calatrava calló pensativo, como si algún recuerdo triste le
-embargara.</p>
-
-<p>Vidal tomó la guitarra y cantó el tango del <i>Espartero</i> con un gran
-sentimiento, después tarareó el de <i>La Tempranica</i> con mucha gracia,
-cortando las frases para dar mas intención y poniendo la mano en la boca
-de la guitarra, para detener á veces el sonido. La Flora marcó unas
-cuantas posturas jacarandosas, mientras Vidal, echándoselas de gitano,
-cantaba:</p>
-
-<div class="poem"><div class="stanza">
-<span class="i2">¡Ze coman los mengues<br /></span>
-<span class="i0">mardita la araña<br /></span>
-<span class="i0">que tié en la barriga<a name="page_302" id="page_302"></a><br /></span>
-<span class="i0">pintá una guitarra!<br /></span>
-<span class="i0">Bailando ze cura<br /></span>
-<span class="i0">tan jondo doló...<br /></span>
-<span class="i0">¡Ay!, malhaya la araña<br /></span>
-<span class="i0">que á mí me picó.<br /></span>
-</div></div>
-
-<p>Luego fué Marcos Calatrava el que cogió la guitarra. No sabía puntear
-como Vidal, sino que rasgueaba suavemente, con monotonía. Marcos cantó
-una canción cubana, triste, lánguida, que daba la nostalgia de un país
-tropical. Era una larga narración que evocaba los danzones de los
-negros, las noches espléndidas del trópico, el sol, la patria, la sangre
-de los soldados muertos, la bandera, que hace saltar las lágrimas á los
-ojos; el recuerdo de la derrota... algo exótico y al mismo tiempo
-íntimo, algo muy doloroso, algo hermosamente plebeyo y triste.</p>
-
-<p>Y Manuel sentía al oir aquellas canciones la idea grande, fiera y
-sanguinaria de la patria. Y se la representaba como una mujer soberbia,
-con los ojos brillantes y el gesto terrible, al lado de un león...</p>
-
-<p>Después, Calatrava entonó, acompañándose del rasguear monótono de la
-guitarra, una canción de insurrectos muy lánguida y triste. Una de las
-coplas, que Calatrava cantaba en cubano, decía:</p>
-
-<div class="poem"><div class="stanza">
-<span class="i2">«Pinté á Matansa confusa,<br /></span>
-<span class="i0">la playa de Viyamá,<br /></span>
-<span class="i0">y no he podío pintá<a name="page_303" id="page_303"></a><br /></span>
-<span class="i0">el nido de la lechusa;<br /></span>
-<span class="i0">yo pinté po donde crusa<br /></span>
-<span class="i0">un beyo ferrocarrí,<br /></span>
-<span class="i0">un machete y un fusí<br /></span>
-<span class="i0">y una lancha cañonera,<br /></span>
-<span class="i0">y no pinté la bandera<br /></span>
-<span class="i0">po la que voy á morí.»<br /></span>
-</div></div>
-
-<p>No sabía Manuel por qué, pero aquella reunión de cosas incongruentes que
-se citaban en el canto le produjo una tristeza enorme...</p>
-
-<p>&nbsp;</p>
-
-<p>Afuera anochecía. A lo lejos la tierra azafranada brillaba con las
-últimas palpitaciones del sol, oculto en nubes incendiadas como dragones
-de fuego; alguna torre, algún árbol, alguna casucha miserable rompía la
-línea del horizonte, recta y monótona; el cielo hacia el Poniente se
-llenaba de llamas.</p>
-
-<p>Luego obscureció; fué ennegreciéndose el campo, el sol se puso.</p>
-
-<p>Por el puentecillo de tablas, tendido de una orilla á otra, pasaban
-mujeres negruzcas, con fardeles de ropa bajo el brazo.</p>
-
-<p>Manuel experimentaba una gran angustia. A lo lejos, de algún merendero,
-llegaba el rasguear lejano de una guitarra.</p>
-
-<p>&nbsp;</p>
-
-<p>Vidal salió del cobertizo.</p>
-
-<p>&mdash;Ahora vengo&mdash;dijo.<a name="page_304" id="page_304"></a></p>
-
-<p>Un momento... y se oyó un grito de desesperación. Todos se levantaron.</p>
-
-<p>&mdash;¿Ha sido Vidal?&mdash;preguntó la Flora.</p>
-
-<p>&mdash;No sé&mdash;dijo Calatrava dejando la guitarra sobre la mesa.</p>
-
-<p>Rumor de voces resonó hacia el río. Se asomaron todos al balcón que daba
-al Manzanares. En una de las islillas verdes dos hombres luchaban á
-brazo partido. Uno de ellos era Vidal, se le conocía por el sombrero
-cordobés blanco. La Flora, al conocerlo, dió un grito de terror; poco
-después los dos hombres se separaron y Vidal cayó á tierra, de bruces,
-en silencio. El otro puso una rodilla sobre la espalda del caído y debió
-asestarle diez ó doce puñaladas. Luego se metió en el río, llegó á la
-otra orilla y desapareció.</p>
-
-<p>Calatrava y Manuel se descolgaron por el barandado del cobertizo y se
-acercaron por el puente de tablas hacia el islote.</p>
-
-<p>Vidal estaba tendido boca abajo y un charco de sangre había junto á él.
-Tenía clavada la navaja en el cuello, cerca de la nuca. Calatrava tiró
-del mango pero el arma debía de estar incrustada en las vértebras.
-Después Marcos hizo dar al cuerpo media vuelta y le puso la mano en el
-pecho sobre el corazón.</p>
-
-<p>&mdash;Está muerto&mdash;dijo tranquilamente.</p>
-
-<p>Manuel miró al cadáver con horror; las últimas claridades de la tarde se
-reflejaban en sus<a name="page_305" id="page_305"></a> ojos, muy abiertos. Calatrava puso al cadáver en la
-misma posición. Volvieron al merendero.</p>
-
-<p>&mdash;¡Hala!, vamos&mdash;dijo Marcos.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y Vidal?&mdash;preguntó la Flora.</p>
-
-<p>&mdash;Ha espichado.</p>
-
-<p>La Flora comenzó á chillar; pero Calatrava la agarró violentamente del
-brazo y la hizo enmudecer.</p>
-
-<p>&mdash;Vaya... ahuecando&mdash;dijo, y con gran serenidad pagó la cuenta, cogió la
-guitarra y salieron todos del merendero.</p>
-
-<p>Había obscurecido; á lo lejos, Madrid, de un pálido color de cobre, se
-destacaba en el cielo azul, melancólico y dulce, surcado en el Poniente
-por grandes fajas moradas y verdosas, las estrellas comenzaban á lucir y
-á parpadear con languidez, el río brillaba con reflejo de plata.</p>
-
-<p>Pasaron silenciosos el puente de Toledo; cada uno entregado á sus
-pensamientos y á sus temores. A final del paseo de los Ocho Hilos
-encontraron dos coches; Calatrava con la Aragonesa y la Flora entraron
-en uno, la Justa y Manuel en otro.<a name="page_306" id="page_306"></a></p>
-
-<h3><a name="CAPITULO_V-3" id="CAPITULO_V-3"></a>CAPÍTULO V<br /><br />
-<small>El calabozo del Juzgado de guardia.&mdash;Digresiones. La declaración.</small></h3>
-
-<p>Al día siguiente de la muerte de su primo, Manuel compró con ansiedad
-los periódicos; contaban todos lo pasado en el merendero; las señas de
-cada uno de los comensales venían claras; se había identificado el
-cadáver de Vidal, y se sabía que el asesino era el Bizco, un pájaro de
-cuenta, procesado por dos robos, lesiones y presunto autor de una muerte
-cometida en el camino de Aravaca.</p>
-
-<p>El pánico de la Justa y de Manuel fué grandísimo; temían que les
-considerasen complicados en el crimen, que les llamasen á declarar; no
-sabían qué hacer.</p>
-
-<p>Después de pensar mucho, decidieron como lo más cuerdo mudarse de casa é
-ir por los alrededores. Anduvieron la Justa y Manuel buscando
-habitación, y la encontraron al fin en una casa de la calle de Galileo,
-próxima á Tercer Depósito, en Vallehermoso.</p>
-
-<p>La casa era barata, tres duros al mes; tenía dos balcones, que daban á
-un gran descampado ó solar en donde tallaban los canteros grandes<a name="page_307" id="page_307"></a>
-piedras. Este solar hallábase limitado por una cerca de pedruscos
-sueltos, residuos del corte de piedras, y en medio tenía una barraca en
-donde vivía el guarda con su familia.</p>
-
-<p>Entraba en las habitaciones el sol desde que salía hasta que se
-ocultaba. Fuera por el terror producido por la muerte trágica de Vidal ó
-por un impulso íntimo, Manuel sintió en su alma bríos para comenzar una
-vida nueva; buscó trabajo y lo encontró en una imprenta de Chamberí. Era
-muy violento para él estar encerrado todo el día en la imprenta; pero la
-misma violencia que tenía que hacer le animaba á perseverar. La Justa,
-en cambio, se aburría, se hallaba continuamente malhumorada y triste.</p>
-
-<p>A la semana de esta vida ejemplar, un sábado, al volver á casa Manuel,
-se encontró con que no estaba la Justa. La esperó toda la noche,
-inquieto; no apareció.</p>
-
-<p>Al día siguiente, cuando vió que no volvía, se echó á llorar. Comprendió
-que le abandonaba. Era el despertar de un sueño hermoso; había llegado á
-creer que al fin se emancipaban los dos de la miseria y de la deshonra.</p>
-
-<p>Los días anteriores le había oído á la Justa quejarse de dolores de
-cabeza, de falta de apetito, pero no sospechaba aquella resolución, no
-creía que le iba á abandonar así, tan fríamente.</p>
-
-<p>¡Y se sentía tan solo, tan miserable, tan cobarde<a name="page_308" id="page_308"></a> otra vez! Aquel
-cuarto inundado de sol, que antes lo había encontrado alegre, ahora le
-parecía triste y sombrío. Miró desde el balcón las casas lejanas, con
-sus tejados rojos. En lontananza se extendía Madrid, envuelto en el
-ambiente limpio y claro, bajo un sol de oro. Algunas nubes blancas
-pasaban lenta y majestuosamente, desplegando sus fantásticas formas.</p>
-
-<p>Familias de artesanos endomingados pasaban en grupos; se oían vagamente
-notas alegres de los organillos.</p>
-
-<p>Manuel se sentó en la cama pensativo. ¡Cuántos buenos proyectos, cuántos
-planes acariciados en la mente no habían fracasado en su alma! Estaba al
-principio de la vida y se sentía sin fuerzas ya para la lucha. Ni una
-esperanza, ni una ilusión le sonreía. El trabajo, ¿para qué? Componer y
-componer columnas de letras de molde, ir y venir á casa, comer, dormir,
-¿para qué? No tenía un plan, una idea, una aspiración. Miraba la tarde
-del domingo alegre, inundada de sol, el cielo azul, las torrecillas
-lejanas...</p>
-
-<p>Embebido en vagos pensamientos, no oyó Manuel que llamaban á la puerta,
-cada vez más fuerte.</p>
-
-<p>&mdash;¿Será la Justa?&mdash;pensó&mdash;. No puede ser.</p>
-
-<p>Abrió la puerta con la vaga esperanza de encontrarla. Delante de él se
-presentaron dos hombres.<a name="page_309" id="page_309"></a></p>
-
-<p>&mdash;Manuel Alcázar&mdash;le dijo uno de ellos&mdash;. Quedas detenido.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué?</p>
-
-<p>&mdash;El Juez te lo dirá; ponte las botas y anda para adelante.</p>
-
-<p>&mdash;¿Me van á atar?&mdash;preguntó Manuel.</p>
-
-<p>&mdash;Si no haces tonterías, no. Hala, vamos.</p>
-
-<p>Bajaron los tres á la calle y salieron al paseo de Areneros.</p>
-
-<p>&mdash;Tomaremos el tranvía&mdash;dijo uno de los polizontes.</p>
-
-<p>Entraron; venía atestado de gente y fueron los tres en la plataforma. Al
-llegar á la plaza de Santa Bárbara bajaron, y, cruzando dos ó tres
-calles, aparecieron frente á las Salesas; de aquí torcieron una esquina,
-se metieron en un portal, atravesaron un pasillo largo, y al final de
-éste hicieron entrar á Manuel en un calabozo y cerraron por fuera.</p>
-
-<p>&nbsp;</p>
-
-<p>Dicen que la soledad y el silencio son como el padre y la madre de los
-pensamientos profundos. Manuel, en medio de la soledad y el silencio, no
-encontró ni la idea más insignificante en su caletre. Por no encontrar,
-no encontró ni siquiera en el mundo de los fenómenos un sitio donde
-sentarse, lo cual no tenía nada de extraño, porque no había ni una mala
-silla ni una mala banqueta en el calabozo.</p>
-
-<p>Se sentía abatido y cansado, y se dejó caer<a name="page_310" id="page_310"></a> en el suelo. Así permaneció
-algunas horas; de pronto, una claridad pálida brilló sobre la puerta, en
-un montante.</p>
-
-<p>&mdash;Han encendido luz&mdash;se dijo Manuel&mdash;. Habrá obscurecido.</p>
-
-<p>Poco después se oyó un estrépito de voces y de lloros.</p>
-
-<p>&mdash;Ande usted, que si no le va á salir peor cuenta&mdash;decía una voz grave.</p>
-
-<p>&mdash;Pero si yo no he sido, señor guardia, si yo no he sido&mdash;replicaba una
-voz suplicante&mdash;; déjeme usted ir á casa.</p>
-
-<p>&mdash;Hala. Adentro.</p>
-
-<p>&mdash;¡Por Dios! ¡Por Dios! que yo no he sido.</p>
-
-<p>&mdash;Adentro.</p>
-
-<p>Se oyó el ruido que hizo el hombre al entrar empujado en el calabozo,
-después el cerrar violento de la puerta. La voz suplicante siguió
-clamando con pesada monotonía:</p>
-
-<p>&mdash;Yo no he sido... Yo no he sido... Yo no he sido.</p>
-
-<p>&mdash;Pues señor ¡vaya una lata!&mdash;se dijo Manuel. Si está toda la noche así,
-me va á divertir.</p>
-
-<p>Las lamentaciones del vecino fueron aminorando poco á poco y debieron
-terminar en silencioso llanto. Se oía en el corredor los pasos rítmicos
-de alguno que iba y venía.</p>
-
-<p>Manuel trató de buscar desesperadamente una idea en su cerebro, aunque
-no fuese más<a name="page_311" id="page_311"></a> que para entretenerse con ella, y no encontró nada; lo
-único que pudo sacar en conclusión es que se había lucido.</p>
-
-<p>Tal carencia de ideas le condujo como de la mano á un sueño profundo que
-quizás no duró más que un par de horas, pero que á él le parecieron un
-año. Se despertó derrengado, con la cintura dolorida; no había perdido
-en el sueño la idea de que se hallaba encerrado, pero fué para él tan
-reparador el corto momento de descanso, que se encontró fuerte,
-dispuesto á cualquier cosa.</p>
-
-<p>Tenía en el bolsillo aún el dinero que le habían dado en la imprenta.
-Llamó discretamente á la puerta del calabozo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué quiere usted?&mdash;le dijeron de afuera.</p>
-
-<p>&mdash;Quisiera salir un rato.</p>
-
-<p>&mdash;Salga usted.</p>
-
-<p>Salió al pasillo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Podría traerme alguno un café?&mdash;preguntó á un guardia.</p>
-
-<p>&mdash;Pagándolo.</p>
-
-<p>&mdash;Claro que pagándolo. Que me traigan un café con tostada y una
-cajetilla&mdash;Entregó al guardia dos pesetas.</p>
-
-<p>&mdash;Ahora van&mdash;dijo éste.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué hora es?&mdash;preguntó Manuel.</p>
-
-<p>&mdash;Las doce.</p>
-
-<p>&mdash;Si no fuera porque tengo que estar en ese rincón, le invitaría á tomar
-café conmigo, pero...<a name="page_312" id="page_312"></a></p>
-
-<p>&mdash;Aquí fuera lo puede usted tomar. Con un café hay para los dos.</p>
-
-<p>Vino un mozo con el café y los cigarros. Tomaron el café, fumaron un
-pitillo, y el guardia, ya conquistado, le dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Llévese usted un banco de estos para dormir.</p>
-
-<p>Manuel cargó con uno y se echó á la larga. El día anterior, libre, se
-encontraba débil y caído; en aquel momento, preso, se sentía fuerte. Los
-proyectos se amontonaban en su cabeza, pero no podía dormir.</p>
-
-<p>El cansancio físico consume las fuerzas y excita el cerebro, la
-imaginación aletea en la obscuridad como los pájaros nocturnos, como
-ellos también se refugia en las ruinas.</p>
-
-<p>Manuel no durmió pero soñó y proyectó mil cosas: unas lógicas, la
-mayoría absurdas. La luz del día, al entrar vaga por el montante de la
-puerta, desechó sus ideas sobre el porvenir y pensó en lo inmediato.</p>
-
-<p>Le irían á llevar ante el juez. ¿Qué iba á contestar? Idearía un plan:
-una casualidad le había llevado al puente del Sotillo, no conocía á
-Calatrava; pero, ¿y si le careaban con ellos? Se iba á embarullar. Lo
-mejor era decir la verdad y atenuarla en todo lo que pudiera, para
-favorecer su causa: le conocía á Calatrava por su primo, le veía de
-cuando en cuando en el Salón, él trabajaba en una imprenta...<a name="page_313" id="page_313"></a></p>
-
-<p>Estaba ya decidido á seguir este plan, cuando entró un guardia:</p>
-
-<p>&mdash;Manuel Alcázar.</p>
-
-<p>&mdash;Servidor.</p>
-
-<p>&mdash;Anda, al despacho del juez.</p>
-
-<p>Siguieron los dos un largo pasillo y llamaron en una puerta.</p>
-
-<p>&mdash;¿Da usía su permiso?&mdash;dijo el guardia.</p>
-
-<p>&mdash;Adelante.</p>
-
-<p>Pasaron á un despacho con dos grandes ventanas por donde se veían los
-árboles de la plaza. Delante de la mesa estaba el juez sentado en un
-sillón de alto respaldar. Frente á la mesa había un armario de estilo
-gótico lleno de libros. Un escribiente entraba y salía llevando montones
-de papeles debajo del brazo; el juez le hacía alguna que otra pregunta y
-firmaba de prisa.</p>
-
-<p>Cuando terminó, el guardia, con la gorra en la mano, se acercó al juez y
-le indicó, en pocas palabras, quién era Manuel. El juez echó una mirada
-rápida sobre el muchacho, y éste, en aquel momento, pensó:</p>
-
-<p>&mdash;Hay que decir la verdad; si no me la arrancarán y será peor.</p>
-
-<p>Con esta decisión se sintió más tranquilo.</p>
-
-<p>&mdash;Acérquese usted&mdash;le dijo el juez.</p>
-
-<p>Manuel se acercó.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo se llama usted?</p>
-
-<p>&mdash;Manuel Alcázar.<a name="page_314" id="page_314"></a></p>
-
-<p>&mdash;¿Cuántos años tiene?</p>
-
-<p>&mdash;Veintiuno.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué oficio?</p>
-
-<p>&mdash;Cajista.</p>
-
-<p>&mdash;¿Jura usted decir verdad en todo aquello que le sea preguntado?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, señor.</p>
-
-<p>&mdash;Si así lo hace, Dios se le premie, y si no, se lo demande. ¿Qué hizo
-usted el día del crimen?</p>
-
-<p>&mdash;La noche antes, Vidal y yo, con dos mujeres, fuimos á ver cómo
-fusilaban á un soldado; después, por la mañana, dormí un rato, y á las
-once fuí con una mujer al merendero del puente del Sotillo, en donde nos
-habíamos citado con Vidal.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué parentesco tenía usted con el muerto?</p>
-
-<p>&mdash;Era su primo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Riñó usted alguna vez con él?</p>
-
-<p>&mdash;No, señor.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo ha vivido usted hasta el día en que murió Vidal?</p>
-
-<p>&mdash;He vivido del juego.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué hacía usted para vivir del juego?</p>
-
-<p>&mdash;Jugaba el dinero que me daban, en el Círculo de la Amistad, y
-entregaba las ganancias unas veces á Vidal, otras á un cojo que se llama
-Calatrava.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué cargos desempeñaban en el Círculo Vidal y ese cojo?<a name="page_315" id="page_315"></a></p>
-
-<p>&mdash;El cojo era secretario del Maestro, y Vidal secretario del cojo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo se llama el cojo?</p>
-
-<p>&mdash;Marcos Calatrava.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por quién le conoció usted al cojo?</p>
-
-<p>&mdash;Por Vidal.</p>
-
-<p>&mdash;¿En dónde?</p>
-
-<p>&mdash;En la taberna del Majo de las Cubas, que está en la calle Mayor.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cuánto tiempo hará de esto?</p>
-
-<p>&mdash;Un año.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién le llevó á usted al Círculo de la Amistad?</p>
-
-<p>&mdash;Vidal.</p>
-
-<p>&mdash;¿Conoce usted á un sujeto apodado el Bizco?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, señor.</p>
-
-<p>&mdash;¿De dónde le conoce usted?</p>
-
-<p>&mdash;De que era amigo de Vidal, cuando chico.</p>
-
-<p>&mdash;¿No era amigo también de usted?</p>
-
-<p>&mdash;Amigo, no; nunca he tenido simpatía por él.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué?</p>
-
-<p>&mdash;Porque me parecía malo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué entiende usted por esto?</p>
-
-<p>&mdash;Lo que entiende todo el mundo: que tenía malas entrañas y martirizaba
-al que era más débil que él.</p>
-
-<p>&mdash;¿Usted tiene una querida?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, señor.<a name="page_316" id="page_316"></a></p>
-
-<p>&mdash;¿Es una mujer pública?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, señor&mdash;tartamudeó Manuel temblando de dolor y de ira.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo se llama?</p>
-
-<p>&mdash;Justa.</p>
-
-<p>&mdash;¿Dónde vive?</p>
-
-<p>&mdash;No sé; se marchó de mi casa anteayer.</p>
-
-<p>&mdash;¿Dónde la conoció usted?</p>
-
-<p>&mdash;En casa de un trapero, en donde yo estuve de criado.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo se llamaba ese trapero?</p>
-
-<p>&mdash;El señor Custodio.</p>
-
-<p>&mdash;¿Fué usted el que impulsó á su querida á prostituirse?</p>
-
-<p>&mdash;Yo no, señor.</p>
-
-<p>&mdash;Cuando la conoció usted, ¿era ya mujer pública?</p>
-
-<p>&mdash;No, señor. Cuando la conocí era modista; un hombre la sacó de su casa;
-luego, cuando la vi por segunda vez, era ya pública.</p>
-
-<p>Al decir esto, á Manuel le temblaba la voz y las lágrimas pugnaban por
-salir de sus ojos.</p>
-
-<p>El juez le contempló fríamente.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién propuso ir al merendero del puente del Sotillo?</p>
-
-<p>&mdash;Vidal.</p>
-
-<p>&mdash;¿Vió usted al Bizco rondar por los alrededores del merendero?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, señor.</p>
-
-<p>&mdash;¿No le chocó?<a name="page_317" id="page_317"></a></p>
-
-<p>&mdash;Sí, señor.</p>
-
-<p>&mdash;¿Tenía usted noticia de que el Bizco había matado á una mujer en el
-camino de Aravaca?</p>
-
-<p>&mdash;Eso me dijo Vidal.</p>
-
-<p>&mdash;Después de este crimen del Bizco, ¿había hablado usted alguna vez con
-él?</p>
-
-<p>&mdash;No, señor.</p>
-
-<p>&mdash;¿Nunca?</p>
-
-<p>&mdash;No, señor.</p>
-
-<p>&mdash;Tenga cuidado con lo que dice&mdash;y el juez clavó su mirada en Manuel&mdash;.
-¿No habló usted, después de la muerte de la mujer, nunca con el Bizco?</p>
-
-<p>&mdash;No, señor&mdash;y Manuel sostuvo con energía la mirada del juez.</p>
-
-<p>&mdash;¿No le chocó el que el Bizco rondara el merendero?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, señor.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo no le comunicó usted la noticia á Vidal?</p>
-
-<p>&mdash;Porque mi primo me había dicho que no le hablara del Bizco.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué?</p>
-
-<p>&mdash;Porque le daba miedo. Yo, sabiendo esto, no quise asustarle.</p>
-
-<p>&mdash;Cuando vió usted que iba á salir, ¿cómo no le advirtió usted que
-podría estar el Bizco?</p>
-
-<p>&mdash;No se me ocurrió.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué hizo usted cuando oyó el grito dado por Vidal?<a name="page_318" id="page_318"></a></p>
-
-<p>&mdash;Salí al balcón del merendero con las tres mujeres y con el Cojo, y
-desde allá vimos á Vidal y al Bizco en la islilla que peleaban.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo conoció usted que eran ellos?</p>
-
-<p>&mdash;Por el grito de Vidal, y además porque llevaba un sombrero cordobés
-blanco.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué hora sería cuando sucedió esto?</p>
-
-<p>&mdash;No sé á punto fijo. Estaba anocheciendo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cómo conoció usted al Bizco?</p>
-
-<p>&mdash;No le conocí; pensé que era él.</p>
-
-<p>&mdash;¿Llevaba dinero Vidal?</p>
-
-<p>&mdash;No lo sé.</p>
-
-<p>&mdash;¿Cuánto duró la lucha?</p>
-
-<p>&mdash;Un momento.</p>
-
-<p>&mdash;¿No tuvieron ustedes tiempo de ir en su socorro?</p>
-
-<p>&mdash;No, señor. A poco de asomarnos al balcón, cayó Vidal al suelo, y el
-otro se metió en el río y se fué.</p>
-
-<p>&mdash;Está bien; ¿qué pasó después?</p>
-
-<p>&mdash;El Cojo y yo nos descolgamos por el barandado, saltamos al río y nos
-acercamos á la isla. El Cojo le cogió la mano á Vidal y dijo: «Está
-muerto.» Luego volvimos los dos al merendero y nos fuimos.</p>
-
-<p>El juez se volvió al escribiente:</p>
-
-<p>&mdash;Luego le leerá usted la declaración y que la firme.</p>
-
-<p>Llamó al timbre y apareció el guardia.</p>
-
-<p>&mdash;Que siga incomunicado.<a name="page_319" id="page_319"></a></p>
-
-<p>Manuel salió del despacho, erguido. Le habían llegado al alma algunas de
-la frases del juez; pero estaba satisfecho de su declaración; no le
-habían llegado á embrollar.</p>
-
-<p>Entró de nuevo en el calabozo y se tendió en el banco.</p>
-
-<p>&mdash;El juez quiere hacerme cómplice del crimen. O ese juez es muy bruto ó
-muy malo. En fin, esperemos.</p>
-
-<p>Al medio día abrieron la puerta del calabozo y entraron dos hombres. Uno
-era Calatrava; el otro el Garro.</p>
-
-<p>&mdash;Chico, acabo de leer en un periódico cómo te han prendido&mdash;dijo
-Calatrava.</p>
-
-<p>&mdash;Ya ve usted, aquí me tienen.</p>
-
-<p>&mdash;¿Has declarado?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué has dicho?</p>
-
-<p>&mdash;Toma, ¡qué voy á decir!, la verdad.</p>
-
-<p>&mdash;¿Has hablado de mí?</p>
-
-<p>&mdash;No que no. He hablado de usted, del Maestro y de todos.</p>
-
-<p>&mdash;Rediós, ¡qué bestia eres!</p>
-
-<p>&mdash;No; que voy á pudrirme yo aquí, sin culpa, mientras los demás se
-pasean por la calle.</p>
-
-<p>&mdash;Merecías estar aquí siempre&mdash;exclamó Calatrava&mdash;, por panoli, por
-boceras.</p>
-
-<p>Manuel se encogió de hombros. Consultáronse con la mirada Calatrava y el
-Garro, y salieron del calabozo.<a name="page_320" id="page_320"></a></p>
-
-<p>Volvió Manuel á tenderse. A media tarde se abrió de nuevo la puerta y
-entró el guardia. Llevaba un puchero, pan y una botella de vino.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién me manda esto?&mdash;preguntó Manuel.</p>
-
-<p>&mdash;Una muchacha que se llama Salvadora.</p>
-
-<p>Se enterneció Manuel con el recuerdo, y como el enternecimiento no le
-quitó el apetito, comió abundantemente y se tendió en el banco.</p>
-
-<p><a name="page_321" id="page_321"></a></p>
-
-<h3><a name="CAPITULO_VI-3" id="CAPITULO_VI-3"></a>CAPÍTULO VI<br /><br />
-<small>Lo que pasaba en el despacho del juez.&mdash;La Casa de Canónigos.</small></h3>
-
-<p>Unas horas después el juez recibió tres cartas urgentes. Las abrió é
-hizo sonar inmediatamente un timbre.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién ha traído estas cartas?&mdash;preguntó el juez al guardia.</p>
-
-<p>&mdash;Un lacayo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Hay por ahí algún agente?</p>
-
-<p>&mdash;Está el agente Garro.</p>
-
-<p>&mdash;Que pase.</p>
-
-<p>Entró el agente y se acercó á la mesa del juez.</p>
-
-<p>&mdash;En estas cartas&mdash;le dijo éste&mdash;se hace referencia á la declaración que
-ha prestado ese muchacho preso. ¿Cómo alguien puede saber la declaración
-que ha dado?</p>
-
-<p>&mdash;No lo sé.</p>
-
-<p>&mdash;¿Ha hablado ese muchacho con alguno?</p>
-
-<p>&mdash;Con nadie&mdash;dijo tranquilamente el Garro.</p>
-
-<p>&mdash;En esta carta, dos señoras á quienes el ministro no puede negar nada,
-le piden á él, y él me pide á mí, que eche tierra á este asunto. ¿Qué
-interés pueden tener estas señoras en ello?<a name="page_322" id="page_322"></a></p>
-
-<p>&mdash;No sé. Si supiera quiénes son, quizás....</p>
-
-<p>&mdash;Son la señora de Braganza y la marquesa de Buendía.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, entonces sé de qué se trata. Los dueños del Círculo en donde
-estaba empleado el muchacho, tienen interés en que no se hable de la
-casa de juego. Uno de los dueños es la Coronela, que habrá hablado á
-esas señoras y esas señoras al Ministro.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y qué relación tiene la Coronela con estas señoras?</p>
-
-<p>&mdash;La Coronela presta dinero. Esta señora de Braganza firmó en falso con
-el nombre de su marido, y el documento lo guarda la Coronela.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y la marquesa?</p>
-
-<p>&mdash;Lo de la marquesa es otra cuestión. Ya sabe usted que, últimamente, su
-querido era Ricardo Salazar.</p>
-
-<p>&mdash;¿El ex diputado?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, un golfo completo. Hace uno ó dos años, cuando las relaciones de
-Ricardo y la marquesa estaban todavía recientes, la marquesa recibía de
-vez en cuando una carta en la que le decían: «Tengo una carta de usted
-dirigida á su amante, en la que dice usted esto y esto (cosas íntimas
-bastante fuertes). Si no me da usted mil pesetas, enviaré la carta á su
-marido.» Ella, asustada, pagó tres, cuatro, cinco veces, hasta que, por
-consejo de una amiga, y de acuerdo con un delegado, prendieron<a name="page_323" id="page_323"></a> al
-hombre que iba con la carta. Resultó que era un enviado del mismo
-Ricardo Salazar.</p>
-
-<p>&mdash;¿Del amante?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;¡Vaya un caballero!</p>
-
-<p>&mdash;Cuando riñeron la marquesa y Ricardo...</p>
-
-<p>&mdash;¿Al descubrirse el enredo de la carta?</p>
-
-<p>&mdash;No, eso se lo perdonó la marquesa. Riñeron porque Ricardo exigía
-dinero que la marquesa no pudo ó no quiso darle. Salazar debía tres mil
-duros á la Coronela, y ésta, que no es tonta, le dijo: Deme usted las
-cartas de la marquesa y no me debe usted nada. Ricardo se las dió, y la
-marquesa ha quedado entregada de pies y manos á la Coronela y á sus
-socios.</p>
-
-<p>El Juez se levantó de su silla y paseó lentamente por el despacho.</p>
-
-<p>&mdash;Hay además&mdash;dijo&mdash;un besalamano del director de <i>El Popular</i> en que me
-ruega que no prospere este asunto. ¿Qué relación hay entre el garito y
-el propietario del periódico?</p>
-
-<p>&mdash;Que es socio. En el caso que se descubriera el garito, el periódico
-haría una campaña fuerte contra el gobierno.</p>
-
-<p>&mdash;¡Quién hace justicia de este modo!&mdash;murmuró el juez, pensativo.</p>
-
-<p>El Garro contempló al juez irónicamente.</p>
-
-<p>Se oyó el timbre del teléfono que resonó durante largo tiempo.<a name="page_324" id="page_324"></a></p>
-
-<p>&mdash;¿Da usía su permiso?&mdash;preguntó un escribiente.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué hay?</p>
-
-<p>&mdash;De parte del señor Ministro si se ha despachado el asunto conforme á
-sus deseos.</p>
-
-<p>&mdash;Que sí, dígale usted que sí&mdash;contestó el juez malhumorado. Luego se
-volvió hacia el agente.&mdash;Este muchacho preso, ¿no tiene participación
-ninguna en el crimen?</p>
-
-<p>&mdash;Absolutamente ninguna&mdash;contestó el Garro.</p>
-
-<p>&mdash;¿Es primo del muerto?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, señor.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y conoce al Bizco?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, ha sido amigo suyo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Podría ayudar á la policía á capturar al Bizco?</p>
-
-<p>&mdash;De esto yo me encargo. ¿Se le pone en libertad al preso?</p>
-
-<p>&mdash;Sí. Necesitamos coger al Bizco. ¿No se sabe dónde anda?</p>
-
-<p>&mdash;Andará escondido por las afueras.</p>
-
-<p>&mdash;¿No hay algún agente que conozca bien los rincones de las afueras?</p>
-
-<p>&mdash;El mejor es un cabo de orden público que se llama Ortiz. Si quiere
-usted escribirle al coronel de Seguridad que ponga á Ortiz á mis
-órdenes, el Bizco, antes de ocho días, está en la cárcel.</p>
-
-<p>Llamó el juez á un escribiente, le mandó<a name="page_325" id="page_325"></a> escribir una carta, y se la
-entregó á Garro.</p>
-
-<p>Salió éste del despacho del juez é hizo que abrieran el calabozo de
-Manuel.</p>
-
-<p>&mdash;¿Hay que declarar otra vez?&mdash;preguntó el muchacho.</p>
-
-<p>&mdash;No, vas á firmar la declaración y quedas libre. Vamos.</p>
-
-<p>Salieron á la calle. A la puerta del Juzgado vió Manuel á la Fea y á la
-Salvadora, pero ésta no tenía un aspecto tan severo como de ordinario.</p>
-
-<p>&mdash;¿Estás ya libre?&mdash;le dijeron.</p>
-
-<p>&mdash;Así parece. ¿De dónde sabíais que estaba preso?</p>
-
-<p>&mdash;Lo hemos leído en el periódico&mdash;contestó la Fea&mdash;, y á ésta se le
-ocurrió traerte la comida.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y Jesús?</p>
-
-<p>&mdash;En el hospital.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué tiene?</p>
-
-<p>&mdash;El pecho... ya está mejor... Pasa luego por casa. Vivimos en el
-callejón del Mellizo, cerca de la calle de la Arganzuela.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno.</p>
-
-<p>&mdash;Adiós, ¿eh?</p>
-
-<p>&mdash;Adiós y muchas gracias.</p>
-
-<p>Dieron el Garro y Manuel la vuelta á la esquina y entraron en un portal
-con dos leones de bronce y subieron una corta escalera.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué es esto?&mdash;preguntó Manuel.<a name="page_326" id="page_326"></a></p>
-
-<p>&mdash;Esta es la casa de Canónigos.</p>
-
-<p>Recorrieron un pasillo con mamparas negras, y en un cuarto en donde
-escribían dos hombres, el Garro preguntó por el Gaditano.</p>
-
-<p>&mdash;Ahí fuera debe estar&mdash;le dijeron.</p>
-
-<p>Siguieron adelante. Pululaban por los pasillos hombres que iban y venían
-de prisa; otros quietos, esperaban. Eran éstos obreros desharrapados,
-mujeres vestidas de negro, viejas tristes con el estigma de la miseria,
-gente toda asustada, tímida y humilde.</p>
-
-<p>Los que iban y venían llevando carpetas y papeles bajo el brazo, todos ó
-casi todos tenían un continente altivo y orgulloso; era el juez que
-pasaba con su birrete y su levita negra, mirando con indiferencia á
-través de sus gafas; era el escribano menos grave, más jovial que
-llamaba á uno y le hablaba al oído, entraba en la escribanía, dictaba,
-firmaba y volvía á salir; era el abogado joven que preguntaba por la
-marcha de sus pleitos; era el procurador, los curiales, los
-escribientes, los pinches.</p>
-
-<p>Y empujando al rebaño de humildes y de miserables hacia el matadero de
-la Justicia, aparecían el usurero, el polizonte, la corredora de
-alhajas, el prestamista, el casero...</p>
-
-<p>Todos se entendían con los pinches y escribientes, los cuales les
-arreglaban sus asuntos; daban carpetazo á los procesos molestos,
-arreglaban<a name="page_327" id="page_327"></a> ó empeoraban un litigio y mandaban á presidio ó sacaban de
-él por poco dinero.</p>
-
-<p>¡Qué admirable maquinaria! Desde el primero hasta el último de aquellos
-leguleyos, togados y sin togar, sabían explotar al humilde, al pobre de
-espíritu, proteger los sagrados intereses de la sociedad haciendo que el
-fiel de la justicia se inclinara siempre por el lado de las monedas...</p>
-
-<p>El Garro encontró al Gaditano, á quien buscaba, y le llamó:</p>
-
-<p>&mdash;Oye, tú has tomado la declaración á este chico, ¿verdad?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;Pues haz el favor de poner que no sabe quién le mató á su primo; que
-supone que sea el Bizco, y nada más. Y luego decreta su libertad.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno. Pasad á la escribanía.</p>
-
-<p>Entraron en un cuarto estrecho, con una ventana en el fondo. En una de
-las paredes largas del cuarto había un armario y encima una porción de
-cosas procedentes de robos y de embargos, entre ellas una bicicleta.</p>
-
-<p>Entró el Gaditano, sacó del armario un legajo y se puso á escribir
-rápidamente.</p>
-
-<p>&mdash;Que es primo del muerto y que supone que el autor del hecho de autos
-es un sujeto apodado el Bizco, ¿no es eso?</p>
-
-<p>&mdash;Eso es&mdash;dijo el Garro.<a name="page_328" id="page_328"></a></p>
-
-<p>&mdash;Bueno, que firme aquí... Ahora aquí... Ya está.</p>
-
-<p>Se despidió el agente del Gaditano, y Manuel y Garro salieron á la
-calle.</p>
-
-<p>&mdash;¿Ya estoy libre?&mdash;preguntó Manuel.</p>
-
-<p>&mdash;No.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué no?</p>
-
-<p>&mdash;Te han dejado libre con una condición: que ayudes á buscar al Bizco.</p>
-
-<p>&mdash;Yo no soy de la policía.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno, pues escoge: ó ayudas á buscar al Bizco, ú otra vez vas al
-calabozo.</p>
-
-<p>&mdash;Nada; ayudaré á buscar al Bizco.</p>
-
-<p><a name="page_329" id="page_329"></a></p>
-
-<h3><a name="CAPITULO_VII-3" id="CAPITULO_VII-3"></a>CAPÍTULO VII<br /><br />
-<small>La Fea y la Salvadora.&mdash;Ortiz.&mdash;Antiguos conocidos.</small></h3>
-
-<p>Salieron los dos por la calle del Barquillo á la de Alcalá.</p>
-
-<p>No me vuelven á coger, pensó Manuel; pero luego se le ocurrió que tan
-tupida y espesa era la trama de las leyes, que resultaba muy difícil no
-tropezar con ella aunque se anduviese con mucho tiento.</p>
-
-<p>&mdash;Y no me ha dicho usted todavía por quién me dejan libre&mdash;exclamó
-Manuel.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por quién te han puesto libre? Por mí&mdash;contestó Garro.</p>
-
-<p>Manuel no contestó.</p>
-
-<p>&mdash;Y ahora, ¿dónde vamos?&mdash;preguntó.</p>
-
-<p>&mdash;Al Campillo del Mundo Nuevo.</p>
-
-<p>&mdash;Entonces tenemos camino largo.</p>
-
-<p>&mdash;En la Puerta del Sol tomaremos el tranvía de la Fuentecilla.</p>
-
-<p>Efectivamente, así lo hicieron. Bajaron en el sitio indicado y tomaron
-por la calle de la Arganzuela.</p>
-
-<p>Al final de esta calle, á mano derecha, ya en la plaza que constituye el
-Campillo del Mundo<a name="page_330" id="page_330"></a> Nuevo, se detuvieron. Pasaron por un largo corredor
-á un patio ancho con galerías.</p>
-
-<p>En la primera puerta abierta entró Garro y preguntó con voz autoritaria:</p>
-
-<p>&mdash;¿Vive aquí un cabo del orden que se llama Ortiz?</p>
-
-<p>Del fondo de un rincón obscuro, en donde trabajaban dos hombres, cerca
-de un hornillo, contestó uno de ellos:</p>
-
-<p>&mdash;¿A mí qué me cuenta usted?, pregúnteselo usted al portero.</p>
-
-<p>Los dos hombres estaban haciendo barquillos. Tomaban de una caldera,
-llena de una masa blanca como engrudo, una cucharada y la echaban en
-unas planchas que se cerraban como tenazas. Después de cerradas las
-ponían al fuego, las calentaban por un lado y por otro, las abrían, y en
-una de las planchas aparecía el barquillo como una oblea redonda. El
-hombre, rápidamente, con los dedos, lo arrollaba y lo colocaba en una
-caja.</p>
-
-<p>&mdash;¿De manera que no saben ustedes si vive ó no aquí Ortiz?&mdash;preguntó de
-nuevo Garro.</p>
-
-<p>&mdash;Ortiz&mdash;dijo una voz del fondo negro, en donde no se veía nada&mdash;. Sí,
-aquí vive. Es el administrador.</p>
-
-<p>Manuel entrevió en el agujero negro dos hombres tendidos en el suelo.</p>
-
-<p>&mdash;Pues sí es el administrador&mdash;dijo el que trabajaba&mdash;; hace un momento
-estaba en el patio.<a name="page_331" id="page_331"></a></p>
-
-<p>Salieron Garro y Manuel al patio y el agente vió al guardia en la
-galería del piso primero.</p>
-
-<p>&mdash;¡Eh, Ortiz!&mdash;le gritó.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué hay? ¿Quién me llama?</p>
-
-<p>&mdash;Soy yo, Garro.</p>
-
-<p>Bajó el guardia con rapidez, y apareció en el patio.</p>
-
-<p>&mdash;¡Hola, señor Garro! ¿Qué le trae á usted por aquí?</p>
-
-<p>&mdash;Este muchacho es primo de ese que han matado en el puente del Sotillo;
-conoce al agresor, que es un randa conocido por el Bizco. ¿Quieres
-encargarte de la captura?</p>
-
-<p>&mdash;Hombre... Si me lo mandan.</p>
-
-<p>&mdash;No, la cuestión es si tienes tiempo y quieres hacerlo. Yo llevo una
-carta aquí del juez para tu coronel, pidiéndole que te encargues tú de
-la captura. Ahora, si no tienes tiempo, dilo.</p>
-
-<p>&mdash;Tiempo hay de sobra.</p>
-
-<p>&mdash;Entonces ahora voy á dejar la carta á tu coronel.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno. ¿Habrá alguna propinilla, eh?</p>
-
-<p>&mdash;Descuida. Aquí está el chico; no le sueltes, que te acompañe.</p>
-
-<p>&mdash;Está bien.</p>
-
-<p>&mdash;¿No hay más que decir?</p>
-
-<p>&mdash;Nada.</p>
-
-<p>&mdash;Pues adiós, y buena mano derecha.<a name="page_332" id="page_332"></a></p>
-
-<p>&mdash;Adiós.</p>
-
-<p>El Garro salió de la casa y quedaron frente á frente Manuel y Ortiz.</p>
-
-<p>&mdash;Tú no te separas de mi lado hasta que cojamos al Bizco, ya lo
-sabes&mdash;le dijo el cabo á Manuel.</p>
-
-<p>El tal Ortiz, afamado como perseguidor de granujas y de bandidos, era un
-tipo de criminal completo; tenía el bigote negro y recortado, las cejas
-salientes y unidas, la nariz chata, el labio superior retraído, que
-dejaba mostrar los dientes hasta su nacimiento; la frente estrecha y una
-cicatriz profunda en la mejilla.</p>
-
-<p>Vestía de paisano, traje obscuro y gorra. En su figura había algo de lo
-agresivo de un perro de presa y de lo feroz de un jabalí.</p>
-
-<p>&mdash;¿No me va usted á dejar salir?&mdash;preguntó Manuel.</p>
-
-<p>&mdash;No.</p>
-
-<p>&mdash;Tenía que ver á unas amigas.</p>
-
-<p>&mdash;Aquí no hay amigas que valgan. ¿Quiénes son ellas?, algunas golfas...</p>
-
-<p>&mdash;No; son las hermanas de un cajista compañero mío, que fueron mis
-vecinas en el parador de Santa Casilda.</p>
-
-<p>&mdash;¡Ah!, pero ¿tú has vivido allí?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;Pues yo también. Las conoceré.</p>
-
-<p>&mdash;No sé, son hermanas de un cajista que se llama Jesús.<a name="page_333" id="page_333"></a></p>
-
-<p>&mdash;La Fea.</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;La conozco. ¿Dónde vive?</p>
-
-<p>&mdash;En el callejón del Mellizo.</p>
-
-<p>&mdash;Aquí mismo está. Vamos á verla.</p>
-
-<p>Salieron de casa; calle de la Arganzuela arriba estaba el callejón del
-Mellizo, próximo al matadero de cerdos. No había en el callejón, que en
-su principio tenía empalizadas á ambos lados y estaba obstruído por
-grandes losas puestas unas encima de otras, más que una casa grande en
-el fondo. Delante de la casa en un patio grande, trajinaban algunos
-<i>cañis</i> con mulas y pollinos; en las galerías asomaban gitanas negras y
-gitanillas de ojos brillantes y trajes abigarrados.</p>
-
-<p>Preguntaron á un gitano por la Fea y les indicó el número 6 del piso
-segundo.</p>
-
-<p>En la puerta del cuarto, un letrero, escrito en una cartulina, ponía:
-«Se cose á máquina.»</p>
-
-<p>Llamaron y apareció un chiquillo rubio.</p>
-
-<p>&mdash;Este es el hermano de la Salvadora&mdash;dijo Manuel.</p>
-
-<p>Se presentó la Fea en la puerta y recibió á Manuel con grandes extremos
-de alegría, y saludó á Ortiz.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y la Salvadora?&mdash;preguntó Manuel.</p>
-
-<p>&mdash;En la cocina; ahora viene.</p>
-
-<p>El cuarto era claro con una ventana, por<a name="page_334" id="page_334"></a> donde entraban los últimos
-rayos del sol poniente.</p>
-
-<p>&mdash;Debe ser muy alegre este cuarto&mdash;dijo Manuel.</p>
-
-<p>&mdash;Entra el sol desde que sale hasta que se marcha&mdash;contestó la Fea&mdash;.
-Queremos mudarnos, pero no encontramos cuarto parecido á éste.</p>
-
-<p>Respiraba aquello tranquilidad y trabajo; había dos máquinas de coser
-nuevas, un armario de pino, sillas y macetas en la ventana.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y Jesús, en el hospital?</p>
-
-<p>&mdash;En la clínica de San Carlos&mdash;dijo la Fea.</p>
-
-<p>No quería ser gravoso á la familia; y aunque la Salvadora y ella le
-hubieran cuidado en casa, á él se le había metido en la cabeza ir al
-Hospital. Afortunadamente se encontraba ya mucho mejor y le iban á dar
-el alta.</p>
-
-<p>En esto entró la Salvadora. Estaba muy arrogante y muy guapa. Saludó á
-Manuel y á Ortiz y se sentó á coser á la máquina.</p>
-
-<p>&mdash;¿Te quedarás á cenar con nosotras?&mdash;le preguntó la Fea á Manuel.</p>
-
-<p>&mdash;No, no puedo; no me dejan.</p>
-
-<p>&mdash;Si vosotras me aseguráis&mdash;saltó diciendo Ortiz&mdash;que cuando le avise á
-este hombre vendrá, aunque sea á las dos de la mañana, le dejo libre.</p>
-
-<p>&mdash;Sí, pues se lo aseguramos á usted&mdash;dijo la Fea.<a name="page_335" id="page_335"></a></p>
-
-<p>&mdash;Bueno, entonces me voy&mdash;. Mañana á las nueve en punto en mi casa.
-¿Estamos?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, señor.</p>
-
-<p>&mdash;Con exactitud militar.</p>
-
-<p>&mdash;Con exactitud militar.</p>
-
-<p>Se fué Ortiz y quedó Manuel en el cuarto de las dos costureras.</p>
-
-<p>La Salvadora, muy desdeñosa con Manuel, parecía ofenderse porque éste la
-miraba con cierta complacencia al verla tan guapa. Enrique, el hermano
-de la Salvadora, estaba fuerte y muy gracioso, jugó con Manuel y le
-contó, en su media lengua, una porción de cosas de su hermana y de su
-tía, como le llamaba á la Fea.</p>
-
-<p>Después de cenar y de acostar al chico, pasaron al cuarto de una
-bordadora de la vecindad y Manuel se encontró con dos antiguos amigos
-suyos, el Aristas y el Aristón.</p>
-
-<p>El Aristas había olvidado sus entusiasmos de gimnasta y se había hecho
-capataz de periódicos.</p>
-
-<p>Corría medio Madrid llevando el <i>papel</i> de un puesto á otro, y le había
-substituído al Aristón en su cargo de comparsa. Por la mañana repartía
-periódicos, repartía entregas, repartía prospectos; por la tarde solía
-pegar anuncios y por la noche iba al teatro. Tenía una actividad
-extraordinaria, no paraba nunca; organizaba funciones, bailes;
-representaba los domingos<a name="page_336" id="page_336"></a> con una compañía de aficionados; sabía de
-memoria todo el <i>Don Juan Tenorio</i>, <i>El puñal del godo</i> y otros dramas
-románticos; tenía tres ó cuatro novias y á todas horas hablaba,
-peroraba, disponía y manifestaba una alegría sana y comunicativa.</p>
-
-<p>El Aristón, algo más moderado en su necromanía, estaba de ajustador en
-una fábrica y tenía un buen sueldo. Manuel se encontró muy
-agradablemente entre sus antiguos amigos.</p>
-
-<p>Vió ó creyó ver al menos que el Aristón galanteaba á la Fea y le llamaba
-repetidas veces Joaquina, como era su nombre. La Fea, al verse
-galanteada, se ponía hasta guapa.</p>
-
-<p>Manuel, de noche, fué á su casa á la calle de Galileo. No había vuelto
-la Justa. El Aristas le encontró trabajo en una imprenta de la Carrera
-de San Francisco.</p>
-
-<p><a name="page_337" id="page_337"></a></p>
-
-<h3><a name="CAPITULO_VIII-3" id="CAPITULO_VIII-3"></a>CAPÍTULO VIII<br /><br />
-<small>La pista del Bizco.&mdash;Las afueras.&mdash;El ideal de Jesús.</small></h3>
-
-<p>Al día siguiente, después de trabajar en la imprenta, Manuel, á las
-nueve de la noche, estaba en casa de Ortiz.</p>
-
-<p>&mdash;Así me gusta&mdash;le dijo el cabo&mdash;con puntualidad militar.</p>
-
-<p>Ortiz se armó de un revólver que metió en el cinto, de un bastón que
-sujetó al puño con una correa y de una cuerda; entregó un garrote á
-Manuel y salieron los dos.</p>
-
-<p>&mdash;Vamos por estos cafetines&mdash;dijo el guardia á Manuel&mdash;, y tú mira bien
-si está el Bizco.</p>
-
-<p>Hablaron mientras subían por la calle de la Arganzuela.</p>
-
-<p>Ortiz era un polizonte enamorado de su profesión. Su padre lo había sido
-también, y el instinto de persecución era en ellos tan fuerte como en
-los perros de caza.</p>
-
-<p>Ortiz, según contó, estuvo de carabinero en la costa de Málaga, en lucha
-siempre con los contrabandistas, hasta que vino á Madrid y entró en el
-Orden público.</p>
-
-<p>&mdash;He hecho más servicios que nadie&mdash;dijo&mdash;;<a name="page_338" id="page_338"></a> pero no me ascienden porque
-no tengo recomendaciones. A mi padre le pasó lo mismo; él cogió más
-ladrones que toda la policía de Madrid junta, y nada, no pasó de cabo.
-Luego le colocaron en la ronda de las alcantarillas, y tuvo cada
-trifulca allá abajo...; pero aquél no llevaba revólver, ni garrote, como
-yo, sino su trabuco. Era un guerrero.</p>
-
-<p>Pasaron por delante de una taberna y entraron, bebieron su copa de vino,
-y Manuel recorrió con la mirada la gente reunida alrededor de las mesas.</p>
-
-<p>&mdash;No hay nada de lo que buscas&mdash;dijo el tabernero al policía.</p>
-
-<p>&mdash;Ya veo que no, tío Pepe&mdash;contestó Ortiz, y sacó dos monedas para
-pagar.</p>
-
-<p>&mdash;Está pago&mdash;replicó el tabernero.</p>
-
-<p>&mdash;Gracias. ¡Adiós!</p>
-
-<p>Salieron de la taberna y llegaron á la plaza de la Cebada.</p>
-
-<p>&mdash;Vamos al café de Naranjeros&mdash;dijo el polizonte&mdash;; aunque por aquí no
-es fácil que ande ese pájaro; pero muchas veces, donde menos se
-piensa...</p>
-
-<p>Entraron en el café; no había más que un grupo de personas hablando con
-las cantaoras. Ortiz, desde la puerta, gritó:</p>
-
-<p>&mdash;Eh, Tripulante, haz el favor.</p>
-
-<p>Se levantó un joven con aire de señorito y se acercó á Ortiz.<a name="page_339" id="page_339"></a></p>
-
-<p>&mdash;¿Tú conoces á un randa á quien llaman el Bizco?</p>
-
-<p>&mdash;Sí, creo que sí.</p>
-
-<p>&mdash;¿Anda por estos barrios?</p>
-
-<p>&mdash;No, por aquí no.</p>
-
-<p>&mdash;¿De veras?</p>
-
-<p>&mdash;De veras que no. Estará hacia abajo; puede usted creerme.</p>
-
-<p>&mdash;Te creo, hombre, ¿por qué no? Oye, Tripulante&mdash;añadió Ortiz agarrando
-del brazo al muchacho&mdash;: Ojo, ¿eh?, que te vas á caer.</p>
-
-<p>El Tripulante se echó á reir, y poniéndose el dedo índice de la mano
-derecha en el párpado inferior y guiñando el ojo, murmuró:</p>
-
-<p>&mdash;¡La pista!... ¡Y que no aluspia uno, cámara!</p>
-
-<p>&mdash;Bueno; pues estate al file, por si acaso. Mira que te se conoce.</p>
-
-<p>&mdash;Descuide usted, señor Ortiz&mdash;replicó el muchacho&mdash;; se filará.</p>
-
-<p>Salieron el guardia y Manuel del café.</p>
-
-<p>&mdash;Este es uno de ful, listo como un condenado. Vamos hacia abajo; quizás
-que el Tripulante tenga razón.</p>
-
-<p>Llegaron á la ronda de Toledo. La noche estaba hermosa, estrellada,
-brillaban algunas hogueras á lo lejos; de la chimenea de la fábrica del
-gas salía una humareda negra, como la espiración poderosa de un
-monstruo. Pasaron por la calle del Gas, iluminada, para contrastar<a name="page_340" id="page_340"></a> su
-nombre, con faroles de petróleo, y bajaron, rasando Casa Blanca, á las
-Injurias. Cruzaron por una callejuela y se encontraron de manos á boca
-con el sereno.</p>
-
-<p>Ortiz le dijo á lo que iban, le dió las señas del Bizco, pero el sereno
-les advirtió que allí no había ninguno de aquellas señas.</p>
-
-<p>&mdash;Preguntaremos, si ustedes quieren.</p>
-
-<p>Entraron los tres por un pasillo estrecho á un patio, con el suelo lleno
-de barro. Salía luz por la ventana de una casa y se asomaron á mirar. A
-la luz de un cabo de vela, colocado en un vasar de madera, se veía un
-viejo haraposo sentado en el suelo. A su lado dos muchachos y una
-chiquilla, cubiertos de andrajos, dormían.</p>
-
-<p>Salieron del patio y recorrieron una callejuela.</p>
-
-<p>&mdash;Aquí hay una familia que no conozco&mdash;dijo el sereno, y llamó en la
-puerta con la contera del chuzo. Tardaron en abrir.</p>
-
-<p>&mdash;¿Quién es?&mdash;dijo de adentro una voz de mujer.</p>
-
-<p>&mdash;La autoridad&mdash;contestó Ortiz.</p>
-
-<p>Abrió una mujer envuelta en harapos y sin camisa. El sereno entró y
-pasaron Manuel y Ortiz dentro; apestaba allí de un modo atroz. En un
-camastro hecho de trapos y papeles, dormía una mujer ciega. El sereno
-metió el chuzo por debajo de la cama.<a name="page_341" id="page_341"></a></p>
-
-<p>&mdash;Ya ven ustedes, aquí no está.</p>
-
-<p>Salieron Ortiz y Manuel de las Injurias.</p>
-
-<p>&mdash;Ahí en las Cambroneras vivió el Bizco durante algún tiempo&mdash;dijo
-Manuel.</p>
-
-<p>&mdash;Entonces no hay que buscarle por ahí, pero no importa, ¡hala que
-hala!&mdash;repuso Ortiz&mdash;Vamos allá.</p>
-
-<p>Cruzaron por el paseo de Yeserías; brillaban las luces de los faroles á
-los lados del puente de Toledo, alguna vena estrecha del río los
-reflejaba en su agua negra. Hacia Madrid, de las chimeneas de la fábrica
-del gas salían llamaradas rojas como dragones de fuego. Se oían á lo
-lejos los silbidos de un tren; en la dehesa del Canal los árboles
-torcidos destacaban su silueta negra en el ambiente obscuro de la noche.</p>
-
-<p>Se encontraron en las Cambroneras al sereno y le preguntaron por el
-Bizco.</p>
-
-<p>&mdash;Yo hablaré mañana á Paco el Cañí y lo sabré. ¿Dónde nos vemos mañana?</p>
-
-<p>&mdash;En la taberna de la Blasa.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno. Allí iré á las tres.</p>
-
-<p>Volvieron á pasar el puente y entraron en Casa Blanca.</p>
-
-<p>&mdash;Veremos al administrador&mdash;dijo Ortiz. Entraron en un portal, y á un
-lado de éste, en un cuarto por cuya puerta entornada salía luz,
-llamaron. Un hombre en mangas de camisa salió al portal.<a name="page_342" id="page_342"></a></p>
-
-<p>&mdash;¿Quién es?&mdash;gritó.</p>
-
-<p>Ortiz se dió á conocer.</p>
-
-<p>&mdash;Aquí no está ese&mdash;contestó el administrador. Estoy seguro, tengo todos
-mis inquilinos apuntados en este cuaderno y los conozco.</p>
-
-<p>De Casa Blanca, Ortiz y Manuel se dirigieron hacia las Peñuelas y Ortiz
-echó un largo párrafo con el sereno. Después recorrieron algunas
-tabernas del barrio en donde había gente, á pesar de tener las puertas
-cerradas.</p>
-
-<p>Al pasar por la calle del Ferrocarril el sereno señaló el sitio donde se
-había encontrado descuartizada á la mujer del saco. Hablaron Ortiz y el
-sereno de éste y de otros crímenes cometidos allá cerca y se
-despidieron.</p>
-
-<p>&mdash;Este sereno es un barbián&mdash;dijo Ortiz&mdash;ha acabado con los matones de
-las Peñuelas á garrotazos.</p>
-
-<p>Era ya tarde después de la visita á las tabernas, y Ortiz estimó que
-podrían dejar la campaña para el día siguiente. Se quedó él en el
-Campillo del Mundo Nuevo y Manuel, atravesando medio Madrid, se fué á su
-casa.</p>
-
-<p>Por la mañana temprano marchó á la imprenta, y al advertir que por la
-tarde no podía ir, le despidieron.</p>
-
-<p>Manuel fué á comer á casa de la Fea.</p>
-
-<p>&mdash;Me han despedido de la imprenta&mdash;dijo al entrar.<a name="page_343" id="page_343"></a></p>
-
-<p>&mdash;Habrás ido tarde&mdash;saltó la Salvadora.</p>
-
-<p>&mdash;No, sino que Ortiz me dijo ayer que esta tarde tenía que ir con él, y
-lo he advertido en la imprenta y me han despedido.</p>
-
-<p>&mdash;Si hasta que esté arreglado eso no puedes empezar á hacer nada&mdash;dijo
-la Fea.</p>
-
-<p>La Salvadora sonrió irónicamente y Manuel sintió que se le enrojecía la
-cara.</p>
-
-<p>&mdash;No, no lo creas si no quieres, pero es verdad.</p>
-
-<p>&mdash;Si yo no te he dicho, nada, hombre&mdash;replicó burlonamente la Salvadora.</p>
-
-<p>&mdash;Ya sé que no me has dicho nada, pero te reías.</p>
-
-<p>Manuel salió de casa de la Fea irritado, fué á buscar á Ortiz, y reunido
-con él, bajó á las Injurias.</p>
-
-<p>Hacía un día de sol espléndido, una tarde templada. Se sentaron á la
-puerta de la taberna de la Blasa. En una callejuela que se veía
-enfrente, dormían los hombres tumbados á las puertas de sus casas; las
-mujeres correteaban de un lado á otro con las haraposas faldas
-recogidas, chapoteando los pies en la alcantarilla mal oliente que
-corría por en medio de la calleja como un arroyo negro. Alguna de
-aquellas mujeres llevaba la colilla en la boca. Las ratas grandes,
-grises, corrían por encima del barro, y algunos chicos desnudos las
-perseguían á palos y á pedradas.<a name="page_344" id="page_344"></a></p>
-
-<p>Habló Ortiz con la dueña de la tasca, y poco después apareció allá el
-sereno de las Cambroneras. Saludó á Ortiz, tomaron unas copas los dos, y
-el sereno dijo:</p>
-
-<p>&mdash;Hablé con Paco el Cañí. Le conoce al Bizco. Dice que no anda por estos
-barrios. El cree que debe estar en la Manigua, en la California ó por
-ahí.</p>
-
-<p>&mdash;Es muy posible. Bueno, señores, hasta la vista&mdash;y Ortiz se levantó y
-Manuel hizo lo mismo. Subieron á la glorieta del puente de Toledo,
-cruzaron el Manzanares y echaron á andar por la carretera de Andalucía.
-Por allá había ido á merendar días antes Manuel con Vidal y con
-Calatrava. Seguían los mismos grupos de randas en las puertas de los
-merenderos; algunos conocían á Ortiz y le invitaban á tomar una copa.</p>
-
-<p>Llegaron á una barriada próxima al río, de chozas míseras, sin
-chimeneas, sin ventanas, con los techos formados por cañizos. Nubes de
-mosquitos se levantaban sobre las hierbas de la orilla.</p>
-
-<p>&mdash;Este es el Tejar de Mata pobres&mdash;dijo Ortiz.</p>
-
-<p>En aquellas pobres chozas se refugiaban algunos traperos con sus
-familias. Todos los habitantes de tan miserable aduar, escuálidos,
-amarillentos, estaban devorados por las fiebres, cuyos gérmenes brotaban
-de las aguas negras<a name="page_345" id="page_345"></a> y fangosas del río. Nadie conocía allí al Bizco.
-Manuel y Ortiz siguieron adelante. A corta distancia de este poblado
-apareció otro, sobre un altozano, constituído por casuchas con sus
-corrales.</p>
-
-<p>&mdash;El barrio de los Hojalateros; así se llama esto&mdash;indicó Ortiz.</p>
-
-<p>Era como una aldea levantada sobre estiércol y paja. Cada una de las
-casas, hechas con escombros y restos de todas clases, tenía su corraliza
-limitada por vallas de latas viejas roñosas, extendidas y clavadas en
-postes. Se mezclaba allí la miseria urbana con la miseria campesina; en
-el suelo de los corrales, las cestas viejas, las cajas de cartón de las
-sombrererías, alternaban con la hoz mellada y el rastrillo. Alguna de
-las casas daba la impresión de relativo bienestar, y su aspecto era ya
-labradoriego; en sus corralizas se levantaban grandes montones de paja;
-las gallinas picoteaban en el suelo.</p>
-
-<p>Ortiz se acercó á un hombre que estaba componiendo un carro.</p>
-
-<p>&mdash;Oiga, buen amigo; ¿conoce usted por si acaso á un muchacho que se
-llama el Bizco?; uno rojo, feo...</p>
-
-<p>&mdash;¿Acaso es usted de la policía?&mdash;preguntó el hombre.</p>
-
-<p>&mdash;No; no, señor.</p>
-
-<p>&mdash;Pues lo parece; pero eso allá usted. No<a name="page_346" id="page_346"></a> conozco á ese bizco&mdash;y el
-hombre volvió la espalda.</p>
-
-<p>&mdash;Aquí hay que andar con ojo&mdash;murmuró Ortiz&mdash;, porque si se enteran á lo
-que venimos nos dan un pie de paliza que nos revientan.</p>
-
-<p>Salieron del barrio de los Hojalateros, cruzaron el río por un puente
-por donde pasaba la línea del tren, y siguieron por la orilla del
-Manzanares.</p>
-
-<p>En las praderas próximas al río, cubiertas de hierba verde y luciente,
-pastaban las vacas; algunos andrajosos andaban despacio, con cautela,
-buscando grillos.</p>
-
-<p>Llegaron Manuel y Ortiz á unas casas de campo que llamaban la China; el
-guardia interrogó á un hortelano. No conocía al Bizco.</p>
-
-<p>Se alejaron de allá, y se sentaron en la hierba á descansar. Iba
-anocheciendo; surgía Madrid, amarillo rojizo, con sus torres y sus
-cúpulas, iluminado con la última palpitación del sol poniente. Relucían
-las vidrieras del Observatorio. Una bola grande de cobre del remate de
-algún edificio centelleaba como un sol sobre los tejados mugrientos;
-alguna que otra estrella resplandecía en la bóveda de azul de Prusia del
-cielo; el Guadarrama, de color violeta obscuro, rompía con sus picachos
-blancos el horizonte lejano.</p>
-
-<p>Volvieron de prisa Ortiz y Manuel. Al llegar al paseo de Embajadores era
-de noche; <a name="page_347" id="page_347"></a>tomaron una copa en un merendero de la Manigua y echaron una
-ojeada por allá.</p>
-
-<p>&mdash;Cena conmigo&mdash;dijo Ortiz&mdash;, y por la noche volveremos á la cacería.
-Hemos de registrar todo Madrid.</p>
-
-<p>Cenó Manuel con el guardia y con su familia en la casa del Campillo del
-Mundo Nuevo. Después de cenar recorrieron casi todas las tabernas de la
-calle del Mesón de Paredes y de Embajadores, y entraron en el cafetín de
-la calle de la Esgrima. Estaba todo el local lleno de golfos; al
-sentarse el guardia y Manuel se comunicaron los contertulios unos á
-otros la noticia. Un muchacho que estaba en una mesa próxima mostrando
-en un corro una sortija y una peineta, las guardó de prisa y corriendo
-al ver á Ortiz. El guardia notó la maniobra, y le llamó al mozo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué quiere usted?&mdash;preguntó éste escamado.</p>
-
-<p>&mdash;Preguntarte una cosa.</p>
-
-<p>&mdash;Usted dirá.</p>
-
-<p>&mdash;¿Tú conoces á uno que llaman el Bizco?</p>
-
-<p>&mdash;Yo no, señor.</p>
-
-<p>El guardia hizo más preguntas al muchacho; debió de convencerse que no
-conocía al Bizco, porque murmuró:</p>
-
-<p>&mdash;No sabe nadie dónde está.</p>
-
-<p>Siguieron recorriendo tabernas; al pasar por la calle del Amparo, Ortiz
-dispuso que<a name="page_348" id="page_348"></a> registraran una casa de dormir que tenía un farol rojo en
-uno de sus balcones.</p>
-
-<p>Entraron y subieron una escalera de tablas, con los peldaños vacilantes,
-iluminada por un farol empotrado en la pared. En el primer piso había
-habitaciones para citas; en el segundo estaba el dormitorio público.
-Tiró Ortiz de la cadena de la campanilla y apareció una mujer astrosa
-con una vela en la mano, un pañuelo blanco en la cabeza y en chanclas:
-era la encargada.</p>
-
-<p>&mdash;Somos de la policía y queremos echar un vistazo por dentro. Si usted
-lo permite, entraremos.</p>
-
-<p>La mujer se encogió de hombros y dejó lugar para que pasaran.</p>
-
-<p>Recorrieron un corto pasillo, que terminaba en una sala larga y estrecha
-con pies derechos de madera á ambos lados y dos filas de camas. En la
-crujía central pendía un quinqué de petróleo, que apenas iluminaba la
-cuadra anchurosa. El suelo, de ladrillos, se torcía hacia un lado.</p>
-
-<p>Ortiz pidió la vela y fué alumbrando los rostros de los que ocupaban las
-camas.</p>
-
-<p>Unos dormían con desaforados ronquidos, otros, despiertos, se dejaban
-contemplar con desdén. Por entre las cubiertas de las camas se veían
-espaldas desnudas, torsos hercúleos, tórax comprimidos de gente
-enferma...<a name="page_349" id="page_349"></a></p>
-
-<p>&mdash;Y abajo, ¿hay alguien?&mdash;preguntó Ortiz á la encargada.</p>
-
-<p>&mdash;En el principal, no. En los cuartos del zaguán habrá alguno.</p>
-
-<p>Bajaron al portal. Una puerta conducía á un sótano húmedo. En un rincón
-dormía un mendigo, envuelto en harapos.</p>
-
-<p>&nbsp;</p>
-
-<p>Al día siguiente de esta correría, por la tarde, al entrar Manuel en
-casa de la Fea, se encontró con Jesús, sentado, charlando con su hermana
-y la Salvadora.</p>
-
-<p>Manuel sintió cierta emoción al verle. Estaba muy flaco y muy pálido.
-Los dos se examinaron atentamente y hablaron de su vida en el tiempo en
-que no se habían visto. Después pasaron á cosas del momento, y Manuel
-expuso su situación y el compromiso que tenía con Ortiz.</p>
-
-<p>&mdash;Ya, ya me lo han dicho&mdash;advirtió Jesús&mdash;, y yo no quería creerlo. ¿De
-manera que á ti te dejaron en libertad á condición de que ayudases á
-coger al Bizco? ¿Y tú aceptas?</p>
-
-<p>&mdash;Sí. Si no no me dejaban en libertad. ¿Qué iba á hacer?</p>
-
-<p>&mdash;Negarte.</p>
-
-<p>&mdash;¿Y pudrirme en la cárcel?</p>
-
-<p>&mdash;Y pudrirte en la cárcel, mejor que hacer á un amigo una charranada
-así.</p>
-
-<p>&mdash;El Bizco no es amigo mío.<a name="page_350" id="page_350"></a></p>
-
-<p>&mdash;Pero lo fué, por lo que tú dices.</p>
-
-<p>&mdash;Amigo, no...</p>
-
-<p>&mdash;Compañero de golfería, vamos.</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;¿De modo que te has hecho polizonte?</p>
-
-<p>&mdash;¡Hombre!... Además, el muerto era mi primo.</p>
-
-<p>&mdash;¡Cualquiera se fía de ti!&mdash;añadió sarcásticamente el cajista.</p>
-
-<p>Manuel se calló. Pensó que había hecho mal en comprometerse. El Bizco
-era un bandido; pero á él no le había hecho nunca daño, era la verdad.</p>
-
-<p>&mdash;Lo malo es que no puedo volverme atrás&mdash;dijo Manuel&mdash;ni escaparme,
-porque ese Ortiz vendría aquí y sería capaz de llevar á tu hermana y á
-la Salvadora á la cárcel.</p>
-
-<p>&mdash;¿Por qué?</p>
-
-<p>&mdash;Porque ellas le han dicho que respondían de mí.</p>
-
-<p>&mdash;¡Quia, hombre! Le dicen que estuviste aquí, que te dijeron que no te
-se olvidara el hacer lo de los demás días, y que no saben nada más,
-sencillamente.</p>
-
-<p>&mdash;¿A ti qué te parece?&mdash;preguntó Manuel indeciso á la Fea.</p>
-
-<p>&mdash;Haz lo que quieras; yo creo que Jesús ya sabrá lo que dice, y que á
-nosotras no nos pueden hacer nada.</p>
-
-<p>&mdash;Hay otra cosa&mdash;advirtió Manuel&mdash;: que<a name="page_351" id="page_351"></a> yo no puedo vivir escondido
-mucho tiempo; tendré que trabajar para comer, y me cogerán.</p>
-
-<p>&mdash;Yo te llevaré á una imprenta que conozco, replicó Jesús.</p>
-
-<p>&mdash;Pero pueden sospechar. No, no.</p>
-
-<p>&mdash;¿Prefieres ser un charrán?</p>
-
-<p>&mdash;Voy á hacer una cosa; ir ahora mismo á ver á uno que lo puede arreglar
-todo.</p>
-
-<p>&mdash;Espera un momento.</p>
-
-<p>&mdash;No, no, déjame.</p>
-
-<p>Salió Manuel decidido á hablar con el Cojo ó con el Maestro. Fué á la
-carrera al Círculo. Le dejaron pasar; subió al piso primero, y al hombre
-que solía estar en la puerta de la sala de juego, le preguntó:</p>
-
-<p>&mdash;Y el Maestro, ¿está en la secretaría?</p>
-
-<p>&mdash;No, el que está es don Marcos.</p>
-
-<p>Llamó Manuel á la puerta y pasó adelante. Calatrava estaba en una mesa
-con un empleado contando fichas blancas y rojas. Al ver á Manuel le miró
-fijamente:</p>
-
-<p>&mdash;¿A qué vienes tú aquí? ¡Soplón!&mdash;exclamó&mdash;. Aquí no haces falta.</p>
-
-<p>&mdash;Ya lo sé.</p>
-
-<p>&mdash;Estás despedido. El jornal no lo esperes.</p>
-
-<p>&mdash;No, no lo espero.</p>
-
-<p>&mdash;Entonces, ¿á qué vienes aquí?</p>
-
-<p>&mdash;Vengo á esto. El Garro, el polizonte amigo de usted, me puso en
-libertad, con la condición<a name="page_352" id="page_352"></a> de que ayudara á coger al que mató á Vidal,
-y á mí me hacen ir y venir á todas horas, y ya me he hartado de eso, y
-ya no quiero hacer de polizonte.</p>
-
-<p>&mdash;Pues mira, de todo eso, á mí... Prim.</p>
-
-<p>&mdash;No, porque si yo no aparezco por casa del cabo, á quien me confió el
-Garro, me cogerán y me llevarán á la cárcel.</p>
-
-<p>&mdash;Bueno; allá aprenderás á no mover la sin hueso.</p>
-
-<p>&mdash;No; allá lo que haré será declarar cómo se estafa en este Círculo á la
-gente...</p>
-
-<p>&mdash;Tú estás loco. Tú quieres que te dé dos garrotazos.</p>
-
-<p>&mdash;No; yo quiero que le diga á usted al Garro que no me da la gana de
-perseguir al Bizco, y, además, que le mande usted que no me persiga;
-conque ya sabe usted lo que tiene que hacer.</p>
-
-<p>&mdash;Lo que voy á hacer es darte dos patadas ahora mismo, ¡soplón!</p>
-
-<p>&mdash;Eso lo veremos.</p>
-
-<p>Se acercó el cojo á Manuel con el puño cerrado y le largó un puñetazo;
-pero Manuel tuvo la habilidad de agarrarle de la mano, y empujándole
-para atrás, le hizo perder el equilibrio y cayó sobre la mesa y la
-derribó con un estrépito formidable. Se levantó Calatrava furioso y se
-fué hacia Manuel; pero al ruido entraron algunos mozos y los separaron.<a name="page_353" id="page_353"></a></p>
-
-<p>En esta situación, apareció el Maestro en la puerta de la secretaría:</p>
-
-<p>&mdash;¿Qué pasa?&mdash;preguntó mirando á Calatrava y á Manuel severamente&mdash;.
-Marchaos vosotros&mdash;añadió dirigiéndose á los demás.</p>
-
-<p>Quedaron los tres solos, y Manuel explicó el motivo de la cuestión.</p>
-
-<p>El Maestro, después de oirle, dijo á Calatrava:</p>
-
-<p>&mdash;¿Es eso de veras lo que te ha dicho?</p>
-
-<p>&mdash;Sí; pero ha venido aquí con exigencias...</p>
-
-<p>&mdash;Bueno. De eso no hay que hablar. ¿De manera&mdash;añadió dirigiéndose á
-Manuel&mdash;que tú no quieres ayudar á la policía? Haces bien. Puedes
-marcharte. Yo le diré al Garro que no te moleste.</p>
-
-<p>Una hora después, Manuel y Jesús habían salido de casa á dar una vuelta.
-Hacía una noche de calor sofocante; bajaron á la ronda.</p>
-
-<p>Hablaron. Manuel sentía una sorda irritación contra todo el mundo; un
-odio hasta entonces amortiguado se despertaba en su alma contra la
-sociedad, contra los hombres...</p>
-
-<p>&mdash;De veras te digo&mdash;concluyó diciendo&mdash;, que quisiera que estuviera
-lloviendo dinamita ocho días y bajara después el Padre Eterno hecho
-ascuas.</p>
-
-<p>Y rabioso invocó á todos los poderes destructores para que redujesen á
-cenizas esta sociedad miserable.<a name="page_354" id="page_354"></a></p>
-
-<p>Jesús le escuchaba con atención.</p>
-
-<p>&mdash;Eres un anarquista&mdash;le dijo.</p>
-
-<p>&mdash;¿Yo?</p>
-
-<p>&mdash;Sí. Yo también lo soy.</p>
-
-<p>&mdash;¿Tú?</p>
-
-<p>&mdash;Sí.</p>
-
-<p>&mdash;¿Desde cuándo?</p>
-
-<p>&mdash;Desde que he visto las infamias que se cometen en el mundo; desde que
-he visto cómo se entrega fríamente á la muerte un pedazo de humanidad;
-desde que he visto cómo mueren desamparados los hombres en las calles y
-en los hospitales&mdash;contestó Jesús con cierta solemnidad.</p>
-
-<p>Manuel enmudeció. Pasaron los dos amigos silenciosos por la ronda de
-Segovia, y en los jardinillos de la Virgen del Puerto se sentaron.</p>
-
-<p>El cielo estaba espléndido, cuajado de estrellas, la vía láctea cruzaba
-la cóncava inmensidad azul. La figura geométrica de la osa mayor
-brillaba muy alta. Arturus y Wega resplandecían dulcemente en aquel
-océano de astros.</p>
-
-<p>A lo lejos el campo obscuro surcado por líneas de luces, parecía el mar
-en un puerto, y las filas de luces semejaban las de los malecones de un
-muelle.</p>
-
-<p>El aire húmedo y caliente venía impregnado de olores de plantas
-silvestres, agostadas por el calor.<a name="page_355" id="page_355"></a></p>
-
-<p>&mdash;¡Cuánta estrella!&mdash;dijo Manuel&mdash;. ¿Qué serán?</p>
-
-<p>&mdash;Son mundos, y mundos sin fin.</p>
-
-<p>&mdash;No sé por qué hoy me consuela ver ese cielo tan hermoso. Oye, Jesús,
-¿tú crees que habrá hombres en esos mundos?&mdash;preguntó Manuel.</p>
-
-<p>&mdash;Quizás, ¿por qué no?</p>
-
-<p>&mdash;¿Y habrá también cárceles, jueces, casas de juego, polizontes?... ¿Eh?
-¿Crees tú?</p>
-
-<p>Jesús no contestó á la pregunta. Luego habló con una voz serena de un
-sueño de humanidad idílica, un sueño dulce y piadoso, noble y pueril.</p>
-
-<p>En su sueño, el hombre, conducido por una idea nueva, llegaba á un
-estado superior.</p>
-
-<p>No más odios, no más rencores. Ni jueces, ni polizontes, ni soldados, ni
-autoridad, ni patria. En las grandes praderas de la tierra, los hombres
-libres trabajan al sol. La ley del amor ha sustituido á la ley del deber
-y el horizonte de la humanidad se ensancha cada vez más extenso, cada
-vez más azul...</p>
-
-<p>Y Jesús continuó hablando de un ideal vago de amor y de justicia, de
-energía y de piedad, y aquellas palabras suyas caóticas, incoherentes,
-caían como bálsamo consolador sobre el corazón ulcerado de Manuel...
-Luego los dos callaron, entregados á sus pensamientos, contemplando la
-noche.<a name="page_356" id="page_356"></a></p>
-
-<p>Una beatitud augusta resplandecía en el cielo, y la vaga sensación de la
-inmensidad del espacio, lo infinito de los mundos imponderables llevaba
-á sus corazones una deliciosa calma...</p>
-
-<p>&nbsp;</p>
-
-<p class="c">FIN</p>
-
-<p>&nbsp;</p>
-
-<p class="c">La continuación y fin de <b>Mala hierba</b> se titula <b>Aurora Roja</b>.<a name="page_357" id="page_357"></a></p>
-
-<h3><a name="INDICE" id="INDICE"></a>ÍNDICE</h3>
-
-<table border="0" cellpadding="3" cellspacing="0" summary="">
-
-<tr><th align="center" colspan="2"><a href="#PRIMERA_PARTE">PRIMERA PARTE</a> </th></tr>
-
-<tr><td align="right" colspan="2"><span class="un">Págs.</span></td></tr>
-
-<tr><td>Anteportada </td><td align="right" valign="bottom"><a href="#page_001">1</a></td></tr>
-
-<tr><td>Obras del mismo autor</td><td align="right" valign="bottom"><a href="#page_002">2</a></td></tr>
-
-<tr><td>Portada</td><td align="right" valign="bottom"><a href="#page_003">3</a></td></tr>
-
-<tr><td><a href="#CAPITULO_I-1">Capítulo I</a>.&mdash;El taller.&mdash;La vida de Roberto Hasting.&mdash;Alex Monzon</td><td align="right" valign="bottom"><a href="#page_005">5</a></td></tr>
-
-<tr><td><a href="#CAPITULO_II-1">C<small>AP</small>. II.</a>&mdash;La señorita Esther Volowitch.&mdash;Una boda.&mdash;Manuel, aprendiz de fotógrafo</td><td align="right" valign="bottom"><a href="#page_026">26</a></td></tr>
-
-<tr><td><a href="#CAPITULO_III-1">C<small>AP</small>. III.</a>&mdash;La Europea y la Benefactora.&mdash;Una colocación extraña</td><td align="right" valign="bottom"><a href="#page_041">41</a></td></tr>
-
-<tr><td><a href="#CAPITULO_IV-1">C<small>AP</small>. IV.</a>&mdash;La baronesa de Aynant, sus perros y su mulata de compañía.&mdash;Se prepara una farsa</td><td align="right" valign="bottom"><a href="#page_058">58</a></td></tr>
-
-<tr><td><a href="#CAPITULO_V-1">C<small>AP</small>. V.</a>&mdash;Vida y milagros del señor de Mingote.&mdash;Comienza la dulce explotación de don Sergio</td><td align="right" valign="bottom"><a href="#page_073">73</a></td></tr>
-
-<tr><td><a href="#CAPITULO_VI-1">C<small>AP</small>. VI.</a>&mdash;Kate, la niña blanca.&mdash;Los amores de Roberto.&mdash;El pundonor militar.&mdash;Las cucas.&mdash;Disquisiciones antropológicas</td><td align="right" valign="bottom"><a href="#page_089">89</a></td></tr>
-
-<tr><td><a href="#CAPITULO_VII-1">C<small>AP</small>. VII.</a>&mdash;El berebere se siente profundamente anglosajón.&mdash;Mingote mefistofélico.&mdash;Cogolludo.&mdash;Despedida</td><td align="right" valign="bottom"><a href="#page_111">111</a></td></tr>
-
-<tr><th align="center" colspan="2"><a href="#SEGUNDA_PARTE">SEGUNDA PARTE</a> </th></tr>
-<tr><td><a href="#CAPITULO_I-2">Capítulo I</a>.&mdash;Sandoval.&mdash;Los sapos de Sánchez Gómez.&mdash;Jacob y Jesús<a name="page_358" id="page_358"></a> <a href="#page_129">129</a></td></tr>
-
-<tr><td><a href="#CAPITULO_II-2">C<small>AP</small>. II.</a>&mdash;Los nombres de los Sapos.&mdash;El director de <i>Los Debates</i> y sus redactores</td><td align="right" valign="bottom"><a href="#page_143">143</a></td></tr>
-
-<tr><td><a href="#CAPITULO_III-2">C<small>AP</small>. III.</a>&mdash;El parador de Santa Casilda.&mdash;La historia de Jacob.&mdash;La Fea y la Sinforosa.&mdash;La chica sin madre.&mdash;Mala Nochebuena</td><td align="right" valign="bottom"><a href="#page_152">152</a></td></tr>
-
-<tr><td><a href="#CAPITULO_IV-2">C<small>AP</small>. IV.</a>&mdash;La Navidad de Roberto.&mdash;Gente del Norte</td><td align="right" valign="bottom"><a href="#page_169">169</a></td></tr>
-
-<tr><td><a href="#CAPITULO_V-2">C<small>AP</small>. V.</a>&mdash;Paro general.&mdash;Juergas.&mdash;El baile del Frontón.&mdash;La iniciación de amor</td><td align="right" valign="bottom"><a href="#page_186">186</a></td></tr>
-
-<tr><td><a href="#CAPITULO_VI-2">C<small>AP</small>. VI.</a>&mdash;La nieve.&mdash;Otras historias de don Alonso.&mdash;Las Injurias.&mdash;El Asilo del Sur</td><td align="right" valign="bottom"><a href="#page_195">195</a></td></tr>
-
-<tr><td><a href="#CAPITULO_VII-2">C<small>AP</small>. VII.</a>&mdash;La Casa Negra.&mdash;Incendio.&mdash;Fuga</td><td align="right" valign="bottom"><a href="#page_219">219</a></td></tr>
-
-<tr><td><a href="#CAPITULO_VIII-2">C<small>AP</small>. VIII.</a>&mdash;Las cuevas del Gobierno civil.&mdash;El repatriado.&mdash;La sopa del convento</td><td align="right" valign="bottom"><a href="#page_227">227</a></td></tr>
-
-<tr><td><a href="#CAPITULO_IX-2">C<small>AP</small>. IX.</a>&mdash;Noche en el paseo de la Virgen del Puerto.&mdash;Suena un tiro.&mdash;Calatrava y Vidal.&mdash;Un tango de la bella Pérez</td><td align="right" valign="bottom"><a href="#page_239">239</a></td></tr>
-
-<tr><th align="center" colspan="2"><a href="#TERCERA_PARTE">TERCERA PARTE</a> </th></tr>
-<tr><td><a href="#CAPITULO_I-3">Capítulo I</a>.&mdash;¿Será la buena?&mdash;Proposiciones de Vidal</td><td align="right" valign="bottom"><a href="#page_253">253</a></td></tr>
-
-<tr><td><a href="#CAPITULO_II-3">C<small>AP</small>. II.</a>&mdash;El Garro.&mdash;Marcos Calatrava.&mdash;El Maestro.&mdash;Confidencias</td><td align="right" valign="bottom"><a href="#page_268">268</a></td></tr>
-
-<tr><td><a href="#CAPITULO_III-3">C<small>AP</small>. III.</a>&mdash;La Flora y la Aragonesa.&mdash;La Justa.&mdash;La inauguración del Salón París</td><td align="right" valign="bottom"><a href="#page_283">283</a></td></tr>
-
-<tr><td><a href="#CAPITULO_IV-3">C<small>AP</small>. IV.</a>&mdash;Un fusilamiento.&mdash;En el puente del Sotillo.&mdash;El Destino</td><td align="right" valign="bottom"><a href="#page_294">294</a></td></tr>
-
-<tr><td><a href="#CAPITULO_V-3">C<small>AP</small>. V.</a>&mdash;El calabozo del Juzgado de guardia.&mdash;Digresiones.&mdash;La declaración</td><td align="right" valign="bottom"><a href="#page_306">306</a></td></tr>
-
-<tr><td><a href="#CAPITULO_VI-3">C<small>AP</small>. VI.</a>&mdash;Lo que pasaba en el despacho del Juez.&mdash;La Casa de Canónigos</td><td align="right" valign="bottom"><a href="#page_321">321</a></td></tr>
-
-<tr><td><a href="#CAPITULO_VII-3">C<small>AP</small>. VII.</a>&mdash;La Fea y la Salvadora.&mdash;Ortiz.&mdash;Antiguos conocidos</td><td align="right" valign="bottom"><a href="#page_329">329</a></td></tr>
-
-<tr><td><a href="#CAPITULO_VIII-3">C<small>AP</small>. VIII.</a>&mdash;La pista del Bizco.&mdash;Las afueras.&mdash;El ideal de Jesús</td><td align="right" valign="bottom"><a href="#page_337">337</a></td></tr>
-
-<tr><td>Indice</td><td align="right" valign="bottom"><a href="#page_357">357</a></td></tr>
-
-<tr><td>Colofón</td><td align="right" valign="bottom"><a href="#page_359">359</a></td></tr>
-
-</table>
-
-<p><a name="page_359" id="page_359"></a></p>
-
-<p class="c">
-Se imprimió<br />
-<br />
-<img src="images/mala_hierba.png"
-alt="Mala Hierba"
-width="150"
-height="26"
-title="Mala Hierba"
-/><br />
-<br />
-EN EL<br />
-<br />
-<span class="smcap">Establecimiento Tipográfico</span><br />
-<br />
-DE<br />
-<br />
-<span class="smcap">Antonio Marzo</span><br />
-<br />
-DE<br />
-<br />
-MADRID<br />
-<br />
-en <span class="smcap">ABRIL</span> de<br />
-<br />
-1904<br />
-</p>
-
-<p><a name="page_360" id="page_360"></a></p>
-
-<p class="figcenter">
-<img src="images/colophon2.png" width="106" height="125" alt="colophon" title="" />
-</p>
-
-<p><a name="page_361" id="page_361"></a></p>
-
-<p><a name="page_362" id="page_362"></a></p>
-
-<p>&nbsp;</p>
-
-<p class="cb">De venta en todas las librerías.</p>
-
-<hr />
-<p class="c">Jorge Ohnet.</p>
-
-<p class="c">LAS BATALLAS DE LA VIDA</p>
-
-<p class="c"><i>El Camino de la Gloria</i><br />
-(novela),<br />
-versión castellana de <b>Carlos de Bataille</b>,</p>
-
-<p class="c">Un volumen en 8.º, <b>3,50</b> pesetas.</p>
-<hr />
-
-<p class="c">M. Ciges Aparicio.</p>
-
-<p class="c"><i>DEL CAUTIVERIO</i></p>
-
-<p class="c">Un vol. en 8.º, <b>2</b> pesetas.</p>
-
-<p class="c">GUY DE MAUPASSANT</p>
-
-<p class="c"><i>Pedro y Juan</i></p>
-
-<p class="c">NOVELA</p>
-
-<p class="c">VERSIÓN CASTELLANA</p>
-
-<p class="c">de</p>
-
-<p class="c">CARLOS FRONTAURA</p>
-
-<p class="c">NUEVA EDICIÓN</p>
-
-<p class="c">Un volumen en 8.º, <b>3,50</b> pesetas.</p>
-
-<hr />
-
-<p class="c"><span class="smcap">Ricardo Burguete</span></p>
-
-<p class="c"><i>Mi Rebeldía</i></p>
-
-<p class="c">«MANE-THECEL-PHARES»</p>
-
-<p class="c">I. Filosofía de la Guerra.</p>
-
-<p class="c">II. La revolución de los Ejércitos.</p>
-
-<p class="c">III. Estudios sobre el valor.</p>
-
-<p class="c">IV. El miedo.</p>
-
-<p class="c">V. Educación de la voluntad.</p>
-
-<p class="c">VI. Inutilidad de nuestras organizaciones militares.</p>
-
-<p class="c">VII. Ensayo de filosofía de la guerra en la historia de los pueblos
-(Egipcios y Hebreos).</p>
-
-<p class="c">VIII. Mi tramontana. El libro inseparable del soldado.</p>
-
-<p class="c">IX. Algunas máximas y reflexiones militares en olvido.</p>
-
-<p class="c">X. Conclusiones de un rebelde.</p>
-
-<p class="c">Un volumen en 8.º, <b>3,50</b> pesetas.</p>
-
-<p class="c">Willy</p>
-
-<p class="c">(<i>Henri-Gauthier-Villars</i>)</p>
-
-<p class="c"><i>Claudina en la escuela</i></p>
-
-<p class="c">(novela), un volumen en 8.º, <b>3,50</b> pesetas.</p>
-
-<p class="c"><i>Claudina en París</i></p>
-
-<p class="c">(novela), un volumen en 8.º, <b>3,50</b> pesetas.</p>
-
-<p class="c"><i>Claudina en su casa</i></p>
-
-<p class="c">(novela), un volumen en 8.º, <b>3,50</b> pesetas.</p>
-
-<p class="c"><i>Claudina desaparece</i></p>
-
-<p class="c">(novela), un volumen en 8.º, <b>3,50</b> pesetas.</p>
-
-<p>&nbsp;</p>
-
-<p class="cb">NOTA:</p>
-
-<p class="c"><a name="Footnote_A_1" id="Footnote_A_1"></a><a href="#FNanchor_A_1"><span class="label">[A]</span></a> El episodio que precede á <span class="smcap">Mala hierba</span> se titula <span class="smcap">La busca</span>.</p>
-
-<hr class="full" />
-
-
-
-
-
-
-
-<pre>
-
-
-
-
-
-End of Project Gutenberg's La lucha por la vida; Mala hierba, by Pío Baroja
-
-*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA LUCHA POR LA VIDA; MALA HIERBA ***
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-
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-
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-
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