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You may copy it, give it away or -re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included -with this eBook or online at www.gutenberg.org - - -Title: La alegría del capitán Ribot - -Author: Armando Palacio Valdés - -Release Date: May 17, 2013 [EBook #42727] -[Last updated: June 2, 2013] - -Language: Spanish - -Character set encoding: ISO-8859-1 - -*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA ALEGRÍA DEL CAPITÁN RIBOT *** - - - - -Produced by Chuck Greif and the Online Distributed -Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This file was -produced from images available at The Internet Archive) - - - - - - - -LA ALEGRIA - -DEL - -CAPITÁN RIBOT - - - - -OBRAS DE PALACIO VALDÉS - -4 PESETAS TOMO - -=El Señorito Octavio=, un tomo. - -=Marta y María=, un tomo. Traducida al francés, al inglés, al sueco, al -ruso y al tcheque. - -=El idilio de un enfermo=, un tomo. Traducida al francés y al tcheque. - -=Aguas fuertes= (novelas y cuadros, un tomo). Traducidas al francés, al -inglés, al alemán, al holandés, al sueco y tcheque. Edición española con -notas y vocabulario en inglés. - -=José=, un tomo. Traducida al francés, al inglés, al alemán, al holandés, -al sueco, al tcheque y al portugués. Edición española con notas en -inglés para el estudio del español en Inglaterra y E. U. A. - -=Riverita=, un tomo. Traducida al francés. - -=Maximina= (segunda parte de _Riverita_), un tomo. Traducida al inglés. - -=El cuarto Poder=, un tomo. Traducida al francés, al inglés y al holandés. - -=La Hermana San Sulpicio=, un tomo. Traducida al francés, al inglés, al -holandés, al ruso, al sueco y al italiano. - -=La Espuma=, un tomo. Traducida al inglés. - -=La Fe=, un tomo. Traducida al francés, al inglés y al alemán. - -=El Maestrante=, un tomo. Traducida al francés y al inglés. - -=El origen del pensamiento=, un tomo. Traducida al francés y al inglés. - -=Los majos de Cádiz=, un tomo. Traducida al holandés. - -=La alegría del Capitán Ribot=, un tomo. Traducida al francés, al inglés, -al sueco y al holandés. Edición española con notas y vocabulario en -inglés. - -=Tristán o el pesimismo=, un tomo. Traducida al inglés. - -=Semblanzas literarias= (_Los oradores del Ateneo_, _Los novelistas -españoles_, _Nuevo viaje al Parnaso_), un tomo. - -=Papeles del Doctor Angélico=, un tomo. Traducidos al alemán. - -=Años de juventud del Doctor Angélico=, un tomo. - - - - -OBRAS COMPLETAS - -DE - -D. ARMANDO PALACIO VALDÉS - -TOMO XII - -LA ALEGRÍA - -DEL - -CAPITÁN RIBOT - -[Illustration: colophon] - -MADRID - -Librería general de Victoriano Suárez - -PRECIADOS, NÚMERO 48 - -1920 - -Es propiedad del autor. -Queda hecho el depósito -que marca la ley. - -Imp. «Fantoches», Cardenal Cisneros, 47. Teléf. J. 923 - -[imagen: una barra decorativa] - - - - -I - - -En Málaga no los guisan mal; en Vigo, todavia mejor; en Bilbao los he -comido en más de una ocasión primorosamente aliñados. Pero nada tienen -que ver estos ni otros que me han servido en los diferentes puntos donde -suelo hacer escala con los que guisa una señora Ramona en cierta tienda -de vinos y comidas llamada _El Cometa_, situada en el muelle de Gijón. -Por eso cuando esta inteligentísima mujer averigua que el _Urano_ ha -entrado en el puerto, ya está preparando sus cacerolas para recibirme. -Suelo ir solo por la noche, como un ser egoísta y voluptuoso que soy; me -ponen la mesa en un rincón de la trastienda, y allí, a mis anchas, gozo -placeres inefables y he pillado más de una indigestión. - -Arribé el 9 de febrero, a las once de la mañana, y, como siempre, comí -poco, preparándome con saludable abstinencia para la solemnidad de la -noche. Dios no lo quiso. Poco antes de sonar la hora, un bárbaro -marinero, al trasladar un farol, lo rompió, cayó la mecha encendida -sobre una pipa de petróleo, se prendió fuego, acudimos a atajarlo, y con -no poco trabajo, arrojando al agua esa y otras pipas, lo conseguimos. Se -quemó la caseta del piloto, mucha jarcia y una parte de la obra muerta. -En fin, la avería nos tuvo afanosos y en pie casi toda la noche. Y este -fué el motivo de que no fuese a comer el plato de callos de la señora -Ramona, como tuve a bien comunicárselo por medio del grumete, -advirtiéndole al mismo tiempo que me aguardara sin falta aquella misma -noche. - -Eran las diez, poco más o menos. Contento y sigiloso bajé la escala del -_Urano_, salté en el bote, y en cuatro paladas el marinero me hizo -atracar al muelle, que estaba solitario y obscuro. Apenas se distinguían -los cascos de los barcos y en ellos reinaba absoluto silencio. Sólo la -silueta de los carabineros de ronda o la de algún paseante melancólico -se destacaba borrosamente de las tinieblas. Pero aquella obscuridad, que -los escasos faroles no bastaba a disipar, se alegraba de pronto por la -ola de luz que salía de las dos puertas de _El Cometa_. Con el ansia de -una mariposa me dirigí a ellas. En la tienda sólo había tres o cuatro -parroquianos; los demás habían ido saliendo, unos espontáneamente, otros -por las intimaciones cada vez más perentorias de la señora Ramona, que -cerraba indefectiblemente a las diez y media. - -Mi aparición fué saludada con una carcajada de esta mujer. Ignoro qué -raro y misterioso cosquilleo producía en sus nervios mi presencia; pero -puedo jurar que jamás me vió después de una ausencia más o menos larga -sin que su abdomen dejase de experimentar violentas sacudidas de risa, -que originaban ineludiblemente algunos golpes de tos, inflamaban sus -mejillas y las transportaban del rojo grana al violeta. De todos modos, -yo agradecía profundamente aquella carcajada y también los accesos de -tos, considerándolos como prenda de inalterable amistad y de que podía -contar en vida y en muerte con sus conocimientos culinarios. Era mi -deber en tales ocasiones doblar el espinazo, sacudir la cabeza y reir -estrepitosamente, hasta que la señá Ramona se sosegase. Y lo cumplí -religiosamente. - ---¡Ay, qué bien me salieron ayer, D. Julián! - ---Y hoy ¿por qué no? - ---Porque ayer era ayer y hoy es hoy. - -Ante esa razón invencible me puse serio y dejé escapar un suspiro. La -señá Ramona cayó de nuevo en un espasmo de risa, seguido del -correspondiente ataque de tos asmática. Una vez que logró salir de él, -terminó de lavar el vaso que tenía entre las manos y dijo a los tres o -cuatro marineros que charlaban en un rincón: - ---¡Ea! despejar, que voy a echar la llave. - -Uno de ellos se atrevió a responder: - ---Aguárdese un momento, señá Ramona. Saldremos cuando ese señor. - -La tabernera frunció el entrecejo y profirió con acento solemne: - ---Este señor viene a comer un guisado de callos y ya tiene la mesa -preparada. - -Entonces los parroquianos, sintiendo el peso de esta indicación y -comprendiendo la gravedad de las circunstancias, no vacilaron en ponerse -en pie, me contemplaron un instante con mezcla de respeto y admiración y -se retiraron dando las buenas noches. - ---Pues sí, don Julián, sí--exclamó la señá Ramona, cuyo rostro se dilató -nuevamente--; los de ayer levantaban la lengua en vilo. - -Mi fisonomía debió de expresar la más profunda desesperación. - ---Y los de hoy, ¿no levantarán nada?--pregunté con acento afligido. - ---Hoy... hoy... Usted lo verá. - -Y alzó su mano carnosa de cierto modo propio para dejarme sumido en un -piélago de dudas. - -Mientras daba los últimos toques a su obra, preparé adecuadamente el -estómago con ajenjo, meditando al mismo tiempo acerca de las últimas -graves palabras que acababa de oir. - -¿Estarían o no tan sazonados, picantes y aromáticos como mi imaginación -me los representaba? - -Pero cuando me senté a la mesa, cuando los vi delante y sentí en la -nariz su tibio aroma penetrante, un rayo de luz inundó mi cerebro -disipando el negro fantasma de la duda. Palpitó mi corazón con -inexplicable dulzura y comprendí que los dioses me tenían aún reservados -algunos instantes de dicha en este mundo. - -La señá Ramona adivinó la emoción que embargaba mi alma y sonrió con -maternal benevolencia. - ---¿Qué es eso, señá Ramona?--exclamé quedando inmóvil con el tenedor en -el aire--, ¿Ha oído usted? - ---Sí, señor; un grito. - ---Han dicho ¡socorro! - ---En el muelle. - ---¡Otro grito! - -Solté el tenedor y me lancé a la puerta, seguido de la tabernera. Cuando -abrí sonaron en mis oídos lamentos desgarradores. - ---¡Mi madre!... ¡Socorro!... ¡Por Dios!... ¡Se ahoga! - -Bajé en dos saltos la rampa que me separaba del muelle y percibí la -figura de una mujer que, agitando los brazos convulsivamente, exhalaba -aquellos gritos lastimeros. - -Comprendí lo que pasaba, y corriendo a ella pregunté: - ---¿Quién ha caído? - ---¡Mi madre!... ¡Sálvela usted!... ¡Sálvela usted! - ---¿Dónde? - ---Aquí. - -Y me enseñó el estrecho espacio que quedaba entre un patache y el -muelle. - -Aunque estrecho, para saltar al barco era demasiado ancho. Tuve ánimo, -no obstante, y me lancé, no a la cubierta, sino al aparejo, logrando -quedar asido de un cable. Me dejé caer después a la cubierta, y tomando -el primer cabo con que tropecé lo amarré apresuradamente a la obra -muerta y me deslicé por él hasta el agua. Felizmente la mujer aún no se -había sumergido, gracias a la ropa. Me acerqué a ella y le eché mano a -lo primero que hallé, que fué la cabeza, y se la arranqué. Esto es, me -quedé con una peluca en la mano. Volví a agarrarla, y esta vez lo hice -por un brazo. Tiré de ella hasta acercarla al casco del barco. Sólo -entonces se me ocurrió que era imposible salvarla sin auxilio de otra -persona. ¿Cómo subir a pulso por un cable teniendo ocupada una mano? Por -fortuna, a los gritos que la hija había dado y a los que yo di también -despertó la tripulación del patache, compuesta de cuatro marineros, y -nos izaron fácilmente. Tendieron luego unas tablas y pudimos -transportarla al muelle, y de allí a la botica más próxima, donde, al -fin, recobró el conocimiento. - -Mientras el farmacéutico la atendía, su hija, pálida y silenciosa, se -inclinaba sobre ella con el rostro bañado en lágrimas. Era una joven de -buena estatura, delgada, blanca, el cabello negro y ondeado; el conjunto -de su persona, si no de suprema belleza, atractivo e interesante. Vestía -con elegancia, y su madre lo mismo, por lo que vine a entender que se -trataba de dos personas distinguidas de la población. Pero un curioso de -los que habían acudido a la botica me dijo al oído que eran dos señoras -forasteras, y que sólo hacía algunos días que se hallaban en Gijón. - -Cuando me hube cerciorado de que no estaba muerta ni herida de -consideración, sintiendo que el frío del baño me penetraba y me hacía -temblar, di las buenas noches para retirarme. - -La joven alzó la cabeza, se dirigió a mí vivamente y, apretándome las -manos con fuerza y clavando en los míos sus ojos húmedos, balbució con -emoción: - ---¡Gracias, gracias, caballero! ¡Nunca olvidaré!... - -Le di a entender que aquel servicio nada valía, que cualquiera hubiera -hecho otro tanto, porque en realidad así lo pensaba. El único sacrificio -real que había hecho era el del guisado de callos; pero esto no lo dije, -como es natural. - -Cuando llegué al vapor y bajé a mi camarote me sentí tan mal que -barrunté un catarro fuerte, si no una pulmonía. Pero me di prontamente -una fricción enérgica con aguardiente de caña y me arropé tan bien en la -cama, que al día siguiente desperté como si tal cosa, sano y ágil y de -un humor excelente. - -[imagen: una barra decorativa] - - - - -II - - -Luego que me vestí, y después de cumplir con los ordinarios quehaceres -de mi cargo y vigilar el trabajo de los carpinteros que reparaban -nuestras averías, me acordé de la señora que había estado a punto de -ahogarse aquella noche. Valga la verdad; de quien me acordé fué de su -hija. Aquellos ojos eran de los que no pueden ni deben olvidarse. Y con -la vaga esperanza de tornar a verlos salté a tierra y encaminé mis pasos -a la botica. - -El farmacéutico me informó de que alojaban en la fonda de la _Iberia_. -Fuí a preguntar por su salud. - ---¿Es necesario que les pase recado?--me preguntó la camarera. - -Bien lo hubiera deseado, pero no me atreví. Le manifesté que no había -necesidad, si podía informarme de cómo habían pasado la noche, a lo cual -me respondió que D.ª Amparo (la vieja) había descansado regularmente, y -que el médico, que acababa de salir, no la había encontrado tan mal como -pensaba. D.ª Cristina (la joven) estaba perfectamente. Dejé mi tarjeta y -bajé las escaleras un poco mustio. Pero cuando iba ya a pisar la calle -la camarera me llamó y, haciéndome subir de nuevo, me hizo presente que -las señoras deseaban verme. - -Doña Cristina salió al pasillo a mi encuentro. Vestía un elegante traje -de mañana, color violeta, y sus negros cabellos estaban a medias -aprisionados por un gorro blanco de batista, con cintas violeta también. -Brillaron sus ojos con alegría y me tendió su mano de un modo cordial. - ---Buenos días, capitán. ¿Por qué evita usted que le demos las gracias? -Justamente acababa de escribirle una carta en que le expresaba si no -toda la gratitud que le debemos, al menos una parte. Ayer estaba tan -aturdida que no acerté a hacerlo. Pero más vale que usted haya venido... -y eso que la cartita no estaba del todo mal--añadió sonriendo--. Aunque -ustedes no lo piensen, las mujeres solemos ser más elocuentes por -escrito que de palabra. - -Me hizo pasar a una salita donde había una alcoba cuyas puertas -vidrieras estaban cerradas. - ---Mamá--dijo en voz alta--, aquí tienes a tu salvador, el capitán del -_Urano_. - -Oí un murmullo lamentable, algo como sollozos y suspiros reprimidos, y -entre ellos algunas palabras que no pude comprender. Interrogué con la -vista a su hija. - ---Dice que siente mucho haberle expuesto a perder la vida. - -Respondí en voz alta que no había corrido peligro alguno; pero aunque -así fuera, no había hecho más que cumplir con mi deber. - -De nuevo salieron de la alcoba algunos ruidos confusos. - ---Me manda que le dé a usted una cucharada de azahar. - ---¡Cómo!... ¿Para qué?--exclamé sorprendido. - ---Es que supone que aún estará usted asustado--manifestó riendo D.ª -Cristina--. Mamá lo usa mucho y nos lo hace usar a todos. Diga usted que -lo va a tomar y quedará extraordinariamente satisfecha. - -Sin salir de mi sorpresa hice lo que doña Cristina me ordenó y pude oir -inmediatamente un murmullo aprobador. - -Acabo de dársela, mamá--dijo aquélla, haciéndome un guiño malicioso--. -Puedes estar tranquila. - ---Muchas gracias, señora. Creo que me probará bien, porque me sentía un -poco nervioso--grité yo. - -Doña Cristina me apretó la mano pugnando por no reir y me dijo en voz -baja: - ---¡Bravo! Me parece que va usted a salir maestro consumado. - -Vuelta a los ruidos extraños, ininteligibles. - ---Pregunta si ha telegrafiado usted a su señora, y le aconseja que no lo -haga para evitarle un disgusto. - ---No tengo señora. Estoy soltero. - ---Entonces a su mamá--tuvo la bondad de interpretar D.ª Cristina. - ---Tampoco la tengo, ni padre, ni hermanos. Estoy solo en el mundo. - -Doña Amparo, por lo que pude entender, se mostró sorprendida y -disgustada de esta soledad y me invitaba para que, sin pérdida de -tiempo, tomase estado. También debió añadir que un hombre como yo estaba -destinado a hacer feliz a cualquier mujer. Ignoro qué cualidades de -marido pudo observar en mí aquella señora, como no fuese las de saltar y -deslizarme bien por los cables. De todos modos, respondí que no deseaba -otra cosa; pero que no se me había presentado ocasión hasta entonces. Mi -vida de marino, hoy en un sitio, mañana en otro; la timidez de que -adolecemos los que no frecuentamos la sociedad, y acaso también el no -haber hallado aún una mujer que de veras me interesase, habían impedido -realizarlo. - -Al tiempo de decir esto fijaba mis ojos en los de D.ª Cristina, que me -sonreían. - -Un pensamiento dulce y solapado se deslizó entonces en mi cerebro. - ---Dejemos ese tema, mamá. Cada cual hace lo que más le conviene; y si el -capitán no se ha casado debe de ser, por cierto, que no le ha apetecido. - ---En efecto--dije yo riendo y mirandola con fijeza petulante--; no me ha -apetecido hasta ahora...; pero no respondo de que me apetezca el día -menos pensado. - ---Entonces celebraremos que sea para bien, que tenga usted una esposa -muy guapa y media docena de niños gordos y vivarachos y traviesos. - ---¡Amén!--exclamé. - -La franqueza y la gracia de aquella joven me sedujeron instantáneamente. -Me sentía tan complacido y libre a su lado como si hiciera algunos años -que la tratase. Me invitó a sentarme en el sofá, y lo hizo también para -dejar que su madre descansase, pues no le convenía hablar, según la -opinión del médico. - -Pedíle informes más exactos acerca de su salud y me dijo que había -sufrido una rozadura y contusión en la espalda, a las cuales el médico -no dió importancia. También se había logrado evitar los efectos nocivos -del enfriamiento. Lo único verdaderamente temible era el susto. Su mamá -era muy nerviosa; padecía del corazón, y nadie podía prever el resultado -de aquella terrible emoción. Hice lo posible por desvanecer sus temores, -y, empeñada la conversación, le pregunté si eran asturianas, a sabiendas -de que no, tanto por los informes del boticario como porque no lo -revelaba su acento. - ---No, señor; somos valencianas. - ---¿Cómo? ¡Valencianas!--exclamé--. ¡Pues si somos casi paisanos! Yo he -nacido en Alicante. - -Y acto continuo nos pusimos a hablar en valenciano, con placer indecible -por mi parte, y juzgo que también por la suya. Me enteró de que sólo -hacía nueve días que se hallaban en Gijón, adonde habían venido para -visitar a una monja hermana de su mamá. Hacía bastantes años que -formaran ese proyecto, y nunca lo habían realizado por lo largo y -molesto del viaje. Al fin lo habían decidido, y no en buen hora, pues -faltó poco para dejar allí la vida. El país les había gustado, aunque -les parecía bastante triste al lado del suyo. - ---¡Oh, Valencia!--exclamé entonces con fuego--. Yo, que visité las más -apartadas regiones de la tierra y puse el pie en tantas playas -diversas, nada hallé jamás comparable a ella. Allí el sol no se levanta -sangriento como en el Norte, ni hiere y aniquila como en Andalucía: su -luz se cierne suave por un ambiente embalsamado y tranquilo. El mar no -aterra como aquí, y es más azul, y su espuma más blanca y más ligera. -Allí los pájaros cantan con gorjeos más dulces y variados; allí la brisa -acaricia por la noche como por el día; allí las frutas azucaradas, que -en otras partes sólo se sazonan con el calor del verano, las gustamos -todo el año; allí no sólo huelen las flores y las yerbas, sino la tierra -misma exhala un aroma delicado. Allí la vida no es tristeza ni fatiga. -Todo es suave, todo sereno y armónico. Y esta tranquilidad de la -Naturaleza parece reflejarse en la mirada profunda de sus mujeres. - -La de D.ª Cristina, que era la más suave y profunda que jamás había -visto, brilló con cierta alegría maliciosa. - ---¡Quién diría al oirle que es usted un lobo marino! Habla usted como un -poeta... y casi, casi estoy tentada a pensar que ha publicado usted -versos en los periódicos. - ---¡Oh, no!--exclamé riendo--. Soy un poeta inofensivo. Ni escribo versos -ni prosa; pero dispénseme usted que le diga que los ojos de usted me han -traído a la memoria una porción de cosas hermosas, todas valencianas... -y se me subió la poesía a la cabeza. - -Doña Cristina pareció quedar un momento suspensa; me miró con más -curiosidad que agradecimiento, y cambiando de conversación me preguntó, -con amabilidad: - ---¿Y el vapor que usted manda hace la carrera de América? - ---Sólo una que otra vez. Ordinariamente vamos desde Barcelona a -Hamburgo. - ---¿De modo que está usted aquí de escala por muchos días? - ---Los que necesite para arreglar ciertas averías que un pequeño incendio -nos ha causado anteayer. - -A mi vez quise enterarme del tiempo que ellas pensaban permanecer en -Gijón. - ---Pues teníamos pensado irnos pasado mañana y detenernos algunos días en -Madrid, donde debía de esperarnos mi marido; pero ahora es fuerza -dilatar el viaje a causa de lo ocurrido. De todos modos, en cuanto se -haya tranquilizado por completo y el médico lo permita, nos pondremos en -camino. - -Debo confesarlo, aunque parezca ridículo: aquel "mi marido" causó en mí -una sensación extraña de frío y abatimiento que apenas logré disimular. -¿Cómo, diablos, no se me había ocurrido que aquella joven podía ser -casada? Lo ignoro todavía. Y dado caso que así fuera, ¿por qué tal -noticia me había producido tan áspera impresión tratándose de una -persona que acababa de conocer? Tampoco lo sé. Estoy tentado a pensar -que es cierto lo que sucede en las comedias antiguas cuando el galán se -inflama repentinamente de amor a la vista de la dama. Si yo no estaba -inflamado, por lo menos ya tenía el fuego a bordo. - -La razón se sobrepuso, no obstante, en seguida. Comprendí lo absurdo y -ridículo de mi sensación, y tranquilizándome le pregunté con naturalidad -y afectuoso interés por su esposo. Me dijo que se llamaba Emilio Martí y -era uno de los socios de la casa armadora _Castell y Martí_, cuyos -vapores hacían la carrera de Liverpool. Además tenía otros negocios, -porque era hombre activo y emprendedor. Sólo hacía dos años que estaban -casados. - ---¿Y no tienen ustedes familia? - ---Hasta ahora no--respondió, levemente ruborizada. - -Me enteró además de que ambos eran naturales de Valencia y allí -habitaban; por el invierno, en la misma ciudad, calle del Mar; durante -el verano, en una casa de placer que tenían en el Cabañal. - -Yo conocía algunos de los vapores de la casa _Castell y Martí_. Le hice -presente mi satisfacción en ponerme a las órdenes de la señora de uno de -los armadores. - -Hablamos poco más tiempo. Estaba triste y sentía deseos de irme. -Efectuélo al cabo, no sin mantener otro diálogo con D.ª Amparo, a -puertas cerradas y con intérprete. Pronto se disipó aquella infundada y -hasta irracional tristeza al salir a la calle y hablar con los conocidos -y emplearme en los asuntos de mi cargo. Pero en todo el día no dejó de -ofrecérseme a la imaginación repetidas veces la figura de D.ª Cristina. -Adoro las mujeres delgadas y blancas, con grandes ojos negros. Mis -amigos solían decirme en otro tiempo que para gustarme a mí una mujer -era necesario que estuviese en cuarto grado de tisis. Acaso tuviesen -razón. La única novia que tuve era una tísica confirmada, y se murió -consentido ya y preparado nuestro matrimonio. - -Al día siguiente me creí en el deber de ir, como el anterior, al hotel y -preguntar por la salud de las señoras forasteras. D.ª Cristina me hizo -pasar nuevamente y me recibió con mayor cordialidad aún, llevándose el -dedo a los labios e invitándome a hablar en falsete como ella hacía. Su -mamá estaba durmiendo. Nos sentamos en el sofá y charlamos bajito y -alegremente. D.ª Amparo estaba bien, no tenía más que mimos. - ---Además (se lo digo a usted en reserva), mientras no concluyan de -hacerle la peluca, no hay que esperar verla fuera de la alcoba. - ---¡Ah, la peluca! Sí, me acuerdo que... - ---Sí, acuérdese usted de que se la arrancó, mala persona--exclamó -riendo. - ---Señora, yo no podía calcular... ¡Vaya un susto! Pensé que le había -arrancado la cabeza de cuajo. - -Reímos bastante, esforzándonos por no hacer ruido. Al cabo de un rato me -dijo con naturalidad, que agradecí mucho: - ---Tengo mucho apetito, capitán, y voy a almorzar. ¿Quiere usted -acompañarme? - -Le di las gracias y me excusé; pero como no pude afirmarle que había -almorzado, dió por resuelto en un instante que almorzaría con ella, y -salió a dar las órdenes oportunas. Yo me sentí alegrísimo, y si digo -entusiasmado no diré mentira. Mientras la camarera nos ponía la mesa en -el mismo gabinete, no dejamos de charlar, creciendo más y más nuestra -confianza. Durante el almuerzo usó conmigo una franqueza tan atenta y -servicial que concluyó de seducirme. Por sus propias manos me partía el -pan y la carne y me escanciaba el vino y el agua. Cuando me hacía falta -cubierto o plato, sin aguardar a la doméstica, ella misma se levantaba -con llaneza provinciana y lo tomaba de la mesita donde se hallaban. - -Yo le contaba burlando la grave ocupación en que me había sorprendido -con sus gritos la noche del percance. Reía ella de todo corazón, y me -prometía resarcirme cuando fuese a Valencia, guisándome una paella con -todas las reglas del arte. - ---No es que tenga la loca presunción de hacerle olvidar los callos de la -señora Ramona. Me satisfago con que usted se coma un par de platos. - ---¿Cómo un par? Veo con tristeza que me tiene usted por un ser material -y grosero. Espero demostrarle con el tiempo que, fuera de esas horas de -callos y caracoles, soy hombre espiritual, poético y hasta un si es no -es lánguido. - -Se burlaba ella, colmándome el plato de un modo escandaloso e -invitándome a que no disimulase mi verdadera condición y comiese lo -mismo que si ella no estuviera presente. - ---No piense usted en que soy una dama. Figúrese que está almorzando con -un compañero..., con el piloto, por ejemplo. - ---No tengo bastante imaginación para eso. El piloto es bizco y le faltan -dos dientes. - -Aquella charla íntima y alegre me embriagaba más que el _burdeos_ que -sin cesar me escanciaba. Y sus ojos me embriagaban más que el vino y la -charla. Aunque hablábamos en falsete y reíamos a la sordina, alguna vez -se me escapaba una nota discrepante. Doña Cristina se llevaba el dedo a -los labios. - ---Silencio, capitán, o le pongo de patitas en el corredor y se queda -usted a medio almorzar. - -Me invitó a darle algunos pormenores de mi vida. Satisfice su -curiosidad, narrándole mi historia, bien sencilla. Discurrimos acerca de -los placeres del marino, que ella encontraba superiores a los de los -demás hombres. - ---Yo adoro el mar...; pero el mar de mi país sobre todo. Este me da -miedo y tristeza. ¡Si viera usted cuántos ratos paso a la ventana de -nuestra alquería del Cabañal contemplándole! - ---Pues yo, en Valencia, prefiero al mar las mujeres--manifesté, -demasiado alegre ya. - ---Lo creo--respondió ella riendo--. ¡Oh! las hay muy hermosas. Tengo una -primita llamada Isabel que es un verdadero dechado. ¡Qué ojos los de -aquella niña! - ---¿Serán más hermosos que los suyos?--pregunté osadamente. - ---¡Oh! los míos no valen nada--contestó ruborizándose. - ---¿Que no valen nada?--exclamé con arrebato--. ¡Pues si no los hay tan -preciosos en toda la costa de Levante, con haberlos allí tan lindos!... -¡Si parecen dos luceros del cielo!... ¡Si son un sueño feliz del cual -jamás quisiera uno despertar! - -Se puso repentinamente seria. Guardó silencio unos instantes sin -levantar la vista del mantel. Al cabo, dijo afectando indiferencia, no -exenta de severidad: - ---Habrá usted comido medianamente, ¿verdad? A bordo se suele comer mejor -que en los hoteles. - -Guardé a mi vez silencio, y sin responder a su pregunta dije después de -un momento: - ---Perdóneme usted. Los marinos nos expresamos con demasiada franqueza. -No conocemos las etiquetas, pero debe salvarnos la intención. La mía no -ha sido decir algo impertinente... - -Se dulcificó en seguida, y proseguimos nuestra plática con la misma -cordialidad mientras dábamos fin al almuerzo. - -[imagen: una barra decorativa] - - - - -III - - -Me fuí al barco en peor estado que el día anterior. Aquella señora me -estaba preocupando más de lo necesario para mi reposo y buen humor. -Volví por la tarde y volví al día siguiente. Su figura interesante, sus -ojos tan negros, tan inocentes y picarescos a un tiempo mismo, iban -penetrando a paso de carga en mi alma. Y como sucede siempre en casos -tales, empezaron agradándome sus ojos, y no tardó en encantarme su voz; -luego sus manos finas de alabastro; poco después el vello suave que -adornaba sus sienes; inmediatamente tres pequeños lunares que tenía en -la mejilla izquierda. Hasta que, por fin, de una en otra llegó a hacerme -feliz cierta manera defectuosa que tenía de pronunciar las _erres_. - -Estos y otros descubrimientos de análoga importancia no podían llevarse -a efecto, claro está, sin la atención debida, lo cual, en vez de -lisonjear, molestaba visiblemente a la dama. Me recibía siempre con -alegría, pero no con igual franqueza. Pude observar, no sin dolor, que, -a pesar de la jovialidad y animación de su charla, se descubría en el -fondo un dejo de inquietud o recelo, cual si temiera siempre que yo le -dirigiera algún piropo como el de marras. Comprendiéndolo así, no tenía, -sin embargo, fuerza de voluntad bastante para dejar de mirarla más de lo -justo. - -Vino al fin la peluca en secreto al hotel; la probó D.ª Amparo con el -mayor sigilo; hallóla imperfecta; volvió a manos del artífice; se le -dieron algunos toques sin que el público ni las autoridades se -enterasen; y después de varios ensayos igualmente reservados surgió la -buena señora, fresca y juvenil, como si jamás mis manos pecadoras -hubiesen atentado a sus gracias. Porque a pesar de todo, esto es, a -pesar de la peluca, de los años y la obesidad, D.ª Amparo no las había -perdido por completo. - -Me invitaron a dar un paseo con ellas en coche por los alrededores de la -villa. Cualquiera puede imaginarse el gusto con que acepté. Cuando ya -estuvimos en el campo nos apeamos y gozamos una hora de aquella risueña -y espléndida naturaleza. Yo me encontraba alegre y esta alegría me -empujaba a mostrarme con D.ª Cristina sobrado obsequioso y almibarado. -Sentía comezón de decirle todo lo hermosa y lo interesante que me iba -pareciendo. Pero ella, como si adivinase estas disposiciones aviesas de -mi lengua, las refrenaba con tacto y firmeza, atajándome con cualquier -pregunta indiferente cuando me advertía cercano a soltarle un piropo, o -dejándome con su mamá para echar a correr delante, o esforzándose en -hacer hablar a ésta. No me desanimé por ello. Fuí tan tonto o tan -indiscreto que, a pesar de estas claras señales, todavía persistí en -buscar rodeos habilidosos para dirigirle algunos golpes de incensario. -Declaro, no obstante, que no pensaba que la estaba galanteando. Creía de -buena fe que aquellos obsequios y lisonjas eran legítimos; porque los -españoles desde la más remota antigüedad nos hemos arrogado el derecho -de decir a todas las mujeres guapas que lo son, sin otras consecuencias. -Mas ella debía de abrigar sus dudas acerca de esto. Que estas dudas no -se hallaban desprovistas de fundamento lo veo ahora bien claro; ahora -que el velo de mis sentimientos se ha descorrido por completo y leo en -mi alma como en un libro abierto. - -Sucedió que aquella misma tarde, de regreso ya para la villa y mirando -las muchas y hermosas casas de campo que por allí se parecen, acertó a -decir D.ª Cristina: - ---Nuestra alquería del Cabañal es muy linda, pero nada suntuosa. Mi -marido no está contento; tiene ganas de algo mejor. - -Impremeditadamente repuse: - ---¿Tiene ganas de algo mejor? Pues yo, si fuera su marido, ya no tendría -ganas de nada. - -Quedó suspensa la señora, volvió su rostro hacia la ventanilla del coche -para mirar el camino y murmuró en tonillo irónico: - ---Pues señor, bien; tengamos paciencia. - -Pienso que no solamente las mejillas, la frente y las orejas se me -pusieron coloradas, sino hasta el blanco de los ojos. Durante algunos -minutos sentí en el rostro la impresión de dos ladrillos calientes. No -supe qué decir, y queriendo escapar a la vergüenza me volví hacia la -otra portezuela y quedé en contemplación extática del paisaje. D.ª -Amparo, que en nada había reparado, dijo contestando a la última -observación de su hija: - ---Emilio es un hombre muy bueno, muy trabajador, aunque algo fantástico. - ---¿Por qué fantástico?--exclamó Cristina volviéndose como si la hubieran -pinchado--. ¿Porque apetece lo mejor, lo más hermoso y aspira con su -esfuerzo a conseguirlo? Eso le acredita más bien de tener gusto y -voluntad. Pues si en el mundo no existiesen hombres que ansían la -perfección, que ven siempre un «más allá» y que ponen los medios para -acercarse a él, ni estas hermosas casas de recreo ni otras mejores ni -ninguna de las comodidades que hoy disfrutamos existirían tampoco. Los -holgazanes, los gandules o los pobres de espíritu se burlan de sus -pensamientos mientras no los ven realizados; pero cuando llega la hora -de verlos y tocarlos, se cierran en su casa y no vienen a felicitarle -porque no quieren confesar su necedad. Además, tú sabes bien que Emilio, -aunque fantástico, jamás ha tenido la fantasía de pensar en sí mismo; -que todos su esfuerzos se dirigen a proporcionar alegría y bienestar a -su familia, a sus amigos, a sus vecinos, y que toda su vida hasta ahora -ha sido un constante sacrificio por los demás. - -Doña Amparo, ante aquel discurso vehemente, se sintió sobrecogida de un -modo extraño. Quedé estupefacto viéndola tartamudear, hacer pucheros, -ponerse encendida y dejarse caer hacia atrás como acometida de un -síncope. - ---¡Yo!... ¿Puedes creer?... ¡Mi hijo! - -Pronunciadas estas incoherentes palabras, perdió la noción del mundo -externo. Para infundírsela nuevamente fué necesario que su hija le -frotase las sienes con agua de Colonia y le aplicase a la nariz el -frasco de las sales volátiles. Cuando al cabo abrió los ojos brotó de -ellos un raudal de lágrimas, que se derramaron por sus mejillas y -cayeron como copiosa lluvia sobre su regazo, y algo también tocó a mi -gabán. Doña Cristina, en presencia de este síntoma, abrió de nuevo el -saquito de piel que llevaba a prevención y donde pude ver alojados -bastantes frascos; sacó uno de ellos, luego un terrón de azúcar, vertió -sobre él algunas gotas del líquido y se lo metió en la boca a su mamá, -quien fué recuperando poco a poco la sensibilidad y supo al fin dónde se -hallaba y entre qué gente. - -Por mi parte, causa indirecta de aquella desdicha, comprendí que nada -era más adecuado que arrojarme por la ventanilla, aunque me estrellase -la cabeza; pero imaginando esto demasiado triste, hallé un modo decoroso -de evitarlo chupando el puño del bastón y poniendo los ojos en blanco. -Doña Cristina no quiso reparar en estas señales trágicas; pero de tal -modo penetraron en el corazón de su mamá, que me apretó las manos -convulsivamente, murmurando con extravío: - ---¡Ribot!... ¡Ribot!... ¡Ribot! - -Temí que entrase de nuevo en el mundo de lo inconsciente y me apresuré a -tomar el frasco de sales y metérselo por la nariz. - -El resto del camino se pasó, a Dios gracias sin nuevo quebranto, y yo -hice esfuerzos desesperados por que se olvidara mi tontería y se -perdonase, hablando con formalidad de asuntos diversos, principalmente -de aquellos que eran más del agrado de D.ª Cristina. Al cabo logré ver -su frente desarrugada y sus ojos expresando la franca alegría de -siempre. Y todavía, arrastrada de su humor, llegó a embromar con gracia -a su mamá. - ---¿Sabe usted, Ribot? Mamá no se desmaya sino cuando está en familia o -entre personas de confianza. La mejor prueba de la simpatía que usted le -inspira ha sido lo que acaba de hacer. - ---¡Cristina! ¡Cristina!--exclamó D.ª Amparo entre risueña y enfadada. - ---Has de ser franca, mamá... Si Ribot no te inspirase confianza, ¿te -hubieras atrevido a desmayarte en su presencia? - -Doña Amparo concluyó por reirse, pellizcando a su hija. Cuando nos -despedimos a la puerta del hotel me invitaron para almorzar al día -siguiente con ellas, habiendo determinado partir al otro para Madrid. - -No podía dudarlo ya: si no estaba enamorado, marchaba hacia allá -empopado y a todo paño. ¿Por qué había logrado impresionarme tan -profundamente aquella mujer en tan corto tiempo? No pienso que fuera por -su figura solamente, aunque coincidiese con el tipo ideal de belleza -que había adorado siempre. Si me enamorase de todas las mujeres blancas -y delgadas, con grandes ojos negros, que tropecé en mi vida, no hubiera -tenido tiempo a hacer otra cosa. Pero había en ésta un atractivo -especial, al menos para mí, que consistía en una mezcla singular de -alegría y gravedad, de dulzura y rudeza, de osadía y timidez que -alternativamente se reflejaban en su semblante expresivo. - -A la hora señalada me presenté al día siguiente en el hotel. D.ª -Cristina estaba de humor alegrísimo y me hizo saber que almorzaríamos -solos, porque su mamá no había dormido bien aquella noche y estaba -descansando. Esto me llenó de egoísta satisfacción, y más observando el -genio expansivo y jovial que mostraba. Antes del almuerzo me sirvió un -aperitivo, burlándose graciosamente de mí. - ---Como le veo siempre tan desganado, tan desmayadito, he mandado subir -un amargo, a ver si logramos entonar un poco ese estómago. - -Yo seguía la broma. - ---Estoy desesperado. Es ridículo tener tan abierto el apetito, lo -comprendo; pero soy hombre de honor y lo confieso. Una vez que quise -ocultarlo me salió mal el cálculo. Iba conmigo a bordo cierta dama muy -linda y espiritual, a la cual pretendí hacer un poco la corte. No hallé -medio mejor de inspirarle algún interés que mostrar falta absoluta de -apetito, acompañada, como es consiguiente, de languidez y de poética -melancolía. A la mesa rechazaba la mayor parte de los manjares. Mi -alimentación consistía en tapioca, crema a la vainilla, alguna fruta y -mucho café. Entre hora me quejaba de grandes debilidades y me hacía -servir copitas de jerez con bizcochos. Claro está que me quedaba con un -hambre terrible; pero la mataba a solas lindamente. La dama estaba -entusiasmada; me profesaba ya una estimación profunda y sincera y -despreciaba por groseros a todos los que en la mesa se servían alimentos -más nutritivos. Pero ¡ay! llegó un momento en que, bajando al comedor de -improviso, me sorprendió engullendo una lonja de tocino frío... Y todo -concluyó entre nosotros. No volvió a dirigirme la palabra. - ---Ha hecho bien--manifestó D.ª Cristina riendo--. Es más vergonzosa la -hipocresía que el apetito. - -Nos pusimos a almorzar y le hice presente que ya que aborrecía tanto la -hipocresía me proponía usar de toda franqueza. - ---¡Eso es! ¡Completamente franco!...--y me sirvió una ración inmensa de -tortilla. - -Seguimos charlando y riendo lo más bajito que podíamos; pero D.ª -Cristina no se descuidaba en punto a servirme cantidades fabulosas de -alimento, superiores en verdad a mis jugos gástricos. Quería -rechazarlas, pero no lo permitía. - ---¡Sea usted franco, capitán! Me ha prometido usted ser completamente -franco. - ---Señora, esto pasa ya de franqueza. Cualquiera puede llamarlo grosería. - ---Yo no lo llamo. ¡Adelante! ¡Adelante! - -Mas de pronto, echándose un poco hacia atrás en la silla y adoptando un -tono solemne, manifestó: - ---Capitán, ahora voy a proceder con usted, no como si hubiera salvado la -vida a mi madre solamente, sino como si me la hubiera salvado a mí -también. Quiero pagarle de una vez su vida y la mía. - -Abrí los ojos desmesuradamente sin comprender lo que tales palabras -significaban. Doña Cristina se levantó de la silla, y dirigiéndose a la -puerta la abrió de par en par. Y apareció la camarera con una fuente de -callos entre las manos. - ---¡Callos!--exclamé. - ---Guisados por la señora Ramona--profirió D.ª Cristina gravemente. - -La broma me puso de mejor humor aún. ¡Cuán poco duró, sin embargo, aquel -estado de embriagadora alegría! Al llegar los postres me dijo con -naturalidad: - ---¿Sabe usted una cosa?... Que ya no nos vamos mañana. Mi marido debe de -llegar pasado a buscarnos. - ---¿Sí?--exclamé con la expresión de un hombre a quien hacen hablar -mientras le aplican una ducha. - ---Aunque el viaje es un poco incómodo para venir y marcharse en seguida, -dice que como mamá todavía no se habrá repuesto por completo del susto -no quiere que viajemos solas. - -Al decir esto sacó la carta del bolsillo y se puso a repasarla. - ---Me encarga también que le dé un millón de gracias y celebra tener -ocasión de dárselas en persona. - -Yo veía la carta del revés, pero así y todo pude leer al final un -«adiós, alma mía» que aumentó mi tristeza. - -Manifesté, no obstante, mi satisfacción de conocer en breve plazo al Sr. -Martí, pero necesité algún esfuerzo para ello. Como la melancolía se iba -apoderando de mí y D.ª Cristina tardaría poco en advertirlo, no hallé -medio mejor de combatirla que beber más _cognac_ de lo justo detrás del -café. Esto me produjo una excitación que semejaba alegría sin serlo. -Hablé por los codos y debí de expresar muchas cosas ridículas y algunas -inconvenientes, aunque no me acuerdo. D.ª Cristina sonreía con -benevolencia. Mas como echase por quinta o sexta vez mano a la botella -para escanciar otra copita, me tuvo el brazo diciendo: - ---Ahora ya es usted demasiado franco, capitán. Le relevo a usted de su -palabra. - ---Soy esclavo de ella, señora, aunque me costase la vida--repuse -riendo--. Pero no beberé más. Estoy resuelto a obedecer a usted en esto -como en todo lo que me ordene... Hay, sin embargo--proseguí mirándola -con osadía a los ojos--, cosas que embriagan más que el _cognac_ y todas -las bebidas espirituosas... - -Doña Cristina bajó la vista y su tersa frente se arrugó. Pero volviendo -al instante a sonreir dijo alegremente: - ---Pues no se embriague usted de ningún modo. Aborrezco a los borrachos. - -No quise seguir el consejo; y si es cierto que bebí poco más, en cambio -me harté de mirar a la interesante señora. Continué charlando como un -sacamuelas, y en medio de la charla intenté deslizar más de un -requiebro; pero D.ª Cristina con ingenio y prudencia los cortaba antes -de madurar. - -Me había levantado de la silla y ella también. Estábamos al lado del -balcón contemplando el trajín y movimiento del muelle. Yo, con su -permiso, fumaba un tabaco habano. Como su hermosa cabeza me ocupaba -mucho más qué el trajín del muelle, advertí que se le caía un -peinecillo de concha que sujetaba sus cabellos. - ---Si yo fuera este peinecillo me hallaría muy bien en mi sitio. No -trataría de escaparme. - -Y osadamente, sin darme cuenta de lo que hacía, llevé mi mano a su -cabeza y le clavé de nuevo la peineta. - -Se puso roja como una cereza, bajó los ojos, estuvo algunos instantes -suspensa; y al fin, encarándose conmigo altivamente, profirió con voz -alterada: - ---Caballero, no sé qué motivos pude haberle dado a usted para que se -tome conmigo ciertas libertades... El servicio que nos ha prestado le da -derecho a mi gratitud, pero no a tratarme sin respeto... - -Se me disipó como por ensalmo la media borrachera que tenía. Quedé -aturdido y avergonzado como jamás lo estuve en mi vida ni pienso estarlo -ya, y apenas pude balbucir algunas palabras de excusa. Pienso que ella -no llegó a oirlas. Volvió la espalda con desprecio y entró en su alcoba. - -Al cabo de un instante cruzó por mi mente una idea que no dejaba de -tener ciertos visos de verosimilitud; es a saber, que estaba sobrando en -aquel sitio. Y sin pararme a examinarla con suficiente atención a la luz -de una crítica razonada y seria, la puse inmediatamente en práctica -tomando el sombrero y alejándome sin levantar polvo. - -Aunque estuve en el barco y en la oficina del consignatario y en otra -porción de parajes de la villa, la vergüenza no se me quitó en todo el -día. Estaba pegada a mi rostro con lacre rojo y me molestaba lo -indecible. Los amigos sonreían y mascullaban las palabras _Martel tres -estrellas_, _Jamaica_, _Anís del Mono_ y otras, que sonaban a marcas de -licores; pero yo sabía a qué atenerme y esto aumentaba mi malestar. -Todavía al día siguiente, después de lavarme y frotarme enérgicamente -con jabón, me pareció advertir algunas migajitas adheridas a la piel. - -Por supuesto, hice cuanto me fué posible por no acordarme ya de D.ª -Cristina ni del santo de su nombre; y me parece que lo conseguí durante -aquel día. Pero de noche su imagen no quiso apartarse el canto de un é -de mi litera, me tiró de los piés, me agarró de los pelos, me dió de -bofetadas y más tarde, para indemnizarme de estas atroces vejaciones, se -inclinó suavemente y rozó con sus labios mis mejillas. - -Al despertar me asaltó una idea luminosa. Debiendo llegar Martí aquel -día, yo estaba en el deber ineludible de ir a esperarle a la estación: -primero, por cortesia; segundo, por evitar que preguntase por mí y esto -originase alguna turbación a su esposa; tercero, porque a D.ª Amparo le -sorprendería que no lo hiciese; cuarto, porque era necesario no dejar -traslucir el desabrimiento que entre nosotros se había suscitado; -quinto... No sé lo que era el quinto, pero tengo una idea vaga de que -existía y que era algo parecido al deseo rabioso que yo sentía de volver -a ver a D.ª Cristina. - -El tren correo llegaba por la tarde. Tenía, pues, tiempo sobrado para -medir los inconvenientes de semejante paso y arrepentirme. Pero después -de considerarlo en todos sus aspectos y volverlo a considerar y hacer -infinitos esfuerzos por que Dios me tocase en el corazón, el -arrepentimiento no vino y las piernas me condujeron, casi a mi despecho, -a la estación. - -Al poner el pie en el andén atisbé a mis señoras hablando con un -empleado. Desplegando entonces las prodigiosas aptitudes diplomáticas -con que al cielo le plugo favorecerme, crucé por delante de ellas a paso -lento y profundamente absorto en la contemplación de unos montones de -remolacha. - ---¡Ribot...! ¡Ribot! - -Me paro en firme, lleno de asombro. Vuelvo la cabeza al Sudeste, luego -al Norte, después al Noroeste, y así sucesivamente a todos los puntos -de la rosa náutica, hasta que, después de muchos ensayos infructuosos, -logro dar con el sitio de donde partía la voz. - ---¡Oh, señoras! - -Me acerqué rebosando de sorpresa y estreché la mano de D.ª Amparo. Fuí a -hacer lo mismo con Cristina y... ¿no había dicho antes que esta dama -tenía la tez blanca? Pues hay que rectificar. En aquel momento me -pareció que había nacido en el Senegal. - -Le pregunté por su salud, sin atreverme a extender la mano, y me -respondió, volviendo su mirada a otro lado: - ---¿Cómo ha sido eso, Ribot? En todo el día de ayer no ha parecido por -casa, y hoy tampoco. - -Me excusé con mis ocupaciones. D.ª Amparo no quiso aceptar la disculpa y -me reprendió cariñosamente. Aquella señora se mostraba conmigo cada vez -más afectuosa y amable. Mientras hablábamos, D.ª Cristina no despegó los -labios. Yo estaba molesto y confuso. No me atrevía a mirarla de frente; -pero la observaba con el rabillo del ojo y advertía que su rostro, en -vez de recobrar el aspecto ordinario, se iba oscureciendo todavía más. -Sus ojos se obstinaban en mirar al lado contrario en que yo estaba. - -Doña Amparo, sin darse cuenta de nada, hizo el gasto de la -conversación. Por mi parte, hablaba poco y mal ordenado. Me estaba -pesando atrozmente el haber venido, y sentía impulsos de marcharme con -cualquier pretexto y no aguardar la llegada de Martí. Mas antes de que -pudiera resolverme sonó la trompeta del guarda-agujas anunciado que el -tren estaba a la vista. Ya no era posible hacerlo sin grave descortesía. - -Penetró el tren en la estación, y entre el buen número de cabezas que -venían asomadas a las ventanillas de los coches los ojos de D.ª Cristina -descubrieron la de su marido. - ---¡Emilio!--gritó con alegría. - ---¡Cristina!--respondió él lo mismo. - -Y sin aguardar a que el tren parase por completo, saltó al suelo y la -abrazó y la besó con efusión. Pero ella, ruborizada como una colegiala, -sonriendo al mismo tiempo de gozo, se zafó bruscamente de sus brazos. - ---¡Siempre la misma!--exclamó él riendo a carcajadas, mientras tendía la -mano a su suegra. - -Esta no se satisfizo con la mano, sino que le tomó la cabeza como un -niño y le besó repetidas veces, preguntándole con afanoso interés por el -viaje, y él a ella por su salud. - -Mientras hablaban, yo me mantenía respetuosamente alejado del grupo. Mas -he aquí que a los pocos instantes D.ª Cristina vuelve los ojos hacia mí -y me dirige una sonrisa afectuosa, haciéndome al mismo tiempo seña con -la mano para que me acercarse. Aquella sonrisa inesperada me causó tal -gozo y sorpresa que apenas pude disimular la impresión. Me apresuré a -obedecer. - ---¡El salvador de mamá!--dijo con un poco de énfasis, presentándome a su -marido. - -Este me estrechó las manos cariñosamente, repitiéndome infinitas -gracias. Era un hombre de veintiocho a treinta años, alto, delgado, de -rostro pálido y ojos negros, con barba negra también, sedosa y -abundante; un tipo levantino como el de su esposa, pero débil y -enfermizo, al menos en la apariencia. - ---Gracias a su arrojo--prosiguió la dama--no lloramos hoy una desgracia. - ---¡Señora!--exclamé--. ¡El hecho no tiene valor alguno! Lo mismo haría -cualquier marinero que por allí cruzase. - -Pero ella, sin atenderme, relató el lance con todos sus pormenores, -realzando exageradamente mi conducta. - -Este panegírico en su boca, después de lo que había ocurrido, me causó -más vergüenza que alegría. Sentí remordimientos, y lo que en un -principio me pareció solamente leve imprudencia se me representó ahora -como una falta de delicadeza. - -Regresamos a la villa y los dejé a la puerta del hotel sin querer -subir, a pesar de las instancias de Martí. En aquellos primeros momentos -la presencia de un extraño tenía que ser molesta. Pero convine con él en -que tomaríamos café juntos por la noche en el _Suizo_. Abrigaba la -esperanza de que traería a su señora, pues a ésta le gustaba dar un -paseo después de la comida. - -No se verificó tal esperanza. Martí se presentó solo, manifestando que -su mujer se sentía fatigada y con jaqueca. Pensé que era un pretexto y -me causó tristeza. Quizá disipado el primer instante de alegría efusiva, -habría vuelto la desconfianza y el rencor a su corazón. - -Antes de una hora Martí y yo éramos excelentes amigos. Me pareció hombre -simpático, de genio abierto, cariñoso, alegre y un poco cándido. Los -cien negocios que tenía entre manos no le dejaban vagar para fijarse -mucho tiempo en una misma cosa. Saltaba en la conversación de uno a otro -asunto con ligereza, aunque siempre mostrando despejo y energía. Yo le -dejaba hablar observándole con una curiosidad intensa. Lo que más -impreso me quedó de él en aquella primera conversación fué cierto modo -de ahuecar su cabellera ondeada metiendo los dedos por detrás a modo de -peine y tosiendo levemente cuando iba a expresar alguna idea que -juzgaba importante. Este ademán, que en otro quizá pareciera ridículo, -resultaba en él gracioso y de amable ingenuidad. No puedo expresar -claramente los sentimientos que Martí me inspiraba entonces. Eran una -mezcla indefinible de simpatía y repulsión, de curiosidad y recelo que -sólo podrá explicarse el que se haya encontrado alguna vez en situación -análoga a la mía. - -El _Urano_ debía zarpar al día siguiente en la marea de la tarde. Por la -mañana me presenté en el hotel a despedirme de mis nuevos amigos. Martí -y su suegra expresaron con calor su disgusto por mi marcha. Cristina no -se presentó. Estaba encerrada en su alcoba arreglándose, a lo que pude -entender, y no tuvo la amabilidad de pedirme que aguardara: antes, al -contrario, se despidió tan apresuradamente que parecía temerlo. - ---Adiós, Ribot--gritó desde adentro--. Dispénseme que no salga: es -imposible en este momento. Que lleve usted un viaje muy feliz y le -repito un millón de gracias. No olvidaremos jamás lo que usted ha hecho. -Buen viaje. - -Martí quiso que almorzara con ellos; pero tenía mucho que hacer y -rehusé. Además, lo confieso, me sentía tan melancólico que deseaba verme -en la calle. Tanto él como doña Amparo me hicieron mil amables -ofrecimientos para que cuando volviese a Barcelona, ya que el vapor se -detenía allí siempre ocho o diez días, hiciese una escapatoria a -Valencia. Lo mismo él que su esposa tendrían gran placer en hospedarme -en su casa. Vime necesitado a prometérselo, pero con el designio formado -de no cumplir la promesa. Había siempre dificultad en dejar el barco; -pero sobre todo la frialdad hostil que advertía en doña Cristina no me -alentaba a ello. - -Por la tarde se presentó a bordo para apretarme otra vez la mano antes -de marchar. Me instó de nuevo calurosamente para que no dejase de -hacerle una visita. Volví a prometérselo con la reserva mental ya -indicada. Al cabo nos despedimos muy afectuosamente y me hice a la mar -prosiguiendo mi viaje a Hamburgo. - -[imagen: una barra decorativa] - - - - -IV - - -Sólo cuando me hallé sobre el puente entre el cielo y el mar pude darme -cuenta de la impresión que en mi espíritu había causado la esposa de -Martí. ¡Cuántas horas había pasado de aquel modo en la soledad del -océano entregado a mis pensamientos! Pocas veces habían sido tristes. Mi -vida, después de la profunda pena que la muerte de la novia de que he -hablado me hizo experimentar, se había deslizado generalmente tranquila, -si no feliz. - -Nací en Alicante, hijo de padre marino. Mostré en la segunda enseñanza -afición al estudio. Mi padre hubiera deseado que fuese abogado ó médico; -todo menos marino. Pero yo hallaba las carreras con que me brindaba asaz -prosaicas, y arrastrado del romanticismo propio de la adolescencia y de -mi temperamento un poco soñador y fantástico preferí justamente esta -carrera. Cedió mi padre con disgusto en la apariencia, tal vez halagado -en el fondo por el aprecio que hacía de su profesión: me hice piloto en -corto tiempo: navegué en dos viajes a Cuba como agregado. Pero habiendo -fallecido la única hermana que tenía y quedando mi madre demasiado sola, -me vi impulsado a quedarme en casa y llevar en Alicante la vida de -señorito ocioso. Á nadie sorprendió eso. Como se decía que mi padre -había reunido un razonable caudal, me eximía de buen grado de la dura -ley del trabajo. - -Pocos años después me enamoré. Concertóse mi matrimonio, y se hubiera -llevado a efecto si Matilde, que así se llamaba mi futura, no hubiera -enfermado. Se esperó a que mejorase, y esperando, esperando, la buena y -hermosa niña se murió. Fué tan violento el dolor que experimenté que se -temió por mi salud y hasta por mi razón. Mis padres no hallaron medio -más adecuado para curarme que hacerme viajar. Lo acepté con -indiferencia. De nuevo navegué como segundo en un vapor de la misma -compañía en que estaba empleado mi padre. Al cabo de pocos meses éste -quedó paralítico del reuma y mientras se curaba los armadores me -confiaron interinamente el mando del _Urano_. Desgraciadamente mi padre -no pudo ejercerlo de nuevo: arrastró algún tiempo una existencia penosa -y al cabo falleció. Mi madre hubiera deseado que dejase la profesión y -viviese de nuevo a su lado y ocioso; pero me había acostumbrado de tal -modo a la mar y a la existencia varia y activa, hoy en un puerto, mañana -en otro, del navegante, que no pudo la cuitada persuadirme a ello. A -bordo, pues, de mi vapor, al cual había tomado gran cariño, cumplí los -treinta y seis años. Murió mi madre y poco después se efectuó el lance -que acabo de relatar. - -Digo, pues, que a solas con mi pensamiento entendí que D.ª Cristina se -había apoderado demasiado de él. Su imagen flotaba ante mí como un -sueño. Aquella mirada, tan pronto grave como picaresca, de sus ojos -negros, aquel pudor susceptible, su firmeza, su rubor de colegiala -contrastando con un desenfado gracioso; luego su facilidad en el perdón, -la ternura reprimida que había mostrado a su marido, todo tendía a -idealizarla. Pero más que nada, lo confieso, contribuía a ello mi propio -temperamento y la soledad en que el marino pasa lo más del tiempo. -Después de la muerte de Matilde, no había vuelto a ocuparse mi corazón -con un amor verdadero. Devaneos, aventuras de algunos días, bureos en -los diferentes puntos de escala. Así había llegado a ver las primeras -canas en mi barba y cabello. Pero mi natural romántico, aunque dormido -en el fondo del corazón, no había muerto. Las aventuras truhanescas, las -zambras corridas en los puertos, lejos de asfixiarlo, lo hacían revivir. -Nunca me sentía más pensativo y melancólico que después de una de estas -noches de orgía. Para recobrar el equilibrio me tumbaba bajo la toldilla -con un libro entre las manos; aspirando a plenos pulmones el aire puro -del mar y abriendo mi alma a las ideas de los grandes poetas y -filósofos, me tornaba la paz y la alegría. La lectura fué siempre el -recurso supremo de mi vida, el bálsamo más eficaz para mitigar sus -inquietudes. - -La aventura de D.ª Cristina me trasportaba en plena idealidad, me hacía -respirar el ambiente en que me hallaba más sano y feliz. Así que detenía -complaciente mi pensamiento sobre ella, sin pensar que esto pudiera -acarrearme ningún disgusto. Muchas veces, al cruzar a mi lado en -cualquier puerto una joven hermosa, procuraba guardar su imagen en la -retina tenazmente. Luego, en la soledad del mar, la evocaba mi fantasía, -la hacía vivir colocándola en situaciones diversas, la hacía hablar y -reir y enojarse y llorar, dotándola de mil cualidades amables. Y -abrazado a este fantasma pasaba algunos días dichoso. Hasta que llegaba -a un puerto y se disipaba o era sustituído por otro. - -Pues ahora quise hacer lo mismo. No pude lograrlo sino a medias. Doña -Cristina no había cruzado fugazmente a mi lado como tantas otras mujeres -hermosas. La impresión que de ella me quedó era mucho más honda; había -agitado casi todas las fibras de mi ser. En vez de representármela a mi -gusto, la veía como se me ofreciera en la realidad. Y volvía a sentir la -vergüenza y la tristeza que me había hecho experimentar. Por otra parte, -su estado de casada privaba a mis sueños de la amable inocencia que -otras veces tenían, los teñía de un matiz sombrío poco gustoso para la -conciencia. - -Estas razones me determinaron a trabajar para alejarlos de mi mente. -Procuré distraerme de tales imaginaciones, olvidar a la bella valenciana -y recobrar la calma. Gracias a mis esfuerzos, y aún más, a mis prosaicas -ocupaciones, no tardé en lograrlo. Mas al cruzar la costa de Levante, de -vuelta de Hamburgo, cuando doblé el cabo de San Antonio y se extendió -ante mi vista aquella campiña de suavidad incomparable que Valencia -recoge y cierra con su huerta eternamente verde como un broche de -esmeralda, la imagen de doña Cristina se me ofreció de nuevo más ideal, -más seductora que antes; se apoderó de mi imaginación para no dejarla ya -más. - -No sé cómo fué, pero al día siguiente de llegar a Barcelona, arreglados -apresuradamente los negocios más precisos, confié el barco al segundo y -me metí en el tren de Valencia. Llegué al oscurecer, me alojé en un buen -hotel, comí, me vestí de limpio y acicalé con más pulcritud que lo había -hecho en mi vida y salí a la calle en busca de la casa de Martí. - -Sólo entonces me di cuenta de la tontería que había hecho. Sabía bien -que Martí me recibiría con los brazos abiertos, y aun agradecería mi -visita; pero ¿qué pensaría de ella su esposa? ¿No recelaría que era -interesada y se pondría en guardia? La idea de que pudiera sospechar que -quería hacerle pagar con un galanteo molesto el servicio de Gijón me -abochornaba. Estuve tentado a dar la vuelta al hotel, meterme en la cama -y partir al día siguiente sin dar cuenta a nadie de mi estancia en -Valencia. Sin embargo, un impulso irresistible me arrastraba a verla de -nuevo. Un instante, tan sólo un instante, para grabar su imagen más -profundamente en mi espíritu y después partir y soñar con ella toda la -vida. - -Caminando a paso lento llegué a la plaza de la Reina, sitio el más -céntrico y concurrido de la ciudad. La noche estaba serena, el ambiente -tibio, los balcones abiertos; delante de los cafés, los parroquianos -sentados al aire libre. ¡Y pensar que dejaba allá en Hamburgo a los -pobres alemanes tiritando aún de frío! Sentéme debajo del toldo del -_café del Siglo_, tanto para tranquilizarme como para dejar que en casa -de Martí terminasen de cenar. Cuando calculé que ya era tiempo entré por -la calle del Mar, que cerca de allí desemboca. Seguíla entre turbado y -alegre, y me detuve delante del número que Martí me había indicado. Era -una de las casas más suntuosas de la calle, elegante, de moderna -construcción, con elevado piso principal y un ático de buen gusto -encima. El portal grande, adornado de estatuas y plantas y esclarecido -por dos mecheros de gas. Uno de los balcones estaba entreabierto y por -él se escapaban en aquel momento las notas alegres de un piano.--¿Será -ella quien lo toca?--me pregunté con emoción--. Gocé algunos instantes -de aquella música y me acerqué al fin a la puerta. El portero llamó a un -criado, el cual, enterado de que deseaba hablar con su amo para un -asunto urgente, me hizo pasar al despacho. No tardó en presentarse -Martí. ¡Qué grito de sorpresa! ¡Qué abrazo cordial me dió! Luego, -llevándome por un corredor y hablándome en falsete para no privar de la -sorpresa a su esposa, me empujó hacia la puerta de un gabinete donde -había gente. - ---Cristina, ahí tienes una mala persona. - -Estaba sentada al piano. Al oir la voz de su marido volvió la cabeza: su -mirada se encontró con la mía. Apartóla instantáneamente y se volvió de -nuevo hacia el piano, con la misma rapidez que si hubiera visto algo muy -triste o espantable. Pero, dominándose, casi al mismo tiempo, se levantó -y, avanzando hacia mí con sonrisa forzada, me tendió la mano diciéndome: - ---Mucho gusto en verle, Ribot. Agradecemos infinito su visita.... - -Yo tenía el corazón apretado y no pude menos de responderle con cierto -despecho: - ---No la agradezca usted. Ha sido casual. Tenía un asunto que evacuar en -Valencia y por eso me hallo aquí. - -Martí me abrazó de nuevo riendo. - ---Me encanta esa franqueza ruda de los marinos. Así se debe hablar. -Fuera esas mentiras convencionales que a nadie engañan y sólo sirven -para declararnos por farsantes. Lo importante es que le tenemos a usted -aquí y que su visita nos causa un vivo placer. - -Luego, volviéndose a los circunstantes, añadió, no sin cierto énfasis: - ---Señores, les presento al capitán del _Urano_. ¡No tengo más que decir! - -Se acercó a darme la mano un joven extraordinariamente flaco, de piel -rugosa y tostada como si acabase de ejecutar largos y penosos trabajos -al sol, prematuramente calvo, y de cuya boca pendía una pipa enorme -atiborrada de tabaco. Vestía con elegancia, aunque poca curiosidad. - ---Mi hermano político Sabas. - -Llegó después otro sujeto de la edad de Martí, poco más o menos, más -alto que bajo, rubio, de bigote exiguo y sedoso, ojos azules de mirar -firme y escrutador, pelo lacio y atusado con esmero. Vestía igualmente a -la moda, pero con una pulcritud que contrastaba con la negligencia del -otro. - ---Mi íntimo amigo y socio D. Enrique Castell. - -Éstos eran los únicos hombres que allí había. En seguida me llevó -delante de D.ª Amparo, que hacía _crochet_ sentada en un silloncito de -raso encarnado; después me presentó a la señora de su cuñado, una -mujercita regordeta, carirredonda, rubia, con ojos azules, que sentada -en un diván tenía sobre el regazo un bastidor en que bordaba. A su lado -estaba una jovencita de diez y seis o diez y siete años, cuyo rostro de -corrección admirable, suave y nacarado ofrecía la misma expresión de -tímida inocencia que las vírgenes de Murillo. Era hija de una señora de -cabello blanco, nariz aguileña, fisonomía severa e imponente que estaba -sentada al lado de una mesilla dorada, con un periódico en las manos. -Martí me la presentó como su tía Clara, prima hermana de su madre -política. - -Toda esta sociedad me acogió con extremada benevolencia, y muy -particularmente doña Amparo, que con los ojos rasados de lágrimas me -estrechó ambas manos fuertemente y me las retuvo largo tiempo hasta que -el exceso de la emoción la obligó a soltarlas para llevarse el pañuelo a -los ojos. En los primeros momentos la conversación versó sobre el -percance de aquella señora. Se hicieron elogios de mi conducta, que me -avergonzaron y pusieron inquieto, y se discutieron las causas que habían -originado el suceso. El cuñado de Martí, con voz cavernosa y velada, tal -vez por el abuso del tabaco, censuró agriamente la conducta de las -autoridades de Gijón, que no tenían alumbrado de un modo conveniente el -muelle. Respondí yo que los muelles estaban casi todos alumbrados de la -misma manera por no hallarse originariamente destinados a paseo público, -sino a la carga y descarga de las mercancías. Insistió él manifestando -que de hecho en todas las ciudades marítimas los muelles constituyen un -sitio de esparcimiento. Repliqué yo que en ese caso los paseantes debían -de atenerse a las consecuencias. Martí vino a cortar la disputa -preguntándome en qué hotel había dejado mi maleta para enviar por ella. -En vano quise oponerme. Observé que mi negativa le molestaba, y al cabo -consentí en ello tanto más cuanto que toda la familia se unió a él para -rogármelo. - -Mientras tanto Cristina tecleaba al piano con mano distraída, hablando -al mismo tiempo con su cuñada. Vestía una elegante bata suelta de color -rojo, al través de cuyos pliegues quise adivinar que estaba encinta. -Siempre que podía la miraba con intensa atención. Y como lo advirtiese, -se mostraba inquieta, nerviosa y ponía empeño en que su mirada no -tropezase con la mía. - -Martí salió a dar las órdenes oportunas para mi alojamiento. Su amigo y -socio, que había guardado silencio, reclinado con negligencia en la -butaca, una pierna sobre otra, se puso a hacerme preguntas sobre mis -viajes, los fletes, las escalas y todo lo referente al comercio a que -los buques de nuestros armadores se dedicaban. La plática adquirió todo -el aspecto de un examen, porque Castell demostraba saber tanto o más que -yo de tales asuntos; había viajado mucho, conocía dos o tres lenguas a -la perfección y de sus viajes no sólo había sacado útiles conocimientos -para los negocios comerciales, sino una muchedumbre de noticias -etnográficas, históricas y artísticas que yo estaba lejos de poseer. -Era un hombre realmente instruído, pero no pude menos de notar que le -placía demasiado exhibir su ilustración, que redondeaba con esmero los -períodos al hablar y se escuchaba, y que, sin faltar a la cortesía, no -ocultaba el poco aprecio que hacía de las opiniones de los demás. En -suma, aquel buen señor no me fué simpático, aunque reconociese las -estimables cualidades de que estaba adornado. Tenía una voz clara, -pastosa, de predicador, y accionaba grave y noblemente, lo cual le -permitía lucir su mano, que era breve y bella y adornada de sortijas. - -Entró Martí de nuevo, y su tía Clara, sin abandonar el periódico, le -interpeló: - ---Vamos a ver, Emilio, ¿cómo han quedado los aceites? ¿No es cierto que -han subido esta semana veinte céntimos? - ---Sí, tía, tengo entendido que han subido y que subirán más aún. - ---¡No podía menos!--exclamó en tono triunfal--. Se lo he anunciado a -Retamoso el mes pasado y no me ha hecho caso. Es tozudo como buen -gallego y de una vista tan corta para los negocios, que apenas ve más -allá de sus narices. Si no me tuviese a su lado estoy persuadida de que -muy pronto daríamos quiebra. - -La voz de aquella señora era vibrante, poderosa; su cabeza escultural se -erguía con tanta altivez al hablar, su nariz aguileña se hinchaba y sus -ojos parpadeaban de un modo tan imponente que en su presencia se creía -uno transportado a los tiempos heroicos de la república romana. -Cornelia, la madre de los Gracos, no pudo ser más severa y majestuosa. - -Martí tosió evitando responder, por no atreverse a llevar la contraria a -su tía y no ofender tampoco a su tío. - ---¿Y qué me dices de la baja del cacao?--prosiguió con el acento heroico -que si hubiese preguntado a un cónsul por una legión sorprendida y -deshecha por los galos. - -Martí se contentó con alzar los hombros. - ---Aún tenía valor para negarme que estaba herido de muerte--añadió con -creciente altivez--. Sólo a un hombre de criterio estrecho, -completamente inepto para las especulaciones al por mayor, se le pudo -ocultar. Así que vi llegar los vapores de Ibarra cargados de _guayaquil_ -me dije: «¡Alto! Este grano está de baja.» - ---Sin embargo, el tío Diego suele saber dónde le aprieta el zapato--se -atrevió a manifestar Martí. - ---¡Ya lo creo! Detrás de un mostrador despachando queso y bacalao por -cuarterones no tendría precio. Pero como negociante es un desdichado, y -sólo porque yo me he tomado la molestia de pensar por los dos hemos -podido llegar donde nos hallamos. - -En aquel momento apareció en la puerta un hombre bajo, regordete, de tez -pálida, ojos pequeños y calvo, el cual saludó con acento marcadamente -gallego. - ---Buenas noches nos dé Dios. - ---¡Hola, tío Diego!... ¡Adiós, Retamoso!... - -Doña Clara, cogida infraganti, convirtió de nuevo los ojos al periódico, -sin perder por eso un átomo de su dignidad. Su marido, que por lo visto -no había oído nada, fué dando la mano a los circunstantes, besó a su -hija, y al llegar a ella le dijo con acento afectuoso: - ---No leas de noche, mujer; ya sabes que te hace daño a los ojos. - -Doña Clara no le hizo caso. Retamoso, volviéndose a los circunstantes, -profirió con profunda convicción: - ---No puede estar ociosa jamás... Isabelita, hija mía, ruega a tu mamá -que no lea. Ya sabes que le hace mucho daño... Cuando no lee, echa -cuentas; cuando no echa cuentas, baja al almacén a tomar notas; cuando -no toma notas, escribe cartas; cuando no escribe cartas, habla en inglés -con la institutriz de los Ricarte... Es una cabeza privilegiada. No sé -cómo puede hacer tantas cosas a la vez sin aturdirse ni cansarse... - -A D.ª Clara debió parecerle sospechoso el panegírico porque, en vez de -agradecerlo y alegrarse, hizo un gesto de reina ultrajada. - ---No me aturdo por tan poca cosa, querido, porque me he educado en otra -forma que las mujeres de tu país. Si allí siguen hilando todavía al lado -del fuego, en el resto del mundo desempeñan un papel algo más lúcido. -Aquí está un marino--añadió señalándome--que ha viajado mucho y puede -certificarlo. - -Yo me incliné murmurando algunas frases de cortesía. - ---Pues así y todo no me prohibirás que admire tu talento--siguió -Retamoso en tono exageradamente adulador.--¿No lo sabe todo el mundo en -Valencia? ¿Voy a ser yo solo el que lo ignore o finja ignorarlo?... -¡Cuántas mujeres hay que se han educado como tú y no son capaces, sin -embargo, de hacer en un mes lo que tú haces en un día! - ---Diga usted, Ribot--manifestó D.ª Clara dirigiéndose a mí, como si no -oyese a su marido, el cual prosiguió murmurando frases lisonjeras, -abriendo los ojos mucho y arqueando las cejas para expresar la -admiración de que estaba poseído,--en tanto puerto como usted ha -visitado ¿no ha encontrado mujeres con tanta o más aptitud que los -hombres para los negocios? - ---Algunas he conocido al frente de casas de comercio poderosas, -guiándolas con bastante acierto, sosteniendo correspondencia en varios -idiomas y llevando los libros con perfecta exactitud. Pero... le -confieso ingenuamente que una mujer metida con placer en especulaciones -industriales o inclinada a la política y los negocios se me figura una -princesa que por gusto vendiese fósforos y periódicos por las calles. - ---¿Cómo es eso?--exclamó D.ª Clara irguiendo su cabeza romana.--¿De modo -que usted piensa que el papel de la mujer se reduce a ser un animal -doméstico que el hombre acaricia o castiga a su antojo? ¿La mujer debe, -por lo visto, vivir eternamente en completas tinieblas, sin estudiar, -sin instruirse? - ---Que se instruya si quiere--repliqué yo;--pero, en mi sentir, la mujer -no necesita aprender nada, porque lo sabe todo... - ---¡Eso! ¡eso!--interrumpió Retamoso con entusiasmo.--Esa ha sido siempre -mi opinión... Isabelita--añadió dirigiéndose a su hija,--¿no te he dicho -mil veces que tu mamá lo sabe todo antes de haberlo aprendido? - -Por los labios de Martí vi que vagaba una sonrisa. Cristina se levantó -del taburete donde se hallaba sentada y salió de la habitación. - ---No entiendo lo que usted quiere decir--manifestó D.ª Clara con cierta -acritud. - ---Las mujeres saben hacernos felices, haciéndose felices a sí mismas -¿Qué otra sabiduría puede igualar a ésta en la tierra? Los trabajos de -los hombres, las llamadas conquistas de la civilización tienden a -realizar lenta y penosamente lo que la mujer ejecuta de una vez y sin -esfuerzo, hacer más soportable la vida aliviando sus dolores. Siendo, -como es, la depositaria de la caridad y de los sentimientos suaves y -benévolos, guarda en su corazón el secreto de los destinos de la -humanidad, y trasmitiéndolos por herencia y educación a sus hijos -contribuye de un modo más seguro que nosotros al progreso. - ---Eso es más galante que exacto--interrumpió Castell con su firmeza -impertinente--. La mujer no es la depositaria del progreso, ni ha -contribuído siquiera a él. Estudie usted la historia de las ciencias, -las artes y las industrias, y no hallará un solo descubrimiento útil que -se deba al ingenio o al trabajo de una mujer. Esto demuestra claramente -que su cerebro es incapaz de elevarse a la esfera en que se mueven los -altos intereses de la civilización. La mujer no es la depositaria del -progreso; es únicamente depositaria de la forma y, como a tal, sólo -deben exigírsele dos cosas: la salud y la belleza. - ---Tendría usted razón--repliqué--si la única fase del progreso fuese la -de los descubrimientos útiles. Pero hay otra a mi entender más -importante; la fraternidad de los hombres, la ley moral. Este es el -verdadero fin del mundo. - -Castell sonrió y sin mirarme dijo en voz baja: - ---Con éste creo que son ya cincuenta y siete los fines que le conozco al -mundo.--Y elevando la voz añadió:--He tratado a muchos hombres en la -vida y puedo declarar que apenas uno se ha escapado de asignar al mundo -su fin especial. Para los clérigos es el triunfo de la Iglesia; para los -demócratas, la libertad política; para los músicos, la música, y para -los bailarines, el baile... Y, sin embargo, el pobre mundo se contenta -con existir, riéndose tal vez de tanto insensato como sucesivamente le -va pisando. - -Hizo una pausa y se reclinó más cómodamente en la butaca. Me sentí -picado por aquellas palabras, y sobre todo, por el tono desdeñoso con -que fueron pronunciadas. Iba a replicar con energía, pero Castell anudó -su discurso exponiendo su pensar tranquilamente en una serie de -razonamientos encadenados con lógica y expresados en forma elegante y -precisa. No pude menos de admirar lo variado de su erudición, su ingenio -penetrante, y sobre todo, la claridad y gallardía de su palabra. Jamás -vacilaba para buscar la precisa. Como esclavas sumisas todas las del -Diccionario acudían a la lengua para expresar fácil y armónicamente su -pensamiento. - -Sus teorías me parecieron extrañas y tristes. El mundo llevaba su fin en -su existencia. La moral es una resultante de las condiciones especiales -en que la vida se ha desenvuelto en nuestro planeta. Si el género humano -se hubiese producido en las condiciones de vida de las abejas, sería un -deber para las mujeres solteras el dar muerte a sus hermanos, como hacen -las abejas obreras. Todas las manifestaciones de la vida, hasta las más -altas, se hallan regidas por el instinto. El hombre virtuoso, lo mismo -que el que llamamos perverso, se mueven por un impulso fatal de su -naturaleza. La moral, que el hombre religioso mira como una revelación -divina, no es más que una invención destinada a satisfacer tal o cual -instinto. - -Realmente no me encontraba con fuerzas para contrarrestar -victoriosamente sus atrevidas aserciones. Mi lectura era abundante, pero -deshilvanada, como hecha más para entretenerme que para instruirme. Por -otra parte, no habiendo cultivado jamás la expresión, porque mi -profesión no lo exigía, tropezaba con grandes dificultades para emitir -los pensamientos. - -Martí vino en mi ayuda cortando de un modo jocoso la discusión. - ---¿A que no saben ustedes cuál es el destino de la mujer para mi cuñado -Sabas? - -Todos le miramos, incluso el interesado. - ---Pegar botones. - ---No sé por qué dices eso--murmuró aquél de mal humor echando mano a la -pipa. - ---¿Que por qué lo digo? No hay en la Península un hombre a quien le -caigan más botones que a ti. Todavía no se ha dado el caso de haber ido -a tu casa y no hallar a Matilde cosiéndote alguno. - -Sabas masculló algunas palabras ininteligibles. - ---Que lo diga ella--añadió Martí. - ---Sí; se le caen bastantes--dijo la regordeta dama riendo. - -Pero su marido le dirigió una mirada severa y se puso colorada. - ---Se le caen como a todo el mundo--interrumpió D.ª Amparo desde su -silloncito de raso encarnado--. Los botones no son eternos, y creo que -mi hijo no ha de ir hecho un Adán por no dar a los demás la molestia de -que le cosan los botones. - -Dijo estas palabras con emoción, como si acabasen de acusar a su hijo de -un delito. - ---Aunque se le cayesen más que a todo el mundo la cosa tiene poca -importancia y no merece que usted se ponga triste y se enfade con -nosotros--repuso Martí. - ---Me pongo triste porque parece que todos tenéis empeño en echar sobre -mi hijo cualquier defecto. El pobre es bien desgraciado... El día que se -muera su madre no tendrá quien le defienda... - -Profirió estas palabras con más emoción aún. Quise advertir con asombro -que hacía pucheros para llorar. - ---¡Pero mamá!--exclamó su yerno. - ---¡Pero mamá!--exclamó su nuera. - -Ambos se mostraban pesarosos y consternados. - ---Tal vez sea pasión de madre, hijos míos--siguió D.ª Amparo pugnando por -no llorar--; pero no lo puedo remediar. Todos tenemos defectos en el -mundo; pero una madre no puede ver los de sus hijos. Sufro horriblemente -cuando cualquiera me los señala y mucho más cuando es una persona de la -familia... ¡Me vienen a la imaginación unas ideas tan tristes! Se me -figura que no os queréis... Creedme que moriría ahora mismo contenta si -supiese que os queréis unos a otros tanto como yo os quiero... - -El exceso de la emoción la impidió proseguir. Dejó caer la labor sobre -el regazo, apoyó la frente en una mano y quiso sufrir un medio -desvanecimiento. Su hija política se apresuró a llevarle el frasco de -las sales y se lo dió a oler. Martí también acudió con solicitud -filial. Ambos la prodigaron mil atenciones afectuosas, deshaciéndose en -excusas. Gracias a sus palabras cariñosas, a mi entender, más que al -frasco de las sales, la sensible madre recobró todos sus sentidos. En -cuanto los tuvo completos besó tiernamente en la frente a su nuera y -apretó la mano de Martí, pidiéndoles perdón por haberles disgustado. - -Aunque conociese ya un poco el carácter y las manías de D.ª Amparo, no -dejó de sorprenderme que Retamoso y su mujer, Isabelita y Castell apenas -concedieron atención al incidente y continuaron hablando entre sí como -si nada ocurriese. Sabas, el causante de la desazón, fumaba -tranquilamente su pipa. - -Así que hubo serenado a su suegra, Martí me invitó a salir con él del -gabinete para mostrarme la habitación que me habían destinado. Era -lujosa y elegante, excesivamente lujosa para mí, que toda la vida la -había pasado en las estrecheces del camarote o en nuestra modesta -vivienda de Alicante. Cuando llegamos, una doncella estaba haciendo mi -cama bajo la inspección de la señora. Al entrar, sin ser oídos, ésta -aplanchaba con sus manos delicadas el embozo de las sábanas. Nuestros -pasos le hicieron levantar la cabeza y, como si la hubiesen cogido -_infraganti_ de un delito, se turbó, dejó la tarea y dijo a la doncella -con acento malhumorado: - ---Bueno, siga usted ya ver si concluye pronto. - -Iba a salir, pero su marido la detuvo tomándole una mano. - ---¿Has dado orden para que traigan café frío y _cognac_? - ---Sí, sí, Regina queda encargada de todo--respondió con alguna -impaciencia, tirando de la mano y marchándose. - -Yo saboreé aquella vergüenza con mal disimulado regocijo. Salimos de -nuevo al corredor y dije a Martí por hablar y también por curiosidad: - ---Parece que D.ª Amparo se ha disgustado un poco. - ---¡Ha visto usted!--exclamó riendo del modo franco y cordial que le -caracterizaba--. Cualquier cosa la altera. ¡Es más buena la pobre!... Yo -la quiero como si fuese mi madre. Todo su afán es que nos amemos. Es tan -sensible que la más mínima señal de indiferencia, el menor descuido la -hiere profundamente y hasta la hace enfermar. Por eso, aunque andamos -todos vigilantes y atentos con ella, no basta. Figúrese usted que yo he -tomado la costumbre de besarla antes de ir a acostarme. Pues si un día -se me olvida por casualidad, la pobre señora no duerme pensando si -estaré enojado con ella, si me habrá ofendido sin saberlo, y por la -mañana me echa unas miradas tímidas, angustiosas, que yo no entiendo; -hasta que mi mujer me explica el enigma, me río y voy a desagraviarla. - -Cuando tornamos al gabinete, los tertulios estaban en pie y -despidiéndose. Castell me tendió su mano linda, ensortijada, con el -desembarazo frío de los hombres de mundo, celebrando haberme conocido, -etc. Sabas y su esposa se mostraron muy afectuosos. D.ª Clara, -majestuosa y severa, me dió las buenas noches sin mentar a Júpiter ni a -Pólux ni a ninguna otra divinidad del paganismo, lo cual me sorprendió. -Retamoso aprovechó un momento de confusión para decirme medio en -gallego: - ---Puede que usted tenga razón, señor de Ribot, y que las mujeres no -sirvan para los negocios. Pero la mía es una excepción, ¿sabe?... ¡Oh! -¡Una maravilla! Ya tendrá usted ocasión de convencerse, ¡Una verdadera -maravilla! ¡Phs!... - -Y arqueaba las cejas y ponía los ojos en blanco, como si tuviera delante -de sí el Himalaya o las pirámides de Egipto. - -Cristina los despedía en lo alto de la escalera con la gravedad amable -que tan bien sentaba a su rostro interesante. Yo no tenía ojos más que -para ella. D.ª Amparo besaba a todo el mundo, besaba a su hijo, a su -nuera, a doña Clara, a Isabelita y hasta a Retamoso. Si no le dió un -beso a Castell, creo que fué más por vergüenza que por falta de ganas. - -Nos quedamos solos al fin los cuatro. Para prolongar un poco más la -velada supliqué a Cristina que tocase al piano algún trozo de ópera. -Móstrose complaciente y, sin responderme, se sentó en el taburete, -tecleó ligeramente un momento y comenzó a cantar a media voz la serenata -del _Don Juan_ de Mozart. Como no le conocía esta habilidad, mi sorpresa -fué grande, pero mayor aún mi gozo. Era la suya una voz, dulce y grave a -la par, de contralto. La música de los grandes maestros tiene el -privilegio de conmovernos siempre; pero cuando la transporta a nuestra -alma la voz de la mujer que se adora, entonces parece en realidad un -acento escapado del cielo. Gocé algunos minutos una dicha imposible de -explicar. Mi ser se transformaba, se engrandecía, temblaba de amor y de -alegría. Cuando las últimas notas del gracioso acompañamiento se -extinguieron, quedé sumido en éxtasis delicioso, sin darme cuenta de -dónde me hallaba. - -Martí me sacó de él bruscamente. - ---Vaya, vaya, a descansar. El capitán se está durmiendo. - -Nos levantamos todos. D.ª Amparo se retiró a su habitación, no sin que -Martí le besase antes la mano, haciéndome al mismo tiempo un guiño -malicioso. - ---Si usted necesita algo--me dijo Cristina--no tiene más que sonar el -timbre. - -Y sin darme la mano me deseó una buena noche. Martí me acompañó hasta el -cuarto y se despidió bromeando afectuosamente. - ---Si es que usted no puede dormir sin el olor de la brea, capitán, -mandaré traer un pedazo y lo quemaremos. - -Cuando me hallé sólo, todas las impresiones de la noche se desprendieron -de mi corazón como pájaros prisioneros y comenzaron a revolotear en -torno confusamente. ¿Por qué estaba allí? ¿Qué pretendía? ¿En qué iba a -parar aquello? La acogida cariñosa de esta noble familia me conmovía; la -franqueza cordial de Martí me llenaba de confusión y vergüenza; pero la -figura gentil de Cristina se alzaba delante de mí adorable, -deslumbradora, borrando todo lo demás. La idea de estar tan próximo a -ella cuando ya me había resignado a no verla más me inundaba de -felicidad.--¿En qué pararía aquello?--volvía a repetirme.--Al fin me -dormí besando el embozo de la sábana, que sus manos habían tocado. - -[imagen: una barra decorativa] - - - - -V - - -Acostumbrado a madrugar, me levanté primero que nadie en la casa y salí -a dar un paseo por la ciudad. Muchas veces había estado en ella y -siempre me impresionó gratamente la animación sin ruido enfadoso de sus -calles, su cielo sereno, su perfumado ambiente. ¡Cuán distintas, no -obstante, habían sido aquellas impresiones de la sensación que ahora -experimentaba! - -La hermosa ciudad levantina despertaba. El pueblo comenzaba a discurrir -por las calles; abríanse los balcones y algunos rostros blancos, -nacarados, ornados de magníficos ojos árabes, se asomaban por detrás de -las macetas. La huerta le enviaba, como saludo matinal, un soplo cargado -de los aromas de sus claveles y alelíes, de sus malvarrosas y jacintos; -el mar, brisa fresca y saludable; el cielo, los efluvios de luz radiosa. -Valencia despertaba y sonreía a su huerta de flores, a su mar y a su -cielo incomparables. Aquella situación privilegiada me hizo pensar en la -Grecia antigua; y al ver cruzar a mi lado los rostros alegres, serenos, -inteligentes de sus habitantes, me apetecía repetirles las famosas -palabras de Eurípides a sus compatriotas: «¡Oh hijos amados de los -dioses bienhechores! Vosotros recogéis en vuestra patria sagrada y jamás -conquistada la gloriosa sabiduría como fruto de vuestro suelo, y -marcháis perpetuamente con dulce satisfacción en el éter radioso de -vuestro cielo.» - -Dudo, sin embargo, que ningún griego o valenciano haya estado jamás tan -contento como yo lo estaba ahora. Pero como todo instante alegre en la -vida tiene aparejado y listo para entrar en fila otro triste, al llegar -a casa experimenté el disgusto de no ver a Cristina. Martí y yo nos -desayunamos solos en el comedor y supe de él que su esposa ya lo había -hecho y se hallaba en su cuarto. ¡Qué hombre tan alegre y cariñoso aquel -Martí! Lo mismo que si fuésemos amigos de toda la vida comenzó a -hablarme de su familia, amigos, trabajos y proyectos. Estos eran -innumerables: tranvías, reforma del puerto, ferrocarriles, ensanche de -calles, etc. No pude menos de pensar que para llevarlos a cabo se -necesitaba, no sólo enorme capital, sino una actividad sobrehumana. -Martí parecía poseerla. A la sazón, además del tráfico de los vapores, -que casi marchaba por sí mismo y le robaba poco tiempo, tenía en -explotación unas minas de calamina en Vizcaya, en construcción algunas -carreteras en diversas provincias y la apertura de pozos artesianos en -Murcia. En esto último había consumido ya un caudal sin obtener grandes -resultados; pero estaba seguro de lograrlos. "En cuanto tenga agua,--me -dijo riendo--pienso venderla por copas como el Jerez." Se expresaba de -un modo rápido, incoherente algunas veces, pero siempre insinuante, -porque ponía toda su alma en cada palabra. - -Contrastaba su expresión confusa y vehemente con la de su amigo y socio -Castell, tan firme, tan clara, tan acicalada. Hablamos de él, y Martí se -deshizo en elogios de su persona. No había, al parecer, en el mundo -hombre más instruído, ni ingenioso, ni recto. Todo lo sabía; las -ciencias no tenían secretos para él; el planeta no guardaba rincón que -él no hubiera explorado. Era peritísimo además en materia de artes -plásticas y poseía una colección de cuadros antiguos, adquiridos en sus -viajes, famosa en España y en el extranjero. - ---Pero... Castell es un teórico, ¿sabe usted?--concluyó por decirme -guiñando un ojo--. Somos dos naturalezas opuestas y acaso por esto somos -tan amigos desde la infancia. A él le ha dado siempre por estudiar el -fondo y la razón de las cosas, por la filosofía, por la estética. Yo no -entiendo nada de eso. Tengo un temperamento esencialmente práctico... Y -si usted no lo achacase a jactancia, me atrevería a decir que en España -hacen más falta los hombres útiles que los filósofos. ¿No le parece que -hay plétora de teólogos, oradores y poetas? Si queremos colocarnos a la -altura de los demás países de Europa es necesario pensar en abrir vías -de comunicación, construir puertos, montar industrias, explotar minas. -En mi esfera modesta he hecho cuanto he podido por el progreso de -nuestro país, y si no hago más--añadió riendo--, crea usted que no es -por falta de voluntad, sino por la ausencia de metales preciosos. - ---¿Y Castell es socio de usted en esas empresas?--le pregunté. - ---No; no estamos asociados más que en la línea de vapores... Es un -hombre a quien marean los números. Es rico y quiere disfrutar -tranquilamente de su fortuna. Pero aunque no se mete en negocios, cuando -hace falta dinero lo facilita sin vacilar, porque tiene plena confianza -en mí. - ---Parece que esa inclinación a los negocios es de familia. Su tía Clara -también participa del mismo temperamento--le dije para satisfacer la -curiosidad que me aguijoneaba desde la noche anterior. - ---Mi tía Clara es una mujer notabilísima... un gran talento... Pero -creo, sin que esto sea hablar mal de ella, que el alma de la casa, quien -los ha hecho ricos, es su marido... ¡Oh, el tío Diego se pierde de -vista! No hay comerciante más hábil ni con más trastienda en toda la -costa de Levante. Lo que a él se le pierda crea usted que no me bajaría -a cogerlo. - ---Pues, según me ha dado a entender él mismo, parece que es su señora -quien le ilumina en los casos difíciles, quien realmente lleva el timón -de los negocios. - ---Sí, sí--respondió Martí sonriendo, un poco cortado--. No dudo que mi -tía Clara le dé algún buen consejo; pero no los necesita... En Valencia -le tienen por socarrón... Es posible que haya algo de verdad. Ya conoce -usted a los gallegos... - -Tosió para disimular su embarazo y procuró cambiar de conversación. Ya -había podido advertir que le repugnaba verse obligado a murmurar. Sólo -se hallaba en terreno firme cuando elogiaba, y lo hacía con tal fuego, -que parecía gustar un placer singular en ello. Rara y preciosa cualidad -que lo hacía cada vez más estimable a mis ojos. - -Terminado el desayuno, pretextando mis ocupaciones, le dejé ir a las -suyas y salí de nuevo a la calle. No tardé en tropezar con Sabas en una -de las más concurridas. Me pareció más tostado aún y más negro que por -la noche. Me saludó con gravedad y cortesía y, después de dar algunas -vueltas juntos, me instó a acompañarle a su casa, pues necesitaba -mudarse de ropa. Me sorprendió esta necesidad, pues no le veía mojado ni -sucio. Más adelante pude averiguar que tenía por costumbre cambiar de -traje tres o cuatro veces cada día, siguiendo la pragmática de la -elegancia cortesana. - -Mientras caminábamos hacia su casa, que no estaba lejos de la de su -cuñado, me enteró de que poseía una colección de bastones y otra de -pipas, cosa muy notable. Al parecer, era una de las curiosidades más -dignas de visitarse en la ciudad, y con amabilidad, que agradecí mucho, -se brindó a mostrármerlas. Habitaba una casa pequeña y agradable. Salió -a abrirnos su señora, a quien dijo, lacónicamente: - ---Vengo a mudarme. - -Llegamos a su cuarto, e inmediatamente procedió a abrir los armarios -donde guardaba los bastones. Eran muchos, en efecto, y muy variados, y -los exhibía con un placer y un orgullo que me llenó aún más de asombro -que su número y variedad. - ---Vea usted este _palasan_; tiene cuarenta y dos nudos. Ha tenido -cuarenta y tres; pero fué necesario quitarle uno, porque era demasiado -largo... Mire usted este otro... palo de violeta; huele frotándolo. -Huela usted... Este es de carey... Esta es una caña blanca legítima. Me -la trajo el capitán de uno de los vapores de mi cuñado... - -Se entreabrió la puerta del gabinete y apareció una cabecita rubia. - ---Papá, mamá no nos deja venir a darte un beso. - ---Hace bien; ahora estamos ocupados--respondió con solemnidad el padre, -despidiendo al niño con un gesto. - -Pero yo había acudido a la puerta y besé con placer aquella cabecita -rubia. Era un niño precioso de seis o siete años. Detrás de él venía -otro más pequeño, rubio también, y cerrando la marcha una niña como de -tres a cuatro años, morena, con grandes ojos y cabellos negros rizados. -No había visto nunca criaturas más hermosas. A todos los acaricié con -efusión, y muy especialmente a la niña, cuyos ojos aterciopelados eran -una maravilla. Pero ellos se mostraban tímidos y, sin atender a mis -preguntas, miraban a su padre con recelo. El rostro de éste expresaba -severidad y disgusto. Parecía ofendido de que yo hallase más notable la -colección de sus niños que la de los bastones. Los besó por compromiso, -y cuando su esposa vino corriendo a buscarlos, le dijo ásperamente: - ---¿Por qué les has dejado entrar estando ocupado? - ---Se escaparon mientras fuí a sacarte una camisa--respondió ella -humildemente. - -Y empujando a los chicos los echó fuera de la habitación. Después se -sentó esperando que su marido terminase de exhibirme los bastones. - -Concluyó al fin, y yo, sabiendo que le lisonjeaba, hice mil -ponderaciones de su colección, lo que agradeció profundamente. Pidióme -después licencia para vestirse delante de mí. Su esposa comenzó a -maniobrar como el más consumado y también el más abatido ayuda de -cámara. Le puso la camisa; le puso la corbata, se arrojó al suelo para -abrocharle los botones de las botas. El feliz marido se dejaba vestir y -acicalar con grave continente, mientras charlaba conmigo de los bastones -y las pipas, cuyas colecciones eran, al parecer, el fin y el orgullo de -su existencia. De vez en cuando dirigía alguna breve represión a su -humillada esposa: - ---No aprietes tanto... Menos barniz y más cepillo a las botas... Di a -la muchacha que tenga cuidado de no embadurnar los botines... No quiero -esta corbata, tráeme una de plastrón. - -Pero al encontrarse con que le faltaba un botón en el chaleco quedó mudo -de estupor. - -Clavó en su esposa una mirada tan severa que la hizo enrojecer. - ---No sé cómo se me pasó--balbució ella--. Lo eché de menos al limpiar la -ropa... Lo dejé apartado para pegarlo...; pero me llamaron en la -cocina... y cuando vine, al cabo de una hora, se me olvidó. - ---Nada, nada, no he dicho nada. ¿Qué importa un botón más o -menos?--profirió él con sonrisa sarcástica. - ---Ya comprenderás que una distracción la tiene cualquiera. - ---¡Si no he dicho nada, mujer! ¿Quién te hace cargo alguno? Un botón... -Un botón... ¿Qué significa un botón comparado con un ratito de charla -agradable con la planchadora? - ---¡Pero, hombre, por Dios; no seas así!--profirió ella con angustia. - ---¿Te he dicho algo?--gritó él entonces con furia. - -Matilde calló y se puso a pegar el botón. - ---¿Cómo he de ser, di?--siguió él con igual furor. - -La esposa no levantó la cabeza. - -Sabas, entonces, dejó escapar varios resoplidos, entreverados de -palabras incoherentes y acompañados de un aspero crujir de dientes que -la sonrisa sarcástica que contraía sus labios hacía aún más lúgubre y -temeroso. - -Mas con esfuerzo heroico consiguió pronto serenar su espíritu. Encerró -los vientos, aplacó las olas y me dijo, amablemente: - ---Es necesario, Ribot, que usted coma paella hoy. Ya se lo he dicho a -Cristina. Tiene una cocinera mi hermana que guisa como un ángel. - -Callé un momento, admirado y aun sobrecogido por tal grandeza de alma, -y, al fin, respondí que tendría placer en dar testimonio de su -habilidad. - -Matilde concluyó de pegar el botón. Al levantar la cabeza pude observar -en sus ojos algunas lágrimas. - -Sabas dió la señal de marcha; pero antes envió a su señora en busca de -los guantes, del bastón, del pañuelo; se hizo impregnar de esencia con -un perfumador y dar la última cepilladura a las botas y algunos toques -de peine a los bigotes. Matilde giraba en torno suyo como una mariposa, -arreglándole la ropa y la corbata y el sombrero con sus manos blancas y -regordetas. Se le había pasado el disgusto. Parecía alegrísima y miraba -y remiraba por todos lados a su marido con orgullo. Y cuando él, para -despedirse, le tomó la barba entre los dedos con ademán indiferente y -protector, sus ojos brillaron con tal radiosa expresión de triunfo que -parecía transportada al cielo. - -En el pasillo nos salieron al encuentro los tres niños, que quisieron -lanzarse a su padre para besarle; pero éste les detuvo con gesto -amenazador: - ---¡No! Ahora no puede ser... Me vais a llenar de baba. - -Yo, que no tenía miedo alguno a ser manchado, los besé con placer, -queriendo indemnizarles de aquel disgusto. ¡Vano empeño! Se dejaban -acariciar por mí indiferentes, siguiendo con los ojos a su elegante y -despegadísimo papá. - -Matilde nos despidió desde lo alto de la escalera, sin tener tampoco -ojos más que para su marido. Advirtiendo que el cuello de la camisa no -se le veía bien a causa de la levita, bajó precipitadamente a -levantárselo, y aprovechó la ocasión para darle algunos otros toquecitos -con los dedos al bigote. - -Eran las once de la mañana. Las calles rebosaban de gente. El sol -brillaba en el cielo con todo su esplendor. Respirábase un ambiente -perfumado, acusando que nos hallábamos en la ciudad de las flores. A -cada paso tropezábamos con domésticas, llevando entre las manos grandes -ramos y canastillas de ellas que sus amos enviaban de regalo a los -amigos. En Valencia, las flores constituyen un obsequio tan general y -sencillo que el envío de ellas equivale a un saludo. Al contemplar -aquella profusión de rojos claveles, de rosas, de azucenas, que -alegraban los ojos y embalsamaban el aire, no pude menos de decirme: -«¡Dichosa ciudad donde tan precioso regalo significa tan poco que puede -hacerse todos los días!» - -De buena gana me hubiera paseado por las calles hasta la hora de comer; -pero Sabas se creyó en el deber de invitarme a tomar un aperitivo y -entramos en un café de la plaza de la Reina. - -Mientras paladeábamos una copa de _vermouth_, Sabas se mostró locuaz y -expansivo, pero sin deponer su natural gravedad. Hablóme de su familia y -amigos. Observé pronto que poseía un temperamento analítico de primer -orden, vista penetrante y seguro instinto para ver el lado flaco de las -personas y las cosas. - -Su hermana era una mujer discreta, cariñosa, de intención recta y -noble...; pero tenía un carácter demasiado adusto, se complacía en -llevar la contraria, faltando algunas veces a la cortesía, carecía de -flexibilidad, de cierta dulzura absolutamente necesaria a la mujer; en -fin, aunque bondadosa en el fondo, no se hacía amar. Bien hubiera -querido protestar contra tal absurda afirmación. Precisamente su -carácter tímido y resuelto, al mismo tiempo y su esquividez un poco -salvaje, eran las cualidades que más me habían enamorado. Me abstuve, no -obstante, de hacerlo por razones de prudencia. - -Su cuñado era un infeliz, hombre trabajador, generoso, inteligente en -los negocios... pero absolutamente incapaz para el conocimiento de las -personas. Todo el mundo le engañaba y le explotaba. Luego, de un -temperamento tan versátil que apenas emprendía cualquier negocio con -gran fuego ya estaba cansado de él y pensando en otro. Esta -circunstancia le había hecho perder mucho dinero. Las empresas en que se -había metido no podían contarse: algunas de ellas serían muy -beneficiosas si hubiera persistido; mas apenas tropezaba con las -primeras dificultades, se abatía y las abandonaba. Sólo había mostrado -constancia cuando cabalmente no la necesitaba: en los pozos artesianos. -¡Cuánto dinero llevaba ya enterrado aquel hombre en este funesto -negocio! El único que realmente le había salido bien era el de los -vapores, y ése no lo había emprendido él, lo había heredado de su -padre. - -Su amigo Castell poseía muchos conocimientos, se expresaba -admirablemente y era inmensamente rico... pero no tenía pizca de -corazón. Jamás había profesado cariño a nadie. Emilio se equivocaba de -medio a medio pensando que le pagaba la adoración apasionada, fervorosa -que por él sentía. "Pero no hay que tocarle este punto porque reñiría -usted con él, como yo he reñido varias veces. En cuanto salga en la -conversación el nombre de Castell, es necesario abrir la boca, poner los -ojos en blanco y caer en éxtasis, como si apareciese una divinidad del -Olimpo. Castell conoce esta debilidad de mi cuñado, se da tono con ella -y la aprovecha. Por lo demás, el día que necesite de él ya verá qué caso -le hace". - ---Pues Martí me ha dicho que le facilitaba dinero para sus negocios -cuando lo necesitaba--apunté yo. - ---Sí, sí--contestó riendo sarcásticamente--, no dudo que le facilitará -dinero; pero todos sabemos en Valencia cómo pararán estas liberalidades. - -No quise hacer más preguntas. Eran interioridades de familia que no se -debían sonsacar. Sabas prosiguió: - ---Además es un hombre vicioso, inmoral. Está enredado hace años con una -mujer y tiene de ella ya varios chicos; pero esto no es obstáculo para -que traiga alguna querida siempre que hace un viaje al extranjero. Se -le han conocido ya tres, una de ellas griega, ¡hermosa mujer! Las tiene -una temporada y luego las despide como a un lacayo que no le sirve. -Esto, como usted comprende, en una capital de provincia constituye un -escándalo... pero como se llama D. Enrique Castell y tiene ocho o diez -millones de pesetas, nadie se da por ofendido: los curas y los canónigos -y hasta el obispo le quitan el sombrero de una legua. - ---También me han dicho que son ricos sus tíos los señores de Retamoso. - ---¡Oh, no! Esa es una fortuna mucho más modesta que se cuenta por miles -de duros, no por millones... Pero todo ha sido ganado a pulso, ¿sabe -usted? peseta a peseta detrás de un mostrador primero y luego de un -escritorio. - ---Su tía Clara, al parecer, es una señora de mucho entendimiento para -los negocios. - -Sabas soltó una carcajada. - ---¡Mi tía Clara es una imbécil! No ha servido en toda su vida más que -para hablar en inglés con las institutrices y pasear su nariz borbónica -por la Glorieta y la Alameda. Pero mi tío Diego es el gallego más fino -que ha nacido en este siglo. Se ríe de su mujer y es capaz de reirse de -su sombra. No le considero capaz para las grandes empresas, no tiene, -como ahora se dice, el genio de los negocios; pero yo le aseguro que -para los que trae entre manos, que son generalmente de poca monta, no se -ha conocido ni pienso se conocerá en mucho tiempo hombre más avispado. - -Prosiguió de esta suerte mi elegante amigo haciendo el estudio de su -familia con crítica implacable, pero sensata, graciosa también a veces. -Pasó después a hablar de su ciudad natal, y hallé igualmente finas y -atinadas sus observaciones acerca del carácter de los valencianos, de -sus costumbres, de la política y la administración que regían en la -provincia. Confieso que me había equivocado. Lo tomé a primera vista por -un currutaco, un joven evaporado y frívolo. Resultaba ser hombre de buen -entendimiento, observador e ingenioso, aunque un poco exagerado en el -análisis y bastante severo. - -Salimos del café, y antes de acercarnos a casa dimos otra vuelta por las -calles. Natural como soy de la costa de Levante, hijo de marino y marino -también, el aspecto de la gran ciudad mediterránea ejercía sobre mí una -seducción particular. Las calles estrechas, tortuosas, pero aseadas, -donde se encuentran comercios de gran lujo, el número crecido de -vetustas casas de piedra de artística fachada pertenecientes a las -nobles familias que la hicieron famosa y respetada en todo el mundo; sus -_Torres de Serranos_, entre cuyas almenas se cree aún percibir la -silueta del caballero; sus puentes de sillería; la Lonja, cuyo salón, de -excepcional grandeza y hermosura, cobijó a los negociantes más opulentos -de España; el bullicioso mercado al aire libre próximo a ella, todo -manifiesta, a par que sus tradiciones mercantiles, la antigua y opulenta -capital; todo me hablaba de la grandeza de mi raza. - -Pedí a mi compañero que me guiase al mercado de flores. No tardamos en -penetrar en un cobertizo de hierro donde a un lado y a otro, dejando -paso por el medio, se veía una muchedumbre de mujeres de rostro pálido y -ojos negros exhibiendo su mercancía: claveles, azucenas, rosas, lirios, -malvarrosas y jazmines. La animación era grande en aquel pequeño -recinto. Las damas con su rosario y libro de misa en las manos, -plantadas delante de las vendedoras, examinaban con ojo inteligente el -género, regateando infinitamente antes de decidirse a comprar. Los -caballeros encargaban ramos y canastillas, dando instrucciones prolijas -para su construcción. Hasta las humildes criadas y menestralas se -acercaban con paso precipitado a los puestos, tomaban un puñado de -flores, colocaban algunas en la cabeza, y dejando una ínfima moneda de -cobre, se marchaban alegremente con las otras en la mano a proseguir sus -rudas tareas. ¡Con qué entusiasmo las iban contemplando aquellas -_filletas_! ¡Con qué placer aspiraban su fragancia! - -Al pasar por delante de los puestos observé que la mayor parte de las -vendedoras saludaban a mi amigo por su nombre, le dirigían sonrisas -amables y le preguntaban si no tenía algún encargo que hacerles. - ---Es usted popular en el mercado--le dije, riendo. - ---Soy un buen parroquiano nada más--me respondió con modestia. - -Y poniéndome después la mano sobre el hombro, me empujó hacia una de las -puertas, donde, algo retirados y medio ocultos entre el follaje, nos -situamos. - ---Este es punto estratégico--me dijo--; verá usted cuántos talles -salados desfilan en cinco minutos por aquí. - -En efecto, las damas que entraban por la otra puerta, después de hacer -sus compras o encargos, salían por ésta; cruzaban a nuestro lado, -rozándonos con su vestido. Para todas tenía un requiebro, una palabrilla -amable mi compañero. Bastantes de ellas le conocían y le saludaban; -algunas se quedaban un instante paradas, respondiendo con gracioso -tiroteo a sus frases galantes. Me sorprendía la desenvoltura con que -aquel hombre, siendo casado y sabiéndolo todo el mundo, requebraba a -las mujeres, y aún más, que éstas aceptasen sus galanterías sin reserva. - -Muchos rostros hermosos he visto en los diversos países donde mi vida -errante me ha llevado; pero nunca en tal profusión, tan finos, tan -delicados, de una trasparencia de ópalo, de una pureza tan exquisita -como ahora. Luego, ¡qué ojos! El alma volaba tras de su negrura y -misterio ansiando anegarse en un sueño feliz. Ojos dulces, voluptuosos, -impenetrables que parecen guardar al mismo tiempo el amor y la muerte. - -Por entre las cabezas de la muchedumbre llegó hasta mí el relámpago de -una mirada. ¡Era ella, sí, era ella! Aunque quedase oculta entre la -gente, yo sabía que era ella y que se acercaba. Mi corazón comenzó a -latir con violencia. A los pocos instantes apareció. Vestía traje de -seda negro con mantilla: en una mano traía el libro de misa y el rosario -anudado a la muñeca en forma de brazalete; en la otra, un puñado de -claveles. Venía con su prima Isabelita y acompañadas ambas de Castell. -No puedo explicar la impresión que me causó este hombre en aquel -momento. El corazón se me apretó como a la vista de un peligro y la vaga -antipatía que por la noche me había inspirado se transformó súbito en -odio. La violencia con que nació en mí este sentimiento me sorprendió; -pero no quise confesarme la causa. Traté de refrenarlo y me esforcé -cuanto pude por aparecer amable y despreocupado. - -Se detuvieron sorprendidos delante de nosotros. Castell e Isabelita nos -felicitaron por el buen sitio que habíamos elegido. - ---¡Qué no sabrá este pícaro tratándose de galanteo!--manifestó la hija -de Retamoso dándole un golpecito en el hombro con su libro. - -Y luego que hubo soltado la frase se ruborizó como una amapola. - ---Vaya, prima--respondió Sabas--, ya sabes que por lo menos a tí no te -he galanteado nunca. Pero estamos a tiempo. Te estás poniendo tan linda -de algún tiempo a esta parte que voy a olvidar los lazos de familia. - -Isabelita se ruborizó aún más, cosa que parecía imposible. Sabas -insistió en sus requiebros. Castell vino en su ayuda. Mientras tanto, -Cristina se hacía la distraída mirando a un lado y a otro: yo adivinaba -que era por no tropezar con mis ojos. Sabas se fijó en ella y le dijo: - ---Hermanita, ¿a que no eres capaz de ponerme uno de esos claveles en el -ojal? - ---¿Por qué no?--repuso ella. - -Y entregando el libro a su prima, escogió el más hermoso y grande y se -lo colocó donde pedía. - -Por impulso irreflexivo y con una osadía que había perdido ya con -aquella mujer dije entonces: - ---¿Y para los demás no hay nada? - ---¿Quiere usted?--me preguntó alargándome uno sin mirarme. - ---No; quiero el honor de que usted me lo coloque en el ojal--repuse con -firmeza. - -Quedó un instante suspensa; hizo después algunos movimientos que -revelaban su indecisión; por último, tomó al azar otro clavel y -precipitadamente me lo puso también. Creí advertir (ignoro si fué -ilusión) que sus manos temblaban al hacerlo. ¡Oh Dios, con qué placer -las hubiera besado! - ---¿Y yo no entro en turno?--dijo entonces Castell inclinándose con -amable sonrisa. - ---¡Ea, basta ya de clavelitos!--replicó ella con mal humor saliendo por -la puerta. - ---He llegado tarde--murmuró el banquero algo confuso. - ---¿Quiere usted uno mío?--le preguntó tímidamente Isabelita. - ---¡Oh, con placer infinito! - -Y se inclinó rendido, sonriente, gozoso al parecer, mientras la niña le -prendía el clavel en la levita. No obstante, comprendí que estaba -despechado. - -Seguimos todos a Cristina, y su prima se emparejó con ella, marchando -detrás Sabas, Castell y yo. Pero no habíamos andado muchos pasos cuando -aquél detuvo a una linda menestrala y se quedó diciéndole chicoleos. -Castell y yo le aguardamos un momento; pero viendo que no tenía trazas -de concluir, le dejamos para seguir a las damas. - ---Este cuñado de Martín--dije a mi compañero--me parece un muchacho de -entendimiento despejado. - ---Es un crítico--respondió Castell lacónicamente. - ---¿Cómo un crítico?--pregunté yo sorprendido. - ---Sí; está dotado admirablemente para ver el lado débil y el fuerte de -las cosas, para pesar y medir, para comparar, para penetrar en los -laberintos de la conciencia... Pero estas facultades se devuelven -siempre de dentro afuera; jamás se le ocurrió aplicarlas a su propio -ser. Así que derrochando análisis, censuras, consejos muy justos y -atinados resulta un hombre perfectamente insensato. Ha emprendido cinco -o seis carreras y no ha terminado ninguna; ha derrochado su patrimonio -en el juego y en francachelas; martiriza a su mujer, abandona a sus -hijos y hoy tiene que vivir a expensas de su cuñado. - ---¡Buen panegírico!--exclamé riendo. - ---El mismo que usted oirá a todas las personas razonables de la -población. Esto no obsta para que sea un hombre simpático, popular y -generalmente querido: y es porque sus defectos no son lo que pudiéramos -llamar vicios públicos, sino privados. - -Nos emparejamos al fin con las damas y llegamos a casa de Martí muy -cerca de la hora de comer. Los señores habían convidado, en honor mío, a -los tertulios de la noche anterior, pertenecientes, exceptuando Castell, -a la familia. Emilio me hizo sentar a la derecha de su esposa. El roce -de su vestido, el perfume que se escapaba de su persona y aún más el -misterioso flúido que me comunicaba su proximidad me tuvieron -embriagado, inquieto. Hasta el punto que, queriendo mostrarme atento y -galante con ella, apenas hacía ni decía cosa ordenada: mojaba el mantel -al echarle agua, le preguntaba tres veces seguidas si le gustaban las -aceitunas y dejaba caer el tenedor al ofrecerle una. Pero era feliz, no -puedo ocultarlo. Ella se mostraba cortés y un poco más expansiva, me -daba las gracias por mis atenciones y disimulaba con gracia mis yerros. -Mas he aquí que cuando más alegre estaba veo que Castell fija la mirada -en el clavel de mi ojal y me pregunta con la sonrisa fría e irónica que -le caracterizaba: - ---Capitán, ¿quiere usted mil pesetas por ese clavel que lleva usted? - ---¡Mil pesetas!--exclamó Martí levantando la cabeza sorprendido. - -Yo me turbé de un modo indecible, como si me hubieran sorprendido -cometiendo un crimen. No supe más que sonreir estúpidamente y exclamé: - ---¡Vaya unas bromas que usted tiene! - -Pero Cristina había erguido con altivez su hermosa cabeza y dijo: - ---Ribot es un caballero y no vende las flores que le regala una señora. - ---¡Ah, se lo has regalado tú!--Y volviéndose a Castell:--Pero, Enrique, -¿quieres que Ribot te venda ese clavel cuando si me lo hubiese regalado -a mí, aunque soy su marido, no te lo daría por toda tu fortuna? - -Y al mismo tiempo clavó en su esposa una intensa mirada de cariño. La -inocencia y nobleza de aquel hombre me conmovieron. A Cristina debió de -llegarle al alma. Bajando de nuevo la cabeza, murmuró con acento -concentrado: - ---¡Por eso _tú_ eres _tú_! - -Estas sencillas palabras eran un poema de ternura. - ---De sobra sé--manifestó Castell con la misma indiferencia--que hay -cosas en el mundo que no pueden ni deben comprarse con dinero. -Desgraciadamente los hombres no tenemos para ellas término de -comparación y nos vemos precisados a acudir a un objeto material y -hasta grosero para hallarlo, aunque sea remoto. - ---Pues yo no lo encuentro tan remoto--dijo Sabas--. Me parece que el -dinero sirve bastante bien para casi todos los casos que se presenten. -Aquí tiene usted otro clavel mejor que ése: me lo ha regalado una -señora. Pues bien, Castell, se lo doy a usted por dos pesetas. - -Los convidados rieron. Cristina aparentó enfadarse. - ---¡Eres un grosero, un gañán!... Matilde, hazme el favor de arrancarle -el clavel a ese puerco, que desde aquí no puedo. - -Sabas se lo tapó con las manos. - ---Espera un poco, hija, espera un poco. Si Castell no da las dos -pesetas, entonces te lo entrego. Mientras no lo sepa, no. - ---Aquí están--dijo Castell sacándolas del bolsillo y poniéndolas sobre -la mesa. - ---Ahí va--repuso Sabas quitándose el clavel y entregándoselo. - -Esta broma produjo algazara en la mesa. Sin embargo, observé que a -Cristina le hizo mal efecto. Insultó a su hermano con verdadera rabia y -juró que en su vida le daría otra flor. - -Mientras tanto yo tuve tiempo para reponerme de la extraña turbación que -las palabras de Castell me habían causado. Concluímos de comer -alegremente; pero Cristina no volvió a mostrarse risueña ni expansiva -como antes. - -Dos horas después tomé el tren para Barcelona, donde mi presencia se -hacía indispensable. Fueron a despedirme a la estación Martí y Sabas. -Aquél me hizo prometer una visita más larga. - ---Después del viaje pendiente--le respondí--tengo pensado solicitar de -la Compañía permiso para quedarme en casa el tiempo invertido en otro; -mes y medio próximamente. Entonces vendré desde Alicante a pasar ocho o -quince días con ustedes. - ---Veremos si es usted hombre de palabra--replicó apretándome la mano -cariñosamente al tiempo de ponerse el tren en marcha. - -[imagen: una barra decorativa] - - - - -VI - - -Ignoro qué relación tenga el agua salobre del mar con el amor; pero la -experiencia me ha hecho comprender que debe de existir en aquélla alguna -virtud misteriosa y estimulante. En tierra puedo alguna vez sobreponerme -a mis sentimientos más vehementes y vencerlos. Una vez a bordo, soy -hombre perdido. Cualquier pasioncilla insignificante toma proporciones -gigantescas y en poco tiempo me derriba. Así sucedió que, proponiéndome -en Valencia no hacer más caso de invitaciones halagüeñas ni volver a -ponerme en mi vida delante de doña Cristina, y continuando en esta -plausible determinación todo el tiempo que permanecí en Barcelona, tan -pronto como me hallé a flote se desvaneció como el humo, me pareció un -verdadero absurdo. - -Ello fué que desde Hamburgo escribí a la casa armadora solicitando -permiso de quedarme el tiempo de un viaje del barco en mi casa para -arreglar asuntos de familia. Mientras duró el que estaba efectuando no -pude pensar más que en la esposa de Martí. Ni aun en sueños la dejaba mi -mente: cada una de sus palabras sonaba incesantemente en mis oídos, como -si tuviese en mi cerebro un fonógrafo encargado de repetirlas, y estaban -clavados en mi corazón todos sus gestos y ademanes. Al pasar por delante -de Valencia, de regreso, la alegría de pensar que pronto iba a gozar de -la vista de mi ídolo se mezclaba a un sentimiento de vergüenza y -remordimiento. Temía su recibimiento desdeñoso... y temía también el -afectuoso y cordial de su marido. - -Me propuse no alojar en su casa para acallar un poco mi conciencia -alborotada. Después de pasar seis días en Alicante me trasladé a -Valencia con un amigo que la suerte me deparó para excusarme de ir a -casa de Martí. No fuí directamente a ver a éste, sino que quise dejarlo -para más tarde, y salí a dar un paseo por las calles. Pero al caminar -por una de las más principales vi a tres señoras cerca del escaparate de -una tienda de modas, y en seguida advertí que una de ellas era Cristina -y las otras dos doña Amparo y doña Clara. Me acerqué a ellas por detrás -saludándolas (nunca lo hubiera hecho). Cristina vuelve la cabeza y, como -si viese algo espantoso, deja escapar un grito y corre precipitadamente -algunos pasos. Mi estupor fué grande y la sorpresa de aquellas señoras -tampoco fué pequeña. Comprendiendo inmediatamente lo extraño de su -conducta, y avergonzada, se rehizo y vino a saludarme con extremada -amabilidad. Explicó el grito y la huída manifestando que hacía algunos -minutos les había pedido limosna un pobre de mala catadura y que en -aquel momento, sin saber cómo, se le había figurado que el mendigo las -seguía y venía a atacarlas. Doña Amparo y doña Clara se dieron por -satisfechas y lo achacaron a los nervios y al estado interesante en que -se hallaba, y hubieran querido entrar en una botica y administrarle -algún antiespasmódico. Cristina se negó a ello. Yo sabía mejor a que -atenerme y, porque lo sabía, me entristecí. - -Martí me acogió con viva alegría; quiso luego enojarse porque no iba a -hospedarme en su casa; pero yo, pertrechado con mi excusa, me sostuve -firme, y no me pesó. Sabas también se manifestó complacido viéndome. Yo -no pude menos de saludarle con sentimiento de compasión viendo en su -rostro las huellas cada vez más ostensibles de sus constantes trabajos -al sol. El resultado de ellos, a lo que pude entender, fué la -adquisición de una boquilla toda de ámbar con sus iniciales grabadas, de -la cual estaba tan orgulloso que parecía dar por bien empleados los -afanes y desvelos que le había costado. La impresión que mi llegada -produjo en Castell nunca pude averiguarla. Su cortesía ceremoniosa, -glacial, le resguardaba de esta clase de averiguaciones. Sin embargo, la -actitud ligeramente desdeñosa que con todo el mundo adoptaba me pareció -que conmigo se acentuaba un poco más. Tal vez fuese aprensión; pero un -secreto instinto me decía que aquel hombre me odiaba ya, y yo le pagaba -en igual moneda. - -Cristina se hallaba muy adelantada en su embarazo. Aunque las mujeres no -suelen estar bellas en tal situación más que para sus maridos, yo la -hallaba cada vez más bella y más interesante: prueba inequívoca de la -profundidad del afecto que había logrado inspirarme. Su recelo y su -inquietud respecto a mí iban en aumento, y este recelo era causa de que -en ocasiones faltase a la cortesía. Desde luego se notaba que ponía -empeño en no mirarme; pero la misma afectación con que lo ejecutaba -podía demostrar que alguna agitación reinaba en su alma y que yo no le -era en absoluto indiferente. Tal por lo menos era mi ilusión entonces. - -Aunque no alojaba en su casa, la amabilidad de Martí y mi secreto deseo -me empujaban a permanecer casi todo el día allí, a comer y a pasear con -ellos. Me era imposible disimular el amor que sentía. A riesgo de ser -notado (no por Martí, que era la inocencia personificada, sino por los -otros), apenas apartaba la vista de Cristina. En cuanto se me presentaba -ocasión le hacía ver lo que pasaba en mi alma. Si le caía cualquier -objeto al suelo, yo era el que se apresuraba a recogerlo; si echaba una -mirada a la puerta, ya estaba yo corriendo a cerrarla; cuando se quejaba -de cualquier molestia, le proponía en seguida todos los remedios -imaginables. Mostraba, en fin, por todo lo que la concernía un interés -vivo y ansioso que me salía del corazón. Recibía ella estas atenciones -con semblante grave, a veces huraño; pero yo comprendía que no dejaba de -advertir ni la más leve, y esto me bastaba. - -A veces me insinuaba demasiado. Mostrando disimulo me iba acercando poco -a poco a ella, hasta que rozaba mi brazo con su vestido. Entonces se -apartaba bruscamente y marchaba a colocarse en otro sitio. Estos -desaires mudos me causaban dolorosa impresión. Pero estaban compensados -por otros goces, fantásticos quizá, pero que no dejaban de ser por eso -delicados. Cuando estábamos sentados a la mesa, aunque ponía como he -dicho gran empeño en no mirarme cara a cara, no podía menos de -distraerse, y sus ojos venían alguna que otra vez a chocar con los míos. -Cuando esto sucedía, creía notar que su rostro se coloreaba levemente. - -El amor no sofocaba por completo mi instinto de observación; quiero -decir que amaba a la esposa de Martí y la estudiaba al mismo tiempo. -Pronto vine a comprender que, además de aquella mezcla rara y graciosa -de desenfado y timidez, de ruidosa alegría y gravedad ceñuda, existía en -ella un fondo de sensibilidad exquisita, cuidadosa y hasta ferozmente -guardado. El pudor de sus sentimientos era tan vivo que cualquier -manifestación de ternura le causaba vergüenza. Prefería pasar por dura y -fría antes de consentir que leyeran en su alma. Al revés de su mamá, que -sólo estaba contenta dando o recibiendo mimos y besuqueando a todo el -mundo, jamás hacía una caricia a las personas de su familia, y evitaba -cuanto le era posible que se las hiciesen a ella. Su marido mismo, -cuando se ponía un poco acaramelado, recibía su correspondiente sofión, -que aceptaba casi siempre riendo. A pesar de eso, todos la querían -entrañablemente, y consideraban su feroz esquivez como una rareza -graciosa, complaciéndose a veces en mortificarla un poco. - -Por razón de este carácter, cualquier expresión de afecto en su boca -tenía valor inapreciable. Pero era menester hacerse los distraídos o -fingir que no se advertía. Si se reparaba en ella y se le hacía -entender, asunto perdido: volvía repentinamente a su brusquedad, -cortando la gratitud con alguna frase irónica o desdeñosa. Tenía también -un poco desarrollado el espíritu de contradicción, esto es, solía llevar -la contraria a los demás, pero no por orgullo ni por mal humor, como -pude convencerme pronto, sino porque, siendo tan profundamente reservada -en sus afectos, le repugnaba que cualquiera los exhibiese con -vehemencia. Y con esto ¡caso extraño! jamás hallé una criatura cuya -fisonomía expresase mejor los movimientos y emociones del espíritu, -hasta los más leves matices del pensamiento. El que la dominase por el -momento, a despecho suyo y a pesar de los fuertes cerrojos con que -aspiraba a guardarlo, salía por sus ojos, por los pliegues de su rostro, -por todos sus ademanes y movimientos. - -Martí se mostraba cada día más franco y cariñoso conmigo. Esto, como -puede adivinarse, sólo a un villano podía alentar en su empresa. Á mí, -que no me tengo por tal, me embarazaba y entristecía. Fuimos -inseparables desde el primer momento. No sólo comíamos o tamábamos café -juntos, sino que muchas veces exigía que le acompañase a evacuar sus -negocios, y me hizo pronto su confidente y hasta me instaba para que -diese mi opinión. Por último, a los cinco o seis días de mi permanencia -en Valencia me propuso alegremente que nos tuteásemos, y sin aguardar mi -respuesta se puso a hacerlo con amable cordialidad que me conmovió. -Sentí mezcla de orgullo y humillación, de placer y pena: pensaba que la -confianza de aquel hombre me acercaba materialmente a su esposa y me -alejaba cada vez más de ella moralmente. Tuve ocasión de comprobarlo -pocas horas después. Cuando fuimos a casa, aunque por vergüenza hice lo -posible para que no se descubriera tan pronto nuestro modo nuevo de -tratarnos, Martí lo hizo patente en seguida. Cristina alzó la cabeza -sorprendida, nos miró a ambos un instante, bajó de nuevo los ojos y creí -sorprender en ellos una sombría expresión de disgusto. Lo que pasó por -su alma bien lo adiviné. - -Martí me invitó al día siguiente a visitar su finca del Cabañal, donde -tenía que dar algunas órdenes para el arreglo del jardín y la casa. -Solían instalarse allí desde Mayo (mes que a la sazón corría); pero este -año, a causa del própero suceso que se aguardaba, tendría que dilatarse -el traslado. Le rogué que hiciéramos el camino a pie y a campo traviesa, -a fin de contemplar las alquerías y jardines que hay entre la ciudad y -el mar. Accedió de buen grado y a la hora del paseo nos encaminamos -despacio hacia allá. - -Mi compañero no cerró la boca desde que salimos de casa. La explicación -de sus negocios le embargaba de tal modo que no paraba mientes en aquel -delicioso campo tapizado de flores donde las blancas _barracas_ parecen -palomas que vienen a posarse. En torno de estas casitas de techo -puntiagudo, metidas casi siempre en un bosquete de naranjos, granados y -algarrobos, se extiende un cultivo simétrico de flores y legumbres, -grandes cuadros de claveles, azucenas, rosas, alelíes, mezclados con -otros de fresa, alfalfa y alcachofas. Y corriendo entre ellos por sus -caminitos bien trazados hermosos niños de tez morena que permanecían un -instante inmóviles mirándonos con sus ojos negros y profundos. El padre, -encorvado sobre la tierra, también levantaba la cabeza a nuestro paso y -nos saludaba grave y silenciosamente llevándose la mano al tosco -sombrero de paja. - -Martí no veía esto ni veía siquiera el camino que íbamos pisando. - ---Una de dos: o el negocio de los pozos sale bien, en cuyo caso no sólo -espero pronto resarcirme del capital empleado, sino que constituirá una -renta para mí y mis herederos, o sale mal, y entonces se perderá en -apariencia el capital, pero no en realidad, porque tendré a mi -disposición un personal inteligente, diestro y hábil en esta clase de -trabajos, con el cual pienso emprender inmediatamente la canalización de -un río en la provincia de Almería, donde existen grandes terrenos -aprovechables y falta agua para los riegos y vías de comunicación. Es un -proyecto que me da vueltas hace años en la cabeza. Bien sabes tú el -tiempo y el dinero que cuesta en España crear un personal apto para -cualquier negocio de éstos. No solamente faltan directores, capataces, -destajistas, etc., sino que ni aun obreros para cierta clase de trabajos -tenemos. Pues bien, yo, cuando termine bien o mal los pozos, tendré a -mis órdenes ese personal. - ---Me parece bien la idea--respondí distraído en la contemplación de la -hermosa, matizada alfombra que se desplegaba delante de nosotros. - ---¡Ya lo creo que lo es!--exclamó Martí con énfasis.--Pero estas ideas, -amigo Ribot--añadió alegremente pasándome el brazo por encima de los -hombros,--sólo vienen después de algunos años de experiencia... y a -veces no vienen tampoco si falta lo principal, que es el sentido -práctico y la vocación de los negocios. - ---Sí; las aptitudes pueden perfeccionarse, pero no se adquieren. - ---Tan cierto es eso, que ahí tienes a mi cuñado Sabas. Hice esfuerzos -sobrehumanos para infundirle alguna habilidad, algún sentido, y no -conseguí más que estrellarme. Cuantos asuntos le confié, a pesar de -llevar instrucciones precisas y terminantes, han sido otros tantos -fracasos. De tal modo que ha sido preciso dejarle en paz y no emplearle -absolutamente en nada. - -No pude menos de pensar que el castigo no debía de ser muy cruel para el -cuñado, y aun me vino a la imaginación que acaso él lo hubiera provocado -como ciertos niños viciosos provocan los de su aya; pero guardé para mi -estas otras observaciones. - ---Otro tanto pasa con mi amigo Castell. Talento penetrante, universal; -cabeza privilegiada, erudición inmensa, conocimiento profundo de las -ciencias y las artes, hasta de las mecánicas... Pero llega el momento de -la aplicación, y es hombre que se detiene ante un grano de arena. Todo -es obstáculos, vacilaciones, escrúpulos. Se desanima antes de comenzar y -abandona cualquier negocio. Para llevar a cabo una empresa industrial no -basta el conocimiento que da el estudio; es menester que quien la -emprenda posea inteligencia esencialmente positiva y, sobre todo, que -tenga como yo una voluntad de hierro. - -Poco a poco nos íbamos aproximando al Cabañal. Dibujabanse ya las -orillas del mar que extendía su gran mancha azul bajo un sol -esplendoroso. Caminábamos envueltos en su luz respirando un ambiente -perfumado. La alegría de aquel paisaje, sereno y luminoso como un cuadro -de Tiziano, las escenas idílicas que aquí y allá tropezábamos, -penetraban en el alma y la inundaban de suave felicidad. Al través de -esta alegría, de este amable sosiego, Martí, con su hermosa cabellera -ondeada, con sus grandes ojos inocentes, no me parecía un hombre tan -positivo como era al parecer; ni completamente de hierro. - -Antes de tocar en las primeras casas del lugarcito torcimos a la -izquierda. Allá a lo lejos se parecía una casita blanca entre árboles -que Martí me dijo ser su alquería. En el camino vi un cercado singular -cuyos muros estaban fabricados de piedras perfectamente simétricas e -iguales. Parecía en ruinas, y al través de sus grandes brechas distinguí -algunos tendejones, grandes tubos de hierro enmohecidos sembrados por el -suelo, ruedas y otros restos de maquinaria. - ---¿Qué es esto?--pregunté sorprendido. - -Martí tosió antes de responder, sacó un poco los puños de la camisa y -profirió con gesto entre desabrido y vergonzoso: - ---Nada... una fábrica de piedra artificial. - ---Pero, al parecer, no funciona. - ---No. - ---¿A quién pertenece? - ---Es mía. - ---¡Ah! - -Me callé porque comprendí en su actitud que el asunto le mortificaba. -Seguimos algunos pasos más sin que se dignase echar siquiera una mirada -a su fábrica abandonada; pero volviéndose de pronto exclamó: - ---¡No te vayas a figurar que no he sabido fabricar piedra! Mira... todo -ese cercado está construído con productos de la fábrica. Toma en peso -una piedra y reconócela. - -La tomé, en efecto, la examiné y vi que en la apariencia al menos tenía -todas las condiciones de resistencia necesarias. Así me complací en -manifestárselo. Martí me explicó la quiebra de la fábrica por la -carestía de la mano de obra. Valencia era una provincia que desde siglos -atrás había dejado de ser industrial para convertirse en agrícola; -faltaban brazos. Luego el director facultativo tampoco había llenado -cumplidamente su destino. La elevación de tarifas y fletes, etc., etc. - -El asunto era, sin duda, enojoso para mi amigo. Hablaba sordamente y con -la frente fruncida y evitaba el mirar hacia su desventurada fábrica. -Así que, para no desazonarle más mostré el mayor desprecio posible por -toda aquella maquinaria enmohecida y seguí adelante sin concederle una -pizca más de atención. - -Llegamos por fin a los muros de su huerta. Penetramos en ella por una -puerta enverjada y atravesamos un lindo jardín para llegar a la casa. -Ésta era de construcción modesta, pero bastante espaciosa y decorada en -su interior con lujo. El mobiliario, propio para la estación de verano, -sencillo y elegante. Pero lo que despertó mi entusiasmo fué el extenso -parque que tenía detrás, cuyas tapias rozaban ya con la misma playa, a -la cual se salía por una puerta también de hierro. Antiguamente había -sido una finca productiva. El padre de Martí primero y luego éste la -habían transformado en vasto jardín. Los caminos anchos y enarenados, -orillados por naranjos, limoneros, granados y otras muchas clases de -árboles frutales. Aquí un bosquecillo de laureles y en el centro de él -una mesa de piedra rodeada de sillas; allá una gruta tapizada de jazmín -y madreselva; más lejos un macizo de cañas o de cipreses, y en el centro -una estatua de mármol blanco. Y como fondo para esta decoración, la -línea azul del mar, sobre cuyas olas parece que van a caer las naranjas -desprendidas de sus tallos. El sol, que ya declinaba, envolvía la -huerta y el mar con llamarada viva; sus rayos de oro se enfilaban por -los blancos caminos de arena, hacían resplandecer la casa enjalbegada, -penetraban en los bosquecillos de ciprés y laurel, iluminaban la faz de -mármol de las estatuas y quedaban colgados a las ramas de los árboles -como los hilos de oro de una cabellera rubia. A la derecha asomaban por -encima de la tapia los palos de los pequeños barcos de pesca con su -sencilla jarcia y se extendía el pueblo del Cabañal, mezcla rara y -pintoresca de chozas de pescadores y de aristocráticas mansiones donde -veranean los próceres de la ciudad. Más lejos, el Grao y los mástiles -elevados de sus vapores. - -Martí me fué mostrando toda la huerta, aunque sin mucho placer ni -orgullo. Los negocios pretéritos y futuros le embargaban y no sabía -salir de ellos. Sólo al llegar a un rincón cerca de la playa pareció -distraerse algunos instantes para enseñarme un pabelloncito de estilo -griego que encajaba admirablemente en aquella risueña decoración. Por -dentro estaba adornado con muebles tallados traídos de Italia, estatuas -y jarrones. - -Tenía una pequeña terraza o mirador sobre el mar, y encima de la puerta -grabado un nombre que me causó leve estremecimiento. - ---La construcción de este pabellón fué cosa de mi mujer. Por eso hice -poner su nombre sobre la puerta. - -Desde allí, a paso lento, nos volvimos a la casa por nuevos y siempre -hermosos caminos de árboles. Tropezamos antes de llegar con una -montañita artificial y sobre ella un castillete. En torno había un -pequeño estanque imitando el foso. Lo atravesamos por medio de puente -levadizo y ascendimos por un sendero estrechísimo entre setos de boj y -naranjo, y llegamos a la cumbre en el mismo tiempo que lo digo. La -senda, a pesar de sus engañosas revueltas, podía medirse por varas y aun -por pulgadas. Sobre la puerta del castillete había grabado otro nombre -que también me hizo estremecer, aunque de modo bien distinto. - ---La idea de la montañita rusa y del castillo fué obra de mi amigo -Castell, y, como es natural, le puse su nombre... que es el que mejor le -conviene--añadió riendo. - -Á mí el equívoco me hizo mucha menos gracia. Quizá tendría parte en ello -la antipatía, cada vez más pronunciada, que el sujeto me inspiraba. -Entramos en el diminuto castillo y subimos a su azotea. Desde allí se -descubría admirablemente, no solamente el parque, que ya no parecía tan -vasto, sino una buena parte de la huerta, todo el Grao y Puerto Nuevo y -gran extensión de mar. Sobre sus olas menudas, innumerables, sobre el -azul fuerte y oscuro de la masa de agua ensanchaba su bóveda de cristal -el cielo matizado de suaves tintas de grana. El sol dejaba correr sobre -las olas un río de oro. En la verde alfombra de la huerta, con sus -interminables maizales, brillaban las pequeñas barracas blancas -descansando en su nido oscuro de naranjos o cipreses. Más allá Valencia, -el Miguelete, y a lo lejos la cadena circular de montañas, que en -aquella hora aparecían teñidas de malva, de lila y violeta. - ---¿Qué es aquel barracón?--pregunté herido desagradablemente por la -vista de un edificio grosero de ladrillo que se alzaba en los confines -del parque. - ---Nada... aquello ha sido un conato de fábrica de cerveza--respondió -secamente Martí. - -Y de nuevo apareció surcada su frente por la arruga de marras. - ---Pero, ¿no has llegado a fabricarla? - ---Sí, se ha hecho alguna. Resultaba mala a causa de la calidad del agua. -El maestro que hice venir de Inglaterra no me desengañó a tiempo y me -obligó a gastar bastante inútilmente. - -Tosió sin gana, se estiró los puños de la camisa, metió los dedos por su -cabellera y bajó precipitadamente la escalerilla del castillo seguido -por mí. Había en los ademanes de aquel hombre, lo mismo en los que -expresaban alegría que disgusto, tanta cordialidad, una inocencia tan -infantil, que yo me sentía cada vez más atraído hacia él. Me parecía que -le amaba desde largo tiempo. - -Salimos de la finca cuando el sol estaba ya próximo a trasponer las -lejanas montañas. Caminamos la vuelta de casa atravesando de nuevo la -huerta, sus campos de maíz, sus jardines y frutales. Era la hora de -dejar el trabajo, y los huertanos, con el típico pañuelo liado a la -cabeza, descansaban a la puerta de las barracas, bajo el fresco dosel de -pámpanos de su parra. Los niños se subían sobre sus rodillas y bailaban -sobre ellas, mientras la madre preparaba el arroz para la cena. - -[imagen: una barra decorativa] - - - - -VII - - -Cuando llegamos a casa cerraba ya la noche. La familia estaba reunida en -el comedor y la mesa puesta. Isabelita comía con sus primos y Retamoso y -doña Clara se preparaban para marcharse sin su hija. Sabas y Castell -también comían allí. Nos recibieron con alegría, y todos, exceptuando -por supuesto Cristina, me saetearon a preguntas acerca de la impresión -que me había causado la alquería. Mostréme entusiasmado, no tanto por -cortesía como porque en realidad lo estaba. Describí con calor su -encantadora situación, el gusto y esmero con que estaba cuidada, la -elegancia del pabellón _Cristina_ (creo que en este punto insistí -demasiado) y terminé diciendo que no tendría inconveniente en vivir allí -toda la vida. - ---¿En el pabellón Cristina?--preguntó con sonrisa irónica Castell. - ---¿Por qué no?--respondí con tono resuelto echando una rápida mirada, a -la esposa de Martí. Ésta parecía hallarse distraída en aquel momento. Yo -adiviné, sin embargo, que no perdía una palabra de mi discurso. - ---Entonces es que le gusta a usted vivir enjaulado como los canarios. Yo -también viviría así de buen grado, pero a condición de que me cuidase la -mano elegida por mí. - -Y al decir esto también miró con el rabillo del ojo hacia Cristina, que -tenía el rostro vuelto a otro lado y horriblemente serio. - ---Pues yo, como no soy tan sibarita...--repliqué riendo--, no pongo -condición alguna. - -Martí dió algunas palmaditas cariñosas en la espalda de su amigo. - ---¡Como si no te conociéramos todos, viejo calavera! Vivirías a gusto -quince días y al cabo de ellos te sentirías harto de jaula, de alpiste y -de las manos lindas que te lo echaban. - -Castell protestó de este juicio manifestando que la veleidad en el amor -no tanto depende del temperamento como de la vaga pero apremiante -necesidad que todos sentimos de buscar el ser que responda a las íntimas -aspiraciones del nuestro, a nuestros secretos anhelos o, en palabras más -prosaicas aunque más positivas también, que se adapte exactamente a -nuestro individuo físico y moral. - ---Yo no he hallado como tú--concluyó diciendo atrevidamente--, entre -tantas mujeres, la que realizase todas las necesidades de mi ser, muchas -de las cuales son inconscientes quizá, pero no menos efectivas. Si -cuando _tú o antes que tú_ (recalcó de un modo particular estas -palabras) hubiera tropezado con ella, ten por seguro que mi carrera -galante se habría detenido hace ya tiempo y no tendrías razón para -llamarme, como ahora, viejo calavera. - -La actitud, el acento y las furtivas miradas que el opulento naviero -dirigió varias veces a Cristina mientras hablaba me confirmaron en la -sospecha que concebí casi en el punto en que por primera vez tuve -ocasión de hablarle, es a saber, que aquel señor galanteaba a la esposa -de su íntimo amigo y socio. - -El efecto que el esclarecimiento de esta sospecha me hizo fué -deplorable. Sentí odio hacia mi rival, le apellidé en mi interior falso -amigo, traidor, aleve. Pero al mismo tiempo una voz me gritaba en la -conciencia que yo, aunque amigo reciente, no era un ser mucho más -apreciable. Esta voz me turbaba de modo indecible. - -Siguió la plática, y Castell tuvo ocasión de decir a Cristina, sin que -nadie más que ella lo entendiese, cuanto le pareció. Su palabra -flexible respondía admirablemente a todos los movimientos, revueltas y -saltos que le placía imprimirle. Cristina hablaba con su madre; pero en -su visible distracción y en la nube de inquietud que oscurecía su rostro -cualquiera adivinaba que escuchaba cuanto Castell decía y que no era de -su agrado. En aquel momento, a pesar de las arrugas de su frente y de la -fiera expresión de sus ojos, me pareció más adorable que nunca. - -Retamoso, ya con el sombrero puesto, se acercó a Castell, y, haciendo -ademán de hablarle al oído, pero en realidad bastante alto para que lo -oyese su mujer, le dijo con su gracioso acento galaico: - ---Señor de Castell, tiene usted razón como un santo. La cuestión es el -aciertu... ¡el aciertu! Si yo no hubiese tenido tan buen consejo para -elegir compañera, ¿qué hubiera sido de este pobre hombre? ¡Qué prenda! -¿eh? ¡qué tesoro! ¡Silenciu! Guárdeme el secreto: a estas horas no -tendría dos pesetas. ¡Silenciu! ¡Ps! ¡ps! - -Y arqueando las cejas y haciendo visajes de admiración y contento -reprimido, se alejó arrastrando los pies. Su cara mitad, que había oído -perfectamente, le dirigió una mirada oblicua donde no resplandecía la -gratitud y, arrugando su nariz aguileña, nos dió las buenas noches con -imponente severidad. - -Nos hallábamos en pie todos y preparados para sentarnos a la mesa. -Martí, observando que su panecillo estaba un poco descortezado, exclamó, -bromeando: - ---Ya anduvieron aquí las patitas de mi rata. ¿Verdad, Cristina? - -Ésta sonrió en señal de asentimiento. - ---¡Me extrañaría que dejases de pellizcarme el pan algún día! - -Entonces yo, a una vuelta que dió Martí para hablar con Castell, me -acerqué disimuladamente a la mesa, tomé un pedazo de pan por el sitio en -que Cristina lo había pellizcado y lo comí con inexplicable placer. No -se le escapó a ella esto, y observé una ligera turbación en su rostro. - ---¡Vaya, vaya a comer... y cada cual a su sitio!--exclamó con graciosa -mueca de enfado. - -Obedecí, humildemente, y me senté en el sitio de costumbre. La comida -fué alegre. Martí estaba locuaz y risueño. Como si no se hubiese hecho -cargo hasta entonces de las bellezas que guardaba su finca del Cañabal, -las describió con el entusiasmo que yo le había comunicado en nuestro -paseo. Terminó proponiendo que fuésemos allá por las tardes a merendar, -ya que las circunstancias impedían trasladarse por completo. Es inútil -decir el gozo con que escuché esta proposición. Cristina también la -acogió con alegría y lo mismo el resto de los comensales. Sabas -manifestó, con su gravedad habitual, que, quizá, no podría ir todos los -días. - ---No; contigo ya sabemos que no debemos contar. ¿Cómo has de dejar -abandonados los negocios de la plaza de la Reina y del café del -Siglo?--manifestó su hermana riendo. - ---¡No es eso, hija mía!--exclamó picado el elegante--. Ya sabes que no -soy muy sensible a los recreos campestres. - ---Sí, sí; ya sé que estás por los urbanos y que no respiras bien sino en -una atmósfera de humo de tabaco. - -Doña Amparo acudió, como siempre, al socorro de su hijo. - ---Me alegro mucho de que Sabas no venga, porque las merendetas siempre -le han hecho daño al estómago. - ---¡Qué le importa a Cristina que yo me ponga enfermo!--exclamó con -afectada amargura el crítico. - ---¡Pobrecito! Lo que te sienta admirablemente es cenar a última hora en -el Círculo, con manzanilla y _champagne_. - -Martí intervino para cortar la disputa de los hermanos, observando que -doña Amparo se estaba preparando ya para desmayarse. Cada cual en -materia de goces tenía sus preferencias y era insensato tratar de -imponer los nuestros a los demás. "Todo el mundo tiene derecho a ser -feliz a su manera", dijo Federico de Prusia; y si Sabas se sentía más -feliz bajo techado que a cielo descubierto, no había motivo para -incomodarse. - ---Lo que sí le ruego--concluyó diciendo--es que, ya que él no sea de la -partida, permita a Matilde y a los niños venir con nosotros. - -Sabas accedió generosamente a este ruego y pareció todo conflicto -conjurado; pero Cristina, que todavía deseaba hacerle rabiar un poco, -dijo sonriendo malignamente: - ---Por supuesto, eso debe entenderse en las tardes en que no haya botones -que coser... - ---¡Cristina! ¡Cristina!--exclamó Martí, medio enfadado, medio riendo. - -Todos hicieron lo posible por reprimir la risa. Sabas alzó los hombros -con aparente desprecio, pero quedó el resto de la noche amoscado. - -Sin su compañía honrosa, pero con la de Matilde y el mayor de los niños, -hicimos al día siguiente y en los sucesivos nuestra excursión al -Cabañal. Nos trasportaban allá poco después de almorzar las galeritas de -Martí y de Castell y nos traían a la ciudad al ponerse el sol. Todo este -tiempo lo pasábamos charlando en la terraza del pabellón, mientras las -damas bordaban o cosían; o paseando por los senderos del parque, donde -también jugábamos como niños al volante y al aro. Algunas veces salíamos -de la finca y recorríamos el pueblecito y bajábamos a la playa, -entreteniéndonos buen rato viendo arribar las lanchas pescadoras; otras -nos dirigíamos a la huerta y visitábamos algunas barracas, -principalmente la de un cierto Tonet, antiguo criado de Martí, a quien -pertenecía la labranza de que vivía. Allí descansábamos a menudo, y su -mujer nos regalaba con altramuces y _cacahuets_ o nos servía algún -refresco. - -Pero el negocio importante de la tarde era la merienda o, por mejor -decir, su preparación. Para que nos interesase era menester que se -aderezase y comiese al aire libre. Trasportábamos la cocinilla de -alcohol y el resto de los bártulos a algún lejano y sombrío paraje del -parque. Las damas se ponían un delantal, los caballeros nos quedábamos -en mangas de camisa, y unas veces haciendo chocolate o café, otras -friendo el pescado que acabábamos de comprar en la playa, pasábamos una -hora feliz. Tan feliz, que cuando la reunión me encomendaba la tarea de -guisar una caldereta a la marinera y, con la cacerola entre las manos, -me veía rodeado de mis marmitones y _marmitonas_, a quien despóticamente -comunicaba órdenes precisas, ¡quién lo creería!, alguna vez llegaba a -olvidarme de que estaba enamorado. - -Y, sin embargo, lo estaba cada vez más, no hay que dudarlo. Ni cuando -decía a Cristina en tono imperioso: «Tráigame usted la sal», ni cuando -la reprendía ásperamente por cortar el pescado tan menudo se me pasaba -por la imaginación que pudiera existir bajo el sol criatura más -perfecta. En el campo desaparecía la gravedad ceñuda que a menudo -observaba en ella. Su humor se tornaba alegre, inquieto, ruidoso, -inventaba mil travesuras para hacernos reir y de sus labios fluían -continuamente frases agudas. Era el alma de nuestras excursiones, la sal -que las sazonaba. - -Yo no podía apartar los ojos de ella. La oía y la contemplaba como un -idiota. A veces no lo era tanto, sin embargo, y me esforzaba en llevar -agua para mi molino. Por ejemplo, una tarde, estando en el pabellón, nos -mostró un dedal que se había comprado. Todos lo examinaron, y yo después -que todos también lo hice, reteniéndolo con disimulo. Pasó un largo -rato: nadie se acordaba ya del dedal. Pero cuando salimos para ir a -merendar, al cruzar por delante de mí me dijo sin mirarme: - ---Ponga usted el dedal en aquel cestito. - -No valía con ella ser astuto y solapado: todo lo veía, todo lo advertía. - -Otra tarde en que su cuñada Matilde tocaba el piano y ella estaba en -pie volviéndole las hojas del libro, me acerqué silenciosamente por -detrás. Y fingiendo hallarme arrobado por la música y atentísimo a las -corcheas del libro, devoraba con los ojos su cuello de alabastro y el -finísimo vello en que su cabellera negra venía a morir y perderse como -una melodía que se extingue _pianissimo_. Pues bien, como si tuviera la -facultad de ver detrás de sí, llevó la mano al cuello del vestido y lo -alzó con ademán de impaciencia. Era una advertencia y una reprensión. - -Mas a pesar de sus mudos desaires y reprensiones y del ceño con que -solía mirarme, yo me sentía feliz a su lado. Y era porque en estos -desaires y en la severidad de su rostro no traslucía desprecio alguno a -mi persona ni deseo de mortificarme. Procedía todo de un noble aunque -exagerado sentimiento de dignidad, sin contar con el intenso cariño que -profesaba a su marido, del cual a cada momento tenía pruebas bien -claras. Ni aun en esto se desmentía la exquisita delicadeza de sus -sentimientos. En vez de mostrarse con él rendida y mimosa, como en su -caso hubieran hecho tantas otras, huía en mi presencia de hacerle -caricia alguna y evitaba cuanto le era posible que él se las hiciese. A -veces se quejaba él, riendo, de tanta severidad, pero ella permanecía -inflexible. - -De su espíritu de justicia y de la estimación que le inspiraba me dió -más de un testimonio, aunque siempre tácitos. Había ido una mañana a su -casa. No estaban en el comedor más que ella y su madre. Se le ocurrió -llamar para que le sirviesen un vaso de agua. Yo me anticipé al criado: -fuí al aparador, tomé una copa y una bandeja y me disponía a escanciar -el agua y servirla cuando me interrumpió secamente: - ---No; deje usted; ya no tengo sed: fué sólo un capricho. - -Quedé acortado y aún más triste que acortado. Abrevié la visita y me -retiré. Por la tarde me quedé en la fonda y no fuí al Cabañal como de -costumbre. Por la noche, al entrar en su casa cuando acababan de cenar, -lo hice con semblante grave y procuré no mirarla. Pero bien observé que -ella me miraba y aun quise advertir que lo hacía con expresión humilde. -A los pocos momentos se acercó a mí y me dirigió la palabra con -inusitada amabilidad y procuró desagraviarme. Yo me mantuve rígido. -Entonces ella, con sonrisa graciosa que jamás podré olvidar, dijo en voz -alta: - ---Ribot, hágame usted el favor de alcanzarme una de aquellas copas y -echarme un poco de agua. - -Se la serví riendo. Ella también rió un poco antes de beberla y mi -rensentimiento se deshizo como el hielo al calor de aquella sonrisa. - -Castell era casi siempre de la partida en nuestras excursiones al -Cabañal. Alguna rara vez mandaba solamente su _galerita_ o su -_familiar_. Ya no podía dudar de que festejaba a Cristina y también de -que había advertido el amor que yo sentía por ella. Pero dada su -inconmensurable altura, debía parecerle yo un rival poco temible, porque -no pude notar en él ningún cambio. Seguía tratándome con la misma -refinada cortesía, no exenta de protección y también ¿por qué no -decirlo? de cierta benevolencia compasiva. Verdad que esta compasión la -extendía Castell a casi todos los seres creados y aun pienso que no -habría error en afirmar que trascendía de nuestro planeta para -difundirse por otros astros lejanos. Por regla general a nadie escuchaba -más que a sí mismo; pero una que otra vez, si estaba de humor, nos -invitaba a emitir nuestra opinión, nos hacía hablar con la complacencia -que se tiene en oir a los niños y sonreía dulcemente escuchando un rato -nuestra charla insustancial y nuestros pequeños disparates. Era un -verdadero examen de segunda enseñanza. Cuando se dignaba escudriñar mis -escasos conocimientos, no podía menos de imaginar que yo era un -microscópico insecto que por casualidad había caído en su mano y a -quien daba vueltas en todos los sentidos entre dedos ensortijados. - -Todos le escuchaban con gran deferencia. Martí se manifestaba siempre -orgulloso de poseer tal amigo y creía de buena fe que ni en España ni en -los países extranjeros existía un hombre (en terreno teórico, por -supuesto, porque en el práctico ya se sabe, allí estaba Martí) que -pudiera comparársele; pero aún con más recogimiento que él le escuchaba -Isabelita, la prima de Cristina. Es imposible imaginar una atención más -completa, una actitud más sumisa y devota que la de esta niña de perfil -angelical cuando Castell tomaba la palabra. Su rostro, puro, nacarado, -se entornaba hacia él y permanecía inmóvil como en éxtasis; sus ojos -inocentes no pestañeaban. - -La que menos placer sentía escuchando las disertaciones del opulento -negociante era, a mi ver, Cristina. Aunque se esforzaba por ocultarlo, -no tardé en adivinar que la ciencia del amigo y socio de su esposo no le -interesaba. Se distraía a menudo, y en cuanto encontraba pretexto -plausible para levantarse de la silla lo hacía. ¿Necesitaré decir que -esta falta de veneración hacia un representante de la ciencia nada la -hizo desmerecer a mis ojos? Creo que no. - -Además notaba que Cristina, ajena en apariencia a los proyectos de su -esposo y que nunca los contrariaba cuando éste los exponía con su -franqueza habitual delante de nosotros, experimentaba fuerte molestia -cuando Castell los alentaba. Le era de todo punto imposible ocultarlo. -Así que el millonario, con frase acicalada, comenzaba a hacer -pomposamente el elogio de Martí, de su vista clara, de su decisión y -actividad, el semblante de Cristina se descomponía; perdían sus mejillas -el poco color rosado que tenían, arrugábase su frente y los hermosos -ojos adquirían extraña fijeza. Generalmente no podía resistir hasta el -fin. Levantábase y salía de la habitación de un modo brusco. El bueno de -Emilio, embriagado por el goce y la gratitud, no podía advertirlo. - -¡Qué alma la de este hombre tan noble, tan sencilla, tan generosa! La -casualidad me hizo enterarme de un rasgo suyo que aún más le elevó a mis -ojos. Con la confianza que desde el primer día me había otorgado penetré -en su despacho sin anunciarme en momento poco oportuno. Su suegra -sollozaba (por variar) en un sillón, mientras él, de espaldas a la -entrada, estaba abriendo la caja de caudales. Al sentirme se volvió -rápidamente y empujó la puerta de la caja para cerrarla. Estaba un poco -más grave y pensativo que de ordinario; pero la expresión bondadosa de -su rostro no había desaparecido. Me saludó haciendo un esfuerzo para -aparecer jovial, y, volviéndose luego a su suegra y poniéndole una mano -sobre el hombro, le dijo cariñosamente: - ---Vamos, mamá; no hay que apurarse. Todo quedará arreglado esta tarde. -Váyase ahora con Cristina y descanse un poco. No vaya a ponerse enferma. - ---Gracias! ¡Gracias!--murmuraba la sensible señora sin dejar de llorar y -moquear. - -Al cabo recobró, en parte al menos, la energía vital y salió de la -estancia, no sin darme a mí un fuerte y convulsivo apretón de manos y -tirar tres o cuatro besos desde la puerta a su yerno. Éste sacudió la -cabeza y dijo sonriendo: - ---¡Pobre mujer! - -Yo le dirigí una mirada interrogadora, pero sin atreverme a formular con -palabras la pregunta. Martí se encogió de hombros y murmuró: - ---¡Ps! ¡Lo de siempre! El hijo abusa de la bondad de esta pobre señora y -le proporciona muchos disgustos. - -Como advertí que no deseaba entrar en más explicaciones, me guardé de -pedírselas y hablamos de otra cosa. Pero un instante después entró -Cristina en el despacho, no de buen talante, y le preguntó: - ---Mamá te ha pedido dinero, ¿verdad? - ---No, hija mía--respondió Martí ruborizándose un poco. - ---No me lo niegues, Emilio. Lo sé todo desde esta mañana. - ---Bien; y aunque así fuese, ¿qué? La cosa no es para que esa frentecita -se arrugue tanto--replicó él tocándola cariñosamente con el dedo. - -Cristina permaneció silenciosa y pensativa unos instantes. - ---Ya sabes--dijo al cabo con firmeza--que yo jamás me he opuesto a tus -esplendideces con Sabas. Si me ha gustado verte generoso con todos, aún -más debía agradarme tratándose de un hermano. Pero me he preguntado -muchas veces: Esta generosidad de Emilio ¿traerá en realidad buenas -consecuencias? ¿No alentará a mi hermano a continuar la misma vida -perezosa y disipada? Si estuviese solo en el mundo podría mimársele sin -tanto peligro: cuando llegara a faltarle tu apoyo ya vería él la manera -de reducirse a lo estrictamente necesario. Pero tiene mujer, tiene -hijos, y temo que éstos paguen las consecuencias de tu generosidad y de -las costumbres que, gracias a ella, no abandona su padre... -Además--añadió bajando más la voz y temblando un poco--, hoy no tenemos -grandes obligaciones... pero podemos tenerlas... - ---¡Ya lo creo que podemos!--exclamó Martí soltando la carcajada--. Me -parece que la primera no tardará muchos días en llegar. - -Las mejillas de Cristina se enrojecieron súbitamente. Emilio, cambiando -de tono, se acercó a ella y, pasándole el brazo cariñosamente por encima -de los hombros, le dijo: - ---Tienes razón en esto, como la tienes en todo cuanto dices. Eres cien -veces más sensata que yo. Tal vez si hubiera venido Sabas a pedírmelo me -hubiese negado, porque ya estoy un poquillo harto de sus barrabasadas... -Pero ha venido tu madre... la he visto llorar... y francamente, no sabes -la impresión que esto me produce. - -Cristina levantó hacia él sus ojos, donde brillaba inmensa gratitud; -temblaron sus mejillas, y temiendo, sin duda, no poder reprimir su -emoción, salió precipitadamente de la estancia. - ---¡Probrecilla!--exclamó Martí, riendo otra vez--. Tiene mucha razón. -Sabas es un majadero. - ---Ha jugado, ¿verdad?--pregunté yo animado por la confianza que me -otorgaban. - ---Mejor sería decir que se ha dejado pelar por unos advenedizos. ¡Es así -el hombre! Ayer ha perdido bajo su palabra cinco mil pesetas. - ---Bajo su palabra... y bajo tu garantía--apunté yo. - ---Es posible..., pero ¡qué se va a hacer! No es suya toda la culpa. -Tiene una madre demasiado blanda. - ---Y un cuñado demasiado bueno--pensé. - -Martí me pasó el brazo por detrás de la espalda, y en esta forma nos -encaminamos al gabinete de costura en busca de Cristina y doña Amparo. -Allí estaban ambas; aquélla, seria, cejijunta; ésta, completamente -repuesta de sus emociones. No tardó en llegar Matilde, que almorzaba con -ellos. La observé triste y como avergonzada. Poco después entraron dos -señoras, visita de confianza, y la conversación se animó, aclarándose la -atmósfera pesada que reinaba en el gabinete. - -Cristina salió un momento para alguno de sus quehaceres domésticos, y -noté que dejaba olvidado el pañuelo sobre la silla. Entonces, con el -disimulo y la habilidad de un consumado ratero, me fuí acercando a ella, -me senté como por distracción, me apoderé, sin que nadie lo advirtiese, -de aquel precioso objeto y lo sepulté en mi bolsillo. Inmediatamente me -levanté y volví al lugar que ocupaba antes. Cristina apareció en seguida -y advertí que dirigía la vista a todos sitios en busca del pañuelo; -luego me clavó una mirada, y creo firmemente que adivinó en mi actitud -que yo lo guardaba. Entonces, no atreviéndose a preguntar por él en voz -alta, y, al mismo tiempo, no queriendo dar su brazo a torcer y pasar -porque me lo cedía, dijo, sordamente, buscando por los rincones de la -estancia. - ---¿Dónde estará mi pañuelo? - -Nadie más que yo podía advertirlo, porque todos estaban distraídos con -la conversación. Al cabo vi que se sentaba en la silla y tomaba de nuevo -su labor en silencio. - -Iban a almorzar. Me marché a la fonda a hacer lo mismo, sin aceptar su -invitación. Tenía vehementes deseos de gozar a solas de mi preciosa -conquista: porque la consideré tal en mi loca presunción después de lo -que acababa de observar. Una vez en mi cuarto, y asegurándome bien de -que la puerta estaba cerrada y que nadie me espiaba por el agujero de la -llave, saqué el pañuelo del bolsillo y me entregué a una serie de -locuras que aún hoy recordándolas me hacen ruborizar. Aspiré su perfume -con embriaguez, lo besé infinitas veces, lo coloqué sobre mi corazón -jurando serle fiel eternamente, lo guardé junto con los retratos de mis -padres, lo saqué otra vez para besarlo y otra vez lo guardé. En fin, -llevé a cabo todos los desatinos imaginables, más propios en verdad de -un estudiantillo de retórica que del capitán de un vapor de tres mil -toneladas. - -[imagen: una barra decorativa] - - - - -VIII - - -Por la tarde fuí con la familia al Cabañal, como de costumbre. Martí no -nos acompañó por tener que evacuar cierto asunto (¿sería el de las cinco -mil pesetas que perdió su cuñado?) De todos modos fuí lo bastante -egoísta para alegrarme de su ausencia. Durante el viaje, y en las horas -que permanecimos en la alquería, observé en la actitud y en los ademanes -de Cristina algo que hacía temblar mi corazón de gozo y esperanza. No -puedo explicar por qué, sin mirarme ni dirigirme una sola vez la palabra -me sentía inundado de una felicidad celeste; pero así fué. Pasamos toda -la tarde en el pabellón. Las damas trabajaban en su costura o bordado; -yo leía o hacía que leía. Cristina, acometida de extraña languidez, no -se levantó de su silla como a menudo solía hacer. Mientras los demás -reían y bromeaban la vi permanecer silenciosa y grave, aunque sin ceño -alguno. Su rostro estaba levemente enrojecido: mi imaginación me sugirió -la idea de que era por los pensamientos que flotaban en su alma y por la -vergüenza que le inspiraban. Nos fuímos luego a tomar chocolate a la -casa, y mientras lo hicimos observé en ella la misma seriedad resignada -y tierna; expresión que pocas veces reflejaba su rostro movible. Parecía -embargada por suave enternecimiento no exento de vergüenza y melancolía. -En el oscuro y desierto horizonte de mi vida empezaba a apuntar la -claridad: así me lo decía el corazón. Durante aquella tarde memorable -fuí tan feliz como deben serlo los ángeles en el Paraíso o el autor de -un drama cuando sale a recibir los aplausos al escenario entre el barba -y la dama joven. - -Después de comer en mi hotel fuí a tomar café al Siglo con objeto de -pasar luego un rato en casa de Martí. Encontré al penetrante Sabas con -su pipa colgada de la boca sentado entre varios amigos, a quienes -arengaba del modo grave y juicioso que le era peculiar. Me saludó con la -mano, de lejos, y poco después, viéndome solo, se apartó del grupo y -vino a reunirse conmigo. - -Estaba de humor jovial y no parecía poco ni mucho meditabundo ni -avergonzado por su calaverada del día anterior. Hablamos de nuestras -diarias excursiones al Cabañal y se las describí como muy animadas y -deleitosas. No quiso contradecirme abiertamente; pero comprendí por su -gesto más que por sus palabras que miraba todo aquello como niñerías -indignas de un hombre serio y maduro como él. Por lo que pude -entenderle, Valencia guardaba placeres de más subido precio, otros -encantos, y era lástima que yo me fuera sin gustarlos. No dijo cuáles -eran; pero, dado lo que ya sabía, puedo suponer que debían relacionarse -directa o indirectamente con la _ruleta_. - ---¿Ha visto usted la famosa fábrica de piedra?--me preguntó de pronto -con grave entonación, mientras en sus ojos bailaba una sonrisa maligna. - ---Sí, la he visto. - ---¡Buen negocio! ¿Y la no menos celebérrima manufactura de cerveza? - --También. - ---¡Mejor negocio aún! ¿verdad? - -Y allá en las profundidades de su garganta sonó una carcajada que no -llegó a salir porque en aquel momento chupaba con ahinco la pipa. Yo -estaba confuso, como si fuesen a ofender a alguno de mi familia, y le -respondí en términos vagos que los negocios salían buenos unos y otros -malos y que el resultado, más que de la inteligencia y la actividad de -quien los emprendía, solía depender de circunstancias fortuitas. - ---Eso rezará con otros, no con mi cuñado--respondió con gravedad -sarcástica--. Los negocios de Emilio son siempre brillantes, porque es -un genio práctico, esencialmente práctico. - ---A mí me parece un hombre muy inteligente--manifesté con cierto -embarazo. - ---Nada, nada; no rebajo un ápice. Es un genio práctico, y su amigo -Castell un genio teórico. - ---En cuanto a ése ya podíamos hablar un poco--repliqué sonriendo para -desviar el escalpelo hacia aquel antipático sujeto. - ---Son dos genios ambos, cada uno por su estilo; los únicos genios que -tenemos en Valencia. - -Yo no sabía qué hacer ni decir. Aquel tono sarcástico me molestaba -extraordinariamente. Sabas debió de advertirlo, porque, cambiándolo al -cabo por otro más serio, se puso a hacer, como de costumbre, un análisis -escrupuloso y razonadísimo de la conducta de su cuñado. Era de ver y -admirar la gravedad, el aplomo, el aire de inmensa superioridad con que -aquel hombre hablaba de los demás, la penetración con que descubría los -móviles recónditos de todos los actos, la fuerza incontrastable de sus -argumentos, los vaticinios tristísimos que formulaba. El caso es que yo -no podía menos de hallar atinadas casi todas sus observaciones; pero -como ya le conocía, me maravillaba y me indignaba al mismo tiempo -escuchándole. Traté de llevarle la contraria; pero viendo que esto no -servía más que para mejor hacer lucir la perspicacia y seguridad de sus -juicios, en cuanto tomé café y fumé un cigarro me despedí de él. - ---De todos modos--le dije apretándole la mano--, no cabe duda que Emilio -es un hombre muy bueno y tiene mucho talento. - ---Convenido--respondió él devolviéndome el apretón--; pero confiese -usted que no le vendría mal un poco de sentido común. - -Salí del café colérico y entristecido. De buena gana le hubiera soltado -a la cara a aquel zángano lo que había sabido casualmente por la mañana. -Me dirigí con lento paso hacia la casa de Martí; pero en el camino mis -pensamientos tomaron una dirección sobrado melancólica. Me invadía de -tal modo cierto malestar moral, que ya por la mañana había comenzado a -punzarme mezclándose a mis sabrosas esperanzas, que no tuve ánimo para -subir las escaleras, y desde el portal me volví al hotel y me acosté. - -¡Noche memorable aquella para mí! Tan pronto como apagué la luz -comprendí que iba a tardar mucho en conciliar el sueño. Una turba de -pensamientos corría desbocada por mi cerebro, agitándolo, -martirizándolo. La imagen graciosa de Cristina venía en el centro de -ellos, pero no lograba aplacar su ardor ni reprimir su carrera. En vano -repetía mi fantasía la escena del pañuelo y aquel adorado semblante -enternecido y confuso cuya vista me había hecho feliz todo el día. En -vano evocaba la dicha celeste que en plazo más o menos breve iba a -descender sobre mí. Fuese ilusión o realidad, yo pensaba que la -naranjita comenzaba a amarillear y respondía ya con leve temblor a las -continuas sacudidas que mi mano daba al árbol. Quizá no tardaría en caer -en mi regazo. Pero debía confesarlo; este porvenir halagüeño no me -dejaba alegre y tranquilo, como pudiera esperarse. Si tuviese este -poder, también lo tendría para cerrar mis párpados, y no lo hacía. Mis -ojos estaban cada vez más abiertos; la frente me abrasaba la mano cuando -la ponía sobre ella; todo mi cuerpo experimentaba extraño desasosiego -que me obligaba a cada instante a cambiar de postura. Aquel extraño -dolor, cuyos primeros leves alfilerazos había sentido durante el día, me -clavaba ahora las uñas de un modo intolerable. - -Este malestar no era otra cosa que el remordimiento. Para que un hombre -sea realmente feliz es menester que esté contento de sí mismo, y yo no -lo estaba. Otra imagen melancólica, dolorosa, venía siempre detrás de la -de Cristina en la procesión interminable de mis pensamientos, turbando -la dicha que yo entreveía. Era la de Martí. ¡Pobre Emilio! ¡Tan bueno, -tan generoso, tan inocente! Su suegra le sacaba el dinero y le -arruinaría sin escrúpulo para alimentar los vicios de un hijo gandul; su -fraternal amigo le vendía; su cuñado, a quien colmaba de beneficios, se -burlaba de él públicamente. No tenía a su lado más corazón amante y fiel -que el de su esposa. ¡Y yo, un advenedizo, a quien había concedido tan -franca y cariñosa hospitalidad, iba villanamente a arrebatárselo! Esta -idea oprimía mi corazón, me hacía desgraciado. En vano me esforzaba por -representarme con bellos colores la dicha de ser amado de Cristina, el -goce intenso de la pasión, la alegría del triunfo. En vano trataba de -amenguar mi delito con ejemplos, trayendo a la memoria las faltas de -otros. En mis oídos sonaba siempre una voz severa asegurándome que, -conseguido mi objeto, sería infeliz. Y mis nervios, alterados, me hacían -dar vueltas y vueltas entre las sábanas, con los ojos cada vez más -abiertos. - -Trascurrían las horas y sonaban lentas, sonoras, melancólicas en el -reloj de la catedral. Quería con empeño cerrar los ojos y dormirme; -pero unos dedos ardorosos e invisibles me levantaban de nuevo los -párpados. Al fin me incorporé bruscamente en la cama, encendí la luz, me -vestí, me puse a pasear por la habitación. Y cuando hube caminado algún -tiempo, penetrando en los asilos más secretos de mi corazón, comprendí -lo que era necesario hacer. Apelé al cloral, al más seguro cloral, al -que jamás ha dejado de darme resultado en noches como ésta de insomnio y -conflicto. Renuncié de una vez a mis deseos, a mis esperanzas, a los -goces del amor y a los halagos del amor propio. Entré armado de látigo -en mi espíritu y arrojé de él esa voluntad pérfida que tan pocos -placeres nos da y tantos resquemores nos causa. Trabajo me costó, porque -huyendo de mí se escondía por todos los rincones, me obligaba a -perseguirla de cerca y no dejarla punto de parada. Pero al fin logré -echarla de veras y quedé en medio del gabinete fatigado, sudoroso, como -quien acaba de cumplir una obra bien trabajosa, pero tranquilo. Torné a -desnudarme, caí en el lecho, y el dios alado hijo del Sueño y de la -Noche me trasportó en sus brazos al misterioso palacio de su padre. - -Cuando desperté el sol esparcía ya desde lo alto del firmamento sus -rayos de oro sobre la ciudad. En cuanto me vestí fuí derecho a casa de -Emilio. Estaban reunidos en la sala de costura los esposos y con ellos -doña Amparo, Isabelita y doña Clara, una modista y una doméstica. La -primera pregunta que me dirigieron fué por qué no había ido la noche -anterior. Me disculpé con un dolor de cabeza. Cristina, que bordaba -cerca del balcón, no levantó la suya, pero observé en su rostro la misma -expresión soñadora, de suave enternecimiento. Así que me puse a hablar -con los demás también noté que me dirigió alguna rápida y tímida mirada. - -Aproveché un momento en que estaban todos distraídos y me acerqué a -ella. Saqué su pañuelo del bolsillo, y en voz no tan alta que los -tertulios pudieran oirlo ni tan baja que pudieran sospechar algún -secreto, le dije: - ---Ayer guardé distraídamente un pañuelo de usted pensando que era el -mío. Hasta que llegué a casa no observé la equivocación. Aquí lo tiene -usted. - -Levantó la cabeza; me dirigió una intensa mirada de sorpresa; tiñóse su -rostro de vivo carmín; cogió con mano temblorosa el pañuelo que yo le -tendía y de nuevo humilló su frente al bastidor. - -Después de esto quiero que ustedes me digan con franqueza si no tengo -derecho a reirme de César, de Alejandro, de Epaminondas y en general de -todos los héroes de la antigüedad pagana. Por lo menos yo vivo en la -íntima persuasión (y este pensamiento me ha engrandecido enormemente a -mis propios ojos) de que si Epaminondas se hallase en mi caso no hubiera -devuelto el pañuelo. - -Volví de nuevo al grupo y seguí charlando con animación, quizá con -demasiada animación. Mi alma estaba profundamente turbada y debo -declarar, ya que estas memorias son una franca confesión, que, aunque -orgulloso de mi heroísmo, no experimentaba, ni mucho menos, ese dulce -contento que al decir de los moralistas acompaña siempre a las buenas -acciones. - -Almorcé con ellos, fuimos después al Cabañal y se pasó la tarde con la -misma alegría de otras veces. Pero la mía era aparente. Cuando me -cansaba de disimular o me distraía, seguro estoy de que debía de mostrar -una triste figura. Cristina no se cuidaba de disimular su preocupación. -Toda la tarde estuvo pensativa y seria hasta el punto de hacer reparar -en ello. Por la noche ¡loado sea Dios! tuve ocasión de soltar la llave a -los pensamientos que embargaban mi espíritu y desahogarme un poco. - -Sucedió que Martí había sacado de su librería las obras de Larra y nos -leyó por pasar el rato uno de sus artículos más deliciosos, titulado _El -castellano viejo_. Todos reímos y celebramos el donaire y el ingenio de -aquel gran escritor satírico. Con este motivo hablamos de su vida y de -su trágico fin en lo más florido de la juventud, pues aún no contaba -veintiocho años cuando abandonó voluntariamente este mundo. - ---¿Y por qué se mató?--preguntó Matilde. - ---Por lo que suelen matarse los hombres--respondió Martí--, por una -mujer. - ---¡Ya lo creo! ¡Cuando no se matan por dinero!--exclamó la joven -haciendo un mohín de enfado. - ---Esos son los que no han perdido por completo la razón; pero hay muchos -más de los primeros--replicó aquél riendo. - ---Muchas gracias. ¿Y era casada o soltera la interesada? - ---Casada. Se dice que mantenía relaciones ilícitas con ella estando el -marido ausente, que éste anunció su regreso y que ella entonces, -arrepentida o temerosa, le significó su resolución de cortar aquellos -comprometidos amores. El dolor de Larra fué tan vivo que, no pudiendo -sufrirlo, se dió un tiro. - ---Pues ella ha hecho muy bien y él ha sido un tonto en quitarse la vida -teniendo tan pocos años y habiendo en el mundo tantas mujeres en que -escoger para casarse. - ---Era casado ya--replicó Martí. - ---¿Era casado?--exclamaron a un tiempo y con indignación las mujeres. - ---Y con varios hijos. - ---¡Entonces que le ahorquen...! ¡Que le degüellen...! ¡Que echen a la -basura a ese pillo...! ¡Vaya un chasco! - -El furor de las damas nos dió que reir. No faltó quien hizo observar que -ella también era casada y que este detalle no parecía haberles irritado -tanto. - ---Porque las mujeres son unas criaturas débiles... Porque las mujeres no -van a buscar a los hombres... Porque se las engaña con palabritas de -miel... Porque se excita su compasión fingiéndose locos y desesperados. - ---Tienen ustedes razón--dije yo entonces para calmarlas--; el que -resiste no debe incurrir en la misma responsabilidad, si al fin desmaya, -que el que voluntariamente ataca... Pero viniendo al caso concreto de -que hablábamos, mi opinión es que Larra dió más pruebas de egoísmo -suicidándose que de amor fino y delicado. Si hubiera amado realmente a -esa mujer, habría respetado su arrepentimiento, la habría considerado -por él más digna de adoración y habría encontrado en su propio corazón y -en la nobleza del ser idolatrado recursos para seguir viviendo. Al -quitarse la vida, al privar a sus hijos de un padre y a la patria de un -español insigne, no pudo menos de hacer pensar que no amaba a su -querida por las cualidades amables con que el cielo la había favorecido; -lo que amaba en ella era su propio placer. - -Las señoras aprobaron con alegría mis palabras. Esto excitó la -susceptibilidad sapientísima de Castell: o tal vez cediendo únicamente -al constante anhelo de instruir a sus semejantes, creyó indispensable el -echarse hacia atrás en la silla y apuntándome con su dedo meñique -resplandeciente de sortijas darme un curso completo de filosofía. - -Razonamientos bien encadenados, frases primorosas, gran copia de datos -psicológicos, biológicos y sociológicos: todo para venir a parar a -aquello de que "el hombre está encadenado fatalmente a sus propias -sensaciones", que "no existe otro motivo verdadero más que el placer", -que "el mundo es una batalla sin tregua", que "la lucha es condición -imprescindible para la conservación y sostenimiento de la gran máquina -del universo", etc. - ---Sin ella, amigo Ribot--terminó diciendo--, volveríamos al seno de la -materia inerte. El combate nos adiestra, nos fortifica, es la única -garantía de progreso; y el que, extraviado por una loca ilusión, intenta -suprimir el antagonismo de los seres ataca la raíz misma de la -existencia y pretende violar la más sagrada de sus leyes. - ---¡Oh, sí!--exclamé yo con exaltación--. Seré un loco, pero declaro que -sentiría placer inmenso en atacar esa ley sagrada. Quisiera levantarme -una mañana con ánimo para hacerla pedazos. He pasado la mayor parte de -mi vida sobre un elemento donde a esa ley sagrada se le rinde culto -fervoroso. En el fondo del mar los seres se devoran con devoción -infatigable: el más grande se merienda religiosamente al más pequeño. -Por parte de los peces puede usted estar seguro, Sr. Castell, de que la -gran máquina del universo no sufrirá avería. Pero, lo confieso -ingenuamente, nunca he podido acostumbrarme a esos procedimientos en los -cuales los animales acuáticos nos llevan ventaja a los terrestres. -Algunas noches de verano, tendido bajo la toldilla de mi barco, me he -preguntado: "¿Será posible que los hombres estemos obligados eternamente -a imitar esa lucha feroz, implacable que siento debajo de mí? ¿No -llegará un día en que renunciemos de buena voluntad a ella? ¿En que la -compasión prepondere sobre el interés, y el dolor que causemos no sólo a -un semejante nuestro, sino a un ser vivo cualquiera, se nos haga -irresistible?" - ---¡Sueños nada más! No es usted el primero que se ha mecido en esa -quimera. - ---¡Soñemos, pues, entonces!--proferí con arranque lírico de que no me -suponía capaz--. Soñemos que esa triste realidad no es más que una -apariencia, una horrible pesadilla de la cual quizá el espíritu humano -despertará algún día. Y mientras tanto, que cada hombre se fabrique un -mundo mágico y camine dentro de él acompañado del amor, de la amistad, -de la virtud, de todos esos fantasmas hermosos que alegran la vida. -Porque la vida, señor Castell, por equilibrada y fisiológica que sea, -cuando la imaginación no se encarga de embellecerla, es cosa insípida y -triste... Si la suerte caprichosa me arrastra alguna vez, como a Larra, -a enamorarme de una mujer que pertenezca a otro (aquí mi voz no pudo -menos de alterarse), no trataré pérfidamente de arrancarla al cariño de -su marido para conquistar el placer, no la alegría. Tampoco me abrasaré -el cerebro aterrando sin piedad a los míos. Trataré más bien de sacar -partido de mi pobre imaginación, como el gran Petrarca lo sacó de la -suya divina; la amaré; guardaré su imagen en el fondo del corazón; la -rendiré culto desinteresado, y mi existencia, al contacto de este puro -amor, adquirirá elevación y nobleza. - -Desde el comienzo de nuestra conversación había sentido los ojos de -Cristina posados sobre mí. Ahora la vi volverse con presteza hacia el -piano para ocultar su emoción. Doña Clara, Matilde, Isabelita, -aplaudieron. Emilio, riendo, me echó los brazos al cuello. - ---¡Qué calor! ¡Qué entusiasmo, capitán! Yo soy un hombre esencialmente -práctico y no puedo menos de dar la razón a Enrique; pero de todos -modos, tú dices cosas muy agradables, muy lindas, y, lo que es más raro, -sabes decirlas muy bien. - -Así era la verdad, pese a mi modestia. Fué la primera y única vez en mi -vida que me sentí orador. Y si en aquel instante la Junta directiva del -Ateneo de Madrid me invitase a ello, pienso que no tendría inconveniente -en dar en este Centro una conferencia sobre _el porvenir de la raza -latina_ u otro tema más amplio todavía. - -[imagen: una barra decorativa] - - - - -IX - - -Desde aquel día su actitud conmigo varió notablemente. Se mostró menos -desconfiada y recelosa; no evitaba con tanto cuidado el mirarme cara a -cara; cuando yo entraba no se ponía repentinamente seria como antes. -Poco a poco su franqueza fué aumentando, haciéndose cordial y, en los -límites de su temperamento reservado, afectuosa también. Su delicadísimo -pudor le impedía recompensar con palabras las que yo había pronunciado -en su presencia; pero se ingeniaba de un modo conmovedor para darme a -entender que estaba satisfecha de mí. - -Una tarde se hablaba de ciertos objetos que había comprado y que se le -olvidaron en la tienda. Martí quería enviar por ellos a un criado. Ella -entonces dice con aparente indiferencia: - ---Ribot, ¿no tiene usted que pasar por la calle de San Vicente? Pues -hágame el favor de recoger ese encargo y traérmelo esta noche. - -Inundóme vivo placer. Por la noche cuando se lo entregué lo recogió con -más indiferencia aún. - ---Gracias--dijo secamente, sin mirarme. - -No importa; yo estaba seguro de que aquello era una recompensa. Me sentí -tranquilo y dichoso. - -Pero al día siguiente de este pequeño y grato suceso el hado adverso me -preparó el susto más grave que experimenté en mi vida de peligros y -azares. Ni cuando encallé en el Río de la Plata, ni cuando los golpes de -mar nos arrancaron el puente y la mitad de la obra muerta en el Canal de -la Mancha, sentí de tal suerte encogido el corazón. La encargada de -proporcionarme tan cruel desazón fué doña Amparo. Nos hallábamos en el -gabinete de costura esta señora, Cristina y yo. Mientras ellas -trabajaban yo hojeaba un álbum de retratos donde estaban los de toda la -familia y los de muchos amigos. Yo preguntaba y doña Amparo me informaba -de quiénes eran los originales. Cristina permanecía silenciosa. - ---¿Quién es esta chiquilla tan simpática?--pregunté contemplando el -retrato de una niña de diez o doce años--. ¡Vaya unos ojos hermosos! - ---¿No la conoce usted?... Es Cristina. - ---¡Áh!--exclamé sorprendido. Y mirando hacia ésta observé que se había -puesto encarnada. - ---Estaba aún en el colegio. ¿Verdad que era muy guapa? - ---Ya lo creo--respondí tímidamente. - ---Mamá, no digas ridiculeces. ¡Si parezco un pajarito -desplumado!--exclamó la interesada riendo. - ---¿Como un pajarito?--profirió su madre con indignación--. Estabas -remonísima. Desde entonces no has hecho más que perder. ¡Ya darías algo -por ser ahora como entonces!... Y si no que lo diga Ribot. - ---Señora--murmuré algo confuso--, indudablemente era muy bonita en -aquella época...; pero creo que ahora vale más. - -Cristina se puso más colorada aún, bajó la cabeza y quedó silenciosa y -grave. Su madre no quiso pasar por ello. Yo no me atreví a contradecirla -ya abiertamente: sólo emitía monosílabos o frases de dudosa -interpretación. Al cabo dejamos esa conversación, para mí peligrosa, y -poco después avisaron que estaba la peinadora y Cristina se marchó a sus -habitaciones. - -Seguí hojeando el álbum y doña Amparo moviendo la aguja de marfil con -la que tejía su labor de encaje. Guardábamos silencio; pero tres o -cuatro veces que levanté los ojos observé que me miraba con insistencia -molesta. Al cabo pude notar que suspendía su tarea, sin duda para -mirarme más a su gusto. - ---Ribot--pronunció en voz baja. - -Me creí con derecho a hacerme el sordo. - ---¡Ps! Ribot. - ---¿Qué decía usted, señora?--respondí fingiendo salir de una gran -distracción. - ---Míreme usted a la cara. - ---¿Cómo?... No entiendo. - ---Que me mire usted a la cara. - -Como no estaba haciendo otra cosa, aquella petición sería una -redundancia absurda si no fuese, más que esto, en extremo inquietadora. - ---Ahora, acerque un poco la silla. - -La nueva exigencia me pareció muchísimo más inquietadora. Me apresuré, -sin embargo, a cumplir sus órdenes arrastrando la silla con chirrido de -mal agüero. Y adoptando un continente tranquilo y desembarazado, bien -contrario al que me correspondía en aquel instante, esperé lo que -tuviera a bien decirme. Doña Amparo me miró sonriente y después de larga -contemplación dijo: - ---Ribot, usted está enamorado de mi hija Cristina. - -Primero pálido, luego encarnado, después otra vez amarillo, verde, -azul... En fin, pienso que mi cara fué un arco iris por espacio de -algunos segundos. - -¡Señora!... ¡Yo!... ¿Cómo puede usted suponer?... ¡En mi vida he -pensado!... ¡Qué idea!... - -Doña Amparo, al verme en aquel estado de terrible agitación, se asustó y -se puso también pálida. Cómo me vería, que echó mano inmediatamente a su -frasco de sales, me agarró con una mano la cabeza y con la otra me lo -puso en las narices. ¡Para sales estaba yo en tal instante! Aparté como -pude de mí aquel cáliz, le dí las gracias y con dicción oscura y lengua -balbuciente disculpé mi emoción por la sorpresa natural... La acusación -era tan grave que a la verdad... - -Doña Amparo sonrió con benevolencia, sin duda para calmarme, y no -consintió que hablásemos otra palabra si no tomaba una perlita de éter -para fortalecer los espíritus. La tragué, no sin dificultad, porque la -garganta se me había apretado hasta el punto de que apenas podía -respirar. Luego, para aplacar la justa indignación de aquella señora, -volví a protestar de un modo cortado, incoherente contra suposición tan -monstruosa. - ---¡Yo enamorado!... ¿Cómo era posible que tuviese la osadía, la -avilantez?... Su hija era un modelo de todas las virtudes... Nadie -podía tener el atrevimiento de ofenderla con sentimientos que no fuesen -de respeto y admiración... Menos yo que nadie, amigo de Martí, un hombre -tan caballero, tan leal, que tantas pruebas me había dado de inmerecida -estimación, etc., etc. - ---Todo eso está muy bien, Ribot--manifestó doña Amparo mientras aspiraba -con ansia por la nariz las sales de su frasquito--. Pero eso no impide -que usted esté chalao, loco perdido por mi hija. - ---Se equivoca usted, señora... Le aseguro a usted... - ---Vamos, confiéselo usted--me dijo poniéndome una mano sobre el hombro y -mirándome con semblante risueño y malicioso--. Aquí no hay nadie que nos -pueda oir. - ---¡Señora, por Dios! - ---¡Confiéselo usted, tunante! ¡Confiéselo usted! - -Y me dió un tironcito suave y cariñoso a la barba. - -Yo estaba asustado, recelando algo siniestro, fatal. - ---Quedará entre los dos el secreto. Usted está enamorado de Cristina -como lo está Castell hace tiempo... - ---En cuanto a ése...--dije yo viendo el postigo abierto para escapar. - ---Ese es un tuno mucho más largo, y entre los dos, francamente, le -prefiero a usted. - -Quedé estupefacto. ¿Qué es lo que prefería aquella señora? ¿Por qué me -hablaba de aquel modo? ¿Adónde iba a parar? - ---¿Verdad que Cristina es muy guapa?--prosiguió con la misma ligereza--. -¡Tiene un tipo tan interesante, tan delicado! No extraño que usted se -haya enamorado... Por supuesto, no le habrá dicho nada... - ---¡Señora!.... - ---No, no se lo diga usted. Es una criatura bonísima, virtuosa, incapaz -de faltar a su marido... Además, Emilio no tiene igual, ¡tan cariñoso! -¡tan leal! ¡tan espléndido! Adora a su mujer. Yo le quiero lo mismo que -a un hijo. No consentiría por nada en el mundo que tuviese el más -pequeño disgusto. - ---Por mi causa no lo tendrá, descuide usted--me aventuré a decir. - ---Eso le honra a usted, Ribot--replicó apretándome la mano--. Es usted -muy bueno: bastante mejor que ese pillo de Castell--añadió sonriendo -dulcemente--. Y, sin embargo, yo no puedo menos de querer a Enrique. ¡Es -tan bueno! ¡Le encuentro siempre tan cariñoso conmigo! Luego, ¿qué culpa -tiene el pobre de haberse enamorado?... Lo que está muy mal es decir -cositas al oído a Cristina cuando Emilio no le ve... Supongo que serán -tonterías... que es guapa, que tiene los ojos así y el pelo de otra -manera... Pero no está bien. Emilio es su mejor amigo y si lo supiera -tendría un disgusto... Usted, Ribot, es mucho más respetuoso. No se -propasa a mirarla más que a hurtadillas... ¡Pero qué ojos la echa! Vamos -a ver, pícaro, ¿se ha enamorado usted en Gijón o aquí? - ---¡Por favor, señora!... Me siento en este instante tan aturdido, que va -usted a dispensarme si me retiro. - ---¡Qué reservado es, Ribot! Así, así me gusta. Los hombres de pocas -palabras son los que mejor saben querer. Pero conmigo no debía de ser -tan tímido. Ya sabe el cariño que le profeso. Ábrame su corazón, que yo -haré lo posible por consolarle. ¿Con quién mejor que conmigo puede -desahogar su pecho? - ---Mil gracias, señora... Permítame usted que me vaya... Siento que ahora -no podría decir nada razonable. - ---¡Lo comprendo! Lo comprendo, querido Ribot--manifestó doña Amparo -apretándome con efusión una mano entre las dos suyas--. Es usted como -yo, demasiado impresionable, demasiado tierno. ¿Quiere usted otra -perlita de éter?... Ni usted ni yo servimos para el mundo. No puedo ver -a nadie sufrir. Aquí me tiene usted que, a pesar de adorar a mi yerno, -de dar si fuera preciso la vida por él, viéndole a usted padecer por mi -hija se me saltan las lágrimas... lloro como una tonta. - -En efecto, doña Amparo no se calumniaba en este momento. - ---Francamente, Ribot--prosiguió con arranque.--Si fuese posible que -Cristina le quisiera a usted sin ofensa para Emilio, yo misma iría a -interceder por usted. - ---Gracias, gracias--murmuré apretándole la mano antes de desasirme. - ---Créame, usted, le quiero como a un hijo y haría cualquier cosa -porque... - -Aquí la voz se le anudó en la garganta y yo aproveché tan preciosa -oportunidad para retirarme con paso trágico por el foro. - -Salí en un estado de confusión indescriptible. Me sentía colérico, -irritadísimo contra aquella mujer que con tal frivolidad y aturdimiento -levantaba el velo a los secretos más peligrosos, a las más profundas -intimidades de su familia. La apellidaba entre dientes imbécil, grosera, -mala madre. Mi cólera llegaba hasta acusarla de inclinaciones a la -alcahuetería, de haber nacido para _Celestina_. Sin embargo, poco a poco -me fuí calmando y con la calma vino al cabo la justicia. Doña Amparo era -rematadamente tonta: de esto no cabía duda; pero no una mala mujer. -Todas aquellas atrocidades que había soltado dependían, en primer -término, de su falta de criterio; después, de su temperamento -irresistiblemente mimoso. Era un corazón que se deshacía como la -manteca por el primer advenedizo. Necesitaba ser atendida, mimada como -los niños y los perros, y como ellos también, no establecía diferencia -entre las manos que la prodigaban caricias. - -Hechas estas reflexiones, que infundieron paulatinamente en mi espíritu -sentimientos menos feroces, no pude menos de pensar, sin embargo, que si -la fatalidad hiciese conocer a Cristina la anterior conversación, caería -muerta de vergüenza. - -Encontré a aquélla en el despacho con su marido y con Castell. Emilio, -que empezaba a organizar y poner en vías de hecho su famoso proyecto de -canalización en la provincia de Almería, estaba de excelente humor. -Sospeché que Castell le había facilitado al cabo algunos elementos. -Charlaba como un descosido y embromaba cariñosamente a su amigo sobre su -escepticismo teórico, su apatía para los negocios. Si él poseyese los -medios de que disponía Castell, pronto sería el hombre más rico de -España, proporcionando al mismo tiempo pan a muchas familias y adelantos -a la nación. Cuando entré desvió hacia mí el torrente de sus bromitas, -amenazándome con casarme en el plazo improrrogable de dos meses. Luego -se puso a hablarme de su proyecto. En cuanto se efectuase el grato -acontecimiento de familia que todos esperábamos, partiría para Almería, -a fin de dar un buen avance a los estudios del canal. Sacó del armario -una porción de carpetas y me exhibió los planos, explicándolos, -comentándolos, esforzándose en infundirme el mismo entusiasmo que a él -le animaba. - -Yo le prestaba religiosa atención, pero sólo en apariencia. Lo cierto es -que por encima de los papeles no perdía de vista los movimientos de -Castell, que habían comenzado a hacérseme sospechosos. Le vi maniobrar -hábilmente para acercarse a Cristina, que, de pie en el hueco del -balcón, hojeaba un libro. - -Cuando estuvo cerca, con el pretexto de examinar la obra que aquélla -tenía entre las manos, observé que aproximaba su mejilla a la de ella -casi hasta tocarse; y aunque por estar de espaldas no pude ver el -movimiento de sus labios, comprendí que le dirigía algunas palabras en -voz baja. Separó la dama bruscamente la cabeza y trató de alejarse; pero -¡oh sorpresa! Castell la retuvo, cogiéndola por la muñeca. Al mismo -tiempo con la otra mano trataba de introducirle entre los dedos una -carta. Cristina rehusaba tomarla. Forcejearon un instante en silencio. -Mi corazón saltaba dentro del pecho. Temía que Martí volviera la cabeza -y advirtiese lo que pasaba. No por el villano Castell, como podrá -comprenderse, sino por evitar un gran escándalo y un disgusto cruel a -mis amigos, hice lo posible por distraerle. Varias veces volvió Cristina -los ojos hacia nosotros con expresión de espanto; y no logrando -desasirse y temiendo lo que indefectiblemente iba a acontecer si aquella -lucha se prolongaba unos segundos más, se decidió a tomar la carta, que -estrujó ocultándola entre sus dedos. Luego se acercó pálida y sonriente -a nosotros y se puso a mirar también los planos, esforzándose en -aparecer indiferente. Pero su rostro no perdía la intensa palidez de que -se había cubierto, y todo su cuerpo temblaba. - -En cuanto a Castell, jamás he visto una actitud más tranquila, más -indiferente, sin afectación de ninguna clase. Quedó un instante inmóvil, -con las manos en los bolsillos, mirando por el balcón a la calle. Luego -se puso a dar paseos por la estancia. De vez en cuando dirigía una -rápida mirada escrutadora a Cristina. A pesar de la profunda aversión -que me inspiraba no pude menos de admirar su increíble osadía, -envidiando al mismo tiempo el perfecto dominio y la confianza -inquebrantable que aquel hombre tenía en sí mismo. No he conocido otro -para quien los demás seres creados representasen menos. - -Yo no perdía de vista la mano en que Cristina estrujaba la carta. Emilio -cerró al fin las carpetas, sin dejar sus largas, prolijas -explicaciones. Después, levantándose de la silla y cogiéndome del brazo, -detuvo a Castell en su paseo. - ---Quieras o no, al fin entrarás en este negocio--le dijo siguiendo la -broma. - ---Ya sabes que yo no sirvo, Emilio--repuso el otro con sonrisa tranquila -y protectora. - ---Para trabajar no, ya lo sé. Pero como ídolo chino me puedes prestar un -gran servicio. Como eres rico y pasas por hombre de ciencia (por más que -sólo sabes lo que no te importa), te necesito para colocarte en el -puesto más visible, en la presidencia del Consejo de Administración. -Nadie te exigirá que trabajes. Te daremos una butaca cómoda y dormirás a -ratos, y a ratos echarás bendiciones. - -Cristina se había quedado cerca de la mesa. En pie y con expresión -altiva dirigió a Castell una larga mirada. Luego, desplegando el sobre -que arrugaba, lo rasgó tranquilamente, lo hizo trozos menudísimos, que -arrojó en el cesto de los papeles rotos. - -[imagen: una barra decorativa] - - - - -X - - -Nuestro paseo aquella tarde se dirigió hacia la barraca de _Tonet_, -donde se nos tenía preparado un refrigerio. Este _Tonet_, verdadero moro -por sus ojos, por su tez, por sus dientes y, sobre todo, por su -silencio, era un prodigio para aderezar paellas y tocar la dulzaina. -Siempre que se nos ocurría ir a visitarle nos recibía con la gravedad y -cortesía de un señor feudal. Sin despegar los labios apenas, -entendiéndose por signos con su mujer y sus hijos, nos hacía sacar -sillas debajo del emparrado, y poco después solía servirnos higos, -dátiles, chufas y bollos tiernos de canela, de que siempre estaba -provista su alacena. Cuando se le había prevenido, como en la ocasión -presente, nos ofrecía helados riquísimos de vainilla y avellana. Era un -hombre triste, manso, de ademanes perezosos. No se alegraba nunca, pero -gustaba de ver alegres a los demás. Los domingos, y también muchas -tardes, cuando terminaba temprano su faena, solía sentarse delante de la -barraca y hacía sonar suavemente la dulzaina un rato. No lo hacía para -su regalo; aquello era un reclamo nada más. Poco a poco iban acudiendo a -la suya todas las mocitas de las barracas próximas y se improvisaba un -baile. Su hijo mayor, un niño de catorce años, tocaba el tamboril, y era -casi tan grave y silencioso como él. Ambos pasaban horas enteras, uno -soplando, el otro redoblando, serios, melancólicos, con los ojos fijos -en el espacio, sin atender poco ni mucho al bullicioso baile que su -música promovía. - -Sabas, que aquella tarde era de la partida, se emparejó conmigo según -íbamos caminando al través de los altos maizales, ya próximos a espigar. -El primer asunto que propuso a mi consideración, chupando de la pipa y -escupiendo a intervalos regulares, fué de índole esencialmente crítica. -¿Por qué su cuñado se obstinaba en sostener baldía aquella finca que -tantos gastos originaba, cuando con poco esfuerzo se la podía hacer -productiva? Cada uno de los elementos constitutivos de esta proposición -fué examinado separadamente por un método rigurosamente matemático. -Para ello formuló en primer lugar algunas definiciones claras, precisas, -luminosas: «Qué es una finca de recreo.» «Qué es una finca productiva.» -«Qué es una finca mixta de regalo y de utilidad.» Después de esto -estableció algunos axiomas tan profundos como incontrastables: «Todo lo -que es productivo debe producir.» «Para conseguir un fin deben aplicarse -los medios.» «El hombre no está aislado en el mundo y debe pensar en su -familia.» «La vanidad no debe influir en los actos humanos.» -Inmediatamente vinieron las demostraciones parciales con sus escolios y -corolarios, llegando al cabo suavemente, pero con lógica invencible, a -la prueba de la proposición enunciada, a la cual puso el corolario -siguiente: «Emilio es un hombre activo y emprendedor, pero al mismo -tiempo un grandísimo botarate.» Satisfecho, y con razón, de su método, -de su intuición y de la lógica con que el Supremo Hacedor había tenido a -bien favorecerle, se puso acto continuo a chupar y a escupir con -celeridad vertiginosa. - -La segunda cuestión que aquella tarde atacó su espíritu lúcido me -concernía directamente. - ---Vamos a ver, Ribot, ¿usted no ha pensado en casarse?--me preguntó -después de larga pausa, suspendiendo su pipa en el aire y clavándome una -mirada escrutadora. - -Confieso que me sentí turbado. Comprendí que las profundidades de mi -alma iban pronto a ser sondadas y temblé viendo que aquel crítico -trascendente se disponía a ensayar sobre mí su escalpelo. - ---¡Pss!... los marinos pensamos poco en eso... Nuestra vida es -incompatible con los placeres de la familia. - ---Los marinos, cuando llegan a cierta edad y han alcanzado una posición -independiente como usted, tienen derecho a retirarse tranquilamente y -disfrutar de una vida confortable--replicó con la gravedad y aplomo que -imprimía a todas las manifestaciones que salían de su boca. - -¿Cómo sabía que yo había alcanzado posición independiente? Sólo por una -maravillosa intuición, puesto que a nadie había dado cuenta del estado -de mis negocios. Admiré en el fondo del corazón aquella penetración -inmensa y me dispuse con humildad a averiguar acerca de mí mismo mucho -más de lo que sabía. - -Sabas meditó algunos minutos. Y mientras meditaba chupando de la pipa, -sus mejillas se hundían de un modo sobrenatural. La fuerza con que -extraían el humo del tabaco era tal, que estoy persuadido de que se -tocaban por dentro. Al mismo tiempo, la intensidad de sus reflexiones -influía de manera análoga en la secreción de las glándulas salivales. - ---¿Por qué no se casa usted con mi prima Isabelita?--me dijo -súbitamente, con ese acento brusco y perentorio que caracteriza a los -hombres que dominan por el pensamiento a sus semejantes. - -Isabelita caminaba emparejada con Matilde delante de nosotros. Yo -empalidecí temiendo que hubiera oído aquellas gravísimas palabras, y -asustado y confuso murmuré unas cuantas poco coherentes. - ---Sí--prosiguió el crítico--; mi prima es una chica muy linda, muy -modesta y además le admira a usted extraordinariamente. - ---¿Me admira?--exclamé estupefacto--. ¿Y por qué me admira?--añadí -cándidamente. - -Sabas dejó escapar una sonora carcajada que provocó en sus bronquios una -crisis de tos seguida de evacuación copiosa de nicotina. - ---Eso se lo dirá ella cuando estén ustedes solos y mano a mano. - ---No me ha entendido usted--repliqué yo picado--. Quiero decir que no -reconozco en mí mérito alguno para ser admirado de nadie. Y en cuanto a -Isabelita, siempre he creído que toda su admiración la consagraba a -Castell. - ---No tendría nada de particular. Un hombre que posee ocho millones de -pesetas es un ser admirable. Pero esa admiración, en este caso, no puede -engendrar ningún resultado práctico. Castell sostiene una mujer -públicamente, tiene con ella varios hijos y ninguna joven de buena -familia puede pensar en él. Con usted el caso es distinto: es posible -llegar rápidamente a una solución satisfactoria, y mi opinión es que -debe usted dejar su vapor y embarcarse a toda prisa en esa linda goleta. -Sencilla, modesta, bien educada, hacendosa, acostumbrada a la severa -economía de una casa donde se dan cien vueltas a un duro antes de -soltarlo, hija única y heredera universal de todo el dinero de su padre. -Y mi tío Retamoso posee más de lo que la gente se figura. ¿Quién supo -jamás el dinero que tiene un gallego? Por supuesto, mientras él viva no -verá usted una moneda de cinco céntimos; pero ¿a usted qué le importa? -En los primeros años de matrimonio se sostendrá usted bien con el -capital que posee, y cuando las necesidades aumenten y la edad haga más -apetecibles ciertas comodidades, vendrá la herencia de su suegro a -llenarlas, proporcionándole a usted un alegrón... - -Otra porción de reflexiones juiciosas fluyeron, como abejas sabias y -diligentes, de la boca de aquel hombre extraordinario. En mi vida he -visto atar tan primorosamente todos los cabos sueltos de la existencia, -afinar la puntería y extraer la quinta esencia de las relaciones -humanas. Aunque se tratase de mi porvenir, y me sintiese, por lo tanto, -embargado por la nueva perspectiva que se ofrecía a mis ojos, tuve, sin -embargo, bastante libertad de espíritu para admirar la dialéctica de su -discurso, su riqueza sorprendente de formas, de construcciones, de -giros, de distinciones y sutilezas lógicas; el perfecto encadenamiento -de sus razonamientos. El mundo sensible, pensé, no tiene secretos para -este hombre, y el mecanismo de su razón funciona con una exactitud de -cronómetro. - -Cuando llegamos a la barraca y nos hubimos sentado para tomar el -refrigerio que nos tenían preparado, Emilio, que estaba cerca, me -preguntó en voz baja: - ---¿Conque estás decidido a irte pasado mañana? - ---No hay más remedio. El barco debe de llegar de un momento a otro. - ---¡Qué lástima!--exclamó con acento melancólico; y poniéndome una mano -cariñosamente sobre el hombro añadió:--¿Sabes, pícaro, que nos íbamos -acostumbrando a ti? - -Me sentí conmovido por aquellas palabras, y más aún por la nube de -tristeza que oscurecía su rostro alegre y simpático. Guardé silencio. Él -hizo lo mismo, echándose hacia atrás en la silla y permaneciendo, -contra su temperamento, pensativo y melancólico. Al cabo volvió a -decirme casi al oído: - ---Si siguieses mi consejo renunciarías a la vida de marino, que, digas -lo que quieras, es un poco aventurera, y te casarías como una persona -formal. ¿Vas a estar solo siempre? ¿No piensas en la vejez y en lo -triste que es pasar los últimos años de la vida en poder de manos -mercenarias, sin niños que alegren tu casa, sin una mujer que mantenga -en ella el orden y el bienestar? - ---Soy viejo ya--respondí sonriendo, pero triste en el fondo del alma--. -Tengo treinta y seis años. - ---Es buena edad para el hombre. Además, por el aspecto y por tu fuerza y -agilidad eres un muchacho... Yo conozco--añadió echando una mirada -maliciosa hacia el sitio donde estaba Isabelita--una niña de diez y ocho -abriles que se casaría contigo con preferencia a todos los pollastres de -la ciudad. - ---¡Bah!... Esa niña se reiría si le propusieras un hombre que le dobla -la edad. - ---No lo creas. Puesto que ya sabes quién es, te diré en confianza que -Isabelita te admira. - ---¡Pero hombre!... - ---Nada, nada; me consta de un modo seguro que te admira. - -La cosa era grave. Aquella admiración inopinada me causaba inquietud y -vergüenza. No podía contemplar mi rostro al espejo porque no había allí -ninguno; pero miraba mis manos velludas y atezadas, echaba una rápida -ojeada a mis pies, nada pequeños ni primorosamente calzados, y me era -imposible adivinar la naturaleza y la extensión de mis encantos. - -Ahora bien, lo menos que puede hacer un hombre que, con razón o sin -ella, se siente admirado por una muchacha, es pasarle el plato de las -aceitunas preguntándole si gusta. Eso es cabalmente lo que yo hice poco -después de haber llegado a mi noticia que había fascinado a la niña de -Retamoso. Pinchó ella con su tenedor una, e inmediatamente su lindo -rostro se cubrió de rubor, como si en vez de la aceituna hubiera -pinchado mi corazón. No estoy seguro, pero se me figura que poco después -de acaecido esto, le serví una rajita de salchichón. El mismo rubor -inundó su frente con el embutido que con las aceitunas. La repetición -consecutiva de este fenómeno fisiológico introdujo la alarma en mi -espíritu. Todos mis sentimientos caballerescos se sobreexcitaron de tal -modo que, en un buen espacio y con intervalos demasiado cortos, no paré -de ofrecerle entremeses. Pienso que, de haber aceptado todos los que le -ofrecí aquella tarde, ninguna purga podría corregir los excesos de mi -galantería, y aquel ser angelical habría desplegado sus alas al cielo -víctima de una indigestión. - -Una vez lanzado por la pendiente de las gentilezas, no vacilé en -sentarme a su lado para comunicarle que tenía unos ojos extraordinarios, -indescriptibles; unas mejillas sonrosadas, tersas, indescriptibles, y -unas manos pequeñas, torneadas, suaves... y también indescriptibles. El -conocimiento de estos datos le causó profunda sorpresa, a juzgar por el -gesto de incredulidad que apareció en su semblante. Me dijo que sí, que -podían muy bien describirse, y que sólo un pícaro marino acostumbrado a -engañar mujeres por todo el litoral podía hallar imposible semejante -empresa. Dicho esto, se puso más encarnada que una cereza. La -conversación se prolongó largo rato en dulce y ameno discreteo, como si -representásemos una comedia de capa y espada, y mientras duró, el flujo -y reflujo de la sangre fué constante en el rostro de Isabelita. Yo me -excedí a mí mismo, como dicen los revisteros de periódicos de los malos -cómicos, esto es, estuve sutil, bromista, retozón y perfectamente tonto. -Nuestra charla llamó la atención de los demás, y pude observar que nos -miraban con curiosidad y se dirigían unos a otros guiños maliciosos. - -No sabiendo ya qué otra simpleza ejecutar, supliqué a _Tonet_ que sacase -la dulzaina, y propuse a la reunión que bailásemos. Aceptaron con gusto, -y, riendo mucho (¿sería de mí?), fueron emparejándose. Yo invité, claro -está, a Isabelita, me puse a saltar con ella, como un colegial aturdido, -y no tardé en advertir que, al poco rato, todos se sentaron y que éramos -objeto de su contemplación atenta. No por eso se calmó mi turbulencia. -Todavía seguí brincando largo rato entre las palmadas y los vivas de los -presentes, que nos miraban con ojos risueños. Sólo el silencioso _Tonet_ -y su impasible hijo nos clavaban los suyos graves, melancólicos, como si -quisieran recordarnos la nada de las cosas humanas, lo breve de la -existencia. - -Cristina, que hasta entonces había estado seria y en cuya frente -fruncida podían observarse las huellas que había dejado la escena de la -mañana, se animó de pronto. Su alegría fué tan ruidosa que causó la -admiración de todos. Hacía años que no se la había visto así. Doña -Amparo declaraba que desde niña, en que su desenfado y travesura le -habían causado más de un sobresalto, no había vuelto a alborotarse de -aquel modo. Nos jaleaba, nos aplaudía, nos tiraba chufas y almendras y -hasta nos manifestó deseos de bailar también. Emilio y su madre se lo -impidieron, a causa del estado en que se hallaba. Pero su boca no -cesaba de soltar bromitas y donaires que hacían estallar de risa a la -reunión. Tenía ingenio vivo y además dejaba escapar sus palabras con una -brusca naturalidad que les comunicaba gran efecto. Alguna de ellas me -pareció un poco atrevida, pero la admiraba tanto que no paré mientes en -ello. Cuando se habla mucho y en tono jocoso, es casi imposible -mantenerse en los límites de la prudencia. - ---Está muy bien eso--me dijo Sabas al oído cuando me hube sentado--. -Ahora es necesario no enfriar el horno. Insinúese usted con mi tío. -Háblele usted de la subida del cacao. - -Yo me reí, pero no hice caso. Seguí haciendo la corte a Isabelita con el -beneplácito de todo el mundo. Me equivoco: doña Clara dirigía de vez en -cuando hacia nosotros sus ojos con un poco más de severidad que la que -ordinariamente expresaban, y fruncía su nariz borbónica mientras tomaba -a sorbos un refresco de chufas. Ignoro si sería aprensión, pero se me -figura que le oí murmurar dos o tres veces la palabra _shocking_. Nada -tendría de extraño, porque esta ilustre matrona en los casos difíciles -prefería las lenguas anglosajonas a su idioma nativo. Lo que sí puedo -asegurar sin temor a que nadie me desmienta, es que la vi comer más de -un kilo de cacahuetes, y que esta operación, aunque vulgar en sí misma, -no le hizo perder un átomo de su majestad. - -Llegó por fin la hora de regresar a la alquería y tomar el coche para -restituirnos a la ciudad. Pero en el momento de disponernos a emprender -la marcha Cristina se sintió indispuesta. La vi ponerse pálida y -llevarse varias veces la mano a la cabeza y al corazón. Las sales -volátiles de doña Amparo no sirvieron de nada; tampoco el azahar ni el -agua de Melisa ni las otras drogas que como amigos fieles acompañaban a -todas partes a esta nerviosa señora. Suplicó que la dejasen un momento -sola con la esposa de _Tonet_, que le sirvió una taza de tila. Un cuarto -de hora después salió de la barraca tranquila, pero con los ojos -enrojecidos. La crisis nerviosa se había resuelto en lágrimas. - -Ya el sol había desaparecido cuando emprendimos nuestra marcha al través -de los campos de maíz y de los bosquecillos de frutales. Calmados mis -ímpetus caballerescos y apagada aquella llamarada de vanidad que había -brotado en mi espíritu con la supuesta admiración de Isabelita, quedé -silencioso y triste. Caminé un trecho en compañía de ésta y de Matilde -haciendo esfuerzos por ocultarlo; pero viendo que me era imposible y -temiendo que se notase mi humor, me quedé con disimulo atrás para -caminar solo. Estaba descontento de mí mismo. El galanteo de aquella -tarde me parecía una traición hecha a mis sentimientos, al amor dulce y -delicado que guardaba en el fondo del corazón como un tesoro. No pude -menos de pensar con disgusto que había descendido a la más -insignificante vulgaridad. Temí con razón que Cristina, cuyo afecto y -estimación me parecía haber ganado por mi conducta, me despreciase desde -la hora presente. Y este pensamiento me desazonaba profundamente. - -Desde que se sintió indispuesta no había vuelto a mirarme ni me dirigió -la palabra. La casualidad hizo que no tuviese más remedio que hacerlo. -Porque habiéndosele olvidado su reloj en la barraca y queriendo volverse -a recuperarlo, yo me apresuré con presteza. Cuando torné con él me -aguardaba un poco apartada del resto de la compañía. - ---Gracias--me dijo con semblante grave que rayaba en la dureza, y trató -de reunirse a los demás. - -Cualquiera que haya pasado por estos lances de amor me creerá si le digo -que aquel semblante hosco me causó alegría indecible. - ---Escúcheme usted un momento, Cristina; tengo que hablarle--le dije con -voz no bien segura. - ---Usted dirá--replicó mirando por encima de mi cabeza al firmamento y en -un tono glacial que, por la razón de antes, me infundió calor y no frío. - ---Quisiera pedirle a usted un consejo y apenas me atrevo... Habrá usted -observado que esta tarde estuve un poco más expresivo con su prima -Isabelita, como si tratase de obsequiarla. - ---No he observado nada--respondió con mayor sequedad aún. - ---Pues así es la verdad; y si me he autorizado el hacerlo, a pesar de la -gran diferencia de años que entre nosotros existe, ha sido únicamente -porque Isabelita me admira. - -Me miró estupefacta, como si recelase que me hubiera vuelto loco. - ---Al menos eso es lo que me han dicho categóricamente tanto su hermano -Sabas como Emilio. - ---¡Qué tontos!--exclamó con leve sonrisa, comprendiendo mi intención--. -Son capaces de poner en ridículo a cualquiera. Afortunadamente, usted es -hombre de juicio y no hace caso de tales simplezas, que si no, ¡buena -quedaría mi pobre prima! - ---Es el caso que, a pesar de todo, yo he dado algunos pasos para -conquistar su voluntad, y antes de ir más adelante quisiera obtener la -aprobación de usted. - ---¡Mi aprobación!--exclamó turbada y con voz sorda--. ¿Para qué necesita -usted mi aprobación, ni qué tengo yo que partir en este asunto? Pídala -usted a sus padres. - ---Antes de pedirla a sus padres quisiera la de usted... Ya sé que no -tiene ningún interés directo en este asunto; pero se trata de su prima, -a quien usted quiere mucho al parecer, y se trata de mí, a quien -inmerecidamente ha distinguido con su aprecio. Nadie mejor que usted -puede dar en este caso un consejo leal, y yo, en nombre de nuestra buena -amistad, se lo pido como un favor al cual quedaría agradecido por los -días de la vida. - -Guardó silencio largo rato. Caminábamos emparejados entre los altos -maíces, que hacían aún más tenue la escasa claridad del crepúsculo. Yo -la observaba con el rabillo del ojo y me parecía advertir en su rostro -leves, imperceptibles cambios. Su frente tan pronto se arrugaba como se -extendía; sus labios se movieron varias veces sin dejar escapar ningún -sonido. Al cabo profirió con voz temblorosa: - ---Me alegro mucho de que usted haya hecho su elección al fin. Los -hombres no deben vivir solos, y menos los que, como usted, tienen un -temperamento afectuoso, indulgente y saben apreciar el corazón delicado -de una mujer. Isabel es muy niña; poco puedo decirle de su carácter. -Usted se encargará de formarlo. Pero sí puede asegurarse que sabrá -cumplir los deberes de ama de casa: es trabajadora, hacendosa, -económica... y sobre estas cualidades que se ocultan hay otra que se -manifiesta: es muy linda también. - ---Olvida usted una que me la hace más preciosa y apetecible. - ---¿Cuál? - ---La de ser prima de usted. - -Su hermoso rostro se oscureció, fruncióse su frente y respondió con -acento de severidad: - ---Si usted no estimara a mi prima por sí misma, si la tomara como un -juguete para distraerse de otras ilusiones o, lo que sería aún peor, -para seguir alimentándolas en secreto en perjuicio suyo, cometería usted -un grave pecado, y desde luego le aconsejo que en ese caso no piense en -ella, que la deje tranquila. - -Pronunciadas estas palabras avivó el paso y se reunió a los demás, -dejándome solo. - -Cuando montamos en los carruajes para regresar a la ciudad yo estaba -demasiado melancólico y emboscado en serias meditaciones para seguir -haciendo el cadete con Isabelita. Pretextando dolor de cabeza me situé -en el pescante, y al llegar hice valer también el pretexto para no subir -a casa de Martí y retirarme al hotel. - -A las ocho de la mañana me despertó la voz gozosa de Emilio, que entró -en mi cuarto como un huracán, abriendo las ventanas y sentándose sobre -mi cama. - ---Ya no te vas mañana, capitán--exclamó riendo y tirándome de la barba -para concluir de despertarme. - ---¿Pues?--respondí mirándole con asombro. - ---Porque mañana vas a ser padrino de una niña más hermosa que la -estrella de la mañana. - ---¿Cómo...? ¿Cristina...? - ---Sí; Cristina se sintió indispuesta en cuanto nos dejásteis solos. -Pensamos que se repetía el accidente de la tarde; pero ella, que debía -saber a qué atenerse, nos pidió que avisásemos a la mujer que tenía ya -hablada para el caso. Por lo que pudiera suceder, avisé al médico; pero -no le consintió entrar en el cuarto. Con la mujer se arregló la pobre... -¡Qué valor! ¡Qué sufrimiento, capitán!... Ni un grito, ni una queja -siquiera. Yo andaba muerto, desencajado, pidiéndole por Dios que -chillase... No comprendo el sufrir sin quejarse... Me aterran los -temperamentos como el de Cristina, que en los mayores dolores no dejan -escapar un lamento... A las dos de la madrugada salió mi valiente mujer -de su cuidado, haciéndome padre de la chica más linda, más salada y de -más talento que ha visto el sol de Valencia..., digo, que verá, porque -todavía no lo ha visto. - -Alzóse de la cama, dió unas cuantas vueltas por la estancia, volvió a -sentarse, se levantó de nuevo y ejecutó una porción de maniobras que -demostraban la agitación placentera de su espíritu. Yo me sentía también -profundamente impresionado y le felicité con palabras calurosas. Cuando -hubo una pausa le pregunté: - ---¿De modo que me concedes el honor de ser su padrino? - ---Tendría gran placer en ello, sí tú aceptas... A la verdad, yo había -pensado primeramente en Castell... No te ofenderás por ello ¿verdad...? -Enrique es, más que amigo, un hermano mío... La cosa era natural... Pero -te diré en secreto que Cristina se opone. Escrúpulos religiosos, -¿sabes?... Como Enrique profesa esas ideas tan atrevidas y las emite con -demasiada franqueza, las señoras no pueden perdonárselo... Todo depende -de que no es un hombre práctico... Podría muy bien tener todas las ideas -que quisiera, si las guardase un poco más cuando estuviera entre -mujeres... Luego yo me río mucho de sus ideas materialistas... -¡Materialista Enrique, cuando no hay hombre más bondadoso en el -mundo!... Porque, a pesar de su enorme talento y de su ilustración -pasmosa, Enrique es un niño, ¿sabes? ¡un corazón de oro! - -Y al proferir estas palabras con acento resuelto sacudía su negra -cabellera ondeada de un modo que daban ganas de reir y llorar al mismo -tiempo. - ---¿Y Cristina qué dice de la sustitución? - ---En cuanto pronuncié tu nombre se alegró mucho. - -Yo me sentí alegre también al escucharlo. Me vestí apresuradamente y -marché a conocer el nuevo astro. Al día siguiente fuimos a la iglesia y -cumplí mis deberes con emoción, rebosando de orgullo. Al otro tomé el -tren de Barcelona, prometiendo a mis amigos volver pronto a visitarles, -y a mí mismo, de un modo vago, hacer definitiva la visita sentando mis -reales en Valencia. - -[imagen: una barra decorativa] - - - - -XI - - -Persistiendo en este propósito eché mis cálculos mientras duró el viaje. -Y hallando que, si no era rico, podía vivir cómodamente con el caudal -que poseía, en cuanto regresé a Barcelona pedí mi retiro a la casa -armadora. - -No puedo explicar con claridad los sentimientos que en aquella ocasión -embargaban mi alma. Reinaban en ella la confusión y el tumulto. El amor -apasionado de Cristina; la hermosura angelical y la inocencia de la niña -de Retamoso; el deseo de reposo, de una vida cómoda y tranquila que todo -hombre siente al llegar a cierta edad, y las severas amonestaciones de -la conciencia que discutían mi derecho a obtenerlo en aquellas -circunstancias, gritaban simultáneamente dentro de ella. Pero había un -sentimiento que, aunque quieto y silencioso, tenía más fuerza que los -demás: el deseo ardiente de habitar cerca de Cristina, de vivir en su -intimidad y no perder de vista jamás su rostro hechicero. Nada pensaba -hacer contra la paz de su corazón y el honor de su marido, pero sería -dichoso con sólo gozar de su presencia toda la vida. - -En estas disposiciones, ni santas ni criminales, tomé el tren de -Valencia a los dos meses próximamente de haber salido de ella. Al cruzar -por una estación del trayecto creí percibir en la ventanilla de un tren -que estaba parado la silueta de Sabas, y cerca de él una cabeza rubia de -mujer, que no era la de Matilde. - ---¡Sabas! ¡Sabas!--grité. - -Cuando me percibió saludóme afectuosamente con la mano. La señora que -estaba a su lado también agitó la suya sonriendo con mucha expresión, no -sé por qué, pues no la conocía. Quedé perplejo: me asaltó la duda de si -me habría equivocado. ¿Sería realmente Matilde? No tardé en averiguarlo. - -Llegué a Valencia antes de oscurecer. Después de dejar los bártulos en -la fonda alquilé un coche para dirigirme al Cabañal, donde sabía que -Martí se había instalado ya. Ansiaba consultar con él mis planes. Al -aproximarme a la alquería sentí latir el corazón con violencia. Esto -sublevó nuevamente mis sentimientos honrados. «¿Estamos en esas?--me -dije con despecho--. ¿Tratas de contraer un vínculo sagrado, de entregar -tu corazón a una niña inocente y no puedes reprimir tus impulsos -libertinos? ¿Vas a estrechar la mano de un amigo, a hacerle tu -confidente, tu deudo, y no puedes limpiar el espíritu de pensamientos -traidores?» - -La familia estaba reunida en el comedor. Observé inmediatamente en los -semblantes cierta tristeza y desusada gravedad. Tenían todos una cara -larga y aun consternada que me inquietó sobremanera. Sin embargo, Martí -me abrazó con su acostumbrada cordialidad, mostrando alegría sincera por -mi llegada. Fuí dando la mano a todos, y al llegar a Matilde le dije sin -reflexionar: - ---¿Conque está usted viuda? He visto a su marido en una estación. No le -he podido hablar, pero nos hemos saludado. - -Acabando de pronunciar estas palabras quedé estupefacto viendo que se -echaba a llorar perdidamente. - -Y apretándome la mano de un modo convulsivo, entre sollozos que le -rompían el pecho, me dijo: - ---¡Gracias, Ribot!... ¡Muchas gracias!... Mi marido se ha fugado con la -dama joven. - ---He visto a su lado una señora rubia, pero no pensaba...--balbucí -desconcertado. - ---Sí, sí; la dama joven--profirió sin dejar de sollozar. - ---Dispénseme usted; como ha sido tan rápido mi paso no pude reparar... -pero sí me parece que era joven. - ---¡Qué había de ser joven, si tiene más de treinta años!--exclamó con -furor--. ¡Más pintada y retocada que una muñeca de bazar!... ¡Había que -verla por las mañanas en el balcón! - -Martí vino en mi auxilio, diciéndome en voz baja: - ---Era la dama joven de la compañía que actúa en el teatro. - ---¡Ah! - -Todos guardamos silencio y miramos obstinadamente al suelo, como en las -visitas de pésame. No se oían en la estancia más que los sollozos cada -vez más vivos de la ultrajada esposa. La situación era molesta y -angustiosa en alto grado. Afortunadamente, doña Amparo tuvo la feliz -idea de desmayarse, y este accidente introdujo en la escena un elemento -de variedad que aprovechamos inmediatamente. Volamos a su socorro. -Abriéronse varios frascos de tapón esmerilado. Esparcióse por el comedor -un olor penetrante de botica. Lágrimas, abrazos, suspiros, besos. Al -cabo se restableció el equilibrio y las cosas volvieron a su ser. - -Yo quise perder el mío con el olor del éter; pero antes de que esto -sucediera Martí me sacó de la habitación y me llevó a su despacho. - ---¡Has visto qué contratiempo!--exclamó sacudiendo la cabeza con -profundo disgusto. - ---¿Pero cómo ha sido eso? - ---Nada, que la otra noche ganó tres o cuatro mil pesetas en el juego y -se las va a gastar alegremente con una cómica. - ---¡Qué locura!... Pero volverá... - ---Ya lo creo que volverá... En cuanto se le concluya el dinero, como la -otra vez. - ---¿Otra vez? - ---Sí, hace tres años por este tiempo se marchó con una amazona del -circo... Pero entonces llevaba más dinero que ahora. - -No quise insistir preguntando más pormenores porque observé que Martí se -iba poniendo nervioso. No hay nada más triste que la tristeza de un -hombre alegre. Para distraerle cambié de conversación, hablándole de mí -y de los proyectos que traía. Inmediatamente su fisonomía se dilató y -una sonrisa bondadosa retozó por sus labios. - ---¡Bravo, capitán! Al fin vas a ser nuestro--exclamó abrazándome hasta -asfixiarme. - -Hablamos del asunto y lo examinamos con atención. Al cabo convinimos en -que, supuesta mi edad y carácter, no debía conducirme como un cadete, -sino con toda formalidad. Después de logrado el sí de Isabelita, cosa -que le parecía a Martí resuelta ya, era necesario, antes de proseguir -nuestras relaciones, visitar a sus papás y hacerles sabedores de ellas. -Este paso me captaría su estimación y marcharía sobre seguro. Me animó, -me abrazó repetidas veces llamándome primo y me prometió ayudarme en -cuanto pudiese, y en nombre de Cristina lo mismo. - -Tornamos al comedor. Nuestros semblantes alegres formaron contraste con -los graves y abatidos que allí había. Doña Amparo conservaba en los ojos -las huellas de la inundación pasada. Matilde no hay que decir cómo -estaba. Isabelita, que se hallaba pasando una temporada con sus primos, -me acogió con el mismo rubor, pero sin grandes señales de regocijo, lo -que yo achaqué al disgusto de su familia. Castell, como siempre, -displicente y frío. Cristina... No puedo explicar cómo hallé a Cristina. -Me pareció más pálida que de ordinario y distraída. Había en sus ojos -una extraña tristeza que me impresionó dolorosamente. Imaginé en seguida -que se hallaba bajo el peso de un profundo pesar y que no podía ser otro -que el infame galanteo de Castell. Quizá éste habría estrechado el -cerco. Tal vez... ¡Oh, qué idea! - -Tan sólo vi sus ojos brillantes de alegría al entrar la nodriza con mi -ahijada en brazos. Era un hermoso botón de rosa, fresco, suave, delicado -y, por supuesto, como es de rigor, dotado de inteligencia pasmosa. Martí -hubiera dado testimonio de ello con su sangre. Para llevar el -convencimiento a nuestro espíritu no halló medio más adecuado que -entregarse a una serie de representaciones mímicas, algunas de las -cuales obtuvieron éxito sorprendente. Principió entonando con voz de -sochantre un canto de iglesia. La niña no tardó en hacer pucheritos y -romper a llorar. Cantó después unas seguidillas, y la chica se alegró y -brincó, queriendo arrojarse al suelo, sin duda, para arrancarse con -cuatro pataditas. Ladró, mayó, hizo el gallo, y al instante pudimos -comprobar que la pequeña no carecía de nociones zoológicas y tenía idea -de las clasificaciones introducidas en el reino animal. - -Demostrada la tesis en forma que no daba lugar a duda, y orgulloso de la -impresión que sus notables experiencias habían logrado causar en la -asamblea, Martí creyó procedente arrancar la niña de brazos de la -nodriza y agitarla repetidas veces en los suyos como un frasco de tinta. -Acaso imaginaba por este medio de concentración vigorizar aún más sus -facultades psíquicas. Pero no consiguió más que ponerla negra. La -criatura, no familiarizada con el nuevo método, lo rechazó a grandes -gritos con toda la indignación de su alma. Cristina se apoderó de ella, -hizo lo posible por acallarla y la entregó de nuevo a la nodriza, que -fué la que realmente supo llevar la calma a su corazón ultrajado. - -Antes de ponernos a cenar me obligaron a despedir el coche. Castell me -llevaría en el suyo. Quise oponerme, porque la compañía de este -caballero iba siendo cada vez menos grata para mí; mas no fué posible. -Emilio, con su impetuosidad característica y su poco conocimiento de los -hombres, dió orden al cochero de retirarse. - -Me colocaron al lado de Isabelita. Todo el mundo dió por resuelto que -aquello era lo natural y que debía de cuchichear toda la noche con ella. -Por eso no dejé de hacerlo. Acaso habiéndoles preguntado si debía -oprimirle suavemente el pie con el mío y acariciarle una mano por debajo -de la mesa, alguno expresaría su opinión contraria y se suscitaría una -discusión más o menos larga. Pero yo, convencido de que al cabo la -mayoría se decidiría por ello, no vacilé en anticipar la ejecución de -sus acuerdos. - -A las diez y veinte de la noche se convino en un rincón del comedor -donde la niña de Retamoso y yo charlábamos con independencia: primero, -que ella era la única mujer que podía hacerme feliz sobre la tierra; -segundo, que yo, por mi carácter franco y simpático, por mis -sentimientos honrados y por cierto nosequé que tenía en la voz, era -digno de que me hiciese feliz. Conformes en ambos extremos, quedó -resuelto que al día siguiente daría cuenta de este acuerdo a los señores -de Retamoso. Eran las diez y veinticínco. - -Poco más se prolongaron nuestras deliberaciones. Castell acostumbraba a -retirarse a las once y me preguntó cortésmente si deseaba hacer lo -mismo. Cedí, como era justo, pues la familia desearía descansar, y nos -trasladamos a la ciudad. Mientras duró el viaje tuve ocasión de -convencerme una vez más de que sólo por un error de la naturaleza yo -tenía pelos en la cara, y que en vez del sombrero debía cobijar mis -pensamientos infantiles una sólida chichonera. Aquel buen señor, -penetrando en el secreto laboratorio de la vida, restablecía con el -pensamiento las cosas a su ser, se esforzaba en poner sus ideas al -alcance de mi razón inexperta; bostezaba unas veces, otras sonreía -perdonando mis puerilidades. En resumen, me trataba como si -efectivamente yo llevase en la cabeza una chichonera visible sólo para -él. Pero como estaba arraigada en mí la graciosa manía de considerarme -un hombre, en vez de agradecer su actitud me produjo mayor irritación -que nunca y juré en mis adentros no volver más en su coche, aunque -tuviese que hacer el viaje a pie. - -Al otro día, revestido solemnemente de una levita que había hecho el -viaje a América once veces y el de Hamburgo treinta y siete, me personé -en casa de los señores de Retamoso. Estaba situada en la plaza del -Mercado, no lejos de la Lonja, y era más sólida que bella, de moderna -construcción: un sólo piso, fachada exigua y lisa de sillería con tres -grandes puertas y tres pequeños balcones de hierro. Pero era más -espaciosa de lo que prometía su fachada. Sus almacenes, que ocupaban -toda la planta baja, eran amplios y tan elevados de techo como los -salones de un palacio. Grandes pilas de bacalao, bocoyes de aceite y -alcohol, cajas de azúcar y cacao los llenaban, formando estrechos y -revueltos desfiladeros. Al través de ellos, medio sofocado por el aroma -nada grato que despedían estos productos ultramarinos, y precedido de un -dependiente con la pluma detrás de la oreja, llegué hasta el fondo, -donde había otras tres puertas de cristales que daban a un patio. Cerca -de una de ellas se alzaba un pequeño enverjado de pino pintado de verde; -en el centro de él una mesa sencilla con gran pupitre, y detrás de la -mesa y el pupitre un hombrecillo rechoncho, con gorro de terciopelo -bordado. Era el propio señor de Retamoso. - ---¡Señor de Ribot! ¡Tanto bueno por acá!--exclamó, apresurándose a salir -de la jaula, haciendo innumerables reverencias y llevándose otras tantas -veces la mano al gorro--. ¿A qué debemos el honor? - ---Deseaba hablar con usted unas cuantas palabras--respondí echando una -mirada significativa al dependiente, que, comprendiéndome, desapareció -en seguida por los zig-zags de los desfiladeros. - -La fisonomía del señor Retamoso experimentó un cambio prodigioso. A la -alegría que se esparció por ella sucedió repentinamente una tristeza -profunda. Y como si una nube le interceptase de modo inesperado los -rayos del calor y la vida, quedó mustio, abatido, seco, el que momentos -antes todo era regocijo y expansión. - ---Bueno; soy con usted al momento--murmuró introduciéndose de nuevo en -la jaula, cerrando cuidadosamente la caja de valores que allí había y -sepultando la llave en el bolsillo del pantalón. - -Hecho esto salió, y, encarándose conmigo, me dijo de modo glacial: - ---Estoy a sus órdenes. - -"Este buen hombre supone que le voy a pedir dinero"--me dije, -sorprendido de aquel cambio. - ---El caso que me trae a visitarle--manifesté con vacilación--es un poco -delicado... Es posible que usted sepa... - ---No sé nada--profirió en tono resuelto, atajándome. - ---Quiero decir, es posible que usted haya sospechado... - ---No he sospechado nada--volvió a manifestar con más sequedad aún. - -Un poco irritado por aquellas interrupciones, dije con viveza: - ---Es igual. Lo sabrá usted ahora. Se trata de cierta corriente de -simpatía establecida entre su hija Isabel y yo. Como esta simpatía -pudiera con el tiempo transformarse en afecto y llegar al punto de -originar una relación amorosa, antes que suceda me he creído en el deber -de consultar la voluntad de sus padres. Mi edad no me consiente ya ni -los pasatiempos ni las relaciones a hurtadillas. Por otra parte, la -amistad que me liga a Martí, en cuya casa he tenido el honor de conocer -a su niña, y la estimación inmerecida con que tanto su señora como usted -me han honrado, me obligan a conducirme con franqueza y lealtad. - -La faz redonda del tío Diego adquirió su primera expresión. La nube que -interceptaba los rayos de la alegría se había corrido. - ---¡Oh señor de Ribot! ¿Qué me cuenta? Yo no sé nada... Yo no me entero -de nada... Yo soy un pobre hombre... ¿Por qué no se dirige a mi mujer, -que le entenderá mucho mejor y sabrá lo que debe responderle?--exclamó -sonriente y melifluo, llevándose la mano al gorro bordado y alzando la -pierna hacia atrás para mejor hacer la reverencia. - ---A los dos pensaba dirigirme. - ---¡Oh señor de Ribot! ¿Para qué? Venga, venga conmigo... Yo le llevaré -al sitio donde pueden ajustarse esas cuentas... Yo no sé nada de esos -toques; pero hay en casa quien sabe más que Merlín... Cuidado, señor de -Ribot... ¡mucho cuidado! Téngase bien sobre los estribos. Mire que para -entenderse con mi señora se necesita mucha cabeza... - -Y diciendo y haciendo me condujo hacia una escalera y por ella subimos -hasta el piso principal. Una vez arriba me estrechó fuertemente la mano -entre las suyas y me recomendó en voz de falsete que mirase bien lo que -hablaba delante de su señora y que no me desconcertase en su presencia, -que él me ayudaría en todo cuanto pudiese, aunque no esperaba que fuese -mucho, porque también él se sentía cohibido delante de doña Clara. - ---Es una mujer profunda, señor de Ribot. Con esto está dicho todo. - -Sin soltarme me llevó hasta la puerta de un gabinete, dió dos -golpecitos en ella con los nudillos y se oyó la voz de doña Clara que -dijo: - ---Adelante. - -Retamoso volvió a apretarme la mano para infundirme valor y penetramos -en la estancia. - -Se hallaba doña Clara vestida de negro, tan correcta y pulcra como de -ordinario, sentada en un sillón de cuero con un libro entre las manos. -Al vernos quitó de su nariz aguileña los lentes con armadura de oro y -los dejó colgando sobre el pecho de una cadenita del mismo metal. -Tendióme la mano, clavándome al mismo tiempo una mirada tan imponente -que, a pesar del valor que su esposo me había infundido, no pude menos -de estremecerme. Después alzó su figura trágica de la silla y fué a -sentarse en el centro de un sofá de damasco verde, invitándonos con un -gesto para que hiciésemos lo mismo en cada una de las butacas que había -a los lados. Acatamos sus órdenes, y Retamoso no halló recurso más -precioso para preparar la sesión que frotarse en silencio las rodillas -con la palma de las manos, mirándome al mismo tiempo con tristeza y -zozobra. - ---Señor de Ribot--dijo al cabo--, le ruego que manifieste a mi señora lo -que hace un momento ha tenido la bondad de manifestarme. - ---Se trata, señora--dije con voz temblorosa--, de un asunto delicado que -deseaba someter a la aprobación de ustedes. Si me tomo la libertad de -hablarles de él es únicamente para que en ningún caso pueda decirse que -he faltado al respeto y la consideración que ustedes me inspiran... -Entre Isabelita y yo empieza a formarse una amistad especial... - ---Lo sé--interrumpió gravemente doña Clara. - -Quedé un momento suspenso y proseguí: - ---Isabelita, por sus prendas de carácter, por su inocencia y por la -modestia de que está adornada, merece no sólo el afecto, sino la -admiración de cuantos la tratan. Yo no pude, como es natural, sustraerme -al encanto que esparce en torno suyo, y desde luego me sentí atraído -hacia ella. Tuve el atrevimiento de dárselo a entender y me hago la -ilusión de pensar que no le ha parecido mal. Hasta ahora entre nosotros -no existe ningún lazo, sino tan sólo una sencilla inclinación... - ---Lo sé--volvió a decir con la misma gravedad doña Clara. - -Yo me sentí aún más cohibido. Retamoso me hizo algunas muecas -encaminadas a infundirme aliento y pude continuar: - ---Desde luego puedo afirmar que nada serio se ha establecido hasta ahora -entre nosotros, y no podía ser de otro modo, porque yo jamás me -propasaría a pretenderlo sin contar con la venia de sus padres. Pero -tampoco es repentina esta inclinación. Cuando embarqué hace dos meses -para Hamburgo llevaba el pensamiento y aun la resolución de estrechar -esta naciente amistad y... - ---Lo sé--dijo otra vez doña Clara con más severidad, si fuera posible. - -Quedé mudo y confuso, renunciando a más desenvolvimientos, que, por la -sobrenatural penetración de aquella señora, resultaban inútiles. Pero no -pude menos de admirar el singular contraste que aquellos consortes -formaban: él no sabía nada; ella lo sabía todo. - -Retamoso me hacía guiños maliciosos dándome a entender que aquello -estaba previsto y que no había por qué sorprenderse. Doña Clara, al cabo -de un rato de silencio, irguió aún más su erguida cabeza, y, sacudiendo -la nariz de un modo capaz de infundir respeto a un mono, profirió: - ---Antes de pasar adelante ruego a usted que sigamos la conversación en -inglés. Lo grave y lo delicado del asunto así lo exige. - -Yo profeso y he profesado siempre una gran admiración por la lengua y la -literatura de la Gran Bretaña. En la taquilla de libros de mi camarote -viajan constantemente el _Don Juan_, de Byron; el _Tom Jones_, de -Fielding, y algunos tomos de Shakspeare. Mas a pesar de esta -admiración, nunca he supuesto que fuese el único idioma en que pudieran -tratarse los asuntos graves y delicados. No quise, sin embargo, combatir -este rasgo filológico ni discutir la preferencia que la severa mamá de -Isabelita manifestaba por una rama de las lenguas indoeuropeas sobre sus -hermanas, y me apresuré a ceder a su invitación. Con esto, la sorpresa, -la alegría y las muecas de admiración de Retamoso subieron de punto. Se -llevaba el dedo a la frente, arqueaba las cejas, abría disparatadamente -los ojos, y algunas veces, cuando doña Clara no podía verle por hallarse -vuelta hacia mí, elevaba las manos al cielo, murmurando -imperceptiblemente. - ---¡Qué mujer! ¡qué mujer! - -Doña Clara, sin curarse poco ni mucho de las manifestaciones externas de -este culto idolátrico, me hizo saber en un inglés enfático y gutural que -nada de cuanto yo había dicho, hecho ni pensado se le había ocultado, y -que estaba al tanto igualmente de cuanto había dicho, hecho y pensado su -hija Isabel. Esta declaración infundió en mi espíritu un sentimiento de -pequeñez y limitación que concluyó de anonadarme. En la imposibilidad, -pues, de suministrar algún dato desconocido ni emitir una sola idea -digna de la grandeza intelectual de aquella señora, tomé el partido de -callarme, sometiendo de antemano mi débil razón a la suya. - -Después de agitar varias veces su nariz prominente como una nave que -despliega la bandera al zarpar del puerto, y después de encajar sobre -ella los lentes de oro para contemplarme un rato en silencio, doña Clara -tuvo a bien darme cuenta de sus designios. Isabelita era una niña: yo -era un hombre. Expresadas estas dos proposiciones, a simple vista -irrefutables, doña Clara dedujo de ellas lógicamente que era necesario -mucho cuidado. Una niña no sabe generalmente lo que quiere; pero un -hombre tiene obligación de saberlo. Por lo tanto, era de todo punto -imprescindible cerciorarse de lo que yo quería. - ---Señor de Ribot--interrumpió en este punto Retamoso--, ¿tendría usted -la amabilidad de ponerme en castellano lo que dice mi señora? - -Así lo hice, y cuando tuvo de ello conocimiento expresó ruidosamente su -entusiasmo, exclamando infinitas veces con gran energía: - ---¡Eso! ¡eso! ¡Justo! ¡Eso! ¡Eso! ¡Justo! ¡Eso! - -Doña Clara no hizo el menor aprecio de aquellos esos ni de aquellos -_justos_ y, manteniendo su nariz en el mismo rumbo, me sometió acto -continuo a un escrupuloso interrogatorio. Aunque bastante cohibido, -contesté claramente a sus preguntas y tuve la satisfacción de observar -ciertos leves signos de aquiescencia que me llenaron de orgullo. -Examinadas mis pretensiones, y como resultado de la concienzuda -investigación que acerca de mi conducta había llevado a cabo, doña Clara -declaró al fin, volviendo lentamente la cabeza hacia su marido como una -esfera armilar que gira sobre su eje, que «yo era una persona decente», -cosa de la cual ni aun en los momentos de mayor extravío he dudado -jamás. - -Cada una de las fases de esta investigación fué sucesiva y fielmente -interpretada por mí en lengua castellana para conocimiento del señor -Retamoso. Todas merecieron de su parte la misma aprobación calurosa y -fueron saludadas con una salva de _¡esos!_ y _¡justos!_ - -Doña Clara dió por terminada la entrevista alzándose del sofá, y con la -misma firmeza, la misma calma impasible y sangre fría me hizo saber que -"allí tenía mi casa y que tendría sumo gusto en recibirme siempre que -quisiera venir a ella". Dicho esto, por medio de una hábil y -sorprendente maniobra de su nariz dejó caer los lentes y me entregó la -mano, que yo toqué con la mayor veneración. - ---Permítame usted, señor de Ribot. ¡Un momento... un momento nada -más!--exclamó Retamoso, que a nuestro ejemplo también se había -levantado--. Yo no tengo los conocimientos que mi señora ni estoy -instruído en los idiomas extranjeros. Así que no he podido enterarme -bien de lo que usted desea. Me parece haber comprendido que usted -simpatizaba con Isabelita... - -¿Estamos en esas? dije para mis adentros mirándole con sorpresa e -inquietud. En cuanto a doña Clara, le clavó una mirada capaz de hacerle -polvo. - ---Sí, señor--respondí al cabo secamente. - ---Dispénseme usted, señor de Ribot... Yo soy un poco tardo de -comprensión y más en estos asuntos tan finos... También creo entender -(perdóneme si me equivoco) que deseaba usted nuestro permiso para -dirigirse a ella con... con palabras galantes... Perdóneme, por Dios, si -no sé expresarme como ustedes... - ---Sí, señor; deseaba la autorización de ustedes antes de estrechar mis -relaciones con Isabelita. - ---¡Perfectamente! ¡Eso!... Veo que no me había equivocado. Pues bien, mi -señor, yo estoy conforme con todo lo que doña Clara le ha dicho, y si le -hubiese dicho más, con más estaría conforme todavía. Ya conoce usted mi -opinión, señor de Ribot. Cuando se tiene en casa quien puede dar un -consejo acertado sobre todos los negocios, ¿para qué calentarse la -cabeza discurriendo?... Solamente yo desearía que en éste no hubiese -compromiso por ninguna de las dos partes. Por ahora nada de compromiso. -Si más adelante a usted, señor de Ribot, le conviene ese compromiso y a -nosotros nos conviene también, entonces ya podremos hablar de otro -modo... digo, ya mi señora le hablará de otro modo, porque yo ni pincho -ni corto; bien lo habrá usted comprendido, mi señor. - -Lo que comprendí perfectamente era que aquel gallego socarrón, antes de -soltar su palabra, deseaba enterarse con exactitud de mis medios de -fortuna. Me dejé engañar, sin embargo, en la apariencia. Acepté lo que -me propuso, manifestándole que mi visita no era oficial, sino un simple -paso de atención y respeto, y que deseaba que ellos conservasen su -libertad como yo conservaría la mía. - ---¡Eso! ¡Justo!... ¡justo!... Nada de compromiso. - -Doña Clara, en tanto que hablábamos, se había mantenido inmóvil y rígida -mirando al espacio por encima de nuestras cabezas, en una actitud tan -solemne y desdeñosa al mismo tiempo que nada podría dar idea de su -grandiosidad sino la Minerva de Fidias en lo alto del Acrópolis, si -hubiéramos tenido la suerte de que esta obra maestra de la antigüedad -pagana llegase intacta hasta nuestros días. Así permaneció hasta que yo, -dirigiéndome a la escalera, desaparecí de su horizonte visible. -Retamoso bajó conmigo, me llevó hasta el portal, se quitó el gorro, dió -mil zapatetas, me estrechó ambas manos con inexplicable ternura y me -dijo al oído al despedirme: - ---Por supuesto, señor de Ribot, todo esto sin compromiso ¿no le parece? -Mi opinión es que no debe de haber compromiso. - -No rió poco el bueno de Martí cuando le conté los pormenores de aquella -entrevista. Me felicitó calurosamente, y arrastrado de su fantasía -optimista trazó en un instante veinte planes, a cual más risueño, sobre -mi porvenir. Si no recuerdo mal, yo estaba predestinado a una gran -riqueza y a ser asociado suyo y de Castell en la línea de vapores, cuya -alta inspección se me confiaría. También tendría una parte en el negocio -de los pozos artesianos cuando éstos empezasen a dar agua. En cuanto a -la canalización del río, me manifestó con grande y sincera tristeza que -le era imposible darme por ahora ninguna acción. Le respondí que no se -apesadumbrase: trataría de vivir sin ella. Mi resignación le conmovió -tanto que concluyó por decirme, ahuecando con ambas manos su cabellera: - ---Tendría un gran disgusto si al cabo no consigo darte ninguna -participación en este negocio, que será el mayor que se haya hecho en -España hasta ahora. - -Cristina, a quien comunicó acto continuo lo ocurrido, se mostró conmigo -más afectuosa y expansiva que de ordinario. Observé, no obstante, en su -rostro una expresión melancólica que en vano trataba de ocultar. Hacía -esfuerzos visibles por aparecer alegre, pero a lo mejor se distraía y -sus grandes ojos negros quedaban fijos en el espacio, revelando profundo -ensimismamiento. - -Cené con ellos. Nos sentamos a la mesa, además del matrimonio y su mamá, -Isabelita, Castell y Matilde, con todos sus niños, los cuales nos -divertían extremadamente. La esposa abandonada, siempre con los ojos -enrojecidos, sonreía tristemente viendo la ternura y el entusiasmo que -aquellas criaturas me inspiraban. No faltó quien apuntó, creo que fué -doña Amparo, que yo iba a ser un padre cariñosísimo, lo cual causó a -Isabelita una verdadera sofocación de rubor. Estos accesos se repitieron -varias veces durante la cena, porque Martí tuvo a bien sazonarla con -alusiones más o menos transparentes a nuestro futuro parentesco. Sobre -todo, cuando hizo destapar una botella de _champagne_ y alzando la copa -brindó «por que el capitán Ribot se mantuviese sobre las anclas en -Valencia toda la vida», las mejillas de su prima no prendieron fuego a -la casa porque, afortunadamente, nadie arrimó a ellas algún material -combustible. - -Cuando nos levantamos de la mesa para dar una vuelta por el jardín quise -ofrecer el brazo a Cristina. Sentía vivo deseo de hablar con ella, de -sondar su alma, que me parecía turbada. Antes de buscar refugio en otro -puerto, ya que la fatalidad había hecho que el de ella estuviera cerrado -por mí, debía saber que acataba los designios de Dios; pero jamás, jamás -olvidaría aquel sueño de amor. Así era la verdad. Aunque hacía esfuerzos -heroicos por alejarlo, representándome otras escenas, otros goces, otros -deberes, volvía tenazmente a recrear mis noches y a turbar mi -conciencia. - -Ya había apoyado su mano en mi brazo, cuando Castell, acercándose a -nosotros y haciendo una leve reverencia, le dijo: - ---¿No habíamos quedado en que esta noche sería yo su caballero? - -Al mismo tiempo clavaba en ella una mirada luciente, cuya amenaza no -bastaba a templar la sonrisa fría que vagaba por sus labios. - -Cristina le respondió con otra tímida, y apresurándose a soltar mi brazo -para tomar el suyo, articuló con voz alterada: - ---Gracias, Ribot. Enrique me lo había ofrecido antes... - -Y se apartaron para bajar la escalera. Desde lo alto, cuando la luz del -vestíbulo les dió en el rostro, pude observar que Castell le hablaba -con ademán colérico, como si le hiciese recriminaciones, y que ella se -disculpaba con la mayor humildad. - -¡Oh Dios! El velo que me ocultaba la verdad se descorrió de pronto. -Aquel hombre era ya su amante. Toda la sangre de mis venas fluyó al -corazón. Sentí un vértigo y tuve necesidad de agarrarme fuertemente al -pasamano para no caer. - -[imagen: una barra decorativa] - - - - -XII - - -Juro que en la turbación que experimenté no entró para nada el despecho. -Mi orgullo no se resintió por esta preferencia. Tan sólo sentí una -tristeza mortal, como si la última ilusión que me ligaba a la vida se -escapase volando. Es más: el amor profundo que me inspiraba ni se apagó -ni mermó siquiera. Debilitóse, es cierto, el respeto, la idolatría; pero -creció, a la vez, la ternura de mi sentimiento. La diosa bajaba de su -pedestal y se transformaba en mujer. Perdía en majestad, pero ganaba en -encanto. - -En los días sucesivos observé que se acentuaba en su rostro aquella -expresión humilde que tanto me había sorprendido. Con esto me figuré que -se daba cuenta de su caída y me pedía perdón. En vez de mostrarme -desabrido hice cuanto fué posible por que me viese más respetuoso y más -amable que antes. Ella lo agradeció; a cada instante me ofrecía -testimonios de su amistad cariñosa. Su corazón era noble: si había caído -en la vergüenza, debía achacarse a la fatalidad de las circunstancias, -no a sus inclinaciones viciosas. Tal era mi convencimiento entonces. - -¿Y Martí? ¡Pobre Emilio! Cada vez que le veía me sentía más atraído por -su bondad e inocencia. Le observaba un poco decaído de cuerpo, pero -alegre siempre, y siempre confiado. Una tarde paseábamos solos por la -orilla del mar. Como ni él ni yo somos de humor melancólico, nuestra -conversación saltaba juguetona de un asunto a otro, riendo con las -anécdotas que se nos ocurrían. Una de las que yo le relaté le hizo más -gracia de lo que merecía. Tanto rió, que al cabo le vi ponerse pálido, -llevarse la mano al pecho y, con gran espanto de ambos, arrojar un -vómito de sangre. Le auxilié como pude, le llevé a una fuente próxima, -donde bebió agua y se lavó. Yo estaba mucho más impresionado que él. -Apenas podía hablar. Le animé, sin embargo, manifestándole que aquello -no tenía importancia y citándole numerosos casos de amigos a quienes -había pasado lo mismo sin consecuencias funestas. Cuando se hubo -serenado sonrió. - ---Tienes razón; esto no es nada. Estoy convencido de que tengo los -pulmones completamente sanos, porque hasta ahora jamás he tosido. Me -cuidaré un poco más y el verano que viene iré por precaución a -Panticosa... Pero es necesario ocultárselo a Cristina... Ya sabes cómo -son las mujeres. No digas nada tampoco a Castell. Es muy pesimista y el -cariño que me tiene le haría temblar... Capaz es, por su afán de -curarme, de descubrírselo a Cristina. - -Los ojos, a pesar mío, se me rasaron de lágrimas. Al observarlo pareció -sorprendido; quedó un instante suspenso, y soltando después una -carcajada me abrazó, exclamando: - ---¡Eres muy original, capitán!... Hay que quererte a la fuerza... Pero -confiesa que si no tuviese un temperamento tan práctico y no estuviese -acostumbrado a examinar los asuntos con frialdad, me harías entrar en -aprensión... Afortunadamente, sé a qué atenerme respecto a las fuerzas -de mi organismo... - ---Mi emoción ha sido producida por la sorpresa--me apresuré a decir para -enmendarlo--. Además, no me siento bien estos días: tengo los nervios -alterados. Pero ya te he dicho que eso no vale nada, y mucho menos -cuando tú, al parecer, eres un hombre robusto... - ---¡Robustísimo! No tengo más que el estómago un poco débil y de vez en -cuando algunos catarrillos a la vejiga. Fuera de eso soy un roble. Si -así no fuese, ¿cómo podría soportar el inmenso trabajo que pesa sobre -mis hombros, los viajes repetidos, las preocupaciones, etc.? - ---Desde luego. Eso no ofrece duda... ¿Y no has sentido hasta hora -ninguna alteración o malestar en los pulmones? - -Martí dió dos pasos atrás, me miró fijamente, y ahuecando un poco la -voz profirió secamente: - ---Mis pulmones son los de un atleta. - ---¿De veras? - ---Los de un gladiador--rectificó sacudiendo su cabellera con gesto de -inquebrantable convicción. - -Acto seguido se lanzó en un panegírico de su aparato respiratorio, tan -entusiasta y caluroso, que no lo haría más elocuente si fuese -comisionista y lo presentase como muestra a una gran casa de comercio. -Yo le felicité con el mismo entusiasmo por hallarse en posesión de un -ejemplar tan perfecto. Animado por los elogios no paró hasta darse -puñetazos en el pecho, hacer profundas aspiraciones y cantar recio el -aria final de _Lucía_. ¿Quién osaría dudar en adelante de sus vísceras? - -Llegamos a casa, él de un humor excelente; yo no, porque, a pesar de -tanto claro testimonio, no podía desechar ciertas aprensiones. Al verle, -cuando el camino se estrechaba, marchar delante de mí, sus hombros -estrechos, su cuello largo y orejas caídas no me traían a la memoria la -figura de Milon de Crotona ni de otro vencedor en los juegos olímpicos. -Me asombraba que unos pulmones tan magníficos como él decía hubiesen -buscado tan pobre alojamiento. - -Era la hora del oscurecer. El parque comenzaba a poblarse de sombra y -misterio. Aunque corrían los últimos días de Septiembre, las flores -abiertas exhalaban su perfume en esta región afortunada; los árboles -ostentaban sus copas tan verdes y frondosas como en plena primavera; el -césped brillaba eternamente fresco. Pero mezclados a los aromas -voluptuosos, románticos, de las violetas, de las rosas, de los -heliotropos, venían de la huerta que nos rodeaba otros soplos más densos -de frutos maduros. La tierra fecunda embalsamaba el ambiente con los -efluvios de sus uvas y melones y peras y manzanas, del heno segado y del -maíz. - -Delante de la casa, sentados en mecedoras, nos aguardaban Cristina y su -madre, Isabelita, Castell y Matilde. Los niños de ésta correteaban por -el jardín, chillando y gorjeando como pajaritos, mientras la infeliz -madre los contemplaba con sonrisa melancólica. Castell estaba sentado -al lado de Cristina y le hablaba en voz baja, cuando aparecimos por -detrás de un macizo de cañas indias. Ella clavó una mirada en su marido, -después en mí, y bajó instantáneamente los ojos con expresión seria y -reflexiva. Pero volvió a alzarlos y escrutó con interés la fisonomía de -Emilio, mientras éste, sintiéndose observado, charlaba y reía con -exagerada volubilidad. Cristina se puso en pie y, acercándose a él, -profirió: - ---Estás pálido, Emilio. ¿Te sientes mal? - ---¿Yo? ¡Qué idea! Nunca me he sentido mejor. Precisamente he venido -riendo toda la tarde. El capitán posee un repertorio de cuentos -deliciosos. De sobremesa le hemos de hacer que cuente alguno... no -todos, por supuesto, porque los tiene de varios colores. - -No se dió por satisfecha; pero volvió a sentarse, aunque sin quitarle -los ojos de encima. Castell hacía esfuerzos por atraer su atención -hablándole al oído. La conducta de aquel hombre me parecía el colmo del -cinismo. - -Al fin se hizo noche por completo y entramos en el comedor, que ya -estaba esclarecido y con la mesa puesta. Cuando íbamos a sentarnos a -ella entró el criado y, llamando aparte a Martí, le entregó una carta -con cierto misterio. Abrióla al instante y no pudo reprimir un -movimiento de asombro. Guardóla en seguida, y pidiendo permiso por -algunos minutos tomó el sombrero y salió. Nuestra curiosidad estaba -excitada, pero nadie dijo nada. Al cabo Cristina, cuya impaciencia era -visible, preguntó al muchacho: - ---¿Quién le ha entregado a usted esa carta? - ---Un caballero. - ---¿Aguardaba contestación? - ---No, señora. Deseaba hablar con el señorito y se quedó detrás de la -puerta grande esperándole. - -Lo raro del caso y el acento misterioso del criado aumentó -extraordinariamente la curiosidad de la familia. No tardamos todos en -satisfacerla. Martí se presentó a los pocos minutos y, depositando el -sombrero en una silla, preguntó jocosamente: - ---¿A que no saben ustedes a quién voy a tener el honor de presentarles? - -Todos le miramos con impaciencia. - ---Un caballero cuyo nombre comienza con _ese_. - ---¡Sabas!--exclamó Matilde. - -Y acto continuo, con el semblante descompuesto y ademán violento, bajó a -sus niños de las sillas donde se habían acomodado y, empujándolos -rudamente, les hizo salir de la estancia, y ella en pos de ellos. - -Todos nos pusimos en pie agitados. La nariz del marido desertor no tardó -en trasponer la puerta que comunicaba con el jardín, y en pos de ella su -interesante propietario. Un grito de doña Amparo. Un abrazo convulsivo -después. Lágrimas en abundancia. - -Sabas, en brazos todavía de su madre, paseó una mirada vaga y afligida -por el ámbito del comedor. - ---¡Matilde!... ¡Mis hijos!...--gimió de un modo dramático. - ---¡Todos te abandonan menos tu madre!--respondió doña Amparo con acento -no menos patético. - -Sabas reclinó la cabeza sobre el pecho maternal como víctima resignada. -Con esto doña Amparo le apretó aún con más fuerza, dispuesta a dar su -sangre por aquel hijo abandonado. Este se desprendió al cabo, se arregló -la corbata y nos tendió la mano gravemente, en la actitud digna y serena -de un general que acaba de capitular después de una resistencia heroica. -Fué a saludar a Cristina, pero ésta volvió la espalda y salió de la -estancia. Entonces sacudió su cabeza de modo sentimental y nos dirigió -una mirada dulce y expresiva. Después elevó sus ojos al cielo pidiendo -la justicia que en la tierra se le negaba. - -Lo que me causó verdadero asombro fué que su rostro venía terriblemente -atezado, casi negro, con la piel desprendida en algunos sitios, sobre -todo en la nariz. Más que de una escapatoria romántica con la dama joven -por el principado de Cataluña, parecía llegar de una expedición -científica y civilizadora a través del Africa central. - -Doña Amparo le hizo beber un vaso de agua con azahar para que se -serenase. No había necesidad. Su actitud tranquila y resignada, a la -vez, en aquella ocasión tan crítica, nos impresionó profundamente. Sin -embargo, después que hubo bebido el agua, profirió con firmeza -asombrosa: - ---Necesito ver a Matilde. - -Y uniendo la acción a las palabras se dirigió, lleno de majestad, hacia -la puerta. Y se introdujo en las habitaciones interiores. Y nosotros le -seguimos todos, porque nos sentíamos fascinados por su ademán noble y -severo. - -La inquietud se apoderó de nuestro espíritu pensando en la escena -dramática que iba a desarrollarse. Sabas abrió dos o tres puertas -consecutivamente sin poder hallar a su esposa. Pero no flaqueó su -denodado corazón. Sin proferir una palabra subió al piso principal. -Nosotros le seguimos ansiosos. - -Matilde estaba en su habitación y con ella Cristina. Al ver a su marido -dejó escapar un grito de indignación y se lanzó a otra puerta para huir -de nuevo. Cristina trató de retenerla. - ---¡Déjame!--gritó con rabia--. No quiero verle. - ---¡Matilde, por Dios!--exclamó Cristina abrazándose a ella. - ---¡Dejadme! ¡Dejadme...! ¡Entre los dos todo ha concluído! - -Entonces el prófugo, de pie en medio de la estancia, sintió que las -fuerzas le abandonaban. Se llevó la mano a la frente con abatimiento, se -doblaron sus piernas, y dando algunos pasos atrás, justamente los -necesarios para acercarse al sofá, cayó en él atacado de un síncope. -Todos corrimos a auxiliarle, y su ofendida esposa no fué la última. Al -contrario, trémula y afligida, ella fué quien le roció las sienes con -agua y le desabrochó el chaleco y la camisa para impedir la sofocación, -repitiendo con expresión delirante: - ---¡Sabas! ¡Sabas mío...! ¡Perdóname! - -Mientras tanto doña Amparo le aplicaba a la nariz, sucesivamente, -diversos productos químicos de naturaleza volátil y excitante. Los demás -procurábamos coadyuvar a la obra medicinal con más o menos modestia, -trayendo la palangana llena de agua, destapando los frascos o dando aire -con un abanico al desmayado. La única que permanecía inactiva y no -parecía dispuesta a prestar ningún socorro higiénico a su hermano era -Cristina. De pie, cerca de nosotros, le miraba con extraña severidad. No -dudo que esta actitud le parecería a cualquier otro cruel y -desnaturalizada. A mí no, porque el amor profundo, insensato que aquella -mujer me inspiraba, me hacía encontrar todos sus actos justos y dignos, -todos sus gestos adorables. - -Al fin Sabas salió del mundo de lo inconsciente, preguntando como tantas -veces lo había hecho su mamá antes que él: - ---¿Dónde estoy? - ---¡Con tu esposa! - ---¡Con tu madre! - ---¡Que te adora! - ---¡Que te idolatra! - -Cuatro brazos femeninos le abrazaron y cuatro labios se posaron casi a -la vez sobre sus narices despellejadas. Paseó los ojos extraviados por -la estancia, mirándonos a todos como si no nos conociese, y fijándose al -cabo en su esposa gritó con espanto: - ---¡Matilde!... ¡Matilde!... ¡Matilde!... - -Acto continuo se abrazó a ella y cayó en un ataque de risa convulsiva. -Las carcajadas de él, unidas a los sollozos de su esposa y a los -lamentos de doña Amparo, formaban conjunto aterrador que contristaría el -corazón más duro. Mas por virtud del contagio que todo el mundo -reconoce en esta clase de ataques, yo sentía unas ganas atroces de reir. -Con mucho trabajo pude reprimirlas. Salí de la habitación y bajé de -nuevo al comedor. No tardaron en seguirme los demás, quedando sólo -arriba, y tranquilo ya, Sabas con su mujer y su madre. Diez, minutos -después estaban ellos también abajo. Cristina dió orden de servir la -sopa, y pude observar, con tanto asombro como satisfacción, que Sabas -comía con excelente apetito y se mostró, mientras duró la comida, tan -alegre y jaranero y penetrante como siempre. Su esposa se lo tragaba con -los ojos de puro cariño, atenta enteramente a servirle. - -Cuando terminamos le vi que se levantaba antes de tomar café, y, -encendiendo un cigarro puro, preguntó a su cuñado si podía disponer del -coche. - ---¿Pero te vas?--le preguntó su esposa con sorpresa y disgusto. - ---Sí, me voy a tomar café al Siglo. No he visto todavía a ningún -amigo..... Volveré pronto. - -Trató Matilde de retenerle con súplicas «siquiera aquella noche», -acariciándole las manos; pero no consiguió más que impacientarle. -Observando, sin embargo, el mal efecto que nos causaba, cambió de tono, -y abrazándola le dijo con acento cariñoso: - ---¡Tonta! ¿No me permites que celebre nuestra reconciliación? - -Con esto la enamorada esposa quedó ya satisfecha y contenta, y ella -misma le puso el sombrero, le quitó el polvo de las botas y le despidió -a la portezuela del coche. - -Permanecimos de sobremesa algún tiempo. Emilio se fué a acostar, -manifestando que sentía sueño: pienso que su vómito debió de alterarle -más de lo que decía. Matilde subió a acostar a los niños. Quedamos -charlando en un rincón Isabelita y yo, y en otro Cristina y Castell, -mientras doña Amparo bordaba en el medio a la luz de la lámpara. - -Aquella situación me impresionaba tristemente. Parecíamos dos parejas de -novios vigilados por la mamá; y esto, por lo que se refería a Cristina y -Castell, no podía menos de causarme gran repugnancia. Tanta era mi fe en -aquella mujer, que apenas podía creer lo que veía. Estaba distraído, -melancólico, y sostenía difícilmente la conversación con mi futura. - -¡Mi futura! Los vientos me arrastraban hacia una costa donde no sabía si -iba a embarrancar o encontrar puerto seguro. Por lo pronto, me confesaba -con terror que después de la caída de Cristina mi corazón mostraba más -disgusto de entregarse a otra mujer. - -Cuando bajó Matilde después de dejar a los niños en la cama, para salir -de aquella situación no muy decente y esparcir un poco la tristeza que -me dominaba, propuse dar una vuelta por el parque. Se aceptó la -proposición, y Cristina fué la primera en hacerlo, levantándose del -sofá. Pero Castell, sin moverse, dijo con su firmeza habitual: - ---No puede ser. En el parque hay mucha humedad a estas horas. - -Cristina volvió a sentarse a su lado. - ---Nosotros no tenemos tanto miedo a morirnos. ¿Verdad, Matilde?--dije -sonriendo. - -Esta e Isabelita me siguieron. Doña Amparo se quedó con su hija y -Castell. Salimos por fin al jardín y de allí entramos en la finca, cuyo -ambiente embalsamado me hizo mucho bien, porque tenía la frente ardorosa -y el corazón henchido de lúgubres presentimientos. - -[imagen: una barra decorativa] - - - - -XIII - - -El parque, envuelto en las sombras de la noche, tomaba aspecto de selva: -era más grande y misterioso. Las araucarias, los cipreses, las magnolias -en medio del césped, figuraban caballeros envueltos en sus capas, -inmóviles y amenazadores. - -El follaje estaba mudo; los grandes caminos de arena apenas blanqueaban; -los senderos, sumidos en las tinieblas. Seguimos los primeros a paso -lento con cierta vaga inquietud, cambiando pocas palabras. La misma -emoción parecía que cerraba nuestros labios y nos apretaba el corazón. -Cuando recuerdo los primeros momentos de aquella noche y la melancolía -invencible que me oprimía, no puedo menos de ser supersticioso. - -Pero si la oscuridad infundía tristeza y un vago temor, los aromas, -unos suaves, otros penetrantes, que al través de las hojas silenciosas -se filtraban, nos invitaban a proseguir. Desde el aliento apenas -perceptible de las violetas hasta el perfume brusco, avasallador, de la -magnolia, íbamos respirando, según caminábamos, mil olores deliciosos. -Al llegar a cierto paraje que semejaba una plazoleta, el perfume -lánguido, voluptuoso del heliotropo consiguió dominar a los demás. -Matilde se detuvo haciendo un gesto de placer. Aquél era su aroma -predilecto. No quiso que pasáramos de allí, y nos obligó a sentarnos en -un banco rústico para darse un hartazgo, como ella decía. Mas lo grave -del caso fué que aquel perfume sutil de amor oriental no tardó en -traerle a la memoria la imagen poética de su esposo. Y fascinada por -este recuerdo, nos entretuvo largo rato contándonos las particularidades -más interesantes de su vida doméstica: a qué hora se levantaba de la -cama aquel ser extraordinario, el vaso de agua con limón que poco -después introducía en su precioso organismo, cuántas tostadas tomaba en -el café, los pitillos que fumaba, los paseos que hacía por la casa y -hasta la magnesia que se administraba los jueves para limpiar y -purificar aquella obra esplenderosa de la naturaleza. - -Como si ésta se asociase a su entusiasmo y quisiera dar testimonio de -la admiración que tan raro y bello sujeto le inspiraba, una suave -claridad se esparció repentinamente por la alquería. Volvimos los ojos -hacia el mar y vimos asomar sobre sus olas inmóviles el disco de la -luna. Las aguas rielaron; en el parque brillaron como puntos luminosos -las hojas metálicas de las magnolias, los blancos capullos de las rosas, -las cimas de las cañas y los laureles. Las tinieblas se amontonaron en -los macizos de los bosquetes, formando masas espesas, impenetrables. -Pronto fueron a buscarlas en sus guaridas los rayos de la luna, que se -alzaba serena por la bóveda azul sembrada de oro. - -Matilde, a quien todo, lo mismo en el cielo que en la tierra, le hacía -recordar a Sabas, pensó que era necesario prepararle la cama y nos -invitó a retirarnos. Isabelita no quiso hacerlo tan pronto. La noche -estaba deliciosa; se quedó sola conmigo. No me atreví a representarle la -inconveniencia de esto para no turbar su inocencia angelical. Seguimos -algunos instantes hablando de cosas indiferentes, sentados en el mismo -banco. - -Sin embargo, no tardó en encauzar la conversación hacia nuestro -proyectado matrimonio. Me habló de su equipo. Le preocupaba enormemente -si había de hacerse seis docenas de camisas y cuatro de enaguas, o tres -de éstas y ocho de las otras. Yo no pude acudir en su auxilio. Estaba -distraído y caviloso y, sin darme cuenta de ello, respondía de mala gana -y con poco acierto a sus consultas. Pero mi atención consiguió fijarse -cuando la niña comenzó a hablarme de nuestra casa, de los gastos que -ocasionaría y de los medios con que contábamos para subvenir a ellos. Me -sorprendió la suficiencia y el aplomo con que trataba los asuntos -económicos. Estaba enterada no sólo de lo concerniente al comercio de su -padre, sino también de los cambios, descuento de letras, cotización de -valores, etc. Por largo rato la oí con pasmo discurrir acerca de las -probabilidades de alza de ciertos valores públicos que su padre había -comprado recientemente, de la amortización de otros que ya poseía, de la -baja repentina de las acciones de la Compañía Arrendataria de Tabacos, -de los bonos del Tesoro y de otras mil cosas que yo apenas sospechaba. -Aquella erudición financiera no me causó agradable impresión. Comprendía -la necesidad de que la mujer fuese hacendosa y poseyese aptitudes para -regir una casa; pero tanto conocimiento mercantil chocaba con mi -temperamento nada práctico y más aún con la idea que me había formado de -aquella criatura. Parecía caso maravilloso que palabras tan viejas -saliesen de labios tan juveniles. - -No paró aquí al cosa. De una en otra, y con extraña habilidad, llegó la -niña a averiguar exactamente mi capital. No tenía por qué ocultarlo. A -la primer insinuación se lo manifesté con entera claridad: una casa, -pocas tierras y algunas acciones en la Compañía a cuyo servicio había -estado; sesenta mil duros en junto, mal contados. Isabelita quedó -pensativa un instante. - ---No es mucho--dijo al cabo con cierta inflexión antipática de voz, que -yo no le conocía. - -Y después de una pausa añadió con sonrisa forzada: - ---Mi padre te creía mucho más rico. - ---Pues ya ves cómo se ha equivocado--respondí con sonrisa más forzada -aún--. Casi siempre nos equivocamos respecto a los demás, unas veces -creyéndolos más ricos... otras creyéndolos más nobles. - -Todo estaba dicho ya. Sentí una repugnancia enorme, invencible, casi -pudiera llamarla asco. En un instante quedó formada mi resolución. Por -todos los tesoros de la tierra no me casaría con aquel mercachifle de -perfil angelical. - -Y, caso raro: después de tomada esta resolución no sólo me sentí -tranquilo, sino hasta feliz. Parecía que me habían quitado un gran peso -de encima. Con sorpresa de Isabel, que se había quedado pensativa por -el tono de mis palabras, comencé a mostrarme alegrísimo y chancero como -nunca. - -Pero la noche iba avanzando, y al cabo, tanto por no interesarme la -conversación como por el deseo de hallarme a solas y pensar el medio -adecuado de cortar aquellas relaciones, propuse el ir acercándonos a -casa. Al levantarnos sentimos un rumor como de gente que llegase: nos -quedamos otra vez sentados. Castell y Cristina desembocaron en la -plazoleta. Desde la oscuridad en que nos hallábamos pudimos verlos bien, -pues la luz de la luna los bañó enteramente. Observé en seguida que su -conversación no era indiferente. Él venía risueño, insinuante, -inclinando hacia ella la cabeza para hablarla al oído. Cristina, pálida, -la frente fruncida, la mirada dura y clavada en el espacio. Quise salir -a su encuentro, pero Isabelita me retuvo con fuerza. Cruzaron por -delante de nosotros sin vernos. A él no le oímos porque hablaba muy -bajo; pero algunas palabras de ella llegaron distintamente a nuestros -oídos. - ---Todo es preferible ya... - -Esta frase, pronunciada con rara energía, nos impresionó vivamente. -Isabelita me sujetó con mano crispada la muñeca y se levantó para -seguirles. A la verdad, si su curiosidad estaba excitada, la mía no lo -estaba menos. Pero como yo sabía a qué atenerme y me parecía indecoroso -entregarle aquel secreto, traté de impedirlo. Fué inútil. La niña se -desprendió con viveza y los siguió. Hice lo mismo, con el fin de -llamarles de algún modo la atención. Pero cuando acordé en mí ya no vi a -Isabelita. Avancé en la oscuridad, que allí se espesaba, guiado -solamente por el rumor de las voces. A los pocos momentos comprendí que -Castell y Cristina se habían detenido. Seguí avanzando y noté que -estaban dentro de un cenador o glorieta formada por cuatro grandes matas -de laurel plantadas a pequeña distancia y que en lo alto se -entrelazaban. Me acerqué con paso cauteloso. En la parte exterior estaba -Isabelita con el oído pegado a las ramas. Al llegar a ella me puso la -mano en la boca y me apretó con la otra el brazo de tal manera que me -produjo dolor. Quedé estupefacto ante semejante violencia, cuya causa no -podía imaginar. Por debilidad y por evitar ya a Cristina una vergüenza, -callé y me mantuve quieto. - ---Quizá usted califique--decía Castell--mi paciencia de algunos años, -mis sufrimientos, el trabajo sordo, constante, que vengo ejecutando, de -simple capricho. Quizá suponga que está en ello interesado mi amor -propio más que una pasión profunda, irresistible... ¿No podré suponer -con igual derecho que los desdenes con que usted me ha humillado tanto -tiempo fueron obra del orgullo y la terquedad más que de la virtud? - ---Puede usted suponer cuanto quiera. El juicio que usted forme de mí... - ---Ya lo conoce usted--interrumpió Castell--. No puede ser más lisonjero. -No he hallado jamás mujer cuya belleza y cuyo carácter me parezcan más -interesantes y dignos de admirarse. - -Oí un ligero bufido de desprecio y tras de él estas palabras: - ---Preferiría que usted me admirase menos y me dejase vivir más -tranquila... Pero, en fin, no es eso de lo que quiero hablar ahora. He -consentido en salir con usted y hallarme aquí a estas horas de un modo -inconveniente y con peligro de la honra de mi marido, que me es más cara -que la existencia, porque voy a resolver de una vez el problema de mi -vida. Rica o pobre, feliz o desgraciada, estoy decidida a vivir con -honor y tranquilidad. - -Nadie podrá imaginarse de un modo cabal lo que estaba pasando por mí en -aquel momento. Las horribles sospechas, casi certidumbres, con que había -llenado de fango la imagen de mi ídolo, huían como negros fantasmas. -Volvía a verla en toda su pureza, con aquella aureola de virtud que era -su gloria y atractivo. Una felicidad celeste descendió a mi corazón. -Todo mi cuerpo temblaba, presa de irresistible emoción. - ---Tienda usted los ojos a todas partes. Busque usted en la tierra algún -ser cuya felicidad me interese más que la suya y no lo hallará. - ---Es bien poco decir--replicó Cristina con acento sarcástico. - ---Porque usted cree que nada me conmueve ni me interesa en el mundo, -¿verdad? Está usted en un error. Antes de haber quedado preso en las -redes de una pasión desgraciada vivía en perpetua curiosidad. Las -ciudades, las montañas, el océano y los arroyos, la sociedad, las artes, -los amores fáciles, todo me arrastraba y me seducía. Hoy estos objetos -son a mis ojos imágenes del hastío. El odio estéril, el desdén que -irrita y fastidia, el tedio sin causa me acompañan a todas partes, me -envuelven como un vapor pestilente. Todas las fibras de mi vida se han -secado menos una... Pero cuando ésta resuena mi ser se estremece, mis -facultades despiertan, el horrible conjuro que me aniquila se rompe, el -día penetra en mi espíritu... - ---Diga usted la noche... ¡La noche, que necesita una conciencia oscura! - ---La conciencia se detiene siempre ante las gradas del templo del amor -¿Sabe usted de alguno que amando de veras a una mujer, devorado por las -ansias de poseerla, haya quedado paralizado por la conciencia? Yo no lo -conozco. Si alguien me viniese con semejante cuento le diría francamente -que mentía. Ningún ratón se ha parado delante del queso; ningún hombre -delante de una mujer, por miedo a la conciencia. - ---Peor para los hombres si fuese cierto... Pero repito que no es eso de -lo que quiero hablar en este momento. A riesgo de que usted realice sus -embozadas amenazas, estoy resuelta a que concluya su persecución, y -concluirá... ¡vaya si concluirá! - ---¿Sabe usted una cosa, Cristina?... He llegado a pensar que usted goza -más con ser terca que virtuosa. - ---¿Sabe usted otra cosa, Castell? He pensado siempre que en usted no -existe amor alguno, sino un orgullo monstruoso que necesita satisfacerse -a costa de la felicidad y la honra de su mejor amigo. - ---Si no existiese en mí más que orgullo, ¿cuánto tiempo hace que hubiera -castigado sus desdenes, sus insultos!... Dificulto que exista en la -tierra una mujer que mejor sepa herir en mitad del corazón con un gesto, -envenenar el alma y llenarla de cólera rabiosa con una mirada. ¡Qué arte -tan perfecto! ¡Qué habilidad exquisita para freir en parrilla a -cualquier desgraciado que se atreva a encontrarla hermosa y -adorable!... Estoy persuadido de que usted no está hecha para amar, sino -para despreciar. Si condesciende con su marido es por ser un desdichado -que no se atreve a levantar los ojos en su presencia. - ---Prefiero las injurias... Está bien. Si usted hubiera hecho siempre lo -mismo me habría evitado muchos sinsabores... Vamos ahora a otra cosa. Es -absolutamente necesario que desde esta misma noche cese usted de -mortificarme ni con palabras, ni con miradas, ni con insinuación de -ninguna clase. Es absolutamente necesario que, si usted no me respeta -como la esposa de un amigo, por lo menos sea para usted un ser -indiferente. De otra suerte, estoy resuelta a jugar el todo por el todo -y dar cuenta de lo que pasa a mi marido. - ---¿Está así decretado?--pronunció él con entonación burlona.. - ---Sí; está así decretado--respondió ella con acento colérico. - -Hubo una pausa. - ---¿Y no tiene usted miedo--profirió él al cabo con lentitud--que -acordándome de las mil torturas y humillaciones que usted me ha hecho -padecer, y desesperado de poder lograr jamás de usted un poco de -compasión siquiera, se transforme mi amor en odio, y aprovechando los -medios que la suerte me ha deparado les hunda a ustedes en la ruina más -espantosa? - ---No; no tengo miedo--replicó ella con fiero orgullo. - ---Hace usted bien: yo no me vengaré aunque... - ---Puede usted hacerlo cuando guste--interrumpió ella impetuosamente--. -Emilio es un hombre que ama el lujo y las comodidades, lo sé; pero ama -mucho más a su mujer y a su honor. Puesto en la alternativa, no sólo -daría con gusto su fortuna, sino también su vida. Puede usted dejarnos -arruinados cuando se le antoje. Si no nos queda nada, iremos a trabajar -los dos. Pero cuando él se halle en una oficina desempeñando el humilde -oficio de escribiente, a su mesa nadie se acercará para llamarle marido -complaciente; y cuando yo pase por las calles, la gente de Valencia -podrá asomarse a los balcones y decir: «Esa pobre mujer que veis ahí con -una cesta en el brazo ha tenido coche y ha gastado trajes de seda»; pero -no dirá, yo lo juro: «Esa que ahí va es una prostituta». - ---¡Oh! ¡Eso es muy fuerte!--exclamó Castell. - ---¡Sí, prostituta!--profirió ella recobrando la firmeza--. Porque es -igual venderse por el temor de ser pobre que por la gana de ser rica. - ---Perdone usted, Cristina: me parece que da usted a la conversación un -giro demasiado romántico... La cesta al brazo... ¡Pero si eso es un -folletín! Apelo a su buen juicio contra semejantes trivialidades. Aquí -no hay más que un hombre que la adora con todas las fuerzas de su alma; -que por obtener su amor sería capaz de todos los sacrificios, incluso el -de la vida. Ya que usted me desahucia y me obliga a abandonar la -partida, por lo menos no me convierta en un seductor de novela por -entregas de los que excitan la cólera de las modistas. - ---Concluyamos; yo no puedo estar más aquí--dijo ella.--Al mismo tiempo -pude observar que se ponía en pie. - ---Sí, concluyamos. Por fuerza, no por voluntad, dejaré de pretenderla, -no de amarla. Renuncio a vengarme como le he dicho. Entienda usted, sin -embargo, que esta es una tregua. Mis esperanzas no se desvanecen. -Alejado de usted esperaré con paciencia la ocasión, y cuando llegue, de -nuevo me encontrará usted en su camino ofreciéndole este pobre corazón -que usted ha ultrajado tanto. - ---Está bien. Adiós. - -Castell también se había puesto en pie. Más por las palabras de Cristina -que porque realmente lo viese, comprendí que trataba de sujetarla. - ---¡Suélteme usted! - ---Antes de que usted se vaya quiero el premio que mi sacrificio merece. -Déjeme usted besar esos ojos incomparables. - ---¡Suélteme usted!--repitió ella con energía y forcejeando. - ---He renunciado a todo--dijo él con enérgico tono también, aunque -reprimiendo la voz--; pero le juro a usted que no renuncio a este beso -aunque me costase la vida. - ---¡Suélteme usted, o grito! - ---Grite usted cuanto quiera. Si usted está decidida a provocar un -escándalo y dar quizá la muerte a su marido por este beso, yo también lo -estoy. - -En aquel momento penetré en la glorieta y le puse la mano sobre el -hombro. - ---¡Qué es eso!... ¿Quién va?--exclamó dando un salto que le apartó largo -trecho de Cristina. - ---No hay que asustarse; soy yo. - ---¿Y quién es usted?--replicó sacando un revólver y apuntándome. - ---Guarde usted esa arma para los ladrones o téngala prevenida para -cualquier traidor que, abusando de su confianza, intente arrebatarle la -honra y la dicha. Aquí no hay ladrones ni traidores. - ---Si no hay ladrones, por lo menos anda en los alrededores gente ruin -dedicada a sorprender conversaciones secretas. Pero contra esa gente un -látigo sería más adecuado que un revólver--profirió con acento -sarcástico. - ---Guarde usted igualmente sus sarcasmos para ocasión más oportuna. Nadie -se dedica aquí a sorprender conversaciones. Se oyen cuando el viento las -trae a los oídos, y en verdad que deploro haberme hallado a estas horas -para recibirlas. Si estuviese en la cama durmiendo, me hubiera evitado -la tristeza de penetrar en los rincones más sucios y lóbregos de la -conciencia humana. - ---¡Miente usted!--exclamó avanzando hacia mí frenético.--Usted nos -estaba espiando. ¡Qué habla usted de rincones sucios, cuando tiene usted -que barrer tanta inmundicia de sí mismo! Nos estaba usted espiando, lo -repito, porque hace mucho tiempo que lo viene haciendo. ¿Con qué derecho -sigue usted nuestros pasos y pretende intervenir en los asuntos de esta -familia, no siendo otra cosa que un advenedizo? - ---Un advenedizo interviene cuando alguien pide socorro--repliqué con -calma--. Por lo demás, no tengo costumbre de seguir otros pasos que los -de las corrientes del Océano. Ni yo le he ofendido a usted ni tiene -derecho a ofenderme, como acaba de hacerlo. - -Entonces él, tomando quizá mi calma por cobardía, o por ventura ganoso -de provocar una escena violenta que le sacase del atolladero, me agarró -con furia de la solapa y, sacudiéndome y metiendo su rostro amenazador -por el mío, me gritó: - ---Sí, señor, me ha seguido usted los pasos y no estoy dispuesto a -tolerarlo. ¿Lo oye usted? Sí, señor, le he ofendido a usted, ¿y qué? ¿No -está usted aún satisfecho con esta ofensa? Pues ahí va otra... - -En el aire cogí su brazo. Le sujeté el otro también y, bien agarrotado, -pues mi superioridad muscular era manifiesta, le di unas cuantas -sacudidas y le encajé las espaldas entre el follaje de la glorieta. - -Una voz sonó en mis oídos. - ---¡Déjelo usted, Enrique, déjelo usted! No exponga su vida por un -cualquiera. - -Quedé estupefacto. Mis dedos se aflojaron; solté la presa y, volviendo -la cabeza, contemplé delante de mí la figura virginal de Isabelita. Sí, -ella era. Sí, ella había proferido aquellas palabras. - ---Muchas gracias--le dije sonriendo. - -Pero no me hizo caso; ni siquiera me dirigió una mirada. Con el -semblante descompuesto, los ojos clavados en Castell, le tomó por una -mano y le sacó de la glorieta. - -[imagen: una barra decorativa] - - - - -XIV - - -Cristina estaba sentada y tenía el rostro oculto entre las manos. Me -acerqué a ella. - ---Perdone usted que haya entrado aquí. No fuí dueño de contenerme. - ---Ha hecho usted bien; gracias--murmuró sin cambiar de actitud. - -Guardamos silencio. Alzándose bruscamente, exclamó: - ---¡Vámonos! ¡vámonos! - -Y salió de la glorieta y se dirigió precipitadamente hacia la casa. Yo -la seguí; pero uniéndome a ella en seguida le hice presente la -conveniencia de no presentarse en aquel estado de alteración a Emilio. -No me respondió: cambió de dirección encaminando sus pasos por una calle -estrecha de acacias, donde la luz de la luna apenas conseguía penetrar. -Marchaba delante de mí con pie ligero. Pronto la perdí de vista. Me -detuve un momento, vacilando entre volverme o seguirla. Al fin tomé este -último partido, por el temor que me asaltó de que tropezase nuevamente -con Castell. - -Apreté el paso y pude verla cuando desembocaba frente al pabellón que -llevaba su nombre. Me acerqué y le aconsejé que se reposara un momento -allí. - -El salón, profusamente adornado de estatuas y jarrones, ofrecía en -aquella hora un encanto misterioso. La luna penetraba por los cristales -de las ventanas. Los muebles primorosos, las porcelanas, los cuadros -pendientes de la pared reflejaban su luz tristemente. Las figuras de -mármol enviaban a los muros siluetas enormes en actitudes trágicas o -amenazadoras. - -Cristina se dejó caer en un sofá y yo me senté a su lado. Permanecimos -silenciosos largo rato. - ---Cuando por primera vez--dije al cabo--tuve el gusto de entrar en su -casa creí ver una imagen abreviada del paraíso. Alegría, cordialidad, -dicha serena e inocente. El tierno amor de una esposa que inspira -respeto; el reposo, la felicidad de un marido exento de recelos que -amargan la existencia. Un yugo de amor y de paz. Y en torno de ustedes -la abundancia, la riqueza, todos los dones de la vida. ¿Le sorprenderá a -usted si le digo que entre el follaje de tantas alegrías vi también -asomar la cabeza de la serpiente? - ---No lo dudo--respondió ella en actitud pensativa, mirando al cielo por -los cristales. - ---Si no la hubiera visto, me bastaría observar ciertas señales de su -rostro para adivinarla. Los ojos no pueden ocultar lo que pasa dentro -del alma. ¡Qué feliz me hubiera usted hecho confiándome sus inquietudes! -Soy un amigo reciente, lo sé; pero el afecto que tanto usted como Emilio -me inspiran no puede ser más sincero. - ---Gracias, gracias, Ribot--murmuró.--No era posible. - ---No era posible, en efecto... ¿Cómo había de ser cuando no tuve acierto -para persuadir a usted de la sinceridad de mis sentimientos?... Confieso -que he dado algunos motivos para que usted no me otorgase su franqueza. -Me arrepiento con toda mi alma y le pido perdón... - -Como si estas palabras despertasen en su espíritu alguna inquietud, se -alzó del asiento, levantó una cortina que se había desprendido del -alzapaños, cerró el piano que estaba abierto y vino a sentarse otra vez. - ---Por lo que he oído--le dije después de una pausa--, Castell tiene -medio de hacerles a ustedes daño. - ---Nuestra fortuna entera está en sus manos. - ---¡Cómo! - ---Emilio le ha ido pidiendo dinero para sus negocios, que fueron todos -bien ruinosos. - ---Y él se lo fué dando con la esperanza de obligar a usted a recibir sus -obsequios. - ---Es posible... Sin embargo, Castell es más comerciante aún que -enamorado. Aunque hubiera conseguido lo que pretendía, el negocio -seguiría su marcha. Su idea ha sido siempre quedarse dueño absoluto de -la empresa de vapores. - ---Supongo que después de las palabras que he podido oirle hace un -momento se abstendrá de apoderarse de ella. - ---No lo sé. - ---Quedó unos instantes pensativa. Luego, como si hablase consigo misma, -profirió con voz sorda: - ---El día que Emilio y yo nos casamos fuí a mi cuarto después de la -ceremonia para mudarme de traje. Nos marchábamos a Madrid a pasar -algunos días. Cuando bajaba tropecé con ese hombre en la escalera. Me -detuvo dirigiéndome algunas frases galantes y me pidió un ramito del -azahar que llevaba en el pecho. Se lo di, contra mi gusto, por -vergüenza... por temor... Desde el primer momento me fué repulsivo. Más -tarde, cuando estábamos en la estación, al darme la mano para -despedirnos, me dijo casi al oído: «Si algún día llega usted a cansarse, -acuérdese de que tiene amigos que la admiran tanto o más que él.» - ---¡Qué insolencia! - ---No quise decir nada entonces a mi marido, ni quise tampoco después. La -amistad que les unía era tan estrecha que me acobardaba el romperla. -¡Cuántas veces me he preguntado desde entonces sí habré hecho bien o -mal! - ---¿Y usted no le trataba antes íntimamente? - ---Sí y no. Nosotros somos de Denia. Castell estuvo allí unos días y -bailé con él en casa de unos amigos algunos meses antes de conocer a -Emilio. Aquella noche me hizo la corte, me dijo mil piropos y casi me -declaró su amor. Yo tomé aquello por lo que era: un entretenimiento de -forastero que hace lo posible por no aburrirse. En efecto, se marchó de -Denia y de España y estuvo cerca de dos años viajando. Cuando regresó -estaba para casarme con Emilio: faltaban sólo unos quince días para la -boda. - ---La Providencia ha sido cruel poniendo a este hombre en su camino y -dándole poder para causarle todavía algunos disgustos. - -No respondió. Quedóse un rato pensativa y al cabo dijo, clavando en mí -sus grandes ojos con interés: - ---Pero usted es demasiado bueno, Ribot. No hablamos más que de mis -disgustos, sin pensar en el que usted acaba de tener. - ---¡Bah! Es todo lo contrario. Debo dar gracias a Dios de haberme -desengañado a tiempo. Además, siempre he sospechado que esa niña estaba -enamorada de Castell, aunque Emilio y Sabas se empeñasen en lo -contrario. Y, si he de ser franco, yo tampoco sentía un amor muy -entrañable. - ---Entonces, ¿por qué se casaba usted con ella? - ---Porque... porque... no sé por qué... es decir, sí lo sé y usted lo -sabe también; pero hay cosas que ni aun a mí mismo las quiero confesar. - -Estas palabras causaron en su rostro visible turbación. Quedó -repentinamente seria, y los rayos de la luna me permitieron ver en su -frente aquella temida arruga de marras. - ---No, Cristina, no--me apresuré a decir con vehemencia--; le ruego que -no me haga la ofensa de pensar lo que estoy leyendo en sus ojos. He -sostenido luchas dolorosas, desesperadas, conmigo mismo. He vacilado, he -caído también; pero me he levantado y, puedo decirlo con orgullo, jamás -la traición halló abrigo en mi pecho. No tengo las cualidades -brillantes de Castell; estoy lejos de poseer las ventajas que hacen a -ese hombre amable y admirado; pero aunque las poseyese todas le juro que -no las utilizaría para herir por la espalda a un amigo. Porque antes que -las satisfacciones del amor, antes que todos los goces de la tierra y -aun los del cielo, si me los ofreciesen, estimo la paz de mi conciencia. - -El acento acalorado, la expresión sincera con que pronuncié estas -palabras le hicieron levantar la cabeza y mirarme con un poco de -asombro. - -Su frente se desarrugó y una dulce sonrisa se esparció por sus labios. - ---Sí, ya vengo observando que es usted más original de lo que en un -principio imaginé. Vale más así. - -Y al decir esto me tendió graciosamente su mano, que yo estreché con -tanto respeto como efusión. - -En aquel instante una sombra salió por detrás de nosotros y se plantó -delante diciendo: - ---Buenas noches. - -Lo mismo Cristina que yo sufrimos un fuerte estremecimiento. - ---¿Tú aquí, Emilio? Creí que ya estabas acostado--dijo aquélla -recobrándose instantáneamente. - ---No, no me acosté. Sentía calor como vosotros y salí a dar una vuelta -por el jardín. Oí ruido de conversación y entré. - -A pesar del tono natural que quiso imprimir a estas palabras, advertimos -en su actitud y su acento algo extraño que nos causó fuerte inquietud. - ---La noche está muy hermosa--siguió, comenzando a pasear por la -habitación con las manos en los bolsillos--. El mes de septiembre no le -ha ido en zaga al de agosto. Apenas si a la madrugada se siente un poco -de fresco. No tengo ningún deseo de irme a la cama. - -Respondí con algunas palabras insignificantes como éstas. No hizo señal -de escucharlas. Siguió paseando en actitud meditabunda, y al cabo se -plantó delante del balcón, de espaldas a nosotros, y quedó inmóvil -mirando por los cristales. Luego abrió los bastidores y se quitó el -sombrero para recibir mejor el fresco de la noche. - -Cristina le miraba sin pestañear. En sus ojos se iba pintando una -tristeza ansiosa. - -Parecía consternada. Transcurrieron así algunos minutos en silencio. Al -cabo, como si no pudiese resistir más tiempo aquel estado de tensión, se -levantó vivamente y acercándose a su marido le dijo poniéndole una mano -sobre el hombro: - ---Vámonos ya a casa. - ---Como tú quieras--respondió él secamente. - -Salimos del pabellón y seguimos la calle de acacias que lo enfilaba. -Traté de emparejarme con Martí y trabar conversación. Observé al -instante que rehuía mi compañía, respondiendo con pocas y secas -palabras. Antes de llegar a casa tomó el brazo de su esposa y apretó el -paso dejándome atrás. Aquel mudo desaire me oprimió el corazón. Los -seguí con tristeza, la cual fué cediendo el puesto a una sorda -irritación al pensar con cuánta injusticia me trataba. Y según -caminábamos se afirmó en mi espíritu la idea de entrar con él en clara y -enérgica explicación y descubrir lo que pasaba. - -Llegamos a la puerta de la casa. Debajo de la _marquesina_ de cristales -que la resguardaba se detuvieron. Por las ventanas abiertas del comedor -vi las sombras de Castell, Isabelita y D.ª Amparo. - ---Vaya--les dije con afectada indiferencia--, ustedes a la cama y yo a -la ciudad. - ---¿No espera usted que mandemos enganchar el coche?--preguntó -tímidamente Cristina. - ---No; me apetece dar un paseo a la luz de la luna. Hasta mañana. Buenas -noches. - -Fuí a dar la mano a Emilio. - ---No--me dijo con inusitada gravedad--; voy a acompañarte hasta la -puerta de la finca. También me apetece dar un paseo. - -Extendí la mano a Cristina. Me la estrechó por primera vez en su vida, -con singular energía, clavándome al mismo tiempo una mirada suplicante y -ansiosa. Yo, conmovido hasta el fondo del alma, cerré los ojos para -indicarle que podía fiar en mí. - -Nos apartamos, y a paso lento tomamos la calle que conducía a la puerta -de salida. Martí iba con el sombrero en la mano y guardaba silencio -obstinado. Yo aguardaba a que lo rompiese antes de despedirnos, -prometiéndome ser fiel a la tácita promesa que había hecho. En efecto, -al acercarnos a la tapia se detuvo y, esquivando mirarme, profirió: - ---Los hombres casados, Ribot, suelen tener una susceptibilidad -exagerada. No sólo los celos, que tanto atormentan, sino también el -miedo al ridículo, les obligan a desconfiar muchas veces, aunque por -temperamento sean confiados. A los amigos de estos hombres les toca, por -lo mismo, no despertar tal susceptibilidad, conducirse en todas -ocasiones con mucho cuidado y delicadeza. De este modo la amistad se -afianza con la gratitud. - ---Tienes razón--respondí--. Hasta ahora he procurado cumplir con esa -obligación que todos los hombres tenemos, no sólo con los amigos, como -dices, sino con el prójimo en general. Una fatal casualidad me acaba de -colocar en situación que puede lastimar tu amor propio, ya que no tu -honor. Entiende sin embargo, que Cristina... - ---No hablemos de Cristina--interrumpió clavando sus ojos en los míos con -firmeza--. Todas las noches del año, antes de dormirme, doy gracias a -Dios por haberme unido a ella. Esta noche será lo mismo que las otras. - ---Hablemos de mí entonces. Una fatal casualidad, repito, me coloca en -situación de herir esa susceptibilidad que acabas de mentar. Lo deploro -con toda mi alma, aunque no me hallo culpable. En todo caso, lo sería de -una ligereza. Sin embargo, estos asuntos son de índole tan delicada, que -una amistad reciente no puede contrarrestar los efectos de la más -pequeña molestia. Si, como observo, tú la has experimentado, estoy -resuelto a alejarme de aquí y no poner más los pies en tu casa. - -No respondió. Caminamos en silencio los pasos que nos separaban de la -puerta. Al llegar a ella se detuvo y, sin mirarme, dijo con voz -temblorosa: - ---Aunque lo sienta mucho, no puedo menos de aceptar tu resolución. Quizá -me ponga en ridículo a tus ojos y a los de cualquiera que sepa lo que -acaba de pasar... pero ¿qué quieres?... prefiero quedar en ridículo a -que se turbe en lo más mínimo la tranquilidad que hasta ahora he -disfrutado. - ---Te sobra razón: yo, en tu caso, haría lo mismo--respondí--. Mañana a -primera hora saldré de Valencia, y acaso no volvamos jamás a vernos. -Quiero que sepas, no obstante, que esto me proporciona uno de los más -profundos disgustos de mi vida. Aprecio tu amistad más de lo que te -figuras, estoy agradecido a tu cariñosa hospitalidad y no me consolaré -jamás de haberte causado inconscientemente un pequeño disgusto. Si algún -día necesitases de mí, para todo me ofrezco. - ---Gracias, gracias, Ribot--murmuró conmovido. - -Tenía una mano sobre el pestillo de la puerta enrejada y con la otra -sostenía el sombrero. No quise ponerle en el compromiso de darme la -mano, y sin extenderle la mía salí al camino. - ---Adiós, Martí--le dije volviendo la cara--. ¡Dios te haga tan feliz -como lo has sido hasta ahora! - ---Adiós, Ribot. Muchas gracias. - -[imagen: una barra decorativa] - - - - -XV - - -La puerta se cerró. Al través de sus rejas le vi alejarse y perderse -entre el follaje con la cabeza inclinada y descubierta como antes. Quedé -solo en medio del camino. Un abatimiento profundo se apoderó de mí como -si acabase de perder algo que interesase de cerca a mi existencia. - -A paso lento comencé a apartarme de aquellos sitios tan gratos, -persuadido de que no volvería a pisarlos jamás. En realidad, los últimos -sucesos habían sido tan súbitos y atropellados que apenas podía darme -cuenta de ellos. Un momento hacía representaba en aquella casa el papel -de un amigo que va a transformarse en hermano. Ahora salía de ella como -un extraño del cual se olvidaría pronto hasta el nombre. Mas en medio -de aquella tristeza, en la noche triste que había caído sobre mi -corazón, lucía una estrella bien amable: era la mirada suplicante de -Cristina. En aquella casa quizá no se pronunciaría ya mi nombre, pero -ella no podría olvidarlo jamás. Esta idea me produjo extraordinario -consuelo. Seguí caminando con más firmeza, y cuando llegué a la esquina -del muro que cercaba la finca me detuve. Lo contemplé un instante con -melancolía y acercándome a él lo besé repetidas veces. Luego me alejé -apresuradamente, avergonzado de que alguien pudiese verme. - -La luna, en lo alto, bañaba el campo de luz transformándolo en lago -dormido. La llanura se extendía delante de mí bordada por las crestas de -las montañas que flotaban a lo lejos en un vapor blanquecino. Aquí y -allá los bosquecillos de naranjos y laurel manchaban el blanco cendal, -mientras algunos cipreses se erguían solitarios, inmóviles, alargando su -sombra sobre el camino. Detrás, el mar rielaba tranquilo también, -reverberando la luz de la luna. - -La dulzura de aquella noche invadía mi corazón y lo refrescaba. El -campo, cubierto aún de flores y perfumado por los olores penetrantes de -los frutos maduros, adormía mis sentidos y calmaba la fiebre de mi -pensamiento. Avancé con paso más ligero. Valencia en aquella hora -dormía ya sobre su alfombra de flores. Las luces de sus calles brillaban -lejanas como estrellas terrestres. Las del cielo formaban rico dosel -protegiendo aquella ciudad afortunada. - -Cuando me alejé buen trecho de la alquería, quise reposarme un momento. -No tenía deseos de entrar en la población. Necesitaba coordinar mis -pensamientos y trazar algún plan de vida, ya que en un instante se -habían deshecho los que había formado. Sentéme en la piedra de un -tornaruedas, saqué un cigarro, lo encendí y me puse a fumar con calma. -Corto rato había estado allí, cuando sentí a lo lejos el rumor de un -carruaje que se acercaba. Al principio no supe si venía de Valencia o -del Cabañal. Cuando me convencí de que procedía de este último punto, -sentí extraño desasosiego y pensé en ocultarme; pero volviendo -inmediatamente sobre mi pensamiento, me determiné a quedarme. Pronto -divisé los caballos; se acercaron; era el coche de Castell, como había -temido. - -Cuando estuvo próximo me planté en medio del camino y grité con acento -imperioso al cochero: - ---¡Para! - -Éste hizo un movimiento de sorpresa, pero todavía empujó los caballos -hasta tocar conmigo. Los cogí de la rienda y les obligué a detenerse a -tiempo que, reconociéndome el muchacho, dijo: - ---Buenas noches, don Julián. - -Castell había sacado medio cuerpo por la ventanilla. Cuando me acerqué -clavó en mí los ojos sorprendido; y llevando con fiero ademán la mano al -bolsillo, exclamó: - ---¡Si es una agresión, cuidado! - ---No; no es una agresión--repuse yo levantando la mano en señal de -paz--. Es que quiero hablar con usted. - ---Envíeme usted sus padrinos y con ellos me entenderé--dijo -orgullosamente. - ---Antes de hacerlo necesito hablar con usted un momento--repliqué. - -Me contempló atentamente unos instantes como si tratase de escrutar mis -intenciones. Convencido sin duda de que no eran guerreras, abrió la -portezuela y dijo fríamente: - ---Entre usted. - -Me coloque frente a él. El carruaje partió. - ---Deseo saber--pronuncié al cabo de un momento--si ha sido usted quien -avisó a Martí de que Cristina y yo nos hallábamos solos en el pabellón. - -Abrió los ojos con no fingida sorpresa y respondió en tono malhumorado: - ---No entiendo lo que usted me dice. - -Comprendí que era cierto, y suavizando mi acento proseguí: - ---Después que nos separamos, seguimos el camino de las acacias y -entramos en el pabellón con objeto de que Cristina se repusiera un poco -antes de ir a su casa. Se hallaba muy alterada y no quería presentarse a -su marido en tal disposición. Al poco rato de estar allí vino Martí -repentinamente; se ofendió, como es natural; tuvo conmigo una -explicación y como consecuencia de ella salgo de su casa para no volver -jamás. - ---Nada sé de eso. Aunque no me encuentro obligado a darle a usted -satisfacción alguna, porque tenemos una cuestión pendiente que se ha de -ventilar en otro terreno, le afirmo que no he hablado con Martí una -palabra de este asunto. Es usted dueño de creerme o no. Lo que no deja -de sorprenderme es que, después de la explicación que acaba de tener con -él, salga usted de su casa y a mi me haya hablado con la cordialidad de -siempre. - ---Es muy sencillo. No le he dicho una palabra de lo que acababa de oir. - ---¿Ha dejado usted que le sospeche de traidor?--preguntó en el colmo de -la sorpresa. - ---Sí, señor. - ---¿Y por qué ha hecho usted eso? - ---Por gusto. - -Me echó una mirada hostil y recelosa, alzó los hombros y guardó -silencio. Yo lo rompí al cabo de un momento: - ---Los gustos de los hombres, Castell, son rtan varios como sus -fisonomías. Por muy enamorado que usted se halle de Cristina, creo -estarlo yo más. La adoro con toda mi alma, con toda las fuerzas de mi -corazón. Pero obtenerla por medio de una traición, lejos de causarme -alegría, sería la mayor desgracia que podría ocurrirme sobre la tierra. -Nunca más dormiría tranquilo. Acabo de hacer un sacrificio cruel; pero -lo he hecho por el amor de ella, por el sosiego de mi conciencia. Estas -lágrimas que usted ve en mis ojos ahora mismo refrescan mi alma, no la -abrasan. Me voy; me voy para siempre. Usted se queda, y quizá con el -tiempo logre lo que tanto apetece; pero errante por el mar, solo encima -de la cubierta de mi barco, seré más feliz que usted. Las estrellas del -cielo brillando sobre mi cabeza me dirán: «Alégrate, porque has sido -bueno.» El viento silbando en la jarcia, las olas chocando en el casco, -me dirán: «¡Alégrate, alégrate!» - -La luz de la luna bañaba su rostro. Vi cómo se dibujaba en él poco a -poco una sonrisa. - ---Esas mismas olas que le dicen a usted cosas tan gratas el día menos -pensado le tragarán como una mosca; el viento les ayudará a consumar la -hazaña y las estrellas del cielo presenciarán el espectáculo tan -serenas... Vive usted en un profundo error, Ribot. No hay otra felicidad -sobre la tierra que poseer lo que se desea. - ---¿Aunque para ello se hiera de muerte y por la espalda a un amigo? - -Quedó un instante suspenso, pero en seguida dijo con firmeza: - ---Aunque para conseguirlo sea necesario pasar por encima de los hombres. - ---¿No hay bien ni mal entonces? - ---En la existencia el bien de los unos es el mal de los otros, y así -será eternamente... Alguna vez habrá usted visto un nido de golondrinas. -Los pajaritos esperan ansiosos la llegada de la madre; al verla, pían, -abren su piquito, y ella, con amorosa diligencia, los va cebando uno por -uno. ¡Qué interesante! ¡Qué espectáculo tan tierno! ¿verdad? Pero a los -mosquitos que huyen aterrados y al fin caen en el pico de la golondrina -para servir de cebo a sus hijuelos, ¿les parecerá tan tierno y tan -interesante? Por el contrario, usted ve a un hombre acercarse a otro -cautelosamente, abatirlo de una puñalada, arrancarle del bolsillo el -dinero y llevarlo a casa para proporcionar a sus hijos el sustento. ¡Qué -horror! Se estremece usted y se aleja precipitadamente de aquellos -sitios. ¿Por qué? Si usted fuese mosquito pasaría por allí zumbando -alegremente. - ---Pero nosotros tenemos conciencia. - ---La conciencia no nos priva de estar tan fatalmente encadenados. Usted -se encuentra enamorado de Cristina, como yo; ambos ansiamos poseerla; -pero usted se detiene por miedo al remordimiento, mientras yo prosigo mi -empresa sin ningún temor. Los dos obedecemos a un instinto. El mío es -más sano, porque tiende a aumentar mi vitalidad, mientras el de usted -tiende a disminuirla... No ría usted ni se muestre tan sorprendido... El -remordimiento, en un mundo donde impera la necesidad, es absurdo. Piense -usted que los héroes de Hornero y Esquilo no se detenían ante el -fratricidio ni ante el incesto y, sin embargo, han sido los ejemplares -más bellos y más nobles de la humanidad. - ---Estoy lejos de oponerme a que usted aumente su vitalidad--repliqué con -acento irónico--. Pero ¿no sería mejor que lo hiciese por medio de su -propia mujer y no con la de otro? - ---¡De otro!... ¡de otro!--pronunció sordamente--. Una convención como -todo lo demás. - -Quedó algunos momentos pensativo mirando el paisaje por la ventanilla. -Yo le observaba con mezcla de curiosidad y repugnancia. Aquellos ojos -azules de reflejos acerados me inspiraron por primera vez sobresalto. - ---La virtuosa Draudpadi--comenzó a decir lentamente sin apartar los ojos -del paisaje--, una de las heroínas más interesantes de la antigüedad -india, poseía cinco maridos, los hermanos Pândavas. Aquellos héroes -gozaban en común de su amor sin desdoro ni remordimientos. Si nosotros -viviésemos en aquella edad, el acto de pretender a Cristina sería moral -y plausible, puesto que ofreceríamos a una mujer dos nuevos protectores. -¿Por qué le causa a usted tanto horror compartir la mujer de un amigo? -El mundo, que ha comenzado de este modo, puede terminar lo mismo. - ---¡Que termine como quiera!--exclamé con ímpetu--. Ahora y siempre el -causar voluntariamente un dolor será pecado. - ---No sea usted niño, Ribot--repuso con suficiencia irritante--. No hay -más que una sola verdad indiscutible en el mundo, y es ese impulso de la -naturaleza que todos sentimos, la planta como el animal, el insecto como -el hombre. En la región serena donde se aposenta la vida, la vida -eterna, el dolor y la muerte no significan nada. El único y supremo fin -del Universo es aumentar la intensidad de esta vida. - -No respondí. Quedé a mi vez largo rato pensativo y silencioso mirando -por la otra ventanilla hacia el camino. Al fin acerté a ver las primeras -casas de los arrabales. - ---Tenga usted la bondad de hacer parar--dije--. Me quedo aquí y mañana -saldré de Valencia sin batirme con usted. Acháquelo a cobardía si -quiere. Será un nuevo sacrificio que hago en aras de mi amor y de la -amistad que debo a Martí. No aspiro a ser un héroe de Hornero como -usted, ni sueño con saltar triunfante sobre los cadáveres de mis -enemigos. Pare usted. - -Me dirigió una larga mirada despreciativa y tiró del cordón, diciendo -fríamente: - ---No sé si será usted un cobarde; pero desde luego puedo asegurar que es -uno de tantos ilusos como viven engañados acerca de sí mismos y del -mundo que les rodea. - -El coche paró. Abrí la portezuela y salté a tierra. - ---Adiós, Castell--le dije sin darle la mano--. Siga usted hacia esa -región feliz que no deseo conocer. Yo me quedo en esta otra más triste -pero más honrada. - -Alzó los hombros sin responder y apartando de mí los ojos con desdén -tiró nuevamente del cordón. Luego se recostó cómodamente. El carruaje -partió y yo comencé a caminar lentamente hacia mi casa. Dejé la blanca -carretera, donde algunas casas diseminadas proyectaban su sombra, y me -interné en el laberinto de las calles. Al pasar por la del Mar me detuve -ante la casa de Cristina. En el balcón de su dormitorio había una mata -de malvarrosa. Cerciorándome de que nadie me veía, trepé hasta ella y -arranqué unas hojas. Fuí al hotel, subí a mi cuarto y me dormí -dulcemente apretando estas hojas en la mano. - -[imagen: una barra decorativa] - - - - -XVI - - -Otra vez a la mar. Tráfago de puerto, ruido de carga y descarga, -quehaceres enfadosos en la oficina del consignatario. Después horas -dulces, tranquilas, arrulladas por el canto de los marineros y los -rumores del agua bajo la quilla. Aquel sueño de amor no dejó peso en mi -alma. Al cabo de algunos meses sólo quedaba una impresión tierna y -poética que daba realce a mi existencia. Sin embargo, cuando por la -noche cruzaba por delante de Valencia y a lo lejos veía centellear las -luces del Cañabal, me tengo sorprendido cantando sobre el puente en voz -baja la despedida de _El Grumete_: - - Si en la noche callada - sientes el viento, etc. - -Y mis ojos, sin poderlo remediar, se nublaban de lágrimas como los de -una modista. Pero aquella racha pasaba y pronto recobraba el humor -alegre que, gracias al cielo, pocas veces me abandonó en esta vida. - -Supe en Barcelona, por un amigo, que Castell se había casado con -Isabelita Retamoso. ¡Buen provecho! Más adelante tuve noticia por el -mismo de que la Compañía de vapores se había deshecho y que ambos socios -sostenían un pleito ruidoso. Al escucharlo no pude contenerme, y exclamé -con íntima alegría: - ---Arruinado tal vez ¡pero deshonrado, no! - -Aquel amigo me miró con sorpresa, y me costó no poco trabajo evadir una -explicación. ¿En este gozo no entraría por algo el amor propio -satisfecho? Casi seguro. No me doy por santo y sé que ni los santos -pueden prescindir enteramente del amor de sí mismos. Por último, al -regreso de Hamburgo en cierto viaje, hallé en Barcelona una carta que me -esperaba hacía algunos días. Era de Martí, aunque escrita por otra mano. -Me decía que se encontraba bastante enfermo y agobiado de disgustos, y -me invitaba con frases en extremo cariñosas a que le hiciese una visita, -en el caso de serme posible. No explicaba sus pesares ni aludía tampoco -al desabrimiento que habíamos tenido, quizá por no iniciar al amanuense -en estos secretos; pero toda la carta respiraba vivo deseo de -congradarse conmigo y hacerme olvidar la triste salida de su casa. - -Inmediatamente tomé el tren de Valencia. Entré en esta ciudad -anocheciendo, al año y tres meses de haber salido. Me alojé en el hotel -que solía. Su huésped me recibió con muestras de afecto y me enteró, sin -que yo se lo pidiese, de muchos pormenores del pleito entre Castell y -Martí. Este se hallaba arruinado. Había perdido la participación que -tenía en la línea de vapores, con la cual se había quedado su socio. -Conseguido esto, como aún no quedase resarcido del capital prestado, -Castell traspasó los restantes créditos. Los tenedores le subastaron -todas sus propiedades, incluso la del Cabañal y hasta la casa que -habitaba en la calle del Mar. - ---Con todo eso--terminó diciendo mi huésped--, si al cabo don Emilio -gozase de salud, como es joven todavía, muy trabajador y tiene gran -cabeza para los negocios, es fácil que se repusiera... Pero el pobre -está muy malito... muy malito. Yo no le he visto hace tiempo, pero todos -me dicen que su enfermedad es de muerte. - -Aquellas palabras me causaron impresión dolorosa. Nos llamaron a comer; -pero aunque me senté a la mesa, apenas pude tomar alimento. Salí después -con intención de ir a casa de Martí, que habitaba en un cuarto -alquilado de la calle de Caballeros. Antes de llegar me volví, temiendo -molestarle a aquella hora o causarle una emoción que le impidiese -descansar. Enderecé los pasos al domicilio de su cuñado Sabas, para que -éste le preparase, o en todo caso me aconsejara lo más conveniente. Me -recibió su regordeta esposa con la afabilidad de siempre, tan viva, tan -dulce, tan activa. Su marido idolatrado había salido ya. - ---Estará en casa de Emilio--dije como cosa natural. - ---No lo creo--respondió vacilante--. Vaya usted al teatro... Acaso esté -allí... Como el médico encontró hoy mejor a Emilio, dijo que iba a -celebrarlo. - -Se ruborizó al pronunciar estas palabras. No mostré sorpresa para no -aumentar su confusión. Después de besar a los niños, mis antiguos -amiguitos, me encaminé al teatro indicado en busca de su elegante papá. - -Cuando entré ya había comenzado la representación. Alcé la cortina del -salón de butacas y pasee una mirada escrutadora por todo el ámbito del -coliseo. No tardé en divisarle allá en una de las plateas del proscenio. -Estas plateas, lo mismo en provincias que en la capital, son el recinto -sagrado donde irradia sus destellos lo más exquisito de las razas -superiores en cada localidad. Acostumbrados a dictar leyes a la -muchedumbre, los jóvenes que allí se reunen hablan, disputan, fuman, -bostezan, firmemente convencidos de que no tienen deberes que cumplir -hacia la horda de esclavos que escucha pacíficamente la representación -desde las butacas. Viven solos como los dioses en la cima del Olimpo, -con la conciencia gozosa de su perfección y de su fuerza; hacen muecas a -los actores, dirigen requiebros a las actrices, y de vez en cuando -hablan en voz alta con sus pares los de la platea de enfrente por encima -del rebaño de los desheredados. - -Sabas pertenecía a la casta de los dominadores, aunque su rostro no -ofreciese los rasgos fisionómicos que la caracterizan: ni la carne -blanda, ni la tez pálida, ni los labios caídos, signos de la vida -regalada. - -Aquel rostro atezado, curtido, a trechos despellejado, ofrecía un -aspecto profundamente industrial. Nadie extrañaría que hubiese llegado -aquella misma noche de Madagascar o de Java, después de enriquecerse en -una explotación de cautchuc. Así debía de sospecharlo la contralto de la -compañía (mucho más opulenta de carnes que de voz), a juzgar por la -tímida admiración y el rubor con que acogía sus frases candentes cada -vez que las necesidades escénicas la obligaban a aproximarse a la -platea. - -Me senté en una de las butacas de atrás y aguardé a que bajasen el -telón. Confieso que más que lo que ocurría en la escena me interesó el -idilio que se desarrollaba entre la platea y el escenario. Sabas, -apoyando la mejilla en la palma de la mano con una languidez puramente -oriental, clavaba su mirada de serpiente fascinadora en la contralto. -Esta, acometida de un temblor irresistible, hacía esfuerzos por huir -aquella mirada y alejarse. En vano. A su pesar le miraba también hasta -en las escenas más culminantes y, contra lo que exigía el papel, se -apartaba bruscamente del tenor en los dúos amorosos para meter sus -espaldas turgentes por las narices de aquel hombre fascinador y -tropical. Escuchaba con estremecimientos su palabra vibrante como el -grito del desierto, esperando tal vez que concluyese por ofrecerle -cincuenta elefantes, un collar de perlas y la cabeza de tres rajahs -enemigos. - -Cuando terminó el acto fuí sin dilación a la platea. Sabas me recibió -con la gravedad indiferente que es en todos los países cultos -complemento dichoso de la elegancia. Expliquéle sin preámbulos mis -deseos. Acogiólos con benignidad, y desdeñando su conquista emprendida, -seguro como los héroes de llegar siempre a tiempo para vencer, tomó el -sombrero y salimos del teatro. Marchamos algún tiempo silenciosos. -Sentía mi corazón oprimido por un sentimiento de tristeza en el cual -observaba, sin embargo, con espanto cierta ansiedad de algo placentero. -Este algo no era otra cosa que la presencia de Cristina. Sí, lo -reconozco con vergüenza: aun en aquellas dolorosas circunstancias me -preocupaba más ella que ninguna otra cosa de este mundo. - -Sabas se paró de pronto, apartó la pipa de los labios, y después de -mirarme atentamente unos instantes profirió con solemnidad: - ---Ya lo ve usted, amigo Ribot. Las locuras de mi cuñado han tenido al -fin el resultado que yo había anunciado tantas veces. - ---¡Pobre Emilio!--exclamé. - ---¡Sí, bien pobre! Á la fecha no tiene una peseta ni quien se la preste. - -Acercó de nuevo la pipa a los labios y aspirando en ella la fuerza -motora siguió caminando. - ---Lo peor de todo es que, según me han dicho, su enfermedad es bien -grave. - -No tuvo a bien responder a esta observación. Al cabo de un rato separó -otra vez la pipa de la boca y quedó inmóvil. - ---¿Le parece a usted, amigo Ribot--exclamó con acento de indignación--, -que un hombre con familia tiene derecho a prodigar caprichosamente su -capital y a dejar a esta familia en la miseria? - -Alcé los hombros sin saber qué contestar, sospechando que Sabas se -incluía entre los miembros más respetables de aquella familia arruinada. - -Volvió a meter la pipa entre los dientes, y puesto, sin duda, en -comunicación con la corriente eléctrica, adquirió movimiento. No tardó -en interrumpirlo sacando aquélla de la boca. Hizo rápidamente la -limpieza de la máquina escupiendo y prosiguió: - ---Comprendo perfectamente que un hombre célibe disponga como quiera de -sus recursos; que un día se levante de la cama de mal humor y arroje por -el balcón todo lo que tiene. Al cabo, nadie más que él pagará las -consecuencias de sus caprichos. Pero cuando un hombre no vive solo en el -mundo, cuando tiene sagrados compromisos que cumplir, lanzarse en -especulaciones insensatas y disipar una hacienda de importancia, me -parece una conducta, no solamente necia, sino también inmoral. - -Ya no dudé que Sabas incluía entre aquellos compromisos sagrados el de -seguir proporcionándole a él los medios de someter a su dominación todas -las sopranos y contraltos que se presentasen en el horizonte valenciano, -y por no decir algo impertinente determiné callarme. En esta forma, -usando de la pipa como de un manipulador de máquina eléctrica para -detenerse o caminar a su antojo, y vertiendo en cada manipulación -raudales de sabiduría crítica, alcanzamos finalmente la casa en que -habitaba su cuñado. - -No era suntuosa como la de la calle del Mar, pero sí nueva y de aspecto -elegante. Subimos al piso segundo, que era el que ocupaba, y llamamos. -Salió a abrirnos Regina, la antigua doncella, que no pudo reprimir un -grito de sorpresa: - ---¡Oh, don Julián! - ---¡Silencio!--exclamé llevando el dedo a los labios. - -Y apoderándome en seguida de mi ahijada, que llevaba en brazos, la cubrí -en silencio de besos tiernos y apasionados. Pero no los recibió ella tan -en silencio como fuera de desear. Asustada de mis barbas, y acaso -pinchada por ellas, puso al instante el grito en el cielo. - -Oí la voz de Cristina. - ---¿Qué es eso? - -Y asomó por el fondo del corredor. Al verme quedó suspensa, pero -reprimiéndose al instante se dirigió con paso precipitado hacia mí -tendiéndome ambas manos con ademán cariñoso. - ---¡Oh, capitán! ¡Mi pobre Emilio se muere! - -Vi sus ojos nublados de lágrimas. Apreté con efusión aquellas hermosas -manos que me tendía y murmuré algunas palabras de duda. Quizá sus -temores fuesen exagerados. Emilio había gozado siempre poca salud; pero -esta clase de temperamentos suelen durar muchos años. Pregunté si podía -vérsele a aquella hora, y habiéndome respondido afirmativamente, me -dispuse a entrar. Cristina no me lo consintió sin prepararle antes. -Estaba muy nervioso y aquella emoción podía hacerle daño. Mientras iba a -cumplir este deber piadoso, Sabas aprovechó la oportunidad para tenderme -su negra mano de colono asiático y despedirse con la expresión enérgica -y concisa que le caracterizaba. Por la puerta, que aún estaba abierta, -le vi descender la escalera, llevando en sus ojos ardientes la -desolación y el llanto para la contralto. - ---¡Que pase, que pase al momento! - -Era la voz de Emilio, un poco enronquecida, pero todavía vigorosa. Me -dirigí precipitadamente hacia el sitio donde había sonado y entré en una -estancia donde el lujo de los muebles formaba contraste con la modestia -de la decoración del techo y las paredes. Estaba reclinado en una -butaca, con dos almohadones detrás de la espalda, vestido con elegante -traje de casa. La luz de un quinqué le hería de lleno el rostro, donde -podían observarse bien claras y bien aciagas las señales de la -tuberculosis. Pero estaba hermoso aquel rostro, más hermoso y más -interesante que nunca lo había visto. La barba más crecida y los -cabellos también, unido a la blancura de la tez y a sus grandes ojos -negros melancólicos, le daban un aspecto de _Nazareno_. Aquellos ojos -brillaron al verme con su expresión inocente y cordial. Se apoderó de mi -mano, y estrechándola cariñosamente entre las suyas, repitió en voz baja -varias veces: - ---¡Capitán! ¡capitán! ¡capitán! ¡Qué bueno eres! - -Yo me hallaba conmovido hasta no poder hablar. - ---¿Cómo me encuentras? Muy mal, ¿verdad?--preguntó al cabo de largo -silencio. - ---Espera que te vea mejor--respondí haciendo un esfuerzo sobre mí para -ocultar la emoción que me dominaba. - -Al mismo tiempo acerqué el quinqué a su rostro y fingí que le examinaba -con gran atención. - ---¿Sabes lo que tienes tú?--dije al cabo--_¡Morriña!_ - ---¿Qué es eso?--preguntó abriendo mucho los ojos. - ---Cierta enfermedad que padecen los gallegos cuando pierden una cantidad -que excede de cincuenta céntimos. - -Vi dibujarse en sus labios una sonrisa, y dirigiendo a su esposa una -mirada de alegría exclamó: - ---¡El mismo de siempre! No me lo han cambiado, no. - -Comprendí que lo más piadoso en aquel momento era seguir bromeando. Hice -de tripas corazón y abrí la llave de las payasadas, ya que no puedo -decir donaires. Pronto tuve el gusto de oirle reir a carcajadas. Su -rostro se animó, sus ojos brillaron; a los pocos minutos charlábamos con -la misma alegría que si estuviese completamente sano y no hubiese -perdido un céntimo de su capital. - -Cristina nos contemplaba con sonrisa melancólica. Sentíase feliz viendo -a su marido animado, aunque entendía que no podía durar mucho tiempo. - -En efecto, un golpe violento de tos vino a interrumpir tristemente -nuestra charla. Se quedó lívido, medio asfixiado, apretando la cabeza -entre las manos. - ---El frío de la noche te hace daño, Emilio--dijo Cristina--. Es hora ya -de que te retires a descansar. - -Alzó la mano, haciendo con ella enérgicos signos de negación. Cuando se -calmó el acceso y pudo hablar, exclamó: - ---¡No me lo llevéis todavía! Me siento mucho mejor. El capitán es una -bocanada de oxígeno: me trae el aire puro del mar. - -Permanecí otra media hora más por darle gusto. Al cabo me retiré, no sin -haberle prometido volver al día siguiente por la mañana. No quise entrar -a ofrecer mis respetos a doña Amparo. Tuve noticias por Sabas de que -había tomado la resolución, hacía algunos días, de desmayarse en cuanto -veía la cara de cualquier amigo. Como la hora me parecía intempestiva -para la producción de este fenómeno orgánico, lo diferí para otra más -adecuada. - -Cristina salió a despedirme a la puerta. - ---¿Cómo le encuentra usted?--preguntó clavando en mí una mirada ansiosa. - ---No le encuentro bien... pero todavía hay hombre... ¡Quién sabe! ¡quién -sabe! - -Nadie dejaba de saberlo. Ella también lo sabía; pero buscaba la infeliz -algún medio de ocultárselo. - -Me retiré con la cabeza aturdida y con el corazón destrozado. Aquel -esfuerzo que había hecho por aparecer jovial trastornó mis nervios y no -me dejó dormir. ¡Pobre Martí! Nunca me pareció tan bondadoso, tan -inocente, tan digno de ser amado. Ni una palabra, ni la más -insignificante alusión al proceder traidor de su amigo Castell ni a la -manera inhumana con que le había arruinado. Y en los días sucesivos, lo -mismo. Su alma no sólo sabía evitar la basura como los pies de las -damas elegantes, pero ni aun creía en ella. - -Escribí a la casa armadora haciéndola saber que por razones de salud me -quedaba aquel viaje en tierra y me constituí en acompañante y enfermero -de mi desgraciado amigo. Poco me apartaba de él. Cuando lo hacía -observaba en sus ojos una tristeza tan verdadera que me incitaba a -quedarme. Cada día iba perdiendo fuerzas, le observaba más demacrado y -caído. Comenzaron a combatirle frecuentes y crueles disneas que ponían -su vida en peligro. Mientras duraban yo le daba aire con un abanico. -Cristina le frotaba las sienes con éter. Pero en cuanto salía de ellas, -como el hombre que ha logrado eludir un peligro inminente y se encuentra -cuando menos lo esperaba sano y salvo, se ponía locuaz y alegre y nos -aseguraba que muy pronto podría salir a la calle y encargarse de sus -negocios. - -¡Sus negocios! Ni la enfermedad ni la ruina le habían podido arrancar la -manía de los proyectos y la afición a las grandes empresas industriales. - ---¡Si supieras, capitán, la idea que está bullendo hace días en mi -cerebro!--me decía una vez clavando en mí sus ojos cándidos y sacudiendo -la melena--. Un proyecto grandioso y sencillo al mismo tiempo. A quince -kilómetros de Valencia se puede producir un salto de agua en el río. Con -este salto puedo crear una fuerza de mil caballos. Suponiendo que pierda -doscientos en la tracción, aún me quedan ochocientos, que, bien -distribuidos, moverían casi todas las industrias de la ciudad y darían -luz a toda ella. Los industriales y el Municipio obtienen una economía -enorme, y para el dueño del salto resultaría un negocio brillante. -Porque verás... - -Aquí pidió papel, sacó un lápiz y se puso a trazar números con el mismo -ardor y entusiasmo que si los operarios acabasen de instalar la gran -máquina eléctrica, distribuyendo la fuerza entre los industriales de -Valencia, a éste tantos caballos, a aquél cuántos, como si la tuviese -almacenada en casa. - -Cristina y yo cambiamos una mirada por encima de su cabeza y nos dijimos -con ella cuanto había que decir. En otro tiempo esta manía era un -peligro. Hoy podía servirle de consuelo. Así que, en vez de -contrariarle, le seguimos el humor y ensalzamos su proyecto hasta las -nubes. Se puso tan alegre que sus mejillas se colorearon y sus ojos, tan -apagados ya, brillaron de placer. Cristina no pudo resistir la emoción y -salió precipitadamente de la estancia. Yo seguí admirando calurosamente -su proyecto a fin de que no advirtiese nada y llegué a prometerle mi -pequeño capital para la empresa. Con esto su alegría subió de punto. -Pero cambiando repentinamente de expresión, apoderándose de una de mis -manos y mirándome con tristeza esclamó: - ---¡No, Ribot, no!.. Por más que el negocio sea bien claro, yo tengo muy -mala suerte... No expondré tu capital. - ---No hay exposición--repliqué.--Te lo cederé de buen grado, porque me -parece que el negocio ofrece seguridad. - ---¡Absoluta seguridad!--profirió con acento de convicción inquebrantable -que en otra ocasión me hubiera hecho sonreir--. Pero no te daré -participación en él hasta que marche y empecemos a repartir dividendos. - -¡Pobre Martí! Él era quien se marchaba a paso acelerado. Sus mejillas se -hundían, el círculo obscuro que rodeaba sus ojos se dilataba, pasaba las -noches tosiendo y los días atormentado por dolores y disneas. - -Con esto, los desmayos de doña Amparo eran cada vez más frecuentes y -prolongados. Su sensibilidad se había sobrexcitado de tal modo que el -aleteo de una mariposa le hacía caer en convulsiones de las cuales no -podía recobrarse sin cubrir de besos y lágrimas previamente el rostro de -todos los presentes. A mí, por ser el amigo más constante, me tocó la -mayor parte de estas inundaciones. - -Sabas venía todas las mañanas a las once, antes de dar el acostumbrado -paseo entre calles y tomar el _vermouth_. Si el médico había dicho que -el enfermo tenía menos fiebre (y lo decía a menudo para infundirle -aliento), ya teníamos á nuestro elegante tan satisfecho que para -celebrarlo no podía menos de almorzar en el café y marcharse luego de -jira con algunos amigos de ambos sexos. - -Nos acercábamos, sin embargo, al desenlaze. A medida que la hora fatal -se aproximaba, Emilio se mostraba menos aprensivo, ocupado -constantemente en hacer cálculos y trazar proyectos. Aun en medio de la -noche pedía papel y garrapateaba cifras. - ---La semana que viene creo que podré salir a la calle--me dijo una -mañana--. No tengo nada ya. El dolor de los riñones ha desaparecido, la -lengua está casi limpia; en cuanto se me quite esta tos que no me deja -dormir, quedo completamente sano... Hoy tengo ganas de andar; de dar un -paseo largo. - -Y para comprobar sus palabras se alzó de la butaca y dió algunos pasos -por la estancia. - ---Voy al comedor--dijo abriendo la puerta--. ¡Verás qué sorpresa doy a -Cristina! - -Echó a andar, en efecto, por el pasillo. Yo me quedé mirándole desde la -puerta de su habitación. Cuando se hallaba hacia el medio, el infeliz -vaciló un momento, y antes que yo pudiera acudir en su auxilio cayó -cuan largo era sobre el pavimento. - -Han pasado algunos años desde entonces y aún no se me ha borrado del -alma la sonrisa melancólica y avergonzada que me dirigió al acercarme. - ---¡Esto va mal, capitán! - -Lo levanté y lo transporté en brazos a su butaca. Pesaba menos que un -niño. Tanto Cristina como yo le reprendimos su imprudencia, -convenciéndole fácilmente de que aquella debilidad dependía sólo de la -falta de alimento. En cuanto empezase a comer más acudirían las fuerzas -rápidamente y daríamos largos paseos por la huerta como antes. - -Pero aunque Cristina conociese la gravedad de su estado y no se forjase -ilusiones respecto al desenlace, todavía observaba en ella cierta -ignorancia o descuido en cuanto al plazo, que no dejaba de producirme -inquietud. Pensaba, sí, que la enfermedad era de muerte; mas por las -palabras que salían de su boca advertía yo que juzgaba el término fatal -muy lejano. Yo lo veía más próximo. - -Y aún estaba más cercano de lo que presumía. Al día siguiente de su -caída en el pasillo fuí a verle entre diez y once de la mañana. Contra -su costumbre, todavía no se había hecho vestir. Decía que se hallaba un -poco fatigado a causa de la tos. Yo le embromé achacándolo a pereza y me -senté a su lado. Charlamos de política y de los sucesos locales que -había leído en los periódicos. Le encontré, en efecto, más fatigado y -con graves señales de abatimiento en el rostro. A pesar de eso -mostrábase locuaz y contento como siempre. Al fin determinó levantarse; -pero antes convinimos en que tomase una tácita de caldo con jerez, que -le daría fuerzas. Salió Cristina a prepararlo. - -Pocos instantes después el enfermo cayó en un ataque de disnea de los -que a menudo le acometían. No quise llamar, por no asustar a Cristina, y -comencé a darle aire con el abanico como otras veces, esperando que no -tardaría en recobrarse. Sin embargo, sin saber por qué, me sentía ahora -más turbado. El corazón me latía fuertemente viendo aquel rostro tan -pálido, con los ojos cerrados y la boca abierta, aspirando -angustiosamente el aire. A medida que transcurrían los segundos mi -zozobra aumentaba. El miedo se apoderó de mí y llevé la mano al botón -del timbre. Pero en aquel instante Martí abrió los ojos y sonrió con -dulzura. Me tranquilicé y le dije: - ---¡Ánimo! Ya pasó. - ---Abre ese balcón. No veo bien--me respondió. - -Aquellas palabras volvieron a turbarme. El balcón estaba abierto. Sin -embargo, hice ademán de complacerle; mas al tratar de apartarme se -apoderó de una de mis manos: - ---¡Ribot! ¡Ribot!--gritó clavando en mí sus ojos desencajados--. ¡No te -vayas...! ¡Me muero...! ¡No te vayas! - -Se había incorporado y apretaba convulsivamente mi mano. Su mirada -cambió de expresión repentinamente, quedando opaca, vidriada. Dobló la -cabeza como si estuviese descoyuntada y cayó, pesadamente, hacia atrás. - -El horror, la estupefacción me dejaron un instante inmóvil, clavado al -suelo. Pero volviendo sobre mí tomé su cabeza entre mis manos y, -apretándola contra el pecho, le grité, a mi vez: - ---¡Martí! ¡Amigo mío, hermano mío! ¡No te vayas! En este mundo de -perfidia quedan muy pocos hombres como tú. - -Y besé aquella frente por donde no había pasado jamás la sombra de un -pensamiento vil. - -En aquel instante una mano rozó mi espalda. Me volví como si me hubiesen -pinchado y pude ver unos ojos desmesuradamente abiertos por el terror y -una figura pálida que se desplomaba. - -[imagen: una barra decorativa] - - - - -XVII - - -Renuncio a expresar lo que ocurrió en aquella casa al morir Emilio. -Todos le adoraban; para todos era un padre amantísimo dispuesto a -sacrificar sus gustos a los de los otros. El dolor, la consternación de -Cristina fueron tan grandes que temimos por su vida. Transcurridos, no -obstante, algunos días, fué necesario pensar en negocios. Los de Martí -se encontraban tan embrollados que aquella desgraciada familia estaba -expuesta a caer en la miseria. El único llamado a tomar la dirección de -ellos, por ser el pariente más cercano, era Sabas; pero este hombre -profundo, para quien el corazón humano no tenía repliegue alguno, -desdeñaba los pormenores prosaicos de la existencia. Semejante a un -dios, vivía en perpetua alegría, alejado de los trabajos y zozobras que -afligen a los humanos. Fué necesario que yo empuñase las riendas. Pedí -licencia definitiva y me puse a la obra con poca inteligencia, pero con -ardor y voluntad ilimitados. Esta voluntad me salvó. Al cabo de seis -meses de trabajo asiduo, luchando con acreedores y abogados y -escribanos, logré desenredar la madeja. Solventadas las deudas todas, -aún le quedaba a Cristina una corta renta con la cual podía vivir sin -lujo, pero decorosamente. Respiré tranquilo y gocé de mi triunfo como si -hubiera dado fin a una empresa gigantesca. - -La gratitud de Cristina constituía para mí la más dulce recompensa. De -un modo grave y reservado, como hacía ella todas las cosas, me la daba a -entender constantemente. Esto, unido a las inocentes caricias de mi -ahijada que comenzaba a gorjear mi nombre llamándome «tío Ribot» como si -la sangre nos uniese, resarcía plenamente mis fatigas. Lo único que me -apenaba era el observar con qué cuidado escrupuloso reducía Cristina los -gastos de su casa y la estrechez a que se sometía. Yo la encontraba -exagerada: su renta la permitía algún mayor desahogo; pero no me atreví -a representárselo. Por otra parte, comprendí al cabo que aquella -economía no le causaba dolor alguno, antes gozaba con ella pensando -quizá en acrecer por este medio la herencia de su niña. Más tarde -averigüé, no sin cierta indignación, que sus ahorros servían para -sostener la casa de su elegante hermano. Éste seguía aplicando el filo -de su escalpelo a todos nuestros actos. Persuadido de que nunca llegaría -el talento de su hermana ni mi habilidad en los negocios a -proporcionarle medios de conquistar ni una mala corista de zarzuela, se -decidió, al fin, a ingresar de _croupier_ en el Círculo. - -Nada de su antiguo esplendor echaba menos Cristina, como pude -cerciorarme: ni las suntuosas habitaciones, ni los ricos trajes, ni el -coche, ni los criados. Sólo la alquería del Cabañal excitaba en ella un -recuerdo melancólico. Cuando la mentábamos solía quedarse triste y -pensativa. Era bien natural. Su pasión por el campo, por la vida libre y -tranquila, estaba reforzada en este caso por las dulces memorias que -aquella finca guardaba en su seno. Allí se habían deslizado las horas -más felices de su existencia. - -Después de haber podido observarlo en diversas ocasiones nació en mí -cerebro el pensamiento atrevido de comprarla. Hice rápidamente el -balance de mi caudal. Como soy hombre de pocas necesidades, podía -sacrificar la tercera parte y quedarme lo suficiente para vivir. En -cuanto me convencí de ello empecé a ponerme nervioso. No pude sosegar -hasta que me trasladé a Barcelona, donde residía el banquero a quien se -había adjudicado la finca, y me puse al habla con él. El Cabañal se -había subastado en diez y ocho mil duros. En seguida comprendí que su -dueño se daría por satisfecho con soltarla en el mismo precio, pues las -utilidades se invertían todas en los gastos que ocasionaba si se la -había de conservar como hasta entonces. Al cabo de algunas conferencias -y bastantes regateos otorgamos la escritura, exigiendo yo el mayor -sigilo. Acto continuo, y por medio de escritura también, hice donación -de la finca a mi ahijada. Con ambos documentos en el bolsillo y el -corazón lleno de alegría me restituí a Valencia, donde antes de tomar -posesión de la alquería fuí comprando o encargando los muebles -necesarios, semejantes en un todo a los que tenía la casa. Me costó -algún trabajo, pero lo cumplí con gozo inexplicable. No hay para qué -decir que donde me esmeré y puse los cinco sentidos fué en el gabinete -tocador de Cristina. A fuerza de prolijas investigaciones pude hallar -algunos de los muebles auténticos y los compré; otros los mandé -contrahacer y salieron bastante parecidos. Ya que los tuve a mi -disposición me posesioné de la finca, rogando a las personas que -intervinieron y al hortelano que la cuidaba que me guardasen el -secreto. - -Se acercaba el cumpleaños de mi ahijada. Algunos días antes hice -trasladar los muebles a la alquería y me puse a ordenarlos en la misma -forma que antes tenían. Conocía tan bien la disposición de aquella casa -que no me fué difícil darle la misma apariencia. El gabinete de Cristina -me ocupó mucho tiempo, pues aspiraba a que no faltase un pormenor. Los -muebles, las cortinas, los enseres del tocador, hasta la colcha de la -cama, todo fué restaurado o copiado con la posible exactitud. - -El día del cumpleaños llevé por la mañana un lindo juguete a mi ahijada, -prometiéndole regalarle otro por la tarde. Y por la tarde invité a su -mamá y a doña Amparo a dar un paseo por el campo y a merendar en -cualquier paraje solitario para celebrar aquella fecha memorable. -Alquilé un coche. El cochero, prevenido por mí, después de pasearnos -buen rato, nos condujo a las cercanías del Cabañal. Allí hice parar, y -les dije: - ---Señoras, no sé si habré cometido una tontería. Si es así, pido perdón -de antemano. Conociendo la pasión que Cristina ha tenido siempre por la -alquería del Cabañal, hice preparar allí la merienda. Soy amigo de Puig, -su dueño, y cuando estuve en Barcelona me dió permiso para entrar en -ella cuando y con cuantas personas quisiera. Repito que me perdonen -este paso si les parece inconveniente. - -Doña Amparo lo halló muy bien y se alegró en el alma de visitar otra vez -aquella finca que tanto le placía. ¡Pero había que ver el semblante de -Cristina! Jamás se me ofreció más sombrío ni contraído. Tuvo imperio, -sin embargo, sobre sí misma para callar, y yo, aparentando no hacerme -cargo de su molestia, di orden al cochero de seguir. - -El hortelano y sus peones hicieron el papel de recibirnos como huéspedes -y nos condujeron amablemente hasta una glorieta donde había hecho poner -la mesa. Antes de merendar les invité a dar un paseo por la alquería; -pero Cristina rehusó vivamente alegando tener herido un pie. Como doña -Amparo no quiso dejarla sola, me fuí con mi ahijada y la niñera y nos -recreamos corriendo y retozando por aquellas frondosas avenidas. Cuando -volvimos observé que Cristina tenía los ojos enrojecidos y que su mamá -se inclinaba con señales evidentes hacia el _no ser_. - -De nada de esto quise enterarme. Alegre y chancero como nunca, comencé a -partir los manjares y a distribuirlos, secundado por la niñera y el mozo -del hotel que los había llevado. Con gran esfuerzo, y para no dejarme -adivinar su disgusto, Cristina tomó algunos, muy pocos bocados. Doña -Amparo tampoco comió mucho. Pero Julianita, la niñera y yo supimos -cumplir con nuestro deber. Al terminar se destapó una botella de -_champagne_. Entonces yo, poniéndome en pie, levantando a mi ahijada con -un brazo y tomando en la otra una copa, exclamé: - ---¡A la salud de Julianita! ¡A la salud de mi niña! - -Acerqué primero la copa a su boquita de clavel, y después bebí el resto -de un trago. - ---Te he prometido un regalo para esta tarde y voy a cumplir la promesa. -Te regalo esta alquería, de la cual has sido despojada. Para ti la he -comprado hace unos días. Recíbela, hija mía, con este tierno beso que -estampo en tu mejilla, y haga el cielo que en ella disfrutes días largos -y felices. - -Cristina se alzó de su asiento pálida y trémula. - ---¡Ribot!... ¡No puede ser!--profirió con voz alterada. - ---Ahí están la escritura de compra y la de donación--respondí -presentándole los documentos. - ---¡Pero mi hija no puede aceptar un sacrificio tan enorme! - ---Tengo pocas necesidades y ningún pariente cercano. La ley me concede -la facultad de elegir heredero... Ya está elegido--añadí poniendo la -mano sobre la rizada cabecita de mí ahijada. - -Quedó inmóvil, silenciosa, con la mirada clavada en el suelo. Al cabo -salió de la glorieta sin despegar los labios y se encaminó hacia la -casa. Yo la seguí de lejos, dejando el cuerpo inanimado de doña Amparo a -los cuidados de la niñera y el mozo. Observé que aceleraba el paso. -Cuando llegó a la puerta iba casi a la carrera. Se detuvo un instante, -besó la pared y entró. - -Sentí sus pasos al través de las estancias, oí sus exclamaciones de -alegría y llegué a punto de verla entrar en su gabinete. Al tender la -vista por él dejó escapar un grito y cayó de bruces y sollozando sobre -el lecho de madera blanca. Me acerqué y le dije: - ---Este gabinete guarda todavía entre sus paredes el perfume de una vida -santa y tranquila. Los muebles que estaban diseminados por la ciudad y -que nada decían a sus dueños, al verse otra vez juntos se sienten -dichosos y le hablarán, Cristina, el lenguaje dulce y misterioso de los -recuerdos. Me considero feliz al entregárselos, y más feliz aún de haber -trabajado muchos días para que llegase este momento. - -Se alzó del lecho y, tendiéndome una mano, me respondió con voz -temblorosa: - ---¡Gracias, Ribot! ¡Muchas gracias! Ha sido usted para nosotros un -amigo fiel. Dios le pagará el bien que nos ha hecho, porque yo no puedo -pagárselo. - -Me sentí conmovido hasta el fondo del alma por aquellas sencillas -palabras. - ---Cristina--repliqué--, acepto el dictado que usted noblemente me -otorga. He sido para usted y para Emilio un amigo leal; he velado por su -honor y por sus intereses con incesante cuidado. Pero he velado con más -diligencia aún sobre mis pensamientos, porque el pensamiento es inquieto -y contra mi voluntad podría ir derecho a ofenderla a usted. Nada tengo -que reprocharme. La he amado a usted siempre, como la amo ahora, con el -respeto que se tiene a los seres divinos. Pero a despecho de mis -esfuerzos por sofocarlo, levanta la cabeza en mi alma un anhelo y siento -que no hallaré sosiego si no le dejo vivir o de una vez no le mato... -Perdón, Cristina, por la pregunta que voy a hacerle... ¿No podré esperar -que algún día me dé otro nombre que el de amigo? - -Quedó grave y silenciosa, con la mirada fija en el suelo. Luego se sentó -en una silla próxima a la mesilla de noche, apoyó el codo en ésta y la -cabeza en la mano, y así permaneció en actitud reflexiva. Yo doblé la -rodilla a su lado y esperé. - ---Levántese, Ribot--dijo posando en mí una mirada triste y afectuosa--. -Me causa pena y vergüenza ver a mis pies al hombre que ha endulzado los -últimos instantes de mi marido, que ha sacrificado por mí su bienestar y -por mi hija su fortuna. El corazón me dice que a este hombre no puedo -negarle ni aun la existencia si me la pidiese. Pero ¿no piensa usted, -Ribot, que hay algo entre nosotros que debe detenernos, algo que -empañaría la dicha a que usted tiene derecho? Recuerde las -circunstancias en que nos hemos conocido, examine los secretos impulsos -que le han traído a esta tierra, los que usted ha sentido después, sus -luchas interiores, sus pensamientos, sus dolores y alegrías durante los -tres años y medio que acaban de transcurrir...... Y dígame francamente -si no imagina que alguna vez la conciencia nos diría al oído que no -habíamos procedido con toda delicadeza. Yo creo que sí; y como le -conozco a usted bien, sé que bastaría para turbar la serenidad de su -vida. Esto en cuanto a lo de adentro. En cuanto a lo de afuera, ¿no se -le ocurre que al vernos unidos podría nacer en el mundo una infame -sospecha que fuese a herir en su tumba a un ser querido? - -Comprendí la verdad que encerraban aquellas palabras y sentí el corazón -oprimido. Acudió el llanto a mis ojos. Me tapé la cara con las manos -para ocultarlo. - ---¡Cómo! ¿Llora usted, Ribot?--exclamó acercando su cabeza a la mía--. -¡No, por Dios!... No llore usted, amigo mío... Yo no tengo derecho a -causarle la más insignificante pena... Estoy dispuesta a seguir su -suerte, si usted quiere. - -Hice signos negativos con la cabeza y respondí: - ---Déjeme usted llorar un minuto. Esto pasará. - -Corrieron mis lágrimas en abundancia. Al levantar la cabeza observé que -también corrían por sus mejillas. Me puse en pie y, secándome con el -pañuelo, le dije sonriendo: - ---¿Lo ve usted? Ya pasó. La tristeza y yo nunca hemos sido amigos muy -constantes. - -Entonces me tomó las manos, las apretó con fuerza y, mirándome -fijamente, exclamó: - ---¡Y sin embargo, estoy persuadida de que no le haría a usted -desgraciado! Después de mi marido, ningún hombre me ha inspirado una -estimación y un afecto tan profundos. - ---Esas nobles palabras--respondí conmovido--no sólo me dan fuerzas para -vivir, sino para hallar la vida amable. Yo necesito poco para ser feliz, -Cristina. Si tantas veces, reclinado en el puente de mi barco, me sentí -dichoso contemplando el brillo de las estrellas, ¿por qué no he de serlo -ahora mirando esos ojos tan dulces, tan francos, tan serenos? Dejeme -usted verlos todos los días, y yo le prometo vivir siempre alegre y -tranquilo. - -[imagen: una barra decorativa] - - - - -XVIII - - -Cumpli la promesa. Mis días corren desde entonces felices y serenos. -Fijé mi residencia en Alicante; pero paso larguísimas temporadas, casi -la mitad del año, en Valencia. Y cuando aquí estoy, en casa de Cristina -me consideran no como un amigo, sino como miembro de la familia. Ninguno -deja de alegrarse cuando me ve llegar; pero sobre todo mi ahijada, una -niña encantadora de cinco años, con tanta luz en los ojos como su madre. -En cuanto siente mis pasos corre a mi encuentro gritando y saltando, se -cuelga de mi cuello, me cubre de besos y me tira de la barba de un modo -que a cualquiera haría saltar las lágrimas... de placer. - -En este momento escucho su voz en la escalera: - ---¡Tío Ribot! ¡Tío Ribot! - -Mientras permanezco en Valencia, todas las mañanas viene a buscarme al -hotel con su niñera. Salimos juntos; nos paseamos por la Glorieta y por -las calles; entramos en las confiterías (Julianita las conoce todas -mejor que el investigador de Hacienda) y compramos dulces; vamos al -mercado de las flores y compramos flores. Y cuando suena la hora del -almuerzo llegamos a casa cargados de cartuchos y ramos. La mamá sale a -abrirnos. Sus ojos hermosos brillan de alegría y alguna vez se humedecen -también de gratitud. - -Nada más apetezco. Seguro del afecto de los seres que amo y de mi propia -estimación, contemplo con calma el curso de las Horas divinas. La nieve -cae lentamente sobre mi cabeza, pero no llega al corazón: Ni la pálida -envidia ni el negro tedio penetran tampoco en él. Y si, como he oído -repetidas veces a Castell, la vida no tiene sentido, yo estoy persuadido -de que he sabido dárselo. Para mí tiene un sabor delicado, exquisito. -Soy el artista de mi dicha: este pensamiento aumenta mi gozo. - -Y cuando la muerte inexorable llame a mi puerta no tendrá que llamar dos -veces. Con pie firme y corazón tranquilo saldré a su encuentro y le -diré entregándole mi mano: «He cumplido con mi deber y he vivido feliz. -A nadie he hecho daño. Ora me invites a un sueño dulce y eterno, ora a -una nueva encarnación de la fuerza impalpable que me anima, nada temo. -Aquí me tienes.» - -¡Pero no, no es la muerte quien llama en este momento a mi puerta! Es la -vida esplendorosa, inmortal, divina. Desde mi balcón abierto la siento y -la veo. El sol nada en el firmamento y desparrama sus rayos por la -huerta. Las flores brillan y exhalan su perfume. Esta luz y estos aromas -me embriagan. Todo ríe, todo se agita, todo canta en el mundo que diviso -desde mi balcón. Todo ríe, todo se agita, todo canta en el mundo mágico -que he creado en mi pecho. Hermosa es la vida. Su soplo fecundo acaricia -mis sienes. ¡Qué alegría en esta fresca mañana de primavera! Los pájaros -entre el follaje cantan con voz melodiosa un gozoso concierto a los -rayos del sol. - -Pero yo no cambiaría por todas sus voces melodiosas la que ahora me -llama impaciente desde la escalera. - ---¡Tío Ribot, que te espero! - ---Allá voy, hija mía, allá voy. - -FIN - - * * * * * - -Los errores corregidos por el transcriptor del texto electrónico: - -más lúcido=> más lucido {pg 63} - -perdón por haberles disgutado=> perdón por haberles disgustado {pg 70} - -me dijo ríendo=> me dijo riendo {pg 77} - -un cafe de la plaza=> un café de la plaza {pg 86} - -nanifestó la hija=> manifestó la hija {pg 94} - -para qua sea=> para que sea {pg 97} - -ademas de aquella=> además de aquella {pg 106} - -lenvantaba la cabeza=> levantaba la cabeza {pg 109} - -imediatamente=> inmediatamente {pg 110} - -fafricados de piedras=> fabricados de piedras {pg 112} - -al través de sus grades brechas=> al través de sus grandes brechas {pg -112} - -una fabrica=> una fábrica {pg 113} - -jarmín y madreselva=> jazmín y madreselva {pg 114} - -motañas=> montañas {pg 117} - -dijo soriendo malignamente=> dijo sonriendo malignamente {pg 125} - -que jamas podré olvidar=> que jamás podré olvidar {pg 129} - -y a un pienso=> y aun pienso {pg 130} - -no le intereba=> no le interesaba {pg 131} - -Tenía vehemente deseos=> Tenía vehementes deseos {pg 137} - -Emilió cerró al fin las=> Emilio cerró al fin las {pg 166} - -ejecutó nna porción da maniobras=> ejecutó una porción de maniobras {pg -186} - -la niña de brazos de la nobriza=> la niña de brazos de la nodriza {pg -195} - -pudiera con el tiempo transformase en afecto=> pudiera con el tiempo -transformarse en afecto {pg 200} - -qne manifieste=> que manifieste {pg 202} - -preminente=> prominente {pg 206} - -a nigún amigo=> a ningún amigo {pg 226} - -discurrrir acerca de=> discurrir acerca de {pg 232} - -mis falcultades=> mis facultades {pg 237} - -de alguuo que=> de alguno que {pg 237} - -interrumpió ella inpetuosamente=> interrumpió ella impetuosamente {pg -240} - -sería más edecuado=> sería más adecuado {pg 243} - -peguntó tímidamente=> preguntó tímidamente {pg 253} - -an varios como sus fisonomías. Por muy enmorado=> tan varios como sus -fisonomías. Por muy enamorado {pg 262} - -La virtosa Draudpadi=> La virtuosa Draudpadi {pg 265} - -axclamó=> exclamó {pg 280} - -no podía recrobrarse=> no podía recobrarse {pg 284} - -para infundilrle aliento=> para infundirle aliento {pg 285} - -teníamos s nuestro elegante tan satisfecho=> teníamos á nuestro elegante -tan satisfecho {pg 285} - -alegre y tanquilo=> alegre y tranquilo {pg 300} - -tacita de caldo=> tácita de caldo {pg 287} - - - - - - -End of the Project Gutenberg EBook of La alegría del capitán Ribot, by -Armando Palacio Valdés - -*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA ALEGRÍA DEL CAPITÁN RIBOT *** - -***** This file should be named 42727-8.txt or 42727-8.zip ***** -This and all associated files of various formats will be found in: - http://www.gutenberg.org/4/2/7/2/42727/ - -Produced by Chuck Greif and the Online Distributed -Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This file was -produced from images available at The Internet Archive) - - -Updated editions will replace the previous one--the old editions -will be renamed. - -Creating the works from public domain print editions means that no -one owns a United States copyright in these works, so the Foundation -(and you!) can copy and distribute it in the United States without -permission and without paying copyright royalties. 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Redistribution is -subject to the trademark license, especially commercial -redistribution. - - - -*** START: FULL LICENSE *** - -THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE -PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK - -To protect the Project Gutenberg-tm mission of promoting the free -distribution of electronic works, by using or distributing this work -(or any other work associated in any way with the phrase "Project -Gutenberg"), you agree to comply with all the terms of the Full Project -Gutenberg-tm License (available with this file or online at -http://gutenberg.org/license). - - -Section 1. General Terms of Use and Redistributing Project Gutenberg-tm -electronic works - -1.A. By reading or using any part of this Project Gutenberg-tm -electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to -and accept all the terms of this license and intellectual property -(trademark/copyright) agreement. 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It exists -because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from -people in all walks of life. - -Volunteers and financial support to provide volunteers with the -assistance they need, are critical to reaching Project Gutenberg-tm's -goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will -remain freely available for generations to come. In 2001, the Project -Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure -and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations. -To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation -and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4 -and the Foundation web page at http://www.pglaf.org. - - -Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive -Foundation - -The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit -501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the -state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal -Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification -number is 64-6221541. Its 501(c)(3) letter is posted at -http://pglaf.org/fundraising. Contributions to the Project Gutenberg -Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent -permitted by U.S. federal laws and your state's laws. - -The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S. -Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered -throughout numerous locations. Its business office is located at -809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email -business@pglaf.org. Email contact links and up to date contact -information can be found at the Foundation's web site and official -page at http://pglaf.org - -For additional contact information: - Dr. Gregory B. Newby - Chief Executive and Director - gbnewby@pglaf.org - - -Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg -Literary Archive Foundation - -Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide -spread public support and donations to carry out its mission of -increasing the number of public domain and licensed works that can be -freely distributed in machine readable form accessible by the widest -array of equipment including outdated equipment. Many small donations -($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt -status with the IRS. - -The Foundation is committed to complying with the laws regulating -charities and charitable donations in all 50 states of the United -States. 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