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-Project Gutenberg's La alegría del capitán Ribot, by Armando Palacio Valdés
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
-almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or
-re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
-with this eBook or online at www.gutenberg.org
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-
-Title: La alegría del capitán Ribot
-
-Author: Armando Palacio Valdés
-
-Release Date: May 17, 2013 [EBook #42727]
-[Last updated: June 2, 2013]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: ISO-8859-1
-
-*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA ALEGRÍA DEL CAPITÁN RIBOT ***
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-
-Produced by Chuck Greif and the Online Distributed
-Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This file was
-produced from images available at The Internet Archive)
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-
-LA ALEGRIA
-
-DEL
-
-CAPITÁN RIBOT
-
-
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-
-OBRAS DE PALACIO VALDÉS
-
-4 PESETAS TOMO
-
-=El Señorito Octavio=, un tomo.
-
-=Marta y María=, un tomo. Traducida al francés, al inglés, al sueco, al
-ruso y al tcheque.
-
-=El idilio de un enfermo=, un tomo. Traducida al francés y al tcheque.
-
-=Aguas fuertes= (novelas y cuadros, un tomo). Traducidas al francés, al
-inglés, al alemán, al holandés, al sueco y tcheque. Edición española con
-notas y vocabulario en inglés.
-
-=José=, un tomo. Traducida al francés, al inglés, al alemán, al holandés,
-al sueco, al tcheque y al portugués. Edición española con notas en
-inglés para el estudio del español en Inglaterra y E. U. A.
-
-=Riverita=, un tomo. Traducida al francés.
-
-=Maximina= (segunda parte de _Riverita_), un tomo. Traducida al inglés.
-
-=El cuarto Poder=, un tomo. Traducida al francés, al inglés y al holandés.
-
-=La Hermana San Sulpicio=, un tomo. Traducida al francés, al inglés, al
-holandés, al ruso, al sueco y al italiano.
-
-=La Espuma=, un tomo. Traducida al inglés.
-
-=La Fe=, un tomo. Traducida al francés, al inglés y al alemán.
-
-=El Maestrante=, un tomo. Traducida al francés y al inglés.
-
-=El origen del pensamiento=, un tomo. Traducida al francés y al inglés.
-
-=Los majos de Cádiz=, un tomo. Traducida al holandés.
-
-=La alegría del Capitán Ribot=, un tomo. Traducida al francés, al inglés,
-al sueco y al holandés. Edición española con notas y vocabulario en
-inglés.
-
-=Tristán o el pesimismo=, un tomo. Traducida al inglés.
-
-=Semblanzas literarias= (_Los oradores del Ateneo_, _Los novelistas
-españoles_, _Nuevo viaje al Parnaso_), un tomo.
-
-=Papeles del Doctor Angélico=, un tomo. Traducidos al alemán.
-
-=Años de juventud del Doctor Angélico=, un tomo.
-
-
-
-
-OBRAS COMPLETAS
-
-DE
-
-D. ARMANDO PALACIO VALDÉS
-
-TOMO XII
-
-LA ALEGRÍA
-
-DEL
-
-CAPITÁN RIBOT
-
-[Illustration: colophon]
-
-MADRID
-
-Librería general de Victoriano Suárez
-
-PRECIADOS, NÚMERO 48
-
-1920
-
-Es propiedad del autor.
-Queda hecho el depósito
-que marca la ley.
-
-Imp. «Fantoches», Cardenal Cisneros, 47. Teléf. J. 923
-
-[imagen: una barra decorativa]
-
-
-
-
-I
-
-
-En Málaga no los guisan mal; en Vigo, todavia mejor; en Bilbao los he
-comido en más de una ocasión primorosamente aliñados. Pero nada tienen
-que ver estos ni otros que me han servido en los diferentes puntos donde
-suelo hacer escala con los que guisa una señora Ramona en cierta tienda
-de vinos y comidas llamada _El Cometa_, situada en el muelle de Gijón.
-Por eso cuando esta inteligentísima mujer averigua que el _Urano_ ha
-entrado en el puerto, ya está preparando sus cacerolas para recibirme.
-Suelo ir solo por la noche, como un ser egoísta y voluptuoso que soy; me
-ponen la mesa en un rincón de la trastienda, y allí, a mis anchas, gozo
-placeres inefables y he pillado más de una indigestión.
-
-Arribé el 9 de febrero, a las once de la mañana, y, como siempre, comí
-poco, preparándome con saludable abstinencia para la solemnidad de la
-noche. Dios no lo quiso. Poco antes de sonar la hora, un bárbaro
-marinero, al trasladar un farol, lo rompió, cayó la mecha encendida
-sobre una pipa de petróleo, se prendió fuego, acudimos a atajarlo, y con
-no poco trabajo, arrojando al agua esa y otras pipas, lo conseguimos. Se
-quemó la caseta del piloto, mucha jarcia y una parte de la obra muerta.
-En fin, la avería nos tuvo afanosos y en pie casi toda la noche. Y este
-fué el motivo de que no fuese a comer el plato de callos de la señora
-Ramona, como tuve a bien comunicárselo por medio del grumete,
-advirtiéndole al mismo tiempo que me aguardara sin falta aquella misma
-noche.
-
-Eran las diez, poco más o menos. Contento y sigiloso bajé la escala del
-_Urano_, salté en el bote, y en cuatro paladas el marinero me hizo
-atracar al muelle, que estaba solitario y obscuro. Apenas se distinguían
-los cascos de los barcos y en ellos reinaba absoluto silencio. Sólo la
-silueta de los carabineros de ronda o la de algún paseante melancólico
-se destacaba borrosamente de las tinieblas. Pero aquella obscuridad, que
-los escasos faroles no bastaba a disipar, se alegraba de pronto por la
-ola de luz que salía de las dos puertas de _El Cometa_. Con el ansia de
-una mariposa me dirigí a ellas. En la tienda sólo había tres o cuatro
-parroquianos; los demás habían ido saliendo, unos espontáneamente, otros
-por las intimaciones cada vez más perentorias de la señora Ramona, que
-cerraba indefectiblemente a las diez y media.
-
-Mi aparición fué saludada con una carcajada de esta mujer. Ignoro qué
-raro y misterioso cosquilleo producía en sus nervios mi presencia; pero
-puedo jurar que jamás me vió después de una ausencia más o menos larga
-sin que su abdomen dejase de experimentar violentas sacudidas de risa,
-que originaban ineludiblemente algunos golpes de tos, inflamaban sus
-mejillas y las transportaban del rojo grana al violeta. De todos modos,
-yo agradecía profundamente aquella carcajada y también los accesos de
-tos, considerándolos como prenda de inalterable amistad y de que podía
-contar en vida y en muerte con sus conocimientos culinarios. Era mi
-deber en tales ocasiones doblar el espinazo, sacudir la cabeza y reir
-estrepitosamente, hasta que la señá Ramona se sosegase. Y lo cumplí
-religiosamente.
-
---¡Ay, qué bien me salieron ayer, D. Julián!
-
---Y hoy ¿por qué no?
-
---Porque ayer era ayer y hoy es hoy.
-
-Ante esa razón invencible me puse serio y dejé escapar un suspiro. La
-señá Ramona cayó de nuevo en un espasmo de risa, seguido del
-correspondiente ataque de tos asmática. Una vez que logró salir de él,
-terminó de lavar el vaso que tenía entre las manos y dijo a los tres o
-cuatro marineros que charlaban en un rincón:
-
---¡Ea! despejar, que voy a echar la llave.
-
-Uno de ellos se atrevió a responder:
-
---Aguárdese un momento, señá Ramona. Saldremos cuando ese señor.
-
-La tabernera frunció el entrecejo y profirió con acento solemne:
-
---Este señor viene a comer un guisado de callos y ya tiene la mesa
-preparada.
-
-Entonces los parroquianos, sintiendo el peso de esta indicación y
-comprendiendo la gravedad de las circunstancias, no vacilaron en ponerse
-en pie, me contemplaron un instante con mezcla de respeto y admiración y
-se retiraron dando las buenas noches.
-
---Pues sí, don Julián, sí--exclamó la señá Ramona, cuyo rostro se dilató
-nuevamente--; los de ayer levantaban la lengua en vilo.
-
-Mi fisonomía debió de expresar la más profunda desesperación.
-
---Y los de hoy, ¿no levantarán nada?--pregunté con acento afligido.
-
---Hoy... hoy... Usted lo verá.
-
-Y alzó su mano carnosa de cierto modo propio para dejarme sumido en un
-piélago de dudas.
-
-Mientras daba los últimos toques a su obra, preparé adecuadamente el
-estómago con ajenjo, meditando al mismo tiempo acerca de las últimas
-graves palabras que acababa de oir.
-
-¿Estarían o no tan sazonados, picantes y aromáticos como mi imaginación
-me los representaba?
-
-Pero cuando me senté a la mesa, cuando los vi delante y sentí en la
-nariz su tibio aroma penetrante, un rayo de luz inundó mi cerebro
-disipando el negro fantasma de la duda. Palpitó mi corazón con
-inexplicable dulzura y comprendí que los dioses me tenían aún reservados
-algunos instantes de dicha en este mundo.
-
-La señá Ramona adivinó la emoción que embargaba mi alma y sonrió con
-maternal benevolencia.
-
---¿Qué es eso, señá Ramona?--exclamé quedando inmóvil con el tenedor en
-el aire--, ¿Ha oído usted?
-
---Sí, señor; un grito.
-
---Han dicho ¡socorro!
-
---En el muelle.
-
---¡Otro grito!
-
-Solté el tenedor y me lancé a la puerta, seguido de la tabernera. Cuando
-abrí sonaron en mis oídos lamentos desgarradores.
-
---¡Mi madre!... ¡Socorro!... ¡Por Dios!... ¡Se ahoga!
-
-Bajé en dos saltos la rampa que me separaba del muelle y percibí la
-figura de una mujer que, agitando los brazos convulsivamente, exhalaba
-aquellos gritos lastimeros.
-
-Comprendí lo que pasaba, y corriendo a ella pregunté:
-
---¿Quién ha caído?
-
---¡Mi madre!... ¡Sálvela usted!... ¡Sálvela usted!
-
---¿Dónde?
-
---Aquí.
-
-Y me enseñó el estrecho espacio que quedaba entre un patache y el
-muelle.
-
-Aunque estrecho, para saltar al barco era demasiado ancho. Tuve ánimo,
-no obstante, y me lancé, no a la cubierta, sino al aparejo, logrando
-quedar asido de un cable. Me dejé caer después a la cubierta, y tomando
-el primer cabo con que tropecé lo amarré apresuradamente a la obra
-muerta y me deslicé por él hasta el agua. Felizmente la mujer aún no se
-había sumergido, gracias a la ropa. Me acerqué a ella y le eché mano a
-lo primero que hallé, que fué la cabeza, y se la arranqué. Esto es, me
-quedé con una peluca en la mano. Volví a agarrarla, y esta vez lo hice
-por un brazo. Tiré de ella hasta acercarla al casco del barco. Sólo
-entonces se me ocurrió que era imposible salvarla sin auxilio de otra
-persona. ¿Cómo subir a pulso por un cable teniendo ocupada una mano? Por
-fortuna, a los gritos que la hija había dado y a los que yo di también
-despertó la tripulación del patache, compuesta de cuatro marineros, y
-nos izaron fácilmente. Tendieron luego unas tablas y pudimos
-transportarla al muelle, y de allí a la botica más próxima, donde, al
-fin, recobró el conocimiento.
-
-Mientras el farmacéutico la atendía, su hija, pálida y silenciosa, se
-inclinaba sobre ella con el rostro bañado en lágrimas. Era una joven de
-buena estatura, delgada, blanca, el cabello negro y ondeado; el conjunto
-de su persona, si no de suprema belleza, atractivo e interesante. Vestía
-con elegancia, y su madre lo mismo, por lo que vine a entender que se
-trataba de dos personas distinguidas de la población. Pero un curioso de
-los que habían acudido a la botica me dijo al oído que eran dos señoras
-forasteras, y que sólo hacía algunos días que se hallaban en Gijón.
-
-Cuando me hube cerciorado de que no estaba muerta ni herida de
-consideración, sintiendo que el frío del baño me penetraba y me hacía
-temblar, di las buenas noches para retirarme.
-
-La joven alzó la cabeza, se dirigió a mí vivamente y, apretándome las
-manos con fuerza y clavando en los míos sus ojos húmedos, balbució con
-emoción:
-
---¡Gracias, gracias, caballero! ¡Nunca olvidaré!...
-
-Le di a entender que aquel servicio nada valía, que cualquiera hubiera
-hecho otro tanto, porque en realidad así lo pensaba. El único sacrificio
-real que había hecho era el del guisado de callos; pero esto no lo dije,
-como es natural.
-
-Cuando llegué al vapor y bajé a mi camarote me sentí tan mal que
-barrunté un catarro fuerte, si no una pulmonía. Pero me di prontamente
-una fricción enérgica con aguardiente de caña y me arropé tan bien en la
-cama, que al día siguiente desperté como si tal cosa, sano y ágil y de
-un humor excelente.
-
-[imagen: una barra decorativa]
-
-
-
-
-II
-
-
-Luego que me vestí, y después de cumplir con los ordinarios quehaceres
-de mi cargo y vigilar el trabajo de los carpinteros que reparaban
-nuestras averías, me acordé de la señora que había estado a punto de
-ahogarse aquella noche. Valga la verdad; de quien me acordé fué de su
-hija. Aquellos ojos eran de los que no pueden ni deben olvidarse. Y con
-la vaga esperanza de tornar a verlos salté a tierra y encaminé mis pasos
-a la botica.
-
-El farmacéutico me informó de que alojaban en la fonda de la _Iberia_.
-Fuí a preguntar por su salud.
-
---¿Es necesario que les pase recado?--me preguntó la camarera.
-
-Bien lo hubiera deseado, pero no me atreví. Le manifesté que no había
-necesidad, si podía informarme de cómo habían pasado la noche, a lo cual
-me respondió que D.ª Amparo (la vieja) había descansado regularmente, y
-que el médico, que acababa de salir, no la había encontrado tan mal como
-pensaba. D.ª Cristina (la joven) estaba perfectamente. Dejé mi tarjeta y
-bajé las escaleras un poco mustio. Pero cuando iba ya a pisar la calle
-la camarera me llamó y, haciéndome subir de nuevo, me hizo presente que
-las señoras deseaban verme.
-
-Doña Cristina salió al pasillo a mi encuentro. Vestía un elegante traje
-de mañana, color violeta, y sus negros cabellos estaban a medias
-aprisionados por un gorro blanco de batista, con cintas violeta también.
-Brillaron sus ojos con alegría y me tendió su mano de un modo cordial.
-
---Buenos días, capitán. ¿Por qué evita usted que le demos las gracias?
-Justamente acababa de escribirle una carta en que le expresaba si no
-toda la gratitud que le debemos, al menos una parte. Ayer estaba tan
-aturdida que no acerté a hacerlo. Pero más vale que usted haya venido...
-y eso que la cartita no estaba del todo mal--añadió sonriendo--. Aunque
-ustedes no lo piensen, las mujeres solemos ser más elocuentes por
-escrito que de palabra.
-
-Me hizo pasar a una salita donde había una alcoba cuyas puertas
-vidrieras estaban cerradas.
-
---Mamá--dijo en voz alta--, aquí tienes a tu salvador, el capitán del
-_Urano_.
-
-Oí un murmullo lamentable, algo como sollozos y suspiros reprimidos, y
-entre ellos algunas palabras que no pude comprender. Interrogué con la
-vista a su hija.
-
---Dice que siente mucho haberle expuesto a perder la vida.
-
-Respondí en voz alta que no había corrido peligro alguno; pero aunque
-así fuera, no había hecho más que cumplir con mi deber.
-
-De nuevo salieron de la alcoba algunos ruidos confusos.
-
---Me manda que le dé a usted una cucharada de azahar.
-
---¡Cómo!... ¿Para qué?--exclamé sorprendido.
-
---Es que supone que aún estará usted asustado--manifestó riendo D.ª
-Cristina--. Mamá lo usa mucho y nos lo hace usar a todos. Diga usted que
-lo va a tomar y quedará extraordinariamente satisfecha.
-
-Sin salir de mi sorpresa hice lo que doña Cristina me ordenó y pude oir
-inmediatamente un murmullo aprobador.
-
-Acabo de dársela, mamá--dijo aquélla, haciéndome un guiño malicioso--.
-Puedes estar tranquila.
-
---Muchas gracias, señora. Creo que me probará bien, porque me sentía un
-poco nervioso--grité yo.
-
-Doña Cristina me apretó la mano pugnando por no reir y me dijo en voz
-baja:
-
---¡Bravo! Me parece que va usted a salir maestro consumado.
-
-Vuelta a los ruidos extraños, ininteligibles.
-
---Pregunta si ha telegrafiado usted a su señora, y le aconseja que no lo
-haga para evitarle un disgusto.
-
---No tengo señora. Estoy soltero.
-
---Entonces a su mamá--tuvo la bondad de interpretar D.ª Cristina.
-
---Tampoco la tengo, ni padre, ni hermanos. Estoy solo en el mundo.
-
-Doña Amparo, por lo que pude entender, se mostró sorprendida y
-disgustada de esta soledad y me invitaba para que, sin pérdida de
-tiempo, tomase estado. También debió añadir que un hombre como yo estaba
-destinado a hacer feliz a cualquier mujer. Ignoro qué cualidades de
-marido pudo observar en mí aquella señora, como no fuese las de saltar y
-deslizarme bien por los cables. De todos modos, respondí que no deseaba
-otra cosa; pero que no se me había presentado ocasión hasta entonces. Mi
-vida de marino, hoy en un sitio, mañana en otro; la timidez de que
-adolecemos los que no frecuentamos la sociedad, y acaso también el no
-haber hallado aún una mujer que de veras me interesase, habían impedido
-realizarlo.
-
-Al tiempo de decir esto fijaba mis ojos en los de D.ª Cristina, que me
-sonreían.
-
-Un pensamiento dulce y solapado se deslizó entonces en mi cerebro.
-
---Dejemos ese tema, mamá. Cada cual hace lo que más le conviene; y si el
-capitán no se ha casado debe de ser, por cierto, que no le ha apetecido.
-
---En efecto--dije yo riendo y mirandola con fijeza petulante--; no me ha
-apetecido hasta ahora...; pero no respondo de que me apetezca el día
-menos pensado.
-
---Entonces celebraremos que sea para bien, que tenga usted una esposa
-muy guapa y media docena de niños gordos y vivarachos y traviesos.
-
---¡Amén!--exclamé.
-
-La franqueza y la gracia de aquella joven me sedujeron instantáneamente.
-Me sentía tan complacido y libre a su lado como si hiciera algunos años
-que la tratase. Me invitó a sentarme en el sofá, y lo hizo también para
-dejar que su madre descansase, pues no le convenía hablar, según la
-opinión del médico.
-
-Pedíle informes más exactos acerca de su salud y me dijo que había
-sufrido una rozadura y contusión en la espalda, a las cuales el médico
-no dió importancia. También se había logrado evitar los efectos nocivos
-del enfriamiento. Lo único verdaderamente temible era el susto. Su mamá
-era muy nerviosa; padecía del corazón, y nadie podía prever el resultado
-de aquella terrible emoción. Hice lo posible por desvanecer sus temores,
-y, empeñada la conversación, le pregunté si eran asturianas, a sabiendas
-de que no, tanto por los informes del boticario como porque no lo
-revelaba su acento.
-
---No, señor; somos valencianas.
-
---¿Cómo? ¡Valencianas!--exclamé--. ¡Pues si somos casi paisanos! Yo he
-nacido en Alicante.
-
-Y acto continuo nos pusimos a hablar en valenciano, con placer indecible
-por mi parte, y juzgo que también por la suya. Me enteró de que sólo
-hacía nueve días que se hallaban en Gijón, adonde habían venido para
-visitar a una monja hermana de su mamá. Hacía bastantes años que
-formaran ese proyecto, y nunca lo habían realizado por lo largo y
-molesto del viaje. Al fin lo habían decidido, y no en buen hora, pues
-faltó poco para dejar allí la vida. El país les había gustado, aunque
-les parecía bastante triste al lado del suyo.
-
---¡Oh, Valencia!--exclamé entonces con fuego--. Yo, que visité las más
-apartadas regiones de la tierra y puse el pie en tantas playas
-diversas, nada hallé jamás comparable a ella. Allí el sol no se levanta
-sangriento como en el Norte, ni hiere y aniquila como en Andalucía: su
-luz se cierne suave por un ambiente embalsamado y tranquilo. El mar no
-aterra como aquí, y es más azul, y su espuma más blanca y más ligera.
-Allí los pájaros cantan con gorjeos más dulces y variados; allí la brisa
-acaricia por la noche como por el día; allí las frutas azucaradas, que
-en otras partes sólo se sazonan con el calor del verano, las gustamos
-todo el año; allí no sólo huelen las flores y las yerbas, sino la tierra
-misma exhala un aroma delicado. Allí la vida no es tristeza ni fatiga.
-Todo es suave, todo sereno y armónico. Y esta tranquilidad de la
-Naturaleza parece reflejarse en la mirada profunda de sus mujeres.
-
-La de D.ª Cristina, que era la más suave y profunda que jamás había
-visto, brilló con cierta alegría maliciosa.
-
---¡Quién diría al oirle que es usted un lobo marino! Habla usted como un
-poeta... y casi, casi estoy tentada a pensar que ha publicado usted
-versos en los periódicos.
-
---¡Oh, no!--exclamé riendo--. Soy un poeta inofensivo. Ni escribo versos
-ni prosa; pero dispénseme usted que le diga que los ojos de usted me han
-traído a la memoria una porción de cosas hermosas, todas valencianas...
-y se me subió la poesía a la cabeza.
-
-Doña Cristina pareció quedar un momento suspensa; me miró con más
-curiosidad que agradecimiento, y cambiando de conversación me preguntó,
-con amabilidad:
-
---¿Y el vapor que usted manda hace la carrera de América?
-
---Sólo una que otra vez. Ordinariamente vamos desde Barcelona a
-Hamburgo.
-
---¿De modo que está usted aquí de escala por muchos días?
-
---Los que necesite para arreglar ciertas averías que un pequeño incendio
-nos ha causado anteayer.
-
-A mi vez quise enterarme del tiempo que ellas pensaban permanecer en
-Gijón.
-
---Pues teníamos pensado irnos pasado mañana y detenernos algunos días en
-Madrid, donde debía de esperarnos mi marido; pero ahora es fuerza
-dilatar el viaje a causa de lo ocurrido. De todos modos, en cuanto se
-haya tranquilizado por completo y el médico lo permita, nos pondremos en
-camino.
-
-Debo confesarlo, aunque parezca ridículo: aquel "mi marido" causó en mí
-una sensación extraña de frío y abatimiento que apenas logré disimular.
-¿Cómo, diablos, no se me había ocurrido que aquella joven podía ser
-casada? Lo ignoro todavía. Y dado caso que así fuera, ¿por qué tal
-noticia me había producido tan áspera impresión tratándose de una
-persona que acababa de conocer? Tampoco lo sé. Estoy tentado a pensar
-que es cierto lo que sucede en las comedias antiguas cuando el galán se
-inflama repentinamente de amor a la vista de la dama. Si yo no estaba
-inflamado, por lo menos ya tenía el fuego a bordo.
-
-La razón se sobrepuso, no obstante, en seguida. Comprendí lo absurdo y
-ridículo de mi sensación, y tranquilizándome le pregunté con naturalidad
-y afectuoso interés por su esposo. Me dijo que se llamaba Emilio Martí y
-era uno de los socios de la casa armadora _Castell y Martí_, cuyos
-vapores hacían la carrera de Liverpool. Además tenía otros negocios,
-porque era hombre activo y emprendedor. Sólo hacía dos años que estaban
-casados.
-
---¿Y no tienen ustedes familia?
-
---Hasta ahora no--respondió, levemente ruborizada.
-
-Me enteró además de que ambos eran naturales de Valencia y allí
-habitaban; por el invierno, en la misma ciudad, calle del Mar; durante
-el verano, en una casa de placer que tenían en el Cabañal.
-
-Yo conocía algunos de los vapores de la casa _Castell y Martí_. Le hice
-presente mi satisfacción en ponerme a las órdenes de la señora de uno de
-los armadores.
-
-Hablamos poco más tiempo. Estaba triste y sentía deseos de irme.
-Efectuélo al cabo, no sin mantener otro diálogo con D.ª Amparo, a
-puertas cerradas y con intérprete. Pronto se disipó aquella infundada y
-hasta irracional tristeza al salir a la calle y hablar con los conocidos
-y emplearme en los asuntos de mi cargo. Pero en todo el día no dejó de
-ofrecérseme a la imaginación repetidas veces la figura de D.ª Cristina.
-Adoro las mujeres delgadas y blancas, con grandes ojos negros. Mis
-amigos solían decirme en otro tiempo que para gustarme a mí una mujer
-era necesario que estuviese en cuarto grado de tisis. Acaso tuviesen
-razón. La única novia que tuve era una tísica confirmada, y se murió
-consentido ya y preparado nuestro matrimonio.
-
-Al día siguiente me creí en el deber de ir, como el anterior, al hotel y
-preguntar por la salud de las señoras forasteras. D.ª Cristina me hizo
-pasar nuevamente y me recibió con mayor cordialidad aún, llevándose el
-dedo a los labios e invitándome a hablar en falsete como ella hacía. Su
-mamá estaba durmiendo. Nos sentamos en el sofá y charlamos bajito y
-alegremente. D.ª Amparo estaba bien, no tenía más que mimos.
-
---Además (se lo digo a usted en reserva), mientras no concluyan de
-hacerle la peluca, no hay que esperar verla fuera de la alcoba.
-
---¡Ah, la peluca! Sí, me acuerdo que...
-
---Sí, acuérdese usted de que se la arrancó, mala persona--exclamó
-riendo.
-
---Señora, yo no podía calcular... ¡Vaya un susto! Pensé que le había
-arrancado la cabeza de cuajo.
-
-Reímos bastante, esforzándonos por no hacer ruido. Al cabo de un rato me
-dijo con naturalidad, que agradecí mucho:
-
---Tengo mucho apetito, capitán, y voy a almorzar. ¿Quiere usted
-acompañarme?
-
-Le di las gracias y me excusé; pero como no pude afirmarle que había
-almorzado, dió por resuelto en un instante que almorzaría con ella, y
-salió a dar las órdenes oportunas. Yo me sentí alegrísimo, y si digo
-entusiasmado no diré mentira. Mientras la camarera nos ponía la mesa en
-el mismo gabinete, no dejamos de charlar, creciendo más y más nuestra
-confianza. Durante el almuerzo usó conmigo una franqueza tan atenta y
-servicial que concluyó de seducirme. Por sus propias manos me partía el
-pan y la carne y me escanciaba el vino y el agua. Cuando me hacía falta
-cubierto o plato, sin aguardar a la doméstica, ella misma se levantaba
-con llaneza provinciana y lo tomaba de la mesita donde se hallaban.
-
-Yo le contaba burlando la grave ocupación en que me había sorprendido
-con sus gritos la noche del percance. Reía ella de todo corazón, y me
-prometía resarcirme cuando fuese a Valencia, guisándome una paella con
-todas las reglas del arte.
-
---No es que tenga la loca presunción de hacerle olvidar los callos de la
-señora Ramona. Me satisfago con que usted se coma un par de platos.
-
---¿Cómo un par? Veo con tristeza que me tiene usted por un ser material
-y grosero. Espero demostrarle con el tiempo que, fuera de esas horas de
-callos y caracoles, soy hombre espiritual, poético y hasta un si es no
-es lánguido.
-
-Se burlaba ella, colmándome el plato de un modo escandaloso e
-invitándome a que no disimulase mi verdadera condición y comiese lo
-mismo que si ella no estuviera presente.
-
---No piense usted en que soy una dama. Figúrese que está almorzando con
-un compañero..., con el piloto, por ejemplo.
-
---No tengo bastante imaginación para eso. El piloto es bizco y le faltan
-dos dientes.
-
-Aquella charla íntima y alegre me embriagaba más que el _burdeos_ que
-sin cesar me escanciaba. Y sus ojos me embriagaban más que el vino y la
-charla. Aunque hablábamos en falsete y reíamos a la sordina, alguna vez
-se me escapaba una nota discrepante. Doña Cristina se llevaba el dedo a
-los labios.
-
---Silencio, capitán, o le pongo de patitas en el corredor y se queda
-usted a medio almorzar.
-
-Me invitó a darle algunos pormenores de mi vida. Satisfice su
-curiosidad, narrándole mi historia, bien sencilla. Discurrimos acerca de
-los placeres del marino, que ella encontraba superiores a los de los
-demás hombres.
-
---Yo adoro el mar...; pero el mar de mi país sobre todo. Este me da
-miedo y tristeza. ¡Si viera usted cuántos ratos paso a la ventana de
-nuestra alquería del Cabañal contemplándole!
-
---Pues yo, en Valencia, prefiero al mar las mujeres--manifesté,
-demasiado alegre ya.
-
---Lo creo--respondió ella riendo--. ¡Oh! las hay muy hermosas. Tengo una
-primita llamada Isabel que es un verdadero dechado. ¡Qué ojos los de
-aquella niña!
-
---¿Serán más hermosos que los suyos?--pregunté osadamente.
-
---¡Oh! los míos no valen nada--contestó ruborizándose.
-
---¿Que no valen nada?--exclamé con arrebato--. ¡Pues si no los hay tan
-preciosos en toda la costa de Levante, con haberlos allí tan lindos!...
-¡Si parecen dos luceros del cielo!... ¡Si son un sueño feliz del cual
-jamás quisiera uno despertar!
-
-Se puso repentinamente seria. Guardó silencio unos instantes sin
-levantar la vista del mantel. Al cabo, dijo afectando indiferencia, no
-exenta de severidad:
-
---Habrá usted comido medianamente, ¿verdad? A bordo se suele comer mejor
-que en los hoteles.
-
-Guardé a mi vez silencio, y sin responder a su pregunta dije después de
-un momento:
-
---Perdóneme usted. Los marinos nos expresamos con demasiada franqueza.
-No conocemos las etiquetas, pero debe salvarnos la intención. La mía no
-ha sido decir algo impertinente...
-
-Se dulcificó en seguida, y proseguimos nuestra plática con la misma
-cordialidad mientras dábamos fin al almuerzo.
-
-[imagen: una barra decorativa]
-
-
-
-
-III
-
-
-Me fuí al barco en peor estado que el día anterior. Aquella señora me
-estaba preocupando más de lo necesario para mi reposo y buen humor.
-Volví por la tarde y volví al día siguiente. Su figura interesante, sus
-ojos tan negros, tan inocentes y picarescos a un tiempo mismo, iban
-penetrando a paso de carga en mi alma. Y como sucede siempre en casos
-tales, empezaron agradándome sus ojos, y no tardó en encantarme su voz;
-luego sus manos finas de alabastro; poco después el vello suave que
-adornaba sus sienes; inmediatamente tres pequeños lunares que tenía en
-la mejilla izquierda. Hasta que, por fin, de una en otra llegó a hacerme
-feliz cierta manera defectuosa que tenía de pronunciar las _erres_.
-
-Estos y otros descubrimientos de análoga importancia no podían llevarse
-a efecto, claro está, sin la atención debida, lo cual, en vez de
-lisonjear, molestaba visiblemente a la dama. Me recibía siempre con
-alegría, pero no con igual franqueza. Pude observar, no sin dolor, que,
-a pesar de la jovialidad y animación de su charla, se descubría en el
-fondo un dejo de inquietud o recelo, cual si temiera siempre que yo le
-dirigiera algún piropo como el de marras. Comprendiéndolo así, no tenía,
-sin embargo, fuerza de voluntad bastante para dejar de mirarla más de lo
-justo.
-
-Vino al fin la peluca en secreto al hotel; la probó D.ª Amparo con el
-mayor sigilo; hallóla imperfecta; volvió a manos del artífice; se le
-dieron algunos toques sin que el público ni las autoridades se
-enterasen; y después de varios ensayos igualmente reservados surgió la
-buena señora, fresca y juvenil, como si jamás mis manos pecadoras
-hubiesen atentado a sus gracias. Porque a pesar de todo, esto es, a
-pesar de la peluca, de los años y la obesidad, D.ª Amparo no las había
-perdido por completo.
-
-Me invitaron a dar un paseo con ellas en coche por los alrededores de la
-villa. Cualquiera puede imaginarse el gusto con que acepté. Cuando ya
-estuvimos en el campo nos apeamos y gozamos una hora de aquella risueña
-y espléndida naturaleza. Yo me encontraba alegre y esta alegría me
-empujaba a mostrarme con D.ª Cristina sobrado obsequioso y almibarado.
-Sentía comezón de decirle todo lo hermosa y lo interesante que me iba
-pareciendo. Pero ella, como si adivinase estas disposiciones aviesas de
-mi lengua, las refrenaba con tacto y firmeza, atajándome con cualquier
-pregunta indiferente cuando me advertía cercano a soltarle un piropo, o
-dejándome con su mamá para echar a correr delante, o esforzándose en
-hacer hablar a ésta. No me desanimé por ello. Fuí tan tonto o tan
-indiscreto que, a pesar de estas claras señales, todavía persistí en
-buscar rodeos habilidosos para dirigirle algunos golpes de incensario.
-Declaro, no obstante, que no pensaba que la estaba galanteando. Creía de
-buena fe que aquellos obsequios y lisonjas eran legítimos; porque los
-españoles desde la más remota antigüedad nos hemos arrogado el derecho
-de decir a todas las mujeres guapas que lo son, sin otras consecuencias.
-Mas ella debía de abrigar sus dudas acerca de esto. Que estas dudas no
-se hallaban desprovistas de fundamento lo veo ahora bien claro; ahora
-que el velo de mis sentimientos se ha descorrido por completo y leo en
-mi alma como en un libro abierto.
-
-Sucedió que aquella misma tarde, de regreso ya para la villa y mirando
-las muchas y hermosas casas de campo que por allí se parecen, acertó a
-decir D.ª Cristina:
-
---Nuestra alquería del Cabañal es muy linda, pero nada suntuosa. Mi
-marido no está contento; tiene ganas de algo mejor.
-
-Impremeditadamente repuse:
-
---¿Tiene ganas de algo mejor? Pues yo, si fuera su marido, ya no tendría
-ganas de nada.
-
-Quedó suspensa la señora, volvió su rostro hacia la ventanilla del coche
-para mirar el camino y murmuró en tonillo irónico:
-
---Pues señor, bien; tengamos paciencia.
-
-Pienso que no solamente las mejillas, la frente y las orejas se me
-pusieron coloradas, sino hasta el blanco de los ojos. Durante algunos
-minutos sentí en el rostro la impresión de dos ladrillos calientes. No
-supe qué decir, y queriendo escapar a la vergüenza me volví hacia la
-otra portezuela y quedé en contemplación extática del paisaje. D.ª
-Amparo, que en nada había reparado, dijo contestando a la última
-observación de su hija:
-
---Emilio es un hombre muy bueno, muy trabajador, aunque algo fantástico.
-
---¿Por qué fantástico?--exclamó Cristina volviéndose como si la hubieran
-pinchado--. ¿Porque apetece lo mejor, lo más hermoso y aspira con su
-esfuerzo a conseguirlo? Eso le acredita más bien de tener gusto y
-voluntad. Pues si en el mundo no existiesen hombres que ansían la
-perfección, que ven siempre un «más allá» y que ponen los medios para
-acercarse a él, ni estas hermosas casas de recreo ni otras mejores ni
-ninguna de las comodidades que hoy disfrutamos existirían tampoco. Los
-holgazanes, los gandules o los pobres de espíritu se burlan de sus
-pensamientos mientras no los ven realizados; pero cuando llega la hora
-de verlos y tocarlos, se cierran en su casa y no vienen a felicitarle
-porque no quieren confesar su necedad. Además, tú sabes bien que Emilio,
-aunque fantástico, jamás ha tenido la fantasía de pensar en sí mismo;
-que todos su esfuerzos se dirigen a proporcionar alegría y bienestar a
-su familia, a sus amigos, a sus vecinos, y que toda su vida hasta ahora
-ha sido un constante sacrificio por los demás.
-
-Doña Amparo, ante aquel discurso vehemente, se sintió sobrecogida de un
-modo extraño. Quedé estupefacto viéndola tartamudear, hacer pucheros,
-ponerse encendida y dejarse caer hacia atrás como acometida de un
-síncope.
-
---¡Yo!... ¿Puedes creer?... ¡Mi hijo!
-
-Pronunciadas estas incoherentes palabras, perdió la noción del mundo
-externo. Para infundírsela nuevamente fué necesario que su hija le
-frotase las sienes con agua de Colonia y le aplicase a la nariz el
-frasco de las sales volátiles. Cuando al cabo abrió los ojos brotó de
-ellos un raudal de lágrimas, que se derramaron por sus mejillas y
-cayeron como copiosa lluvia sobre su regazo, y algo también tocó a mi
-gabán. Doña Cristina, en presencia de este síntoma, abrió de nuevo el
-saquito de piel que llevaba a prevención y donde pude ver alojados
-bastantes frascos; sacó uno de ellos, luego un terrón de azúcar, vertió
-sobre él algunas gotas del líquido y se lo metió en la boca a su mamá,
-quien fué recuperando poco a poco la sensibilidad y supo al fin dónde se
-hallaba y entre qué gente.
-
-Por mi parte, causa indirecta de aquella desdicha, comprendí que nada
-era más adecuado que arrojarme por la ventanilla, aunque me estrellase
-la cabeza; pero imaginando esto demasiado triste, hallé un modo decoroso
-de evitarlo chupando el puño del bastón y poniendo los ojos en blanco.
-Doña Cristina no quiso reparar en estas señales trágicas; pero de tal
-modo penetraron en el corazón de su mamá, que me apretó las manos
-convulsivamente, murmurando con extravío:
-
---¡Ribot!... ¡Ribot!... ¡Ribot!
-
-Temí que entrase de nuevo en el mundo de lo inconsciente y me apresuré a
-tomar el frasco de sales y metérselo por la nariz.
-
-El resto del camino se pasó, a Dios gracias sin nuevo quebranto, y yo
-hice esfuerzos desesperados por que se olvidara mi tontería y se
-perdonase, hablando con formalidad de asuntos diversos, principalmente
-de aquellos que eran más del agrado de D.ª Cristina. Al cabo logré ver
-su frente desarrugada y sus ojos expresando la franca alegría de
-siempre. Y todavía, arrastrada de su humor, llegó a embromar con gracia
-a su mamá.
-
---¿Sabe usted, Ribot? Mamá no se desmaya sino cuando está en familia o
-entre personas de confianza. La mejor prueba de la simpatía que usted le
-inspira ha sido lo que acaba de hacer.
-
---¡Cristina! ¡Cristina!--exclamó D.ª Amparo entre risueña y enfadada.
-
---Has de ser franca, mamá... Si Ribot no te inspirase confianza, ¿te
-hubieras atrevido a desmayarte en su presencia?
-
-Doña Amparo concluyó por reirse, pellizcando a su hija. Cuando nos
-despedimos a la puerta del hotel me invitaron para almorzar al día
-siguiente con ellas, habiendo determinado partir al otro para Madrid.
-
-No podía dudarlo ya: si no estaba enamorado, marchaba hacia allá
-empopado y a todo paño. ¿Por qué había logrado impresionarme tan
-profundamente aquella mujer en tan corto tiempo? No pienso que fuera por
-su figura solamente, aunque coincidiese con el tipo ideal de belleza
-que había adorado siempre. Si me enamorase de todas las mujeres blancas
-y delgadas, con grandes ojos negros, que tropecé en mi vida, no hubiera
-tenido tiempo a hacer otra cosa. Pero había en ésta un atractivo
-especial, al menos para mí, que consistía en una mezcla singular de
-alegría y gravedad, de dulzura y rudeza, de osadía y timidez que
-alternativamente se reflejaban en su semblante expresivo.
-
-A la hora señalada me presenté al día siguiente en el hotel. D.ª
-Cristina estaba de humor alegrísimo y me hizo saber que almorzaríamos
-solos, porque su mamá no había dormido bien aquella noche y estaba
-descansando. Esto me llenó de egoísta satisfacción, y más observando el
-genio expansivo y jovial que mostraba. Antes del almuerzo me sirvió un
-aperitivo, burlándose graciosamente de mí.
-
---Como le veo siempre tan desganado, tan desmayadito, he mandado subir
-un amargo, a ver si logramos entonar un poco ese estómago.
-
-Yo seguía la broma.
-
---Estoy desesperado. Es ridículo tener tan abierto el apetito, lo
-comprendo; pero soy hombre de honor y lo confieso. Una vez que quise
-ocultarlo me salió mal el cálculo. Iba conmigo a bordo cierta dama muy
-linda y espiritual, a la cual pretendí hacer un poco la corte. No hallé
-medio mejor de inspirarle algún interés que mostrar falta absoluta de
-apetito, acompañada, como es consiguiente, de languidez y de poética
-melancolía. A la mesa rechazaba la mayor parte de los manjares. Mi
-alimentación consistía en tapioca, crema a la vainilla, alguna fruta y
-mucho café. Entre hora me quejaba de grandes debilidades y me hacía
-servir copitas de jerez con bizcochos. Claro está que me quedaba con un
-hambre terrible; pero la mataba a solas lindamente. La dama estaba
-entusiasmada; me profesaba ya una estimación profunda y sincera y
-despreciaba por groseros a todos los que en la mesa se servían alimentos
-más nutritivos. Pero ¡ay! llegó un momento en que, bajando al comedor de
-improviso, me sorprendió engullendo una lonja de tocino frío... Y todo
-concluyó entre nosotros. No volvió a dirigirme la palabra.
-
---Ha hecho bien--manifestó D.ª Cristina riendo--. Es más vergonzosa la
-hipocresía que el apetito.
-
-Nos pusimos a almorzar y le hice presente que ya que aborrecía tanto la
-hipocresía me proponía usar de toda franqueza.
-
---¡Eso es! ¡Completamente franco!...--y me sirvió una ración inmensa de
-tortilla.
-
-Seguimos charlando y riendo lo más bajito que podíamos; pero D.ª
-Cristina no se descuidaba en punto a servirme cantidades fabulosas de
-alimento, superiores en verdad a mis jugos gástricos. Quería
-rechazarlas, pero no lo permitía.
-
---¡Sea usted franco, capitán! Me ha prometido usted ser completamente
-franco.
-
---Señora, esto pasa ya de franqueza. Cualquiera puede llamarlo grosería.
-
---Yo no lo llamo. ¡Adelante! ¡Adelante!
-
-Mas de pronto, echándose un poco hacia atrás en la silla y adoptando un
-tono solemne, manifestó:
-
---Capitán, ahora voy a proceder con usted, no como si hubiera salvado la
-vida a mi madre solamente, sino como si me la hubiera salvado a mí
-también. Quiero pagarle de una vez su vida y la mía.
-
-Abrí los ojos desmesuradamente sin comprender lo que tales palabras
-significaban. Doña Cristina se levantó de la silla, y dirigiéndose a la
-puerta la abrió de par en par. Y apareció la camarera con una fuente de
-callos entre las manos.
-
---¡Callos!--exclamé.
-
---Guisados por la señora Ramona--profirió D.ª Cristina gravemente.
-
-La broma me puso de mejor humor aún. ¡Cuán poco duró, sin embargo, aquel
-estado de embriagadora alegría! Al llegar los postres me dijo con
-naturalidad:
-
---¿Sabe usted una cosa?... Que ya no nos vamos mañana. Mi marido debe de
-llegar pasado a buscarnos.
-
---¿Sí?--exclamé con la expresión de un hombre a quien hacen hablar
-mientras le aplican una ducha.
-
---Aunque el viaje es un poco incómodo para venir y marcharse en seguida,
-dice que como mamá todavía no se habrá repuesto por completo del susto
-no quiere que viajemos solas.
-
-Al decir esto sacó la carta del bolsillo y se puso a repasarla.
-
---Me encarga también que le dé un millón de gracias y celebra tener
-ocasión de dárselas en persona.
-
-Yo veía la carta del revés, pero así y todo pude leer al final un
-«adiós, alma mía» que aumentó mi tristeza.
-
-Manifesté, no obstante, mi satisfacción de conocer en breve plazo al Sr.
-Martí, pero necesité algún esfuerzo para ello. Como la melancolía se iba
-apoderando de mí y D.ª Cristina tardaría poco en advertirlo, no hallé
-medio mejor de combatirla que beber más _cognac_ de lo justo detrás del
-café. Esto me produjo una excitación que semejaba alegría sin serlo.
-Hablé por los codos y debí de expresar muchas cosas ridículas y algunas
-inconvenientes, aunque no me acuerdo. D.ª Cristina sonreía con
-benevolencia. Mas como echase por quinta o sexta vez mano a la botella
-para escanciar otra copita, me tuvo el brazo diciendo:
-
---Ahora ya es usted demasiado franco, capitán. Le relevo a usted de su
-palabra.
-
---Soy esclavo de ella, señora, aunque me costase la vida--repuse
-riendo--. Pero no beberé más. Estoy resuelto a obedecer a usted en esto
-como en todo lo que me ordene... Hay, sin embargo--proseguí mirándola
-con osadía a los ojos--, cosas que embriagan más que el _cognac_ y todas
-las bebidas espirituosas...
-
-Doña Cristina bajó la vista y su tersa frente se arrugó. Pero volviendo
-al instante a sonreir dijo alegremente:
-
---Pues no se embriague usted de ningún modo. Aborrezco a los borrachos.
-
-No quise seguir el consejo; y si es cierto que bebí poco más, en cambio
-me harté de mirar a la interesante señora. Continué charlando como un
-sacamuelas, y en medio de la charla intenté deslizar más de un
-requiebro; pero D.ª Cristina con ingenio y prudencia los cortaba antes
-de madurar.
-
-Me había levantado de la silla y ella también. Estábamos al lado del
-balcón contemplando el trajín y movimiento del muelle. Yo, con su
-permiso, fumaba un tabaco habano. Como su hermosa cabeza me ocupaba
-mucho más qué el trajín del muelle, advertí que se le caía un
-peinecillo de concha que sujetaba sus cabellos.
-
---Si yo fuera este peinecillo me hallaría muy bien en mi sitio. No
-trataría de escaparme.
-
-Y osadamente, sin darme cuenta de lo que hacía, llevé mi mano a su
-cabeza y le clavé de nuevo la peineta.
-
-Se puso roja como una cereza, bajó los ojos, estuvo algunos instantes
-suspensa; y al fin, encarándose conmigo altivamente, profirió con voz
-alterada:
-
---Caballero, no sé qué motivos pude haberle dado a usted para que se
-tome conmigo ciertas libertades... El servicio que nos ha prestado le da
-derecho a mi gratitud, pero no a tratarme sin respeto...
-
-Se me disipó como por ensalmo la media borrachera que tenía. Quedé
-aturdido y avergonzado como jamás lo estuve en mi vida ni pienso estarlo
-ya, y apenas pude balbucir algunas palabras de excusa. Pienso que ella
-no llegó a oirlas. Volvió la espalda con desprecio y entró en su alcoba.
-
-Al cabo de un instante cruzó por mi mente una idea que no dejaba de
-tener ciertos visos de verosimilitud; es a saber, que estaba sobrando en
-aquel sitio. Y sin pararme a examinarla con suficiente atención a la luz
-de una crítica razonada y seria, la puse inmediatamente en práctica
-tomando el sombrero y alejándome sin levantar polvo.
-
-Aunque estuve en el barco y en la oficina del consignatario y en otra
-porción de parajes de la villa, la vergüenza no se me quitó en todo el
-día. Estaba pegada a mi rostro con lacre rojo y me molestaba lo
-indecible. Los amigos sonreían y mascullaban las palabras _Martel tres
-estrellas_, _Jamaica_, _Anís del Mono_ y otras, que sonaban a marcas de
-licores; pero yo sabía a qué atenerme y esto aumentaba mi malestar.
-Todavía al día siguiente, después de lavarme y frotarme enérgicamente
-con jabón, me pareció advertir algunas migajitas adheridas a la piel.
-
-Por supuesto, hice cuanto me fué posible por no acordarme ya de D.ª
-Cristina ni del santo de su nombre; y me parece que lo conseguí durante
-aquel día. Pero de noche su imagen no quiso apartarse el canto de un é
-de mi litera, me tiró de los piés, me agarró de los pelos, me dió de
-bofetadas y más tarde, para indemnizarme de estas atroces vejaciones, se
-inclinó suavemente y rozó con sus labios mis mejillas.
-
-Al despertar me asaltó una idea luminosa. Debiendo llegar Martí aquel
-día, yo estaba en el deber ineludible de ir a esperarle a la estación:
-primero, por cortesia; segundo, por evitar que preguntase por mí y esto
-originase alguna turbación a su esposa; tercero, porque a D.ª Amparo le
-sorprendería que no lo hiciese; cuarto, porque era necesario no dejar
-traslucir el desabrimiento que entre nosotros se había suscitado;
-quinto... No sé lo que era el quinto, pero tengo una idea vaga de que
-existía y que era algo parecido al deseo rabioso que yo sentía de volver
-a ver a D.ª Cristina.
-
-El tren correo llegaba por la tarde. Tenía, pues, tiempo sobrado para
-medir los inconvenientes de semejante paso y arrepentirme. Pero después
-de considerarlo en todos sus aspectos y volverlo a considerar y hacer
-infinitos esfuerzos por que Dios me tocase en el corazón, el
-arrepentimiento no vino y las piernas me condujeron, casi a mi despecho,
-a la estación.
-
-Al poner el pie en el andén atisbé a mis señoras hablando con un
-empleado. Desplegando entonces las prodigiosas aptitudes diplomáticas
-con que al cielo le plugo favorecerme, crucé por delante de ellas a paso
-lento y profundamente absorto en la contemplación de unos montones de
-remolacha.
-
---¡Ribot...! ¡Ribot!
-
-Me paro en firme, lleno de asombro. Vuelvo la cabeza al Sudeste, luego
-al Norte, después al Noroeste, y así sucesivamente a todos los puntos
-de la rosa náutica, hasta que, después de muchos ensayos infructuosos,
-logro dar con el sitio de donde partía la voz.
-
---¡Oh, señoras!
-
-Me acerqué rebosando de sorpresa y estreché la mano de D.ª Amparo. Fuí a
-hacer lo mismo con Cristina y... ¿no había dicho antes que esta dama
-tenía la tez blanca? Pues hay que rectificar. En aquel momento me
-pareció que había nacido en el Senegal.
-
-Le pregunté por su salud, sin atreverme a extender la mano, y me
-respondió, volviendo su mirada a otro lado:
-
---¿Cómo ha sido eso, Ribot? En todo el día de ayer no ha parecido por
-casa, y hoy tampoco.
-
-Me excusé con mis ocupaciones. D.ª Amparo no quiso aceptar la disculpa y
-me reprendió cariñosamente. Aquella señora se mostraba conmigo cada vez
-más afectuosa y amable. Mientras hablábamos, D.ª Cristina no despegó los
-labios. Yo estaba molesto y confuso. No me atrevía a mirarla de frente;
-pero la observaba con el rabillo del ojo y advertía que su rostro, en
-vez de recobrar el aspecto ordinario, se iba oscureciendo todavía más.
-Sus ojos se obstinaban en mirar al lado contrario en que yo estaba.
-
-Doña Amparo, sin darse cuenta de nada, hizo el gasto de la
-conversación. Por mi parte, hablaba poco y mal ordenado. Me estaba
-pesando atrozmente el haber venido, y sentía impulsos de marcharme con
-cualquier pretexto y no aguardar la llegada de Martí. Mas antes de que
-pudiera resolverme sonó la trompeta del guarda-agujas anunciado que el
-tren estaba a la vista. Ya no era posible hacerlo sin grave descortesía.
-
-Penetró el tren en la estación, y entre el buen número de cabezas que
-venían asomadas a las ventanillas de los coches los ojos de D.ª Cristina
-descubrieron la de su marido.
-
---¡Emilio!--gritó con alegría.
-
---¡Cristina!--respondió él lo mismo.
-
-Y sin aguardar a que el tren parase por completo, saltó al suelo y la
-abrazó y la besó con efusión. Pero ella, ruborizada como una colegiala,
-sonriendo al mismo tiempo de gozo, se zafó bruscamente de sus brazos.
-
---¡Siempre la misma!--exclamó él riendo a carcajadas, mientras tendía la
-mano a su suegra.
-
-Esta no se satisfizo con la mano, sino que le tomó la cabeza como un
-niño y le besó repetidas veces, preguntándole con afanoso interés por el
-viaje, y él a ella por su salud.
-
-Mientras hablaban, yo me mantenía respetuosamente alejado del grupo. Mas
-he aquí que a los pocos instantes D.ª Cristina vuelve los ojos hacia mí
-y me dirige una sonrisa afectuosa, haciéndome al mismo tiempo seña con
-la mano para que me acercarse. Aquella sonrisa inesperada me causó tal
-gozo y sorpresa que apenas pude disimular la impresión. Me apresuré a
-obedecer.
-
---¡El salvador de mamá!--dijo con un poco de énfasis, presentándome a su
-marido.
-
-Este me estrechó las manos cariñosamente, repitiéndome infinitas
-gracias. Era un hombre de veintiocho a treinta años, alto, delgado, de
-rostro pálido y ojos negros, con barba negra también, sedosa y
-abundante; un tipo levantino como el de su esposa, pero débil y
-enfermizo, al menos en la apariencia.
-
---Gracias a su arrojo--prosiguió la dama--no lloramos hoy una desgracia.
-
---¡Señora!--exclamé--. ¡El hecho no tiene valor alguno! Lo mismo haría
-cualquier marinero que por allí cruzase.
-
-Pero ella, sin atenderme, relató el lance con todos sus pormenores,
-realzando exageradamente mi conducta.
-
-Este panegírico en su boca, después de lo que había ocurrido, me causó
-más vergüenza que alegría. Sentí remordimientos, y lo que en un
-principio me pareció solamente leve imprudencia se me representó ahora
-como una falta de delicadeza.
-
-Regresamos a la villa y los dejé a la puerta del hotel sin querer
-subir, a pesar de las instancias de Martí. En aquellos primeros momentos
-la presencia de un extraño tenía que ser molesta. Pero convine con él en
-que tomaríamos café juntos por la noche en el _Suizo_. Abrigaba la
-esperanza de que traería a su señora, pues a ésta le gustaba dar un
-paseo después de la comida.
-
-No se verificó tal esperanza. Martí se presentó solo, manifestando que
-su mujer se sentía fatigada y con jaqueca. Pensé que era un pretexto y
-me causó tristeza. Quizá disipado el primer instante de alegría efusiva,
-habría vuelto la desconfianza y el rencor a su corazón.
-
-Antes de una hora Martí y yo éramos excelentes amigos. Me pareció hombre
-simpático, de genio abierto, cariñoso, alegre y un poco cándido. Los
-cien negocios que tenía entre manos no le dejaban vagar para fijarse
-mucho tiempo en una misma cosa. Saltaba en la conversación de uno a otro
-asunto con ligereza, aunque siempre mostrando despejo y energía. Yo le
-dejaba hablar observándole con una curiosidad intensa. Lo que más
-impreso me quedó de él en aquella primera conversación fué cierto modo
-de ahuecar su cabellera ondeada metiendo los dedos por detrás a modo de
-peine y tosiendo levemente cuando iba a expresar alguna idea que
-juzgaba importante. Este ademán, que en otro quizá pareciera ridículo,
-resultaba en él gracioso y de amable ingenuidad. No puedo expresar
-claramente los sentimientos que Martí me inspiraba entonces. Eran una
-mezcla indefinible de simpatía y repulsión, de curiosidad y recelo que
-sólo podrá explicarse el que se haya encontrado alguna vez en situación
-análoga a la mía.
-
-El _Urano_ debía zarpar al día siguiente en la marea de la tarde. Por la
-mañana me presenté en el hotel a despedirme de mis nuevos amigos. Martí
-y su suegra expresaron con calor su disgusto por mi marcha. Cristina no
-se presentó. Estaba encerrada en su alcoba arreglándose, a lo que pude
-entender, y no tuvo la amabilidad de pedirme que aguardara: antes, al
-contrario, se despidió tan apresuradamente que parecía temerlo.
-
---Adiós, Ribot--gritó desde adentro--. Dispénseme que no salga: es
-imposible en este momento. Que lleve usted un viaje muy feliz y le
-repito un millón de gracias. No olvidaremos jamás lo que usted ha hecho.
-Buen viaje.
-
-Martí quiso que almorzara con ellos; pero tenía mucho que hacer y
-rehusé. Además, lo confieso, me sentía tan melancólico que deseaba verme
-en la calle. Tanto él como doña Amparo me hicieron mil amables
-ofrecimientos para que cuando volviese a Barcelona, ya que el vapor se
-detenía allí siempre ocho o diez días, hiciese una escapatoria a
-Valencia. Lo mismo él que su esposa tendrían gran placer en hospedarme
-en su casa. Vime necesitado a prometérselo, pero con el designio formado
-de no cumplir la promesa. Había siempre dificultad en dejar el barco;
-pero sobre todo la frialdad hostil que advertía en doña Cristina no me
-alentaba a ello.
-
-Por la tarde se presentó a bordo para apretarme otra vez la mano antes
-de marchar. Me instó de nuevo calurosamente para que no dejase de
-hacerle una visita. Volví a prometérselo con la reserva mental ya
-indicada. Al cabo nos despedimos muy afectuosamente y me hice a la mar
-prosiguiendo mi viaje a Hamburgo.
-
-[imagen: una barra decorativa]
-
-
-
-
-IV
-
-
-Sólo cuando me hallé sobre el puente entre el cielo y el mar pude darme
-cuenta de la impresión que en mi espíritu había causado la esposa de
-Martí. ¡Cuántas horas había pasado de aquel modo en la soledad del
-océano entregado a mis pensamientos! Pocas veces habían sido tristes. Mi
-vida, después de la profunda pena que la muerte de la novia de que he
-hablado me hizo experimentar, se había deslizado generalmente tranquila,
-si no feliz.
-
-Nací en Alicante, hijo de padre marino. Mostré en la segunda enseñanza
-afición al estudio. Mi padre hubiera deseado que fuese abogado ó médico;
-todo menos marino. Pero yo hallaba las carreras con que me brindaba asaz
-prosaicas, y arrastrado del romanticismo propio de la adolescencia y de
-mi temperamento un poco soñador y fantástico preferí justamente esta
-carrera. Cedió mi padre con disgusto en la apariencia, tal vez halagado
-en el fondo por el aprecio que hacía de su profesión: me hice piloto en
-corto tiempo: navegué en dos viajes a Cuba como agregado. Pero habiendo
-fallecido la única hermana que tenía y quedando mi madre demasiado sola,
-me vi impulsado a quedarme en casa y llevar en Alicante la vida de
-señorito ocioso. Á nadie sorprendió eso. Como se decía que mi padre
-había reunido un razonable caudal, me eximía de buen grado de la dura
-ley del trabajo.
-
-Pocos años después me enamoré. Concertóse mi matrimonio, y se hubiera
-llevado a efecto si Matilde, que así se llamaba mi futura, no hubiera
-enfermado. Se esperó a que mejorase, y esperando, esperando, la buena y
-hermosa niña se murió. Fué tan violento el dolor que experimenté que se
-temió por mi salud y hasta por mi razón. Mis padres no hallaron medio
-más adecuado para curarme que hacerme viajar. Lo acepté con
-indiferencia. De nuevo navegué como segundo en un vapor de la misma
-compañía en que estaba empleado mi padre. Al cabo de pocos meses éste
-quedó paralítico del reuma y mientras se curaba los armadores me
-confiaron interinamente el mando del _Urano_. Desgraciadamente mi padre
-no pudo ejercerlo de nuevo: arrastró algún tiempo una existencia penosa
-y al cabo falleció. Mi madre hubiera deseado que dejase la profesión y
-viviese de nuevo a su lado y ocioso; pero me había acostumbrado de tal
-modo a la mar y a la existencia varia y activa, hoy en un puerto, mañana
-en otro, del navegante, que no pudo la cuitada persuadirme a ello. A
-bordo, pues, de mi vapor, al cual había tomado gran cariño, cumplí los
-treinta y seis años. Murió mi madre y poco después se efectuó el lance
-que acabo de relatar.
-
-Digo, pues, que a solas con mi pensamiento entendí que D.ª Cristina se
-había apoderado demasiado de él. Su imagen flotaba ante mí como un
-sueño. Aquella mirada, tan pronto grave como picaresca, de sus ojos
-negros, aquel pudor susceptible, su firmeza, su rubor de colegiala
-contrastando con un desenfado gracioso; luego su facilidad en el perdón,
-la ternura reprimida que había mostrado a su marido, todo tendía a
-idealizarla. Pero más que nada, lo confieso, contribuía a ello mi propio
-temperamento y la soledad en que el marino pasa lo más del tiempo.
-Después de la muerte de Matilde, no había vuelto a ocuparse mi corazón
-con un amor verdadero. Devaneos, aventuras de algunos días, bureos en
-los diferentes puntos de escala. Así había llegado a ver las primeras
-canas en mi barba y cabello. Pero mi natural romántico, aunque dormido
-en el fondo del corazón, no había muerto. Las aventuras truhanescas, las
-zambras corridas en los puertos, lejos de asfixiarlo, lo hacían revivir.
-Nunca me sentía más pensativo y melancólico que después de una de estas
-noches de orgía. Para recobrar el equilibrio me tumbaba bajo la toldilla
-con un libro entre las manos; aspirando a plenos pulmones el aire puro
-del mar y abriendo mi alma a las ideas de los grandes poetas y
-filósofos, me tornaba la paz y la alegría. La lectura fué siempre el
-recurso supremo de mi vida, el bálsamo más eficaz para mitigar sus
-inquietudes.
-
-La aventura de D.ª Cristina me trasportaba en plena idealidad, me hacía
-respirar el ambiente en que me hallaba más sano y feliz. Así que detenía
-complaciente mi pensamiento sobre ella, sin pensar que esto pudiera
-acarrearme ningún disgusto. Muchas veces, al cruzar a mi lado en
-cualquier puerto una joven hermosa, procuraba guardar su imagen en la
-retina tenazmente. Luego, en la soledad del mar, la evocaba mi fantasía,
-la hacía vivir colocándola en situaciones diversas, la hacía hablar y
-reir y enojarse y llorar, dotándola de mil cualidades amables. Y
-abrazado a este fantasma pasaba algunos días dichoso. Hasta que llegaba
-a un puerto y se disipaba o era sustituído por otro.
-
-Pues ahora quise hacer lo mismo. No pude lograrlo sino a medias. Doña
-Cristina no había cruzado fugazmente a mi lado como tantas otras mujeres
-hermosas. La impresión que de ella me quedó era mucho más honda; había
-agitado casi todas las fibras de mi ser. En vez de representármela a mi
-gusto, la veía como se me ofreciera en la realidad. Y volvía a sentir la
-vergüenza y la tristeza que me había hecho experimentar. Por otra parte,
-su estado de casada privaba a mis sueños de la amable inocencia que
-otras veces tenían, los teñía de un matiz sombrío poco gustoso para la
-conciencia.
-
-Estas razones me determinaron a trabajar para alejarlos de mi mente.
-Procuré distraerme de tales imaginaciones, olvidar a la bella valenciana
-y recobrar la calma. Gracias a mis esfuerzos, y aún más, a mis prosaicas
-ocupaciones, no tardé en lograrlo. Mas al cruzar la costa de Levante, de
-vuelta de Hamburgo, cuando doblé el cabo de San Antonio y se extendió
-ante mi vista aquella campiña de suavidad incomparable que Valencia
-recoge y cierra con su huerta eternamente verde como un broche de
-esmeralda, la imagen de doña Cristina se me ofreció de nuevo más ideal,
-más seductora que antes; se apoderó de mi imaginación para no dejarla ya
-más.
-
-No sé cómo fué, pero al día siguiente de llegar a Barcelona, arreglados
-apresuradamente los negocios más precisos, confié el barco al segundo y
-me metí en el tren de Valencia. Llegué al oscurecer, me alojé en un buen
-hotel, comí, me vestí de limpio y acicalé con más pulcritud que lo había
-hecho en mi vida y salí a la calle en busca de la casa de Martí.
-
-Sólo entonces me di cuenta de la tontería que había hecho. Sabía bien
-que Martí me recibiría con los brazos abiertos, y aun agradecería mi
-visita; pero ¿qué pensaría de ella su esposa? ¿No recelaría que era
-interesada y se pondría en guardia? La idea de que pudiera sospechar que
-quería hacerle pagar con un galanteo molesto el servicio de Gijón me
-abochornaba. Estuve tentado a dar la vuelta al hotel, meterme en la cama
-y partir al día siguiente sin dar cuenta a nadie de mi estancia en
-Valencia. Sin embargo, un impulso irresistible me arrastraba a verla de
-nuevo. Un instante, tan sólo un instante, para grabar su imagen más
-profundamente en mi espíritu y después partir y soñar con ella toda la
-vida.
-
-Caminando a paso lento llegué a la plaza de la Reina, sitio el más
-céntrico y concurrido de la ciudad. La noche estaba serena, el ambiente
-tibio, los balcones abiertos; delante de los cafés, los parroquianos
-sentados al aire libre. ¡Y pensar que dejaba allá en Hamburgo a los
-pobres alemanes tiritando aún de frío! Sentéme debajo del toldo del
-_café del Siglo_, tanto para tranquilizarme como para dejar que en casa
-de Martí terminasen de cenar. Cuando calculé que ya era tiempo entré por
-la calle del Mar, que cerca de allí desemboca. Seguíla entre turbado y
-alegre, y me detuve delante del número que Martí me había indicado. Era
-una de las casas más suntuosas de la calle, elegante, de moderna
-construcción, con elevado piso principal y un ático de buen gusto
-encima. El portal grande, adornado de estatuas y plantas y esclarecido
-por dos mecheros de gas. Uno de los balcones estaba entreabierto y por
-él se escapaban en aquel momento las notas alegres de un piano.--¿Será
-ella quien lo toca?--me pregunté con emoción--. Gocé algunos instantes
-de aquella música y me acerqué al fin a la puerta. El portero llamó a un
-criado, el cual, enterado de que deseaba hablar con su amo para un
-asunto urgente, me hizo pasar al despacho. No tardó en presentarse
-Martí. ¡Qué grito de sorpresa! ¡Qué abrazo cordial me dió! Luego,
-llevándome por un corredor y hablándome en falsete para no privar de la
-sorpresa a su esposa, me empujó hacia la puerta de un gabinete donde
-había gente.
-
---Cristina, ahí tienes una mala persona.
-
-Estaba sentada al piano. Al oir la voz de su marido volvió la cabeza: su
-mirada se encontró con la mía. Apartóla instantáneamente y se volvió de
-nuevo hacia el piano, con la misma rapidez que si hubiera visto algo muy
-triste o espantable. Pero, dominándose, casi al mismo tiempo, se levantó
-y, avanzando hacia mí con sonrisa forzada, me tendió la mano diciéndome:
-
---Mucho gusto en verle, Ribot. Agradecemos infinito su visita....
-
-Yo tenía el corazón apretado y no pude menos de responderle con cierto
-despecho:
-
---No la agradezca usted. Ha sido casual. Tenía un asunto que evacuar en
-Valencia y por eso me hallo aquí.
-
-Martí me abrazó de nuevo riendo.
-
---Me encanta esa franqueza ruda de los marinos. Así se debe hablar.
-Fuera esas mentiras convencionales que a nadie engañan y sólo sirven
-para declararnos por farsantes. Lo importante es que le tenemos a usted
-aquí y que su visita nos causa un vivo placer.
-
-Luego, volviéndose a los circunstantes, añadió, no sin cierto énfasis:
-
---Señores, les presento al capitán del _Urano_. ¡No tengo más que decir!
-
-Se acercó a darme la mano un joven extraordinariamente flaco, de piel
-rugosa y tostada como si acabase de ejecutar largos y penosos trabajos
-al sol, prematuramente calvo, y de cuya boca pendía una pipa enorme
-atiborrada de tabaco. Vestía con elegancia, aunque poca curiosidad.
-
---Mi hermano político Sabas.
-
-Llegó después otro sujeto de la edad de Martí, poco más o menos, más
-alto que bajo, rubio, de bigote exiguo y sedoso, ojos azules de mirar
-firme y escrutador, pelo lacio y atusado con esmero. Vestía igualmente a
-la moda, pero con una pulcritud que contrastaba con la negligencia del
-otro.
-
---Mi íntimo amigo y socio D. Enrique Castell.
-
-Éstos eran los únicos hombres que allí había. En seguida me llevó
-delante de D.ª Amparo, que hacía _crochet_ sentada en un silloncito de
-raso encarnado; después me presentó a la señora de su cuñado, una
-mujercita regordeta, carirredonda, rubia, con ojos azules, que sentada
-en un diván tenía sobre el regazo un bastidor en que bordaba. A su lado
-estaba una jovencita de diez y seis o diez y siete años, cuyo rostro de
-corrección admirable, suave y nacarado ofrecía la misma expresión de
-tímida inocencia que las vírgenes de Murillo. Era hija de una señora de
-cabello blanco, nariz aguileña, fisonomía severa e imponente que estaba
-sentada al lado de una mesilla dorada, con un periódico en las manos.
-Martí me la presentó como su tía Clara, prima hermana de su madre
-política.
-
-Toda esta sociedad me acogió con extremada benevolencia, y muy
-particularmente doña Amparo, que con los ojos rasados de lágrimas me
-estrechó ambas manos fuertemente y me las retuvo largo tiempo hasta que
-el exceso de la emoción la obligó a soltarlas para llevarse el pañuelo a
-los ojos. En los primeros momentos la conversación versó sobre el
-percance de aquella señora. Se hicieron elogios de mi conducta, que me
-avergonzaron y pusieron inquieto, y se discutieron las causas que habían
-originado el suceso. El cuñado de Martí, con voz cavernosa y velada, tal
-vez por el abuso del tabaco, censuró agriamente la conducta de las
-autoridades de Gijón, que no tenían alumbrado de un modo conveniente el
-muelle. Respondí yo que los muelles estaban casi todos alumbrados de la
-misma manera por no hallarse originariamente destinados a paseo público,
-sino a la carga y descarga de las mercancías. Insistió él manifestando
-que de hecho en todas las ciudades marítimas los muelles constituyen un
-sitio de esparcimiento. Repliqué yo que en ese caso los paseantes debían
-de atenerse a las consecuencias. Martí vino a cortar la disputa
-preguntándome en qué hotel había dejado mi maleta para enviar por ella.
-En vano quise oponerme. Observé que mi negativa le molestaba, y al cabo
-consentí en ello tanto más cuanto que toda la familia se unió a él para
-rogármelo.
-
-Mientras tanto Cristina tecleaba al piano con mano distraída, hablando
-al mismo tiempo con su cuñada. Vestía una elegante bata suelta de color
-rojo, al través de cuyos pliegues quise adivinar que estaba encinta.
-Siempre que podía la miraba con intensa atención. Y como lo advirtiese,
-se mostraba inquieta, nerviosa y ponía empeño en que su mirada no
-tropezase con la mía.
-
-Martí salió a dar las órdenes oportunas para mi alojamiento. Su amigo y
-socio, que había guardado silencio, reclinado con negligencia en la
-butaca, una pierna sobre otra, se puso a hacerme preguntas sobre mis
-viajes, los fletes, las escalas y todo lo referente al comercio a que
-los buques de nuestros armadores se dedicaban. La plática adquirió todo
-el aspecto de un examen, porque Castell demostraba saber tanto o más que
-yo de tales asuntos; había viajado mucho, conocía dos o tres lenguas a
-la perfección y de sus viajes no sólo había sacado útiles conocimientos
-para los negocios comerciales, sino una muchedumbre de noticias
-etnográficas, históricas y artísticas que yo estaba lejos de poseer.
-Era un hombre realmente instruído, pero no pude menos de notar que le
-placía demasiado exhibir su ilustración, que redondeaba con esmero los
-períodos al hablar y se escuchaba, y que, sin faltar a la cortesía, no
-ocultaba el poco aprecio que hacía de las opiniones de los demás. En
-suma, aquel buen señor no me fué simpático, aunque reconociese las
-estimables cualidades de que estaba adornado. Tenía una voz clara,
-pastosa, de predicador, y accionaba grave y noblemente, lo cual le
-permitía lucir su mano, que era breve y bella y adornada de sortijas.
-
-Entró Martí de nuevo, y su tía Clara, sin abandonar el periódico, le
-interpeló:
-
---Vamos a ver, Emilio, ¿cómo han quedado los aceites? ¿No es cierto que
-han subido esta semana veinte céntimos?
-
---Sí, tía, tengo entendido que han subido y que subirán más aún.
-
---¡No podía menos!--exclamó en tono triunfal--. Se lo he anunciado a
-Retamoso el mes pasado y no me ha hecho caso. Es tozudo como buen
-gallego y de una vista tan corta para los negocios, que apenas ve más
-allá de sus narices. Si no me tuviese a su lado estoy persuadida de que
-muy pronto daríamos quiebra.
-
-La voz de aquella señora era vibrante, poderosa; su cabeza escultural se
-erguía con tanta altivez al hablar, su nariz aguileña se hinchaba y sus
-ojos parpadeaban de un modo tan imponente que en su presencia se creía
-uno transportado a los tiempos heroicos de la república romana.
-Cornelia, la madre de los Gracos, no pudo ser más severa y majestuosa.
-
-Martí tosió evitando responder, por no atreverse a llevar la contraria a
-su tía y no ofender tampoco a su tío.
-
---¿Y qué me dices de la baja del cacao?--prosiguió con el acento heroico
-que si hubiese preguntado a un cónsul por una legión sorprendida y
-deshecha por los galos.
-
-Martí se contentó con alzar los hombros.
-
---Aún tenía valor para negarme que estaba herido de muerte--añadió con
-creciente altivez--. Sólo a un hombre de criterio estrecho,
-completamente inepto para las especulaciones al por mayor, se le pudo
-ocultar. Así que vi llegar los vapores de Ibarra cargados de _guayaquil_
-me dije: «¡Alto! Este grano está de baja.»
-
---Sin embargo, el tío Diego suele saber dónde le aprieta el zapato--se
-atrevió a manifestar Martí.
-
---¡Ya lo creo! Detrás de un mostrador despachando queso y bacalao por
-cuarterones no tendría precio. Pero como negociante es un desdichado, y
-sólo porque yo me he tomado la molestia de pensar por los dos hemos
-podido llegar donde nos hallamos.
-
-En aquel momento apareció en la puerta un hombre bajo, regordete, de tez
-pálida, ojos pequeños y calvo, el cual saludó con acento marcadamente
-gallego.
-
---Buenas noches nos dé Dios.
-
---¡Hola, tío Diego!... ¡Adiós, Retamoso!...
-
-Doña Clara, cogida infraganti, convirtió de nuevo los ojos al periódico,
-sin perder por eso un átomo de su dignidad. Su marido, que por lo visto
-no había oído nada, fué dando la mano a los circunstantes, besó a su
-hija, y al llegar a ella le dijo con acento afectuoso:
-
---No leas de noche, mujer; ya sabes que te hace daño a los ojos.
-
-Doña Clara no le hizo caso. Retamoso, volviéndose a los circunstantes,
-profirió con profunda convicción:
-
---No puede estar ociosa jamás... Isabelita, hija mía, ruega a tu mamá
-que no lea. Ya sabes que le hace mucho daño... Cuando no lee, echa
-cuentas; cuando no echa cuentas, baja al almacén a tomar notas; cuando
-no toma notas, escribe cartas; cuando no escribe cartas, habla en inglés
-con la institutriz de los Ricarte... Es una cabeza privilegiada. No sé
-cómo puede hacer tantas cosas a la vez sin aturdirse ni cansarse...
-
-A D.ª Clara debió parecerle sospechoso el panegírico porque, en vez de
-agradecerlo y alegrarse, hizo un gesto de reina ultrajada.
-
---No me aturdo por tan poca cosa, querido, porque me he educado en otra
-forma que las mujeres de tu país. Si allí siguen hilando todavía al lado
-del fuego, en el resto del mundo desempeñan un papel algo más lúcido.
-Aquí está un marino--añadió señalándome--que ha viajado mucho y puede
-certificarlo.
-
-Yo me incliné murmurando algunas frases de cortesía.
-
---Pues así y todo no me prohibirás que admire tu talento--siguió
-Retamoso en tono exageradamente adulador.--¿No lo sabe todo el mundo en
-Valencia? ¿Voy a ser yo solo el que lo ignore o finja ignorarlo?...
-¡Cuántas mujeres hay que se han educado como tú y no son capaces, sin
-embargo, de hacer en un mes lo que tú haces en un día!
-
---Diga usted, Ribot--manifestó D.ª Clara dirigiéndose a mí, como si no
-oyese a su marido, el cual prosiguió murmurando frases lisonjeras,
-abriendo los ojos mucho y arqueando las cejas para expresar la
-admiración de que estaba poseído,--en tanto puerto como usted ha
-visitado ¿no ha encontrado mujeres con tanta o más aptitud que los
-hombres para los negocios?
-
---Algunas he conocido al frente de casas de comercio poderosas,
-guiándolas con bastante acierto, sosteniendo correspondencia en varios
-idiomas y llevando los libros con perfecta exactitud. Pero... le
-confieso ingenuamente que una mujer metida con placer en especulaciones
-industriales o inclinada a la política y los negocios se me figura una
-princesa que por gusto vendiese fósforos y periódicos por las calles.
-
---¿Cómo es eso?--exclamó D.ª Clara irguiendo su cabeza romana.--¿De modo
-que usted piensa que el papel de la mujer se reduce a ser un animal
-doméstico que el hombre acaricia o castiga a su antojo? ¿La mujer debe,
-por lo visto, vivir eternamente en completas tinieblas, sin estudiar,
-sin instruirse?
-
---Que se instruya si quiere--repliqué yo;--pero, en mi sentir, la mujer
-no necesita aprender nada, porque lo sabe todo...
-
---¡Eso! ¡eso!--interrumpió Retamoso con entusiasmo.--Esa ha sido siempre
-mi opinión... Isabelita--añadió dirigiéndose a su hija,--¿no te he dicho
-mil veces que tu mamá lo sabe todo antes de haberlo aprendido?
-
-Por los labios de Martí vi que vagaba una sonrisa. Cristina se levantó
-del taburete donde se hallaba sentada y salió de la habitación.
-
---No entiendo lo que usted quiere decir--manifestó D.ª Clara con cierta
-acritud.
-
---Las mujeres saben hacernos felices, haciéndose felices a sí mismas
-¿Qué otra sabiduría puede igualar a ésta en la tierra? Los trabajos de
-los hombres, las llamadas conquistas de la civilización tienden a
-realizar lenta y penosamente lo que la mujer ejecuta de una vez y sin
-esfuerzo, hacer más soportable la vida aliviando sus dolores. Siendo,
-como es, la depositaria de la caridad y de los sentimientos suaves y
-benévolos, guarda en su corazón el secreto de los destinos de la
-humanidad, y trasmitiéndolos por herencia y educación a sus hijos
-contribuye de un modo más seguro que nosotros al progreso.
-
---Eso es más galante que exacto--interrumpió Castell con su firmeza
-impertinente--. La mujer no es la depositaria del progreso, ni ha
-contribuído siquiera a él. Estudie usted la historia de las ciencias,
-las artes y las industrias, y no hallará un solo descubrimiento útil que
-se deba al ingenio o al trabajo de una mujer. Esto demuestra claramente
-que su cerebro es incapaz de elevarse a la esfera en que se mueven los
-altos intereses de la civilización. La mujer no es la depositaria del
-progreso; es únicamente depositaria de la forma y, como a tal, sólo
-deben exigírsele dos cosas: la salud y la belleza.
-
---Tendría usted razón--repliqué--si la única fase del progreso fuese la
-de los descubrimientos útiles. Pero hay otra a mi entender más
-importante; la fraternidad de los hombres, la ley moral. Este es el
-verdadero fin del mundo.
-
-Castell sonrió y sin mirarme dijo en voz baja:
-
---Con éste creo que son ya cincuenta y siete los fines que le conozco al
-mundo.--Y elevando la voz añadió:--He tratado a muchos hombres en la
-vida y puedo declarar que apenas uno se ha escapado de asignar al mundo
-su fin especial. Para los clérigos es el triunfo de la Iglesia; para los
-demócratas, la libertad política; para los músicos, la música, y para
-los bailarines, el baile... Y, sin embargo, el pobre mundo se contenta
-con existir, riéndose tal vez de tanto insensato como sucesivamente le
-va pisando.
-
-Hizo una pausa y se reclinó más cómodamente en la butaca. Me sentí
-picado por aquellas palabras, y sobre todo, por el tono desdeñoso con
-que fueron pronunciadas. Iba a replicar con energía, pero Castell anudó
-su discurso exponiendo su pensar tranquilamente en una serie de
-razonamientos encadenados con lógica y expresados en forma elegante y
-precisa. No pude menos de admirar lo variado de su erudición, su ingenio
-penetrante, y sobre todo, la claridad y gallardía de su palabra. Jamás
-vacilaba para buscar la precisa. Como esclavas sumisas todas las del
-Diccionario acudían a la lengua para expresar fácil y armónicamente su
-pensamiento.
-
-Sus teorías me parecieron extrañas y tristes. El mundo llevaba su fin en
-su existencia. La moral es una resultante de las condiciones especiales
-en que la vida se ha desenvuelto en nuestro planeta. Si el género humano
-se hubiese producido en las condiciones de vida de las abejas, sería un
-deber para las mujeres solteras el dar muerte a sus hermanos, como hacen
-las abejas obreras. Todas las manifestaciones de la vida, hasta las más
-altas, se hallan regidas por el instinto. El hombre virtuoso, lo mismo
-que el que llamamos perverso, se mueven por un impulso fatal de su
-naturaleza. La moral, que el hombre religioso mira como una revelación
-divina, no es más que una invención destinada a satisfacer tal o cual
-instinto.
-
-Realmente no me encontraba con fuerzas para contrarrestar
-victoriosamente sus atrevidas aserciones. Mi lectura era abundante, pero
-deshilvanada, como hecha más para entretenerme que para instruirme. Por
-otra parte, no habiendo cultivado jamás la expresión, porque mi
-profesión no lo exigía, tropezaba con grandes dificultades para emitir
-los pensamientos.
-
-Martí vino en mi ayuda cortando de un modo jocoso la discusión.
-
---¿A que no saben ustedes cuál es el destino de la mujer para mi cuñado
-Sabas?
-
-Todos le miramos, incluso el interesado.
-
---Pegar botones.
-
---No sé por qué dices eso--murmuró aquél de mal humor echando mano a la
-pipa.
-
---¿Que por qué lo digo? No hay en la Península un hombre a quien le
-caigan más botones que a ti. Todavía no se ha dado el caso de haber ido
-a tu casa y no hallar a Matilde cosiéndote alguno.
-
-Sabas masculló algunas palabras ininteligibles.
-
---Que lo diga ella--añadió Martí.
-
---Sí; se le caen bastantes--dijo la regordeta dama riendo.
-
-Pero su marido le dirigió una mirada severa y se puso colorada.
-
---Se le caen como a todo el mundo--interrumpió D.ª Amparo desde su
-silloncito de raso encarnado--. Los botones no son eternos, y creo que
-mi hijo no ha de ir hecho un Adán por no dar a los demás la molestia de
-que le cosan los botones.
-
-Dijo estas palabras con emoción, como si acabasen de acusar a su hijo de
-un delito.
-
---Aunque se le cayesen más que a todo el mundo la cosa tiene poca
-importancia y no merece que usted se ponga triste y se enfade con
-nosotros--repuso Martí.
-
---Me pongo triste porque parece que todos tenéis empeño en echar sobre
-mi hijo cualquier defecto. El pobre es bien desgraciado... El día que se
-muera su madre no tendrá quien le defienda...
-
-Profirió estas palabras con más emoción aún. Quise advertir con asombro
-que hacía pucheros para llorar.
-
---¡Pero mamá!--exclamó su yerno.
-
---¡Pero mamá!--exclamó su nuera.
-
-Ambos se mostraban pesarosos y consternados.
-
---Tal vez sea pasión de madre, hijos míos--siguió D.ª Amparo pugnando por
-no llorar--; pero no lo puedo remediar. Todos tenemos defectos en el
-mundo; pero una madre no puede ver los de sus hijos. Sufro horriblemente
-cuando cualquiera me los señala y mucho más cuando es una persona de la
-familia... ¡Me vienen a la imaginación unas ideas tan tristes! Se me
-figura que no os queréis... Creedme que moriría ahora mismo contenta si
-supiese que os queréis unos a otros tanto como yo os quiero...
-
-El exceso de la emoción la impidió proseguir. Dejó caer la labor sobre
-el regazo, apoyó la frente en una mano y quiso sufrir un medio
-desvanecimiento. Su hija política se apresuró a llevarle el frasco de
-las sales y se lo dió a oler. Martí también acudió con solicitud
-filial. Ambos la prodigaron mil atenciones afectuosas, deshaciéndose en
-excusas. Gracias a sus palabras cariñosas, a mi entender, más que al
-frasco de las sales, la sensible madre recobró todos sus sentidos. En
-cuanto los tuvo completos besó tiernamente en la frente a su nuera y
-apretó la mano de Martí, pidiéndoles perdón por haberles disgustado.
-
-Aunque conociese ya un poco el carácter y las manías de D.ª Amparo, no
-dejó de sorprenderme que Retamoso y su mujer, Isabelita y Castell apenas
-concedieron atención al incidente y continuaron hablando entre sí como
-si nada ocurriese. Sabas, el causante de la desazón, fumaba
-tranquilamente su pipa.
-
-Así que hubo serenado a su suegra, Martí me invitó a salir con él del
-gabinete para mostrarme la habitación que me habían destinado. Era
-lujosa y elegante, excesivamente lujosa para mí, que toda la vida la
-había pasado en las estrecheces del camarote o en nuestra modesta
-vivienda de Alicante. Cuando llegamos, una doncella estaba haciendo mi
-cama bajo la inspección de la señora. Al entrar, sin ser oídos, ésta
-aplanchaba con sus manos delicadas el embozo de las sábanas. Nuestros
-pasos le hicieron levantar la cabeza y, como si la hubiesen cogido
-_infraganti_ de un delito, se turbó, dejó la tarea y dijo a la doncella
-con acento malhumorado:
-
---Bueno, siga usted ya ver si concluye pronto.
-
-Iba a salir, pero su marido la detuvo tomándole una mano.
-
---¿Has dado orden para que traigan café frío y _cognac_?
-
---Sí, sí, Regina queda encargada de todo--respondió con alguna
-impaciencia, tirando de la mano y marchándose.
-
-Yo saboreé aquella vergüenza con mal disimulado regocijo. Salimos de
-nuevo al corredor y dije a Martí por hablar y también por curiosidad:
-
---Parece que D.ª Amparo se ha disgustado un poco.
-
---¡Ha visto usted!--exclamó riendo del modo franco y cordial que le
-caracterizaba--. Cualquier cosa la altera. ¡Es más buena la pobre!... Yo
-la quiero como si fuese mi madre. Todo su afán es que nos amemos. Es tan
-sensible que la más mínima señal de indiferencia, el menor descuido la
-hiere profundamente y hasta la hace enfermar. Por eso, aunque andamos
-todos vigilantes y atentos con ella, no basta. Figúrese usted que yo he
-tomado la costumbre de besarla antes de ir a acostarme. Pues si un día
-se me olvida por casualidad, la pobre señora no duerme pensando si
-estaré enojado con ella, si me habrá ofendido sin saberlo, y por la
-mañana me echa unas miradas tímidas, angustiosas, que yo no entiendo;
-hasta que mi mujer me explica el enigma, me río y voy a desagraviarla.
-
-Cuando tornamos al gabinete, los tertulios estaban en pie y
-despidiéndose. Castell me tendió su mano linda, ensortijada, con el
-desembarazo frío de los hombres de mundo, celebrando haberme conocido,
-etc. Sabas y su esposa se mostraron muy afectuosos. D.ª Clara,
-majestuosa y severa, me dió las buenas noches sin mentar a Júpiter ni a
-Pólux ni a ninguna otra divinidad del paganismo, lo cual me sorprendió.
-Retamoso aprovechó un momento de confusión para decirme medio en
-gallego:
-
---Puede que usted tenga razón, señor de Ribot, y que las mujeres no
-sirvan para los negocios. Pero la mía es una excepción, ¿sabe?... ¡Oh!
-¡Una maravilla! Ya tendrá usted ocasión de convencerse, ¡Una verdadera
-maravilla! ¡Phs!...
-
-Y arqueaba las cejas y ponía los ojos en blanco, como si tuviera delante
-de sí el Himalaya o las pirámides de Egipto.
-
-Cristina los despedía en lo alto de la escalera con la gravedad amable
-que tan bien sentaba a su rostro interesante. Yo no tenía ojos más que
-para ella. D.ª Amparo besaba a todo el mundo, besaba a su hijo, a su
-nuera, a doña Clara, a Isabelita y hasta a Retamoso. Si no le dió un
-beso a Castell, creo que fué más por vergüenza que por falta de ganas.
-
-Nos quedamos solos al fin los cuatro. Para prolongar un poco más la
-velada supliqué a Cristina que tocase al piano algún trozo de ópera.
-Móstrose complaciente y, sin responderme, se sentó en el taburete,
-tecleó ligeramente un momento y comenzó a cantar a media voz la serenata
-del _Don Juan_ de Mozart. Como no le conocía esta habilidad, mi sorpresa
-fué grande, pero mayor aún mi gozo. Era la suya una voz, dulce y grave a
-la par, de contralto. La música de los grandes maestros tiene el
-privilegio de conmovernos siempre; pero cuando la transporta a nuestra
-alma la voz de la mujer que se adora, entonces parece en realidad un
-acento escapado del cielo. Gocé algunos minutos una dicha imposible de
-explicar. Mi ser se transformaba, se engrandecía, temblaba de amor y de
-alegría. Cuando las últimas notas del gracioso acompañamiento se
-extinguieron, quedé sumido en éxtasis delicioso, sin darme cuenta de
-dónde me hallaba.
-
-Martí me sacó de él bruscamente.
-
---Vaya, vaya, a descansar. El capitán se está durmiendo.
-
-Nos levantamos todos. D.ª Amparo se retiró a su habitación, no sin que
-Martí le besase antes la mano, haciéndome al mismo tiempo un guiño
-malicioso.
-
---Si usted necesita algo--me dijo Cristina--no tiene más que sonar el
-timbre.
-
-Y sin darme la mano me deseó una buena noche. Martí me acompañó hasta el
-cuarto y se despidió bromeando afectuosamente.
-
---Si es que usted no puede dormir sin el olor de la brea, capitán,
-mandaré traer un pedazo y lo quemaremos.
-
-Cuando me hallé sólo, todas las impresiones de la noche se desprendieron
-de mi corazón como pájaros prisioneros y comenzaron a revolotear en
-torno confusamente. ¿Por qué estaba allí? ¿Qué pretendía? ¿En qué iba a
-parar aquello? La acogida cariñosa de esta noble familia me conmovía; la
-franqueza cordial de Martí me llenaba de confusión y vergüenza; pero la
-figura gentil de Cristina se alzaba delante de mí adorable,
-deslumbradora, borrando todo lo demás. La idea de estar tan próximo a
-ella cuando ya me había resignado a no verla más me inundaba de
-felicidad.--¿En qué pararía aquello?--volvía a repetirme.--Al fin me
-dormí besando el embozo de la sábana, que sus manos habían tocado.
-
-[imagen: una barra decorativa]
-
-
-
-
-V
-
-
-Acostumbrado a madrugar, me levanté primero que nadie en la casa y salí
-a dar un paseo por la ciudad. Muchas veces había estado en ella y
-siempre me impresionó gratamente la animación sin ruido enfadoso de sus
-calles, su cielo sereno, su perfumado ambiente. ¡Cuán distintas, no
-obstante, habían sido aquellas impresiones de la sensación que ahora
-experimentaba!
-
-La hermosa ciudad levantina despertaba. El pueblo comenzaba a discurrir
-por las calles; abríanse los balcones y algunos rostros blancos,
-nacarados, ornados de magníficos ojos árabes, se asomaban por detrás de
-las macetas. La huerta le enviaba, como saludo matinal, un soplo cargado
-de los aromas de sus claveles y alelíes, de sus malvarrosas y jacintos;
-el mar, brisa fresca y saludable; el cielo, los efluvios de luz radiosa.
-Valencia despertaba y sonreía a su huerta de flores, a su mar y a su
-cielo incomparables. Aquella situación privilegiada me hizo pensar en la
-Grecia antigua; y al ver cruzar a mi lado los rostros alegres, serenos,
-inteligentes de sus habitantes, me apetecía repetirles las famosas
-palabras de Eurípides a sus compatriotas: «¡Oh hijos amados de los
-dioses bienhechores! Vosotros recogéis en vuestra patria sagrada y jamás
-conquistada la gloriosa sabiduría como fruto de vuestro suelo, y
-marcháis perpetuamente con dulce satisfacción en el éter radioso de
-vuestro cielo.»
-
-Dudo, sin embargo, que ningún griego o valenciano haya estado jamás tan
-contento como yo lo estaba ahora. Pero como todo instante alegre en la
-vida tiene aparejado y listo para entrar en fila otro triste, al llegar
-a casa experimenté el disgusto de no ver a Cristina. Martí y yo nos
-desayunamos solos en el comedor y supe de él que su esposa ya lo había
-hecho y se hallaba en su cuarto. ¡Qué hombre tan alegre y cariñoso aquel
-Martí! Lo mismo que si fuésemos amigos de toda la vida comenzó a
-hablarme de su familia, amigos, trabajos y proyectos. Estos eran
-innumerables: tranvías, reforma del puerto, ferrocarriles, ensanche de
-calles, etc. No pude menos de pensar que para llevarlos a cabo se
-necesitaba, no sólo enorme capital, sino una actividad sobrehumana.
-Martí parecía poseerla. A la sazón, además del tráfico de los vapores,
-que casi marchaba por sí mismo y le robaba poco tiempo, tenía en
-explotación unas minas de calamina en Vizcaya, en construcción algunas
-carreteras en diversas provincias y la apertura de pozos artesianos en
-Murcia. En esto último había consumido ya un caudal sin obtener grandes
-resultados; pero estaba seguro de lograrlos. "En cuanto tenga agua,--me
-dijo riendo--pienso venderla por copas como el Jerez." Se expresaba de
-un modo rápido, incoherente algunas veces, pero siempre insinuante,
-porque ponía toda su alma en cada palabra.
-
-Contrastaba su expresión confusa y vehemente con la de su amigo y socio
-Castell, tan firme, tan clara, tan acicalada. Hablamos de él, y Martí se
-deshizo en elogios de su persona. No había, al parecer, en el mundo
-hombre más instruído, ni ingenioso, ni recto. Todo lo sabía; las
-ciencias no tenían secretos para él; el planeta no guardaba rincón que
-él no hubiera explorado. Era peritísimo además en materia de artes
-plásticas y poseía una colección de cuadros antiguos, adquiridos en sus
-viajes, famosa en España y en el extranjero.
-
---Pero... Castell es un teórico, ¿sabe usted?--concluyó por decirme
-guiñando un ojo--. Somos dos naturalezas opuestas y acaso por esto somos
-tan amigos desde la infancia. A él le ha dado siempre por estudiar el
-fondo y la razón de las cosas, por la filosofía, por la estética. Yo no
-entiendo nada de eso. Tengo un temperamento esencialmente práctico... Y
-si usted no lo achacase a jactancia, me atrevería a decir que en España
-hacen más falta los hombres útiles que los filósofos. ¿No le parece que
-hay plétora de teólogos, oradores y poetas? Si queremos colocarnos a la
-altura de los demás países de Europa es necesario pensar en abrir vías
-de comunicación, construir puertos, montar industrias, explotar minas.
-En mi esfera modesta he hecho cuanto he podido por el progreso de
-nuestro país, y si no hago más--añadió riendo--, crea usted que no es
-por falta de voluntad, sino por la ausencia de metales preciosos.
-
---¿Y Castell es socio de usted en esas empresas?--le pregunté.
-
---No; no estamos asociados más que en la línea de vapores... Es un
-hombre a quien marean los números. Es rico y quiere disfrutar
-tranquilamente de su fortuna. Pero aunque no se mete en negocios, cuando
-hace falta dinero lo facilita sin vacilar, porque tiene plena confianza
-en mí.
-
---Parece que esa inclinación a los negocios es de familia. Su tía Clara
-también participa del mismo temperamento--le dije para satisfacer la
-curiosidad que me aguijoneaba desde la noche anterior.
-
---Mi tía Clara es una mujer notabilísima... un gran talento... Pero
-creo, sin que esto sea hablar mal de ella, que el alma de la casa, quien
-los ha hecho ricos, es su marido... ¡Oh, el tío Diego se pierde de
-vista! No hay comerciante más hábil ni con más trastienda en toda la
-costa de Levante. Lo que a él se le pierda crea usted que no me bajaría
-a cogerlo.
-
---Pues, según me ha dado a entender él mismo, parece que es su señora
-quien le ilumina en los casos difíciles, quien realmente lleva el timón
-de los negocios.
-
---Sí, sí--respondió Martí sonriendo, un poco cortado--. No dudo que mi
-tía Clara le dé algún buen consejo; pero no los necesita... En Valencia
-le tienen por socarrón... Es posible que haya algo de verdad. Ya conoce
-usted a los gallegos...
-
-Tosió para disimular su embarazo y procuró cambiar de conversación. Ya
-había podido advertir que le repugnaba verse obligado a murmurar. Sólo
-se hallaba en terreno firme cuando elogiaba, y lo hacía con tal fuego,
-que parecía gustar un placer singular en ello. Rara y preciosa cualidad
-que lo hacía cada vez más estimable a mis ojos.
-
-Terminado el desayuno, pretextando mis ocupaciones, le dejé ir a las
-suyas y salí de nuevo a la calle. No tardé en tropezar con Sabas en una
-de las más concurridas. Me pareció más tostado aún y más negro que por
-la noche. Me saludó con gravedad y cortesía y, después de dar algunas
-vueltas juntos, me instó a acompañarle a su casa, pues necesitaba
-mudarse de ropa. Me sorprendió esta necesidad, pues no le veía mojado ni
-sucio. Más adelante pude averiguar que tenía por costumbre cambiar de
-traje tres o cuatro veces cada día, siguiendo la pragmática de la
-elegancia cortesana.
-
-Mientras caminábamos hacia su casa, que no estaba lejos de la de su
-cuñado, me enteró de que poseía una colección de bastones y otra de
-pipas, cosa muy notable. Al parecer, era una de las curiosidades más
-dignas de visitarse en la ciudad, y con amabilidad, que agradecí mucho,
-se brindó a mostrármerlas. Habitaba una casa pequeña y agradable. Salió
-a abrirnos su señora, a quien dijo, lacónicamente:
-
---Vengo a mudarme.
-
-Llegamos a su cuarto, e inmediatamente procedió a abrir los armarios
-donde guardaba los bastones. Eran muchos, en efecto, y muy variados, y
-los exhibía con un placer y un orgullo que me llenó aún más de asombro
-que su número y variedad.
-
---Vea usted este _palasan_; tiene cuarenta y dos nudos. Ha tenido
-cuarenta y tres; pero fué necesario quitarle uno, porque era demasiado
-largo... Mire usted este otro... palo de violeta; huele frotándolo.
-Huela usted... Este es de carey... Esta es una caña blanca legítima. Me
-la trajo el capitán de uno de los vapores de mi cuñado...
-
-Se entreabrió la puerta del gabinete y apareció una cabecita rubia.
-
---Papá, mamá no nos deja venir a darte un beso.
-
---Hace bien; ahora estamos ocupados--respondió con solemnidad el padre,
-despidiendo al niño con un gesto.
-
-Pero yo había acudido a la puerta y besé con placer aquella cabecita
-rubia. Era un niño precioso de seis o siete años. Detrás de él venía
-otro más pequeño, rubio también, y cerrando la marcha una niña como de
-tres a cuatro años, morena, con grandes ojos y cabellos negros rizados.
-No había visto nunca criaturas más hermosas. A todos los acaricié con
-efusión, y muy especialmente a la niña, cuyos ojos aterciopelados eran
-una maravilla. Pero ellos se mostraban tímidos y, sin atender a mis
-preguntas, miraban a su padre con recelo. El rostro de éste expresaba
-severidad y disgusto. Parecía ofendido de que yo hallase más notable la
-colección de sus niños que la de los bastones. Los besó por compromiso,
-y cuando su esposa vino corriendo a buscarlos, le dijo ásperamente:
-
---¿Por qué les has dejado entrar estando ocupado?
-
---Se escaparon mientras fuí a sacarte una camisa--respondió ella
-humildemente.
-
-Y empujando a los chicos los echó fuera de la habitación. Después se
-sentó esperando que su marido terminase de exhibirme los bastones.
-
-Concluyó al fin, y yo, sabiendo que le lisonjeaba, hice mil
-ponderaciones de su colección, lo que agradeció profundamente. Pidióme
-después licencia para vestirse delante de mí. Su esposa comenzó a
-maniobrar como el más consumado y también el más abatido ayuda de
-cámara. Le puso la camisa; le puso la corbata, se arrojó al suelo para
-abrocharle los botones de las botas. El feliz marido se dejaba vestir y
-acicalar con grave continente, mientras charlaba conmigo de los bastones
-y las pipas, cuyas colecciones eran, al parecer, el fin y el orgullo de
-su existencia. De vez en cuando dirigía alguna breve represión a su
-humillada esposa:
-
---No aprietes tanto... Menos barniz y más cepillo a las botas... Di a
-la muchacha que tenga cuidado de no embadurnar los botines... No quiero
-esta corbata, tráeme una de plastrón.
-
-Pero al encontrarse con que le faltaba un botón en el chaleco quedó mudo
-de estupor.
-
-Clavó en su esposa una mirada tan severa que la hizo enrojecer.
-
---No sé cómo se me pasó--balbució ella--. Lo eché de menos al limpiar la
-ropa... Lo dejé apartado para pegarlo...; pero me llamaron en la
-cocina... y cuando vine, al cabo de una hora, se me olvidó.
-
---Nada, nada, no he dicho nada. ¿Qué importa un botón más o
-menos?--profirió él con sonrisa sarcástica.
-
---Ya comprenderás que una distracción la tiene cualquiera.
-
---¡Si no he dicho nada, mujer! ¿Quién te hace cargo alguno? Un botón...
-Un botón... ¿Qué significa un botón comparado con un ratito de charla
-agradable con la planchadora?
-
---¡Pero, hombre, por Dios; no seas así!--profirió ella con angustia.
-
---¿Te he dicho algo?--gritó él entonces con furia.
-
-Matilde calló y se puso a pegar el botón.
-
---¿Cómo he de ser, di?--siguió él con igual furor.
-
-La esposa no levantó la cabeza.
-
-Sabas, entonces, dejó escapar varios resoplidos, entreverados de
-palabras incoherentes y acompañados de un aspero crujir de dientes que
-la sonrisa sarcástica que contraía sus labios hacía aún más lúgubre y
-temeroso.
-
-Mas con esfuerzo heroico consiguió pronto serenar su espíritu. Encerró
-los vientos, aplacó las olas y me dijo, amablemente:
-
---Es necesario, Ribot, que usted coma paella hoy. Ya se lo he dicho a
-Cristina. Tiene una cocinera mi hermana que guisa como un ángel.
-
-Callé un momento, admirado y aun sobrecogido por tal grandeza de alma,
-y, al fin, respondí que tendría placer en dar testimonio de su
-habilidad.
-
-Matilde concluyó de pegar el botón. Al levantar la cabeza pude observar
-en sus ojos algunas lágrimas.
-
-Sabas dió la señal de marcha; pero antes envió a su señora en busca de
-los guantes, del bastón, del pañuelo; se hizo impregnar de esencia con
-un perfumador y dar la última cepilladura a las botas y algunos toques
-de peine a los bigotes. Matilde giraba en torno suyo como una mariposa,
-arreglándole la ropa y la corbata y el sombrero con sus manos blancas y
-regordetas. Se le había pasado el disgusto. Parecía alegrísima y miraba
-y remiraba por todos lados a su marido con orgullo. Y cuando él, para
-despedirse, le tomó la barba entre los dedos con ademán indiferente y
-protector, sus ojos brillaron con tal radiosa expresión de triunfo que
-parecía transportada al cielo.
-
-En el pasillo nos salieron al encuentro los tres niños, que quisieron
-lanzarse a su padre para besarle; pero éste les detuvo con gesto
-amenazador:
-
---¡No! Ahora no puede ser... Me vais a llenar de baba.
-
-Yo, que no tenía miedo alguno a ser manchado, los besé con placer,
-queriendo indemnizarles de aquel disgusto. ¡Vano empeño! Se dejaban
-acariciar por mí indiferentes, siguiendo con los ojos a su elegante y
-despegadísimo papá.
-
-Matilde nos despidió desde lo alto de la escalera, sin tener tampoco
-ojos más que para su marido. Advirtiendo que el cuello de la camisa no
-se le veía bien a causa de la levita, bajó precipitadamente a
-levantárselo, y aprovechó la ocasión para darle algunos otros toquecitos
-con los dedos al bigote.
-
-Eran las once de la mañana. Las calles rebosaban de gente. El sol
-brillaba en el cielo con todo su esplendor. Respirábase un ambiente
-perfumado, acusando que nos hallábamos en la ciudad de las flores. A
-cada paso tropezábamos con domésticas, llevando entre las manos grandes
-ramos y canastillas de ellas que sus amos enviaban de regalo a los
-amigos. En Valencia, las flores constituyen un obsequio tan general y
-sencillo que el envío de ellas equivale a un saludo. Al contemplar
-aquella profusión de rojos claveles, de rosas, de azucenas, que
-alegraban los ojos y embalsamaban el aire, no pude menos de decirme:
-«¡Dichosa ciudad donde tan precioso regalo significa tan poco que puede
-hacerse todos los días!»
-
-De buena gana me hubiera paseado por las calles hasta la hora de comer;
-pero Sabas se creyó en el deber de invitarme a tomar un aperitivo y
-entramos en un café de la plaza de la Reina.
-
-Mientras paladeábamos una copa de _vermouth_, Sabas se mostró locuaz y
-expansivo, pero sin deponer su natural gravedad. Hablóme de su familia y
-amigos. Observé pronto que poseía un temperamento analítico de primer
-orden, vista penetrante y seguro instinto para ver el lado flaco de las
-personas y las cosas.
-
-Su hermana era una mujer discreta, cariñosa, de intención recta y
-noble...; pero tenía un carácter demasiado adusto, se complacía en
-llevar la contraria, faltando algunas veces a la cortesía, carecía de
-flexibilidad, de cierta dulzura absolutamente necesaria a la mujer; en
-fin, aunque bondadosa en el fondo, no se hacía amar. Bien hubiera
-querido protestar contra tal absurda afirmación. Precisamente su
-carácter tímido y resuelto, al mismo tiempo y su esquividez un poco
-salvaje, eran las cualidades que más me habían enamorado. Me abstuve, no
-obstante, de hacerlo por razones de prudencia.
-
-Su cuñado era un infeliz, hombre trabajador, generoso, inteligente en
-los negocios... pero absolutamente incapaz para el conocimiento de las
-personas. Todo el mundo le engañaba y le explotaba. Luego, de un
-temperamento tan versátil que apenas emprendía cualquier negocio con
-gran fuego ya estaba cansado de él y pensando en otro. Esta
-circunstancia le había hecho perder mucho dinero. Las empresas en que se
-había metido no podían contarse: algunas de ellas serían muy
-beneficiosas si hubiera persistido; mas apenas tropezaba con las
-primeras dificultades, se abatía y las abandonaba. Sólo había mostrado
-constancia cuando cabalmente no la necesitaba: en los pozos artesianos.
-¡Cuánto dinero llevaba ya enterrado aquel hombre en este funesto
-negocio! El único que realmente le había salido bien era el de los
-vapores, y ése no lo había emprendido él, lo había heredado de su
-padre.
-
-Su amigo Castell poseía muchos conocimientos, se expresaba
-admirablemente y era inmensamente rico... pero no tenía pizca de
-corazón. Jamás había profesado cariño a nadie. Emilio se equivocaba de
-medio a medio pensando que le pagaba la adoración apasionada, fervorosa
-que por él sentía. "Pero no hay que tocarle este punto porque reñiría
-usted con él, como yo he reñido varias veces. En cuanto salga en la
-conversación el nombre de Castell, es necesario abrir la boca, poner los
-ojos en blanco y caer en éxtasis, como si apareciese una divinidad del
-Olimpo. Castell conoce esta debilidad de mi cuñado, se da tono con ella
-y la aprovecha. Por lo demás, el día que necesite de él ya verá qué caso
-le hace".
-
---Pues Martí me ha dicho que le facilitaba dinero para sus negocios
-cuando lo necesitaba--apunté yo.
-
---Sí, sí--contestó riendo sarcásticamente--, no dudo que le facilitará
-dinero; pero todos sabemos en Valencia cómo pararán estas liberalidades.
-
-No quise hacer más preguntas. Eran interioridades de familia que no se
-debían sonsacar. Sabas prosiguió:
-
---Además es un hombre vicioso, inmoral. Está enredado hace años con una
-mujer y tiene de ella ya varios chicos; pero esto no es obstáculo para
-que traiga alguna querida siempre que hace un viaje al extranjero. Se
-le han conocido ya tres, una de ellas griega, ¡hermosa mujer! Las tiene
-una temporada y luego las despide como a un lacayo que no le sirve.
-Esto, como usted comprende, en una capital de provincia constituye un
-escándalo... pero como se llama D. Enrique Castell y tiene ocho o diez
-millones de pesetas, nadie se da por ofendido: los curas y los canónigos
-y hasta el obispo le quitan el sombrero de una legua.
-
---También me han dicho que son ricos sus tíos los señores de Retamoso.
-
---¡Oh, no! Esa es una fortuna mucho más modesta que se cuenta por miles
-de duros, no por millones... Pero todo ha sido ganado a pulso, ¿sabe
-usted? peseta a peseta detrás de un mostrador primero y luego de un
-escritorio.
-
---Su tía Clara, al parecer, es una señora de mucho entendimiento para
-los negocios.
-
-Sabas soltó una carcajada.
-
---¡Mi tía Clara es una imbécil! No ha servido en toda su vida más que
-para hablar en inglés con las institutrices y pasear su nariz borbónica
-por la Glorieta y la Alameda. Pero mi tío Diego es el gallego más fino
-que ha nacido en este siglo. Se ríe de su mujer y es capaz de reirse de
-su sombra. No le considero capaz para las grandes empresas, no tiene,
-como ahora se dice, el genio de los negocios; pero yo le aseguro que
-para los que trae entre manos, que son generalmente de poca monta, no se
-ha conocido ni pienso se conocerá en mucho tiempo hombre más avispado.
-
-Prosiguió de esta suerte mi elegante amigo haciendo el estudio de su
-familia con crítica implacable, pero sensata, graciosa también a veces.
-Pasó después a hablar de su ciudad natal, y hallé igualmente finas y
-atinadas sus observaciones acerca del carácter de los valencianos, de
-sus costumbres, de la política y la administración que regían en la
-provincia. Confieso que me había equivocado. Lo tomé a primera vista por
-un currutaco, un joven evaporado y frívolo. Resultaba ser hombre de buen
-entendimiento, observador e ingenioso, aunque un poco exagerado en el
-análisis y bastante severo.
-
-Salimos del café, y antes de acercarnos a casa dimos otra vuelta por las
-calles. Natural como soy de la costa de Levante, hijo de marino y marino
-también, el aspecto de la gran ciudad mediterránea ejercía sobre mí una
-seducción particular. Las calles estrechas, tortuosas, pero aseadas,
-donde se encuentran comercios de gran lujo, el número crecido de
-vetustas casas de piedra de artística fachada pertenecientes a las
-nobles familias que la hicieron famosa y respetada en todo el mundo; sus
-_Torres de Serranos_, entre cuyas almenas se cree aún percibir la
-silueta del caballero; sus puentes de sillería; la Lonja, cuyo salón, de
-excepcional grandeza y hermosura, cobijó a los negociantes más opulentos
-de España; el bullicioso mercado al aire libre próximo a ella, todo
-manifiesta, a par que sus tradiciones mercantiles, la antigua y opulenta
-capital; todo me hablaba de la grandeza de mi raza.
-
-Pedí a mi compañero que me guiase al mercado de flores. No tardamos en
-penetrar en un cobertizo de hierro donde a un lado y a otro, dejando
-paso por el medio, se veía una muchedumbre de mujeres de rostro pálido y
-ojos negros exhibiendo su mercancía: claveles, azucenas, rosas, lirios,
-malvarrosas y jazmines. La animación era grande en aquel pequeño
-recinto. Las damas con su rosario y libro de misa en las manos,
-plantadas delante de las vendedoras, examinaban con ojo inteligente el
-género, regateando infinitamente antes de decidirse a comprar. Los
-caballeros encargaban ramos y canastillas, dando instrucciones prolijas
-para su construcción. Hasta las humildes criadas y menestralas se
-acercaban con paso precipitado a los puestos, tomaban un puñado de
-flores, colocaban algunas en la cabeza, y dejando una ínfima moneda de
-cobre, se marchaban alegremente con las otras en la mano a proseguir sus
-rudas tareas. ¡Con qué entusiasmo las iban contemplando aquellas
-_filletas_! ¡Con qué placer aspiraban su fragancia!
-
-Al pasar por delante de los puestos observé que la mayor parte de las
-vendedoras saludaban a mi amigo por su nombre, le dirigían sonrisas
-amables y le preguntaban si no tenía algún encargo que hacerles.
-
---Es usted popular en el mercado--le dije, riendo.
-
---Soy un buen parroquiano nada más--me respondió con modestia.
-
-Y poniéndome después la mano sobre el hombro, me empujó hacia una de las
-puertas, donde, algo retirados y medio ocultos entre el follaje, nos
-situamos.
-
---Este es punto estratégico--me dijo--; verá usted cuántos talles
-salados desfilan en cinco minutos por aquí.
-
-En efecto, las damas que entraban por la otra puerta, después de hacer
-sus compras o encargos, salían por ésta; cruzaban a nuestro lado,
-rozándonos con su vestido. Para todas tenía un requiebro, una palabrilla
-amable mi compañero. Bastantes de ellas le conocían y le saludaban;
-algunas se quedaban un instante paradas, respondiendo con gracioso
-tiroteo a sus frases galantes. Me sorprendía la desenvoltura con que
-aquel hombre, siendo casado y sabiéndolo todo el mundo, requebraba a
-las mujeres, y aún más, que éstas aceptasen sus galanterías sin reserva.
-
-Muchos rostros hermosos he visto en los diversos países donde mi vida
-errante me ha llevado; pero nunca en tal profusión, tan finos, tan
-delicados, de una trasparencia de ópalo, de una pureza tan exquisita
-como ahora. Luego, ¡qué ojos! El alma volaba tras de su negrura y
-misterio ansiando anegarse en un sueño feliz. Ojos dulces, voluptuosos,
-impenetrables que parecen guardar al mismo tiempo el amor y la muerte.
-
-Por entre las cabezas de la muchedumbre llegó hasta mí el relámpago de
-una mirada. ¡Era ella, sí, era ella! Aunque quedase oculta entre la
-gente, yo sabía que era ella y que se acercaba. Mi corazón comenzó a
-latir con violencia. A los pocos instantes apareció. Vestía traje de
-seda negro con mantilla: en una mano traía el libro de misa y el rosario
-anudado a la muñeca en forma de brazalete; en la otra, un puñado de
-claveles. Venía con su prima Isabelita y acompañadas ambas de Castell.
-No puedo explicar la impresión que me causó este hombre en aquel
-momento. El corazón se me apretó como a la vista de un peligro y la vaga
-antipatía que por la noche me había inspirado se transformó súbito en
-odio. La violencia con que nació en mí este sentimiento me sorprendió;
-pero no quise confesarme la causa. Traté de refrenarlo y me esforcé
-cuanto pude por aparecer amable y despreocupado.
-
-Se detuvieron sorprendidos delante de nosotros. Castell e Isabelita nos
-felicitaron por el buen sitio que habíamos elegido.
-
---¡Qué no sabrá este pícaro tratándose de galanteo!--manifestó la hija
-de Retamoso dándole un golpecito en el hombro con su libro.
-
-Y luego que hubo soltado la frase se ruborizó como una amapola.
-
---Vaya, prima--respondió Sabas--, ya sabes que por lo menos a tí no te
-he galanteado nunca. Pero estamos a tiempo. Te estás poniendo tan linda
-de algún tiempo a esta parte que voy a olvidar los lazos de familia.
-
-Isabelita se ruborizó aún más, cosa que parecía imposible. Sabas
-insistió en sus requiebros. Castell vino en su ayuda. Mientras tanto,
-Cristina se hacía la distraída mirando a un lado y a otro: yo adivinaba
-que era por no tropezar con mis ojos. Sabas se fijó en ella y le dijo:
-
---Hermanita, ¿a que no eres capaz de ponerme uno de esos claveles en el
-ojal?
-
---¿Por qué no?--repuso ella.
-
-Y entregando el libro a su prima, escogió el más hermoso y grande y se
-lo colocó donde pedía.
-
-Por impulso irreflexivo y con una osadía que había perdido ya con
-aquella mujer dije entonces:
-
---¿Y para los demás no hay nada?
-
---¿Quiere usted?--me preguntó alargándome uno sin mirarme.
-
---No; quiero el honor de que usted me lo coloque en el ojal--repuse con
-firmeza.
-
-Quedó un instante suspensa; hizo después algunos movimientos que
-revelaban su indecisión; por último, tomó al azar otro clavel y
-precipitadamente me lo puso también. Creí advertir (ignoro si fué
-ilusión) que sus manos temblaban al hacerlo. ¡Oh Dios, con qué placer
-las hubiera besado!
-
---¿Y yo no entro en turno?--dijo entonces Castell inclinándose con
-amable sonrisa.
-
---¡Ea, basta ya de clavelitos!--replicó ella con mal humor saliendo por
-la puerta.
-
---He llegado tarde--murmuró el banquero algo confuso.
-
---¿Quiere usted uno mío?--le preguntó tímidamente Isabelita.
-
---¡Oh, con placer infinito!
-
-Y se inclinó rendido, sonriente, gozoso al parecer, mientras la niña le
-prendía el clavel en la levita. No obstante, comprendí que estaba
-despechado.
-
-Seguimos todos a Cristina, y su prima se emparejó con ella, marchando
-detrás Sabas, Castell y yo. Pero no habíamos andado muchos pasos cuando
-aquél detuvo a una linda menestrala y se quedó diciéndole chicoleos.
-Castell y yo le aguardamos un momento; pero viendo que no tenía trazas
-de concluir, le dejamos para seguir a las damas.
-
---Este cuñado de Martín--dije a mi compañero--me parece un muchacho de
-entendimiento despejado.
-
---Es un crítico--respondió Castell lacónicamente.
-
---¿Cómo un crítico?--pregunté yo sorprendido.
-
---Sí; está dotado admirablemente para ver el lado débil y el fuerte de
-las cosas, para pesar y medir, para comparar, para penetrar en los
-laberintos de la conciencia... Pero estas facultades se devuelven
-siempre de dentro afuera; jamás se le ocurrió aplicarlas a su propio
-ser. Así que derrochando análisis, censuras, consejos muy justos y
-atinados resulta un hombre perfectamente insensato. Ha emprendido cinco
-o seis carreras y no ha terminado ninguna; ha derrochado su patrimonio
-en el juego y en francachelas; martiriza a su mujer, abandona a sus
-hijos y hoy tiene que vivir a expensas de su cuñado.
-
---¡Buen panegírico!--exclamé riendo.
-
---El mismo que usted oirá a todas las personas razonables de la
-población. Esto no obsta para que sea un hombre simpático, popular y
-generalmente querido: y es porque sus defectos no son lo que pudiéramos
-llamar vicios públicos, sino privados.
-
-Nos emparejamos al fin con las damas y llegamos a casa de Martí muy
-cerca de la hora de comer. Los señores habían convidado, en honor mío, a
-los tertulios de la noche anterior, pertenecientes, exceptuando Castell,
-a la familia. Emilio me hizo sentar a la derecha de su esposa. El roce
-de su vestido, el perfume que se escapaba de su persona y aún más el
-misterioso flúido que me comunicaba su proximidad me tuvieron
-embriagado, inquieto. Hasta el punto que, queriendo mostrarme atento y
-galante con ella, apenas hacía ni decía cosa ordenada: mojaba el mantel
-al echarle agua, le preguntaba tres veces seguidas si le gustaban las
-aceitunas y dejaba caer el tenedor al ofrecerle una. Pero era feliz, no
-puedo ocultarlo. Ella se mostraba cortés y un poco más expansiva, me
-daba las gracias por mis atenciones y disimulaba con gracia mis yerros.
-Mas he aquí que cuando más alegre estaba veo que Castell fija la mirada
-en el clavel de mi ojal y me pregunta con la sonrisa fría e irónica que
-le caracterizaba:
-
---Capitán, ¿quiere usted mil pesetas por ese clavel que lleva usted?
-
---¡Mil pesetas!--exclamó Martí levantando la cabeza sorprendido.
-
-Yo me turbé de un modo indecible, como si me hubieran sorprendido
-cometiendo un crimen. No supe más que sonreir estúpidamente y exclamé:
-
---¡Vaya unas bromas que usted tiene!
-
-Pero Cristina había erguido con altivez su hermosa cabeza y dijo:
-
---Ribot es un caballero y no vende las flores que le regala una señora.
-
---¡Ah, se lo has regalado tú!--Y volviéndose a Castell:--Pero, Enrique,
-¿quieres que Ribot te venda ese clavel cuando si me lo hubiese regalado
-a mí, aunque soy su marido, no te lo daría por toda tu fortuna?
-
-Y al mismo tiempo clavó en su esposa una intensa mirada de cariño. La
-inocencia y nobleza de aquel hombre me conmovieron. A Cristina debió de
-llegarle al alma. Bajando de nuevo la cabeza, murmuró con acento
-concentrado:
-
---¡Por eso _tú_ eres _tú_!
-
-Estas sencillas palabras eran un poema de ternura.
-
---De sobra sé--manifestó Castell con la misma indiferencia--que hay
-cosas en el mundo que no pueden ni deben comprarse con dinero.
-Desgraciadamente los hombres no tenemos para ellas término de
-comparación y nos vemos precisados a acudir a un objeto material y
-hasta grosero para hallarlo, aunque sea remoto.
-
---Pues yo no lo encuentro tan remoto--dijo Sabas--. Me parece que el
-dinero sirve bastante bien para casi todos los casos que se presenten.
-Aquí tiene usted otro clavel mejor que ése: me lo ha regalado una
-señora. Pues bien, Castell, se lo doy a usted por dos pesetas.
-
-Los convidados rieron. Cristina aparentó enfadarse.
-
---¡Eres un grosero, un gañán!... Matilde, hazme el favor de arrancarle
-el clavel a ese puerco, que desde aquí no puedo.
-
-Sabas se lo tapó con las manos.
-
---Espera un poco, hija, espera un poco. Si Castell no da las dos
-pesetas, entonces te lo entrego. Mientras no lo sepa, no.
-
---Aquí están--dijo Castell sacándolas del bolsillo y poniéndolas sobre
-la mesa.
-
---Ahí va--repuso Sabas quitándose el clavel y entregándoselo.
-
-Esta broma produjo algazara en la mesa. Sin embargo, observé que a
-Cristina le hizo mal efecto. Insultó a su hermano con verdadera rabia y
-juró que en su vida le daría otra flor.
-
-Mientras tanto yo tuve tiempo para reponerme de la extraña turbación que
-las palabras de Castell me habían causado. Concluímos de comer
-alegremente; pero Cristina no volvió a mostrarse risueña ni expansiva
-como antes.
-
-Dos horas después tomé el tren para Barcelona, donde mi presencia se
-hacía indispensable. Fueron a despedirme a la estación Martí y Sabas.
-Aquél me hizo prometer una visita más larga.
-
---Después del viaje pendiente--le respondí--tengo pensado solicitar de
-la Compañía permiso para quedarme en casa el tiempo invertido en otro;
-mes y medio próximamente. Entonces vendré desde Alicante a pasar ocho o
-quince días con ustedes.
-
---Veremos si es usted hombre de palabra--replicó apretándome la mano
-cariñosamente al tiempo de ponerse el tren en marcha.
-
-[imagen: una barra decorativa]
-
-
-
-
-VI
-
-
-Ignoro qué relación tenga el agua salobre del mar con el amor; pero la
-experiencia me ha hecho comprender que debe de existir en aquélla alguna
-virtud misteriosa y estimulante. En tierra puedo alguna vez sobreponerme
-a mis sentimientos más vehementes y vencerlos. Una vez a bordo, soy
-hombre perdido. Cualquier pasioncilla insignificante toma proporciones
-gigantescas y en poco tiempo me derriba. Así sucedió que, proponiéndome
-en Valencia no hacer más caso de invitaciones halagüeñas ni volver a
-ponerme en mi vida delante de doña Cristina, y continuando en esta
-plausible determinación todo el tiempo que permanecí en Barcelona, tan
-pronto como me hallé a flote se desvaneció como el humo, me pareció un
-verdadero absurdo.
-
-Ello fué que desde Hamburgo escribí a la casa armadora solicitando
-permiso de quedarme el tiempo de un viaje del barco en mi casa para
-arreglar asuntos de familia. Mientras duró el que estaba efectuando no
-pude pensar más que en la esposa de Martí. Ni aun en sueños la dejaba mi
-mente: cada una de sus palabras sonaba incesantemente en mis oídos, como
-si tuviese en mi cerebro un fonógrafo encargado de repetirlas, y estaban
-clavados en mi corazón todos sus gestos y ademanes. Al pasar por delante
-de Valencia, de regreso, la alegría de pensar que pronto iba a gozar de
-la vista de mi ídolo se mezclaba a un sentimiento de vergüenza y
-remordimiento. Temía su recibimiento desdeñoso... y temía también el
-afectuoso y cordial de su marido.
-
-Me propuse no alojar en su casa para acallar un poco mi conciencia
-alborotada. Después de pasar seis días en Alicante me trasladé a
-Valencia con un amigo que la suerte me deparó para excusarme de ir a
-casa de Martí. No fuí directamente a ver a éste, sino que quise dejarlo
-para más tarde, y salí a dar un paseo por las calles. Pero al caminar
-por una de las más principales vi a tres señoras cerca del escaparate de
-una tienda de modas, y en seguida advertí que una de ellas era Cristina
-y las otras dos doña Amparo y doña Clara. Me acerqué a ellas por detrás
-saludándolas (nunca lo hubiera hecho). Cristina vuelve la cabeza y, como
-si viese algo espantoso, deja escapar un grito y corre precipitadamente
-algunos pasos. Mi estupor fué grande y la sorpresa de aquellas señoras
-tampoco fué pequeña. Comprendiendo inmediatamente lo extraño de su
-conducta, y avergonzada, se rehizo y vino a saludarme con extremada
-amabilidad. Explicó el grito y la huída manifestando que hacía algunos
-minutos les había pedido limosna un pobre de mala catadura y que en
-aquel momento, sin saber cómo, se le había figurado que el mendigo las
-seguía y venía a atacarlas. Doña Amparo y doña Clara se dieron por
-satisfechas y lo achacaron a los nervios y al estado interesante en que
-se hallaba, y hubieran querido entrar en una botica y administrarle
-algún antiespasmódico. Cristina se negó a ello. Yo sabía mejor a que
-atenerme y, porque lo sabía, me entristecí.
-
-Martí me acogió con viva alegría; quiso luego enojarse porque no iba a
-hospedarme en su casa; pero yo, pertrechado con mi excusa, me sostuve
-firme, y no me pesó. Sabas también se manifestó complacido viéndome. Yo
-no pude menos de saludarle con sentimiento de compasión viendo en su
-rostro las huellas cada vez más ostensibles de sus constantes trabajos
-al sol. El resultado de ellos, a lo que pude entender, fué la
-adquisición de una boquilla toda de ámbar con sus iniciales grabadas, de
-la cual estaba tan orgulloso que parecía dar por bien empleados los
-afanes y desvelos que le había costado. La impresión que mi llegada
-produjo en Castell nunca pude averiguarla. Su cortesía ceremoniosa,
-glacial, le resguardaba de esta clase de averiguaciones. Sin embargo, la
-actitud ligeramente desdeñosa que con todo el mundo adoptaba me pareció
-que conmigo se acentuaba un poco más. Tal vez fuese aprensión; pero un
-secreto instinto me decía que aquel hombre me odiaba ya, y yo le pagaba
-en igual moneda.
-
-Cristina se hallaba muy adelantada en su embarazo. Aunque las mujeres no
-suelen estar bellas en tal situación más que para sus maridos, yo la
-hallaba cada vez más bella y más interesante: prueba inequívoca de la
-profundidad del afecto que había logrado inspirarme. Su recelo y su
-inquietud respecto a mí iban en aumento, y este recelo era causa de que
-en ocasiones faltase a la cortesía. Desde luego se notaba que ponía
-empeño en no mirarme; pero la misma afectación con que lo ejecutaba
-podía demostrar que alguna agitación reinaba en su alma y que yo no le
-era en absoluto indiferente. Tal por lo menos era mi ilusión entonces.
-
-Aunque no alojaba en su casa, la amabilidad de Martí y mi secreto deseo
-me empujaban a permanecer casi todo el día allí, a comer y a pasear con
-ellos. Me era imposible disimular el amor que sentía. A riesgo de ser
-notado (no por Martí, que era la inocencia personificada, sino por los
-otros), apenas apartaba la vista de Cristina. En cuanto se me presentaba
-ocasión le hacía ver lo que pasaba en mi alma. Si le caía cualquier
-objeto al suelo, yo era el que se apresuraba a recogerlo; si echaba una
-mirada a la puerta, ya estaba yo corriendo a cerrarla; cuando se quejaba
-de cualquier molestia, le proponía en seguida todos los remedios
-imaginables. Mostraba, en fin, por todo lo que la concernía un interés
-vivo y ansioso que me salía del corazón. Recibía ella estas atenciones
-con semblante grave, a veces huraño; pero yo comprendía que no dejaba de
-advertir ni la más leve, y esto me bastaba.
-
-A veces me insinuaba demasiado. Mostrando disimulo me iba acercando poco
-a poco a ella, hasta que rozaba mi brazo con su vestido. Entonces se
-apartaba bruscamente y marchaba a colocarse en otro sitio. Estos
-desaires mudos me causaban dolorosa impresión. Pero estaban compensados
-por otros goces, fantásticos quizá, pero que no dejaban de ser por eso
-delicados. Cuando estábamos sentados a la mesa, aunque ponía como he
-dicho gran empeño en no mirarme cara a cara, no podía menos de
-distraerse, y sus ojos venían alguna que otra vez a chocar con los míos.
-Cuando esto sucedía, creía notar que su rostro se coloreaba levemente.
-
-El amor no sofocaba por completo mi instinto de observación; quiero
-decir que amaba a la esposa de Martí y la estudiaba al mismo tiempo.
-Pronto vine a comprender que, además de aquella mezcla rara y graciosa
-de desenfado y timidez, de ruidosa alegría y gravedad ceñuda, existía en
-ella un fondo de sensibilidad exquisita, cuidadosa y hasta ferozmente
-guardado. El pudor de sus sentimientos era tan vivo que cualquier
-manifestación de ternura le causaba vergüenza. Prefería pasar por dura y
-fría antes de consentir que leyeran en su alma. Al revés de su mamá, que
-sólo estaba contenta dando o recibiendo mimos y besuqueando a todo el
-mundo, jamás hacía una caricia a las personas de su familia, y evitaba
-cuanto le era posible que se las hiciesen a ella. Su marido mismo,
-cuando se ponía un poco acaramelado, recibía su correspondiente sofión,
-que aceptaba casi siempre riendo. A pesar de eso, todos la querían
-entrañablemente, y consideraban su feroz esquivez como una rareza
-graciosa, complaciéndose a veces en mortificarla un poco.
-
-Por razón de este carácter, cualquier expresión de afecto en su boca
-tenía valor inapreciable. Pero era menester hacerse los distraídos o
-fingir que no se advertía. Si se reparaba en ella y se le hacía
-entender, asunto perdido: volvía repentinamente a su brusquedad,
-cortando la gratitud con alguna frase irónica o desdeñosa. Tenía también
-un poco desarrollado el espíritu de contradicción, esto es, solía llevar
-la contraria a los demás, pero no por orgullo ni por mal humor, como
-pude convencerme pronto, sino porque, siendo tan profundamente reservada
-en sus afectos, le repugnaba que cualquiera los exhibiese con
-vehemencia. Y con esto ¡caso extraño! jamás hallé una criatura cuya
-fisonomía expresase mejor los movimientos y emociones del espíritu,
-hasta los más leves matices del pensamiento. El que la dominase por el
-momento, a despecho suyo y a pesar de los fuertes cerrojos con que
-aspiraba a guardarlo, salía por sus ojos, por los pliegues de su rostro,
-por todos sus ademanes y movimientos.
-
-Martí se mostraba cada día más franco y cariñoso conmigo. Esto, como
-puede adivinarse, sólo a un villano podía alentar en su empresa. Á mí,
-que no me tengo por tal, me embarazaba y entristecía. Fuimos
-inseparables desde el primer momento. No sólo comíamos o tamábamos café
-juntos, sino que muchas veces exigía que le acompañase a evacuar sus
-negocios, y me hizo pronto su confidente y hasta me instaba para que
-diese mi opinión. Por último, a los cinco o seis días de mi permanencia
-en Valencia me propuso alegremente que nos tuteásemos, y sin aguardar mi
-respuesta se puso a hacerlo con amable cordialidad que me conmovió.
-Sentí mezcla de orgullo y humillación, de placer y pena: pensaba que la
-confianza de aquel hombre me acercaba materialmente a su esposa y me
-alejaba cada vez más de ella moralmente. Tuve ocasión de comprobarlo
-pocas horas después. Cuando fuimos a casa, aunque por vergüenza hice lo
-posible para que no se descubriera tan pronto nuestro modo nuevo de
-tratarnos, Martí lo hizo patente en seguida. Cristina alzó la cabeza
-sorprendida, nos miró a ambos un instante, bajó de nuevo los ojos y creí
-sorprender en ellos una sombría expresión de disgusto. Lo que pasó por
-su alma bien lo adiviné.
-
-Martí me invitó al día siguiente a visitar su finca del Cabañal, donde
-tenía que dar algunas órdenes para el arreglo del jardín y la casa.
-Solían instalarse allí desde Mayo (mes que a la sazón corría); pero este
-año, a causa del própero suceso que se aguardaba, tendría que dilatarse
-el traslado. Le rogué que hiciéramos el camino a pie y a campo traviesa,
-a fin de contemplar las alquerías y jardines que hay entre la ciudad y
-el mar. Accedió de buen grado y a la hora del paseo nos encaminamos
-despacio hacia allá.
-
-Mi compañero no cerró la boca desde que salimos de casa. La explicación
-de sus negocios le embargaba de tal modo que no paraba mientes en aquel
-delicioso campo tapizado de flores donde las blancas _barracas_ parecen
-palomas que vienen a posarse. En torno de estas casitas de techo
-puntiagudo, metidas casi siempre en un bosquete de naranjos, granados y
-algarrobos, se extiende un cultivo simétrico de flores y legumbres,
-grandes cuadros de claveles, azucenas, rosas, alelíes, mezclados con
-otros de fresa, alfalfa y alcachofas. Y corriendo entre ellos por sus
-caminitos bien trazados hermosos niños de tez morena que permanecían un
-instante inmóviles mirándonos con sus ojos negros y profundos. El padre,
-encorvado sobre la tierra, también levantaba la cabeza a nuestro paso y
-nos saludaba grave y silenciosamente llevándose la mano al tosco
-sombrero de paja.
-
-Martí no veía esto ni veía siquiera el camino que íbamos pisando.
-
---Una de dos: o el negocio de los pozos sale bien, en cuyo caso no sólo
-espero pronto resarcirme del capital empleado, sino que constituirá una
-renta para mí y mis herederos, o sale mal, y entonces se perderá en
-apariencia el capital, pero no en realidad, porque tendré a mi
-disposición un personal inteligente, diestro y hábil en esta clase de
-trabajos, con el cual pienso emprender inmediatamente la canalización de
-un río en la provincia de Almería, donde existen grandes terrenos
-aprovechables y falta agua para los riegos y vías de comunicación. Es un
-proyecto que me da vueltas hace años en la cabeza. Bien sabes tú el
-tiempo y el dinero que cuesta en España crear un personal apto para
-cualquier negocio de éstos. No solamente faltan directores, capataces,
-destajistas, etc., sino que ni aun obreros para cierta clase de trabajos
-tenemos. Pues bien, yo, cuando termine bien o mal los pozos, tendré a
-mis órdenes ese personal.
-
---Me parece bien la idea--respondí distraído en la contemplación de la
-hermosa, matizada alfombra que se desplegaba delante de nosotros.
-
---¡Ya lo creo que lo es!--exclamó Martí con énfasis.--Pero estas ideas,
-amigo Ribot--añadió alegremente pasándome el brazo por encima de los
-hombros,--sólo vienen después de algunos años de experiencia... y a
-veces no vienen tampoco si falta lo principal, que es el sentido
-práctico y la vocación de los negocios.
-
---Sí; las aptitudes pueden perfeccionarse, pero no se adquieren.
-
---Tan cierto es eso, que ahí tienes a mi cuñado Sabas. Hice esfuerzos
-sobrehumanos para infundirle alguna habilidad, algún sentido, y no
-conseguí más que estrellarme. Cuantos asuntos le confié, a pesar de
-llevar instrucciones precisas y terminantes, han sido otros tantos
-fracasos. De tal modo que ha sido preciso dejarle en paz y no emplearle
-absolutamente en nada.
-
-No pude menos de pensar que el castigo no debía de ser muy cruel para el
-cuñado, y aun me vino a la imaginación que acaso él lo hubiera provocado
-como ciertos niños viciosos provocan los de su aya; pero guardé para mi
-estas otras observaciones.
-
---Otro tanto pasa con mi amigo Castell. Talento penetrante, universal;
-cabeza privilegiada, erudición inmensa, conocimiento profundo de las
-ciencias y las artes, hasta de las mecánicas... Pero llega el momento de
-la aplicación, y es hombre que se detiene ante un grano de arena. Todo
-es obstáculos, vacilaciones, escrúpulos. Se desanima antes de comenzar y
-abandona cualquier negocio. Para llevar a cabo una empresa industrial no
-basta el conocimiento que da el estudio; es menester que quien la
-emprenda posea inteligencia esencialmente positiva y, sobre todo, que
-tenga como yo una voluntad de hierro.
-
-Poco a poco nos íbamos aproximando al Cabañal. Dibujabanse ya las
-orillas del mar que extendía su gran mancha azul bajo un sol
-esplendoroso. Caminábamos envueltos en su luz respirando un ambiente
-perfumado. La alegría de aquel paisaje, sereno y luminoso como un cuadro
-de Tiziano, las escenas idílicas que aquí y allá tropezábamos,
-penetraban en el alma y la inundaban de suave felicidad. Al través de
-esta alegría, de este amable sosiego, Martí, con su hermosa cabellera
-ondeada, con sus grandes ojos inocentes, no me parecía un hombre tan
-positivo como era al parecer; ni completamente de hierro.
-
-Antes de tocar en las primeras casas del lugarcito torcimos a la
-izquierda. Allá a lo lejos se parecía una casita blanca entre árboles
-que Martí me dijo ser su alquería. En el camino vi un cercado singular
-cuyos muros estaban fabricados de piedras perfectamente simétricas e
-iguales. Parecía en ruinas, y al través de sus grandes brechas distinguí
-algunos tendejones, grandes tubos de hierro enmohecidos sembrados por el
-suelo, ruedas y otros restos de maquinaria.
-
---¿Qué es esto?--pregunté sorprendido.
-
-Martí tosió antes de responder, sacó un poco los puños de la camisa y
-profirió con gesto entre desabrido y vergonzoso:
-
---Nada... una fábrica de piedra artificial.
-
---Pero, al parecer, no funciona.
-
---No.
-
---¿A quién pertenece?
-
---Es mía.
-
---¡Ah!
-
-Me callé porque comprendí en su actitud que el asunto le mortificaba.
-Seguimos algunos pasos más sin que se dignase echar siquiera una mirada
-a su fábrica abandonada; pero volviéndose de pronto exclamó:
-
---¡No te vayas a figurar que no he sabido fabricar piedra! Mira... todo
-ese cercado está construído con productos de la fábrica. Toma en peso
-una piedra y reconócela.
-
-La tomé, en efecto, la examiné y vi que en la apariencia al menos tenía
-todas las condiciones de resistencia necesarias. Así me complací en
-manifestárselo. Martí me explicó la quiebra de la fábrica por la
-carestía de la mano de obra. Valencia era una provincia que desde siglos
-atrás había dejado de ser industrial para convertirse en agrícola;
-faltaban brazos. Luego el director facultativo tampoco había llenado
-cumplidamente su destino. La elevación de tarifas y fletes, etc., etc.
-
-El asunto era, sin duda, enojoso para mi amigo. Hablaba sordamente y con
-la frente fruncida y evitaba el mirar hacia su desventurada fábrica.
-Así que, para no desazonarle más mostré el mayor desprecio posible por
-toda aquella maquinaria enmohecida y seguí adelante sin concederle una
-pizca más de atención.
-
-Llegamos por fin a los muros de su huerta. Penetramos en ella por una
-puerta enverjada y atravesamos un lindo jardín para llegar a la casa.
-Ésta era de construcción modesta, pero bastante espaciosa y decorada en
-su interior con lujo. El mobiliario, propio para la estación de verano,
-sencillo y elegante. Pero lo que despertó mi entusiasmo fué el extenso
-parque que tenía detrás, cuyas tapias rozaban ya con la misma playa, a
-la cual se salía por una puerta también de hierro. Antiguamente había
-sido una finca productiva. El padre de Martí primero y luego éste la
-habían transformado en vasto jardín. Los caminos anchos y enarenados,
-orillados por naranjos, limoneros, granados y otras muchas clases de
-árboles frutales. Aquí un bosquecillo de laureles y en el centro de él
-una mesa de piedra rodeada de sillas; allá una gruta tapizada de jazmín
-y madreselva; más lejos un macizo de cañas o de cipreses, y en el centro
-una estatua de mármol blanco. Y como fondo para esta decoración, la
-línea azul del mar, sobre cuyas olas parece que van a caer las naranjas
-desprendidas de sus tallos. El sol, que ya declinaba, envolvía la
-huerta y el mar con llamarada viva; sus rayos de oro se enfilaban por
-los blancos caminos de arena, hacían resplandecer la casa enjalbegada,
-penetraban en los bosquecillos de ciprés y laurel, iluminaban la faz de
-mármol de las estatuas y quedaban colgados a las ramas de los árboles
-como los hilos de oro de una cabellera rubia. A la derecha asomaban por
-encima de la tapia los palos de los pequeños barcos de pesca con su
-sencilla jarcia y se extendía el pueblo del Cabañal, mezcla rara y
-pintoresca de chozas de pescadores y de aristocráticas mansiones donde
-veranean los próceres de la ciudad. Más lejos, el Grao y los mástiles
-elevados de sus vapores.
-
-Martí me fué mostrando toda la huerta, aunque sin mucho placer ni
-orgullo. Los negocios pretéritos y futuros le embargaban y no sabía
-salir de ellos. Sólo al llegar a un rincón cerca de la playa pareció
-distraerse algunos instantes para enseñarme un pabelloncito de estilo
-griego que encajaba admirablemente en aquella risueña decoración. Por
-dentro estaba adornado con muebles tallados traídos de Italia, estatuas
-y jarrones.
-
-Tenía una pequeña terraza o mirador sobre el mar, y encima de la puerta
-grabado un nombre que me causó leve estremecimiento.
-
---La construcción de este pabellón fué cosa de mi mujer. Por eso hice
-poner su nombre sobre la puerta.
-
-Desde allí, a paso lento, nos volvimos a la casa por nuevos y siempre
-hermosos caminos de árboles. Tropezamos antes de llegar con una
-montañita artificial y sobre ella un castillete. En torno había un
-pequeño estanque imitando el foso. Lo atravesamos por medio de puente
-levadizo y ascendimos por un sendero estrechísimo entre setos de boj y
-naranjo, y llegamos a la cumbre en el mismo tiempo que lo digo. La
-senda, a pesar de sus engañosas revueltas, podía medirse por varas y aun
-por pulgadas. Sobre la puerta del castillete había grabado otro nombre
-que también me hizo estremecer, aunque de modo bien distinto.
-
---La idea de la montañita rusa y del castillo fué obra de mi amigo
-Castell, y, como es natural, le puse su nombre... que es el que mejor le
-conviene--añadió riendo.
-
-Á mí el equívoco me hizo mucha menos gracia. Quizá tendría parte en ello
-la antipatía, cada vez más pronunciada, que el sujeto me inspiraba.
-Entramos en el diminuto castillo y subimos a su azotea. Desde allí se
-descubría admirablemente, no solamente el parque, que ya no parecía tan
-vasto, sino una buena parte de la huerta, todo el Grao y Puerto Nuevo y
-gran extensión de mar. Sobre sus olas menudas, innumerables, sobre el
-azul fuerte y oscuro de la masa de agua ensanchaba su bóveda de cristal
-el cielo matizado de suaves tintas de grana. El sol dejaba correr sobre
-las olas un río de oro. En la verde alfombra de la huerta, con sus
-interminables maizales, brillaban las pequeñas barracas blancas
-descansando en su nido oscuro de naranjos o cipreses. Más allá Valencia,
-el Miguelete, y a lo lejos la cadena circular de montañas, que en
-aquella hora aparecían teñidas de malva, de lila y violeta.
-
---¿Qué es aquel barracón?--pregunté herido desagradablemente por la
-vista de un edificio grosero de ladrillo que se alzaba en los confines
-del parque.
-
---Nada... aquello ha sido un conato de fábrica de cerveza--respondió
-secamente Martí.
-
-Y de nuevo apareció surcada su frente por la arruga de marras.
-
---Pero, ¿no has llegado a fabricarla?
-
---Sí, se ha hecho alguna. Resultaba mala a causa de la calidad del agua.
-El maestro que hice venir de Inglaterra no me desengañó a tiempo y me
-obligó a gastar bastante inútilmente.
-
-Tosió sin gana, se estiró los puños de la camisa, metió los dedos por su
-cabellera y bajó precipitadamente la escalerilla del castillo seguido
-por mí. Había en los ademanes de aquel hombre, lo mismo en los que
-expresaban alegría que disgusto, tanta cordialidad, una inocencia tan
-infantil, que yo me sentía cada vez más atraído hacia él. Me parecía que
-le amaba desde largo tiempo.
-
-Salimos de la finca cuando el sol estaba ya próximo a trasponer las
-lejanas montañas. Caminamos la vuelta de casa atravesando de nuevo la
-huerta, sus campos de maíz, sus jardines y frutales. Era la hora de
-dejar el trabajo, y los huertanos, con el típico pañuelo liado a la
-cabeza, descansaban a la puerta de las barracas, bajo el fresco dosel de
-pámpanos de su parra. Los niños se subían sobre sus rodillas y bailaban
-sobre ellas, mientras la madre preparaba el arroz para la cena.
-
-[imagen: una barra decorativa]
-
-
-
-
-VII
-
-
-Cuando llegamos a casa cerraba ya la noche. La familia estaba reunida en
-el comedor y la mesa puesta. Isabelita comía con sus primos y Retamoso y
-doña Clara se preparaban para marcharse sin su hija. Sabas y Castell
-también comían allí. Nos recibieron con alegría, y todos, exceptuando
-por supuesto Cristina, me saetearon a preguntas acerca de la impresión
-que me había causado la alquería. Mostréme entusiasmado, no tanto por
-cortesía como porque en realidad lo estaba. Describí con calor su
-encantadora situación, el gusto y esmero con que estaba cuidada, la
-elegancia del pabellón _Cristina_ (creo que en este punto insistí
-demasiado) y terminé diciendo que no tendría inconveniente en vivir allí
-toda la vida.
-
---¿En el pabellón Cristina?--preguntó con sonrisa irónica Castell.
-
---¿Por qué no?--respondí con tono resuelto echando una rápida mirada, a
-la esposa de Martí. Ésta parecía hallarse distraída en aquel momento. Yo
-adiviné, sin embargo, que no perdía una palabra de mi discurso.
-
---Entonces es que le gusta a usted vivir enjaulado como los canarios. Yo
-también viviría así de buen grado, pero a condición de que me cuidase la
-mano elegida por mí.
-
-Y al decir esto también miró con el rabillo del ojo hacia Cristina, que
-tenía el rostro vuelto a otro lado y horriblemente serio.
-
---Pues yo, como no soy tan sibarita...--repliqué riendo--, no pongo
-condición alguna.
-
-Martí dió algunas palmaditas cariñosas en la espalda de su amigo.
-
---¡Como si no te conociéramos todos, viejo calavera! Vivirías a gusto
-quince días y al cabo de ellos te sentirías harto de jaula, de alpiste y
-de las manos lindas que te lo echaban.
-
-Castell protestó de este juicio manifestando que la veleidad en el amor
-no tanto depende del temperamento como de la vaga pero apremiante
-necesidad que todos sentimos de buscar el ser que responda a las íntimas
-aspiraciones del nuestro, a nuestros secretos anhelos o, en palabras más
-prosaicas aunque más positivas también, que se adapte exactamente a
-nuestro individuo físico y moral.
-
---Yo no he hallado como tú--concluyó diciendo atrevidamente--, entre
-tantas mujeres, la que realizase todas las necesidades de mi ser, muchas
-de las cuales son inconscientes quizá, pero no menos efectivas. Si
-cuando _tú o antes que tú_ (recalcó de un modo particular estas
-palabras) hubiera tropezado con ella, ten por seguro que mi carrera
-galante se habría detenido hace ya tiempo y no tendrías razón para
-llamarme, como ahora, viejo calavera.
-
-La actitud, el acento y las furtivas miradas que el opulento naviero
-dirigió varias veces a Cristina mientras hablaba me confirmaron en la
-sospecha que concebí casi en el punto en que por primera vez tuve
-ocasión de hablarle, es a saber, que aquel señor galanteaba a la esposa
-de su íntimo amigo y socio.
-
-El efecto que el esclarecimiento de esta sospecha me hizo fué
-deplorable. Sentí odio hacia mi rival, le apellidé en mi interior falso
-amigo, traidor, aleve. Pero al mismo tiempo una voz me gritaba en la
-conciencia que yo, aunque amigo reciente, no era un ser mucho más
-apreciable. Esta voz me turbaba de modo indecible.
-
-Siguió la plática, y Castell tuvo ocasión de decir a Cristina, sin que
-nadie más que ella lo entendiese, cuanto le pareció. Su palabra
-flexible respondía admirablemente a todos los movimientos, revueltas y
-saltos que le placía imprimirle. Cristina hablaba con su madre; pero en
-su visible distracción y en la nube de inquietud que oscurecía su rostro
-cualquiera adivinaba que escuchaba cuanto Castell decía y que no era de
-su agrado. En aquel momento, a pesar de las arrugas de su frente y de la
-fiera expresión de sus ojos, me pareció más adorable que nunca.
-
-Retamoso, ya con el sombrero puesto, se acercó a Castell, y, haciendo
-ademán de hablarle al oído, pero en realidad bastante alto para que lo
-oyese su mujer, le dijo con su gracioso acento galaico:
-
---Señor de Castell, tiene usted razón como un santo. La cuestión es el
-aciertu... ¡el aciertu! Si yo no hubiese tenido tan buen consejo para
-elegir compañera, ¿qué hubiera sido de este pobre hombre? ¡Qué prenda!
-¿eh? ¡qué tesoro! ¡Silenciu! Guárdeme el secreto: a estas horas no
-tendría dos pesetas. ¡Silenciu! ¡Ps! ¡ps!
-
-Y arqueando las cejas y haciendo visajes de admiración y contento
-reprimido, se alejó arrastrando los pies. Su cara mitad, que había oído
-perfectamente, le dirigió una mirada oblicua donde no resplandecía la
-gratitud y, arrugando su nariz aguileña, nos dió las buenas noches con
-imponente severidad.
-
-Nos hallábamos en pie todos y preparados para sentarnos a la mesa.
-Martí, observando que su panecillo estaba un poco descortezado, exclamó,
-bromeando:
-
---Ya anduvieron aquí las patitas de mi rata. ¿Verdad, Cristina?
-
-Ésta sonrió en señal de asentimiento.
-
---¡Me extrañaría que dejases de pellizcarme el pan algún día!
-
-Entonces yo, a una vuelta que dió Martí para hablar con Castell, me
-acerqué disimuladamente a la mesa, tomé un pedazo de pan por el sitio en
-que Cristina lo había pellizcado y lo comí con inexplicable placer. No
-se le escapó a ella esto, y observé una ligera turbación en su rostro.
-
---¡Vaya, vaya a comer... y cada cual a su sitio!--exclamó con graciosa
-mueca de enfado.
-
-Obedecí, humildemente, y me senté en el sitio de costumbre. La comida
-fué alegre. Martí estaba locuaz y risueño. Como si no se hubiese hecho
-cargo hasta entonces de las bellezas que guardaba su finca del Cañabal,
-las describió con el entusiasmo que yo le había comunicado en nuestro
-paseo. Terminó proponiendo que fuésemos allá por las tardes a merendar,
-ya que las circunstancias impedían trasladarse por completo. Es inútil
-decir el gozo con que escuché esta proposición. Cristina también la
-acogió con alegría y lo mismo el resto de los comensales. Sabas
-manifestó, con su gravedad habitual, que, quizá, no podría ir todos los
-días.
-
---No; contigo ya sabemos que no debemos contar. ¿Cómo has de dejar
-abandonados los negocios de la plaza de la Reina y del café del
-Siglo?--manifestó su hermana riendo.
-
---¡No es eso, hija mía!--exclamó picado el elegante--. Ya sabes que no
-soy muy sensible a los recreos campestres.
-
---Sí, sí; ya sé que estás por los urbanos y que no respiras bien sino en
-una atmósfera de humo de tabaco.
-
-Doña Amparo acudió, como siempre, al socorro de su hijo.
-
---Me alegro mucho de que Sabas no venga, porque las merendetas siempre
-le han hecho daño al estómago.
-
---¡Qué le importa a Cristina que yo me ponga enfermo!--exclamó con
-afectada amargura el crítico.
-
---¡Pobrecito! Lo que te sienta admirablemente es cenar a última hora en
-el Círculo, con manzanilla y _champagne_.
-
-Martí intervino para cortar la disputa de los hermanos, observando que
-doña Amparo se estaba preparando ya para desmayarse. Cada cual en
-materia de goces tenía sus preferencias y era insensato tratar de
-imponer los nuestros a los demás. "Todo el mundo tiene derecho a ser
-feliz a su manera", dijo Federico de Prusia; y si Sabas se sentía más
-feliz bajo techado que a cielo descubierto, no había motivo para
-incomodarse.
-
---Lo que sí le ruego--concluyó diciendo--es que, ya que él no sea de la
-partida, permita a Matilde y a los niños venir con nosotros.
-
-Sabas accedió generosamente a este ruego y pareció todo conflicto
-conjurado; pero Cristina, que todavía deseaba hacerle rabiar un poco,
-dijo sonriendo malignamente:
-
---Por supuesto, eso debe entenderse en las tardes en que no haya botones
-que coser...
-
---¡Cristina! ¡Cristina!--exclamó Martí, medio enfadado, medio riendo.
-
-Todos hicieron lo posible por reprimir la risa. Sabas alzó los hombros
-con aparente desprecio, pero quedó el resto de la noche amoscado.
-
-Sin su compañía honrosa, pero con la de Matilde y el mayor de los niños,
-hicimos al día siguiente y en los sucesivos nuestra excursión al
-Cabañal. Nos trasportaban allá poco después de almorzar las galeritas de
-Martí y de Castell y nos traían a la ciudad al ponerse el sol. Todo este
-tiempo lo pasábamos charlando en la terraza del pabellón, mientras las
-damas bordaban o cosían; o paseando por los senderos del parque, donde
-también jugábamos como niños al volante y al aro. Algunas veces salíamos
-de la finca y recorríamos el pueblecito y bajábamos a la playa,
-entreteniéndonos buen rato viendo arribar las lanchas pescadoras; otras
-nos dirigíamos a la huerta y visitábamos algunas barracas,
-principalmente la de un cierto Tonet, antiguo criado de Martí, a quien
-pertenecía la labranza de que vivía. Allí descansábamos a menudo, y su
-mujer nos regalaba con altramuces y _cacahuets_ o nos servía algún
-refresco.
-
-Pero el negocio importante de la tarde era la merienda o, por mejor
-decir, su preparación. Para que nos interesase era menester que se
-aderezase y comiese al aire libre. Trasportábamos la cocinilla de
-alcohol y el resto de los bártulos a algún lejano y sombrío paraje del
-parque. Las damas se ponían un delantal, los caballeros nos quedábamos
-en mangas de camisa, y unas veces haciendo chocolate o café, otras
-friendo el pescado que acabábamos de comprar en la playa, pasábamos una
-hora feliz. Tan feliz, que cuando la reunión me encomendaba la tarea de
-guisar una caldereta a la marinera y, con la cacerola entre las manos,
-me veía rodeado de mis marmitones y _marmitonas_, a quien despóticamente
-comunicaba órdenes precisas, ¡quién lo creería!, alguna vez llegaba a
-olvidarme de que estaba enamorado.
-
-Y, sin embargo, lo estaba cada vez más, no hay que dudarlo. Ni cuando
-decía a Cristina en tono imperioso: «Tráigame usted la sal», ni cuando
-la reprendía ásperamente por cortar el pescado tan menudo se me pasaba
-por la imaginación que pudiera existir bajo el sol criatura más
-perfecta. En el campo desaparecía la gravedad ceñuda que a menudo
-observaba en ella. Su humor se tornaba alegre, inquieto, ruidoso,
-inventaba mil travesuras para hacernos reir y de sus labios fluían
-continuamente frases agudas. Era el alma de nuestras excursiones, la sal
-que las sazonaba.
-
-Yo no podía apartar los ojos de ella. La oía y la contemplaba como un
-idiota. A veces no lo era tanto, sin embargo, y me esforzaba en llevar
-agua para mi molino. Por ejemplo, una tarde, estando en el pabellón, nos
-mostró un dedal que se había comprado. Todos lo examinaron, y yo después
-que todos también lo hice, reteniéndolo con disimulo. Pasó un largo
-rato: nadie se acordaba ya del dedal. Pero cuando salimos para ir a
-merendar, al cruzar por delante de mí me dijo sin mirarme:
-
---Ponga usted el dedal en aquel cestito.
-
-No valía con ella ser astuto y solapado: todo lo veía, todo lo advertía.
-
-Otra tarde en que su cuñada Matilde tocaba el piano y ella estaba en
-pie volviéndole las hojas del libro, me acerqué silenciosamente por
-detrás. Y fingiendo hallarme arrobado por la música y atentísimo a las
-corcheas del libro, devoraba con los ojos su cuello de alabastro y el
-finísimo vello en que su cabellera negra venía a morir y perderse como
-una melodía que se extingue _pianissimo_. Pues bien, como si tuviera la
-facultad de ver detrás de sí, llevó la mano al cuello del vestido y lo
-alzó con ademán de impaciencia. Era una advertencia y una reprensión.
-
-Mas a pesar de sus mudos desaires y reprensiones y del ceño con que
-solía mirarme, yo me sentía feliz a su lado. Y era porque en estos
-desaires y en la severidad de su rostro no traslucía desprecio alguno a
-mi persona ni deseo de mortificarme. Procedía todo de un noble aunque
-exagerado sentimiento de dignidad, sin contar con el intenso cariño que
-profesaba a su marido, del cual a cada momento tenía pruebas bien
-claras. Ni aun en esto se desmentía la exquisita delicadeza de sus
-sentimientos. En vez de mostrarse con él rendida y mimosa, como en su
-caso hubieran hecho tantas otras, huía en mi presencia de hacerle
-caricia alguna y evitaba cuanto le era posible que él se las hiciese. A
-veces se quejaba él, riendo, de tanta severidad, pero ella permanecía
-inflexible.
-
-De su espíritu de justicia y de la estimación que le inspiraba me dió
-más de un testimonio, aunque siempre tácitos. Había ido una mañana a su
-casa. No estaban en el comedor más que ella y su madre. Se le ocurrió
-llamar para que le sirviesen un vaso de agua. Yo me anticipé al criado:
-fuí al aparador, tomé una copa y una bandeja y me disponía a escanciar
-el agua y servirla cuando me interrumpió secamente:
-
---No; deje usted; ya no tengo sed: fué sólo un capricho.
-
-Quedé acortado y aún más triste que acortado. Abrevié la visita y me
-retiré. Por la tarde me quedé en la fonda y no fuí al Cabañal como de
-costumbre. Por la noche, al entrar en su casa cuando acababan de cenar,
-lo hice con semblante grave y procuré no mirarla. Pero bien observé que
-ella me miraba y aun quise advertir que lo hacía con expresión humilde.
-A los pocos momentos se acercó a mí y me dirigió la palabra con
-inusitada amabilidad y procuró desagraviarme. Yo me mantuve rígido.
-Entonces ella, con sonrisa graciosa que jamás podré olvidar, dijo en voz
-alta:
-
---Ribot, hágame usted el favor de alcanzarme una de aquellas copas y
-echarme un poco de agua.
-
-Se la serví riendo. Ella también rió un poco antes de beberla y mi
-rensentimiento se deshizo como el hielo al calor de aquella sonrisa.
-
-Castell era casi siempre de la partida en nuestras excursiones al
-Cabañal. Alguna rara vez mandaba solamente su _galerita_ o su
-_familiar_. Ya no podía dudar de que festejaba a Cristina y también de
-que había advertido el amor que yo sentía por ella. Pero dada su
-inconmensurable altura, debía parecerle yo un rival poco temible, porque
-no pude notar en él ningún cambio. Seguía tratándome con la misma
-refinada cortesía, no exenta de protección y también ¿por qué no
-decirlo? de cierta benevolencia compasiva. Verdad que esta compasión la
-extendía Castell a casi todos los seres creados y aun pienso que no
-habría error en afirmar que trascendía de nuestro planeta para
-difundirse por otros astros lejanos. Por regla general a nadie escuchaba
-más que a sí mismo; pero una que otra vez, si estaba de humor, nos
-invitaba a emitir nuestra opinión, nos hacía hablar con la complacencia
-que se tiene en oir a los niños y sonreía dulcemente escuchando un rato
-nuestra charla insustancial y nuestros pequeños disparates. Era un
-verdadero examen de segunda enseñanza. Cuando se dignaba escudriñar mis
-escasos conocimientos, no podía menos de imaginar que yo era un
-microscópico insecto que por casualidad había caído en su mano y a
-quien daba vueltas en todos los sentidos entre dedos ensortijados.
-
-Todos le escuchaban con gran deferencia. Martí se manifestaba siempre
-orgulloso de poseer tal amigo y creía de buena fe que ni en España ni en
-los países extranjeros existía un hombre (en terreno teórico, por
-supuesto, porque en el práctico ya se sabe, allí estaba Martí) que
-pudiera comparársele; pero aún con más recogimiento que él le escuchaba
-Isabelita, la prima de Cristina. Es imposible imaginar una atención más
-completa, una actitud más sumisa y devota que la de esta niña de perfil
-angelical cuando Castell tomaba la palabra. Su rostro, puro, nacarado,
-se entornaba hacia él y permanecía inmóvil como en éxtasis; sus ojos
-inocentes no pestañeaban.
-
-La que menos placer sentía escuchando las disertaciones del opulento
-negociante era, a mi ver, Cristina. Aunque se esforzaba por ocultarlo,
-no tardé en adivinar que la ciencia del amigo y socio de su esposo no le
-interesaba. Se distraía a menudo, y en cuanto encontraba pretexto
-plausible para levantarse de la silla lo hacía. ¿Necesitaré decir que
-esta falta de veneración hacia un representante de la ciencia nada la
-hizo desmerecer a mis ojos? Creo que no.
-
-Además notaba que Cristina, ajena en apariencia a los proyectos de su
-esposo y que nunca los contrariaba cuando éste los exponía con su
-franqueza habitual delante de nosotros, experimentaba fuerte molestia
-cuando Castell los alentaba. Le era de todo punto imposible ocultarlo.
-Así que el millonario, con frase acicalada, comenzaba a hacer
-pomposamente el elogio de Martí, de su vista clara, de su decisión y
-actividad, el semblante de Cristina se descomponía; perdían sus mejillas
-el poco color rosado que tenían, arrugábase su frente y los hermosos
-ojos adquirían extraña fijeza. Generalmente no podía resistir hasta el
-fin. Levantábase y salía de la habitación de un modo brusco. El bueno de
-Emilio, embriagado por el goce y la gratitud, no podía advertirlo.
-
-¡Qué alma la de este hombre tan noble, tan sencilla, tan generosa! La
-casualidad me hizo enterarme de un rasgo suyo que aún más le elevó a mis
-ojos. Con la confianza que desde el primer día me había otorgado penetré
-en su despacho sin anunciarme en momento poco oportuno. Su suegra
-sollozaba (por variar) en un sillón, mientras él, de espaldas a la
-entrada, estaba abriendo la caja de caudales. Al sentirme se volvió
-rápidamente y empujó la puerta de la caja para cerrarla. Estaba un poco
-más grave y pensativo que de ordinario; pero la expresión bondadosa de
-su rostro no había desaparecido. Me saludó haciendo un esfuerzo para
-aparecer jovial, y, volviéndose luego a su suegra y poniéndole una mano
-sobre el hombro, le dijo cariñosamente:
-
---Vamos, mamá; no hay que apurarse. Todo quedará arreglado esta tarde.
-Váyase ahora con Cristina y descanse un poco. No vaya a ponerse enferma.
-
---Gracias! ¡Gracias!--murmuraba la sensible señora sin dejar de llorar y
-moquear.
-
-Al cabo recobró, en parte al menos, la energía vital y salió de la
-estancia, no sin darme a mí un fuerte y convulsivo apretón de manos y
-tirar tres o cuatro besos desde la puerta a su yerno. Éste sacudió la
-cabeza y dijo sonriendo:
-
---¡Pobre mujer!
-
-Yo le dirigí una mirada interrogadora, pero sin atreverme a formular con
-palabras la pregunta. Martí se encogió de hombros y murmuró:
-
---¡Ps! ¡Lo de siempre! El hijo abusa de la bondad de esta pobre señora y
-le proporciona muchos disgustos.
-
-Como advertí que no deseaba entrar en más explicaciones, me guardé de
-pedírselas y hablamos de otra cosa. Pero un instante después entró
-Cristina en el despacho, no de buen talante, y le preguntó:
-
---Mamá te ha pedido dinero, ¿verdad?
-
---No, hija mía--respondió Martí ruborizándose un poco.
-
---No me lo niegues, Emilio. Lo sé todo desde esta mañana.
-
---Bien; y aunque así fuese, ¿qué? La cosa no es para que esa frentecita
-se arrugue tanto--replicó él tocándola cariñosamente con el dedo.
-
-Cristina permaneció silenciosa y pensativa unos instantes.
-
---Ya sabes--dijo al cabo con firmeza--que yo jamás me he opuesto a tus
-esplendideces con Sabas. Si me ha gustado verte generoso con todos, aún
-más debía agradarme tratándose de un hermano. Pero me he preguntado
-muchas veces: Esta generosidad de Emilio ¿traerá en realidad buenas
-consecuencias? ¿No alentará a mi hermano a continuar la misma vida
-perezosa y disipada? Si estuviese solo en el mundo podría mimársele sin
-tanto peligro: cuando llegara a faltarle tu apoyo ya vería él la manera
-de reducirse a lo estrictamente necesario. Pero tiene mujer, tiene
-hijos, y temo que éstos paguen las consecuencias de tu generosidad y de
-las costumbres que, gracias a ella, no abandona su padre...
-Además--añadió bajando más la voz y temblando un poco--, hoy no tenemos
-grandes obligaciones... pero podemos tenerlas...
-
---¡Ya lo creo que podemos!--exclamó Martí soltando la carcajada--. Me
-parece que la primera no tardará muchos días en llegar.
-
-Las mejillas de Cristina se enrojecieron súbitamente. Emilio, cambiando
-de tono, se acercó a ella y, pasándole el brazo cariñosamente por encima
-de los hombros, le dijo:
-
---Tienes razón en esto, como la tienes en todo cuanto dices. Eres cien
-veces más sensata que yo. Tal vez si hubiera venido Sabas a pedírmelo me
-hubiese negado, porque ya estoy un poquillo harto de sus barrabasadas...
-Pero ha venido tu madre... la he visto llorar... y francamente, no sabes
-la impresión que esto me produce.
-
-Cristina levantó hacia él sus ojos, donde brillaba inmensa gratitud;
-temblaron sus mejillas, y temiendo, sin duda, no poder reprimir su
-emoción, salió precipitadamente de la estancia.
-
---¡Probrecilla!--exclamó Martí, riendo otra vez--. Tiene mucha razón.
-Sabas es un majadero.
-
---Ha jugado, ¿verdad?--pregunté yo animado por la confianza que me
-otorgaban.
-
---Mejor sería decir que se ha dejado pelar por unos advenedizos. ¡Es así
-el hombre! Ayer ha perdido bajo su palabra cinco mil pesetas.
-
---Bajo su palabra... y bajo tu garantía--apunté yo.
-
---Es posible..., pero ¡qué se va a hacer! No es suya toda la culpa.
-Tiene una madre demasiado blanda.
-
---Y un cuñado demasiado bueno--pensé.
-
-Martí me pasó el brazo por detrás de la espalda, y en esta forma nos
-encaminamos al gabinete de costura en busca de Cristina y doña Amparo.
-Allí estaban ambas; aquélla, seria, cejijunta; ésta, completamente
-repuesta de sus emociones. No tardó en llegar Matilde, que almorzaba con
-ellos. La observé triste y como avergonzada. Poco después entraron dos
-señoras, visita de confianza, y la conversación se animó, aclarándose la
-atmósfera pesada que reinaba en el gabinete.
-
-Cristina salió un momento para alguno de sus quehaceres domésticos, y
-noté que dejaba olvidado el pañuelo sobre la silla. Entonces, con el
-disimulo y la habilidad de un consumado ratero, me fuí acercando a ella,
-me senté como por distracción, me apoderé, sin que nadie lo advirtiese,
-de aquel precioso objeto y lo sepulté en mi bolsillo. Inmediatamente me
-levanté y volví al lugar que ocupaba antes. Cristina apareció en seguida
-y advertí que dirigía la vista a todos sitios en busca del pañuelo;
-luego me clavó una mirada, y creo firmemente que adivinó en mi actitud
-que yo lo guardaba. Entonces, no atreviéndose a preguntar por él en voz
-alta, y, al mismo tiempo, no queriendo dar su brazo a torcer y pasar
-porque me lo cedía, dijo, sordamente, buscando por los rincones de la
-estancia.
-
---¿Dónde estará mi pañuelo?
-
-Nadie más que yo podía advertirlo, porque todos estaban distraídos con
-la conversación. Al cabo vi que se sentaba en la silla y tomaba de nuevo
-su labor en silencio.
-
-Iban a almorzar. Me marché a la fonda a hacer lo mismo, sin aceptar su
-invitación. Tenía vehementes deseos de gozar a solas de mi preciosa
-conquista: porque la consideré tal en mi loca presunción después de lo
-que acababa de observar. Una vez en mi cuarto, y asegurándome bien de
-que la puerta estaba cerrada y que nadie me espiaba por el agujero de la
-llave, saqué el pañuelo del bolsillo y me entregué a una serie de
-locuras que aún hoy recordándolas me hacen ruborizar. Aspiré su perfume
-con embriaguez, lo besé infinitas veces, lo coloqué sobre mi corazón
-jurando serle fiel eternamente, lo guardé junto con los retratos de mis
-padres, lo saqué otra vez para besarlo y otra vez lo guardé. En fin,
-llevé a cabo todos los desatinos imaginables, más propios en verdad de
-un estudiantillo de retórica que del capitán de un vapor de tres mil
-toneladas.
-
-[imagen: una barra decorativa]
-
-
-
-
-VIII
-
-
-Por la tarde fuí con la familia al Cabañal, como de costumbre. Martí no
-nos acompañó por tener que evacuar cierto asunto (¿sería el de las cinco
-mil pesetas que perdió su cuñado?) De todos modos fuí lo bastante
-egoísta para alegrarme de su ausencia. Durante el viaje, y en las horas
-que permanecimos en la alquería, observé en la actitud y en los ademanes
-de Cristina algo que hacía temblar mi corazón de gozo y esperanza. No
-puedo explicar por qué, sin mirarme ni dirigirme una sola vez la palabra
-me sentía inundado de una felicidad celeste; pero así fué. Pasamos toda
-la tarde en el pabellón. Las damas trabajaban en su costura o bordado;
-yo leía o hacía que leía. Cristina, acometida de extraña languidez, no
-se levantó de su silla como a menudo solía hacer. Mientras los demás
-reían y bromeaban la vi permanecer silenciosa y grave, aunque sin ceño
-alguno. Su rostro estaba levemente enrojecido: mi imaginación me sugirió
-la idea de que era por los pensamientos que flotaban en su alma y por la
-vergüenza que le inspiraban. Nos fuímos luego a tomar chocolate a la
-casa, y mientras lo hicimos observé en ella la misma seriedad resignada
-y tierna; expresión que pocas veces reflejaba su rostro movible. Parecía
-embargada por suave enternecimiento no exento de vergüenza y melancolía.
-En el oscuro y desierto horizonte de mi vida empezaba a apuntar la
-claridad: así me lo decía el corazón. Durante aquella tarde memorable
-fuí tan feliz como deben serlo los ángeles en el Paraíso o el autor de
-un drama cuando sale a recibir los aplausos al escenario entre el barba
-y la dama joven.
-
-Después de comer en mi hotel fuí a tomar café al Siglo con objeto de
-pasar luego un rato en casa de Martí. Encontré al penetrante Sabas con
-su pipa colgada de la boca sentado entre varios amigos, a quienes
-arengaba del modo grave y juicioso que le era peculiar. Me saludó con la
-mano, de lejos, y poco después, viéndome solo, se apartó del grupo y
-vino a reunirse conmigo.
-
-Estaba de humor jovial y no parecía poco ni mucho meditabundo ni
-avergonzado por su calaverada del día anterior. Hablamos de nuestras
-diarias excursiones al Cabañal y se las describí como muy animadas y
-deleitosas. No quiso contradecirme abiertamente; pero comprendí por su
-gesto más que por sus palabras que miraba todo aquello como niñerías
-indignas de un hombre serio y maduro como él. Por lo que pude
-entenderle, Valencia guardaba placeres de más subido precio, otros
-encantos, y era lástima que yo me fuera sin gustarlos. No dijo cuáles
-eran; pero, dado lo que ya sabía, puedo suponer que debían relacionarse
-directa o indirectamente con la _ruleta_.
-
---¿Ha visto usted la famosa fábrica de piedra?--me preguntó de pronto
-con grave entonación, mientras en sus ojos bailaba una sonrisa maligna.
-
---Sí, la he visto.
-
---¡Buen negocio! ¿Y la no menos celebérrima manufactura de cerveza?
-
--También.
-
---¡Mejor negocio aún! ¿verdad?
-
-Y allá en las profundidades de su garganta sonó una carcajada que no
-llegó a salir porque en aquel momento chupaba con ahinco la pipa. Yo
-estaba confuso, como si fuesen a ofender a alguno de mi familia, y le
-respondí en términos vagos que los negocios salían buenos unos y otros
-malos y que el resultado, más que de la inteligencia y la actividad de
-quien los emprendía, solía depender de circunstancias fortuitas.
-
---Eso rezará con otros, no con mi cuñado--respondió con gravedad
-sarcástica--. Los negocios de Emilio son siempre brillantes, porque es
-un genio práctico, esencialmente práctico.
-
---A mí me parece un hombre muy inteligente--manifesté con cierto
-embarazo.
-
---Nada, nada; no rebajo un ápice. Es un genio práctico, y su amigo
-Castell un genio teórico.
-
---En cuanto a ése ya podíamos hablar un poco--repliqué sonriendo para
-desviar el escalpelo hacia aquel antipático sujeto.
-
---Son dos genios ambos, cada uno por su estilo; los únicos genios que
-tenemos en Valencia.
-
-Yo no sabía qué hacer ni decir. Aquel tono sarcástico me molestaba
-extraordinariamente. Sabas debió de advertirlo, porque, cambiándolo al
-cabo por otro más serio, se puso a hacer, como de costumbre, un análisis
-escrupuloso y razonadísimo de la conducta de su cuñado. Era de ver y
-admirar la gravedad, el aplomo, el aire de inmensa superioridad con que
-aquel hombre hablaba de los demás, la penetración con que descubría los
-móviles recónditos de todos los actos, la fuerza incontrastable de sus
-argumentos, los vaticinios tristísimos que formulaba. El caso es que yo
-no podía menos de hallar atinadas casi todas sus observaciones; pero
-como ya le conocía, me maravillaba y me indignaba al mismo tiempo
-escuchándole. Traté de llevarle la contraria; pero viendo que esto no
-servía más que para mejor hacer lucir la perspicacia y seguridad de sus
-juicios, en cuanto tomé café y fumé un cigarro me despedí de él.
-
---De todos modos--le dije apretándole la mano--, no cabe duda que Emilio
-es un hombre muy bueno y tiene mucho talento.
-
---Convenido--respondió él devolviéndome el apretón--; pero confiese
-usted que no le vendría mal un poco de sentido común.
-
-Salí del café colérico y entristecido. De buena gana le hubiera soltado
-a la cara a aquel zángano lo que había sabido casualmente por la mañana.
-Me dirigí con lento paso hacia la casa de Martí; pero en el camino mis
-pensamientos tomaron una dirección sobrado melancólica. Me invadía de
-tal modo cierto malestar moral, que ya por la mañana había comenzado a
-punzarme mezclándose a mis sabrosas esperanzas, que no tuve ánimo para
-subir las escaleras, y desde el portal me volví al hotel y me acosté.
-
-¡Noche memorable aquella para mí! Tan pronto como apagué la luz
-comprendí que iba a tardar mucho en conciliar el sueño. Una turba de
-pensamientos corría desbocada por mi cerebro, agitándolo,
-martirizándolo. La imagen graciosa de Cristina venía en el centro de
-ellos, pero no lograba aplacar su ardor ni reprimir su carrera. En vano
-repetía mi fantasía la escena del pañuelo y aquel adorado semblante
-enternecido y confuso cuya vista me había hecho feliz todo el día. En
-vano evocaba la dicha celeste que en plazo más o menos breve iba a
-descender sobre mí. Fuese ilusión o realidad, yo pensaba que la
-naranjita comenzaba a amarillear y respondía ya con leve temblor a las
-continuas sacudidas que mi mano daba al árbol. Quizá no tardaría en caer
-en mi regazo. Pero debía confesarlo; este porvenir halagüeño no me
-dejaba alegre y tranquilo, como pudiera esperarse. Si tuviese este
-poder, también lo tendría para cerrar mis párpados, y no lo hacía. Mis
-ojos estaban cada vez más abiertos; la frente me abrasaba la mano cuando
-la ponía sobre ella; todo mi cuerpo experimentaba extraño desasosiego
-que me obligaba a cada instante a cambiar de postura. Aquel extraño
-dolor, cuyos primeros leves alfilerazos había sentido durante el día, me
-clavaba ahora las uñas de un modo intolerable.
-
-Este malestar no era otra cosa que el remordimiento. Para que un hombre
-sea realmente feliz es menester que esté contento de sí mismo, y yo no
-lo estaba. Otra imagen melancólica, dolorosa, venía siempre detrás de la
-de Cristina en la procesión interminable de mis pensamientos, turbando
-la dicha que yo entreveía. Era la de Martí. ¡Pobre Emilio! ¡Tan bueno,
-tan generoso, tan inocente! Su suegra le sacaba el dinero y le
-arruinaría sin escrúpulo para alimentar los vicios de un hijo gandul; su
-fraternal amigo le vendía; su cuñado, a quien colmaba de beneficios, se
-burlaba de él públicamente. No tenía a su lado más corazón amante y fiel
-que el de su esposa. ¡Y yo, un advenedizo, a quien había concedido tan
-franca y cariñosa hospitalidad, iba villanamente a arrebatárselo! Esta
-idea oprimía mi corazón, me hacía desgraciado. En vano me esforzaba por
-representarme con bellos colores la dicha de ser amado de Cristina, el
-goce intenso de la pasión, la alegría del triunfo. En vano trataba de
-amenguar mi delito con ejemplos, trayendo a la memoria las faltas de
-otros. En mis oídos sonaba siempre una voz severa asegurándome que,
-conseguido mi objeto, sería infeliz. Y mis nervios, alterados, me hacían
-dar vueltas y vueltas entre las sábanas, con los ojos cada vez más
-abiertos.
-
-Trascurrían las horas y sonaban lentas, sonoras, melancólicas en el
-reloj de la catedral. Quería con empeño cerrar los ojos y dormirme;
-pero unos dedos ardorosos e invisibles me levantaban de nuevo los
-párpados. Al fin me incorporé bruscamente en la cama, encendí la luz, me
-vestí, me puse a pasear por la habitación. Y cuando hube caminado algún
-tiempo, penetrando en los asilos más secretos de mi corazón, comprendí
-lo que era necesario hacer. Apelé al cloral, al más seguro cloral, al
-que jamás ha dejado de darme resultado en noches como ésta de insomnio y
-conflicto. Renuncié de una vez a mis deseos, a mis esperanzas, a los
-goces del amor y a los halagos del amor propio. Entré armado de látigo
-en mi espíritu y arrojé de él esa voluntad pérfida que tan pocos
-placeres nos da y tantos resquemores nos causa. Trabajo me costó, porque
-huyendo de mí se escondía por todos los rincones, me obligaba a
-perseguirla de cerca y no dejarla punto de parada. Pero al fin logré
-echarla de veras y quedé en medio del gabinete fatigado, sudoroso, como
-quien acaba de cumplir una obra bien trabajosa, pero tranquilo. Torné a
-desnudarme, caí en el lecho, y el dios alado hijo del Sueño y de la
-Noche me trasportó en sus brazos al misterioso palacio de su padre.
-
-Cuando desperté el sol esparcía ya desde lo alto del firmamento sus
-rayos de oro sobre la ciudad. En cuanto me vestí fuí derecho a casa de
-Emilio. Estaban reunidos en la sala de costura los esposos y con ellos
-doña Amparo, Isabelita y doña Clara, una modista y una doméstica. La
-primera pregunta que me dirigieron fué por qué no había ido la noche
-anterior. Me disculpé con un dolor de cabeza. Cristina, que bordaba
-cerca del balcón, no levantó la suya, pero observé en su rostro la misma
-expresión soñadora, de suave enternecimiento. Así que me puse a hablar
-con los demás también noté que me dirigió alguna rápida y tímida mirada.
-
-Aproveché un momento en que estaban todos distraídos y me acerqué a
-ella. Saqué su pañuelo del bolsillo, y en voz no tan alta que los
-tertulios pudieran oirlo ni tan baja que pudieran sospechar algún
-secreto, le dije:
-
---Ayer guardé distraídamente un pañuelo de usted pensando que era el
-mío. Hasta que llegué a casa no observé la equivocación. Aquí lo tiene
-usted.
-
-Levantó la cabeza; me dirigió una intensa mirada de sorpresa; tiñóse su
-rostro de vivo carmín; cogió con mano temblorosa el pañuelo que yo le
-tendía y de nuevo humilló su frente al bastidor.
-
-Después de esto quiero que ustedes me digan con franqueza si no tengo
-derecho a reirme de César, de Alejandro, de Epaminondas y en general de
-todos los héroes de la antigüedad pagana. Por lo menos yo vivo en la
-íntima persuasión (y este pensamiento me ha engrandecido enormemente a
-mis propios ojos) de que si Epaminondas se hallase en mi caso no hubiera
-devuelto el pañuelo.
-
-Volví de nuevo al grupo y seguí charlando con animación, quizá con
-demasiada animación. Mi alma estaba profundamente turbada y debo
-declarar, ya que estas memorias son una franca confesión, que, aunque
-orgulloso de mi heroísmo, no experimentaba, ni mucho menos, ese dulce
-contento que al decir de los moralistas acompaña siempre a las buenas
-acciones.
-
-Almorcé con ellos, fuimos después al Cabañal y se pasó la tarde con la
-misma alegría de otras veces. Pero la mía era aparente. Cuando me
-cansaba de disimular o me distraía, seguro estoy de que debía de mostrar
-una triste figura. Cristina no se cuidaba de disimular su preocupación.
-Toda la tarde estuvo pensativa y seria hasta el punto de hacer reparar
-en ello. Por la noche ¡loado sea Dios! tuve ocasión de soltar la llave a
-los pensamientos que embargaban mi espíritu y desahogarme un poco.
-
-Sucedió que Martí había sacado de su librería las obras de Larra y nos
-leyó por pasar el rato uno de sus artículos más deliciosos, titulado _El
-castellano viejo_. Todos reímos y celebramos el donaire y el ingenio de
-aquel gran escritor satírico. Con este motivo hablamos de su vida y de
-su trágico fin en lo más florido de la juventud, pues aún no contaba
-veintiocho años cuando abandonó voluntariamente este mundo.
-
---¿Y por qué se mató?--preguntó Matilde.
-
---Por lo que suelen matarse los hombres--respondió Martí--, por una
-mujer.
-
---¡Ya lo creo! ¡Cuando no se matan por dinero!--exclamó la joven
-haciendo un mohín de enfado.
-
---Esos son los que no han perdido por completo la razón; pero hay muchos
-más de los primeros--replicó aquél riendo.
-
---Muchas gracias. ¿Y era casada o soltera la interesada?
-
---Casada. Se dice que mantenía relaciones ilícitas con ella estando el
-marido ausente, que éste anunció su regreso y que ella entonces,
-arrepentida o temerosa, le significó su resolución de cortar aquellos
-comprometidos amores. El dolor de Larra fué tan vivo que, no pudiendo
-sufrirlo, se dió un tiro.
-
---Pues ella ha hecho muy bien y él ha sido un tonto en quitarse la vida
-teniendo tan pocos años y habiendo en el mundo tantas mujeres en que
-escoger para casarse.
-
---Era casado ya--replicó Martí.
-
---¿Era casado?--exclamaron a un tiempo y con indignación las mujeres.
-
---Y con varios hijos.
-
---¡Entonces que le ahorquen...! ¡Que le degüellen...! ¡Que echen a la
-basura a ese pillo...! ¡Vaya un chasco!
-
-El furor de las damas nos dió que reir. No faltó quien hizo observar que
-ella también era casada y que este detalle no parecía haberles irritado
-tanto.
-
---Porque las mujeres son unas criaturas débiles... Porque las mujeres no
-van a buscar a los hombres... Porque se las engaña con palabritas de
-miel... Porque se excita su compasión fingiéndose locos y desesperados.
-
---Tienen ustedes razón--dije yo entonces para calmarlas--; el que
-resiste no debe incurrir en la misma responsabilidad, si al fin desmaya,
-que el que voluntariamente ataca... Pero viniendo al caso concreto de
-que hablábamos, mi opinión es que Larra dió más pruebas de egoísmo
-suicidándose que de amor fino y delicado. Si hubiera amado realmente a
-esa mujer, habría respetado su arrepentimiento, la habría considerado
-por él más digna de adoración y habría encontrado en su propio corazón y
-en la nobleza del ser idolatrado recursos para seguir viviendo. Al
-quitarse la vida, al privar a sus hijos de un padre y a la patria de un
-español insigne, no pudo menos de hacer pensar que no amaba a su
-querida por las cualidades amables con que el cielo la había favorecido;
-lo que amaba en ella era su propio placer.
-
-Las señoras aprobaron con alegría mis palabras. Esto excitó la
-susceptibilidad sapientísima de Castell: o tal vez cediendo únicamente
-al constante anhelo de instruir a sus semejantes, creyó indispensable el
-echarse hacia atrás en la silla y apuntándome con su dedo meñique
-resplandeciente de sortijas darme un curso completo de filosofía.
-
-Razonamientos bien encadenados, frases primorosas, gran copia de datos
-psicológicos, biológicos y sociológicos: todo para venir a parar a
-aquello de que "el hombre está encadenado fatalmente a sus propias
-sensaciones", que "no existe otro motivo verdadero más que el placer",
-que "el mundo es una batalla sin tregua", que "la lucha es condición
-imprescindible para la conservación y sostenimiento de la gran máquina
-del universo", etc.
-
---Sin ella, amigo Ribot--terminó diciendo--, volveríamos al seno de la
-materia inerte. El combate nos adiestra, nos fortifica, es la única
-garantía de progreso; y el que, extraviado por una loca ilusión, intenta
-suprimir el antagonismo de los seres ataca la raíz misma de la
-existencia y pretende violar la más sagrada de sus leyes.
-
---¡Oh, sí!--exclamé yo con exaltación--. Seré un loco, pero declaro que
-sentiría placer inmenso en atacar esa ley sagrada. Quisiera levantarme
-una mañana con ánimo para hacerla pedazos. He pasado la mayor parte de
-mi vida sobre un elemento donde a esa ley sagrada se le rinde culto
-fervoroso. En el fondo del mar los seres se devoran con devoción
-infatigable: el más grande se merienda religiosamente al más pequeño.
-Por parte de los peces puede usted estar seguro, Sr. Castell, de que la
-gran máquina del universo no sufrirá avería. Pero, lo confieso
-ingenuamente, nunca he podido acostumbrarme a esos procedimientos en los
-cuales los animales acuáticos nos llevan ventaja a los terrestres.
-Algunas noches de verano, tendido bajo la toldilla de mi barco, me he
-preguntado: "¿Será posible que los hombres estemos obligados eternamente
-a imitar esa lucha feroz, implacable que siento debajo de mí? ¿No
-llegará un día en que renunciemos de buena voluntad a ella? ¿En que la
-compasión prepondere sobre el interés, y el dolor que causemos no sólo a
-un semejante nuestro, sino a un ser vivo cualquiera, se nos haga
-irresistible?"
-
---¡Sueños nada más! No es usted el primero que se ha mecido en esa
-quimera.
-
---¡Soñemos, pues, entonces!--proferí con arranque lírico de que no me
-suponía capaz--. Soñemos que esa triste realidad no es más que una
-apariencia, una horrible pesadilla de la cual quizá el espíritu humano
-despertará algún día. Y mientras tanto, que cada hombre se fabrique un
-mundo mágico y camine dentro de él acompañado del amor, de la amistad,
-de la virtud, de todos esos fantasmas hermosos que alegran la vida.
-Porque la vida, señor Castell, por equilibrada y fisiológica que sea,
-cuando la imaginación no se encarga de embellecerla, es cosa insípida y
-triste... Si la suerte caprichosa me arrastra alguna vez, como a Larra,
-a enamorarme de una mujer que pertenezca a otro (aquí mi voz no pudo
-menos de alterarse), no trataré pérfidamente de arrancarla al cariño de
-su marido para conquistar el placer, no la alegría. Tampoco me abrasaré
-el cerebro aterrando sin piedad a los míos. Trataré más bien de sacar
-partido de mi pobre imaginación, como el gran Petrarca lo sacó de la
-suya divina; la amaré; guardaré su imagen en el fondo del corazón; la
-rendiré culto desinteresado, y mi existencia, al contacto de este puro
-amor, adquirirá elevación y nobleza.
-
-Desde el comienzo de nuestra conversación había sentido los ojos de
-Cristina posados sobre mí. Ahora la vi volverse con presteza hacia el
-piano para ocultar su emoción. Doña Clara, Matilde, Isabelita,
-aplaudieron. Emilio, riendo, me echó los brazos al cuello.
-
---¡Qué calor! ¡Qué entusiasmo, capitán! Yo soy un hombre esencialmente
-práctico y no puedo menos de dar la razón a Enrique; pero de todos
-modos, tú dices cosas muy agradables, muy lindas, y, lo que es más raro,
-sabes decirlas muy bien.
-
-Así era la verdad, pese a mi modestia. Fué la primera y única vez en mi
-vida que me sentí orador. Y si en aquel instante la Junta directiva del
-Ateneo de Madrid me invitase a ello, pienso que no tendría inconveniente
-en dar en este Centro una conferencia sobre _el porvenir de la raza
-latina_ u otro tema más amplio todavía.
-
-[imagen: una barra decorativa]
-
-
-
-
-IX
-
-
-Desde aquel día su actitud conmigo varió notablemente. Se mostró menos
-desconfiada y recelosa; no evitaba con tanto cuidado el mirarme cara a
-cara; cuando yo entraba no se ponía repentinamente seria como antes.
-Poco a poco su franqueza fué aumentando, haciéndose cordial y, en los
-límites de su temperamento reservado, afectuosa también. Su delicadísimo
-pudor le impedía recompensar con palabras las que yo había pronunciado
-en su presencia; pero se ingeniaba de un modo conmovedor para darme a
-entender que estaba satisfecha de mí.
-
-Una tarde se hablaba de ciertos objetos que había comprado y que se le
-olvidaron en la tienda. Martí quería enviar por ellos a un criado. Ella
-entonces dice con aparente indiferencia:
-
---Ribot, ¿no tiene usted que pasar por la calle de San Vicente? Pues
-hágame el favor de recoger ese encargo y traérmelo esta noche.
-
-Inundóme vivo placer. Por la noche cuando se lo entregué lo recogió con
-más indiferencia aún.
-
---Gracias--dijo secamente, sin mirarme.
-
-No importa; yo estaba seguro de que aquello era una recompensa. Me sentí
-tranquilo y dichoso.
-
-Pero al día siguiente de este pequeño y grato suceso el hado adverso me
-preparó el susto más grave que experimenté en mi vida de peligros y
-azares. Ni cuando encallé en el Río de la Plata, ni cuando los golpes de
-mar nos arrancaron el puente y la mitad de la obra muerta en el Canal de
-la Mancha, sentí de tal suerte encogido el corazón. La encargada de
-proporcionarme tan cruel desazón fué doña Amparo. Nos hallábamos en el
-gabinete de costura esta señora, Cristina y yo. Mientras ellas
-trabajaban yo hojeaba un álbum de retratos donde estaban los de toda la
-familia y los de muchos amigos. Yo preguntaba y doña Amparo me informaba
-de quiénes eran los originales. Cristina permanecía silenciosa.
-
---¿Quién es esta chiquilla tan simpática?--pregunté contemplando el
-retrato de una niña de diez o doce años--. ¡Vaya unos ojos hermosos!
-
---¿No la conoce usted?... Es Cristina.
-
---¡Áh!--exclamé sorprendido. Y mirando hacia ésta observé que se había
-puesto encarnada.
-
---Estaba aún en el colegio. ¿Verdad que era muy guapa?
-
---Ya lo creo--respondí tímidamente.
-
---Mamá, no digas ridiculeces. ¡Si parezco un pajarito
-desplumado!--exclamó la interesada riendo.
-
---¿Como un pajarito?--profirió su madre con indignación--. Estabas
-remonísima. Desde entonces no has hecho más que perder. ¡Ya darías algo
-por ser ahora como entonces!... Y si no que lo diga Ribot.
-
---Señora--murmuré algo confuso--, indudablemente era muy bonita en
-aquella época...; pero creo que ahora vale más.
-
-Cristina se puso más colorada aún, bajó la cabeza y quedó silenciosa y
-grave. Su madre no quiso pasar por ello. Yo no me atreví a contradecirla
-ya abiertamente: sólo emitía monosílabos o frases de dudosa
-interpretación. Al cabo dejamos esa conversación, para mí peligrosa, y
-poco después avisaron que estaba la peinadora y Cristina se marchó a sus
-habitaciones.
-
-Seguí hojeando el álbum y doña Amparo moviendo la aguja de marfil con
-la que tejía su labor de encaje. Guardábamos silencio; pero tres o
-cuatro veces que levanté los ojos observé que me miraba con insistencia
-molesta. Al cabo pude notar que suspendía su tarea, sin duda para
-mirarme más a su gusto.
-
---Ribot--pronunció en voz baja.
-
-Me creí con derecho a hacerme el sordo.
-
---¡Ps! Ribot.
-
---¿Qué decía usted, señora?--respondí fingiendo salir de una gran
-distracción.
-
---Míreme usted a la cara.
-
---¿Cómo?... No entiendo.
-
---Que me mire usted a la cara.
-
-Como no estaba haciendo otra cosa, aquella petición sería una
-redundancia absurda si no fuese, más que esto, en extremo inquietadora.
-
---Ahora, acerque un poco la silla.
-
-La nueva exigencia me pareció muchísimo más inquietadora. Me apresuré,
-sin embargo, a cumplir sus órdenes arrastrando la silla con chirrido de
-mal agüero. Y adoptando un continente tranquilo y desembarazado, bien
-contrario al que me correspondía en aquel instante, esperé lo que
-tuviera a bien decirme. Doña Amparo me miró sonriente y después de larga
-contemplación dijo:
-
---Ribot, usted está enamorado de mi hija Cristina.
-
-Primero pálido, luego encarnado, después otra vez amarillo, verde,
-azul... En fin, pienso que mi cara fué un arco iris por espacio de
-algunos segundos.
-
-¡Señora!... ¡Yo!... ¿Cómo puede usted suponer?... ¡En mi vida he
-pensado!... ¡Qué idea!...
-
-Doña Amparo, al verme en aquel estado de terrible agitación, se asustó y
-se puso también pálida. Cómo me vería, que echó mano inmediatamente a su
-frasco de sales, me agarró con una mano la cabeza y con la otra me lo
-puso en las narices. ¡Para sales estaba yo en tal instante! Aparté como
-pude de mí aquel cáliz, le dí las gracias y con dicción oscura y lengua
-balbuciente disculpé mi emoción por la sorpresa natural... La acusación
-era tan grave que a la verdad...
-
-Doña Amparo sonrió con benevolencia, sin duda para calmarme, y no
-consintió que hablásemos otra palabra si no tomaba una perlita de éter
-para fortalecer los espíritus. La tragué, no sin dificultad, porque la
-garganta se me había apretado hasta el punto de que apenas podía
-respirar. Luego, para aplacar la justa indignación de aquella señora,
-volví a protestar de un modo cortado, incoherente contra suposición tan
-monstruosa.
-
---¡Yo enamorado!... ¿Cómo era posible que tuviese la osadía, la
-avilantez?... Su hija era un modelo de todas las virtudes... Nadie
-podía tener el atrevimiento de ofenderla con sentimientos que no fuesen
-de respeto y admiración... Menos yo que nadie, amigo de Martí, un hombre
-tan caballero, tan leal, que tantas pruebas me había dado de inmerecida
-estimación, etc., etc.
-
---Todo eso está muy bien, Ribot--manifestó doña Amparo mientras aspiraba
-con ansia por la nariz las sales de su frasquito--. Pero eso no impide
-que usted esté chalao, loco perdido por mi hija.
-
---Se equivoca usted, señora... Le aseguro a usted...
-
---Vamos, confiéselo usted--me dijo poniéndome una mano sobre el hombro y
-mirándome con semblante risueño y malicioso--. Aquí no hay nadie que nos
-pueda oir.
-
---¡Señora, por Dios!
-
---¡Confiéselo usted, tunante! ¡Confiéselo usted!
-
-Y me dió un tironcito suave y cariñoso a la barba.
-
-Yo estaba asustado, recelando algo siniestro, fatal.
-
---Quedará entre los dos el secreto. Usted está enamorado de Cristina
-como lo está Castell hace tiempo...
-
---En cuanto a ése...--dije yo viendo el postigo abierto para escapar.
-
---Ese es un tuno mucho más largo, y entre los dos, francamente, le
-prefiero a usted.
-
-Quedé estupefacto. ¿Qué es lo que prefería aquella señora? ¿Por qué me
-hablaba de aquel modo? ¿Adónde iba a parar?
-
---¿Verdad que Cristina es muy guapa?--prosiguió con la misma ligereza--.
-¡Tiene un tipo tan interesante, tan delicado! No extraño que usted se
-haya enamorado... Por supuesto, no le habrá dicho nada...
-
---¡Señora!....
-
---No, no se lo diga usted. Es una criatura bonísima, virtuosa, incapaz
-de faltar a su marido... Además, Emilio no tiene igual, ¡tan cariñoso!
-¡tan leal! ¡tan espléndido! Adora a su mujer. Yo le quiero lo mismo que
-a un hijo. No consentiría por nada en el mundo que tuviese el más
-pequeño disgusto.
-
---Por mi causa no lo tendrá, descuide usted--me aventuré a decir.
-
---Eso le honra a usted, Ribot--replicó apretándome la mano--. Es usted
-muy bueno: bastante mejor que ese pillo de Castell--añadió sonriendo
-dulcemente--. Y, sin embargo, yo no puedo menos de querer a Enrique. ¡Es
-tan bueno! ¡Le encuentro siempre tan cariñoso conmigo! Luego, ¿qué culpa
-tiene el pobre de haberse enamorado?... Lo que está muy mal es decir
-cositas al oído a Cristina cuando Emilio no le ve... Supongo que serán
-tonterías... que es guapa, que tiene los ojos así y el pelo de otra
-manera... Pero no está bien. Emilio es su mejor amigo y si lo supiera
-tendría un disgusto... Usted, Ribot, es mucho más respetuoso. No se
-propasa a mirarla más que a hurtadillas... ¡Pero qué ojos la echa! Vamos
-a ver, pícaro, ¿se ha enamorado usted en Gijón o aquí?
-
---¡Por favor, señora!... Me siento en este instante tan aturdido, que va
-usted a dispensarme si me retiro.
-
---¡Qué reservado es, Ribot! Así, así me gusta. Los hombres de pocas
-palabras son los que mejor saben querer. Pero conmigo no debía de ser
-tan tímido. Ya sabe el cariño que le profeso. Ábrame su corazón, que yo
-haré lo posible por consolarle. ¿Con quién mejor que conmigo puede
-desahogar su pecho?
-
---Mil gracias, señora... Permítame usted que me vaya... Siento que ahora
-no podría decir nada razonable.
-
---¡Lo comprendo! Lo comprendo, querido Ribot--manifestó doña Amparo
-apretándome con efusión una mano entre las dos suyas--. Es usted como
-yo, demasiado impresionable, demasiado tierno. ¿Quiere usted otra
-perlita de éter?... Ni usted ni yo servimos para el mundo. No puedo ver
-a nadie sufrir. Aquí me tiene usted que, a pesar de adorar a mi yerno,
-de dar si fuera preciso la vida por él, viéndole a usted padecer por mi
-hija se me saltan las lágrimas... lloro como una tonta.
-
-En efecto, doña Amparo no se calumniaba en este momento.
-
---Francamente, Ribot--prosiguió con arranque.--Si fuese posible que
-Cristina le quisiera a usted sin ofensa para Emilio, yo misma iría a
-interceder por usted.
-
---Gracias, gracias--murmuré apretándole la mano antes de desasirme.
-
---Créame, usted, le quiero como a un hijo y haría cualquier cosa
-porque...
-
-Aquí la voz se le anudó en la garganta y yo aproveché tan preciosa
-oportunidad para retirarme con paso trágico por el foro.
-
-Salí en un estado de confusión indescriptible. Me sentía colérico,
-irritadísimo contra aquella mujer que con tal frivolidad y aturdimiento
-levantaba el velo a los secretos más peligrosos, a las más profundas
-intimidades de su familia. La apellidaba entre dientes imbécil, grosera,
-mala madre. Mi cólera llegaba hasta acusarla de inclinaciones a la
-alcahuetería, de haber nacido para _Celestina_. Sin embargo, poco a poco
-me fuí calmando y con la calma vino al cabo la justicia. Doña Amparo era
-rematadamente tonta: de esto no cabía duda; pero no una mala mujer.
-Todas aquellas atrocidades que había soltado dependían, en primer
-término, de su falta de criterio; después, de su temperamento
-irresistiblemente mimoso. Era un corazón que se deshacía como la
-manteca por el primer advenedizo. Necesitaba ser atendida, mimada como
-los niños y los perros, y como ellos también, no establecía diferencia
-entre las manos que la prodigaban caricias.
-
-Hechas estas reflexiones, que infundieron paulatinamente en mi espíritu
-sentimientos menos feroces, no pude menos de pensar, sin embargo, que si
-la fatalidad hiciese conocer a Cristina la anterior conversación, caería
-muerta de vergüenza.
-
-Encontré a aquélla en el despacho con su marido y con Castell. Emilio,
-que empezaba a organizar y poner en vías de hecho su famoso proyecto de
-canalización en la provincia de Almería, estaba de excelente humor.
-Sospeché que Castell le había facilitado al cabo algunos elementos.
-Charlaba como un descosido y embromaba cariñosamente a su amigo sobre su
-escepticismo teórico, su apatía para los negocios. Si él poseyese los
-medios de que disponía Castell, pronto sería el hombre más rico de
-España, proporcionando al mismo tiempo pan a muchas familias y adelantos
-a la nación. Cuando entré desvió hacia mí el torrente de sus bromitas,
-amenazándome con casarme en el plazo improrrogable de dos meses. Luego
-se puso a hablarme de su proyecto. En cuanto se efectuase el grato
-acontecimiento de familia que todos esperábamos, partiría para Almería,
-a fin de dar un buen avance a los estudios del canal. Sacó del armario
-una porción de carpetas y me exhibió los planos, explicándolos,
-comentándolos, esforzándose en infundirme el mismo entusiasmo que a él
-le animaba.
-
-Yo le prestaba religiosa atención, pero sólo en apariencia. Lo cierto es
-que por encima de los papeles no perdía de vista los movimientos de
-Castell, que habían comenzado a hacérseme sospechosos. Le vi maniobrar
-hábilmente para acercarse a Cristina, que, de pie en el hueco del
-balcón, hojeaba un libro.
-
-Cuando estuvo cerca, con el pretexto de examinar la obra que aquélla
-tenía entre las manos, observé que aproximaba su mejilla a la de ella
-casi hasta tocarse; y aunque por estar de espaldas no pude ver el
-movimiento de sus labios, comprendí que le dirigía algunas palabras en
-voz baja. Separó la dama bruscamente la cabeza y trató de alejarse; pero
-¡oh sorpresa! Castell la retuvo, cogiéndola por la muñeca. Al mismo
-tiempo con la otra mano trataba de introducirle entre los dedos una
-carta. Cristina rehusaba tomarla. Forcejearon un instante en silencio.
-Mi corazón saltaba dentro del pecho. Temía que Martí volviera la cabeza
-y advirtiese lo que pasaba. No por el villano Castell, como podrá
-comprenderse, sino por evitar un gran escándalo y un disgusto cruel a
-mis amigos, hice lo posible por distraerle. Varias veces volvió Cristina
-los ojos hacia nosotros con expresión de espanto; y no logrando
-desasirse y temiendo lo que indefectiblemente iba a acontecer si aquella
-lucha se prolongaba unos segundos más, se decidió a tomar la carta, que
-estrujó ocultándola entre sus dedos. Luego se acercó pálida y sonriente
-a nosotros y se puso a mirar también los planos, esforzándose en
-aparecer indiferente. Pero su rostro no perdía la intensa palidez de que
-se había cubierto, y todo su cuerpo temblaba.
-
-En cuanto a Castell, jamás he visto una actitud más tranquila, más
-indiferente, sin afectación de ninguna clase. Quedó un instante inmóvil,
-con las manos en los bolsillos, mirando por el balcón a la calle. Luego
-se puso a dar paseos por la estancia. De vez en cuando dirigía una
-rápida mirada escrutadora a Cristina. A pesar de la profunda aversión
-que me inspiraba no pude menos de admirar su increíble osadía,
-envidiando al mismo tiempo el perfecto dominio y la confianza
-inquebrantable que aquel hombre tenía en sí mismo. No he conocido otro
-para quien los demás seres creados representasen menos.
-
-Yo no perdía de vista la mano en que Cristina estrujaba la carta. Emilio
-cerró al fin las carpetas, sin dejar sus largas, prolijas
-explicaciones. Después, levantándose de la silla y cogiéndome del brazo,
-detuvo a Castell en su paseo.
-
---Quieras o no, al fin entrarás en este negocio--le dijo siguiendo la
-broma.
-
---Ya sabes que yo no sirvo, Emilio--repuso el otro con sonrisa tranquila
-y protectora.
-
---Para trabajar no, ya lo sé. Pero como ídolo chino me puedes prestar un
-gran servicio. Como eres rico y pasas por hombre de ciencia (por más que
-sólo sabes lo que no te importa), te necesito para colocarte en el
-puesto más visible, en la presidencia del Consejo de Administración.
-Nadie te exigirá que trabajes. Te daremos una butaca cómoda y dormirás a
-ratos, y a ratos echarás bendiciones.
-
-Cristina se había quedado cerca de la mesa. En pie y con expresión
-altiva dirigió a Castell una larga mirada. Luego, desplegando el sobre
-que arrugaba, lo rasgó tranquilamente, lo hizo trozos menudísimos, que
-arrojó en el cesto de los papeles rotos.
-
-[imagen: una barra decorativa]
-
-
-
-
-X
-
-
-Nuestro paseo aquella tarde se dirigió hacia la barraca de _Tonet_,
-donde se nos tenía preparado un refrigerio. Este _Tonet_, verdadero moro
-por sus ojos, por su tez, por sus dientes y, sobre todo, por su
-silencio, era un prodigio para aderezar paellas y tocar la dulzaina.
-Siempre que se nos ocurría ir a visitarle nos recibía con la gravedad y
-cortesía de un señor feudal. Sin despegar los labios apenas,
-entendiéndose por signos con su mujer y sus hijos, nos hacía sacar
-sillas debajo del emparrado, y poco después solía servirnos higos,
-dátiles, chufas y bollos tiernos de canela, de que siempre estaba
-provista su alacena. Cuando se le había prevenido, como en la ocasión
-presente, nos ofrecía helados riquísimos de vainilla y avellana. Era un
-hombre triste, manso, de ademanes perezosos. No se alegraba nunca, pero
-gustaba de ver alegres a los demás. Los domingos, y también muchas
-tardes, cuando terminaba temprano su faena, solía sentarse delante de la
-barraca y hacía sonar suavemente la dulzaina un rato. No lo hacía para
-su regalo; aquello era un reclamo nada más. Poco a poco iban acudiendo a
-la suya todas las mocitas de las barracas próximas y se improvisaba un
-baile. Su hijo mayor, un niño de catorce años, tocaba el tamboril, y era
-casi tan grave y silencioso como él. Ambos pasaban horas enteras, uno
-soplando, el otro redoblando, serios, melancólicos, con los ojos fijos
-en el espacio, sin atender poco ni mucho al bullicioso baile que su
-música promovía.
-
-Sabas, que aquella tarde era de la partida, se emparejó conmigo según
-íbamos caminando al través de los altos maizales, ya próximos a espigar.
-El primer asunto que propuso a mi consideración, chupando de la pipa y
-escupiendo a intervalos regulares, fué de índole esencialmente crítica.
-¿Por qué su cuñado se obstinaba en sostener baldía aquella finca que
-tantos gastos originaba, cuando con poco esfuerzo se la podía hacer
-productiva? Cada uno de los elementos constitutivos de esta proposición
-fué examinado separadamente por un método rigurosamente matemático.
-Para ello formuló en primer lugar algunas definiciones claras, precisas,
-luminosas: «Qué es una finca de recreo.» «Qué es una finca productiva.»
-«Qué es una finca mixta de regalo y de utilidad.» Después de esto
-estableció algunos axiomas tan profundos como incontrastables: «Todo lo
-que es productivo debe producir.» «Para conseguir un fin deben aplicarse
-los medios.» «El hombre no está aislado en el mundo y debe pensar en su
-familia.» «La vanidad no debe influir en los actos humanos.»
-Inmediatamente vinieron las demostraciones parciales con sus escolios y
-corolarios, llegando al cabo suavemente, pero con lógica invencible, a
-la prueba de la proposición enunciada, a la cual puso el corolario
-siguiente: «Emilio es un hombre activo y emprendedor, pero al mismo
-tiempo un grandísimo botarate.» Satisfecho, y con razón, de su método,
-de su intuición y de la lógica con que el Supremo Hacedor había tenido a
-bien favorecerle, se puso acto continuo a chupar y a escupir con
-celeridad vertiginosa.
-
-La segunda cuestión que aquella tarde atacó su espíritu lúcido me
-concernía directamente.
-
---Vamos a ver, Ribot, ¿usted no ha pensado en casarse?--me preguntó
-después de larga pausa, suspendiendo su pipa en el aire y clavándome una
-mirada escrutadora.
-
-Confieso que me sentí turbado. Comprendí que las profundidades de mi
-alma iban pronto a ser sondadas y temblé viendo que aquel crítico
-trascendente se disponía a ensayar sobre mí su escalpelo.
-
---¡Pss!... los marinos pensamos poco en eso... Nuestra vida es
-incompatible con los placeres de la familia.
-
---Los marinos, cuando llegan a cierta edad y han alcanzado una posición
-independiente como usted, tienen derecho a retirarse tranquilamente y
-disfrutar de una vida confortable--replicó con la gravedad y aplomo que
-imprimía a todas las manifestaciones que salían de su boca.
-
-¿Cómo sabía que yo había alcanzado posición independiente? Sólo por una
-maravillosa intuición, puesto que a nadie había dado cuenta del estado
-de mis negocios. Admiré en el fondo del corazón aquella penetración
-inmensa y me dispuse con humildad a averiguar acerca de mí mismo mucho
-más de lo que sabía.
-
-Sabas meditó algunos minutos. Y mientras meditaba chupando de la pipa,
-sus mejillas se hundían de un modo sobrenatural. La fuerza con que
-extraían el humo del tabaco era tal, que estoy persuadido de que se
-tocaban por dentro. Al mismo tiempo, la intensidad de sus reflexiones
-influía de manera análoga en la secreción de las glándulas salivales.
-
---¿Por qué no se casa usted con mi prima Isabelita?--me dijo
-súbitamente, con ese acento brusco y perentorio que caracteriza a los
-hombres que dominan por el pensamiento a sus semejantes.
-
-Isabelita caminaba emparejada con Matilde delante de nosotros. Yo
-empalidecí temiendo que hubiera oído aquellas gravísimas palabras, y
-asustado y confuso murmuré unas cuantas poco coherentes.
-
---Sí--prosiguió el crítico--; mi prima es una chica muy linda, muy
-modesta y además le admira a usted extraordinariamente.
-
---¿Me admira?--exclamé estupefacto--. ¿Y por qué me admira?--añadí
-cándidamente.
-
-Sabas dejó escapar una sonora carcajada que provocó en sus bronquios una
-crisis de tos seguida de evacuación copiosa de nicotina.
-
---Eso se lo dirá ella cuando estén ustedes solos y mano a mano.
-
---No me ha entendido usted--repliqué yo picado--. Quiero decir que no
-reconozco en mí mérito alguno para ser admirado de nadie. Y en cuanto a
-Isabelita, siempre he creído que toda su admiración la consagraba a
-Castell.
-
---No tendría nada de particular. Un hombre que posee ocho millones de
-pesetas es un ser admirable. Pero esa admiración, en este caso, no puede
-engendrar ningún resultado práctico. Castell sostiene una mujer
-públicamente, tiene con ella varios hijos y ninguna joven de buena
-familia puede pensar en él. Con usted el caso es distinto: es posible
-llegar rápidamente a una solución satisfactoria, y mi opinión es que
-debe usted dejar su vapor y embarcarse a toda prisa en esa linda goleta.
-Sencilla, modesta, bien educada, hacendosa, acostumbrada a la severa
-economía de una casa donde se dan cien vueltas a un duro antes de
-soltarlo, hija única y heredera universal de todo el dinero de su padre.
-Y mi tío Retamoso posee más de lo que la gente se figura. ¿Quién supo
-jamás el dinero que tiene un gallego? Por supuesto, mientras él viva no
-verá usted una moneda de cinco céntimos; pero ¿a usted qué le importa?
-En los primeros años de matrimonio se sostendrá usted bien con el
-capital que posee, y cuando las necesidades aumenten y la edad haga más
-apetecibles ciertas comodidades, vendrá la herencia de su suegro a
-llenarlas, proporcionándole a usted un alegrón...
-
-Otra porción de reflexiones juiciosas fluyeron, como abejas sabias y
-diligentes, de la boca de aquel hombre extraordinario. En mi vida he
-visto atar tan primorosamente todos los cabos sueltos de la existencia,
-afinar la puntería y extraer la quinta esencia de las relaciones
-humanas. Aunque se tratase de mi porvenir, y me sintiese, por lo tanto,
-embargado por la nueva perspectiva que se ofrecía a mis ojos, tuve, sin
-embargo, bastante libertad de espíritu para admirar la dialéctica de su
-discurso, su riqueza sorprendente de formas, de construcciones, de
-giros, de distinciones y sutilezas lógicas; el perfecto encadenamiento
-de sus razonamientos. El mundo sensible, pensé, no tiene secretos para
-este hombre, y el mecanismo de su razón funciona con una exactitud de
-cronómetro.
-
-Cuando llegamos a la barraca y nos hubimos sentado para tomar el
-refrigerio que nos tenían preparado, Emilio, que estaba cerca, me
-preguntó en voz baja:
-
---¿Conque estás decidido a irte pasado mañana?
-
---No hay más remedio. El barco debe de llegar de un momento a otro.
-
---¡Qué lástima!--exclamó con acento melancólico; y poniéndome una mano
-cariñosamente sobre el hombro añadió:--¿Sabes, pícaro, que nos íbamos
-acostumbrando a ti?
-
-Me sentí conmovido por aquellas palabras, y más aún por la nube de
-tristeza que oscurecía su rostro alegre y simpático. Guardé silencio. Él
-hizo lo mismo, echándose hacia atrás en la silla y permaneciendo,
-contra su temperamento, pensativo y melancólico. Al cabo volvió a
-decirme casi al oído:
-
---Si siguieses mi consejo renunciarías a la vida de marino, que, digas
-lo que quieras, es un poco aventurera, y te casarías como una persona
-formal. ¿Vas a estar solo siempre? ¿No piensas en la vejez y en lo
-triste que es pasar los últimos años de la vida en poder de manos
-mercenarias, sin niños que alegren tu casa, sin una mujer que mantenga
-en ella el orden y el bienestar?
-
---Soy viejo ya--respondí sonriendo, pero triste en el fondo del alma--.
-Tengo treinta y seis años.
-
---Es buena edad para el hombre. Además, por el aspecto y por tu fuerza y
-agilidad eres un muchacho... Yo conozco--añadió echando una mirada
-maliciosa hacia el sitio donde estaba Isabelita--una niña de diez y ocho
-abriles que se casaría contigo con preferencia a todos los pollastres de
-la ciudad.
-
---¡Bah!... Esa niña se reiría si le propusieras un hombre que le dobla
-la edad.
-
---No lo creas. Puesto que ya sabes quién es, te diré en confianza que
-Isabelita te admira.
-
---¡Pero hombre!...
-
---Nada, nada; me consta de un modo seguro que te admira.
-
-La cosa era grave. Aquella admiración inopinada me causaba inquietud y
-vergüenza. No podía contemplar mi rostro al espejo porque no había allí
-ninguno; pero miraba mis manos velludas y atezadas, echaba una rápida
-ojeada a mis pies, nada pequeños ni primorosamente calzados, y me era
-imposible adivinar la naturaleza y la extensión de mis encantos.
-
-Ahora bien, lo menos que puede hacer un hombre que, con razón o sin
-ella, se siente admirado por una muchacha, es pasarle el plato de las
-aceitunas preguntándole si gusta. Eso es cabalmente lo que yo hice poco
-después de haber llegado a mi noticia que había fascinado a la niña de
-Retamoso. Pinchó ella con su tenedor una, e inmediatamente su lindo
-rostro se cubrió de rubor, como si en vez de la aceituna hubiera
-pinchado mi corazón. No estoy seguro, pero se me figura que poco después
-de acaecido esto, le serví una rajita de salchichón. El mismo rubor
-inundó su frente con el embutido que con las aceitunas. La repetición
-consecutiva de este fenómeno fisiológico introdujo la alarma en mi
-espíritu. Todos mis sentimientos caballerescos se sobreexcitaron de tal
-modo que, en un buen espacio y con intervalos demasiado cortos, no paré
-de ofrecerle entremeses. Pienso que, de haber aceptado todos los que le
-ofrecí aquella tarde, ninguna purga podría corregir los excesos de mi
-galantería, y aquel ser angelical habría desplegado sus alas al cielo
-víctima de una indigestión.
-
-Una vez lanzado por la pendiente de las gentilezas, no vacilé en
-sentarme a su lado para comunicarle que tenía unos ojos extraordinarios,
-indescriptibles; unas mejillas sonrosadas, tersas, indescriptibles, y
-unas manos pequeñas, torneadas, suaves... y también indescriptibles. El
-conocimiento de estos datos le causó profunda sorpresa, a juzgar por el
-gesto de incredulidad que apareció en su semblante. Me dijo que sí, que
-podían muy bien describirse, y que sólo un pícaro marino acostumbrado a
-engañar mujeres por todo el litoral podía hallar imposible semejante
-empresa. Dicho esto, se puso más encarnada que una cereza. La
-conversación se prolongó largo rato en dulce y ameno discreteo, como si
-representásemos una comedia de capa y espada, y mientras duró, el flujo
-y reflujo de la sangre fué constante en el rostro de Isabelita. Yo me
-excedí a mí mismo, como dicen los revisteros de periódicos de los malos
-cómicos, esto es, estuve sutil, bromista, retozón y perfectamente tonto.
-Nuestra charla llamó la atención de los demás, y pude observar que nos
-miraban con curiosidad y se dirigían unos a otros guiños maliciosos.
-
-No sabiendo ya qué otra simpleza ejecutar, supliqué a _Tonet_ que sacase
-la dulzaina, y propuse a la reunión que bailásemos. Aceptaron con gusto,
-y, riendo mucho (¿sería de mí?), fueron emparejándose. Yo invité, claro
-está, a Isabelita, me puse a saltar con ella, como un colegial aturdido,
-y no tardé en advertir que, al poco rato, todos se sentaron y que éramos
-objeto de su contemplación atenta. No por eso se calmó mi turbulencia.
-Todavía seguí brincando largo rato entre las palmadas y los vivas de los
-presentes, que nos miraban con ojos risueños. Sólo el silencioso _Tonet_
-y su impasible hijo nos clavaban los suyos graves, melancólicos, como si
-quisieran recordarnos la nada de las cosas humanas, lo breve de la
-existencia.
-
-Cristina, que hasta entonces había estado seria y en cuya frente
-fruncida podían observarse las huellas que había dejado la escena de la
-mañana, se animó de pronto. Su alegría fué tan ruidosa que causó la
-admiración de todos. Hacía años que no se la había visto así. Doña
-Amparo declaraba que desde niña, en que su desenfado y travesura le
-habían causado más de un sobresalto, no había vuelto a alborotarse de
-aquel modo. Nos jaleaba, nos aplaudía, nos tiraba chufas y almendras y
-hasta nos manifestó deseos de bailar también. Emilio y su madre se lo
-impidieron, a causa del estado en que se hallaba. Pero su boca no
-cesaba de soltar bromitas y donaires que hacían estallar de risa a la
-reunión. Tenía ingenio vivo y además dejaba escapar sus palabras con una
-brusca naturalidad que les comunicaba gran efecto. Alguna de ellas me
-pareció un poco atrevida, pero la admiraba tanto que no paré mientes en
-ello. Cuando se habla mucho y en tono jocoso, es casi imposible
-mantenerse en los límites de la prudencia.
-
---Está muy bien eso--me dijo Sabas al oído cuando me hube sentado--.
-Ahora es necesario no enfriar el horno. Insinúese usted con mi tío.
-Háblele usted de la subida del cacao.
-
-Yo me reí, pero no hice caso. Seguí haciendo la corte a Isabelita con el
-beneplácito de todo el mundo. Me equivoco: doña Clara dirigía de vez en
-cuando hacia nosotros sus ojos con un poco más de severidad que la que
-ordinariamente expresaban, y fruncía su nariz borbónica mientras tomaba
-a sorbos un refresco de chufas. Ignoro si sería aprensión, pero se me
-figura que le oí murmurar dos o tres veces la palabra _shocking_. Nada
-tendría de extraño, porque esta ilustre matrona en los casos difíciles
-prefería las lenguas anglosajonas a su idioma nativo. Lo que sí puedo
-asegurar sin temor a que nadie me desmienta, es que la vi comer más de
-un kilo de cacahuetes, y que esta operación, aunque vulgar en sí misma,
-no le hizo perder un átomo de su majestad.
-
-Llegó por fin la hora de regresar a la alquería y tomar el coche para
-restituirnos a la ciudad. Pero en el momento de disponernos a emprender
-la marcha Cristina se sintió indispuesta. La vi ponerse pálida y
-llevarse varias veces la mano a la cabeza y al corazón. Las sales
-volátiles de doña Amparo no sirvieron de nada; tampoco el azahar ni el
-agua de Melisa ni las otras drogas que como amigos fieles acompañaban a
-todas partes a esta nerviosa señora. Suplicó que la dejasen un momento
-sola con la esposa de _Tonet_, que le sirvió una taza de tila. Un cuarto
-de hora después salió de la barraca tranquila, pero con los ojos
-enrojecidos. La crisis nerviosa se había resuelto en lágrimas.
-
-Ya el sol había desaparecido cuando emprendimos nuestra marcha al través
-de los campos de maíz y de los bosquecillos de frutales. Calmados mis
-ímpetus caballerescos y apagada aquella llamarada de vanidad que había
-brotado en mi espíritu con la supuesta admiración de Isabelita, quedé
-silencioso y triste. Caminé un trecho en compañía de ésta y de Matilde
-haciendo esfuerzos por ocultarlo; pero viendo que me era imposible y
-temiendo que se notase mi humor, me quedé con disimulo atrás para
-caminar solo. Estaba descontento de mí mismo. El galanteo de aquella
-tarde me parecía una traición hecha a mis sentimientos, al amor dulce y
-delicado que guardaba en el fondo del corazón como un tesoro. No pude
-menos de pensar con disgusto que había descendido a la más
-insignificante vulgaridad. Temí con razón que Cristina, cuyo afecto y
-estimación me parecía haber ganado por mi conducta, me despreciase desde
-la hora presente. Y este pensamiento me desazonaba profundamente.
-
-Desde que se sintió indispuesta no había vuelto a mirarme ni me dirigió
-la palabra. La casualidad hizo que no tuviese más remedio que hacerlo.
-Porque habiéndosele olvidado su reloj en la barraca y queriendo volverse
-a recuperarlo, yo me apresuré con presteza. Cuando torné con él me
-aguardaba un poco apartada del resto de la compañía.
-
---Gracias--me dijo con semblante grave que rayaba en la dureza, y trató
-de reunirse a los demás.
-
-Cualquiera que haya pasado por estos lances de amor me creerá si le digo
-que aquel semblante hosco me causó alegría indecible.
-
---Escúcheme usted un momento, Cristina; tengo que hablarle--le dije con
-voz no bien segura.
-
---Usted dirá--replicó mirando por encima de mi cabeza al firmamento y en
-un tono glacial que, por la razón de antes, me infundió calor y no frío.
-
---Quisiera pedirle a usted un consejo y apenas me atrevo... Habrá usted
-observado que esta tarde estuve un poco más expresivo con su prima
-Isabelita, como si tratase de obsequiarla.
-
---No he observado nada--respondió con mayor sequedad aún.
-
---Pues así es la verdad; y si me he autorizado el hacerlo, a pesar de la
-gran diferencia de años que entre nosotros existe, ha sido únicamente
-porque Isabelita me admira.
-
-Me miró estupefacta, como si recelase que me hubiera vuelto loco.
-
---Al menos eso es lo que me han dicho categóricamente tanto su hermano
-Sabas como Emilio.
-
---¡Qué tontos!--exclamó con leve sonrisa, comprendiendo mi intención--.
-Son capaces de poner en ridículo a cualquiera. Afortunadamente, usted es
-hombre de juicio y no hace caso de tales simplezas, que si no, ¡buena
-quedaría mi pobre prima!
-
---Es el caso que, a pesar de todo, yo he dado algunos pasos para
-conquistar su voluntad, y antes de ir más adelante quisiera obtener la
-aprobación de usted.
-
---¡Mi aprobación!--exclamó turbada y con voz sorda--. ¿Para qué necesita
-usted mi aprobación, ni qué tengo yo que partir en este asunto? Pídala
-usted a sus padres.
-
---Antes de pedirla a sus padres quisiera la de usted... Ya sé que no
-tiene ningún interés directo en este asunto; pero se trata de su prima,
-a quien usted quiere mucho al parecer, y se trata de mí, a quien
-inmerecidamente ha distinguido con su aprecio. Nadie mejor que usted
-puede dar en este caso un consejo leal, y yo, en nombre de nuestra buena
-amistad, se lo pido como un favor al cual quedaría agradecido por los
-días de la vida.
-
-Guardó silencio largo rato. Caminábamos emparejados entre los altos
-maíces, que hacían aún más tenue la escasa claridad del crepúsculo. Yo
-la observaba con el rabillo del ojo y me parecía advertir en su rostro
-leves, imperceptibles cambios. Su frente tan pronto se arrugaba como se
-extendía; sus labios se movieron varias veces sin dejar escapar ningún
-sonido. Al cabo profirió con voz temblorosa:
-
---Me alegro mucho de que usted haya hecho su elección al fin. Los
-hombres no deben vivir solos, y menos los que, como usted, tienen un
-temperamento afectuoso, indulgente y saben apreciar el corazón delicado
-de una mujer. Isabel es muy niña; poco puedo decirle de su carácter.
-Usted se encargará de formarlo. Pero sí puede asegurarse que sabrá
-cumplir los deberes de ama de casa: es trabajadora, hacendosa,
-económica... y sobre estas cualidades que se ocultan hay otra que se
-manifiesta: es muy linda también.
-
---Olvida usted una que me la hace más preciosa y apetecible.
-
---¿Cuál?
-
---La de ser prima de usted.
-
-Su hermoso rostro se oscureció, fruncióse su frente y respondió con
-acento de severidad:
-
---Si usted no estimara a mi prima por sí misma, si la tomara como un
-juguete para distraerse de otras ilusiones o, lo que sería aún peor,
-para seguir alimentándolas en secreto en perjuicio suyo, cometería usted
-un grave pecado, y desde luego le aconsejo que en ese caso no piense en
-ella, que la deje tranquila.
-
-Pronunciadas estas palabras avivó el paso y se reunió a los demás,
-dejándome solo.
-
-Cuando montamos en los carruajes para regresar a la ciudad yo estaba
-demasiado melancólico y emboscado en serias meditaciones para seguir
-haciendo el cadete con Isabelita. Pretextando dolor de cabeza me situé
-en el pescante, y al llegar hice valer también el pretexto para no subir
-a casa de Martí y retirarme al hotel.
-
-A las ocho de la mañana me despertó la voz gozosa de Emilio, que entró
-en mi cuarto como un huracán, abriendo las ventanas y sentándose sobre
-mi cama.
-
---Ya no te vas mañana, capitán--exclamó riendo y tirándome de la barba
-para concluir de despertarme.
-
---¿Pues?--respondí mirándole con asombro.
-
---Porque mañana vas a ser padrino de una niña más hermosa que la
-estrella de la mañana.
-
---¿Cómo...? ¿Cristina...?
-
---Sí; Cristina se sintió indispuesta en cuanto nos dejásteis solos.
-Pensamos que se repetía el accidente de la tarde; pero ella, que debía
-saber a qué atenerse, nos pidió que avisásemos a la mujer que tenía ya
-hablada para el caso. Por lo que pudiera suceder, avisé al médico; pero
-no le consintió entrar en el cuarto. Con la mujer se arregló la pobre...
-¡Qué valor! ¡Qué sufrimiento, capitán!... Ni un grito, ni una queja
-siquiera. Yo andaba muerto, desencajado, pidiéndole por Dios que
-chillase... No comprendo el sufrir sin quejarse... Me aterran los
-temperamentos como el de Cristina, que en los mayores dolores no dejan
-escapar un lamento... A las dos de la madrugada salió mi valiente mujer
-de su cuidado, haciéndome padre de la chica más linda, más salada y de
-más talento que ha visto el sol de Valencia..., digo, que verá, porque
-todavía no lo ha visto.
-
-Alzóse de la cama, dió unas cuantas vueltas por la estancia, volvió a
-sentarse, se levantó de nuevo y ejecutó una porción de maniobras que
-demostraban la agitación placentera de su espíritu. Yo me sentía también
-profundamente impresionado y le felicité con palabras calurosas. Cuando
-hubo una pausa le pregunté:
-
---¿De modo que me concedes el honor de ser su padrino?
-
---Tendría gran placer en ello, sí tú aceptas... A la verdad, yo había
-pensado primeramente en Castell... No te ofenderás por ello ¿verdad...?
-Enrique es, más que amigo, un hermano mío... La cosa era natural... Pero
-te diré en secreto que Cristina se opone. Escrúpulos religiosos,
-¿sabes?... Como Enrique profesa esas ideas tan atrevidas y las emite con
-demasiada franqueza, las señoras no pueden perdonárselo... Todo depende
-de que no es un hombre práctico... Podría muy bien tener todas las ideas
-que quisiera, si las guardase un poco más cuando estuviera entre
-mujeres... Luego yo me río mucho de sus ideas materialistas...
-¡Materialista Enrique, cuando no hay hombre más bondadoso en el
-mundo!... Porque, a pesar de su enorme talento y de su ilustración
-pasmosa, Enrique es un niño, ¿sabes? ¡un corazón de oro!
-
-Y al proferir estas palabras con acento resuelto sacudía su negra
-cabellera ondeada de un modo que daban ganas de reir y llorar al mismo
-tiempo.
-
---¿Y Cristina qué dice de la sustitución?
-
---En cuanto pronuncié tu nombre se alegró mucho.
-
-Yo me sentí alegre también al escucharlo. Me vestí apresuradamente y
-marché a conocer el nuevo astro. Al día siguiente fuimos a la iglesia y
-cumplí mis deberes con emoción, rebosando de orgullo. Al otro tomé el
-tren de Barcelona, prometiendo a mis amigos volver pronto a visitarles,
-y a mí mismo, de un modo vago, hacer definitiva la visita sentando mis
-reales en Valencia.
-
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-XI
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-Persistiendo en este propósito eché mis cálculos mientras duró el viaje.
-Y hallando que, si no era rico, podía vivir cómodamente con el caudal
-que poseía, en cuanto regresé a Barcelona pedí mi retiro a la casa
-armadora.
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-No puedo explicar con claridad los sentimientos que en aquella ocasión
-embargaban mi alma. Reinaban en ella la confusión y el tumulto. El amor
-apasionado de Cristina; la hermosura angelical y la inocencia de la niña
-de Retamoso; el deseo de reposo, de una vida cómoda y tranquila que todo
-hombre siente al llegar a cierta edad, y las severas amonestaciones de
-la conciencia que discutían mi derecho a obtenerlo en aquellas
-circunstancias, gritaban simultáneamente dentro de ella. Pero había un
-sentimiento que, aunque quieto y silencioso, tenía más fuerza que los
-demás: el deseo ardiente de habitar cerca de Cristina, de vivir en su
-intimidad y no perder de vista jamás su rostro hechicero. Nada pensaba
-hacer contra la paz de su corazón y el honor de su marido, pero sería
-dichoso con sólo gozar de su presencia toda la vida.
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-En estas disposiciones, ni santas ni criminales, tomé el tren de
-Valencia a los dos meses próximamente de haber salido de ella. Al cruzar
-por una estación del trayecto creí percibir en la ventanilla de un tren
-que estaba parado la silueta de Sabas, y cerca de él una cabeza rubia de
-mujer, que no era la de Matilde.
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---¡Sabas! ¡Sabas!--grité.
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-Cuando me percibió saludóme afectuosamente con la mano. La señora que
-estaba a su lado también agitó la suya sonriendo con mucha expresión, no
-sé por qué, pues no la conocía. Quedé perplejo: me asaltó la duda de si
-me habría equivocado. ¿Sería realmente Matilde? No tardé en averiguarlo.
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-Llegué a Valencia antes de oscurecer. Después de dejar los bártulos en
-la fonda alquilé un coche para dirigirme al Cabañal, donde sabía que
-Martí se había instalado ya. Ansiaba consultar con él mis planes. Al
-aproximarme a la alquería sentí latir el corazón con violencia. Esto
-sublevó nuevamente mis sentimientos honrados. «¿Estamos en esas?--me
-dije con despecho--. ¿Tratas de contraer un vínculo sagrado, de entregar
-tu corazón a una niña inocente y no puedes reprimir tus impulsos
-libertinos? ¿Vas a estrechar la mano de un amigo, a hacerle tu
-confidente, tu deudo, y no puedes limpiar el espíritu de pensamientos
-traidores?»
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-La familia estaba reunida en el comedor. Observé inmediatamente en los
-semblantes cierta tristeza y desusada gravedad. Tenían todos una cara
-larga y aun consternada que me inquietó sobremanera. Sin embargo, Martí
-me abrazó con su acostumbrada cordialidad, mostrando alegría sincera por
-mi llegada. Fuí dando la mano a todos, y al llegar a Matilde le dije sin
-reflexionar:
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---¿Conque está usted viuda? He visto a su marido en una estación. No le
-he podido hablar, pero nos hemos saludado.
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-Acabando de pronunciar estas palabras quedé estupefacto viendo que se
-echaba a llorar perdidamente.
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-Y apretándome la mano de un modo convulsivo, entre sollozos que le
-rompían el pecho, me dijo:
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---¡Gracias, Ribot!... ¡Muchas gracias!... Mi marido se ha fugado con la
-dama joven.
-
---He visto a su lado una señora rubia, pero no pensaba...--balbucí
-desconcertado.
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---Sí, sí; la dama joven--profirió sin dejar de sollozar.
-
---Dispénseme usted; como ha sido tan rápido mi paso no pude reparar...
-pero sí me parece que era joven.
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---¡Qué había de ser joven, si tiene más de treinta años!--exclamó con
-furor--. ¡Más pintada y retocada que una muñeca de bazar!... ¡Había que
-verla por las mañanas en el balcón!
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-Martí vino en mi auxilio, diciéndome en voz baja:
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---Era la dama joven de la compañía que actúa en el teatro.
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---¡Ah!
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-Todos guardamos silencio y miramos obstinadamente al suelo, como en las
-visitas de pésame. No se oían en la estancia más que los sollozos cada
-vez más vivos de la ultrajada esposa. La situación era molesta y
-angustiosa en alto grado. Afortunadamente, doña Amparo tuvo la feliz
-idea de desmayarse, y este accidente introdujo en la escena un elemento
-de variedad que aprovechamos inmediatamente. Volamos a su socorro.
-Abriéronse varios frascos de tapón esmerilado. Esparcióse por el comedor
-un olor penetrante de botica. Lágrimas, abrazos, suspiros, besos. Al
-cabo se restableció el equilibrio y las cosas volvieron a su ser.
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-Yo quise perder el mío con el olor del éter; pero antes de que esto
-sucediera Martí me sacó de la habitación y me llevó a su despacho.
-
---¡Has visto qué contratiempo!--exclamó sacudiendo la cabeza con
-profundo disgusto.
-
---¿Pero cómo ha sido eso?
-
---Nada, que la otra noche ganó tres o cuatro mil pesetas en el juego y
-se las va a gastar alegremente con una cómica.
-
---¡Qué locura!... Pero volverá...
-
---Ya lo creo que volverá... En cuanto se le concluya el dinero, como la
-otra vez.
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---¿Otra vez?
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---Sí, hace tres años por este tiempo se marchó con una amazona del
-circo... Pero entonces llevaba más dinero que ahora.
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-No quise insistir preguntando más pormenores porque observé que Martí se
-iba poniendo nervioso. No hay nada más triste que la tristeza de un
-hombre alegre. Para distraerle cambié de conversación, hablándole de mí
-y de los proyectos que traía. Inmediatamente su fisonomía se dilató y
-una sonrisa bondadosa retozó por sus labios.
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---¡Bravo, capitán! Al fin vas a ser nuestro--exclamó abrazándome hasta
-asfixiarme.
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-Hablamos del asunto y lo examinamos con atención. Al cabo convinimos en
-que, supuesta mi edad y carácter, no debía conducirme como un cadete,
-sino con toda formalidad. Después de logrado el sí de Isabelita, cosa
-que le parecía a Martí resuelta ya, era necesario, antes de proseguir
-nuestras relaciones, visitar a sus papás y hacerles sabedores de ellas.
-Este paso me captaría su estimación y marcharía sobre seguro. Me animó,
-me abrazó repetidas veces llamándome primo y me prometió ayudarme en
-cuanto pudiese, y en nombre de Cristina lo mismo.
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-Tornamos al comedor. Nuestros semblantes alegres formaron contraste con
-los graves y abatidos que allí había. Doña Amparo conservaba en los ojos
-las huellas de la inundación pasada. Matilde no hay que decir cómo
-estaba. Isabelita, que se hallaba pasando una temporada con sus primos,
-me acogió con el mismo rubor, pero sin grandes señales de regocijo, lo
-que yo achaqué al disgusto de su familia. Castell, como siempre,
-displicente y frío. Cristina... No puedo explicar cómo hallé a Cristina.
-Me pareció más pálida que de ordinario y distraída. Había en sus ojos
-una extraña tristeza que me impresionó dolorosamente. Imaginé en seguida
-que se hallaba bajo el peso de un profundo pesar y que no podía ser otro
-que el infame galanteo de Castell. Quizá éste habría estrechado el
-cerco. Tal vez... ¡Oh, qué idea!
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-Tan sólo vi sus ojos brillantes de alegría al entrar la nodriza con mi
-ahijada en brazos. Era un hermoso botón de rosa, fresco, suave, delicado
-y, por supuesto, como es de rigor, dotado de inteligencia pasmosa. Martí
-hubiera dado testimonio de ello con su sangre. Para llevar el
-convencimiento a nuestro espíritu no halló medio más adecuado que
-entregarse a una serie de representaciones mímicas, algunas de las
-cuales obtuvieron éxito sorprendente. Principió entonando con voz de
-sochantre un canto de iglesia. La niña no tardó en hacer pucheritos y
-romper a llorar. Cantó después unas seguidillas, y la chica se alegró y
-brincó, queriendo arrojarse al suelo, sin duda, para arrancarse con
-cuatro pataditas. Ladró, mayó, hizo el gallo, y al instante pudimos
-comprobar que la pequeña no carecía de nociones zoológicas y tenía idea
-de las clasificaciones introducidas en el reino animal.
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-Demostrada la tesis en forma que no daba lugar a duda, y orgulloso de la
-impresión que sus notables experiencias habían logrado causar en la
-asamblea, Martí creyó procedente arrancar la niña de brazos de la
-nodriza y agitarla repetidas veces en los suyos como un frasco de tinta.
-Acaso imaginaba por este medio de concentración vigorizar aún más sus
-facultades psíquicas. Pero no consiguió más que ponerla negra. La
-criatura, no familiarizada con el nuevo método, lo rechazó a grandes
-gritos con toda la indignación de su alma. Cristina se apoderó de ella,
-hizo lo posible por acallarla y la entregó de nuevo a la nodriza, que
-fué la que realmente supo llevar la calma a su corazón ultrajado.
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-Antes de ponernos a cenar me obligaron a despedir el coche. Castell me
-llevaría en el suyo. Quise oponerme, porque la compañía de este
-caballero iba siendo cada vez menos grata para mí; mas no fué posible.
-Emilio, con su impetuosidad característica y su poco conocimiento de los
-hombres, dió orden al cochero de retirarse.
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-Me colocaron al lado de Isabelita. Todo el mundo dió por resuelto que
-aquello era lo natural y que debía de cuchichear toda la noche con ella.
-Por eso no dejé de hacerlo. Acaso habiéndoles preguntado si debía
-oprimirle suavemente el pie con el mío y acariciarle una mano por debajo
-de la mesa, alguno expresaría su opinión contraria y se suscitaría una
-discusión más o menos larga. Pero yo, convencido de que al cabo la
-mayoría se decidiría por ello, no vacilé en anticipar la ejecución de
-sus acuerdos.
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-A las diez y veinte de la noche se convino en un rincón del comedor
-donde la niña de Retamoso y yo charlábamos con independencia: primero,
-que ella era la única mujer que podía hacerme feliz sobre la tierra;
-segundo, que yo, por mi carácter franco y simpático, por mis
-sentimientos honrados y por cierto nosequé que tenía en la voz, era
-digno de que me hiciese feliz. Conformes en ambos extremos, quedó
-resuelto que al día siguiente daría cuenta de este acuerdo a los señores
-de Retamoso. Eran las diez y veinticínco.
-
-Poco más se prolongaron nuestras deliberaciones. Castell acostumbraba a
-retirarse a las once y me preguntó cortésmente si deseaba hacer lo
-mismo. Cedí, como era justo, pues la familia desearía descansar, y nos
-trasladamos a la ciudad. Mientras duró el viaje tuve ocasión de
-convencerme una vez más de que sólo por un error de la naturaleza yo
-tenía pelos en la cara, y que en vez del sombrero debía cobijar mis
-pensamientos infantiles una sólida chichonera. Aquel buen señor,
-penetrando en el secreto laboratorio de la vida, restablecía con el
-pensamiento las cosas a su ser, se esforzaba en poner sus ideas al
-alcance de mi razón inexperta; bostezaba unas veces, otras sonreía
-perdonando mis puerilidades. En resumen, me trataba como si
-efectivamente yo llevase en la cabeza una chichonera visible sólo para
-él. Pero como estaba arraigada en mí la graciosa manía de considerarme
-un hombre, en vez de agradecer su actitud me produjo mayor irritación
-que nunca y juré en mis adentros no volver más en su coche, aunque
-tuviese que hacer el viaje a pie.
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-Al otro día, revestido solemnemente de una levita que había hecho el
-viaje a América once veces y el de Hamburgo treinta y siete, me personé
-en casa de los señores de Retamoso. Estaba situada en la plaza del
-Mercado, no lejos de la Lonja, y era más sólida que bella, de moderna
-construcción: un sólo piso, fachada exigua y lisa de sillería con tres
-grandes puertas y tres pequeños balcones de hierro. Pero era más
-espaciosa de lo que prometía su fachada. Sus almacenes, que ocupaban
-toda la planta baja, eran amplios y tan elevados de techo como los
-salones de un palacio. Grandes pilas de bacalao, bocoyes de aceite y
-alcohol, cajas de azúcar y cacao los llenaban, formando estrechos y
-revueltos desfiladeros. Al través de ellos, medio sofocado por el aroma
-nada grato que despedían estos productos ultramarinos, y precedido de un
-dependiente con la pluma detrás de la oreja, llegué hasta el fondo,
-donde había otras tres puertas de cristales que daban a un patio. Cerca
-de una de ellas se alzaba un pequeño enverjado de pino pintado de verde;
-en el centro de él una mesa sencilla con gran pupitre, y detrás de la
-mesa y el pupitre un hombrecillo rechoncho, con gorro de terciopelo
-bordado. Era el propio señor de Retamoso.
-
---¡Señor de Ribot! ¡Tanto bueno por acá!--exclamó, apresurándose a salir
-de la jaula, haciendo innumerables reverencias y llevándose otras tantas
-veces la mano al gorro--. ¿A qué debemos el honor?
-
---Deseaba hablar con usted unas cuantas palabras--respondí echando una
-mirada significativa al dependiente, que, comprendiéndome, desapareció
-en seguida por los zig-zags de los desfiladeros.
-
-La fisonomía del señor Retamoso experimentó un cambio prodigioso. A la
-alegría que se esparció por ella sucedió repentinamente una tristeza
-profunda. Y como si una nube le interceptase de modo inesperado los
-rayos del calor y la vida, quedó mustio, abatido, seco, el que momentos
-antes todo era regocijo y expansión.
-
---Bueno; soy con usted al momento--murmuró introduciéndose de nuevo en
-la jaula, cerrando cuidadosamente la caja de valores que allí había y
-sepultando la llave en el bolsillo del pantalón.
-
-Hecho esto salió, y, encarándose conmigo, me dijo de modo glacial:
-
---Estoy a sus órdenes.
-
-"Este buen hombre supone que le voy a pedir dinero"--me dije,
-sorprendido de aquel cambio.
-
---El caso que me trae a visitarle--manifesté con vacilación--es un poco
-delicado... Es posible que usted sepa...
-
---No sé nada--profirió en tono resuelto, atajándome.
-
---Quiero decir, es posible que usted haya sospechado...
-
---No he sospechado nada--volvió a manifestar con más sequedad aún.
-
-Un poco irritado por aquellas interrupciones, dije con viveza:
-
---Es igual. Lo sabrá usted ahora. Se trata de cierta corriente de
-simpatía establecida entre su hija Isabel y yo. Como esta simpatía
-pudiera con el tiempo transformarse en afecto y llegar al punto de
-originar una relación amorosa, antes que suceda me he creído en el deber
-de consultar la voluntad de sus padres. Mi edad no me consiente ya ni
-los pasatiempos ni las relaciones a hurtadillas. Por otra parte, la
-amistad que me liga a Martí, en cuya casa he tenido el honor de conocer
-a su niña, y la estimación inmerecida con que tanto su señora como usted
-me han honrado, me obligan a conducirme con franqueza y lealtad.
-
-La faz redonda del tío Diego adquirió su primera expresión. La nube que
-interceptaba los rayos de la alegría se había corrido.
-
---¡Oh señor de Ribot! ¿Qué me cuenta? Yo no sé nada... Yo no me entero
-de nada... Yo soy un pobre hombre... ¿Por qué no se dirige a mi mujer,
-que le entenderá mucho mejor y sabrá lo que debe responderle?--exclamó
-sonriente y melifluo, llevándose la mano al gorro bordado y alzando la
-pierna hacia atrás para mejor hacer la reverencia.
-
---A los dos pensaba dirigirme.
-
---¡Oh señor de Ribot! ¿Para qué? Venga, venga conmigo... Yo le llevaré
-al sitio donde pueden ajustarse esas cuentas... Yo no sé nada de esos
-toques; pero hay en casa quien sabe más que Merlín... Cuidado, señor de
-Ribot... ¡mucho cuidado! Téngase bien sobre los estribos. Mire que para
-entenderse con mi señora se necesita mucha cabeza...
-
-Y diciendo y haciendo me condujo hacia una escalera y por ella subimos
-hasta el piso principal. Una vez arriba me estrechó fuertemente la mano
-entre las suyas y me recomendó en voz de falsete que mirase bien lo que
-hablaba delante de su señora y que no me desconcertase en su presencia,
-que él me ayudaría en todo cuanto pudiese, aunque no esperaba que fuese
-mucho, porque también él se sentía cohibido delante de doña Clara.
-
---Es una mujer profunda, señor de Ribot. Con esto está dicho todo.
-
-Sin soltarme me llevó hasta la puerta de un gabinete, dió dos
-golpecitos en ella con los nudillos y se oyó la voz de doña Clara que
-dijo:
-
---Adelante.
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-Retamoso volvió a apretarme la mano para infundirme valor y penetramos
-en la estancia.
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-Se hallaba doña Clara vestida de negro, tan correcta y pulcra como de
-ordinario, sentada en un sillón de cuero con un libro entre las manos.
-Al vernos quitó de su nariz aguileña los lentes con armadura de oro y
-los dejó colgando sobre el pecho de una cadenita del mismo metal.
-Tendióme la mano, clavándome al mismo tiempo una mirada tan imponente
-que, a pesar del valor que su esposo me había infundido, no pude menos
-de estremecerme. Después alzó su figura trágica de la silla y fué a
-sentarse en el centro de un sofá de damasco verde, invitándonos con un
-gesto para que hiciésemos lo mismo en cada una de las butacas que había
-a los lados. Acatamos sus órdenes, y Retamoso no halló recurso más
-precioso para preparar la sesión que frotarse en silencio las rodillas
-con la palma de las manos, mirándome al mismo tiempo con tristeza y
-zozobra.
-
---Señor de Ribot--dijo al cabo--, le ruego que manifieste a mi señora lo
-que hace un momento ha tenido la bondad de manifestarme.
-
---Se trata, señora--dije con voz temblorosa--, de un asunto delicado que
-deseaba someter a la aprobación de ustedes. Si me tomo la libertad de
-hablarles de él es únicamente para que en ningún caso pueda decirse que
-he faltado al respeto y la consideración que ustedes me inspiran...
-Entre Isabelita y yo empieza a formarse una amistad especial...
-
---Lo sé--interrumpió gravemente doña Clara.
-
-Quedé un momento suspenso y proseguí:
-
---Isabelita, por sus prendas de carácter, por su inocencia y por la
-modestia de que está adornada, merece no sólo el afecto, sino la
-admiración de cuantos la tratan. Yo no pude, como es natural, sustraerme
-al encanto que esparce en torno suyo, y desde luego me sentí atraído
-hacia ella. Tuve el atrevimiento de dárselo a entender y me hago la
-ilusión de pensar que no le ha parecido mal. Hasta ahora entre nosotros
-no existe ningún lazo, sino tan sólo una sencilla inclinación...
-
---Lo sé--volvió a decir con la misma gravedad doña Clara.
-
-Yo me sentí aún más cohibido. Retamoso me hizo algunas muecas
-encaminadas a infundirme aliento y pude continuar:
-
---Desde luego puedo afirmar que nada serio se ha establecido hasta ahora
-entre nosotros, y no podía ser de otro modo, porque yo jamás me
-propasaría a pretenderlo sin contar con la venia de sus padres. Pero
-tampoco es repentina esta inclinación. Cuando embarqué hace dos meses
-para Hamburgo llevaba el pensamiento y aun la resolución de estrechar
-esta naciente amistad y...
-
---Lo sé--dijo otra vez doña Clara con más severidad, si fuera posible.
-
-Quedé mudo y confuso, renunciando a más desenvolvimientos, que, por la
-sobrenatural penetración de aquella señora, resultaban inútiles. Pero no
-pude menos de admirar el singular contraste que aquellos consortes
-formaban: él no sabía nada; ella lo sabía todo.
-
-Retamoso me hacía guiños maliciosos dándome a entender que aquello
-estaba previsto y que no había por qué sorprenderse. Doña Clara, al cabo
-de un rato de silencio, irguió aún más su erguida cabeza, y, sacudiendo
-la nariz de un modo capaz de infundir respeto a un mono, profirió:
-
---Antes de pasar adelante ruego a usted que sigamos la conversación en
-inglés. Lo grave y lo delicado del asunto así lo exige.
-
-Yo profeso y he profesado siempre una gran admiración por la lengua y la
-literatura de la Gran Bretaña. En la taquilla de libros de mi camarote
-viajan constantemente el _Don Juan_, de Byron; el _Tom Jones_, de
-Fielding, y algunos tomos de Shakspeare. Mas a pesar de esta
-admiración, nunca he supuesto que fuese el único idioma en que pudieran
-tratarse los asuntos graves y delicados. No quise, sin embargo, combatir
-este rasgo filológico ni discutir la preferencia que la severa mamá de
-Isabelita manifestaba por una rama de las lenguas indoeuropeas sobre sus
-hermanas, y me apresuré a ceder a su invitación. Con esto, la sorpresa,
-la alegría y las muecas de admiración de Retamoso subieron de punto. Se
-llevaba el dedo a la frente, arqueaba las cejas, abría disparatadamente
-los ojos, y algunas veces, cuando doña Clara no podía verle por hallarse
-vuelta hacia mí, elevaba las manos al cielo, murmurando
-imperceptiblemente.
-
---¡Qué mujer! ¡qué mujer!
-
-Doña Clara, sin curarse poco ni mucho de las manifestaciones externas de
-este culto idolátrico, me hizo saber en un inglés enfático y gutural que
-nada de cuanto yo había dicho, hecho ni pensado se le había ocultado, y
-que estaba al tanto igualmente de cuanto había dicho, hecho y pensado su
-hija Isabel. Esta declaración infundió en mi espíritu un sentimiento de
-pequeñez y limitación que concluyó de anonadarme. En la imposibilidad,
-pues, de suministrar algún dato desconocido ni emitir una sola idea
-digna de la grandeza intelectual de aquella señora, tomé el partido de
-callarme, sometiendo de antemano mi débil razón a la suya.
-
-Después de agitar varias veces su nariz prominente como una nave que
-despliega la bandera al zarpar del puerto, y después de encajar sobre
-ella los lentes de oro para contemplarme un rato en silencio, doña Clara
-tuvo a bien darme cuenta de sus designios. Isabelita era una niña: yo
-era un hombre. Expresadas estas dos proposiciones, a simple vista
-irrefutables, doña Clara dedujo de ellas lógicamente que era necesario
-mucho cuidado. Una niña no sabe generalmente lo que quiere; pero un
-hombre tiene obligación de saberlo. Por lo tanto, era de todo punto
-imprescindible cerciorarse de lo que yo quería.
-
---Señor de Ribot--interrumpió en este punto Retamoso--, ¿tendría usted
-la amabilidad de ponerme en castellano lo que dice mi señora?
-
-Así lo hice, y cuando tuvo de ello conocimiento expresó ruidosamente su
-entusiasmo, exclamando infinitas veces con gran energía:
-
---¡Eso! ¡eso! ¡Justo! ¡Eso! ¡Eso! ¡Justo! ¡Eso!
-
-Doña Clara no hizo el menor aprecio de aquellos esos ni de aquellos
-_justos_ y, manteniendo su nariz en el mismo rumbo, me sometió acto
-continuo a un escrupuloso interrogatorio. Aunque bastante cohibido,
-contesté claramente a sus preguntas y tuve la satisfacción de observar
-ciertos leves signos de aquiescencia que me llenaron de orgullo.
-Examinadas mis pretensiones, y como resultado de la concienzuda
-investigación que acerca de mi conducta había llevado a cabo, doña Clara
-declaró al fin, volviendo lentamente la cabeza hacia su marido como una
-esfera armilar que gira sobre su eje, que «yo era una persona decente»,
-cosa de la cual ni aun en los momentos de mayor extravío he dudado
-jamás.
-
-Cada una de las fases de esta investigación fué sucesiva y fielmente
-interpretada por mí en lengua castellana para conocimiento del señor
-Retamoso. Todas merecieron de su parte la misma aprobación calurosa y
-fueron saludadas con una salva de _¡esos!_ y _¡justos!_
-
-Doña Clara dió por terminada la entrevista alzándose del sofá, y con la
-misma firmeza, la misma calma impasible y sangre fría me hizo saber que
-"allí tenía mi casa y que tendría sumo gusto en recibirme siempre que
-quisiera venir a ella". Dicho esto, por medio de una hábil y
-sorprendente maniobra de su nariz dejó caer los lentes y me entregó la
-mano, que yo toqué con la mayor veneración.
-
---Permítame usted, señor de Ribot. ¡Un momento... un momento nada
-más!--exclamó Retamoso, que a nuestro ejemplo también se había
-levantado--. Yo no tengo los conocimientos que mi señora ni estoy
-instruído en los idiomas extranjeros. Así que no he podido enterarme
-bien de lo que usted desea. Me parece haber comprendido que usted
-simpatizaba con Isabelita...
-
-¿Estamos en esas? dije para mis adentros mirándole con sorpresa e
-inquietud. En cuanto a doña Clara, le clavó una mirada capaz de hacerle
-polvo.
-
---Sí, señor--respondí al cabo secamente.
-
---Dispénseme usted, señor de Ribot... Yo soy un poco tardo de
-comprensión y más en estos asuntos tan finos... También creo entender
-(perdóneme si me equivoco) que deseaba usted nuestro permiso para
-dirigirse a ella con... con palabras galantes... Perdóneme, por Dios, si
-no sé expresarme como ustedes...
-
---Sí, señor; deseaba la autorización de ustedes antes de estrechar mis
-relaciones con Isabelita.
-
---¡Perfectamente! ¡Eso!... Veo que no me había equivocado. Pues bien, mi
-señor, yo estoy conforme con todo lo que doña Clara le ha dicho, y si le
-hubiese dicho más, con más estaría conforme todavía. Ya conoce usted mi
-opinión, señor de Ribot. Cuando se tiene en casa quien puede dar un
-consejo acertado sobre todos los negocios, ¿para qué calentarse la
-cabeza discurriendo?... Solamente yo desearía que en éste no hubiese
-compromiso por ninguna de las dos partes. Por ahora nada de compromiso.
-Si más adelante a usted, señor de Ribot, le conviene ese compromiso y a
-nosotros nos conviene también, entonces ya podremos hablar de otro
-modo... digo, ya mi señora le hablará de otro modo, porque yo ni pincho
-ni corto; bien lo habrá usted comprendido, mi señor.
-
-Lo que comprendí perfectamente era que aquel gallego socarrón, antes de
-soltar su palabra, deseaba enterarse con exactitud de mis medios de
-fortuna. Me dejé engañar, sin embargo, en la apariencia. Acepté lo que
-me propuso, manifestándole que mi visita no era oficial, sino un simple
-paso de atención y respeto, y que deseaba que ellos conservasen su
-libertad como yo conservaría la mía.
-
---¡Eso! ¡Justo!... ¡justo!... Nada de compromiso.
-
-Doña Clara, en tanto que hablábamos, se había mantenido inmóvil y rígida
-mirando al espacio por encima de nuestras cabezas, en una actitud tan
-solemne y desdeñosa al mismo tiempo que nada podría dar idea de su
-grandiosidad sino la Minerva de Fidias en lo alto del Acrópolis, si
-hubiéramos tenido la suerte de que esta obra maestra de la antigüedad
-pagana llegase intacta hasta nuestros días. Así permaneció hasta que yo,
-dirigiéndome a la escalera, desaparecí de su horizonte visible.
-Retamoso bajó conmigo, me llevó hasta el portal, se quitó el gorro, dió
-mil zapatetas, me estrechó ambas manos con inexplicable ternura y me
-dijo al oído al despedirme:
-
---Por supuesto, señor de Ribot, todo esto sin compromiso ¿no le parece?
-Mi opinión es que no debe de haber compromiso.
-
-No rió poco el bueno de Martí cuando le conté los pormenores de aquella
-entrevista. Me felicitó calurosamente, y arrastrado de su fantasía
-optimista trazó en un instante veinte planes, a cual más risueño, sobre
-mi porvenir. Si no recuerdo mal, yo estaba predestinado a una gran
-riqueza y a ser asociado suyo y de Castell en la línea de vapores, cuya
-alta inspección se me confiaría. También tendría una parte en el negocio
-de los pozos artesianos cuando éstos empezasen a dar agua. En cuanto a
-la canalización del río, me manifestó con grande y sincera tristeza que
-le era imposible darme por ahora ninguna acción. Le respondí que no se
-apesadumbrase: trataría de vivir sin ella. Mi resignación le conmovió
-tanto que concluyó por decirme, ahuecando con ambas manos su cabellera:
-
---Tendría un gran disgusto si al cabo no consigo darte ninguna
-participación en este negocio, que será el mayor que se haya hecho en
-España hasta ahora.
-
-Cristina, a quien comunicó acto continuo lo ocurrido, se mostró conmigo
-más afectuosa y expansiva que de ordinario. Observé, no obstante, en su
-rostro una expresión melancólica que en vano trataba de ocultar. Hacía
-esfuerzos visibles por aparecer alegre, pero a lo mejor se distraía y
-sus grandes ojos negros quedaban fijos en el espacio, revelando profundo
-ensimismamiento.
-
-Cené con ellos. Nos sentamos a la mesa, además del matrimonio y su mamá,
-Isabelita, Castell y Matilde, con todos sus niños, los cuales nos
-divertían extremadamente. La esposa abandonada, siempre con los ojos
-enrojecidos, sonreía tristemente viendo la ternura y el entusiasmo que
-aquellas criaturas me inspiraban. No faltó quien apuntó, creo que fué
-doña Amparo, que yo iba a ser un padre cariñosísimo, lo cual causó a
-Isabelita una verdadera sofocación de rubor. Estos accesos se repitieron
-varias veces durante la cena, porque Martí tuvo a bien sazonarla con
-alusiones más o menos transparentes a nuestro futuro parentesco. Sobre
-todo, cuando hizo destapar una botella de _champagne_ y alzando la copa
-brindó «por que el capitán Ribot se mantuviese sobre las anclas en
-Valencia toda la vida», las mejillas de su prima no prendieron fuego a
-la casa porque, afortunadamente, nadie arrimó a ellas algún material
-combustible.
-
-Cuando nos levantamos de la mesa para dar una vuelta por el jardín quise
-ofrecer el brazo a Cristina. Sentía vivo deseo de hablar con ella, de
-sondar su alma, que me parecía turbada. Antes de buscar refugio en otro
-puerto, ya que la fatalidad había hecho que el de ella estuviera cerrado
-por mí, debía saber que acataba los designios de Dios; pero jamás, jamás
-olvidaría aquel sueño de amor. Así era la verdad. Aunque hacía esfuerzos
-heroicos por alejarlo, representándome otras escenas, otros goces, otros
-deberes, volvía tenazmente a recrear mis noches y a turbar mi
-conciencia.
-
-Ya había apoyado su mano en mi brazo, cuando Castell, acercándose a
-nosotros y haciendo una leve reverencia, le dijo:
-
---¿No habíamos quedado en que esta noche sería yo su caballero?
-
-Al mismo tiempo clavaba en ella una mirada luciente, cuya amenaza no
-bastaba a templar la sonrisa fría que vagaba por sus labios.
-
-Cristina le respondió con otra tímida, y apresurándose a soltar mi brazo
-para tomar el suyo, articuló con voz alterada:
-
---Gracias, Ribot. Enrique me lo había ofrecido antes...
-
-Y se apartaron para bajar la escalera. Desde lo alto, cuando la luz del
-vestíbulo les dió en el rostro, pude observar que Castell le hablaba
-con ademán colérico, como si le hiciese recriminaciones, y que ella se
-disculpaba con la mayor humildad.
-
-¡Oh Dios! El velo que me ocultaba la verdad se descorrió de pronto.
-Aquel hombre era ya su amante. Toda la sangre de mis venas fluyó al
-corazón. Sentí un vértigo y tuve necesidad de agarrarme fuertemente al
-pasamano para no caer.
-
-[imagen: una barra decorativa]
-
-
-
-
-XII
-
-
-Juro que en la turbación que experimenté no entró para nada el despecho.
-Mi orgullo no se resintió por esta preferencia. Tan sólo sentí una
-tristeza mortal, como si la última ilusión que me ligaba a la vida se
-escapase volando. Es más: el amor profundo que me inspiraba ni se apagó
-ni mermó siquiera. Debilitóse, es cierto, el respeto, la idolatría; pero
-creció, a la vez, la ternura de mi sentimiento. La diosa bajaba de su
-pedestal y se transformaba en mujer. Perdía en majestad, pero ganaba en
-encanto.
-
-En los días sucesivos observé que se acentuaba en su rostro aquella
-expresión humilde que tanto me había sorprendido. Con esto me figuré que
-se daba cuenta de su caída y me pedía perdón. En vez de mostrarme
-desabrido hice cuanto fué posible por que me viese más respetuoso y más
-amable que antes. Ella lo agradeció; a cada instante me ofrecía
-testimonios de su amistad cariñosa. Su corazón era noble: si había caído
-en la vergüenza, debía achacarse a la fatalidad de las circunstancias,
-no a sus inclinaciones viciosas. Tal era mi convencimiento entonces.
-
-¿Y Martí? ¡Pobre Emilio! Cada vez que le veía me sentía más atraído por
-su bondad e inocencia. Le observaba un poco decaído de cuerpo, pero
-alegre siempre, y siempre confiado. Una tarde paseábamos solos por la
-orilla del mar. Como ni él ni yo somos de humor melancólico, nuestra
-conversación saltaba juguetona de un asunto a otro, riendo con las
-anécdotas que se nos ocurrían. Una de las que yo le relaté le hizo más
-gracia de lo que merecía. Tanto rió, que al cabo le vi ponerse pálido,
-llevarse la mano al pecho y, con gran espanto de ambos, arrojar un
-vómito de sangre. Le auxilié como pude, le llevé a una fuente próxima,
-donde bebió agua y se lavó. Yo estaba mucho más impresionado que él.
-Apenas podía hablar. Le animé, sin embargo, manifestándole que aquello
-no tenía importancia y citándole numerosos casos de amigos a quienes
-había pasado lo mismo sin consecuencias funestas. Cuando se hubo
-serenado sonrió.
-
---Tienes razón; esto no es nada. Estoy convencido de que tengo los
-pulmones completamente sanos, porque hasta ahora jamás he tosido. Me
-cuidaré un poco más y el verano que viene iré por precaución a
-Panticosa... Pero es necesario ocultárselo a Cristina... Ya sabes cómo
-son las mujeres. No digas nada tampoco a Castell. Es muy pesimista y el
-cariño que me tiene le haría temblar... Capaz es, por su afán de
-curarme, de descubrírselo a Cristina.
-
-Los ojos, a pesar mío, se me rasaron de lágrimas. Al observarlo pareció
-sorprendido; quedó un instante suspenso, y soltando después una
-carcajada me abrazó, exclamando:
-
---¡Eres muy original, capitán!... Hay que quererte a la fuerza... Pero
-confiesa que si no tuviese un temperamento tan práctico y no estuviese
-acostumbrado a examinar los asuntos con frialdad, me harías entrar en
-aprensión... Afortunadamente, sé a qué atenerme respecto a las fuerzas
-de mi organismo...
-
---Mi emoción ha sido producida por la sorpresa--me apresuré a decir para
-enmendarlo--. Además, no me siento bien estos días: tengo los nervios
-alterados. Pero ya te he dicho que eso no vale nada, y mucho menos
-cuando tú, al parecer, eres un hombre robusto...
-
---¡Robustísimo! No tengo más que el estómago un poco débil y de vez en
-cuando algunos catarrillos a la vejiga. Fuera de eso soy un roble. Si
-así no fuese, ¿cómo podría soportar el inmenso trabajo que pesa sobre
-mis hombros, los viajes repetidos, las preocupaciones, etc.?
-
---Desde luego. Eso no ofrece duda... ¿Y no has sentido hasta hora
-ninguna alteración o malestar en los pulmones?
-
-Martí dió dos pasos atrás, me miró fijamente, y ahuecando un poco la
-voz profirió secamente:
-
---Mis pulmones son los de un atleta.
-
---¿De veras?
-
---Los de un gladiador--rectificó sacudiendo su cabellera con gesto de
-inquebrantable convicción.
-
-Acto seguido se lanzó en un panegírico de su aparato respiratorio, tan
-entusiasta y caluroso, que no lo haría más elocuente si fuese
-comisionista y lo presentase como muestra a una gran casa de comercio.
-Yo le felicité con el mismo entusiasmo por hallarse en posesión de un
-ejemplar tan perfecto. Animado por los elogios no paró hasta darse
-puñetazos en el pecho, hacer profundas aspiraciones y cantar recio el
-aria final de _Lucía_. ¿Quién osaría dudar en adelante de sus vísceras?
-
-Llegamos a casa, él de un humor excelente; yo no, porque, a pesar de
-tanto claro testimonio, no podía desechar ciertas aprensiones. Al verle,
-cuando el camino se estrechaba, marchar delante de mí, sus hombros
-estrechos, su cuello largo y orejas caídas no me traían a la memoria la
-figura de Milon de Crotona ni de otro vencedor en los juegos olímpicos.
-Me asombraba que unos pulmones tan magníficos como él decía hubiesen
-buscado tan pobre alojamiento.
-
-Era la hora del oscurecer. El parque comenzaba a poblarse de sombra y
-misterio. Aunque corrían los últimos días de Septiembre, las flores
-abiertas exhalaban su perfume en esta región afortunada; los árboles
-ostentaban sus copas tan verdes y frondosas como en plena primavera; el
-césped brillaba eternamente fresco. Pero mezclados a los aromas
-voluptuosos, románticos, de las violetas, de las rosas, de los
-heliotropos, venían de la huerta que nos rodeaba otros soplos más densos
-de frutos maduros. La tierra fecunda embalsamaba el ambiente con los
-efluvios de sus uvas y melones y peras y manzanas, del heno segado y del
-maíz.
-
-Delante de la casa, sentados en mecedoras, nos aguardaban Cristina y su
-madre, Isabelita, Castell y Matilde. Los niños de ésta correteaban por
-el jardín, chillando y gorjeando como pajaritos, mientras la infeliz
-madre los contemplaba con sonrisa melancólica. Castell estaba sentado
-al lado de Cristina y le hablaba en voz baja, cuando aparecimos por
-detrás de un macizo de cañas indias. Ella clavó una mirada en su marido,
-después en mí, y bajó instantáneamente los ojos con expresión seria y
-reflexiva. Pero volvió a alzarlos y escrutó con interés la fisonomía de
-Emilio, mientras éste, sintiéndose observado, charlaba y reía con
-exagerada volubilidad. Cristina se puso en pie y, acercándose a él,
-profirió:
-
---Estás pálido, Emilio. ¿Te sientes mal?
-
---¿Yo? ¡Qué idea! Nunca me he sentido mejor. Precisamente he venido
-riendo toda la tarde. El capitán posee un repertorio de cuentos
-deliciosos. De sobremesa le hemos de hacer que cuente alguno... no
-todos, por supuesto, porque los tiene de varios colores.
-
-No se dió por satisfecha; pero volvió a sentarse, aunque sin quitarle
-los ojos de encima. Castell hacía esfuerzos por atraer su atención
-hablándole al oído. La conducta de aquel hombre me parecía el colmo del
-cinismo.
-
-Al fin se hizo noche por completo y entramos en el comedor, que ya
-estaba esclarecido y con la mesa puesta. Cuando íbamos a sentarnos a
-ella entró el criado y, llamando aparte a Martí, le entregó una carta
-con cierto misterio. Abrióla al instante y no pudo reprimir un
-movimiento de asombro. Guardóla en seguida, y pidiendo permiso por
-algunos minutos tomó el sombrero y salió. Nuestra curiosidad estaba
-excitada, pero nadie dijo nada. Al cabo Cristina, cuya impaciencia era
-visible, preguntó al muchacho:
-
---¿Quién le ha entregado a usted esa carta?
-
---Un caballero.
-
---¿Aguardaba contestación?
-
---No, señora. Deseaba hablar con el señorito y se quedó detrás de la
-puerta grande esperándole.
-
-Lo raro del caso y el acento misterioso del criado aumentó
-extraordinariamente la curiosidad de la familia. No tardamos todos en
-satisfacerla. Martí se presentó a los pocos minutos y, depositando el
-sombrero en una silla, preguntó jocosamente:
-
---¿A que no saben ustedes a quién voy a tener el honor de presentarles?
-
-Todos le miramos con impaciencia.
-
---Un caballero cuyo nombre comienza con _ese_.
-
---¡Sabas!--exclamó Matilde.
-
-Y acto continuo, con el semblante descompuesto y ademán violento, bajó a
-sus niños de las sillas donde se habían acomodado y, empujándolos
-rudamente, les hizo salir de la estancia, y ella en pos de ellos.
-
-Todos nos pusimos en pie agitados. La nariz del marido desertor no tardó
-en trasponer la puerta que comunicaba con el jardín, y en pos de ella su
-interesante propietario. Un grito de doña Amparo. Un abrazo convulsivo
-después. Lágrimas en abundancia.
-
-Sabas, en brazos todavía de su madre, paseó una mirada vaga y afligida
-por el ámbito del comedor.
-
---¡Matilde!... ¡Mis hijos!...--gimió de un modo dramático.
-
---¡Todos te abandonan menos tu madre!--respondió doña Amparo con acento
-no menos patético.
-
-Sabas reclinó la cabeza sobre el pecho maternal como víctima resignada.
-Con esto doña Amparo le apretó aún con más fuerza, dispuesta a dar su
-sangre por aquel hijo abandonado. Este se desprendió al cabo, se arregló
-la corbata y nos tendió la mano gravemente, en la actitud digna y serena
-de un general que acaba de capitular después de una resistencia heroica.
-Fué a saludar a Cristina, pero ésta volvió la espalda y salió de la
-estancia. Entonces sacudió su cabeza de modo sentimental y nos dirigió
-una mirada dulce y expresiva. Después elevó sus ojos al cielo pidiendo
-la justicia que en la tierra se le negaba.
-
-Lo que me causó verdadero asombro fué que su rostro venía terriblemente
-atezado, casi negro, con la piel desprendida en algunos sitios, sobre
-todo en la nariz. Más que de una escapatoria romántica con la dama joven
-por el principado de Cataluña, parecía llegar de una expedición
-científica y civilizadora a través del Africa central.
-
-Doña Amparo le hizo beber un vaso de agua con azahar para que se
-serenase. No había necesidad. Su actitud tranquila y resignada, a la
-vez, en aquella ocasión tan crítica, nos impresionó profundamente. Sin
-embargo, después que hubo bebido el agua, profirió con firmeza
-asombrosa:
-
---Necesito ver a Matilde.
-
-Y uniendo la acción a las palabras se dirigió, lleno de majestad, hacia
-la puerta. Y se introdujo en las habitaciones interiores. Y nosotros le
-seguimos todos, porque nos sentíamos fascinados por su ademán noble y
-severo.
-
-La inquietud se apoderó de nuestro espíritu pensando en la escena
-dramática que iba a desarrollarse. Sabas abrió dos o tres puertas
-consecutivamente sin poder hallar a su esposa. Pero no flaqueó su
-denodado corazón. Sin proferir una palabra subió al piso principal.
-Nosotros le seguimos ansiosos.
-
-Matilde estaba en su habitación y con ella Cristina. Al ver a su marido
-dejó escapar un grito de indignación y se lanzó a otra puerta para huir
-de nuevo. Cristina trató de retenerla.
-
---¡Déjame!--gritó con rabia--. No quiero verle.
-
---¡Matilde, por Dios!--exclamó Cristina abrazándose a ella.
-
---¡Dejadme! ¡Dejadme...! ¡Entre los dos todo ha concluído!
-
-Entonces el prófugo, de pie en medio de la estancia, sintió que las
-fuerzas le abandonaban. Se llevó la mano a la frente con abatimiento, se
-doblaron sus piernas, y dando algunos pasos atrás, justamente los
-necesarios para acercarse al sofá, cayó en él atacado de un síncope.
-Todos corrimos a auxiliarle, y su ofendida esposa no fué la última. Al
-contrario, trémula y afligida, ella fué quien le roció las sienes con
-agua y le desabrochó el chaleco y la camisa para impedir la sofocación,
-repitiendo con expresión delirante:
-
---¡Sabas! ¡Sabas mío...! ¡Perdóname!
-
-Mientras tanto doña Amparo le aplicaba a la nariz, sucesivamente,
-diversos productos químicos de naturaleza volátil y excitante. Los demás
-procurábamos coadyuvar a la obra medicinal con más o menos modestia,
-trayendo la palangana llena de agua, destapando los frascos o dando aire
-con un abanico al desmayado. La única que permanecía inactiva y no
-parecía dispuesta a prestar ningún socorro higiénico a su hermano era
-Cristina. De pie, cerca de nosotros, le miraba con extraña severidad. No
-dudo que esta actitud le parecería a cualquier otro cruel y
-desnaturalizada. A mí no, porque el amor profundo, insensato que aquella
-mujer me inspiraba, me hacía encontrar todos sus actos justos y dignos,
-todos sus gestos adorables.
-
-Al fin Sabas salió del mundo de lo inconsciente, preguntando como tantas
-veces lo había hecho su mamá antes que él:
-
---¿Dónde estoy?
-
---¡Con tu esposa!
-
---¡Con tu madre!
-
---¡Que te adora!
-
---¡Que te idolatra!
-
-Cuatro brazos femeninos le abrazaron y cuatro labios se posaron casi a
-la vez sobre sus narices despellejadas. Paseó los ojos extraviados por
-la estancia, mirándonos a todos como si no nos conociese, y fijándose al
-cabo en su esposa gritó con espanto:
-
---¡Matilde!... ¡Matilde!... ¡Matilde!...
-
-Acto continuo se abrazó a ella y cayó en un ataque de risa convulsiva.
-Las carcajadas de él, unidas a los sollozos de su esposa y a los
-lamentos de doña Amparo, formaban conjunto aterrador que contristaría el
-corazón más duro. Mas por virtud del contagio que todo el mundo
-reconoce en esta clase de ataques, yo sentía unas ganas atroces de reir.
-Con mucho trabajo pude reprimirlas. Salí de la habitación y bajé de
-nuevo al comedor. No tardaron en seguirme los demás, quedando sólo
-arriba, y tranquilo ya, Sabas con su mujer y su madre. Diez, minutos
-después estaban ellos también abajo. Cristina dió orden de servir la
-sopa, y pude observar, con tanto asombro como satisfacción, que Sabas
-comía con excelente apetito y se mostró, mientras duró la comida, tan
-alegre y jaranero y penetrante como siempre. Su esposa se lo tragaba con
-los ojos de puro cariño, atenta enteramente a servirle.
-
-Cuando terminamos le vi que se levantaba antes de tomar café, y,
-encendiendo un cigarro puro, preguntó a su cuñado si podía disponer del
-coche.
-
---¿Pero te vas?--le preguntó su esposa con sorpresa y disgusto.
-
---Sí, me voy a tomar café al Siglo. No he visto todavía a ningún
-amigo..... Volveré pronto.
-
-Trató Matilde de retenerle con súplicas «siquiera aquella noche»,
-acariciándole las manos; pero no consiguió más que impacientarle.
-Observando, sin embargo, el mal efecto que nos causaba, cambió de tono,
-y abrazándola le dijo con acento cariñoso:
-
---¡Tonta! ¿No me permites que celebre nuestra reconciliación?
-
-Con esto la enamorada esposa quedó ya satisfecha y contenta, y ella
-misma le puso el sombrero, le quitó el polvo de las botas y le despidió
-a la portezuela del coche.
-
-Permanecimos de sobremesa algún tiempo. Emilio se fué a acostar,
-manifestando que sentía sueño: pienso que su vómito debió de alterarle
-más de lo que decía. Matilde subió a acostar a los niños. Quedamos
-charlando en un rincón Isabelita y yo, y en otro Cristina y Castell,
-mientras doña Amparo bordaba en el medio a la luz de la lámpara.
-
-Aquella situación me impresionaba tristemente. Parecíamos dos parejas de
-novios vigilados por la mamá; y esto, por lo que se refería a Cristina y
-Castell, no podía menos de causarme gran repugnancia. Tanta era mi fe en
-aquella mujer, que apenas podía creer lo que veía. Estaba distraído,
-melancólico, y sostenía difícilmente la conversación con mi futura.
-
-¡Mi futura! Los vientos me arrastraban hacia una costa donde no sabía si
-iba a embarrancar o encontrar puerto seguro. Por lo pronto, me confesaba
-con terror que después de la caída de Cristina mi corazón mostraba más
-disgusto de entregarse a otra mujer.
-
-Cuando bajó Matilde después de dejar a los niños en la cama, para salir
-de aquella situación no muy decente y esparcir un poco la tristeza que
-me dominaba, propuse dar una vuelta por el parque. Se aceptó la
-proposición, y Cristina fué la primera en hacerlo, levantándose del
-sofá. Pero Castell, sin moverse, dijo con su firmeza habitual:
-
---No puede ser. En el parque hay mucha humedad a estas horas.
-
-Cristina volvió a sentarse a su lado.
-
---Nosotros no tenemos tanto miedo a morirnos. ¿Verdad, Matilde?--dije
-sonriendo.
-
-Esta e Isabelita me siguieron. Doña Amparo se quedó con su hija y
-Castell. Salimos por fin al jardín y de allí entramos en la finca, cuyo
-ambiente embalsamado me hizo mucho bien, porque tenía la frente ardorosa
-y el corazón henchido de lúgubres presentimientos.
-
-[imagen: una barra decorativa]
-
-
-
-
-XIII
-
-
-El parque, envuelto en las sombras de la noche, tomaba aspecto de selva:
-era más grande y misterioso. Las araucarias, los cipreses, las magnolias
-en medio del césped, figuraban caballeros envueltos en sus capas,
-inmóviles y amenazadores.
-
-El follaje estaba mudo; los grandes caminos de arena apenas blanqueaban;
-los senderos, sumidos en las tinieblas. Seguimos los primeros a paso
-lento con cierta vaga inquietud, cambiando pocas palabras. La misma
-emoción parecía que cerraba nuestros labios y nos apretaba el corazón.
-Cuando recuerdo los primeros momentos de aquella noche y la melancolía
-invencible que me oprimía, no puedo menos de ser supersticioso.
-
-Pero si la oscuridad infundía tristeza y un vago temor, los aromas,
-unos suaves, otros penetrantes, que al través de las hojas silenciosas
-se filtraban, nos invitaban a proseguir. Desde el aliento apenas
-perceptible de las violetas hasta el perfume brusco, avasallador, de la
-magnolia, íbamos respirando, según caminábamos, mil olores deliciosos.
-Al llegar a cierto paraje que semejaba una plazoleta, el perfume
-lánguido, voluptuoso del heliotropo consiguió dominar a los demás.
-Matilde se detuvo haciendo un gesto de placer. Aquél era su aroma
-predilecto. No quiso que pasáramos de allí, y nos obligó a sentarnos en
-un banco rústico para darse un hartazgo, como ella decía. Mas lo grave
-del caso fué que aquel perfume sutil de amor oriental no tardó en
-traerle a la memoria la imagen poética de su esposo. Y fascinada por
-este recuerdo, nos entretuvo largo rato contándonos las particularidades
-más interesantes de su vida doméstica: a qué hora se levantaba de la
-cama aquel ser extraordinario, el vaso de agua con limón que poco
-después introducía en su precioso organismo, cuántas tostadas tomaba en
-el café, los pitillos que fumaba, los paseos que hacía por la casa y
-hasta la magnesia que se administraba los jueves para limpiar y
-purificar aquella obra esplenderosa de la naturaleza.
-
-Como si ésta se asociase a su entusiasmo y quisiera dar testimonio de
-la admiración que tan raro y bello sujeto le inspiraba, una suave
-claridad se esparció repentinamente por la alquería. Volvimos los ojos
-hacia el mar y vimos asomar sobre sus olas inmóviles el disco de la
-luna. Las aguas rielaron; en el parque brillaron como puntos luminosos
-las hojas metálicas de las magnolias, los blancos capullos de las rosas,
-las cimas de las cañas y los laureles. Las tinieblas se amontonaron en
-los macizos de los bosquetes, formando masas espesas, impenetrables.
-Pronto fueron a buscarlas en sus guaridas los rayos de la luna, que se
-alzaba serena por la bóveda azul sembrada de oro.
-
-Matilde, a quien todo, lo mismo en el cielo que en la tierra, le hacía
-recordar a Sabas, pensó que era necesario prepararle la cama y nos
-invitó a retirarnos. Isabelita no quiso hacerlo tan pronto. La noche
-estaba deliciosa; se quedó sola conmigo. No me atreví a representarle la
-inconveniencia de esto para no turbar su inocencia angelical. Seguimos
-algunos instantes hablando de cosas indiferentes, sentados en el mismo
-banco.
-
-Sin embargo, no tardó en encauzar la conversación hacia nuestro
-proyectado matrimonio. Me habló de su equipo. Le preocupaba enormemente
-si había de hacerse seis docenas de camisas y cuatro de enaguas, o tres
-de éstas y ocho de las otras. Yo no pude acudir en su auxilio. Estaba
-distraído y caviloso y, sin darme cuenta de ello, respondía de mala gana
-y con poco acierto a sus consultas. Pero mi atención consiguió fijarse
-cuando la niña comenzó a hablarme de nuestra casa, de los gastos que
-ocasionaría y de los medios con que contábamos para subvenir a ellos. Me
-sorprendió la suficiencia y el aplomo con que trataba los asuntos
-económicos. Estaba enterada no sólo de lo concerniente al comercio de su
-padre, sino también de los cambios, descuento de letras, cotización de
-valores, etc. Por largo rato la oí con pasmo discurrir acerca de las
-probabilidades de alza de ciertos valores públicos que su padre había
-comprado recientemente, de la amortización de otros que ya poseía, de la
-baja repentina de las acciones de la Compañía Arrendataria de Tabacos,
-de los bonos del Tesoro y de otras mil cosas que yo apenas sospechaba.
-Aquella erudición financiera no me causó agradable impresión. Comprendía
-la necesidad de que la mujer fuese hacendosa y poseyese aptitudes para
-regir una casa; pero tanto conocimiento mercantil chocaba con mi
-temperamento nada práctico y más aún con la idea que me había formado de
-aquella criatura. Parecía caso maravilloso que palabras tan viejas
-saliesen de labios tan juveniles.
-
-No paró aquí al cosa. De una en otra, y con extraña habilidad, llegó la
-niña a averiguar exactamente mi capital. No tenía por qué ocultarlo. A
-la primer insinuación se lo manifesté con entera claridad: una casa,
-pocas tierras y algunas acciones en la Compañía a cuyo servicio había
-estado; sesenta mil duros en junto, mal contados. Isabelita quedó
-pensativa un instante.
-
---No es mucho--dijo al cabo con cierta inflexión antipática de voz, que
-yo no le conocía.
-
-Y después de una pausa añadió con sonrisa forzada:
-
---Mi padre te creía mucho más rico.
-
---Pues ya ves cómo se ha equivocado--respondí con sonrisa más forzada
-aún--. Casi siempre nos equivocamos respecto a los demás, unas veces
-creyéndolos más ricos... otras creyéndolos más nobles.
-
-Todo estaba dicho ya. Sentí una repugnancia enorme, invencible, casi
-pudiera llamarla asco. En un instante quedó formada mi resolución. Por
-todos los tesoros de la tierra no me casaría con aquel mercachifle de
-perfil angelical.
-
-Y, caso raro: después de tomada esta resolución no sólo me sentí
-tranquilo, sino hasta feliz. Parecía que me habían quitado un gran peso
-de encima. Con sorpresa de Isabel, que se había quedado pensativa por
-el tono de mis palabras, comencé a mostrarme alegrísimo y chancero como
-nunca.
-
-Pero la noche iba avanzando, y al cabo, tanto por no interesarme la
-conversación como por el deseo de hallarme a solas y pensar el medio
-adecuado de cortar aquellas relaciones, propuse el ir acercándonos a
-casa. Al levantarnos sentimos un rumor como de gente que llegase: nos
-quedamos otra vez sentados. Castell y Cristina desembocaron en la
-plazoleta. Desde la oscuridad en que nos hallábamos pudimos verlos bien,
-pues la luz de la luna los bañó enteramente. Observé en seguida que su
-conversación no era indiferente. Él venía risueño, insinuante,
-inclinando hacia ella la cabeza para hablarla al oído. Cristina, pálida,
-la frente fruncida, la mirada dura y clavada en el espacio. Quise salir
-a su encuentro, pero Isabelita me retuvo con fuerza. Cruzaron por
-delante de nosotros sin vernos. A él no le oímos porque hablaba muy
-bajo; pero algunas palabras de ella llegaron distintamente a nuestros
-oídos.
-
---Todo es preferible ya...
-
-Esta frase, pronunciada con rara energía, nos impresionó vivamente.
-Isabelita me sujetó con mano crispada la muñeca y se levantó para
-seguirles. A la verdad, si su curiosidad estaba excitada, la mía no lo
-estaba menos. Pero como yo sabía a qué atenerme y me parecía indecoroso
-entregarle aquel secreto, traté de impedirlo. Fué inútil. La niña se
-desprendió con viveza y los siguió. Hice lo mismo, con el fin de
-llamarles de algún modo la atención. Pero cuando acordé en mí ya no vi a
-Isabelita. Avancé en la oscuridad, que allí se espesaba, guiado
-solamente por el rumor de las voces. A los pocos momentos comprendí que
-Castell y Cristina se habían detenido. Seguí avanzando y noté que
-estaban dentro de un cenador o glorieta formada por cuatro grandes matas
-de laurel plantadas a pequeña distancia y que en lo alto se
-entrelazaban. Me acerqué con paso cauteloso. En la parte exterior estaba
-Isabelita con el oído pegado a las ramas. Al llegar a ella me puso la
-mano en la boca y me apretó con la otra el brazo de tal manera que me
-produjo dolor. Quedé estupefacto ante semejante violencia, cuya causa no
-podía imaginar. Por debilidad y por evitar ya a Cristina una vergüenza,
-callé y me mantuve quieto.
-
---Quizá usted califique--decía Castell--mi paciencia de algunos años,
-mis sufrimientos, el trabajo sordo, constante, que vengo ejecutando, de
-simple capricho. Quizá suponga que está en ello interesado mi amor
-propio más que una pasión profunda, irresistible... ¿No podré suponer
-con igual derecho que los desdenes con que usted me ha humillado tanto
-tiempo fueron obra del orgullo y la terquedad más que de la virtud?
-
---Puede usted suponer cuanto quiera. El juicio que usted forme de mí...
-
---Ya lo conoce usted--interrumpió Castell--. No puede ser más lisonjero.
-No he hallado jamás mujer cuya belleza y cuyo carácter me parezcan más
-interesantes y dignos de admirarse.
-
-Oí un ligero bufido de desprecio y tras de él estas palabras:
-
---Preferiría que usted me admirase menos y me dejase vivir más
-tranquila... Pero, en fin, no es eso de lo que quiero hablar ahora. He
-consentido en salir con usted y hallarme aquí a estas horas de un modo
-inconveniente y con peligro de la honra de mi marido, que me es más cara
-que la existencia, porque voy a resolver de una vez el problema de mi
-vida. Rica o pobre, feliz o desgraciada, estoy decidida a vivir con
-honor y tranquilidad.
-
-Nadie podrá imaginarse de un modo cabal lo que estaba pasando por mí en
-aquel momento. Las horribles sospechas, casi certidumbres, con que había
-llenado de fango la imagen de mi ídolo, huían como negros fantasmas.
-Volvía a verla en toda su pureza, con aquella aureola de virtud que era
-su gloria y atractivo. Una felicidad celeste descendió a mi corazón.
-Todo mi cuerpo temblaba, presa de irresistible emoción.
-
---Tienda usted los ojos a todas partes. Busque usted en la tierra algún
-ser cuya felicidad me interese más que la suya y no lo hallará.
-
---Es bien poco decir--replicó Cristina con acento sarcástico.
-
---Porque usted cree que nada me conmueve ni me interesa en el mundo,
-¿verdad? Está usted en un error. Antes de haber quedado preso en las
-redes de una pasión desgraciada vivía en perpetua curiosidad. Las
-ciudades, las montañas, el océano y los arroyos, la sociedad, las artes,
-los amores fáciles, todo me arrastraba y me seducía. Hoy estos objetos
-son a mis ojos imágenes del hastío. El odio estéril, el desdén que
-irrita y fastidia, el tedio sin causa me acompañan a todas partes, me
-envuelven como un vapor pestilente. Todas las fibras de mi vida se han
-secado menos una... Pero cuando ésta resuena mi ser se estremece, mis
-facultades despiertan, el horrible conjuro que me aniquila se rompe, el
-día penetra en mi espíritu...
-
---Diga usted la noche... ¡La noche, que necesita una conciencia oscura!
-
---La conciencia se detiene siempre ante las gradas del templo del amor
-¿Sabe usted de alguno que amando de veras a una mujer, devorado por las
-ansias de poseerla, haya quedado paralizado por la conciencia? Yo no lo
-conozco. Si alguien me viniese con semejante cuento le diría francamente
-que mentía. Ningún ratón se ha parado delante del queso; ningún hombre
-delante de una mujer, por miedo a la conciencia.
-
---Peor para los hombres si fuese cierto... Pero repito que no es eso de
-lo que quiero hablar en este momento. A riesgo de que usted realice sus
-embozadas amenazas, estoy resuelta a que concluya su persecución, y
-concluirá... ¡vaya si concluirá!
-
---¿Sabe usted una cosa, Cristina?... He llegado a pensar que usted goza
-más con ser terca que virtuosa.
-
---¿Sabe usted otra cosa, Castell? He pensado siempre que en usted no
-existe amor alguno, sino un orgullo monstruoso que necesita satisfacerse
-a costa de la felicidad y la honra de su mejor amigo.
-
---Si no existiese en mí más que orgullo, ¿cuánto tiempo hace que hubiera
-castigado sus desdenes, sus insultos!... Dificulto que exista en la
-tierra una mujer que mejor sepa herir en mitad del corazón con un gesto,
-envenenar el alma y llenarla de cólera rabiosa con una mirada. ¡Qué arte
-tan perfecto! ¡Qué habilidad exquisita para freir en parrilla a
-cualquier desgraciado que se atreva a encontrarla hermosa y
-adorable!... Estoy persuadido de que usted no está hecha para amar, sino
-para despreciar. Si condesciende con su marido es por ser un desdichado
-que no se atreve a levantar los ojos en su presencia.
-
---Prefiero las injurias... Está bien. Si usted hubiera hecho siempre lo
-mismo me habría evitado muchos sinsabores... Vamos ahora a otra cosa. Es
-absolutamente necesario que desde esta misma noche cese usted de
-mortificarme ni con palabras, ni con miradas, ni con insinuación de
-ninguna clase. Es absolutamente necesario que, si usted no me respeta
-como la esposa de un amigo, por lo menos sea para usted un ser
-indiferente. De otra suerte, estoy resuelta a jugar el todo por el todo
-y dar cuenta de lo que pasa a mi marido.
-
---¿Está así decretado?--pronunció él con entonación burlona..
-
---Sí; está así decretado--respondió ella con acento colérico.
-
-Hubo una pausa.
-
---¿Y no tiene usted miedo--profirió él al cabo con lentitud--que
-acordándome de las mil torturas y humillaciones que usted me ha hecho
-padecer, y desesperado de poder lograr jamás de usted un poco de
-compasión siquiera, se transforme mi amor en odio, y aprovechando los
-medios que la suerte me ha deparado les hunda a ustedes en la ruina más
-espantosa?
-
---No; no tengo miedo--replicó ella con fiero orgullo.
-
---Hace usted bien: yo no me vengaré aunque...
-
---Puede usted hacerlo cuando guste--interrumpió ella impetuosamente--.
-Emilio es un hombre que ama el lujo y las comodidades, lo sé; pero ama
-mucho más a su mujer y a su honor. Puesto en la alternativa, no sólo
-daría con gusto su fortuna, sino también su vida. Puede usted dejarnos
-arruinados cuando se le antoje. Si no nos queda nada, iremos a trabajar
-los dos. Pero cuando él se halle en una oficina desempeñando el humilde
-oficio de escribiente, a su mesa nadie se acercará para llamarle marido
-complaciente; y cuando yo pase por las calles, la gente de Valencia
-podrá asomarse a los balcones y decir: «Esa pobre mujer que veis ahí con
-una cesta en el brazo ha tenido coche y ha gastado trajes de seda»; pero
-no dirá, yo lo juro: «Esa que ahí va es una prostituta».
-
---¡Oh! ¡Eso es muy fuerte!--exclamó Castell.
-
---¡Sí, prostituta!--profirió ella recobrando la firmeza--. Porque es
-igual venderse por el temor de ser pobre que por la gana de ser rica.
-
---Perdone usted, Cristina: me parece que da usted a la conversación un
-giro demasiado romántico... La cesta al brazo... ¡Pero si eso es un
-folletín! Apelo a su buen juicio contra semejantes trivialidades. Aquí
-no hay más que un hombre que la adora con todas las fuerzas de su alma;
-que por obtener su amor sería capaz de todos los sacrificios, incluso el
-de la vida. Ya que usted me desahucia y me obliga a abandonar la
-partida, por lo menos no me convierta en un seductor de novela por
-entregas de los que excitan la cólera de las modistas.
-
---Concluyamos; yo no puedo estar más aquí--dijo ella.--Al mismo tiempo
-pude observar que se ponía en pie.
-
---Sí, concluyamos. Por fuerza, no por voluntad, dejaré de pretenderla,
-no de amarla. Renuncio a vengarme como le he dicho. Entienda usted, sin
-embargo, que esta es una tregua. Mis esperanzas no se desvanecen.
-Alejado de usted esperaré con paciencia la ocasión, y cuando llegue, de
-nuevo me encontrará usted en su camino ofreciéndole este pobre corazón
-que usted ha ultrajado tanto.
-
---Está bien. Adiós.
-
-Castell también se había puesto en pie. Más por las palabras de Cristina
-que porque realmente lo viese, comprendí que trataba de sujetarla.
-
---¡Suélteme usted!
-
---Antes de que usted se vaya quiero el premio que mi sacrificio merece.
-Déjeme usted besar esos ojos incomparables.
-
---¡Suélteme usted!--repitió ella con energía y forcejeando.
-
---He renunciado a todo--dijo él con enérgico tono también, aunque
-reprimiendo la voz--; pero le juro a usted que no renuncio a este beso
-aunque me costase la vida.
-
---¡Suélteme usted, o grito!
-
---Grite usted cuanto quiera. Si usted está decidida a provocar un
-escándalo y dar quizá la muerte a su marido por este beso, yo también lo
-estoy.
-
-En aquel momento penetré en la glorieta y le puse la mano sobre el
-hombro.
-
---¡Qué es eso!... ¿Quién va?--exclamó dando un salto que le apartó largo
-trecho de Cristina.
-
---No hay que asustarse; soy yo.
-
---¿Y quién es usted?--replicó sacando un revólver y apuntándome.
-
---Guarde usted esa arma para los ladrones o téngala prevenida para
-cualquier traidor que, abusando de su confianza, intente arrebatarle la
-honra y la dicha. Aquí no hay ladrones ni traidores.
-
---Si no hay ladrones, por lo menos anda en los alrededores gente ruin
-dedicada a sorprender conversaciones secretas. Pero contra esa gente un
-látigo sería más adecuado que un revólver--profirió con acento
-sarcástico.
-
---Guarde usted igualmente sus sarcasmos para ocasión más oportuna. Nadie
-se dedica aquí a sorprender conversaciones. Se oyen cuando el viento las
-trae a los oídos, y en verdad que deploro haberme hallado a estas horas
-para recibirlas. Si estuviese en la cama durmiendo, me hubiera evitado
-la tristeza de penetrar en los rincones más sucios y lóbregos de la
-conciencia humana.
-
---¡Miente usted!--exclamó avanzando hacia mí frenético.--Usted nos
-estaba espiando. ¡Qué habla usted de rincones sucios, cuando tiene usted
-que barrer tanta inmundicia de sí mismo! Nos estaba usted espiando, lo
-repito, porque hace mucho tiempo que lo viene haciendo. ¿Con qué derecho
-sigue usted nuestros pasos y pretende intervenir en los asuntos de esta
-familia, no siendo otra cosa que un advenedizo?
-
---Un advenedizo interviene cuando alguien pide socorro--repliqué con
-calma--. Por lo demás, no tengo costumbre de seguir otros pasos que los
-de las corrientes del Océano. Ni yo le he ofendido a usted ni tiene
-derecho a ofenderme, como acaba de hacerlo.
-
-Entonces él, tomando quizá mi calma por cobardía, o por ventura ganoso
-de provocar una escena violenta que le sacase del atolladero, me agarró
-con furia de la solapa y, sacudiéndome y metiendo su rostro amenazador
-por el mío, me gritó:
-
---Sí, señor, me ha seguido usted los pasos y no estoy dispuesto a
-tolerarlo. ¿Lo oye usted? Sí, señor, le he ofendido a usted, ¿y qué? ¿No
-está usted aún satisfecho con esta ofensa? Pues ahí va otra...
-
-En el aire cogí su brazo. Le sujeté el otro también y, bien agarrotado,
-pues mi superioridad muscular era manifiesta, le di unas cuantas
-sacudidas y le encajé las espaldas entre el follaje de la glorieta.
-
-Una voz sonó en mis oídos.
-
---¡Déjelo usted, Enrique, déjelo usted! No exponga su vida por un
-cualquiera.
-
-Quedé estupefacto. Mis dedos se aflojaron; solté la presa y, volviendo
-la cabeza, contemplé delante de mí la figura virginal de Isabelita. Sí,
-ella era. Sí, ella había proferido aquellas palabras.
-
---Muchas gracias--le dije sonriendo.
-
-Pero no me hizo caso; ni siquiera me dirigió una mirada. Con el
-semblante descompuesto, los ojos clavados en Castell, le tomó por una
-mano y le sacó de la glorieta.
-
-[imagen: una barra decorativa]
-
-
-
-
-XIV
-
-
-Cristina estaba sentada y tenía el rostro oculto entre las manos. Me
-acerqué a ella.
-
---Perdone usted que haya entrado aquí. No fuí dueño de contenerme.
-
---Ha hecho usted bien; gracias--murmuró sin cambiar de actitud.
-
-Guardamos silencio. Alzándose bruscamente, exclamó:
-
---¡Vámonos! ¡vámonos!
-
-Y salió de la glorieta y se dirigió precipitadamente hacia la casa. Yo
-la seguí; pero uniéndome a ella en seguida le hice presente la
-conveniencia de no presentarse en aquel estado de alteración a Emilio.
-No me respondió: cambió de dirección encaminando sus pasos por una calle
-estrecha de acacias, donde la luz de la luna apenas conseguía penetrar.
-Marchaba delante de mí con pie ligero. Pronto la perdí de vista. Me
-detuve un momento, vacilando entre volverme o seguirla. Al fin tomé este
-último partido, por el temor que me asaltó de que tropezase nuevamente
-con Castell.
-
-Apreté el paso y pude verla cuando desembocaba frente al pabellón que
-llevaba su nombre. Me acerqué y le aconsejé que se reposara un momento
-allí.
-
-El salón, profusamente adornado de estatuas y jarrones, ofrecía en
-aquella hora un encanto misterioso. La luna penetraba por los cristales
-de las ventanas. Los muebles primorosos, las porcelanas, los cuadros
-pendientes de la pared reflejaban su luz tristemente. Las figuras de
-mármol enviaban a los muros siluetas enormes en actitudes trágicas o
-amenazadoras.
-
-Cristina se dejó caer en un sofá y yo me senté a su lado. Permanecimos
-silenciosos largo rato.
-
---Cuando por primera vez--dije al cabo--tuve el gusto de entrar en su
-casa creí ver una imagen abreviada del paraíso. Alegría, cordialidad,
-dicha serena e inocente. El tierno amor de una esposa que inspira
-respeto; el reposo, la felicidad de un marido exento de recelos que
-amargan la existencia. Un yugo de amor y de paz. Y en torno de ustedes
-la abundancia, la riqueza, todos los dones de la vida. ¿Le sorprenderá a
-usted si le digo que entre el follaje de tantas alegrías vi también
-asomar la cabeza de la serpiente?
-
---No lo dudo--respondió ella en actitud pensativa, mirando al cielo por
-los cristales.
-
---Si no la hubiera visto, me bastaría observar ciertas señales de su
-rostro para adivinarla. Los ojos no pueden ocultar lo que pasa dentro
-del alma. ¡Qué feliz me hubiera usted hecho confiándome sus inquietudes!
-Soy un amigo reciente, lo sé; pero el afecto que tanto usted como Emilio
-me inspiran no puede ser más sincero.
-
---Gracias, gracias, Ribot--murmuró.--No era posible.
-
---No era posible, en efecto... ¿Cómo había de ser cuando no tuve acierto
-para persuadir a usted de la sinceridad de mis sentimientos?... Confieso
-que he dado algunos motivos para que usted no me otorgase su franqueza.
-Me arrepiento con toda mi alma y le pido perdón...
-
-Como si estas palabras despertasen en su espíritu alguna inquietud, se
-alzó del asiento, levantó una cortina que se había desprendido del
-alzapaños, cerró el piano que estaba abierto y vino a sentarse otra vez.
-
---Por lo que he oído--le dije después de una pausa--, Castell tiene
-medio de hacerles a ustedes daño.
-
---Nuestra fortuna entera está en sus manos.
-
---¡Cómo!
-
---Emilio le ha ido pidiendo dinero para sus negocios, que fueron todos
-bien ruinosos.
-
---Y él se lo fué dando con la esperanza de obligar a usted a recibir sus
-obsequios.
-
---Es posible... Sin embargo, Castell es más comerciante aún que
-enamorado. Aunque hubiera conseguido lo que pretendía, el negocio
-seguiría su marcha. Su idea ha sido siempre quedarse dueño absoluto de
-la empresa de vapores.
-
---Supongo que después de las palabras que he podido oirle hace un
-momento se abstendrá de apoderarse de ella.
-
---No lo sé.
-
---Quedó unos instantes pensativa. Luego, como si hablase consigo misma,
-profirió con voz sorda:
-
---El día que Emilio y yo nos casamos fuí a mi cuarto después de la
-ceremonia para mudarme de traje. Nos marchábamos a Madrid a pasar
-algunos días. Cuando bajaba tropecé con ese hombre en la escalera. Me
-detuvo dirigiéndome algunas frases galantes y me pidió un ramito del
-azahar que llevaba en el pecho. Se lo di, contra mi gusto, por
-vergüenza... por temor... Desde el primer momento me fué repulsivo. Más
-tarde, cuando estábamos en la estación, al darme la mano para
-despedirnos, me dijo casi al oído: «Si algún día llega usted a cansarse,
-acuérdese de que tiene amigos que la admiran tanto o más que él.»
-
---¡Qué insolencia!
-
---No quise decir nada entonces a mi marido, ni quise tampoco después. La
-amistad que les unía era tan estrecha que me acobardaba el romperla.
-¡Cuántas veces me he preguntado desde entonces sí habré hecho bien o
-mal!
-
---¿Y usted no le trataba antes íntimamente?
-
---Sí y no. Nosotros somos de Denia. Castell estuvo allí unos días y
-bailé con él en casa de unos amigos algunos meses antes de conocer a
-Emilio. Aquella noche me hizo la corte, me dijo mil piropos y casi me
-declaró su amor. Yo tomé aquello por lo que era: un entretenimiento de
-forastero que hace lo posible por no aburrirse. En efecto, se marchó de
-Denia y de España y estuvo cerca de dos años viajando. Cuando regresó
-estaba para casarme con Emilio: faltaban sólo unos quince días para la
-boda.
-
---La Providencia ha sido cruel poniendo a este hombre en su camino y
-dándole poder para causarle todavía algunos disgustos.
-
-No respondió. Quedóse un rato pensativa y al cabo dijo, clavando en mí
-sus grandes ojos con interés:
-
---Pero usted es demasiado bueno, Ribot. No hablamos más que de mis
-disgustos, sin pensar en el que usted acaba de tener.
-
---¡Bah! Es todo lo contrario. Debo dar gracias a Dios de haberme
-desengañado a tiempo. Además, siempre he sospechado que esa niña estaba
-enamorada de Castell, aunque Emilio y Sabas se empeñasen en lo
-contrario. Y, si he de ser franco, yo tampoco sentía un amor muy
-entrañable.
-
---Entonces, ¿por qué se casaba usted con ella?
-
---Porque... porque... no sé por qué... es decir, sí lo sé y usted lo
-sabe también; pero hay cosas que ni aun a mí mismo las quiero confesar.
-
-Estas palabras causaron en su rostro visible turbación. Quedó
-repentinamente seria, y los rayos de la luna me permitieron ver en su
-frente aquella temida arruga de marras.
-
---No, Cristina, no--me apresuré a decir con vehemencia--; le ruego que
-no me haga la ofensa de pensar lo que estoy leyendo en sus ojos. He
-sostenido luchas dolorosas, desesperadas, conmigo mismo. He vacilado, he
-caído también; pero me he levantado y, puedo decirlo con orgullo, jamás
-la traición halló abrigo en mi pecho. No tengo las cualidades
-brillantes de Castell; estoy lejos de poseer las ventajas que hacen a
-ese hombre amable y admirado; pero aunque las poseyese todas le juro que
-no las utilizaría para herir por la espalda a un amigo. Porque antes que
-las satisfacciones del amor, antes que todos los goces de la tierra y
-aun los del cielo, si me los ofreciesen, estimo la paz de mi conciencia.
-
-El acento acalorado, la expresión sincera con que pronuncié estas
-palabras le hicieron levantar la cabeza y mirarme con un poco de
-asombro.
-
-Su frente se desarrugó y una dulce sonrisa se esparció por sus labios.
-
---Sí, ya vengo observando que es usted más original de lo que en un
-principio imaginé. Vale más así.
-
-Y al decir esto me tendió graciosamente su mano, que yo estreché con
-tanto respeto como efusión.
-
-En aquel instante una sombra salió por detrás de nosotros y se plantó
-delante diciendo:
-
---Buenas noches.
-
-Lo mismo Cristina que yo sufrimos un fuerte estremecimiento.
-
---¿Tú aquí, Emilio? Creí que ya estabas acostado--dijo aquélla
-recobrándose instantáneamente.
-
---No, no me acosté. Sentía calor como vosotros y salí a dar una vuelta
-por el jardín. Oí ruido de conversación y entré.
-
-A pesar del tono natural que quiso imprimir a estas palabras, advertimos
-en su actitud y su acento algo extraño que nos causó fuerte inquietud.
-
---La noche está muy hermosa--siguió, comenzando a pasear por la
-habitación con las manos en los bolsillos--. El mes de septiembre no le
-ha ido en zaga al de agosto. Apenas si a la madrugada se siente un poco
-de fresco. No tengo ningún deseo de irme a la cama.
-
-Respondí con algunas palabras insignificantes como éstas. No hizo señal
-de escucharlas. Siguió paseando en actitud meditabunda, y al cabo se
-plantó delante del balcón, de espaldas a nosotros, y quedó inmóvil
-mirando por los cristales. Luego abrió los bastidores y se quitó el
-sombrero para recibir mejor el fresco de la noche.
-
-Cristina le miraba sin pestañear. En sus ojos se iba pintando una
-tristeza ansiosa.
-
-Parecía consternada. Transcurrieron así algunos minutos en silencio. Al
-cabo, como si no pudiese resistir más tiempo aquel estado de tensión, se
-levantó vivamente y acercándose a su marido le dijo poniéndole una mano
-sobre el hombro:
-
---Vámonos ya a casa.
-
---Como tú quieras--respondió él secamente.
-
-Salimos del pabellón y seguimos la calle de acacias que lo enfilaba.
-Traté de emparejarme con Martí y trabar conversación. Observé al
-instante que rehuía mi compañía, respondiendo con pocas y secas
-palabras. Antes de llegar a casa tomó el brazo de su esposa y apretó el
-paso dejándome atrás. Aquel mudo desaire me oprimió el corazón. Los
-seguí con tristeza, la cual fué cediendo el puesto a una sorda
-irritación al pensar con cuánta injusticia me trataba. Y según
-caminábamos se afirmó en mi espíritu la idea de entrar con él en clara y
-enérgica explicación y descubrir lo que pasaba.
-
-Llegamos a la puerta de la casa. Debajo de la _marquesina_ de cristales
-que la resguardaba se detuvieron. Por las ventanas abiertas del comedor
-vi las sombras de Castell, Isabelita y D.ª Amparo.
-
---Vaya--les dije con afectada indiferencia--, ustedes a la cama y yo a
-la ciudad.
-
---¿No espera usted que mandemos enganchar el coche?--preguntó
-tímidamente Cristina.
-
---No; me apetece dar un paseo a la luz de la luna. Hasta mañana. Buenas
-noches.
-
-Fuí a dar la mano a Emilio.
-
---No--me dijo con inusitada gravedad--; voy a acompañarte hasta la
-puerta de la finca. También me apetece dar un paseo.
-
-Extendí la mano a Cristina. Me la estrechó por primera vez en su vida,
-con singular energía, clavándome al mismo tiempo una mirada suplicante y
-ansiosa. Yo, conmovido hasta el fondo del alma, cerré los ojos para
-indicarle que podía fiar en mí.
-
-Nos apartamos, y a paso lento tomamos la calle que conducía a la puerta
-de salida. Martí iba con el sombrero en la mano y guardaba silencio
-obstinado. Yo aguardaba a que lo rompiese antes de despedirnos,
-prometiéndome ser fiel a la tácita promesa que había hecho. En efecto,
-al acercarnos a la tapia se detuvo y, esquivando mirarme, profirió:
-
---Los hombres casados, Ribot, suelen tener una susceptibilidad
-exagerada. No sólo los celos, que tanto atormentan, sino también el
-miedo al ridículo, les obligan a desconfiar muchas veces, aunque por
-temperamento sean confiados. A los amigos de estos hombres les toca, por
-lo mismo, no despertar tal susceptibilidad, conducirse en todas
-ocasiones con mucho cuidado y delicadeza. De este modo la amistad se
-afianza con la gratitud.
-
---Tienes razón--respondí--. Hasta ahora he procurado cumplir con esa
-obligación que todos los hombres tenemos, no sólo con los amigos, como
-dices, sino con el prójimo en general. Una fatal casualidad me acaba de
-colocar en situación que puede lastimar tu amor propio, ya que no tu
-honor. Entiende sin embargo, que Cristina...
-
---No hablemos de Cristina--interrumpió clavando sus ojos en los míos con
-firmeza--. Todas las noches del año, antes de dormirme, doy gracias a
-Dios por haberme unido a ella. Esta noche será lo mismo que las otras.
-
---Hablemos de mí entonces. Una fatal casualidad, repito, me coloca en
-situación de herir esa susceptibilidad que acabas de mentar. Lo deploro
-con toda mi alma, aunque no me hallo culpable. En todo caso, lo sería de
-una ligereza. Sin embargo, estos asuntos son de índole tan delicada, que
-una amistad reciente no puede contrarrestar los efectos de la más
-pequeña molestia. Si, como observo, tú la has experimentado, estoy
-resuelto a alejarme de aquí y no poner más los pies en tu casa.
-
-No respondió. Caminamos en silencio los pasos que nos separaban de la
-puerta. Al llegar a ella se detuvo y, sin mirarme, dijo con voz
-temblorosa:
-
---Aunque lo sienta mucho, no puedo menos de aceptar tu resolución. Quizá
-me ponga en ridículo a tus ojos y a los de cualquiera que sepa lo que
-acaba de pasar... pero ¿qué quieres?... prefiero quedar en ridículo a
-que se turbe en lo más mínimo la tranquilidad que hasta ahora he
-disfrutado.
-
---Te sobra razón: yo, en tu caso, haría lo mismo--respondí--. Mañana a
-primera hora saldré de Valencia, y acaso no volvamos jamás a vernos.
-Quiero que sepas, no obstante, que esto me proporciona uno de los más
-profundos disgustos de mi vida. Aprecio tu amistad más de lo que te
-figuras, estoy agradecido a tu cariñosa hospitalidad y no me consolaré
-jamás de haberte causado inconscientemente un pequeño disgusto. Si algún
-día necesitases de mí, para todo me ofrezco.
-
---Gracias, gracias, Ribot--murmuró conmovido.
-
-Tenía una mano sobre el pestillo de la puerta enrejada y con la otra
-sostenía el sombrero. No quise ponerle en el compromiso de darme la
-mano, y sin extenderle la mía salí al camino.
-
---Adiós, Martí--le dije volviendo la cara--. ¡Dios te haga tan feliz
-como lo has sido hasta ahora!
-
---Adiós, Ribot. Muchas gracias.
-
-[imagen: una barra decorativa]
-
-
-
-
-XV
-
-
-La puerta se cerró. Al través de sus rejas le vi alejarse y perderse
-entre el follaje con la cabeza inclinada y descubierta como antes. Quedé
-solo en medio del camino. Un abatimiento profundo se apoderó de mí como
-si acabase de perder algo que interesase de cerca a mi existencia.
-
-A paso lento comencé a apartarme de aquellos sitios tan gratos,
-persuadido de que no volvería a pisarlos jamás. En realidad, los últimos
-sucesos habían sido tan súbitos y atropellados que apenas podía darme
-cuenta de ellos. Un momento hacía representaba en aquella casa el papel
-de un amigo que va a transformarse en hermano. Ahora salía de ella como
-un extraño del cual se olvidaría pronto hasta el nombre. Mas en medio
-de aquella tristeza, en la noche triste que había caído sobre mi
-corazón, lucía una estrella bien amable: era la mirada suplicante de
-Cristina. En aquella casa quizá no se pronunciaría ya mi nombre, pero
-ella no podría olvidarlo jamás. Esta idea me produjo extraordinario
-consuelo. Seguí caminando con más firmeza, y cuando llegué a la esquina
-del muro que cercaba la finca me detuve. Lo contemplé un instante con
-melancolía y acercándome a él lo besé repetidas veces. Luego me alejé
-apresuradamente, avergonzado de que alguien pudiese verme.
-
-La luna, en lo alto, bañaba el campo de luz transformándolo en lago
-dormido. La llanura se extendía delante de mí bordada por las crestas de
-las montañas que flotaban a lo lejos en un vapor blanquecino. Aquí y
-allá los bosquecillos de naranjos y laurel manchaban el blanco cendal,
-mientras algunos cipreses se erguían solitarios, inmóviles, alargando su
-sombra sobre el camino. Detrás, el mar rielaba tranquilo también,
-reverberando la luz de la luna.
-
-La dulzura de aquella noche invadía mi corazón y lo refrescaba. El
-campo, cubierto aún de flores y perfumado por los olores penetrantes de
-los frutos maduros, adormía mis sentidos y calmaba la fiebre de mi
-pensamiento. Avancé con paso más ligero. Valencia en aquella hora
-dormía ya sobre su alfombra de flores. Las luces de sus calles brillaban
-lejanas como estrellas terrestres. Las del cielo formaban rico dosel
-protegiendo aquella ciudad afortunada.
-
-Cuando me alejé buen trecho de la alquería, quise reposarme un momento.
-No tenía deseos de entrar en la población. Necesitaba coordinar mis
-pensamientos y trazar algún plan de vida, ya que en un instante se
-habían deshecho los que había formado. Sentéme en la piedra de un
-tornaruedas, saqué un cigarro, lo encendí y me puse a fumar con calma.
-Corto rato había estado allí, cuando sentí a lo lejos el rumor de un
-carruaje que se acercaba. Al principio no supe si venía de Valencia o
-del Cabañal. Cuando me convencí de que procedía de este último punto,
-sentí extraño desasosiego y pensé en ocultarme; pero volviendo
-inmediatamente sobre mi pensamiento, me determiné a quedarme. Pronto
-divisé los caballos; se acercaron; era el coche de Castell, como había
-temido.
-
-Cuando estuvo próximo me planté en medio del camino y grité con acento
-imperioso al cochero:
-
---¡Para!
-
-Éste hizo un movimiento de sorpresa, pero todavía empujó los caballos
-hasta tocar conmigo. Los cogí de la rienda y les obligué a detenerse a
-tiempo que, reconociéndome el muchacho, dijo:
-
---Buenas noches, don Julián.
-
-Castell había sacado medio cuerpo por la ventanilla. Cuando me acerqué
-clavó en mí los ojos sorprendido; y llevando con fiero ademán la mano al
-bolsillo, exclamó:
-
---¡Si es una agresión, cuidado!
-
---No; no es una agresión--repuse yo levantando la mano en señal de
-paz--. Es que quiero hablar con usted.
-
---Envíeme usted sus padrinos y con ellos me entenderé--dijo
-orgullosamente.
-
---Antes de hacerlo necesito hablar con usted un momento--repliqué.
-
-Me contempló atentamente unos instantes como si tratase de escrutar mis
-intenciones. Convencido sin duda de que no eran guerreras, abrió la
-portezuela y dijo fríamente:
-
---Entre usted.
-
-Me coloque frente a él. El carruaje partió.
-
---Deseo saber--pronuncié al cabo de un momento--si ha sido usted quien
-avisó a Martí de que Cristina y yo nos hallábamos solos en el pabellón.
-
-Abrió los ojos con no fingida sorpresa y respondió en tono malhumorado:
-
---No entiendo lo que usted me dice.
-
-Comprendí que era cierto, y suavizando mi acento proseguí:
-
---Después que nos separamos, seguimos el camino de las acacias y
-entramos en el pabellón con objeto de que Cristina se repusiera un poco
-antes de ir a su casa. Se hallaba muy alterada y no quería presentarse a
-su marido en tal disposición. Al poco rato de estar allí vino Martí
-repentinamente; se ofendió, como es natural; tuvo conmigo una
-explicación y como consecuencia de ella salgo de su casa para no volver
-jamás.
-
---Nada sé de eso. Aunque no me encuentro obligado a darle a usted
-satisfacción alguna, porque tenemos una cuestión pendiente que se ha de
-ventilar en otro terreno, le afirmo que no he hablado con Martí una
-palabra de este asunto. Es usted dueño de creerme o no. Lo que no deja
-de sorprenderme es que, después de la explicación que acaba de tener con
-él, salga usted de su casa y a mi me haya hablado con la cordialidad de
-siempre.
-
---Es muy sencillo. No le he dicho una palabra de lo que acababa de oir.
-
---¿Ha dejado usted que le sospeche de traidor?--preguntó en el colmo de
-la sorpresa.
-
---Sí, señor.
-
---¿Y por qué ha hecho usted eso?
-
---Por gusto.
-
-Me echó una mirada hostil y recelosa, alzó los hombros y guardó
-silencio. Yo lo rompí al cabo de un momento:
-
---Los gustos de los hombres, Castell, son rtan varios como sus
-fisonomías. Por muy enamorado que usted se halle de Cristina, creo
-estarlo yo más. La adoro con toda mi alma, con toda las fuerzas de mi
-corazón. Pero obtenerla por medio de una traición, lejos de causarme
-alegría, sería la mayor desgracia que podría ocurrirme sobre la tierra.
-Nunca más dormiría tranquilo. Acabo de hacer un sacrificio cruel; pero
-lo he hecho por el amor de ella, por el sosiego de mi conciencia. Estas
-lágrimas que usted ve en mis ojos ahora mismo refrescan mi alma, no la
-abrasan. Me voy; me voy para siempre. Usted se queda, y quizá con el
-tiempo logre lo que tanto apetece; pero errante por el mar, solo encima
-de la cubierta de mi barco, seré más feliz que usted. Las estrellas del
-cielo brillando sobre mi cabeza me dirán: «Alégrate, porque has sido
-bueno.» El viento silbando en la jarcia, las olas chocando en el casco,
-me dirán: «¡Alégrate, alégrate!»
-
-La luz de la luna bañaba su rostro. Vi cómo se dibujaba en él poco a
-poco una sonrisa.
-
---Esas mismas olas que le dicen a usted cosas tan gratas el día menos
-pensado le tragarán como una mosca; el viento les ayudará a consumar la
-hazaña y las estrellas del cielo presenciarán el espectáculo tan
-serenas... Vive usted en un profundo error, Ribot. No hay otra felicidad
-sobre la tierra que poseer lo que se desea.
-
---¿Aunque para ello se hiera de muerte y por la espalda a un amigo?
-
-Quedó un instante suspenso, pero en seguida dijo con firmeza:
-
---Aunque para conseguirlo sea necesario pasar por encima de los hombres.
-
---¿No hay bien ni mal entonces?
-
---En la existencia el bien de los unos es el mal de los otros, y así
-será eternamente... Alguna vez habrá usted visto un nido de golondrinas.
-Los pajaritos esperan ansiosos la llegada de la madre; al verla, pían,
-abren su piquito, y ella, con amorosa diligencia, los va cebando uno por
-uno. ¡Qué interesante! ¡Qué espectáculo tan tierno! ¿verdad? Pero a los
-mosquitos que huyen aterrados y al fin caen en el pico de la golondrina
-para servir de cebo a sus hijuelos, ¿les parecerá tan tierno y tan
-interesante? Por el contrario, usted ve a un hombre acercarse a otro
-cautelosamente, abatirlo de una puñalada, arrancarle del bolsillo el
-dinero y llevarlo a casa para proporcionar a sus hijos el sustento. ¡Qué
-horror! Se estremece usted y se aleja precipitadamente de aquellos
-sitios. ¿Por qué? Si usted fuese mosquito pasaría por allí zumbando
-alegremente.
-
---Pero nosotros tenemos conciencia.
-
---La conciencia no nos priva de estar tan fatalmente encadenados. Usted
-se encuentra enamorado de Cristina, como yo; ambos ansiamos poseerla;
-pero usted se detiene por miedo al remordimiento, mientras yo prosigo mi
-empresa sin ningún temor. Los dos obedecemos a un instinto. El mío es
-más sano, porque tiende a aumentar mi vitalidad, mientras el de usted
-tiende a disminuirla... No ría usted ni se muestre tan sorprendido... El
-remordimiento, en un mundo donde impera la necesidad, es absurdo. Piense
-usted que los héroes de Hornero y Esquilo no se detenían ante el
-fratricidio ni ante el incesto y, sin embargo, han sido los ejemplares
-más bellos y más nobles de la humanidad.
-
---Estoy lejos de oponerme a que usted aumente su vitalidad--repliqué con
-acento irónico--. Pero ¿no sería mejor que lo hiciese por medio de su
-propia mujer y no con la de otro?
-
---¡De otro!... ¡de otro!--pronunció sordamente--. Una convención como
-todo lo demás.
-
-Quedó algunos momentos pensativo mirando el paisaje por la ventanilla.
-Yo le observaba con mezcla de curiosidad y repugnancia. Aquellos ojos
-azules de reflejos acerados me inspiraron por primera vez sobresalto.
-
---La virtuosa Draudpadi--comenzó a decir lentamente sin apartar los ojos
-del paisaje--, una de las heroínas más interesantes de la antigüedad
-india, poseía cinco maridos, los hermanos Pândavas. Aquellos héroes
-gozaban en común de su amor sin desdoro ni remordimientos. Si nosotros
-viviésemos en aquella edad, el acto de pretender a Cristina sería moral
-y plausible, puesto que ofreceríamos a una mujer dos nuevos protectores.
-¿Por qué le causa a usted tanto horror compartir la mujer de un amigo?
-El mundo, que ha comenzado de este modo, puede terminar lo mismo.
-
---¡Que termine como quiera!--exclamé con ímpetu--. Ahora y siempre el
-causar voluntariamente un dolor será pecado.
-
---No sea usted niño, Ribot--repuso con suficiencia irritante--. No hay
-más que una sola verdad indiscutible en el mundo, y es ese impulso de la
-naturaleza que todos sentimos, la planta como el animal, el insecto como
-el hombre. En la región serena donde se aposenta la vida, la vida
-eterna, el dolor y la muerte no significan nada. El único y supremo fin
-del Universo es aumentar la intensidad de esta vida.
-
-No respondí. Quedé a mi vez largo rato pensativo y silencioso mirando
-por la otra ventanilla hacia el camino. Al fin acerté a ver las primeras
-casas de los arrabales.
-
---Tenga usted la bondad de hacer parar--dije--. Me quedo aquí y mañana
-saldré de Valencia sin batirme con usted. Acháquelo a cobardía si
-quiere. Será un nuevo sacrificio que hago en aras de mi amor y de la
-amistad que debo a Martí. No aspiro a ser un héroe de Hornero como
-usted, ni sueño con saltar triunfante sobre los cadáveres de mis
-enemigos. Pare usted.
-
-Me dirigió una larga mirada despreciativa y tiró del cordón, diciendo
-fríamente:
-
---No sé si será usted un cobarde; pero desde luego puedo asegurar que es
-uno de tantos ilusos como viven engañados acerca de sí mismos y del
-mundo que les rodea.
-
-El coche paró. Abrí la portezuela y salté a tierra.
-
---Adiós, Castell--le dije sin darle la mano--. Siga usted hacia esa
-región feliz que no deseo conocer. Yo me quedo en esta otra más triste
-pero más honrada.
-
-Alzó los hombros sin responder y apartando de mí los ojos con desdén
-tiró nuevamente del cordón. Luego se recostó cómodamente. El carruaje
-partió y yo comencé a caminar lentamente hacia mi casa. Dejé la blanca
-carretera, donde algunas casas diseminadas proyectaban su sombra, y me
-interné en el laberinto de las calles. Al pasar por la del Mar me detuve
-ante la casa de Cristina. En el balcón de su dormitorio había una mata
-de malvarrosa. Cerciorándome de que nadie me veía, trepé hasta ella y
-arranqué unas hojas. Fuí al hotel, subí a mi cuarto y me dormí
-dulcemente apretando estas hojas en la mano.
-
-[imagen: una barra decorativa]
-
-
-
-
-XVI
-
-
-Otra vez a la mar. Tráfago de puerto, ruido de carga y descarga,
-quehaceres enfadosos en la oficina del consignatario. Después horas
-dulces, tranquilas, arrulladas por el canto de los marineros y los
-rumores del agua bajo la quilla. Aquel sueño de amor no dejó peso en mi
-alma. Al cabo de algunos meses sólo quedaba una impresión tierna y
-poética que daba realce a mi existencia. Sin embargo, cuando por la
-noche cruzaba por delante de Valencia y a lo lejos veía centellear las
-luces del Cañabal, me tengo sorprendido cantando sobre el puente en voz
-baja la despedida de _El Grumete_:
-
- Si en la noche callada
- sientes el viento, etc.
-
-Y mis ojos, sin poderlo remediar, se nublaban de lágrimas como los de
-una modista. Pero aquella racha pasaba y pronto recobraba el humor
-alegre que, gracias al cielo, pocas veces me abandonó en esta vida.
-
-Supe en Barcelona, por un amigo, que Castell se había casado con
-Isabelita Retamoso. ¡Buen provecho! Más adelante tuve noticia por el
-mismo de que la Compañía de vapores se había deshecho y que ambos socios
-sostenían un pleito ruidoso. Al escucharlo no pude contenerme, y exclamé
-con íntima alegría:
-
---Arruinado tal vez ¡pero deshonrado, no!
-
-Aquel amigo me miró con sorpresa, y me costó no poco trabajo evadir una
-explicación. ¿En este gozo no entraría por algo el amor propio
-satisfecho? Casi seguro. No me doy por santo y sé que ni los santos
-pueden prescindir enteramente del amor de sí mismos. Por último, al
-regreso de Hamburgo en cierto viaje, hallé en Barcelona una carta que me
-esperaba hacía algunos días. Era de Martí, aunque escrita por otra mano.
-Me decía que se encontraba bastante enfermo y agobiado de disgustos, y
-me invitaba con frases en extremo cariñosas a que le hiciese una visita,
-en el caso de serme posible. No explicaba sus pesares ni aludía tampoco
-al desabrimiento que habíamos tenido, quizá por no iniciar al amanuense
-en estos secretos; pero toda la carta respiraba vivo deseo de
-congradarse conmigo y hacerme olvidar la triste salida de su casa.
-
-Inmediatamente tomé el tren de Valencia. Entré en esta ciudad
-anocheciendo, al año y tres meses de haber salido. Me alojé en el hotel
-que solía. Su huésped me recibió con muestras de afecto y me enteró, sin
-que yo se lo pidiese, de muchos pormenores del pleito entre Castell y
-Martí. Este se hallaba arruinado. Había perdido la participación que
-tenía en la línea de vapores, con la cual se había quedado su socio.
-Conseguido esto, como aún no quedase resarcido del capital prestado,
-Castell traspasó los restantes créditos. Los tenedores le subastaron
-todas sus propiedades, incluso la del Cabañal y hasta la casa que
-habitaba en la calle del Mar.
-
---Con todo eso--terminó diciendo mi huésped--, si al cabo don Emilio
-gozase de salud, como es joven todavía, muy trabajador y tiene gran
-cabeza para los negocios, es fácil que se repusiera... Pero el pobre
-está muy malito... muy malito. Yo no le he visto hace tiempo, pero todos
-me dicen que su enfermedad es de muerte.
-
-Aquellas palabras me causaron impresión dolorosa. Nos llamaron a comer;
-pero aunque me senté a la mesa, apenas pude tomar alimento. Salí después
-con intención de ir a casa de Martí, que habitaba en un cuarto
-alquilado de la calle de Caballeros. Antes de llegar me volví, temiendo
-molestarle a aquella hora o causarle una emoción que le impidiese
-descansar. Enderecé los pasos al domicilio de su cuñado Sabas, para que
-éste le preparase, o en todo caso me aconsejara lo más conveniente. Me
-recibió su regordeta esposa con la afabilidad de siempre, tan viva, tan
-dulce, tan activa. Su marido idolatrado había salido ya.
-
---Estará en casa de Emilio--dije como cosa natural.
-
---No lo creo--respondió vacilante--. Vaya usted al teatro... Acaso esté
-allí... Como el médico encontró hoy mejor a Emilio, dijo que iba a
-celebrarlo.
-
-Se ruborizó al pronunciar estas palabras. No mostré sorpresa para no
-aumentar su confusión. Después de besar a los niños, mis antiguos
-amiguitos, me encaminé al teatro indicado en busca de su elegante papá.
-
-Cuando entré ya había comenzado la representación. Alcé la cortina del
-salón de butacas y pasee una mirada escrutadora por todo el ámbito del
-coliseo. No tardé en divisarle allá en una de las plateas del proscenio.
-Estas plateas, lo mismo en provincias que en la capital, son el recinto
-sagrado donde irradia sus destellos lo más exquisito de las razas
-superiores en cada localidad. Acostumbrados a dictar leyes a la
-muchedumbre, los jóvenes que allí se reunen hablan, disputan, fuman,
-bostezan, firmemente convencidos de que no tienen deberes que cumplir
-hacia la horda de esclavos que escucha pacíficamente la representación
-desde las butacas. Viven solos como los dioses en la cima del Olimpo,
-con la conciencia gozosa de su perfección y de su fuerza; hacen muecas a
-los actores, dirigen requiebros a las actrices, y de vez en cuando
-hablan en voz alta con sus pares los de la platea de enfrente por encima
-del rebaño de los desheredados.
-
-Sabas pertenecía a la casta de los dominadores, aunque su rostro no
-ofreciese los rasgos fisionómicos que la caracterizan: ni la carne
-blanda, ni la tez pálida, ni los labios caídos, signos de la vida
-regalada.
-
-Aquel rostro atezado, curtido, a trechos despellejado, ofrecía un
-aspecto profundamente industrial. Nadie extrañaría que hubiese llegado
-aquella misma noche de Madagascar o de Java, después de enriquecerse en
-una explotación de cautchuc. Así debía de sospecharlo la contralto de la
-compañía (mucho más opulenta de carnes que de voz), a juzgar por la
-tímida admiración y el rubor con que acogía sus frases candentes cada
-vez que las necesidades escénicas la obligaban a aproximarse a la
-platea.
-
-Me senté en una de las butacas de atrás y aguardé a que bajasen el
-telón. Confieso que más que lo que ocurría en la escena me interesó el
-idilio que se desarrollaba entre la platea y el escenario. Sabas,
-apoyando la mejilla en la palma de la mano con una languidez puramente
-oriental, clavaba su mirada de serpiente fascinadora en la contralto.
-Esta, acometida de un temblor irresistible, hacía esfuerzos por huir
-aquella mirada y alejarse. En vano. A su pesar le miraba también hasta
-en las escenas más culminantes y, contra lo que exigía el papel, se
-apartaba bruscamente del tenor en los dúos amorosos para meter sus
-espaldas turgentes por las narices de aquel hombre fascinador y
-tropical. Escuchaba con estremecimientos su palabra vibrante como el
-grito del desierto, esperando tal vez que concluyese por ofrecerle
-cincuenta elefantes, un collar de perlas y la cabeza de tres rajahs
-enemigos.
-
-Cuando terminó el acto fuí sin dilación a la platea. Sabas me recibió
-con la gravedad indiferente que es en todos los países cultos
-complemento dichoso de la elegancia. Expliquéle sin preámbulos mis
-deseos. Acogiólos con benignidad, y desdeñando su conquista emprendida,
-seguro como los héroes de llegar siempre a tiempo para vencer, tomó el
-sombrero y salimos del teatro. Marchamos algún tiempo silenciosos.
-Sentía mi corazón oprimido por un sentimiento de tristeza en el cual
-observaba, sin embargo, con espanto cierta ansiedad de algo placentero.
-Este algo no era otra cosa que la presencia de Cristina. Sí, lo
-reconozco con vergüenza: aun en aquellas dolorosas circunstancias me
-preocupaba más ella que ninguna otra cosa de este mundo.
-
-Sabas se paró de pronto, apartó la pipa de los labios, y después de
-mirarme atentamente unos instantes profirió con solemnidad:
-
---Ya lo ve usted, amigo Ribot. Las locuras de mi cuñado han tenido al
-fin el resultado que yo había anunciado tantas veces.
-
---¡Pobre Emilio!--exclamé.
-
---¡Sí, bien pobre! Á la fecha no tiene una peseta ni quien se la preste.
-
-Acercó de nuevo la pipa a los labios y aspirando en ella la fuerza
-motora siguió caminando.
-
---Lo peor de todo es que, según me han dicho, su enfermedad es bien
-grave.
-
-No tuvo a bien responder a esta observación. Al cabo de un rato separó
-otra vez la pipa de la boca y quedó inmóvil.
-
---¿Le parece a usted, amigo Ribot--exclamó con acento de indignación--,
-que un hombre con familia tiene derecho a prodigar caprichosamente su
-capital y a dejar a esta familia en la miseria?
-
-Alcé los hombros sin saber qué contestar, sospechando que Sabas se
-incluía entre los miembros más respetables de aquella familia arruinada.
-
-Volvió a meter la pipa entre los dientes, y puesto, sin duda, en
-comunicación con la corriente eléctrica, adquirió movimiento. No tardó
-en interrumpirlo sacando aquélla de la boca. Hizo rápidamente la
-limpieza de la máquina escupiendo y prosiguió:
-
---Comprendo perfectamente que un hombre célibe disponga como quiera de
-sus recursos; que un día se levante de la cama de mal humor y arroje por
-el balcón todo lo que tiene. Al cabo, nadie más que él pagará las
-consecuencias de sus caprichos. Pero cuando un hombre no vive solo en el
-mundo, cuando tiene sagrados compromisos que cumplir, lanzarse en
-especulaciones insensatas y disipar una hacienda de importancia, me
-parece una conducta, no solamente necia, sino también inmoral.
-
-Ya no dudé que Sabas incluía entre aquellos compromisos sagrados el de
-seguir proporcionándole a él los medios de someter a su dominación todas
-las sopranos y contraltos que se presentasen en el horizonte valenciano,
-y por no decir algo impertinente determiné callarme. En esta forma,
-usando de la pipa como de un manipulador de máquina eléctrica para
-detenerse o caminar a su antojo, y vertiendo en cada manipulación
-raudales de sabiduría crítica, alcanzamos finalmente la casa en que
-habitaba su cuñado.
-
-No era suntuosa como la de la calle del Mar, pero sí nueva y de aspecto
-elegante. Subimos al piso segundo, que era el que ocupaba, y llamamos.
-Salió a abrirnos Regina, la antigua doncella, que no pudo reprimir un
-grito de sorpresa:
-
---¡Oh, don Julián!
-
---¡Silencio!--exclamé llevando el dedo a los labios.
-
-Y apoderándome en seguida de mi ahijada, que llevaba en brazos, la cubrí
-en silencio de besos tiernos y apasionados. Pero no los recibió ella tan
-en silencio como fuera de desear. Asustada de mis barbas, y acaso
-pinchada por ellas, puso al instante el grito en el cielo.
-
-Oí la voz de Cristina.
-
---¿Qué es eso?
-
-Y asomó por el fondo del corredor. Al verme quedó suspensa, pero
-reprimiéndose al instante se dirigió con paso precipitado hacia mí
-tendiéndome ambas manos con ademán cariñoso.
-
---¡Oh, capitán! ¡Mi pobre Emilio se muere!
-
-Vi sus ojos nublados de lágrimas. Apreté con efusión aquellas hermosas
-manos que me tendía y murmuré algunas palabras de duda. Quizá sus
-temores fuesen exagerados. Emilio había gozado siempre poca salud; pero
-esta clase de temperamentos suelen durar muchos años. Pregunté si podía
-vérsele a aquella hora, y habiéndome respondido afirmativamente, me
-dispuse a entrar. Cristina no me lo consintió sin prepararle antes.
-Estaba muy nervioso y aquella emoción podía hacerle daño. Mientras iba a
-cumplir este deber piadoso, Sabas aprovechó la oportunidad para tenderme
-su negra mano de colono asiático y despedirse con la expresión enérgica
-y concisa que le caracterizaba. Por la puerta, que aún estaba abierta,
-le vi descender la escalera, llevando en sus ojos ardientes la
-desolación y el llanto para la contralto.
-
---¡Que pase, que pase al momento!
-
-Era la voz de Emilio, un poco enronquecida, pero todavía vigorosa. Me
-dirigí precipitadamente hacia el sitio donde había sonado y entré en una
-estancia donde el lujo de los muebles formaba contraste con la modestia
-de la decoración del techo y las paredes. Estaba reclinado en una
-butaca, con dos almohadones detrás de la espalda, vestido con elegante
-traje de casa. La luz de un quinqué le hería de lleno el rostro, donde
-podían observarse bien claras y bien aciagas las señales de la
-tuberculosis. Pero estaba hermoso aquel rostro, más hermoso y más
-interesante que nunca lo había visto. La barba más crecida y los
-cabellos también, unido a la blancura de la tez y a sus grandes ojos
-negros melancólicos, le daban un aspecto de _Nazareno_. Aquellos ojos
-brillaron al verme con su expresión inocente y cordial. Se apoderó de mi
-mano, y estrechándola cariñosamente entre las suyas, repitió en voz baja
-varias veces:
-
---¡Capitán! ¡capitán! ¡capitán! ¡Qué bueno eres!
-
-Yo me hallaba conmovido hasta no poder hablar.
-
---¿Cómo me encuentras? Muy mal, ¿verdad?--preguntó al cabo de largo
-silencio.
-
---Espera que te vea mejor--respondí haciendo un esfuerzo sobre mí para
-ocultar la emoción que me dominaba.
-
-Al mismo tiempo acerqué el quinqué a su rostro y fingí que le examinaba
-con gran atención.
-
---¿Sabes lo que tienes tú?--dije al cabo--_¡Morriña!_
-
---¿Qué es eso?--preguntó abriendo mucho los ojos.
-
---Cierta enfermedad que padecen los gallegos cuando pierden una cantidad
-que excede de cincuenta céntimos.
-
-Vi dibujarse en sus labios una sonrisa, y dirigiendo a su esposa una
-mirada de alegría exclamó:
-
---¡El mismo de siempre! No me lo han cambiado, no.
-
-Comprendí que lo más piadoso en aquel momento era seguir bromeando. Hice
-de tripas corazón y abrí la llave de las payasadas, ya que no puedo
-decir donaires. Pronto tuve el gusto de oirle reir a carcajadas. Su
-rostro se animó, sus ojos brillaron; a los pocos minutos charlábamos con
-la misma alegría que si estuviese completamente sano y no hubiese
-perdido un céntimo de su capital.
-
-Cristina nos contemplaba con sonrisa melancólica. Sentíase feliz viendo
-a su marido animado, aunque entendía que no podía durar mucho tiempo.
-
-En efecto, un golpe violento de tos vino a interrumpir tristemente
-nuestra charla. Se quedó lívido, medio asfixiado, apretando la cabeza
-entre las manos.
-
---El frío de la noche te hace daño, Emilio--dijo Cristina--. Es hora ya
-de que te retires a descansar.
-
-Alzó la mano, haciendo con ella enérgicos signos de negación. Cuando se
-calmó el acceso y pudo hablar, exclamó:
-
---¡No me lo llevéis todavía! Me siento mucho mejor. El capitán es una
-bocanada de oxígeno: me trae el aire puro del mar.
-
-Permanecí otra media hora más por darle gusto. Al cabo me retiré, no sin
-haberle prometido volver al día siguiente por la mañana. No quise entrar
-a ofrecer mis respetos a doña Amparo. Tuve noticias por Sabas de que
-había tomado la resolución, hacía algunos días, de desmayarse en cuanto
-veía la cara de cualquier amigo. Como la hora me parecía intempestiva
-para la producción de este fenómeno orgánico, lo diferí para otra más
-adecuada.
-
-Cristina salió a despedirme a la puerta.
-
---¿Cómo le encuentra usted?--preguntó clavando en mí una mirada ansiosa.
-
---No le encuentro bien... pero todavía hay hombre... ¡Quién sabe! ¡quién
-sabe!
-
-Nadie dejaba de saberlo. Ella también lo sabía; pero buscaba la infeliz
-algún medio de ocultárselo.
-
-Me retiré con la cabeza aturdida y con el corazón destrozado. Aquel
-esfuerzo que había hecho por aparecer jovial trastornó mis nervios y no
-me dejó dormir. ¡Pobre Martí! Nunca me pareció tan bondadoso, tan
-inocente, tan digno de ser amado. Ni una palabra, ni la más
-insignificante alusión al proceder traidor de su amigo Castell ni a la
-manera inhumana con que le había arruinado. Y en los días sucesivos, lo
-mismo. Su alma no sólo sabía evitar la basura como los pies de las
-damas elegantes, pero ni aun creía en ella.
-
-Escribí a la casa armadora haciéndola saber que por razones de salud me
-quedaba aquel viaje en tierra y me constituí en acompañante y enfermero
-de mi desgraciado amigo. Poco me apartaba de él. Cuando lo hacía
-observaba en sus ojos una tristeza tan verdadera que me incitaba a
-quedarme. Cada día iba perdiendo fuerzas, le observaba más demacrado y
-caído. Comenzaron a combatirle frecuentes y crueles disneas que ponían
-su vida en peligro. Mientras duraban yo le daba aire con un abanico.
-Cristina le frotaba las sienes con éter. Pero en cuanto salía de ellas,
-como el hombre que ha logrado eludir un peligro inminente y se encuentra
-cuando menos lo esperaba sano y salvo, se ponía locuaz y alegre y nos
-aseguraba que muy pronto podría salir a la calle y encargarse de sus
-negocios.
-
-¡Sus negocios! Ni la enfermedad ni la ruina le habían podido arrancar la
-manía de los proyectos y la afición a las grandes empresas industriales.
-
---¡Si supieras, capitán, la idea que está bullendo hace días en mi
-cerebro!--me decía una vez clavando en mí sus ojos cándidos y sacudiendo
-la melena--. Un proyecto grandioso y sencillo al mismo tiempo. A quince
-kilómetros de Valencia se puede producir un salto de agua en el río. Con
-este salto puedo crear una fuerza de mil caballos. Suponiendo que pierda
-doscientos en la tracción, aún me quedan ochocientos, que, bien
-distribuidos, moverían casi todas las industrias de la ciudad y darían
-luz a toda ella. Los industriales y el Municipio obtienen una economía
-enorme, y para el dueño del salto resultaría un negocio brillante.
-Porque verás...
-
-Aquí pidió papel, sacó un lápiz y se puso a trazar números con el mismo
-ardor y entusiasmo que si los operarios acabasen de instalar la gran
-máquina eléctrica, distribuyendo la fuerza entre los industriales de
-Valencia, a éste tantos caballos, a aquél cuántos, como si la tuviese
-almacenada en casa.
-
-Cristina y yo cambiamos una mirada por encima de su cabeza y nos dijimos
-con ella cuanto había que decir. En otro tiempo esta manía era un
-peligro. Hoy podía servirle de consuelo. Así que, en vez de
-contrariarle, le seguimos el humor y ensalzamos su proyecto hasta las
-nubes. Se puso tan alegre que sus mejillas se colorearon y sus ojos, tan
-apagados ya, brillaron de placer. Cristina no pudo resistir la emoción y
-salió precipitadamente de la estancia. Yo seguí admirando calurosamente
-su proyecto a fin de que no advirtiese nada y llegué a prometerle mi
-pequeño capital para la empresa. Con esto su alegría subió de punto.
-Pero cambiando repentinamente de expresión, apoderándose de una de mis
-manos y mirándome con tristeza esclamó:
-
---¡No, Ribot, no!.. Por más que el negocio sea bien claro, yo tengo muy
-mala suerte... No expondré tu capital.
-
---No hay exposición--repliqué.--Te lo cederé de buen grado, porque me
-parece que el negocio ofrece seguridad.
-
---¡Absoluta seguridad!--profirió con acento de convicción inquebrantable
-que en otra ocasión me hubiera hecho sonreir--. Pero no te daré
-participación en él hasta que marche y empecemos a repartir dividendos.
-
-¡Pobre Martí! Él era quien se marchaba a paso acelerado. Sus mejillas se
-hundían, el círculo obscuro que rodeaba sus ojos se dilataba, pasaba las
-noches tosiendo y los días atormentado por dolores y disneas.
-
-Con esto, los desmayos de doña Amparo eran cada vez más frecuentes y
-prolongados. Su sensibilidad se había sobrexcitado de tal modo que el
-aleteo de una mariposa le hacía caer en convulsiones de las cuales no
-podía recobrarse sin cubrir de besos y lágrimas previamente el rostro de
-todos los presentes. A mí, por ser el amigo más constante, me tocó la
-mayor parte de estas inundaciones.
-
-Sabas venía todas las mañanas a las once, antes de dar el acostumbrado
-paseo entre calles y tomar el _vermouth_. Si el médico había dicho que
-el enfermo tenía menos fiebre (y lo decía a menudo para infundirle
-aliento), ya teníamos á nuestro elegante tan satisfecho que para
-celebrarlo no podía menos de almorzar en el café y marcharse luego de
-jira con algunos amigos de ambos sexos.
-
-Nos acercábamos, sin embargo, al desenlaze. A medida que la hora fatal
-se aproximaba, Emilio se mostraba menos aprensivo, ocupado
-constantemente en hacer cálculos y trazar proyectos. Aun en medio de la
-noche pedía papel y garrapateaba cifras.
-
---La semana que viene creo que podré salir a la calle--me dijo una
-mañana--. No tengo nada ya. El dolor de los riñones ha desaparecido, la
-lengua está casi limpia; en cuanto se me quite esta tos que no me deja
-dormir, quedo completamente sano... Hoy tengo ganas de andar; de dar un
-paseo largo.
-
-Y para comprobar sus palabras se alzó de la butaca y dió algunos pasos
-por la estancia.
-
---Voy al comedor--dijo abriendo la puerta--. ¡Verás qué sorpresa doy a
-Cristina!
-
-Echó a andar, en efecto, por el pasillo. Yo me quedé mirándole desde la
-puerta de su habitación. Cuando se hallaba hacia el medio, el infeliz
-vaciló un momento, y antes que yo pudiera acudir en su auxilio cayó
-cuan largo era sobre el pavimento.
-
-Han pasado algunos años desde entonces y aún no se me ha borrado del
-alma la sonrisa melancólica y avergonzada que me dirigió al acercarme.
-
---¡Esto va mal, capitán!
-
-Lo levanté y lo transporté en brazos a su butaca. Pesaba menos que un
-niño. Tanto Cristina como yo le reprendimos su imprudencia,
-convenciéndole fácilmente de que aquella debilidad dependía sólo de la
-falta de alimento. En cuanto empezase a comer más acudirían las fuerzas
-rápidamente y daríamos largos paseos por la huerta como antes.
-
-Pero aunque Cristina conociese la gravedad de su estado y no se forjase
-ilusiones respecto al desenlace, todavía observaba en ella cierta
-ignorancia o descuido en cuanto al plazo, que no dejaba de producirme
-inquietud. Pensaba, sí, que la enfermedad era de muerte; mas por las
-palabras que salían de su boca advertía yo que juzgaba el término fatal
-muy lejano. Yo lo veía más próximo.
-
-Y aún estaba más cercano de lo que presumía. Al día siguiente de su
-caída en el pasillo fuí a verle entre diez y once de la mañana. Contra
-su costumbre, todavía no se había hecho vestir. Decía que se hallaba un
-poco fatigado a causa de la tos. Yo le embromé achacándolo a pereza y me
-senté a su lado. Charlamos de política y de los sucesos locales que
-había leído en los periódicos. Le encontré, en efecto, más fatigado y
-con graves señales de abatimiento en el rostro. A pesar de eso
-mostrábase locuaz y contento como siempre. Al fin determinó levantarse;
-pero antes convinimos en que tomase una tácita de caldo con jerez, que
-le daría fuerzas. Salió Cristina a prepararlo.
-
-Pocos instantes después el enfermo cayó en un ataque de disnea de los
-que a menudo le acometían. No quise llamar, por no asustar a Cristina, y
-comencé a darle aire con el abanico como otras veces, esperando que no
-tardaría en recobrarse. Sin embargo, sin saber por qué, me sentía ahora
-más turbado. El corazón me latía fuertemente viendo aquel rostro tan
-pálido, con los ojos cerrados y la boca abierta, aspirando
-angustiosamente el aire. A medida que transcurrían los segundos mi
-zozobra aumentaba. El miedo se apoderó de mí y llevé la mano al botón
-del timbre. Pero en aquel instante Martí abrió los ojos y sonrió con
-dulzura. Me tranquilicé y le dije:
-
---¡Ánimo! Ya pasó.
-
---Abre ese balcón. No veo bien--me respondió.
-
-Aquellas palabras volvieron a turbarme. El balcón estaba abierto. Sin
-embargo, hice ademán de complacerle; mas al tratar de apartarme se
-apoderó de una de mis manos:
-
---¡Ribot! ¡Ribot!--gritó clavando en mí sus ojos desencajados--. ¡No te
-vayas...! ¡Me muero...! ¡No te vayas!
-
-Se había incorporado y apretaba convulsivamente mi mano. Su mirada
-cambió de expresión repentinamente, quedando opaca, vidriada. Dobló la
-cabeza como si estuviese descoyuntada y cayó, pesadamente, hacia atrás.
-
-El horror, la estupefacción me dejaron un instante inmóvil, clavado al
-suelo. Pero volviendo sobre mí tomé su cabeza entre mis manos y,
-apretándola contra el pecho, le grité, a mi vez:
-
---¡Martí! ¡Amigo mío, hermano mío! ¡No te vayas! En este mundo de
-perfidia quedan muy pocos hombres como tú.
-
-Y besé aquella frente por donde no había pasado jamás la sombra de un
-pensamiento vil.
-
-En aquel instante una mano rozó mi espalda. Me volví como si me hubiesen
-pinchado y pude ver unos ojos desmesuradamente abiertos por el terror y
-una figura pálida que se desplomaba.
-
-[imagen: una barra decorativa]
-
-
-
-
-XVII
-
-
-Renuncio a expresar lo que ocurrió en aquella casa al morir Emilio.
-Todos le adoraban; para todos era un padre amantísimo dispuesto a
-sacrificar sus gustos a los de los otros. El dolor, la consternación de
-Cristina fueron tan grandes que temimos por su vida. Transcurridos, no
-obstante, algunos días, fué necesario pensar en negocios. Los de Martí
-se encontraban tan embrollados que aquella desgraciada familia estaba
-expuesta a caer en la miseria. El único llamado a tomar la dirección de
-ellos, por ser el pariente más cercano, era Sabas; pero este hombre
-profundo, para quien el corazón humano no tenía repliegue alguno,
-desdeñaba los pormenores prosaicos de la existencia. Semejante a un
-dios, vivía en perpetua alegría, alejado de los trabajos y zozobras que
-afligen a los humanos. Fué necesario que yo empuñase las riendas. Pedí
-licencia definitiva y me puse a la obra con poca inteligencia, pero con
-ardor y voluntad ilimitados. Esta voluntad me salvó. Al cabo de seis
-meses de trabajo asiduo, luchando con acreedores y abogados y
-escribanos, logré desenredar la madeja. Solventadas las deudas todas,
-aún le quedaba a Cristina una corta renta con la cual podía vivir sin
-lujo, pero decorosamente. Respiré tranquilo y gocé de mi triunfo como si
-hubiera dado fin a una empresa gigantesca.
-
-La gratitud de Cristina constituía para mí la más dulce recompensa. De
-un modo grave y reservado, como hacía ella todas las cosas, me la daba a
-entender constantemente. Esto, unido a las inocentes caricias de mi
-ahijada que comenzaba a gorjear mi nombre llamándome «tío Ribot» como si
-la sangre nos uniese, resarcía plenamente mis fatigas. Lo único que me
-apenaba era el observar con qué cuidado escrupuloso reducía Cristina los
-gastos de su casa y la estrechez a que se sometía. Yo la encontraba
-exagerada: su renta la permitía algún mayor desahogo; pero no me atreví
-a representárselo. Por otra parte, comprendí al cabo que aquella
-economía no le causaba dolor alguno, antes gozaba con ella pensando
-quizá en acrecer por este medio la herencia de su niña. Más tarde
-averigüé, no sin cierta indignación, que sus ahorros servían para
-sostener la casa de su elegante hermano. Éste seguía aplicando el filo
-de su escalpelo a todos nuestros actos. Persuadido de que nunca llegaría
-el talento de su hermana ni mi habilidad en los negocios a
-proporcionarle medios de conquistar ni una mala corista de zarzuela, se
-decidió, al fin, a ingresar de _croupier_ en el Círculo.
-
-Nada de su antiguo esplendor echaba menos Cristina, como pude
-cerciorarme: ni las suntuosas habitaciones, ni los ricos trajes, ni el
-coche, ni los criados. Sólo la alquería del Cabañal excitaba en ella un
-recuerdo melancólico. Cuando la mentábamos solía quedarse triste y
-pensativa. Era bien natural. Su pasión por el campo, por la vida libre y
-tranquila, estaba reforzada en este caso por las dulces memorias que
-aquella finca guardaba en su seno. Allí se habían deslizado las horas
-más felices de su existencia.
-
-Después de haber podido observarlo en diversas ocasiones nació en mí
-cerebro el pensamiento atrevido de comprarla. Hice rápidamente el
-balance de mi caudal. Como soy hombre de pocas necesidades, podía
-sacrificar la tercera parte y quedarme lo suficiente para vivir. En
-cuanto me convencí de ello empecé a ponerme nervioso. No pude sosegar
-hasta que me trasladé a Barcelona, donde residía el banquero a quien se
-había adjudicado la finca, y me puse al habla con él. El Cabañal se
-había subastado en diez y ocho mil duros. En seguida comprendí que su
-dueño se daría por satisfecho con soltarla en el mismo precio, pues las
-utilidades se invertían todas en los gastos que ocasionaba si se la
-había de conservar como hasta entonces. Al cabo de algunas conferencias
-y bastantes regateos otorgamos la escritura, exigiendo yo el mayor
-sigilo. Acto continuo, y por medio de escritura también, hice donación
-de la finca a mi ahijada. Con ambos documentos en el bolsillo y el
-corazón lleno de alegría me restituí a Valencia, donde antes de tomar
-posesión de la alquería fuí comprando o encargando los muebles
-necesarios, semejantes en un todo a los que tenía la casa. Me costó
-algún trabajo, pero lo cumplí con gozo inexplicable. No hay para qué
-decir que donde me esmeré y puse los cinco sentidos fué en el gabinete
-tocador de Cristina. A fuerza de prolijas investigaciones pude hallar
-algunos de los muebles auténticos y los compré; otros los mandé
-contrahacer y salieron bastante parecidos. Ya que los tuve a mi
-disposición me posesioné de la finca, rogando a las personas que
-intervinieron y al hortelano que la cuidaba que me guardasen el
-secreto.
-
-Se acercaba el cumpleaños de mi ahijada. Algunos días antes hice
-trasladar los muebles a la alquería y me puse a ordenarlos en la misma
-forma que antes tenían. Conocía tan bien la disposición de aquella casa
-que no me fué difícil darle la misma apariencia. El gabinete de Cristina
-me ocupó mucho tiempo, pues aspiraba a que no faltase un pormenor. Los
-muebles, las cortinas, los enseres del tocador, hasta la colcha de la
-cama, todo fué restaurado o copiado con la posible exactitud.
-
-El día del cumpleaños llevé por la mañana un lindo juguete a mi ahijada,
-prometiéndole regalarle otro por la tarde. Y por la tarde invité a su
-mamá y a doña Amparo a dar un paseo por el campo y a merendar en
-cualquier paraje solitario para celebrar aquella fecha memorable.
-Alquilé un coche. El cochero, prevenido por mí, después de pasearnos
-buen rato, nos condujo a las cercanías del Cabañal. Allí hice parar, y
-les dije:
-
---Señoras, no sé si habré cometido una tontería. Si es así, pido perdón
-de antemano. Conociendo la pasión que Cristina ha tenido siempre por la
-alquería del Cabañal, hice preparar allí la merienda. Soy amigo de Puig,
-su dueño, y cuando estuve en Barcelona me dió permiso para entrar en
-ella cuando y con cuantas personas quisiera. Repito que me perdonen
-este paso si les parece inconveniente.
-
-Doña Amparo lo halló muy bien y se alegró en el alma de visitar otra vez
-aquella finca que tanto le placía. ¡Pero había que ver el semblante de
-Cristina! Jamás se me ofreció más sombrío ni contraído. Tuvo imperio,
-sin embargo, sobre sí misma para callar, y yo, aparentando no hacerme
-cargo de su molestia, di orden al cochero de seguir.
-
-El hortelano y sus peones hicieron el papel de recibirnos como huéspedes
-y nos condujeron amablemente hasta una glorieta donde había hecho poner
-la mesa. Antes de merendar les invité a dar un paseo por la alquería;
-pero Cristina rehusó vivamente alegando tener herido un pie. Como doña
-Amparo no quiso dejarla sola, me fuí con mi ahijada y la niñera y nos
-recreamos corriendo y retozando por aquellas frondosas avenidas. Cuando
-volvimos observé que Cristina tenía los ojos enrojecidos y que su mamá
-se inclinaba con señales evidentes hacia el _no ser_.
-
-De nada de esto quise enterarme. Alegre y chancero como nunca, comencé a
-partir los manjares y a distribuirlos, secundado por la niñera y el mozo
-del hotel que los había llevado. Con gran esfuerzo, y para no dejarme
-adivinar su disgusto, Cristina tomó algunos, muy pocos bocados. Doña
-Amparo tampoco comió mucho. Pero Julianita, la niñera y yo supimos
-cumplir con nuestro deber. Al terminar se destapó una botella de
-_champagne_. Entonces yo, poniéndome en pie, levantando a mi ahijada con
-un brazo y tomando en la otra una copa, exclamé:
-
---¡A la salud de Julianita! ¡A la salud de mi niña!
-
-Acerqué primero la copa a su boquita de clavel, y después bebí el resto
-de un trago.
-
---Te he prometido un regalo para esta tarde y voy a cumplir la promesa.
-Te regalo esta alquería, de la cual has sido despojada. Para ti la he
-comprado hace unos días. Recíbela, hija mía, con este tierno beso que
-estampo en tu mejilla, y haga el cielo que en ella disfrutes días largos
-y felices.
-
-Cristina se alzó de su asiento pálida y trémula.
-
---¡Ribot!... ¡No puede ser!--profirió con voz alterada.
-
---Ahí están la escritura de compra y la de donación--respondí
-presentándole los documentos.
-
---¡Pero mi hija no puede aceptar un sacrificio tan enorme!
-
---Tengo pocas necesidades y ningún pariente cercano. La ley me concede
-la facultad de elegir heredero... Ya está elegido--añadí poniendo la
-mano sobre la rizada cabecita de mí ahijada.
-
-Quedó inmóvil, silenciosa, con la mirada clavada en el suelo. Al cabo
-salió de la glorieta sin despegar los labios y se encaminó hacia la
-casa. Yo la seguí de lejos, dejando el cuerpo inanimado de doña Amparo a
-los cuidados de la niñera y el mozo. Observé que aceleraba el paso.
-Cuando llegó a la puerta iba casi a la carrera. Se detuvo un instante,
-besó la pared y entró.
-
-Sentí sus pasos al través de las estancias, oí sus exclamaciones de
-alegría y llegué a punto de verla entrar en su gabinete. Al tender la
-vista por él dejó escapar un grito y cayó de bruces y sollozando sobre
-el lecho de madera blanca. Me acerqué y le dije:
-
---Este gabinete guarda todavía entre sus paredes el perfume de una vida
-santa y tranquila. Los muebles que estaban diseminados por la ciudad y
-que nada decían a sus dueños, al verse otra vez juntos se sienten
-dichosos y le hablarán, Cristina, el lenguaje dulce y misterioso de los
-recuerdos. Me considero feliz al entregárselos, y más feliz aún de haber
-trabajado muchos días para que llegase este momento.
-
-Se alzó del lecho y, tendiéndome una mano, me respondió con voz
-temblorosa:
-
---¡Gracias, Ribot! ¡Muchas gracias! Ha sido usted para nosotros un
-amigo fiel. Dios le pagará el bien que nos ha hecho, porque yo no puedo
-pagárselo.
-
-Me sentí conmovido hasta el fondo del alma por aquellas sencillas
-palabras.
-
---Cristina--repliqué--, acepto el dictado que usted noblemente me
-otorga. He sido para usted y para Emilio un amigo leal; he velado por su
-honor y por sus intereses con incesante cuidado. Pero he velado con más
-diligencia aún sobre mis pensamientos, porque el pensamiento es inquieto
-y contra mi voluntad podría ir derecho a ofenderla a usted. Nada tengo
-que reprocharme. La he amado a usted siempre, como la amo ahora, con el
-respeto que se tiene a los seres divinos. Pero a despecho de mis
-esfuerzos por sofocarlo, levanta la cabeza en mi alma un anhelo y siento
-que no hallaré sosiego si no le dejo vivir o de una vez no le mato...
-Perdón, Cristina, por la pregunta que voy a hacerle... ¿No podré esperar
-que algún día me dé otro nombre que el de amigo?
-
-Quedó grave y silenciosa, con la mirada fija en el suelo. Luego se sentó
-en una silla próxima a la mesilla de noche, apoyó el codo en ésta y la
-cabeza en la mano, y así permaneció en actitud reflexiva. Yo doblé la
-rodilla a su lado y esperé.
-
---Levántese, Ribot--dijo posando en mí una mirada triste y afectuosa--.
-Me causa pena y vergüenza ver a mis pies al hombre que ha endulzado los
-últimos instantes de mi marido, que ha sacrificado por mí su bienestar y
-por mi hija su fortuna. El corazón me dice que a este hombre no puedo
-negarle ni aun la existencia si me la pidiese. Pero ¿no piensa usted,
-Ribot, que hay algo entre nosotros que debe detenernos, algo que
-empañaría la dicha a que usted tiene derecho? Recuerde las
-circunstancias en que nos hemos conocido, examine los secretos impulsos
-que le han traído a esta tierra, los que usted ha sentido después, sus
-luchas interiores, sus pensamientos, sus dolores y alegrías durante los
-tres años y medio que acaban de transcurrir...... Y dígame francamente
-si no imagina que alguna vez la conciencia nos diría al oído que no
-habíamos procedido con toda delicadeza. Yo creo que sí; y como le
-conozco a usted bien, sé que bastaría para turbar la serenidad de su
-vida. Esto en cuanto a lo de adentro. En cuanto a lo de afuera, ¿no se
-le ocurre que al vernos unidos podría nacer en el mundo una infame
-sospecha que fuese a herir en su tumba a un ser querido?
-
-Comprendí la verdad que encerraban aquellas palabras y sentí el corazón
-oprimido. Acudió el llanto a mis ojos. Me tapé la cara con las manos
-para ocultarlo.
-
---¡Cómo! ¿Llora usted, Ribot?--exclamó acercando su cabeza a la mía--.
-¡No, por Dios!... No llore usted, amigo mío... Yo no tengo derecho a
-causarle la más insignificante pena... Estoy dispuesta a seguir su
-suerte, si usted quiere.
-
-Hice signos negativos con la cabeza y respondí:
-
---Déjeme usted llorar un minuto. Esto pasará.
-
-Corrieron mis lágrimas en abundancia. Al levantar la cabeza observé que
-también corrían por sus mejillas. Me puse en pie y, secándome con el
-pañuelo, le dije sonriendo:
-
---¿Lo ve usted? Ya pasó. La tristeza y yo nunca hemos sido amigos muy
-constantes.
-
-Entonces me tomó las manos, las apretó con fuerza y, mirándome
-fijamente, exclamó:
-
---¡Y sin embargo, estoy persuadida de que no le haría a usted
-desgraciado! Después de mi marido, ningún hombre me ha inspirado una
-estimación y un afecto tan profundos.
-
---Esas nobles palabras--respondí conmovido--no sólo me dan fuerzas para
-vivir, sino para hallar la vida amable. Yo necesito poco para ser feliz,
-Cristina. Si tantas veces, reclinado en el puente de mi barco, me sentí
-dichoso contemplando el brillo de las estrellas, ¿por qué no he de serlo
-ahora mirando esos ojos tan dulces, tan francos, tan serenos? Dejeme
-usted verlos todos los días, y yo le prometo vivir siempre alegre y
-tranquilo.
-
-[imagen: una barra decorativa]
-
-
-
-
-XVIII
-
-
-Cumpli la promesa. Mis días corren desde entonces felices y serenos.
-Fijé mi residencia en Alicante; pero paso larguísimas temporadas, casi
-la mitad del año, en Valencia. Y cuando aquí estoy, en casa de Cristina
-me consideran no como un amigo, sino como miembro de la familia. Ninguno
-deja de alegrarse cuando me ve llegar; pero sobre todo mi ahijada, una
-niña encantadora de cinco años, con tanta luz en los ojos como su madre.
-En cuanto siente mis pasos corre a mi encuentro gritando y saltando, se
-cuelga de mi cuello, me cubre de besos y me tira de la barba de un modo
-que a cualquiera haría saltar las lágrimas... de placer.
-
-En este momento escucho su voz en la escalera:
-
---¡Tío Ribot! ¡Tío Ribot!
-
-Mientras permanezco en Valencia, todas las mañanas viene a buscarme al
-hotel con su niñera. Salimos juntos; nos paseamos por la Glorieta y por
-las calles; entramos en las confiterías (Julianita las conoce todas
-mejor que el investigador de Hacienda) y compramos dulces; vamos al
-mercado de las flores y compramos flores. Y cuando suena la hora del
-almuerzo llegamos a casa cargados de cartuchos y ramos. La mamá sale a
-abrirnos. Sus ojos hermosos brillan de alegría y alguna vez se humedecen
-también de gratitud.
-
-Nada más apetezco. Seguro del afecto de los seres que amo y de mi propia
-estimación, contemplo con calma el curso de las Horas divinas. La nieve
-cae lentamente sobre mi cabeza, pero no llega al corazón: Ni la pálida
-envidia ni el negro tedio penetran tampoco en él. Y si, como he oído
-repetidas veces a Castell, la vida no tiene sentido, yo estoy persuadido
-de que he sabido dárselo. Para mí tiene un sabor delicado, exquisito.
-Soy el artista de mi dicha: este pensamiento aumenta mi gozo.
-
-Y cuando la muerte inexorable llame a mi puerta no tendrá que llamar dos
-veces. Con pie firme y corazón tranquilo saldré a su encuentro y le
-diré entregándole mi mano: «He cumplido con mi deber y he vivido feliz.
-A nadie he hecho daño. Ora me invites a un sueño dulce y eterno, ora a
-una nueva encarnación de la fuerza impalpable que me anima, nada temo.
-Aquí me tienes.»
-
-¡Pero no, no es la muerte quien llama en este momento a mi puerta! Es la
-vida esplendorosa, inmortal, divina. Desde mi balcón abierto la siento y
-la veo. El sol nada en el firmamento y desparrama sus rayos por la
-huerta. Las flores brillan y exhalan su perfume. Esta luz y estos aromas
-me embriagan. Todo ríe, todo se agita, todo canta en el mundo que diviso
-desde mi balcón. Todo ríe, todo se agita, todo canta en el mundo mágico
-que he creado en mi pecho. Hermosa es la vida. Su soplo fecundo acaricia
-mis sienes. ¡Qué alegría en esta fresca mañana de primavera! Los pájaros
-entre el follaje cantan con voz melodiosa un gozoso concierto a los
-rayos del sol.
-
-Pero yo no cambiaría por todas sus voces melodiosas la que ahora me
-llama impaciente desde la escalera.
-
---¡Tío Ribot, que te espero!
-
---Allá voy, hija mía, allá voy.
-
-FIN
-
- * * * * *
-
-Los errores corregidos por el transcriptor del texto electrónico:
-
-más lúcido=> más lucido {pg 63}
-
-perdón por haberles disgutado=> perdón por haberles disgustado {pg 70}
-
-me dijo ríendo=> me dijo riendo {pg 77}
-
-un cafe de la plaza=> un café de la plaza {pg 86}
-
-nanifestó la hija=> manifestó la hija {pg 94}
-
-para qua sea=> para que sea {pg 97}
-
-ademas de aquella=> además de aquella {pg 106}
-
-lenvantaba la cabeza=> levantaba la cabeza {pg 109}
-
-imediatamente=> inmediatamente {pg 110}
-
-fafricados de piedras=> fabricados de piedras {pg 112}
-
-al través de sus grades brechas=> al través de sus grandes brechas {pg
-112}
-
-una fabrica=> una fábrica {pg 113}
-
-jarmín y madreselva=> jazmín y madreselva {pg 114}
-
-motañas=> montañas {pg 117}
-
-dijo soriendo malignamente=> dijo sonriendo malignamente {pg 125}
-
-que jamas podré olvidar=> que jamás podré olvidar {pg 129}
-
-y a un pienso=> y aun pienso {pg 130}
-
-no le intereba=> no le interesaba {pg 131}
-
-Tenía vehemente deseos=> Tenía vehementes deseos {pg 137}
-
-Emilió cerró al fin las=> Emilio cerró al fin las {pg 166}
-
-ejecutó nna porción da maniobras=> ejecutó una porción de maniobras {pg
-186}
-
-la niña de brazos de la nobriza=> la niña de brazos de la nodriza {pg
-195}
-
-pudiera con el tiempo transformase en afecto=> pudiera con el tiempo
-transformarse en afecto {pg 200}
-
-qne manifieste=> que manifieste {pg 202}
-
-preminente=> prominente {pg 206}
-
-a nigún amigo=> a ningún amigo {pg 226}
-
-discurrrir acerca de=> discurrir acerca de {pg 232}
-
-mis falcultades=> mis facultades {pg 237}
-
-de alguuo que=> de alguno que {pg 237}
-
-interrumpió ella inpetuosamente=> interrumpió ella impetuosamente {pg
-240}
-
-sería más edecuado=> sería más adecuado {pg 243}
-
-peguntó tímidamente=> preguntó tímidamente {pg 253}
-
-an varios como sus fisonomías. Por muy enmorado=> tan varios como sus
-fisonomías. Por muy enamorado {pg 262}
-
-La virtosa Draudpadi=> La virtuosa Draudpadi {pg 265}
-
-axclamó=> exclamó {pg 280}
-
-no podía recrobrarse=> no podía recobrarse {pg 284}
-
-para infundilrle aliento=> para infundirle aliento {pg 285}
-
-teníamos s nuestro elegante tan satisfecho=> teníamos á nuestro elegante
-tan satisfecho {pg 285}
-
-alegre y tanquilo=> alegre y tranquilo {pg 300}
-
-tacita de caldo=> tácita de caldo {pg 287}
-
-
-
-
-
-
-End of the Project Gutenberg EBook of La alegría del capitán Ribot, by
-Armando Palacio Valdés
-
-*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA ALEGRÍA DEL CAPITÁN RIBOT ***
-
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-things that you can do with most Project Gutenberg-tm electronic works
-even without complying with the full terms of this agreement. See
-paragraph 1.C below. There are a lot of things you can do with Project
-Gutenberg-tm electronic works if you follow the terms of this agreement
-and help preserve free future access to Project Gutenberg-tm electronic
-works. See paragraph 1.E below.
-
-1.C. The Project Gutenberg Literary Archive Foundation ("the Foundation"
-or PGLAF), owns a compilation copyright in the collection of Project
-Gutenberg-tm electronic works. Nearly all the individual works in the
-collection are in the public domain in the United States. If an
-individual work is in the public domain in the United States and you are
-located in the United States, we do not claim a right to prevent you from
-copying, distributing, performing, displaying or creating derivative
-works based on the work as long as all references to Project Gutenberg
-are removed. Of course, we hope that you will support the Project
-Gutenberg-tm mission of promoting free access to electronic works by
-freely sharing Project Gutenberg-tm works in compliance with the terms of
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-what you can do with this work. Copyright laws in most countries are in
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-before downloading, copying, displaying, performing, distributing or
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-Gutenberg-tm work. The Foundation makes no representations concerning
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-Foundation as set forth in Section 3 below.
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-
-
-Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg-tm
-
-Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
-electronic works in formats readable by the widest variety of computers
-including obsolete, old, middle-aged and new computers. It exists
-because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
-people in all walks of life.
-
-Volunteers and financial support to provide volunteers with the
-assistance they need, are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
-goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
-remain freely available for generations to come. In 2001, the Project
-Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
-and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
-To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
-and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
-and the Foundation web page at http://www.pglaf.org.
-
-
-Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive
-Foundation
-
-The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
-501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
-state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
-Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification
-number is 64-6221541. Its 501(c)(3) letter is posted at
-http://pglaf.org/fundraising. Contributions to the Project Gutenberg
-Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
-permitted by U.S. federal laws and your state's laws.
-
-The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
-Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
-throughout numerous locations. Its business office is located at
-809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
-business@pglaf.org. Email contact links and up to date contact
-information can be found at the Foundation's web site and official
-page at http://pglaf.org
-
-For additional contact information:
- Dr. Gregory B. Newby
- Chief Executive and Director
- gbnewby@pglaf.org
-
-
-Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg
-Literary Archive Foundation
-
-Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
-spread public support and donations to carry out its mission of
-increasing the number of public domain and licensed works that can be
-freely distributed in machine readable form accessible by the widest
-array of equipment including outdated equipment. Many small donations
-($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
-status with the IRS.
-
-The Foundation is committed to complying with the laws regulating
-charities and charitable donations in all 50 states of the United
-States. Compliance requirements are not uniform and it takes a
-considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
-with these requirements. We do not solicit donations in locations
-where we have not received written confirmation of compliance. To
-SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
-particular state visit http://pglaf.org
-
-While we cannot and do not solicit contributions from states where we
-have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
-against accepting unsolicited donations from donors in such states who
-approach us with offers to donate.
-
-International donations are gratefully accepted, but we cannot make
-any statements concerning tax treatment of donations received from
-outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff.
-
-Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
-methods and addresses. Donations are accepted in a number of other
-ways including checks, online payments and credit card donations.
-To donate, please visit: http://pglaf.org/donate
-
-
-Section 5. General Information About Project Gutenberg-tm electronic
-works.
-
-Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm
-concept of a library of electronic works that could be freely shared
-with anyone. For thirty years, he produced and distributed Project
-Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.
-
-
-Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
-editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
-unless a copyright notice is included. Thus, we do not necessarily
-keep eBooks in compliance with any particular paper edition.
-
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-Most people start at our Web site which has the main PG search facility:
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- http://www.gutenberg.org
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-This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
-including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
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