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\ No newline at end of file +*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK 43033 *** diff --git a/43033-8.txt b/43033-8.txt deleted file mode 100644 index dc5efe8..0000000 --- a/43033-8.txt +++ /dev/null @@ -1,10957 +0,0 @@ -Project Gutenberg's La lucha por la vida; Mala hierba, by Pío Baroja - -This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with -almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or -re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included -with this eBook or online at www.gutenberg.org/license - - -Title: La lucha por la vida; Mala hierba - -Author: Pío Baroja - -Release Date: June 25, 2013 [EBook #43033] - -Language: Spanish - -Character set encoding: ISO-8859-1 - -*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA LUCHA POR LA VIDA; MALA HIERBA *** - - - - -Produced by Chuck Greif and the Online Distributed -Proofreading Canada Team at http://www.pgdpcanada.net (This -book was produced from scanned images of public domain -material from the Google Book Search project.) - - - - - - - Nota del transcriptor: La ortografía del original fue conservada. - - - - - LA LUCHA POR LA VIDA - - - - - - Mala Hierba. - - -OBRAS DEL MISMO AUTOR - -=Vidas sombrías=; un volumen. - -=La casa de Aizgorri=, novela en siete jornadas; ídem. - -=Aventuras, inventos y mixtificaciones de Silvestre Paradox=; ídem. - -=Camino de perfección= (=pasión mística=), novela; ídem. - -=El Mayorazgo de Labraz=, novela; ídem. - -=Idilios vascos=; con ilustraciones de F. Periquet y R. Baroja; ídem. - -LA LUCHA POR LA VIDA - -=La Busca= (novela); un vol. - -=Mala hierba= (novela); un vol. - -=Aurora roja= (novela); un vol. (en prensa). - - - - - LA LUCHA POR LA VIDA - - Mala Hierba - - NOVELA - - POR - - PIO BAROJA - - [imagen: colophon] - - MADRID - - LIBRERÍA DE FERNANDO FÉ. - - 1904 - - ES PROPIEDAD.--DERECHOS RESERVADOS - - - - - Mala hierba.[A] - - - - -PRIMERA PARTE - - - - -CAPÍTULO I - -El taller.--La vida de Roberto Hasting.--Alex Monzon. - - -Roberto se había levantado de la cama, y vestido con su traje de calle y -sentado á una mesa llena de papeles, escribía. - -El cuarto era una guardilla trastera, baja de techo, con una gran -ventana á un patio. El centro del cuarto lo ocupaban dos estatuas de -barro, de un armazón interior de alambre, dos figuras de más del tamaño -natural, descomunales y estrambóticas. Estaban ambas solamente -esbozadas, como si el autor no hubiera sabido acabarlas; eran dos -jigantes rendidos por el cansancio, los dos de cabeza pequeña y rapada, -pecho hundido, vientre abultado y largos brazos simiescos. Los dos -parecían agobiados por un abatimiento profundo. Frente á la ventana -ancha había un sofá, tapizado con una percalina floreada; en las sillas -y en el suelo se levantaban estatuas medio envueltas en trapos húmedos; -en un ángulo aparecía una caja, llena de pedazos secos de escayola, y en -un rincón un lebrillo con barro. - -De cuando en cuando Roberto miraba á un reloj de bolsillo colocado sobre -la mesa, entre los papeles; se levantaba y daba unos paseos por el -cuarto. Por la ventana, en las galerías de las casas de enfrente se -veían pasar mujeres desharrapadas y sucias; de la calle subía una -baraúnda ensordecedora de gritos de las verduleras y de los vendedores -ambulantes. - -A Roberto, sin duda, no le molestaba aquella continua algarabía, y al -cabo de poco rato se sentaba y seguía escribiendo. - - * * * * * - -Mientras tanto, Manuel subía y bajaba las casas de toda la calle en -busca de Roberto Hasting. - -Hallábase Manuel con decisión para intentar seriamente un cambio de -vida, se sentía capaz de tomar una determinación enérgica y dispuesto á -seguirla hasta el fin. - -Su hermana mayor, que acababa de casarse con un bombero, le regaló unos -pantalones rotos de su esposo, una chaqueta vieja y una bufanda raida. -Además, añadió á la donación una gorra de forma y de color absurdos, un -sombrero hongo anciano y algunos buenos y vagos consejos acerca del -trabajo, el cual, como nadie ignora, es el padre de todas las virtudes, -como el caballo es el más noble de todos los animales y la ociosidad la -madre de todos los vicios. - -Es muy posible, casi seguro, que Manuel hubiese preferido á estos buenos -y vagos consejos, á esta gorra de forma y color absurdos, á la chaqueta -vieja, al sombrero anciano, á la bufanda raida y á los pantalones rotos, -una pequeña cantidad de dinero, ya fuera en cuartos, en plata ó en -billetes. - -La juventud es así, no tiene norte ni guía; imprevisora siempre, concede -más valor á los dones materiales que á los espirituales, sin comprender -en su ignorancia absoluta que una moneda se gasta, un billete se cambia, -y las dos cosas pueden perderse, y en cambio un buen consejo ni se gasta -ni se pierde, ni se reduce á calderilla, y tiene además la ventaja de -que sin cuidarse de él para nada, dura eternamente, sin enmohecimiento -ni deterioro. Prefiriese una cosa ú otra, hay que confesar que Manuel -tuvo que contentarse con lo que le dieron. - -Con este lastre de los buenos consejos y de las malas prendas de vestir, -sin vislumbrar ni un cuarto de luz en su camino, Manuel repasó en la -memoria la corta lista de sus conocimientos, y pensó que de todos, el -único capaz de favorecerle era Roberto Hasting. - -Penetrado de esta verdad, para él muy importante, se dedicó á buscar á -su amigo. En el cuartel ya le habían perdido de vista hacía tiempo; doña -Casiana, la de la casa de huéspedes, á quien Manuel encontró en la -calle, no sabía las señas de Roberto, y le indicó que quizás el -Superhombre las supiera. - ---¿Sigue viviendo en su casa de usted? - ---No, estaba ya harta de que no me pagara. No sé dónde vive; pero le -encontrarás en _El Mundo_, un periódico de la calle de Valverde que -tiene un letrero en el balcón. - -Buscó Manuel el periódico de la calle de Valverde y lo encontró en -seguida; subió al piso principal de la casa, y se detuvo ante una puerta -cerrada con un cristal, en donde había grabados dos mundos, el antiguo y -el moderno. No había timbre ni llamador de campanilla, y Manuel se puso -á repiquetear con los dedos en el cristal, encima precisamente del nuevo -mundo, y en esta ocupación le sorprendió el mismísimo Superhombre, que -llegaba de la calle. - ---¿Qué haces aquí?--le dijo el periodista, mirándole de arriba á -abajo--¿Quién eres tú? - ---Yo soy Manuel, el hijo de la Petra, la de la casa de huéspedes, ¿no se -acuerda usted? - ---¡Ah, sí!... ¿y qué quieres? - ---Quisiera que me dijese usted si sabe dónde vive don Roberto, que creo -que ahora es periodista. - ---¿Y quién es don Roberto? - ---El rubio... el estudiante amigo de don Telmo. - ---¿El niño _litri_ aquél?... ¡yo qué sé! - ---¿Ni dónde trabaja tampoco? - ---Creo que da lecciones en la academia de Fischer. - ---No sé en qué sitio está esa academia. - ---Me parece que en la plaza de Isabel II--contestó el Superhombre de un -modo displicente, mientras abría la puerta de cristales con un llavín y -entraba. - -Manuel fué á la academia; aquí un ordenanza le dijo que Roberto vivía en -la calle del Espíritu Santo, en el número 21 ó 23, no sabía á punto -fijo, en un piso alto, donde había un estudio de escultor. - -Manuel buscó la calle del Espíritu Santo; la geografía de esta parte de -Madrid le era un tanto desconocida. Tardó en dar con la calle, que -estaba en aquellas horas animadísima; las verduleras, colocadas en fila -á los lados de la calle, anunciaban sus judías y sus tomates á voz en -grito; las criadas pasaban con sus cestas al brazo y sus delantales -blancos; los horteras echaban un párrafo recostados en la puerta de la -tienda con la cocinera guapa; corrían los panaderos entre la gente con -la cesta en equilibrio sobre la cabeza, y el ir y venir de la gente, el -gritar de unos y de otros formaba una baraúnda ensordecedora y un -espectáculo abigarrado y pintoresco. - -Manuel, abriéndose paso entre el gentío y las cestas de tomates, -preguntó por Roberto en los números que le indicaron; no le conocían las -porteras, y no tuvo más remedio que subir hasta los pisos altos y -enterarse allí. - -Después de varias ascensiones dió con el estudio del escultor. En el -extremo de una escalera sucia y obscura se encontró con un pasillo en -donde charlaban unas cuantas viejas. - ---¿Don Roberto Hasting? ¿Uno que vive en el taller de un escultor? - ---Será ahí en esa puerta. - -La entreabrió Manuel, se asomó y vió á Roberto escribiendo. - ---Hola, ¿eres tú?--dijo Roberto--. ¿Qué hay? - ---Pues venía á verle á usted. - ---¿A mí? - ---Sí, señor. - ---¿Qué te pasa? - ---Que me he quedado parado. - ---¿Cómo parado? - ---Sin trabajo. - ---¿Y tu tío? - ---¡Oh, ya hacía tiempo que no estaba allí! - ---¿Y cómo ha sido eso? - -Manuel contó sus cuitas. Luego, viendo que Roberto seguía escribiendo -rápidamente, se calló. - ---Puedes seguir--murmuró Hasting--, te oigo mientras escribo; tengo que -concluir un trabajo para mañana y necesito correr, pero te oigo. - -Manuel, á pesar de la indicación, no siguió hablando. Miró los dos -jigantones derrengados que ocupaban el centro del taller y quedó -sorprendido. Roberto, que notó el asombro de Manuel, le preguntó riendo: - ---¿Qué te parece eso? - ---Qué sé yo. Da miedo. ¿Qué quieren decir esos hombres? - ---El autor los llama Los Explotados. Quiere dar á entender que son los -hombres á quienes agota el trabajo. Poco oportuno el asunto para España. - -Roberto siguió escribiendo. Manuel separó la vista de los dos figurones -y la dirigió por el cuarto. No tenía aspecto de riqueza, ni siquiera de -comodidad; Manuel pensó que el estudiante no marchaba bien en sus -asuntos. - -Roberto echó una rápida mirada á su reloj, dejó la pluma, se levantó, y -paseó por el cuarto. Contrastaba su elegancia con el aspecto miserable -del cuarto. - ---¿Quién te ha dicho dónde vivía?--preguntó. - ---En una academia. - ---¿Y quién te ha indicado la academia? - ---El Superhombre. - ---¡Ah! El divino Langairiños... Y dime: ¿desde cuándo estás sin trabajo? - ---Desde hace unos días. - ---¿Y qué piensas hacer? - ---Pues estar á lo que salga. - ---¿Y si no sale nada? - ---Creo que algo saldrá. - -Roberto sonrió burlonamente. - ---¡Qué español es eso! Estar á lo que salga. Siempre esperando... Pero, -en fin, tú no tienes la culpa. Oye. Si estos días no encuentras sitio -donde dormir, quédate aquí. - ---Bueno, muchas gracias. ¿Y la herencia de usted, don Roberto? ¿Cómo va? - ---Marchando poco á poco. Antes de un año me ves rico. - ---Me alegraré. - ---Ya te dije que me figuraba que había un enredo de los curas en esta -cuestión; pues, efectivamente, así es. Don Fermín Núñez de Letona, el -cura, fundó diez capellanías para parientes suyos que llevaran su -apellido. Sabiendo esto pregunté por estas capellanías en el Obispado; -no sabían nada; pedí varias veces la partida de bautismo de don Fermín á -Labraz; me dijeron que allí no aparecía tal nombre. Para aclarar este -asunto he ido hace un mes á Labraz. - ---¿Ha estado usted fuera de Madrid? - ---Sí; he gastado mil pesetas. En la situación en que me encuentro, -figúrate lo que representan mil pesetas para mí; pero no he tenido -ningún inconveniente en gastarlas. He ido, como te decía, á Labraz; he -visto el libro de partidas en la iglesia vieja y me he encontrado con -que hay un salto en el libro desde el año 1759 al 60. ¿Qué es esto?, me -dije. Miré, volví á mirar, no había señal de hoja arrancada; la -numeración de los folios estaba bien, pero los años no concordaban y, -¿sabes lo que pasa?, que una hoja está pegada á otra. Después fuí al -Seminario de Pamplona y conseguí encontrar una lista de los alumnos que -estudiaron á fines del siglo XVIII y allí está don Fermín, y pone: Núñez -de Letona, Labraz (Alava). De manera que la partida de bautismo de don -Fermín se encuentra en la hoja pegada. - ---¿Y por qué no ha hecho usted que la despeguen? - ---No; ¿quién sabe lo que puede suceder?, podría levantar la caza. El -libro queda allá. Yo he mandado á Londres mi escrito; cuando venga el -exhorto, el Juzgado nombrará tres peritos que irán á Labraz y, ante -ellos y ante el Juez y el Notario, se despegará la hoja. - -Roberto, como siempre que hablaba de su fortuna, iba exaltándose; su -imaginación le hacía ver perspectivas admirables de riqueza, de lujo, -de viajes maravillosos. En medio de sus entusiasmos y de sus ilusiones -apareció el hombre práctico; miró al reloj, se calmó en un instante, y -se puso á escribir de nuevo. - -Manuel se levantó. - ---¿Qué, te vas?--le dijo Roberto. - ---Sí; ¿qué voy á hacer aquí? - ---Si no tienes para almorzar toma una peseta. No tengo más. - ---¿Y usted? - ---Yo como en casa de un discípulo. Oye, si vienes á dormir, adviérteselo -á mi compañero. Estará aquí dentro de un momento. Aún no se ha -levantado. Se llama Alejo Monzon, pero le llaman Alex. - ---Bueno; sí, señor. - -Almorzó Manuel pan y queso y volvió al poco rato al taller. Un hombre -rechoncho, de barba negra y espesa, cubierto con una blusa blanca, la -pipa en la boca, modelaba en plastelina una Venus desnuda. - ---¿Usted es don Alejo?--le preguntó Manuel. - ---Sí, ¿que hay? - ---Yo soy amigo de don Roberto, y he venido á verle hoy y le he dicho que -no tenía trabajo ni casa, y él me ha indicado que podía dormir aquí. - ---Tendrás que acostarte en el sofá--dijo el de la blusa blanca--, porque -no hay otra cama. - ---No importa. Estoy acostumbrado. - ---¡Qué! ¿Tú tienes algo que hacer? - ---Yo no. - ---Anda, entonces ponte sobre la tarima; me servirás de modelo. Siéntate -en esta caja. Así. Ahora apoya la cabeza en la mano como si estuvieras -pensando en algo. Bueno. Está bien. La mirada más alta. Eso es. - -El escultor se sentó, machacó de un puñetazo la Venus que estaba -modelando y comenzó á levantar otra figura. - -Manuel se cansó pronto de posar y se lo advirtió así á Alex, quien le -dijo que descansara. - -A media tarde entraron en la guardilla una porción de muchachos amigos -del escultor; dos de ellos se pusieron en mangas de camisa y comenzaron -á amontonar barro en una mesa; un melenudo se sentó en un sofá. Llegaron -poco después otros y comenzaron todos á charlar á voz en grito. - -Hablaron y discutieron una porción de cosas, de pintura, de escultura, -de comedias. Manuel pensó que debían de ser personas importantes. - -Habían clasificado al mundo. Tal, era admirable; Cuál, detestable; H, un -genio; B, un imbécil. - -No les gustaba, sin duda, las medias tintas ni los términos medios; -parecían árbitros de la opinión, juzgadores y sentenciadores de todo. - -Al anochecer se prepararon para salir. - ---¿Tú te vas?--preguntó el escultor á Manuel. - ---Saldré un momento á cenar. - ---Bueno; ahí tienes la llave. Yo vendré á eso de las doce y llamaré. - ---Está bien. - -Manuel comió otra ración de pan y queso y dió un paseo después por las -calles y, entrada la noche, volvió al taller. Hacía frío allá arriba, -más frío que en la calle. Se acercó á tientas al sofá, se tendió y -esperó á que vinera el escultor. Cerca de la una llamó y le abrió -Manuel. - -Alex venía ceñudo. Se metió en su alcoba, encendió una vela y anduvo -paseando por el estudio hablando solo. - ---Ese imbécil de Santiuste--le oyó murmurar Manuel--que dice que el no -concluir una obra de arte es señal de impotencia. ¡Y me miraba á mí! -Pero, ¿por qué le haré caso yo á ese idiota? - -Nadie pudo dar al escultor una contestación satisfactoria, y siguió -paseando por el cuarto lamentándose en voz alta de la estupidez y de la -envidia de sus compañeros. - -Después, ya apaciguada su cólera, cogió la bujía, la acercó al grupo de -Los Explotados y lo miró durante largo tiempo con curiosidad. Vió que -Manuel no dormía y le preguntó cándidamente: - ---¿Has visto tú algo más colosal que esto? - ---Es una cosa muy rara--contestó Manuel. - ---¡Sí es!--replicó Alex--. Tiene la rareza de todo lo genial. Yo no sé -si habrá alguien en el mundo capaz de hacer esto. Quizás Rodín, Hum... -¿quién sabe? ¿Dónde te figuras tú que pondría yo este grupo? - ---No sé. - ---En un desierto. Sobre un pedestal de granito cuadrado, tosco, sin -adornos. ¡Qué efecto produciría, eh! - ---Ya lo creo. - -El asombro de Manuel lo tomó Alex por admiración, y con la bujía en la -mano fué quitando los paños que cubrían sus estatuas y enseñándoselas. - -Eran figuras espantables y monstruosas: viejas encogidas con los -pellejos lacios y los brazos hasta los tobillos, hombres que parecían -buitres, chiquillos jorobados y deformes, unos de cabeza muy grande, -otros de cabeza muy chica, cuerpos todos sin proporción ni armonía. -Manuel sospechó si aquella fauna monstruosa sería una broma de Alex; -pero el escultor hablaba entusiasmado y explicaba por qué sus figuras no -tenían la estúpida corrección académica tan alabada por los imbéciles. -Todas eran símbolos. - -Después de mostrar sus obras, Alex se sentó en una silla. - ---No me dejan trabajar--exclamó con abandono--y lo siento, no creas que -por mí, sino por el arte. Si Alejo Monzon no triunfa, la escultura en -Europa retrocede cien años. - -Manuel no podía decir lo contrario, y se echó en el sofá á dormir. - -Al día siguiente cuando se despertó, Roberto estaba ya vestido -elegantemente y escribiendo en su mesa. - ---¿Está usted ya levantado?--le dijo Manuel con asombro. - ---Hay que madrugar, amigo--contestó Roberto--, yo no soy de los que -están á lo que salga. No viene la montaña á mí, pues yo voy á la -montaña, no hay más remedio. - -Manuel no entendió bien lo que quería decir Roberto con esto de la -montaña, y desperezándose se levantó del sofá. - ---Anda, le dijo Roberto--, ve por un café con media tostada. - -Salió Manuel y volvió en seguida. Desayunaron los dos. - ---¿Quiere usted alguna cosa más?--preguntó Manuel. - ---No, nada. - ---¿No piensa usted volver hasta la noche? - ---No. - ---¿Tantas cosas tiene usted que hacer? - ---Muchas, ya lo creo. Ahora, después de traducir invariablemente diez -páginas, voy á la calle de Serrano á dar una lección de inglés; de aquí -tomo el tranvía y marcho al final de la calle de Mendizábal, vuelvo al -centro, me meto en la casa editorial y corrijo las pruebas de la -traducción. Salgo á las doce, voy á mi restaurant, como, tomo café, -escribo mis cartas á Inglaterra y á las tres estoy en la academia de -Fischer. A las cuatro y media voy al colegio protestante. De seis á ocho -paseo, á las nueve ceno, á las diez estoy en el periódico y á las doce -en la cama. - ---¡Qué barbaridad! Pero entonces usted ganará mucho--dijo Manuel. - ---De 80 á 90 duros. - ---¿Y vive usted aquí? - ---Es que tú ves los ingresos, pero no los gastos. Tengo que enviar todos -los meses 30 duros á mi familia para que mi madre y mis dos hermanas -vayan viviendo. El proceso me lleva mensualmente 15 ó 20 duros, y con lo -demás voy pasando. - -Manuel contempló con admiración profunda á Roberto. - ---Pues hijo--exclamó Roberto--, para vivir no hay más remedio. Y es lo -que debes hacer tú, buscar, preguntar, correr, trotar, algo encontrarás. - -Manuel pensó que aunque le hubiesen prometido ser rey, no era capaz él -de desenvolver una actividad semejante, pero se calló. - -Esperó á que se levantara el escultor y hablaron los dos largamente de -las dificultades de la vida. - ---Mira, por ahora me sirves de modelo--dijo Alex--, y ya encontraremos -alguna combinación para comer. - ---Bueno, sí señor, como usted quiera. - -Alex tenía crédito en la tahona y en la tienda de ultramarinos, y -calculó que la alimentación de Manuel le resultaría más barata que pagar -un modelo. Los dos se decidieron á alimentarse de conservas y de pan. - -No era el escultor perezoso, ni mucho menos, pero no tenía constancia en -el trabajo, ni dominaba su arte; no sabía concluir sus figuras, y viendo -que al ir á detallarlas los defectos iban apareciendo con más fuerza, -las dejaba sin terminar. Su orgullo le hacía creer después que el -modelar exactamente un brazo ó una pierna era una labor indigna y -decadente, y sus amigos, en quienes se daba la misma impotencia para el -trabajo, corroboraban su idea. - -Manuel no se preocupaba de cuestiones artísticas, pero muchas veces -pensó que las teorías del escultor, más que convencimientos suyos, -parecían pantallas para ocultar sus defectos. - -Hacía un retrato ó un busto, y se le decía: No se le parece, y él -contestaba: Eso es lo de menos, y en todo pasaba lo mismo. - -Manuel se fué aficionando á las reuniones del estudio por la tarde, y -escuchaba con atención lo que decían los amigos de Alex. - -Dos ó tres eran escultores, otros pintores y literatos. Ninguno de ellos -conocido. Pasaban el tiempo correteando de teatro en teatro y de café en -café, reuniéndose en cualquier parte, para tener el gusto de hablar mal -de los amigos. Fuera de esta conversación en la cual todos concretaban -admirablemente, en las demás se divagaba con placidez. Era un continuo -discutir y proyectar, afirmar hoy, negar mañana, que á Manuel, que no -tenía base alguna de juicio, le despistaba por completo; no comprendía -si hablaban en serio ó en broma; les oía cambiar de opinión á cada -momento y le chocaba cómo uno mismo podía defender cosas tan -contradictorias. - -A veces una alusión embozada, un juicio acerca de éste ó del otro -exasperaba á todos los de la reunión de tal manera, que entonces cada -palabra tenía un retintín rabioso, y por debajo de las frases más -sencillas se notaba que latía el odio, la envidia y la intención -mortificante y agresiva. - -En medio de aquellos jóvenes, casi todos de una mordacidad venenosa, -solían acudir al taller dos tipos que permanecían tranquilos é -indiferentes en medio del furor de las discusiones. Uno era ya algo -viejo, grave, enjuto; se llamaba D. Servando Arzubiaga; el otro, de la -misma edad que Alex, se apellidaba Santín. Don Servando, aunque -literato, no tenía vanidad literaria, ó si la tenía era tan honda, tan -subterránea, que no se le notaba. - -Acudía al taller á distraerse, y fumando cigarrillos solía escuchar los -diversos pareceres de unos y otros, sonriendo á las exageraciones, -terciando en la conversación con alguna palabra conciliadora. - -Bernardo Santín, el más joven de los contertulios indiferentes, no -hablaba; le era muy difícil comprender que por una cuestión puramente -literaria ó artística pudiesen reñir de aquella manera. - -Santín era flaco, tenía la cara correcta, la nariz afilada, los ojos -tristes, el bigote rubio y la sonrisa insípida. Se pasaba este hombre -copiando cuadros en el Museo y cada vez lo hacía peor; pero desde que -comenzó á frecuentar el estudio de Alex, las pocas aficiones al trabajo -las había perdido por completo. - -Una de sus manías era hablar de tú á todo el mundo. A la tercera ó -cuarta vez de ver á una persona ya la tuteaba. - -Los conciliábulos en el estudio de Alex se conoce que no bastaban á los -bohemios, porque de noche volvían á reunirse en el café de Lisboa. -Manuel, sin ser considerado como uno de ellos, era aceptado en la -reunión, aunque sin voz ni voto. - -Por lo mismo que no hablaba se fijaba más en lo que oía. - -Eran casi todos ellos de malos instintos y de aviesa intención. Sentían -la necesidad de hablar mal unos de otros, de injuriarse, de perjudicarse -con sus maquinaciones y sus perfidias, y al mismo tiempo necesitaban -verse y hablarse. Tenían, como las mujeres, el afán de complicar la vida -con miserias y pequeñeces, la necesidad de vivir y desenvolverse en un -ambiente de murmuraciones y de intrigas. - -Roberto pasaba por en medio de ellos tranquilo, indiferente; sin hacer -caso de sus proyectos, ni de sus discusiones. - -Manuel creyó comprender que á Roberto le molestaba verle tan metido en -la vida bohemia, y para congraciarse con él, una mañana le acompañó -hasta la casa en donde daba su lección de inglés. Le contó por el camino -que había hecho una porción de gestiones infructuosas para buscar -trabajo, y le preguntó qué marcha debía seguir en adelante. - ---¿Qué? Ya te he dicho varias veces lo que debes hacer--contestó -Roberto--; buscar, buscar y buscar. Luego trabajar hasta echar el alma -por la boca. - ---¡Pero si no tengo en dónde! - ---Siempre hay donde trabajar si se quiere. Pero hay que querer. Saber -desear con fuerza es lo primero que se debe aprender. Tú me dirás que no -deseas más que vegetar de cualquier modo; pues ni eso conseguirás, y si -te reúnes con los que vienen aquí al estudio, además de vago concluirás -en sinvergüenza. - ---¿Pero ellos?... - ---Ellos yo no sé si han hecho ó no indignidades; como comprenderás, eso -á mí no me va ni me viene; pero cuando un hombre no puede comprender -nada en serio, cuando no tiene voluntad, ni corazón, ni sentimientos -altos, ni idea de justicia ni de equidad, es capaz de todo. Si esta -gente tuviera un talento excepcional, podrían ser útiles y hacer su -carrera, pero no lo tienen; en cambio han perdido las nociones morales -del burgués, los puntales que sostienen la vida del hombre vulgar. Viven -como hombres que poseyeran de los genios sus enfermedades y sus vicios, -pero no su talento ni su corazón; vegetan en una atmósfera de pequeñas -intrigas, de mezquindades torpes. Son incapaces de realizar una cosa. -Quizás haya algo genial, yo no digo que no, en esos monstruos de Alex, -en esas poesías de Santillana; pero eso no basta, hay que ejecutar lo -que se ha pensado, lo que se ha sentido, y para eso se necesita el -trabajo diario, constante. Es como un niño que nace, y la comparación, -aunque sea vieja, es exacta: la madre lo pare con dolor, luego le -alimenta en su pecho y le cuida hasta que crece y se hace fuerte. Esos -quieren hacer de golpe y porrazo una obra hermosa, y no hacen más que -hablar y hablar. - -Roberto se detuvo para tomar aliento, y continuó con más dulzura. - ---Aun así, ellos tienen la ventaja de estar en la corriente, se conocen -unos á otros, conocen á los periodistas, y, amigo, la prensa hoy es una -fuerza brutal. Pero tú no, tú no puedes acercarte á la prensa; -necesitarías siete ú ocho años de preparación, de buscar amistades, -recomendaciones. Y mientras tanto, ¿de qué comes? - ---No, si yo no quiero ser como ellos. Yo ya sé que soy un obrero. - ---¡Obrero! ¡Quia! Ojalá lo fueras. Hoy no eres más que un vago y debes -hacerte obrero. Lo que soy yo, lo que somos todos los que trabajamos. -Muévete, actívate. Ahora la actividad para ti es un esfuerzo; haz algo; -repite lo que hagas, hasta que la actividad sea para ti una costumbre. -Convierte tu vida estática en vida dinámica. ¿No me entiendes? Quiero -decirte que tengas voluntad. - -Manuel contempló á Roberto desanimado; hablaban los dos en distinto -idioma. - - - - -CAPÍTULO II - -La señorita Esther Volowitch.--Una boda.--Manuel, aprendiz de fotógrafo. - - -A pesar de los consejos de Roberto, Manuel siguió sin buscar ni hacer -nada útil, sirviendo de modelo á Alex y de criado á todos los demás que -se reunían en el estudio. - -Algunas veces, al pensar en las recomendaciones de Roberto, se indignaba -en contra de él. - ---Yo ya sé--pensaba--que no tengo su arranque, que no soy capaz de hacer -lo que hace él. Pero su consejo es una tontería, al menos para mí. Me -dice:--Ten voluntad,--Pero ¿si no la tengo?--Hazla. Es como si me -dijesen que tuviera un palmo más de estatura. ¿No sería mejor que me -buscase un sitio donde trabajar? - -Manuel comenzó á sentir odio por Roberto. Esquivaba el encontrarse á -solas con él; le daba rabia que en vez de proporcionarle algo, cualquier -cosa, saliera del paso con un consejo metafísico imposible de llevar á -la práctica. - -Seguían los bohemios su vida desordenada, en su continuo proyectar, -cuando hubo en la reunión una baja, la de Santín. Un día faltó al café, -al siguiente no apareció por el estudio, y en un par de semanas no se le -vió el pelo. - ---¿Dónde andará ese ganso?--se preguntaron todos. - -Nadie lo sabía. - -Una noche Varela, uno de los literatos, dijo que había visto á Bernardo -Santín paseando por Recoletos con una señorita rubia que parecía -inglesa. - ---¡Rediez con los tontos!--exclamó uno. - ---Eso es cosa vieja--repuso otro--. Ya lo dijo Schopenhauer, los fatuos -son los que tienen más éxito con las mujeres. - ---¿De dónde habrá sacado esa inglesa? - ---¡La ingle esa!... ¡Como no haya sido de la ingle!--dijo un jovencito, -aprendiz de sainetero. - ---¡Uf! Se va uno á intoxicar aquí con esos chistes--gritaron varios al -mismo tiempo. - -Se pasó á hablar de otra cosa. A los tres días de esta conversación -apareció Santín en el café. Se le obsequió con un recibimiento -estrepitoso, haciendo sonar las cucharillas y los platillos. Cuando -terminó la ovación, le preguntaron: - ---¿Quién es esa inglesa? - ---¿Qué inglesa? - ---¡Esa chica rubia con quien te paseas! - ---Es mi novia; pero no es inglesa. Es polaca. Es una muchacha á la que -he conocido en el Museo. Da lecciones de francés y de inglés. - ---¿Y cómo se llama? - ---Esther. - ---Buena cosa para invierno--saltó el aprendiz de sainetero. - ---¿Por qué?--preguntó Bernardo. - ---Toma, porque una estera abriga mucho las habitaciones. - ---¡Eh! ¡Eh! ¡Fuera! ¡Fuera!--gritaron todos. - ---¡Gracias! ¡Gracias, amado pueblo!--replicó impertérrito el jovencito. - -Santín contó cómo había conocido á la polaca. Todos sentían alguna -envidia por el éxito de Bernardo, y se encargaron de amargarle su -triunfo, insinuando que la polaca podía ser una aventurera, podía tener -cincuenta años, podía haber tenido dos ó tres chiquillos con algún -carabinero... Bernardo, que comprendió la mala intención, no volvió á -presentarse en el café. - -Un par de semanas después muy temprano aún dormía Manuel en el sofá del -estudio, y Roberto, según costumbre, traducía sus diez páginas, lo que -constituía su tarea diaria, cuando se abrió la puerta del estudio y -apareció Bernardo. Se despertó Manuel al ruido de los pasos, pero se -hizo el dormido. - ---¿A qué vendrá éste?--se preguntó. - -Bernardo saludó á Roberto y se puso á andar á un lado y á otro del -estudio. - ---Qué temprano vienes. ¿Pasa algo?--dijo Hasting. - ---Chico--murmuró Santín deteniéndose en su paseo--, te tengo que dar una -noticia muy seria. - ---¿Qué hay? - ---Que me caso. - ---¡Que te casas tú! - ---Sí. - ---¿Con quién? - ---¡Con quién ha de ser! Con una mujer. - ---Me lo figuro. ¿Pero tú estás loco? - ---¿Por qué? - ---¿Con qué vas á mantener á tu mujer? - ---¡Hombre... algo gano pintando! - ---¡Pero qué has de ganar tú! No ganas dos perras gordas. - ---Eso te parece á ti... Además, mi novia da lecciones. - ---Y piensas vivir á su costa... Vamos, lo comprendo. - ---No, no, señor. No pienso vivir á su costa. Voy á poner una fotografía. - ---¡Una fotografía! ¿Tú? ¡Si no sabes hacer retratos! - ---Nada. Yo no sé nada, según tú. Pues habrá otros más brutos que yo que -hagan retratos. No creo que para ser fotógrafo se necesite ser un -genio. - ---No; pero se necesita saber, y tú no sabes. - ---Ya verás, ya verás como sé, hombre. - ---Además, se necesita dinero. - ---El dinero lo tengo. - ---¿Quién te lo ha dado? - ---Una persona. - ---¡Qué suerte tienes, chico! - ---Ahí verás. - ---¿A que le has sacado ese dinero á tu novia? - ---No. - ---¡Bah! No me engañes. - ---Te digo que no. - ---Y yo te digo que sí. ¿Quién te iba á dar el dinero si no? Una persona -cualquiera se enteraría primero de tus conocimientos fotográficos, de si -habías trabajado en algún taller; exigiría pruebas de tu habilidad. Sólo -una mujer puede creer así, bajo la palabra de uno. - ---Es una mujer la que me presta el dinero, pero no es mi novia. - ---Bueno. No me vengas con embustes. No creo que habrás venido á contarme -unas cuantas bolas. - -Roberto, que había dejado de escribir, reanudó su tarea. - -Bernardo no contestó y siguió paseando por el cuarto. - ---¿Te falta mucho?--preguntó de repente, parándose. - ---Dos páginas. Si tienes que decirme algo, te escucho. - ---Pues mira, la cuestión es ésta. El dinero, efectivamente, es de mi -novia. Ella me lo ofreció.--¿Qué podríamos hacer con esto?--me dijo. Y á -mí se me ocurrió el instalar la fotografía. He alquilado un piso cuarto, -con un taller muy hermoso, en la calle de Luchana, y tengo que arreglar -la casa y la galería. Y la verdad, la galería yo no sé cómo arreglarla, -porque hay que poner cortinas... Pero no sé cómo. - ---Es raro eso en un fotógrafo, hombre, no saber cómo se arregla una -galería. - ---Yo sé manejar la máquina. - ---Vamos, tú sabes lo que sabe todo el mundo, apuntar, dar al resorte y -lo demás... que lo haga otro. - ---No; también sé lo demás. - ---¿Sabrías reforzar una placa? - ---Sí, ya lo creo que lo sabría. - ---¿Cómo? - ---¿Cómo?... Pues lo vería en un manual. - ---¡Qué fotógrafo! Estás engañando á tu novia de una manera miserable. - ---Ella lo ha querido. Yo no sabré nada, pero ya aprenderé. Lo que quiero -ahora es que escribas á estas dos casas de Alemania que traigo aquí -apuntadas, pidiendo catálogos de máquinas y de los demás aparatos de -fotografía. Además quisiera que pasaras por mi casa, porque tú, con tu -talento, me puedes dar una idea. - ---Me adulas de una manera indecente. - ---No, es la verdad; tú entiendes de esas cosas. Conque ¿irás? - ---Bueno, iré algún día. - ---Sí, vete. La verdad, créeme, me quiero hacer una persona decente y -trabajar, para que mi pobre padre pueda vivir en la vejez tranquilo. - ---Hombre, me parece bien. - ---Oye otra cosa. Este muchacho que tenéis aquí, ¿os sirve? - ---¿Por qué? - ---Porque yo me lo podía llevar á mi casa, y allí podría aprender el -oficio. - ---Mira, también eso me parece bien. Llévatelo. - ---¿Querrá Alex? - ---Con tal de que quiera el chico. - ---¿Le hablarás? - ---Sí, ahora mismo. - ---¿Cuento con que escribirás esas cartas? - ---Sí. - ---Bueno; me voy, que tengo que comprar unos cristales. ¡Háblale al -chico! - ---Descuida. - ---Gracias por todo. Y vete por mi casa, ¿eh? Mira que de eso depende mi -porvenir y el de mi padre. - ---Iré por allá. - -Bernardo estrechó las manos de su amigo con efusión y se fué. Roberto, -al terminar de escribir, llamó. - ---¡Manuel! - ---¿Qué? - ---Estabas despierto, ¿eh? - ---Sí, señor. - ---¿Has oído la conversación? - ---Sí, señor. - ---Pues si quieres, ya sabes. Ahí tienes un oficio que aprender. - ---Iré, si le parece á usted bien. - ---Lo que tú quieras. - ---Entonces voy ahora mismo. - -Manuel dejó la guardilla de Roberto sin despedirse de Alex y se marchó -en busca de Bernardo Santín, á la calle de Luchana. Era la casa piso -tercero, pero con el entresuelo y el principal resultaba quinto. Llamó -Manuel y le abrió un viejo de ojos encarnados, el padre de Bernardo. Le -explicó á lo que iba, y el viejo se encogió de hombros y se fué á la -cocina en donde estaba guisando. Manuel esperó á que llegara Bernardo. -La casa estaba todavía sin muebles; sólo había una mesa y unos cuantos -cacharros en la cocina y en un cuarto grande dos camas. Llegó Bernardo, -almorzaron los tres y dispuso Santín que el muchacho pidiera una -escalera al portero y se dedicase á sujetar y á componer los cristales -de la galería. - -Después de dar estas órdenes, dijo que le esperaban y se fué. - -Manuel el primer día se lo pasó en lo alto de una escalera sujetando los -cristales con listas de plomo y los rotos con tiras de papel. - -Le costó mucho tiempo el arreglar los cristales; después Manuel colocó -las cortinas y empapeló la galería con papel continuo de color azulado. - -A la semana ó cosa así apareció Roberto con los catálogos. Marcó con -lápiz las cosas necesarias que se habían de traer, y le dijo á Bernardo -cómo debía poner el laboratorio; le señaló un sitio en donde era -conveniente hacer un tragaluz para poner las placas al sol y sacar las -positivas, y le indicó otra porción de cosas. Bernardo se fijó en lo que -le decía, y transmitió el encargo á Manuel. Bernardo, además de ser poco -inteligente, era un gandul completo. No hacía absolutamente nada. Sólo -cuando venía su novia á ver cómo marchaban los trabajos, fingía estar -atareado. - -Era la novia muy simpática; á Manuel le pareció hasta bonita, á pesar de -tener el pelo rojo, y las pestañas y las cejas del mismo color. Tenía -una carita blanca, algo pecosa, la nariz sonrosada, respingona, los ojos -claros y los labios tan rojos y tan bonitos que despertaban el deseo de -besarlos. Era de pequeña estatura, pero estaba muy bien formada. Hablaba -rozando las erres y convirtiendo las ces en eses. - -Parecía bastante enamorada de Bernardo, lo que á Manuel le chocó. - ---Es que no le conoce--pensó. - -Bernardo, con un convencimiento absoluto de su propia ciencia, le -explicaba á la muchacha los trabajos que hacía, cómo iba á poner el -laboratorio. Lo que oía á Roberto se lo espetaba á su novia con un -descaro inaudito. La muchacha lo encontraba todo muy bien; sin duda se -prometía un porvenir risueño. - -Manuel, que comprendía el timo que estaba dando Bernardo, pensaba si no -sería una obra de caridad advertirle á la rubia que su novio era un -zascandil que no servía para nada; pero ¡quién le metía á él en esto! - -Bernardo se llevaba la gran vida; paseaba, compraba alhajas en las casas -de préstamos, jugaba en el Frontón Central. Si algo hacía en casa era -dar disposiciones contradictorias y embarullarlo todo. Mientras tanto el -padre, indiferente, guisaba en la cocina y se pasaba el día entero -machacando en el almirez ó picando en el tajo. - -Manuel iba á la cama tan cansado que se dormía en seguida; pero una -noche en que no se durmió tan pronto, oyó en el otro cuarto á Bernardo -que decía:--Voy á mataros--. ¿Le mata?--preguntó la voz del viejo de los -ojos encarnados--. Espera--replicó el hijo--, me has interrumpido, y -volvió á comenzar nuevamente la lectura, porque no se trataba más que de -una lectura, hasta llegar otra vez al: Voy á mataros. En las noches -siguientes continuó Bernardo leyendo con un tono terrible. Era este sin -duda su único trabajo. - -Bernardo no tenía más preocupación que su padre; lo demás le era -completamente indiferente; le había sacado el dinero á su novia y vivía -con aquel dinero y lo gastaba como si fuera suyo. Cuando llegaron la -máquina y los demás artefactos de fotografía de Alemania, al principio -se entretuvo en impresionar placas que reveló Roberto; pronto se aburrió -de esto y no hizo nada. - -Era torpe y bruto hasta la exageración; no hacía más que necedades, -abrir la linterna cuando se estaban revelando las placas, confundir los -frascos. Roberto se exasperaba al ver que no ponía ningún cuidado. - -Mientras tanto adelantaban los preparativos de la boda, Manuel y -Bernardo fueron varias mañanas al Rastro y compraron fotografías de -actrices hechas en París por Reutlinger, despegaron de la cartulina el -retrato y lo volvieron á pegar en otros cartones con la firma _Bernardo -Santín, fotógrafo_, puesta al margen con letras doradas. - -En Noviembre se celebró la boda en la iglesia de Chamberí. Roberto no -quiso asistir, pero el mismo Bernardo fué á buscarle á casa y no tuvo -más remedio que tomar parte en la fiesta. Después de la ceremonia fueron -á comer á un café de la Glorieta de Bilbao. - -Los comensales eran: dos amigos del padre del novio, uno de ellos -militar retirado; la patrona en cuya casa vivía la novia, con su hija; -un primo de Bernardo, su mujer y Manuel. - -Roberto comenzó á hablar con la novia y le pareció muy simpática y -agradable; hablaba muy bien el inglés y cambiaron los dos algunas frases -en este idioma. - ---Es una lástima que se case con esta mastuerzo--pensó Roberto. - -En la comida uno de los viejos comenzó á soltar una porción de -indecencias que hicieron ruborizar á la novia; Bernardo, que bebió -demasiado, dió bromas á la mujer de su primo y lo hizo con la pesadez y -la falta de gracia que le caracterizaba. - -La vuelta de la boda á la casa, al anochecer, fué melancólica. Bernardo -se sentía valiente y quería hacer graciosidades. Esther hablaba con -Roberto de su madre que había muerto, de la soledad en que vivía. - -Al llegar al portal se despidieron los invitados de los novios, y al ir -á marcharse Roberto, Bernardo se le acercó y con voz apagada y débil le -confesó que tenía miedo de quedarse solo con su mujer. - ---Hombre, no seas idiota. Entonces, ¿para qué te has casado? - ---No sabía lo que hacía. Anda, acompáñame un momento. - ---Pues ¡vaya una gracia que le haría á tu mujer! - ---Sí, le eres muy simpático. - -Roberto contempló con atención á su amigo y no le miró la frente porque -no le gustaban las bromas. - ---Sí, hombre, acompáñame. Hay otra cosa además. - ---¿Pues qué hay? - ---Que no sé aún nada de fotografía y quisiera que vinieras una semana ó -dos. ¡Por favor te lo pido! - ---No puede ser, yo tengo que dar mis lecciones. - ---Ven aunque no sea más que á la hora de comer. Comerás con nosotros. - ---Bueno. - ---Y ahora sube un instante, por favor. - ---No, ahora no subo--, y Roberto dió media vuelta y se fué. - -En los días posteriores Roberto fué á casa del recién casado y charló -un rato con el matrimonio durante la comida. - -Al tercer día entre Bernardo y Manuel retrataron á dos criadas que -aparecieron por la fotografía. Roberto reveló los clichés que por -casualidad salieron bien, y siguió acudiendo á casa de su amigo. - -Bernardo continuaba haciendo la misma vida de antes de casado, -dedicándose á pasear y divertirse. A los pocos días no se presentó á la -hora de comer. Tenía una falta de sentido moral absoluta; había notado -que su mujer y Roberto simpatizaban y pensó que éste, por seguir -adelante y hacerle el amor á su mujer, trabajaría en su lugar. Con tal -de que su padre y él viviesen bien, lo demás no le importaba nada. - -Cuando lo comprendió Roberto, se indignó: - ---Pero, oye tú--le dijo--¿Es que tú crees que yo voy á trabajar por ti, -mientras tú andas golfeando? Quia, hombre. - ---Yo no sirvo para estas porquerías de reactivos--replicó Bernardo -malhumorado--, yo soy un artista. - ---Lo que tú eres es un imbécil que no sirve para nada. - ---Bueno, mejor. - ---Es indigno. Te has casado con esa muchacha para quitarle los pocos -cuartos que tenía. Da asco. - ---Si ya sé yo que tú defenderás á mi mujer. - ---No, hombre, yo no la defiendo. Ella ha sido también bastante idiota la -pobre para casarse contigo. - ---¿Eso quiere decir que ya no quieres venir á trabajar? - ---Claro que no. - ---Pues me tiene sin cuidado. He encontrado un socio industrial. De -manera que ya sabes; yo á nadie le pido que venga á mi casa. - ---Está bien. Adiós. - -Dejó Roberto de aparecer por la casa; á los pocos días se presentó el -socio y Bernardo despidió á Manuel. - -[Illustration] - - - - -CAPÍTULO III - -La Europea y la Benefactora.--Una colocación extraña. - - -Volvió Manuel al estudio de Alex. Éste, incomodado con el muchacho por -haberse ido del estudio sin despedirse, no quiso que se quedara allí de -nuevo. - -Preguntaron á los bohemios que se reunían en el taller por la vida de -Bernardo, y se hicieron una porción de comentarios humorísticos acerca -de la suerte que el Destino reservaba á la cabeza del fotógrafo. - ---¿De manera que Roberto le revelaba los clichés?--dijo uno. - ---Sí. - ---Le retocaba las placas y la mujer--añadió otro. - ---¡Qué sinvergüenza es el tal Bernardo! - ---No, es un filósofo de la escuela de Cándido. Ser cornudo y cultivar la -huerta. Es la verdadera felicidad. - ---¿Y tú que vas á hacer?--preguntó Alex irónicamente á Manuel. - ---No sé; buscaré una colocación. - ---Hombre, ¿ustedes conocen á un señor don Bonifacio Mingote, que vive -en el tercer piso de esta casa?--dijo don Servando Arzubiaga, el hombre -enjuto é indiferente. - ---No. - ---Es un agente de colocaciones. No debe tenerlas muy buenas cuando no se -ha colocado él. Yo le conozco del periódico; antes era representante de -unas aguas minerales, y solía llevar anuncios. Me habló el otro día de -que necesitaba un chico. - ---Véanle ustedes--replicó Alex. - ---¿Tú no aspiras á ser grande de España, verdad?--preguntó don Servando -á Manuel, con una sonrisa entre irónica y bondadosa. - ---No, ni usted tampoco--dijo con desenfado Manuel. - -Don Servando se echó á reir. - ---Si quieres, le veremos á ese Mingote. ¿Vamos ahora mismo? - ---Vamos, si usted quiere. - -Bajaron al tercero de la casa, llamaron en una puerta y les hicieron -pasar á un comedor estrecho. Preguntaron por el agente, y una criada -zarrapastrosa les mostró una puerta. Llamó don Servando con los -nudillos, y al oir ¡adelante!, que dijeron de dentro, pasaron los dos al -interior del cuarto. - -Un hombre gordo, de bigote grueso y pintado, envuelto en un mantón de -mujer, que iba y venía, hablando, y accionando con un junquillo en la -mano derecha, se detuvo y, abriendo los brazos con grandes extremos y en -un tono teatral, exclamó: - ---¡Oh, mi señor don Servando! ¡Tanto bueno por aquí!--Después miró al -techo, y de la misma manera afectada, añadió:--¿Qué le trae por este -cuarto al ilustre escritor, noctámbulo empedernido, á horas tan -tempranas? - -Don Servando contó al señor gordo, el propio don Bonifacio Mingote, lo -que le llevaba por allá. - -En tanto, un hombre feo, con unos brazos de muñeco y una cabeza de -chino, sucio y enfermo, colocó la pluma sobre la oreja y se puso á -frotarse las manos con aire de satisfacción. - -El cuarto era nauseabundo, atestado de anuncios rotos, grandes y -pequeños, pegados á la pared; en un rincón había una cama estrecha y sin -hacer; tres sillas destripadas, con la crin al descubierto, y en medio -un brasero cubierto con una alambrera, encima de la cual se secaban dos -calcetines sucios. - ---Por ahora no puedo asegurar nada--dijo el agente de negocios á don -Servando, después de oir sus explicaciones--, mañana lo sabré; pero -tengo un buen asunto entre manos. - ---Ya ves lo que dice este señor--indicó don Servando á Manuel--; mañana -ven por aquí. - ---¿Tú sabes escribir?--preguntó el señor Mingote al muchacho. - ---Sí, señor. - ---¿Con ortografía? - ---Algunas palabras quizás no sepa... - ---A mí me pasa lo mismo. Los hombres verdaderamente grandes despreciamos -esas cosas verdaderamente pequeñas. Ponte á trabajar aquí--y puso una -silla al otro lado de la mesa donde escribía el hombre amarillo--. Este -trabajo--añadió--será el pago del servicio que te voy á prestar -buscándote una colocación pistonuda. - ---Señor Mingote--exclamó don Servando--, muchísimas gracias por todo. - ---¡Señor don Servando! ¡Siempre á sus órdenes!--contestó el agente de -negocios y de colocaciones revirando uno de los ojos que se le desviaba -y haciendo una solemne reverencia. - -Manuel se sentó á la mesa, tomó la pluma, la mojó en el tintero y -esperó. - ---Vete poniendo un nombre de estos en cada circular--le dijo Mingote -dándole una lista y un paquete de circulares. La letra del agente era -defectuosa, mal hecha, de hombre que apenas sabe escribir. La circular -ponía lo siguiente: - - LA EUROPEA - AGENCIA DE NEGOCIOS Y DE COLOCACIONES - DE - BONIFACIO DE MINGOTE - -En ella se ofrecían á las diversas clases sociales toda clase de -artículos, de representaciones y de colocaciones. - -Se compraban á bajo precio medicamentos, carnes, hules, frutas, -mariscos, coronas fúnebres, dentaduras postizas, sombreros de señora; se -analizaban esputos y orinas; se buscaban amas de cría garantizadas; se -proporcionaban apuntes de asignaturas de Derecho, de Medicina y carreras -especiales; se ofrecían capitales, préstamos, hipotecas; se ponían -anuncios monstruos, sensacionales, emocionantes, y todos estos servicios -y otros muchísimos más se hacían por una tarifa mínima, ridícula de puro -exigua. - -Manuel se puso á copiar con su mejor letra los nombres en las circulares -y en los sobres. - -El señor de Mingote vió la letra de Manuel y, después de conceder su -beneplácito, se embozó en el mantón, dió dos ó tres pasos por el cuarto -y preguntó á su escribiente: - ---¿Dónde íbamos? - ---Decíamos--contestó con su gravedad siniestra el amanuense--que el Anís -Estrellado Fernández es la salvación. - ---Ah, sí; lo recuerdo. - -De pronto el señor de Mingote, con voz de trueno, gritó: - ---¿Qué es el Anís Estrellado Fernández? Es la salvación, es la vida, es -la energía, es la fuerza. - -Manuel levantó la cabeza asombrado y vió al agente de negocios con la -vista desviada fija en el techo que accionaba terriblemente, como -amenazando á alguien con su mano derecha armada del junquillo, mientras -el escribiente garrapateaba veloz en el papel. - ---Es un hecho, universalmente reconocido por la Ciencia--siguió diciendo -Mingote en tono melodramático--, que la neurastenia, la astenia, la -impotencia, el histerismo y otros muchos desórdenes del sistema -nervioso... ¿Qué otras enfermedades cura?--añadió Mingote en su voz -natural. - ---El raquitismo, la escrófula, la corea... - ---Que el raquitismo, la escrófula, la corea y otros muchos desórdenes -del sistema nervioso... - ---Perdone usted--dijo el amanuense--, creo que el raquitismo no es un -desorden del sistema nervioso. - ---Bueno, pues táchelo usted. ¿Ibamos en el sistema nervioso? - ---Sí, señor. - ---...Y otros desórdenes del sistema nervioso provienen única y -exclusivamente de la atonía, del cansancio de las células. Pues bien--y -Mingote levantó la voz con nuevos bríos--; el Anís Estrellado Fernández -corrige esta atonía, el Anís Estrellado Fernández, excitando la -secreción de los jugos del estómago, hace desaparecer esas enfermedades -que envejecen y aniquilan al hombre. - -Después de este párrafo, dicho con el mayor entusiasmo y fuego oratorio, -Mingote se sacudió con el junquillo los pantalones y murmuro con voz -natural. - ---Ya verá usted cómo ese Fernández no paga. ¡Y aún si el anís fuera -bueno! ¿No han mandado más botellas de la farmacia? - ---Sí, ayer enviaron dos. - ---¿Y dónde están? - ---Me las he llevado á casa. - ---¿Eh? - ---Sí, me las prometieron; y como en la primera remesa usted arrambló con -todas, yo me he permitido llevarme estas á casa. - ---¡Dios de Dios! Está bien; es cogolludo... Que le envíen á usted unas -botellas de un anís magnífico, para que venga otro con sus manos -lavadas... ¡Dios de Dios!--y Mingote quedó mirando al techo con uno de -los ojos extraviados. - ---¿No le queda á usted ninguna?--dijo el amanuense. - ---Sí, pero se me van á acabar en seguida. - -Después comenzó otro párrafo elocuente, paseándose por el cuarto, -accionando con su junquillo é interrumpiendo con frecuencia su discurso -para lanzar un violento apóstrofe ó una cómica reflexión. - -Al medio día el escribiente se levantó, se encasquetó el sombrero y se -fué sin saludar ni decir una palabra. - -Mingote, puso una mano sobre el hombro de Manuel, y paternalmente -añadió: - ---Anda, ve á tu casa á comer y vuelve á eso de las dos. - -Manuel subió al estudio; ni Roberto ni Alejo estaban; no había en toda -la casa ni un mendrugo de pan. Registró por todos los rincones y para la -una y media volvió á casa de don Bonifacio y entre bostezo y bostezo -siguió poniendo nombres en las circulares. - -A Mingote le agradó el comportamiento de Manuel, y por esto ó porque en -la comida se dedicara con exceso al Anís Estrellado Fernández, se -entregó á la verbosidad más desordenada y pintoresca, siempre con la -mirada desviada hacia el techo. Manuel rió con grandes carcajadas las -cómicas y extravagantes ocurrencias de don Bonifacio. - ---No eres como mi amanuense--le dijo, halagado por las manifestaciones -de alegría del muchacho--, que no ríe mis chistes y luego me los roba y -los pone estropeados en unas cuantas piececitas fúnebres que escribe. Y -no es eso lo peor. Lee. Y Mingote le dió á Manuel un anuncio impreso. - -Era también una circular por el estilo de las de don Bonifacio. Decía -así: - - LA BENEFACTORA - AGENCIA MÉDICO-FARMACÉUTICA DE DON - PELAYO HUESCA - -_Nadie como ella cumple sus compromisos. El Consejo de Administración de -La Benefactora lo forman los banqueros más acaudalados de Madrid. La -Benefactora tiene cuenta corriente con el Banco de España. En La -Benefactora no hay cuota de entrada._ - -_Servicio de abogado, relator, procurador, médico, farmacéutico, partos, -dietas, entierros, lactancia, etc._ - -_Cuota mensual: Una, dos, dos cincuenta, tres, cuatro y cinco pesetas._ - -(_Obras son amores y no buenas razones._) - -_Director gerente: Pelayo Huesca, Misericordia, 6._ - ---¿Eh?--gritó Mingote cuando Manuel concluyó de leer--. ¿Qué te parece? -Está viviendo de La Europea y, plagiándome, hace La Benefactora. En todo -es así este hombre: pérfido como la onda. Pero ¡ah! señor don Pelayo, yo -le encontraré á usted. Si es usted murciélago alevoso, yo le clavaré en -mi puerta; si es usted un miserable galápago, yo le romperé su concha. -¿Ves, hijo mío? ¿Qué se puede esperar de un país donde no se respeta la -propiedad intelectual, no la más santa, pero sí la única legítima de -todas las propiedades? - -Mingote no enseñó á Manuel ó una nota impresa al margen de la circular. -Era una idea de don Pelayo. En ella la Agencia se ofrecía para servicios -y averiguaciones íntimas. Esta nota, discretamente redactada, se dirigía -á los que deseaban conocer una mujer agradable para completar su -educación; á los que querían realizar un buen matrimonio; á los que -dudaban de su cónyuge, y á otros, á los cuales la Agencia ofrecía -investigaciones confidenciales y profundas por poco precio, y vigilancia -de día y de noche, realizando todos estos servicios con una delicadeza -delirante. - -A Mingote no le gustaba confesar que esta idea se le había escapado á -él. - ---¿Ves? No se puede vivir--terminó diciendo--. Todos los hombres son -unos canallas. Tú veo que distingues, y yo te protegeré. - -Efectivamente; por la protección de Mingote, Manuel pudo comer aquella -noche. - ---Mañana, cuando vengas aquí--advirtió don Bonifacio--, coges un paquete -de circulares y las vas repartiendo casa por casa, sin dejar una. No -quiero que las eches por debajo de la puerta. En cada piso llamas y -preguntas. ¿Entiendes? - ---Sí, señor. - ---Yo, mientras tanto, prepararé tu asunto. - -Al día siguiente Manuel repartió una porción de circulares y volvió á -la hora de comer con el recado hecho. - -Se encontraba aburrido de esperar, cuando apareció Mingote en el cuarto; -se plantó delante de Manuel, agitó su junquillo en un rápido molinete, -dió un golpe en el brazo al muchacho; se paró, se tiró á fondo, y gritó: - ---¡Ah! ¡pillo! ¡bandido! ¡infame! - ---¿Qué pasa?--dijo asustado Manuel. - ---¿Qué pasa? ¡Tunante! ¿Qué pasa? ¡Miserable! Que eres el hombre de la -suerte lisa; que ya tienes un porvenir, que ya tienes un empleo. - ---¿De qué?--preguntó el muchacho. - ---De hijo. - ---¿De hijo? No comprendo. - -Mingote se cuadró, miró al techo, hizo un saludo con el bastón como un -profesor de esgrima con el florete, y añadió: - ---¡Vas á pasar por hijo de toda una baronesa! - ---¿Quién, yo? - ---Sí. No te podrás quejar, perillán. Desde el arroyo subes á las alturas -aristocráticas. Hasta título puedes llegar á tener. - ---Pero ¿es verdad? - ---Tan verdad como que yo soy el hombre de más talento de toda Europa. -Conque anda, futuro barón, arréglate, ráscate la mugre, cepíllate, quita -el barro á esas alpargatas inmundas que llevas y ven conmigo á casa de -la baronesa. - -Manuel quedó ofuscado; no comprendía bien de qué se trataba; pero no -creía que el agente se tomase el trabajo de corretear por las calles -únicamente por el gusto de embromarle. - -Estuvo en seguida en disposición de acompañar á Mingote. - -Salieron los dos á la calle Ancha de San Bernardo, bajaron por la de los -Reyes á la de la Princesa y siguieron después por esta calle hasta -detenerse en un portal, en donde entraron. - -De aquí pasaron por un corredor á un patio espacioso. - -Una serie de galerías con filas simétricas de puertas de color de -chocolate circundaban el patio. - -Llamó Mingote en una de las puertas de la galería del segundo piso. - ---¿Quién es?--preguntó desde dentro una voz de mujer. - ---Soy yo--contestó Mingote. - ---Voy, voy. - -Se abrió la puerta y apareció una mulata, en chanclas, seguida de tres -perros de lanas, que ladraron con furia. - ---¡Quieto, León! ¡Quieto, Morito!--gritó la mulata con un tono muy -lánguido--. Pasen, pasen. - -Entraron Manuel y Mingote en un cuarto ahogado, con una ventana al -patio. Las paredes del cuarto, desde cierta altura, se hallaban casi -cubiertas por ropas de mujer que formaban como un zócalo de trapos -alrededor de la habitación; en la falleba de la ventana colgaba una -camisa escotada, sin mangas, con puntillas y lazos azules marchitos, que -mostraba cínicamente un manchón obscuro de sangre. - ---Esperen un momento. La señora está vistiéndose--advirtió la mulata. - -Al poco tiempo salió de nuevo y les indicó que pasaran al gabinete. - -La baronesa, una señora rubia vestida con una bata clara, estaba sentada -en un sofá, con un gran aspecto de languidez y desolación. - ---¿Otra vez por aquí, Mingote? - ---Sí, señora, otra vez. - ---Siéntense ustedes. - -El cuarto era un tabuco estrecho y sin luz, ocupado por muchos más -muebles de los que buenamente cabían en él. Amontonados en poco trecho -se veían una consola antigua con un reloj de chimenea encima; unos -sillones ajados, en los cuales la seda, antes roja, había quedado -violácea por la acción del sol; dos retratos grandes al óleo, y un -espejo biselado grande con la luna rajada. - ---Le traigo á usted, baronesa--dijo Mingote--, el chico del que hemos -hablado. - ---¿Es éste? - ---Sí. - ---Yo creo que le conozco á este chico. - ---Sí; yo también la conozco á usted--dijo Manuel--. Yo estaba en una -casa de huéspedes de la calle de Mesonero Romanos; la patrona se llamaba -doña Casiana; mi madre era la criada. - ---Toma. Es verdad. Y tu madre, ¿qué hace?--preguntó la baronesa á -Manuel. - ---Murió ya. - ---Es huérfano--saltó diciendo Mingote--. Libre como el pájaro en la -selva, libre para cantar y para morirse de hambre. En esta misma -situación llegué yo á Madrid hace ya bastante tiempo, y, es original, -extraño, verdaderamente extraño, me gustaría volver á aquella época. - ---Y tú, ¿cuántos años tienes?--preguntó la baronesa al muchacho sin -hacer caso de las reflexiones del agente. - ---Diez y ocho. - ---Pero, oiga usted Mingote--dijo la baronesa--, el chico no tiene la -edad que usted me decía. - ---Eso es lo de menos. Nadie dirá que tiene más de catorce ó quince. El -hambre no deja crecer los productos de la naturaleza. Deje usted de -regar á un árbol, deje usted de alimentar á un hombre... - ---Y diga usted--y la baronesa interrumpió impaciente á Mingote para -hablarle en voz baja--, ¿le ha dicho usted para qué es? - ---Sí; si no lo hubiera averiguado en seguida. A un chico de éstos, que -ha rodado por ahí, no se le engaña como á un hijo de familia. La miseria -enseña mucho, baronesa. - ---Dígamelo usted á mí--repuso la dama--, que cuando pienso en la vida -que he llevado y en la que llevo ahora, me asombro. Indudablemente, Dios -me ha dado una naturaleza privilegiada, porque me acostumbro con -facilidad á todo. - ---Usted siempre podrá llevar una buena vida si quiere--replicó -Mingote--. ¡Oh! Si yo hubiera sido mujer, ¡qué carrera! - -La baronesa volvió la cabeza con un gesto de disgusto. - ---No hablemos de eso. - ---Tiene usted razón; ya, ¿para qué? Ahora desarrollaremos el nuevo plan -estratégico. Yo iré preparando las pruebas del estado civil del -muchacho. Usted, ¿quiere quedarse con él? - ---Bueno. - ---Le puede servir á usted para los recadas. Sabe escribir bastante bien. - ---Nada, nada, que se quede. - ---Entonces, mi señora baronesa, hasta uno de estos días en que traeré -los papeles. Señora... á sus pies. - ---¡Ay, qué ceremonioso! ¡Adiós, Mingote! Acompáñale, Manuel. - -Fueron los dos hasta la puerta. Allí el agente puso sus dos manos en los -hombros del muchacho. - ---Adiós, hijo mío--le dijo--, que no se te olvide: si alguna vez llegas -á ser barón de veras, que todo me lo debes á mí. - ---No se me olvidará; descuide usted--contestó Manuel. - ---¿Te acordarás siempre de tu protector? - ---Siempre. - ---Conserva, hijo mío, esa piedad filial; un protector como yo es casi -tanto como un padre; es..., iba á decir, el brazo de la Providencia. Me -siento enternecido... ya no soy joven. ¿Tienes ahí, por casualidad, -algunos cuartos? - ---No. - ---Es un contratiempo molesto--y Mingote, después de hacer un molinete -con su bastón, salió de casa. - -Manuel cerró la puerta y volvió al cuarto de puntillas. - ---¡Chucha! ¡Chucha!--gritó la baronesa; y al aparecer la mulata que les -había abierto la puerta á Mingote y á Manuel, le dijo, señalando á éste -que se hallaba confundido y sin saber que hacer: - ---Mira, éste es el chico. - ---_¡Jesú! ¡Jesú!_--gritó la mulata--. ¡Si es un golfo! ¿Pero qué -_ocurrensia_ le ha dado á la señora de traer este granuja á casa? - -Manuel, ante un ex abrupto así, aunque dicho con la más melosa y la más -lánguida de las pronunciaciones, quedó paralizado. - ---Le estás azorando--exclamó la baronesa riendo á carcajadas. - ---Pero su _mersé_ está loca--murmuró la mulata. - ---Calla, calla; ¿para qué tanto alborotar? Prepárale agua y jabón y que -se limpie. - -Salió la mulata, y la baronesa contempló á Manuel atentamente. - ---¿De modo que te ha contado ese hombre lo que vienes á hacer aquí? - ---Sí, algo me ha dicho. - ---¿Y estás conforme? - ---Yo sí, señora. - ---Vamos, eres un filósofo. Me parece bien; ¿y qué has hecho hasta ahora? - -Manuel contó su vida, fantaseando un poco, y entretuvo á la baronesa -durante algún tiempo. - ---Bueno, no cuentes eso á nadie, ¿sabes?... y vete á lavarte. - - - - -CAPÍTULO IV - -La baronesa de Aynant, sus perros y su mulata de compañía. Se prepara -una farsa. - - -Poco trabajo, poca comida y ropa limpia; estas condiciones encontró -Manuel en casa de la baronesa, condiciones inmejorables. - -Por la mañana, la obligación consistía en pasear los perros de la -baronesa, y por la tarde, en algunos recados. A veces, los primeros -días, experimentaba la nostalgia de su vida bohemia. Unos cuantos tomos -de novelones por entregas que le prestó niña Chucha, mitigaron su afán -de corretear por las calles y le transportaron, en compañía de Fernández -y González y Tárrago y Mateos, á la vida del siglo XVII, con sus -caballeros bravucones y damas enamoradas. - -Niña Chucha, habladora sempiterna, contó á Manuel, en varios folletines, -la vida de su amita, como llamaba á la baronesa. - -La baronesa de Aynant, Paquita Figueroa, era una mujer original. Su -padre, un rico señor cubano, la envió á los diez y ocho años, acompañada -de una tía, á que conociera Europa. En el vapor, un joven flamenco, -rubio y blanco, elegante como un tipo de Van Dyck, le hizo la corte; la -muchacha le correspondió con todo el entusiasmo de los trópicos, y al -mes de llegar á España, la cubana se llamaba la baronesa de Aynant, y -marchaba con su marido á vivir á Amberes. - -Pasó la luna de miel, y el flamenco y la cubana se convencieron, al -comenzar la vida tranquila, de que no congeniaban: el flamenco era -entusiasta de la vida tranquila y metódica, de la música de Beethoven y -de las comidas aderezadas con manteca de vaca; á la cubana, en cambio, -le entusiasmaba la vida desordenada, el corretear por las calles, el -clima seco y ardiente, la música de Chueca, las comidas ligeras y los -guisotes hechos con aceite. - -Estas divergencias de gustos en cosas pequeñas, amontonándose, -espesándose, llegaron á nublar por completo el amor del barón y de su -esposa. Esta no podía oir con calma las ironías tranquilas y frías que -su marido dedicaba á los boniatos, al aceite y al acento de la gente del -Sur. El barón á su vez se molestaba oyendo hablar á su mujer con -desprecio de las mujeres grasientas, que se dedican á atracarse de -manteca. La supremacía del aceite ó de la manteca, enredándose y -mezclándose con asuntos más importantes, tomó tales proporciones, que -los cónyuges llegaron á un estado de exaltación y de odio tal, que se -separaron; y el barón quedó en Amberes dedicándose á sus aficiones -artísticas y á sus tostadas de manteca, y la baronesa vino á Madrid, -donde pudo entregarse á la alimentación frugívora y aceitosa con -delicia. - -En Madrid, la baronesa hizo mil disparates; trató de divorciarse para -volverse á casar con un aristócrata arruinado; pero cuando tenía -presentada su demanda de divorcio, supo que su marido estaba gravemente -enfermo, y al saberlo, en seguida abandonó Madrid, se presentó en -Amberes, cuidó al barón, le salvó, se enamoró otra vez de él y tuvieron -una niña. - -En esta segunda época de su amor, los dos cónyuges echaron un velo sobre -la cuestión capital que los dividía; la baronesa y el barón hicieron -mutuas concesiones, y la baronesa iba á terminar en una buena dama -flamenca cuando quedó viuda. - -Volvió á Madrid con su hija, y pronto sus instintos levantiscos se -despertaron; su cuñado, tutor y tío de la niña, le pasaba un tanto al -mes, pero esto no le bastaba. Un amigo de su padre, un señor don Sergio -Redondo, comerciante riquísimo, le ofreció la mano; pero la baronesa no -la aceptó y prefirió la protección de aquel señor á ser su mujer. Pronto -le engañó con cualquiera, y en plena trapisonda vivió durante doce años. - -En medio de sus prodigalidades, de sus locuras y de sus caprichos, la -baronesa tenía un fondo moral y apartaba á su hija por completo del -mundo en que ella vivía; la puso interna en un colegio de monjas, y -todos los meses, el primer dinero que encontraba, era para pagar el -colegio de la niña. Cuando ésta terminase su educación, la llevaría á -Amberes y viviría con ella, resignándose á ser una señora respetable. - -Niña Chucha gruñía y se incomodaba con las ocurrencias de su amita, pero -terminaba siempre obedeciéndola. - -Manuel encontrábase en aquella casa en el paraíso; no tenía nada que -hacer, y se pasaba las horas muertas fumando, si había qué, ó paseando -por la Moncloa, acompañado de los tres perros de la baronesa. - -Mientras tanto Mingote laboraba. El plan de Mingote era explotar á don -Sergio Redondo, amigo del padre de la baronesa y antiguo protector de la -dama. Esta, con su instinto de mujer enredadora y trapisondista, -manifestó á su antiguo protector que, de sus relaciones, tenían un hijo; -después, que el hijo había muerto, y luego, nuevamente, que el hijo -vivía. - -A todas estas afirmaciones y negaciones acompañaba la dama con una -petición de dinero, á la cual don Sergio accedía; hasta que al último, -escamado, advirtió á la baronesa que no creía en la existencia de aquel -hijo. La baronesa le acusó de hombre ruin y miserable, y don Sergio -contestó haciéndose el sueco y cerrando su caja. - -¿Cómo averiguó Mingote estos hechos? Indudablemente no fué la baronesa -la que se los contó, pero él logró averiguarlos; y como su imaginación -era fecunda, se le ocurrió proponer á la baronesa el buscar un chico, -proveerle de papeles falsos y hacerle pasar por hijo de don Sergio. - -La baronesa, que no entendía de leyes y creía que el Código era una red -puesta para cazar á los descamisados, le pareció aquello una jugada -productiva y excelente. Mingote exigió una participación en el negocio, -y la baronesa le prometió que le daría todo lo que quisiera. - -Desde aquel momento, Mingote se dió á buscar un chico que reuniera las -condiciones necesarias, para darle el cambiazo á don Sergio, y cuando -encontró á Manuel lo llevó inmediatamente á casa de la baronesa. - -A la semana de estar allí, Manuel tenía ya los papeles que le -identificaban como Sergio Figueroa. Entre Mingote, don Pelayo, el -escribiente y un amigo de éstos, llamado Peñalar, los falsificaron con -un arte exquisito. - ---¿Y ahora qué hacemos?--preguntó la baronesa. - -Mingote quedó pensativo. Si la baronesa le escribía á don Sergio, éste -probablemente, ya escamado, podía acoger con duda la especie. Había, -pues, que encontrar un procedimiento indirecto, darle la noticia por -otra persona. - ---¿Qué le parece á usted si fuera un confesor?--preguntó Mingote. - ---¿Un confesor? - ---Sí. Un cura que se presentase en casa de don Sergio y le dijese que en -secreto de confesión le había usted dicho... - ---No, no--interrumpió la baronesa--. ¿Y dónde está ese cura? - ---Iría Peñalar disfrazado. - ---No. Además don Sergio sabe que soy poco devota. - ---Un maestro de escuela quizás sería mejor. - ---¿Pero piensa usted que va á creer que me confieso con un maestro? - ---No, el plan varía. El maestro va á ver á don Sergio y le dice que -tiene un niño en su escuela, un prodigio de talento, pero cuya madre no -le atiende. Un día le pregunta al prodigio:--¿Cómo se llaman tus padres, -niño?--Y él dice:--Yo no tengo padres; mi madrina se llama la baronesa -de Aynant. Entonces él, el pedagogo, viene á ver á usted y usted le -contesta que está en una mala situación y que no puede pagar el colegio -del chico, y que su padre, un señor acaudalado, no quiere ni conocerlo -siquiera. El pedagogo evangélico le pregunta á usted repetidas veces el -nombre del padre desnaturalizado; usted no se lo quiere decir, pero al -último le arranca á usted el nombre de ese ser cruel. El pedagogo -sublime dice:--Yo no puedo permitir el abandono de ese niño, de ese -prodigioso niño, de ese extraordinario niño, y toma la determinación de -ir á ver al padre de la criatura... ¿Eh? ¿Qué le parece á usted? - ---La trama no está mal urdida, ¿pero quién va á hacer de maestro de -escuela? ¿Usted? - ---No, Peñalar. Viene pintiparado para el caso. Ha sido pasante de un -colegio; ya lo verá usted. Hoy mismo le busco y le traigo aquí. Mientras -tanto, arregle usted á Manuel. Que tenga cierto aspecto de colegial. En -el tiempo que yo estoy fuera, no estaría de más que le enseñara usted -algo de ciencia, las primeras preguntas y respuestas de la doctrina, por -ejemplo. - -Siguiendo las indicaciones de Mingote, la baronesa ordenó á Manuel que -se peinara y se acicalara; luego buscaron para él un traje de marinero y -un cuello grande y blanco; pero por más que le adornaron y le -escamondaron no se consiguió darle un aspecto regular de hijo de -familia; siempre trascendía á golfo, con sus ojos indiferentes y -burlones y la expresión de la sonrisa entre amarga y sarcástica. - -A las dos horas, Mingote estaba de vuelta en casa de la baronesa, con un -hombre negro, de aspecto clerical. El hombre, apellidado Peñalar, habló -con gran énfasis; luego, cuando le propuso Mingote el negocio, -abandonando el tono enfático, discutió las condiciones de cobro y el -tanto por ciento que le correspondería á él. - -Vaciló en aceptar el trato por ver si obtenía mayores beneficios; pero -viendo que Mingote no cedía, aceptó. - ---Ahora mismo que venga el chico conmigo. - -Peñalar se cepilló las mangas de la levita negra, se echó el pelo hacia -atrás, y tomando de la mano á Manuel, le dijo con un tono verdaderamente -evangélico: - ---Vamos, hijo mío. - -Don Sergio Redondo tenía un almacén de harinas en la plaza del Progreso. - -Llegaron á la plaza y entraron en el almacén. - ---¿Don Sergio Redondo?--preguntó Peñalar á un viejo de boina. - ---No ha bajado aún al despacho. - ---Esperaré; dígale usted que hay aquí un caballero que desea verle. - ---Bueno; ¿quién le digo que le espera? - ---No, no me conoce. Adviértale usted que se trata de asuntos de familia. -Siéntate, hijo mío--añadió Peñalar, dirigiéndose á Manuel con una voz y -una sonrisa de pura cepa evangélica. - -Se sentó Manuel y Peñalar paseó su mirada por el almacén con la calma y -la tranquilidad del que tiene la seguridad y la conciencia de sus actos. - -No tardó en aparecer el viejo de la boina. - ---Pasen ustedes al despacho--y empujó una mampara negra con cristales -rayados. Ahora viene el señor--añadió. - -Peñalar y Manuel entraron en un cuarto iluminado por una ventana con -rejas y se sentaron en un sofá verde. Enfrente se levantaba un armario -de caoba con libros de comercio, en medio una mesa de escribir llena de -cajoncitos y á un lado de ésta una caja de valores con botones dorados. - -El cuarto trascendía á comerciante implacable; se comprendía que aquella -jaula debía de encerrar un pajarraco de mala catadura. Manuel se sintió -amilanado. Peñalar quizás experimentó también un momento de debilidad, -pero se creció, se atusó el pelo, colocó bien los lentes sobre su nariz -y sonrió. - -No tardó mucho en aparecer don Sergio. Era un viejo alto, de bigote -blanco, con una mirada suspicaz lanzada de través por fuera de sus -antiparras. Vestía levita larga, pantalones claros; en la cabeza llevaba -un gorro griego de terciopelo verde, con una gran borla que le caía -hacia un lado. Entró sin saludar, miró con desagrado al hombre y al -muchacho, que se levantaron; quizás creyó que había descubierto el -objeto de la visita, porque con voz seca, autoritaria y sin invitarles á -que se sentaran, preguntó á Peñalar: - ---¿Qué quería usted, caballero? ¿Era usted el que tenía que hablarme de -un asunto de familia? ¿Usted? - -Otro cualquiera hubiera sentido ganas de estrangular al viejo, Peñalar -no; los casos difíciles eran los de su incumbencia, los que á él más le -gustaban. Comenzó á hablar sin desconcertarse, con las miradas -inquisitoriales del comerciante. - -Manuel le escuchaba lleno de admiración y de espanto. Veía que el -comerciante iba cargándose de cólera por momentos. Peñalar hablaba -impertérrito: - -El era una pobre alma cautiva, un sentimental, un idealista ¡oh!, -dedicado á la enseñanza de la juventud, de esa juventud en cuyo seno se -guardan los gérmenes regeneradores de la patria. El sufría mucho, mucho; -había estado en el hospital; ¡un hombre como él! conocedor del francés, -del inglés, del alemán, que tocaba el piano, un hombre como él, -emparentado con toda la aristocracia del reino de León, un hombre que -sabía más teología y teodicea que todos los curas juntos. - -¡Ah! Esto no lo decía para vanagloriarse; pero él tenía derecho á la -vida. Gómez Sánchez, el ilustre histólogo, le había dicho:--Usted no -debe trabajar--. Pero tengo hambre.--Pida usted dinero--. Y por eso -algunas veces pedía. - -Don Sergio, en el colmo del asombro, ante aquel chorro de palabras, no -intentó interrumpir á Peñalar; éste se detuvo, sonrió con dulzura, notó -que la fuerza de la costumbre había llevado su discurso al tema -constante del por qué pegaba sablazos, y comprendiendo que su elocuencia -le arrastraba por un camino extraviado, bajo la voz y continuó en tono -confidencial. - ---Esta vida atrae de tal modo, á pesar de sus impurezas, ¿no es verdad, -don Sergio?, que no puede uno desprenderse con indiferencia de ella. Y -eso que yo creo que la muerte es la liberación, sí, yo creo en la -inmortalidad del alma, en el dominio absoluto del espíritu sobre la -materia. Antes no, lo confieso--sonriendo más dulcemente aún--, antes -era panteísta y conservo no sé si de aquella época el entusiasmo por la -naturaleza. ¡Oh, el campo!, ¡el campo es mi delicia!; muchas veces -recuerdo aquellos versos del mantuano: - - «Te, dulcis conjux, te solo in litore secum - te veniente die, te decedente canebat.» - -¿A usted le gusta el campo, don Sergio? Sí le debe de gustar, con el -talento que usted tiene. - -La cólera de don Sergio, que iba agrandándose con la verbosidad -incoherente de Peñalar, estalló en esta frase corta: - ---El campo me revienta. - -Peñalar quedó parado, con la boca abierta. - ---Señor mío, señor mío--añadió el comerciante, levantando la voz -iracunda--, si usted tiene mucho tiempo que perder, á mí no me pasa lo -propio. - ---No le he expresado á usted aún el motivo de mi visita--, dijo Peñalar -y se quitó los lentes y se preparó á limpiarlos con el pañuelo. - ---No, ni hay necesidad; me lo figuro, me lo figuro muy bien. Yo no doy -limosnas. - ---Caballero, señor don Sergio--y Peñalar se levantó con las gafas en la -mano y paseó por el cuarto su mirada oscura de cegato--, está usted en -un profundo error. No vengo á pedir una limosna, no son esos mis -hábitos. Nadie podrá decirlo, vengo--y se coló los lentes con -resolución--á cumplir un deber sagrado. - ---Concluyamos. ¿Qué deber sagrado es ese? ¡Qué! Basta de farsas. La -charlatanería me revienta. - ---Permítame usted que me siente. Estoy fatigado--murmuró Peñalar con voz -desfallecida--. ¿No nos oye nadie? - -Don Sergio le miró como una hiena; Peñalar pasó por su ancha frente el -pañuelo lleno de agujeros; luego, dirigiéndose á Manuel, que seguía -sumido en el mayor estupor, le dijo: - ---Haz el favor, mi querido niño, de salir un momento y esperarme. - -Manuel abrió la puerta del despacho, y salió al almacén. Esta maniobra -produjo un movimiento de extrañeza en don Sergio. - ---Yo, caballero--dijo Peñalar al verse solo con el comerciante--, estoy -dedicado á la enseñanza de la juventud. - ---¿Que es usted maestro? Lo he oído. - ---Estaba de pasante en el colegio del Espíritu Santo, cuando se me -ocurrió establecerme por mi cuenta. - ---Y ha perdido usted el dinero; bueno. ¿Y á mí todo eso qué me -importa?--gritó don Sergio, golpeando la mesa con un libro. - ---Perdone usted. Entre mis alumnos tengo este muchacho que acaba de -salir de aquí, y que es un prodigio, un niño de unas facultades -extraordinarias. Al notar la claridad de su inteligencia y la energía de -su voluntad, me interesé por él; le pregunté por su familia, y me dijo -que no tenía padre ni madre, y que una señora le había recogido en su -casa. - ---¿Y á mí qué? - ---Espere usted, don Sergio. Fuí á ver á esa señora protectora suya, que -es una baronesa, y la dije:--El muchacho á quien usted protege es digno -de las mayores atenciones y de que se haga algo por su educación.--Su -madre no tiene dinero y su padre que es rico, no hace nada por él--me -contestó la baronesa.--Dígame usted quién es su padre, y le iré á -ver.--Es inútil--replicó--, porque no conseguirá usted nada de él; se -llama don Sergio Redondo. - -Al decir esto, Peñalar se levantó, y contempló con la cabeza erguida á -don Sergio, como el ángel exterminador puede mirar á un pobre réprobo. -Don Sergio palideció profundamente, sacó el pañuelo, se frotó los -labios, carraspeó. Se comprendía que estaba turbado. - -Peñalar observó al viejo atentamente, y viendo que aminoraba en sus -arrogancias, se sintió cada vez más evangélico y más moral. - ---La baronesa--añadió--me dijo, y perdone la inquebrantable sinceridad -mía, me dijo que era usted un egoísta y un hombre sin corazón; yo, á -pesar de esto--sonriendo dulcemente y sintiéndose ya super-evangélico y -super-moral--pensé: Mi deber es ir á ver á ese caballero. Por eso he -venido. Ahora usted hará lo que su conciencia le dicte. Yo he cumplido -con la mía. - -Después de este párrafo, Peñalar nada tenía que decir y con la sonrisa -de todo el martirologio en los labios cogió el sombrero, saludó -ceremoniosamente y se acercó á la puerta. - ---¿Y ese niño es el que estaba aquí?--preguntó en voz baja y vacilante -don Sergio. - ---El mismo. - ---¿Y dónde vive esa mujer, esa baronesa?--exclamó el comerciante. - ---Yo no puedo decirlo. Se lo preguntaré; si ella me lo autoriza, vendré -con la contestación. - -Y Peñalar salió del despacho. - ---Vamos, hijo mío--le dijo á Manuel. - -Y con altivo y noble continente, con la cabeza erguida, salió de casa, -llevando de la mano á su querido discípulo, á aquel niño portentoso tan -poco apreciado por sus padres. - - - - -CAPÍTULO V - -Vida y milagros del señor de Mingote.--Comienza la dulce explotación de -don Sergio. - - -Según los mejores historiógrafos madrileños, el conocimiento de la -baronesa de Aynant con Bonifacio de Mingote databa de dos años á la -fecha. - -Una de las muchas veces que la baronesa se encontraba en la necesidad de -buscar dinero, avisó á un prestamista de la calle del Pez. En lugar del -prestamista se presentó su dependiente, el propio Mingote, y se arregló -el negocio entre los dos. Desde entonces don Bonifacio frecuentaba la -casa de la baronesa. ¿Quién era don Bonifacio? ¿Cómo era don Bonifacio? - -Hay bimanos que producen una extraordinaria curiosidad. En la historia -natural del hombre son como esas especies de monotremas entre aves y -mamíferos, asombro de los zoólogos. A esta clase de bimanos interesantes -pertenecía Mingote. - -Era este Mingote hombre de unos cincuenta años, bajo, grueso, de bigote -pintado, con la cara carnosa, la nariz pequeña y roja, la boca cínica, -las trazas de agente de la policía ó de zurupeto. Vestía de una manera -presuntuosa, le encantaba llevar una cadena gruesa en el chaleco y -diamantes falsos, como garbanzos de grandes, en la pechera y en los -dedos. - -Mingote había ejercido todos los oficios que un hombre puede ejercer no -siendo persona decente: prestamista, policía, jefe de clac, zurupeto de -la Bolsa, agente de quintas, curial, revendedor, gancho... - -Manuel pudo ir conociéndolo á fondo. Era maestro en todas las artes del -engaño, ingrato, procaz, cobarde con los valientes, valiente con los -cobardes, petulante y vanidoso como pocos, amigo de atribuirse las -heroicidades y los méritos ajenos y de repartir entre los demás los -defectos propios. - -Manuel notó que la baronesa solía hablar siempre mal de Mingote, cuando -se hallaba ausente, y, sin embargo, cuando le escuchaba lo hacía con -gusto; sin duda al oirle admiraba la sutileza y la finura de las malas -artes de aquel pícaro. - -Al cabo de algún tiempo de oirle su charla desvergonzada repugnaba. - -La preocupación de Mingote era ocultar su natural cínico, pero el -cinismo suyo, por su fuerza de expansión, le salía fuera del alma, -apuntaba en sus ojos y en sus labios y fluía libremente en sus -palabras. - ---Pierden el tiempo los que me insultan--decía tranquilamente--; á -sinvergüenza no me gana nadie. - -Y tenía razón. A veces se daba cuenta del mal efecto producido por -alguna arlequinada suya, y se esforzaba entonces en presentarse como un -Roldán ó un Cid de la corrección; pero al poco rato, por entre su coraza -de puntilloso caballero aparecía la garfa del truhán. - ---En cuestiones de honor, no admito distingos--decía el hombre cuando se -sentía hidalgo--; usted me dirá: el honor es una martingala. Es verdad. -Pero yo tengo esta desgracia; soy caballeresco por temperamento. - -Mingote comulgaba en las ideas anárquico-filantrópico-colectivistas, -algunas de sus cartas terminaba poniendo: Salud y Revolución Social, lo -cual no era obstáculo para que intentase unas veces establecer una casa -de préstamos, otras una casa de citas ó algún otro honrado comercio por -el estilo. - -Había hecho aquel ex prestamista una porción de ignominias con los -compañeros de la dinamita y del ácido pícrico, sacándoles dinero, ya -para dar un golpe y comprar bombas, ya para escribir un diccionario -libertario en donde él, Mingote, desmenuzaría con su análisis -formidable, más formidable que los más furiosos explosivos, todas las -ideas tradicionales de esta estúpida sociedad. - -Cuando Mingote hablaba de su diccionario, su desdén por la existencia, -su mirada de iluminado, su melancólica actitud de hombre no comprendido, -todo indicaba al genio de las revoluciones. - -En cambio, al contar y especificar sus éxitos de agente de anuncios y de -negocios, surgía el hombre moderno, el _struggle for lifeur_ de la -almoneda y de la casa de préstamos, de la droguería y de la perfumería. - ---Yo--solía decir--hice la almoneda de la Chavito, yo le vendí la cuadra -al marqués del Sacro-Cerro y el monte á la vizcondesa. Yo he lanzado el -cataforético Pipot; el pectoral de sampaguita salvaje Alex; la pasta -manícura de Chiper; la cataplasma eléctrica de Pirogoff; la harina -pépsica de Clarckson; la auditina de Well; el corazón artificial de -Tomás y Gil; el emplasto sudorífico de Rocagut, y, sin embargo, se ha -hecho el vacío á mi alrededor. - -Mingote suponía que Madrid entero se confabulaba contra él para no -dejarle prosperar; pero él esperaba el momento bueno en que les daría en -la cabeza á sus enemigos. - -Sus mayores ilusiones se basaban en sus minas, que, á pesar de ser -admirables, no tenía inconveniente en venderlas en lotes de poco dinero. -Constantemente llevaba en el bolsillo piedras envueltas en papeles de -periódico de sus minas de aquí y de allá. - ---Esta--y Mingote mostraba un pedrusco--es de mis minas del Suspiro del -Moro. ¡Qué muestra! ¿Eh? Es admirable. ¿Es verdad? De hierro... casi -puro. Noventa y nueve y medio por ciento de hierro mineralizado. Esta -otra es de calamina. Sesenta y ocho por ciento. Hay medio millón de -toneladas. - -Cuando se le descubría la mentira, no sólo no se incomodaba, sino que se -echaba á reir. - -La baronesa celebraba con carcajadas los proyectos de Mingote. - ---Pero si no tiene usted minas, ¿cómo las va usted á vender?--le -preguntaba. - ---¡Ah!, no importa--replicaba Mingote--; se inventan; es lo mismo. En -seguida que le demos el golpe á don Sergio, nos dedicamos á los -negocios. Demarcamos una mina; depósito: trescientas, cuatrocientas -pesetas, lo que sea; llevamos al terreno minerales de otra parte, y en -seguida hacemos acciones: «Sociedad anónima del coto Prosperidad»; -capital: 7.000.000 de pesetas; alquilamos una casa, ponemos una hermosa -plancha de cobre con letras en la puerta y un criado con una librea -azul: cobramos las acciones, y ya está hecho el negocio. - -¿Creía Mingote en sus fantasías? Ni aun él lo sabía de cierto; aquel -hombre se hallaba desconocido á sí mismo. Allá, dentro de su alma, -encerraba la idea de un hado adverso que le impedía prosperar, por ser -un sinvergüenza; porque habilidad tenía de sobra; sabía como nadie -recibir á un acreedor y no pagarle; sabía adular y mentir; pero, á pesar -de su mentir constante, era crédulo para los embustes ajenos como nadie. - -Creía en las sociedades secretas, en la masonería, en los h.*. y en otra -porción de mojigangas por el estilo. - -En el peligro y en las situaciones graves, á pesar de la cobardía -extraordinaria del ex prestamista, no le abandonaba nunca su ingenio; el -soltar una gracia constituía para él una necesidad, y probablemente, -empalado, con la soga al cuello, ó en las gradas del patíbulo, temblando -de miedo, hubiera tenido que decir, entre castañeteos de dientes y -convulsiones, alguna cosa chusca. - -Reñía con todo aquel á quien no necesitaba, por cosas fútiles; -vociferaba en los tranvías y teatros con cobradores y acomodadores, -levantaba el bastón á los golfos, trataba desdeñosamente á todo el -mundo, hacía proposiciones indecorosas á las mujeres delante de sus -maridos ó de sus padres, y á pesar de esto no recibía más que raras -veces las bofetadas ó los palos que otro cualquiera en su lugar -recibiera. - -Vanidoso y petulante, él mismo se reía de su petulancia. Cambiaba la -sonrisa en gesto amenazador y el gesto amenazador en sonrisa; á veces -sentía cierta especie rara y cómica de pudor y se ruborizaba, pero no se -desconcertaba nunca. - -El ex prestamista, á pesar de que su tipo no era nada agradable, tenía -grandes éxitos con las mujeres. Se dedicaba á la ancianidad. Su táctica -era rapidísima y expedita; á la primera semana ya pedía dinero. - -Contaba las queridas á pares, cada una con dos ó tres pequeños Mingotes. -Con ellas el ex prestamista había organizado un servicio de mendicidad -maravilloso por medio de cartas, y como la agencia producía cada vez -menos, gracias al dinero que traían las mujeres, vivían ellas, el gran -Mingote y los pequeños Mingotes. Cuando le preguntaban por aquellas -mujeres, el ex prestamista decía que constituían su servidumbre. - -Este era Mingote, el maravilloso y peregrino Mingote, auxiliar y -colaborador de la baronesa de Aynant. - -El mismo día en que Manuel y el sublime pedagogo contaron los detalles -de la visita á don Sergio, la baronesa y Mingote se pusieron en campaña. -La baronesa alquiló un gabinete por unos días á una patrona del -principal. - ---¿Pero para qué hace usted eso?--la preguntó Mingote--. Cuanto en peor -situación la vea á usted _il vecchio_ será más espléndido. - ---Yo le creía á usted más listo, Mingote--replicó fríamente la -baronesa--. Si don Sergio me viera en este cuartucho indecente, me daría -una limosna; de otro modo, ya veremos. Además déjeme usted á mí dirigir -mis asuntos. - -Mingote calló confundido. Indudablemente allí tenía que aprender. - -La baronesa arregló el cuarto alquilado con gusto, mandó coser y -planchar una de sus batas, y vistió á Manuel y hasta le dió polvos de -arroz, con gran desesperación del chico. Todo preparado, Mingote -escribió á don Sergio, _il vecchio Cromwell_, como le llamaba él, una -tarjeta con la firma de Peñalar, dándole las señas de la casa. - -La baronesa y Manuel esperaron á que llegara _il vechio_. A media tarde -se oyó el ruido de un coche que paraba á la puerta. - ---Este es--dijo la baronesa. Miró por las rendijas de la persiana--. Sí, -es él--añadió, y se tendió en el sofá y cogió un libro. - -Bien vestida y ataviada resultaba apetitosa; una jamona rubia de buen -ver. - ---Mira, es mejor que te metas en ese otro cuarto--dijo la baronesa á -Manuel señalándole una alcoba--; le diré que estás estudiando. - -Manuel, á quien el papel que le designaron no le agradaba, se escabulló -en la alcoba. Había entre ésta y el gabinete una puerta de cristales, -con sus correspondientes cortinas. Manuel encontró el observatorio muy -cómodo, y se puso á mirar por los visillos; le interesaba ver cómo se -desenvolvía la baronesa y manejaba los hilos de aquella trapisonda, en -los cuales podía quedar enredada al menor descuido. - -Cuando la criada de la casa de huéspedes fué á anunciar la visita de don -Sergio, la baronesa se hallaba ya posesionada de su papel. _Il vecchio_ -pasó gravemente, saludó; la baronesa hizo un gesto de asombro al verle, -luego con un ademán de languidez y de contrariedad le indicó que podía -sentarse. - -_Il vecchio Cromwell_ se sentó; Manuel pudo observarle con calma. Estaba -pálido y tenía un color calcáreo. - ---Vaya un papá feo que me he echado--se dijo Manuel. - -La baronesa y don Sergio comenzaron á hablar en voz baja. No se oía lo -que hablaban. El calcáreo anciano pasó la mirada por el cuarto, observó -los muebles, indudablemente extrañado de ver el gabinete tan elegante. - -Luego siguió hablando con calor; la baronesa le escuchaba lánguidamente, -sonriendo con cierta amable y bondadosa ironía. Manuel pensó que no le -faltaban al viejo más que unos cuernecitos y unas patas de cabra para -representar, en unión de la baronesa, un grupo que él había visto unos -días antes en un escaparate de la carrera de San Jerónimo, cuyo título -era «La Ninfa y el Sátiro». Manuel creyó que el viejo se iba á -arrodillar y le dieron ganas de gritarle ¡fuera _Cromwell_! - -Continuaba el viejo hablando de una manera insinuante, cuando se fué -animando y comenzó á accionar con violencia. - ---Ese abandono del muchacho es incalificable--decía. - ---¡Incalificable! - ---Sí, señora. - ---Pero usted, ¿qué derechos tiene para hablar? - ---Tengo derechos. Sí, señora. - -La baronesa pareció asombrada de aquellas palabras, y replicó con -vaguedades y excusas; luego se indignó, y levantándose del sofá con un -gallardo ademán y tirando el libro al suelo acusó al iracundo _Cromwell_ -de todo lo malo que podía ocurrir al niño. El tenía la culpa de todo, -por ser un avaro y un miserable. - -Replicó á esto el terrible _vecchio_, en tono brusco, diciendo que para -las mujeres livianas y gastadoras todos los hombres eran avaros. - ---Si usted ha venido aquí--interrumpió la baronesa--á insultar á una -mujer porque está sola, no lo consentiré. - -Entonces vinieron las explicaciones del calcáreo anciano, el sincerarse, -el ofrecerse... - ---No necesito de usted para nada--contestó la baronesa -arrogantemente--. No le he llamado á usted. - -El marrullero _vecchio_ juró y perjuró que no había ido allá más que á -ofrecerle todo lo que necesitara y á pedir que le dejara costear los -gastos de los estudios del muchacho. También deseaba verle un momento. - -La baronesa se dejó convencer; pero advirtió al _calcáreo_ que el niño -creía que sus padres habían muerto. - ---No, no tenga usted cuidado, Paquita--exclamó _il vecchio_. - -Llamó la baronesa el timbre, y preguntó á la criada con indolencia: - ---¿Está en casa Sergio? - ---Sí, señora. - ---Dígale usted que venga. - -Entró Manuel confuso. - ---Este señor quiere verte--dijo la dama. - ---Ya sé, ya sé que eres un estudiante muy aprovechado--murmuró _il -vecchio_. - -Manuel levantó los ojos con el mayor asombro. Don Sergio dió unos -golpecitos en la mejilla nada sonrosada del muchacho. Manuel quedó -mirando al suelo, y se marchó, al darle la baronesa el permiso para -salir. - ---Es muy huraño--dijo la baronesa. - ---Yo era igual á su edad--repuso don Sergio. - -La dama sonrió maliciosamente. Manuel volvió á la alcoba y siguió -observando la actitud de los dos; la baronesa se lamentaba de su falta -de recursos; _Cromwell_ se defendía como un león. Al terminar la -conferencia, el _calcáreo_ sacó su cartera y dejó unos billetes sobre el -velador. - -La baronesa le acompañó hasta la puerta. - ---¿De modo, Paquita, que está usted contenta?--la dijo antes de -marcharse. - ---¡Contentísima! - ---¿No siente usted que haya venido á verla? - ---¡Ay, don Sergio! Me ha tenido usted muy abandonada. ¡Cuando es usted -el único amigo de mi pobre padre! - ---Sí, es verdad, Paquita, es verdad--murmuró _il vecchio_ acariciando -entre las suyas una de las manos regordetas de la baronesa. - -Y bajó las escaleras, deteniéndose á cada instante, para saludar á la -dama. - ---Jesús, qué lata de viejo--murmuró ella dando un portazo--. ¡Manuel, -Manolito, has estado muy bien! Hecho un héroe. ¿Has visto? _Il vecchio -Cromwell_, como dice Mingote, ha dejado mil pesetas. Mañana mismito nos -mudamos de casa. - -Al día siguiente, muy de mañana, la baronesa y Manuel se echaron á la -calle á buscar cuarto. Después de mucho corretear y de andar con la -cabeza descoyuntada de tanto mirar hacia arriba, encontraron un tercer -piso en la plaza de Oriente, que á la baronesa le encantó. Costaba -veinticinco duros al mes. - ---A niña Chucha le va á parecer caro, pero yo lo alquilo--dijo la -baronesa--. Y llamó en el primer piso en donde vivía el administrador y -habló con él y pagó la casa por adelantado. - -El mismo día se hizo la mudanza y Manuel trajinó con entusiasmo, -llevando trastos de un lado á otro y colocándolos en la nueva casa en el -sitio que designaba niña Chucha. - -Como la casa quedaba vacía y la baronesa tenía algunos muebles guardados -en casa de una amiga cubana, unos días después fué á verla para -pedírselos. No apareció en todo el día ni aun á cenar, y volvió á la -noche muy tarde. Niña Chucha y Manuel la esperaron. Al llegar á casa, -venía con los ojos más brillantes que de ordinario. - ---La coronela no me ha querido dejar venir--murmuró--; he cenado en su -casa, luego he ido con sus chicas á Apolo y me han acompañado hasta aquí -mismo. - -No pudo Manuel comprender qué tendría esto de extraño para la baronesa, -y se asombró bastante al oirle contestar á los reproches de niña Chucha, -balbuceando y riéndose á carcajadas de una manera insubstancial. Hubiese -jurado Manuel que al salir del comedor la baronesa había dado un -traspiés, pero con el sueño no se enteró bien y se abstuvo de -comentarios. - -Al día siguiente, poco antes de la hora de comer, estaba niña Chucha en -la calle cuando llamaron á la puerta. Abrió Manuel. Era el _calcáreo_. - ---Hola, estudiante--dijo--. ¿Y doña Paquita? - ---En su cuarto--contestó Manuel. - -Llamó don Sergio en la puerta con los nudillos y repitió varias veces: - ---¿Se puede? - ---Pase usted, don Sergio--dijo la baronesa--y abra usted las ventanas. - -Entró el viejo en el cuarto tropezando con los bultos desparramados por -el suelo y abrió el balcón. - ---Pero, Paquita, ¿todavía en la cama?--preguntó en el colmo de la -estupefacción--. Eso no es sano. - ---¡Oh! si viera usted cómo he trabajado--replicó la baronesa -desperezándose--. Ayer me acosté rendidita, y hoy para las cinco estaba -ya trabajando; pero de tanto trajinar se me ha levantado un dolor de -cabeza que me he tenido que acostar otra vez. - ---¿Para qué trabajas tanto? No te conviene. - ---Es que hay que hacer las cosas; luego, en esta casa no ayudan. Chucha -no hace más que leer novelas; á Sergio no le voy á poner á andar como -un mozo de cuerda, y yo sola tengo que hacerlo todo. Espero que otro día -seré más feliz y tendrá usted el gusto de presenciar lo buena chica que -soy y cómo sigo sus consejos al pie de la letra. - ---Bueno, Paquita, bueno. Sigues siendo una chiquilla. - -La baronesa, para demostrar que era verdad esto, hizo unos cuantos -arrumacos á _Cromwell_, y después, en tono indiferente, le pidió -cincuenta pesetas. - ---Pero... - ---Si ya sé que me va usted á reñir. No crea usted que he gastado todo el -dinero, ni mucho menos. Es que la verdad, un billete de quinientas -pesetas no quiero cambiarlo, y como tengo que pagar una cuentecilla... - ---Vaya, ahí va--. Y don Sergio con una sonrisa que quería ser amable, -sacó la cartera del bolsillo y dejó un papel azul sobre la mesilla de -noche; luego le pareció poco galante dar lo que le habían pedido y dejó -otro. - -La baronesa puso el candelero encima de los dos billetes, y después, -acurrucándose entre las sábanas con voz soñolienta, murmuró: - ---¡Ay, don Sergio, me vuelve el dolor de cabeza! - ---Pues cúidate, hija, cuídate y no trabajes tanto. - -Don Sergio salió de la alcoba, luego de cerrar el balcón, y se encontró -con niña Chucha que volvía de la calle. - ---No debes dejar que trabaje tanto tu ama--le dijo secamente--; se pone -enferma. - -La mulata contempló sonriendo al viejo. - ---Bueno, _señó_--dijo. - ---Y el muchacho, ¿qué hace? - ---_Etá_ etudiando--contestó niña Chucha con malicia, y lo mostró con los -codos sobre la mesa del comedor y la cabeza entre las manos. - -Efectivamente, estaba devorando una novela por entregas de Tárrago y -Mateos. - - - - -CAPÍTULO VI - -Kate, la niña blanca.--Los amores de Roberto.--El pundonor militar.--Las -cucas.--Disquisiciones antropológicas. - - -Al mes de instalados en la nueva casa llegaron las fiestas de Navidad, y -como en los colegios había vacaciones, la baronesa fué en busca de su -hija al del Sagrado Corazón, y volvió con ella en coche. - -Niña Chucha se encargó de informar á Manuel y de darle detalles de la -hija de la baronesa. - ---Es una cantimpla, ¿sabe?, una niña blanca y sosa que parece una -muñeca. - -Manuel la conocía, pero no sabía si ella se acordaría de él; en los años -que no la veía se había hecho una muchacha preciosa. No recordaba en su -tipo á su madre; aunque rubia como ella, debía de parecerse al padre. -Era blanca, de facciones correctas, ojos azules claros, de cejas y -pestañas doradas y el pelo rubio, sin brillo, pero muy bonito. - -Al llegar á casa, niña Chucha hizo grandes demostraciones de cariño á la -colegiala; Manuel fué reconocido por ella, lo que le produjo gran -satisfacción. - -La hija de la baronesa se llamaba Catalina, sus parientes de Amberes la -llamaban Kate, pero la baronesa generalmente la decía la Nena. - -Con la llegada de Kate las costumbres variaron en la casa; la baronesa -abandonó sus excursiones nocturnas y contuvo sus ligerezas de palabra. -En la mesa, con una sonrisa triste, escuchaba las historias de colegio -que contaba su hija, sin poner interés en lo que oía. - -No armonizaban los caracteres de las dos. Kate tenía la comprensión -lenta, pero profunda; en cambio su madre poseía la sutileza y el ingenio -del momento. La baronesa á veces se impacientaba al oirla, y decía entre -cariñosa y enfadada: - ---¡Ay, qué Nena más sosita tengo! - -Desde la llegada de Kate, niña Chucha y Manuel no le acompañaban en el -comedor á la baronesa; esto á Manuel no le molestaba, pero á la mulata -sí, y atribuía estas disposiciones á Kate, á quien consideraba como una -muñeca blanca, orgullosa, fría y de poco corazón. Manuel, que no tenía -motivo alguno de antipatía por Kate, la encontró muy llana, muy amable, -aunque con poca vivacidad. - -Por aquellos días de fiestas de Navidad, madre é hija salían de casa con -mucha frecuencia á compras, y les acompañaba generalmente Manuel, que -volvía cargado con paquetes. - -Un día de Año Nuevo, en que la baronesa, Kate y Manuel fueron al Teatro -de Apolo á ver _Los sobrinos del Capitán Grant_, notó Manuel que Roberto -Hasting iba á alguna distancia detrás de ellos. Al salir les siguió; la -muchacha se hizo la desentendida. - -Al día siguiente estaba nevando, y Manuel vió á Roberto que paseaba por -la plaza de Oriente, al parecer muy entretenido. - -Encontró Manuel un pretexto para salir de casa, y al momento Roberto se -acercó á él. - ---¿Estás en su casa?--le preguntó apresuradamente. - ---Sí. - ---Tienes que darle una carta. - ---Bueno. - ---A la tarde te la traeré. Se la das, y me dices qué cara pone al -recibirla. No me contestará, ya sé que no me contestará; pero tú se la -darás, ¿verdad? - ---Sí, hombre, descuide usted. - -Efectivamente, á la tarde Roberto siguió paseando por entre la nieve, -bajó Manuel, cogió la carta y subió en seguida á casa. - -Kate se divertía arreglando en aquel momento su armario. Tenía guardadas -mil chucherías en varias cajitas; en unas, medallas; en otras, estampas, -cromos, regalos del colegio y de su familia. Sus libros de rezos estaban -llenos de recordatorios y de estampitas. - -Manuel, con la carta de Roberto en el bolsillo, se acercó á la muchacha -como un criminal. La Nena enseñó á Manuel todas sus riquezas, éste se -sintió orgulloso. Manuel apenas se atrevía á tocar las medallas, las -alhajas, las mil cosas que guardaba Kate. - ---Esta cadena me la regaló mi tío--decía la colegiala--. Esta sortija es -de mi abuelo. Este pensamiento le cogí en Hyde-Park, cuando estuve en -Londres con mi tío. - -Manuel la escuchaba sin decir palabra, avergonzado de tener la carta en -el bolsillo. La Nena siguió enseñando nuevas cosas. Los juguetes de su -niñez aún los conservaba; en su armario todo estaba clasificado con el -mayor orden, cada cosa tenía su sitio. En algunos libros prensaba -pensamientos y hierbas que luego copiaba y pintaba con una caja de -acuarelas. - -Manuel hizo dos ó tres veces un esfuerzo para hablar de Roberto, pero no -se atrevió. - -De pronto, después de carraspear mucho, balbuceó: - ---¿Sabe usted? - ---¿Qué? - ---Roberto... aquel estudiante rubio de la otra casa... el que ayer -estaba en el teatro... me ha dado una carta para usted. - ---¿Para mí?--. Y las mejillas de Kate tomaron un tono rosado y sus ojos -brillaron con más vivacidad que de ordinario. - ---Sí. - ---Pues dámela. - ---Tome usted. - -Manuel entregó la carta y Kate la escondió rápidamente en el pecho. -Concluyó de arreglar su armario, y poco después se encerró en su cuarto. -A los dos días, Kate le envió á Manuel con una carta para Roberto, y -Roberto en seguida con otra para Kate. - -Un día Kate fué con Manuel á su colegio, en donde había un Nacimiento, y -á la ida y á la vuelta le acompañó Roberto. Hablaron los dos muchísimo; -Roberto contó sus proyectos. Manuel pensó en que esto del amor es una -cosa extraña. Para él no dijo Roberto nada que valiera la pena de oirse, -y, sin embargo, Kate le escuchó con el alma en un hilo. - -Roberto fué para Kate el colmo de lo respetuoso. Le habló con una -gravedad tranquila, sin echárselas de jacarandoso ni de listo; ella le -escuchó atenta. - -Manuel fué confidente de Roberto y de Kate. Era la muchacha de un candor -y de una inocencia inmaculadas, tenía una falta de comprensión para -cosas de malicia extraordinaria. Manuel sentía verdadera sumisión ante -aquella naturaleza aristocrática y elegante, tenía un sentimiento de -inferioridad que en nada le molestaba. - -La Nena le contó á Manuel las cosas que había visto en París, Bruselas, -Gante; le habló de los parques de Londres, le deslumbró. En cambio, -Manuel le contó á Kate detalles de la vida pobre madrileña, que á la -colegiala le producían el más profundo asombro; las cuevas, las -tabernas, los descampados; le habló de los chicos que se escapaban de -sus casas é iban á dormir á los rincones de las iglesias, de los que -robaban en los lavaderos; le describió las tiendas-asilos... - -Manuel tenía cierta gracia para contar sus impresiones; exageraba y -rellenaba con fantasías imaginadas los vacíos dejados por la realidad. -La Nena le solía escuchar muy intrigada. - ---¡Oh, qué miedo!--solía decir--; y sólo el pensar que aquella gente -miserable de que Manuel hablaba podía rozarse con ella, le hacía -estremecer. - -Sentía la niña una repugnancia profunda por la gente de la calle; no -quería salir los domingos por no andar entre hombres de blusa y -soldados. Le parecía que la gente del pueblo debía ser mala. Desde que -se encendían los faroles no le gustaba salir de casa. - -Las conversaciones solían tenerlas al anochecer en un gabinete que daba -á la calle, desde donde se veía la plaza de Oriente, como un bosque, y -el Palacio Real en cuyas cornisas se posaban cientos de palomas que de -día revoloteaban en bandadas. Como fondo se veía la Casa de Campo y el -horizonte que se enrojecía al caer de la tarde... - -Pasado el día de Reyes, Kate volvió al colegio, y en la casa se -restablecieron las antiguas costumbres y reinó el habitual desorden. - -La primera salida nocturna que hizo la baronesa fué acompañada por -Manuel á casa de su amiga cubana. - -Salieron la baronesa y Manuel después de cenar. La cubana vivía en la -calle Ancha. Llamaron en la casa; les abrió un criadito con librea azul -y galones dorados, y entraron, por un corredor, en una sala muy -iluminada adornada con lujo barato y chillón. En medio había un aparato -eléctrico con siete ú ocho bombillas, un sofá grande con flores, dos -sillones dorados al lado de una chimenea y sobre el mármol de ésta un -reloj en forma de bola, un barómetro como un martillo, un termómetro -como un puñal y otra porción de cosas con formas absurdas. Por todos -lados se veían fotografías. - -No había allí más que unas cuantas mujeres de mal aspecto, que se -levantaron humildemente. La baronesa se sentó, y al poco rato entró la -cubana, una mujer ordinaria y brutal, vestida con un traje muy llamativo -y con brillantes gruesos en las orejas y en los dedos. Tomó de la mano á -la baronesa y se sentó en un sofá junto á ella. Se veía que quería -halagarla. Era la coronela una mujer, más que vulgar, bestial; tenía la -mandíbula prominente, los ojos pequeños, negros y la boca con una -expresión de crueldad. Había en su aspecto algo lúbrico inquietante y -amenazador; se figuraba uno que aquella mujer debía tener vicios -extraños, que era capaz de cometer crímenes. - -Manuel, en un rincón, se puso á mirar un álbum de fotografías puesto -sobre un velador. - -La mujer del coronel, á quien la baronesa había conocido de sargenta en -Cuba, dijo que pensaba que su niña menor, Lulú, debutara en un Salón, de -bailarina, y le estaban dando las últimas lecciones. - ---Pero, ¿de verdad?--preguntó la baronesa. - ---Sí, sí; Mingote hizo la contrata, y se ha encargado de los últimos -toques, como dice él. ¡Ay, qué hombre tan gracioso! Está ahora con unos -amigos en el comedor. Vendrán en seguida. Mingote ha traído un poeta que -ha hecho un monólogo para la niña graciosísimo. Se llama _Instantáneas_. -Es un nombre modernista, ¿verdad? - ---Ya lo creo. - ---Es una muchacha que va á sacar fotografías á la calle y se encuentra -con un pollo que se le acerca y le propone hacer una reproducción ó un -grupo, y ella contesta: «¡Ay, no me toque usted el _chassis_!» Es -bonito, ¿verdad? - ---Precioso--dijo la baronesa mirando á Manuel y riéndose. - -Las demás mujeres, fregonas distinguidas á juzgar por su aspecto, -movieron la cabeza en señal de asentimiento, y sonrieron de un modo -triste. - ---¿Tiene usted mucha gente en la sala?--preguntó la baronesa. - ---Todavía no ha venido nadie. Mientras tanto, que baile la niña un poco -para que usted la vea. - -Dió la coronela un grito por el corredor, y apareció Lulú, vestida con -falda llena de lentejuelas y el pelo cortado y rizado. Estaba incomodada -porque no encontraba una pulsera, y chillando con una vocecilla agria. - ---Advierte á esos--le dijo la coronela--de que estás aquí. - -Salió la niña con el recado, y al poco rato entraron en la sala el -coronel, señor respetable, de barba blanca, que cojeaba é iba apoyado en -el brazo de Mingote; detrás de éstos un joven flaco, de bigote rubio, -con las mejillas rojas; el poeta, según advirtió la baronesa, y un -melenudo, el profesor de piano, que venía llevando del brazo á la hija -mayor de la casa, una mujer guapetona, blanca y rubia, que parecía -escapada de un cuadro de Rubens. - ---Primero, ¿qué va á ser? ¿el monólogo ó el baile?--preguntó la -coronela. - ---El monólogo, el monólogo--dijeron todos. - ---Vamos á ver. Silencio. - -El poeta, borracho á juzgar por el brillo de sus ojos y el color de sus -mejillas, sonrió amablemente. - -La chiquilla comenzó á recitar muy mal, con voz de gallito ronco, una -porción de brutalidades en verso, capaces de llevar el rubor á las -curtidas mejillas de un carabinero. Cada barbaridad de aquellas -terminaba con el estribillo de ¡Ay, no me toque usted el chassis! - -Al terminar el coronel dijo que le parecían los versos un poco así... un -poco, vamos, demasiado libres y miró á todos pidiendo su opinión. Se -discutió el punto acaloradamente. El amo de la casa presentó sus -argumentos, pero la réplica de Mingote fué decisiva. - ---No, coronel--concluyó diciéndole el ex prestamista exaltado--, es que -usted siente de una manera excesiva el pundonor militar. Usted lo mira -esto como militar. - -La baronesa contempló asombrada á Mingote y no pudo contener la risa. - -El coronel explicó confidencialmente á Mingote por qué las ideas de los -militares acerca de la honra necesariamente tenían que ser más rígidas -que las de los paisanos, por la disciplina, la ordenanza, y sobre todo -por el uniforme. - -Después del monólogo, el melenudo se puso al piano y la niña comenzó á -bailar el tango. En este punto se presentaba también una cuestión que -dilucidar y la coronela quería que se resolviera al momento. La cosa no -era para menos. Hay una parte en el tango verdaderamente grave y -trascendental; es ese movimiento de caderas que el público llama -científicamente bisagra. La coronela preguntaba: ¿Cómo tiene Lulú que -hacer esta parte del tango, ó sea la bisagra? ¿Dándole todo lo que ello -pide ó velándolo un poco? - -A la baronesa no le parecía bien que el tango fuera tan exagerado; un -poco de aquel movimiento no estaba mal. La coronela y Mingote -protestaron, y afirmaron que el público pide siempre, por más -emocionante, la bisagra. - -El coronel, á pesar de su pundonor militar, opinaba que el público, -efectivamente, pedía bisagra, y que un poco más ó menos de zarandeo era -cosa _de material_. - -Mingote entonces, para enseñar á la niña cómo debía hacer aquel -movimiento, se levantó y se puso á mover las caderas de un modo -grotesco. La niña repitió la suerte sonriendo, pero sin calor. Entonces -la coronela dijo al oído de la baronesa que sólo el hombre podía enseñar -á la mujer la gracia en aquel movimiento. La baronesa sonrió -discretamente. - -En aquel momento el criadito galoneado entró y dijo que estaba -Fernández. Fernández debía de ser persona de importancia porque la -coronela se levantó al momento y se dispuso á salir. - ---Anda, dale la ruleta, dijo el coronel á su esposa, y que enciendan las -luces en la sala.--¿Que?--añadió el buen señor--, ¿quiere usted que -hagamos una vaquita, baronesa? - ---Ya veremos, coronel. Primeramente intentaré la suerte sola. - ---Bueno. - -Bailó otro tango Lulú y al poco rato apareció la coronela. - ---Ya pueden ustedes pasar--dijo. - -Las viejas fregonas se levantaron de sus asientos, y cruzando el -corredor entraron en una sala grande con tres balcones. Había dos mesas -allí, una de ellas con una ruleta, la otra sin nada. - -Las tres viejas, la baronesa, el coronel y sus dos hijas se sentaron en -la mesa de la ruleta, en donde estaban ya sentados el banquero y los dos -pagadores. - ---Hagan juego--dijo el _croupier_ con una impasibilidad de autómata. - -Giró la bola blanca en la ruleta, y antes de que se parara, el -_croupier_ dijo: - ---¡No va más! - -Los dos pagadores dieron con su rastrillo en los paños, para impedir que -se siguiera apuntando.--No va más--repitieron al mismo tiempo con voz -monótona. - -Fué entrando gente poco á poco y se ocuparon las sillas colocadas -alrededor de la mesa. - -Al lado de la baronesa se sentó un hombre de unos cuarenta años, alto, -fornido, ancho de hombros, de pelo crespo negrísimo y dientes blancos. - ---Pero hijo, ¿tú aquí?--le dijo la baronesa. - ---¿Y tú?--replicó él. - -Era aquel hombre, primo en segundo ó tercer grado de la baronesa y se -llamaba Horacio. - ---¿No decías que te acostabas invariablemente á las nueve?--preguntó la -baronesa. - ---Y es una casualidad que haya venido aquí. Es la primera vez que vengo. - ---Bah. - ---Créeme. ¿Hacemos una vaca, prima? - ---No me parece mal. - -Reunieron el dinero de ambos y siguieron jugando. Horacio apuntaba según -las órdenes de la baronesa. Tenían suerte y ganaban. Poco á poco se iba -llenando el salón de un público abigarrado y extraño. Había dos -aristócratas conocidos, un torero, militares. De pie se apretaban -algunas señoras con sus hijas. - -Manuel vió á la Irene, la nieta de doña Violante, al lado de un señor -viejo con el pelo engomado, que jugaba fuerte. Tenía los dedos llenos de -sortijas con piedras grandes. - -Sentados en un diván hablaban cerca de Manuel un hombre viejo, de barba -blanca, muy pálido y demacrado, con otro joven lampiño de aire aburrido. - ---¿Usted se retiró ya?--decía el joven. - ---Sí; me retiré porque no tenía dinero; si no hubiera seguido jugando -hasta que me hubieran encontrado muerto sobre el tapete verde. Para mí -esta es la única vida. Yo soy como la Valiente. Ella me conoce, y me -suele decir algunas veces:--¿Hacemos una vaca, marqués?--No le daría á -usted mala suerte--le contesto yo. - ---¿Quién es la Valiente? - ---Ahora la verá usted cuando empiece el bacarrat. - -Se encendió la luz en la otra mesa. - -Se levantó un viejo de bigote de mosquetero, con una baraja en la mano, -y se apoyó en el borde de la mesa. Al mismo tiempo se le acercaron diez -ó doce personas. - ---¿Quién talla?--preguntó el viejo. - ---Cincuenta duros--murmuró uno. - ---Sesenta. - ---Cien. - ---Ciento cincuenta duros. - ---Doscientos--gritó una voz de mujer. - ---Ahí está la Valiente--dijo el marqués. - -Manuel la contempló con curiosidad. Era una mujer de treinta á cuarenta -años; vestía traje de hechura de sastre y sombrero Frégoli. Era muy -morena, con una tez olivácea, los ojos negros, hermosos. Se cegaba en -las apuestas y salía á los pasillos á fumar. Se notaba en ella una gran -energía y una inteligencia clara. Decían que llevaba siempre revólver. -No le gustaban los hombres y se enamoraba de las mujeres con verdadera -pasión. Su última conquista había sido la hija mayor del coronel, la -rubia gruesa, á la cual dominaba. Tenía una suerte loca algunas veces, y -para mitigar sus amorosas penas jugaba, y ganaba de un modo insolente. - ---Y ese hombre que no juega nunca y está siempre aquí, ¿quién -es?--preguntó el joven, señalando un tipo de unos sesenta años, basto, -de bigote pintado. - ---Este es un usurero que creo que es socio de la coronela. Cuando yo fuí -gobernador de la Coruña estaba pendiente de un proceso por no sé qué -chanchullo que había hecho en la Aduana. Le dejaron cesante y luego le -dieron un destino en Filipinas. - ---¿En recompensa? - ---Hombre, todo el mundo tiene que vivir--replicó el marqués--. En -Filipinas no sé qué hizo que le procesaron varias veces, y cuando quedó -libre, lo emplearon en Cuba. - ---Querían que estudiara el régimen colonial español--advirtió el joven. - ---Sin duda. Allí también tuvo líos, hasta que vino aquí y se dedicó á -negocios de usura, y dicen que ahora no se ahogará por menos de un -millón de pesetas. - ---¡Demonio! - ---Es un hombre serio y modesto. Hasta hace unos años vivía con una tal -Paca, que era dueña de una tintorería de la calle de Hortaleza, y los -dos salían á pasear los domingos por las afueras como gente pobre. Se le -murió aquella Paca, y ahora vive solo. Es huraño y humilde; muchas veces -él mismo va á la compra y guisa. El que es interesante es su antiguo -secretario; tiene unas condiciones de falsificador como nadie. - -Manuel escuchaba con atención. - ---Ese sí que es un hombre--dijo el marqués, mirándole atentamente. - -El observado, un hombre de barba roja y puntiaguda, de aire burlón, se -volvió y saludó amablemente al viejo. - ---Adiós, Maestro--le dijo éste. - ---¿Le llama usted maestro?--preguntó el joven. - ---Así le llama todo el mundo. - -Lulú, la hija de la coronela, y otras dos amigas pasaron por delante del -marqués y del joven. - ---Qué moninas son--dijo el marqués. - -Tomaba aquello un aspecto mixto de mancebía lujosa y garito elegante. No -reinaba el silencio angustioso de las casas de juego, ni la greguería -alborotadora de un burdel; se jugaba y se amaba discretamente. Como -decía la coronela, era una reunión muy modernista. - -En los divanes hablaban las muchachas con los hombres animadamente; se -discutía, se estudiaban combinaciones para el juego... - ---A mí esto me encanta--dijo el marqués con su sonrisa pálida. - -La baronesa estaba mareada y sentía ganas de marcharse. - ---Me voy. ¿Me acompañas, Horacio?--preguntó á su primo. - ---Sí, te acompañaré. - -Se levantó la baronesa, después Horacio, y Manuel se reunió á ellos. - ---¡Qué gentuza!, ¿verdad?--dijo la baronesa con la risa ingenua peculiar -suya al encontrarse en la calle. - ---Es la amoralidad, como dicen ahora--replicó Horacio--. Los españoles -no somos inmorales, lo que pasa es que no tenemos idea de moralidad. «Ya -ve usted--decía el coronel en el momento que me he levantado para tomar -un poco de aire--ya ve usted, á mí me han mermado el retiro: de ochenta -duros me han dejado en setenta; y ¡claro!, hay que buscar otros -ingresos; así las hijas de los militares tienen que ser bailarinas... y -todo lo demás. - ---¿Te decía eso? ¡Qué bárbaro! - ---¿Pero eso te choca? A mí no. Si eso es una consecuencia natural y -necesaria de nuestra raza. Estamos degenerados. Somos una raza de última -clase. - ---¿Por qué? - ---Porque sí; no hay mas que observar. ¿Te has fijado en la cabeza que -tiene el coronel? - ---No. ¿Qué, tiene algo en la cabeza?--preguntó burlonamente la baronesa. - ---Nada, que tiene la cabeza de un papúa. La moralidad sólo se da en -razas superiores. Los ingleses dicen que Wellington es superior á -Napoleón porque Wellington peleó por el deber y Napoleón por la gloria. -La idea del deber no entra en cráneos como el del coronel. Háblale á un -mandingo del deber. Nada. ¡Oh! La antropología enseña mucho. Yo me lo -explico todo por leyes antropológicas. - -Pasaron por delante del café de Varela. - ---¿Quieres que entremos aquí?--dijo el primo. - ---Vamos. - -Se sentaron los tres en una mesa, pidió cada uno lo que quería y siguió -el primo de la baronesa hablando. - -Era un tipo gracioso el de aquel hombre; hablaba en andaluz cerrado, -aspirando las haches; tenía algún dinero para vivir y con eso y un -destinillo en un ministerio iba pasando. Vivía en un desorden muy -reglamentado, leyendo á Spencer en inglés y cambiando de género de vida -por temporadas. - -Hombre original, llevaba ya cuatro ó cinco años encenagado en los -pantanosos campos de la sociología y de la antropología. Estaba -convencido de que intelectualmente era un anglosajón, á quien no le -debían de preocupar las cosas de España ni de ningún otro país del -Mediodía. - ---Pues sí--siguió diciendo Horacio llenando su copa de cerveza--. Yo me -lo explico todo, los detalles más nimios por leyes biológicas ó -sociales. Esta mañana al levantarme oía á mi patrona que hablaba con el -panadero de la subida del pan.--¿Y por qué ha encarecido el pan?--le -preguntaba ella.--No sé replicaba él; dicen que la cosecha es -buena.--¿Pues entonces?--No sé. Me fuí á la oficina á la hora en punto -con exactitud inglesa; no había nadie; es la costumbre española, y me -pregunté: ¿En qué consiste la subida del pan si la cosecha se presenta -buena? Y dí con la explicación que creo te convencerá. Tú sabrás que en -el cerebro hay lóbulos. - ---Yo qué he de saber eso, hijo mío--replicó la baronesa distraída, -mojando un bizcocho en el chocolate. - ---Pues sí hay lóbulos, y según opinión de los fisiólogos, cada lóbulo -tiene su función; uno sirve para una cosa, el otro para otra, -¿comprendes? - ---Sí. - ---Bueno; pues figúrate tú que en España hay cerca de trece millones de -individuos que no saben leer y escribir. ¿No me atiendes? - ---Sí, hombre, sí. - ---Pues bien; ese lóbulo que en los hombres ilustrados se emplea en -esfuerzos para entender y pensar en lo que se lee, aquí no lo utilizan -trece millones de habitantes. Esa fuerza que debían de gastar en -discurrir, la emplean en instintos fieros. Consecuencia de esto, el -crimen aumenta, aumenta el apetito sexual, y al aumentar éste, crece el -consumo de alimentos y encarece el pan. - -La baronesa no pudo menos de reirse al oir la explicación de su primo. - ---No es una fantasía--replicó Horacio--es la pura verdad. - ---Si no lo dudo, pero me hace reir la noticia. Manuel también se ríe. - ---¿De dónde has sacado este chico? - ---Es el hijo de una mujer que conocimos. ¿Qué te dice tu ciencia de él? - ---A ver, quítate la gorra. - -Manuel se quitó la gorra. - ---Este es un celta--añadió Horacio--. ¡Buena raza! El ángulo facial -abierto, la frente grande, poca mandíbula... - ---Y eso, ¿qué quiere decir?--preguntó Manuel. - ---En último término, nada. ¿Tú tienes dinero? - ---¿Yo? Ni un botón. - ---Pues entonces lo que te puedo decir es esto, que como no tienes -dinero, ni eres hombre de presa, ni podrás utilizar tu inteligencia, -aunque la tengas, que creo que sí; probablemente morirás en algún -hospital. - ---¡Qué bárbaro!--exclamó la baronesa--no le digas eso al chico. - -Manuel se echó á reir; la profecía le parecía muy divertida. - ---En cambio yo--siguió diciendo Horacio--no hay cuidado que muera en un -hospital. Mira qué cabeza, qué quijada, qué instinto de adquisividad más -brutal. Soy un berebere de raza, un euro-africano; eso sí, -afortunadamente, estoy influído por las ideas de la filosofía práctica -de lord Bacon. Si no fuera por eso estaría bailando tangos en Cuba ó en -Puerto Rico. - ---¿De manera que gracias á ese lord eres un hombre civilizado? - ---Relativamente civilizado; no trato de compararme con un inglés. ¿Tengo -yo la seguridad de ser un ario? ¿Soy acaso celta ó sajón? No me hago -ilusiones; soy de una raza inferior, ¡qué le voy á hacer! Yo no he -nacido en Manchester sino en el Camagüey y he sido criado en Málaga. -¡Figúrate! - ---Y eso, ¿qué tiene que ver? - ---La mar, chica. La civilización viene con la lluvia. En esos países -húmedos y lluviosos es donde se dan los tipos más civilizados y más -hermosos también, tipos como el de tu hija con sus ojos tan azules, la -tez tan blanca y el cabello tan rubio. - ---Y yo... ¿qué soy?--preguntó la baronesa--¿Un poco de eso que decías -antes? - ---¿Un poco berebere? - ---Sí, me parece que sí; un poco berebere, ¿eh? - ---En el carácter quizás, pero en el tipo, no. Eres de raza aria pura, -tus ascendientes vendrían de la India, de la meseta de Pamir ó del valle -de Cabul, pero no han pasado por Africa. Puedes estar tranquila. - -La baronesa miró á su primo con expresión un tanto enigmática. Poco -después los dos primos y Manuel salieron del café. - -[Illustration] - - - - -CAPÍTULO VII - -El berebere se siente profundamente anglosajón.--Mingote -mefistofélico.--Cogolludo.--Despedida. - - -Desde aquel encuentro en la chirlata del coronel, de la baronesa y el -sociólogo, éste comenzó á frecuentar la casa y á poner cátedra de -antropología y de sociología en el comedor. Manuel no sabía cómo serían -aquellas ciencias; pero traducidas al andaluz por el primo de la -baronesa, eran muy pintorescas; Manuel y niña Chucha escuchaban al -berebere con grandísima atención y algunas veces le hacían objeciones -que él contestaba, si no con grandes argumentos científicos, con -muchísima gracia. - -El primo Horacio empezó á quedarse á cenar en la casa y terminó -quedándose después de cenar; niña Chucha protegía al berebere quizás por -afinidades de raza y se reía enseñando los dientes blancos cuando venía -don Sergio. - -La situación era comprometida porque la baronesa no se preocupaba de -nada; después de servirse de Mingote le había despedido dos ó tres veces -sin darle un céntimo. El agente comenzaba á amenazar, y un día fué -decidido á armar la gorda. Habló de la falsificación de los papeles de -Manuel y de que aquello podía costar á la baronesa ir á presidio. Ella -le contestó que la responsabilidad de la falsificación era de Mingote, -que ella tendría quien la protegiese, y que en el caso de que -interviniese la justicia el primero que iría á la cárcel sería él. - -Mingote amenazó, chilló, gritó demasiado, y en el momento álgido de la -disputa llegó el primo Horacio. - ---¿Qué pasa? Se oye el escándalo desde la calle--dijo. - ---Este hombre que me está insultando--clamó la baronesa. - -Horacio cogió á Mingote del cuello de la americana y lo plantó en la -puerta. Mingote se deshizo en insultos, sacó á relucir la madre de -Horacio; entonces éste, olvidando á lord Bacon, se sintió berebere, -levantó el pie y dió con la punta de la bota en las nalgas de Mingote. -El agente gritó más y de nuevo el berebere le acarició con el pie en la -parte mas redonda de su individuo. - -La baronesa comprendió que al agente le faltaría tiempo para vengarse; -no creía que se atrevería á hablar de la falsificación de los papeles de -Manuel porque se cogía los dedos con la puerta, pero probablemente -advertiría á don Sergio de la presencia del primo Horacio en la casa. -Antes de que pudiese hacerlo, escribió al comerciante una carta -pidiéndole dinero, porque tenía que pagar unas cuentas. Envió la carta -con Manuel. - -El viejo calcáreo, al leer la carta, se incomodó. - ---Mira, dile á tu... señora que espere, que yo también tengo que esperar -muchas veces. - -Al saber la contestación, la baronesa se indignó: - ---¡Valiente grosero! ¡Valiente animal! La culpa la tengo yo de hacer -caso á ese vejestorio infecto. Cuando venga yo le diré cuántas son -cinco. - -Pero don Sergio no apareció, y la baronesa, que supuso lo pasado, se -mudó á una casa más barata con el propósito de economizar; y niña -Chucha, Manuel y los tres perros pasaron á ocupar un tercer piso de la -calle del Ave María. - -Allí continuó el idilio iniciado entre la baronesa y Horacio; á pesar de -que éste, por su tranquilidad anglosajona, ó por la idea pobre de la -mujer, patrimonio de las razas del Sur, no le daba gran importancia al -flirt. - -La baronesa, de vez en cuando, para atender á los gastos de la casa, -vendía ó mandaba empeñar algún mueble; pero con el desbarajuste que -reinaba allí, el dinero no duraba un momento. - -Al mes de estancia en la calle del Ave María, apareció una mañana don -Sergio indignado. La baronesa no quiso presentarse y mandó á decirle por -la mulata que no estaba. El viejo se marchó y por la tarde escribió una -carta á la baronesa. - -Mingote no había cantado. Don Sergio respiraba por la herida; no le -parecía bien que Horacio pasase la vida en la casa de la baronesa; no -encontraba mal que la visitase, sino la asiduidad con que lo hacía. La -baronesa enseñó la carta á su primo, y éste, que sin duda no buscaba más -que un pretexto para escurrir el bulto, se acordó de lord Bacon, se -sintió de pronto anglosajón, ario y hombre moral y dejó de presentarse -en casa de la baronesa. - -Ella, que padecía el último brote de romanticismo de la juventud de la -vejez, se desesperó, escribió cartas al galán, pero él siguió -sintiéndose anglosajón y ario y acordándose de lord Bacon. - -Mientras tanto don Sergio, al ver que su carta no producía efecto, -volvió á la carga y se presentó en la casa. - ---Pero, ¿qué le pasa á usted, Paquita?--dijo al ver á la baronesa -desmejorada. - ---Creo que tengo el trancazo, según siento de pesada la cabeza. Estoy -con dolores en todo el cuerpo. Me tiene usted completamente abandonada. -En fin, Dios sobre todo. - -Don Sergio dejó pasar la hojarasca de palabras y lamentaciones con que -la baronesa trataba de sincerarse, y dijo: - ---Este sistema de vida no puede seguir. Hay que tener método, hay que -tener régimen; así no puede ser. - ---Eso mismo estaba pensando yo--replicó la baronesa--. Sí, lo comprendo, -á mí no me corresponde esa vida. Volveré á tomar otra casita de doce -duros. - ---¿Y los muebles? - ---Los venderé. - -¿Cómo decir que los había ya vendido? - ---No, yo...--El calcáreo iba á hacer una observación de buen -comerciante, pero no se atrevió.--Luego esas visitas tan frecuentes de -su primo de usted no están bien--añadió. - ---¿Pero si me persigue--murmuró con voz quejumbrosa la baronesa--qué voy -á hacerle yo? Ese hombre tiene por mí una pasión loca; comprendo que es -raro, porque ya á mis años... - ---No diga usted esas cosas, Paquita. - ---Pero nada; se ha convertido en mi duende. Pero ahora ya verá usted -cómo no va á volver. - ---¿No ha de volver? Volverá hasta que usted no se lo diga claramente... - ---Si se lo he dicho, y por eso ya no volverá. - ---Entonces, mejor que mejor. - -La baronesa miró indignada á don Sergio; después tomó una actitud -compungida. - -Don Sergio planteó sus planes de regeneración y pensó que Paquita debía -dejar á niña Chucha, á quien el viejo calcáreo detestaba cordialmente; -pero la baronesa afirmó que la quería como á una hija, tanto ó más que á -sus perros, que eran casi para ella como las niñas de sus ojos. - -De pronto la baronesa se incorporó en el sofá. - ---Tengo un plan--le dijo á don Sergio--. Dígame usted si le parece bien. -En _El Imparcial_ de ayer vi anunciada una finca ó casa en Cogolludo, -con huerta y jardín, por cincuenta duros al año. Supongo que será cosa -muy mala; pero, al fin, será un terreno y una choza, y á mí me basta con -una cabañita. Podría ir arreglando esa choza. ¿Qué le parece á usted, -don Sergio? - ---Pero, ¿para qué te vas á marchar de aquí? - ---Es que no se lo he querido decir--añadió la baronesa--; pero ese -hombre me persigue. Y contó una porción de embustes. Se recreaba la -buena señora haciéndose la ilusión de que el primo la perseguía -tenazmente, y todas las cartas quien ella había escrito á él supuso que -era él quien se las había escrito á ella. - ---Y claro--siguió diciendo--, no es cosa de ir al fin del mundo huyendo -de ese ridículo trovador. - ---Pero Cogolludo no debe tener tren; te vas á aburrir. - ---¡Quia! Allá me meto en mi choza como una santa y me entretengo en -regar el jardín y cuidar las flores... pero soy tan desgraciada, que con -seguridad ya habrán alquilado la casa. - ---No, eso no. Pero yo no veo la necesidad de marcharse. El chico no -podrá ir al colegio. - ---Ya no tiene necesidad. Estudiará por libre. - ---Bueno; alquilaremos esa casa. - ---Si no, ese canalla me va á perseguir. Yo quisiera que le llevasen á la -cárcel y le ahorcaran. ¡Ay, don Sergio! ¡Cuándo vendrá Carlos VII! No -estoy por la libertad ni por las garantías constitucionales para los -pillos. - ---Vamos, vamos, mujer. Ya veremos si se arregla eso de la casa. Y -alíviate pronto. - ---Gracias, don Sergio; usted siempre tan fuerte. Es usted una roca... -Tarpeya. Y sin saber dónde guardar el dinero. ¡Acuérdese usted de mí! Ya -sabe usted que soy muy arregladita y que no pienso ni desperdicio nada. - -Era lo mejor que tenía la baronesa, que se conocía á fondo. - -Decididos á ir á Cogolludo, comenzaron á embalar los muebles entre niña -Chucha y Manuel, cuando la mulata salió diciendo que ella lo sentía -mucho, pero que se quedaba en Madrid en una casa. - ---Pero hija, ¿qué vas á hacer? - -La mulata, apurada á preguntas, confesó que un señor americano, un -pequeño _rastaquouere_ que sentía la nostalgia del cocotero, le había -ofrecido el puesto de ama de llaves en su casa. - -La baronesa no se atrevió á hablarla de moralidad, y el único consejo -que le dió fué que si el americano no se contentaba únicamente con que -ella fuera ama de llaves, que se afirmara bien; pero la mulata no era -tonta, y había, según dijo, tomado todas sus precauciones para caer en -blando. - -Manuel quedó solo en la casa para terminar las diligencias necesarias -para el traslado. Una tarde, de vuelta de la estación del Mediodía, se -encontró con Mingote, que al verle echó á correr tras él. - ---¿A dónde vas?--le dijo--; cualquiera hubiese dicho que huías de mí. - ---¡Yo! ¡Qué disparate! Me alegro mucho de verle. - ---Yo también. - ---Mira, vamos á entrar en este café. Te convido. - ---Bueno. - -Entraron en el café de Zaragoza. Mingote pidió dos cafés, papel y -pluma. - ---¿A ti te importaría algo escribir lo que voy á dictarte? - ---Hombre, según lo que sea. - ---Se trata de que me pongas una carta diciéndome que no te llamas Sergio -Figueroa, sino Manuel Alcázar. - ---¿Y para qué quiere usted que le escriba eso? Si usted lo sabe tan bien -como yo--contestó cándidamente Manuel. - ---Es una combina que me traigo. - ---Y yo, ¿qué voy ganando en eso? - ---Te puedes ganar treinta duros. - ---¿Sí? ¡Vengan! - ---No, cuando el negocio esté terminado. - -Viendo Mingote á Manuel tan propicio, le dijo que si se las apañaba para -quitar á la baronesa los papeles falsificados de su identificación y se -los entregaba, añadiría á los treinta veinte duros más. - ---Los papeles los tengo yo guardados--dijo Manuel--; si espera usted -aquí un momento, voy y se los traigo á usted en seguida. - ---Bueno, aquí espero. ¡Qué infeliz es este muchacho!--murmuró Mingote--. -Se figura que le voy á dar cincuenta duros. ¡Qué primo! - -Pasó una hora, luego otra; Manuel no aparecía. - ---¿Habré sido yo el primo!--exclamó Mingote--. Sin duda. ¡Me habrá -engañado ese condenado niño! - -Mientras esperaba Mingote, la baronesa y Manuel tomaban el tren. - - * * * * * - -Fueron á Cogolludo, y la baronesa se llevó el gran chasco. Creía que el -pueblo sería algo así como una aldea flamenca y se encontró con un -poblachón en medio de una llanura. - -La casa alquilada estaba en un extremo del pueblo; era grande, con una -puerta azul, tres ventanas chicas al camino y un corral en la parte de -atrás. Debía de hacer más de diez años que no la habitaban. Al día -siguiente de llegar la baronesa y Manuel la barrieron y fregaron. La -baronesa se lamentaba amargamente de su resolución. - ---¡Ay, Dios mío, ¡qué casa!--decía--. ¿Por qué habremos venido aquí? Y -¡qué pueblo! Yo había visto de paso algún pueblo de España, pero en el -Norte, donde hay árboles. ¡Esto es tan seco, tan árido! - -Manuel se encontraba en sus glorias; la huerta de la casa no producía -más que ortigas y yezgos, pero él supuso que se podría convertir aquel -trozo de tierra, seco y lleno de plantas viciosas, en un vergel. Se puso -á trabajar con fe. - -Primeramente escardó y quemó toda la hierba del huerto. - -Después removió la tierra con un pincho y sembró á discreción garbanzos, -habichuelas y patatas, sin enterarse de si era ó no el tiempo de la -siembra. Luego pasó horas y horas sacando agua de un pozo profundísimo -que había en medio del huerto, y como se desollaba las manos con la -cuerda y además á la media hora de regar la tierra estaba seca, ideó una -especie de torno con el cual se tardaba media hora en sacar un balde de -agua. - -A los quince días de estancia allí tomó la baronesa una criada, y cuando -ya la casa estuvo limpia fué á Madrid, sacó del colegio á Kate y la -llevó á Cogolludo. - -Kate, como tenía un espíritu práctico, llenó unas cuantas macetas de -tierra y plantó una porción de cosas en ellas. - ---¿Para qué hace usted eso?--le dijo Manuel--, si dentro de poco estará -todo esto lleno de plantas. - ---Yo quiero tener las mías--contestó la niña. - -Pasó un mes, y á pesar de los trabajos ímprobos de Manuel, no brotó nada -de lo plantado por él. Sólo unos geranios y unos ajos puestos por la -criada crecían, á pesar de la sequedad, admirablemente. - -Los tiestos de Kate también prosperaban; en las horas de calor los metía -dentro de la casa y los regaba. Manuel, viendo que sus ensayos de -horticultura fracasaban, se dedicó con rabia al exterminio de las -avispas, que en grandes panales de celdas simétricas, ocultos en los -intersticios de las tejas, se guarecían. - -Entabló con las avispas una lucha á muerte y no las pudo vencer: parecía -que le habían tomado odio; le atacaban de una manera tan furiosa, que la -mayoría de las veces tenía que batirse en retirada, expuesto á caerse -del tejado lleno de picaduras. - -Los entretenimientos de Kate eran más tranquilos y pacíficos. Había -arreglado su cuarto con un orden perfecto. Sabía embellecerlo todo. Con -la cama, cubierta por la colcha blanca y oculta por las cortinas; los -tiestos, en la ventana, en los que empezaban á brotar las plantas; su -armario, y los cromos en las paredes azules; su alcoba tenía un aspecto -de gracia encantador. - -Luego, era la muchacha de una bondad amable y serena. - -Había encontrado en el campo un gato herido, á quien perseguían unos -chicos, á pedradas; lo recogió, á riesgo de ser arañada, lo cuidó y -curó, y el gato la seguía ya por todas partes y sólo quería estar con -ella. - -Manuel obedecía á la Nena ciegamente, sentía además una gran -satisfacción al obedecerla; la consideraba como un dechado de -perfecciones, y á pesar de esto, nunca se le ocurrió, ni en su fuero -interno, enamorarse de ella. Quizás la encontraba demasiado buena, -demasiado hermosa. Experimentaba Manuel la tendencia paradójica de -todos los hombres de fantasía que creen amar la perfección y se enamoran -de lo imperfecto. - -El verano transcurrió agradablemente; el calcáreo estuvo dos veces en -Cogolludo, al parecer contento; pero, al fin de Agosto, las pesetas que -recibía la baronesa no aparecieron. - -Escribió á don Sergio varias veces sacando á relucir la persecución de -que era víctima, pues de este modo satisfacía la vanidad y el amor -propio del viejo _Cromwell_; pero don Sergio no cayó en la celada. - -Indudablemente, Mingote había hablado. Esperó la baronesa algún tiempo -trampeando, haciendo deudas. Un día, á principios de Otoño, se presentó -el guarda de la casa diciendo á la baronesa que la desalojara, que en -Madrid no habían pagado el alquiler. Se desahogó la baronesa insultando -y poniendo como un trapo á don Sergio; el guarda dijo que la orden suya -era no dejar que se llevaran los muebles sin que le pagaran el alquiler. - -La baronesa sentía que su hija se enterara de sus trapisondas; calculó -lo que valdrían los muebles, que ya en Madrid con las ventas y los -empeños quedaron reducidos estrictamente á lo indispensable, y se -decidió á dejarlos y á huir de Cogolludo. - -Una tarde en que salieron del pueblo á dar un paseo, la baronesa expuso -á Kate, muy azorada, la situación. - ---¿Vamos á Madrid?--terminó diciendo. - ---Vamos. - ---¿Ahora mismo? - ---Ahora mismo. - -Hacía frió. Comenzaba á lloviznar. - -La estación del tren estaba en un pueblo inmediato. Manuel sabía el -camino. Marcharon los tres por entre lomas bajas; no encontraron á -nadie. Kate iba un tanto asustada. - ---Vaya una facha rara que debemos de tener--decía la baronesa. - -A la hora y media de salir del pueblo, de repente, á la revuelta de un -sendero, apareció el faro de señales de la vía férrea, un disco blanco -como un alto fantasma. Soplaba un vientecillo sutil. Oyeron de pronto á -lo lejos los silbidos agudos de un tren, aparecieron las linternas roja -y blanca de la locomotora, fueron agrandándose en la obscuridad -rápidamente, retembló la tierra, pasó la fila de vagones rechinando con -una algarabía infernal, surgió una bocanada de humo blanco con -incandescencias luminosas, cayó un diluvio de chispas al suelo y el tren -huyó y quedaron dos farolillos rojos y uno verde danzando en la -obscuridad de la noche, hasta que se escabulleron en seguida en las -sombras. - -Estaban los tres cansados cuando entraron en la estación. Esperaron -unas horas, y á la mañana del día siguiente llegaron á Madrid. - -La baronesa estaba azorada, fueron á una casa de huéspedes, les -preguntaron si tenían equipaje, la baronesa dijo que no, y no supo -encontrar ningún pretexto ni explicación; les dijeron que sin equipaje -no les tomarían, á no ser que pagaran por adelantado, y la baronesa -salió avergonzada. De allí pasaron por la casa de una amiga, pero se -había mudado: no se sabían tampoco las señas de Horacio. La baronesa -tuvo que empeñar un reloj de Kate y fueron á parar los tres á un hotel -de tercera clase. - -Al cuarto día el dinero terminó. La baronesa había perdido su presencia -de ánimo y en su rostro se notaba la fatiga y el cansancio. - -Escribió una carta humilde á su cuñado pidiéndole hospitalidad para ella -y su hija, y la contestación tardaba. La baronesa se ocultaba de Kate -para llorar. - -La dueña del hotel les pasó la cuenta; le suplicó la baronesa que -esperara unos días á que recibiera una carta; pero la mujer de la fonda, -á quien la petición hecha en otra forma no le hubiera chocado, se -figuró, por el tono empleado por la baronesa, que se trataba de -engañarla, y dijo que no esperaba, que, si al día siguiente no la -pagaban, avisaría á la policía. - -Kate, al ver á su madre más afligida que de costumbre, le preguntó lo -que le pasaba, y ella expuso la situación apurada en que se veían. - ---Voy á ver al embajador de mi país--dijo Kate resueltamente. - ---¿Tú sola? Iré yo. - ---No, que me acompañe Manuel. - -Fueron los dos á la Embajada; entraron en un portal grande. Dió su -tarjeta Kate á un portero é inmediatamente la hicieron pasar. Manuel, -sentado en un banco, esperó un cuarto de hora. Al cabo de este tiempo -salió la muchacha al portal acompañada de un señor de aspecto venerable. - -Este la acompañó hasta la puerta y habló con un lacayo con galones. - -El lacayo abrió la puerta de un coche que había frente á la puerta y -permaneció con el sombrero en la mano. - -Kate se despidió del anciano señor; luego dijo á Manuel. - ---Vamos. - -Entró ella en el coche y después Manuel estupefacto. - ---Ya está todo arreglado--dijo la muchacha á Manuel--. El embajador ha -telefoneado al hotel diciendo que pasen la cuenta á la Embajada. - -Manuel pudo notar en esta ocasión, y comprobarlo después repetidas -veces, que las mujeres acostumbradas desde niñas á doblegarse y á -ocultar sus deseos tienen, cuando despliegan sus energías ocultas, un -poder y una fuerza extraordinarios. - -La baronesa recibió la noticia alborozada, y en un arrebato de ternura, -besó á Kate repetidas veces y lloró amargamente. - -Días después se recibió la contestación del cuñado de la baronesa y un -cheque para que se pusieran en camino. - -A pesar de lo que le prometió la baronesa á Manuel, éste comprendió que -no le llevarían á él. Era natural. La baronesa compró ropa para la Nena -y para ella. - -Una tarde de otoño se fueron madre é hija. Manuel las acompañó, en -coche, hasta la estación. - -La baronesa sentía mucha tristeza de dejar Madrid; la Nena estaba, como -siempre, al parecer serena y tranquila. - -En el trayecto, ninguno de los tres dijo una palabra. - -Bajaron del coche, entraron en la sala de espera; había que facturar un -baúl y Manuel se encargó de ello. Después pasaron al andén y tomaron -asiento en un vagón de segunda. Roberto paseaba por el andén de la -estación pálido, de un lado á otro. - -La baronesa prometió al muchacho que volverían. - -Sonó la campana de la estación. Manuel se subió al coche. - ---Vamos, bájate--dijo la baronesa--. El tren va empezar á andar. - -Manuel ofreció la mano tímidamente á la Nena. - ---Abrázala--dijo su madre. - -Manuel apenas se atrevió á rodear el talle de la muchacha con sus -brazos. La baronesa le besó en las dos mejillas. - ---Adiós, Manuel--le dijo--, secándose una lágrima. - -Echó andar el tren; la Nena saludó desde la ventanilla con la mano; -pasaron vagones y vagones con un ruido sordo; el tren aceleró la marcha. -Manuel sintió una congoja grande; huyó el tren, silbando por los campos, -y Manuel se llevó las manos á los ojos y sintió que estaba llorando. - -Roberto le agarró del brazo. - ---Vamos de aquí. - ---¿Es usted?--le dijo Manuel. - ---Sí. - ---Han sido muy buenas para mí--añadió Manuel tristemente. - - - - -SEGUNDA PARTE - - - - -CAPÍTULO I - -Sandoval.--Los sapos de Sánchez Gómez.--Jacob y Jesús. - - -Salieron juntos Manuel y Roberto de la estación del Norte. - ---¿Y otra vez á empezar?--le dijo Roberto. ¿Por qué no te decides de una -vez á trabajar? - ---¿En dónde? Yo para buscar no sirvo. ¿Usted no sabe algo para mí? En -alguna imprenta... - ---¿Te decidirás á entrar de aprendiz sin ganar nada? - ---Sí; ¿qué voy á hacer? - ---Si te parece bien, yo te llevaré al director de un periódico ahora -mismo. Vamos. - -Subieron hasta la plaza de San Marcial; luego, por la calle de los -Reyes, hasta la de San Bernardo, y en la calle del Pez entraron en una -casa. Llamaron en el piso principal y una mujer esmirriada salió á la -puerta y les dijo que aquel por quien preguntó Roberto estaba durmiendo -y no quería que se le despertase. - ---Soy amigo suyo--replicó Roberto--; yo le despertaré. - -Entraron los dos por un corredor á un cuarto obscuro, en donde olía á -yodoformo de una manera apestosa. Roberto llamó. - ---¡Sandoval! - ---¿Qué hay? ¿Qué sucede?--gritó una voz fuerte. - ---Soy yo; Roberto. - -Se oyeron los pasos de un hombre desnudo que abrió las maderas del -balcón y luego se le vió volver y meterse en una cama grande. - -Era un hombre de unos cuarenta años, rechoncho, grasiento, de barba -negra. - ---¿Qué hora es?--dijo desperezándose. - ---Las diez. - ---¡Qué barbaridad! ¿Es tan temprano? Me alegro que me hayas despertado; -tengo que hacer muchas cosas. Da un grito por el pasillo. - -Roberto lanzó un ¡eh! sonoro, y se presentó en el cuarto una muchacha -pintada, con aire de mal humor. - ---Anda, tráeme la ropa--la dijo Sandoval, y de un esfuerzo se sentó en -la cama, bostezó estúpidamente y se puso á rascarse los brazos. - ---¿A qué venías?--preguntó. - ---Pues como el otro día dijiste que necesitabas un chico en la -redacción, te traigo éste. - ---Pues, hombre, tengo ya otro. - ---Entonces nada. - ---Pero en la imprenta creo que necesitan. - ---A mí ese Sánchez Gómez no me hace mucho caso. - ---Se lo diré yo; no me puede negar eso. - ---¿Te se olvidará? - ---No, no se me olvidará. - ---¡Bah! Escríbele; es mejor. - ---Ya le escribiré. - ---No, ahora; ponle unas letras. - -Mientras hablaban, Manuel observó con curiosidad el cuarto, de un -desorden y suciedad grandes. El mobiliario lo componían: la cama de -matrimonio, una cómoda, una mesa, un aguamanil de hierro, un estante y -dos sillas rotas. Sobre la cómoda y en el estante se amontonaban libros -desencuadernados y papeles; en las sillas enaguas y vestidos de mujer; -el suelo estaba lleno de puntas de cigarro, de trozos de periódico y de -pedazos de algodón utilizados para alguna cura; debajo de la mesa -aparecía una jofaina de hierro convertida en brasero, llena de ceniza y -de carbones apagados. - -Cuando la muchacha pintada vino con el traje y la camisa, Sandoval se -levantó en calzoncillos y anduvo buscando un jabón entre los papeles, -hasta que lo encontró. Se fué á lavar en la palangana del aguamanil, -llena de agua sucia hasta arriba, en la que nadaban remolinos de pelos -de mujer. - ---¿Quieres echar el agua?--dijo el periodista á la muchacha -humildemente. - ---Echala tú--contestó ella de mala manera, saliendo del cuarto. - -Sandoval salió en calzoncillos al corredor con la palangana en la mano, -después volvió, se lavó y fué vistiéndose. - -Sobre los libros y los papeles se veían algún peine grasiento, algún -cepillo de dientes gastado y rojo por la sangre de las encías; un cuello -postizo con ribetes de mugre, una caja de polvos de arroz llena de -abolladuras, con la brocha apelmazada y negra. - -Después de vestido Sandoval, se transformó á los ojos de Manuel; tomó un -aire de distinción y elegancia, escribió la carta que le pedían, y -Roberto y Manuel salieron de la casa. - ---Se ha quedado maldiciendo de nosotros--dijo Roberto. - ---¿Por qué? - ---Porque es perezoso como un turco. Perdona todo menos que le hagan -trabajar. - -Salieron los dos nuevamente á la calle de San Bernardo y entraron en una -callejuela transversal. Se detuvieron frente á una casa pequeña que -salía de la línea de las demás. - ---Esta es la imprenta--dijo Roberto. - -Manuel miró; ni letrero, ni muestra, ni indicación alguna de que aquello -fuera una imprenta. Empujó Roberto una puertecilla y entraron en un -sótano negro, iluminado por la puerta de un patio húmedo y sucio. Un -tabique recién blanqueado, en donde se señalaban huellas impresas de -dedos y de manos enteras, dividía este sótano en dos compartimientos. Se -amontonaban en el primero una porción de cosas polvorientas; el otro, el -interior, parecía barnizado de negro; una ventana lo iluminaba; cerca de -ella arrancaba una escalera estrecha y resbaladiza que desaparecía en el -techo. En medio de este segundo compartimiento un hombre barbudo, flaco -y negro, subido en una prensa grande, colocaba el papel que allí parecía -blanco como la nieve sobre la platina de la máquina, y otro hombre lo -recogía. En un rincón funcionaba trabajosamente un motor de gas que -movía la prensa. - -Subieron Manuel y Roberto por la escalera á un cuarto largo y estrecho -que recibía la luz por dos ventanas á un patio. - -Adosadas á las paredes y en medio, estaban los casilleros de las letras, -y sobre ellos colgaban algunas lámparas eléctricas, envueltas en -cucuruchos de papel de periódico, que servían de pantalla. - -En las cajas trabajaban tres hombres y un chico; uno de los hombres -cojo, de blusa azul larga, sombrero hongo, aspecto de mal humor, con los -anteojos puestos, se paseaba de un lado á otro. - -Roberto saludó al señor cojo y le entregó la carta de Sandoval. El cojo -cogió la carta y gruñó malhumorado: - ---No sé para qué me vienen con estas comisiones. ¡Maldita sea la!... - ---Este es el chico á quien hay que enseñarle el oficio--interrumpió -Roberto fríamente. - ---Como no le enseñe yo la...--y el cojo soltó diez ó doce barbaridades y -un rosario de blasfemias. - ---¿Hoy está usted de mal humor? - ---Estoy como me da la gana... tanto amolar... porque me sale así de los -santísimos... ¿Sabe usted? - ---Bueno, hombre, bueno--repuso Roberto, y añadió en un aparte alto de -teatro, de los que oye todo el mundo:--¡Qué paciencia hay que tener con -este animal! - ---Es una broma--siguió diciendo el cojo sin hacer caso del aparte--; que -el chico quiere aprender el oficio, ¿y á mí qué?; que no tiene que -comer, ¿y á mí qué? Que se vaya con dos mil pares... con viento fresco. - ---¿Le va usted á enseñar ó no, señor Sánchez? Yo tengo que hacer, no -quiero perder el tiempo. - ---¡Ah, usted no quiere perder tiempo! Pues váyase usted, hombre; á bien -que yo no necesito que se quede usted aquí, que se quede el chico; usted -aquí estorba. - ---Gracias. Tú quédate aquí--dijo Roberto á Manuel--, ya te dirán lo que -tienes que hacer. - -Manuel quedó perplejo, vió á su protector que se marchaba, miró á todos -lados, y viendo que no le hacían caso, se fué acercando á la escalera y -bajó dos peldaños. - ---¡Eh! ¿Adónde vas?--le grito el cojo.--¿Es que quieres ó no quieres -aprender el oficio? ¿Qué es esto? - -Manuel quedó nuevamente confuso. - ---Eh, tú, Yaco--gritó el cojo, dirigiéndose á uno de los hombres que -trabajaban--, enséñale las cajas á este choto. - -El aludido, un hombrecillo flaco y muy moreno, con una barba negrísima, -que trabajaba con una rapidez asombrosa, echó una mirada indiferente á -Manuel y volvió á su trabajo. - -El chico permaneció inmóvil, y viéndolo así el otro cajista, un joven -rubio, de aspecto enfermizo, le dijo al compañero de la barba en tono -burlón, con una canturia extraña: - ---¡Ah, Yaco! ¿por qué no le enseñas al muchacho las letras? - ---Enséñale tú--contestó el que llamaban Yaco. - ---Ah, Yaco, veo que la ley de Moisés os hace muy egoístas, Yaco. ¿No -quieres perder tiempo, Yaco? - -El de la barba arrojó á su compañero una mirada siniestra; el rubio se -echó á reir y le indicó á Manuel en dónde estaban las letras; después -trajo una columna impresa que sacó rápidamente de un marco de hierro, y -dijo: - ---Ves echando cada letra en su cajetín. - -Manuel comenzó á hacerlo con mucha lentitud. - -El cajista rubio llevaba una blusa azul larga y un sombrero hongo, á un -lado de la cabeza. Inclinado sobre el chibalete, con los ojos muy cerca -de las cuartillas, el componedor en la mano izquierda, hacía líneas con -una rapidez extraordinaria; su mano derecha saltaba vertiginosamente de -cajetín á cajetín. - -Con frecuencia se paraba á encender un cigarro, miraba á su barbudo -compañero y le preguntaba una cosa, ó muy tonta ó de esas que no tienen -contestación posible en tono jovial, pregunta á la cual el otro no -contestaba más que con una mirada siniestra de sus ojos negros. - -Dieron las doce, dejaron todos el trabajo y se fueron. Manuel quedó solo -en la imprenta. Al principio abrigó la esperanza de que le darían algo -de comer; luego pudo convencerse de que nadie se había preocupado de su -alimentación. Reconoció la imprenta; nada, por desgracia, era -comestible; pensó que quizás aquellos rodillos, quitándoles la tinta de -encima, podrían ser aprovechados, pero no se decidió. - -A las dos volvió Yaco; poco después el rubio, que se llamaba Jesús, y -comenzaron de nuevo el trabajo. Manuel siguió en su tarea de -distribución de letras, y Jesús y Yaco en la componer. - -El cojo corregía galeradas, las entintaba, sacaba una prueba poniendo -encima de ellas un papel y golpeando con un mazo, y después, con unas -pinzas, extraía unas letras y las iba substituyendo por otras. - -Jesús á media tarde dejó de componer, cambió de faena, cogía las -galeradas, atadas con un bramante, las soltaba, formaba columnas, las -metía en un marco de hierro y las sujetaba dentro con cuñas. - -El marco se lo llevaba uno de los maquinistas del sótano y volvía con él -al cabo de una hora. Jesús substituía en el marco de hierro unas -columnas por otras y se llevaban de nuevo la forma. Poco después se -repetía la misma operación. - -Luego de trabajar toda la tarde iban á salir á las siete, cuando Manuel -se acercó á Jesús y le dijo: - ---¿No me dará el amo de comer? - ---¡Quia! - ---Yo no tengo dinero; no he podido tampoco almorzar. - ---¿Ah, no? Anda, vente conmigo. - -Salieron juntos de la imprenta y entraron en una tabernucha de la calle -de Silva, en donde comía Jesús. Habló éste con el tabernero y después le -dijo á Manuel: - ---Aquí te darán el cocido de fiado. Yo he respondido por ti. A ver si no -haces una charranada. - ---Descuide usted. - ---Bueno, vamos adentro, hoy convido yo. - -Penetraron en el interior de la tasca y se sentaron los dos en una mesa. - -Les trajeron una fuente con guisado, pan y vino. Mientras comían, Jesús -contó de una manera humorística una porción de anécdotas del amo de la -imprenta, de los periodistas y, sobre todo, de Yaco, el de la barba, que -era judío, muy buena persona, pero avaro y sórdido hasta perderse de -vista. - -Jesús le solía tomar el pelo y le incomodaba para oirle. - -Al concluir de cenar, Jesús preguntó á Manuel: - ---¿Tienes sitio donde dormir? - ---No. - ---Ahí, en la imprenta, debe haber. - -Volvieron á la imprenta, y el cajista le pidió al cojo que permitiera á -Manuel dormir en algún rincón. - ---Moler--exclamó el cojo--, esto va á ser el asilo de la Montaña. ¡Vaya -una golfería! porque el cojo será muy malo pero aquí todo el mundo -viene. Claro.. A la _gandinga_. - -Gruñendo, como era su costumbre, el cojo abrió un cuartucho, al que se -subía por unas escaleras, lleno de grabados envueltos en papeles, y -después señaló un rincón, en donde había paja de jergones y unas mantas. - -Durmió Manuel en la covacha hecho un príncipe. - -Al día siguiente, el dueño le mandó ir al sótano. - ---Mira lo que hace éste y luego haz tú lo mismo--le dijo, indicándole al -hombre flaco y barbudo subido á la plataforma de la máquina. - -Cogía éste una hoja de papel de un montón y la colocaba sobre la -platina, venían al momento las lengüetas de la prensa á agarrar la hoja -con la seguridad de los dedos de una mano; al movimiento del volante, la -máquina tragaba el papel y al poco rato salía impreso por un lado, y -unas varillas, como las de un abanico, lo depositaban automáticamente en -una platina baja. Manuel aprendió pronto la maniobra. - -El amo dispuso que Manuel trabajase por la mañana en las cajas, y por la -tarde, y parte de la noche, en la máquina, y le asignó seis reales de -jornal al día. Por la tarde se podía aguantar el trabajo en el sótano, -pero de noche imposible. Entre el motor de gas y los quinqués de -petróleo quedaba la atmósfera asfixiante. - -A la semana de estar allí, Manuel había intimado con Jesús y con Yaco y -se tuteaba con los dos. - -Jesús le aconsejaba á Manuel el que se aplicase en las cajas y -aprendiera pronto á componer. - ---Al menos se tiene la pitanza segura. - ---Pero es muy difícil--decía Manuel. - ---Quia, hombre, acostumbrándose es más sencillo que cargar cubas de -agua. - -Manuel trabajaba siempre que podía, esforzándose en adquirir ligereza; -algunas noches hacía líneas, y era para él un motivo de orgullo el -verlas después impresas. - -Jesús se entretenía en embromar al judío, remedándole en su manera de -hablar. Habían vivido los dos algunos meses en la misma casa. Yaco -(Jacob era su nombre) con su familia, y Jesús con sus dos hermanas. - -Le entusiasmaba á Jesús sacar á Jacob de sus casillas y oirle decir -maldiciones pintorescas en su lengua melosa y suave, arrastrando las -eses. - -Según decía Jesús, en casa de Jacob hablaban su mujer, su suegro y él, -en la más extraña jerigonza que imaginarse puede, una mezcla de árabe y -de castellano arcaico que sonaba á algo muy raro. - ---¿Te acuerdas, Yaco--le decía Jesús remedándole--, cuando llevaste á -Mesoda, á tu mujer, aquel canario? Y te preguntaba ella: ¡Ah, Yaco! ¿qué -es ese _pasharo_ que tiene las plumas _amarias_? Y tú le contestabas: -¡Ah, Mesoda!, este _pasharo_ es un canario y te lo traigo para _tú_. - -Jacob, al ver que todo el mundo se reía, lanzaba una mirada terrible á -Jesús y le decía: - ---¡Ah _roín_, te venga un dardo que borre tu nombre del libro de los -vivos! - ---Y cuando Mesoda--proseguía, Jesús te decía--: Finca aquí, Yaco, finca -aquí. ¡Ah, Yaco, qué mala estoy! Tengo una paloma en el _corasón_, un -_martio_ en cada sién y un _pescao_ en la nuca. ¡Llámale á mi _babá_, -que me traiga una ramita de _letuario_, Yaco! - -Estas intimidades de su hogar, tratadas en broma, exasperaban á Jacob, y -oyéndolas se exaltaba, y sus imprecaciones podían dejar atrás las de -Camila. - ---No respetas la familia, perro--terminaba diciendo. - ---¡La familia!--le replicaba Jesús--. Lo primero que debe hacer uno es -olvidarla. Los padres y los hermanos, y los tíos y los primos, no sirven -más que para hacerle á uno la pascua. Lo primero que un hombre debe -aprender, es á desobedecer á sus padres y á no creer en el Eterno. - ---Calla _cafer_, calla. Te veas como el _vapó_ con agua en los lados y -fuego en el _corasón_. Te barra la escoba negra si sigues blasfemando -así. - -Jesús se reía y, después de oirle hablar á Jacob, añadía: - ---Hace unos miles de años, este animal que ahora no es más que un -tipógrafo, hubiera sido un profeta y estaría en la Biblia al lado de -Matatías, de Zabulón y de toda esa morralla. - ---No digas necedades--replicaba Jacob. - -Después de la discusión, Jesús le decía: - ---Tú ya sabes, Yaco, que nos separa un abismo de ideas; pero á pesar de -esto, si quieres aceptar el convite de un cristiano, te convido á una -copa. - -Jacob movía la cabeza y aceptaba. - - - - -CAPÍTULO II - -Los nombres de los Sapos.--El director de _Los Debates_ y sus -redactores. - - -Sánchez Gómez el impresor, á quien también se le conocía por el mote del -Plancheta, aunque trabajaba como obrero era hombre rico; tenía un humor -endiablado y desigual, una jovialidad corrosiva y un fondo de buen -corazón. - -Era el impresor más pintoresco y multiforme de Madrid, y su negocio el -más complicado é interesante. - -Este solo dato bastaba para juzgarle: con una sola prensa, movida por un -motor de gas, de los antiguos, publicaba nueve periódicos, cuyos títulos -nadie podría encontrar insignificantes. - -_Los Debates_, _El Porvenir_, _La Nación_, _La Tarde_, _El Radical_, _La -Mañana_, _El Mundo_, _El Tiempo_ y _La Prensa_; todos estos diarios -importantes nacían en el sótano de la imprenta. - -A cualquier hombre vulgar le parecería esto imposible; para Sánchez -Gómez, aquel Proteo de la tipografía, la palabra imposible no existía en -el diccionario. - -Cada periódico importante de éstos, tenía una columna suya; y lo demás, -información, artículos literarios, anuncios, folletín, noticias, era -común á todos. - -Sánchez Gómez hermanaba en sus periódicos el individualismo y el -colectivismo. Cada uno de sus órganos gozaba de su autonomía é -independencia en absoluto y, sin embargo, cada uno de ellos se parecía -al otro como dos gotas de agua. El Cojo realizaba en sus publicaciones, -la unidad y la variedad. - -_El Radical_, por ejemplo, furibundo republicano, dedicaba la primera -columna á faltar al Gobierno y á los curas; pero sus noticias eran las -mismas que las de _El Mundo_, diario conservador impenitente que -empleaba la primera columna en defender la Iglesia, esa arca santa de -nuestras tradiciones; la Monarquía, esa gloriosa institución, símbolo de -nuestra Patria; el Ejército, baluarte firmísimo de nuestra nacionalidad; -la Constitución, ese compendio de nuestras libertades públicas... - -De todos los periódicos allí impresos, _Los Debates_ constituían un buen -negocio para su propietario, don Pedro Sampayo y Sánchez del Pelgar. Era -_Los Debates_--utilizando los símiles empleados en el diario--terrible -ariete contra el bolsillo de los políticos, fortaleza inexpugnable para -las exigencias de los acreedores. - -El _chantage_, en manos del director del periódico, se convertía en -terrible arma de combate; ni la catapulta antigua ni el cañón de -treinta y seis podía comparársele. - -El periódico de don Pedro Sampayo y Sánchez del Pelgar disponía de tres -columnas propias. - -Estas columnas las fabricaban un gallegote, macizo y grueso, de aspecto -cerril, que escribía muy intencionadamente, llamado González Parla, y un -señor Fresneda, muy flaco, muy espiritado, muy bien vestido y siempre -muerto de hambre. - -Langairiños, el Superhombre, pertenecía á la redacción de _Los Debates_, -pero sólo en una parte alícuota, pues sus producciones geniales se -estampaban en los nueve sapos nacidos en el sótano de la imprenta de -Sánchez Gómez. - -Indudablemente, es hora de presentar á Langairiños. Le llamaban, en -broma, los periodistas el Superhombre y, abreviando, el Super, porque -siempre estaba hablando del advenimiento del superhombre de Nietzsche, -sin comprender que, en broma y todo, no le hacían más que justicia. - -Era lo más alto, lo más excelso de la redacción; unas veces se firmaba -Máximo, otras Mínimo; pero su nombre, su verdadero nombre, el que -inmortalizaba diariamente, y diariamente, cada vez más, en _Los Debates_ -ó en _El Tiempo_, en _El Mundo_ ó en _El Radical_, era Ernesto -Langairiños. - -¡Langairiños! Nombre dulce y sonoro, algo así como una brisa fresca en -una tarde de verano; ¡Langairiños! Un sueño. - -El gran Langairiños tenía entre treinta y cuarenta años; abdomen -pronunciado, nariz aquilina y barba negra, fuerte y tupida. - -Algún imbécil de los que le odiaban, al verle tan vertebrado y cerebral, -alguna de esas serpientes que tratan de morder en el acero de las -grandes personalidades, aseguraba que el aspecto de Langairiños era -grotesco, aseveración falsa á todas luces, pues, á pesar de que su -indumentaria no reunía las condiciones exigidas por el más estrecho -dandysmo; á pesar de que casi constantemente sus pantalones mostraban -rodilleras y flecos y sus americanas constelaciones de manchas; á pesar -de todo esto, su elegancia natural, su aire de superioridad y de -distinción borraba tan ligeras imperfecciones, bien así como la ola del -mar hace desaparecer las huellas en la arena de la playa. - -Langairiños ejercía de crítico, y de crítico cruel; sus artículos -aparecían al mismo tiempo en nueve periódicos. Su manera impresionista -despreciaba esas frases vulgares como «la señorita Pérez rayó á gran -altura», «los caracteres están bien sostenidos en la obra» y otras de la -misma clase. - -En dos apotegmas reunía aquel superhombre todas sus ideas acerca del -mundo que le rodeaba, eran dos frases terribles, de una ironía amarga y -dislacerante. Que alguno aseguraba que este político, el otro periodista -tenían influencia, dinero ó talento..., él replicaba: Sí, sí; ya sé -quién dices. Que otro decía que el novelista, el dramaturgo hacían ó -dejaban de hacer..., él contestaba: Bueno, bueno; por la otra puerta. - -La superioridad de espíritu de Langairiños no le permitía suponer que un -hombre que no fuera él valiese más que otro. - -Su obra maestra era un artículo titulado _Todos golfos_. Se trataba de -una conversación entre un maestro del periodismo--él--y un aprendiz de -periodista. - -Aquel derroche de sal ática terminaba con este rasgo de humor: - -El aprendiz.--Hay que tener principios. - -El maestro.--En la mesa. - -El aprendiz.--Hay que decir las cosas con verdadera crudeza al país. - -El maestro.--Se le van á indigestar. Acuérdese usted de los garbanzos de -la casa de huéspedes. - -El Superhombre escribía siempre así, de un modo terrible, shakesperiano. - -A consecuencia del desgaste cerebral producido por sus trabajos -intelectuales, el Súper se encontraba neurasténico, y para curar su -enfermedad tomaba glicerofosfato de cal en las comidas y hacía gimnasia. - -Manuel recordaba haber oído muchas veces en la casa de huéspedes de doña -Casiana una voz sonora que contaba valientemente y sin fatiga el número -de flexiones de piernas y de brazos. Veinticinco..., veintiséis..., -veintisiete, hasta llegar á ciento, y aun más. Aquel Bayardo de la -gimnasia se llamaba Langairiños. - -Los otros dos redactores no podían compararse con Langairiños. González -Parla parecía un bárbaro por su facha de mozo de cuerda. Hablaba -brutalmente; llamaba al pan, pan, y al vino, vino; á los políticos -braguetones y á los periódicos de Sánchez Gómez, los _sapos_. - -El otro redactor, Fresneda, podía apostar á finura al hombre más fino y -almibarado de Madrid. Experimentaba un verdadero placer en llamar señor -á todo el mundo. Fresneda se sostenía en pie por milagro; se pasaba la -vida muerto de hambre, pero esto no producía en él iras ni cóleras. - -González Parla y Fresneda necesitaban recurrir á toda clase de -expedientes para obligar á Sampayo, el propietario de _Los Debates_, á -que les pagara algunas pesetas. La esperanza de los dos, una credencial -obtenida por intermedio del director propietario, no se realizaba -nunca. - -Manuel oía hablar tanto de Sampayo, que sintió curiosidad por conocerle. - -Era un señor alto, erguido, de noble aspecto, de unos sesenta y tantos -años; había conseguido varias veces el cargo de Gobernador, gracias á su -mujer, una real hembra, en sus buenos tiempos, capaz de obtener -cualquier cosa de un Ministro. En los gobiernos civiles por donde pasó -el matrimonio no quedaron ni los clavos. - -La mujer de Sampayo tenía buenas amistades con algunos señores ricos, -pero en justa reciprocidad era tan superhembra y tan tolerante, que -buscaba siempre criadas guapas y amables para que su marido estuviese -satisfecho. - -¡Y qué espectáculo más humano presentaba el hogar! Algunas veces, cuando -llegaba la señora de Sampayo á su casa, un tanto fatigada, después de -alguna aventurilla, se encontraba á su esposo con su noble aspecto -cenando mano á mano con la criada, cuando no abrazándola cariñosamente. - -El matrimonio gastaba sus ingresos íntegros; pero Sampayo era tan -diestro en el arte de crearse acreedores y de torearlos después, que -siempre encontraba medio de sacar algunos cuartos. - -Una vez que González Parla, muy ceñudo, y Fresneda, muy amable, llamando -al director señor de Sampayo á cada momento, le exponían su crítica -situación, Sampayo entregó á Fresneda una carta para un general -americano, pidiéndole dinero. Puso á su redactor la condición de que -todo lo que pasara de diez duros quedaría para la caja. - -Al salir á la calle los dos redactores, González Parla le exigió á su -compañero la carta, y el hombre espectral se la dió. - ---Yo iré á verle á ese braguetón de general--dijo González Parla--y le -sacaré las perras y nos las repartiremos. La mitad para ti y la otra -mitad para mí. - -El hombre flaco acompañó al hombre gordo hasta la casa del general. - -El general, un guachindanguito vestido de guacamayo, leyó la carta del -director, miró al periodista, se caló los lentes y le preguntó, -contemplándole de arriba abajo: - ---¿_Uté_ es el _señó_ Fresneda? - ---Sí, señor. - ---¿_Etá uté_ seguro? - ---Claro; soy yo. - ---Pero _uté etá_ tísico, ¿no? - ---¿Yo? No, señor. - ---Pues eso me _disen_ en la carta, ¿sabe?... Que tiene _uté_ siete hijos -y que por su aspecto podré comprender que _etá_ en el último período de -tisis, ¿sabe? - -González Parla se azoró; dijo que era verdad que no estaba tísico; pero -que había tenido un padre que había estado tísico, y como había tenido -el padre tísico, le decían los médicos que él quedaría también tísico, -que ya lo estaba en principio, de modo que aunque no lo fuera, era casi -lo mismo que si lo estuviera ya. - ---Yo no comprendo eso, ¿sabe?--dijo el general, después de escuchar una -argumentación tan deficiente--; yo entiendo que eso _é_ una _macana_, -¿no? No se puede _etá_ tan gordo hallándose enfermo, ¿sabe? Pero, en -fin--y largó un billete doblado entre sus dedos--, tome y váyase, y no -sea pendejo. - ---Esta gordura es falsa--replicaba humildemente González Parla, cogiendo -el billete--. Es la patata que come uno, y se escabulló avergonzado. - -El billete era de cien pesetas, y se lo repartieron entre el redactor -flaco y el redactor gordo, con gran indignación de Sampayo. Este se -prometió no darles ni un céntimo durante meses. - -Fresneda, en las últimas boqueadas del hambre, tuvo la única frase -enérgica de toda su vida. - ---Yo le daré á usted una recomendación para el ministro--le dijo el -director, contestando así á una petición de dinero. - ---Para morirse de hambre, señor de Sampayo--contestó con energía no -exenta de su proverbial finura Fresneda--, no se necesitan -recomendaciones. - - - - -CAPÍTULO III - -El parador de Santa Casilda.--La historia de Jacob.--La Fea y la -Sinforosa.--La chica sin madre.--Mala Nochebuena. - - -Para la primavera Manuel componía con facilidad. Poco después el tercer -cajista se fué, y Jesús dijo al amo que debía de poner á Manuel en la -plaza vacante. - ---Pero si no sabe nada--replicó el dueño. - ---¡No ha de saber! Páguele usted por líneas. - ---No, le subiré el jornal. - ---¿Cuánto le va usted á dar? - ---Le daré ocho reales. - ---Es poco. El otro ganaba doce. - ---Bueno, le daré nueve; pero que no venga á dormir aquí. - -El nuevo cargo emancipó á Manuel de la obligación de barrer la imprenta -y salió de su cuchitril. Jesús le llevó al parador de Santa Casilda, en -donde él vivía; un enorme caserón de un solo piso, con tres patios muy -grandes, que estaba en la ronda de Toledo. Hubiera deseado Manuel no ir -por aquellos barrios, de los que conservaba malos recuerdos; pero su -amistad con Jesús le hizo quedarse allí. Le alquilaron en el parador -por ocho reales á la quincena, un cuartucho con una cama, una silla de -paja rota, y una estera colgada del techo, que hacía de puerta. Cuando -el viento venía del campo de San Isidro, se llenaban de humo los cuartos -y los corredores del parador de Santa Casilda. Los patios del parador -eran, poco más ó menos, como los de la casa del tío Rilo, con galerías -idénticas, y puertas numeradas. - -Desde la ventana del cuartucho de Manuel se veían tres depósitos, -panzudos, rojos, de la fábrica del gas, con sus soportes altos de hierro -terminados en poleas, y alrededor el Rastro; á un lado, vertederos -ennegrecidos por el carbón y las escorias; más lejos se extendía el -paisaje árido, y sus lomas calvas amarillentas se escalonaban hasta -perderse en el horizonte. Enfrente sobresalía el cerrillo de los Angeles -con su ermita en la punta. - -En el cuarto inmediato al alquilado por Manuel, había un carpintero y su -mujer que tenían una niña. Los dos se emborrachaban y pegaban á la chica -de una manera bestial. - -Manuel estuvo muchas veces dispuesto á entrar en el cuarto, porque -suponía que aquellos bárbaros martirizaban á la niña. - -Una de las mañanas que encontró á la carpintera, le dijo: - ---¿Por qué pegan ustedes así á la chica? - ---¿Te importa algo? - ---Claro que me importa. - ---¿No es mi hija? Puedo hacer con ella lo que quiera. - ---Así debía haber hecho su madre con usted--le contestó--quitarla de en -medio á palos por bruja. - -Refunfuñó la mujer y Manuel se fué á la imprenta. - -Por la noche, el carpintero detuvo á Manuel: - ---¿Qué le has dicho tú á mi señora, eh? - ---Le he dicho que no debía pegar á su hija. - ---Y á ti, ¿quién te mete á decir nada? - -El carpintero tenía un aspecto feroz, un entrecejo abultado y un cuello -de toro. Una gruesa vena le cruzaba la frente. Manuel no le contestó. - -Afortunadamente para él el carpintero y su mujer se mudaron de la casa -pronto. - -En los cuchitriles del mismo pasillo del parador vivían también dos -gitanos viejos con sus familias, los dos muy zaragateros y muy ladrones; -una muchacha ciega, que cantaba flamenco en la calle, moviéndose con -unas convulsiones de epiléptica, y que iba acompañada de otra chica, con -la que se pegaba continuamente, y dos hermanas muy golfas, muy -zarrapastrosas, pintadas, chillonas, embusteras, liosas, pero alegres -como cabras. - -La habitación de Jesús se hallaba bastante próxima á la de Manuel, y -esta vida común de la imprenta y de la casa hizo que estrecharan más sus -relaciones de amistad. - -Jesús era un excelente muchacho; pero se emborrachaba con una frecuencia -lamentable; tenía dos hermanas solteras, una bonita, con unos ojos -verdes de gato, de facha desvergonzada, llamada Sinforosa, y la otra una -pobre enclenque, torcida y escrofulosa, á quien todos le decían, -implacablemente, la Fea. - -A los dos meses ó cosa así de vivir en el parador, Jesús, con su tono -irónico peculiar, le dijo á Manuel cuando marchaban los dos á la -imprenta: - ---¿No sabes? Mi hermana está preñada. - ---¿Sí? - ---Vaya. - ---¿Cuál de las dos? - ---La Fea. ¿Quién habrá sido el héroe? Merece una cruz. - -El cajista siguió hablando del percance y bromeando con indiferencia. - -A Manuel no le parecía bien esto; al fin era su hermana; pero Jesús -salió con sus invectivas contra la familia y con que uno no se debía -ocupar para nada de los hermanos, ni de los padres, ni de nadie. - ---Buena teoría para los egoístas--le dijo Manuel. - ---La familia no es más que el egoísmo en beneficio de unos pocos y en -contra de la humanidad--contestó Jesús. - ---Bastante caso haces tú de la humanidad, tan poco como de tu -familia--le replicó Manuel. - -Por esta cuestión volvieron á discutir varias veces y llegaron á decirse -cosas muy agrias y mortificantes. - -A Manuel no le importaba mayormente aquello; pero le producía -indignación el ver que Jesús y la Sinforosa no se compadeciesen de su -hermana y la enviasen á hacer recados y la obligasen á barrer cuando la -pobre raquítica no podía con su barriga, que amenazaba ser monstruosa. - -Por motivo de estas discusiones, hubo días en los cuales Manuel apenas -cruzó unas cuantas palabras con Jesús, y se dedicó á charlar con Jacob y -á hacerle preguntas acerca de su país. - -A Jacob, á pesar de que según decía no le había ido muy bien en su -tierra, le gustaba hablar de ella. - -Era de Fez y tenía un entusiamo grande por esta ciudad. - -La pintaba como un paraíso lleno de huertas con palmeras, limoneros y -naranjos, cruzada por riachuelos cristalinos. En Fez, en el barrio de -los judíos, pasó Jacob su infancia, hasta que entró al servicio de un -comerciante rico, que negociaba en Rabat, Mogador y Saffi. - -Jacob, con su imaginación viva y su modo de hablar exagerado, pintoresco -y lleno de imágenes, daba la impresión de la realidad cuando hablaba de -su país. - -Pintaba el paso de las caravanas compuestas de camellos, asnos y -dromedarios. Describía éstos con sus cuellos largos y su cabeza pequeña, -que se balancea como la de las serpientes, con los ojos apagados que -miran al cielo; y al oirle mientras peroraba se creía estar atravesando -aquellos arenales blancos, en donde el sol ciega. Describía también los -mercados constituídos en la confluencia de unas cuantas sendas y -caracterizaba á la gente que acudía á ellos; los moros de las cabilas -próximas con sus fusiles, los encantadores de serpientes, los -hechiceros, los narradores de cuentos de las _Mil y una noches_, los -médicos que sacan los gusanos de los oídos. - -Y al retirarse las caravanas, al alejarse unos y otros por las sendas, -jinetes en sus caballos y en sus mulas, Jacob imitaba los graznidos de -los cuervos que acudían en bandadas al lugar del mercado y lo cubrían de -una capa negra. - -Pintaba el efecto que causaba ver treinta ó cuarenta bereberes á -caballo, con melenas largas, armados de espingardas, y que, al pasar un -judío, escupían en el suelo; la vida sin seguridad; por los caminos, -gentes sin ojos y sin brazos, castigados por la justicia, pidiendo -limosna en nombre de Muley Edris, y durante el invierno, el paso -peligroso de los ríos, los anocheceres en la puerta del aduar, mientras -se preparaba el _cus-cus_, tocando el _guembrí_ y cantando canciones -soñolientas y tristes. - -Un sábado, Jacob le convidó á Manuel á comer en su casa. - -Vivía el judío en el barrio de Pozas, en una casucha de una callejuela -próxima al paseo de Areneros. - -La casita aquella tenía un aspecto extraño, algo oriental. Una ó dos -mesas bajitas de pino; jergones pequeños en vez de sillas, y colgando de -las paredes trapos de color y dos guitarrillos de tres cuerdas. - -Manuel conoció al padre de Jacob, un viejo melenudo que andaba por casa -con una túnica obscura y una gorra, á su mujer Mesoda y á una niña de -ojos negros llamada Aisa. - -Se sentaron todos á la mesa; el viejo pronunció unas cuantas palabras -gravemente en una lengua enrevesada, que Manuel supuso sería una oración -en judío, y comenzaron á comer. - -La comida tenía gusto á hierbas aromáticas fuertes, y á Manuel le -pareció que mascaba flores. - -En la mesa, el viejo, en el castellano extravagante en que hablaba toda -la familia, contó á Manuel las peripecias de la guerra de Africa; en su -narración Prim, el señor Juan Prim--como decía él--tomaba proporciones -épicas. Jacob debía de respetar profundamente al viejo y le dejaba -perorar y hablar de Prim y del Eterno; Mesoda muy tímida sonreía y se -ruborizaba por cualquier cosa. - -Después de comer, Jacob descolgó de la pared uno de los guitarrillos de -tres cuerdas y cantó varias canciones árabes acompañándose de uno de -aquellos instrumentos primitivos. - -Manuel se despidió de la familia de Jacob y prometió visitarla de cuando -en cuando. - - * * * * * - -Una noche de otoño, al volver Manuel del trabajo, después de un día -entero en que Jesús no apareció por la imprenta, al entrar en el Parador -se encontró en el pasillo que conducía á su cuarto con un grupo de -comadres, que hablaban de Jesús y de sus hermanas. - -La Fea había parido; estaban en su cuarto el médico de la Casa de -Socorro y la señora Salomona, una buena mujer que se ganaba la vida -asistiendo enfermos. - ---¿Pero qué ha hecho Jesús?--preguntó Manuel al oir los dicterios de las -mujeres contra el cajista. - ---¿Qué ha hecho?--contestó una de las comadres--, pues ná, que ha -resultao que vivía amontonao con la Sinfo, que es una pécora más mala -que un dolor, y Jesús y ella se habían entregao á la bebida, y la -zorrona de la Sinfo le quitaba el jornal que ganaba á la Fea. - ---Eso no puede ser verdad--replicó Manuel. - ---¿Qué no? Si lo ha dicho el mismo Jesús. - ---Pues la otra no es muy decente tampoco, que digamos--añadió una de las -mujeres. - ---Tanto como la que más--replicó la comadre oradora--. Se lo ha contao -tó al médico de la Casa de Socorro. Una noche en que no había pasao -gracia divina por su cuerpo, porque Jesús y la Sinfo se habían llevao -tóos los quisquis, fué la Fea y, para remediar el hambre, bebió un trago -de aguardiente y luego otro, y con la debilidá que tenía se quedó -borracha. Vinieron la Sinfo y Jesús, y los dos cargados, y la muy zorra, -viéndola en la cama á la Fea, la dijo, dice: Anda, que la cama la -necesitamos nosotros para... (haciendo un ademán desvergonzado). Ya me -entienden ustés, y va y pone á su hermana á la puerta. La Fea, que no -sabía lo que se hacía, salió á la calle, y uno del Orden, al verla -curda, la lleva á la delega y la mete en un cuarto obscuro, y allí algún -tío... - ---Que estaría también curda--dijo un albañil que se detuvo á oir la -relación. - ---Pues ná...--añadió la comadre. - ---Si llega á haber luz, pa mí que no hay nada, porque el compadre, al -ver la cara de la socia, se asusta--añadió el albañil siguiendo su -camino. - -Manuel se separó del grupo de comadres y se asomó á la puerta del cuarto -de Jesús. Era un espectáculo desolador; la hermana del cajista, pálida, -con los ojos cerrados, echada en el suelo sobre unas esteras, cubierta -con telas de sacos, parecía un cadáver; el médico la fajaba en aquel -momento; la señora Salomona vestía al recién nacido; un charco de sangre -manchaba los ladrillos. - -Jesús, arrimado á la pared en un rincón, miraba al médico y á su -hermana, impasible, con los ojos brillantes. - -El médico pidió á las vecinas que trajeran un colchón y unas sábanas; -cuando llegaron estas cosas pusieron el colchón sobre el petate, de -tablas, y colocaron con cuidado á la Fea. Estaba la pobre raquítica como -un esqueleto; su pecho era liso como el de un hombre y, á pesar de que -no debía tener fuerzas para moverse, cuando le pusieron el niño á su -lado, cambió de postura é intentó darle de mamar. - -Manuel, al notarlo, miró á Jesús con ira. - -Le hubiera pegado con gusto, por permitir que su hermana estuviera así. - -El médico, cuando concluyó su trabajo, cogió á Jesús, lo llevó al -extremo de la galería y habló con él. Jesús se hallaba dispuesto á -hacer todo lo que le dijeran; daría el jornal entero á la Fea, lo -prometía. - -Luego, cuando se fué el médico, Jesús cayó en manos de las comadres, que -le pusieron como un trapo. - -El no negó nada. Al revés. - ---Durante el embarazo--dijo--ha dormido en el suelo sobre la estera. - -Todas las comadres comentaron indignadas las palabras del cajista. Este -se encogía de hombros estúpidamente. - ---¡Mire usté que estar la pobre infeliz durmiendo sobre la estera -mientras que la Sinfo y Jesús se estaban en la cama!--decía una. - -Y la indignación se acentuó contra la Sinfo, aquella golfa indecente, á -la que juraron dar una paliza morrocotuda. La señora Salomona tuvo que -interrumpir la charla, porque no dejaban dormir en paz á la parturienta. - -La Sinfo debió sospechar algo, pues no se presentó en el parador. Jesús, -ceñudo, sombrío, con las mejillas encendidas y los ojos brillantes en -los días posteriores iba de su casa á la imprenta sin hablar una -palabra. Manuel sospechó si estaría enamorado de su hermana. - -Durante el sobreparto, las mujeres de la vecindad cuidaron con cariño á -la Fea; exigían el jornal entero á Jesús, quien lo daba sin -inconveniente alguno. El recién nacido, encanijado é hidrocéfalo, murió -á la semana. - -La Sinforosa no apareció más por el parador; según se decía, se había -lanzado á la _vida_. - - * * * * * - -El día de Nochebuena, por la tarde, llegaron al parador tres señores -vestidos de negro. Un viejecillo de bigote blanco y ojos alegres; un -señor estirado de barba entrecana y anteojos de oro; y otro que parecía -secretario ó escribiente, bajito, de bigote negro, que taconeaba al -andar é iba cargado de papeles. Dijeron que eran de la Conferencia de -San Vicente de Paúl, visitaron á la hermana de Jesús y á otras personas -que vivían en rincones y tabucos de la casa. - -Detrás de aquellos señores vestidos de negro fueron Manuel y Jesús, por -curiosidad, con otro vecino albañil. Manuel y Jesús, que no hacían más -que dormir en el parador, no conocían la vecindad, así que anduvieron -por su casa como por una extraña. - ---¡Hipócritas!--decía el albañil á voz en grito. - ---Pero, hombre. ¡Cállese usted!--exclamó Manuel--que le van á oir. - ---¿Y qué?--replicaba el vecino--¡Qué me oigan! Son unos hipócritas. ¿A -qué vienen aquí á echárselas de caritativos? A hacer el paripé, á eso -vienen esos tíos; estos jesuítas farsantes. ¿Qué leñe quieren saber? -¿que vivimos mal? ¿que estamos hechos unos guarros? ¿que no cuidamos de -los chicos? ¿que nos emborrachamos? Bueno, pues que nos den su dinero y -viviremos mejor, pero que no se nos vengan con bonos y con consejos. - -Entraron los tres señores en un tabuco de un par de metros en cuadro. En -el suelo, sobre un montón de paja y de harapos, había una mujer -hidrópica, con la cara hinchada y entontecida. - -En una silla, á la luz de una candileja, cosía una mujer joven. - -Desde el pasillo Manuel pudo oir la conversación que tenían adentro. - -El viejecillo del bigote blanco preguntó con su voz alegre qué es lo que -le pasaba á la mujer, y una vecina que vivía en un cuarto próximo contó -un sin fin de miserias y dolores. - -La hidrópica sobrellevaba sus desdichas con resignación extraordinaria. - -Se cebó la desgracia en ella y fué cayendo y cayendo hasta llegar á -aquella situación tan triste. No encontró una mano amiga, y sus únicos -favorecedores fueron un carnicero y su mujer, antiguos criados de su -casa á quienes había ayudado á establecerse en mejores épocas. La -carnicera, que además era prestamista, solía comprar en el Rastro -mantones y pañuelos de Manila, y cuando tenían algo que zurcir ó -arreglar se los llevaba á la hija de la hidrópica para que los -compusiera. - -Esto, la antigua criada se lo pagaba á la hija de sus amos con un montón -de huesos, y á veces, cuando quedaba satisfecha del trabajo le daba las -sobras de su comida. - ---¡Moler con la generosidad de la carnicera!--dijo el albañil, que -escuchaba la narración de la vecina. - ---También la gente del pueblo--repuso Jesús en broma, recordando una -frase de zarzuela--tiene su corazoncito. - -Los señores de la Conferencia de Paúl, después de oir tan conmovedora -relación, dieron tres bonos á la hija de la hidrópica y salieron del -cuarto. - ---Ya es feliz esta mujer--murmuró Jesús irónicamente--; tenía que -morirse mañana y se muere pasado. ¿Para qué quiere más? - -El albañil murmuró: - ---Me parece. - -El secretario, el de los papeles, recordó un caso análogo al de la -hidrópica, y lo llamó curioso y extremadamente interesante. - -Cuando los tres señores salían de un pasillo para desembocar en otro, -una vieja les llamó y hablándoles de usía les pidió que la acompañaran y -les llevo alumbrándoles con una bujía á un caramanchón ó agujero negro -abierto debajo de una escalera. Sobre un montón de trapos y arropada en -un mantón raido había una chiquilla delgada, esmirriada, la cara morena -y flaca, los ojos negros, huraños, y brillantes. A su lado dormía un -chico de dos ó tres años. - ---Yo quisiera que usías--dijo la vieja--la metieran á esta chica en un -asilo. Es huérfana; su madre, que con perdón, no llevaba muy buena vida, -murió aquí. Ella se ha metido en este agujero y nadie la puede echar, y -roba huevos, pan, todo lo que puede, unas veces en una casa, otras en -otra, para dar de comer al rorro. Yo quisiera que usías consiguieran que -la llevaran á un asilo. - -La chiquilla miró con sus ojos grandes, espantados á los tres señores, y -agarró de la mano al chico. - ---Esta niña--dijo el secretario, el de los papeles--, tiene por su -hermano un cariño verdaderamente curioso é interesante, y yo no sé si no -sería cruel separarlos. - ---Estaría mejor en un asilo--añadió la vieja. - ---Ya veremos, ya veremos--replicó el señor anciano--. Se fueron los -tres. - ---¿Cómo te llamas tú?--le preguntó Jesús á la chica. - ---¿Yo? Salvadora. - ---¿Quieres venir á vivir conmigo con tu chico? - ---Sí--contestó sin vacilar la niña. - ---Bueno, pues vamos, levántate. La Fea se va á poner más contenta--dijo -Jesús como para dar una explicación de su rasgo--. Si no la van á -separar de su crío y es una barbaridad. - -La chica cogió al niño en brazos y acompañó á Jesús. La Fea debió -recibir á los dos abandonados con un gran entusiasmo. Manuel no -presenció la escena porque en el pasillo le detuvo un muchacho joven: - ---¿No me conoces?--le preguntó, encarándose con él. - ---Sí, hombre... El Aristón. - ---El mismo. - ---¿Vives aquí? - ---Ahí en el Corral. - -El Corral era uno de los patios del parador, y daba á ese infecto Rastro -que va desde la Ronda á la fábrica del gas. El Aristón seguía con su -necromanía; no le habló á Manuel más que de muertos, entierros y cosas -fúnebres. - -Le dijo que iba á los camposantos los domingos, pues él consideraba como -un deber el cumplir esa Obra de Misericordia que manda enterrar á los -muertos. - -En el curso de la conversación, el necrómano insinuó la idea de que si -el rey se muriera se le haría un entierro admirable; pero que á pesar de -esto, él se figuraba que el entierro del Papa sería más suntuoso. - -Cruzaron el necrómano y Manuel varios pasillos. - ---¿A dónde me llevas?--le preguntó Manuel. - ---Si quieres venir, verás un muerto. - ---¿Y qué vas á hacer junto á ese muerto? - ---Voy á velarle y á rezar por él--dijo el Aristón. - -En un cuartucho iluminado por dos velas puestas en dos botellas, había -un hombre muerto, tendido sobre un jergón... - -De lejos llegaba rumor de panderetas y de cánticos; de cuando en cuando -una voz chillona de vieja borracha cantaba á voz en grito: - - «Ande, ande, ande - la marimorena; - ande, ande, ande, - que es la Nochebuena.» - -En el cuarto del muerto en aquel instante no había nadie. - - - - -CAPÍTULO IV - -La Navidad de Roberto.--Gente del Norte. - - -A la misma hora, Roberto Hasting marchaba á casa de Bernardo Santín, -envuelto en su abrigo. La noche estaba fría, apenas transitaba nadie por -la calle, los tranvías pasaban de prisa resbalando por los railes con un -zumbido suave. - -Roberto entró en la casa, subió al último piso y llamó. Abrió la puerta -Esther y paso adentro. - ---¿Y Bernardo?--preguntó Roberto. - ---No ha venido en todo el día--contestó la ex institutriz. - ---¿No? - ---No. - -Esther, envuelta en un chal se sentó ante la mesa. El cuarto, la antigua -galería fotográfica, estaba iluminada con un quinqué de petróleo. Todo -denunciaba allí la mayor miseria. - ---¿Se han llevado la máquina?--preguntó Roberto. - ---Sí, esta mañana. Tengo el dinero guardado en este cajón. ¿Qué me -aconseja usted que haga, Roberto? - -Roberto paseó de un lado á otro del cuarto, mirando al suelo; de -repente se detuvo ante Esther. - ---¿Usted quiere que le hable con entera franqueza? - ---Sí, con entera franqueza; como hablaría usted á un camarada. - ---Pues, bien, entonces yo creo que lo que debe usted hacer es, no se si -el consejo le parecerá á usted brutal... - ---Diga usted. - ---Lo que creo que debe usted hacer es separarse de su marido. - -Esther calló. - ---Ha caído usted en manos, no de un infame, ni de un canalla, pero sí en -manos de un desgraciado, de un pobre imbécil, sin talento, sin energía, -incapaz de vivir é incapaz de comprender á usted. - ---¿Y qué voy á hacer? - ---¿Qué? Volver á su vida pasada, á sus lecciones de piano y de inglés. -¿Es que le sería á usted dolorosa la separación? - ---No, al revés; puede usted creerlo, no siento el menor cariño por -Bernardo; me inspira lástima y repulsión. Es más, no lo he querido -nunca. - ---Entonces, ¿por qué se casó usted con él? - ---Qué sé yo. La fatalidad, el consejo pérfido de una amiga, el no -conocerle; fué una de esas cosas que se hacen sin saber por qué. Al día -siguiente estaba arrepentida. - ---Lo creo. Yo cuando supe que Bernardo se casaba, pensé: Será alguna -aventurera que quiere legitimar su situación con un nombre; luego, -cuando la fuí conociendo á usted, me pregunté: ¿Cómo ha podido esta -mujer engañarse con un hombre tan insignificante como Bernardo? No hay -explicación. Ni dinero, ni talento, ni energía. ¿Qué le ha impulsado á -una mujer ilustrada, de corazón, á casarse con un tipo así? Nunca me lo -he podido explicar. ¿Es que creyó usted ver en él un artista, un hombre, -aunque pobre, dispuesto á trabajar y á luchar? - ---No, me hicieron ver todo esto. Para que comprenda usted mi decisión, -tendría que contarle mi vida, desde que llegué á Madrid con mi madre. -Vivíamos las dos modestamente con una pequeña pensión que nos mandaba un -pariente de París. Yo había concluído de estudiar en el Conservatorio y -buscaba lecciones. Tenía dos ó tres de piano y una de inglés, con lo que -sacaba bastante para mis gastos. En esta situación se puso enferma mi -madre, perdí mis lecciones para atenderla y me ví en una situación -angustiosísima. Luego cuando murió, me encontraba sola en una casa de -huéspedes, asediada por hombres que me hacían proposiciones indignas á -todas horas, correteando por las calles para encontrar una plaza de -institutriz; verdaderamente desesperada. Crea usted que hubo días en que -sentí la tentación de suicidarme, de echarme á la mala vida, de tomar -una resolución extrema para no tener ya que pensar. En esta situación un -día leo en un periódico que una señora inglesa que se hospedaba en el -hotel de París quería una señorita de compañía que conociera bien el -español y el inglés. Me presento en el hotel, espero á la señora y ésta -me recibe con los brazos abiertos y me trata como á una hermana. Puede -usted comprender mi satisfacción y mi gratitud. Nunca he sido ingrata; -si en aquella época mi protectora me hubiera pedido la vida se la -hubiese dado con gusto. Créalo usted. Esta señora era aficionada á -pintar y acostumbraba ir al Museo; yo solía acompañarla. Entre los que -copiaban en el Museo había un joven alemán, alto, rubio, amigo de mi -protectora, que comenzó á hacerme el amor. Yo lo encontraba petulante y -poco simpático. Cuando mi protectora notó que el pintor me galanteaba, -se incomodó mucho y me dijo que era un perdido, un canalla cínico; hizo -un retrato horrible de él, lo pintó como un egoísta depravado. Yo, que -no sentía gran simpatía por el alemán, escuché los consejos de mi -protectora y le manifesté al pintor claramente mi desprecio. A pesar de -esto Oswald, así se llamaba, insistía, cuando apareció allí Bernardo. -Creo que conocía algo al alemán, y un día habló con nosotras. Entonces -mi protectora hizo, sin que yo lo advirtiera, una labor contraria á la -que había hecho con Oswald; me alabó á Bernardo á todas horas, me dijo -que era un gran artista, de un talento superior, de una sensibilidad -exquisita, un corazón de oro; que me adoraba. Efectivamente, recibí -cartas de él encantadoras, llenas de sentimientos delicados, que me -conmovieron. Ella, mi protectora, facilitó nuestras entrevistas, excitó -mi imaginación, me impulsó á este matrimonio desdichado, y viéndome -casada se fué de Madrid. A las dos ó tres semanas de matrimonio, -Bernardo me confesó riendo que las cartas que me había escrito se las -había dictado Fanny. - ---¿Fanny dice usted?--preguntó Roberto. - ---Sí; ¿la conoce usted? - ---Creo que sí. - ---Estaba ella enamorada de Oswald. Había hecho para impedir que Oswald -me galantease una gran perfidia. Después de salvarme de la miseria, me -ha llevado á una situación aún peor que aquella en que me encontró. -Abusó de la confianza ciega que en ella tenía. Pero me vengaré, sí, me -vengaré. Fanny está aquí con Oswald. Los he visto. Le he escrito á él -citándole para mañana. - ---Ha hecho usted mal, Esther. - ---¿Por qué? ¿Se juega así con la vida de una persona? - ---¿Qué adelantará usted con eso? - ---Vengarme; ¿le parece á usted poco? - ---Poco. Si ha conservado usted cariño por Oswald, es otra cosa. - ---No, yo no. No le quiero; pero no dejaré á Fanny sin castigar su -perfidia. - ---¿Llegaría usted al adulterio por la venganza? - ---¿Y quién le ha dicho á usted que llegaría al adulterio? Además, en mí -sería un derecho, no una falta. - ---Haría usted además desgraciado á Oswald. - ---¿No me han hecho desgraciada á mí? - -Esther se hallaba presa de una gran excitación. - ---¿Cree usted que mañana vendrá Oswald á esta casa?--le preguntó -Roberto. - ---Sí, creo que sí. - ---Esta protectora de usted, ¿es alta, delgada, con ojos grises? - ---¡Sí! - ---Es mi prima. - ---¿Su prima de usted? - ---Sí. Le advierto á usted que es muy violenta. - ---Lo sé. - ---Que es capaz de atacarle á usted en cualquier parte. - ---Lo sé también. - ---¿Ha pensado usted con calma en su resolución? Como comprenderá usted, -un hombre á quien se le cita y se le dice: «Si no le correspondí á -usted fué porque me engañaron respecto á usted, y me dijeron que era -usted lo que no era», ese hombre no puede resignarse á oir -tranquilamente esta confidencia. - ---¿Y qué va hacer? - ---Buscará una compensación. Nadie se resigna á ser un instrumento de -venganza ajena. Usted perturba la tranquilidad de ese hombre. - ---¿No perturbaron la mía? - ---Sí; pero vengar la perfidia de Fanny en su amante, no me parece justo. - ---No me importa. Sólo una cosa me haría olvidar mi venganza. - ---¿Cuál? - ---El que le pudiera ocasionar á usted algún perjuicio. Usted ha sido -bueno para mí--murmuró Esther ruborizándose. - ---No, á mí ningún perjuicio puede ocasionarme, pero á usted sí. Fanny es -colérica. - ---¿Quiere usted venir mañana? - ---Pero yo, ¿con qué derecho voy á intervenir? - ---¿No es usted amigo mío? - ---Sí. - ---Entonces venga usted. - -Fué Roberto al día siguiente por la tarde. Bernardo estaba, según su -costumbre, fuera de casa; Esther se hallaba muy excitada. A las cuatro -llegó Oswald. Era un joven rubio, encarnado, chato, con los ojos rojos, -muy alto y con el pelo largo. Pareció sufrir una gran decepción al -encontrar solo á Roberto. Hablaron. A Roberto, Oswald le pareció un -pedante insoportable. Tomó la palabra para decir, en un tono de dómine, -que no podía aguantar á los españoles ni á los franceses. Iba á escribir -un libro, el _Anti-latino_, considerando los pueblos latinos como -degenerados, que deben conquistar cuanto antes los germanos. Le -indignaba que se hablara de Francia. Francia no existía; Francia no -había hecho nada. Francia tenía á su alrededor la muralla de la China; -como ha dicho Björson: desde hace mucho tiempo, el mundo tiene como el -mejor músico á Wagner; como el mejor dramaturgo, á Ibsen; como el mejor -novelista, á Tolstoï; como el mejor pintor, á Böcklin; sin embargo, en -Francia se sigue hablando de Sardou, de Mirbeau y de otros imbéciles por -el estilo. Los escritores originales de París plagian á Nietzsche; los -músicos latinos han copiado y saqueado á los alemanes; la ciencia -francesa no existe, ni la filosofía, ni el arte. El hecho histórico de -Francia era una completa ilusión. Toda la raza latina era una raza -despreciable. - -Roberto no contestó á esto y observó atentamente á Oswald. ¡Le parecía -tan absurdo, tan pedantesco aquel hombre largo, á quien citaba una mujer -y hablaba de sociología! - -Entró Esther. La saludó el pintor muy gravemente, y le preguntó de -sopetón el motivo de la cita. Esther nada dijo; Roberto discretamente -salió del taller y comenzó á pasear por el corredor. - ---¿Sabe Fanny que ha venido usted aquí?--dijo Esther á Oswald. - ---Sí, creo que sí. - ---Me alegro. - ---¿Por qué? - ---Porque vendrá también ella. - ---¿Tiene algo que ver en este asunto? - ---Sí. ¿Hace tiempo que vive con usted? - ---Sí, ya hace tiempo. - -Callaron los dos y esperaron sin hablarse en una situación embarazosa. -De pronto se oyó un campanillazo formidable. - ---Aquí está ella, dijo Esther, y abrió la puerta. - -Penetró Fanny en el estudio. Venía pálida, descompuesta. - ---¿No me esperabas?--preguntó á Esther. - ---Sí, sabía que vendría usted. - ---¿Qué le quieres á Oswald? - ---Nada, quiero decirle qué clase de mujer es usted; quiero contarle sus -perfidias nada más. Usted ha cometido conmigo, que me fiaba en usted -como en mi madre, una acción villana; usted me ha vendido. Me dijo usted -que Oswald había engañado á una mujer para abandonarla después. - ---¡Yo!--dijo con asombro el pintor. - ---Sí, usted; ella me lo contó; me dijo también que usted era un pintor -despreciable y sin talento. - -Fanny, asombrada, desprevenida, no contestó una palabra. - ---Durante el tiempo que usted y yo nos tratamos--siguió diciendo Esther -dirigiéndose á Oswald--no dejó ocasión de hablar mal de usted, de -insultarle; decía que usted quería seducirme; le pintaba á usted como un -malvado, como un canalla, como un hombre repugnante... - ---¡Mientes, mientes!--gritó Fanny con voz chillona. - ---Digo la verdad, sólo la verdad. Yo entonces creí que sus consejos eran -por mi bien, por el cariño que me tenía; después vi que había cometido -conmigo la perfidia más grande, más inicua que se puede cometer, -valiéndose del ascendiente que tenía sobre mí. - ---Pero usted me escribió una carta--dijo Oswald. - ---Yo, no. - ---Sí, una carta en que contestaba con burlas á mis palabras. - ---No, yo no he escrito esa carta; la escribiría Fanny, que quería á todo -trance apartarle á usted de mí. - ---¡Oh! Ha matado mi vida--exclamó Oswald de un modo enfático, y se -sentó junto á la mesa y apoyó la frente en su mano; luego se levantó de -la silla y comenzó á pasear de un lado á otro del cuarto. - ---Esta es la verdad, la pura verdad--afirmó Esther--, y quería que la -supiera usted, y delante de ella, que no podrá desmentirme. A mí me ha -hecho desgraciada, pero ella no gozará tranquilamente de su perfidia. - ---¡Ha matado mi vida!--repitió Oswald con su tono enfático. - ---Ella. Ha sido ella. - ---Te mataré--gritó Fanny con voz ronca, agarrando de los brazos á -Esther. - ---¿Pero ahora sabe usted que lo que ha dicho de mí es mentira?--preguntó -Oswald. - ---Sí. - ---Ahora ¿podrá usted oirme? - ---Ahora, ja... ja...--rió Fanny--; ahora tiene un amante. - ---No es cierto--exclamó Esther. - ---Sí lo es, viene todos los días á verte. Es uno rubio. No lo puedes -negar. - ---¡Ah! Estaba aquí hace un momento--dijo Oswald. - ---No es mi amante, es un amigo. - ---¿Pero por qué le has llamado á Oswald?--gritó Fanny con rabia--. ¿Es -que le quieres? - ---¡Yo, no!; pero quiero enseñarle á usted que no se juega con la vida de -los demás, como usted jugó con la mía. Me engañó usted; ya me he -vengado. - ---Te mataré--volvió á gritar Fanny, y agarró del cuello á Esther. - ---¡Roberto! ¡Roberto!, clamó Esther asustada. - -Apareció éste en el taller, cogió á su prima del brazo y violentamente -la hizo separarse de Esther. - ---¡Ah! ¿Eres tú, Bob?--dijo Fanny serenándose inmediatamente--; has -venido á tiempo; iba á matarla. - -La entrada de Roberto apaciguó un tanto los ánimos; se sentaron los -cuatro y hablaron. Discutieron el caso como si se tratara de un problema -de ajedrez. Fanny quería á Oswald. Oswald estaba enamorado de Esther, y -Esther no sentía inclinación alguna por el pintor, ¿Cómo iban á -arreglarse? Nadie cedía; además, hablando se perdían en laberínticos -análisis psicológicos que no conducían á nada. Había obscurecido; Esther -encendió el quinqué y lo colocó sobre la mesa. La discusión continuaba -en frío; Oswald hablaba monótonamente. - ---Se tú el árbitro--dijo Fanny á Roberto. - ---Yo, con que cada uno vaya por su lado, creo que resuelven su -conflicto. Pero fuera del perjuicio moral, tú, Fanny, has producido á -Esther un perjuicio material grandísimo. - ---Estoy dispuesta á indemnizarla. - ---Yo nada quiero de usted--exclamó Esther. - ---No; perdone usted--dijo Roberto--, perdone usted que tercie en este -asunto. Tú, Fanny, tienes una gran fortuna, una alta posición social; -Esther, en cambio, se encuentra, por tu causa, con su porvenir truncado, -tiene que ganar su vida, y tú no conoces lo que es esto; pero yo, que lo -conozco, sé lo amargo y lo triste que es. Esther podía haber vivido -tranquilamente; por tu culpa se ve así. - ---Ya he dicho que estoy dispuesta á indemnizarla. - ---Yo he dicho también que no quiero nada de usted. - ---No; usted debe dejarme á mí arreglar este asunto, Esther. ¿Mañana -podré verte, Fanny? - ---Toda la tarde te esperaré. - ---Está bien; trataremos de ese asunto. - -Fanny se levantó para salir; saludó ligeramente á Esther y tendió la -mano á su primo. - ---¿Sin rencor?--le preguntó Roberto. - ---Sin rencor--afirmó ella dando una sacudida violenta á la mano de -Roberto. - -Oswald salió sombrío y humillado con Fanny. Esther y Roberto quedaron -solos en el taller. - ---¿Sabe usted una cosa?--dijo Roberto riendo. - ---¿Qué? - ---Que no hubiera usted ganado gran cosa casándose con Oswald en vez de -casarse con Bernardo... Adiós, hasta mañana. - ---Me abandona usted, Roberto--murmuró Esther con melancolía. - ---No; vendré mañana á ver á usted. - ---No quiero estar en esta casa. Lléveme usted de aquí, Roberto. - ---¿No le parece á usted peligroso? - ---¿Peligroso? ¿Para quién? ¿Para usted ó para mí? - ---Para los dos quizá. - ---¡Oh!, para mí no. Quisiera salir de aquí no ver á Bernardo, que no me -moleste. - ---No le molestará ya más. - ---Lléveme usted de aquí á cualquier parte. - ---Mire usted, Esther; yo soy un hombre que va por la vida en línea -recta. Es mi única fuerza; tengo orejeras como los caballos y no me -desvío de mi camino. Mis dos aspiraciones son hacer una fortuna y -casarme con una mujer; todo lo demás es para mi una tardanza en -conseguir mis fines. - ---¿Y yo entro en todo lo demás? - ---Sí, porque si no me desviaría de mi camino. - ---Es usted inflexible. - ---Sí; pero lo soy también conmigo mismo. Usted se encuentra en una -situación difícil. Se ha casado usted con un hombre hace un año, no -enamorada de él, es cierto, pero creyendo que era un hombre leal, -trabajador, á quien llegaría usted á querer; ese hombre ha resultado un -miserable embrutecido, depravado, sin sentido moral. Se siente usted -ofendida en su orgullo de mujer, de mujer enérgica y buena, yo lo -comprendo. Quiere usted encontrar una tabla de salvación. - ---Y usted me dice fríamente: Yo no puedo ser el que te salve; yo tengo -otras aspiraciones; yo no me fijo si en mi camino hay gente que agoniza -porque nadie le atiende, yo sigo adelante. - ---Es verdad; yo sigo adelante. ¿Es que sería mejor lo que otro -cualquiera, lo que un hombre galante, haría en mi posición? -¿Aprovecharse de su desconcierto, y hacer que usted fuera mi querida, y -luego, después, dejarle á usted abandonada? Yo tengo mi conciencia. -Quizás sea rectilínea como mis aspiraciones, es así. - ---No hay salvación; mi vida está aniquilada--murmuró Esther con la -mirada brillante. - ---No; hay el trabajo. No todos los hombres son mezquinos y miserables; -luchar, ¡si esa es la vida!; vale más la inquietud, el ajetreo continuo, -la alternativa continua de placeres y dolores que no el estancamiento. - -Esther se enjugó una lágrima con el pañuelo. - ---Adiós; trataré de seguir sus consejos--y le tendió su mano. - -Roberto la tomó, y con su aire de caballero se inclinó y la besó. - -Iba á marcharse, cuando ella murmuró con angustia, con la voz de un niño -que implora: - ---¡Oh, no se vaya usted! - -Roberto volvió. - ---Yo no le desviaré de su camino--exclamó Esther--. Lléveme usted de -aquí. No, no me quejaré; seré como una hermana; como una criada, si -usted quiere. Haga usted de mí lo que quiera, pero no me abandone. -Cualquiera se aprovecharía de mi debilidad y sería peor para mí. - ---Vamos--murmuró Roberto emocionado--. ¿No le va usted á avisar á -Bernardo? - -Esther cogió un papel de cartas y escribió con letras grandes: «No me -esperes; no vuelvo». Luego se puso el sombrero nerviosamente y se acercó -á Roberto que esperaba á la puerta. - ---Pero si no quiere usted acompañarme no lo haga usted, Roberto. Por -compromiso, no--dijo Esther con los ojos llenos de lágrimas. - ---Ha dicho usted que sería mi hermana, vamos--repuso él con cariño. Ella -entonces se refugió en su pecho; él, apartando con la mano los rizos de -la frente, la besó con dulzura. - ---No, así no, así no--exclamó Esther temblando, y agarrando á Roberto -por las muñecas le presentó los labios. - -Roberto perdió la cabeza y los besó frenético. Esther se abrazó á su -cuello; un sollozo largo de dolor y de deseo le hizo temblar de la -cabeza á los pies. - ---¿Vamos? - ---Vamos. - -Salieron de casa. - -Unas horas después, Bernardo Santín, con la carta de su mujer en la -mano, murmuraba: - ---¿Y mi padre? ¿Qué va á ser de mi pobre padre? - - - - -CAPÍTULO V - -Paro general.--Juergas.--El baile del Frontón.--La iniciación del amor. - - -La hermana de Jesús aceptó con gran entusiasmo á los dos huérfanos -recogidos por el cajista, el día de Nochebuena, y la Salvadora y el -chiquitín entraron á formar parte de la familia. - -Tenía la Salvadora un genio huraño y despótico, una afición á limpiar, á -barrer, á fregar, á sacudir, que á Jesús y á Manuel les fastidiaba; le -gustaba ordenar y disponer; todo lo que tenía de esmirriada lo tenía de -enérgica. Ella dispuso llevar la comida á Jesús y á Manuel, porque -gastaban mucho en la taberna, y al medio día, con un cesto que abultaba -más que ella, iba á la imprenta. En tres meses de ahorros, la Fea y la -Salvadora compraron en una casa de empeños una máquina de coser nueva. - ---La chica esta no nos va á dejar vivir--decía Jesús. - -La vida del cajista se había normalizado; no se emborrachaba; pero, á -pesar de los cuidados de su hermana y de la Salvadora, estaba cada vez -más sombrío y más tétrico. - -Un día de invierno en que habían cobrado el jornal, al salir de la -imprenta, Jesús le preguntó á Manuel: - ---Oye, ¿no estás tú cansado de trabajar? - ---¡Pse! - ---¿No te da asco esta vida tan igual y tan monótona? - ---¿Y qué le vas á hacer? - ---Cualquier cosa preferiría yo á esto. - ---¡Si estuvieras solo como yo! - ---La Fea y la Salvadora se arreglan ya para vivir--dijo Jesús.--En la -primavera--añadió--tenían que hacer los dos un viaje á pie por los -caminos, trabajando un poco en cada lado y siempre viendo pueblos -nuevos. Sabía que en el Ministerio de la Gobernación daban un socorro, -que consistía en dos reales por cada pueblo por donde se pasara. Si -lograban ellos el socorro, inmediatamente debían marcharse. - -Charlando de estas cosas iban por la plaza del Progreso, cuando pasó por -delante de ellos una estudiantina tocando un alegre paso doble. Empezaba -á nevar; hacía mucho frío. - ---¿Vamos á cenar hoy bien?--dijo Jesús. - ---En casa nos estarán esperando. - ---¡Que esperen! Un día es un día. Vamos á estar ahí toda la vida -pensando en ahorrar dos perras gordas. ¡Ahorrar!, ¿para qué? - -Volvieron sobre sus pasos, recorrieron la calle de Barrionuevo y en la -de la Paz entraron en una taberna y dispusieron la cena. Mientras -cenaban, hablaron del viaje proyectado con entusiasmo. Brindaron una -porción de veces. Manuel nunca había estado tan alegre. Se encontraba -decidido, con alientos para explorar el Polo Norte. - ---Ahora hay que ir al baile del Frontón--murmuró Jesús con voz -estropajosa á los postres--. Allí encontraremos unas golfas y, ¡venga -juerga!, y la imprenta _pa_ el gato. - ---Eso es--repetía Manuel--, ¡al baile! Y al cojo que le den morcilla. -¡Anda, tú! - -Se levantaron, pagaron, y al pasar por la calle de Carretas entraron en -una taberna á tomar dos copas. - -Tropezando con todo el mundo llegaron á la calle de Tetuán, y allí se -empeñó Jesús en que debían de tomar otras copas; entraron en una taberna -y se sentaron. El cajista tenía rabia por beber, estaba pálido y -desencajado; Manuel, en cambio, sentía arder su sangre y las mejillas le -echaban fuego. - ---Anda, vamos--le dijo á Jesús; pero éste no podía levantarse. Manuel -vaciló en quedarse allí ó en salir á la calle; pero se decidió por -marcharse y dejó á Jesús dormido, con la cabeza echada sobre la mesa de -la taberna. - -Manuel salió á la calle tambaleándose; los copos de nieve, danzando ante -sus ojos, le mareaban. Llegó á la Puerta del Sol. En la esquina de la -Carrera de San Jerónimo vió una muchacha que se detenía á hablar con los -hombres. La confundió primero con la Rabanitos, pero no era ella. - -Esta tenía la cara abotagada y erisipelatosa. - ---Tú, ¿qué haces?--le dijo Manuel bruscamente. - ---¿No lo ves? Vender _Heraldos_. - ---¿Y nada más? - -Ella bajó la voz, que era ronca y quebrada, y añadió: - ---Y jugar. - -Manuel estaba con el corazón palpitante. - ---¿No tienes novio?--la dijo. - ---No quiero chulos. - ---¿Por qué no? - ---Pa que la quiten á una el dinero que gana y la harten, además, de -palos. Sí, sí... - ---¿Cuánto quieres por venir conmigo? - ---¡Ay, qué guasa! ¡Si tú no tienes una perra! - ---¿Que no? - ---Vaya que no. - ---Yo tengo--murmuró Manuel con jactancia--cinco duros para tirarlos y tú -no me sirves á mí para nada. - ---Y tú á mí ni pa la limpieza. - ---Oye--añadió Manuel, y agarró á la muchacha del brazo y le dió un -empellón. - ---Vamos, ¡quita, asaúra!--gritó ella. - ---No quiero. - ---Pues no eres tú nadie. A ver si no te andas con tientos aquí, ¿eh? - ---Si quieres te convido á café--y Manuel hizo sonar el dinero en su -bolsillo. - -La muchacha vaciló, dió los números del periódico que llevaba en la mano -á una vieja, se ató el pañuelo al cuello y fué con Manuel á una -buñolería de la calle de Jacometrezo. Un perrillo de color de canela les -siguió. - ---¿Este perro es tuyo? - ---Sí. - ---¿Cómo se llama? - ---Sevino. - ---¿Y por qué le llamas así? - ---Porque se presentó en casa sin que nadie lo trajera. - -Entraron en la buñolería. Era un local largo, con columnas, en cuyo -fondo estaba la cocina, con su caldero grande para freir buñuelos. Dos -luces de gas, con mecheros envueltos en fundas blancas, iluminaban con -luz triste las paredes y las columnas cuadradas, recubiertas de azulejos -blancos con dibujos azules. Se sentaron Manuel y la muchacha en una mesa -próxima á una puerta que daba á un callejón. - -La muchacha habló por los codos mientras mojaba trozos de una ensaimada -agria en la jícara de chocolate. Se llamaba Petra, pero la decían -Matilde porque era más bonito. Tenía diez y seis años y vivía en la -calle del Amparo en un sotabanco. Se levantaba á las dos; para cuando -ella se levantaba, su madre ya tenía arreglada la casa. No salía hasta -el anochecer; vendía una mano de _Heraldos_ y diez _Corres_, y luego... -lo que se terciase. Entregaba todo el dinero que ganaba á su madre, y -cuando ésta suponía algún engaño, le daba unas cuantas tortas. - -Manuel, mientras sorbía con gravedad una copa de aguardiente, oía, sin -comprender apenas lo que le hablaban. - -Era la chica fea de veras. Llevaba la cara empolvada. A Manuel, luego de -observarla atentamente, se le ocurrió que parecía un pez enharinado á -quien espera la sartén. Hacía muchos visajes al hablar y movía los -párpados, abultados y blancos, que se cerraban sobre los ojos saltones. - -La muchacha siguió charlando de su madre, de su hermano, de un tío de un -puesto de periódicos, que prestaba un duro á los chicos que vendían el -_Blanco y Negro_ por la mañana, y que por la noche le tenían que -devolver el duro y una peseta más, y de otra porción de cosas. - -Mientras hablaba, Manuel recordó que Jesús había dicho algo de un baile, -aunque ya no recordaba dónde. - ---Vamos á ese baile--dijo. - ---¿A cuál? ¿Al del Frontón? - ---Sí. - ---Hale. - -Salieron de la buñolería. Seguía nevando; por unas callejuelas desiertas -llegaron al juego de pelota; los dos arcos voltaicos de la puerta -iluminaban fuertemente la calle blanca. Manuel tomó los billetes; -dejaron él la capa y ella el mantón en el guardarropa, y entraron. - -Era el Frontón un amplio espacio rectangular, con una de las dos paredes -largas pintada de azul obscuro y marcada á trechos con rayas blancas y -números. En la otra pared larga estaban las gradas y los palcos. - -Dos grandes mamparas verdes cerraban los testeros del juego de pelota. -Arriba, en el alto techo, entre el armazón de hierro, diez ó doce puntos -brillantes de arco voltaico, no recubiertos por globos de cristal, -centelleaban de un modo deslumbrador. - -Aquel local ancho y pintado de obscuro, parecía un taller de máquinas -desocupado. - -Algunas busconas de bajo vuelo, ataviadas con mantones de Manila y -flores en la cabeza, mostraban su busto en los palcos. Se sentía frío. - -Cuando la charanga comenzó á tocar con estrépito, la gente de los -pasillos y del ambigú salió al centro á bailar, y poco á poco se formó -una corriente de parejas alrededor del salón. No había más que media -docena de máscaras. Se generalizó el baile; á la luz fría y cruda de -los arcos voltaicos se veía á las parejas dando vueltas hombres y -mujeres, todos muy graves, muy estirados, tan fúnebres como si -asistieran á un entierro. - -Algunos hombres apoyaban los labios en la frente de las mujeres. No se -sentía una atmósfera de deseos, de fiebre; era un baile de gente -apagada, de muñecos con ojos de aburrimiento ó de cólera. - -A veces algún gracioso, como sintiendo la necesidad de demostrar que se -estaba en un baile de Carnaval, se tiraba al suelo ó gritaba -desaforadamente; había un momento de confusión; pero se restablecía -pronto el orden y se formaba de nuevo la corriente. - -Manuel sentía ganas de hacer locuras; se levantó y se puso á bailar con -la muchacha. Esta, incomodada porque no llevaba el compás, se sentó. -Manuel quedó desconsolado é hizo lo mismo. Pasaban parejas por delante -de ellos; las mujeres pintarrajeadas, con los ojos sombreados y la -expresión encanallada en la boca roja por el carmín; los hombres con -aspecto petulante y la mirada agresiva. - -Estos, rompían con cólera las serpentinas que echaban desde los palcos y -que se les enredaban al pasar. - -Un negro borracho sentado cerca de Manuel saludaba el paso de alguna -mujer guapa, gritando con una voz aniñada: - ---¡Olé ahí! ¡Vaya _caló_! - ---Adiós, Manolo--oyó Manuel que le decían. Era Vidal, que bailaba con -una máscara elegante, muy ceñido á ella. - ---Vete á verme mañana--dijo Vidal. - ---¿A dónde? - ---A las siete de la noche en el café de Lisboa. - ---Bueno. - -Vidal se perdió con su pareja en el remolino de gente. Cesó la música de -tocar en un intermedio. - ---¿Vamos?--preguntó Manuel á la muchacha. - ---Sí, vamos. - -Manuel temblaba de emoción al pensar que llegaba el momento trágico. -Tomaron las prendas en el guardarropa y salieron. - -Seguía nevando; la luz de los globos eléctricos de la puerta del Frontón -iluminaba la calle, cubierta de una capa blanca de nieve. Atravesaron -Manuel y la muchacha la Puerta del Sol de prisa, subieron por la calle -de Correos, y en la de la Paz se detuvieron en un portal abierto, -iluminado por la claridad, entre confidencial y misteriosa, que daba un -farol grande con una luz muy triste. - -Empujaron una puerta de cristales, y en la escalera obscura -desaparecieron... - - - - -CAPÍTULO VI - -La nieve.--Otras historias de don Alonso.--Las Injurias. El Asilo del -Sur. - - -Al día siguiente pasó Manuel toda la mañana durmiendo á pierna suelta. -Cuando se levantó eran más de las tres de la tarde. - -Llamó en el cuarto de Jesús. Estaban la Fea en la máquina y la Salvadora -sentada en una silla pequeña, descosiendo unas faldas; el chiquitín -jugaba en el suelo. - ---¿Y Jesús?--preguntó Manuel. - ---¡Tú lo sabrás!--contestó la Salvadora, con una voz colérica. - ---Yo... me separé de él...; luego me encontré un amigo... Manuel se -esforzó en inventar una mentira.--Quizás esté en la imprenta--añadió. - ---No, en la imprenta no está--replicó la Salvadora. - ---Le buscaré. - -Salió Manuel avergonzado del parador de Santa Casilda; se dirigió al -centro y preguntó en la taberna de la calle de Tetuán por su amigo. - ---Aquí estuvo--contestó el mozo--hasta que se cerró la taberna. Luego se -fué, hecho un pepe, no sé á dónde. - -Manuel volvió al parador, se metió en la cama con intención de ir al día -siguiente á la imprenta; pero también se levantó tarde. Sentía una -inercia imposible de vencer. - -En el corredor se encontró con la Salvadora. - ---¿Hoy tampoco has ido á la imprenta?--le dijo. - ---No. - ---Bueno, pues no vuelvas más por aquí--añadió la muchacha, -encolerizada--; no necesitamos golfería. Mientras estamos ahí nosotras -trabajando, vosotros de juerga. Ya te digo, no vuelvas más por aquí, y -si le ves á Jesús dile esto mismo de parte de su hermana y de la mía. - -Manuel se encogió de hombros y salió de casa. Había nevado todo el día; -en la Puerta del Sol, cuadrillas de barrenderos y mangueros quitaban la -nieve; el agua negra corría por el arroyo. - -Se asomó Manuel varias veces al café de Lisboa, por si veía á Vidal; -pero no lo vió, y, después de comer en una taberna, se fué á pasear por -las calles. Obscureció muy pronto. Madrid, cubierto de nieve, estaba -deshabitado; la plaza de Oriente tenía un aspecto irreal, de algo como -una decoración de teatro; los reyes de piedra mostraban hermosos mantos -blancos; la estatua del centro de la plaza se destacaba gallardamente -sobre el cielo gris. Desde el Viaducto veíanse extensiones blancas. -Hacia Madrid, un amontonamiento de casas amarillentas, y de tejados -negros, y de torres perfiladas en el cielo lactescente, enrojecido por -una irradiación luminosa. - -Manuel volvió á su casa, desalentado; se metió en la cama. - ---Mañana voy á la imprenta--se dijo, pero tampoco fué; se despertó muy -temprano, con este propósito; se levantó, se acercó á la imprenta, y, al -ir á entrar, se le ocurrió la idea de que el amo le armaría un -escándalo, y no entró.--Si no es ahí, encontraré trabajo en otra -parte--pensó, y volviendo por sus pasos se fué á la Puerta del Sol, -después á la plaza de Oriente, y por la calle de Bailén y luego la de -Ferraz salió al paseo de Rosales. Estaba desierto y silencioso. - -Desde allá se veía todo el campo blanco por la nieve, las obscuras -arboledas de la Casa de Campo y los cerros redondos erizados de pinos -negros. El sol se presentaba pálido en el cielo plomizo. Al ras de la -tierra, hacia el lado de Villaverde, resplandecía un trozo de cielo -azul, limpio, entre brumas rosadas. Reinaba un profundo silencio; sólo -el silbido estridente de las locomotoras y los martillazos en los -talleres de la estación del Norte, turbaban aquella calma. Los pasos no -resonaban en el suelo. - -Las casas del paseo tenían adornos blancos de la nieve en los barandados -y en las cornisas; los árboles parecían aplastados bajo aquella capa -blanca. - -Por la tarde volvió Manuel á acercarse á la imprenta, se asomó á ella y -preguntó al maquinista por Jesús. - ---Menuda bronca le ha echado el amo--le contestó. - ---¿Le ha despedido? - ---No que no. Anda, sube tú ahora. - -Manuel, que iba á subir, se detuvo. - ---¿Se fué ya Jesús? - ---Sí. Estará en la taberna de la esquina. - -Efectivamente, allí estaba. Sentado en una mesa bebía una copa de -aguardiente. Cariacontecido y triste, se entregaba á sus pensamientos -sombríos. - ---¿Qué haces?--le preguntó Manuel. - ---¡Ah! ¿Eres tú? - ---Sí; ¿te ha despedido el Cojo? - ---Sí. - ---¿Estabas pensando en algo? - ---¡Pse!... cuando no se tiene nada que hacer. Anda, vamos á tomar unas -copas. - ---No, yo no. - ---Tú harás lo que te se mande. No tengo más que cuarenta céntimos, que -es como no tener nada. ¡Eh, tú, chico! Echa unas copas. - -Bebieron y se fueron los dos hacia el parador de Santa Casilda. Seguía -nevando; Jesús, con las mejillas rojas, tosía desesperadamente. - ---Te advierto que la Salvadora, la chiquita, te va á armar una chillería -de dos mil demonios.--dijo Manuel--¡Vaya un genio que tiene! - ---¿Pues qué quieren, que estemos toda la vida ahorrando? Yo me alegro de -que la chiquita esté en casa, porque así le defiende á la Fea, que es -más infeliz... Y á ti, ¿cuánto te queda de la quincena?--preguntó el -cajista á Manuel. - ---¿A mí? ni un botón. - -Con esta respuesta, Jesús sintió tal enternecimiento, que agarrando del -brazo á su amigo, le aseguró con calurosas frases que le estimaba y le -quería como á un hermano. - ---Y, ¡maldito sea el veneno!--concluyó diciendo--, si yo no soy capaz de -hacer por ti cualquier cosa; porque eso que me has dicho que no tienes -un botón, vale más para mí que lo del héroe de Cascorro. - -Manuel, conmovido con estas palabras, aseguró con voz velada que, aunque -era un golfo y no servía para nada, estaba dispuesto á todo. - -Para celebrar aquellas manifestaciones tan afectuosas de amistad, -entraron los dos en una taberna de la calle de Barrionuevo y bebieron -otras copas de aguardiente. - -Cuando llegaron al parador de Santa Casilda, iban los dos completamente -borrachos. La administradora de la casa les salió al encuentro, -reclamándoles á ambos el alquiler de sus cuartos. Jesús la contestó, en -broma, que no le daban dinero porque no tenían. Ella les dijo que -pagaban ó se marchaban á la calle, y el cajista la replicó que les -echara si se atrevía. - -La mujer, que era de armas tomar, empujándoles por la espalda, puso á -los dos en la calle. - ---Rediós ¡con el sexo débil!--murmuró Jesús--. A esto le llaman el sexo -débil... y á uno le ponen en la puerta de la calle... y á tomar dos -duros... ¿Eh, Manuel? El sexo débil... ¿qué te parece á ti esa manera de -hablar figurada?... Más débiles somos nosotros... y abusan. - -Echaron á andar; no sentía ninguno de los dos el frío. - -De vez en cuando, Jesús se detenía perorando; algún hombre se reía al -verles pasar ó algún chiquillo, desde un portal, les llamaba y les -tiraba una bola de nieve. - ---¿De quién se reirán?--pensaba Manuel. - -La ronda estaba silenciosa, blanca, con un reguero negro en medio, -dejado por los carros. Los grandes copos llegaban entrecruzándose; -danzaban con las ráfagas de viento como mariposas blancas; al volver la -calma, caían lenta y blandamente en el aire gris, como el plumón suave -desprendido del cuello de un cisne. - -A lo lejos, entre la niebla, blanqueaba el paisaje de los alrededores, -las lomas redondas de curva suave, las casas y los cementerios del campo -de San Isidro. Todo se destacaba más negro: los tejados, las tapias, los -arboles, los faroles cubiertos de espesas caperuzas de nieve. - -Y en el ambiente blanquecino, el humo negro espirado por las chimeneas -de las fábricas, se extendía por el aire como una amenaza. - ---El sexo débil. ¿Eh, Manuel?--siguió Jesús con su idea fija--, y á uno -le ponen en la puerta de la calle... es como si dijeran la nieve -débil... porque tú la pisas... ¿no es verdad?..., pero ella te enfría... -¿y quién es más débil, tú ó la nieve?... tú porque te enfrías... En este -mundo no hace uno más que eso, constiparse... Todo está frío, ¿sabes?... -todo... Como la nieve... la ves blanca, ¿eh?, parece buena, cariñosa... -el sexo débil... pues cógela y te hielas. - -Gastaron los últimos céntimos en otra copa de aguardiente, y desde -entonces perdieron ya la conciencia de sus actos... - - * * * * * - -A la mañana siguiente se despertaron ateridos de frío en un cobertizo -del Mercado de Ganados que había cerca del paseo de los Pontones. - -Jesús tosía de una manera horrible. - ---Estáte tú aquí--le dijo Manuel.--Voy á ver si encuentro algo que -comer. - -Salió á la Ronda, ya no nevaba; algunos chiquillos se divertían -tirándose bolas de nieve; subió por la calle del Aguila; la zapatería -estaba cerrada. Entonces Manuel pensó en buscar á Jacob; se dirigió -hacia el Viaducto, é iba distraído cuando sintió que le cogían de los -hombros y le decían: - ---Detén tu brazo, Abraham. ¿A dónde vas? - -Era el Hombre Boa, el ilustre don Alonso. - -Manuel le contó lo que les pasaba á su amigo y á él. - ---No hay que apurarse; ya vendrá la buena--murmuró el Hombre Boa.--¿Tú -tienes algún sitio á dónde ir? - ---Una tejavana. - ---Bueno. Vamos allá; yo tengo una peseta. Con esto podemos comer los -tres. - -Entraron en una casa de comidas de la calle del Aguila, donde les -dieron, por dos reales, un puchero de cocido; compraron pan y fueron los -dos de prisa hacia el cobertizo. Comieron, dejaron algo para la noche, y -después de comer, don Alonso arrancó unas maderas de una valla y logró -hacer fuego dentro del cobertizo. - -Por la tarde empezó á llover á torrentes; el Hombre Boa se creyó en el -caso de amenizar la reunión, y comenzó á contar historias sobre -historias, comenzando siempre con su eterno estribillo de «Una vez en -América...» - ---Una vez en América--(y esta historia es la menos insubstancial de las -que contó)--íbamos navegando por el Mississippí en vapor. Os advierto -que en estos vapores se puede jugar al billar; tan poco movimiento -tienen. Pues bien, íbamos navegando y llegamos á un pueblo; se detiene -el barco y vemos en el muelle de aquella aldea una barbaridad de gente; -nos acercamos y vemos que todos eran indios, excepto unos cuantos -carabineros y soldados yanquis. - -Yo (esto añadió don Alonso con arrogancia), que era el director, dije á -mis músicos: «Hay que tocar con brío», y en seguida, búm... búm... -búm... tra... la... la...; No os podéis figurar los gritos y chillidos y -graznidos de aquella gente. - -Cuando concluyeron de tocar los músicos se presentó delante de mí una -india muy gorda, con la cabeza llena de plumas de gallo, que se puso á -hacerme ceremoniosos saludos. Pregunté á uno de los yanquis:--¿Quién es -esa señora?--Es la reina--me dijo--, y desea un poco más de música. Yo -la saludé: ¡Muy señora mía! (haciendo elegantes y versallescas -reverencias y echando un pie hacia atrás) y les dije á los de la banda: -«Muchachos: un poquito más de música para S. M.» Volvieron á tocar, y la -reina, muy agradecida, me saludó, poniéndose la mano en el corazón. Yo -hice lo mismo: ¡Muy señora mía! - -Armamos nuestro circo portátil en unas horas, y me retiré á pensar en el -programa. Yo era el director.--Hay que hacer el «Indio á caballo»--me -dije--; aunque es un número desacreditado en las ciudades, aquí no lo -conocerán. Luego sacaré _equiyeres_, acróbatas, equilibristas, -pantomimistas, y al último los _clauns_, que darán el golpe. Al que iba -á hacer el «Indio á caballo» le advertí:--Mira, tú ponte lo más parecido -á ellos.--Descuide usted, señor director. Muchachos: fué un éxito -sensacional. Salió el «Indio». ¡Qué aplausos! - -Don Alonso representó mímicamente el número; se agachaba, imitando los -movimientos del que va á caballo; hundía la cabeza en el pecho, mirando -con ojos desencajados á un punto, y hacía como si volteara el lazo por -encima de su cabeza. - ---El «Indio á caballo»--prosiguió don Alonso--se ganó los aplausos de -los demás indios. Para mí que ellos no sabían ni montar. Después hubo un -número de acróbatas, luego otros varios, hasta que llegó la hora de los -_clauns_. Ahora sí que va á haber jaleo--pensé yo--; y, efectivamente, -no hicieron más que salir, cuando se armó un alboroto terrible. ¡Cómo se -divierten!--pensaba yo--, cuando viene un mozo á decirme:--¡Señor -director!, ¡señor director!--¿Qué pasa?--El público entero se va.--¿Qué -se va? Nada, los indios se habían asustado al ver á los _clauns_, y -creían que eran demonios que habían ido allí á aguarles la función. -Entro en la pista, y saco á los _clauns_ á trompicones. Luego, para -quitar á los indios la mala impresión, hice unos cuantos juegos de -manos. Cuando empecé á echar cintas encendidas por la boca, ¡rediez, qué -éxito! Todo el mundo se quedó asombrado; pero cuando les escamoteé unas -sortijas y les saqué una pecera del bolsillo de la chaqueta con sus -peces vivos, no he tenido nunca ovación mayor. - -Calló don Alonso. Jesús y Manuel se preparaban á dormir, tirados en el -suelo, acurrucados en un rincón. Comenzaba á llover á torrentes; el agua -caía con estrépito sobre el techo de cinc del cobertizo; el viento -silbaba y gemía á lo lejos. - -Empezó á tronar, y no parecía sino que algún tren caía por un -despeñadero de metal, por el ruido continuado y violento que hacían los -truenos. - ---¡Vaya una tempestad!--murmuró Jesús. - ---¡Las tempestades de tierra!--replicó don Alonso--. ¡Valiente filfa! -Las tempestades de tierra no valen nada. En el mar, en el mar, hay que -verlas, cuando el agua salta por encima de los puentes... Hasta en los -lagos. En el lago Erie y en el Michigan he pasado yo tempestades -tremendas, con olas como casas. Eso sí, se calma el viento y el agua -queda al poco rato como el estanque del Retiro. Una vez allí en -América... - -Pero Manuel y Jesús, hartos de narraciones americanas, se hicieron los -dormidos, y el antiguo Hombre Boa se calló desconsolado y pensó en -aquellos dulces tiempos en que escamoteaba sortijas á los indios y les -sacaba la pecera. - -No pudieron dormir; tuvieron que levantarse varias veces y cambiar de -sitio, porque entraba el agua por el tejado... - -A la mañana siguiente, cuando salieron, ya no llovía; la nieve se había -derretido por completo. La explanada del Mercado de Ganados hallábase -convertida en un pantano; el suelo de la Ronda, en un barrizal; las -casas y los árboles chorreaban agua; todo se veía negro, cenagoso, -desierto; sólo algunos perros vagabundos, famélicos, llenos de barro, -husmeaban en los montones de basura. - -Manuel empeñó la capa, y por el consejo de Jesús, se abrigó el pecho con -unos periódicos. Dieron diez reales en una casa de préstamos por la -prenda y fueron los tres á comer á la Tienda-Asilo de la Montaña del -Príncipe Pío. - -Manuel y Jesús, acompañados de don Alonso, entraron en dos imprentas á -preguntar si había trabajo, pero no lo había. Por la noche volvieron á -la Tienda-Asilo á cenar. Propuso don Alonso ir á dormir al Depósito de -mendigos. Salieron los tres; era al anochecer; había una fila de golfos -andrajosos á la puerta del Depósito, esperando á que abrieran; Jesús y -Manuel fueron partidarios de no entrar allá. - -Recorrieron el bosquecillo próximo al cuartel de la Montaña; algunos -soldados y algunas prostitutas charlaban y fumaban en corro; siguieron -la calle de Ferraz, luego la de Bailén; cruzaron el Viaducto, y por la -calle de Toledo bajaron al paseo de los Pontones. - -El rincón donde habían pasado la noche anterior le ocupaba una banda de -golfos. - -Siguieron adelante, metiéndose en el barro; comenzaba á llover de nuevo. -Propuso Manuel entrar en la taberna de la Blasa, y por la escalera del -paseo Imperial bajaron á la hondonada de las Injurias. La taberna estaba -cerrada. Entraron en una callejuela. Los pies se hundían en el barro y -en los charcos. Vieron una casucha con la puerta abierta y entraron. El -Hombre Boa encendió una cerilla. La casa tenía dos cuartos de un par de -metros en cuadro. Las paredes de aquellos cuartuchos destilaban humedad -y mugre; el suelo, de tierra apisonada, estaba agujereado por las -goteras y lleno de charcos. La cocina era un foco de infección: había en -medio un montón de basura y de excrementos; en los rincones, cucarachas -muertas y secas. - -Por la mañana salieron de la casa. El día se presentaba húmedo y triste; -á lo lejos, el campo envuelto en niebla. El barrio de las Injurias se -despoblaba; iban saliendo sus habitantes hacia Madrid, á la busca, por -las callejuelas llenas de cieno; subían unos al paseo Imperial, otros -marchaban por el Arroyo de Embajadores. - -Era gente astrosa; algunos, traperos; otros, mendigos; otros, muertos de -hambre; casi todos de facha repulsiva. Peor aspecto que los hombres -tenían aún las mujeres, sucias, desgreñadas, haraposas. Era una basura -humana, envuelta en guiñapos, entumecida por el frió y la humedad, la -que vomitaba aquel barrio infecto. Era la herpe, la lacra, el color -amarillo de la terciana, el párpado retraído, todos los estigmas de la -enfermedad y de la miseria. - ---Si los ricos vieran esto, ¿eh?--dijo don Alonso. - ---Bah, no harían nada--murmuró Jesús. - ---¿Por qué? - ---Porque no. Si le quita usted al rico la satisfacción de saber que -mientras él duerme otro se hiela y que mientras él come otro se muere de -hambre, le quita usted la mitad de su dicha. - ---¿Crees tú eso?--preguntó don Alonso mirando á Jesús con asombro. - ---Sí. Además, ¿qué nos importa lo que piensen? Ellos no se ocupan de -nosotros; ahora dormirán en sus camas limpias y mullidas tranquilamente, -mientras nosotros... - -Hizo un gesto de desagrado el Hombre Boa; le molestaba que se hablara -mal de los ricos. - -Salió el sol; un disco rojo sobre la tierra negra; luego, en las -escombreras de la fábrica del gas de encima de las Injurias comenzaron á -llegar carros y á verter cascotes y escombros. En las casuchas de la -hondonada, alguna que otra mujer se asomaba á la puerta con la colilla -del cigarro en la boca... - -Una noche el sereno de las Injurias sorprendió á los tres hombres en la -casa desalquilada y los echó de allí. - -Los días siguientes, Manuel y Jesús--el titiritero había -desaparecido--se decidieron á ir al Asilo de las Delicias á pasar la -noche. Ninguno de los dos se preocupaba en buscar trabajo. Llevaban ya -cerca de un mes vagabundeando, y un día en un cuartel, al siguiente en -un convento ó en un asilo, iban viviendo. - -La primera vez que Jesús y Manuel durmieron en el Asilo de las Delicias -fué un día de Marzo. - -Cuando llegaron al asilo no se hallaba abierto aún. Aguardaron paseando -por el antiguo camino de Yeseros. Se internaron por los campos próximos, -en los que se veían casuchas miserables, á cuyas puertas jugaban al -chito y al tejo algunos hombres y pululaban chiquillos andrajosos. - -Eran aquellos andurriales sitios tristes, yermos, desolados; lugares de -ruina, como si en ellos se hubiese levantado una ciudad á la cual un -cataclismo aniquilara. Por todas partes se veían escombros y cascotes, -hondonadas llenas de escorias; aquí y allí alguna chimenea de ladrillo -rota, algún horno de cal derruido. Sólo á largo trecho se destacaba una -huerta con su noria; á lo lejos, en las colinas que cerraban el -horizonte, se levantaban barriadas confusas y casas esparcidas. Era un -paraje intranquilizador; por detrás de las lomas salían vagos de mal -aspecto en grupos de tres y cuatro. - -Por allá cerca pasaba el Arroyo Abroñigal, en el fondo de un barranco, y -Manuel y Jesús lo siguieron hasta un puente de ladrillo llamado de los -Tres Ojos. - -Volvieron al anochecer. El Asilo estaba ya abierto. Se encontraba á la -derecha, camino de Yeseros arriba, próximo á unos cuantos cementerios -abandonados. El tejado puntiagudo, las galerías y escalinatas de madera, -le daban aspecto de chalet suizo. En el balcón, en un letrero sujeto al -barandado, se leía: «Asilo Municipal del Sur». Un farol de cristal rojo -lanzaba luz sangrienta en medio de los campos desiertos. - -Manuel y Jesús bajaron varios escalones; en una taquilla, un empleado -que escribía en un cuaderno les pidió su nombre, lo dieron, y entraron -en el Asilo. - -La parte destinada á los hombres tenía dos salas iluminadas con mecheros -de gas, separadas por un tabique, las dos con pilares de madera y -ventanucas altas y pequeñas. Jesús y Manuel cruzaron la primera sala y -entraron en la segunda, en donde á lo largo, sobre unas tarimas, había -algunos hombres. Se tendieron también ellos y charlaron un rato... - -Iban entrando mendigos, apoderándose de las tarimas, colocadas en medio -y junto á las columnas. Dejaban los que entraban en el suelo sus -abrigos, capas llenas de remiendos, elásticas sucias, montones de -guiñapos, y al mismo tiempo latas llenas de colillas, pucheros y cestas. - -Los parroquianos pasaban casi todos á la segunda sala. - ---Aquí no corre tanto el aire--dijo un viejo mendigo que se preparaba á -tenderse cerca de Manuel. - -Unos cuantos golfos de quince á veinte años hicieron irrupción en la -sala, se apoderaron de un rincón y se pusieron á jugar al cané. - ---¡Qué tunantes sois!--les gritó el viejo mendigo vecino de Manuel--. -Hasta aquí tenéis que venir á jugar, ¡leñe! - ---¡Ay, con lo que sale ahora el arrugado!--replicó uno de los golfos. - ---Cállese usted, ¡calandria! Si se parece usted á don Nicanor tocando el -tambor--dijo otro. - ---¡Granujas! ¡Golfos!--murmuró el viejo con ira. - -Manuel se volvió á contemplar al iracundo viejo. Era bajito, con barba -escasa y gris; tenía los ojos como dos cicatrices y unas antiparras -negras que le pasaban por en medio de la frente. Vestía un gabán -remendado y mugriento, en la cabeza una boina y encima de ésta un -sombrero duro de ala grasienta. Al llegar, se desembarazó de un morral -de tela y lo dejó en el suelo. - ---Es que estos granujas nos desacreditan--explicó el viejo--; el año -pasado robaron el teléfono del Asilo y un pedazo de plomo de una -cañería. - -Manuel paseó la vista por la sala. Cerca de él, un viejo alto, de barba -blanca, con cara de apóstol, embebido en sus pensamientos, apoyaba la -espalda en uno de los pilares; llevaba una blusa, una bufanda y una -gorrilla. En el rincón ocupado por los golfos descarados y fanfarrones, -se destacaba la silueta de un hombre vestido de negro, tipo de cesante. -En sus rodillas apoyaba la cabeza un niño dormido, de cinco á seis años. - -Todos los demás eran de facha brutal; mendigos con aspecto de -bandoleros; cojos y tullidos que andaban por la calle mostrando sus -deformidades; obreros sin trabajo, acostumbrados á la holganza, y entre -éstos algún tipo de hombre caído, con la barba larga y las guedejas -grasientas, al cual le quedaba en su aspecto y en su traje, con cuello -corbata y puños aunque muy sucios, algo de distinción; un pálido reflejo -del esplendor de la vida pasada. - -La atmósfera se caldeó pronto en la sala, y el aire, impregnado de olor -de tabaco y de miseria, se hizo nauseabundo. - -Manuel, se tendió en su tarima y escuchó la conversación que entablaron -Jesús y el mendigo viejo de las antiparras. Era éste un pordiosero -impenitente, conocedor de todos los medios de explotar la caridad -oficial. - -A pesar de que andaba siempre rodando de un lado á otro, no se había -alejado nunca más de cinco ó seis leguas de Madrid. - ---Antes se estaba bien en este Asilo--explicaba el viejo á Jesús--; -había una estufa; las tarimas tenían su manta, y por la mañana á todo el -mundo se le daba una sopa. - ---Sí, una sopa de agua--replicó otro mendigo joven, melenudo, flaco y -tostado por el sol. - ---Bueno, pero calentaba las tripas. - -El hombre de aspecto decente, disgustado, sin duda, de encontrarse entre -la golfería, tomó al chico en sus brazos y se acercó al lugar ocupado -por Jesús y Manuel y terció en la conversación contando sus cuitas. -Dentro de lo triste, era cómica su historia. - -Venía de una capital de provincia, dejando un destinillo, creyendo en -las palabras del diputado del distrito, que le prometió un empleo en un -ministerio. Se pasó dos meses detrás del diputado y se encontró al cabo -de ellos en la miseria y en el desamparo más grandes. Mientras tanto, -escribía á su mujer dándole esperanzas. - -El día anterior le habían despachado de la casa de huéspedes, y después -de correr medio Madrid y no encontrando medio de ganar una peseta, fué -al Gobierno civil y pidió á un guardia que les llevara á su hijo y á él -á un asilo.--No llevo al asilo sino á los que piden limosna--le dijo el -guardia.--Yo voy á pedir limosna--le contestó él con humildad--puede -usted llevarme.--No, pida usted limosna y entonces le cogeré. - -Al hombre se le resistía pedir; pasaba un señor, se acercaba con su -hijo, se llevaba la mano al sombrero; pero la petición no salía de su -boca. Entonces el guardia le había aconsejado que fuera al Asilo de las -Delicias. - ---Pues si le llegan á coger no adelanta usted nada--dijo el de los -anteojos--; le hubieran llevado al Cerro del Pimiento y allá se hubiese -usted pasado el día sin probar la gracia de Dios. - ---Y luego, ¿qué hubieran hecho conmigo?--preguntó la persona decente. - ---Echarlo fuera de Madrid. - ---Pero, ¿no hay sitios por ahí para pasar la noche?--dijo Jesús. - ---La mar--contestó el viejo--, por todas partes. Ahora, que en el -invierno se tiene frío. - ---Yo he vivido--añadió el mendigo joven--más de medio año en -Vaciamadrid, un pueblo que está casi deshabitado; un compañero mío y yo -encontramos una casa cerrada y nos instalamos en ella. Vivimos unas -semanas al pelo. Por las noches íbamos á la estación de Arganda; con una -barrena hacíamos un agujero en un barril de vino, llenábamos la bota y -después tapábamos el agujero con pez. - ---¿Y por qué se fueron ustedes de allí?--preguntó Manuel. - ---La Guardia civil nos sitió y tuvimos que escaparnos por las ventanas. -Maldito si yo no estaba cansado ya de aquel rincón. A mí me gusta andar -por esos caminos, una vez aquí, otra vez allá. Se encuentra uno con -gente que sabe, y se va uno ilustrando... - ---¿Y usted ha andado mucho por ahí? - ---Toda mi vida. Yo no puedo gastar más que un par de alpargatas en un -pueblo. Me entra una desazón cuando estoy en el mismo sitio, que tengo -que echar á andar. ¡Ah! ¡El campo! No hay como eso. Se come donde se -puede; el invierno es malo, ¡pero el verano! Se hace uno una cama de -tomillo debajo de un árbol y se duerme uno allá tan ricamente, mejor que -el rey. Luego, como las golondrinas, se va uno donde hace calor. - -El viejo de las antiparras, desdeñando lo que decía el vagabundo joven, -indicó á Jesús los rincones que había en las afueras. - ---Adonde suelo ir yo cuando hace buen tiempo, es á un camposanto que hay -cerca del tercer Depósito. Allá hay unas casas donde iremos esta -primavera. - -Manuel oyó confusamente el final de la conversación y se quedó dormido. -A media noche se despertó al oir unas voces. En el rincón de la golfería -dos muchachos rodaban por el suelo y luchaban á brazo partido. - ---Te daré dinero--murmuraba uno entre dientes. - ---Suelta, que me ahogas. - -El mendigo viejo, que se había despertado, se levantó furioso, levantó -el garrote y dió un golpe en la espalda á uno de ellos. El caído se -irguió bramando de coraje. - ---Ven ahora, ¡cochino! Hijo de la grandísima perra--gritó. - -Se abalanzaron el uno sobre el otro, se golpearon y cayeron los dos de -bruces. - ---Estos granujas nos están desacreditando--exclamó el viejo. - -Un guardia restableció el orden y expulsó á los alborotadores. Volvió á -tranquilizarse el cotarro y no se oyeron más que ronquidos sordos y -sibilantes... - -Por la mañana, aun antes de amanecer, cuando se abrieron las puertas del -Asilo, salieron todos los que habían pasado allí la noche y se -desparramaron al momento por aquellos andurriales. - -Manuel y Jesús siguieron la calle de Méndez Alvaro. En los andenes de la -estación del Mediodía brillaban los focos eléctricos como globos de luz -en el aire negro de la noche. - -De las chimeneas del taller de la estación salían columnas apretadas de -humo blanco; las pupilas rojas y verdes de los faros de señales lanzaban -un guiño confidencial desde sus altos soportes; las calderas en tensión -de las locomotoras, bramaban con espantosos alaridos. - -Temblaban las luces mortecinas de los distanciados faroles de ambos -lados de la carretera. Se entreveían en el campo, en el aire turbio y -amarillento como un cristal esmerilado, sobre la tierra sin color, -casucas bajas, estacadas negras, altos palos torcidos de telégrafo, -lejanos y obscuros terraplenes por donde corría la línea del tren. -Algunas tabernuchas, iluminadas por un quinqué de luz lánguida, estaban -abiertas... Luego ya, á la claridad opaca del amanecer, fué apareciendo -á la derecha el ancho tejado plomizo de la estación del Mediodía, húmedo -de rocío; enfrente la mole del Hospital general, de un color de -ictérico; á la izquierda, el campo yermo, las eras inciertas, pardas, -que se alargaban hasta fundirse con las colinas onduladas del horizonte -bajo el cielo húmedo y gris, en la enorme desolación de los alrededores -madrileños... - - - - -CAPÍTULO VII - -La Casa Negra.--Incendio.--Fuga. - - -Cerca de la estación se alargaba una fila de coches; los cocheros habían -hecho una hoguera. Se calentaron un momento Jesús y Manuel. - ---Tenemos que ir á ese pueblo--murmuró Jesús. - ---¿A cuál? - ---A ese que está deshabitado, según ha dicho ese hombre. A Vaciamadrid. - ---Bueno. - -Llegaba un tren en aquella hora, y Manuel y Jesús se colocaron á la -puerta de la estación, á la salida de los viajeros, con la idea de -ganarse unos cuartos llevando alguna maleta. - -Manuel tuvo la suerte de tomar un bulto de un señor y llevárselo á un -coche. El señor le dió unas perras. - -Manuel y Jesús subieron al Prado. Iban por delante del Museo, cuando -vieron un simón y detrás del coche, corriendo á todo correr, á don -Alonso, con un traje haraposo lleno de agujeros. - ---¡Eh!, ¡eh!--le gritó Manuel. - -Don Alonso miró hacia atrás, se detuvo y se acercó á Jesús y Manuel. - ---¿A dónde iba usted?--le preguntaron. - ---Detrás de ese coche para subirle el baúl á casa á ese caballero; pero -estoy cansado, ya no tengo piernas. - ---¿Y qué hace usted?--le preguntó Manuel. - ---¡Pse!... Morirme de hambre. - ---¿No viene la buena? - ---¿Qué ha de venir? Napoleón se hizo la pascua en _Uaterlú_, ¿verdad?, -pues mi vida es un _Uaterlú_ continuo. - ---¿A qué se dedica usted ahora? - ---He estado vendiendo libros verdes. Aquí debo tener uno--añadió -mostrando á Manuel una cartilla, cuyo título era: _Las picardías de las -mujeres la primera noche de novios_. - ---¿Es bueno esto?--preguntó Manuel. - ---Así, así. Te advierto que hay que leer un renglón sí el y otro no. -¡Yo, dedicado á estas cosas! ¡Yo, que he sido director de un circo en -_Niu Yoc_! - ---Ya vendrá la buena. - ---Hace unas noches salí tambaleándome, muerto de necesidad, y me fuí á -una Casa de Socorro, porque ya no podía más.--¿Qué tiene usted?--me -preguntó uno.--Hambre.--Eso no es enfermedad--me dijo. Entonces me eché -á pedir limosna, y ahora voy al anochecer al barrio de Salamanca, y -allá, á las señoras que van solas las digo que se me ha muerto un hijo, -que necesito un par de reales para comprar velas. Ellas se horrorizan y -me suelen dar algo. He encontrado también un rincón donde dormir. Está -por allá, hacia el río. - -Comieron los tres el rancho sobrante en el cuartel de María Cristina, y -por la tarde el Hombre Boa fué á su centro de operaciones del barrio de -Salamanca. - ---Peseta y media he sacado hoy--les dijo á Manuel y á Jesús. Vamos á -cenar. - -Cenaron en el parador de Barcelona de la calle del Caballero de Gracia, -y después el resto lo emplearon en aguardiente. - -Luego fueron al rincón encontrado por don Alonso, una casa en ruinas, -próxima al puente de Toledo. La llamaban la Casa Negra; no quedaba de -ella más que las cuatro paredes, cortadas á la altura del primer piso. - -Ocupaba el centro de una huerta; tenía un cañizo sobre el cual -sobresalían unas cuantas vigas negruzcas derechas, como las chimeneas de -un pontón. - -Entraron los tres en la casucha. Cruzaron el patio, saltando por encima -de escombros, tejas, maderas podridas y montones de cascote. Recorrieron -un pasillo. Don Alonso encendió un fósforo, que mantuvo en el hueco de -la mano. Vivían allí clandestinamente unas familias de gitanos y unos -cuantos mendigos. Algunos habían hecho sus camas con paja y trapos; -otros dormían apoyándose sobre cuerdas de esparto, sujetas á las -paredes. - -Don Alonso tenía su rincón y llevó allí á Manuel y á Jesús. - -El suelo era húmedo, de tierra; quedaban algunos tabiques de la casa en -pie; los agujeros del techo estaban obturados con haces de caña, cogidos -en el río, y pedazos de estera. - ---¡Qué moler!--dijo don Alonso al tenderse--; siempre hay que andar -buscando rincones. ¡Quién pudiera ser caracol! - ---¿Para qué?--le preguntó Jesús. - ---Aunque no fuera más que para no pagar la casa de huéspedes. - ---¡Ya vendrá la buena!--dijo irónicamente Manuel. - ---Esa es la esperanza--replicó el Hombre Boa--. Mañana quizás ha -cambiado nuestra suerte. Tú no sabes lo que es la vida. El destino para -el hombre es como el viento para la veleta. - ---Lo malo es--murmuró Jesús--que la veleta nuestra, cuando no señala -hambre, señala frío, y siempre miseria. - ---Mañana puede variar. - -Con estas halagüeñas ilusiones se durmieron los tres. Despertó Manuel al -amanecer; la luz del alba entraba por los agujeros del cañizo que hacía -de techo, y con aquella luz pálida el interior de la Casa Negra ofrecía -un aspecto siniestro. - -Dormían todos mezclados, arremolinados en un amontonamiento de harapos y -de papeles de periódicos. Algunos hombres buscaban las mujeres en la -semiobscuridad, y se oían sus gruñidos de placer. - -Cerca de Manuel, una mujer, con aspecto de idiotismo y de miseria -orgánica, sucia y llena de harapos, mecía un niño en los brazos. Era una -mendiga aún joven, una pobre criatura vagabunda, de esas que recorren -los caminos sin rumbo ni dirección, á la gracia de Dios. - -Por entre el astroso corpiño mostraba el pecho lacio y negruzco. Uno de -los gitanillos se deslizó junto á ella y le agarró el pecho con la mano. -Ella dejó el niño á un lado y se tendió en el suelo... - - * * * * * - -Un día de Abril, por la madrugada, el frío era tan espantoso dentro de -la Casa Negra, que hicieron en medio una hoguera; crecieron las llamas -y, cuando menos se esperaba, prendió el cañizo. Inmediatamente se -generalizó el fuego. Estallaban las cañas al arder; pronto una inmensa -llamarada se levantó en el aire. - -Escaparon todos despavoridos; Manuel, Jesús y don Alonso salieron de -prisa por el paseo de los Pontones hacia la Ronda. - -En la noche obscura brillaba el techo incendiado como una gran antorcha; -pronto se apagó y quedaron sólo chispas, que saltaban y volaban en el -aire. - -Los tres marcharon por la Ronda; allá lejos se veían líneas alargadas de -faroles de gas, y á trechos núcleos de luces como islas brillantes en -medio de la obscuridad. En la Ronda solitaria se oía muy de tarde en -tarde el paso precipitado de algún transeunte y los ladridos lejanos de -los perros. - -Se le ocurrió á Manuel ir á la taberna de la Blasa. En vez de tomar por -el paseo Imperial, entraron en las Injurias por una callejuela iluminada -con faroles de petróleo, que pasaba al lado de la Fábrica del gas. - -Humos negros y rojos salían de las altas chimeneas; las panzas redondas -de los gasómetros se acercaban al suelo, y alrededor de ellas se -levantaban los soportes, que en la obscuridad producían un efecto -extraño. - -No estaba abierta la taberna de la Blasa. Tiritando de frío siguieron -andando los tres por la Ronda de Toledo, pasaron frente á una fábrica, -cuyas ventanas vertían una luz violenta de arco voltaico en la negrura -de la noche. - -En medio de aquel silencio, la fábrica parecía rugir y echaba borbotones -de humo por la chimenea. - ---No debía haber fábricas--dijo Jesús con una indignación súbita. - ---¿Y por qué?--preguntó don Alonso. - ---Porque no. - ---¿Y de qué va á vivir la gente? ¿Qué se va á hacer la industria si no -hay fábricas? - ---Que se haga la pascua como nosotros. La tierra debe dar para que -vivamos todos--añadió Jesús. - ---¿Y la civilización?--preguntó don Alonso. - ---¡La civilización! Bastante nos sirve á nosotros la civilización. La -civilización es muy buena para el rico, ¡lo que es para el pobre! - ---¿Y la luz eléctrica?, ¿y los vapores?, ¿y el telégrafo? - ---¿Pero usted los utiliza? - ---No, pero los he utilizado. - ---Cuando tenía usted dinero. La civilización está hecha para el que -tiene dinero, y el que no lo tiene que se muera. Antes el rico y el -pobre se alumbraban con un candil parecido; hoy el pobre sigue con el -candil y el rico alumbra su casa con luz eléctrica; antes si el pobre -iba á pie, el rico iba á caballo; hoy el pobre sigue andando á pie y el -rico va en automóvil; antes el rico tenía que vivir entre los pobres; -hoy vive aparte, se ha hecho una muralla de algodón y no oye nada. Que -los pobres chillan, él no oye; que se mueren de hambre, él no se -entera.... - ---No tienes razón--dijo don Alonso. - ---Casi nada... - -Siguieron oyéndose ladridos lejanos de los perros. Hacía cada vez más -frío. Pasaron por la Ronda de Valencia y por la de Atocha. - -Se destacó el Hospital General, con su sombría mole y sus ventanas -iluminadas por luces mortecinas. - ---Ahí siquiera no se debe tener frío--murmuró el Hombre Boa, con tono -jovial que sonaba á dolorida queja. - -Comenzaba á clarear, iba disipándose el vaho gris de la mañana; por el -camino pasaban carros de bueyes; las gallinas cacareaban á lo lejos.... - - - - -CAPÍTULO VIII - -Las cuevas del Gobierno civil.--Et repatriado.--La sopa del convento. - - -Algunas veces, Manuel, Jesús y don Alonso iban á dormir á las iglesias. -Una noche que se habían tendido los tres en una capilla de San Sebastián -llena de bancos, el sacristán les hizo salir y les entregó á una pareja -de Orden público. Don Alonso trató de demostrar á los guardias que era -una persona, no sólo decente, sino importante; mientras él peroraba, -Jesús se escabulló por la plaza de Santa Ana. - ---En la Delegación contarán todo eso--contestó el guardia á las -explicaciones del Hombre Boa. - -Bajaron por una calle próxima, y en un portal en donde brillaba un farol -rojo, entraron y subieron por una escalera estrecha á un cuarto donde -garrapateaban dos escribientes. Mandaron éstos á don Alonso y á Manuel -sentarse en unos bancos, y ambos lo hicieron lo más humildemente -posible. - ---Usted, el viejo, ¿cómo se llama?--dijo uno de los escribientes. - ---¿Yo?--preguntó el Hombre Boa. - ---Sí, usted. ¿Es usted sordo ó idiota? - ---No, no, señor. - ---Pues lo parece. ¿Cuál es su nombre? - ---Alonso de Guzmán Calderón y Téllez. - ---¿Edad? - ---Cincuenta y seis años. - ---¿Estado? - ---Soltero. - ---¿Profesión? - ---Artista de circo. - ---¿En dónde vive usted? - ---Hasta hace unos días... - ---¿Dónde vive usted ahora le pregunto, imbécil? - ---Ahora, pues... - ---Pon sin domicilio--dijo uno de los escribientes al otro. - -Después tomaron la filiación á Manuel y volvieron á sentarse los dos sin -hablar, muy intrigados con la suerte que les esperaba. - -Los del Orden paseaban por el cuarto charlando; á veces se oía sonar el -repiqueteo de un timbre. - -De pronto se abrió la puerta y entró una mujer joven, de mantilla, con -una gran inquietud en los ojos. - -Se acercó á los dos escribientes. - ---¿Podría ir alguno... á mi casa... un médico...? mi madre se ha caído y -se ha abierto la cabeza. - -El escribiente echó una bocanada de humo de tabaco y no contestó; -después, volviéndose y mirando á la mujer de arriba á bajo, dijo con una -grosería y una bestialidad épicas: - ---Eso á la Casa de Socorro. Nosotros nada tenemos que ver con eso--, y -volvió la cabeza y siguió fumando. La mujer paseó sus ojos asustados por -la Delegación; se decidió á salir, dió buenas noches, que nadie -contestó, con voz desfallecida y se fué. - ---¡Cagatintas! ¡Canallas!--murmuró don Alonso en voz baja--. ¡Qué les -costaba haber enviado algún guardia para que acompañara á esa pobre -mujer á la Casa de Socorro! - -Pasaron allí Manuel y el Hombre Boa mas de dos horas, y al cabo de éstas -los guardias les hicieron entrar en un cuarto en donde se paseaba un -hombre alto de barba negra, peinado á lo chulo, con aspecto de jugador ó -de _croupier_. - ---¿Qué son éstos?--preguntó el hombre con acento andaluz, haciendo -brillar, al retorcerse el bigote, un brillante que llevaba en el dedo. - ---Son dos que iban á dormir á la iglesia de San Sebastián--dijo el -guardia--; no tienen domicilio. - ---Perdone usted--dijo don Alonso--, accidentalmente... - ---Llevarlos á que pasen la quincena--dijo el hombre alto. - -No dieron tiempo á don Alonso de decir nada, porque uno de los guardias -le empujó brutalmente fuera del cuarto. Manuel le siguió. - -Los dos guardias les obligaron á bajar las escaleras y les metieron en -un cuarto obscuro, en donde, después de tantear, encontraron un banco. - ---En fin, ya vendrá la buena--dijo don Alonso, sentándose y lanzando un -profundo suspiro. - -Manuel, á pesar de que la situación no era del todo cómica, sintió unas -ganas de reir tan grandes, que no las pudo contener. - ---¿Por qué te ríes, hijo mío?--preguntó don Alonso. - -Manuel no supo explicar por qué se reía; pero después de reir, y de reir -mucho, se quedó con un humor fúnebre. - ---Qué diría Jesús si estuviera aquí--murmuró Manuel--. En la casa de -Dios, en donde todos son iguales, es un crimen entrar á descansar; el -sacristán le entrega á uno á los guardias, los guardias le meten á uno -en un cuarto obscuro. ¡Y vaya usted á saber lo que nos harán después! Yo -tengo miedo de que nos lleven á la cárcel, si es que no nos ahorcan. - ---No digas tonterías. Siquiera, ¡si nos dieran de comer!--murmuró don -Alonso. - ---En eso estarán pensando. - -Serían la una ó á las dos de la mañana cuando abrieron la puerta del -chiquero y, conducidos por dos guardias, el Hombre Boa y Manuel -salieron á la calle. - ---Pero, ¿á dónde nos llevan?--preguntó don Alonso un poco asustado. - ---Usted siga para adelante--le contestó el guardia. - ---Esto es una arbitrariedad--murmuró don Alonso. - ---Usted siga para adelante, si no quiere ir atado codo con codo--replicó -el guardia. - -Pasaron la Puerta del Sol, siguieron por la calle Mayor y se detuvieron -en el Gobierno civil. A la izquierda del zaguán, por una estrecha -escalera, tuvieron que bajar á una sala de techo bajo, iluminada por un -quinqué, con unas tarimas altas, en donde dormían en fila diez ó doce -guardias de orden público, vestidos y calzados. - -De esta sala bajaron por una escalerilla á un corredor estrecho, á uno -de cuyos lados había dos jaulas con grandes rejas. En una de éstas, -hicieron entrar á don Alonso y á Manuel y cerraron tras ellos. - -Un hombre y unos cuantos chicos se les acercaron á mirarles. - ---Esto es una arbitrariedad--gritó don Alonso--. Nosotros nada hemos -hecho para que se nos encarcele. - ---Ni yo tampoco--murmuró un mendigo joven á quien según dijo habían -cogido pidiendo limosna--; luego, aquí no se puede estar. - ---¿Qué pasa?--preguntó Manuel. - ---Que uno de esos se ha ensuciado ahí. Está enfermo y desnudo. Debían -llevarlo al Hospital. El dice que le han robado la ropa; estos chicos -aseguran que se la ha jugado en la cárcel. - ---Y es verdad--replicó uno de los golfos--. Hemos estado pasando la -quincena allá arriba. Cuando salimos de la cárcel, al llegar á la -puerto, nos volvieron á coger á todos y nos trajeron aquí. - -A la luz del corredor, en el fondo de aquella jaula, se veían unos -cuantos hombres en el suelo. - -Echado en un banco próximo á la pared, desnudo, con las piernas -encogidas, se abrigaba con una capa raida el enfermo, y al moverse -dejaba al descubierto alguna parte de su persona. - ---¡Agua!--murmuró con voz débil. - ---Ya se la hemos pedido al sargento--dijo el mendigo--; pero no la trae. - ---Esto es una salvajada--gritó el Hombre Boa--, esto es una barbaridad. - -Como nadie hizo caso á don Alonso, tuvo á bien callarse. - ---Ese otro--agregó el golfo, riéndose y señalando á uno escondido en un -rincón--tiene sífilis y sarna. - -Don Alonso se abismó en su melancolía y se calló. - ---¿Y qué van á hacer de nosotros?--preguntó Manuel. - ---Nos llevarán á la cárcel á pasar quince días--contestó el mendigo. - ---¿Y allí se come?--preguntó el Hombre Boa, saliendo del fondo de su -ensimismamiento. - ---No siempre. - -Quedaron todos silenciosos, cuando se oyó en el pasillo un murmullo de -voces, que pronto se convirtió en una algarabía de gritos de mujer, de -imprecaciones y de lloros. - ---¡Leñe!, no empuje usted. - ---¡Moler! con el hombre. - ---Anda, anda para adentro--decía una voz de hombre. - -Eran unas treinta mujeres cogidas en la calle, que encerraban en la -jaula inmediata. Unas gritaban, otras gemían, algunas se dedicaban á -insultar, con el repertorio de palabras más selecto, al delegado y al -jefe de la Higiene. - ---No queda una madre sana--hizo observar don Alonso. - -Manuel creyó reconocer la voz de la Chata y de la Rabanitos. Después de -encerrar á las mujeres, un sargento de Orden público se acercó á la -jaula de los hombres. - ---Señor sargento--dijo don Alonso--, que aquí hay un hombre que está -malo. - ---¿Y qué quiere usted que yo le haga? - ---Señor sargento, si me hiciera usted un favor...--añadió Manuel. - ---¿Qué? - ---Que si hay algún periodista de esos que vienen á recoger noticias -aquí, le diga usted que yo soy cajista en el periódico _El Mundo_ y que -me han metido preso. - ---Bueno, se dirá. - -No había pasado media hora, cuando volvió á presentarse el sargento, -abrió la reja y se dirigió á Manuel: - ---Eh, tú, el cajista. Afuera. - -Salió Manuel, pasó por delante de la jaula en donde estaban encerradas -las mujeres, vió á la Chata y á la Rabanitos en un grupo de viejas -prostitutas, entre las que había una negra, todas horribles, y subió de -prisa la escalerilla hasta la sala en donde dormía el retén de guardias. -El sargento abrió el postigo, cogió á Manuel de un brazo, le arreó un -puntapie con toda su fuerza y lo puso en la calle. - -El reloj del Ayuntamiento marcaba las tres; lloviznaba; Manuel se metió -por la calle de Ciudad Rodrigo á guarecerse en los arcos de la plaza -Mayor, y como estaba cansado, se sentó en el escalón de un portal. Iba á -dormirse, cuando un hombre con trazas de mendigo se sentó también allí y -hablaron; el hombre dijo ser repatriado de Cuba, que no encontraba -empleo ni servía tampoco para trabajar, pues se había acostumbrado á -vivir á salto de mata. - ---Después de todo, voy teniendo suerte--añadió el repatriado--. Cuando -no me he muerto este invierno, es que ya no me muero nunca. - -Pasaron los dos la noche acurrucados uno junto á otro, y por la mañana -fueron á la plaza de la Cebada y anduvieron merodeando por allí. El -repatriado cogió unas cuantas nueces de un montón, y esto constituyó el -desayuno de los dos compañeros. - -Más tarde bajaron por el puente de Toledo. - ---¿Adónde vamos?--preguntó Manuel. - ---Aquí, á un convento de trapenses que hay cerca de Jetafe, en donde nos -darán de comer--dijo el repatriado. - -Manuel aceleró el paso. - ---Vamos de prisa. - ---No sirve. Sacan la comida después de que ellos comen. De manera que, -aunque corras, no adelantas nada; hay que esperar. - -Entonces Manuel moderó su marcha. El repatriado era un tipo vulgar, -tenía la nariz gruesa, la cara ancha y el bigote rubio. Llevaba un -sombrero puntiagudo, la ropa llena de remiendos, una bufanda vieja -arrollada al cuello y en la mano un garrote. - -Llegaron al convento, pasaron á la portería y se sentaron en una mesa, -en donde seis ó siete hombres esperaban. - ---¿Tú sabes hacer versos?--preguntó el repatriado á Manuel. - ---Yo, no. ¿Por qué? - ---Porque hace unos días vine yo aquí con un señor que, eso sí, estaba -tan muerto de hambre como nosotros, y mientras esperábamos la comida, él -preguntó el nombre del rector y le hizo unos versos la mar de bonitos. Y -entonces el rector le mandó entrar y le dió de comer y de beber. - ---Pues es una lástima que no sepamos nosotros hacer una copla. ¿Cómo se -llama el rector? - ---Domingo. - -Pensó Manuel en una palabra que terminara en ingo y no la encontró, y -olvidó su faena cuando vino el lego con un gran caldero y lo dejó encima -de la mesa. - -Luego trajo cucharas de palo y las repartió entre los mendigos. De éstos -todos, menos uno, sacaron escudillas; el que no la tenía era un tipo -repulsivo, con el labio inferior hinchado ulceroso y saliente. - ---Espere usted, compadre--dijo el repatriado, antes de que metiera el -otro la cuchara--. Nosotros vamos á echar el rancho en la tapa del -caldero, y de allí comeremos. - ---¡No sé qué tengo yo!--murmuró el mendigo. - ---¿Usted? Que tiene un labio que parece un bisteck. - -Comieron Manuel y el repatriado, y después de dar las gracias al lego, -salieron del convento y se tendieron al sol en el campo. - -Hacía un tarde de Mayo, espléndida; el sol calentaba de firme; el -repatriado contó algunos episodios de la campaña de Cuba. Hablaba de una -manera violenta, y cuando la cólera ó la indignación le dominaban, se -ponía densamente pálido. - -Habló de la vida en la isla, una vida horrible; siempre marchando y -marchando, descalzos, con las piernas hundidas en las tierras pantanosas -y el aire lleno de mosquitos que levantaban ronchas. Recordaba el -teatrucho de un pueblo convertido en hospital, con el escenario lleno de -heridos y de enfermos. No se podía descansar del todo nunca. Los -oficiales del ejército, antes de fantásticas batallas, porque los -cubanos corrían siempre como liebres, disputándose las propuestas para -las cruces, y los soldados burlándose de las batallas y de las cruces y -del valor de sus jefes. Luego la guerra de exterminio decretada por -Weyler, los ingenios ardiendo, las lomas verdes que quedaban sin una -mata en un momento, la caña que estallaba, y en los poblados la gente -famélica, las mujeres y los chicos que gritaban: «¡Don Teniente, don -Sargento, que tenemos hambre!» Además de esto, los fusilamientos, el -machetearse unos á otros con una crueldad fría. Entre generales y -oficiales, odios y rivalidades, y mientras tanto los soldados, -indiferentes, sin contestar apenas al tiroteo de los enemigos, con el -mismo cariño por la vida que se puede tener por una alpargata vieja. -Algunos que decían: «Mi capitán, yo me quedo aquí», y se le quitaba el -fusil y se seguía adelante. Y después de todo esto, la vuelta á España, -casi más triste aún; todo el barco lleno de hombres vestidos de -rayadillo; un barco cargado de esqueletos, y todos los días cinco, seis, -siete que expiraban y se les tiraba al agua. - ---Y al llegar á Barcelona, ¡moler!, ¡qué desencanto!--terminó -diciéndo--: Uno que esperaba algún recibimiento por haber servido á la -patria y encontrar cariño. ¿Eh? Pues nada. ¡Dios!, todo el mundo le veía -á uno pasar sin hacerle caso. Desembarcamos en el puerto como si -fuéramos fardos de algodón; uno se decía en el barco: «Me van á marear á -preguntas cuando llegue á España.» Nada. Ya no le interesaba á nadie lo -que había pasado en la manigua... ¡Ande usted á defender la patria! ¡Que -la defienda el Nuncio! Para morirse después de hambre y de frío, y luego -que le digan á uno: Si hubierais tenido riñones, no se hubiera perdido -la isla. Es también demasiado amolar esto... - -Iba ya inclinándose el sol cuando el repatriado y Manuel se levantaron y -fueron hacia Madrid. - - - - -CAPÍTULO IX - -Noche en el paseo de la Virgen del Puerto.--Suena un tiro.--Calatrava y -Vidal.--Un tango de la bella Pérez. - - ---Las noches que no hace mucho frío--dijo el repatriado--yo suelo ir á -dormir á esa arboleda que hay cerca de la Virgen del Puerto. ¿Quieres -que vayamos hoy?--añadió. - ---Sí, vamos. - -Estaban en la Puerta del Sol y fueron por la calle Mayor abajo. Hacía -una noche templada de niebla, una niebla azulada, luminosa, que temblaba -al soplo del viento; los globos eléctricos del Palacio Real brillaban -entre aquella gasa flotante con una luz morada. - -Bajaron Manuel y el repatriado por la Cuesta de la Vega y entraron en el -bosquecillo que hay entre el Campo del Moro y la calle de Segovia. -Algunos faroles de petróleo lucían muy pálidamente entre los árboles. -Llegaron al paseo de los Melancólicos. Cerca del puente de Segovia -salían llamaradas de los hornillos de una churrería instalada en una -barraca. Del paseo de los Melancólicos bajaron á la hondonada, y en un -cobertizo se cobijaron y se tendieron á dormir. Hacía fresco; pasaban -por allá algunas parejas misteriosas; Manuel se acurrucó, metió las -manos en el bolsillo del pantalón y quedó profundamente dormido. - - * * * * * - -Rumor chillón de cornetas le despertó. - ---Es la guardia de Palacio--dijo el repatriado. - -La claridad mortecina del alba alumbraba el cielo; palpitaba suave y -gris el resplandor primero del día... De pronto resonó muy cerca el -estampido de un arma de fuego; Manuel y el repatriado se levantaron; -salieron del cobertizo dispuestos á huir; no vieron nada. - ---Es un joven que se ha suicidado--dijo un hombre de blusa que pasó -corriendo delante de Manuel y del repatriado. - -Acercáronse los dos al lugar donde se oyera la detonación y vieron á un -muchacho joven, bien vestido, en el suelo, con la cara llena de sangre y -un revólver en la mano derecha. Nadie había por allí; el repatriado se -acercó al muerto, tomó su mano izquierda y le sacó dos sortijas que -llevaba, una de ellas con un brillante; luego le desabrochó la chaqueta, -le registró los bolsillos, no encontró dinero y le quitó un reloj de -oro. - ---Vamos á escaparnos, no vaya á venir alguno--dijo Manuel. - ---No--contestó el repatriado. - -Volvió á entrar en el cobertizo donde habían pasado la noche, hizo en -la tierra un agujero con las uñas, enterró, envueltas en un papel, las -sortijas y el reloj y apretó la tierra con el pie. - ---En la guerra como en la guerra--murmuró después de ejecutar su -maniobra con una rapidez extraordinaria.--Ahora--añadió--vuélvete á -echar y hazte el dormido, por si acaso. - -Poco después se oyó murmullo de voces en la hondonada, y Manuel vió dos -guardias civiles que pasaban á caballo por delante del cobertizo. - -Se acercaba gente al lugar del suceso; los guardias civiles, registrando -al muerto, encontraron una carta dirigida al juez, en la que indicaba -que no se culpara á nadie de su muerte. - -Manuel y el repatriado se unieron al grupo de curiosos. - -Cuando levantaron el muerto y se lo llevaron, Manuel preguntó: - ---¿Vamos á recoger eso? - ---Espera que se vayan todos. - -Quedó el lugar desierto; entonces el repatriado desenterró las sortijas -y el reloj. - ---La sortija creo que es buena--dijo--. ¿Cómo lo averiguaremos? - ---En una platería. - ---Vete á la platería así con estos harapos y una sortija con un -brillante y un reloj de oro, y es muy posible que te denuncien y te -lleven á la cárcel. - ---Entonces, ¿qué hacemos? Podíamos empeñar el reloj--dijo Manuel. - ---También es peligroso. Vamos á buscar á Marcos Calatrava, un amigo mío -á quien conocí en Cuba. Ese nos sacará del apuro. Vive en una casa de -huéspedes de la calle de Embajadores. - -Fueron allá, les salió una mujer á la puerta y les dijo que el tal -Marcos se había mudado. El repatriado preguntó en una taberna de la -planta baja de la casa. - ---¡El cojo! Si le conozco, ya lo creo--dijo el tabernero--. ¿Sabe usted -dónde suele estar al anochecer? En la taberna del Majo de las Cubas, en -la calle Mayor. - -Fué para Manuel y el repatriado uno de los días más largos de su -existencia; sentían un hambre horrorosa, y el pensar que con la venta de -aquellas sortijas y del reloj podían comer todo lo que se les antojara y -que el miedo les impedía satisfacer su necesidad, era horrible. Se -pasearon por las calles aburridos, y de cuando en cuando iban á la -taberna á preguntar si había llegado ya el cojo. - -Al anochecer le vieron. El repatriado se acercó á saludarle, y los tres -pasaron al interior de la taberna á un rincón á hablar. El repatriado -contó el caso á Calatrava. - ---Ahora mismo viene mi secretario--dijo Marcos--, y él lo arreglará. -Mientras tanto, pedid de cenar. - ---Pide tú--dijo el repatriado á Manuel. - -Lo hizo éste así, y para que todas fueran dilaciones, el mozo de la -taberna dijo que la cena tardaría algo. - -Mientras charlaban el repatriado y Calatrava, Manuel se puso á observar -á este último. - -Calatrava resultaba un tipo raro, á primera vista casi ridículo; tenía -una pierna de palo, la cara muy estrecha, muy negra y amojamada; dos ó -tres cicatrices en la frente, el bigote recio y el pelo crespo. Vestía -traje claro, pantalón muy ancho, que se bamboleaba lo mismo en la pierna -natural que en la de madera; una chaquetilla corta más obscura que el -pantalón, una corbata de color rojo y un sombrero de paja muy chiquito. - -Marcos pidió con voz aguardentosa unas copas. Las bebieron y no tardó -mucho en aparecer un muchacho elegante, con botas amarillas, sombrero -hongo y un pañuelo de seda en el cuello. - ---¡Vidal!--exclamó Manuel al verle--; ¿eres tú? - ---Sí, chico. ¿Qué haces aquí? - ---¿Le conoces á éste?--preguntó Calatrava á Vidal. - ---Sí; es primo mío. - -Marcos explicó á Vidal lo que quería el repatriado. - ---Ahora mismo--contestó Vidal--; no tardo diez minutos. - -Efectivamente; al poco tiempo volvía con dos papeletas de empeño y unos -billetes. Los tomó el repatriado y fué repartiéndolos; á Manuel le -tocaron cinco duros. - ---Mira--le dijo Calatrava á Vidal--. Tú y tu primo os quedáis á cenar -aquí; tendréis que hablar, y nosotros nos vamos á otro lado, que también -tenemos que contarnos algunas cosas. Llévale á tu primo á dormir á tu -casa. - -Se despidieron, y Manuel y Vidal se quedaron solos. - ---¿Has cenado?--preguntó Vidal. - ---No; pero ya he encargado la cena. ¿Y tus padres? - ---Estarán bien. - ---¿No los ves? - ---No. - ---¿Y el Bizco? - -Vidal palideció profundamente. - ---No me hables del Bizco--dijo. - ---¿Por qué? - ---No, no; le tengo un miedo horrible. ¿Tú no sabes lo que pasó? - ---¿Qué? - ---La muerte de Dolores la Escandalosa. - ---No sabía nada. - ---Sí; mataron á la vieja en una casa que llaman el Confesonario, que -está hacia Aravaca, ¿y sabes tú quién la mató? - ---¿El Bizco? - ---Sí; estoy seguro. El Bizco iba al Confesonario á reunirse con otros -granujas. - ---Es verdad. A mí me lo dijo. - ---¿Has hablado con él? - ---Sí, pero hace ya mucho tiempo. - ---Pues sí, los periódicos que contaron el crimen dijeron que el asesino -era de una fuerza extraordinaria, que la mujer había acudido allá como -quien va á una cita. Era el Bizco, estoy seguro. - ---¿Y no le han cogido? - ---No. - -Vidal quedó pensativo; se notaba que hacía esfuerzos para serenarse. -Trajo el mozo de la taberna la comida; Manuel devoraba. - ---¡Menuda carpanta tienes tú, gachó!--dijo Vidal ya tranquilizado -sonriendo. - ---¡Dios!, si tenía un hambre... - ---Ahora vamos á tomar café. - -Pagó Vidal, salieron de la taberna y entraron en el café de Lisboa. - -Mientras saboreaban el café, Manuel contempló á Vidal. Llevaba la cabeza -muy lustrosa, la raya en medio y tufos rizados sobre las orejas. Tenía -un gran aplomo en los movimientos; la sonrisa de hombre guapo, el -cuello redondo, sin músculos salientes. Hablaba con simpatía, sonriendo -siempre; pero sus ojos sagaces, falsos, descubrían la mentira de sus -frases; no acompañaba á la afabilidad de su palabra cariñosa y de su -sonrisa amable la expresión de sus ojos. En éstos no se leía más que -desconfianza y cautela. - ---Y tú, ¿qué haces?--preguntó Manuel, después de examinarle atentamente. - ---¡Pse!... Vivo... - ---Pero, ¿de qué? ¿Cómo? - ---Hay negocios, chico... Luego las mujeres... - ---Pero, ¿tú trabajas? - ---Según á lo que llames trabajar. - ---Hombre, quiero decir si vas á un taller... - ---No. - ---¿Tienes alguna querida? - ---Ahora no tengo más que tres. - ---¡Cristo! ¡Qué suerte! ¿Dónde las encuentras? - ---Por ahí. En los teatros, en los bailes... Soy secretario del Bisturí y -socio de la Paloma Azul y del Billete. - ---¿Y de ahí tendrás muchas relaciones? - ---¡Claro! Luego, con las mujeres todo es cuestión de labia... Algunas -veces se las echa uno de incomodado y se le arrima á una un par de -bofetadas... - ---Tú vives al pelo... ¡Si yo pudiera hacer lo que tú! - ---¡Pues es muy fácil!... Ahora tengo una chiquilla más bonita que el -mundo y que está chalada por mí. Esta cadena del reloj me la regaló -ella... Pero lo más gracioso es que me anda rondando, ¿á que no te -figuras quién? - ---¿Qué sé yo? Alguna marquesa. - ---No, un marqués. - ---¿Para qué? - ---Nada, que me hace el amor. - -Manuel quedó mirando asombrado á Vidal, que sonrió misteriosamente. - ---¿Tú estás cansado?--preguntó Vidal. - ---No. - ---Entonces vamos á Romea. - ---¿Qué hay allá? - ---Baile y mujeres guapas. - ---Vamos, sí. - -Salieron del café y subieron la calle de Carretas. - -Tomó Vidal dos butacas. Era domingo. - -El aire en el interior del teatro estaba espeso, caliente, empañado de -humo; con el vaho de cientos de personas que durante toda la tarde y la -noche se habían amontonado allá. Había un lleno. Se representó una -funcioncilla estúpida, plagada de chistes absurdos y groseros, de la -manera más sosa que puede imaginarse entre las interrupciones y los -gritos del público. Cayó el telón y apareció en seguida una muchacha, -que cantó con una vocecilla aguda, desafinando horriblemente, una -canción pornográfica sin pizca de gracia. Luego salió una pintarrajeada, -vieja y fea mujerona francesa, con un sombrero descomunal; se acercó á -las candilejas y cantó una larga narración, de la que Manuel no entendió -media palabra, y cuyo estribillo era: - - _Pauvre petit chat, petit chat._ - -Después dió unas cuantas volteretas, levantando un pie hasta dar con él -en el sombrero y se fué. Bajó de nuevo el telón; al poco rato volvió á -levantarse y se presentó la bella Pérez, y fué saludada por una salva -nutrida de aplausos. Cantó muy mal una copla, equivocándose, riéndose, y -cuando terminó de cantar se ocultó entre los bastidores. El piano de la -orquesta atacó con brío un tango, y la bella Pérez salió de entre -bastidores con falda corta, envuelta en una capa de torero, con un -sombrero cordobés sobre los ojos y fumando. Cuando el piano concluyó el -preludio, ella tiró el cigarro al público de las butacas, se quitó la -capa y quedó con las faldas recogidas con las dos manos hacia atrás, que -dejaban el vientre y los muslos ceñidos. A las primeras notas del tango, -todo el mundo calló religiosamente; un soplo de voluptuosidad corrió por -la sala. Se veían los rostros encendidos, con la mirada fija y -brillante. Y la bella bailaba con la cara como enfurruñada y los dientes -apretados, dando taconazos, haciendo que se dibujaran sus caderas -poderosas al replegarse la falda sobre sus flancos como una bandera -triunfante. De aquel hermoso cuerpo de mujer salía un efluvio de su sexo -que enloquecía á todos. Al final del baile colocó el sombrero sobre el -vientre y tuvo un movimiento de caderas que hizo rugir á todo el teatro. - ---¡Eso! - ---¡Ahí la _visagra_! - ---¡Esa tripita! - -Concluyó el baile y hubo una tempestad de aplausos. - ---¡Tango! ¡Tango!--gritaban todos como energúmenos. - -Manuel, con los ojos brillantes, aplaudía y gritaba entusiasmado. - ---¡Viva la lujuria!--vociferaba un joven al lado de Manuel. - -Volvió la bella Pérez á bailar el tango. Detrás de la butaca de Manuel y -Vidal, una muchacha mecía en sus brazos á una niña, con la cara llena de -costras. La muchacha, señalando á la bella Pérez, decía á la niña: - ---Mira, mira á mamá. - ---¿Es la madre de esta chica?--preguntó Manuel. - ---Sí--contestó la niñera. - -Sin saber por qué Manuel ya no se entusiasmó tanto con el baile, y hasta -se figuró que en el rostro de la bailarina, tras de la capa de pintura -y de polvos de arroz, se adivinaban roseolas y granos. - -Salieron Manuel y su primo del teatro. Vidal vivía en una casa de -huéspedes de la calle del Olmo. - -Fueron los dos por la de Atocha, y en la esquina de la calle de la -Magdalena se encontraron con la Chata y la Rabanitos, que les -reconocieron y les llamaron. - -Las dos muchachas aguardaban á la Engracia, que se había ido con un -señor. Mientras tanto reñían. La Rabanitos, juraba y perjuraba que no -tenía más de diez y seis años; la Chata aseguraba que iba para los diez -y ocho. - ---¡Si se lo he oído decir á tu madre!--gritaba. - ---¿Pero qué va decir eso mi madre? ¡Cerda!--replicaba la Rabanitos. - ---Pues sí que lo ha dicho, ¡so perro! - ---¿Cuándo empecé yo en la vida? Hace tres años. ¿Y cuántos tenía -entonces? Trece. - ---¡Bah! Si tú hace diez años andabas ya golfeando por ahí--interrumpió -Vidal. - -La muchachita se volvió como una víbora, contempló á Vidal de arriba á -bajo y, con voz estridente, le dijo: - ---Pa mí que tú eres de los que se agarran á la verja del Dos de Mayo y -dan la espalda. - -Celebraron todos el circunloquio, que demostraba las cualidades -imaginativas de la Rabanitos, y ésta, ya calmada, sacó del bolsillo del -delantal su cartilla, arrugada y sucia, y se la enseñó á todos. - -En esta ocupación de descifrar lo que ponía la cartilla, les encontró la -Engracia. - ---Anda, tú, convida--le dijo Vidal--. ¿Tendrás dinero? - ---¡Sí, dinero! Las amas cada vez piden más. Yo no sé lo que _quedrán_. - ---Aunque sea á recuelo--repuso Vidal. - ---Bueno, vamos. - -Entraron los cinco en una buñolería. - ---Este señor con quien he ido--dijo la Engracia--es un pintor, y me ha -dicho que me daba cinco pesetas por hora por servir de modelo de -desnudo. - -A la Rabanitos le sublevó la noticia. - ---¿Pero qué vas á servir tú para eso, si no tienes tetas!--dijo con su -vocecilla aguda. - ---No, las tendrás tú. - ---No es por ponerme moños--contestó la Rabanitos--; pero estoy mejor -formada que tú. - ---¡Magras!--replicó la otra, y sin hacer caso se puso á hablar con -Vidal. La Rabanitos le cogió á Manuel por su cuenta y le contó sus penas -con una seriedad de vieja. - ---Chico, estoy _derrengá_--le decía--, porque como una es débil y no -tiene fuerza... Luego, los hombres son tan brutos... y claro, como la -ven á una así, hacen lo que quieren y todo el mundo la pone á una el -pie encima. - -Manuel oía hablar á la Rabanitos; pero el cansancio y el sueño no le -permitían darse cuenta de lo que oía. - -Entraron otras dos muchachas en la buñolería con dos golfos, uno de -ellos de cara abultada, ojos nublados y expresión entre feroz é irónica. -Los cuatro venían borrachos; las mujeres se pusieron á insultar á todos -los que estaban en la buñolería. - ---¿Quiénes son esas?--preguntó Manuel. - ---Unas tías escandalosas. - ---Oye, vamos--dijo Vidal á su primo con la prudencia que le -caracterizaba. - -Salieron todos de la buñolería, las muchachas fueron hacia el centro y -ellos por la calle del Ave María hasta la del Olmo. Abrió Vidal la -puerta de su casa. - ---Aquí es--le dijo á Manuel. - -Subieron hasta el último piso. Allí Vidal encendió una cerilla, metió la -mano por debajo de la puerta, sacó una llave y abrió. Recorrieron un -pasillo, y Vidal dijo á Manuel: - ---Este es tu cuarto. Hasta mañana. - -Manuel se despojó de sus harapos, y la cama le pareció tan blanda, que, -á pesar del cansancio, tardó mucho en dormirse. - - - - -TERCERA PARTE - - - - -CAPÍTULO PRIMERO - -¿Será la buena?--Proposiciones de Vidal. - - -Al día siguiente, cuando despertó Manuel, daban las doce. Hacía tanto -tiempo que la primera sensación de su despertar era de frío, de hambre ó -de angustia, que, al encontrarse entre mantas, abrigado, en un cuarto -estrecho y de poca luz, pensó si estaría soñando. - -Luego, de pronto, el recuerdo del suicida de la Virgen del Puerto le -vino á la memoria; después, el encuentro con Vidal, el baile de Romea y -la conversación en la buñolería con la Rabanitos. - ---¿Habrá venido la buena?--se preguntó á sí mismo. Se incorporó en la -cama, y al ver sus harapos colocados sobre una silla, no supo qué -hacer.--Si me ven vestido así, me echan--pensó; y en la vacilación -volvió á meterse entre las sábanas. - -Serían cerca de las dos cuando oyó que abrían la puerta del cuarto; era -Vidal. - ---Pero, hombre, ¿no sabes la hora que es? ¿Por qué no te levantas? - ---Si me ven con eso me echan--replicó Manuel señalando sus andrajos. - ---La verdad es que no puedes vestirte de etiqueta--dijo Vidal -contemplando la indumentaria de su primo--. Vaya unos zapatitos de -baile--añadió cogiendo por los tirantes una bota deformada y llena de -barro, y levantándola cómicamente para observarla mejor--. Es de la -última moda de los poceros de la villa. Y de medias nada, y de -calzoncillos ídem; de la misma tela que las medias. ¡Estás apañado! - ---Ya ves. - ---Pues no vas á estar aquí siempre; hay que salir. Yo te traeré ropa -mía; creo que te vendrá bien. - ---Sí, tu eres un poco más alto. - ---Bueno, espera un momento. - -Salió Vidal del cuarto y volvió con ropa suya. Manuel se vistió á la -carrera. Los pantalones le estaban un poco largos y tuvo que darles -vuelta por abajo; en cambio las botas le venían estrechas y cortas. - ---Tienes el pie pequeño--murmuró Manuel--. Has nacido para señorito. - -Vidal mostró su pie, bien calzado, con cierta coquetería. - ---Algunas señoritas darían algo por estos _pinreles_, ¿verdad? A mi, -una mujer que tenga mucha pata, no me gusta; ¿y á ti? - ---A mí, chico, me gustan todas, hasta las viejas. Hay tan poco dónde -elegir. Anda, dame un periódico. Voy á envolver estas prendas. - ---¿Para qué? - ---Para que no las vean aquí. Esto desacredita. Las tiraré á la calle. Lo -que es el que encuentre el lío puede decir que le ha caído el gordo. - -Envolvió Manuel los harapos con mucho cuidado, hizo un paquete, lo ató -con una guita y lo cogió en la mano. - ---¿Vamos? - ---Andando. - -Salieron á la calle; Manuel pensaba que todo el mundo se fijaba en él y -miraba el paquete que llevaba y no se atrevía á dejarlo en ninguna -parte. - ---Tráelo, no seas lila--dijo Vidal--, y quitándoselo de la mano lo tiró -á un solar por encima de la tapia. - -Salieron los dos muchachos por la calle de la Magdalena á la plaza de -Antón Martín y entraron en el café de Zaragoza. - -Se sentaron. Vidal pidió dos cafés con media tostada. - ---¡Qué aplomo tiene!--pensó Manuel. - -Llegó el mozo con el servicio, y Manuel se arrojó sobre una de las -tostadas con ansia. - ---¡Rediez!--exclamó Vidal, mirándole de hito en hito--. ¡Qué facha de -golfo tienes! - ---¿Por qué? - ---¿Qué se yo? Porque la tienes. - ---¡Qué se le va á hacer! Uno parece lo que es. - ---Pero, ¿tú has trabajado? ¿Tú has aprendido oficio? - ---Sí, he sido criado, panadero, trapero, cajista y ahora golfo, y no sé -de todo eso lo que es peor. - ---¿Y habrás pasado muchas hambres, eh? - ---Uf... la mar... y si fueran las últimas. - ---Pues lo serán, hombre, lo serán si tu quieres. - ---¿Cómo? ¿Poniéndome otra vez á trabajar? - ---O de otra manera. - ---Pues yo no sé cómo se puede vivir de otra manera, chico; ó hay que -trabajar, ó hay que robar, ó hay que ser rico, ó hay que pedir limosna. -De trabajar he perdido la costumbre, para robar no tengo agallas, rico -no soy, con que me tendré que poner á pedir limosna. A no ser que caiga -soldado un día de éstos. - ---Todo eso que dices--replicó Vidal, es una pura pamplina--. ¿De mí se -puede decir que trabajo? no; ¿que robo ó que pido limosna? tampoco; ¿qué -soy rico? menos... y ya ves, vivo. - ---Bueno, tendrás algún secreto. - ---Puede ser. - ---Y ese secreto, ¿no se puede saber cuál es? - ---Si lo supieses tú, ¿me lo dirías? - ---Hombre... verás; si yo tuviese un secreto y tú me lo quisieras birlar, -la verdad, me lo guardaría para mí; pero si tú no pensases en -quitármelo, sino en vivir y no me estorbases, entonces sí, que no te -quepa duda. - ---Bien, eso es justo. Tú eres franco... ¡qué moler! Mira, yo por ti -haría cualquier cosa, y no tengo inconveniente en ponerte al tanto de -cómo vivimos nosotros. Tu eres un barbián, no eres un bruto de esos que -no quieren más que matar y asesinar á las personas. Yo te digo con -franqueza, ¿por qué no? Yo no soy valiente... - ---Ni yo tampoco--exclamó Manuel. - ---¡Bah! Tu eres templado. El Bizco mismo te tenía respeto. - ---¿A mí? - ---A ti. - ---¡Quia! - ---Como quieras. Pero voy á lo de antes. Tú y yo, yo sobre todo, hemos -nacido para ser ricos; pero ha dado la pijotera casualidad de que no lo -somos. Ganarlo no se puede; á mí que no me vengan con historias. Para -tener algo, hay que meterse en un rincón y pasarse treinta años -trabajando como una mula. ¿Y cuánto reúnes? Unas pesetas cochinas; -total, _ná_. ¿No se puede ganar dinero?, pues hay que arreglarse para -quitárselo á alguno y para quitárselo sin peligro de ir á la _trena_. - ---¿Y cómo? - ---Ese es el busilis. Ahí está la cuestión. Mira: cuando yo me vine al -centro desde Casa Blanca, era un _descuidero_, un _randa_. Me tuvieron -sin culpa una quincena en el _Abanico_, en la jaula, y cuando lo -recuerdo, ¡chico!, metiemblan las carnes. Me daba más miedo que -vergüenza robar, esa es la verdad; pero ¿qué iba á hacer? Un día, que -cogí unas lamparillas eléctricas de una casa de la calle del Olivo, la -portera me vió, una tía vieja indecente, y se echó á correr tras de mí, -gritando: «¡A ese! ¡A ese!» Yo tenía alas en los pies; figúrate. Al -llegar á la iglesia de San Luis, tiré las bombillas al suelo, me colé -entre la gente de la iglesia y me agazapé en un banco; no me cogieron; -pero desde entonces, ¡gachó!, tuve un miedo que no podía con mi alma. -Pues, ya ves, á pesar del miedo, no escarmenté. - ---¿Volvistes á coger otras lámparas? - ---No. Verás. Estaba en el patio de Apolo con aquella florera que tanto -la odiaba la Rabanitos. ¿Te acuerdas? - ---Sí, hombre. - ---Era muy interesada la chica aquella. Pues estaba allá, cuando veo á un -señor gordo, de chaleco blanco, que estaba de palique con unas golfas. -Había mucha gente; me acerco á él, cojo la cadena, tiro suavemente hasta -sacar el reloj del bolsillo, doy la vuelta á la anilla y la hago saltar. -Como la cadena era bastante pesada, había el peligro de que, al -soltarla, le diera al señor en la barriga y le hiciese comprender que le -habían _afanado_; pero en aquel momento, dieron unas palmadas, la gente -comenzó á entrar en el teatro á empellones, yo solté la cadena y me -escabullí. Iba escapado por frente á San José á meterme por la calle de -las Torres, cuando siento que me cogen del brazo. Chico, me entró un -sudor...--Déjeme usted--dije yo.--Calla, si no llamo á uno del orden (Yo -me callé)--. Te he visto cómo limpiabas el reloj á ese _pimpi_.--¿Yo?--Tú, -sí. Tienes el reloj en el bolsillo del pantalón, conque no seas memo -y anda á tomar una copa á la taberna del Brígido.--Vamos--pensé yo--; -este es un _vivo_ que viene á la parte. Entramos en la taberna y allí -el hombre me habló claro:--Mira--me dijo--, tú quieres prosperar de -cualquier manera, ¿no es verdad?; pero le tienes asco al _Abanico_, -y lo comprendo, porque tú no eres tonto; pero, bueno; ¿cómo quieres -prosperar? ¿Qué armas tienes tú para luchar en la vida? Tú eres un -_cimbel_, que no conoce la sociedad ni el mundo. Mañana vienes á mi -casa; yo te llevaré á un bazar de ropas hechas, compras un traje, un -sombrero y un baúl y te recomendaré á una casa de huéspedes buena; te -haré ganar dinero, porque, que te conste que ganar dinero, cuando se -está en un sitio donde lo hay, es lo más mollar de la vida. Ahora dame -ese reloj; á ti te engañarían. - ---¿Y le diste el reloj? - ---Sí. Al día siguiente... - ---Te quedarías de boqueras... - ---Al día siguiente estaba yo ganando dinero. - ---¿Y quién es ese hombre? - ---Marcos Calatrava. - ---¿El cojo? ¿El amigo del repatriado? - ---El mismo. Conque ya sabes, lo que me dijo á mí él, te lo digo yo á ti. -¿Quieres entrar en la _combi_? - ---¿Pero, qué hay que hacer? - ---Eso depende del negocio... Si tú aceptas, vivirás bien, tendrás una -buena hembra... peligro no hay... conque tú dirás. - ---No sé qué decirte, chico. Si hay que hacer una granujada, casi casi -prefiero vivir así. - ---Hombre, eso depende de lo que tú llames granujada. ¿A engañar le -llamas granujada? Pues hay que engañar. No hay otra cosa: ó trabajar ó -engañar, porque, lo que es regalarte el dinero, que te conste que no te -lo han de regalar. - ---Sí, es verdad. - ---¡Pero si es que eso lo tienes en todo! Negociar y robar es lo mismo, -chico. No hay más diferencia que, negociando, eres una persona decente, -y, robando, te llevan á la cárcel. - ---¿Crees tú?... - ---Sí, hombre. Es más, creo que en el mundo hay dos castas de hombres; -unos, que viven bien y roban trabajo ó dinero; otros, que viven mal y -son robados. - ---¡Sabes que me parece que tienes razón! - ---Y tal... No hay más que comer ó ser comido. Conque tu dirás. - ---Nada, se acepta. Otra Sociedad como la de los Tres. - ---No compares, que aquello no hay que recordarlo. Aquí no hay un Bizco. - ---Pero hay un cojo. - ---Sí, pero es un cojo que vale un riñón. - ---¿Es el jefe de la partida? - ---Te diré, chico... yo no lo sé. Yo me entiendo con el Cojo, el Cojo se -entiende con el Maestro, y el Maestro no sé con quién se entiende; lo -que sé es que arriba, arriba, hay gente gorda. Una advertencia te tengo -que hacer: tú ves, oyes y callas. Si te enteras de algo, me lo dices á -mí; pero fuera, ni una palabra. ¿Comprendes? - ---Comprendido. - ---Aquí todo es cuestión de habilidad y de mucha pupila. Si marchamos -bien, dentro de unos años se puede uno encontrar viviendo bien, hecho -una persona decente... al pelo. - ---Y oye: ¿tú has entrado ya en quintas?--preguntó Manuel--; porque yo -maldito si lo sé. - ---Yo sí; estoy rebajado. Debes de arreglar eso, si no te van á coger por -prófugo. - ---¡Pse! - ---Se lo diremos al Cojo. - ---¿Cuándo le veremos? - ---Dentro de un momento estará aquí. - -Efectivamente, poco después el Cojo entraba en el café, Vidal le indicó -lo que había propuesto á su primo en breves palabras. - ---¿Servirá?--preguntó Calatrava mirando atentamente á Manuel. - ---Sí, es más listo de lo que parece--contestó riendo Vidal. - -Manuel se irguió con un sentimiento de amor propio. - ---Bueno; ya veremos. Por ahora no tiene que hacer gran cosa--repuso el -Cojo. - -Se pusieron inmediatamente Calatrava y Vidal á tratar de sus asuntos, y -Manuel entretuvo el tiempo leyendo un periódico. - -Cuando concluyeron de hablar, salió Calatrava del café, y quedaron -nuevamente solos los dos primos. - ---Vamos al Círculo--dijo Vidal. - -El Círculo estaba en una calle céntrica. Entraron; en el piso bajo -había billares y algunas mesas de café. - -Se sentó en una de ellas Vidal, llamó en un timbre, y á un mozo que -apareció le dijo: - ---Dos cubiertos. - ---Van. - ---Oye--añadió Vidal--, desde que entres aquí, ni una palabra; ni me -preguntas ni me dices nada. Lo que tengas que saber yo te lo diré. - -Comieron los dos; Vidal charló de teatros, de casinos, de cosas que -Manuel no conocía, y éste estuvo callado. - ---Vamos á tomar café arriba--dijo Vidal. - -Junto al mostrador había una puerta y de ella subía una escalera de -caracol, muy estrecha, hasta el entresuelo. A la terminación de la -escalera se topaba con una puerta de cristales esmerilados. La empujó -Vidal, y pasaron á un corredor á cuyos lados se veían mamparas forradas -de verde. - -Al final del pasillo, sentado en una mesa, escribía un hombre; contempló -á Vidal y á Manuel y siguió escribiendo. Vidal abrió una puerta, empujó -una pesada cortina y pasaron los dos. - -Se encontraron en una sala con tres balconcillos á la calle y otros tres -á un patio. Hacia el lado de la calle había una mesa verde grande con -dos escotaduras, una frente á otra, en los lados largos; hacia el -patio, se veía una mesa más pequeña, iluminada por dos lámparas, -alrededor de la cual se agrupaban treinta ó cuarenta personas. Había un -gran silencio; no se oía más que las palabras de los dos _croupiers_ y -el ruido que hacían al recoger con el rastrillo las monedas colocadas -sobre el tapete verde. - -Cuando cesaban las jugadas cambiábanse algunas observaciones entre los -puntos. Luego la voz monótona del banquero decía: - ---Hagan juego, señores. - -Callaban todos y el silencio era tan grande que se oía el roce de las -cartas entre los dedos del _croupier_. - ---Esto parece una iglesia, ¿verdad?--murmuró Vidal--. Como dice un señor -que viene aquí, el juego es la única religión que queda. - -Tomaron café y una copa. - ---¿Tienes cigarros?--preguntó Vidal. - ---No. - ---Toma. Fíjate bien en este juego; yo me voy. - ---¿Se podrá saber cómo se llama? - ---Sí; el bacarrat. Oye, á las ocho en el café de Lisboa. - -Vidal salió y Manuel quedó solo; miró con atención cómo iba y venía el -dinero de la banca á los puntos y de los puntos á la banca. Después se -entretuvo en observar á los jugadores. Era un anhelo tan grande el que -sentían todos, que nadie se fijaba en los demás. - -Los que estaban sentados tenían delante de ellos montones de plata y de -fichas y las ponían sobre el tapete. El _croupier_ echaba las cartas -francesas, y poco después pagaba ó recogía el dinero puesto. - -Los que estaban de pie alrededor, y de los cuales la mayoría no jugaba, -parecían interesarse en el juego tanto ó más que los que se hallaban -sentados y jugaban fuerte. - -Eran aquéllos, tipos de miseria y de sordidez horrible; llevaban -chaquetas rozadas, sombreros grasientos, pantalones con rodilleras, -llenos de barro. - -En sus ojos brillaba la pasión del juego, y se les veía seguir la marcha -de las jugadas, con los brazos cruzados sobre la espalda y el cuerpo -echado hacia adelante conteniendo la respiración. - -Manuel se aburría allá; miró por los balcones á la calle; vió cómo se -reemplazaban los jugadores, y al anochecer salió y fué al café de -Lisboa. - -Cuando llegó Vidal, mientras cenaron, le expuso sus dudas acerca del -juego. - ---Bueno; eso en seguida lo aprendes--le dijo el otro--. Además, los -primeros días yo te daré un cartoncito con la indicación de cuándo -debes jugar. - ---Muy bien, ¿y el dinero? - ---Toma para mañana. Cincuenta duros. - ---¿Son buenos? - ---Enséñaselos á cualquiera. - ---De modo que es una combina como la del Pastiri. - ---Igual. - -La tarde siguiente, con los cincuentas duros que le dió su primo y las -indicaciones en una tarjeta, jugó y ganó veinte duros, que entregó á -Vidal. - -Unos días después le llamaron de un cuartel, le preguntaron el nombre en -una oficina y le despacharon. - ---Te han rebajado--le advirtió Vidal. - ---Bueno--contestó alegremente Manuel--; me alegro de no ser soldado. - -Siguió acudiendo al Círculo todos los días que le indicaron, y al cabo -de algún tiempo conocía el personal de la casa de juego. Había mucha -gente empleada allá; varios _croupiers_ muy atildados con las manos -limpias y perfumadas; unos cuantos matones, otros medio ganchos, otros -que vigilaban á los que entraban y á los ganchos. - -Eran todos tipos sin sentido moral, á quienes, á unos la miseria y la -mala vida, á otros la inclinación á lo irregular, había desgastado y -empañado la conciencia y roto el resorte de la voluntad. - -Manuel experimentaba, sin darse cuenta de ello con claridad, la -repugnancia por aquel medio, y sentía obscuramente la protesta de su -conciencia. - - - - -CAPÍTULO II - -El Garro.--Marcos Calatrava.--El Maestro.--Confidencias. - - -Una noche salió Manuel del Círculo, acompañado de un hombrecito con -trazas de enfermo. Los dos llevaban el mismo camino; entraron en el cafe -de Lisboa; el hombre se reunió allí con una mujer gorda y se sentó con -ella, y Manuel se acercó á su primo. - ---¿Qué hablabas con ese?--le preguntó Vidal al verle. - ---Nada, de cosas indiferentes. - ---Te advierto que es uno de la policía. - ---¿Sí? - ---Ya lo creo. - ---Pues lo he visto en el Círculo. - ---Sí, cobra allí. Le llaman el Garro. Está casado con esa, que es la -Chana, una timadora antigua. Vivía en la calle de la Visitación, en casa -de María la Guerrero, cuando yo me fuí con la Violeta. La Chana entonces -ya se dedicaba á perista, conocía á todos los inspectores y estaba liada -con un matón que llamaban el Ministro y á quien le mataron en la calle -de Alcalá. Ten cuidado con el Garro; si te pregunta algo no le digas -nada; ahora, si puedes sonsacarle alguna cosa, eso sí, hazlo. - -Al día siguiente el Garro volvió á reunirse con Manuel y le preguntó -quién era y de dónde venía. Manuel, advertido, contó una porción de -embustes con gran candor, y se hizo el engañado por Vidal y por el Cojo. - ---Le advierto á usted que son dos pájaros de cuenta--le dijo el policía. - ---¿Sí, eh? - ---Uf, que se pierden de vista. El Cojo, sobre todo, es atravesado. No se -meta usted con él, porque ese es capaz de todo. - ---¿Tan fiero es? - ---Ya lo creo. Yo conozco su historia, él no lo sabe. Se llama Marcos -Calatrava y es de buena familia. Hace doce años cursaba medicina. - -El Garro contó toda la historia de Marcos. Al principio había sido un -gran estudiante. Luego, de pronto, comenzó á frecuentar garitos, y en -uno de éstos robó una capa. Tuvo la mala suerte de que le cogieran _in -fraganti_, le llevaron á la Cárcel Modelo y estuvo allá arriba dos -meses. Al año siguiente tomo la decisión de no estudiar, y como de su -casa no le mandaban dinero, comenzó á matonear por garitos y chirlatas. -Una navajada que le dieron en una bronca que tuvo, le quitó por algún -tiempo sus arrestos de matón. Cuando se puso bueno fué á ver á la -superiora de las Hermanas de la Caridad de San Carlos y le pidió dinero. -Quería hacerse fraile, le había herido la gracia divina; y con su manera -de hablar melosa, la convenció, le sacó los cuartos, y además una carta -para el prior de un convento de Burgos. - -Calatrava se gastó el dinero, y á los dos ó tres meses estaba muerto de -hambre. Entonces organizó una compañía de cómicos de la legua, á quienes -explotó de una manera miserable, y al año ó cosa así de recibir la carta -de la superiora, en un período de hambre horrorosa, se encontró en el -fondo de una maleta la carta y determinó aprovecharse de ella. Como era -hombre de decisiones rápidas, no vaciló, tomó el tren sin billete y -entre los fardos de los vagones de mercancías llegó á Burgos, se -presentó en el convento y entró de novicio. Al poco tiempo pidió que le -enviaran por los pueblos pidiendo limosna; al principio estuvo bien, -hasta se distinguió por su celo; pero después empezó á hacer -barbaridades, escandalizó á las personas piadosas de las aldeas, y -cuando el prior, á quien había llegado la noticia de sus fechorías, le -mandó llamar y volver al convento, Calatrava, sin hacer caso, anduvo -explotando los hábitos, y cuando ya iban á pescarle volvió á Madrid. A -los tres ó cuatro meses de estar aquí agotó todo su dinero y su crédito -y tomó la determinación de sentar plaza en Sanidad militar y marcharse -á Filipinas. - -Un médico de regimiento, viendo á Marcos tan servicial y tan listo, -trató de ayudarle á terminar la carrera y le colocó de interno en el -Hospital militar de Manila. - -Inmediatamente, Calatrava empezó á robar de la botica del Hospital, -medicamentos, vendajes, aparatos, todo lo que podía, para venderlo; le -despacharon de allá; pidió la absoluta y se dedicó á cobrar el barato en -los chabisques de Manila. Como era tan quisquilloso, pronto allí se le -hizo la vida imposible, y entonces recurrió á un Círculo de militares y -consiguió que se hiciera una colecta para él, y con el dinero vino á -España. - -En Madrid volvió á encontrarse apurado, y como no era de los que se -ahogan en poca agua, se alistó en el batallón de Voluntarios que iba á -Cuba. Marcos se distinguió por su valor en muchas acciones, ascendió -pronto á sargento cuando una bala le atravesó la pierna y tuvieron que -cortársela en el Hospital de la Habana; y el hombre volvió á España ya -sin porvenir y con un retiro ridículo. - -Aquí anduvo fingiéndose agente de la policía secreta, robando por las -calles, hasta que encontró un socio y se dedicó con él al timo del -entierro, que, á pesar de lo divulgado que está, suele dar resultados -entre los estafadores. Formó en una época una sociedad de espadistas y -de criadas de servir para desvalijar las casas; falsificó billetes; -luego no hubo engaño ni timo que no intentase; y como tenía una -inteligencia clara y despierta, estudió metódicamente todos los -procedimientos conocidos de estafa, calculó el pro y el contra de cada -uno de ellos y encontró que todos tenían grandes quiebras. - -Al último--concluyó diciendo el Garro--, se encontró con el Maestro que -se ha retirado, y yo no sé de dónde han cogido dinero para estos -garitos; el caso es que lo tienen. - ---¿Hay más de un Círculo de éstos?--preguntó Manuel. - ---Abierto al público no hay más que éste; pero tienen la casa de la -Coronela, en donde se juega mucho más. Allá está todas las noches el -Maestro. ¿No ha ido usted á aquella casa? - ---No. - ---Ya le llevarán. Si tiene usted dinero que perder, entre Vidal y el -Cojo ya le llevarán. Luego la Coronela, como mete á la hija á bailarina, -va á abrir un salón. - ---Esa Coronela, ¿es cubana?--preguntó Manuel. - ---Sí. - ---La conozco, y conozco también á un amigo suyo que se llama Mingote. - -El policía miró con cierta reserva á Manuel. - ---Puede usted decir--le dijo--que conoce usted lo peorcito de Madrid. -Mingote está ahora con Joaquina la Verdeseca. Tienen una casa de citas -elegante. Van señoras y dejan su retrato. Este Mingote, fué el que -organizó aquel baile célebre. Se pagaba un duro la entrada, y al final, -se rifaba una señorita. La hija de la querida de Mingote. - -Unos días después de esta conversación, Manuel, al salir del Círculo y -encontrarse con Vidal, sintió la necesidad de hablarle del malestar que -experimentaba con aquella vida. Vidal estaba también aquella noche de -humor triste, é hizo lamentables confidencias á Manuel. - -Fueron á un teatro, pero no había gente; entraron en un café y, después -de pasear con una noche horrible de frío, Vidal propuso que entraran á -tomar algo en casa de la Concha, en la calle de Arlabán. - -Manuel no quería, porque no tenía ganas de comer ni de nada; pero á -remolque entró en la taberna. Hacía dentro mucho calor, y esto les -reanimó á los dos; se sentaron y Vidal pidió unas copas y luego unas -chuletas. - ---Hay que olvidar--dijo después de dar estas disposiciones. - -Manuel hizo un gesto de desaliento y vació un vaso de vino que llenó -Vidal. - -Después contó lo que le había dicho el Garro. Su primo le escuchaba -atentamente. - ---No sabía la historia de Calatrava--dijo al concluir Vidal. - ---Pues historia por historia--repuso Manuel--¿dime tú? ¿quién es ese -Maestro? - ---El Maestro... es un coloso. ¿Tú has leído Rocambole? - ---No. - -Vidal quedó un poco parado; la figura de Rocambole, sin duda, le parecía -la más á propósito para comparar al Maestro. - ---Bueno, pues figúrate tú un hombre como el Cojo, ¿sabes?, pero -muchísimo más listo que él; un hombre que imita todas las letras, que -sabe cuatro ó cinco idiomas, que tiene una serenidad como nadie, que -viste la blusa lo mismo que la levita, que habla con una señora y parece -un caballero, y habla con una golfa y parece un chulo, y une á esto que -es una especie de payaso, que toca el acordeón, imita el tren, -gesticula, se ríe de todo el mundo. Y luego ¡chiquillo! le ves medio -llorando porque ha visto un viejo medio desnudo por la calle ó le ha -pedido limosna una golfilla. - ---¿Y cómo se llama? - ---¡Qué sé yo! Cualquiera lo sabe. Algunos dicen que han conocido á su -padre y á su madre, pero no es verdad. Yo he pensado si será hijo -natural de algún personaje, pero no lo creo del todo, porque si hubiera -sido así, sería chocante que le prendieran, como le prendieron, cuando -tenía diez y siete años. - ---Pronto empezó. - ---Sí; lo prendieron sin culpa. El era empleado de uno que había hecho -una estafa, y lo metieron en el Saladero con su principal. Esto lo -cuenta el mismo. Un día parece que fué el juez á tomar declaración á un -preso, y estando el escribiente copiando la declaración le dió un mal y -tuvieron que llevarle á casa. El juez preguntó al alcaide si no tenía -algún preso que supiera escribir al dictado, y el alcaide llamó al -Maestro. Este se sentó en la silla, miró los papeles y se puso á -escribir. El juez, al terminar la declaración, echa una mirada á los -autos y queda asombrado. No se conocía dónde había empezado á escribir -el Maestro y dónde había acabado el escribiente; la letra de uno y de -otro eran iguales. - ---¡Qué tío! - ---Cuando contaba el Maestro esto, decía que si aquel juez no hubiera -sido un estúpido, él no hubiera terminado mal; pero al juez lo único que -se le ocurrió fué decir que aquel chico era peligroso y que había que -tener con él mucho ojo. El Maestro, que vió que extremaban la vigilancia -con él por el motivo de haber hecho un favor, claro, se indignó. Luego, -en el Saladero, conoció á un falsificador célebre, y entre los dos, -desde la misma cárcel, le sacaron á un francés cuarenta mil duros por el -registro del entierro. - ---¡Qué bárbaros! - ---Dieron cinco ó seis golpes por el estilo. Al fin cayeron en que eran -ellos dos y se les formó causa de nuevo. Le preguntaban á uno:--¿Quién -ha sido el que ha escrito esto?--Yo, contestaba; le preguntaban al -otro:--¿Quién ha sido el que ha escrito esto?--Yo, contestaba también. -No podían saber cuál de los dos era. Entonces al juez se le ocurrió -meterles á cada uno de ellos en un cuarto y hacerles escribir la carta -por la que habían venido á saber que estaban preparando un entierro, y -¡chico! los dos escribieron igual, con la misma letra y con los mismos -borrones. Figúrate tú qué maña tendrá este hombre, que algunas veces, -cuando ha habido bailes y banquetes en el Palacio Real, ha falsificado -la invitación, se ha puesto un frac y allá se ha marchado, alternando -con duques y marqueses. - ---¡Rediez!--dijo Manuel admirado--. ¿Y el compañero del Saladero vive? - ---No; creo que murió en América. - ---¿Ha estado allá también el Maestro? - ---En todas partes; ha recorrido medio mundo, y en cada sitio ha dejado -diez ó doce falsificaciones. - ---¿Será rico? - ---Sí, seguramente. - ---¿Y qué hace con el dinero? - ---Chico, yo no lo sé. No le gustan las juergas, no tiene queridas. El -Cojo me dijo una vez que el Maestro tenía una hija educándose en Francia -y que le dejaría una fortuna. - ---¿Y dónde vive ese hombre? - ---Vive hacia Chamberí; allí creo que se pasa los días leyendo y tocando -la guitarra y besando el retrato de su hija. - ---Sería curioso saber lo que hace. - ---No lo hagas; á mí me entró la misma curiosidad. Un día le vi salir de -un juego de bolos de los Cuatro Caminos:--Vamos á ver lo que hace este -punto, me dije; fuí al otro día y lo encontré. Estaba muy alegre, -jugando, hablando, accionando; parecía que no me había conocido. Al día -siguiente el Cojo me dijo:--No vuelvas donde estuviste ayer, si no -quieres reñir conmigo para siempre. Comprendí la advertencia y no he -vuelto. - -Era curiosa la vida pura y sencilla de aquel hombre metido en -combinaciones de estafas y de engaños. Manuel escuchaba á su primo como -quien oye un cuento. - ---¿Y la Coronela?--le preguntó. - ---Nada... una pendona. Fué la querida de un relojero, que se hartó de -ella porque es una tía ordinaria y luego se lió con ese militar. Es una -tía sucia y mala. - ---Es mala, sí. Desde el primer día que la vi me lo pareció. - ---¿Mala? Es una loba y tiene furor... ¿sabes? Hace ignominias. Antes, -cuando algún señorito seguía á alguna de sus hijas, le hacía subir á su -casa y allá le decía que con sus hijas nada, pero con ella sí. Ahora va -á los cuarteles. Es una tía de lo más indecente... Pero lo que está -haciendo con el hijo es todavía peor. - ---¿Pues qué hace? - ---Nada. Que por entretenerse, le visten de chica y le pintan, y ya no le -llaman Luis, como se llama él, sino Luisita la Ricopelo. - ---¡Cristo!--murmuró Manuel dando un puñetazo en la mesa--. Eso es -demasiado. Hay que denunciar eso. - ---Calla, que viene gente--advirtió Vidal. - -Tres hombres y una muchacha se sentaron en la mesa de al lado de la -taberna. - -Uno de ellos era un viejo teñido, con la cara llena de arrugas blandas y -el aire de un cinismo repugnante; el otro tenía el tipo de un peluquero, -patillas de hacha muy repeinadas y el pelo rizado; el tercero, calvo, -con la nariz roja y las barbas deshilachadas y amarillas, presentaba el -aspecto del joven decrépito. - -La muchacha era muy bonita; tenía la nariz afilada, los labios finos, el -pelo negro, separado en dos bandas; llevaba una capa de color perla con -cuello de plumas, la mantilla prendida en el moño que encuadraba su -rostro y caía sobre el pecho. - -En su cara latía una continua nerviosidad y una expresión sarcástica; no -paraba un momento de moverse, y cuando escuchaba, accionaba y movía -nerviosamente los labios. - -Tenían todos las mejillas rojas y los ojos brillantes. El hombre de las -barbas hacía preguntas y más preguntas á la muchacha, y ésta contestaba -con gran descoco. - -Manuel y Vidal se pusieron á escuchar. - ---¿De veras eres partidaria del amor libre?--decía el de las barbas. - ---Sí. - ---¿No quisieras casarte? - ---Yo no. - ---Es una mujer indiferente--interrumpió el de las patillas--no comprende -esas cosas de cariño. - ---Bah, no lo creo. - ---Lo que tiene la pobre es que es muy... bruta--murmuró el viejo con voz -aguardentosa. - ---¿Y tu mujer?--preguntó ella agitándose en la silla y mirando al viejo -con los ojos fríos y burlones. La muchacha aquella daba la impresión de -una avispa ó de un bicho con aguijón. Se agitaba en el asiento cuando -iba á decir algo, pinchaba y quedaba ya tranquila y satisfecha por un -momento. - -El viejo masculló una serie de blasfemias. El de las barbas rojas -siguió preguntando á la muchacha. - ---¿Pero tú no has querido á nadie? - ---Yo no; ¿para qué? - ---Si te digo que es fría como el mármol--murmuró el de facha de -peluquero. - ---Cuando le conocí á éste--añadió ella riéndose y señalando al de las -patillas--tenía un hombre que me había puesto un cuarto y la patrona de -la casa pasaba por mi madre. Además, tenía otros amigos; pues ya ves, -ninguno notó nada. - ---Es terrible--exclamó el de las barbas llenando un vaso de vino y -vaciándolo--; no nos quieren, y nosotros suponiendo siempre que tienen -corazón. Pero de veras, dime de veras, ¿no has querido nunca á nadie? - ---A nadie, á nadie. - ---Si te digo que es fría como el mármol--repitió el hombre con facha de -peluquero--. ¡Si supieras las majaderías que hice yo por ella! -Preguntaba tímidamente en la portería; pasé un mes sin atreverme á -hablarla, y luego, al conseguirla, supe que era una mujer á quien se -dice:--¿Mañana estás libre á tal hora?--Sí.--Pues mañana nos veremos. - ---Como quien avisa á un afinador de pianos--repuso el de la barba, -encontrando no se sabe qué relación entre los hombres y los pianos--. Es -terrible--añadió, y después con un arrebato de ira, golpeó la mesa con -el puño é hizo tambalearse los vasos. - ---¿Qué te pasa?--preguntó el viejo. - ---Nada. Había que destruir esta cochina humanidad. Me siento anarquista. - ---Bah, yo creo que te sientes borracho--interrumpió el de las patillas. - ---San Dios; porque tú seas un indecente burgués dedicado á los -negocios... - ---Si tú eres más burgués que yo. - -El hombre de la nariz roja y de la barba amarilla se calló indignado; -luego, dirigiéndose á la muchacha, con voz iracunda, la dijo: - ---Dile á este imbécil que cuando habla un hombre de talento él debe -callar. La culpa la tenemos nosotros que le otorgamos la beligerancia. - ---¡Pobre hombre! - ---¡Idiota! - ---Si eres más pesado que un artículo tuyo--gritó el de las patillas--; y -todavía, si esa soberbia de que haces gala la sintieras, estaría bien; -pero si no la sientes; si eres un pobre desgraciado que te reconoces á -ti mismo, imbécil; si te pasas la vida aburriéndonos, recitándonos -artículos que ya has publicado y que ni siquiera son tuyos, porque los -coges de cualquier parte... - -La palidez del de las barbas hizo callar á su contrincante, y siguieron -los tres hablando en tono tranquilo. - -De pronto el viejo se puso á chillar. - ---Pues no será una persona decente--decía. - ---¿Por qué no?--replicaba la mujer. - ---Porque no. Será carpintero, basurero, ó ladrón, ó hijo de mala madre, -porque una persona decente no sé á qué se va á levantar por la mañana. - -Cenaron Manuel y Vidal. Poco después se levantaron la muchacha y sus -tres acompañantes. - ---Ahora va uno á casa--murmuró el de las barbas rojas en tono lúgubre--, -arregla la cama, se mete uno dentro, se enciende un pitillo, bebe un -vaso de agua, orina y se duerme uno. La vida es repugnante. - -Al salir los cuatro á la calle, Vidal fué detrás de ellos. - ---Voy á enterarme quién es ella--le dijo á Manuel--. Hasta mañana. - ---Adiós. - - - - -CAPÍTULO III - -La Flora y la Aragonesa.--La Justa.--La inauguración del Salón París. - - -Al día siguiente, Vidal dijo á su primo que se había enterado quién era -la muchacha. Se llamaba Flora, vivía en la calle del Pez y solía acudir -á una tienda de modas de la calle del Barquillo, casa de trato -disimulada. Vidal esperaba hacer la conquista de la Flora. - -Ya iba adelantado en su intento, cuando Calatrava, que estaba satisfecho -de Manuel y de Vidal, les invitó á los dos un domingo por la tarde á ir -á una casa de la calle del Barquillo, en donde encontrarían mozas guapas -é irían con ellas á los Viveros. - -Aquella tarde fué terrible de emociones para Manuel. Fueron Calatrava, -Vidal y Manuel en coche á la tienda de modas, y les hicieron subir á un -saloncillo regularmente amueblado. Al poco rato llegó Flora, acompañada -de una mujer alta, de ojos negros y cara cetrina, verdaderamente -hermosa, la cual produjo un gran entusiasmo en Calatrava. - ---Esperaremos que venga otra--dijo Vidal. - -Esperaron charlando. Se oyó ruido de pasos en el corredor, se levantó -una cortina y apareció una mujer. Era la Justa, más pálida, con los ojos -más negros y la boca roja. Manuel la miró sobrecogido; ella volvió la -espalda, y trató de salir. - ---¿Por qué quieres marcharte?--preguntó Vidal. - -La muchacha nada replicó. - ---Bueno, vamos--dijo Calatrava. - -Salieron del salón y bajaron las escaleras; en el coche que estaba -esperando montaron Vidal con la Flora y Manuel con la Justa, y en otro -coche Calatrava y la mujer alta de ojos negros; se dirigieron hacia la -Puerta del Sol, y después, por la plaza de Oriente, á la Bombilla. - -En el coche, Vidal y Flora hablaron por los codos; la Justa y Manuel -estuvieron callados. - -La merienda fué para los dos triste; al terminarla, Vidal y Calatrava -desaparecieron; la Justa y Manuel quedaron en la mesa sin saber qué -decirse. Manuel sentía una tristeza dolorosa, el aniquilamiento completo -de la vida. - -Al anochecer, las tres parejas volvieron á Madrid, y cenaron en un -cuarto del café Habanero. - -Hubo confidencias entre todos ellos; cada uno contó su vida y milagros, -menos la Justa, que calló. - -Calatrava y Vidal querían saber cómo sus amadas habían entrado en la -vida irregular que llevaban. - ---Yo entré en la vida--dijo la Flora--, porque no veía otra cosa en mi -casa. No he conocido padre ni madre, viví hasta los quince años con mis -tías, que eran golfas como yo. Sólo que eran más alegres que yo. La -mayor tenía un chico, y lo dejaba en el cajón de la cómoda, que había -convertido en cama. No tenían trajes, y para salir era necesario que una -se quedara en casa, y las botas y las enaguas de una servían para la -otra. Cuando se encontraban sin dinero, escribían á una señora que tenía -casa de compromiso, acudían á la cita, y volvían con el dinero tan -contentas. A mí me querían meter en un taller, y dije yo:--No, para -trabajar, prefiero ser golfa--, y me lancé á la vida. - -La otra mujer, alta y hermosa, habló con cierta amargura. La llamaban -Petra la Aragonesa. - ---Yo--dijo con voz grave--, fuí deshonrada por un señorito; vivía en -Zaragoza, y entré en la vida. Como mi padre vive allí, y es carpintero, -y también mis hermanos, para no darles esta vergüenza, pensé venir á -Madrid, y nos arreglamos una compañera y yo para hacer el viaje juntas. -Teníamos cada una más de diez duros cuando llegamos á Madrid. En la -estación tomamos un coche, paramos en un café, comimos y nos echamos á -andar por las calles. En una rinconada, creo que estaba por la plaza de -los Mostenses, en una callejuela que no sabría decir á dónde cae ni qué -nombre tiene, vimos una casa con las ventanas iluminadas y oímos el -sonido de un organillo. Entramos, dos chulos se pusieron á bailar con -nosotras, y nos llevaron á una casa de la calle de San Marcos. - -Al día siguiente, cuando me levanté, aquel hombre me dijo:--Anda; trae -el dinero que llevas y vamos á comer aquí mismo. Yo dije que nones. -Después salió un señor y nos enseñó la casa, que estaba muy bien puesta, -con divanes y espejos, y nos ofreció unas copas y pasteles y nos invitó -á quedarnos allá. Yo no quise tomar nada y me fuí. La otra le dió todo -el dinero que tenía al chulo y se quedó. Luego el hombre aquel la sacaba -el dinero y la pegaba. - ---¿Y vive todavía en la casa tu compañera?--preguntó Vidal. - ---No; la traspasaron á una casa de Lisboa por cuarenta y cinco duros. - ---¿Para qué fué? - -La Aragonesa se encogió de hombros. - ---Es que las mujeres de la vida son muy bestias--dijo Vidal--; no tienen -entendimiento ni conocen sus derechos ni nada. - ---¿Y tú?--preguntó Calatrava á la Justa. - -La muchacha se encogió de hombros y no desplegó sus labios. - ---Esta será alguna princesa rusa--dijo con sorna la Flora. - ---No--replicó la Justa secamente--; soy lo que eres tú, una tía. - -Concluyeron de cenar y cada pareja se fué por su lado. Manuel acompañó á -la Justa hasta la calle de Jacometrezo, en donde vivía. - -Al llegar al portal, Manuel iba á despedirse, esquivando su mirada, pero -ella le dijo:--Espera. Les abrió el sereno, le dió ella diez céntimos, -el vigilante le entregó una cerilla larga después de encenderla en su -linterna, y comenzaron á subir la escalera. A la luz de la cerilla, la -sombra de los dos se alargaba y se achicaba con alternativas al -reflejarse en las paredes. En el tercer piso abrió la Justa una puerta -con un llavín y pasaron los dos adentro á un cuarto estrecho con una -alcoba. La Justa encendió un quinqué de petróleo y se sentó; Manuel hizo -lo mismo. - -Nunca Manuel se había sentido tan miserable como aquella noche. No -comprendía para qué la Justa le había hecho subir á su casa; se -encontraba cohibido ante ella y no se atrevía á preguntarle nada. - -Después de algunas palabras indiferentes que cambiaron, Manuel la dijo: - ---¿Y tu padre? - ---Bueno. - -De pronto la Justa, con una brusca transición, empezó á llorar. Debía de -sentir un gran deseo de contar á Manuel su vida, y lo hizo sollozando, -con palabra entrecortada. - -El hijo del carnicero, después de sacarla del taller, la había -deshonrado y la había contagiado una enfermedad horrorosa; después la -abandonó y se fué de Madrid. Entonces ella no tuvo más remedio que -marcharse al Hospital. Cuando fué su padre á San Juan de Dios y la vió -boca arriba con unos tubos de goma en las ingles abiertas, creyó que la -iba á matar, y con voz rabiosa le dijo que para él su hija había muerto -y que no volviera más por su casa. Ella se echó á llorar desconsolada; -una vecina que estaba en una cama de al lado, le dijo: «¿Por qué no te -echas á la vida?» Pero ella no hacía más que llorar. Cuando le dieron el -alta fué á ver á la maestra del taller y no la quiso recibir. Entonces, -ya á la noche, salió dispuesta á todo. Estaba en la calle Mayor cuando -se le acercó un hombre que llevaba un bastón en la mano y le dijo: «Anda -para adelante». Fueron calle abajo, y aquel hombre la hizo entrar en el -Gobierno civil, subieron hasta el último piso y pasaron por un corredor -obscuro á un cuarto con luz eléctrica, lleno de mujeres, que hablaban y -reían con los empleados. Al cabo de algún tiempo, un señor empezó á -leer una lista y se fueron marchando las mujeres. No quedaron más que -veinte ó treinta de las más zarrapastrosas y sucias. A todas las -hicieron bajar unas escaleras y las encerraron en una cueva. - ---Allí pasé una noche desesperada--concluyó diciendo la Justa--; al día -siguiente me llevaron á reconocimiento y me dieron cartilla. - -Manuel no supo encontrar ni una frase de consuelo, y al ver su frialdad -la Justa se repuso de su emoción. Siguieron hablando. Después Manuel -contó su vida tranquilamente; los recuerdos se engarzaron unos con -otros, y hablaron y hablaron sin cansarse; de pronto la llama del -quinqué vaciló un momento, y con un suave estallido se apagó. - ---También es casualidad--dijo la Justa. - ---No; que no tendría petróleo--repuso Manuel--. Bueno, yo me voy. - -Se registró los bolsillos; no tenía fósforos. - ---¿No tienes cerillas?--preguntó ella. - ---No. - -Manuel se levantó y fué tanteando; tropezó con la mesa; luego con una -silla y se detuvo. - -La Justa abrió el balcón que daba á la calle y Manuel pudo ver algo y -dirigirse hacia la puerta. - ---¿Tienes la llave de la casa?--dijo. - ---No. - ---Y entonces, ¿cómo voy á salir? - ---Tendremos que llamar al sereno. - -Salieron los dos al balcón; la noche estaba fría, muy estrellada. -Esperaron á que se viera el farolillo del sereno. - -La Justa se acercó mucho á Manuel; éste le pasó él brazo por el talle. -Luego no hablaron más; cerraron el balcón y huyeron en la obscuridad -hacia la alcoba. - -Había que aceptar las cosas tal como venían; Manuel prometió á la Justa -que si encontraba algún medio de ganar honradamente unos cuartos, la -sacaría al momento de aquella vida, y la Justa lloró emocionada sobre el -hombro de Manuel. A pesar de los hermosos planes de regeneración que -idearon aquella noche, Manuel no intentó nada; lo único que hizo fué ir -á vivir con la Justa. A veces los dos sentían una repugnancia grande por -la vida que llevaban, y reñían y se insultaban por cualquier motivo, -pero en seguida hacían las paces. - -Todas las noches, mientras Manuel dormía en aquel cuchitril, de vuelta -de la casa de juego, llegaba la Justa, cansada de rodar por cafés, -colmados y casas de citas. A la luz lívida del amanecer, sus mejillas -tenían un color sucio y su sonrisa era muy triste. - -Algunas veces iba tambaleándose, completamente borracha, y al entrar en -la casa y al subir las escaleras sola sentía un miedo y un -remordimiento grandes. El amanecer le producía como un despertar de la -conciencia. - -Al llegar al cuarto, abría la puerta con el llavín, entraba y se -acostaba junto á él, sin despertarle, temblando de frío. - -Manuel se iba acostumbrando á aquella vida y á sus nuevas amistades; no -se atrevía á intentar un cambio de postura por pereza y por miedo. -Algunos domingos por la tarde, la Justa y él marchaban de paseo á los -Cuatro Caminos y á la Puerta de Hierro, y cuando no reñían hablaban de -sus ilusiones, de un cambio de vida que vendría para ellos sin esfuerzo, -como una cosa providencial. - - * * * * * - -Durante este invierno los dueños del Círculo instalaron en la planta -baja en donde antes estaba el café, el Salón París, y en la lista de las -bellezas sensacionales que habían de exhibirse, aparecieron las -bailarinas y cupletistas de más nombre; las Dalias, Gardenias, -Magnolias, etc. Además, como gran atracción, se anunció el debut de -Chuchita, la hija de la Coronela. Esta trataba de explotar á su niña -como empresaria y como madre. El día de la presentación la madre hizo -que la clac ocupara todas las localidades. Vidal, el Cojo y Manuel se -acomodaron en las primeras filas de sillas en calidad de alabarderos. - ---Aplaudirán ustedes, ¿eh?--preguntó la Coronela. - ---Descuide usted--dijo Calatrava--y al que no le guste, mire usted qué -argumento le traigo--y mostró su garrote. - -Después de un magnetizador salió Chuchita en medio de una salva de -aplausos. Bailó sin gracia ninguna, y al terminar su canción y de bailar -un tango sacaron al escenario una gran cantidad de guirnarlas de flores -y de otros regalos. Cuando concluyó la sección en que trabajaba la -Chuchita, se reunieron Manuel y Vidal con unos periodistas, entre los -cuales había dos amigos de Alex el escultor, y fueron juntos á dar la -enhorabuena al padre de la Chuchita. - -Llamaron al sereno y entraron en la casa. La criada les hizo pasar al -cuarto del Coronel. Este, metido en la cama, fumaba tranquilamente. -Entraron todos en la alcoba. - ---Que sea enhorabuena, mi coronel. - -El hombre del pundonor militar recibía los plácemes sin notar la sorna -que aquello significaba. - ---¿Y cómo ha estado? ¿Cómo ha estado?--preguntaba el padre desde su -cama. - ---Muy bien; al principio un poco tímida, luego se soltó. - ---Si las bailarinas son como los militares, en cuanto llegan al terreno -se crecen. - -Celebraron todos, periodistas y demás golfería, la frase, con risas -burlona, se despidieron del Coronel y volvieron de nuevo al Salón París. - -La Coronela, Chuchita y la hermana de ésta, la rubia, acompañadas las -tres de un señor senador, de un periodista y de un torero de fama se -preparaban para cenar en un gabinete del Círculo. - -Según se decía, Chuchita manifestaba una inclinación decidida por el -torero, y la Coronela, no sólo no la disuadía, sino que había llamado al -torero para que el debut de la Chuchita fuera para ella del todo -agradable... - -La apertura del Salón París dió ocasiones á Manuel y á Vidal de nuevos -conocimientos. - -Este se había hecho amigo del hermano de la Chuchita, que alcahueteaba -por el teatro, y el chiquillo llevó á Vidal y á Manuel á los cuartos de -las bailarinas. - -Cuando la Justa se enteró de las amistades de Manuel le armó un -escándalo tremendo. La Justa se había propuesto hacer la vida de Manuel -insoportable, y tan pronto le insultaba y le decía que era un chulo que -vivía á sus expensas, como se manifestaba celosa. Cuando armaba un -escándalo de éstos, Manuel resignado se encogía de hombros y la Justa, -sumida momentáneamente en la mayor desesperación, se tiraba larga en el -suelo y quedaba inmóvil, como muerta. Luego se le pasaba el arrechucho y -tan tranquila. - - - - -CAPÍTULO IV - -Un fusilamiento.--En el puente del Sotillo.--El Destino. - - -Una noche de Agosto salían del Teatro Eldorado, Manuel, Vidal, la Flora -y la Justa, cuando dijo Vidal. - ---Hoy fusilan á un soldado. ¿Queréis que vayamos á ver? - ---Sí, vamos--contestaron la Flora y la Justa. - -Hacía una noche hermosa y templada. - -Subieron la calle de Alcalá y entraron en Fornos. A eso de las tres -salieron del café y en una manuela se dirigieron al lugar de la -ejecución. - -Dejaron el coche frente á la Cárcel Modelo. - -Era demasiado temprano. Aún no había amanecido. - -Dieron vuelta á la cárcel metiéndose por una callejuela como una zanja -abierta en la arena, hasta salir á los desmontes próximos á la calle de -Rosales. Tenía el edificio de la Cárcel Modelo, visto desde aquellos -campos desolados, un aspecto imponente; parecía una fortaleza envuelta -en la luz azul y espectral de los arcos voltaicos. Los centinelas daban -de vez en cuando un alerta largo que producía una terrible impresión de -angustia. - ---¡Qué triste es esta casa!--murmuró Vidal. ¡Y cuánta gente habrá ahí -encerrada! - ---Pse..., que los maten--replicó la Justa con indiferencia. - -Pero Vidal no sentía este desdén, y se indignó con la frase de la Justa. - ---¿_Pa_ qué roban?--replicó ésta. - ---Y tú, ¿por qué...? - ---Yo para comer. - ---Pues ellos también para comer. - -La Flora recordó que de chica había visto la ejecución de la Higinia. -Había ido con la hija de la portera de su casa. - -Allí estaba el patíbulo,--y señaló el centro de una tapia frente á la -capilla--. En los desmontes hormigueaba el gentío. Vino la Higinia -vestida de negro, apoyada en los Hermanos de la Paz y Caridad; debía de -estar ya muerta; la sentaron en el banquillo, y un cura con una cruz -alzada se puso delante de la Higinia, le ató el verdugo con unas cuerdas -por los pies, sujetándola las faldas; luego le tapó la cara con un -pañuelo negro, y poniéndose detrás de ella dió de prisa dos vueltas á la -rueda, en seguida le quitó el pañuelo de la cara y quedó la mujer tan -raida sobre el palo. - -Después, terminó diciendo la Flora, la otra chica y ella tuvieron que -echar á correr porque los guardias civiles dieron una carga. - -Vidal, al oir tan minuciosas descripciones, palideció. - ---Estas cosas me matan--dijo poniéndose una mano sobre el corazón. - ---¿Para qué has querido venir?--le preguntó Manuel.--¿Quieres que -volvamos? - ---No, no. - -Salieron á la plaza de la Moncloa. En una esquina de la cárcel había un -grupo grande de gente. Estaba amaneciendo. Una franja de oro se formaba -en el horizonte. Por la calle de la Princesa subía un escuadrón de -artillería, presentaba un aspecto extraño á la luz vaga del amanecer. Se -detuvo el escuadrón frente á la cárcel. - ---A ver si nos dan la entretenida y lo fusilan en otra parte--decía un -vejete, á quien la idea de madrugar y no presenciar la ejecución, debía -parecer en extremo desagradable. - ---Hacia San Bernardino es donde lo fusilan--anunció un golfo. - -Todos echaron á correr. Efectivamente, debajo de unos desmontes próximos -al paseo de Areneros formaban los soldados el cuadro. Había un público -de cómicos, trasnochadores, coristas, prostitutas, subidos en coches -simones, y una turbamulta de golfos y de mendigos. El espació despejado -era extensísimo. Vino un furgón gris y entró en medio del cuadro á la -carrera, bajaron tres figuras que parecían muñecos; los de á los lados -del reo llevaban sombrero de copa. No se veía bien al soldado. - ---Bajad las cabezas--decían los del público, los que estaban atrás--, -que veamos todos. - -Se destacaron ocho soldados de caballería con fusiles cortos y se -pusieron delante del reo; se conoce que no quedaron bien de frente, -porque moviéndose de lado, como un animal de muchas patas, anduvieron -algunos metros. El sol brillaba en la arena amarilla del desmonte, en -los cascos y correajes de los soldados. No se oyó voz de mando, los -fusiles apuntaron. - ---Bajad las cabezas--gritaron otra vez con acento irritado los que se -hallaban colocados en tercera y cuarta fila. - -Sonó una detonación sin fuerza; poco después se oyó otra. - ---Es el golpe de gracia--murmuró Vidal. - -Todo el público echó á andar hacia Madrid; se oyó estrépito de tambores -y cornetas. El sol brillaba en los cristales de las casas. Iban Manuel, -Vidal y las dos mujeres por el paseo de Areneros, cuando oyeron otra -detonación. - ---Se conoce que no había muerto--añadió Vidal, más pálido. - -Estaban los cuatro preocupados. - ---¿Sabes?--dijo Vidal--. Se me ha ocurrido una cosa para quitar la mala -impresión de esto: ir á merendar esta tarde. - ---¿Adónde?--preguntó Manuel. - ---Hacia el río. Recordaremos nuestros buenos tiempos. ¿Eh? ¿Qué te -parece? - ---Muy bien. - ---¿La Justa no tendrá nada que hacer? - ---No. - ---Bueno. Pues entonces al medio día estamos todos en el merendero de la -señora Benita, que está cerca del Embarcadero y del puente del Sotillo. - ---Convenido. - ---Ahora vamos á casa á dormir un rato. - -Lo hicieron así. A las doce salieron Manuel y la Justa y fueron al -merendero; todavía no había llegado nadie. - -Se sentaron los dos en un banco; la Justa estaba malhumorada. Compró -diez céntimos de cacahuetes y se puso á comerlos. - ---¿Quieres?--le dijo á Manuel. - ---No; se me meten en las muelas. - ---Pues yo tampoco--y los tiró al suelo. - ---¿A qué los compras para tirarlos? - ---Me da la gana. - ---Bueno, haz lo que quieras. - -Pasaron los dos bastante tiempo esperando, sin hablarse; la Justa, -impacientada, se levantó. - ---Me voy á casa--dijo. - ---Yo voy á esperar--replicó Manuel--. - ---Anda y que te zurzan con hilo negro, ladrón. - -Manuel se encogió de hombros. - ---Y que te den morcilla. - ---Gracias. - -La Justa, que iba á marcharse, se detuvo al ver que llegaban Calatrava -con la Aragonesa y Vidal al lado de la Flora. Calatrava traía una -guitarra. - -Pasó un organillo por delante del merendero. El Cojo lo hizo parar y -bailaron Vidal y la Flora, la Justa y Manuel. - -Llegaron nuevas parejas, entre ellas una mujer gorda y chata, vestida de -un modo ridículo, que iba acompañada de un hombre de patillas de hacha y -aspecto agitanado. La Justa, que se sentía insolente y provocativa, -comenzó á reirse de la mujer gorda; la otra contestó con despreciativo -retintín y recalcando la palabra. - ---Estos pericos... - ---¡La tía gamberra!--murmuró la Justa--, y cantó á media voz, -dirigiéndoselo á la chata, este tango: - - «Eres más fea que un perro de presa, - y á presumida no hay quien te gane.» - ---¡Indecente!--gruñó la gorda. - -El hombre con facha de gitano se acercó á Manuel para decirle que -aquella señora (la Justa) estaba faltando á la suya y que él no podía -permitir esto. Manuel comprendía que tenía razón; pero, á pesar de esto, -contestó insolentemente al hombre. Vidal se interpuso, y después de -muchas explicaciones por una y otra parte, se decidió que allí no se -había faltado á nadie y se arregló la cuestión. Pero la Justa estaba con -humor de pelea y se trabó de palabras con uno de los organilleros, -desvergonzado por razón de oficio. - ---Calla ¡leñe!--gritó Calatrava, dirigiéndose á la Justa--, y tú calla -también--dijo al organillero--, porque si no te voy á arrimar un -estacazo. - ---Vamos nosotros adentro--indicó Vidal. - -Pasaron las tres parejas á un cobertizo con mesas y bancos rústicos y un -barandado de palitroques que daba al Manzanares. - -En medio del río había dos islas cubiertas de un verdín brillante, y -entre éstas unas cuantas tablas que servían de paso desde una orilla á -otra. - -Trajeron la comida, pero la Justa no quiso comer, y á las preguntas que -la hicieron no contestó, y luego, sin saber por qué, empezó á llorar -amargamente entre las burlas de la Flora y de la Aragonesa. Luego se -tranquilizó y quedó alegre y jovial. - -Comieron allá opíparamente y salieron un momento á bailar á la -carretera al son del organillo. Manuel creyó ver pasar varias veces al -Bizco por delante del merendero. - ---¿Será él? ¿Qué buscará por aquí?--se preguntó. - -Al anochecer volvieron las tres parejas adentro, encendieron luz en un -cuarto y mandaron traer aguardiente y café. Hablaron durante largo rato. -Calatrava contó con verdadera delectación horrores de la guerra de Cuba. -Había satisfecho allí sus instintos naturales de crueldad, macheteando -negros, arrasando ingenios, destruyendo é incendiando todo lo que se le -ponía por delante. - -Las tres mujeres, sobre todo la Aragonesa, le escuchaban con entusiasmo. -De pronto, Calatrava calló pensativo, como si algún recuerdo triste le -embargara. - -Vidal tomó la guitarra y cantó el tango del _Espartero_ con un gran -sentimiento, después tarareó el de _La Tempranica_ con mucha gracia, -cortando las frases para dar mas intención y poniendo la mano en la boca -de la guitarra, para detener á veces el sonido. La Flora marcó unas -cuantas posturas jacarandosas, mientras Vidal, echándoselas de gitano, -cantaba: - - ¡Ze coman los mengues - mardita la araña - que tié en la barriga - pintá una guitarra! - Bailando ze cura - tan jondo doló... - ¡Ay!, malhaya la araña - que á mí me picó. - -Luego fué Marcos Calatrava el que cogió la guitarra. No sabía puntear -como Vidal, sino que rasgueaba suavemente, con monotonía. Marcos cantó -una canción cubana, triste, lánguida, que daba la nostalgia de un país -tropical. Era una larga narración que evocaba los danzones de los -negros, las noches espléndidas del trópico, el sol, la patria, la sangre -de los soldados muertos, la bandera, que hace saltar las lágrimas á los -ojos; el recuerdo de la derrota... algo exótico y al mismo tiempo -íntimo, algo muy doloroso, algo hermosamente plebeyo y triste. - -Y Manuel sentía al oir aquellas canciones la idea grande, fiera y -sanguinaria de la patria. Y se la representaba como una mujer soberbia, -con los ojos brillantes y el gesto terrible, al lado de un león... - -Después, Calatrava entonó, acompañándose del rasguear monótono de la -guitarra, una canción de insurrectos muy lánguida y triste. Una de las -coplas, que Calatrava cantaba en cubano, decía: - - «Pinté á Matansa confusa, - la playa de Viyamá, - y no he podío pintá - el nido de la lechusa; - yo pinté po donde crusa - un beyo ferrocarrí, - un machete y un fusí - y una lancha cañonera, - y no pinté la bandera - po la que voy á morí.» - -No sabía Manuel por qué, pero aquella reunión de cosas incongruentes que -se citaban en el canto le produjo una tristeza enorme... - - * * * * * - -Afuera anochecía. A lo lejos la tierra azafranada brillaba con las -últimas palpitaciones del sol, oculto en nubes incendiadas como dragones -de fuego; alguna torre, algún árbol, alguna casucha miserable rompía la -línea del horizonte, recta y monótona; el cielo hacia el Poniente se -llenaba de llamas. - -Luego obscureció; fué ennegreciéndose el campo, el sol se puso. - -Por el puentecillo de tablas, tendido de una orilla á otra, pasaban -mujeres negruzcas, con fardeles de ropa bajo el brazo. - -Manuel experimentaba una gran angustia. A lo lejos, de algún merendero, -llegaba el rasguear lejano de una guitarra. - - * * * * * - -Vidal salió del cobertizo. - ---Ahora vengo--dijo. - -Un momento... y se oyó un grito de desesperación. Todos se levantaron. - ---¿Ha sido Vidal?--preguntó la Flora. - ---No sé--dijo Calatrava dejando la guitarra sobre la mesa. - -Rumor de voces resonó hacia el río. Se asomaron todos al balcón que daba -al Manzanares. En una de las islillas verdes dos hombres luchaban á -brazo partido. Uno de ellos era Vidal, se le conocía por el sombrero -cordobés blanco. La Flora, al conocerlo, dió un grito de terror; poco -después los dos hombres se separaron y Vidal cayó á tierra, de bruces, -en silencio. El otro puso una rodilla sobre la espalda del caído y debió -asestarle diez ó doce puñaladas. Luego se metió en el río, llegó á la -otra orilla y desapareció. - -Calatrava y Manuel se descolgaron por el barandado del cobertizo y se -acercaron por el puente de tablas hacia el islote. - -Vidal estaba tendido boca abajo y un charco de sangre había junto á él. -Tenía clavada la navaja en el cuello, cerca de la nuca. Calatrava tiró -del mango pero el arma debía de estar incrustada en las vértebras. -Después Marcos hizo dar al cuerpo media vuelta y le puso la mano en el -pecho sobre el corazón. - ---Está muerto--dijo tranquilamente. - -Manuel miró al cadáver con horror; las últimas claridades de la tarde se -reflejaban en sus ojos, muy abiertos. Calatrava puso al cadáver en la -misma posición. Volvieron al merendero. - ---¡Hala!, vamos--dijo Marcos. - ---¿Y Vidal?--preguntó la Flora. - ---Ha espichado. - -La Flora comenzó á chillar; pero Calatrava la agarró violentamente del -brazo y la hizo enmudecer. - ---Vaya... ahuecando--dijo, y con gran serenidad pagó la cuenta, cogió la -guitarra y salieron todos del merendero. - -Había obscurecido; á lo lejos, Madrid, de un pálido color de cobre, se -destacaba en el cielo azul, melancólico y dulce, surcado en el Poniente -por grandes fajas moradas y verdosas, las estrellas comenzaban á lucir y -á parpadear con languidez, el río brillaba con reflejo de plata. - -Pasaron silenciosos el puente de Toledo; cada uno entregado á sus -pensamientos y á sus temores. A final del paseo de los Ocho Hilos -encontraron dos coches; Calatrava con la Aragonesa y la Flora entraron -en uno, la Justa y Manuel en otro. - - - - -CAPÍTULO V - -El calabozo del Juzgado de guardia.--Digresiones. La declaración. - - -Al día siguiente de la muerte de su primo, Manuel compró con ansiedad -los periódicos; contaban todos lo pasado en el merendero; las señas de -cada uno de los comensales venían claras; se había identificado el -cadáver de Vidal, y se sabía que el asesino era el Bizco, un pájaro de -cuenta, procesado por dos robos, lesiones y presunto autor de una muerte -cometida en el camino de Aravaca. - -El pánico de la Justa y de Manuel fué grandísimo; temían que les -considerasen complicados en el crimen, que les llamasen á declarar; no -sabían qué hacer. - -Después de pensar mucho, decidieron como lo más cuerdo mudarse de casa é -ir por los alrededores. Anduvieron la Justa y Manuel buscando -habitación, y la encontraron al fin en una casa de la calle de Galileo, -próxima á Tercer Depósito, en Vallehermoso. - -La casa era barata, tres duros al mes; tenía dos balcones, que daban á -un gran descampado ó solar en donde tallaban los canteros grandes -piedras. Este solar hallábase limitado por una cerca de pedruscos -sueltos, residuos del corte de piedras, y en medio tenía una barraca en -donde vivía el guarda con su familia. - -Entraba en las habitaciones el sol desde que salía hasta que se -ocultaba. Fuera por el terror producido por la muerte trágica de Vidal ó -por un impulso íntimo, Manuel sintió en su alma bríos para comenzar una -vida nueva; buscó trabajo y lo encontró en una imprenta de Chamberí. Era -muy violento para él estar encerrado todo el día en la imprenta; pero la -misma violencia que tenía que hacer le animaba á perseverar. La Justa, -en cambio, se aburría, se hallaba continuamente malhumorada y triste. - -A la semana de esta vida ejemplar, un sábado, al volver á casa Manuel, -se encontró con que no estaba la Justa. La esperó toda la noche, -inquieto; no apareció. - -Al día siguiente, cuando vió que no volvía, se echó á llorar. Comprendió -que le abandonaba. Era el despertar de un sueño hermoso; había llegado á -creer que al fin se emancipaban los dos de la miseria y de la deshonra. - -Los días anteriores le había oído á la Justa quejarse de dolores de -cabeza, de falta de apetito, pero no sospechaba aquella resolución, no -creía que le iba á abandonar así, tan fríamente. - -¡Y se sentía tan solo, tan miserable, tan cobarde otra vez! Aquel -cuarto inundado de sol, que antes lo había encontrado alegre, ahora le -parecía triste y sombrío. Miró desde el balcón las casas lejanas, con -sus tejados rojos. En lontananza se extendía Madrid, envuelto en el -ambiente limpio y claro, bajo un sol de oro. Algunas nubes blancas -pasaban lenta y majestuosamente, desplegando sus fantásticas formas. - -Familias de artesanos endomingados pasaban en grupos; se oían vagamente -notas alegres de los organillos. - -Manuel se sentó en la cama pensativo. ¡Cuántos buenos proyectos, cuántos -planes acariciados en la mente no habían fracasado en su alma! Estaba al -principio de la vida y se sentía sin fuerzas ya para la lucha. Ni una -esperanza, ni una ilusión le sonreía. El trabajo, ¿para qué? Componer y -componer columnas de letras de molde, ir y venir á casa, comer, dormir, -¿para qué? No tenía un plan, una idea, una aspiración. Miraba la tarde -del domingo alegre, inundada de sol, el cielo azul, las torrecillas -lejanas... - -Embebido en vagos pensamientos, no oyó Manuel que llamaban á la puerta, -cada vez más fuerte. - ---¿Será la Justa?--pensó--. No puede ser. - -Abrió la puerta con la vaga esperanza de encontrarla. Delante de él se -presentaron dos hombres. - ---Manuel Alcázar--le dijo uno de ellos--. Quedas detenido. - ---¿Por qué? - ---El Juez te lo dirá; ponte las botas y anda para adelante. - ---¿Me van á atar?--preguntó Manuel. - ---Si no haces tonterías, no. Hala, vamos. - -Bajaron los tres á la calle y salieron al paseo de Areneros. - ---Tomaremos el tranvía--dijo uno de los polizontes. - -Entraron; venía atestado de gente y fueron los tres en la plataforma. Al -llegar á la plaza de Santa Bárbara bajaron, y, cruzando dos ó tres -calles, aparecieron frente á las Salesas; de aquí torcieron una esquina, -se metieron en un portal, atravesaron un pasillo largo, y al final de -éste hicieron entrar á Manuel en un calabozo y cerraron por fuera. - - * * * * * - -Dicen que la soledad y el silencio son como el padre y la madre de los -pensamientos profundos. Manuel, en medio de la soledad y el silencio, no -encontró ni la idea más insignificante en su caletre. Por no encontrar, -no encontró ni siquiera en el mundo de los fenómenos un sitio donde -sentarse, lo cual no tenía nada de extraño, porque no había ni una mala -silla ni una mala banqueta en el calabozo. - -Se sentía abatido y cansado, y se dejó caer en el suelo. Así permaneció -algunas horas; de pronto, una claridad pálida brilló sobre la puerta, en -un montante. - ---Han encendido luz--se dijo Manuel--. Habrá obscurecido. - -Poco después se oyó un estrépito de voces y de lloros. - ---Ande usted, que si no le va á salir peor cuenta--decía una voz grave. - ---Pero si yo no he sido, señor guardia, si yo no he sido--replicaba una -voz suplicante--; déjeme usted ir á casa. - ---Hala. Adentro. - ---¡Por Dios! ¡Por Dios! que yo no he sido. - ---Adentro. - -Se oyó el ruido que hizo el hombre al entrar empujado en el calabozo, -después el cerrar violento de la puerta. La voz suplicante siguió -clamando con pesada monotonía: - ---Yo no he sido... Yo no he sido... Yo no he sido. - ---Pues señor ¡vaya una lata!--se dijo Manuel. Si está toda la noche así, -me va á divertir. - -Las lamentaciones del vecino fueron aminorando poco á poco y debieron -terminar en silencioso llanto. Se oía en el corredor los pasos rítmicos -de alguno que iba y venía. - -Manuel trató de buscar desesperadamente una idea en su cerebro, aunque -no fuese más que para entretenerse con ella, y no encontró nada; lo -único que pudo sacar en conclusión es que se había lucido. - -Tal carencia de ideas le condujo como de la mano á un sueño profundo que -quizás no duró más que un par de horas, pero que á él le parecieron un -año. Se despertó derrengado, con la cintura dolorida; no había perdido -en el sueño la idea de que se hallaba encerrado, pero fué para él tan -reparador el corto momento de descanso, que se encontró fuerte, -dispuesto á cualquier cosa. - -Tenía en el bolsillo aún el dinero que le habían dado en la imprenta. -Llamó discretamente á la puerta del calabozo. - ---¿Qué quiere usted?--le dijeron de afuera. - ---Quisiera salir un rato. - ---Salga usted. - -Salió al pasillo. - ---¿Podría traerme alguno un café?--preguntó á un guardia. - ---Pagándolo. - ---Claro que pagándolo. Que me traigan un café con tostada y una -cajetilla--Entregó al guardia dos pesetas. - ---Ahora van--dijo éste. - ---¿Qué hora es?--preguntó Manuel. - ---Las doce. - ---Si no fuera porque tengo que estar en ese rincón, le invitaría á tomar -café conmigo, pero... - ---Aquí fuera lo puede usted tomar. Con un café hay para los dos. - -Vino un mozo con el café y los cigarros. Tomaron el café, fumaron un -pitillo, y el guardia, ya conquistado, le dijo: - ---Llévese usted un banco de estos para dormir. - -Manuel cargó con uno y se echó á la larga. El día anterior, libre, se -encontraba débil y caído; en aquel momento, preso, se sentía fuerte. Los -proyectos se amontonaban en su cabeza, pero no podía dormir. - -El cansancio físico consume las fuerzas y excita el cerebro, la -imaginación aletea en la obscuridad como los pájaros nocturnos, como -ellos también se refugia en las ruinas. - -Manuel no durmió pero soñó y proyectó mil cosas: unas lógicas, la -mayoría absurdas. La luz del día, al entrar vaga por el montante de la -puerta, desechó sus ideas sobre el porvenir y pensó en lo inmediato. - -Le irían á llevar ante el juez. ¿Qué iba á contestar? Idearía un plan: -una casualidad le había llevado al puente del Sotillo, no conocía á -Calatrava; pero, ¿y si le careaban con ellos? Se iba á embarullar. Lo -mejor era decir la verdad y atenuarla en todo lo que pudiera, para -favorecer su causa: le conocía á Calatrava por su primo, le veía de -cuando en cuando en el Salón, él trabajaba en una imprenta... - -Estaba ya decidido á seguir este plan, cuando entró un guardia: - ---Manuel Alcázar. - ---Servidor. - ---Anda, al despacho del juez. - -Siguieron los dos un largo pasillo y llamaron en una puerta. - ---¿Da usía su permiso?--dijo el guardia. - ---Adelante. - -Pasaron á un despacho con dos grandes ventanas por donde se veían los -árboles de la plaza. Delante de la mesa estaba el juez sentado en un -sillón de alto respaldar. Frente á la mesa había un armario de estilo -gótico lleno de libros. Un escribiente entraba y salía llevando montones -de papeles debajo del brazo; el juez le hacía alguna que otra pregunta y -firmaba de prisa. - -Cuando terminó, el guardia, con la gorra en la mano, se acercó al juez y -le indicó, en pocas palabras, quién era Manuel. El juez echó una mirada -rápida sobre el muchacho, y éste, en aquel momento, pensó: - ---Hay que decir la verdad; si no me la arrancarán y será peor. - -Con esta decisión se sintió más tranquilo. - ---Acérquese usted--le dijo el juez. - -Manuel se acercó. - ---¿Cómo se llama usted? - ---Manuel Alcázar. - ---¿Cuántos años tiene? - ---Veintiuno. - ---¿Qué oficio? - ---Cajista. - ---¿Jura usted decir verdad en todo aquello que le sea preguntado? - ---Sí, señor. - ---Si así lo hace, Dios se le premie, y si no, se lo demande. ¿Qué hizo -usted el día del crimen? - ---La noche antes, Vidal y yo, con dos mujeres, fuimos á ver cómo -fusilaban á un soldado; después, por la mañana, dormí un rato, y á las -once fuí con una mujer al merendero del puente del Sotillo, en donde nos -habíamos citado con Vidal. - ---¿Qué parentesco tenía usted con el muerto? - ---Era su primo. - ---¿Riñó usted alguna vez con él? - ---No, señor. - ---¿Cómo ha vivido usted hasta el día en que murió Vidal? - ---He vivido del juego. - ---¿Qué hacía usted para vivir del juego? - ---Jugaba el dinero que me daban, en el Círculo de la Amistad, y -entregaba las ganancias unas veces á Vidal, otras á un cojo que se llama -Calatrava. - ---¿Qué cargos desempeñaban en el Círculo Vidal y ese cojo? - ---El cojo era secretario del Maestro, y Vidal secretario del cojo. - ---¿Cómo se llama el cojo? - ---Marcos Calatrava. - ---¿Por quién le conoció usted al cojo? - ---Por Vidal. - ---¿En dónde? - ---En la taberna del Majo de las Cubas, que está en la calle Mayor. - ---¿Cuánto tiempo hará de esto? - ---Un año. - ---¿Quién le llevó á usted al Círculo de la Amistad? - ---Vidal. - ---¿Conoce usted á un sujeto apodado el Bizco? - ---Sí, señor. - ---¿De dónde le conoce usted? - ---De que era amigo de Vidal, cuando chico. - ---¿No era amigo también de usted? - ---Amigo, no; nunca he tenido simpatía por él. - ---¿Por qué? - ---Porque me parecía malo. - ---¿Qué entiende usted por esto? - ---Lo que entiende todo el mundo: que tenía malas entrañas y martirizaba -al que era más débil que él. - ---¿Usted tiene una querida? - ---Sí, señor. - ---¿Es una mujer pública? - ---Sí, señor--tartamudeó Manuel temblando de dolor y de ira. - ---¿Cómo se llama? - ---Justa. - ---¿Dónde vive? - ---No sé; se marchó de mi casa anteayer. - ---¿Dónde la conoció usted? - ---En casa de un trapero, en donde yo estuve de criado. - ---¿Cómo se llamaba ese trapero? - ---El señor Custodio. - ---¿Fué usted el que impulsó á su querida á prostituirse? - ---Yo no, señor. - ---Cuando la conoció usted, ¿era ya mujer pública? - ---No, señor. Cuando la conocí era modista; un hombre la sacó de su casa; -luego, cuando la vi por segunda vez, era ya pública. - -Al decir esto, á Manuel le temblaba la voz y las lágrimas pugnaban por -salir de sus ojos. - -El juez le contempló fríamente. - ---¿Quién propuso ir al merendero del puente del Sotillo? - ---Vidal. - ---¿Vió usted al Bizco rondar por los alrededores del merendero? - ---Sí, señor. - ---¿No le chocó? - ---Sí, señor. - ---¿Tenía usted noticia de que el Bizco había matado á una mujer en el -camino de Aravaca? - ---Eso me dijo Vidal. - ---Después de este crimen del Bizco, ¿había hablado usted alguna vez con -él? - ---No, señor. - ---¿Nunca? - ---No, señor. - ---Tenga cuidado con lo que dice--y el juez clavó su mirada en Manuel--. -¿No habló usted, después de la muerte de la mujer, nunca con el Bizco? - ---No, señor--y Manuel sostuvo con energía la mirada del juez. - ---¿No le chocó el que el Bizco rondara el merendero? - ---Sí, señor. - ---¿Cómo no le comunicó usted la noticia á Vidal? - ---Porque mi primo me había dicho que no le hablara del Bizco. - ---¿Por qué? - ---Porque le daba miedo. Yo, sabiendo esto, no quise asustarle. - ---Cuando vió usted que iba á salir, ¿cómo no le advirtió usted que -podría estar el Bizco? - ---No se me ocurrió. - ---¿Qué hizo usted cuando oyó el grito dado por Vidal? - ---Salí al balcón del merendero con las tres mujeres y con el Cojo, y -desde allá vimos á Vidal y al Bizco en la islilla que peleaban. - ---¿Cómo conoció usted que eran ellos? - ---Por el grito de Vidal, y además porque llevaba un sombrero cordobés -blanco. - ---¿Qué hora sería cuando sucedió esto? - ---No sé á punto fijo. Estaba anocheciendo. - ---¿Cómo conoció usted al Bizco? - ---No le conocí; pensé que era él. - ---¿Llevaba dinero Vidal? - ---No lo sé. - ---¿Cuánto duró la lucha? - ---Un momento. - ---¿No tuvieron ustedes tiempo de ir en su socorro? - ---No, señor. A poco de asomarnos al balcón, cayó Vidal al suelo, y el -otro se metió en el río y se fué. - ---Está bien; ¿qué pasó después? - ---El Cojo y yo nos descolgamos por el barandado, saltamos al río y nos -acercamos á la isla. El Cojo le cogió la mano á Vidal y dijo: «Está -muerto.» Luego volvimos los dos al merendero y nos fuimos. - -El juez se volvió al escribiente: - ---Luego le leerá usted la declaración y que la firme. - -Llamó al timbre y apareció el guardia. - ---Que siga incomunicado. - -Manuel salió del despacho, erguido. Le habían llegado al alma algunas de -la frases del juez; pero estaba satisfecho de su declaración; no le -habían llegado á embrollar. - -Entró de nuevo en el calabozo y se tendió en el banco. - ---El juez quiere hacerme cómplice del crimen. O ese juez es muy bruto ó -muy malo. En fin, esperemos. - -Al medio día abrieron la puerta del calabozo y entraron dos hombres. Uno -era Calatrava; el otro el Garro. - ---Chico, acabo de leer en un periódico cómo te han prendido--dijo -Calatrava. - ---Ya ve usted, aquí me tienen. - ---¿Has declarado? - ---Sí. - ---¿Qué has dicho? - ---Toma, ¡qué voy á decir!, la verdad. - ---¿Has hablado de mí? - ---No que no. He hablado de usted, del Maestro y de todos. - ---Rediós, ¡qué bestia eres! - ---No; que voy á pudrirme yo aquí, sin culpa, mientras los demás se -pasean por la calle. - ---Merecías estar aquí siempre--exclamó Calatrava--, por panoli, por -boceras. - -Manuel se encogió de hombros. Consultáronse con la mirada Calatrava y el -Garro, y salieron del calabozo. - -Volvió Manuel á tenderse. A media tarde se abrió de nuevo la puerta y -entró el guardia. Llevaba un puchero, pan y una botella de vino. - ---¿Quién me manda esto?--preguntó Manuel. - ---Una muchacha que se llama Salvadora. - -Se enterneció Manuel con el recuerdo, y como el enternecimiento no le -quitó el apetito, comió abundantemente y se tendió en el banco. - - - - -CAPÍTULO VI - -Lo que pasaba en el despacho del juez.--La Casa de Canónigos. - - -Unas horas después el juez recibió tres cartas urgentes. Las abrió é -hizo sonar inmediatamente un timbre. - ---¿Quién ha traído estas cartas?--preguntó el juez al guardia. - ---Un lacayo. - ---¿Hay por ahí algún agente? - ---Está el agente Garro. - ---Que pase. - -Entró el agente y se acercó á la mesa del juez. - ---En estas cartas--le dijo éste--se hace referencia á la declaración que -ha prestado ese muchacho preso. ¿Cómo alguien puede saber la declaración -que ha dado? - ---No lo sé. - ---¿Ha hablado ese muchacho con alguno? - ---Con nadie--dijo tranquilamente el Garro. - ---En esta carta, dos señoras á quienes el ministro no puede negar nada, -le piden á él, y él me pide á mí, que eche tierra á este asunto. ¿Qué -interés pueden tener estas señoras en ello? - ---No sé. Si supiera quiénes son, quizás.... - ---Son la señora de Braganza y la marquesa de Buendía. - ---Sí, entonces sé de qué se trata. Los dueños del Círculo en donde -estaba empleado el muchacho, tienen interés en que no se hable de la -casa de juego. Uno de los dueños es la Coronela, que habrá hablado á -esas señoras y esas señoras al Ministro. - ---¿Y qué relación tiene la Coronela con estas señoras? - ---La Coronela presta dinero. Esta señora de Braganza firmó en falso con -el nombre de su marido, y el documento lo guarda la Coronela. - ---¿Y la marquesa? - ---Lo de la marquesa es otra cuestión. Ya sabe usted que, últimamente, su -querido era Ricardo Salazar. - ---¿El ex diputado? - ---Sí, un golfo completo. Hace uno ó dos años, cuando las relaciones de -Ricardo y la marquesa estaban todavía recientes, la marquesa recibía de -vez en cuando una carta en la que le decían: «Tengo una carta de usted -dirigida á su amante, en la que dice usted esto y esto (cosas íntimas -bastante fuertes). Si no me da usted mil pesetas, enviaré la carta á su -marido.» Ella, asustada, pagó tres, cuatro, cinco veces, hasta que, por -consejo de una amiga, y de acuerdo con un delegado, prendieron al -hombre que iba con la carta. Resultó que era un enviado del mismo -Ricardo Salazar. - ---¿Del amante? - ---Sí. - ---¡Vaya un caballero! - ---Cuando riñeron la marquesa y Ricardo... - ---¿Al descubrirse el enredo de la carta? - ---No, eso se lo perdonó la marquesa. Riñeron porque Ricardo exigía -dinero que la marquesa no pudo ó no quiso darle. Salazar debía tres mil -duros á la Coronela, y ésta, que no es tonta, le dijo: Deme usted las -cartas de la marquesa y no me debe usted nada. Ricardo se las dió, y la -marquesa ha quedado entregada de pies y manos á la Coronela y á sus -socios. - -El Juez se levantó de su silla y paseó lentamente por el despacho. - ---Hay además--dijo--un besalamano del director de _El Popular_ en que me -ruega que no prospere este asunto. ¿Qué relación hay entre el garito y -el propietario del periódico? - ---Que es socio. En el caso que se descubriera el garito, el periódico -haría una campaña fuerte contra el gobierno. - ---¡Quién hace justicia de este modo!--murmuró el juez, pensativo. - -El Garro contempló al juez irónicamente. - -Se oyó el timbre del teléfono que resonó durante largo tiempo. - ---¿Da usía su permiso?--preguntó un escribiente. - ---¿Qué hay? - ---De parte del señor Ministro si se ha despachado el asunto conforme á -sus deseos. - ---Que sí, dígale usted que sí--contestó el juez malhumorado. Luego se -volvió hacia el agente.--Este muchacho preso, ¿no tiene participación -ninguna en el crimen? - ---Absolutamente ninguna--contestó el Garro. - ---¿Es primo del muerto? - ---Sí, señor. - ---¿Y conoce al Bizco? - ---Sí, ha sido amigo suyo. - ---¿Podría ayudar á la policía á capturar al Bizco? - ---De esto yo me encargo. ¿Se le pone en libertad al preso? - ---Sí. Necesitamos coger al Bizco. ¿No se sabe dónde anda? - ---Andará escondido por las afueras. - ---¿No hay algún agente que conozca bien los rincones de las afueras? - ---El mejor es un cabo de orden público que se llama Ortiz. Si quiere -usted escribirle al coronel de Seguridad que ponga á Ortiz á mis -órdenes, el Bizco, antes de ocho días, está en la cárcel. - -Llamó el juez á un escribiente, le mandó escribir una carta, y se la -entregó á Garro. - -Salió éste del despacho del juez é hizo que abrieran el calabozo de -Manuel. - ---¿Hay que declarar otra vez?--preguntó el muchacho. - ---No, vas á firmar la declaración y quedas libre. Vamos. - -Salieron á la calle. A la puerta del Juzgado vió Manuel á la Fea y á la -Salvadora, pero ésta no tenía un aspecto tan severo como de ordinario. - ---¿Estás ya libre?--le dijeron. - ---Así parece. ¿De dónde sabíais que estaba preso? - ---Lo hemos leído en el periódico--contestó la Fea--, y á ésta se le -ocurrió traerte la comida. - ---¿Y Jesús? - ---En el hospital. - ---¿Qué tiene? - ---El pecho... ya está mejor... Pasa luego por casa. Vivimos en el -callejón del Mellizo, cerca de la calle de la Arganzuela. - ---Bueno. - ---Adiós, ¿eh? - ---Adiós y muchas gracias. - -Dieron el Garro y Manuel la vuelta á la esquina y entraron en un portal -con dos leones de bronce y subieron una corta escalera. - ---¿Qué es esto?--preguntó Manuel. - ---Esta es la casa de Canónigos. - -Recorrieron un pasillo con mamparas negras, y en un cuarto en donde -escribían dos hombres, el Garro preguntó por el Gaditano. - ---Ahí fuera debe estar--le dijeron. - -Siguieron adelante. Pululaban por los pasillos hombres que iban y venían -de prisa; otros quietos, esperaban. Eran éstos obreros desharrapados, -mujeres vestidas de negro, viejas tristes con el estigma de la miseria, -gente toda asustada, tímida y humilde. - -Los que iban y venían llevando carpetas y papeles bajo el brazo, todos ó -casi todos tenían un continente altivo y orgulloso; era el juez que -pasaba con su birrete y su levita negra, mirando con indiferencia á -través de sus gafas; era el escribano menos grave, más jovial que -llamaba á uno y le hablaba al oído, entraba en la escribanía, dictaba, -firmaba y volvía á salir; era el abogado joven que preguntaba por la -marcha de sus pleitos; era el procurador, los curiales, los -escribientes, los pinches. - -Y empujando al rebaño de humildes y de miserables hacia el matadero de -la Justicia, aparecían el usurero, el polizonte, la corredora de -alhajas, el prestamista, el casero... - -Todos se entendían con los pinches y escribientes, los cuales les -arreglaban sus asuntos; daban carpetazo á los procesos molestos, -arreglaban ó empeoraban un litigio y mandaban á presidio ó sacaban de -él por poco dinero. - -¡Qué admirable maquinaria! Desde el primero hasta el último de aquellos -leguleyos, togados y sin togar, sabían explotar al humilde, al pobre de -espíritu, proteger los sagrados intereses de la sociedad haciendo que el -fiel de la justicia se inclinara siempre por el lado de las monedas... - -El Garro encontró al Gaditano, á quien buscaba, y le llamó: - ---Oye, tú has tomado la declaración á este chico, ¿verdad? - ---Sí. - ---Pues haz el favor de poner que no sabe quién le mató á su primo; que -supone que sea el Bizco, y nada más. Y luego decreta su libertad. - ---Bueno. Pasad á la escribanía. - -Entraron en un cuarto estrecho, con una ventana en el fondo. En una de -las paredes largas del cuarto había un armario y encima una porción de -cosas procedentes de robos y de embargos, entre ellas una bicicleta. - -Entró el Gaditano, sacó del armario un legajo y se puso á escribir -rápidamente. - ---Que es primo del muerto y que supone que el autor del hecho de autos -es un sujeto apodado el Bizco, ¿no es eso? - ---Eso es--dijo el Garro. - ---Bueno, que firme aquí... Ahora aquí... Ya está. - -Se despidió el agente del Gaditano, y Manuel y Garro salieron á la -calle. - ---¿Ya estoy libre?--preguntó Manuel. - ---No. - ---¿Por qué no? - ---Te han dejado libre con una condición: que ayudes á buscar al Bizco. - ---Yo no soy de la policía. - ---Bueno, pues escoge: ó ayudas á buscar al Bizco, ú otra vez vas al -calabozo. - ---Nada; ayudaré á buscar al Bizco. - - - - -CAPÍTULO VII - -La Fea y la Salvadora.--Ortiz.--Antiguos conocidos. - - -Salieron los dos por la calle del Barquillo á la de Alcalá. - -No me vuelven á coger, pensó Manuel; pero luego se le ocurrió que tan -tupida y espesa era la trama de las leyes, que resultaba muy difícil no -tropezar con ella aunque se anduviese con mucho tiento. - ---Y no me ha dicho usted todavía por quién me dejan libre--exclamó -Manuel. - ---¿Por quién te han puesto libre? Por mí--contestó Garro. - -Manuel no contestó. - ---Y ahora, ¿dónde vamos?--preguntó. - ---Al Campillo del Mundo Nuevo. - ---Entonces tenemos camino largo. - ---En la Puerta del Sol tomaremos el tranvía de la Fuentecilla. - -Efectivamente, así lo hicieron. Bajaron en el sitio indicado y tomaron -por la calle de la Arganzuela. - -Al final de esta calle, á mano derecha, ya en la plaza que constituye el -Campillo del Mundo Nuevo, se detuvieron. Pasaron por un largo corredor -á un patio ancho con galerías. - -En la primera puerta abierta entró Garro y preguntó con voz autoritaria: - ---¿Vive aquí un cabo del orden que se llama Ortiz? - -Del fondo de un rincón obscuro, en donde trabajaban dos hombres, cerca -de un hornillo, contestó uno de ellos: - ---¿A mí qué me cuenta usted?, pregúnteselo usted al portero. - -Los dos hombres estaban haciendo barquillos. Tomaban de una caldera, -llena de una masa blanca como engrudo, una cucharada y la echaban en -unas planchas que se cerraban como tenazas. Después de cerradas las -ponían al fuego, las calentaban por un lado y por otro, las abrían, y en -una de las planchas aparecía el barquillo como una oblea redonda. El -hombre, rápidamente, con los dedos, lo arrollaba y lo colocaba en una -caja. - ---¿De manera que no saben ustedes si vive ó no aquí Ortiz?--preguntó de -nuevo Garro. - ---Ortiz--dijo una voz del fondo negro, en donde no se veía nada--. Sí, -aquí vive. Es el administrador. - -Manuel entrevió en el agujero negro dos hombres tendidos en el suelo. - ---Pues sí es el administrador--dijo el que trabajaba--; hace un momento -estaba en el patio. - -Salieron Garro y Manuel al patio y el agente vió al guardia en la -galería del piso primero. - ---¡Eh, Ortiz!--le gritó. - ---¿Qué hay? ¿Quién me llama? - ---Soy yo, Garro. - -Bajó el guardia con rapidez, y apareció en el patio. - ---¡Hola, señor Garro! ¿Qué le trae á usted por aquí? - ---Este muchacho es primo de ese que han matado en el puente del Sotillo; -conoce al agresor, que es un randa conocido por el Bizco. ¿Quieres -encargarte de la captura? - ---Hombre... Si me lo mandan. - ---No, la cuestión es si tienes tiempo y quieres hacerlo. Yo llevo una -carta aquí del juez para tu coronel, pidiéndole que te encargues tú de -la captura. Ahora, si no tienes tiempo, dilo. - ---Tiempo hay de sobra. - ---Entonces ahora voy á dejar la carta á tu coronel. - ---Bueno. ¿Habrá alguna propinilla, eh? - ---Descuida. Aquí está el chico; no le sueltes, que te acompañe. - ---Está bien. - ---¿No hay más que decir? - ---Nada. - ---Pues adiós, y buena mano derecha. - ---Adiós. - -El Garro salió de la casa y quedaron frente á frente Manuel y Ortiz. - ---Tú no te separas de mi lado hasta que cojamos al Bizco, ya lo -sabes--le dijo el cabo á Manuel. - -El tal Ortiz, afamado como perseguidor de granujas y de bandidos, era un -tipo de criminal completo; tenía el bigote negro y recortado, las cejas -salientes y unidas, la nariz chata, el labio superior retraído, que -dejaba mostrar los dientes hasta su nacimiento; la frente estrecha y una -cicatriz profunda en la mejilla. - -Vestía de paisano, traje obscuro y gorra. En su figura había algo de lo -agresivo de un perro de presa y de lo feroz de un jabalí. - ---¿No me va usted á dejar salir?--preguntó Manuel. - ---No. - ---Tenía que ver á unas amigas. - ---Aquí no hay amigas que valgan. ¿Quiénes son ellas?, algunas golfas... - ---No; son las hermanas de un cajista compañero mío, que fueron mis -vecinas en el parador de Santa Casilda. - ---¡Ah!, pero ¿tú has vivido allí? - ---Sí. - ---Pues yo también. Las conoceré. - ---No sé, son hermanas de un cajista que se llama Jesús. - ---La Fea. - ---Sí. - ---La conozco. ¿Dónde vive? - ---En el callejón del Mellizo. - ---Aquí mismo está. Vamos á verla. - -Salieron de casa; calle de la Arganzuela arriba estaba el callejón del -Mellizo, próximo al matadero de cerdos. No había en el callejón, que en -su principio tenía empalizadas á ambos lados y estaba obstruído por -grandes losas puestas unas encima de otras, más que una casa grande en -el fondo. Delante de la casa en un patio grande, trajinaban algunos -_cañis_ con mulas y pollinos; en las galerías asomaban gitanas negras y -gitanillas de ojos brillantes y trajes abigarrados. - -Preguntaron á un gitano por la Fea y les indicó el número 6 del piso -segundo. - -En la puerta del cuarto, un letrero, escrito en una cartulina, ponía: -«Se cose á máquina.» - -Llamaron y apareció un chiquillo rubio. - ---Este es el hermano de la Salvadora--dijo Manuel. - -Se presentó la Fea en la puerta y recibió á Manuel con grandes extremos -de alegría, y saludó á Ortiz. - ---¿Y la Salvadora?--preguntó Manuel. - ---En la cocina; ahora viene. - -El cuarto era claro con una ventana, por donde entraban los últimos -rayos del sol poniente. - ---Debe ser muy alegre este cuarto--dijo Manuel. - ---Entra el sol desde que sale hasta que se marcha--contestó la Fea--. -Queremos mudarnos, pero no encontramos cuarto parecido á éste. - -Respiraba aquello tranquilidad y trabajo; había dos máquinas de coser -nuevas, un armario de pino, sillas y macetas en la ventana. - ---¿Y Jesús, en el hospital? - ---En la clínica de San Carlos--dijo la Fea. - -No quería ser gravoso á la familia; y aunque la Salvadora y ella le -hubieran cuidado en casa, á él se le había metido en la cabeza ir al -Hospital. Afortunadamente se encontraba ya mucho mejor y le iban á dar -el alta. - -En esto entró la Salvadora. Estaba muy arrogante y muy guapa. Saludó á -Manuel y á Ortiz y se sentó á coser á la máquina. - ---¿Te quedarás á cenar con nosotras?--le preguntó la Fea á Manuel. - ---No, no puedo; no me dejan. - ---Si vosotras me aseguráis--saltó diciendo Ortiz--que cuando le avise á -este hombre vendrá, aunque sea á las dos de la mañana, le dejo libre. - ---Sí, pues se lo aseguramos á usted--dijo la Fea. - ---Bueno, entonces me voy--. Mañana á las nueve en punto en mi casa. -¿Estamos? - ---Sí, señor. - ---Con exactitud militar. - ---Con exactitud militar. - -Se fué Ortiz y quedó Manuel en el cuarto de las dos costureras. - -La Salvadora, muy desdeñosa con Manuel, parecía ofenderse porque éste la -miraba con cierta complacencia al verla tan guapa. Enrique, el hermano -de la Salvadora, estaba fuerte y muy gracioso, jugó con Manuel y le -contó, en su media lengua, una porción de cosas de su hermana y de su -tía, como le llamaba á la Fea. - -Después de cenar y de acostar al chico, pasaron al cuarto de una -bordadora de la vecindad y Manuel se encontró con dos antiguos amigos -suyos, el Aristas y el Aristón. - -El Aristas había olvidado sus entusiasmos de gimnasta y se había hecho -capataz de periódicos. - -Corría medio Madrid llevando el _papel_ de un puesto á otro, y le había -substituído al Aristón en su cargo de comparsa. Por la mañana repartía -periódicos, repartía entregas, repartía prospectos; por la tarde solía -pegar anuncios y por la noche iba al teatro. Tenía una actividad -extraordinaria, no paraba nunca; organizaba funciones, bailes; -representaba los domingos con una compañía de aficionados; sabía de -memoria todo el _Don Juan Tenorio_, _El puñal del godo_ y otros dramas -románticos; tenía tres ó cuatro novias y á todas horas hablaba, -peroraba, disponía y manifestaba una alegría sana y comunicativa. - -El Aristón, algo más moderado en su necromanía, estaba de ajustador en -una fábrica y tenía un buen sueldo. Manuel se encontró muy -agradablemente entre sus antiguos amigos. - -Vió ó creyó ver al menos que el Aristón galanteaba á la Fea y le llamaba -repetidas veces Joaquina, como era su nombre. La Fea, al verse -galanteada, se ponía hasta guapa. - -Manuel, de noche, fué á su casa á la calle de Galileo. No había vuelto -la Justa. El Aristas le encontró trabajo en una imprenta de la Carrera -de San Francisco. - - - - -CAPÍTULO VIII - -La pista del Bizco.--Las afueras.--El ideal de Jesús. - - -Al día siguiente, después de trabajar en la imprenta, Manuel, á las -nueve de la noche, estaba en casa de Ortiz. - ---Así me gusta--le dijo el cabo--con puntualidad militar. - -Ortiz se armó de un revólver que metió en el cinto, de un bastón que -sujetó al puño con una correa y de una cuerda; entregó un garrote á -Manuel y salieron los dos. - ---Vamos por estos cafetines--dijo el guardia á Manuel--, y tú mira bien -si está el Bizco. - -Hablaron mientras subían por la calle de la Arganzuela. - -Ortiz era un polizonte enamorado de su profesión. Su padre lo había sido -también, y el instinto de persecución era en ellos tan fuerte como en -los perros de caza. - -Ortiz, según contó, estuvo de carabinero en la costa de Málaga, en lucha -siempre con los contrabandistas, hasta que vino á Madrid y entró en el -Orden público. - ---He hecho más servicios que nadie--dijo--; pero no me ascienden porque -no tengo recomendaciones. A mi padre le pasó lo mismo; él cogió más -ladrones que toda la policía de Madrid junta, y nada, no pasó de cabo. -Luego le colocaron en la ronda de las alcantarillas, y tuvo cada -trifulca allá abajo...; pero aquél no llevaba revólver, ni garrote, como -yo, sino su trabuco. Era un guerrero. - -Pasaron por delante de una taberna y entraron, bebieron su copa de vino, -y Manuel recorrió con la mirada la gente reunida alrededor de las mesas. - ---No hay nada de lo que buscas--dijo el tabernero al policía. - ---Ya veo que no, tío Pepe--contestó Ortiz, y sacó dos monedas para -pagar. - ---Está pago--replicó el tabernero. - ---Gracias. ¡Adiós! - -Salieron de la taberna y llegaron á la plaza de la Cebada. - ---Vamos al café de Naranjeros--dijo el polizonte--; aunque por aquí no -es fácil que ande ese pájaro; pero muchas veces, donde menos se -piensa... - -Entraron en el café; no había más que un grupo de personas hablando con -las cantaoras. Ortiz, desde la puerta, gritó: - ---Eh, Tripulante, haz el favor. - -Se levantó un joven con aire de señorito y se acercó á Ortiz. - ---¿Tú conoces á un randa á quien llaman el Bizco? - ---Sí, creo que sí. - ---¿Anda por estos barrios? - ---No, por aquí no. - ---¿De veras? - ---De veras que no. Estará hacia abajo; puede usted creerme. - ---Te creo, hombre, ¿por qué no? Oye, Tripulante--añadió Ortiz agarrando -del brazo al muchacho--: Ojo, ¿eh?, que te vas á caer. - -El Tripulante se echó á reir, y poniéndose el dedo índice de la mano -derecha en el párpado inferior y guiñando el ojo, murmuró: - ---¡La pista!... ¡Y que no aluspia uno, cámara! - ---Bueno; pues estate al file, por si acaso. Mira que te se conoce. - ---Descuide usted, señor Ortiz--replicó el muchacho--; se filará. - -Salieron el guardia y Manuel del café. - ---Este es uno de ful, listo como un condenado. Vamos hacia abajo; quizás -que el Tripulante tenga razón. - -Llegaron á la ronda de Toledo. La noche estaba hermosa, estrellada, -brillaban algunas hogueras á lo lejos; de la chimenea de la fábrica del -gas salía una humareda negra, como la espiración poderosa de un -monstruo. Pasaron por la calle del Gas, iluminada, para contrastar su -nombre, con faroles de petróleo, y bajaron, rasando Casa Blanca, á las -Injurias. Cruzaron por una callejuela y se encontraron de manos á boca -con el sereno. - -Ortiz le dijo á lo que iban, le dió las señas del Bizco, pero el sereno -les advirtió que allí no había ninguno de aquellas señas. - ---Preguntaremos, si ustedes quieren. - -Entraron los tres por un pasillo estrecho á un patio, con el suelo lleno -de barro. Salía luz por la ventana de una casa y se asomaron á mirar. A -la luz de un cabo de vela, colocado en un vasar de madera, se veía un -viejo haraposo sentado en el suelo. A su lado dos muchachos y una -chiquilla, cubiertos de andrajos, dormían. - -Salieron del patio y recorrieron una callejuela. - ---Aquí hay una familia que no conozco--dijo el sereno, y llamó en la -puerta con la contera del chuzo. Tardaron en abrir. - ---¿Quién es?--dijo de adentro una voz de mujer. - ---La autoridad--contestó Ortiz. - -Abrió una mujer envuelta en harapos y sin camisa. El sereno entró y -pasaron Manuel y Ortiz dentro; apestaba allí de un modo atroz. En un -camastro hecho de trapos y papeles, dormía una mujer ciega. El sereno -metió el chuzo por debajo de la cama. - ---Ya ven ustedes, aquí no está. - -Salieron Ortiz y Manuel de las Injurias. - ---Ahí en las Cambroneras vivió el Bizco durante algún tiempo--dijo -Manuel. - ---Entonces no hay que buscarle por ahí, pero no importa, ¡hala que -hala!--repuso Ortiz--Vamos allá. - -Cruzaron por el paseo de Yeserías; brillaban las luces de los faroles á -los lados del puente de Toledo, alguna vena estrecha del río los -reflejaba en su agua negra. Hacia Madrid, de las chimeneas de la fábrica -del gas salían llamaradas rojas como dragones de fuego. Se oían á lo -lejos los silbidos de un tren; en la dehesa del Canal los árboles -torcidos destacaban su silueta negra en el ambiente obscuro de la noche. - -Se encontraron en las Cambroneras al sereno y le preguntaron por el -Bizco. - ---Yo hablaré mañana á Paco el Cañí y lo sabré. ¿Dónde nos vemos mañana? - ---En la taberna de la Blasa. - ---Bueno. Allí iré á las tres. - -Volvieron á pasar el puente y entraron en Casa Blanca. - ---Veremos al administrador--dijo Ortiz. Entraron en un portal, y á un -lado de éste, en un cuarto por cuya puerta entornada salía luz, -llamaron. Un hombre en mangas de camisa salió al portal. - ---¿Quién es?--gritó. - -Ortiz se dió á conocer. - ---Aquí no está ese--contestó el administrador. Estoy seguro, tengo todos -mis inquilinos apuntados en este cuaderno y los conozco. - -De Casa Blanca, Ortiz y Manuel se dirigieron hacia las Peñuelas y Ortiz -echó un largo párrafo con el sereno. Después recorrieron algunas -tabernas del barrio en donde había gente, á pesar de tener las puertas -cerradas. - -Al pasar por la calle del Ferrocarril el sereno señaló el sitio donde se -había encontrado descuartizada á la mujer del saco. Hablaron Ortiz y el -sereno de éste y de otros crímenes cometidos allá cerca y se -despidieron. - ---Este sereno es un barbián--dijo Ortiz--ha acabado con los matones de -las Peñuelas á garrotazos. - -Era ya tarde después de la visita á las tabernas, y Ortiz estimó que -podrían dejar la campaña para el día siguiente. Se quedó él en el -Campillo del Mundo Nuevo y Manuel, atravesando medio Madrid, se fué á su -casa. - -Por la mañana temprano marchó á la imprenta, y al advertir que por la -tarde no podía ir, le despidieron. - -Manuel fué á comer á casa de la Fea. - ---Me han despedido de la imprenta--dijo al entrar. - ---Habrás ido tarde--saltó la Salvadora. - ---No, sino que Ortiz me dijo ayer que esta tarde tenía que ir con él, y -lo he advertido en la imprenta y me han despedido. - ---Si hasta que esté arreglado eso no puedes empezar á hacer nada--dijo -la Fea. - -La Salvadora sonrió irónicamente y Manuel sintió que se le enrojecía la -cara. - ---No, no lo creas si no quieres, pero es verdad. - ---Si yo no te he dicho, nada, hombre--replicó burlonamente la Salvadora. - ---Ya sé que no me has dicho nada, pero te reías. - -Manuel salió de casa de la Fea irritado, fué á buscar á Ortiz, y reunido -con él, bajó á las Injurias. - -Hacía un día de sol espléndido, una tarde templada. Se sentaron á la -puerta de la taberna de la Blasa. En una callejuela que se veía -enfrente, dormían los hombres tumbados á las puertas de sus casas; las -mujeres correteaban de un lado á otro con las haraposas faldas -recogidas, chapoteando los pies en la alcantarilla mal oliente que -corría por en medio de la calleja como un arroyo negro. Alguna de -aquellas mujeres llevaba la colilla en la boca. Las ratas grandes, -grises, corrían por encima del barro, y algunos chicos desnudos las -perseguían á palos y á pedradas. - -Habló Ortiz con la dueña de la tasca, y poco después apareció allá el -sereno de las Cambroneras. Saludó á Ortiz, tomaron unas copas los dos, y -el sereno dijo: - ---Hablé con Paco el Cañí. Le conoce al Bizco. Dice que no anda por estos -barrios. El cree que debe estar en la Manigua, en la California ó por -ahí. - ---Es muy posible. Bueno, señores, hasta la vista--y Ortiz se levantó y -Manuel hizo lo mismo. Subieron á la glorieta del puente de Toledo, -cruzaron el Manzanares y echaron á andar por la carretera de Andalucía. -Por allá había ido á merendar días antes Manuel con Vidal y con -Calatrava. Seguían los mismos grupos de randas en las puertas de los -merenderos; algunos conocían á Ortiz y le invitaban á tomar una copa. - -Llegaron á una barriada próxima al río, de chozas míseras, sin -chimeneas, sin ventanas, con los techos formados por cañizos. Nubes de -mosquitos se levantaban sobre las hierbas de la orilla. - ---Este es el Tejar de Mata pobres--dijo Ortiz. - -En aquellas pobres chozas se refugiaban algunos traperos con sus -familias. Todos los habitantes de tan miserable aduar, escuálidos, -amarillentos, estaban devorados por las fiebres, cuyos gérmenes brotaban -de las aguas negras y fangosas del río. Nadie conocía allí al Bizco. -Manuel y Ortiz siguieron adelante. A corta distancia de este poblado -apareció otro, sobre un altozano, constituído por casuchas con sus -corrales. - ---El barrio de los Hojalateros; así se llama esto--indicó Ortiz. - -Era como una aldea levantada sobre estiércol y paja. Cada una de las -casas, hechas con escombros y restos de todas clases, tenía su corraliza -limitada por vallas de latas viejas roñosas, extendidas y clavadas en -postes. Se mezclaba allí la miseria urbana con la miseria campesina; en -el suelo de los corrales, las cestas viejas, las cajas de cartón de las -sombrererías, alternaban con la hoz mellada y el rastrillo. Alguna de -las casas daba la impresión de relativo bienestar, y su aspecto era ya -labradoriego; en sus corralizas se levantaban grandes montones de paja; -las gallinas picoteaban en el suelo. - -Ortiz se acercó á un hombre que estaba componiendo un carro. - ---Oiga, buen amigo; ¿conoce usted por si acaso á un muchacho que se -llama el Bizco?; uno rojo, feo... - ---¿Acaso es usted de la policía?--preguntó el hombre. - ---No; no, señor. - ---Pues lo parece; pero eso allá usted. No conozco á ese bizco--y el -hombre volvió la espalda. - ---Aquí hay que andar con ojo--murmuró Ortiz--, porque si se enteran á lo -que venimos nos dan un pie de paliza que nos revientan. - -Salieron del barrio de los Hojalateros, cruzaron el río por un puente -por donde pasaba la línea del tren, y siguieron por la orilla del -Manzanares. - -En las praderas próximas al río, cubiertas de hierba verde y luciente, -pastaban las vacas; algunos andrajosos andaban despacio, con cautela, -buscando grillos. - -Llegaron Manuel y Ortiz á unas casas de campo que llamaban la China; el -guardia interrogó á un hortelano. No conocía al Bizco. - -Se alejaron de allá, y se sentaron en la hierba á descansar. Iba -anocheciendo; surgía Madrid, amarillo rojizo, con sus torres y sus -cúpulas, iluminado con la última palpitación del sol poniente. Relucían -las vidrieras del Observatorio. Una bola grande de cobre del remate de -algún edificio centelleaba como un sol sobre los tejados mugrientos; -alguna que otra estrella resplandecía en la bóveda de azul de Prusia del -cielo; el Guadarrama, de color violeta obscuro, rompía con sus picachos -blancos el horizonte lejano. - -Volvieron de prisa Ortiz y Manuel. Al llegar al paseo de Embajadores era -de noche; tomaron una copa en un merendero de la Manigua y echaron una -ojeada por allá. - ---Cena conmigo--dijo Ortiz--, y por la noche volveremos á la cacería. -Hemos de registrar todo Madrid. - -Cenó Manuel con el guardia y con su familia en la casa del Campillo del -Mundo Nuevo. Después de cenar recorrieron casi todas las tabernas de la -calle del Mesón de Paredes y de Embajadores, y entraron en el cafetín de -la calle de la Esgrima. Estaba todo el local lleno de golfos; al -sentarse el guardia y Manuel se comunicaron los contertulios unos á -otros la noticia. Un muchacho que estaba en una mesa próxima mostrando -en un corro una sortija y una peineta, las guardó de prisa y corriendo -al ver á Ortiz. El guardia notó la maniobra, y le llamó al mozo. - ---¿Qué quiere usted?--preguntó éste escamado. - ---Preguntarte una cosa. - ---Usted dirá. - ---¿Tú conoces á uno que llaman el Bizco? - ---Yo no, señor. - -El guardia hizo más preguntas al muchacho; debió de convencerse que no -conocía al Bizco, porque murmuró: - ---No sabe nadie dónde está. - -Siguieron recorriendo tabernas; al pasar por la calle del Amparo, Ortiz -dispuso que registraran una casa de dormir que tenía un farol rojo en -uno de sus balcones. - -Entraron y subieron una escalera de tablas, con los peldaños vacilantes, -iluminada por un farol empotrado en la pared. En el primer piso había -habitaciones para citas; en el segundo estaba el dormitorio público. -Tiró Ortiz de la cadena de la campanilla y apareció una mujer astrosa -con una vela en la mano, un pañuelo blanco en la cabeza y en chanclas: -era la encargada. - ---Somos de la policía y queremos echar un vistazo por dentro. Si usted -lo permite, entraremos. - -La mujer se encogió de hombros y dejó lugar para que pasaran. - -Recorrieron un corto pasillo, que terminaba en una sala larga y estrecha -con pies derechos de madera á ambos lados y dos filas de camas. En la -crujía central pendía un quinqué de petróleo, que apenas iluminaba la -cuadra anchurosa. El suelo, de ladrillos, se torcía hacia un lado. - -Ortiz pidió la vela y fué alumbrando los rostros de los que ocupaban las -camas. - -Unos dormían con desaforados ronquidos, otros, despiertos, se dejaban -contemplar con desdén. Por entre las cubiertas de las camas se veían -espaldas desnudas, torsos hercúleos, tórax comprimidos de gente -enferma... - ---Y abajo, ¿hay alguien?--preguntó Ortiz á la encargada. - ---En el principal, no. En los cuartos del zaguán habrá alguno. - -Bajaron al portal. Una puerta conducía á un sótano húmedo. En un rincón -dormía un mendigo, envuelto en harapos. - - * * * * * - -Al día siguiente de esta correría, por la tarde, al entrar Manuel en -casa de la Fea, se encontró con Jesús, sentado, charlando con su hermana -y la Salvadora. - -Manuel sintió cierta emoción al verle. Estaba muy flaco y muy pálido. -Los dos se examinaron atentamente y hablaron de su vida en el tiempo en -que no se habían visto. Después pasaron á cosas del momento, y Manuel -expuso su situación y el compromiso que tenía con Ortiz. - ---Ya, ya me lo han dicho--advirtió Jesús--, y yo no quería creerlo. ¿De -manera que á ti te dejaron en libertad á condición de que ayudases á -coger al Bizco? ¿Y tú aceptas? - ---Sí. Si no no me dejaban en libertad. ¿Qué iba á hacer? - ---Negarte. - ---¿Y pudrirme en la cárcel? - ---Y pudrirte en la cárcel, mejor que hacer á un amigo una charranada -así. - ---El Bizco no es amigo mío. - ---Pero lo fué, por lo que tú dices. - ---Amigo, no... - ---Compañero de golfería, vamos. - ---Sí. - ---¿De modo que te has hecho polizonte? - ---¡Hombre!... Además, el muerto era mi primo. - ---¡Cualquiera se fía de ti!--añadió sarcásticamente el cajista. - -Manuel se calló. Pensó que había hecho mal en comprometerse. El Bizco -era un bandido; pero á él no le había hecho nunca daño, era la verdad. - ---Lo malo es que no puedo volverme atrás--dijo Manuel--ni escaparme, -porque ese Ortiz vendría aquí y sería capaz de llevar á tu hermana y á -la Salvadora á la cárcel. - ---¿Por qué? - ---Porque ellas le han dicho que respondían de mí. - ---¡Quia, hombre! Le dicen que estuviste aquí, que te dijeron que no te -se olvidara el hacer lo de los demás días, y que no saben nada más, -sencillamente. - ---¿A ti qué te parece?--preguntó Manuel indeciso á la Fea. - ---Haz lo que quieras; yo creo que Jesús ya sabrá lo que dice, y que á -nosotras no nos pueden hacer nada. - ---Hay otra cosa--advirtió Manuel--: que yo no puedo vivir escondido -mucho tiempo; tendré que trabajar para comer, y me cogerán. - ---Yo te llevaré á una imprenta que conozco, replicó Jesús. - ---Pero pueden sospechar. No, no. - ---¿Prefieres ser un charrán? - ---Voy á hacer una cosa; ir ahora mismo á ver á uno que lo puede arreglar -todo. - ---Espera un momento. - ---No, no, déjame. - -Salió Manuel decidido á hablar con el Cojo ó con el Maestro. Fué á la -carrera al Círculo. Le dejaron pasar; subió al piso primero, y al hombre -que solía estar en la puerta de la sala de juego, le preguntó: - ---Y el Maestro, ¿está en la secretaría? - ---No, el que está es don Marcos. - -Llamó Manuel á la puerta y pasó adelante. Calatrava estaba en una mesa -con un empleado contando fichas blancas y rojas. Al ver á Manuel le miró -fijamente: - ---¿A qué vienes tú aquí? ¡Soplón!--exclamó--. Aquí no haces falta. - ---Ya lo sé. - ---Estás despedido. El jornal no lo esperes. - ---No, no lo espero. - ---Entonces, ¿á qué vienes aquí? - ---Vengo á esto. El Garro, el polizonte amigo de usted, me puso en -libertad, con la condición de que ayudara á coger al que mató á Vidal, -y á mí me hacen ir y venir á todas horas, y ya me he hartado de eso, y -ya no quiero hacer de polizonte. - ---Pues mira, de todo eso, á mí... Prim. - ---No, porque si yo no aparezco por casa del cabo, á quien me confió el -Garro, me cogerán y me llevarán á la cárcel. - ---Bueno; allá aprenderás á no mover la sin hueso. - ---No; allá lo que haré será declarar cómo se estafa en este Círculo á la -gente... - ---Tú estás loco. Tú quieres que te dé dos garrotazos. - ---No; yo quiero que le diga á usted al Garro que no me da la gana de -perseguir al Bizco, y, además, que le mande usted que no me persiga; -conque ya sabe usted lo que tiene que hacer. - ---Lo que voy á hacer es darte dos patadas ahora mismo, ¡soplón! - ---Eso lo veremos. - -Se acercó el cojo á Manuel con el puño cerrado y le largó un puñetazo; -pero Manuel tuvo la habilidad de agarrarle de la mano, y empujándole -para atrás, le hizo perder el equilibrio y cayó sobre la mesa y la -derribó con un estrépito formidable. Se levantó Calatrava furioso y se -fué hacia Manuel; pero al ruido entraron algunos mozos y los separaron. - -En esta situación, apareció el Maestro en la puerta de la secretaría: - ---¿Qué pasa?--preguntó mirando á Calatrava y á Manuel severamente--. -Marchaos vosotros--añadió dirigiéndose á los demás. - -Quedaron los tres solos, y Manuel explicó el motivo de la cuestión. - -El Maestro, después de oirle, dijo á Calatrava: - ---¿Es eso de veras lo que te ha dicho? - ---Sí; pero ha venido aquí con exigencias... - ---Bueno. De eso no hay que hablar. ¿De manera--añadió dirigiéndose á -Manuel--que tú no quieres ayudar á la policía? Haces bien. Puedes -marcharte. Yo le diré al Garro que no te moleste. - -Una hora después, Manuel y Jesús habían salido de casa á dar una vuelta. -Hacía una noche de calor sofocante; bajaron á la ronda. - -Hablaron. Manuel sentía una sorda irritación contra todo el mundo; un -odio hasta entonces amortiguado se despertaba en su alma contra la -sociedad, contra los hombres... - ---De veras te digo--concluyó diciendo--, que quisiera que estuviera -lloviendo dinamita ocho días y bajara después el Padre Eterno hecho -ascuas. - -Y rabioso invocó á todos los poderes destructores para que redujesen á -cenizas esta sociedad miserable. - -Jesús le escuchaba con atención. - ---Eres un anarquista--le dijo. - ---¿Yo? - ---Sí. Yo también lo soy. - ---¿Tú? - ---Sí. - ---¿Desde cuándo? - ---Desde que he visto las infamias que se cometen en el mundo; desde que -he visto cómo se entrega fríamente á la muerte un pedazo de humanidad; -desde que he visto cómo mueren desamparados los hombres en las calles y -en los hospitales--contestó Jesús con cierta solemnidad. - -Manuel enmudeció. Pasaron los dos amigos silenciosos por la ronda de -Segovia, y en los jardinillos de la Virgen del Puerto se sentaron. - -El cielo estaba espléndido, cuajado de estrellas, la vía láctea cruzaba -la cóncava inmensidad azul. La figura geométrica de la osa mayor -brillaba muy alta. Arturus y Wega resplandecían dulcemente en aquel -océano de astros. - -A lo lejos el campo obscuro surcado por líneas de luces, parecía el mar -en un puerto, y las filas de luces semejaban las de los malecones de un -muelle. - -El aire húmedo y caliente venía impregnado de olores de plantas -silvestres, agostadas por el calor. - ---¡Cuánta estrella!--dijo Manuel--. ¿Qué serán? - ---Son mundos, y mundos sin fin. - ---No sé por qué hoy me consuela ver ese cielo tan hermoso. Oye, Jesús, -¿tú crees que habrá hombres en esos mundos?--preguntó Manuel. - ---Quizás, ¿por qué no? - ---¿Y habrá también cárceles, jueces, casas de juego, polizontes?... ¿Eh? -¿Crees tú? - -Jesús no contestó á la pregunta. Luego habló con una voz serena de un -sueño de humanidad idílica, un sueño dulce y piadoso, noble y pueril. - -En su sueño, el hombre, conducido por una idea nueva, llegaba á un -estado superior. - -No más odios, no más rencores. Ni jueces, ni polizontes, ni soldados, ni -autoridad, ni patria. En las grandes praderas de la tierra, los hombres -libres trabajan al sol. La ley del amor ha sustituido á la ley del deber -y el horizonte de la humanidad se ensancha cada vez más extenso, cada -vez más azul... - -Y Jesús continuó hablando de un ideal vago de amor y de justicia, de -energía y de piedad, y aquellas palabras suyas caóticas, incoherentes, -caían como bálsamo consolador sobre el corazón ulcerado de Manuel... -Luego los dos callaron, entregados á sus pensamientos, contemplando la -noche. - -Una beatitud augusta resplandecía en el cielo, y la vaga sensación de la -inmensidad del espacio, lo infinito de los mundos imponderables llevaba -á sus corazones una deliciosa calma... - -FIN - -La continuación y fin de =Mala hierba= se titula =Aurora Roja=. - - - - -ÍNDICE - - -PRIMERA PARTE - - Págs. - -Anteportada 1 - -Obras del mismo autor 2 - -Portada 3 - -CAPÍTULO I.--El taller.--La vida de Roberto -Hasting.--Alex Monzon 5 - -CAP. II.--La señorita Esther Volowitch.--Una -boda.--Manuel, aprendiz de fotógrafo 26 - -CAP. III.--La Europea y la Benefactora.--Una -colocación extraña 41 - -CAP. IV.--La baronesa de Aynant, sus perros y -su mulata de compañía.--Se prepara una -farsa 58 - -CAP. V.--Vida y milagros del señor de Mingote.--Comienza -la dulce explotación de don Sergio 73 - -CAP. VI.--Kate, la niña blanca.--Los amores -de Roberto.--El pundonor militar.--Las -cucas.--Disquisiciones antropológicas 89 - -CAP. VII.--El berebere se siente profundamente -anglosajón.--Mingote mefistofélico.--Cogolludo.--Despedida 111 - - -SEGUNDA PARTE - -CAPÍTULO I.--Sandoval.--Los sapos de Sánchez -Gómez.--Jacob y Jesús 129 - -CAP. II.--Los nombres de los Sapos.--El director -de _Los Debates_ y sus redactores 143 - -CAP. III.--El parador de Santa Casilda.--La -historia de Jacob.--La Fea y la Sinforosa.--La -chica sin madre.--Mala Nochebuena 152 - -CAP. IV.--La Navidad de Roberto.--Gente del -Norte 169 - -CAP. V.--Paro general.--Juergas.--El baile del -Frontón.--La iniciación de amor 186 - -CAP. VI.--La nieve.--Otras historias de don -Alonso.--Las Injurias.--El Asilo del Sur 195 - -CAP. VII.--La Casa Negra.--Incendio.--Fuga 219 - -CAP. VIII.--Las cuevas del Gobierno civil.--El -repatriado.--La sopa del convento 227 - -CAP. IX.--Noche en el paseo de la Virgen del -Puerto.--Suena un tiro.--Calatrava y Vidal.--Un -tango de la bella Pérez 239 - - -TERCERA PARTE - -CAPÍTULO I.--¿Será la buena?--Proposiciones de Vidal 253 - -CAP. II.--El Garro.--Marcos Calatrava.--El -Maestro.--Confidencias 268 - -CAP. III.--La Flora y la Aragonesa.--La Justa.--La -inauguración del Salón París 283 - -CAP. IV.--Un fusilamiento.--En el puente del -Sotillo.--El Destino 294 - -CAP. V.--El calabozo del Juzgado de guardia.--Digresiones.--La -declaración 306 - -CAP. VI.--Lo que pasaba en el despacho del -Juez.--La Casa de Canónigos 321 - -CAP. VII.--La Fea y la Salvadora.--Ortiz.--Antiguos -conocidos 329 - -CAP. VIII.--La pista del Bizco.--Las afueras.--El -ideal de Jesús 337 - -Indice 357 - -Colofón 359 - - * * * * * - - Se imprimió - - MALA HIERBA - - EN EL - - ESTABLECIMIENTO TIPOGRÁFICO - - DE - - ANTONIO MARZO - - DE - - MADRID - - en ABRIL de - - 1904 - - [imagen: colophon] - - * * * * * - -De venta en todas las librerías. - - -Jorge Ohnet. - -LAS BATALLAS DE LA VIDA - -_El Camino de la Gloria_ - -(novela), - -versión castellana de =Carlos de Bataille=, - -Un volumen en 8.º, =3,50= pesetas. - - -M. Ciges Aparicio. - -_DEL CAUTIVERIO_ - -Un vol. en 8.º, =2= pesetas. - - -GUY DE MAUPASSANT - -_Pedro y Juan_ - -NOVELA - -VERSIÓN CASTELLANA - -de - -CARLOS FRONTAURA - -NUEVA EDICIÓN - -Un volumen en 8.º, =3,50= pesetas. - - -RICARDO BURGUETE - -_Mi Rebeldía_ - -«MANE-THECEL-PHARES» - -I. Filosofía de la Guerra. - -II. La revolución de los Ejércitos. - -III. Estudios sobre el valor. - -IV. El miedo. - -V. Educación de la voluntad. - -VI. Inutilidad de nuestras organizaciones militares. - -VII. Ensayo de filosofía de la guerra en la historia de los pueblos -(Egipcios y Hebreos). - -VIII. Mi tramontana. El libro inseparable del soldado. - -IX. Algunas máximas y reflexiones militares en olvido. - -X. Conclusiones de un rebelde. - -Un volumen en 8.º, =3,50= pesetas. - - -Willy - -(_Henri-Gauthier-Villars_) - -_Claudina en la escuela_ - -(novela), un volumen en 8.º, =3,50= pesetas. - -_Claudina en París_ - -(novela), un volumen en 8.º, =3,50= pesetas. - -_Claudina en su casa_ - -(novela), un volumen en 8.º, =3,50= pesetas. - -_Claudina desaparece_ - -(novela), un volumen en 8.º, =3,50= pesetas. - - * * * * * - -NOTA: - -[A] El episodio que precede á MALA HIERBA se titula LA BUSCA. - - - - - - -End of Project Gutenberg's La lucha por la vida; Mala hierba, by Pío Baroja - -*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA LUCHA POR LA VIDA; MALA HIERBA *** - -***** This file should be named 43033-8.txt or 43033-8.zip ***** -This and all associated files of various formats will be found in: - http://www.gutenberg.org/4/3/0/3/43033/ - -Produced by Chuck Greif and the Online Distributed -Proofreading Canada Team at http://www.pgdpcanada.net (This -book was produced from scanned images of public domain -material from the Google Book Search project.) - - -Updated editions will replace the previous one--the old editions -will be renamed. - -Creating the works from public domain print editions means that no -one owns a United States copyright in these works, so the Foundation -(and you!) can copy and distribute it in the United States without -permission and without paying copyright royalties. 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Redistribution is -subject to the trademark license, especially commercial -redistribution. - - - -*** START: FULL LICENSE *** - -THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE -PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK - -To protect the Project Gutenberg-tm mission of promoting the free -distribution of electronic works, by using or distributing this work -(or any other work associated in any way with the phrase "Project -Gutenberg"), you agree to comply with all the terms of the Full Project -Gutenberg-tm License (available with this file or online at -http://gutenberg.org/license). - - -Section 1. General Terms of Use and Redistributing Project Gutenberg-tm -electronic works - -1.A. By reading or using any part of this Project Gutenberg-tm -electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to -and accept all the terms of this license and intellectual property -(trademark/copyright) agreement. 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Information about the Project Gutenberg Literary Archive -Foundation - -The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit -501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the -state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal -Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification -number is 64-6221541. Its 501(c)(3) letter is posted at -http://pglaf.org/fundraising. Contributions to the Project Gutenberg -Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent -permitted by U.S. federal laws and your state's laws. - -The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S. -Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered -throughout numerous locations. Its business office is located at -809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email -business@pglaf.org. Email contact links and up to date contact -information can be found at the Foundation's web site and official -page at http://pglaf.org - -For additional contact information: - Dr. Gregory B. Newby - Chief Executive and Director - gbnewby@pglaf.org - - -Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg -Literary Archive Foundation - -Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide -spread public support and donations to carry out its mission of -increasing the number of public domain and licensed works that can be -freely distributed in machine readable form accessible by the widest -array of equipment including outdated equipment. Many small donations -($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt -status with the IRS. - -The Foundation is committed to complying with the laws regulating -charities and charitable donations in all 50 states of the United -States. Compliance requirements are not uniform and it takes a -considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up -with these requirements. We do not solicit donations in locations -where we have not received written confirmation of compliance. To -SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any -particular state visit http://pglaf.org - -While we cannot and do not solicit contributions from states where we -have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition -against accepting unsolicited donations from donors in such states who -approach us with offers to donate. - -International donations are gratefully accepted, but we cannot make -any statements concerning tax treatment of donations received from -outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff. - -Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation -methods and addresses. Donations are accepted in a number of other -ways including checks, online payments and credit card donations. -To donate, please visit: http://pglaf.org/donate - - -Section 5. General Information About Project Gutenberg-tm electronic -works. - -Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm -concept of a library of electronic works that could be freely shared -with anyone. For thirty years, he produced and distributed Project -Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support. - - -Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed -editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S. -unless a copyright notice is included. Thus, we do not necessarily -keep eBooks in compliance with any particular paper edition. - - -Most people start at our Web site which has the main PG search facility: - - http://www.gutenberg.org - -This Web site includes information about Project Gutenberg-tm, -including how to make donations to the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to -subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks. diff --git a/43033-8.zip b/43033-8.zip Binary files differdeleted file mode 100644 index 9d056b2..0000000 --- a/43033-8.zip +++ /dev/null diff --git a/43033-h.zip b/43033-h.zip Binary files differdeleted file mode 100644 index 802a35d..0000000 --- a/43033-h.zip +++ /dev/null diff --git a/43033-h/43033-h.htm b/43033-h/43033-h.htm index db8a5a1..a98ebff 100644 --- a/43033-h/43033-h.htm +++ b/43033-h/43033-h.htm @@ -63,44 +63,7 @@ margin-left:auto;margin-right:auto;text-align:center;text-indent:0%;} </style> </head> <body> - - -<pre> - -Project Gutenberg's La lucha por la vida; Mala hierba, by Pío Baroja - -This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with -almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or -re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included -with this eBook or online at www.gutenberg.org/license - - -Title: La lucha por la vida; Mala hierba - -Author: Pío Baroja - -Release Date: June 25, 2013 [EBook #43033] - -Language: Spanish - -Character set encoding: ISO-8859-1 - -*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA LUCHA POR LA VIDA; MALA HIERBA *** - - - - -Produced by Chuck Greif and the Online Distributed -Proofreading Canada Team at http://www.pgdpcanada.net (This -book was produced from scanned images of public domain -material from the Google Book Search project.) - - - - - - -</pre> +<div>*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK 43033 ***</div> <hr class="full" /> @@ -6277,7 +6240,7 @@ mujeres la primera noche de novios</i>.</p> <p>—¿Es bueno esto?—preguntó Manuel.</p> -<p>—Así, así. Te advierto que hay que leer un renglón sí el y otro no. +<p>—Así, así. Te advierto que hay que leer un renglón sí y el otro no. ¡Yo, dedicado á estas cosas! ¡Yo, que he sido director de un circo en <i>Niu Yoc</i>!</p> @@ -10231,7 +10194,7 @@ ya no quiero hacer de polizonte.</p> <p>—No, porque si yo no aparezco por casa del cabo, á quien me confió el Garro, me cogerán y me llevarán á la cárcel.</p> -<p>—Bueno; allá aprenderás á no mover la sin hueso.</p> +<p>—Bueno; allá aprenderás á no moveria la sin hueso.</p> <p>—No; allá lo que haré será declarar cómo se estafa en este Círculo á la gente...</p> @@ -10565,386 +10528,6 @@ versión castellana de <b>Carlos de Bataille</b>,</p> <hr class="full" /> - - - - - - -<pre> - - - - - -End of Project Gutenberg's La lucha por la vida; Mala hierba, by Pío Baroja - -*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA LUCHA POR LA VIDA; MALA HIERBA *** - -***** This file should be named 43033-h.htm or 43033-h.zip ***** -This and all associated files of various formats will be found in: - http://www.gutenberg.org/4/3/0/3/43033/ - -Produced by Chuck Greif and the Online Distributed -Proofreading Canada Team at http://www.pgdpcanada.net (This -book was produced from scanned images of public domain -material from the Google Book Search project.) - - -Updated editions will replace the previous one--the old editions -will be renamed. - -Creating the works from public domain print editions means that no -one owns a United States copyright in these works, so the Foundation -(and you!) can copy and distribute it in the United States without -permission and without paying copyright royalties. Special rules, -set forth in the General Terms of Use part of this license, apply to -copying and distributing Project Gutenberg-tm electronic works to -protect the PROJECT GUTENBERG-tm concept and trademark. Project -Gutenberg is a registered trademark, and may not be used if you -charge for the eBooks, unless you receive specific permission. If you -do not charge anything for copies of this eBook, complying with the -rules is very easy. You may use this eBook for nearly any purpose -such as creation of derivative works, reports, performances and -research. They may be modified and printed and given away--you may do -practically ANYTHING with public domain eBooks. Redistribution is -subject to the trademark license, especially commercial -redistribution. - - - -*** START: FULL LICENSE *** - -THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE -PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK - -To protect the Project Gutenberg-tm mission of promoting the free -distribution of electronic works, by using or distributing this work -(or any other work associated in any way with the phrase "Project -Gutenberg"), you agree to comply with all the terms of the Full Project -Gutenberg-tm License (available with this file or online at -http://gutenberg.org/license). - - -Section 1. General Terms of Use and Redistributing Project Gutenberg-tm -electronic works - -1.A. By reading or using any part of this Project Gutenberg-tm -electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to -and accept all the terms of this license and intellectual property -(trademark/copyright) agreement. If you do not agree to abide by all -the terms of this agreement, you must cease using and return or destroy -all copies of Project Gutenberg-tm electronic works in your possession. -If you paid a fee for obtaining a copy of or access to a Project -Gutenberg-tm electronic work and you do not agree to be bound by the -terms of this agreement, you may obtain a refund from the person or -entity to whom you paid the fee as set forth in paragraph 1.E.8. - -1.B. "Project Gutenberg" is a registered trademark. It may only be -used on or associated in any way with an electronic work by people who -agree to be bound by the terms of this agreement. There are a few -things that you can do with most Project Gutenberg-tm electronic works -even without complying with the full terms of this agreement. See -paragraph 1.C below. There are a lot of things you can do with Project -Gutenberg-tm electronic works if you follow the terms of this agreement -and help preserve free future access to Project Gutenberg-tm electronic -works. See paragraph 1.E below. - -1.C. The Project Gutenberg Literary Archive Foundation ("the Foundation" -or PGLAF), owns a compilation copyright in the collection of Project -Gutenberg-tm electronic works. Nearly all the individual works in the -collection are in the public domain in the United States. If an -individual work is in the public domain in the United States and you are -located in the United States, we do not claim a right to prevent you from -copying, distributing, performing, displaying or creating derivative -works based on the work as long as all references to Project Gutenberg -are removed. Of course, we hope that you will support the Project -Gutenberg-tm mission of promoting free access to electronic works by -freely sharing Project Gutenberg-tm works in compliance with the terms of -this agreement for keeping the Project Gutenberg-tm name associated with -the work. You can easily comply with the terms of this agreement by -keeping this work in the same format with its attached full Project -Gutenberg-tm License when you share it without charge with others. - -1.D. The copyright laws of the place where you are located also govern -what you can do with this work. Copyright laws in most countries are in -a constant state of change. If you are outside the United States, check -the laws of your country in addition to the terms of this agreement -before downloading, copying, displaying, performing, distributing or -creating derivative works based on this work or any other Project -Gutenberg-tm work. The Foundation makes no representations concerning -the copyright status of any work in any country outside the United -States. - -1.E. Unless you have removed all references to Project Gutenberg: - -1.E.1. The following sentence, with active links to, or other immediate -access to, the full Project Gutenberg-tm License must appear prominently -whenever any copy of a Project Gutenberg-tm work (any work on which the -phrase "Project Gutenberg" appears, or with which the phrase "Project -Gutenberg" is associated) is accessed, displayed, performed, viewed, -copied or distributed: - -This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with -almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or -re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included -with this eBook or online at www.gutenberg.org/license - -1.E.2. If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is derived -from the public domain (does not contain a notice indicating that it is -posted with permission of the copyright holder), the work can be copied -and distributed to anyone in the United States without paying any fees -or charges. If you are redistributing or providing access to a work -with the phrase "Project Gutenberg" associated with or appearing on the -work, you must comply either with the requirements of paragraphs 1.E.1 -through 1.E.7 or obtain permission for the use of the work and the -Project Gutenberg-tm trademark as set forth in paragraphs 1.E.8 or -1.E.9. - -1.E.3. If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is posted -with the permission of the copyright holder, your use and distribution -must comply with both paragraphs 1.E.1 through 1.E.7 and any additional -terms imposed by the copyright holder. Additional terms will be linked -to the Project Gutenberg-tm License for all works posted with the -permission of the copyright holder found at the beginning of this work. - -1.E.4. Do not unlink or detach or remove the full Project Gutenberg-tm -License terms from this work, or any files containing a part of this -work or any other work associated with Project Gutenberg-tm. - -1.E.5. Do not copy, display, perform, distribute or redistribute this -electronic work, or any part of this electronic work, without -prominently displaying the sentence set forth in paragraph 1.E.1 with -active links or immediate access to the full terms of the Project -Gutenberg-tm License. - -1.E.6. You may convert to and distribute this work in any binary, -compressed, marked up, nonproprietary or proprietary form, including any -word processing or hypertext form. However, if you provide access to or -distribute copies of a Project Gutenberg-tm work in a format other than -"Plain Vanilla ASCII" or other format used in the official version -posted on the official Project Gutenberg-tm web site (www.gutenberg.org), -you must, at no additional cost, fee or expense to the user, provide a -copy, a means of exporting a copy, or a means of obtaining a copy upon -request, of the work in its original "Plain Vanilla ASCII" or other -form. Any alternate format must include the full Project Gutenberg-tm -License as specified in paragraph 1.E.1. - -1.E.7. Do not charge a fee for access to, viewing, displaying, -performing, copying or distributing any Project Gutenberg-tm works -unless you comply with paragraph 1.E.8 or 1.E.9. - -1.E.8. 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Except for the limited right of replacement or refund set forth -in paragraph 1.F.3, this work is provided to you 'AS-IS' WITH NO OTHER -WARRANTIES OF ANY KIND, EXPRESS OR IMPLIED, INCLUDING BUT NOT LIMITED TO -WARRANTIES OF MERCHANTABILITY OR FITNESS FOR ANY PURPOSE. - -1.F.5. Some states do not allow disclaimers of certain implied -warranties or the exclusion or limitation of certain types of damages. -If any disclaimer or limitation set forth in this agreement violates the -law of the state applicable to this agreement, the agreement shall be -interpreted to make the maximum disclaimer or limitation permitted by -the applicable state law. The invalidity or unenforceability of any -provision of this agreement shall not void the remaining provisions. - -1.F.6. INDEMNITY - You agree to indemnify and hold the Foundation, the -trademark owner, any agent or employee of the Foundation, anyone -providing copies of Project Gutenberg-tm electronic works in accordance -with this agreement, and any volunteers associated with the production, -promotion and distribution of Project Gutenberg-tm electronic works, -harmless from all liability, costs and expenses, including legal fees, -that arise directly or indirectly from any of the following which you do -or cause to occur: (a) distribution of this or any Project Gutenberg-tm -work, (b) alteration, modification, or additions or deletions to any -Project Gutenberg-tm work, and (c) any Defect you cause. - - -Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg-tm - -Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of -electronic works in formats readable by the widest variety of computers -including obsolete, old, middle-aged and new computers. It exists -because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from -people in all walks of life. - -Volunteers and financial support to provide volunteers with the -assistance they need, are critical to reaching Project Gutenberg-tm's -goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will -remain freely available for generations to come. In 2001, the Project -Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure -and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations. -To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation -and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4 -and the Foundation web page at http://www.pglaf.org. - - -Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive -Foundation - -The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit -501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the -state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal -Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification -number is 64-6221541. Its 501(c)(3) letter is posted at -http://pglaf.org/fundraising. Contributions to the Project Gutenberg -Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent -permitted by U.S. federal laws and your state's laws. - -The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S. -Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered -throughout numerous locations. Its business office is located at -809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email -business@pglaf.org. Email contact links and up to date contact -information can be found at the Foundation's web site and official -page at http://pglaf.org - -For additional contact information: - Dr. Gregory B. Newby - Chief Executive and Director - gbnewby@pglaf.org - - -Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg -Literary Archive Foundation - -Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide -spread public support and donations to carry out its mission of -increasing the number of public domain and licensed works that can be -freely distributed in machine readable form accessible by the widest -array of equipment including outdated equipment. Many small donations -($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt -status with the IRS. - -The Foundation is committed to complying with the laws regulating -charities and charitable donations in all 50 states of the United -States. Compliance requirements are not uniform and it takes a -considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up -with these requirements. We do not solicit donations in locations -where we have not received written confirmation of compliance. To -SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any -particular state visit http://pglaf.org - -While we cannot and do not solicit contributions from states where we -have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition -against accepting unsolicited donations from donors in such states who -approach us with offers to donate. - -International donations are gratefully accepted, but we cannot make -any statements concerning tax treatment of donations received from -outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff. - -Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation -methods and addresses. Donations are accepted in a number of other -ways including checks, online payments and credit card donations. -To donate, please visit: http://pglaf.org/donate - - -Section 5. General Information About Project Gutenberg-tm electronic -works. - -Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm -concept of a library of electronic works that could be freely shared -with anyone. For thirty years, he produced and distributed Project -Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support. - - -Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed -editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S. -unless a copyright notice is included. Thus, we do not necessarily -keep eBooks in compliance with any particular paper edition. - - -Most people start at our Web site which has the main PG search facility: - - http://www.gutenberg.org - -This Web site includes information about Project Gutenberg-tm, -including how to make donations to the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to -subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks. - - -</pre> - +<div>*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK 43033 ***</div> </body> </html> diff --git a/old/43033-8.txt b/old/43033-8.txt deleted file mode 100644 index dc5efe8..0000000 --- a/old/43033-8.txt +++ /dev/null @@ -1,10957 +0,0 @@ -Project Gutenberg's La lucha por la vida; Mala hierba, by Pío Baroja - -This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with -almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or -re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included -with this eBook or online at www.gutenberg.org/license - - -Title: La lucha por la vida; Mala hierba - -Author: Pío Baroja - -Release Date: June 25, 2013 [EBook #43033] - -Language: Spanish - -Character set encoding: ISO-8859-1 - -*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA LUCHA POR LA VIDA; MALA HIERBA *** - - - - -Produced by Chuck Greif and the Online Distributed -Proofreading Canada Team at http://www.pgdpcanada.net (This -book was produced from scanned images of public domain -material from the Google Book Search project.) - - - - - - - Nota del transcriptor: La ortografía del original fue conservada. - - - - - LA LUCHA POR LA VIDA - - - - - - Mala Hierba. - - -OBRAS DEL MISMO AUTOR - -=Vidas sombrías=; un volumen. - -=La casa de Aizgorri=, novela en siete jornadas; ídem. - -=Aventuras, inventos y mixtificaciones de Silvestre Paradox=; ídem. - -=Camino de perfección= (=pasión mística=), novela; ídem. - -=El Mayorazgo de Labraz=, novela; ídem. - -=Idilios vascos=; con ilustraciones de F. Periquet y R. Baroja; ídem. - -LA LUCHA POR LA VIDA - -=La Busca= (novela); un vol. - -=Mala hierba= (novela); un vol. - -=Aurora roja= (novela); un vol. (en prensa). - - - - - LA LUCHA POR LA VIDA - - Mala Hierba - - NOVELA - - POR - - PIO BAROJA - - [imagen: colophon] - - MADRID - - LIBRERÍA DE FERNANDO FÉ. - - 1904 - - ES PROPIEDAD.--DERECHOS RESERVADOS - - - - - Mala hierba.[A] - - - - -PRIMERA PARTE - - - - -CAPÍTULO I - -El taller.--La vida de Roberto Hasting.--Alex Monzon. - - -Roberto se había levantado de la cama, y vestido con su traje de calle y -sentado á una mesa llena de papeles, escribía. - -El cuarto era una guardilla trastera, baja de techo, con una gran -ventana á un patio. El centro del cuarto lo ocupaban dos estatuas de -barro, de un armazón interior de alambre, dos figuras de más del tamaño -natural, descomunales y estrambóticas. Estaban ambas solamente -esbozadas, como si el autor no hubiera sabido acabarlas; eran dos -jigantes rendidos por el cansancio, los dos de cabeza pequeña y rapada, -pecho hundido, vientre abultado y largos brazos simiescos. Los dos -parecían agobiados por un abatimiento profundo. Frente á la ventana -ancha había un sofá, tapizado con una percalina floreada; en las sillas -y en el suelo se levantaban estatuas medio envueltas en trapos húmedos; -en un ángulo aparecía una caja, llena de pedazos secos de escayola, y en -un rincón un lebrillo con barro. - -De cuando en cuando Roberto miraba á un reloj de bolsillo colocado sobre -la mesa, entre los papeles; se levantaba y daba unos paseos por el -cuarto. Por la ventana, en las galerías de las casas de enfrente se -veían pasar mujeres desharrapadas y sucias; de la calle subía una -baraúnda ensordecedora de gritos de las verduleras y de los vendedores -ambulantes. - -A Roberto, sin duda, no le molestaba aquella continua algarabía, y al -cabo de poco rato se sentaba y seguía escribiendo. - - * * * * * - -Mientras tanto, Manuel subía y bajaba las casas de toda la calle en -busca de Roberto Hasting. - -Hallábase Manuel con decisión para intentar seriamente un cambio de -vida, se sentía capaz de tomar una determinación enérgica y dispuesto á -seguirla hasta el fin. - -Su hermana mayor, que acababa de casarse con un bombero, le regaló unos -pantalones rotos de su esposo, una chaqueta vieja y una bufanda raida. -Además, añadió á la donación una gorra de forma y de color absurdos, un -sombrero hongo anciano y algunos buenos y vagos consejos acerca del -trabajo, el cual, como nadie ignora, es el padre de todas las virtudes, -como el caballo es el más noble de todos los animales y la ociosidad la -madre de todos los vicios. - -Es muy posible, casi seguro, que Manuel hubiese preferido á estos buenos -y vagos consejos, á esta gorra de forma y color absurdos, á la chaqueta -vieja, al sombrero anciano, á la bufanda raida y á los pantalones rotos, -una pequeña cantidad de dinero, ya fuera en cuartos, en plata ó en -billetes. - -La juventud es así, no tiene norte ni guía; imprevisora siempre, concede -más valor á los dones materiales que á los espirituales, sin comprender -en su ignorancia absoluta que una moneda se gasta, un billete se cambia, -y las dos cosas pueden perderse, y en cambio un buen consejo ni se gasta -ni se pierde, ni se reduce á calderilla, y tiene además la ventaja de -que sin cuidarse de él para nada, dura eternamente, sin enmohecimiento -ni deterioro. Prefiriese una cosa ú otra, hay que confesar que Manuel -tuvo que contentarse con lo que le dieron. - -Con este lastre de los buenos consejos y de las malas prendas de vestir, -sin vislumbrar ni un cuarto de luz en su camino, Manuel repasó en la -memoria la corta lista de sus conocimientos, y pensó que de todos, el -único capaz de favorecerle era Roberto Hasting. - -Penetrado de esta verdad, para él muy importante, se dedicó á buscar á -su amigo. En el cuartel ya le habían perdido de vista hacía tiempo; doña -Casiana, la de la casa de huéspedes, á quien Manuel encontró en la -calle, no sabía las señas de Roberto, y le indicó que quizás el -Superhombre las supiera. - ---¿Sigue viviendo en su casa de usted? - ---No, estaba ya harta de que no me pagara. No sé dónde vive; pero le -encontrarás en _El Mundo_, un periódico de la calle de Valverde que -tiene un letrero en el balcón. - -Buscó Manuel el periódico de la calle de Valverde y lo encontró en -seguida; subió al piso principal de la casa, y se detuvo ante una puerta -cerrada con un cristal, en donde había grabados dos mundos, el antiguo y -el moderno. No había timbre ni llamador de campanilla, y Manuel se puso -á repiquetear con los dedos en el cristal, encima precisamente del nuevo -mundo, y en esta ocupación le sorprendió el mismísimo Superhombre, que -llegaba de la calle. - ---¿Qué haces aquí?--le dijo el periodista, mirándole de arriba á -abajo--¿Quién eres tú? - ---Yo soy Manuel, el hijo de la Petra, la de la casa de huéspedes, ¿no se -acuerda usted? - ---¡Ah, sí!... ¿y qué quieres? - ---Quisiera que me dijese usted si sabe dónde vive don Roberto, que creo -que ahora es periodista. - ---¿Y quién es don Roberto? - ---El rubio... el estudiante amigo de don Telmo. - ---¿El niño _litri_ aquél?... ¡yo qué sé! - ---¿Ni dónde trabaja tampoco? - ---Creo que da lecciones en la academia de Fischer. - ---No sé en qué sitio está esa academia. - ---Me parece que en la plaza de Isabel II--contestó el Superhombre de un -modo displicente, mientras abría la puerta de cristales con un llavín y -entraba. - -Manuel fué á la academia; aquí un ordenanza le dijo que Roberto vivía en -la calle del Espíritu Santo, en el número 21 ó 23, no sabía á punto -fijo, en un piso alto, donde había un estudio de escultor. - -Manuel buscó la calle del Espíritu Santo; la geografía de esta parte de -Madrid le era un tanto desconocida. Tardó en dar con la calle, que -estaba en aquellas horas animadísima; las verduleras, colocadas en fila -á los lados de la calle, anunciaban sus judías y sus tomates á voz en -grito; las criadas pasaban con sus cestas al brazo y sus delantales -blancos; los horteras echaban un párrafo recostados en la puerta de la -tienda con la cocinera guapa; corrían los panaderos entre la gente con -la cesta en equilibrio sobre la cabeza, y el ir y venir de la gente, el -gritar de unos y de otros formaba una baraúnda ensordecedora y un -espectáculo abigarrado y pintoresco. - -Manuel, abriéndose paso entre el gentío y las cestas de tomates, -preguntó por Roberto en los números que le indicaron; no le conocían las -porteras, y no tuvo más remedio que subir hasta los pisos altos y -enterarse allí. - -Después de varias ascensiones dió con el estudio del escultor. En el -extremo de una escalera sucia y obscura se encontró con un pasillo en -donde charlaban unas cuantas viejas. - ---¿Don Roberto Hasting? ¿Uno que vive en el taller de un escultor? - ---Será ahí en esa puerta. - -La entreabrió Manuel, se asomó y vió á Roberto escribiendo. - ---Hola, ¿eres tú?--dijo Roberto--. ¿Qué hay? - ---Pues venía á verle á usted. - ---¿A mí? - ---Sí, señor. - ---¿Qué te pasa? - ---Que me he quedado parado. - ---¿Cómo parado? - ---Sin trabajo. - ---¿Y tu tío? - ---¡Oh, ya hacía tiempo que no estaba allí! - ---¿Y cómo ha sido eso? - -Manuel contó sus cuitas. Luego, viendo que Roberto seguía escribiendo -rápidamente, se calló. - ---Puedes seguir--murmuró Hasting--, te oigo mientras escribo; tengo que -concluir un trabajo para mañana y necesito correr, pero te oigo. - -Manuel, á pesar de la indicación, no siguió hablando. Miró los dos -jigantones derrengados que ocupaban el centro del taller y quedó -sorprendido. Roberto, que notó el asombro de Manuel, le preguntó riendo: - ---¿Qué te parece eso? - ---Qué sé yo. Da miedo. ¿Qué quieren decir esos hombres? - ---El autor los llama Los Explotados. Quiere dar á entender que son los -hombres á quienes agota el trabajo. Poco oportuno el asunto para España. - -Roberto siguió escribiendo. Manuel separó la vista de los dos figurones -y la dirigió por el cuarto. No tenía aspecto de riqueza, ni siquiera de -comodidad; Manuel pensó que el estudiante no marchaba bien en sus -asuntos. - -Roberto echó una rápida mirada á su reloj, dejó la pluma, se levantó, y -paseó por el cuarto. Contrastaba su elegancia con el aspecto miserable -del cuarto. - ---¿Quién te ha dicho dónde vivía?--preguntó. - ---En una academia. - ---¿Y quién te ha indicado la academia? - ---El Superhombre. - ---¡Ah! El divino Langairiños... Y dime: ¿desde cuándo estás sin trabajo? - ---Desde hace unos días. - ---¿Y qué piensas hacer? - ---Pues estar á lo que salga. - ---¿Y si no sale nada? - ---Creo que algo saldrá. - -Roberto sonrió burlonamente. - ---¡Qué español es eso! Estar á lo que salga. Siempre esperando... Pero, -en fin, tú no tienes la culpa. Oye. Si estos días no encuentras sitio -donde dormir, quédate aquí. - ---Bueno, muchas gracias. ¿Y la herencia de usted, don Roberto? ¿Cómo va? - ---Marchando poco á poco. Antes de un año me ves rico. - ---Me alegraré. - ---Ya te dije que me figuraba que había un enredo de los curas en esta -cuestión; pues, efectivamente, así es. Don Fermín Núñez de Letona, el -cura, fundó diez capellanías para parientes suyos que llevaran su -apellido. Sabiendo esto pregunté por estas capellanías en el Obispado; -no sabían nada; pedí varias veces la partida de bautismo de don Fermín á -Labraz; me dijeron que allí no aparecía tal nombre. Para aclarar este -asunto he ido hace un mes á Labraz. - ---¿Ha estado usted fuera de Madrid? - ---Sí; he gastado mil pesetas. En la situación en que me encuentro, -figúrate lo que representan mil pesetas para mí; pero no he tenido -ningún inconveniente en gastarlas. He ido, como te decía, á Labraz; he -visto el libro de partidas en la iglesia vieja y me he encontrado con -que hay un salto en el libro desde el año 1759 al 60. ¿Qué es esto?, me -dije. Miré, volví á mirar, no había señal de hoja arrancada; la -numeración de los folios estaba bien, pero los años no concordaban y, -¿sabes lo que pasa?, que una hoja está pegada á otra. Después fuí al -Seminario de Pamplona y conseguí encontrar una lista de los alumnos que -estudiaron á fines del siglo XVIII y allí está don Fermín, y pone: Núñez -de Letona, Labraz (Alava). De manera que la partida de bautismo de don -Fermín se encuentra en la hoja pegada. - ---¿Y por qué no ha hecho usted que la despeguen? - ---No; ¿quién sabe lo que puede suceder?, podría levantar la caza. El -libro queda allá. Yo he mandado á Londres mi escrito; cuando venga el -exhorto, el Juzgado nombrará tres peritos que irán á Labraz y, ante -ellos y ante el Juez y el Notario, se despegará la hoja. - -Roberto, como siempre que hablaba de su fortuna, iba exaltándose; su -imaginación le hacía ver perspectivas admirables de riqueza, de lujo, -de viajes maravillosos. En medio de sus entusiasmos y de sus ilusiones -apareció el hombre práctico; miró al reloj, se calmó en un instante, y -se puso á escribir de nuevo. - -Manuel se levantó. - ---¿Qué, te vas?--le dijo Roberto. - ---Sí; ¿qué voy á hacer aquí? - ---Si no tienes para almorzar toma una peseta. No tengo más. - ---¿Y usted? - ---Yo como en casa de un discípulo. Oye, si vienes á dormir, adviérteselo -á mi compañero. Estará aquí dentro de un momento. Aún no se ha -levantado. Se llama Alejo Monzon, pero le llaman Alex. - ---Bueno; sí, señor. - -Almorzó Manuel pan y queso y volvió al poco rato al taller. Un hombre -rechoncho, de barba negra y espesa, cubierto con una blusa blanca, la -pipa en la boca, modelaba en plastelina una Venus desnuda. - ---¿Usted es don Alejo?--le preguntó Manuel. - ---Sí, ¿que hay? - ---Yo soy amigo de don Roberto, y he venido á verle hoy y le he dicho que -no tenía trabajo ni casa, y él me ha indicado que podía dormir aquí. - ---Tendrás que acostarte en el sofá--dijo el de la blusa blanca--, porque -no hay otra cama. - ---No importa. Estoy acostumbrado. - ---¡Qué! ¿Tú tienes algo que hacer? - ---Yo no. - ---Anda, entonces ponte sobre la tarima; me servirás de modelo. Siéntate -en esta caja. Así. Ahora apoya la cabeza en la mano como si estuvieras -pensando en algo. Bueno. Está bien. La mirada más alta. Eso es. - -El escultor se sentó, machacó de un puñetazo la Venus que estaba -modelando y comenzó á levantar otra figura. - -Manuel se cansó pronto de posar y se lo advirtió así á Alex, quien le -dijo que descansara. - -A media tarde entraron en la guardilla una porción de muchachos amigos -del escultor; dos de ellos se pusieron en mangas de camisa y comenzaron -á amontonar barro en una mesa; un melenudo se sentó en un sofá. Llegaron -poco después otros y comenzaron todos á charlar á voz en grito. - -Hablaron y discutieron una porción de cosas, de pintura, de escultura, -de comedias. Manuel pensó que debían de ser personas importantes. - -Habían clasificado al mundo. Tal, era admirable; Cuál, detestable; H, un -genio; B, un imbécil. - -No les gustaba, sin duda, las medias tintas ni los términos medios; -parecían árbitros de la opinión, juzgadores y sentenciadores de todo. - -Al anochecer se prepararon para salir. - ---¿Tú te vas?--preguntó el escultor á Manuel. - ---Saldré un momento á cenar. - ---Bueno; ahí tienes la llave. Yo vendré á eso de las doce y llamaré. - ---Está bien. - -Manuel comió otra ración de pan y queso y dió un paseo después por las -calles y, entrada la noche, volvió al taller. Hacía frío allá arriba, -más frío que en la calle. Se acercó á tientas al sofá, se tendió y -esperó á que vinera el escultor. Cerca de la una llamó y le abrió -Manuel. - -Alex venía ceñudo. Se metió en su alcoba, encendió una vela y anduvo -paseando por el estudio hablando solo. - ---Ese imbécil de Santiuste--le oyó murmurar Manuel--que dice que el no -concluir una obra de arte es señal de impotencia. ¡Y me miraba á mí! -Pero, ¿por qué le haré caso yo á ese idiota? - -Nadie pudo dar al escultor una contestación satisfactoria, y siguió -paseando por el cuarto lamentándose en voz alta de la estupidez y de la -envidia de sus compañeros. - -Después, ya apaciguada su cólera, cogió la bujía, la acercó al grupo de -Los Explotados y lo miró durante largo tiempo con curiosidad. Vió que -Manuel no dormía y le preguntó cándidamente: - ---¿Has visto tú algo más colosal que esto? - ---Es una cosa muy rara--contestó Manuel. - ---¡Sí es!--replicó Alex--. Tiene la rareza de todo lo genial. Yo no sé -si habrá alguien en el mundo capaz de hacer esto. Quizás Rodín, Hum... -¿quién sabe? ¿Dónde te figuras tú que pondría yo este grupo? - ---No sé. - ---En un desierto. Sobre un pedestal de granito cuadrado, tosco, sin -adornos. ¡Qué efecto produciría, eh! - ---Ya lo creo. - -El asombro de Manuel lo tomó Alex por admiración, y con la bujía en la -mano fué quitando los paños que cubrían sus estatuas y enseñándoselas. - -Eran figuras espantables y monstruosas: viejas encogidas con los -pellejos lacios y los brazos hasta los tobillos, hombres que parecían -buitres, chiquillos jorobados y deformes, unos de cabeza muy grande, -otros de cabeza muy chica, cuerpos todos sin proporción ni armonía. -Manuel sospechó si aquella fauna monstruosa sería una broma de Alex; -pero el escultor hablaba entusiasmado y explicaba por qué sus figuras no -tenían la estúpida corrección académica tan alabada por los imbéciles. -Todas eran símbolos. - -Después de mostrar sus obras, Alex se sentó en una silla. - ---No me dejan trabajar--exclamó con abandono--y lo siento, no creas que -por mí, sino por el arte. Si Alejo Monzon no triunfa, la escultura en -Europa retrocede cien años. - -Manuel no podía decir lo contrario, y se echó en el sofá á dormir. - -Al día siguiente cuando se despertó, Roberto estaba ya vestido -elegantemente y escribiendo en su mesa. - ---¿Está usted ya levantado?--le dijo Manuel con asombro. - ---Hay que madrugar, amigo--contestó Roberto--, yo no soy de los que -están á lo que salga. No viene la montaña á mí, pues yo voy á la -montaña, no hay más remedio. - -Manuel no entendió bien lo que quería decir Roberto con esto de la -montaña, y desperezándose se levantó del sofá. - ---Anda, le dijo Roberto--, ve por un café con media tostada. - -Salió Manuel y volvió en seguida. Desayunaron los dos. - ---¿Quiere usted alguna cosa más?--preguntó Manuel. - ---No, nada. - ---¿No piensa usted volver hasta la noche? - ---No. - ---¿Tantas cosas tiene usted que hacer? - ---Muchas, ya lo creo. Ahora, después de traducir invariablemente diez -páginas, voy á la calle de Serrano á dar una lección de inglés; de aquí -tomo el tranvía y marcho al final de la calle de Mendizábal, vuelvo al -centro, me meto en la casa editorial y corrijo las pruebas de la -traducción. Salgo á las doce, voy á mi restaurant, como, tomo café, -escribo mis cartas á Inglaterra y á las tres estoy en la academia de -Fischer. A las cuatro y media voy al colegio protestante. De seis á ocho -paseo, á las nueve ceno, á las diez estoy en el periódico y á las doce -en la cama. - ---¡Qué barbaridad! Pero entonces usted ganará mucho--dijo Manuel. - ---De 80 á 90 duros. - ---¿Y vive usted aquí? - ---Es que tú ves los ingresos, pero no los gastos. Tengo que enviar todos -los meses 30 duros á mi familia para que mi madre y mis dos hermanas -vayan viviendo. El proceso me lleva mensualmente 15 ó 20 duros, y con lo -demás voy pasando. - -Manuel contempló con admiración profunda á Roberto. - ---Pues hijo--exclamó Roberto--, para vivir no hay más remedio. Y es lo -que debes hacer tú, buscar, preguntar, correr, trotar, algo encontrarás. - -Manuel pensó que aunque le hubiesen prometido ser rey, no era capaz él -de desenvolver una actividad semejante, pero se calló. - -Esperó á que se levantara el escultor y hablaron los dos largamente de -las dificultades de la vida. - ---Mira, por ahora me sirves de modelo--dijo Alex--, y ya encontraremos -alguna combinación para comer. - ---Bueno, sí señor, como usted quiera. - -Alex tenía crédito en la tahona y en la tienda de ultramarinos, y -calculó que la alimentación de Manuel le resultaría más barata que pagar -un modelo. Los dos se decidieron á alimentarse de conservas y de pan. - -No era el escultor perezoso, ni mucho menos, pero no tenía constancia en -el trabajo, ni dominaba su arte; no sabía concluir sus figuras, y viendo -que al ir á detallarlas los defectos iban apareciendo con más fuerza, -las dejaba sin terminar. Su orgullo le hacía creer después que el -modelar exactamente un brazo ó una pierna era una labor indigna y -decadente, y sus amigos, en quienes se daba la misma impotencia para el -trabajo, corroboraban su idea. - -Manuel no se preocupaba de cuestiones artísticas, pero muchas veces -pensó que las teorías del escultor, más que convencimientos suyos, -parecían pantallas para ocultar sus defectos. - -Hacía un retrato ó un busto, y se le decía: No se le parece, y él -contestaba: Eso es lo de menos, y en todo pasaba lo mismo. - -Manuel se fué aficionando á las reuniones del estudio por la tarde, y -escuchaba con atención lo que decían los amigos de Alex. - -Dos ó tres eran escultores, otros pintores y literatos. Ninguno de ellos -conocido. Pasaban el tiempo correteando de teatro en teatro y de café en -café, reuniéndose en cualquier parte, para tener el gusto de hablar mal -de los amigos. Fuera de esta conversación en la cual todos concretaban -admirablemente, en las demás se divagaba con placidez. Era un continuo -discutir y proyectar, afirmar hoy, negar mañana, que á Manuel, que no -tenía base alguna de juicio, le despistaba por completo; no comprendía -si hablaban en serio ó en broma; les oía cambiar de opinión á cada -momento y le chocaba cómo uno mismo podía defender cosas tan -contradictorias. - -A veces una alusión embozada, un juicio acerca de éste ó del otro -exasperaba á todos los de la reunión de tal manera, que entonces cada -palabra tenía un retintín rabioso, y por debajo de las frases más -sencillas se notaba que latía el odio, la envidia y la intención -mortificante y agresiva. - -En medio de aquellos jóvenes, casi todos de una mordacidad venenosa, -solían acudir al taller dos tipos que permanecían tranquilos é -indiferentes en medio del furor de las discusiones. Uno era ya algo -viejo, grave, enjuto; se llamaba D. Servando Arzubiaga; el otro, de la -misma edad que Alex, se apellidaba Santín. Don Servando, aunque -literato, no tenía vanidad literaria, ó si la tenía era tan honda, tan -subterránea, que no se le notaba. - -Acudía al taller á distraerse, y fumando cigarrillos solía escuchar los -diversos pareceres de unos y otros, sonriendo á las exageraciones, -terciando en la conversación con alguna palabra conciliadora. - -Bernardo Santín, el más joven de los contertulios indiferentes, no -hablaba; le era muy difícil comprender que por una cuestión puramente -literaria ó artística pudiesen reñir de aquella manera. - -Santín era flaco, tenía la cara correcta, la nariz afilada, los ojos -tristes, el bigote rubio y la sonrisa insípida. Se pasaba este hombre -copiando cuadros en el Museo y cada vez lo hacía peor; pero desde que -comenzó á frecuentar el estudio de Alex, las pocas aficiones al trabajo -las había perdido por completo. - -Una de sus manías era hablar de tú á todo el mundo. A la tercera ó -cuarta vez de ver á una persona ya la tuteaba. - -Los conciliábulos en el estudio de Alex se conoce que no bastaban á los -bohemios, porque de noche volvían á reunirse en el café de Lisboa. -Manuel, sin ser considerado como uno de ellos, era aceptado en la -reunión, aunque sin voz ni voto. - -Por lo mismo que no hablaba se fijaba más en lo que oía. - -Eran casi todos ellos de malos instintos y de aviesa intención. Sentían -la necesidad de hablar mal unos de otros, de injuriarse, de perjudicarse -con sus maquinaciones y sus perfidias, y al mismo tiempo necesitaban -verse y hablarse. Tenían, como las mujeres, el afán de complicar la vida -con miserias y pequeñeces, la necesidad de vivir y desenvolverse en un -ambiente de murmuraciones y de intrigas. - -Roberto pasaba por en medio de ellos tranquilo, indiferente; sin hacer -caso de sus proyectos, ni de sus discusiones. - -Manuel creyó comprender que á Roberto le molestaba verle tan metido en -la vida bohemia, y para congraciarse con él, una mañana le acompañó -hasta la casa en donde daba su lección de inglés. Le contó por el camino -que había hecho una porción de gestiones infructuosas para buscar -trabajo, y le preguntó qué marcha debía seguir en adelante. - ---¿Qué? Ya te he dicho varias veces lo que debes hacer--contestó -Roberto--; buscar, buscar y buscar. Luego trabajar hasta echar el alma -por la boca. - ---¡Pero si no tengo en dónde! - ---Siempre hay donde trabajar si se quiere. Pero hay que querer. Saber -desear con fuerza es lo primero que se debe aprender. Tú me dirás que no -deseas más que vegetar de cualquier modo; pues ni eso conseguirás, y si -te reúnes con los que vienen aquí al estudio, además de vago concluirás -en sinvergüenza. - ---¿Pero ellos?... - ---Ellos yo no sé si han hecho ó no indignidades; como comprenderás, eso -á mí no me va ni me viene; pero cuando un hombre no puede comprender -nada en serio, cuando no tiene voluntad, ni corazón, ni sentimientos -altos, ni idea de justicia ni de equidad, es capaz de todo. Si esta -gente tuviera un talento excepcional, podrían ser útiles y hacer su -carrera, pero no lo tienen; en cambio han perdido las nociones morales -del burgués, los puntales que sostienen la vida del hombre vulgar. Viven -como hombres que poseyeran de los genios sus enfermedades y sus vicios, -pero no su talento ni su corazón; vegetan en una atmósfera de pequeñas -intrigas, de mezquindades torpes. Son incapaces de realizar una cosa. -Quizás haya algo genial, yo no digo que no, en esos monstruos de Alex, -en esas poesías de Santillana; pero eso no basta, hay que ejecutar lo -que se ha pensado, lo que se ha sentido, y para eso se necesita el -trabajo diario, constante. Es como un niño que nace, y la comparación, -aunque sea vieja, es exacta: la madre lo pare con dolor, luego le -alimenta en su pecho y le cuida hasta que crece y se hace fuerte. Esos -quieren hacer de golpe y porrazo una obra hermosa, y no hacen más que -hablar y hablar. - -Roberto se detuvo para tomar aliento, y continuó con más dulzura. - ---Aun así, ellos tienen la ventaja de estar en la corriente, se conocen -unos á otros, conocen á los periodistas, y, amigo, la prensa hoy es una -fuerza brutal. Pero tú no, tú no puedes acercarte á la prensa; -necesitarías siete ú ocho años de preparación, de buscar amistades, -recomendaciones. Y mientras tanto, ¿de qué comes? - ---No, si yo no quiero ser como ellos. Yo ya sé que soy un obrero. - ---¡Obrero! ¡Quia! Ojalá lo fueras. Hoy no eres más que un vago y debes -hacerte obrero. Lo que soy yo, lo que somos todos los que trabajamos. -Muévete, actívate. Ahora la actividad para ti es un esfuerzo; haz algo; -repite lo que hagas, hasta que la actividad sea para ti una costumbre. -Convierte tu vida estática en vida dinámica. ¿No me entiendes? Quiero -decirte que tengas voluntad. - -Manuel contempló á Roberto desanimado; hablaban los dos en distinto -idioma. - - - - -CAPÍTULO II - -La señorita Esther Volowitch.--Una boda.--Manuel, aprendiz de fotógrafo. - - -A pesar de los consejos de Roberto, Manuel siguió sin buscar ni hacer -nada útil, sirviendo de modelo á Alex y de criado á todos los demás que -se reunían en el estudio. - -Algunas veces, al pensar en las recomendaciones de Roberto, se indignaba -en contra de él. - ---Yo ya sé--pensaba--que no tengo su arranque, que no soy capaz de hacer -lo que hace él. Pero su consejo es una tontería, al menos para mí. Me -dice:--Ten voluntad,--Pero ¿si no la tengo?--Hazla. Es como si me -dijesen que tuviera un palmo más de estatura. ¿No sería mejor que me -buscase un sitio donde trabajar? - -Manuel comenzó á sentir odio por Roberto. Esquivaba el encontrarse á -solas con él; le daba rabia que en vez de proporcionarle algo, cualquier -cosa, saliera del paso con un consejo metafísico imposible de llevar á -la práctica. - -Seguían los bohemios su vida desordenada, en su continuo proyectar, -cuando hubo en la reunión una baja, la de Santín. Un día faltó al café, -al siguiente no apareció por el estudio, y en un par de semanas no se le -vió el pelo. - ---¿Dónde andará ese ganso?--se preguntaron todos. - -Nadie lo sabía. - -Una noche Varela, uno de los literatos, dijo que había visto á Bernardo -Santín paseando por Recoletos con una señorita rubia que parecía -inglesa. - ---¡Rediez con los tontos!--exclamó uno. - ---Eso es cosa vieja--repuso otro--. Ya lo dijo Schopenhauer, los fatuos -son los que tienen más éxito con las mujeres. - ---¿De dónde habrá sacado esa inglesa? - ---¡La ingle esa!... ¡Como no haya sido de la ingle!--dijo un jovencito, -aprendiz de sainetero. - ---¡Uf! Se va uno á intoxicar aquí con esos chistes--gritaron varios al -mismo tiempo. - -Se pasó á hablar de otra cosa. A los tres días de esta conversación -apareció Santín en el café. Se le obsequió con un recibimiento -estrepitoso, haciendo sonar las cucharillas y los platillos. Cuando -terminó la ovación, le preguntaron: - ---¿Quién es esa inglesa? - ---¿Qué inglesa? - ---¡Esa chica rubia con quien te paseas! - ---Es mi novia; pero no es inglesa. Es polaca. Es una muchacha á la que -he conocido en el Museo. Da lecciones de francés y de inglés. - ---¿Y cómo se llama? - ---Esther. - ---Buena cosa para invierno--saltó el aprendiz de sainetero. - ---¿Por qué?--preguntó Bernardo. - ---Toma, porque una estera abriga mucho las habitaciones. - ---¡Eh! ¡Eh! ¡Fuera! ¡Fuera!--gritaron todos. - ---¡Gracias! ¡Gracias, amado pueblo!--replicó impertérrito el jovencito. - -Santín contó cómo había conocido á la polaca. Todos sentían alguna -envidia por el éxito de Bernardo, y se encargaron de amargarle su -triunfo, insinuando que la polaca podía ser una aventurera, podía tener -cincuenta años, podía haber tenido dos ó tres chiquillos con algún -carabinero... Bernardo, que comprendió la mala intención, no volvió á -presentarse en el café. - -Un par de semanas después muy temprano aún dormía Manuel en el sofá del -estudio, y Roberto, según costumbre, traducía sus diez páginas, lo que -constituía su tarea diaria, cuando se abrió la puerta del estudio y -apareció Bernardo. Se despertó Manuel al ruido de los pasos, pero se -hizo el dormido. - ---¿A qué vendrá éste?--se preguntó. - -Bernardo saludó á Roberto y se puso á andar á un lado y á otro del -estudio. - ---Qué temprano vienes. ¿Pasa algo?--dijo Hasting. - ---Chico--murmuró Santín deteniéndose en su paseo--, te tengo que dar una -noticia muy seria. - ---¿Qué hay? - ---Que me caso. - ---¡Que te casas tú! - ---Sí. - ---¿Con quién? - ---¡Con quién ha de ser! Con una mujer. - ---Me lo figuro. ¿Pero tú estás loco? - ---¿Por qué? - ---¿Con qué vas á mantener á tu mujer? - ---¡Hombre... algo gano pintando! - ---¡Pero qué has de ganar tú! No ganas dos perras gordas. - ---Eso te parece á ti... Además, mi novia da lecciones. - ---Y piensas vivir á su costa... Vamos, lo comprendo. - ---No, no, señor. No pienso vivir á su costa. Voy á poner una fotografía. - ---¡Una fotografía! ¿Tú? ¡Si no sabes hacer retratos! - ---Nada. Yo no sé nada, según tú. Pues habrá otros más brutos que yo que -hagan retratos. No creo que para ser fotógrafo se necesite ser un -genio. - ---No; pero se necesita saber, y tú no sabes. - ---Ya verás, ya verás como sé, hombre. - ---Además, se necesita dinero. - ---El dinero lo tengo. - ---¿Quién te lo ha dado? - ---Una persona. - ---¡Qué suerte tienes, chico! - ---Ahí verás. - ---¿A que le has sacado ese dinero á tu novia? - ---No. - ---¡Bah! No me engañes. - ---Te digo que no. - ---Y yo te digo que sí. ¿Quién te iba á dar el dinero si no? Una persona -cualquiera se enteraría primero de tus conocimientos fotográficos, de si -habías trabajado en algún taller; exigiría pruebas de tu habilidad. Sólo -una mujer puede creer así, bajo la palabra de uno. - ---Es una mujer la que me presta el dinero, pero no es mi novia. - ---Bueno. No me vengas con embustes. No creo que habrás venido á contarme -unas cuantas bolas. - -Roberto, que había dejado de escribir, reanudó su tarea. - -Bernardo no contestó y siguió paseando por el cuarto. - ---¿Te falta mucho?--preguntó de repente, parándose. - ---Dos páginas. Si tienes que decirme algo, te escucho. - ---Pues mira, la cuestión es ésta. El dinero, efectivamente, es de mi -novia. Ella me lo ofreció.--¿Qué podríamos hacer con esto?--me dijo. Y á -mí se me ocurrió el instalar la fotografía. He alquilado un piso cuarto, -con un taller muy hermoso, en la calle de Luchana, y tengo que arreglar -la casa y la galería. Y la verdad, la galería yo no sé cómo arreglarla, -porque hay que poner cortinas... Pero no sé cómo. - ---Es raro eso en un fotógrafo, hombre, no saber cómo se arregla una -galería. - ---Yo sé manejar la máquina. - ---Vamos, tú sabes lo que sabe todo el mundo, apuntar, dar al resorte y -lo demás... que lo haga otro. - ---No; también sé lo demás. - ---¿Sabrías reforzar una placa? - ---Sí, ya lo creo que lo sabría. - ---¿Cómo? - ---¿Cómo?... Pues lo vería en un manual. - ---¡Qué fotógrafo! Estás engañando á tu novia de una manera miserable. - ---Ella lo ha querido. Yo no sabré nada, pero ya aprenderé. Lo que quiero -ahora es que escribas á estas dos casas de Alemania que traigo aquí -apuntadas, pidiendo catálogos de máquinas y de los demás aparatos de -fotografía. Además quisiera que pasaras por mi casa, porque tú, con tu -talento, me puedes dar una idea. - ---Me adulas de una manera indecente. - ---No, es la verdad; tú entiendes de esas cosas. Conque ¿irás? - ---Bueno, iré algún día. - ---Sí, vete. La verdad, créeme, me quiero hacer una persona decente y -trabajar, para que mi pobre padre pueda vivir en la vejez tranquilo. - ---Hombre, me parece bien. - ---Oye otra cosa. Este muchacho que tenéis aquí, ¿os sirve? - ---¿Por qué? - ---Porque yo me lo podía llevar á mi casa, y allí podría aprender el -oficio. - ---Mira, también eso me parece bien. Llévatelo. - ---¿Querrá Alex? - ---Con tal de que quiera el chico. - ---¿Le hablarás? - ---Sí, ahora mismo. - ---¿Cuento con que escribirás esas cartas? - ---Sí. - ---Bueno; me voy, que tengo que comprar unos cristales. ¡Háblale al -chico! - ---Descuida. - ---Gracias por todo. Y vete por mi casa, ¿eh? Mira que de eso depende mi -porvenir y el de mi padre. - ---Iré por allá. - -Bernardo estrechó las manos de su amigo con efusión y se fué. Roberto, -al terminar de escribir, llamó. - ---¡Manuel! - ---¿Qué? - ---Estabas despierto, ¿eh? - ---Sí, señor. - ---¿Has oído la conversación? - ---Sí, señor. - ---Pues si quieres, ya sabes. Ahí tienes un oficio que aprender. - ---Iré, si le parece á usted bien. - ---Lo que tú quieras. - ---Entonces voy ahora mismo. - -Manuel dejó la guardilla de Roberto sin despedirse de Alex y se marchó -en busca de Bernardo Santín, á la calle de Luchana. Era la casa piso -tercero, pero con el entresuelo y el principal resultaba quinto. Llamó -Manuel y le abrió un viejo de ojos encarnados, el padre de Bernardo. Le -explicó á lo que iba, y el viejo se encogió de hombros y se fué á la -cocina en donde estaba guisando. Manuel esperó á que llegara Bernardo. -La casa estaba todavía sin muebles; sólo había una mesa y unos cuantos -cacharros en la cocina y en un cuarto grande dos camas. Llegó Bernardo, -almorzaron los tres y dispuso Santín que el muchacho pidiera una -escalera al portero y se dedicase á sujetar y á componer los cristales -de la galería. - -Después de dar estas órdenes, dijo que le esperaban y se fué. - -Manuel el primer día se lo pasó en lo alto de una escalera sujetando los -cristales con listas de plomo y los rotos con tiras de papel. - -Le costó mucho tiempo el arreglar los cristales; después Manuel colocó -las cortinas y empapeló la galería con papel continuo de color azulado. - -A la semana ó cosa así apareció Roberto con los catálogos. Marcó con -lápiz las cosas necesarias que se habían de traer, y le dijo á Bernardo -cómo debía poner el laboratorio; le señaló un sitio en donde era -conveniente hacer un tragaluz para poner las placas al sol y sacar las -positivas, y le indicó otra porción de cosas. Bernardo se fijó en lo que -le decía, y transmitió el encargo á Manuel. Bernardo, además de ser poco -inteligente, era un gandul completo. No hacía absolutamente nada. Sólo -cuando venía su novia á ver cómo marchaban los trabajos, fingía estar -atareado. - -Era la novia muy simpática; á Manuel le pareció hasta bonita, á pesar de -tener el pelo rojo, y las pestañas y las cejas del mismo color. Tenía -una carita blanca, algo pecosa, la nariz sonrosada, respingona, los ojos -claros y los labios tan rojos y tan bonitos que despertaban el deseo de -besarlos. Era de pequeña estatura, pero estaba muy bien formada. Hablaba -rozando las erres y convirtiendo las ces en eses. - -Parecía bastante enamorada de Bernardo, lo que á Manuel le chocó. - ---Es que no le conoce--pensó. - -Bernardo, con un convencimiento absoluto de su propia ciencia, le -explicaba á la muchacha los trabajos que hacía, cómo iba á poner el -laboratorio. Lo que oía á Roberto se lo espetaba á su novia con un -descaro inaudito. La muchacha lo encontraba todo muy bien; sin duda se -prometía un porvenir risueño. - -Manuel, que comprendía el timo que estaba dando Bernardo, pensaba si no -sería una obra de caridad advertirle á la rubia que su novio era un -zascandil que no servía para nada; pero ¡quién le metía á él en esto! - -Bernardo se llevaba la gran vida; paseaba, compraba alhajas en las casas -de préstamos, jugaba en el Frontón Central. Si algo hacía en casa era -dar disposiciones contradictorias y embarullarlo todo. Mientras tanto el -padre, indiferente, guisaba en la cocina y se pasaba el día entero -machacando en el almirez ó picando en el tajo. - -Manuel iba á la cama tan cansado que se dormía en seguida; pero una -noche en que no se durmió tan pronto, oyó en el otro cuarto á Bernardo -que decía:--Voy á mataros--. ¿Le mata?--preguntó la voz del viejo de los -ojos encarnados--. Espera--replicó el hijo--, me has interrumpido, y -volvió á comenzar nuevamente la lectura, porque no se trataba más que de -una lectura, hasta llegar otra vez al: Voy á mataros. En las noches -siguientes continuó Bernardo leyendo con un tono terrible. Era este sin -duda su único trabajo. - -Bernardo no tenía más preocupación que su padre; lo demás le era -completamente indiferente; le había sacado el dinero á su novia y vivía -con aquel dinero y lo gastaba como si fuera suyo. Cuando llegaron la -máquina y los demás artefactos de fotografía de Alemania, al principio -se entretuvo en impresionar placas que reveló Roberto; pronto se aburrió -de esto y no hizo nada. - -Era torpe y bruto hasta la exageración; no hacía más que necedades, -abrir la linterna cuando se estaban revelando las placas, confundir los -frascos. Roberto se exasperaba al ver que no ponía ningún cuidado. - -Mientras tanto adelantaban los preparativos de la boda, Manuel y -Bernardo fueron varias mañanas al Rastro y compraron fotografías de -actrices hechas en París por Reutlinger, despegaron de la cartulina el -retrato y lo volvieron á pegar en otros cartones con la firma _Bernardo -Santín, fotógrafo_, puesta al margen con letras doradas. - -En Noviembre se celebró la boda en la iglesia de Chamberí. Roberto no -quiso asistir, pero el mismo Bernardo fué á buscarle á casa y no tuvo -más remedio que tomar parte en la fiesta. Después de la ceremonia fueron -á comer á un café de la Glorieta de Bilbao. - -Los comensales eran: dos amigos del padre del novio, uno de ellos -militar retirado; la patrona en cuya casa vivía la novia, con su hija; -un primo de Bernardo, su mujer y Manuel. - -Roberto comenzó á hablar con la novia y le pareció muy simpática y -agradable; hablaba muy bien el inglés y cambiaron los dos algunas frases -en este idioma. - ---Es una lástima que se case con esta mastuerzo--pensó Roberto. - -En la comida uno de los viejos comenzó á soltar una porción de -indecencias que hicieron ruborizar á la novia; Bernardo, que bebió -demasiado, dió bromas á la mujer de su primo y lo hizo con la pesadez y -la falta de gracia que le caracterizaba. - -La vuelta de la boda á la casa, al anochecer, fué melancólica. Bernardo -se sentía valiente y quería hacer graciosidades. Esther hablaba con -Roberto de su madre que había muerto, de la soledad en que vivía. - -Al llegar al portal se despidieron los invitados de los novios, y al ir -á marcharse Roberto, Bernardo se le acercó y con voz apagada y débil le -confesó que tenía miedo de quedarse solo con su mujer. - ---Hombre, no seas idiota. Entonces, ¿para qué te has casado? - ---No sabía lo que hacía. Anda, acompáñame un momento. - ---Pues ¡vaya una gracia que le haría á tu mujer! - ---Sí, le eres muy simpático. - -Roberto contempló con atención á su amigo y no le miró la frente porque -no le gustaban las bromas. - ---Sí, hombre, acompáñame. Hay otra cosa además. - ---¿Pues qué hay? - ---Que no sé aún nada de fotografía y quisiera que vinieras una semana ó -dos. ¡Por favor te lo pido! - ---No puede ser, yo tengo que dar mis lecciones. - ---Ven aunque no sea más que á la hora de comer. Comerás con nosotros. - ---Bueno. - ---Y ahora sube un instante, por favor. - ---No, ahora no subo--, y Roberto dió media vuelta y se fué. - -En los días posteriores Roberto fué á casa del recién casado y charló -un rato con el matrimonio durante la comida. - -Al tercer día entre Bernardo y Manuel retrataron á dos criadas que -aparecieron por la fotografía. Roberto reveló los clichés que por -casualidad salieron bien, y siguió acudiendo á casa de su amigo. - -Bernardo continuaba haciendo la misma vida de antes de casado, -dedicándose á pasear y divertirse. A los pocos días no se presentó á la -hora de comer. Tenía una falta de sentido moral absoluta; había notado -que su mujer y Roberto simpatizaban y pensó que éste, por seguir -adelante y hacerle el amor á su mujer, trabajaría en su lugar. Con tal -de que su padre y él viviesen bien, lo demás no le importaba nada. - -Cuando lo comprendió Roberto, se indignó: - ---Pero, oye tú--le dijo--¿Es que tú crees que yo voy á trabajar por ti, -mientras tú andas golfeando? Quia, hombre. - ---Yo no sirvo para estas porquerías de reactivos--replicó Bernardo -malhumorado--, yo soy un artista. - ---Lo que tú eres es un imbécil que no sirve para nada. - ---Bueno, mejor. - ---Es indigno. Te has casado con esa muchacha para quitarle los pocos -cuartos que tenía. Da asco. - ---Si ya sé yo que tú defenderás á mi mujer. - ---No, hombre, yo no la defiendo. Ella ha sido también bastante idiota la -pobre para casarse contigo. - ---¿Eso quiere decir que ya no quieres venir á trabajar? - ---Claro que no. - ---Pues me tiene sin cuidado. He encontrado un socio industrial. De -manera que ya sabes; yo á nadie le pido que venga á mi casa. - ---Está bien. Adiós. - -Dejó Roberto de aparecer por la casa; á los pocos días se presentó el -socio y Bernardo despidió á Manuel. - -[Illustration] - - - - -CAPÍTULO III - -La Europea y la Benefactora.--Una colocación extraña. - - -Volvió Manuel al estudio de Alex. Éste, incomodado con el muchacho por -haberse ido del estudio sin despedirse, no quiso que se quedara allí de -nuevo. - -Preguntaron á los bohemios que se reunían en el taller por la vida de -Bernardo, y se hicieron una porción de comentarios humorísticos acerca -de la suerte que el Destino reservaba á la cabeza del fotógrafo. - ---¿De manera que Roberto le revelaba los clichés?--dijo uno. - ---Sí. - ---Le retocaba las placas y la mujer--añadió otro. - ---¡Qué sinvergüenza es el tal Bernardo! - ---No, es un filósofo de la escuela de Cándido. Ser cornudo y cultivar la -huerta. Es la verdadera felicidad. - ---¿Y tú que vas á hacer?--preguntó Alex irónicamente á Manuel. - ---No sé; buscaré una colocación. - ---Hombre, ¿ustedes conocen á un señor don Bonifacio Mingote, que vive -en el tercer piso de esta casa?--dijo don Servando Arzubiaga, el hombre -enjuto é indiferente. - ---No. - ---Es un agente de colocaciones. No debe tenerlas muy buenas cuando no se -ha colocado él. Yo le conozco del periódico; antes era representante de -unas aguas minerales, y solía llevar anuncios. Me habló el otro día de -que necesitaba un chico. - ---Véanle ustedes--replicó Alex. - ---¿Tú no aspiras á ser grande de España, verdad?--preguntó don Servando -á Manuel, con una sonrisa entre irónica y bondadosa. - ---No, ni usted tampoco--dijo con desenfado Manuel. - -Don Servando se echó á reir. - ---Si quieres, le veremos á ese Mingote. ¿Vamos ahora mismo? - ---Vamos, si usted quiere. - -Bajaron al tercero de la casa, llamaron en una puerta y les hicieron -pasar á un comedor estrecho. Preguntaron por el agente, y una criada -zarrapastrosa les mostró una puerta. Llamó don Servando con los -nudillos, y al oir ¡adelante!, que dijeron de dentro, pasaron los dos al -interior del cuarto. - -Un hombre gordo, de bigote grueso y pintado, envuelto en un mantón de -mujer, que iba y venía, hablando, y accionando con un junquillo en la -mano derecha, se detuvo y, abriendo los brazos con grandes extremos y en -un tono teatral, exclamó: - ---¡Oh, mi señor don Servando! ¡Tanto bueno por aquí!--Después miró al -techo, y de la misma manera afectada, añadió:--¿Qué le trae por este -cuarto al ilustre escritor, noctámbulo empedernido, á horas tan -tempranas? - -Don Servando contó al señor gordo, el propio don Bonifacio Mingote, lo -que le llevaba por allá. - -En tanto, un hombre feo, con unos brazos de muñeco y una cabeza de -chino, sucio y enfermo, colocó la pluma sobre la oreja y se puso á -frotarse las manos con aire de satisfacción. - -El cuarto era nauseabundo, atestado de anuncios rotos, grandes y -pequeños, pegados á la pared; en un rincón había una cama estrecha y sin -hacer; tres sillas destripadas, con la crin al descubierto, y en medio -un brasero cubierto con una alambrera, encima de la cual se secaban dos -calcetines sucios. - ---Por ahora no puedo asegurar nada--dijo el agente de negocios á don -Servando, después de oir sus explicaciones--, mañana lo sabré; pero -tengo un buen asunto entre manos. - ---Ya ves lo que dice este señor--indicó don Servando á Manuel--; mañana -ven por aquí. - ---¿Tú sabes escribir?--preguntó el señor Mingote al muchacho. - ---Sí, señor. - ---¿Con ortografía? - ---Algunas palabras quizás no sepa... - ---A mí me pasa lo mismo. Los hombres verdaderamente grandes despreciamos -esas cosas verdaderamente pequeñas. Ponte á trabajar aquí--y puso una -silla al otro lado de la mesa donde escribía el hombre amarillo--. Este -trabajo--añadió--será el pago del servicio que te voy á prestar -buscándote una colocación pistonuda. - ---Señor Mingote--exclamó don Servando--, muchísimas gracias por todo. - ---¡Señor don Servando! ¡Siempre á sus órdenes!--contestó el agente de -negocios y de colocaciones revirando uno de los ojos que se le desviaba -y haciendo una solemne reverencia. - -Manuel se sentó á la mesa, tomó la pluma, la mojó en el tintero y -esperó. - ---Vete poniendo un nombre de estos en cada circular--le dijo Mingote -dándole una lista y un paquete de circulares. La letra del agente era -defectuosa, mal hecha, de hombre que apenas sabe escribir. La circular -ponía lo siguiente: - - LA EUROPEA - AGENCIA DE NEGOCIOS Y DE COLOCACIONES - DE - BONIFACIO DE MINGOTE - -En ella se ofrecían á las diversas clases sociales toda clase de -artículos, de representaciones y de colocaciones. - -Se compraban á bajo precio medicamentos, carnes, hules, frutas, -mariscos, coronas fúnebres, dentaduras postizas, sombreros de señora; se -analizaban esputos y orinas; se buscaban amas de cría garantizadas; se -proporcionaban apuntes de asignaturas de Derecho, de Medicina y carreras -especiales; se ofrecían capitales, préstamos, hipotecas; se ponían -anuncios monstruos, sensacionales, emocionantes, y todos estos servicios -y otros muchísimos más se hacían por una tarifa mínima, ridícula de puro -exigua. - -Manuel se puso á copiar con su mejor letra los nombres en las circulares -y en los sobres. - -El señor de Mingote vió la letra de Manuel y, después de conceder su -beneplácito, se embozó en el mantón, dió dos ó tres pasos por el cuarto -y preguntó á su escribiente: - ---¿Dónde íbamos? - ---Decíamos--contestó con su gravedad siniestra el amanuense--que el Anís -Estrellado Fernández es la salvación. - ---Ah, sí; lo recuerdo. - -De pronto el señor de Mingote, con voz de trueno, gritó: - ---¿Qué es el Anís Estrellado Fernández? Es la salvación, es la vida, es -la energía, es la fuerza. - -Manuel levantó la cabeza asombrado y vió al agente de negocios con la -vista desviada fija en el techo que accionaba terriblemente, como -amenazando á alguien con su mano derecha armada del junquillo, mientras -el escribiente garrapateaba veloz en el papel. - ---Es un hecho, universalmente reconocido por la Ciencia--siguió diciendo -Mingote en tono melodramático--, que la neurastenia, la astenia, la -impotencia, el histerismo y otros muchos desórdenes del sistema -nervioso... ¿Qué otras enfermedades cura?--añadió Mingote en su voz -natural. - ---El raquitismo, la escrófula, la corea... - ---Que el raquitismo, la escrófula, la corea y otros muchos desórdenes -del sistema nervioso... - ---Perdone usted--dijo el amanuense--, creo que el raquitismo no es un -desorden del sistema nervioso. - ---Bueno, pues táchelo usted. ¿Ibamos en el sistema nervioso? - ---Sí, señor. - ---...Y otros desórdenes del sistema nervioso provienen única y -exclusivamente de la atonía, del cansancio de las células. Pues bien--y -Mingote levantó la voz con nuevos bríos--; el Anís Estrellado Fernández -corrige esta atonía, el Anís Estrellado Fernández, excitando la -secreción de los jugos del estómago, hace desaparecer esas enfermedades -que envejecen y aniquilan al hombre. - -Después de este párrafo, dicho con el mayor entusiasmo y fuego oratorio, -Mingote se sacudió con el junquillo los pantalones y murmuro con voz -natural. - ---Ya verá usted cómo ese Fernández no paga. ¡Y aún si el anís fuera -bueno! ¿No han mandado más botellas de la farmacia? - ---Sí, ayer enviaron dos. - ---¿Y dónde están? - ---Me las he llevado á casa. - ---¿Eh? - ---Sí, me las prometieron; y como en la primera remesa usted arrambló con -todas, yo me he permitido llevarme estas á casa. - ---¡Dios de Dios! Está bien; es cogolludo... Que le envíen á usted unas -botellas de un anís magnífico, para que venga otro con sus manos -lavadas... ¡Dios de Dios!--y Mingote quedó mirando al techo con uno de -los ojos extraviados. - ---¿No le queda á usted ninguna?--dijo el amanuense. - ---Sí, pero se me van á acabar en seguida. - -Después comenzó otro párrafo elocuente, paseándose por el cuarto, -accionando con su junquillo é interrumpiendo con frecuencia su discurso -para lanzar un violento apóstrofe ó una cómica reflexión. - -Al medio día el escribiente se levantó, se encasquetó el sombrero y se -fué sin saludar ni decir una palabra. - -Mingote, puso una mano sobre el hombro de Manuel, y paternalmente -añadió: - ---Anda, ve á tu casa á comer y vuelve á eso de las dos. - -Manuel subió al estudio; ni Roberto ni Alejo estaban; no había en toda -la casa ni un mendrugo de pan. Registró por todos los rincones y para la -una y media volvió á casa de don Bonifacio y entre bostezo y bostezo -siguió poniendo nombres en las circulares. - -A Mingote le agradó el comportamiento de Manuel, y por esto ó porque en -la comida se dedicara con exceso al Anís Estrellado Fernández, se -entregó á la verbosidad más desordenada y pintoresca, siempre con la -mirada desviada hacia el techo. Manuel rió con grandes carcajadas las -cómicas y extravagantes ocurrencias de don Bonifacio. - ---No eres como mi amanuense--le dijo, halagado por las manifestaciones -de alegría del muchacho--, que no ríe mis chistes y luego me los roba y -los pone estropeados en unas cuantas piececitas fúnebres que escribe. Y -no es eso lo peor. Lee. Y Mingote le dió á Manuel un anuncio impreso. - -Era también una circular por el estilo de las de don Bonifacio. Decía -así: - - LA BENEFACTORA - AGENCIA MÉDICO-FARMACÉUTICA DE DON - PELAYO HUESCA - -_Nadie como ella cumple sus compromisos. El Consejo de Administración de -La Benefactora lo forman los banqueros más acaudalados de Madrid. La -Benefactora tiene cuenta corriente con el Banco de España. En La -Benefactora no hay cuota de entrada._ - -_Servicio de abogado, relator, procurador, médico, farmacéutico, partos, -dietas, entierros, lactancia, etc._ - -_Cuota mensual: Una, dos, dos cincuenta, tres, cuatro y cinco pesetas._ - -(_Obras son amores y no buenas razones._) - -_Director gerente: Pelayo Huesca, Misericordia, 6._ - ---¿Eh?--gritó Mingote cuando Manuel concluyó de leer--. ¿Qué te parece? -Está viviendo de La Europea y, plagiándome, hace La Benefactora. En todo -es así este hombre: pérfido como la onda. Pero ¡ah! señor don Pelayo, yo -le encontraré á usted. Si es usted murciélago alevoso, yo le clavaré en -mi puerta; si es usted un miserable galápago, yo le romperé su concha. -¿Ves, hijo mío? ¿Qué se puede esperar de un país donde no se respeta la -propiedad intelectual, no la más santa, pero sí la única legítima de -todas las propiedades? - -Mingote no enseñó á Manuel ó una nota impresa al margen de la circular. -Era una idea de don Pelayo. En ella la Agencia se ofrecía para servicios -y averiguaciones íntimas. Esta nota, discretamente redactada, se dirigía -á los que deseaban conocer una mujer agradable para completar su -educación; á los que querían realizar un buen matrimonio; á los que -dudaban de su cónyuge, y á otros, á los cuales la Agencia ofrecía -investigaciones confidenciales y profundas por poco precio, y vigilancia -de día y de noche, realizando todos estos servicios con una delicadeza -delirante. - -A Mingote no le gustaba confesar que esta idea se le había escapado á -él. - ---¿Ves? No se puede vivir--terminó diciendo--. Todos los hombres son -unos canallas. Tú veo que distingues, y yo te protegeré. - -Efectivamente; por la protección de Mingote, Manuel pudo comer aquella -noche. - ---Mañana, cuando vengas aquí--advirtió don Bonifacio--, coges un paquete -de circulares y las vas repartiendo casa por casa, sin dejar una. No -quiero que las eches por debajo de la puerta. En cada piso llamas y -preguntas. ¿Entiendes? - ---Sí, señor. - ---Yo, mientras tanto, prepararé tu asunto. - -Al día siguiente Manuel repartió una porción de circulares y volvió á -la hora de comer con el recado hecho. - -Se encontraba aburrido de esperar, cuando apareció Mingote en el cuarto; -se plantó delante de Manuel, agitó su junquillo en un rápido molinete, -dió un golpe en el brazo al muchacho; se paró, se tiró á fondo, y gritó: - ---¡Ah! ¡pillo! ¡bandido! ¡infame! - ---¿Qué pasa?--dijo asustado Manuel. - ---¿Qué pasa? ¡Tunante! ¿Qué pasa? ¡Miserable! Que eres el hombre de la -suerte lisa; que ya tienes un porvenir, que ya tienes un empleo. - ---¿De qué?--preguntó el muchacho. - ---De hijo. - ---¿De hijo? No comprendo. - -Mingote se cuadró, miró al techo, hizo un saludo con el bastón como un -profesor de esgrima con el florete, y añadió: - ---¡Vas á pasar por hijo de toda una baronesa! - ---¿Quién, yo? - ---Sí. No te podrás quejar, perillán. Desde el arroyo subes á las alturas -aristocráticas. Hasta título puedes llegar á tener. - ---Pero ¿es verdad? - ---Tan verdad como que yo soy el hombre de más talento de toda Europa. -Conque anda, futuro barón, arréglate, ráscate la mugre, cepíllate, quita -el barro á esas alpargatas inmundas que llevas y ven conmigo á casa de -la baronesa. - -Manuel quedó ofuscado; no comprendía bien de qué se trataba; pero no -creía que el agente se tomase el trabajo de corretear por las calles -únicamente por el gusto de embromarle. - -Estuvo en seguida en disposición de acompañar á Mingote. - -Salieron los dos á la calle Ancha de San Bernardo, bajaron por la de los -Reyes á la de la Princesa y siguieron después por esta calle hasta -detenerse en un portal, en donde entraron. - -De aquí pasaron por un corredor á un patio espacioso. - -Una serie de galerías con filas simétricas de puertas de color de -chocolate circundaban el patio. - -Llamó Mingote en una de las puertas de la galería del segundo piso. - ---¿Quién es?--preguntó desde dentro una voz de mujer. - ---Soy yo--contestó Mingote. - ---Voy, voy. - -Se abrió la puerta y apareció una mulata, en chanclas, seguida de tres -perros de lanas, que ladraron con furia. - ---¡Quieto, León! ¡Quieto, Morito!--gritó la mulata con un tono muy -lánguido--. Pasen, pasen. - -Entraron Manuel y Mingote en un cuarto ahogado, con una ventana al -patio. Las paredes del cuarto, desde cierta altura, se hallaban casi -cubiertas por ropas de mujer que formaban como un zócalo de trapos -alrededor de la habitación; en la falleba de la ventana colgaba una -camisa escotada, sin mangas, con puntillas y lazos azules marchitos, que -mostraba cínicamente un manchón obscuro de sangre. - ---Esperen un momento. La señora está vistiéndose--advirtió la mulata. - -Al poco tiempo salió de nuevo y les indicó que pasaran al gabinete. - -La baronesa, una señora rubia vestida con una bata clara, estaba sentada -en un sofá, con un gran aspecto de languidez y desolación. - ---¿Otra vez por aquí, Mingote? - ---Sí, señora, otra vez. - ---Siéntense ustedes. - -El cuarto era un tabuco estrecho y sin luz, ocupado por muchos más -muebles de los que buenamente cabían en él. Amontonados en poco trecho -se veían una consola antigua con un reloj de chimenea encima; unos -sillones ajados, en los cuales la seda, antes roja, había quedado -violácea por la acción del sol; dos retratos grandes al óleo, y un -espejo biselado grande con la luna rajada. - ---Le traigo á usted, baronesa--dijo Mingote--, el chico del que hemos -hablado. - ---¿Es éste? - ---Sí. - ---Yo creo que le conozco á este chico. - ---Sí; yo también la conozco á usted--dijo Manuel--. Yo estaba en una -casa de huéspedes de la calle de Mesonero Romanos; la patrona se llamaba -doña Casiana; mi madre era la criada. - ---Toma. Es verdad. Y tu madre, ¿qué hace?--preguntó la baronesa á -Manuel. - ---Murió ya. - ---Es huérfano--saltó diciendo Mingote--. Libre como el pájaro en la -selva, libre para cantar y para morirse de hambre. En esta misma -situación llegué yo á Madrid hace ya bastante tiempo, y, es original, -extraño, verdaderamente extraño, me gustaría volver á aquella época. - ---Y tú, ¿cuántos años tienes?--preguntó la baronesa al muchacho sin -hacer caso de las reflexiones del agente. - ---Diez y ocho. - ---Pero, oiga usted Mingote--dijo la baronesa--, el chico no tiene la -edad que usted me decía. - ---Eso es lo de menos. Nadie dirá que tiene más de catorce ó quince. El -hambre no deja crecer los productos de la naturaleza. Deje usted de -regar á un árbol, deje usted de alimentar á un hombre... - ---Y diga usted--y la baronesa interrumpió impaciente á Mingote para -hablarle en voz baja--, ¿le ha dicho usted para qué es? - ---Sí; si no lo hubiera averiguado en seguida. A un chico de éstos, que -ha rodado por ahí, no se le engaña como á un hijo de familia. La miseria -enseña mucho, baronesa. - ---Dígamelo usted á mí--repuso la dama--, que cuando pienso en la vida -que he llevado y en la que llevo ahora, me asombro. Indudablemente, Dios -me ha dado una naturaleza privilegiada, porque me acostumbro con -facilidad á todo. - ---Usted siempre podrá llevar una buena vida si quiere--replicó -Mingote--. ¡Oh! Si yo hubiera sido mujer, ¡qué carrera! - -La baronesa volvió la cabeza con un gesto de disgusto. - ---No hablemos de eso. - ---Tiene usted razón; ya, ¿para qué? Ahora desarrollaremos el nuevo plan -estratégico. Yo iré preparando las pruebas del estado civil del -muchacho. Usted, ¿quiere quedarse con él? - ---Bueno. - ---Le puede servir á usted para los recadas. Sabe escribir bastante bien. - ---Nada, nada, que se quede. - ---Entonces, mi señora baronesa, hasta uno de estos días en que traeré -los papeles. Señora... á sus pies. - ---¡Ay, qué ceremonioso! ¡Adiós, Mingote! Acompáñale, Manuel. - -Fueron los dos hasta la puerta. Allí el agente puso sus dos manos en los -hombros del muchacho. - ---Adiós, hijo mío--le dijo--, que no se te olvide: si alguna vez llegas -á ser barón de veras, que todo me lo debes á mí. - ---No se me olvidará; descuide usted--contestó Manuel. - ---¿Te acordarás siempre de tu protector? - ---Siempre. - ---Conserva, hijo mío, esa piedad filial; un protector como yo es casi -tanto como un padre; es..., iba á decir, el brazo de la Providencia. Me -siento enternecido... ya no soy joven. ¿Tienes ahí, por casualidad, -algunos cuartos? - ---No. - ---Es un contratiempo molesto--y Mingote, después de hacer un molinete -con su bastón, salió de casa. - -Manuel cerró la puerta y volvió al cuarto de puntillas. - ---¡Chucha! ¡Chucha!--gritó la baronesa; y al aparecer la mulata que les -había abierto la puerta á Mingote y á Manuel, le dijo, señalando á éste -que se hallaba confundido y sin saber que hacer: - ---Mira, éste es el chico. - ---_¡Jesú! ¡Jesú!_--gritó la mulata--. ¡Si es un golfo! ¿Pero qué -_ocurrensia_ le ha dado á la señora de traer este granuja á casa? - -Manuel, ante un ex abrupto así, aunque dicho con la más melosa y la más -lánguida de las pronunciaciones, quedó paralizado. - ---Le estás azorando--exclamó la baronesa riendo á carcajadas. - ---Pero su _mersé_ está loca--murmuró la mulata. - ---Calla, calla; ¿para qué tanto alborotar? Prepárale agua y jabón y que -se limpie. - -Salió la mulata, y la baronesa contempló á Manuel atentamente. - ---¿De modo que te ha contado ese hombre lo que vienes á hacer aquí? - ---Sí, algo me ha dicho. - ---¿Y estás conforme? - ---Yo sí, señora. - ---Vamos, eres un filósofo. Me parece bien; ¿y qué has hecho hasta ahora? - -Manuel contó su vida, fantaseando un poco, y entretuvo á la baronesa -durante algún tiempo. - ---Bueno, no cuentes eso á nadie, ¿sabes?... y vete á lavarte. - - - - -CAPÍTULO IV - -La baronesa de Aynant, sus perros y su mulata de compañía. Se prepara -una farsa. - - -Poco trabajo, poca comida y ropa limpia; estas condiciones encontró -Manuel en casa de la baronesa, condiciones inmejorables. - -Por la mañana, la obligación consistía en pasear los perros de la -baronesa, y por la tarde, en algunos recados. A veces, los primeros -días, experimentaba la nostalgia de su vida bohemia. Unos cuantos tomos -de novelones por entregas que le prestó niña Chucha, mitigaron su afán -de corretear por las calles y le transportaron, en compañía de Fernández -y González y Tárrago y Mateos, á la vida del siglo XVII, con sus -caballeros bravucones y damas enamoradas. - -Niña Chucha, habladora sempiterna, contó á Manuel, en varios folletines, -la vida de su amita, como llamaba á la baronesa. - -La baronesa de Aynant, Paquita Figueroa, era una mujer original. Su -padre, un rico señor cubano, la envió á los diez y ocho años, acompañada -de una tía, á que conociera Europa. En el vapor, un joven flamenco, -rubio y blanco, elegante como un tipo de Van Dyck, le hizo la corte; la -muchacha le correspondió con todo el entusiasmo de los trópicos, y al -mes de llegar á España, la cubana se llamaba la baronesa de Aynant, y -marchaba con su marido á vivir á Amberes. - -Pasó la luna de miel, y el flamenco y la cubana se convencieron, al -comenzar la vida tranquila, de que no congeniaban: el flamenco era -entusiasta de la vida tranquila y metódica, de la música de Beethoven y -de las comidas aderezadas con manteca de vaca; á la cubana, en cambio, -le entusiasmaba la vida desordenada, el corretear por las calles, el -clima seco y ardiente, la música de Chueca, las comidas ligeras y los -guisotes hechos con aceite. - -Estas divergencias de gustos en cosas pequeñas, amontonándose, -espesándose, llegaron á nublar por completo el amor del barón y de su -esposa. Esta no podía oir con calma las ironías tranquilas y frías que -su marido dedicaba á los boniatos, al aceite y al acento de la gente del -Sur. El barón á su vez se molestaba oyendo hablar á su mujer con -desprecio de las mujeres grasientas, que se dedican á atracarse de -manteca. La supremacía del aceite ó de la manteca, enredándose y -mezclándose con asuntos más importantes, tomó tales proporciones, que -los cónyuges llegaron á un estado de exaltación y de odio tal, que se -separaron; y el barón quedó en Amberes dedicándose á sus aficiones -artísticas y á sus tostadas de manteca, y la baronesa vino á Madrid, -donde pudo entregarse á la alimentación frugívora y aceitosa con -delicia. - -En Madrid, la baronesa hizo mil disparates; trató de divorciarse para -volverse á casar con un aristócrata arruinado; pero cuando tenía -presentada su demanda de divorcio, supo que su marido estaba gravemente -enfermo, y al saberlo, en seguida abandonó Madrid, se presentó en -Amberes, cuidó al barón, le salvó, se enamoró otra vez de él y tuvieron -una niña. - -En esta segunda época de su amor, los dos cónyuges echaron un velo sobre -la cuestión capital que los dividía; la baronesa y el barón hicieron -mutuas concesiones, y la baronesa iba á terminar en una buena dama -flamenca cuando quedó viuda. - -Volvió á Madrid con su hija, y pronto sus instintos levantiscos se -despertaron; su cuñado, tutor y tío de la niña, le pasaba un tanto al -mes, pero esto no le bastaba. Un amigo de su padre, un señor don Sergio -Redondo, comerciante riquísimo, le ofreció la mano; pero la baronesa no -la aceptó y prefirió la protección de aquel señor á ser su mujer. Pronto -le engañó con cualquiera, y en plena trapisonda vivió durante doce años. - -En medio de sus prodigalidades, de sus locuras y de sus caprichos, la -baronesa tenía un fondo moral y apartaba á su hija por completo del -mundo en que ella vivía; la puso interna en un colegio de monjas, y -todos los meses, el primer dinero que encontraba, era para pagar el -colegio de la niña. Cuando ésta terminase su educación, la llevaría á -Amberes y viviría con ella, resignándose á ser una señora respetable. - -Niña Chucha gruñía y se incomodaba con las ocurrencias de su amita, pero -terminaba siempre obedeciéndola. - -Manuel encontrábase en aquella casa en el paraíso; no tenía nada que -hacer, y se pasaba las horas muertas fumando, si había qué, ó paseando -por la Moncloa, acompañado de los tres perros de la baronesa. - -Mientras tanto Mingote laboraba. El plan de Mingote era explotar á don -Sergio Redondo, amigo del padre de la baronesa y antiguo protector de la -dama. Esta, con su instinto de mujer enredadora y trapisondista, -manifestó á su antiguo protector que, de sus relaciones, tenían un hijo; -después, que el hijo había muerto, y luego, nuevamente, que el hijo -vivía. - -A todas estas afirmaciones y negaciones acompañaba la dama con una -petición de dinero, á la cual don Sergio accedía; hasta que al último, -escamado, advirtió á la baronesa que no creía en la existencia de aquel -hijo. La baronesa le acusó de hombre ruin y miserable, y don Sergio -contestó haciéndose el sueco y cerrando su caja. - -¿Cómo averiguó Mingote estos hechos? Indudablemente no fué la baronesa -la que se los contó, pero él logró averiguarlos; y como su imaginación -era fecunda, se le ocurrió proponer á la baronesa el buscar un chico, -proveerle de papeles falsos y hacerle pasar por hijo de don Sergio. - -La baronesa, que no entendía de leyes y creía que el Código era una red -puesta para cazar á los descamisados, le pareció aquello una jugada -productiva y excelente. Mingote exigió una participación en el negocio, -y la baronesa le prometió que le daría todo lo que quisiera. - -Desde aquel momento, Mingote se dió á buscar un chico que reuniera las -condiciones necesarias, para darle el cambiazo á don Sergio, y cuando -encontró á Manuel lo llevó inmediatamente á casa de la baronesa. - -A la semana de estar allí, Manuel tenía ya los papeles que le -identificaban como Sergio Figueroa. Entre Mingote, don Pelayo, el -escribiente y un amigo de éstos, llamado Peñalar, los falsificaron con -un arte exquisito. - ---¿Y ahora qué hacemos?--preguntó la baronesa. - -Mingote quedó pensativo. Si la baronesa le escribía á don Sergio, éste -probablemente, ya escamado, podía acoger con duda la especie. Había, -pues, que encontrar un procedimiento indirecto, darle la noticia por -otra persona. - ---¿Qué le parece á usted si fuera un confesor?--preguntó Mingote. - ---¿Un confesor? - ---Sí. Un cura que se presentase en casa de don Sergio y le dijese que en -secreto de confesión le había usted dicho... - ---No, no--interrumpió la baronesa--. ¿Y dónde está ese cura? - ---Iría Peñalar disfrazado. - ---No. Además don Sergio sabe que soy poco devota. - ---Un maestro de escuela quizás sería mejor. - ---¿Pero piensa usted que va á creer que me confieso con un maestro? - ---No, el plan varía. El maestro va á ver á don Sergio y le dice que -tiene un niño en su escuela, un prodigio de talento, pero cuya madre no -le atiende. Un día le pregunta al prodigio:--¿Cómo se llaman tus padres, -niño?--Y él dice:--Yo no tengo padres; mi madrina se llama la baronesa -de Aynant. Entonces él, el pedagogo, viene á ver á usted y usted le -contesta que está en una mala situación y que no puede pagar el colegio -del chico, y que su padre, un señor acaudalado, no quiere ni conocerlo -siquiera. El pedagogo evangélico le pregunta á usted repetidas veces el -nombre del padre desnaturalizado; usted no se lo quiere decir, pero al -último le arranca á usted el nombre de ese ser cruel. El pedagogo -sublime dice:--Yo no puedo permitir el abandono de ese niño, de ese -prodigioso niño, de ese extraordinario niño, y toma la determinación de -ir á ver al padre de la criatura... ¿Eh? ¿Qué le parece á usted? - ---La trama no está mal urdida, ¿pero quién va á hacer de maestro de -escuela? ¿Usted? - ---No, Peñalar. Viene pintiparado para el caso. Ha sido pasante de un -colegio; ya lo verá usted. Hoy mismo le busco y le traigo aquí. Mientras -tanto, arregle usted á Manuel. Que tenga cierto aspecto de colegial. En -el tiempo que yo estoy fuera, no estaría de más que le enseñara usted -algo de ciencia, las primeras preguntas y respuestas de la doctrina, por -ejemplo. - -Siguiendo las indicaciones de Mingote, la baronesa ordenó á Manuel que -se peinara y se acicalara; luego buscaron para él un traje de marinero y -un cuello grande y blanco; pero por más que le adornaron y le -escamondaron no se consiguió darle un aspecto regular de hijo de -familia; siempre trascendía á golfo, con sus ojos indiferentes y -burlones y la expresión de la sonrisa entre amarga y sarcástica. - -A las dos horas, Mingote estaba de vuelta en casa de la baronesa, con un -hombre negro, de aspecto clerical. El hombre, apellidado Peñalar, habló -con gran énfasis; luego, cuando le propuso Mingote el negocio, -abandonando el tono enfático, discutió las condiciones de cobro y el -tanto por ciento que le correspondería á él. - -Vaciló en aceptar el trato por ver si obtenía mayores beneficios; pero -viendo que Mingote no cedía, aceptó. - ---Ahora mismo que venga el chico conmigo. - -Peñalar se cepilló las mangas de la levita negra, se echó el pelo hacia -atrás, y tomando de la mano á Manuel, le dijo con un tono verdaderamente -evangélico: - ---Vamos, hijo mío. - -Don Sergio Redondo tenía un almacén de harinas en la plaza del Progreso. - -Llegaron á la plaza y entraron en el almacén. - ---¿Don Sergio Redondo?--preguntó Peñalar á un viejo de boina. - ---No ha bajado aún al despacho. - ---Esperaré; dígale usted que hay aquí un caballero que desea verle. - ---Bueno; ¿quién le digo que le espera? - ---No, no me conoce. Adviértale usted que se trata de asuntos de familia. -Siéntate, hijo mío--añadió Peñalar, dirigiéndose á Manuel con una voz y -una sonrisa de pura cepa evangélica. - -Se sentó Manuel y Peñalar paseó su mirada por el almacén con la calma y -la tranquilidad del que tiene la seguridad y la conciencia de sus actos. - -No tardó en aparecer el viejo de la boina. - ---Pasen ustedes al despacho--y empujó una mampara negra con cristales -rayados. Ahora viene el señor--añadió. - -Peñalar y Manuel entraron en un cuarto iluminado por una ventana con -rejas y se sentaron en un sofá verde. Enfrente se levantaba un armario -de caoba con libros de comercio, en medio una mesa de escribir llena de -cajoncitos y á un lado de ésta una caja de valores con botones dorados. - -El cuarto trascendía á comerciante implacable; se comprendía que aquella -jaula debía de encerrar un pajarraco de mala catadura. Manuel se sintió -amilanado. Peñalar quizás experimentó también un momento de debilidad, -pero se creció, se atusó el pelo, colocó bien los lentes sobre su nariz -y sonrió. - -No tardó mucho en aparecer don Sergio. Era un viejo alto, de bigote -blanco, con una mirada suspicaz lanzada de través por fuera de sus -antiparras. Vestía levita larga, pantalones claros; en la cabeza llevaba -un gorro griego de terciopelo verde, con una gran borla que le caía -hacia un lado. Entró sin saludar, miró con desagrado al hombre y al -muchacho, que se levantaron; quizás creyó que había descubierto el -objeto de la visita, porque con voz seca, autoritaria y sin invitarles á -que se sentaran, preguntó á Peñalar: - ---¿Qué quería usted, caballero? ¿Era usted el que tenía que hablarme de -un asunto de familia? ¿Usted? - -Otro cualquiera hubiera sentido ganas de estrangular al viejo, Peñalar -no; los casos difíciles eran los de su incumbencia, los que á él más le -gustaban. Comenzó á hablar sin desconcertarse, con las miradas -inquisitoriales del comerciante. - -Manuel le escuchaba lleno de admiración y de espanto. Veía que el -comerciante iba cargándose de cólera por momentos. Peñalar hablaba -impertérrito: - -El era una pobre alma cautiva, un sentimental, un idealista ¡oh!, -dedicado á la enseñanza de la juventud, de esa juventud en cuyo seno se -guardan los gérmenes regeneradores de la patria. El sufría mucho, mucho; -había estado en el hospital; ¡un hombre como él! conocedor del francés, -del inglés, del alemán, que tocaba el piano, un hombre como él, -emparentado con toda la aristocracia del reino de León, un hombre que -sabía más teología y teodicea que todos los curas juntos. - -¡Ah! Esto no lo decía para vanagloriarse; pero él tenía derecho á la -vida. Gómez Sánchez, el ilustre histólogo, le había dicho:--Usted no -debe trabajar--. Pero tengo hambre.--Pida usted dinero--. Y por eso -algunas veces pedía. - -Don Sergio, en el colmo del asombro, ante aquel chorro de palabras, no -intentó interrumpir á Peñalar; éste se detuvo, sonrió con dulzura, notó -que la fuerza de la costumbre había llevado su discurso al tema -constante del por qué pegaba sablazos, y comprendiendo que su elocuencia -le arrastraba por un camino extraviado, bajo la voz y continuó en tono -confidencial. - ---Esta vida atrae de tal modo, á pesar de sus impurezas, ¿no es verdad, -don Sergio?, que no puede uno desprenderse con indiferencia de ella. Y -eso que yo creo que la muerte es la liberación, sí, yo creo en la -inmortalidad del alma, en el dominio absoluto del espíritu sobre la -materia. Antes no, lo confieso--sonriendo más dulcemente aún--, antes -era panteísta y conservo no sé si de aquella época el entusiasmo por la -naturaleza. ¡Oh, el campo!, ¡el campo es mi delicia!; muchas veces -recuerdo aquellos versos del mantuano: - - «Te, dulcis conjux, te solo in litore secum - te veniente die, te decedente canebat.» - -¿A usted le gusta el campo, don Sergio? Sí le debe de gustar, con el -talento que usted tiene. - -La cólera de don Sergio, que iba agrandándose con la verbosidad -incoherente de Peñalar, estalló en esta frase corta: - ---El campo me revienta. - -Peñalar quedó parado, con la boca abierta. - ---Señor mío, señor mío--añadió el comerciante, levantando la voz -iracunda--, si usted tiene mucho tiempo que perder, á mí no me pasa lo -propio. - ---No le he expresado á usted aún el motivo de mi visita--, dijo Peñalar -y se quitó los lentes y se preparó á limpiarlos con el pañuelo. - ---No, ni hay necesidad; me lo figuro, me lo figuro muy bien. Yo no doy -limosnas. - ---Caballero, señor don Sergio--y Peñalar se levantó con las gafas en la -mano y paseó por el cuarto su mirada oscura de cegato--, está usted en -un profundo error. No vengo á pedir una limosna, no son esos mis -hábitos. Nadie podrá decirlo, vengo--y se coló los lentes con -resolución--á cumplir un deber sagrado. - ---Concluyamos. ¿Qué deber sagrado es ese? ¡Qué! Basta de farsas. La -charlatanería me revienta. - ---Permítame usted que me siente. Estoy fatigado--murmuró Peñalar con voz -desfallecida--. ¿No nos oye nadie? - -Don Sergio le miró como una hiena; Peñalar pasó por su ancha frente el -pañuelo lleno de agujeros; luego, dirigiéndose á Manuel, que seguía -sumido en el mayor estupor, le dijo: - ---Haz el favor, mi querido niño, de salir un momento y esperarme. - -Manuel abrió la puerta del despacho, y salió al almacén. Esta maniobra -produjo un movimiento de extrañeza en don Sergio. - ---Yo, caballero--dijo Peñalar al verse solo con el comerciante--, estoy -dedicado á la enseñanza de la juventud. - ---¿Que es usted maestro? Lo he oído. - ---Estaba de pasante en el colegio del Espíritu Santo, cuando se me -ocurrió establecerme por mi cuenta. - ---Y ha perdido usted el dinero; bueno. ¿Y á mí todo eso qué me -importa?--gritó don Sergio, golpeando la mesa con un libro. - ---Perdone usted. Entre mis alumnos tengo este muchacho que acaba de -salir de aquí, y que es un prodigio, un niño de unas facultades -extraordinarias. Al notar la claridad de su inteligencia y la energía de -su voluntad, me interesé por él; le pregunté por su familia, y me dijo -que no tenía padre ni madre, y que una señora le había recogido en su -casa. - ---¿Y á mí qué? - ---Espere usted, don Sergio. Fuí á ver á esa señora protectora suya, que -es una baronesa, y la dije:--El muchacho á quien usted protege es digno -de las mayores atenciones y de que se haga algo por su educación.--Su -madre no tiene dinero y su padre que es rico, no hace nada por él--me -contestó la baronesa.--Dígame usted quién es su padre, y le iré á -ver.--Es inútil--replicó--, porque no conseguirá usted nada de él; se -llama don Sergio Redondo. - -Al decir esto, Peñalar se levantó, y contempló con la cabeza erguida á -don Sergio, como el ángel exterminador puede mirar á un pobre réprobo. -Don Sergio palideció profundamente, sacó el pañuelo, se frotó los -labios, carraspeó. Se comprendía que estaba turbado. - -Peñalar observó al viejo atentamente, y viendo que aminoraba en sus -arrogancias, se sintió cada vez más evangélico y más moral. - ---La baronesa--añadió--me dijo, y perdone la inquebrantable sinceridad -mía, me dijo que era usted un egoísta y un hombre sin corazón; yo, á -pesar de esto--sonriendo dulcemente y sintiéndose ya super-evangélico y -super-moral--pensé: Mi deber es ir á ver á ese caballero. Por eso he -venido. Ahora usted hará lo que su conciencia le dicte. Yo he cumplido -con la mía. - -Después de este párrafo, Peñalar nada tenía que decir y con la sonrisa -de todo el martirologio en los labios cogió el sombrero, saludó -ceremoniosamente y se acercó á la puerta. - ---¿Y ese niño es el que estaba aquí?--preguntó en voz baja y vacilante -don Sergio. - ---El mismo. - ---¿Y dónde vive esa mujer, esa baronesa?--exclamó el comerciante. - ---Yo no puedo decirlo. Se lo preguntaré; si ella me lo autoriza, vendré -con la contestación. - -Y Peñalar salió del despacho. - ---Vamos, hijo mío--le dijo á Manuel. - -Y con altivo y noble continente, con la cabeza erguida, salió de casa, -llevando de la mano á su querido discípulo, á aquel niño portentoso tan -poco apreciado por sus padres. - - - - -CAPÍTULO V - -Vida y milagros del señor de Mingote.--Comienza la dulce explotación de -don Sergio. - - -Según los mejores historiógrafos madrileños, el conocimiento de la -baronesa de Aynant con Bonifacio de Mingote databa de dos años á la -fecha. - -Una de las muchas veces que la baronesa se encontraba en la necesidad de -buscar dinero, avisó á un prestamista de la calle del Pez. En lugar del -prestamista se presentó su dependiente, el propio Mingote, y se arregló -el negocio entre los dos. Desde entonces don Bonifacio frecuentaba la -casa de la baronesa. ¿Quién era don Bonifacio? ¿Cómo era don Bonifacio? - -Hay bimanos que producen una extraordinaria curiosidad. En la historia -natural del hombre son como esas especies de monotremas entre aves y -mamíferos, asombro de los zoólogos. A esta clase de bimanos interesantes -pertenecía Mingote. - -Era este Mingote hombre de unos cincuenta años, bajo, grueso, de bigote -pintado, con la cara carnosa, la nariz pequeña y roja, la boca cínica, -las trazas de agente de la policía ó de zurupeto. Vestía de una manera -presuntuosa, le encantaba llevar una cadena gruesa en el chaleco y -diamantes falsos, como garbanzos de grandes, en la pechera y en los -dedos. - -Mingote había ejercido todos los oficios que un hombre puede ejercer no -siendo persona decente: prestamista, policía, jefe de clac, zurupeto de -la Bolsa, agente de quintas, curial, revendedor, gancho... - -Manuel pudo ir conociéndolo á fondo. Era maestro en todas las artes del -engaño, ingrato, procaz, cobarde con los valientes, valiente con los -cobardes, petulante y vanidoso como pocos, amigo de atribuirse las -heroicidades y los méritos ajenos y de repartir entre los demás los -defectos propios. - -Manuel notó que la baronesa solía hablar siempre mal de Mingote, cuando -se hallaba ausente, y, sin embargo, cuando le escuchaba lo hacía con -gusto; sin duda al oirle admiraba la sutileza y la finura de las malas -artes de aquel pícaro. - -Al cabo de algún tiempo de oirle su charla desvergonzada repugnaba. - -La preocupación de Mingote era ocultar su natural cínico, pero el -cinismo suyo, por su fuerza de expansión, le salía fuera del alma, -apuntaba en sus ojos y en sus labios y fluía libremente en sus -palabras. - ---Pierden el tiempo los que me insultan--decía tranquilamente--; á -sinvergüenza no me gana nadie. - -Y tenía razón. A veces se daba cuenta del mal efecto producido por -alguna arlequinada suya, y se esforzaba entonces en presentarse como un -Roldán ó un Cid de la corrección; pero al poco rato, por entre su coraza -de puntilloso caballero aparecía la garfa del truhán. - ---En cuestiones de honor, no admito distingos--decía el hombre cuando se -sentía hidalgo--; usted me dirá: el honor es una martingala. Es verdad. -Pero yo tengo esta desgracia; soy caballeresco por temperamento. - -Mingote comulgaba en las ideas anárquico-filantrópico-colectivistas, -algunas de sus cartas terminaba poniendo: Salud y Revolución Social, lo -cual no era obstáculo para que intentase unas veces establecer una casa -de préstamos, otras una casa de citas ó algún otro honrado comercio por -el estilo. - -Había hecho aquel ex prestamista una porción de ignominias con los -compañeros de la dinamita y del ácido pícrico, sacándoles dinero, ya -para dar un golpe y comprar bombas, ya para escribir un diccionario -libertario en donde él, Mingote, desmenuzaría con su análisis -formidable, más formidable que los más furiosos explosivos, todas las -ideas tradicionales de esta estúpida sociedad. - -Cuando Mingote hablaba de su diccionario, su desdén por la existencia, -su mirada de iluminado, su melancólica actitud de hombre no comprendido, -todo indicaba al genio de las revoluciones. - -En cambio, al contar y especificar sus éxitos de agente de anuncios y de -negocios, surgía el hombre moderno, el _struggle for lifeur_ de la -almoneda y de la casa de préstamos, de la droguería y de la perfumería. - ---Yo--solía decir--hice la almoneda de la Chavito, yo le vendí la cuadra -al marqués del Sacro-Cerro y el monte á la vizcondesa. Yo he lanzado el -cataforético Pipot; el pectoral de sampaguita salvaje Alex; la pasta -manícura de Chiper; la cataplasma eléctrica de Pirogoff; la harina -pépsica de Clarckson; la auditina de Well; el corazón artificial de -Tomás y Gil; el emplasto sudorífico de Rocagut, y, sin embargo, se ha -hecho el vacío á mi alrededor. - -Mingote suponía que Madrid entero se confabulaba contra él para no -dejarle prosperar; pero él esperaba el momento bueno en que les daría en -la cabeza á sus enemigos. - -Sus mayores ilusiones se basaban en sus minas, que, á pesar de ser -admirables, no tenía inconveniente en venderlas en lotes de poco dinero. -Constantemente llevaba en el bolsillo piedras envueltas en papeles de -periódico de sus minas de aquí y de allá. - ---Esta--y Mingote mostraba un pedrusco--es de mis minas del Suspiro del -Moro. ¡Qué muestra! ¿Eh? Es admirable. ¿Es verdad? De hierro... casi -puro. Noventa y nueve y medio por ciento de hierro mineralizado. Esta -otra es de calamina. Sesenta y ocho por ciento. Hay medio millón de -toneladas. - -Cuando se le descubría la mentira, no sólo no se incomodaba, sino que se -echaba á reir. - -La baronesa celebraba con carcajadas los proyectos de Mingote. - ---Pero si no tiene usted minas, ¿cómo las va usted á vender?--le -preguntaba. - ---¡Ah!, no importa--replicaba Mingote--; se inventan; es lo mismo. En -seguida que le demos el golpe á don Sergio, nos dedicamos á los -negocios. Demarcamos una mina; depósito: trescientas, cuatrocientas -pesetas, lo que sea; llevamos al terreno minerales de otra parte, y en -seguida hacemos acciones: «Sociedad anónima del coto Prosperidad»; -capital: 7.000.000 de pesetas; alquilamos una casa, ponemos una hermosa -plancha de cobre con letras en la puerta y un criado con una librea -azul: cobramos las acciones, y ya está hecho el negocio. - -¿Creía Mingote en sus fantasías? Ni aun él lo sabía de cierto; aquel -hombre se hallaba desconocido á sí mismo. Allá, dentro de su alma, -encerraba la idea de un hado adverso que le impedía prosperar, por ser -un sinvergüenza; porque habilidad tenía de sobra; sabía como nadie -recibir á un acreedor y no pagarle; sabía adular y mentir; pero, á pesar -de su mentir constante, era crédulo para los embustes ajenos como nadie. - -Creía en las sociedades secretas, en la masonería, en los h.*. y en otra -porción de mojigangas por el estilo. - -En el peligro y en las situaciones graves, á pesar de la cobardía -extraordinaria del ex prestamista, no le abandonaba nunca su ingenio; el -soltar una gracia constituía para él una necesidad, y probablemente, -empalado, con la soga al cuello, ó en las gradas del patíbulo, temblando -de miedo, hubiera tenido que decir, entre castañeteos de dientes y -convulsiones, alguna cosa chusca. - -Reñía con todo aquel á quien no necesitaba, por cosas fútiles; -vociferaba en los tranvías y teatros con cobradores y acomodadores, -levantaba el bastón á los golfos, trataba desdeñosamente á todo el -mundo, hacía proposiciones indecorosas á las mujeres delante de sus -maridos ó de sus padres, y á pesar de esto no recibía más que raras -veces las bofetadas ó los palos que otro cualquiera en su lugar -recibiera. - -Vanidoso y petulante, él mismo se reía de su petulancia. Cambiaba la -sonrisa en gesto amenazador y el gesto amenazador en sonrisa; á veces -sentía cierta especie rara y cómica de pudor y se ruborizaba, pero no se -desconcertaba nunca. - -El ex prestamista, á pesar de que su tipo no era nada agradable, tenía -grandes éxitos con las mujeres. Se dedicaba á la ancianidad. Su táctica -era rapidísima y expedita; á la primera semana ya pedía dinero. - -Contaba las queridas á pares, cada una con dos ó tres pequeños Mingotes. -Con ellas el ex prestamista había organizado un servicio de mendicidad -maravilloso por medio de cartas, y como la agencia producía cada vez -menos, gracias al dinero que traían las mujeres, vivían ellas, el gran -Mingote y los pequeños Mingotes. Cuando le preguntaban por aquellas -mujeres, el ex prestamista decía que constituían su servidumbre. - -Este era Mingote, el maravilloso y peregrino Mingote, auxiliar y -colaborador de la baronesa de Aynant. - -El mismo día en que Manuel y el sublime pedagogo contaron los detalles -de la visita á don Sergio, la baronesa y Mingote se pusieron en campaña. -La baronesa alquiló un gabinete por unos días á una patrona del -principal. - ---¿Pero para qué hace usted eso?--la preguntó Mingote--. Cuanto en peor -situación la vea á usted _il vecchio_ será más espléndido. - ---Yo le creía á usted más listo, Mingote--replicó fríamente la -baronesa--. Si don Sergio me viera en este cuartucho indecente, me daría -una limosna; de otro modo, ya veremos. Además déjeme usted á mí dirigir -mis asuntos. - -Mingote calló confundido. Indudablemente allí tenía que aprender. - -La baronesa arregló el cuarto alquilado con gusto, mandó coser y -planchar una de sus batas, y vistió á Manuel y hasta le dió polvos de -arroz, con gran desesperación del chico. Todo preparado, Mingote -escribió á don Sergio, _il vecchio Cromwell_, como le llamaba él, una -tarjeta con la firma de Peñalar, dándole las señas de la casa. - -La baronesa y Manuel esperaron á que llegara _il vechio_. A media tarde -se oyó el ruido de un coche que paraba á la puerta. - ---Este es--dijo la baronesa. Miró por las rendijas de la persiana--. Sí, -es él--añadió, y se tendió en el sofá y cogió un libro. - -Bien vestida y ataviada resultaba apetitosa; una jamona rubia de buen -ver. - ---Mira, es mejor que te metas en ese otro cuarto--dijo la baronesa á -Manuel señalándole una alcoba--; le diré que estás estudiando. - -Manuel, á quien el papel que le designaron no le agradaba, se escabulló -en la alcoba. Había entre ésta y el gabinete una puerta de cristales, -con sus correspondientes cortinas. Manuel encontró el observatorio muy -cómodo, y se puso á mirar por los visillos; le interesaba ver cómo se -desenvolvía la baronesa y manejaba los hilos de aquella trapisonda, en -los cuales podía quedar enredada al menor descuido. - -Cuando la criada de la casa de huéspedes fué á anunciar la visita de don -Sergio, la baronesa se hallaba ya posesionada de su papel. _Il vecchio_ -pasó gravemente, saludó; la baronesa hizo un gesto de asombro al verle, -luego con un ademán de languidez y de contrariedad le indicó que podía -sentarse. - -_Il vecchio Cromwell_ se sentó; Manuel pudo observarle con calma. Estaba -pálido y tenía un color calcáreo. - ---Vaya un papá feo que me he echado--se dijo Manuel. - -La baronesa y don Sergio comenzaron á hablar en voz baja. No se oía lo -que hablaban. El calcáreo anciano pasó la mirada por el cuarto, observó -los muebles, indudablemente extrañado de ver el gabinete tan elegante. - -Luego siguió hablando con calor; la baronesa le escuchaba lánguidamente, -sonriendo con cierta amable y bondadosa ironía. Manuel pensó que no le -faltaban al viejo más que unos cuernecitos y unas patas de cabra para -representar, en unión de la baronesa, un grupo que él había visto unos -días antes en un escaparate de la carrera de San Jerónimo, cuyo título -era «La Ninfa y el Sátiro». Manuel creyó que el viejo se iba á -arrodillar y le dieron ganas de gritarle ¡fuera _Cromwell_! - -Continuaba el viejo hablando de una manera insinuante, cuando se fué -animando y comenzó á accionar con violencia. - ---Ese abandono del muchacho es incalificable--decía. - ---¡Incalificable! - ---Sí, señora. - ---Pero usted, ¿qué derechos tiene para hablar? - ---Tengo derechos. Sí, señora. - -La baronesa pareció asombrada de aquellas palabras, y replicó con -vaguedades y excusas; luego se indignó, y levantándose del sofá con un -gallardo ademán y tirando el libro al suelo acusó al iracundo _Cromwell_ -de todo lo malo que podía ocurrir al niño. El tenía la culpa de todo, -por ser un avaro y un miserable. - -Replicó á esto el terrible _vecchio_, en tono brusco, diciendo que para -las mujeres livianas y gastadoras todos los hombres eran avaros. - ---Si usted ha venido aquí--interrumpió la baronesa--á insultar á una -mujer porque está sola, no lo consentiré. - -Entonces vinieron las explicaciones del calcáreo anciano, el sincerarse, -el ofrecerse... - ---No necesito de usted para nada--contestó la baronesa -arrogantemente--. No le he llamado á usted. - -El marrullero _vecchio_ juró y perjuró que no había ido allá más que á -ofrecerle todo lo que necesitara y á pedir que le dejara costear los -gastos de los estudios del muchacho. También deseaba verle un momento. - -La baronesa se dejó convencer; pero advirtió al _calcáreo_ que el niño -creía que sus padres habían muerto. - ---No, no tenga usted cuidado, Paquita--exclamó _il vecchio_. - -Llamó la baronesa el timbre, y preguntó á la criada con indolencia: - ---¿Está en casa Sergio? - ---Sí, señora. - ---Dígale usted que venga. - -Entró Manuel confuso. - ---Este señor quiere verte--dijo la dama. - ---Ya sé, ya sé que eres un estudiante muy aprovechado--murmuró _il -vecchio_. - -Manuel levantó los ojos con el mayor asombro. Don Sergio dió unos -golpecitos en la mejilla nada sonrosada del muchacho. Manuel quedó -mirando al suelo, y se marchó, al darle la baronesa el permiso para -salir. - ---Es muy huraño--dijo la baronesa. - ---Yo era igual á su edad--repuso don Sergio. - -La dama sonrió maliciosamente. Manuel volvió á la alcoba y siguió -observando la actitud de los dos; la baronesa se lamentaba de su falta -de recursos; _Cromwell_ se defendía como un león. Al terminar la -conferencia, el _calcáreo_ sacó su cartera y dejó unos billetes sobre el -velador. - -La baronesa le acompañó hasta la puerta. - ---¿De modo, Paquita, que está usted contenta?--la dijo antes de -marcharse. - ---¡Contentísima! - ---¿No siente usted que haya venido á verla? - ---¡Ay, don Sergio! Me ha tenido usted muy abandonada. ¡Cuando es usted -el único amigo de mi pobre padre! - ---Sí, es verdad, Paquita, es verdad--murmuró _il vecchio_ acariciando -entre las suyas una de las manos regordetas de la baronesa. - -Y bajó las escaleras, deteniéndose á cada instante, para saludar á la -dama. - ---Jesús, qué lata de viejo--murmuró ella dando un portazo--. ¡Manuel, -Manolito, has estado muy bien! Hecho un héroe. ¿Has visto? _Il vecchio -Cromwell_, como dice Mingote, ha dejado mil pesetas. Mañana mismito nos -mudamos de casa. - -Al día siguiente, muy de mañana, la baronesa y Manuel se echaron á la -calle á buscar cuarto. Después de mucho corretear y de andar con la -cabeza descoyuntada de tanto mirar hacia arriba, encontraron un tercer -piso en la plaza de Oriente, que á la baronesa le encantó. Costaba -veinticinco duros al mes. - ---A niña Chucha le va á parecer caro, pero yo lo alquilo--dijo la -baronesa--. Y llamó en el primer piso en donde vivía el administrador y -habló con él y pagó la casa por adelantado. - -El mismo día se hizo la mudanza y Manuel trajinó con entusiasmo, -llevando trastos de un lado á otro y colocándolos en la nueva casa en el -sitio que designaba niña Chucha. - -Como la casa quedaba vacía y la baronesa tenía algunos muebles guardados -en casa de una amiga cubana, unos días después fué á verla para -pedírselos. No apareció en todo el día ni aun á cenar, y volvió á la -noche muy tarde. Niña Chucha y Manuel la esperaron. Al llegar á casa, -venía con los ojos más brillantes que de ordinario. - ---La coronela no me ha querido dejar venir--murmuró--; he cenado en su -casa, luego he ido con sus chicas á Apolo y me han acompañado hasta aquí -mismo. - -No pudo Manuel comprender qué tendría esto de extraño para la baronesa, -y se asombró bastante al oirle contestar á los reproches de niña Chucha, -balbuceando y riéndose á carcajadas de una manera insubstancial. Hubiese -jurado Manuel que al salir del comedor la baronesa había dado un -traspiés, pero con el sueño no se enteró bien y se abstuvo de -comentarios. - -Al día siguiente, poco antes de la hora de comer, estaba niña Chucha en -la calle cuando llamaron á la puerta. Abrió Manuel. Era el _calcáreo_. - ---Hola, estudiante--dijo--. ¿Y doña Paquita? - ---En su cuarto--contestó Manuel. - -Llamó don Sergio en la puerta con los nudillos y repitió varias veces: - ---¿Se puede? - ---Pase usted, don Sergio--dijo la baronesa--y abra usted las ventanas. - -Entró el viejo en el cuarto tropezando con los bultos desparramados por -el suelo y abrió el balcón. - ---Pero, Paquita, ¿todavía en la cama?--preguntó en el colmo de la -estupefacción--. Eso no es sano. - ---¡Oh! si viera usted cómo he trabajado--replicó la baronesa -desperezándose--. Ayer me acosté rendidita, y hoy para las cinco estaba -ya trabajando; pero de tanto trajinar se me ha levantado un dolor de -cabeza que me he tenido que acostar otra vez. - ---¿Para qué trabajas tanto? No te conviene. - ---Es que hay que hacer las cosas; luego, en esta casa no ayudan. Chucha -no hace más que leer novelas; á Sergio no le voy á poner á andar como -un mozo de cuerda, y yo sola tengo que hacerlo todo. Espero que otro día -seré más feliz y tendrá usted el gusto de presenciar lo buena chica que -soy y cómo sigo sus consejos al pie de la letra. - ---Bueno, Paquita, bueno. Sigues siendo una chiquilla. - -La baronesa, para demostrar que era verdad esto, hizo unos cuantos -arrumacos á _Cromwell_, y después, en tono indiferente, le pidió -cincuenta pesetas. - ---Pero... - ---Si ya sé que me va usted á reñir. No crea usted que he gastado todo el -dinero, ni mucho menos. Es que la verdad, un billete de quinientas -pesetas no quiero cambiarlo, y como tengo que pagar una cuentecilla... - ---Vaya, ahí va--. Y don Sergio con una sonrisa que quería ser amable, -sacó la cartera del bolsillo y dejó un papel azul sobre la mesilla de -noche; luego le pareció poco galante dar lo que le habían pedido y dejó -otro. - -La baronesa puso el candelero encima de los dos billetes, y después, -acurrucándose entre las sábanas con voz soñolienta, murmuró: - ---¡Ay, don Sergio, me vuelve el dolor de cabeza! - ---Pues cúidate, hija, cuídate y no trabajes tanto. - -Don Sergio salió de la alcoba, luego de cerrar el balcón, y se encontró -con niña Chucha que volvía de la calle. - ---No debes dejar que trabaje tanto tu ama--le dijo secamente--; se pone -enferma. - -La mulata contempló sonriendo al viejo. - ---Bueno, _señó_--dijo. - ---Y el muchacho, ¿qué hace? - ---_Etá_ etudiando--contestó niña Chucha con malicia, y lo mostró con los -codos sobre la mesa del comedor y la cabeza entre las manos. - -Efectivamente, estaba devorando una novela por entregas de Tárrago y -Mateos. - - - - -CAPÍTULO VI - -Kate, la niña blanca.--Los amores de Roberto.--El pundonor militar.--Las -cucas.--Disquisiciones antropológicas. - - -Al mes de instalados en la nueva casa llegaron las fiestas de Navidad, y -como en los colegios había vacaciones, la baronesa fué en busca de su -hija al del Sagrado Corazón, y volvió con ella en coche. - -Niña Chucha se encargó de informar á Manuel y de darle detalles de la -hija de la baronesa. - ---Es una cantimpla, ¿sabe?, una niña blanca y sosa que parece una -muñeca. - -Manuel la conocía, pero no sabía si ella se acordaría de él; en los años -que no la veía se había hecho una muchacha preciosa. No recordaba en su -tipo á su madre; aunque rubia como ella, debía de parecerse al padre. -Era blanca, de facciones correctas, ojos azules claros, de cejas y -pestañas doradas y el pelo rubio, sin brillo, pero muy bonito. - -Al llegar á casa, niña Chucha hizo grandes demostraciones de cariño á la -colegiala; Manuel fué reconocido por ella, lo que le produjo gran -satisfacción. - -La hija de la baronesa se llamaba Catalina, sus parientes de Amberes la -llamaban Kate, pero la baronesa generalmente la decía la Nena. - -Con la llegada de Kate las costumbres variaron en la casa; la baronesa -abandonó sus excursiones nocturnas y contuvo sus ligerezas de palabra. -En la mesa, con una sonrisa triste, escuchaba las historias de colegio -que contaba su hija, sin poner interés en lo que oía. - -No armonizaban los caracteres de las dos. Kate tenía la comprensión -lenta, pero profunda; en cambio su madre poseía la sutileza y el ingenio -del momento. La baronesa á veces se impacientaba al oirla, y decía entre -cariñosa y enfadada: - ---¡Ay, qué Nena más sosita tengo! - -Desde la llegada de Kate, niña Chucha y Manuel no le acompañaban en el -comedor á la baronesa; esto á Manuel no le molestaba, pero á la mulata -sí, y atribuía estas disposiciones á Kate, á quien consideraba como una -muñeca blanca, orgullosa, fría y de poco corazón. Manuel, que no tenía -motivo alguno de antipatía por Kate, la encontró muy llana, muy amable, -aunque con poca vivacidad. - -Por aquellos días de fiestas de Navidad, madre é hija salían de casa con -mucha frecuencia á compras, y les acompañaba generalmente Manuel, que -volvía cargado con paquetes. - -Un día de Año Nuevo, en que la baronesa, Kate y Manuel fueron al Teatro -de Apolo á ver _Los sobrinos del Capitán Grant_, notó Manuel que Roberto -Hasting iba á alguna distancia detrás de ellos. Al salir les siguió; la -muchacha se hizo la desentendida. - -Al día siguiente estaba nevando, y Manuel vió á Roberto que paseaba por -la plaza de Oriente, al parecer muy entretenido. - -Encontró Manuel un pretexto para salir de casa, y al momento Roberto se -acercó á él. - ---¿Estás en su casa?--le preguntó apresuradamente. - ---Sí. - ---Tienes que darle una carta. - ---Bueno. - ---A la tarde te la traeré. Se la das, y me dices qué cara pone al -recibirla. No me contestará, ya sé que no me contestará; pero tú se la -darás, ¿verdad? - ---Sí, hombre, descuide usted. - -Efectivamente, á la tarde Roberto siguió paseando por entre la nieve, -bajó Manuel, cogió la carta y subió en seguida á casa. - -Kate se divertía arreglando en aquel momento su armario. Tenía guardadas -mil chucherías en varias cajitas; en unas, medallas; en otras, estampas, -cromos, regalos del colegio y de su familia. Sus libros de rezos estaban -llenos de recordatorios y de estampitas. - -Manuel, con la carta de Roberto en el bolsillo, se acercó á la muchacha -como un criminal. La Nena enseñó á Manuel todas sus riquezas, éste se -sintió orgulloso. Manuel apenas se atrevía á tocar las medallas, las -alhajas, las mil cosas que guardaba Kate. - ---Esta cadena me la regaló mi tío--decía la colegiala--. Esta sortija es -de mi abuelo. Este pensamiento le cogí en Hyde-Park, cuando estuve en -Londres con mi tío. - -Manuel la escuchaba sin decir palabra, avergonzado de tener la carta en -el bolsillo. La Nena siguió enseñando nuevas cosas. Los juguetes de su -niñez aún los conservaba; en su armario todo estaba clasificado con el -mayor orden, cada cosa tenía su sitio. En algunos libros prensaba -pensamientos y hierbas que luego copiaba y pintaba con una caja de -acuarelas. - -Manuel hizo dos ó tres veces un esfuerzo para hablar de Roberto, pero no -se atrevió. - -De pronto, después de carraspear mucho, balbuceó: - ---¿Sabe usted? - ---¿Qué? - ---Roberto... aquel estudiante rubio de la otra casa... el que ayer -estaba en el teatro... me ha dado una carta para usted. - ---¿Para mí?--. Y las mejillas de Kate tomaron un tono rosado y sus ojos -brillaron con más vivacidad que de ordinario. - ---Sí. - ---Pues dámela. - ---Tome usted. - -Manuel entregó la carta y Kate la escondió rápidamente en el pecho. -Concluyó de arreglar su armario, y poco después se encerró en su cuarto. -A los dos días, Kate le envió á Manuel con una carta para Roberto, y -Roberto en seguida con otra para Kate. - -Un día Kate fué con Manuel á su colegio, en donde había un Nacimiento, y -á la ida y á la vuelta le acompañó Roberto. Hablaron los dos muchísimo; -Roberto contó sus proyectos. Manuel pensó en que esto del amor es una -cosa extraña. Para él no dijo Roberto nada que valiera la pena de oirse, -y, sin embargo, Kate le escuchó con el alma en un hilo. - -Roberto fué para Kate el colmo de lo respetuoso. Le habló con una -gravedad tranquila, sin echárselas de jacarandoso ni de listo; ella le -escuchó atenta. - -Manuel fué confidente de Roberto y de Kate. Era la muchacha de un candor -y de una inocencia inmaculadas, tenía una falta de comprensión para -cosas de malicia extraordinaria. Manuel sentía verdadera sumisión ante -aquella naturaleza aristocrática y elegante, tenía un sentimiento de -inferioridad que en nada le molestaba. - -La Nena le contó á Manuel las cosas que había visto en París, Bruselas, -Gante; le habló de los parques de Londres, le deslumbró. En cambio, -Manuel le contó á Kate detalles de la vida pobre madrileña, que á la -colegiala le producían el más profundo asombro; las cuevas, las -tabernas, los descampados; le habló de los chicos que se escapaban de -sus casas é iban á dormir á los rincones de las iglesias, de los que -robaban en los lavaderos; le describió las tiendas-asilos... - -Manuel tenía cierta gracia para contar sus impresiones; exageraba y -rellenaba con fantasías imaginadas los vacíos dejados por la realidad. -La Nena le solía escuchar muy intrigada. - ---¡Oh, qué miedo!--solía decir--; y sólo el pensar que aquella gente -miserable de que Manuel hablaba podía rozarse con ella, le hacía -estremecer. - -Sentía la niña una repugnancia profunda por la gente de la calle; no -quería salir los domingos por no andar entre hombres de blusa y -soldados. Le parecía que la gente del pueblo debía ser mala. Desde que -se encendían los faroles no le gustaba salir de casa. - -Las conversaciones solían tenerlas al anochecer en un gabinete que daba -á la calle, desde donde se veía la plaza de Oriente, como un bosque, y -el Palacio Real en cuyas cornisas se posaban cientos de palomas que de -día revoloteaban en bandadas. Como fondo se veía la Casa de Campo y el -horizonte que se enrojecía al caer de la tarde... - -Pasado el día de Reyes, Kate volvió al colegio, y en la casa se -restablecieron las antiguas costumbres y reinó el habitual desorden. - -La primera salida nocturna que hizo la baronesa fué acompañada por -Manuel á casa de su amiga cubana. - -Salieron la baronesa y Manuel después de cenar. La cubana vivía en la -calle Ancha. Llamaron en la casa; les abrió un criadito con librea azul -y galones dorados, y entraron, por un corredor, en una sala muy -iluminada adornada con lujo barato y chillón. En medio había un aparato -eléctrico con siete ú ocho bombillas, un sofá grande con flores, dos -sillones dorados al lado de una chimenea y sobre el mármol de ésta un -reloj en forma de bola, un barómetro como un martillo, un termómetro -como un puñal y otra porción de cosas con formas absurdas. Por todos -lados se veían fotografías. - -No había allí más que unas cuantas mujeres de mal aspecto, que se -levantaron humildemente. La baronesa se sentó, y al poco rato entró la -cubana, una mujer ordinaria y brutal, vestida con un traje muy llamativo -y con brillantes gruesos en las orejas y en los dedos. Tomó de la mano á -la baronesa y se sentó en un sofá junto á ella. Se veía que quería -halagarla. Era la coronela una mujer, más que vulgar, bestial; tenía la -mandíbula prominente, los ojos pequeños, negros y la boca con una -expresión de crueldad. Había en su aspecto algo lúbrico inquietante y -amenazador; se figuraba uno que aquella mujer debía tener vicios -extraños, que era capaz de cometer crímenes. - -Manuel, en un rincón, se puso á mirar un álbum de fotografías puesto -sobre un velador. - -La mujer del coronel, á quien la baronesa había conocido de sargenta en -Cuba, dijo que pensaba que su niña menor, Lulú, debutara en un Salón, de -bailarina, y le estaban dando las últimas lecciones. - ---Pero, ¿de verdad?--preguntó la baronesa. - ---Sí, sí; Mingote hizo la contrata, y se ha encargado de los últimos -toques, como dice él. ¡Ay, qué hombre tan gracioso! Está ahora con unos -amigos en el comedor. Vendrán en seguida. Mingote ha traído un poeta que -ha hecho un monólogo para la niña graciosísimo. Se llama _Instantáneas_. -Es un nombre modernista, ¿verdad? - ---Ya lo creo. - ---Es una muchacha que va á sacar fotografías á la calle y se encuentra -con un pollo que se le acerca y le propone hacer una reproducción ó un -grupo, y ella contesta: «¡Ay, no me toque usted el _chassis_!» Es -bonito, ¿verdad? - ---Precioso--dijo la baronesa mirando á Manuel y riéndose. - -Las demás mujeres, fregonas distinguidas á juzgar por su aspecto, -movieron la cabeza en señal de asentimiento, y sonrieron de un modo -triste. - ---¿Tiene usted mucha gente en la sala?--preguntó la baronesa. - ---Todavía no ha venido nadie. Mientras tanto, que baile la niña un poco -para que usted la vea. - -Dió la coronela un grito por el corredor, y apareció Lulú, vestida con -falda llena de lentejuelas y el pelo cortado y rizado. Estaba incomodada -porque no encontraba una pulsera, y chillando con una vocecilla agria. - ---Advierte á esos--le dijo la coronela--de que estás aquí. - -Salió la niña con el recado, y al poco rato entraron en la sala el -coronel, señor respetable, de barba blanca, que cojeaba é iba apoyado en -el brazo de Mingote; detrás de éstos un joven flaco, de bigote rubio, -con las mejillas rojas; el poeta, según advirtió la baronesa, y un -melenudo, el profesor de piano, que venía llevando del brazo á la hija -mayor de la casa, una mujer guapetona, blanca y rubia, que parecía -escapada de un cuadro de Rubens. - ---Primero, ¿qué va á ser? ¿el monólogo ó el baile?--preguntó la -coronela. - ---El monólogo, el monólogo--dijeron todos. - ---Vamos á ver. Silencio. - -El poeta, borracho á juzgar por el brillo de sus ojos y el color de sus -mejillas, sonrió amablemente. - -La chiquilla comenzó á recitar muy mal, con voz de gallito ronco, una -porción de brutalidades en verso, capaces de llevar el rubor á las -curtidas mejillas de un carabinero. Cada barbaridad de aquellas -terminaba con el estribillo de ¡Ay, no me toque usted el chassis! - -Al terminar el coronel dijo que le parecían los versos un poco así... un -poco, vamos, demasiado libres y miró á todos pidiendo su opinión. Se -discutió el punto acaloradamente. El amo de la casa presentó sus -argumentos, pero la réplica de Mingote fué decisiva. - ---No, coronel--concluyó diciéndole el ex prestamista exaltado--, es que -usted siente de una manera excesiva el pundonor militar. Usted lo mira -esto como militar. - -La baronesa contempló asombrada á Mingote y no pudo contener la risa. - -El coronel explicó confidencialmente á Mingote por qué las ideas de los -militares acerca de la honra necesariamente tenían que ser más rígidas -que las de los paisanos, por la disciplina, la ordenanza, y sobre todo -por el uniforme. - -Después del monólogo, el melenudo se puso al piano y la niña comenzó á -bailar el tango. En este punto se presentaba también una cuestión que -dilucidar y la coronela quería que se resolviera al momento. La cosa no -era para menos. Hay una parte en el tango verdaderamente grave y -trascendental; es ese movimiento de caderas que el público llama -científicamente bisagra. La coronela preguntaba: ¿Cómo tiene Lulú que -hacer esta parte del tango, ó sea la bisagra? ¿Dándole todo lo que ello -pide ó velándolo un poco? - -A la baronesa no le parecía bien que el tango fuera tan exagerado; un -poco de aquel movimiento no estaba mal. La coronela y Mingote -protestaron, y afirmaron que el público pide siempre, por más -emocionante, la bisagra. - -El coronel, á pesar de su pundonor militar, opinaba que el público, -efectivamente, pedía bisagra, y que un poco más ó menos de zarandeo era -cosa _de material_. - -Mingote entonces, para enseñar á la niña cómo debía hacer aquel -movimiento, se levantó y se puso á mover las caderas de un modo -grotesco. La niña repitió la suerte sonriendo, pero sin calor. Entonces -la coronela dijo al oído de la baronesa que sólo el hombre podía enseñar -á la mujer la gracia en aquel movimiento. La baronesa sonrió -discretamente. - -En aquel momento el criadito galoneado entró y dijo que estaba -Fernández. Fernández debía de ser persona de importancia porque la -coronela se levantó al momento y se dispuso á salir. - ---Anda, dale la ruleta, dijo el coronel á su esposa, y que enciendan las -luces en la sala.--¿Que?--añadió el buen señor--, ¿quiere usted que -hagamos una vaquita, baronesa? - ---Ya veremos, coronel. Primeramente intentaré la suerte sola. - ---Bueno. - -Bailó otro tango Lulú y al poco rato apareció la coronela. - ---Ya pueden ustedes pasar--dijo. - -Las viejas fregonas se levantaron de sus asientos, y cruzando el -corredor entraron en una sala grande con tres balcones. Había dos mesas -allí, una de ellas con una ruleta, la otra sin nada. - -Las tres viejas, la baronesa, el coronel y sus dos hijas se sentaron en -la mesa de la ruleta, en donde estaban ya sentados el banquero y los dos -pagadores. - ---Hagan juego--dijo el _croupier_ con una impasibilidad de autómata. - -Giró la bola blanca en la ruleta, y antes de que se parara, el -_croupier_ dijo: - ---¡No va más! - -Los dos pagadores dieron con su rastrillo en los paños, para impedir que -se siguiera apuntando.--No va más--repitieron al mismo tiempo con voz -monótona. - -Fué entrando gente poco á poco y se ocuparon las sillas colocadas -alrededor de la mesa. - -Al lado de la baronesa se sentó un hombre de unos cuarenta años, alto, -fornido, ancho de hombros, de pelo crespo negrísimo y dientes blancos. - ---Pero hijo, ¿tú aquí?--le dijo la baronesa. - ---¿Y tú?--replicó él. - -Era aquel hombre, primo en segundo ó tercer grado de la baronesa y se -llamaba Horacio. - ---¿No decías que te acostabas invariablemente á las nueve?--preguntó la -baronesa. - ---Y es una casualidad que haya venido aquí. Es la primera vez que vengo. - ---Bah. - ---Créeme. ¿Hacemos una vaca, prima? - ---No me parece mal. - -Reunieron el dinero de ambos y siguieron jugando. Horacio apuntaba según -las órdenes de la baronesa. Tenían suerte y ganaban. Poco á poco se iba -llenando el salón de un público abigarrado y extraño. Había dos -aristócratas conocidos, un torero, militares. De pie se apretaban -algunas señoras con sus hijas. - -Manuel vió á la Irene, la nieta de doña Violante, al lado de un señor -viejo con el pelo engomado, que jugaba fuerte. Tenía los dedos llenos de -sortijas con piedras grandes. - -Sentados en un diván hablaban cerca de Manuel un hombre viejo, de barba -blanca, muy pálido y demacrado, con otro joven lampiño de aire aburrido. - ---¿Usted se retiró ya?--decía el joven. - ---Sí; me retiré porque no tenía dinero; si no hubiera seguido jugando -hasta que me hubieran encontrado muerto sobre el tapete verde. Para mí -esta es la única vida. Yo soy como la Valiente. Ella me conoce, y me -suele decir algunas veces:--¿Hacemos una vaca, marqués?--No le daría á -usted mala suerte--le contesto yo. - ---¿Quién es la Valiente? - ---Ahora la verá usted cuando empiece el bacarrat. - -Se encendió la luz en la otra mesa. - -Se levantó un viejo de bigote de mosquetero, con una baraja en la mano, -y se apoyó en el borde de la mesa. Al mismo tiempo se le acercaron diez -ó doce personas. - ---¿Quién talla?--preguntó el viejo. - ---Cincuenta duros--murmuró uno. - ---Sesenta. - ---Cien. - ---Ciento cincuenta duros. - ---Doscientos--gritó una voz de mujer. - ---Ahí está la Valiente--dijo el marqués. - -Manuel la contempló con curiosidad. Era una mujer de treinta á cuarenta -años; vestía traje de hechura de sastre y sombrero Frégoli. Era muy -morena, con una tez olivácea, los ojos negros, hermosos. Se cegaba en -las apuestas y salía á los pasillos á fumar. Se notaba en ella una gran -energía y una inteligencia clara. Decían que llevaba siempre revólver. -No le gustaban los hombres y se enamoraba de las mujeres con verdadera -pasión. Su última conquista había sido la hija mayor del coronel, la -rubia gruesa, á la cual dominaba. Tenía una suerte loca algunas veces, y -para mitigar sus amorosas penas jugaba, y ganaba de un modo insolente. - ---Y ese hombre que no juega nunca y está siempre aquí, ¿quién -es?--preguntó el joven, señalando un tipo de unos sesenta años, basto, -de bigote pintado. - ---Este es un usurero que creo que es socio de la coronela. Cuando yo fuí -gobernador de la Coruña estaba pendiente de un proceso por no sé qué -chanchullo que había hecho en la Aduana. Le dejaron cesante y luego le -dieron un destino en Filipinas. - ---¿En recompensa? - ---Hombre, todo el mundo tiene que vivir--replicó el marqués--. En -Filipinas no sé qué hizo que le procesaron varias veces, y cuando quedó -libre, lo emplearon en Cuba. - ---Querían que estudiara el régimen colonial español--advirtió el joven. - ---Sin duda. Allí también tuvo líos, hasta que vino aquí y se dedicó á -negocios de usura, y dicen que ahora no se ahogará por menos de un -millón de pesetas. - ---¡Demonio! - ---Es un hombre serio y modesto. Hasta hace unos años vivía con una tal -Paca, que era dueña de una tintorería de la calle de Hortaleza, y los -dos salían á pasear los domingos por las afueras como gente pobre. Se le -murió aquella Paca, y ahora vive solo. Es huraño y humilde; muchas veces -él mismo va á la compra y guisa. El que es interesante es su antiguo -secretario; tiene unas condiciones de falsificador como nadie. - -Manuel escuchaba con atención. - ---Ese sí que es un hombre--dijo el marqués, mirándole atentamente. - -El observado, un hombre de barba roja y puntiaguda, de aire burlón, se -volvió y saludó amablemente al viejo. - ---Adiós, Maestro--le dijo éste. - ---¿Le llama usted maestro?--preguntó el joven. - ---Así le llama todo el mundo. - -Lulú, la hija de la coronela, y otras dos amigas pasaron por delante del -marqués y del joven. - ---Qué moninas son--dijo el marqués. - -Tomaba aquello un aspecto mixto de mancebía lujosa y garito elegante. No -reinaba el silencio angustioso de las casas de juego, ni la greguería -alborotadora de un burdel; se jugaba y se amaba discretamente. Como -decía la coronela, era una reunión muy modernista. - -En los divanes hablaban las muchachas con los hombres animadamente; se -discutía, se estudiaban combinaciones para el juego... - ---A mí esto me encanta--dijo el marqués con su sonrisa pálida. - -La baronesa estaba mareada y sentía ganas de marcharse. - ---Me voy. ¿Me acompañas, Horacio?--preguntó á su primo. - ---Sí, te acompañaré. - -Se levantó la baronesa, después Horacio, y Manuel se reunió á ellos. - ---¡Qué gentuza!, ¿verdad?--dijo la baronesa con la risa ingenua peculiar -suya al encontrarse en la calle. - ---Es la amoralidad, como dicen ahora--replicó Horacio--. Los españoles -no somos inmorales, lo que pasa es que no tenemos idea de moralidad. «Ya -ve usted--decía el coronel en el momento que me he levantado para tomar -un poco de aire--ya ve usted, á mí me han mermado el retiro: de ochenta -duros me han dejado en setenta; y ¡claro!, hay que buscar otros -ingresos; así las hijas de los militares tienen que ser bailarinas... y -todo lo demás. - ---¿Te decía eso? ¡Qué bárbaro! - ---¿Pero eso te choca? A mí no. Si eso es una consecuencia natural y -necesaria de nuestra raza. Estamos degenerados. Somos una raza de última -clase. - ---¿Por qué? - ---Porque sí; no hay mas que observar. ¿Te has fijado en la cabeza que -tiene el coronel? - ---No. ¿Qué, tiene algo en la cabeza?--preguntó burlonamente la baronesa. - ---Nada, que tiene la cabeza de un papúa. La moralidad sólo se da en -razas superiores. Los ingleses dicen que Wellington es superior á -Napoleón porque Wellington peleó por el deber y Napoleón por la gloria. -La idea del deber no entra en cráneos como el del coronel. Háblale á un -mandingo del deber. Nada. ¡Oh! La antropología enseña mucho. Yo me lo -explico todo por leyes antropológicas. - -Pasaron por delante del café de Varela. - ---¿Quieres que entremos aquí?--dijo el primo. - ---Vamos. - -Se sentaron los tres en una mesa, pidió cada uno lo que quería y siguió -el primo de la baronesa hablando. - -Era un tipo gracioso el de aquel hombre; hablaba en andaluz cerrado, -aspirando las haches; tenía algún dinero para vivir y con eso y un -destinillo en un ministerio iba pasando. Vivía en un desorden muy -reglamentado, leyendo á Spencer en inglés y cambiando de género de vida -por temporadas. - -Hombre original, llevaba ya cuatro ó cinco años encenagado en los -pantanosos campos de la sociología y de la antropología. Estaba -convencido de que intelectualmente era un anglosajón, á quien no le -debían de preocupar las cosas de España ni de ningún otro país del -Mediodía. - ---Pues sí--siguió diciendo Horacio llenando su copa de cerveza--. Yo me -lo explico todo, los detalles más nimios por leyes biológicas ó -sociales. Esta mañana al levantarme oía á mi patrona que hablaba con el -panadero de la subida del pan.--¿Y por qué ha encarecido el pan?--le -preguntaba ella.--No sé replicaba él; dicen que la cosecha es -buena.--¿Pues entonces?--No sé. Me fuí á la oficina á la hora en punto -con exactitud inglesa; no había nadie; es la costumbre española, y me -pregunté: ¿En qué consiste la subida del pan si la cosecha se presenta -buena? Y dí con la explicación que creo te convencerá. Tú sabrás que en -el cerebro hay lóbulos. - ---Yo qué he de saber eso, hijo mío--replicó la baronesa distraída, -mojando un bizcocho en el chocolate. - ---Pues sí hay lóbulos, y según opinión de los fisiólogos, cada lóbulo -tiene su función; uno sirve para una cosa, el otro para otra, -¿comprendes? - ---Sí. - ---Bueno; pues figúrate tú que en España hay cerca de trece millones de -individuos que no saben leer y escribir. ¿No me atiendes? - ---Sí, hombre, sí. - ---Pues bien; ese lóbulo que en los hombres ilustrados se emplea en -esfuerzos para entender y pensar en lo que se lee, aquí no lo utilizan -trece millones de habitantes. Esa fuerza que debían de gastar en -discurrir, la emplean en instintos fieros. Consecuencia de esto, el -crimen aumenta, aumenta el apetito sexual, y al aumentar éste, crece el -consumo de alimentos y encarece el pan. - -La baronesa no pudo menos de reirse al oir la explicación de su primo. - ---No es una fantasía--replicó Horacio--es la pura verdad. - ---Si no lo dudo, pero me hace reir la noticia. Manuel también se ríe. - ---¿De dónde has sacado este chico? - ---Es el hijo de una mujer que conocimos. ¿Qué te dice tu ciencia de él? - ---A ver, quítate la gorra. - -Manuel se quitó la gorra. - ---Este es un celta--añadió Horacio--. ¡Buena raza! El ángulo facial -abierto, la frente grande, poca mandíbula... - ---Y eso, ¿qué quiere decir?--preguntó Manuel. - ---En último término, nada. ¿Tú tienes dinero? - ---¿Yo? Ni un botón. - ---Pues entonces lo que te puedo decir es esto, que como no tienes -dinero, ni eres hombre de presa, ni podrás utilizar tu inteligencia, -aunque la tengas, que creo que sí; probablemente morirás en algún -hospital. - ---¡Qué bárbaro!--exclamó la baronesa--no le digas eso al chico. - -Manuel se echó á reir; la profecía le parecía muy divertida. - ---En cambio yo--siguió diciendo Horacio--no hay cuidado que muera en un -hospital. Mira qué cabeza, qué quijada, qué instinto de adquisividad más -brutal. Soy un berebere de raza, un euro-africano; eso sí, -afortunadamente, estoy influído por las ideas de la filosofía práctica -de lord Bacon. Si no fuera por eso estaría bailando tangos en Cuba ó en -Puerto Rico. - ---¿De manera que gracias á ese lord eres un hombre civilizado? - ---Relativamente civilizado; no trato de compararme con un inglés. ¿Tengo -yo la seguridad de ser un ario? ¿Soy acaso celta ó sajón? No me hago -ilusiones; soy de una raza inferior, ¡qué le voy á hacer! Yo no he -nacido en Manchester sino en el Camagüey y he sido criado en Málaga. -¡Figúrate! - ---Y eso, ¿qué tiene que ver? - ---La mar, chica. La civilización viene con la lluvia. En esos países -húmedos y lluviosos es donde se dan los tipos más civilizados y más -hermosos también, tipos como el de tu hija con sus ojos tan azules, la -tez tan blanca y el cabello tan rubio. - ---Y yo... ¿qué soy?--preguntó la baronesa--¿Un poco de eso que decías -antes? - ---¿Un poco berebere? - ---Sí, me parece que sí; un poco berebere, ¿eh? - ---En el carácter quizás, pero en el tipo, no. Eres de raza aria pura, -tus ascendientes vendrían de la India, de la meseta de Pamir ó del valle -de Cabul, pero no han pasado por Africa. Puedes estar tranquila. - -La baronesa miró á su primo con expresión un tanto enigmática. Poco -después los dos primos y Manuel salieron del café. - -[Illustration] - - - - -CAPÍTULO VII - -El berebere se siente profundamente anglosajón.--Mingote -mefistofélico.--Cogolludo.--Despedida. - - -Desde aquel encuentro en la chirlata del coronel, de la baronesa y el -sociólogo, éste comenzó á frecuentar la casa y á poner cátedra de -antropología y de sociología en el comedor. Manuel no sabía cómo serían -aquellas ciencias; pero traducidas al andaluz por el primo de la -baronesa, eran muy pintorescas; Manuel y niña Chucha escuchaban al -berebere con grandísima atención y algunas veces le hacían objeciones -que él contestaba, si no con grandes argumentos científicos, con -muchísima gracia. - -El primo Horacio empezó á quedarse á cenar en la casa y terminó -quedándose después de cenar; niña Chucha protegía al berebere quizás por -afinidades de raza y se reía enseñando los dientes blancos cuando venía -don Sergio. - -La situación era comprometida porque la baronesa no se preocupaba de -nada; después de servirse de Mingote le había despedido dos ó tres veces -sin darle un céntimo. El agente comenzaba á amenazar, y un día fué -decidido á armar la gorda. Habló de la falsificación de los papeles de -Manuel y de que aquello podía costar á la baronesa ir á presidio. Ella -le contestó que la responsabilidad de la falsificación era de Mingote, -que ella tendría quien la protegiese, y que en el caso de que -interviniese la justicia el primero que iría á la cárcel sería él. - -Mingote amenazó, chilló, gritó demasiado, y en el momento álgido de la -disputa llegó el primo Horacio. - ---¿Qué pasa? Se oye el escándalo desde la calle--dijo. - ---Este hombre que me está insultando--clamó la baronesa. - -Horacio cogió á Mingote del cuello de la americana y lo plantó en la -puerta. Mingote se deshizo en insultos, sacó á relucir la madre de -Horacio; entonces éste, olvidando á lord Bacon, se sintió berebere, -levantó el pie y dió con la punta de la bota en las nalgas de Mingote. -El agente gritó más y de nuevo el berebere le acarició con el pie en la -parte mas redonda de su individuo. - -La baronesa comprendió que al agente le faltaría tiempo para vengarse; -no creía que se atrevería á hablar de la falsificación de los papeles de -Manuel porque se cogía los dedos con la puerta, pero probablemente -advertiría á don Sergio de la presencia del primo Horacio en la casa. -Antes de que pudiese hacerlo, escribió al comerciante una carta -pidiéndole dinero, porque tenía que pagar unas cuentas. Envió la carta -con Manuel. - -El viejo calcáreo, al leer la carta, se incomodó. - ---Mira, dile á tu... señora que espere, que yo también tengo que esperar -muchas veces. - -Al saber la contestación, la baronesa se indignó: - ---¡Valiente grosero! ¡Valiente animal! La culpa la tengo yo de hacer -caso á ese vejestorio infecto. Cuando venga yo le diré cuántas son -cinco. - -Pero don Sergio no apareció, y la baronesa, que supuso lo pasado, se -mudó á una casa más barata con el propósito de economizar; y niña -Chucha, Manuel y los tres perros pasaron á ocupar un tercer piso de la -calle del Ave María. - -Allí continuó el idilio iniciado entre la baronesa y Horacio; á pesar de -que éste, por su tranquilidad anglosajona, ó por la idea pobre de la -mujer, patrimonio de las razas del Sur, no le daba gran importancia al -flirt. - -La baronesa, de vez en cuando, para atender á los gastos de la casa, -vendía ó mandaba empeñar algún mueble; pero con el desbarajuste que -reinaba allí, el dinero no duraba un momento. - -Al mes de estancia en la calle del Ave María, apareció una mañana don -Sergio indignado. La baronesa no quiso presentarse y mandó á decirle por -la mulata que no estaba. El viejo se marchó y por la tarde escribió una -carta á la baronesa. - -Mingote no había cantado. Don Sergio respiraba por la herida; no le -parecía bien que Horacio pasase la vida en la casa de la baronesa; no -encontraba mal que la visitase, sino la asiduidad con que lo hacía. La -baronesa enseñó la carta á su primo, y éste, que sin duda no buscaba más -que un pretexto para escurrir el bulto, se acordó de lord Bacon, se -sintió de pronto anglosajón, ario y hombre moral y dejó de presentarse -en casa de la baronesa. - -Ella, que padecía el último brote de romanticismo de la juventud de la -vejez, se desesperó, escribió cartas al galán, pero él siguió -sintiéndose anglosajón y ario y acordándose de lord Bacon. - -Mientras tanto don Sergio, al ver que su carta no producía efecto, -volvió á la carga y se presentó en la casa. - ---Pero, ¿qué le pasa á usted, Paquita?--dijo al ver á la baronesa -desmejorada. - ---Creo que tengo el trancazo, según siento de pesada la cabeza. Estoy -con dolores en todo el cuerpo. Me tiene usted completamente abandonada. -En fin, Dios sobre todo. - -Don Sergio dejó pasar la hojarasca de palabras y lamentaciones con que -la baronesa trataba de sincerarse, y dijo: - ---Este sistema de vida no puede seguir. Hay que tener método, hay que -tener régimen; así no puede ser. - ---Eso mismo estaba pensando yo--replicó la baronesa--. Sí, lo comprendo, -á mí no me corresponde esa vida. Volveré á tomar otra casita de doce -duros. - ---¿Y los muebles? - ---Los venderé. - -¿Cómo decir que los había ya vendido? - ---No, yo...--El calcáreo iba á hacer una observación de buen -comerciante, pero no se atrevió.--Luego esas visitas tan frecuentes de -su primo de usted no están bien--añadió. - ---¿Pero si me persigue--murmuró con voz quejumbrosa la baronesa--qué voy -á hacerle yo? Ese hombre tiene por mí una pasión loca; comprendo que es -raro, porque ya á mis años... - ---No diga usted esas cosas, Paquita. - ---Pero nada; se ha convertido en mi duende. Pero ahora ya verá usted -cómo no va á volver. - ---¿No ha de volver? Volverá hasta que usted no se lo diga claramente... - ---Si se lo he dicho, y por eso ya no volverá. - ---Entonces, mejor que mejor. - -La baronesa miró indignada á don Sergio; después tomó una actitud -compungida. - -Don Sergio planteó sus planes de regeneración y pensó que Paquita debía -dejar á niña Chucha, á quien el viejo calcáreo detestaba cordialmente; -pero la baronesa afirmó que la quería como á una hija, tanto ó más que á -sus perros, que eran casi para ella como las niñas de sus ojos. - -De pronto la baronesa se incorporó en el sofá. - ---Tengo un plan--le dijo á don Sergio--. Dígame usted si le parece bien. -En _El Imparcial_ de ayer vi anunciada una finca ó casa en Cogolludo, -con huerta y jardín, por cincuenta duros al año. Supongo que será cosa -muy mala; pero, al fin, será un terreno y una choza, y á mí me basta con -una cabañita. Podría ir arreglando esa choza. ¿Qué le parece á usted, -don Sergio? - ---Pero, ¿para qué te vas á marchar de aquí? - ---Es que no se lo he querido decir--añadió la baronesa--; pero ese -hombre me persigue. Y contó una porción de embustes. Se recreaba la -buena señora haciéndose la ilusión de que el primo la perseguía -tenazmente, y todas las cartas quien ella había escrito á él supuso que -era él quien se las había escrito á ella. - ---Y claro--siguió diciendo--, no es cosa de ir al fin del mundo huyendo -de ese ridículo trovador. - ---Pero Cogolludo no debe tener tren; te vas á aburrir. - ---¡Quia! Allá me meto en mi choza como una santa y me entretengo en -regar el jardín y cuidar las flores... pero soy tan desgraciada, que con -seguridad ya habrán alquilado la casa. - ---No, eso no. Pero yo no veo la necesidad de marcharse. El chico no -podrá ir al colegio. - ---Ya no tiene necesidad. Estudiará por libre. - ---Bueno; alquilaremos esa casa. - ---Si no, ese canalla me va á perseguir. Yo quisiera que le llevasen á la -cárcel y le ahorcaran. ¡Ay, don Sergio! ¡Cuándo vendrá Carlos VII! No -estoy por la libertad ni por las garantías constitucionales para los -pillos. - ---Vamos, vamos, mujer. Ya veremos si se arregla eso de la casa. Y -alíviate pronto. - ---Gracias, don Sergio; usted siempre tan fuerte. Es usted una roca... -Tarpeya. Y sin saber dónde guardar el dinero. ¡Acuérdese usted de mí! Ya -sabe usted que soy muy arregladita y que no pienso ni desperdicio nada. - -Era lo mejor que tenía la baronesa, que se conocía á fondo. - -Decididos á ir á Cogolludo, comenzaron á embalar los muebles entre niña -Chucha y Manuel, cuando la mulata salió diciendo que ella lo sentía -mucho, pero que se quedaba en Madrid en una casa. - ---Pero hija, ¿qué vas á hacer? - -La mulata, apurada á preguntas, confesó que un señor americano, un -pequeño _rastaquouere_ que sentía la nostalgia del cocotero, le había -ofrecido el puesto de ama de llaves en su casa. - -La baronesa no se atrevió á hablarla de moralidad, y el único consejo -que le dió fué que si el americano no se contentaba únicamente con que -ella fuera ama de llaves, que se afirmara bien; pero la mulata no era -tonta, y había, según dijo, tomado todas sus precauciones para caer en -blando. - -Manuel quedó solo en la casa para terminar las diligencias necesarias -para el traslado. Una tarde, de vuelta de la estación del Mediodía, se -encontró con Mingote, que al verle echó á correr tras él. - ---¿A dónde vas?--le dijo--; cualquiera hubiese dicho que huías de mí. - ---¡Yo! ¡Qué disparate! Me alegro mucho de verle. - ---Yo también. - ---Mira, vamos á entrar en este café. Te convido. - ---Bueno. - -Entraron en el café de Zaragoza. Mingote pidió dos cafés, papel y -pluma. - ---¿A ti te importaría algo escribir lo que voy á dictarte? - ---Hombre, según lo que sea. - ---Se trata de que me pongas una carta diciéndome que no te llamas Sergio -Figueroa, sino Manuel Alcázar. - ---¿Y para qué quiere usted que le escriba eso? Si usted lo sabe tan bien -como yo--contestó cándidamente Manuel. - ---Es una combina que me traigo. - ---Y yo, ¿qué voy ganando en eso? - ---Te puedes ganar treinta duros. - ---¿Sí? ¡Vengan! - ---No, cuando el negocio esté terminado. - -Viendo Mingote á Manuel tan propicio, le dijo que si se las apañaba para -quitar á la baronesa los papeles falsificados de su identificación y se -los entregaba, añadiría á los treinta veinte duros más. - ---Los papeles los tengo yo guardados--dijo Manuel--; si espera usted -aquí un momento, voy y se los traigo á usted en seguida. - ---Bueno, aquí espero. ¡Qué infeliz es este muchacho!--murmuró Mingote--. -Se figura que le voy á dar cincuenta duros. ¡Qué primo! - -Pasó una hora, luego otra; Manuel no aparecía. - ---¿Habré sido yo el primo!--exclamó Mingote--. Sin duda. ¡Me habrá -engañado ese condenado niño! - -Mientras esperaba Mingote, la baronesa y Manuel tomaban el tren. - - * * * * * - -Fueron á Cogolludo, y la baronesa se llevó el gran chasco. Creía que el -pueblo sería algo así como una aldea flamenca y se encontró con un -poblachón en medio de una llanura. - -La casa alquilada estaba en un extremo del pueblo; era grande, con una -puerta azul, tres ventanas chicas al camino y un corral en la parte de -atrás. Debía de hacer más de diez años que no la habitaban. Al día -siguiente de llegar la baronesa y Manuel la barrieron y fregaron. La -baronesa se lamentaba amargamente de su resolución. - ---¡Ay, Dios mío, ¡qué casa!--decía--. ¿Por qué habremos venido aquí? Y -¡qué pueblo! Yo había visto de paso algún pueblo de España, pero en el -Norte, donde hay árboles. ¡Esto es tan seco, tan árido! - -Manuel se encontraba en sus glorias; la huerta de la casa no producía -más que ortigas y yezgos, pero él supuso que se podría convertir aquel -trozo de tierra, seco y lleno de plantas viciosas, en un vergel. Se puso -á trabajar con fe. - -Primeramente escardó y quemó toda la hierba del huerto. - -Después removió la tierra con un pincho y sembró á discreción garbanzos, -habichuelas y patatas, sin enterarse de si era ó no el tiempo de la -siembra. Luego pasó horas y horas sacando agua de un pozo profundísimo -que había en medio del huerto, y como se desollaba las manos con la -cuerda y además á la media hora de regar la tierra estaba seca, ideó una -especie de torno con el cual se tardaba media hora en sacar un balde de -agua. - -A los quince días de estancia allí tomó la baronesa una criada, y cuando -ya la casa estuvo limpia fué á Madrid, sacó del colegio á Kate y la -llevó á Cogolludo. - -Kate, como tenía un espíritu práctico, llenó unas cuantas macetas de -tierra y plantó una porción de cosas en ellas. - ---¿Para qué hace usted eso?--le dijo Manuel--, si dentro de poco estará -todo esto lleno de plantas. - ---Yo quiero tener las mías--contestó la niña. - -Pasó un mes, y á pesar de los trabajos ímprobos de Manuel, no brotó nada -de lo plantado por él. Sólo unos geranios y unos ajos puestos por la -criada crecían, á pesar de la sequedad, admirablemente. - -Los tiestos de Kate también prosperaban; en las horas de calor los metía -dentro de la casa y los regaba. Manuel, viendo que sus ensayos de -horticultura fracasaban, se dedicó con rabia al exterminio de las -avispas, que en grandes panales de celdas simétricas, ocultos en los -intersticios de las tejas, se guarecían. - -Entabló con las avispas una lucha á muerte y no las pudo vencer: parecía -que le habían tomado odio; le atacaban de una manera tan furiosa, que la -mayoría de las veces tenía que batirse en retirada, expuesto á caerse -del tejado lleno de picaduras. - -Los entretenimientos de Kate eran más tranquilos y pacíficos. Había -arreglado su cuarto con un orden perfecto. Sabía embellecerlo todo. Con -la cama, cubierta por la colcha blanca y oculta por las cortinas; los -tiestos, en la ventana, en los que empezaban á brotar las plantas; su -armario, y los cromos en las paredes azules; su alcoba tenía un aspecto -de gracia encantador. - -Luego, era la muchacha de una bondad amable y serena. - -Había encontrado en el campo un gato herido, á quien perseguían unos -chicos, á pedradas; lo recogió, á riesgo de ser arañada, lo cuidó y -curó, y el gato la seguía ya por todas partes y sólo quería estar con -ella. - -Manuel obedecía á la Nena ciegamente, sentía además una gran -satisfacción al obedecerla; la consideraba como un dechado de -perfecciones, y á pesar de esto, nunca se le ocurrió, ni en su fuero -interno, enamorarse de ella. Quizás la encontraba demasiado buena, -demasiado hermosa. Experimentaba Manuel la tendencia paradójica de -todos los hombres de fantasía que creen amar la perfección y se enamoran -de lo imperfecto. - -El verano transcurrió agradablemente; el calcáreo estuvo dos veces en -Cogolludo, al parecer contento; pero, al fin de Agosto, las pesetas que -recibía la baronesa no aparecieron. - -Escribió á don Sergio varias veces sacando á relucir la persecución de -que era víctima, pues de este modo satisfacía la vanidad y el amor -propio del viejo _Cromwell_; pero don Sergio no cayó en la celada. - -Indudablemente, Mingote había hablado. Esperó la baronesa algún tiempo -trampeando, haciendo deudas. Un día, á principios de Otoño, se presentó -el guarda de la casa diciendo á la baronesa que la desalojara, que en -Madrid no habían pagado el alquiler. Se desahogó la baronesa insultando -y poniendo como un trapo á don Sergio; el guarda dijo que la orden suya -era no dejar que se llevaran los muebles sin que le pagaran el alquiler. - -La baronesa sentía que su hija se enterara de sus trapisondas; calculó -lo que valdrían los muebles, que ya en Madrid con las ventas y los -empeños quedaron reducidos estrictamente á lo indispensable, y se -decidió á dejarlos y á huir de Cogolludo. - -Una tarde en que salieron del pueblo á dar un paseo, la baronesa expuso -á Kate, muy azorada, la situación. - ---¿Vamos á Madrid?--terminó diciendo. - ---Vamos. - ---¿Ahora mismo? - ---Ahora mismo. - -Hacía frió. Comenzaba á lloviznar. - -La estación del tren estaba en un pueblo inmediato. Manuel sabía el -camino. Marcharon los tres por entre lomas bajas; no encontraron á -nadie. Kate iba un tanto asustada. - ---Vaya una facha rara que debemos de tener--decía la baronesa. - -A la hora y media de salir del pueblo, de repente, á la revuelta de un -sendero, apareció el faro de señales de la vía férrea, un disco blanco -como un alto fantasma. Soplaba un vientecillo sutil. Oyeron de pronto á -lo lejos los silbidos agudos de un tren, aparecieron las linternas roja -y blanca de la locomotora, fueron agrandándose en la obscuridad -rápidamente, retembló la tierra, pasó la fila de vagones rechinando con -una algarabía infernal, surgió una bocanada de humo blanco con -incandescencias luminosas, cayó un diluvio de chispas al suelo y el tren -huyó y quedaron dos farolillos rojos y uno verde danzando en la -obscuridad de la noche, hasta que se escabulleron en seguida en las -sombras. - -Estaban los tres cansados cuando entraron en la estación. Esperaron -unas horas, y á la mañana del día siguiente llegaron á Madrid. - -La baronesa estaba azorada, fueron á una casa de huéspedes, les -preguntaron si tenían equipaje, la baronesa dijo que no, y no supo -encontrar ningún pretexto ni explicación; les dijeron que sin equipaje -no les tomarían, á no ser que pagaran por adelantado, y la baronesa -salió avergonzada. De allí pasaron por la casa de una amiga, pero se -había mudado: no se sabían tampoco las señas de Horacio. La baronesa -tuvo que empeñar un reloj de Kate y fueron á parar los tres á un hotel -de tercera clase. - -Al cuarto día el dinero terminó. La baronesa había perdido su presencia -de ánimo y en su rostro se notaba la fatiga y el cansancio. - -Escribió una carta humilde á su cuñado pidiéndole hospitalidad para ella -y su hija, y la contestación tardaba. La baronesa se ocultaba de Kate -para llorar. - -La dueña del hotel les pasó la cuenta; le suplicó la baronesa que -esperara unos días á que recibiera una carta; pero la mujer de la fonda, -á quien la petición hecha en otra forma no le hubiera chocado, se -figuró, por el tono empleado por la baronesa, que se trataba de -engañarla, y dijo que no esperaba, que, si al día siguiente no la -pagaban, avisaría á la policía. - -Kate, al ver á su madre más afligida que de costumbre, le preguntó lo -que le pasaba, y ella expuso la situación apurada en que se veían. - ---Voy á ver al embajador de mi país--dijo Kate resueltamente. - ---¿Tú sola? Iré yo. - ---No, que me acompañe Manuel. - -Fueron los dos á la Embajada; entraron en un portal grande. Dió su -tarjeta Kate á un portero é inmediatamente la hicieron pasar. Manuel, -sentado en un banco, esperó un cuarto de hora. Al cabo de este tiempo -salió la muchacha al portal acompañada de un señor de aspecto venerable. - -Este la acompañó hasta la puerta y habló con un lacayo con galones. - -El lacayo abrió la puerta de un coche que había frente á la puerta y -permaneció con el sombrero en la mano. - -Kate se despidió del anciano señor; luego dijo á Manuel. - ---Vamos. - -Entró ella en el coche y después Manuel estupefacto. - ---Ya está todo arreglado--dijo la muchacha á Manuel--. El embajador ha -telefoneado al hotel diciendo que pasen la cuenta á la Embajada. - -Manuel pudo notar en esta ocasión, y comprobarlo después repetidas -veces, que las mujeres acostumbradas desde niñas á doblegarse y á -ocultar sus deseos tienen, cuando despliegan sus energías ocultas, un -poder y una fuerza extraordinarios. - -La baronesa recibió la noticia alborozada, y en un arrebato de ternura, -besó á Kate repetidas veces y lloró amargamente. - -Días después se recibió la contestación del cuñado de la baronesa y un -cheque para que se pusieran en camino. - -A pesar de lo que le prometió la baronesa á Manuel, éste comprendió que -no le llevarían á él. Era natural. La baronesa compró ropa para la Nena -y para ella. - -Una tarde de otoño se fueron madre é hija. Manuel las acompañó, en -coche, hasta la estación. - -La baronesa sentía mucha tristeza de dejar Madrid; la Nena estaba, como -siempre, al parecer serena y tranquila. - -En el trayecto, ninguno de los tres dijo una palabra. - -Bajaron del coche, entraron en la sala de espera; había que facturar un -baúl y Manuel se encargó de ello. Después pasaron al andén y tomaron -asiento en un vagón de segunda. Roberto paseaba por el andén de la -estación pálido, de un lado á otro. - -La baronesa prometió al muchacho que volverían. - -Sonó la campana de la estación. Manuel se subió al coche. - ---Vamos, bájate--dijo la baronesa--. El tren va empezar á andar. - -Manuel ofreció la mano tímidamente á la Nena. - ---Abrázala--dijo su madre. - -Manuel apenas se atrevió á rodear el talle de la muchacha con sus -brazos. La baronesa le besó en las dos mejillas. - ---Adiós, Manuel--le dijo--, secándose una lágrima. - -Echó andar el tren; la Nena saludó desde la ventanilla con la mano; -pasaron vagones y vagones con un ruido sordo; el tren aceleró la marcha. -Manuel sintió una congoja grande; huyó el tren, silbando por los campos, -y Manuel se llevó las manos á los ojos y sintió que estaba llorando. - -Roberto le agarró del brazo. - ---Vamos de aquí. - ---¿Es usted?--le dijo Manuel. - ---Sí. - ---Han sido muy buenas para mí--añadió Manuel tristemente. - - - - -SEGUNDA PARTE - - - - -CAPÍTULO I - -Sandoval.--Los sapos de Sánchez Gómez.--Jacob y Jesús. - - -Salieron juntos Manuel y Roberto de la estación del Norte. - ---¿Y otra vez á empezar?--le dijo Roberto. ¿Por qué no te decides de una -vez á trabajar? - ---¿En dónde? Yo para buscar no sirvo. ¿Usted no sabe algo para mí? En -alguna imprenta... - ---¿Te decidirás á entrar de aprendiz sin ganar nada? - ---Sí; ¿qué voy á hacer? - ---Si te parece bien, yo te llevaré al director de un periódico ahora -mismo. Vamos. - -Subieron hasta la plaza de San Marcial; luego, por la calle de los -Reyes, hasta la de San Bernardo, y en la calle del Pez entraron en una -casa. Llamaron en el piso principal y una mujer esmirriada salió á la -puerta y les dijo que aquel por quien preguntó Roberto estaba durmiendo -y no quería que se le despertase. - ---Soy amigo suyo--replicó Roberto--; yo le despertaré. - -Entraron los dos por un corredor á un cuarto obscuro, en donde olía á -yodoformo de una manera apestosa. Roberto llamó. - ---¡Sandoval! - ---¿Qué hay? ¿Qué sucede?--gritó una voz fuerte. - ---Soy yo; Roberto. - -Se oyeron los pasos de un hombre desnudo que abrió las maderas del -balcón y luego se le vió volver y meterse en una cama grande. - -Era un hombre de unos cuarenta años, rechoncho, grasiento, de barba -negra. - ---¿Qué hora es?--dijo desperezándose. - ---Las diez. - ---¡Qué barbaridad! ¿Es tan temprano? Me alegro que me hayas despertado; -tengo que hacer muchas cosas. Da un grito por el pasillo. - -Roberto lanzó un ¡eh! sonoro, y se presentó en el cuarto una muchacha -pintada, con aire de mal humor. - ---Anda, tráeme la ropa--la dijo Sandoval, y de un esfuerzo se sentó en -la cama, bostezó estúpidamente y se puso á rascarse los brazos. - ---¿A qué venías?--preguntó. - ---Pues como el otro día dijiste que necesitabas un chico en la -redacción, te traigo éste. - ---Pues, hombre, tengo ya otro. - ---Entonces nada. - ---Pero en la imprenta creo que necesitan. - ---A mí ese Sánchez Gómez no me hace mucho caso. - ---Se lo diré yo; no me puede negar eso. - ---¿Te se olvidará? - ---No, no se me olvidará. - ---¡Bah! Escríbele; es mejor. - ---Ya le escribiré. - ---No, ahora; ponle unas letras. - -Mientras hablaban, Manuel observó con curiosidad el cuarto, de un -desorden y suciedad grandes. El mobiliario lo componían: la cama de -matrimonio, una cómoda, una mesa, un aguamanil de hierro, un estante y -dos sillas rotas. Sobre la cómoda y en el estante se amontonaban libros -desencuadernados y papeles; en las sillas enaguas y vestidos de mujer; -el suelo estaba lleno de puntas de cigarro, de trozos de periódico y de -pedazos de algodón utilizados para alguna cura; debajo de la mesa -aparecía una jofaina de hierro convertida en brasero, llena de ceniza y -de carbones apagados. - -Cuando la muchacha pintada vino con el traje y la camisa, Sandoval se -levantó en calzoncillos y anduvo buscando un jabón entre los papeles, -hasta que lo encontró. Se fué á lavar en la palangana del aguamanil, -llena de agua sucia hasta arriba, en la que nadaban remolinos de pelos -de mujer. - ---¿Quieres echar el agua?--dijo el periodista á la muchacha -humildemente. - ---Echala tú--contestó ella de mala manera, saliendo del cuarto. - -Sandoval salió en calzoncillos al corredor con la palangana en la mano, -después volvió, se lavó y fué vistiéndose. - -Sobre los libros y los papeles se veían algún peine grasiento, algún -cepillo de dientes gastado y rojo por la sangre de las encías; un cuello -postizo con ribetes de mugre, una caja de polvos de arroz llena de -abolladuras, con la brocha apelmazada y negra. - -Después de vestido Sandoval, se transformó á los ojos de Manuel; tomó un -aire de distinción y elegancia, escribió la carta que le pedían, y -Roberto y Manuel salieron de la casa. - ---Se ha quedado maldiciendo de nosotros--dijo Roberto. - ---¿Por qué? - ---Porque es perezoso como un turco. Perdona todo menos que le hagan -trabajar. - -Salieron los dos nuevamente á la calle de San Bernardo y entraron en una -callejuela transversal. Se detuvieron frente á una casa pequeña que -salía de la línea de las demás. - ---Esta es la imprenta--dijo Roberto. - -Manuel miró; ni letrero, ni muestra, ni indicación alguna de que aquello -fuera una imprenta. Empujó Roberto una puertecilla y entraron en un -sótano negro, iluminado por la puerta de un patio húmedo y sucio. Un -tabique recién blanqueado, en donde se señalaban huellas impresas de -dedos y de manos enteras, dividía este sótano en dos compartimientos. Se -amontonaban en el primero una porción de cosas polvorientas; el otro, el -interior, parecía barnizado de negro; una ventana lo iluminaba; cerca de -ella arrancaba una escalera estrecha y resbaladiza que desaparecía en el -techo. En medio de este segundo compartimiento un hombre barbudo, flaco -y negro, subido en una prensa grande, colocaba el papel que allí parecía -blanco como la nieve sobre la platina de la máquina, y otro hombre lo -recogía. En un rincón funcionaba trabajosamente un motor de gas que -movía la prensa. - -Subieron Manuel y Roberto por la escalera á un cuarto largo y estrecho -que recibía la luz por dos ventanas á un patio. - -Adosadas á las paredes y en medio, estaban los casilleros de las letras, -y sobre ellos colgaban algunas lámparas eléctricas, envueltas en -cucuruchos de papel de periódico, que servían de pantalla. - -En las cajas trabajaban tres hombres y un chico; uno de los hombres -cojo, de blusa azul larga, sombrero hongo, aspecto de mal humor, con los -anteojos puestos, se paseaba de un lado á otro. - -Roberto saludó al señor cojo y le entregó la carta de Sandoval. El cojo -cogió la carta y gruñó malhumorado: - ---No sé para qué me vienen con estas comisiones. ¡Maldita sea la!... - ---Este es el chico á quien hay que enseñarle el oficio--interrumpió -Roberto fríamente. - ---Como no le enseñe yo la...--y el cojo soltó diez ó doce barbaridades y -un rosario de blasfemias. - ---¿Hoy está usted de mal humor? - ---Estoy como me da la gana... tanto amolar... porque me sale así de los -santísimos... ¿Sabe usted? - ---Bueno, hombre, bueno--repuso Roberto, y añadió en un aparte alto de -teatro, de los que oye todo el mundo:--¡Qué paciencia hay que tener con -este animal! - ---Es una broma--siguió diciendo el cojo sin hacer caso del aparte--; que -el chico quiere aprender el oficio, ¿y á mí qué?; que no tiene que -comer, ¿y á mí qué? Que se vaya con dos mil pares... con viento fresco. - ---¿Le va usted á enseñar ó no, señor Sánchez? Yo tengo que hacer, no -quiero perder el tiempo. - ---¡Ah, usted no quiere perder tiempo! Pues váyase usted, hombre; á bien -que yo no necesito que se quede usted aquí, que se quede el chico; usted -aquí estorba. - ---Gracias. Tú quédate aquí--dijo Roberto á Manuel--, ya te dirán lo que -tienes que hacer. - -Manuel quedó perplejo, vió á su protector que se marchaba, miró á todos -lados, y viendo que no le hacían caso, se fué acercando á la escalera y -bajó dos peldaños. - ---¡Eh! ¿Adónde vas?--le grito el cojo.--¿Es que quieres ó no quieres -aprender el oficio? ¿Qué es esto? - -Manuel quedó nuevamente confuso. - ---Eh, tú, Yaco--gritó el cojo, dirigiéndose á uno de los hombres que -trabajaban--, enséñale las cajas á este choto. - -El aludido, un hombrecillo flaco y muy moreno, con una barba negrísima, -que trabajaba con una rapidez asombrosa, echó una mirada indiferente á -Manuel y volvió á su trabajo. - -El chico permaneció inmóvil, y viéndolo así el otro cajista, un joven -rubio, de aspecto enfermizo, le dijo al compañero de la barba en tono -burlón, con una canturia extraña: - ---¡Ah, Yaco! ¿por qué no le enseñas al muchacho las letras? - ---Enséñale tú--contestó el que llamaban Yaco. - ---Ah, Yaco, veo que la ley de Moisés os hace muy egoístas, Yaco. ¿No -quieres perder tiempo, Yaco? - -El de la barba arrojó á su compañero una mirada siniestra; el rubio se -echó á reir y le indicó á Manuel en dónde estaban las letras; después -trajo una columna impresa que sacó rápidamente de un marco de hierro, y -dijo: - ---Ves echando cada letra en su cajetín. - -Manuel comenzó á hacerlo con mucha lentitud. - -El cajista rubio llevaba una blusa azul larga y un sombrero hongo, á un -lado de la cabeza. Inclinado sobre el chibalete, con los ojos muy cerca -de las cuartillas, el componedor en la mano izquierda, hacía líneas con -una rapidez extraordinaria; su mano derecha saltaba vertiginosamente de -cajetín á cajetín. - -Con frecuencia se paraba á encender un cigarro, miraba á su barbudo -compañero y le preguntaba una cosa, ó muy tonta ó de esas que no tienen -contestación posible en tono jovial, pregunta á la cual el otro no -contestaba más que con una mirada siniestra de sus ojos negros. - -Dieron las doce, dejaron todos el trabajo y se fueron. Manuel quedó solo -en la imprenta. Al principio abrigó la esperanza de que le darían algo -de comer; luego pudo convencerse de que nadie se había preocupado de su -alimentación. Reconoció la imprenta; nada, por desgracia, era -comestible; pensó que quizás aquellos rodillos, quitándoles la tinta de -encima, podrían ser aprovechados, pero no se decidió. - -A las dos volvió Yaco; poco después el rubio, que se llamaba Jesús, y -comenzaron de nuevo el trabajo. Manuel siguió en su tarea de -distribución de letras, y Jesús y Yaco en la componer. - -El cojo corregía galeradas, las entintaba, sacaba una prueba poniendo -encima de ellas un papel y golpeando con un mazo, y después, con unas -pinzas, extraía unas letras y las iba substituyendo por otras. - -Jesús á media tarde dejó de componer, cambió de faena, cogía las -galeradas, atadas con un bramante, las soltaba, formaba columnas, las -metía en un marco de hierro y las sujetaba dentro con cuñas. - -El marco se lo llevaba uno de los maquinistas del sótano y volvía con él -al cabo de una hora. Jesús substituía en el marco de hierro unas -columnas por otras y se llevaban de nuevo la forma. Poco después se -repetía la misma operación. - -Luego de trabajar toda la tarde iban á salir á las siete, cuando Manuel -se acercó á Jesús y le dijo: - ---¿No me dará el amo de comer? - ---¡Quia! - ---Yo no tengo dinero; no he podido tampoco almorzar. - ---¿Ah, no? Anda, vente conmigo. - -Salieron juntos de la imprenta y entraron en una tabernucha de la calle -de Silva, en donde comía Jesús. Habló éste con el tabernero y después le -dijo á Manuel: - ---Aquí te darán el cocido de fiado. Yo he respondido por ti. A ver si no -haces una charranada. - ---Descuide usted. - ---Bueno, vamos adentro, hoy convido yo. - -Penetraron en el interior de la tasca y se sentaron los dos en una mesa. - -Les trajeron una fuente con guisado, pan y vino. Mientras comían, Jesús -contó de una manera humorística una porción de anécdotas del amo de la -imprenta, de los periodistas y, sobre todo, de Yaco, el de la barba, que -era judío, muy buena persona, pero avaro y sórdido hasta perderse de -vista. - -Jesús le solía tomar el pelo y le incomodaba para oirle. - -Al concluir de cenar, Jesús preguntó á Manuel: - ---¿Tienes sitio donde dormir? - ---No. - ---Ahí, en la imprenta, debe haber. - -Volvieron á la imprenta, y el cajista le pidió al cojo que permitiera á -Manuel dormir en algún rincón. - ---Moler--exclamó el cojo--, esto va á ser el asilo de la Montaña. ¡Vaya -una golfería! porque el cojo será muy malo pero aquí todo el mundo -viene. Claro.. A la _gandinga_. - -Gruñendo, como era su costumbre, el cojo abrió un cuartucho, al que se -subía por unas escaleras, lleno de grabados envueltos en papeles, y -después señaló un rincón, en donde había paja de jergones y unas mantas. - -Durmió Manuel en la covacha hecho un príncipe. - -Al día siguiente, el dueño le mandó ir al sótano. - ---Mira lo que hace éste y luego haz tú lo mismo--le dijo, indicándole al -hombre flaco y barbudo subido á la plataforma de la máquina. - -Cogía éste una hoja de papel de un montón y la colocaba sobre la -platina, venían al momento las lengüetas de la prensa á agarrar la hoja -con la seguridad de los dedos de una mano; al movimiento del volante, la -máquina tragaba el papel y al poco rato salía impreso por un lado, y -unas varillas, como las de un abanico, lo depositaban automáticamente en -una platina baja. Manuel aprendió pronto la maniobra. - -El amo dispuso que Manuel trabajase por la mañana en las cajas, y por la -tarde, y parte de la noche, en la máquina, y le asignó seis reales de -jornal al día. Por la tarde se podía aguantar el trabajo en el sótano, -pero de noche imposible. Entre el motor de gas y los quinqués de -petróleo quedaba la atmósfera asfixiante. - -A la semana de estar allí, Manuel había intimado con Jesús y con Yaco y -se tuteaba con los dos. - -Jesús le aconsejaba á Manuel el que se aplicase en las cajas y -aprendiera pronto á componer. - ---Al menos se tiene la pitanza segura. - ---Pero es muy difícil--decía Manuel. - ---Quia, hombre, acostumbrándose es más sencillo que cargar cubas de -agua. - -Manuel trabajaba siempre que podía, esforzándose en adquirir ligereza; -algunas noches hacía líneas, y era para él un motivo de orgullo el -verlas después impresas. - -Jesús se entretenía en embromar al judío, remedándole en su manera de -hablar. Habían vivido los dos algunos meses en la misma casa. Yaco -(Jacob era su nombre) con su familia, y Jesús con sus dos hermanas. - -Le entusiasmaba á Jesús sacar á Jacob de sus casillas y oirle decir -maldiciones pintorescas en su lengua melosa y suave, arrastrando las -eses. - -Según decía Jesús, en casa de Jacob hablaban su mujer, su suegro y él, -en la más extraña jerigonza que imaginarse puede, una mezcla de árabe y -de castellano arcaico que sonaba á algo muy raro. - ---¿Te acuerdas, Yaco--le decía Jesús remedándole--, cuando llevaste á -Mesoda, á tu mujer, aquel canario? Y te preguntaba ella: ¡Ah, Yaco! ¿qué -es ese _pasharo_ que tiene las plumas _amarias_? Y tú le contestabas: -¡Ah, Mesoda!, este _pasharo_ es un canario y te lo traigo para _tú_. - -Jacob, al ver que todo el mundo se reía, lanzaba una mirada terrible á -Jesús y le decía: - ---¡Ah _roín_, te venga un dardo que borre tu nombre del libro de los -vivos! - ---Y cuando Mesoda--proseguía, Jesús te decía--: Finca aquí, Yaco, finca -aquí. ¡Ah, Yaco, qué mala estoy! Tengo una paloma en el _corasón_, un -_martio_ en cada sién y un _pescao_ en la nuca. ¡Llámale á mi _babá_, -que me traiga una ramita de _letuario_, Yaco! - -Estas intimidades de su hogar, tratadas en broma, exasperaban á Jacob, y -oyéndolas se exaltaba, y sus imprecaciones podían dejar atrás las de -Camila. - ---No respetas la familia, perro--terminaba diciendo. - ---¡La familia!--le replicaba Jesús--. Lo primero que debe hacer uno es -olvidarla. Los padres y los hermanos, y los tíos y los primos, no sirven -más que para hacerle á uno la pascua. Lo primero que un hombre debe -aprender, es á desobedecer á sus padres y á no creer en el Eterno. - ---Calla _cafer_, calla. Te veas como el _vapó_ con agua en los lados y -fuego en el _corasón_. Te barra la escoba negra si sigues blasfemando -así. - -Jesús se reía y, después de oirle hablar á Jacob, añadía: - ---Hace unos miles de años, este animal que ahora no es más que un -tipógrafo, hubiera sido un profeta y estaría en la Biblia al lado de -Matatías, de Zabulón y de toda esa morralla. - ---No digas necedades--replicaba Jacob. - -Después de la discusión, Jesús le decía: - ---Tú ya sabes, Yaco, que nos separa un abismo de ideas; pero á pesar de -esto, si quieres aceptar el convite de un cristiano, te convido á una -copa. - -Jacob movía la cabeza y aceptaba. - - - - -CAPÍTULO II - -Los nombres de los Sapos.--El director de _Los Debates_ y sus -redactores. - - -Sánchez Gómez el impresor, á quien también se le conocía por el mote del -Plancheta, aunque trabajaba como obrero era hombre rico; tenía un humor -endiablado y desigual, una jovialidad corrosiva y un fondo de buen -corazón. - -Era el impresor más pintoresco y multiforme de Madrid, y su negocio el -más complicado é interesante. - -Este solo dato bastaba para juzgarle: con una sola prensa, movida por un -motor de gas, de los antiguos, publicaba nueve periódicos, cuyos títulos -nadie podría encontrar insignificantes. - -_Los Debates_, _El Porvenir_, _La Nación_, _La Tarde_, _El Radical_, _La -Mañana_, _El Mundo_, _El Tiempo_ y _La Prensa_; todos estos diarios -importantes nacían en el sótano de la imprenta. - -A cualquier hombre vulgar le parecería esto imposible; para Sánchez -Gómez, aquel Proteo de la tipografía, la palabra imposible no existía en -el diccionario. - -Cada periódico importante de éstos, tenía una columna suya; y lo demás, -información, artículos literarios, anuncios, folletín, noticias, era -común á todos. - -Sánchez Gómez hermanaba en sus periódicos el individualismo y el -colectivismo. Cada uno de sus órganos gozaba de su autonomía é -independencia en absoluto y, sin embargo, cada uno de ellos se parecía -al otro como dos gotas de agua. El Cojo realizaba en sus publicaciones, -la unidad y la variedad. - -_El Radical_, por ejemplo, furibundo republicano, dedicaba la primera -columna á faltar al Gobierno y á los curas; pero sus noticias eran las -mismas que las de _El Mundo_, diario conservador impenitente que -empleaba la primera columna en defender la Iglesia, esa arca santa de -nuestras tradiciones; la Monarquía, esa gloriosa institución, símbolo de -nuestra Patria; el Ejército, baluarte firmísimo de nuestra nacionalidad; -la Constitución, ese compendio de nuestras libertades públicas... - -De todos los periódicos allí impresos, _Los Debates_ constituían un buen -negocio para su propietario, don Pedro Sampayo y Sánchez del Pelgar. Era -_Los Debates_--utilizando los símiles empleados en el diario--terrible -ariete contra el bolsillo de los políticos, fortaleza inexpugnable para -las exigencias de los acreedores. - -El _chantage_, en manos del director del periódico, se convertía en -terrible arma de combate; ni la catapulta antigua ni el cañón de -treinta y seis podía comparársele. - -El periódico de don Pedro Sampayo y Sánchez del Pelgar disponía de tres -columnas propias. - -Estas columnas las fabricaban un gallegote, macizo y grueso, de aspecto -cerril, que escribía muy intencionadamente, llamado González Parla, y un -señor Fresneda, muy flaco, muy espiritado, muy bien vestido y siempre -muerto de hambre. - -Langairiños, el Superhombre, pertenecía á la redacción de _Los Debates_, -pero sólo en una parte alícuota, pues sus producciones geniales se -estampaban en los nueve sapos nacidos en el sótano de la imprenta de -Sánchez Gómez. - -Indudablemente, es hora de presentar á Langairiños. Le llamaban, en -broma, los periodistas el Superhombre y, abreviando, el Super, porque -siempre estaba hablando del advenimiento del superhombre de Nietzsche, -sin comprender que, en broma y todo, no le hacían más que justicia. - -Era lo más alto, lo más excelso de la redacción; unas veces se firmaba -Máximo, otras Mínimo; pero su nombre, su verdadero nombre, el que -inmortalizaba diariamente, y diariamente, cada vez más, en _Los Debates_ -ó en _El Tiempo_, en _El Mundo_ ó en _El Radical_, era Ernesto -Langairiños. - -¡Langairiños! Nombre dulce y sonoro, algo así como una brisa fresca en -una tarde de verano; ¡Langairiños! Un sueño. - -El gran Langairiños tenía entre treinta y cuarenta años; abdomen -pronunciado, nariz aquilina y barba negra, fuerte y tupida. - -Algún imbécil de los que le odiaban, al verle tan vertebrado y cerebral, -alguna de esas serpientes que tratan de morder en el acero de las -grandes personalidades, aseguraba que el aspecto de Langairiños era -grotesco, aseveración falsa á todas luces, pues, á pesar de que su -indumentaria no reunía las condiciones exigidas por el más estrecho -dandysmo; á pesar de que casi constantemente sus pantalones mostraban -rodilleras y flecos y sus americanas constelaciones de manchas; á pesar -de todo esto, su elegancia natural, su aire de superioridad y de -distinción borraba tan ligeras imperfecciones, bien así como la ola del -mar hace desaparecer las huellas en la arena de la playa. - -Langairiños ejercía de crítico, y de crítico cruel; sus artículos -aparecían al mismo tiempo en nueve periódicos. Su manera impresionista -despreciaba esas frases vulgares como «la señorita Pérez rayó á gran -altura», «los caracteres están bien sostenidos en la obra» y otras de la -misma clase. - -En dos apotegmas reunía aquel superhombre todas sus ideas acerca del -mundo que le rodeaba, eran dos frases terribles, de una ironía amarga y -dislacerante. Que alguno aseguraba que este político, el otro periodista -tenían influencia, dinero ó talento..., él replicaba: Sí, sí; ya sé -quién dices. Que otro decía que el novelista, el dramaturgo hacían ó -dejaban de hacer..., él contestaba: Bueno, bueno; por la otra puerta. - -La superioridad de espíritu de Langairiños no le permitía suponer que un -hombre que no fuera él valiese más que otro. - -Su obra maestra era un artículo titulado _Todos golfos_. Se trataba de -una conversación entre un maestro del periodismo--él--y un aprendiz de -periodista. - -Aquel derroche de sal ática terminaba con este rasgo de humor: - -El aprendiz.--Hay que tener principios. - -El maestro.--En la mesa. - -El aprendiz.--Hay que decir las cosas con verdadera crudeza al país. - -El maestro.--Se le van á indigestar. Acuérdese usted de los garbanzos de -la casa de huéspedes. - -El Superhombre escribía siempre así, de un modo terrible, shakesperiano. - -A consecuencia del desgaste cerebral producido por sus trabajos -intelectuales, el Súper se encontraba neurasténico, y para curar su -enfermedad tomaba glicerofosfato de cal en las comidas y hacía gimnasia. - -Manuel recordaba haber oído muchas veces en la casa de huéspedes de doña -Casiana una voz sonora que contaba valientemente y sin fatiga el número -de flexiones de piernas y de brazos. Veinticinco..., veintiséis..., -veintisiete, hasta llegar á ciento, y aun más. Aquel Bayardo de la -gimnasia se llamaba Langairiños. - -Los otros dos redactores no podían compararse con Langairiños. González -Parla parecía un bárbaro por su facha de mozo de cuerda. Hablaba -brutalmente; llamaba al pan, pan, y al vino, vino; á los políticos -braguetones y á los periódicos de Sánchez Gómez, los _sapos_. - -El otro redactor, Fresneda, podía apostar á finura al hombre más fino y -almibarado de Madrid. Experimentaba un verdadero placer en llamar señor -á todo el mundo. Fresneda se sostenía en pie por milagro; se pasaba la -vida muerto de hambre, pero esto no producía en él iras ni cóleras. - -González Parla y Fresneda necesitaban recurrir á toda clase de -expedientes para obligar á Sampayo, el propietario de _Los Debates_, á -que les pagara algunas pesetas. La esperanza de los dos, una credencial -obtenida por intermedio del director propietario, no se realizaba -nunca. - -Manuel oía hablar tanto de Sampayo, que sintió curiosidad por conocerle. - -Era un señor alto, erguido, de noble aspecto, de unos sesenta y tantos -años; había conseguido varias veces el cargo de Gobernador, gracias á su -mujer, una real hembra, en sus buenos tiempos, capaz de obtener -cualquier cosa de un Ministro. En los gobiernos civiles por donde pasó -el matrimonio no quedaron ni los clavos. - -La mujer de Sampayo tenía buenas amistades con algunos señores ricos, -pero en justa reciprocidad era tan superhembra y tan tolerante, que -buscaba siempre criadas guapas y amables para que su marido estuviese -satisfecho. - -¡Y qué espectáculo más humano presentaba el hogar! Algunas veces, cuando -llegaba la señora de Sampayo á su casa, un tanto fatigada, después de -alguna aventurilla, se encontraba á su esposo con su noble aspecto -cenando mano á mano con la criada, cuando no abrazándola cariñosamente. - -El matrimonio gastaba sus ingresos íntegros; pero Sampayo era tan -diestro en el arte de crearse acreedores y de torearlos después, que -siempre encontraba medio de sacar algunos cuartos. - -Una vez que González Parla, muy ceñudo, y Fresneda, muy amable, llamando -al director señor de Sampayo á cada momento, le exponían su crítica -situación, Sampayo entregó á Fresneda una carta para un general -americano, pidiéndole dinero. Puso á su redactor la condición de que -todo lo que pasara de diez duros quedaría para la caja. - -Al salir á la calle los dos redactores, González Parla le exigió á su -compañero la carta, y el hombre espectral se la dió. - ---Yo iré á verle á ese braguetón de general--dijo González Parla--y le -sacaré las perras y nos las repartiremos. La mitad para ti y la otra -mitad para mí. - -El hombre flaco acompañó al hombre gordo hasta la casa del general. - -El general, un guachindanguito vestido de guacamayo, leyó la carta del -director, miró al periodista, se caló los lentes y le preguntó, -contemplándole de arriba abajo: - ---¿_Uté_ es el _señó_ Fresneda? - ---Sí, señor. - ---¿_Etá uté_ seguro? - ---Claro; soy yo. - ---Pero _uté etá_ tísico, ¿no? - ---¿Yo? No, señor. - ---Pues eso me _disen_ en la carta, ¿sabe?... Que tiene _uté_ siete hijos -y que por su aspecto podré comprender que _etá_ en el último período de -tisis, ¿sabe? - -González Parla se azoró; dijo que era verdad que no estaba tísico; pero -que había tenido un padre que había estado tísico, y como había tenido -el padre tísico, le decían los médicos que él quedaría también tísico, -que ya lo estaba en principio, de modo que aunque no lo fuera, era casi -lo mismo que si lo estuviera ya. - ---Yo no comprendo eso, ¿sabe?--dijo el general, después de escuchar una -argumentación tan deficiente--; yo entiendo que eso _é_ una _macana_, -¿no? No se puede _etá_ tan gordo hallándose enfermo, ¿sabe? Pero, en -fin--y largó un billete doblado entre sus dedos--, tome y váyase, y no -sea pendejo. - ---Esta gordura es falsa--replicaba humildemente González Parla, cogiendo -el billete--. Es la patata que come uno, y se escabulló avergonzado. - -El billete era de cien pesetas, y se lo repartieron entre el redactor -flaco y el redactor gordo, con gran indignación de Sampayo. Este se -prometió no darles ni un céntimo durante meses. - -Fresneda, en las últimas boqueadas del hambre, tuvo la única frase -enérgica de toda su vida. - ---Yo le daré á usted una recomendación para el ministro--le dijo el -director, contestando así á una petición de dinero. - ---Para morirse de hambre, señor de Sampayo--contestó con energía no -exenta de su proverbial finura Fresneda--, no se necesitan -recomendaciones. - - - - -CAPÍTULO III - -El parador de Santa Casilda.--La historia de Jacob.--La Fea y la -Sinforosa.--La chica sin madre.--Mala Nochebuena. - - -Para la primavera Manuel componía con facilidad. Poco después el tercer -cajista se fué, y Jesús dijo al amo que debía de poner á Manuel en la -plaza vacante. - ---Pero si no sabe nada--replicó el dueño. - ---¡No ha de saber! Páguele usted por líneas. - ---No, le subiré el jornal. - ---¿Cuánto le va usted á dar? - ---Le daré ocho reales. - ---Es poco. El otro ganaba doce. - ---Bueno, le daré nueve; pero que no venga á dormir aquí. - -El nuevo cargo emancipó á Manuel de la obligación de barrer la imprenta -y salió de su cuchitril. Jesús le llevó al parador de Santa Casilda, en -donde él vivía; un enorme caserón de un solo piso, con tres patios muy -grandes, que estaba en la ronda de Toledo. Hubiera deseado Manuel no ir -por aquellos barrios, de los que conservaba malos recuerdos; pero su -amistad con Jesús le hizo quedarse allí. Le alquilaron en el parador -por ocho reales á la quincena, un cuartucho con una cama, una silla de -paja rota, y una estera colgada del techo, que hacía de puerta. Cuando -el viento venía del campo de San Isidro, se llenaban de humo los cuartos -y los corredores del parador de Santa Casilda. Los patios del parador -eran, poco más ó menos, como los de la casa del tío Rilo, con galerías -idénticas, y puertas numeradas. - -Desde la ventana del cuartucho de Manuel se veían tres depósitos, -panzudos, rojos, de la fábrica del gas, con sus soportes altos de hierro -terminados en poleas, y alrededor el Rastro; á un lado, vertederos -ennegrecidos por el carbón y las escorias; más lejos se extendía el -paisaje árido, y sus lomas calvas amarillentas se escalonaban hasta -perderse en el horizonte. Enfrente sobresalía el cerrillo de los Angeles -con su ermita en la punta. - -En el cuarto inmediato al alquilado por Manuel, había un carpintero y su -mujer que tenían una niña. Los dos se emborrachaban y pegaban á la chica -de una manera bestial. - -Manuel estuvo muchas veces dispuesto á entrar en el cuarto, porque -suponía que aquellos bárbaros martirizaban á la niña. - -Una de las mañanas que encontró á la carpintera, le dijo: - ---¿Por qué pegan ustedes así á la chica? - ---¿Te importa algo? - ---Claro que me importa. - ---¿No es mi hija? Puedo hacer con ella lo que quiera. - ---Así debía haber hecho su madre con usted--le contestó--quitarla de en -medio á palos por bruja. - -Refunfuñó la mujer y Manuel se fué á la imprenta. - -Por la noche, el carpintero detuvo á Manuel: - ---¿Qué le has dicho tú á mi señora, eh? - ---Le he dicho que no debía pegar á su hija. - ---Y á ti, ¿quién te mete á decir nada? - -El carpintero tenía un aspecto feroz, un entrecejo abultado y un cuello -de toro. Una gruesa vena le cruzaba la frente. Manuel no le contestó. - -Afortunadamente para él el carpintero y su mujer se mudaron de la casa -pronto. - -En los cuchitriles del mismo pasillo del parador vivían también dos -gitanos viejos con sus familias, los dos muy zaragateros y muy ladrones; -una muchacha ciega, que cantaba flamenco en la calle, moviéndose con -unas convulsiones de epiléptica, y que iba acompañada de otra chica, con -la que se pegaba continuamente, y dos hermanas muy golfas, muy -zarrapastrosas, pintadas, chillonas, embusteras, liosas, pero alegres -como cabras. - -La habitación de Jesús se hallaba bastante próxima á la de Manuel, y -esta vida común de la imprenta y de la casa hizo que estrecharan más sus -relaciones de amistad. - -Jesús era un excelente muchacho; pero se emborrachaba con una frecuencia -lamentable; tenía dos hermanas solteras, una bonita, con unos ojos -verdes de gato, de facha desvergonzada, llamada Sinforosa, y la otra una -pobre enclenque, torcida y escrofulosa, á quien todos le decían, -implacablemente, la Fea. - -A los dos meses ó cosa así de vivir en el parador, Jesús, con su tono -irónico peculiar, le dijo á Manuel cuando marchaban los dos á la -imprenta: - ---¿No sabes? Mi hermana está preñada. - ---¿Sí? - ---Vaya. - ---¿Cuál de las dos? - ---La Fea. ¿Quién habrá sido el héroe? Merece una cruz. - -El cajista siguió hablando del percance y bromeando con indiferencia. - -A Manuel no le parecía bien esto; al fin era su hermana; pero Jesús -salió con sus invectivas contra la familia y con que uno no se debía -ocupar para nada de los hermanos, ni de los padres, ni de nadie. - ---Buena teoría para los egoístas--le dijo Manuel. - ---La familia no es más que el egoísmo en beneficio de unos pocos y en -contra de la humanidad--contestó Jesús. - ---Bastante caso haces tú de la humanidad, tan poco como de tu -familia--le replicó Manuel. - -Por esta cuestión volvieron á discutir varias veces y llegaron á decirse -cosas muy agrias y mortificantes. - -A Manuel no le importaba mayormente aquello; pero le producía -indignación el ver que Jesús y la Sinforosa no se compadeciesen de su -hermana y la enviasen á hacer recados y la obligasen á barrer cuando la -pobre raquítica no podía con su barriga, que amenazaba ser monstruosa. - -Por motivo de estas discusiones, hubo días en los cuales Manuel apenas -cruzó unas cuantas palabras con Jesús, y se dedicó á charlar con Jacob y -á hacerle preguntas acerca de su país. - -A Jacob, á pesar de que según decía no le había ido muy bien en su -tierra, le gustaba hablar de ella. - -Era de Fez y tenía un entusiamo grande por esta ciudad. - -La pintaba como un paraíso lleno de huertas con palmeras, limoneros y -naranjos, cruzada por riachuelos cristalinos. En Fez, en el barrio de -los judíos, pasó Jacob su infancia, hasta que entró al servicio de un -comerciante rico, que negociaba en Rabat, Mogador y Saffi. - -Jacob, con su imaginación viva y su modo de hablar exagerado, pintoresco -y lleno de imágenes, daba la impresión de la realidad cuando hablaba de -su país. - -Pintaba el paso de las caravanas compuestas de camellos, asnos y -dromedarios. Describía éstos con sus cuellos largos y su cabeza pequeña, -que se balancea como la de las serpientes, con los ojos apagados que -miran al cielo; y al oirle mientras peroraba se creía estar atravesando -aquellos arenales blancos, en donde el sol ciega. Describía también los -mercados constituídos en la confluencia de unas cuantas sendas y -caracterizaba á la gente que acudía á ellos; los moros de las cabilas -próximas con sus fusiles, los encantadores de serpientes, los -hechiceros, los narradores de cuentos de las _Mil y una noches_, los -médicos que sacan los gusanos de los oídos. - -Y al retirarse las caravanas, al alejarse unos y otros por las sendas, -jinetes en sus caballos y en sus mulas, Jacob imitaba los graznidos de -los cuervos que acudían en bandadas al lugar del mercado y lo cubrían de -una capa negra. - -Pintaba el efecto que causaba ver treinta ó cuarenta bereberes á -caballo, con melenas largas, armados de espingardas, y que, al pasar un -judío, escupían en el suelo; la vida sin seguridad; por los caminos, -gentes sin ojos y sin brazos, castigados por la justicia, pidiendo -limosna en nombre de Muley Edris, y durante el invierno, el paso -peligroso de los ríos, los anocheceres en la puerta del aduar, mientras -se preparaba el _cus-cus_, tocando el _guembrí_ y cantando canciones -soñolientas y tristes. - -Un sábado, Jacob le convidó á Manuel á comer en su casa. - -Vivía el judío en el barrio de Pozas, en una casucha de una callejuela -próxima al paseo de Areneros. - -La casita aquella tenía un aspecto extraño, algo oriental. Una ó dos -mesas bajitas de pino; jergones pequeños en vez de sillas, y colgando de -las paredes trapos de color y dos guitarrillos de tres cuerdas. - -Manuel conoció al padre de Jacob, un viejo melenudo que andaba por casa -con una túnica obscura y una gorra, á su mujer Mesoda y á una niña de -ojos negros llamada Aisa. - -Se sentaron todos á la mesa; el viejo pronunció unas cuantas palabras -gravemente en una lengua enrevesada, que Manuel supuso sería una oración -en judío, y comenzaron á comer. - -La comida tenía gusto á hierbas aromáticas fuertes, y á Manuel le -pareció que mascaba flores. - -En la mesa, el viejo, en el castellano extravagante en que hablaba toda -la familia, contó á Manuel las peripecias de la guerra de Africa; en su -narración Prim, el señor Juan Prim--como decía él--tomaba proporciones -épicas. Jacob debía de respetar profundamente al viejo y le dejaba -perorar y hablar de Prim y del Eterno; Mesoda muy tímida sonreía y se -ruborizaba por cualquier cosa. - -Después de comer, Jacob descolgó de la pared uno de los guitarrillos de -tres cuerdas y cantó varias canciones árabes acompañándose de uno de -aquellos instrumentos primitivos. - -Manuel se despidió de la familia de Jacob y prometió visitarla de cuando -en cuando. - - * * * * * - -Una noche de otoño, al volver Manuel del trabajo, después de un día -entero en que Jesús no apareció por la imprenta, al entrar en el Parador -se encontró en el pasillo que conducía á su cuarto con un grupo de -comadres, que hablaban de Jesús y de sus hermanas. - -La Fea había parido; estaban en su cuarto el médico de la Casa de -Socorro y la señora Salomona, una buena mujer que se ganaba la vida -asistiendo enfermos. - ---¿Pero qué ha hecho Jesús?--preguntó Manuel al oir los dicterios de las -mujeres contra el cajista. - ---¿Qué ha hecho?--contestó una de las comadres--, pues ná, que ha -resultao que vivía amontonao con la Sinfo, que es una pécora más mala -que un dolor, y Jesús y ella se habían entregao á la bebida, y la -zorrona de la Sinfo le quitaba el jornal que ganaba á la Fea. - ---Eso no puede ser verdad--replicó Manuel. - ---¿Qué no? Si lo ha dicho el mismo Jesús. - ---Pues la otra no es muy decente tampoco, que digamos--añadió una de las -mujeres. - ---Tanto como la que más--replicó la comadre oradora--. Se lo ha contao -tó al médico de la Casa de Socorro. Una noche en que no había pasao -gracia divina por su cuerpo, porque Jesús y la Sinfo se habían llevao -tóos los quisquis, fué la Fea y, para remediar el hambre, bebió un trago -de aguardiente y luego otro, y con la debilidá que tenía se quedó -borracha. Vinieron la Sinfo y Jesús, y los dos cargados, y la muy zorra, -viéndola en la cama á la Fea, la dijo, dice: Anda, que la cama la -necesitamos nosotros para... (haciendo un ademán desvergonzado). Ya me -entienden ustés, y va y pone á su hermana á la puerta. La Fea, que no -sabía lo que se hacía, salió á la calle, y uno del Orden, al verla -curda, la lleva á la delega y la mete en un cuarto obscuro, y allí algún -tío... - ---Que estaría también curda--dijo un albañil que se detuvo á oir la -relación. - ---Pues ná...--añadió la comadre. - ---Si llega á haber luz, pa mí que no hay nada, porque el compadre, al -ver la cara de la socia, se asusta--añadió el albañil siguiendo su -camino. - -Manuel se separó del grupo de comadres y se asomó á la puerta del cuarto -de Jesús. Era un espectáculo desolador; la hermana del cajista, pálida, -con los ojos cerrados, echada en el suelo sobre unas esteras, cubierta -con telas de sacos, parecía un cadáver; el médico la fajaba en aquel -momento; la señora Salomona vestía al recién nacido; un charco de sangre -manchaba los ladrillos. - -Jesús, arrimado á la pared en un rincón, miraba al médico y á su -hermana, impasible, con los ojos brillantes. - -El médico pidió á las vecinas que trajeran un colchón y unas sábanas; -cuando llegaron estas cosas pusieron el colchón sobre el petate, de -tablas, y colocaron con cuidado á la Fea. Estaba la pobre raquítica como -un esqueleto; su pecho era liso como el de un hombre y, á pesar de que -no debía tener fuerzas para moverse, cuando le pusieron el niño á su -lado, cambió de postura é intentó darle de mamar. - -Manuel, al notarlo, miró á Jesús con ira. - -Le hubiera pegado con gusto, por permitir que su hermana estuviera así. - -El médico, cuando concluyó su trabajo, cogió á Jesús, lo llevó al -extremo de la galería y habló con él. Jesús se hallaba dispuesto á -hacer todo lo que le dijeran; daría el jornal entero á la Fea, lo -prometía. - -Luego, cuando se fué el médico, Jesús cayó en manos de las comadres, que -le pusieron como un trapo. - -El no negó nada. Al revés. - ---Durante el embarazo--dijo--ha dormido en el suelo sobre la estera. - -Todas las comadres comentaron indignadas las palabras del cajista. Este -se encogía de hombros estúpidamente. - ---¡Mire usté que estar la pobre infeliz durmiendo sobre la estera -mientras que la Sinfo y Jesús se estaban en la cama!--decía una. - -Y la indignación se acentuó contra la Sinfo, aquella golfa indecente, á -la que juraron dar una paliza morrocotuda. La señora Salomona tuvo que -interrumpir la charla, porque no dejaban dormir en paz á la parturienta. - -La Sinfo debió sospechar algo, pues no se presentó en el parador. Jesús, -ceñudo, sombrío, con las mejillas encendidas y los ojos brillantes en -los días posteriores iba de su casa á la imprenta sin hablar una -palabra. Manuel sospechó si estaría enamorado de su hermana. - -Durante el sobreparto, las mujeres de la vecindad cuidaron con cariño á -la Fea; exigían el jornal entero á Jesús, quien lo daba sin -inconveniente alguno. El recién nacido, encanijado é hidrocéfalo, murió -á la semana. - -La Sinforosa no apareció más por el parador; según se decía, se había -lanzado á la _vida_. - - * * * * * - -El día de Nochebuena, por la tarde, llegaron al parador tres señores -vestidos de negro. Un viejecillo de bigote blanco y ojos alegres; un -señor estirado de barba entrecana y anteojos de oro; y otro que parecía -secretario ó escribiente, bajito, de bigote negro, que taconeaba al -andar é iba cargado de papeles. Dijeron que eran de la Conferencia de -San Vicente de Paúl, visitaron á la hermana de Jesús y á otras personas -que vivían en rincones y tabucos de la casa. - -Detrás de aquellos señores vestidos de negro fueron Manuel y Jesús, por -curiosidad, con otro vecino albañil. Manuel y Jesús, que no hacían más -que dormir en el parador, no conocían la vecindad, así que anduvieron -por su casa como por una extraña. - ---¡Hipócritas!--decía el albañil á voz en grito. - ---Pero, hombre. ¡Cállese usted!--exclamó Manuel--que le van á oir. - ---¿Y qué?--replicaba el vecino--¡Qué me oigan! Son unos hipócritas. ¿A -qué vienen aquí á echárselas de caritativos? A hacer el paripé, á eso -vienen esos tíos; estos jesuítas farsantes. ¿Qué leñe quieren saber? -¿que vivimos mal? ¿que estamos hechos unos guarros? ¿que no cuidamos de -los chicos? ¿que nos emborrachamos? Bueno, pues que nos den su dinero y -viviremos mejor, pero que no se nos vengan con bonos y con consejos. - -Entraron los tres señores en un tabuco de un par de metros en cuadro. En -el suelo, sobre un montón de paja y de harapos, había una mujer -hidrópica, con la cara hinchada y entontecida. - -En una silla, á la luz de una candileja, cosía una mujer joven. - -Desde el pasillo Manuel pudo oir la conversación que tenían adentro. - -El viejecillo del bigote blanco preguntó con su voz alegre qué es lo que -le pasaba á la mujer, y una vecina que vivía en un cuarto próximo contó -un sin fin de miserias y dolores. - -La hidrópica sobrellevaba sus desdichas con resignación extraordinaria. - -Se cebó la desgracia en ella y fué cayendo y cayendo hasta llegar á -aquella situación tan triste. No encontró una mano amiga, y sus únicos -favorecedores fueron un carnicero y su mujer, antiguos criados de su -casa á quienes había ayudado á establecerse en mejores épocas. La -carnicera, que además era prestamista, solía comprar en el Rastro -mantones y pañuelos de Manila, y cuando tenían algo que zurcir ó -arreglar se los llevaba á la hija de la hidrópica para que los -compusiera. - -Esto, la antigua criada se lo pagaba á la hija de sus amos con un montón -de huesos, y á veces, cuando quedaba satisfecha del trabajo le daba las -sobras de su comida. - ---¡Moler con la generosidad de la carnicera!--dijo el albañil, que -escuchaba la narración de la vecina. - ---También la gente del pueblo--repuso Jesús en broma, recordando una -frase de zarzuela--tiene su corazoncito. - -Los señores de la Conferencia de Paúl, después de oir tan conmovedora -relación, dieron tres bonos á la hija de la hidrópica y salieron del -cuarto. - ---Ya es feliz esta mujer--murmuró Jesús irónicamente--; tenía que -morirse mañana y se muere pasado. ¿Para qué quiere más? - -El albañil murmuró: - ---Me parece. - -El secretario, el de los papeles, recordó un caso análogo al de la -hidrópica, y lo llamó curioso y extremadamente interesante. - -Cuando los tres señores salían de un pasillo para desembocar en otro, -una vieja les llamó y hablándoles de usía les pidió que la acompañaran y -les llevo alumbrándoles con una bujía á un caramanchón ó agujero negro -abierto debajo de una escalera. Sobre un montón de trapos y arropada en -un mantón raido había una chiquilla delgada, esmirriada, la cara morena -y flaca, los ojos negros, huraños, y brillantes. A su lado dormía un -chico de dos ó tres años. - ---Yo quisiera que usías--dijo la vieja--la metieran á esta chica en un -asilo. Es huérfana; su madre, que con perdón, no llevaba muy buena vida, -murió aquí. Ella se ha metido en este agujero y nadie la puede echar, y -roba huevos, pan, todo lo que puede, unas veces en una casa, otras en -otra, para dar de comer al rorro. Yo quisiera que usías consiguieran que -la llevaran á un asilo. - -La chiquilla miró con sus ojos grandes, espantados á los tres señores, y -agarró de la mano al chico. - ---Esta niña--dijo el secretario, el de los papeles--, tiene por su -hermano un cariño verdaderamente curioso é interesante, y yo no sé si no -sería cruel separarlos. - ---Estaría mejor en un asilo--añadió la vieja. - ---Ya veremos, ya veremos--replicó el señor anciano--. Se fueron los -tres. - ---¿Cómo te llamas tú?--le preguntó Jesús á la chica. - ---¿Yo? Salvadora. - ---¿Quieres venir á vivir conmigo con tu chico? - ---Sí--contestó sin vacilar la niña. - ---Bueno, pues vamos, levántate. La Fea se va á poner más contenta--dijo -Jesús como para dar una explicación de su rasgo--. Si no la van á -separar de su crío y es una barbaridad. - -La chica cogió al niño en brazos y acompañó á Jesús. La Fea debió -recibir á los dos abandonados con un gran entusiasmo. Manuel no -presenció la escena porque en el pasillo le detuvo un muchacho joven: - ---¿No me conoces?--le preguntó, encarándose con él. - ---Sí, hombre... El Aristón. - ---El mismo. - ---¿Vives aquí? - ---Ahí en el Corral. - -El Corral era uno de los patios del parador, y daba á ese infecto Rastro -que va desde la Ronda á la fábrica del gas. El Aristón seguía con su -necromanía; no le habló á Manuel más que de muertos, entierros y cosas -fúnebres. - -Le dijo que iba á los camposantos los domingos, pues él consideraba como -un deber el cumplir esa Obra de Misericordia que manda enterrar á los -muertos. - -En el curso de la conversación, el necrómano insinuó la idea de que si -el rey se muriera se le haría un entierro admirable; pero que á pesar de -esto, él se figuraba que el entierro del Papa sería más suntuoso. - -Cruzaron el necrómano y Manuel varios pasillos. - ---¿A dónde me llevas?--le preguntó Manuel. - ---Si quieres venir, verás un muerto. - ---¿Y qué vas á hacer junto á ese muerto? - ---Voy á velarle y á rezar por él--dijo el Aristón. - -En un cuartucho iluminado por dos velas puestas en dos botellas, había -un hombre muerto, tendido sobre un jergón... - -De lejos llegaba rumor de panderetas y de cánticos; de cuando en cuando -una voz chillona de vieja borracha cantaba á voz en grito: - - «Ande, ande, ande - la marimorena; - ande, ande, ande, - que es la Nochebuena.» - -En el cuarto del muerto en aquel instante no había nadie. - - - - -CAPÍTULO IV - -La Navidad de Roberto.--Gente del Norte. - - -A la misma hora, Roberto Hasting marchaba á casa de Bernardo Santín, -envuelto en su abrigo. La noche estaba fría, apenas transitaba nadie por -la calle, los tranvías pasaban de prisa resbalando por los railes con un -zumbido suave. - -Roberto entró en la casa, subió al último piso y llamó. Abrió la puerta -Esther y paso adentro. - ---¿Y Bernardo?--preguntó Roberto. - ---No ha venido en todo el día--contestó la ex institutriz. - ---¿No? - ---No. - -Esther, envuelta en un chal se sentó ante la mesa. El cuarto, la antigua -galería fotográfica, estaba iluminada con un quinqué de petróleo. Todo -denunciaba allí la mayor miseria. - ---¿Se han llevado la máquina?--preguntó Roberto. - ---Sí, esta mañana. Tengo el dinero guardado en este cajón. ¿Qué me -aconseja usted que haga, Roberto? - -Roberto paseó de un lado á otro del cuarto, mirando al suelo; de -repente se detuvo ante Esther. - ---¿Usted quiere que le hable con entera franqueza? - ---Sí, con entera franqueza; como hablaría usted á un camarada. - ---Pues, bien, entonces yo creo que lo que debe usted hacer es, no se si -el consejo le parecerá á usted brutal... - ---Diga usted. - ---Lo que creo que debe usted hacer es separarse de su marido. - -Esther calló. - ---Ha caído usted en manos, no de un infame, ni de un canalla, pero sí en -manos de un desgraciado, de un pobre imbécil, sin talento, sin energía, -incapaz de vivir é incapaz de comprender á usted. - ---¿Y qué voy á hacer? - ---¿Qué? Volver á su vida pasada, á sus lecciones de piano y de inglés. -¿Es que le sería á usted dolorosa la separación? - ---No, al revés; puede usted creerlo, no siento el menor cariño por -Bernardo; me inspira lástima y repulsión. Es más, no lo he querido -nunca. - ---Entonces, ¿por qué se casó usted con él? - ---Qué sé yo. La fatalidad, el consejo pérfido de una amiga, el no -conocerle; fué una de esas cosas que se hacen sin saber por qué. Al día -siguiente estaba arrepentida. - ---Lo creo. Yo cuando supe que Bernardo se casaba, pensé: Será alguna -aventurera que quiere legitimar su situación con un nombre; luego, -cuando la fuí conociendo á usted, me pregunté: ¿Cómo ha podido esta -mujer engañarse con un hombre tan insignificante como Bernardo? No hay -explicación. Ni dinero, ni talento, ni energía. ¿Qué le ha impulsado á -una mujer ilustrada, de corazón, á casarse con un tipo así? Nunca me lo -he podido explicar. ¿Es que creyó usted ver en él un artista, un hombre, -aunque pobre, dispuesto á trabajar y á luchar? - ---No, me hicieron ver todo esto. Para que comprenda usted mi decisión, -tendría que contarle mi vida, desde que llegué á Madrid con mi madre. -Vivíamos las dos modestamente con una pequeña pensión que nos mandaba un -pariente de París. Yo había concluído de estudiar en el Conservatorio y -buscaba lecciones. Tenía dos ó tres de piano y una de inglés, con lo que -sacaba bastante para mis gastos. En esta situación se puso enferma mi -madre, perdí mis lecciones para atenderla y me ví en una situación -angustiosísima. Luego cuando murió, me encontraba sola en una casa de -huéspedes, asediada por hombres que me hacían proposiciones indignas á -todas horas, correteando por las calles para encontrar una plaza de -institutriz; verdaderamente desesperada. Crea usted que hubo días en que -sentí la tentación de suicidarme, de echarme á la mala vida, de tomar -una resolución extrema para no tener ya que pensar. En esta situación un -día leo en un periódico que una señora inglesa que se hospedaba en el -hotel de París quería una señorita de compañía que conociera bien el -español y el inglés. Me presento en el hotel, espero á la señora y ésta -me recibe con los brazos abiertos y me trata como á una hermana. Puede -usted comprender mi satisfacción y mi gratitud. Nunca he sido ingrata; -si en aquella época mi protectora me hubiera pedido la vida se la -hubiese dado con gusto. Créalo usted. Esta señora era aficionada á -pintar y acostumbraba ir al Museo; yo solía acompañarla. Entre los que -copiaban en el Museo había un joven alemán, alto, rubio, amigo de mi -protectora, que comenzó á hacerme el amor. Yo lo encontraba petulante y -poco simpático. Cuando mi protectora notó que el pintor me galanteaba, -se incomodó mucho y me dijo que era un perdido, un canalla cínico; hizo -un retrato horrible de él, lo pintó como un egoísta depravado. Yo, que -no sentía gran simpatía por el alemán, escuché los consejos de mi -protectora y le manifesté al pintor claramente mi desprecio. A pesar de -esto Oswald, así se llamaba, insistía, cuando apareció allí Bernardo. -Creo que conocía algo al alemán, y un día habló con nosotras. Entonces -mi protectora hizo, sin que yo lo advirtiera, una labor contraria á la -que había hecho con Oswald; me alabó á Bernardo á todas horas, me dijo -que era un gran artista, de un talento superior, de una sensibilidad -exquisita, un corazón de oro; que me adoraba. Efectivamente, recibí -cartas de él encantadoras, llenas de sentimientos delicados, que me -conmovieron. Ella, mi protectora, facilitó nuestras entrevistas, excitó -mi imaginación, me impulsó á este matrimonio desdichado, y viéndome -casada se fué de Madrid. A las dos ó tres semanas de matrimonio, -Bernardo me confesó riendo que las cartas que me había escrito se las -había dictado Fanny. - ---¿Fanny dice usted?--preguntó Roberto. - ---Sí; ¿la conoce usted? - ---Creo que sí. - ---Estaba ella enamorada de Oswald. Había hecho para impedir que Oswald -me galantease una gran perfidia. Después de salvarme de la miseria, me -ha llevado á una situación aún peor que aquella en que me encontró. -Abusó de la confianza ciega que en ella tenía. Pero me vengaré, sí, me -vengaré. Fanny está aquí con Oswald. Los he visto. Le he escrito á él -citándole para mañana. - ---Ha hecho usted mal, Esther. - ---¿Por qué? ¿Se juega así con la vida de una persona? - ---¿Qué adelantará usted con eso? - ---Vengarme; ¿le parece á usted poco? - ---Poco. Si ha conservado usted cariño por Oswald, es otra cosa. - ---No, yo no. No le quiero; pero no dejaré á Fanny sin castigar su -perfidia. - ---¿Llegaría usted al adulterio por la venganza? - ---¿Y quién le ha dicho á usted que llegaría al adulterio? Además, en mí -sería un derecho, no una falta. - ---Haría usted además desgraciado á Oswald. - ---¿No me han hecho desgraciada á mí? - -Esther se hallaba presa de una gran excitación. - ---¿Cree usted que mañana vendrá Oswald á esta casa?--le preguntó -Roberto. - ---Sí, creo que sí. - ---Esta protectora de usted, ¿es alta, delgada, con ojos grises? - ---¡Sí! - ---Es mi prima. - ---¿Su prima de usted? - ---Sí. Le advierto á usted que es muy violenta. - ---Lo sé. - ---Que es capaz de atacarle á usted en cualquier parte. - ---Lo sé también. - ---¿Ha pensado usted con calma en su resolución? Como comprenderá usted, -un hombre á quien se le cita y se le dice: «Si no le correspondí á -usted fué porque me engañaron respecto á usted, y me dijeron que era -usted lo que no era», ese hombre no puede resignarse á oir -tranquilamente esta confidencia. - ---¿Y qué va hacer? - ---Buscará una compensación. Nadie se resigna á ser un instrumento de -venganza ajena. Usted perturba la tranquilidad de ese hombre. - ---¿No perturbaron la mía? - ---Sí; pero vengar la perfidia de Fanny en su amante, no me parece justo. - ---No me importa. Sólo una cosa me haría olvidar mi venganza. - ---¿Cuál? - ---El que le pudiera ocasionar á usted algún perjuicio. Usted ha sido -bueno para mí--murmuró Esther ruborizándose. - ---No, á mí ningún perjuicio puede ocasionarme, pero á usted sí. Fanny es -colérica. - ---¿Quiere usted venir mañana? - ---Pero yo, ¿con qué derecho voy á intervenir? - ---¿No es usted amigo mío? - ---Sí. - ---Entonces venga usted. - -Fué Roberto al día siguiente por la tarde. Bernardo estaba, según su -costumbre, fuera de casa; Esther se hallaba muy excitada. A las cuatro -llegó Oswald. Era un joven rubio, encarnado, chato, con los ojos rojos, -muy alto y con el pelo largo. Pareció sufrir una gran decepción al -encontrar solo á Roberto. Hablaron. A Roberto, Oswald le pareció un -pedante insoportable. Tomó la palabra para decir, en un tono de dómine, -que no podía aguantar á los españoles ni á los franceses. Iba á escribir -un libro, el _Anti-latino_, considerando los pueblos latinos como -degenerados, que deben conquistar cuanto antes los germanos. Le -indignaba que se hablara de Francia. Francia no existía; Francia no -había hecho nada. Francia tenía á su alrededor la muralla de la China; -como ha dicho Björson: desde hace mucho tiempo, el mundo tiene como el -mejor músico á Wagner; como el mejor dramaturgo, á Ibsen; como el mejor -novelista, á Tolstoï; como el mejor pintor, á Böcklin; sin embargo, en -Francia se sigue hablando de Sardou, de Mirbeau y de otros imbéciles por -el estilo. Los escritores originales de París plagian á Nietzsche; los -músicos latinos han copiado y saqueado á los alemanes; la ciencia -francesa no existe, ni la filosofía, ni el arte. El hecho histórico de -Francia era una completa ilusión. Toda la raza latina era una raza -despreciable. - -Roberto no contestó á esto y observó atentamente á Oswald. ¡Le parecía -tan absurdo, tan pedantesco aquel hombre largo, á quien citaba una mujer -y hablaba de sociología! - -Entró Esther. La saludó el pintor muy gravemente, y le preguntó de -sopetón el motivo de la cita. Esther nada dijo; Roberto discretamente -salió del taller y comenzó á pasear por el corredor. - ---¿Sabe Fanny que ha venido usted aquí?--dijo Esther á Oswald. - ---Sí, creo que sí. - ---Me alegro. - ---¿Por qué? - ---Porque vendrá también ella. - ---¿Tiene algo que ver en este asunto? - ---Sí. ¿Hace tiempo que vive con usted? - ---Sí, ya hace tiempo. - -Callaron los dos y esperaron sin hablarse en una situación embarazosa. -De pronto se oyó un campanillazo formidable. - ---Aquí está ella, dijo Esther, y abrió la puerta. - -Penetró Fanny en el estudio. Venía pálida, descompuesta. - ---¿No me esperabas?--preguntó á Esther. - ---Sí, sabía que vendría usted. - ---¿Qué le quieres á Oswald? - ---Nada, quiero decirle qué clase de mujer es usted; quiero contarle sus -perfidias nada más. Usted ha cometido conmigo, que me fiaba en usted -como en mi madre, una acción villana; usted me ha vendido. Me dijo usted -que Oswald había engañado á una mujer para abandonarla después. - ---¡Yo!--dijo con asombro el pintor. - ---Sí, usted; ella me lo contó; me dijo también que usted era un pintor -despreciable y sin talento. - -Fanny, asombrada, desprevenida, no contestó una palabra. - ---Durante el tiempo que usted y yo nos tratamos--siguió diciendo Esther -dirigiéndose á Oswald--no dejó ocasión de hablar mal de usted, de -insultarle; decía que usted quería seducirme; le pintaba á usted como un -malvado, como un canalla, como un hombre repugnante... - ---¡Mientes, mientes!--gritó Fanny con voz chillona. - ---Digo la verdad, sólo la verdad. Yo entonces creí que sus consejos eran -por mi bien, por el cariño que me tenía; después vi que había cometido -conmigo la perfidia más grande, más inicua que se puede cometer, -valiéndose del ascendiente que tenía sobre mí. - ---Pero usted me escribió una carta--dijo Oswald. - ---Yo, no. - ---Sí, una carta en que contestaba con burlas á mis palabras. - ---No, yo no he escrito esa carta; la escribiría Fanny, que quería á todo -trance apartarle á usted de mí. - ---¡Oh! Ha matado mi vida--exclamó Oswald de un modo enfático, y se -sentó junto á la mesa y apoyó la frente en su mano; luego se levantó de -la silla y comenzó á pasear de un lado á otro del cuarto. - ---Esta es la verdad, la pura verdad--afirmó Esther--, y quería que la -supiera usted, y delante de ella, que no podrá desmentirme. A mí me ha -hecho desgraciada, pero ella no gozará tranquilamente de su perfidia. - ---¡Ha matado mi vida!--repitió Oswald con su tono enfático. - ---Ella. Ha sido ella. - ---Te mataré--gritó Fanny con voz ronca, agarrando de los brazos á -Esther. - ---¿Pero ahora sabe usted que lo que ha dicho de mí es mentira?--preguntó -Oswald. - ---Sí. - ---Ahora ¿podrá usted oirme? - ---Ahora, ja... ja...--rió Fanny--; ahora tiene un amante. - ---No es cierto--exclamó Esther. - ---Sí lo es, viene todos los días á verte. Es uno rubio. No lo puedes -negar. - ---¡Ah! Estaba aquí hace un momento--dijo Oswald. - ---No es mi amante, es un amigo. - ---¿Pero por qué le has llamado á Oswald?--gritó Fanny con rabia--. ¿Es -que le quieres? - ---¡Yo, no!; pero quiero enseñarle á usted que no se juega con la vida de -los demás, como usted jugó con la mía. Me engañó usted; ya me he -vengado. - ---Te mataré--volvió á gritar Fanny, y agarró del cuello á Esther. - ---¡Roberto! ¡Roberto!, clamó Esther asustada. - -Apareció éste en el taller, cogió á su prima del brazo y violentamente -la hizo separarse de Esther. - ---¡Ah! ¿Eres tú, Bob?--dijo Fanny serenándose inmediatamente--; has -venido á tiempo; iba á matarla. - -La entrada de Roberto apaciguó un tanto los ánimos; se sentaron los -cuatro y hablaron. Discutieron el caso como si se tratara de un problema -de ajedrez. Fanny quería á Oswald. Oswald estaba enamorado de Esther, y -Esther no sentía inclinación alguna por el pintor, ¿Cómo iban á -arreglarse? Nadie cedía; además, hablando se perdían en laberínticos -análisis psicológicos que no conducían á nada. Había obscurecido; Esther -encendió el quinqué y lo colocó sobre la mesa. La discusión continuaba -en frío; Oswald hablaba monótonamente. - ---Se tú el árbitro--dijo Fanny á Roberto. - ---Yo, con que cada uno vaya por su lado, creo que resuelven su -conflicto. Pero fuera del perjuicio moral, tú, Fanny, has producido á -Esther un perjuicio material grandísimo. - ---Estoy dispuesta á indemnizarla. - ---Yo nada quiero de usted--exclamó Esther. - ---No; perdone usted--dijo Roberto--, perdone usted que tercie en este -asunto. Tú, Fanny, tienes una gran fortuna, una alta posición social; -Esther, en cambio, se encuentra, por tu causa, con su porvenir truncado, -tiene que ganar su vida, y tú no conoces lo que es esto; pero yo, que lo -conozco, sé lo amargo y lo triste que es. Esther podía haber vivido -tranquilamente; por tu culpa se ve así. - ---Ya he dicho que estoy dispuesta á indemnizarla. - ---Yo he dicho también que no quiero nada de usted. - ---No; usted debe dejarme á mí arreglar este asunto, Esther. ¿Mañana -podré verte, Fanny? - ---Toda la tarde te esperaré. - ---Está bien; trataremos de ese asunto. - -Fanny se levantó para salir; saludó ligeramente á Esther y tendió la -mano á su primo. - ---¿Sin rencor?--le preguntó Roberto. - ---Sin rencor--afirmó ella dando una sacudida violenta á la mano de -Roberto. - -Oswald salió sombrío y humillado con Fanny. Esther y Roberto quedaron -solos en el taller. - ---¿Sabe usted una cosa?--dijo Roberto riendo. - ---¿Qué? - ---Que no hubiera usted ganado gran cosa casándose con Oswald en vez de -casarse con Bernardo... Adiós, hasta mañana. - ---Me abandona usted, Roberto--murmuró Esther con melancolía. - ---No; vendré mañana á ver á usted. - ---No quiero estar en esta casa. Lléveme usted de aquí, Roberto. - ---¿No le parece á usted peligroso? - ---¿Peligroso? ¿Para quién? ¿Para usted ó para mí? - ---Para los dos quizá. - ---¡Oh!, para mí no. Quisiera salir de aquí no ver á Bernardo, que no me -moleste. - ---No le molestará ya más. - ---Lléveme usted de aquí á cualquier parte. - ---Mire usted, Esther; yo soy un hombre que va por la vida en línea -recta. Es mi única fuerza; tengo orejeras como los caballos y no me -desvío de mi camino. Mis dos aspiraciones son hacer una fortuna y -casarme con una mujer; todo lo demás es para mi una tardanza en -conseguir mis fines. - ---¿Y yo entro en todo lo demás? - ---Sí, porque si no me desviaría de mi camino. - ---Es usted inflexible. - ---Sí; pero lo soy también conmigo mismo. Usted se encuentra en una -situación difícil. Se ha casado usted con un hombre hace un año, no -enamorada de él, es cierto, pero creyendo que era un hombre leal, -trabajador, á quien llegaría usted á querer; ese hombre ha resultado un -miserable embrutecido, depravado, sin sentido moral. Se siente usted -ofendida en su orgullo de mujer, de mujer enérgica y buena, yo lo -comprendo. Quiere usted encontrar una tabla de salvación. - ---Y usted me dice fríamente: Yo no puedo ser el que te salve; yo tengo -otras aspiraciones; yo no me fijo si en mi camino hay gente que agoniza -porque nadie le atiende, yo sigo adelante. - ---Es verdad; yo sigo adelante. ¿Es que sería mejor lo que otro -cualquiera, lo que un hombre galante, haría en mi posición? -¿Aprovecharse de su desconcierto, y hacer que usted fuera mi querida, y -luego, después, dejarle á usted abandonada? Yo tengo mi conciencia. -Quizás sea rectilínea como mis aspiraciones, es así. - ---No hay salvación; mi vida está aniquilada--murmuró Esther con la -mirada brillante. - ---No; hay el trabajo. No todos los hombres son mezquinos y miserables; -luchar, ¡si esa es la vida!; vale más la inquietud, el ajetreo continuo, -la alternativa continua de placeres y dolores que no el estancamiento. - -Esther se enjugó una lágrima con el pañuelo. - ---Adiós; trataré de seguir sus consejos--y le tendió su mano. - -Roberto la tomó, y con su aire de caballero se inclinó y la besó. - -Iba á marcharse, cuando ella murmuró con angustia, con la voz de un niño -que implora: - ---¡Oh, no se vaya usted! - -Roberto volvió. - ---Yo no le desviaré de su camino--exclamó Esther--. Lléveme usted de -aquí. No, no me quejaré; seré como una hermana; como una criada, si -usted quiere. Haga usted de mí lo que quiera, pero no me abandone. -Cualquiera se aprovecharía de mi debilidad y sería peor para mí. - ---Vamos--murmuró Roberto emocionado--. ¿No le va usted á avisar á -Bernardo? - -Esther cogió un papel de cartas y escribió con letras grandes: «No me -esperes; no vuelvo». Luego se puso el sombrero nerviosamente y se acercó -á Roberto que esperaba á la puerta. - ---Pero si no quiere usted acompañarme no lo haga usted, Roberto. Por -compromiso, no--dijo Esther con los ojos llenos de lágrimas. - ---Ha dicho usted que sería mi hermana, vamos--repuso él con cariño. Ella -entonces se refugió en su pecho; él, apartando con la mano los rizos de -la frente, la besó con dulzura. - ---No, así no, así no--exclamó Esther temblando, y agarrando á Roberto -por las muñecas le presentó los labios. - -Roberto perdió la cabeza y los besó frenético. Esther se abrazó á su -cuello; un sollozo largo de dolor y de deseo le hizo temblar de la -cabeza á los pies. - ---¿Vamos? - ---Vamos. - -Salieron de casa. - -Unas horas después, Bernardo Santín, con la carta de su mujer en la -mano, murmuraba: - ---¿Y mi padre? ¿Qué va á ser de mi pobre padre? - - - - -CAPÍTULO V - -Paro general.--Juergas.--El baile del Frontón.--La iniciación del amor. - - -La hermana de Jesús aceptó con gran entusiasmo á los dos huérfanos -recogidos por el cajista, el día de Nochebuena, y la Salvadora y el -chiquitín entraron á formar parte de la familia. - -Tenía la Salvadora un genio huraño y despótico, una afición á limpiar, á -barrer, á fregar, á sacudir, que á Jesús y á Manuel les fastidiaba; le -gustaba ordenar y disponer; todo lo que tenía de esmirriada lo tenía de -enérgica. Ella dispuso llevar la comida á Jesús y á Manuel, porque -gastaban mucho en la taberna, y al medio día, con un cesto que abultaba -más que ella, iba á la imprenta. En tres meses de ahorros, la Fea y la -Salvadora compraron en una casa de empeños una máquina de coser nueva. - ---La chica esta no nos va á dejar vivir--decía Jesús. - -La vida del cajista se había normalizado; no se emborrachaba; pero, á -pesar de los cuidados de su hermana y de la Salvadora, estaba cada vez -más sombrío y más tétrico. - -Un día de invierno en que habían cobrado el jornal, al salir de la -imprenta, Jesús le preguntó á Manuel: - ---Oye, ¿no estás tú cansado de trabajar? - ---¡Pse! - ---¿No te da asco esta vida tan igual y tan monótona? - ---¿Y qué le vas á hacer? - ---Cualquier cosa preferiría yo á esto. - ---¡Si estuvieras solo como yo! - ---La Fea y la Salvadora se arreglan ya para vivir--dijo Jesús.--En la -primavera--añadió--tenían que hacer los dos un viaje á pie por los -caminos, trabajando un poco en cada lado y siempre viendo pueblos -nuevos. Sabía que en el Ministerio de la Gobernación daban un socorro, -que consistía en dos reales por cada pueblo por donde se pasara. Si -lograban ellos el socorro, inmediatamente debían marcharse. - -Charlando de estas cosas iban por la plaza del Progreso, cuando pasó por -delante de ellos una estudiantina tocando un alegre paso doble. Empezaba -á nevar; hacía mucho frío. - ---¿Vamos á cenar hoy bien?--dijo Jesús. - ---En casa nos estarán esperando. - ---¡Que esperen! Un día es un día. Vamos á estar ahí toda la vida -pensando en ahorrar dos perras gordas. ¡Ahorrar!, ¿para qué? - -Volvieron sobre sus pasos, recorrieron la calle de Barrionuevo y en la -de la Paz entraron en una taberna y dispusieron la cena. Mientras -cenaban, hablaron del viaje proyectado con entusiasmo. Brindaron una -porción de veces. Manuel nunca había estado tan alegre. Se encontraba -decidido, con alientos para explorar el Polo Norte. - ---Ahora hay que ir al baile del Frontón--murmuró Jesús con voz -estropajosa á los postres--. Allí encontraremos unas golfas y, ¡venga -juerga!, y la imprenta _pa_ el gato. - ---Eso es--repetía Manuel--, ¡al baile! Y al cojo que le den morcilla. -¡Anda, tú! - -Se levantaron, pagaron, y al pasar por la calle de Carretas entraron en -una taberna á tomar dos copas. - -Tropezando con todo el mundo llegaron á la calle de Tetuán, y allí se -empeñó Jesús en que debían de tomar otras copas; entraron en una taberna -y se sentaron. El cajista tenía rabia por beber, estaba pálido y -desencajado; Manuel, en cambio, sentía arder su sangre y las mejillas le -echaban fuego. - ---Anda, vamos--le dijo á Jesús; pero éste no podía levantarse. Manuel -vaciló en quedarse allí ó en salir á la calle; pero se decidió por -marcharse y dejó á Jesús dormido, con la cabeza echada sobre la mesa de -la taberna. - -Manuel salió á la calle tambaleándose; los copos de nieve, danzando ante -sus ojos, le mareaban. Llegó á la Puerta del Sol. En la esquina de la -Carrera de San Jerónimo vió una muchacha que se detenía á hablar con los -hombres. La confundió primero con la Rabanitos, pero no era ella. - -Esta tenía la cara abotagada y erisipelatosa. - ---Tú, ¿qué haces?--le dijo Manuel bruscamente. - ---¿No lo ves? Vender _Heraldos_. - ---¿Y nada más? - -Ella bajó la voz, que era ronca y quebrada, y añadió: - ---Y jugar. - -Manuel estaba con el corazón palpitante. - ---¿No tienes novio?--la dijo. - ---No quiero chulos. - ---¿Por qué no? - ---Pa que la quiten á una el dinero que gana y la harten, además, de -palos. Sí, sí... - ---¿Cuánto quieres por venir conmigo? - ---¡Ay, qué guasa! ¡Si tú no tienes una perra! - ---¿Que no? - ---Vaya que no. - ---Yo tengo--murmuró Manuel con jactancia--cinco duros para tirarlos y tú -no me sirves á mí para nada. - ---Y tú á mí ni pa la limpieza. - ---Oye--añadió Manuel, y agarró á la muchacha del brazo y le dió un -empellón. - ---Vamos, ¡quita, asaúra!--gritó ella. - ---No quiero. - ---Pues no eres tú nadie. A ver si no te andas con tientos aquí, ¿eh? - ---Si quieres te convido á café--y Manuel hizo sonar el dinero en su -bolsillo. - -La muchacha vaciló, dió los números del periódico que llevaba en la mano -á una vieja, se ató el pañuelo al cuello y fué con Manuel á una -buñolería de la calle de Jacometrezo. Un perrillo de color de canela les -siguió. - ---¿Este perro es tuyo? - ---Sí. - ---¿Cómo se llama? - ---Sevino. - ---¿Y por qué le llamas así? - ---Porque se presentó en casa sin que nadie lo trajera. - -Entraron en la buñolería. Era un local largo, con columnas, en cuyo -fondo estaba la cocina, con su caldero grande para freir buñuelos. Dos -luces de gas, con mecheros envueltos en fundas blancas, iluminaban con -luz triste las paredes y las columnas cuadradas, recubiertas de azulejos -blancos con dibujos azules. Se sentaron Manuel y la muchacha en una mesa -próxima á una puerta que daba á un callejón. - -La muchacha habló por los codos mientras mojaba trozos de una ensaimada -agria en la jícara de chocolate. Se llamaba Petra, pero la decían -Matilde porque era más bonito. Tenía diez y seis años y vivía en la -calle del Amparo en un sotabanco. Se levantaba á las dos; para cuando -ella se levantaba, su madre ya tenía arreglada la casa. No salía hasta -el anochecer; vendía una mano de _Heraldos_ y diez _Corres_, y luego... -lo que se terciase. Entregaba todo el dinero que ganaba á su madre, y -cuando ésta suponía algún engaño, le daba unas cuantas tortas. - -Manuel, mientras sorbía con gravedad una copa de aguardiente, oía, sin -comprender apenas lo que le hablaban. - -Era la chica fea de veras. Llevaba la cara empolvada. A Manuel, luego de -observarla atentamente, se le ocurrió que parecía un pez enharinado á -quien espera la sartén. Hacía muchos visajes al hablar y movía los -párpados, abultados y blancos, que se cerraban sobre los ojos saltones. - -La muchacha siguió charlando de su madre, de su hermano, de un tío de un -puesto de periódicos, que prestaba un duro á los chicos que vendían el -_Blanco y Negro_ por la mañana, y que por la noche le tenían que -devolver el duro y una peseta más, y de otra porción de cosas. - -Mientras hablaba, Manuel recordó que Jesús había dicho algo de un baile, -aunque ya no recordaba dónde. - ---Vamos á ese baile--dijo. - ---¿A cuál? ¿Al del Frontón? - ---Sí. - ---Hale. - -Salieron de la buñolería. Seguía nevando; por unas callejuelas desiertas -llegaron al juego de pelota; los dos arcos voltaicos de la puerta -iluminaban fuertemente la calle blanca. Manuel tomó los billetes; -dejaron él la capa y ella el mantón en el guardarropa, y entraron. - -Era el Frontón un amplio espacio rectangular, con una de las dos paredes -largas pintada de azul obscuro y marcada á trechos con rayas blancas y -números. En la otra pared larga estaban las gradas y los palcos. - -Dos grandes mamparas verdes cerraban los testeros del juego de pelota. -Arriba, en el alto techo, entre el armazón de hierro, diez ó doce puntos -brillantes de arco voltaico, no recubiertos por globos de cristal, -centelleaban de un modo deslumbrador. - -Aquel local ancho y pintado de obscuro, parecía un taller de máquinas -desocupado. - -Algunas busconas de bajo vuelo, ataviadas con mantones de Manila y -flores en la cabeza, mostraban su busto en los palcos. Se sentía frío. - -Cuando la charanga comenzó á tocar con estrépito, la gente de los -pasillos y del ambigú salió al centro á bailar, y poco á poco se formó -una corriente de parejas alrededor del salón. No había más que media -docena de máscaras. Se generalizó el baile; á la luz fría y cruda de -los arcos voltaicos se veía á las parejas dando vueltas hombres y -mujeres, todos muy graves, muy estirados, tan fúnebres como si -asistieran á un entierro. - -Algunos hombres apoyaban los labios en la frente de las mujeres. No se -sentía una atmósfera de deseos, de fiebre; era un baile de gente -apagada, de muñecos con ojos de aburrimiento ó de cólera. - -A veces algún gracioso, como sintiendo la necesidad de demostrar que se -estaba en un baile de Carnaval, se tiraba al suelo ó gritaba -desaforadamente; había un momento de confusión; pero se restablecía -pronto el orden y se formaba de nuevo la corriente. - -Manuel sentía ganas de hacer locuras; se levantó y se puso á bailar con -la muchacha. Esta, incomodada porque no llevaba el compás, se sentó. -Manuel quedó desconsolado é hizo lo mismo. Pasaban parejas por delante -de ellos; las mujeres pintarrajeadas, con los ojos sombreados y la -expresión encanallada en la boca roja por el carmín; los hombres con -aspecto petulante y la mirada agresiva. - -Estos, rompían con cólera las serpentinas que echaban desde los palcos y -que se les enredaban al pasar. - -Un negro borracho sentado cerca de Manuel saludaba el paso de alguna -mujer guapa, gritando con una voz aniñada: - ---¡Olé ahí! ¡Vaya _caló_! - ---Adiós, Manolo--oyó Manuel que le decían. Era Vidal, que bailaba con -una máscara elegante, muy ceñido á ella. - ---Vete á verme mañana--dijo Vidal. - ---¿A dónde? - ---A las siete de la noche en el café de Lisboa. - ---Bueno. - -Vidal se perdió con su pareja en el remolino de gente. Cesó la música de -tocar en un intermedio. - ---¿Vamos?--preguntó Manuel á la muchacha. - ---Sí, vamos. - -Manuel temblaba de emoción al pensar que llegaba el momento trágico. -Tomaron las prendas en el guardarropa y salieron. - -Seguía nevando; la luz de los globos eléctricos de la puerta del Frontón -iluminaba la calle, cubierta de una capa blanca de nieve. Atravesaron -Manuel y la muchacha la Puerta del Sol de prisa, subieron por la calle -de Correos, y en la de la Paz se detuvieron en un portal abierto, -iluminado por la claridad, entre confidencial y misteriosa, que daba un -farol grande con una luz muy triste. - -Empujaron una puerta de cristales, y en la escalera obscura -desaparecieron... - - - - -CAPÍTULO VI - -La nieve.--Otras historias de don Alonso.--Las Injurias. El Asilo del -Sur. - - -Al día siguiente pasó Manuel toda la mañana durmiendo á pierna suelta. -Cuando se levantó eran más de las tres de la tarde. - -Llamó en el cuarto de Jesús. Estaban la Fea en la máquina y la Salvadora -sentada en una silla pequeña, descosiendo unas faldas; el chiquitín -jugaba en el suelo. - ---¿Y Jesús?--preguntó Manuel. - ---¡Tú lo sabrás!--contestó la Salvadora, con una voz colérica. - ---Yo... me separé de él...; luego me encontré un amigo... Manuel se -esforzó en inventar una mentira.--Quizás esté en la imprenta--añadió. - ---No, en la imprenta no está--replicó la Salvadora. - ---Le buscaré. - -Salió Manuel avergonzado del parador de Santa Casilda; se dirigió al -centro y preguntó en la taberna de la calle de Tetuán por su amigo. - ---Aquí estuvo--contestó el mozo--hasta que se cerró la taberna. Luego se -fué, hecho un pepe, no sé á dónde. - -Manuel volvió al parador, se metió en la cama con intención de ir al día -siguiente á la imprenta; pero también se levantó tarde. Sentía una -inercia imposible de vencer. - -En el corredor se encontró con la Salvadora. - ---¿Hoy tampoco has ido á la imprenta?--le dijo. - ---No. - ---Bueno, pues no vuelvas más por aquí--añadió la muchacha, -encolerizada--; no necesitamos golfería. Mientras estamos ahí nosotras -trabajando, vosotros de juerga. Ya te digo, no vuelvas más por aquí, y -si le ves á Jesús dile esto mismo de parte de su hermana y de la mía. - -Manuel se encogió de hombros y salió de casa. Había nevado todo el día; -en la Puerta del Sol, cuadrillas de barrenderos y mangueros quitaban la -nieve; el agua negra corría por el arroyo. - -Se asomó Manuel varias veces al café de Lisboa, por si veía á Vidal; -pero no lo vió, y, después de comer en una taberna, se fué á pasear por -las calles. Obscureció muy pronto. Madrid, cubierto de nieve, estaba -deshabitado; la plaza de Oriente tenía un aspecto irreal, de algo como -una decoración de teatro; los reyes de piedra mostraban hermosos mantos -blancos; la estatua del centro de la plaza se destacaba gallardamente -sobre el cielo gris. Desde el Viaducto veíanse extensiones blancas. -Hacia Madrid, un amontonamiento de casas amarillentas, y de tejados -negros, y de torres perfiladas en el cielo lactescente, enrojecido por -una irradiación luminosa. - -Manuel volvió á su casa, desalentado; se metió en la cama. - ---Mañana voy á la imprenta--se dijo, pero tampoco fué; se despertó muy -temprano, con este propósito; se levantó, se acercó á la imprenta, y, al -ir á entrar, se le ocurrió la idea de que el amo le armaría un -escándalo, y no entró.--Si no es ahí, encontraré trabajo en otra -parte--pensó, y volviendo por sus pasos se fué á la Puerta del Sol, -después á la plaza de Oriente, y por la calle de Bailén y luego la de -Ferraz salió al paseo de Rosales. Estaba desierto y silencioso. - -Desde allá se veía todo el campo blanco por la nieve, las obscuras -arboledas de la Casa de Campo y los cerros redondos erizados de pinos -negros. El sol se presentaba pálido en el cielo plomizo. Al ras de la -tierra, hacia el lado de Villaverde, resplandecía un trozo de cielo -azul, limpio, entre brumas rosadas. Reinaba un profundo silencio; sólo -el silbido estridente de las locomotoras y los martillazos en los -talleres de la estación del Norte, turbaban aquella calma. Los pasos no -resonaban en el suelo. - -Las casas del paseo tenían adornos blancos de la nieve en los barandados -y en las cornisas; los árboles parecían aplastados bajo aquella capa -blanca. - -Por la tarde volvió Manuel á acercarse á la imprenta, se asomó á ella y -preguntó al maquinista por Jesús. - ---Menuda bronca le ha echado el amo--le contestó. - ---¿Le ha despedido? - ---No que no. Anda, sube tú ahora. - -Manuel, que iba á subir, se detuvo. - ---¿Se fué ya Jesús? - ---Sí. Estará en la taberna de la esquina. - -Efectivamente, allí estaba. Sentado en una mesa bebía una copa de -aguardiente. Cariacontecido y triste, se entregaba á sus pensamientos -sombríos. - ---¿Qué haces?--le preguntó Manuel. - ---¡Ah! ¿Eres tú? - ---Sí; ¿te ha despedido el Cojo? - ---Sí. - ---¿Estabas pensando en algo? - ---¡Pse!... cuando no se tiene nada que hacer. Anda, vamos á tomar unas -copas. - ---No, yo no. - ---Tú harás lo que te se mande. No tengo más que cuarenta céntimos, que -es como no tener nada. ¡Eh, tú, chico! Echa unas copas. - -Bebieron y se fueron los dos hacia el parador de Santa Casilda. Seguía -nevando; Jesús, con las mejillas rojas, tosía desesperadamente. - ---Te advierto que la Salvadora, la chiquita, te va á armar una chillería -de dos mil demonios.--dijo Manuel--¡Vaya un genio que tiene! - ---¿Pues qué quieren, que estemos toda la vida ahorrando? Yo me alegro de -que la chiquita esté en casa, porque así le defiende á la Fea, que es -más infeliz... Y á ti, ¿cuánto te queda de la quincena?--preguntó el -cajista á Manuel. - ---¿A mí? ni un botón. - -Con esta respuesta, Jesús sintió tal enternecimiento, que agarrando del -brazo á su amigo, le aseguró con calurosas frases que le estimaba y le -quería como á un hermano. - ---Y, ¡maldito sea el veneno!--concluyó diciendo--, si yo no soy capaz de -hacer por ti cualquier cosa; porque eso que me has dicho que no tienes -un botón, vale más para mí que lo del héroe de Cascorro. - -Manuel, conmovido con estas palabras, aseguró con voz velada que, aunque -era un golfo y no servía para nada, estaba dispuesto á todo. - -Para celebrar aquellas manifestaciones tan afectuosas de amistad, -entraron los dos en una taberna de la calle de Barrionuevo y bebieron -otras copas de aguardiente. - -Cuando llegaron al parador de Santa Casilda, iban los dos completamente -borrachos. La administradora de la casa les salió al encuentro, -reclamándoles á ambos el alquiler de sus cuartos. Jesús la contestó, en -broma, que no le daban dinero porque no tenían. Ella les dijo que -pagaban ó se marchaban á la calle, y el cajista la replicó que les -echara si se atrevía. - -La mujer, que era de armas tomar, empujándoles por la espalda, puso á -los dos en la calle. - ---Rediós ¡con el sexo débil!--murmuró Jesús--. A esto le llaman el sexo -débil... y á uno le ponen en la puerta de la calle... y á tomar dos -duros... ¿Eh, Manuel? El sexo débil... ¿qué te parece á ti esa manera de -hablar figurada?... Más débiles somos nosotros... y abusan. - -Echaron á andar; no sentía ninguno de los dos el frío. - -De vez en cuando, Jesús se detenía perorando; algún hombre se reía al -verles pasar ó algún chiquillo, desde un portal, les llamaba y les -tiraba una bola de nieve. - ---¿De quién se reirán?--pensaba Manuel. - -La ronda estaba silenciosa, blanca, con un reguero negro en medio, -dejado por los carros. Los grandes copos llegaban entrecruzándose; -danzaban con las ráfagas de viento como mariposas blancas; al volver la -calma, caían lenta y blandamente en el aire gris, como el plumón suave -desprendido del cuello de un cisne. - -A lo lejos, entre la niebla, blanqueaba el paisaje de los alrededores, -las lomas redondas de curva suave, las casas y los cementerios del campo -de San Isidro. Todo se destacaba más negro: los tejados, las tapias, los -arboles, los faroles cubiertos de espesas caperuzas de nieve. - -Y en el ambiente blanquecino, el humo negro espirado por las chimeneas -de las fábricas, se extendía por el aire como una amenaza. - ---El sexo débil. ¿Eh, Manuel?--siguió Jesús con su idea fija--, y á uno -le ponen en la puerta de la calle... es como si dijeran la nieve -débil... porque tú la pisas... ¿no es verdad?..., pero ella te enfría... -¿y quién es más débil, tú ó la nieve?... tú porque te enfrías... En este -mundo no hace uno más que eso, constiparse... Todo está frío, ¿sabes?... -todo... Como la nieve... la ves blanca, ¿eh?, parece buena, cariñosa... -el sexo débil... pues cógela y te hielas. - -Gastaron los últimos céntimos en otra copa de aguardiente, y desde -entonces perdieron ya la conciencia de sus actos... - - * * * * * - -A la mañana siguiente se despertaron ateridos de frío en un cobertizo -del Mercado de Ganados que había cerca del paseo de los Pontones. - -Jesús tosía de una manera horrible. - ---Estáte tú aquí--le dijo Manuel.--Voy á ver si encuentro algo que -comer. - -Salió á la Ronda, ya no nevaba; algunos chiquillos se divertían -tirándose bolas de nieve; subió por la calle del Aguila; la zapatería -estaba cerrada. Entonces Manuel pensó en buscar á Jacob; se dirigió -hacia el Viaducto, é iba distraído cuando sintió que le cogían de los -hombros y le decían: - ---Detén tu brazo, Abraham. ¿A dónde vas? - -Era el Hombre Boa, el ilustre don Alonso. - -Manuel le contó lo que les pasaba á su amigo y á él. - ---No hay que apurarse; ya vendrá la buena--murmuró el Hombre Boa.--¿Tú -tienes algún sitio á dónde ir? - ---Una tejavana. - ---Bueno. Vamos allá; yo tengo una peseta. Con esto podemos comer los -tres. - -Entraron en una casa de comidas de la calle del Aguila, donde les -dieron, por dos reales, un puchero de cocido; compraron pan y fueron los -dos de prisa hacia el cobertizo. Comieron, dejaron algo para la noche, y -después de comer, don Alonso arrancó unas maderas de una valla y logró -hacer fuego dentro del cobertizo. - -Por la tarde empezó á llover á torrentes; el Hombre Boa se creyó en el -caso de amenizar la reunión, y comenzó á contar historias sobre -historias, comenzando siempre con su eterno estribillo de «Una vez en -América...» - ---Una vez en América--(y esta historia es la menos insubstancial de las -que contó)--íbamos navegando por el Mississippí en vapor. Os advierto -que en estos vapores se puede jugar al billar; tan poco movimiento -tienen. Pues bien, íbamos navegando y llegamos á un pueblo; se detiene -el barco y vemos en el muelle de aquella aldea una barbaridad de gente; -nos acercamos y vemos que todos eran indios, excepto unos cuantos -carabineros y soldados yanquis. - -Yo (esto añadió don Alonso con arrogancia), que era el director, dije á -mis músicos: «Hay que tocar con brío», y en seguida, búm... búm... -búm... tra... la... la...; No os podéis figurar los gritos y chillidos y -graznidos de aquella gente. - -Cuando concluyeron de tocar los músicos se presentó delante de mí una -india muy gorda, con la cabeza llena de plumas de gallo, que se puso á -hacerme ceremoniosos saludos. Pregunté á uno de los yanquis:--¿Quién es -esa señora?--Es la reina--me dijo--, y desea un poco más de música. Yo -la saludé: ¡Muy señora mía! (haciendo elegantes y versallescas -reverencias y echando un pie hacia atrás) y les dije á los de la banda: -«Muchachos: un poquito más de música para S. M.» Volvieron á tocar, y la -reina, muy agradecida, me saludó, poniéndose la mano en el corazón. Yo -hice lo mismo: ¡Muy señora mía! - -Armamos nuestro circo portátil en unas horas, y me retiré á pensar en el -programa. Yo era el director.--Hay que hacer el «Indio á caballo»--me -dije--; aunque es un número desacreditado en las ciudades, aquí no lo -conocerán. Luego sacaré _equiyeres_, acróbatas, equilibristas, -pantomimistas, y al último los _clauns_, que darán el golpe. Al que iba -á hacer el «Indio á caballo» le advertí:--Mira, tú ponte lo más parecido -á ellos.--Descuide usted, señor director. Muchachos: fué un éxito -sensacional. Salió el «Indio». ¡Qué aplausos! - -Don Alonso representó mímicamente el número; se agachaba, imitando los -movimientos del que va á caballo; hundía la cabeza en el pecho, mirando -con ojos desencajados á un punto, y hacía como si volteara el lazo por -encima de su cabeza. - ---El «Indio á caballo»--prosiguió don Alonso--se ganó los aplausos de -los demás indios. Para mí que ellos no sabían ni montar. Después hubo un -número de acróbatas, luego otros varios, hasta que llegó la hora de los -_clauns_. Ahora sí que va á haber jaleo--pensé yo--; y, efectivamente, -no hicieron más que salir, cuando se armó un alboroto terrible. ¡Cómo se -divierten!--pensaba yo--, cuando viene un mozo á decirme:--¡Señor -director!, ¡señor director!--¿Qué pasa?--El público entero se va.--¿Qué -se va? Nada, los indios se habían asustado al ver á los _clauns_, y -creían que eran demonios que habían ido allí á aguarles la función. -Entro en la pista, y saco á los _clauns_ á trompicones. Luego, para -quitar á los indios la mala impresión, hice unos cuantos juegos de -manos. Cuando empecé á echar cintas encendidas por la boca, ¡rediez, qué -éxito! Todo el mundo se quedó asombrado; pero cuando les escamoteé unas -sortijas y les saqué una pecera del bolsillo de la chaqueta con sus -peces vivos, no he tenido nunca ovación mayor. - -Calló don Alonso. Jesús y Manuel se preparaban á dormir, tirados en el -suelo, acurrucados en un rincón. Comenzaba á llover á torrentes; el agua -caía con estrépito sobre el techo de cinc del cobertizo; el viento -silbaba y gemía á lo lejos. - -Empezó á tronar, y no parecía sino que algún tren caía por un -despeñadero de metal, por el ruido continuado y violento que hacían los -truenos. - ---¡Vaya una tempestad!--murmuró Jesús. - ---¡Las tempestades de tierra!--replicó don Alonso--. ¡Valiente filfa! -Las tempestades de tierra no valen nada. En el mar, en el mar, hay que -verlas, cuando el agua salta por encima de los puentes... Hasta en los -lagos. En el lago Erie y en el Michigan he pasado yo tempestades -tremendas, con olas como casas. Eso sí, se calma el viento y el agua -queda al poco rato como el estanque del Retiro. Una vez allí en -América... - -Pero Manuel y Jesús, hartos de narraciones americanas, se hicieron los -dormidos, y el antiguo Hombre Boa se calló desconsolado y pensó en -aquellos dulces tiempos en que escamoteaba sortijas á los indios y les -sacaba la pecera. - -No pudieron dormir; tuvieron que levantarse varias veces y cambiar de -sitio, porque entraba el agua por el tejado... - -A la mañana siguiente, cuando salieron, ya no llovía; la nieve se había -derretido por completo. La explanada del Mercado de Ganados hallábase -convertida en un pantano; el suelo de la Ronda, en un barrizal; las -casas y los árboles chorreaban agua; todo se veía negro, cenagoso, -desierto; sólo algunos perros vagabundos, famélicos, llenos de barro, -husmeaban en los montones de basura. - -Manuel empeñó la capa, y por el consejo de Jesús, se abrigó el pecho con -unos periódicos. Dieron diez reales en una casa de préstamos por la -prenda y fueron los tres á comer á la Tienda-Asilo de la Montaña del -Príncipe Pío. - -Manuel y Jesús, acompañados de don Alonso, entraron en dos imprentas á -preguntar si había trabajo, pero no lo había. Por la noche volvieron á -la Tienda-Asilo á cenar. Propuso don Alonso ir á dormir al Depósito de -mendigos. Salieron los tres; era al anochecer; había una fila de golfos -andrajosos á la puerta del Depósito, esperando á que abrieran; Jesús y -Manuel fueron partidarios de no entrar allá. - -Recorrieron el bosquecillo próximo al cuartel de la Montaña; algunos -soldados y algunas prostitutas charlaban y fumaban en corro; siguieron -la calle de Ferraz, luego la de Bailén; cruzaron el Viaducto, y por la -calle de Toledo bajaron al paseo de los Pontones. - -El rincón donde habían pasado la noche anterior le ocupaba una banda de -golfos. - -Siguieron adelante, metiéndose en el barro; comenzaba á llover de nuevo. -Propuso Manuel entrar en la taberna de la Blasa, y por la escalera del -paseo Imperial bajaron á la hondonada de las Injurias. La taberna estaba -cerrada. Entraron en una callejuela. Los pies se hundían en el barro y -en los charcos. Vieron una casucha con la puerta abierta y entraron. El -Hombre Boa encendió una cerilla. La casa tenía dos cuartos de un par de -metros en cuadro. Las paredes de aquellos cuartuchos destilaban humedad -y mugre; el suelo, de tierra apisonada, estaba agujereado por las -goteras y lleno de charcos. La cocina era un foco de infección: había en -medio un montón de basura y de excrementos; en los rincones, cucarachas -muertas y secas. - -Por la mañana salieron de la casa. El día se presentaba húmedo y triste; -á lo lejos, el campo envuelto en niebla. El barrio de las Injurias se -despoblaba; iban saliendo sus habitantes hacia Madrid, á la busca, por -las callejuelas llenas de cieno; subían unos al paseo Imperial, otros -marchaban por el Arroyo de Embajadores. - -Era gente astrosa; algunos, traperos; otros, mendigos; otros, muertos de -hambre; casi todos de facha repulsiva. Peor aspecto que los hombres -tenían aún las mujeres, sucias, desgreñadas, haraposas. Era una basura -humana, envuelta en guiñapos, entumecida por el frió y la humedad, la -que vomitaba aquel barrio infecto. Era la herpe, la lacra, el color -amarillo de la terciana, el párpado retraído, todos los estigmas de la -enfermedad y de la miseria. - ---Si los ricos vieran esto, ¿eh?--dijo don Alonso. - ---Bah, no harían nada--murmuró Jesús. - ---¿Por qué? - ---Porque no. Si le quita usted al rico la satisfacción de saber que -mientras él duerme otro se hiela y que mientras él come otro se muere de -hambre, le quita usted la mitad de su dicha. - ---¿Crees tú eso?--preguntó don Alonso mirando á Jesús con asombro. - ---Sí. Además, ¿qué nos importa lo que piensen? Ellos no se ocupan de -nosotros; ahora dormirán en sus camas limpias y mullidas tranquilamente, -mientras nosotros... - -Hizo un gesto de desagrado el Hombre Boa; le molestaba que se hablara -mal de los ricos. - -Salió el sol; un disco rojo sobre la tierra negra; luego, en las -escombreras de la fábrica del gas de encima de las Injurias comenzaron á -llegar carros y á verter cascotes y escombros. En las casuchas de la -hondonada, alguna que otra mujer se asomaba á la puerta con la colilla -del cigarro en la boca... - -Una noche el sereno de las Injurias sorprendió á los tres hombres en la -casa desalquilada y los echó de allí. - -Los días siguientes, Manuel y Jesús--el titiritero había -desaparecido--se decidieron á ir al Asilo de las Delicias á pasar la -noche. Ninguno de los dos se preocupaba en buscar trabajo. Llevaban ya -cerca de un mes vagabundeando, y un día en un cuartel, al siguiente en -un convento ó en un asilo, iban viviendo. - -La primera vez que Jesús y Manuel durmieron en el Asilo de las Delicias -fué un día de Marzo. - -Cuando llegaron al asilo no se hallaba abierto aún. Aguardaron paseando -por el antiguo camino de Yeseros. Se internaron por los campos próximos, -en los que se veían casuchas miserables, á cuyas puertas jugaban al -chito y al tejo algunos hombres y pululaban chiquillos andrajosos. - -Eran aquellos andurriales sitios tristes, yermos, desolados; lugares de -ruina, como si en ellos se hubiese levantado una ciudad á la cual un -cataclismo aniquilara. Por todas partes se veían escombros y cascotes, -hondonadas llenas de escorias; aquí y allí alguna chimenea de ladrillo -rota, algún horno de cal derruido. Sólo á largo trecho se destacaba una -huerta con su noria; á lo lejos, en las colinas que cerraban el -horizonte, se levantaban barriadas confusas y casas esparcidas. Era un -paraje intranquilizador; por detrás de las lomas salían vagos de mal -aspecto en grupos de tres y cuatro. - -Por allá cerca pasaba el Arroyo Abroñigal, en el fondo de un barranco, y -Manuel y Jesús lo siguieron hasta un puente de ladrillo llamado de los -Tres Ojos. - -Volvieron al anochecer. El Asilo estaba ya abierto. Se encontraba á la -derecha, camino de Yeseros arriba, próximo á unos cuantos cementerios -abandonados. El tejado puntiagudo, las galerías y escalinatas de madera, -le daban aspecto de chalet suizo. En el balcón, en un letrero sujeto al -barandado, se leía: «Asilo Municipal del Sur». Un farol de cristal rojo -lanzaba luz sangrienta en medio de los campos desiertos. - -Manuel y Jesús bajaron varios escalones; en una taquilla, un empleado -que escribía en un cuaderno les pidió su nombre, lo dieron, y entraron -en el Asilo. - -La parte destinada á los hombres tenía dos salas iluminadas con mecheros -de gas, separadas por un tabique, las dos con pilares de madera y -ventanucas altas y pequeñas. Jesús y Manuel cruzaron la primera sala y -entraron en la segunda, en donde á lo largo, sobre unas tarimas, había -algunos hombres. Se tendieron también ellos y charlaron un rato... - -Iban entrando mendigos, apoderándose de las tarimas, colocadas en medio -y junto á las columnas. Dejaban los que entraban en el suelo sus -abrigos, capas llenas de remiendos, elásticas sucias, montones de -guiñapos, y al mismo tiempo latas llenas de colillas, pucheros y cestas. - -Los parroquianos pasaban casi todos á la segunda sala. - ---Aquí no corre tanto el aire--dijo un viejo mendigo que se preparaba á -tenderse cerca de Manuel. - -Unos cuantos golfos de quince á veinte años hicieron irrupción en la -sala, se apoderaron de un rincón y se pusieron á jugar al cané. - ---¡Qué tunantes sois!--les gritó el viejo mendigo vecino de Manuel--. -Hasta aquí tenéis que venir á jugar, ¡leñe! - ---¡Ay, con lo que sale ahora el arrugado!--replicó uno de los golfos. - ---Cállese usted, ¡calandria! Si se parece usted á don Nicanor tocando el -tambor--dijo otro. - ---¡Granujas! ¡Golfos!--murmuró el viejo con ira. - -Manuel se volvió á contemplar al iracundo viejo. Era bajito, con barba -escasa y gris; tenía los ojos como dos cicatrices y unas antiparras -negras que le pasaban por en medio de la frente. Vestía un gabán -remendado y mugriento, en la cabeza una boina y encima de ésta un -sombrero duro de ala grasienta. Al llegar, se desembarazó de un morral -de tela y lo dejó en el suelo. - ---Es que estos granujas nos desacreditan--explicó el viejo--; el año -pasado robaron el teléfono del Asilo y un pedazo de plomo de una -cañería. - -Manuel paseó la vista por la sala. Cerca de él, un viejo alto, de barba -blanca, con cara de apóstol, embebido en sus pensamientos, apoyaba la -espalda en uno de los pilares; llevaba una blusa, una bufanda y una -gorrilla. En el rincón ocupado por los golfos descarados y fanfarrones, -se destacaba la silueta de un hombre vestido de negro, tipo de cesante. -En sus rodillas apoyaba la cabeza un niño dormido, de cinco á seis años. - -Todos los demás eran de facha brutal; mendigos con aspecto de -bandoleros; cojos y tullidos que andaban por la calle mostrando sus -deformidades; obreros sin trabajo, acostumbrados á la holganza, y entre -éstos algún tipo de hombre caído, con la barba larga y las guedejas -grasientas, al cual le quedaba en su aspecto y en su traje, con cuello -corbata y puños aunque muy sucios, algo de distinción; un pálido reflejo -del esplendor de la vida pasada. - -La atmósfera se caldeó pronto en la sala, y el aire, impregnado de olor -de tabaco y de miseria, se hizo nauseabundo. - -Manuel, se tendió en su tarima y escuchó la conversación que entablaron -Jesús y el mendigo viejo de las antiparras. Era éste un pordiosero -impenitente, conocedor de todos los medios de explotar la caridad -oficial. - -A pesar de que andaba siempre rodando de un lado á otro, no se había -alejado nunca más de cinco ó seis leguas de Madrid. - ---Antes se estaba bien en este Asilo--explicaba el viejo á Jesús--; -había una estufa; las tarimas tenían su manta, y por la mañana á todo el -mundo se le daba una sopa. - ---Sí, una sopa de agua--replicó otro mendigo joven, melenudo, flaco y -tostado por el sol. - ---Bueno, pero calentaba las tripas. - -El hombre de aspecto decente, disgustado, sin duda, de encontrarse entre -la golfería, tomó al chico en sus brazos y se acercó al lugar ocupado -por Jesús y Manuel y terció en la conversación contando sus cuitas. -Dentro de lo triste, era cómica su historia. - -Venía de una capital de provincia, dejando un destinillo, creyendo en -las palabras del diputado del distrito, que le prometió un empleo en un -ministerio. Se pasó dos meses detrás del diputado y se encontró al cabo -de ellos en la miseria y en el desamparo más grandes. Mientras tanto, -escribía á su mujer dándole esperanzas. - -El día anterior le habían despachado de la casa de huéspedes, y después -de correr medio Madrid y no encontrando medio de ganar una peseta, fué -al Gobierno civil y pidió á un guardia que les llevara á su hijo y á él -á un asilo.--No llevo al asilo sino á los que piden limosna--le dijo el -guardia.--Yo voy á pedir limosna--le contestó él con humildad--puede -usted llevarme.--No, pida usted limosna y entonces le cogeré. - -Al hombre se le resistía pedir; pasaba un señor, se acercaba con su -hijo, se llevaba la mano al sombrero; pero la petición no salía de su -boca. Entonces el guardia le había aconsejado que fuera al Asilo de las -Delicias. - ---Pues si le llegan á coger no adelanta usted nada--dijo el de los -anteojos--; le hubieran llevado al Cerro del Pimiento y allá se hubiese -usted pasado el día sin probar la gracia de Dios. - ---Y luego, ¿qué hubieran hecho conmigo?--preguntó la persona decente. - ---Echarlo fuera de Madrid. - ---Pero, ¿no hay sitios por ahí para pasar la noche?--dijo Jesús. - ---La mar--contestó el viejo--, por todas partes. Ahora, que en el -invierno se tiene frío. - ---Yo he vivido--añadió el mendigo joven--más de medio año en -Vaciamadrid, un pueblo que está casi deshabitado; un compañero mío y yo -encontramos una casa cerrada y nos instalamos en ella. Vivimos unas -semanas al pelo. Por las noches íbamos á la estación de Arganda; con una -barrena hacíamos un agujero en un barril de vino, llenábamos la bota y -después tapábamos el agujero con pez. - ---¿Y por qué se fueron ustedes de allí?--preguntó Manuel. - ---La Guardia civil nos sitió y tuvimos que escaparnos por las ventanas. -Maldito si yo no estaba cansado ya de aquel rincón. A mí me gusta andar -por esos caminos, una vez aquí, otra vez allá. Se encuentra uno con -gente que sabe, y se va uno ilustrando... - ---¿Y usted ha andado mucho por ahí? - ---Toda mi vida. Yo no puedo gastar más que un par de alpargatas en un -pueblo. Me entra una desazón cuando estoy en el mismo sitio, que tengo -que echar á andar. ¡Ah! ¡El campo! No hay como eso. Se come donde se -puede; el invierno es malo, ¡pero el verano! Se hace uno una cama de -tomillo debajo de un árbol y se duerme uno allá tan ricamente, mejor que -el rey. Luego, como las golondrinas, se va uno donde hace calor. - -El viejo de las antiparras, desdeñando lo que decía el vagabundo joven, -indicó á Jesús los rincones que había en las afueras. - ---Adonde suelo ir yo cuando hace buen tiempo, es á un camposanto que hay -cerca del tercer Depósito. Allá hay unas casas donde iremos esta -primavera. - -Manuel oyó confusamente el final de la conversación y se quedó dormido. -A media noche se despertó al oir unas voces. En el rincón de la golfería -dos muchachos rodaban por el suelo y luchaban á brazo partido. - ---Te daré dinero--murmuraba uno entre dientes. - ---Suelta, que me ahogas. - -El mendigo viejo, que se había despertado, se levantó furioso, levantó -el garrote y dió un golpe en la espalda á uno de ellos. El caído se -irguió bramando de coraje. - ---Ven ahora, ¡cochino! Hijo de la grandísima perra--gritó. - -Se abalanzaron el uno sobre el otro, se golpearon y cayeron los dos de -bruces. - ---Estos granujas nos están desacreditando--exclamó el viejo. - -Un guardia restableció el orden y expulsó á los alborotadores. Volvió á -tranquilizarse el cotarro y no se oyeron más que ronquidos sordos y -sibilantes... - -Por la mañana, aun antes de amanecer, cuando se abrieron las puertas del -Asilo, salieron todos los que habían pasado allí la noche y se -desparramaron al momento por aquellos andurriales. - -Manuel y Jesús siguieron la calle de Méndez Alvaro. En los andenes de la -estación del Mediodía brillaban los focos eléctricos como globos de luz -en el aire negro de la noche. - -De las chimeneas del taller de la estación salían columnas apretadas de -humo blanco; las pupilas rojas y verdes de los faros de señales lanzaban -un guiño confidencial desde sus altos soportes; las calderas en tensión -de las locomotoras, bramaban con espantosos alaridos. - -Temblaban las luces mortecinas de los distanciados faroles de ambos -lados de la carretera. Se entreveían en el campo, en el aire turbio y -amarillento como un cristal esmerilado, sobre la tierra sin color, -casucas bajas, estacadas negras, altos palos torcidos de telégrafo, -lejanos y obscuros terraplenes por donde corría la línea del tren. -Algunas tabernuchas, iluminadas por un quinqué de luz lánguida, estaban -abiertas... Luego ya, á la claridad opaca del amanecer, fué apareciendo -á la derecha el ancho tejado plomizo de la estación del Mediodía, húmedo -de rocío; enfrente la mole del Hospital general, de un color de -ictérico; á la izquierda, el campo yermo, las eras inciertas, pardas, -que se alargaban hasta fundirse con las colinas onduladas del horizonte -bajo el cielo húmedo y gris, en la enorme desolación de los alrededores -madrileños... - - - - -CAPÍTULO VII - -La Casa Negra.--Incendio.--Fuga. - - -Cerca de la estación se alargaba una fila de coches; los cocheros habían -hecho una hoguera. Se calentaron un momento Jesús y Manuel. - ---Tenemos que ir á ese pueblo--murmuró Jesús. - ---¿A cuál? - ---A ese que está deshabitado, según ha dicho ese hombre. A Vaciamadrid. - ---Bueno. - -Llegaba un tren en aquella hora, y Manuel y Jesús se colocaron á la -puerta de la estación, á la salida de los viajeros, con la idea de -ganarse unos cuartos llevando alguna maleta. - -Manuel tuvo la suerte de tomar un bulto de un señor y llevárselo á un -coche. El señor le dió unas perras. - -Manuel y Jesús subieron al Prado. Iban por delante del Museo, cuando -vieron un simón y detrás del coche, corriendo á todo correr, á don -Alonso, con un traje haraposo lleno de agujeros. - ---¡Eh!, ¡eh!--le gritó Manuel. - -Don Alonso miró hacia atrás, se detuvo y se acercó á Jesús y Manuel. - ---¿A dónde iba usted?--le preguntaron. - ---Detrás de ese coche para subirle el baúl á casa á ese caballero; pero -estoy cansado, ya no tengo piernas. - ---¿Y qué hace usted?--le preguntó Manuel. - ---¡Pse!... Morirme de hambre. - ---¿No viene la buena? - ---¿Qué ha de venir? Napoleón se hizo la pascua en _Uaterlú_, ¿verdad?, -pues mi vida es un _Uaterlú_ continuo. - ---¿A qué se dedica usted ahora? - ---He estado vendiendo libros verdes. Aquí debo tener uno--añadió -mostrando á Manuel una cartilla, cuyo título era: _Las picardías de las -mujeres la primera noche de novios_. - ---¿Es bueno esto?--preguntó Manuel. - ---Así, así. Te advierto que hay que leer un renglón sí el y otro no. -¡Yo, dedicado á estas cosas! ¡Yo, que he sido director de un circo en -_Niu Yoc_! - ---Ya vendrá la buena. - ---Hace unas noches salí tambaleándome, muerto de necesidad, y me fuí á -una Casa de Socorro, porque ya no podía más.--¿Qué tiene usted?--me -preguntó uno.--Hambre.--Eso no es enfermedad--me dijo. Entonces me eché -á pedir limosna, y ahora voy al anochecer al barrio de Salamanca, y -allá, á las señoras que van solas las digo que se me ha muerto un hijo, -que necesito un par de reales para comprar velas. Ellas se horrorizan y -me suelen dar algo. He encontrado también un rincón donde dormir. Está -por allá, hacia el río. - -Comieron los tres el rancho sobrante en el cuartel de María Cristina, y -por la tarde el Hombre Boa fué á su centro de operaciones del barrio de -Salamanca. - ---Peseta y media he sacado hoy--les dijo á Manuel y á Jesús. Vamos á -cenar. - -Cenaron en el parador de Barcelona de la calle del Caballero de Gracia, -y después el resto lo emplearon en aguardiente. - -Luego fueron al rincón encontrado por don Alonso, una casa en ruinas, -próxima al puente de Toledo. La llamaban la Casa Negra; no quedaba de -ella más que las cuatro paredes, cortadas á la altura del primer piso. - -Ocupaba el centro de una huerta; tenía un cañizo sobre el cual -sobresalían unas cuantas vigas negruzcas derechas, como las chimeneas de -un pontón. - -Entraron los tres en la casucha. Cruzaron el patio, saltando por encima -de escombros, tejas, maderas podridas y montones de cascote. Recorrieron -un pasillo. Don Alonso encendió un fósforo, que mantuvo en el hueco de -la mano. Vivían allí clandestinamente unas familias de gitanos y unos -cuantos mendigos. Algunos habían hecho sus camas con paja y trapos; -otros dormían apoyándose sobre cuerdas de esparto, sujetas á las -paredes. - -Don Alonso tenía su rincón y llevó allí á Manuel y á Jesús. - -El suelo era húmedo, de tierra; quedaban algunos tabiques de la casa en -pie; los agujeros del techo estaban obturados con haces de caña, cogidos -en el río, y pedazos de estera. - ---¡Qué moler!--dijo don Alonso al tenderse--; siempre hay que andar -buscando rincones. ¡Quién pudiera ser caracol! - ---¿Para qué?--le preguntó Jesús. - ---Aunque no fuera más que para no pagar la casa de huéspedes. - ---¡Ya vendrá la buena!--dijo irónicamente Manuel. - ---Esa es la esperanza--replicó el Hombre Boa--. Mañana quizás ha -cambiado nuestra suerte. Tú no sabes lo que es la vida. El destino para -el hombre es como el viento para la veleta. - ---Lo malo es--murmuró Jesús--que la veleta nuestra, cuando no señala -hambre, señala frío, y siempre miseria. - ---Mañana puede variar. - -Con estas halagüeñas ilusiones se durmieron los tres. Despertó Manuel al -amanecer; la luz del alba entraba por los agujeros del cañizo que hacía -de techo, y con aquella luz pálida el interior de la Casa Negra ofrecía -un aspecto siniestro. - -Dormían todos mezclados, arremolinados en un amontonamiento de harapos y -de papeles de periódicos. Algunos hombres buscaban las mujeres en la -semiobscuridad, y se oían sus gruñidos de placer. - -Cerca de Manuel, una mujer, con aspecto de idiotismo y de miseria -orgánica, sucia y llena de harapos, mecía un niño en los brazos. Era una -mendiga aún joven, una pobre criatura vagabunda, de esas que recorren -los caminos sin rumbo ni dirección, á la gracia de Dios. - -Por entre el astroso corpiño mostraba el pecho lacio y negruzco. Uno de -los gitanillos se deslizó junto á ella y le agarró el pecho con la mano. -Ella dejó el niño á un lado y se tendió en el suelo... - - * * * * * - -Un día de Abril, por la madrugada, el frío era tan espantoso dentro de -la Casa Negra, que hicieron en medio una hoguera; crecieron las llamas -y, cuando menos se esperaba, prendió el cañizo. Inmediatamente se -generalizó el fuego. Estallaban las cañas al arder; pronto una inmensa -llamarada se levantó en el aire. - -Escaparon todos despavoridos; Manuel, Jesús y don Alonso salieron de -prisa por el paseo de los Pontones hacia la Ronda. - -En la noche obscura brillaba el techo incendiado como una gran antorcha; -pronto se apagó y quedaron sólo chispas, que saltaban y volaban en el -aire. - -Los tres marcharon por la Ronda; allá lejos se veían líneas alargadas de -faroles de gas, y á trechos núcleos de luces como islas brillantes en -medio de la obscuridad. En la Ronda solitaria se oía muy de tarde en -tarde el paso precipitado de algún transeunte y los ladridos lejanos de -los perros. - -Se le ocurrió á Manuel ir á la taberna de la Blasa. En vez de tomar por -el paseo Imperial, entraron en las Injurias por una callejuela iluminada -con faroles de petróleo, que pasaba al lado de la Fábrica del gas. - -Humos negros y rojos salían de las altas chimeneas; las panzas redondas -de los gasómetros se acercaban al suelo, y alrededor de ellas se -levantaban los soportes, que en la obscuridad producían un efecto -extraño. - -No estaba abierta la taberna de la Blasa. Tiritando de frío siguieron -andando los tres por la Ronda de Toledo, pasaron frente á una fábrica, -cuyas ventanas vertían una luz violenta de arco voltaico en la negrura -de la noche. - -En medio de aquel silencio, la fábrica parecía rugir y echaba borbotones -de humo por la chimenea. - ---No debía haber fábricas--dijo Jesús con una indignación súbita. - ---¿Y por qué?--preguntó don Alonso. - ---Porque no. - ---¿Y de qué va á vivir la gente? ¿Qué se va á hacer la industria si no -hay fábricas? - ---Que se haga la pascua como nosotros. La tierra debe dar para que -vivamos todos--añadió Jesús. - ---¿Y la civilización?--preguntó don Alonso. - ---¡La civilización! Bastante nos sirve á nosotros la civilización. La -civilización es muy buena para el rico, ¡lo que es para el pobre! - ---¿Y la luz eléctrica?, ¿y los vapores?, ¿y el telégrafo? - ---¿Pero usted los utiliza? - ---No, pero los he utilizado. - ---Cuando tenía usted dinero. La civilización está hecha para el que -tiene dinero, y el que no lo tiene que se muera. Antes el rico y el -pobre se alumbraban con un candil parecido; hoy el pobre sigue con el -candil y el rico alumbra su casa con luz eléctrica; antes si el pobre -iba á pie, el rico iba á caballo; hoy el pobre sigue andando á pie y el -rico va en automóvil; antes el rico tenía que vivir entre los pobres; -hoy vive aparte, se ha hecho una muralla de algodón y no oye nada. Que -los pobres chillan, él no oye; que se mueren de hambre, él no se -entera.... - ---No tienes razón--dijo don Alonso. - ---Casi nada... - -Siguieron oyéndose ladridos lejanos de los perros. Hacía cada vez más -frío. Pasaron por la Ronda de Valencia y por la de Atocha. - -Se destacó el Hospital General, con su sombría mole y sus ventanas -iluminadas por luces mortecinas. - ---Ahí siquiera no se debe tener frío--murmuró el Hombre Boa, con tono -jovial que sonaba á dolorida queja. - -Comenzaba á clarear, iba disipándose el vaho gris de la mañana; por el -camino pasaban carros de bueyes; las gallinas cacareaban á lo lejos.... - - - - -CAPÍTULO VIII - -Las cuevas del Gobierno civil.--Et repatriado.--La sopa del convento. - - -Algunas veces, Manuel, Jesús y don Alonso iban á dormir á las iglesias. -Una noche que se habían tendido los tres en una capilla de San Sebastián -llena de bancos, el sacristán les hizo salir y les entregó á una pareja -de Orden público. Don Alonso trató de demostrar á los guardias que era -una persona, no sólo decente, sino importante; mientras él peroraba, -Jesús se escabulló por la plaza de Santa Ana. - ---En la Delegación contarán todo eso--contestó el guardia á las -explicaciones del Hombre Boa. - -Bajaron por una calle próxima, y en un portal en donde brillaba un farol -rojo, entraron y subieron por una escalera estrecha á un cuarto donde -garrapateaban dos escribientes. Mandaron éstos á don Alonso y á Manuel -sentarse en unos bancos, y ambos lo hicieron lo más humildemente -posible. - ---Usted, el viejo, ¿cómo se llama?--dijo uno de los escribientes. - ---¿Yo?--preguntó el Hombre Boa. - ---Sí, usted. ¿Es usted sordo ó idiota? - ---No, no, señor. - ---Pues lo parece. ¿Cuál es su nombre? - ---Alonso de Guzmán Calderón y Téllez. - ---¿Edad? - ---Cincuenta y seis años. - ---¿Estado? - ---Soltero. - ---¿Profesión? - ---Artista de circo. - ---¿En dónde vive usted? - ---Hasta hace unos días... - ---¿Dónde vive usted ahora le pregunto, imbécil? - ---Ahora, pues... - ---Pon sin domicilio--dijo uno de los escribientes al otro. - -Después tomaron la filiación á Manuel y volvieron á sentarse los dos sin -hablar, muy intrigados con la suerte que les esperaba. - -Los del Orden paseaban por el cuarto charlando; á veces se oía sonar el -repiqueteo de un timbre. - -De pronto se abrió la puerta y entró una mujer joven, de mantilla, con -una gran inquietud en los ojos. - -Se acercó á los dos escribientes. - ---¿Podría ir alguno... á mi casa... un médico...? mi madre se ha caído y -se ha abierto la cabeza. - -El escribiente echó una bocanada de humo de tabaco y no contestó; -después, volviéndose y mirando á la mujer de arriba á bajo, dijo con una -grosería y una bestialidad épicas: - ---Eso á la Casa de Socorro. Nosotros nada tenemos que ver con eso--, y -volvió la cabeza y siguió fumando. La mujer paseó sus ojos asustados por -la Delegación; se decidió á salir, dió buenas noches, que nadie -contestó, con voz desfallecida y se fué. - ---¡Cagatintas! ¡Canallas!--murmuró don Alonso en voz baja--. ¡Qué les -costaba haber enviado algún guardia para que acompañara á esa pobre -mujer á la Casa de Socorro! - -Pasaron allí Manuel y el Hombre Boa mas de dos horas, y al cabo de éstas -los guardias les hicieron entrar en un cuarto en donde se paseaba un -hombre alto de barba negra, peinado á lo chulo, con aspecto de jugador ó -de _croupier_. - ---¿Qué son éstos?--preguntó el hombre con acento andaluz, haciendo -brillar, al retorcerse el bigote, un brillante que llevaba en el dedo. - ---Son dos que iban á dormir á la iglesia de San Sebastián--dijo el -guardia--; no tienen domicilio. - ---Perdone usted--dijo don Alonso--, accidentalmente... - ---Llevarlos á que pasen la quincena--dijo el hombre alto. - -No dieron tiempo á don Alonso de decir nada, porque uno de los guardias -le empujó brutalmente fuera del cuarto. Manuel le siguió. - -Los dos guardias les obligaron á bajar las escaleras y les metieron en -un cuarto obscuro, en donde, después de tantear, encontraron un banco. - ---En fin, ya vendrá la buena--dijo don Alonso, sentándose y lanzando un -profundo suspiro. - -Manuel, á pesar de que la situación no era del todo cómica, sintió unas -ganas de reir tan grandes, que no las pudo contener. - ---¿Por qué te ríes, hijo mío?--preguntó don Alonso. - -Manuel no supo explicar por qué se reía; pero después de reir, y de reir -mucho, se quedó con un humor fúnebre. - ---Qué diría Jesús si estuviera aquí--murmuró Manuel--. En la casa de -Dios, en donde todos son iguales, es un crimen entrar á descansar; el -sacristán le entrega á uno á los guardias, los guardias le meten á uno -en un cuarto obscuro. ¡Y vaya usted á saber lo que nos harán después! Yo -tengo miedo de que nos lleven á la cárcel, si es que no nos ahorcan. - ---No digas tonterías. Siquiera, ¡si nos dieran de comer!--murmuró don -Alonso. - ---En eso estarán pensando. - -Serían la una ó á las dos de la mañana cuando abrieron la puerta del -chiquero y, conducidos por dos guardias, el Hombre Boa y Manuel -salieron á la calle. - ---Pero, ¿á dónde nos llevan?--preguntó don Alonso un poco asustado. - ---Usted siga para adelante--le contestó el guardia. - ---Esto es una arbitrariedad--murmuró don Alonso. - ---Usted siga para adelante, si no quiere ir atado codo con codo--replicó -el guardia. - -Pasaron la Puerta del Sol, siguieron por la calle Mayor y se detuvieron -en el Gobierno civil. A la izquierda del zaguán, por una estrecha -escalera, tuvieron que bajar á una sala de techo bajo, iluminada por un -quinqué, con unas tarimas altas, en donde dormían en fila diez ó doce -guardias de orden público, vestidos y calzados. - -De esta sala bajaron por una escalerilla á un corredor estrecho, á uno -de cuyos lados había dos jaulas con grandes rejas. En una de éstas, -hicieron entrar á don Alonso y á Manuel y cerraron tras ellos. - -Un hombre y unos cuantos chicos se les acercaron á mirarles. - ---Esto es una arbitrariedad--gritó don Alonso--. Nosotros nada hemos -hecho para que se nos encarcele. - ---Ni yo tampoco--murmuró un mendigo joven á quien según dijo habían -cogido pidiendo limosna--; luego, aquí no se puede estar. - ---¿Qué pasa?--preguntó Manuel. - ---Que uno de esos se ha ensuciado ahí. Está enfermo y desnudo. Debían -llevarlo al Hospital. El dice que le han robado la ropa; estos chicos -aseguran que se la ha jugado en la cárcel. - ---Y es verdad--replicó uno de los golfos--. Hemos estado pasando la -quincena allá arriba. Cuando salimos de la cárcel, al llegar á la -puerto, nos volvieron á coger á todos y nos trajeron aquí. - -A la luz del corredor, en el fondo de aquella jaula, se veían unos -cuantos hombres en el suelo. - -Echado en un banco próximo á la pared, desnudo, con las piernas -encogidas, se abrigaba con una capa raida el enfermo, y al moverse -dejaba al descubierto alguna parte de su persona. - ---¡Agua!--murmuró con voz débil. - ---Ya se la hemos pedido al sargento--dijo el mendigo--; pero no la trae. - ---Esto es una salvajada--gritó el Hombre Boa--, esto es una barbaridad. - -Como nadie hizo caso á don Alonso, tuvo á bien callarse. - ---Ese otro--agregó el golfo, riéndose y señalando á uno escondido en un -rincón--tiene sífilis y sarna. - -Don Alonso se abismó en su melancolía y se calló. - ---¿Y qué van á hacer de nosotros?--preguntó Manuel. - ---Nos llevarán á la cárcel á pasar quince días--contestó el mendigo. - ---¿Y allí se come?--preguntó el Hombre Boa, saliendo del fondo de su -ensimismamiento. - ---No siempre. - -Quedaron todos silenciosos, cuando se oyó en el pasillo un murmullo de -voces, que pronto se convirtió en una algarabía de gritos de mujer, de -imprecaciones y de lloros. - ---¡Leñe!, no empuje usted. - ---¡Moler! con el hombre. - ---Anda, anda para adentro--decía una voz de hombre. - -Eran unas treinta mujeres cogidas en la calle, que encerraban en la -jaula inmediata. Unas gritaban, otras gemían, algunas se dedicaban á -insultar, con el repertorio de palabras más selecto, al delegado y al -jefe de la Higiene. - ---No queda una madre sana--hizo observar don Alonso. - -Manuel creyó reconocer la voz de la Chata y de la Rabanitos. Después de -encerrar á las mujeres, un sargento de Orden público se acercó á la -jaula de los hombres. - ---Señor sargento--dijo don Alonso--, que aquí hay un hombre que está -malo. - ---¿Y qué quiere usted que yo le haga? - ---Señor sargento, si me hiciera usted un favor...--añadió Manuel. - ---¿Qué? - ---Que si hay algún periodista de esos que vienen á recoger noticias -aquí, le diga usted que yo soy cajista en el periódico _El Mundo_ y que -me han metido preso. - ---Bueno, se dirá. - -No había pasado media hora, cuando volvió á presentarse el sargento, -abrió la reja y se dirigió á Manuel: - ---Eh, tú, el cajista. Afuera. - -Salió Manuel, pasó por delante de la jaula en donde estaban encerradas -las mujeres, vió á la Chata y á la Rabanitos en un grupo de viejas -prostitutas, entre las que había una negra, todas horribles, y subió de -prisa la escalerilla hasta la sala en donde dormía el retén de guardias. -El sargento abrió el postigo, cogió á Manuel de un brazo, le arreó un -puntapie con toda su fuerza y lo puso en la calle. - -El reloj del Ayuntamiento marcaba las tres; lloviznaba; Manuel se metió -por la calle de Ciudad Rodrigo á guarecerse en los arcos de la plaza -Mayor, y como estaba cansado, se sentó en el escalón de un portal. Iba á -dormirse, cuando un hombre con trazas de mendigo se sentó también allí y -hablaron; el hombre dijo ser repatriado de Cuba, que no encontraba -empleo ni servía tampoco para trabajar, pues se había acostumbrado á -vivir á salto de mata. - ---Después de todo, voy teniendo suerte--añadió el repatriado--. Cuando -no me he muerto este invierno, es que ya no me muero nunca. - -Pasaron los dos la noche acurrucados uno junto á otro, y por la mañana -fueron á la plaza de la Cebada y anduvieron merodeando por allí. El -repatriado cogió unas cuantas nueces de un montón, y esto constituyó el -desayuno de los dos compañeros. - -Más tarde bajaron por el puente de Toledo. - ---¿Adónde vamos?--preguntó Manuel. - ---Aquí, á un convento de trapenses que hay cerca de Jetafe, en donde nos -darán de comer--dijo el repatriado. - -Manuel aceleró el paso. - ---Vamos de prisa. - ---No sirve. Sacan la comida después de que ellos comen. De manera que, -aunque corras, no adelantas nada; hay que esperar. - -Entonces Manuel moderó su marcha. El repatriado era un tipo vulgar, -tenía la nariz gruesa, la cara ancha y el bigote rubio. Llevaba un -sombrero puntiagudo, la ropa llena de remiendos, una bufanda vieja -arrollada al cuello y en la mano un garrote. - -Llegaron al convento, pasaron á la portería y se sentaron en una mesa, -en donde seis ó siete hombres esperaban. - ---¿Tú sabes hacer versos?--preguntó el repatriado á Manuel. - ---Yo, no. ¿Por qué? - ---Porque hace unos días vine yo aquí con un señor que, eso sí, estaba -tan muerto de hambre como nosotros, y mientras esperábamos la comida, él -preguntó el nombre del rector y le hizo unos versos la mar de bonitos. Y -entonces el rector le mandó entrar y le dió de comer y de beber. - ---Pues es una lástima que no sepamos nosotros hacer una copla. ¿Cómo se -llama el rector? - ---Domingo. - -Pensó Manuel en una palabra que terminara en ingo y no la encontró, y -olvidó su faena cuando vino el lego con un gran caldero y lo dejó encima -de la mesa. - -Luego trajo cucharas de palo y las repartió entre los mendigos. De éstos -todos, menos uno, sacaron escudillas; el que no la tenía era un tipo -repulsivo, con el labio inferior hinchado ulceroso y saliente. - ---Espere usted, compadre--dijo el repatriado, antes de que metiera el -otro la cuchara--. Nosotros vamos á echar el rancho en la tapa del -caldero, y de allí comeremos. - ---¡No sé qué tengo yo!--murmuró el mendigo. - ---¿Usted? Que tiene un labio que parece un bisteck. - -Comieron Manuel y el repatriado, y después de dar las gracias al lego, -salieron del convento y se tendieron al sol en el campo. - -Hacía un tarde de Mayo, espléndida; el sol calentaba de firme; el -repatriado contó algunos episodios de la campaña de Cuba. Hablaba de una -manera violenta, y cuando la cólera ó la indignación le dominaban, se -ponía densamente pálido. - -Habló de la vida en la isla, una vida horrible; siempre marchando y -marchando, descalzos, con las piernas hundidas en las tierras pantanosas -y el aire lleno de mosquitos que levantaban ronchas. Recordaba el -teatrucho de un pueblo convertido en hospital, con el escenario lleno de -heridos y de enfermos. No se podía descansar del todo nunca. Los -oficiales del ejército, antes de fantásticas batallas, porque los -cubanos corrían siempre como liebres, disputándose las propuestas para -las cruces, y los soldados burlándose de las batallas y de las cruces y -del valor de sus jefes. Luego la guerra de exterminio decretada por -Weyler, los ingenios ardiendo, las lomas verdes que quedaban sin una -mata en un momento, la caña que estallaba, y en los poblados la gente -famélica, las mujeres y los chicos que gritaban: «¡Don Teniente, don -Sargento, que tenemos hambre!» Además de esto, los fusilamientos, el -machetearse unos á otros con una crueldad fría. Entre generales y -oficiales, odios y rivalidades, y mientras tanto los soldados, -indiferentes, sin contestar apenas al tiroteo de los enemigos, con el -mismo cariño por la vida que se puede tener por una alpargata vieja. -Algunos que decían: «Mi capitán, yo me quedo aquí», y se le quitaba el -fusil y se seguía adelante. Y después de todo esto, la vuelta á España, -casi más triste aún; todo el barco lleno de hombres vestidos de -rayadillo; un barco cargado de esqueletos, y todos los días cinco, seis, -siete que expiraban y se les tiraba al agua. - ---Y al llegar á Barcelona, ¡moler!, ¡qué desencanto!--terminó -diciéndo--: Uno que esperaba algún recibimiento por haber servido á la -patria y encontrar cariño. ¿Eh? Pues nada. ¡Dios!, todo el mundo le veía -á uno pasar sin hacerle caso. Desembarcamos en el puerto como si -fuéramos fardos de algodón; uno se decía en el barco: «Me van á marear á -preguntas cuando llegue á España.» Nada. Ya no le interesaba á nadie lo -que había pasado en la manigua... ¡Ande usted á defender la patria! ¡Que -la defienda el Nuncio! Para morirse después de hambre y de frío, y luego -que le digan á uno: Si hubierais tenido riñones, no se hubiera perdido -la isla. Es también demasiado amolar esto... - -Iba ya inclinándose el sol cuando el repatriado y Manuel se levantaron y -fueron hacia Madrid. - - - - -CAPÍTULO IX - -Noche en el paseo de la Virgen del Puerto.--Suena un tiro.--Calatrava y -Vidal.--Un tango de la bella Pérez. - - ---Las noches que no hace mucho frío--dijo el repatriado--yo suelo ir á -dormir á esa arboleda que hay cerca de la Virgen del Puerto. ¿Quieres -que vayamos hoy?--añadió. - ---Sí, vamos. - -Estaban en la Puerta del Sol y fueron por la calle Mayor abajo. Hacía -una noche templada de niebla, una niebla azulada, luminosa, que temblaba -al soplo del viento; los globos eléctricos del Palacio Real brillaban -entre aquella gasa flotante con una luz morada. - -Bajaron Manuel y el repatriado por la Cuesta de la Vega y entraron en el -bosquecillo que hay entre el Campo del Moro y la calle de Segovia. -Algunos faroles de petróleo lucían muy pálidamente entre los árboles. -Llegaron al paseo de los Melancólicos. Cerca del puente de Segovia -salían llamaradas de los hornillos de una churrería instalada en una -barraca. Del paseo de los Melancólicos bajaron á la hondonada, y en un -cobertizo se cobijaron y se tendieron á dormir. Hacía fresco; pasaban -por allá algunas parejas misteriosas; Manuel se acurrucó, metió las -manos en el bolsillo del pantalón y quedó profundamente dormido. - - * * * * * - -Rumor chillón de cornetas le despertó. - ---Es la guardia de Palacio--dijo el repatriado. - -La claridad mortecina del alba alumbraba el cielo; palpitaba suave y -gris el resplandor primero del día... De pronto resonó muy cerca el -estampido de un arma de fuego; Manuel y el repatriado se levantaron; -salieron del cobertizo dispuestos á huir; no vieron nada. - ---Es un joven que se ha suicidado--dijo un hombre de blusa que pasó -corriendo delante de Manuel y del repatriado. - -Acercáronse los dos al lugar donde se oyera la detonación y vieron á un -muchacho joven, bien vestido, en el suelo, con la cara llena de sangre y -un revólver en la mano derecha. Nadie había por allí; el repatriado se -acercó al muerto, tomó su mano izquierda y le sacó dos sortijas que -llevaba, una de ellas con un brillante; luego le desabrochó la chaqueta, -le registró los bolsillos, no encontró dinero y le quitó un reloj de -oro. - ---Vamos á escaparnos, no vaya á venir alguno--dijo Manuel. - ---No--contestó el repatriado. - -Volvió á entrar en el cobertizo donde habían pasado la noche, hizo en -la tierra un agujero con las uñas, enterró, envueltas en un papel, las -sortijas y el reloj y apretó la tierra con el pie. - ---En la guerra como en la guerra--murmuró después de ejecutar su -maniobra con una rapidez extraordinaria.--Ahora--añadió--vuélvete á -echar y hazte el dormido, por si acaso. - -Poco después se oyó murmullo de voces en la hondonada, y Manuel vió dos -guardias civiles que pasaban á caballo por delante del cobertizo. - -Se acercaba gente al lugar del suceso; los guardias civiles, registrando -al muerto, encontraron una carta dirigida al juez, en la que indicaba -que no se culpara á nadie de su muerte. - -Manuel y el repatriado se unieron al grupo de curiosos. - -Cuando levantaron el muerto y se lo llevaron, Manuel preguntó: - ---¿Vamos á recoger eso? - ---Espera que se vayan todos. - -Quedó el lugar desierto; entonces el repatriado desenterró las sortijas -y el reloj. - ---La sortija creo que es buena--dijo--. ¿Cómo lo averiguaremos? - ---En una platería. - ---Vete á la platería así con estos harapos y una sortija con un -brillante y un reloj de oro, y es muy posible que te denuncien y te -lleven á la cárcel. - ---Entonces, ¿qué hacemos? Podíamos empeñar el reloj--dijo Manuel. - ---También es peligroso. Vamos á buscar á Marcos Calatrava, un amigo mío -á quien conocí en Cuba. Ese nos sacará del apuro. Vive en una casa de -huéspedes de la calle de Embajadores. - -Fueron allá, les salió una mujer á la puerta y les dijo que el tal -Marcos se había mudado. El repatriado preguntó en una taberna de la -planta baja de la casa. - ---¡El cojo! Si le conozco, ya lo creo--dijo el tabernero--. ¿Sabe usted -dónde suele estar al anochecer? En la taberna del Majo de las Cubas, en -la calle Mayor. - -Fué para Manuel y el repatriado uno de los días más largos de su -existencia; sentían un hambre horrorosa, y el pensar que con la venta de -aquellas sortijas y del reloj podían comer todo lo que se les antojara y -que el miedo les impedía satisfacer su necesidad, era horrible. Se -pasearon por las calles aburridos, y de cuando en cuando iban á la -taberna á preguntar si había llegado ya el cojo. - -Al anochecer le vieron. El repatriado se acercó á saludarle, y los tres -pasaron al interior de la taberna á un rincón á hablar. El repatriado -contó el caso á Calatrava. - ---Ahora mismo viene mi secretario--dijo Marcos--, y él lo arreglará. -Mientras tanto, pedid de cenar. - ---Pide tú--dijo el repatriado á Manuel. - -Lo hizo éste así, y para que todas fueran dilaciones, el mozo de la -taberna dijo que la cena tardaría algo. - -Mientras charlaban el repatriado y Calatrava, Manuel se puso á observar -á este último. - -Calatrava resultaba un tipo raro, á primera vista casi ridículo; tenía -una pierna de palo, la cara muy estrecha, muy negra y amojamada; dos ó -tres cicatrices en la frente, el bigote recio y el pelo crespo. Vestía -traje claro, pantalón muy ancho, que se bamboleaba lo mismo en la pierna -natural que en la de madera; una chaquetilla corta más obscura que el -pantalón, una corbata de color rojo y un sombrero de paja muy chiquito. - -Marcos pidió con voz aguardentosa unas copas. Las bebieron y no tardó -mucho en aparecer un muchacho elegante, con botas amarillas, sombrero -hongo y un pañuelo de seda en el cuello. - ---¡Vidal!--exclamó Manuel al verle--; ¿eres tú? - ---Sí, chico. ¿Qué haces aquí? - ---¿Le conoces á éste?--preguntó Calatrava á Vidal. - ---Sí; es primo mío. - -Marcos explicó á Vidal lo que quería el repatriado. - ---Ahora mismo--contestó Vidal--; no tardo diez minutos. - -Efectivamente; al poco tiempo volvía con dos papeletas de empeño y unos -billetes. Los tomó el repatriado y fué repartiéndolos; á Manuel le -tocaron cinco duros. - ---Mira--le dijo Calatrava á Vidal--. Tú y tu primo os quedáis á cenar -aquí; tendréis que hablar, y nosotros nos vamos á otro lado, que también -tenemos que contarnos algunas cosas. Llévale á tu primo á dormir á tu -casa. - -Se despidieron, y Manuel y Vidal se quedaron solos. - ---¿Has cenado?--preguntó Vidal. - ---No; pero ya he encargado la cena. ¿Y tus padres? - ---Estarán bien. - ---¿No los ves? - ---No. - ---¿Y el Bizco? - -Vidal palideció profundamente. - ---No me hables del Bizco--dijo. - ---¿Por qué? - ---No, no; le tengo un miedo horrible. ¿Tú no sabes lo que pasó? - ---¿Qué? - ---La muerte de Dolores la Escandalosa. - ---No sabía nada. - ---Sí; mataron á la vieja en una casa que llaman el Confesonario, que -está hacia Aravaca, ¿y sabes tú quién la mató? - ---¿El Bizco? - ---Sí; estoy seguro. El Bizco iba al Confesonario á reunirse con otros -granujas. - ---Es verdad. A mí me lo dijo. - ---¿Has hablado con él? - ---Sí, pero hace ya mucho tiempo. - ---Pues sí, los periódicos que contaron el crimen dijeron que el asesino -era de una fuerza extraordinaria, que la mujer había acudido allá como -quien va á una cita. Era el Bizco, estoy seguro. - ---¿Y no le han cogido? - ---No. - -Vidal quedó pensativo; se notaba que hacía esfuerzos para serenarse. -Trajo el mozo de la taberna la comida; Manuel devoraba. - ---¡Menuda carpanta tienes tú, gachó!--dijo Vidal ya tranquilizado -sonriendo. - ---¡Dios!, si tenía un hambre... - ---Ahora vamos á tomar café. - -Pagó Vidal, salieron de la taberna y entraron en el café de Lisboa. - -Mientras saboreaban el café, Manuel contempló á Vidal. Llevaba la cabeza -muy lustrosa, la raya en medio y tufos rizados sobre las orejas. Tenía -un gran aplomo en los movimientos; la sonrisa de hombre guapo, el -cuello redondo, sin músculos salientes. Hablaba con simpatía, sonriendo -siempre; pero sus ojos sagaces, falsos, descubrían la mentira de sus -frases; no acompañaba á la afabilidad de su palabra cariñosa y de su -sonrisa amable la expresión de sus ojos. En éstos no se leía más que -desconfianza y cautela. - ---Y tú, ¿qué haces?--preguntó Manuel, después de examinarle atentamente. - ---¡Pse!... Vivo... - ---Pero, ¿de qué? ¿Cómo? - ---Hay negocios, chico... Luego las mujeres... - ---Pero, ¿tú trabajas? - ---Según á lo que llames trabajar. - ---Hombre, quiero decir si vas á un taller... - ---No. - ---¿Tienes alguna querida? - ---Ahora no tengo más que tres. - ---¡Cristo! ¡Qué suerte! ¿Dónde las encuentras? - ---Por ahí. En los teatros, en los bailes... Soy secretario del Bisturí y -socio de la Paloma Azul y del Billete. - ---¿Y de ahí tendrás muchas relaciones? - ---¡Claro! Luego, con las mujeres todo es cuestión de labia... Algunas -veces se las echa uno de incomodado y se le arrima á una un par de -bofetadas... - ---Tú vives al pelo... ¡Si yo pudiera hacer lo que tú! - ---¡Pues es muy fácil!... Ahora tengo una chiquilla más bonita que el -mundo y que está chalada por mí. Esta cadena del reloj me la regaló -ella... Pero lo más gracioso es que me anda rondando, ¿á que no te -figuras quién? - ---¿Qué sé yo? Alguna marquesa. - ---No, un marqués. - ---¿Para qué? - ---Nada, que me hace el amor. - -Manuel quedó mirando asombrado á Vidal, que sonrió misteriosamente. - ---¿Tú estás cansado?--preguntó Vidal. - ---No. - ---Entonces vamos á Romea. - ---¿Qué hay allá? - ---Baile y mujeres guapas. - ---Vamos, sí. - -Salieron del café y subieron la calle de Carretas. - -Tomó Vidal dos butacas. Era domingo. - -El aire en el interior del teatro estaba espeso, caliente, empañado de -humo; con el vaho de cientos de personas que durante toda la tarde y la -noche se habían amontonado allá. Había un lleno. Se representó una -funcioncilla estúpida, plagada de chistes absurdos y groseros, de la -manera más sosa que puede imaginarse entre las interrupciones y los -gritos del público. Cayó el telón y apareció en seguida una muchacha, -que cantó con una vocecilla aguda, desafinando horriblemente, una -canción pornográfica sin pizca de gracia. Luego salió una pintarrajeada, -vieja y fea mujerona francesa, con un sombrero descomunal; se acercó á -las candilejas y cantó una larga narración, de la que Manuel no entendió -media palabra, y cuyo estribillo era: - - _Pauvre petit chat, petit chat._ - -Después dió unas cuantas volteretas, levantando un pie hasta dar con él -en el sombrero y se fué. Bajó de nuevo el telón; al poco rato volvió á -levantarse y se presentó la bella Pérez, y fué saludada por una salva -nutrida de aplausos. Cantó muy mal una copla, equivocándose, riéndose, y -cuando terminó de cantar se ocultó entre los bastidores. El piano de la -orquesta atacó con brío un tango, y la bella Pérez salió de entre -bastidores con falda corta, envuelta en una capa de torero, con un -sombrero cordobés sobre los ojos y fumando. Cuando el piano concluyó el -preludio, ella tiró el cigarro al público de las butacas, se quitó la -capa y quedó con las faldas recogidas con las dos manos hacia atrás, que -dejaban el vientre y los muslos ceñidos. A las primeras notas del tango, -todo el mundo calló religiosamente; un soplo de voluptuosidad corrió por -la sala. Se veían los rostros encendidos, con la mirada fija y -brillante. Y la bella bailaba con la cara como enfurruñada y los dientes -apretados, dando taconazos, haciendo que se dibujaran sus caderas -poderosas al replegarse la falda sobre sus flancos como una bandera -triunfante. De aquel hermoso cuerpo de mujer salía un efluvio de su sexo -que enloquecía á todos. Al final del baile colocó el sombrero sobre el -vientre y tuvo un movimiento de caderas que hizo rugir á todo el teatro. - ---¡Eso! - ---¡Ahí la _visagra_! - ---¡Esa tripita! - -Concluyó el baile y hubo una tempestad de aplausos. - ---¡Tango! ¡Tango!--gritaban todos como energúmenos. - -Manuel, con los ojos brillantes, aplaudía y gritaba entusiasmado. - ---¡Viva la lujuria!--vociferaba un joven al lado de Manuel. - -Volvió la bella Pérez á bailar el tango. Detrás de la butaca de Manuel y -Vidal, una muchacha mecía en sus brazos á una niña, con la cara llena de -costras. La muchacha, señalando á la bella Pérez, decía á la niña: - ---Mira, mira á mamá. - ---¿Es la madre de esta chica?--preguntó Manuel. - ---Sí--contestó la niñera. - -Sin saber por qué Manuel ya no se entusiasmó tanto con el baile, y hasta -se figuró que en el rostro de la bailarina, tras de la capa de pintura -y de polvos de arroz, se adivinaban roseolas y granos. - -Salieron Manuel y su primo del teatro. Vidal vivía en una casa de -huéspedes de la calle del Olmo. - -Fueron los dos por la de Atocha, y en la esquina de la calle de la -Magdalena se encontraron con la Chata y la Rabanitos, que les -reconocieron y les llamaron. - -Las dos muchachas aguardaban á la Engracia, que se había ido con un -señor. Mientras tanto reñían. La Rabanitos, juraba y perjuraba que no -tenía más de diez y seis años; la Chata aseguraba que iba para los diez -y ocho. - ---¡Si se lo he oído decir á tu madre!--gritaba. - ---¿Pero qué va decir eso mi madre? ¡Cerda!--replicaba la Rabanitos. - ---Pues sí que lo ha dicho, ¡so perro! - ---¿Cuándo empecé yo en la vida? Hace tres años. ¿Y cuántos tenía -entonces? Trece. - ---¡Bah! Si tú hace diez años andabas ya golfeando por ahí--interrumpió -Vidal. - -La muchachita se volvió como una víbora, contempló á Vidal de arriba á -bajo y, con voz estridente, le dijo: - ---Pa mí que tú eres de los que se agarran á la verja del Dos de Mayo y -dan la espalda. - -Celebraron todos el circunloquio, que demostraba las cualidades -imaginativas de la Rabanitos, y ésta, ya calmada, sacó del bolsillo del -delantal su cartilla, arrugada y sucia, y se la enseñó á todos. - -En esta ocupación de descifrar lo que ponía la cartilla, les encontró la -Engracia. - ---Anda, tú, convida--le dijo Vidal--. ¿Tendrás dinero? - ---¡Sí, dinero! Las amas cada vez piden más. Yo no sé lo que _quedrán_. - ---Aunque sea á recuelo--repuso Vidal. - ---Bueno, vamos. - -Entraron los cinco en una buñolería. - ---Este señor con quien he ido--dijo la Engracia--es un pintor, y me ha -dicho que me daba cinco pesetas por hora por servir de modelo de -desnudo. - -A la Rabanitos le sublevó la noticia. - ---¿Pero qué vas á servir tú para eso, si no tienes tetas!--dijo con su -vocecilla aguda. - ---No, las tendrás tú. - ---No es por ponerme moños--contestó la Rabanitos--; pero estoy mejor -formada que tú. - ---¡Magras!--replicó la otra, y sin hacer caso se puso á hablar con -Vidal. La Rabanitos le cogió á Manuel por su cuenta y le contó sus penas -con una seriedad de vieja. - ---Chico, estoy _derrengá_--le decía--, porque como una es débil y no -tiene fuerza... Luego, los hombres son tan brutos... y claro, como la -ven á una así, hacen lo que quieren y todo el mundo la pone á una el -pie encima. - -Manuel oía hablar á la Rabanitos; pero el cansancio y el sueño no le -permitían darse cuenta de lo que oía. - -Entraron otras dos muchachas en la buñolería con dos golfos, uno de -ellos de cara abultada, ojos nublados y expresión entre feroz é irónica. -Los cuatro venían borrachos; las mujeres se pusieron á insultar á todos -los que estaban en la buñolería. - ---¿Quiénes son esas?--preguntó Manuel. - ---Unas tías escandalosas. - ---Oye, vamos--dijo Vidal á su primo con la prudencia que le -caracterizaba. - -Salieron todos de la buñolería, las muchachas fueron hacia el centro y -ellos por la calle del Ave María hasta la del Olmo. Abrió Vidal la -puerta de su casa. - ---Aquí es--le dijo á Manuel. - -Subieron hasta el último piso. Allí Vidal encendió una cerilla, metió la -mano por debajo de la puerta, sacó una llave y abrió. Recorrieron un -pasillo, y Vidal dijo á Manuel: - ---Este es tu cuarto. Hasta mañana. - -Manuel se despojó de sus harapos, y la cama le pareció tan blanda, que, -á pesar del cansancio, tardó mucho en dormirse. - - - - -TERCERA PARTE - - - - -CAPÍTULO PRIMERO - -¿Será la buena?--Proposiciones de Vidal. - - -Al día siguiente, cuando despertó Manuel, daban las doce. Hacía tanto -tiempo que la primera sensación de su despertar era de frío, de hambre ó -de angustia, que, al encontrarse entre mantas, abrigado, en un cuarto -estrecho y de poca luz, pensó si estaría soñando. - -Luego, de pronto, el recuerdo del suicida de la Virgen del Puerto le -vino á la memoria; después, el encuentro con Vidal, el baile de Romea y -la conversación en la buñolería con la Rabanitos. - ---¿Habrá venido la buena?--se preguntó á sí mismo. Se incorporó en la -cama, y al ver sus harapos colocados sobre una silla, no supo qué -hacer.--Si me ven vestido así, me echan--pensó; y en la vacilación -volvió á meterse entre las sábanas. - -Serían cerca de las dos cuando oyó que abrían la puerta del cuarto; era -Vidal. - ---Pero, hombre, ¿no sabes la hora que es? ¿Por qué no te levantas? - ---Si me ven con eso me echan--replicó Manuel señalando sus andrajos. - ---La verdad es que no puedes vestirte de etiqueta--dijo Vidal -contemplando la indumentaria de su primo--. Vaya unos zapatitos de -baile--añadió cogiendo por los tirantes una bota deformada y llena de -barro, y levantándola cómicamente para observarla mejor--. Es de la -última moda de los poceros de la villa. Y de medias nada, y de -calzoncillos ídem; de la misma tela que las medias. ¡Estás apañado! - ---Ya ves. - ---Pues no vas á estar aquí siempre; hay que salir. Yo te traeré ropa -mía; creo que te vendrá bien. - ---Sí, tu eres un poco más alto. - ---Bueno, espera un momento. - -Salió Vidal del cuarto y volvió con ropa suya. Manuel se vistió á la -carrera. Los pantalones le estaban un poco largos y tuvo que darles -vuelta por abajo; en cambio las botas le venían estrechas y cortas. - ---Tienes el pie pequeño--murmuró Manuel--. Has nacido para señorito. - -Vidal mostró su pie, bien calzado, con cierta coquetería. - ---Algunas señoritas darían algo por estos _pinreles_, ¿verdad? A mi, -una mujer que tenga mucha pata, no me gusta; ¿y á ti? - ---A mí, chico, me gustan todas, hasta las viejas. Hay tan poco dónde -elegir. Anda, dame un periódico. Voy á envolver estas prendas. - ---¿Para qué? - ---Para que no las vean aquí. Esto desacredita. Las tiraré á la calle. Lo -que es el que encuentre el lío puede decir que le ha caído el gordo. - -Envolvió Manuel los harapos con mucho cuidado, hizo un paquete, lo ató -con una guita y lo cogió en la mano. - ---¿Vamos? - ---Andando. - -Salieron á la calle; Manuel pensaba que todo el mundo se fijaba en él y -miraba el paquete que llevaba y no se atrevía á dejarlo en ninguna -parte. - ---Tráelo, no seas lila--dijo Vidal--, y quitándoselo de la mano lo tiró -á un solar por encima de la tapia. - -Salieron los dos muchachos por la calle de la Magdalena á la plaza de -Antón Martín y entraron en el café de Zaragoza. - -Se sentaron. Vidal pidió dos cafés con media tostada. - ---¡Qué aplomo tiene!--pensó Manuel. - -Llegó el mozo con el servicio, y Manuel se arrojó sobre una de las -tostadas con ansia. - ---¡Rediez!--exclamó Vidal, mirándole de hito en hito--. ¡Qué facha de -golfo tienes! - ---¿Por qué? - ---¿Qué se yo? Porque la tienes. - ---¡Qué se le va á hacer! Uno parece lo que es. - ---Pero, ¿tú has trabajado? ¿Tú has aprendido oficio? - ---Sí, he sido criado, panadero, trapero, cajista y ahora golfo, y no sé -de todo eso lo que es peor. - ---¿Y habrás pasado muchas hambres, eh? - ---Uf... la mar... y si fueran las últimas. - ---Pues lo serán, hombre, lo serán si tu quieres. - ---¿Cómo? ¿Poniéndome otra vez á trabajar? - ---O de otra manera. - ---Pues yo no sé cómo se puede vivir de otra manera, chico; ó hay que -trabajar, ó hay que robar, ó hay que ser rico, ó hay que pedir limosna. -De trabajar he perdido la costumbre, para robar no tengo agallas, rico -no soy, con que me tendré que poner á pedir limosna. A no ser que caiga -soldado un día de éstos. - ---Todo eso que dices--replicó Vidal, es una pura pamplina--. ¿De mí se -puede decir que trabajo? no; ¿que robo ó que pido limosna? tampoco; ¿qué -soy rico? menos... y ya ves, vivo. - ---Bueno, tendrás algún secreto. - ---Puede ser. - ---Y ese secreto, ¿no se puede saber cuál es? - ---Si lo supieses tú, ¿me lo dirías? - ---Hombre... verás; si yo tuviese un secreto y tú me lo quisieras birlar, -la verdad, me lo guardaría para mí; pero si tú no pensases en -quitármelo, sino en vivir y no me estorbases, entonces sí, que no te -quepa duda. - ---Bien, eso es justo. Tú eres franco... ¡qué moler! Mira, yo por ti -haría cualquier cosa, y no tengo inconveniente en ponerte al tanto de -cómo vivimos nosotros. Tu eres un barbián, no eres un bruto de esos que -no quieren más que matar y asesinar á las personas. Yo te digo con -franqueza, ¿por qué no? Yo no soy valiente... - ---Ni yo tampoco--exclamó Manuel. - ---¡Bah! Tu eres templado. El Bizco mismo te tenía respeto. - ---¿A mí? - ---A ti. - ---¡Quia! - ---Como quieras. Pero voy á lo de antes. Tú y yo, yo sobre todo, hemos -nacido para ser ricos; pero ha dado la pijotera casualidad de que no lo -somos. Ganarlo no se puede; á mí que no me vengan con historias. Para -tener algo, hay que meterse en un rincón y pasarse treinta años -trabajando como una mula. ¿Y cuánto reúnes? Unas pesetas cochinas; -total, _ná_. ¿No se puede ganar dinero?, pues hay que arreglarse para -quitárselo á alguno y para quitárselo sin peligro de ir á la _trena_. - ---¿Y cómo? - ---Ese es el busilis. Ahí está la cuestión. Mira: cuando yo me vine al -centro desde Casa Blanca, era un _descuidero_, un _randa_. Me tuvieron -sin culpa una quincena en el _Abanico_, en la jaula, y cuando lo -recuerdo, ¡chico!, metiemblan las carnes. Me daba más miedo que -vergüenza robar, esa es la verdad; pero ¿qué iba á hacer? Un día, que -cogí unas lamparillas eléctricas de una casa de la calle del Olivo, la -portera me vió, una tía vieja indecente, y se echó á correr tras de mí, -gritando: «¡A ese! ¡A ese!» Yo tenía alas en los pies; figúrate. Al -llegar á la iglesia de San Luis, tiré las bombillas al suelo, me colé -entre la gente de la iglesia y me agazapé en un banco; no me cogieron; -pero desde entonces, ¡gachó!, tuve un miedo que no podía con mi alma. -Pues, ya ves, á pesar del miedo, no escarmenté. - ---¿Volvistes á coger otras lámparas? - ---No. Verás. Estaba en el patio de Apolo con aquella florera que tanto -la odiaba la Rabanitos. ¿Te acuerdas? - ---Sí, hombre. - ---Era muy interesada la chica aquella. Pues estaba allá, cuando veo á un -señor gordo, de chaleco blanco, que estaba de palique con unas golfas. -Había mucha gente; me acerco á él, cojo la cadena, tiro suavemente hasta -sacar el reloj del bolsillo, doy la vuelta á la anilla y la hago saltar. -Como la cadena era bastante pesada, había el peligro de que, al -soltarla, le diera al señor en la barriga y le hiciese comprender que le -habían _afanado_; pero en aquel momento, dieron unas palmadas, la gente -comenzó á entrar en el teatro á empellones, yo solté la cadena y me -escabullí. Iba escapado por frente á San José á meterme por la calle de -las Torres, cuando siento que me cogen del brazo. Chico, me entró un -sudor...--Déjeme usted--dije yo.--Calla, si no llamo á uno del orden (Yo -me callé)--. Te he visto cómo limpiabas el reloj á ese _pimpi_.--¿Yo?--Tú, -sí. Tienes el reloj en el bolsillo del pantalón, conque no seas memo -y anda á tomar una copa á la taberna del Brígido.--Vamos--pensé yo--; -este es un _vivo_ que viene á la parte. Entramos en la taberna y allí -el hombre me habló claro:--Mira--me dijo--, tú quieres prosperar de -cualquier manera, ¿no es verdad?; pero le tienes asco al _Abanico_, -y lo comprendo, porque tú no eres tonto; pero, bueno; ¿cómo quieres -prosperar? ¿Qué armas tienes tú para luchar en la vida? Tú eres un -_cimbel_, que no conoce la sociedad ni el mundo. Mañana vienes á mi -casa; yo te llevaré á un bazar de ropas hechas, compras un traje, un -sombrero y un baúl y te recomendaré á una casa de huéspedes buena; te -haré ganar dinero, porque, que te conste que ganar dinero, cuando se -está en un sitio donde lo hay, es lo más mollar de la vida. Ahora dame -ese reloj; á ti te engañarían. - ---¿Y le diste el reloj? - ---Sí. Al día siguiente... - ---Te quedarías de boqueras... - ---Al día siguiente estaba yo ganando dinero. - ---¿Y quién es ese hombre? - ---Marcos Calatrava. - ---¿El cojo? ¿El amigo del repatriado? - ---El mismo. Conque ya sabes, lo que me dijo á mí él, te lo digo yo á ti. -¿Quieres entrar en la _combi_? - ---¿Pero, qué hay que hacer? - ---Eso depende del negocio... Si tú aceptas, vivirás bien, tendrás una -buena hembra... peligro no hay... conque tú dirás. - ---No sé qué decirte, chico. Si hay que hacer una granujada, casi casi -prefiero vivir así. - ---Hombre, eso depende de lo que tú llames granujada. ¿A engañar le -llamas granujada? Pues hay que engañar. No hay otra cosa: ó trabajar ó -engañar, porque, lo que es regalarte el dinero, que te conste que no te -lo han de regalar. - ---Sí, es verdad. - ---¡Pero si es que eso lo tienes en todo! Negociar y robar es lo mismo, -chico. No hay más diferencia que, negociando, eres una persona decente, -y, robando, te llevan á la cárcel. - ---¿Crees tú?... - ---Sí, hombre. Es más, creo que en el mundo hay dos castas de hombres; -unos, que viven bien y roban trabajo ó dinero; otros, que viven mal y -son robados. - ---¡Sabes que me parece que tienes razón! - ---Y tal... No hay más que comer ó ser comido. Conque tu dirás. - ---Nada, se acepta. Otra Sociedad como la de los Tres. - ---No compares, que aquello no hay que recordarlo. Aquí no hay un Bizco. - ---Pero hay un cojo. - ---Sí, pero es un cojo que vale un riñón. - ---¿Es el jefe de la partida? - ---Te diré, chico... yo no lo sé. Yo me entiendo con el Cojo, el Cojo se -entiende con el Maestro, y el Maestro no sé con quién se entiende; lo -que sé es que arriba, arriba, hay gente gorda. Una advertencia te tengo -que hacer: tú ves, oyes y callas. Si te enteras de algo, me lo dices á -mí; pero fuera, ni una palabra. ¿Comprendes? - ---Comprendido. - ---Aquí todo es cuestión de habilidad y de mucha pupila. Si marchamos -bien, dentro de unos años se puede uno encontrar viviendo bien, hecho -una persona decente... al pelo. - ---Y oye: ¿tú has entrado ya en quintas?--preguntó Manuel--; porque yo -maldito si lo sé. - ---Yo sí; estoy rebajado. Debes de arreglar eso, si no te van á coger por -prófugo. - ---¡Pse! - ---Se lo diremos al Cojo. - ---¿Cuándo le veremos? - ---Dentro de un momento estará aquí. - -Efectivamente, poco después el Cojo entraba en el café, Vidal le indicó -lo que había propuesto á su primo en breves palabras. - ---¿Servirá?--preguntó Calatrava mirando atentamente á Manuel. - ---Sí, es más listo de lo que parece--contestó riendo Vidal. - -Manuel se irguió con un sentimiento de amor propio. - ---Bueno; ya veremos. Por ahora no tiene que hacer gran cosa--repuso el -Cojo. - -Se pusieron inmediatamente Calatrava y Vidal á tratar de sus asuntos, y -Manuel entretuvo el tiempo leyendo un periódico. - -Cuando concluyeron de hablar, salió Calatrava del café, y quedaron -nuevamente solos los dos primos. - ---Vamos al Círculo--dijo Vidal. - -El Círculo estaba en una calle céntrica. Entraron; en el piso bajo -había billares y algunas mesas de café. - -Se sentó en una de ellas Vidal, llamó en un timbre, y á un mozo que -apareció le dijo: - ---Dos cubiertos. - ---Van. - ---Oye--añadió Vidal--, desde que entres aquí, ni una palabra; ni me -preguntas ni me dices nada. Lo que tengas que saber yo te lo diré. - -Comieron los dos; Vidal charló de teatros, de casinos, de cosas que -Manuel no conocía, y éste estuvo callado. - ---Vamos á tomar café arriba--dijo Vidal. - -Junto al mostrador había una puerta y de ella subía una escalera de -caracol, muy estrecha, hasta el entresuelo. A la terminación de la -escalera se topaba con una puerta de cristales esmerilados. La empujó -Vidal, y pasaron á un corredor á cuyos lados se veían mamparas forradas -de verde. - -Al final del pasillo, sentado en una mesa, escribía un hombre; contempló -á Vidal y á Manuel y siguió escribiendo. Vidal abrió una puerta, empujó -una pesada cortina y pasaron los dos. - -Se encontraron en una sala con tres balconcillos á la calle y otros tres -á un patio. Hacia el lado de la calle había una mesa verde grande con -dos escotaduras, una frente á otra, en los lados largos; hacia el -patio, se veía una mesa más pequeña, iluminada por dos lámparas, -alrededor de la cual se agrupaban treinta ó cuarenta personas. Había un -gran silencio; no se oía más que las palabras de los dos _croupiers_ y -el ruido que hacían al recoger con el rastrillo las monedas colocadas -sobre el tapete verde. - -Cuando cesaban las jugadas cambiábanse algunas observaciones entre los -puntos. Luego la voz monótona del banquero decía: - ---Hagan juego, señores. - -Callaban todos y el silencio era tan grande que se oía el roce de las -cartas entre los dedos del _croupier_. - ---Esto parece una iglesia, ¿verdad?--murmuró Vidal--. Como dice un señor -que viene aquí, el juego es la única religión que queda. - -Tomaron café y una copa. - ---¿Tienes cigarros?--preguntó Vidal. - ---No. - ---Toma. Fíjate bien en este juego; yo me voy. - ---¿Se podrá saber cómo se llama? - ---Sí; el bacarrat. Oye, á las ocho en el café de Lisboa. - -Vidal salió y Manuel quedó solo; miró con atención cómo iba y venía el -dinero de la banca á los puntos y de los puntos á la banca. Después se -entretuvo en observar á los jugadores. Era un anhelo tan grande el que -sentían todos, que nadie se fijaba en los demás. - -Los que estaban sentados tenían delante de ellos montones de plata y de -fichas y las ponían sobre el tapete. El _croupier_ echaba las cartas -francesas, y poco después pagaba ó recogía el dinero puesto. - -Los que estaban de pie alrededor, y de los cuales la mayoría no jugaba, -parecían interesarse en el juego tanto ó más que los que se hallaban -sentados y jugaban fuerte. - -Eran aquéllos, tipos de miseria y de sordidez horrible; llevaban -chaquetas rozadas, sombreros grasientos, pantalones con rodilleras, -llenos de barro. - -En sus ojos brillaba la pasión del juego, y se les veía seguir la marcha -de las jugadas, con los brazos cruzados sobre la espalda y el cuerpo -echado hacia adelante conteniendo la respiración. - -Manuel se aburría allá; miró por los balcones á la calle; vió cómo se -reemplazaban los jugadores, y al anochecer salió y fué al café de -Lisboa. - -Cuando llegó Vidal, mientras cenaron, le expuso sus dudas acerca del -juego. - ---Bueno; eso en seguida lo aprendes--le dijo el otro--. Además, los -primeros días yo te daré un cartoncito con la indicación de cuándo -debes jugar. - ---Muy bien, ¿y el dinero? - ---Toma para mañana. Cincuenta duros. - ---¿Son buenos? - ---Enséñaselos á cualquiera. - ---De modo que es una combina como la del Pastiri. - ---Igual. - -La tarde siguiente, con los cincuentas duros que le dió su primo y las -indicaciones en una tarjeta, jugó y ganó veinte duros, que entregó á -Vidal. - -Unos días después le llamaron de un cuartel, le preguntaron el nombre en -una oficina y le despacharon. - ---Te han rebajado--le advirtió Vidal. - ---Bueno--contestó alegremente Manuel--; me alegro de no ser soldado. - -Siguió acudiendo al Círculo todos los días que le indicaron, y al cabo -de algún tiempo conocía el personal de la casa de juego. Había mucha -gente empleada allá; varios _croupiers_ muy atildados con las manos -limpias y perfumadas; unos cuantos matones, otros medio ganchos, otros -que vigilaban á los que entraban y á los ganchos. - -Eran todos tipos sin sentido moral, á quienes, á unos la miseria y la -mala vida, á otros la inclinación á lo irregular, había desgastado y -empañado la conciencia y roto el resorte de la voluntad. - -Manuel experimentaba, sin darse cuenta de ello con claridad, la -repugnancia por aquel medio, y sentía obscuramente la protesta de su -conciencia. - - - - -CAPÍTULO II - -El Garro.--Marcos Calatrava.--El Maestro.--Confidencias. - - -Una noche salió Manuel del Círculo, acompañado de un hombrecito con -trazas de enfermo. Los dos llevaban el mismo camino; entraron en el cafe -de Lisboa; el hombre se reunió allí con una mujer gorda y se sentó con -ella, y Manuel se acercó á su primo. - ---¿Qué hablabas con ese?--le preguntó Vidal al verle. - ---Nada, de cosas indiferentes. - ---Te advierto que es uno de la policía. - ---¿Sí? - ---Ya lo creo. - ---Pues lo he visto en el Círculo. - ---Sí, cobra allí. Le llaman el Garro. Está casado con esa, que es la -Chana, una timadora antigua. Vivía en la calle de la Visitación, en casa -de María la Guerrero, cuando yo me fuí con la Violeta. La Chana entonces -ya se dedicaba á perista, conocía á todos los inspectores y estaba liada -con un matón que llamaban el Ministro y á quien le mataron en la calle -de Alcalá. Ten cuidado con el Garro; si te pregunta algo no le digas -nada; ahora, si puedes sonsacarle alguna cosa, eso sí, hazlo. - -Al día siguiente el Garro volvió á reunirse con Manuel y le preguntó -quién era y de dónde venía. Manuel, advertido, contó una porción de -embustes con gran candor, y se hizo el engañado por Vidal y por el Cojo. - ---Le advierto á usted que son dos pájaros de cuenta--le dijo el policía. - ---¿Sí, eh? - ---Uf, que se pierden de vista. El Cojo, sobre todo, es atravesado. No se -meta usted con él, porque ese es capaz de todo. - ---¿Tan fiero es? - ---Ya lo creo. Yo conozco su historia, él no lo sabe. Se llama Marcos -Calatrava y es de buena familia. Hace doce años cursaba medicina. - -El Garro contó toda la historia de Marcos. Al principio había sido un -gran estudiante. Luego, de pronto, comenzó á frecuentar garitos, y en -uno de éstos robó una capa. Tuvo la mala suerte de que le cogieran _in -fraganti_, le llevaron á la Cárcel Modelo y estuvo allá arriba dos -meses. Al año siguiente tomo la decisión de no estudiar, y como de su -casa no le mandaban dinero, comenzó á matonear por garitos y chirlatas. -Una navajada que le dieron en una bronca que tuvo, le quitó por algún -tiempo sus arrestos de matón. Cuando se puso bueno fué á ver á la -superiora de las Hermanas de la Caridad de San Carlos y le pidió dinero. -Quería hacerse fraile, le había herido la gracia divina; y con su manera -de hablar melosa, la convenció, le sacó los cuartos, y además una carta -para el prior de un convento de Burgos. - -Calatrava se gastó el dinero, y á los dos ó tres meses estaba muerto de -hambre. Entonces organizó una compañía de cómicos de la legua, á quienes -explotó de una manera miserable, y al año ó cosa así de recibir la carta -de la superiora, en un período de hambre horrorosa, se encontró en el -fondo de una maleta la carta y determinó aprovecharse de ella. Como era -hombre de decisiones rápidas, no vaciló, tomó el tren sin billete y -entre los fardos de los vagones de mercancías llegó á Burgos, se -presentó en el convento y entró de novicio. Al poco tiempo pidió que le -enviaran por los pueblos pidiendo limosna; al principio estuvo bien, -hasta se distinguió por su celo; pero después empezó á hacer -barbaridades, escandalizó á las personas piadosas de las aldeas, y -cuando el prior, á quien había llegado la noticia de sus fechorías, le -mandó llamar y volver al convento, Calatrava, sin hacer caso, anduvo -explotando los hábitos, y cuando ya iban á pescarle volvió á Madrid. A -los tres ó cuatro meses de estar aquí agotó todo su dinero y su crédito -y tomó la determinación de sentar plaza en Sanidad militar y marcharse -á Filipinas. - -Un médico de regimiento, viendo á Marcos tan servicial y tan listo, -trató de ayudarle á terminar la carrera y le colocó de interno en el -Hospital militar de Manila. - -Inmediatamente, Calatrava empezó á robar de la botica del Hospital, -medicamentos, vendajes, aparatos, todo lo que podía, para venderlo; le -despacharon de allá; pidió la absoluta y se dedicó á cobrar el barato en -los chabisques de Manila. Como era tan quisquilloso, pronto allí se le -hizo la vida imposible, y entonces recurrió á un Círculo de militares y -consiguió que se hiciera una colecta para él, y con el dinero vino á -España. - -En Madrid volvió á encontrarse apurado, y como no era de los que se -ahogan en poca agua, se alistó en el batallón de Voluntarios que iba á -Cuba. Marcos se distinguió por su valor en muchas acciones, ascendió -pronto á sargento cuando una bala le atravesó la pierna y tuvieron que -cortársela en el Hospital de la Habana; y el hombre volvió á España ya -sin porvenir y con un retiro ridículo. - -Aquí anduvo fingiéndose agente de la policía secreta, robando por las -calles, hasta que encontró un socio y se dedicó con él al timo del -entierro, que, á pesar de lo divulgado que está, suele dar resultados -entre los estafadores. Formó en una época una sociedad de espadistas y -de criadas de servir para desvalijar las casas; falsificó billetes; -luego no hubo engaño ni timo que no intentase; y como tenía una -inteligencia clara y despierta, estudió metódicamente todos los -procedimientos conocidos de estafa, calculó el pro y el contra de cada -uno de ellos y encontró que todos tenían grandes quiebras. - -Al último--concluyó diciendo el Garro--, se encontró con el Maestro que -se ha retirado, y yo no sé de dónde han cogido dinero para estos -garitos; el caso es que lo tienen. - ---¿Hay más de un Círculo de éstos?--preguntó Manuel. - ---Abierto al público no hay más que éste; pero tienen la casa de la -Coronela, en donde se juega mucho más. Allá está todas las noches el -Maestro. ¿No ha ido usted á aquella casa? - ---No. - ---Ya le llevarán. Si tiene usted dinero que perder, entre Vidal y el -Cojo ya le llevarán. Luego la Coronela, como mete á la hija á bailarina, -va á abrir un salón. - ---Esa Coronela, ¿es cubana?--preguntó Manuel. - ---Sí. - ---La conozco, y conozco también á un amigo suyo que se llama Mingote. - -El policía miró con cierta reserva á Manuel. - ---Puede usted decir--le dijo--que conoce usted lo peorcito de Madrid. -Mingote está ahora con Joaquina la Verdeseca. Tienen una casa de citas -elegante. Van señoras y dejan su retrato. Este Mingote, fué el que -organizó aquel baile célebre. Se pagaba un duro la entrada, y al final, -se rifaba una señorita. La hija de la querida de Mingote. - -Unos días después de esta conversación, Manuel, al salir del Círculo y -encontrarse con Vidal, sintió la necesidad de hablarle del malestar que -experimentaba con aquella vida. Vidal estaba también aquella noche de -humor triste, é hizo lamentables confidencias á Manuel. - -Fueron á un teatro, pero no había gente; entraron en un café y, después -de pasear con una noche horrible de frío, Vidal propuso que entraran á -tomar algo en casa de la Concha, en la calle de Arlabán. - -Manuel no quería, porque no tenía ganas de comer ni de nada; pero á -remolque entró en la taberna. Hacía dentro mucho calor, y esto les -reanimó á los dos; se sentaron y Vidal pidió unas copas y luego unas -chuletas. - ---Hay que olvidar--dijo después de dar estas disposiciones. - -Manuel hizo un gesto de desaliento y vació un vaso de vino que llenó -Vidal. - -Después contó lo que le había dicho el Garro. Su primo le escuchaba -atentamente. - ---No sabía la historia de Calatrava--dijo al concluir Vidal. - ---Pues historia por historia--repuso Manuel--¿dime tú? ¿quién es ese -Maestro? - ---El Maestro... es un coloso. ¿Tú has leído Rocambole? - ---No. - -Vidal quedó un poco parado; la figura de Rocambole, sin duda, le parecía -la más á propósito para comparar al Maestro. - ---Bueno, pues figúrate tú un hombre como el Cojo, ¿sabes?, pero -muchísimo más listo que él; un hombre que imita todas las letras, que -sabe cuatro ó cinco idiomas, que tiene una serenidad como nadie, que -viste la blusa lo mismo que la levita, que habla con una señora y parece -un caballero, y habla con una golfa y parece un chulo, y une á esto que -es una especie de payaso, que toca el acordeón, imita el tren, -gesticula, se ríe de todo el mundo. Y luego ¡chiquillo! le ves medio -llorando porque ha visto un viejo medio desnudo por la calle ó le ha -pedido limosna una golfilla. - ---¿Y cómo se llama? - ---¡Qué sé yo! Cualquiera lo sabe. Algunos dicen que han conocido á su -padre y á su madre, pero no es verdad. Yo he pensado si será hijo -natural de algún personaje, pero no lo creo del todo, porque si hubiera -sido así, sería chocante que le prendieran, como le prendieron, cuando -tenía diez y siete años. - ---Pronto empezó. - ---Sí; lo prendieron sin culpa. El era empleado de uno que había hecho -una estafa, y lo metieron en el Saladero con su principal. Esto lo -cuenta el mismo. Un día parece que fué el juez á tomar declaración á un -preso, y estando el escribiente copiando la declaración le dió un mal y -tuvieron que llevarle á casa. El juez preguntó al alcaide si no tenía -algún preso que supiera escribir al dictado, y el alcaide llamó al -Maestro. Este se sentó en la silla, miró los papeles y se puso á -escribir. El juez, al terminar la declaración, echa una mirada á los -autos y queda asombrado. No se conocía dónde había empezado á escribir -el Maestro y dónde había acabado el escribiente; la letra de uno y de -otro eran iguales. - ---¡Qué tío! - ---Cuando contaba el Maestro esto, decía que si aquel juez no hubiera -sido un estúpido, él no hubiera terminado mal; pero al juez lo único que -se le ocurrió fué decir que aquel chico era peligroso y que había que -tener con él mucho ojo. El Maestro, que vió que extremaban la vigilancia -con él por el motivo de haber hecho un favor, claro, se indignó. Luego, -en el Saladero, conoció á un falsificador célebre, y entre los dos, -desde la misma cárcel, le sacaron á un francés cuarenta mil duros por el -registro del entierro. - ---¡Qué bárbaros! - ---Dieron cinco ó seis golpes por el estilo. Al fin cayeron en que eran -ellos dos y se les formó causa de nuevo. Le preguntaban á uno:--¿Quién -ha sido el que ha escrito esto?--Yo, contestaba; le preguntaban al -otro:--¿Quién ha sido el que ha escrito esto?--Yo, contestaba también. -No podían saber cuál de los dos era. Entonces al juez se le ocurrió -meterles á cada uno de ellos en un cuarto y hacerles escribir la carta -por la que habían venido á saber que estaban preparando un entierro, y -¡chico! los dos escribieron igual, con la misma letra y con los mismos -borrones. Figúrate tú qué maña tendrá este hombre, que algunas veces, -cuando ha habido bailes y banquetes en el Palacio Real, ha falsificado -la invitación, se ha puesto un frac y allá se ha marchado, alternando -con duques y marqueses. - ---¡Rediez!--dijo Manuel admirado--. ¿Y el compañero del Saladero vive? - ---No; creo que murió en América. - ---¿Ha estado allá también el Maestro? - ---En todas partes; ha recorrido medio mundo, y en cada sitio ha dejado -diez ó doce falsificaciones. - ---¿Será rico? - ---Sí, seguramente. - ---¿Y qué hace con el dinero? - ---Chico, yo no lo sé. No le gustan las juergas, no tiene queridas. El -Cojo me dijo una vez que el Maestro tenía una hija educándose en Francia -y que le dejaría una fortuna. - ---¿Y dónde vive ese hombre? - ---Vive hacia Chamberí; allí creo que se pasa los días leyendo y tocando -la guitarra y besando el retrato de su hija. - ---Sería curioso saber lo que hace. - ---No lo hagas; á mí me entró la misma curiosidad. Un día le vi salir de -un juego de bolos de los Cuatro Caminos:--Vamos á ver lo que hace este -punto, me dije; fuí al otro día y lo encontré. Estaba muy alegre, -jugando, hablando, accionando; parecía que no me había conocido. Al día -siguiente el Cojo me dijo:--No vuelvas donde estuviste ayer, si no -quieres reñir conmigo para siempre. Comprendí la advertencia y no he -vuelto. - -Era curiosa la vida pura y sencilla de aquel hombre metido en -combinaciones de estafas y de engaños. Manuel escuchaba á su primo como -quien oye un cuento. - ---¿Y la Coronela?--le preguntó. - ---Nada... una pendona. Fué la querida de un relojero, que se hartó de -ella porque es una tía ordinaria y luego se lió con ese militar. Es una -tía sucia y mala. - ---Es mala, sí. Desde el primer día que la vi me lo pareció. - ---¿Mala? Es una loba y tiene furor... ¿sabes? Hace ignominias. Antes, -cuando algún señorito seguía á alguna de sus hijas, le hacía subir á su -casa y allá le decía que con sus hijas nada, pero con ella sí. Ahora va -á los cuarteles. Es una tía de lo más indecente... Pero lo que está -haciendo con el hijo es todavía peor. - ---¿Pues qué hace? - ---Nada. Que por entretenerse, le visten de chica y le pintan, y ya no le -llaman Luis, como se llama él, sino Luisita la Ricopelo. - ---¡Cristo!--murmuró Manuel dando un puñetazo en la mesa--. Eso es -demasiado. Hay que denunciar eso. - ---Calla, que viene gente--advirtió Vidal. - -Tres hombres y una muchacha se sentaron en la mesa de al lado de la -taberna. - -Uno de ellos era un viejo teñido, con la cara llena de arrugas blandas y -el aire de un cinismo repugnante; el otro tenía el tipo de un peluquero, -patillas de hacha muy repeinadas y el pelo rizado; el tercero, calvo, -con la nariz roja y las barbas deshilachadas y amarillas, presentaba el -aspecto del joven decrépito. - -La muchacha era muy bonita; tenía la nariz afilada, los labios finos, el -pelo negro, separado en dos bandas; llevaba una capa de color perla con -cuello de plumas, la mantilla prendida en el moño que encuadraba su -rostro y caía sobre el pecho. - -En su cara latía una continua nerviosidad y una expresión sarcástica; no -paraba un momento de moverse, y cuando escuchaba, accionaba y movía -nerviosamente los labios. - -Tenían todos las mejillas rojas y los ojos brillantes. El hombre de las -barbas hacía preguntas y más preguntas á la muchacha, y ésta contestaba -con gran descoco. - -Manuel y Vidal se pusieron á escuchar. - ---¿De veras eres partidaria del amor libre?--decía el de las barbas. - ---Sí. - ---¿No quisieras casarte? - ---Yo no. - ---Es una mujer indiferente--interrumpió el de las patillas--no comprende -esas cosas de cariño. - ---Bah, no lo creo. - ---Lo que tiene la pobre es que es muy... bruta--murmuró el viejo con voz -aguardentosa. - ---¿Y tu mujer?--preguntó ella agitándose en la silla y mirando al viejo -con los ojos fríos y burlones. La muchacha aquella daba la impresión de -una avispa ó de un bicho con aguijón. Se agitaba en el asiento cuando -iba á decir algo, pinchaba y quedaba ya tranquila y satisfecha por un -momento. - -El viejo masculló una serie de blasfemias. El de las barbas rojas -siguió preguntando á la muchacha. - ---¿Pero tú no has querido á nadie? - ---Yo no; ¿para qué? - ---Si te digo que es fría como el mármol--murmuró el de facha de -peluquero. - ---Cuando le conocí á éste--añadió ella riéndose y señalando al de las -patillas--tenía un hombre que me había puesto un cuarto y la patrona de -la casa pasaba por mi madre. Además, tenía otros amigos; pues ya ves, -ninguno notó nada. - ---Es terrible--exclamó el de las barbas llenando un vaso de vino y -vaciándolo--; no nos quieren, y nosotros suponiendo siempre que tienen -corazón. Pero de veras, dime de veras, ¿no has querido nunca á nadie? - ---A nadie, á nadie. - ---Si te digo que es fría como el mármol--repitió el hombre con facha de -peluquero--. ¡Si supieras las majaderías que hice yo por ella! -Preguntaba tímidamente en la portería; pasé un mes sin atreverme á -hablarla, y luego, al conseguirla, supe que era una mujer á quien se -dice:--¿Mañana estás libre á tal hora?--Sí.--Pues mañana nos veremos. - ---Como quien avisa á un afinador de pianos--repuso el de la barba, -encontrando no se sabe qué relación entre los hombres y los pianos--. Es -terrible--añadió, y después con un arrebato de ira, golpeó la mesa con -el puño é hizo tambalearse los vasos. - ---¿Qué te pasa?--preguntó el viejo. - ---Nada. Había que destruir esta cochina humanidad. Me siento anarquista. - ---Bah, yo creo que te sientes borracho--interrumpió el de las patillas. - ---San Dios; porque tú seas un indecente burgués dedicado á los -negocios... - ---Si tú eres más burgués que yo. - -El hombre de la nariz roja y de la barba amarilla se calló indignado; -luego, dirigiéndose á la muchacha, con voz iracunda, la dijo: - ---Dile á este imbécil que cuando habla un hombre de talento él debe -callar. La culpa la tenemos nosotros que le otorgamos la beligerancia. - ---¡Pobre hombre! - ---¡Idiota! - ---Si eres más pesado que un artículo tuyo--gritó el de las patillas--; y -todavía, si esa soberbia de que haces gala la sintieras, estaría bien; -pero si no la sientes; si eres un pobre desgraciado que te reconoces á -ti mismo, imbécil; si te pasas la vida aburriéndonos, recitándonos -artículos que ya has publicado y que ni siquiera son tuyos, porque los -coges de cualquier parte... - -La palidez del de las barbas hizo callar á su contrincante, y siguieron -los tres hablando en tono tranquilo. - -De pronto el viejo se puso á chillar. - ---Pues no será una persona decente--decía. - ---¿Por qué no?--replicaba la mujer. - ---Porque no. Será carpintero, basurero, ó ladrón, ó hijo de mala madre, -porque una persona decente no sé á qué se va á levantar por la mañana. - -Cenaron Manuel y Vidal. Poco después se levantaron la muchacha y sus -tres acompañantes. - ---Ahora va uno á casa--murmuró el de las barbas rojas en tono lúgubre--, -arregla la cama, se mete uno dentro, se enciende un pitillo, bebe un -vaso de agua, orina y se duerme uno. La vida es repugnante. - -Al salir los cuatro á la calle, Vidal fué detrás de ellos. - ---Voy á enterarme quién es ella--le dijo á Manuel--. Hasta mañana. - ---Adiós. - - - - -CAPÍTULO III - -La Flora y la Aragonesa.--La Justa.--La inauguración del Salón París. - - -Al día siguiente, Vidal dijo á su primo que se había enterado quién era -la muchacha. Se llamaba Flora, vivía en la calle del Pez y solía acudir -á una tienda de modas de la calle del Barquillo, casa de trato -disimulada. Vidal esperaba hacer la conquista de la Flora. - -Ya iba adelantado en su intento, cuando Calatrava, que estaba satisfecho -de Manuel y de Vidal, les invitó á los dos un domingo por la tarde á ir -á una casa de la calle del Barquillo, en donde encontrarían mozas guapas -é irían con ellas á los Viveros. - -Aquella tarde fué terrible de emociones para Manuel. Fueron Calatrava, -Vidal y Manuel en coche á la tienda de modas, y les hicieron subir á un -saloncillo regularmente amueblado. Al poco rato llegó Flora, acompañada -de una mujer alta, de ojos negros y cara cetrina, verdaderamente -hermosa, la cual produjo un gran entusiasmo en Calatrava. - ---Esperaremos que venga otra--dijo Vidal. - -Esperaron charlando. Se oyó ruido de pasos en el corredor, se levantó -una cortina y apareció una mujer. Era la Justa, más pálida, con los ojos -más negros y la boca roja. Manuel la miró sobrecogido; ella volvió la -espalda, y trató de salir. - ---¿Por qué quieres marcharte?--preguntó Vidal. - -La muchacha nada replicó. - ---Bueno, vamos--dijo Calatrava. - -Salieron del salón y bajaron las escaleras; en el coche que estaba -esperando montaron Vidal con la Flora y Manuel con la Justa, y en otro -coche Calatrava y la mujer alta de ojos negros; se dirigieron hacia la -Puerta del Sol, y después, por la plaza de Oriente, á la Bombilla. - -En el coche, Vidal y Flora hablaron por los codos; la Justa y Manuel -estuvieron callados. - -La merienda fué para los dos triste; al terminarla, Vidal y Calatrava -desaparecieron; la Justa y Manuel quedaron en la mesa sin saber qué -decirse. Manuel sentía una tristeza dolorosa, el aniquilamiento completo -de la vida. - -Al anochecer, las tres parejas volvieron á Madrid, y cenaron en un -cuarto del café Habanero. - -Hubo confidencias entre todos ellos; cada uno contó su vida y milagros, -menos la Justa, que calló. - -Calatrava y Vidal querían saber cómo sus amadas habían entrado en la -vida irregular que llevaban. - ---Yo entré en la vida--dijo la Flora--, porque no veía otra cosa en mi -casa. No he conocido padre ni madre, viví hasta los quince años con mis -tías, que eran golfas como yo. Sólo que eran más alegres que yo. La -mayor tenía un chico, y lo dejaba en el cajón de la cómoda, que había -convertido en cama. No tenían trajes, y para salir era necesario que una -se quedara en casa, y las botas y las enaguas de una servían para la -otra. Cuando se encontraban sin dinero, escribían á una señora que tenía -casa de compromiso, acudían á la cita, y volvían con el dinero tan -contentas. A mí me querían meter en un taller, y dije yo:--No, para -trabajar, prefiero ser golfa--, y me lancé á la vida. - -La otra mujer, alta y hermosa, habló con cierta amargura. La llamaban -Petra la Aragonesa. - ---Yo--dijo con voz grave--, fuí deshonrada por un señorito; vivía en -Zaragoza, y entré en la vida. Como mi padre vive allí, y es carpintero, -y también mis hermanos, para no darles esta vergüenza, pensé venir á -Madrid, y nos arreglamos una compañera y yo para hacer el viaje juntas. -Teníamos cada una más de diez duros cuando llegamos á Madrid. En la -estación tomamos un coche, paramos en un café, comimos y nos echamos á -andar por las calles. En una rinconada, creo que estaba por la plaza de -los Mostenses, en una callejuela que no sabría decir á dónde cae ni qué -nombre tiene, vimos una casa con las ventanas iluminadas y oímos el -sonido de un organillo. Entramos, dos chulos se pusieron á bailar con -nosotras, y nos llevaron á una casa de la calle de San Marcos. - -Al día siguiente, cuando me levanté, aquel hombre me dijo:--Anda; trae -el dinero que llevas y vamos á comer aquí mismo. Yo dije que nones. -Después salió un señor y nos enseñó la casa, que estaba muy bien puesta, -con divanes y espejos, y nos ofreció unas copas y pasteles y nos invitó -á quedarnos allá. Yo no quise tomar nada y me fuí. La otra le dió todo -el dinero que tenía al chulo y se quedó. Luego el hombre aquel la sacaba -el dinero y la pegaba. - ---¿Y vive todavía en la casa tu compañera?--preguntó Vidal. - ---No; la traspasaron á una casa de Lisboa por cuarenta y cinco duros. - ---¿Para qué fué? - -La Aragonesa se encogió de hombros. - ---Es que las mujeres de la vida son muy bestias--dijo Vidal--; no tienen -entendimiento ni conocen sus derechos ni nada. - ---¿Y tú?--preguntó Calatrava á la Justa. - -La muchacha se encogió de hombros y no desplegó sus labios. - ---Esta será alguna princesa rusa--dijo con sorna la Flora. - ---No--replicó la Justa secamente--; soy lo que eres tú, una tía. - -Concluyeron de cenar y cada pareja se fué por su lado. Manuel acompañó á -la Justa hasta la calle de Jacometrezo, en donde vivía. - -Al llegar al portal, Manuel iba á despedirse, esquivando su mirada, pero -ella le dijo:--Espera. Les abrió el sereno, le dió ella diez céntimos, -el vigilante le entregó una cerilla larga después de encenderla en su -linterna, y comenzaron á subir la escalera. A la luz de la cerilla, la -sombra de los dos se alargaba y se achicaba con alternativas al -reflejarse en las paredes. En el tercer piso abrió la Justa una puerta -con un llavín y pasaron los dos adentro á un cuarto estrecho con una -alcoba. La Justa encendió un quinqué de petróleo y se sentó; Manuel hizo -lo mismo. - -Nunca Manuel se había sentido tan miserable como aquella noche. No -comprendía para qué la Justa le había hecho subir á su casa; se -encontraba cohibido ante ella y no se atrevía á preguntarle nada. - -Después de algunas palabras indiferentes que cambiaron, Manuel la dijo: - ---¿Y tu padre? - ---Bueno. - -De pronto la Justa, con una brusca transición, empezó á llorar. Debía de -sentir un gran deseo de contar á Manuel su vida, y lo hizo sollozando, -con palabra entrecortada. - -El hijo del carnicero, después de sacarla del taller, la había -deshonrado y la había contagiado una enfermedad horrorosa; después la -abandonó y se fué de Madrid. Entonces ella no tuvo más remedio que -marcharse al Hospital. Cuando fué su padre á San Juan de Dios y la vió -boca arriba con unos tubos de goma en las ingles abiertas, creyó que la -iba á matar, y con voz rabiosa le dijo que para él su hija había muerto -y que no volviera más por su casa. Ella se echó á llorar desconsolada; -una vecina que estaba en una cama de al lado, le dijo: «¿Por qué no te -echas á la vida?» Pero ella no hacía más que llorar. Cuando le dieron el -alta fué á ver á la maestra del taller y no la quiso recibir. Entonces, -ya á la noche, salió dispuesta á todo. Estaba en la calle Mayor cuando -se le acercó un hombre que llevaba un bastón en la mano y le dijo: «Anda -para adelante». Fueron calle abajo, y aquel hombre la hizo entrar en el -Gobierno civil, subieron hasta el último piso y pasaron por un corredor -obscuro á un cuarto con luz eléctrica, lleno de mujeres, que hablaban y -reían con los empleados. Al cabo de algún tiempo, un señor empezó á -leer una lista y se fueron marchando las mujeres. No quedaron más que -veinte ó treinta de las más zarrapastrosas y sucias. A todas las -hicieron bajar unas escaleras y las encerraron en una cueva. - ---Allí pasé una noche desesperada--concluyó diciendo la Justa--; al día -siguiente me llevaron á reconocimiento y me dieron cartilla. - -Manuel no supo encontrar ni una frase de consuelo, y al ver su frialdad -la Justa se repuso de su emoción. Siguieron hablando. Después Manuel -contó su vida tranquilamente; los recuerdos se engarzaron unos con -otros, y hablaron y hablaron sin cansarse; de pronto la llama del -quinqué vaciló un momento, y con un suave estallido se apagó. - ---También es casualidad--dijo la Justa. - ---No; que no tendría petróleo--repuso Manuel--. Bueno, yo me voy. - -Se registró los bolsillos; no tenía fósforos. - ---¿No tienes cerillas?--preguntó ella. - ---No. - -Manuel se levantó y fué tanteando; tropezó con la mesa; luego con una -silla y se detuvo. - -La Justa abrió el balcón que daba á la calle y Manuel pudo ver algo y -dirigirse hacia la puerta. - ---¿Tienes la llave de la casa?--dijo. - ---No. - ---Y entonces, ¿cómo voy á salir? - ---Tendremos que llamar al sereno. - -Salieron los dos al balcón; la noche estaba fría, muy estrellada. -Esperaron á que se viera el farolillo del sereno. - -La Justa se acercó mucho á Manuel; éste le pasó él brazo por el talle. -Luego no hablaron más; cerraron el balcón y huyeron en la obscuridad -hacia la alcoba. - -Había que aceptar las cosas tal como venían; Manuel prometió á la Justa -que si encontraba algún medio de ganar honradamente unos cuartos, la -sacaría al momento de aquella vida, y la Justa lloró emocionada sobre el -hombro de Manuel. A pesar de los hermosos planes de regeneración que -idearon aquella noche, Manuel no intentó nada; lo único que hizo fué ir -á vivir con la Justa. A veces los dos sentían una repugnancia grande por -la vida que llevaban, y reñían y se insultaban por cualquier motivo, -pero en seguida hacían las paces. - -Todas las noches, mientras Manuel dormía en aquel cuchitril, de vuelta -de la casa de juego, llegaba la Justa, cansada de rodar por cafés, -colmados y casas de citas. A la luz lívida del amanecer, sus mejillas -tenían un color sucio y su sonrisa era muy triste. - -Algunas veces iba tambaleándose, completamente borracha, y al entrar en -la casa y al subir las escaleras sola sentía un miedo y un -remordimiento grandes. El amanecer le producía como un despertar de la -conciencia. - -Al llegar al cuarto, abría la puerta con el llavín, entraba y se -acostaba junto á él, sin despertarle, temblando de frío. - -Manuel se iba acostumbrando á aquella vida y á sus nuevas amistades; no -se atrevía á intentar un cambio de postura por pereza y por miedo. -Algunos domingos por la tarde, la Justa y él marchaban de paseo á los -Cuatro Caminos y á la Puerta de Hierro, y cuando no reñían hablaban de -sus ilusiones, de un cambio de vida que vendría para ellos sin esfuerzo, -como una cosa providencial. - - * * * * * - -Durante este invierno los dueños del Círculo instalaron en la planta -baja en donde antes estaba el café, el Salón París, y en la lista de las -bellezas sensacionales que habían de exhibirse, aparecieron las -bailarinas y cupletistas de más nombre; las Dalias, Gardenias, -Magnolias, etc. Además, como gran atracción, se anunció el debut de -Chuchita, la hija de la Coronela. Esta trataba de explotar á su niña -como empresaria y como madre. El día de la presentación la madre hizo -que la clac ocupara todas las localidades. Vidal, el Cojo y Manuel se -acomodaron en las primeras filas de sillas en calidad de alabarderos. - ---Aplaudirán ustedes, ¿eh?--preguntó la Coronela. - ---Descuide usted--dijo Calatrava--y al que no le guste, mire usted qué -argumento le traigo--y mostró su garrote. - -Después de un magnetizador salió Chuchita en medio de una salva de -aplausos. Bailó sin gracia ninguna, y al terminar su canción y de bailar -un tango sacaron al escenario una gran cantidad de guirnarlas de flores -y de otros regalos. Cuando concluyó la sección en que trabajaba la -Chuchita, se reunieron Manuel y Vidal con unos periodistas, entre los -cuales había dos amigos de Alex el escultor, y fueron juntos á dar la -enhorabuena al padre de la Chuchita. - -Llamaron al sereno y entraron en la casa. La criada les hizo pasar al -cuarto del Coronel. Este, metido en la cama, fumaba tranquilamente. -Entraron todos en la alcoba. - ---Que sea enhorabuena, mi coronel. - -El hombre del pundonor militar recibía los plácemes sin notar la sorna -que aquello significaba. - ---¿Y cómo ha estado? ¿Cómo ha estado?--preguntaba el padre desde su -cama. - ---Muy bien; al principio un poco tímida, luego se soltó. - ---Si las bailarinas son como los militares, en cuanto llegan al terreno -se crecen. - -Celebraron todos, periodistas y demás golfería, la frase, con risas -burlona, se despidieron del Coronel y volvieron de nuevo al Salón París. - -La Coronela, Chuchita y la hermana de ésta, la rubia, acompañadas las -tres de un señor senador, de un periodista y de un torero de fama se -preparaban para cenar en un gabinete del Círculo. - -Según se decía, Chuchita manifestaba una inclinación decidida por el -torero, y la Coronela, no sólo no la disuadía, sino que había llamado al -torero para que el debut de la Chuchita fuera para ella del todo -agradable... - -La apertura del Salón París dió ocasiones á Manuel y á Vidal de nuevos -conocimientos. - -Este se había hecho amigo del hermano de la Chuchita, que alcahueteaba -por el teatro, y el chiquillo llevó á Vidal y á Manuel á los cuartos de -las bailarinas. - -Cuando la Justa se enteró de las amistades de Manuel le armó un -escándalo tremendo. La Justa se había propuesto hacer la vida de Manuel -insoportable, y tan pronto le insultaba y le decía que era un chulo que -vivía á sus expensas, como se manifestaba celosa. Cuando armaba un -escándalo de éstos, Manuel resignado se encogía de hombros y la Justa, -sumida momentáneamente en la mayor desesperación, se tiraba larga en el -suelo y quedaba inmóvil, como muerta. Luego se le pasaba el arrechucho y -tan tranquila. - - - - -CAPÍTULO IV - -Un fusilamiento.--En el puente del Sotillo.--El Destino. - - -Una noche de Agosto salían del Teatro Eldorado, Manuel, Vidal, la Flora -y la Justa, cuando dijo Vidal. - ---Hoy fusilan á un soldado. ¿Queréis que vayamos á ver? - ---Sí, vamos--contestaron la Flora y la Justa. - -Hacía una noche hermosa y templada. - -Subieron la calle de Alcalá y entraron en Fornos. A eso de las tres -salieron del café y en una manuela se dirigieron al lugar de la -ejecución. - -Dejaron el coche frente á la Cárcel Modelo. - -Era demasiado temprano. Aún no había amanecido. - -Dieron vuelta á la cárcel metiéndose por una callejuela como una zanja -abierta en la arena, hasta salir á los desmontes próximos á la calle de -Rosales. Tenía el edificio de la Cárcel Modelo, visto desde aquellos -campos desolados, un aspecto imponente; parecía una fortaleza envuelta -en la luz azul y espectral de los arcos voltaicos. Los centinelas daban -de vez en cuando un alerta largo que producía una terrible impresión de -angustia. - ---¡Qué triste es esta casa!--murmuró Vidal. ¡Y cuánta gente habrá ahí -encerrada! - ---Pse..., que los maten--replicó la Justa con indiferencia. - -Pero Vidal no sentía este desdén, y se indignó con la frase de la Justa. - ---¿_Pa_ qué roban?--replicó ésta. - ---Y tú, ¿por qué...? - ---Yo para comer. - ---Pues ellos también para comer. - -La Flora recordó que de chica había visto la ejecución de la Higinia. -Había ido con la hija de la portera de su casa. - -Allí estaba el patíbulo,--y señaló el centro de una tapia frente á la -capilla--. En los desmontes hormigueaba el gentío. Vino la Higinia -vestida de negro, apoyada en los Hermanos de la Paz y Caridad; debía de -estar ya muerta; la sentaron en el banquillo, y un cura con una cruz -alzada se puso delante de la Higinia, le ató el verdugo con unas cuerdas -por los pies, sujetándola las faldas; luego le tapó la cara con un -pañuelo negro, y poniéndose detrás de ella dió de prisa dos vueltas á la -rueda, en seguida le quitó el pañuelo de la cara y quedó la mujer tan -raida sobre el palo. - -Después, terminó diciendo la Flora, la otra chica y ella tuvieron que -echar á correr porque los guardias civiles dieron una carga. - -Vidal, al oir tan minuciosas descripciones, palideció. - ---Estas cosas me matan--dijo poniéndose una mano sobre el corazón. - ---¿Para qué has querido venir?--le preguntó Manuel.--¿Quieres que -volvamos? - ---No, no. - -Salieron á la plaza de la Moncloa. En una esquina de la cárcel había un -grupo grande de gente. Estaba amaneciendo. Una franja de oro se formaba -en el horizonte. Por la calle de la Princesa subía un escuadrón de -artillería, presentaba un aspecto extraño á la luz vaga del amanecer. Se -detuvo el escuadrón frente á la cárcel. - ---A ver si nos dan la entretenida y lo fusilan en otra parte--decía un -vejete, á quien la idea de madrugar y no presenciar la ejecución, debía -parecer en extremo desagradable. - ---Hacia San Bernardino es donde lo fusilan--anunció un golfo. - -Todos echaron á correr. Efectivamente, debajo de unos desmontes próximos -al paseo de Areneros formaban los soldados el cuadro. Había un público -de cómicos, trasnochadores, coristas, prostitutas, subidos en coches -simones, y una turbamulta de golfos y de mendigos. El espació despejado -era extensísimo. Vino un furgón gris y entró en medio del cuadro á la -carrera, bajaron tres figuras que parecían muñecos; los de á los lados -del reo llevaban sombrero de copa. No se veía bien al soldado. - ---Bajad las cabezas--decían los del público, los que estaban atrás--, -que veamos todos. - -Se destacaron ocho soldados de caballería con fusiles cortos y se -pusieron delante del reo; se conoce que no quedaron bien de frente, -porque moviéndose de lado, como un animal de muchas patas, anduvieron -algunos metros. El sol brillaba en la arena amarilla del desmonte, en -los cascos y correajes de los soldados. No se oyó voz de mando, los -fusiles apuntaron. - ---Bajad las cabezas--gritaron otra vez con acento irritado los que se -hallaban colocados en tercera y cuarta fila. - -Sonó una detonación sin fuerza; poco después se oyó otra. - ---Es el golpe de gracia--murmuró Vidal. - -Todo el público echó á andar hacia Madrid; se oyó estrépito de tambores -y cornetas. El sol brillaba en los cristales de las casas. Iban Manuel, -Vidal y las dos mujeres por el paseo de Areneros, cuando oyeron otra -detonación. - ---Se conoce que no había muerto--añadió Vidal, más pálido. - -Estaban los cuatro preocupados. - ---¿Sabes?--dijo Vidal--. Se me ha ocurrido una cosa para quitar la mala -impresión de esto: ir á merendar esta tarde. - ---¿Adónde?--preguntó Manuel. - ---Hacia el río. Recordaremos nuestros buenos tiempos. ¿Eh? ¿Qué te -parece? - ---Muy bien. - ---¿La Justa no tendrá nada que hacer? - ---No. - ---Bueno. Pues entonces al medio día estamos todos en el merendero de la -señora Benita, que está cerca del Embarcadero y del puente del Sotillo. - ---Convenido. - ---Ahora vamos á casa á dormir un rato. - -Lo hicieron así. A las doce salieron Manuel y la Justa y fueron al -merendero; todavía no había llegado nadie. - -Se sentaron los dos en un banco; la Justa estaba malhumorada. Compró -diez céntimos de cacahuetes y se puso á comerlos. - ---¿Quieres?--le dijo á Manuel. - ---No; se me meten en las muelas. - ---Pues yo tampoco--y los tiró al suelo. - ---¿A qué los compras para tirarlos? - ---Me da la gana. - ---Bueno, haz lo que quieras. - -Pasaron los dos bastante tiempo esperando, sin hablarse; la Justa, -impacientada, se levantó. - ---Me voy á casa--dijo. - ---Yo voy á esperar--replicó Manuel--. - ---Anda y que te zurzan con hilo negro, ladrón. - -Manuel se encogió de hombros. - ---Y que te den morcilla. - ---Gracias. - -La Justa, que iba á marcharse, se detuvo al ver que llegaban Calatrava -con la Aragonesa y Vidal al lado de la Flora. Calatrava traía una -guitarra. - -Pasó un organillo por delante del merendero. El Cojo lo hizo parar y -bailaron Vidal y la Flora, la Justa y Manuel. - -Llegaron nuevas parejas, entre ellas una mujer gorda y chata, vestida de -un modo ridículo, que iba acompañada de un hombre de patillas de hacha y -aspecto agitanado. La Justa, que se sentía insolente y provocativa, -comenzó á reirse de la mujer gorda; la otra contestó con despreciativo -retintín y recalcando la palabra. - ---Estos pericos... - ---¡La tía gamberra!--murmuró la Justa--, y cantó á media voz, -dirigiéndoselo á la chata, este tango: - - «Eres más fea que un perro de presa, - y á presumida no hay quien te gane.» - ---¡Indecente!--gruñó la gorda. - -El hombre con facha de gitano se acercó á Manuel para decirle que -aquella señora (la Justa) estaba faltando á la suya y que él no podía -permitir esto. Manuel comprendía que tenía razón; pero, á pesar de esto, -contestó insolentemente al hombre. Vidal se interpuso, y después de -muchas explicaciones por una y otra parte, se decidió que allí no se -había faltado á nadie y se arregló la cuestión. Pero la Justa estaba con -humor de pelea y se trabó de palabras con uno de los organilleros, -desvergonzado por razón de oficio. - ---Calla ¡leñe!--gritó Calatrava, dirigiéndose á la Justa--, y tú calla -también--dijo al organillero--, porque si no te voy á arrimar un -estacazo. - ---Vamos nosotros adentro--indicó Vidal. - -Pasaron las tres parejas á un cobertizo con mesas y bancos rústicos y un -barandado de palitroques que daba al Manzanares. - -En medio del río había dos islas cubiertas de un verdín brillante, y -entre éstas unas cuantas tablas que servían de paso desde una orilla á -otra. - -Trajeron la comida, pero la Justa no quiso comer, y á las preguntas que -la hicieron no contestó, y luego, sin saber por qué, empezó á llorar -amargamente entre las burlas de la Flora y de la Aragonesa. Luego se -tranquilizó y quedó alegre y jovial. - -Comieron allá opíparamente y salieron un momento á bailar á la -carretera al son del organillo. Manuel creyó ver pasar varias veces al -Bizco por delante del merendero. - ---¿Será él? ¿Qué buscará por aquí?--se preguntó. - -Al anochecer volvieron las tres parejas adentro, encendieron luz en un -cuarto y mandaron traer aguardiente y café. Hablaron durante largo rato. -Calatrava contó con verdadera delectación horrores de la guerra de Cuba. -Había satisfecho allí sus instintos naturales de crueldad, macheteando -negros, arrasando ingenios, destruyendo é incendiando todo lo que se le -ponía por delante. - -Las tres mujeres, sobre todo la Aragonesa, le escuchaban con entusiasmo. -De pronto, Calatrava calló pensativo, como si algún recuerdo triste le -embargara. - -Vidal tomó la guitarra y cantó el tango del _Espartero_ con un gran -sentimiento, después tarareó el de _La Tempranica_ con mucha gracia, -cortando las frases para dar mas intención y poniendo la mano en la boca -de la guitarra, para detener á veces el sonido. La Flora marcó unas -cuantas posturas jacarandosas, mientras Vidal, echándoselas de gitano, -cantaba: - - ¡Ze coman los mengues - mardita la araña - que tié en la barriga - pintá una guitarra! - Bailando ze cura - tan jondo doló... - ¡Ay!, malhaya la araña - que á mí me picó. - -Luego fué Marcos Calatrava el que cogió la guitarra. No sabía puntear -como Vidal, sino que rasgueaba suavemente, con monotonía. Marcos cantó -una canción cubana, triste, lánguida, que daba la nostalgia de un país -tropical. Era una larga narración que evocaba los danzones de los -negros, las noches espléndidas del trópico, el sol, la patria, la sangre -de los soldados muertos, la bandera, que hace saltar las lágrimas á los -ojos; el recuerdo de la derrota... algo exótico y al mismo tiempo -íntimo, algo muy doloroso, algo hermosamente plebeyo y triste. - -Y Manuel sentía al oir aquellas canciones la idea grande, fiera y -sanguinaria de la patria. Y se la representaba como una mujer soberbia, -con los ojos brillantes y el gesto terrible, al lado de un león... - -Después, Calatrava entonó, acompañándose del rasguear monótono de la -guitarra, una canción de insurrectos muy lánguida y triste. Una de las -coplas, que Calatrava cantaba en cubano, decía: - - «Pinté á Matansa confusa, - la playa de Viyamá, - y no he podío pintá - el nido de la lechusa; - yo pinté po donde crusa - un beyo ferrocarrí, - un machete y un fusí - y una lancha cañonera, - y no pinté la bandera - po la que voy á morí.» - -No sabía Manuel por qué, pero aquella reunión de cosas incongruentes que -se citaban en el canto le produjo una tristeza enorme... - - * * * * * - -Afuera anochecía. A lo lejos la tierra azafranada brillaba con las -últimas palpitaciones del sol, oculto en nubes incendiadas como dragones -de fuego; alguna torre, algún árbol, alguna casucha miserable rompía la -línea del horizonte, recta y monótona; el cielo hacia el Poniente se -llenaba de llamas. - -Luego obscureció; fué ennegreciéndose el campo, el sol se puso. - -Por el puentecillo de tablas, tendido de una orilla á otra, pasaban -mujeres negruzcas, con fardeles de ropa bajo el brazo. - -Manuel experimentaba una gran angustia. A lo lejos, de algún merendero, -llegaba el rasguear lejano de una guitarra. - - * * * * * - -Vidal salió del cobertizo. - ---Ahora vengo--dijo. - -Un momento... y se oyó un grito de desesperación. Todos se levantaron. - ---¿Ha sido Vidal?--preguntó la Flora. - ---No sé--dijo Calatrava dejando la guitarra sobre la mesa. - -Rumor de voces resonó hacia el río. Se asomaron todos al balcón que daba -al Manzanares. En una de las islillas verdes dos hombres luchaban á -brazo partido. Uno de ellos era Vidal, se le conocía por el sombrero -cordobés blanco. La Flora, al conocerlo, dió un grito de terror; poco -después los dos hombres se separaron y Vidal cayó á tierra, de bruces, -en silencio. El otro puso una rodilla sobre la espalda del caído y debió -asestarle diez ó doce puñaladas. Luego se metió en el río, llegó á la -otra orilla y desapareció. - -Calatrava y Manuel se descolgaron por el barandado del cobertizo y se -acercaron por el puente de tablas hacia el islote. - -Vidal estaba tendido boca abajo y un charco de sangre había junto á él. -Tenía clavada la navaja en el cuello, cerca de la nuca. Calatrava tiró -del mango pero el arma debía de estar incrustada en las vértebras. -Después Marcos hizo dar al cuerpo media vuelta y le puso la mano en el -pecho sobre el corazón. - ---Está muerto--dijo tranquilamente. - -Manuel miró al cadáver con horror; las últimas claridades de la tarde se -reflejaban en sus ojos, muy abiertos. Calatrava puso al cadáver en la -misma posición. Volvieron al merendero. - ---¡Hala!, vamos--dijo Marcos. - ---¿Y Vidal?--preguntó la Flora. - ---Ha espichado. - -La Flora comenzó á chillar; pero Calatrava la agarró violentamente del -brazo y la hizo enmudecer. - ---Vaya... ahuecando--dijo, y con gran serenidad pagó la cuenta, cogió la -guitarra y salieron todos del merendero. - -Había obscurecido; á lo lejos, Madrid, de un pálido color de cobre, se -destacaba en el cielo azul, melancólico y dulce, surcado en el Poniente -por grandes fajas moradas y verdosas, las estrellas comenzaban á lucir y -á parpadear con languidez, el río brillaba con reflejo de plata. - -Pasaron silenciosos el puente de Toledo; cada uno entregado á sus -pensamientos y á sus temores. A final del paseo de los Ocho Hilos -encontraron dos coches; Calatrava con la Aragonesa y la Flora entraron -en uno, la Justa y Manuel en otro. - - - - -CAPÍTULO V - -El calabozo del Juzgado de guardia.--Digresiones. La declaración. - - -Al día siguiente de la muerte de su primo, Manuel compró con ansiedad -los periódicos; contaban todos lo pasado en el merendero; las señas de -cada uno de los comensales venían claras; se había identificado el -cadáver de Vidal, y se sabía que el asesino era el Bizco, un pájaro de -cuenta, procesado por dos robos, lesiones y presunto autor de una muerte -cometida en el camino de Aravaca. - -El pánico de la Justa y de Manuel fué grandísimo; temían que les -considerasen complicados en el crimen, que les llamasen á declarar; no -sabían qué hacer. - -Después de pensar mucho, decidieron como lo más cuerdo mudarse de casa é -ir por los alrededores. Anduvieron la Justa y Manuel buscando -habitación, y la encontraron al fin en una casa de la calle de Galileo, -próxima á Tercer Depósito, en Vallehermoso. - -La casa era barata, tres duros al mes; tenía dos balcones, que daban á -un gran descampado ó solar en donde tallaban los canteros grandes -piedras. Este solar hallábase limitado por una cerca de pedruscos -sueltos, residuos del corte de piedras, y en medio tenía una barraca en -donde vivía el guarda con su familia. - -Entraba en las habitaciones el sol desde que salía hasta que se -ocultaba. Fuera por el terror producido por la muerte trágica de Vidal ó -por un impulso íntimo, Manuel sintió en su alma bríos para comenzar una -vida nueva; buscó trabajo y lo encontró en una imprenta de Chamberí. Era -muy violento para él estar encerrado todo el día en la imprenta; pero la -misma violencia que tenía que hacer le animaba á perseverar. La Justa, -en cambio, se aburría, se hallaba continuamente malhumorada y triste. - -A la semana de esta vida ejemplar, un sábado, al volver á casa Manuel, -se encontró con que no estaba la Justa. La esperó toda la noche, -inquieto; no apareció. - -Al día siguiente, cuando vió que no volvía, se echó á llorar. Comprendió -que le abandonaba. Era el despertar de un sueño hermoso; había llegado á -creer que al fin se emancipaban los dos de la miseria y de la deshonra. - -Los días anteriores le había oído á la Justa quejarse de dolores de -cabeza, de falta de apetito, pero no sospechaba aquella resolución, no -creía que le iba á abandonar así, tan fríamente. - -¡Y se sentía tan solo, tan miserable, tan cobarde otra vez! Aquel -cuarto inundado de sol, que antes lo había encontrado alegre, ahora le -parecía triste y sombrío. Miró desde el balcón las casas lejanas, con -sus tejados rojos. En lontananza se extendía Madrid, envuelto en el -ambiente limpio y claro, bajo un sol de oro. Algunas nubes blancas -pasaban lenta y majestuosamente, desplegando sus fantásticas formas. - -Familias de artesanos endomingados pasaban en grupos; se oían vagamente -notas alegres de los organillos. - -Manuel se sentó en la cama pensativo. ¡Cuántos buenos proyectos, cuántos -planes acariciados en la mente no habían fracasado en su alma! Estaba al -principio de la vida y se sentía sin fuerzas ya para la lucha. Ni una -esperanza, ni una ilusión le sonreía. El trabajo, ¿para qué? Componer y -componer columnas de letras de molde, ir y venir á casa, comer, dormir, -¿para qué? No tenía un plan, una idea, una aspiración. Miraba la tarde -del domingo alegre, inundada de sol, el cielo azul, las torrecillas -lejanas... - -Embebido en vagos pensamientos, no oyó Manuel que llamaban á la puerta, -cada vez más fuerte. - ---¿Será la Justa?--pensó--. No puede ser. - -Abrió la puerta con la vaga esperanza de encontrarla. Delante de él se -presentaron dos hombres. - ---Manuel Alcázar--le dijo uno de ellos--. Quedas detenido. - ---¿Por qué? - ---El Juez te lo dirá; ponte las botas y anda para adelante. - ---¿Me van á atar?--preguntó Manuel. - ---Si no haces tonterías, no. Hala, vamos. - -Bajaron los tres á la calle y salieron al paseo de Areneros. - ---Tomaremos el tranvía--dijo uno de los polizontes. - -Entraron; venía atestado de gente y fueron los tres en la plataforma. Al -llegar á la plaza de Santa Bárbara bajaron, y, cruzando dos ó tres -calles, aparecieron frente á las Salesas; de aquí torcieron una esquina, -se metieron en un portal, atravesaron un pasillo largo, y al final de -éste hicieron entrar á Manuel en un calabozo y cerraron por fuera. - - * * * * * - -Dicen que la soledad y el silencio son como el padre y la madre de los -pensamientos profundos. Manuel, en medio de la soledad y el silencio, no -encontró ni la idea más insignificante en su caletre. Por no encontrar, -no encontró ni siquiera en el mundo de los fenómenos un sitio donde -sentarse, lo cual no tenía nada de extraño, porque no había ni una mala -silla ni una mala banqueta en el calabozo. - -Se sentía abatido y cansado, y se dejó caer en el suelo. Así permaneció -algunas horas; de pronto, una claridad pálida brilló sobre la puerta, en -un montante. - ---Han encendido luz--se dijo Manuel--. Habrá obscurecido. - -Poco después se oyó un estrépito de voces y de lloros. - ---Ande usted, que si no le va á salir peor cuenta--decía una voz grave. - ---Pero si yo no he sido, señor guardia, si yo no he sido--replicaba una -voz suplicante--; déjeme usted ir á casa. - ---Hala. Adentro. - ---¡Por Dios! ¡Por Dios! que yo no he sido. - ---Adentro. - -Se oyó el ruido que hizo el hombre al entrar empujado en el calabozo, -después el cerrar violento de la puerta. La voz suplicante siguió -clamando con pesada monotonía: - ---Yo no he sido... Yo no he sido... Yo no he sido. - ---Pues señor ¡vaya una lata!--se dijo Manuel. Si está toda la noche así, -me va á divertir. - -Las lamentaciones del vecino fueron aminorando poco á poco y debieron -terminar en silencioso llanto. Se oía en el corredor los pasos rítmicos -de alguno que iba y venía. - -Manuel trató de buscar desesperadamente una idea en su cerebro, aunque -no fuese más que para entretenerse con ella, y no encontró nada; lo -único que pudo sacar en conclusión es que se había lucido. - -Tal carencia de ideas le condujo como de la mano á un sueño profundo que -quizás no duró más que un par de horas, pero que á él le parecieron un -año. Se despertó derrengado, con la cintura dolorida; no había perdido -en el sueño la idea de que se hallaba encerrado, pero fué para él tan -reparador el corto momento de descanso, que se encontró fuerte, -dispuesto á cualquier cosa. - -Tenía en el bolsillo aún el dinero que le habían dado en la imprenta. -Llamó discretamente á la puerta del calabozo. - ---¿Qué quiere usted?--le dijeron de afuera. - ---Quisiera salir un rato. - ---Salga usted. - -Salió al pasillo. - ---¿Podría traerme alguno un café?--preguntó á un guardia. - ---Pagándolo. - ---Claro que pagándolo. Que me traigan un café con tostada y una -cajetilla--Entregó al guardia dos pesetas. - ---Ahora van--dijo éste. - ---¿Qué hora es?--preguntó Manuel. - ---Las doce. - ---Si no fuera porque tengo que estar en ese rincón, le invitaría á tomar -café conmigo, pero... - ---Aquí fuera lo puede usted tomar. Con un café hay para los dos. - -Vino un mozo con el café y los cigarros. Tomaron el café, fumaron un -pitillo, y el guardia, ya conquistado, le dijo: - ---Llévese usted un banco de estos para dormir. - -Manuel cargó con uno y se echó á la larga. El día anterior, libre, se -encontraba débil y caído; en aquel momento, preso, se sentía fuerte. Los -proyectos se amontonaban en su cabeza, pero no podía dormir. - -El cansancio físico consume las fuerzas y excita el cerebro, la -imaginación aletea en la obscuridad como los pájaros nocturnos, como -ellos también se refugia en las ruinas. - -Manuel no durmió pero soñó y proyectó mil cosas: unas lógicas, la -mayoría absurdas. La luz del día, al entrar vaga por el montante de la -puerta, desechó sus ideas sobre el porvenir y pensó en lo inmediato. - -Le irían á llevar ante el juez. ¿Qué iba á contestar? Idearía un plan: -una casualidad le había llevado al puente del Sotillo, no conocía á -Calatrava; pero, ¿y si le careaban con ellos? Se iba á embarullar. Lo -mejor era decir la verdad y atenuarla en todo lo que pudiera, para -favorecer su causa: le conocía á Calatrava por su primo, le veía de -cuando en cuando en el Salón, él trabajaba en una imprenta... - -Estaba ya decidido á seguir este plan, cuando entró un guardia: - ---Manuel Alcázar. - ---Servidor. - ---Anda, al despacho del juez. - -Siguieron los dos un largo pasillo y llamaron en una puerta. - ---¿Da usía su permiso?--dijo el guardia. - ---Adelante. - -Pasaron á un despacho con dos grandes ventanas por donde se veían los -árboles de la plaza. Delante de la mesa estaba el juez sentado en un -sillón de alto respaldar. Frente á la mesa había un armario de estilo -gótico lleno de libros. Un escribiente entraba y salía llevando montones -de papeles debajo del brazo; el juez le hacía alguna que otra pregunta y -firmaba de prisa. - -Cuando terminó, el guardia, con la gorra en la mano, se acercó al juez y -le indicó, en pocas palabras, quién era Manuel. El juez echó una mirada -rápida sobre el muchacho, y éste, en aquel momento, pensó: - ---Hay que decir la verdad; si no me la arrancarán y será peor. - -Con esta decisión se sintió más tranquilo. - ---Acérquese usted--le dijo el juez. - -Manuel se acercó. - ---¿Cómo se llama usted? - ---Manuel Alcázar. - ---¿Cuántos años tiene? - ---Veintiuno. - ---¿Qué oficio? - ---Cajista. - ---¿Jura usted decir verdad en todo aquello que le sea preguntado? - ---Sí, señor. - ---Si así lo hace, Dios se le premie, y si no, se lo demande. ¿Qué hizo -usted el día del crimen? - ---La noche antes, Vidal y yo, con dos mujeres, fuimos á ver cómo -fusilaban á un soldado; después, por la mañana, dormí un rato, y á las -once fuí con una mujer al merendero del puente del Sotillo, en donde nos -habíamos citado con Vidal. - ---¿Qué parentesco tenía usted con el muerto? - ---Era su primo. - ---¿Riñó usted alguna vez con él? - ---No, señor. - ---¿Cómo ha vivido usted hasta el día en que murió Vidal? - ---He vivido del juego. - ---¿Qué hacía usted para vivir del juego? - ---Jugaba el dinero que me daban, en el Círculo de la Amistad, y -entregaba las ganancias unas veces á Vidal, otras á un cojo que se llama -Calatrava. - ---¿Qué cargos desempeñaban en el Círculo Vidal y ese cojo? - ---El cojo era secretario del Maestro, y Vidal secretario del cojo. - ---¿Cómo se llama el cojo? - ---Marcos Calatrava. - ---¿Por quién le conoció usted al cojo? - ---Por Vidal. - ---¿En dónde? - ---En la taberna del Majo de las Cubas, que está en la calle Mayor. - ---¿Cuánto tiempo hará de esto? - ---Un año. - ---¿Quién le llevó á usted al Círculo de la Amistad? - ---Vidal. - ---¿Conoce usted á un sujeto apodado el Bizco? - ---Sí, señor. - ---¿De dónde le conoce usted? - ---De que era amigo de Vidal, cuando chico. - ---¿No era amigo también de usted? - ---Amigo, no; nunca he tenido simpatía por él. - ---¿Por qué? - ---Porque me parecía malo. - ---¿Qué entiende usted por esto? - ---Lo que entiende todo el mundo: que tenía malas entrañas y martirizaba -al que era más débil que él. - ---¿Usted tiene una querida? - ---Sí, señor. - ---¿Es una mujer pública? - ---Sí, señor--tartamudeó Manuel temblando de dolor y de ira. - ---¿Cómo se llama? - ---Justa. - ---¿Dónde vive? - ---No sé; se marchó de mi casa anteayer. - ---¿Dónde la conoció usted? - ---En casa de un trapero, en donde yo estuve de criado. - ---¿Cómo se llamaba ese trapero? - ---El señor Custodio. - ---¿Fué usted el que impulsó á su querida á prostituirse? - ---Yo no, señor. - ---Cuando la conoció usted, ¿era ya mujer pública? - ---No, señor. Cuando la conocí era modista; un hombre la sacó de su casa; -luego, cuando la vi por segunda vez, era ya pública. - -Al decir esto, á Manuel le temblaba la voz y las lágrimas pugnaban por -salir de sus ojos. - -El juez le contempló fríamente. - ---¿Quién propuso ir al merendero del puente del Sotillo? - ---Vidal. - ---¿Vió usted al Bizco rondar por los alrededores del merendero? - ---Sí, señor. - ---¿No le chocó? - ---Sí, señor. - ---¿Tenía usted noticia de que el Bizco había matado á una mujer en el -camino de Aravaca? - ---Eso me dijo Vidal. - ---Después de este crimen del Bizco, ¿había hablado usted alguna vez con -él? - ---No, señor. - ---¿Nunca? - ---No, señor. - ---Tenga cuidado con lo que dice--y el juez clavó su mirada en Manuel--. -¿No habló usted, después de la muerte de la mujer, nunca con el Bizco? - ---No, señor--y Manuel sostuvo con energía la mirada del juez. - ---¿No le chocó el que el Bizco rondara el merendero? - ---Sí, señor. - ---¿Cómo no le comunicó usted la noticia á Vidal? - ---Porque mi primo me había dicho que no le hablara del Bizco. - ---¿Por qué? - ---Porque le daba miedo. Yo, sabiendo esto, no quise asustarle. - ---Cuando vió usted que iba á salir, ¿cómo no le advirtió usted que -podría estar el Bizco? - ---No se me ocurrió. - ---¿Qué hizo usted cuando oyó el grito dado por Vidal? - ---Salí al balcón del merendero con las tres mujeres y con el Cojo, y -desde allá vimos á Vidal y al Bizco en la islilla que peleaban. - ---¿Cómo conoció usted que eran ellos? - ---Por el grito de Vidal, y además porque llevaba un sombrero cordobés -blanco. - ---¿Qué hora sería cuando sucedió esto? - ---No sé á punto fijo. Estaba anocheciendo. - ---¿Cómo conoció usted al Bizco? - ---No le conocí; pensé que era él. - ---¿Llevaba dinero Vidal? - ---No lo sé. - ---¿Cuánto duró la lucha? - ---Un momento. - ---¿No tuvieron ustedes tiempo de ir en su socorro? - ---No, señor. A poco de asomarnos al balcón, cayó Vidal al suelo, y el -otro se metió en el río y se fué. - ---Está bien; ¿qué pasó después? - ---El Cojo y yo nos descolgamos por el barandado, saltamos al río y nos -acercamos á la isla. El Cojo le cogió la mano á Vidal y dijo: «Está -muerto.» Luego volvimos los dos al merendero y nos fuimos. - -El juez se volvió al escribiente: - ---Luego le leerá usted la declaración y que la firme. - -Llamó al timbre y apareció el guardia. - ---Que siga incomunicado. - -Manuel salió del despacho, erguido. Le habían llegado al alma algunas de -la frases del juez; pero estaba satisfecho de su declaración; no le -habían llegado á embrollar. - -Entró de nuevo en el calabozo y se tendió en el banco. - ---El juez quiere hacerme cómplice del crimen. O ese juez es muy bruto ó -muy malo. En fin, esperemos. - -Al medio día abrieron la puerta del calabozo y entraron dos hombres. Uno -era Calatrava; el otro el Garro. - ---Chico, acabo de leer en un periódico cómo te han prendido--dijo -Calatrava. - ---Ya ve usted, aquí me tienen. - ---¿Has declarado? - ---Sí. - ---¿Qué has dicho? - ---Toma, ¡qué voy á decir!, la verdad. - ---¿Has hablado de mí? - ---No que no. He hablado de usted, del Maestro y de todos. - ---Rediós, ¡qué bestia eres! - ---No; que voy á pudrirme yo aquí, sin culpa, mientras los demás se -pasean por la calle. - ---Merecías estar aquí siempre--exclamó Calatrava--, por panoli, por -boceras. - -Manuel se encogió de hombros. Consultáronse con la mirada Calatrava y el -Garro, y salieron del calabozo. - -Volvió Manuel á tenderse. A media tarde se abrió de nuevo la puerta y -entró el guardia. Llevaba un puchero, pan y una botella de vino. - ---¿Quién me manda esto?--preguntó Manuel. - ---Una muchacha que se llama Salvadora. - -Se enterneció Manuel con el recuerdo, y como el enternecimiento no le -quitó el apetito, comió abundantemente y se tendió en el banco. - - - - -CAPÍTULO VI - -Lo que pasaba en el despacho del juez.--La Casa de Canónigos. - - -Unas horas después el juez recibió tres cartas urgentes. Las abrió é -hizo sonar inmediatamente un timbre. - ---¿Quién ha traído estas cartas?--preguntó el juez al guardia. - ---Un lacayo. - ---¿Hay por ahí algún agente? - ---Está el agente Garro. - ---Que pase. - -Entró el agente y se acercó á la mesa del juez. - ---En estas cartas--le dijo éste--se hace referencia á la declaración que -ha prestado ese muchacho preso. ¿Cómo alguien puede saber la declaración -que ha dado? - ---No lo sé. - ---¿Ha hablado ese muchacho con alguno? - ---Con nadie--dijo tranquilamente el Garro. - ---En esta carta, dos señoras á quienes el ministro no puede negar nada, -le piden á él, y él me pide á mí, que eche tierra á este asunto. ¿Qué -interés pueden tener estas señoras en ello? - ---No sé. Si supiera quiénes son, quizás.... - ---Son la señora de Braganza y la marquesa de Buendía. - ---Sí, entonces sé de qué se trata. Los dueños del Círculo en donde -estaba empleado el muchacho, tienen interés en que no se hable de la -casa de juego. Uno de los dueños es la Coronela, que habrá hablado á -esas señoras y esas señoras al Ministro. - ---¿Y qué relación tiene la Coronela con estas señoras? - ---La Coronela presta dinero. Esta señora de Braganza firmó en falso con -el nombre de su marido, y el documento lo guarda la Coronela. - ---¿Y la marquesa? - ---Lo de la marquesa es otra cuestión. Ya sabe usted que, últimamente, su -querido era Ricardo Salazar. - ---¿El ex diputado? - ---Sí, un golfo completo. Hace uno ó dos años, cuando las relaciones de -Ricardo y la marquesa estaban todavía recientes, la marquesa recibía de -vez en cuando una carta en la que le decían: «Tengo una carta de usted -dirigida á su amante, en la que dice usted esto y esto (cosas íntimas -bastante fuertes). Si no me da usted mil pesetas, enviaré la carta á su -marido.» Ella, asustada, pagó tres, cuatro, cinco veces, hasta que, por -consejo de una amiga, y de acuerdo con un delegado, prendieron al -hombre que iba con la carta. Resultó que era un enviado del mismo -Ricardo Salazar. - ---¿Del amante? - ---Sí. - ---¡Vaya un caballero! - ---Cuando riñeron la marquesa y Ricardo... - ---¿Al descubrirse el enredo de la carta? - ---No, eso se lo perdonó la marquesa. Riñeron porque Ricardo exigía -dinero que la marquesa no pudo ó no quiso darle. Salazar debía tres mil -duros á la Coronela, y ésta, que no es tonta, le dijo: Deme usted las -cartas de la marquesa y no me debe usted nada. Ricardo se las dió, y la -marquesa ha quedado entregada de pies y manos á la Coronela y á sus -socios. - -El Juez se levantó de su silla y paseó lentamente por el despacho. - ---Hay además--dijo--un besalamano del director de _El Popular_ en que me -ruega que no prospere este asunto. ¿Qué relación hay entre el garito y -el propietario del periódico? - ---Que es socio. En el caso que se descubriera el garito, el periódico -haría una campaña fuerte contra el gobierno. - ---¡Quién hace justicia de este modo!--murmuró el juez, pensativo. - -El Garro contempló al juez irónicamente. - -Se oyó el timbre del teléfono que resonó durante largo tiempo. - ---¿Da usía su permiso?--preguntó un escribiente. - ---¿Qué hay? - ---De parte del señor Ministro si se ha despachado el asunto conforme á -sus deseos. - ---Que sí, dígale usted que sí--contestó el juez malhumorado. Luego se -volvió hacia el agente.--Este muchacho preso, ¿no tiene participación -ninguna en el crimen? - ---Absolutamente ninguna--contestó el Garro. - ---¿Es primo del muerto? - ---Sí, señor. - ---¿Y conoce al Bizco? - ---Sí, ha sido amigo suyo. - ---¿Podría ayudar á la policía á capturar al Bizco? - ---De esto yo me encargo. ¿Se le pone en libertad al preso? - ---Sí. Necesitamos coger al Bizco. ¿No se sabe dónde anda? - ---Andará escondido por las afueras. - ---¿No hay algún agente que conozca bien los rincones de las afueras? - ---El mejor es un cabo de orden público que se llama Ortiz. Si quiere -usted escribirle al coronel de Seguridad que ponga á Ortiz á mis -órdenes, el Bizco, antes de ocho días, está en la cárcel. - -Llamó el juez á un escribiente, le mandó escribir una carta, y se la -entregó á Garro. - -Salió éste del despacho del juez é hizo que abrieran el calabozo de -Manuel. - ---¿Hay que declarar otra vez?--preguntó el muchacho. - ---No, vas á firmar la declaración y quedas libre. Vamos. - -Salieron á la calle. A la puerta del Juzgado vió Manuel á la Fea y á la -Salvadora, pero ésta no tenía un aspecto tan severo como de ordinario. - ---¿Estás ya libre?--le dijeron. - ---Así parece. ¿De dónde sabíais que estaba preso? - ---Lo hemos leído en el periódico--contestó la Fea--, y á ésta se le -ocurrió traerte la comida. - ---¿Y Jesús? - ---En el hospital. - ---¿Qué tiene? - ---El pecho... ya está mejor... Pasa luego por casa. Vivimos en el -callejón del Mellizo, cerca de la calle de la Arganzuela. - ---Bueno. - ---Adiós, ¿eh? - ---Adiós y muchas gracias. - -Dieron el Garro y Manuel la vuelta á la esquina y entraron en un portal -con dos leones de bronce y subieron una corta escalera. - ---¿Qué es esto?--preguntó Manuel. - ---Esta es la casa de Canónigos. - -Recorrieron un pasillo con mamparas negras, y en un cuarto en donde -escribían dos hombres, el Garro preguntó por el Gaditano. - ---Ahí fuera debe estar--le dijeron. - -Siguieron adelante. Pululaban por los pasillos hombres que iban y venían -de prisa; otros quietos, esperaban. Eran éstos obreros desharrapados, -mujeres vestidas de negro, viejas tristes con el estigma de la miseria, -gente toda asustada, tímida y humilde. - -Los que iban y venían llevando carpetas y papeles bajo el brazo, todos ó -casi todos tenían un continente altivo y orgulloso; era el juez que -pasaba con su birrete y su levita negra, mirando con indiferencia á -través de sus gafas; era el escribano menos grave, más jovial que -llamaba á uno y le hablaba al oído, entraba en la escribanía, dictaba, -firmaba y volvía á salir; era el abogado joven que preguntaba por la -marcha de sus pleitos; era el procurador, los curiales, los -escribientes, los pinches. - -Y empujando al rebaño de humildes y de miserables hacia el matadero de -la Justicia, aparecían el usurero, el polizonte, la corredora de -alhajas, el prestamista, el casero... - -Todos se entendían con los pinches y escribientes, los cuales les -arreglaban sus asuntos; daban carpetazo á los procesos molestos, -arreglaban ó empeoraban un litigio y mandaban á presidio ó sacaban de -él por poco dinero. - -¡Qué admirable maquinaria! Desde el primero hasta el último de aquellos -leguleyos, togados y sin togar, sabían explotar al humilde, al pobre de -espíritu, proteger los sagrados intereses de la sociedad haciendo que el -fiel de la justicia se inclinara siempre por el lado de las monedas... - -El Garro encontró al Gaditano, á quien buscaba, y le llamó: - ---Oye, tú has tomado la declaración á este chico, ¿verdad? - ---Sí. - ---Pues haz el favor de poner que no sabe quién le mató á su primo; que -supone que sea el Bizco, y nada más. Y luego decreta su libertad. - ---Bueno. Pasad á la escribanía. - -Entraron en un cuarto estrecho, con una ventana en el fondo. En una de -las paredes largas del cuarto había un armario y encima una porción de -cosas procedentes de robos y de embargos, entre ellas una bicicleta. - -Entró el Gaditano, sacó del armario un legajo y se puso á escribir -rápidamente. - ---Que es primo del muerto y que supone que el autor del hecho de autos -es un sujeto apodado el Bizco, ¿no es eso? - ---Eso es--dijo el Garro. - ---Bueno, que firme aquí... Ahora aquí... Ya está. - -Se despidió el agente del Gaditano, y Manuel y Garro salieron á la -calle. - ---¿Ya estoy libre?--preguntó Manuel. - ---No. - ---¿Por qué no? - ---Te han dejado libre con una condición: que ayudes á buscar al Bizco. - ---Yo no soy de la policía. - ---Bueno, pues escoge: ó ayudas á buscar al Bizco, ú otra vez vas al -calabozo. - ---Nada; ayudaré á buscar al Bizco. - - - - -CAPÍTULO VII - -La Fea y la Salvadora.--Ortiz.--Antiguos conocidos. - - -Salieron los dos por la calle del Barquillo á la de Alcalá. - -No me vuelven á coger, pensó Manuel; pero luego se le ocurrió que tan -tupida y espesa era la trama de las leyes, que resultaba muy difícil no -tropezar con ella aunque se anduviese con mucho tiento. - ---Y no me ha dicho usted todavía por quién me dejan libre--exclamó -Manuel. - ---¿Por quién te han puesto libre? Por mí--contestó Garro. - -Manuel no contestó. - ---Y ahora, ¿dónde vamos?--preguntó. - ---Al Campillo del Mundo Nuevo. - ---Entonces tenemos camino largo. - ---En la Puerta del Sol tomaremos el tranvía de la Fuentecilla. - -Efectivamente, así lo hicieron. Bajaron en el sitio indicado y tomaron -por la calle de la Arganzuela. - -Al final de esta calle, á mano derecha, ya en la plaza que constituye el -Campillo del Mundo Nuevo, se detuvieron. Pasaron por un largo corredor -á un patio ancho con galerías. - -En la primera puerta abierta entró Garro y preguntó con voz autoritaria: - ---¿Vive aquí un cabo del orden que se llama Ortiz? - -Del fondo de un rincón obscuro, en donde trabajaban dos hombres, cerca -de un hornillo, contestó uno de ellos: - ---¿A mí qué me cuenta usted?, pregúnteselo usted al portero. - -Los dos hombres estaban haciendo barquillos. Tomaban de una caldera, -llena de una masa blanca como engrudo, una cucharada y la echaban en -unas planchas que se cerraban como tenazas. Después de cerradas las -ponían al fuego, las calentaban por un lado y por otro, las abrían, y en -una de las planchas aparecía el barquillo como una oblea redonda. El -hombre, rápidamente, con los dedos, lo arrollaba y lo colocaba en una -caja. - ---¿De manera que no saben ustedes si vive ó no aquí Ortiz?--preguntó de -nuevo Garro. - ---Ortiz--dijo una voz del fondo negro, en donde no se veía nada--. Sí, -aquí vive. Es el administrador. - -Manuel entrevió en el agujero negro dos hombres tendidos en el suelo. - ---Pues sí es el administrador--dijo el que trabajaba--; hace un momento -estaba en el patio. - -Salieron Garro y Manuel al patio y el agente vió al guardia en la -galería del piso primero. - ---¡Eh, Ortiz!--le gritó. - ---¿Qué hay? ¿Quién me llama? - ---Soy yo, Garro. - -Bajó el guardia con rapidez, y apareció en el patio. - ---¡Hola, señor Garro! ¿Qué le trae á usted por aquí? - ---Este muchacho es primo de ese que han matado en el puente del Sotillo; -conoce al agresor, que es un randa conocido por el Bizco. ¿Quieres -encargarte de la captura? - ---Hombre... Si me lo mandan. - ---No, la cuestión es si tienes tiempo y quieres hacerlo. Yo llevo una -carta aquí del juez para tu coronel, pidiéndole que te encargues tú de -la captura. Ahora, si no tienes tiempo, dilo. - ---Tiempo hay de sobra. - ---Entonces ahora voy á dejar la carta á tu coronel. - ---Bueno. ¿Habrá alguna propinilla, eh? - ---Descuida. Aquí está el chico; no le sueltes, que te acompañe. - ---Está bien. - ---¿No hay más que decir? - ---Nada. - ---Pues adiós, y buena mano derecha. - ---Adiós. - -El Garro salió de la casa y quedaron frente á frente Manuel y Ortiz. - ---Tú no te separas de mi lado hasta que cojamos al Bizco, ya lo -sabes--le dijo el cabo á Manuel. - -El tal Ortiz, afamado como perseguidor de granujas y de bandidos, era un -tipo de criminal completo; tenía el bigote negro y recortado, las cejas -salientes y unidas, la nariz chata, el labio superior retraído, que -dejaba mostrar los dientes hasta su nacimiento; la frente estrecha y una -cicatriz profunda en la mejilla. - -Vestía de paisano, traje obscuro y gorra. En su figura había algo de lo -agresivo de un perro de presa y de lo feroz de un jabalí. - ---¿No me va usted á dejar salir?--preguntó Manuel. - ---No. - ---Tenía que ver á unas amigas. - ---Aquí no hay amigas que valgan. ¿Quiénes son ellas?, algunas golfas... - ---No; son las hermanas de un cajista compañero mío, que fueron mis -vecinas en el parador de Santa Casilda. - ---¡Ah!, pero ¿tú has vivido allí? - ---Sí. - ---Pues yo también. Las conoceré. - ---No sé, son hermanas de un cajista que se llama Jesús. - ---La Fea. - ---Sí. - ---La conozco. ¿Dónde vive? - ---En el callejón del Mellizo. - ---Aquí mismo está. Vamos á verla. - -Salieron de casa; calle de la Arganzuela arriba estaba el callejón del -Mellizo, próximo al matadero de cerdos. No había en el callejón, que en -su principio tenía empalizadas á ambos lados y estaba obstruído por -grandes losas puestas unas encima de otras, más que una casa grande en -el fondo. Delante de la casa en un patio grande, trajinaban algunos -_cañis_ con mulas y pollinos; en las galerías asomaban gitanas negras y -gitanillas de ojos brillantes y trajes abigarrados. - -Preguntaron á un gitano por la Fea y les indicó el número 6 del piso -segundo. - -En la puerta del cuarto, un letrero, escrito en una cartulina, ponía: -«Se cose á máquina.» - -Llamaron y apareció un chiquillo rubio. - ---Este es el hermano de la Salvadora--dijo Manuel. - -Se presentó la Fea en la puerta y recibió á Manuel con grandes extremos -de alegría, y saludó á Ortiz. - ---¿Y la Salvadora?--preguntó Manuel. - ---En la cocina; ahora viene. - -El cuarto era claro con una ventana, por donde entraban los últimos -rayos del sol poniente. - ---Debe ser muy alegre este cuarto--dijo Manuel. - ---Entra el sol desde que sale hasta que se marcha--contestó la Fea--. -Queremos mudarnos, pero no encontramos cuarto parecido á éste. - -Respiraba aquello tranquilidad y trabajo; había dos máquinas de coser -nuevas, un armario de pino, sillas y macetas en la ventana. - ---¿Y Jesús, en el hospital? - ---En la clínica de San Carlos--dijo la Fea. - -No quería ser gravoso á la familia; y aunque la Salvadora y ella le -hubieran cuidado en casa, á él se le había metido en la cabeza ir al -Hospital. Afortunadamente se encontraba ya mucho mejor y le iban á dar -el alta. - -En esto entró la Salvadora. Estaba muy arrogante y muy guapa. Saludó á -Manuel y á Ortiz y se sentó á coser á la máquina. - ---¿Te quedarás á cenar con nosotras?--le preguntó la Fea á Manuel. - ---No, no puedo; no me dejan. - ---Si vosotras me aseguráis--saltó diciendo Ortiz--que cuando le avise á -este hombre vendrá, aunque sea á las dos de la mañana, le dejo libre. - ---Sí, pues se lo aseguramos á usted--dijo la Fea. - ---Bueno, entonces me voy--. Mañana á las nueve en punto en mi casa. -¿Estamos? - ---Sí, señor. - ---Con exactitud militar. - ---Con exactitud militar. - -Se fué Ortiz y quedó Manuel en el cuarto de las dos costureras. - -La Salvadora, muy desdeñosa con Manuel, parecía ofenderse porque éste la -miraba con cierta complacencia al verla tan guapa. Enrique, el hermano -de la Salvadora, estaba fuerte y muy gracioso, jugó con Manuel y le -contó, en su media lengua, una porción de cosas de su hermana y de su -tía, como le llamaba á la Fea. - -Después de cenar y de acostar al chico, pasaron al cuarto de una -bordadora de la vecindad y Manuel se encontró con dos antiguos amigos -suyos, el Aristas y el Aristón. - -El Aristas había olvidado sus entusiasmos de gimnasta y se había hecho -capataz de periódicos. - -Corría medio Madrid llevando el _papel_ de un puesto á otro, y le había -substituído al Aristón en su cargo de comparsa. Por la mañana repartía -periódicos, repartía entregas, repartía prospectos; por la tarde solía -pegar anuncios y por la noche iba al teatro. Tenía una actividad -extraordinaria, no paraba nunca; organizaba funciones, bailes; -representaba los domingos con una compañía de aficionados; sabía de -memoria todo el _Don Juan Tenorio_, _El puñal del godo_ y otros dramas -románticos; tenía tres ó cuatro novias y á todas horas hablaba, -peroraba, disponía y manifestaba una alegría sana y comunicativa. - -El Aristón, algo más moderado en su necromanía, estaba de ajustador en -una fábrica y tenía un buen sueldo. Manuel se encontró muy -agradablemente entre sus antiguos amigos. - -Vió ó creyó ver al menos que el Aristón galanteaba á la Fea y le llamaba -repetidas veces Joaquina, como era su nombre. La Fea, al verse -galanteada, se ponía hasta guapa. - -Manuel, de noche, fué á su casa á la calle de Galileo. No había vuelto -la Justa. El Aristas le encontró trabajo en una imprenta de la Carrera -de San Francisco. - - - - -CAPÍTULO VIII - -La pista del Bizco.--Las afueras.--El ideal de Jesús. - - -Al día siguiente, después de trabajar en la imprenta, Manuel, á las -nueve de la noche, estaba en casa de Ortiz. - ---Así me gusta--le dijo el cabo--con puntualidad militar. - -Ortiz se armó de un revólver que metió en el cinto, de un bastón que -sujetó al puño con una correa y de una cuerda; entregó un garrote á -Manuel y salieron los dos. - ---Vamos por estos cafetines--dijo el guardia á Manuel--, y tú mira bien -si está el Bizco. - -Hablaron mientras subían por la calle de la Arganzuela. - -Ortiz era un polizonte enamorado de su profesión. Su padre lo había sido -también, y el instinto de persecución era en ellos tan fuerte como en -los perros de caza. - -Ortiz, según contó, estuvo de carabinero en la costa de Málaga, en lucha -siempre con los contrabandistas, hasta que vino á Madrid y entró en el -Orden público. - ---He hecho más servicios que nadie--dijo--; pero no me ascienden porque -no tengo recomendaciones. A mi padre le pasó lo mismo; él cogió más -ladrones que toda la policía de Madrid junta, y nada, no pasó de cabo. -Luego le colocaron en la ronda de las alcantarillas, y tuvo cada -trifulca allá abajo...; pero aquél no llevaba revólver, ni garrote, como -yo, sino su trabuco. Era un guerrero. - -Pasaron por delante de una taberna y entraron, bebieron su copa de vino, -y Manuel recorrió con la mirada la gente reunida alrededor de las mesas. - ---No hay nada de lo que buscas--dijo el tabernero al policía. - ---Ya veo que no, tío Pepe--contestó Ortiz, y sacó dos monedas para -pagar. - ---Está pago--replicó el tabernero. - ---Gracias. ¡Adiós! - -Salieron de la taberna y llegaron á la plaza de la Cebada. - ---Vamos al café de Naranjeros--dijo el polizonte--; aunque por aquí no -es fácil que ande ese pájaro; pero muchas veces, donde menos se -piensa... - -Entraron en el café; no había más que un grupo de personas hablando con -las cantaoras. Ortiz, desde la puerta, gritó: - ---Eh, Tripulante, haz el favor. - -Se levantó un joven con aire de señorito y se acercó á Ortiz. - ---¿Tú conoces á un randa á quien llaman el Bizco? - ---Sí, creo que sí. - ---¿Anda por estos barrios? - ---No, por aquí no. - ---¿De veras? - ---De veras que no. Estará hacia abajo; puede usted creerme. - ---Te creo, hombre, ¿por qué no? Oye, Tripulante--añadió Ortiz agarrando -del brazo al muchacho--: Ojo, ¿eh?, que te vas á caer. - -El Tripulante se echó á reir, y poniéndose el dedo índice de la mano -derecha en el párpado inferior y guiñando el ojo, murmuró: - ---¡La pista!... ¡Y que no aluspia uno, cámara! - ---Bueno; pues estate al file, por si acaso. Mira que te se conoce. - ---Descuide usted, señor Ortiz--replicó el muchacho--; se filará. - -Salieron el guardia y Manuel del café. - ---Este es uno de ful, listo como un condenado. Vamos hacia abajo; quizás -que el Tripulante tenga razón. - -Llegaron á la ronda de Toledo. La noche estaba hermosa, estrellada, -brillaban algunas hogueras á lo lejos; de la chimenea de la fábrica del -gas salía una humareda negra, como la espiración poderosa de un -monstruo. Pasaron por la calle del Gas, iluminada, para contrastar su -nombre, con faroles de petróleo, y bajaron, rasando Casa Blanca, á las -Injurias. Cruzaron por una callejuela y se encontraron de manos á boca -con el sereno. - -Ortiz le dijo á lo que iban, le dió las señas del Bizco, pero el sereno -les advirtió que allí no había ninguno de aquellas señas. - ---Preguntaremos, si ustedes quieren. - -Entraron los tres por un pasillo estrecho á un patio, con el suelo lleno -de barro. Salía luz por la ventana de una casa y se asomaron á mirar. A -la luz de un cabo de vela, colocado en un vasar de madera, se veía un -viejo haraposo sentado en el suelo. A su lado dos muchachos y una -chiquilla, cubiertos de andrajos, dormían. - -Salieron del patio y recorrieron una callejuela. - ---Aquí hay una familia que no conozco--dijo el sereno, y llamó en la -puerta con la contera del chuzo. Tardaron en abrir. - ---¿Quién es?--dijo de adentro una voz de mujer. - ---La autoridad--contestó Ortiz. - -Abrió una mujer envuelta en harapos y sin camisa. El sereno entró y -pasaron Manuel y Ortiz dentro; apestaba allí de un modo atroz. En un -camastro hecho de trapos y papeles, dormía una mujer ciega. El sereno -metió el chuzo por debajo de la cama. - ---Ya ven ustedes, aquí no está. - -Salieron Ortiz y Manuel de las Injurias. - ---Ahí en las Cambroneras vivió el Bizco durante algún tiempo--dijo -Manuel. - ---Entonces no hay que buscarle por ahí, pero no importa, ¡hala que -hala!--repuso Ortiz--Vamos allá. - -Cruzaron por el paseo de Yeserías; brillaban las luces de los faroles á -los lados del puente de Toledo, alguna vena estrecha del río los -reflejaba en su agua negra. Hacia Madrid, de las chimeneas de la fábrica -del gas salían llamaradas rojas como dragones de fuego. Se oían á lo -lejos los silbidos de un tren; en la dehesa del Canal los árboles -torcidos destacaban su silueta negra en el ambiente obscuro de la noche. - -Se encontraron en las Cambroneras al sereno y le preguntaron por el -Bizco. - ---Yo hablaré mañana á Paco el Cañí y lo sabré. ¿Dónde nos vemos mañana? - ---En la taberna de la Blasa. - ---Bueno. Allí iré á las tres. - -Volvieron á pasar el puente y entraron en Casa Blanca. - ---Veremos al administrador--dijo Ortiz. Entraron en un portal, y á un -lado de éste, en un cuarto por cuya puerta entornada salía luz, -llamaron. Un hombre en mangas de camisa salió al portal. - ---¿Quién es?--gritó. - -Ortiz se dió á conocer. - ---Aquí no está ese--contestó el administrador. Estoy seguro, tengo todos -mis inquilinos apuntados en este cuaderno y los conozco. - -De Casa Blanca, Ortiz y Manuel se dirigieron hacia las Peñuelas y Ortiz -echó un largo párrafo con el sereno. Después recorrieron algunas -tabernas del barrio en donde había gente, á pesar de tener las puertas -cerradas. - -Al pasar por la calle del Ferrocarril el sereno señaló el sitio donde se -había encontrado descuartizada á la mujer del saco. Hablaron Ortiz y el -sereno de éste y de otros crímenes cometidos allá cerca y se -despidieron. - ---Este sereno es un barbián--dijo Ortiz--ha acabado con los matones de -las Peñuelas á garrotazos. - -Era ya tarde después de la visita á las tabernas, y Ortiz estimó que -podrían dejar la campaña para el día siguiente. Se quedó él en el -Campillo del Mundo Nuevo y Manuel, atravesando medio Madrid, se fué á su -casa. - -Por la mañana temprano marchó á la imprenta, y al advertir que por la -tarde no podía ir, le despidieron. - -Manuel fué á comer á casa de la Fea. - ---Me han despedido de la imprenta--dijo al entrar. - ---Habrás ido tarde--saltó la Salvadora. - ---No, sino que Ortiz me dijo ayer que esta tarde tenía que ir con él, y -lo he advertido en la imprenta y me han despedido. - ---Si hasta que esté arreglado eso no puedes empezar á hacer nada--dijo -la Fea. - -La Salvadora sonrió irónicamente y Manuel sintió que se le enrojecía la -cara. - ---No, no lo creas si no quieres, pero es verdad. - ---Si yo no te he dicho, nada, hombre--replicó burlonamente la Salvadora. - ---Ya sé que no me has dicho nada, pero te reías. - -Manuel salió de casa de la Fea irritado, fué á buscar á Ortiz, y reunido -con él, bajó á las Injurias. - -Hacía un día de sol espléndido, una tarde templada. Se sentaron á la -puerta de la taberna de la Blasa. En una callejuela que se veía -enfrente, dormían los hombres tumbados á las puertas de sus casas; las -mujeres correteaban de un lado á otro con las haraposas faldas -recogidas, chapoteando los pies en la alcantarilla mal oliente que -corría por en medio de la calleja como un arroyo negro. Alguna de -aquellas mujeres llevaba la colilla en la boca. Las ratas grandes, -grises, corrían por encima del barro, y algunos chicos desnudos las -perseguían á palos y á pedradas. - -Habló Ortiz con la dueña de la tasca, y poco después apareció allá el -sereno de las Cambroneras. Saludó á Ortiz, tomaron unas copas los dos, y -el sereno dijo: - ---Hablé con Paco el Cañí. Le conoce al Bizco. Dice que no anda por estos -barrios. El cree que debe estar en la Manigua, en la California ó por -ahí. - ---Es muy posible. Bueno, señores, hasta la vista--y Ortiz se levantó y -Manuel hizo lo mismo. Subieron á la glorieta del puente de Toledo, -cruzaron el Manzanares y echaron á andar por la carretera de Andalucía. -Por allá había ido á merendar días antes Manuel con Vidal y con -Calatrava. Seguían los mismos grupos de randas en las puertas de los -merenderos; algunos conocían á Ortiz y le invitaban á tomar una copa. - -Llegaron á una barriada próxima al río, de chozas míseras, sin -chimeneas, sin ventanas, con los techos formados por cañizos. Nubes de -mosquitos se levantaban sobre las hierbas de la orilla. - ---Este es el Tejar de Mata pobres--dijo Ortiz. - -En aquellas pobres chozas se refugiaban algunos traperos con sus -familias. Todos los habitantes de tan miserable aduar, escuálidos, -amarillentos, estaban devorados por las fiebres, cuyos gérmenes brotaban -de las aguas negras y fangosas del río. Nadie conocía allí al Bizco. -Manuel y Ortiz siguieron adelante. A corta distancia de este poblado -apareció otro, sobre un altozano, constituído por casuchas con sus -corrales. - ---El barrio de los Hojalateros; así se llama esto--indicó Ortiz. - -Era como una aldea levantada sobre estiércol y paja. Cada una de las -casas, hechas con escombros y restos de todas clases, tenía su corraliza -limitada por vallas de latas viejas roñosas, extendidas y clavadas en -postes. Se mezclaba allí la miseria urbana con la miseria campesina; en -el suelo de los corrales, las cestas viejas, las cajas de cartón de las -sombrererías, alternaban con la hoz mellada y el rastrillo. Alguna de -las casas daba la impresión de relativo bienestar, y su aspecto era ya -labradoriego; en sus corralizas se levantaban grandes montones de paja; -las gallinas picoteaban en el suelo. - -Ortiz se acercó á un hombre que estaba componiendo un carro. - ---Oiga, buen amigo; ¿conoce usted por si acaso á un muchacho que se -llama el Bizco?; uno rojo, feo... - ---¿Acaso es usted de la policía?--preguntó el hombre. - ---No; no, señor. - ---Pues lo parece; pero eso allá usted. No conozco á ese bizco--y el -hombre volvió la espalda. - ---Aquí hay que andar con ojo--murmuró Ortiz--, porque si se enteran á lo -que venimos nos dan un pie de paliza que nos revientan. - -Salieron del barrio de los Hojalateros, cruzaron el río por un puente -por donde pasaba la línea del tren, y siguieron por la orilla del -Manzanares. - -En las praderas próximas al río, cubiertas de hierba verde y luciente, -pastaban las vacas; algunos andrajosos andaban despacio, con cautela, -buscando grillos. - -Llegaron Manuel y Ortiz á unas casas de campo que llamaban la China; el -guardia interrogó á un hortelano. No conocía al Bizco. - -Se alejaron de allá, y se sentaron en la hierba á descansar. Iba -anocheciendo; surgía Madrid, amarillo rojizo, con sus torres y sus -cúpulas, iluminado con la última palpitación del sol poniente. Relucían -las vidrieras del Observatorio. Una bola grande de cobre del remate de -algún edificio centelleaba como un sol sobre los tejados mugrientos; -alguna que otra estrella resplandecía en la bóveda de azul de Prusia del -cielo; el Guadarrama, de color violeta obscuro, rompía con sus picachos -blancos el horizonte lejano. - -Volvieron de prisa Ortiz y Manuel. Al llegar al paseo de Embajadores era -de noche; tomaron una copa en un merendero de la Manigua y echaron una -ojeada por allá. - ---Cena conmigo--dijo Ortiz--, y por la noche volveremos á la cacería. -Hemos de registrar todo Madrid. - -Cenó Manuel con el guardia y con su familia en la casa del Campillo del -Mundo Nuevo. Después de cenar recorrieron casi todas las tabernas de la -calle del Mesón de Paredes y de Embajadores, y entraron en el cafetín de -la calle de la Esgrima. Estaba todo el local lleno de golfos; al -sentarse el guardia y Manuel se comunicaron los contertulios unos á -otros la noticia. Un muchacho que estaba en una mesa próxima mostrando -en un corro una sortija y una peineta, las guardó de prisa y corriendo -al ver á Ortiz. El guardia notó la maniobra, y le llamó al mozo. - ---¿Qué quiere usted?--preguntó éste escamado. - ---Preguntarte una cosa. - ---Usted dirá. - ---¿Tú conoces á uno que llaman el Bizco? - ---Yo no, señor. - -El guardia hizo más preguntas al muchacho; debió de convencerse que no -conocía al Bizco, porque murmuró: - ---No sabe nadie dónde está. - -Siguieron recorriendo tabernas; al pasar por la calle del Amparo, Ortiz -dispuso que registraran una casa de dormir que tenía un farol rojo en -uno de sus balcones. - -Entraron y subieron una escalera de tablas, con los peldaños vacilantes, -iluminada por un farol empotrado en la pared. En el primer piso había -habitaciones para citas; en el segundo estaba el dormitorio público. -Tiró Ortiz de la cadena de la campanilla y apareció una mujer astrosa -con una vela en la mano, un pañuelo blanco en la cabeza y en chanclas: -era la encargada. - ---Somos de la policía y queremos echar un vistazo por dentro. Si usted -lo permite, entraremos. - -La mujer se encogió de hombros y dejó lugar para que pasaran. - -Recorrieron un corto pasillo, que terminaba en una sala larga y estrecha -con pies derechos de madera á ambos lados y dos filas de camas. En la -crujía central pendía un quinqué de petróleo, que apenas iluminaba la -cuadra anchurosa. El suelo, de ladrillos, se torcía hacia un lado. - -Ortiz pidió la vela y fué alumbrando los rostros de los que ocupaban las -camas. - -Unos dormían con desaforados ronquidos, otros, despiertos, se dejaban -contemplar con desdén. Por entre las cubiertas de las camas se veían -espaldas desnudas, torsos hercúleos, tórax comprimidos de gente -enferma... - ---Y abajo, ¿hay alguien?--preguntó Ortiz á la encargada. - ---En el principal, no. En los cuartos del zaguán habrá alguno. - -Bajaron al portal. Una puerta conducía á un sótano húmedo. En un rincón -dormía un mendigo, envuelto en harapos. - - * * * * * - -Al día siguiente de esta correría, por la tarde, al entrar Manuel en -casa de la Fea, se encontró con Jesús, sentado, charlando con su hermana -y la Salvadora. - -Manuel sintió cierta emoción al verle. Estaba muy flaco y muy pálido. -Los dos se examinaron atentamente y hablaron de su vida en el tiempo en -que no se habían visto. Después pasaron á cosas del momento, y Manuel -expuso su situación y el compromiso que tenía con Ortiz. - ---Ya, ya me lo han dicho--advirtió Jesús--, y yo no quería creerlo. ¿De -manera que á ti te dejaron en libertad á condición de que ayudases á -coger al Bizco? ¿Y tú aceptas? - ---Sí. Si no no me dejaban en libertad. ¿Qué iba á hacer? - ---Negarte. - ---¿Y pudrirme en la cárcel? - ---Y pudrirte en la cárcel, mejor que hacer á un amigo una charranada -así. - ---El Bizco no es amigo mío. - ---Pero lo fué, por lo que tú dices. - ---Amigo, no... - ---Compañero de golfería, vamos. - ---Sí. - ---¿De modo que te has hecho polizonte? - ---¡Hombre!... Además, el muerto era mi primo. - ---¡Cualquiera se fía de ti!--añadió sarcásticamente el cajista. - -Manuel se calló. Pensó que había hecho mal en comprometerse. El Bizco -era un bandido; pero á él no le había hecho nunca daño, era la verdad. - ---Lo malo es que no puedo volverme atrás--dijo Manuel--ni escaparme, -porque ese Ortiz vendría aquí y sería capaz de llevar á tu hermana y á -la Salvadora á la cárcel. - ---¿Por qué? - ---Porque ellas le han dicho que respondían de mí. - ---¡Quia, hombre! Le dicen que estuviste aquí, que te dijeron que no te -se olvidara el hacer lo de los demás días, y que no saben nada más, -sencillamente. - ---¿A ti qué te parece?--preguntó Manuel indeciso á la Fea. - ---Haz lo que quieras; yo creo que Jesús ya sabrá lo que dice, y que á -nosotras no nos pueden hacer nada. - ---Hay otra cosa--advirtió Manuel--: que yo no puedo vivir escondido -mucho tiempo; tendré que trabajar para comer, y me cogerán. - ---Yo te llevaré á una imprenta que conozco, replicó Jesús. - ---Pero pueden sospechar. No, no. - ---¿Prefieres ser un charrán? - ---Voy á hacer una cosa; ir ahora mismo á ver á uno que lo puede arreglar -todo. - ---Espera un momento. - ---No, no, déjame. - -Salió Manuel decidido á hablar con el Cojo ó con el Maestro. Fué á la -carrera al Círculo. Le dejaron pasar; subió al piso primero, y al hombre -que solía estar en la puerta de la sala de juego, le preguntó: - ---Y el Maestro, ¿está en la secretaría? - ---No, el que está es don Marcos. - -Llamó Manuel á la puerta y pasó adelante. Calatrava estaba en una mesa -con un empleado contando fichas blancas y rojas. Al ver á Manuel le miró -fijamente: - ---¿A qué vienes tú aquí? ¡Soplón!--exclamó--. Aquí no haces falta. - ---Ya lo sé. - ---Estás despedido. El jornal no lo esperes. - ---No, no lo espero. - ---Entonces, ¿á qué vienes aquí? - ---Vengo á esto. El Garro, el polizonte amigo de usted, me puso en -libertad, con la condición de que ayudara á coger al que mató á Vidal, -y á mí me hacen ir y venir á todas horas, y ya me he hartado de eso, y -ya no quiero hacer de polizonte. - ---Pues mira, de todo eso, á mí... Prim. - ---No, porque si yo no aparezco por casa del cabo, á quien me confió el -Garro, me cogerán y me llevarán á la cárcel. - ---Bueno; allá aprenderás á no mover la sin hueso. - ---No; allá lo que haré será declarar cómo se estafa en este Círculo á la -gente... - ---Tú estás loco. Tú quieres que te dé dos garrotazos. - ---No; yo quiero que le diga á usted al Garro que no me da la gana de -perseguir al Bizco, y, además, que le mande usted que no me persiga; -conque ya sabe usted lo que tiene que hacer. - ---Lo que voy á hacer es darte dos patadas ahora mismo, ¡soplón! - ---Eso lo veremos. - -Se acercó el cojo á Manuel con el puño cerrado y le largó un puñetazo; -pero Manuel tuvo la habilidad de agarrarle de la mano, y empujándole -para atrás, le hizo perder el equilibrio y cayó sobre la mesa y la -derribó con un estrépito formidable. Se levantó Calatrava furioso y se -fué hacia Manuel; pero al ruido entraron algunos mozos y los separaron. - -En esta situación, apareció el Maestro en la puerta de la secretaría: - ---¿Qué pasa?--preguntó mirando á Calatrava y á Manuel severamente--. -Marchaos vosotros--añadió dirigiéndose á los demás. - -Quedaron los tres solos, y Manuel explicó el motivo de la cuestión. - -El Maestro, después de oirle, dijo á Calatrava: - ---¿Es eso de veras lo que te ha dicho? - ---Sí; pero ha venido aquí con exigencias... - ---Bueno. De eso no hay que hablar. ¿De manera--añadió dirigiéndose á -Manuel--que tú no quieres ayudar á la policía? Haces bien. Puedes -marcharte. Yo le diré al Garro que no te moleste. - -Una hora después, Manuel y Jesús habían salido de casa á dar una vuelta. -Hacía una noche de calor sofocante; bajaron á la ronda. - -Hablaron. Manuel sentía una sorda irritación contra todo el mundo; un -odio hasta entonces amortiguado se despertaba en su alma contra la -sociedad, contra los hombres... - ---De veras te digo--concluyó diciendo--, que quisiera que estuviera -lloviendo dinamita ocho días y bajara después el Padre Eterno hecho -ascuas. - -Y rabioso invocó á todos los poderes destructores para que redujesen á -cenizas esta sociedad miserable. - -Jesús le escuchaba con atención. - ---Eres un anarquista--le dijo. - ---¿Yo? - ---Sí. Yo también lo soy. - ---¿Tú? - ---Sí. - ---¿Desde cuándo? - ---Desde que he visto las infamias que se cometen en el mundo; desde que -he visto cómo se entrega fríamente á la muerte un pedazo de humanidad; -desde que he visto cómo mueren desamparados los hombres en las calles y -en los hospitales--contestó Jesús con cierta solemnidad. - -Manuel enmudeció. Pasaron los dos amigos silenciosos por la ronda de -Segovia, y en los jardinillos de la Virgen del Puerto se sentaron. - -El cielo estaba espléndido, cuajado de estrellas, la vía láctea cruzaba -la cóncava inmensidad azul. La figura geométrica de la osa mayor -brillaba muy alta. Arturus y Wega resplandecían dulcemente en aquel -océano de astros. - -A lo lejos el campo obscuro surcado por líneas de luces, parecía el mar -en un puerto, y las filas de luces semejaban las de los malecones de un -muelle. - -El aire húmedo y caliente venía impregnado de olores de plantas -silvestres, agostadas por el calor. - ---¡Cuánta estrella!--dijo Manuel--. ¿Qué serán? - ---Son mundos, y mundos sin fin. - ---No sé por qué hoy me consuela ver ese cielo tan hermoso. Oye, Jesús, -¿tú crees que habrá hombres en esos mundos?--preguntó Manuel. - ---Quizás, ¿por qué no? - ---¿Y habrá también cárceles, jueces, casas de juego, polizontes?... ¿Eh? -¿Crees tú? - -Jesús no contestó á la pregunta. Luego habló con una voz serena de un -sueño de humanidad idílica, un sueño dulce y piadoso, noble y pueril. - -En su sueño, el hombre, conducido por una idea nueva, llegaba á un -estado superior. - -No más odios, no más rencores. Ni jueces, ni polizontes, ni soldados, ni -autoridad, ni patria. En las grandes praderas de la tierra, los hombres -libres trabajan al sol. La ley del amor ha sustituido á la ley del deber -y el horizonte de la humanidad se ensancha cada vez más extenso, cada -vez más azul... - -Y Jesús continuó hablando de un ideal vago de amor y de justicia, de -energía y de piedad, y aquellas palabras suyas caóticas, incoherentes, -caían como bálsamo consolador sobre el corazón ulcerado de Manuel... -Luego los dos callaron, entregados á sus pensamientos, contemplando la -noche. - -Una beatitud augusta resplandecía en el cielo, y la vaga sensación de la -inmensidad del espacio, lo infinito de los mundos imponderables llevaba -á sus corazones una deliciosa calma... - -FIN - -La continuación y fin de =Mala hierba= se titula =Aurora Roja=. - - - - -ÍNDICE - - -PRIMERA PARTE - - Págs. - -Anteportada 1 - -Obras del mismo autor 2 - -Portada 3 - -CAPÍTULO I.--El taller.--La vida de Roberto -Hasting.--Alex Monzon 5 - -CAP. II.--La señorita Esther Volowitch.--Una -boda.--Manuel, aprendiz de fotógrafo 26 - -CAP. III.--La Europea y la Benefactora.--Una -colocación extraña 41 - -CAP. IV.--La baronesa de Aynant, sus perros y -su mulata de compañía.--Se prepara una -farsa 58 - -CAP. V.--Vida y milagros del señor de Mingote.--Comienza -la dulce explotación de don Sergio 73 - -CAP. VI.--Kate, la niña blanca.--Los amores -de Roberto.--El pundonor militar.--Las -cucas.--Disquisiciones antropológicas 89 - -CAP. VII.--El berebere se siente profundamente -anglosajón.--Mingote mefistofélico.--Cogolludo.--Despedida 111 - - -SEGUNDA PARTE - -CAPÍTULO I.--Sandoval.--Los sapos de Sánchez -Gómez.--Jacob y Jesús 129 - -CAP. II.--Los nombres de los Sapos.--El director -de _Los Debates_ y sus redactores 143 - -CAP. III.--El parador de Santa Casilda.--La -historia de Jacob.--La Fea y la Sinforosa.--La -chica sin madre.--Mala Nochebuena 152 - -CAP. IV.--La Navidad de Roberto.--Gente del -Norte 169 - -CAP. V.--Paro general.--Juergas.--El baile del -Frontón.--La iniciación de amor 186 - -CAP. VI.--La nieve.--Otras historias de don -Alonso.--Las Injurias.--El Asilo del Sur 195 - -CAP. VII.--La Casa Negra.--Incendio.--Fuga 219 - -CAP. VIII.--Las cuevas del Gobierno civil.--El -repatriado.--La sopa del convento 227 - -CAP. IX.--Noche en el paseo de la Virgen del -Puerto.--Suena un tiro.--Calatrava y Vidal.--Un -tango de la bella Pérez 239 - - -TERCERA PARTE - -CAPÍTULO I.--¿Será la buena?--Proposiciones de Vidal 253 - -CAP. II.--El Garro.--Marcos Calatrava.--El -Maestro.--Confidencias 268 - -CAP. III.--La Flora y la Aragonesa.--La Justa.--La -inauguración del Salón París 283 - -CAP. IV.--Un fusilamiento.--En el puente del -Sotillo.--El Destino 294 - -CAP. V.--El calabozo del Juzgado de guardia.--Digresiones.--La -declaración 306 - -CAP. VI.--Lo que pasaba en el despacho del -Juez.--La Casa de Canónigos 321 - -CAP. VII.--La Fea y la Salvadora.--Ortiz.--Antiguos -conocidos 329 - -CAP. VIII.--La pista del Bizco.--Las afueras.--El -ideal de Jesús 337 - -Indice 357 - -Colofón 359 - - * * * * * - - Se imprimió - - MALA HIERBA - - EN EL - - ESTABLECIMIENTO TIPOGRÁFICO - - DE - - ANTONIO MARZO - - DE - - MADRID - - en ABRIL de - - 1904 - - [imagen: colophon] - - * * * * * - -De venta en todas las librerías. - - -Jorge Ohnet. - -LAS BATALLAS DE LA VIDA - -_El Camino de la Gloria_ - -(novela), - -versión castellana de =Carlos de Bataille=, - -Un volumen en 8.º, =3,50= pesetas. - - -M. Ciges Aparicio. - -_DEL CAUTIVERIO_ - -Un vol. en 8.º, =2= pesetas. - - -GUY DE MAUPASSANT - -_Pedro y Juan_ - -NOVELA - -VERSIÓN CASTELLANA - -de - -CARLOS FRONTAURA - -NUEVA EDICIÓN - -Un volumen en 8.º, =3,50= pesetas. - - -RICARDO BURGUETE - -_Mi Rebeldía_ - -«MANE-THECEL-PHARES» - -I. Filosofía de la Guerra. - -II. La revolución de los Ejércitos. - -III. Estudios sobre el valor. - -IV. El miedo. - -V. Educación de la voluntad. - -VI. Inutilidad de nuestras organizaciones militares. - -VII. Ensayo de filosofía de la guerra en la historia de los pueblos -(Egipcios y Hebreos). - -VIII. Mi tramontana. El libro inseparable del soldado. - -IX. Algunas máximas y reflexiones militares en olvido. - -X. Conclusiones de un rebelde. - -Un volumen en 8.º, =3,50= pesetas. - - -Willy - -(_Henri-Gauthier-Villars_) - -_Claudina en la escuela_ - -(novela), un volumen en 8.º, =3,50= pesetas. - -_Claudina en París_ - -(novela), un volumen en 8.º, =3,50= pesetas. - -_Claudina en su casa_ - -(novela), un volumen en 8.º, =3,50= pesetas. - -_Claudina desaparece_ - -(novela), un volumen en 8.º, =3,50= pesetas. - - * * * * * - -NOTA: - -[A] El episodio que precede á MALA HIERBA se titula LA BUSCA. - - - - - - -End of Project Gutenberg's La lucha por la vida; Mala hierba, by Pío Baroja - -*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA LUCHA POR LA VIDA; MALA HIERBA *** - -***** This file should be named 43033-8.txt or 43033-8.zip ***** -This and all associated files of various formats will be found in: - http://www.gutenberg.org/4/3/0/3/43033/ - -Produced by Chuck Greif and the Online Distributed -Proofreading Canada Team at http://www.pgdpcanada.net (This -book was produced from scanned images of public domain -material from the Google Book Search project.) - - -Updated editions will replace the previous one--the old editions -will be renamed. - -Creating the works from public domain print editions means that no -one owns a United States copyright in these works, so the Foundation -(and you!) can copy and distribute it in the United States without -permission and without paying copyright royalties. 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Redistribution is -subject to the trademark license, especially commercial -redistribution. - - - -*** START: FULL LICENSE *** - -THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE -PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK - -To protect the Project Gutenberg-tm mission of promoting the free -distribution of electronic works, by using or distributing this work -(or any other work associated in any way with the phrase "Project -Gutenberg"), you agree to comply with all the terms of the Full Project -Gutenberg-tm License (available with this file or online at -http://gutenberg.org/license). - - -Section 1. General Terms of Use and Redistributing Project Gutenberg-tm -electronic works - -1.A. By reading or using any part of this Project Gutenberg-tm -electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to -and accept all the terms of this license and intellectual property -(trademark/copyright) agreement. 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It exists -because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from -people in all walks of life. - -Volunteers and financial support to provide volunteers with the -assistance they need, are critical to reaching Project Gutenberg-tm's -goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will -remain freely available for generations to come. In 2001, the Project -Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure -and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations. -To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation -and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4 -and the Foundation web page at http://www.pglaf.org. - - -Section 3. 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Email contact links and up to date contact -information can be found at the Foundation's web site and official -page at http://pglaf.org - -For additional contact information: - Dr. Gregory B. Newby - Chief Executive and Director - gbnewby@pglaf.org - - -Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg -Literary Archive Foundation - -Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide -spread public support and donations to carry out its mission of -increasing the number of public domain and licensed works that can be -freely distributed in machine readable form accessible by the widest -array of equipment including outdated equipment. Many small donations -($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt -status with the IRS. - -The Foundation is committed to complying with the laws regulating -charities and charitable donations in all 50 states of the United -States. Compliance requirements are not uniform and it takes a -considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up -with these requirements. We do not solicit donations in locations -where we have not received written confirmation of compliance. To -SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any -particular state visit http://pglaf.org - -While we cannot and do not solicit contributions from states where we -have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition -against accepting unsolicited donations from donors in such states who -approach us with offers to donate. - -International donations are gratefully accepted, but we cannot make -any statements concerning tax treatment of donations received from -outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff. - -Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation -methods and addresses. Donations are accepted in a number of other -ways including checks, online payments and credit card donations. -To donate, please visit: http://pglaf.org/donate - - -Section 5. General Information About Project Gutenberg-tm electronic -works. - -Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm -concept of a library of electronic works that could be freely shared -with anyone. For thirty years, he produced and distributed Project -Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support. - - -Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed -editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S. -unless a copyright notice is included. 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You may copy it, give it away or -re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included -with this eBook or online at www.gutenberg.org/license - - -Title: La lucha por la vida; Mala hierba - -Author: Pío Baroja - -Release Date: June 25, 2013 [EBook #43033] - -Language: Spanish - -Character set encoding: ISO-8859-1 - -*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA LUCHA POR LA VIDA; MALA HIERBA *** - - - - -Produced by Chuck Greif and the Online Distributed -Proofreading Canada Team at http://www.pgdpcanada.net (This -book was produced from scanned images of public domain -material from the Google Book Search project.) - - - - - - -</pre> - -<hr class="full" /> - -<p class="figcenter"> -<img src="images/cover.jpg" width="365" height="520" alt="" title="" /> -</p> - -<table border="2" cellpadding="5" cellspacing="0" summary=""> -<tr><td align="center">Nota del transcriptor: La ortografía del original fue conservada.</td></tr> -</table> - -<p><a name="page_001" id="page_001"></a></p> - -<p class="cb">LA LUCHA POR LA VIDA</p> - -<h1>Mala Hierba.<a name="page_002" id="page_002"></a></h1> - -<table border="0" cellpadding="0" cellspacing="0" summary=""> -<tr><th align="center">OBRAS DEL MISMO AUTOR</th></tr> -<tr><td align="left"><b>Vidas sombrías</b>; un volumen.</td></tr> -<tr><td align="left"><b>La casa de Aizgorri</b>, novela en siete jornadas; ídem.</td></tr> -<tr><td align="left"><b>Aventuras, inventos y mixtificaciones de Silvestre Paradox</b>; ídem.</td></tr> -<tr><td align="left"><b>Camino de perfección</b> (<b>pasión mística</b>), novela; ídem.</td></tr> -<tr><td align="left"><b>El Mayorazgo de Labraz</b>, novela; ídem.</td></tr> -<tr><td align="left"><b>Idilios vascos</b>; con ilustraciones de F. Periquet y R. Baroja; ídem.</td></tr> -</table> - -<table border="0" cellpadding="0" cellspacing="0" summary=""> -<tr><td align="center">LA LUCHA POR LA VIDA</td></tr> -<tr><td align="left"><b>La Busca</b> (novela); un vol.</td></tr> -<tr><td align="left"><b>Mala hierba</b> (novela); un vol.</td></tr> -<tr><td align="left"><b>Aurora roja</b> (novela); un vol. (en prensa).</td></tr> -</table> - -<p><a name="page_003" id="page_003"></a></p> - -<p class="cb">LA LUCHA POR LA VIDA<br /> -———</p> - -<h1><img src="images/mala_hierba.png" -alt="Mala Hierba" -width="350" -height="60" -title="Mala Hierba" -/></h1> - -<p class="cb">NOVELA<br /> -<br /> -<small>POR</small><br /> -<br /> -<big><big>P<small>IO</small> B<small>AROJA</small></big></big><br /> -<br /><br /> -<img src="images/colophon.png" width="70" height="69" alt="" title="" /> -<br /><br /> -MADRID<br /> - -<span class="smcap">Librería de Fernando Fé.</span><br /> - -1904<br /> -</p> - -<p><a name="page_004" id="page_004"></a> </p> - -<p class="c"><span class="smcap">Es propiedad.—Derechos reservados</span><a name="page_005" id="page_005"></a></p> - -<p> </p> -<p> </p> - -<h1><img src="images/mala_hierba.png" -alt="Mala Hierba" -width="250" -height="43" -title="Mala Hierba" -/><a name="FNanchor_A_1" id="FNanchor_A_1"></a><a href="#Footnote_A_1" class="fnanchor"><span class="norm">[A]</span></a></h1> - -<h2><a name="PRIMERA_PARTE" id="PRIMERA_PARTE"></a>PRIMERA PARTE</h2> - -<h3><a name="CAPITULO_I-1" id="CAPITULO_I-1"></a>CAPÍTULO I<br /><br /> -<small>El taller.—La vida de Roberto Hasting.—Alex Monzon.</small></h3> - -<p>Roberto se había levantado de la cama, y vestido con su traje de calle y -sentado á una mesa llena de papeles, escribía.</p> - -<p>El cuarto era una guardilla trastera, baja de techo, con una gran -ventana á un patio. El centro del cuarto lo ocupaban dos estatuas de -barro, de un armazón interior de alambre, dos figuras de más del tamaño -natural, descomunales y estrambóticas. Estaban ambas solamente -esbozadas, como si el autor no hubiera sabido acabarlas; eran dos -jigantes rendidos por el cansancio, los dos de cabeza pequeña y rapada, -pecho hundido, vientre abultado y largos<a name="page_006" id="page_006"></a> brazos simiescos. Los dos -parecían agobiados por un abatimiento profundo. Frente á la ventana -ancha había un sofá, tapizado con una percalina floreada; en las sillas -y en el suelo se levantaban estatuas medio envueltas en trapos húmedos; -en un ángulo aparecía una caja, llena de pedazos secos de escayola, y en -un rincón un lebrillo con barro.</p> - -<p>De cuando en cuando Roberto miraba á un reloj de bolsillo colocado sobre -la mesa, entre los papeles; se levantaba y daba unos paseos por el -cuarto. Por la ventana, en las galerías de las casas de enfrente se -veían pasar mujeres desharrapadas y sucias; de la calle subía una -baraúnda ensordecedora de gritos de las verduleras y de los vendedores -ambulantes.</p> - -<p>A Roberto, sin duda, no le molestaba aquella continua algarabía, y al -cabo de poco rato se sentaba y seguía escribiendo.</p> - -<p> </p> - -<p>Mientras tanto, Manuel subía y bajaba las casas de toda la calle en -busca de Roberto Hasting.</p> - -<p>Hallábase Manuel con decisión para intentar seriamente un cambio de -vida, se sentía capaz de tomar una determinación enérgica y dispuesto á -seguirla hasta el fin.</p> - -<p>Su hermana mayor, que acababa de casarse con un bombero, le regaló unos -pantalones rotos de su esposo, una chaqueta vieja y una bufanda<a name="page_007" id="page_007"></a> raida. -Además, añadió á la donación una gorra de forma y de color absurdos, un -sombrero hongo anciano y algunos buenos y vagos consejos acerca del -trabajo, el cual, como nadie ignora, es el padre de todas las virtudes, -como el caballo es el más noble de todos los animales y la ociosidad la -madre de todos los vicios.</p> - -<p>Es muy posible, casi seguro, que Manuel hubiese preferido á estos buenos -y vagos consejos, á esta gorra de forma y color absurdos, á la chaqueta -vieja, al sombrero anciano, á la bufanda raida y á los pantalones rotos, -una pequeña cantidad de dinero, ya fuera en cuartos, en plata ó en -billetes.</p> - -<p>La juventud es así, no tiene norte ni guía; imprevisora siempre, concede -más valor á los dones materiales que á los espirituales, sin comprender -en su ignorancia absoluta que una moneda se gasta, un billete se cambia, -y las dos cosas pueden perderse, y en cambio un buen consejo ni se gasta -ni se pierde, ni se reduce á calderilla, y tiene además la ventaja de -que sin cuidarse de él para nada, dura eternamente, sin enmohecimiento -ni deterioro. Prefiriese una cosa ú otra, hay que confesar que Manuel -tuvo que contentarse con lo que le dieron.</p> - -<p>Con este lastre de los buenos consejos y de las malas prendas de vestir, -sin vislumbrar ni un cuarto de luz en su camino, Manuel repasó en la -memoria la corta lista de sus conocimientos,<a name="page_008" id="page_008"></a> y pensó que de todos, el -único capaz de favorecerle era Roberto Hasting.</p> - -<p>Penetrado de esta verdad, para él muy importante, se dedicó á buscar á -su amigo. En el cuartel ya le habían perdido de vista hacía tiempo; doña -Casiana, la de la casa de huéspedes, á quien Manuel encontró en la -calle, no sabía las señas de Roberto, y le indicó que quizás el -Superhombre las supiera.</p> - -<p>—¿Sigue viviendo en su casa de usted?</p> - -<p>—No, estaba ya harta de que no me pagara. No sé dónde vive; pero le -encontrarás en <i>El Mundo</i>, un periódico de la calle de Valverde que -tiene un letrero en el balcón.</p> - -<p>Buscó Manuel el periódico de la calle de Valverde y lo encontró en -seguida; subió al piso principal de la casa, y se detuvo ante una puerta -cerrada con un cristal, en donde había grabados dos mundos, el antiguo y -el moderno. No había timbre ni llamador de campanilla, y Manuel se puso -á repiquetear con los dedos en el cristal, encima precisamente del nuevo -mundo, y en esta ocupación le sorprendió el mismísimo Superhombre, que -llegaba de la calle.</p> - -<p>—¿Qué haces aquí?—le dijo el periodista, mirándole de arriba á -abajo—¿Quién eres tú?</p> - -<p>—Yo soy Manuel, el hijo de la Petra, la de la casa de huéspedes, ¿no se -acuerda usted?</p> - -<p>—¡Ah, sí!... ¿y qué quieres?</p> - -<p>—Quisiera que me dijese usted si sabe dónde<a name="page_009" id="page_009"></a> vive don Roberto, que creo -que ahora es periodista.</p> - -<p>—¿Y quién es don Roberto?</p> - -<p>—El rubio... el estudiante amigo de don Telmo.</p> - -<p>—¿El niño <i>litri</i> aquél?... ¡yo qué sé!</p> - -<p>—¿Ni dónde trabaja tampoco?</p> - -<p>—Creo que da lecciones en la academia de Fischer.</p> - -<p>—No sé en qué sitio está esa academia.</p> - -<p>—Me parece que en la plaza de Isabel II—contestó el Superhombre de un -modo displicente, mientras abría la puerta de cristales con un llavín y -entraba.</p> - -<p>Manuel fué á la academia; aquí un ordenanza le dijo que Roberto vivía en -la calle del Espíritu Santo, en el número 21 ó 23, no sabía á punto -fijo, en un piso alto, donde había un estudio de escultor.</p> - -<p>Manuel buscó la calle del Espíritu Santo; la geografía de esta parte de -Madrid le era un tanto desconocida. Tardó en dar con la calle, que -estaba en aquellas horas animadísima; las verduleras, colocadas en fila -á los lados de la calle, anunciaban sus judías y sus tomates á voz en -grito; las criadas pasaban con sus cestas al brazo y sus delantales -blancos; los horteras echaban un párrafo recostados en la puerta de la -tienda con la cocinera guapa; corrían los panaderos entre la gente con -la cesta<a name="page_010" id="page_010"></a> en equilibrio sobre la cabeza, y el ir y venir de la gente, el -gritar de unos y de otros formaba una baraúnda ensordecedora y un -espectáculo abigarrado y pintoresco.</p> - -<p>Manuel, abriéndose paso entre el gentío y las cestas de tomates, -preguntó por Roberto en los números que le indicaron; no le conocían las -porteras, y no tuvo más remedio que subir hasta los pisos altos y -enterarse allí.</p> - -<p>Después de varias ascensiones dió con el estudio del escultor. En el -extremo de una escalera sucia y obscura se encontró con un pasillo en -donde charlaban unas cuantas viejas.</p> - -<p>—¿Don Roberto Hasting? ¿Uno que vive en el taller de un escultor?</p> - -<p>—Será ahí en esa puerta.</p> - -<p>La entreabrió Manuel, se asomó y vió á Roberto escribiendo.</p> - -<p>—Hola, ¿eres tú?—dijo Roberto—. ¿Qué hay?</p> - -<p>—Pues venía á verle á usted.</p> - -<p>—¿A mí?</p> - -<p>—Sí, señor.</p> - -<p>—¿Qué te pasa?</p> - -<p>—Que me he quedado parado.</p> - -<p>—¿Cómo parado?</p> - -<p>—Sin trabajo.</p> - -<p>—¿Y tu tío?</p> - -<p>—¡Oh, ya hacía tiempo que no estaba allí!</p> - -<p>—¿Y cómo ha sido eso?</p> - -<p>Manuel contó sus cuitas. Luego, viendo que<a name="page_011" id="page_011"></a> Roberto seguía escribiendo -rápidamente, se calló.</p> - -<p>—Puedes seguir—murmuró Hasting—, te oigo mientras escribo; tengo que -concluir un trabajo para mañana y necesito correr, pero te oigo.</p> - -<p>Manuel, á pesar de la indicación, no siguió hablando. Miró los dos -jigantones derrengados que ocupaban el centro del taller y quedó -sorprendido. Roberto, que notó el asombro de Manuel, le preguntó riendo:</p> - -<p>—¿Qué te parece eso?</p> - -<p>—Qué sé yo. Da miedo. ¿Qué quieren decir esos hombres?</p> - -<p>—El autor los llama Los Explotados. Quiere dar á entender que son los -hombres á quienes agota el trabajo. Poco oportuno el asunto para España.</p> - -<p>Roberto siguió escribiendo. Manuel separó la vista de los dos figurones -y la dirigió por el cuarto. No tenía aspecto de riqueza, ni siquiera de -comodidad; Manuel pensó que el estudiante no marchaba bien en sus -asuntos.</p> - -<p>Roberto echó una rápida mirada á su reloj, dejó la pluma, se levantó, y -paseó por el cuarto. Contrastaba su elegancia con el aspecto miserable -del cuarto.</p> - -<p>—¿Quién te ha dicho dónde vivía?—preguntó.</p> - -<p>—En una academia.<a name="page_012" id="page_012"></a></p> - -<p>—¿Y quién te ha indicado la academia?</p> - -<p>—El Superhombre.</p> - -<p>—¡Ah! El divino Langairiños... Y dime: ¿desde cuándo estás sin trabajo?</p> - -<p>—Desde hace unos días.</p> - -<p>—¿Y qué piensas hacer?</p> - -<p>—Pues estar á lo que salga.</p> - -<p>—¿Y si no sale nada?</p> - -<p>—Creo que algo saldrá.</p> - -<p>Roberto sonrió burlonamente.</p> - -<p>—¡Qué español es eso! Estar á lo que salga. Siempre esperando... Pero, -en fin, tú no tienes la culpa. Oye. Si estos días no encuentras sitio -donde dormir, quédate aquí.</p> - -<p>—Bueno, muchas gracias. ¿Y la herencia de usted, don Roberto? ¿Cómo va?</p> - -<p>—Marchando poco á poco. Antes de un año me ves rico.</p> - -<p>—Me alegraré.</p> - -<p>—Ya te dije que me figuraba que había un enredo de los curas en esta -cuestión; pues, efectivamente, así es. Don Fermín Núñez de Letona, el -cura, fundó diez capellanías para parientes suyos que llevaran su -apellido. Sabiendo esto pregunté por estas capellanías en el Obispado; -no sabían nada; pedí varias veces la partida de bautismo de don Fermín á -Labraz; me dijeron que allí no aparecía tal nombre. Para aclarar este -asunto he ido hace un mes á Labraz.<a name="page_013" id="page_013"></a></p> - -<p>—¿Ha estado usted fuera de Madrid?</p> - -<p>—Sí; he gastado mil pesetas. En la situación en que me encuentro, -figúrate lo que representan mil pesetas para mí; pero no he tenido -ningún inconveniente en gastarlas. He ido, como te decía, á Labraz; he -visto el libro de partidas en la iglesia vieja y me he encontrado con -que hay un salto en el libro desde el año 1759 al 60. ¿Qué es esto?, me -dije. Miré, volví á mirar, no había señal de hoja arrancada; la -numeración de los folios estaba bien, pero los años no concordaban y, -¿sabes lo que pasa?, que una hoja está pegada á otra. Después fuí al -Seminario de Pamplona y conseguí encontrar una lista de los alumnos que -estudiaron á fines del siglo <small>XVIII</small> y allí está don Fermín, y pone: Núñez -de Letona, Labraz (Alava). De manera que la partida de bautismo de don -Fermín se encuentra en la hoja pegada.</p> - -<p>—¿Y por qué no ha hecho usted que la despeguen?</p> - -<p>—No; ¿quién sabe lo que puede suceder?, podría levantar la caza. El -libro queda allá. Yo he mandado á Londres mi escrito; cuando venga el -exhorto, el Juzgado nombrará tres peritos que irán á Labraz y, ante -ellos y ante el Juez y el Notario, se despegará la hoja.</p> - -<p>Roberto, como siempre que hablaba de su fortuna, iba exaltándose; su -imaginación le hacía ver perspectivas admirables de riqueza, de<a name="page_014" id="page_014"></a> lujo, -de viajes maravillosos. En medio de sus entusiasmos y de sus ilusiones -apareció el hombre práctico; miró al reloj, se calmó en un instante, y -se puso á escribir de nuevo.</p> - -<p>Manuel se levantó.</p> - -<p>—¿Qué, te vas?—le dijo Roberto.</p> - -<p>—Sí; ¿qué voy á hacer aquí?</p> - -<p>—Si no tienes para almorzar toma una peseta. No tengo más.</p> - -<p>—¿Y usted?</p> - -<p>—Yo como en casa de un discípulo. Oye, si vienes á dormir, adviérteselo -á mi compañero. Estará aquí dentro de un momento. Aún no se ha -levantado. Se llama Alejo Monzon, pero le llaman Alex.</p> - -<p>—Bueno; sí, señor.</p> - -<p>Almorzó Manuel pan y queso y volvió al poco rato al taller. Un hombre -rechoncho, de barba negra y espesa, cubierto con una blusa blanca, la -pipa en la boca, modelaba en plastelina una Venus desnuda.</p> - -<p>—¿Usted es don Alejo?—le preguntó Manuel.</p> - -<p>—Sí, ¿que hay?</p> - -<p>—Yo soy amigo de don Roberto, y he venido á verle hoy y le he dicho que -no tenía trabajo ni casa, y él me ha indicado que podía dormir aquí.</p> - -<p>—Tendrás que acostarte en el sofá—dijo el de la blusa blanca—, porque -no hay otra cama.</p> - -<p>—No importa. Estoy acostumbrado.<a name="page_015" id="page_015"></a></p> - -<p>—¡Qué! ¿Tú tienes algo que hacer?</p> - -<p>—Yo no.</p> - -<p>—Anda, entonces ponte sobre la tarima; me servirás de modelo. Siéntate -en esta caja. Así. Ahora apoya la cabeza en la mano como si estuvieras -pensando en algo. Bueno. Está bien. La mirada más alta. Eso es.</p> - -<p>El escultor se sentó, machacó de un puñetazo la Venus que estaba -modelando y comenzó á levantar otra figura.</p> - -<p>Manuel se cansó pronto de posar y se lo advirtió así á Alex, quien le -dijo que descansara.</p> - -<p>A media tarde entraron en la guardilla una porción de muchachos amigos -del escultor; dos de ellos se pusieron en mangas de camisa y comenzaron -á amontonar barro en una mesa; un melenudo se sentó en un sofá. Llegaron -poco después otros y comenzaron todos á charlar á voz en grito.</p> - -<p>Hablaron y discutieron una porción de cosas, de pintura, de escultura, -de comedias. Manuel pensó que debían de ser personas importantes.</p> - -<p>Habían clasificado al mundo. Tal, era admirable; Cuál, detestable; H, un -genio; B, un imbécil.</p> - -<p>No les gustaba, sin duda, las medias tintas ni los términos medios; -parecían árbitros de la opinión, juzgadores y sentenciadores de todo.</p> - -<p>Al anochecer se prepararon para salir.<a name="page_016" id="page_016"></a></p> - -<p>—¿Tú te vas?—preguntó el escultor á Manuel.</p> - -<p>—Saldré un momento á cenar.</p> - -<p>—Bueno; ahí tienes la llave. Yo vendré á eso de las doce y llamaré.</p> - -<p>—Está bien.</p> - -<p>Manuel comió otra ración de pan y queso y dió un paseo después por las -calles y, entrada la noche, volvió al taller. Hacía frío allá arriba, -más frío que en la calle. Se acercó á tientas al sofá, se tendió y -esperó á que vinera el escultor. Cerca de la una llamó y le abrió -Manuel.</p> - -<p>Alex venía ceñudo. Se metió en su alcoba, encendió una vela y anduvo -paseando por el estudio hablando solo.</p> - -<p>—Ese imbécil de Santiuste—le oyó murmurar Manuel—que dice que el no -concluir una obra de arte es señal de impotencia. ¡Y me miraba á mí! -Pero, ¿por qué le haré caso yo á ese idiota?</p> - -<p>Nadie pudo dar al escultor una contestación satisfactoria, y siguió -paseando por el cuarto lamentándose en voz alta de la estupidez y de la -envidia de sus compañeros.</p> - -<p>Después, ya apaciguada su cólera, cogió la bujía, la acercó al grupo de -Los Explotados y lo miró durante largo tiempo con curiosidad. Vió que -Manuel no dormía y le preguntó cándidamente:<a name="page_017" id="page_017"></a></p> - -<p>—¿Has visto tú algo más colosal que esto?</p> - -<p>—Es una cosa muy rara—contestó Manuel.</p> - -<p>—¡Sí es!—replicó Alex—. Tiene la rareza de todo lo genial. Yo no sé -si habrá alguien en el mundo capaz de hacer esto. Quizás Rodín, Hum... -¿quién sabe? ¿Dónde te figuras tú que pondría yo este grupo?</p> - -<p>—No sé.</p> - -<p>—En un desierto. Sobre un pedestal de granito cuadrado, tosco, sin -adornos. ¡Qué efecto produciría, eh!</p> - -<p>—Ya lo creo.</p> - -<p>El asombro de Manuel lo tomó Alex por admiración, y con la bujía en la -mano fué quitando los paños que cubrían sus estatuas y enseñándoselas.</p> - -<p>Eran figuras espantables y monstruosas: viejas encogidas con los -pellejos lacios y los brazos hasta los tobillos, hombres que parecían -buitres, chiquillos jorobados y deformes, unos de cabeza muy grande, -otros de cabeza muy chica, cuerpos todos sin proporción ni armonía. -Manuel sospechó si aquella fauna monstruosa sería una broma de Alex; -pero el escultor hablaba entusiasmado y explicaba por qué sus figuras no -tenían la estúpida corrección académica tan alabada por los imbéciles. -Todas eran símbolos.</p> - -<p>Después de mostrar sus obras, Alex se sentó en una silla.<a name="page_018" id="page_018"></a></p> - -<p>—No me dejan trabajar—exclamó con abandono—y lo siento, no creas que -por mí, sino por el arte. Si Alejo Monzon no triunfa, la escultura en -Europa retrocede cien años.</p> - -<p>Manuel no podía decir lo contrario, y se echó en el sofá á dormir.</p> - -<p>Al día siguiente cuando se despertó, Roberto estaba ya vestido -elegantemente y escribiendo en su mesa.</p> - -<p>—¿Está usted ya levantado?—le dijo Manuel con asombro.</p> - -<p>—Hay que madrugar, amigo—contestó Roberto—, yo no soy de los que -están á lo que salga. No viene la montaña á mí, pues yo voy á la -montaña, no hay más remedio.</p> - -<p>Manuel no entendió bien lo que quería decir Roberto con esto de la -montaña, y desperezándose se levantó del sofá.</p> - -<p>—Anda, le dijo Roberto—, ve por un café con media tostada.</p> - -<p>Salió Manuel y volvió en seguida. Desayunaron los dos.</p> - -<p>—¿Quiere usted alguna cosa más?—preguntó Manuel.</p> - -<p>—No, nada.</p> - -<p>—¿No piensa usted volver hasta la noche?</p> - -<p>—No.</p> - -<p>—¿Tantas cosas tiene usted que hacer?</p> - -<p>—Muchas, ya lo creo. Ahora, después de traducir invariablemente diez -páginas, voy á la<a name="page_019" id="page_019"></a> calle de Serrano á dar una lección de inglés; de aquí -tomo el tranvía y marcho al final de la calle de Mendizábal, vuelvo al -centro, me meto en la casa editorial y corrijo las pruebas de la -traducción. Salgo á las doce, voy á mi restaurant, como, tomo café, -escribo mis cartas á Inglaterra y á las tres estoy en la academia de -Fischer. A las cuatro y media voy al colegio protestante. De seis á ocho -paseo, á las nueve ceno, á las diez estoy en el periódico y á las doce -en la cama.</p> - -<p>—¡Qué barbaridad! Pero entonces usted ganará mucho—dijo Manuel.</p> - -<p>—De 80 á 90 duros.</p> - -<p>—¿Y vive usted aquí?</p> - -<p>—Es que tú ves los ingresos, pero no los gastos. Tengo que enviar todos -los meses 30 duros á mi familia para que mi madre y mis dos hermanas -vayan viviendo. El proceso me lleva mensualmente 15 ó 20 duros, y con lo -demás voy pasando.</p> - -<p>Manuel contempló con admiración profunda á Roberto.</p> - -<p>—Pues hijo—exclamó Roberto—, para vivir no hay más remedio. Y es lo -que debes hacer tú, buscar, preguntar, correr, trotar, algo encontrarás.</p> - -<p>Manuel pensó que aunque le hubiesen prometido ser rey, no era capaz él -de desenvolver una actividad semejante, pero se calló.<a name="page_020" id="page_020"></a></p> - -<p>Esperó á que se levantara el escultor y hablaron los dos largamente de -las dificultades de la vida.</p> - -<p>—Mira, por ahora me sirves de modelo—dijo Alex—, y ya encontraremos -alguna combinación para comer.</p> - -<p>—Bueno, sí señor, como usted quiera.</p> - -<p>Alex tenía crédito en la tahona y en la tienda de ultramarinos, y -calculó que la alimentación de Manuel le resultaría más barata que pagar -un modelo. Los dos se decidieron á alimentarse de conservas y de pan.</p> - -<p>No era el escultor perezoso, ni mucho menos, pero no tenía constancia en -el trabajo, ni dominaba su arte; no sabía concluir sus figuras, y viendo -que al ir á detallarlas los defectos iban apareciendo con más fuerza, -las dejaba sin terminar. Su orgullo le hacía creer después que el -modelar exactamente un brazo ó una pierna era una labor indigna y -decadente, y sus amigos, en quienes se daba la misma impotencia para el -trabajo, corroboraban su idea.</p> - -<p>Manuel no se preocupaba de cuestiones artísticas, pero muchas veces -pensó que las teorías del escultor, más que convencimientos suyos, -parecían pantallas para ocultar sus defectos.</p> - -<p>Hacía un retrato ó un busto, y se le decía: No se le parece, y él -contestaba: Eso es lo de menos, y en todo pasaba lo mismo.<a name="page_021" id="page_021"></a></p> - -<p>Manuel se fué aficionando á las reuniones del estudio por la tarde, y -escuchaba con atención lo que decían los amigos de Alex.</p> - -<p>Dos ó tres eran escultores, otros pintores y literatos. Ninguno de ellos -conocido. Pasaban el tiempo correteando de teatro en teatro y de café en -café, reuniéndose en cualquier parte, para tener el gusto de hablar mal -de los amigos. Fuera de esta conversación en la cual todos concretaban -admirablemente, en las demás se divagaba con placidez. Era un continuo -discutir y proyectar, afirmar hoy, negar mañana, que á Manuel, que no -tenía base alguna de juicio, le despistaba por completo; no comprendía -si hablaban en serio ó en broma; les oía cambiar de opinión á cada -momento y le chocaba cómo uno mismo podía defender cosas tan -contradictorias.</p> - -<p>A veces una alusión embozada, un juicio acerca de éste ó del otro -exasperaba á todos los de la reunión de tal manera, que entonces cada -palabra tenía un retintín rabioso, y por debajo de las frases más -sencillas se notaba que latía el odio, la envidia y la intención -mortificante y agresiva.</p> - -<p>En medio de aquellos jóvenes, casi todos de una mordacidad venenosa, -solían acudir al taller dos tipos que permanecían tranquilos é -indiferentes en medio del furor de las discusiones. Uno era ya algo -viejo, grave, enjuto;<a name="page_022" id="page_022"></a> se llamaba D. Servando Arzubiaga; el otro, de la -misma edad que Alex, se apellidaba Santín. Don Servando, aunque -literato, no tenía vanidad literaria, ó si la tenía era tan honda, tan -subterránea, que no se le notaba.</p> - -<p>Acudía al taller á distraerse, y fumando cigarrillos solía escuchar los -diversos pareceres de unos y otros, sonriendo á las exageraciones, -terciando en la conversación con alguna palabra conciliadora.</p> - -<p>Bernardo Santín, el más joven de los contertulios indiferentes, no -hablaba; le era muy difícil comprender que por una cuestión puramente -literaria ó artística pudiesen reñir de aquella manera.</p> - -<p>Santín era flaco, tenía la cara correcta, la nariz afilada, los ojos -tristes, el bigote rubio y la sonrisa insípida. Se pasaba este hombre -copiando cuadros en el Museo y cada vez lo hacía peor; pero desde que -comenzó á frecuentar el estudio de Alex, las pocas aficiones al trabajo -las había perdido por completo.</p> - -<p>Una de sus manías era hablar de tú á todo el mundo. A la tercera ó -cuarta vez de ver á una persona ya la tuteaba.</p> - -<p>Los conciliábulos en el estudio de Alex se conoce que no bastaban á los -bohemios, porque de noche volvían á reunirse en el café de Lisboa. -Manuel, sin ser considerado como uno<a name="page_023" id="page_023"></a> de ellos, era aceptado en la -reunión, aunque sin voz ni voto.</p> - -<p>Por lo mismo que no hablaba se fijaba más en lo que oía.</p> - -<p>Eran casi todos ellos de malos instintos y de aviesa intención. Sentían -la necesidad de hablar mal unos de otros, de injuriarse, de perjudicarse -con sus maquinaciones y sus perfidias, y al mismo tiempo necesitaban -verse y hablarse. Tenían, como las mujeres, el afán de complicar la vida -con miserias y pequeñeces, la necesidad de vivir y desenvolverse en un -ambiente de murmuraciones y de intrigas.</p> - -<p>Roberto pasaba por en medio de ellos tranquilo, indiferente; sin hacer -caso de sus proyectos, ni de sus discusiones.</p> - -<p>Manuel creyó comprender que á Roberto le molestaba verle tan metido en -la vida bohemia, y para congraciarse con él, una mañana le acompañó -hasta la casa en donde daba su lección de inglés. Le contó por el camino -que había hecho una porción de gestiones infructuosas para buscar -trabajo, y le preguntó qué marcha debía seguir en adelante.</p> - -<p>—¿Qué? Ya te he dicho varias veces lo que debes hacer—contestó -Roberto—; buscar, buscar y buscar. Luego trabajar hasta echar el alma -por la boca.</p> - -<p>—¡Pero si no tengo en dónde!</p> - -<p>—Siempre hay donde trabajar si se quiere.<a name="page_024" id="page_024"></a> Pero hay que querer. Saber -desear con fuerza es lo primero que se debe aprender. Tú me dirás que no -deseas más que vegetar de cualquier modo; pues ni eso conseguirás, y si -te reúnes con los que vienen aquí al estudio, además de vago concluirás -en sinvergüenza.</p> - -<p>—¿Pero ellos?...</p> - -<p>—Ellos yo no sé si han hecho ó no indignidades; como comprenderás, eso -á mí no me va ni me viene; pero cuando un hombre no puede comprender -nada en serio, cuando no tiene voluntad, ni corazón, ni sentimientos -altos, ni idea de justicia ni de equidad, es capaz de todo. Si esta -gente tuviera un talento excepcional, podrían ser útiles y hacer su -carrera, pero no lo tienen; en cambio han perdido las nociones morales -del burgués, los puntales que sostienen la vida del hombre vulgar. Viven -como hombres que poseyeran de los genios sus enfermedades y sus vicios, -pero no su talento ni su corazón; vegetan en una atmósfera de pequeñas -intrigas, de mezquindades torpes. Son incapaces de realizar una cosa. -Quizás haya algo genial, yo no digo que no, en esos monstruos de Alex, -en esas poesías de Santillana; pero eso no basta, hay que ejecutar lo -que se ha pensado, lo que se ha sentido, y para eso se necesita el -trabajo diario, constante. Es como un niño que nace, y la comparación, -aunque sea vieja, es exacta: la madre lo pare con dolor, luego le -alimenta<a name="page_025" id="page_025"></a> en su pecho y le cuida hasta que crece y se hace fuerte. Esos -quieren hacer de golpe y porrazo una obra hermosa, y no hacen más que -hablar y hablar.</p> - -<p>Roberto se detuvo para tomar aliento, y continuó con más dulzura.</p> - -<p>—Aun así, ellos tienen la ventaja de estar en la corriente, se conocen -unos á otros, conocen á los periodistas, y, amigo, la prensa hoy es una -fuerza brutal. Pero tú no, tú no puedes acercarte á la prensa; -necesitarías siete ú ocho años de preparación, de buscar amistades, -recomendaciones. Y mientras tanto, ¿de qué comes?</p> - -<p>—No, si yo no quiero ser como ellos. Yo ya sé que soy un obrero.</p> - -<p>—¡Obrero! ¡Quia! Ojalá lo fueras. Hoy no eres más que un vago y debes -hacerte obrero. Lo que soy yo, lo que somos todos los que trabajamos. -Muévete, actívate. Ahora la actividad para ti es un esfuerzo; haz algo; -repite lo que hagas, hasta que la actividad sea para ti una costumbre. -Convierte tu vida estática en vida dinámica. ¿No me entiendes? Quiero -decirte que tengas voluntad.</p> - -<p>Manuel contempló á Roberto desanimado; hablaban los dos en distinto -idioma.<a name="page_026" id="page_026"></a></p> - -<h3><a name="CAPITULO_II-1" id="CAPITULO_II-1"></a>CAPÍTULO II<br /><br /> -<small>La señorita Esther Volowitch.—Una boda.—Manuel, aprendiz de fotógrafo.</small></h3> - -<p>A pesar de los consejos de Roberto, Manuel siguió sin buscar ni hacer -nada útil, sirviendo de modelo á Alex y de criado á todos los demás que -se reunían en el estudio.</p> - -<p>Algunas veces, al pensar en las recomendaciones de Roberto, se indignaba -en contra de él.</p> - -<p>—Yo ya sé—pensaba—que no tengo su arranque, que no soy capaz de hacer -lo que hace él. Pero su consejo es una tontería, al menos para mí. Me -dice:—Ten voluntad,—Pero ¿si no la tengo?—Hazla. Es como si me -dijesen que tuviera un palmo más de estatura. ¿No sería mejor que me -buscase un sitio donde trabajar?</p> - -<p>Manuel comenzó á sentir odio por Roberto. Esquivaba el encontrarse á -solas con él; le daba rabia que en vez de proporcionarle algo, cualquier -cosa, saliera del paso con un consejo metafísico imposible de llevar á -la práctica.</p> - -<p>Seguían los bohemios su vida desordenada, en su continuo proyectar, -cuando hubo en la<a name="page_027" id="page_027"></a> reunión una baja, la de Santín. Un día faltó al café, -al siguiente no apareció por el estudio, y en un par de semanas no se le -vió el pelo.</p> - -<p>—¿Dónde andará ese ganso?—se preguntaron todos.</p> - -<p>Nadie lo sabía.</p> - -<p>Una noche Varela, uno de los literatos, dijo que había visto á Bernardo -Santín paseando por Recoletos con una señorita rubia que parecía -inglesa.</p> - -<p>—¡Rediez con los tontos!—exclamó uno.</p> - -<p>—Eso es cosa vieja—repuso otro—. Ya lo dijo Schopenhauer, los fatuos -son los que tienen más éxito con las mujeres.</p> - -<p>—¿De dónde habrá sacado esa inglesa?</p> - -<p>—¡La ingle esa!... ¡Como no haya sido de la ingle!—dijo un jovencito, -aprendiz de sainetero.</p> - -<p>—¡Uf! Se va uno á intoxicar aquí con esos chistes—gritaron varios al -mismo tiempo.</p> - -<p>Se pasó á hablar de otra cosa. A los tres días de esta conversación -apareció Santín en el café. Se le obsequió con un recibimiento -estrepitoso, haciendo sonar las cucharillas y los platillos. Cuando -terminó la ovación, le preguntaron:</p> - -<p>—¿Quién es esa inglesa?</p> - -<p>—¿Qué inglesa?</p> - -<p>—¡Esa chica rubia con quien te paseas!</p> - -<p>—Es mi novia; pero no es inglesa. Es polaca.<a name="page_028" id="page_028"></a> Es una muchacha á la que -he conocido en el Museo. Da lecciones de francés y de inglés.</p> - -<p>—¿Y cómo se llama?</p> - -<p>—Esther.</p> - -<p>—Buena cosa para invierno—saltó el aprendiz de sainetero.</p> - -<p>—¿Por qué?—preguntó Bernardo.</p> - -<p>—Toma, porque una estera abriga mucho las habitaciones.</p> - -<p>—¡Eh! ¡Eh! ¡Fuera! ¡Fuera!—gritaron todos.</p> - -<p>—¡Gracias! ¡Gracias, amado pueblo!—replicó impertérrito el jovencito.</p> - -<p>Santín contó cómo había conocido á la polaca. Todos sentían alguna -envidia por el éxito de Bernardo, y se encargaron de amargarle su -triunfo, insinuando que la polaca podía ser una aventurera, podía tener -cincuenta años, podía haber tenido dos ó tres chiquillos con algún -carabinero... Bernardo, que comprendió la mala intención, no volvió á -presentarse en el café.</p> - -<p>Un par de semanas después muy temprano aún dormía Manuel en el sofá del -estudio, y Roberto, según costumbre, traducía sus diez páginas, lo que -constituía su tarea diaria, cuando se abrió la puerta del estudio y -apareció Bernardo. Se despertó Manuel al ruido de los pasos, pero se -hizo el dormido.<a name="page_029" id="page_029"></a></p> - -<p>—¿A qué vendrá éste?—se preguntó.</p> - -<p>Bernardo saludó á Roberto y se puso á andar á un lado y á otro del -estudio.</p> - -<p>—Qué temprano vienes. ¿Pasa algo?—dijo Hasting.</p> - -<p>—Chico—murmuró Santín deteniéndose en su paseo—, te tengo que dar una -noticia muy seria.</p> - -<p>—¿Qué hay?</p> - -<p>—Que me caso.</p> - -<p>—¡Que te casas tú!</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—¿Con quién?</p> - -<p>—¡Con quién ha de ser! Con una mujer.</p> - -<p>—Me lo figuro. ¿Pero tú estás loco?</p> - -<p>—¿Por qué?</p> - -<p>—¿Con qué vas á mantener á tu mujer?</p> - -<p>—¡Hombre... algo gano pintando!</p> - -<p>—¡Pero qué has de ganar tú! No ganas dos perras gordas.</p> - -<p>—Eso te parece á ti... Además, mi novia da lecciones.</p> - -<p>—Y piensas vivir á su costa... Vamos, lo comprendo.</p> - -<p>—No, no, señor. No pienso vivir á su costa. Voy á poner una fotografía.</p> - -<p>—¡Una fotografía! ¿Tú? ¡Si no sabes hacer retratos!</p> - -<p>—Nada. Yo no sé nada, según tú. Pues habrá otros más brutos que yo que -hagan retratos.<a name="page_030" id="page_030"></a> No creo que para ser fotógrafo se necesite ser un -genio.</p> - -<p>—No; pero se necesita saber, y tú no sabes.</p> - -<p>—Ya verás, ya verás como sé, hombre.</p> - -<p>—Además, se necesita dinero.</p> - -<p>—El dinero lo tengo.</p> - -<p>—¿Quién te lo ha dado?</p> - -<p>—Una persona.</p> - -<p>—¡Qué suerte tienes, chico!</p> - -<p>—Ahí verás.</p> - -<p>—¿A que le has sacado ese dinero á tu novia?</p> - -<p>—No.</p> - -<p>—¡Bah! No me engañes.</p> - -<p>—Te digo que no.</p> - -<p>—Y yo te digo que sí. ¿Quién te iba á dar el dinero si no? Una persona -cualquiera se enteraría primero de tus conocimientos fotográficos, de si -habías trabajado en algún taller; exigiría pruebas de tu habilidad. Sólo -una mujer puede creer así, bajo la palabra de uno.</p> - -<p>—Es una mujer la que me presta el dinero, pero no es mi novia.</p> - -<p>—Bueno. No me vengas con embustes. No creo que habrás venido á contarme -unas cuantas bolas.</p> - -<p>Roberto, que había dejado de escribir, reanudó su tarea.</p> - -<p>Bernardo no contestó y siguió paseando por el cuarto.<a name="page_031" id="page_031"></a></p> - -<p>—¿Te falta mucho?—preguntó de repente, parándose.</p> - -<p>—Dos páginas. Si tienes que decirme algo, te escucho.</p> - -<p>—Pues mira, la cuestión es ésta. El dinero, efectivamente, es de mi -novia. Ella me lo ofreció.—¿Qué podríamos hacer con esto?—me dijo. Y á -mí se me ocurrió el instalar la fotografía. He alquilado un piso cuarto, -con un taller muy hermoso, en la calle de Luchana, y tengo que arreglar -la casa y la galería. Y la verdad, la galería yo no sé cómo arreglarla, -porque hay que poner cortinas... Pero no sé cómo.</p> - -<p>—Es raro eso en un fotógrafo, hombre, no saber cómo se arregla una -galería.</p> - -<p>—Yo sé manejar la máquina.</p> - -<p>—Vamos, tú sabes lo que sabe todo el mundo, apuntar, dar al resorte y -lo demás... que lo haga otro.</p> - -<p>—No; también sé lo demás.</p> - -<p>—¿Sabrías reforzar una placa?</p> - -<p>—Sí, ya lo creo que lo sabría.</p> - -<p>—¿Cómo?</p> - -<p>—¿Cómo?... Pues lo vería en un manual.</p> - -<p>—¡Qué fotógrafo! Estás engañando á tu novia de una manera miserable.</p> - -<p>—Ella lo ha querido. Yo no sabré nada, pero ya aprenderé. Lo que quiero -ahora es que escribas á estas dos casas de Alemania que traigo aquí -apuntadas, pidiendo catálogos de máquinas<a name="page_032" id="page_032"></a> y de los demás aparatos de -fotografía. Además quisiera que pasaras por mi casa, porque tú, con tu -talento, me puedes dar una idea.</p> - -<p>—Me adulas de una manera indecente.</p> - -<p>—No, es la verdad; tú entiendes de esas cosas. Conque ¿irás?</p> - -<p>—Bueno, iré algún día.</p> - -<p>—Sí, vete. La verdad, créeme, me quiero hacer una persona decente y -trabajar, para que mi pobre padre pueda vivir en la vejez tranquilo.</p> - -<p>—Hombre, me parece bien.</p> - -<p>—Oye otra cosa. Este muchacho que tenéis aquí, ¿os sirve?</p> - -<p>—¿Por qué?</p> - -<p>—Porque yo me lo podía llevar á mi casa, y allí podría aprender el -oficio.</p> - -<p>—Mira, también eso me parece bien. Llévatelo.</p> - -<p>—¿Querrá Alex?</p> - -<p>—Con tal de que quiera el chico.</p> - -<p>—¿Le hablarás?</p> - -<p>—Sí, ahora mismo.</p> - -<p>—¿Cuento con que escribirás esas cartas?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—Bueno; me voy, que tengo que comprar unos cristales. ¡Háblale al -chico!</p> - -<p>—Descuida.</p> - -<p>—Gracias por todo. Y vete por mi casa, ¿eh?<a name="page_033" id="page_033"></a> Mira que de eso depende mi -porvenir y el de mi padre.</p> - -<p>—Iré por allá.</p> - -<p>Bernardo estrechó las manos de su amigo con efusión y se fué. Roberto, -al terminar de escribir, llamó.</p> - -<p>—¡Manuel!</p> - -<p>—¿Qué?</p> - -<p>—Estabas despierto, ¿eh?</p> - -<p>—Sí, señor.</p> - -<p>—¿Has oído la conversación?</p> - -<p>—Sí, señor.</p> - -<p>—Pues si quieres, ya sabes. Ahí tienes un oficio que aprender.</p> - -<p>—Iré, si le parece á usted bien.</p> - -<p>—Lo que tú quieras.</p> - -<p>—Entonces voy ahora mismo.</p> - -<p>Manuel dejó la guardilla de Roberto sin despedirse de Alex y se marchó -en busca de Bernardo Santín, á la calle de Luchana. Era la casa piso -tercero, pero con el entresuelo y el principal resultaba quinto. Llamó -Manuel y le abrió un viejo de ojos encarnados, el padre de Bernardo. Le -explicó á lo que iba, y el viejo se encogió de hombros y se fué á la -cocina en donde estaba guisando. Manuel esperó á que llegara Bernardo. -La casa estaba todavía sin muebles; sólo había una mesa y unos cuantos -cacharros en la cocina y en un cuarto grande dos camas. Llegó Bernardo, -almorzaron los<a name="page_034" id="page_034"></a> tres y dispuso Santín que el muchacho pidiera una -escalera al portero y se dedicase á sujetar y á componer los cristales -de la galería.</p> - -<p>Después de dar estas órdenes, dijo que le esperaban y se fué.</p> - -<p>Manuel el primer día se lo pasó en lo alto de una escalera sujetando los -cristales con listas de plomo y los rotos con tiras de papel.</p> - -<p>Le costó mucho tiempo el arreglar los cristales; después Manuel colocó -las cortinas y empapeló la galería con papel continuo de color azulado.</p> - -<p>A la semana ó cosa así apareció Roberto con los catálogos. Marcó con -lápiz las cosas necesarias que se habían de traer, y le dijo á Bernardo -cómo debía poner el laboratorio; le señaló un sitio en donde era -conveniente hacer un tragaluz para poner las placas al sol y sacar las -positivas, y le indicó otra porción de cosas. Bernardo se fijó en lo que -le decía, y transmitió el encargo á Manuel. Bernardo, además de ser poco -inteligente, era un gandul completo. No hacía absolutamente nada. Sólo -cuando venía su novia á ver cómo marchaban los trabajos, fingía estar -atareado.</p> - -<p>Era la novia muy simpática; á Manuel le pareció hasta bonita, á pesar de -tener el pelo rojo, y las pestañas y las cejas del mismo color. Tenía -una carita blanca, algo pecosa, la nariz sonrosada, respingona, los ojos -claros y los labios<a name="page_035" id="page_035"></a> tan rojos y tan bonitos que despertaban el deseo de -besarlos. Era de pequeña estatura, pero estaba muy bien formada. Hablaba -rozando las erres y convirtiendo las ces en eses.</p> - -<p>Parecía bastante enamorada de Bernardo, lo que á Manuel le chocó.</p> - -<p>—Es que no le conoce—pensó.</p> - -<p>Bernardo, con un convencimiento absoluto de su propia ciencia, le -explicaba á la muchacha los trabajos que hacía, cómo iba á poner el -laboratorio. Lo que oía á Roberto se lo espetaba á su novia con un -descaro inaudito. La muchacha lo encontraba todo muy bien; sin duda se -prometía un porvenir risueño.</p> - -<p>Manuel, que comprendía el timo que estaba dando Bernardo, pensaba si no -sería una obra de caridad advertirle á la rubia que su novio era un -zascandil que no servía para nada; pero ¡quién le metía á él en esto!</p> - -<p>Bernardo se llevaba la gran vida; paseaba, compraba alhajas en las casas -de préstamos, jugaba en el Frontón Central. Si algo hacía en casa era -dar disposiciones contradictorias y embarullarlo todo. Mientras tanto el -padre, indiferente, guisaba en la cocina y se pasaba el día entero -machacando en el almirez ó picando en el tajo.</p> - -<p>Manuel iba á la cama tan cansado que se dormía en seguida; pero una -noche en que no<a name="page_036" id="page_036"></a> se durmió tan pronto, oyó en el otro cuarto á Bernardo -que decía:—Voy á mataros—. ¿Le mata?—preguntó la voz del viejo de los -ojos encarnados—. Espera—replicó el hijo—, me has interrumpido, y -volvió á comenzar nuevamente la lectura, porque no se trataba más que de -una lectura, hasta llegar otra vez al: Voy á mataros. En las noches -siguientes continuó Bernardo leyendo con un tono terrible. Era este sin -duda su único trabajo.</p> - -<p>Bernardo no tenía más preocupación que su padre; lo demás le era -completamente indiferente; le había sacado el dinero á su novia y vivía -con aquel dinero y lo gastaba como si fuera suyo. Cuando llegaron la -máquina y los demás artefactos de fotografía de Alemania, al principio -se entretuvo en impresionar placas que reveló Roberto; pronto se aburrió -de esto y no hizo nada.</p> - -<p>Era torpe y bruto hasta la exageración; no hacía más que necedades, -abrir la linterna cuando se estaban revelando las placas, confundir los -frascos. Roberto se exasperaba al ver que no ponía ningún cuidado.</p> - -<p>Mientras tanto adelantaban los preparativos de la boda, Manuel y -Bernardo fueron varias mañanas al Rastro y compraron fotografías de -actrices hechas en París por Reutlinger, despegaron de la cartulina el -retrato y lo volvieron á pegar en otros cartones con la firma <i>Bernardo<a name="page_037" id="page_037"></a> -Santín, fotógrafo</i>, puesta al margen con letras doradas.</p> - -<p>En Noviembre se celebró la boda en la iglesia de Chamberí. Roberto no -quiso asistir, pero el mismo Bernardo fué á buscarle á casa y no tuvo -más remedio que tomar parte en la fiesta. Después de la ceremonia fueron -á comer á un café de la Glorieta de Bilbao.</p> - -<p>Los comensales eran: dos amigos del padre del novio, uno de ellos -militar retirado; la patrona en cuya casa vivía la novia, con su hija; -un primo de Bernardo, su mujer y Manuel.</p> - -<p>Roberto comenzó á hablar con la novia y le pareció muy simpática y -agradable; hablaba muy bien el inglés y cambiaron los dos algunas frases -en este idioma.</p> - -<p>—Es una lástima que se case con esta mastuerzo—pensó Roberto.</p> - -<p>En la comida uno de los viejos comenzó á soltar una porción de -indecencias que hicieron ruborizar á la novia; Bernardo, que bebió -demasiado, dió bromas á la mujer de su primo y lo hizo con la pesadez y -la falta de gracia que le caracterizaba.</p> - -<p>La vuelta de la boda á la casa, al anochecer, fué melancólica. Bernardo -se sentía valiente y quería hacer graciosidades. Esther hablaba con -Roberto de su madre que había muerto, de la soledad en que vivía.<a name="page_038" id="page_038"></a></p> - -<p>Al llegar al portal se despidieron los invitados de los novios, y al ir -á marcharse Roberto, Bernardo se le acercó y con voz apagada y débil le -confesó que tenía miedo de quedarse solo con su mujer.</p> - -<p>—Hombre, no seas idiota. Entonces, ¿para qué te has casado?</p> - -<p>—No sabía lo que hacía. Anda, acompáñame un momento.</p> - -<p>—Pues ¡vaya una gracia que le haría á tu mujer!</p> - -<p>—Sí, le eres muy simpático.</p> - -<p>Roberto contempló con atención á su amigo y no le miró la frente porque -no le gustaban las bromas.</p> - -<p>—Sí, hombre, acompáñame. Hay otra cosa además.</p> - -<p>—¿Pues qué hay?</p> - -<p>—Que no sé aún nada de fotografía y quisiera que vinieras una semana ó -dos. ¡Por favor te lo pido!</p> - -<p>—No puede ser, yo tengo que dar mis lecciones.</p> - -<p>—Ven aunque no sea más que á la hora de comer. Comerás con nosotros.</p> - -<p>—Bueno.</p> - -<p>—Y ahora sube un instante, por favor.</p> - -<p>—No, ahora no subo—, y Roberto dió media vuelta y se fué.</p> - -<p>En los días posteriores Roberto fué á casa<a name="page_039" id="page_039"></a> del recién casado y charló -un rato con el matrimonio durante la comida.</p> - -<p>Al tercer día entre Bernardo y Manuel retrataron á dos criadas que -aparecieron por la fotografía. Roberto reveló los clichés que por -casualidad salieron bien, y siguió acudiendo á casa de su amigo.</p> - -<p>Bernardo continuaba haciendo la misma vida de antes de casado, -dedicándose á pasear y divertirse. A los pocos días no se presentó á la -hora de comer. Tenía una falta de sentido moral absoluta; había notado -que su mujer y Roberto simpatizaban y pensó que éste, por seguir -adelante y hacerle el amor á su mujer, trabajaría en su lugar. Con tal -de que su padre y él viviesen bien, lo demás no le importaba nada.</p> - -<p>Cuando lo comprendió Roberto, se indignó:</p> - -<p>—Pero, oye tú—le dijo—¿Es que tú crees que yo voy á trabajar por ti, -mientras tú andas golfeando? Quia, hombre.</p> - -<p>—Yo no sirvo para estas porquerías de reactivos—replicó Bernardo -malhumorado—, yo soy un artista.</p> - -<p>—Lo que tú eres es un imbécil que no sirve para nada.</p> - -<p>—Bueno, mejor.</p> - -<p>—Es indigno. Te has casado con esa muchacha para quitarle los pocos -cuartos que tenía. Da asco.<a name="page_040" id="page_040"></a></p> - -<p>—Si ya sé yo que tú defenderás á mi mujer.</p> - -<p>—No, hombre, yo no la defiendo. Ella ha sido también bastante idiota la -pobre para casarse contigo.</p> - -<p>—¿Eso quiere decir que ya no quieres venir á trabajar?</p> - -<p>—Claro que no.</p> - -<p>—Pues me tiene sin cuidado. He encontrado un socio industrial. De -manera que ya sabes; yo á nadie le pido que venga á mi casa.</p> - -<p>—Está bien. Adiós.</p> - -<p>Dejó Roberto de aparecer por la casa; á los pocos días se presentó el -socio y Bernardo despidió á Manuel.</p> - -<p><a name="page_041" id="page_041"></a></p> - -<h3><a name="CAPITULO_III-1" id="CAPITULO_III-1"></a>CAPÍTULO III<br /><br /> -<small>La Europea y la Benefactora.—Una colocación extraña.</small></h3> - -<p>Volvió Manuel al estudio de Alex. Éste, incomodado con el muchacho por -haberse ido del estudio sin despedirse, no quiso que se quedara allí de -nuevo.</p> - -<p>Preguntaron á los bohemios que se reunían en el taller por la vida de -Bernardo, y se hicieron una porción de comentarios humorísticos acerca -de la suerte que el Destino reservaba á la cabeza del fotógrafo.</p> - -<p>—¿De manera que Roberto le revelaba los clichés?—dijo uno.</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—Le retocaba las placas y la mujer—añadió otro.</p> - -<p>—¡Qué sinvergüenza es el tal Bernardo!</p> - -<p>—No, es un filósofo de la escuela de Cándido. Ser cornudo y cultivar la -huerta. Es la verdadera felicidad.</p> - -<p>—¿Y tú que vas á hacer?—preguntó Alex irónicamente á Manuel.</p> - -<p>—No sé; buscaré una colocación.</p> - -<p>—Hombre, ¿ustedes conocen á un señor don<a name="page_042" id="page_042"></a> Bonifacio Mingote, que vive -en el tercer piso de esta casa?—dijo don Servando Arzubiaga, el hombre -enjuto é indiferente.</p> - -<p>—No.</p> - -<p>—Es un agente de colocaciones. No debe tenerlas muy buenas cuando no se -ha colocado él. Yo le conozco del periódico; antes era representante de -unas aguas minerales, y solía llevar anuncios. Me habló el otro día de -que necesitaba un chico.</p> - -<p>—Véanle ustedes—replicó Alex.</p> - -<p>—¿Tú no aspiras á ser grande de España, verdad?—preguntó don Servando -á Manuel, con una sonrisa entre irónica y bondadosa.</p> - -<p>—No, ni usted tampoco—dijo con desenfado Manuel.</p> - -<p>Don Servando se echó á reir.</p> - -<p>—Si quieres, le veremos á ese Mingote. ¿Vamos ahora mismo?</p> - -<p>—Vamos, si usted quiere.</p> - -<p>Bajaron al tercero de la casa, llamaron en una puerta y les hicieron -pasar á un comedor estrecho. Preguntaron por el agente, y una criada -zarrapastrosa les mostró una puerta. Llamó don Servando con los -nudillos, y al oir ¡adelante!, que dijeron de dentro, pasaron los dos al -interior del cuarto.</p> - -<p>Un hombre gordo, de bigote grueso y pintado, envuelto en un mantón de -mujer, que iba y venía, hablando, y accionando con un junquillo<a name="page_043" id="page_043"></a> en la -mano derecha, se detuvo y, abriendo los brazos con grandes extremos y en -un tono teatral, exclamó:</p> - -<p>—¡Oh, mi señor don Servando! ¡Tanto bueno por aquí!—Después miró al -techo, y de la misma manera afectada, añadió:—¿Qué le trae por este -cuarto al ilustre escritor, noctámbulo empedernido, á horas tan -tempranas?</p> - -<p>Don Servando contó al señor gordo, el propio don Bonifacio Mingote, lo -que le llevaba por allá.</p> - -<p>En tanto, un hombre feo, con unos brazos de muñeco y una cabeza de -chino, sucio y enfermo, colocó la pluma sobre la oreja y se puso á -frotarse las manos con aire de satisfacción.</p> - -<p>El cuarto era nauseabundo, atestado de anuncios rotos, grandes y -pequeños, pegados á la pared; en un rincón había una cama estrecha y sin -hacer; tres sillas destripadas, con la crin al descubierto, y en medio -un brasero cubierto con una alambrera, encima de la cual se secaban dos -calcetines sucios.</p> - -<p>—Por ahora no puedo asegurar nada—dijo el agente de negocios á don -Servando, después de oir sus explicaciones—, mañana lo sabré; pero -tengo un buen asunto entre manos.</p> - -<p>—Ya ves lo que dice este señor—indicó don Servando á Manuel—; mañana -ven por aquí.</p> - -<p>—¿Tú sabes escribir?—preguntó el señor Mingote al muchacho.<a name="page_044" id="page_044"></a></p> - -<p>—Sí, señor.</p> - -<p>—¿Con ortografía?</p> - -<p>—Algunas palabras quizás no sepa...</p> - -<p>—A mí me pasa lo mismo. Los hombres verdaderamente grandes despreciamos -esas cosas verdaderamente pequeñas. Ponte á trabajar aquí—y puso una -silla al otro lado de la mesa donde escribía el hombre amarillo—. Este -trabajo—añadió—será el pago del servicio que te voy á prestar -buscándote una colocación pistonuda.</p> - -<p>—Señor Mingote—exclamó don Servando—, muchísimas gracias por todo.</p> - -<p>—¡Señor don Servando! ¡Siempre á sus órdenes!—contestó el agente de -negocios y de colocaciones revirando uno de los ojos que se le desviaba -y haciendo una solemne reverencia.</p> - -<p>Manuel se sentó á la mesa, tomó la pluma, la mojó en el tintero y -esperó.</p> - -<p>—Vete poniendo un nombre de estos en cada circular—le dijo Mingote -dándole una lista y un paquete de circulares. La letra del agente era -defectuosa, mal hecha, de hombre que apenas sabe escribir. La circular -ponía lo siguiente:</p> - -<p class="c"> -LA EUROPEA<br /> -AGENCIA DE NEGOCIOS Y DE COLOCACIONES<br /> -DE<br /> -<span class="smcap">Bonifacio de Mingote</span><br /> -</p> - -<p>En ella se ofrecían á las diversas clases sociales<a name="page_045" id="page_045"></a> toda clase de -artículos, de representaciones y de colocaciones.</p> - -<p>Se compraban á bajo precio medicamentos, carnes, hules, frutas, -mariscos, coronas fúnebres, dentaduras postizas, sombreros de señora; se -analizaban esputos y orinas; se buscaban amas de cría garantizadas; se -proporcionaban apuntes de asignaturas de Derecho, de Medicina y carreras -especiales; se ofrecían capitales, préstamos, hipotecas; se ponían -anuncios monstruos, sensacionales, emocionantes, y todos estos servicios -y otros muchísimos más se hacían por una tarifa mínima, ridícula de puro -exigua.</p> - -<p>Manuel se puso á copiar con su mejor letra los nombres en las circulares -y en los sobres.</p> - -<p>El señor de Mingote vió la letra de Manuel y, después de conceder su -beneplácito, se embozó en el mantón, dió dos ó tres pasos por el cuarto -y preguntó á su escribiente:</p> - -<p>—¿Dónde íbamos?</p> - -<p>—Decíamos—contestó con su gravedad siniestra el amanuense—que el Anís -Estrellado Fernández es la salvación.</p> - -<p>—Ah, sí; lo recuerdo.</p> - -<p>De pronto el señor de Mingote, con voz de trueno, gritó:</p> - -<p>—¿Qué es el Anís Estrellado Fernández? Es la salvación, es la vida, es -la energía, es la fuerza.<a name="page_046" id="page_046"></a></p> - -<p>Manuel levantó la cabeza asombrado y vió al agente de negocios con la -vista desviada fija en el techo que accionaba terriblemente, como -amenazando á alguien con su mano derecha armada del junquillo, mientras -el escribiente garrapateaba veloz en el papel.</p> - -<p>—Es un hecho, universalmente reconocido por la Ciencia—siguió diciendo -Mingote en tono melodramático—, que la neurastenia, la astenia, la -impotencia, el histerismo y otros muchos desórdenes del sistema -nervioso... ¿Qué otras enfermedades cura?—añadió Mingote en su voz -natural.</p> - -<p>—El raquitismo, la escrófula, la corea...</p> - -<p>—Que el raquitismo, la escrófula, la corea y otros muchos desórdenes -del sistema nervioso...</p> - -<p>—Perdone usted—dijo el amanuense—, creo que el raquitismo no es un -desorden del sistema nervioso.</p> - -<p>—Bueno, pues táchelo usted. ¿Ibamos en el sistema nervioso?</p> - -<p>—Sí, señor.</p> - -<p>—...Y otros desórdenes del sistema nervioso provienen única y -exclusivamente de la atonía, del cansancio de las células. Pues bien—y -Mingote levantó la voz con nuevos bríos—; el Anís Estrellado Fernández -corrige esta atonía, el Anís Estrellado Fernández, excitando la -secreción de los jugos del estómago, hace desaparecer<a name="page_047" id="page_047"></a> esas enfermedades -que envejecen y aniquilan al hombre.</p> - -<p>Después de este párrafo, dicho con el mayor entusiasmo y fuego oratorio, -Mingote se sacudió con el junquillo los pantalones y murmuro con voz -natural.</p> - -<p>—Ya verá usted cómo ese Fernández no paga. ¡Y aún si el anís fuera -bueno! ¿No han mandado más botellas de la farmacia?</p> - -<p>—Sí, ayer enviaron dos.</p> - -<p>—¿Y dónde están?</p> - -<p>—Me las he llevado á casa.</p> - -<p>—¿Eh?</p> - -<p>—Sí, me las prometieron; y como en la primera remesa usted arrambló con -todas, yo me he permitido llevarme estas á casa.</p> - -<p>—¡Dios de Dios! Está bien; es cogolludo... Que le envíen á usted unas -botellas de un anís magnífico, para que venga otro con sus manos -lavadas... ¡Dios de Dios!—y Mingote quedó mirando al techo con uno de -los ojos extraviados.</p> - -<p>—¿No le queda á usted ninguna?—dijo el amanuense.</p> - -<p>—Sí, pero se me van á acabar en seguida.</p> - -<p>Después comenzó otro párrafo elocuente, paseándose por el cuarto, -accionando con su junquillo é interrumpiendo con frecuencia su discurso -para lanzar un violento apóstrofe ó una cómica reflexión.<a name="page_048" id="page_048"></a></p> - -<p>Al medio día el escribiente se levantó, se encasquetó el sombrero y se -fué sin saludar ni decir una palabra.</p> - -<p>Mingote, puso una mano sobre el hombro de Manuel, y paternalmente -añadió:</p> - -<p>—Anda, ve á tu casa á comer y vuelve á eso de las dos.</p> - -<p>Manuel subió al estudio; ni Roberto ni Alejo estaban; no había en toda -la casa ni un mendrugo de pan. Registró por todos los rincones y para la -una y media volvió á casa de don Bonifacio y entre bostezo y bostezo -siguió poniendo nombres en las circulares.</p> - -<p>A Mingote le agradó el comportamiento de Manuel, y por esto ó porque en -la comida se dedicara con exceso al Anís Estrellado Fernández, se -entregó á la verbosidad más desordenada y pintoresca, siempre con la -mirada desviada hacia el techo. Manuel rió con grandes carcajadas las -cómicas y extravagantes ocurrencias de don Bonifacio.</p> - -<p>—No eres como mi amanuense—le dijo, halagado por las manifestaciones -de alegría del muchacho—, que no ríe mis chistes y luego me los roba y -los pone estropeados en unas cuantas piececitas fúnebres que escribe. Y -no es eso lo peor. Lee. Y Mingote le dió á Manuel un anuncio impreso.</p> - -<p>Era también una circular por el estilo de las de don Bonifacio. Decía -así:<a name="page_049" id="page_049"></a></p> - -<p class="c"> -LA BENEFACTORA<br /> -AGENCIA MÉDICO-FARMACÉUTICA DE DON<br /> -<span class="smcap">Pelayo Huesca</span><br /> -</p> - -<p><i>Nadie como ella cumple sus compromisos. El Consejo de Administración de -La Benefactora lo forman los banqueros más acaudalados de Madrid. La -Benefactora tiene cuenta corriente con el Banco de España. En La -Benefactora no hay cuota de entrada.</i></p> - -<p><i>Servicio de abogado, relator, procurador, médico, farmacéutico, partos, -dietas, entierros, lactancia, etc.</i></p> - -<p><i>Cuota mensual: Una, dos, dos cincuenta, tres, cuatro y cinco pesetas.</i></p> - -<p>(<i>Obras son amores y no buenas razones.</i>)</p> - -<p><i>Director gerente: Pelayo Huesca, Misericordia, 6.</i></p> - -<p>—¿Eh?—gritó Mingote cuando Manuel concluyó de leer—. ¿Qué te parece? -Está viviendo de La Europea y, plagiándome, hace La Benefactora. En todo -es así este hombre: pérfido como la onda. Pero ¡ah! señor don Pelayo, yo -le encontraré á usted. Si es usted murciélago alevoso, yo le clavaré en -mi puerta; si es usted un miserable galápago, yo le romperé su concha. -¿Ves, hijo mío? ¿Qué se puede esperar de un país donde no se respeta la -propiedad intelectual, no la más santa, pero sí la única legítima de -todas las propiedades?<a name="page_050" id="page_050"></a></p> - -<p>Mingote no enseñó á Manuel ó una nota impresa al margen de la circular. -Era una idea de don Pelayo. En ella la Agencia se ofrecía para servicios -y averiguaciones íntimas. Esta nota, discretamente redactada, se dirigía -á los que deseaban conocer una mujer agradable para completar su -educación; á los que querían realizar un buen matrimonio; á los que -dudaban de su cónyuge, y á otros, á los cuales la Agencia ofrecía -investigaciones confidenciales y profundas por poco precio, y vigilancia -de día y de noche, realizando todos estos servicios con una delicadeza -delirante.</p> - -<p>A Mingote no le gustaba confesar que esta idea se le había escapado á -él.</p> - -<p>—¿Ves? No se puede vivir—terminó diciendo—. Todos los hombres son -unos canallas. Tú veo que distingues, y yo te protegeré.</p> - -<p>Efectivamente; por la protección de Mingote, Manuel pudo comer aquella -noche.</p> - -<p>—Mañana, cuando vengas aquí—advirtió don Bonifacio—, coges un paquete -de circulares y las vas repartiendo casa por casa, sin dejar una. No -quiero que las eches por debajo de la puerta. En cada piso llamas y -preguntas. ¿Entiendes?</p> - -<p>—Sí, señor.</p> - -<p>—Yo, mientras tanto, prepararé tu asunto.</p> - -<p>Al día siguiente Manuel repartió una porción<a name="page_051" id="page_051"></a> de circulares y volvió á -la hora de comer con el recado hecho.</p> - -<p>Se encontraba aburrido de esperar, cuando apareció Mingote en el cuarto; -se plantó delante de Manuel, agitó su junquillo en un rápido molinete, -dió un golpe en el brazo al muchacho; se paró, se tiró á fondo, y gritó:</p> - -<p>—¡Ah! ¡pillo! ¡bandido! ¡infame!</p> - -<p>—¿Qué pasa?—dijo asustado Manuel.</p> - -<p>—¿Qué pasa? ¡Tunante! ¿Qué pasa? ¡Miserable! Que eres el hombre de la -suerte lisa; que ya tienes un porvenir, que ya tienes un empleo.</p> - -<p>—¿De qué?—preguntó el muchacho.</p> - -<p>—De hijo.</p> - -<p>—¿De hijo? No comprendo.</p> - -<p>Mingote se cuadró, miró al techo, hizo un saludo con el bastón como un -profesor de esgrima con el florete, y añadió:</p> - -<p>—¡Vas á pasar por hijo de toda una baronesa!</p> - -<p>—¿Quién, yo?</p> - -<p>—Sí. No te podrás quejar, perillán. Desde el arroyo subes á las alturas -aristocráticas. Hasta título puedes llegar á tener.</p> - -<p>—Pero ¿es verdad?</p> - -<p>—Tan verdad como que yo soy el hombre de más talento de toda Europa. -Conque anda, futuro barón, arréglate, ráscate la mugre, cepíllate, quita -el barro á esas alpargatas inmundas<a name="page_052" id="page_052"></a> que llevas y ven conmigo á casa de -la baronesa.</p> - -<p>Manuel quedó ofuscado; no comprendía bien de qué se trataba; pero no -creía que el agente se tomase el trabajo de corretear por las calles -únicamente por el gusto de embromarle.</p> - -<p>Estuvo en seguida en disposición de acompañar á Mingote.</p> - -<p>Salieron los dos á la calle Ancha de San Bernardo, bajaron por la de los -Reyes á la de la Princesa y siguieron después por esta calle hasta -detenerse en un portal, en donde entraron.</p> - -<p>De aquí pasaron por un corredor á un patio espacioso.</p> - -<p>Una serie de galerías con filas simétricas de puertas de color de -chocolate circundaban el patio.</p> - -<p>Llamó Mingote en una de las puertas de la galería del segundo piso.</p> - -<p>—¿Quién es?—preguntó desde dentro una voz de mujer.</p> - -<p>—Soy yo—contestó Mingote.</p> - -<p>—Voy, voy.</p> - -<p>Se abrió la puerta y apareció una mulata, en chanclas, seguida de tres -perros de lanas, que ladraron con furia.</p> - -<p>—¡Quieto, León! ¡Quieto, Morito!—gritó la mulata con un tono muy -lánguido—. Pasen, pasen.<a name="page_053" id="page_053"></a></p> - -<p>Entraron Manuel y Mingote en un cuarto ahogado, con una ventana al -patio. Las paredes del cuarto, desde cierta altura, se hallaban casi -cubiertas por ropas de mujer que formaban como un zócalo de trapos -alrededor de la habitación; en la falleba de la ventana colgaba una -camisa escotada, sin mangas, con puntillas y lazos azules marchitos, que -mostraba cínicamente un manchón obscuro de sangre.</p> - -<p>—Esperen un momento. La señora está vistiéndose—advirtió la mulata.</p> - -<p>Al poco tiempo salió de nuevo y les indicó que pasaran al gabinete.</p> - -<p>La baronesa, una señora rubia vestida con una bata clara, estaba sentada -en un sofá, con un gran aspecto de languidez y desolación.</p> - -<p>—¿Otra vez por aquí, Mingote?</p> - -<p>—Sí, señora, otra vez.</p> - -<p>—Siéntense ustedes.</p> - -<p>El cuarto era un tabuco estrecho y sin luz, ocupado por muchos más -muebles de los que buenamente cabían en él. Amontonados en poco trecho -se veían una consola antigua con un reloj de chimenea encima; unos -sillones ajados, en los cuales la seda, antes roja, había quedado -violácea por la acción del sol; dos retratos grandes al óleo, y un -espejo biselado grande con la luna rajada.</p> - -<p>—Le traigo á usted, baronesa—dijo Mingote—, el chico del que hemos -hablado.<a name="page_054" id="page_054"></a></p> - -<p>—¿Es éste?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—Yo creo que le conozco á este chico.</p> - -<p>—Sí; yo también la conozco á usted—dijo Manuel—. Yo estaba en una -casa de huéspedes de la calle de Mesonero Romanos; la patrona se llamaba -doña Casiana; mi madre era la criada.</p> - -<p>—Toma. Es verdad. Y tu madre, ¿qué hace?—preguntó la baronesa á -Manuel.</p> - -<p>—Murió ya.</p> - -<p>—Es huérfano—saltó diciendo Mingote—. Libre como el pájaro en la -selva, libre para cantar y para morirse de hambre. En esta misma -situación llegué yo á Madrid hace ya bastante tiempo, y, es original, -extraño, verdaderamente extraño, me gustaría volver á aquella época.</p> - -<p>—Y tú, ¿cuántos años tienes?—preguntó la baronesa al muchacho sin -hacer caso de las reflexiones del agente.</p> - -<p>—Diez y ocho.</p> - -<p>—Pero, oiga usted Mingote—dijo la baronesa—, el chico no tiene la -edad que usted me decía.</p> - -<p>—Eso es lo de menos. Nadie dirá que tiene más de catorce ó quince. El -hambre no deja crecer los productos de la naturaleza. Deje usted de -regar á un árbol, deje usted de alimentar á un hombre...<a name="page_055" id="page_055"></a></p> - -<p>—Y diga usted—y la baronesa interrumpió impaciente á Mingote para -hablarle en voz baja—, ¿le ha dicho usted para qué es?</p> - -<p>—Sí; si no lo hubiera averiguado en seguida. A un chico de éstos, que -ha rodado por ahí, no se le engaña como á un hijo de familia. La miseria -enseña mucho, baronesa.</p> - -<p>—Dígamelo usted á mí—repuso la dama—, que cuando pienso en la vida -que he llevado y en la que llevo ahora, me asombro. Indudablemente, Dios -me ha dado una naturaleza privilegiada, porque me acostumbro con -facilidad á todo.</p> - -<p>—Usted siempre podrá llevar una buena vida si quiere—replicó -Mingote—. ¡Oh! Si yo hubiera sido mujer, ¡qué carrera!</p> - -<p>La baronesa volvió la cabeza con un gesto de disgusto.</p> - -<p>—No hablemos de eso.</p> - -<p>—Tiene usted razón; ya, ¿para qué? Ahora desarrollaremos el nuevo plan -estratégico. Yo iré preparando las pruebas del estado civil del -muchacho. Usted, ¿quiere quedarse con él?</p> - -<p>—Bueno.</p> - -<p>—Le puede servir á usted para los recadas. Sabe escribir bastante bien.</p> - -<p>—Nada, nada, que se quede.</p> - -<p>—Entonces, mi señora baronesa, hasta uno de estos días en que traeré -los papeles. Señora... á sus pies.<a name="page_056" id="page_056"></a></p> - -<p>—¡Ay, qué ceremonioso! ¡Adiós, Mingote! Acompáñale, Manuel.</p> - -<p>Fueron los dos hasta la puerta. Allí el agente puso sus dos manos en los -hombros del muchacho.</p> - -<p>—Adiós, hijo mío—le dijo—, que no se te olvide: si alguna vez llegas -á ser barón de veras, que todo me lo debes á mí.</p> - -<p>—No se me olvidará; descuide usted—contestó Manuel.</p> - -<p>—¿Te acordarás siempre de tu protector?</p> - -<p>—Siempre.</p> - -<p>—Conserva, hijo mío, esa piedad filial; un protector como yo es casi -tanto como un padre; es..., iba á decir, el brazo de la Providencia. Me -siento enternecido... ya no soy joven. ¿Tienes ahí, por casualidad, -algunos cuartos?</p> - -<p>—No.</p> - -<p>—Es un contratiempo molesto—y Mingote, después de hacer un molinete -con su bastón, salió de casa.</p> - -<p>Manuel cerró la puerta y volvió al cuarto de puntillas.</p> - -<p>—¡Chucha! ¡Chucha!—gritó la baronesa; y al aparecer la mulata que les -había abierto la puerta á Mingote y á Manuel, le dijo, señalando á éste -que se hallaba confundido y sin saber que hacer:</p> - -<p>—Mira, éste es el chico.</p> - -<p>—<i>¡Jesú! ¡Jesú!</i>—gritó la mulata—. ¡Si es un<a name="page_057" id="page_057"></a> golfo! ¿Pero qué -<i>ocurrensia</i> le ha dado á la señora de traer este granuja á casa?</p> - -<p>Manuel, ante un ex abrupto así, aunque dicho con la más melosa y la más -lánguida de las pronunciaciones, quedó paralizado.</p> - -<p>—Le estás azorando—exclamó la baronesa riendo á carcajadas.</p> - -<p>—Pero su <i>mersé</i> está loca—murmuró la mulata.</p> - -<p>—Calla, calla; ¿para qué tanto alborotar? Prepárale agua y jabón y que -se limpie.</p> - -<p>Salió la mulata, y la baronesa contempló á Manuel atentamente.</p> - -<p>—¿De modo que te ha contado ese hombre lo que vienes á hacer aquí?</p> - -<p>—Sí, algo me ha dicho.</p> - -<p>—¿Y estás conforme?</p> - -<p>—Yo sí, señora.</p> - -<p>—Vamos, eres un filósofo. Me parece bien; ¿y qué has hecho hasta ahora?</p> - -<p>Manuel contó su vida, fantaseando un poco, y entretuvo á la baronesa -durante algún tiempo.</p> - -<p>—Bueno, no cuentes eso á nadie, ¿sabes?... y vete á lavarte.</p> - -<p><a name="page_058" id="page_058"></a></p> - -<h3><a name="CAPITULO_IV-1" id="CAPITULO_IV-1"></a>CAPÍTULO IV<br /><br /> -<small>La baronesa de Aynant, sus perros y su mulata de compañía. Se prepara una farsa.</small></h3> - -<p>Poco trabajo, poca comida y ropa limpia; estas condiciones encontró -Manuel en casa de la baronesa, condiciones inmejorables.</p> - -<p>Por la mañana, la obligación consistía en pasear los perros de la -baronesa, y por la tarde, en algunos recados. A veces, los primeros -días, experimentaba la nostalgia de su vida bohemia. Unos cuantos tomos -de novelones por entregas que le prestó niña Chucha, mitigaron su afán -de corretear por las calles y le transportaron, en compañía de Fernández -y González y Tárrago y Mateos, á la vida del siglo <span class="smcap">XVII</span>, con sus -caballeros bravucones y damas enamoradas.</p> - -<p>Niña Chucha, habladora sempiterna, contó á Manuel, en varios folletines, -la vida de su amita, como llamaba á la baronesa.</p> - -<p>La baronesa de Aynant, Paquita Figueroa, era una mujer original. Su -padre, un rico señor cubano, la envió á los diez y ocho años, acompañada -de una tía, á que conociera Europa. En el vapor, un joven flamenco, -rubio y<a name="page_059" id="page_059"></a> blanco, elegante como un tipo de Van Dyck, le hizo la corte; la -muchacha le correspondió con todo el entusiasmo de los trópicos, y al -mes de llegar á España, la cubana se llamaba la baronesa de Aynant, y -marchaba con su marido á vivir á Amberes.</p> - -<p>Pasó la luna de miel, y el flamenco y la cubana se convencieron, al -comenzar la vida tranquila, de que no congeniaban: el flamenco era -entusiasta de la vida tranquila y metódica, de la música de Beethoven y -de las comidas aderezadas con manteca de vaca; á la cubana, en cambio, -le entusiasmaba la vida desordenada, el corretear por las calles, el -clima seco y ardiente, la música de Chueca, las comidas ligeras y los -guisotes hechos con aceite.</p> - -<p>Estas divergencias de gustos en cosas pequeñas, amontonándose, -espesándose, llegaron á nublar por completo el amor del barón y de su -esposa. Esta no podía oir con calma las ironías tranquilas y frías que -su marido dedicaba á los boniatos, al aceite y al acento de la gente del -Sur. El barón á su vez se molestaba oyendo hablar á su mujer con -desprecio de las mujeres grasientas, que se dedican á atracarse de -manteca. La supremacía del aceite ó de la manteca, enredándose y -mezclándose con asuntos más importantes, tomó tales proporciones, que -los cónyuges llegaron á un estado de exaltación y de odio tal, que se -separaron; y<a name="page_060" id="page_060"></a> el barón quedó en Amberes dedicándose á sus aficiones -artísticas y á sus tostadas de manteca, y la baronesa vino á Madrid, -donde pudo entregarse á la alimentación frugívora y aceitosa con -delicia.</p> - -<p>En Madrid, la baronesa hizo mil disparates; trató de divorciarse para -volverse á casar con un aristócrata arruinado; pero cuando tenía -presentada su demanda de divorcio, supo que su marido estaba gravemente -enfermo, y al saberlo, en seguida abandonó Madrid, se presentó en -Amberes, cuidó al barón, le salvó, se enamoró otra vez de él y tuvieron -una niña.</p> - -<p>En esta segunda época de su amor, los dos cónyuges echaron un velo sobre -la cuestión capital que los dividía; la baronesa y el barón hicieron -mutuas concesiones, y la baronesa iba á terminar en una buena dama -flamenca cuando quedó viuda.</p> - -<p>Volvió á Madrid con su hija, y pronto sus instintos levantiscos se -despertaron; su cuñado, tutor y tío de la niña, le pasaba un tanto al -mes, pero esto no le bastaba. Un amigo de su padre, un señor don Sergio -Redondo, comerciante riquísimo, le ofreció la mano; pero la baronesa no -la aceptó y prefirió la protección de aquel señor á ser su mujer. Pronto -le engañó con cualquiera, y en plena trapisonda vivió durante doce años.</p> - -<p>En medio de sus prodigalidades, de sus locuras<a name="page_061" id="page_061"></a> y de sus caprichos, la -baronesa tenía un fondo moral y apartaba á su hija por completo del -mundo en que ella vivía; la puso interna en un colegio de monjas, y -todos los meses, el primer dinero que encontraba, era para pagar el -colegio de la niña. Cuando ésta terminase su educación, la llevaría á -Amberes y viviría con ella, resignándose á ser una señora respetable.</p> - -<p>Niña Chucha gruñía y se incomodaba con las ocurrencias de su amita, pero -terminaba siempre obedeciéndola.</p> - -<p>Manuel encontrábase en aquella casa en el paraíso; no tenía nada que -hacer, y se pasaba las horas muertas fumando, si había qué, ó paseando -por la Moncloa, acompañado de los tres perros de la baronesa.</p> - -<p>Mientras tanto Mingote laboraba. El plan de Mingote era explotar á don -Sergio Redondo, amigo del padre de la baronesa y antiguo protector de la -dama. Esta, con su instinto de mujer enredadora y trapisondista, -manifestó á su antiguo protector que, de sus relaciones, tenían un hijo; -después, que el hijo había muerto, y luego, nuevamente, que el hijo -vivía.</p> - -<p>A todas estas afirmaciones y negaciones acompañaba la dama con una -petición de dinero, á la cual don Sergio accedía; hasta que al último, -escamado, advirtió á la baronesa que no creía en la existencia de aquel -hijo. La baronesa<a name="page_062" id="page_062"></a> le acusó de hombre ruin y miserable, y don Sergio -contestó haciéndose el sueco y cerrando su caja.</p> - -<p>¿Cómo averiguó Mingote estos hechos? Indudablemente no fué la baronesa -la que se los contó, pero él logró averiguarlos; y como su imaginación -era fecunda, se le ocurrió proponer á la baronesa el buscar un chico, -proveerle de papeles falsos y hacerle pasar por hijo de don Sergio.</p> - -<p>La baronesa, que no entendía de leyes y creía que el Código era una red -puesta para cazar á los descamisados, le pareció aquello una jugada -productiva y excelente. Mingote exigió una participación en el negocio, -y la baronesa le prometió que le daría todo lo que quisiera.</p> - -<p>Desde aquel momento, Mingote se dió á buscar un chico que reuniera las -condiciones necesarias, para darle el cambiazo á don Sergio, y cuando -encontró á Manuel lo llevó inmediatamente á casa de la baronesa.</p> - -<p>A la semana de estar allí, Manuel tenía ya los papeles que le -identificaban como Sergio Figueroa. Entre Mingote, don Pelayo, el -escribiente y un amigo de éstos, llamado Peñalar, los falsificaron con -un arte exquisito.</p> - -<p>—¿Y ahora qué hacemos?—preguntó la baronesa.</p> - -<p>Mingote quedó pensativo. Si la baronesa le escribía á don Sergio, éste -probablemente, ya<a name="page_063" id="page_063"></a> escamado, podía acoger con duda la especie. Había, -pues, que encontrar un procedimiento indirecto, darle la noticia por -otra persona.</p> - -<p>—¿Qué le parece á usted si fuera un confesor?—preguntó Mingote.</p> - -<p>—¿Un confesor?</p> - -<p>—Sí. Un cura que se presentase en casa de don Sergio y le dijese que en -secreto de confesión le había usted dicho...</p> - -<p>—No, no—interrumpió la baronesa—. ¿Y dónde está ese cura?</p> - -<p>—Iría Peñalar disfrazado.</p> - -<p>—No. Además don Sergio sabe que soy poco devota.</p> - -<p>—Un maestro de escuela quizás sería mejor.</p> - -<p>—¿Pero piensa usted que va á creer que me confieso con un maestro?</p> - -<p>—No, el plan varía. El maestro va á ver á don Sergio y le dice que -tiene un niño en su escuela, un prodigio de talento, pero cuya madre no -le atiende. Un día le pregunta al prodigio:—¿Cómo se llaman tus padres, -niño?—Y él dice:—Yo no tengo padres; mi madrina se llama la baronesa -de Aynant. Entonces él, el pedagogo, viene á ver á usted y usted le -contesta que está en una mala situación y que no puede pagar el colegio -del chico, y que su padre, un señor acaudalado, no quiere ni conocerlo -siquiera. El pedagogo evangélico le pregunta á usted repetidas veces el -nombre del<a name="page_064" id="page_064"></a> padre desnaturalizado; usted no se lo quiere decir, pero al -último le arranca á usted el nombre de ese ser cruel. El pedagogo -sublime dice:—Yo no puedo permitir el abandono de ese niño, de ese -prodigioso niño, de ese extraordinario niño, y toma la determinación de -ir á ver al padre de la criatura... ¿Eh? ¿Qué le parece á usted?</p> - -<p>—La trama no está mal urdida, ¿pero quién va á hacer de maestro de -escuela? ¿Usted?</p> - -<p>—No, Peñalar. Viene pintiparado para el caso. Ha sido pasante de un -colegio; ya lo verá usted. Hoy mismo le busco y le traigo aquí. Mientras -tanto, arregle usted á Manuel. Que tenga cierto aspecto de colegial. En -el tiempo que yo estoy fuera, no estaría de más que le enseñara usted -algo de ciencia, las primeras preguntas y respuestas de la doctrina, por -ejemplo.</p> - -<p>Siguiendo las indicaciones de Mingote, la baronesa ordenó á Manuel que -se peinara y se acicalara; luego buscaron para él un traje de marinero y -un cuello grande y blanco; pero por más que le adornaron y le -escamondaron no se consiguió darle un aspecto regular de hijo de -familia; siempre trascendía á golfo, con sus ojos indiferentes y -burlones y la expresión de la sonrisa entre amarga y sarcástica.</p> - -<p>A las dos horas, Mingote estaba de vuelta en casa de la baronesa, con un -hombre negro,<a name="page_065" id="page_065"></a> de aspecto clerical. El hombre, apellidado Peñalar, habló -con gran énfasis; luego, cuando le propuso Mingote el negocio, -abandonando el tono enfático, discutió las condiciones de cobro y el -tanto por ciento que le correspondería á él.</p> - -<p>Vaciló en aceptar el trato por ver si obtenía mayores beneficios; pero -viendo que Mingote no cedía, aceptó.</p> - -<p>—Ahora mismo que venga el chico conmigo.</p> - -<p>Peñalar se cepilló las mangas de la levita negra, se echó el pelo hacia -atrás, y tomando de la mano á Manuel, le dijo con un tono verdaderamente -evangélico:</p> - -<p>—Vamos, hijo mío.</p> - -<p>Don Sergio Redondo tenía un almacén de harinas en la plaza del Progreso.</p> - -<p>Llegaron á la plaza y entraron en el almacén.</p> - -<p>—¿Don Sergio Redondo?—preguntó Peñalar á un viejo de boina.</p> - -<p>—No ha bajado aún al despacho.</p> - -<p>—Esperaré; dígale usted que hay aquí un caballero que desea verle.</p> - -<p>—Bueno; ¿quién le digo que le espera?</p> - -<p>—No, no me conoce. Adviértale usted que se trata de asuntos de familia. -Siéntate, hijo mío—añadió Peñalar, dirigiéndose á Manuel con una voz y -una sonrisa de pura cepa evangélica.<a name="page_066" id="page_066"></a></p> - -<p>Se sentó Manuel y Peñalar paseó su mirada por el almacén con la calma y -la tranquilidad del que tiene la seguridad y la conciencia de sus actos.</p> - -<p>No tardó en aparecer el viejo de la boina.</p> - -<p>—Pasen ustedes al despacho—y empujó una mampara negra con cristales -rayados. Ahora viene el señor—añadió.</p> - -<p>Peñalar y Manuel entraron en un cuarto iluminado por una ventana con -rejas y se sentaron en un sofá verde. Enfrente se levantaba un armario -de caoba con libros de comercio, en medio una mesa de escribir llena de -cajoncitos y á un lado de ésta una caja de valores con botones dorados.</p> - -<p>El cuarto trascendía á comerciante implacable; se comprendía que aquella -jaula debía de encerrar un pajarraco de mala catadura. Manuel se sintió -amilanado. Peñalar quizás experimentó también un momento de debilidad, -pero se creció, se atusó el pelo, colocó bien los lentes sobre su nariz -y sonrió.</p> - -<p>No tardó mucho en aparecer don Sergio. Era un viejo alto, de bigote -blanco, con una mirada suspicaz lanzada de través por fuera de sus -antiparras. Vestía levita larga, pantalones claros; en la cabeza llevaba -un gorro griego de terciopelo verde, con una gran borla que le caía -hacia un lado. Entró sin saludar, miró con desagrado al hombre y al -muchacho, que se levantaron;<a name="page_067" id="page_067"></a> quizás creyó que había descubierto el -objeto de la visita, porque con voz seca, autoritaria y sin invitarles á -que se sentaran, preguntó á Peñalar:</p> - -<p>—¿Qué quería usted, caballero? ¿Era usted el que tenía que hablarme de -un asunto de familia? ¿Usted?</p> - -<p>Otro cualquiera hubiera sentido ganas de estrangular al viejo, Peñalar -no; los casos difíciles eran los de su incumbencia, los que á él más le -gustaban. Comenzó á hablar sin desconcertarse, con las miradas -inquisitoriales del comerciante.</p> - -<p>Manuel le escuchaba lleno de admiración y de espanto. Veía que el -comerciante iba cargándose de cólera por momentos. Peñalar hablaba -impertérrito:</p> - -<p>El era una pobre alma cautiva, un sentimental, un idealista ¡oh!, -dedicado á la enseñanza de la juventud, de esa juventud en cuyo seno se -guardan los gérmenes regeneradores de la patria. El sufría mucho, mucho; -había estado en el hospital; ¡un hombre como él! conocedor del francés, -del inglés, del alemán, que tocaba el piano, un hombre como él, -emparentado con toda la aristocracia del reino de León, un hombre que -sabía más teología y teodicea que todos los curas juntos.</p> - -<p>¡Ah! Esto no lo decía para vanagloriarse; pero él tenía derecho á la -vida. Gómez Sánchez,<a name="page_068" id="page_068"></a> el ilustre histólogo, le había dicho:—Usted no -debe trabajar—. Pero tengo hambre.—Pida usted dinero—. Y por eso -algunas veces pedía.</p> - -<p>Don Sergio, en el colmo del asombro, ante aquel chorro de palabras, no -intentó interrumpir á Peñalar; éste se detuvo, sonrió con dulzura, notó -que la fuerza de la costumbre había llevado su discurso al tema -constante del por qué pegaba sablazos, y comprendiendo que su elocuencia -le arrastraba por un camino extraviado, bajo la voz y continuó en tono -confidencial.</p> - -<p>—Esta vida atrae de tal modo, á pesar de sus impurezas, ¿no es verdad, -don Sergio?, que no puede uno desprenderse con indiferencia de ella. Y -eso que yo creo que la muerte es la liberación, sí, yo creo en la -inmortalidad del alma, en el dominio absoluto del espíritu sobre la -materia. Antes no, lo confieso—sonriendo más dulcemente aún—, antes -era panteísta y conservo no sé si de aquella época el entusiasmo por la -naturaleza. ¡Oh, el campo!, ¡el campo es mi delicia!; muchas veces -recuerdo aquellos versos del mantuano:</p> - -<p class="c"> -«Te, dulcis conjux, te solo in litore secum<br /> -te veniente die, te decedente canebat.»<br /> -</p> - -<p>¿A usted le gusta el campo, don Sergio? Sí le debe de gustar, con el -talento que usted tiene.<a name="page_069" id="page_069"></a></p> - -<p>La cólera de don Sergio, que iba agrandándose con la verbosidad -incoherente de Peñalar, estalló en esta frase corta:</p> - -<p>—El campo me revienta.</p> - -<p>Peñalar quedó parado, con la boca abierta.</p> - -<p>—Señor mío, señor mío—añadió el comerciante, levantando la voz -iracunda—, si usted tiene mucho tiempo que perder, á mí no me pasa lo -propio.</p> - -<p>—No le he expresado á usted aún el motivo de mi visita—, dijo Peñalar -y se quitó los lentes y se preparó á limpiarlos con el pañuelo.</p> - -<p>—No, ni hay necesidad; me lo figuro, me lo figuro muy bien. Yo no doy -limosnas.</p> - -<p>—Caballero, señor don Sergio—y Peñalar se levantó con las gafas en la -mano y paseó por el cuarto su mirada oscura de cegato—, está usted en -un profundo error. No vengo á pedir una limosna, no son esos mis -hábitos. Nadie podrá decirlo, vengo—y se coló los lentes con -resolución—á cumplir un deber sagrado.</p> - -<p>—Concluyamos. ¿Qué deber sagrado es ese? ¡Qué! Basta de farsas. La -charlatanería me revienta.</p> - -<p>—Permítame usted que me siente. Estoy fatigado—murmuró Peñalar con voz -desfallecida—. ¿No nos oye nadie?</p> - -<p>Don Sergio le miró como una hiena; Peñalar pasó por su ancha frente el -pañuelo lleno de agujeros; luego, dirigiéndose á Manuel, que<a name="page_070" id="page_070"></a> seguía -sumido en el mayor estupor, le dijo:</p> - -<p>—Haz el favor, mi querido niño, de salir un momento y esperarme.</p> - -<p>Manuel abrió la puerta del despacho, y salió al almacén. Esta maniobra -produjo un movimiento de extrañeza en don Sergio.</p> - -<p>—Yo, caballero—dijo Peñalar al verse solo con el comerciante—, estoy -dedicado á la enseñanza de la juventud.</p> - -<p>—¿Que es usted maestro? Lo he oído.</p> - -<p>—Estaba de pasante en el colegio del Espíritu Santo, cuando se me -ocurrió establecerme por mi cuenta.</p> - -<p>—Y ha perdido usted el dinero; bueno. ¿Y á mí todo eso qué me -importa?—gritó don Sergio, golpeando la mesa con un libro.</p> - -<p>—Perdone usted. Entre mis alumnos tengo este muchacho que acaba de -salir de aquí, y que es un prodigio, un niño de unas facultades -extraordinarias. Al notar la claridad de su inteligencia y la energía de -su voluntad, me interesé por él; le pregunté por su familia, y me dijo -que no tenía padre ni madre, y que una señora le había recogido en su -casa.</p> - -<p>—¿Y á mí qué?</p> - -<p>—Espere usted, don Sergio. Fuí á ver á esa señora protectora suya, que -es una baronesa, y la dije:—El muchacho á quien usted protege es digno -de las mayores atenciones y de que se haga algo por su educación.—Su -madre no<a name="page_071" id="page_071"></a> tiene dinero y su padre que es rico, no hace nada por él—me -contestó la baronesa.—Dígame usted quién es su padre, y le iré á -ver.—Es inútil—replicó—, porque no conseguirá usted nada de él; se -llama don Sergio Redondo.</p> - -<p>Al decir esto, Peñalar se levantó, y contempló con la cabeza erguida á -don Sergio, como el ángel exterminador puede mirar á un pobre réprobo. -Don Sergio palideció profundamente, sacó el pañuelo, se frotó los -labios, carraspeó. Se comprendía que estaba turbado.</p> - -<p>Peñalar observó al viejo atentamente, y viendo que aminoraba en sus -arrogancias, se sintió cada vez más evangélico y más moral.</p> - -<p>—La baronesa—añadió—me dijo, y perdone la inquebrantable sinceridad -mía, me dijo que era usted un egoísta y un hombre sin corazón; yo, á -pesar de esto—sonriendo dulcemente y sintiéndose ya super-evangélico y -super-moral—pensé: Mi deber es ir á ver á ese caballero. Por eso he -venido. Ahora usted hará lo que su conciencia le dicte. Yo he cumplido -con la mía.</p> - -<p>Después de este párrafo, Peñalar nada tenía que decir y con la sonrisa -de todo el martirologio en los labios cogió el sombrero, saludó -ceremoniosamente y se acercó á la puerta.</p> - -<p>—¿Y ese niño es el que estaba aquí?—preguntó en voz baja y vacilante -don Sergio.<a name="page_072" id="page_072"></a></p> - -<p>—El mismo.</p> - -<p>—¿Y dónde vive esa mujer, esa baronesa?—exclamó el comerciante.</p> - -<p>—Yo no puedo decirlo. Se lo preguntaré; si ella me lo autoriza, vendré -con la contestación.</p> - -<p>Y Peñalar salió del despacho.</p> - -<p>—Vamos, hijo mío—le dijo á Manuel.</p> - -<p>Y con altivo y noble continente, con la cabeza erguida, salió de casa, -llevando de la mano á su querido discípulo, á aquel niño portentoso tan -poco apreciado por sus padres.</p> - -<p><a name="page_073" id="page_073"></a></p> - -<h3><a name="CAPITULO_V-1" id="CAPITULO_V-1"></a>CAPÍTULO V<br /><br /> -<small>Vida y milagros del señor de Mingote.—Comienza la dulce explotación de don Sergio.</small></h3> - -<p>Según los mejores historiógrafos madrileños, el conocimiento de la -baronesa de Aynant con Bonifacio de Mingote databa de dos años á la -fecha.</p> - -<p>Una de las muchas veces que la baronesa se encontraba en la necesidad de -buscar dinero, avisó á un prestamista de la calle del Pez. En lugar del -prestamista se presentó su dependiente, el propio Mingote, y se arregló -el negocio entre los dos. Desde entonces don Bonifacio frecuentaba la -casa de la baronesa. ¿Quién era don Bonifacio? ¿Cómo era don Bonifacio?</p> - -<p>Hay bimanos que producen una extraordinaria curiosidad. En la historia -natural del hombre son como esas especies de monotremas entre aves y -mamíferos, asombro de los zoólogos. A esta clase de bimanos interesantes -pertenecía Mingote.</p> - -<p>Era este Mingote hombre de unos cincuenta años, bajo, grueso, de bigote -pintado, con la cara carnosa, la nariz pequeña y roja, la<a name="page_074" id="page_074"></a> boca cínica, -las trazas de agente de la policía ó de zurupeto. Vestía de una manera -presuntuosa, le encantaba llevar una cadena gruesa en el chaleco y -diamantes falsos, como garbanzos de grandes, en la pechera y en los -dedos.</p> - -<p>Mingote había ejercido todos los oficios que un hombre puede ejercer no -siendo persona decente: prestamista, policía, jefe de clac, zurupeto de -la Bolsa, agente de quintas, curial, revendedor, gancho...</p> - -<p>Manuel pudo ir conociéndolo á fondo. Era maestro en todas las artes del -engaño, ingrato, procaz, cobarde con los valientes, valiente con los -cobardes, petulante y vanidoso como pocos, amigo de atribuirse las -heroicidades y los méritos ajenos y de repartir entre los demás los -defectos propios.</p> - -<p>Manuel notó que la baronesa solía hablar siempre mal de Mingote, cuando -se hallaba ausente, y, sin embargo, cuando le escuchaba lo hacía con -gusto; sin duda al oirle admiraba la sutileza y la finura de las malas -artes de aquel pícaro.</p> - -<p>Al cabo de algún tiempo de oirle su charla desvergonzada repugnaba.</p> - -<p>La preocupación de Mingote era ocultar su natural cínico, pero el -cinismo suyo, por su fuerza de expansión, le salía fuera del alma, -apuntaba en sus ojos y en sus labios y fluía libremente en sus -palabras.<a name="page_075" id="page_075"></a></p> - -<p>—Pierden el tiempo los que me insultan—decía tranquilamente—; á -sinvergüenza no me gana nadie.</p> - -<p>Y tenía razón. A veces se daba cuenta del mal efecto producido por -alguna arlequinada suya, y se esforzaba entonces en presentarse como un -Roldán ó un Cid de la corrección; pero al poco rato, por entre su coraza -de puntilloso caballero aparecía la garfa del truhán.</p> - -<p>—En cuestiones de honor, no admito distingos—decía el hombre cuando se -sentía hidalgo—; usted me dirá: el honor es una martingala. Es verdad. -Pero yo tengo esta desgracia; soy caballeresco por temperamento.</p> - -<p>Mingote comulgaba en las ideas anárquico-filantrópico-colectivistas, -algunas de sus cartas terminaba poniendo: Salud y Revolución Social, lo -cual no era obstáculo para que intentase unas veces establecer una casa -de préstamos, otras una casa de citas ó algún otro honrado comercio por -el estilo.</p> - -<p>Había hecho aquel ex prestamista una porción de ignominias con los -compañeros de la dinamita y del ácido pícrico, sacándoles dinero, ya -para dar un golpe y comprar bombas, ya para escribir un diccionario -libertario en donde él, Mingote, desmenuzaría con su análisis -formidable, más formidable que los más furiosos explosivos, todas las -ideas tradicionales de esta estúpida sociedad.<a name="page_076" id="page_076"></a></p> - -<p>Cuando Mingote hablaba de su diccionario, su desdén por la existencia, -su mirada de iluminado, su melancólica actitud de hombre no comprendido, -todo indicaba al genio de las revoluciones.</p> - -<p>En cambio, al contar y especificar sus éxitos de agente de anuncios y de -negocios, surgía el hombre moderno, el <i>struggle for lifeur</i> de la -almoneda y de la casa de préstamos, de la droguería y de la perfumería.</p> - -<p>—Yo—solía decir—hice la almoneda de la Chavito, yo le vendí la cuadra -al marqués del Sacro-Cerro y el monte á la vizcondesa. Yo he lanzado el -cataforético Pipot; el pectoral de sampaguita salvaje Alex; la pasta -manícura de Chiper; la cataplasma eléctrica de Pirogoff; la harina -pépsica de Clarckson; la auditina de Well; el corazón artificial de -Tomás y Gil; el emplasto sudorífico de Rocagut, y, sin embargo, se ha -hecho el vacío á mi alrededor.</p> - -<p>Mingote suponía que Madrid entero se confabulaba contra él para no -dejarle prosperar; pero él esperaba el momento bueno en que les daría en -la cabeza á sus enemigos.</p> - -<p>Sus mayores ilusiones se basaban en sus minas, que, á pesar de ser -admirables, no tenía inconveniente en venderlas en lotes de poco dinero. -Constantemente llevaba en el bolsillo piedras envueltas en papeles de -periódico de sus minas de aquí y de allá.<a name="page_077" id="page_077"></a></p> - -<p>—Esta—y Mingote mostraba un pedrusco—es de mis minas del Suspiro del -Moro. ¡Qué muestra! ¿Eh? Es admirable. ¿Es verdad? De hierro... casi -puro. Noventa y nueve y medio por ciento de hierro mineralizado. Esta -otra es de calamina. Sesenta y ocho por ciento. Hay medio millón de -toneladas.</p> - -<p>Cuando se le descubría la mentira, no sólo no se incomodaba, sino que se -echaba á reir.</p> - -<p>La baronesa celebraba con carcajadas los proyectos de Mingote.</p> - -<p>—Pero si no tiene usted minas, ¿cómo las va usted á vender?—le -preguntaba.</p> - -<p>—¡Ah!, no importa—replicaba Mingote—; se inventan; es lo mismo. En -seguida que le demos el golpe á don Sergio, nos dedicamos á los -negocios. Demarcamos una mina; depósito: trescientas, cuatrocientas -pesetas, lo que sea; llevamos al terreno minerales de otra parte, y en -seguida hacemos acciones: «Sociedad anónima del coto Prosperidad»; -capital: 7.000.000 de pesetas; alquilamos una casa, ponemos una hermosa -plancha de cobre con letras en la puerta y un criado con una librea -azul: cobramos las acciones, y ya está hecho el negocio.</p> - -<p>¿Creía Mingote en sus fantasías? Ni aun él lo sabía de cierto; aquel -hombre se hallaba desconocido á sí mismo. Allá, dentro de su alma, -encerraba la idea de un hado adverso que le impedía prosperar, por ser -un sinvergüenza;<a name="page_078" id="page_078"></a> porque habilidad tenía de sobra; sabía como nadie -recibir á un acreedor y no pagarle; sabía adular y mentir; pero, á pesar -de su mentir constante, era crédulo para los embustes ajenos como nadie.</p> - -<p>Creía en las sociedades secretas, en la masonería, en los h.<sup>.</sup>. y en otra -porción de mojigangas por el estilo.</p> - -<p>En el peligro y en las situaciones graves, á pesar de la cobardía -extraordinaria del ex prestamista, no le abandonaba nunca su ingenio; el -soltar una gracia constituía para él una necesidad, y probablemente, -empalado, con la soga al cuello, ó en las gradas del patíbulo, temblando -de miedo, hubiera tenido que decir, entre castañeteos de dientes y -convulsiones, alguna cosa chusca.</p> - -<p>Reñía con todo aquel á quien no necesitaba, por cosas fútiles; -vociferaba en los tranvías y teatros con cobradores y acomodadores, -levantaba el bastón á los golfos, trataba desdeñosamente á todo el -mundo, hacía proposiciones indecorosas á las mujeres delante de sus -maridos ó de sus padres, y á pesar de esto no recibía más que raras -veces las bofetadas ó los palos que otro cualquiera en su lugar -recibiera.</p> - -<p>Vanidoso y petulante, él mismo se reía de su petulancia. Cambiaba la -sonrisa en gesto amenazador y el gesto amenazador en sonrisa;<a name="page_079" id="page_079"></a> á veces -sentía cierta especie rara y cómica de pudor y se ruborizaba, pero no se -desconcertaba nunca.</p> - -<p>El ex prestamista, á pesar de que su tipo no era nada agradable, tenía -grandes éxitos con las mujeres. Se dedicaba á la ancianidad. Su táctica -era rapidísima y expedita; á la primera semana ya pedía dinero.</p> - -<p>Contaba las queridas á pares, cada una con dos ó tres pequeños Mingotes. -Con ellas el ex prestamista había organizado un servicio de mendicidad -maravilloso por medio de cartas, y como la agencia producía cada vez -menos, gracias al dinero que traían las mujeres, vivían ellas, el gran -Mingote y los pequeños Mingotes. Cuando le preguntaban por aquellas -mujeres, el ex prestamista decía que constituían su servidumbre.</p> - -<p>Este era Mingote, el maravilloso y peregrino Mingote, auxiliar y -colaborador de la baronesa de Aynant.</p> - -<p>El mismo día en que Manuel y el sublime pedagogo contaron los detalles -de la visita á don Sergio, la baronesa y Mingote se pusieron en campaña. -La baronesa alquiló un gabinete por unos días á una patrona del -principal.</p> - -<p>—¿Pero para qué hace usted eso?—la preguntó Mingote—. Cuanto en peor -situación la vea á usted <i>il vecchio</i> será más espléndido.</p> - -<p>—Yo le creía á usted más listo, Mingote<a name="page_080" id="page_080"></a>—replicó fríamente la -baronesa—. Si don Sergio me viera en este cuartucho indecente, me daría -una limosna; de otro modo, ya veremos. Además déjeme usted á mí dirigir -mis asuntos.</p> - -<p>Mingote calló confundido. Indudablemente allí tenía que aprender.</p> - -<p>La baronesa arregló el cuarto alquilado con gusto, mandó coser y -planchar una de sus batas, y vistió á Manuel y hasta le dió polvos de -arroz, con gran desesperación del chico. Todo preparado, Mingote -escribió á don Sergio, <i>il vecchio Cromwell</i>, como le llamaba él, una -tarjeta con la firma de Peñalar, dándole las señas de la casa.</p> - -<p>La baronesa y Manuel esperaron á que llegara <i>il vechio</i>. A media tarde -se oyó el ruido de un coche que paraba á la puerta.</p> - -<p>—Este es—dijo la baronesa. Miró por las rendijas de la persiana—. Sí, -es él—añadió, y se tendió en el sofá y cogió un libro.</p> - -<p>Bien vestida y ataviada resultaba apetitosa; una jamona rubia de buen -ver.</p> - -<p>—Mira, es mejor que te metas en ese otro cuarto—dijo la baronesa á -Manuel señalándole una alcoba—; le diré que estás estudiando.</p> - -<p>Manuel, á quien el papel que le designaron no le agradaba, se escabulló -en la alcoba. Había entre ésta y el gabinete una puerta de cristales, -con sus correspondientes cortinas. Manuel encontró el observatorio muy -cómodo, y<a name="page_081" id="page_081"></a> se puso á mirar por los visillos; le interesaba ver cómo se -desenvolvía la baronesa y manejaba los hilos de aquella trapisonda, en -los cuales podía quedar enredada al menor descuido.</p> - -<p>Cuando la criada de la casa de huéspedes fué á anunciar la visita de don -Sergio, la baronesa se hallaba ya posesionada de su papel. <i>Il vecchio</i> -pasó gravemente, saludó; la baronesa hizo un gesto de asombro al verle, -luego con un ademán de languidez y de contrariedad le indicó que podía -sentarse.</p> - -<p><i>Il vecchio Cromwell</i> se sentó; Manuel pudo observarle con calma. Estaba -pálido y tenía un color calcáreo.</p> - -<p>—Vaya un papá feo que me he echado—se dijo Manuel.</p> - -<p>La baronesa y don Sergio comenzaron á hablar en voz baja. No se oía lo -que hablaban. El calcáreo anciano pasó la mirada por el cuarto, observó -los muebles, indudablemente extrañado de ver el gabinete tan elegante.</p> - -<p>Luego siguió hablando con calor; la baronesa le escuchaba lánguidamente, -sonriendo con cierta amable y bondadosa ironía. Manuel pensó que no le -faltaban al viejo más que unos cuernecitos y unas patas de cabra para -representar, en unión de la baronesa, un grupo que él había visto unos -días antes en un escaparate de la carrera de San Jerónimo,<a name="page_082" id="page_082"></a> cuyo título -era «La Ninfa y el Sátiro». Manuel creyó que el viejo se iba á -arrodillar y le dieron ganas de gritarle ¡fuera <i>Cromwell</i>!</p> - -<p>Continuaba el viejo hablando de una manera insinuante, cuando se fué -animando y comenzó á accionar con violencia.</p> - -<p>—Ese abandono del muchacho es incalificable—decía.</p> - -<p>—¡Incalificable!</p> - -<p>—Sí, señora.</p> - -<p>—Pero usted, ¿qué derechos tiene para hablar?</p> - -<p>—Tengo derechos. Sí, señora.</p> - -<p>La baronesa pareció asombrada de aquellas palabras, y replicó con -vaguedades y excusas; luego se indignó, y levantándose del sofá con un -gallardo ademán y tirando el libro al suelo acusó al iracundo <i>Cromwell</i> -de todo lo malo que podía ocurrir al niño. El tenía la culpa de todo, -por ser un avaro y un miserable.</p> - -<p>Replicó á esto el terrible <i>vecchio</i>, en tono brusco, diciendo que para -las mujeres livianas y gastadoras todos los hombres eran avaros.</p> - -<p>—Si usted ha venido aquí—interrumpió la baronesa—á insultar á una -mujer porque está sola, no lo consentiré.</p> - -<p>Entonces vinieron las explicaciones del calcáreo anciano, el sincerarse, -el ofrecerse...</p> - -<p>—No necesito de usted para nada—contestó<a name="page_083" id="page_083"></a> la baronesa -arrogantemente—. No le he llamado á usted.</p> - -<p>El marrullero <i>vecchio</i> juró y perjuró que no había ido allá más que á -ofrecerle todo lo que necesitara y á pedir que le dejara costear los -gastos de los estudios del muchacho. También deseaba verle un momento.</p> - -<p>La baronesa se dejó convencer; pero advirtió al <i>calcáreo</i> que el niño -creía que sus padres habían muerto.</p> - -<p>—No, no tenga usted cuidado, Paquita—exclamó <i>il vecchio</i>.</p> - -<p>Llamó la baronesa el timbre, y preguntó á la criada con indolencia:</p> - -<p>—¿Está en casa Sergio?</p> - -<p>—Sí, señora.</p> - -<p>—Dígale usted que venga.</p> - -<p>Entró Manuel confuso.</p> - -<p>—Este señor quiere verte—dijo la dama.</p> - -<p>—Ya sé, ya sé que eres un estudiante muy aprovechado—murmuró <i>il -vecchio</i>.</p> - -<p>Manuel levantó los ojos con el mayor asombro. Don Sergio dió unos -golpecitos en la mejilla nada sonrosada del muchacho. Manuel quedó -mirando al suelo, y se marchó, al darle la baronesa el permiso para -salir.</p> - -<p>—Es muy huraño—dijo la baronesa.</p> - -<p>—Yo era igual á su edad—repuso don Sergio.</p> - -<p>La dama sonrió maliciosamente. Manuel volvió á la alcoba y siguió -observando la actitud<a name="page_084" id="page_084"></a> de los dos; la baronesa se lamentaba de su falta -de recursos; <i>Cromwell</i> se defendía como un león. Al terminar la -conferencia, el <i>calcáreo</i> sacó su cartera y dejó unos billetes sobre el -velador.</p> - -<p>La baronesa le acompañó hasta la puerta.</p> - -<p>—¿De modo, Paquita, que está usted contenta?—la dijo antes de -marcharse.</p> - -<p>—¡Contentísima!</p> - -<p>—¿No siente usted que haya venido á verla?</p> - -<p>—¡Ay, don Sergio! Me ha tenido usted muy abandonada. ¡Cuando es usted -el único amigo de mi pobre padre!</p> - -<p>—Sí, es verdad, Paquita, es verdad—murmuró <i>il vecchio</i> acariciando -entre las suyas una de las manos regordetas de la baronesa.</p> - -<p>Y bajó las escaleras, deteniéndose á cada instante, para saludar á la -dama.</p> - -<p>—Jesús, qué lata de viejo—murmuró ella dando un portazo—. ¡Manuel, -Manolito, has estado muy bien! Hecho un héroe. ¿Has visto? <i>Il vecchio -Cromwell</i>, como dice Mingote, ha dejado mil pesetas. Mañana mismito nos -mudamos de casa.</p> - -<p>Al día siguiente, muy de mañana, la baronesa y Manuel se echaron á la -calle á buscar cuarto. Después de mucho corretear y de andar con la -cabeza descoyuntada de tanto mirar hacia arriba, encontraron un tercer -piso en<a name="page_085" id="page_085"></a> la plaza de Oriente, que á la baronesa le encantó. Costaba -veinticinco duros al mes.</p> - -<p>—A niña Chucha le va á parecer caro, pero yo lo alquilo—dijo la -baronesa—. Y llamó en el primer piso en donde vivía el administrador y -habló con él y pagó la casa por adelantado.</p> - -<p>El mismo día se hizo la mudanza y Manuel trajinó con entusiasmo, -llevando trastos de un lado á otro y colocándolos en la nueva casa en el -sitio que designaba niña Chucha.</p> - -<p>Como la casa quedaba vacía y la baronesa tenía algunos muebles guardados -en casa de una amiga cubana, unos días después fué á verla para -pedírselos. No apareció en todo el día ni aun á cenar, y volvió á la -noche muy tarde. Niña Chucha y Manuel la esperaron. Al llegar á casa, -venía con los ojos más brillantes que de ordinario.</p> - -<p>—La coronela no me ha querido dejar venir—murmuró—; he cenado en su -casa, luego he ido con sus chicas á Apolo y me han acompañado hasta aquí -mismo.</p> - -<p>No pudo Manuel comprender qué tendría esto de extraño para la baronesa, -y se asombró bastante al oirle contestar á los reproches de niña Chucha, -balbuceando y riéndose á carcajadas de una manera insubstancial. Hubiese -jurado Manuel que al salir del comedor la baronesa había dado un -traspiés, pero con el<a name="page_086" id="page_086"></a> sueño no se enteró bien y se abstuvo de -comentarios.</p> - -<p>Al día siguiente, poco antes de la hora de comer, estaba niña Chucha en -la calle cuando llamaron á la puerta. Abrió Manuel. Era el <i>calcáreo</i>.</p> - -<p>—Hola, estudiante—dijo—. ¿Y doña Paquita?</p> - -<p>—En su cuarto—contestó Manuel.</p> - -<p>Llamó don Sergio en la puerta con los nudillos y repitió varias veces:</p> - -<p>—¿Se puede?</p> - -<p>—Pase usted, don Sergio—dijo la baronesa—y abra usted las ventanas.</p> - -<p>Entró el viejo en el cuarto tropezando con los bultos desparramados por -el suelo y abrió el balcón.</p> - -<p>—Pero, Paquita, ¿todavía en la cama?—preguntó en el colmo de la -estupefacción—. Eso no es sano.</p> - -<p>—¡Oh! si viera usted cómo he trabajado—replicó la baronesa -desperezándose—. Ayer me acosté rendidita, y hoy para las cinco estaba -ya trabajando; pero de tanto trajinar se me ha levantado un dolor de -cabeza que me he tenido que acostar otra vez.</p> - -<p>—¿Para qué trabajas tanto? No te conviene.</p> - -<p>—Es que hay que hacer las cosas; luego, en esta casa no ayudan. Chucha -no hace más que leer novelas; á Sergio no le voy á poner á andar<a name="page_087" id="page_087"></a> como -un mozo de cuerda, y yo sola tengo que hacerlo todo. Espero que otro día -seré más feliz y tendrá usted el gusto de presenciar lo buena chica que -soy y cómo sigo sus consejos al pie de la letra.</p> - -<p>—Bueno, Paquita, bueno. Sigues siendo una chiquilla.</p> - -<p>La baronesa, para demostrar que era verdad esto, hizo unos cuantos -arrumacos á <i>Cromwell</i>, y después, en tono indiferente, le pidió -cincuenta pesetas.</p> - -<p>—Pero...</p> - -<p>—Si ya sé que me va usted á reñir. No crea usted que he gastado todo el -dinero, ni mucho menos. Es que la verdad, un billete de quinientas -pesetas no quiero cambiarlo, y como tengo que pagar una cuentecilla...</p> - -<p>—Vaya, ahí va—. Y don Sergio con una sonrisa que quería ser amable, -sacó la cartera del bolsillo y dejó un papel azul sobre la mesilla de -noche; luego le pareció poco galante dar lo que le habían pedido y dejó -otro.</p> - -<p>La baronesa puso el candelero encima de los dos billetes, y después, -acurrucándose entre las sábanas con voz soñolienta, murmuró:</p> - -<p>—¡Ay, don Sergio, me vuelve el dolor de cabeza!</p> - -<p>—Pues cúidate, hija, cuídate y no trabajes tanto.</p> - -<p>Don Sergio salió de la alcoba, luego de <a name="page_088" id="page_088"></a>cerrar el balcón, y se encontró -con niña Chucha que volvía de la calle.</p> - -<p>—No debes dejar que trabaje tanto tu ama—le dijo secamente—; se pone -enferma.</p> - -<p>La mulata contempló sonriendo al viejo.</p> - -<p>—Bueno, <i>señó</i>—dijo.</p> - -<p>—Y el muchacho, ¿qué hace?</p> - -<p>—<i>Etá</i> etudiando—contestó niña Chucha con malicia, y lo mostró con los -codos sobre la mesa del comedor y la cabeza entre las manos.</p> - -<p>Efectivamente, estaba devorando una novela por entregas de Tárrago y -Mateos.</p> - -<p><a name="page_089" id="page_089"></a></p> - -<h3><a name="CAPITULO_VI-1" id="CAPITULO_VI-1"></a>CAPÍTULO VI<br /><br /> -<small>Kate, la niña blanca.—Los amores de Roberto.—El pundonor militar.—Las cucas.—Disquisiciones antropológicas.</small></h3> - -<p>Al mes de instalados en la nueva casa llegaron las fiestas de Navidad, y -como en los colegios había vacaciones, la baronesa fué en busca de su -hija al del Sagrado Corazón, y volvió con ella en coche.</p> - -<p>Niña Chucha se encargó de informar á Manuel y de darle detalles de la -hija de la baronesa.</p> - -<p>—Es una cantimpla, ¿sabe?, una niña blanca y sosa que parece una -muñeca.</p> - -<p>Manuel la conocía, pero no sabía si ella se acordaría de él; en los años -que no la veía se había hecho una muchacha preciosa. No recordaba en su -tipo á su madre; aunque rubia como ella, debía de parecerse al padre. -Era blanca, de facciones correctas, ojos azules claros, de cejas y -pestañas doradas y el pelo rubio, sin brillo, pero muy bonito.</p> - -<p>Al llegar á casa, niña Chucha hizo grandes demostraciones de cariño á la -colegiala; Manuel fué reconocido por ella, lo que le produjo gran -satisfacción.<a name="page_090" id="page_090"></a></p> - -<p>La hija de la baronesa se llamaba Catalina, sus parientes de Amberes la -llamaban Kate, pero la baronesa generalmente la decía la Nena.</p> - -<p>Con la llegada de Kate las costumbres variaron en la casa; la baronesa -abandonó sus excursiones nocturnas y contuvo sus ligerezas de palabra. -En la mesa, con una sonrisa triste, escuchaba las historias de colegio -que contaba su hija, sin poner interés en lo que oía.</p> - -<p>No armonizaban los caracteres de las dos. Kate tenía la comprensión -lenta, pero profunda; en cambio su madre poseía la sutileza y el ingenio -del momento. La baronesa á veces se impacientaba al oirla, y decía entre -cariñosa y enfadada:</p> - -<p>—¡Ay, qué Nena más sosita tengo!</p> - -<p>Desde la llegada de Kate, niña Chucha y Manuel no le acompañaban en el -comedor á la baronesa; esto á Manuel no le molestaba, pero á la mulata -sí, y atribuía estas disposiciones á Kate, á quien consideraba como una -muñeca blanca, orgullosa, fría y de poco corazón. Manuel, que no tenía -motivo alguno de antipatía por Kate, la encontró muy llana, muy amable, -aunque con poca vivacidad.</p> - -<p>Por aquellos días de fiestas de Navidad, madre é hija salían de casa con -mucha frecuencia á compras, y les acompañaba generalmente Manuel, que -volvía cargado con paquetes.<a name="page_091" id="page_091"></a></p> - -<p>Un día de Año Nuevo, en que la baronesa, Kate y Manuel fueron al Teatro -de Apolo á ver <i>Los sobrinos del Capitán Grant</i>, notó Manuel que Roberto -Hasting iba á alguna distancia detrás de ellos. Al salir les siguió; la -muchacha se hizo la desentendida.</p> - -<p>Al día siguiente estaba nevando, y Manuel vió á Roberto que paseaba por -la plaza de Oriente, al parecer muy entretenido.</p> - -<p>Encontró Manuel un pretexto para salir de casa, y al momento Roberto se -acercó á él.</p> - -<p>—¿Estás en su casa?—le preguntó apresuradamente.</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—Tienes que darle una carta.</p> - -<p>—Bueno.</p> - -<p>—A la tarde te la traeré. Se la das, y me dices qué cara pone al -recibirla. No me contestará, ya sé que no me contestará; pero tú se la -darás, ¿verdad?</p> - -<p>—Sí, hombre, descuide usted.</p> - -<p>Efectivamente, á la tarde Roberto siguió paseando por entre la nieve, -bajó Manuel, cogió la carta y subió en seguida á casa.</p> - -<p>Kate se divertía arreglando en aquel momento su armario. Tenía guardadas -mil chucherías en varias cajitas; en unas, medallas; en otras, estampas, -cromos, regalos del colegio y de su familia. Sus libros de rezos estaban -llenos de recordatorios y de estampitas.<a name="page_092" id="page_092"></a></p> - -<p>Manuel, con la carta de Roberto en el bolsillo, se acercó á la muchacha -como un criminal. La Nena enseñó á Manuel todas sus riquezas, éste se -sintió orgulloso. Manuel apenas se atrevía á tocar las medallas, las -alhajas, las mil cosas que guardaba Kate.</p> - -<p>—Esta cadena me la regaló mi tío—decía la colegiala—. Esta sortija es -de mi abuelo. Este pensamiento le cogí en Hyde-Park, cuando estuve en -Londres con mi tío.</p> - -<p>Manuel la escuchaba sin decir palabra, avergonzado de tener la carta en -el bolsillo. La Nena siguió enseñando nuevas cosas. Los juguetes de su -niñez aún los conservaba; en su armario todo estaba clasificado con el -mayor orden, cada cosa tenía su sitio. En algunos libros prensaba -pensamientos y hierbas que luego copiaba y pintaba con una caja de -acuarelas.</p> - -<p>Manuel hizo dos ó tres veces un esfuerzo para hablar de Roberto, pero no -se atrevió.</p> - -<p>De pronto, después de carraspear mucho, balbuceó:</p> - -<p>—¿Sabe usted?</p> - -<p>—¿Qué?</p> - -<p>—Roberto... aquel estudiante rubio de la otra casa... el que ayer -estaba en el teatro... me ha dado una carta para usted.</p> - -<p>—¿Para mí?—. Y las mejillas de Kate tomaron un tono rosado y sus ojos -brillaron con más vivacidad que de ordinario.<a name="page_093" id="page_093"></a></p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—Pues dámela.</p> - -<p>—Tome usted.</p> - -<p>Manuel entregó la carta y Kate la escondió rápidamente en el pecho. -Concluyó de arreglar su armario, y poco después se encerró en su cuarto. -A los dos días, Kate le envió á Manuel con una carta para Roberto, y -Roberto en seguida con otra para Kate.</p> - -<p>Un día Kate fué con Manuel á su colegio, en donde había un Nacimiento, y -á la ida y á la vuelta le acompañó Roberto. Hablaron los dos muchísimo; -Roberto contó sus proyectos. Manuel pensó en que esto del amor es una -cosa extraña. Para él no dijo Roberto nada que valiera la pena de oirse, -y, sin embargo, Kate le escuchó con el alma en un hilo.</p> - -<p>Roberto fué para Kate el colmo de lo respetuoso. Le habló con una -gravedad tranquila, sin echárselas de jacarandoso ni de listo; ella le -escuchó atenta.</p> - -<p>Manuel fué confidente de Roberto y de Kate. Era la muchacha de un candor -y de una inocencia inmaculadas, tenía una falta de comprensión para -cosas de malicia extraordinaria. Manuel sentía verdadera sumisión ante -aquella naturaleza aristocrática y elegante, tenía un sentimiento de -inferioridad que en nada le molestaba.</p> - -<p>La Nena le contó á Manuel las cosas que<a name="page_094" id="page_094"></a> había visto en París, Bruselas, -Gante; le habló de los parques de Londres, le deslumbró. En cambio, -Manuel le contó á Kate detalles de la vida pobre madrileña, que á la -colegiala le producían el más profundo asombro; las cuevas, las -tabernas, los descampados; le habló de los chicos que se escapaban de -sus casas é iban á dormir á los rincones de las iglesias, de los que -robaban en los lavaderos; le describió las tiendas-asilos...</p> - -<p>Manuel tenía cierta gracia para contar sus impresiones; exageraba y -rellenaba con fantasías imaginadas los vacíos dejados por la realidad. -La Nena le solía escuchar muy intrigada.</p> - -<p>—¡Oh, qué miedo!—solía decir—; y sólo el pensar que aquella gente -miserable de que Manuel hablaba podía rozarse con ella, le hacía -estremecer.</p> - -<p>Sentía la niña una repugnancia profunda por la gente de la calle; no -quería salir los domingos por no andar entre hombres de blusa y -soldados. Le parecía que la gente del pueblo debía ser mala. Desde que -se encendían los faroles no le gustaba salir de casa.</p> - -<p>Las conversaciones solían tenerlas al anochecer en un gabinete que daba -á la calle, desde donde se veía la plaza de Oriente, como un bosque, y -el Palacio Real en cuyas cornisas se posaban cientos de palomas que de -día<a name="page_095" id="page_095"></a> revoloteaban en bandadas. Como fondo se veía la Casa de Campo y el -horizonte que se enrojecía al caer de la tarde...</p> - -<p>Pasado el día de Reyes, Kate volvió al colegio, y en la casa se -restablecieron las antiguas costumbres y reinó el habitual desorden.</p> - -<p>La primera salida nocturna que hizo la baronesa fué acompañada por -Manuel á casa de su amiga cubana.</p> - -<p>Salieron la baronesa y Manuel después de cenar. La cubana vivía en la -calle Ancha. Llamaron en la casa; les abrió un criadito con librea azul -y galones dorados, y entraron, por un corredor, en una sala muy -iluminada adornada con lujo barato y chillón. En medio había un aparato -eléctrico con siete ú ocho bombillas, un sofá grande con flores, dos -sillones dorados al lado de una chimenea y sobre el mármol de ésta un -reloj en forma de bola, un barómetro como un martillo, un termómetro -como un puñal y otra porción de cosas con formas absurdas. Por todos -lados se veían fotografías.</p> - -<p>No había allí más que unas cuantas mujeres de mal aspecto, que se -levantaron humildemente. La baronesa se sentó, y al poco rato entró la -cubana, una mujer ordinaria y brutal, vestida con un traje muy llamativo -y con brillantes gruesos en las orejas y en los dedos. Tomó de la mano á -la baronesa y se sentó en<a name="page_096" id="page_096"></a> un sofá junto á ella. Se veía que quería -halagarla. Era la coronela una mujer, más que vulgar, bestial; tenía la -mandíbula prominente, los ojos pequeños, negros y la boca con una -expresión de crueldad. Había en su aspecto algo lúbrico inquietante y -amenazador; se figuraba uno que aquella mujer debía tener vicios -extraños, que era capaz de cometer crímenes.</p> - -<p>Manuel, en un rincón, se puso á mirar un álbum de fotografías puesto -sobre un velador.</p> - -<p>La mujer del coronel, á quien la baronesa había conocido de sargenta en -Cuba, dijo que pensaba que su niña menor, Lulú, debutara en un Salón, de -bailarina, y le estaban dando las últimas lecciones.</p> - -<p>—Pero, ¿de verdad?—preguntó la baronesa.</p> - -<p>—Sí, sí; Mingote hizo la contrata, y se ha encargado de los últimos -toques, como dice él. ¡Ay, qué hombre tan gracioso! Está ahora con unos -amigos en el comedor. Vendrán en seguida. Mingote ha traído un poeta que -ha hecho un monólogo para la niña graciosísimo. Se llama <i>Instantáneas</i>. -Es un nombre modernista, ¿verdad?</p> - -<p>—Ya lo creo.</p> - -<p>—Es una muchacha que va á sacar fotografías á la calle y se encuentra -con un pollo que se le acerca y le propone hacer una reproducción ó un -grupo, y ella contesta: «¡Ay,<a name="page_097" id="page_097"></a> no me toque usted el <i>chassis</i>!» Es -bonito, ¿verdad?</p> - -<p>—Precioso—dijo la baronesa mirando á Manuel y riéndose.</p> - -<p>Las demás mujeres, fregonas distinguidas á juzgar por su aspecto, -movieron la cabeza en señal de asentimiento, y sonrieron de un modo -triste.</p> - -<p>—¿Tiene usted mucha gente en la sala?—preguntó la baronesa.</p> - -<p>—Todavía no ha venido nadie. Mientras tanto, que baile la niña un poco -para que usted la vea.</p> - -<p>Dió la coronela un grito por el corredor, y apareció Lulú, vestida con -falda llena de lentejuelas y el pelo cortado y rizado. Estaba incomodada -porque no encontraba una pulsera, y chillando con una vocecilla agria.</p> - -<p>—Advierte á esos—le dijo la coronela—de que estás aquí.</p> - -<p>Salió la niña con el recado, y al poco rato entraron en la sala el -coronel, señor respetable, de barba blanca, que cojeaba é iba apoyado en -el brazo de Mingote; detrás de éstos un joven flaco, de bigote rubio, -con las mejillas rojas; el poeta, según advirtió la baronesa, y un -melenudo, el profesor de piano, que venía llevando del brazo á la hija -mayor de la casa, una mujer guapetona, blanca y rubia, que parecía -escapada de un cuadro de Rubens.<a name="page_098" id="page_098"></a></p> - -<p>—Primero, ¿qué va á ser? ¿el monólogo ó el baile?—preguntó la -coronela.</p> - -<p>—El monólogo, el monólogo—dijeron todos.</p> - -<p>—Vamos á ver. Silencio.</p> - -<p>El poeta, borracho á juzgar por el brillo de sus ojos y el color de sus -mejillas, sonrió amablemente.</p> - -<p>La chiquilla comenzó á recitar muy mal, con voz de gallito ronco, una -porción de brutalidades en verso, capaces de llevar el rubor á las -curtidas mejillas de un carabinero. Cada barbaridad de aquellas -terminaba con el estribillo de ¡Ay, no me toque usted el chassis!</p> - -<p>Al terminar el coronel dijo que le parecían los versos un poco así... un -poco, vamos, demasiado libres y miró á todos pidiendo su opinión. Se -discutió el punto acaloradamente. El amo de la casa presentó sus -argumentos, pero la réplica de Mingote fué decisiva.</p> - -<p>—No, coronel—concluyó diciéndole el ex prestamista exaltado—, es que -usted siente de una manera excesiva el pundonor militar. Usted lo mira -esto como militar.</p> - -<p>La baronesa contempló asombrada á Mingote y no pudo contener la risa.</p> - -<p>El coronel explicó confidencialmente á Mingote por qué las ideas de los -militares acerca de la honra necesariamente tenían que ser más rígidas -que las de los paisanos, por la disciplina, la ordenanza, y sobre todo -por el uniforme.<a name="page_099" id="page_099"></a></p> - -<p>Después del monólogo, el melenudo se puso al piano y la niña comenzó á -bailar el tango. En este punto se presentaba también una cuestión que -dilucidar y la coronela quería que se resolviera al momento. La cosa no -era para menos. Hay una parte en el tango verdaderamente grave y -trascendental; es ese movimiento de caderas que el público llama -científicamente bisagra. La coronela preguntaba: ¿Cómo tiene Lulú que -hacer esta parte del tango, ó sea la bisagra? ¿Dándole todo lo que ello -pide ó velándolo un poco?</p> - -<p>A la baronesa no le parecía bien que el tango fuera tan exagerado; un -poco de aquel movimiento no estaba mal. La coronela y Mingote -protestaron, y afirmaron que el público pide siempre, por más -emocionante, la bisagra.</p> - -<p>El coronel, á pesar de su pundonor militar, opinaba que el público, -efectivamente, pedía bisagra, y que un poco más ó menos de zarandeo era -cosa <i>de material</i>.</p> - -<p>Mingote entonces, para enseñar á la niña cómo debía hacer aquel -movimiento, se levantó y se puso á mover las caderas de un modo -grotesco. La niña repitió la suerte sonriendo, pero sin calor. Entonces -la coronela dijo al oído de la baronesa que sólo el hombre podía enseñar -á la mujer la gracia en aquel movimiento. La baronesa sonrió -discretamente.</p> - -<p>En aquel momento el criadito galoneado entró<a name="page_100" id="page_100"></a> y dijo que estaba -Fernández. Fernández debía de ser persona de importancia porque la -coronela se levantó al momento y se dispuso á salir.</p> - -<p>—Anda, dale la ruleta, dijo el coronel á su esposa, y que enciendan las -luces en la sala.—¿Que?—añadió el buen señor—, ¿quiere usted que -hagamos una vaquita, baronesa?</p> - -<p>—Ya veremos, coronel. Primeramente intentaré la suerte sola.</p> - -<p>—Bueno.</p> - -<p>Bailó otro tango Lulú y al poco rato apareció la coronela.</p> - -<p>—Ya pueden ustedes pasar—dijo.</p> - -<p>Las viejas fregonas se levantaron de sus asientos, y cruzando el -corredor entraron en una sala grande con tres balcones. Había dos mesas -allí, una de ellas con una ruleta, la otra sin nada.</p> - -<p>Las tres viejas, la baronesa, el coronel y sus dos hijas se sentaron en -la mesa de la ruleta, en donde estaban ya sentados el banquero y los dos -pagadores.</p> - -<p>—Hagan juego—dijo el <i>croupier</i> con una impasibilidad de autómata.</p> - -<p>Giró la bola blanca en la ruleta, y antes de que se parara, el -<i>croupier</i> dijo:</p> - -<p>—¡No va más!</p> - -<p>Los dos pagadores dieron con su rastrillo en los paños, para impedir que -se siguiera apuntando.<a name="page_101" id="page_101"></a>—No va más—repitieron al mismo tiempo con voz -monótona.</p> - -<p>Fué entrando gente poco á poco y se ocuparon las sillas colocadas -alrededor de la mesa.</p> - -<p>Al lado de la baronesa se sentó un hombre de unos cuarenta años, alto, -fornido, ancho de hombros, de pelo crespo negrísimo y dientes blancos.</p> - -<p>—Pero hijo, ¿tú aquí?—le dijo la baronesa.</p> - -<p>—¿Y tú?—replicó él.</p> - -<p>Era aquel hombre, primo en segundo ó tercer grado de la baronesa y se -llamaba Horacio.</p> - -<p>—¿No decías que te acostabas invariablemente á las nueve?—preguntó la -baronesa.</p> - -<p>—Y es una casualidad que haya venido aquí. Es la primera vez que vengo.</p> - -<p>—Bah.</p> - -<p>—Créeme. ¿Hacemos una vaca, prima?</p> - -<p>—No me parece mal.</p> - -<p>Reunieron el dinero de ambos y siguieron jugando. Horacio apuntaba según -las órdenes de la baronesa. Tenían suerte y ganaban. Poco á poco se iba -llenando el salón de un público abigarrado y extraño. Había dos -aristócratas conocidos, un torero, militares. De pie se apretaban -algunas señoras con sus hijas.</p> - -<p>Manuel vió á la Irene, la nieta de doña Violante, al lado de un señor -viejo con el pelo engomado, que jugaba fuerte. Tenía los dedos llenos de -sortijas con piedras grandes.<a name="page_102" id="page_102"></a></p> - -<p>Sentados en un diván hablaban cerca de Manuel un hombre viejo, de barba -blanca, muy pálido y demacrado, con otro joven lampiño de aire aburrido.</p> - -<p>—¿Usted se retiró ya?—decía el joven.</p> - -<p>—Sí; me retiré porque no tenía dinero; si no hubiera seguido jugando -hasta que me hubieran encontrado muerto sobre el tapete verde. Para mí -esta es la única vida. Yo soy como la Valiente. Ella me conoce, y me -suele decir algunas veces:—¿Hacemos una vaca, marqués?—No le daría á -usted mala suerte—le contesto yo.</p> - -<p>—¿Quién es la Valiente?</p> - -<p>—Ahora la verá usted cuando empiece el bacarrat.</p> - -<p>Se encendió la luz en la otra mesa.</p> - -<p>Se levantó un viejo de bigote de mosquetero, con una baraja en la mano, -y se apoyó en el borde de la mesa. Al mismo tiempo se le acercaron diez -ó doce personas.</p> - -<p>—¿Quién talla?—preguntó el viejo.</p> - -<p>—Cincuenta duros—murmuró uno.</p> - -<p>—Sesenta.</p> - -<p>—Cien.</p> - -<p>—Ciento cincuenta duros.</p> - -<p>—Doscientos—gritó una voz de mujer.</p> - -<p>—Ahí está la Valiente—dijo el marqués.</p> - -<p>Manuel la contempló con curiosidad. Era una mujer de treinta á cuarenta -años; vestía<a name="page_103" id="page_103"></a> traje de hechura de sastre y sombrero Frégoli. Era muy -morena, con una tez olivácea, los ojos negros, hermosos. Se cegaba en -las apuestas y salía á los pasillos á fumar. Se notaba en ella una gran -energía y una inteligencia clara. Decían que llevaba siempre revólver. -No le gustaban los hombres y se enamoraba de las mujeres con verdadera -pasión. Su última conquista había sido la hija mayor del coronel, la -rubia gruesa, á la cual dominaba. Tenía una suerte loca algunas veces, y -para mitigar sus amorosas penas jugaba, y ganaba de un modo insolente.</p> - -<p>—Y ese hombre que no juega nunca y está siempre aquí, ¿quién -es?—preguntó el joven, señalando un tipo de unos sesenta años, basto, -de bigote pintado.</p> - -<p>—Este es un usurero que creo que es socio de la coronela. Cuando yo fuí -gobernador de la Coruña estaba pendiente de un proceso por no sé qué -chanchullo que había hecho en la Aduana. Le dejaron cesante y luego le -dieron un destino en Filipinas.</p> - -<p>—¿En recompensa?</p> - -<p>—Hombre, todo el mundo tiene que vivir—replicó el marqués—. En -Filipinas no sé qué hizo que le procesaron varias veces, y cuando quedó -libre, lo emplearon en Cuba.</p> - -<p>—Querían que estudiara el régimen colonial español—advirtió el joven.<a name="page_104" id="page_104"></a></p> - -<p>—Sin duda. Allí también tuvo líos, hasta que vino aquí y se dedicó á -negocios de usura, y dicen que ahora no se ahogará por menos de un -millón de pesetas.</p> - -<p>—¡Demonio!</p> - -<p>—Es un hombre serio y modesto. Hasta hace unos años vivía con una tal -Paca, que era dueña de una tintorería de la calle de Hortaleza, y los -dos salían á pasear los domingos por las afueras como gente pobre. Se le -murió aquella Paca, y ahora vive solo. Es huraño y humilde; muchas veces -él mismo va á la compra y guisa. El que es interesante es su antiguo -secretario; tiene unas condiciones de falsificador como nadie.</p> - -<p>Manuel escuchaba con atención.</p> - -<p>—Ese sí que es un hombre—dijo el marqués, mirándole atentamente.</p> - -<p>El observado, un hombre de barba roja y puntiaguda, de aire burlón, se -volvió y saludó amablemente al viejo.</p> - -<p>—Adiós, Maestro—le dijo éste.</p> - -<p>—¿Le llama usted maestro?—preguntó el joven.</p> - -<p>—Así le llama todo el mundo.</p> - -<p>Lulú, la hija de la coronela, y otras dos amigas pasaron por delante del -marqués y del joven.</p> - -<p>—Qué moninas son—dijo el marqués.</p> - -<p>Tomaba aquello un aspecto mixto de mancebía lujosa y garito elegante. No -reinaba el<a name="page_105" id="page_105"></a> silencio angustioso de las casas de juego, ni la greguería -alborotadora de un burdel; se jugaba y se amaba discretamente. Como -decía la coronela, era una reunión muy modernista.</p> - -<p>En los divanes hablaban las muchachas con los hombres animadamente; se -discutía, se estudiaban combinaciones para el juego...</p> - -<p>—A mí esto me encanta—dijo el marqués con su sonrisa pálida.</p> - -<p>La baronesa estaba mareada y sentía ganas de marcharse.</p> - -<p>—Me voy. ¿Me acompañas, Horacio?—preguntó á su primo.</p> - -<p>—Sí, te acompañaré.</p> - -<p>Se levantó la baronesa, después Horacio, y Manuel se reunió á ellos.</p> - -<p>—¡Qué gentuza!, ¿verdad?—dijo la baronesa con la risa ingenua peculiar -suya al encontrarse en la calle.</p> - -<p>—Es la amoralidad, como dicen ahora—replicó Horacio—. Los españoles -no somos inmorales, lo que pasa es que no tenemos idea de moralidad. «Ya -ve usted—decía el coronel en el momento que me he levantado para tomar -un poco de aire—ya ve usted, á mí me han mermado el retiro: de ochenta -duros me han dejado en setenta; y ¡claro!, hay que buscar otros -ingresos; así las hijas de los militares tienen que ser bailarinas... y -todo lo demás.</p> - -<p>—¿Te decía eso? ¡Qué bárbaro!<a name="page_106" id="page_106"></a></p> - -<p>—¿Pero eso te choca? A mí no. Si eso es una consecuencia natural y -necesaria de nuestra raza. Estamos degenerados. Somos una raza de última -clase.</p> - -<p>—¿Por qué?</p> - -<p>—Porque sí; no hay mas que observar. ¿Te has fijado en la cabeza que -tiene el coronel?</p> - -<p>—No. ¿Qué, tiene algo en la cabeza?—preguntó burlonamente la baronesa.</p> - -<p>—Nada, que tiene la cabeza de un papúa. La moralidad sólo se da en -razas superiores. Los ingleses dicen que Wellington es superior á -Napoleón porque Wellington peleó por el deber y Napoleón por la gloria. -La idea del deber no entra en cráneos como el del coronel. Háblale á un -mandingo del deber. Nada. ¡Oh! La antropología enseña mucho. Yo me lo -explico todo por leyes antropológicas.</p> - -<p>Pasaron por delante del café de Varela.</p> - -<p>—¿Quieres que entremos aquí?—dijo el primo.</p> - -<p>—Vamos.</p> - -<p>Se sentaron los tres en una mesa, pidió cada uno lo que quería y siguió -el primo de la baronesa hablando.</p> - -<p>Era un tipo gracioso el de aquel hombre; hablaba en andaluz cerrado, -aspirando las haches; tenía algún dinero para vivir y con eso y un -destinillo en un ministerio iba pasando.<a name="page_107" id="page_107"></a> Vivía en un desorden muy -reglamentado, leyendo á Spencer en inglés y cambiando de género de vida -por temporadas.</p> - -<p>Hombre original, llevaba ya cuatro ó cinco años encenagado en los -pantanosos campos de la sociología y de la antropología. Estaba -convencido de que intelectualmente era un anglosajón, á quien no le -debían de preocupar las cosas de España ni de ningún otro país del -Mediodía.</p> - -<p>—Pues sí—siguió diciendo Horacio llenando su copa de cerveza—. Yo me -lo explico todo, los detalles más nimios por leyes biológicas ó -sociales. Esta mañana al levantarme oía á mi patrona que hablaba con el -panadero de la subida del pan.—¿Y por qué ha encarecido el pan?—le -preguntaba ella.—No sé replicaba él; dicen que la cosecha es -buena.—¿Pues entonces?—No sé. Me fuí á la oficina á la hora en punto -con exactitud inglesa; no había nadie; es la costumbre española, y me -pregunté: ¿En qué consiste la subida del pan si la cosecha se presenta -buena? Y dí con la explicación que creo te convencerá. Tú sabrás que en -el cerebro hay lóbulos.</p> - -<p>—Yo qué he de saber eso, hijo mío—replicó la baronesa distraída, -mojando un bizcocho en el chocolate.</p> - -<p>—Pues sí hay lóbulos, y según opinión de los fisiólogos, cada lóbulo -tiene su función; uno<a name="page_108" id="page_108"></a> sirve para una cosa, el otro para otra, -¿comprendes?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—Bueno; pues figúrate tú que en España hay cerca de trece millones de -individuos que no saben leer y escribir. ¿No me atiendes?</p> - -<p>—Sí, hombre, sí.</p> - -<p>—Pues bien; ese lóbulo que en los hombres ilustrados se emplea en -esfuerzos para entender y pensar en lo que se lee, aquí no lo utilizan -trece millones de habitantes. Esa fuerza que debían de gastar en -discurrir, la emplean en instintos fieros. Consecuencia de esto, el -crimen aumenta, aumenta el apetito sexual, y al aumentar éste, crece el -consumo de alimentos y encarece el pan.</p> - -<p>La baronesa no pudo menos de reirse al oir la explicación de su primo.</p> - -<p>—No es una fantasía—replicó Horacio—es la pura verdad.</p> - -<p>—Si no lo dudo, pero me hace reir la noticia. Manuel también se ríe.</p> - -<p>—¿De dónde has sacado este chico?</p> - -<p>—Es el hijo de una mujer que conocimos. ¿Qué te dice tu ciencia de él?</p> - -<p>—A ver, quítate la gorra.</p> - -<p>Manuel se quitó la gorra.</p> - -<p>—Este es un celta—añadió Horacio—. ¡Buena raza! El ángulo facial -abierto, la frente grande, poca mandíbula...<a name="page_109" id="page_109"></a></p> - -<p>—Y eso, ¿qué quiere decir?—preguntó Manuel.</p> - -<p>—En último término, nada. ¿Tú tienes dinero?</p> - -<p>—¿Yo? Ni un botón.</p> - -<p>—Pues entonces lo que te puedo decir es esto, que como no tienes -dinero, ni eres hombre de presa, ni podrás utilizar tu inteligencia, -aunque la tengas, que creo que sí; probablemente morirás en algún -hospital.</p> - -<p>—¡Qué bárbaro!—exclamó la baronesa—no le digas eso al chico.</p> - -<p>Manuel se echó á reir; la profecía le parecía muy divertida.</p> - -<p>—En cambio yo—siguió diciendo Horacio—no hay cuidado que muera en un -hospital. Mira qué cabeza, qué quijada, qué instinto de adquisividad más -brutal. Soy un berebere de raza, un euro-africano; eso sí, -afortunadamente, estoy influído por las ideas de la filosofía práctica -de lord Bacon. Si no fuera por eso estaría bailando tangos en Cuba ó en -Puerto Rico.</p> - -<p>—¿De manera que gracias á ese lord eres un hombre civilizado?</p> - -<p>—Relativamente civilizado; no trato de compararme con un inglés. ¿Tengo -yo la seguridad de ser un ario? ¿Soy acaso celta ó sajón? No me hago -ilusiones; soy de una raza inferior, ¡qué le voy á hacer! Yo no he -nacido en<a name="page_110" id="page_110"></a> Manchester sino en el Camagüey y he sido criado en Málaga. -¡Figúrate!</p> - -<p>—Y eso, ¿qué tiene que ver?</p> - -<p>—La mar, chica. La civilización viene con la lluvia. En esos países -húmedos y lluviosos es donde se dan los tipos más civilizados y más -hermosos también, tipos como el de tu hija con sus ojos tan azules, la -tez tan blanca y el cabello tan rubio.</p> - -<p>—Y yo... ¿qué soy?—preguntó la baronesa—¿Un poco de eso que decías -antes?</p> - -<p>—¿Un poco berebere?</p> - -<p>—Sí, me parece que sí; un poco berebere, ¿eh?</p> - -<p>—En el carácter quizás, pero en el tipo, no. Eres de raza aria pura, -tus ascendientes vendrían de la India, de la meseta de Pamir ó del valle -de Cabul, pero no han pasado por Africa. Puedes estar tranquila.</p> - -<p>La baronesa miró á su primo con expresión un tanto enigmática. Poco -después los dos primos y Manuel salieron del café.</p> - -<p><a name="page_111" id="page_111"></a></p> - -<h3><a name="CAPITULO_VII-1" id="CAPITULO_VII-1"></a>CAPÍTULO VII<br /><br /> -<small>El berebere se siente profundamente anglosajón.—Mingote mefistofélico.—Cogolludo.—Despedida.</small></h3> - -<p>Desde aquel encuentro en la chirlata del coronel, de la baronesa y el -sociólogo, éste comenzó á frecuentar la casa y á poner cátedra de -antropología y de sociología en el comedor. Manuel no sabía cómo serían -aquellas ciencias; pero traducidas al andaluz por el primo de la -baronesa, eran muy pintorescas; Manuel y niña Chucha escuchaban al -berebere con grandísima atención y algunas veces le hacían objeciones -que él contestaba, si no con grandes argumentos científicos, con -muchísima gracia.</p> - -<p>El primo Horacio empezó á quedarse á cenar en la casa y terminó -quedándose después de cenar; niña Chucha protegía al berebere quizás por -afinidades de raza y se reía enseñando los dientes blancos cuando venía -don Sergio.</p> - -<p>La situación era comprometida porque la baronesa no se preocupaba de -nada; después de servirse de Mingote le había despedido dos ó tres veces -sin darle un céntimo. El agente comenzaba á amenazar, y un día fué -decidido á<a name="page_112" id="page_112"></a> armar la gorda. Habló de la falsificación de los papeles de -Manuel y de que aquello podía costar á la baronesa ir á presidio. Ella -le contestó que la responsabilidad de la falsificación era de Mingote, -que ella tendría quien la protegiese, y que en el caso de que -interviniese la justicia el primero que iría á la cárcel sería él.</p> - -<p>Mingote amenazó, chilló, gritó demasiado, y en el momento álgido de la -disputa llegó el primo Horacio.</p> - -<p>—¿Qué pasa? Se oye el escándalo desde la calle—dijo.</p> - -<p>—Este hombre que me está insultando—clamó la baronesa.</p> - -<p>Horacio cogió á Mingote del cuello de la americana y lo plantó en la -puerta. Mingote se deshizo en insultos, sacó á relucir la madre de -Horacio; entonces éste, olvidando á lord Bacon, se sintió berebere, -levantó el pie y dió con la punta de la bota en las nalgas de Mingote. -El agente gritó más y de nuevo el berebere le acarició con el pie en la -parte mas redonda de su individuo.</p> - -<p>La baronesa comprendió que al agente le faltaría tiempo para vengarse; -no creía que se atrevería á hablar de la falsificación de los papeles de -Manuel porque se cogía los dedos con la puerta, pero probablemente -advertiría á don Sergio de la presencia del primo Horacio en la casa. -Antes de que pudiese hacerlo, escribió<a name="page_113" id="page_113"></a> al comerciante una carta -pidiéndole dinero, porque tenía que pagar unas cuentas. Envió la carta -con Manuel.</p> - -<p>El viejo calcáreo, al leer la carta, se incomodó.</p> - -<p>—Mira, dile á tu... señora que espere, que yo también tengo que esperar -muchas veces.</p> - -<p>Al saber la contestación, la baronesa se indignó:</p> - -<p>—¡Valiente grosero! ¡Valiente animal! La culpa la tengo yo de hacer -caso á ese vejestorio infecto. Cuando venga yo le diré cuántas son -cinco.</p> - -<p>Pero don Sergio no apareció, y la baronesa, que supuso lo pasado, se -mudó á una casa más barata con el propósito de economizar; y niña -Chucha, Manuel y los tres perros pasaron á ocupar un tercer piso de la -calle del Ave María.</p> - -<p>Allí continuó el idilio iniciado entre la baronesa y Horacio; á pesar de -que éste, por su tranquilidad anglosajona, ó por la idea pobre de la -mujer, patrimonio de las razas del Sur, no le daba gran importancia al -flirt.</p> - -<p>La baronesa, de vez en cuando, para atender á los gastos de la casa, -vendía ó mandaba empeñar algún mueble; pero con el desbarajuste que -reinaba allí, el dinero no duraba un momento.</p> - -<p>Al mes de estancia en la calle del Ave María,<a name="page_114" id="page_114"></a> apareció una mañana don -Sergio indignado. La baronesa no quiso presentarse y mandó á decirle por -la mulata que no estaba. El viejo se marchó y por la tarde escribió una -carta á la baronesa.</p> - -<p>Mingote no había cantado. Don Sergio respiraba por la herida; no le -parecía bien que Horacio pasase la vida en la casa de la baronesa; no -encontraba mal que la visitase, sino la asiduidad con que lo hacía. La -baronesa enseñó la carta á su primo, y éste, que sin duda no buscaba más -que un pretexto para escurrir el bulto, se acordó de lord Bacon, se -sintió de pronto anglosajón, ario y hombre moral y dejó de presentarse -en casa de la baronesa.</p> - -<p>Ella, que padecía el último brote de romanticismo de la juventud de la -vejez, se desesperó, escribió cartas al galán, pero él siguió -sintiéndose anglosajón y ario y acordándose de lord Bacon.</p> - -<p>Mientras tanto don Sergio, al ver que su carta no producía efecto, -volvió á la carga y se presentó en la casa.</p> - -<p>—Pero, ¿qué le pasa á usted, Paquita?—dijo al ver á la baronesa -desmejorada.</p> - -<p>—Creo que tengo el trancazo, según siento de pesada la cabeza. Estoy -con dolores en todo el cuerpo. Me tiene usted completamente abandonada. -En fin, Dios sobre todo.</p> - -<p>Don Sergio dejó pasar la hojarasca de palabras<a name="page_115" id="page_115"></a> y lamentaciones con que -la baronesa trataba de sincerarse, y dijo:</p> - -<p>—Este sistema de vida no puede seguir. Hay que tener método, hay que -tener régimen; así no puede ser.</p> - -<p>—Eso mismo estaba pensando yo—replicó la baronesa—. Sí, lo comprendo, -á mí no me corresponde esa vida. Volveré á tomar otra casita de doce -duros.</p> - -<p>—¿Y los muebles?</p> - -<p>—Los venderé.</p> - -<p>¿Cómo decir que los había ya vendido?</p> - -<p>—No, yo...—El calcáreo iba á hacer una observación de buen -comerciante, pero no se atrevió.—Luego esas visitas tan frecuentes de -su primo de usted no están bien—añadió.</p> - -<p>—¿Pero si me persigue—murmuró con voz quejumbrosa la baronesa—qué voy -á hacerle yo? Ese hombre tiene por mí una pasión loca; comprendo que es -raro, porque ya á mis años...</p> - -<p>—No diga usted esas cosas, Paquita.</p> - -<p>—Pero nada; se ha convertido en mi duende. Pero ahora ya verá usted -cómo no va á volver.</p> - -<p>—¿No ha de volver? Volverá hasta que usted no se lo diga claramente...</p> - -<p>—Si se lo he dicho, y por eso ya no volverá.</p> - -<p>—Entonces, mejor que mejor.<a name="page_116" id="page_116"></a></p> - -<p>La baronesa miró indignada á don Sergio; después tomó una actitud -compungida.</p> - -<p>Don Sergio planteó sus planes de regeneración y pensó que Paquita debía -dejar á niña Chucha, á quien el viejo calcáreo detestaba cordialmente; -pero la baronesa afirmó que la quería como á una hija, tanto ó más que á -sus perros, que eran casi para ella como las niñas de sus ojos.</p> - -<p>De pronto la baronesa se incorporó en el sofá.</p> - -<p>—Tengo un plan—le dijo á don Sergio—. Dígame usted si le parece bien. -En <i>El Imparcial</i> de ayer vi anunciada una finca ó casa en Cogolludo, -con huerta y jardín, por cincuenta duros al año. Supongo que será cosa -muy mala; pero, al fin, será un terreno y una choza, y á mí me basta con -una cabañita. Podría ir arreglando esa choza. ¿Qué le parece á usted, -don Sergio?</p> - -<p>—Pero, ¿para qué te vas á marchar de aquí?</p> - -<p>—Es que no se lo he querido decir—añadió la baronesa—; pero ese -hombre me persigue. Y contó una porción de embustes. Se recreaba la -buena señora haciéndose la ilusión de que el primo la perseguía -tenazmente, y todas las cartas quien ella había escrito á él supuso que -era él quien se las había escrito á ella.</p> - -<p>—Y claro—siguió diciendo—, no es cosa de<a name="page_117" id="page_117"></a> ir al fin del mundo huyendo -de ese ridículo trovador.</p> - -<p>—Pero Cogolludo no debe tener tren; te vas á aburrir.</p> - -<p>—¡Quia! Allá me meto en mi choza como una santa y me entretengo en -regar el jardín y cuidar las flores... pero soy tan desgraciada, que con -seguridad ya habrán alquilado la casa.</p> - -<p>—No, eso no. Pero yo no veo la necesidad de marcharse. El chico no -podrá ir al colegio.</p> - -<p>—Ya no tiene necesidad. Estudiará por libre.</p> - -<p>—Bueno; alquilaremos esa casa.</p> - -<p>—Si no, ese canalla me va á perseguir. Yo quisiera que le llevasen á la -cárcel y le ahorcaran. ¡Ay, don Sergio! ¡Cuándo vendrá Carlos VII! No -estoy por la libertad ni por las garantías constitucionales para los -pillos.</p> - -<p>—Vamos, vamos, mujer. Ya veremos si se arregla eso de la casa. Y -alíviate pronto.</p> - -<p>—Gracias, don Sergio; usted siempre tan fuerte. Es usted una roca... -Tarpeya. Y sin saber dónde guardar el dinero. ¡Acuérdese usted de mí! Ya -sabe usted que soy muy arregladita y que no pienso ni desperdicio nada.</p> - -<p>Era lo mejor que tenía la baronesa, que se conocía á fondo.</p> - -<p>Decididos á ir á Cogolludo, comenzaron á embalar los muebles entre niña -Chucha y Manuel,<a name="page_118" id="page_118"></a> cuando la mulata salió diciendo que ella lo sentía -mucho, pero que se quedaba en Madrid en una casa.</p> - -<p>—Pero hija, ¿qué vas á hacer?</p> - -<p>La mulata, apurada á preguntas, confesó que un señor americano, un -pequeño <i>rastaquouere</i> que sentía la nostalgia del cocotero, le había -ofrecido el puesto de ama de llaves en su casa.</p> - -<p>La baronesa no se atrevió á hablarla de moralidad, y el único consejo -que le dió fué que si el americano no se contentaba únicamente con que -ella fuera ama de llaves, que se afirmara bien; pero la mulata no era -tonta, y había, según dijo, tomado todas sus precauciones para caer en -blando.</p> - -<p>Manuel quedó solo en la casa para terminar las diligencias necesarias -para el traslado. Una tarde, de vuelta de la estación del Mediodía, se -encontró con Mingote, que al verle echó á correr tras él.</p> - -<p>—¿A dónde vas?—le dijo—; cualquiera hubiese dicho que huías de mí.</p> - -<p>—¡Yo! ¡Qué disparate! Me alegro mucho de verle.</p> - -<p>—Yo también.</p> - -<p>—Mira, vamos á entrar en este café. Te convido.</p> - -<p>—Bueno.</p> - -<p>Entraron en el café de Zaragoza. Mingote pidió dos cafés, papel y -pluma.<a name="page_119" id="page_119"></a></p> - -<p>—¿A ti te importaría algo escribir lo que voy á dictarte?</p> - -<p>—Hombre, según lo que sea.</p> - -<p>—Se trata de que me pongas una carta diciéndome que no te llamas Sergio -Figueroa, sino Manuel Alcázar.</p> - -<p>—¿Y para qué quiere usted que le escriba eso? Si usted lo sabe tan bien -como yo—contestó cándidamente Manuel.</p> - -<p>—Es una combina que me traigo.</p> - -<p>—Y yo, ¿qué voy ganando en eso?</p> - -<p>—Te puedes ganar treinta duros.</p> - -<p>—¿Sí? ¡Vengan!</p> - -<p>—No, cuando el negocio esté terminado.</p> - -<p>Viendo Mingote á Manuel tan propicio, le dijo que si se las apañaba para -quitar á la baronesa los papeles falsificados de su identificación y se -los entregaba, añadiría á los treinta veinte duros más.</p> - -<p>—Los papeles los tengo yo guardados—dijo Manuel—; si espera usted -aquí un momento, voy y se los traigo á usted en seguida.</p> - -<p>—Bueno, aquí espero. ¡Qué infeliz es este muchacho!—murmuró Mingote—. -Se figura que le voy á dar cincuenta duros. ¡Qué primo!</p> - -<p>Pasó una hora, luego otra; Manuel no aparecía.</p> - -<p>—¿Habré sido yo el primo!—exclamó Mingote—. Sin duda. ¡Me habrá -engañado ese condenado niño!<a name="page_120" id="page_120"></a></p> - -<p>Mientras esperaba Mingote, la baronesa y Manuel tomaban el tren.</p> - -<p> </p> - -<p>Fueron á Cogolludo, y la baronesa se llevó el gran chasco. Creía que el -pueblo sería algo así como una aldea flamenca y se encontró con un -poblachón en medio de una llanura.</p> - -<p>La casa alquilada estaba en un extremo del pueblo; era grande, con una -puerta azul, tres ventanas chicas al camino y un corral en la parte de -atrás. Debía de hacer más de diez años que no la habitaban. Al día -siguiente de llegar la baronesa y Manuel la barrieron y fregaron. La -baronesa se lamentaba amargamente de su resolución.</p> - -<p>—¡Ay, Dios mío, ¡qué casa!—decía—. ¿Por qué habremos venido aquí? Y -¡qué pueblo! Yo había visto de paso algún pueblo de España, pero en el -Norte, donde hay árboles. ¡Esto es tan seco, tan árido!</p> - -<p>Manuel se encontraba en sus glorias; la huerta de la casa no producía -más que ortigas y yezgos, pero él supuso que se podría convertir aquel -trozo de tierra, seco y lleno de plantas viciosas, en un vergel. Se puso -á trabajar con fe.</p> - -<p>Primeramente escardó y quemó toda la hierba del huerto.</p> - -<p>Después removió la tierra con un pincho y sembró á discreción garbanzos, -habichuelas y<a name="page_121" id="page_121"></a> patatas, sin enterarse de si era ó no el tiempo de la -siembra. Luego pasó horas y horas sacando agua de un pozo profundísimo -que había en medio del huerto, y como se desollaba las manos con la -cuerda y además á la media hora de regar la tierra estaba seca, ideó una -especie de torno con el cual se tardaba media hora en sacar un balde de -agua.</p> - -<p>A los quince días de estancia allí tomó la baronesa una criada, y cuando -ya la casa estuvo limpia fué á Madrid, sacó del colegio á Kate y la -llevó á Cogolludo.</p> - -<p>Kate, como tenía un espíritu práctico, llenó unas cuantas macetas de -tierra y plantó una porción de cosas en ellas.</p> - -<p>—¿Para qué hace usted eso?—le dijo Manuel—, si dentro de poco estará -todo esto lleno de plantas.</p> - -<p>—Yo quiero tener las mías—contestó la niña.</p> - -<p>Pasó un mes, y á pesar de los trabajos ímprobos de Manuel, no brotó nada -de lo plantado por él. Sólo unos geranios y unos ajos puestos por la -criada crecían, á pesar de la sequedad, admirablemente.</p> - -<p>Los tiestos de Kate también prosperaban; en las horas de calor los metía -dentro de la casa y los regaba. Manuel, viendo que sus ensayos de -horticultura fracasaban, se dedicó con rabia al exterminio de las -avispas, que en<a name="page_122" id="page_122"></a> grandes panales de celdas simétricas, ocultos en los -intersticios de las tejas, se guarecían.</p> - -<p>Entabló con las avispas una lucha á muerte y no las pudo vencer: parecía -que le habían tomado odio; le atacaban de una manera tan furiosa, que la -mayoría de las veces tenía que batirse en retirada, expuesto á caerse -del tejado lleno de picaduras.</p> - -<p>Los entretenimientos de Kate eran más tranquilos y pacíficos. Había -arreglado su cuarto con un orden perfecto. Sabía embellecerlo todo. Con -la cama, cubierta por la colcha blanca y oculta por las cortinas; los -tiestos, en la ventana, en los que empezaban á brotar las plantas; su -armario, y los cromos en las paredes azules; su alcoba tenía un aspecto -de gracia encantador.</p> - -<p>Luego, era la muchacha de una bondad amable y serena.</p> - -<p>Había encontrado en el campo un gato herido, á quien perseguían unos -chicos, á pedradas; lo recogió, á riesgo de ser arañada, lo cuidó y -curó, y el gato la seguía ya por todas partes y sólo quería estar con -ella.</p> - -<p>Manuel obedecía á la Nena ciegamente, sentía además una gran -satisfacción al obedecerla; la consideraba como un dechado de -perfecciones, y á pesar de esto, nunca se le ocurrió, ni en su fuero -interno, enamorarse de ella. Quizás la encontraba demasiado buena, -demasiado<a name="page_123" id="page_123"></a> hermosa. Experimentaba Manuel la tendencia paradójica de -todos los hombres de fantasía que creen amar la perfección y se enamoran -de lo imperfecto.</p> - -<p>El verano transcurrió agradablemente; el calcáreo estuvo dos veces en -Cogolludo, al parecer contento; pero, al fin de Agosto, las pesetas que -recibía la baronesa no aparecieron.</p> - -<p>Escribió á don Sergio varias veces sacando á relucir la persecución de -que era víctima, pues de este modo satisfacía la vanidad y el amor -propio del viejo <i>Cromwell</i>; pero don Sergio no cayó en la celada.</p> - -<p>Indudablemente, Mingote había hablado. Esperó la baronesa algún tiempo -trampeando, haciendo deudas. Un día, á principios de Otoño, se presentó -el guarda de la casa diciendo á la baronesa que la desalojara, que en -Madrid no habían pagado el alquiler. Se desahogó la baronesa insultando -y poniendo como un trapo á don Sergio; el guarda dijo que la orden suya -era no dejar que se llevaran los muebles sin que le pagaran el alquiler.</p> - -<p>La baronesa sentía que su hija se enterara de sus trapisondas; calculó -lo que valdrían los muebles, que ya en Madrid con las ventas y los -empeños quedaron reducidos estrictamente á lo indispensable, y se -decidió á dejarlos y á huir de Cogolludo.</p> - -<p>Una tarde en que salieron del pueblo á dar<a name="page_124" id="page_124"></a> un paseo, la baronesa expuso -á Kate, muy azorada, la situación.</p> - -<p>—¿Vamos á Madrid?—terminó diciendo.</p> - -<p>—Vamos.</p> - -<p>—¿Ahora mismo?</p> - -<p>—Ahora mismo.</p> - -<p>Hacía frió. Comenzaba á lloviznar.</p> - -<p>La estación del tren estaba en un pueblo inmediato. Manuel sabía el -camino. Marcharon los tres por entre lomas bajas; no encontraron á -nadie. Kate iba un tanto asustada.</p> - -<p>—Vaya una facha rara que debemos de tener—decía la baronesa.</p> - -<p>A la hora y media de salir del pueblo, de repente, á la revuelta de un -sendero, apareció el faro de señales de la vía férrea, un disco blanco -como un alto fantasma. Soplaba un vientecillo sutil. Oyeron de pronto á -lo lejos los silbidos agudos de un tren, aparecieron las linternas roja -y blanca de la locomotora, fueron agrandándose en la obscuridad -rápidamente, retembló la tierra, pasó la fila de vagones rechinando con -una algarabía infernal, surgió una bocanada de humo blanco con -incandescencias luminosas, cayó un diluvio de chispas al suelo y el tren -huyó y quedaron dos farolillos rojos y uno verde danzando en la -obscuridad de la noche, hasta que se escabulleron en seguida en las -sombras.</p> - -<p>Estaban los tres cansados cuando entraron<a name="page_125" id="page_125"></a> en la estación. Esperaron -unas horas, y á la mañana del día siguiente llegaron á Madrid.</p> - -<p>La baronesa estaba azorada, fueron á una casa de huéspedes, les -preguntaron si tenían equipaje, la baronesa dijo que no, y no supo -encontrar ningún pretexto ni explicación; les dijeron que sin equipaje -no les tomarían, á no ser que pagaran por adelantado, y la baronesa -salió avergonzada. De allí pasaron por la casa de una amiga, pero se -había mudado: no se sabían tampoco las señas de Horacio. La baronesa -tuvo que empeñar un reloj de Kate y fueron á parar los tres á un hotel -de tercera clase.</p> - -<p>Al cuarto día el dinero terminó. La baronesa había perdido su presencia -de ánimo y en su rostro se notaba la fatiga y el cansancio.</p> - -<p>Escribió una carta humilde á su cuñado pidiéndole hospitalidad para ella -y su hija, y la contestación tardaba. La baronesa se ocultaba de Kate -para llorar.</p> - -<p>La dueña del hotel les pasó la cuenta; le suplicó la baronesa que -esperara unos días á que recibiera una carta; pero la mujer de la fonda, -á quien la petición hecha en otra forma no le hubiera chocado, se -figuró, por el tono empleado por la baronesa, que se trataba de -engañarla, y dijo que no esperaba, que, si al día siguiente no la -pagaban, avisaría á la policía.</p> - -<p>Kate, al ver á su madre más afligida que de<a name="page_126" id="page_126"></a> costumbre, le preguntó lo -que le pasaba, y ella expuso la situación apurada en que se veían.</p> - -<p>—Voy á ver al embajador de mi país—dijo Kate resueltamente.</p> - -<p>—¿Tú sola? Iré yo.</p> - -<p>—No, que me acompañe Manuel.</p> - -<p>Fueron los dos á la Embajada; entraron en un portal grande. Dió su -tarjeta Kate á un portero é inmediatamente la hicieron pasar. Manuel, -sentado en un banco, esperó un cuarto de hora. Al cabo de este tiempo -salió la muchacha al portal acompañada de un señor de aspecto venerable.</p> - -<p>Este la acompañó hasta la puerta y habló con un lacayo con galones.</p> - -<p>El lacayo abrió la puerta de un coche que había frente á la puerta y -permaneció con el sombrero en la mano.</p> - -<p>Kate se despidió del anciano señor; luego dijo á Manuel.</p> - -<p>—Vamos.</p> - -<p>Entró ella en el coche y después Manuel estupefacto.</p> - -<p>—Ya está todo arreglado—dijo la muchacha á Manuel—. El embajador ha -telefoneado al hotel diciendo que pasen la cuenta á la Embajada.</p> - -<p>Manuel pudo notar en esta ocasión, y comprobarlo después repetidas -veces, que las mujeres<a name="page_127" id="page_127"></a> acostumbradas desde niñas á doblegarse y á -ocultar sus deseos tienen, cuando despliegan sus energías ocultas, un -poder y una fuerza extraordinarios.</p> - -<p>La baronesa recibió la noticia alborozada, y en un arrebato de ternura, -besó á Kate repetidas veces y lloró amargamente.</p> - -<p>Días después se recibió la contestación del cuñado de la baronesa y un -cheque para que se pusieran en camino.</p> - -<p>A pesar de lo que le prometió la baronesa á Manuel, éste comprendió que -no le llevarían á él. Era natural. La baronesa compró ropa para la Nena -y para ella.</p> - -<p>Una tarde de otoño se fueron madre é hija. Manuel las acompañó, en -coche, hasta la estación.</p> - -<p>La baronesa sentía mucha tristeza de dejar Madrid; la Nena estaba, como -siempre, al parecer serena y tranquila.</p> - -<p>En el trayecto, ninguno de los tres dijo una palabra.</p> - -<p>Bajaron del coche, entraron en la sala de espera; había que facturar un -baúl y Manuel se encargó de ello. Después pasaron al andén y tomaron -asiento en un vagón de segunda. Roberto paseaba por el andén de la -estación pálido, de un lado á otro.</p> - -<p>La baronesa prometió al muchacho que volverían.<a name="page_128" id="page_128"></a></p> - -<p>Sonó la campana de la estación. Manuel se subió al coche.</p> - -<p>—Vamos, bájate—dijo la baronesa—. El tren va empezar á andar.</p> - -<p>Manuel ofreció la mano tímidamente á la Nena.</p> - -<p>—Abrázala—dijo su madre.</p> - -<p>Manuel apenas se atrevió á rodear el talle de la muchacha con sus -brazos. La baronesa le besó en las dos mejillas.</p> - -<p>—Adiós, Manuel—le dijo—, secándose una lágrima.</p> - -<p>Echó andar el tren; la Nena saludó desde la ventanilla con la mano; -pasaron vagones y vagones con un ruido sordo; el tren aceleró la marcha. -Manuel sintió una congoja grande; huyó el tren, silbando por los campos, -y Manuel se llevó las manos á los ojos y sintió que estaba llorando.</p> - -<p>Roberto le agarró del brazo.</p> - -<p>—Vamos de aquí.</p> - -<p>—¿Es usted?—le dijo Manuel.</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—Han sido muy buenas para mí—añadió Manuel tristemente.</p> - -<p><a name="page_129" id="page_129"></a></p> - -<h2><a name="SEGUNDA_PARTE" id="SEGUNDA_PARTE"></a>SEGUNDA PARTE</h2> - -<h3><a name="CAPITULO_I-2" id="CAPITULO_I-2"></a>CAPÍTULO I<br /><br /> -<small>Sandoval.—Los sapos de Sánchez Gómez.—Jacob y Jesús.</small></h3> - -<p>Salieron juntos Manuel y Roberto de la estación del Norte.</p> - -<p>—¿Y otra vez á empezar?—le dijo Roberto. ¿Por qué no te decides de una -vez á trabajar?</p> - -<p>—¿En dónde? Yo para buscar no sirvo. ¿Usted no sabe algo para mí? En -alguna imprenta...</p> - -<p>—¿Te decidirás á entrar de aprendiz sin ganar nada?</p> - -<p>—Sí; ¿qué voy á hacer?</p> - -<p>—Si te parece bien, yo te llevaré al director de un periódico ahora -mismo. Vamos.</p> - -<p>Subieron hasta la plaza de San Marcial; luego, por la calle de los -Reyes, hasta la de San Bernardo, y en la calle del Pez entraron en una -casa. Llamaron en el piso principal y una mujer esmirriada salió á la -puerta y les dijo que aquel por quien preguntó Roberto estaba durmiendo -y no quería que se le despertase.<a name="page_130" id="page_130"></a></p> - -<p>—Soy amigo suyo—replicó Roberto—; yo le despertaré.</p> - -<p>Entraron los dos por un corredor á un cuarto obscuro, en donde olía á -yodoformo de una manera apestosa. Roberto llamó.</p> - -<p>—¡Sandoval!</p> - -<p>—¿Qué hay? ¿Qué sucede?—gritó una voz fuerte.</p> - -<p>—Soy yo; Roberto.</p> - -<p>Se oyeron los pasos de un hombre desnudo que abrió las maderas del -balcón y luego se le vió volver y meterse en una cama grande.</p> - -<p>Era un hombre de unos cuarenta años, rechoncho, grasiento, de barba -negra.</p> - -<p>—¿Qué hora es?—dijo desperezándose.</p> - -<p>—Las diez.</p> - -<p>—¡Qué barbaridad! ¿Es tan temprano? Me alegro que me hayas despertado; -tengo que hacer muchas cosas. Da un grito por el pasillo.</p> - -<p>Roberto lanzó un ¡eh! sonoro, y se presentó en el cuarto una muchacha -pintada, con aire de mal humor.</p> - -<p>—Anda, tráeme la ropa—la dijo Sandoval, y de un esfuerzo se sentó en -la cama, bostezó estúpidamente y se puso á rascarse los brazos.</p> - -<p>—¿A qué venías?—preguntó.</p> - -<p>—Pues como el otro día dijiste que necesitabas un chico en la -redacción, te traigo éste.</p> - -<p>—Pues, hombre, tengo ya otro.</p> - -<p>—Entonces nada.<a name="page_131" id="page_131"></a></p> - -<p>—Pero en la imprenta creo que necesitan.</p> - -<p>—A mí ese Sánchez Gómez no me hace mucho caso.</p> - -<p>—Se lo diré yo; no me puede negar eso.</p> - -<p>—¿Te se olvidará?</p> - -<p>—No, no se me olvidará.</p> - -<p>—¡Bah! Escríbele; es mejor.</p> - -<p>—Ya le escribiré.</p> - -<p>—No, ahora; ponle unas letras.</p> - -<p>Mientras hablaban, Manuel observó con curiosidad el cuarto, de un -desorden y suciedad grandes. El mobiliario lo componían: la cama de -matrimonio, una cómoda, una mesa, un aguamanil de hierro, un estante y -dos sillas rotas. Sobre la cómoda y en el estante se amontonaban libros -desencuadernados y papeles; en las sillas enaguas y vestidos de mujer; -el suelo estaba lleno de puntas de cigarro, de trozos de periódico y de -pedazos de algodón utilizados para alguna cura; debajo de la mesa -aparecía una jofaina de hierro convertida en brasero, llena de ceniza y -de carbones apagados.</p> - -<p>Cuando la muchacha pintada vino con el traje y la camisa, Sandoval se -levantó en calzoncillos y anduvo buscando un jabón entre los papeles, -hasta que lo encontró. Se fué á lavar en la palangana del aguamanil, -llena de agua sucia hasta arriba, en la que nadaban remolinos de pelos -de mujer.<a name="page_132" id="page_132"></a></p> - -<p>—¿Quieres echar el agua?—dijo el periodista á la muchacha -humildemente.</p> - -<p>—Echala tú—contestó ella de mala manera, saliendo del cuarto.</p> - -<p>Sandoval salió en calzoncillos al corredor con la palangana en la mano, -después volvió, se lavó y fué vistiéndose.</p> - -<p>Sobre los libros y los papeles se veían algún peine grasiento, algún -cepillo de dientes gastado y rojo por la sangre de las encías; un cuello -postizo con ribetes de mugre, una caja de polvos de arroz llena de -abolladuras, con la brocha apelmazada y negra.</p> - -<p>Después de vestido Sandoval, se transformó á los ojos de Manuel; tomó un -aire de distinción y elegancia, escribió la carta que le pedían, y -Roberto y Manuel salieron de la casa.</p> - -<p>—Se ha quedado maldiciendo de nosotros—dijo Roberto.</p> - -<p>—¿Por qué?</p> - -<p>—Porque es perezoso como un turco. Perdona todo menos que le hagan -trabajar.</p> - -<p>Salieron los dos nuevamente á la calle de San Bernardo y entraron en una -callejuela transversal. Se detuvieron frente á una casa pequeña que -salía de la línea de las demás.</p> - -<p>—Esta es la imprenta—dijo Roberto.</p> - -<p>Manuel miró; ni letrero, ni muestra, ni indicación alguna de que aquello -fuera una imprenta. Empujó Roberto una puertecilla y entraron<a name="page_133" id="page_133"></a> en un -sótano negro, iluminado por la puerta de un patio húmedo y sucio. Un -tabique recién blanqueado, en donde se señalaban huellas impresas de -dedos y de manos enteras, dividía este sótano en dos compartimientos. Se -amontonaban en el primero una porción de cosas polvorientas; el otro, el -interior, parecía barnizado de negro; una ventana lo iluminaba; cerca de -ella arrancaba una escalera estrecha y resbaladiza que desaparecía en el -techo. En medio de este segundo compartimiento un hombre barbudo, flaco -y negro, subido en una prensa grande, colocaba el papel que allí parecía -blanco como la nieve sobre la platina de la máquina, y otro hombre lo -recogía. En un rincón funcionaba trabajosamente un motor de gas que -movía la prensa.</p> - -<p>Subieron Manuel y Roberto por la escalera á un cuarto largo y estrecho -que recibía la luz por dos ventanas á un patio.</p> - -<p>Adosadas á las paredes y en medio, estaban los casilleros de las letras, -y sobre ellos colgaban algunas lámparas eléctricas, envueltas en -cucuruchos de papel de periódico, que servían de pantalla.</p> - -<p>En las cajas trabajaban tres hombres y un chico; uno de los hombres -cojo, de blusa azul larga, sombrero hongo, aspecto de mal humor, con los -anteojos puestos, se paseaba de un lado á otro.<a name="page_134" id="page_134"></a></p> - -<p>Roberto saludó al señor cojo y le entregó la carta de Sandoval. El cojo -cogió la carta y gruñó malhumorado:</p> - -<p>—No sé para qué me vienen con estas comisiones. ¡Maldita sea la!...</p> - -<p>—Este es el chico á quien hay que enseñarle el oficio—interrumpió -Roberto fríamente.</p> - -<p>—Como no le enseñe yo la...—y el cojo soltó diez ó doce barbaridades y -un rosario de blasfemias.</p> - -<p>—¿Hoy está usted de mal humor?</p> - -<p>—Estoy como me da la gana... tanto amolar... porque me sale así de los -santísimos... ¿Sabe usted?</p> - -<p>—Bueno, hombre, bueno—repuso Roberto, y añadió en un aparte alto de -teatro, de los que oye todo el mundo:—¡Qué paciencia hay que tener con -este animal!</p> - -<p>—Es una broma—siguió diciendo el cojo sin hacer caso del aparte—; que -el chico quiere aprender el oficio, ¿y á mí qué?; que no tiene que -comer, ¿y á mí qué? Que se vaya con dos mil pares... con viento fresco.</p> - -<p>—¿Le va usted á enseñar ó no, señor Sánchez? Yo tengo que hacer, no -quiero perder el tiempo.</p> - -<p>—¡Ah, usted no quiere perder tiempo! Pues váyase usted, hombre; á bien -que yo no necesito que se quede usted aquí, que se quede el chico; usted -aquí estorba.<a name="page_135" id="page_135"></a></p> - -<p>—Gracias. Tú quédate aquí—dijo Roberto á Manuel—, ya te dirán lo que -tienes que hacer.</p> - -<p>Manuel quedó perplejo, vió á su protector que se marchaba, miró á todos -lados, y viendo que no le hacían caso, se fué acercando á la escalera y -bajó dos peldaños.</p> - -<p>—¡Eh! ¿Adónde vas?—le grito el cojo.—¿Es que quieres ó no quieres -aprender el oficio? ¿Qué es esto?</p> - -<p>Manuel quedó nuevamente confuso.</p> - -<p>—Eh, tú, Yaco—gritó el cojo, dirigiéndose á uno de los hombres que -trabajaban—, enséñale las cajas á este choto.</p> - -<p>El aludido, un hombrecillo flaco y muy moreno, con una barba negrísima, -que trabajaba con una rapidez asombrosa, echó una mirada indiferente á -Manuel y volvió á su trabajo.</p> - -<p>El chico permaneció inmóvil, y viéndolo así el otro cajista, un joven -rubio, de aspecto enfermizo, le dijo al compañero de la barba en tono -burlón, con una canturia extraña:</p> - -<p>—¡Ah, Yaco! ¿por qué no le enseñas al muchacho las letras?</p> - -<p>—Enséñale tú—contestó el que llamaban Yaco.</p> - -<p>—Ah, Yaco, veo que la ley de Moisés os hace muy egoístas, Yaco. ¿No -quieres perder tiempo, Yaco?</p> - -<p>El de la barba arrojó á su compañero una<a name="page_136" id="page_136"></a> mirada siniestra; el rubio se -echó á reir y le indicó á Manuel en dónde estaban las letras; después -trajo una columna impresa que sacó rápidamente de un marco de hierro, y -dijo:</p> - -<p>—Ves echando cada letra en su cajetín.</p> - -<p>Manuel comenzó á hacerlo con mucha lentitud.</p> - -<p>El cajista rubio llevaba una blusa azul larga y un sombrero hongo, á un -lado de la cabeza. Inclinado sobre el chibalete, con los ojos muy cerca -de las cuartillas, el componedor en la mano izquierda, hacía líneas con -una rapidez extraordinaria; su mano derecha saltaba vertiginosamente de -cajetín á cajetín.</p> - -<p>Con frecuencia se paraba á encender un cigarro, miraba á su barbudo -compañero y le preguntaba una cosa, ó muy tonta ó de esas que no tienen -contestación posible en tono jovial, pregunta á la cual el otro no -contestaba más que con una mirada siniestra de sus ojos negros.</p> - -<p>Dieron las doce, dejaron todos el trabajo y se fueron. Manuel quedó solo -en la imprenta. Al principio abrigó la esperanza de que le darían algo -de comer; luego pudo convencerse de que nadie se había preocupado de su -alimentación. Reconoció la imprenta; nada, por desgracia, era -comestible; pensó que quizás aquellos rodillos, quitándoles la tinta de -encima,<a name="page_137" id="page_137"></a> podrían ser aprovechados, pero no se decidió.</p> - -<p>A las dos volvió Yaco; poco después el rubio, que se llamaba Jesús, y -comenzaron de nuevo el trabajo. Manuel siguió en su tarea de -distribución de letras, y Jesús y Yaco en la componer.</p> - -<p>El cojo corregía galeradas, las entintaba, sacaba una prueba poniendo -encima de ellas un papel y golpeando con un mazo, y después, con unas -pinzas, extraía unas letras y las iba substituyendo por otras.</p> - -<p>Jesús á media tarde dejó de componer, cambió de faena, cogía las -galeradas, atadas con un bramante, las soltaba, formaba columnas, las -metía en un marco de hierro y las sujetaba dentro con cuñas.</p> - -<p>El marco se lo llevaba uno de los maquinistas del sótano y volvía con él -al cabo de una hora. Jesús substituía en el marco de hierro unas -columnas por otras y se llevaban de nuevo la forma. Poco después se -repetía la misma operación.</p> - -<p>Luego de trabajar toda la tarde iban á salir á las siete, cuando Manuel -se acercó á Jesús y le dijo:</p> - -<p>—¿No me dará el amo de comer?</p> - -<p>—¡Quia!</p> - -<p>—Yo no tengo dinero; no he podido tampoco almorzar.<a name="page_138" id="page_138"></a></p> - -<p>—¿Ah, no? Anda, vente conmigo.</p> - -<p>Salieron juntos de la imprenta y entraron en una tabernucha de la calle -de Silva, en donde comía Jesús. Habló éste con el tabernero y después le -dijo á Manuel:</p> - -<p>—Aquí te darán el cocido de fiado. Yo he respondido por ti. A ver si no -haces una charranada.</p> - -<p>—Descuide usted.</p> - -<p>—Bueno, vamos adentro, hoy convido yo.</p> - -<p>Penetraron en el interior de la tasca y se sentaron los dos en una mesa.</p> - -<p>Les trajeron una fuente con guisado, pan y vino. Mientras comían, Jesús -contó de una manera humorística una porción de anécdotas del amo de la -imprenta, de los periodistas y, sobre todo, de Yaco, el de la barba, que -era judío, muy buena persona, pero avaro y sórdido hasta perderse de -vista.</p> - -<p>Jesús le solía tomar el pelo y le incomodaba para oirle.</p> - -<p>Al concluir de cenar, Jesús preguntó á Manuel:</p> - -<p>—¿Tienes sitio donde dormir?</p> - -<p>—No.</p> - -<p>—Ahí, en la imprenta, debe haber.</p> - -<p>Volvieron á la imprenta, y el cajista le pidió al cojo que permitiera á -Manuel dormir en algún rincón.</p> - -<p>—Moler—exclamó el cojo—, esto va á ser<a name="page_139" id="page_139"></a> el asilo de la Montaña. ¡Vaya -una golfería! porque el cojo será muy malo pero aquí todo el mundo -viene. Claro.. A la <i>gandinga</i>.</p> - -<p>Gruñendo, como era su costumbre, el cojo abrió un cuartucho, al que se -subía por unas escaleras, lleno de grabados envueltos en papeles, y -después señaló un rincón, en donde había paja de jergones y unas mantas.</p> - -<p>Durmió Manuel en la covacha hecho un príncipe.</p> - -<p>Al día siguiente, el dueño le mandó ir al sótano.</p> - -<p>—Mira lo que hace éste y luego haz tú lo mismo—le dijo, indicándole al -hombre flaco y barbudo subido á la plataforma de la máquina.</p> - -<p>Cogía éste una hoja de papel de un montón y la colocaba sobre la -platina, venían al momento las lengüetas de la prensa á agarrar la hoja -con la seguridad de los dedos de una mano; al movimiento del volante, la -máquina tragaba el papel y al poco rato salía impreso por un lado, y -unas varillas, como las de un abanico, lo depositaban automáticamente en -una platina baja. Manuel aprendió pronto la maniobra.</p> - -<p>El amo dispuso que Manuel trabajase por la mañana en las cajas, y por la -tarde, y parte de la noche, en la máquina, y le asignó seis reales de -jornal al día. Por la tarde se podía aguantar el trabajo en el sótano, -pero de noche imposible.<a name="page_140" id="page_140"></a> Entre el motor de gas y los quinqués de -petróleo quedaba la atmósfera asfixiante.</p> - -<p>A la semana de estar allí, Manuel había intimado con Jesús y con Yaco y -se tuteaba con los dos.</p> - -<p>Jesús le aconsejaba á Manuel el que se aplicase en las cajas y -aprendiera pronto á componer.</p> - -<p>—Al menos se tiene la pitanza segura.</p> - -<p>—Pero es muy difícil—decía Manuel.</p> - -<p>—Quia, hombre, acostumbrándose es más sencillo que cargar cubas de -agua.</p> - -<p>Manuel trabajaba siempre que podía, esforzándose en adquirir ligereza; -algunas noches hacía líneas, y era para él un motivo de orgullo el -verlas después impresas.</p> - -<p>Jesús se entretenía en embromar al judío, remedándole en su manera de -hablar. Habían vivido los dos algunos meses en la misma casa. Yaco -(Jacob era su nombre) con su familia, y Jesús con sus dos hermanas.</p> - -<p>Le entusiasmaba á Jesús sacar á Jacob de sus casillas y oirle decir -maldiciones pintorescas en su lengua melosa y suave, arrastrando las -eses.</p> - -<p>Según decía Jesús, en casa de Jacob hablaban su mujer, su suegro y él, -en la más extraña jerigonza que imaginarse puede, una mezcla de árabe y -de castellano arcaico que sonaba á algo muy raro.<a name="page_141" id="page_141"></a></p> - -<p>—¿Te acuerdas, Yaco—le decía Jesús remedándole—, cuando llevaste á -Mesoda, á tu mujer, aquel canario? Y te preguntaba ella: ¡Ah, Yaco! ¿qué -es ese <i>pasharo</i> que tiene las plumas <i>amarias</i>? Y tú le contestabas: -¡Ah, Mesoda!, este <i>pasharo</i> es un canario y te lo traigo para <i>tú</i>.</p> - -<p>Jacob, al ver que todo el mundo se reía, lanzaba una mirada terrible á -Jesús y le decía:</p> - -<p>—¡Ah <i>roín</i>, te venga un dardo que borre tu nombre del libro de los -vivos!</p> - -<p>—Y cuando Mesoda—proseguía, Jesús te decía—: Finca aquí, Yaco, finca -aquí. ¡Ah, Yaco, qué mala estoy! Tengo una paloma en el <i>corasón</i>, un -<i>martio</i> en cada sién y un <i>pescao</i> en la nuca. ¡Llámale á mi <i>babá</i>, -que me traiga una ramita de <i>letuario</i>, Yaco!</p> - -<p>Estas intimidades de su hogar, tratadas en broma, exasperaban á Jacob, y -oyéndolas se exaltaba, y sus imprecaciones podían dejar atrás las de -Camila.</p> - -<p>—No respetas la familia, perro—terminaba diciendo.</p> - -<p>—¡La familia!—le replicaba Jesús—. Lo primero que debe hacer uno es -olvidarla. Los padres y los hermanos, y los tíos y los primos, no sirven -más que para hacerle á uno la pascua. Lo primero que un hombre debe -aprender, es á desobedecer á sus padres y á no creer en el Eterno.<a name="page_142" id="page_142"></a></p> - -<p>—Calla <i>cafer</i>, calla. Te veas como el <i>vapó</i> con agua en los lados y -fuego en el <i>corasón</i>. Te barra la escoba negra si sigues blasfemando -así.</p> - -<p>Jesús se reía y, después de oirle hablar á Jacob, añadía:</p> - -<p>—Hace unos miles de años, este animal que ahora no es más que un -tipógrafo, hubiera sido un profeta y estaría en la Biblia al lado de -Matatías, de Zabulón y de toda esa morralla.</p> - -<p>—No digas necedades—replicaba Jacob.</p> - -<p>Después de la discusión, Jesús le decía:</p> - -<p>—Tú ya sabes, Yaco, que nos separa un abismo de ideas; pero á pesar de -esto, si quieres aceptar el convite de un cristiano, te convido á una -copa.</p> - -<p>Jacob movía la cabeza y aceptaba.</p> - -<p><a name="page_143" id="page_143"></a></p> - -<h3><a name="CAPITULO_II-2" id="CAPITULO_II-2"></a>CAPÍTULO II<br /><br /> -<small>Los nombres de los Sapos.—El director de <i>Los Debates</i> y sus redactores.</small></h3> - -<p>Sánchez Gómez el impresor, á quien también se le conocía por el mote del -Plancheta, aunque trabajaba como obrero era hombre rico; tenía un humor -endiablado y desigual, una jovialidad corrosiva y un fondo de buen -corazón.</p> - -<p>Era el impresor más pintoresco y multiforme de Madrid, y su negocio el -más complicado é interesante.</p> - -<p>Este solo dato bastaba para juzgarle: con una sola prensa, movida por un -motor de gas, de los antiguos, publicaba nueve periódicos, cuyos títulos -nadie podría encontrar insignificantes.</p> - -<p><i>Los Debates</i>, <i>El Porvenir</i>, <i>La Nación</i>, <i>La Tarde</i>, <i>El Radical</i>, <i>La -Mañana</i>, <i>El Mundo</i>, <i>El Tiempo</i> y <i>La Prensa</i>; todos estos diarios -importantes nacían en el sótano de la imprenta.</p> - -<p>A cualquier hombre vulgar le parecería esto imposible; para Sánchez -Gómez, aquel Proteo de la tipografía, la palabra imposible no existía en -el diccionario.</p> - -<p>Cada periódico importante de éstos, tenía<a name="page_144" id="page_144"></a> una columna suya; y lo demás, -información, artículos literarios, anuncios, folletín, noticias, era -común á todos.</p> - -<p>Sánchez Gómez hermanaba en sus periódicos el individualismo y el -colectivismo. Cada uno de sus órganos gozaba de su autonomía é -independencia en absoluto y, sin embargo, cada uno de ellos se parecía -al otro como dos gotas de agua. El Cojo realizaba en sus publicaciones, -la unidad y la variedad.</p> - -<p><i>El Radical</i>, por ejemplo, furibundo republicano, dedicaba la primera -columna á faltar al Gobierno y á los curas; pero sus noticias eran las -mismas que las de <i>El Mundo</i>, diario conservador impenitente que -empleaba la primera columna en defender la Iglesia, esa arca santa de -nuestras tradiciones; la Monarquía, esa gloriosa institución, símbolo de -nuestra Patria; el Ejército, baluarte firmísimo de nuestra nacionalidad; -la Constitución, ese compendio de nuestras libertades públicas...</p> - -<p>De todos los periódicos allí impresos, <i>Los Debates</i> constituían un buen -negocio para su propietario, don Pedro Sampayo y Sánchez del Pelgar. Era -<i>Los Debates</i>—utilizando los símiles empleados en el diario—terrible -ariete contra el bolsillo de los políticos, fortaleza inexpugnable para -las exigencias de los acreedores.</p> - -<p>El <i>chantage</i>, en manos del director del periódico, se convertía en -terrible arma de combate;<a name="page_145" id="page_145"></a> ni la catapulta antigua ni el cañón de -treinta y seis podía comparársele.</p> - -<p>El periódico de don Pedro Sampayo y Sánchez del Pelgar disponía de tres -columnas propias.</p> - -<p>Estas columnas las fabricaban un gallegote, macizo y grueso, de aspecto -cerril, que escribía muy intencionadamente, llamado González Parla, y un -señor Fresneda, muy flaco, muy espiritado, muy bien vestido y siempre -muerto de hambre.</p> - -<p>Langairiños, el Superhombre, pertenecía á la redacción de <i>Los Debates</i>, -pero sólo en una parte alícuota, pues sus producciones geniales se -estampaban en los nueve sapos nacidos en el sótano de la imprenta de -Sánchez Gómez.</p> - -<p>Indudablemente, es hora de presentar á Langairiños. Le llamaban, en -broma, los periodistas el Superhombre y, abreviando, el Super, porque -siempre estaba hablando del advenimiento del superhombre de Nietzsche, -sin comprender que, en broma y todo, no le hacían más que justicia.</p> - -<p>Era lo más alto, lo más excelso de la redacción; unas veces se firmaba -Máximo, otras Mínimo; pero su nombre, su verdadero nombre, el que -inmortalizaba diariamente, y diariamente, cada vez más, en <i>Los Debates</i> -ó en <i>El Tiempo</i>, en <i>El Mundo</i> ó en <i>El Radical</i>, era Ernesto -Langairiños.<a name="page_146" id="page_146"></a></p> - -<p>¡Langairiños! Nombre dulce y sonoro, algo así como una brisa fresca en -una tarde de verano; ¡Langairiños! Un sueño.</p> - -<p>El gran Langairiños tenía entre treinta y cuarenta años; abdomen -pronunciado, nariz aquilina y barba negra, fuerte y tupida.</p> - -<p>Algún imbécil de los que le odiaban, al verle tan vertebrado y cerebral, -alguna de esas serpientes que tratan de morder en el acero de las -grandes personalidades, aseguraba que el aspecto de Langairiños era -grotesco, aseveración falsa á todas luces, pues, á pesar de que su -indumentaria no reunía las condiciones exigidas por el más estrecho -dandysmo; á pesar de que casi constantemente sus pantalones mostraban -rodilleras y flecos y sus americanas constelaciones de manchas; á pesar -de todo esto, su elegancia natural, su aire de superioridad y de -distinción borraba tan ligeras imperfecciones, bien así como la ola del -mar hace desaparecer las huellas en la arena de la playa.</p> - -<p>Langairiños ejercía de crítico, y de crítico cruel; sus artículos -aparecían al mismo tiempo en nueve periódicos. Su manera impresionista -despreciaba esas frases vulgares como «la señorita Pérez rayó á gran -altura», «los caracteres están bien sostenidos en la obra» y otras de la -misma clase.</p> - -<p>En dos apotegmas reunía aquel superhombre<a name="page_147" id="page_147"></a> todas sus ideas acerca del -mundo que le rodeaba, eran dos frases terribles, de una ironía amarga y -dislacerante. Que alguno aseguraba que este político, el otro periodista -tenían influencia, dinero ó talento..., él replicaba: Sí, sí; ya sé -quién dices. Que otro decía que el novelista, el dramaturgo hacían ó -dejaban de hacer..., él contestaba: Bueno, bueno; por la otra puerta.</p> - -<p>La superioridad de espíritu de Langairiños no le permitía suponer que un -hombre que no fuera él valiese más que otro.</p> - -<p>Su obra maestra era un artículo titulado <i>Todos golfos</i>. Se trataba de -una conversación entre un maestro del periodismo—él—y un aprendiz de -periodista.</p> - -<p>Aquel derroche de sal ática terminaba con este rasgo de humor:</p> - -<p>El aprendiz.—Hay que tener principios.</p> - -<p>El maestro.—En la mesa.</p> - -<p>El aprendiz.—Hay que decir las cosas con verdadera crudeza al país.</p> - -<p>El maestro.—Se le van á indigestar. Acuérdese usted de los garbanzos de -la casa de huéspedes.</p> - -<p>El Superhombre escribía siempre así, de un modo terrible, shakesperiano.</p> - -<p>A consecuencia del desgaste cerebral producido por sus trabajos -intelectuales, el Súper se encontraba neurasténico, y para curar<a name="page_148" id="page_148"></a> su -enfermedad tomaba glicerofosfato de cal en las comidas y hacía gimnasia.</p> - -<p>Manuel recordaba haber oído muchas veces en la casa de huéspedes de doña -Casiana una voz sonora que contaba valientemente y sin fatiga el número -de flexiones de piernas y de brazos. Veinticinco..., veintiséis..., -veintisiete, hasta llegar á ciento, y aun más. Aquel Bayardo de la -gimnasia se llamaba Langairiños.</p> - -<p>Los otros dos redactores no podían compararse con Langairiños. González -Parla parecía un bárbaro por su facha de mozo de cuerda. Hablaba -brutalmente; llamaba al pan, pan, y al vino, vino; á los políticos -braguetones y á los periódicos de Sánchez Gómez, los <i>sapos</i>.</p> - -<p>El otro redactor, Fresneda, podía apostar á finura al hombre más fino y -almibarado de Madrid. Experimentaba un verdadero placer en llamar señor -á todo el mundo. Fresneda se sostenía en pie por milagro; se pasaba la -vida muerto de hambre, pero esto no producía en él iras ni cóleras.</p> - -<p>González Parla y Fresneda necesitaban recurrir á toda clase de -expedientes para obligar á Sampayo, el propietario de <i>Los Debates</i>, á -que les pagara algunas pesetas. La esperanza de los dos, una credencial -obtenida por intermedio del director propietario, no se realizaba -nunca.<a name="page_149" id="page_149"></a></p> - -<p>Manuel oía hablar tanto de Sampayo, que sintió curiosidad por conocerle.</p> - -<p>Era un señor alto, erguido, de noble aspecto, de unos sesenta y tantos -años; había conseguido varias veces el cargo de Gobernador, gracias á su -mujer, una real hembra, en sus buenos tiempos, capaz de obtener -cualquier cosa de un Ministro. En los gobiernos civiles por donde pasó -el matrimonio no quedaron ni los clavos.</p> - -<p>La mujer de Sampayo tenía buenas amistades con algunos señores ricos, -pero en justa reciprocidad era tan superhembra y tan tolerante, que -buscaba siempre criadas guapas y amables para que su marido estuviese -satisfecho.</p> - -<p>¡Y qué espectáculo más humano presentaba el hogar! Algunas veces, cuando -llegaba la señora de Sampayo á su casa, un tanto fatigada, después de -alguna aventurilla, se encontraba á su esposo con su noble aspecto -cenando mano á mano con la criada, cuando no abrazándola cariñosamente.</p> - -<p>El matrimonio gastaba sus ingresos íntegros; pero Sampayo era tan -diestro en el arte de crearse acreedores y de torearlos después, que -siempre encontraba medio de sacar algunos cuartos.</p> - -<p>Una vez que González Parla, muy ceñudo, y Fresneda, muy amable, llamando -al director señor de Sampayo á cada momento, le exponían su crítica -situación, Sampayo entregó<a name="page_150" id="page_150"></a> á Fresneda una carta para un general -americano, pidiéndole dinero. Puso á su redactor la condición de que -todo lo que pasara de diez duros quedaría para la caja.</p> - -<p>Al salir á la calle los dos redactores, González Parla le exigió á su -compañero la carta, y el hombre espectral se la dió.</p> - -<p>—Yo iré á verle á ese braguetón de general—dijo González Parla—y le -sacaré las perras y nos las repartiremos. La mitad para ti y la otra -mitad para mí.</p> - -<p>El hombre flaco acompañó al hombre gordo hasta la casa del general.</p> - -<p>El general, un guachindanguito vestido de guacamayo, leyó la carta del -director, miró al periodista, se caló los lentes y le preguntó, -contemplándole de arriba abajo:</p> - -<p>—¿<i>Uté</i> es el <i>señó</i> Fresneda?</p> - -<p>—Sí, señor.</p> - -<p>—¿<i>Etá uté</i> seguro?</p> - -<p>—Claro; soy yo.</p> - -<p>—Pero <i>uté etá</i> tísico, ¿no?</p> - -<p>—¿Yo? No, señor.</p> - -<p>—Pues eso me <i>disen</i> en la carta, ¿sabe?... Que tiene <i>uté</i> siete hijos -y que por su aspecto podré comprender que <i>etá</i> en el último período de -tisis, ¿sabe?</p> - -<p>González Parla se azoró; dijo que era verdad que no estaba tísico; pero -que había tenido un padre que había estado tísico, y como<a name="page_151" id="page_151"></a> había tenido -el padre tísico, le decían los médicos que él quedaría también tísico, -que ya lo estaba en principio, de modo que aunque no lo fuera, era casi -lo mismo que si lo estuviera ya.</p> - -<p>—Yo no comprendo eso, ¿sabe?—dijo el general, después de escuchar una -argumentación tan deficiente—; yo entiendo que eso <i>é</i> una <i>macana</i>, -¿no? No se puede <i>etá</i> tan gordo hallándose enfermo, ¿sabe? Pero, en -fin—y largó un billete doblado entre sus dedos—, tome y váyase, y no -sea pendejo.</p> - -<p>—Esta gordura es falsa—replicaba humildemente González Parla, cogiendo -el billete—. Es la patata que come uno, y se escabulló avergonzado.</p> - -<p>El billete era de cien pesetas, y se lo repartieron entre el redactor -flaco y el redactor gordo, con gran indignación de Sampayo. Este se -prometió no darles ni un céntimo durante meses.</p> - -<p>Fresneda, en las últimas boqueadas del hambre, tuvo la única frase -enérgica de toda su vida.</p> - -<p>—Yo le daré á usted una recomendación para el ministro—le dijo el -director, contestando así á una petición de dinero.</p> - -<p>—Para morirse de hambre, señor de Sampayo—contestó con energía no -exenta de su proverbial finura Fresneda—, no se necesitan -recomendaciones.<a name="page_152" id="page_152"></a></p> - -<h3><a name="CAPITULO_III-2" id="CAPITULO_III-2"></a>CAPÍTULO III<br /><br /> -<small>El parador de Santa Casilda.—La historia de Jacob.—La Fea y la Sinforosa.—La chica sin madre.—Mala Nochebuena.</small></h3> - -<p>Para la primavera Manuel componía con facilidad. Poco después el tercer -cajista se fué, y Jesús dijo al amo que debía de poner á Manuel en la -plaza vacante.</p> - -<p>—Pero si no sabe nada—replicó el dueño.</p> - -<p>—¡No ha de saber! Páguele usted por líneas.</p> - -<p>—No, le subiré el jornal.</p> - -<p>—¿Cuánto le va usted á dar?</p> - -<p>—Le daré ocho reales.</p> - -<p>—Es poco. El otro ganaba doce.</p> - -<p>—Bueno, le daré nueve; pero que no venga á dormir aquí.</p> - -<p>El nuevo cargo emancipó á Manuel de la obligación de barrer la imprenta -y salió de su cuchitril. Jesús le llevó al parador de Santa Casilda, en -donde él vivía; un enorme caserón de un solo piso, con tres patios muy -grandes, que estaba en la ronda de Toledo. Hubiera deseado Manuel no ir -por aquellos barrios, de los que conservaba malos recuerdos; pero su -amistad con Jesús le hizo quedarse allí. Le alquilaron<a name="page_153" id="page_153"></a> en el parador -por ocho reales á la quincena, un cuartucho con una cama, una silla de -paja rota, y una estera colgada del techo, que hacía de puerta. Cuando -el viento venía del campo de San Isidro, se llenaban de humo los cuartos -y los corredores del parador de Santa Casilda. Los patios del parador -eran, poco más ó menos, como los de la casa del tío Rilo, con galerías -idénticas, y puertas numeradas.</p> - -<p>Desde la ventana del cuartucho de Manuel se veían tres depósitos, -panzudos, rojos, de la fábrica del gas, con sus soportes altos de hierro -terminados en poleas, y alrededor el Rastro; á un lado, vertederos -ennegrecidos por el carbón y las escorias; más lejos se extendía el -paisaje árido, y sus lomas calvas amarillentas se escalonaban hasta -perderse en el horizonte. Enfrente sobresalía el cerrillo de los Angeles -con su ermita en la punta.</p> - -<p>En el cuarto inmediato al alquilado por Manuel, había un carpintero y su -mujer que tenían una niña. Los dos se emborrachaban y pegaban á la chica -de una manera bestial.</p> - -<p>Manuel estuvo muchas veces dispuesto á entrar en el cuarto, porque -suponía que aquellos bárbaros martirizaban á la niña.</p> - -<p>Una de las mañanas que encontró á la carpintera, le dijo:</p> - -<p>—¿Por qué pegan ustedes así á la chica?</p> - -<p>—¿Te importa algo?<a name="page_154" id="page_154"></a></p> - -<p>—Claro que me importa.</p> - -<p>—¿No es mi hija? Puedo hacer con ella lo que quiera.</p> - -<p>—Así debía haber hecho su madre con usted—le contestó—quitarla de en -medio á palos por bruja.</p> - -<p>Refunfuñó la mujer y Manuel se fué á la imprenta.</p> - -<p>Por la noche, el carpintero detuvo á Manuel:</p> - -<p>—¿Qué le has dicho tú á mi señora, eh?</p> - -<p>—Le he dicho que no debía pegar á su hija.</p> - -<p>—Y á ti, ¿quién te mete á decir nada?</p> - -<p>El carpintero tenía un aspecto feroz, un entrecejo abultado y un cuello -de toro. Una gruesa vena le cruzaba la frente. Manuel no le contestó.</p> - -<p>Afortunadamente para él el carpintero y su mujer se mudaron de la casa -pronto.</p> - -<p>En los cuchitriles del mismo pasillo del parador vivían también dos -gitanos viejos con sus familias, los dos muy zaragateros y muy ladrones; -una muchacha ciega, que cantaba flamenco en la calle, moviéndose con -unas convulsiones de epiléptica, y que iba acompañada de otra chica, con -la que se pegaba continuamente, y dos hermanas muy golfas, muy -zarrapastrosas, pintadas, chillonas, embusteras, liosas, pero alegres -como cabras.</p> - -<p>La habitación de Jesús se hallaba bastante<a name="page_155" id="page_155"></a> próxima á la de Manuel, y -esta vida común de la imprenta y de la casa hizo que estrecharan más sus -relaciones de amistad.</p> - -<p>Jesús era un excelente muchacho; pero se emborrachaba con una frecuencia -lamentable; tenía dos hermanas solteras, una bonita, con unos ojos -verdes de gato, de facha desvergonzada, llamada Sinforosa, y la otra una -pobre enclenque, torcida y escrofulosa, á quien todos le decían, -implacablemente, la Fea.</p> - -<p>A los dos meses ó cosa así de vivir en el parador, Jesús, con su tono -irónico peculiar, le dijo á Manuel cuando marchaban los dos á la -imprenta:</p> - -<p>—¿No sabes? Mi hermana está preñada.</p> - -<p>—¿Sí?</p> - -<p>—Vaya.</p> - -<p>—¿Cuál de las dos?</p> - -<p>—La Fea. ¿Quién habrá sido el héroe? Merece una cruz.</p> - -<p>El cajista siguió hablando del percance y bromeando con indiferencia.</p> - -<p>A Manuel no le parecía bien esto; al fin era su hermana; pero Jesús -salió con sus invectivas contra la familia y con que uno no se debía -ocupar para nada de los hermanos, ni de los padres, ni de nadie.</p> - -<p>—Buena teoría para los egoístas—le dijo Manuel.</p> - -<p>—La familia no es más que el egoísmo en<a name="page_156" id="page_156"></a> beneficio de unos pocos y en -contra de la humanidad—contestó Jesús.</p> - -<p>—Bastante caso haces tú de la humanidad, tan poco como de tu -familia—le replicó Manuel.</p> - -<p>Por esta cuestión volvieron á discutir varias veces y llegaron á decirse -cosas muy agrias y mortificantes.</p> - -<p>A Manuel no le importaba mayormente aquello; pero le producía -indignación el ver que Jesús y la Sinforosa no se compadeciesen de su -hermana y la enviasen á hacer recados y la obligasen á barrer cuando la -pobre raquítica no podía con su barriga, que amenazaba ser monstruosa.</p> - -<p>Por motivo de estas discusiones, hubo días en los cuales Manuel apenas -cruzó unas cuantas palabras con Jesús, y se dedicó á charlar con Jacob y -á hacerle preguntas acerca de su país.</p> - -<p>A Jacob, á pesar de que según decía no le había ido muy bien en su -tierra, le gustaba hablar de ella.</p> - -<p>Era de Fez y tenía un entusiamo grande por esta ciudad.</p> - -<p>La pintaba como un paraíso lleno de huertas con palmeras, limoneros y -naranjos, cruzada por riachuelos cristalinos. En Fez, en el barrio de -los judíos, pasó Jacob su infancia, hasta que entró al servicio de un -comerciante rico, que negociaba en Rabat, Mogador y Saffi.<a name="page_157" id="page_157"></a></p> - -<p>Jacob, con su imaginación viva y su modo de hablar exagerado, pintoresco -y lleno de imágenes, daba la impresión de la realidad cuando hablaba de -su país.</p> - -<p>Pintaba el paso de las caravanas compuestas de camellos, asnos y -dromedarios. Describía éstos con sus cuellos largos y su cabeza pequeña, -que se balancea como la de las serpientes, con los ojos apagados que -miran al cielo; y al oirle mientras peroraba se creía estar atravesando -aquellos arenales blancos, en donde el sol ciega. Describía también los -mercados constituídos en la confluencia de unas cuantas sendas y -caracterizaba á la gente que acudía á ellos; los moros de las cabilas -próximas con sus fusiles, los encantadores de serpientes, los -hechiceros, los narradores de cuentos de las <i>Mil y una noches</i>, los -médicos que sacan los gusanos de los oídos.</p> - -<p>Y al retirarse las caravanas, al alejarse unos y otros por las sendas, -jinetes en sus caballos y en sus mulas, Jacob imitaba los graznidos de -los cuervos que acudían en bandadas al lugar del mercado y lo cubrían de -una capa negra.</p> - -<p>Pintaba el efecto que causaba ver treinta ó cuarenta bereberes á -caballo, con melenas largas, armados de espingardas, y que, al pasar un -judío, escupían en el suelo; la vida sin seguridad; por los caminos, -gentes sin ojos y sin<a name="page_158" id="page_158"></a> brazos, castigados por la justicia, pidiendo -limosna en nombre de Muley Edris, y durante el invierno, el paso -peligroso de los ríos, los anocheceres en la puerta del aduar, mientras -se preparaba el <i>cus-cus</i>, tocando el <i>guembrí</i> y cantando canciones -soñolientas y tristes.</p> - -<p>Un sábado, Jacob le convidó á Manuel á comer en su casa.</p> - -<p>Vivía el judío en el barrio de Pozas, en una casucha de una callejuela -próxima al paseo de Areneros.</p> - -<p>La casita aquella tenía un aspecto extraño, algo oriental. Una ó dos -mesas bajitas de pino; jergones pequeños en vez de sillas, y colgando de -las paredes trapos de color y dos guitarrillos de tres cuerdas.</p> - -<p>Manuel conoció al padre de Jacob, un viejo melenudo que andaba por casa -con una túnica obscura y una gorra, á su mujer Mesoda y á una niña de -ojos negros llamada Aisa.</p> - -<p>Se sentaron todos á la mesa; el viejo pronunció unas cuantas palabras -gravemente en una lengua enrevesada, que Manuel supuso sería una oración -en judío, y comenzaron á comer.</p> - -<p>La comida tenía gusto á hierbas aromáticas fuertes, y á Manuel le -pareció que mascaba flores.</p> - -<p>En la mesa, el viejo, en el castellano extravagante en que hablaba toda -la familia, contó<a name="page_159" id="page_159"></a> á Manuel las peripecias de la guerra de Africa; en su -narración Prim, el señor Juan Prim—como decía él—tomaba proporciones -épicas. Jacob debía de respetar profundamente al viejo y le dejaba -perorar y hablar de Prim y del Eterno; Mesoda muy tímida sonreía y se -ruborizaba por cualquier cosa.</p> - -<p>Después de comer, Jacob descolgó de la pared uno de los guitarrillos de -tres cuerdas y cantó varias canciones árabes acompañándose de uno de -aquellos instrumentos primitivos.</p> - -<p>Manuel se despidió de la familia de Jacob y prometió visitarla de cuando -en cuando.</p> - -<p> </p> - -<p>Una noche de otoño, al volver Manuel del trabajo, después de un día -entero en que Jesús no apareció por la imprenta, al entrar en el Parador -se encontró en el pasillo que conducía á su cuarto con un grupo de -comadres, que hablaban de Jesús y de sus hermanas.</p> - -<p>La Fea había parido; estaban en su cuarto el médico de la Casa de -Socorro y la señora Salomona, una buena mujer que se ganaba la vida -asistiendo enfermos.</p> - -<p>—¿Pero qué ha hecho Jesús?—preguntó Manuel al oir los dicterios de las -mujeres contra el cajista.</p> - -<p>—¿Qué ha hecho?—contestó una de las comadres—, pues ná, que ha -resultao que vivía amontonao con la Sinfo, que es una pécora más<a name="page_160" id="page_160"></a> mala -que un dolor, y Jesús y ella se habían entregao á la bebida, y la -zorrona de la Sinfo le quitaba el jornal que ganaba á la Fea.</p> - -<p>—Eso no puede ser verdad—replicó Manuel.</p> - -<p>—¿Qué no? Si lo ha dicho el mismo Jesús.</p> - -<p>—Pues la otra no es muy decente tampoco, que digamos—añadió una de las -mujeres.</p> - -<p>—Tanto como la que más—replicó la comadre oradora—. Se lo ha contao -tó al médico de la Casa de Socorro. Una noche en que no había pasao -gracia divina por su cuerpo, porque Jesús y la Sinfo se habían llevao -tóos los quisquis, fué la Fea y, para remediar el hambre, bebió un trago -de aguardiente y luego otro, y con la debilidá que tenía se quedó -borracha. Vinieron la Sinfo y Jesús, y los dos cargados, y la muy zorra, -viéndola en la cama á la Fea, la dijo, dice: Anda, que la cama la -necesitamos nosotros para... (haciendo un ademán desvergonzado). Ya me -entienden ustés, y va y pone á su hermana á la puerta. La Fea, que no -sabía lo que se hacía, salió á la calle, y uno del Orden, al verla -curda, la lleva á la delega y la mete en un cuarto obscuro, y allí algún -tío...</p> - -<p>—Que estaría también curda—dijo un albañil que se detuvo á oir la -relación.</p> - -<p>—Pues ná...—añadió la comadre.</p> - -<p>—Si llega á haber luz, pa mí que no hay nada, porque el compadre, al -ver la cara de la<a name="page_161" id="page_161"></a> socia, se asusta—añadió el albañil siguiendo su -camino.</p> - -<p>Manuel se separó del grupo de comadres y se asomó á la puerta del cuarto -de Jesús. Era un espectáculo desolador; la hermana del cajista, pálida, -con los ojos cerrados, echada en el suelo sobre unas esteras, cubierta -con telas de sacos, parecía un cadáver; el médico la fajaba en aquel -momento; la señora Salomona vestía al recién nacido; un charco de sangre -manchaba los ladrillos.</p> - -<p>Jesús, arrimado á la pared en un rincón, miraba al médico y á su -hermana, impasible, con los ojos brillantes.</p> - -<p>El médico pidió á las vecinas que trajeran un colchón y unas sábanas; -cuando llegaron estas cosas pusieron el colchón sobre el petate, de -tablas, y colocaron con cuidado á la Fea. Estaba la pobre raquítica como -un esqueleto; su pecho era liso como el de un hombre y, á pesar de que -no debía tener fuerzas para moverse, cuando le pusieron el niño á su -lado, cambió de postura é intentó darle de mamar.</p> - -<p>Manuel, al notarlo, miró á Jesús con ira.</p> - -<p>Le hubiera pegado con gusto, por permitir que su hermana estuviera así.</p> - -<p>El médico, cuando concluyó su trabajo, cogió á Jesús, lo llevó al -extremo de la galería y habló con él. Jesús se hallaba dispuesto á<a name="page_162" id="page_162"></a> -hacer todo lo que le dijeran; daría el jornal entero á la Fea, lo -prometía.</p> - -<p>Luego, cuando se fué el médico, Jesús cayó en manos de las comadres, que -le pusieron como un trapo.</p> - -<p>El no negó nada. Al revés.</p> - -<p>—Durante el embarazo—dijo—ha dormido en el suelo sobre la estera.</p> - -<p>Todas las comadres comentaron indignadas las palabras del cajista. Este -se encogía de hombros estúpidamente.</p> - -<p>—¡Mire usté que estar la pobre infeliz durmiendo sobre la estera -mientras que la Sinfo y Jesús se estaban en la cama!—decía una.</p> - -<p>Y la indignación se acentuó contra la Sinfo, aquella golfa indecente, á -la que juraron dar una paliza morrocotuda. La señora Salomona tuvo que -interrumpir la charla, porque no dejaban dormir en paz á la parturienta.</p> - -<p>La Sinfo debió sospechar algo, pues no se presentó en el parador. Jesús, -ceñudo, sombrío, con las mejillas encendidas y los ojos brillantes en -los días posteriores iba de su casa á la imprenta sin hablar una -palabra. Manuel sospechó si estaría enamorado de su hermana.</p> - -<p>Durante el sobreparto, las mujeres de la vecindad cuidaron con cariño á -la Fea; exigían el jornal entero á Jesús, quien lo daba sin -inconveniente alguno. El recién nacido, encanijado é hidrocéfalo, murió -á la semana.<a name="page_163" id="page_163"></a></p> - -<p>La Sinforosa no apareció más por el parador; según se decía, se había -lanzado á la <i>vida</i>.</p> - -<p> </p> - -<p>El día de Nochebuena, por la tarde, llegaron al parador tres señores -vestidos de negro. Un viejecillo de bigote blanco y ojos alegres; un -señor estirado de barba entrecana y anteojos de oro; y otro que parecía -secretario ó escribiente, bajito, de bigote negro, que taconeaba al -andar é iba cargado de papeles. Dijeron que eran de la Conferencia de -San Vicente de Paúl, visitaron á la hermana de Jesús y á otras personas -que vivían en rincones y tabucos de la casa.</p> - -<p>Detrás de aquellos señores vestidos de negro fueron Manuel y Jesús, por -curiosidad, con otro vecino albañil. Manuel y Jesús, que no hacían más -que dormir en el parador, no conocían la vecindad, así que anduvieron -por su casa como por una extraña.</p> - -<p>—¡Hipócritas!—decía el albañil á voz en grito.</p> - -<p>—Pero, hombre. ¡Cállese usted!—exclamó Manuel—que le van á oir.</p> - -<p>—¿Y qué?—replicaba el vecino—¡Qué me oigan! Son unos hipócritas. ¿A -qué vienen aquí á echárselas de caritativos? A hacer el paripé, á eso -vienen esos tíos; estos jesuítas farsantes. ¿Qué leñe quieren saber? -¿que vivimos<a name="page_164" id="page_164"></a> mal? ¿que estamos hechos unos guarros? ¿que no cuidamos de -los chicos? ¿que nos emborrachamos? Bueno, pues que nos den su dinero y -viviremos mejor, pero que no se nos vengan con bonos y con consejos.</p> - -<p>Entraron los tres señores en un tabuco de un par de metros en cuadro. En -el suelo, sobre un montón de paja y de harapos, había una mujer -hidrópica, con la cara hinchada y entontecida.</p> - -<p>En una silla, á la luz de una candileja, cosía una mujer joven.</p> - -<p>Desde el pasillo Manuel pudo oir la conversación que tenían adentro.</p> - -<p>El viejecillo del bigote blanco preguntó con su voz alegre qué es lo que -le pasaba á la mujer, y una vecina que vivía en un cuarto próximo contó -un sin fin de miserias y dolores.</p> - -<p>La hidrópica sobrellevaba sus desdichas con resignación extraordinaria.</p> - -<p>Se cebó la desgracia en ella y fué cayendo y cayendo hasta llegar á -aquella situación tan triste. No encontró una mano amiga, y sus únicos -favorecedores fueron un carnicero y su mujer, antiguos criados de su -casa á quienes había ayudado á establecerse en mejores épocas. La -carnicera, que además era prestamista, solía comprar en el Rastro -mantones y pañuelos de Manila, y cuando tenían algo que zurcir<a name="page_165" id="page_165"></a> ó -arreglar se los llevaba á la hija de la hidrópica para que los -compusiera.</p> - -<p>Esto, la antigua criada se lo pagaba á la hija de sus amos con un montón -de huesos, y á veces, cuando quedaba satisfecha del trabajo le daba las -sobras de su comida.</p> - -<p>—¡Moler con la generosidad de la carnicera!—dijo el albañil, que -escuchaba la narración de la vecina.</p> - -<p>—También la gente del pueblo—repuso Jesús en broma, recordando una -frase de zarzuela—tiene su corazoncito.</p> - -<p>Los señores de la Conferencia de Paúl, después de oir tan conmovedora -relación, dieron tres bonos á la hija de la hidrópica y salieron del -cuarto.</p> - -<p>—Ya es feliz esta mujer—murmuró Jesús irónicamente—; tenía que -morirse mañana y se muere pasado. ¿Para qué quiere más?</p> - -<p>El albañil murmuró:</p> - -<p>—Me parece.</p> - -<p>El secretario, el de los papeles, recordó un caso análogo al de la -hidrópica, y lo llamó curioso y extremadamente interesante.</p> - -<p>Cuando los tres señores salían de un pasillo para desembocar en otro, -una vieja les llamó y hablándoles de usía les pidió que la acompañaran y -les llevo alumbrándoles con una bujía á un caramanchón ó agujero negro -abierto debajo de una escalera. Sobre un montón de<a name="page_166" id="page_166"></a> trapos y arropada en -un mantón raido había una chiquilla delgada, esmirriada, la cara morena -y flaca, los ojos negros, huraños, y brillantes. A su lado dormía un -chico de dos ó tres años.</p> - -<p>—Yo quisiera que usías—dijo la vieja—la metieran á esta chica en un -asilo. Es huérfana; su madre, que con perdón, no llevaba muy buena vida, -murió aquí. Ella se ha metido en este agujero y nadie la puede echar, y -roba huevos, pan, todo lo que puede, unas veces en una casa, otras en -otra, para dar de comer al rorro. Yo quisiera que usías consiguieran que -la llevaran á un asilo.</p> - -<p>La chiquilla miró con sus ojos grandes, espantados á los tres señores, y -agarró de la mano al chico.</p> - -<p>—Esta niña—dijo el secretario, el de los papeles—, tiene por su -hermano un cariño verdaderamente curioso é interesante, y yo no sé si no -sería cruel separarlos.</p> - -<p>—Estaría mejor en un asilo—añadió la vieja.</p> - -<p>—Ya veremos, ya veremos—replicó el señor anciano—. Se fueron los -tres.</p> - -<p>—¿Cómo te llamas tú?—le preguntó Jesús á la chica.</p> - -<p>—¿Yo? Salvadora.</p> - -<p>—¿Quieres venir á vivir conmigo con tu chico?</p> - -<p>—Sí—contestó sin vacilar la niña.<a name="page_167" id="page_167"></a></p> - -<p>—Bueno, pues vamos, levántate. La Fea se va á poner más contenta—dijo -Jesús como para dar una explicación de su rasgo—. Si no la van á -separar de su crío y es una barbaridad.</p> - -<p>La chica cogió al niño en brazos y acompañó á Jesús. La Fea debió -recibir á los dos abandonados con un gran entusiasmo. Manuel no -presenció la escena porque en el pasillo le detuvo un muchacho joven:</p> - -<p>—¿No me conoces?—le preguntó, encarándose con él.</p> - -<p>—Sí, hombre... El Aristón.</p> - -<p>—El mismo.</p> - -<p>—¿Vives aquí?</p> - -<p>—Ahí en el Corral.</p> - -<p>El Corral era uno de los patios del parador, y daba á ese infecto Rastro -que va desde la Ronda á la fábrica del gas. El Aristón seguía con su -necromanía; no le habló á Manuel más que de muertos, entierros y cosas -fúnebres.</p> - -<p>Le dijo que iba á los camposantos los domingos, pues él consideraba como -un deber el cumplir esa Obra de Misericordia que manda enterrar á los -muertos.</p> - -<p>En el curso de la conversación, el necrómano insinuó la idea de que si -el rey se muriera se le haría un entierro admirable; pero que á pesar de -esto, él se figuraba que el entierro del Papa sería más suntuoso.<a name="page_168" id="page_168"></a></p> - -<p>Cruzaron el necrómano y Manuel varios pasillos.</p> - -<p>—¿A dónde me llevas?—le preguntó Manuel.</p> - -<p>—Si quieres venir, verás un muerto.</p> - -<p>—¿Y qué vas á hacer junto á ese muerto?</p> - -<p>—Voy á velarle y á rezar por él—dijo el Aristón.</p> - -<p>En un cuartucho iluminado por dos velas puestas en dos botellas, había -un hombre muerto, tendido sobre un jergón...</p> - -<p>De lejos llegaba rumor de panderetas y de cánticos; de cuando en cuando -una voz chillona de vieja borracha cantaba á voz en grito:</p> - -<div class="poem"><div class="stanza"> -<span class="i2">«Ande, ande, ande<br /></span> -<span class="i0">la marimorena;<br /></span> -<span class="i0">ande, ande, ande,<br /></span> -<span class="i0">que es la Nochebuena.»<br /></span> -</div></div> - -<p>En el cuarto del muerto en aquel instante no había nadie.</p> - -<p><a name="page_169" id="page_169"></a></p> - -<h3><a name="CAPITULO_IV-2" id="CAPITULO_IV-2"></a>CAPÍTULO IV<br /><br /> -<small>La Navidad de Roberto.—Gente del Norte.</small></h3> - -<p>A la misma hora, Roberto Hasting marchaba á casa de Bernardo Santín, -envuelto en su abrigo. La noche estaba fría, apenas transitaba nadie por -la calle, los tranvías pasaban de prisa resbalando por los railes con un -zumbido suave.</p> - -<p>Roberto entró en la casa, subió al último piso y llamó. Abrió la puerta -Esther y paso adentro.</p> - -<p>—¿Y Bernardo?—preguntó Roberto.</p> - -<p>—No ha venido en todo el día—contestó la ex institutriz.</p> - -<p>—¿No?</p> - -<p>—No.</p> - -<p>Esther, envuelta en un chal se sentó ante la mesa. El cuarto, la antigua -galería fotográfica, estaba iluminada con un quinqué de petróleo. Todo -denunciaba allí la mayor miseria.</p> - -<p>—¿Se han llevado la máquina?—preguntó Roberto.</p> - -<p>—Sí, esta mañana. Tengo el dinero guardado en este cajón. ¿Qué me -aconseja usted que haga, Roberto?</p> - -<p>Roberto paseó de un lado á otro del cuarto,<a name="page_170" id="page_170"></a> mirando al suelo; de -repente se detuvo ante Esther.</p> - -<p>—¿Usted quiere que le hable con entera franqueza?</p> - -<p>—Sí, con entera franqueza; como hablaría usted á un camarada.</p> - -<p>—Pues, bien, entonces yo creo que lo que debe usted hacer es, no se si -el consejo le parecerá á usted brutal...</p> - -<p>—Diga usted.</p> - -<p>—Lo que creo que debe usted hacer es separarse de su marido.</p> - -<p>Esther calló.</p> - -<p>—Ha caído usted en manos, no de un infame, ni de un canalla, pero sí en -manos de un desgraciado, de un pobre imbécil, sin talento, sin energía, -incapaz de vivir é incapaz de comprender á usted.</p> - -<p>—¿Y qué voy á hacer?</p> - -<p>—¿Qué? Volver á su vida pasada, á sus lecciones de piano y de inglés. -¿Es que le sería á usted dolorosa la separación?</p> - -<p>—No, al revés; puede usted creerlo, no siento el menor cariño por -Bernardo; me inspira lástima y repulsión. Es más, no lo he querido -nunca.</p> - -<p>—Entonces, ¿por qué se casó usted con él?</p> - -<p>—Qué sé yo. La fatalidad, el consejo pérfido de una amiga, el no -conocerle; fué una de esas cosas que se hacen sin saber por qué. Al día -siguiente estaba arrepentida.<a name="page_171" id="page_171"></a></p> - -<p>—Lo creo. Yo cuando supe que Bernardo se casaba, pensé: Será alguna -aventurera que quiere legitimar su situación con un nombre; luego, -cuando la fuí conociendo á usted, me pregunté: ¿Cómo ha podido esta -mujer engañarse con un hombre tan insignificante como Bernardo? No hay -explicación. Ni dinero, ni talento, ni energía. ¿Qué le ha impulsado á -una mujer ilustrada, de corazón, á casarse con un tipo así? Nunca me lo -he podido explicar. ¿Es que creyó usted ver en él un artista, un hombre, -aunque pobre, dispuesto á trabajar y á luchar?</p> - -<p>—No, me hicieron ver todo esto. Para que comprenda usted mi decisión, -tendría que contarle mi vida, desde que llegué á Madrid con mi madre. -Vivíamos las dos modestamente con una pequeña pensión que nos mandaba un -pariente de París. Yo había concluído de estudiar en el Conservatorio y -buscaba lecciones. Tenía dos ó tres de piano y una de inglés, con lo que -sacaba bastante para mis gastos. En esta situación se puso enferma mi -madre, perdí mis lecciones para atenderla y me ví en una situación -angustiosísima. Luego cuando murió, me encontraba sola en una casa de -huéspedes, asediada por hombres que me hacían proposiciones indignas á -todas horas, correteando por las calles para encontrar una plaza de -institutriz; verdaderamente desesperada. Crea usted que hubo días en que -sentí la tentación de<a name="page_172" id="page_172"></a> suicidarme, de echarme á la mala vida, de tomar -una resolución extrema para no tener ya que pensar. En esta situación un -día leo en un periódico que una señora inglesa que se hospedaba en el -hotel de París quería una señorita de compañía que conociera bien el -español y el inglés. Me presento en el hotel, espero á la señora y ésta -me recibe con los brazos abiertos y me trata como á una hermana. Puede -usted comprender mi satisfacción y mi gratitud. Nunca he sido ingrata; -si en aquella época mi protectora me hubiera pedido la vida se la -hubiese dado con gusto. Créalo usted. Esta señora era aficionada á -pintar y acostumbraba ir al Museo; yo solía acompañarla. Entre los que -copiaban en el Museo había un joven alemán, alto, rubio, amigo de mi -protectora, que comenzó á hacerme el amor. Yo lo encontraba petulante y -poco simpático. Cuando mi protectora notó que el pintor me galanteaba, -se incomodó mucho y me dijo que era un perdido, un canalla cínico; hizo -un retrato horrible de él, lo pintó como un egoísta depravado. Yo, que -no sentía gran simpatía por el alemán, escuché los consejos de mi -protectora y le manifesté al pintor claramente mi desprecio. A pesar de -esto Oswald, así se llamaba, insistía, cuando apareció allí Bernardo. -Creo que conocía algo al alemán, y un día habló con nosotras. Entonces -mi protectora hizo, sin que yo<a name="page_173" id="page_173"></a> lo advirtiera, una labor contraria á la -que había hecho con Oswald; me alabó á Bernardo á todas horas, me dijo -que era un gran artista, de un talento superior, de una sensibilidad -exquisita, un corazón de oro; que me adoraba. Efectivamente, recibí -cartas de él encantadoras, llenas de sentimientos delicados, que me -conmovieron. Ella, mi protectora, facilitó nuestras entrevistas, excitó -mi imaginación, me impulsó á este matrimonio desdichado, y viéndome -casada se fué de Madrid. A las dos ó tres semanas de matrimonio, -Bernardo me confesó riendo que las cartas que me había escrito se las -había dictado Fanny.</p> - -<p>—¿Fanny dice usted?—preguntó Roberto.</p> - -<p>—Sí; ¿la conoce usted?</p> - -<p>—Creo que sí.</p> - -<p>—Estaba ella enamorada de Oswald. Había hecho para impedir que Oswald -me galantease una gran perfidia. Después de salvarme de la miseria, me -ha llevado á una situación aún peor que aquella en que me encontró. -Abusó de la confianza ciega que en ella tenía. Pero me vengaré, sí, me -vengaré. Fanny está aquí con Oswald. Los he visto. Le he escrito á él -citándole para mañana.</p> - -<p>—Ha hecho usted mal, Esther.</p> - -<p>—¿Por qué? ¿Se juega así con la vida de una persona?</p> - -<p>—¿Qué adelantará usted con eso?<a name="page_174" id="page_174"></a></p> - -<p>—Vengarme; ¿le parece á usted poco?</p> - -<p>—Poco. Si ha conservado usted cariño por Oswald, es otra cosa.</p> - -<p>—No, yo no. No le quiero; pero no dejaré á Fanny sin castigar su -perfidia.</p> - -<p>—¿Llegaría usted al adulterio por la venganza?</p> - -<p>—¿Y quién le ha dicho á usted que llegaría al adulterio? Además, en mí -sería un derecho, no una falta.</p> - -<p>—Haría usted además desgraciado á Oswald.</p> - -<p>—¿No me han hecho desgraciada á mí?</p> - -<p>Esther se hallaba presa de una gran excitación.</p> - -<p>—¿Cree usted que mañana vendrá Oswald á esta casa?—le preguntó -Roberto.</p> - -<p>—Sí, creo que sí.</p> - -<p>—Esta protectora de usted, ¿es alta, delgada, con ojos grises?</p> - -<p>—¡Sí!</p> - -<p>—Es mi prima.</p> - -<p>—¿Su prima de usted?</p> - -<p>—Sí. Le advierto á usted que es muy violenta.</p> - -<p>—Lo sé.</p> - -<p>—Que es capaz de atacarle á usted en cualquier parte.</p> - -<p>—Lo sé también.</p> - -<p>—¿Ha pensado usted con calma en su resolución? Como comprenderá usted, -un hombre á<a name="page_175" id="page_175"></a> quien se le cita y se le dice: «Si no le correspondí á -usted fué porque me engañaron respecto á usted, y me dijeron que era -usted lo que no era», ese hombre no puede resignarse á oir -tranquilamente esta confidencia.</p> - -<p>—¿Y qué va hacer?</p> - -<p>—Buscará una compensación. Nadie se resigna á ser un instrumento de -venganza ajena. Usted perturba la tranquilidad de ese hombre.</p> - -<p>—¿No perturbaron la mía?</p> - -<p>—Sí; pero vengar la perfidia de Fanny en su amante, no me parece justo.</p> - -<p>—No me importa. Sólo una cosa me haría olvidar mi venganza.</p> - -<p>—¿Cuál?</p> - -<p>—El que le pudiera ocasionar á usted algún perjuicio. Usted ha sido -bueno para mí—murmuró Esther ruborizándose.</p> - -<p>—No, á mí ningún perjuicio puede ocasionarme, pero á usted sí. Fanny es -colérica.</p> - -<p>—¿Quiere usted venir mañana?</p> - -<p>—Pero yo, ¿con qué derecho voy á intervenir?</p> - -<p>—¿No es usted amigo mío?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—Entonces venga usted.</p> - -<p>Fué Roberto al día siguiente por la tarde. Bernardo estaba, según su -costumbre, fuera de casa; Esther se hallaba muy excitada. A las cuatro -llegó Oswald. Era un joven rubio, encarnado,<a name="page_176" id="page_176"></a> chato, con los ojos rojos, -muy alto y con el pelo largo. Pareció sufrir una gran decepción al -encontrar solo á Roberto. Hablaron. A Roberto, Oswald le pareció un -pedante insoportable. Tomó la palabra para decir, en un tono de dómine, -que no podía aguantar á los españoles ni á los franceses. Iba á escribir -un libro, el <i>Anti-latino</i>, considerando los pueblos latinos como -degenerados, que deben conquistar cuanto antes los germanos. Le -indignaba que se hablara de Francia. Francia no existía; Francia no -había hecho nada. Francia tenía á su alrededor la muralla de la China; -como ha dicho Björson: desde hace mucho tiempo, el mundo tiene como el -mejor músico á Wagner; como el mejor dramaturgo, á Ibsen; como el mejor -novelista, á Tolstoï; como el mejor pintor, á Böcklin; sin embargo, en -Francia se sigue hablando de Sardou, de Mirbeau y de otros imbéciles por -el estilo. Los escritores originales de París plagian á Nietzsche; los -músicos latinos han copiado y saqueado á los alemanes; la ciencia -francesa no existe, ni la filosofía, ni el arte. El hecho histórico de -Francia era una completa ilusión. Toda la raza latina era una raza -despreciable.</p> - -<p>Roberto no contestó á esto y observó atentamente á Oswald. ¡Le parecía -tan absurdo, tan pedantesco aquel hombre largo, á quien citaba una mujer -y hablaba de sociología!<a name="page_177" id="page_177"></a></p> - -<p>Entró Esther. La saludó el pintor muy gravemente, y le preguntó de -sopetón el motivo de la cita. Esther nada dijo; Roberto discretamente -salió del taller y comenzó á pasear por el corredor.</p> - -<p>—¿Sabe Fanny que ha venido usted aquí?—dijo Esther á Oswald.</p> - -<p>—Sí, creo que sí.</p> - -<p>—Me alegro.</p> - -<p>—¿Por qué?</p> - -<p>—Porque vendrá también ella.</p> - -<p>—¿Tiene algo que ver en este asunto?</p> - -<p>—Sí. ¿Hace tiempo que vive con usted?</p> - -<p>—Sí, ya hace tiempo.</p> - -<p>Callaron los dos y esperaron sin hablarse en una situación embarazosa. -De pronto se oyó un campanillazo formidable.</p> - -<p>—Aquí está ella, dijo Esther, y abrió la puerta.</p> - -<p>Penetró Fanny en el estudio. Venía pálida, descompuesta.</p> - -<p>—¿No me esperabas?—preguntó á Esther.</p> - -<p>—Sí, sabía que vendría usted.</p> - -<p>—¿Qué le quieres á Oswald?</p> - -<p>—Nada, quiero decirle qué clase de mujer es usted; quiero contarle sus -perfidias nada más. Usted ha cometido conmigo, que me fiaba en usted -como en mi madre, una acción villana; usted me ha vendido. Me dijo usted -que Oswald había engañado á una mujer para abandonarla después.<a name="page_178" id="page_178"></a></p> - -<p>—¡Yo!—dijo con asombro el pintor.</p> - -<p>—Sí, usted; ella me lo contó; me dijo también que usted era un pintor -despreciable y sin talento.</p> - -<p>Fanny, asombrada, desprevenida, no contestó una palabra.</p> - -<p>—Durante el tiempo que usted y yo nos tratamos—siguió diciendo Esther -dirigiéndose á Oswald—no dejó ocasión de hablar mal de usted, de -insultarle; decía que usted quería seducirme; le pintaba á usted como un -malvado, como un canalla, como un hombre repugnante...</p> - -<p>—¡Mientes, mientes!—gritó Fanny con voz chillona.</p> - -<p>—Digo la verdad, sólo la verdad. Yo entonces creí que sus consejos eran -por mi bien, por el cariño que me tenía; después vi que había cometido -conmigo la perfidia más grande, más inicua que se puede cometer, -valiéndose del ascendiente que tenía sobre mí.</p> - -<p>—Pero usted me escribió una carta—dijo Oswald.</p> - -<p>—Yo, no.</p> - -<p>—Sí, una carta en que contestaba con burlas á mis palabras.</p> - -<p>—No, yo no he escrito esa carta; la escribiría Fanny, que quería á todo -trance apartarle á usted de mí.</p> - -<p>—¡Oh! Ha matado mi vida—exclamó Oswald<a name="page_179" id="page_179"></a> de un modo enfático, y se -sentó junto á la mesa y apoyó la frente en su mano; luego se levantó de -la silla y comenzó á pasear de un lado á otro del cuarto.</p> - -<p>—Esta es la verdad, la pura verdad—afirmó Esther—, y quería que la -supiera usted, y delante de ella, que no podrá desmentirme. A mí me ha -hecho desgraciada, pero ella no gozará tranquilamente de su perfidia.</p> - -<p>—¡Ha matado mi vida!—repitió Oswald con su tono enfático.</p> - -<p>—Ella. Ha sido ella.</p> - -<p>—Te mataré—gritó Fanny con voz ronca, agarrando de los brazos á -Esther.</p> - -<p>—¿Pero ahora sabe usted que lo que ha dicho de mí es mentira?—preguntó -Oswald.</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—Ahora ¿podrá usted oirme?</p> - -<p>—Ahora, ja... ja...—rió Fanny—; ahora tiene un amante.</p> - -<p>—No es cierto—exclamó Esther.</p> - -<p>—Sí lo es, viene todos los días á verte. Es uno rubio. No lo puedes -negar.</p> - -<p>—¡Ah! Estaba aquí hace un momento—dijo Oswald.</p> - -<p>—No es mi amante, es un amigo.</p> - -<p>—¿Pero por qué le has llamado á Oswald?—gritó Fanny con rabia—. ¿Es -que le quieres?</p> - -<p>—¡Yo, no!; pero quiero enseñarle á usted que no se juega con la vida de -los demás, como<a name="page_180" id="page_180"></a> usted jugó con la mía. Me engañó usted; ya me he -vengado.</p> - -<p>—Te mataré—volvió á gritar Fanny, y agarró del cuello á Esther.</p> - -<p>—¡Roberto! ¡Roberto!, clamó Esther asustada.</p> - -<p>Apareció éste en el taller, cogió á su prima del brazo y violentamente -la hizo separarse de Esther.</p> - -<p>—¡Ah! ¿Eres tú, Bob?—dijo Fanny serenándose inmediatamente—; has -venido á tiempo; iba á matarla.</p> - -<p>La entrada de Roberto apaciguó un tanto los ánimos; se sentaron los -cuatro y hablaron. Discutieron el caso como si se tratara de un problema -de ajedrez. Fanny quería á Oswald. Oswald estaba enamorado de Esther, y -Esther no sentía inclinación alguna por el pintor, ¿Cómo iban á -arreglarse? Nadie cedía; además, hablando se perdían en laberínticos -análisis psicológicos que no conducían á nada. Había obscurecido; Esther -encendió el quinqué y lo colocó sobre la mesa. La discusión continuaba -en frío; Oswald hablaba monótonamente.</p> - -<p>—Se tú el árbitro—dijo Fanny á Roberto.</p> - -<p>—Yo, con que cada uno vaya por su lado, creo que resuelven su -conflicto. Pero fuera del perjuicio moral, tú, Fanny, has producido á -Esther un perjuicio material grandísimo.</p> - -<p>—Estoy dispuesta á indemnizarla.</p> - -<p>—Yo nada quiero de usted—exclamó Esther.<a name="page_181" id="page_181"></a></p> - -<p>—No; perdone usted—dijo Roberto—, perdone usted que tercie en este -asunto. Tú, Fanny, tienes una gran fortuna, una alta posición social; -Esther, en cambio, se encuentra, por tu causa, con su porvenir truncado, -tiene que ganar su vida, y tú no conoces lo que es esto; pero yo, que lo -conozco, sé lo amargo y lo triste que es. Esther podía haber vivido -tranquilamente; por tu culpa se ve así.</p> - -<p>—Ya he dicho que estoy dispuesta á indemnizarla.</p> - -<p>—Yo he dicho también que no quiero nada de usted.</p> - -<p>—No; usted debe dejarme á mí arreglar este asunto, Esther. ¿Mañana -podré verte, Fanny?</p> - -<p>—Toda la tarde te esperaré.</p> - -<p>—Está bien; trataremos de ese asunto.</p> - -<p>Fanny se levantó para salir; saludó ligeramente á Esther y tendió la -mano á su primo.</p> - -<p>—¿Sin rencor?—le preguntó Roberto.</p> - -<p>—Sin rencor—afirmó ella dando una sacudida violenta á la mano de -Roberto.</p> - -<p>Oswald salió sombrío y humillado con Fanny. Esther y Roberto quedaron -solos en el taller.</p> - -<p>—¿Sabe usted una cosa?—dijo Roberto riendo.</p> - -<p>—¿Qué?</p> - -<p>—Que no hubiera usted ganado gran cosa<a name="page_182" id="page_182"></a> casándose con Oswald en vez de -casarse con Bernardo... Adiós, hasta mañana.</p> - -<p>—Me abandona usted, Roberto—murmuró Esther con melancolía.</p> - -<p>—No; vendré mañana á ver á usted.</p> - -<p>—No quiero estar en esta casa. Lléveme usted de aquí, Roberto.</p> - -<p>—¿No le parece á usted peligroso?</p> - -<p>—¿Peligroso? ¿Para quién? ¿Para usted ó para mí?</p> - -<p>—Para los dos quizá.</p> - -<p>—¡Oh!, para mí no. Quisiera salir de aquí no ver á Bernardo, que no me -moleste.</p> - -<p>—No le molestará ya más.</p> - -<p>—Lléveme usted de aquí á cualquier parte.</p> - -<p>—Mire usted, Esther; yo soy un hombre que va por la vida en línea -recta. Es mi única fuerza; tengo orejeras como los caballos y no me -desvío de mi camino. Mis dos aspiraciones son hacer una fortuna y -casarme con una mujer; todo lo demás es para mi una tardanza en -conseguir mis fines.</p> - -<p>—¿Y yo entro en todo lo demás?</p> - -<p>—Sí, porque si no me desviaría de mi camino.</p> - -<p>—Es usted inflexible.</p> - -<p>—Sí; pero lo soy también conmigo mismo. Usted se encuentra en una -situación difícil. Se ha casado usted con un hombre hace un año, no -enamorada de él, es cierto, pero creyendo<a name="page_183" id="page_183"></a> que era un hombre leal, -trabajador, á quien llegaría usted á querer; ese hombre ha resultado un -miserable embrutecido, depravado, sin sentido moral. Se siente usted -ofendida en su orgullo de mujer, de mujer enérgica y buena, yo lo -comprendo. Quiere usted encontrar una tabla de salvación.</p> - -<p>—Y usted me dice fríamente: Yo no puedo ser el que te salve; yo tengo -otras aspiraciones; yo no me fijo si en mi camino hay gente que agoniza -porque nadie le atiende, yo sigo adelante.</p> - -<p>—Es verdad; yo sigo adelante. ¿Es que sería mejor lo que otro -cualquiera, lo que un hombre galante, haría en mi posición? -¿Aprovecharse de su desconcierto, y hacer que usted fuera mi querida, y -luego, después, dejarle á usted abandonada? Yo tengo mi conciencia. -Quizás sea rectilínea como mis aspiraciones, es así.</p> - -<p>—No hay salvación; mi vida está aniquilada—murmuró Esther con la -mirada brillante.</p> - -<p>—No; hay el trabajo. No todos los hombres son mezquinos y miserables; -luchar, ¡si esa es la vida!; vale más la inquietud, el ajetreo continuo, -la alternativa continua de placeres y dolores que no el estancamiento.</p> - -<p>Esther se enjugó una lágrima con el pañuelo.<a name="page_184" id="page_184"></a></p> - -<p>—Adiós; trataré de seguir sus consejos—y le tendió su mano.</p> - -<p>Roberto la tomó, y con su aire de caballero se inclinó y la besó.</p> - -<p>Iba á marcharse, cuando ella murmuró con angustia, con la voz de un niño -que implora:</p> - -<p>—¡Oh, no se vaya usted!</p> - -<p>Roberto volvió.</p> - -<p>—Yo no le desviaré de su camino—exclamó Esther—. Lléveme usted de -aquí. No, no me quejaré; seré como una hermana; como una criada, si -usted quiere. Haga usted de mí lo que quiera, pero no me abandone. -Cualquiera se aprovecharía de mi debilidad y sería peor para mí.</p> - -<p>—Vamos—murmuró Roberto emocionado—. ¿No le va usted á avisar á -Bernardo?</p> - -<p>Esther cogió un papel de cartas y escribió con letras grandes: «No me -esperes; no vuelvo». Luego se puso el sombrero nerviosamente y se acercó -á Roberto que esperaba á la puerta.</p> - -<p>—Pero si no quiere usted acompañarme no lo haga usted, Roberto. Por -compromiso, no—dijo Esther con los ojos llenos de lágrimas.</p> - -<p>—Ha dicho usted que sería mi hermana, vamos—repuso él con cariño. Ella -entonces se refugió en su pecho; él, apartando con la mano los rizos de -la frente, la besó con dulzura.</p> - -<p>—No, así no, así no—exclamó Esther temblando,<a name="page_185" id="page_185"></a> y agarrando á Roberto -por las muñecas le presentó los labios.</p> - -<p>Roberto perdió la cabeza y los besó frenético. Esther se abrazó á su -cuello; un sollozo largo de dolor y de deseo le hizo temblar de la -cabeza á los pies.</p> - -<p>—¿Vamos?</p> - -<p>—Vamos.</p> - -<p>Salieron de casa.</p> - -<p>Unas horas después, Bernardo Santín, con la carta de su mujer en la -mano, murmuraba:</p> - -<p>—¿Y mi padre? ¿Qué va á ser de mi pobre padre?</p> - -<p><a name="page_186" id="page_186"></a></p> - -<h3><a name="CAPITULO_V-2" id="CAPITULO_V-2"></a>CAPÍTULO V<br /><br /> -<small>Paro general.—Juergas.—El baile del Frontón.—La iniciación del amor.</small></h3> - -<p>La hermana de Jesús aceptó con gran entusiasmo á los dos huérfanos -recogidos por el cajista, el día de Nochebuena, y la Salvadora y el -chiquitín entraron á formar parte de la familia.</p> - -<p>Tenía la Salvadora un genio huraño y despótico, una afición á limpiar, á -barrer, á fregar, á sacudir, que á Jesús y á Manuel les fastidiaba; le -gustaba ordenar y disponer; todo lo que tenía de esmirriada lo tenía de -enérgica. Ella dispuso llevar la comida á Jesús y á Manuel, porque -gastaban mucho en la taberna, y al medio día, con un cesto que abultaba -más que ella, iba á la imprenta. En tres meses de ahorros, la Fea y la -Salvadora compraron en una casa de empeños una máquina de coser nueva.</p> - -<p>—La chica esta no nos va á dejar vivir—decía Jesús.</p> - -<p>La vida del cajista se había normalizado; no se emborrachaba; pero, á -pesar de los cuidados de su hermana y de la Salvadora, estaba<a name="page_187" id="page_187"></a> cada vez -más sombrío y más tétrico.</p> - -<p>Un día de invierno en que habían cobrado el jornal, al salir de la -imprenta, Jesús le preguntó á Manuel:</p> - -<p>—Oye, ¿no estás tú cansado de trabajar?</p> - -<p>—¡Pse!</p> - -<p>—¿No te da asco esta vida tan igual y tan monótona?</p> - -<p>—¿Y qué le vas á hacer?</p> - -<p>—Cualquier cosa preferiría yo á esto.</p> - -<p>—¡Si estuvieras solo como yo!</p> - -<p>—La Fea y la Salvadora se arreglan ya para vivir—dijo Jesús.—En la -primavera—añadió—tenían que hacer los dos un viaje á pie por los -caminos, trabajando un poco en cada lado y siempre viendo pueblos -nuevos. Sabía que en el Ministerio de la Gobernación daban un socorro, -que consistía en dos reales por cada pueblo por donde se pasara. Si -lograban ellos el socorro, inmediatamente debían marcharse.</p> - -<p>Charlando de estas cosas iban por la plaza del Progreso, cuando pasó por -delante de ellos una estudiantina tocando un alegre paso doble. Empezaba -á nevar; hacía mucho frío.</p> - -<p>—¿Vamos á cenar hoy bien?—dijo Jesús.</p> - -<p>—En casa nos estarán esperando.</p> - -<p>—¡Que esperen! Un día es un día. Vamos á estar ahí toda la vida -pensando en ahorrar dos perras gordas. ¡Ahorrar!, ¿para qué?</p> - -<p>Volvieron sobre sus pasos, recorrieron la<a name="page_188" id="page_188"></a> calle de Barrionuevo y en la -de la Paz entraron en una taberna y dispusieron la cena. Mientras -cenaban, hablaron del viaje proyectado con entusiasmo. Brindaron una -porción de veces. Manuel nunca había estado tan alegre. Se encontraba -decidido, con alientos para explorar el Polo Norte.</p> - -<p>—Ahora hay que ir al baile del Frontón—murmuró Jesús con voz -estropajosa á los postres—. Allí encontraremos unas golfas y, ¡venga -juerga!, y la imprenta <i>pa</i> el gato.</p> - -<p>—Eso es—repetía Manuel—, ¡al baile! Y al cojo que le den morcilla. -¡Anda, tú!</p> - -<p>Se levantaron, pagaron, y al pasar por la calle de Carretas entraron en -una taberna á tomar dos copas.</p> - -<p>Tropezando con todo el mundo llegaron á la calle de Tetuán, y allí se -empeñó Jesús en que debían de tomar otras copas; entraron en una taberna -y se sentaron. El cajista tenía rabia por beber, estaba pálido y -desencajado; Manuel, en cambio, sentía arder su sangre y las mejillas le -echaban fuego.</p> - -<p>—Anda, vamos—le dijo á Jesús; pero éste no podía levantarse. Manuel -vaciló en quedarse allí ó en salir á la calle; pero se decidió por -marcharse y dejó á Jesús dormido, con la cabeza echada sobre la mesa de -la taberna.</p> - -<p>Manuel salió á la calle tambaleándose; los copos de nieve, danzando ante -sus ojos, le mareaban.<a name="page_189" id="page_189"></a> Llegó á la Puerta del Sol. En la esquina de la -Carrera de San Jerónimo vió una muchacha que se detenía á hablar con los -hombres. La confundió primero con la Rabanitos, pero no era ella.</p> - -<p>Esta tenía la cara abotagada y erisipelatosa.</p> - -<p>—Tú, ¿qué haces?—le dijo Manuel bruscamente.</p> - -<p>—¿No lo ves? Vender <i>Heraldos</i>.</p> - -<p>—¿Y nada más?</p> - -<p>Ella bajó la voz, que era ronca y quebrada, y añadió:</p> - -<p>—Y jugar.</p> - -<p>Manuel estaba con el corazón palpitante.</p> - -<p>—¿No tienes novio?—la dijo.</p> - -<p>—No quiero chulos.</p> - -<p>—¿Por qué no?</p> - -<p>—Pa que la quiten á una el dinero que gana y la harten, además, de -palos. Sí, sí...</p> - -<p>—¿Cuánto quieres por venir conmigo?</p> - -<p>—¡Ay, qué guasa! ¡Si tú no tienes una perra!</p> - -<p>—¿Que no?</p> - -<p>—Vaya que no.</p> - -<p>—Yo tengo—murmuró Manuel con jactancia—cinco duros para tirarlos y tú -no me sirves á mí para nada.</p> - -<p>—Y tú á mí ni pa la limpieza.</p> - -<p>—Oye—añadió Manuel, y agarró á la muchacha del brazo y le dió un -empellón.</p> - -<p>—Vamos, ¡quita, asaúra!—gritó ella.<a name="page_190" id="page_190"></a></p> - -<p>—No quiero.</p> - -<p>—Pues no eres tú nadie. A ver si no te andas con tientos aquí, ¿eh?</p> - -<p>—Si quieres te convido á café—y Manuel hizo sonar el dinero en su -bolsillo.</p> - -<p>La muchacha vaciló, dió los números del periódico que llevaba en la mano -á una vieja, se ató el pañuelo al cuello y fué con Manuel á una -buñolería de la calle de Jacometrezo. Un perrillo de color de canela les -siguió.</p> - -<p>—¿Este perro es tuyo?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—¿Cómo se llama?</p> - -<p>—Sevino.</p> - -<p>—¿Y por qué le llamas así?</p> - -<p>—Porque se presentó en casa sin que nadie lo trajera.</p> - -<p>Entraron en la buñolería. Era un local largo, con columnas, en cuyo -fondo estaba la cocina, con su caldero grande para freir buñuelos. Dos -luces de gas, con mecheros envueltos en fundas blancas, iluminaban con -luz triste las paredes y las columnas cuadradas, recubiertas de azulejos -blancos con dibujos azules. Se sentaron Manuel y la muchacha en una mesa -próxima á una puerta que daba á un callejón.</p> - -<p>La muchacha habló por los codos mientras mojaba trozos de una ensaimada -agria en la jícara de chocolate. Se llamaba Petra, pero la decían -Matilde porque era más bonito. Tenía<a name="page_191" id="page_191"></a> diez y seis años y vivía en la -calle del Amparo en un sotabanco. Se levantaba á las dos; para cuando -ella se levantaba, su madre ya tenía arreglada la casa. No salía hasta -el anochecer; vendía una mano de <i>Heraldos</i> y diez <i>Corres</i>, y luego... -lo que se terciase. Entregaba todo el dinero que ganaba á su madre, y -cuando ésta suponía algún engaño, le daba unas cuantas tortas.</p> - -<p>Manuel, mientras sorbía con gravedad una copa de aguardiente, oía, sin -comprender apenas lo que le hablaban.</p> - -<p>Era la chica fea de veras. Llevaba la cara empolvada. A Manuel, luego de -observarla atentamente, se le ocurrió que parecía un pez enharinado á -quien espera la sartén. Hacía muchos visajes al hablar y movía los -párpados, abultados y blancos, que se cerraban sobre los ojos saltones.</p> - -<p>La muchacha siguió charlando de su madre, de su hermano, de un tío de un -puesto de periódicos, que prestaba un duro á los chicos que vendían el -<i>Blanco y Negro</i> por la mañana, y que por la noche le tenían que -devolver el duro y una peseta más, y de otra porción de cosas.</p> - -<p>Mientras hablaba, Manuel recordó que Jesús había dicho algo de un baile, -aunque ya no recordaba dónde.</p> - -<p>—Vamos á ese baile—dijo.</p> - -<p>—¿A cuál? ¿Al del Frontón?<a name="page_192" id="page_192"></a></p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—Hale.</p> - -<p>Salieron de la buñolería. Seguía nevando; por unas callejuelas desiertas -llegaron al juego de pelota; los dos arcos voltaicos de la puerta -iluminaban fuertemente la calle blanca. Manuel tomó los billetes; -dejaron él la capa y ella el mantón en el guardarropa, y entraron.</p> - -<p>Era el Frontón un amplio espacio rectangular, con una de las dos paredes -largas pintada de azul obscuro y marcada á trechos con rayas blancas y -números. En la otra pared larga estaban las gradas y los palcos.</p> - -<p>Dos grandes mamparas verdes cerraban los testeros del juego de pelota. -Arriba, en el alto techo, entre el armazón de hierro, diez ó doce puntos -brillantes de arco voltaico, no recubiertos por globos de cristal, -centelleaban de un modo deslumbrador.</p> - -<p>Aquel local ancho y pintado de obscuro, parecía un taller de máquinas -desocupado.</p> - -<p>Algunas busconas de bajo vuelo, ataviadas con mantones de Manila y -flores en la cabeza, mostraban su busto en los palcos. Se sentía frío.</p> - -<p>Cuando la charanga comenzó á tocar con estrépito, la gente de los -pasillos y del ambigú salió al centro á bailar, y poco á poco se formó -una corriente de parejas alrededor del salón. No había más que media -docena de máscaras. Se generalizó el baile; á la luz fría y cruda de<a name="page_193" id="page_193"></a> -los arcos voltaicos se veía á las parejas dando vueltas hombres y -mujeres, todos muy graves, muy estirados, tan fúnebres como si -asistieran á un entierro.</p> - -<p>Algunos hombres apoyaban los labios en la frente de las mujeres. No se -sentía una atmósfera de deseos, de fiebre; era un baile de gente -apagada, de muñecos con ojos de aburrimiento ó de cólera.</p> - -<p>A veces algún gracioso, como sintiendo la necesidad de demostrar que se -estaba en un baile de Carnaval, se tiraba al suelo ó gritaba -desaforadamente; había un momento de confusión; pero se restablecía -pronto el orden y se formaba de nuevo la corriente.</p> - -<p>Manuel sentía ganas de hacer locuras; se levantó y se puso á bailar con -la muchacha. Esta, incomodada porque no llevaba el compás, se sentó. -Manuel quedó desconsolado é hizo lo mismo. Pasaban parejas por delante -de ellos; las mujeres pintarrajeadas, con los ojos sombreados y la -expresión encanallada en la boca roja por el carmín; los hombres con -aspecto petulante y la mirada agresiva.</p> - -<p>Estos, rompían con cólera las serpentinas que echaban desde los palcos y -que se les enredaban al pasar.</p> - -<p>Un negro borracho sentado cerca de Manuel saludaba el paso de alguna -mujer guapa, gritando con una voz aniñada:<a name="page_194" id="page_194"></a></p> - -<p>—¡Olé ahí! ¡Vaya <i>caló</i>!</p> - -<p>—Adiós, Manolo—oyó Manuel que le decían. Era Vidal, que bailaba con -una máscara elegante, muy ceñido á ella.</p> - -<p>—Vete á verme mañana—dijo Vidal.</p> - -<p>—¿A dónde?</p> - -<p>—A las siete de la noche en el café de Lisboa.</p> - -<p>—Bueno.</p> - -<p>Vidal se perdió con su pareja en el remolino de gente. Cesó la música de -tocar en un intermedio.</p> - -<p>—¿Vamos?—preguntó Manuel á la muchacha.</p> - -<p>—Sí, vamos.</p> - -<p>Manuel temblaba de emoción al pensar que llegaba el momento trágico. -Tomaron las prendas en el guardarropa y salieron.</p> - -<p>Seguía nevando; la luz de los globos eléctricos de la puerta del Frontón -iluminaba la calle, cubierta de una capa blanca de nieve. Atravesaron -Manuel y la muchacha la Puerta del Sol de prisa, subieron por la calle -de Correos, y en la de la Paz se detuvieron en un portal abierto, -iluminado por la claridad, entre confidencial y misteriosa, que daba un -farol grande con una luz muy triste.</p> - -<p>Empujaron una puerta de cristales, y en la escalera obscura -desaparecieron...<a name="page_195" id="page_195"></a></p> - -<h3><a name="CAPITULO_VI-2" id="CAPITULO_VI-2"></a>CAPÍTULO VI<br /><br /> -<small>La nieve.—Otras historias de don Alonso.—Las Injurias. El Asilo del Sur.</small></h3> - -<p>Al día siguiente pasó Manuel toda la mañana durmiendo á pierna suelta. -Cuando se levantó eran más de las tres de la tarde.</p> - -<p>Llamó en el cuarto de Jesús. Estaban la Fea en la máquina y la Salvadora -sentada en una silla pequeña, descosiendo unas faldas; el chiquitín -jugaba en el suelo.</p> - -<p>—¿Y Jesús?—preguntó Manuel.</p> - -<p>—¡Tú lo sabrás!—contestó la Salvadora, con una voz colérica.</p> - -<p>—Yo... me separé de él...; luego me encontré un amigo... Manuel se -esforzó en inventar una mentira.—Quizás esté en la imprenta—añadió.</p> - -<p>—No, en la imprenta no está—replicó la Salvadora.</p> - -<p>—Le buscaré.</p> - -<p>Salió Manuel avergonzado del parador de Santa Casilda; se dirigió al -centro y preguntó en la taberna de la calle de Tetuán por su amigo.<a name="page_196" id="page_196"></a></p> - -<p>—Aquí estuvo—contestó el mozo—hasta que se cerró la taberna. Luego se -fué, hecho un pepe, no sé á dónde.</p> - -<p>Manuel volvió al parador, se metió en la cama con intención de ir al día -siguiente á la imprenta; pero también se levantó tarde. Sentía una -inercia imposible de vencer.</p> - -<p>En el corredor se encontró con la Salvadora.</p> - -<p>—¿Hoy tampoco has ido á la imprenta?—le dijo.</p> - -<p>—No.</p> - -<p>—Bueno, pues no vuelvas más por aquí—añadió la muchacha, -encolerizada—; no necesitamos golfería. Mientras estamos ahí nosotras -trabajando, vosotros de juerga. Ya te digo, no vuelvas más por aquí, y -si le ves á Jesús dile esto mismo de parte de su hermana y de la mía.</p> - -<p>Manuel se encogió de hombros y salió de casa. Había nevado todo el día; -en la Puerta del Sol, cuadrillas de barrenderos y mangueros quitaban la -nieve; el agua negra corría por el arroyo.</p> - -<p>Se asomó Manuel varias veces al café de Lisboa, por si veía á Vidal; -pero no lo vió, y, después de comer en una taberna, se fué á pasear por -las calles. Obscureció muy pronto. Madrid, cubierto de nieve, estaba -deshabitado; la plaza de Oriente tenía un aspecto irreal, de algo como -una decoración de teatro; los reyes<a name="page_197" id="page_197"></a> de piedra mostraban hermosos mantos -blancos; la estatua del centro de la plaza se destacaba gallardamente -sobre el cielo gris. Desde el Viaducto veíanse extensiones blancas. -Hacia Madrid, un amontonamiento de casas amarillentas, y de tejados -negros, y de torres perfiladas en el cielo lactescente, enrojecido por -una irradiación luminosa.</p> - -<p>Manuel volvió á su casa, desalentado; se metió en la cama.</p> - -<p>—Mañana voy á la imprenta—se dijo, pero tampoco fué; se despertó muy -temprano, con este propósito; se levantó, se acercó á la imprenta, y, al -ir á entrar, se le ocurrió la idea de que el amo le armaría un -escándalo, y no entró.—Si no es ahí, encontraré trabajo en otra -parte—pensó, y volviendo por sus pasos se fué á la Puerta del Sol, -después á la plaza de Oriente, y por la calle de Bailén y luego la de -Ferraz salió al paseo de Rosales. Estaba desierto y silencioso.</p> - -<p>Desde allá se veía todo el campo blanco por la nieve, las obscuras -arboledas de la Casa de Campo y los cerros redondos erizados de pinos -negros. El sol se presentaba pálido en el cielo plomizo. Al ras de la -tierra, hacia el lado de Villaverde, resplandecía un trozo de cielo -azul, limpio, entre brumas rosadas. Reinaba un profundo silencio; sólo -el silbido estridente de las locomotoras y los martillazos en los -talleres de<a name="page_198" id="page_198"></a> la estación del Norte, turbaban aquella calma. Los pasos no -resonaban en el suelo.</p> - -<p>Las casas del paseo tenían adornos blancos de la nieve en los barandados -y en las cornisas; los árboles parecían aplastados bajo aquella capa -blanca.</p> - -<p>Por la tarde volvió Manuel á acercarse á la imprenta, se asomó á ella y -preguntó al maquinista por Jesús.</p> - -<p>—Menuda bronca le ha echado el amo—le contestó.</p> - -<p>—¿Le ha despedido?</p> - -<p>—No que no. Anda, sube tú ahora.</p> - -<p>Manuel, que iba á subir, se detuvo.</p> - -<p>—¿Se fué ya Jesús?</p> - -<p>—Sí. Estará en la taberna de la esquina.</p> - -<p>Efectivamente, allí estaba. Sentado en una mesa bebía una copa de -aguardiente. Cariacontecido y triste, se entregaba á sus pensamientos -sombríos.</p> - -<p>—¿Qué haces?—le preguntó Manuel.</p> - -<p>—¡Ah! ¿Eres tú?</p> - -<p>—Sí; ¿te ha despedido el Cojo?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—¿Estabas pensando en algo?</p> - -<p>—¡Pse!... cuando no se tiene nada que hacer. Anda, vamos á tomar unas -copas.</p> - -<p>—No, yo no.</p> - -<p>—Tú harás lo que te se mande. No tengo más que cuarenta céntimos, que -es como no<a name="page_199" id="page_199"></a> tener nada. ¡Eh, tú, chico! Echa unas copas.</p> - -<p>Bebieron y se fueron los dos hacia el parador de Santa Casilda. Seguía -nevando; Jesús, con las mejillas rojas, tosía desesperadamente.</p> - -<p>—Te advierto que la Salvadora, la chiquita, te va á armar una chillería -de dos mil demonios.—dijo Manuel—¡Vaya un genio que tiene!</p> - -<p>—¿Pues qué quieren, que estemos toda la vida ahorrando? Yo me alegro de -que la chiquita esté en casa, porque así le defiende á la Fea, que es -más infeliz... Y á ti, ¿cuánto te queda de la quincena?—preguntó el -cajista á Manuel.</p> - -<p>—¿A mí? ni un botón.</p> - -<p>Con esta respuesta, Jesús sintió tal enternecimiento, que agarrando del -brazo á su amigo, le aseguró con calurosas frases que le estimaba y le -quería como á un hermano.</p> - -<p>—Y, ¡maldito sea el veneno!—concluyó diciendo—, si yo no soy capaz de -hacer por ti cualquier cosa; porque eso que me has dicho que no tienes -un botón, vale más para mí que lo del héroe de Cascorro.</p> - -<p>Manuel, conmovido con estas palabras, aseguró con voz velada que, aunque -era un golfo y no servía para nada, estaba dispuesto á todo.</p> - -<p>Para celebrar aquellas manifestaciones tan afectuosas de amistad, -entraron los dos en<a name="page_200" id="page_200"></a> una taberna de la calle de Barrionuevo y bebieron -otras copas de aguardiente.</p> - -<p>Cuando llegaron al parador de Santa Casilda, iban los dos completamente -borrachos. La administradora de la casa les salió al encuentro, -reclamándoles á ambos el alquiler de sus cuartos. Jesús la contestó, en -broma, que no le daban dinero porque no tenían. Ella les dijo que -pagaban ó se marchaban á la calle, y el cajista la replicó que les -echara si se atrevía.</p> - -<p>La mujer, que era de armas tomar, empujándoles por la espalda, puso á -los dos en la calle.</p> - -<p>—Rediós ¡con el sexo débil!—murmuró Jesús—. A esto le llaman el sexo -débil... y á uno le ponen en la puerta de la calle... y á tomar dos -duros... ¿Eh, Manuel? El sexo débil... ¿qué te parece á ti esa manera de -hablar figurada?... Más débiles somos nosotros... y abusan.</p> - -<p>Echaron á andar; no sentía ninguno de los dos el frío.</p> - -<p>De vez en cuando, Jesús se detenía perorando; algún hombre se reía al -verles pasar ó algún chiquillo, desde un portal, les llamaba y les -tiraba una bola de nieve.</p> - -<p>—¿De quién se reirán?—pensaba Manuel.</p> - -<p>La ronda estaba silenciosa, blanca, con un reguero negro en medio, -dejado por los carros. Los grandes copos llegaban entrecruzándose;<a name="page_201" id="page_201"></a> -danzaban con las ráfagas de viento como mariposas blancas; al volver la -calma, caían lenta y blandamente en el aire gris, como el plumón suave -desprendido del cuello de un cisne.</p> - -<p>A lo lejos, entre la niebla, blanqueaba el paisaje de los alrededores, -las lomas redondas de curva suave, las casas y los cementerios del campo -de San Isidro. Todo se destacaba más negro: los tejados, las tapias, los -arboles, los faroles cubiertos de espesas caperuzas de nieve.</p> - -<p>Y en el ambiente blanquecino, el humo negro espirado por las chimeneas -de las fábricas, se extendía por el aire como una amenaza.</p> - -<p>—El sexo débil. ¿Eh, Manuel?—siguió Jesús con su idea fija—, y á uno -le ponen en la puerta de la calle... es como si dijeran la nieve -débil... porque tú la pisas... ¿no es verdad?..., pero ella te enfría... -¿y quién es más débil, tú ó la nieve?... tú porque te enfrías... En este -mundo no hace uno más que eso, constiparse... Todo está frío, ¿sabes?... -todo... Como la nieve... la ves blanca, ¿eh?, parece buena, cariñosa... -el sexo débil... pues cógela y te hielas.</p> - -<p>Gastaron los últimos céntimos en otra copa de aguardiente, y desde -entonces perdieron ya la conciencia de sus actos...</p> - -<p> </p> - -<p><a name="page_202" id="page_202"></a></p> - -<p>A la mañana siguiente se despertaron ateridos de frío en un cobertizo -del Mercado de Ganados que había cerca del paseo de los Pontones.</p> - -<p>Jesús tosía de una manera horrible.</p> - -<p>—Estáte tú aquí—le dijo Manuel.—Voy á ver si encuentro algo que -comer.</p> - -<p>Salió á la Ronda, ya no nevaba; algunos chiquillos se divertían -tirándose bolas de nieve; subió por la calle del Aguila; la zapatería -estaba cerrada. Entonces Manuel pensó en buscar á Jacob; se dirigió -hacia el Viaducto, é iba distraído cuando sintió que le cogían de los -hombros y le decían:</p> - -<p>—Detén tu brazo, Abraham. ¿A dónde vas?</p> - -<p>Era el Hombre Boa, el ilustre don Alonso.</p> - -<p>Manuel le contó lo que les pasaba á su amigo y á él.</p> - -<p>—No hay que apurarse; ya vendrá la buena—murmuró el Hombre Boa.—¿Tú -tienes algún sitio á dónde ir?</p> - -<p>—Una tejavana.</p> - -<p>—Bueno. Vamos allá; yo tengo una peseta. Con esto podemos comer los -tres.</p> - -<p>Entraron en una casa de comidas de la calle del Aguila, donde les -dieron, por dos reales, un puchero de cocido; compraron pan y fueron los -dos de prisa hacia el cobertizo. Comieron, dejaron algo para la noche, y -después de comer, don Alonso arrancó unas maderas de<a name="page_203" id="page_203"></a> una valla y logró -hacer fuego dentro del cobertizo.</p> - -<p>Por la tarde empezó á llover á torrentes; el Hombre Boa se creyó en el -caso de amenizar la reunión, y comenzó á contar historias sobre -historias, comenzando siempre con su eterno estribillo de «Una vez en -América...»</p> - -<p>—Una vez en América—(y esta historia es la menos insubstancial de las -que contó)—íbamos navegando por el Mississippí en vapor. Os advierto -que en estos vapores se puede jugar al billar; tan poco movimiento -tienen. Pues bien, íbamos navegando y llegamos á un pueblo; se detiene -el barco y vemos en el muelle de aquella aldea una barbaridad de gente; -nos acercamos y vemos que todos eran indios, excepto unos cuantos -carabineros y soldados yanquis.</p> - -<p>Yo (esto añadió don Alonso con arrogancia), que era el director, dije á -mis músicos: «Hay que tocar con brío», y en seguida, búm... búm... -búm... tra... la... la...; No os podéis figurar los gritos y chillidos y -graznidos de aquella gente.</p> - -<p>Cuando concluyeron de tocar los músicos se presentó delante de mí una -india muy gorda, con la cabeza llena de plumas de gallo, que se puso á -hacerme ceremoniosos saludos. Pregunté á uno de los yanquis:—¿Quién es -esa señora?—Es la reina—me dijo—, y desea un poco<a name="page_204" id="page_204"></a> más de música. Yo -la saludé: ¡Muy señora mía! (haciendo elegantes y versallescas -reverencias y echando un pie hacia atrás) y les dije á los de la banda: -«Muchachos: un poquito más de música para S. M.» Volvieron á tocar, y la -reina, muy agradecida, me saludó, poniéndose la mano en el corazón. Yo -hice lo mismo: ¡Muy señora mía!</p> - -<p>Armamos nuestro circo portátil en unas horas, y me retiré á pensar en el -programa. Yo era el director.—Hay que hacer el «Indio á caballo»—me -dije—; aunque es un número desacreditado en las ciudades, aquí no lo -conocerán. Luego sacaré <i>equiyeres</i>, acróbatas, equilibristas, -pantomimistas, y al último los <i>clauns</i>, que darán el golpe. Al que iba -á hacer el «Indio á caballo» le advertí:—Mira, tú ponte lo más parecido -á ellos.—Descuide usted, señor director. Muchachos: fué un éxito -sensacional. Salió el «Indio». ¡Qué aplausos!</p> - -<p>Don Alonso representó mímicamente el número; se agachaba, imitando los -movimientos del que va á caballo; hundía la cabeza en el pecho, mirando -con ojos desencajados á un punto, y hacía como si volteara el lazo por -encima de su cabeza.</p> - -<p>—El «Indio á caballo»—prosiguió don Alonso—se ganó los aplausos de -los demás indios. Para mí que ellos no sabían ni montar. Después hubo un -número de acróbatas, luego otros varios,<a name="page_205" id="page_205"></a> hasta que llegó la hora de los -<i>clauns</i>. Ahora sí que va á haber jaleo—pensé yo—; y, efectivamente, -no hicieron más que salir, cuando se armó un alboroto terrible. ¡Cómo se -divierten!—pensaba yo—, cuando viene un mozo á decirme:—¡Señor -director!, ¡señor director!—¿Qué pasa?—El público entero se va.—¿Qué -se va? Nada, los indios se habían asustado al ver á los <i>clauns</i>, y -creían que eran demonios que habían ido allí á aguarles la función. -Entro en la pista, y saco á los <i>clauns</i> á trompicones. Luego, para -quitar á los indios la mala impresión, hice unos cuantos juegos de -manos. Cuando empecé á echar cintas encendidas por la boca, ¡rediez, qué -éxito! Todo el mundo se quedó asombrado; pero cuando les escamoteé unas -sortijas y les saqué una pecera del bolsillo de la chaqueta con sus -peces vivos, no he tenido nunca ovación mayor.</p> - -<p>Calló don Alonso. Jesús y Manuel se preparaban á dormir, tirados en el -suelo, acurrucados en un rincón. Comenzaba á llover á torrentes; el agua -caía con estrépito sobre el techo de cinc del cobertizo; el viento -silbaba y gemía á lo lejos.</p> - -<p>Empezó á tronar, y no parecía sino que algún tren caía por un -despeñadero de metal, por el ruido continuado y violento que hacían los -truenos.</p> - -<p>—¡Vaya una tempestad!—murmuró Jesús.<a name="page_206" id="page_206"></a></p> - -<p>—¡Las tempestades de tierra!—replicó don Alonso—. ¡Valiente filfa! -Las tempestades de tierra no valen nada. En el mar, en el mar, hay que -verlas, cuando el agua salta por encima de los puentes... Hasta en los -lagos. En el lago Erie y en el Michigan he pasado yo tempestades -tremendas, con olas como casas. Eso sí, se calma el viento y el agua -queda al poco rato como el estanque del Retiro. Una vez allí en -América...</p> - -<p>Pero Manuel y Jesús, hartos de narraciones americanas, se hicieron los -dormidos, y el antiguo Hombre Boa se calló desconsolado y pensó en -aquellos dulces tiempos en que escamoteaba sortijas á los indios y les -sacaba la pecera.</p> - -<p>No pudieron dormir; tuvieron que levantarse varias veces y cambiar de -sitio, porque entraba el agua por el tejado...</p> - -<p>A la mañana siguiente, cuando salieron, ya no llovía; la nieve se había -derretido por completo. La explanada del Mercado de Ganados hallábase -convertida en un pantano; el suelo de la Ronda, en un barrizal; las -casas y los árboles chorreaban agua; todo se veía negro, cenagoso, -desierto; sólo algunos perros vagabundos, famélicos, llenos de barro, -husmeaban en los montones de basura.</p> - -<p>Manuel empeñó la capa, y por el consejo de Jesús, se abrigó el pecho con -unos periódicos.<a name="page_207" id="page_207"></a> Dieron diez reales en una casa de préstamos por la -prenda y fueron los tres á comer á la Tienda-Asilo de la Montaña del -Príncipe Pío.</p> - -<p>Manuel y Jesús, acompañados de don Alonso, entraron en dos imprentas á -preguntar si había trabajo, pero no lo había. Por la noche volvieron á -la Tienda-Asilo á cenar. Propuso don Alonso ir á dormir al Depósito de -mendigos. Salieron los tres; era al anochecer; había una fila de golfos -andrajosos á la puerta del Depósito, esperando á que abrieran; Jesús y -Manuel fueron partidarios de no entrar allá.</p> - -<p>Recorrieron el bosquecillo próximo al cuartel de la Montaña; algunos -soldados y algunas prostitutas charlaban y fumaban en corro; siguieron -la calle de Ferraz, luego la de Bailén; cruzaron el Viaducto, y por la -calle de Toledo bajaron al paseo de los Pontones.</p> - -<p>El rincón donde habían pasado la noche anterior le ocupaba una banda de -golfos.</p> - -<p>Siguieron adelante, metiéndose en el barro; comenzaba á llover de nuevo. -Propuso Manuel entrar en la taberna de la Blasa, y por la escalera del -paseo Imperial bajaron á la hondonada de las Injurias. La taberna estaba -cerrada. Entraron en una callejuela. Los pies se hundían en el barro y -en los charcos. Vieron una casucha con la puerta abierta y entraron. El -Hombre Boa encendió una cerilla. La casa<a name="page_208" id="page_208"></a> tenía dos cuartos de un par de -metros en cuadro. Las paredes de aquellos cuartuchos destilaban humedad -y mugre; el suelo, de tierra apisonada, estaba agujereado por las -goteras y lleno de charcos. La cocina era un foco de infección: había en -medio un montón de basura y de excrementos; en los rincones, cucarachas -muertas y secas.</p> - -<p>Por la mañana salieron de la casa. El día se presentaba húmedo y triste; -á lo lejos, el campo envuelto en niebla. El barrio de las Injurias se -despoblaba; iban saliendo sus habitantes hacia Madrid, á la busca, por -las callejuelas llenas de cieno; subían unos al paseo Imperial, otros -marchaban por el Arroyo de Embajadores.</p> - -<p>Era gente astrosa; algunos, traperos; otros, mendigos; otros, muertos de -hambre; casi todos de facha repulsiva. Peor aspecto que los hombres -tenían aún las mujeres, sucias, desgreñadas, haraposas. Era una basura -humana, envuelta en guiñapos, entumecida por el frió y la humedad, la -que vomitaba aquel barrio infecto. Era la herpe, la lacra, el color -amarillo de la terciana, el párpado retraído, todos los estigmas de la -enfermedad y de la miseria.</p> - -<p>—Si los ricos vieran esto, ¿eh?—dijo don Alonso.</p> - -<p>—Bah, no harían nada—murmuró Jesús.</p> - -<p>—¿Por qué?<a name="page_209" id="page_209"></a></p> - -<p>—Porque no. Si le quita usted al rico la satisfacción de saber que -mientras él duerme otro se hiela y que mientras él come otro se muere de -hambre, le quita usted la mitad de su dicha.</p> - -<p>—¿Crees tú eso?—preguntó don Alonso mirando á Jesús con asombro.</p> - -<p>—Sí. Además, ¿qué nos importa lo que piensen? Ellos no se ocupan de -nosotros; ahora dormirán en sus camas limpias y mullidas tranquilamente, -mientras nosotros...</p> - -<p>Hizo un gesto de desagrado el Hombre Boa; le molestaba que se hablara -mal de los ricos.</p> - -<p>Salió el sol; un disco rojo sobre la tierra negra; luego, en las -escombreras de la fábrica del gas de encima de las Injurias comenzaron á -llegar carros y á verter cascotes y escombros. En las casuchas de la -hondonada, alguna que otra mujer se asomaba á la puerta con la colilla -del cigarro en la boca...</p> - -<p>Una noche el sereno de las Injurias sorprendió á los tres hombres en la -casa desalquilada y los echó de allí.</p> - -<p>Los días siguientes, Manuel y Jesús—el titiritero había -desaparecido—se decidieron á ir al Asilo de las Delicias á pasar la -noche. Ninguno de los dos se preocupaba en buscar trabajo. Llevaban ya -cerca de un mes vagabundeando, y un día en un cuartel, al siguiente en -un convento ó en un asilo, iban viviendo.<a name="page_210" id="page_210"></a></p> - -<p>La primera vez que Jesús y Manuel durmieron en el Asilo de las Delicias -fué un día de Marzo.</p> - -<p>Cuando llegaron al asilo no se hallaba abierto aún. Aguardaron paseando -por el antiguo camino de Yeseros. Se internaron por los campos próximos, -en los que se veían casuchas miserables, á cuyas puertas jugaban al -chito y al tejo algunos hombres y pululaban chiquillos andrajosos.</p> - -<p>Eran aquellos andurriales sitios tristes, yermos, desolados; lugares de -ruina, como si en ellos se hubiese levantado una ciudad á la cual un -cataclismo aniquilara. Por todas partes se veían escombros y cascotes, -hondonadas llenas de escorias; aquí y allí alguna chimenea de ladrillo -rota, algún horno de cal derruido. Sólo á largo trecho se destacaba una -huerta con su noria; á lo lejos, en las colinas que cerraban el -horizonte, se levantaban barriadas confusas y casas esparcidas. Era un -paraje intranquilizador; por detrás de las lomas salían vagos de mal -aspecto en grupos de tres y cuatro.</p> - -<p>Por allá cerca pasaba el Arroyo Abroñigal, en el fondo de un barranco, y -Manuel y Jesús lo siguieron hasta un puente de ladrillo llamado de los -Tres Ojos.</p> - -<p>Volvieron al anochecer. El Asilo estaba ya abierto. Se encontraba á la -derecha, camino<a name="page_211" id="page_211"></a> de Yeseros arriba, próximo á unos cuantos cementerios -abandonados. El tejado puntiagudo, las galerías y escalinatas de madera, -le daban aspecto de chalet suizo. En el balcón, en un letrero sujeto al -barandado, se leía: «Asilo Municipal del Sur». Un farol de cristal rojo -lanzaba luz sangrienta en medio de los campos desiertos.</p> - -<p>Manuel y Jesús bajaron varios escalones; en una taquilla, un empleado -que escribía en un cuaderno les pidió su nombre, lo dieron, y entraron -en el Asilo.</p> - -<p>La parte destinada á los hombres tenía dos salas iluminadas con mecheros -de gas, separadas por un tabique, las dos con pilares de madera y -ventanucas altas y pequeñas. Jesús y Manuel cruzaron la primera sala y -entraron en la segunda, en donde á lo largo, sobre unas tarimas, había -algunos hombres. Se tendieron también ellos y charlaron un rato...</p> - -<p>Iban entrando mendigos, apoderándose de las tarimas, colocadas en medio -y junto á las columnas. Dejaban los que entraban en el suelo sus -abrigos, capas llenas de remiendos, elásticas sucias, montones de -guiñapos, y al mismo tiempo latas llenas de colillas, pucheros y cestas.</p> - -<p>Los parroquianos pasaban casi todos á la segunda sala.</p> - -<p>—Aquí no corre tanto el aire—dijo un viejo<a name="page_212" id="page_212"></a> mendigo que se preparaba á -tenderse cerca de Manuel.</p> - -<p>Unos cuantos golfos de quince á veinte años hicieron irrupción en la -sala, se apoderaron de un rincón y se pusieron á jugar al cané.</p> - -<p>—¡Qué tunantes sois!—les gritó el viejo mendigo vecino de Manuel—. -Hasta aquí tenéis que venir á jugar, ¡leñe!</p> - -<p>—¡Ay, con lo que sale ahora el arrugado!—replicó uno de los golfos.</p> - -<p>—Cállese usted, ¡calandria! Si se parece usted á don Nicanor tocando el -tambor—dijo otro.</p> - -<p>—¡Granujas! ¡Golfos!—murmuró el viejo con ira.</p> - -<p>Manuel se volvió á contemplar al iracundo viejo. Era bajito, con barba -escasa y gris; tenía los ojos como dos cicatrices y unas antiparras -negras que le pasaban por en medio de la frente. Vestía un gabán -remendado y mugriento, en la cabeza una boina y encima de ésta un -sombrero duro de ala grasienta. Al llegar, se desembarazó de un morral -de tela y lo dejó en el suelo.</p> - -<p>—Es que estos granujas nos desacreditan—explicó el viejo—; el año -pasado robaron el teléfono del Asilo y un pedazo de plomo de una -cañería.</p> - -<p>Manuel paseó la vista por la sala. Cerca de él, un viejo alto, de barba -blanca, con cara de<a name="page_213" id="page_213"></a> apóstol, embebido en sus pensamientos, apoyaba la -espalda en uno de los pilares; llevaba una blusa, una bufanda y una -gorrilla. En el rincón ocupado por los golfos descarados y fanfarrones, -se destacaba la silueta de un hombre vestido de negro, tipo de cesante. -En sus rodillas apoyaba la cabeza un niño dormido, de cinco á seis años.</p> - -<p>Todos los demás eran de facha brutal; mendigos con aspecto de -bandoleros; cojos y tullidos que andaban por la calle mostrando sus -deformidades; obreros sin trabajo, acostumbrados á la holganza, y entre -éstos algún tipo de hombre caído, con la barba larga y las guedejas -grasientas, al cual le quedaba en su aspecto y en su traje, con cuello -corbata y puños aunque muy sucios, algo de distinción; un pálido reflejo -del esplendor de la vida pasada.</p> - -<p>La atmósfera se caldeó pronto en la sala, y el aire, impregnado de olor -de tabaco y de miseria, se hizo nauseabundo.</p> - -<p>Manuel, se tendió en su tarima y escuchó la conversación que entablaron -Jesús y el mendigo viejo de las antiparras. Era éste un pordiosero -impenitente, conocedor de todos los medios de explotar la caridad -oficial.</p> - -<p>A pesar de que andaba siempre rodando de un lado á otro, no se había -alejado nunca más de cinco ó seis leguas de Madrid.</p> - -<p>—Antes se estaba bien en este Asilo—explicaba<a name="page_214" id="page_214"></a> el viejo á Jesús—; -había una estufa; las tarimas tenían su manta, y por la mañana á todo el -mundo se le daba una sopa.</p> - -<p>—Sí, una sopa de agua—replicó otro mendigo joven, melenudo, flaco y -tostado por el sol.</p> - -<p>—Bueno, pero calentaba las tripas.</p> - -<p>El hombre de aspecto decente, disgustado, sin duda, de encontrarse entre -la golfería, tomó al chico en sus brazos y se acercó al lugar ocupado -por Jesús y Manuel y terció en la conversación contando sus cuitas. -Dentro de lo triste, era cómica su historia.</p> - -<p>Venía de una capital de provincia, dejando un destinillo, creyendo en -las palabras del diputado del distrito, que le prometió un empleo en un -ministerio. Se pasó dos meses detrás del diputado y se encontró al cabo -de ellos en la miseria y en el desamparo más grandes. Mientras tanto, -escribía á su mujer dándole esperanzas.</p> - -<p>El día anterior le habían despachado de la casa de huéspedes, y después -de correr medio Madrid y no encontrando medio de ganar una peseta, fué -al Gobierno civil y pidió á un guardia que les llevara á su hijo y á él -á un asilo.—No llevo al asilo sino á los que piden limosna—le dijo el -guardia.—Yo voy á pedir limosna—le contestó él con humildad—puede -usted llevarme.—No, pida usted limosna y entonces le cogeré.<a name="page_215" id="page_215"></a></p> - -<p>Al hombre se le resistía pedir; pasaba un señor, se acercaba con su -hijo, se llevaba la mano al sombrero; pero la petición no salía de su -boca. Entonces el guardia le había aconsejado que fuera al Asilo de las -Delicias.</p> - -<p>—Pues si le llegan á coger no adelanta usted nada—dijo el de los -anteojos—; le hubieran llevado al Cerro del Pimiento y allá se hubiese -usted pasado el día sin probar la gracia de Dios.</p> - -<p>—Y luego, ¿qué hubieran hecho conmigo?—preguntó la persona decente.</p> - -<p>—Echarlo fuera de Madrid.</p> - -<p>—Pero, ¿no hay sitios por ahí para pasar la noche?—dijo Jesús.</p> - -<p>—La mar—contestó el viejo—, por todas partes. Ahora, que en el -invierno se tiene frío.</p> - -<p>—Yo he vivido—añadió el mendigo joven—más de medio año en -Vaciamadrid, un pueblo que está casi deshabitado; un compañero mío y yo -encontramos una casa cerrada y nos instalamos en ella. Vivimos unas -semanas al pelo. Por las noches íbamos á la estación de Arganda; con una -barrena hacíamos un agujero en un barril de vino, llenábamos la bota y -después tapábamos el agujero con pez.</p> - -<p>—¿Y por qué se fueron ustedes de allí?—preguntó Manuel.</p> - -<p>—La Guardia civil nos sitió y tuvimos que escaparnos por las ventanas. -Maldito si yo no<a name="page_216" id="page_216"></a> estaba cansado ya de aquel rincón. A mí me gusta andar -por esos caminos, una vez aquí, otra vez allá. Se encuentra uno con -gente que sabe, y se va uno ilustrando...</p> - -<p>—¿Y usted ha andado mucho por ahí?</p> - -<p>—Toda mi vida. Yo no puedo gastar más que un par de alpargatas en un -pueblo. Me entra una desazón cuando estoy en el mismo sitio, que tengo -que echar á andar. ¡Ah! ¡El campo! No hay como eso. Se come donde se -puede; el invierno es malo, ¡pero el verano! Se hace uno una cama de -tomillo debajo de un árbol y se duerme uno allá tan ricamente, mejor que -el rey. Luego, como las golondrinas, se va uno donde hace calor.</p> - -<p>El viejo de las antiparras, desdeñando lo que decía el vagabundo joven, -indicó á Jesús los rincones que había en las afueras.</p> - -<p>—Adonde suelo ir yo cuando hace buen tiempo, es á un camposanto que hay -cerca del tercer Depósito. Allá hay unas casas donde iremos esta -primavera.</p> - -<p>Manuel oyó confusamente el final de la conversación y se quedó dormido. -A media noche se despertó al oir unas voces. En el rincón de la golfería -dos muchachos rodaban por el suelo y luchaban á brazo partido.</p> - -<p>—Te daré dinero—murmuraba uno entre dientes.</p> - -<p>—Suelta, que me ahogas.<a name="page_217" id="page_217"></a></p> - -<p>El mendigo viejo, que se había despertado, se levantó furioso, levantó -el garrote y dió un golpe en la espalda á uno de ellos. El caído se -irguió bramando de coraje.</p> - -<p>—Ven ahora, ¡cochino! Hijo de la grandísima perra—gritó.</p> - -<p>Se abalanzaron el uno sobre el otro, se golpearon y cayeron los dos de -bruces.</p> - -<p>—Estos granujas nos están desacreditando—exclamó el viejo.</p> - -<p>Un guardia restableció el orden y expulsó á los alborotadores. Volvió á -tranquilizarse el cotarro y no se oyeron más que ronquidos sordos y -sibilantes...</p> - -<p>Por la mañana, aun antes de amanecer, cuando se abrieron las puertas del -Asilo, salieron todos los que habían pasado allí la noche y se -desparramaron al momento por aquellos andurriales.</p> - -<p>Manuel y Jesús siguieron la calle de Méndez Alvaro. En los andenes de la -estación del Mediodía brillaban los focos eléctricos como globos de luz -en el aire negro de la noche.</p> - -<p>De las chimeneas del taller de la estación salían columnas apretadas de -humo blanco; las pupilas rojas y verdes de los faros de señales lanzaban -un guiño confidencial desde sus altos soportes; las calderas en tensión -de las locomotoras, bramaban con espantosos alaridos.</p> - -<p>Temblaban las luces mortecinas de los distanciados<a name="page_218" id="page_218"></a> faroles de ambos -lados de la carretera. Se entreveían en el campo, en el aire turbio y -amarillento como un cristal esmerilado, sobre la tierra sin color, -casucas bajas, estacadas negras, altos palos torcidos de telégrafo, -lejanos y obscuros terraplenes por donde corría la línea del tren. -Algunas tabernuchas, iluminadas por un quinqué de luz lánguida, estaban -abiertas... Luego ya, á la claridad opaca del amanecer, fué apareciendo -á la derecha el ancho tejado plomizo de la estación del Mediodía, húmedo -de rocío; enfrente la mole del Hospital general, de un color de -ictérico; á la izquierda, el campo yermo, las eras inciertas, pardas, -que se alargaban hasta fundirse con las colinas onduladas del horizonte -bajo el cielo húmedo y gris, en la enorme desolación de los alrededores -madrileños...</p> - -<p><a name="page_219" id="page_219"></a></p> - -<h3><a name="CAPITULO_VII-2" id="CAPITULO_VII-2"></a>CAPÍTULO VII<br /><br /> -<small>La Casa Negra.—Incendio.—Fuga.</small></h3> - -<p>Cerca de la estación se alargaba una fila de coches; los cocheros habían -hecho una hoguera. Se calentaron un momento Jesús y Manuel.</p> - -<p>—Tenemos que ir á ese pueblo—murmuró Jesús.</p> - -<p>—¿A cuál?</p> - -<p>—A ese que está deshabitado, según ha dicho ese hombre. A Vaciamadrid.</p> - -<p>—Bueno.</p> - -<p>Llegaba un tren en aquella hora, y Manuel y Jesús se colocaron á la -puerta de la estación, á la salida de los viajeros, con la idea de -ganarse unos cuartos llevando alguna maleta.</p> - -<p>Manuel tuvo la suerte de tomar un bulto de un señor y llevárselo á un -coche. El señor le dió unas perras.</p> - -<p>Manuel y Jesús subieron al Prado. Iban por delante del Museo, cuando -vieron un simón y detrás del coche, corriendo á todo correr, á don -Alonso, con un traje haraposo lleno de agujeros.</p> - -<p>—¡Eh!, ¡eh!—le gritó Manuel.<a name="page_220" id="page_220"></a></p> - -<p>Don Alonso miró hacia atrás, se detuvo y se acercó á Jesús y Manuel.</p> - -<p>—¿A dónde iba usted?—le preguntaron.</p> - -<p>—Detrás de ese coche para subirle el baúl á casa á ese caballero; pero -estoy cansado, ya no tengo piernas.</p> - -<p>—¿Y qué hace usted?—le preguntó Manuel.</p> - -<p>—¡Pse!... Morirme de hambre.</p> - -<p>—¿No viene la buena?</p> - -<p>—¿Qué ha de venir? Napoleón se hizo la pascua en <i>Uaterlú</i>, ¿verdad?, -pues mi vida es un <i>Uaterlú</i> continuo.</p> - -<p>—¿A qué se dedica usted ahora?</p> - -<p>—He estado vendiendo libros verdes. Aquí debo tener uno—añadió -mostrando á Manuel una cartilla, cuyo título era: <i>Las picardías de las -mujeres la primera noche de novios</i>.</p> - -<p>—¿Es bueno esto?—preguntó Manuel.</p> - -<p>—Así, así. Te advierto que hay que leer un renglón sí el y otro no. -¡Yo, dedicado á estas cosas! ¡Yo, que he sido director de un circo en -<i>Niu Yoc</i>!</p> - -<p>—Ya vendrá la buena.</p> - -<p>—Hace unas noches salí tambaleándome, muerto de necesidad, y me fuí á -una Casa de Socorro, porque ya no podía más.—¿Qué tiene usted?—me -preguntó uno.—Hambre.—Eso no es enfermedad—me dijo. Entonces me eché -á pedir limosna, y ahora voy al anochecer al barrio de Salamanca, y -allá, á las señoras que<a name="page_221" id="page_221"></a> van solas las digo que se me ha muerto un hijo, -que necesito un par de reales para comprar velas. Ellas se horrorizan y -me suelen dar algo. He encontrado también un rincón donde dormir. Está -por allá, hacia el río.</p> - -<p>Comieron los tres el rancho sobrante en el cuartel de María Cristina, y -por la tarde el Hombre Boa fué á su centro de operaciones del barrio de -Salamanca.</p> - -<p>—Peseta y media he sacado hoy—les dijo á Manuel y á Jesús. Vamos á -cenar.</p> - -<p>Cenaron en el parador de Barcelona de la calle del Caballero de Gracia, -y después el resto lo emplearon en aguardiente.</p> - -<p>Luego fueron al rincón encontrado por don Alonso, una casa en ruinas, -próxima al puente de Toledo. La llamaban la Casa Negra; no quedaba de -ella más que las cuatro paredes, cortadas á la altura del primer piso.</p> - -<p>Ocupaba el centro de una huerta; tenía un cañizo sobre el cual -sobresalían unas cuantas vigas negruzcas derechas, como las chimeneas de -un pontón.</p> - -<p>Entraron los tres en la casucha. Cruzaron el patio, saltando por encima -de escombros, tejas, maderas podridas y montones de cascote. Recorrieron -un pasillo. Don Alonso encendió un fósforo, que mantuvo en el hueco de -la mano. Vivían allí clandestinamente unas familias de gitanos y unos -cuantos mendigos. Algunos<a name="page_222" id="page_222"></a> habían hecho sus camas con paja y trapos; -otros dormían apoyándose sobre cuerdas de esparto, sujetas á las -paredes.</p> - -<p>Don Alonso tenía su rincón y llevó allí á Manuel y á Jesús.</p> - -<p>El suelo era húmedo, de tierra; quedaban algunos tabiques de la casa en -pie; los agujeros del techo estaban obturados con haces de caña, cogidos -en el río, y pedazos de estera.</p> - -<p>—¡Qué moler!—dijo don Alonso al tenderse—; siempre hay que andar -buscando rincones. ¡Quién pudiera ser caracol!</p> - -<p>—¿Para qué?—le preguntó Jesús.</p> - -<p>—Aunque no fuera más que para no pagar la casa de huéspedes.</p> - -<p>—¡Ya vendrá la buena!—dijo irónicamente Manuel.</p> - -<p>—Esa es la esperanza—replicó el Hombre Boa—. Mañana quizás ha -cambiado nuestra suerte. Tú no sabes lo que es la vida. El destino para -el hombre es como el viento para la veleta.</p> - -<p>—Lo malo es—murmuró Jesús—que la veleta nuestra, cuando no señala -hambre, señala frío, y siempre miseria.</p> - -<p>—Mañana puede variar.</p> - -<p>Con estas halagüeñas ilusiones se durmieron los tres. Despertó Manuel al -amanecer; la luz del alba entraba por los agujeros del cañizo que hacía -de techo, y con aquella luz pálida el<a name="page_223" id="page_223"></a> interior de la Casa Negra ofrecía -un aspecto siniestro.</p> - -<p>Dormían todos mezclados, arremolinados en un amontonamiento de harapos y -de papeles de periódicos. Algunos hombres buscaban las mujeres en la -semiobscuridad, y se oían sus gruñidos de placer.</p> - -<p>Cerca de Manuel, una mujer, con aspecto de idiotismo y de miseria -orgánica, sucia y llena de harapos, mecía un niño en los brazos. Era una -mendiga aún joven, una pobre criatura vagabunda, de esas que recorren -los caminos sin rumbo ni dirección, á la gracia de Dios.</p> - -<p>Por entre el astroso corpiño mostraba el pecho lacio y negruzco. Uno de -los gitanillos se deslizó junto á ella y le agarró el pecho con la mano. -Ella dejó el niño á un lado y se tendió en el suelo...</p> - -<p> </p> - -<p>Un día de Abril, por la madrugada, el frío era tan espantoso dentro de -la Casa Negra, que hicieron en medio una hoguera; crecieron las llamas -y, cuando menos se esperaba, prendió el cañizo. Inmediatamente se -generalizó el fuego. Estallaban las cañas al arder; pronto una inmensa -llamarada se levantó en el aire.</p> - -<p>Escaparon todos despavoridos; Manuel, Jesús y don Alonso salieron de -prisa por el paseo de los Pontones hacia la Ronda.<a name="page_224" id="page_224"></a></p> - -<p>En la noche obscura brillaba el techo incendiado como una gran antorcha; -pronto se apagó y quedaron sólo chispas, que saltaban y volaban en el -aire.</p> - -<p>Los tres marcharon por la Ronda; allá lejos se veían líneas alargadas de -faroles de gas, y á trechos núcleos de luces como islas brillantes en -medio de la obscuridad. En la Ronda solitaria se oía muy de tarde en -tarde el paso precipitado de algún transeunte y los ladridos lejanos de -los perros.</p> - -<p>Se le ocurrió á Manuel ir á la taberna de la Blasa. En vez de tomar por -el paseo Imperial, entraron en las Injurias por una callejuela iluminada -con faroles de petróleo, que pasaba al lado de la Fábrica del gas.</p> - -<p>Humos negros y rojos salían de las altas chimeneas; las panzas redondas -de los gasómetros se acercaban al suelo, y alrededor de ellas se -levantaban los soportes, que en la obscuridad producían un efecto -extraño.</p> - -<p>No estaba abierta la taberna de la Blasa. Tiritando de frío siguieron -andando los tres por la Ronda de Toledo, pasaron frente á una fábrica, -cuyas ventanas vertían una luz violenta de arco voltaico en la negrura -de la noche.</p> - -<p>En medio de aquel silencio, la fábrica parecía rugir y echaba borbotones -de humo por la chimenea.<a name="page_225" id="page_225"></a></p> - -<p>—No debía haber fábricas—dijo Jesús con una indignación súbita.</p> - -<p>—¿Y por qué?—preguntó don Alonso.</p> - -<p>—Porque no.</p> - -<p>—¿Y de qué va á vivir la gente? ¿Qué se va á hacer la industria si no -hay fábricas?</p> - -<p>—Que se haga la pascua como nosotros. La tierra debe dar para que -vivamos todos—añadió Jesús.</p> - -<p>—¿Y la civilización?—preguntó don Alonso.</p> - -<p>—¡La civilización! Bastante nos sirve á nosotros la civilización. La -civilización es muy buena para el rico, ¡lo que es para el pobre!</p> - -<p>—¿Y la luz eléctrica?, ¿y los vapores?, ¿y el telégrafo?</p> - -<p>—¿Pero usted los utiliza?</p> - -<p>—No, pero los he utilizado.</p> - -<p>—Cuando tenía usted dinero. La civilización está hecha para el que -tiene dinero, y el que no lo tiene que se muera. Antes el rico y el -pobre se alumbraban con un candil parecido; hoy el pobre sigue con el -candil y el rico alumbra su casa con luz eléctrica; antes si el pobre -iba á pie, el rico iba á caballo; hoy el pobre sigue andando á pie y el -rico va en automóvil; antes el rico tenía que vivir entre los pobres; -hoy vive aparte, se ha hecho una muralla de algodón y no oye nada. Que -los pobres chillan, él no oye; que se mueren de hambre, él no se -entera....<a name="page_226" id="page_226"></a></p> - -<p>—No tienes razón—dijo don Alonso.</p> - -<p>—Casi nada...</p> - -<p>Siguieron oyéndose ladridos lejanos de los perros. Hacía cada vez más -frío. Pasaron por la Ronda de Valencia y por la de Atocha.</p> - -<p>Se destacó el Hospital General, con su sombría mole y sus ventanas -iluminadas por luces mortecinas.</p> - -<p>—Ahí siquiera no se debe tener frío—murmuró el Hombre Boa, con tono -jovial que sonaba á dolorida queja.</p> - -<p>Comenzaba á clarear, iba disipándose el vaho gris de la mañana; por el -camino pasaban carros de bueyes; las gallinas cacareaban á lo lejos....</p> - -<p><a name="page_227" id="page_227"></a></p> - -<h3><a name="CAPITULO_VIII-2" id="CAPITULO_VIII-2"></a>CAPÍTULO VIII<br /><br /> -<small>Las cuevas del Gobierno civil.—Et repatriado.—La sopa del convento.</small></h3> - -<p>Algunas veces, Manuel, Jesús y don Alonso iban á dormir á las iglesias. -Una noche que se habían tendido los tres en una capilla de San Sebastián -llena de bancos, el sacristán les hizo salir y les entregó á una pareja -de Orden público. Don Alonso trató de demostrar á los guardias que era -una persona, no sólo decente, sino importante; mientras él peroraba, -Jesús se escabulló por la plaza de Santa Ana.</p> - -<p>—En la Delegación contarán todo eso—contestó el guardia á las -explicaciones del Hombre Boa.</p> - -<p>Bajaron por una calle próxima, y en un portal en donde brillaba un farol -rojo, entraron y subieron por una escalera estrecha á un cuarto donde -garrapateaban dos escribientes. Mandaron éstos á don Alonso y á Manuel -sentarse en unos bancos, y ambos lo hicieron lo más humildemente -posible.</p> - -<p>—Usted, el viejo, ¿cómo se llama?—dijo uno de los escribientes.</p> - -<p>—¿Yo?—preguntó el Hombre Boa.<a name="page_228" id="page_228"></a></p> - -<p>—Sí, usted. ¿Es usted sordo ó idiota?</p> - -<p>—No, no, señor.</p> - -<p>—Pues lo parece. ¿Cuál es su nombre?</p> - -<p>—Alonso de Guzmán Calderón y Téllez.</p> - -<p>—¿Edad?</p> - -<p>—Cincuenta y seis años.</p> - -<p>—¿Estado?</p> - -<p>—Soltero.</p> - -<p>—¿Profesión?</p> - -<p>—Artista de circo.</p> - -<p>—¿En dónde vive usted?</p> - -<p>—Hasta hace unos días...</p> - -<p>—¿Dónde vive usted ahora le pregunto, imbécil?</p> - -<p>—Ahora, pues...</p> - -<p>—Pon sin domicilio—dijo uno de los escribientes al otro.</p> - -<p>Después tomaron la filiación á Manuel y volvieron á sentarse los dos sin -hablar, muy intrigados con la suerte que les esperaba.</p> - -<p>Los del Orden paseaban por el cuarto charlando; á veces se oía sonar el -repiqueteo de un timbre.</p> - -<p>De pronto se abrió la puerta y entró una mujer joven, de mantilla, con -una gran inquietud en los ojos.</p> - -<p>Se acercó á los dos escribientes.</p> - -<p>—¿Podría ir alguno... á mi casa... un médico...? mi madre se ha caído y -se ha abierto la cabeza.<a name="page_229" id="page_229"></a></p> - -<p>El escribiente echó una bocanada de humo de tabaco y no contestó; -después, volviéndose y mirando á la mujer de arriba á bajo, dijo con una -grosería y una bestialidad épicas:</p> - -<p>—Eso á la Casa de Socorro. Nosotros nada tenemos que ver con eso—, y -volvió la cabeza y siguió fumando. La mujer paseó sus ojos asustados por -la Delegación; se decidió á salir, dió buenas noches, que nadie -contestó, con voz desfallecida y se fué.</p> - -<p>—¡Cagatintas! ¡Canallas!—murmuró don Alonso en voz baja—. ¡Qué les -costaba haber enviado algún guardia para que acompañara á esa pobre -mujer á la Casa de Socorro!</p> - -<p>Pasaron allí Manuel y el Hombre Boa mas de dos horas, y al cabo de éstas -los guardias les hicieron entrar en un cuarto en donde se paseaba un -hombre alto de barba negra, peinado á lo chulo, con aspecto de jugador ó -de <i>croupier</i>.</p> - -<p>—¿Qué son éstos?—preguntó el hombre con acento andaluz, haciendo -brillar, al retorcerse el bigote, un brillante que llevaba en el dedo.</p> - -<p>—Son dos que iban á dormir á la iglesia de San Sebastián—dijo el -guardia—; no tienen domicilio.</p> - -<p>—Perdone usted—dijo don Alonso—, accidentalmente...</p> - -<p>—Llevarlos á que pasen la quincena—dijo el hombre alto.<a name="page_230" id="page_230"></a></p> - -<p>No dieron tiempo á don Alonso de decir nada, porque uno de los guardias -le empujó brutalmente fuera del cuarto. Manuel le siguió.</p> - -<p>Los dos guardias les obligaron á bajar las escaleras y les metieron en -un cuarto obscuro, en donde, después de tantear, encontraron un banco.</p> - -<p>—En fin, ya vendrá la buena—dijo don Alonso, sentándose y lanzando un -profundo suspiro.</p> - -<p>Manuel, á pesar de que la situación no era del todo cómica, sintió unas -ganas de reir tan grandes, que no las pudo contener.</p> - -<p>—¿Por qué te ríes, hijo mío?—preguntó don Alonso.</p> - -<p>Manuel no supo explicar por qué se reía; pero después de reir, y de reir -mucho, se quedó con un humor fúnebre.</p> - -<p>—Qué diría Jesús si estuviera aquí—murmuró Manuel—. En la casa de -Dios, en donde todos son iguales, es un crimen entrar á descansar; el -sacristán le entrega á uno á los guardias, los guardias le meten á uno -en un cuarto obscuro. ¡Y vaya usted á saber lo que nos harán después! Yo -tengo miedo de que nos lleven á la cárcel, si es que no nos ahorcan.</p> - -<p>—No digas tonterías. Siquiera, ¡si nos dieran de comer!—murmuró don -Alonso.</p> - -<p>—En eso estarán pensando.</p> - -<p>Serían la una ó á las dos de la mañana cuando abrieron la puerta del -chiquero y, conducidos<a name="page_231" id="page_231"></a> por dos guardias, el Hombre Boa y Manuel -salieron á la calle.</p> - -<p>—Pero, ¿á dónde nos llevan?—preguntó don Alonso un poco asustado.</p> - -<p>—Usted siga para adelante—le contestó el guardia.</p> - -<p>—Esto es una arbitrariedad—murmuró don Alonso.</p> - -<p>—Usted siga para adelante, si no quiere ir atado codo con codo—replicó -el guardia.</p> - -<p>Pasaron la Puerta del Sol, siguieron por la calle Mayor y se detuvieron -en el Gobierno civil. A la izquierda del zaguán, por una estrecha -escalera, tuvieron que bajar á una sala de techo bajo, iluminada por un -quinqué, con unas tarimas altas, en donde dormían en fila diez ó doce -guardias de orden público, vestidos y calzados.</p> - -<p>De esta sala bajaron por una escalerilla á un corredor estrecho, á uno -de cuyos lados había dos jaulas con grandes rejas. En una de éstas, -hicieron entrar á don Alonso y á Manuel y cerraron tras ellos.</p> - -<p>Un hombre y unos cuantos chicos se les acercaron á mirarles.</p> - -<p>—Esto es una arbitrariedad—gritó don Alonso—. Nosotros nada hemos -hecho para que se nos encarcele.</p> - -<p>—Ni yo tampoco—murmuró un mendigo joven á quien según dijo habían -cogido pidiendo<a name="page_232" id="page_232"></a> limosna—; luego, aquí no se puede estar.</p> - -<p>—¿Qué pasa?—preguntó Manuel.</p> - -<p>—Que uno de esos se ha ensuciado ahí. Está enfermo y desnudo. Debían -llevarlo al Hospital. El dice que le han robado la ropa; estos chicos -aseguran que se la ha jugado en la cárcel.</p> - -<p>—Y es verdad—replicó uno de los golfos—. Hemos estado pasando la -quincena allá arriba. Cuando salimos de la cárcel, al llegar á la -puerto, nos volvieron á coger á todos y nos trajeron aquí.</p> - -<p>A la luz del corredor, en el fondo de aquella jaula, se veían unos -cuantos hombres en el suelo.</p> - -<p>Echado en un banco próximo á la pared, desnudo, con las piernas -encogidas, se abrigaba con una capa raida el enfermo, y al moverse -dejaba al descubierto alguna parte de su persona.</p> - -<p>—¡Agua!—murmuró con voz débil.</p> - -<p>—Ya se la hemos pedido al sargento—dijo el mendigo—; pero no la trae.</p> - -<p>—Esto es una salvajada—gritó el Hombre Boa—, esto es una barbaridad.</p> - -<p>Como nadie hizo caso á don Alonso, tuvo á bien callarse.</p> - -<p>—Ese otro—agregó el golfo, riéndose y señalando á uno escondido en un -rincón—tiene sífilis y sarna.<a name="page_233" id="page_233"></a></p> - -<p>Don Alonso se abismó en su melancolía y se calló.</p> - -<p>—¿Y qué van á hacer de nosotros?—preguntó Manuel.</p> - -<p>—Nos llevarán á la cárcel á pasar quince días—contestó el mendigo.</p> - -<p>—¿Y allí se come?—preguntó el Hombre Boa, saliendo del fondo de su -ensimismamiento.</p> - -<p>—No siempre.</p> - -<p>Quedaron todos silenciosos, cuando se oyó en el pasillo un murmullo de -voces, que pronto se convirtió en una algarabía de gritos de mujer, de -imprecaciones y de lloros.</p> - -<p>—¡Leñe!, no empuje usted.</p> - -<p>—¡Moler! con el hombre.</p> - -<p>—Anda, anda para adentro—decía una voz de hombre.</p> - -<p>Eran unas treinta mujeres cogidas en la calle, que encerraban en la -jaula inmediata. Unas gritaban, otras gemían, algunas se dedicaban á -insultar, con el repertorio de palabras más selecto, al delegado y al -jefe de la Higiene.</p> - -<p>—No queda una madre sana—hizo observar don Alonso.</p> - -<p>Manuel creyó reconocer la voz de la Chata y de la Rabanitos. Después de -encerrar á las mujeres, un sargento de Orden público se acercó á la -jaula de los hombres.</p> - -<p>—Señor sargento—dijo don Alonso—, que aquí hay un hombre que está -malo.<a name="page_234" id="page_234"></a></p> - -<p>—¿Y qué quiere usted que yo le haga?</p> - -<p>—Señor sargento, si me hiciera usted un favor...—añadió Manuel.</p> - -<p>—¿Qué?</p> - -<p>—Que si hay algún periodista de esos que vienen á recoger noticias -aquí, le diga usted que yo soy cajista en el periódico <i>El Mundo</i> y que -me han metido preso.</p> - -<p>—Bueno, se dirá.</p> - -<p>No había pasado media hora, cuando volvió á presentarse el sargento, -abrió la reja y se dirigió á Manuel:</p> - -<p>—Eh, tú, el cajista. Afuera.</p> - -<p>Salió Manuel, pasó por delante de la jaula en donde estaban encerradas -las mujeres, vió á la Chata y á la Rabanitos en un grupo de viejas -prostitutas, entre las que había una negra, todas horribles, y subió de -prisa la escalerilla hasta la sala en donde dormía el retén de guardias. -El sargento abrió el postigo, cogió á Manuel de un brazo, le arreó un -puntapie con toda su fuerza y lo puso en la calle.</p> - -<p>El reloj del Ayuntamiento marcaba las tres; lloviznaba; Manuel se metió -por la calle de Ciudad Rodrigo á guarecerse en los arcos de la plaza -Mayor, y como estaba cansado, se sentó en el escalón de un portal. Iba á -dormirse, cuando un hombre con trazas de mendigo se sentó también allí y -hablaron; el hombre dijo ser repatriado de Cuba, que no encontraba<a name="page_235" id="page_235"></a> -empleo ni servía tampoco para trabajar, pues se había acostumbrado á -vivir á salto de mata.</p> - -<p>—Después de todo, voy teniendo suerte—añadió el repatriado—. Cuando -no me he muerto este invierno, es que ya no me muero nunca.</p> - -<p>Pasaron los dos la noche acurrucados uno junto á otro, y por la mañana -fueron á la plaza de la Cebada y anduvieron merodeando por allí. El -repatriado cogió unas cuantas nueces de un montón, y esto constituyó el -desayuno de los dos compañeros.</p> - -<p>Más tarde bajaron por el puente de Toledo.</p> - -<p>—¿Adónde vamos?—preguntó Manuel.</p> - -<p>—Aquí, á un convento de trapenses que hay cerca de Jetafe, en donde nos -darán de comer—dijo el repatriado.</p> - -<p>Manuel aceleró el paso.</p> - -<p>—Vamos de prisa.</p> - -<p>—No sirve. Sacan la comida después de que ellos comen. De manera que, -aunque corras, no adelantas nada; hay que esperar.</p> - -<p>Entonces Manuel moderó su marcha. El repatriado era un tipo vulgar, -tenía la nariz gruesa, la cara ancha y el bigote rubio. Llevaba un -sombrero puntiagudo, la ropa llena de remiendos, una bufanda vieja -arrollada al cuello y en la mano un garrote.</p> - -<p>Llegaron al convento, pasaron á la portería y se sentaron en una mesa, -en donde seis ó siete hombres esperaban.<a name="page_236" id="page_236"></a></p> - -<p>—¿Tú sabes hacer versos?—preguntó el repatriado á Manuel.</p> - -<p>—Yo, no. ¿Por qué?</p> - -<p>—Porque hace unos días vine yo aquí con un señor que, eso sí, estaba -tan muerto de hambre como nosotros, y mientras esperábamos la comida, él -preguntó el nombre del rector y le hizo unos versos la mar de bonitos. Y -entonces el rector le mandó entrar y le dió de comer y de beber.</p> - -<p>—Pues es una lástima que no sepamos nosotros hacer una copla. ¿Cómo se -llama el rector?</p> - -<p>—Domingo.</p> - -<p>Pensó Manuel en una palabra que terminara en ingo y no la encontró, y -olvidó su faena cuando vino el lego con un gran caldero y lo dejó encima -de la mesa.</p> - -<p>Luego trajo cucharas de palo y las repartió entre los mendigos. De éstos -todos, menos uno, sacaron escudillas; el que no la tenía era un tipo -repulsivo, con el labio inferior hinchado ulceroso y saliente.</p> - -<p>—Espere usted, compadre—dijo el repatriado, antes de que metiera el -otro la cuchara—. Nosotros vamos á echar el rancho en la tapa del -caldero, y de allí comeremos.</p> - -<p>—¡No sé qué tengo yo!—murmuró el mendigo.</p> - -<p>—¿Usted? Que tiene un labio que parece un bisteck.</p> - -<p>Comieron Manuel y el repatriado, y después<a name="page_237" id="page_237"></a> de dar las gracias al lego, -salieron del convento y se tendieron al sol en el campo.</p> - -<p>Hacía un tarde de Mayo, espléndida; el sol calentaba de firme; el -repatriado contó algunos episodios de la campaña de Cuba. Hablaba de una -manera violenta, y cuando la cólera ó la indignación le dominaban, se -ponía densamente pálido.</p> - -<p>Habló de la vida en la isla, una vida horrible; siempre marchando y -marchando, descalzos, con las piernas hundidas en las tierras pantanosas -y el aire lleno de mosquitos que levantaban ronchas. Recordaba el -teatrucho de un pueblo convertido en hospital, con el escenario lleno de -heridos y de enfermos. No se podía descansar del todo nunca. Los -oficiales del ejército, antes de fantásticas batallas, porque los -cubanos corrían siempre como liebres, disputándose las propuestas para -las cruces, y los soldados burlándose de las batallas y de las cruces y -del valor de sus jefes. Luego la guerra de exterminio decretada por -Weyler, los ingenios ardiendo, las lomas verdes que quedaban sin una -mata en un momento, la caña que estallaba, y en los poblados la gente -famélica, las mujeres y los chicos que gritaban: «¡Don Teniente, don -Sargento, que tenemos hambre!» Además de esto, los fusilamientos, el -machetearse unos á otros con una crueldad fría. Entre generales y -<a name="page_238" id="page_238"></a>oficiales, odios y rivalidades, y mientras tanto los soldados, -indiferentes, sin contestar apenas al tiroteo de los enemigos, con el -mismo cariño por la vida que se puede tener por una alpargata vieja. -Algunos que decían: «Mi capitán, yo me quedo aquí», y se le quitaba el -fusil y se seguía adelante. Y después de todo esto, la vuelta á España, -casi más triste aún; todo el barco lleno de hombres vestidos de -rayadillo; un barco cargado de esqueletos, y todos los días cinco, seis, -siete que expiraban y se les tiraba al agua.</p> - -<p>—Y al llegar á Barcelona, ¡moler!, ¡qué desencanto!—terminó -diciéndo—: Uno que esperaba algún recibimiento por haber servido á la -patria y encontrar cariño. ¿Eh? Pues nada. ¡Dios!, todo el mundo le veía -á uno pasar sin hacerle caso. Desembarcamos en el puerto como si -fuéramos fardos de algodón; uno se decía en el barco: «Me van á marear á -preguntas cuando llegue á España.» Nada. Ya no le interesaba á nadie lo -que había pasado en la manigua... ¡Ande usted á defender la patria! ¡Que -la defienda el Nuncio! Para morirse después de hambre y de frío, y luego -que le digan á uno: Si hubierais tenido riñones, no se hubiera perdido -la isla. Es también demasiado amolar esto...</p> - -<p>Iba ya inclinándose el sol cuando el repatriado y Manuel se levantaron y -fueron hacia Madrid.<a name="page_239" id="page_239"></a></p> - -<h3><a name="CAPITULO_IX-2" id="CAPITULO_IX-2"></a>CAPÍTULO IX<br /><br /> -<small>Noche en el paseo de la Virgen del Puerto.—Suena un tiro.—Calatrava y Vidal.—Un tango de la bella Pérez.</small></h3> - -<p>—Las noches que no hace mucho frío—dijo el repatriado—yo suelo ir á -dormir á esa arboleda que hay cerca de la Virgen del Puerto. ¿Quieres -que vayamos hoy?—añadió.</p> - -<p>—Sí, vamos.</p> - -<p>Estaban en la Puerta del Sol y fueron por la calle Mayor abajo. Hacía -una noche templada de niebla, una niebla azulada, luminosa, que temblaba -al soplo del viento; los globos eléctricos del Palacio Real brillaban -entre aquella gasa flotante con una luz morada.</p> - -<p>Bajaron Manuel y el repatriado por la Cuesta de la Vega y entraron en el -bosquecillo que hay entre el Campo del Moro y la calle de Segovia. -Algunos faroles de petróleo lucían muy pálidamente entre los árboles. -Llegaron al paseo de los Melancólicos. Cerca del puente de Segovia -salían llamaradas de los hornillos de una churrería instalada en una -barraca. Del paseo de los Melancólicos bajaron á la hondonada, y en un -cobertizo se cobijaron y se tendieron á dormir. Hacía fresco; pasaban<a name="page_240" id="page_240"></a> -por allá algunas parejas misteriosas; Manuel se acurrucó, metió las -manos en el bolsillo del pantalón y quedó profundamente dormido.</p> - -<p> </p> - -<p>Rumor chillón de cornetas le despertó.</p> - -<p>—Es la guardia de Palacio—dijo el repatriado.</p> - -<p>La claridad mortecina del alba alumbraba el cielo; palpitaba suave y -gris el resplandor primero del día... De pronto resonó muy cerca el -estampido de un arma de fuego; Manuel y el repatriado se levantaron; -salieron del cobertizo dispuestos á huir; no vieron nada.</p> - -<p>—Es un joven que se ha suicidado—dijo un hombre de blusa que pasó -corriendo delante de Manuel y del repatriado.</p> - -<p>Acercáronse los dos al lugar donde se oyera la detonación y vieron á un -muchacho joven, bien vestido, en el suelo, con la cara llena de sangre y -un revólver en la mano derecha. Nadie había por allí; el repatriado se -acercó al muerto, tomó su mano izquierda y le sacó dos sortijas que -llevaba, una de ellas con un brillante; luego le desabrochó la chaqueta, -le registró los bolsillos, no encontró dinero y le quitó un reloj de -oro.</p> - -<p>—Vamos á escaparnos, no vaya á venir alguno—dijo Manuel.</p> - -<p>—No—contestó el repatriado.</p> - -<p>Volvió á entrar en el cobertizo donde habían<a name="page_241" id="page_241"></a> pasado la noche, hizo en -la tierra un agujero con las uñas, enterró, envueltas en un papel, las -sortijas y el reloj y apretó la tierra con el pie.</p> - -<p>—En la guerra como en la guerra—murmuró después de ejecutar su -maniobra con una rapidez extraordinaria.—Ahora—añadió—vuélvete á -echar y hazte el dormido, por si acaso.</p> - -<p>Poco después se oyó murmullo de voces en la hondonada, y Manuel vió dos -guardias civiles que pasaban á caballo por delante del cobertizo.</p> - -<p>Se acercaba gente al lugar del suceso; los guardias civiles, registrando -al muerto, encontraron una carta dirigida al juez, en la que indicaba -que no se culpara á nadie de su muerte.</p> - -<p>Manuel y el repatriado se unieron al grupo de curiosos.</p> - -<p>Cuando levantaron el muerto y se lo llevaron, Manuel preguntó:</p> - -<p>—¿Vamos á recoger eso?</p> - -<p>—Espera que se vayan todos.</p> - -<p>Quedó el lugar desierto; entonces el repatriado desenterró las sortijas -y el reloj.</p> - -<p>—La sortija creo que es buena—dijo—. ¿Cómo lo averiguaremos?</p> - -<p>—En una platería.</p> - -<p>—Vete á la platería así con estos harapos y una sortija con un -brillante y un reloj de oro,<a name="page_242" id="page_242"></a> y es muy posible que te denuncien y te -lleven á la cárcel.</p> - -<p>—Entonces, ¿qué hacemos? Podíamos empeñar el reloj—dijo Manuel.</p> - -<p>—También es peligroso. Vamos á buscar á Marcos Calatrava, un amigo mío -á quien conocí en Cuba. Ese nos sacará del apuro. Vive en una casa de -huéspedes de la calle de Embajadores.</p> - -<p>Fueron allá, les salió una mujer á la puerta y les dijo que el tal -Marcos se había mudado. El repatriado preguntó en una taberna de la -planta baja de la casa.</p> - -<p>—¡El cojo! Si le conozco, ya lo creo—dijo el tabernero—. ¿Sabe usted -dónde suele estar al anochecer? En la taberna del Majo de las Cubas, en -la calle Mayor.</p> - -<p>Fué para Manuel y el repatriado uno de los días más largos de su -existencia; sentían un hambre horrorosa, y el pensar que con la venta de -aquellas sortijas y del reloj podían comer todo lo que se les antojara y -que el miedo les impedía satisfacer su necesidad, era horrible. Se -pasearon por las calles aburridos, y de cuando en cuando iban á la -taberna á preguntar si había llegado ya el cojo.</p> - -<p>Al anochecer le vieron. El repatriado se acercó á saludarle, y los tres -pasaron al interior de la taberna á un rincón á hablar. El repatriado -contó el caso á Calatrava.<a name="page_243" id="page_243"></a></p> - -<p>—Ahora mismo viene mi secretario—dijo Marcos—, y él lo arreglará. -Mientras tanto, pedid de cenar.</p> - -<p>—Pide tú—dijo el repatriado á Manuel.</p> - -<p>Lo hizo éste así, y para que todas fueran dilaciones, el mozo de la -taberna dijo que la cena tardaría algo.</p> - -<p>Mientras charlaban el repatriado y Calatrava, Manuel se puso á observar -á este último.</p> - -<p>Calatrava resultaba un tipo raro, á primera vista casi ridículo; tenía -una pierna de palo, la cara muy estrecha, muy negra y amojamada; dos ó -tres cicatrices en la frente, el bigote recio y el pelo crespo. Vestía -traje claro, pantalón muy ancho, que se bamboleaba lo mismo en la pierna -natural que en la de madera; una chaquetilla corta más obscura que el -pantalón, una corbata de color rojo y un sombrero de paja muy chiquito.</p> - -<p>Marcos pidió con voz aguardentosa unas copas. Las bebieron y no tardó -mucho en aparecer un muchacho elegante, con botas amarillas, sombrero -hongo y un pañuelo de seda en el cuello.</p> - -<p>—¡Vidal!—exclamó Manuel al verle—; ¿eres tú?</p> - -<p>—Sí, chico. ¿Qué haces aquí?</p> - -<p>—¿Le conoces á éste?—preguntó Calatrava á Vidal.</p> - -<p>—Sí; es primo mío.<a name="page_244" id="page_244"></a></p> - -<p>Marcos explicó á Vidal lo que quería el repatriado.</p> - -<p>—Ahora mismo—contestó Vidal—; no tardo diez minutos.</p> - -<p>Efectivamente; al poco tiempo volvía con dos papeletas de empeño y unos -billetes. Los tomó el repatriado y fué repartiéndolos; á Manuel le -tocaron cinco duros.</p> - -<p>—Mira—le dijo Calatrava á Vidal—. Tú y tu primo os quedáis á cenar -aquí; tendréis que hablar, y nosotros nos vamos á otro lado, que también -tenemos que contarnos algunas cosas. Llévale á tu primo á dormir á tu -casa.</p> - -<p>Se despidieron, y Manuel y Vidal se quedaron solos.</p> - -<p>—¿Has cenado?—preguntó Vidal.</p> - -<p>—No; pero ya he encargado la cena. ¿Y tus padres?</p> - -<p>—Estarán bien.</p> - -<p>—¿No los ves?</p> - -<p>—No.</p> - -<p>—¿Y el Bizco?</p> - -<p>Vidal palideció profundamente.</p> - -<p>—No me hables del Bizco—dijo.</p> - -<p>—¿Por qué?</p> - -<p>—No, no; le tengo un miedo horrible. ¿Tú no sabes lo que pasó?</p> - -<p>—¿Qué?</p> - -<p>—La muerte de Dolores la Escandalosa.</p> - -<p>—No sabía nada.<a name="page_245" id="page_245"></a></p> - -<p>—Sí; mataron á la vieja en una casa que llaman el Confesonario, que -está hacia Aravaca, ¿y sabes tú quién la mató?</p> - -<p>—¿El Bizco?</p> - -<p>—Sí; estoy seguro. El Bizco iba al Confesonario á reunirse con otros -granujas.</p> - -<p>—Es verdad. A mí me lo dijo.</p> - -<p>—¿Has hablado con él?</p> - -<p>—Sí, pero hace ya mucho tiempo.</p> - -<p>—Pues sí, los periódicos que contaron el crimen dijeron que el asesino -era de una fuerza extraordinaria, que la mujer había acudido allá como -quien va á una cita. Era el Bizco, estoy seguro.</p> - -<p>—¿Y no le han cogido?</p> - -<p>—No.</p> - -<p>Vidal quedó pensativo; se notaba que hacía esfuerzos para serenarse. -Trajo el mozo de la taberna la comida; Manuel devoraba.</p> - -<p>—¡Menuda carpanta tienes tú, gachó!—dijo Vidal ya tranquilizado -sonriendo.</p> - -<p>—¡Dios!, si tenía un hambre...</p> - -<p>—Ahora vamos á tomar café.</p> - -<p>Pagó Vidal, salieron de la taberna y entraron en el café de Lisboa.</p> - -<p>Mientras saboreaban el café, Manuel contempló á Vidal. Llevaba la cabeza -muy lustrosa, la raya en medio y tufos rizados sobre las orejas. Tenía -un gran aplomo en los movimientos; la sonrisa de hombre guapo, el -cuello<a name="page_246" id="page_246"></a> redondo, sin músculos salientes. Hablaba con simpatía, sonriendo -siempre; pero sus ojos sagaces, falsos, descubrían la mentira de sus -frases; no acompañaba á la afabilidad de su palabra cariñosa y de su -sonrisa amable la expresión de sus ojos. En éstos no se leía más que -desconfianza y cautela.</p> - -<p>—Y tú, ¿qué haces?—preguntó Manuel, después de examinarle atentamente.</p> - -<p>—¡Pse!... Vivo...</p> - -<p>—Pero, ¿de qué? ¿Cómo?</p> - -<p>—Hay negocios, chico... Luego las mujeres...</p> - -<p>—Pero, ¿tú trabajas?</p> - -<p>—Según á lo que llames trabajar.</p> - -<p>—Hombre, quiero decir si vas á un taller...</p> - -<p>—No.</p> - -<p>—¿Tienes alguna querida?</p> - -<p>—Ahora no tengo más que tres.</p> - -<p>—¡Cristo! ¡Qué suerte! ¿Dónde las encuentras?</p> - -<p>—Por ahí. En los teatros, en los bailes... Soy secretario del Bisturí y -socio de la Paloma Azul y del Billete.</p> - -<p>—¿Y de ahí tendrás muchas relaciones?</p> - -<p>—¡Claro! Luego, con las mujeres todo es cuestión de labia... Algunas -veces se las echa uno de incomodado y se le arrima á una un par de -bofetadas...</p> - -<p>—Tú vives al pelo... ¡Si yo pudiera hacer lo que tú!<a name="page_247" id="page_247"></a></p> - -<p>—¡Pues es muy fácil!... Ahora tengo una chiquilla más bonita que el -mundo y que está chalada por mí. Esta cadena del reloj me la regaló -ella... Pero lo más gracioso es que me anda rondando, ¿á que no te -figuras quién?</p> - -<p>—¿Qué sé yo? Alguna marquesa.</p> - -<p>—No, un marqués.</p> - -<p>—¿Para qué?</p> - -<p>—Nada, que me hace el amor.</p> - -<p>Manuel quedó mirando asombrado á Vidal, que sonrió misteriosamente.</p> - -<p>—¿Tú estás cansado?—preguntó Vidal.</p> - -<p>—No.</p> - -<p>—Entonces vamos á Romea.</p> - -<p>—¿Qué hay allá?</p> - -<p>—Baile y mujeres guapas.</p> - -<p>—Vamos, sí.</p> - -<p>Salieron del café y subieron la calle de Carretas.</p> - -<p>Tomó Vidal dos butacas. Era domingo.</p> - -<p>El aire en el interior del teatro estaba espeso, caliente, empañado de -humo; con el vaho de cientos de personas que durante toda la tarde y la -noche se habían amontonado allá. Había un lleno. Se representó una -funcioncilla estúpida, plagada de chistes absurdos y groseros, de la -manera más sosa que puede imaginarse entre las interrupciones y los -gritos del público. Cayó el telón y apareció en seguida una muchacha, -que cantó con una vocecilla aguda, desafinando horriblemente,<a name="page_248" id="page_248"></a> una -canción pornográfica sin pizca de gracia. Luego salió una pintarrajeada, -vieja y fea mujerona francesa, con un sombrero descomunal; se acercó á -las candilejas y cantó una larga narración, de la que Manuel no entendió -media palabra, y cuyo estribillo era:</p> - -<p class="c"> -<i>Pauvre petit chat, petit chat.</i><br /> -</p> - -<p>Después dió unas cuantas volteretas, levantando un pie hasta dar con él -en el sombrero y se fué. Bajó de nuevo el telón; al poco rato volvió á -levantarse y se presentó la bella Pérez, y fué saludada por una salva -nutrida de aplausos. Cantó muy mal una copla, equivocándose, riéndose, y -cuando terminó de cantar se ocultó entre los bastidores. El piano de la -orquesta atacó con brío un tango, y la bella Pérez salió de entre -bastidores con falda corta, envuelta en una capa de torero, con un -sombrero cordobés sobre los ojos y fumando. Cuando el piano concluyó el -preludio, ella tiró el cigarro al público de las butacas, se quitó la -capa y quedó con las faldas recogidas con las dos manos hacia atrás, que -dejaban el vientre y los muslos ceñidos. A las primeras notas del tango, -todo el mundo calló religiosamente; un soplo de voluptuosidad corrió por -la sala. Se veían los rostros encendidos, con la mirada fija y -brillante. Y la bella bailaba con la cara como enfurruñada y los dientes -apretados, dando taconazos, haciendo<a name="page_249" id="page_249"></a> que se dibujaran sus caderas -poderosas al replegarse la falda sobre sus flancos como una bandera -triunfante. De aquel hermoso cuerpo de mujer salía un efluvio de su sexo -que enloquecía á todos. Al final del baile colocó el sombrero sobre el -vientre y tuvo un movimiento de caderas que hizo rugir á todo el teatro.</p> - -<p>—¡Eso!</p> - -<p>—¡Ahí la <i>visagra</i>!</p> - -<p>—¡Esa tripita!</p> - -<p>Concluyó el baile y hubo una tempestad de aplausos.</p> - -<p>—¡Tango! ¡Tango!—gritaban todos como energúmenos.</p> - -<p>Manuel, con los ojos brillantes, aplaudía y gritaba entusiasmado.</p> - -<p>—¡Viva la lujuria!—vociferaba un joven al lado de Manuel.</p> - -<p>Volvió la bella Pérez á bailar el tango. Detrás de la butaca de Manuel y -Vidal, una muchacha mecía en sus brazos á una niña, con la cara llena de -costras. La muchacha, señalando á la bella Pérez, decía á la niña:</p> - -<p>—Mira, mira á mamá.</p> - -<p>—¿Es la madre de esta chica?—preguntó Manuel.</p> - -<p>—Sí—contestó la niñera.</p> - -<p>Sin saber por qué Manuel ya no se entusiasmó tanto con el baile, y hasta -se figuró que en el rostro de la bailarina, tras de la capa de pintura<a name="page_250" id="page_250"></a> -y de polvos de arroz, se adivinaban roseolas y granos.</p> - -<p>Salieron Manuel y su primo del teatro. Vidal vivía en una casa de -huéspedes de la calle del Olmo.</p> - -<p>Fueron los dos por la de Atocha, y en la esquina de la calle de la -Magdalena se encontraron con la Chata y la Rabanitos, que les -reconocieron y les llamaron.</p> - -<p>Las dos muchachas aguardaban á la Engracia, que se había ido con un -señor. Mientras tanto reñían. La Rabanitos, juraba y perjuraba que no -tenía más de diez y seis años; la Chata aseguraba que iba para los diez -y ocho.</p> - -<p>—¡Si se lo he oído decir á tu madre!—gritaba.</p> - -<p>—¿Pero qué va decir eso mi madre? ¡Cerda!—replicaba la Rabanitos.</p> - -<p>—Pues sí que lo ha dicho, ¡so perro!</p> - -<p>—¿Cuándo empecé yo en la vida? Hace tres años. ¿Y cuántos tenía -entonces? Trece.</p> - -<p>—¡Bah! Si tú hace diez años andabas ya golfeando por ahí—interrumpió -Vidal.</p> - -<p>La muchachita se volvió como una víbora, contempló á Vidal de arriba á -bajo y, con voz estridente, le dijo:</p> - -<p>—Pa mí que tú eres de los que se agarran á la verja del Dos de Mayo y -dan la espalda.</p> - -<p>Celebraron todos el circunloquio, que demostraba las cualidades -imaginativas de la Rabanitos,<a name="page_251" id="page_251"></a> y ésta, ya calmada, sacó del bolsillo del -delantal su cartilla, arrugada y sucia, y se la enseñó á todos.</p> - -<p>En esta ocupación de descifrar lo que ponía la cartilla, les encontró la -Engracia.</p> - -<p>—Anda, tú, convida—le dijo Vidal—. ¿Tendrás dinero?</p> - -<p>—¡Sí, dinero! Las amas cada vez piden más. Yo no sé lo que <i>quedrán</i>.</p> - -<p>—Aunque sea á recuelo—repuso Vidal.</p> - -<p>—Bueno, vamos.</p> - -<p>Entraron los cinco en una buñolería.</p> - -<p>—Este señor con quien he ido—dijo la Engracia—es un pintor, y me ha -dicho que me daba cinco pesetas por hora por servir de modelo de -desnudo.</p> - -<p>A la Rabanitos le sublevó la noticia.</p> - -<p>—¿Pero qué vas á servir tú para eso, si no tienes tetas!—dijo con su -vocecilla aguda.</p> - -<p>—No, las tendrás tú.</p> - -<p>—No es por ponerme moños—contestó la Rabanitos—; pero estoy mejor -formada que tú.</p> - -<p>—¡Magras!—replicó la otra, y sin hacer caso se puso á hablar con -Vidal. La Rabanitos le cogió á Manuel por su cuenta y le contó sus penas -con una seriedad de vieja.</p> - -<p>—Chico, estoy <i>derrengá</i>—le decía—, porque como una es débil y no -tiene fuerza... Luego, los hombres son tan brutos... y claro, como la -ven á una así, hacen lo que quieren y<a name="page_252" id="page_252"></a> todo el mundo la pone á una el -pie encima.</p> - -<p>Manuel oía hablar á la Rabanitos; pero el cansancio y el sueño no le -permitían darse cuenta de lo que oía.</p> - -<p>Entraron otras dos muchachas en la buñolería con dos golfos, uno de -ellos de cara abultada, ojos nublados y expresión entre feroz é irónica. -Los cuatro venían borrachos; las mujeres se pusieron á insultar á todos -los que estaban en la buñolería.</p> - -<p>—¿Quiénes son esas?—preguntó Manuel.</p> - -<p>—Unas tías escandalosas.</p> - -<p>—Oye, vamos—dijo Vidal á su primo con la prudencia que le -caracterizaba.</p> - -<p>Salieron todos de la buñolería, las muchachas fueron hacia el centro y -ellos por la calle del Ave María hasta la del Olmo. Abrió Vidal la -puerta de su casa.</p> - -<p>—Aquí es—le dijo á Manuel.</p> - -<p>Subieron hasta el último piso. Allí Vidal encendió una cerilla, metió la -mano por debajo de la puerta, sacó una llave y abrió. Recorrieron un -pasillo, y Vidal dijo á Manuel:</p> - -<p>—Este es tu cuarto. Hasta mañana.</p> - -<p>Manuel se despojó de sus harapos, y la cama le pareció tan blanda, que, -á pesar del cansancio, tardó mucho en dormirse.</p> - -<p><a name="page_253" id="page_253"></a></p> - -<h2><a name="TERCERA_PARTE" id="TERCERA_PARTE"></a>TERCERA PARTE</h2> - -<h3><a name="CAPITULO_I-3" id="CAPITULO_I-3"></a>CAPÍTULO PRIMERO<br /><br /> -<small>¿Será la buena?—Proposiciones de Vidal.</small></h3> - -<p>Al día siguiente, cuando despertó Manuel, daban las doce. Hacía tanto -tiempo que la primera sensación de su despertar era de frío, de hambre ó -de angustia, que, al encontrarse entre mantas, abrigado, en un cuarto -estrecho y de poca luz, pensó si estaría soñando.</p> - -<p>Luego, de pronto, el recuerdo del suicida de la Virgen del Puerto le -vino á la memoria; después, el encuentro con Vidal, el baile de Romea y -la conversación en la buñolería con la Rabanitos.</p> - -<p>—¿Habrá venido la buena?—se preguntó á sí mismo. Se incorporó en la -cama, y al ver sus harapos colocados sobre una silla, no supo qué -hacer.—Si me ven vestido así, me echan—pensó; y en la vacilación -volvió á meterse entre las sábanas.</p> - -<p>Serían cerca de las dos cuando oyó que abrían la puerta del cuarto; era -Vidal.<a name="page_254" id="page_254"></a></p> - -<p>—Pero, hombre, ¿no sabes la hora que es? ¿Por qué no te levantas?</p> - -<p>—Si me ven con eso me echan—replicó Manuel señalando sus andrajos.</p> - -<p>—La verdad es que no puedes vestirte de etiqueta—dijo Vidal -contemplando la indumentaria de su primo—. Vaya unos zapatitos de -baile—añadió cogiendo por los tirantes una bota deformada y llena de -barro, y levantándola cómicamente para observarla mejor—. Es de la -última moda de los poceros de la villa. Y de medias nada, y de -calzoncillos ídem; de la misma tela que las medias. ¡Estás apañado!</p> - -<p>—Ya ves.</p> - -<p>—Pues no vas á estar aquí siempre; hay que salir. Yo te traeré ropa -mía; creo que te vendrá bien.</p> - -<p>—Sí, tu eres un poco más alto.</p> - -<p>—Bueno, espera un momento.</p> - -<p>Salió Vidal del cuarto y volvió con ropa suya. Manuel se vistió á la -carrera. Los pantalones le estaban un poco largos y tuvo que darles -vuelta por abajo; en cambio las botas le venían estrechas y cortas.</p> - -<p>—Tienes el pie pequeño—murmuró Manuel—. Has nacido para señorito.</p> - -<p>Vidal mostró su pie, bien calzado, con cierta coquetería.</p> - -<p>—Algunas señoritas darían algo por estos<a name="page_255" id="page_255"></a> <i>pinreles</i>, ¿verdad? A mi, -una mujer que tenga mucha pata, no me gusta; ¿y á ti?</p> - -<p>—A mí, chico, me gustan todas, hasta las viejas. Hay tan poco dónde -elegir. Anda, dame un periódico. Voy á envolver estas prendas.</p> - -<p>—¿Para qué?</p> - -<p>—Para que no las vean aquí. Esto desacredita. Las tiraré á la calle. Lo -que es el que encuentre el lío puede decir que le ha caído el gordo.</p> - -<p>Envolvió Manuel los harapos con mucho cuidado, hizo un paquete, lo ató -con una guita y lo cogió en la mano.</p> - -<p>—¿Vamos?</p> - -<p>—Andando.</p> - -<p>Salieron á la calle; Manuel pensaba que todo el mundo se fijaba en él y -miraba el paquete que llevaba y no se atrevía á dejarlo en ninguna -parte.</p> - -<p>—Tráelo, no seas lila—dijo Vidal—, y quitándoselo de la mano lo tiró -á un solar por encima de la tapia.</p> - -<p>Salieron los dos muchachos por la calle de la Magdalena á la plaza de -Antón Martín y entraron en el café de Zaragoza.</p> - -<p>Se sentaron. Vidal pidió dos cafés con media tostada.</p> - -<p>—¡Qué aplomo tiene!—pensó Manuel.</p> - -<p>Llegó el mozo con el servicio, y Manuel se arrojó sobre una de las -tostadas con ansia.<a name="page_256" id="page_256"></a></p> - -<p>—¡Rediez!—exclamó Vidal, mirándole de hito en hito—. ¡Qué facha de -golfo tienes!</p> - -<p>—¿Por qué?</p> - -<p>—¿Qué se yo? Porque la tienes.</p> - -<p>—¡Qué se le va á hacer! Uno parece lo que es.</p> - -<p>—Pero, ¿tú has trabajado? ¿Tú has aprendido oficio?</p> - -<p>—Sí, he sido criado, panadero, trapero, cajista y ahora golfo, y no sé -de todo eso lo que es peor.</p> - -<p>—¿Y habrás pasado muchas hambres, eh?</p> - -<p>—Uf... la mar... y si fueran las últimas.</p> - -<p>—Pues lo serán, hombre, lo serán si tu quieres.</p> - -<p>—¿Cómo? ¿Poniéndome otra vez á trabajar?</p> - -<p>—O de otra manera.</p> - -<p>—Pues yo no sé cómo se puede vivir de otra manera, chico; ó hay que -trabajar, ó hay que robar, ó hay que ser rico, ó hay que pedir limosna. -De trabajar he perdido la costumbre, para robar no tengo agallas, rico -no soy, con que me tendré que poner á pedir limosna. A no ser que caiga -soldado un día de éstos.</p> - -<p>—Todo eso que dices—replicó Vidal, es una pura pamplina—. ¿De mí se -puede decir que trabajo? no; ¿que robo ó que pido limosna? tampoco; ¿qué -soy rico? menos... y ya ves, vivo.</p> - -<p>—Bueno, tendrás algún secreto.<a name="page_257" id="page_257"></a></p> - -<p>—Puede ser.</p> - -<p>—Y ese secreto, ¿no se puede saber cuál es?</p> - -<p>—Si lo supieses tú, ¿me lo dirías?</p> - -<p>—Hombre... verás; si yo tuviese un secreto y tú me lo quisieras birlar, -la verdad, me lo guardaría para mí; pero si tú no pensases en -quitármelo, sino en vivir y no me estorbases, entonces sí, que no te -quepa duda.</p> - -<p>—Bien, eso es justo. Tú eres franco... ¡qué moler! Mira, yo por ti -haría cualquier cosa, y no tengo inconveniente en ponerte al tanto de -cómo vivimos nosotros. Tu eres un barbián, no eres un bruto de esos que -no quieren más que matar y asesinar á las personas. Yo te digo con -franqueza, ¿por qué no? Yo no soy valiente...</p> - -<p>—Ni yo tampoco—exclamó Manuel.</p> - -<p>—¡Bah! Tu eres templado. El Bizco mismo te tenía respeto.</p> - -<p>—¿A mí?</p> - -<p>—A ti.</p> - -<p>—¡Quia!</p> - -<p>—Como quieras. Pero voy á lo de antes. Tú y yo, yo sobre todo, hemos -nacido para ser ricos; pero ha dado la pijotera casualidad de que no lo -somos. Ganarlo no se puede; á mí que no me vengan con historias. Para -tener algo, hay que meterse en un rincón y pasarse treinta años -trabajando como una mula. ¿Y cuánto reúnes? Unas pesetas cochinas; -total,<a name="page_258" id="page_258"></a> <i>ná</i>. ¿No se puede ganar dinero?, pues hay que arreglarse para -quitárselo á alguno y para quitárselo sin peligro de ir á la <i>trena</i>.</p> - -<p>—¿Y cómo?</p> - -<p>—Ese es el busilis. Ahí está la cuestión. Mira: cuando yo me vine al -centro desde Casa Blanca, era un <i>descuidero</i>, un <i>randa</i>. Me tuvieron -sin culpa una quincena en el <i>Abanico</i>, en la jaula, y cuando lo -recuerdo, ¡chico!, metiemblan las carnes. Me daba más miedo que -vergüenza robar, esa es la verdad; pero ¿qué iba á hacer? Un día, que -cogí unas lamparillas eléctricas de una casa de la calle del Olivo, la -portera me vió, una tía vieja indecente, y se echó á correr tras de mí, -gritando: «¡A ese! ¡A ese!» Yo tenía alas en los pies; figúrate. Al -llegar á la iglesia de San Luis, tiré las bombillas al suelo, me colé -entre la gente de la iglesia y me agazapé en un banco; no me cogieron; -pero desde entonces, ¡gachó!, tuve un miedo que no podía con mi alma. -Pues, ya ves, á pesar del miedo, no escarmenté.</p> - -<p>—¿Volvistes á coger otras lámparas?</p> - -<p>—No. Verás. Estaba en el patio de Apolo con aquella florera que tanto -la odiaba la Rabanitos. ¿Te acuerdas?</p> - -<p>—Sí, hombre.</p> - -<p>—Era muy interesada la chica aquella. Pues estaba allá, cuando veo á un -señor gordo, de chaleco blanco, que estaba de palique con unas<a name="page_259" id="page_259"></a> golfas. -Había mucha gente; me acerco á él, cojo la cadena, tiro suavemente hasta -sacar el reloj del bolsillo, doy la vuelta á la anilla y la hago saltar. -Como la cadena era bastante pesada, había el peligro de que, al -soltarla, le diera al señor en la barriga y le hiciese comprender que le -habían <i>afanado</i>; pero en aquel momento, dieron unas palmadas, la gente -comenzó á entrar en el teatro á empellones, yo solté la cadena y me -escabullí. Iba escapado por frente á San José á meterme por la calle de -las Torres, cuando siento que me cogen del brazo. Chico, me entró un -sudor...—Déjeme usted—dije yo.—Calla, si no llamo á uno del orden (Yo -me callé)—. Te he visto cómo limpiabas el reloj á ese -<i>pimpi</i>.—¿Yo?—Tú, sí. Tienes el reloj en el bolsillo del pantalón, -conque no seas memo y anda á tomar una copa á la taberna del -Brígido.—Vamos—pensé yo—; este es un <i>vivo</i> que viene á la parte. -Entramos en la taberna y allí el hombre me habló claro:—Mira—me -dijo—, tú quieres prosperar de cualquier manera, ¿no es verdad?; pero -le tienes asco al <i>Abanico</i>, y lo comprendo, porque tú no eres tonto; -pero, bueno; ¿cómo quieres prosperar? ¿Qué armas tienes tú para luchar -en la vida? Tú eres un <i>cimbel</i>, que no conoce la sociedad ni el mundo. -Mañana vienes á mi casa; yo te llevaré á un bazar de ropas hechas, -compras un traje, un sombrero y<a name="page_260" id="page_260"></a> un baúl y te recomendaré á una casa de -huéspedes buena; te haré ganar dinero, porque, que te conste que ganar -dinero, cuando se está en un sitio donde lo hay, es lo más mollar de la -vida. Ahora dame ese reloj; á ti te engañarían.</p> - -<p>—¿Y le diste el reloj?</p> - -<p>—Sí. Al día siguiente...</p> - -<p>—Te quedarías de boqueras...</p> - -<p>—Al día siguiente estaba yo ganando dinero.</p> - -<p>—¿Y quién es ese hombre?</p> - -<p>—Marcos Calatrava.</p> - -<p>—¿El cojo? ¿El amigo del repatriado?</p> - -<p>—El mismo. Conque ya sabes, lo que me dijo á mí él, te lo digo yo á ti. -¿Quieres entrar en la <i>combi</i>?</p> - -<p>—¿Pero, qué hay que hacer?</p> - -<p>—Eso depende del negocio... Si tú aceptas, vivirás bien, tendrás una -buena hembra... peligro no hay... conque tú dirás.</p> - -<p>—No sé qué decirte, chico. Si hay que hacer una granujada, casi casi -prefiero vivir así.</p> - -<p>—Hombre, eso depende de lo que tú llames granujada. ¿A engañar le -llamas granujada? Pues hay que engañar. No hay otra cosa: ó trabajar ó -engañar, porque, lo que es regalarte el dinero, que te conste que no te -lo han de regalar.</p> - -<p>—Sí, es verdad.<a name="page_261" id="page_261"></a></p> - -<p>—¡Pero si es que eso lo tienes en todo! Negociar y robar es lo mismo, -chico. No hay más diferencia que, negociando, eres una persona decente, -y, robando, te llevan á la cárcel.</p> - -<p>—¿Crees tú?...</p> - -<p>—Sí, hombre. Es más, creo que en el mundo hay dos castas de hombres; -unos, que viven bien y roban trabajo ó dinero; otros, que viven mal y -son robados.</p> - -<p>—¡Sabes que me parece que tienes razón!</p> - -<p>—Y tal... No hay más que comer ó ser comido. Conque tu dirás.</p> - -<p>—Nada, se acepta. Otra Sociedad como la de los Tres.</p> - -<p>—No compares, que aquello no hay que recordarlo. Aquí no hay un Bizco.</p> - -<p>—Pero hay un cojo.</p> - -<p>—Sí, pero es un cojo que vale un riñón.</p> - -<p>—¿Es el jefe de la partida?</p> - -<p>—Te diré, chico... yo no lo sé. Yo me entiendo con el Cojo, el Cojo se -entiende con el Maestro, y el Maestro no sé con quién se entiende; lo -que sé es que arriba, arriba, hay gente gorda. Una advertencia te tengo -que hacer: tú ves, oyes y callas. Si te enteras de algo, me lo dices á -mí; pero fuera, ni una palabra. ¿Comprendes?</p> - -<p>—Comprendido.</p> - -<p>—Aquí todo es cuestión de habilidad y de mucha pupila. Si marchamos -bien, dentro de<a name="page_262" id="page_262"></a> unos años se puede uno encontrar viviendo bien, hecho -una persona decente... al pelo.</p> - -<p>—Y oye: ¿tú has entrado ya en quintas?—preguntó Manuel—; porque yo -maldito si lo sé.</p> - -<p>—Yo sí; estoy rebajado. Debes de arreglar eso, si no te van á coger por -prófugo.</p> - -<p>—¡Pse!</p> - -<p>—Se lo diremos al Cojo.</p> - -<p>—¿Cuándo le veremos?</p> - -<p>—Dentro de un momento estará aquí.</p> - -<p>Efectivamente, poco después el Cojo entraba en el café, Vidal le indicó -lo que había propuesto á su primo en breves palabras.</p> - -<p>—¿Servirá?—preguntó Calatrava mirando atentamente á Manuel.</p> - -<p>—Sí, es más listo de lo que parece—contestó riendo Vidal.</p> - -<p>Manuel se irguió con un sentimiento de amor propio.</p> - -<p>—Bueno; ya veremos. Por ahora no tiene que hacer gran cosa—repuso el -Cojo.</p> - -<p>Se pusieron inmediatamente Calatrava y Vidal á tratar de sus asuntos, y -Manuel entretuvo el tiempo leyendo un periódico.</p> - -<p>Cuando concluyeron de hablar, salió Calatrava del café, y quedaron -nuevamente solos los dos primos.</p> - -<p>—Vamos al Círculo—dijo Vidal.</p> - -<p>El Círculo estaba en una calle céntrica. Entraron;<a name="page_263" id="page_263"></a> en el piso bajo -había billares y algunas mesas de café.</p> - -<p>Se sentó en una de ellas Vidal, llamó en un timbre, y á un mozo que -apareció le dijo:</p> - -<p>—Dos cubiertos.</p> - -<p>—Van.</p> - -<p>—Oye—añadió Vidal—, desde que entres aquí, ni una palabra; ni me -preguntas ni me dices nada. Lo que tengas que saber yo te lo diré.</p> - -<p>Comieron los dos; Vidal charló de teatros, de casinos, de cosas que -Manuel no conocía, y éste estuvo callado.</p> - -<p>—Vamos á tomar café arriba—dijo Vidal.</p> - -<p>Junto al mostrador había una puerta y de ella subía una escalera de -caracol, muy estrecha, hasta el entresuelo. A la terminación de la -escalera se topaba con una puerta de cristales esmerilados. La empujó -Vidal, y pasaron á un corredor á cuyos lados se veían mamparas forradas -de verde.</p> - -<p>Al final del pasillo, sentado en una mesa, escribía un hombre; contempló -á Vidal y á Manuel y siguió escribiendo. Vidal abrió una puerta, empujó -una pesada cortina y pasaron los dos.</p> - -<p>Se encontraron en una sala con tres balconcillos á la calle y otros tres -á un patio. Hacia el lado de la calle había una mesa verde grande con -dos escotaduras, una frente á otra, en<a name="page_264" id="page_264"></a> los lados largos; hacia el -patio, se veía una mesa más pequeña, iluminada por dos lámparas, -alrededor de la cual se agrupaban treinta ó cuarenta personas. Había un -gran silencio; no se oía más que las palabras de los dos <i>croupiers</i> y -el ruido que hacían al recoger con el rastrillo las monedas colocadas -sobre el tapete verde.</p> - -<p>Cuando cesaban las jugadas cambiábanse algunas observaciones entre los -puntos. Luego la voz monótona del banquero decía:</p> - -<p>—Hagan juego, señores.</p> - -<p>Callaban todos y el silencio era tan grande que se oía el roce de las -cartas entre los dedos del <i>croupier</i>.</p> - -<p>—Esto parece una iglesia, ¿verdad?—murmuró Vidal—. Como dice un señor -que viene aquí, el juego es la única religión que queda.</p> - -<p>Tomaron café y una copa.</p> - -<p>—¿Tienes cigarros?—preguntó Vidal.</p> - -<p>—No.</p> - -<p>—Toma. Fíjate bien en este juego; yo me voy.</p> - -<p>—¿Se podrá saber cómo se llama?</p> - -<p>—Sí; el bacarrat. Oye, á las ocho en el café de Lisboa.</p> - -<p>Vidal salió y Manuel quedó solo; miró con atención cómo iba y venía el -dinero de la banca á los puntos y de los puntos á la banca.<a name="page_265" id="page_265"></a> Después se -entretuvo en observar á los jugadores. Era un anhelo tan grande el que -sentían todos, que nadie se fijaba en los demás.</p> - -<p>Los que estaban sentados tenían delante de ellos montones de plata y de -fichas y las ponían sobre el tapete. El <i>croupier</i> echaba las cartas -francesas, y poco después pagaba ó recogía el dinero puesto.</p> - -<p>Los que estaban de pie alrededor, y de los cuales la mayoría no jugaba, -parecían interesarse en el juego tanto ó más que los que se hallaban -sentados y jugaban fuerte.</p> - -<p>Eran aquéllos, tipos de miseria y de sordidez horrible; llevaban -chaquetas rozadas, sombreros grasientos, pantalones con rodilleras, -llenos de barro.</p> - -<p>En sus ojos brillaba la pasión del juego, y se les veía seguir la marcha -de las jugadas, con los brazos cruzados sobre la espalda y el cuerpo -echado hacia adelante conteniendo la respiración.</p> - -<p>Manuel se aburría allá; miró por los balcones á la calle; vió cómo se -reemplazaban los jugadores, y al anochecer salió y fué al café de -Lisboa.</p> - -<p>Cuando llegó Vidal, mientras cenaron, le expuso sus dudas acerca del -juego.</p> - -<p>—Bueno; eso en seguida lo aprendes—le dijo el otro—. Además, los -primeros días yo te<a name="page_266" id="page_266"></a> daré un cartoncito con la indicación de cuándo -debes jugar.</p> - -<p>—Muy bien, ¿y el dinero?</p> - -<p>—Toma para mañana. Cincuenta duros.</p> - -<p>—¿Son buenos?</p> - -<p>—Enséñaselos á cualquiera.</p> - -<p>—De modo que es una combina como la del Pastiri.</p> - -<p>—Igual.</p> - -<p>La tarde siguiente, con los cincuentas duros que le dió su primo y las -indicaciones en una tarjeta, jugó y ganó veinte duros, que entregó á -Vidal.</p> - -<p>Unos días después le llamaron de un cuartel, le preguntaron el nombre en -una oficina y le despacharon.</p> - -<p>—Te han rebajado—le advirtió Vidal.</p> - -<p>—Bueno—contestó alegremente Manuel—; me alegro de no ser soldado.</p> - -<p>Siguió acudiendo al Círculo todos los días que le indicaron, y al cabo -de algún tiempo conocía el personal de la casa de juego. Había mucha -gente empleada allá; varios <i>croupiers</i> muy atildados con las manos -limpias y perfumadas; unos cuantos matones, otros medio ganchos, otros -que vigilaban á los que entraban y á los ganchos.</p> - -<p>Eran todos tipos sin sentido moral, á quienes, á unos la miseria y la -mala vida, á otros la inclinación á lo irregular, había desgastado<a name="page_267" id="page_267"></a> y -empañado la conciencia y roto el resorte de la voluntad.</p> - -<p>Manuel experimentaba, sin darse cuenta de ello con claridad, la -repugnancia por aquel medio, y sentía obscuramente la protesta de su -conciencia.</p> - -<p><a name="page_268" id="page_268"></a></p> - -<h3><a name="CAPITULO_II-3" id="CAPITULO_II-3"></a>CAPÍTULO II<br /><br /> -<small>El Garro.—Marcos Calatrava.—El Maestro.—Confidencias.</small></h3> - -<p>Una noche salió Manuel del Círculo, acompañado de un hombrecito con -trazas de enfermo. Los dos llevaban el mismo camino; entraron en el cafe -de Lisboa; el hombre se reunió allí con una mujer gorda y se sentó con -ella, y Manuel se acercó á su primo.</p> - -<p>—¿Qué hablabas con ese?—le preguntó Vidal al verle.</p> - -<p>—Nada, de cosas indiferentes.</p> - -<p>—Te advierto que es uno de la policía.</p> - -<p>—¿Sí?</p> - -<p>—Ya lo creo.</p> - -<p>—Pues lo he visto en el Círculo.</p> - -<p>—Sí, cobra allí. Le llaman el Garro. Está casado con esa, que es la -Chana, una timadora antigua. Vivía en la calle de la Visitación, en casa -de María la Guerrero, cuando yo me fuí con la Violeta. La Chana entonces -ya se dedicaba á perista, conocía á todos los inspectores y estaba liada -con un matón que llamaban el Ministro y á quien le mataron en la calle -de Alcalá. Ten cuidado con el Garro; si te pregunta<a name="page_269" id="page_269"></a> algo no le digas -nada; ahora, si puedes sonsacarle alguna cosa, eso sí, hazlo.</p> - -<p>Al día siguiente el Garro volvió á reunirse con Manuel y le preguntó -quién era y de dónde venía. Manuel, advertido, contó una porción de -embustes con gran candor, y se hizo el engañado por Vidal y por el Cojo.</p> - -<p>—Le advierto á usted que son dos pájaros de cuenta—le dijo el policía.</p> - -<p>—¿Sí, eh?</p> - -<p>—Uf, que se pierden de vista. El Cojo, sobre todo, es atravesado. No se -meta usted con él, porque ese es capaz de todo.</p> - -<p>—¿Tan fiero es?</p> - -<p>—Ya lo creo. Yo conozco su historia, él no lo sabe. Se llama Marcos -Calatrava y es de buena familia. Hace doce años cursaba medicina.</p> - -<p>El Garro contó toda la historia de Marcos. Al principio había sido un -gran estudiante. Luego, de pronto, comenzó á frecuentar garitos, y en -uno de éstos robó una capa. Tuvo la mala suerte de que le cogieran <i>in -fraganti</i>, le llevaron á la Cárcel Modelo y estuvo allá arriba dos -meses. Al año siguiente tomo la decisión de no estudiar, y como de su -casa no le mandaban dinero, comenzó á matonear por garitos y chirlatas. -Una navajada que le dieron en una bronca que tuvo, le quitó por algún -tiempo sus arrestos de matón. Cuando se puso bueno fué<a name="page_270" id="page_270"></a> á ver á la -superiora de las Hermanas de la Caridad de San Carlos y le pidió dinero. -Quería hacerse fraile, le había herido la gracia divina; y con su manera -de hablar melosa, la convenció, le sacó los cuartos, y además una carta -para el prior de un convento de Burgos.</p> - -<p>Calatrava se gastó el dinero, y á los dos ó tres meses estaba muerto de -hambre. Entonces organizó una compañía de cómicos de la legua, á quienes -explotó de una manera miserable, y al año ó cosa así de recibir la carta -de la superiora, en un período de hambre horrorosa, se encontró en el -fondo de una maleta la carta y determinó aprovecharse de ella. Como era -hombre de decisiones rápidas, no vaciló, tomó el tren sin billete y -entre los fardos de los vagones de mercancías llegó á Burgos, se -presentó en el convento y entró de novicio. Al poco tiempo pidió que le -enviaran por los pueblos pidiendo limosna; al principio estuvo bien, -hasta se distinguió por su celo; pero después empezó á hacer -barbaridades, escandalizó á las personas piadosas de las aldeas, y -cuando el prior, á quien había llegado la noticia de sus fechorías, le -mandó llamar y volver al convento, Calatrava, sin hacer caso, anduvo -explotando los hábitos, y cuando ya iban á pescarle volvió á Madrid. A -los tres ó cuatro meses de estar aquí agotó todo su dinero y su crédito -y tomó la determinación de<a name="page_271" id="page_271"></a> sentar plaza en Sanidad militar y marcharse -á Filipinas.</p> - -<p>Un médico de regimiento, viendo á Marcos tan servicial y tan listo, -trató de ayudarle á terminar la carrera y le colocó de interno en el -Hospital militar de Manila.</p> - -<p>Inmediatamente, Calatrava empezó á robar de la botica del Hospital, -medicamentos, vendajes, aparatos, todo lo que podía, para venderlo; le -despacharon de allá; pidió la absoluta y se dedicó á cobrar el barato en -los chabisques de Manila. Como era tan quisquilloso, pronto allí se le -hizo la vida imposible, y entonces recurrió á un Círculo de militares y -consiguió que se hiciera una colecta para él, y con el dinero vino á -España.</p> - -<p>En Madrid volvió á encontrarse apurado, y como no era de los que se -ahogan en poca agua, se alistó en el batallón de Voluntarios que iba á -Cuba. Marcos se distinguió por su valor en muchas acciones, ascendió -pronto á sargento cuando una bala le atravesó la pierna y tuvieron que -cortársela en el Hospital de la Habana; y el hombre volvió á España ya -sin porvenir y con un retiro ridículo.</p> - -<p>Aquí anduvo fingiéndose agente de la policía secreta, robando por las -calles, hasta que encontró un socio y se dedicó con él al timo del -entierro, que, á pesar de lo divulgado que está, suele dar resultados -entre los estafadores.<a name="page_272" id="page_272"></a> Formó en una época una sociedad de espadistas y -de criadas de servir para desvalijar las casas; falsificó billetes; -luego no hubo engaño ni timo que no intentase; y como tenía una -inteligencia clara y despierta, estudió metódicamente todos los -procedimientos conocidos de estafa, calculó el pro y el contra de cada -uno de ellos y encontró que todos tenían grandes quiebras.</p> - -<p>Al último—concluyó diciendo el Garro—, se encontró con el Maestro que -se ha retirado, y yo no sé de dónde han cogido dinero para estos -garitos; el caso es que lo tienen.</p> - -<p>—¿Hay más de un Círculo de éstos?—preguntó Manuel.</p> - -<p>—Abierto al público no hay más que éste; pero tienen la casa de la -Coronela, en donde se juega mucho más. Allá está todas las noches el -Maestro. ¿No ha ido usted á aquella casa?</p> - -<p>—No.</p> - -<p>—Ya le llevarán. Si tiene usted dinero que perder, entre Vidal y el -Cojo ya le llevarán. Luego la Coronela, como mete á la hija á bailarina, -va á abrir un salón.</p> - -<p>—Esa Coronela, ¿es cubana?—preguntó Manuel.</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—La conozco, y conozco también á un amigo suyo que se llama Mingote.<a name="page_273" id="page_273"></a></p> - -<p>El policía miró con cierta reserva á Manuel.</p> - -<p>—Puede usted decir—le dijo—que conoce usted lo peorcito de Madrid. -Mingote está ahora con Joaquina la Verdeseca. Tienen una casa de citas -elegante. Van señoras y dejan su retrato. Este Mingote, fué el que -organizó aquel baile célebre. Se pagaba un duro la entrada, y al final, -se rifaba una señorita. La hija de la querida de Mingote.</p> - -<p>Unos días después de esta conversación, Manuel, al salir del Círculo y -encontrarse con Vidal, sintió la necesidad de hablarle del malestar que -experimentaba con aquella vida. Vidal estaba también aquella noche de -humor triste, é hizo lamentables confidencias á Manuel.</p> - -<p>Fueron á un teatro, pero no había gente; entraron en un café y, después -de pasear con una noche horrible de frío, Vidal propuso que entraran á -tomar algo en casa de la Concha, en la calle de Arlabán.</p> - -<p>Manuel no quería, porque no tenía ganas de comer ni de nada; pero á -remolque entró en la taberna. Hacía dentro mucho calor, y esto les -reanimó á los dos; se sentaron y Vidal pidió unas copas y luego unas -chuletas.</p> - -<p>—Hay que olvidar—dijo después de dar estas disposiciones.</p> - -<p>Manuel hizo un gesto de desaliento y vació un vaso de vino que llenó -Vidal.<a name="page_274" id="page_274"></a></p> - -<p>Después contó lo que le había dicho el Garro. Su primo le escuchaba -atentamente.</p> - -<p>—No sabía la historia de Calatrava—dijo al concluir Vidal.</p> - -<p>—Pues historia por historia—repuso Manuel—¿dime tú? ¿quién es ese -Maestro?</p> - -<p>—El Maestro... es un coloso. ¿Tú has leído Rocambole?</p> - -<p>—No.</p> - -<p>Vidal quedó un poco parado; la figura de Rocambole, sin duda, le parecía -la más á propósito para comparar al Maestro.</p> - -<p>—Bueno, pues figúrate tú un hombre como el Cojo, ¿sabes?, pero -muchísimo más listo que él; un hombre que imita todas las letras, que -sabe cuatro ó cinco idiomas, que tiene una serenidad como nadie, que -viste la blusa lo mismo que la levita, que habla con una señora y parece -un caballero, y habla con una golfa y parece un chulo, y une á esto que -es una especie de payaso, que toca el acordeón, imita el tren, -gesticula, se ríe de todo el mundo. Y luego ¡chiquillo! le ves medio -llorando porque ha visto un viejo medio desnudo por la calle ó le ha -pedido limosna una golfilla.</p> - -<p>—¿Y cómo se llama?</p> - -<p>—¡Qué sé yo! Cualquiera lo sabe. Algunos dicen que han conocido á su -padre y á su madre, pero no es verdad. Yo he pensado si será hijo -natural de algún personaje, pero no lo<a name="page_275" id="page_275"></a> creo del todo, porque si hubiera -sido así, sería chocante que le prendieran, como le prendieron, cuando -tenía diez y siete años.</p> - -<p>—Pronto empezó.</p> - -<p>—Sí; lo prendieron sin culpa. El era empleado de uno que había hecho -una estafa, y lo metieron en el Saladero con su principal. Esto lo -cuenta el mismo. Un día parece que fué el juez á tomar declaración á un -preso, y estando el escribiente copiando la declaración le dió un mal y -tuvieron que llevarle á casa. El juez preguntó al alcaide si no tenía -algún preso que supiera escribir al dictado, y el alcaide llamó al -Maestro. Este se sentó en la silla, miró los papeles y se puso á -escribir. El juez, al terminar la declaración, echa una mirada á los -autos y queda asombrado. No se conocía dónde había empezado á escribir -el Maestro y dónde había acabado el escribiente; la letra de uno y de -otro eran iguales.</p> - -<p>—¡Qué tío!</p> - -<p>—Cuando contaba el Maestro esto, decía que si aquel juez no hubiera -sido un estúpido, él no hubiera terminado mal; pero al juez lo único que -se le ocurrió fué decir que aquel chico era peligroso y que había que -tener con él mucho ojo. El Maestro, que vió que extremaban la vigilancia -con él por el motivo de haber hecho un favor, claro, se indignó. Luego, -en el Saladero, conoció á un falsificador<a name="page_276" id="page_276"></a> célebre, y entre los dos, -desde la misma cárcel, le sacaron á un francés cuarenta mil duros por el -registro del entierro.</p> - -<p>—¡Qué bárbaros!</p> - -<p>—Dieron cinco ó seis golpes por el estilo. Al fin cayeron en que eran -ellos dos y se les formó causa de nuevo. Le preguntaban á uno:—¿Quién -ha sido el que ha escrito esto?—Yo, contestaba; le preguntaban al -otro:—¿Quién ha sido el que ha escrito esto?—Yo, contestaba también. -No podían saber cuál de los dos era. Entonces al juez se le ocurrió -meterles á cada uno de ellos en un cuarto y hacerles escribir la carta -por la que habían venido á saber que estaban preparando un entierro, y -¡chico! los dos escribieron igual, con la misma letra y con los mismos -borrones. Figúrate tú qué maña tendrá este hombre, que algunas veces, -cuando ha habido bailes y banquetes en el Palacio Real, ha falsificado -la invitación, se ha puesto un frac y allá se ha marchado, alternando -con duques y marqueses.</p> - -<p>—¡Rediez!—dijo Manuel admirado—. ¿Y el compañero del Saladero vive?</p> - -<p>—No; creo que murió en América.</p> - -<p>—¿Ha estado allá también el Maestro?</p> - -<p>—En todas partes; ha recorrido medio mundo, y en cada sitio ha dejado -diez ó doce falsificaciones.</p> - -<p>—¿Será rico?<a name="page_277" id="page_277"></a></p> - -<p>—Sí, seguramente.</p> - -<p>—¿Y qué hace con el dinero?</p> - -<p>—Chico, yo no lo sé. No le gustan las juergas, no tiene queridas. El -Cojo me dijo una vez que el Maestro tenía una hija educándose en Francia -y que le dejaría una fortuna.</p> - -<p>—¿Y dónde vive ese hombre?</p> - -<p>—Vive hacia Chamberí; allí creo que se pasa los días leyendo y tocando -la guitarra y besando el retrato de su hija.</p> - -<p>—Sería curioso saber lo que hace.</p> - -<p>—No lo hagas; á mí me entró la misma curiosidad. Un día le vi salir de -un juego de bolos de los Cuatro Caminos:—Vamos á ver lo que hace este -punto, me dije; fuí al otro día y lo encontré. Estaba muy alegre, -jugando, hablando, accionando; parecía que no me había conocido. Al día -siguiente el Cojo me dijo:—No vuelvas donde estuviste ayer, si no -quieres reñir conmigo para siempre. Comprendí la advertencia y no he -vuelto.</p> - -<p>Era curiosa la vida pura y sencilla de aquel hombre metido en -combinaciones de estafas y de engaños. Manuel escuchaba á su primo como -quien oye un cuento.</p> - -<p>—¿Y la Coronela?—le preguntó.</p> - -<p>—Nada... una pendona. Fué la querida de un relojero, que se hartó de -ella porque es una tía ordinaria y luego se lió con ese militar. Es una -tía sucia y mala.<a name="page_278" id="page_278"></a></p> - -<p>—Es mala, sí. Desde el primer día que la vi me lo pareció.</p> - -<p>—¿Mala? Es una loba y tiene furor... ¿sabes? Hace ignominias. Antes, -cuando algún señorito seguía á alguna de sus hijas, le hacía subir á su -casa y allá le decía que con sus hijas nada, pero con ella sí. Ahora va -á los cuarteles. Es una tía de lo más indecente... Pero lo que está -haciendo con el hijo es todavía peor.</p> - -<p>—¿Pues qué hace?</p> - -<p>—Nada. Que por entretenerse, le visten de chica y le pintan, y ya no le -llaman Luis, como se llama él, sino Luisita la Ricopelo.</p> - -<p>—¡Cristo!—murmuró Manuel dando un puñetazo en la mesa—. Eso es -demasiado. Hay que denunciar eso.</p> - -<p>—Calla, que viene gente—advirtió Vidal.</p> - -<p>Tres hombres y una muchacha se sentaron en la mesa de al lado de la -taberna.</p> - -<p>Uno de ellos era un viejo teñido, con la cara llena de arrugas blandas y -el aire de un cinismo repugnante; el otro tenía el tipo de un peluquero, -patillas de hacha muy repeinadas y el pelo rizado; el tercero, calvo, -con la nariz roja y las barbas deshilachadas y amarillas, presentaba el -aspecto del joven decrépito.</p> - -<p>La muchacha era muy bonita; tenía la nariz afilada, los labios finos, el -pelo negro, separado en dos bandas; llevaba una capa de color perla con -cuello de plumas, la mantilla prendida<a name="page_279" id="page_279"></a> en el moño que encuadraba su -rostro y caía sobre el pecho.</p> - -<p>En su cara latía una continua nerviosidad y una expresión sarcástica; no -paraba un momento de moverse, y cuando escuchaba, accionaba y movía -nerviosamente los labios.</p> - -<p>Tenían todos las mejillas rojas y los ojos brillantes. El hombre de las -barbas hacía preguntas y más preguntas á la muchacha, y ésta contestaba -con gran descoco.</p> - -<p>Manuel y Vidal se pusieron á escuchar.</p> - -<p>—¿De veras eres partidaria del amor libre?—decía el de las barbas.</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—¿No quisieras casarte?</p> - -<p>—Yo no.</p> - -<p>—Es una mujer indiferente—interrumpió el de las patillas—no comprende -esas cosas de cariño.</p> - -<p>—Bah, no lo creo.</p> - -<p>—Lo que tiene la pobre es que es muy... bruta—murmuró el viejo con voz -aguardentosa.</p> - -<p>—¿Y tu mujer?—preguntó ella agitándose en la silla y mirando al viejo -con los ojos fríos y burlones. La muchacha aquella daba la impresión de -una avispa ó de un bicho con aguijón. Se agitaba en el asiento cuando -iba á decir algo, pinchaba y quedaba ya tranquila y satisfecha por un -momento.</p> - -<p>El viejo masculló una serie de blasfemias. El<a name="page_280" id="page_280"></a> de las barbas rojas -siguió preguntando á la muchacha.</p> - -<p>—¿Pero tú no has querido á nadie?</p> - -<p>—Yo no; ¿para qué?</p> - -<p>—Si te digo que es fría como el mármol—murmuró el de facha de -peluquero.</p> - -<p>—Cuando le conocí á éste—añadió ella riéndose y señalando al de las -patillas—tenía un hombre que me había puesto un cuarto y la patrona de -la casa pasaba por mi madre. Además, tenía otros amigos; pues ya ves, -ninguno notó nada.</p> - -<p>—Es terrible—exclamó el de las barbas llenando un vaso de vino y -vaciándolo—; no nos quieren, y nosotros suponiendo siempre que tienen -corazón. Pero de veras, dime de veras, ¿no has querido nunca á nadie?</p> - -<p>—A nadie, á nadie.</p> - -<p>—Si te digo que es fría como el mármol—repitió el hombre con facha de -peluquero—. ¡Si supieras las majaderías que hice yo por ella! -Preguntaba tímidamente en la portería; pasé un mes sin atreverme á -hablarla, y luego, al conseguirla, supe que era una mujer á quien se -dice:—¿Mañana estás libre á tal hora?—Sí.—Pues mañana nos veremos.</p> - -<p>—Como quien avisa á un afinador de pianos—repuso el de la barba, -encontrando no se sabe qué relación entre los hombres y los pianos—. Es -terrible—añadió, y después con un<a name="page_281" id="page_281"></a> arrebato de ira, golpeó la mesa con -el puño é hizo tambalearse los vasos.</p> - -<p>—¿Qué te pasa?—preguntó el viejo.</p> - -<p>—Nada. Había que destruir esta cochina humanidad. Me siento anarquista.</p> - -<p>—Bah, yo creo que te sientes borracho—interrumpió el de las patillas.</p> - -<p>—San Dios; porque tú seas un indecente burgués dedicado á los -negocios...</p> - -<p>—Si tú eres más burgués que yo.</p> - -<p>El hombre de la nariz roja y de la barba amarilla se calló indignado; -luego, dirigiéndose á la muchacha, con voz iracunda, la dijo:</p> - -<p>—Dile á este imbécil que cuando habla un hombre de talento él debe -callar. La culpa la tenemos nosotros que le otorgamos la beligerancia.</p> - -<p>—¡Pobre hombre!</p> - -<p>—¡Idiota!</p> - -<p>—Si eres más pesado que un artículo tuyo—gritó el de las patillas—; y -todavía, si esa soberbia de que haces gala la sintieras, estaría bien; -pero si no la sientes; si eres un pobre desgraciado que te reconoces á -ti mismo, imbécil; si te pasas la vida aburriéndonos, recitándonos -artículos que ya has publicado y que ni siquiera son tuyos, porque los -coges de cualquier parte...</p> - -<p>La palidez del de las barbas hizo callar á su<a name="page_282" id="page_282"></a> contrincante, y siguieron -los tres hablando en tono tranquilo.</p> - -<p>De pronto el viejo se puso á chillar.</p> - -<p>—Pues no será una persona decente—decía.</p> - -<p>—¿Por qué no?—replicaba la mujer.</p> - -<p>—Porque no. Será carpintero, basurero, ó ladrón, ó hijo de mala madre, -porque una persona decente no sé á qué se va á levantar por la mañana.</p> - -<p>Cenaron Manuel y Vidal. Poco después se levantaron la muchacha y sus -tres acompañantes.</p> - -<p>—Ahora va uno á casa—murmuró el de las barbas rojas en tono lúgubre—, -arregla la cama, se mete uno dentro, se enciende un pitillo, bebe un -vaso de agua, orina y se duerme uno. La vida es repugnante.</p> - -<p>Al salir los cuatro á la calle, Vidal fué detrás de ellos.</p> - -<p>—Voy á enterarme quién es ella—le dijo á Manuel—. Hasta mañana.</p> - -<p>—Adiós.</p> - -<p><a name="page_283" id="page_283"></a></p> - -<h3><a name="CAPITULO_III-3" id="CAPITULO_III-3"></a>CAPÍTULO III<br /><br /> -<small>La Flora y la Aragonesa.—La Justa.—La inauguración del Salón París.</small></h3> - -<p>Al día siguiente, Vidal dijo á su primo que se había enterado quién era -la muchacha. Se llamaba Flora, vivía en la calle del Pez y solía acudir -á una tienda de modas de la calle del Barquillo, casa de trato -disimulada. Vidal esperaba hacer la conquista de la Flora.</p> - -<p>Ya iba adelantado en su intento, cuando Calatrava, que estaba satisfecho -de Manuel y de Vidal, les invitó á los dos un domingo por la tarde á ir -á una casa de la calle del Barquillo, en donde encontrarían mozas guapas -é irían con ellas á los Viveros.</p> - -<p>Aquella tarde fué terrible de emociones para Manuel. Fueron Calatrava, -Vidal y Manuel en coche á la tienda de modas, y les hicieron subir á un -saloncillo regularmente amueblado. Al poco rato llegó Flora, acompañada -de una mujer alta, de ojos negros y cara cetrina, verdaderamente -hermosa, la cual produjo un gran entusiasmo en Calatrava.</p> - -<p>—Esperaremos que venga otra—dijo Vidal.</p> - -<p>Esperaron charlando. Se oyó ruido de pasos<a name="page_284" id="page_284"></a> en el corredor, se levantó -una cortina y apareció una mujer. Era la Justa, más pálida, con los ojos -más negros y la boca roja. Manuel la miró sobrecogido; ella volvió la -espalda, y trató de salir.</p> - -<p>—¿Por qué quieres marcharte?—preguntó Vidal.</p> - -<p>La muchacha nada replicó.</p> - -<p>—Bueno, vamos—dijo Calatrava.</p> - -<p>Salieron del salón y bajaron las escaleras; en el coche que estaba -esperando montaron Vidal con la Flora y Manuel con la Justa, y en otro -coche Calatrava y la mujer alta de ojos negros; se dirigieron hacia la -Puerta del Sol, y después, por la plaza de Oriente, á la Bombilla.</p> - -<p>En el coche, Vidal y Flora hablaron por los codos; la Justa y Manuel -estuvieron callados.</p> - -<p>La merienda fué para los dos triste; al terminarla, Vidal y Calatrava -desaparecieron; la Justa y Manuel quedaron en la mesa sin saber qué -decirse. Manuel sentía una tristeza dolorosa, el aniquilamiento completo -de la vida.</p> - -<p>Al anochecer, las tres parejas volvieron á Madrid, y cenaron en un -cuarto del café Habanero.</p> - -<p>Hubo confidencias entre todos ellos; cada uno contó su vida y milagros, -menos la Justa, que calló.</p> - -<p>Calatrava y Vidal querían saber cómo sus<a name="page_285" id="page_285"></a> amadas habían entrado en la -vida irregular que llevaban.</p> - -<p>—Yo entré en la vida—dijo la Flora—, porque no veía otra cosa en mi -casa. No he conocido padre ni madre, viví hasta los quince años con mis -tías, que eran golfas como yo. Sólo que eran más alegres que yo. La -mayor tenía un chico, y lo dejaba en el cajón de la cómoda, que había -convertido en cama. No tenían trajes, y para salir era necesario que una -se quedara en casa, y las botas y las enaguas de una servían para la -otra. Cuando se encontraban sin dinero, escribían á una señora que tenía -casa de compromiso, acudían á la cita, y volvían con el dinero tan -contentas. A mí me querían meter en un taller, y dije yo:—No, para -trabajar, prefiero ser golfa—, y me lancé á la vida.</p> - -<p>La otra mujer, alta y hermosa, habló con cierta amargura. La llamaban -Petra la Aragonesa.</p> - -<p>—Yo—dijo con voz grave—, fuí deshonrada por un señorito; vivía en -Zaragoza, y entré en la vida. Como mi padre vive allí, y es carpintero, -y también mis hermanos, para no darles esta vergüenza, pensé venir á -Madrid, y nos arreglamos una compañera y yo para hacer el viaje juntas. -Teníamos cada una más de diez duros cuando llegamos á Madrid. En la -estación tomamos un coche, paramos en un café,<a name="page_286" id="page_286"></a> comimos y nos echamos á -andar por las calles. En una rinconada, creo que estaba por la plaza de -los Mostenses, en una callejuela que no sabría decir á dónde cae ni qué -nombre tiene, vimos una casa con las ventanas iluminadas y oímos el -sonido de un organillo. Entramos, dos chulos se pusieron á bailar con -nosotras, y nos llevaron á una casa de la calle de San Marcos.</p> - -<p>Al día siguiente, cuando me levanté, aquel hombre me dijo:—Anda; trae -el dinero que llevas y vamos á comer aquí mismo. Yo dije que nones. -Después salió un señor y nos enseñó la casa, que estaba muy bien puesta, -con divanes y espejos, y nos ofreció unas copas y pasteles y nos invitó -á quedarnos allá. Yo no quise tomar nada y me fuí. La otra le dió todo -el dinero que tenía al chulo y se quedó. Luego el hombre aquel la sacaba -el dinero y la pegaba.</p> - -<p>—¿Y vive todavía en la casa tu compañera?—preguntó Vidal.</p> - -<p>—No; la traspasaron á una casa de Lisboa por cuarenta y cinco duros.</p> - -<p>—¿Para qué fué?</p> - -<p>La Aragonesa se encogió de hombros.</p> - -<p>—Es que las mujeres de la vida son muy bestias—dijo Vidal—; no tienen -entendimiento ni conocen sus derechos ni nada.</p> - -<p>—¿Y tú?—preguntó Calatrava á la Justa.<a name="page_287" id="page_287"></a></p> - -<p>La muchacha se encogió de hombros y no desplegó sus labios.</p> - -<p>—Esta será alguna princesa rusa—dijo con sorna la Flora.</p> - -<p>—No—replicó la Justa secamente—; soy lo que eres tú, una tía.</p> - -<p>Concluyeron de cenar y cada pareja se fué por su lado. Manuel acompañó á -la Justa hasta la calle de Jacometrezo, en donde vivía.</p> - -<p>Al llegar al portal, Manuel iba á despedirse, esquivando su mirada, pero -ella le dijo:—Espera. Les abrió el sereno, le dió ella diez céntimos, -el vigilante le entregó una cerilla larga después de encenderla en su -linterna, y comenzaron á subir la escalera. A la luz de la cerilla, la -sombra de los dos se alargaba y se achicaba con alternativas al -reflejarse en las paredes. En el tercer piso abrió la Justa una puerta -con un llavín y pasaron los dos adentro á un cuarto estrecho con una -alcoba. La Justa encendió un quinqué de petróleo y se sentó; Manuel hizo -lo mismo.</p> - -<p>Nunca Manuel se había sentido tan miserable como aquella noche. No -comprendía para qué la Justa le había hecho subir á su casa; se -encontraba cohibido ante ella y no se atrevía á preguntarle nada.</p> - -<p>Después de algunas palabras indiferentes que cambiaron, Manuel la dijo:</p> - -<p>—¿Y tu padre?<a name="page_288" id="page_288"></a></p> - -<p>—Bueno.</p> - -<p>De pronto la Justa, con una brusca transición, empezó á llorar. Debía de -sentir un gran deseo de contar á Manuel su vida, y lo hizo sollozando, -con palabra entrecortada.</p> - -<p>El hijo del carnicero, después de sacarla del taller, la había -deshonrado y la había contagiado una enfermedad horrorosa; después la -abandonó y se fué de Madrid. Entonces ella no tuvo más remedio que -marcharse al Hospital. Cuando fué su padre á San Juan de Dios y la vió -boca arriba con unos tubos de goma en las ingles abiertas, creyó que la -iba á matar, y con voz rabiosa le dijo que para él su hija había muerto -y que no volviera más por su casa. Ella se echó á llorar desconsolada; -una vecina que estaba en una cama de al lado, le dijo: «¿Por qué no te -echas á la vida?» Pero ella no hacía más que llorar. Cuando le dieron el -alta fué á ver á la maestra del taller y no la quiso recibir. Entonces, -ya á la noche, salió dispuesta á todo. Estaba en la calle Mayor cuando -se le acercó un hombre que llevaba un bastón en la mano y le dijo: «Anda -para adelante». Fueron calle abajo, y aquel hombre la hizo entrar en el -Gobierno civil, subieron hasta el último piso y pasaron por un corredor -obscuro á un cuarto con luz eléctrica, lleno de mujeres, que hablaban y -reían con los empleados. Al cabo de algún tiempo, un señor empezó<a name="page_289" id="page_289"></a> á -leer una lista y se fueron marchando las mujeres. No quedaron más que -veinte ó treinta de las más zarrapastrosas y sucias. A todas las -hicieron bajar unas escaleras y las encerraron en una cueva.</p> - -<p>—Allí pasé una noche desesperada—concluyó diciendo la Justa—; al día -siguiente me llevaron á reconocimiento y me dieron cartilla.</p> - -<p>Manuel no supo encontrar ni una frase de consuelo, y al ver su frialdad -la Justa se repuso de su emoción. Siguieron hablando. Después Manuel -contó su vida tranquilamente; los recuerdos se engarzaron unos con -otros, y hablaron y hablaron sin cansarse; de pronto la llama del -quinqué vaciló un momento, y con un suave estallido se apagó.</p> - -<p>—También es casualidad—dijo la Justa.</p> - -<p>—No; que no tendría petróleo—repuso Manuel—. Bueno, yo me voy.</p> - -<p>Se registró los bolsillos; no tenía fósforos.</p> - -<p>—¿No tienes cerillas?—preguntó ella.</p> - -<p>—No.</p> - -<p>Manuel se levantó y fué tanteando; tropezó con la mesa; luego con una -silla y se detuvo.</p> - -<p>La Justa abrió el balcón que daba á la calle y Manuel pudo ver algo y -dirigirse hacia la puerta.</p> - -<p>—¿Tienes la llave de la casa?—dijo.</p> - -<p>—No.<a name="page_290" id="page_290"></a></p> - -<p>—Y entonces, ¿cómo voy á salir?</p> - -<p>—Tendremos que llamar al sereno.</p> - -<p>Salieron los dos al balcón; la noche estaba fría, muy estrellada. -Esperaron á que se viera el farolillo del sereno.</p> - -<p>La Justa se acercó mucho á Manuel; éste le pasó él brazo por el talle. -Luego no hablaron más; cerraron el balcón y huyeron en la obscuridad -hacia la alcoba.</p> - -<p>Había que aceptar las cosas tal como venían; Manuel prometió á la Justa -que si encontraba algún medio de ganar honradamente unos cuartos, la -sacaría al momento de aquella vida, y la Justa lloró emocionada sobre el -hombro de Manuel. A pesar de los hermosos planes de regeneración que -idearon aquella noche, Manuel no intentó nada; lo único que hizo fué ir -á vivir con la Justa. A veces los dos sentían una repugnancia grande por -la vida que llevaban, y reñían y se insultaban por cualquier motivo, -pero en seguida hacían las paces.</p> - -<p>Todas las noches, mientras Manuel dormía en aquel cuchitril, de vuelta -de la casa de juego, llegaba la Justa, cansada de rodar por cafés, -colmados y casas de citas. A la luz lívida del amanecer, sus mejillas -tenían un color sucio y su sonrisa era muy triste.</p> - -<p>Algunas veces iba tambaleándose, completamente borracha, y al entrar en -la casa y al<a name="page_291" id="page_291"></a> subir las escaleras sola sentía un miedo y un -remordimiento grandes. El amanecer le producía como un despertar de la -conciencia.</p> - -<p>Al llegar al cuarto, abría la puerta con el llavín, entraba y se -acostaba junto á él, sin despertarle, temblando de frío.</p> - -<p>Manuel se iba acostumbrando á aquella vida y á sus nuevas amistades; no -se atrevía á intentar un cambio de postura por pereza y por miedo. -Algunos domingos por la tarde, la Justa y él marchaban de paseo á los -Cuatro Caminos y á la Puerta de Hierro, y cuando no reñían hablaban de -sus ilusiones, de un cambio de vida que vendría para ellos sin esfuerzo, -como una cosa providencial.</p> - -<p> </p> - -<p>Durante este invierno los dueños del Círculo instalaron en la planta -baja en donde antes estaba el café, el Salón París, y en la lista de las -bellezas sensacionales que habían de exhibirse, aparecieron las -bailarinas y cupletistas de más nombre; las Dalias, Gardenias, -Magnolias, etc. Además, como gran atracción, se anunció el debut de -Chuchita, la hija de la Coronela. Esta trataba de explotar á su niña -como empresaria y como madre. El día de la presentación la madre hizo -que la clac ocupara todas las localidades. Vidal, el Cojo y Manuel se -acomodaron en las primeras filas de sillas en calidad de alabarderos.<a name="page_292" id="page_292"></a></p> - -<p>—Aplaudirán ustedes, ¿eh?—preguntó la Coronela.</p> - -<p>—Descuide usted—dijo Calatrava—y al que no le guste, mire usted qué -argumento le traigo—y mostró su garrote.</p> - -<p>Después de un magnetizador salió Chuchita en medio de una salva de -aplausos. Bailó sin gracia ninguna, y al terminar su canción y de bailar -un tango sacaron al escenario una gran cantidad de guirnarlas de flores -y de otros regalos. Cuando concluyó la sección en que trabajaba la -Chuchita, se reunieron Manuel y Vidal con unos periodistas, entre los -cuales había dos amigos de Alex el escultor, y fueron juntos á dar la -enhorabuena al padre de la Chuchita.</p> - -<p>Llamaron al sereno y entraron en la casa. La criada les hizo pasar al -cuarto del Coronel. Este, metido en la cama, fumaba tranquilamente. -Entraron todos en la alcoba.</p> - -<p>—Que sea enhorabuena, mi coronel.</p> - -<p>El hombre del pundonor militar recibía los plácemes sin notar la sorna -que aquello significaba.</p> - -<p>—¿Y cómo ha estado? ¿Cómo ha estado?—preguntaba el padre desde su -cama.</p> - -<p>—Muy bien; al principio un poco tímida, luego se soltó.</p> - -<p>—Si las bailarinas son como los militares, en cuanto llegan al terreno -se crecen.</p> - -<p>Celebraron todos, periodistas y demás golfería,<a name="page_293" id="page_293"></a> la frase, con risas -burlona, se despidieron del Coronel y volvieron de nuevo al Salón París.</p> - -<p>La Coronela, Chuchita y la hermana de ésta, la rubia, acompañadas las -tres de un señor senador, de un periodista y de un torero de fama se -preparaban para cenar en un gabinete del Círculo.</p> - -<p>Según se decía, Chuchita manifestaba una inclinación decidida por el -torero, y la Coronela, no sólo no la disuadía, sino que había llamado al -torero para que el debut de la Chuchita fuera para ella del todo -agradable...</p> - -<p>La apertura del Salón París dió ocasiones á Manuel y á Vidal de nuevos -conocimientos.</p> - -<p>Este se había hecho amigo del hermano de la Chuchita, que alcahueteaba -por el teatro, y el chiquillo llevó á Vidal y á Manuel á los cuartos de -las bailarinas.</p> - -<p>Cuando la Justa se enteró de las amistades de Manuel le armó un -escándalo tremendo. La Justa se había propuesto hacer la vida de Manuel -insoportable, y tan pronto le insultaba y le decía que era un chulo que -vivía á sus expensas, como se manifestaba celosa. Cuando armaba un -escándalo de éstos, Manuel resignado se encogía de hombros y la Justa, -sumida momentáneamente en la mayor desesperación, se tiraba larga en el -suelo y quedaba inmóvil, como muerta. Luego se le pasaba el arrechucho y -tan tranquila.<a name="page_294" id="page_294"></a></p> - -<h3><a name="CAPITULO_IV-3" id="CAPITULO_IV-3"></a>CAPÍTULO IV<br /><br /> -<small>Un fusilamiento.—En el puente del Sotillo.—El Destino.</small></h3> - -<p>Una noche de Agosto salían del Teatro Eldorado, Manuel, Vidal, la Flora -y la Justa, cuando dijo Vidal.</p> - -<p>—Hoy fusilan á un soldado. ¿Queréis que vayamos á ver?</p> - -<p>—Sí, vamos—contestaron la Flora y la Justa.</p> - -<p>Hacía una noche hermosa y templada.</p> - -<p>Subieron la calle de Alcalá y entraron en Fornos. A eso de las tres -salieron del café y en una manuela se dirigieron al lugar de la -ejecución.</p> - -<p>Dejaron el coche frente á la Cárcel Modelo.</p> - -<p>Era demasiado temprano. Aún no había amanecido.</p> - -<p>Dieron vuelta á la cárcel metiéndose por una callejuela como una zanja -abierta en la arena, hasta salir á los desmontes próximos á la calle de -Rosales. Tenía el edificio de la Cárcel Modelo, visto desde aquellos -campos desolados, un aspecto imponente; parecía una fortaleza envuelta<a name="page_295" id="page_295"></a> -en la luz azul y espectral de los arcos voltaicos. Los centinelas daban -de vez en cuando un alerta largo que producía una terrible impresión de -angustia.</p> - -<p>—¡Qué triste es esta casa!—murmuró Vidal. ¡Y cuánta gente habrá ahí -encerrada!</p> - -<p>—Pse..., que los maten—replicó la Justa con indiferencia.</p> - -<p>Pero Vidal no sentía este desdén, y se indignó con la frase de la Justa.</p> - -<p>—¿<i>Pa</i> qué roban?—replicó ésta.</p> - -<p>—Y tú, ¿por qué...?</p> - -<p>—Yo para comer.</p> - -<p>—Pues ellos también para comer.</p> - -<p>La Flora recordó que de chica había visto la ejecución de la Higinia. -Había ido con la hija de la portera de su casa.</p> - -<p>Allí estaba el patíbulo,—y señaló el centro de una tapia frente á la -capilla—. En los desmontes hormigueaba el gentío. Vino la Higinia -vestida de negro, apoyada en los Hermanos de la Paz y Caridad; debía de -estar ya muerta; la sentaron en el banquillo, y un cura con una cruz -alzada se puso delante de la Higinia, le ató el verdugo con unas cuerdas -por los pies, sujetándola las faldas; luego le tapó la cara con un -pañuelo negro, y poniéndose detrás de ella dió de prisa dos vueltas á la -rueda, en seguida le quitó el pañuelo de la cara y quedó la mujer tan -raida sobre el palo.<a name="page_296" id="page_296"></a></p> - -<p>Después, terminó diciendo la Flora, la otra chica y ella tuvieron que -echar á correr porque los guardias civiles dieron una carga.</p> - -<p>Vidal, al oir tan minuciosas descripciones, palideció.</p> - -<p>—Estas cosas me matan—dijo poniéndose una mano sobre el corazón.</p> - -<p>—¿Para qué has querido venir?—le preguntó Manuel.—¿Quieres que -volvamos?</p> - -<p>—No, no.</p> - -<p>Salieron á la plaza de la Moncloa. En una esquina de la cárcel había un -grupo grande de gente. Estaba amaneciendo. Una franja de oro se formaba -en el horizonte. Por la calle de la Princesa subía un escuadrón de -artillería, presentaba un aspecto extraño á la luz vaga del amanecer. Se -detuvo el escuadrón frente á la cárcel.</p> - -<p>—A ver si nos dan la entretenida y lo fusilan en otra parte—decía un -vejete, á quien la idea de madrugar y no presenciar la ejecución, debía -parecer en extremo desagradable.</p> - -<p>—Hacia San Bernardino es donde lo fusilan—anunció un golfo.</p> - -<p>Todos echaron á correr. Efectivamente, debajo de unos desmontes próximos -al paseo de Areneros formaban los soldados el cuadro. Había un público -de cómicos, trasnochadores, coristas, prostitutas, subidos en coches -simones, y una turbamulta de golfos y de mendigos. El espació<a name="page_297" id="page_297"></a> despejado -era extensísimo. Vino un furgón gris y entró en medio del cuadro á la -carrera, bajaron tres figuras que parecían muñecos; los de á los lados -del reo llevaban sombrero de copa. No se veía bien al soldado.</p> - -<p>—Bajad las cabezas—decían los del público, los que estaban atrás—, -que veamos todos.</p> - -<p>Se destacaron ocho soldados de caballería con fusiles cortos y se -pusieron delante del reo; se conoce que no quedaron bien de frente, -porque moviéndose de lado, como un animal de muchas patas, anduvieron -algunos metros. El sol brillaba en la arena amarilla del desmonte, en -los cascos y correajes de los soldados. No se oyó voz de mando, los -fusiles apuntaron.</p> - -<p>—Bajad las cabezas—gritaron otra vez con acento irritado los que se -hallaban colocados en tercera y cuarta fila.</p> - -<p>Sonó una detonación sin fuerza; poco después se oyó otra.</p> - -<p>—Es el golpe de gracia—murmuró Vidal.</p> - -<p>Todo el público echó á andar hacia Madrid; se oyó estrépito de tambores -y cornetas. El sol brillaba en los cristales de las casas. Iban Manuel, -Vidal y las dos mujeres por el paseo de Areneros, cuando oyeron otra -detonación.</p> - -<p>—Se conoce que no había muerto—añadió Vidal, más pálido.</p> - -<p>Estaban los cuatro preocupados.<a name="page_298" id="page_298"></a></p> - -<p>—¿Sabes?—dijo Vidal—. Se me ha ocurrido una cosa para quitar la mala -impresión de esto: ir á merendar esta tarde.</p> - -<p>—¿Adónde?—preguntó Manuel.</p> - -<p>—Hacia el río. Recordaremos nuestros buenos tiempos. ¿Eh? ¿Qué te -parece?</p> - -<p>—Muy bien.</p> - -<p>—¿La Justa no tendrá nada que hacer?</p> - -<p>—No.</p> - -<p>—Bueno. Pues entonces al medio día estamos todos en el merendero de la -señora Benita, que está cerca del Embarcadero y del puente del Sotillo.</p> - -<p>—Convenido.</p> - -<p>—Ahora vamos á casa á dormir un rato.</p> - -<p>Lo hicieron así. A las doce salieron Manuel y la Justa y fueron al -merendero; todavía no había llegado nadie.</p> - -<p>Se sentaron los dos en un banco; la Justa estaba malhumorada. Compró -diez céntimos de cacahuetes y se puso á comerlos.</p> - -<p>—¿Quieres?—le dijo á Manuel.</p> - -<p>—No; se me meten en las muelas.</p> - -<p>—Pues yo tampoco—y los tiró al suelo.</p> - -<p>—¿A qué los compras para tirarlos?</p> - -<p>—Me da la gana.</p> - -<p>—Bueno, haz lo que quieras.</p> - -<p>Pasaron los dos bastante tiempo esperando, sin hablarse; la Justa, -impacientada, se levantó.<a name="page_299" id="page_299"></a></p> - -<p>—Me voy á casa—dijo.</p> - -<p>—Yo voy á esperar—replicó Manuel—.</p> - -<p>—Anda y que te zurzan con hilo negro, ladrón.</p> - -<p>Manuel se encogió de hombros.</p> - -<p>—Y que te den morcilla.</p> - -<p>—Gracias.</p> - -<p>La Justa, que iba á marcharse, se detuvo al ver que llegaban Calatrava -con la Aragonesa y Vidal al lado de la Flora. Calatrava traía una -guitarra.</p> - -<p>Pasó un organillo por delante del merendero. El Cojo lo hizo parar y -bailaron Vidal y la Flora, la Justa y Manuel.</p> - -<p>Llegaron nuevas parejas, entre ellas una mujer gorda y chata, vestida de -un modo ridículo, que iba acompañada de un hombre de patillas de hacha y -aspecto agitanado. La Justa, que se sentía insolente y provocativa, -comenzó á reirse de la mujer gorda; la otra contestó con despreciativo -retintín y recalcando la palabra.</p> - -<p>—Estos pericos...</p> - -<p>—¡La tía gamberra!—murmuró la Justa—, y cantó á media voz, -dirigiéndoselo á la chata, este tango:</p> - -<div class="poem"><div class="stanza"> -<span class="i2">«Eres más fea que un perro de presa,<br /></span> -<span class="i0">y á presumida no hay quien te gane.»<br /></span> -</div></div> - -<p>—¡Indecente!—gruñó la gorda.</p> - -<p>El hombre con facha de gitano se acercó á<a name="page_300" id="page_300"></a> Manuel para decirle que -aquella señora (la Justa) estaba faltando á la suya y que él no podía -permitir esto. Manuel comprendía que tenía razón; pero, á pesar de esto, -contestó insolentemente al hombre. Vidal se interpuso, y después de -muchas explicaciones por una y otra parte, se decidió que allí no se -había faltado á nadie y se arregló la cuestión. Pero la Justa estaba con -humor de pelea y se trabó de palabras con uno de los organilleros, -desvergonzado por razón de oficio.</p> - -<p>—Calla ¡leñe!—gritó Calatrava, dirigiéndose á la Justa—, y tú calla -también—dijo al organillero—, porque si no te voy á arrimar un -estacazo.</p> - -<p>—Vamos nosotros adentro—indicó Vidal.</p> - -<p>Pasaron las tres parejas á un cobertizo con mesas y bancos rústicos y un -barandado de palitroques que daba al Manzanares.</p> - -<p>En medio del río había dos islas cubiertas de un verdín brillante, y -entre éstas unas cuantas tablas que servían de paso desde una orilla á -otra.</p> - -<p>Trajeron la comida, pero la Justa no quiso comer, y á las preguntas que -la hicieron no contestó, y luego, sin saber por qué, empezó á llorar -amargamente entre las burlas de la Flora y de la Aragonesa. Luego se -tranquilizó y quedó alegre y jovial.</p> - -<p>Comieron allá opíparamente y salieron un<a name="page_301" id="page_301"></a> momento á bailar á la -carretera al son del organillo. Manuel creyó ver pasar varias veces al -Bizco por delante del merendero.</p> - -<p>—¿Será él? ¿Qué buscará por aquí?—se preguntó.</p> - -<p>Al anochecer volvieron las tres parejas adentro, encendieron luz en un -cuarto y mandaron traer aguardiente y café. Hablaron durante largo rato. -Calatrava contó con verdadera delectación horrores de la guerra de Cuba. -Había satisfecho allí sus instintos naturales de crueldad, macheteando -negros, arrasando ingenios, destruyendo é incendiando todo lo que se le -ponía por delante.</p> - -<p>Las tres mujeres, sobre todo la Aragonesa, le escuchaban con entusiasmo. -De pronto, Calatrava calló pensativo, como si algún recuerdo triste le -embargara.</p> - -<p>Vidal tomó la guitarra y cantó el tango del <i>Espartero</i> con un gran -sentimiento, después tarareó el de <i>La Tempranica</i> con mucha gracia, -cortando las frases para dar mas intención y poniendo la mano en la boca -de la guitarra, para detener á veces el sonido. La Flora marcó unas -cuantas posturas jacarandosas, mientras Vidal, echándoselas de gitano, -cantaba:</p> - -<div class="poem"><div class="stanza"> -<span class="i2">¡Ze coman los mengues<br /></span> -<span class="i0">mardita la araña<br /></span> -<span class="i0">que tié en la barriga<a name="page_302" id="page_302"></a><br /></span> -<span class="i0">pintá una guitarra!<br /></span> -<span class="i0">Bailando ze cura<br /></span> -<span class="i0">tan jondo doló...<br /></span> -<span class="i0">¡Ay!, malhaya la araña<br /></span> -<span class="i0">que á mí me picó.<br /></span> -</div></div> - -<p>Luego fué Marcos Calatrava el que cogió la guitarra. No sabía puntear -como Vidal, sino que rasgueaba suavemente, con monotonía. Marcos cantó -una canción cubana, triste, lánguida, que daba la nostalgia de un país -tropical. Era una larga narración que evocaba los danzones de los -negros, las noches espléndidas del trópico, el sol, la patria, la sangre -de los soldados muertos, la bandera, que hace saltar las lágrimas á los -ojos; el recuerdo de la derrota... algo exótico y al mismo tiempo -íntimo, algo muy doloroso, algo hermosamente plebeyo y triste.</p> - -<p>Y Manuel sentía al oir aquellas canciones la idea grande, fiera y -sanguinaria de la patria. Y se la representaba como una mujer soberbia, -con los ojos brillantes y el gesto terrible, al lado de un león...</p> - -<p>Después, Calatrava entonó, acompañándose del rasguear monótono de la -guitarra, una canción de insurrectos muy lánguida y triste. Una de las -coplas, que Calatrava cantaba en cubano, decía:</p> - -<div class="poem"><div class="stanza"> -<span class="i2">«Pinté á Matansa confusa,<br /></span> -<span class="i0">la playa de Viyamá,<br /></span> -<span class="i0">y no he podío pintá<a name="page_303" id="page_303"></a><br /></span> -<span class="i0">el nido de la lechusa;<br /></span> -<span class="i0">yo pinté po donde crusa<br /></span> -<span class="i0">un beyo ferrocarrí,<br /></span> -<span class="i0">un machete y un fusí<br /></span> -<span class="i0">y una lancha cañonera,<br /></span> -<span class="i0">y no pinté la bandera<br /></span> -<span class="i0">po la que voy á morí.»<br /></span> -</div></div> - -<p>No sabía Manuel por qué, pero aquella reunión de cosas incongruentes que -se citaban en el canto le produjo una tristeza enorme...</p> - -<p> </p> - -<p>Afuera anochecía. A lo lejos la tierra azafranada brillaba con las -últimas palpitaciones del sol, oculto en nubes incendiadas como dragones -de fuego; alguna torre, algún árbol, alguna casucha miserable rompía la -línea del horizonte, recta y monótona; el cielo hacia el Poniente se -llenaba de llamas.</p> - -<p>Luego obscureció; fué ennegreciéndose el campo, el sol se puso.</p> - -<p>Por el puentecillo de tablas, tendido de una orilla á otra, pasaban -mujeres negruzcas, con fardeles de ropa bajo el brazo.</p> - -<p>Manuel experimentaba una gran angustia. A lo lejos, de algún merendero, -llegaba el rasguear lejano de una guitarra.</p> - -<p> </p> - -<p>Vidal salió del cobertizo.</p> - -<p>—Ahora vengo—dijo.<a name="page_304" id="page_304"></a></p> - -<p>Un momento... y se oyó un grito de desesperación. Todos se levantaron.</p> - -<p>—¿Ha sido Vidal?—preguntó la Flora.</p> - -<p>—No sé—dijo Calatrava dejando la guitarra sobre la mesa.</p> - -<p>Rumor de voces resonó hacia el río. Se asomaron todos al balcón que daba -al Manzanares. En una de las islillas verdes dos hombres luchaban á -brazo partido. Uno de ellos era Vidal, se le conocía por el sombrero -cordobés blanco. La Flora, al conocerlo, dió un grito de terror; poco -después los dos hombres se separaron y Vidal cayó á tierra, de bruces, -en silencio. El otro puso una rodilla sobre la espalda del caído y debió -asestarle diez ó doce puñaladas. Luego se metió en el río, llegó á la -otra orilla y desapareció.</p> - -<p>Calatrava y Manuel se descolgaron por el barandado del cobertizo y se -acercaron por el puente de tablas hacia el islote.</p> - -<p>Vidal estaba tendido boca abajo y un charco de sangre había junto á él. -Tenía clavada la navaja en el cuello, cerca de la nuca. Calatrava tiró -del mango pero el arma debía de estar incrustada en las vértebras. -Después Marcos hizo dar al cuerpo media vuelta y le puso la mano en el -pecho sobre el corazón.</p> - -<p>—Está muerto—dijo tranquilamente.</p> - -<p>Manuel miró al cadáver con horror; las últimas claridades de la tarde se -reflejaban en sus<a name="page_305" id="page_305"></a> ojos, muy abiertos. Calatrava puso al cadáver en la -misma posición. Volvieron al merendero.</p> - -<p>—¡Hala!, vamos—dijo Marcos.</p> - -<p>—¿Y Vidal?—preguntó la Flora.</p> - -<p>—Ha espichado.</p> - -<p>La Flora comenzó á chillar; pero Calatrava la agarró violentamente del -brazo y la hizo enmudecer.</p> - -<p>—Vaya... ahuecando—dijo, y con gran serenidad pagó la cuenta, cogió la -guitarra y salieron todos del merendero.</p> - -<p>Había obscurecido; á lo lejos, Madrid, de un pálido color de cobre, se -destacaba en el cielo azul, melancólico y dulce, surcado en el Poniente -por grandes fajas moradas y verdosas, las estrellas comenzaban á lucir y -á parpadear con languidez, el río brillaba con reflejo de plata.</p> - -<p>Pasaron silenciosos el puente de Toledo; cada uno entregado á sus -pensamientos y á sus temores. A final del paseo de los Ocho Hilos -encontraron dos coches; Calatrava con la Aragonesa y la Flora entraron -en uno, la Justa y Manuel en otro.<a name="page_306" id="page_306"></a></p> - -<h3><a name="CAPITULO_V-3" id="CAPITULO_V-3"></a>CAPÍTULO V<br /><br /> -<small>El calabozo del Juzgado de guardia.—Digresiones. La declaración.</small></h3> - -<p>Al día siguiente de la muerte de su primo, Manuel compró con ansiedad -los periódicos; contaban todos lo pasado en el merendero; las señas de -cada uno de los comensales venían claras; se había identificado el -cadáver de Vidal, y se sabía que el asesino era el Bizco, un pájaro de -cuenta, procesado por dos robos, lesiones y presunto autor de una muerte -cometida en el camino de Aravaca.</p> - -<p>El pánico de la Justa y de Manuel fué grandísimo; temían que les -considerasen complicados en el crimen, que les llamasen á declarar; no -sabían qué hacer.</p> - -<p>Después de pensar mucho, decidieron como lo más cuerdo mudarse de casa é -ir por los alrededores. Anduvieron la Justa y Manuel buscando -habitación, y la encontraron al fin en una casa de la calle de Galileo, -próxima á Tercer Depósito, en Vallehermoso.</p> - -<p>La casa era barata, tres duros al mes; tenía dos balcones, que daban á -un gran descampado ó solar en donde tallaban los canteros grandes<a name="page_307" id="page_307"></a> -piedras. Este solar hallábase limitado por una cerca de pedruscos -sueltos, residuos del corte de piedras, y en medio tenía una barraca en -donde vivía el guarda con su familia.</p> - -<p>Entraba en las habitaciones el sol desde que salía hasta que se -ocultaba. Fuera por el terror producido por la muerte trágica de Vidal ó -por un impulso íntimo, Manuel sintió en su alma bríos para comenzar una -vida nueva; buscó trabajo y lo encontró en una imprenta de Chamberí. Era -muy violento para él estar encerrado todo el día en la imprenta; pero la -misma violencia que tenía que hacer le animaba á perseverar. La Justa, -en cambio, se aburría, se hallaba continuamente malhumorada y triste.</p> - -<p>A la semana de esta vida ejemplar, un sábado, al volver á casa Manuel, -se encontró con que no estaba la Justa. La esperó toda la noche, -inquieto; no apareció.</p> - -<p>Al día siguiente, cuando vió que no volvía, se echó á llorar. Comprendió -que le abandonaba. Era el despertar de un sueño hermoso; había llegado á -creer que al fin se emancipaban los dos de la miseria y de la deshonra.</p> - -<p>Los días anteriores le había oído á la Justa quejarse de dolores de -cabeza, de falta de apetito, pero no sospechaba aquella resolución, no -creía que le iba á abandonar así, tan fríamente.</p> - -<p>¡Y se sentía tan solo, tan miserable, tan cobarde<a name="page_308" id="page_308"></a> otra vez! Aquel -cuarto inundado de sol, que antes lo había encontrado alegre, ahora le -parecía triste y sombrío. Miró desde el balcón las casas lejanas, con -sus tejados rojos. En lontananza se extendía Madrid, envuelto en el -ambiente limpio y claro, bajo un sol de oro. Algunas nubes blancas -pasaban lenta y majestuosamente, desplegando sus fantásticas formas.</p> - -<p>Familias de artesanos endomingados pasaban en grupos; se oían vagamente -notas alegres de los organillos.</p> - -<p>Manuel se sentó en la cama pensativo. ¡Cuántos buenos proyectos, cuántos -planes acariciados en la mente no habían fracasado en su alma! Estaba al -principio de la vida y se sentía sin fuerzas ya para la lucha. Ni una -esperanza, ni una ilusión le sonreía. El trabajo, ¿para qué? Componer y -componer columnas de letras de molde, ir y venir á casa, comer, dormir, -¿para qué? No tenía un plan, una idea, una aspiración. Miraba la tarde -del domingo alegre, inundada de sol, el cielo azul, las torrecillas -lejanas...</p> - -<p>Embebido en vagos pensamientos, no oyó Manuel que llamaban á la puerta, -cada vez más fuerte.</p> - -<p>—¿Será la Justa?—pensó—. No puede ser.</p> - -<p>Abrió la puerta con la vaga esperanza de encontrarla. Delante de él se -presentaron dos hombres.<a name="page_309" id="page_309"></a></p> - -<p>—Manuel Alcázar—le dijo uno de ellos—. Quedas detenido.</p> - -<p>—¿Por qué?</p> - -<p>—El Juez te lo dirá; ponte las botas y anda para adelante.</p> - -<p>—¿Me van á atar?—preguntó Manuel.</p> - -<p>—Si no haces tonterías, no. Hala, vamos.</p> - -<p>Bajaron los tres á la calle y salieron al paseo de Areneros.</p> - -<p>—Tomaremos el tranvía—dijo uno de los polizontes.</p> - -<p>Entraron; venía atestado de gente y fueron los tres en la plataforma. Al -llegar á la plaza de Santa Bárbara bajaron, y, cruzando dos ó tres -calles, aparecieron frente á las Salesas; de aquí torcieron una esquina, -se metieron en un portal, atravesaron un pasillo largo, y al final de -éste hicieron entrar á Manuel en un calabozo y cerraron por fuera.</p> - -<p> </p> - -<p>Dicen que la soledad y el silencio son como el padre y la madre de los -pensamientos profundos. Manuel, en medio de la soledad y el silencio, no -encontró ni la idea más insignificante en su caletre. Por no encontrar, -no encontró ni siquiera en el mundo de los fenómenos un sitio donde -sentarse, lo cual no tenía nada de extraño, porque no había ni una mala -silla ni una mala banqueta en el calabozo.</p> - -<p>Se sentía abatido y cansado, y se dejó caer<a name="page_310" id="page_310"></a> en el suelo. Así permaneció -algunas horas; de pronto, una claridad pálida brilló sobre la puerta, en -un montante.</p> - -<p>—Han encendido luz—se dijo Manuel—. Habrá obscurecido.</p> - -<p>Poco después se oyó un estrépito de voces y de lloros.</p> - -<p>—Ande usted, que si no le va á salir peor cuenta—decía una voz grave.</p> - -<p>—Pero si yo no he sido, señor guardia, si yo no he sido—replicaba una -voz suplicante—; déjeme usted ir á casa.</p> - -<p>—Hala. Adentro.</p> - -<p>—¡Por Dios! ¡Por Dios! que yo no he sido.</p> - -<p>—Adentro.</p> - -<p>Se oyó el ruido que hizo el hombre al entrar empujado en el calabozo, -después el cerrar violento de la puerta. La voz suplicante siguió -clamando con pesada monotonía:</p> - -<p>—Yo no he sido... Yo no he sido... Yo no he sido.</p> - -<p>—Pues señor ¡vaya una lata!—se dijo Manuel. Si está toda la noche así, -me va á divertir.</p> - -<p>Las lamentaciones del vecino fueron aminorando poco á poco y debieron -terminar en silencioso llanto. Se oía en el corredor los pasos rítmicos -de alguno que iba y venía.</p> - -<p>Manuel trató de buscar desesperadamente una idea en su cerebro, aunque -no fuese más<a name="page_311" id="page_311"></a> que para entretenerse con ella, y no encontró nada; lo -único que pudo sacar en conclusión es que se había lucido.</p> - -<p>Tal carencia de ideas le condujo como de la mano á un sueño profundo que -quizás no duró más que un par de horas, pero que á él le parecieron un -año. Se despertó derrengado, con la cintura dolorida; no había perdido -en el sueño la idea de que se hallaba encerrado, pero fué para él tan -reparador el corto momento de descanso, que se encontró fuerte, -dispuesto á cualquier cosa.</p> - -<p>Tenía en el bolsillo aún el dinero que le habían dado en la imprenta. -Llamó discretamente á la puerta del calabozo.</p> - -<p>—¿Qué quiere usted?—le dijeron de afuera.</p> - -<p>—Quisiera salir un rato.</p> - -<p>—Salga usted.</p> - -<p>Salió al pasillo.</p> - -<p>—¿Podría traerme alguno un café?—preguntó á un guardia.</p> - -<p>—Pagándolo.</p> - -<p>—Claro que pagándolo. Que me traigan un café con tostada y una -cajetilla—Entregó al guardia dos pesetas.</p> - -<p>—Ahora van—dijo éste.</p> - -<p>—¿Qué hora es?—preguntó Manuel.</p> - -<p>—Las doce.</p> - -<p>—Si no fuera porque tengo que estar en ese rincón, le invitaría á tomar -café conmigo, pero...<a name="page_312" id="page_312"></a></p> - -<p>—Aquí fuera lo puede usted tomar. Con un café hay para los dos.</p> - -<p>Vino un mozo con el café y los cigarros. Tomaron el café, fumaron un -pitillo, y el guardia, ya conquistado, le dijo:</p> - -<p>—Llévese usted un banco de estos para dormir.</p> - -<p>Manuel cargó con uno y se echó á la larga. El día anterior, libre, se -encontraba débil y caído; en aquel momento, preso, se sentía fuerte. Los -proyectos se amontonaban en su cabeza, pero no podía dormir.</p> - -<p>El cansancio físico consume las fuerzas y excita el cerebro, la -imaginación aletea en la obscuridad como los pájaros nocturnos, como -ellos también se refugia en las ruinas.</p> - -<p>Manuel no durmió pero soñó y proyectó mil cosas: unas lógicas, la -mayoría absurdas. La luz del día, al entrar vaga por el montante de la -puerta, desechó sus ideas sobre el porvenir y pensó en lo inmediato.</p> - -<p>Le irían á llevar ante el juez. ¿Qué iba á contestar? Idearía un plan: -una casualidad le había llevado al puente del Sotillo, no conocía á -Calatrava; pero, ¿y si le careaban con ellos? Se iba á embarullar. Lo -mejor era decir la verdad y atenuarla en todo lo que pudiera, para -favorecer su causa: le conocía á Calatrava por su primo, le veía de -cuando en cuando en el Salón, él trabajaba en una imprenta...<a name="page_313" id="page_313"></a></p> - -<p>Estaba ya decidido á seguir este plan, cuando entró un guardia:</p> - -<p>—Manuel Alcázar.</p> - -<p>—Servidor.</p> - -<p>—Anda, al despacho del juez.</p> - -<p>Siguieron los dos un largo pasillo y llamaron en una puerta.</p> - -<p>—¿Da usía su permiso?—dijo el guardia.</p> - -<p>—Adelante.</p> - -<p>Pasaron á un despacho con dos grandes ventanas por donde se veían los -árboles de la plaza. Delante de la mesa estaba el juez sentado en un -sillón de alto respaldar. Frente á la mesa había un armario de estilo -gótico lleno de libros. Un escribiente entraba y salía llevando montones -de papeles debajo del brazo; el juez le hacía alguna que otra pregunta y -firmaba de prisa.</p> - -<p>Cuando terminó, el guardia, con la gorra en la mano, se acercó al juez y -le indicó, en pocas palabras, quién era Manuel. El juez echó una mirada -rápida sobre el muchacho, y éste, en aquel momento, pensó:</p> - -<p>—Hay que decir la verdad; si no me la arrancarán y será peor.</p> - -<p>Con esta decisión se sintió más tranquilo.</p> - -<p>—Acérquese usted—le dijo el juez.</p> - -<p>Manuel se acercó.</p> - -<p>—¿Cómo se llama usted?</p> - -<p>—Manuel Alcázar.<a name="page_314" id="page_314"></a></p> - -<p>—¿Cuántos años tiene?</p> - -<p>—Veintiuno.</p> - -<p>—¿Qué oficio?</p> - -<p>—Cajista.</p> - -<p>—¿Jura usted decir verdad en todo aquello que le sea preguntado?</p> - -<p>—Sí, señor.</p> - -<p>—Si así lo hace, Dios se le premie, y si no, se lo demande. ¿Qué hizo -usted el día del crimen?</p> - -<p>—La noche antes, Vidal y yo, con dos mujeres, fuimos á ver cómo -fusilaban á un soldado; después, por la mañana, dormí un rato, y á las -once fuí con una mujer al merendero del puente del Sotillo, en donde nos -habíamos citado con Vidal.</p> - -<p>—¿Qué parentesco tenía usted con el muerto?</p> - -<p>—Era su primo.</p> - -<p>—¿Riñó usted alguna vez con él?</p> - -<p>—No, señor.</p> - -<p>—¿Cómo ha vivido usted hasta el día en que murió Vidal?</p> - -<p>—He vivido del juego.</p> - -<p>—¿Qué hacía usted para vivir del juego?</p> - -<p>—Jugaba el dinero que me daban, en el Círculo de la Amistad, y -entregaba las ganancias unas veces á Vidal, otras á un cojo que se llama -Calatrava.</p> - -<p>—¿Qué cargos desempeñaban en el Círculo Vidal y ese cojo?<a name="page_315" id="page_315"></a></p> - -<p>—El cojo era secretario del Maestro, y Vidal secretario del cojo.</p> - -<p>—¿Cómo se llama el cojo?</p> - -<p>—Marcos Calatrava.</p> - -<p>—¿Por quién le conoció usted al cojo?</p> - -<p>—Por Vidal.</p> - -<p>—¿En dónde?</p> - -<p>—En la taberna del Majo de las Cubas, que está en la calle Mayor.</p> - -<p>—¿Cuánto tiempo hará de esto?</p> - -<p>—Un año.</p> - -<p>—¿Quién le llevó á usted al Círculo de la Amistad?</p> - -<p>—Vidal.</p> - -<p>—¿Conoce usted á un sujeto apodado el Bizco?</p> - -<p>—Sí, señor.</p> - -<p>—¿De dónde le conoce usted?</p> - -<p>—De que era amigo de Vidal, cuando chico.</p> - -<p>—¿No era amigo también de usted?</p> - -<p>—Amigo, no; nunca he tenido simpatía por él.</p> - -<p>—¿Por qué?</p> - -<p>—Porque me parecía malo.</p> - -<p>—¿Qué entiende usted por esto?</p> - -<p>—Lo que entiende todo el mundo: que tenía malas entrañas y martirizaba -al que era más débil que él.</p> - -<p>—¿Usted tiene una querida?</p> - -<p>—Sí, señor.<a name="page_316" id="page_316"></a></p> - -<p>—¿Es una mujer pública?</p> - -<p>—Sí, señor—tartamudeó Manuel temblando de dolor y de ira.</p> - -<p>—¿Cómo se llama?</p> - -<p>—Justa.</p> - -<p>—¿Dónde vive?</p> - -<p>—No sé; se marchó de mi casa anteayer.</p> - -<p>—¿Dónde la conoció usted?</p> - -<p>—En casa de un trapero, en donde yo estuve de criado.</p> - -<p>—¿Cómo se llamaba ese trapero?</p> - -<p>—El señor Custodio.</p> - -<p>—¿Fué usted el que impulsó á su querida á prostituirse?</p> - -<p>—Yo no, señor.</p> - -<p>—Cuando la conoció usted, ¿era ya mujer pública?</p> - -<p>—No, señor. Cuando la conocí era modista; un hombre la sacó de su casa; -luego, cuando la vi por segunda vez, era ya pública.</p> - -<p>Al decir esto, á Manuel le temblaba la voz y las lágrimas pugnaban por -salir de sus ojos.</p> - -<p>El juez le contempló fríamente.</p> - -<p>—¿Quién propuso ir al merendero del puente del Sotillo?</p> - -<p>—Vidal.</p> - -<p>—¿Vió usted al Bizco rondar por los alrededores del merendero?</p> - -<p>—Sí, señor.</p> - -<p>—¿No le chocó?<a name="page_317" id="page_317"></a></p> - -<p>—Sí, señor.</p> - -<p>—¿Tenía usted noticia de que el Bizco había matado á una mujer en el -camino de Aravaca?</p> - -<p>—Eso me dijo Vidal.</p> - -<p>—Después de este crimen del Bizco, ¿había hablado usted alguna vez con -él?</p> - -<p>—No, señor.</p> - -<p>—¿Nunca?</p> - -<p>—No, señor.</p> - -<p>—Tenga cuidado con lo que dice—y el juez clavó su mirada en Manuel—. -¿No habló usted, después de la muerte de la mujer, nunca con el Bizco?</p> - -<p>—No, señor—y Manuel sostuvo con energía la mirada del juez.</p> - -<p>—¿No le chocó el que el Bizco rondara el merendero?</p> - -<p>—Sí, señor.</p> - -<p>—¿Cómo no le comunicó usted la noticia á Vidal?</p> - -<p>—Porque mi primo me había dicho que no le hablara del Bizco.</p> - -<p>—¿Por qué?</p> - -<p>—Porque le daba miedo. Yo, sabiendo esto, no quise asustarle.</p> - -<p>—Cuando vió usted que iba á salir, ¿cómo no le advirtió usted que -podría estar el Bizco?</p> - -<p>—No se me ocurrió.</p> - -<p>—¿Qué hizo usted cuando oyó el grito dado por Vidal?<a name="page_318" id="page_318"></a></p> - -<p>—Salí al balcón del merendero con las tres mujeres y con el Cojo, y -desde allá vimos á Vidal y al Bizco en la islilla que peleaban.</p> - -<p>—¿Cómo conoció usted que eran ellos?</p> - -<p>—Por el grito de Vidal, y además porque llevaba un sombrero cordobés -blanco.</p> - -<p>—¿Qué hora sería cuando sucedió esto?</p> - -<p>—No sé á punto fijo. Estaba anocheciendo.</p> - -<p>—¿Cómo conoció usted al Bizco?</p> - -<p>—No le conocí; pensé que era él.</p> - -<p>—¿Llevaba dinero Vidal?</p> - -<p>—No lo sé.</p> - -<p>—¿Cuánto duró la lucha?</p> - -<p>—Un momento.</p> - -<p>—¿No tuvieron ustedes tiempo de ir en su socorro?</p> - -<p>—No, señor. A poco de asomarnos al balcón, cayó Vidal al suelo, y el -otro se metió en el río y se fué.</p> - -<p>—Está bien; ¿qué pasó después?</p> - -<p>—El Cojo y yo nos descolgamos por el barandado, saltamos al río y nos -acercamos á la isla. El Cojo le cogió la mano á Vidal y dijo: «Está -muerto.» Luego volvimos los dos al merendero y nos fuimos.</p> - -<p>El juez se volvió al escribiente:</p> - -<p>—Luego le leerá usted la declaración y que la firme.</p> - -<p>Llamó al timbre y apareció el guardia.</p> - -<p>—Que siga incomunicado.<a name="page_319" id="page_319"></a></p> - -<p>Manuel salió del despacho, erguido. Le habían llegado al alma algunas de -la frases del juez; pero estaba satisfecho de su declaración; no le -habían llegado á embrollar.</p> - -<p>Entró de nuevo en el calabozo y se tendió en el banco.</p> - -<p>—El juez quiere hacerme cómplice del crimen. O ese juez es muy bruto ó -muy malo. En fin, esperemos.</p> - -<p>Al medio día abrieron la puerta del calabozo y entraron dos hombres. Uno -era Calatrava; el otro el Garro.</p> - -<p>—Chico, acabo de leer en un periódico cómo te han prendido—dijo -Calatrava.</p> - -<p>—Ya ve usted, aquí me tienen.</p> - -<p>—¿Has declarado?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—¿Qué has dicho?</p> - -<p>—Toma, ¡qué voy á decir!, la verdad.</p> - -<p>—¿Has hablado de mí?</p> - -<p>—No que no. He hablado de usted, del Maestro y de todos.</p> - -<p>—Rediós, ¡qué bestia eres!</p> - -<p>—No; que voy á pudrirme yo aquí, sin culpa, mientras los demás se -pasean por la calle.</p> - -<p>—Merecías estar aquí siempre—exclamó Calatrava—, por panoli, por -boceras.</p> - -<p>Manuel se encogió de hombros. Consultáronse con la mirada Calatrava y el -Garro, y salieron del calabozo.<a name="page_320" id="page_320"></a></p> - -<p>Volvió Manuel á tenderse. A media tarde se abrió de nuevo la puerta y -entró el guardia. Llevaba un puchero, pan y una botella de vino.</p> - -<p>—¿Quién me manda esto?—preguntó Manuel.</p> - -<p>—Una muchacha que se llama Salvadora.</p> - -<p>Se enterneció Manuel con el recuerdo, y como el enternecimiento no le -quitó el apetito, comió abundantemente y se tendió en el banco.</p> - -<p><a name="page_321" id="page_321"></a></p> - -<h3><a name="CAPITULO_VI-3" id="CAPITULO_VI-3"></a>CAPÍTULO VI<br /><br /> -<small>Lo que pasaba en el despacho del juez.—La Casa de Canónigos.</small></h3> - -<p>Unas horas después el juez recibió tres cartas urgentes. Las abrió é -hizo sonar inmediatamente un timbre.</p> - -<p>—¿Quién ha traído estas cartas?—preguntó el juez al guardia.</p> - -<p>—Un lacayo.</p> - -<p>—¿Hay por ahí algún agente?</p> - -<p>—Está el agente Garro.</p> - -<p>—Que pase.</p> - -<p>Entró el agente y se acercó á la mesa del juez.</p> - -<p>—En estas cartas—le dijo éste—se hace referencia á la declaración que -ha prestado ese muchacho preso. ¿Cómo alguien puede saber la declaración -que ha dado?</p> - -<p>—No lo sé.</p> - -<p>—¿Ha hablado ese muchacho con alguno?</p> - -<p>—Con nadie—dijo tranquilamente el Garro.</p> - -<p>—En esta carta, dos señoras á quienes el ministro no puede negar nada, -le piden á él, y él me pide á mí, que eche tierra á este asunto. ¿Qué -interés pueden tener estas señoras en ello?<a name="page_322" id="page_322"></a></p> - -<p>—No sé. Si supiera quiénes son, quizás....</p> - -<p>—Son la señora de Braganza y la marquesa de Buendía.</p> - -<p>—Sí, entonces sé de qué se trata. Los dueños del Círculo en donde -estaba empleado el muchacho, tienen interés en que no se hable de la -casa de juego. Uno de los dueños es la Coronela, que habrá hablado á -esas señoras y esas señoras al Ministro.</p> - -<p>—¿Y qué relación tiene la Coronela con estas señoras?</p> - -<p>—La Coronela presta dinero. Esta señora de Braganza firmó en falso con -el nombre de su marido, y el documento lo guarda la Coronela.</p> - -<p>—¿Y la marquesa?</p> - -<p>—Lo de la marquesa es otra cuestión. Ya sabe usted que, últimamente, su -querido era Ricardo Salazar.</p> - -<p>—¿El ex diputado?</p> - -<p>—Sí, un golfo completo. Hace uno ó dos años, cuando las relaciones de -Ricardo y la marquesa estaban todavía recientes, la marquesa recibía de -vez en cuando una carta en la que le decían: «Tengo una carta de usted -dirigida á su amante, en la que dice usted esto y esto (cosas íntimas -bastante fuertes). Si no me da usted mil pesetas, enviaré la carta á su -marido.» Ella, asustada, pagó tres, cuatro, cinco veces, hasta que, por -consejo de una amiga, y de acuerdo con un delegado, prendieron<a name="page_323" id="page_323"></a> al -hombre que iba con la carta. Resultó que era un enviado del mismo -Ricardo Salazar.</p> - -<p>—¿Del amante?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—¡Vaya un caballero!</p> - -<p>—Cuando riñeron la marquesa y Ricardo...</p> - -<p>—¿Al descubrirse el enredo de la carta?</p> - -<p>—No, eso se lo perdonó la marquesa. Riñeron porque Ricardo exigía -dinero que la marquesa no pudo ó no quiso darle. Salazar debía tres mil -duros á la Coronela, y ésta, que no es tonta, le dijo: Deme usted las -cartas de la marquesa y no me debe usted nada. Ricardo se las dió, y la -marquesa ha quedado entregada de pies y manos á la Coronela y á sus -socios.</p> - -<p>El Juez se levantó de su silla y paseó lentamente por el despacho.</p> - -<p>—Hay además—dijo—un besalamano del director de <i>El Popular</i> en que me -ruega que no prospere este asunto. ¿Qué relación hay entre el garito y -el propietario del periódico?</p> - -<p>—Que es socio. En el caso que se descubriera el garito, el periódico -haría una campaña fuerte contra el gobierno.</p> - -<p>—¡Quién hace justicia de este modo!—murmuró el juez, pensativo.</p> - -<p>El Garro contempló al juez irónicamente.</p> - -<p>Se oyó el timbre del teléfono que resonó durante largo tiempo.<a name="page_324" id="page_324"></a></p> - -<p>—¿Da usía su permiso?—preguntó un escribiente.</p> - -<p>—¿Qué hay?</p> - -<p>—De parte del señor Ministro si se ha despachado el asunto conforme á -sus deseos.</p> - -<p>—Que sí, dígale usted que sí—contestó el juez malhumorado. Luego se -volvió hacia el agente.—Este muchacho preso, ¿no tiene participación -ninguna en el crimen?</p> - -<p>—Absolutamente ninguna—contestó el Garro.</p> - -<p>—¿Es primo del muerto?</p> - -<p>—Sí, señor.</p> - -<p>—¿Y conoce al Bizco?</p> - -<p>—Sí, ha sido amigo suyo.</p> - -<p>—¿Podría ayudar á la policía á capturar al Bizco?</p> - -<p>—De esto yo me encargo. ¿Se le pone en libertad al preso?</p> - -<p>—Sí. Necesitamos coger al Bizco. ¿No se sabe dónde anda?</p> - -<p>—Andará escondido por las afueras.</p> - -<p>—¿No hay algún agente que conozca bien los rincones de las afueras?</p> - -<p>—El mejor es un cabo de orden público que se llama Ortiz. Si quiere -usted escribirle al coronel de Seguridad que ponga á Ortiz á mis -órdenes, el Bizco, antes de ocho días, está en la cárcel.</p> - -<p>Llamó el juez á un escribiente, le mandó<a name="page_325" id="page_325"></a> escribir una carta, y se la -entregó á Garro.</p> - -<p>Salió éste del despacho del juez é hizo que abrieran el calabozo de -Manuel.</p> - -<p>—¿Hay que declarar otra vez?—preguntó el muchacho.</p> - -<p>—No, vas á firmar la declaración y quedas libre. Vamos.</p> - -<p>Salieron á la calle. A la puerta del Juzgado vió Manuel á la Fea y á la -Salvadora, pero ésta no tenía un aspecto tan severo como de ordinario.</p> - -<p>—¿Estás ya libre?—le dijeron.</p> - -<p>—Así parece. ¿De dónde sabíais que estaba preso?</p> - -<p>—Lo hemos leído en el periódico—contestó la Fea—, y á ésta se le -ocurrió traerte la comida.</p> - -<p>—¿Y Jesús?</p> - -<p>—En el hospital.</p> - -<p>—¿Qué tiene?</p> - -<p>—El pecho... ya está mejor... Pasa luego por casa. Vivimos en el -callejón del Mellizo, cerca de la calle de la Arganzuela.</p> - -<p>—Bueno.</p> - -<p>—Adiós, ¿eh?</p> - -<p>—Adiós y muchas gracias.</p> - -<p>Dieron el Garro y Manuel la vuelta á la esquina y entraron en un portal -con dos leones de bronce y subieron una corta escalera.</p> - -<p>—¿Qué es esto?—preguntó Manuel.<a name="page_326" id="page_326"></a></p> - -<p>—Esta es la casa de Canónigos.</p> - -<p>Recorrieron un pasillo con mamparas negras, y en un cuarto en donde -escribían dos hombres, el Garro preguntó por el Gaditano.</p> - -<p>—Ahí fuera debe estar—le dijeron.</p> - -<p>Siguieron adelante. Pululaban por los pasillos hombres que iban y venían -de prisa; otros quietos, esperaban. Eran éstos obreros desharrapados, -mujeres vestidas de negro, viejas tristes con el estigma de la miseria, -gente toda asustada, tímida y humilde.</p> - -<p>Los que iban y venían llevando carpetas y papeles bajo el brazo, todos ó -casi todos tenían un continente altivo y orgulloso; era el juez que -pasaba con su birrete y su levita negra, mirando con indiferencia á -través de sus gafas; era el escribano menos grave, más jovial que -llamaba á uno y le hablaba al oído, entraba en la escribanía, dictaba, -firmaba y volvía á salir; era el abogado joven que preguntaba por la -marcha de sus pleitos; era el procurador, los curiales, los -escribientes, los pinches.</p> - -<p>Y empujando al rebaño de humildes y de miserables hacia el matadero de -la Justicia, aparecían el usurero, el polizonte, la corredora de -alhajas, el prestamista, el casero...</p> - -<p>Todos se entendían con los pinches y escribientes, los cuales les -arreglaban sus asuntos; daban carpetazo á los procesos molestos, -arreglaban<a name="page_327" id="page_327"></a> ó empeoraban un litigio y mandaban á presidio ó sacaban de -él por poco dinero.</p> - -<p>¡Qué admirable maquinaria! Desde el primero hasta el último de aquellos -leguleyos, togados y sin togar, sabían explotar al humilde, al pobre de -espíritu, proteger los sagrados intereses de la sociedad haciendo que el -fiel de la justicia se inclinara siempre por el lado de las monedas...</p> - -<p>El Garro encontró al Gaditano, á quien buscaba, y le llamó:</p> - -<p>—Oye, tú has tomado la declaración á este chico, ¿verdad?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—Pues haz el favor de poner que no sabe quién le mató á su primo; que -supone que sea el Bizco, y nada más. Y luego decreta su libertad.</p> - -<p>—Bueno. Pasad á la escribanía.</p> - -<p>Entraron en un cuarto estrecho, con una ventana en el fondo. En una de -las paredes largas del cuarto había un armario y encima una porción de -cosas procedentes de robos y de embargos, entre ellas una bicicleta.</p> - -<p>Entró el Gaditano, sacó del armario un legajo y se puso á escribir -rápidamente.</p> - -<p>—Que es primo del muerto y que supone que el autor del hecho de autos -es un sujeto apodado el Bizco, ¿no es eso?</p> - -<p>—Eso es—dijo el Garro.<a name="page_328" id="page_328"></a></p> - -<p>—Bueno, que firme aquí... Ahora aquí... Ya está.</p> - -<p>Se despidió el agente del Gaditano, y Manuel y Garro salieron á la -calle.</p> - -<p>—¿Ya estoy libre?—preguntó Manuel.</p> - -<p>—No.</p> - -<p>—¿Por qué no?</p> - -<p>—Te han dejado libre con una condición: que ayudes á buscar al Bizco.</p> - -<p>—Yo no soy de la policía.</p> - -<p>—Bueno, pues escoge: ó ayudas á buscar al Bizco, ú otra vez vas al -calabozo.</p> - -<p>—Nada; ayudaré á buscar al Bizco.</p> - -<p><a name="page_329" id="page_329"></a></p> - -<h3><a name="CAPITULO_VII-3" id="CAPITULO_VII-3"></a>CAPÍTULO VII<br /><br /> -<small>La Fea y la Salvadora.—Ortiz.—Antiguos conocidos.</small></h3> - -<p>Salieron los dos por la calle del Barquillo á la de Alcalá.</p> - -<p>No me vuelven á coger, pensó Manuel; pero luego se le ocurrió que tan -tupida y espesa era la trama de las leyes, que resultaba muy difícil no -tropezar con ella aunque se anduviese con mucho tiento.</p> - -<p>—Y no me ha dicho usted todavía por quién me dejan libre—exclamó -Manuel.</p> - -<p>—¿Por quién te han puesto libre? Por mí—contestó Garro.</p> - -<p>Manuel no contestó.</p> - -<p>—Y ahora, ¿dónde vamos?—preguntó.</p> - -<p>—Al Campillo del Mundo Nuevo.</p> - -<p>—Entonces tenemos camino largo.</p> - -<p>—En la Puerta del Sol tomaremos el tranvía de la Fuentecilla.</p> - -<p>Efectivamente, así lo hicieron. Bajaron en el sitio indicado y tomaron -por la calle de la Arganzuela.</p> - -<p>Al final de esta calle, á mano derecha, ya en la plaza que constituye el -Campillo del Mundo<a name="page_330" id="page_330"></a> Nuevo, se detuvieron. Pasaron por un largo corredor -á un patio ancho con galerías.</p> - -<p>En la primera puerta abierta entró Garro y preguntó con voz autoritaria:</p> - -<p>—¿Vive aquí un cabo del orden que se llama Ortiz?</p> - -<p>Del fondo de un rincón obscuro, en donde trabajaban dos hombres, cerca -de un hornillo, contestó uno de ellos:</p> - -<p>—¿A mí qué me cuenta usted?, pregúnteselo usted al portero.</p> - -<p>Los dos hombres estaban haciendo barquillos. Tomaban de una caldera, -llena de una masa blanca como engrudo, una cucharada y la echaban en -unas planchas que se cerraban como tenazas. Después de cerradas las -ponían al fuego, las calentaban por un lado y por otro, las abrían, y en -una de las planchas aparecía el barquillo como una oblea redonda. El -hombre, rápidamente, con los dedos, lo arrollaba y lo colocaba en una -caja.</p> - -<p>—¿De manera que no saben ustedes si vive ó no aquí Ortiz?—preguntó de -nuevo Garro.</p> - -<p>—Ortiz—dijo una voz del fondo negro, en donde no se veía nada—. Sí, -aquí vive. Es el administrador.</p> - -<p>Manuel entrevió en el agujero negro dos hombres tendidos en el suelo.</p> - -<p>—Pues sí es el administrador—dijo el que trabajaba—; hace un momento -estaba en el patio.<a name="page_331" id="page_331"></a></p> - -<p>Salieron Garro y Manuel al patio y el agente vió al guardia en la -galería del piso primero.</p> - -<p>—¡Eh, Ortiz!—le gritó.</p> - -<p>—¿Qué hay? ¿Quién me llama?</p> - -<p>—Soy yo, Garro.</p> - -<p>Bajó el guardia con rapidez, y apareció en el patio.</p> - -<p>—¡Hola, señor Garro! ¿Qué le trae á usted por aquí?</p> - -<p>—Este muchacho es primo de ese que han matado en el puente del Sotillo; -conoce al agresor, que es un randa conocido por el Bizco. ¿Quieres -encargarte de la captura?</p> - -<p>—Hombre... Si me lo mandan.</p> - -<p>—No, la cuestión es si tienes tiempo y quieres hacerlo. Yo llevo una -carta aquí del juez para tu coronel, pidiéndole que te encargues tú de -la captura. Ahora, si no tienes tiempo, dilo.</p> - -<p>—Tiempo hay de sobra.</p> - -<p>—Entonces ahora voy á dejar la carta á tu coronel.</p> - -<p>—Bueno. ¿Habrá alguna propinilla, eh?</p> - -<p>—Descuida. Aquí está el chico; no le sueltes, que te acompañe.</p> - -<p>—Está bien.</p> - -<p>—¿No hay más que decir?</p> - -<p>—Nada.</p> - -<p>—Pues adiós, y buena mano derecha.<a name="page_332" id="page_332"></a></p> - -<p>—Adiós.</p> - -<p>El Garro salió de la casa y quedaron frente á frente Manuel y Ortiz.</p> - -<p>—Tú no te separas de mi lado hasta que cojamos al Bizco, ya lo -sabes—le dijo el cabo á Manuel.</p> - -<p>El tal Ortiz, afamado como perseguidor de granujas y de bandidos, era un -tipo de criminal completo; tenía el bigote negro y recortado, las cejas -salientes y unidas, la nariz chata, el labio superior retraído, que -dejaba mostrar los dientes hasta su nacimiento; la frente estrecha y una -cicatriz profunda en la mejilla.</p> - -<p>Vestía de paisano, traje obscuro y gorra. En su figura había algo de lo -agresivo de un perro de presa y de lo feroz de un jabalí.</p> - -<p>—¿No me va usted á dejar salir?—preguntó Manuel.</p> - -<p>—No.</p> - -<p>—Tenía que ver á unas amigas.</p> - -<p>—Aquí no hay amigas que valgan. ¿Quiénes son ellas?, algunas golfas...</p> - -<p>—No; son las hermanas de un cajista compañero mío, que fueron mis -vecinas en el parador de Santa Casilda.</p> - -<p>—¡Ah!, pero ¿tú has vivido allí?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—Pues yo también. Las conoceré.</p> - -<p>—No sé, son hermanas de un cajista que se llama Jesús.<a name="page_333" id="page_333"></a></p> - -<p>—La Fea.</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—La conozco. ¿Dónde vive?</p> - -<p>—En el callejón del Mellizo.</p> - -<p>—Aquí mismo está. Vamos á verla.</p> - -<p>Salieron de casa; calle de la Arganzuela arriba estaba el callejón del -Mellizo, próximo al matadero de cerdos. No había en el callejón, que en -su principio tenía empalizadas á ambos lados y estaba obstruído por -grandes losas puestas unas encima de otras, más que una casa grande en -el fondo. Delante de la casa en un patio grande, trajinaban algunos -<i>cañis</i> con mulas y pollinos; en las galerías asomaban gitanas negras y -gitanillas de ojos brillantes y trajes abigarrados.</p> - -<p>Preguntaron á un gitano por la Fea y les indicó el número 6 del piso -segundo.</p> - -<p>En la puerta del cuarto, un letrero, escrito en una cartulina, ponía: -«Se cose á máquina.»</p> - -<p>Llamaron y apareció un chiquillo rubio.</p> - -<p>—Este es el hermano de la Salvadora—dijo Manuel.</p> - -<p>Se presentó la Fea en la puerta y recibió á Manuel con grandes extremos -de alegría, y saludó á Ortiz.</p> - -<p>—¿Y la Salvadora?—preguntó Manuel.</p> - -<p>—En la cocina; ahora viene.</p> - -<p>El cuarto era claro con una ventana, por<a name="page_334" id="page_334"></a> donde entraban los últimos -rayos del sol poniente.</p> - -<p>—Debe ser muy alegre este cuarto—dijo Manuel.</p> - -<p>—Entra el sol desde que sale hasta que se marcha—contestó la Fea—. -Queremos mudarnos, pero no encontramos cuarto parecido á éste.</p> - -<p>Respiraba aquello tranquilidad y trabajo; había dos máquinas de coser -nuevas, un armario de pino, sillas y macetas en la ventana.</p> - -<p>—¿Y Jesús, en el hospital?</p> - -<p>—En la clínica de San Carlos—dijo la Fea.</p> - -<p>No quería ser gravoso á la familia; y aunque la Salvadora y ella le -hubieran cuidado en casa, á él se le había metido en la cabeza ir al -Hospital. Afortunadamente se encontraba ya mucho mejor y le iban á dar -el alta.</p> - -<p>En esto entró la Salvadora. Estaba muy arrogante y muy guapa. Saludó á -Manuel y á Ortiz y se sentó á coser á la máquina.</p> - -<p>—¿Te quedarás á cenar con nosotras?—le preguntó la Fea á Manuel.</p> - -<p>—No, no puedo; no me dejan.</p> - -<p>—Si vosotras me aseguráis—saltó diciendo Ortiz—que cuando le avise á -este hombre vendrá, aunque sea á las dos de la mañana, le dejo libre.</p> - -<p>—Sí, pues se lo aseguramos á usted—dijo la Fea.<a name="page_335" id="page_335"></a></p> - -<p>—Bueno, entonces me voy—. Mañana á las nueve en punto en mi casa. -¿Estamos?</p> - -<p>—Sí, señor.</p> - -<p>—Con exactitud militar.</p> - -<p>—Con exactitud militar.</p> - -<p>Se fué Ortiz y quedó Manuel en el cuarto de las dos costureras.</p> - -<p>La Salvadora, muy desdeñosa con Manuel, parecía ofenderse porque éste la -miraba con cierta complacencia al verla tan guapa. Enrique, el hermano -de la Salvadora, estaba fuerte y muy gracioso, jugó con Manuel y le -contó, en su media lengua, una porción de cosas de su hermana y de su -tía, como le llamaba á la Fea.</p> - -<p>Después de cenar y de acostar al chico, pasaron al cuarto de una -bordadora de la vecindad y Manuel se encontró con dos antiguos amigos -suyos, el Aristas y el Aristón.</p> - -<p>El Aristas había olvidado sus entusiasmos de gimnasta y se había hecho -capataz de periódicos.</p> - -<p>Corría medio Madrid llevando el <i>papel</i> de un puesto á otro, y le había -substituído al Aristón en su cargo de comparsa. Por la mañana repartía -periódicos, repartía entregas, repartía prospectos; por la tarde solía -pegar anuncios y por la noche iba al teatro. Tenía una actividad -extraordinaria, no paraba nunca; organizaba funciones, bailes; -representaba los domingos<a name="page_336" id="page_336"></a> con una compañía de aficionados; sabía de -memoria todo el <i>Don Juan Tenorio</i>, <i>El puñal del godo</i> y otros dramas -románticos; tenía tres ó cuatro novias y á todas horas hablaba, -peroraba, disponía y manifestaba una alegría sana y comunicativa.</p> - -<p>El Aristón, algo más moderado en su necromanía, estaba de ajustador en -una fábrica y tenía un buen sueldo. Manuel se encontró muy -agradablemente entre sus antiguos amigos.</p> - -<p>Vió ó creyó ver al menos que el Aristón galanteaba á la Fea y le llamaba -repetidas veces Joaquina, como era su nombre. La Fea, al verse -galanteada, se ponía hasta guapa.</p> - -<p>Manuel, de noche, fué á su casa á la calle de Galileo. No había vuelto -la Justa. El Aristas le encontró trabajo en una imprenta de la Carrera -de San Francisco.</p> - -<p><a name="page_337" id="page_337"></a></p> - -<h3><a name="CAPITULO_VIII-3" id="CAPITULO_VIII-3"></a>CAPÍTULO VIII<br /><br /> -<small>La pista del Bizco.—Las afueras.—El ideal de Jesús.</small></h3> - -<p>Al día siguiente, después de trabajar en la imprenta, Manuel, á las -nueve de la noche, estaba en casa de Ortiz.</p> - -<p>—Así me gusta—le dijo el cabo—con puntualidad militar.</p> - -<p>Ortiz se armó de un revólver que metió en el cinto, de un bastón que -sujetó al puño con una correa y de una cuerda; entregó un garrote á -Manuel y salieron los dos.</p> - -<p>—Vamos por estos cafetines—dijo el guardia á Manuel—, y tú mira bien -si está el Bizco.</p> - -<p>Hablaron mientras subían por la calle de la Arganzuela.</p> - -<p>Ortiz era un polizonte enamorado de su profesión. Su padre lo había sido -también, y el instinto de persecución era en ellos tan fuerte como en -los perros de caza.</p> - -<p>Ortiz, según contó, estuvo de carabinero en la costa de Málaga, en lucha -siempre con los contrabandistas, hasta que vino á Madrid y entró en el -Orden público.</p> - -<p>—He hecho más servicios que nadie—dijo—;<a name="page_338" id="page_338"></a> pero no me ascienden porque -no tengo recomendaciones. A mi padre le pasó lo mismo; él cogió más -ladrones que toda la policía de Madrid junta, y nada, no pasó de cabo. -Luego le colocaron en la ronda de las alcantarillas, y tuvo cada -trifulca allá abajo...; pero aquél no llevaba revólver, ni garrote, como -yo, sino su trabuco. Era un guerrero.</p> - -<p>Pasaron por delante de una taberna y entraron, bebieron su copa de vino, -y Manuel recorrió con la mirada la gente reunida alrededor de las mesas.</p> - -<p>—No hay nada de lo que buscas—dijo el tabernero al policía.</p> - -<p>—Ya veo que no, tío Pepe—contestó Ortiz, y sacó dos monedas para -pagar.</p> - -<p>—Está pago—replicó el tabernero.</p> - -<p>—Gracias. ¡Adiós!</p> - -<p>Salieron de la taberna y llegaron á la plaza de la Cebada.</p> - -<p>—Vamos al café de Naranjeros—dijo el polizonte—; aunque por aquí no -es fácil que ande ese pájaro; pero muchas veces, donde menos se -piensa...</p> - -<p>Entraron en el café; no había más que un grupo de personas hablando con -las cantaoras. Ortiz, desde la puerta, gritó:</p> - -<p>—Eh, Tripulante, haz el favor.</p> - -<p>Se levantó un joven con aire de señorito y se acercó á Ortiz.<a name="page_339" id="page_339"></a></p> - -<p>—¿Tú conoces á un randa á quien llaman el Bizco?</p> - -<p>—Sí, creo que sí.</p> - -<p>—¿Anda por estos barrios?</p> - -<p>—No, por aquí no.</p> - -<p>—¿De veras?</p> - -<p>—De veras que no. Estará hacia abajo; puede usted creerme.</p> - -<p>—Te creo, hombre, ¿por qué no? Oye, Tripulante—añadió Ortiz agarrando -del brazo al muchacho—: Ojo, ¿eh?, que te vas á caer.</p> - -<p>El Tripulante se echó á reir, y poniéndose el dedo índice de la mano -derecha en el párpado inferior y guiñando el ojo, murmuró:</p> - -<p>—¡La pista!... ¡Y que no aluspia uno, cámara!</p> - -<p>—Bueno; pues estate al file, por si acaso. Mira que te se conoce.</p> - -<p>—Descuide usted, señor Ortiz—replicó el muchacho—; se filará.</p> - -<p>Salieron el guardia y Manuel del café.</p> - -<p>—Este es uno de ful, listo como un condenado. Vamos hacia abajo; quizás -que el Tripulante tenga razón.</p> - -<p>Llegaron á la ronda de Toledo. La noche estaba hermosa, estrellada, -brillaban algunas hogueras á lo lejos; de la chimenea de la fábrica del -gas salía una humareda negra, como la espiración poderosa de un -monstruo. Pasaron por la calle del Gas, iluminada, para contrastar<a name="page_340" id="page_340"></a> su -nombre, con faroles de petróleo, y bajaron, rasando Casa Blanca, á las -Injurias. Cruzaron por una callejuela y se encontraron de manos á boca -con el sereno.</p> - -<p>Ortiz le dijo á lo que iban, le dió las señas del Bizco, pero el sereno -les advirtió que allí no había ninguno de aquellas señas.</p> - -<p>—Preguntaremos, si ustedes quieren.</p> - -<p>Entraron los tres por un pasillo estrecho á un patio, con el suelo lleno -de barro. Salía luz por la ventana de una casa y se asomaron á mirar. A -la luz de un cabo de vela, colocado en un vasar de madera, se veía un -viejo haraposo sentado en el suelo. A su lado dos muchachos y una -chiquilla, cubiertos de andrajos, dormían.</p> - -<p>Salieron del patio y recorrieron una callejuela.</p> - -<p>—Aquí hay una familia que no conozco—dijo el sereno, y llamó en la -puerta con la contera del chuzo. Tardaron en abrir.</p> - -<p>—¿Quién es?—dijo de adentro una voz de mujer.</p> - -<p>—La autoridad—contestó Ortiz.</p> - -<p>Abrió una mujer envuelta en harapos y sin camisa. El sereno entró y -pasaron Manuel y Ortiz dentro; apestaba allí de un modo atroz. En un -camastro hecho de trapos y papeles, dormía una mujer ciega. El sereno -metió el chuzo por debajo de la cama.<a name="page_341" id="page_341"></a></p> - -<p>—Ya ven ustedes, aquí no está.</p> - -<p>Salieron Ortiz y Manuel de las Injurias.</p> - -<p>—Ahí en las Cambroneras vivió el Bizco durante algún tiempo—dijo -Manuel.</p> - -<p>—Entonces no hay que buscarle por ahí, pero no importa, ¡hala que -hala!—repuso Ortiz—Vamos allá.</p> - -<p>Cruzaron por el paseo de Yeserías; brillaban las luces de los faroles á -los lados del puente de Toledo, alguna vena estrecha del río los -reflejaba en su agua negra. Hacia Madrid, de las chimeneas de la fábrica -del gas salían llamaradas rojas como dragones de fuego. Se oían á lo -lejos los silbidos de un tren; en la dehesa del Canal los árboles -torcidos destacaban su silueta negra en el ambiente obscuro de la noche.</p> - -<p>Se encontraron en las Cambroneras al sereno y le preguntaron por el -Bizco.</p> - -<p>—Yo hablaré mañana á Paco el Cañí y lo sabré. ¿Dónde nos vemos mañana?</p> - -<p>—En la taberna de la Blasa.</p> - -<p>—Bueno. Allí iré á las tres.</p> - -<p>Volvieron á pasar el puente y entraron en Casa Blanca.</p> - -<p>—Veremos al administrador—dijo Ortiz. Entraron en un portal, y á un -lado de éste, en un cuarto por cuya puerta entornada salía luz, -llamaron. Un hombre en mangas de camisa salió al portal.<a name="page_342" id="page_342"></a></p> - -<p>—¿Quién es?—gritó.</p> - -<p>Ortiz se dió á conocer.</p> - -<p>—Aquí no está ese—contestó el administrador. Estoy seguro, tengo todos -mis inquilinos apuntados en este cuaderno y los conozco.</p> - -<p>De Casa Blanca, Ortiz y Manuel se dirigieron hacia las Peñuelas y Ortiz -echó un largo párrafo con el sereno. Después recorrieron algunas -tabernas del barrio en donde había gente, á pesar de tener las puertas -cerradas.</p> - -<p>Al pasar por la calle del Ferrocarril el sereno señaló el sitio donde se -había encontrado descuartizada á la mujer del saco. Hablaron Ortiz y el -sereno de éste y de otros crímenes cometidos allá cerca y se -despidieron.</p> - -<p>—Este sereno es un barbián—dijo Ortiz—ha acabado con los matones de -las Peñuelas á garrotazos.</p> - -<p>Era ya tarde después de la visita á las tabernas, y Ortiz estimó que -podrían dejar la campaña para el día siguiente. Se quedó él en el -Campillo del Mundo Nuevo y Manuel, atravesando medio Madrid, se fué á su -casa.</p> - -<p>Por la mañana temprano marchó á la imprenta, y al advertir que por la -tarde no podía ir, le despidieron.</p> - -<p>Manuel fué á comer á casa de la Fea.</p> - -<p>—Me han despedido de la imprenta—dijo al entrar.<a name="page_343" id="page_343"></a></p> - -<p>—Habrás ido tarde—saltó la Salvadora.</p> - -<p>—No, sino que Ortiz me dijo ayer que esta tarde tenía que ir con él, y -lo he advertido en la imprenta y me han despedido.</p> - -<p>—Si hasta que esté arreglado eso no puedes empezar á hacer nada—dijo -la Fea.</p> - -<p>La Salvadora sonrió irónicamente y Manuel sintió que se le enrojecía la -cara.</p> - -<p>—No, no lo creas si no quieres, pero es verdad.</p> - -<p>—Si yo no te he dicho, nada, hombre—replicó burlonamente la Salvadora.</p> - -<p>—Ya sé que no me has dicho nada, pero te reías.</p> - -<p>Manuel salió de casa de la Fea irritado, fué á buscar á Ortiz, y reunido -con él, bajó á las Injurias.</p> - -<p>Hacía un día de sol espléndido, una tarde templada. Se sentaron á la -puerta de la taberna de la Blasa. En una callejuela que se veía -enfrente, dormían los hombres tumbados á las puertas de sus casas; las -mujeres correteaban de un lado á otro con las haraposas faldas -recogidas, chapoteando los pies en la alcantarilla mal oliente que -corría por en medio de la calleja como un arroyo negro. Alguna de -aquellas mujeres llevaba la colilla en la boca. Las ratas grandes, -grises, corrían por encima del barro, y algunos chicos desnudos las -perseguían á palos y á pedradas.<a name="page_344" id="page_344"></a></p> - -<p>Habló Ortiz con la dueña de la tasca, y poco después apareció allá el -sereno de las Cambroneras. Saludó á Ortiz, tomaron unas copas los dos, y -el sereno dijo:</p> - -<p>—Hablé con Paco el Cañí. Le conoce al Bizco. Dice que no anda por estos -barrios. El cree que debe estar en la Manigua, en la California ó por -ahí.</p> - -<p>—Es muy posible. Bueno, señores, hasta la vista—y Ortiz se levantó y -Manuel hizo lo mismo. Subieron á la glorieta del puente de Toledo, -cruzaron el Manzanares y echaron á andar por la carretera de Andalucía. -Por allá había ido á merendar días antes Manuel con Vidal y con -Calatrava. Seguían los mismos grupos de randas en las puertas de los -merenderos; algunos conocían á Ortiz y le invitaban á tomar una copa.</p> - -<p>Llegaron á una barriada próxima al río, de chozas míseras, sin -chimeneas, sin ventanas, con los techos formados por cañizos. Nubes de -mosquitos se levantaban sobre las hierbas de la orilla.</p> - -<p>—Este es el Tejar de Mata pobres—dijo Ortiz.</p> - -<p>En aquellas pobres chozas se refugiaban algunos traperos con sus -familias. Todos los habitantes de tan miserable aduar, escuálidos, -amarillentos, estaban devorados por las fiebres, cuyos gérmenes brotaban -de las aguas negras<a name="page_345" id="page_345"></a> y fangosas del río. Nadie conocía allí al Bizco. -Manuel y Ortiz siguieron adelante. A corta distancia de este poblado -apareció otro, sobre un altozano, constituído por casuchas con sus -corrales.</p> - -<p>—El barrio de los Hojalateros; así se llama esto—indicó Ortiz.</p> - -<p>Era como una aldea levantada sobre estiércol y paja. Cada una de las -casas, hechas con escombros y restos de todas clases, tenía su corraliza -limitada por vallas de latas viejas roñosas, extendidas y clavadas en -postes. Se mezclaba allí la miseria urbana con la miseria campesina; en -el suelo de los corrales, las cestas viejas, las cajas de cartón de las -sombrererías, alternaban con la hoz mellada y el rastrillo. Alguna de -las casas daba la impresión de relativo bienestar, y su aspecto era ya -labradoriego; en sus corralizas se levantaban grandes montones de paja; -las gallinas picoteaban en el suelo.</p> - -<p>Ortiz se acercó á un hombre que estaba componiendo un carro.</p> - -<p>—Oiga, buen amigo; ¿conoce usted por si acaso á un muchacho que se -llama el Bizco?; uno rojo, feo...</p> - -<p>—¿Acaso es usted de la policía?—preguntó el hombre.</p> - -<p>—No; no, señor.</p> - -<p>—Pues lo parece; pero eso allá usted. No<a name="page_346" id="page_346"></a> conozco á ese bizco—y el -hombre volvió la espalda.</p> - -<p>—Aquí hay que andar con ojo—murmuró Ortiz—, porque si se enteran á lo -que venimos nos dan un pie de paliza que nos revientan.</p> - -<p>Salieron del barrio de los Hojalateros, cruzaron el río por un puente -por donde pasaba la línea del tren, y siguieron por la orilla del -Manzanares.</p> - -<p>En las praderas próximas al río, cubiertas de hierba verde y luciente, -pastaban las vacas; algunos andrajosos andaban despacio, con cautela, -buscando grillos.</p> - -<p>Llegaron Manuel y Ortiz á unas casas de campo que llamaban la China; el -guardia interrogó á un hortelano. No conocía al Bizco.</p> - -<p>Se alejaron de allá, y se sentaron en la hierba á descansar. Iba -anocheciendo; surgía Madrid, amarillo rojizo, con sus torres y sus -cúpulas, iluminado con la última palpitación del sol poniente. Relucían -las vidrieras del Observatorio. Una bola grande de cobre del remate de -algún edificio centelleaba como un sol sobre los tejados mugrientos; -alguna que otra estrella resplandecía en la bóveda de azul de Prusia del -cielo; el Guadarrama, de color violeta obscuro, rompía con sus picachos -blancos el horizonte lejano.</p> - -<p>Volvieron de prisa Ortiz y Manuel. Al llegar al paseo de Embajadores era -de noche; <a name="page_347" id="page_347"></a>tomaron una copa en un merendero de la Manigua y echaron una -ojeada por allá.</p> - -<p>—Cena conmigo—dijo Ortiz—, y por la noche volveremos á la cacería. -Hemos de registrar todo Madrid.</p> - -<p>Cenó Manuel con el guardia y con su familia en la casa del Campillo del -Mundo Nuevo. Después de cenar recorrieron casi todas las tabernas de la -calle del Mesón de Paredes y de Embajadores, y entraron en el cafetín de -la calle de la Esgrima. Estaba todo el local lleno de golfos; al -sentarse el guardia y Manuel se comunicaron los contertulios unos á -otros la noticia. Un muchacho que estaba en una mesa próxima mostrando -en un corro una sortija y una peineta, las guardó de prisa y corriendo -al ver á Ortiz. El guardia notó la maniobra, y le llamó al mozo.</p> - -<p>—¿Qué quiere usted?—preguntó éste escamado.</p> - -<p>—Preguntarte una cosa.</p> - -<p>—Usted dirá.</p> - -<p>—¿Tú conoces á uno que llaman el Bizco?</p> - -<p>—Yo no, señor.</p> - -<p>El guardia hizo más preguntas al muchacho; debió de convencerse que no -conocía al Bizco, porque murmuró:</p> - -<p>—No sabe nadie dónde está.</p> - -<p>Siguieron recorriendo tabernas; al pasar por la calle del Amparo, Ortiz -dispuso que<a name="page_348" id="page_348"></a> registraran una casa de dormir que tenía un farol rojo en -uno de sus balcones.</p> - -<p>Entraron y subieron una escalera de tablas, con los peldaños vacilantes, -iluminada por un farol empotrado en la pared. En el primer piso había -habitaciones para citas; en el segundo estaba el dormitorio público. -Tiró Ortiz de la cadena de la campanilla y apareció una mujer astrosa -con una vela en la mano, un pañuelo blanco en la cabeza y en chanclas: -era la encargada.</p> - -<p>—Somos de la policía y queremos echar un vistazo por dentro. Si usted -lo permite, entraremos.</p> - -<p>La mujer se encogió de hombros y dejó lugar para que pasaran.</p> - -<p>Recorrieron un corto pasillo, que terminaba en una sala larga y estrecha -con pies derechos de madera á ambos lados y dos filas de camas. En la -crujía central pendía un quinqué de petróleo, que apenas iluminaba la -cuadra anchurosa. El suelo, de ladrillos, se torcía hacia un lado.</p> - -<p>Ortiz pidió la vela y fué alumbrando los rostros de los que ocupaban las -camas.</p> - -<p>Unos dormían con desaforados ronquidos, otros, despiertos, se dejaban -contemplar con desdén. Por entre las cubiertas de las camas se veían -espaldas desnudas, torsos hercúleos, tórax comprimidos de gente -enferma...<a name="page_349" id="page_349"></a></p> - -<p>—Y abajo, ¿hay alguien?—preguntó Ortiz á la encargada.</p> - -<p>—En el principal, no. En los cuartos del zaguán habrá alguno.</p> - -<p>Bajaron al portal. Una puerta conducía á un sótano húmedo. En un rincón -dormía un mendigo, envuelto en harapos.</p> - -<p> </p> - -<p>Al día siguiente de esta correría, por la tarde, al entrar Manuel en -casa de la Fea, se encontró con Jesús, sentado, charlando con su hermana -y la Salvadora.</p> - -<p>Manuel sintió cierta emoción al verle. Estaba muy flaco y muy pálido. -Los dos se examinaron atentamente y hablaron de su vida en el tiempo en -que no se habían visto. Después pasaron á cosas del momento, y Manuel -expuso su situación y el compromiso que tenía con Ortiz.</p> - -<p>—Ya, ya me lo han dicho—advirtió Jesús—, y yo no quería creerlo. ¿De -manera que á ti te dejaron en libertad á condición de que ayudases á -coger al Bizco? ¿Y tú aceptas?</p> - -<p>—Sí. Si no no me dejaban en libertad. ¿Qué iba á hacer?</p> - -<p>—Negarte.</p> - -<p>—¿Y pudrirme en la cárcel?</p> - -<p>—Y pudrirte en la cárcel, mejor que hacer á un amigo una charranada -así.</p> - -<p>—El Bizco no es amigo mío.<a name="page_350" id="page_350"></a></p> - -<p>—Pero lo fué, por lo que tú dices.</p> - -<p>—Amigo, no...</p> - -<p>—Compañero de golfería, vamos.</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—¿De modo que te has hecho polizonte?</p> - -<p>—¡Hombre!... Además, el muerto era mi primo.</p> - -<p>—¡Cualquiera se fía de ti!—añadió sarcásticamente el cajista.</p> - -<p>Manuel se calló. Pensó que había hecho mal en comprometerse. El Bizco -era un bandido; pero á él no le había hecho nunca daño, era la verdad.</p> - -<p>—Lo malo es que no puedo volverme atrás—dijo Manuel—ni escaparme, -porque ese Ortiz vendría aquí y sería capaz de llevar á tu hermana y á -la Salvadora á la cárcel.</p> - -<p>—¿Por qué?</p> - -<p>—Porque ellas le han dicho que respondían de mí.</p> - -<p>—¡Quia, hombre! Le dicen que estuviste aquí, que te dijeron que no te -se olvidara el hacer lo de los demás días, y que no saben nada más, -sencillamente.</p> - -<p>—¿A ti qué te parece?—preguntó Manuel indeciso á la Fea.</p> - -<p>—Haz lo que quieras; yo creo que Jesús ya sabrá lo que dice, y que á -nosotras no nos pueden hacer nada.</p> - -<p>—Hay otra cosa—advirtió Manuel—: que<a name="page_351" id="page_351"></a> yo no puedo vivir escondido -mucho tiempo; tendré que trabajar para comer, y me cogerán.</p> - -<p>—Yo te llevaré á una imprenta que conozco, replicó Jesús.</p> - -<p>—Pero pueden sospechar. No, no.</p> - -<p>—¿Prefieres ser un charrán?</p> - -<p>—Voy á hacer una cosa; ir ahora mismo á ver á uno que lo puede arreglar -todo.</p> - -<p>—Espera un momento.</p> - -<p>—No, no, déjame.</p> - -<p>Salió Manuel decidido á hablar con el Cojo ó con el Maestro. Fué á la -carrera al Círculo. Le dejaron pasar; subió al piso primero, y al hombre -que solía estar en la puerta de la sala de juego, le preguntó:</p> - -<p>—Y el Maestro, ¿está en la secretaría?</p> - -<p>—No, el que está es don Marcos.</p> - -<p>Llamó Manuel á la puerta y pasó adelante. Calatrava estaba en una mesa -con un empleado contando fichas blancas y rojas. Al ver á Manuel le miró -fijamente:</p> - -<p>—¿A qué vienes tú aquí? ¡Soplón!—exclamó—. Aquí no haces falta.</p> - -<p>—Ya lo sé.</p> - -<p>—Estás despedido. El jornal no lo esperes.</p> - -<p>—No, no lo espero.</p> - -<p>—Entonces, ¿á qué vienes aquí?</p> - -<p>—Vengo á esto. El Garro, el polizonte amigo de usted, me puso en -libertad, con la condición<a name="page_352" id="page_352"></a> de que ayudara á coger al que mató á Vidal, -y á mí me hacen ir y venir á todas horas, y ya me he hartado de eso, y -ya no quiero hacer de polizonte.</p> - -<p>—Pues mira, de todo eso, á mí... Prim.</p> - -<p>—No, porque si yo no aparezco por casa del cabo, á quien me confió el -Garro, me cogerán y me llevarán á la cárcel.</p> - -<p>—Bueno; allá aprenderás á no mover la sin hueso.</p> - -<p>—No; allá lo que haré será declarar cómo se estafa en este Círculo á la -gente...</p> - -<p>—Tú estás loco. Tú quieres que te dé dos garrotazos.</p> - -<p>—No; yo quiero que le diga á usted al Garro que no me da la gana de -perseguir al Bizco, y, además, que le mande usted que no me persiga; -conque ya sabe usted lo que tiene que hacer.</p> - -<p>—Lo que voy á hacer es darte dos patadas ahora mismo, ¡soplón!</p> - -<p>—Eso lo veremos.</p> - -<p>Se acercó el cojo á Manuel con el puño cerrado y le largó un puñetazo; -pero Manuel tuvo la habilidad de agarrarle de la mano, y empujándole -para atrás, le hizo perder el equilibrio y cayó sobre la mesa y la -derribó con un estrépito formidable. Se levantó Calatrava furioso y se -fué hacia Manuel; pero al ruido entraron algunos mozos y los separaron.<a name="page_353" id="page_353"></a></p> - -<p>En esta situación, apareció el Maestro en la puerta de la secretaría:</p> - -<p>—¿Qué pasa?—preguntó mirando á Calatrava y á Manuel severamente—. -Marchaos vosotros—añadió dirigiéndose á los demás.</p> - -<p>Quedaron los tres solos, y Manuel explicó el motivo de la cuestión.</p> - -<p>El Maestro, después de oirle, dijo á Calatrava:</p> - -<p>—¿Es eso de veras lo que te ha dicho?</p> - -<p>—Sí; pero ha venido aquí con exigencias...</p> - -<p>—Bueno. De eso no hay que hablar. ¿De manera—añadió dirigiéndose á -Manuel—que tú no quieres ayudar á la policía? Haces bien. Puedes -marcharte. Yo le diré al Garro que no te moleste.</p> - -<p>Una hora después, Manuel y Jesús habían salido de casa á dar una vuelta. -Hacía una noche de calor sofocante; bajaron á la ronda.</p> - -<p>Hablaron. Manuel sentía una sorda irritación contra todo el mundo; un -odio hasta entonces amortiguado se despertaba en su alma contra la -sociedad, contra los hombres...</p> - -<p>—De veras te digo—concluyó diciendo—, que quisiera que estuviera -lloviendo dinamita ocho días y bajara después el Padre Eterno hecho -ascuas.</p> - -<p>Y rabioso invocó á todos los poderes destructores para que redujesen á -cenizas esta sociedad miserable.<a name="page_354" id="page_354"></a></p> - -<p>Jesús le escuchaba con atención.</p> - -<p>—Eres un anarquista—le dijo.</p> - -<p>—¿Yo?</p> - -<p>—Sí. Yo también lo soy.</p> - -<p>—¿Tú?</p> - -<p>—Sí.</p> - -<p>—¿Desde cuándo?</p> - -<p>—Desde que he visto las infamias que se cometen en el mundo; desde que -he visto cómo se entrega fríamente á la muerte un pedazo de humanidad; -desde que he visto cómo mueren desamparados los hombres en las calles y -en los hospitales—contestó Jesús con cierta solemnidad.</p> - -<p>Manuel enmudeció. Pasaron los dos amigos silenciosos por la ronda de -Segovia, y en los jardinillos de la Virgen del Puerto se sentaron.</p> - -<p>El cielo estaba espléndido, cuajado de estrellas, la vía láctea cruzaba -la cóncava inmensidad azul. La figura geométrica de la osa mayor -brillaba muy alta. Arturus y Wega resplandecían dulcemente en aquel -océano de astros.</p> - -<p>A lo lejos el campo obscuro surcado por líneas de luces, parecía el mar -en un puerto, y las filas de luces semejaban las de los malecones de un -muelle.</p> - -<p>El aire húmedo y caliente venía impregnado de olores de plantas -silvestres, agostadas por el calor.<a name="page_355" id="page_355"></a></p> - -<p>—¡Cuánta estrella!—dijo Manuel—. ¿Qué serán?</p> - -<p>—Son mundos, y mundos sin fin.</p> - -<p>—No sé por qué hoy me consuela ver ese cielo tan hermoso. Oye, Jesús, -¿tú crees que habrá hombres en esos mundos?—preguntó Manuel.</p> - -<p>—Quizás, ¿por qué no?</p> - -<p>—¿Y habrá también cárceles, jueces, casas de juego, polizontes?... ¿Eh? -¿Crees tú?</p> - -<p>Jesús no contestó á la pregunta. Luego habló con una voz serena de un -sueño de humanidad idílica, un sueño dulce y piadoso, noble y pueril.</p> - -<p>En su sueño, el hombre, conducido por una idea nueva, llegaba á un -estado superior.</p> - -<p>No más odios, no más rencores. Ni jueces, ni polizontes, ni soldados, ni -autoridad, ni patria. En las grandes praderas de la tierra, los hombres -libres trabajan al sol. La ley del amor ha sustituido á la ley del deber -y el horizonte de la humanidad se ensancha cada vez más extenso, cada -vez más azul...</p> - -<p>Y Jesús continuó hablando de un ideal vago de amor y de justicia, de -energía y de piedad, y aquellas palabras suyas caóticas, incoherentes, -caían como bálsamo consolador sobre el corazón ulcerado de Manuel... -Luego los dos callaron, entregados á sus pensamientos, contemplando la -noche.<a name="page_356" id="page_356"></a></p> - -<p>Una beatitud augusta resplandecía en el cielo, y la vaga sensación de la -inmensidad del espacio, lo infinito de los mundos imponderables llevaba -á sus corazones una deliciosa calma...</p> - -<p> </p> - -<p class="c">FIN</p> - -<p> </p> - -<p class="c">La continuación y fin de <b>Mala hierba</b> se titula <b>Aurora Roja</b>.<a name="page_357" id="page_357"></a></p> - -<h3><a name="INDICE" id="INDICE"></a>ÍNDICE</h3> - -<table border="0" cellpadding="3" cellspacing="0" summary=""> - -<tr><th align="center" colspan="2"><a href="#PRIMERA_PARTE">PRIMERA PARTE</a> </th></tr> - -<tr><td align="right" colspan="2"><span class="un">Págs.</span></td></tr> - -<tr><td>Anteportada </td><td align="right" valign="bottom"><a href="#page_001">1</a></td></tr> - -<tr><td>Obras del mismo autor</td><td align="right" valign="bottom"><a href="#page_002">2</a></td></tr> - -<tr><td>Portada</td><td align="right" valign="bottom"><a href="#page_003">3</a></td></tr> - -<tr><td><a href="#CAPITULO_I-1">Capítulo I</a>.—El taller.—La vida de Roberto Hasting.—Alex Monzon</td><td align="right" valign="bottom"><a href="#page_005">5</a></td></tr> - -<tr><td><a href="#CAPITULO_II-1">C<small>AP</small>. II.</a>—La señorita Esther Volowitch.—Una boda.—Manuel, aprendiz de fotógrafo</td><td align="right" valign="bottom"><a href="#page_026">26</a></td></tr> - -<tr><td><a href="#CAPITULO_III-1">C<small>AP</small>. III.</a>—La Europea y la Benefactora.—Una colocación extraña</td><td align="right" valign="bottom"><a href="#page_041">41</a></td></tr> - -<tr><td><a href="#CAPITULO_IV-1">C<small>AP</small>. IV.</a>—La baronesa de Aynant, sus perros y su mulata de compañía.—Se prepara una farsa</td><td align="right" valign="bottom"><a href="#page_058">58</a></td></tr> - -<tr><td><a href="#CAPITULO_V-1">C<small>AP</small>. V.</a>—Vida y milagros del señor de Mingote.—Comienza la dulce explotación de don Sergio</td><td align="right" valign="bottom"><a href="#page_073">73</a></td></tr> - -<tr><td><a href="#CAPITULO_VI-1">C<small>AP</small>. VI.</a>—Kate, la niña blanca.—Los amores de Roberto.—El pundonor militar.—Las cucas.—Disquisiciones antropológicas</td><td align="right" valign="bottom"><a href="#page_089">89</a></td></tr> - -<tr><td><a href="#CAPITULO_VII-1">C<small>AP</small>. VII.</a>—El berebere se siente profundamente anglosajón.—Mingote mefistofélico.—Cogolludo.—Despedida</td><td align="right" valign="bottom"><a href="#page_111">111</a></td></tr> - -<tr><th align="center" colspan="2"><a href="#SEGUNDA_PARTE">SEGUNDA PARTE</a> </th></tr> -<tr><td><a href="#CAPITULO_I-2">Capítulo I</a>.—Sandoval.—Los sapos de Sánchez Gómez.—Jacob y Jesús<a name="page_358" id="page_358"></a> <a href="#page_129">129</a></td></tr> - -<tr><td><a href="#CAPITULO_II-2">C<small>AP</small>. II.</a>—Los nombres de los Sapos.—El director de <i>Los Debates</i> y sus redactores</td><td align="right" valign="bottom"><a href="#page_143">143</a></td></tr> - -<tr><td><a href="#CAPITULO_III-2">C<small>AP</small>. III.</a>—El parador de Santa Casilda.—La historia de Jacob.—La Fea y la Sinforosa.—La chica sin madre.—Mala Nochebuena</td><td align="right" valign="bottom"><a href="#page_152">152</a></td></tr> - -<tr><td><a href="#CAPITULO_IV-2">C<small>AP</small>. IV.</a>—La Navidad de Roberto.—Gente del Norte</td><td align="right" valign="bottom"><a href="#page_169">169</a></td></tr> - -<tr><td><a href="#CAPITULO_V-2">C<small>AP</small>. V.</a>—Paro general.—Juergas.—El baile del Frontón.—La iniciación de amor</td><td align="right" valign="bottom"><a href="#page_186">186</a></td></tr> - -<tr><td><a href="#CAPITULO_VI-2">C<small>AP</small>. VI.</a>—La nieve.—Otras historias de don Alonso.—Las Injurias.—El Asilo del Sur</td><td align="right" valign="bottom"><a href="#page_195">195</a></td></tr> - -<tr><td><a href="#CAPITULO_VII-2">C<small>AP</small>. VII.</a>—La Casa Negra.—Incendio.—Fuga</td><td align="right" valign="bottom"><a href="#page_219">219</a></td></tr> - -<tr><td><a href="#CAPITULO_VIII-2">C<small>AP</small>. VIII.</a>—Las cuevas del Gobierno civil.—El repatriado.—La sopa del convento</td><td align="right" valign="bottom"><a href="#page_227">227</a></td></tr> - -<tr><td><a href="#CAPITULO_IX-2">C<small>AP</small>. IX.</a>—Noche en el paseo de la Virgen del Puerto.—Suena un tiro.—Calatrava y Vidal.—Un tango de la bella Pérez</td><td align="right" valign="bottom"><a href="#page_239">239</a></td></tr> - -<tr><th align="center" colspan="2"><a href="#TERCERA_PARTE">TERCERA PARTE</a> </th></tr> -<tr><td><a href="#CAPITULO_I-3">Capítulo I</a>.—¿Será la buena?—Proposiciones de Vidal</td><td align="right" valign="bottom"><a href="#page_253">253</a></td></tr> - -<tr><td><a href="#CAPITULO_II-3">C<small>AP</small>. II.</a>—El Garro.—Marcos Calatrava.—El Maestro.—Confidencias</td><td align="right" valign="bottom"><a href="#page_268">268</a></td></tr> - -<tr><td><a href="#CAPITULO_III-3">C<small>AP</small>. III.</a>—La Flora y la Aragonesa.—La Justa.—La inauguración del Salón París</td><td align="right" valign="bottom"><a href="#page_283">283</a></td></tr> - -<tr><td><a href="#CAPITULO_IV-3">C<small>AP</small>. IV.</a>—Un fusilamiento.—En el puente del Sotillo.—El Destino</td><td align="right" valign="bottom"><a href="#page_294">294</a></td></tr> - -<tr><td><a href="#CAPITULO_V-3">C<small>AP</small>. V.</a>—El calabozo del Juzgado de guardia.—Digresiones.—La declaración</td><td align="right" valign="bottom"><a href="#page_306">306</a></td></tr> - -<tr><td><a href="#CAPITULO_VI-3">C<small>AP</small>. VI.</a>—Lo que pasaba en el despacho del Juez.—La Casa de Canónigos</td><td align="right" valign="bottom"><a href="#page_321">321</a></td></tr> - -<tr><td><a href="#CAPITULO_VII-3">C<small>AP</small>. VII.</a>—La Fea y la Salvadora.—Ortiz.—Antiguos conocidos</td><td align="right" valign="bottom"><a href="#page_329">329</a></td></tr> - -<tr><td><a href="#CAPITULO_VIII-3">C<small>AP</small>. VIII.</a>—La pista del Bizco.—Las afueras.—El ideal de Jesús</td><td align="right" valign="bottom"><a href="#page_337">337</a></td></tr> - -<tr><td>Indice</td><td align="right" valign="bottom"><a href="#page_357">357</a></td></tr> - -<tr><td>Colofón</td><td align="right" valign="bottom"><a href="#page_359">359</a></td></tr> - -</table> - -<p><a name="page_359" id="page_359"></a></p> - -<p class="c"> -Se imprimió<br /> -<br /> -<img src="images/mala_hierba.png" -alt="Mala Hierba" -width="150" -height="26" -title="Mala Hierba" -/><br /> -<br /> -EN EL<br /> -<br /> -<span class="smcap">Establecimiento Tipográfico</span><br /> -<br /> -DE<br /> -<br /> -<span class="smcap">Antonio Marzo</span><br /> -<br /> -DE<br /> -<br /> -MADRID<br /> -<br /> -en <span class="smcap">ABRIL</span> de<br /> -<br /> -1904<br /> -</p> - -<p><a name="page_360" id="page_360"></a></p> - -<p class="figcenter"> -<img src="images/colophon2.png" width="106" height="125" alt="colophon" title="" /> -</p> - -<p><a name="page_361" id="page_361"></a></p> - -<p><a name="page_362" id="page_362"></a></p> - -<p> </p> - -<p class="cb">De venta en todas las librerías.</p> - -<hr /> -<p class="c">Jorge Ohnet.</p> - -<p class="c">LAS BATALLAS DE LA VIDA</p> - -<p class="c"><i>El Camino de la Gloria</i><br /> -(novela),<br /> -versión castellana de <b>Carlos de Bataille</b>,</p> - -<p class="c">Un volumen en 8.º, <b>3,50</b> pesetas.</p> -<hr /> - -<p class="c">M. Ciges Aparicio.</p> - -<p class="c"><i>DEL CAUTIVERIO</i></p> - -<p class="c">Un vol. en 8.º, <b>2</b> pesetas.</p> - -<p class="c">GUY DE MAUPASSANT</p> - -<p class="c"><i>Pedro y Juan</i></p> - -<p class="c">NOVELA</p> - -<p class="c">VERSIÓN CASTELLANA</p> - -<p class="c">de</p> - -<p class="c">CARLOS FRONTAURA</p> - -<p class="c">NUEVA EDICIÓN</p> - -<p class="c">Un volumen en 8.º, <b>3,50</b> pesetas.</p> - -<hr /> - -<p class="c"><span class="smcap">Ricardo Burguete</span></p> - -<p class="c"><i>Mi Rebeldía</i></p> - -<p class="c">«MANE-THECEL-PHARES»</p> - -<p class="c">I. Filosofía de la Guerra.</p> - -<p class="c">II. La revolución de los Ejércitos.</p> - -<p class="c">III. Estudios sobre el valor.</p> - -<p class="c">IV. El miedo.</p> - -<p class="c">V. Educación de la voluntad.</p> - -<p class="c">VI. Inutilidad de nuestras organizaciones militares.</p> - -<p class="c">VII. Ensayo de filosofía de la guerra en la historia de los pueblos -(Egipcios y Hebreos).</p> - -<p class="c">VIII. Mi tramontana. El libro inseparable del soldado.</p> - -<p class="c">IX. Algunas máximas y reflexiones militares en olvido.</p> - -<p class="c">X. Conclusiones de un rebelde.</p> - -<p class="c">Un volumen en 8.º, <b>3,50</b> pesetas.</p> - -<p class="c">Willy</p> - -<p class="c">(<i>Henri-Gauthier-Villars</i>)</p> - -<p class="c"><i>Claudina en la escuela</i></p> - -<p class="c">(novela), un volumen en 8.º, <b>3,50</b> pesetas.</p> - -<p class="c"><i>Claudina en París</i></p> - -<p class="c">(novela), un volumen en 8.º, <b>3,50</b> pesetas.</p> - -<p class="c"><i>Claudina en su casa</i></p> - -<p class="c">(novela), un volumen en 8.º, <b>3,50</b> pesetas.</p> - -<p class="c"><i>Claudina desaparece</i></p> - -<p class="c">(novela), un volumen en 8.º, <b>3,50</b> pesetas.</p> - -<p> </p> - -<p class="cb">NOTA:</p> - -<p class="c"><a name="Footnote_A_1" id="Footnote_A_1"></a><a href="#FNanchor_A_1"><span class="label">[A]</span></a> El episodio que precede á <span class="smcap">Mala hierba</span> se titula <span class="smcap">La busca</span>.</p> - -<hr class="full" /> - - - - - - - -<pre> - - - - - -End of Project Gutenberg's La lucha por la vida; Mala hierba, by Pío Baroja - -*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA LUCHA POR LA VIDA; MALA HIERBA *** - -***** This file should be named 43033-h.htm or 43033-h.zip ***** -This and all associated files of various formats will be found in: - http://www.gutenberg.org/4/3/0/3/43033/ - -Produced by Chuck Greif and the Online Distributed -Proofreading Canada Team at http://www.pgdpcanada.net (This -book was produced from scanned images of public domain -material from the Google Book Search project.) - - -Updated editions will replace the previous one--the old editions -will be renamed. - -Creating the works from public domain print editions means that no -one owns a United States copyright in these works, so the Foundation -(and you!) can copy and distribute it in the United States without -permission and without paying copyright royalties. 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Redistribution is -subject to the trademark license, especially commercial -redistribution. - - - -*** START: FULL LICENSE *** - -THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE -PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK - -To protect the Project Gutenberg-tm mission of promoting the free -distribution of electronic works, by using or distributing this work -(or any other work associated in any way with the phrase "Project -Gutenberg"), you agree to comply with all the terms of the Full Project -Gutenberg-tm License (available with this file or online at -http://gutenberg.org/license). - - -Section 1. General Terms of Use and Redistributing Project Gutenberg-tm -electronic works - -1.A. By reading or using any part of this Project Gutenberg-tm -electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to -and accept all the terms of this license and intellectual property -(trademark/copyright) agreement. 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It exists -because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from -people in all walks of life. - -Volunteers and financial support to provide volunteers with the -assistance they need, are critical to reaching Project Gutenberg-tm's -goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will -remain freely available for generations to come. In 2001, the Project -Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure -and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations. -To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation -and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4 -and the Foundation web page at http://www.pglaf.org. - - -Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive -Foundation - -The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit -501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the -state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal -Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification -number is 64-6221541. Its 501(c)(3) letter is posted at -http://pglaf.org/fundraising. Contributions to the Project Gutenberg -Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent -permitted by U.S. federal laws and your state's laws. - -The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S. -Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered -throughout numerous locations. Its business office is located at -809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email -business@pglaf.org. Email contact links and up to date contact -information can be found at the Foundation's web site and official -page at http://pglaf.org - -For additional contact information: - Dr. Gregory B. Newby - Chief Executive and Director - gbnewby@pglaf.org - - -Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg -Literary Archive Foundation - -Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide -spread public support and donations to carry out its mission of -increasing the number of public domain and licensed works that can be -freely distributed in machine readable form accessible by the widest -array of equipment including outdated equipment. Many small donations -($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt -status with the IRS. - -The Foundation is committed to complying with the laws regulating -charities and charitable donations in all 50 states of the United -States. Compliance requirements are not uniform and it takes a -considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up -with these requirements. We do not solicit donations in locations -where we have not received written confirmation of compliance. To -SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any -particular state visit http://pglaf.org - -While we cannot and do not solicit contributions from states where we -have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition -against accepting unsolicited donations from donors in such states who -approach us with offers to donate. - -International donations are gratefully accepted, but we cannot make -any statements concerning tax treatment of donations received from -outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff. - -Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation -methods and addresses. Donations are accepted in a number of other -ways including checks, online payments and credit card donations. -To donate, please visit: http://pglaf.org/donate - - -Section 5. General Information About Project Gutenberg-tm electronic -works. - -Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm -concept of a library of electronic works that could be freely shared -with anyone. For thirty years, he produced and distributed Project -Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support. - - -Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed -editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S. -unless a copyright notice is included. Thus, we do not necessarily -keep eBooks in compliance with any particular paper edition. - - -Most people start at our Web site which has the main PG search facility: - - http://www.gutenberg.org - -This Web site includes information about Project Gutenberg-tm, -including how to make donations to the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to -subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks. - - -</pre> - -</body> -</html> diff --git a/old/43033-h/images/colophon.png b/old/43033-h/images/colophon.png Binary files differdeleted file mode 100644 index 2dc063a..0000000 --- a/old/43033-h/images/colophon.png +++ /dev/null diff --git a/old/43033-h/images/colophon2.png b/old/43033-h/images/colophon2.png Binary files differdeleted file mode 100644 index 5905c44..0000000 --- a/old/43033-h/images/colophon2.png +++ /dev/null diff --git a/old/43033-h/images/cover.jpg b/old/43033-h/images/cover.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index 6a2e036..0000000 --- a/old/43033-h/images/cover.jpg +++ /dev/null diff --git a/old/43033-h/images/mala_hierba.png b/old/43033-h/images/mala_hierba.png Binary files differdeleted file mode 100644 index 85e188e..0000000 --- a/old/43033-h/images/mala_hierba.png +++ /dev/null |
