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diff --git a/42440-0.txt b/42440-0.txt new file mode 100644 index 0000000..e8e9b33 --- /dev/null +++ b/42440-0.txt @@ -0,0 +1,2874 @@ +*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK 42440 *** + + COSTE DIECISEIS-REALES DE VELLON + + PERLADO, PAEZ Y COMPAÑÍA, EDITORES.--MADRID + + + + + OPERA OMNIA + + SONATA + DE + PRIMAVERA + + MEMORIAS DEL + MARQVES + DE BRADOMIN + + VOL V + + + + + SONATA DE PRIMAVERA + + MEMORIAS DEL MARQVES + + DE BRADOMIN + + LAS PVBLICA + + DON RAMON DEL VALLE-INCLAN + + OPERA OMNIA + + VOL V + + + + + DEDICATORIA + + +_NO hace todavía tres años vivía yo escribiendo novelas +por entregas, que firmaba orgulloso, no sé si por desdén si por +despecho. Me complacía dolorosamente la oscuridad de mi nombre y el +olvido en que todos me tenían. Hubiera querido entonces que los libros +estuviesen escritos en letra lombarda, como las antiguas ejecutorias, y +que sólo algunos iniciados pudiesen leerlas. Esta quimera ha sido para +mí como un talismán. Ella me ha guardado de las competencias mezquinas, +y por ella no he sentido las crueldades de una vida toda de dolor. Solo, +altivo y pobre he llegado á la literatura sin enviar mis libros á esos +que llaman críticos, y sin sentarme una sola vez en el corro donde á +diario alientan sus vanidades las hembras y los eunucos del Arte. De +alguien, sin embargo, he recibido protección tan generosa y noble, +que sin ella nunca hubiera escrito las MEMORIAS DEL MARQUÉS DE +BRADOMÍN. Tal protección, única en mi vida, fué de un gran literato +y de un gran corazón: He nombrado á Don José Ortega Munilla. + +Hoy quiero ofrecerle este libro con aquel ingenuo y amoroso respeto que, +cuando yo era niño, ofrecían los pastores de los casales amigos el más +blanco de sus corderos en la casa de mi padre. + +V.-I. + +Real Sitio de Aranjuez.--Mayo de 1904._ + + + + + SONETO + + + + + SONETO AUTUMNAL PARA EL SEÑOR MARQUÉS DE BRADOMÍN + + + MARQVÉS (COMO EL DIVINO + LO ERES) TE SALUDO! + + _Es el Otoño y vengo de un Versalles doliente, + Hacía mucho frío y erraba vulgar gente, + El chorro de agua de Verlaine, estaba mudo. + Me quedé pensativo ante un mármol desnudo, + Cuando vi una paloma que cruzó de repente, + Y por caso de cerebración inconsciente, + Pensé en ti. Toda exégesis en este caso eludo. + Versalles melancólico, una paloma, un lindo + Mármol, un vulgo errante municipal y espeso, + Anteriores lecturas de tus sutiles prosas, + La reciente impresión de tus triunfos... Prescindo + De más detalles, para explicarte por eso + Como autumnal te envío este ramo de rosas._ + + RUBÉN DARÍO + +[imagen: MI SANGRE SE DERRAMA POR LA CAZA QUE CAZO]. + +[imagen: MEMORIAS DEL MARQVÉS DE BRADOMÍN] + + +_NOTA_ + +_Estas páginas son un fragmento de las «Memorias Amables», que ya muy +viejo empezó á escribir en la emigración el Marqués de Bradomín. Un Don +Juan admirable. ¡El más admirable tal vez!..._ + +_Era feo, católico y sentimental._ + + + + + MEMORIAS DEL MARQVES DE BRADOMIN + +ANOCHECÍA cuando la silla de posta traspuso la Puerta +Salaria y comenzamos á cruzar la campiña llena de misterio y de rumores +lejanos. Era la campiña clásica de las vides y de los olivos, con sus +acueductos ruinosos, y sus colinas que tienen la graciosa ondulación de +los senos femeninos. La silla de posta caminaba por una vieja calzada: +Las mulas del tiro sacudían pesadamente las colleras, y el golpe alegre +y desigual de los cascabeles despertaba un eco en los floridos olivares. +Antiguos sepulcros orillaban el camino y mustios cipreses dejaban caer +sobre ellos su sombra venerable. + +La silla de posta seguía siempre la vieja calzada, y mis ojos fatigados +de mirar en la noche, se cerraban con sueño. Al fin quedéme dormido, y +no desperté hasta cerca del amanecer, cuando la luna, ya muy pálida, se +desvanecía en el cielo. Poco después, todavía entumecido por la quietud +y el frío de la noche, comencé á oir el canto de madrugueros gallos, y +el murmullo bullente de un arroyo que parecía despertarse con el sol. A +lo lejos, almenados muros se destacaban negros y sombríos sobre celajes +de frío azul. Era la vieja, la noble, la piadosa ciudad de Ligura. + +Entramos por la Puerta Lorencina. La silla de posta caminaba lentamente, +y el cascabeleo de las mulas hallaba un eco burlón, casi sacrílego, en +las calles desiertas donde crecía la yerba. Tres viejas, que parecían +tres sombras, esperaban acurrucadas á la puerta de una iglesia todavía +cerrada, pero otras campanas distantes ya tocaban á la misa de alba. La +silla de posta seguía una calle de huertos, de caserones y de conventos, +una calle antigua, enlosada y resonante. Bajo los aleros sombríos +revoloteaban los gorriones, y en el fondo de la calle el farol de una +hornacina agonizaba. El tardo paso de las mulas me dejó vislumbrar una +Madona: Sostenía al Niño en el regazo, y el Niño, riente y desnudo, +tendía los brazos para alcanzar un pez que los dedos virginales de la +madre le mostraban en alto, como en un juego cándido y celeste. La +silla de posta se detuvo. Estábamos á las puertas del Colegio Clementino. + +Ocurría esto en los felices tiempos del Papa-Rey, y el Colegio +Clementino conservaba todas sus premáticas, sus fueros y sus rentas. +Todavía era retiro de ilustres varones, todavía se le llamaba noble +archivo de las ciencias. El rectorado ejercíalo desde hacía muchos años +un ilustre prelado: Monseñor Estefano Gaetani, obispo de Betulia, de la +familia de los Príncipes Gaetani. Para aquel varón, lleno de evangélicas +virtudes y de ciencia teológica, llevaba yo el capelo cardenalicio. Su +Santidad había querido honrar mis juveniles años, eligiéndome entre sus +guardias nobles, para tan alta misión. Yo soy Bibiena di Rienzo, por la +línea de mi abuela paterna. Julia Aldegrina, hija del Príncipe Máximo +de Bibiena, que murió en 1770, envenenado por la famosa comedianta +Simoneta la Corticelli, que tiene un largo capítulo en las Memorias del +Caballero de Sentgal. + +[imagen decorative no disponible] + + +DOS BEDELES con sotana y birreta paseábanse en el +claustro. Eran viejos y ceremoniosos. Al verme entrar corrieron á mi +encuentro: + +--¡Una gran desgracia, Excelencia! ¡Una gran desgracia! + +Me detuve, mirándoles alternativamente: + +--¿Qué ocurre? + +Los dos bedeles suspiraron. Uno de ellos comenzó: + +--Nuestro sabio rector... + +Y el otro, lloroso y doctoral, rectificó: + +--¡Nuestro amantísimo padre, Excelencia!... Nuestro amantísimo padre, +nuestro maestro, nuestro guía, está en trance de muerte. Ayer sufrió un +accidente hallándose en casa de su hermana... + +Y aquí el otro bedel, que callaba enjugándose los ojos, rectificó á su +vez: + +--La Señora Princesa Gaetani. Una dama española que estuvo casada con el +hermano mayor de Su Ilustrísima. El Príncipe Filipo Gaetani. Aún no hace +el año que falleció en una cacería. ¡Otra gran desgracia, Excelencia! + +Yo interrumpí un poco impaciente: + +--¿Monseñor ha sido trasladado al Colegio? + +--No lo ha consentido la Señora Princesa. Ya os digo que está en trance +de muerte. + +Inclinéme con solemne pesadumbre: + +--¡Acatemos la voluntad de Dios! + +Los dos bedeles se santiguaron devotamente. Allá en el fondo del +claustro resonaba un campanilleo argentino, grave, litúrgico. Era +el viático para Monseñor, y los bedeles se quitaron las birretas. +Poco después, bajo los arcos, comenzaron á desfilar los colegiales: +Humanistas y teólogos, doctores y bachilleres formaban larga procesión. +Salían por un arco divididos en dos hileras, y rezaban con sordo rumor. +Sus manos cruzadas sobre el pecho, oprimían las birretas, mientras las +flotantes becas barrían las losas. Yo hinqué una rodilla en tierra y +los miré pasar. Bachilleres y doctores también me miraban. Mi manto de +guardia noble pregonaba quién era yo, y ellos lo comentaban en voz baja. +Cuando pasaron todos, me levanté y seguí detrás. + +La campanilla del viático ya resonaba en el confín de la calle. De +tiempo en tiempo algún viejo devoto salía de su casa con un farol +encendido, y haciendo la señal de la cruz se incorporaba al cortejo. +Nos detuvimos en una plaza solitaria, frente á un palacio que tenía +todas las ventanas iluminadas. Lentamente el cortejo penetró en el ancho +zaguán. Bajo la bóveda, el rumor de los rezos se hizo más grave, y el +argentino son de la campanilla revoloteaba glorioso sobre las voces +apagadas y contritas. + +Subimos la señorial escalera. Hallábanse francas todas las puertas, +y viejos criados con hachas de cera nos guiaron á través de los +salones desiertos. La cámara donde agoniza Monseñor Estefano Gaetani +estaba sumida en religiosa oscuridad. El noble prelado yacía sobre un +lecho antiguo con dosel de seda. Tenía cerrados los ojos: Su cabeza +desaparecía en el hoyo de las almohadas, y su corvo perfil de patricio +romano destacábase en la penumbra, inmóvil, blanco, sepulcral, como el +perfil de las estatuas yacentes. En el fondo de la estancia, donde había +un altar, rezaban arrodilladas la Princesa y sus cinco hijas. + +La Princesa Gaetani era una dama todavía hermosa, blanca y rubia: Tenía +la boca muy roja, las manos como de nieve, dorados los ojos y dorado +el cabello. Al verme clavó en mí una larga mirada y sonrió con amable +tristeza. Yo me incliné y volví á contemplarla. Aquella Princesa Gaetani +me recordaba el retrato de María de Médicis, pintado cuando sus bodas +con el Rey de Francia, por Pedro Pablo Rubens. + +[imagen decorativa no disponible] + + +MONSEÑOR apenas pudo entreabrir los ojos y alzarse sobre +las almohadas cuando el sacerdote que llevaba el viático se acercó á +su lecho: Recibida la comunión, su cabeza volvió á caer desfallecida, +mientras sus labios balbuceaban una oración latina, fervorosos y torpes. +El cortejo comenzó á retirarse en silencio: Yo también salí de la +alcoba. Al cruzar la antecámara, acercóse á mí un familiar de Monseñor: + +--¿Vos, sin duda, sois el enviado de Su Santidad?... + +--Así es: Soy el Marqués de Bradomín. + +--La Princesa acaba de decírmelo... + +--¿La Princesa me conoce? + +--Ha conocido á vuestros padres. + +--¿Cuándo podré ofrecerle mis respetos? + +--La Princesa desea hablaros ahora mismo. + +Nos apartamos para seguir la plática en el hueco de una ventana. Cuando +desfilaron los últimos colegiales y quedó desierta la antecámara, miré +instintivamente hacia la puerta de la alcoba, y vi á la Princesa que +salía rodeada de sus hijas, enjugándose los ojos con un pañuelo de +encajes. Me acerqué y le besé la mano. Ella murmuró débilmente: + +--¡En qué triste ocasión vuelvo á verte, hijo mío! + +La voz de la Princesa Gaetani despertaba en mi alma un mundo de +recuerdos lejanos que tenían esa vaguedad risueña y feliz de los +recuerdos infantiles. La Princesa continuó: + +--¿Qué sabes de tu madre? De niño te parecías mucho á ella, ahora no... +¡Cuántas veces te tuve en mi regazo! ¿No te acuerdas de mí? + +Yo murmuré indeciso: + +--Me acuerdo de la voz... + +Y callé evocando el pasado. La Princesa Gaetani me contemplaba +sonriendo, y de pronto, en el dorado misterio de sus ojos, yo adiviné +quién era. Á mi vez sonreí: Ella entonces me dijo: + +--¿Ya te acuerdas? + +--Sí... + +--¿Quién soy? + +Volví á besar su mano, y luego respondí: + +--La hija del Marqués de Agar... + +Sonrió tristemente recordando su juventud, y me presentó á sus hijas: + +--María del Rosario, María del Carmen, María del Pilar, María de la +Soledad, María de las Nieves... Las cinco son Marías. + +Con una sola y profunda reverencia las salude á todas. La mayor, María +del Rosario, era una mujer de veinte años, y la más pequeña, María de +las Nieves, una niña de cinco. Todas me parecieron bellas y gentiles. +María del Rosario era pálida, con los ojos negros, llenos de luz +ardiente y lánguida. Las otras, en todo semejantes á su madre, tenían +dorados los ojos y el cabello. La Princesa tomó asiento en un ancho +sofá de damasco carmesí, y empezó á hablarme en voz baja. Sus hijas se +retiraron en silencio, despidiéndose de mí con una sonrisa, que era á la +vez tímida y amable. María del Rosario salió la última. Creo que además +de sus labios me sonrieron sus ojos, pero han pasado tantos años, que +no puedo asegurarlo. Lo que recuerdo todavía es que viéndola alejarse, +sentí que una nube de vaga tristeza me cubría el alma. La Princesa +se quedó un momento con la mirada fija en la puerta por donde habían +desaparecido sus hijas, y luego, con aquella sonrisa de dama amable y +devota, me dijo: + +--¡Ya las conoces! + +Yo me incliné: + +--¡Son tan bellas como su madre! + +--Son muy buenas y eso vale más. + +Yo guardé silencio, porque siempre he creído que la bondad de las +mujeres es todavía más efímera que su hermosura. Aquella pobre señora +creía lo contrario, y continuó: + +--María Rosario entrará en un convento dentro de pocos días. ¡Dios la +haga llegar á ser otra Beata Francisca Gaetani! + +Yo murmuré con solemnidad: + +--¡Es una separación tan cruel como la muerte! + +La Princesa me interrumpió vivamente: + +--Sin duda que es un dolor muy grande, pero también es un consuelo saber +que las tentaciones y los riesgos del mundo no existen para ese ser +querido. Si todas mis hijas entrasen en un convento, yo las seguiría +feliz... ¡Desgraciadamente no son todas como María Rosario! + +Calló, suspirando con la mirada abstraída, y en el fondo dorado de sus +ojos yo creí ver la llama de un fanatismo trágico y sombrío. En aquel +momento, uno de los familiares que velaban á Monseñor Gaetani asomóse +á la puerta de la alcoba, y allí estuvo sin hacer ruido, dudoso de +turbar nuestro silencio, hasta que la Princesa se dignó interrogarle, +suspirando entre desdeñosa y afable: + +--¿Qué ocurre, Don Antonino? + +Don Antonino sonrió con beatitud: + +--Ocurre, Excelencia, que Monseñor desea hablar al enviado de Su +Santidad. + +--¿Sabe que está aquí? + +--Lo sabe, sí, Excelencia. Le ha visto cuando recibió la Santa Unción. +Aun cuando pudiera parecer lo contrario, Monseñor no ha perdido el +conocimiento un solo instante. + +Á todo esto yo me había puesto en pie. La Princesa me alargó su mano, +que todavía en aquel trance supe besar con más galantería que respeto, y +entré en la cámara donde agonizaba Monseñor. + +[imagen decorative no disponible] + + +EL NOBLE prelado fijó en mí los ojos moribundos y quiso +bendecirme, pero su mano cayó desfallecida á lo largo del cuerpo, al +mismo tiempo que una lágrima le resbalaba lenta y angustiosa por la +mejilla. En el silencio de la cámara, sólo el resuello de su respiración +se escuchaba. Al cabo de un momento pudo decir con afanoso balbuceo: + +--Señor Capitán, quiero que llevéis el testimonio de mi gratitud al +Santo Padre... + +Calló, y estuvo largo espacio con los ojos cerrados. Sus labios secos +y azulencos, parecían agitados por el temblor de un rezo. Al abrir de +nuevo los ojos, continuó: + +--Mis horas están contadas. Los honores, las grandezas, las jerarquías, +todo cuanto ambicioné durante mi vida, en este momento se esparce +como vana ceniza ante mis ojos de moribundo. Dios Nuestro Señor no me +abandona, y me muestra la aspereza y desnudez de todas las cosas... +Me cercan las sombras de la Eternidad, pero mi alma se ilumina +interiormente con las claridades divinas de la Gracia... + +Otra vez tuvo que interrumpirse, y falto de fuerzas cerró los ojos. +Uno de los familiares acercóse y le enjugó la frente sudorosa con un +pañuelo de fina batista. Después, dirigiéndose á mí, murmuró en voz baja: + +--Señor Capitán, procurad que no hable. + +Yo asentí con un gesto. Monseñor abrió los ojos, y nos miró á los dos. +Un murmullo apagado salió de sus labios: Me incliné para oirle, pero +no pude entender lo que decía. El familiar me apartó suavemente, y +doblándose á su vez sobre el pecho del moribundo, pronunció con amable +imperio: + +--¡Ahora es preciso que descanse Su Ilustrísima! No habléis... + +El prelado hizo un gesto doloroso. El familiar volvió á pasarle el +pañuelo por la frente, y al mismo tiempo, sus ojos sagaces de clérigo +italiano, me indicaban que no debía continuar allí. Como ello era +también mi deseo, le hice una cortesía y me alejé. El familiar ocupo +un sillón que había cercano á la cabecera, y recogiendo suavemente los +hábitos, se dispuso á meditar, ó acaso á dormir, pero en aquel momento +advirtió Monseñor que yo me retiraba, y alzándose con supremo esfuerzo, +me llamó: + +--¡No te vayas, hijo mío! Quiero que lleves mi confesión al Santo Padre. + +Esperó á que nuevamente me acercase, y con los ojos fijos en el cándido +altar que había en un extremo de la cámara, comenzó: + +--¡Dios mío, que me sirva de penitencia el dolor de mi culpa y la +vergüenza que me causa confesarla! + +Los ojos del prelado estaban llenos de lágrimas. Era afanosa y ronca +su voz. Los familiares se congregaban en torno del lecho. Sus frentes +inclinábanse al suelo: Todos aparentaban una gran pesadumbre, y +parecían de antemano edificados por aquella confesión que intentaba +hacer ante ellos el moribundo obispo de Betulia. Yo me arrodillé. El +prelado rezaba en silencio, con los ojos puestos en el crucifijo que +había en el altar. Por sus mejillas descarnadas las lágrimas corrían +hilo á hilo. Al cabo de un momento, comenzó: + +--Nació mi culpa cuando recibí las primeras cartas donde mi amigo, +Monseñor Ferrati, me anunciaba el designio que de otorgarme el capelo +tenía Su Santidad. ¡Cuán flaca es nuestra humana naturaleza, y cuán +frágil el barro de que somos hechos! Creí que mi estirpe de Príncipes +valía más que la ciencia y que la virtud de otros varones: Nació en mi +alma el orgullo, el más fatal de los consejeros humanos, y pensé que +algún día seríame dado regir á la Cristiandad. Pontífices y Santos +hubo en mi casa, y juzgué que podía ser como ellos. ¡De esta suerte nos +ciega Satanás! Sentíame viejo y esperé que la muerte allanase mi camino. +Dios Nuestro Señor no quiso que llegase á vestir la sagrada púrpura, y, +sin embargo, cuando llegaron inciertas y alarmantes noticias, yo temí +que hiciese naufragar mis esperanzas la muerte que todos temían de Su +Santidad... ¡Dios mío, he profanado tu altar rogándote que reservases +aquella vida preciosa porque, segada en más lejanos días, pudiera serme +propicia su muerte! ¡Dios mío, cegado por el Demonio, hasta hoy no he +tenido conciencia de mi culpa! ¡Señor, tú que lees en el fondo de las +almas, tú que conoces mi pecado y mi arrepentimiento, devuélveme tu +Gracia! + +Calló, y un largo estremecimiento de agonía recorrió su cuerpo. Había +hablado con apagada voz, impregnada de apacible y sereno desconsuelo. La +huella de sus ojeras se difundió por la mejilla, y sus ojos, cada vez +más hundidos en las cuencas, se nublaron con una sombra de muerte. Luego +quedó estirado, rígido, indiferente, la cabeza torcida, entreabierta +la boca por la respiración, el pecho agitado. Todos permanecimos de +rodillas, irresolutos, sin osar llamarle ni movernos, por no turbar +aquel reposo que nos causaba horror. Allá abajo exhalaba su perpetuo +sollozo la fuente que había en medio de la plaza, y se oían las voces +de unas niñas que jugaban á la rueda: Cantaban una antigua letra de +cadencia lánguida y nostálgica. Un rayo de sol, abrileño y matinal, +brillaba en los vasos sagrados del altar, y los familiares rezaban en +voz baja, edificados por aquellos devotos escrúpulos que torturaban el +alma cándida del prelado... Yo, pecador de mí, empezaba á dormirme, que +había corrido toda la noche en silla de posta, y cansa cuando es larga +una jornada. + + +AL SALIR de la cámara donde agonizaba Monseñor Gaetani, +halléme con un viejo mayordomo que me esperaba en la puerta. + +--Excelencia, mí Señora la Princesa, me envía para que os muestre +vuestras habitaciones. + +Yo apenas pude reprimir un estremecimiento. En aquel instante, no sé +decir qué vago aroma primaveral traía á mi alma el recuerdo de las cinco +hijas de la Princesa. Mucho me alegraba la idea de vivir en el Palacio +Gaetani, y, sin embargo, tuve valor para negarme: + +--Decid á vuestra Señora la Princesa Gaetani, que me hospedo en el +Colegio Clementino. + +El mayordomo pareció consternado: + +--Excelencia, creedme que la causáis una gran contrariedad. En fin, si +os negáis, tengo orden de llevarle recado. Os dignaréis esperar algunos +momentos. Está terminando de oír misa. + +Yo hice un gesto de resignación: + +--No le digáis nada. Dios me perdonará si prefiero este Palacio, con sus +cinco doncellas encantadas, á los graves teólogos del Colegio Clementino. + +El mayordomo me miró con asombro, como si dudase de mi juicio. +Después mostró deseos de hablarme, pero tras algunas vacilaciones, +terminó indicándome el camino, acompañando la acción tan sólo con una +sonrisa. Yo le seguí. Era un viejo rasurado, vestido con largo levitón +eclesiástico que casi le rozaba los zapatos, ornados con hebillas de +plata. Se llamaba Polonio, andaba en la punta de los pies, sin hacer +ruido, y á cada momento se volvía para hablarme en voz baja y llena de +misterio: + +--Pocas esperanzas hay de que Monseñor reserve la vida... + +Y después de algunos pasos: + +--Yo tengo ofrecida una novena á la Santa Madona. + +Y un poco más allá, mientras levantaba una cortina: + +--No estaba obligado á menos. Monseñor me había prometido llevarme á +Roma. + +Y volviendo á continuar la marcha: + +--¡No lo quiso Dios!... ¡No lo quiso Dios!... + +De esta suerte atravesamos la antecámara, y un salón casi oscuro y +una biblioteca desierta. Allí el mayordomo se detuvo, palpándose las +faltriqueras de su calzón, ante una puerta cerrada: + +--¡Válgame Dios!... He perdido mis llaves... + +Todavía continuó registrándose: Al cabo dió con ellas, abrió y apartóse +dejándome paso: + +--La Señora Princesa desea que dispongáis del salón, de la biblioteca y +de esta cámara. + +Yo entré. Aquella estancia me pareció en todo semejante á la cámara +en que agonizaba Monseñor Gaetani. También era honda y silenciosa, con +antiguos cortinajes de damasco carmesí. Arrojé sobre un sillón mi manto +de guardia noble, y me volví mirando los cuadros que colgaban de los +muros. Eran antiguos lienzos de la escuela florentina, que representaban +escenas bíblicas:--Moisés salvado de las aguas, Susana y los ancianos, +Judith con la cabeza de Holofernes.--Para que pudiese verlos mejor, el +mayordomo corrió de un lado al otro levantando todos los cortinajes de +las ventanas. Después me dejó contemplarlos en silencio: Andaba detrás +de mí como una sombra, sin dejar caer de los labios la sonrisa, una +vaga sonrisa doctoral. Cuando juzgó que los había mirado á todo sabor y +talante, acercóse en la punta de los pies y dejó oír su voz cascada, +más amable y misteriosa que nunca: + +--¿Qué os parece? Son todos de la misma mano... ¡Y qué mano!... + +Yo le interrumpí: + +--¿Sin duda, Andrea del Sarto? + +El Señor Polonio adquirió un continente grave, casi solemne: + +--Atribuídos á Rafael. + +Me volví á dirigirles una nueva ojeada, y el Señor Polonio continuó: + +--Reparad que tan sólo digo atribuídos. En mi humilde parecer valen más +que si fuesen de Rafael... ¡Yo los creo del Divino! + +--¿Quién es el Divino? + +El mayordomo abrió los brazos definitivamente consternado: + +--¿Y vos me lo preguntáis, Excelencia? ¡Quién puede ser sino Leonardo +de Vinci!... + +Y guardó silencio, contemplándome con verdadera lástima. Yo apenas +disimulé una sonrisa burlona: el Señor Polonio aparentó no verla, y, +sagaz como un cardenal romano, comenzó á adularme: + +--Hasta hoy no había dudado... Ahora os confieso que dudo. Excelencia, +acaso tengáis razón. Andrea del Sarto pintó mucho en el taller de +Leonardo, y sus cuadros de esa época se parecen tanto, que más de una +vez han sido confundidos... En el mismo Vaticano hay un ejemplo: La +Madona de la Rosa. Unos la juzgan del Vinci y otros del Sarto. Yo la +creo del marido de doña Lucrecia del Fede, pero tocada por el Divino. Ya +sabéis que era cosa frecuente entre maestros y discípulos. + +Yo le escuchaba con un gesto de fatiga. El Señor Polonio, al terminar +su oración, me hizo una profunda reverencia, y corrió con los brazos en +alto, de una en otra ventana, soltando los cortinajes. La cámara quedó +en una media luz, propicia para el sueño. El Señor Polonio se despidió +en voz baja, como si estuviese en una capilla, y salió sin ruido, +cerrando tras sí la puerta... Era tanta mi fatiga, que dormí hasta la +caída de la tarde. Me desperté soñando con María Rosario. + +[imagen decorative no disponible] + + +LA BIBLIOTECA tenía tres puertas que daban sobre una +terraza de mármol. En el jardín las fuentes repetían el comentario +voluptuoso que parecen hacer á todos los pensamientos de amor, sus voces +eternas y juveniles. Al inclinarme sobre la balaustrada, yo sentí que +el hálito de la Primavera me subía al rostro. Aquel viejo jardín de +mirtos y de laureles mostrábase bajo el sol poniente lleno de gracia +gentílica. En el fondo, caminando por los tortuosos senderos de un +laberinto, las cinco hermanas se aparecían con las faldas llenas de +rosas, como en una fábula antigua. A lo lejos, surcado por numerosas +velas latinas que parecían de ámbar, extendíase el Mar Tirreno. Sobre la +playa de dorada arena morían mansas las olas, y el son de los caracoles, +con que anunciaban los pescadores su arribada á la playa, y el ronco +canto del mar, parecían acordarse con la fragancia de aquel jardín +antiguo donde las cinco hermanas se contaban sus sueños juveniles á la +sombra de los rosáceos laureles. + +Se habían sentado en un gran banco de piedra á componer sus ramos. Sobre +el hombro de María Rosario estaba posada una paloma, y en aquel cándido +suceso yo hallé la gracia y el misterio de una alegoría. Tocaban á +fiesta unas campanas de aldea, y la iglesia se perfilaba á lo lejos, en +lo alto de una colina verde, rodeada de cipreses. Salía la procesión, +que anduvo alrededor de la iglesia, y distinguíanse las imágenes en +sus andas, con los mantos bordados que brillaban al sol, y los rojos +pendones parroquiales que iban delante, flameando victoriosos como +triunfos litúrgicos. Las cinco hermanas se arrodillaron sobre la yerba, +y juntaron las manos llenas de rosas. + +Los mirlos cantaban en las ramas, y sus cantos se respondían +encadenándose en un ritmo remoto, como las olas del mar. Las cinco +hermanas habían vuelto á sentarse: Tejían sus ramos en silencio, y entre +la púrpura de las rosas revoloteaban como albas palomas sus manos, y los +rayos del sol que pasaban á través del follaje, temblaban en ellas como +místicos haces encendidos. Los tritones y las sirenas de las fuentes +borboteaban su risa quimérica, y las aguas de plata corrían con juvenil +murmullo por las barbas limosas de los viejos monstruos marinos, que se +inclinaban para besar á las sirenas, presas en sus brazos. Las cinco +hermanas se levantaron para volver al Palacio. Caminaban lentamente por +los senderos del laberinto como princesas encantadas que acarician un +mismo ensueño. Cuando hablaban, el rumor de sus voces se perdía en los +rumores de la tarde, y sólo la onda primaveral de sus risas se levantaba +armónica bajo la sombra de los clásicos laureles. + +Cuando penetré en el salón de la Princesa ya estaban las luces +encendidas. En medio del silencio resonaba llena de gravedad la voz +de un Colegial Mayor, que conversaba con las señoras que componían la +tertulia de la Princesa Gaetani. El salón era dorado y de un gusto +francés, femenino y lujoso. Amorcillos con guirnaldas, ninfas vestidas +de encajes, galantes cazadores y venados de enramada cornamenta, +poblaban la tapicería del muro, y sobre las consolas, en graciosos +grupos de porcelana, duques pastores ceñían el florido talle de +marquesas aldeanas. Yo me detuve un momento en la puerta. Al verme, las +damas que ocupaban el estrado sonrieron y el Colegial Mayor se puso en +pie: + +--Permítame el Señor Capitán que le salude en nombre de todo el Colegio +Clementino. + +Y me alargó su mano carnosa y blanca, que parecía reclamar la pastoral +amatista. Por privilegio pontificio vestía beca de terciopelo que +realzaba su figura prócer y llena de majestad. Era un hombre joven, +pero con los cabellos blancos. Tenía los ojos llenos de fuego, la nariz +aguileña y la boca de estatua, firme y bien dibujada. La Princesa me lo +presentó con un gesto lleno de languidez sentimental: + +--Monseñor Antonelli. ¡Un sabio y un santo! + +Yo me incliné: + +--Sé, Princesa, que los cardenales romanos le consultan las más arduas +cuestiones teológicas, y la fama de sus virtudes á todas partes llega... + +El Colegial interrumpió con su grave voz, reposada y amable: + +--No soy más que un filósofo, entendiendo la filosofía como la +entendían los antiguos: Amor á la sabiduría. + +Después, volviendo á sentarse, continuó: + +--¿Habéis visto á Monseñor Gaetani? ¡Qué desgracia! ¡Tan grande como +impensada!... + +Todos guardamos un silencio triste. Dos señoras ancianas, las dos +vestidas de seda con noble severidad, interrogaron á un mismo tiempo y +con la misma voz: + +--¿No hay esperanzas? + +La Princesa suspiró: + +--No las hay... Solamente un milagro: + +De nuevo volvió el silencio. En el otro extremo del salón las hijas +de la Princesa bordaban un paño de tisú, las cinco sentadas en rueda. +Hablaban en voz baja las unas con las otras, y sonreían con las cabezas +inclinadas: Sólo María Rosario permanecía silenciosa, y bordaba +lentamente como si soñase. Temblaba en las agujas el hilo de oro, y +bajo los dedos de las cinco doncellas nacían las rosas y los lirios +de la flora celeste que puebla los paños sagrados. De improviso, en +medio de aquella paz, resonaron tres aldabadas. La Princesa palideció +mortalmente: Los demás no hicieron sino mirarse. El Colegial Mayor se +puso en pie: + +--Permitirán que me retire: No creí que fuese tan tarde... ¿Cómo han +cerrado ya las puertas? + +La Princesa repuso temblando: + +--No las han cerrado. + +Y las dos ancianas vestidas de seda negra, susurraron: + +--¡Algún insolente! + +Cambiaron entre ellas una mirada tímida, como para infundirse ánimo, +y quedaron atentas, con un ligero temblor. Las aldabadas volvían á +sonar, pero esta vez era dentro del Palacio Gaetani. Una ráfaga pasó por +el salón y apagó algunas luces. La Princesa lanzó un grito. Todos la +rodeamos: Ella nos miraba con los labios trémulos y los ojos asustados: +Insinuó una voz: + +--Cuando murió el Príncipe Filipo, ocurrió esto... ¡Y él lo contaba de +su padre! + +En aquel momento el Señor Polonio apareció en la puerta del salón, y +en ella se detuvo. La Princesa incorporóse en el sofá, y se enjugó los +ojos: Después, con noble entereza, le interrogó: + +--¿Ha muerto? + +El mayordomo inclinó la frente: + +--¡Ya goza de Dios! + +Una onda de gemidos se levantó en el estrado. Las damas rodearon á la +Princesa, y el Colegial Mayor se santiguó. + +[imagen decorative no disponible] + + +MARÍA ROSARIO, con los ojos arrasados de lágrimas +guardaba lentamente sus agujas y su hilo de oro. Yo la veía en el otro +extremo del salón, inclinada sobre un menudo y cincelado cofre que +sostenía abierto en el regazo: Sin duda rezaba en voz baja, porque sus +labios se movían débilmente. En su mejilla temblaba la sombra de las +pestañas, y yo sentía que en el fondo de mi alma aquel rostro pálido +temblaba con el encanto misterioso y poético que tiembla en el fondo de +un lago, el rostro de la luna. María Rosario cerró el cofre, y dejando +en él la llave de oro, lo puso sobre la alfombra para tomar en brazos á +la más niña de sus hermanas que lloraba asustada. Después se inclinó, +besándola. Yo veía cómo la infantil y rubia guedeja de María Nieves +desbordaba sobre el brazo de María Rosario, y hallaba en aquel grupo la +gracia cándida de esos cuadros antiguos que pintaron los monjes devotos +de la Virgen. La niña murmuró: + +--¡Tengo sueño!... + +--¿Quieres que llame á tu doncella para que te acueste? + +--Malvina me deja sola. Se figura que estoy durmiendo y se va muy +despacio, y cuando estoy sola tengo miedo. + +María Rosario alzóse con la niña en brazos, y como una sombra silenciosa +y pálida atravesó el salón. Yo acudí presuroso á levantar el cortinaje +de la puerta. María Rosario pasó con los ojos bajos, sin mirarme: La +niña, en cambio, volvió hacia mí sus claras pupilas llenas de lágrimas, +y me dijo con una voz muy tenue: + +--Buenas noches, Marqués, hasta mañana. + +--Adiós, preciosa. + +Y con el alma herida por el desdén que María Rosario me mostrara, volví +al estrado, donde la Princesa seguía con el pañuelo sobre los ojos. Las +ancianas de su tertulia la rodeaban, y de tiempo en tiempo se volvían +aconsejadoras y prudentes para hablar en voz baja con las niñas, que +también suspiraban, pero con menos dolor que su madre: + +--Hijas mías, debéis hacer que se acueste. + +--Hay que disponer los lutos. + +--¿Dónde ha ido María Rosario? + +El Colegial Mayor también dejaba oir alguna vez su voz grave y amable: +Cada palabra suya producía un murmullo de admiración entre las señoras. +La verdad es que cuanto manaba de sus labios parecía lleno de ciencia +teológica y de unción cristiana. De rato en rato fijaba en mí una mirada +rápida y sagaz, y yo comprendía, con un estremecimiento, que aquellos +ojos negros querían leer en mi alma. Yo era el único que allí permanecía +silencioso, y acaso el único que estaba triste. Adivinaba, por primera +vez en mi vida, todo el influjo galante de los prelados romanos, y +acudía á mi memoria la leyenda de sus fortunas amorosas. Confieso que +hubo instantes donde olvidé la ocasión, el sitio y hasta los cabellos +blancos que peinaban aquellas nobles damas, y que tuve celos, celos +rabiosos del Colegial Mayor. De pronto me estremecí: Hacía un momento +que callaban todos, y en medio del silencio, el Colegial se acercaba á +mí: Posó familiar su diestra sobre mi hombro, y me dijo: + +--Caro Marqués, es preciso enviar un correo á Su Santidad. + +Yo me incliné: + +--Tenéis razón, Monseñor. + +Y él repuso con extremada cortesía: + +--Me congratula que seáis del mismo consejo... ¡Qué gran desgracia, +Marqués! + +--¡Muy grande, Monseñor! + +Nos miramos de hito en hito, con un profundo convencimiento de que +fingíamos por igual, y nos separamos. El Colegial Mayor volvió al +lado de la Princesa, y yo salí del salón para escribir al Cardenal +Camarlengo, que lo era entonces Monseñor Sassoferrato. + +[imagen decorative no disponible] + + +MARÍA ROSARIO, en aquella hora, tal vez estaba velando +el cadáver de Monseñor Gaetani! Tuve este pensamiento al entrar en la +biblioteca, llena de silencio y de sombras. Vino del mundo lejano, y +pasó sobre mi alma como soplo de aire sobre un lago de misterio. Sentí +en las sienes el frío de unas manos mortales, y, estremecido, me puse de +pie. Quedó abandonado sobre la mesa el pliego de papel, donde solamente +había trazado la cruz, y dirigí mis pasos hacia la cámara mortuoria. El +olor de la cera llenaba el Palacio. Criados silenciosos velaban en los +largos corredores, y en la antecámara paseaban dos familiares, que me +saludaron con una inclinación de cabeza. Sólo se oía el rumor de sus +pisadas y el chisporroteo de los cirios que ardían en la alcoba. + +Yo llegué hasta la puerta y me detuve: Monseñor Gaetani yacía rígido +en su lecho, amortajado con hábito franciscano: En las manos yertas +sostenía una cruz de plata, y sobre su rostro marfileño la llama de los +cirios, tan pronto ponía un resplandor como una sombra. Allá en el fondo +de la estancia rezaba María Rosario: Yo permanecí un momento mirándola: +Ella levantó los ojos, se santiguó tres veces, besó la cruz de sus +dedos, y poniéndose en pie vino hacia la puerta: + +--¿Marqués, queda mi madre en el salón? + +--Allí la dejé... + +--Es preciso que descanse, porque ya lleva así dos noches... ¡Adiós, +Marqués! + +--¿No queréis que os acompañe? + +Ella se volvió: + +--Acompañadme, sí... La verdad es que María Nieves me ha contagiado su +miedo... + +Atravesamos la antecámara. Los familiares detuvieron un momento el +silencioso pasear, y sus ojos inquisidores nos siguieron hasta la +puerta. Salimos al corredor, que estaba sólo, y sin poder dominarme +estreché una mano de María Rosario, y quise besarla, pero ella la retiró +con vivo enojo: + +--¿Qué hacéis? + +--¡Que os adoro! ¡Que os adoro! + +Asustada, huyó por el largo corredor. Yo la seguí. + +--¡Os adoro! ¡Os adoro! + +Mi aliento casi rozaba su nuca, que era blanca como la de una estatua, y +exhalaba no sé qué aroma de flor y de doncella. + +--¡Os adoro! ¡Os adoro! + +Ella suspiró con angustia: + +--¡Dejadme! ¡Por favor, dejadme! + +Y sin volver la cabeza, azorada, trémula, huía por el corredor. Sin +aliento y sin fuerzas se detuvo en la puerta del salón. Yo todavía +murmuré á su oído: + +--¡Os adoro! ¡Os adoro! + +María Rosario se pasó la mano por los ojos y entró. Yo entré detrás +atusándome el mostacho. María Rosario se detuvo bajo la lámpara y me +miró con ojos asustados, enrojeciendo de pronto: Luego quedó pálida, +pálida como la muerte. Vacilando se acercó á sus hermanas, y tomó +asiento entre ellas, que se inclinaron en sus sillas para interrogarla: +Apenas respondía. Se hablaban en voz baja con tímida mesura, y en los +momentos de silencio oíase el péndulo de un reloj. Poco á poco había ido +menguando la tertulia: Solamente quedaban aquellas dos señoras de los +cabellos blancos y los vestidos de gro negro. Ya cerca de media noche la +Princesa consintió en retirarse á descansar, pero sus hijas continuaron +en el salón, velando hasta el día, acompañadas por las dos señoras, que +contaban historias de su juventud: Recuerdos de antiguas modas femeninas +y de las guerras de Bonaparte. Yo escuchaba distraído, y desde el fondo +de un sillón, oculto en la sombra, contemplaba á María Rosario: Parecía +sumida en un ensueño: Su boca, pálida de ideales nostalgias, permanecía +anhelante como si hablase con las almas invisibles, y sus ojos +inmóviles, abiertos sobre el infinito, miraban sin ver. Al contemplarla, +yo sentía que en mi corazón se levantaba el amor, ardiente y trémulo +como una llama mística. Todas mis pasiones se purificaban en aquel fuego +sagrado y aromaban como gomas de Arabia. ¡Han pasado muchos años, y +todavía el recuerdo me hace suspirar! + +[imagen decorative no disponible] + + +YA CERCA del amanecer me retiré á la biblioteca. Era +forzoso escribir al Cardenal Camarlengo, y decidí hacerlo en aquellas +horas de monótona tristeza, cuando todas las campanas de Ligura se +despertaban tocando á muerto, y prestes y arciprestes encomendaban á +Dios el alma del difunto Obispo de Betulia. + +En mi carta, dile á Monseñor Sassoferrato cuenta de todo muy +extensamente, y luego de haber lacrado y puesto los cinco sellos con +las armas pontificias, llamé al mayordomo y le entregué el pliego, para +que sin pérdida de momento, un correo lo llevase á Roma. Hecho esto, +me dirigí al oratorio de la Princesa, donde sin intervalo se sucedían +las misas desde antes de rayar el sol. Primero habían celebrado los +familiares que velaran el cadáver de Monseñor Gaetani, después los +capellanes de la casa, y luego algún obeso colegial mayor que llegaba +apresurado y jadeante. La Princesa había mandado franquear las puertas +del Palacio, y á lo largo de los corredores sentíase el sordo murmullo +del pueblo que entraba á visitar el cadáver. Los criados vigilaban en +las antesalas, y los acólitos pasaban y repasaban con su ropón rojo y su +roquete blanco, metiéndose á empujones por entre los devotos. + +Al entrar en el oratorio mi corazón palpitó. Allí estaba María Rosario, +y cercano á ella tuve la suerte de oir misa. Recibida la bendición me +adelanté á saludarla. Ella me respondió temblando: También mi corazón +temblaba, pero los ojos de María Rosario no podían verlo. Yo hubiérale +rogado que pusiese su mano sobre mi pecho, pero temí que desoyese mi +ruego. Aquella niña era cruel como todas las santas que tremolan en la +tersa diestra la palma virginal. Confieso que yo tengo predilección por +aquellas otras que primero han sido grandes pecadoras. Desgraciadamente +María Rosario nunca quiso comprender que era su destino mucho menos +bello que el de María de Magdala. La pobre no sabía que lo mejor de +la santidad son las tentaciones. Quise ofrecerle agua bendita, y con +galante apresuramiento me adelanté á tomarla: María Rosario tocó apenas +mis dedos, y haciendo la señal de la cruz, salió del oratorio. Salí +detrás, y pude verla un momento en el fondo tenebroso del corredor, +hablando con el mayordomo. Al parecer le daba órdenes en voz baja: +Volvió la cabeza, y viendo que me acercaba, enrojeció vivamente. El +mayordomo exclamó: + +--¡Aquí está el Señor Marqués! + +Y luego, dirigiéndose á mí con una profunda reverencia, continuó: + +--Excelencia, perdonad que os moleste, pero decid si estáis quejoso de +mí. ¿He cometido con vos, alguna falta, acaso algún olvido?... + +María Rosario le interrumpió con enojo: + +--Callad, Polonio. + +El melifluo mayordomo pareció consternado: + +--¿Qué hice yo para merecer?... + +--Os digo que calléis. + +--Y os obedezco, pero como me reprocháis haber descuidado el servicio +del Señor Marqués... + +María Rosario, con las mejillas llameantes y la voz timbrada de cólera y +de lágrimas, volvió á interrumpir: + +--Os mando que calléis. Son insoportables vuestras explicaciones. + +--¡Qué hice yo, cándida paloma, qué hice yo? + +María Rosario, con un poco más de indulgencia, murmuró: + +--¡Basta!... ¡Basta!... Perdonad, Marqués. + +Y haciéndome una leve cortesía, se alejó. El mayordomo quedóse en medio +del corredor con las manos en la cabeza y los ojos llorosos: + +--Hubiérame tratado así una de sus hermanas, y me hubiera reído... La +más pequeña no ignora que es princesina. No, no me hubiera reído, porque +son mis señoras... Pero ella, ella que jamás ha reñido con nadie, venir +á reñir hoy con este pobre viejo... ¡Y qué injustamente, Señor, qué +injustamente! + +Yo le pregunté con una emoción para mí desconocida hasta entonces: + +--¿Es la mejor de sus hermanas? + +--Y la mejor de las criaturas. Esa niña ha sido engendrada por los +ángeles... + +Y el Señor Polonio, enternecido, comenzó un largo relato de las virtudes +que adornaban el alma de aquella doncella hija de príncipes, y era el +relato del viejo mayordomo ingenuo y sencillo, como los que pueblan la +Leyenda Dorada. + +[imagen decorative no disponible] + + +LLEGABAN por el cadáver de Monseñor!... Y el mayordomo +partióse de mi lado muy afligido y presuroso. Todas las campanas de la +histórica ciudad doblaban á un tiempo. Oíase el canto latino de los +clérigos resonando bajo el pórtico del Palacio, y el murmullo de la +gente que llenaba la plaza. Cuatro colegiales mayores bajaron en hombros +el féretro y el duelo se puso en marcha. Monseñor Antonelli me hizo +sitio á su derecha, y con humildad, que me pareció estudiada, comenzó á +dolerse de lo mucho que con la muerte de aquel santo y de aquel sabio +perdía el Colegio Clementino: Yo á todo asentía con un vago gesto, y +disimuladamente miraba á las ventanas, llenas de mujeres: Monseñor tardó +poco en advertirlo, y me dijo con una sonrisa tan amable como sagaz: + +--Sin duda no conocéis nuestra ciudad. + +--No, Monseñor. + +--Si permanecéis algún tiempo entre nosotros y queréis conocerla, yo me +ofrezco á ser vuestro guía. ¡Está llena de riquezas artísticas! + +--Gracias, Monseñor. + +Seguimos en silencio. El son de las campanas llenaba el aire, y el grave +cántico de los clérigos parecía reposar en la tierra, donde todo es +polvo y podredumbre. Jaculatorias, misereres, responsos caían sobre el +féretro como el agua bendita del hisopo. Encima de nuestras cabezas las +campanas seguían siempre sonando, y el sol, un sol abrileño, joven y +rubio como un mancebo, brillaba en las vestiduras sagradas, en la seda +de los pendones y en las cruces parroquiales con un alarde de poder +pagano. + +Atravesamos casi toda la ciudad. Monseñor había dispuesto que se diese +tierra á su cuerpo en el Convento de los Franciscanos, donde hacía +más de cuatro siglos tenían enterramiento los Príncipes Gaetani. Una +tradición piadosa, dice que el Santo de Asís fundó el Convento de +Ligura, y que vivió allí algún tiempo. Todavía florece en el huerto, +el viejo rosal que se cubría de rosas en todas las ocasiones que +visitaba aquella fundación, el Divino Francisco. Llegamos entre dobles +de campanas. En la puerta de la iglesia, alumbrándose con cirios, +esperaba la Comunidad dividida en dos largas hileras. Primero los +novicios, pálidos, ingenuos, demacrados: Después los profesos, sombríos, +torturados, penitentes: Todos rezaban con la vista baja y sobre las +sandalias los cirios lloraban gota á gota su cera amarilla. + +Dijéronse muchas misas, cantóse un largo entierro, y el ataúd bajó al +sepulcro que esperaba abierto desde el amanecer. Cayó la losa encima, +y un colegial me buscó con deferencia cortesana, para llevarme á la +sacristía. Los frailes seguían murmurando sus responsos, y la iglesia +iba quedando en soledad y en silencio. En la sacristía saludé á muchos +sabios y venerables teólogos que me edificaron con sus pláticas. Luego +vino el Prior, un anciano de blanca barba, que había vivido largos años +en los Santos Lugares. Me saludó con dulzura evangélica, y haciéndome +sentar á su lado comenzó á preguntarme por la salud de Su Santidad. Los +graves teólogos hicieron corro para escuchar mis nuevas, y como era muy +poco lo que podía decirles, tuve que inventar en honor suyo toda una +leyenda piadosa y milagrera: ¡Su Santidad recobrando la lozanía juvenil +por medio de una reliquia! El Prior con el rostro resplandeciente de fe, +me preguntó: + +--¿De qué Santo era, hijo mío? + +--De un Santo de mi familia. + +Todos se inclinaron como si yo fuese el Santo: El temblor de un rezo, +pasó por las luengas barbas, que salían del misterio de las capuchas, y +en aquel momento yo sentí el deseo de arrodillarme y besar la mano del +Prior. Aquella mano que sobre todos mis pecados podía hacer la cruz: Ego +Te Absolvo. + +[imagen decorative no disponible] + + +CUANDO volví al Palacio hallé á María Rosario en la +puerta de la capilla repartiendo limosnas entre una corte de mendigos +que alargaban las manos escuálidas bajo los rotos mantos. María Rosario +era una figura ideal que me hizo recordar aquellas santas hijas de +príncipes y de reyes: Doncellas de soberana hermosura, que con sus manos +delicadas curaban á los leprosos. El alma de aquella niña encendíase con +el mismo anhelo de santidad. A una vieja encorvada le decía: + +--¿Cómo está tu marido, Liberata? + +--¡Siempre lo mismo, señorina!... ¡Siempre lo mismo! + +Y después de recoger su limosna y de besarla, retirábase la vieja +salmodiando bendiciones, temblona sobre su báculo. María Rosario la +miraba un momento, y luego sus ojos compasivos se tornaban hacia otra +mendiga que daba el pecho á un niño escuálido, envuelto en el jirón de +un manto: + +--¿Es tuyo ese niño, Paula? + +--No, Princesina: Era de una curmana que se ha muerto: Tres ha dejado la +pobre, éste es el más pequeño. + +--¿Y tú lo has recogido? + +--¡La madre me lo recomendó al morir! + +--¿Y qué es de los otros dos? + +--Por esas calles andan. El uno tiene cinco años, el otro siete: Pena da +mirarlos, desnudos como ángeles del Cielo. + +María Rosario tomó en brazos al niño, y lo besó con dos lágrimas en los +ojos. Al entregárselo á la mendiga, le dijo: + +--Vuelve esta tarde y pregunta por el Señor Polonio. + +--¡Gracias, mi señorina! + +Un murmullo ardiente como una oración, entreabrió las bocas renegridas y +tristes de aquellos mendigos: + +--¡La pobre madre se lo agradecerá en el Cielo! + +María Rosario continuó: + +--Y si encuentras á los otros dos pequeños, tráelos también contigo. + +--Los otros, hoy no sé dónde poder hallarlos, mi Princesina. + +Un viejo de calva sien y luenga barba nevada, sereno y evangélico en su +pobreza, se adelantó gravemente: + +--Los otros, aunque cativo, tienen también amparo. Los ha recogido +Barberina la Prisca. Una viuda lavandera que también á mí me tiene +recogido. + +Y el viejo, que insensiblemente había ido algunos pasos hacia delante, +retrocedió tentando en el suelo con el báculo, y en el aire con +una mano, porque era ciego. María Rosario lloraba en silencio, y +resplandecía, hermosa y cándida como una Madona, en medio de la sórdida +corte de mendigos, que se acercaban de rodillas para besarle las manos. +Aquellas cabezas humildes, demacradas, miserables, tenían una expresión +de amor. Yo recordé entonces los antiguos cuadros, vistos tantas veces +en un antiguo monasterio de la Umbría: Tablas prerrafaélicas que pintó +en el retiro de su celda un monje desconocido, enamorado de los ingenuos +milagros que florecen la leyenda de la Reina de Turingia. + +María Rosario también tenía una hermosa leyenda, y los lirios blancos de +la caridad también la aromaban. Vivía en el Palacio como en un convento. +Cuando bajaba al jardín traía la falda llena de espliego que esparcía +entre sus vestidos, y cuando sus manos se aplicaban á una labor monjil, +su mente soñaba sueños de santidad. Eran sueños albos como las parábolas +de Jesús, y el pensamiento acariciaba los sueños, como la mano acaricia +el suave y tibio plumaje de las palomas familiares. María Rosario +hubiera querido convertir el Palacio en albergue donde se recogiese +la procesión de viejos y lisiados, de huérfanos y locos que llenaban +la capilla pidiendo limosna y salmodiando padrenuestros. Suspiraba +recordando la historia de aquellas santas princesas que acogían en sus +castillos á los peregrinos que volvían de Jerusalén. + +En la vieja ciudad hablábase de ella como de una santa lejana, una +santa triste y bella que de nadie se dejase ver. Sus días se deslizaban +como esos arroyos silenciosos que parecen llevar dormido en su fondo el +cielo que reflejan: Reza y borda en el silencio de las grandes salas +desiertas y melancólicas: Tiemblan las oraciones en sus labios, tiembla +en sus dedos la aguja, que enhebra el hilo de oro, y en el paño de tisú +florecen las rosas y los lirios que pueblan los mantos sagrados. Y +después del día, lleno de quehaceres humildes, silenciosos, cristianos, +por las noches se arrodilla en su alcoba, y reza con fe ingenua al Niño +Jesús, que resplandece bajo un fanal, vestido con alba de seda recamada +de lentejuelas y abalorios. La paz familiar se levanta como una alondra +del nido de su pecho, y revolotea por todo el Palacio, y canta sobre las +puertas, á la entrada de las grandes salas. María Rosario fué el único +amor de mi vida. Han pasado muchos años, y al recordarla ahora todavía +se llenan de lágrimas mis ojos áridos, ya casi ciegos. + +[imagen decorative no disponible] + + +QUEDABA todavía el olor de la cera en el Palacio. La +Princesa tendida en el canapé de su tocador, se dolía de la jaqueca. +Sus hijas, vestidas de luto, hablaban en voz baja, y de tiempo en +tiempo, entraba ó salía sin ruido, alguna de ellas. En medio de un gran +silencio, la Princesa incorporóse lánguidamente, volviendo hacia mí el +rostro todavía hermoso, que parecía más blanco bajo una toca de negro +encaje: + +--¿Xavier, tú cuándo tienes que volver á Roma? + +Yo me estremecí: + +--Mañana, señora. + +Y miré á María Rosario, que bajó la cabeza y se puso encendida como una +rosa. La Princesa, sin reparar en ello, apoyó la frente en la mano, una +mano evocación de aquellas que en los retratos antiguos sostienen á +veces una flor, y á veces un pañolito de encaje: En tan bella actitud +suspiró largamente, y volvió á interrogarme: + +--¿Por qué mañana? + +--Porque ha terminado mi misión, señora. + +--¿Y no puedes quedarte algunos días más con nosotras? + +--Necesitaría un permiso. + +--Pues yo escribiré hoy mismo á Roma. + +Miré disimuladamente á María Rosario: Sus hermosos ojos negros me +contemplaban asustados, y su boca intensamente pálida, que parecía +entreabierta por el anhelo de un suspiro, temblaba. En aquel momento, su +madre volvió la cabeza hacia donde ella estaba: + +--María Rosario. + +--Señora. + +--Acuérdate de escribir en mi nombre á Monseñor Sassoferrato. Yo firmaré +la carta. + +María Rosario, siempre ruborosa, repuso con aquella serena dulzura que +era como un aroma: + +--¿Queréis que escriba ahora? + +--Como te parezca, hija. + +María Rosario se puso en pie. + +--¿Y qué debo decirle á Monseñor? + +--Le notificas nuestra desgracia, y añades que vivimos muy solas, y que +esperamos de su bondad un permiso para retener á nuestro lado por algún +tiempo al Marqués de Bradomín. + +María Rosario se dirigió hacia la puerta: Tuvo que pasar por mi lado y +aprovechando audazmente la ocasión, le dije en voz baja: + +--¡Me quedo, porque os adoro! + +Fingió no haberme oído, y salió. Volvíme entonces hacia la Princesa, que +me miraba con una sombra de afán, y le pregunté aparentando indiferencia: + +--¿Cuándo toma el velo María Rosario? + +--No está designado el día. + +--La muerte de Monseñor Gaetani, acaso lo retardará. + +--¿Por qué? + +--Porque ha de ser un nuevo disgusto para vos. + +--No soy egoísta. Comprendo que mi hija será feliz en el convento, mucho +más feliz que á mi lado, y me resigno. + +--¿Es muy antigua la vocación de María Rosario? + +--Desde niña. + +--¿Y no ha tenido veleidades? + +--¡Jamás! + +Yo me atusé el bigote con la mano un poco trémula. + +--Es una vocación de Santa. + +--Sí, de Santa... Te advierto que no sería la primera en nuestra +familia. Santa Margarita de Ligura, Abadesa de Fiesoli, era hija de un +Príncipe Gaetani. Su cuerpo se conserva en la capilla del Palacio, y +después de cuatrocientos años está como si acabase de expirar: Parece +dormida. ¿Tú no bajaste á la cripta? + +--No, señora. + +--Pues es preciso que bajes un día. + +Quedamos en silencio. La Princesa volvió á suspirar llevándose las manos +á la frente: Sus hijas, allá en el fondo de la estancia, se hablaban +en voz baja. Yo las miraba sonriendo y ellas me respondían en idéntica +forma, con cierta alegría infantil y burlona, que contrastaba con sus +negros vestidos de duelo. Empezaba á decaer la tarde, y la Princesa +mandó abrir una ventana que daba sobre el jardín. + +--¡Me marea el olor de esas rosas, hijas mías! + +Y señalaba los floreros que estaban sobre el tocador. Abierta la +ventana, una ligera brisa entró en la estancia: Era alegre, perfumada y +gentil como un mensaje de la Primavera: Sus alas invisibles alborotaron +los rizos de aquellas cabezas juveniles, que allá en el fondo de la +estancia me miraban y me sonreían. ¡Rizos rubios, dorados, luminosos, +cabezas adorables, cuántas veces os he visto en mis sueños pecadores más +bellas que esas aladas cabezas angélicas que solían ver en sus sueños +celestiales los santos ermitaños! + +[imagen decorative no disponible] + + +LA PRINCESA se acostó al comienzo de la noche, poco +después del rosario. En el salón, medio apagado, hablaban en voz baja +las viejas damas que desde hacía veinte años acudían regularmente +á la tertulia del Palacio Gaetani: Comenzaba á sentirse el calor, +y estaban abiertas las puertas de cristales que daban al jardín. +Dos hijas de la Princesa, María Socorro y María Pilar, hacían los +honores: La conversación era lánguida, de una languidez apocada y +beata. Afortunadamente, al sonar las nueve en el reloj de la Catedral, +las señoras se levantaron, y María Socorro y María Pilar salieron +acompañándolas. Yo quedé solo en el vasto salón, y no sabiendo qué +hacer, bajé al jardín. + +Era una noche de Primavera, silenciosa y fragante. El aire agitaba las +ramas de los árboles con blando movimiento, y la luna iluminaba por un +instante la sombra y el misterio de los follajes. Sentíase pasar por el +jardín un largo estremecimiento, y luego todo quedaba en esa amorosa paz +de las noches serenas. En el azul profundo temblaban las estrellas, y la +quietud del jardín parecía mayor que la quietud del cielo. A lo lejos, +el mar, misterioso y ondulante, exhalaba su eterna queja. Las dormidas +olas fosforecían al pasar tumbando los delfines, y una vela latina +cruzaba el horizonte bajo la luna pálida. + +Yo recorría un sendero orillado por floridos rosales: Las luciérnagas +brillaban al pie de los arbustos, el aire era fragante, y el más leve +soplo bastaba para deshojar en los tallos las rosas marchitas. Yo sentía +esa vaga y romántica tristeza que encanta los enamoramientos juveniles, +con la leyenda de los grandes y trágicos dolores que se visten á la +usanza antigua. Consideraba la herida de mi corazón como aquellas que +no tienen cura, y pensaba que de un modo fatal decidiría de mi suerte. +Con extremos verterianos soñaba superar á todos los amantes que en el +mundo han sido, y por infortunados y leales pasaron á la historia, y aún +asomaron más de una vez la faz lacrimosa en las cantigas del vulgo. +Desgraciadamente, quedéme sin superarlos, porque tales romanticismos +nunca fueron otra cosa que un perfume derramado sobre todos mis amores +de juventud. ¡Locuras gentiles y fugaces que duraban algunas horas, y +que, sin duda por eso, me han hecho suspirar y sonreir toda la vida! + +De pronto huyeron mis pensamientos. Daba las doce el viejo reloj de +la Catedral, y cada campanada, en el silencio del jardín, retumbó con +majestad sonora. Volví al salón, donde ya estaban apagadas las luces. En +los cristales de una ventana temblaba el reflejo de la luna, y allá, en +el fondo, brillaba la esfera de un reloj, que con delicado y argentino +son daba también las doce. Me detuve en la puerta, para acostumbrarme á +la oscuridad, y poco á poco mis ojos columbraron la forma incierta de +las cosas. Una mujer hallábase sentada en el sofá del estrado. Yo sólo +distinguía sus manos blancas: El cuerpo era una sombra negra. Quise +acercarme, y vi cómo sin ruido se ponía en pie y cómo sin ruido se +alejaba y desaparecía. Hubiérala creído un fantasma engaño de mis ojos, +si al dejar de verla no llegase hasta mí un sollozo. Al pie del sofá +estaba caído un pañuelo perfumado de rosas y húmedo de llanto. Lo besé +con afán. No dudaba que aquel fantasma había sido María Rosario. + +Pasé la noche en vela, sin conseguir conciliar el sueño. Vi rayar el +alba en las ventanas de mi alcoba, y sólo entonces, en medio del alegre +voltear de un esquilón que tocaba á misa, me dormí. Al despertarme, ya +muy entrado el día, supe con profundo reconocimiento cuánto por la +salud de mi alma se interesaba la Princesa Gaetani. La noble señora +estaba muy afligida porque yo había perdido el Oficio Divino. + +[imagen decorative no disponible] + + +AL CAER de la tarde llegaron aquellas dos señoras de los +cabellos blancos y los negros y crujientes vestidos de seda. La Princesa +se incorporó saludándolas con amable y desfallecida voz: + +--¿Dónde habéis estado? + +--¡Hemos corrido toda Ligura! + +--¡Vosotras! + +Ante el asombro de la Princesa, las dos señoras se miraron sonriendo: + +--Cuéntale tú, Antonina. + +--Cuéntale tú, Lorencina. + +Y luego las dos comienzan el relato al mismo tiempo: Habían oído un +sermón en la Catedral: Habían pasado por el Convento de las Carmelitas +para preguntar por la Madre Superiora que estaba enferma: Habían velado +al Santísimo. Aquí la Princesa interrumpió: + +--¿Y cómo sigue la Madre Superiora? + +--Todavía no baja al locutorio. + +--¿A quién habéis visto? + +--A la Madre Escolástica. ¡La pobre siempre tan buena y tan cariñosa! No +sabes cuánto nos preguntó por ti y por tus hijas: Nos enseñó el hábito +de María Rosario: Iba á mandárselo para que lo probase: Lo ha cosido +ella misma: Dice que será el último, porque está casi ciega. + +La Princesa suspiró: + +--¡Yo no sabía que estuviese ciega! + +--Ciega no, pero ve muy poco. + +--Pues no tiene años para eso... + +La Princesa acabó con un gesto de fatiga, llevándose las manos á la +frente. Después se distrajo mirando hacia la puerta, donde asomaba la +escuálida figura del Señor Polonio. Detenido en el umbral, el mayordomo +saludaba con una profunda reverencia: + +--¿Da su permiso mi Señora la Princesa? + +--Adelante, Polonio. ¿Qué ocurre? + +--Ha venido el sacristán de las Madres Carmelitas con el hábito de la +Señorina. + +--¿Y ella lo sabe? + +--Probándoselo queda. + +Al oír esto, las otras hijas de la Princesa, que sentadas en rueda, +bordaban el manto de Santa Margarita de Ligura, habláronse en voz baja, +juntando las cabezas, y salieron de la estancia con alegre murmullo, +en un grupo casto y primaveral como aquel que pintó Sandro Boticelli. +La Princesa las miró con maternal orgullo, y luego hizo un ademán +despidiendo al mayordomo, que, en lugar de irse, adelantó algunos pasos +balbuciendo: + +--Ya he dado el último perfil al Paso de las Caídas... Hoy empiezan las +procesiones de Semana Santa. + +La Princesa replicó con desdeñosa altivez: + +--Y sin duda has creído que yo lo ignoraba. + +El mayordomo pareció consternado: + +--¡Líbreme el Cielo, Señora! + +--¿Pues entonces?... + +--Hablando de las procesiones, el sacristán de las Madres me dijo que +tal vez este año no saliesen las que costea y patrocina mi Señora la +Princesa. + +--¿Y por qué causa? + +--Por la muerte de Monseñor, y el luto de la casa. + +--Nada tiene que ver con la religión, Polonio. + +Aquí la Princesa creyó del caso suspirar. El mayordomo se inclinó: + +--Cierto, Señora, ciertísimo. El sacristán lo decía contemplando mi +obra. Ya sabe la Señora Princesa... El Paso de las Caídas... Espero que +mi Señora se digne verlo... + +El mayordomo se detuvo sonriendo ceremoniosamente. La Princesa asintió +con un gesto, y luego volviéndose á mí pronunció con ligera ironía: + +--¿Tú acaso ignoras que mi mayordomo es un gran artista? + +El viejo se inclinó: + +--¡Un artista!... Hoy día ya no hay artistas. Los hubo en la antigüedad. + +Yo intervine con mi juvenil insolencia: + +--¿Pero de qué epoca sois, Señor Polonio? + +El mayordomo repuso sonriendo: + +--Vos tenéis razón, Excelencia... Hablando con verdad, no puedo decir +que éste sea mi siglo... + +--Vos pertenecéis á la antigüedad más clásica y más remota. ¿Y cuál arte +cultiváis, Señor Polonio? + +El Señor Polonio repuso con suma modestia: + +--Todas, Excelencia. + +--¡Sois un nieto de Miguel Angel! + +--El cultivarlas todas no quiere decir que sea maestro en ellas, +Excelencia. + +La Princesa sonrió con aquella amable ironía que al mismo tiempo +mostraba señoril y compasivo afecto por el viejo mayordomo: + +--Xavier, tienes que ver su última obra: ¡El Paso de las Caídas! ¡Una +maravilla! + +Las dos ancianas juntaron las secas manos con infantil admiración: + +--¡Si cuando joven hubiera querido ir á Roma!... ¡Oh! + +El mayordomo lloraba enternecido: + +--¡Señoras!... ¡Mis nobles Mecenas! + +De pronto se oyó murmullo de juveniles voces que se aproximaban, y un +momento después el coro de las cinco hermanas invadía la estancia. María +Rosario traía puesto el blanco hábito que debía llevar durante toda +la vida, y las otras se agrupaban en torno como si fuese una Santa. Al +verlas entrar, la Princesa se incorporó muy pálida: Las lágrimas acudían +á sus ojos, y luchaba en vano por retenerlas. Cuando María Rosario se +acercó á besarle la mano, le echó los brazos al cuello y la estrechó +amorosamente. Quedó después contemplándola, y no pudo contener un grito +de angustia. + +[imagen decorative no disponible] + + +YO ESTABA tan conmovido que, como en sueños, oí la voz +del viejo mayordomo: Hablaba después de un profundo silencio: + +--Si merezco el honor... Perdonad, pero ahora van á llevarse esa pobre +obra de mis manos pecadoras. Si queréis verla, apenas queda tiempo... + +Las dos señoras se levantaron sacudiéndose las crujientes y arrugadas +faldas: + +--¡Oh!... Vamos allá. + +Antes de salir ya comenzaron las explicaciones del Señor Polonio: + +--Conviene saber que el Nazareno y el Cirineo son los mismos que había +antiguamente. De mi mano son únicamente los judíos. Los hice de cartón. +Ya conocen mi antigua manía de hacer caretas. Una manía y de las peores. +Con ella di gran impulso á los Carnavales, que es la fiesta de Satanás. +¡Aquí, antes nadie se vestía de máscara, pero como yo regalaba á todo el +mundo mis caretas de cartón! ¡Dios me perdone! Los Carnavales de Ligura +llegaron á ser famosos en Italia... Vengan por aquí sus Excelencias. + +Pasamos á una gran sala que tenía las ventanas cerradas. El Señor +Polonio adelantóse para abrirlas. Después se volvió pidiendo mil +perdones, y nosotros entramos. Mis ojos quedaron extasiados al ver en +medio de la sala unas andas con Jesús Nazareno, entre cuatro judíos +torvos y barbudos. Las dos señoras lloraban de emoción: + +--¡Si considerásemos lo que Nuestro Señor padeció por nosotros! + +--¡Ay!... Si lo considerásemos! + +En presencia de aquellos cuatro judíos vestidos á la chamberga, era +indudable que las devotas señoras procuraban hacerse cargo del drama +de la Pasión. El Señor Polonio daba vueltas en torno de las andas, y +con los nudillos golpeaba suavemente las fieras cabezas de los cuatro +deicidas: + +--¡De cartón!... Sí, señoras, igual que las caretas. Fué una idea que me +vino sin saber cómo. + +Las damas repetían juntando las manos: + +--¡Inspiración divina!... + +--¡Inspiración de lo alto!... + +El Señor Polonio sonreía: + +--Nadie, absolutamente nadie, esperaba que pudiese realizar la idea... +Se burlaban de mí... Ahora, en cambio, todo se vuelven parabienes. ¡Y +yo perdono aquellos sarcasmos! ¡He llevado mi idea en la frente un año +entero! + +Oyéndole, las señoras, repetían enternecidas: + +--¡Inspiración!... + +--¡Inspiración!... + +Jesús Nazareno, desmelenado, lívido, sangriento, agobiado bajo el peso +de la cruz, parecía clavar en nosotros su mirada dulce y moribunda. +Los cuatro judíos, vestidos de rojo, le rodeaban fieros. El que iba +delante tocaba la trompeta. Los que le daban escolta á uno y otro lado, +llevaban sendas disciplinas, y aquel que caminaba detrás, mostraba al +pueblo la sentencia de Pilatos. Era un papel de música, y el mayordomo +tuvo cuidado de advertirnos cómo en aquel tiempo de gentiles, los +escribanos hacían unos garabatos muy semejantes á los que hacen los +músicos. Volviéndose á mí con gravedad doctoral, continuó: + +--Los moros y los judíos todavía escriben de una manera semejante. +¿Verdad, Excelencia? + +Cuando el Señor Polonio se hallaba en esta erudita explicación, llegó +un sacristán capitaneando á cuatro devotos que venían para llevarse á +la iglesia de los Capuchinos aquel famoso Paso de las Caídas. El Señor +Polonio cubrió las andas con una colcha, y les ayudó á levantarlas. +Después los acompañó hasta la puerta de la estancia: + +--¡Cuidado!... No tropezar con las paredes... ¡Cuidado!... + +Enjugóse las lágrimas, y abrió una ventana para verlos salir. La primera +preocupación del sacristán, cuando asomó en la calle, fué mirar al +cielo, que estaba completamente encapotado. Luego se puso al frente de +su tropa, y echó por medio. Los cuatro devotos iban casi corriendo. Las +andas envueltas en la colcha roja bamboleaban sobre sus hombros. El +Señor Polonio se dirigió á nosotros: + +--Sin cumplimiento: ¿Qué les ha parecido? + +Las dos señoras estuvieron, como siempre, de acuerdo. + +--¡Edificante! + +--¡Edificante! + +El Señor Polonio sonrió beatíficamente, y se volvió á la ventana con la +mano extendida hacia la calle para enterarse si llovía. + +[imagen decorative no disponible] + + +AQUELLA noche las hijas de la Princesa habíanse +refugiado en la terraza, bajo la luna, como las hadas de los cuentos: +Rodeaban á una amiga joven y muy bella, que de tiempo en tiempo +me miraba llena de curiosidad. En el salón, las señoras ancianas +conversaban discretamente, y sonreían al oir las voces juveniles que +llegaban en ráfagas, perfumadas con el perfume de las lilas que se +abrían al pie de la terraza. Desde el salón distinguíase el jardín, +inmóvil bajo la luna, que envolvía en pálida claridad la cima mustia de +los cipreses y el balconaje de la terraza, donde un pavo real abría su +abanico de quimera y de cuento. + +Yo quise varias veces acercarme á María Rosario. Todo fué inútil: Ella +adivinaba mis intenciones, y alejábase cautelosa, sin ruido, con la +vista baja y las manos cruzadas sobre el escapulario del hábito monjil +que conservaba puesto. Viéndola á tal extremo temerosa, yo sentía +halagado mi orgullo donjuanesco, y algunas veces, sólo por turbarla, +cruzaba de un lado al otro. La pobre niña al instante se prevenía para +huir: Yo pasaba aparentando no advertirlo. + +Algunas veces entraba en el salón, y deteníame al lado de las viejas +damas, que recibían mis homenajes con timidez de doncellas. Recuerdo +que me hallaba hablando con aquella devota Marquesa de Tescara, cuando, +movido por un oscuro presentimiento, volví la cabeza y busqué con los +ojos la blanca figura de María Rosario: la Santa ya no estaba. + +Una nube de tristeza cubrió mi alma. Dejé á la vieja linajuda y salí á +la terraza. Mucho tiempo permanecí reclinado sobre el florido balconaje +de piedra, contemplando el jardín. En el silencio perfumado cantaba un +ruiseñor, y parecía acordar su voz con la voz de las fuentes. El reflejo +de la luna iluminaba aquel sendero de los rosales que yo había recorrido +otra noche. El aire suave y gentil, un aire á propósito para llevar +suspiros, pasaba murmurando, y á lo lejos, entre mirtos inmóviles, +ondulaba el agua de un estanque. Yo evocaba en la memoria el rostro de +María Rosario, y no cesaba de pensar: + +--¿Qué siente ella?... ¿Qué siente ella por mí?... + +Bajé lentamente hacia el estanque. Las ranas que estaban en la orilla +saltaron al agua produciendo un ligero estremecimiento en el dormido +cristal. Había allí un banco de piedra y me senté. La noche y la luna +eran propicias al ensueño, y pude sumergirme en una contemplación +semejante al éxtasis. Confusos recuerdos de otros tiempos y otros +amores se levantaron en mi memoria. Todo el pasado resurgía como una +gran tristeza y un gran remordimiento. Mi juventud me parecía mar de +soledad y de tormentas, siempre en noche. El alma languidecía en el +recogimiento del jardín, y el mismo pensamiento volvía como el motivo +de un canto lejano: + +--¿Qué siente ella?... ¿Qué siente ella por mí? + +Ligeras nubes blancas erraban en torno de la luna y la seguían en +su curso fantástico y vagabundo: Empujadas por un soplo invisible, +la cubrieron y quedó sumido en sombras el jardín. El estanque dejó +de brillar entre los mirtos inmóviles: Sólo la cima de los cipreses +permaneció iluminada. Como para armonizar con la sombra, se levantó una +brisa que pasó despertando largo susurro en todo el recinto y trajo +hasta mí el aroma de las rosas deshojadas. Lentamente volví hacia el +Palacio: Mis ojos se detuvieron en una ventana iluminada, y no sé +qué oscuro presentimiento hizo palpitar mi corazón. Aquella ventana +alzábase apenas sobre la terraza, permanecía abierta, y el aire +ondulaba la cortina. Me pareció que por el fondo de la estancia cruzaba +una sombra blanca. Quise acercarme, pero el rumor de unas pisadas bajo +la avenida de los cipreses me detuvo: El viejo mayordomo paseaba á la +luz de la luna sus ensueños de artista. Yo quedé inmóvil en el fondo del +jardín. Y contemplando aquella luz, el corazón latía: + +--¿Qué siente ella?... ¿Qué siente ella por mí? + +¡Pobre María Rosario! Yo la creía enamorada, y, sin embargo, mi corazón +presentía no sé qué quimérica y confusa desventura. Quise volver á +sumergirme en mi amoroso ensueño, pero el canto de un sapo repetido +monótonamente bajo la arcada de los cipreses, distraía y turbaba mi +pensamiento. Recuerdo que de niño he leído muchas veces en un libro +de devociones donde rezaba mi abuela, que el diablo solía tomar ese +aspecto para turbar la oración de un santo monje. Era natural que á mí +me ocurriese lo mismo. Yo calumniado y mal comprendido, nunca fui otra +cosa que un místico galante, como San Juan de la Cruz. En lo más florido +de mis años, hubiera dado gustoso todas las glorias mundanas para poder +escribir en mis tarjetas: El Marqués de Bradomín, Confesor de Princesas. + +[imagen decorative no disponible] + + +EN ACHAQUES de amor, quién no ha pecado. Yo estoy +convencido de que el diablo tienta siempre á los mejores. Aquella +noche el cornudo monarca del abismo encendió mi sangre con su aliento +de llamas y despertó mi carne flaca, fustigándola con su rabo negro. +Yo cruzaba la terraza, cuando una ráfaga violenta alzó la flameante +cortina, y mis ojos mortales vieron arrodillada en el fondo de la +estancia la sombra pálida de María Rosario. No puedo decir lo que +entonces pasó por mí. Creo que primero fué un impulso ardiente, y +después una audacia fría y cruel: La audacia que se admira en los labios +y en los ojos de aquel retrato que del divino César Borgia, pintó el +divino Rafael de Sanzio. Me volví mirando en torno: Escuché un instante: +En el jardín y en el Palacio todo era silencio. Llegué cauteloso á la +ventana, y salté dentro. La Santa dió un grito: Se dobló blandamente +como una flor cuando pasa el viento, y quedó tendida, desmayada, con el +rostro pegado á la tierra. En mi memoria vive siempre el recuerdo de sus +manos blancas y frías: ¡Manos diáfanas como la hostia!... + +Al verla desmayada la cogí en brazos y la llevé á su lecho, que era como +altar de lino albo, y de rizado encaje. Después, con una sombra de +recelo, apagué la luz: Quedó en tinieblas el aposento y con los brazos +extendidos comencé á caminar en la oscuridad. Ya tocaba el borde de +su lecho y percibía la blancura del hábito monjil, cuando el rumor de +unos pasos en la terraza heló mi sangre, y me detuvo. Manos invisibles +alzaron la flameante cortina y la claridad de la luna penetró en la +estancia. Los pasos habían cesado: Una sombra oscura se destacaba en el +hueco iluminado de la ventana. La sombra se inclinó mirando hacia el +fondo del aposento, y volvió á erguirse. Cayó la cortina, y escuché de +nuevo el rumor de los pasos que se alejaban. + +Inmóvil, yerto, anhelante, permanecí sin moverme. De tiempo en tiempo +la cortina temblaba: Un rayo de luna esclarecía el aposento, y con +amoroso sobresalto mis ojos volvían á distinguir el cándido lecho y la +figura cándida que yacía como la estatua en un sepulcro. Tuve miedo, +y cauteloso llegué hasta la ventana. El sapo dejaba oir su canto bajo +la arcada de los cipreses, y el jardín, húmedo y sombrío, susurrante +y oscuro, parecía su reino. Salté la ventana como un ladrón, y anduve +á lo largo de la terraza pegado al muro. De pronto, me pareció sentir +leve rumor, como de alguno que camina recatándose. Me detuve y miré, +pero en la inmensa sombra que el Palacio tendía sobre la terraza y el +jardín, nada podía verse. Seguí adelante, y apenas había dado algunos +pasos cuando un aliento jadeante rozó mi cuello, y la punta de un puñal +desgarró mi hombro. Me volví con fiera presteza: Un hombre corría á +ocultarse en el jardín. Le reconocí con asombro, casi con miedo, al +cruzar un claro iluminado por la luna, y desistí de seguirle, para +evitar todo escándalo. Más, mucho más que la herida, me dolía dejar de +castigarle, pero ello era forzoso, y entréme en el Palacio, sintiendo el +calor tibio de la sangre correr por mi cuerpo. Musarelo, mi criado, que +dormitaba en la antecámara, despertóse al ruido de mis pasos y encendió +las luces de un candelabro. Después se cuadró militarmente: + +--A la orden, mi Capitán. + +--Acércate, Musarelo... + +Y tuve que apoyarme en la puerta para no caer. Musarelo era un soldado +veterano que me servía desde mi entrada en la Guardia Noble. En voz baja +y serena, le dije: + +--Vengo herido... + +Me miró con ojos asustados: + +--¿Dónde, Señor? + +--En el hombro. + +Musarelo levantó los brazos, y clamó con la pasión religiosa de un +fanático: + +--¡A traición sería!... + +Yo sonreí. Musarelo juzgaba imposible que un hombre pudiese herirme cara +á cara: + +--Sí, fué á traición. Ahora véndame, y que nadie se entere... + +El soldado comenzó á desabrocharme la bizarra ropilla. Al descubrir la +herida, yo sentí que sus manos temblaban: + +--No te desmayes, Musarelo. + +--No, mi Capitán. + +Y todo el tiempo, mientras me curaba, estuvo repitiendo por lo bajo: + +--¡Ya buscaremos á ese bergante!... + +No, no era posible buscarle. El bergante estaba bajo la protección de +la Princesa, y acaso en aquel instante le refería las hazañas de su +puñal. Torturado por este pensamiento, pasé la noche inquieto y febril. +Quería adivinar lo venidero, y perdíame en cavilaciones. + +Aún recuerdo que mi corazón tembló como el corazón de un niño, cuando +volví á verme enfrente de la Princesa Gaetani. + +[imagen decorative no disponible] + + +FUÉ AL ENTRAR en la biblioteca, que por hallarse á +oscuras yo había supuesto solitaria, cuando oí la voz apasionada de la +Princesa Gaetani: + +--¡Cuánta infamia! ¡Cuánta infamia! + +Desde aquel momento tuve por cierto que la noble señora lo sabía todo, +y, cosa extraña, al dejar de dudar dejé de temer. Con la sonrisa en los +labios y atusándome el mostacho entré en la biblioteca: + +--Me pareció oiros, y no quise pasar sin saludaros, Princesa. + +La Princesa estaba pálida como una muerta: + +--¡Gracias! + +En pie, tras el sillón que ocupaba la dama, hallábase el mayordomo, y +en la penumbra de la biblioteca, yo le adivinaba asaetándome con los +ojos. La Princesa inclinóse hojeando un libro. Sobre el vasto recinto +se cernía el silencio como un murciélago de maleficio, que sólo se +anuncia por el aire frío de sus alas. Yo comprendía que la noble señora +buscaba herirme con su desdén, y un poco indeciso, me detuve en medio de +la estancia. Mi orgullo levantábase en ráfagas, pero sobre los labios +temblorosos estaba la sonrisa. Supe dominar mi despecho y me acerqué +galante y familiar: + +--¿Estáis enferma, señora? + +--No... + +La Princesa continuaba hojeando el libro, y hubo otro largo silencio. Al +cabo suspiró dolorida, incorporándose en su sillón: + +--Vamos, Polonio... + +El mayordomo me dirigió una mirada oblicua que me recordó al viejo +Bandelone, que hacía los papeles de traidor en la compañía de Ludovico +Straza: + +--A vuestras órdenes, Excelencia. + +Y la Princesa, seguida del mayordomo, sin mirarme, atravesó el largo +salón de la biblioteca. Yo sentí la afrenta, pero todavía supe +dominarme, y le dije: + +--Princesa, esperad que os cuente cómo esta noche me han herido... + +Y mi voz, helada por un temblor nervioso, tenía cierta amabilidad +felina que puso miedo en el corazón de la Princesa. Yo la vi palidecer +y detenerse mirando al mayordomo: Después murmuró fríamente, casi sin +mover los labios: + +--¿Dices que te han herido? + +Su mirada se clavó en la mía, y sentí el odio en aquellos ojos redondos +y vibrantes como los ojos de las serpientes. Un momento creí que llamase +á sus criados para que me arrojasen del Palacio, pero temió hacerme tal +afrenta, y desdeñosa siguió hasta la puerta, donde se volvió lentamente: + +--¡Ah!... No tuve carta autorizando tu estancia en Ligura. + +Yo repuse sonriendo, sin apartar mis ojos de los suyos: + +--Será preciso volver á escribir. + +--¿Quién? + +--Quien escribió antes: María Rosario... + +La Princesa no esperaba tanta osadía y tembló. Mi leyenda juvenil, +apasionada y violenta, ponía en aquellas palabras un nimbo satánico. +Los ojos de la Princesa se llenaron de lágrimas, y como eran todavía +muy bellos, mi corazón de andante caballero tuvo un remordimiento. Por +fortuna las lágrimas de la Princesa no llegaron á rodar, sólo empañaron +el claro iris de su pupila. Tenía el corazón de una gran dama y supo +triunfar del miedo: Sus labios se plegaron por el hábito de la sonrisa, +sus ojos me miraron con amable indiferencia, y su rostro cobró una +expresión calma, serena, tersa, como esas santas de aldea que parecen +mirar benévolamente á los fieles. Detenida en la puerta, me preguntó: + +--¿Y cómo te han herido? + +--En el jardín, señora... + +La Princesa, sin moverse del umbral, escuchó la historia que yo quise +contarle. Atendía sin mostrar sorpresa, sin desplegar los labios, sin +hacer un gesto. Por aquel camino de mutismo intentaba quebrantar mi +audacia, y como yo adivinaba su intención, me complacía hablando sin +reposo para velar su silencio. Mis últimas palabras fueron acompañadas +de una profunda cortesía, pero ya no tuve valor para besarle la mano: + +--¡Adiós, Princesa!... Avisadme si tenéis noticias de Roma. + +Crucé la silenciosa biblioteca y salí. Después, meditando á solas si +debía abandonar el Palacio Gaetani, resolví quedarme. Quería mostrar á +la Princesa que cuando suelen otros desesperarse, yo sabía sonreir, y +que donde otros son humillados, yo era triunfador. ¡El orgullo ha sido +siempre mi mayor virtud! + +[imagen decorative no disponible] + + +PERMANECÍ todo el día retirado en mi cámara. Hallábame +cansado como después de una larga jornada, sentía en los párpados +una aridez febril, y sentía los pensamientos enroscados y dormidos +dentro de mí, como reptiles. A veces se despertaban y corrían sueltos, +silenciosos, indecisos: Ya no eran aquellos pensamientos de orgullo y de +conquista, que volaban como águilas con las garras abiertas. Ahora mi +voluntad flaqueaba, sentíame vencido y sólo quería abandonar el Palacio. +Hallábame combatido por tales bascas, cuando entró Musarelo: + +--Mi Capitán, un padre capuchino desea hablaros. + +--Dile que estoy enfermo. + +--Se lo he dicho, Excelencia. + +--Dile que me he muerto. + +--Se lo he dicho, Excelencia. + +Miré á Musarelo que permanecía ante mí con un gesto impasible y +bufonesco: + +--¿Pues entonces qué pretende ese padre capuchino? + +--Rezaros los responsos, Excelencia. + +Iba yo á replicar, pero en aquel momento una mano levantó el majestuoso +cortinaje de terciopelo carmesí: + +--Perdonad que os moleste, joven caballero. + +Un viejo de luenga barba, vestido con el sayal de los capuchinos, estaba +en el umbral de la puerta. Su aspecto venerable me impuso respeto: + +--Entrad, Reverendo Padre. + +Y adelantándome le ofrecí un sillón. El capuchino rehusó sentarse, y +sus barbas de plata se iluminaron con la sonrisa grave y humilde de los +Santos. Volvió á repetir: + +--Perdonad que os moleste... + +Hizo una pausa esperando á que saliese Musarelo, y después continuó: + +--Joven caballero, poned atención en cuanto voy á deciros, y líbreos +el Cielo de menospreciar mi aviso. ¡Acaso pudiera costaros la vida! +Prometedme que después de haberme oído no querréis saber más, porque +responderos me sería imposible. Vos comprenderéis que este silencio +lo impone un deber de mi estado religioso, que todo cristiano ha de +respetarlo. ¡Vos sois cristiano!... + +Yo repuse inclinándome profundamente: + +--Soy un gran pecador, Reverendo Padre. + +El rostro del capuchino volvió á iluminarse con indulgente sonrisa: + +--Todos lo somos, hijo mío. + +Después, con las manos juntas y los ojos cerrados, permaneció un momento +como meditando. En las hundidas cuencas, casi se transparentaba el globo +de los ojos bajo el velo descarnado y amarillento de los párpados. Al +cabo de algún tiempo continuó: + +--Mi palabra y mi fe no pueden seros sospechosas, puesto que ningún +interés vil me trae á vuestra presencia. Solamente me guía una poderosa +inspiración, y no dudo que es vuestro Angel quien se sirve de mí para +salvaros la vida, no pudiendo comunicar con vos. Ahora decidme si estáis +conmovido, y si puedo daros el consejo que guardo en mi corazón: + +--¡No lo dudéis, Reverendo Padre! Vuestras palabras me han hecho sentir +algo semejante al terror. Yo juro seguir vuestro consejo, si en su +ejecución no hallo nada contra mi honor de caballero. + +--Está bien, hijo mío. Espero que por un sentimiento de caridad, suceda +lo que suceda, á nadie hablaréis de este pobre capuchino. + +--Lo prometo por mi fe de cristiano, Reverendo Padre... Pero hablad, os +lo ruego. + +--Hoy, después de anochecido, salid por la cancela del jardín, y bajad +rodeando la muralla. Encontraréis una casa terreña que tiene en el +tejado un cráneo de buey: Llamad allí. Os abrirá una vieja, y le diréis +que deseáis hablarla: Con esto solo os hará entrar. Es probable que ni +siquiera os pregunte quién sois, pero si lo hiciéseis, dad un nombre +supuesto. Una vez en la casa, rogadle que os escuche, y exigidle secreto +sobre lo que vais á confiarle. Es pobre, y debéis mostraros liberal con +ella, porque así os servirá mejor. Veréis cómo inmediatamente cierra su +puerta para que podáis hablar sin recelo. Vos entonces, hacedle entender +que estáis resuelto á recobrar el anillo, y cuanto ha recibido con él. +No olvidéis esto: El anillo y cuanto ha recibido con él. Amenazadla +si se resiste, pero no hagáis ruido, ni la dejéis que pida socorro. +Procurad persuadirla ofreciéndole doble dinero del que alguien le ha +ofrecido por perderos. Estoy seguro que acabará haciendo aquello que +le mandéis, y que todo os costará bien poco. Pero aun cuando así no +fuese, vuestra vida debe seros más preciada que todo el oro del Perú. +No me preguntéis más, porque más no puedo deciros... Ahora, antes de +abandonaros, juradme que estáis dispuesto á seguir mi consejo. + +--Sí, Reverendo Padre, seguiré la inspiración del Angel que os trajo. + +--¡Así sea! + +El capuchino trazó en el aire una lenta bendición, y yo incliné la +cabeza para recibirla. Cuando salió, confieso que no tuve ánimos de +reir. Con estupor, casi con miedo, advertí que en mi mano faltaba un +anillo que llevaba desde hacía muchos años, y solía usar como sello. No +pude recordar dónde lo había perdido. Era un anillo antiguo: Tenía el +escudo grabado en amatista, y había pertenecido á mi abuelo el Marqués +de Bradomín. + +[imagen decorative no disponible] + + +BAJÉ AL JARDÍN donde volaban los vencejos en la sombra +azul de la tarde. Las veredas de mirtos seculares, hondas y silenciosas, +parecían caminos ideales que convidaban á la meditación y al olvido, +entre frescos aromas que esparcían en el aire las yerbas humildes que +brotaban escondidas como virtudes. Llegaba á mí sofocado y continuo el +rumor de las fuentes sepultadas entre el verde perenne de los mirtos, +de los laureles y de los bojes. Una vibración misteriosa parecía salir +del jardín solitario, y un afán desconocido me oprimía el corazón. +Yo caminaba bajo los cipreses, que dejaban caer de su cima un velo +de sombra. Desde lejos, como á través de larga sucesión de pórticos, +distinguí á María Rosario sentada al pie de una fuente, leyendo en un +libro: Seguí andando con los ojos fijos en aquella feliz aparición. Al +ruido de mis pasos alzó levemente la cabeza, y con dos rosas de fuego +en las mejillas volvió á inclinarla, y continuó leyendo. Yo me detuve +porque esperaba verla huir, y no encontraba las delicadas palabras que +convenían á su gracia eucarística de lirio blanco. Al verla sentada al +pie de la fuente, sobre aquel fondo de bojes antiguos, leyendo el libro +abierto en sus rodillas, adiviné que María Rosario tenía por engaño +del sueño, mi aparición en su alcoba. Al cabo de un momento volvió á +levantar la cabeza, y sus ojos, en un batir de párpados, echaron sobre +mí una mirada furtiva. Entonces le dije: + +--¿Qué leéis en este retiro? + +Sonrió tímidamente: + +--La Vida de la Virgen María. + +Tomé el libro de sus manos, y al cedérmelo, mientras una tenue llamarada +encendía de nuevo sus mejillas, me advirtió: + +--Tened cuidado que no caigan las flores disecadas que hay entre las +páginas. + +--No temáis... + +Abrí el libro con religioso cuidado, aspirando la fragancia delicada y +marchita que exhalaba como un aroma de santidad. En voz baja leí: + +--«La Ciudad Mística de Sor María de Jesús, llamada de Agreda.» + +Volví á entregárselo, y ella, al recibirlo, interrogó sin osar mirarme: + +--¿Acaso conocéis este libro? + +--Lo conozco porque mi padre espiritual lo leía cuando estuvo prisionero +en los Plomos de Venecia. + +María Rosario, un poco confusa, murmuró: + +--¡Vuestro padre espiritual! ¿Quién es vuestro padre espiritual? + +--El Caballero de Casanova. + +--¿Un noble español? + +--No, un aventurero veneciano. + +--¿Y un aventurero?... + +Yo la interrumpí: + +--Se arrepintió al final de su vida. + +--¿Se hizo fraile? + +--No tuvo tiempo, aun cuando dejó escritas sus confesiones. + +--¿Como San Agustín? + +--¡Lo mismo! Pero humilde y cristiano, no quiso igualarse con aquel +doctor de la iglesia, y las llamó Memorias. + +--¿Vos las habéis leído? + +--Es mi lectura favorita. + +--¿Serán muy edificantes? + +--¡Oh!... ¡Cuánto aprenderíais en ellas!... Jacobo de Casanova fue gran +amigo de una monja en Venecia. + +--¿Como San Francisco fué amigo de Santa Clara? + +--Con una amistad todavía más íntima. + +--¿Y cuál era la regla de la monja? + +--Carmelita. + +--Yo también seré carmelita. + +María Rosario calló ruborizándose, y quedó con los ojos fijos en el +cristal de la fuente, que la reflejaba toda entera. Era una fuente +rústica cubierta de musgo: Tenía un murmullo tímido como de plegaria, y +estaba sepultada en el fondo de un claustro circular, formado por arcos +de antiquísimos bojes. Yo me incliné sobre la fuente, y como si hablase +con la imagen que temblaba en el cristal de agua, murmuré: + +--¡Vos, cuando estéis en el convento, no seréis mi amiga!... + +María Rosario se apartó vivamente: + +--¡Callad!... ¡Callad, os lo suplico!... + +Estaba pálida, y juntaba las manos mirándome con sus hermosos ojos +angustiados. Me sentí tan conmovido, que sólo supe inclinarme en demanda +de perdón. Ella gimió: + +--Callad, porque de otra suerte no podré deciros... + +Se llevó las manos á la frente y estuvo así un instante. Yo veía que +toda su figura temblaba. De repente, con una fuerza trágica se descubrió +el rostro, y clamó enronquecida: + +--¡Aquí vuestra vida peligra!... ¡Salid hoy mismo! + +Y corrió á reunirse con sus hermanas, que venían por una honda carrera +de mirtos, las unas en pos de las otras, hablando y cogiendo flores +para el altar de la capilla. Me alejé lentamente. Empezaba á declinar +la tarde, y sobre la piedra de armas que coronaba la puerta del jardín, +se arrullaban dos palomas que huyeron al acercarme. Tenían adornado +el cuello con alegres listones de seda, tal vez anudados un día por +aquellas manos místicas y ardientes que sólo hicieron el bien sobre +la tierra. Matas de viejos alelíes florecían en las grietas del muro, +y los lagartos tomaban el sol sobre las piedras caldeadas, cubiertas +de un liquen seco y amarillento. Abrí la cancela y quedé un momento +contemplando aquel jardín lleno de verdor umbrío y de reposo señorial. +El sol poniente dejaba un reflejo dorado sobre los cristales de una +torre que aparecía cubierta de negros vencejos, y en el silencio de +la tarde se oía el murmullo de las fuentes y las voces de las cinco +hermanas. + +[imagen decorative no disponible] + + +SIGUIENDO el muro del jardín, llegué á la casa terreña +que tenía el cráneo de buey en el tejado. Una vieja hilaba sentada +en el quicio de la puerta, y por el camino pasaban rebaños de ovejas +levantando nubes de polvo. La vieja al verme llegar se puso en pie: + +--¿Qué deseáis? + +Y al mismo tiempo, con un gesto de bruja avarienta, humedecía en los +labios decrépitos el dedo pulgar para seguir torciendo el lino. Yo le +dije: + +--Tengo que hablaros. + +A la vista de dos sequines, la vieja sonrió agasajadora: + +--¡Pasad!... ¡Pasad!... + +Dentro de la casa ya era completamente de noche, y la vieja tuvo que +andar á tientas para encender un candil de aceite. Luego de colgarle en +un clavo, volvióse á mí: + +--¿Veamos qué desea tan gentil caballero? + +Y sonreía mostrando la caverna desdentada de su boca. Yo hice un gesto +indicándole que cerrase la puerta, y obedeció solícita, no sin echar +antes una mirada al camino por donde un rebaño desfilaba tardo, al son +de las esquilas. Después vino á sentarse en un taburete, debajo del +candil, y me dijo juntando sobre el regazo las manos que parecían un +haz de huesos: + +--Por sabido tengo que estáis enamorado, y vuestra es la culpa si no +sois feliz. Antes hubiéseis venido, y antes tendríais el remedio. + +Oyéndola hablar de esta suerte comprendí que se hacía pasar por +hechicera, y no pude menos de sorprenderme, recordando las misteriosas +palabras del capuchino. Quedé un momento silencioso, y la vieja, +esperando mi respuesta, no me apartaba los ojos astutos y desconfiados. +De pronto le grité: + +--Sabed, señora bruja, que tan sólo vengo por un anillo que me han +robado. + +La vieja se incorporó horriblemente demudada: + +--¿Qué decís? + +--Que vengo por mi anillo. + +--¡No lo tengo! ¡Yo no os conozco! + +Y quiso correr hacia la puerta para abrirla, pero yo le puse una pistola +en el pecho, y retrocedió hacia un rincón dando suspiros. Entonces sin +moverme le dije: + +--Vengo dispuesto á daros doble dinero del que os han prometido por +obrar el maleficio, y lejos de perder, ganaréis entregándome el anillo y +cuanto os trajeron con él... + +Se levantó del suelo todavía dando suspiros, y vino á sentarse en el +taburete debajo del candil, que al oscilar tan pronto dejaba toda la +figura en la sombra, como la iluminaba el pergamino del rostro y de las +manos. Lagrimeando murmuró: + +--Perderé cinco sequines, pero vos me daréis doble cuando sepáis... +Porque acabo de reconoceros. + +--¿Decid entonces quién soy? + +--Sois un caballero español, que sirve en la Guardia Noble del Santo +Padre. + +--¿No sabéis mi nombre? + +--Sí, esperad... + +Y quedó un momento con la cabeza inclinada, procurando acordarse. Yo +veía temblar sobre sus labios palabras que no podían oirse. De pronto me +dijo: + +--Sois el Marqués de Bradomín. + +Juzgué entonces que debía sacar de la bolsa los diez sequines prometidos +y mostrárselos. La vieja al verlos lloró enternecida: + +--Excelencia, nunca os hubiera hecho morir, pero os hubiera quitado la +lozanía... + +--Explicadme eso. + +--Venid conmigo... Me hizo pasar tras un cañizo negro y derrengado, que +ocultaba el hogar donde ahumaba una lumbre mortecina con olor de azufre. + +[imagen decorative no disponible] + + +LA VIEJA había descolgado el candil: Alzábale sobre su +cabeza para alumbrarse mejor, y me mostraba el fondo de su vivienda, que +hasta entonces, por estar entre sombras, no había podido ver. Al oscilar +la luz, yo distinguía claramente sobre las paredes negras de humo, +lagartos, huesos puestos en cruz, piedras lucientes, clavos y tenazas. +La bruja puso el candil en tierra y se agachó revolviendo en la ceniza: + +--Ved aquí vuestro anillo. + +Y lo limpió cuidadosamente en la falda, antes de dármelo, y quiso ella +misma colocarlo en mi mano: + +--¿Por qué os trajeron ese anillo? + +--Para hacer el sortilegio era necesaria una piedra que lleváseis desde +hacía muchos años. + +--¿Y cómo me la robaron? + +--Estando dormido, Excelencia. + +--¿Y vos qué intentábais hacer? + +--Ya antes os lo dije... Me mandaban privaros de toda vuestra fuerza +viril... Hubiérais quedado como un niño acabado de nacer... + +--¿Cómo obraríais ese prodigio? + +--Vais á verlo. + +Siguió revolviendo en la ceniza y descubrió una figura de cera toda +desnuda, acostada en el fondo del brasero. Aquel ídolo, esculpido sin +duda por el mayordomo, tenía una grotesca semejanza conmigo. Mirándole +yo reía largamente, mientras la bruja rezongaba: + +--¡Ahora os burláis! Desgraciado de vos si hubiese bañado esa figura +en sangre de mujer, según mi ciencia... ¡Y más desgraciado cuando la +hubiese fundido en las brasas!... + +--¿Era eso todo? + +--Sí... + +--Tened vuestros diez sequines. Ahora abrid la puerta. + +La vieja me miró astuta: + +--¿Ya os vais, Excelencia? ¿No deseáis nada de mí? Si me dais otros diez +sequines yo haré delirar por vuestros amores á la Señora Princesa. ¿No +queréis, Excelencia? + +Yo repuse secamente: + +--No. + +La vieja entonces tomó del suelo el candil, y abrió la puerta. Salí al +camino, que estaba desierto. Era completamente de noche, y comenzaban +á caer gruesas gotas de agua, que me hicieron apresurar el paso. +Mientras me alejaba iba pensando en el reverendo capuchino que había +tenido tan cabal noticia de todo aquello. Hallé cerrada la cancela del +jardín y tuve que hacer un largo rodeo. Daban las nueve en el reloj de +la Catedral cuando atravesaba el arco románico que conducía á la plaza +donde se alzaba el Palacio Gaetani. Estaban iluminados los balcones, +y de la iglesia de los Dominicos, salía entre cirios el Paso de la +Cena. Aún recuerdo aquellas procesiones largas, tristes, rumorosas, que +desfilaban en medio de grandes chubascos. Había procesiones al rayar +el día, y procesiones por la tarde, y procesiones á la media noche. Las +cofradías eran innumerables. Entonces la Semana Santa tenía fama en +aquella vieja ciudad pontificia. + +[imagen decorative no disponible] + + +LA PRINCESA, durante la tertulia, no me habló ni me +miró una sola vez. Yo, temiendo que aquel desdén fuese advertido, +decidí re-retirarme. Con la sonrisa en los labios llegué hasta donde +la noble señora hablaba suspirando. Cogí audazmente su mano, y la +besé, haciéndole sentir la presión decidida y fuerte de mis labios. Vi +palidecer intensamente sus mejillas y brillar el odio en sus ojos, sin +embargo, supe inclinarme con galante rendimiento y solicitar su venia +para retirarme. Ella repuso fríamente: + +--Eres dueño de hacer tu voluntad. + +--¡Gracias, Princesa! + +Salí del salón en medio de un profundo silencio. Sentíame humillado, y +comprendía que acababa de hacerse imposible mi estancia en el Palacio. +Pasé la noche en el retiro de la biblioteca, preocupado con este +pensamiento, oyendo batir monótonamente el agua en los cristales de las +ventanas. Sentíame presa de un afán doloroso y contenido, algo que era +insensata impaciencia de mí mismo, y de las horas, y de todo cuanto me +rodeaba. Veíame como prisionero en aquella biblioteca oscura, y buscaba +entrar en mi verdadera conciencia, para juzgar todo lo acaecido durante +aquel día con serena y firme reflexión. Quería resolver, quería decidir, +y extraviábase mi pensamiento, y mi voluntad desaparecía, y todo +esfuerzo era vano. + +¡Fueron horas de tortura indefinible! Ráfagas de una insensata violencia +agitaban mi alma. Con el vértigo de los abismos me atraían aquellas +asechanzas misteriosas, urdidas contra mí en la sombra perfumada de +los grandes salones. Luchaba inútilmente por dominar mi orgullo y +convencerme que era más altivo y más gallardo abandonar aquella misma +noche, en medio de la tormenta, el Palacio Gaetani. Advertíame presa +de una desusada agitación, y al mismo tiempo comprendía que no era +dueño de vencerla, y que todas aquellas larvas que entonces empezaban +á removerse dentro de mí, habían de ser fatalmente furias y sierpes. +Con un presentimiento sombrío, sentía que mi mal era incurable y que mi +voluntad era impotente para vencer la tentación de hacer alguna cosa +audaz, irreparable. ¡Era aquello el vértigo de la perdición!... + +A pesar de la lluvia, abrí la ventana. Necesitaba respirar el aire +fresco de la noche. El cielo estaba negro. Una ráfaga aborrascada pasó +sobre mi cabeza: Algunos pájaros sin nido habían buscado albergue bajo +el alar, y con estremecimientos llenos de frío sacudían el plumaje +mojado, piando tristemente. En la plaza resonaba la canturía de una +procesión lejana. La iglesia del convento tenía las puertas abiertas, +y en el fondo brillaba el altar iluminado. Oíase la voz senil de una +carraca. Las devotas salían de la iglesia y se cobijaban bajo el arco +de la plaza para ver llegar la procesión. Entre dos hileras de cirios, +bamboleaban las andas, allá en el confín de una calle estrecha y alta. +En la plaza esperaban muchos curiosos cantando una oración rimada. La +lluvia redoblando en los paraguas, y el chapoteo de los pies en los +charcas contrastaba con la nota tibia y sensual de las enaguas blancas +que asomaban bordeando los vestidos negros, como espumas que bordean +sombrío oleaje de tempestad. Las dos señoras de los negros y crujientes +vestidos de seda, salieron de la iglesia, y pisando en la punta de los +pies, atravesaron corriendo la plaza, para ver la procesión desde las +ventanas del Palacio. Una ráfaga agitaba sus mantos. + +Caían gruesas gotas de agua que dejaban un lamparón oscuro en las +losas de la plaza. Yo tenía las mejillas mojadas, y sentía como una +vaga efusión de lágrimas. De pronto se iluminaron los balcones, y las +Princesas, con otras damas, asomaron en ellos. Cuando la procesión +llegaba bajo el arco, llovía á torrentes. Yo la vi desfilar desde +el balcón de la biblioteca, sintiendo á cada instante en la cara el +salpicar de la lluvia arremolinada por el viento. Pasaron primero los +Hermanos del Calvario, silenciosos y encapuchados. Después los Hermanos +de la Pasión, con hopas amarillas y cirios en las manos. Luego seguían +los Pasos: Jesús en el Huerto de las Olivas, Jesús ante Pilatos, Jesús +ante Herodes, Jesús atado á la Columna. Bajo aquella lluvia fría y +cenicienta tenían una austeridad triste y desolada. El último en +aparecer fué el Paso de las Caídas. Sin cuidarse del agua, las damas se +arrastraron de rodillas hasta la balaustrada del balcón. Oyóse la voz +trémula del mayordomo: + +--¡Ya llega! ¡Ya llega! + +Llegaba, sí, pero cuán diferente de como lo habíamos visto la primera +vez en una sala del Palacio. Los cuatro judíos habían depuesto +su fiereza bajo la lluvia. Sus cabezas de cartón se despintaban: +Ablandábanse los cuerpos, y flaqueaban las piernas como si fuesen á +hincarse de rodillas. Parecían arrepentidos. Las dos hermanas de los +rancios vestidos de gro, viendo en ello un milagro, repetían llenas de +unción: + +--¡Edificante, Antonina! + +--¡Edificante, Lorencina! + +La lluvia caía sin tregua como un castigo, y desde un balcón vecino +llegaban con vaguedad de poesía y de misterio, los arrullos de dos +tórtolas que cuidaba una vieja enlutada y consumida que rezaba entre dos +cirios encendidos en altos candeleros, tras los cristales. Busqué con +los ojos al Señor Polonio: Había desaparecido. + +[imagen decorative no disponible] + + +POCO DESPUÉS, apesadumbrado y dolorido, meditaba en +mi cámara cuando una mano batió con los artejos en la puerta y la voz +cascada del mayordomo vino á sacarme un momento del penoso cavilar: + +--Excelencia, este pliego. + +--¿Quién lo ha traído? + +--Un correo que acaba de llegar. + +Abrí el pliego y pasé por él una mirada. Monseñor Sassoferrato me +ordenaba presentarme en Roma. Sin acabar de leerlo me volví al +mayordomo, mostrando un profundo desdén: + +--Señor Polonio, que dispongan mi silla de posta. + +El mayordomo preguntó hipócritamente: + +--¿Vais á partir, Excelencia? + +--Antes de una hora. + +--¿Lo sabe mi señora la Princesa? + +--Vos cuidaréis de decírselo. + +--¡Muy honrado, Excelencia! Ya sabéis que el postillón está enfermo... +Habrá que buscar otro. Si me autorizáis para ello yo me encargo de +hallar uno que os deje contento. + +La voz del viejo y su mirada esquiva, despertaron en mi alma una +sospecha. Juzgué que era temerario confiarse á tal hombre, y le dije: + +--Yo veré á mi postillón. + +Me hizo una profunda reverencia, y quiso retirarse, pero le detuve: + +--Escuchad, Señor Polonio. + +--Mandad, Excelencia. + +Y cada vez se inclinaba con mayor respeto. Yo le clavé los ojos, +mirándole en silencio: Me pareció que no podía dominar su inquietud. +Adelantando un paso le dije: + +--Como recuerdo de mi visita, quiero que conservéis esta piedra. + +Y sonriendo me saqué de la mano aquel anillo, que tenía en una amatista +grabadas mis armas. El mayordomo me miró con ojos extraviados: + +--¡Perdonad! + +Y sus manos agitadas rechazaban el anillo. Yo insistí: + +--Tomadlo. + +Inclinó la cabeza y lo recibió temblando. Con un gesto imperioso le +señalé la puerta. + +--Ahora salid. + +El mayordomo llegó al umbral, y murmuró resuelto y acobardado: + +--Guardad vuestro anillo. + +Con insolencia de criado lo arrojó sobre una mesa. Yo le miré amenazador: + +--Presumo que vais á salir por la ventana, Señor Polonio. + +Retrocedió, gritando con energía: + +--¡Conozco vuestro pensamiento! No basta á vuestra venganza el maleficio +con que habéis deshecho aquellos judíos, obra de mis manos, y con ese +anillo queréis embrujarme. ¡Yo haré que os delaten al Santo Oficio! + +Y huyó de mi presencia haciendo la señal de la cruz como si huyese +del Diablo. No pude menos de reirme largamente. Llamé á Musarelo, y le +ordené que se enterase del mal que aquejaba al postillón. Pero Musarelo +había bebido tanto, que no estaba capaz para cumplir mi mandato. Sólo +pude averiguar que el postillón y Musarelo habían cenado con el Señor +Polonio. + +[imagen decorative no disponible] + + +QUÉ TRISTE es para mí el recuerdo de aquel día. María +Rosario estaba en el fondo de un salón llenando de rosas los floreros +de la capilla. Cuando yo entré quedóse un momento indecisa: Sus ojos +miraron medrosos hacia la puerta, y luego se volvieron á mí con un ruego +tímido y ardiente. Llenaba en aquel momento el último florero, y sobre +sus manos deshojóse una rosa. Yo entonces la dije, sonriendo: + +--¡Hasta las rosas se mueren por besar vuestras manos! + +Ella también sonrió contemplando las hojas que había entre sus dedos, +y después con leve soplo las hizo volar. Quedamos silenciosos: Era la +caída de la tarde y el sol doraba una ventana con sus últimos reflejos: +Los cipreses del jardín levantaban sus cimas pensativas en el azul +del crepúsculo, al pie de la vidriera iluminada. Dentro apenas si se +distinguía la forma de las cosas, y en el recogimiento del salón las +rosas esparcían un perfume tenue y las palabras morían lentamente igual +que la tarde. Mis ojos buscaban los ojos de María Rosario con el empeño +de aprisionarlos en la sombra. Ella suspiró angustiada como si el aire +le faltase, y apartándose el cabello de la frente con ambas manos, huyó +hacia la ventana. Yo, temeroso de asustarla, no intenté seguirla, y sólo +le dije después de un largo silencio: + +--¿No me daréis una rosa? + +Volvióse lentamente y repuso con voz tenue: + +--Si la queréis... + +Dudó un instante, y de nuevo se acercó. Procuraba mostrarse serena, pero +yo veía temblar sus manos sobre los floreros al elegir la rosa. Con una +sonrisa llena de angustia me dijo: + +--Os daré la mejor. + +Ella seguía buscando en los floreros. Yo suspiré romántico: + +--La mejor está en vuestros labios. + +Me miró apartándose pálida y angustiada: + +--No sois bueno... ¿Por qué me decís esas cosas? + +--Por veros enojada. + +--¡Algunas veces me parecéis el Demonio!... + +--El Demonio no sabe querer. + +Quedóse silenciosa. Apenas podía distinguirse su rostro en la tenue +claridad del salón, y sólo supe que lloraba cuando estallaron sus +sollozos. Me acerqué queriendo consolarla: + +--¡Oh!... Perdonadme. + +Y mi voz fué tierna, apasionada y sumisa. Yo mismo, al oirla, sentí +su extraño poder de seducción. Era llegado el momento supremo, y +presintiéndolo, mi corazón se estremecía con el ansia de la espera +cuando está próxima una gran ventura. María Rosario cerraba los ojos con +espanto, como al borde de un abismo. Su boca descolorida parecía sentir +una voluptuosidad angustiosa. Yo cogí sus manos que estaban yertas: Ella +me las abandonó sollozando, con un frenesí doloroso: + +--¿Por qué os gozáis en hacerme sufrir?... ¡Si sabéis que todo es +imposible!... + +--¡Imposible!... Yo nunca esperé conseguir vuestro amor... ¡Ya sé que no +lo merezco!... Solamente quiero pediros perdón y oir de vuestros labios +que rezaréis por mí cuando esté lejos. + +--¡Callad!... ¡Callad!... + +--Os contemplo tan alta, tan lejos de mí, tan ideal, que juzgo vuestras +oraciones como las de una Santa. + +--¡Callad!... ¡Callad!... + +--Mi corazón agoniza sin esperanza. Acaso podré olvidaros, pero este +amor habrá sido para mí como un fuego purificador. + +--¡Callad!... ¡Callad!... + +Yo tenía lágrimas en los ojos, y sabía que cuando se llora, las manos +pueden arriesgarse á ser audaces. ¡Pobre María Rosario, quedóse pálida +como una muerta, y pensé que iba á desmayarse en mis brazos! Aquella +niña era una Santa, y viéndome á tal extremo desgraciado, no tenía valor +para mostrarse más cruel conmigo. Cerraba los ojos, y gemía agoniada: + +--¡Dejadme!... ¡Dejadme!... + +Yo murmuré: + +--¿Por qué me aborrecéis tanto? + +Me miró despavorida, como si al sonido de mi voz se despertase, y +arrancándose de mis brazos huyó hacia la ventana que doraban todavía +los últimos rayos del sol. Apoyó la frente en los cristales y comenzó +á sollozar. En el jardín se levantaba el canto de un ruiseñor, que +evocaba en la sombra azul de la tarde, un recuerdo ingenuo de santidad. + +[imagen decorative no disponible] + + +MARIA ROSARIO llamó á la más niña de sus hermanas, que +con una muñeca en brazos, acababa de asomar en la puerta del salón: La +llamaba con un afán angustioso y pudoroso que encendía su carne con +divinas rosas: + +--¡Entra!... ¡Entra!... + +La llamaba tendiéndole los brazos desde el fondo de la ventana. La niña, +sin moverse, le mostró la muñeca: + +--Me la hizo Polonio. + +--Ven á enseñármela. + +--¿No la ves así?... + +--No, no la veo. + +María Nieves acabó por decidirse, y entró corriendo: Los cabellos +flotaban sobre su espalda como una nube de oro. Era llena de gentileza, +con movimientos de pájaro, alegres y ligeros: María Rosario, viéndola +llegar, sonreía, cubierto el rostro de rubor y sin secar las lágrimas. +Inclinóse para besarla, y la niña se le colgó al cuello, hablándole con +agasajo al oído: + +--¡Si le hicieses un vestido á mi muñeca!... + +--¿Cómo lo quieres?... + +María Rosario le acariciaba los cabellos, reteniéndola á su lado. Yo +veía cómo sus dedos trémulos desaparecían bajo la infantil y olorosa +crencha. En voz baja le dije: + +--¿Qué temíais de mí? + +Sus mejillas llamearon: + +--Nada... + +Y aquellos ojos, como no he visto otros hasta ahora, ni los espero ver +ya, tuvieron para mí una mirada tímida y amante. Callábamos conmovidos, +y la niña empezó á referirnos la historia de su muñeca: Se llamaba +Yolanda, y era una reina. Cuando le hiciesen aquel vestido de tisú, le +pondrían también una corona. María Nieves hablaba sin descanso: Sonaba +su voz con murmullo alegre, continuo, como el borboteo de una fuente. +Recordaba cuántas muñecas había tenido, y quería contar la historia de +todas: Unas habían sido reinas, otras pastoras. Eran largas historias +confusas, donde se repetían continuamente las mismas cosas. La niña +extraviábase en aquellos relatos como en el jardín encantado del ogro +las tres niñas hermanas, Andara, Magalona y Aladina... De pronto huyó de +nuestro lado. María Rosario la llamó sobresaltada: + +--¡Ven!... ¡No te vayas! + +--No me voy. + +Corría por el salón, y la cabellera de oro le revoloteaba sobre los +hombros. Como cautivos, la seguían á todas partes los ojos de María +Rosario: Volvió á suplicarle: + +--¡No te vayas!... + +--Si no me voy. + +La niña hablaba desde el fondo oscuro del salón. María Rosario, +aprovechando el instante, murmuró con apagado acento: + +--Marqués, salid de Ligura... + +--¡Sería renunciar á veros! + +--¿Y acaso no es hoy la última vez? Mañana entraré en el convento. +¡Marqués, oid mi ruego!... + +--Quiero sufrir aquí... Quiero que mis ojos, que no lloran nunca, lloren +cuando os vistan el hábito, cuando os corten los cabellos, cuando las +rejas se cierren ante vos. ¡Quién sabe, si al veros sagrada por los +votos, mi amor terreno no se convertirá en una devoción! ¡Vos sois una +Santa!... + +--¡Marqués, no digáis impiedades! + +Y me clavó los ojos tristes, suplicantes, guarnecidos de lágrimas como +de oraciones purísimas. Entonces ya parecía olvidada de la niña, que +sentada en un canapé, adormecía á su muñeca con viejas tonadillas del +tiempo de las abuelas. En la sombra de aquel vasto salón donde las +rosas esparcían su aroma, la canción de la niña tenía el encanto de esas +rancias galanterías que parece se hayan desvanecido con los últimos +sones de un minué. + +[imagen decorative no disponible] + + +COMO UNA flor de sensitiva, María Rosario temblaba bajo +mis ojos. Yo adivinaba en sus labios el anhelo y el temor de hablarme. +De pronto me miró ansiosa, parpadeando como si saliese de un sueño. Con +los brazos tendidos hacia mí, murmuró arrebatada, casi violenta: + +--Salid hoy mismo para Roma. Os amenaza un peligro y tenéis que +defenderos. Habéis sido delatado al Santo Oficio. + +Yo repetí, sin ocultar mi sorpresa: + +--¿Delatado al Santo Oficio? + +--Sí, por brujo... Vos habíais perdido un anillo, y por arte diabólica +lo recobrásteis... ¡Eso dicen, Marqués! + +Yo exclamé con ironía: + +--¿Y quien lo dice es vuestra madre? + +--¡No!... + +Sonreí tristemente: + +--¡Vuestra madre, que me aborrece porque vos me amáis! + +--¡Jamás!... ¡Jamás!... + +--¡Pobre niña, vuestro corazón tiembla por mí, presiente los peligros +que me cercan, y quiere prevenirlos. + +--¡Callad, por compasión!... ¡No acuséis á mi madre!... + +--¿Acaso ella no llevó su crueldad hasta acusaros á vos misma? ¿Acaso +creyó vuestras palabras cuando le jurabais que no me habíais visto una +noche?... + +--¡Sí, las creyó! + +María Rosario había dejado de temblar. Erguíase inmaculada y heroica, +como las Santas ante las fieras del Circo. Yo insistí, con triste +acento, gustando el placer doloroso y supremo del verdugo: + +--No, no fuisteis creída. Vos lo sabéis. ¡Y cuántas lágrimas han vertido +en la oscuridad vuestros ojos! + +María Rosario retrocedió hacia el fondo de la ventana: + +--¡Sois brujo!... ¡Han dicho la verdad!... ¡Sois brujo!... + +Luego, rehaciéndose, quiso huir, pero yo la detuve: + +--Escuchadme. + +Ella me miraba con los ojos extraviados, haciendo la señal de la cruz: + +--¡Sois brujo!... ¡Por favor, dejadme! + +Yo murmuré con desesperación: + +--¿También vos me acusáis? + +--¿Decid entonces, cómo habéis sabido?... + +La miré largo rato en silencio, hasta que sentí descender sobre mi +espíritu el numen sagrado de los profetas: + +--Lo he sabido, porque habéis rezado mucho para que lo supiese... ¡He +tenido en un sueño revelación de todo!... + +María Rosario respiraba anhelante. Otra vez quiso huir, y otra vez +la detuve. Desfallecida y resignada, miró hacia el fondo del salón, +llamando á la niña: + +--¡Ven, hermana!... ¡Ven! + +Y le tendía los brazos: La niña acudió corriendo: María Rosario +la estrechó contra su pecho alzándola del suelo, pero estaba tan +desfallecida de fuerzas, que apenas podía sostenerla, y suspirando con +fatiga tuvo que sentarla sobre el alféizar de la ventana. Los rayos del +sol poniente circundaron como una aureola la cabeza infantil: La crencha +sedeña y olorosa fué como onda de luz sobre los hombros de la niña. Yo +busqué en la sombra la mano de María Rosario: + +--¡Curadme!... + +Ella murmuró retirándose: + +--¿Y cómo?... + +--Jurad que me aborrecéis. + +--Eso no... + +--¿Y amarme? + +--Tampoco. ¡Mi amor no es de este mundo! + +Y su voz era tan triste al pronunciar estas palabras, que yo sentí una +emoción voluptuosa como si cayese sobre mi corazón rocío de lágrimas +purísimas. Inclinándome para beber su aliento y su perfume, murmuré en +voz baja y apasionada: + +--Vos me pertenecéis. Hasta la celda del convento os seguirá mi +culto mundano. Solamente por vivir en vuestro recuerdo y en vuestras +oraciones, moriría gustoso. + +--¡Callad!... ¡Callad!... + +María Rosario, con el rostro intensamente pálido, tendía sus manos +temblorosas hacia la niña que estaba sobre el alféizar, circundada por +el último resplandor de la tarde, como un arcángel en una vidriera +antigua. El recuerdo de aquel momento, aún pone en mis mejillas un frío +de muerte. Ante nuestros ojos espantados se abrió la ventana, con ese +silencio de las cosas inexorables que están determinadas en lo invisible +y han de suceder por un destino fatal y cruel. La figura de la niña, +inmóvil sobre el alféizar, se destacó un momento en el azul del cielo +donde palidecían las estrellas, y cayó al jardín, cuando llegaban á +tocarla los brazos de la hermana. + +[imagen decorative no disponible] + + +FUÉ SATANÁS! ¡Fué Satanás!... Aún resuena en mi oído +aquel grito angustiado de María Rosario: Después de tantos años, aún la +veo pálida, divina y trágica como el mármol de una estatua antigua: Aún +siento el horror de aquella hora: + +--¡Fué Satanás!... ¡Fué Satanás!... + +La niña estaba inerte sobre la escalinata. El rostro aparecía entre el +velo de los cabellos, blanco como un lirio, y de la rota sien manaba +el hilo de sangre que los iba empapando. La hermana, como una poseída, +gritaba: + +--¡Fué Satanás!... ¡Fué Satanás!... + +Levanté á la niña en brazos y sus ojos se abrieron un momento llenos de +tristeza. La cabeza ensangrentada y mortal, rodó yerta sobre mi hombro, +y los ojos se cerraron de nuevo, lentos como dos agonías. Los gritos de +la hermana, resonaban en el silencio del jardín: + +--¡Fué Satanás!... ¡Fué Satanás!... + +La cabellera de oro, aquella cabellera flúida como la luz, olorosa como +un huerto, estaba negra de sangre. Yo la sentí pesar sobre mi hombro +semejante á la fatalidad en un destino trágico. Con la niña en brazos +subí la escalinata. En lo alto salió á mi encuentro el coro angustiado +de las hermanas. Yo escuché su llanto y sus gritos, yo sentí la muda +interrogación de aquellos rostros pálidos que tenían el espanto en los +ojos. Los brazos se tendían hacia mí desesperados, y ellos recogieron el +cuerpo de la hermana, y lo llevaron hacia el Palacio. Yo quedé inmóvil, +sin valor para ir detrás, contemplando la sangre que tenía en las +manos. Desde el fondo de las estancias llegaba hasta mí el lloro de las +hermanas y los gritos ya roncos de aquella que clamaba enloquecida: + +--¡Fué Satanás!... ¡Fué Satanás!... + +Sentí miedo. Bajé á las caballerizas y con ayuda de un criado enganché +los caballos á la silla de posta. Partí al galope. Al desaparecer bajo +el arco de la plaza, volví los ojos llenos de lágrimas para enviarle +un adiós al Palacio Gaetani. En la ventana, siempre abierta, me pareció +distinguir una sombra trágica y desolada. ¡Pobre sombra envejecida, +arrugada, miedosa que vaga todavía por aquellas estancias, y todavía +cree verme acechándola en la oscuridad! Me contaron que ahora, al cabo +de tantos años, ya repite sin pasión, sin duelo, con la monotonía de una +vieja que reza: + +¡FUÉ SATANÁS!</small> + +[imagen decorative no disponible] + + JOSEPH MOJA + + ORNAVIT + + ACABÓSE DE IMPRIMIR ESTE LIBRO + EN LA IMPRENTA HELÉNICA + DE MADRID Á XXX DÍAS + DEL MES DE MAYO + DE MCMXIII + AÑOS + + * * * * * + +Errores corregidos por el transcriptor del texto electónico: + +que llenaba la capilla pidiendo=> que llenaban la capilla pidiendo {pg +94} + +Al desaparer bajo el arco=> Al desaparecer bajo el arco {pg 217} + + + + + + + + + +End of Project Gutenberg's Sonata de primavera, by Ramón del Valle-Inclán + +*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK 42440 *** |
