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-Project Gutenberg's Semblanzas literarias, by Armando Palacio Valdés
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
-almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or
-re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
-with this eBook or online at www.gutenberg.org
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-
-Title: Semblanzas literarias
-
-Author: Armando Palacio Valdés
-
-Release Date: March 20, 2013 [EBook #42376]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: ISO-8859-1
-
-*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK SEMBLANZAS LITERARIAS ***
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-
-Produced by Chuck Greif and the Online Distributed
-Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This file was
-produced from images available at The Internet Archive)
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-SEMBLANZAS LITERARIAS
-
-Obras de Palacio Valdés.
-
-Pesetas.
-
-El Señorito Octavio (nueva edición), un tomo. 4
-
-Marta y María (nueva edición), un tomo. 4
-
-Traducida al inglés por Mr. Haskell Dole. Un tomo. New-York.
-
-Traducida al ruso por Mr. Pawlosky: publ. en el _Diario de San
-Petersburgo_.
-
-Traducida á la lengua bohemia por O. S. Vetti. Un tomo. Praga.
-
-Traducida al sueco por A. Hillman. Un tomo. Stockolmo.
-
-El Idilio de un enfermo (nueva edición), un tomo 4
-
-Traducida al francés por Mr. Albert Savine: publicada en _Les
-Heures du Salon et de l'Atelier_.
-
-Traducida á la lengua bohemia por Mr. A. Pikhart. Un tomo.
-Praga.
-
-Traducida al inglés por W. T. Faulkner.
-
-Aguas fuertes (nueva edición), un tomo. 4
-
-Traducidas y publicadas la mayor parte de estas novelitas por
-_La Independencia Belga, El Diario de Ginebra, El Correo
-de Hannover, Hlas Národa, Lumir_ y otros periódicos y revistas.
-
-Edición española con introducción y notas en inglés para el
-estudio del español en Inglaterra y Estados Unidos, por W. T.
-Faulkner. Un tomo. New-York.
-
-José (nueva edición), un tomo. 4
-
-Traducida al francés por Mlle. Sara Oquendo y publicada en la
-Revue de la Mode. París.
-
-Traducida al inglés por M. C. Smith. Un tomo. New-York.
-
-Traducida al alemán y publicada en _Interhaltungs-Beilage_.
-
-Traducida al holandés por Mr. Hora Adema y publicada en Het
-_Nieuws van den Dag_. Amsterdam.
-
-Traducida al sueco por A. Hillman. Un tomo. Stockolmo.
-
-Traducida al portugués por Cunha e Costa. Publicada en _Revista
-da Semana_. Río de Janeiro.
-
-Traducida al tcheque por A. Pikhart. Un tomo. Praga.
-
-Edición española con prefacio y notas en inglés para el estudio
-del castellano en Inglaterra y Estados Unidos, por el profesor
-Mr. Davidson. Un tomo. New-York. London.
-
-Riverita (nueva edición), un tomo 4
-
-Traducida al francés por Mr. Julien Lugol: publ. en la _Revue
-Internationale_.
-
-Maximina (nueva edición), un tomo. 4
-
-Traducida al inglés por Mr. Haskell Dole. Un tomo. New-York.
-
-El Cuarto Poder (nueva edición), un tomo. 4
-
-Traducida al holandés por Mr. Hora Adema. Un tomo. Amsterdam.
-
-Traducida al inglés por Miss Rachel Challice. Un tomo. New-York.
-Nueva edición inglesa. _Grant and Richards_. Londres.
-
-La Hermana San Sulpicio (nueva edición), un
-tomo. 4
-
-Traducida al francés por Mme. Huc con prefacio de Emile
-Faguet, de la Academie Française. Un tomo. París.
-
-Traducida al inglés por Mr. Haskell Dole. Un tomo. New-York.
-
-Traducida al holandés y publicada en _El Correo de Rotterdam_.
-
-Traducida al sueco por Mr. A. Hillman. Un tomo. Stockolmo.
-
-La Espuma (nueva edición), un tomo. 4
-
-Traducida al inglés por Clara Bell. Un tomo. London.
-
-La Fe, un tomo. 4
-
-Traducida al inglés por Miss I. Hapgood. Un tomo. New-York.
-
-Traducida al alemán por Mr. Albert Cronau. Un tomo. Leipzig.
-
-El Maestrante, un tomo. 4
-
-Traducida al francés por Mr. J. Gaure, con un estudio preliminar
-de Mr. Bordes. Un tomo. París.
-
-Traducida al inglés por Miss Challice. Un tomo. London.
-
-El Origen del Pensamiento, un tomo. 4
-
-Traducida al francés por Mr. Dax Delime: publicada en la _Revue
-Britannique_.
-
-Traducida al inglés por I. Hapgood: publicada en _The Cosmopolitan_,
-con ilustraciones de Cabrinety.
-
-Los Majos de Cádiz, un tomo. 4
-
-Traducida al holandés por Mary Hora Adema. Un tomo. Amsterdam.
-
-La Alegría del Capitán Ribot, un tomo. 4
-
-Traducida al francés por C. du Val Asselin: publicada en _Le
-Gaulois_.
-
-Traducida al inglés por Minna C. Smith. Un tomo. New-York.
-
-Traducida al holandés por el Dr. A. Fokker. Un tomo. Amsterdam.
-
-Edición española con notas en inglés y vocabulario para el estudio
-del castellano, por los profesores Morrison y Churchman.
-Un tomo. New-York. London.
-
-La Aldea perdida, un tomo. 4
-
-Tristán ó el pesimismo, un tomo. 4
-
-Semblanzas literarias (nueva edición), un tomo. 4
-
-
-
-
-OBRAS COMPLETAS
-
-DE
-
-D. ARMANDO PALACIO VALDÉS
-
-TOMO XI
-
-SEMBLANZAS LITERARIAS
-
-MADRID
-
-Librería general de Victoriano Suárez.
-
-PRECIADOS, NÚMERO 48
-
-1908
-
-ES PROPIEDAD DEL AUTOR.
-
-MADRID.--Hijos de M. G. Hernández, Libertad, 16 dupº, bajo.
-
-[Illustration]
-
-
-
-
-TREINTA AÑOS DESPUÉS
-
-
-[Illustration: L]LEGO á la reimpresión de estas semblanzas, escritas y
-publicadas treinta años ha, con la curiosidad burlona y también con el
-enternecimiento con que descubrimos en el desván de nuestra casa el
-caballo de cartón que hemos montado en la niñez. ¡Oh cielos, cuánto me
-he divertido cabalgando sobre mi pluma irresponsable en aquel tiempo
-feliz! ¡Cuan dulce poder soltar la carcajada en una reunión prevalidos
-de nuestra insignificancia! Después crecemos, adquirimos seriedad,
-reputación, pero huye la alegría, y gracias que no sea en compañía del
-talento.
-
-Parece que me estoy viendo discurrir por aquel amplio corredor del
-Ateneo, en la calle de la Montera, pobremente esterado, sin más
-decoración que los libros encerrados en estantes de pino. Conmigo pasean
-otros cuantos seres insignificantes, y juntos todos formamos un grupo de
-una insignificancia escandalosa. Por aquel pasillo cruzan á cada
-instante enormes personajes, estadistas, oradores, académicos cuyo
-rostro se frunce al pasar á nuestro lado. ¿Por qué se frunce? Aquellos
-personajes nos detestan porque disputamos «de lo que no entendemos» y
-acaparamos las revistas extranjeras. Algunos, sin embargo, son buenos y
-cariñosos para nosotros, y el más bueno y cariñoso de todos y el más
-sabio al mismo tiempo es aquel varón magnánimo que se llamó D. José
-Moreno Nieto. Allí estaba siempre sentado en el rincón de la Biblioteca
-como un sacerdote en su confesonario esperando afablemente á todo el que
-quisiera molestarle. Con él consultábamos nuestras dudas científicas,
-nuestros planes de estudio ó ensayos literarios. No era avaro, no, de su
-talento y de su ciencia. ¡Pobre D. José! ¡Qué suma de indulgencia se
-necesitaba para sufrir nuestra petulancia y no mandarnos á paseo!
-
-Pero había otros, como he dicho, no tan pacientes y nos hacían
-ostensible su desprecio y nos dirigían miradas furibundas cuando
-osábamos entrar en las salas de conversación. Tanto que desesperados un
-día resolvimos declararnos independientes y conquistar también nuestro
-terruño.
-
-Había en aquel vetusto caserón de la calle de la Montera una estancia
-grande y lóbrega con balcones á un patio que servía de trastera. Allí
-decidimos plantar nuestra tienda. Dicho y hecho. Una tarde, á la hora en
-que no había llegado todavía ninguno de aquellos odiosos viejos
-(llamábamos viejos ¡ay! á los hombres de treinta á cuarenta años),
-penetran cautelosamente en el Ateneo una docena escasa de valerosos
-jóvenes, se dirigen impetuosamente á la trastera, la limpian en un abrir
-y cerrar de ojos de las sillas decrépitas y mesas patizambas que allí
-dormían bajo el polvo, ahuyentan también éste con escobas; luego se
-lanzan impávidos al asalto de los salones, roban, pillan, escamotean, y
-en otro abrir y cerrar de ojos queda amueblada y decorada con relativo
-lujo aquella _cacharrería_ que no tardó en hacerse famosa en España. Los
-criados contemplaban con espanto el saqueo; el conserje se mesaba los
-cabellos exclamando: «¡Dios mío, qué dirá el secretario!» Uno de
-aquellos chicos, el de voz más bronca (porque ya había llegado á la
-muda), se yergue altivo al oir esto y ahuecándola cuanto pudo y
-empinándose sobre la punta de los pies deja caer como gotas de hierro
-incandescente estas palabras: «Dígale usted al secretario (pausa),
-dígale usted al secretario... ¡que no le conozco! Después de tan
-arrogante respuesta que nos hizo recordar la de Leónidas al emisario de
-Jerjes, volvió la espalda con infinito desprecio y el conserje quedó
-anonadado.
-
-Nuestra audacia impuso respeto á los _viejos_ ó tal vez les hizo reir.
-Lo cierto es que al día siguiente nos enviaron á guisa de burla, como
-regalo, el retrato al óleo de D. Julián Sanz del Río, filósofo tan
-profundo como feo, importador en España de la filosofía de Krause. Á
-estas horas pocos recuerdan en el mundo á Sanz del Río ni á Krause, pero
-en aquella fecha eran tan odiados de los hombres de orden como hoy lo
-son los anarquistas, y sus preceptos «vive una vida íntegra», «realiza
-tu esencia», etc., inspiraban el mismo terror que las bombas de
-dinamita. Nosotros acogimos con júbilo al laberíntico filósofo y le
-colgamos respetuosamente de la pared, aunque jurando con las manos
-extendidas no leer jamás su _Filosofía analítica_.
-
-Todo aquello se hundió en el abismo del olvido y sólo los cuatro ó cinco
-canosos y panzudos _cacharreros_ que paseamos por las aceras de Madrid
-nos acordamos con emoción de aquellos días risueños y nos enternecemos
-hablando del retrato al óleo de D. Julián.
-
-Precisamente en aquellos días risueños fueron escritas estas semblanzas
-sobre los negros y sobados pupitres de la Biblioteca del Ateneo.
-Publicadas primero en la _Revista Europea_ y después en volumen, se
-agotaron rápidamente, porque en España siempre hubo público para los
-azotados. Desde aquella remota fecha á la presente se me han hecho
-algunas proposiciones para reimprimirlas, pero me he negado
-obstinadamente á ello y aun al publicar la serie de mis obras completas
-prescindí de incluirlas, hasta ahora. ¿Por qué tan severa resolución?
-Porque estoy persuadido de que á los veintidós ó veintitrés años se
-puede ser un excelente poeta ó tal vez un mediano novelista, pero sólo
-un detestable crítico. Además, estas semblanzas están llenas de
-alusiones personales de dudoso gusto, están escritas en general con la
-arrogancia decisiva que suele caracterizarnos en los primeros años de la
-vida. Por tales razones las había condenado á eterna proscripción.
-
-Pero he aquí que en una noche de insomnio me asaltó la terrible duda que
-á todos los escritores acomete más ó menos tarde. ¡Si yo fuese inmortal!
-pensé de improviso. ¡Si mis obras fuesen leídas de las generaciones
-venideras! Entonces no sólo se reimprimiría cuanto yo he escrito, sino
-que se buscarían, se recogerían y se publicarían las cartas que he
-dirigido á mis amigos y ¡quién sabe! hasta los billetitos amorosos; hay
-eruditos capaces de las mayores infamias. Pensar esto y sentir inundado
-mi cuerpo de un frío sudor entre las sábanas fué todo uno. No existe
-hombre en el mundo que haya escrito más simplezas á sus amigos, pero
-estas simplezas no son comparables con las que he escrito á las amigas.
-Mis huesos se ruborizarían dentro de la tumba, estoy seguro de ello. Tan
-desazonado me dejó tal pensamiento, que á la mañana siguiente encontré
-paseando con sus nietos por el Retiro á una venerable señora á quien en
-otro tiempo dirigí por escrito una declaración de amor, y me costó
-trabajo no acercarme á ella y suplicarle por el de Dios, ya que no por
-el mío, que me devolviese la epístola si es que la conservaba. Por
-supuesto, ahora me miro mucho cuando escribo cartas, pensando en que
-andando el tiempo han de ser publicadas, y si algún conocido me escribe
-una pidiéndome prestadas cien pesetas adopto el estilo más puro y más
-clásico, imitado de Hurtado de Mendoza, para responderle que no me es
-posible enviárselas.
-
-Desde esta fecha me di á imaginar que era menester reimprimir las
-presentes semblanzas. Para animarme á ello me he dicho á mí mismo
-repetidas veces que los pecados de la juventud son letras de cambio que
-se pagan indefectiblemente en la vejez. Puesto que yo he cometido
-algunos, debo valerosamente sufrir las consecuencias. Al lado de este
-motivo generoso, levanta la cabeza su compañero eterno, el motivo
-egoísta y sórdido. Si este volumen de semblanzas ha de reportar algunas
-ganancias, ¿no es preferible que estas ganancias caigan en mi bolsillo
-antes que en el de un editor profano que las desentierre?
-
-He aquí pues, lector, este libro de semblanzas que te vuelvo á ofrecer
-al cabo de tantos años. Si eres viejo sentirás cierta melancolía
-hallándote de nuevo frente á los hombres que amabas ó aborrecías en tu
-juventud y á quien siempre escuchabas con interés. Si eres joven
-sonreirás desdeñosamente al ver la importancia que entonces concedíamos
-á ciertos hombres absolutamente desconocidos para ti. No te equivoques,
-sin embargo; lo que ahora sucede, sucederá más tarde y sucederá siempre.
-¿Cuántos de los personajes que hoy provocan tu admiración ó tu cólera se
-salvarán del olvido? En conciencia puedo decirte que aquellos hombres
-por mí zaheridos no tenían más talento que los que ahora figuran en las
-letras y en la política, pero te afirmo igualmente, con la mano sobre el
-corazón, que eran menos pedantes. En cuanto á los por mí ensalzados,
-díme, ¿quiénes son actualmente los sustitutos de Zorrilla, de Castelar y
-Campoamor?
-
-Este libro viene á ser un camposanto. De los muchos varones que aquí se
-estudian y de los otros á quien se alude, sólo tres ó cuatro pertenecen
-todavía al mundo de los vivos. Un sentimiento de vergüenza que semeja
-remordimiento me acomete al entregar de nuevo á la publicidad estas
-sátiras de oradores y escritores que ya han descendido á la región de
-las sombras. Pero todos ellos comprenderán ahora que en mi corazón
-juvenil no había ni un grano de odio. Yo no era entonces más que un niño
-travieso y poco respetuoso. Por eso cuando en breve me presente delante
-de ellos en ese lugar oscuro donde vagan las sombras de los héroes,
-estoy seguro de que todos me tenderán la mano. Quizá me pidan con afán
-noticias del Ateneo y de los héroes actuales de la literatura. Quizá
-suspiren como Aquiles murmurando que vale más una noche pasada
-discutiendo _lo predominantemente subjetivo_, aunque haya críticos que
-se burlen de sus discursos, que cien años trascurridos más allá de la
-laguna Estigia.
-
-[Illustration]
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-[Illustration]
-
-
-
-
-LOS ORADORES DEL ATENEO
-
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-
-
-PROEMIO
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-
-[Illustration: E]L Ateneo Científico y Literario de Madrid ha
-manifestado en los últimos cursos una vida y animación á que no
-estábamos acostumbrados los que tristemente discurríamos en años
-anteriores por sus desiertos pasillos. Casi diariamente resuenan las
-voces de sus oradores por los ámbitos del espacioso, aunque irregular,
-salón consagrado á la cátedra, y trasformado ahora en candente arena de
-estos palenques científicos. La discusión no queda encerrada tampoco en
-el ceremonial de las formas académicas, sino que, desencadenada y movida
-por los huracanes de la pasión, sale á los pasillos consiguiendo
-arrebatar los cerebros de aquellos que, por carecer de facundia ó por
-modestia, no tercian en el público certamen. En privado, así como en
-público, líbranse formidables batallas, en las cuales se combate con
-todo el entusiasmo de la idea, aunque algunas veces, fuerza es decirlo,
-se sustituye éste por otro menos noble, el de los bandos políticos ó el
-que origina las heridas del amor propio. Esparcidos aquí y allá por los
-divanes y butacas del establecimiento, suele verse á última hora
-empolvados, deshechos, aporreados y casi sangrientos á los campeones de
-la noche, sorbiendo con ansia el agua fresca, mientras alguno que otro,
-de pulmón más robusto, manteniéndose aún en pie frente á estos
-desgraciados, descarga sobre ellos con extraña ferocidad los golpes de
-remate. No pocas veces demandé gracia para algunos cuya inflamada pupila
-nos anunciaba la nube de argumentos que por su cabeza corría, sin que
-esta temerosa nube lograse rociar con algunas gotas sus exhaustos
-gaznates, y les pusiera en condiciones de revolverse contra su duro
-adversario.
-
-Debátense en esta culta Sociedad los más arduos é interesantes problemas
-de la ciencia; pero obsérvase el, á primera vista, extraño fenómeno de
-que todas sus discusiones, previamente anunciadas en un tema concreto,
-vienen precipitadamente á parar en puro asunto teológico ó político.
-Fuertemente impresionado por estas singulares corrientes que en breve
-plazo conducen siempre el tema á su disolución, traté de inquirir la
-causa, y no cifrando gran confianza en el dictamen de mi pobre razón,
-busqué el parecer de los más doctos. La mayoría se inclinó á creer
-noblemente que la trascendencia de tales temas, la irresistible
-atracción que ejercen sobre el espíritu en estos críticos tiempos y su
-actualidad, sobre todo en nuestra España, donde á la hora presente
-teología y política andan sobradamente confundidas, son parte bastante á
-explicar los extravíos de nuestro pensamiento. Los menos y con peor
-intención, quisieron ver en ello pruebas claras de nuestra insuficiencia
-para ahondar con profundo y delicado análisis en un determinado punto de
-la ciencia. Nuestros lectores optarán entre las dos contrarias teorías,
-aunque á mi ver no sería difícil hallar elementos de verdad en ambas.
-
-Lo cierto de todo es, como digo, que las discusiones marchan en completo
-y general desorden. Cada cual, sin preocuparse de nada del tema
-discutido, verdadero náufrago en estas borrascosas sesiones, teje como
-puede un discurso y encomienda á la Providencia la convicción de sus
-oyentes. Dudo que exista país en el mundo donde se hable tanto y tan
-bien como en España, pero seguro me encuentro de que en ninguno se
-recaba menos de tanta oratoria. Consiste esto en que la forma, el
-aspecto artístico de la oratoria española, absorbe y avasalla su fondo
-científico, el cual se halla primorosamente velado, pero velado al fin,
-por las hermosas galas de una retórica desenfrenada.
-
-En ningún otro país más que en España, y para encarecer á los
-representantes de la Nación la conveniencia de votar un impuesto sobre
-el aguardiente, trae el orador á cuento, flotando en un mar de rizadas
-ondas, las primitivas construcciones pelásgicas, el monoteísmo de la
-raza semítica ó los cuadros del Correggio. Los oradores españoles no
-hacen obras de ciencia, sino obras de arte, y como artistas deben ser
-juzgados. De este modo nos explicamos el deleite con que hemos asistido
-estos cursos á las sesiones del Ateneo, y á la par el insignificante
-ardor científico que lograron despertar en nosotros. El público, artista
-también como los oradores, aplaude con frenesí los períodos tersos, las
-brillantes imágenes, la mímica fogosa; en cambio repugna el argumento
-recto y descarnado y el análisis detenido del asunto. Hay una derecha y
-hay una izquierda. Sentada la una enfrente de la otra, se miran con
-recelosa antipatía, y tienen por costumbre aplaudir tan sólo á sus
-respectivos oradores. Excusado será advertir que los años de las
-personas que en la derecha se sientan suman bastante más que los de
-aquellos que tienen su asiento en la izquierda. Esto no obstante, el
-ardor, el entusiasmo y aun la intransigencia es igual por ambas partes.
-
-Y cuenta que esto no lo decimos á modo de censura, porque estamos bien
-convencidos de que estos fuegos y arrebatos salen del fondo mismo del
-carácter nacional, de cuyas grandezas participan muchos, de cuyos
-defectos y pequeñeces todos participamos. No creemos posible, según lo
-expuesto, que la ciencia gane mucho en las sesiones del Ateneo, donde
-sus más intrincadas cuestiones se discuten; pero en cambio suponemos
-que el arte, ese fantasma divino que logró arrastrar siempre con
-predominio los deseos y las fuerzas de nuestra patria, tendrá que
-agradecer á este centro literario un culto desinteresado y devotísimo.
-En buen hora que se nos hagan ver los peligros sin cuento que la verdad
-corre entre tanta magnificencia y suntuosidad; por cima de todo flotarán
-siempre las bellezas reales que hemos sabido crear.
-
-Nuestra oratoria recorre en toda su extensión la colosal escala trazada
-para esta manifestación artística. Oradores, cuya sutil ironía asuela y
-abrasa, tenemos, y también poseemos esos grandes artistas, verdaderos
-magos de la palabra, que en todas ocasiones saben rodearse de hermosas y
-nunca pensadas imágenes que encantan y transportan el alma. El
-instrumento que exterioriza los vuelos de esta fantasía con su
-majestuosa dulzura y sonoridad, realza la obra del orador, y la coloca á
-la par ó por encima de los más acabados modelos del arte clásico.
-
-Fijo en estas consideraciones, pienso mostrar en las páginas siguientes
-algunas observaciones sobre varios de los oradores que han terciado
-durante los últimos cursos en los debates del Ateneo. No aspiro á hacer
-retratos, que harto difícil lo considero para mi humilde pluma. Busco
-tan sólo el medio de echar á volar algunos pensamientos que me
-ocurrieron al escuchar los discursos pronunciados en las veladas del
-Ateneo. Excusado parecerá añadir, después de lo expresado, que mi punto
-de vista será principalmente artístico. Esto no obstante, trataré,
-hasta donde me sea posible, de hacer ver, á la par que los méritos
-artísticos de cada orador, las tendencias más caracterizadas de su
-inteligencia, ó sea el rumbo que actualmente sigue en el océano del
-pensamiento humano. Bajo uno y bajo otro aspecto, aunque mucho pueda
-aplaudir, algo tendré también que censurar; mas haré de modo que estas
-censuras, ni tengan su raíz en la pasión, ni se presenten tan agrias que
-puedan herir ninguna susceptibilidad.
-
-[Illustration]
-
-[Illustration]
-
-
-
-
-D. MIGUEL SÁNCHEZ
-
-
-[Illustration: C]IERTA noche, y en ocasión que el señor Sánchez pedía la
-palabra, oímos decir á nuestro lado: «Este señor cura padece una
-equivocación; se dirigía á San Luis y entró distraído en el Ateneo».
-
-No es exacto, sin embargo, lo que el mordaz interlocutor trataba de
-significar. El Sr. Sánchez (ó el Padre Sánchez, que así es como
-generalmente se le conoce) nada tiene de orador sagrado, si no es cierta
-pastosidad de voz y melifluidad de tono, y el empleo de algunas frases,
-como las de mansedumbre por humildad, misericordia por compasión, y
-otras tales que trascienden de una legua á púlpito.
-
-Por lo demás, ¿quién podrá dudar que el Sr. Sánchez abandonó totalmente
-las formas arcaicas de la Cátedra Santa para aceptar con amor la nueva
-fase de la apologética católica? No se trata ya de hinchadas é
-indigestas pláticas, sembradas de místicos ejemplos donde Satanás juega
-por lo común papeles de melodrama, de símiles bíblicos y latines
-macarrónicos, no; la moda, que todo lo invade, como me propongo
-demostrar en ocasión propicia, se ha introducido por la mohosa cancela
-de las catedrales y ha sugerido á los defensores de la verdad católica
-nuevas y radicales reformas en su piadosa estrategia. La Iglesia había
-poseído hasta ahora santos padres, doctores y mártires; pero carecía de
-guerrilleros de la palabra, y los tiempos actuales se los han
-suministrado.
-
-Los modernos paladines del Catolicismo no se aperciben á la batalla,
-como los antiguos, demandando al cielo fuerzas en medio de fervorosas
-oraciones y áspera penitencia, sino que afilan su lengua en las peleas
-del _meteeng_, y adiestran su pluma en las turbulencias del periodismo
-candente. Los apóstoles é iluminados de otros días, son actualmente
-polemistas irascibles y batalladores. Los que fecundaban antes con su
-preciosa sangre los campos de la religión, riegan con bilis ahora la
-arena del debate. Los apologistas católicos se creen en el deber de
-aceptar las condiciones en que hoy se les ofrece la lucha, y mantienen
-en tensión constantemente el arco que tiene aparejado el dardo del
-sarcasmo ó del ultraje.
-
-El Sr. Sánchez ha entrado de lleno en los derroteros de la nueva
-apologética. No pertenece á la escuela de San Anselmo y San Bernardo;
-pero, en cambio, es discípulo aprovechado de Luis Veuillot. Hace
-bastantes años que esgrime su palabra, sutil y revoltosa, en el Ateneo
-de Madrid, si bien ha padecido un prolongado mutismo, ocasionado, á lo
-que parece, por la suspicacia clerical. No merecen los honores de
-batallas las luchas en que interviene, porque no entra en sus miras
-presentar el pecho al enemigo, pero sabe preparar con destreza una
-emboscada y evitar los más certeros golpes. No para mientes jamás en las
-doctrinas, sino en la persona que las representa, y á ella asesta luego
-sus malignas estocadas. El Padre Sánchez entiende que la discusión es un
-pugilato donde el laurel de la victoria debe adjudicarse al que más
-aporrea á su adversario.
-
-Es un polemista escabroso; un defensor audaz del antiguo régimen; tiene
-bastante nervio dentro del género especial de su oratoria, y maneja con
-éxito ese estilo, ora místico, ora volteriano, que por medio de
-intencionadas burlas é incesantes sarcasmos pretende inculcarnos el amor
-de Dios y del prójimo.
-
-Cuando escuchamos las picantes alusiones, las sangrientas diatribas con
-que el P. Sánchez maltrata á sus adversarios políticos, nuestro
-pensamiento se remonta sin darnos cuenta de ello á los primeros tiempos
-del Cristianismo. Y contemplamos la figura apacible del Redentor, y
-escuchamos la dulce y persuasiva voz que nos ordena amarnos los unos á
-los otros; y vemos también sobre el fuste marmóreo de una columna á
-aquellos ejemplares varones que salieron del mundo vivos en fuerza de
-mirar al cielo. ¡Oh santos Estilitas! ¡Cuántas veces se hubiera
-desplomado el P. Sánchez de vuestra memorable columna; él que tan fijos
-tiene sus ojos en la tierra!
-
-La verdad de todo es que estos detractores irreconciliables de la
-revolución, son en el fondo espíritus revolucionarios. Compárese, si no,
-la forma en que el Cristianismo se difundía en sus primeros tiempos con
-el método que hoy adoptan sus apóstoles para esparcirlo por el orbe, y
-se notará con claridad la profunda revolución que en su modo de ser y de
-propagarse se ha operado. Bajo este sentido, el Padre Sánchez es un
-demagogo del apostolado, un descamisado del Catolicismo. Su temperamento
-no le llevará seguramente al desierto á vivir con raíces y frutas y á
-gozar de los inefables misterios de la soledad y del éxtasis, antes
-bien, le arrastrará constantemente hacia el choque ruidoso y apasionado
-de las ideas, hacia la invectiva, hacia la sátira. Es un fanático del
-pasado con instintos y lenguaje democráticos.
-
-Con estos procedimientos irrespetuosos, con esta fecundidad de invectiva
-y esta agudeza que le caracterizan, el orador católico logra despertar
-en alto grado la curiosidad del auditorio. En España nada hay que nos
-regocije tanto como oir en la calle unos tiros ó una desvergüenza:
-estamos ávidos de sensaciones fuertes; la monotonía nos causa terror;
-queremos, en una palabra, divertirnos. Y hay que convenir en que nada
-más divertido que las filípicas con que el P. Sánchez flagela á los
-enemigos del absolutismo. No extrañe, pues, que en la sala del Ateneo se
-espere un discurso suyo con la risueña impaciencia con que en el teatro
-se aguarda en pos de un drama un sainete.
-
-De este modo, con las armas de la ironía, con las donosuras del gracejo,
-con los excesos de la pasión, quiere servir nuestro orador al
-Catolicismo sin comprender que lo rebaja al nivel de secta tumultuosa y
-alborotada. Esto equivale á servirse de la religión como de un
-estandarte bajo cuyos pliegues se lanzan al combate todos los ímpetus
-del sectario, todas las genialidades del carácter y los rencores todos
-del espíritu. Nuestra conciencia nos dice que servir á la religión con
-tales armas es desnaturalizarla; y el imponerle una absurda solidaridad
-con el ideal absolutista es comprometerla gravemente.
-
-No ofrece duda que en los tiempos en que vivimos, cuando las ideas
-chocan con estrépito en medio de una incesante discusión, y se ponen en
-tela de juicio las bases fundamentales del Catolicismo, es no tan sólo
-un derecho sino también un deber de los creyentes el acudir con presteza
-á su defensa. Lo que lamentamos no es que los escritores y oradores
-católicos intervengan en la controversia, sino que se mezclen en los
-ardores y desmanes que la pasión produce siempre, quedando al mismo
-tiempo apartados de los altos y serios debates que ha suscitado la
-crítica contemporánea.
-
-El Sr. Sánchez, á pesar de cuanto llevamos dicho, no es un orador
-católico á la moderna, en la acepción más completa de la palabra.
-Fáltale para esto una condición esencial, la de ser lego, joven y bien
-quisto de las damas. No pertenece á esa falange inquieta de fogosos
-mancebos que aspiran á ser la policía de la Iglesia, y que, juzgándose
-intérpretes únicos de la voluntad divina, vilipendian á cuantos
-desconocen su autoridad en materia de fe, de costumbres y de literatura.
-
-Su carácter sacerdotal le impide afectar ese buen tono y exquisita
-cortesanía en la intemperancia misma que tanto brillo comunica á los
-apóstoles con bigote y rizada cabellera.
-
-Se dice que el paso por el seminario imprime un sello de tal modo
-indeleble, que ni el cambio más radical en las opiniones y en los
-hábitos alcanzan á borrarlo. Calcúlese, pues, qué claro se verá este
-sello en el Sr. Sánchez, cuando ningún cambio se ha operado, ni
-esperamos que se opere, en sus concepciones mundanas y extramundanas.
-Cuando se le ocurre discutir alguna doctrina (lo cual repetimos que rara
-vez acontece), saca todo el arsenal de argucias y sofismas con que le
-abastecieron en sus juveniles años los maestros de la escolástica. Si se
-le cita un hecho que perjudica á la doctrina que sustenta, lo niega; si
-se le demuestra, _distingue_; y cuando los distingos no bastan, replica:
-«...más eres tú». Manifiesta gran predilección por la historia, pero la
-historia del Padre Sánchez no es historia, sino una especie de cámara
-oscura, muy oscura, donde todo se ve cabeza abajo. Á tal ínclito varón,
-cuya memoria honra la humanidad desde largo tiempo, se le ve,
-terriblemente ataviado con cuernos y rabo, comerse los niños crudos. Á
-tal otro bellaco que en su vida ha hecho más que picardías y ruindades,
-se le contempla por arte de encantamento trasformado en santo. Profesa,
-en cambio, una aversión casi sagrada, por lo inmensa, á la poesía. Se
-comprende bien. Los poetas son los profetas de nuestra edad, y el Padre
-Sánchez es todo lo contrario de un profeta. Tan lejos lleva nuestro
-orador esta aversión, que todo cuanto de malo encuentra en los discursos
-de sus contrarios no es más que poesía, pura poesía, como él dice
-afectando el más profundo desprecio. Los dedos se le tornan poetas. ¡Un
-día se le ocurrió llamar poeta al Sr. Figuerola!
-
-En lo referente á la demostración de las ideas, profesa este orador
-ideas muy singulares. La prueba de que una idea es verdadera, no
-consiste para él en que sea rigurosamente lógica y se imponga desde
-luego al espíritu como cierta. Precisa que vaya acompañada, además, de
-un texto donde se apoye, cuyo texto deberá citarse en toda regla, esto
-es, con la página, capítulo, libro, edición, archivo, etc. Él así lo
-practica; mas oí decir en los pasillos á un sujeto (probablemente aquel
-mismo socio mordaz que cierta noche le llamaba señor cura) que el Padre
-Sánchez es una verdadera especialidad en la invención de citas. No creo
-que esto pase de cuchufleta.
-
-Sea de esto lo que quiera, con tales maneras y otras parecidas, el Padre
-Sánchez no convence á nadie, pero logra excitar la hilaridad del
-auditorio, y bien conocidas son las deferencias y respetos que en
-nuestro país se guardan á quien se da bastante maña para hacernos pasar
-un rato divertido.
-
-Una observación para terminar. El género agresivo y picante de la
-oratoria del Sr. Sánchez, más que á la condición de su carácter, cuya
-nobleza y sinceridad reconocemos, responde á las tradiciones constantes
-de la escuela en que milita. Sirva esto de alivio y descargo para lo que
-se halle de acerbo en nuestra censura.
-
-[Illustration]
-
-[Illustration]
-
-
-
-
-D. SEGISMUNDO MORET Y PRENDERGAST
-
-
-[Illustration: P]ENETRAMOS en el florido vergel de la poesía, en el
-recinto deleitable y ameno donde se albergan los genios seductores de la
-elocuencia. Llegamos al más suave y armonioso de nuestros oradores.
-
-No es águila soberbia que lanza su vuelo impetuoso por las regiones del
-aire; no es el rayo de sol ardiente que abrasa los tiernos pétalos de la
-flor; no es la ola gigantesca que forja el mar en su embravecido seno y
-brinca espumosa sobre el inmoble escollo. Es el malvís alirrojo que
-entona su cántico dulce y monótono, oculto entre las frondas de un tilo;
-es el rayo tenue de la luna que esparce sosiego por el valle; es la onda
-cristalina que expira sin estrépito en la playa.
-
-¿De dónde viene? De la libertad. ¿Quién no recuerda aquel grupo de
-jóvenes inteligentes que en los albores de una revolución rodeaba el
-estandarte de la libertad? Uno de estos jóvenes, por la distinción de su
-figura, singularmente interesante, por el encanto que sabía comunicar á
-su palabra, siempre florida y persuasiva, arrastraba hacia sí todas las
-miradas y todos los entusiasmos. ¿Quién es entre nosotros el que no le
-ha visto subir á la tribuna acompañado de ese murmullo lisonjero con que
-la simpatía impone silencio á la atención? Su cabeza, delicadamente
-bella, irradiaba inteligencia; su mirada, un poco vaga y soñadora,
-buscaba instintivamente la luz que entraba por el medio punto del salón
-como para suplicarla que iluminase su pensamiento. Su palabra, confiada
-y vibrante, corría sobre los abismos temerosos de la política como un
-incauto niño que no percibe el peligro que le cerca.
-
-Moret no es un orador parlamentario. Fáltale malicia, sóbrale fantasía y
-elevación para terciar en esas peleas nobles muchas veces, á veces
-también indignas, en que se agitan los intereses políticos. Carece en
-absoluto de esa decantada habilidad, que mejor llamaríamos astucia, con
-que, á guisa de ganzúa, consiguen abrir hoy nuestros políticos las
-puertas del alcázar gubernamental. Si ha entrado en él algún día, fué
-deslumbrando con el brillo de su palabra á los astutos enanos que lo
-guardaban. Arrojáronle de allí más tarde explotando malignamente su
-candidez. Tampoco posee esa energía y firmeza que en el fragor de la
-lucha pone en suspensión á los contendientes, ni con fogosos arrestos
-tritura y despolvorea las doctrinas de sus contrarios. Es un tribuno
-aristocrático que sólo produce efecto entre los espíritus cultos y un
-tanto iniciados en los refinamientos del lenguaje. Y en verdad que éste
-responde con solicitud tan primorosa á los soplos más leves de su
-pensamiento, á sus matices más desvaídos, como las cuerdas del arpa
-contestan exhalando dulces notas á la blanca mano que las hiere.
-
-La oratoria del Sr. Moret no tiene trascendencia en el sentido de que
-despierte el pensamiento para nuevas y más profundas concepciones.
-Limítase á recoger del suelo una idea generosa para arrojar sobre ella
-la luz de su inteligencia y ofrecérnosla adornada con todos los colores
-del iris y todas las magias del arte. De este modo, mejor que con
-profundas y sabias disquisiciones, sirve á las ideas haciéndolas amables
-y simpáticas para todos. Su claro pensamiento tiene la virtud de disipar
-las nieblas con que la malicia y el error las cubren. La libertad es la
-musa que inspira todas sus oraciones. Esta musa, que por capricho
-inescrutable se ofrece las más de las veces á la vista de sus oradores
-como deidad sangrienta y vengativa, como ángel exterminador y ministro
-de la voluntad del pueblo destinado á dar muerte á los primogénitos del
-privilegio y de la fortuna, se presenta á los ojos del joven tribuno y á
-los de aquellos que la gala de su elocuencia encadena, como ángel de
-ventura que trae en su mano, no la tea del exterminio, sino el olivo de
-la paz.
-
-¡Grande y poderoso influjo el de la elocuencia! Á su poder no se allanan
-los peñascos ni se aplacan los irritados mares, pero hay algo que se
-mitiga y se aplaca más duro que los peñascos y más irritado que los
-mares: el corazón del hombre!
-
-El Sr. Moret es un gran orador; pero nada más que un orador. Ha tenido
-la desgracia de nacer á la vida de la inteligencia en una época en que
-las aspiraciones más nobles del espíritu moderno se hallaban
-representadas por la escuela que tomó el nombre de economista. Y digo
-desgracia, porque no es mucha fortuna ciertamente para nuestra juventud
-el que haya de percibir la luz de la ciencia siempre de reflejo y al
-través de los cristales que el curso de las circunstancias le
-interponen. En los comienzos del siglo los jóvenes que en nuestra patria
-amaban la cultura y ocupaban su espíritu con los problemas que arrastra
-consigo eran cándidos descreídos y reformadores ilusos. Miraban por el
-cristal de la Enciclopedia y no alcanzaban á ver más que negaciones en
-el vasto campo de la naturaleza. Más tarde llegó hasta aquí la ola de la
-escuela economista y arrastró consigo á la flor de nuestros pensadores
-que navegaron incautos sobre su turgente espalda, sin comprender á qué
-abismo de anarquía y egoísmo nos conducían sus falaces armonías.
-Últimamente la amplitud que de poco á esta parte han tomado los estudios
-de medicina introdujeron aquí de soslayo la gallina del positivismo,
-que con tal extraña fecundidad va empollando en nuestras tierras, como
-se advierte por el número de pollos que en el día hacen profesión de
-incrédulos.
-
-Todas estas direcciones, imposible fuera negarlo, corresponden en la
-esfera del conocimiento á otros tantos puntos de la realidad. Pero
-tienen la desdichada ocurrencia de aspirar al monopolio de toda ella,
-por lo mismo que en España van campeando sucesivamente sin mantener las
-luchas incesantes á que otras escuelas rivales las provocan en los demás
-países, y consiguen de esta suerte hacerse insoportables y odiosas para
-los espíritus que buscan imparcial y seriamente la verdad.
-
-El Sr. Moret puso al servicio del individualismo las prodigiosas
-aptitudes con que la Providencia le dotara, cuando el individualismo era
-el único pan que se ofrecía á los hambrientos de la inteligencia.
-Sintióse vencido por aquella serie de hermosos sofismas con que el
-optimismo individualista nos llevaba á la felicidad sin movernos del
-sitio, sin hacer otra cosa que presenciar inmóviles el desenvolvimiento
-de las leyes que llamaban naturales. Parodiando á la inversa la frase de
-Mahoma, decían: «No vayáis á la felicidad; dejad que la felicidad venga
-á vosotros». Y, no obstante, ninguna de las cualidades morales del Sr.
-Moret acusa un individualista. Un espíritu como el suyo, generoso y
-armónico, más apto parece para la iniciativa de algún noble y
-filantrópico proyecto que para la expectación fría y calculada que la
-antigua escuela económica imponía á sus afiliados.
-
-Escuchad á ese orador ameno y elegante, saboread la ambrosía de su
-dicción, extasiaos ante ese conjunto de hermosas imágenes que surgen
-bullidoras al conjuro de su encantada fantasía, y sabed después que ese
-orador tan delicado, ese espíritu tan poético es... un hacendista.
-
-Sí; el Sr. Moret se ha consagrado á la ciencia financiera, ha sido su
-intérprete en la Universidad de Madrid y su ministro en las esferas del
-poder. ¡Podrá darse mayor desdicha para la poesía, quiero decir, para la
-Hacienda!
-
-¿Por qué es el Sr. Moret un financiero? Preguntad á la más fragante de
-las flores, á la suave madreselva, por qué despide su perfumado aroma
-entre las aguzadas espinas de una zarza; preguntad á la perla por qué
-oculta sus bellezas en el fondo de un molusco repugnante; preguntad por
-qué de un matemático profundo se forma de súbito un poeta dramático.
-
-Arcanos y paradojas son éstos con que la naturaleza nos quiere
-sorprender algunas veces.
-
-El Sr. Moret nació orador y se hizo financiero ó, lo que es lo mismo,
-nació ruiseñor y quiso ser gorrión. Para gorrión es demasiado fino y
-atildado.
-
-Queremos, pues, al Sr. Moret ruiseñor; queremos escuchar su voz
-elocuente siempre que no nos hable de deuda flotante ó de emisión de
-bonos. Queremos también contemplarle desempeñando en la escena de la
-oratoria papeles de víctima, porque su frase, siempre melódica y
-regalada, no se hizo para expresar los acentos ásperos y arrebatados del
-tribuno batallador, ni mucho menos para engolfarse en el laberíntico
-juego de la ironía y la sátira.
-
-Nada hay que nos disguste tanto como el gracejo del Sr. Moret cuando
-graceja. Con aquel rostro afeminado, con aquellos ojos que, aun
-queriendo reflejar malicia, siguen expresando la misma amable inocencia,
-con aquel aire soñador, con aquella voz conmovida y temblorosa que
-frecuentemente se anuda en la garganta, produciendo un movimiento de
-simpatía en el auditorio, ¿aspira el Sr. Moret á ser zumbón? ¿No
-comprende que el chiste que sale de su boca suena como un suspiro?
-
-Abandone el ilustre orador esa forma, que se hizo para almas más
-revueltas y tempestuosas que la suya; no vuelva á introducirse
-incautamente en los matorrales de la hacienda, donde su espíritu dejará
-el rico vellón de la poesía y de la elocuencia, y siga el glorioso
-camino que su naturaleza le tiene trazado. Es nuestro respetuoso
-consejo.
-
-[Illustration]
-
-[Illustration]
-
-
-
-
-D. CARLOS MARÍA PERIER
-
-
-[Illustration: S]UAVES ondas que besáis las playas de la Italia, tibias
-auras que mecéis los cedros del Líbano, gentiles corderillos que
-triscáis en la pradera, aroma de las flores, perfume de los campos,
-venid! Vengan los elementos todos de la bucólica, y mójese mi pluma en
-la rica miel de Chío y en los lagos azules de la Helvecia. No tardéis.
-Ved que el orador se encuentra en pie, y yo impaciente por dar comienzo
-á la semblanza.
-
-La voz llega ya á nuestros oídos.
-
-Sentados bajo la frondosa y secular encina, en esas horas ardientes del
-mediodía en que el ruido de los humanos se apaga casi por completo y el
-de los insectos toma proporciones sofocantes; cuando todo dormita
-buscando con anhelo la sombra deleitosa, ¿no escuchasteis los errantes
-sonidos de la flauta? Las cadencias se prolongan de un modo indefinido,
-la misma frase se repite sin cesar, pero sus notas llegan unas veces
-puras y vibrantes, otras, cuando atraviesan por los juncos que crecen á
-orillas del arroyo, melancólicas y vagas, estremeciendo el aire con
-dulzura y cerrando blandamente vuestros ojos. Os halláis dormidos, y
-todavía percibís los mismos sones. Despertáis, y los seguís oyendo.
-Después de algún tiempo, la flauta llega á ser uno de tantos insectos y
-forma coro con los cantos penetrantes del grillo y la cigarra.
-
-Trasladaos al Ateneo de Madrid, y, si no os inspira algún temor, sentaos
-en una de esas butacas de color de cielo--¡á tal punto es cierto que el
-hábito no hace al monje![1].--El Sr. Perier se levanta y da comienzo la
-sinfonía. La flauta entona con dulzura una melodía delicada que regalará
-vuestros oídos; mas ya se viene repitiendo cinco veces, y el artista no
-piensa en buscar un nuevo tema. Después de algún tiempo quedaréis
-dormidos. Cuando abráis los ojos, las cosas se encontrarán probablemente
-en el mismo ser y estado, esto es, las auras que vienen de la derecha
-traerán á vuestros oídos la misma melodía. Acontece que el artista
-pretende introducir algunas variaciones en la frase; pero no me engaña,
-la percibo tan clara y tan distinta como si por vez primera saliera de
-la flauta.
-
-El Sr. Perier es, pues, un orador, pero orador de una sola cuerda, y
-sobre ella nos da luengos conciertos. Orador de exordio interminable,
-aunque hemos de advertir que jamás empleará el conocido en la retórica
-con el nombre de exabrupto: se lo veda su exquisita cortesía.
-
-Que en el horizonte de las discusiones del Ateneo se deje ver un tema
-por fas ó por nefas relacionado con la religión, la familia ó la
-propiedad, y ya tienen ustedes á mi orador con verdadera comezón de
-acudir á la muralla de estas instituciones, para que ninguna reforma
-clave en ella su bandera. Quizá sea el más constante de los sitiados,
-pero es carabina de chispa la que empuña y sus fuegos no son mortíferos.
-Avezado el enemigo á contemplarlo derecho sobre el muro, le dispara
-saetas sin veneno, porque ni su actitud es arrogante, ni son muchas las
-bajas que causa.
-
-Esfuérzase en pedir respeto y gracia para las sagradas instituciones que
-defiende, y no demanda la muerte y el exterminio para las que combate.
-Mis plácemes por ello. Poco hay tan destemplado y ponzoñoso como el
-lenguaje de los que toman por oficio la defensa incondicional de
-nuestras tradiciones. El Sr. Perier, al separarse totalmente de esta
-forma, merece con justicia los elogios de todas las personas sensatas é
-imparciales, porque en ello revela comprender que las instituciones de
-orden y de paz, pacífica y ordenadamente necesitan defenderse, y deja
-ver, además de esto, una buena fe que en vano han de alardear los que
-adoptan otros modos de polémica.
-
-Muy lejos, pues, de erizarlo con argumentos de mala ley, sabe envolver
-con gran esmero el proyectil entre algodón y seda, barnizándolo después
-bonitamente de aceites olorosos antes de enviarlo al enemigo. Es tan
-manso y sosegado el juego de su palabra, que ésta fluye de sus labios,
-como dice Homero que fluía de los del prudente Nestor, dulce cual la
-miel de las abejas.
-
-Acabáis de entrar en una de nuestras góticas basílicas, y es la hora en
-que con toda pompa se oficia ante los fieles. Los cánticos sagrados y
-las plegarias fervorosas adquieren resonancia en los ángulos del templo.
-Las flores silvestres esparcidas por todo el pavimento «ofrecen mil
-olores al sentido». El incienso que arde en los pebeteros del altar
-suspende por algunos instantes vuestro pensamiento, y os pone en deseo
-de reclinar la cabeza para recibir en plácido desmayo las tristes y
-graves melodías del órgano. Todo es paz y sosiego. Los ruidos mundanales
-no quieren vibrar en aquella atmósfera seráfica.
-
-Si oís al orador de que ahora estoy tratando, experimentaréis
-sensaciones análogas. Parece que no vive en medio de la lucha de
-creencias y doctrinas cuyo fragor conturba nuestros ánimos, y su
-oratoria es, pudiéramos decir, extramundana. En los momentos más
-críticos de la contienda, cuando el coraje inyecta de sangre los ojos de
-los héroes y la muerte cierne sus alas sobre el campo de batalla,
-levántase un orador con severo continente, saca del bolsillo una
-encíclica romana, y da comienzo á su lectura, que impasible y tranquilo
-hace prolongar un buen lapso de tiempo. ¡Quién lo diría! Esta lectura es
-la lluvia copiosa y refrescante que apaga los ardores de la tierra. En
-adelante, los oradores se levantan á hablar entumecidos, y la sesión
-figura padecer de reumatismos.
-
-Sigamos con el agua. No escucháis los ruidos medrosos y solemnes de
-poderosa catarata que se despeña, sino el susurro monótono del arroyo
-que serpea entre yerbas aromáticas, y al cual acompaña el no menos
-triste y monótono rumor que el viento produce en los árboles. En vano
-anheláis nuevas y variadas emociones. El orador, como la Naturaleza,
-languidece sin morir jamás. Navegamos por el mar Muerto, sin que un
-soplo de la brisa hinche nuestras velas.
-
-Muchas veces me he preguntado: ¿qué actitud pensaría tomar el Sr. Perier
-dentro de la Convención francesa? Después de las enrojecidas palabras de
-Marat, ¿cómo sonarían sus discretas disertaciones? De aquella Montaña
-partían torrentes espumosos y violentos huracanes. ¡Qué cefirillos tan
-suaves llegarían si el Sr. Perier se viera en ella!
-
-Las distancias que de su homónimo Casimiro Perier le separan son
-inmensas. Aquel orador, cuya energía borrascosa tiranizaba á todas las
-fracciones de la Cámara, se hubiera visto en grave aprieto ante la
-cristiana mansedumbre de su tocayo. ¡Bienaventurados los mansos, porque
-ellos poseerán la tierra!
-
-Para figurarse con cierta exactitud á este orador, es indispensable
-haber contemplado mucho tiempo un cielo siempre límpido, que si primero
-serena y dulcifica nuestro espíritu, luego empezará á causarnos tedio y
-concluirá por abrumarnos. ¡Con qué ansia pedimos entonces á ese cielo
-que en sus senos profundos condense los vapores que recibe y un momento
-nos cubra al astro del día! ¡Ay! ¡en el cielo del pensamiento del Sr.
-Perier jamás ha estallado tempestad alguna!
-
-La dicción es correcta y el ademán sosegado; pero le falta color y
-animación.
-
-[Illustration]
-
-[Illustration]
-
-
-
-
-D. JUAN VALERA
-
-
-[Illustration: N]O es tarea tan fácil como á primera vista parece
-trasladar al papel los rasgos salientes de un orador. Unos, como el Sr.
-Perier, están siempre traspuestos ó adormecidos, y es fuerza copiar su
-semblante con la ausencia de vida que caracteriza al sueño. Otros, de
-espíritu agitado y sutil, como el Sr. Valera, se niegan á estarse
-quietos, y con sus desordenados movimientos hacen imposible el buen
-desempeño de la obra.
-
-Siento aprensión inusitada al tocar con mis torpes dedos la delicada, la
-culta, la espiritual figura del señor Valera. Inútilmente trataré de
-imitar, haciendo su semblanza, al acreditado pintor que ha enriquecido
-la galería del Ateneo con su retrato. Confieso humildemente que no me
-siento con fuerzas para reproducir embellecida la imagen del ilustre
-escritor. Harto haré si consigo no empañar su mucho brillo.
-
-Principio por suponer al Sr. Valera bastante sensato para no abrigar las
-pretensiones de orador grandilocuente. Corto es el número de los que ven
-ceñidas sus sienes con una corona legítimamente alcanzada; más corto aún
-el de los que pueden soportar el peso de dos ó más. Y el renombre que el
-Sr. Valera tiene adquirido como escritor brilla con luz demasiado clara
-para no eclipsar el de otros astros de segunda magnitud que alguna vez
-se dejan ver en el cielo de su gloria. El escritor y el orador se
-confunden en el Sr. Valera, y como las condiciones exigidas para uno y
-otro son muy distintas, el escritor tiene sofocado bajo su gran
-pesadumbre al orador. En el Sr. Castelar encontramos un ejemplo de lo
-contrario. El orador puede y debe ser exuberante en la frase, armonioso
-hasta con detrimento de la precisión, siempre rico, fácil y sonoro. El
-prosista debe proceder con cierto rigor en el empleo de las formas
-métricas, y huir con tacto de las asociaciones de palabras que tienen su
-verdadero lugar en la oratoria. De aquí la inferioridad del Sr. Valera
-como orador. Posee todo el donaire, ingenio y flexibilidad de un
-consumado prosista, pero es necesario afirmar que no tiene la afluencia,
-ni la armonía, ni la fluidez que deben adornar al orador. Es un hablador
-delicioso á quien se escucha con más gusto en conversación familiar que
-sobre la tribuna. Es el rey de los pasillos. Discurriendo en aquella
-atmósfera más ardiente y menos hipócrita que la de la cátedra, no tiene
-rival. Allí vierte el Sr. Valera el manantial inagotable de su gracejo.
-Los jóvenes expresan ruidosamente su alborozo; los viejos hacen el
-sacrificio de su paseo: todos forman círculo en torno suyo y escuchan
-regocijados la palabra breve, incisa y modulada por un acento andaluz
-que se escapa como aguda saeta de los labios del ilustre novelista. Las
-exigencias de la tribuna le embarazan sobremanera: así que ha optado con
-buen acuerdo por no satisfacerlas y convertir el discurso en sabrosa
-plática.
-
-Entro á hablar ahora del espíritu del Sr. Valera, que, como he indicado,
-no tiene poco de inextricable y enmarañado. Las puertas de este espíritu
-me causan cierto temor supersticioso como las de un alcázar encantado.
-Tanto pienso que hay en él de misterioso y laberíntico. Desde fuera se
-escuchan ruidos que unas veces semejan risas, otras lamentos.
-
-Después que oigo hablar al Sr. Valera, no me preocupa tanto lo que ha
-dicho como lo que dejó por decir; de suerte que cuando ha expresado un
-juicio sobre alguna cuestión, nunca dejo de preguntarme: ¿Qué pensará el
-Sr. Valera sobre esta cuestión? ¡Quién puede saberlo!
-
-El carácter del Sr. Valera no puede reconocerse en su manera de escribir
-ó de hablar, porque no pertenece al número de aquellos que siguen la
-inspiración del momento, que obedecen á la palabra y no la gobiernan.
-Sólo los espíritus superficiales se abren sin inconveniente para que la
-mirada del observador penetre en ellos. La multitud los comprende y los
-aplaude; pero esta facilidad con que son comprendidos significa, en
-último término, que pagan tributo servil á la inspiración del momento,
-que carecen de esa plástica necesidad propia de los grandes artistas. La
-multitud no puede medir jamás el horizonte en que se mueven los grandes
-espíritus. Considérese por qué el Sr. Valera jamás será un escritor
-popular. El pueblo jamás verá al través de las nieblas que flotan sobre
-su espíritu, jamás llegará á descifrar la charada de su carácter, jamás
-entenderá esos refinamientos ó _tiquis miquis_ (como él los llamaría)
-psicológicos con que se complace en amasar sus novelas. Son muy pocas
-las mujeres que han podido dar fin á la lectura de su _Pepita Jiménez_.
-Pesada é incomprensible les parece, ó cuando más, sólo advierten en ella
-los rasgos vulgares con que se disfraza el pensamiento.
-
-Sin que yo trate de escudriñar lo que pasa en el cerebro del Sr. Valera,
-pienso que es un espíritu engendrado por la civilización helénica más
-que un producto del movimiento cristiano. Tiene una naturaleza demasiado
-realista, y se entrega sobradamente á las alegrías y dulzuras de la
-vida, para que le seduzcan las tendencias ascéticas, iconoclásticas y
-espiritualistas que caracterizan al cristiano. Ama y se penetra de todo
-lo que vale la existencia, y goza con esa majestad propia del que tiene
-conciencia de su divinidad. Tengo entendido que nuestro orador no se
-macera como el padre Sánchez, privándose del tabaco, del café y de
-otros productos ultramarinos. En cuanto á aquellos otros que el sol de
-Andalucía sazona y torna tan dulces, tampoco juzgo que sienta demasiado
-horror por ellos, recordando el último capítulo de _Pepita Jiménez_. Y
-no se me enoje el Sr. Valera porque no le tenga por un San Antonio, pues
-á tiempo está para serlo si le place seguir sus huellas y desea ver,
-como la de aquél, su imagen de madera honestamente vestida con muchos
-pliegues adornando bajo un fanal la celda de alguna devota. Nada más
-fácil que el Sr. Valera enderece el día menos pensado sus torcidos
-pensamientos y los incline hacia el padre Sánchez, y por el padre
-Sánchez consiga la bienaventuranza, desde donde tal vez en recuerdo de
-estas líneas me dispense la merced de un milagro que estoy necesitando
-hace tiempo. ¡Lástima es que el Sr. Valera no crea en los milagros! Pero
-¿qué acabo de decir? Advierto que el insigne novelista se ha ruborizado
-hasta las orejas y me hace señas para que calle. ¡Si soy más
-indiscreto!... ¡Qué necesidad tenía de saber la elevada sociedad donde
-el Sr. Valera se agita que no cree en la eficacia del agua de Lourdes!
-El comercio con una sociedad distinguida, culta y espiritual, el trato
-íntimo con hermosas y aristocráticas damas que nos celebran y nos
-aplauden, que nos sonríen al vernos aparecer y nos estrechan dulcemente
-la mano al partir, merece bien que alguna vez reservemos y hasta
-sacrifiquemos nuestra opinión. «¡París bien vale una misa!»
-
-Transijo, pues, con que el Sr. Valera sea un hombre de orden entre las
-damas, y después de dar á luz á D. Luis de Vargas, vaya á rezar con
-ellas novenas á San Luis Gonzaga, porque son cosas éstas que nacen y
-mueren con el individuo; pero que tan esclarecido ingenio tenga el mal
-gusto de entonar loas á la Inquisición y al fanatismo religioso del
-siglo XVI en plena Academia Española, le digo á usted, señor D. Juan,
-que esto me ha conturbado penosamente. Usted y el Sr. Núñez de Arce, á
-quien muy de veras aprecio, son dos sabios de primera fuerza, como diría
-_La Correspondencia_. Son ustedes tan eruditos, tienen tanto talento y
-son tan liberales, que cuando de ustedes hablo, no puedo remediarlo, se
-me cae la baba como si les hubiera enseñado algo. ¡Imagínese usted ahora
-la rabieta que habré tenido al ver la dureza con que atacaba usted al
-Sr. Núñez de Arce, que es tan buena persona, para defender al bribón de
-Torquemada! ¡Es mucho afán de llevar la contraria!
-
-He dicho que transigía con la devoción aristocrática del Sr. Valera
-porque me parece de todo punto inofensiva. Yo no soy de los que
-excomulgan á un demócrata por haberle hallado besando la mano de una
-dama encopetada. Goethe suponía que la mano más digna de ser besada el
-domingo era la que había cogido la escoba el sábado. Me adhiero con toda
-el alma á esta delicada lisonja que el gran poeta dedica á las hijas del
-pueblo. Mas para que la verdad quede en su punto, es necesario hacer
-constar que la escoba no tiene el privilegio de embellecer las manos,
-antes por el contrario las torna duras y acrece sus dimensiones. Por lo
-que no es gran maravilla que el Sr. Valera, y con él otros muchos, sean
-más dados á adorar manos aristocráticas que plebeyas.
-
-Pero estos instintos que alejan á ciertos escritores y oradores
-demócratas de lo que ha dado en llamarse cuarto estado y los arrastran á
-las doradas mansiones de los nobles, responden además á una verdadera y
-plausible disposición del espíritu, que detesta lo vulgar y lo
-adocenado, que ama lo brillante y lo distinguido.
-
-Ernesto Renan ha convertido en sistema lo que no pasaba de vergonzante
-inclinación, pretendiendo sustituir á la aristocracia de la sangre, que
-ya no tiene ninguna significación positiva en nuestra época, otra más
-verdadera y respetable: la del talento.
-
-En efecto, ya estamos cansados de que por un palo más ó menos oportuno y
-fecundo en consecuencias, aplicado en tiempo del rey que rabió, llamemos
-hoy todavía á un descendiente del ínclito apaleador «Marqués del
-Real-Trancazo». ¿Cuánta mayor razón existe para expedir títulos de
-nobleza á los que han dado á la humanidad una obra imperecedera? ¿Por
-qué no habría de titularse el señor Castelar «Príncipe de la
-Elocuencia», el Sr. Valera «Barón de Pepita Jiménez», el Sr. Revilla
-«Marqués de las Dudas y Conde de las Tristezas?»
-
-Lo dicho basta para comprender que, si bien el Sr. Valera es un bravo
-campeón de la idea democrática, no se juzga obligado por esto á comer
-callos y caracoles. Ama la atmósfera perfumada de los salones y se aleja
-del pueblo que no se lava con jabón de olor. Ó lo que es igual, algunos
-sienten al pueblo en el corazón; el Sr. Valera lo siente en la nariz.
-
-Doy de mano al carácter del Sr. Valera, porque me siento sin fuerzas
-para llevar adelante mi exploración. Temo llegar á ser indiscreto (si es
-que ya no lo he sido) levantando un poco más la punta de la cortina.
-Veamos si para terminar logro dar mayor precisión al género de su
-oratoria.
-
-Es una elocuencia original la del Sr. Valera. Procede en sus discursos
-con un tan ameno desorden, que nadie echa de menos la ausencia de
-proporciones y la excesiva copia de incisos y paréntesis. Es una
-conversación que el Sr. Valera sostiene con el público, sin que nadie le
-interrumpa. Dice todo cuanto le viene bien; pero por un extraño capricho
-quiere hacer pasar por pueriles indiscreciones las más acerbas de sus
-diatribas. Es regla general que yo entrego á la delicada observación de
-mis lectores; cuando el Sr. Valera hace una salvedad, es que nada deja á
-salvo; cuando vacila, es que está muy decidido; cuando su intención era
-otra, no lo duden ustedes, era la misma.
-
-Pero esto es llamarle embustero, me dirá alguno. Distingo, digo yo
-siguiendo el ejemplo del padre Sánchez. Cuando Moisés, por encargo
-divino, escribió las tablas de la ley, prohibió en absoluto la mentira,
-pero lo hizo sin contar con el Sr. Valera. Al lado de la regla debió
-establecer, á mi juicio, la excepción y conceder carta blanca á nuestro
-orador para decir cuanto se le ocurriese, fuese verdad ó no. Pues qué,
-¿no valen más las mentiras del Sr. Valera que las verdades de todos los
-demás? ¿Cuánto más chistoso es el Sr. Valera que Pero Grullo, con ser
-éste el hombre de más verdad que se ha conocido? Además, nuestro orador
-sabe desenterrar con mucha oportunidad verdades que yacen en el polvo
-injustamente olvidadas. Cuando alguno de esos señores que pasan la vida
-sobando manuscritos, echa sobre los tiempos pasados todo el color rosa
-de su paleta, ¡con qué alegría veo al Sr. Valera tomar el pincel y
-arrojar sobre el rosado cuadro unas docenas de manchas rojas ó negras!
-¿Sale un orador lamentándose de la inmoralidad del teatro moderno? Pues
-ahí tienen ustedes al Sr. Valera demostrándole inmediatamente que no
-sabe lo que se dice, porque nuestro teatro de los siglos XVI y XVII es
-bastante más inmoral que el presente. ¿Quiere algún otro ensalzar el
-fervor religioso de otras épocas? Pues el Sr. Valera pone con presteza
-de relieve cuanto había de brutal é irrespetuoso en este fervor. Todo
-sazonado con tan graciosos y picantes ejemplos, que ordinariamente el
-inadvertido reaccionario vuelve á su guarida maltrecho y amoscado para
-no salir más de ella.
-
-Doy fin á estos renglones haciendo presente á mis lectores que cuando
-sientan impulsos de ahuyentar por algún tiempo sus pesares sin menoscabo
-de la pureza del espíritu, dirijan sus pasos al Ateneo de Madrid, y si
-el Sr. Valera está hablando, siéntense para escuchar humildemente la
-palabra más culta, más ingeniosa y más chispeante de nuestra patria.
-
-[Illustration]
-
-[Illustration]
-
-
-
-
-D. JOSÉ MORENO NIETO
-
-
-[Illustration: L]ARGOS años hace que el Ateneo de Madrid guarda en su
-seno como precioso tesoro un hombre estudioso, modesto y elocuente.
-
-Cuando este hombre, arrobado por el canto de la sirena política, ha
-querido lanzarse en sus revueltas aguas, se le ha visto, como el que
-después de un plácido sueño abre los ojos en lúbrica estancia donde el
-vicio desentona con procaz algarabía, llevarse á ellos las manos,
-vacilar y estremecerse como si le doliera aquel contacto, é inclinando
-de nuevo la cabeza, sumergirse en el éter de los gratos sueños.
-
-¡Silencio! No le despertemos.
-
-Este hombre, moviéndose con embarazo por las sinuosidades y asperezas de
-la política, es el ruiseñor que bate sus alas y mueve su lengua en medio
-de los buitres.
-
-Todo consiste en que no es hábil, según dicen.
-
-Acaso consista en que no sabe arrastrarse, pensamos nosotros. De todas
-suertes, poco nos importa la personalidad política del Sr. Moreno Nieto,
-puesto que se halla eclipsada totalmente por la del orador y la del
-sabio. Vamos á decir algunas palabras sobre la oratoria del Sr. Moreno
-Nieto, en cumplimiento del compromiso formal que con el público hemos
-contraído.
-
-El Sr. Moreno Nieto estudia mucho, acaso más de lo que fuera menester, y
-escribe poco, casi nada. Esto produce un doble resultado: primero, una
-asombrosa erudición en las ciencias á que predominantemente se consagra,
-que son las llamadas morales y políticas; después, cierta vaguedad é
-indisciplina en el pensamiento, que le hacen aparecer á los ojos de sus
-adversarios como desprovisto de convicción y de firmeza en sus
-opiniones. Cualesquiera que sean las mudanzas á que el Sr. Moreno Nieto
-haya cedido en el curso de su laboriosa vida, yo sé con toda certeza,
-sin embargo, y así lo declaro paladinamente, que no responden ni al
-cálculo ni á la ligereza; fruto son del examen y el estudio.
-
-El Sr. Moreno Nieto no escribe, volvemos á decir; pero habla, y habla
-con pasmosa facilidad. Con mayor, jamás hemos oído hablar á nadie. Esos
-soplos débiles y fugaces del pensamiento, que en los demás no bastan á
-despertar la lengua, en él son chispas que le abrasan y retuercen; esos
-inefables sentimientos que en el fondo del corazón duermen, sin
-definirse, se hablan y definen por su boca; los vagos y tenues rumores
-que se escuchan apenas en los profundos abismos del alma llegan á su
-oído distintos y atronadores. Pudiera decirse que el señor Moreno Nieto
-cuando habla pone un cristal en su pecho para que todos, grandes y
-pequeños, vayamos á contemplar las alegrías y las tristezas, los
-triunfos y los desmayos, las luchas y los dolores de un corazón elevado
-y generoso. El resultado de esto es que, á pesar del ímpetu y violencia
-con que salen las palabras de su boca, verdadera lava que va á caer
-derretida sobre las cabezas de sus adversarios, le miren éstos con
-particular cariño, contentándose con sonreir maliciosamente mientras
-habla, y con exponer alguna de las contradicciones en que incurre,
-después que cesa. ¡Maravilloso poder de la ingenuidad! Los mismos que
-levantan murmullos de protesta cuando algún orador atusado y relamido
-empuña la bandera de la tradición, acogen con salvas de aplausos las
-descargas cerradas del señor Moreno Nieto. Y en esto puede reconocerse
-con toda precisión la antigüedad que cada cual goza en la casa. Los que
-por primera vez acuden al Ateneo para sentarse en los bancos de la
-izquierda, véseles alterados é impacientes al escuchar aquella granizada
-de denuestos con que el Sr. Moreno Nieto salpica sin cesar las doctrinas
-que combate, y es indispensable que los veteranos, para evitar
-conflictos, los sujeten por los faldones, diciéndoles al oído al propio
-tiempo: «Sosiéguese usted, compañero; ya verá usted cómo no es nada».
-
-La facundia de este orador es imponderable. Después de hablar dos horas
-y media, sale sigilosamente del salón con ánimo de engullir un sorbete,
-célebre ya en los fastos del Ateneo. ¡Desdichado! Los sabuesos que dejó
-malparados en la contienda le siguen de cerca y le alcanzan en la puerta
-de la Biblioteca. Acorralado allí, se defiende siempre hasta quemar el
-último cartucho, que es la postrera palabra que expira de sus labios.
-
-El palenque está abierto. La voz de los ujieres, á guisa de clarín,
-acaba de anunciarlo. Todos presurosos acudimos á colocarnos en aquellos
-potros, verdadero baldón del ramo de ebanistería que reciben el nombre
-inverosímil de butacas. La izquierda ostenta sus ojos brillantes y
-negros cabellos. La derecha exhibe su frente venerable y la grave
-rigidez de sus modales. El leal caballero se presenta. Pero ¿qué es lo
-que acontece? El caballero acaba de lanzar su bridón á la carrera.
-¡Virgen de las tormentas, qué acometida!
-
-Su lanza salta en mil pedazos. Empuña la espada y se revuelve dando
-furiosos mandobles. Pero ¿qué es lo que va persiguiendo allá abajo? ¡Ah!
-ya lo veo, es la filosofía de Krause. Rechina su armadura y el polvo
-enturbia los aires.
-
-Torna y vuelve á arremeter con creciente denuedo. ¡Quién resiste al
-diluvio de estos golpes! Huyamos. ¿Tendrá al menos un tendón vulnerable
-como Aquiles?
-
-Quizá, y á buscarlo se aplican con ahinco varios campeones.
-
-Muchos años hace que el caballero viene ejercitando su valor y bizarría
-en estas contiendas, y la experiencia no le ha enseñado á preparar
-traidoras emboscadas ni á tejer insidiosas asechanzas. Lucha con
-bravura, pero siempre de frente y alzada la visera.
-
-Como la pitonisa que asciende sobre el trípode, y al recibir en su
-frente los vapores pestilentes de la cisterna, siente el fuego de
-misteriosa llama, y se agita y se retuerce presa de fatal impulso, así
-el Sr. Moreno Nieto, subiendo á la tribuna y al aspirar los húmedos
-vapores de la pelea, se ve poseído de un calor desconocido que forja sin
-cesar pensamientos cada vez más luminosos y frases cada vez más
-hermosas. El alma sube entonces á los ojos y quiere salir al exterior.
-
-El orador vive para leer, como la sibila, los secretos inextricables del
-porvenir, y llora también con sublime emoción sobre las ruinas poéticas
-del pasado. Espíritu generoso, escruta con ansia los lazos invisibles
-que unen las aspiraciones del presente con la historia, y los presenta á
-nuestros ojos con vigorosa elocuencia.
-
-Algunas veces se vislumbra que su alma, poseída de espanto ante las
-recias y fragosas contiendas del pensamiento filosófico, se aferra con
-más ansia que absoluta convicción á una creencia. Esto, no puedo menos
-de confesarlo, me inspira hacia él profunda simpatía. Los dolores que
-sufre nuestro cuerpo son tan crueles, que nos hacen exhalar agudos
-gritos. Pero ¿qué me decís de esas luchas invisibles en que el alma se
-tortura y se abrasa día y noche, latiendo sin cesar dentro del pecho
-como si albergáramos en él pequeña bestia? ¿No veis con qué ardor lima
-ese cautivo las rejas de su cárcel? ¿No le veis caer rendido y jadeante,
-con el llanto y la angustia en los ojos? ¡Qué cosas tan tristes volarán
-por su pensamiento! Respetemos este dolor y amemos á los hombres que
-trabajan por abrirnos las puertas del infinito.
-
-Dicen que los árabes, forzados en sus largos paseos por el desierto á un
-ayuno continuado de palabras, si la ocasión se presenta, saben darse
-harturas más que regulares de plática. El Sr. Moreno Nieto, después de
-peregrinar largamente de un cabo á otro de la Biblioteca durante varios
-días, se dirige á la sección, y con tal apetito entra en el debate, que
-no le bastan para saciarlo varias horas. Nos hace recorrer con velocidad
-que causa vértigo todo el panorama de las cuestiones vitales, y saltando
-de astro en astro, visitamos en corto tiempo todos los puntos luminosos
-que brillan en el cielo del pensamiento. ¿Quién se atreverá á censurar
-las metamórfosis de sus ideas? ¿Por acaso no hay hermosuras en todos los
-parajes del camino recorrido? ¿No hay también en todos ellos
-indignidades y torpezas? Son muchas las flores de donde su inteligencia
-podrá extraer la miel sabrosa. Mucho también es el cieno donde sus alas
-corren peligro de mancharse. Si la humanidad muda diariamente de
-creencias y opiniones, ¡qué podrá ser la individual firmeza!
-
-Jamás emplea la chanza ó la burla para atacar las doctrinas que tiene
-enfrente. Cuando es objeto de ellas, su indignación sube de punto y se
-irrita y exaspera, pero la rabia de que se siente poseído á nadie
-infunde pavor ni miedo. Tiene un dejo de infantil inocencia que la hace
-simpática más que repugnante.
-
-El conocimiento que del auditorio tiene es, si la paradoja valiera,
-inconsciente; sabe apreciar en globo los efectos, pero no llega su
-penetración á graduar los últimos registros. El período sale terso casi
-siempre, pero el ímpetu que trae lo prolonga á menudo más de lo
-conveniente, rebajando un poco su belleza.
-
-Aunque la palabra es fogosa y la entonación acalorada, apenas se vale de
-imágenes para expresar su pensamiento. Cuando las emplea, son animadas y
-del mejor gusto.
-
-Resumamos el carácter del Sr. Moreno Nieto.
-
-Elocuente y un poco más impetuoso de lo que fuera necesario. Carece de
-los recursos del orador experto, porque en el Sr. Moreno Nieto nada
-pende de la experiencia, y todo de su genio vigoroso y espontáneo. Es en
-el ademán arrebatado, pero noble y simpático. Por último, en la
-incontestable vacilación que se observa en sus ideas, creemos ver
-reflejada esa lucha sorda, pero profunda, en que viven los
-entendimientos de este siglo ¡tan grande y tan desgraciado!
-
-[Illustration]
-
-
-
-
-D. MANUEL DE LA. REVILLA
-
-
-[Illustration: H]E aquí que el Sr. Revilla surge ante mis ojos y ya
-adopta la figura más graciosa para ser retratado. No le hagamos esperar.
-Tiene fama de impaciente, y pudiera marcharse dejando á mis lectores
-defraudados, y á mí corrido y boquiabierto con la pluma tras la oreja.
-
-Todo el mundo ha puesto las manos sobre el señor Revilla. Y por si estas
-metafóricas manos le hacen cosquillas, me apresuro á explicar el tropo
-diciendo que el Sr. Revilla ha dado ya mucho que decir en el curso de su
-vida. Yo mismo, que soy una especialidad en no decir nada, sobre todo
-cuando no me preguntan, confieso que he murmurado de este orador un
-poco, en cierto número de _La Política_, que no recuerdo en qué mes ni
-en qué año vió la luz. Algo de lo que entonces dije habré de repetir
-ahora. Mas no será poco lo que necesite callar, pues la fisonomía moral,
-como la física, sufre por virtud de los años grande y atendible mudanza.
-
-Al hablar del Sr. Revilla, juzgo necesario despojarme de aquella
-simpatía personal que pudiera conducirme á un entusiasmo sobrado
-ruidoso, para manifestar, con toda imparcialidad, mi serio y leal
-entender sobre su persona. Ninguna prueba más clara de aprecio puede
-darse á un grande espíritu que presentar sus defectos al lado de los
-méritos que lo realzan. Porque de esta suerte asegura su reputación
-contra la malevolencia, y la guarda también de una vil y funesta
-lisonja.
-
-Una de las cualidades que la opinión se empeña en señalar con más
-insistencia al carácter de nuestro orador, es la de ser profundamente
-escéptico. Sobre tal escepticismo, fuerza es que discurramos brevemente.
-El Sr. Revilla no es un escéptico de pura sangre, de aquellos que salen
-al mundo haciendo muecas al cura que los bautiza y lo dejan con una
-helada sonrisa de desdén; almas provistas de concha como la tortuga, en
-las cuales el sol de la religión no consigue hacer entrar sus rayos, ni
-el amor humano logra introducir su elixir de vida. No; el Sr. Revilla es
-un escéptico de ayer, un escéptico novicio, y por eso incurre en todas
-las imprudencias y sinrazones del neófito. Más que escéptico, es un
-creyente avergonzado, que perdió su fe en la verdad porque la halló
-ridícula. Si la verdad se ostentase siempre bella ó fuese de buen tono,
-como ahora se dice, nunca dejaría de contar al Sr. Revilla entre sus
-adeptos. Mas aquélla afecta en ocasiones formas rudas y desgraciadas, y
-el Sr. Revilla ama demasiado á la estética para consentir en privarse,
-ni por un instante, de sus tiernos halagos. De aquí que se preocupe más
-por seguir con escrupulosa exactitud los vaivenes de la moda en el mundo
-científico que de aquilatar con paciencia la verdad ó el error de cada
-nueva teoría. Su inteligencia, un tanto impresionable, le arrastra todos
-los días por distintos y peregrinos senderos. Y hago observar que así
-como el escepticismo corriente se caracteriza por no creer nada, el del
-Sr. Revilla, más original, consiste en creerlo todo por etapas. Su
-viajero pensamiento se columpia como una oropéndola y discurre con
-increíble agilidad por todos los sistemas religiosos ó sociales haciendo
-noche fatigado en los yermos de la duda. ¡La duda! La duda no es para el
-Sr. Revilla la llave de la sabiduría, sino una deidad misteriosa é
-incitante á quien su confundido entendimiento rinde fervoroso culto.
-
-No soy de los que creen en la absoluta necesidad de afiliarse á una
-secta filosófica ó política; pero sí abrigo la convicción de que urge
-para todo pensador el crearse un sistema de verdades, sin el cual
-pensamiento y conducta marcharán siempre vacilantes. Por lo mismo no
-reprocho al Sr. Revilla sus geniales deserciones, sus transacciones ó
-sus intransigencias. Lo que me atrevo á censurar con todas mis fuerzas
-es que por mostrar discreción, ó á guisa de solaz, haga frente á cada
-escuela con las doctrinas de su contraria, sin que alcance á recabar de
-estos conflictos su poderosa inteligencia otra conclusión que la que
-deducen los espíritus vulgares del choque de los sistemas, esto es, que
-todos por igual son falsos y mentidos.
-
-Mas dejemos al Sr. Revilla, filósofo, entregado á las enervantes
-caricias de la duda, y salgamos del océano amargo de la censura para
-entrar en las dulces aguas del aplauso. El Sr. Revilla podrá no ser un
-filósofo, y de hecho le falta mucho para serlo, pero es fuerza convenir
-en que tiene bastante para ser uno de los entendimientos más
-privilegiados que hoy posee nuestra patria. Es uno de esos talentos
-insinuantes y serenos á propósito para sortear los escollos de la vida,
-porque al modo de ciertos metales, es dúctil y maleable. No quiero decir
-con esto que carezca de vigor, pero es más audaz que vigoroso. Se ofrece
-como uno de esos hombres que nadie sabe de dónde vienen ni á dónde van,
-pero que todo el mundo conoce perfectamente dónde se les encuentra. Vive
-en la polémica, en la incesante batalla que tienen trabada las escuelas,
-y lucha, ya de un lado, ya de otro, con una ó con otra enseña, porque
-
- «_sus_ arreos son las armas,
- _su_ descanso el pelear»,
-
-esgrimiendo la lengua con aquel denuedo y bizarría con que Orlando daba
-vueltas á su espada.
-
-En la polémica es donde el Sr. Revilla pone de manifiesto lo perspicuo y
-lo flexible de su ingenio. Por abstrusa que la cuestión parezca, ó por
-lejana que se encuentre de su recto camino (y cuenta que en el Ateneo
-las cuestiones son bastante dadas á irse por los cerros de Úbeda), así
-que el Sr. Revilla se apodera de ella, se esclarece y depura cual si
-entrara en un crisol. Conviene advertir, no obstante, que el Sr. Revilla
-ve con asombrosa claridad los aspectos más capitales de todo asunto,
-pero acostumbra á dejar en lamentable abandono los detalles. Tratándose
-de problemas sociales ó religiosos, este lógico porte antes parece
-plausible que vicioso, porque la vaguedad con que las más de las veces
-se plantean, lo reclama. Mas en achaques de arte suelen jugar los
-detalles un papel principalísimo, alumbrando ú oscureciendo el
-pensamiento generador de la obra. De aquí que el Sr. Revilla, como
-crítico, no tenga, á mi juicio, aquel puro sentido artístico que en vano
-se busca en los tratados de Estética, porque sólo reside en una
-naturaleza fina y exquisita socorrida por una larga y atenta
-contemplación de obras artísticas. En una palabra, creo que el Sr.
-Revilla no tanto posee el sentido como la ciencia del arte.
-
-Pero es ya tiempo de estudiar sus condiciones de orador. Todos los
-reproches y censuras que como pensador pueden dirigirse al Sr. Revilla,
-deben cesar al tiempo mismo que como orador se le considera. No le dotó
-Dios de aquel sublime calor que enrojece el pensamiento del Sr. Moreno
-Nieto, merced al cual se consigue inspirar y apasionar al auditorio;
-pero concedióle el don señalado de dominar absoluta é incondicionalmente
-la palabra. Ésta responde siempre con escrupulosa exactitud á los más
-ligeros choques del pensamiento, y camina con gran desembarazo por sus
-pliegues más profundos. La inteligencia es viva, y ejercita las
-transiciones repentinas con una facilidad que maravilla. Parece que el
-orador jamás se encuentra dominado por un pensamiento único que le
-dirija y avasalle, sino que todos los evocados por su mente se le
-presentan con la misma pureza en las líneas y la misma intensidad en los
-colores. Esto me hace presumir que el Sr. Revilla mantendría con la
-misma soltura el pro y el contra en todas las cuestiones.
-
-Maneja la ironía con buen éxito, y á esta arma debe muchos de sus
-triunfos. Tiene gran perspicacia y ve la situación de un solo golpe,
-hiriendo con firmeza á su adversario en los sitios vulnerables, pero
-haciendo resbalar con sutileza el cuerpo cuando se siente cogido entre
-sus brazos.
-
-Recuerdo que en una ocasión cierto ministro, al entrar en la Cámara,
-respondió satisfactoriamente á una compleja interpelación que no había
-oído, ganando por esto y otras cosas semejantes fama de diestro.
-
-Pues bien: el Sr. Revilla, tratándose de ciencia (que es algo más frágil
-y delicado que la política), sabe discutir con brillantez las cuestiones
-que no ha estudiado ni pensado previamente. Es tan formidable
-improvisador de teorías como el P. Sánchez de citas. Solicitado el
-pensamiento á la continua por una fantasía inquieta y afilada, trabaja
-con brío durante la peroración, y cuando llega el momento de reposo,
-presumo que muy quedo le dirá: «También por esta vez te he sacado del
-aprieto».
-
-No es en la entonación ardiente, como el Sr. Moreno Nieto, sino grave é
-insinuante. La dicción es correcta, y repito que la maneja por entero á
-su talante. El ademán noble y circunspecto, aunque deja traslucir un
-poco al pedagogo.
-
-[Illustration]
-
-[Illustration]
-
-
-
-
-D. GABRIEL RODRÍGUEZ
-
-
-[Illustration: S]ENTADO en un rincón de la estancia, y medio oculto
-entre un diván y una silla, gozando de la última ráfaga de la luz que se
-iba, y entregado á la dulce voluptuosidad de no pensar en nada, he visto
-una vez penetrar con sonora planta en la galería de retratos del Ateneo
-á uno de los patricios y notables que en ella figuran. Le he visto
-dirigirse, sin vacilar, hacia su efigie, y permanecer ante ella en
-atenta contemplación, un tiempo que no me fué posible medir. Y, sin
-quererlo, algunos pensamientos pérfidos y traviesos, y vestidos de
-encarnado, cual pequeños Mefistófeles, acudieron á mi desocupado
-cerebro, y entornaron mi vista hacia aquella muda, pero elocuente
-escena. El patricio contemplaba el retrato. El retrato contemplaba al
-patricio. Y yo, silencioso, muy silencioso, los contemplaba á ambos.
-Parecíame asistir á extraña y misteriosa ceremonia de una religión
-perdida. El patricio rendía con la mirada un tierno y fervoroso culto al
-retrato; lanzábale con los ojos todo el incienso de su alma, y hasta se
-me figuró que sus rodillas se doblaban, buscando con ansia el duro
-pavimento.
-
-El retrato, con impasible y frío continente, dejábase adorar sin dar
-muestras de que aquel incienso se le subiera á la cabeza; antes bien,
-parecía un poco molestado. Yo guardaba silencio, mucho silencio, pero de
-mis ojos debía partir un río de ironía, un Mississipí de sarcasmos,
-porque el patricio separó, con trabajo, su vista del retrato, la volvió
-hacia mí, y ¡oh, pudor santo y adorable! cual tímida doncella, que
-imprudente cazador sorprende en el baño, las tintas de un rojo carmín
-tiñeron sus mejillas. Giró sobre los talones, y salió con breve, pero
-cortado paso de la sala. Y yo quedé á merced de mis pérfidos y traviesos
-pensamientos.
-
-¡Ay! pensé; _¡anch'io son pictore!_ ¡También yo he dibujado con mano
-torpe el perfil de muchos de esos señores! ¡Mas á mi pobre galería no
-vendrán coronados de pámpanos á celebrar festejos en su propio honor,
-como el ilustre patricio que acababa de salir, porque se respira en ella
-un ambiente de franqueza y desenfado que los asfixiaría!
-
-Y sin embargo, y á pesar de cuantas quejas voy recibiendo, estoy bien
-convencido de que no he lastimado á nadie. Yo no puedo lastimar á
-aquellos á quienes admiro. Tan sólo me he permitido sonreir alguna vez
-con el borde de los labios, y volviendo la cara, á fin de que el público
-no se diera por enterado. Mas si estas mis sonrisas pudieran
-molestarles, protesto una y mil veces de su inmaculada inocencia. ¡Son
-cándidas y puras, sí, como la oración de un niño ó un exordio de Perier!
-
-¿Quién es D. Gabriel Rodríguez? Vamos á verlo.
-
-Acababa yo de llegar á Madrid de mi insigne cuanto remoto villorrio, y
-no hay para qué decir que traía almacenado en el pecho un buen
-cargamento de admiración, del cual he derrochado ya bastante, hasta el
-punto de que á la hora presente sólo me queda un poco, que procuro
-gastar con la mayor prudencia. Pues bien, hallábame cierta noche de
-sesión en la cátedra del Ateneo, cuando acertó á entrar por ella una
-persona de fisonomía noble y expresiva, que llamó desde luego mi
-atención. Y ya me disponía á preguntar su nombre al vecino, cuando sobre
-un leve rumor que se produjo en torno mío creí percibir el nombre de
-Rodríguez. Y no sólo percibí el nombre, sino también algunas frases
-dialogadas que me impresionaron vivamente:
-
-«Ahí está Rodríguez.--¿Rodríguez?--Sí; Rodríguez, el que no ha querido
-ser ministro.--Eso no puede ser, amigo.» Y un eco que se produjo en las
-sillas, repitió varias veces: «No puede ser, no puede ser, no puede
-ser.--Esas cosas es necesario verlas para creerlas.» El eco volvió á
-decir: «para creerlas, para creerlas, para creerlas». ¿Pero ustedes
-entienden, señores, que el hombre que no acepta una cartera debe ser
-mostrado al público á peseta la entrada como un objeto curioso? Aquí se
-me figura que el interlocutor era yo. Toqué la fibra sensible, y
-entonces todo se volvió patas arriba. «Nada me parece más natural, dijo
-uno.--Si para aceptar hoy una cartera se necesita un valor...--Métase
-usted entre esa balumba de expedientes.--Y luego el descrédito... y la
-agitación...» En fin, todos convinimos en que no había en el mundo papel
-más ridículo y desairado que el de un ministro.
-
-Desde aquella noche concebí el propósito de trazar el perfil del Sr.
-Rodríguez. Es un hombre tan franco, tan sencillo, tan amable, que no
-dudo se alegrarán mis lectores de haberle conocido, y hasta llegarán á
-ofrecerle cordialmente su casa.
-
-Rodríguez ha llegado á ser en nuestra sociedad un personaje
-aristocrático, pero en el sentido etimológico de la palabra, esto es,
-uno de los mejores. Es un digno representante de esa aristocracia
-democrática, si fuera lícito expresarme así, que tiene por únicos
-blasones, en campo azul--es mi color predilecto, como ya tuve el honor
-de advertir,--virtud y talento. En la vida pública ha sido un caballero
-sin tacha y sin miedo, una especie de Bayardo político, siempre
-dispuesto á romper lanzas con toda suerte de iniquidades. Por eso ha
-merecido que debajo de su efigie, repartida á todos los vientos por la
-fotografía, se lean sus famosas palabras sobre la esclavitud, las más
-bellas que nunca se hayan pronunciado en lengua castellana. En la vida
-privada... Pero yo no tengo derecho á entrar en la vida privada,
-siquiera sea para dejar afirmado que nuestro orador pasa con justicia
-por un modelo de integridad, de modestia y de laboriosidad. En la vida
-científica hay de todo y de todo voy á decir, contando con un perdón que
-humildemente demando, y que noble y generosamente me otorga el Sr.
-Rodríguez.
-
-La inmovilidad es, á mi entender, la cualidad más hermosa de un
-carácter. Después de las pirámides de Egipto, lo que más admiro en este
-mundo son esos hombres que, encastillados en sus principios morales,
-mantienen el alma intacta en medio de las borrascas de la vida. Nadie
-puede dudar de mi amor á la solidez. Y, sin embargo, repugno bastante
-los sabios sólidos. La inmovilidad, que tanto me place en los principios
-morales, me parece cosa extraña y hasta ridícula tratándose de escuelas
-científicas. Flotar á merced de todos los sistemas y señalar exactamente
-como alta veleta los vientos que reinan en la región de la ciencia, me
-parece pueril; pero dejar pasar en raudo vuelo por delante de los ojos
-las escuelas y los sistemas en actitud indiferente, suponiéndolos á
-todos descarriados, lo juzgo insensato.
-
-He aquí por qué siento que el Sr. Rodríguez haya arrojado el áncora
-sobre la escuela económico-individualista y aún esté fondeado
-tranquilamente en su estrecha bahía. No soy de los que desconocen los
-altos merecimientos de esta escuela, ni pretendo de ninguna suerte
-menguarlos. Tengo siempre en la memoria el denuedo con que riñó
-batallas, combates y escaramuzas contra ese socialismo de baja estofa,
-que hoy también ha encontrado intérpretes en los debates del Ateneo,
-contra ese socialismo que empieza pidiendo herramientas de trabajo, y
-concluye negando á Dios. Sé que la debo muchos y buenos oficios. ¡Oh!,
-sí, es mucho lo que debe mi pobre entendimiento á la escuela de los
-Smith, Say y Bastiat. Cuando ahora cae de nuevo un libro economista en
-mis manos, se me figura que recibo la visita de mi buena y anciana
-nodriza. Á ésta la estrecho entre mis brazos, pensando en el amante
-esmero con que en otro tiempo puso en mis labios el jugo de la vida. Á
-aquél le tiendo una mirada cariñosa, busco y leo con placer algún
-capítulo, cuya huella no se haya borrado de mi espíritu, y torno á
-colocarlo con el mayor cuidado en su estante, recordando que en otro
-tiempo ha provisto mi carcaj de escolar con firmes y aguzadas saetas.
-
-Conste, pues, que me duele profundamente el ver al Sr. Rodríguez tan
-individualista. Sería muy largo el asunto, y no tengo en este instante
-tiempo ni oportunidad para dar explicaciones sobre este mi metafísico
-dolor. Día y ocasión llegarán tal vez en que sea más pertinente el
-hacerlo.
-
-Mas el Sr. Rodríguez es un individualista que ha puesto siempre su
-palabra y su pluma al servicio de todas las grandes causas sociales. Con
-esto y con la afición que de poco acá se le ha despertado al estudio del
-Derecho, todavía puede esperarse que rectifique y temple algún tanto su
-espíritu intransigente. De un hombre de talento se puede esperar mucho;
-pero de un hombre de talento y sincero, debe esperarse todo.
-
-Como no acostumbro á ocultar nada, tampoco quiero ocultar al Sr.
-Rodríguez uno de los efectos que me produce. He pensado muchas veces que
-el señor Rodríguez es el único que entre nuestros políticos conserva
-pura la tradición progresista. Creo ver en él el único ejemplar que hoy
-nos queda de aquella insigne raza de hombres fervorosos y resueltos,
-exagerados quizá en su odio á las instituciones del pasado, como en su
-amor á la libertad, pero firmes y generosos en sus pensamientos y en su
-conducta. El señor Rodríguez es, como si dijéramos, el último
-Abencerraje del progresismo. Si algún día tienen mis semblanzas el honor
-de pasar á la categoría de zarzuelas, pido al ilustre compositor que
-lleve á cabo tan meritoria empresa no deje de poner á ésta por música el
-himno de Riego.
-
-No rías, mancebo presuntuoso, tú que apellidas cándidos á los hombres
-del progreso y reservas tus frases más ingeniosas y sarcásticas para el
-momento en que percibes los acordes del himno de Riego. Recuerda que al
-son candencioso de este himno derramaron tus padres mucha sangre por
-darte la libertad, que acaso tú no sabrías conquistar. Recuerda que
-vibró cual música de esperanza en los oídos de muchos moribundos
-mártires de la libertad y sonó aterrador en los alcázares de los
-tiranos. Quiero confesarte una debilidad, joven imberbe. Yo, cuando es
-cucho el himno de Riego, creo oir entre sus notas agudas y enérgicas los
-gritos triunfales de los héroes que lucharon hasta morir por la madre
-patria y por la santa libertad, y derramo lágrimas de gratitud y de
-alegría. ¡Lloro, joven escéptico, lloro como un cursi!
-
-La oratoria del Sr. Rodríguez es genial y espontánea. No busca ni
-esquiva el efecto; esto es, no se entretiene en limar esmeradamente los
-períodos, pero tampoco llega su austeridad científica, y por ello le
-felicito, á despojarlos torpemente de sus galas cuando acuden ataviados
-á su lengua. Toda idea, por abstrusa que sea, puede expresarse en un
-período castizo, sonoro y terso, y no necesita, como algunos suponen,
-andar á tajos, barbarismos y mandobles con la gramática para darse á
-luz. Es flúido sin dejar de ser sencillo, castizo sin pedantería y
-enérgico sin afectación. Tampoco deja de poseer todo el donaire y
-gracejo que caben dentro de los límites que le impone la nunca
-desmentida y tradicional gravedad de su partido. No echemos en olvido
-que, ante todo, es el progresista, es decir, la imagen perfecta de la
-aguja imantada que sólo abandona por breves instantes la idea que
-señala. Pero es el progresista que guarda en su pecho, como precioso
-tesoro de padres á hijos trasmitido, toda la fe, todo el aliento y toda
-la inocencia de aquel memorable partido. No sé quién ha dicho que el
-partido progresista vivió durante algunos años con una idea y una
-cebolla. Yo creo que el Sr. Rodríguez sería capaz hasta de prescindir de
-la cebolla.
-
-[Illustration]
-
-
-
-
-D. FRANCISCO DE PAULA CANALEJAS
-
-
-[Illustration: C]UANDO oigo decir que en España abunda el talento, mi
-pensamiento va á parar sin saber cómo al Sr. Canalejas. Cuando me dicen
-que escasean la diligencia y el carácter, sin saber cómo también pienso
-en el docto presidente de la sección de Literatura. Por más que no acabe
-de convencerme de que el talento busca puerto en nuestra patria con
-preferencia á otros puntos del globo, no cabe duda que el Supremo
-Hacedor mostróse pródigo y hasta rumbón, como acá decimos, y aun se le
-fué la mano con alguno de mis compatriotas.
-
-¡Excelente cosa es el talento! Que lo diga, si no, el Sr. Perier, que en
-esta materia es testigo de mayor excepción. ¡Cuántas cosas buenas se
-pueden hacer con talento! Entre ellas, una semblanza de gracioso corte
-que agrade á los lectores y no disguste al orador. Lo cual es mucho más
-difícil que inflar un perro.
-
-Para mí, el talento del Sr. Canalejas es materia de dogma. Aparte de que
-mi entendimiento así me lo dice, tengo otro motivo para creerlo. Es un
-motivo fantástico. Han de saber ustedes que allá en los tenebrosos
-laberintos de mi cerebro, he dado en representarme, sin que tenga
-fuerzas para huir esta insensata imaginación, las ideas y las cualidades
-del espíritu por los colores de la materia. Así que al amor me lo figuro
-blanco, á la simpleza rosada, al talento azul, al país rojo y á los
-constitucionales verdes. El Sr. Canalejas lleva siempre delante de sus
-ojos unos espejuelos azules. No me cabe duda, tiene talento.
-
-Creo haber dicho ya, y si no lo he dicho lo digo ahora, que el talento
-del Sr. Canalejas está contrarrestado por un carácter enteco y
-tornadizo. Esto al menos se dice de público, y esto debemos creer
-pensando mal, que es la mejor y más fácil manera de acertar. En el
-espíritu del Sr. Canalejas han contraído matrimonio un talento macho y
-un carácter hembra. Y como este matrimonio no se ha verificado como el
-Santo Concilio de Trento lo dispone, para los buenos creyentes es un
-nefando concubinato.
-
-La voz del pueblo (_vox Dei_) acusa, además, al señor Canalejas del feo
-pecado de holgazanería. Confesemos que en esta ocasión la voz de Dios ha
-dado un gallo. Para mí el Sr. Canalejas es un prodigio de actividad.
-Sólo con actividad, y con mucha actividad, se alcanza un nombre
-esclarecido en la literatura, en el foro y en la filosofía. Pero nuestro
-presidente sostiene lucha desigual, que agotará sus fuerzas, con un
-enemigo terrible: el tiempo. El tiempo es la materia primera de todo
-sabio, y sin ella no es posible laborar ciencia. Así se explica que el
-señor Canalejas aborde con denuedo todos los problemas del pensamiento
-humano y los abandone cuando aún no está bastante saturado de ellos. Yo
-hubiera deseado más verle ahondar en la ciencia de la estética, que
-tanto contribuyó á propagar en nuestra patria, que hallarle cual frívolo
-mancebo requebrando de amores, ora á los estudios de erudición
-literaria, ora al derecho, ora á la filosofía. Necesito hacer una
-salvedad. Si el Sr. Canalejas se ha dedicado al estudio del
-Derecho--incompatible, á mi juicio, con otros de distinta índole--por
-pura afición ó deseo de saber, merece que le censuremos acremente. Mas
-si ha dedicado sus talentos á la jurisprudencia tan sólo para alcanzar
-por su intercesión lo que no ha podido recabar por vías más amables,
-entonces sólo nos resta lamentarnos amargamente de que en nuestro país
-necesite un literato insigne sacrificar su vocación en aras de las
-necesidades físicas.
-
-He dicho que el Sr. Canalejas tenía talento, y no me vuelvo atrás. Sobre
-que sería igual que me volviera, pues no dejaría por eso de tenerlo.
-Conviene que determine ahora de qué clase es su talento. Acerca de esto
-no puede existir duda alguna: el talento del Sr. Canalejas es
-esencialmente crítico. Como crítico no tiene rival hoy en España. Vaya
-usted á averiguar ahora por qué un hombre que posee dotes
-extraordinarias de crítico no piensa en criticar nada. Para la
-resolución de este problema recuérdese lo que he dicho en el comienzo de
-este artículo. De todos modos, es imperdonable que el Sr. Canalejas
-abandone el campo de la crítica, principalmente de la crítica dramática,
-á la impotencia petulante é insufrible de los literatos menores que hoy
-la tienen monopolizada para baldón de las españolas letras.
-
-Las cualidades que lo realzan como crítico menoscaban su elocuencia, de
-la cual tiempo es ya que hablemos. Un crítico es un hombre que necesita
-criterio firme, talento analítico, dicción correcta y juicio sereno. No
-diré yo que estas aptitudes sean para el orador cosas superfluas, pero
-me atrevo á creer que tampoco son de primera necesidad. Tengo para mí
-que el docto lector ha enderezado ya su pensamiento hacia un insigne
-orador del Ateneo, y lo está desmenuzando sin piedad para comprobar mi
-aserto. Caro lector, ten el afilado escalpelo y observa que vas á cortar
-la fibra de la pasión y el hermoso tejido de la fantasía.
-
-El Sr. Canalejas pasa por orador de muchas tildes. Con efecto, de tal
-modo peina y asea su palabra, que las frases que brotan de sus labios,
-por lo afeitadas y relamidas, semejan damas del tiempo de Luis XV. Salen
-con el cabello empolvado, las mejillas pintarrajadas y hasta lunares
-postizos. El señor Canalejas aspira, por lo visto, á hablar lo mismo
-que escribe. Supongamos que lo consigue: tendremos un elegante y castizo
-escritor que redacta su prosa con la punta de la lengua, pero no un
-orador. La oratoria necesita más de calor y oportunidad que de tildes.
-
-Pero si no es un verdadero orador el Sr. Canalejas, bien puede
-considerársele en cambio (un cambio que nadie vacilaría en aceptar) como
-el prosista más elegante, más castizo y más flúido que hoy posee el
-idioma castellano. Es la prosa del Sr. Canalejas como una de esas
-bebidas azucaradas y refrescantes que se toman con delicia en una tarde
-calurosa del estío. Si la comparamos con las inmundas pócimas que
-diariamente nos hacen gustar las prensas españolas, parece ambrosía de
-los dioses. He aquí por qué leo sus discursos con más placer que los
-escucho. El Sr. Canalejas no pronuncia discursos, los dicta, ó lo que es
-igual, los pronuncia para el día siguiente. Pero al día siguiente son
-una obra tan lúcida y primorosa, que merecen llevar á su cabeza el
-humeante pebetero de la Academia con la metafórica inscripción: _Limpia,
-fija y da esplendor_.
-
-La palabra de este orador sería flúida y expedita si no cuidara tanto de
-su aliño. Pero el público tiene que esperar á que cada una haga su
-_toilette_ ó tocado, como decimos en romance, y éste se prolonga alguna
-vez en demasía. No sé decir si á esta frialdad que advierto en la
-oratoria del ilustre presidente contribuyen aquellos supradichos
-espejuelos azules. Creo que sí. Los ojos son un poderoso auxiliar para
-la lengua, y los del Sr. Canalejas son unos ojos mudos; mudos al menos
-para el auditorio, aunque agoten los giros más expresivos detrás de unas
-paredes cristalinas. Los ojos ríen, los ojos lloran, los ojos
-interrogan, los ojos amenazan. Nada de esto llega á nosotros cuando
-habla el orador que nos ocupa. El Sr. Canalejas habla como hablaban con
-su boca de sílice los antiguos oráculos egipcios. Se percibe el
-movimiento de los labios, se escucha el ruido de la voz, y nada más. Los
-ojos no varían el curso de la palabra, pero lo iluminan. Cicerón no
-hubiera confundido á Catilina si gastara anteojos azules.
-
-En cambio, estos anteojos prestan á su pensamiento un optimismo que
-escandaliza al Sr. Revilla. La tierra para él es un segundo cielo. Los
-campos y las ciudades son azules para nuestro orador. Hasta al Sr.
-Revilla lo ve de color de cielo.
-
-Se dice que es discípulo de Krause[2]. Distingamos. Si por krausista se
-entiende un personaje extravagante y soberbio que, colándose de sopetón
-en la morada de la ciencia, pretende dar con la puerta en las narices á
-cualquier otra doctrina que no sea la suya; es decir, si el krausista ha
-de ser un ultramontano vuelto al revés, el Sr. Canalejas está muy lejos
-de recibir con justicia tal denominación. Mas si ésta significa por
-ventura la creencia razonada en todas ó en parte de las doctrinas de
-aquel filósofo sin constituirse en sectario suyo, bien puede asegurarse
-sin temor de calumniarle que es krausista. ¡Que no fueran todos los
-krausistas como el Sr. Canalejas, tolerantes, flexibles, y sobre todo
-más estéticos en su obrar y decir!
-
-Merced á su talento y á una base metafísica bien asimilada, nuestro
-orador habla con lucidez y discreción sobre todo lo que es asunto de la
-ciencia y del arte. Prefiero, no obstante, escucharle cuando diserta
-sobre el último punto. Entonces adquiere su frase el más alto grado de
-perfección y domina en las palabras como en los pensamientos una armonía
-que denota la irresistible vocación de su espíritu. No hay duda que el
-Sr. Canalejas está formado para amar la verdad por conducto de la
-belleza.
-
-[Illustration]
-
-[Illustration]
-
-
-
-
-D. FRANCISCO JAVIER GALVETE
-
-
-[Illustration: L]A muerte, que todo la quebranta, también ha quebrantado
-un propósito que había concebido al inaugurar esta galería de oradores.
-Pensé que siendo los jóvenes de suyo sobrado inquietos para hallarse
-bien entre personas de tal gravedad y discreción como las que aquí han
-venido, era prudente no dar cabida en ella á los oradores noveles.
-
-Por otra parte, el carácter de éstos ofrece tal vaguedad en los
-contornos y están sus tendencias tan borrosas y confusas, que la pluma
-nada acierta á definir con claridad en ellos. Al convertirse en hombres,
-acaso mostrarían mi semblanza como una de esas fotografías envejecidas y
-arrinconadas en álbum añoso que despiertan siempre la risa de los amigos
-de la casa.
-
-Pero la muerte envejece más que los años. El que muere queda en un todo
-definido, y sus rasgos fijados por una eternidad. Es un joven muerto de
-quien os voy á hablar.
-
-Poco más de un mes hace todavía que un puñado de yeso cerró para siempre
-en tétrica estancia el cadáver de Javier Galvete, y ¡cuántos le han
-olvidado ya! Tal vez á alguno le parezca demasiado tarde para hablar de
-él. ¿Haré mal en entregar á su indiferencia con este recuerdo el nombre
-de un amigo querido? ¡Decídmelo los que escuchasteis por última vez
-aquella palabra vigorosa y acerada que hacía vibrar las conciencias!
-¡Decídmelo los que visteis aquel rostro, lívido por el dolor y por la
-duda, mirando por vez postrera hacia vuestros escaños, con los ojos
-opacos y ansiosos del gladiador que muere en la arena! ¡Sí! murió el
-atleta del espíritu, y el olvido fué la losa que cerró su tumba. Mas yo
-tengo motivos poderosos, motivos del corazón, para no asociarme á tal
-olvido, y quiero rendir á Galvete con estas líneas un triste y fraternal
-homenaje.
-
-Javier Galvete había alcanzado una madurez de entendimiento fatalmente
-prematura. Como ciertos frutos que ostentan desde muy temprano su dorada
-corteza entre las verdes hojas del estío, Galvete ocultaba una
-inteligencia de gran alcance, bajo una frente de niño. Pero los frutos
-prematuros no pueden resistir el ímpetu del vendaval ni las tempestades
-del verano, y caen y se corrompen en el suelo. Así cayó Galvete del
-árbol de la vida.
-
-De aquellos dos grupos de temperamentos que se reparten el linaje
-humano, el uno soñador, místico, entusiasta; el otro, práctico, sereno,
-impasible, Galvete pertenecía al primero. El mundo indiferente y egoísta
-en que vivimos era pobre escenario para un espíritu tan ardiente y
-turbulento como el suyo. Mejor le cuadrara aquel otro de tensión
-extrema, de fiebre, que recibe el nombre de Edad Media. En sus locas
-empresas, en sus férreos dogmas, en sus intensas emociones, conseguiría
-tal vez apagar la sed que lo devoraba. Este afán ansioso que sentía de
-llenar su alma de ideas para engrandecerla, llevóle harto temprano, sin
-auxilio de nadie y sin medios de fortuna, al país donde hoy se forjan
-los más altos pensamientos, á la tierra insigne de Alemania. ¡Cómo se
-repitió con mi infeliz amigo el viejo cuento germano! La pérfida
-Loreley, la virgen de los cabellos de oro, disfrazada ahora con el manto
-inmaculado de la filosofía, le atrajo con sus cánticos suaves para
-hacerle morir traidoramente.
-
-Los que hemos conocido á Galvete nunca dudamos de su mérito y sabíamos
-bien que no tardaría en hacerse la luz sobre su nombre. Mas él
-mostrábase indiferente y hasta esquivo á las seducciones de la gloria,
-tal vez porque reclamaba toda su atención la cruel batalla que se reñía
-en su conciencia. La idea religiosa llenó completamente su breve
-existencia. Al nacer á la vida de la razón sintióse acometido de esa
-terrible enfermedad que azota nuestro siglo y que amarga todos nuestros
-placeres. La duda impía alojóse en su cerebro. Muchos estudios, muchas
-vigilias, muchas torturas consiguieron al cabo lanzarla fuera, pero al
-salir dejó atrás un cuerpo marchito y agotado, propio para servir de
-presa á la tisis.
-
-Nada hay más horrible que esos gritos desesperados del pensamiento que á
-toda costa quiere ser acción. Galvete los sintió siempre tronar en sus
-oídos. Apenas nacidos, ya le atormentaban demandándole una instantánea
-realización, y su alma y su cuerpo se esforzaban en vano por
-concedérsela. Esta lucha le producía fiebre y la fiebre le mataba lenta,
-pero seguramente.
-
-La enfermedad es antigua. El espíritu del hombre vive en perpetua
-agitación como las aguas del Océano, sube como sus olas hasta los cielos
-y baja también á los más negros abismos. Y así, entre el dolor, la duda
-y la esperanza se mueve eternamente el mundo de los seres humanos. Feliz
-el hombre cuya vista no penetra la región de los sueños y de las
-ambiciones. Su vida ignorada, apacible, monótona, es mil veces más dulce
-que la de aquellos cuyo cerebro pudiera tomarse por guarida de
-fantasmas.
-
-¡Feliz aquel que trata á sus nervios como viles lacayos! ¡Plegue á Dios
-que jamás se le rebelen ni promuevan algaradas en su organismo! Porque
-si la lucha del hogar doméstico está pintada con tan sombríos colores
-por los moralistas, ¿qué debemos pensar de la que existe en el fondo de
-la conciencia? Sí, hombres que sufrís los excesos del pensamiento,
-¡guerra á muerte por díscolo y traidor al sistema nervioso
-cerebro-espinal! ¡Loor eterno al prudente tejido muscular! Él sólo es
-fuerte y á la par sensato y honesto.
-
-El mal se ha recrudecido de un modo alarmante en nuestros días. El
-vértigo se ha apoderado de todas las cabezas, quiero decir, de casi
-todas. Todo se piensa, todo se medita, todo se proyecta, pero nada se
-deja sazonar. El minuto mata al minuto y el pensamiento al pensamiento,
-y en esta desenfrenada actividad intelectual se rompe la armonía del
-espíritu y se disipa el encanto de la vida. Y es lo peor que cada hombre
-no se resigna á ocupar el sitio que le corresponde en la obra de las
-generaciones, no quiere limitarse á cultivar con paciencia el suelo que
-pisa, sino que aspira, en los breves días que se le otorgan sobre la
-tierra, á resolver todos los problemas, á someter los imperios del cielo
-y de la tierra á su dominación.
-
-Yo no sé si Galvete era un hombre religioso ó un impío. Los hombres
-religiosos que me han hecho conocer desde muy temprano, respiran sosiego
-y alegría por todos los poros de sus mejillas frescas y rosadas por
-punto general: su marcha es reposada y firme: están siempre en guardia
-contra su pensamiento, y hablan sin escrúpulo de todas las cosas que no
-se relacionan directa ni indirectamente con el dogma. La Providencia,
-pero una Providencia regocijada y próvida, parece habitar en su alma.
-¡Cuán diferente de ellos era Javier Galvete, tan brusco, tan flaco, tan
-triste, tan inquieto!
-
-Yo he oído decir, sin embargo, que la meditación sobre la naturaleza de
-Dios es un verdadero culto. Nuestra alma se desprende de lo que es
-perecedero y finito, y marcha hacia lo absoluto é infinito en alas de la
-razón, penetrándose del amor eterno y de la armonía del universo. Acaso
-sean éstas huecas palabras de una filosofía revolucionaria y atea.
-
-Lo cierto es que nuestro joven orador no iba á la moda en materia de
-religiosidad, sin comprender que á todo el que pretende romper con la
-moda se le levanta una cruz en este mundo.
-
-Como escritor tuvo también este ilustre joven la mala ventura de no ver
-aprovechadas sus notables aptitudes por la prensa política afín á sus
-ideas, necesitando poner su pluma, para subsistir, al servicio de otra
-menos liberal.
-
-De este ultrajante grillete que la necesidad aplicaba á su inteligencia
-durante el día, vengábase á la noche lanzando rojas oleadas de una
-oratoria vivaz y atrevida sobre las dormilonas cabezas de los
-reaccionarios del Ateneo. Nadie como él logró estremecerlos azotando sin
-compasión sus invasoras doctrinas, después de arrancar á jirones el
-oropel con que se encubren. Aquel rostro pálido y de algún modo
-siniestro, aquella palabra audaz, penetrante, fanática, traían á la
-memoria las predicaciones de los primeros campeones de la Reforma. Como
-en los de ellos, brillaba alternativamente en sus discursos un
-entusiasmo ruidoso, un amargo desengaño ó una ansiedad febril. Sin
-embargo, aunque exaltado é impetuoso en el debate, era dulce y afable
-cuando hacía reposar su espíritu angustiado en el seno de la amistad. Me
-complazco en afirmarlo aquí para desvanecer cualquiera duda que acerca
-de su carácter pudieran concebir los que no conocieron á Galvete más que
-en las discusiones académicas. Se había erigido en apóstol de los
-derechos del individuo y del Estado, enfrente de las pretensiones del
-tradicionalismo monstruosamente acentuadas en estos últimos años, y
-acaso movía su lengua con demasiada sinceridad para la usanza de esta
-tierra. Su oratoria era profunda y nerviosa. Hablaba con una facilidad
-severa y restringida, como aquel que quiere hacer que prevalezca la idea
-sobre la palabra. La acción con que se acompañaba tenía poca variedad;
-era monótona, pero se acomodaba bien á ese género de oratoria sin
-efectos, serena y clara, donde cada juicio vale una sentencia y cada
-palabra un hecho. Era una oratoria interior más que exterior. Los años
-hubieran limado las asperezas de su estilo y los arranques de su
-misticismo, y entonces pasaría á formar entre los más grandes oradores.
-
-Pero ¿á qué imaginar lo que pudo ser? Acordémonos más bien de lo que ha
-sido: un joven que pensó, que sintió con exceso y que pagó con la muerte
-el capricho de pensar y de sentir las cosas que tienen sin cuidado á los
-demás; un perseguidor infatigable de fantasmas; uno de esos hombres que
-en el jardín de la vida se empeñan en coger tan sólo aquellas flores
-tristes y simbólicas que la fantasía del pueblo ha llamado
-_pasionarias_.
-
-La verdad es que el número de éstas va aumentando de tal modo, que
-amenazan cubrir con fúnebre manto los vergeles de la tierra. Todos los
-antídotos de la filosofía optimista no bastan ya á convencernos de que
-esta vida sea más que una serie dolorosa de tristezas y decepciones. La
-muerte va adquiriendo de día en día mayor reputación entre los hombres
-razonables. Y es que la vida debe parecerse á una de esas mujeres
-coquetas y abominables de las que nos cuesta gran trabajo separarnos,
-pero que, después de conseguido, nos admiramos de haber amado tanto. Por
-el contrario, la muerte es tranquila, serena, inalterable como la virgen
-de los últimos amores. ¿Vale tanto por acaso una vida de dolores y
-desengaños como el dulce reposo de lo eterno? ¿Y qué otra clase de vidas
-ofrece el destino á los que nacen con talento? El talento es ya por sí
-una enfermedad, por más que esta enfermedad, como la de las ostras,
-produzca hermosas perlas, y el que lo posee lo arrastra por el mundo con
-trabajo. Fuera de los carriles ordinarios de la vida, va tropezando con
-todo, chocando con los infinitos obstáculos que la preocupación, el
-egoísmo y la rutina oponen á su paso, y cuando llega al término de su
-carrera, que es la muerte, ha dejado ya en jirones por el camino todos
-los deseos y todas las ilusiones de su alma. El hombre que muere sabe
-que deja en pos de sí un universo de desdichas cuyo amargo jugo hubiera
-él gustado gota á gota, á prolongarse más su estancia en este suelo. Lo
-que nos hace amar la vida es la seguridad que tenemos de perderla. Sin
-esa seguridad, no me cabe duda que la miraríamos con desdén, y ¡quién
-sabe también si con horror!
-
-He visto morir á algunos de mis amigos cuando habían llegado á la
-plenitud de las esperanzas, pero no á la de la razón. Pues bien: creo,
-después de considerar atentamente su existencia, que á serles posible,
-ninguno volvería de la región de las sombras, ninguno atravesaría de
-nuevo la laguna Estigia para mezclarse otra vez con la turba de los
-vivos. Galvete menos que todos querría emprender nuevamente su fatigoso
-Calvario. Él, que ha descifrado ya el enigma tremendo de lo infinito,
-conoce bien lo que vale este mundo finito. Algunos, muy pocos,
-atraviesan la tierra de día. Galvete la atravesó en las horas más negras
-de la noche. Por eso de los hombres como Galvete no debe decirse que
-mueren, sino que hacen dimisión de la vida.
-
-[Illustration]
-
-[Illustration]
-
-
-
-
-D. EMILIO CASTELAR
-
-
-I
-
-
-[Illustration: C]ASTELAR y el P. Sánchez!
-
-No es posible negar que nuestra patria es incomprensible y caprichosa en
-extremo. Unas veces se dedica á lo sublime, y sumergiendo su mano en lo
-profundo, arranca del rizado mar de su poesía una figura como Castelar.
-Otras se entrega con pasión á lo cómico, y despide de su seno entre
-muecas y contorsiones oradores como el P. Sánchez. Castelar y el P.
-Sánchez son el alfa y la omega de mi humilde trabajo. He salvado como
-pude el paso que media, según dicen, entre lo ridículo y lo sublime.
-
-Pero abordar el carácter y la fisonomía oratoria del señor Castelar
-ofrece un sinnúmero de dificultades. La primera y más principal, en mi
-concepto, es la falta de perspectiva. La figura de Castelar, como
-orador, diré, empleando una locución técnica, que está tallada en
-colosal, y es de todo punto imposible, sin alejarse un tanto, apreciar
-con exactitud su valor artístico. Confieso que no puedo darme cuenta
-cabal del sitio que ocupa en el horizonte del Arte, y entrego por lo
-tanto esta mi semblanza á la enmienda de los futuros. Otra de las más
-grandes dificultades que se me ofrecen es el compromiso formal que he
-contraído al comenzar mi tarea de eliminar por entero el aspecto
-político del orador para ceñirme exclusivamente á su aspecto académico.
-¡Oh! si me fuera dado mirar, siquiera fuese con el rabillo del ojo, al
-Parlamento, ¡con cuánto grande hombre pondría á mis lectores en
-contacto! Les contaría la vida y milagros de aquel insigne orador que al
-terminar su discurso se sentó con la mayor dignidad sobre el vaso de
-agua. Y los de aquel otro que tratándose de la langosta pidió la palabra
-para una alusión personal. Sin olvidarme tampoco de aquel que al llegar
-en su discurso cargado de apóstrofes, epifonemas, perífrasis y
-concatenaciones á la frase: «pensáis tal vez, hombres ilusos, que
-Napoleón...» la repitió tres veces, y murió con Napoleón en la boca,
-realizándose en los escaños del Congreso aquel día un Waterloo de risa.
-Pero yo no soy cronista del Parlamento, sino del Ateneo, y es fuerza que
-guarde en el fondo de mi pupitre las historias que acabo de mencionar y
-otras muchas no menos sabrosas y divertidas. De ello me pesa con toda
-el alma, porque estos señores académicos tan graves y comedidos que no
-son capaces de romper un plato, ni de sentarse sobre un vaso de agua, me
-obligan á guardar demasiada ceremonia. Siento que allá, por los
-laberintos de mi imaginación, viene, va y torna un espíritu retozón y
-travieso que está ganoso de reir á toda costa, y me empuja fuertemente á
-ocuparme de otra ralea de oradores menos sabios, menos artistas, pero
-más amenos.
-
-También hoy es necesario que dormite en la más enervante postración. Se
-trata de Castelar, del más grande de nuestros oradores, y me veo en la
-precisión de ponerme el frac y adoptar un continente grave y respetuoso.
-Castelar, como orador, no pertenece solamente al Ateneo, pertenece á
-España, pertenece al mundo, pertenece á la libertad. La tiranía ha
-tenido á su servicio grandes filósofos, juristas y hasta poetas. Jamás
-ha tenido un grande orador. Cicerón, Demóstenes, Mirabeau, Oconnell y
-Castelar son hijos de la libertad. Es que el filósofo, el jurista y
-hasta el poeta envían sus cuartillas corregidas á la imprenta, mientras
-el orador lanza su alma toda entera, sin tachas ni raspaduras, por la
-boca y por los ojos á la muchedumbre. La muchedumbre, que no es capaz de
-percibir toda la perfidia que puede esconderse entre los renglones de un
-libro, ve con admirable instinto la que se oculta bajo los ojos de un
-hombre, y sabe matar con el desprecio al que la engaña.
-
-Castelar, en la ciencia, en el arte y en la vida, representa un
-pensamiento amable, pero inverosímil y extraño para nuestra sociedad.
-Este amable pensamiento se llama en la ciencia panteísmo, en el arte
-realismo y en la vida armonía.
-
-Castelar es un campeón de la causa de la naturaleza. Es panteísta en el
-gran sentido de la palabra, en un sentido fundamental. Esto ha hecho
-pensar á muchos que el famoso orador es hegeliano. No puedo creerlo. No
-es Hegel el que ha hecho panteísta á Castelar, sino que, siendo el
-panteísmo inherente y virtual en su modo de ser, ha permitido que la
-filosofía hegeliana influyera poderosamente en su espíritu. Pero
-Castelar no es el panteísta especulativo que procede con rigurosa
-dialéctica para encerrar el pensamiento en un sistema, no; es el poeta,
-es el enamorado de las formas vivas que percibe con la claridad de un
-iluminado el lazo invisible que existe entre los dos aspectos, bajo los
-cuales el universo siempre idéntico y el mismo se ofrece al espíritu y á
-los sentidos. La filosofía de Castelar no permanece inmóvil y como
-cristalizada en el abstracto recinto de una fórmula matemática ó
-dialéctica, es una filosofía que arranca del fondo mismo de su
-naturaleza, es una filosofía puramente individual.
-
-Esto significa que nuestro orador no siente la imperiosa necesidad de
-dar á la vida soluciones concretas, que es á la postre de todo lo que
-hace brotar los sistemas. La vida le parece demasiado rica, demasiado
-varia para someterla al imperio de una fórmula inflexible y abstracta.
-Sin embargo, busca con ansia la generalización, la síntesis que son
-leyes del espíritu, huyendo de un particularismo estrecho y falto de
-perspectiva con el que no podría acomodarse jamás su elevado
-pensamiento.
-
-Esta filosofía individual no puede menos de engendrar una religión
-excesivamente flexible y humana. La inmortalidad se ofrece á su
-inteligencia como una trasformación incesante, como un progreso sin fin,
-en el cual el espíritu llega á agotar todas las formas de la vida
-infinita. Esta religión tiene su catecismo en el gozoso panorama de la
-Naturaleza. En todas las páginas de este catecismo se encuentra grabado
-el excelso nombre de Dios. Mas el Dios de Castelar no es el Dios
-crucificado, no es el Dios transido de dolor, sino el Dios en quien se
-expresa todo lo que vive y siente, que incesantemente se trasforma, que
-incesantemente se modifica, que muere en la naturaleza para renacer en
-el espíritu, y se ofrece, total y absoluto, en una evolución infinita.
-
-El arte es una de las formas que ese Dios afecta al bajar sobre la
-tierra, y nuestro orador le rinde un culto apasionado. Si he dicho que
-Castelar era realista, entiéndase que no es el realismo efímero de los
-tiempos presentes el que le cautiva, sino el realismo que parte de la
-célebre fórmula de la lógica hegeliana, toda idea es realidad, toda
-realidad es idea. La idea realizándose bajo forma sensible, ése es el
-arte, y artista el que siente palpitar la idea bajo la forma.
-
-No obstante, aunque Castelar representa en la esfera del arte la
-apoteosis de la forma, no se le puede acusar de haber alentado con su
-ejemplo ese cúmulo de producciones frívolas, donde la miseria del fondo
-aspira á velarse por los artificios de la forma. El fondo y la forma en
-el arte no se distinguen perfectamente como á primera vista parece, sino
-que mantienen tan estrecho enlace que es imposible separarlos en la obra
-bella. ¿Quién sería capaz de distinguir el fondo y la forma en un cuadro
-de Velázquez ó en una melodía de Haydn? Castelar expresa bellamente lo
-que acude bello á su pensamiento. ¿Será por ventura responsable de que
-algunos se empeñen en expresar de un modo bello lo que acude feo y
-desgraciado á su imaginación? Lo que es preciso buscar en el arte, y lo
-que nuestro orador alcanza en grado superlativo, es la espontaneidad
-individual disciplinada y corregida por la regla, que debe presidir á
-toda concepción artística para comunicarle las proporciones
-convenientes.
-
-Pero se le censura, á mi juicio, con señalada injusticia por el empleo,
-según se dice, abusivo de las formas artísticas. Es opinión demasiado
-extendida que Castelar sacrifica la precisión y el rigor, que son los
-atributos de la exposición científica, en aras de la fantasía, la cual
-quebranta y destruye con sus imágenes el encadenamiento lógico y
-necesario con que el entendimiento enlaza, los juicios á los juicios, y
-las consecuencias á las consecuencias. Veamos lo que hay de fundado en
-esta censura. Indudablemente el empleo de las formas artísticas en el
-discurso tiene un límite, y no hay estético que no se apresure á
-señalárselo. Pero este límite todos convienen que está determinado, de
-un lado por la naturaleza del discurso, y de otro por la naturaleza de
-lo bello. La belleza de la expresión contribuye poderosamente á llevar
-el convencimiento al ánimo del auditorio; mas según que el discurso se
-proponga demostrar lógica y razonadamente una idea ó sólo infundir el
-amor á esta idea ó hacerla triunfar en el ánimo del auditorio, así se
-habrá de restringir ó extender el uso de la forma artística. Á este
-propósito, dice Schiller: «Existen dos clases de conocimientos: un
-conocimiento _científico_ que está basado sobre nociones precisas, sobre
-principios reconocidos; y un conocimiento _popular_ que no se funda más
-que en sentimientos más ó menos desenvueltos. Lo que es ventajoso para
-el segundo es con frecuencia contrario al primero». Ahora bien: no
-debemos echar en olvido que Castelar es el tribuno, no es el disertante,
-es el apóstol de la libertad y la libertad es una verdad _popular_. No
-hay duda que fué necesario demostrarla científicamente, pero ésta es la
-obra de la filosofía moderna, á partir de Kant. Castelar concibió la
-titánica empresa de hacerla amable en este país, cuyo sentido político
-hubieran pervertido largos siglos de tiranía y fanatismo. Es el fundador
-de la democracia en España, es el propagador de una idea esencialmente
-popular y nunca se vió que las ideas populares fuesen difundidas por
-maestros y pedagogos, sino por poetas y oradores. El profesor busca en
-su discurso un resultado futuro, el desarrollo intelectual de su
-discípulo mediante la adquisición de ideas perfectamente deducidas y
-probadas. El orador popular aspira á un resultado inmediato y para esto
-es indispensable que trabaje sobre la imaginación de sus oyentes,
-individualizando, haciendo sensibles las ideas. De aquí nace ese estilo
-animado, lleno de vida y colorido con que los escritores y oradores
-populares como Castelar difunden sus conceptos, el cual representa una
-transacción feliz y armónica entre el entendimiento que busca sobre todo
-el encadenamiento, la continuidad, y la imaginación que aspira á tocar y
-sentir la realidad y el calor de las ideas. Castelar, por el esfuerzo de
-su naturaleza armoniosa y comprensiva, junta y agrega lo que la
-abstracción había separado, y en vista de las facultades espirituales y
-de las facultades sensibles del hombre, se dirige á él todo entero y lo
-atrae por ese encanto irresistible que producen cuando se encuentran
-reunidos lo verdadero y lo bello.
-
-En la vida Castelar tampoco representa un fragmento, sino toda la
-humanidad. La moderación y la actividad que se observa en su conducta es
-un signo de fuerza. Sólo los débiles son obstinados é impacientes.
-Contempla la vida con mirada serena y recoge en conjunto todos sus
-elementos sin predominio ni monstruosidades, porque es un espíritu
-equilibrado. Se ajusta fácilmente al medio y á las condiciones de su
-existencia, pero las modifica mediante la influencia de su genio.
-Castelar entiende que la vida es un arte y no una fiebre, que la
-continuidad moderada de la acción vale mucho más que una agitación
-estéril y morbosa. Por eso no opone diques inútiles á la corriente de
-las ideas, sino que busca el medio de encauzarla para que le conduzca al
-resultado que se propone.
-
-Hay muchos hombres que, aun cuando fabricados de barro como todos los
-demás, aspiran á tener la consistencia de los peñascos ó creen cumplir
-con su conciencia ofreciéndose inermes al torrente devastador de las
-preocupaciones, como aquellos indios que se arrojan voluntariamente
-entre las ruedas del carro triunfal de sus ídolos para ser aplastados.
-Estos hombres merecen respeto por la pureza de los motivos que los
-impulsan. Pero es necesario convenir en que no deben ser hombres de
-acción en ninguna causa, porque, lejos de contribuir á su triunfo, lo
-retardan considerablemente. Tienen un puesto señalado en las esferas de
-la pura teoría, porque son impotentes para discurrir por los laberintos
-de la realidad. La vida es una continua transacción entre lo ideal y lo
-real, y aquel que no sabe transigir no debe acudir á ella.
-
-Castelar tiene un fin que llenar en nuestra patria y lo persigue con un
-celo y al propio tiempo con un sosiego que me traen á la memoria
-aquellos hermosos y profundos versos de Goethe: «Como la estrella, sin
-prisa, pero sin tregua, que cada uno se mueva dentro de su propia
-naturaleza». No puede petrificarse en la defensa obstinada de uno sola
-verdad porque pertenece á su obra y su obra es grande y comprende
-muchas verdades. No puede retraerse de la lucha porque el retraimiento
-enerva y enmohece la inteligencia. Todavía en estos tiempos en que la
-vida política arrastra una existencia precaria, cuando se ha hecho un
-silencio mortal en todos los locutorios de la opinión, cuando no se
-escucha el crujir de una pluma sobre el papel, cuando no se mueve una
-hoja en los árboles ni una lengua en la tribuna, sólo el gran orador es
-capaz de sostener la contienda, porque él solo habla un lenguaje que no
-es el de las parcialidades políticas, un lenguaje que no lastima á nadie
-y que á todos seduce.
-
-Una vez preguntaron á Sieyes: «¿Qué habéis hecho durante el Terror?»
-«¡Qué es lo que he hecho! He vivido.» Y había hecho bastante. Cuando
-rodando los tiempos le pregunten á Castelar: «¿Qué habéis hecho durante
-el período del _Silencio_?» «¡Qué es lo que he hecho!--podrá
-contestar.--He hablado.» Y aquellos hombres casi no podrán creerlo.
-
-
-II
-
-Los que voy á trascribir son datos suministrados por un espíritu, ó si
-se quiere trasgo con quien suelo celebrar conferencias de importancia
-suma. Es un trasgo verídico, al menos por tal le tengo, pero se ha
-dedicado últimamente, con harta asiduidad para lo que corresponde á un
-duende de su significación, á las lecturas de Hoffman, Poe, Fernández y
-González y otros escritores no menos alcohólicos, y me temo un poco que
-su cabeza, como la del ilustre hidalgo manchego, no rija de un modo
-cabal. Ustedes decidirán después de haberle escuchado si conserva una
-pizca de juicio ó si será preciso oirle como quien oye... á Perier.
-
-No hace muchas horas vino á mí con afectado misterio, y me dijo: «¿Estás
-escribiendo la semblanza de Castelar, no es verdad?» Sí. «Pues yo, que
-he vivido con todas las generaciones y en todos los países, te puedo
-comunicar datos interesantes para tu trabajo.»--Vengan esos
-datos--repuse. Y entonces el fantasma comenzó á silbar con sigilo en mi
-oído este inverosímil y descabellado relato:
-
-«¡Castelar! Castelar tiene una historia mucho más larga de lo que tú te
-figuras. Vosotros sabéis admirar y aplaudir á los grandes espíritus,
-pero rara vez os detenéis á estudiar su procedencia ó filiación
-histórica, ni las fuerzas ideales anteriores que han concurrido á su
-generación. Vosotros los humanos...»--Aquí el fantasma se despachó á su
-sabor contra nuestra raza y hago gracia á los lectores de su filípica,
-que no les habría de complacer gran cosa.
-
-«Castelar--prosiguió el espíritu--es un regalo que el viejo Oriente
-envía al Occidente. Salió de la cabeza de Brama cierta noche en que las
-estrellas, con un dulce titilar, llamaban el pensamiento hacia lo
-infinito, cuando las oscuras ondas del sagrado Ganges relataban muy
-quedo á la flor del lotus, que se inclinaba sobre su corriente, los
-misterios inescrutables de la muerte, cuando el piadoso anacoreta,
-postrado en tierra, murmuraba tembloroso su enigmática oración, cuando
-el ruiseñor turbaba sólo el silencio augusto de la naturaleza con su
-grito de amor y de esperanza.
-
-»El dios luminoso que le diera el ser envióle como fiel mensajero de su
-abdicación cerca de su hermano Zeos, y éste le prodigó mil agasajos,
-haciendo brillar su Olimpo con todo el esplendor de sus encantos
-perdurables. Todo cuanto una imaginación sobrehumana puede apetecer de
-dulce y halagüeño derramólo el monarca de los dioses en su feliz morada
-para honrar al venturoso embajador. Hasta se pensó en celebrar corridas
-de toros, pero el dios Apolo, con su séquito de musas, declaró
-rotundamente que en este caso no tomaría parte en las fiestas, y fué
-abandonado el proyecto. Aquella serie sin tregua de placeres y delicias
-comenzó á cansar á vuestro orador, comenzó á aburrirle la conversación
-del dios Júpiter, que no le dejaba ni á sol ni á sombra, y llegó á
-empalagarle la ambrosía. Así que un día, tomando de aquél la regia
-venia, descendió por los suaves declives del Olimpo á las llanuras del
-Ática, y bajo los plátanos del Agora, comenzó á arengar á la multitud de
-libres cuanto ociosos ciudadanos que allí rendían á la sombra culto á la
-libertad y al arte.
-
-«Después le vi muchas veces, ya en el taller de Fidias, ora en los
-jardines de Academo escuchando atentamente los discursos de Platón, ora
-también en los misterios de Eleusis dedicado á interpretar los ruidos de
-las hojas del árbol sagrado al ser heridas por el viento. Parecía feliz
-y no me preocupé más de él.
-
-»Largo tiempo después le volví á encontrar en Roma, cuando ésta,
-fatigada por las discordias civiles, plegaba sus brazos y bajaba su
-orgullosa frente ante la majestad de Octavio Augusto. Fué en una sesión
-del Senado. Se hallaba éste reunido en la Curia Hostilia sobre el Foro.
-Una docena de lictores que á la puerta vigilaban, anunció la llegada del
-cónsul Josefo que debía presidir la Asamblea. Antes de penetrar en el
-templo detúvose en el peristilo para consultar los auspicios, siguiendo
-la antigua práctica. Parecióme, sin embargo, que al observar las
-entrañas de la víctima inmolada, se dibujaba en su rostro angular y
-glacial una sonrisa ambigua y poco ortodoxa. Los sacerdotes declararon
-que los padres de la patria podían deliberar, y el cónsul entró en el
-recinto seguido de su cortejo. Una vez dentro, se aproximó al altar de
-Jano (el de las dos caras) y ofrecióle incienso y vino. Después fué á
-sentarse en su silla, y como la sesión aún no se había abierto, muchos
-senadores rodearon al cónsul departiendo entre sí con grande animación.
-Pude notar que aun cuando todos dirigían un diluvio de preguntas al
-presidente, éste apenas desplegaba los labios, limitándose á sonreir de
-aquella manera equívoca que ya antes me llamara la atención y á sacar de
-su esportilla algunos caramelos que ofrecía con agrado á los _padres_.
-Estos revolvíanlos en la boca con no poco regocijo comentando al propio
-tiempo en detalle todos los matices de la sonrisa que los había
-acompañado. Los unos pretendían que aquélla era una sonrisa de
-oposición, mientras los otros la juzgaban de todo punto ministerial. Y
-entre estas y otras azucaradas razones se abrió la sesión. Uno de los
-ediles del Senado se levantó para leer una proposición en la cual se
-elevaba al _príncipe del Senado_ Antonio á la categoría de _Eterno_, la
-cual hubo de agradar tanto á la Asamblea que prorrumpió en calurosas
-muestras de entusiasmo. En vano fué que Antonio rehusara con fuerza esta
-pequeña distinción, pues la mayoría en masa, como un solo empleado,
-decidió á todo trance votarla. El edil proponente se levantó entonces á
-dar las gracias al Senado, y suplicó á los padres se sirviesen decretar
-para conmemorar tan fausto acontecimiento se inmolasen en el templo de
-la Concordia 150 _ilegales_. En este instante el tribuno Emilio pidió la
-palabra desde su _subsellium_ y reconocí en él á Castelar. Pronunció una
-brillante arenga combatiendo esta sangrienta proposición, y haciendo la
-defensa de las antiguas formas republicanas tan escarnecidas en aquellos
-días, por los que volvían su rostro al sol del Imperio, que era el que
-más calentaba por entonces. Me fué imposible oir por entero su discurso,
-pues las continuas y ruidosas interrupciones de que era objeto impedían
-que su voz llegase muchas veces á mi oído.
-
-»No volví á verle en Roma y perdí su pista durante toda la Edad Media.
-En el siglo XV me dijeron que haciendo unas excavaciones en la ciudad de
-Agrigento, al levantar la tapa de una urna, maravilloso trabajo de
-cincel griego, lo encontraron dormido profundamente sobre el manuscrito
-de las obras de Homero.
-
-»Por último, le vi una vez más en la Universidad Central de Madrid.
-Explicaba la historia del universo en una cátedra de diez pies en cuadro
-con honores de pasillo. «¡Ay--exclamé para mis adentros,--y cómo echarás
-de menos, ilustre heleno, aquellos tapizados jardines del Ática, donde
-tantas veces te he visto conversar con Isócrates y Platón!»
-
-»En aquel momento el profesor fijó en mí su mirada perdida, y cual si
-viese mis adentros ó fueran también los suyos, dijo:
-
- * * * * *
-
-».....Al posar, señores, nuestra vista sobre los campos resplandecientes
-de la Grecia, sobre el Olimpo, ornado de mirtos floridos, de lentiscos,
-de laureles, en cuyas hojas brillan eternamente gotas de rocío que
-descomponen la luz en mil varios matices; monte coronado de un cielo
-siempre etéreo y azul, desde cuya cima se descubren á lo lejos las ondas
-del mar, que se rizan en blancas espumas, y el Oriente, la cuna del sol,
-la cuna también del paganismo, y al ver aquel templo misterioso
-convertido en ruinas, sus dioses en momias, secas las flores que lo
-cubrían, perdidos sus cánticos sin que de ellos quede ni un eco en los
-aires, desiertas las rientes playas por donde corrían, coronadas de
-verbena, sus teorías, una indefinible tristeza se apodera de nosotros y
-parece que se despierta en nuestra alma un sentimiento hostil al
-cristianismo.»
-
-
-III
-
-Cuando una idea baja de la _región de las madres_ á tomar carne en un
-hombre, agota con habilidad que maravilla, sin distraer uno solo, todos
-los recursos que nuestra naturaleza finita la ofrece para mostrarse
-admirable; y aparece el genio. Castelar ha encarnado en los tiempos
-presentes la idea de la elocuencia. El que desee ver claramente las
-pruebas de esa verdad no tiene más que examinar con cuidado su vida y
-sus escritos, y podrá observar con cuánta energía se muestra el orador
-en todos los rasgos del hombre y en todas las páginas del escritor. Leed
-cualquiera de las obras de Castelar y, sin daros cuenta de ello,
-vuestros labios empezarán á moverse, pronunciarán al principio
-tímidamente aquellos tersos períodos, después los dirán con énfasis, y
-al cabo de algún tiempo, si algo no os saca de vuestra distracción,
-estaréis declamando en alta voz. Es que por todas las páginas del libro
-corre y centellea la idea de la elocuencia. Es que Castelar es siempre
-un orador.
-
-¿Y qué es un orador? El orador es para mí el hombre á quien Dios entrega
-la espada del espíritu, la palabra. Unas veces se sirve de ella para
-sacar muelas en la plaza pública, y otras para volcar los imperios. Pero
-esta espada sale alguna vez de las fábricas cerúleas luciente y afilada
-como aquella de fuego que, al decir de la Biblia, un ángel esgrimió
-contra nuestros primeros padres á las puertas del Paraíso, y la
-Providencia las destina á los seres privilegiados como Castelar. Otras
-salen melladas y opacas como la que Bernardo usara en otro tiempo, y son
-las que el Padre Eterno regala á los seres que nacen sin privilegios
-como Perier.
-
-La palabra de Castelar es una palabra exuberante, briosa, con todo el
-calor de la juventud. Es una palabra destinada á hacer la luz en el
-profundo piélago de nuestra política, sublime y aparatosa como la de
-Moisés, flexible y gubernamental como la de un lord.
-
-Su espíritu recibe todos los días nuevos ensanches como las grandes
-poblaciones, y la palabra corre con presteza como medio de comunicación
-á infundir la vida y el movimiento en la nueva ciudad. Es una fuerza que
-sin cesar acrece, llenándose de todo lo sano que flota en el ambiente
-que respira, y su palabra recibe en cada transformación un nuevo temple
-que la hace esclava, bella y sumisa de un pensamiento grande.
-
-Mas esta esclava es una esclava india, no hay que dudarlo, y por más que
-en ocasiones vista á la europea y siga la moda de París, veo aprisionado
-en sus ojos el rayo de sol del Mediodía y en sus cabellos negros y
-sedosos contemplo las sagradas selvas del Indostán.
-
-Castelar trae del Oriente el sentido poético de la naturaleza tan
-necesario para templar y vigorizar los vuelos harto descompasados del
-ideal en nuestra Europa. Su estilo es un estilo plástico y poblado de
-imágenes que giran en caprichosos pasos por delante de vuestros ojos con
-la sonrisa en los labios y apuntando al porvenir.
-
-¿Nunca sumergisteis vuestra mirada en las profundidades del mar durante
-una tarde sosegada y dulce del estío, en una de esas tardes en que se
-muestra trasparente como una doncella que quisiera abriros su corazón?
-¡Cuánto rico tesoro, cuántas espléndidas ciudades olvidadas para siempre
-en el seno de las aguas os hace ver la inquieta fantasía! Sumergidlas
-también en las profundidades de ese estilo oriental, y alcanzaréis á ver
-los prodigiosos tesoros y las maravillas que puede fabricar la palabra
-humana.
-
-Es una felicidad para el Sr. Castelar no haber nacido en los tiempos de
-Nerón ó de Calígula, porque su lengua admirable haría nacer
-indudablemente en aquellos insensatos la infernal idea de cortársela
-para servir de plato en sus festines.
-
-¿Por qué no se mueve ya esta lengua en la cátedra del Ateneo de Madrid?
-¿Por ventura teme la competencia de la hoja de Albacete que esgrime el
-P. Sánchez entre sus carrillos? ¿Ó le infunde pavor la brocha de polvos
-de arroz que Perier pasea dulcemente por su boca?
-
-No dejo de comprender que la política es una amiga celosa y exclusiva
-que con frecuencia nos priva de cualquiera otra inocente distracción.
-Tengo presente, además, que usted, D. Emilio, necesita aprovechar todas
-sus fuerzas para llevar á feliz término la patriótica tarea que ha
-emprendido; ¿pero se figura usted que en el Ateneo no hacemos política?
-Vaya si la hacemos y muy flamante y muy seria[3]. Si usted pensara en
-dar una vuelta por aquí, no dejaría de tropezar con algunos jóvenes de
-corazón sano y de mente vigorosa, discutiendo en voz un poco más que
-alta las más arduas cuestiones de la ciencia del Estado. ¡Si viera usted
-qué mustios andan y qué desencantados! Entusiastas siempre de la
-libertad, pero aterrados ahora por sus excesos, se encuentran al borde
-del escepticismo, del cual sólo usted puede librarlos. Es necesario
-hacerles entender que aún hay para la democracia española una bandera,
-símbolo de progreso y compatible con la paz y la salud de la patria, y
-esta bandera es la que usted ha levantado valerosamente sobre los restos
-de un partido ensangrentado y delirante.
-
-El Ateneo es un país neutral, es la Bélgica de nuestra política, y
-aunque no pocas veces se cuela por sus rendijas y ventiladores el
-_simoun_ de la pasión, usted sabe muy bien que los árabes llaman al
-_simoun_ el hálito de Dios, y lo es en efecto. ¿Qué sería de una idea si
-la pasión no la cobijara bajo su manto de grana? Se moriría de frío. Á
-este centro debe usted acudir nuevamente, porque este centro con sus
-pasiones, con sus indisciplinas, con sus deslices artísticos, hasta con
-sus conservadores, y á pesar de sus ultramontanos, sabe mantener vivo el
-amor al estudio de los grandes problemas. Tiene una historia gloriosa,
-goza de un feliz presente, y si los grandes espíritus como usted no
-desertan de su modesto recinto, continuará empuñando en nuestra patria,
-con aplauso de todos, el cetro de la ciencia.
-
-[Illustration]
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-
-
-
-LOS NOVELISTAS ESPAÑOLES
-
-[Illustration]
-
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-
-PROEMIO
-
-
-[Illustration: T]AL vez convendría, lector, que empezase este prólogo
-aseverando que el éxito, y sólo el éxito tan ruidoso como inmerecido,
-ganado por mi colección anterior de semblanzas, me ha impulsado á
-ofrecerte la presente. De esta suerte llegarías á saber, no tan sólo que
-existe un libro de semblanzas que puede ser comprado, sino también que
-el autor del que tienes en la mano es un autor aplaudido, cursado y
-experto en tales sujetos, lo cual previene admirablemente para que no se
-escape ninguna de las agudezas que en él pudieran contenerse, y se
-tornen invisibles las muchas tonterías de que está plagado. Pero,
-lector, yo no soy un embustero. Conozco perfectamente los mandamientos
-de Krause, y sé que el hombre debe buscar la verdad con espíritu atento
-y constante, por motivo de la verdad y en forma sistemática. Cuanto
-saliese de mi pluma sobre favorables acogidas, compromisos contraídos,
-temores del porvenir é inquietudes del presente, sería pura y vulgar
-hipocresía. Ni tengo noticia de que mi libro anterior haya logrado éxito
-alguno, ni, caso de lograrlo, me creyera obligado á escribir otro
-parecido, ni aun al darlo á luz en este instante me propongo llenar el
-más pequeño hueco. No; este libro se ha escrito sin motivo, quizá porque
-su autor no ha tenido ocupaciones más urgentes que se lo hayan
-estorbado. Sobre esto, puedo añadir que no fué mi intento trazar un
-estudio serio ó profundo de la novela española, ni menos apuntar los
-fundamentos estéticos en que tal género descansa, ni siquiera influir
-con mi desautorizado consejo en los acuerdos ó en la marcha de sus
-cultivadores. Mi objeto fué, pura y lisamente, escribir semblanzas.
-
-Bien se me ocurre que el hombre no vino al mundo sólo para escribir
-semblanzas; pero debes tener presente, lector, antes de fulminar tu
-juicio sobre estas páginas, que ningún trabajo de las criaturas en este
-planeta merece total desprecio, ni las telas de las arañas, ni los
-agujeros de los grillos, ni los versos de Grilo. Por no despreciar á
-nadie, me impuse la obligación de consagrar tiempo y espacio á ciertos
-autores que verás con sorpresa en esta galería. He sido un tanto
-irrespetuoso con ellos, y me he autorizado más de una chanza al hablar
-de sus escritos; pero todos los grandes ingenios han tenido que sufrir
-estos desahogos de la envidia y maledicencia coetáneas, y en esta
-ocasión, como en todas las demás, la posteridad no dejará de resarcirles
-cumplidamente de tales molestias, dejándoles dormir en paz el sueño
-eterno.
-
-En rigor, pues, no son todos los que están. Mas en rigor, tampoco están
-todos los que son, y no ha de faltar, lo estoy viendo, quien con gesto
-de soberano desdén, suelte mi libro de las manos diciendo: «¡no está
-Fulano!»--Contestaré á este gesto y á este cargo.--En primer lugar, es
-preciso que el público reconozca mi derecho á fatigarme de escribir
-semblanzas. He podido escribirlas y he podido no escribirlas. De la
-misma suerte he podido escribir tales ó cuales y no escribir tales ó
-cuales otras. Porque el hombre posee la facultad de determinarse á sí
-mismo en conciencia, lo cual significa que es causa propia y primera de
-su actividad. Unas veces se determina á obrar y otras se determina á no
-obrar. En esto se hallan conformes todos los tratadistas.
-
-Ahora bien, al dar fin á este trabajo, ó si se quiere trabajito, no
-quise decir expresa ó tácitamente: «no hay más novelistas en España»: lo
-que puramente dije, fué: «yo no escribo más semblanzas de novelistas».
-
-La novela, en nuestra patria, no es otra cosa, por ahora, que un campo
-vasto é inculto donde de trecho en trecho brota alguna flor de pétalos
-rojos y lustrosos, y crecen en abundancia las plantas de forraje. Mas el
-suelo puede dar novelas, sobre esto no cabe duda. Los últimos trabajos
-de la comisión del mapa geológico lo comprueban de un modo terminante.
-
-Subamos á una de las sierras más elevadas de nuestra Península. ¿No es
-bastante? Pues subamos á una sierra ideal y observemos.
-
-Hacia el Mediodía el sol es más grande y más dorado, el espacio más
-diáfano y azul. Sembrados por doquiera, en medio de viñedos y jardines
-de naranjos, blanquean centenares de pueblos, nadando en un vapor
-trasparente, luminoso, embriagados por los perfumes de una vegetación
-vívida y ardiente. En el aire vuelan las mariposas irisadas; en la
-tierra hormiguea un pueblo nervioso, exaltado, feliz, que se enamora al
-pie de la reja, que inventa caricias y bravatas, que injuria á los
-santos y les besa los pies, que llora y ríe sin motivo, que suspira
-cuando canta, que tiene los ojos negros, un pueblo hospitalario, franco,
-orgulloso, que ha hecho las proezas por millares y las relata por
-millones, que ama á Dios y á las mujeres sobre todas las cosas, y se
-come la mitad del idioma castellano.
-
-Por la parte del Norte se descubre un cielo triste, pero de tintas
-dulces y delicadas. Hay un toldo de nubes que embaraza y aprisiona los
-rayos del sol, y cuida de que lleguen á la tierra lánguidos y mimosos.
-Los valles y las colinas y todo lo que abraza la vista es verde. En las
-colinas crecen los árboles que detienen las nieblas, en los valles
-crecen las yerbas y serpean los arroyos. Las gotas de agua están
-suspendidas constantemente en la atmósfera, en los árboles, en las
-yerbas, en los techos de las viviendas. La mar es áspera y espumosa, el
-cielo caprichoso y melancólico, la tierra dulce y agradecida. Allí vive
-un pueblo que trabaja como las acémilas y medita como los filósofos, un
-pueblo espiritual y sensible que come pan de maíz, que ve fantasmas y
-duendes por las noches, que muere en el campo de batalla por una idea,
-que tiembla en presencia del escribano; un pueblo sensato, paciente,
-melancólico, que sería muy poeta si estuviese mejor alimentado, que
-posee cual ningún otro la virtud de no decir «esta boca es mía».
-
-Cada uno de estos pueblos guarda en su vida preciosas novelas que no ha
-querido mostrar á los viajeros frívolos. Mas, cuando Galdós y Valera
-llegaron á demandárselas, todos hemos visto con qué singular cortesía se
-ha portado.
-
-La hora es por demás oportuna y decisiva. El fruto amarillea en el
-árbol, y no espera más que una leve sacudida para caer en nuestras
-manos. Las antiguas y originalísimas costumbres de nuestra patria van
-desapareciendo y ofrecen al morir el interés punzante y melancólico de
-todo lo que ha sido y dejará pronto de ser. Si no aprovechamos estos
-momentos, la moderna cultura ceñirá á nuestros miembros su estrecho
-uniforme que oculta lo singular, lo original, lo característico, y ya no
-será tan fácil percibirlo.
-
-Preparaos, pues, aquellos que sentís latir en vuestra alma la
-inspiración artística, poneos la pluma tras la oreja, arreglad vuestras
-cuartillas, tomad el tren expreso, diseminaos por la Península. No
-tardaréis mucho en volver, yo lo presiento, con salud en las mejillas y
-la novela española bajo el brazo.
-
-[Illustration]
-
-[Illustration]
-
-
-
-
-FERNÁN-CABALLERO
-
-
-[Illustration: Y]O he leído muchas novelas; todas cuantas hube á mano en
-los felices tiempos en que con la mayor inhumanidad me obligaban á
-estudiar humanidades. Mi profesor de latín, una especie de arcaísmo
-semoviente que nos traducía con espasmos de regocijo la descripción de
-Venus Cyterea en la Eneida, y con lágrimas en los ojos las quejas de
-Ariadna abandonada, me tiene sorprendido no pocas veces enfrascado en la
-lectura de _Juan Palomo_. Esta lectura, llevada á cabo en los momentos
-mismos en que se volvía por activa y por pasiva á la diosa más amable y
-despreocupada del paganismo, constituía un verdadero desacato á la
-mitología, y como tal era castigado. Pero esto no impedía que yo
-siguiera simpatizando con todos los engendros de Ponson du Terrail, Paul
-Feval, Sue, Fernández y González, Dumas y tantos otros. Mi cerebro
-parecía el salón donde se hubiera dado cita la sociedad más escogida de
-París y Sierra Morena. _Juan Palomo_, _Juan Valjean_, _Juan Lanas_, _La
-Dama de las Camelias_, _Los Siete Niños de Écija_, _El Caballero del
-Águila_, _Candelas_, _Manolito Caparrota_, y muchos otros de igual jaez,
-á todos los recibía yo en mis salones con la amabilidad más exquisita,
-como diría _La Correspondencia_.
-
-Estas recepciones, que me hacían trasnochar en demasía, redundaban por
-lo mismo en perjuicio de mi humanidad y _humanidades_, porque me tornaba
-cada vez más flaco y amarillo, al paso que ignoraba por redondo hasta el
-más insignificante supino. Ni siquiera, pues, podía decirse que era
-supina mi ignorancia. Mas en cambio de una ciencia que yo miraba con el
-más cómico desdén desde el Chimborazo de mi entusiasmo, iba criando una
-imaginación encendida y melenuda capaz de dar al traste con el poco
-sentido común que me quedaba. Así lo comprendieron mis deudos y amigos,
-y así hube también de comprenderlo yo á la postre, por lo cual traté de
-ir apartándome paulatinamente de tan brava compañía. Desde luego me
-decidí á dedicar sólo un día á la semana, los viernes, á la lectura de
-novelas y á ser un poco más cauto en su elección. Acudieron entonces á
-mi tertulia una porción de personajes más simpáticos y finos que los
-anteriores. Veíanse allí á Werter, Ivanohe, Atala, Eugenia Grandet,
-Wilhelm Meister y muchos otros que no recuerdo. Fernán-Caballero surtía
-también de amables personajes esta tertulia.
-
-No cabía duda que _los viernes_ del Sr. Palacio Valdés eran de lo más
-ameno que por entonces existía. Así y todo mi profesor seguía
-considerándome como un bárbaro escyta indigno de toda relación con los
-héroes de la Eneida y hasta con los animales de las Geórgicas.
-
-Al llegar á la edad en que ya no se le pregunta á uno lo que lee, sino
-lo que gana, me he visto obligado, con profundo dolor de mi alma, á
-poner de patitas en la calle á todos mis románticos amigos. Y los
-momentos en que mis ocupaciones me dan tregua, en vez de leer novelas,
-me dedico á escribirlas. Pero las escribo para adentro, porque hoy por
-hoy tengo la fantasía al servicio de mi corazón y tejo cada pocas horas,
-para mi uso particular, unos cuentos tan fantásticos y patéticos que á
-todos parecerían increíbles. Ésta es la costumbre de las cosas
-inverosímiles.
-
-Sin embargo, como siempre fui bastante amigo de pasar con la mía (¿quién
-no es amigo de pasar con la suya?) me he empeñado en demostrar á mi
-viejo maestro que aquellas lecturas anticlásicas que con tanto ardor
-persiguió en otro tiempo no fueron tan inútiles, ¿qué digo inútiles? tan
-perniciosas como él suponía, puesto que hoy me permiten cumplir con el
-deber que he contraído de escribir para el público.
-
-Voy á describir, por tanto, cual viajero que se sienta á descansar
-después de un largo viaje, las extrañas y rientes comarcas por donde
-anduve. Voy á lanzar á los vientos de la publicidad impresiones,
-juicios, observaciones sobre mis lecturas atrasadas. Público amigo, no
-des la razón á mi viejo maestro. Dígnate recogerlas del suelo, aunque
-después las arrojes como frutos desabridos á los que falta la madurez de
-la experiencia.
-
-He dicho que Fernán-Caballero perteneció á mi segunda época. Por cierto
-que me eran tan simpáticas sus creaciones y tan amables sus cuadros, que
-con ser yo muy devoto de la época presente y muy admirador de sus
-progresos, más de una gana me asaltaba de volver casaca y hacerme
-servilón, tan sólo por el placer de ocupar un puesto en sus escenas de
-familia y tratar personalmente á la mística _Elia_ y á la sensible
-_Lágrimas_. Mas pronto reflexionaba que no podía ser tal mi fuerza de
-disimulo que no asomara la oreja de _negro_ en la ocasión menos
-prevista, y entonces tendría que pasar por el bochorno de ser arrojado
-de aquellos santos hogares y despreciado por aquellas lindas mujeres.
-
-¡Quién me dijera entonces que yo, su admirador, su enamorado, haría,
-tiempo andando, el papel de amiga envidiosa, poniéndome á buscarles con
-la mayor sangre fría sus más pequeños defectos! El papel de crítico es
-en verdad muy desairado, á veces odioso, pero como acontece también con
-ciertos otros en las obras dramáticas, es absolutamente necesario para
-el buen orden y progreso de la literatura.
-
-Bien que las novelas de Fernán-Caballero me encantasen siempre, no
-dejaba por eso de pensar vagamente aun en los tiempos de mayor
-entusiasmo que en ellas sobraba mucho. Ahora entiendo que falta no poco.
-
-Para comprender bien á Fernán-Caballero, es preciso tener presente, en
-primer término, que sus obras no son la expresión pura y sencilla de una
-fantasía que gusta de presentar al público la turba de imágenes que en
-ella flotan; sino más bien la labor viva y apasionada de un pensamiento
-batallador. La novela es para él un arma con que asalta las conciencias
-y las somete á su imperio. Y ciertamente no he ser yo quien repruebe tal
-uso, cuando responde perfectamente á la naturaleza de este género
-literario, y no rompe con sus constantes tradiciones. La novela puede
-servir y ha servido siempre para un fin social. Mas debo advertir, para
-satisfacción de ciertos escrúpulos literarios, que antes que nada, la
-novela es una obra de arte, y que como tal, su fin primero es realizar
-belleza. Lo demás se le otorga por añadidura. La novela, como tal obra
-de arte, puede, aunque no debe por necesidad, enseñar algo. De hecho
-constituye un verdadero poder en nuestra sociedad, ejerce una influencia
-legítima en nuestras costumbres, y en ocasiones ha buscado y hallado
-arraigo para alguna idea peregrina. La tarea del crítico sobre este
-punto consiste en observar de qué modo se ha llevado á cabo todo esto.
-Nunca debe olvidarse de que es el defensor del arte contra los excesos
-de la pasión ó las invasiones del espíritu didáctico.
-
-¿Cuál es la idea que agita el corazón femenil de Fernán-Caballero, que
-mueve su pluma y se encarna en sus novelas? La idea del pasado. Por él
-combate cuerpo á cuerpo, sin que le rinda jamás el sueño ó la fatiga,
-manejando con febril entusiasmo una daga tenue y afilada, la sola arma
-que puede sostener su delicada mano. Sus novelas, no son más, es decir,
-son además de obras muy bellas, un diluvio de alfilerazos á nuestra
-filosofía, á nuestras costumbres, á nuestra política. Son pequeños
-cuadros de antaño, que por la suavidad del color, por su dibujo
-primoroso y por su ambiente diáfano, quiere que contrasten con los
-licenciosos cromos de hogaño.
-
-Espera que el lector, al contemplarlos, eche de menos aquellos
-sabihondos frailes, aquellos severos padres, sumisos hijos y servidores
-fieles, comprenda la santidad de aquellos respetuosos besos en la mano,
-y la solemnidad de aquellos chocolates al amor del brasero. Todo lo cual
-gozaron nuestros abuelos dentro de la sana moral y del temor de Dios.
-
-Y en verdad que el lector no deja de tener por ciertas las proposiciones
-de Fernán-Caballero y de extasiarse con las tiernas escenas que nos
-representa en sus cuadros. Mas como la funesta manía de pensar se ha
-introducido en todas las cabezas y es un mal que no tiene cura, doy en
-cavilar y da también el lector, pariente cercano mío, que para mudar de
-vida y volver á las usanzas de nuestros progenitores es de toda
-necesidad que Fernán-Caballero nos garantice: que los frailes serán
-siempre sabihondos y mesurados, y no cicateros intrigantes, amigos de
-darse buena vida y de revolver por solaz la ajena; los padres, siempre
-comedidos, incapaces de contrariar la legítima vocación de sus hijos ni
-de abusar de su poder por ningún concepto; los nobles, protectores
-generosos de la debilidad, no insolentes disipadores de sus caudales. Y
-después que todo esto nos garantice, es menester también que nos indique
-los medios de volver este pícaro mundo al estado que apetece. Aunque
-presumo que sólo se podrá dar cima á la empresa convocando una magna
-reunión de los humanos y conviniendo entre nosotros, después de haber
-estudiado minuciosamente cada una de las épocas históricas, cuál es la
-que debemos preferir. Con esto, y con encargar á París que en vez de
-sombreros de copa se fabriquen en adelante bonetes y chambergos y que
-apaguen á toda prisa sus endiabladas luces eléctricas, podríamos tal vez
-inaugurar de nuevo los tiempos de Mari-Castaña.
-
-¿Pero y el espíritu? ¿Pondríamos también bonete al espíritu?
-
-Las novelas de Fernán-Caballero son de las que un notario, que vive en
-el cuarto segundo de mi casa, llama morales. Debo advertir que, según la
-estética singular del infrascrito, las novelas no tienen otra división
-que en morales ó inmorales. Y ningunas, con mejores títulos, pueden
-incluirse en el primero de los grupos que las de nuestro ortodoxo
-escritor. La moral entra por mucho, por casi todo, en sus obras; pero es
-justo que haga una observación capital sobre este punto. La moral de
-Fernán-Caballero no surge en la escena, engrandecida por el dolor y por
-el combate, prestando eficaz respuesta y solución al sombrío
-interrogatorio de la conciencia, disipando como un soplo de esperanza
-las nubes siniestras que se agrupan en la frente del hombre de este
-siglo. Es una moral de cortísimo vuelo destinada á colegialas de quince
-años y á jóvenes que no hayan pasado en sus estudios de la segunda
-enseñanza. No resuelve más cuestiones que las de la obediencia á los
-padres, respeto á los mayores, castidad en las obras, palabras y
-pensamientos, dulzura con los inferiores y misericordia con los
-menesterosos. Es una moral de primera comunión.
-
-Mas aunque así sea, sacan ventaja y no poca sus novelas por más de un
-concepto á la multitud de bastardas producciones difundidas por la
-sociedad francesa de nuestros días. Ya que por su insignificante
-trascendencia no dirijan el pensamiento hacia un ideal de perfección y
-grandeza, abstiénense de perturbar los corazones y corromper las
-costumbres como aquéllas. Pueden caer sin peligro en las manos de una
-virgen. Son libros de misa un poco romancescos. En cierta ocasión
-tropecé con un amigo mío, joven de gran inteligencia y muy conocido
-entre nosotros por sus ideas radicalmente anticatólicas. Llevaba debajo
-del brazo algunos libros que yo con poca discreción tomé en la mano sin
-pedirle permiso. Eran dos novelas de Fernán-Caballero, y mi querido ateo
-me confesó, con un ligero rubor, que iban destinadas á su prometida.
-
-No tenía por qué ruborizarse mi joven amigo. Á un estado de perfecta
-inocencia (entendiendo que es un estado transitorio, imposible de
-sostener como definitivo en la vida humana), convienen en un todo estas
-novelas escritas con una pluma delicada y sumisa. Predicar la rebelión á
-los jóvenes y muy particularmente al sexo femenino, sin justificar
-plenamente esta lucha insensata con la sociedad; deslizar entre los
-arrebatos de la pasión una multitud de dudas cuyo examen no puede
-llevarse á cabo seriamente en los laberintos de una fábula, es, á mi
-entender, uno de los caracteres que más afean y hacen peligrosa la
-moderna literatura romancesca de Francia.
-
-Sin embargo, no todos en la sociedad van á la escuela y comulgan por
-Pascua florida. Los más de los seres han dejado en los abismos del
-tiempo sus quince años, y en los de la nada las puras ilusiones que los
-acompañan. Hay muchos en los cuales el sentimiento religioso yace
-amortiguado bajo el peso de la sensualidad ó del escepticismo. Las
-novelas de Fernán-Caballero y su escuela no tienen poder, no tienen
-rasgos bastante enérgicos para despertarlo en estos seres. La duda
-amarga y deletérea de _Lelia_ no alcanza á disiparla la cándida y
-mística sonrisa de Elia. Jorge Sand ha dado vida á un ser misterioso,
-siniestro, imaginario, pero grande, porque expresa con notas desoladoras
-la crisis de un alma grande. Fernán-Caballero, quizá con el secreto
-intento de oponer la obediencia á la rebelión, la certidumbre á la duda,
-el sosiego á la exaltación, ha engendrado un ser inmaculado y tierno,
-pero que toca en los confines de la vulgaridad.
-
-Elia, criatura frágil é inocente, se rinde á la pesadumbre de una
-preocupación social. Lelia alza su noble, pero asombrada frente, antes
-de morir y exhala una blasfema imprecación. Elia muere, no ya sin
-maldecir, pero sin comprender siquiera la injusticia que la mata. Lelia
-rompe violentamente los moldes de la naturaleza femenina, y se lanza con
-vuelo impetuoso en las regiones de la protesta y de la rebelión. Elia no
-sale de estos moldes, pero sucumbe aceptando como santo uno de los más
-torpes errores que ha engendrado el orgullo humano. Lelia se revuelve
-con acento inspirado, aunque colérico, contra los egoísmos y sinrazones
-de la sociedad. En Lelia hay un derroche de genio. En Elia hay un
-derroche de moral.
-
-La trascendencia que nuestro novelista piensa comunicar á sus obras, no
-se deriva de su concepción y desenlace, débiles ó insignificantes las
-más de las veces, sino más bien de una multitud de ideas esparcidas sin
-gran razón y pertinencia por el curso de ellas. Sus personajes más
-simpáticos se pronuncian casi siempre por el antiguo régimen, y baten en
-brecha por medio de una argumentación poética ó irónica, todo menos
-profunda, á los desdichados ó ignorantes que representan la edad
-moderna. Así se da el caso en una de sus obras, de que una cocinera
-arrolle discutiendo alta filosofía á un sabio doctor enciclopedista.
-Cuando no tiene liberales con quien habérselas, Fernán-Caballero la
-emprende con los paganos, y se irrita grandemente porque aquellos ciegos
-adoradores de Júpiter grababan sobre sus tumbas el _sit tibi terra
-levis_[4], en vez del _requiescat in pace_. De los accidentes más nimios
-de la vida quiere sacar razones para la apologética católica. Por todas
-partes trata de ir á Roma.
-
-Tiene una sensibilidad religiosa que sabe aspirar lo que de poético hay
-en la pompa del culto, y en el ritual de las ceremonias eclesiásticas;
-una sensibilidad que algún sacristán llamaría _de rúbrica_. Pero es
-intransigente en este punto, como el Breviario, y para no incurrir en
-sus iras, es necesario conmoverse á misa mayor. ¡Desgraciados aquellos
-que son insensibles al incienso y al órgano! Sobre ellos cae sin piedad
-todo el negro de su paleta.
-
-Mas aparte de estas intransigencias y exageraciones, no puedo negar que
-me complace más ver una pluma femenina al servicio de la religión, que
-sirviendo de intérprete á las vacilaciones y combates de nuestro siglo.
-El espíritu de la mujer es esencialmente receptivo, conservador, se
-amolda fácilmente á toda realidad, aun la más dolorosa, y extrae de
-ella los elementos de belleza y armonía que contiene. La mujer no debe
-participar de nuestras dudas y sufrimientos, porque se quebraría como se
-quebró _Gloria_. Esperemos para introducirla en el mundo agitado de
-nuestra conciencia religiosa á que hayamos conseguido arrancar á la duda
-su cabellera de sierpes para ofrecérsela, al modo de los antiguos
-guerreros de la América, como trofeo de nuestro combate.
-
-La inspiración de Fernán-Caballero es la que más conviene á su sexo; una
-inspiración suave y delicada que reposa dulcemente en el seno de la
-religión. Es capaz de describirnos con admirables toques la psicología
-simplicísima que se encierra en el pecho de una virgen, pero su pincel
-diminuto no tiene fuerza para trasladar los surcos terribles que abre la
-pasión en el corazón del hombre. Se advierte en este pincel la falta de
-firmeza y costumbre que caracteriza al artista femenino, mas en su lugar
-se observa la ternura y sagacidad que también le caracterizan. Se
-presenta como paladín de la fe católica, de la política monárquica y de
-las costumbres añejas, pero siempre expresando amor apasionado á la
-causa que defiende, no con esos refinamientos y artificios hipócritas
-que hoy despliegan los que se cobijan bajo la bandera de la tradición.
-Con su amor y su entusiasmo quiere infundir el alma en el cadáver del
-pasado, como uno de esos soplos de aire tibio que en medio del invierno
-vienen resueltos á dar vida á la naturaleza muerta.
-
-La traza y disposición de sus novelas no pueden ser más sencillas. La
-sencillez es una hija predilecta de la realidad, aunque la realidad por
-sí misma no sea el arte. Para que el arte aparezca, es necesario que en
-la realidad penetre la idea, porque lo real sin idea no es más que lo
-trivial. Y lo trivial es precisamente el escollo en que tropieza con
-frecuencia el esquife de Fernán-Caballero. Sus caracteres no dejan de
-tener realidad, pero son casi siempre adocenados y vulgares: no han
-recibido el soplo del arte que los trasfigura sin arrancarles su
-realidad. Téngase presente, además, que se esfuerza con censurable
-empeño en derramar sobre el personaje que encarna las ideas que aborrece
-todo el veneno de su pluma, privándole, no sólo de las virtudes más
-corrientes, sino hasta de una regular educación. Formar caracteres de
-una sola pieza no indica más que ausencia de recursos para obrar con los
-que están formados de varias, redunda en grave menoscabo de la verdad y
-disminuye en no poco el interés de la novela.
-
-Las situaciones que describe tienen verdad y sentimiento, pero vuelvo á
-repetir que esto no basta. El fin de la novela no es conmover el corazón
-y hacer derramar lágrimas, sino despertar la emoción estética, la
-admiración que produce lo bello. Nunca se hiere en vano la fibra del
-sentimiento; nunca se representan cuadros lastimosos de las desdichas
-humanas, ya sean estos cuadros en alto grado dignos de lástima, desde el
-punto de vista del Arte, sin afectar nuestra sensibilidad. Además, hay
-lágrimas que se derraman por el buen parecer, porque _no digan_, sobre
-todo viendo dramas. En la representación de uno titulado..... (suprimiré
-el título), al morirse el protagonista de una enfermedad no muy bien
-diagnosticada, en lo más patético de su discurso, hube de sufrir un tal
-ataque de risa, que desperté en torno mío fuertes murmullos de
-desaprobación y aun de amenaza. Los padres fruncieron el entrecejo en
-manifiesta señal de desagrado; las madres lanzáronme miradas cargadas de
-rencor y de odio; las niñas posaban sobre mí sus ojos velados por las
-lágrimas con mezcla de indignación y de asombro. Nunca se viera corazón
-más empedernido. Y sin embargo, yo presumo de tenerlo blando en demasía.
-Cuando niño he salvado muchos gorriones de las manos de mis
-condiscípulos. Lo que hay es que soy un poco romano, y cuando un hombre
-muere en escena y no en una alcoba de su casa, exijo, como á los
-gladiadores, que muera con gracia.
-
-El estilo de nuestro autor es sencillo y poético. Su lenguaje, aunque
-padece notables incorrecciones, es, por lo general, franco y animado, en
-ocasiones lleno de color y armonía, reflejando la vívida luz, los
-argentados celajes de la Bética, repercutiendo los mil rumores de sus
-bulliciosas ciudades, devolviéndonos todo el perfume de su embalsamado
-ambiente.
-
-¡Triste cosa, por cierto, que un escritor que tan bien siente la
-naturaleza, la combata con tal encarnizamiento!
-
-[Illustration]
-
-
-
-
-D. PEDRO ANTONIO DE ALARCÓN
-
-
-[Illustration: C]OMO soy un sí es no es escrupuloso, me asaltan ciertos
-temores de no ajustar mi crítica á la «constante y perpetua voluntad de
-dar á cada uno su derecho». Todo el mundo sabe que el Sr. Alarcón se ha
-cortado la coleta, para dedicarse á reaccionario. Y yo, que en punto á
-reaccionarios me atengo á Perier y al Padre Sánchez, y no deseo conocer
-ni tropezar con otros, me veo ahora en un aprieto al dar con mi pluma
-sobre otro de la misma camada.
-
-Cualquiera creerá, si digo algo malo del Sr. Alarcón, que me impulsa á
-ello la pasión política. Pongo por caso: figúrense ustedes que afirmo
-que Alarcón es elocuentísimo cuando describe los _arremangados brazos_ y
-la _soberana pierna_ de la señá Frasquita, y torpe y descolorido al
-pintar la faz pálida y enjuta del Padre Manrique. ¡Qué apasionado! ¡qué
-injusto! Y con este anatema sobre la cabeza no hay medio de que un
-hombre de bien emita su juicio sobre otro hombre de bien y de orden.
-
-Y no obstante, yo estoy firmemente convencido, no sólo de las anteriores
-afirmaciones, sino de que el Sr. Alarcón, en el santuario de su
-conciencia, sigue más aficionado á los brazos y á las piernas de la señá
-Frasquita que á la carne de momia del Padre Manrique.
-
-¿Pero qué tiene que ver esto con la política?
-
-¡Ay! cuando llegue á Pérez Escrich, verán ustedes cómo no le pregunto si
-es cantonal ó retrógrado.
-
-Fué en un viaje cuando trabé conocimiento con el Sr. Alarcón. Iba desde
-Palencia á Valladolid. Por cierto que en este trayecto el paisaje y la
-tarifa de ferrocarriles son á cual más despiadados. No concibo cómo
-nuestros Alfonsos y Fernandos hicieron verter tanta sangre por adquirir
-algunos palmos de esta tierra, mejor dicho de este polvo.
-
-Así, que huyendo aquella vista aflictiva cerré los ojos y me dispuse á
-dormir. En el espacio de media hora tres veces cogí el sueño y tres
-veces me lo arrebató de entre las cejas la presencia de un empleado, que
-sacudiéndome con delicadeza, eso sí, me demandó el billete para hacerle
-unos agujeros cabalísticos. ¿Se quiere usted quedar con él? dije yo al
-fin esperando salvar mi cuarto sueño. No, señor. Pues entonces déme
-usted cualquier libro, ó haga por que descarrile el tren á ver si logro
-no aburrirme tanto. El empleado de la empresa sonrió con benevolencia y
-sacó de la faltriquera dos ó tres librillos muy sobados que decían sobre
-el forro: «Biblioteca de viaje». Le di las gracias. Contenían varias
-novelas de Alarcón, _¿Por qué era rubia? Coro de Ángeles, El final de
-Norma_ y algunas otras.
-
-Las devoré como pan bendito, y el autor que las confeccionara se
-introdujo por derecho propio en mi estimación. Son animadas, picarescas,
-llenas de color y donaire. En verdad que al recordarlas deploro
-amargamente la austeridad que sombrea su última producción romancesca.
-Se conoce que el Padre Manrique le tiene aterrado con sus lucubraciones
-de ultratumba.
-
-Me agradaron y contribuyeron en casi todo á hacerme soportable el mundo
-gris que se percibía por las ventanillas del carruaje. En efecto, son
-frescas, risueñas, campechanas. Bien se echa de ver que no han pasado
-todavía por la sacristía. Son pequeñitas, vivarachas, bien torneadas
-como las niñas de Guadix, y sobre todo ¡tan poco mojigatas! ¡Oh, Dios!
-¡cómo me gustan á mí las niñas de Guadix! Pero no confundamos lo
-abstracto con lo concreto. Debo afirmar que sus formas son inmejorables
-(las de las novelas, no las de las niñas), que están escritas con
-lenguaje castizo y flúido y salpimentadas feliz y largamente.
-
-Paso por alto un tomo de poesías, que bien mereciera pasarse por bajo, y
-hago merced también del _Diario de un testigo de la guerra de África_,
-de las _Cosas que fueron_ y de alguna otra producción literaria del
-autor, para convertir mi atención y mi crítica al _Sombrero de tres
-picos_.
-
-Si yo le dijese al Sr. Alarcón que el _Sombrero de tres picos_ es lo
-mejor que ha hecho en su vida, tal vez mostrase mal talante y se doliese
-de que tomara por obra maestra lo que sólo aparece como fruto del
-esparcimiento y no de la meditación. Sin embargo, cuando los ocios del
-ingenio dan por resultado obras como la ya mencionada y la actividad
-exquisita del espíritu engendra producciones como _El escándalo_, yo, á
-despecho del Padre Astete, me declaro campeón de la pereza y lucho en
-campo abierto contra la diligencia.
-
-Y es que en las obras de arte juega la espontaneidad un gran papel, y
-entiendo que es más cordura en un autor consultar primero al poder que á
-los deseos. El que ejecuta aquello para lo que sirve ó se siente
-llamado, es mil veces superior al mayor ingenio si éste, desconociendo
-su vocación, se empeña en tareas imposibles y absurdas. Mas no
-anticipemos los comentarios.
-
-La historia verdadera ó fingida que se narra en el _Sombrero de tres
-picos_ era conocida de todos los españoles. Yo había recibido la
-patriótica tradición de los labios autorizados de un sujeto que en otro
-tiempo había tenido la debilidad de dar de puñaladas á su legítima
-esposa. El hado adverso, en figura de Código penal, quiso que fuera á
-pasar una temporada á Ceuta ó al Peñón de la Gomera, no estoy bien
-seguro dónde, y de allí nos trajo la historieta cuya relación solía
-acompañar con juegos malabares, algunos saltos y no pocas muecas.
-
-Líbreme Dios de hacer ningún cargo al Sr. Alarcón por haber tomado como
-fundamento de su novela el antiguo cuento andaluz. Los asuntos son del
-que mejor los trata, y es necesario convenir en que este asunto lo ha
-tratado mucho mejor Alarcón que Palicio (así se llamaba el sujeto).
-
-En esta novela el autor nos hace la señalada merced de no meterse en
-filosofías. Dos cosas son las que no he podido digerir en mi vida: los
-langostinos y la filosofía de Alarcón. Sí, es preciso hacer constar que
-las arenas de la filosofía no han enturbiado todavía su inmaculada
-ignorancia. En esta obra todo es propiedad del Sr. Alarcón. No así en
-otra más reciente hecha en colaboración en _El Siglo Futuro_. Créame el
-Sr. Alarcón; más vale beber el agua en el hueco de la propia mano que
-por un vaso sucio. _El sombrero de tres picos_ está escrito con una
-pluma retozona. Yo le perdono de buen grado su travesura. ¿Pues para qué
-nos ha dado Dios la pluma? En primer lugar, para decir pestes del
-Gobierno, después para manifestar lo que exista dentro de nuestro
-espíritu. Soy bien pensado y no creo que en la mente del Sr. Alarcón
-haya ningún _escándalo_ y sí muchos _sombreros de tres picos_.
-
-Acerquémonos á los personajes de esta novela. A ninguno de mis lectores
-le pesará de que le acerque á la señá Frasquita la molinera. Es todo
-una buena moza, según nos asevera el autor. Pero cuidado con ella, que
-es arisca cuanto hermosa. Me río yo del ascetismo de la pluma que la
-trazó. El tío Lucas, de profesión molinero y por ende consorte de la
-escultural molinera, es un hombre, aparte de la joroba, muy recto, muy
-firme y muy honrado. La señá Frasquita y él se llevan á las mil
-maravillas. Mas hete aquí que estos esposos felices tenían costumbre de
-recibir por las tardes en su molino á una porción de conservadores. Uno
-de ellos, el corregidor de la ciudad, se enamora de la señá Frasquita;
-¡vaya una gracia! Lo que sí tiene gracia y mucha es la escena en que el
-corregidor declara su amor á la molinera, mientras el tío Lucas,
-cómplice de su mujer en esta broma, la presencia encaramado en una
-parra. El jiboso y baboso corregidor prepara, con la ayuda de su
-alguacil _Garduña_, una emboscada á la virtud selvática de la señá
-Frasquita. Aleja al tío Lucas del molino cierta noche, prevaliéndose de
-su autoridad. Esto es muy feo, como ustedes comprenderán. Pero aún más
-feo es el papel que el lúbrico gobernador se vió precisado á representar
-ante la inexpugnable molinera. Chorreando y tiritando de frío por
-haberse caído en la acequia al emprender el asalto del molino, se
-presenta el valetudinario galán á la señá Frasquita, que lo recibe con
-un trabuco á la cara. El bizarro corregidor se desmaya, no sabemos si de
-frío, ó de susto, ó de rabia. La señá Frasquita lo abandona y corre en
-busca de su esposo, que debe hallarse aprisionado en el lugar
-inmediato. Mas el tío Lucas, que le había dado mucho en que pensar la
-extraña detención que sufría, consiguió fugarse y vuelve presuroso á su
-molino con la duda y la ansiedad en el corazón. En el camino se cruzan
-los dos esposos montados en sendas burras, pero no se reconocen. El tío
-Lucas entra en su casa y ve sobre unas sillas las ropas del corregidor
-tendidas á secar. Empuña el trabuco que pocos momentos antes había
-servido para defender su honra, y sube la escalera que conduce á su
-cuarto. Por el agujero de la llave contempla el infeliz esposo la
-grotesca figura del corregidor sobre su lecho conyugal. No ve más, pero
-da por cierto que su esposa también se encuentra allí y se apercibe á la
-venganza. La muerte de los culpables, sin embargo, le parece poco. Mejor
-es el sarcasmo, la befa, para castigar tal ofensa. El demonio de la
-venganza le sugiere una muy original. El tío Lucas tiene un parecido
-notable con el corregidor. Se viste aceleradamente con las ropas de
-éste, y balanceándose como él se encamina hacia la ciudad murmurando con
-expresión satánica:
-
-¡También la corregidora es guapa!
-
-Este capítulo está admirablemente escrito. Lo digo á boca llena.
-
-En tanto que el tío Lucas se dirige á la ciudad en alas de su venganza,
-la señá Frasquita, después de poner en pie á la autoridad municipal del
-pueblo donde su esposo debía encontrarse prisionero, y visto que se
-había fugado, vuelve con el alcalde á toda prisa hacia el molino
-sospechando que el tío Lucas estaría ya en él haciendo lo que su corazón
-resentido le dictara. Se encuentran al corregidor disfrazado por
-necesidad de molinero, lo cual da lugar á una escena cómica de buen
-efecto, y una vez enterados todos de la resolución, puesta ya en vías de
-hecho, del tío Lucas, marchan á la ciudad á fin de resolver aquel
-conflicto.
-
-Llegan á deshora á las puertas del corregimiento. Al corregidor vestido
-de tío Lucas le cuesta muchos sustos y algunos palos el penetrar en su
-casa. Una vez dentro, se presenta su esposa y después el tío Lucas y
-tiene lugar una escena en que todo se arregla, todo se conjura, no sin
-dar motivo antes á muchos y muy graciosos episodios y á algunas frases
-felicísimas del narrador.
-
-En este incidente romancesco, fruto genuino de la tierra donde se
-escribió, resulta demostrado que Alarcón es un escritor nacional,
-ingenioso, castizo y picante.
-
-¡Líbrenos Dios de que se le antoje ser profundo!
-
-Veamos _El escándalo_. Antes de empezar su examen, signémonos en la
-frente, en la boca y en los pechos y digamos: _Yo pecador me
-confieso..._ El asunto es una confesión, no la _confession d'un enfant
-du siècle_, sino la _d'un enfant gatté_. Dura cuatrocientas treinta y
-tres páginas en cuarto. Padre Alarcón, yo pecador os confieso que me
-habéis levantado un gran dolor de cabeza y me habéis dejado los pies muy
-fríos. Tengo además la franqueza de anunciaros que no he comprendido
-gran cosa de vuestro pensamiento filosófico. Pésame, señor, de no
-haberos entendido y prometo enmendarme así que escribáis más claro.
-
-Fabián Conde, joven, rico, disipado y no muy largo de alcances, tiene un
-grave caso de conciencia que solventar. Marcha á proponérselo á un
-jesuíta nombrado el Padre Manrique, que habita de paso en esta corte.
-Debo advertir, para mayor edificación de mis lectores, que el joven
-Fabián no va á confesarse como un penitente vulgar, sino guiando por sí
-mismo elegante _charrette_. Una vez en la celda del Padre Manrique,
-Fabián cuenta á su merced punto por punto toda su vida y milagros, la de
-su papá, la de su novia y la de todos sus amigos. Compadezco de todas
-veras á su paternidad; y para no verme en el caso de compadecer también
-á mis lectores, me abstendré de reproducirla. Es forzoso, no obstante,
-que sepan que Fabián, entregado desde su niñez á los placeres del mundo
-y á los desenfrenos del vicio, manteniendo relaciones adúlteras y
-enamorado de una niña inocente, era todo un filósofo, un filósofo
-escandaloso. Vase á confesar y principia por declarar á su confesor á
-boca de jarro que no cree en Dios. El confesor, es natural, no le hace
-caso, y en vez de convencerle de que sí lo hay, le endilga un manojo de
-preguntas de mucho efecto.
-
-Pero no entremos en teologías. La trama de _El escándalo_ es una madeja
-enredada, inverosímil é interesante. Debemos reconocer á este libro el
-mérito de mantenerse firme en las manos del lector hasta que se
-termina.
-
-Hoy que son tantos los que se doblan tristes y mustios buscando el santo
-suelo, mientras se alza de sus virginales párrafos espeso vapor que
-entorna la cabeza y cierra los ojos del que se aventura á leerlos, es
-grato encontrar uno tan erguido, tan vivo y tan nervioso.
-
-Los caracteres... ¿pero dónde están los caracteres? Figuras toscamente
-talladas, arlequines cubiertos de oropel, adefesios literarios, eso son
-los personajes de _El escándalo_. Causa verdadero asombro el que Alarcón
-haya podido dar interés á su novela con semejante personal.
-
-Fabián Conde es un mancebo de todo punto insignificante, dibujado con
-agua fresca para que no se le perciba. En cambio, Diego está pintado con
-el rojo más subido de la paleta. El Padre Manrique es un sabio, porque
-así lo dice el autor; cualquiera creería otra cosa. Lázaro es la
-encarnación más viva de la inopia de Alarcón, de su total ineptitud para
-trazar un carácter moral, verdadero y humano. Gabriela y Gregoria son
-las figuras más correctas, pero no escapan tampoco á la exageración que
-inunda toda la obra.
-
-Queremos terminar estos apuntes, dirigiendo una súplica al Sr. Alarcón.
-Suplicámosle de todas veras, con la conciencia limpia de toda prevención
-malsana, y por su propio interés más que por otro alguno, que torne, y
-torne cuanto antes, á su _antigua manera_ de componer novelas frescas,
-animadas, risueñas, sin caracteres y sin filosofía.
-
-Esa filosofía es una calumnia que el Sr. Alarcón se ha levantado á sí
-mismo. Yo debo protegerle contra su propia injusticia y pregonar muy
-alto, _urbi et orbi_, que en punto á filosofía el Sr. Alarcón se halla
-_tanquam tabula rasa_, y que si un día se ha atrevido á escribir una
-novela trascendental, fué que el diablo le tentó, y que se le perdone
-por esta vez, que no lo volverá á hacer.
-
-[Illustration]
-
-[Illustration]
-
-
-
-
-D. JUAN VALERA
-
-
-I
-
-[Illustration: A]TRÁS, sueños regalados de la edad romántica, visiones
-placenteras ó terribles de fantasías enfermas, mundo fulgurante de
-bellezas inmarcesibles, de heroínas impalpables, de caballeros
-indómitos! Huíd por siempre, forjadores calenturientos de aventuras. Ya
-no queremos penetrar por puentes levadizos en castillos encantados, ni
-tañer la cítara al pie de ninguna reja, ni darnos de estocadas en ningún
-callejón hediondo, ni comerciar con astrólogos fingidos, con rodrigones
-ásperos ó con ascetas idiotas. Marchad á sepultaros en vuestras
-profundas cavernas, enanos y gigantes, gnomos, grifos y vestiglos.
-
-Los rayos de luna nos hastían, las ventanas ojivales nos apestan y ya
-por nada en el mundo asistiríamos otra vez á una caza de jabalí con el
-señor feudal.
-
-Necesitamos un género romancesco más positivo y más serio. ¿No veis qué
-positivos son nuestros paletós? ¿Qué grave y metafísico nuestro sombrero
-de copa? Lo que hemos perdido en garbo, lo ganamos en discreción y en
-mesura.
-
-El novelista que hoy nos quiera deleitar, ha de ser observador, sagaz é
-inteligente, ha de pintarnos la vida real con acierto y con verdad, nos
-ha de presentar en relieve caracteres y tipos morales, ha de ser
-novelista y psicólogo, y además un poco metafísico.
-
-La metafísica es nuestra pasión más decidida. Troya se perdió por
-Helena; Cánovas por la Constitución interna; nosotros nos perderemos por
-la metafísica. Cuando digo nosotros, quiero decir el Sr. Valera[5].
-
-La novela ha sido hasta ahora en España, dejando á salvo los eternos
-modelos clásicos, una joven bastante ligera de cascos, muy predispuesta
-á marcharse con el primer forastero que sonase en los pies lucientes
-espuelas, que arrebujase su rostro con blanco y flotante albornoz, que
-hiciese temblar al compás de sus pasos airosa pluma en el sombrero.
-Galdós ha hecho de ella una mujer discreta y hermosa. Valera la ha
-convertido en profesor de la Institución Libre de Enseñanza.
-
-No diré yo que no me gusten las obras de Valera. Me encantan
-sobremanera. Pero siento que ese barniz metafísico que sobre ellas
-extiende las haga impenetrables para la mayoría de los lectores.
-
-Todo es asunto de dosis en este mundo. La metafísica en las obras de
-arte es preciso administrarla con mucho cuidado. Debe ser acción más que
-discurso y fruto de la intuición más que del estudio.
-
-El procedimiento artístico que Valera emplea en sus novelas es el mismo
-que han adoptado todos los novelistas psicólogos. Poner frente á frente
-la vida ideal y la real, para que de este contraste resulte una
-enseñanza, una elegía ó una sátira. En las obras de Valera resulta
-siempre una sátira. Mas el pensador hace enmudecer hartas veces al
-artista. Se observa esto en el vagar con que escruta y describe los
-misteriosos senderos del alma, lo mismo que en la ligereza con que roza
-los trillados caminos de la vida real.
-
-La sátira que resulta de sus novelas, principalmente de _Las ilusiones
-del Doctor Faustino_, es el castigo del idealismo, pero aun este castigo
-resulta ideal. No parece sino que el autor, en fuerza de estudiar el
-espíritu de la víctima en quien va á consumarse el escarmiento, se
-enamora de ella. Así que, cuando el castigo se presenta, el lector se
-niega á admitirlo como tal, y lo considera como una desgracia fortuita é
-inmerecida. A las novelas de Valera, como no son dramáticas no se las
-debe pedir un interés vivo, un enredo complicado, ni tampoco esa
-brevedad y rapidez que caracterizan al drama. Tal vez por no tener bien
-presente esto se han dirigido á Valera reproches inmerecidos que
-debieran compartir con él, por hallarse en caso semejante, Cervantes,
-Goethe y Juan Pablo. ¿Qué enredo tienen el _Quijote_, el _Wílhelm
-Meister_ y el _Maestro de escuela Wutz_? Sólo un enredo moral. El azar
-apenas juega papel en estas producciones reflexivas.
-
-No tiene fundamento, pues, á mi entender, la censura de pobreza en la
-acción que se dirige á las obras de Valera. Su acción es más interior
-que exterior, y camina en esa lentitud propia de un género tan cercano á
-la epopeya.
-
-Mas si no demandamos á estas obras lo que siendo fieles á su índole no
-pueden otorgarnos, sí podemos exigirles ciertas cualidades que les son
-propias. El carácter, que expresa el elemento espiritual, tan
-preponderante en las obras que examinamos, no será jamás una entidad
-abstracta, debe formar en las filas de la humanidad como individuo, por
-más que la exprese toda por la grandeza del pensamiento ó la energía de
-la voluntad. La descripción ha de ser viva, fiel y acalorada. La
-digresión filosófica, lo mismo que la episódica, que son obligado
-acompañamiento de este género de novelas, deben ser oportunas y poco
-disertas. Sobre todo téngase presente que si el lector las admite y las
-goza al principio y al medio de la obra, cuando ésta toca á su fin, le
-turban sobremanera. Conviene también que el desenlace no sea, por ningún
-concepto, obra del azar, sino efecto y resultado del pensamiento
-generador de la obra, manifestándose por un rasgo peculiar del carácter
-principal ó por otro medio cualquiera.
-
-Ahora bien, estas cualidades que Cervantes llevó al más alto grado de
-perfección, creo verlas otra vez en _Pepita Jiménez_, la obra más
-primorosa del señor Valera.
-
-Las novelas de Valera son fruto de la inspiración, pero van
-poderosamente auxiliadas, como las de Goethe, por el estudio. Hay
-quien supone que el estudio perturba la inspiración. Yo no creo que la
-cultura del espíritu entorpezca poco ni mucho los vuelos de la fantasía.
-Cuando la inspiración es robusta, lleva con facilidad sobre sí el fardo
-de la ciencia, y de inspiraciones que no sean robustas ¡líbranos, Señor!
-
-Figurémonos á un poeta encajonado en su inspiración y aprestándose á
-emprender su vuelo por las regiones del arte. ¿Qué podréis añadir á su
-equipaje que no le estorbe? Añadidle unos agujeritos al cajón por donde
-pueda ver más claramente los parajes que va á recorrer. ¿No es verdad
-que no le pesarán cosa? El hombre de ciencia, como el Sr. Valera, puede
-pintar más, porque ha visto más. Entiendo yo (como diría un orador del
-Ateneo) que para hacerse cargo de lo que es la oscuridad, basta cerrar
-los ojos. Pero ¿quién puede comprender la luz sin haberla visto?
-
-Si hemos de penetrar ahora en el fondo de sus novelas, no dejaré de
-gritar antes que está muy turbio. De este modo el lector, si yo no pongo
-en claro el asunto, ¡es claro! echará la culpa al autor.
-
-Pues como iba diciendo, el Sr. Valera es un conservador que hace novelas
-de oposición. Una vez he leído en Aristóteles que al hombre se le puede
-conocer por sus dioses. ¿Por qué no hemos de conocer al novelista por
-sus héroes? Los héroes del Sr. Valera tienen mucho talento, son
-espirituales, discretos, hablan correctamente; en fin, no son
-conservadores. _No tienen de ellos más, si bien se mira_, que la afición
-á la holgura y al regalo.
-
-Porque, eso sí, los héroes del Sr. Valera discurren mucho y bien, pero
-siempre sobre el modo de pasarlo mejor en este pícaro mundo. Confieso
-que el hombre, lo mismo que el reaccionario, tiende por su misma
-naturaleza á no separar los ojos de la tierra, pero es conveniente que
-en las obras de arte se les muestre alguna vez el cielo. En las obras
-del señor Valera no hay cielo. Debo establecerlo así, aunque comprometa
-la dicha que le espera como ferviente constitucional. Pero esto no
-infiere detrimento alguno á su condición de novelista. Si el hombre es
-libre, como manda la Santa madre Iglesia, puede pensar lo que mejor le
-parezca. Lo único que rogaría á todo hombre es que, si le fuera posible,
-pensara con la profundidad y con la gracia que el señor Valera. ¡Pero
-quién va á rogar esto á Pérez Escrich!
-
-Valera concede á la vida un valor absoluto, pero á esta vida terrenal,
-porque respecto á la otra parece que ya sabe á qué atenerse. Un
-novelista que ama la vida tiene mucho adelantado para hacerse simpático.
-Esa literatura de catafalco cultivada por la literatura romántica nos
-hace soñar con los difuntos.
-
-Presentadnos la vida apetitosa ¡oh novelistas!, puesto que no tenemos
-más en que escoger.
-
-¡Cómo sonríen los cuadros de Valera, haciéndonos guiños, invitándonos á
-gozar de lo que hoy se llama actual momento histórico! ¿No veis qué
-dichoso ha sido D. Luis de Vargas por haber dado en el clavo, y cuán
-infeliz el alcaide perpetuo de la fortaleza de Villabermeja por machacar
-tanto en la herradura? Acertar ó no acertar: he aquí la cuestión. Se me
-figura que estoy plagiando á Shakspeare. Á pesar de eso no teman ustedes
-que le injurie.
-
-Dicho sea entre nosotros, Valera no pinta virtudes, sino pecados; pero
-son pecados veniales, de esos que bien sería confesar, aunque no es
-necesario, y por los cuales aún vive Campoamor. Escriba usted, Sr.
-Valera, que el mundo lee. Esos pecados, que si fuera zagala llamaría de
-los hombres, no han perdido nada de su atractivo con el descubrimiento
-del vapor y del telégrafo. Aún hay encuentros en el amor y besos en el
-bosque, ó al revés si ustedes quieren. Esta generación no es tan
-desgraciada como suponen mis amigos los ultramontanos. Le falta fe, pero
-todavía hay algún día de fiesta. Todavía se gozan por el mundo fáciles
-digestiones, rayos de luna y novelas de Valera. Vean ustedes, yo me
-dedico al periodismo, voy sorteando lo mejor que puedo á las patronas, y
-no lo paso del todo mal. Pero me alejo del Sr. Valera, por contarles á
-ustedes lo que no les importa.
-
-El molde de sus obras es antiguo. Es el mismo que usaran Cervantes,
-Quevedo y Diego Hurtado de Mendoza; esa prosa llena de efectos, de
-colores, de imágenes, de reflejos que deslumbran.
-
-Confesando que tal estilo es buscado y que palpita bajo sus laberintos
-el esfuerzo, para mí es el lenguaje del artista. Con este lenguaje los
-objetos no se expresan en su desnuda realidad, sino que por sí tienen
-una vida propia, superior, sin ser opuesta, á la que anteriormente
-poseían. Cierto que alguna vez el refinamiento de la frase llega á tal
-punto que nos muestra el objeto indeciso y tembloroso, como si el humo
-azulado del cigarro se esparciera sobre él; pero aun así, prefiero los
-excesos del color á la anemia del estilo.
-
-El contenido es moderno. Está constituído por un fondo contradictorio de
-filosofía, aspiraciones tradicionales, escepticismo, frivolidad, ironía
-y profundidad, caracteres los más extraños y más difíciles de explicar.
-Es un ateneo racionalista que discute la existencia del Ser Supremo en
-la resonante nave de una catedral gótica.
-
-El Sr. Valera mantiene enhiesto hoy el estandarte de la fantasía
-satírica, que con tanto brío empuñaron en nuestra patria Cervantes,
-Quevedo, Mateo Alemán y Larra. Esta fantasía no es otra cosa que el
-capricho de un espíritu grande, erigido en fuente de inspiración.
-Consiste en la sucesión variada y dramática de los cuadros, en el
-contraste de las combinaciones de todos los elementos reales, en una
-libertad celosa y prevenida contra toda regla, en una mezcla de
-sagacidad y gracia, de frivolidad y fuerza, de crueldad y delicadeza.
-
-Mas á esta arpa vibrante y sonorosa, henchida de profundas notas, le
-falta, como á la de Quevedo, una cuerda más dulce y armoniosa que
-ninguna, la cual acompaña el cántico de sus hermanas con triste y
-melancólica voz: la cuerda del sentimiento. Valera carece de
-sentimiento, carece de emoción. Detrás de su risa, quizá se esconda un
-pensamiento noble, un juicio recto y sereno, nunca se encontrarán
-lágrimas.
-
-No se vislumbra un rayo de fe, de esa fe que engendra el heroísmo, el
-amor eterno y el desapego de la vida. Sólo se ve una concepción clara y
-positiva de la existencia, un buen sentido inalterable, una realidad
-perfecta.
-
-No hallaréis en las obras de Valera expresada la idea de la
-trascendencia y de lo absoluto. Todo es relativo, todo es fenomenal,
-todo es mundano en sus concepciones. Con cierto menosprecio
-aristocrático detesta la vida humilde y popular, la virtud media, las
-alegrías y las tristezas de las gentes sencillas. Le cautivan en cambio
-los trabajos vivos y apasionados que se realizan en los espíritus más
-altos, le preocupan sus vacilaciones, sus luchas y sus desgracias.
-
-Aquí ya encuentro un poco exclusivo al Sr. Valera. No le aconsejaré que
-como Zola vaya de taberna en taberna recogiendo malas palabras y peores
-acciones; que no son dignos en verdad esos lugares de que un tan
-cumplido caballero los visite. Pero sí me atreveré á indicarle que
-Goethe, padre natural y legítimo del género que con tan buena fortuna
-ha introducido en nuestra patria, ha derramado siempre los tesoros de su
-fantasía en las moradas más humildes y en los corazones más sencillos.
-No se olvide el ilustre novelista de ponernos en contacto con seres
-semejantes á nosotros. Cuanto más semejantes, más nos inflamarán sus
-alegrías, más nos enternecerán sus desdichas. Alambicando los
-caracteres, como alguna vez lo hace, y separándolos demasiado del común
-de las gentes, empezamos á mirarlos con recelo, sospechamos que no
-piensan tales cosas como el autor dice, y llegamos á creer que quieren
-darse tono. Esa incesante meditación fatiga y seca el alma. Yo creo que
-hay algo en este mundo que se debe derramar de cuando en cuando. Sr.
-Valera, ¿por qué no nos hace usted derramar alguna lágrima? ¿Por qué
-alumbrará usted tanto y calentará tan poco?
-
-Mire usted, Sr. Valera, yo he tenido una novia, aunque me esté mal el
-decirlo, y me pidió una novela, y yo le di una de las que usted
-escribió, y á los pocos días me la volvió diciéndome que no le había
-gustado, lo cual me causó mucho disgusto, porque me di á pensar que el
-dueño de mi corazón era tonto. Después reflexioné más, y me convencí de
-que el tonto era yo, es decir, usted, que no había sabido darle gusto.
-Porque á usted, á quien todo se le alcanza, no debió escapársele que mi
-novia iba á leer sus novelas. Y entonces, ¿por qué no las ha escrito de
-suerte que le gustasen, vamos á ver, por qué?
-
-No todos me comprenderán, pero usted, que tiene tantísimo talento,
-sabrá perfectamente que hay un problema estético detrás de esa pregunta.
-
-Mas si no logra dar solución á este pavoroso problema (como diría un
-orador del Ateneo), si no triunfa de las mujeres, en cambio, á todos los
-que ceñimos nuestras sienes con el laurel de un título académico, bien
-sea el de abogado, farmacéutico, perito agrimensor, etc., etc., nos
-tiene materialmente hechizados. Todos, todos convenimos en que Valera es
-un novelista profundo, intencionado, ameno y sabroso cual ningún otro en
-nuestra patria. Un ingeniero agrónomo que ha viajado mucho, asegura que
-no lo hay tampoco mejor en Europa y en América. Cuando hablamos de su
-lenguaje, los abogados, ingenieros y farmacéuticos, no encontramos
-calificativos bastante lisonjeros. El lenguaje no es, como se dice,
-patrimonio del hombre: es patrimonio de Valera. Yo tornaría á describir
-nuevamente este lenguaje clásico y romántico á la vez, si tuviera
-seguridad de encontrar quien me oyese. Porque lo que es en este momento,
-francamente, no se me ocurre más sobre el Sr. Valera.
-
-
-II
-
-La religión, cosa muy santa y muy digna de que los hombres la tomen por
-lo grave, puede ser trasformada, merced á ilusiones fantásticas y
-quiméricas imaginaciones propias de la edad juvenil, en un verdadero
-libro de caballerías. Así como en la edad madura el hombre se aplica á
-convertir en sustancia cuanto se halla dentro del radio de su horizonte
-moral y sensible, solidificando, por decirlo así, el ambiente que le
-rodea, del mismo modo el joven cifra su empeño en convertir en flúido
-imponderable, en humo, en nada, cuanta sustancia miran sus ojos y tocan
-sus manos.
-
-El mundo gaseoso que todos hemos habitado por mayor ó menor lapso de
-tiempo, está impregnado de una pasión omnipotente, pero oscura y arcana
-aun para el mismo que padece sus efectos. La naturaleza, la religión, el
-arte no nos hablan más que un lenguaje indefinible y dulce. El alma no
-toca á la alegría y la tristeza, sino que alternativamente se anega y se
-revuelve en ellas con extraña violencia. Un vapor sutil é interno sube
-del corazón al rostro movido por una palabra, por un soplo, y lo
-enrojece. El sacrificio nos causa dulzuras inexplicables, la soledad nos
-arrastra con poder irresistible, la meditación es sueño, el sueño es
-alucinación.
-
-Todo es furtivo y vago en esta edad, pero ardoroso y excéntrico. Los
-sentimientos dentro de nuestro ser se dilatan y amenazan romper su
-molde. El fuego de nuestra alma va haciendo presa en ellos y
-devorándolos todos hasta que llega á uno ante el cual se detiene. ¿Qué
-sentimiento es éste cuyo poder reconoce nuestro espíritu al cabo, y al
-cual ofrece en holocausto todos sus pretéritos sueños y fantasías?
-
-Esperad un poco; Valera nos lo va á decir.
-
-Era D. Luis de Vargas un joven de veintidós años de edad, «muy salado,
-con mucho ángel y con unos ojos muy pícaros», aunque seminarista.
-Confieso que éste _aunque_ que acabo de estampar tiene cierto sabor
-herético. Estoy admirado de lo fácilmente que se cae en la herejía
-cuando no está uno prevenido.
-
-A los veintidós años, como ya tuve el honor de indicar, se tiene siempre
-algún romanticismo en la cabeza. Este _siempre_ me parece ahora algo
-benévolo, pero lo dejo porque no me gusta andar en distinciones. El
-romanticismo de D. Luis era el _amor divino_, con su cortejo de
-trasportes místicos, escrúpulos, desprecio de los bienes terrenales,
-conversión de infieles, etc., etc.
-
-Era un niño muy teólogo que rezaba y pensaba mucho y que lloraba en el
-silencio de la noche al oir los acordes de la guitarra rasgueada por un
-campesino enamorado.
-
-D. Luis, que había ido por algunos días á su pueblo antes de recibir las
-órdenes mayores, á las cuales se avecinaba, escribía luengas cartas á su
-tío el deán de la catedral de..... En tales cartas desahogaba el
-tonsurado mancebo con gran discreción los profundos y sutiles afectos
-que bullían en su alma. Levanta suavemente á vista del lector la cortina
-á un mundo de pensamientos vagos y aéreos, á una serie de cavilaciones
-laberínticas y exageradas que muestran bien en claro el estado de
-confusión de su espíritu. Sin embargo, una frase tenue, casi
-imperceptible se añade pronto á esta sinfonía ascética que D. Luis hace
-sonar en sus epístolas; el nombre de una mujer. Esta frase se oye más
-clara y más distinta en cada nueva carta; va _crescendo, crescendo_,
-hasta que se convierte en tema principal. ¡Qué arte tan admirable
-despliega aquí Valera! No es posible mayor delicadeza ni un conocimiento
-más perfecto del corazón humano.
-
-El deán advierte la nueva fase que presenta la mística de su sobrino, y
-le aconseja que se aparte del peligro si no quiere caer en él, ó lo que
-es igual, que pierda de vista cuanto más antes á Pepita Jiménez. Son de
-leer entonces los intrincados razonamientos y agudezas del mancebo para
-convencer á su tío y convencerse á sí propio de que la corriente de sus
-ideas marcha siempre por el cauce del amor divino. Aunque no fuese más
-que para aguzar el ingenio, convendría que todos estudiásemos un poco de
-teología. Mas ¡ay! que la teología, _fuerte contra Dios_, como Israel,
-es débil contra una viuda de veinte años. Toda la teología de D. Luis de
-Vargas viene al suelo reducida á cenizas, como una momia que se sacude,
-al estrechar la mano de Pepita Jiménez. El sobrino de su tío siente
-discurrir por sus venas una idea dulce y heterodoxa. Todavía habla de
-áspides y serpientes que es preciso aplastar; todavía cita textos de la
-Escritura y se compara á Holofernes y al corzo sediento, y exhala quejas
-como el Salmista, pero utiliza la Biblia también para llamar á su amante
-fuente sellada, huerto cerrado, flor del valle, lirio de los campos,
-paloma mía y hermana.
-
-Cuando el atribulado joven pide á Dios con acento lastimero que separe
-de sus labios el cáliz de la amargura (Pepita Jiménez), los del lector
-no pueden menos de contraerse con una sonrisa de asombro, de tristeza y
-de burla.
-
-Concluyen las cartas de D. Luis y con ellas la primera parte de la
-novela.
-
-En la segunda, titulada _Paralipómenos_, se narra con cierto
-intencionado ensañamiento la tremenda caída de D. Luis desde la cumbre
-de su imaginario ascetismo. Pepita se prenda frenéticamente del
-seminarista y le da á entender su amor por todos los medios conocidos
-hasta lo presente. D. Luis vacila como un santo llevado sobre andas en
-día de procesión. El amor divino y el amor humano riñen encarnizada
-batalla dentro de su alma. Toman parte por el amor divino ciertas
-consideraciones sociales, á saber: la reputación de santo ganada por D.
-Luis, y de la cual, como de todas las reputaciones, cuesta mucho trabajo
-desprenderse; la sorpresa dolorosa del deán al saber su repentina caída,
-ídem la del obispo que había recomendado con mucho encarecimiento la
-solicitud de dispensa, ídem la del Sumo Pontífice, que la había
-concedido en gracia de las relevantes cualidades del candidato.
-Favorecen al amor humano, su padre D. Pedro, que se hallaba enterado de
-todo por su hermano el deán; Antoñona, servidora leal y habilidosa de
-Pepita, y la desesperación de ésta, que no comía, ni dormía, ni sosegaba
-por culpa del arisco teólogo. Las fuerzas de entrambos contendientes,
-como se ve, están equilibradas.
-
-¡Pero qué desalmado y maquiavélico es el Sr. Valera!
-
-Sin más ni más se pone de parte del amor humano, y prepara al
-infortunado D. Luis una emboscada tan cargada de lazos y peligros que no
-hay santo en el Calendario que supiera escapar á ella. Antoñona,
-pintando y aun exagerando á D. Luis el estado de tristeza de Pepita, le
-arranca la promesa de ir á verla antes de su partida, decretada por él
-mismo para el día siguiente.
-
-Y el Sr. Valera, digo Antoñona, señala para la cita la hora más
-comprometida del mundo; las diez de la noche. Era una noche serena y
-perfumada de Andalucía. Brillaban en lo alto las estrellas; sonaban en
-lo bajo, formando un concierto dulcísimo, las castañuelas, las
-guitarras, los ruiseñores y los grillos. Celebrábase en el lugar de D.
-Luis la verbena de San Juan. La luna, el aire, los arroyos, las yerbas y
-las flores todo lo arregla el Sr. Valera á su gusto, para perder al
-mísero D. Luis. Pero lo arregla tan admirablemente, que repito lo que
-antes dije: quisiera ver allí á muchos santos del Calendario.
-
-D. Luis penetra en la casa de Pepita, donde previamente el Sr. Valera,
-como Mefistófeles, había evocado á los demonios de la voluptuosidad,
-encargándoles mucho celo y discreción.
-
-La visita comienza _grave y ceremoniosa_ hasta que entran en materia.
-Una vez entrados, voy á dirigir al autor una sentida queja. ¿Por qué ha
-dado usted tan poco movimiento al diálogo, y hace que Pepita y D. Luis,
-en vez de hablar como Dios manda en tales casos, pronuncien esos
-discursos tan metafísicos y tan indigestos?
-
-Afortunadamente D. Luis, con todo aquello de la luna, el aire diáfano,
-los ruiseñores, los grillos y las estrellas, venía de buen temple. La
-pasión triunfa de la metafísica, y sucede lo que ustedes pueden ver
-leyendo á _Pepita Jiménez_.
-
-Esta escena y todo lo demás que acontece hasta la conclusión de la
-novela (que ya no es mucho) lo premiaría yo con la inmortalidad si en mi
-mano la tuviera. Al ver la resignación con que D. Luis se acomoda á
-beber el cáliz de la amargura por los ojos de Pepita Jiménez y la
-filosofía positiva terrenal y tangible que de pronto le acomete,
-expresada por un sin fin de reflexiones y silogismos á cual más
-graciosos, no hay labios que no sonrían, no hay ojos que no brillen.
-
-Dicen que el fondo de _Pepita Jiménez_ es _satánico_, pero ya pueden
-ustedes suponer quiénes lo dicen. Es más difícil que estos críticos
-lleguen á entender ciertas cosas que el que un camello pase por el ojo
-de una aguja.
-
-El fondo de la novela del Sr. Valera es _humano_, y porque es humano nos
-interesa. Cierto que algo tiene de Satán D. Luis de Vargas. Se desploma
-como él por virtud de fuerza mayor; pero Satán cae trágicamente de los
-cielos herido por el rayo y don Luis sólo cae de su asno. Las ansias y
-los arrebatos de su ardiente corazón, enderezados merced á
-circunstancias de su vida hacia el ideal religioso, eran indicios
-seguros de que aquel corazón esperaba, como la noche al día, la visión
-de un misterio inefable, la revelación de una mujer. Sus sueños y sus
-ilusiones no se disipan, porque son privilegio dichoso de la juventud;
-sólo cambian de rumbo y van á libar de la vida real el dulce néctar de
-la voluptuosidad. ¡Oh si la realidad nos arrancara siempre de la región
-de los sueños con mano tan delicada como á D. Luis de Vargas!
-
-Por su forma es _Pepita Jiménez_ la obra más perfecta de Valera y una de
-las más esmeradas y primorosas de la literatura española. La acción, que
-no puede ser más sencilla, está presentada con mucho orden y
-originalidad. Los caracteres trazados con más delicadeza que brío, pero
-vivos y correctos. Las descripciones de un colorido inimitable y
-exornadas por las galas de ese estilo mágico que sólo posee Valera. El
-diálogo un tanto oscuro y alambicado.
-
-¡Lástima de metafísica!
-
-
-III
-
-Al ocuparme en la crítica de _Las ilusiones del doctor Faustino_, vuelvo
-á exclamar: ¡Lástima de metafísica!
-
-No comparto, sin embargo, la especie de que esta producción constituya
-un gran yerro del autor, como muchas veces he oído afirmar.
-
-_Las ilusiones del doctor Faustino_, aunque en orden á sus proporciones,
-desarrollo y aliño de la forma se encuentra muy por bajo de _Pepita
-Jiménez_, está á la misma altura, y aun por encima, considerando la
-trascendencia y magnitud del asunto, la verdad de los caracteres y la
-profunda ironía que envuelve toda la obra.
-
-En España, donde solemos morirnos algunas veces de seriedad, no da gran
-resultado un estilo como el del Sr. Valera. Se supone que para que
-salgan bien las cosas es necesario hacerlas con la mayor gravedad
-posible, casi sin pestañear. Y mucho menos se comprende que el escritor
-descienda de esa prosa campanuda é impasible, sin olor, color ni sabor
-ni otros accidentes de pan y vino, á una más familiar y corriente, sin
-moldes forjados de antemano, donde se ríe cuando se tiene gana y se
-llora si hay algo que lo merece.
-
-El que tal prosa emplee en sus escritos, créame usted, Sr. Valera, si se
-llama Juan no pasará de Juanito.
-
-Acaso, y sin acaso por ser _Las ilusiones del doctor Faustino_ una de
-las novelas más picantes, más sustanciosas y mejor intencionadas que se
-hayan producido en España y fuera de ella no ha conseguido á su salida
-por el mundo más que desaires y vejámenes.
-
-Yo voy á estar más fino, aunque no tanto que me pase. Doy por leída la
-obra, para evitarme la molestia de narrar el argumento, y paso con la
-mayor frescura á decir mi opinión.
-
-Vuelven á ser las ilusiones y los sueños de un joven el tema en que se
-emplea la perspicua inteligencia de Valera. Mas las ilusiones del héroe
-de esta novela no toman el rumbo generoso que las de D. Luis de Vargas,
-no salen á espaciarse por las luminosas esferas de la religión ni por
-los campos inmarcesibles del sacrificio, son ilusiones más caseras y no
-trascienden del _yo_ bastante enrevesado del doctor Faustino.
-
-Cualquiera ha sido joven en este mundo. Este cualquiera que escribe
-semblanzas literarias, lo es todavía. No es difícil tampoco tener
-ilusiones. Yo las tengo muy grandes de que ustedes no me suelten de la
-mano. Pues bien, cuando las ilusiones distan mucho de la realidad, como
-en este caso, surge el ridículo, que hábilmente presentado por una pluma
-discreta y afilada como la del Sr. Valera, sirve de provechosa lección y
-enseñanza saludable.
-
-La ilusión es el mismo deseo revistiendo forma, tomando vida y
-apariencia de verdad en la fantasía. Por eso los hombres de imaginación
-son los más propensos á concebir ilusiones y á naufragar en sus pérfidas
-aguas. Mas como quiera que la imaginación es la facultad más amable del
-alma y la que imprime carácter al hombre, el doctor Faustino, con todas
-sus ilusiones, sueños y fantasías, si logra hacerse ridículo, no excita
-antipatías ni rencores. Antes me figuro que todos le miran con marcada
-benevolencia y hasta presumo que el autor llega á prendarse de él por la
-nobleza y originalidad de su espíritu. Siempre los amores traen
-inconvenientes, y los del Sr. Valera en esta ocasión han traído para su
-novela un desenlace desproporcionado y no muy bello. Con el fin de
-preparar el trágico remate de la obra se ve el autor en la necesidad de
-vulgarizar al héroe. En efecto, pierde el doctor Faustino su primera
-originalidad y se trasforma en un carácter endeble y pasivo cuya muerte
-más sorprende que conmueve. El autor deshace con harta precipitación y
-torpeza la delicada urdimbre del carácter del héroe. Más que desenlace
-parece un corte de cuentas.
-
-En la fábula no brilla el Sr. Valera como ya tuve el descaro de
-manifestar, mas á mí se me advierte que es mejor que no brille. De
-intrigas tenebrosas, espantables y absurdas nos tienen hasta el cuello
-los novelistas franceses y la más enferma parte de los españoles. Y sin
-embargo, ¡quién diría que el Sr. Valera, tan sencillo, tan razonable y
-tan sobrio en sus fábulas, ha introducido en la de esta novela un
-elemento maravilloso que resulta melodramático! Yo bien sé por qué lo ha
-introducido el Sr. Valera. Es que ha oido decir á los críticos que no
-tiene imaginación y que no consigue dar un interés palpitante á sus
-novelas. Porque los críticos son de esta guisa. Se presenta un hombre
-blanco y le llaman pálido; se presenta un moreno y le apellidan negro.
-Sale á luz un novelista de mucha intriga y enredo: truena la crítica
-contra la intriga y califica al novelista de intrigante y mala persona.
-Aparece otro sensato y discreto: entonces la crítica hecha de menos la
-intriga y se queja amargamente de que no le interese.
-
-Valera ha dicho: ¿queréis aventuras estupendas? Pues allá van; y nos
-propinó las de _la inmortal amiga_. Yo me permito creer, Sr. Valera, que
-no debe usted abandonar jamás por ninguna clase de murmuración, es
-decir, de crítica, el género realista del cual tan brillante muestra nos
-ha dado en _Pepita Jiménez_, porque opino como su correligionario
-Voltaire, que todos los géneros son buenos menos el fastidioso.
-
-No hay en el género de usted, es verdad, motivo para soltar muchos cabos
-con el exclusivo objeto de amarrarlos después como Dios dé á entender,
-que á veces lo da á entender pésimamente, y otras ni bien ni mal, pero
-en cambio puede comunicarse á la novela un interés más espiritual y de
-mejor ley, desarrollando plásticamente un pensamiento luminoso y
-fecundo, interpolando descripciones como la de la Nava en el capítulo
-titulado _El Paraíso terrenal_, tan fresca, tan viva, tan primorosa y
-tan mágica, que puede figurar dignamente al lado de algunas del
-_Quijote_, y dibujando en fin con felicidad caracteres y tipos humanos
-cuyo estudio se me antoja más digno de un ingenio privilegiado como el
-de Valera, que la exposición desatinada de aventuras increíbles, propias
-para despertar miedo en los niños.
-
-_Las ilusiones del doctor Faustino_ es una novela de caracteres, y
-sobre los principales, ustedes me dispensarán si digo algunas palabras.
-
-Yo, que al igual de todos los cándidos, cuando quiero tener malicia me
-paso de malicioso y suspicaz, he pensado descubrir que el doctor
-Faustino es el mismo Sr. Valera que viste y calza, y que todos los días
-vemos por ahí, gozando una tranquilidad de espíritu un tanto positivista
-y epicúrea, aficionado á las especulaciones y sistemas metafísicos que
-le interesan como pura poesía, amando y respetando la realidad, hecho,
-en fin, un D. Juan Fresco. El hombre da mucha vuelta con los años, y
-creo que para llegar á la situación de ánimo de D. Juan Fresco, es
-necesario haber pasado por la del doctor Faustino ó algo que se le
-parezca.
-
-Este pensar mío es el que ha dado margen al cariño que profeso á la obra
-que voy examinando. Eso de conocer el corazón humano cuando es el
-corazón humano de otro, no me parece lo más fácil del mundo; mas
-tratándose del propio, la tarea se simplifica extraordinariamente. El
-Sr. Valera, que tiene su alma en su armario, la saca, la limpia el
-polvo, y la ofrece á nuestra vista.
-
-Por eso me embelesan los tipos del doctor Faustino y D. Juan Fresco,
-porque resultan bellos y al mismo tiempo humanos.
-
-El carácter de D. Juan Fresco, nada más que apuntado ó bosquejado en
-esta novela, aparece plenamente desenvuelto en el _Comendador Mendoza_,
-última producción romancesca del autor que venimos estudiando. Son
-innegables y patentes las afinidades que guardan entre sí el antiguo y
-el coetáneo retirado de Villabermeja, y de ambos caracteres tan nobles
-como despreocupados, repito que conceptúo propietario al Sr. Valera.
-
-La obra no tiene, ni con mucho, la trascendencia y significación que
-_Las ilusiones del doctor Faustino_ ni la originalidad de _Pepita
-Jiménez_. En cambio uno de sus tipos, el de D.ª Blanca, está trazado con
-más brío del que Valera acostumbra, y su acción, aunque excesivamente
-sencilla, es rápida é interesante.
-
-Señor Presidente, me siento fatigado y ya no tengo más que decir sobre
-el Sr. Valera.
-
-Se levanta la sesión.
-
-[Illustration]
-
-[Illustration]
-
-
-
-
-D. MANUEL FERNÁNDEZ Y GONZÁLEZ.
-
-
-[Illustration: N]O sé cómo arreglarme para decir algo bueno del Sr.
-Fernández y González. Mucho temo no llegar á decirlo. Por más que lo
-intento no consigo desechar de mí cierto rencor y mala voluntad hacia su
-persona ó personalidad, que es lo más de moda, y como soy tan
-impresionable y tengo tan poco peso (cinco arrobas escasas), lo más
-probable es que le suelte alguna pulla de mal género, impropia por
-entero de mis antecedentes y de mis años.
-
-Pero, Señor, ¡quién me habrá metido á mí á crítico!
-
-Hubo un tiempo, sin embargo, en que yo tenía menos años que ahora, _et
-in illo tempore_, el Sr. Fernández y González me hizo perder bastante
-ídem. Cuando lo pienso, no puedo menos de verter lágrimas, y exclamar
-como Augusto:
-
-«¡Fernández, Fernández; vuélveme mi tiempo!»
-
-No sólo de esta abundosa fuente mana mi rencor. El Sr. Fernández con sus
-narraciones fantásticas, lances maravillosos y combates descomunales, ha
-influído de un modo muy pernicioso en mi carácter. Hace ya bastantes
-años, era yo lo que se llama una malva, incapaz de romper un plato
-adrede.
-
-Mas hete aquí que leo los _Siete Niños de Écija_, donde se describe á lo
-vivo de qué modo siete valientes derrotan y ponen en vergonzosa fuga, en
-cuantas batallas libran, á siete mil carabineros; y hubieran derrotado
-en la misma forma á siete millones, dada su infinita bravura. Esta
-bravura me contagió de tal suerte, que llegué á suponerme dotado de una
-fuerza incontrastable y sobrenatural, y empecé á ensayar mis fuerzas y
-arrestos, descargando terribles puñetazos sobre las puertas de la
-vecindad. Á los pocos días de efectuar estos ensayos, era conocido entre
-los granujas del pueblo con el pintoresco mote de _Brazo de hierro_. Y
-aconteció que un día oí sonar á mis espaldas el famoso apodo acompañado
-de cierta risa que á mí me pareció por muchos conceptos irrespetuosa. Me
-vuelvo y veo á tres pilluelos muy risueños que se estaban sin quitarme
-ojo. Llegó la ocasión, pensé, y encomendándome al invicto Juan Palomo,
-cerré con el mayor coraje y ardimiento sobre aquellos canallas. Mas ¡ay!
-que entre nosotros debían existir las mismas relaciones que entre los
-antiguos aragoneses y su monarca: cada uno de ellos valía tanto como yo,
-y juntos mucho más que yo.
-
-Me llevaron á casa y me pusieron sobre la frente algunos paños empapados
-en árnica. Jamás se lo perdonaré al Sr. Fernández y González.
-
-Fundada, pues, mi crítica en motivos tan baladíes, es preciso convenir
-en que no tendrán fuerza de ninguna clase cuantas censuras dirija al Sr.
-Fernández y González. Convengamos en ello y meditemos un rato sobre la
-pequeñez de los hombres que por unos mojicones más ó menos llegan hasta
-rebajar las glorias de un esclarecido novelista.
-
-Sin embargo, aunque no otra cosa, espero que se me reconozca cierto
-valor para arrostrar la impopularidad. El Sr. Fernández goza de gran
-crédito entre las clases más virtuosas de la nación. Conozco algunas
-amas de huéspedes que en gracia de sus interesantes novelas serían
-capaces de no pedirle el dinero hasta fin de mes. Y yo, escritor
-ventajosamente conocido en España, Francia, Inglaterra, Rusia, los
-Países Bajos y Carabanchel de Abajo, no vacilo en depositar en el
-pedestal de la estatua de la Verdad mis coronas y mis lauros.
-
-¡Hermosa figura y ejemplo perdurable de heroísmo!
-
-El Sr. Fernández y González no siempre escribió malas novelas. Hubo un
-tiempo en que las escribió buenas. Esto debía decirlo al final del
-artículo, bien lo comprendo, para que la última impresión fuese dulce,
-pero como el Sr. Fernández y González escribió las novelas buenas antes
-que las malas, parece natural que me atenga á su cronología. ¡Especial
-cronología la del Sr. Fernández! Todo en el Cosmos progresa, todo se
-perfecciona por virtud de la ley de la evolución pasando de lo homogéneo
-á lo heterogéneo[6]. Y no obstante, el Sr. Fernández y González rompe de
-frente con la ley de la evolución, y después de escribir novelas muy
-heterogéneas da á luz las homogéneas. _El Condestable D. Álvaro de Luna,
-Men Rodríguez de Sanabria, Martín Gil, El cocinero de Su Majestad y Los
-Monfíes_ son novelas históricas en que á más de observarse con algún
-cuidado los requisitos del género, revela el autor cualidades
-excepcionales para brillar en él. No resucita por medio de un estudio
-atento y minucioso el mundo de la Edad Media como Walter Scott, sus
-costumbres, sus trajes, su fisonomía exterior; mas quizá debido á una
-portentosa imaginación consiga penetrar más adentro que el inmortal
-creador de la novela histórica, en sus sentimientos, en sus acciones y
-su discurso; en el mundo del espíritu.
-
-No maneja tan bien el guardarropa feudal, ni el mobiliario de una sala
-gótica, ni es capaz de disponer un torneo con tanta propiedad; pero
-nuestros abuelos no aparecen con ese tinte suave y melancólico que
-inmerecidamente les concede el autor de _Ivanhoe_, sino con el lenguaje
-rudo, la sensualidad desenfrenada y la ferocidad bestial que les
-conviene. Los acentos ásperos que resuenan en los tiempos medios parecen
-vibrar puros y frescos todavía en la briosa fantasía de Fernández y
-González. Penetra por la coraza damasquina y la recia cota de malla, y
-sorprende los sentimientos de aquellos corazones tan rudos é
-independientes. Es más _realista_ de la Edad Media que su maestro Walter
-Scott.
-
-Aún pudiera serlo más, no lo dudo, rebajando un noventa por ciento de
-aventuras; mas como, después de todo, ninguno de nosotros ha vivido en
-la Edad Media, la narración de las maravillas acaecidas en esta Edad no
-nos puede irritar tanto como la de aquellas que suceden en la presente,
-donde no sucede ninguna.
-
-No tengo inconveniente, pues, en admitir que los siglos medios son
-poéticos, y que en ellos se efectuaron todos esos lances portentosos que
-los novelistas nos cuentan, y otros muchos más que no nos cuentan. Mas
-deseo hacer constar que aunque poéticos eran unos siglos bárbaros, y que
-en punto á urbanidad y buena crianza, pese á Walter Scott y su escuela,
-el nuestro les saca mucha ventaja.
-
-Á pesar de esto no falta quien apellida á nuestro siglo torpe y
-escandaloso, y se siente muy desgraciado por haber nacido en él en vez
-de florecer en la época del feudalismo. Hay que convenir en que la
-Providencia ha estado muy dura con los que así discurren poniéndoles
-sombrero de copa en lugar de casco. Pero una vez que no ha querido
-darles ese gusto, no hay más remedio que resignarse y esperar de mala
-manera, en cualquier oficina, á que este siglo se hunda en los abismos
-del tiempo. Ánimo, pues, que ya falta poco; veintidós años escasos.
-
-Quede sentado que el Sr. Fernández y González manifestó en otro tiempo,
-muy lejano por desgracia, disposiciones felicísimas para la novela
-histórica. Pero no hay que atribuirle tampoco con afán hiperbólico
-aptitudes que no ha tenido jamás. Si las mostró nada comunes para el
-cultivo de este género, nunca dió la más leve señal de poseerlas para la
-novela de costumbres, social, realista ó como quiera denominarse. El
-género histórico es de todos los romancescos el que más semejanzas y
-afinidades guarda con el poema, y Fernández y González es mejor poeta
-que novelista. Tal vez dependerá de que el poeta se constituye y
-caracteriza por la fantasía, viniendo á ser el entendimiento y el
-estudio nada más que auxiliares de su inspiración, mientras el novelista
-necesita por partes iguales de una inteligencia superior y de una
-imaginación pintoresca. El talento de Fernández y González guarda, á mi
-juicio, más parentesco con el de Zorrilla que con el de ningún novelista
-de los que figuran ó han figurado en nuestra patria.
-
-Mas ya que su empeño fuera escribir novelas y no versos, parecía
-razonable que siguiera novelando en el género histórico cada día con
-mayor discreción y lucimiento. El Sr. Fernández y González toda su vida
-profesó mucho horror á lo razonable. Así es que, en vez de continuar
-estudiando para corregirse y mejorarse, comenzó á echar por aquella
-pluma un diluvio de novelas plagadas de lances y aventuras imposibles
-que produjeron grandes disturbios en el ramo de modistas. De la novela
-histórica no quedó más que los nombres de los personajes, los cascos,
-las lanzas y las cimitarras. Todo lo demás, la pintura de los
-caracteres, la descripción de las costumbres, la verosimilitud de la
-fábula, naufragó en un mar de tinta.
-
-Este afán insaciable de aventuras fué causa de su perdición. ¡Lo que es
-el corazón humano! como diría Pérez Escrich. Un hombre que había pasado
-toda su vida en el alcázar del rey tratado á cuerpo de ídem, dedicado
-exclusivamente á vigilar la entrada y la salida de los galanes por las
-puertas secretas, los suspiros de la reina y las órdenes del monarca,
-marcha de improviso á Sierra Morena y empieza á echar el alto á los
-viajeros, en compañía de _Juan Palomo_ y _Diego Corrientes_.
-
-Estos cambios bruscos é inesperados de la fortuna me conmueven
-sobremanera.
-
-¡Y qué había de suceder! El Sr. Fernández, que era un caballero muy
-cumplido y espiritual, consiguió al principio dar cierto barniz
-romántico á aquellos secuestradores; mas al cabo y á su pesar tuvo que
-sufrir la influencia nefasta de tan grosera compañía, perdiendo las
-buenas formas y los refinamientos palaciegos. Descuidó ó abandonó por
-entero los estudios literarios, acaudalando en cambio gran copia de
-bellaquerías y ruindades que aspiró á presentar como admirables,
-redactándolas al mismo tiempo en un lenguaje que por nada en el mundo me
-atrevería á llamar cervantesco.
-
-Si el Sr. Fernández y González hubiera ido á recorrer los desfiladeros y
-encrucijadas de Sierra Morena con el objeto de estudiar minuciosamente
-las costumbres de sus indígenas y ofrecérnoslas después en cuadros
-romancescos vivos y fieles, yo no le diría una sola palabra malsonante;
-allá se las arreglara con los enemigos del realismo. Pero eso de ir ni
-más ni menos que á buscar con su linterna por aquellas breñas almas
-grandes, corazones generosos, honrados padres de familia y ciudadanos
-íntegros, se me figura depresivo para los que habitamos en poblado. No
-parece sino que escandalizado el Sr. Fernández y González de nuestra
-corrupción, como Tácito de la de Roma, desea presentarnos en las
-costumbres puras ó inocentes de la bandolería algo que nos edifique y
-nos enderece. Pues mire usted, Sr. Fernández, convengo en que por Madrid
-hay muchos perdidos y que es peligroso hasta cierto punto atravesar á
-las tres de la tarde por delante del café Suizo; pero también hay muchos
-caballeros, tan fieles como el oro, que sólo le detienen á usted para
-pedirle fuego. No es absolutamente necesario ser ladrón en cuadrilla
-para tener un corazón sensible. Conozco muchas personas que, sin haber
-desvalijado á nadie en su vida, riegan con sus lágrimas las butacas del
-teatro Español cada vez que se pone en escena _Ó locura ó santidad_.
-
-Repito, pues, Sr. Fernández, que el ideal de la bandolería no es
-suficiente para el arte. El ideal cristiano me parece más fecundo y más
-conforme con la naturaleza humana.
-
-Estos trueques de ideales producen unos efectos desastrosos. Las novelas
-fueron bajando, bajando, y bajaron yo no sé hasta dónde. Salieron á luz
-por entregas, por arrobas y por metros cúbicos. El señor Fernández tenía
-un establecimiento en liquidación dentro de la cabeza.
-
-Y, sin embargo, _¿qué fué de tanta invención?_ Destinadas estas novelas
-á entretener los ocios de las clases menos doctas de la sociedad,
-perdieron casi en absoluto el carácter de obras literarias y fueron
-proscritas con excomunión mayor de toda biblioteca bien nacida. El autor
-ya no volvió á preocuparse de la composición, del análisis de los
-caracteres, ni de las pasiones, ni de la verosimilitud, ni de la pureza
-de la lengua. Lo único á que atendió fué á sorprender, á asustar las
-imaginaciones femeniles, á despertar y encadenar la curiosidad,
-arrastrándola violentamente por sucesos increíbles y absurdos.
-
-De este modo logró conquistar una inmensa popularidad, sobre la cual
-tampoco debe forjarse grandes ilusiones el Sr. Fernández y González.
-Tuvo y aún tiene muchos lectores, pero son de tal jaez estos lectores
-que no pueden fundar ninguna reputación duradera. Leen por distraerse,
-por _matar el tiempo_, y las más de las veces no se detienen á mirar el
-nombre del autor del libro que soportan en la mano. Si lo miran, no son
-capaces de tributarle admiración, á la manera que al niño jamás se le
-ocurre admirar al inventor del juguete con que se divierte.
-
-Las obras literarias, ó las que tal nombre merecen, no se presentan como
-los arenques en grandes turbas; vienen solas después de haber madurado
-por más ó menos tiempo en el cerebro del artista. Aquellas que no sufren
-una gestación laboriosa cuando se escriben, es que ya la han sufrido en
-el pensamiento. Me refiero, por supuesto, á las obras de mérito
-permanente, capaces de resistir á las inclemencias del tiempo y de la
-crítica.
-
-La _entrega_, que Fernández y González ha cultivado con más éxito que
-ningún otro en nuestra patria, es la institución más perniciosa que
-inventaron los hombres para tormento de las letras.
-
-Me equivoco, hay todavía otra institución más deletérea: el tomo de á
-peseta. En tomos de á peseta ha exprimido el Sr. Fernández las últimas
-gotas de su desordenada inspiración. En vano el poder legislativo de la
-sociedad se afana por introducir las reformas más convenientes en todos
-los ramos de la administración; en vano el poder ejecutivo cumplimenta
-con toda fidelidad las disposiciones legales, desenvolviéndolas y
-aclarándolas por medio de reglamentos acertados y sabios y concienzudos
-preámbulos. Mientras Manini, con su biblioteca _de lujo_, y los
-traductores de Barcelona sigan conspirando contra la salud pública, no
-tendremos en nuestra patria ni sosiego, ni riqueza, ni vías férreas, ni
-administración.
-
-Torna á la ciudad el Sr. Fernández y quiere describirnos la vida real,
-lo que pasa pared en medio de nosotros. No dejan de tener estas sus
-novelas contemporáneas cierto interés y movimiento, porque el autor, por
-más que se empeña, no puede prescindir completamente de su poderosa
-imaginativa; mas allá, por el campo, adquirió unos modales tan
-impolíticos y serranos, que por ningún concepto recomiendo la lectura de
-tales obras á las niñas de quince abriles.
-
-Resplandece en sus últimas novelas, á más de un color verde harto
-subido, la ausencia absoluta de previsión artística. El autor no medita
-ni calcula nada de lo que constituye el fondo y la forma de una obra
-romancesca. Prefiere abandonarse á la corriente alborotada de la
-improvisación, y allá van escenas y sucesos donde quiere una fantasía
-delirante. ¡Yo que juzgaba á la improvisación sólo buena para decir unas
-cuantas redondillas después de haber comido fuerte!
-
-La pintura exagerada y un tanto burda de la vida exterior es lo que se
-observa á primera y segunda vista en estas producciones. La vida del
-espíritu merece tanto respeto al Sr. Fernández y González que no se
-atreve á penetrar en ella. Tal vez el alma humana tendrá que agradecerle
-este respeto. Debo manifestar, no obstante, en descargo de mi
-conciencia, que el espíritu del hombre tiene derecho á ocupar el lugar
-preferente en la novela. Cuando se le condena á comer el pan negro de la
-emigración, como en las obras de Fernández y González, la novela se
-transforma en cuento de viejas.
-
-En resolución. No es posible juzgar las producciones del Sr. Fernández y
-González, si exceptuamos las primeras, citadas ya en este artículo, con
-arreglo á los sanos principios literarios. Tales obras salen del recinto
-de la literatura para entrar en el más oscuro y también más lucrativo de
-la industria. Una vez convertido el arte en oficio, ya no se trata más
-que de mucho papel y mucha tinta. El que hace un cesto hace ciento, y el
-que escribió una novela puede escribir un cargamento de ellas.
-
-¡Cuántos años hace que el Sr. Fernández y González está haciendo cestos
-sin darse punto de reposo!
-
-Sus novelas, como las saetas del ejército de Jerjes, amenazan ya nublar
-el sol.
-
-Así, que me he visto precisado á pelear á la sombra.
-
-Conste sobre todo, Sr. Fernández, que esta crítica fué inspirada por los
-móviles más bajos y más ruines.
-
-[Illustration]
-
-[Illustration]
-
-
-
-
-D. FRANCISCO NAVARRO VILLOSLADA
-
-
-[Illustration: O]ROCEDAMOS con método. El Sr. Villoslada, aunque
-novelista vivo, no es un novelista contemporáneo. Pertenece al grupo de
-los románticos que pasó felizmente para no volver. El romanticismo dió
-muerte al clasicismo: el realismo filosófico acaba de matar al
-romanticismo. Éste fué una gloriosa insurrección contra las formas
-aristocráticas y convencionales de la tradición literaria encauzada
-desde el renacimiento por el seguro pero estrecho álveo de la cultura
-clásica, un retorno á la verdad y á la belleza aprisionadas en
-inflexibles moldes, un himno entusiasta á la inspiración libre y
-sencilla de la Edad Media. En el romanticismo precisa distinguir dos
-momentos. Detiénense en el primero los apasionados y devotos de la Edad
-Media, los que no sólo demandan á estos siglos naturalidad y sencillez
-para la forma, sino ideales, tangibles y completos para la vida, los que
-aman sus creencias y sus costumbres, oponiéndolas con decisión al
-amaneramiento y á la tibieza de nuestros tiempos. Fueron representantes
-más ó menos insignes de estas tendencias, en Alemania los hermanos
-Schlegel, Tiek, Ruckert y Huland; en Inglaterra, Walter-Scott y Southey;
-en Francia Chateaubriand, Vigny, y en España el duque de Rivas y
-Zorrilla.
-
-Pero esta grandiosa revolución literaria encontró en otros muy notables
-ingenios una representación más amplia y humana. Las altas ideas morales
-y metafísicas expresadas con exageración, con violencia y con exceso,
-vinieron á engendrar otro gran movimiento que podemos denominar
-romanticismo filosófico, que ilustraron, en Alemania, principalmente
-Schiller, Herder y Heine[7], en Inglaterra Byron, Wordsworth y Shelley,
-en Francia Hugo, Lamartine y Musset, y entre nosotros Espronceda.
-
-No me cumple el ocuparme ahora en esta segunda fase del movimiento
-romántico, sino tan sólo decir escasas palabras sobre la primera, por
-ser aquella en la cual se fija y encierra el carácter del novelista que
-estudiamos.
-
-Disgustados por la miseria y bajeza de nuestra época, atenta muy
-particularmente al desenvolvimiento y progreso de los intereses del
-cuerpo, desnuda casi por completo de fervor religioso, los primeros
-románticos, á cuyo frente debe colocarse al célebre Walter-Scott,
-creyeron ver en la época feudal un dechado para la nuestra. La audaz
-imaginación, estimulada por la distancia y el deseo, hízoles trocar la
-grosería en caballerosidad, la barbarie en nobleza y la sórdida ambición
-en altanera bravura, é iluminaron los ásperos contornos de aquella edad
-con los colores de una luz ideal. Así nació la novela arqueológica; no
-como descripción más ó menos fiel de las costumbres y sentimientos de un
-período histórico, sino como fantástica resurrección de una edad de oro.
-
-No gusto de exclusiones en literatura, ni fuera tampoco prudencia
-desechar un género en el cual ha conseguido su renombre el más insigne
-de los novelistas modernos; pero sí apuntaré que la novela histórica en
-su misma naturaleza lleva gérmenes de falsedad y de muerte. Veámoslos.
-
-Para pintar las costumbres de una época histórica no hay nada mejor,
-está averiguado, que haber vivido en ella. Todo intento de resucitar
-añejas costumbres tiene mucho de fantástico. Insensiblemente, sin que el
-artista lo perciba, y á despecho de todos sus escrúpulos y pruritos de
-veracidad, se introduce en la obra el acento moderno y se enseñorea de
-ella.
-
-Y si esto podemos decir de las costumbres, ¿qué sucederá con los afectos
-y pasiones? Aquí es donde se penetra claramente la miseria de la traza y
-todo el artificio de que los novelistas arqueólogos se valen para
-deslumbrarnos momentáneamente. Cuando mencionan cualquier usanza antigua
-suelen poner debajo la autoridad en que se apoyan; mas yo no veo jamás
-ninguna prueba para sus anacronismos cuando se trata de ideas y
-sentimientos.
-
-¡Cuántas veces al penetrar en una sala gótica hallé sentado al pie de la
-tosca chimenea, reposando el codo en uno de los brazos del sitial, la
-mano en la mejilla, al vecino del cuarto tercero, persona muy honrada,
-de continente grave y hasta cierto punto melancólico!
-
---¡D. Facundo, usted por aquí! ¿Cómo es eso?
-
---Qué quiere usted, amigo mío; fué empeño de Villoslada el ataviarme con
-este ridículo disfraz, aunque no estemos en Carnaval, y aquí me tiene
-usted escuchando, quiera que no, dejando para ello abandonada la
-oficina, á ese trovador errante y cargante.
-
-Doy la vuelta para mirar al trovador y me veo con largas guedejas, muy
-adormecido y tristón con el laúd en la mano, á Pepito Paniagua, el novio
-de mi prima, estudiante de segundo año de farmacia, que pasa la vida en
-el portal de enfrente.
-
-Digan ustedes ahora si no tengo motivos para dejar de creer en la
-autenticidad de tales guerreros y trovadores.
-
-Pues por estas y otras razones más prolijas, considero que la novela
-arqueológica no es viable como género literario. Esta consideración
-tendría mucho mayor mérito si fuese escrita y publicada hace algunos
-años, lo reconozco, porque entonces hubiera sido una profecía, mientras
-que hoy aparece tan sólo como la explicación de un hecho. Porque es un
-hecho que ya no se cultiva la novela histórica ni dentro ni fuera de
-España.
-
-Todas las personas de cierta categoría literaria están conformes en que
-las costumbres y los sentimientos que se pinten han de ser las
-costumbres y los sentimientos contemporáneos. Cuando queramos conocer
-(de un modo muy imperfecto, por supuesto) los de otra época, acudamos á
-las crónicas, á las Memorias auténticas, á la literatura de aquel
-tiempo, jamás á las novelas de los románticos.
-
-Un género literario puede ser efímero, no obstante, mientras obtienen la
-inmortalidad aquellos que lo cultivan. Buena prueba de esto nos ofrece
-el ilustre Walter-Scott, rey y señor de la novela histórica. Su fama no
-se merma ni decae con los años; antes se levanta cada día con más brillo
-y esplendor. Porque es privilegio dichoso del arte mudar constantemente
-de gustos y derroteros, dejando á salvo la gloria de sus intérpretes:
-Walter-Scott tiene feudatarios en todas las comarcas de Europa. Le
-rindieron pleitohomenaje en su país Horacio Smith, James, el más fecundo
-de los novelistas históricos, Grattan y Banim, llamado el Walter-Scott
-irlandés; en Francia, Alfredo de Vigny, Víctor Hugo, Alfonso Royer, el
-bibliófilo Jacobo y Alejandro Dumas; en Italia, el incomparable Manzoni,
-Rosini, Guerrazzi y el marqués de Azeglio.
-
-En España recibieron de él el espaldarazo y fueron armados novelistas
-por su mano Larra, Martínez de la Rosa, Espronceda, Escosura, Enrique
-Gil, García de Miranda, Fernández y González, Cánovas del Castillo y
-Villoslada.
-
-No es por cierto este último, ó sea el que ahora nos ocupa, el menos
-notable de los que hemos apuntado. Hablemos de él un momento, si ustedes
-gustan.
-
-Se presenta desde luego como discípulo franco y declarado del ilustre
-_baronet_ escocés, pero no deja de manifestar al propio tiempo una
-tendencia, aún más pronunciada que la de su maestro, hacia la
-arqueología. El Sr. Villoslada considera de su deber el restituirnos las
-épocas históricas por entero, sin que falte ni sobre un cabello, y
-atento como buen hidalgo al cumplimiento de sus deberes, dispone de tal
-suerte el enredo de la novela, que va haciendo pasar por delante de
-nuestra vista en ordenada procesión todo lo más característico de
-aquellas remotas edades. Primero una refriega en un bosque, después un
-torneo, más tarde el tormento aplicado á un delincuente, la descripción
-del interior de un castillo, una conjuración de villanos, la entrada de
-un rey en una población, etc., etc. Todo esto conspira, sin disputa, á
-que la novela tenga mayor mérito á los ojos de anticuarios y
-arqueólogos, pero disminuye no poco su belleza como obra de arte.
-Percíbese en demasía el artificio con que van sujetas entre sí las
-escenas y los cuadros.
-
-Éstos y aquéllas, no obstante, tienen mucho vigor y entonación. En
-cuanto al color local, ustedes dirán. Yo, por mi parte, como no he sido
-ni pechero ni rico hombre en aquella edad,--lo último me vendría muy
-bien en ésta--jamás tuve ocasión de presenciar lo que en ellos se
-describe y no puedo, por lo mismo, entrar en comparaciones que, después
-de todo, siempre son odiosas.
-
-Mas dejemos á un lado lo del color y vengamos á la fábula. El Sr.
-Villoslada es español y un buen español, sabe armar un lío de todos los
-diablos donde quiera que pone la mano. El enredo de sus novelas es
-complicadísimo, vivo é interesante. Verdad que los términos entre los
-cuales se mueve la fábula de la novela histórica parecen obligados y de
-antiguo constituídos.
-
-Una reina que se enamora de un villano, el cual resulta príncipe ó cosa
-por el estilo; un prisionero que por odiosas artes vive sepultado en una
-mazmorra largos años hasta que llega el día de su rehabilitación
-gloriosa; un matrimonio secreto; un relicario; un lunar en la espalda;
-un paje enterado de todo. El Sr. Villoslada maneja á la perfección tales
-palillos y mantiene en zozobra hasta el fin la atención del lector.
-
-Por otra parte, las pasiones, singularmente el amor, no son tan
-nebulosas y desvaídas como en los cuadros de su ilustre maestro. Penderá
-tal vez de que el Sr. Villoslada, aunque en la región más alta, nació en
-tierra de España, país donde al amor se le toma más por lo claro.
-
-Los caracteres no están mal trazados, por punto general, aunque algunos
-los considero algo progresistas para su siglo. Verbi y gracia, en _Doña
-Urraca de Castilla_, una de las mejores novelas del autor, dice un noble
-á un villano:
-
---«¡Maese Sisnando, merecías haber nacido noble!
-
---Conde de Lara--contestó el villano,--sois leal y agradecido; merecíais
-haber nacido hombre.»
-
-Esto me recuerda á un amigo de mi niñez. Era un retirado que había
-servido á las órdenes de Espartero. ¡Pobre hombre! Parece que le estoy
-viendo, con su enorme nariz colorada, su boca cavernosa y su formidable
-caña de las Indias. Por espacio de quince meses me describió todas las
-semanas la batalla de Ramales. Admiraba mis profundos conocimientos en
-aritmética y estimaba en lo que valía mi carácter íntegro é
-independiente. Yo tenía nueve años entonces y juntos salíamos de paseo
-por un camino solitario hasta llegar á un sitio frondoso donde manaba
-una fuente. Allí me describía la batalla de Ramales, me decía lo mal que
-le trataba la huéspeda por una peseta diaria, que fielmente le pagaba, y
-cuando estaba de humor cantaba con solemne entonación:
-
- Todo conde ó marqués nace hombre,
- el dictado le viene después, etc.
-
-Yo también cantaba y se me saltaban las lágrimas. Entonces me decía que
-yo era un gran hombre, que sabía más que Lepe y que el deán de la
-catedral.
-
-Á pesar de mi ciencia confesaré que no sospechaba que tuviéramos un
-correligionario tan avisado como maese Sisnando en pleno siglo XII.
-
-Esto no pudo menos de herir mi amor propio, pero ya le he perdonado la
-ofensa al Sr. Villoslada, y es lo cierto que hoy le tengo por un
-novelista de mérito y uno de nuestros escritores más correctos y
-elegantes.
-
-Parece mentira que yo diga tales cosas de un ultramontano.
-
-Cuéntenselo ustedes á Alarcón, que no lo va á creer.
-
-[Illustration]
-
-[Illustration]
-
-
-
-
-D. ENRIQUE PÉREZ ESCRICH
-
-
-[Illustration: S]IEMPRE está el hombre orgulloso de alguna resolución ó
-acto de su vida que le parece digno de loa. Yo, que al parecer nada hice
-en la mía de notable, puedo preciarme, sin embargo, de no haber leído á
-Pérez Escrich desde los diez años.
-
-Fué en unas vacaciones. Había ido á cursar mis latines á la capital.
-Cuando volví al pueblo, el libro, el libro de Pérez Escrich, el _Cura de
-aldea_, en una palabra, estaba sobre la _mesa de pintado pino_, tan
-rozagante y tan fresco como si acabase de salir de las manos de su
-creador. Quise recordar las emociones dulces que aquel libro me había
-hecho experimentar en otro tiempo, poco después de haber salido del
-claustro materno. Á las pocas páginas comencé á sentir cierta pesadez en
-la cabeza, como si tuviese allá mucho plomo, y á las otras pocas me
-quedé deliciosamente dormido.
-
-Ustedes podrán decir, señores, ¡qué no debe esperarse de un muchacho
-que, en tan corta edad, ya se dormía leyendo á Pérez Escrich!
-
-Han volado desde entonces sobre mi cabeza muchos vientos, ya glaciales,
-ya ardorosos, y he oído desde mi balcón, no sé cuántas veces, cantar á
-la codorniz en la vega. Y hoy mi bello ideal consiste en no leer á Pérez
-Escrich. Pero no puedo menos de tenerlo en el corazón como el _Catecismo
-de Fleury_ y el _Amigo de los niños_.
-
-Por Pérez Escrich supe yo, primero que por nadie, de la existencia de
-los puntos suspensivos. Cuando algún héroe de sus novelas iba á perder
-el juicio, nunca dejaba primero de lanzar una carcajada histérica,
-después de lo cual venían dos ó tres líneas de puntos suspensivos. Por
-bajo de ellos decía el señor Escrich: «¡Estaba loco!» ó «¡estaba loca!»,
-según fuese varón ó hembra el demente. De otras invenciones de los
-hombres, no menos peregrinas é ingeniosas, tuve noticia por nuestro
-autor, de las cuales pienso hacer, con la ayuda de Dios, el uso que más
-prudente me pareciese.
-
-No sólo por haber acaudalado con preciosos datos mi saber debo estar
-reconocido al Sr. Escrich. Aún recuerdo con lágrimas en los ojos
-(líquidas perlas que él llamaría) el ruido que hacían sus novelas al
-entrar por debajo de la puerta. Yo caía sobre ellas como el gato sobre
-el ratón, y con la entrega en la mano marchaba mayando á devorarla á la
-soledad de mi cuarto. Pero la primera entrega siempre dejaba levantado
-un puñal sobre el pecho de un inocente, ó cuando no, pendiente á alguno
-de un clavo sobre un abismo, y eran de ver entonces las ansias que á mí
-me entraban por saber cuántas pulgadas había penetrado la navaja ó en
-qué forma se había roto la cabeza aquel prójimo. El saberlo costaba
-dinero, que no era el Sr. Pérez Escrich de esos que de buenas á primeras
-y por afición le vienen á contar á uno todo lo que ocurre, y me veía
-precisado á demandar socorros á mi padre. Mas éste, por aquel entonces,
-estaba empeñado en que Cervantes era mejor novelista que Pérez Escrich y
-solía negarlos, y entonces acudía á mi buena madre, que no profesaba
-ideas tan perversas. Ésta descogía con mano piadosa la jareta de su
-faltriquera para que todas las semanas se entrasen por la casa dos
-reales de _Esposa mártir_ ó de _Mujer adúltera_, que no bastaban, ni con
-mucho, para calmar los arrebatos de mi espíritu investigador. Ahora
-comprendo por qué he llegado á ser el mejor crítico de España.
-
-Pérez Escrich en el campo, en el círculo, en el terreno, en el estadio,
-en el circuito de la literatura representa una idea, es una idea. La
-idea de Hegel es realidad. La de Pérez Escrich es entrega.
-
-¡Ay, niñita mía, quién se volviera entrega, aunque fuese de Pérez
-Escrich, para que tus manos blancas y fragantes como la magnolia le
-tomasen, para que tu regazo tan casto como la nieve de las montañas le
-diese reposo!
-
-Esto lo digo por una chica que conocí en Gijón, que se pasaba las horas
-muertas leyendo á Escrich. Me enamoré de ella, como era natural, y si no
-hubiera sido por un tío que me dijo á tiempo: «¡Pero, hombre, no
-comprendes que vas á cortar tu carrera!», me hubiera casado sin
-remisión. Pero la carrera ante todo. Ya les diré á ustedes en qué
-pararon aquellos amores.
-
-Decía que Pérez Escrich, como novelista, es una idea. Debo añadir que
-Pérez Escrich...
-
-Mas antes bueno es que advierta que justamente porque Pérez Escrich es
-una idea, me siento obligado á hacerle hueco en esta mi galería, ó
-pepitoria de novelistas. Muchos hay de los que se quedan fuera, tenidos
-por sí y por los otros en más estima. Pero ¿son tan notorios? ¿Ejercen
-tanta influencia? En una palabra, ¿son una idea?
-
-Queda demostrado de un modo concluyente que Pérez Escrich es el
-novelista que en este momento debe ocuparme. No se me tilde de crítico
-motolito y poco avisado.
-
-¡Despertad, pues, recuerdos azules, verdes y carmesíes de la edad
-primera! ¡Salid de las argentadas y bramantes olas que lloraban noche y
-día debajo de mis balcones! ¡Salid de las vegas lujuriantes de maíces
-que crujen al viento como la seda! ¡Venid de lo alto de aquellas
-montañas donde blandean las nubes como banderas! ¡Venid y decidme cómo
-es Pérez Escrich, que ya no me acuerdo!
-
-Pienso, si no me es infiel la memoria, que hay en las obras del Sr.
-Escrich algo de lo que se observa en las de Esquilo. Los caracteres del
-Sr. Escrich, á semejanza de los del trágico griego, son inmobles como
-los peñascos, representan un sentimiento único, son personajes de un
-momento determinado y de una simplicidad absoluta. Pero el autor de _Las
-Euménidas_ y del _Prometeo encadenado_, con tales caracteres, no lograba
-idear más que una situación casi fija, un cuadro delicioso, pintado con
-inspiración sublime, pero siempre el mismo; mientras el Sr. Escrich
-consigue tejer una acción complicada, altamente dramática y llena de
-peripecias. Sin embargo, el parentesco de ambos ingenios no es menos
-visible, por más que la distancia de los tiempos haya establecido entre
-ellos diferencias favorables al último.
-
-Para Escrich, lo mismo que para Esquilo, hay entre el bien y el mal, acá
-en la tierra, el mismo irreconciliable dualismo que en el cielo. No es
-posible que en un mismo hombre coexistan partículas de bien y de mal.
-Sus personajes son siempre Ormuz ó Ahriman, ó lo que es lo mismo, cuando
-un personaje de Pérez Escrich sale malo, no hay por dónde cogerle de
-pícaro y endemoniado; al paso que cuando es hombre de bien, lo es á
-carta cabal. El Sr. Escrich cuida también con particular esmero de unir
-la belleza física con la moral, prestando hermosura, fuerza y elegancia
-corporales á los dechados más completos de bondad. En efecto, sería
-cosa fatal y hasta absurda el que un joven de cabellera rizada, de ojos
-expresivos, de nariz recta y modales distinguidos robase unas
-cucharillas de plata. ¡Me encantaban á mí sobremanera aquellas tertulias
-de sujetos tan lindos y de tan buenas partes! Generalmente llevábanse á
-efecto en alguna guardilla ó sotabanco, y los que allí se reunían, más
-buenos que el pan candeal, solían festejar su honradez con algún
-extraordinario en medio de la mayor cordialidad y buen orden. Las
-guardillas de Pérez Escrich exhalan un olor tan fuerte á virtud, que
-echa para atrás.
-
-Casi siempre, en pos de la tertulia de honrados venía la de perdidos,
-con el objeto de formar contraste. Allí se veía hasta dónde puede llegar
-la malicia humana. Todos eran bandidos de pura raza, con sus ojos
-atravesados y sus correspondientes cicatrices. Como era natural, en
-aquella sociedad nadie creía en Dios, y así tenían buen cuidado de
-manifestarlo á la primera ocasión.
-
-Los buenos y los malos se distinguen, pues, de un modo cabal en las
-novelas de Escrich. No aparecen tan bien determinadas las diferencias
-entre los hombres de talento y los majaderos. Nuestro autor no es tan
-feliz en la pintura de discretos como en la de tontos. Así es que cuando
-pretende hacer pasar á alguno por sabio, debemos creerlo tal con aquella
-fe viva que aconseja el P. Astete para los misterios de la religión.
-
-Por otra parte, sus personajes hablan con un lenguaje adecuado en
-cuanto es posible á la situación y modo de ser del héroe. Shakspeare
-hacía lo mismo. ¡Cuán envidiable me ha parecido siempre esta facultad de
-adaptarse á todos los momentos y estados de la vida! No puedo menos de
-recordar á un orador sagrado de mi pueblo, que predicaba siempre al aire
-libre el sermón del _Encuentro_ durante la Semana Santa. Cuando para
-formalizar de un modo plástico, como era costumbre, las dramáticas
-escenas de la Pasión, necesitaba dirigirse á las imágenes soportadas por
-robustos marineros, solía decir: «¡Eh! á sotavento San Juan... María
-Santísima á barlovento». Hubiera sido un gran novelista aquel cura.
-
-Y á propósito de la Pasión. Tengo entendido que el Sr. Pérez Escrich, en
-competencia con San Lucas, describió muy á lo vivo la pasión y muerte de
-Nuestro Señor Jesucristo en una novela titulada _El Mártir del Gólgota_.
-No he leído _El Mártir del Gólgota_, y lo que es aún peor, doy á ustedes
-palabra redonda de no leerla; mas precisamente por eso debo extenderme
-algo sobre esta novela para no romper con la costumbre de la sana
-crítica.
-
-Si yo fuese un crítico desalmado y avieso, nunca perdería la ocasión de
-lucir mi donaire escribiendo sobre la obra del Sr. Escrich las frases
-más sabrosas y picantes, pues ingenio tengo que me sobra para ello. Con
-la intención más perversa podría comparar su novela á la lanzada de
-Longinos y con otros pasajes del Nuevo Testamento hacer chacota de ella.
-Pero esto desmentiría la gravedad ingénita de mi carácter y me haría
-perder no poco en el concepto de las personas serias. Examinaré, pues,
-la obra del Sr. Escrich de un modo concienzudo, haciendo resaltar todas
-sus bellezas y señalando al propio tiempo sus defectos más capitales.
-Examinaréla desde el punto de vista histórico y asimismo desde el
-filosófico, económico y administrativo.
-
-En primer término, debo llamar la atención de los lectores hacia una
-singular coincidencia que corrobora el juicio ya emitido acerca de la
-afinidad que media entre la inspiración de Esquilo y la de Escrich.
-Esquilo solía tomar por asunto de sus tragedias los misterios y símbolos
-de la religión, dando forma poética á las tradiciones de la mitología
-primitiva, como acontece en la trilogía de los _Prometeos_. Escrich
-busca motivo para sus creaciones romancescas en los augustos sucesos de
-nuestra religión, novelando la dramática historia de nuestro Redentor.
-¡Cuántas bellísimas reflexiones le habrá sugerido la inicua degollación
-de los santos inocentes! ¡Con qué vivos colores habrá descrito el
-establo donde nació el hijo de María! ¡Qué observaciones no habrá hecho,
-todas atinadas y profundas, sobre los tres reyes magos, Melchor, Gaspar
-y Baltasar!
-
-¿Pero quiénes desempeñarán en _El Mártir del Gólgota_ los papeles de
-cazador maníaco, de pescador distraído, de costurera angelical, de
-criado fiel y de banquero infame? Porque al Sr. Escrich le pasa algo de
-lo que á los generales españoles; le caben pocos hombres en la cabeza, y
-estoy casi seguro de que no ha cambiado el personal de sus novelas por
-hallarse ahora en la Palestina y en siglo tan apartado. He aquí por qué
-me estaría muy bien haber leído _El Mártir del Gólgota_.
-
-Pero si los personajes son siempre los mismos, en cambio la trama de sus
-novelas suele ser idéntica, y váyase lo uno por lo otro. Creo haber
-dicho que el centro de operaciones del Sr. Escrich es una guardilla.
-Allí habita una familia honrada, laboriosa, pacífica, aseada; la
-familia, en fin, más excelente y admirable que se puede decir ni pensar.
-Mientras esta familia infinitamente buena vive en la mayor estrechez,
-procurándose con su trabajo apenas lo indispensable para no morirse de
-inanición, en un palacio de la misma calle, sumido hasta el cogote en la
-opulencia, y no sabiendo qué hacer del tiempo y los millones, mora el
-inicuo despojador de esta familia. Ahora bien: ¿habrá nada más justo que
-el que esta familia salga de la miseria, torne á disfrutar sus bienes, y
-el malvado que se los arrancó, confuso y despatarrado, vaya á
-entendérselas con los esbirros del Saladero? Cierto que no lo hay, y el
-Sr. Escrich aplica todo su esfuerzo á una empresa tan meritoria. Una vez
-conseguido su propósito, esto es, después de restituídos los cuartos y
-puesto el ladrón á buen recaudo, el Sr. Escrich, en conciencia, no
-quedaba obligado á más. Sin embargo, la novela no da fin en este punto,
-sino que, desplegando un celo nunca bastante agradecido y pagado con el
-miserable cuartillo de real en que se estima cada entrega, el autor se
-entretiene con afectuoso esmero á contarnos en qué forma y manera gastó
-aquella familia su dinero, qué vida se daba, cuánto pagaba de
-contribución y qué número de platos se ponían á la mesa. Con esto, la
-descolorida costurera que tiene entre sus manos _El pan de los pobres_,
-se inflama de curiosidad y de gozo: cierra el libro, apoya en la mano su
-mejilla, y fijando los ojos en la luz de petróleo, comienza á soñar.
-¡Quién sabe si algún pícaro de los que pasean en coche por el Retiro
-estará comiendo una fortuna que pertenezca á sus progenitores! Mira á
-sus manos, y sus manos no pueden ser más afiladas, más finas, más
-aristocráticas; mira á sus pies, y sus pies no pueden ser más breves,
-más estrechos ni más altos de empeine. La costurera se siente con
-fuerzas bastantes para ser millonaria. He aquí cómo Pérez Escrich sabe
-herir las fibras más delicadas del corazón humano.
-
-El Sr. Escrich--dicho sea en honor suyo--no es hombre de grandes
-conocimientos. Las ciencias y las artes no salen casi nunca de sus
-novelas sin algún arañazo. Sea ejemplo uno de los capítulos de _El pan
-de los pobres_, novela que me ha prestado la patrona de un amigo mío.
-
-En este capítulo, titulado «Uno de los dos», dice el Sr. Escrich:
-
-«Á las once y media, Luis y Antonio firmaron como testigos el
-testamento, el notario se despidió y Carlos, etc.»
-
-Ahora bien, el que esto suscribe, ante el juez competente, como mejor
-proceda en derecho parece y dice:
-
-Que en el testamento de D. Carlos de San Pablo se ha omitido y se falta
-á una de las solemnidades necesarias de los testamentos, cual es la
-presencia ó la firma de los testigos. En el caso de que el testamento de
-D. Carlos de San Pablo fuese abierto ó nuncupativo, debió atenderse para
-formalizarlo á la ley 1.ª tít. 19 del Ordenamiento de Alcalá, modificada
-por la pragmática de D. Felipe II de 1556, y ambas incluídas, como la
-ley 1.ª tít. 18 del libro 10 de la Novísima Recopilación. En esta ley se
-previene que en el otorgamiento del testamento abierto deben ser
-presentes tres testigos vecinos con escribano, ó cinco testigos vecinos
-sin escribano, ó siete testigos si no son vecinos. En el testamento de
-don Carlos de San Pablo no aparecen presentes más que dos.
-
-Asimismo digo, que si el testamento de D. Carlos de San Pablo fuese
-cerrado, debió atenderse para formalizarlo á la ley 3 de Toro, incluída
-como 2.ª del título 18 del libro 10 de la Novísima Recopilación, la cual
-fija en el número de siete los testigos que han de firmar sobre la
-carpeta del testamento. En el de D. Carlos de San Pablo no firman más
-que dos.
-
-En uno y otro caso, pues, el testamento de don Carlos de San Pablo no
-cumple con las solemnidades exigidas por la ley, y debe ser redargüido
-de nulo de toda nulidad, como así espero que se considere, declarando
-fallecido abintestato al D. Carlos de San Pablo.
-
-Otrosí. Pido que se le dé á cada cual lo que más le convenga, aunque
-esto sea pedir gollerías.
-
-¡Ya estaba reventando por lucir mis conocimientos en jurisprudencia!
-
-En el mismo capítulo el Sr. Escrich se niega á describir las peripecias
-de un duelo, so pretexto de que ya lo ha descrito en otros muchos libros
-publicados anteriormente. Esa no es razón. Cuanto más se repita una
-cosa, mejor impresa quedará en el ánimo de los lectores, y me sorprende
-bastante que el señor Escrich rompa en esta ocasión con su constante y
-saludable práctica.
-
-Al observar cómo me detengo en este capítulo, tal vez pensará el lector
-que no he leído ningún otro. Pues mucho se engañaría ¡ay! porque todos
-los he leído.
-
-Hablemos ahora de la filosofía del Sr. Escrich.
-
-La verdad es que este mundo no está bien arreglado. En esto convenimos
-todos. ¿Por qué había yo de estar, sin bendita la gana, borroneando la
-semblanza del Sr. Escrich, en vez de ocuparme seriamente en pasear por
-Recoletos? ¿Por qué cuando salgo de casa con paraguas no llueve, y
-llueve precisamente cuando salgo sin él? ¿Por qué es la muerte condición
-necesaria de la vida? ¿Por qué los oradores del Congreso dicen á cada
-instante «tuvo lugar»?
-
-Son éstos misterios que no acierta á penetrar el humano discurso y que
-nos llevan á pensar en un más allá. Como decía el cura de mi pueblo en
-un sermón que predicaba siempre en el día de la Magdalena, «todo es
-fugaz sobre la faz de la tierra». Pero á mi ver no debemos lamentarnos
-de que todo sea fugaz en la tierra; al contrario, yo he celebrado mucho
-que fuese fugaz el tirón que me dieron a una muela cuando me la sacaron.
-Lo que de veras siento es que se hayan fugado tan presto otros momentos
-que tengo, cual preciosos brillantes, engastados en la memoria. De todos
-suertes, ora porque el placer sea fugaz, ora porque el dolor lo es harto
-poco, pienso que el mundo pudo haberse arreglado de mejor modo. Por
-donde quiera que tendamos la vista, se observan claras señales de que la
-Providencia no había leído las novelas de Pérez Escrich. El mundo del
-Sr. Escrich, digámoslo de una vez, vale sin comparación más que el del
-Padre Eterno. ¡Cómo había de consentir nuestro autor que un tunante
-estuviera comiendo tranquilamente hasta su muerte la fortuna adquirida
-por el crimen! ¡Ni que un aristócrata deshonrase á una doncella del
-pueblo sin recibir el condigno castigo! ¡Ni que dos muchachos que se
-quieren dejen de casarse! Pues de todo esto se ve en el mundo á cada
-paso, en este pícaro mundo, hecho, á lo que parece, sin conocimiento del
-Sr. Pérez Escrich.
-
-Pasemos al estilo. El estilo del Sr. Escrich no puede ser...
-
-¿Qué es lo que tenía yo que decirles antes?
-
-¡Ah! sí, prometí á ustedes la historia de unos amores en que juega
-papel importantísimo el autor de quien tratamos, y no quiero pasar más
-allá sin cumplir la palabra.
-
-Ya les he dicho que el amor mío, aquel que conocí en la villa de Gijón,
-leía sin duelo á Pérez Escrich. Yo la amaba á pesar de esto. Tenía unos
-ojos tan tristes, que al mirarlos huía toda la alegría del corazón y
-pensaba uno en la muerte. Pero eran tan hermosos como sombríos. Parecía
-que decían: «amadme, que voy á morir». Después que cambié su amor por la
-honra de ser el peor jurisconsulto de España, aquellos ojos me
-produjeron muchas pesadillas.
-
-Un día en que desperté más sentimental que de ordinario me decidí á
-verlos otra vez, y no sin que se alborotase mi buen juicio, tomé
-prosaicamente un asiento en el coche de Gijón.
-
-Rodaba el carruaje por la blanca carretera con cenefas de césped. Sobre
-ella, desde ambas orillas, pendían en apretados piños las manzanas
-relucientes y sonrosadas, y aún más reluciente y sonrosado aparecía á lo
-mejor entre el follaje el rostro de alguna campesina. Á los viajeros se
-les hacía la boca agua. La tarde era de otoño, melancólica y huracanada.
-Las nubes pasaban ligeras sobre un cielo lívido, perdiéndose al instante
-de vista cual si acudiesen presurosas á un llamamiento lejano. El polvo
-cegaba los ojos y blanqueaba los vestidos. Retorcíanse los árboles con
-angustia cual si pidiesen compasión. Allá del monte venían mil ruidos
-extraños de ejércitos que se pelean, muchedumbres que rugen y olas que
-braman. Las amarillentas hojas volaban por los aires de aquí para allá
-aturdidas y sin saber dónde refugiarse. En los momentos de calma se oía
-bien el ruido de las campanillas, pero muy pronto se confundía con todos
-los demás. Los pañuelos rojos y blancos de las muchachas que se paraban
-á vernos cruzar parecían gallardetes sujetos á esbeltos mástiles. Les
-costaba mucho trabajo refrenar los ímpetus de sus enaguas ansiosas por
-saludarnos. La brisa se hizo más húmeda y más acre, y comprendí que
-estaba cerca de Gijón con su gruñona mar. En Gijón se toma el peor
-chocolate del mundo.
-
-Estaba sentada junto al balcón toda vestida de blanco: los cabellos tan
-negros como el paño de los féretros, caían hechos sortijas por la
-espalda.
-
-Hice parar el coche, y llegué hasta sus pies donde me arrodillé. Quise
-pedirla perdón, pero me dijo: «Déjame, ¿no ves que leo _La esposa
-mártir?_»
-
-Efectivamente, leía _La esposa mártir_. «¡Cielo mío, yo también he leído
-_La esposa mártir!_»
-
-Entonces me dijo: «Eres un infame, tú no has leído _La esposa mártir_;
-en tus ojos lo estoy viendo, traidor. Ni has leído _La esposa mártir_ ni
-tienes en el pecho corazón. ¿Dónde está el amor? ¿Quién lo ha visto? Ya
-no hay amor más que aquí, en este libro. Mira á mis ojos. Están rojos de
-leer. He leído mucho, mucho. Por eso hoy me río de ti y de tu amor...
-¿No ves cómo me río?»
-
-La hermosa lanzó una carcajada histérica.
-
- * * * * *
-
- * * * * *
-
- * * * * *
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- * * * * *
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- * * * * *
-
-¡Estaba tonta!
-
-[Illustration]
-
-[Illustration]
-
-
-
-
-D. JOSÉ DE CASTRO Y SERRANO
-
-
-[Illustration: Y]O no diré que el Sr. Castro y Serrano sea un gran
-novelista. No señor, no lo diré. Pero confiesen ustedes que después de
-haber hablado del Sr. Pérez Escrich, tendría derecho á decirlo.
-
-Al llegar á un villorrio de la Mancha ó de Castilla, sobre todo viniendo
-directamente de la corte, habrás observado, lector, que las mujeres
-parecen zafias desgarbadas y hasta ridículas. Pues yo te juro que á
-permanecer algún tiempo en aquel pueblo, llegarías á juzgarlas con menos
-severidad y aun presumo que no tardarías en poner los ojos dulces á
-alguna, teniéndola por tan airosa y gallarda como la dama más elegante
-que pasea sus gemelos de nácar por el ámbito del Teatro Real. Mas
-supongamos que te haces carlista y vienes á Madrid con un buen empleo, y
-al cabo de algún tiempo te encuentras de manos á boca en la Carrera de
-San Jerónimo con tu manchega deidad. ¡Qué horror! Te pones colorado al
-pensar solamente que el amigo que va contigo llegue á saber que has
-compuesto unas octavas reales á aquel talle.
-
-Perdona que me suceda algo parecido tratándose de novelistas. Después de
-leer á Víctor Hugo, Dickens, Tourguenef, Balzac y Manzoni, soy lo más
-impertinente y quisquilloso que jamás se ha visto; pero lo mismo es
-andar algunos días entre Fernández y González, Pérez Escrich y Tárrago,
-que ya se me ensanchan las tragaderas de un modo inverosímil.
-
-Ó no sé lo que me digo, ó acabo de prevenirles á ustedes contra los
-elogios que voy á tributar al señor Castro y Serrano.
-
-Lo siento de todas veras, y si no llevase escritas ya cerca de dos
-cuartillas, es casi seguro que empezaría de nuevo esta semblanza.
-
-No hay cosa que más repugnancia y desazón me cause que esa desdichada y
-nunca bien entendida división de las obras de arte en _realistas_ é
-_idealistas_. No obstante, por espíritu de humildad evangélica y sin
-otro pensamiento que el de mortificar la carne, diré que el Sr. Castro y
-Serrano es un escritor realista.
-
-Hay gente--á quien la palabra realismo le huele á hospital, á carbón y á
-taberna--que de aquí para adelante no ha de mirar más de buen ojo á
-nuestro novelista sólo por esto. Así como los naturalistas dividen el
-mundo que habitamos en reino orgánico y reino inorgánico, ellos lo
-dividen en verso y prosa. Á la jurisdicción del verso pertenecen las
-noches despejadas de luna, el primer beso que se da á la novia, el canto
-del ruiseñor, los murmullos del río, las mariposas, el aire cuando no es
-muy fuerte, que toma entonces el nombre de céfiro, etc., etc. Entra en
-el recinto de la prosa toda la maquinaria industrial, el comercio por
-mayor y por menor, los presidios, los hospitales, las grandes ciudades,
-las estaciones de ferrocarriles, etc., etc.
-
-Ahora bien, yo no creo en esta división. Á mí se me figura que el verso
-y la prosa andan confundidos en este mundo lo mismo que en el _Almanaque
-de la Ilustración Española y Americana_. El distinguirlos entre sí, no
-es tan fácil como á primera vista parece. Hay ocasiones en que dentro de
-un espacio tan reducido como el de este Almanaque, cuesta trabajo
-ímprobo el diferenciarlos, ¡qué no acontecerá tratándose del orbe
-entero! Para eso están los poetas; para eso y para hacer disparates
-cuando son ministros.
-
-Quisiera ponerme serio, muy serio, y después de ponerme tan serio como
-en España se necesita para ser algo de provecho, diría á esos señores
-detractores del realismo como sigue.
-
-La vida tiene toda ella un aspecto poético. Este aspecto poético, total
-ó parcialmente velado y desconocido para el común de los hombres, es
-sólo visible en la mayoría de los casos para las almas privilegiadas. El
-que no sabe libar de las bajezas y miserias de este mundo la rica miel
-de la poesía, no se tenga por poeta, por más que le encanten y deleiten
-hasta conmoverle la amenidad de los campos, la serenidad del cielo, los
-trinos de los pájaros, y haya escrito en su juventud algún artículo
-titulado «Impresiones».
-
-Introducid á Dante en los talleres de una fábrica, y allí, donde nadie
-sospecha que existe elemento alguno poético, es bien seguro que él lo
-encontrará. Véase si no cómo nuestro Campoamor lo ha encontrado en un
-_tren expreso_, Núñez de Arce en los áridos y monótonos campos de
-Castilla _(Idilio)_, Pérez Galdós en la explotación de unas minas de
-calamina _(Marianela)_.
-
-Acercad mucho los ojos al cuadro de las _Meninas_, de Velázquez, y no
-percibiréis otra cosa que manchones ó plastas de color. Si queréis
-admirar aquellos prodigiosos efectos de luz, es fuerza que os coloquéis
-á una distancia conveniente. Así el poeta busca en todos los momentos y
-situaciones de la vida la distancia para ver los objetos bajo la
-apariencia bella.
-
-La llamada escuela realista ha padecido lamentable error traduciendo al
-arte, sin buscar previamente su punto de vista, muchos momentos de la
-vida indiferentes ó indignos. ¡Pero cuánto bien ha merecido por haber
-traspuesto la barrera en que los románticos lo tenían encerrado!
-Innumerables acciones y sentimientos humanos desdeñados por el
-romanticismo vinieron á reclamar el puesto á que tenían derecho, y aun
-aquellos otros, perseguidos sin tregua por los románticos, presentáronse
-desnudos de todo aparato absurdo y convencional. Derrumbáronse los
-blancos albornoces de los hombros de los caballeros y empezaron á sentir
-los afectos más tiernos debajo del forrado paletó. Las damas, que hasta
-ahora no habían comido ni bebido, sacaron la tripa de mal año en las
-novelas ó poemas realistas. Era ya tiempo. Las pastoras y zagales que
-tanto tiempo perdieron cogiendo florecitas, sonando el caramillo y
-mirándose en los arroyos, empuñaron el arado y la rueca que nunca
-debieron haber soltado. Después de tanta holganza, todos vinieron
-perezosamente á sus tareas, y tuvimos la satisfacción de verlos en
-poemas y novelas como si estuviesen en su casa.
-
-¿Manchó sus alas el poeta por acercarse á la tierra? ¡Oh, no! Yo he
-visto á _Eugenia Grándet_ guardando terrones de azúcar á hurtadillas de
-su padre para endulzar el café de su amante, y no me pareció por eso
-menos bella. Yo he visto á _Pepita Jiménez_ con su vestido corto de
-merino y su pañolito de seda á la cabeza, y no me pareció menos amable é
-interesante. He visto sobre todo á _Margarita_, á la inocente niña de
-los cabellos rubios, delante del torno de hilar, moviéndolo con el pie
-al son melancólico de su canto, y jamás sacudió mi alma la poesía de los
-hombres con tal violencia. Antes de verla, grandes poetas que la
-humanidad justamente reverencia, me habían puesto delante de las más
-espléndidas bellezas, ideales y magníficas señoras ante cuya hermosura
-paséme absorto muchas horas. Mas siempre me infundieron tanto respeto,
-que aunque vivamente herido de la gloriosa luz que en torno suyo
-esparcían, en el fondo del corazón no las amaba. No se ama lo que está
-muy bajo ni lo que está muy alto. Cuando cayó en mis manos el libro de
-Goethe y conocí á Margarita, no me postré de hinojos confesando mi
-bajeza como había hecho con las otras, sino que me adelanté á saludarla
-con efusión como si fuese su amigo. ¡Qué temor puede inspirar la
-timidez! Entonces caí en la cuenta de que también en la vida de los que
-oímos á Perier en el Ateneo y tomamos chocolate á última hora en el
-establecimiento de doña Mariquita, puede existir mucha poesía. Margarita
-no vive entre las nubes, no es una visión, es nuestra hermana que canta
-cerca de nosotros mientras pone en orden los muebles de la habitación;
-es la mujer que amamos, cuya aguja cruje sobre el bastidor como si riera
-del rubor que la causan nuestras palabras. Margarita es poesía, pero es
-verdad.
-
-Lo acabo de decir. El arte no es otra cosa en resumen que verdad y
-poesía. De un puñado de tierra se hace un brillante. Con un puñado de
-sentimientos se forma un poema. Todo se reduce á saber tallarlos. El
-poeta puede mover la cabeza sobre las flotantes nubes y bañarse en la
-radiante luz del sol, cuando para los demás mortales no aparece, pero es
-á condición de que pise con un pie á lo menos esta pobre tierra, que con
-tanta paciencia nos soporta.
-
-Mas ahora advierto que con la mayor frescura estoy cortando y rajando en
-asuntos estéticos, ni más ni menos que si fuese un orador del Ateneo.
-Bien se habrán reído ustedes de mí. Sin embargo, no estoy arrepentido.
-El día menos pensado les encajo una defensa del _idealismo_. Hace tiempo
-que me llamo discípulo fiel de aquella frase de Voltaire: «Todos los
-géneros son buenos menos el fastidioso».
-
-Una vez afirmado que me despepito y alampo por el género realista, surge
-inmediatamente esta formidable pregunta: ¿Es el Sr. Castro y Serrano un
-realista como Dios manda?
-
-Aquí me tienen ustedes rascándome la cabeza por detrás de la oreja,
-subiendo y bajando los hombros y ejecutando otra porción de muecas á
-cual más ridícula, como si no supiese qué responder ó allá adentro me
-tuvieran agarrada la respuesta con tenazas. En último resultado podría
-responder como el estudiante de marras: «por mí que lo sea». ¿Pero así
-se declina una responsabilidad contraída? ¿De esta manera indecorosa se
-zafa uno de un compromiso sagrado por el mezquino interés de quedar bien
-con todos?
-
-No en mis días. Por algo dijo un crítico que la crítica era un
-sacerdocio. En este momento late dentro de mí el sacerdote con terrible
-pujanza, y si no me van á la mano voy á escribir una que sea sonada.
-
-El Sr. Castro y Serrano pudiera ser mucho mejor novelista de lo que es.
-De esto no me cabe ninguna duda. Todavía más: creo que tampoco le cabe á
-él mismo. No sé por qué se me antoja que es el Sr. Castro y Serrano uno
-de esos hombres que saben que se debe escribir bien, y que si en su mano
-estuviera, aun á costa de cualquier sacrificio, escribiría
-admirablemente. Esto ya es algo. Todo hombre debe proponerse hacer bien
-aquello que tiene entre manos.
-
-¡Y qué gusto me daría á mí el Sr. Castro y Serrano si consiguiese
-siempre su propósito! Apretar el entendimiento, privarse del paseo y
-otros recreos honestos, ganar pocos céntimos, gastar la tinta y la salud
-escribiendo cuartilla sobre cuartilla, y al fin de todo, contemplar que
-la obra no es un monumento literario! ¡Oh qué cosa tan triste es ésta
-para el escritor! Crean ustedes que estuve tentado muchas veces á tirar
-la pluma y entrar en algún negocio de ferrocarriles.
-
-Pero volviendo al tema. ¿Qué mal me resultaría á mí de que el Sr. Castro
-y Serrano escribiese tan bien como el Sr. Valera? Si cuando llegué á
-Madrid y por primera vez pisé las calles de esta corte
-
-..........al rico aduladoras
- como al pobre severas, desbocadas,
-
-según reza Tirso, me hubiesen mostrado al Sr. Castro y Serrano
-diciéndome: «Ese caballero que va ahí es el Sr. Valera», téngase por
-seguro que á la hora presente el Sr. Castro y Serrano sería para mí un
-eminente escritor.
-
-Y para que se vea lo que son las aprensiones humanas; si al pasar el Sr.
-Valera por mi lado me hubiesen dicho «ése es el Sr. Castro y Serrano»,
-es más que probable que no me causara ni la mitad de impresión esa
-nobleza que la comunica el culto fervoroso y constante del arte, y esa
-firmeza que la experiencia de la vida ha prestado á la fisonomía del Sr.
-Valera.
-
-Mas el Sr. Valera y el turrón de Jijona son dos cosas difíciles de
-contrahacer, y ni el mismo Sr. Castro y Serrano, que es hombre docto y
-de ingenio, sería capaz de ofrecernos un Valera sin descubrir al momento
-la hilaza de la falsificación. Porque si bien puede oponérsenos que la
-frialdad es una cualidad en que ambos ingenios parecen ajustarse, yo no
-puedo menos de revolverme contra tal especie. No negaré que en Valera
-reina de vez en cuando tanto fresco que le obliga á uno á levantar el
-cuello de gabán y apretar un poco el paso, pero apenas si llega nunca á
-cuajar en él la nieve, mientras que el señor Castro y Serrano es un
-escritor de nieves perpetuas. ¡Al diablo quien pare allí!
-
-Este es el secreto de por qué el Sr. Valera y mucho menos el Sr. Castro
-y Serrano no llegarán jamás á ser escritores populares. Pero como es un
-secreto, estimaré que no lo comuniquen ustedes á nadie.
-
-¡Oh cómo ayuda á escribir este musculito hueco que brinca á todas horas
-en nuestro pecho! Entiende poco de sintaxis y menos de ortografía, pero,
-créame el Sr. Castro y Serrano, es el medio mejor que se ha inventado
-hasta el día para entenderse con el pueblo soberano.
-
-Todas las novelas del autor que nos sirve de tema padecen de lo mismo.
-Hay en ellas observación fina, mucho acierto en la exposición y aliño en
-el estilo; les falta calor y poesía. Por eso juzgué siempre que el Sr.
-Castro y Serrano no debía tomar otro papel que el de escritor de
-costumbres, el cual no hace más que describirlas sin darlas vida en la
-acción más ó menos complicada de una fábula. No hay que olvidarse de que
-el novelista es ante todo un poeta. Copiar fielmente la vida ordinaria
-de los humanos podrá ser en ocasiones obra meritoria, pero no una obra
-romancesca. Es verdad que deseamos conocer con empeño á veces los actos
-más insignificantes ó indiferentes de la vida de un hombre, pero es sólo
-cuando este hombre ha cumplido, está cumpliendo ó va á cumplir algo
-extraordinario é interesante. ¿Querrá decirme el Sr. Castro y Serrano
-qué tiene que partir con el arte la vida del tendero que habita debajo
-de su casa desde que abre el establecimiento y limpia el polvo del
-escaparate por la mañana, hasta que apaga el gas por la noche? Nada en
-mi pobre juicio, mientras no se aparte del vulgo de los tenderos,
-mientras no ponga de relieve de un modo genial y característico algún
-sentimiento humano ó tome parte activa ó pasiva en el curso de una
-acción dramática. No me cabe duda; el realismo del Sr. Castro y Serrano
-no es el verdadero realismo. Podrá ser el realismo de la vida, pero no
-es el realismo del arte. Aquí vendría muy bien poner una llamada y citar
-una docenita de autores alemanes para que al señor Castro y Serrano no
-le quedase ninguna duda sobre este punto. ¡No es vergonzoso que no tenga
-ni uno disponible!
-
-He leído con placer en otro tiempo una novelita publicada por nuestro
-autor en la _Ilustración Española y Americana_ que llevaba por título
-_Juan de Sidonia_. Aunque excesivamente sencilla en su trama, tiene
-mucho colorido y gran verdad y delicadeza en los sentimientos. Por _Juan
-de Sidonia_ adelante se puede llegar á ser un gran novelista.
-
-Mas el Sr. Castro y Serrano muestra afición tan decidida á reposar
-frecuentemente, que sospecho no ha de llegar jamás al término del viaje.
-Esta tendencia al reposo que se observa en el Sr. Castro y Serrano no
-acusa una constitución muy sana; es señal de apoplejía. Adviértese con
-frecuencia que se detiene ante cualquier objeto, aun el más
-insignificante y despreciable, y se queda dormido describiéndolo. ¿Por
-qué para este novelista serán iguales un paraguas ó unos guantes á una
-mujer hermosa y ha de gastar la misma tinta en describirlos? ¿No
-comprende que el tenernos quietos tanto tiempo ante cualquier cachivache
-nos ocasiona gran molestia? Yo creo que el Sr. Castro y Serrano lo hará
-con la mejor intención del mundo, pero no parece más que lo hace adrede
-para aburrirnos. Si á esto se agrega--que se agrega casi siempre--un
-laberinto de reflexiones paradójicas brumosas y ensortijadas con que el
-autor se cree en el caso de sazonar todas sus descripciones, hay que
-convenir en que la brevedad es la primera de las virtudes teologales.
-
-El Sr. Castro y Serrano es un gran observador. Pero también lo es el Sr.
-Valera, y nunca se le ocurrió abusar de este don del cielo, gastando, ó
-por mejor decir, malbaratándolo en todos los sitios y en todos los
-momentos.
-
-El Sr. Castro y Serrano es ingenioso. Pero también el Sr. Valera lo es,
-y no se obstina en estrujar y retorcer conceptos y vocablos para
-extraerles la gracia.
-
-El Sr. Castro y Serrano es docto. Pero también lo es el Sr. Valera y no
-siente comezón por mostrarlo.
-
-Según la retórica, acabo de cometer nada menos que tres _carientismos_.
-¡Dios me los perdone!
-
-Por todo se podría pasar, no obstante, si el señor Castro y Serrano no
-fuese filósofo. Con esto declaro que no puedo transigir. ¿No es bastante
-que el señor Alarcón lo sea? Aquí en España la filosofía ya va picando
-en historia, y se cuenta demasiado con la paciencia de los naturales.
-Por lo demás, justo es decir que el Sr. Castro y Serrano no es de los
-filósofos más cerriles, y si con fe se lo propusiera, creo que pronto
-conseguiría dejar de serlo.
-
-He dado á entender hace un instante, por medio de una figura retórica,
-que el Sr. Castro y Serrano solía introducir en sus novelas
-observaciones triviales, oscuras y desnudas de interés, y que asimismo
-no pocas veces alambicaba y retorcía los conceptos y las frases estéril
-é inoportunamente. Si no añadiese otra cosa á esta censura, cuando me
-fuese á la cama no me dejarían dormir los remordimientos. Apresúrome,
-por tanto, á manifestar que siendo muy exacto lo anterior, no lo es
-menos que este novelista sabe formular su pensamiento en consideraciones
-profundas, discretas é ingeniosas, como lo tiene probado en muchas
-páginas de sus libros; y que esparcidas por ellos se encuentran también
-frases sumamente felices y agudas. _Suum cuique tribuere_.
-
-El Sr. Castro y Serrano tiene un estilo completamente propio. Ha
-salvado, pues, la barrera que separa al escritor del que no lo es. Sin
-embargo, con el estilo acontece lo que con todas las haciendas. Quién la
-tiene situada en un valle fértil y ameno, en las márgenes de un río
-bullidor y cristalino, regalada por los céfiros, el azahar y los
-pájaros; quién se ve precisado á poseerla en Navalcarnero, entre el
-cielo y el trigo que se abrazan allá á lo lejos, lo menos á catorce
-leguas. Pues bien, si no me engaño, la finca del Sr. Castro y Serrano
-debe hallarse hacia Creta, muy cerca del famoso laberinto. Tiene bello y
-elegante aspecto como la morada de un opulento, pero no pocas veces
-remedando á Teseo he tenido que dejar el ovillo á la puerta y llevar
-bien cogido el hilo al internarme en sus crujías á fin de encontrar
-salida cuando la hubiese menester.
-
-Este escritor trata á su estilo como á barra de plomo. Machaca en él
-hasta que lo convierte en lámina. No bastándole esto, sigue batiendo
-hasta que lo transforma en papel. Y no satisfecho todavía continúa
-empuñando el mazo hasta que resulta un gas veintisiete veces más ligero
-que el aire. Por donde no pase el estilo del Sr. Castro y Serrano, crean
-ustedes que no pasa la punta de una aguja.
-
-Que estire su estilo hasta romperlo por lo más delgado dentro del radio
-de la ciudad, como puede observarse en sus _Cuadros contemporáneos_, no
-es pecado tan feo, pues al fin en la corte, desde los novelistas hasta
-los garbanzos, todo anda estirado. ¡Pero ponerse á sutilizar, como lo
-hace en _La novela del Egipto_, frente á la naturaleza, frente al mar,
-lo mismo que si estuviera delante de la sala de lo civil en pleito de
-mayor cuantía! Vamos, que esto me parece... Permítaseme que sobre ello
-haga pronóstico reservado.
-
-En el estilo, nuestro novelista se atiene también demasiado á la
-simetría, no permitiendo que ningún símil ó parecido marche sin su
-correspondiente desemejanza, esforzándose con empeño en rebuscar unos y
-otros de suerte que formen siempre una serie. De tal esfuerzo resulta en
-el estilo un cierto paralelismo artificioso que nada tiene que ver con
-el de la Biblia.
-
-En fin, creo que por mucho que en ello me fatigase, nunca recomendaría
-bastante al Sr. Castro y Serrano la naturalidad.
-
-Y aquí daría remate á esta semblanza si no fuese que aún me resta por
-decir unas palabras. Hélas aquí:
-
-Aunque el Sr. Castro y Serrano observe en ocasiones más de lo necesario,
-aunque reflexione y considere también más de lo justo, aunque sea muchas
-veces nebuloso y afectado en el estilo, aunque se dé aires de filósofo
-y se entregue sin piedad á las descripciones; por mucho que se esfuerze
-en ocultarlas, el Sr. Castro y Serrano tiene bastantes cualidades para
-ser novelista estimable y un excelente escritor de costumbres.
-
-[Illustration]
-
-[Illustration]
-
-
-
-
-D. JOSÉ SELGAS
-
-
-I
-
-[Illustration: Y] HE aquí que vino á mí el editor y me dijo: Es
-necesario incluir á Selgas entre los novelistas españoles.
-
-En verdad te digo, repuse, que eso es más difícil de lo que tú te
-figuras, porque no he leído de Selgas ninguna novela, y sí tan sólo una
-colección de artículos... Pero TÚ DIXISTI: «todo lo que el hombre puede
-osar yo lo oso», como dijo Shakespeare ó Pérez Escrich, no recuerdo bien
-cuál de los dos. En el término de cuatro ó cinco días seré con él en la
-imprenta.
-
-Para ello es indispensable adquirir LA MANZANA DE ORO, colección de
-novelas del Sr. Selgas. El medio más adecuado de adquirir libros
-conocidos hasta el día es pedirlos á un amigo. Ya la he pedido; ya me la
-ha concedido; ya está en mi poder _La Manzana de oro_.
-
-Héteme aquí, pues, sentado frente á la mesa, en silla de gutapercha,
-bajo la benéfica sombra de una pantalla de papel verde botella, á la
-hora en que combaten las sombras y los espectros de la noche, á la hora
-en que las nieblas reposan tranquilamente sobre el casto regazo de los
-ríos, á la hora en que voltean por los aires las polkas de las murgas, á
-la hora en que los árboles se embozan de un modo siniestro con el manto
-de la noche, y pestañean en lo alto dulcemente todos los luceros del
-firmamento, á la hora en que el Ateneo discute sobre lo
-predominantemente subjetivo, á la hora en que las hermosas damas que
-asisten al teatro Real escuchan las melodías de Bellini, hablando con
-emoción de las últimas capotas que han llegado de París.
-
-Lindo por el Norte con _La mujer soñada y La criolla_; al Este con
-_Venganza y castigo_ y _Miseria humana_; al Oeste con _Un rayo de
-esperanza_ y _El dedo de Dios_. ¿Cuál de estas novelas leeré primero?
-Leeré la última; me parece lo más original.
-
-El caso es que mientras la leo ha de trascurrir algún tiempo, y yo no
-puedo, sin faltar á la cortesía, dejarles á ustedes esperando después de
-haber comenzado la semblanza. Confío, por lo mismo, en que sabrán
-dispensarme algunas impertinencias de que voy á hacer uso, con el
-exclusivo objeto de que me quede algún tiempo para leer _El dedo de
-Dios_.
-
-Después que hube leído aquella colección de artículos originales del Sr.
-Selgas, más arriba mencionados, si hubiese tropezado con él y yo fuese
-montado en borrica, de fijo no me apearía de mi cabalgadura para
-arremeter con su persona y llamarle «famoso todo, escritor alegre y
-regocijo de las musas», como hizo el estudiante pardal cuando topó con
-Cervantes en el camino de Esquivias; antes le hubiese dicho en estilo
-bíblico: «¡anda tú, desdichado, que quieres escribir bien y no puedes!»
-
-Cuando pasaba rozando con algún escaparate de libros y percibía entre
-ellos uno nuevo de Selgas, me alejaba batiendo las alas y graznando como
-las chovas de mi ciudad... ¿Qué graznaban las chovas de mi ciudad?
-
-Siempre me causaron envidia. ¡Qué indiferencia tan sublime la suya para
-todas las miserias de la tierra! Por las mañanas, al primer esperezo del
-día, salía el bullicioso ejército del bosque donde pernoctaba y partía
-majestuoso en correcta formación pasando por encima de la ciudad hacia
-las altísimas montañas que cierran el horizonte por la parte del Oeste.
-En todo el día no se las volvía á ver. ¿Qué hacían allí? Era un secreto,
-y ninguna de ellas, «aunque llevan nombre de mujer», tuvo la fragilidad
-de revelarlo jamás.
-
-En otro tiempo, hace más de un siglo, pernoctaban en los huecos de la
-torre de la catedral, según documentos que se conservan en el archivo de
-la misma. Pero una noche, el campanero, ayudado de una docena de
-chiquillos, les jugó una mala partida y no volvieron á posarse otra vez
-en sus dominios.
-
-Por la tarde, á la hora del crepúsculo, cuando los picachos donde
-llevan á cabo sus trabajos misteriosos se tiñen de un color violeta, y
-los amantes se despiden hasta el día siguiente apretándose dulcemente la
-mano, las veía tornar con perezoso vuelo. Al divisar la aguja metálica
-de la torre, que parece un florete siempre dispuesto á resistir los
-asaltos del rayo, gritaban todas á una voz «¡memento!» y seguían su
-carrera hasta el bosque, y allí se dormían sin los temores del porvenir,
-sin las congojas del pasado, protegidas por los honrados robles que no
-cesan de gruñir en toda la noche quejándose de las libertades del
-viento.
-
-Posteriormente me han dicho que los dueños de aquel bosque se negaron á
-darles posada y las arrojaron á tiros, viéndose precisadas á buscar
-albergue un poco más lejos, y que al cruzar por encima de aquellos
-robles gritan con más tristeza aún: «¡memento! ¡memento!»
-
-Así graznaban las chovas de mi ciudad. Así graznaba este servidor de
-ustedes, huyendo á paso de lobo de aquel escaparate.
-
-
-II
-
-Ya está leído _El dedo de Dios_. Y en verdad que me ha tocado en el
-corazón. Me arrepiento sinceramente de haber graznado de aquel modo tan
-impolítico. No había motivo para ello. Le pido, pues, mil perdones al
-Sr. Selgas, y en desagravio me apercibo á regalarle por unos instantes
-el oído con gorjeos y trinos de filomena.
-
-En esta novela, última de la serie intitulada _La Manzana de oro_, no se
-resuelve ningún problema. _Dignum et justum est_. Todo aquel que en el
-día no resuelva ningún problema, merece una estatua. Es decir, todo
-aquel de quien se tengan sospechas vehementes de que lo resolverá mal.
-Declaro, por tanto, que después de haber hecho un escrupuloso
-reconocimiento en la novela del Sr. Selgas, que lleva por título _El
-dedo de Dios_, no encuentro motivo de temor ni de alarma para el
-público, el cual puede transitar por ella libremente al abrigo de toda
-filosofía. Con esto ha dado pruebas el Sr. Selgas de ser un gran
-filósofo.
-
-La trascendencia en las obras de arte no es... (en éste momento quisiera
-que mi voz fuese derecha al oído del Sr. Alarcón) una nueva cualidad que
-se añade ó se resta á placer de los artistas, sino el fondo ó la esencia
-misma del pensamiento creador. Cuando la trascendencia no acompaña al
-germen de la obra artística, todo lo que se haga por procurársela será
-inútil, y aún más que inútil, ridículo. Pero ¡Dios mío! yo creo que hay
-en el mundo muchas cosas hermosas sin pizca de filosofía. Ustedes los
-que pasean por esas calles del Municipio, ¿no tropiezan á cada paso con
-ellas? ¿No es verdad que gastan en este momento rusos de color gris y
-guantes amarillos con vivos negros? ¿No asoman su cabecita por los
-palcos del teatro de la Comedia, moviéndola vivamente en todas
-direcciones como los pájaros posados sobre las ramas? ¿No ríen con una
-cascada de notas aflautadas y alegres, enseñando filas de dientes
-inverosímiles, al estallar en la escena algún chiste traducido del
-francés? Penetrad en uno de esos palcos, y penetrad todo lo henchido que
-queráis de la _Crítica de la razón pura_. Saldréis con la cabeza dada á
-pájaros, trastornados, á cien leguas de Kant y de sus categorías, pero
-con el semblante risueño y un poco de almíbar en el corazón.
-
-Habréis oído hablar mucho de Pepito Esteller, el chico más _animado_ que
-come pan, del abono de los conciertos, del faetón de Luis, de la última
-becerrada de los Campos, del matrimonio de la de Vargas... Ni una
-palabra del imperativo categórico. Os lamentáis amargamente de la
-frivolidad de los tiempos y de la carencia de ideales para la vida. Mas
-alguna vez en el apogeo de vuestras vigilias metafísicas cuando Kant os
-ha hecho sudar durante toda la noche y los carruajes que conducen las
-gentes del teatro hacen vibrar los cristales de vuestro cuarto, os he
-visto echados hacia atrás en la silla, poner los ojos en el vacío y
-sonreir dulcemente. ¿De qué os acordabais? Pongo cualquier cosa á que no
-es del criterio de la moralidad. Lo cierto es que cerráis el libro sin
-dejar señal que os indique dónde habéis quedado, y os acostáis de mal
-humor, gruñendo una porción de cosas extrañas. Y aun se dice que,
-cuando el sueño os abrocha los párpados, empezáis á figuraros que os
-halláis en la sala de un teatro inundado de luz y de alegría. El ruido
-de los abanicos de las señoras es muy insinuante, y el vals que toca la
-orquesta, lánguido como una noche de Agosto. Y luego hay allí una
-atmósfera que oprime dulcemente el corazón y produce desmayos de
-felicidad. La variedad de colores deslumbra al principio los ojos y
-después los conforta. Las miradas de las bellas van y vienen en todas
-direcciones, se cruzan y entrecruzan, haciendo salir mil reflejos que
-traen inquietos á los hombres como si estuviesen bajo la influencia de
-una próxima tempestad. Sentisteis una conmoción eléctrica. La chispa
-había pasado cerca, pero sin tocaros. Mas aún no os habíais repuesto
-cuando otra os dió en mitad del corazón. Aquellos ojos que os miraron
-desde un palco son más negros que las zarzamoras, y tan dulces. ¿Por qué
-no vais allá? Á mí se me figura que os están llamando. También debió
-pareceros lo mismo, porque ganasteis precipitadamente la puerta de la
-sala y subisteis á grandes trancos la escalera que conduce á los palcos.
-Pero he aquí que al cruzar el estrecho pasillo donde se hallan con sus
-puertas numeradas, os sale al encuentro un hombre de luenga y blanca
-barba, enjuto, huesudo y pálido, con los brazos desmesuradamente largos,
-con los cabellos caídos sobre los ojos que brillan como carbones
-encendidos dentro de una hornilla. Al veros se contraen sus labios con
-una sonrisa feroz.
-
-«¡Ah! ¿eres tú, villano?... ¿eres tú el que busca el amor en este
-palco? No contabas conmigo, imbécil, ¿no es verdad? Pues aquí me tienes,
-yo soy Kant... ¿no me reconoces? ¿Dónde has dejado la _Razón pura_,
-tunante? Aquí me tienes para cerrarte el paso, tunante. ¡Yo soy Kant,
-Kant, Kant!»
-
-El fantasma os tiene cogidos por la solapa del frac y os sacude con tal
-fuerza que estáis á punto de perder el sentido. Entonces despertáis. Y
-aquella noche las pesadillas se suceden unas á otras cada vez más
-tristes y monstruosas.
-
-Para no exponerse á sufrirlas todas las noches, creedme, lo mejor es
-entregarse de vez en cuando á la frivolidad. Que charléis con niñas
-mimosas y encantadoras ó que leáis novelas de Selgas, es igual en mi
-concepto. No hay nada menos serio que la frivolidad, pero no hay nada
-más necesario en ocasiones. Cuando el encéfalo se turba y el corazón
-sangra, el bálsamo más seguro para curarse es la frivolidad. Al menos
-por lo que á mi respecta, os puedo decir (¿pero os lo debo decir?) que
-cuando me siento inquieto y atormentado por esa opresión particular que
-comunica al espíritu la meditación de los grandes asuntos, prefiero mil
-veces la conversación petulante, voluble, pueril y graciosa de mi
-vecina, sobre la cual reposa el alma con deleite y abandono, al Tratado
-de la tribulación del P. Rivadeneira, que nunca me ha divertido gran
-cosa. Mas si á vosotros os sucediese lo contrario, estad seguros de que
-no os diré una palabra.
-
-Mi vecina y las novelas del Sr. Selgas están hechas del mismo barro.
-Cualquiera sabe más que mi vecina, pero nadie mueve los ojos para arriba
-y para abajo y aun para los lados como ella. Todas las novelas son
-mejores que las del Sr. Selgas, pero hay pocas que diviertan tanto. Si
-las novelas tuviesen una edad como las personas, las de Selgas estarían
-en los doce abriles. Por eso son tan frescas, tan bonitas, tan
-triviales, tan caprichosas. Unas veces le estremecen á uno de placer con
-algún rasgo de ingenio ó alguna chistosa zalamería, otras no hay quien
-pueda soportarlas. Al lado de escenas dignas de Valera hay otras que
-envidiaría Pérez Escrich. No encierran caracteres sostenidos y
-correctos, ni fábula original, ni brillantes descripciones, pero tienen
-agudezas y muecas encantadoras. Frecuentemente brota de sus páginas una
-escena interesante, atrevida, luminosa y azulada como una bomba de
-jabón, y extasiados, llenos de alegría seguís sus giros errantes hasta
-que, sin saber por qué, tal vez por pura fantasía, estalla y se deshace
-en el aire.
-
-¿Qué será esto? ¿Será que el Sr. Selgas escribe después de comer? Mucho
-me lo temo. Es verdaderamente desastroso el escribir sin tener hecha la
-digestión.
-
-Pero de todas suertes, Selgas es un novelista que se lee. ¡Ay! ¡cuántos
-he visto morir en la flor de la sexta página! No puede darse nada más
-conmovedor que esos libros inmaculados y silenciosos, que le miran á uno
-desde el fondo de un escaparate. El día en que ven la luz, el librero
-diligente los coloca en primera fila, casi tocando con el vidrio. Poco
-á poco se observa que van perdiendo terreno, defendiéndose mal de los
-ataques que les infieren las obras más recientes, hasta que por fin
-vuelven grupa y se les ve del revés allá en lo más hondo, medio
-sofocados bajo el peso de un diccionario. ¡Qué ojos tan tiernos ponen
-los desdichados! Parece que están diciendo á los transeuntes:
-«Caballero, escuche usted».
-
-Una vez me paré á contemplar á uno de estos huérfanos de la prensa. Se
-hallaba en una posición insostenible. Un libro de Eusebio Blasco le
-oprimía la cabeza y otro de López Bago le sujetaba las piernas. No tenía
-libre más que el vientre. Sentí compasión, y ya me disponía á comprarlo,
-cuando advertí que el autor de aquel libro era yo; el mismo que tenía
-los dedos en el bolsillo para sacar su precio. Sin variar de postura
-levanté los ojos al cielo y exclamé: «¡Oh dioses inmortales, qué
-amarguras hacéis sufrir á los humanos!»
-
-Mas ahora caigo en que, después de tanta charla, aún no he clasificado
-al Sr. Selgas. Si me descuido un poco se me escapa sin clasificar. ¡Qué
-haría por el mundo el Sr. Selgas sin estar clasificado!
-
-Con la mano puesta sobre el corazón, declaro que el Sr. Selgas no es un
-escritor realista. Sin separar la mano del mismo sitio, declaro que
-tampoco es idealista. Pues entonces, ¿qué es el Sr. Selgas?
-
-El Sr. Selgas no es más que lo que se ve. No hay en él trastienda ni
-doble fondo de ninguna clase. Si alguna vez aparece superficial é
-ignorante, consiste en que lo es. Nada de ficción y disimulo. Me gustan
-á mí estos novelistas que tienen el valor de su ignorancia.
-
-Producir páginas exuberantes de gracia y colorido cuando ocurren;
-escribir candorosas necedades cuando buenamente acuden á la pluma. He
-aquí la misión que la Providencia asigna á los hombres como Selgas. Y en
-mi pobre juicio nadie debe apartarse del camino que la naturaleza misma
-le señala. Si el Sr. Selgas siente impulsos de escribir una tontería,
-¿por qué no ha de escribirla? La retención de tonterías es muy
-perjudicial, pues á menudo se mezclan á la sangre y producen trastornos
-en el organismo. Siga, pues, el Sr. Selgas cuidándose, que la salud es
-siempre lo primero.
-
-De esto se deduce--al menos debiera deducirse--que en las novelas de
-nuestro autor se encuentra, en ocasiones, una percepción fiel y clara de
-la vida, destellos ó relámpagos de realidad que, por desgracia, se
-apagan presto. Pero ¿qué es lo que no se apaga en este mundo? Todo se
-apaga, hasta ese sol hermoso y lascivo que arranca por la mañana su
-blanca túnica á las montañas, se apagará algún día. La misma luz con que
-escribo se está apagando por falta de petróleo.
-
-En tanto que este cataclismo acontece, apresurémonos á decir sobre el
-Sr. Selgas unas cuantas tonterías más.
-
-Hay tonterías y hay tonterías; quiero decir, hay tonterías de distintas
-clases. Hay tonterías solemnes ó aristocráticas. Éstas pertenecen, por
-derecho propio, á los ministros, embajadores, grandes de España, jefes
-superiores de administración, académicos, diputados de la mayoría,
-directores de periódicos, etc., etc. Éstas son tonterías de la sangre.
-Hay también tonterías del dinero, tonterías centrales y provinciales,
-rústicas y urbanas, civiles y militares, eclesiásticas y seglares,
-clásicas y románticas, etc. Pues bien, las del Sr. Selgas pertenecen á
-la última categoría. No siguen órbita conocida y sobrevienen, como los
-cometas, cuando menos se piensa, si bien con alguna más frecuencia. Son
-alegres, campechanas, modestas, de buena pasta. Nadie las quiere mal.
-Mas téngase presente que debe usarse con cierta prudencia del género
-tonto, porque es de suyo muy resbaladizo, y aunque Pérez Escrich y algún
-otro hayan conseguido en él muchos lauros, no aconsejo á los jóvenes
-escritores que sigan sus huellas.
-
-El Sr. Selgas es un verdadero poeta. No dudo por un momento que esto le
-ocasionará graves disgustos, así en la vida privada, como en la pública.
-Al poeta, en este siglo material y positivo, no le caben otras dichas
-que la cartera de Ultramar, ó que algún pobre diablo, como el que
-emborrona estos renglones, diga á sus lectores: «El Sr. D. Fulano es un
-poeta, mucho cuidado con él». Mas el ser poeta no perjudica casi nada
-para escribir novelas. Se han dado muchos casos de personas que, sin ser
-poetas, han escrito muy malas novelas. Por lo mismo me guardaré bien de
-considerar esta cualidad como motivo de censura. Otra cosa sería, no
-obstante, si el señor Selgas hubiese escrito algún artículo filosófico.
-¡Y quién sabe si lo habrá escrito! Torres más altas he visto
-desplomarse, y la vida nos está ofreciendo á cada paso terribles
-experiencias... Pero yo no tengo derecho á sondear la conciencia de un
-hombre. Y, sobre todo, me ha quedado bastante dulce la boca con la
-última novela que he leído del Sr. Selgas, para que vaya á amargarla sin
-fundamento con sospechas y presunciones de mal agüero. No obstante, si
-el Sr. Selgas ha cometido alguna vez uno de estos actos reprobados por
-todas las leyes divinas y humanas, entiéndase que retiro cuanta
-insinuación favorable á su persona se hallase en este artículo, y ruego
-al Dios de los poetas líricos que le obligue á rimar un millón de veces
-hijos con prolijos.
-
-Su estilo es fino, delicado, trasparente, nervioso. Pero á todos los
-estilos nerviosos les falta casi siempre la salud. En ciertos momentos
-de exaltación, llegan á donde no pueden llegar los más robustos y
-fornidos, tocan con su mano febril los cielos más lejanos y recónditos
-de la poesía; mas al día siguiente, desmayados y ojerosos, se arrastran
-lánguidamente por la tierra ó rendidos al sueño y la fatiga se dejan
-caer en el rincón más infecto de la prosa. Hay un medio de endurecer
-tales estilos. Que se acerquen á la naturaleza; que escuchen con
-atención y recogimiento su lenguaje augusto; que salgan sin temor á
-recibir los rayos del sol del Mediodía, las brisas acres de la mar, las
-húmedas y glaciales de la montaña, los punzantes olores de los pinos;
-que salgan á contemplar los furores del cielo, los arrebatos de la mar,
-las peripecias infinitas de la lucha solemne entre la luz y la sombra;
-que salgan á embriagarse con todos los aromas de la creación; que hagan
-gimnasia; y al cabo de algún tiempo adquirirán color y fuerza, color y
-fuerza que no conseguirán jamás tantos estilos crasos y linfáticos como
-hoy vegetan en nuestra literatura.
-
-
-
-
-NUEVO VIAJE AL PARNASO
-
-
-
-
-PROEMIO
-
-
-I
-
-Yo no creo en la crítica. Tengo la inmensa desgracia de no creer en la
-crítica. ¡Quién me hubiera dicho que tan presto había de llegar á un tan
-fatal escepticismo! Porque ¡ay! ustedes no saben cuánto amarga la
-existencia la convicción de que todos esos críticos, tan doctos, tan
-serios, tan diestros en averiguar á qué género, especie y familia
-pertenece una obra, tan hábiles para caer con la velocidad de un rayo
-sobre cualquier inverosimilitud, no sirven para nada.
-
-Pero lo que más me amarga (con paz sea dicho de mis compañeros) es el
-considerar que mis afanes críticos no han de tener recompensa en esta ó
-en la otra vida. ¡Es triste, muy triste! Estoy por maldecir la hora en
-que por primera vez tomé la pluma para decir en un periódico de
-provincia que la señorita C*** «se había excedido á sí misma la noche
-del lunes».
-
-Mi horroroso escepticismo se formó con dos proposiciones, una negativa y
-otra positiva.
-
-Primera proposición.--Nunca hizo falta la crítica para que apareciesen
-grandes artistas.
-
-Segunda proposición.--La crítica ha empequeñecido el arte.
-
-La crítica, en calidad de alto y poderoso cuerpo que juzga, decide,
-corta, raja, truena y relampaguea, es de muy reciente invención, y
-habiendo existido desde los tiempos más remotos grandes artistas, no hay
-para qué demostrar la verdad de mi primera proposición.
-
-En cuanto á la segunda, exigiría uno ó más volúmenes para quedar bien
-dilucidada; pero sólo dedicaré á ella una ó más cuartillas, porque no
-tengo tiempo ni paciencia para otra cosa.
-
-Así que surgió la crítica como cuerpo jurídico-literario, nació el
-sistema. Los unos, extasiándose en la contemplación de las obras del
-clasicismo, unas veces con verdad, otras hipócritamente, pensaron que el
-arte había tocado á su límite en aquella dichosa edad greco-romana, y
-que el destino de los artistas futuros era pasar la vida copiando los
-admirables modelos que de ella nos quedaron, como aprendices en una
-escuela de dibujo. Advertiré, de paso, que para estos críticos la
-cualidad predominante del arte clásico no es el reposo ó la gracia que
-en él resplandecen siempre, sino el orden ó la simetría. Porque, dicho
-sea de paso también, los críticos suelen fijarse con harta frecuencia en
-lo menos importante. ¿Qué hay, pues, aquí? Un atentado contra la
-libertad del artista.
-
-Los otros, porque realmente lo sintieran así, ó por el gusto de llevar
-la contraria á los clásicos, no quisieron ver la belleza sino en lo
-extraordinario, en lo desordenado, en el absurdo ó en el delirio. Nuevo
-atentado contra la libertad del artista.
-
-Otros más modernos, apartándose de ambas escuelas, condenan todo arte
-que no sea un reflejo, mejor dicho, una repetición fiel y minuciosa de
-la vida, llevando su teoría hasta los más groseros excesos. ¡Siempre
-cadenas para el artista!
-
-Además de estos tres grandes grupos de críticos, hay otros muchos
-esparcidos por el haz de la tierra trabajando con el mayor desinterés
-por el triunfo de sus teorías. Citaré únicamente los metafísicos y los
-trascendentales, de los cuales no quiero hablar, porque no me gustaría
-pasar por desvergonzado.
-
-Para desvanecer las malévolas sospechas que al llegar aquí pudiera
-concebir el lector respecto á mi acrisolada modestia, le diré que no he
-citado tanto crítico con el fin de desacreditarlo, sino, muy al
-contrario, para darles á todos la razón. Tratándose de arte, soy lo que
-llaman vulgarmente un pastelero. Cuando llega á mis manos un clásico
-como Esquilo, me deshago en elogios del clasicismo; si es un romántico
-como Calderón, no hay un romántico más furioso que yo; y si por ventura
-acabo de leer una novela de Balzac, no puedo menos de exclamar:
-«¡Admirable, admirable, monsieur Balzac!» Si alguien me moteja por esto,
-diré con cierta habanera que oí cantar á una niña muy graciosa:
-
- «Si yo soy así,
- ¿qué he de hacerle yo?
- Todos para mí
- son á cual mejor.»
-
-Esta cita, eminentemente clásica, me excusa de alegar nuevas razones.
-
-
-II
-
-Como otros muchos hombres que andan por el mundo, estoy condenado á
-trabajar sobre un objeto que no es de mi gusto. Este libro es un libro
-de crítica, mejor dicho, es un cordero que sacrifico en aras de una
-deidad en quien no creo. Se halla bastante esparcida la creencia de que
-quien toma el oficio de crítico manifiesta por el hecho mismo cierta
-arrogancia, presunción ó amor exagerado de sí mismo. No lo creo. De mí
-sé decir que cuando voy á juzgar á un artista _verdadero_, lo que me
-asalta no es un sentimiento de superioridad respecto á él, sino de
-espantosa y amarga inferioridad. Si yo me juzgase superior ó semejante
-al artista, me pondría á crear, no á criticar. Por eso los juicios más ó
-menos acertados que estampo en este libro, no me enorgullecen. Si de
-algo estoy orgulloso, es de haber sabido comprender y gozar las bellezas
-creadas por los poetas que en él se estudian. Porque, cuando otra cosa
-parezca, créanme ustedes, es mucho más difícil admirar que censurar. He
-visto amenudo personas de vulgar inteligencia discurrir con bastante
-acierto, y aun señalar con claridad los defectos de una obra de arte;
-¡pero á cuán pocos he visto conmovidos al hablar de Víctor Hugo ó de
-Byron! ¡Á cuán pocos he visto cautivos por esa idolatría que el genio
-inspira á los espíritus sensibles y lúcidos! Voltaire, con ser Voltaire,
-nunca pudo admirar á Shakespeare; el mismo Lope de Vega no admiró jamás
-á Cervantes. No es maravilla, pues, que yo que no soy Voltaire, ni Lope
-de Vega, no consiga admirar á Grilo, á Blasco, á Retes y á otros
-insignes poetas de esta era.
-
-Con todo eso, en mi crítica, como ustedes podrán ver, no deja de haber
-algunos trozos admirativos. Repito que son de los que estoy más
-satisfecho. Hace mucho tiempo que vivo en la creencia de que la tarea
-del crítico (si es que alguna tiene) no consiste precisamente en
-escudriñar las manchas ó defectos que toda obra, por ser humana, ha de
-llevar forzosamente; tarea, sobre fácil, ingrata; sino, antes bien,
-aclarar, difundir, popularizar las bellezas de las obras artísticas,
-llamar la perezosa atención del público hacia ellas, colocarlas sobre
-las alas del entusiasmo para que lleguen á todos los espíritus, soplar
-el polvo que muchos hombres tienen en los ojos, para que puedan verlas y
-gozarlas. Esta tarea es noble, hermosa y fecunda, aunque no sea lo que
-hoy se entiende por crítica. Los párrafos donde aspiro á desempeñarla
-han salido del fondo de mi alma, y así como han salido los he estampado,
-sin tener en nada las prácticas de este género de escritos. De su verdad
-estoy más convencido que de la de aquellos otros en que acepto ó rechazo
-teorías estéticas, señalo defectos ó determino nuevas vías para el arte.
-Porque de mis impresiones vivo seguro siempre; de mis opiniones, jamás.
-Escribiendo estos párrafos he gozado momentos muy felices, aunque otra
-cosa crean los espíritus frívolos que no penetran jamás en lo profundo
-del pensamiento del escritor. Cuando censuro, cuando ataco, no puedo
-menos de pensar que me parezco al murmurador. Sólo me encuentro grande
-cuando tributo mi admiración á los grandes.
-
-He admirado, pues, hasta donde he podido. Si no pude tanto como hubieran
-deseado algunos de los poetas que en este libro figuran, acháquese á
-inopia, y no á falta de buen deseo. Mejor que nadie sé que yo no moriré
-de un exceso de respeto, pero tengan ustedes presente siempre que
-tampoco me he puesto sobre el trípode para definir y juzgar, sino que
-les he hablado como si me tropezaran en la Puerta del Sol, y charlando
-de literatura, me preguntasen qué opinaba de Campoamor, Núñez de Arce,
-Grilo, etc., esto es, con la franqueza, con la osadía, con la
-incoherencia propias de la conversación. Aun con eso, es posible que
-haya dado por genios á algunos que no lo son. Porque bien mirado, no
-creo que en España existan tantos genios como se supone. Las
-contribuciones absorben más de la mitad del producto neto de las tierras
-y de la industria; las cosechas, de algunos años á esta parte, son muy
-malas. Y si á esto se agregan las frecuentes calamidades que padecemos,
-como guerras, terremotos, inundaciones, etc., etc., bien se puede
-asegurar, sin temor de equivocarse, que una nación á tal punto
-enflaquecida y miserable, no puede tener bien alimentados á seis docenas
-de genios. Nunca me arrepentiré, sin embargo, de haber echado unas
-cucharadas más de miel en el plato de algún poeta. Después de todo, es
-inevitable el exagerar un poco el aplauso tratándose de los
-contemporáneos con quienes uno se roza y se codea en el comercio de la
-vida. Es noble también corresponder, por lo menos con unos granitos de
-incienso, á los esfuerzos que nuestros vates hacen diariamente para
-proporcionarnos instantes agradables. Si el crítico no recompensa á su
-modo estos esfuerzos, ¿quién se encargará de recompensarlos? El pueblo
-español, que tiene aparejados siempre honra y dinero para el primer
-político gárrulo y corrompido que viene á demandárselos, los niega
-siempre, con una entereza y constancia dignas de mejor causa, á los
-poetas ilustres. Seamos, pues, agradecidos con los que de vez en cuando
-refrescan nuestro espíritu fatigado sumergiéndolo en las cristalinas
-aguas del ideal.
-
-Mas no confundamos por eso el cariño y el respeto que deben inspirar los
-verdaderos poetas y la indulgencia con que deben acogerse sus yerros y
-descuidos, con esa perniciosa benevolencia que todo lo aplaude, que todo
-lo celebra, lo mismo las obras sublimes del genio que las torpezas é
-insulseces del último coplero. Cuando veo circular con el mismo aplauso
-entre los críticos las perlas y diamantes de Ayala, Núñez de Arce y
-Campoamor y las cuentas de vidrio de Blasco, Grilo, Sánchez de Castro,
-Retes, etc., etc., no saben ustedes cuánto me entristezco. Estas
-confusiones me parecen lastimosas, porque privan al artista de su
-genuina recompensa, que es el brillo. ¡Y quién puede brillar habiendo
-tanto lucero en el firmamento!
-
-He huído, pues, con particular empeño de esta feroz _nivelación_
-artística, dando al César lo que es del César, y á Grilo lo que es de
-Grilo. Como ustedes podrán ver, he sido muy parco en el empleo del
-análisis. Lo tengo por arma peligrosa y que expone al que la usa á
-cometer sensibles injusticias. Sólo en casos muy señalados, y con el
-objeto más bien de castigar una reputación inmerecida que de probar la
-incapacidad del poeta, me parece lícito acudir á ella.
-
-Si ustedes se deciden á leer este libro, verán que el haber huído del
-análisis no es su mérito principal. El más grande de todos es el de ser
-corto. Sé que al lado de este mérito se encuentran infinitas manchas que
-lo deslucen; pero ya me he resignado de antemano á escribir una obra
-con defectos. Siento no ser perfecto como mi Padre que está en los
-cielos, pero no puedo remediarlo.
-
-
-III
-
-Un instante para concluir.
-
-Después de escritas las ocho semblanzas de poetas que van á
-continuación, quedé un poco cabizbajo al observar la clara desemejanza
-que existe entre todos ellos. Considerando la distancia que media entre
-la fisonomía artística de Zorrilla y la de Campoamor, entre la de Núñez
-de Arce y Aguilera, no pude menos de pensar lo siguiente:
-
-La poesía de nuestro tiempo no tiene un ideal. El poeta, al abrir sus
-ojos, ya no ve, como veían los griegos, como veían los cristianos en la
-Edad Media, un sol de belleza luciendo sobre el horizonte y una
-muchedumbre feliz con adorarle y bendecirle. Ya no puede agregarse
-tranquilo á esta muchedumbre para que los rayos de aquel sol caigan
-sobre su frente y enciendan su pensamiento. En la actualidad todos los
-soles pasados resplandecen sobre nuestras cabezas, y cada cual tiene su
-grupo de adoradores. Quién dirige sus ojos al asiático, quién al griego,
-quién al cristiano. Pero ¡oh Dios! ¡cuánto han perdido estos soles en
-brillo y en calor! Se necesita que nuestros poetas sientan mucho frío
-en casa para salir á gozar con sus tibios rayos. Entre la poesía
-oriental, cristiana ó helénica de nuestros tiempos y las creaciones de
-Valmiky, Píndaro y Dante, existe la misma diferencia que entre esas
-salas griegas, árabes y góticas que los opulentos de ahora hacen
-construir en sus palacios, y el Partenón, la Alhambra y la catedral de
-Burgos. Nuestra época, por su afán incomprensible de lanzarse en pos de
-todos los ideales y de beber en todas las fuentes de belleza, no tendrá
-jamás fisonomía ni carácter propios, y en vez de monumentos habrá de
-contentarse con legar á la posteridad _chalets_.
-
-Así pensaba con tristeza, cuando dentro de mí escuché una voz elocuente
-que me hacía una oposición ruda y violenta. Esta voz interior pedía con
-justicia que no fuese tan superficial en mis juicios, que penetrase más
-adentro, hasta llegar á las entrañas de nuestra poesía.
-
-Tenía razón la voz. Di un paso más y pude ver claramente el triste lazo
-que une las almas de todos nuestros poetas. ¿Por ventura no hay en la
-sed, en la fiebre que empuja á la poesía de este siglo á sumergirse en
-todos los ideales pasados, algo que la caracteriza perfectamente? ¿No
-hay algo que, como un tósigo fatal, penetra por toda ella y hace que
-adolezca?--Miradla. Ha perdido todos sus colores, sus movimientos son
-febriles y descompasados, tiene grandes y oscuras ojeras, su voz es
-apagada y ronca. ¡Ay! No cabe duda, nuestra pobre poesía está tísica.
-¡Cuán interesante la ha puesto, sin embargo, su cruel enfermedad! ¡Qué
-grandes son ahora sus ojos y qué vaga su mirada! ¡Qué trasparencia hay
-en su rostro! ¡Qué suave melancolía se esparce por toda su figura! ¡Qué
-triste es su acento y qué conmovedor! El frío ha penetrado hasta la
-médula de sus huesos. Ningún sol pasado puede darle calor; y la poesía
-triste, nerviosa y exaltada de nuestro tiempo morirá.
-
-Allá en lo futuro, de tanta negación, de tanto escepticismo, de tanto
-esfuerzo y tantas lágrimas, ¿no surgirá siquiera una verdad que engendre
-otra poesía fresca, tranquila y creyente? Y si esto sucede, aquellas
-dichosas generaciones, que gozarán de una paz que nosotros nunca hemos
-podido gustar, ¿no tributarán un recuerdo de simpatía y admiración á la
-pobre tísica del siglo XIX? Esperemos que sí.
-
-[Illustration]
-
-[Illustration]
-
-
-
-
-D. JOSÉ ECHEGARAY.
-
-
-[Illustration: H]ACE ya muy cerca de dos años que permanezco silencioso
-como un diputado de la mayoría. No he dicho hasta ahora sino pocas
-palabras sobre el ingenio dramático del Sr. Echegaray; y en las batallas
-que se han librado en el teatro con motivo de sus dramas quiso la
-fortuna que no hubiese perdido los ojos, aunque en más de una ocasión se
-hayan visto entre los dedos de algún crítico y la pared. ¡Dios me los
-conserve mucho tiempo sanos para no ver los dramas de Sánchez de Castro!
-
-Mas no por haberlo guardado tanto tiempo me harán ustedes la ofensa de
-suponer que no he formado juicio sobre el teatro de Echegaray. Gracias á
-Dios, tengo sobre este punto mi correspondiente opinión, como cualquier
-farmacéutico. Y ahora que me veo lejos de aquellos dedos frenéticos--¡cuidado
-con los dedos que gastan algunos críticos!--respiro fuerte y digo mi
-opinión.
-
-Don José Echegaray era, como todos saben, un notabilísimo ingeniero y
-fué ministro de varios ramos. Por consiguiente, ¿qué razón había para
-que no fuese autor dramático? Efectivamente, allá por el invierno de
-1873 fué representada su primera composición dramática con el título de
-_La esposa del vengador_, que era una primorosa leyenda con innumerables
-defectos y algunas bellezas. Más que la obra en sí, cautivóme y sedujo
-la novedad del intento. El teatro español, merced á los trabajos de los
-Eguílaz, Larra, Rubí y otros, había dado grandes pasos hacia el
-confesonario; se postraba á los pies del coadjutor de la parroquia,
-acusándose de sus pecados románticos, rezaba el rosario todos los días,
-asistía á las cuarenta horas, tomaba el sol por las tardes. Era un
-teatro chocho. Cuando adoptó otro género de vida, todas las gentes
-dijeron: «¡Echegaray es el que lo ha pervertido, el que lo ha sacado de
-quicio! Desde que trata con él ha vuelto á fumar, á decir requiebros á
-las muchachas y á retirarse á las altas horas de la noche. ¡Esto no se
-puede tolerar, es verdaderamente escandaloso!»
-
-Allá en el fondo yo me alegraba mucho de que se retirase tarde. El
-teatro debe gozar independencia y tener su llavín para cualquier evento.
-_La esposa del vengador_ me pareció una calaverada de buen género, la
-expansión afortunada de un ingenio privilegiado. ¿Nada más? Nada más.
-
-Tenía toda la frescura y toda la inocencia de una virgen de quince años.
-Era suave, delicada, irreflexiva, levantada de inspiración y de cascos.
-No hubo más remedio que aplaudirla.
-
-Empezaba á oscurecerse la estrella del P. Astete. _La esposa del
-vengador_ nada nos decía acerca de las _bienaventuranzas_ ni de los
-_frutos_ del Espíritu Santo: omitía por entero los sacramentos que se
-han de obrar y hasta prescindía de los que se han de recibir.
-Conmoviéronse hasta los cimientos los corazones de la clase media. ¿Qué
-iba á ser de nosotros? Si en el teatro no se nos enseñaba lo que hemos
-de creer, lo que hemos de orar, lo que hemos de obrar y lo que hemos de
-recibir, ¿á dónde volver los ojos? Con permiso de estos corazones diré
-que, á mi entender, el teatro de Echegaray es más moral que el de
-Eguílaz. Tengo mis razones para creer esto, y si ustedes se dignan
-prestarme atención se las diré en pocas palabras.
-
-Todos ustedes sabrán probablemente que apoderarse de lo ajeno contra la
-voluntad de su dueño es un pecado, y otro pecado levantar falsos
-testimonios, lo mismo que desobedecer á los padres y jurar el santo
-nombre de Dios en vano. ¿A qué ir, pues, al teatro cuando se representan
-las obras de Eguílaz? ¿Á gozar de sus bellezas? Es inútil, porque no las
-hay. ¿Á dormirse? Es muy feo y se expone uno á que le despierte el
-acomodador. Sin embargo, esta última solución no me parece del todo
-inadmisible, y aparte de sus inconvenientes, porque los tiene, lleva
-algunas ventajas á todas las demás. Y si te duermes, lector, que sí te
-dormirás, ¿en qué forma te habrás moralizado? ¿Con qué tristeza no
-pisarás después la escalera de tu casa, considerando que entras tan
-inmoral como has salido?
-
-En cambio, duérmete si quieres en los dramas de Echegaray. Si por acaso
-fueses tan duro de corazón que no te conmovieran las escenas patéticas,
-ya se encargaría alguno de esos actores tan bien entonados que sólo
-España posee de tenerte despabilado. Pero no; yo sé que no hay necesidad
-de que se griten los dramas de Echegaray para que se escuchen con
-atención. Sin el auxilio de aquellos inolvidables pulmones, lo mismo
-hubieran conmovido al público. El Sr. Echegaray recoge en el teatro,
-siempre que se le antoja, una buena cosecha de lágrimas.
-
-Ahora bien, las lágrimas ¿no son un medio de moralizar al hombre?
-¿Cuándo se derraman lágrimas? Cuando el corazón se enternece. Pues
-enterneciendo el corazón muchas veces lo haremos más blando y más
-sensible, y el hombre será más clemente y generoso.
-
-Esta afirmación no es sofística. La puedo demostrar con un poco de
-metafísica. El dolor de un semejante enternece nuestro corazón,
-despierta en nosotros la piedad y también el amor. Porque el dolor para
-muchas personas formales y también para mí es una gran injusticia. Si el
-dolor recae sobre un malvado, contraría el fin general humano, que es el
-pleno goce de la vida; mas si atormenta á un hombre virtuoso, no sólo
-contraría este fin general, sino también el particular de la virtud, que
-merece recompensa. En uno y otro caso hay una injusticia que nos hace
-padecer moralmente. Mas para que una injusticia nos haga padecer es
-necesario que en aquel momento la idea de justicia se levante con
-extraordinario poder en nuestra alma. Y cuando la idea de justicia se
-enseñorea de nuestra alma, ¿no somos más morales que cuando yace
-aletargada en algún oscuro rincón del pensamiento? He aquí cómo, á mi
-juicio, una obra dramática, por el mero hecho de ser bella, sin
-propósito alguno de aleccionar á los espectadores, puede influir más
-poderosamente en su moral que aquellas otras cuyo primero y tal vez
-único intento sea éste. El arte perfecciona nuestras facultades morales,
-no recordándonos el catecismo, sino fortaleciéndonos, elevándonos,
-arrastrando nuestro espíritu á la región de las ideas grandes y nobles.
-De mí sé decir--y me pongo de ejemplo, porque soy para el caso como
-cualquier otro--que cuando presencio la representación de _Hamlet_ me
-conmueven tanto los sublimes pensamientos del héroe, que me figuro
-participar de su grandeza, se despierta en mi ser lo que hay de más
-generoso, siento mi espíritu más grande y ennoblecido, en una palabra,
-me reconozco más moral que cuando salgo de ver _Bienaventurados los que
-lloran_.
-
-No obstante, es necesario averiguar de dónde viene la emoción; si llega
-á nosotros sostenida por la falsedad y el absurdo, ó la trae en sus
-brazos el arte.
-
-Cuando veo llorar á una persona en el teatro pienso que por lo menos
-aquella persona tiene un corazón sensible. Las personas acá en España,
-tratándose del teatro, no deben exagerar la cuestión de lágrimas. Me
-parece que tienen muchas más ocasiones de reir. Sólo algunos chistes de
-Pina y tal vez algún otro de Blasco son los que arrancan con entera
-justicia raudales de ellas á los ojos.
-
-En la última escena de _Ó locura ó santidad_ estuvieron á punto de
-soltárseme. Si no hubiese acontecido que una señora se desmayó á mi lado
-y no hubo más remedio que socorrerla, seguramente habría despilfarrado
-algunas. Pero aquello me dió tiempo á reflexionar, y he aquí lo que
-salió de mis reflexiones.
-
-Efectivamente, en la escena pasaba algo grave. Dos jayanes al servicio
-de un manicomio se llevaban maniatado á un caballero, bajo el supuesto
-de que estaba loco. No estaba loco, todos lo sabíamos, y padeciamos,
-como es natural, presenciando aquel acto de barbarie. Mas aquel acto de
-barbarie había sido preparado por el autor con el exclusivo objeto de
-conmovernos. Por lo mismo teníamos derecho á exigir que la preparación
-fuese discreta y artística. Aquella situación atrevida é interesante no
-tenía, por desgracia, raíces muy seguras; se hallaba presa por tan
-sutiles hilos al argumento de la obra, que el más leve soplo de la
-reflexión bastaba á soltarlos. El entendimiento juega un papel
-secundario, pero juega su papel en la contemplación de las obras de
-arte, y es gran torpeza llevarle la contraria tan resueltamente como se
-hace en esta obra. ¿Será posible convencer á nadie de que, mediando
-buena fe, se arrastre á un manicomio á un hombre de talento, estudioso,
-sensato y recto, á las pocas horas de haber declarado que la fortuna que
-posee no le pertenece, por extraordinarias que sean las circunstancias
-que acompañen á esta declaración? Yo pregunto á toda la clase médica
-española: ¿Hay en ella dos individuos, sobre todo si han recibido el
-grado antes de la revolución, que por los síntomas que ofrece el
-espíritu de D. Lorenzo de Avendaño sean capaces de decretar su inmediata
-clausura? Yo pregunto á todas las familias honradas de Madrid: ¿Hay
-alguna que permita y aun promueva el encierro de su jefe en una casa de
-locos por los motivos y con la premura de aquella que Echegaray nos
-presenta en su drama? De resultas de no haberme contestado nadie á estas
-preguntas que hice mientras socorría á aquella señora, resolví no
-conmoverme. Y no obstante, si un espectador ó alabardero tuviese la
-desgracia de caer desde el paraíso á las butacas, pueden ustedes creer
-que el suceso me impresionaría fuertemente. Me impresionaría mucho, aun
-cuando aquella escena no había tenido preparación de ninguna clase. No
-sé si el lector comprenderá esto, pero yo lo comprendo perfectamente.
-
-Á pesar de cuanto he dicho, estoy lejos de aplaudir el espíritu de
-crítica, por no decir _intelectualismo_, con que de poco tiempo á esta
-parte acude el público al teatro. Pasaron los buenos tiempos en que los
-espectadores tomaban parte con lo más hondo del alma en las peripecias
-del drama, se apasionaban, se enfurecían, trataban de saltar al
-escenario en socorro del héroe, arrojaban comestibles sólidos á la
-cabeza del traidor. Sólo en algunos apartados rincones de nuestras
-provincias se da el caso ya de que el público obligue al protagonista de
-_Carlos II el Hechizado_ á dar muerte cuatro ó cinco veces consecutivas
-al odioso fraile, autor de sus desgracias. En el resto de España, el
-fraile muere á la hora en que escribimos de una sola puñalada. El
-público que acude á los estrenos en Madrid, mujeres, viejos y niños,
-todos se constituyen en tribunal y afectan la imperturbabilidad de un
-magistrado en vista pública y solemne. En las escenas más interesantes y
-patéticas, lo más que se permite el espectador es una helada sonrisa de
-satisfacción y el siguiente galicismo: _Está bien hecho_. En tanto que
-dura la representación, todos, todos, hasta aquella rubia de la platea
-cuyos cabellos parecen dorados á fuego y uno á uno, tienen aspecto de
-estar escribiendo en lo más profundo del pensamiento unos _Apuntes
-críticos_ con mucha _fibra_ y mucho _calor de humanidad_.
-
-Permítaseme que eche de menos en el público un poco de sensibilidad, y
-después permítaseme proseguir.
-
-El defecto capital del teatro de Echegaray, aquel que resplandece en
-todas sus obras, es la falsedad. En algunas de ellas, como _En el puño
-de la espada_, la falsedad puede denominarse absurdo. Un viento
-atracado de embustes corre por todos sus dramas, desatando los cabos,
-invirtiendo los términos, lacerando la urdimbre y arrojando las escenas
-muy lejos unas de otras, de tal modo que sus personajes quedan
-gesticulando en la soledad, y el público no ve la razón de sus
-desconcertados ademanes. Lo que se echa de menos en las obras dramáticas
-de Echegaray son las matemáticas. En estas obras se estampa el resultado
-sin haber hecho las operaciones previas, y el público pide que se le
-muestre la pizarra.
-
-Ahondando un poco en la indagación de este asunto, tal vez observemos
-que el defecto enunciado, si ataca á la esencia misma de la obra y la
-reduce á la categoría de efímera, no es de los que niegan por sí la
-aptitud del artista. Lo que sí muestra inmediatamente es que á la
-creación de la obra acompañó un algo perturbador y malsano que el autor
-debió haber huído con empeño. Es imprudente introducirse en el
-laboratorio de un poeta para espiar sus trabajos, y á seguida
-noticiarlos á los cuatro vientos. Pero si me fuese dado vencer la
-repugnancia que me inspira este espionaje y me pusiera á observar el
-crisol donde hierven los dramas de Echegaray, creo que no tardaría en
-percibir ese elemento pútrido que causa el daño de la obra. Después, si
-se me obligase á darle un nombre y no tuviese á mano otro más poético,
-lo llamaría «precipitación».
-
-La precipitación de que el Sr. Echegaray hace uso en la fabricación de
-sus dramas es de la peor ralea, porque es la que acompaña, no tan sólo
-á la ejecución, sino también al pensamiento mismo de la obra.
-
-Estoy pensando en que la idea de haber aproximado el gabinete de un
-poeta al laboratorio de un químico por algo debió acudir á mi cerebro
-ahora. ¿Por qué habrá sido?... Quizá tenga su raíz en la impresión que
-me causó el Sr. Echegaray la vez primera que le vi salir á la escena
-solicitado por el clamoreo del público. La figura del Sr. Echegaray no
-despertó en mí, ni más ni menos, la idea del poeta, sino la del
-astrólogo. Sin que pudiera oponerme al escape de mi fantasía, adornéle
-de súbito con una bata sembrada de estrellas, le puse sobre la cabeza
-una caperuza y en la mano una varilla de virtudes, aposentéle en una
-cámara tétrica toda atestada de libros, de redomas, de animales
-disecados. Le vi enfrascado á una luz mortecina en la lectura de una
-_Trigonometría rectilínea_. Parecía hallarse inquieto, cerraba los ojos
-con frecuencia y lanzaba tristísimos suspiros.
-
-«¡Ay!--exclamó--¡Aritmética, álgebra, geometría, y por mi desdicha
-también la trigonometría, todo lo he profundizado con un trabajo
-constante, y heme aquí pobre tonto!... Hace ya algunos años que enseño á
-la multitud las matemáticas y no estoy bien seguro de haber enseñado
-algo de provecho. Ni aun me lisonjeo de que sirva para nada el reducir
-los quebrados á común denominador. Por eso me he dedicado algún tiempo á
-la política. Pero todo esto, política y matemáticas, es intrincado, es
-oscuro, y además sospecho que no sirve para nada. ¡Oh, si yo pudiese
-franquear esta muralla de fórmulas algebraicas y expedientes que me
-aprisiona! ¡Si yo pudiese, libre como el humo que se escapa de estos
-carbones, recorrer á la dulce claridad del gas los escenarios de los
-teatros, aspirar el perfume de los polvos de arroz, salir cogido de las
-manos de los artistas, en forma de danza, á embriagarme con el néctar
-voluptuoso del aplauso! ¡Oh, qué extraña turbación se apodera de mi ser!
-Escucho una voz celeste que me dice: El mundo de las bambalinas y del
-albayalde no está cerrado... Ánimo: aún puedes morder donde han mordido
-Retes y Echevarría... Sí, creo que el genio de Shakspeare da vueltas en
-torno de mi cabeza y me incita á escribir dramas. Siento que mi espíritu
-se entrega todo á ti. ¡Oh, espíritu inmortal!... Ven, ven...
-
-(_El genio de Shakspeare desde dentro_): Huyamos.
-
-Pero esto es _Fausto_ puro, dirán ustedes. No lo niego, diré yo.
-
-Volvamos á la precipitación, volvamos aunque no sea sino para afirmar
-que la precipitación es una frase inventada por mí para explicar y
-atenuar algunos pecados cometidos por el Sr. Echegaray. Por lo demás, yo
-no puedo negar á ustedes el derecho de achacar sus yerros á inopia y no
-á precipitación.
-
-El comercio y trato frecuente de los grandes hombres suele dejar en
-nuestra inteligencia huellas muy visibles. Por estas huellas es fácil
-conjeturar cuál ha sido el grande hombre que más nos ha cautivado. Yo
-me atrevo á pensar que el favorito del Sr. Echegaray ha sido Arquímedes.
-De él es de quien ha tomado, sin duda, la mala costumbre de pedir
-gollerías. Arquímedes decía: «Dadme una palanca y un punto de apoyo, y
-removeré la tierra». Mas el pobre Arquímedes se fué al otro mundo sin
-tener el gusto de remover la tierra, porque nadie pensó en darle la
-palanca ni el punto de apoyo. Echegaray dice: «Dadme un hijo formado por
-el rayo de la luna que penetra por un vidrio roto (el arte se encargará
-de pagarlo); dadme un puño de espada que sirva de archivo á una
-correspondencia que no es posible quemar ni hacer pedazos; dadme una
-hoja de puñal donde se escriba con sangre como en la mejor vitela, de
-tal suerte que lo que sobre ella se estampe no pueda borrarse sin
-habérsela hundido previamente en el pecho el protagonista; dadme la
-luna, en fin, y yo os daré un drama».
-
-Efectivamente, el público dió la luna y el Sr. Echegaray los dramas. Mas
-debemos reconocer que éste es un cambio de servicios perfectamente
-enclavado en la teoría de la circulación, expuesta con gran lucidez por
-Bastiat, y ni el Estado ni yo tenemos derecho á contrariar el libre
-desenvolvimiento de las leyes naturales que presiden á la producción,
-distribución y consumo de los dramas. Lo único que lamento amargamente
-es que el desgraciado Arquímedes se haya ido al otro mundo sin tener el
-gusto de remover la tierra.
-
-Inmediatamente después de esto tenía pensado decir al Sr. Echegaray que
-no tiene un gusto muy exquisito para la elección de temas, á los cuales
-tampoco sabe dar variedad, ni gran acierto en la pintura de caracteres,
-que huelen á bastidor desde muy lejos, ni tampoco una versificación
-flúida, castiza y armoniosa que velara púdicamente las liviandades del
-fondo. Pero todo esto tenía pensado decírselo de un modo delicado,
-ingenioso, como deben decirse estas cosas cuando uno quiere sentar plaza
-de escritor ático, intencionado y habilidoso.
-
-Más de un cuarto de hora he pasado tirándome por la barba y con la vista
-fija en un mico de bronce que sirve de remate á la tapa del tintero, y
-no acaba de brotar en mi cabeza ni una sola frase irónica. Me voy
-convenciendo con verdadero dolor de que no soy tan socarrón como creía.
-
-Despechado y sin aliento, arrojo una mirada sobre las cuartillas
-escritas. Son veintisiete. Por consiguiente, según mi cálculo, falta por
-escribir una tercera parte del artículo.
-
-Ahora bien, esta tercera parte la dedica todo crítico bien educado á
-elogiar la obra que juzga cuando es mala. Cuando es buena, lo común es
-dedicar dos terceras partes. No seré yo ciertamente quien con mano torpe
-pretenda romper el curso de nuestras costumbres venerandas, consagradas
-por los siglos y las generaciones. De las dos terceras partes que llevo
-escritas, resulta que el Sr. Echegaray es mal poeta dramático. Confío
-en que de la que falta ha de resultar que es bueno.
-
-El Sr. Echegaray no es tan insignificante poeta como pudiera deducir
-cualquier adversario suyo de las premisas que he sentado. Yo escribo
-para las personas ilustradas é imparciales, para aquellas que saben
-conceder á las frases su verdadero sentido y ver al través de las
-travesuras del estilo el corazón del escritor. Esas personas que tienen
-los ojos puestos sobre el mío saben cuán lastimado está y cuán triste
-por las frases que un destino cruel me ha obligado á estampar. Yo admiro
-al Sr. Echegaray, le admiro como admiran los gusanos á las estrellas, si
-es que las admiran. En materia de admiración, muy pocos serán los que
-puedan ponerme el pie delante. Pero yo bien sé por qué admiro al Sr.
-Echegaray: las personas que penetran mi corazón, bien lo saben, el señor
-Echegaray también lo sabe. Hay muchas cosas inefables para la humana
-lengua, y una de ellas es ésta. Asisto á la representación de una obra
-de Sánchez de Castro, y quien dice Sánchez de Castro dice Retes. La obra
-sale mala, como puede suceder, que esto no me lo negarán ustedes. Pues
-bien, este pobre joven que ha sacrificado veinte reales para verla, se
-emboza con la mayor dignidad en su capa y sale del teatro murmurando
-entre dientes Dios sabe qué cosas. Se estrena un drama de Echegaray, y
-el tal drama no satisface ni con mucho mis exigencias. Pues en vez de
-salir irritado y feroz á saciar mi cólera en un chocolate, salgo con la
-sonrisa más plácida del mundo, una sonrisa que envidiaría el mismo
-Perier, enojando á los amigos con mi descarada alegría, y cantando
-salmos en honor del Sr. Echegaray.
-
-«Porque tienes garras como el león y dientes como el chacal, señor,
-desgarras y trituras el arte dramático.
-
-Te glorificaré por tus dramas malos lo mismo que por los buenos y
-cantaré tus alabanzas.
-
-Tú has abierto mi boca, señor, y mi boca cantará tus alabanzas.
-
-Cuando tú llegaste, los dañinos gorriones, entre los cuales figuraban
-Pérez Escrich y Larra, y también Eguílaz, divertían sus ocios en
-picotear la escena.
-
-La picoteaban sin compasión; en su pico no se hallaba palabra de verdad,
-ni verso sin ripio, y en su alma de gorrión se albergaban la frivolidad
-y la impotencia.
-
-Llegaste y los desmenuzaste como polvo que el viento esparce, y los
-barriste como lodo de las plazas.
-
-Á tí, ¡oh señor! tributaré gracias con todo mi corazón, y narraré todas
-tus maravillas.»
-
-Las maravillas del Sr. Echegaray son algunas escenas tan bellas como
-hacía muchos años no habían resplandecido en el teatro español y un
-enjambre de pensamientos graves y luminosos que surcan altaneros el
-piélago de sus obras, dejando brillante estela de fuego.
-
-Las buenas acciones siempre las tengo presentes y no olvidaré mientras
-viva de qué modo se ha portado el Sr. Echegaray en una célebre noche.
-Tres veces consecutivas había subido el telón, y tres veces consecutivas
-había vuelto á bajar. Cuando subía, me quitaba el sombrero y lo colocaba
-con delicadeza, que semejaba unción, en la butaca de enfrente hasta que
-llegaba un caballero de corbata encarnada que me obligaba á levantarlo
-rápidamente y á plancharlo dos ó tres veces con la manga de la levita.
-Estas maniobras me hacían perder algunas docenas de versos. Cuando
-bajaba, me ponía el sombrero y trataba de lanzarme á los pasillos.
-Indudablemente en la vida del hombre hay momentos críticos. Uno de ellos
-es salir de una fila de butacas del teatro Español en noche de estreno.
-¿Se debe salir dando el rostro ó la espalda á las señoras que ocupan la
-fila? Militan razones poderosas en pro de ambos sistemas. No obstante,
-mi opinión, y la apunto con las debidas reservas, es que se debe salir
-mirando á las señoras. Se deben apretar las piernas hasta donde alcancen
-las fuerzas contra la fila contigua, con el fin de hacer patente que
-vuestras extremidades son tan inofensivas como hidalgas. Conviene que al
-demandar perdón por la molestia, formuléis brevemente una enérgica
-protesta contra la empresa del teatro, que sacrifica el pudor al sórdido
-interés. No dejéis tampoco de decir, si os ocurre, alguna frase
-ingeniosa y moral, sobre todo moral. Si no os ocurre, lo más sensato es
-doblar el espinazo, sonreir con modestia y abreviar cuanto se pueda.
-Recorría automáticamente los pasillos, el salón de descanso; escuchaba
-distraído profundas disquisiciones sobre la verdad de los caracteres y
-la verosimilitud de la fábula, y pienso que cuando me aposenté de nuevo
-en la butaca y vi sepultarse á los músicos, cual gnomos misteriosos, en
-sus tétricos agujeros, ¡Dios me perdone! pero algo semejante á un
-bostezo vagó por mis labios. Alzóse la cortina pausadamente, con cierto
-chirrido profético, anunciando que en el caso poco probable de que la
-obra saliera de la noche limpia de todo silbido, tos ó estornudo, no
-reportaría pingües ganancias á la empresa. ¡Lo que es el sino!
-¡Partiendo de la garita del apuntador hacia dentro, hasta el telón tiene
-derecho á carecer de sentido común!
-
-Así que vi el escenario, me dió en la nariz un tufillo de belleza que
-reanimó mi espíritu soñoliento. ¿Tufillo lo he llamado? Pues no es
-verdad; aroma, aroma era, aroma embriagador que llegaba al corazón. Un
-hombre que agoniza vertiendo profundos pensamientos en flúido y enérgico
-romance. Esto no se ve todos los días. ¡Cuántos se mueren en las tablas
-con el ripio entre los labios! Después, una escena verdadera, con vida
-terrenal, que en el cerebro delirante del moribundo engendra otra más
-grande y fantástica. Sombras que toman carne para ofrecer perdón al
-crimen. Seres vivos que la noche y el remordimiento convierte en
-sombras. Relámpagos siniestros que alumbran una conciencia cenagosa. El
-amor tomando posesión de un corazón dolorido. Un poco de verdad y otro
-poco de poesía. Por allí debía de andar el arte.
-
-Aplaudí como se aplaude cuando no se representa nada de Blasco, y sin
-acordarme poco ni mucho de que era un crítico, lloré como un simple
-mortal. No hay más remedio que confesarlo: los críticos, salvo honrosas
-excepciones, tenemos también corazón como los demás.
-
-¡Qué noche aquélla! Fué _La última noche_ del señor Echegaray. Después
-le aplaudí más de una vez, pero mis palmadas, casi siempre débiles é
-indecisas, sonaban á hueco, como las cabezas de algunos sabios. No crea,
-sin embargo, el Sr. Echegaray que estoy cansado de aplaudirle ni de
-escuchar sus alabanzas, como aquel paisano de Atenas, que se hastiaba de
-oir las de Arístides. Aún me restan fuerzas bastantes para sonar las
-palmas, y si llega el caso sabré gritar: «¡Bravo, bravo, el autor!» tan
-bien como cualquier radical. La Providencia me ha concedido un tesoro de
-aplausos; mas yo no tengo facultad para malgastarlo en cuatro días.
-Redundaría en menosprecio de las buenas obras dramáticas futuras y
-pretéritas, en perjuicio del Sr. Echegaray, que tiene derecho á no ser
-empujado por oscuros y peligrosos senderos, y en menoscabo y daño de mi
-conciencia, que si no regatea jamás los aplausos al mérito, me exige
-estrecha cuenta de los que tributo á la torpeza.
-
-[Illustration]
-
-
-
-
-D. JOSÉ ZORRILLA
-
-
-[Illustration: A] las nueve; á las nueve en punto de la noche. Se había
-anunciado con la debida anticipación en los periódicos y la tabla de
-anuncios del Ateneo lo aseguraba de un modo terminante:
-
-«El viernes á las nueve de la noche el eminente poeta D. José Zorrilla
-dará lectura pública de algunas composiciones inéditas.»
-
-No podía estar más claro. Y no obstante aún me quedaba un resquicio de
-duda. Verdad que el autor del _Tenorio_ estaba vivo, pero había dejado
-de pisar muchos años hacía la tierra española. Fatigado de regocijar
-nuestras moradas con sus melodiosos cánticos, el misterioso pájaro había
-levantado el vuelo y yo no sabía dónde lo había posado; en qué paraje
-risueño y frondoso, bajo un cielo azul, había fabricado su nido. ¿No
-podría haber otro D. José Zorrilla á quien le hubiese convenido nacer
-poeta? Un tanto extraño parecía en este caso que la tabla de anuncios
-del Ateneo le apellidase eminente, mas la crítica severa y concienzuda
-no ha sido jamás el fuerte de la tabla de anuncios del Ateneo. La duda,
-ese fantasma siniestro del siglo XIX que turba las conciencias y las
-empuja á los negros abismos de la filosofía alemana, se había apoderado
-de mi alma, cuando tropecé con un empleado de la casa.
-
---Este D. José Zorrilla que aquí se mienta ¿es verdaderamente D. José
-Zorrilla?
-
-La pregunta no podía ser más directa, más clara, más concreta.
-
---Creo que sí, porque el señor presidente ha mandado preparar un
-refresco para esta noche.
-
-La respuesta era precisa y categórica. Ningún artículo de _El Siglo
-Futuro_ fué en la vida ni más claro ni más contundente.
-
-Quedamos en que era D. José Zorrilla el que había de leer aquella noche
-varias composiciones inéditas.
-
-¡Es decir que iba á hallarme frente á frente del prodigioso mago que
-había evocado en mi espíritu juvenil sueños infinitos, azules, verdes,
-rosados y de otros colores intermedios; con el arpa de oro cuyas dulces
-canciones arrullaron las horas melancólicas de mi adolescencia; con el
-cometa fulgurante que al promedio del siglo apareció en los cielos del
-arte, y cuya cola, formada por miríadas de tomos de poesías, aún no ha
-traspuesto por entero el horizonte!
-
-No faltaré; de ningún modo faltaré. Aunque necesite perder un sermón de
-Sánchez de Castro ó un drama del P. Sánchez, no faltaré.
-
-En tanto que la hora llegaba, empecé á meditar--cosa bastante rara en un
-crítico--acerca del romanticismo.
-
-El romanticismo ha llegado á ser en nuestra época una abstracción, una
-idea que la crítica considera, ya funesta, ya dichosa; que para ciertos
-historiadores atacados del novísimo sistema de explicarlo todo, fué
-simplemente una necesidad de los tiempos. Probablemente no será nada de
-esto, y sí tan sólo un grupo de hombres de poderoso ingenio con el cual
-nada podía rivalizar más que su arrogancia. Amantes de la libertad,
-orgullosos de vivir y respirar, pensando que sus obras no cabían en el
-molde clásico ni en ningún otro molde conocido, comenzaron á asestar
-furiosos golpes á las formas tradicionales de la poesía. Rompieron la
-tupida malla de preceptos que el estudio de los clásicos, unido á la
-miseria del ingenio, había formado en los últimos siglos, y lanzaron sus
-vuelos por los mundos no explorados de la fantasía. Hoy el viajero
-tropieza en el camino con los restos de algún pájaro infeliz víctima del
-frío y de la oscuridad, pero tiene presente que otros muchos surcaron
-atrevidos las tinieblas y dichosos llegaron á puerto de salvación.
-
-El cultivo ciego, insensato, de la forma llegara á tal punto en los
-tiempos que precedieron al romanticismo, que habían sido proscritas del
-arte las ideas por inútiles. Todo estaba inventado. Los asuntos del
-poeta se hallaban trazados de antemano, y ¡guay del que osara salirse de
-la pauta! Un amante que llora celos, ausencias ó fierezas de su amada;
-un natalicio, una muerte, unos días, un matrimonio; en el aniversario de
-la entrada del Rey nuestro señor en Madrid á su vuelta de Francia; en el
-día del cumpleaños de la Reina nuestra señora; oda al combate de
-Trafalgar; soneto á un pajarillo; sátira contra las costumbres del
-tiempo; letrilla contra los pantalones cuando empezaron á usarse; en la
-proximidad del parto de la Excma. Sra. Marquesa de Villaburrida; á
-cierto joven militar de grandes esperanzas con motivo de su temprana y
-repentina muerte: á mi señora D.ª Ramona Portillo; epístola á Poncio
-quejándose del atraso que sufría el autor en su carrera, etc., etc.
-
-Tales eran los temas predilectos de aquella musa cumplimentera. Delito
-de leso clasicismo se consideraba enamorarse á derechas de Pepita,
-Asunción ó Juana. El poeta no podía amar sino á Galatea, Florinda ó Cloe
-y eso en el campo y disfrazado de Batilo ó Fileno, porque en la ciudad
-ya se guardaría bien de hacerlo. Si le gustaba una niña era
-indispensable el decir que _ardía en ansias_ ó que _se hallaba
-encadenado por un déspota inhumano_, para que se le creyera. El cuello
-de la niña había de ser _albo_ forzosamente y los cabellos _madeja de
-oro_, los ojos lanzarían _mortíferos venenos_, dado que no hubiera en
-ellos un Cupidillo que disparase _mortales saetas_; los labios serían
-_hibleos_, las mejillas de _nácar_ y el seno tomaría la denominación de
-_pomas de nieve_ ú _orbes torneados_. La poesía, en resumen, se hallaba
-estereotipada.
-
-En esto, dejáronse oir los rugidos de los románticos, que llegaron cual
-rebaño de leones agitando ferozmente sus melenas, y al llegar pusieron
-en gran desorden y confusión á la turba de gozques que alastraban contra
-el regazo y comían en las blancas manos de las damas aristocráticas.
-Traían consigo la idea de libertad, la de naturaleza--á la cual no
-siempre han sido fieles--y más arraigada que otra alguna, la de
-tristeza. La tristeza fué la musa que inspiró por más tiempo al
-romanticismo. Sin que hubiese mayor motivo que antes, todos los poetas
-de aquella época convinieron en ponerse muy tristes y en dar claras
-señales de hallarse bajo el peso de un gran dolor. Caían sobre el suelo
-las lágrimas y formaban pronto regueros, arroyos, ríos caudalosos que se
-llevaban los puentes y los corazones; desatábanse en el espacio furiosos
-vendavales de suspiros y estallaban tempestades de sollozos. Más grande
-desesperación no la habían presenciado los siglos.
-
-Aun dando por supuesto, como es justo que se dé, que aquella tristeza
-tenía no poco de afectada y artificiosa, ¿quién osará negar que
-constituye un manantial riquísimo de inspiración poética? Lo pregonan
-con elocuencia el _Childe-Harold_ y el _Manfredo_ de Byron, el _René_ de
-Chateaubriand, los cantos líricos de Heine, de Víctor Hugo, de
-Espronceda y de Zorrilla. Estas obras serán por siempre bellas, aunque
-el arte, en sus giros de vagabundo, haya abandonado la región de las
-tristezas individuales y parezca sumergirse ahora con deleite en el
-océano profundo de la realidad. No queramos juzgar las obras de arte con
-el criterio que el gusto de hoy nos señala. Si despreciamos las obras y
-los hombres del romanticismo porque las aficiones de nuestra época nos
-empujan por opuestos derroteros, cuando otros gustos y otras tendencias
-hayan venido á sustituir á las nuestras, ¿con qué derecho pediremos
-gracia para nuestros poetas más queridos y para nuestras obras más
-predilectas? Pensemos más bien que la belleza es una dama serena y
-augusta, pero muy coqueta; el arte un mancebo turbulento y caprichoso
-que sin cesar la enamora. Que vista la dalmática griega, ó la toga
-romana, ó el jubón de la Edad Media, ó el frac de nuestra época, que
-gaste peluca ó melena, que parle en latín ó en sueco, como se muestre
-insinuante, rendido y discreto, obtendrá sus favores.
-
-Aquí llegaba en mi trascendental meditación, cuando rasgó la atmósfera
-erudita del Ateneo la voz del ujier: «Cátedra del Sr. Zorrilla». ¡Ay!
-Quizá este mismo ujier gritaría impío al día siguiente: «Cátedra del Sr.
-Vilanova».
-
-Acudí con ligereza á sentarme delante de la misma tribuna, y esperé con
-recogimiento, con cierto temblor cortesano, la llegada del monarca.
-
-Y llegó. ¡Pero cómo llegó, cielos! Como oveja á quien privaron de su
-vellón; como pájaro desplumado. ¡Llegó sin melena!
-
-El viejo y trasquilado león subió lentamente los escalones de la
-tribuna, y una vez arriba, alzó la cabeza. La juventud había huído de
-aquella frente, el fuego de aquellos ojos, el carmín de aquellos labios.
-Paseó una mirada por la concurrencia, y saludó. Yo no sé lo que vi en
-aquella mirada y en aquel saludo, pero me sentí profundamente conmovido.
-Aquella mirada triste, muy triste, aquel saludo humilde y encogido
-parecían decir:
-
-«Estoy en el Ateneo de Madrid; lo sé. Los que aquí os reunís, todos sois
-más ó menos sabios; todos sabéis que he cometido muchos anacronismos y
-muchas faltas de gramática. Sé que os reís de mis composiciones vacías,
-de mi lirismo trasnochado; sé que os gustan otros poetas más filósofos,
-sé que ya no tengo ni un admirador ni un amigo entre vosotros. La
-generación á la cual el soplo de mi musa revolvía y encrespaba unas
-veces, y otras rizaba y adormía blandamente; el público que decía mis
-versos en el teatro antes que el actor los profiriese, se ha llevado á
-la tumba mi renombre. Los amigos que conmigo lo compartían han caído
-también uno á uno en el oscuro misterio de la muerte. Cuanto miro en
-torno mío, me es extraño y desconocido. No entiendo vuestra sabiduría,
-no entiendo vuestro escepticismo, no entiendo vuestros versos. Me
-encuentro solo, triste y pobre, y ni aun fuerzas me quedan para
-repetiros la vieja canción. Nada puedo daros digno de vosotros:
-perdonadme, señores, perdonadme.»
-
-Y á mí se me encogía dentro del pecho el corazón y me asaltaban deseos
-irresistibles de decir:
-
-«Procedamos por partes, ilustre vate. En primer lugar, gracias á Dios,
-no somos todos sabios los que aquí nos reunimos. Desde mi asiento estoy
-viendo á varios que no lo son, puede usted creerlo, no lo son. Algunos
-hay que la opinión pública califica de tales, pero ya sabe usted que la
-maledicencia en nuestro país no respeta nada, y que no es posible poner
-trabas á las lenguas. De los pocos que restan, la mitad son traducidos
-del francés y la otra mitad en el pecado llevan la penitencia, pues
-nadie cuenta con ellos para nada. Mas supongamos por un instante que
-todos lo fuésemos. ¿Piensa usted que habrá sabio alguno, por tonto que
-sea, á quien no cautiven y deleiten los hermosos poemas que usted ha
-creado? ¿Piensa usted que esta poesía amaneradilla y artificiosa que hoy
-está de moda osará chistar mientras se alce en los aires el son de sus
-dulces y frescas melodías?»
-
-Esto diría seguramente si hubiese dicho algo. Me reduje á pensarlo, con
-otras muchas cosas que el lector irá conociendo seguramente si no se
-queda rezagado en la lectura de este artículo.
-
-Situémonos en un punto de vista equidistante de todas las escuelas y de
-todas las tendencias que han imperado en el arte. Mejor dicho,
-situémonos en tal lugar y tan lejano que apenas se divisen esas barreras
-que las alternativas y variantes del gusto han levantado en los vergeles
-de la poesía. Desde aquí, desde el lugar empingorotado donde plugo á mi
-voluntad colocarme, no acierto á ver ningún lindero; el huerto de los
-clásicos es una prolongación del de los románticos, ó tal me parece al
-menos, y el de los realistas se introduce sin que nadie le vaya á la
-mano por el de los idealistas. En unos y otros las flores y las berzas
-fraternizan con efusión. Los ingenios que los han cultivado están allí
-representados con tamaños muy distintos, sin que pueda asegurar que se
-haya atendido para nada ni á la época en que florecieron ni á la escuela
-en que militaron. Por ejemplo, allá veo á Calderón que está representado
-por un coloso de oro con rica corona de brillantes, mientras Sánchez de
-Castro es una hormiguita que en este momento le entra por la ventana de
-la nariz y le hace estornudar.
-
-Mas en realidad mi obligación en este momento es no acordarme para nada
-de Sánchez de Castro y no quiero dar un paso más por este terreno
-escabroso. Así, pues, convirtiendo mis ojos á Zorrilla, observo que su
-talla se eleva majestuosa sobre todos los poetas españoles de este
-siglo, y sólo Espronceda y Quintana logran altura parecida. Bien se me
-ocurre que esta observación tomada del natural, como ahora se dice, no
-enternecerá el corazón de los poetas que hoy figuran; mas ¡ay! consiste
-en que el corazón del poeta, blando y sensible para el canto del
-ruiseñor, para el beso de la virgen, para las noches de luna, es de
-piedra berroqueña para los versos de su vecino.
-
-La poesía de Zorrilla es una flor de los campos, risueña, fresca, suave,
-fragante. Nació sin que una mano diligente hubiese derramado en aquel
-sitio algunos granitos de semilla traídos de París. Nació porque Dios
-quiso que naciera para solaz del viajero que en el camino angustioso de
-la vida se tiende á descansar un instante en los dominios del arte. La
-regadera de la ciencia no ha venido á chapuzarla mañana y tarde. En los
-días de cierzo no ha tenido cristales que la resguardaran; en las noches
-de hielo no ha tenido á su lado estufa que le prestara calor. Alguna vez
-se doblaba la pobrecita al peso de la nieve; otras veces se arrugaba por
-las quemaduras del sol. Pero tornabais al día siguiente y la
-encontrabais de nuevo fresca y erguida derramando aromas y esparciendo
-reflejos.
-
-Porque Zorrilla es un gran poeta, á despecho de la ciencia, á despecho
-de la Academia de la Lengua, á despecho de sus torpes imitadores y hasta
-á despecho de sí mismo. Infinitamente más poeta que otros que poseen
-mucha ciencia, mucha Academia y pocos imitadores.
-
-Á la flor de la poesía dedicámosle hoy cuidados exquisitos y prolijos.
-No los rechazo, que prefiero yo con mucho los refinamientos del espíritu
-á las groserías de la letra. Mas déjenme ustedes admirar de buena
-voluntad á aquellos árboles gigantes de espeso y oscuro ramaje cuyas
-copas se columpian majestuosamente al impulso de los vientos en los
-bosques de mi país, y no tanto á aquellos otros del Buen Retiro
-cortejados sin cesar por la mano solícita del jardinero y recibiendo el
-agua bonitamente por tubos de hoja de lata. No lo puedo remediar.
-
-Los versos de Zorrilla no han sido forjados penosamente como tantos
-otros en las fraguas del pensamiento. Zorrilla no ha tomado jamás las
-medidas á la idea para encajarla en el verso. El verso y la idea
-nacieron en su mente á un tiempo mismo, como la luz y el color. Si á
-Zorrilla le privaseis del lenguaje numeroso, le arrancaríais las alas y
-pronto veríais con qué dificultad se movía por la tierra. Si quisierais
-enseñarle la prosa, veríais cuán torpemente se expresaba, como esos
-pobres mirlos á los cuales sus dueños ¡progresistas! se empeñan en
-enseñar el himno de Riego con la flauta.
-
-La prosa es una cosa muy excelente. Yo se la recomiendo con toda mi alma
-al Sr. Grilo. Mas la prosa sólo puede expresar lo que se concibe en
-prosa: cuando se concibe en verso, se debe parir en verso. Hay tal
-vaguedad en las ideas del poeta y tanta contradicción en sus
-sentimientos, que no es fácil empeño introducirlos en la prosa sin
-sacarla de quicio. El verso, según dicen, es el lenguaje intermedio
-entre la prosa y la música. Zorrilla lo ha hecho acercarse mucho más á
-la música que á la prosa. Por eso penetra más fácilmente que ningún otro
-poeta en nuestra alma y se guarda más tiempo en la memoria. ¿Quién en
-España no sabe versos de Zorrilla? ¿Quién es el que no ha sentido el
-aroma de aquella flor silvestre de que antes os hablaba?
-
-Voy á figurarme que cruzáis por un país extranjero. En una sala
-espléndida, muy bien arrebujada con riquísimas alfombras y tapices,
-chisporrotea un fuego malicioso haciendo guiños y prometiéndolas muy
-felices al aterido contertulio, que descalzándose los chanclos y
-sacudiéndose la nieve, alza la cortina diciendo: «Good evening
-gentlemen».
-
-Ya estáis de la parte de adentro, y al compás de vuestros pasos se alza
-un repique adulador en el cristal de las arañas y en la porcelana de las
-mesas. Y luego los enormes espejos, tan altos como el techo, se
-apresuran á reproducir profusamente vuestra imagen, como si fuese la de
-un grande hombre. Así que llegáis á las cercanías de la chimenea, os
-inclináis con mucha gracia y estrecháis una mano más blanca que el manto
-con que en aquel instante se embozan los árboles del jardín, más suave
-que la seda que viene de las Indias. No quisiera equivocarme, pero
-aquella mano pertenece, á mi entender, á una _lady_ de alabastro con
-ojos azules. Habláis del tiempo, por supuesto, habláis del príncipe de
-Gales, habláis de _sport_, y hasta, si os parece oportuno, habláis de
-los ojos azules de _mylady_. Todo esto á mí no me importa poco ni mucho.
-Pero la conversación viene á caer sobre materia de poesía, y entonces ya
-pongo el oído para escucharla. _Mylady_ tiene gran pasión por Tennyson,
-y se empeña en leeros uno de sus idilios, que vosotros, claro es,
-encontráis divino. Á la lectura del idilio sigue un silencio, y al
-silencio esta pregunta: «Decidme, _my dear_, ¿qué poetas tenéis en
-vuestro país?»
-
-¡Ah! Yo estoy seguro de que en aquel instante separáis la vista de la
-argentada _lady_, y la sacáis por el balcón á pasear por otros espacios.
-Una lágrima tiembla en vuestros párpados, que no llega á caer, porque
-aquella lágrima pertenece á la patria y no quiere pisar tierra
-extranjera. Allá, muy lejos, detrás de la nieve, hay una región feliz
-donde calientan los rayos del sol y esparce el azahar sus fragancias.
-Las aguas azules del mar y los bosques espesos de lauros, la lengua
-melodiosa de las aves y la boca imperceptible de los insectos elevan sin
-cesar un coro de bendiciones al firmamento límpido...
-
-«Señora, el primero de nuestros poetas se llama D. José Zorrilla. Sus
-versos son el más preciado regalo de los oídos españoles. Ninguno ha
-conseguido tanta popularidad, porque ninguno es tan sencillo, tan
-melodioso y tan flúido. Sus versos tienen el color de nuestras flores,
-el brillo de nuestro cielo, la frescura de nuestra brisa. Cuando los
-escuchamos, nos sucede lo mismo que cuando paseamos al declinar la tarde
-por las riberas del Tajo, se olvida uno de que esta tierra es un valle
-de lágrimas. Ninguno tampoco más nacional. Su espíritu nos pertenece de
-tal modo, sus pensamientos están ligados por tan estrechos lazos á la
-tierra española, que en vano querríais formaros idea de su encanto los
-que no habéis balbuceado jamás plegarias á la Virgen, los que no habéis
-escuchado en esa lengua los consejos de vuestra madre. Su poesía, como
-nuestro sol, no se puede traducir.»
-
-Sí; estoy seguro de que estas ó parecidas palabras saldrían de vuestra
-boca, porque en tal instante no querríais semejaros al asno de la
-fábula, que dispara furiosas coces sobre la frente del león moribundo.
-Quizá en vuestro corazón tendríais ya reservado este papel para algún
-amigo de Madrid. Y no diríais mentira. El troquel que acuñó los versos
-del _Capitán Montoya_ y _Margarita la tornera_ bajará al sepulcro de
-Zorrilla, y tal vez se guarde allí por siempre. Aquellos fantásticos
-caballeros de la tradición no tornarán ya á este mundo, tan vivos, tan
-altivos, tan resueltos; aquellas doncellas de ojos garzos que beben por
-entre una reja el tósigo del amor, no serán tan puras, tan risueñas, tan
-ideales. Las noches de Andalucía, diáfanas ó brumosas, los bosques, las
-tempestades, las flores, los claustros, el canto de las aves, los
-suspiros del amor, ya no tendrán pincel que los retrate y los difunda
-por la tierra. ¿Qué jinetes osarán en lo porvenir cruzar de noche un
-bosque de este modo?
-
- Muerta la lumbre solar,
- iba la noche cerrando,
- y dos jinetes cruzando
- á caballo un olivar.
-
- Crujen sus largas espadas
- al trotar de los bridones,
- y vense por los arzones
- las pistolas asomadas.
-
- Calados anchos sombreros,
- en sendas capas ocultos,
- alguien tomara los bultos
- lo menos por bandoleros.
-
- Llevan, por que se presuma
- cuál de los dos vale más,
- castor con cinta el de atrás,
- y el de adelante con pluma.
- Etc., etc.
-
-¿Qué náyade se atreverá en adelante á salir del fondo del agua en esta
-forma?
-
- Tocó en el haz del agua
- su cabellera blonda;
- quebró la frágil onda
- su frente virginal.
-
- Dejó el agua mil hebras
- entre sus rizos rotas,
- y á unirse volvió en gotas
- al limpio manantial.
-
-Oigo decir que Zorrilla no ha respetado en más de una ocasión la
-gramática. Pero ha respetado la belleza. Y aun sobre su decantada
-incorrección pudiera decir unas palabras. Si ustedes me lo permiten, las
-voy á decir.
-
-Es mi creencia arraigada que los idiomas no se perfeccionan en las
-Academias, como el estado político de las naciones no progresa por la
-labor de las Cámaras altas. La tarea de unas y de otras es de
-conservación y resistencia: nada más. Los idiomas progresan por el
-impulso que les comunica un gran escritor ó por el nuevo aspecto en que
-los ofrece. Sin acudir á países extraños, donde hallaríamos grande copia
-de ejemplos, y ateniéndonos solamente al nuestro, consideremos que el
-más singular y glorioso de nuestros escritores, Miguel de Cervantes, ha
-sido quien abrió más amplios horizontes á la lengua, comunicándole el
-mayor grado de flexibilidad á que pudo aspirar jamás idioma alguno.
-Observemos de paso que Cervantes no está notado de escritor correcto y
-castizo, pues no tuvo inconveniente en aportar al castellano multitud de
-italianismos y galicismos. Asimismo es verdad que todos nuestros grandes
-escritores han trabajado sobre el patrio idioma, otorgándole cada cual
-su propia y peculiar fisonomía. Quevedo, Rivadeneira, Solís, el P. Isla,
-etc., han bordado primorosamente en el rico tapiz del habla castellana,
-llevando siempre un nuevo color á su exquisita urdimbre.
-
-En tiempos más cercanos, ¿quién no recibirá deleite leyendo la prosa
-tersa y elegante de Jovellanos, ó los versos sonoros de Quintana, ó la
-acerada frase de Larra? Y no obstante, éstos, que serán siempre dechados
-del buen decir, no lo son de corrección y pureza.
-
-Zorrilla ha prestado servicios eminentes al idioma. En sus obras
-adquirió el más alto grado de dulzura y armonía. Cuando hayan
-desaparecido los correctísimos escritores que tan duramente le zahieren
-por sus descuidos, y las obras donde han estampado sus relamidas frases
-hayan vuelto á la tierra de donde salieron, aún vivirá Zorrilla y sus
-canciones andarán en boca de los hombres.
-
-Mas, á todo esto, todavía no he preguntado al poeta que me ocupa en qué
-ideales se inspira. Es extraño, muy extraño; mucho más extraño
-tratándose de un sujeto que lleva varios años de socio del Ateneo.
-
-Iba á remediar mi falta, cuando me interrumpe una salva de bravos y
-palmadas. Los sabios aplauden desaforadamente _La siesta_. Mas ahora
-corresponde preguntar: ¿Cuál es el ideal de _La siesta_?
-
-Opino como Zorrilla: dormirla con Rosa.
-
- EPÍLOGO
-
-Alguna vez le he vuelto á encontrar en las calles de Madrid, triste,
-cabizbajo y acompañado de López Bago.
-
-El genio, vaya ó no vaya acompañado de López Bago, es digno de respeto.
-
-Por eso yo, aunque lleve la derecha, me apresuro á dejarle la acera.
-
-[Illustration]
-
-[Illustration]
-
-
-
-
-D. RAMÓN CAMPOAMOR
-
-
-[Illustration: P]ARA comprender bien la fisonomía poética de Campoamor
-es necesario pertenecer por entero, con alma, vida y corazón, á la época
-presente. El Sr. Campoamor es un poeta de la edad presente. No hay más
-que considerar un instante sus patillas para convencerse de ello. Hace
-algunas noches le oía leer uno de sus bellísimos poemas, _El amor y el
-río Piedra_. Y al escuchar las aventuras de aquellos enamorados
-desertores que van dejando en las grutas, en los céspedes y en las
-zarzas del río Piedra sus risueñas ilusiones, el autor se me
-representaba de improviso bajo una forma semejante. También él es un
-desertor, un desertor de la fe, que marcha por la vida río abajo, río
-abajo, también dejando entre los zarzales jirones de sus creencias. Y al
-dejarlas se detiene un punto para lanzar sobre ellas una mirada triste;
-suelta una lágrima, escribe una dolora, se echa á reir y sigue su
-camino. Y con él vamos todos, todos, casi todos (como él diría), y
-también soltamos lágrimas y carcajadas, pero no soltamos doloras para no
-descalabrar á nuestros semejantes. Pero río abajo, río abajo, se va á
-parar al escepticismo, dirán ustedes.--Tal vez.--¿Y entonces?--Entonces
-¿qué?...--Nada.
-
-Campoamor no tiene padre. Menos afortunado en esto que D. José Zorrilla,
-el cual es hijo legítimo de un ruiseñor, según ha tenido la bondad de
-revelarnos últimamente, nuestro poeta es un pobre huérfano dentro de la
-literatura patria. Fuera de ella quizá tenga algún pariente cercano,
-pero que no merece por ningún concepto el nombre de padre. En el mundo
-de la poesía lírica no está mal mirado el que no tiene padre conocido.
-Es un mundo democrático, donde cada cual es hijo de sus versos y donde
-conviene mucho que éstos se parezcan lo menos posible á los de los
-demás, aun cuando no acaben de hacerse cargo por completo de ello el
-Marqués de Molíns, el Conde de Cheste, el Marqués de Valmar y otros
-próceres del Reino.
-
-En cambio, vean ustedes; en el mundo de la poesía dramática no acaece ya
-lo mismo. El poeta dramático puede y debe tener presente para orientarse
-en sus concepciones la tradición del teatro nacional, porque el poeta
-aquí no va á expresar exclusivamente sus sentimientos, sino también los
-del público. Así es el mundo, ó mejor dicho, así son los mundos.
-
-Como no tiene padre, nuestro poeta ha gozado de una libertad envidiable
-desde sus primeros años, enderezando sus pasos á donde bien le plugo,
-unas veces exhalando gemidos y vertiendo lágrimas en compañía de la musa
-romántica, otras retozando alegremente con la clásica. Mas no es
-hacedero pasar en esta existencia, que no llamaré mísera porque ya lo
-han hecho antes algunos ilustres escritores, entre ellos Pérez Escrich,
-de la risa á las lágrimas y de las lágrimas á la risa sin llegar á una
-conclusión. Justamente á esta conclusión ha llegado nuestro poeta. Y la
-conclusión es la siguiente.
-
-Las lágrimas y la risa no son otra cosa que manifestaciones concretas
-del estado particular del pensamiento en cada momento. La risa expresa
-la alegría, como el llanto la tristeza. Mas he aquí que el pensamiento
-consigue sobreponerse á estos medios de expresión congénitos á nuestra
-naturaleza, y se eleva á una región serena y en cierta medida
-indiferente, á donde llegan confundidos y revueltos los suspiros y las
-risas. Entonces el pensamiento, tal vez sin darse cuenta de ello, si se
-ve triste toma para salir á la calle la risa, máscara de la alegría; si
-se encuentra alegre, el llanto, vestidura del dolor.
-
-No es esto lo corriente, debo confesarlo; pero alguna vez acontece, y
-cuando acontece, al que de tal modo quebranta el orden establecido para
-la emisión del pensamiento, se le llama _humorista_, aunque la palabra
-no haya recibido todavía carta de naturaleza en nuestro idioma.
-_Humorista_, sin embargo, no es únicamente el que pone en contradicción
-su pensamiento con sus palabras, pues esta contradicción se observa en
-cualquier escritor satírico, sino más bien el que pone en contradicción
-su pensamiento con el pensamiento universal. El escritor que sólo aspire
-á producir un efecto cómico, no llegará jamás á este punto. Es necesario
-poseer un alma superior y lúcida, que aprecie las cosas de este mundo en
-su verdadero tamaño y no en el que se ofrecen á los ojos del vulgo. El
-_humorismo_ es un soplo delicado que se esparce por todos los
-pensamientos del escritor, suavizando su aspereza, refrenando sus
-tendencias á lo absoluto y tiñéndolos todos con el color de lo relativo.
-Es algo que nos emancipa y nos liberta de la bajeza de esta vida,
-colocándonos en un sitio elevado é inexpugnable. El _humorista_ ríe;
-pero bien sabemos todos que su risa no durará mucho, y que sus lágrimas
-se encuentran siempre apercibidas á salir. En este mundo no todo inspira
-risa. El _humorista_ llora; mas si aplicamos el oído, no tardaremos en
-percibir cómo se une al coro de gemidos una nota risueña y bulliciosa.
-En este mundo no todo arranca lágrimas. El _humorista_ ridiculiza los
-actos y las personas, pero su sátira no lleva veneno, y por eso no mata,
-antes vivifica. Cervantes, el más grande de los _humoristas_,
-ridiculizando en un personaje la desmedida afición á las aventuras
-caballerescas, no ha podido menos de hacerlo amable á todos los
-corazones sensibles. El espíritu del verdadero humorista se halla
-dotado, en fin, de una tolerancia inagotable para con los defectos de la
-humanidad. Los considera como una herencia que no es posible repudiar,
-y dirige sus ataques más al defecto en general que á los defectos.
-
-Pues bien, señores; tengo el honor de presentar á ustedes un poeta
-_humorístico_. Mírenlo ustedes bien, porque en España no hay más que
-este ejemplar. Y aun éste ha llegado un poco tarde á rendir parias á esa
-musa pálida y nerviosa que acarició á Byron, á Heine y á Musset. Después
-de malgastar los bríos de su juventud en estériles devaneos con otras
-musas y más tarde en licenciosas bacanales filosóficas, es natural que
-al entregarse á ésta se hallase un tanto debilitado y maltrecho. No le
-dedica como Musset y Heine las primicias de su fantasía, sino los
-últimos resplandores. Por eso las poesías de Campoamor no tienen la
-frescura y espontaneidad que tanto encarecen y abrillantan las de
-aquéllos. Acá para nosotros; yo creo que el Sr. Campoamor tiene
-demasiada metafísica entre pecho y espalda. Nada más funesto para los
-órganos vocales que la metafísica. Estoy seguro de que los catarros del
-señor Campoamor no proceden de otra cosa. Sin embargo, el Sr. Campoamor
-lo ha advertido, si no á tiempo, con bastante oportunidad al menos. Yo
-le he visto apostrofando á la metafísica cual si tuviese la calavera de
-Yorik en la mano; y como Hamlet arrojarla diciendo: «¡qué olor tan
-fétido, puf!»
-
-Efectivamente, Sr. Campoamor, hay muchas cosas en el cielo y en la
-tierra que no conocen ni Orti y Lara ni Aristóteles; y ha obrado usted
-muy cuerdamente poniendo cada día mayor distancia entre sus poesías y
-_Lo absoluto_. Pero aquella sucia calavera dejóle algunas telarañas en
-los dedos y fué necesario que usted se bañase en el Jordán cristalino de
-los _Pequeños poemas_ para arrojarlas de sí enteramente.
-
-Vamos á otra cosa. En la poesía del Sr. Campoamor se observa un
-desequilibrio notable entre el pensamiento y la forma. Aquél es el
-tirano que se impone con maneras tan descorteses, tan despóticas en
-ocasiones, que la mísera forma corre á ocultarse por los rincones de la
-prosa, reduciéndose de buena voluntad al menor tamaño y apariencia
-posibles. Pero de estas y otras cosas no doy culpa ninguna al Sr.
-Campoamor. Hemos convenido en que pasaron los tiempos ominosos de las
-formas. Los escultores achacan la decadencia de su arte á los excesos
-del pensamiento, que favorecen el desarrollo de la cabeza destruyendo al
-propio tiempo la armonía corporal que el arte reclama, y yo no estoy muy
-lejos de creerlo así. La facultad del alma que hoy alcanza más éxito
-entre la buena sociedad es el entendimiento. Sentiría mucho, no
-obstante, que se viese en estas palabras una alusión directa ó indirecta
-al Sr. Grilo ni tampoco al Sr. Blasco.
-
-En el cerebro de los hombres de este siglo, las ideas se codean, chocan,
-se atropellan, quieren salir todas á un tiempo, cual si estuviesen en el
-Ateneo en el momento de pedir la palabra el Sr. Perier, y, es claro, no
-hay manera de que salgan con la debida compostura. Fuerza es
-confesarlo; el siglo va echando demasiada cabeza, si bien me complazco
-en reconocer que dentro del siglo hay algunas cosas que, aunque no
-tienen pies, tampoco tienen cabeza. ¿Necesitaré repetir que no hay en
-mis palabras ninguna alusión concreta?
-
-La forma huye, pues, del siglo en que vivimos, y es lo peor de todo, que
-en la poesía no puede sustituirse por el algodón y la goma como en otras
-esferas de la vida individual. Ya no les queda á los desdichados hijos
-de esta época más que fondo, y todavía á muchos de ellos les niega la
-suerte este último consuelo. Pero no se lo ha negado al Sr. Campoamor.
-El Sr. Campoamor es el poeta más sustancioso que poseemos; tal vez el
-único que pudiera sufrir una traducción en prosa á cualquier lengua
-extranjera. Y aun cuando no es opinión mía que deba someterse al poeta á
-prueba tan terrible, porque hay en la poesía un algo sutil, vagoroso y
-tenue que se evapora y desvanece así que se quiebra la estrofa en que se
-guarda, debemos confesar que da señales manifiestas de robustez y brío
-la que sabe resistir á esa brutal profanación. Si no aconteciese de esta
-suerte en otros varios casos, no es del todo seguro que la mayoría de
-los españoles leyesen los poemas de Byron y de Goethe.
-
-Porque ha querido hablar de las cosas del cielo con el lenguaje de la
-tierra, los dioses indignados vertieron sobre los poemas de Campoamor el
-veneno de la monotonía, de esa monotonía que en los alejandrinos
-franceses hace tan desastrosa competencia al opio. El desdén soberano
-con que Campoamor arroja á los pies de los dioses la octava sonora, la
-quintilla chispeante, la décima coqueta y el romance cadencioso,
-quedándose tranquilo con su pobre pero honrada _silva_, es un rasgo de
-audacia y estoicismo que me seduce. Sin embargo, guárdense nuestros
-vates de imitar un acto de heroísmo semejante, pues si los dioses por
-capricho perdonan á uno de estos temerarios, cuando algún otro intenta
-repetir el sacrilegio, no dejan de confundirlo con ejemplar castigo.
-Verbi y gracia: días atrás he visto los _pequeños poemas_ de un joven
-vate, formando un elegante tomo con hermosa cubierta á dos tintas, que
-hacinados miserable é irrespetuosamente en un cesto, se vendían en la
-Puerta del Sol á medio real. ¡Qué terrible enseñanza para los jóvenes
-poetas!
-
-La sencillez de Campoamor es proverbial, y porque es proverbial puedo
-excusarme de hablar de ella. Tan sólo quiero que ustedes me den su
-opinión sobre el siguiente caso.
-
-Más de una vez me ha acontecido el pararme en los pasillos de un teatro
-ó en la puerta de un salón de baile á inspeccionar seriamente la entrada
-de las bellas. ¡Qué joven no tiene en su vida alguno de estos rasgos de
-talento! Otros jóvenes, dando pruebas del mismo ingenio, no tardan en
-colocarse á mi lado en alineación derecha, quizá con idéntico objeto, y
-presto se forma una apretada fila de cuellos á la marinera y corazones
-predispuestos á la admiración. Las bellas pasando por delante de la
-noble fila con los ojos bajos y el rubor en las mejillas esperando
-humildemente el fallo de aquellos cuellos soberanos. Y á cada nueva
-belleza que entra abrochándose los guantes, se alza del seno de la fila
-un himno de murmullos y de muecas que va derecho al trono del Altísimo á
-felicitarle por sus últimas producciones. Mas, no cabe duda, cuando la
-fila se siente verdaderamente alarmada y herida en lo más íntimo, es
-cuando pasa Melita. ¡Melita es tan linda!... ¡Tiene unos ojos!... ¡Y
-unos labios!... ¡Va siempre tan sencilla!... Y sobre todo, eso de no
-pintarse poco ni mucho es un rasgo que la coloca á la altura de Lucrecia
-y de la madre de los Gracos en opinión de la muy alta y poderosa fila.
-Por eso aquellos esforzados jóvenes se sienten acometidos de la
-imperiosa necesidad de producir en su garganta algunos gruñidos muy
-lisonjeros, sin duda alguna, para Melita.
-
-Esto mismo se ha repetido en distintas ocasiones, y cuantas veces se ha
-repetido, otras tantas he visto á Melita tan linda y tan risueña, y
-otras tantas su acrisolada y nunca desmentida sencillez ha pesado de un
-modo decisivo en la opinión.
-
-Ahora pregunto yo: ¿Tendrá algo que ver la sencillez de Campoamor con la
-de Melita?
-
-
- LAS DOLORAS
-
-_Pregunta._ ¿Qué son doloras?
-
-_Respuesta._ Unas composiciones breves, ingeniosas y muy desengañadas,
-que revolotean sin cesar desde la poesía á la prosa y desde la prosa á
-la poesía, donde se expresa un pensamiento que el Sr. Rayón y algunos
-otros distinguidos críticos, entre los cuales se cuenta el Sr. Rayón, no
-dudan en calificar de filosófico.
-
-_P._ ¿Es ésta, por ventura, la definición aceptada y seguida en las
-escuelas?
-
-_R._ No señor. En este punto, como en algunos otros, no todos los sabios
-estamos de acuerdo. El señor Marqués de Molíns «tiene para sí que tales
-poesías, sencillas como la anacreóntica, ligeras como el madrigal,
-picantes como el epigrama, no están empapadas en el vino de los
-banquetes como la anacreóntica, ni perfumadas de tomillo y mejorana como
-el madrigal, ni salpimentadas de mostaza como el epigrama; pero que
-conmueven como la oda, describen como el idilio y corrigen como la
-sátira». No me es posible, sin embargo, acostarme á la opinión de este
-varón eminente.
-
-_P._ Y el nombre de doloras ¿de dónde lo hubieron?
-
-_R._ El Sr. Conde de Revillagigedo, con esa perspicacia que caracteriza
-á los condes, supone que tuvo origen en algún misterio del corazón. Y
-efectivamente, nadie puede dudar de que los corazones son muy capaces de
-encerrar misterios. Pero ¿tenemos acaso derecho á introducirnos en su
-vida privada?
-
-P. Mas dejando á un lado al Sr. Conde de Revillagigedo, pues no es bueno
-en este instante discutir las grandezas de la tierra, ¿cuál es vuestra
-opinión (entendiendo que os pido la mejor que tengáis) sobre las doloras
-de Campoamor?
-
-_R._ No sólo os daré mi opinión, sino también la de mi familia, en el
-caso de que os fuese de alguna utilidad. Las doloras, aunque un poco
-dadas á la metafísica, son unas composiciones muy bellas, elegantes y
-discretas. Predomina en ellas la imaginación sobre el sentimiento, y
-esto es precisamente lo que las aparta de los _lieder_ alemanes, con los
-cuales guardan más de un parecido. Son picarescas, llenas de gracia y
-donaire y nos dicen más á veces con una mueca, que el Sr. Perier con un
-discurso. Ríen mucho y lloran alguna que otra vez. La gente ha dado en
-decir que tienen poco corazón.
-
-_P._ ¿Por qué habéis dicho de ellas que son muy desengañadas?
-
-_R._ Porque no he querido llamarlas escépticas. No se dirá jamás que yo
-he sido grosero con las damas. Y si paramos mientes en este asunto, aún
-se verá claramente que existen razones para adoptar un adjetivo y
-desechar el otro. Cuando leo las doloras, sin poderlo remediar me
-acuerdo de ciertas preciosas jóvenes que después de dos ó tres
-acometidas infructuosas de matrimonio se deciden á tener ojeras y á
-estar distraídas cuando se las habla, plegando sus labios húmedos y
-rojos con una sonrisa irónica, y paseando su belleza por teatros y
-salones con la misma unción que si mostrasen las tablas de la ley al
-pueblo israelita. Aquellas jóvenes no son escépticas; sienten la
-belleza, sienten la religión, sienten el arte y sienten el matrimonio.
-Pero están desengañadas.
-
-_P._ ¿Qué tenéis que decir sobre su moralidad?
-
-_R._ Dirigíos, si tenéis empeño en saberlo, al cura de la parroquia.
-
-_P._ ¿Y qué opináis del comentario que el Sr. Rayón va poniendo á cada
-una de las doloras?
-
-_R._ Bien echo de ver, por la pregunta, que no habéis visto jamás unas
-láminas que suelen traer los libros de cirugía, donde aparece primero el
-rostro hechicero y virginal de una niña, y en la página siguiente este
-mismo rostro despojado de la piel.
-
-_P._ ¿Por qué decís que revolotean sin cesar desde la poesía á la prosa
-y desde la prosa á la poesía?
-
-_R._ Porque en algunas de ellas el pensamiento es tan poético, que
-merece una expresión más pura y armoniosa que la que el Sr. Campoamor le
-presta, y en otras tan prosaico, que no hay razón para lanzarlo á los
-espacios de la poesía en alas de la versificación, cuando debiera
-discurrir á pie por la tierra como el vulgo de los mortales. Muy lejos
-de mí la idea de dividir las palabras en legales é ilegales, cual si
-fuesen partidos de oposición. Si hubo un tiempo en que multitud de
-vocablos no podían tener acceso á la vida del arte, hoy por fortuna el
-cuarto estado del diccionario ha roto sus cadenas, y en la más
-encopetada poesía se tropieza sin sorpresa con palabras de un origen muy
-humilde. Mas con ser esto tan cierto como justo, no os daréis por
-ofendido si opino que, cuando en la mente del escritor se presenta un
-pensamiento lúcido y como si dijéramos de sangre azul, el escritor se
-encuentra en la imprescindible obligación de procurarle el traje que
-conviene á su rango, al paso que cuando llama á su puerta un pobre
-diablo lleno de harapos y greñas, la caridad no le ordena más que
-alargarle un plato de potaje para remediar su hambre.
-
-_P._ ¿Y creéis que las doloras llegarán á formar un género literario?
-
-_R._ No, padre.
-
-_P._ ¿Y en qué os fundáis?
-
-_R._ En que el carácter de las doloras no está determinado por su forma,
-sino por su fondo. Ahora bien; el fondo de las doloras es el mismo
-talento poético del Sr. Campoamor. ¿Creéis que un talento tan original
-tendrá muchos hermanos?
-
-_P._ ¿Cuáles son las mejores á vuestro juicio?
-
-_R._ Aunque son muchas las que me gustan, en general considero
-superiores las comprendidas en la cuarta parte, no sé si por su belleza
-intrínseca, ó por la aureola que las presta el no llevar comentario de
-Rayón.
-
- EL DRAMA UNIVERSAL
-
-No tengo predilección por el poema simbólico ó fantástico. Algo parecido
-me pasa con las ostras. Las como cuando se presenta la ocasión, es decir
-cuando me las ofrecen; pero yo no las pido jamás. Mas no por eso dejo
-de comprender la afición á los poemas simbólicos. Es una afición tan
-plausible por lo menos como la de las ostras. Mi espíritu, abierto á
-todos los mariscos y á todos los poemas, sabrá, ya que la vez se
-presenta, tributar los honores debidos al _Drama universal_.
-
-Allá en otro tiempo, sin embargo, sentía yo verdadera pasión por las
-ostras. Mas he aquí que un amigo escribe un poema simbólico, y lo que es
-aún más generoso por su parte, se decide á leérmelo. Bien sabe Dios que
-jamás he exigido á ningún amigo que me lea un poema simbólico. Comprendo
-que la amistad tiene sus límites, y por eso si él no se ofreciese
-espontáneamente á leérmelo, nunca me hubiera aventurado á pedírselo. Me
-llevó á su casa, me regaló el paladar con unas ostras y me leyó su poema
-simbólico. Por la noche soñé unas cosas espantosas. Un mar embravecido,
-negro como la tinta, arrojaba á la orilla donde yo estaba una cantidad
-de ostras que iba en aumento de un modo prodigioso. La playa se hallaba
-cubierta enteramente por ostras que destilaban fríamente su licor
-viscoso y nauseabundo. Yo trataba de huir á toda prisa, pero en vano,
-porque á cada paso aquel maldito licor me hacía resbalar. ¡Qué angustia!
-El mar seguía rugiendo y arrojando ostras y ostras. Parecía que se
-habían dado cita en aquella playa las ostras de las cinco partes del
-mundo. Por último desperté, y noté que me dolía la cabeza. Después, creo
-que me hicieron tomar algunas limonadas purgantes y un océano de caldo.
-Cuando salí de la cama, al cabo de varios días, había perdido casi todas
-mis ilusiones sobre las ostras y los poemas simbólicos.
-
-Mas echo de ver que estoy poniendo una singular introducción al juicio
-crítico de El drama universal. ¡En vez de disertar ampliamente sobre los
-orígenes y vicisitudes del poema simbólico al través de las edades, me
-entretengo en hablar frívolamente de una indigestión de ostras! Me están
-hormigueando por el cuerpo unos deseos terribles de mostrar al
-respetable público que si me empeño soy capaz de ofrecerle una erudita
-introducción fraguada con todas las reglas del arte. Todo parece
-invitarme á ello. La hora; el sitio--que es la biblioteca del Ateneo de
-Madrid;--el ruido ameno de los pasillos; todo me dice con elocuencia que
-puedo escribirla impunemente. Enfrente de mí, detrás de los cristales de
-un armario, percibo los lomos verdes, rojos ó grises de los libros
-mejores para el caso. Allá veo uno que dice con caracteres de oro:
-_Schlegel_.--_Histoire de la litterature ancienne et moderne_; más allá
-otro que dice: _Hallam._--_Introduction to the literature of Europe in
-the fifteenth sixteenth and seventeenth centuries_; más allá:
-_Leveque.--La science du beau_; y á este tenor otras muchas obras
-monumentales y sublimes que llevan en sus entrañas ricos veneros de
-citas. ¡Cómo me miran las taimadas!--«Anda, ven acá, parecen decirme,
-ábrenos y verás cuántos medios hay en el mundo de darse tono. Si tienes
-la digestión rápida, como decía Schiller, verás cuán fácilmente te
-convertimos en sabio.»
-
-Es una fuerte tentación, pero sabré resistirla. Para algo me ha dado
-Dios esta inflexibilidad de criterio que tanto perjudicaba á mi nodriza
-en los primeros meses de mi vida.
-
-Voy, pues, á expresar sin una sola cita y con las menos palabras
-posibles (pues hace demasiado calor en la biblioteca del Ateneo de
-Madrid) mi humilde, pero lisa y llana opinión sobre _El drama
-universal_.
-
-No sé, ni me importa saber, lo que se ha propuesto el Sr. Campoamor al
-escribir _El drama universal_. Probablemente sería (lo saco por el
-título) una cosa enorme y grandiosa. Y antes de pasar más adelante, me
-conviene indicar que las obras artísticas más trascendentales conocidas
-hasta el día, no son precisamente aquellas en que el artista vió al
-escribirlas su trascendencia; antes me figuro que tales obras son
-trascendentales sin que el mismo artista lo sospeche. Véanse, por
-ejemplo, el _Quijote_ de Cervantes, el _Hamlet_ de Shakspeare, _Edipo en
-Colona_ de Sófocles, y tantas otras en que la poderosa intuición, y
-todavía pudiera decir el instinto del escritor, ha llegado sin quererlo
-á los parajes más recónditos de la filosofía.
-
-Entrando por el poema del Sr. Campoamor, observo que juegan en él
-pasiones humanas. El Sr. Campoamor fué muy dueño de encarnar estas
-pasiones humanas en seres fantásticos, pero yo también lo soy de
-preferir que las hubiese encarnado en seres humanos. El amor es el
-asunto del poema. El señor Campoamor fué muy dueño de dividir el amor en
-tres categorías: el amor terrenal, representado por Honorio; el amor
-ideal, representado por Soledad, y el amor divino, representado por
-Jesús el Mago; pero yo también lo soy de pensar que no existe más que
-uno. Y porque no existe más que uno, el personaje que lo encarna,
-Honorio, es el único que interesa y conmueve en el poema. Porque el amor
-de Honorio no es el amor sensual, sino amor humano, esto es, amor que
-participa á la vez del orden físico y del moral, amor que se mueve
-dentro de nuestra peculiar esfera. Por eso no hallo bien que el Sr.
-Campoamor oponga á este amor, que es el verdadero, el amor de Soledad,
-que es una abstracción. Las abstracciones, que generalmente vienen del
-Norte, son frías como las escocesas y las rusas, y cuando ponen el pie
-en un poema simbólico, casi siempre es para echarlo á perder. Soledad,
-como ser abstracto, no consigue interesar á nadie. El amor purísimo y
-castísimo que profesa á Palaciano parece copiado de un libro de misa. En
-cuanto á Jesús el Mago, á pesar de sus apariciones y desapariciones, á
-la hora en que escribo estas líneas no sé todavía á punto fijo qué papel
-juega en el poema.
-
-El problema de la lucha del espíritu y la materia, que es el fondo
-metafísico de _El drama universal_, tiene poco de poético planteado en
-la forma simbólica que lo ha hecho el Sr. Campoamor. Por regla general,
-los problemas se aburren mucho dentro de las obras de arte y están
-siempre como forasteros. Parecen á esos ingleses lacios y fatigados que
-recorren nuestras ciudades del Mediodía en busca de un rayo de sol para
-calentar su helado corazón. ¿Y _Fausto_? me dirán ustedes. En primer
-lugar, _Fausto_ es la obra gigantesca de uno de los más grandes poetas
-que registra la historia del Arte. Después (dicho sea esto con perdón de
-mi muy querido é ilustre amigo Urbano González Serrano), la metafísica
-de la segunda parte de _Fausto_ me seduce mucho menos que el drama de la
-primera. ¡Ay! á este tenor, ¡cuántas veces me gusta más la criada que me
-abre la puerta de alguna casa, que su señorita!
-
-Mas si dejamos á un lado (al que ustedes quieran; lo mismo me da uno que
-otro) la trascendencia del _Drama universal_, y pasamos á considerar lo
-que ante todo debe considerarse en un poema, esto es, su poesía, ¡con
-cuánto placer echara mi pluma á caza de frases lisonjeras! Aparte de la
-monotonía que engendra el cuarteto, aun más monótono que la octava, no
-conozco otra obra en la moderna literatura española que la aventaje en
-riqueza de imágenes, en brillantez y en colorido. Hay en el fondo de
-ella depositado oro bastante para dorar muchos poemas, y todos sus
-cuartetos por lo elegantes y sustanciosos semejan estuches diminutos
-donde se guarda siempre una joya. Pero ustedes saben muy bien que yo no
-puedo seguir á caza de frases lisonjeras, sin inferir una ofensa más ó
-menos grave á
-
-
- LOS PEQUEÑOS POEMAS
-
-Río abajo, río abajo, no se va á parar al escepticismo. Si alguno dijera
-lo contrario, aunque fuese el mismo autor de este artículo, mi opinión
-es que no se le debe hacer caso. Río abajo, río abajo, podrá ir á parar
-al escepticismo el autor de este artículo, que es hombre vulgar, para
-quien las cosas se gastan pronto y pronto decaen, cuando lo que se gasta
-y decae en realidad es su imaginación. El autor de este artículo podrá
-muy bien dentro de algunos años ver el mundo al través de mil prosaicos
-desengaños y de su propia fatiga; podrá renegar de las flores, las
-mujeres y las lágrimas, declarándose ciego partidario de los
-calzoncillos ingleses y de los discursos de Perier. Pero ¿quién puede
-tomar como ejemplo en asuntos tan elevados y espirituales al frívolo
-cuanto insignificante autor de este artículo?
-
-Tal vez me haya excedido un poco en los cargos que dirijo al autor de
-este artículo. Si es así, declaro que no ha sido mi ánimo, ni lo será
-jamás, inferirle el más pequeño agravio.
-
-El Sr. Campoamor, como todos los hombres de espíritu verdaderamente
-poético, no envejece. El espectáculo que le rodea no le agita, pero le
-impresiona como en sus mejores años. Yo opino que aún mejor que en sus
-primeros años. ¡Oh! ¡quién llegara á su edad con una imaginación viva y
-fresca para recibir las bellezas infinitas de lo creado! ¡Pues qué!
-dentro de treinta años, la brisa que venga de bosque en bosque á
-murmurar á nuestro oído, ¿será por ventura menos tibia y traerá menos
-perfumes? La ola lejana del mar, bañada por la luz del mediodía, ¿será
-menos brillante y azul? Las aguas de los ríos ¿correrán al través de las
-sombras vacilantes de la noche con menos calma y majestad hacia el
-Océano? ¿Las flores soltarán, fatigadas de vivir, sus pétalos, allá en
-la tarde, con menos dulzura y silencio? Y aquellos picos siempre
-nevados, que se columbran desde el balcón de mi casa, ¿serán menos
-hermosos cuando el sol les dirija su última mirada?
-
-¡Ay! mucho lo temo. Por eso siento ya una envidia anticipada hacia el
-Sr. Campoamor. _Los pequeños poemas_ son la poesía del ocaso; pero ¡qué
-ocaso tan espléndido! Ese sol, como el de su país y el mío, se pone más
-hermoso aún que se levanta. ¡Qué luz tan suave, qué ternura y qué
-melancolía tienen los últimos poemas de Campoamor! Al hundirse en los
-espacios insondables, ese sol no corre ansioso soñando dichas imposibles
-allá en otras esferas: baja lentamente, mirando con tristeza hacia la
-tierra y acariciando dulcemente sus recuerdos. En su carrera ha habido
-nubes que le empañaron y ofuscaron, pero ya no se acuerda. Ya no se
-acuerda sino de aquellos pedazos de cielo azul desde donde contemplaba
-extasiado las flores que crecen por la tierra.
-
-La fantasía del poeta llega á comprender, después de haber discurrido
-por el mundo de los sueños y de las verdades, que muchas cosas le
-calentaron sin razón y otras le enfriaron sin motivo. Los jóvenes se
-arrojan ansiosos sobre aquellos objetos que más se destacan y brillan, y
-abandonan por insignificantes é indignos otros más pobres y modestos.
-Así podemos observarlo en las obras de la escuela romántica.
-
-_Los pequeños poemas_ han venido á demostrar cuánta sinrazón hay en
-ello. Con una ironía dulce, con una sensibilidad tierna, con una
-fantasía sana y equilibrada, Campoamor va recogiendo del suelo aquellas
-florecitas que no han conseguido fijar nuestra atención ni detener
-nuestro paso. Poco á poco forma con ellas un ramo, y al enseñárnoslo nos
-estremece de placer y remordimiento. Aquí es una pobre joven que viaja
-en un tren expreso, herida mortalmente de un desengaño de amor. Allá es
-una novia que enrojece y tiembla y medita á la vista de un nido. Más
-allá es una pobre niña que espera á todas horas una carta que no viene.
-En todas partes lo humilde, lo pequeño; jamás lo brillante y elevado.
-Pero lo humilde surge al reclamo del poeta con proporciones grandiosas,
-y llega á fascinarnos como lo más soberbio. Por eso ahora, si veo á una
-niña que contempla un nido, me detengo, cual si creyera escuchar la
-turba de inefables pensamientos que cruzan aleteando por aquella
-cabecita blonda. Cuando miro al cartero penetrar en una casa, me digo
-siempre: ¡quién sabe si llevará un nuevo desengaño á Dorotea! Cuando
-viajo en tren expreso, vislumbro por el cristal de la ventana mil
-negruras y fantasmas que antes no percibía. Y si en el fondo del
-carruaje veo reclinada una joven rubia «digna de ser morena y
-sevillana», siento punzantes deseos de preguntarle su triste historia, y
-de envolver sus lindos pies con mi manta zamorana.
-
-Así es el Arte. El poeta añade cada día nuevos mundos al que Dios ha
-sacado de la nada.
-
-[Illustration]
-
-[Illustration]
-
-
-
-
-D. ANTONIO F. GRILO
-
-
-[Illustration: C]ADA vez que tomo la pluma para escribir la semblanza de
-un grande hombre, me asalta el temor, que me turba y desazona, de no ser
-bastante respetuoso con él. Hoy, como nunca, esta terrible duda se
-presenta negra y honda en mi espíritu. He arrojado una mirada previa al
-fondo de mi conciencia, y no he visto en ella depositado bastante
-respeto para trazar esta semblanza. En vano acudo á mil oscuros
-expedientes para estimularlo y acrecerlo. En vano me represento al Sr.
-Grilo con el laúd entre las manos y los ojos puestos en el cielo,
-lanzando á los aires su melodioso cántico al pie de las columnas de _La
-Ilustración Española y Americana_. En vano recuerdo haber oído de los
-autorizados labios de mi prima que Grilo «hace unos versos muy bonitos».
-En vano quiero figurármelo en pie, detrás de una mesa, lealmente
-acompañado de un vaso de agua azucarada, dirigiendo sus versos á un
-senado ilustre, circundado por esa aureola que presta al poeta una
-hermosa voz de bajo cantante. Nada; por más que hago no consigo
-confiarme en mi respeto, y tiemblo pensando que puede faltarme á lo
-mejor.
-
-Esta duda me incita á mirar hacia atrás en mi vida literaria. Considero
-que esta vida se ha deslizado dulcemente hasta ahora escribiendo
-despropósitos á propósito de oradores, novelistas y poetas,
-ensalzándolos ó despreciándolos al sabor de mi pluma desbocada, y
-comienzo á sentir desasosiego en la conciencia. Creo ya que es necesario
-corregirme por medio de la pena; que es fuerza atemperar mis ímpetus
-procaces con saludable escarmiento. Yo mismo quiero entregar mi cuello
-al hacha justiciera para borrar los yerros de mi nefanda crítica.
-
-Sabed, señores todos, los que visteis vuestros sagrados versos ó
-inmaculada prosa en los torpes renglones de este crítico, que este
-crítico acaba de cometer un drama. Y no sólo lo ha cometido, sino que,
-sin leérselo previamente á nadie, pues se dice partidario del antiguo
-precepto de Manú «no leas dramas al prójimo para que el prójimo no te
-los lea á ti», ha tenido la perfidia de presentarlo en el teatro Español
-sin conocimiento de los Sres. Retes y Echevarría.
-
-Ha sonado, pues, la hora de la reparación. El crítico quiere daros la
-batalla en vuestro propio terreno y debéis acudir á él provistos de
-vuestras sonrisas más concluyentes y de vuestras toses más demoledoras.
-Como adversario leal, debo, sin embargo, advertiros de las fuerzas con
-que cuento para la lucha, puesto que no es mi ánimo armaros asechanzas.
-En primer lugar no debo ocultaros que el drama es bueno. Después de esta
-sincera y espontánea declaración que acabo de hacer, sin que para ello
-se haya ejercido sobre mí presión de ningún género, considero que ya no
-dudaréis ni por un instante de mi lealtad.
-
-Á más de esto, para contrarrestar y resistir el ataque de _los morales_,
-esto es, de Pérez Escrich, Sánchez de Castro, Herranz, Frontaura, etc.,
-cuyas fuerzas no puedo desconocer, os diré que cuento con el apoyo tan
-ferviente como valioso de los autores de obras en un acto. Es una
-falange de jóvenes llenos de talento y de fe en el empresario. Podrán
-causar á mis enemigos mucho daño.
-
-Paso por alto algún otro detalle de mis fuerzas, porque quiero llegar
-cuanto más antes á lo principal. Señores, aquello en que después de Dios
-tengo puestas todas mis esperanzas para la salvación y éxito dichoso de
-mi drama, son unas veinticuatro décimas de esas llamadas calderonianas,
-que el protagonista debe decir al punto de atravesar con su espada al
-único tío materno que le resta. No puede darse nada más enmarañado y
-perfecto que estas décimas. Mucho dudo que podáis resistir á su ímpetu
-salvaje. Si fiáis en vuestro esfuerzo y no os duele una derrota, acudid
-á la cita que os demando, pues me propongo confundiros y correros,
-dejándoos con las bocas «abiertas al negro espacio», como los grifos de
-Echegaray.
-
-En tanto que la clepsidra tiene en suspenso el instante de mi triunfo,
-me permitiréis, señores, que dedique algunas líneas al Sr. Grilo.
-
-En el Sr. Grilo existen dos naturalezas: una, la del poeta; otra, la del
-pensador. La índole y carácter de este artículo no me consienten, como
-fuera mi gusto, estudiar por igual estos dos aspectos diversos del mismo
-ingenio, sino que necesito separar por abstracción la naturaleza del
-poeta de la del pensador y atenerme únicamente á una de ellas, que será
-la primera. Por lo cual consideraré, en este mi artículo, las
-composiciones del Sr. Grilo como si se hallasen desprovistas enteramente
-de pensamiento, aplazando para otra ocasión el estudio minucioso de su
-contenido.
-
-Y empezando el examen del poeta, nos corresponde preguntar: ¿qué nuevos
-elementos aporta el señor Grilo á la obra del arte nacional? En la
-respuesta á esta pregunta debe ir envuelta sin remedio la definición
-breve y precisa del carácter del poeta, porque aquello en que los poetas
-discrepan y se apartan de los que les han precedido, esto es, lo que hay
-en ellos de nuevo y peregrino, es lo que señala y determina su carácter
-artístico. Á mi juicio, la ventaja principal de que nuestra poesía es
-deudora al Sr. Grilo consiste en el empleo más amplio y comprensivo que
-hasta aquí se ha hecho nunca de las piedras preciosas como elemento
-poético. Nadie puede desconocer la importancia que las piedras
-preciosas tienen dentro de la literatura, sobre todo como términos de
-comparación. En nuestros clásicos se encuentran alguna vez empleadas con
-bastante acierto, aunque siempre tímidamente. Las piedras de que se
-valen suelen ser por regla general las más comunes y conocidas; el
-brillante, el rubí, la esmeralda, el topacio y pocas más. Estábale
-reservada al Sr. Grilo la gloria de dar un paso de mucha trascendencia
-en esta vía. El Sr. Grilo, no sólo ha manejado siempre con gran novedad
-y atrevimiento las de uso más frecuente, sino que puede considerarse
-como dichoso introductor de una multitud de ellas que nuestros clásicos
-desconocían por completo, tales como el zafiro, el ágata, el granate, la
-turquesa, el ópalo y otras muchas que se encuentran á cada paso en las
-composiciones del ilustre escritor que nos ocupa.
-
-Pero si es la mayor, nadie osaría afirmar que es la única ventaja que ha
-otorgado al arte patrio. El señor Grilo ha conseguido como ningún otro
-escritor español poner al servicio de cada idea el mayor número posible
-de palabras. La palabra es sin disputa el más precioso don que la
-Providencia concedió á los humanos, y el que á juicio de los
-naturalistas nos aparta rigurosamente del bruto. Comprendiéndolo así el
-señor Grilo, es quizá de todos los humanos el que mejor ha sabido
-aprovecharse de ese inestimable favor, procurando por medio de todas las
-voces del diccionario de Domínguez (que es el más completo) alejarse el
-mayor trecho posible de los animales inferiores. La palabra no fué dada
-al hombre en un solo instante y gratuitamente, sino tras largo y penoso
-aprendizaje. El tránsito del sonido inarticulado al sonido articulado
-costó á nuestros antepasados muchos siglos[8]. Más tarde el paso de las
-lenguas monosilábicas á las aglutinantes y de éstas á las de flexión se
-realizó en larguísimo período histórico[9]. El progreso no sólo ha
-caminado á la par con el lenguaje, sino que es, en el sentir de varios
-eminentes filólogos, una consecuencia de esta noble facultad humana. Y
-en efecto, ¡qué distancia tan inmensa no existe entre el hombre
-primitivo, que expresa con un sonido inarticulado el más intrincado de
-sus razonamientos, y el Sr. Grilo, que emplea un número infinito de
-sonidos articulados para decir que le encanta la luna y que de ningún
-modo puede pasar sin ella!
-
-Sin necesidad de acudir á las épocas prehistóricas, ¡cuantos pasos no ha
-dado el género humano desde los primeros escritores que surgieron en la
-tierra, verbi y gracia desde Moisés, que con dos miserables palabras
-quiere relatar la aparición de la luz, hasta nuestro poeta, que hubiera
-sabido íntercalar oportunamente más de dos mil, como lo exige la
-grandeza del asunto y la propia dignidad del poeta!
-
-Mucho se engañaría, no obstante, el que juzgase que sólo por la
-abundancia y riqueza de voces brillan las composiciones del Sr. Grilo.
-En la acertada y oportuna colocación de aquéllas hay también no poco que
-admirar. Echemos una mirada á cualquiera de sus más notables poesías,
-por ejemplo, á la titulada _Al borde del abismo_, y nos convenceremos de
-ello.
-
-Empieza esta composición:
-
- A la orilla del mar; casi sin luna,
- sin una luz apenas,
- un ¡adiós! nuestras almas se decían
- en la noche desierta.
- Dos infinitos batallaban solos
- en la muda ribera;
- el de aquella imposible despedida
- y el de la mar inmensa.
-
-Considere el lector cuánta fuerza y majestad comunica á la composición
-el adverbio _casi_ interpolado en el verso primero. No es posible decir
-de modo más elocuente y peregrino que la luna se hallaba en cuarto
-menguante.
-
-El adverbio _apenas_ del segundo verso presta al _casi_ del primero un
-apoyo eficaz y desinteresado, que este último nunca agradecerá lo
-bastante. Al mismo tiempo, y penetrando en el asunto de la composición,
-declaro que no he visto jamás un cuadro tan desolador. Porque, si para
-nadie es cosa agradable encontrarse á la orilla del mar, casi sin luna,
-con dos infinitos que batallan solos, para el Sr. Grilo, que nunca se
-ha excusado de expresar su fervoroso apego á aquel satélite, debe ser
-una situación verdaderamente desesperada.
-
-Citaré á más de ésta, como es mi deber, la célebre composición titulada
-_Las Ermitas de Córdoba_. Sólo de pensar que pudo haberse muerto el Sr.
-Grito sin escribir _Las Ermitas de Córdoba_, me estremezco. Yo no
-comprendo de qué modo podría pasar la sociedad elegante sin esta
-maravillosa poesía, sobre todo por las noches. El oir al Sr. Grilo
-recitar, con las manos quietas, _Las Ermitas de Córdoba_, es uno de esos
-goces sencillos y honestos que no puede sustituirse con nada. ¡Plegue al
-cielo que nuestra aristocracia continúe siempre buscando un refugio para
-su hastío en esta milagrosa composición!
-
-Mas, como no hay nada en el mundo perfecto, en algunas de las poesías
-del Sr. Grilo he creído hallar ciertas imperfecciones que, si no dañan
-poco ni mucho á su pensamiento (del cual he dicho ya que prescindía por
-entero en este artículo), turban y empañan el claro brillo de la forma.
-Sea ejemplo este soneto que trascribo fielmente de _La Ilustración
-Española y Americana_:
-
- AL RÍO PIEDRA
-
- ¡Niágara de Aragón! ¡Del alta cumbre
- tus ondas vuelcas de luciente plata,
- cuyo raudal sonoro se desata
- de saltos en vistosa muchedumbre!
-
- ¡Rota el agua en su inmensa pesadumbre,
- en torrentes de espuma se dilata,
- y ruedas de una en otra catarata,
- copiando el iris en cristal y lumbre!
-
- ¡No hay peña que á tu paso no sonría
- mientras filtras tus gotas una á una
- de la gruta en el ámbito indeciso!
-
- ¡Ah! ¡la escala eres tú, por donde un día
- las hadas, á los rayos de la luna,
- bajaron á este nuevo Paraíso!
-
- Monasterio de Piedra 20 de Agosto de 1876.
-
-Observo en el soneto anterior algunas exageraciones é injusticias que me
-importa rectificar. Deploro en primer término que sin más ni más, y sólo
-por capricho, ponga el Sr. Grilo en el mismo nivel al río Piedra y al
-Niágara. Prescindiendo de que las comparaciones siempre son odiosas,
-creo que en el caso del Niágara me sentiría profundamente humillado de
-este parangón; porque al fin y al cabo, si no vale más que el río Piedra
-(que esto no puedo decidirlo, pues no tengo el gusto de conocer ni á uno
-ni á otro), por lo menos tiene mucha mayor reputación y un nombre más
-conocido en las letras. Duéleme en segundo lugar que «el raudal sonoro
-de las ondas se desate en una muchedumbre vistosa de saltos», porque
-hasta aquí, por regla general, los saltos no eran aficionados á reunirse
-en grandes agrupaciones; y me inquieta bastante que eso suceda ahora,
-pues siempre estoy temiendo cualquier desmán por parte de las
-muchedumbres.
-
-El segundo cuarteto dice que
-
- «¡Rota el agua en su inmensa pesadumbre,
- en torrentes de espuma se dilata,
- y ruedas, etc.»
-
-No veo aquí tampoco la paz y la concordia que deben reinar siempre entre
-el sujeto y el verbo. Ese desfachatado _ruedas_ tiene todo el aire de
-sublevarse contra _el agua_.
-
-En cuanto á las copias del iris que el Piedra ha conseguido sacar en
-cristal y lumbre, me veo en la precisión de confesar que aunque me eran
-conocidas mucho ha las reproducciones en cristal, por lo que se refiere
-á las de lumbre no puedo decir lo mismo. Esto, después de todo, no tiene
-mucho de particular, porque nadie ignora que la fotografía está haciendo
-en estos últimos tiempos unos progresos increíbles.
-
-Transijo con que todas las peñas, sin exceptuar una siquiera, sonrían al
-pasar el río Piedra, aunque no veo motivo para ello, y hasta con que
-dicho río filtre sus gotas con tanta sobriedad y parsimonia en las
-grutas. Por lo que no puedo pasar en modo alguno es por que el Sr. Grilo
-califique, tan á la ligera, á los ámbitos de indecisos. Ninguno,
-absolutamente ningún motivo tiene el Sr. Grilo para arrojar sobre los
-ámbitos ese odioso calificativo. ¡Pues á buena parte va con los ámbitos!
-No puede darse nada más decidido que ellos así que toman una resolución,
-por peligrosa y extremada que sea.
-
- «¡Ah! ¡la escala eres tú, por donde un día
- las hadas, á los rayos de la luna,
- bajaron á este nuevo Paraíso!»
-
-Aún estoy en duda sobre lo que quieren decir estas frases; mas si por
-ventura se pretende significar con ellas que el río Piedra es una
-escala, no puedo menos de rechazar con todas mis fuerzas tan gratuita
-suposición. Tengo razones poderosas para creer que este virtuoso río ni
-sirve ni ha servido jamás de escalera á nadie para subir ó bajar á los
-rayos de la luna, y mucho menos á las hadas. Cualquiera comprenderá que
-eso no está en su carácter.
-
-Después de observar estas y otras extrañas injusticias del orden físico
-y del orden gramatical en las composiciones de nuestro poeta, á nadie
-sorprenderá que me haya quedado meditando sobre él unos instantes. En
-conciencia, me corresponde declarar que hay pocas cosas en el mundo que
-se presten á tantas consideraciones como el Sr. Grilo. Yo quería conocer
-la fuente misteriosa de donde manaban estas injusticias, ó la raíz
-invisible que las unía al espíritu del poeta, ó el rasgo genial y
-característico en que se aposentaban; quería darme cuenta, en suma, y
-penetrar en ese mundo de representaciones y sentimientos que los grandes
-poetas llevan consigo, dentro del cual todas sus grandezas y
-extravagancias hallan cumplida explicación. Varias veces había arrojado
-ya la sonda en el espíritu de nuestro poeta sin que jamás hubiese
-logrado tocar en firme. No fuí en esta ocasión más afortunado que
-anteriormente. Con la frente apoyada sobre la mano, y la mano sobre el
-codo, y el codo sobre la mesa, dejaba correr la cuerda por los dedos de
-mi pensamiento, y el plomo que la arrastraba seguía marchando con
-vertiginosa rapidez por el espíritu del Sr. Grilo, cual si estuviera
-ansioso de encontrar el fondo. Pero no lo encontraba. A medida que la
-cuerda se iba deslizando, crecía más y más la admiración que siempre he
-profesado á este poeta, hasta el punto de no caber ya en los estrechos
-límites de mi chaleco, por lo cual tuve la precaución de soltarle unos
-botones con el único y exclusivo objeto de dar á aquélla algún respiro.
-El cielo de mi pensamiento se iba poblando de refulgentes
-consideraciones, y adquiría un parecido notable con la bóveda
-estrellada, cuyo centro se halla en todas partes, y cuya circunferencia
-en ninguna, según Pascal. De repente el plomo cesó de caminar. Había
-concluído la cuerda.
-
-No sé lo que entonces me ocurrió, aunque algo debió ocurrirme. Lo cierto
-es que se abrió la puerta de mi cuarto para dejar paso á un personaje,
-que según lo que entonces pude colegir era mi criada, la cual me entregó
-una tarjeta. Esta tarjeta decía como sigue: _La Musa del Sr. Grilo_. Y
-nada más.
-
-Al fin y al cabo se trataba de una mujer, y yo que en estos asuntos soy
-muy nervioso, no pude evitar un raro estremecimiento en toda mi persona,
-del cual estoy en este momento sinceramente arrepentido.
-
---Dígale usted que pase adelante.
-
-Fuése la criada, y se puso á discusión con mucha premura en mi cerebro
-la actitud que yo debería adoptar en el instante de abrirse la puerta
-nuevamente. Por último se decidió como lo más sensato que me echase un
-poco hacia atrás en la silla, dejando descansar el brazo izquierdo con
-cierto abandono sobre el respaldo de otra que á mi lado tenía, mientras
-la mano derecha jugaba graciosamente con el mico de bronce que corona la
-tapa del tintero. Las piernas extendidas con dignidad, y la cabeza
-inclinada hacia un lado. Lo que costó más trabajo resolver fué el
-problema de la mirada; mas al fin prevaleció la idea de que fuese
-abierta, tranquila y un si es no es fría.
-
-Cualquiera comprenderá que esta noble actitud no impidió que me
-levantase apresuradamente, haciendo mil reverentes cortesías así que
-penetró en el cuarto la Musa. La Musa era una señora de la cual no
-habría muchos que dijesen que era bonita y airosa (aunque alguno habría,
-porque nunca falta un caballo de buena boca). En el traje que vestía,
-bordado primorosamente con toda clase de piedras preciosas, se hallaban
-dignamente representados los siete colores primordiales del iris y todos
-los demás intermedios.
-
---¿Á qué debo el honor, señora?... Señora, tenga usted la bondad de
-tomar asiento.
-
-Sentóse la Musa, haciendo antes con la cabeza ciertos movimientos que no
-me parecieron bastante compatibles con su elevada posición, y fijó en mí
-una mirada que decía todo lo que una mirada puede decir en semejantes
-casos.
-
-Sonaba en la parte de afuera un fuerte y extraño rumor, y como la Musa
-notara la inquietud que me causaba, dijo:
-
---No tenga usted cuidado; es mi séquito de palabras, que he dejado en el
-pasillo.
-
-Tenía la Musa una voz muy dulce, que me reconcilió hasta cierto punto
-con sus movimientos de cabeza, los cuales continuaban cada vez más
-extraños é inverosímiles.
-
---Señora, ¿podría saber?...
-
---¿Qué?... ¿el significado de mi visita? No, caballero, no puede usted
-saber nada. La explicación de mis actos y de mis palabras sólo
-corresponde á Dios.
-
---Dado que así sea, no es por eso menos grato y honroso para mí ver en
-esta su casa á la persona que mejores ratos ha hecho pasar á la buena
-sociedad madrileña... ¿Tendría usted la bondad, señora, de no enredar
-con esos papeles? Me va á costar después mucho trabajo arreglarlos.
-
-La Musa fijó otra vez en mí su mirada comprensiva, y quiso decir algo,
-pero no lo dijo.
-
---Á propósito, señora; en este momento me hallaba sumido en enojosas
-perplejidades y confusiones que usted mejor que nadie, seguramente,
-podría desvanecer. Meditaba sobre el dueño actual de su albedrío;
-meditaba sobre el Sr. Grilo tratando de investigar, ó mejor dicho, de
-medir, el contenido de sus composiciones. Dispénseme usted, graciosa
-señora, si faltándome fuerzas para llevar á cabo tal empresa, me atrevo
-á suplicarla que me diga dónde está el fondo poético del Sr. Grilo.
-
-Aquí la Musa se inmutó visiblemente, acudiendo súbita palidez á sus
-mejillas. Alzó los brazos al cielo con ademán patético, movió la cabeza
-fantásticamente, y muy temblorosa y conmovida, dijo:
-
---¡Oh caballero!... por Dios no quiera usted saber eso. No sea usted tan
-cruel como otros críticos... ¡Para qué le hace falta á usted saber eso!
-
-Gruesas lágrimas empezaron á rodar por las descoloridas mejillas de la
-Musa. Llevóse las manos á la cara y comenzó á sollozar fuertemente.
-Parecía que iba á ahogarse.
-
-Yo permanecí mudo contemplándola con lástima, y bien sabe Dios que no
-cruzó por mi cabeza la idea de insistir en mi deseo.
-
-Respetemos los grandes dolores.
-
-[Illustration]
-
-[Illustration]
-
-
-
-
-D. ADELARDO LÓPEZ DE AYALA
-
-
-I
-
-[Illustration: H]E leído en Hegel (cierta vez que tomé la resolución de
-leer á Hegel) que la poesía dramática es aquella «que reune á la
-objetividad de la epopeya el carácter subjetivo de la poesía lírica». No
-estoy bien seguro de haber comprendido todo el alcance de las
-reflexiones con que el filósofo germano ilustra este su principio
-estético. Mas sí lo estoy plenamente de poderlas repetir al pie de la
-letra, como lo ha hecho ya mi esclarecido amigo el Sr. Revilla, ganando,
-con justicia, por ésta y otras graves empresas, fama de docto y avisado.
-Respetando, como debo respetar, esta fatal delantera, permítaseme, no
-obstante, deplorarla amargamente. Nadie puede figurarse hasta qué punto
-me conceptuara feliz de que tales flores metafísicas se irguieran
-todavía sobre el tallo frescas y olorosas, esperando con resignación la
-podadera del sabio. Me cuesta gran trabajo renunciar á ese barniz
-filosófico que tanto avalora las producciones de los jóvenes críticos.
-Yo había soñado para esta semblanza con un preámbulo sabio y concienzudo
-que supiera abrirle mañosamente las puertas de la buena sociedad y de
-las doctas corporaciones; un preámbulo que ganase para su autor
-inmediatamente una inmensa reputación de hombre serio. ¡Ah! ¡Quedan ya
-tan pocos hombres serios! ¡Son tan pocos, por desgracia, los escritores
-que saben mantener su pluma limpia de toda farsa ó chanzoneta! Quizás
-dentro de poco no quede en el mundo más hombre serio que el Sr. Revilla.
-Por mi parte, declaro que hice hasta aquí y seguiré haciendo, Dios
-mediante, los mayores esfuerzos para despojarme de esa levadura jocosa
-que se desliza como veneno mortal en la mayoría de mis producciones.
-
-Hace algunas noches me hallaba presenciando una de las brillantes
-funciones ecuestres y gimnásticas del circo de Price en la misma sazón
-que la embajada china asistía también al espectáculo desde un palco.
-Respirábase en aquel recinto una atmósfera frívola, que no podía menos
-de disgustar á todo hombre grave. Los _clowns_ agotaban el repertorio de
-sus muecas y carocas más ridículas y extravagantes, las cuales producían
-en aquel público superficial mucha algazara, escuchándose aquí y allá
-extemporáneas y fútiles carcajadas, viéndose en todas partes
-desordenados movimientos que turbaban el ánimo y lo dejaban sumido en
-tristes meditaciones. Halló el mío, sin embargo, motivo para regocijarse
-al percibir los semblantes serenos y rígidos del embajador chino y su
-cortejo. ¡Qué majestad y qué calma reinaban en aquellos continentes
-mongólicos! Todos se mantenían en una perfecta dignidad, sin
-manifestarse en poco ni en mucho impresionados por lo risible del
-espectáculo. Yo los contemplaba extasiado, y lágrimas de admiración
-acudían sin poderlo remediar á mis ojos. ¡Ay!--pensaba al mismo
-tiempo.--Con facultades tan excepcionales de gravedad y circunspección,
-¡á dónde no habrían llegado estos chinos si se hubiesen dedicado en
-España á la crítica literaria! Tratemos de imitarlos hasta donde
-alcancen nuestras fuerzas, y si está de Dios que he de renunciar á Hegel
-(como es mi deber, una vez que otros con más méritos han sabido
-trasladar á nuestro idioma sus profundos razonamientos), procure al
-menos decir algo mesurado y digno sobre el Sr. Ayala.
-
-
-II
-
-La combinación de lo objetivo con lo subjetivo ha sido siempre el fuerte
-de los españoles. Nuestro país, más dado por impulsos naturales á la
-acción que á la contemplación, fué toda la vida vasto escenario manchado
-con la sangre de innumerables tragedias. El drama se aloja en los
-temperamentos exaltados é irreflexivos, como la culebra en su nido de
-hierbas. No hay más que hacer un poco ruido para que se despierte. ¡Y en
-nuestra patria se ha hecho siempre tanto ruido! Quizás por eso los
-españoles hemos convertido en sangrientos dramas los aspectos más nobles
-de la vida, el amor, la gloria, el honor, la religión. El español no ha
-devorado jamás sus impresiones en el silencio y la soledad, como el
-sombrío germano ó el melancólico semita; ha necesitado sacarlas al aire
-libre y verlas seguir su camino por la tierra. La lucha consigo mismo
-dura para él sólo un instante; la lucha con lo que le rodea dura toda la
-vida. Prefirió siempre lo definido y lo enérgico á lo vago y lo
-sentimental, y con la misma facilidad que ha hecho salir el pensamiento
-de la boca, ha sacado la espada de la vaina. En la historia no existe
-ningún pueblo que haya tenido tan cerca el pensamiento de las manos.
-
-Un pueblo tan objetivo, digámoslo con Hegel, necesariamente ha de poseer
-una gran epopeya ó un gran teatro. Nosotros poseemos un gran teatro.
-Añadid unos bastidores por los lados, unas bambalinas por arriba, unas
-candilejas por abajo y unos deliciosos versos por todas partes, á lo que
-ha doscientos años acaecía á la luz del sol en nuestros palacios, en
-nuestros caminos, en nuestros templos, á la de la luna, en nuestros
-jardines, en nuestras calles y en nuestros mesones, y tendréis un teatro
-apasionado, vivo é interesante. Así lo han hecho Lope, Calderón, Tirso
-y Moreto. Y como la literatura responde siempre á cualidades ó aficiones
-del espíritu, y gusta también de adquirir costumbres pisando hoy el
-camino que siguió ayer con preferencia á otro nuevo, de aquí que, á
-pesar del transcurso de los tiempos, del cambio radical de vida y de las
-notables modificaciones que el carácter ha experimentado, nuestra poesía
-se dirija aún hoy con amor al teatro, que ha sido siempre el de su
-gloria. Desde Calderón hasta ahora hemos perdido mucha fe, mucho
-heroísmo, mucha superstición, mucho entusiasmo, mucha firmeza y muchas
-costumbres pintorescas, que todavía nos agrada ver retratadas en la
-escena. Sobre todo, hemos perdido á Calderón. Mas aun con eso, no deja
-nuestra época de ofrecer aspectos interesantes y poéticos que, si no
-engendraron hasta el presente un gran teatro, han motivado por lo menos
-algunas obras maestras del arte dramático. Moratín, Bretón de los
-Herreros, Ventura de la Vega, García Gutiérrez, Tamayo y Ayala son sus
-autores.
-
-No es Ayala el menos insigne de cuantos acabo de mencionar. De todos los
-autores que han intentado representar á la sociedad española de este
-siglo en sus obras, si exceptuamos á Bretón, ninguno lo ha realizado, á
-mi entender, de un modo más perfecto y acabado que Ayala. Pero ¿es el
-destino del artista representar al vivo los sentimientos de la sociedad
-en que ha nacido, ó debe, por el contrario, expresar los sentimientos
-generales y permanentes del género humano, para que sus obras tengan
-consistencia y sepan resistir al esfuerzo de los siglos? No lo sé, ni
-lo sabe nadie tampoco; que es imposible resolver asuntos en que
-intervienen gustos, opiniones y hasta escuelas filosóficas contrarias.
-La inclinación del sentimiento me arrastra, sin embargo, á preferir lo
-primero. Yo amo ante todo y sobre todo en el artista lo individual, esto
-es, lo que le caracteriza y le distingue de los demás hombres y los
-demás artistas. Me deleito en observar la impresión que sobre su
-espíritu excepcional causa lo que le rodea, las huellas profundas ó
-leves que van dejando en él los sucesos de la vida. Dejémosle que pinte
-á su manera sus propios sentimientos y los sentimientos de los que le
-acompañan en este viaje terrenal. Humanos sentimientos habrá de
-expresar, porque hombre es él y hombres los que le rodean. Lo que hace
-amable la poesía, después de todo, no son, en mi entender los
-sentimientos generales y permanentes que expresa, sino el cómo se han
-sentido estos sentimientos en cada pueblo, en cada individuo; el cómo la
-luz interior que á todos nos alumbra se ha descompuesto al atravesar
-aquellos prismas, originando tantos y tan hermosos matices. La poesía es
-un mundo aparte, donde los sentimientos se fijan con fuerza unas veces,
-se desvanecen y se pierden otras, se iluminan, se oscurecen, agítanse
-febriles ó reposan blandamente; modifícanse, en fin, de mil extraños
-modos, para que el poeta extraiga de ellos ese divino jugo que hace la
-vida dulce. Esto es la poesía, y esto es lo que me tomo la libertad de
-juzgar que es, no creyendo con ello herir la dignidad de nadie. Todo
-hombre lleva, más ó menos grande, uno de esos mundos dentro de su alma.
-Yo sé que mis sentimientos son iguales á los de otro hombre cualquiera;
-mas en los años que llevo de existencia, han surgido dentro de mi
-espíritu algunos risueños ó lúgubres fantasmas que se desvanecieron tan
-pronto como los que el humo de mi hogar forma en los aires, algunos
-fugitivos y adorados sueños que pasaron para no volver, y que
-exclusivamente me pertenecen. Si yo hallase en el fondo de mi
-pensamiento la expresión que les conviene, no les quepa á ustedes duda,
-sería un poeta.
-
-Por eso lo es el Sr. Ayala; porque la encuentra. La mayor parte de los
-hombres pasamos por el mundo sin percibir apenas más que las apariencias
-de las cosas. Actores ó espectadores en los sucesos que en torno nuestro
-acaecen, no comprendemos, ni nos imaginamos siquiera su valor poético
-hasta que el artista nos lo ofrece en sus producciones.
-
-Todos los días tropezamos en las tertulias á que asistimos con alguno de
-esos hombres cuyo egoísmo les lleva á concebir y pregonar un sistema
-moral para la vida, donde se disculpen y hasta se ennoblezcan los vicios
-y los crímenes de la suya; con uno de esos distinguidos infames que
-aspiran por medio de modales elegantes y correctos á difundir entre los
-pueblos un nuevo Evangelio, donde la perfidia y la bajeza sean
-consideradas de buen tono, y las más nobles virtudes, patrimonio sólo de
-los cursis. Al lado del apóstol también solemos ver al discípulo, que,
-rebosando de fe y entusiasmo, marcha con botas de charol por el áspero
-sendero del maestro. Pero no se le ha ocurrido sino al Sr. Ayala que el
-converso fije sus miradas en la esposa del apóstol, y éste le preste,
-sin saberlo, todo su valioso apoyo para la consumación de su propia
-deshonra, originándose de aquí un enredo tan sencillo é interesante como
-el de _El tejado de vidrio_.
-
-¿Quién no ha presenciado y aun intervenido en alguna de las contiendas
-que el interés del dinero riñe á cada instante con los sentimientos
-generosos y los afectos dulces del corazón? El interés--que responde á
-uno de los aspectos repugnantes de la naturaleza humana--no es un vicio
-peculiar de nuestra época; mas no hay duda que en nuestra época presenta
-caracteres singulares y dignos de atención. La codicia ha tomado en el
-transcurso de los tiempos formas más sutiles y corteses; se ha acicalado
-un poco, y se la conoce hoy con el nombre inofensivo de _negocios_.
-Nadie mejor que el Sr. Ayala ha sabido describirla, poniéndola en lucha
-con la pasión más divina y humana al mismo tiempo, con el amor, en _El
-tanto por ciento_, la más trascendental sin duda, y en concepto de
-muchos, la más bella de sus obras.
-
-Apenas pasa un día sin que necesitemos estrechar la mano de una de esas
-niñas angelicales que van á pie por Recoletos, lanzando miradas furtivas
-y ardorosas á los carruajes que cruzan. Á veces la vemos acompañada de
-un joven de modesto porte y mirada franca. Es su novio, nos dicen; un
-muchacho que sigue la carrera de médico y está empleado en una sociedad
-de ferrocarriles. Después de escuchar la noticia pasamos á otra
-conversación. Más tarde nos dicen que aquella niña se ha casado con
-Fulano de Tal, un conocido nuestro y hombre acaudalado. Más tarde la
-vemos en un palco del Teatro Real ó en un carruaje de la Castellana, y
-le quitamos desde lejos el sombrero. Más tarde vemos á su marido
-acompañando á otra mujer, hermosa y cubierta de galas. Más tarde la
-encontramos en una casa, nos saluda con afecto, se muestra un poco
-expansiva y nos dice que no es dichosa en su matrimonio. Y el joven
-estudiante, empleado en ferrocarriles, ¡ay! ni por casualidad vuelve á
-parecer por nuestro pensamiento! ¿Dónde está?--Á lo mejor vemos su
-nombre en un periódico. Le han nombrado presidente de una comisión
-científica. ¡Pluguiera á Dios que le nombrasen también hombre feliz!
-
-¡Qué historia tan vulgar! Y, sin embargo, con ella se ha formado una de
-las obras más admirables del teatro moderno.
-
-Consuelo era uno de esos ángeles que piensan mucho en su porvenir, «y no
-se empalagan nunca de sí mismos cuando se miran al espejo». Fernando la
-amaba con toda su alma, como aman los hombres sensibles y honrados, sin
-empalagarse jamás de pensar en ella. Fernando llega un día á casa de su
-amada después de larga ausencia. Consuelo se desmaya al verlo. ¡Qué
-corazón tan puro! Examinad bien ese corazón, no obstante; dadle muchas
-vueltas en la mano, y percibiréis en cierto paraje una ligera picadura.
-Por allí ha penetrado el gusano de la vanidad. Arrojad, arrojad pronto
-ese corazón. Dentro de él ya no hay más que podredumbre.
-
-¡Pobre Fernando! Acaba de recibir la primera pedrada que el egoísmo
-arroja á la inocencia en este mundo! Consuelo, aquella niña que había
-visto por vez primera sentada al piano,
-
- «muy sorprendida y risueña
- de que mano tan pequeña
- moviese tan grande estruendo»,
-
-aquella niña que se había filtrado en su alma como un rayo de luz, no
-era un rayo de luz de los cielos, sino de las hogueras del infierno. El
-oro que Fernando despreciara por no manchar su conciencia, lo había
-recogido Ricardo, y Ricardo había decidido pedir la mano de Consuelo por
-conducto de Fulgencio, el mismo día que llegó Fernando. Consuelo á su
-vez había decidido casarse con Ricardo. ¡Qué tiene esto de particular!
-¿Acaso es la primera niña que deja un novio y toma otro? Así razonaba
-ella con profundidad que encanta y admira á Fulgencio, hombre muy bien
-afinado con el sentido moral predominante en nuestra sociedad.
-
-Hay una escena violenta entre Consuelo, Antonia su madre y Fernando.
-Antonia, que amaba ya á éste como á un hijo, se desmaya; pero Consuelo
-se había comprometido á salir en carruaje con Fulgencio, la señora de
-éste y Ricardo, y no tiene más remedio que marcharse apenas vuelve su
-madre á la vida. ¡Ay! ¡Fernando la ha perdido para siempre... y su madre
-también! Así terminó el acto primero.
-
-Ricardo era un hombre frío, imperioso y egoísta. Nada tiene de extraño
-que Consuelo se enamorase de él perdidamente. Ricardo, pasada la luna de
-miel, considera á su mujer como el mueble más elegante de su casa. Una
-vez satisfecha su vanidad por esta parte, era imprescindible
-satisfacerla por otras, y al efecto dedica su amor y sus brazaletes á
-una renombrada cantante. Consuelo sorprende una carta y paladea todo el
-amargor de los celos. Fulgencio, el dulcísimo Fulgencio, tiene la buena
-ocurrencia de convidar á comer en su casa (donde comían también Ricardo
-y Consuelo) á Fernando. ¡Con qué jovial indiferencia había escuchado
-Consuelo esta noticia! Al saber Fernando que va á sentarse á la mesa en
-compañía de Ricardo y Consuelo, trata de irse.
-
-Ya es tarde. Consuelo penetra en la habitación y experimenta una ligera
-sorpresa, de la cual bien pronto se repone. Mientras Consuelo habla con
-Fulgencio para informarse del concierto donde canta su rival, Fernando,
-apoyado en una silla, no despliega los labios. En este silencio tan
-natural, tan delicado, tan conmovedor, se revela bien claramente lo
-poeta que es el Sr. Ayala. Un autor observador no hubiese dejado nunca
-de hacer prorrumpir al desdichado amante en desesperadas exclamaciones,
-que destruirían enteramente el efecto de esta interesantísima escena.
-
-Fernando no quiere quedarse á comer, y Consuelo lo despide diciéndole:
-
- «Pues, Fernando, que nos veas
- antes de irte; no seas
- ingrato...»
-
-Todos nos hemos oído llamar ingratos de esta suerte por alguna hermosa
-dama; pero todos conocemos también la trascendencia de la suave y
-distraída sonrisa que suele acompañar á este adjetivo. Por eso Fernando
-cae desolado en una silla, cubriéndose el rostro con las manos. ¡Cómo la
-ama todavía!
-
-Consuelo, ofuscada por los celos, se arroja á dárselos á su marido con
-Fernando, suponiendo que éste, amante suyo en otro tiempo, era el mejor
-para el caso. En presencia de Ricardo le escribe una carta invitándole á
-que venga á visitarla, y entrega el billete á Ricardo para que lo remita
-á su destino (esto es, para que lo lea). Pero Ricardo no lee el billete,
-porque ha leído ya todo lo que necesitaba en el alma de Consuelo, y lo
-deja intacto sobre la mesa. Llega Fernando, y Fulgencio, que había
-recogido el billete, se lo entrega.
-
-¡Por qué se habrá escrito una carta tan infame! Parece increíble que dos
-renglones de una letra menuda y desigual vuelvan el entendimiento y
-hasta el corazón del revés. Yo, sin embargo, lo creo á pie juntillas.
-Fernando se sorprende, se acalora, se llama infame, delira... y
-resuelve acudir á la cita. Da fin el acto segundo.
-
-Es de noche. Lorenzo, el criado de Ricardo, después de haber acompañado
-al Teatro Real á Consuelo, se entretiene en coloquio amoroso con Rita la
-doncella. Algunos tildan de larga esta escena. Yo la encuentro tan
-extraordinariamente bella, que nunca me he fijado en sus dimensiones. El
-suave donaire, el sosiego y la frescura de esta escena son medios
-artísticos de gran delicadeza para que la aparición del drama cause
-efecto más seguro. El drama aparece con la entrada repentina y violenta
-en la escena de Consuelo. Se dirige al armario de sus joyas, y pide con
-voz temblorosa la llave á Rita. En el teatro había visto á su rival
-luciendo un aderezo muy semejante al suyo, y viene á saber si es el
-mismo. El aderezo no está en el armario. En el mismo instante aparece
-Fulgencio, que de acuerdo con Ricardo, era portador de otro aderezo
-igual y una mentira. El portador recibe en pago de sus buenos oficios
-algunas injurias, y Consuelo se queda á solas con su amargura y sus
-celos abrasadores. ¡Cuán lejos estaba su pensamiento en aquel instante
-de Fernando! Y, sin embargo, en aquel instante Fernando entraba en la
-casa, subía la escalera, alzaba la cortina del gabinete. ¿Qué venía á
-hacer allí? Consuelo, la misma Consuelo, cuya mano había escrito una
-carta llamándolo, se lo pregunta con sorpresa.
-
-Fernando venía á apurar las heces de aquel cáliz que el destino le
-presentó al enamorarse de Consuelo. Venía á saber que no sólo no había
-sido amado jamás, sino que su amor había servido en esta ocasión de
-señuelo para atraer al precioso é irresistible Ricardo. ¡Y la mujer que
-se cebara con tanta saña en su pobre corazón estaba allí, la tenía
-delante de sus ojos siempre con su rostro dulce y angelical! Fernando se
-para á meditar el estrago que aquel rostro dulce y angelical ha hecho en
-su alma, y se sienta con tranquilidad aterradora en una silla. ¿Qué
-intenta? ¿No repara que Ricardo vendrá muy pronto? ¡Qué importa! «Hoy
-habrá penas para todos», dice con sonrisa feroz el desdichado amante. Y
-ni las amenazas ni las súplicas de Consuelo le conmueven. Mas al fin le
-disuaden de su propósito las lágrimas de Antonia, de aquella pobre madre
-que había protegido su amor en otro tiempo.
-
- «¡Triunfa el crimen. ¿Quién lo duda,
- si hasta le prestan su ayuda
- la virtud y la bondad!»
-
-exclama Fernando al partir. Llega Ricardo, y sin sospechar siquiera, ó
-si lo sospecha sin dársele nada de los atroces tormentos que sufre
-Consuelo, se despide de ella para París. Se va á París con su querida.
-La infeliz esposa se arroja á los pies del marido, y con sus lágrimas y
-ruegos quiere retenerlo. Todo es en vano. Las lágrimas pueden mucho con
-los hombres que tienen corazón, pero nada con los que no lo tienen. Se
-va Ricardo y aparece Fernando, que por haber hallado la puerta cerrada,
-tuvo necesidad de presenciar la escena anterior desde la habitación
-contigua. A él se dirige la infeliz Consuelo pidiéndole perdón. Pero
-Fernando, el humillado y escarnecido Fernando, ¡cómo se ha de compadecer
-de sus tormentos, cómo se ha de apiadar de ella! Se va Fernando como se
-había ido Ricardo. En aquel amargo trance, ¿á quién acudir? ¿Quién podía
-compartir con la desventurada esposa el dolor de aquel fiero abandono?
-Tan sólo su madre, su tierna madre, que tanto la amaba. Mas al dirigirse
-á su habitación, Rita sale de ella dando gritos y pidiendo socorro... Su
-madre se había ido también á otro mundo mejor!
-
- «¡Dios mío! (exclama Consuelo desplomándose)
- ¡Que espantosa soledad!»
-
-Sí: la soledad espantosa que el egoísta va formando en torno suyo en
-esta vida. El desenlace no es artificioso ni violento: es un desenlace
-sencillo, natural y lógico. Obsérvase en él sobre todo la austeridad que
-debe acompañar á una catástrofe interior más que exterior. Pero esa
-misma austeridad lo hace infinitamente más conmovedor. Aquella figura
-sola, terriblemente sola enmedio del escenario, que cierra los ojos para
-mirar á su alma, y se desploma lúgubremente sobre el pavimento, es una
-figura verdaderamente grande y patética.
-
-He relatado adrede el argumento de _Consuelo_, por ser éste tal vez la
-más sencilla y corriente de las historias que el Sr. Ayala ha elegido
-para tema de sus obras. El cómo de esta historia tan vulgar se ha hecho
-una obra dramática tan primorosa y exquisita, yo no puedo explicarlo.
-Vayan ustedes al teatro, y allá verán cómo se ha hecho. El Sr. Ayala nos
-trasporta á todos á las tablas con los mismos cuerpos y almas que
-tenemos; y sin dejar de ser los mismos pobres diablos que nos empujamos
-por las tardes en Recoletos y tomamos el fresco por las noches en los
-jardines del Buen Retiro, quedamos por arte de birlibirloque
-trasformados en personajes interesantes y poéticos. Casi estoy por
-asegurar que el Sr. Ayala sería capaz de presentar en la escena una
-discusión del Ateneo, con discurso de Perier y todo, y hacer que todos
-estuviésemos embargados y suspensos escuchándola.
-
-Mas yo, que sé decir todas estas lindas cosas de un poeta, me pinto solo
-para decir las feas cuando por desgracia las encuentro. Y si no, van
-ustedes á ver.
-
-Las obras todas del Sr. Ayala dejan percibir, desde el comienzo hasta el
-fin, al artista de corazón y al poeta de nacimiento; mas en ninguna de
-ellas se revela el ingenio poderoso que señala ó determina, impulsado
-por una fantasía viva y espontánea, nuevos é ignotos derroteros para el
-arte. Estos ingenios, que aparecen de tarde en tarde, son por regla
-general fecundos, desordenados, sublimes muchas veces, monstruosos y
-extravagantes otras, pero siempre grandes y admirables. No concurren
-estas circunstancias en la inspiración del Sr. Ayala, por lo cual, á mi
-entender, no debe ser comprendido entre tales ingenios, sino mejor entre
-aquellos otros que arrojándose con criterio más seguro, pero con menos
-inventiva y atrevimiento, por las vías trazadas por los primeros, las
-asientan y perfeccionan.
-
-Caracterízanse las obras del Sr. Ayala por una perfecta regularidad y
-proporción entre todas sus partes, por un orden acabado en el
-desenvolvimiento de la fábula, y principalmente por una discreción nunca
-desmentida en todo cuanto dicen y ejecutan sus héroes. Es una discreción
-pasmosa. Declaro, no obstante, ingenuamente que tanta discreción me
-llega algunas veces á fatigar. Hay ocasiones en las obras de arte en que
-el lector desea que el artista le sorprenda por un golpe de mano
-atrevido de la imaginación, aunque sea por un disparate estupendo.
-Llegan momentos en que realmente siente uno la nostalgia de Grilo. Todo
-menos ese compás que el entendimiento--no la fantasía--va marcando
-fríamente al través de los parajes de una obra. En las de nuestro poeta
-percíbese con harta claridad la mano que escribe y que borra, que torna
-á escribir y torna á borrar. El arte es de todo punto necesario, pero
-conviene siempre ocultar esa mano entrometida, para que las gentes, en
-vez de arte, no den en llamarle artificio.
-
-Mas si la inspiración del Sr. Ayala no tiene ni el calor ni la fuerza
-que la de nuestros grandes dramaturgos del siglo XVII, en cambio hay en
-ella tanta dulzura y elegancia que no puede menos de ser amable para
-todo el mundo, aun para aquellos que, como yo, prefieren lo grandioso á
-lo correcto. Me gustan más, lo confieso, los aromas penetrantes de un
-bosque de naranjos y limoneros, de acacias y magnolias, pero también
-aspiro con delicia el perfume suave y delicado de las flores que crecen
-en los tiestos. Me gustan más las tierras que naturaleza hizo fértiles,
-pero me agradan también mucho las que lo son por la diligencia y el
-esmero de su dueño.
-
-Tiene, á más de dulzura y elegancia, la inspiración de nuestro poeta un
-no sé qué de buen tono, un cierto dejo aristocrático que al trasmitirse
-á sus obras se filtra también en el alma de los espectadores. Cuando
-salgo de verlas en el teatro, aunque vista camisa de color y americana,
-sin saber por qué, me figuro que estoy vestido de frac y corbata blanca,
-y al poner al pie en la calle me extraña grandemente que no me espere
-para llevarme a casa un ligero y elegante _landó_ con dos caballos.
-
-Hasta las sesiones del Congreso de Diputados notan la presencia de
-nuestro poeta cuando toma asiento en el sillón presidencial,
-reduciéndose á ser más amenas y correctas. Hay algunas, no obstante, que
-saben resistir con buen éxito á la influencia artística del presidente.
-¡Cuántas veces le he visto al declinar la tarde, con sus dos maceros
-detrás, bostezando una de estas rebeldes sesiones! Así que llega á
-persuadirse de que ni sus efusivos bostezos ni las miradas distraídas
-que pasea por el ámbito de la sala logran enternecer á la empedernida
-sesión, el señor Ayala adopta, como es natural, las medidas que la
-prudencia y su alta representación aconsejan. Se echa hacia atrás, y
-apoyado el codo en el brazo del sillón, deja reposar blandamente la
-mejilla sobre la mano. Sus ojos permanecen abiertos, muy abiertos, pero
-su abundante cabellera empieza á descender con lentitud por el suave
-declive de la frente, y en breve tiempo logra invadir la mayor parte de
-aquel rostro literario más que político. Al poco rato, sobre la silla
-presidencial ya no se ven más que cabellos. El Congreso está presidido
-por una melena.
-
-La luz que poco antes entraba á torrentes por los medios puntos abiertos
-en las alturas del salón, empieza á retraerse disgustada de la
-inflexibilidad del reglamento. Lo primero que deja sumido en la sombra
-es la cabellera del presidente. Pasa con la mayor indiferencia por
-encima de la «orden del día», que se halla extendida sobre la mesa, y
-baja culebreando y con mucho cuidado para no hacerse daño por la
-charolada madera de la tribuna hasta el redondel, ó como se llame. En el
-redondel no están más que los taquígrafos, gente de escasa importancia.
-La luz los mira de reojo y con altivez, y marcha hacia el banco azul,
-donde se encuentra á la sazón un ministro. La luz se apercibe un
-momento, como para poner los papeles en orden, y de repente se encara
-con él, interpelándole:--¡Eh! señor ministro, ¿qué noticia tiene S. S.
-de los desórdenes ocurridos en Navalcarnero? El ministro, como acontece
-siempre en tales casos, frunce las cejas, arruga la nariz y cambia
-inmediatamente de postura. La luz marcha poco satisfecha del ministro.
-Bien se le conoce en la mirada severa y rápida que lanza de una vez á
-toda la derecha. Esta mirada va á extenderse también á la izquierda, mas
-la luz allí se encuentra casi sola y se quiebra, y se sume tristemente
-en el terciopelo de los bancos. Después se pone á escalar con trabajo
-las paredes, deteniéndose en cada relieve y en cada adorno para tomar
-aliento. Después se asoma á la boca de las tribunas, y al ver su negrura
-renuncia de buen grado á esclarecerlas. Sin embargo, allá enfrente, en
-la tribuna de la presidencia, muy cerca de una columna, se ve una
-cabecita blonda, una cabeza de mujer. La luz, sin respeto alguno á lo
-sagrado y augusto del recinto, se detiene frívolamente á jugar con
-aquella cabeza, y ahora se empeña con malicia en herirla en los ojos
-para hacerla sonreir, ahora se entretiene en retozar con sus cabellos,
-ahora la baña pérfidamente con viva claridad, logrando ruborizarla. ¡Ay!
-¡quién no se ha detenido alguna vez en su vida á jugar con una cabecita
-blonda, sin pensar en el tiempo que pasa! El tiempo que pasa obliga, no
-obstante, á la luz á abandonar aquella cabecita, y se despide de ella
-con un prolongado beso, primero en los labios, después en los ojos,
-después en la frente, después en el pelo. ¡Adiós! ¡adiós! Sube un poco
-más y llega al techo. Allí se para un buen espacio, y medrosa quizá de
-los grifos y cariátides, tiembla y se estremece, lanza vivos y
-vacilantes reflejos que iluminan por momentos todos los ángulos, todos
-los huecos del vasto recinto, arroja con furia oleadas de sombra á todas
-partes, y esparce el terror y el misterio por los rostros y las figuras
-de los cuadros. Después, sin saber por dónde, se va como si fuera un
-duende.
-
-El Sr. Ayala, bien guarecido detrás de su melena, contempla absorto en
-esta hora el viaje interesante de la luz. Nadie diría, al verlo con los
-ojos desmesuradamente abiertos é inmóviles, que preside una sesión de
-diputados de carne y hueso, sino un congreso de fantasmas y de
-espíritus.
-
-¡Y quién sabe si lo presidirá! ¡Quién sabe si de allá, de los negros
-rincones de la estancia, saldrán flotando mil imágenes tristes ó
-risueñas, de todos colores y apariencias, que irán á formar en el aire y
-delante de nuestro presidente una mágica asamblea! Siendo así (que me
-perdone el orador que use á la sazón de la palabra), yo asistiría con
-más gusto á esos debates invisibles del espacio que á los que debajo de
-ellos se efectúan.
-
-[Illustration]
-
-[Illustration]
-
-
-
-
-D. VENTURA RUIZ AGUILERA
-
-
-I
-
-[Illustration: L]A ilustre escritora francesa princesa de Ratazzi
-afirma, en su último libro sobre España, que el Sr. Ruiz Aguilera es un
-joven de muchas esperanzas. Lo mismo se decía de él allá por los años de
-1840 ó 1842. De lo cual se deduce muy naturalmente que el Sr. Aguilera,
-en punto á juventud, se ha adelantado muchísimo á su siglo, haciendo dar
-un salto prodigioso á la vida media del hombre; ó bien que la ilustre
-princesa de Ratazzi no está por completo en lo firme al estampar tal
-noticia. Después de conocer personalmente al Sr. Aguilera, me siento
-inclinado á pensar lo último, á reserva, no obstante, de reformar mi
-juicio en el caso de que la egregia escritora alegase nuevos datos ó
-probara en cualquier forma su aserción. De todas suertes, quiero hacer
-constar que es la primera vez en mi vida, y plegue á Dios sea la última,
-que en público ó en privado me separo á sabiendas de la opinión de una
-princesa.
-
-D. Ventura Ruiz Aguilera (á quien interinamente consideraremos como
-hombre ya entrado en días) ha tenido la mala ocurrencia de nacer poeta.
-Mejor le hubiera sido nacer contratista de obras públicas.
-
-Como es fácil de comprender, una vez dado este mal paso, no tuvo otro
-remedio que atenerse á las consecuencias, trabajando mucho, viviendo
-modestamente, y viéndose al fin de su carrera olvidado del bullicioso
-mundo, cuyas orejas ha regalado tantas veces con su cántico. Y aún se da
-por contento el pobre con que le dejen abrir por las mañanas el balcón
-de su cuarto del barrio de Pozas para recibir el sol, que como un niño
-inquieto y revoltoso entra sin pedir permiso, y todo cuanto hay dentro
-quiere registrar y palpar en un instante; con que le dejen por las
-noches sentarse en su butaca, y mirar atentamente los penachos de humo
-que forman los carbones encendidos de la chimenea, y tomar alguna que
-otra vez la pluma para trasladar al papel lo que aquellos penachos, tan
-mudos al parecer, le cuentan. Durante el día está en la oficina. ¡Ay!
-¡Qué poeta se escapa en este siglo de la oficina! Podrá revolotear
-locamente en los primeros años de su vida, como el pájaro que
-incautamente penetra en una sala. Mas no consigue nada con volar de aquí
-para allá, lanzándose con ansia una y otra vez al espacio en busca de
-aire y libertad. Los dueños de la casa no tardan en cerrar los balcones,
-para acosarle después á su sabor en ruidosa zalagarda con toallas,
-pañuelos y sombreros por todos los ángulos, hasta que, rendido y
-jadeante, cae en poder de una mano brutal que inmediatamente lo encierra
-en una jaula. Allí lo podéis ver todo el día informando expedientes del
-modo más deplorable que le es dado.
-
-Dicen que allá en otro tiempo, hace ya muchos siglos, existió una nación
-llamada Grecia, donde los poetas, lejos de ser perseguidos,
-representaban el papel principal en todas partes, hasta el punto de que
-no se promovía empresa ó se preparaba fiesta sin contar con ellos, ni se
-realizaba hecho alguno político sin su intervención. Los mismos
-contratistas de obras públicas, cuando tropezaban con un poeta en la
-calle, se quitaban el sombrero y le hacían un saludo muy reverente, y á
-un general famoso que había vertido su sangre en cien combates, no había
-que hablarle de sus hazañas y victorias, porque esto era ponerse mal con
-él, sino de tales ó cuales coplas que había presentado en un certamen, y
-que los jueces con señalada injusticia no habían querido premiar. No
-satisfechos aquellos hombres con prodigar á los poetas en vida toda
-clase de mercedes y honores, solían después de muertos erigirles
-estatuas que colocaban en los templos, ni más ni menos que si fuesen
-dioses, y no pocas veces aconteció pasear una de estas estatuas en un
-espléndido carro por todo el país, enmedio del entusiasmo y los vítores
-fervorosos de la multitud.
-
-Si alguno de los poetas de ahora, por ejemplo el Sr. Grilo ó el Sr.
-Blasco, pensasen que saco todas estas cosas de mi cabeza, yo les juro
-por mi vida que son la pura verdad, ó que por tal la dan al menos las
-historias más corrientes. En verdad que fué aquélla una época próspera y
-dichosa para los poetas. Bien se puede asegurar que no volverán á verse
-en otra.
-
-Los romanos, que sucedieron á los griegos, continuaron honrando y
-enalteciendo á los poetas, aunque ya con bastante menos ardor, porque
-andaban sumamente atareados con sus guerras y expediciones.
-
-Vinieron después los bárbaros, incapaces por entero, como su nombre lo
-indica, de entender al señor Revilla, ni menos tomar parte en los
-debates del Ateneo.
-
-Pues aun á los bárbaros les gustaba la poesía. En sus fiestas más
-ruidosas, en sus orgías más desenfrenadas y brutales, llegaba un momento
-de desmayo para el cuerpo y excitación para el espíritu; un momento en
-que la imprecación expiraba en los labios, la copa se desprendía
-suavemente de las manos, y los ojos buscaban distraídos y arrobados los
-postreros rayos de la luz. En aquel momento aparecía entre tanto rostro
-fiero un semblante dulce, expresivo y circundado de dorados bucles,
-donde brillaban unos ojos tristes y misteriosos. Era el poeta. Todas las
-miradas sentían necesidad de posarse sobre él, y todos los corazones se
-creían en la obligación de amar á aquel ser débil y extraño, que de
-parte de Dios venía á desenterrar los nobles sentimientos que dentro de
-ellos se hallaban sepultados. Estos corazones era lo único que se movía,
-lo único que sonaba imperceptiblemente en la estancia al comenzar su
-canto el trovador. Fuera sonaba el viento y sonaba el mar. La canción
-del poeta les hablaba de su Dios, de su patria, de su amor, de todas las
-cosas en que el cielo y la tierra parecen confundirse, como allá á lo
-lejos en el rojizo horizonte. Y de aquellos ojos, poco antes inyectados
-de sangre por la cólera, saltaba á veces una lágrima que podía contar,
-si quisiera, muchas cosas de aquel sitio en que el cielo y la tierra se
-confunden.
-
-Cesaba el canto. Las cuerdas del laúd seguían vibrando melancólicamente
-un momento, y después también cesaban. Alzábase un murmullo en la
-estancia, y muchas manos grandes y velludas alargaban doradas copas al
-buen trovador. El vino chispeaba en la copa, y la alegría chispeaba en
-los ojos del trovador al beberlo. Pero la luz moría, y aún le quedaba
-algún camino que andar. Por eso, enmedio de bendiciones y roncos adioses
-desaparece de la sala. Si alguno de los alegres convidados quisiera
-asomarse poco después á una de las ventanas del castillo, tal vez podría
-verle ocultarse lentamente allá en el rojizo horizonte.
-
-También en nuestras fiestas y banquetes llegan momentos de fatiga y
-tristeza: que es la alegría como un río impetuoso, que no puede menos
-de reposar alguna que otra vez en un sombrío remanso. Mas cuando llega
-uno de esos remansos, he aquí que entra por la puerta de la sala un
-grupo de botellas rebujadas en papel de estaño. Los criados se apresuran
-á desembozarlas, suenan algunas detonaciones y se esparce por las copas
-un licor muy ruidoso y fanfarrón, pero insípido y embustero. Los
-convidados, no obstante, se regocijan y alborozan de nuevo; ríen,
-cantan, patean, dicen chistes y se tiran los platos á la cabeza. ¡Oh! No
-cabe duda, el _champagne_ ha reemplazado perfectamente al trovador.
-
-Que la poesía no ha muerto bien lo sé. La poesía es inmortal. Pero que
-la estimación concedida al poeta va muriendo, muriendo hasta convertirse
-en la sombra de una nada, tampoco puede dudarse. El poeta, en nuestra
-sociedad, va siendo cada día más singular y anómalo. Es un ser que, como
-el Hijo de María, no encuentra una piedra donde reclinar la cabeza.
-Siguen naciendo poetas como antes, pero ya nadie se dedica á poeta,
-porque caería en ridículo quien tal hiciese. Un poeta, en la actualidad,
-no es un poeta; es un diputado constitucional, un ex-ministro, un
-presidente del Congreso, un gobernador civil ó un empleado del Banco que
-escribe versos. Lo cual, hasta en concepto de ellos mismos, no pasa de
-ser una flaqueza, inofensiva de todo punto. Cuando encontráis á
-cualquier poeta amigo en la calle ó en un tranvía, y entabláis
-conversación con él, lo que soléis preguntarle es si hay esperanza de
-que su partido suba al poder ó de que caiga, si le han ascendido, qué
-sueldo tiene ahora, cuántas horas de oficina, etc., etc. Si por
-casualidad os ocurre preguntarle por sus versos, veréisle ruborizarse un
-poco, mirar al suelo, sonreirse y mover la cabeza á un lado y
-otro.--«Phs... Estos días atrás he escrito una cosilla... una
-tontería... Ya se la leeré á usted cuando vaya á almorzar conmigo.»--Á
-lo mejor esta tontería es _La lira rota_ ó _El Raimundo Lulio_, ó _La
-leyenda de Noche-buena_ ó _El nudo gordiano_.
-
-Este desprecio que de sus mismas obras hacen los poetas, tiene una
-explicación. Es que en la época actual, sin saber cómo y á su despecho,
-el alma del contratista de obras públicas ha trasmigrado al poeta. El
-contratista que entra con un amigo (solo no entra jamás) en la librería
-de Fe, al contemplar tanto libro apilado en los estantes se ve
-necesariamente acometido por una reflexión que está siempre emboscada
-detrás de los libros para caer de improviso sobre todos los
-contratistas.--«¡Cuánto se escribe hoy!» medita. Y sumido hasta el
-cogote en tan honda consideración, empieza á tomar libros y á soltarlos,
-después de darles algunas vueltas en la mano y leer el título en voz
-alta, hasta que viene á sacarle de sus cavilaciones y maniobras la
-amabilidad del Sr. Fe (que es mucha) mostrándole las novedades del día.
-
---Vea usted; aquí tiene _La última lamentación de lord Byron_...
-
---Por Gaspar Núñez de Arce (dice el contratista leyendo por encima del
-hombro del Sr. Fe). ¡Hombre, sí! Este ha sido secretario de la
-Presidencia. Le conocí mucho cuando estuvo de gobernador en Barcelona.
-Es hombre despejado...
-
---Ha llamado mucho la atención este su último poema.
-
---¿Sí?... Pues me lo llevo _(arrollándolo como un plano de carretera)_.
-
-Si tuvieseis tiempo para ir conmigo aquella misma noche á cierta alcoba
-lujosamente decorada, veríais un hombre acostado en una cama, con _La
-última lamentación de lord Byron_ en la mano. ¡Qué paz y sosiego reinan
-en la fisonomía de aquel hombre! ¡Qué gorro de dormir tan admirable ciñe
-sus sienes! ¡Qué luz tan suave esparce el quinqué sobre el vaso de agua,
-el azucarillo y las galletas inglesas! ¡Qué aire tan respetuoso y sumiso
-tiene el almohadón de plumas que está tendido á sus pies!
-
-Mas apenas hacéis atropelladamente estas observaciones, cuando se
-escucha un fuerte resoplido, y la alcoba queda á oscuras.
-
-En la alcoba hay todavía un espíritu que dice muy bajo á las
-tinieblas:--«Lo más que habrá sacado ese hombre con tanto verso son
-cuatro ó cinco mil reales...»
-
-Poco después no queda más que un cuerpo roncando.
-
-
-II
-
-Decía más arriba, á vueltas de una digresión con la cual no contaba, que
-el Sr. Aguilera había nacido poeta. Añado ahora que nació poeta dulce,
-ameno, delicado y tierno. En la resignación y sosiego que se observa en
-todas sus composiciones trae al recuerdo al maestro Fray Luis de León y
-á San Juan de la Cruz. Los huracanes de la vida no han formado jamás en
-su alma medrosas tempestades. Las nubes volaron ligeras por ella,
-dejando siempre descubierto un fondo azul. Y en ese fondo azul,
-reverberante de luz, nadan como brillante polvo de oro los más gratos
-sueños y los más nobles sentimientos del corazón. Y ese fondo azul, esa
-eterna y pura alegría del alma es la que se descubre bajo todas las
-composiciones de Aguilera, aun bajo aquellas que están inspiradas por un
-sentimiento triste.
-
-Mirad á un cielo azul: ¿qué es lo que veis? Lo primero que se ve en un
-cielo azul es á Dios. El autor de estas líneas cree haberlo visto
-algunas veces cuando niño, á fuerza de abrir mucho los ojos hasta que le
-dolían, y pasando horas enteras tendido con el rostro vuelto al
-firmamento. Después, viniendo los años, perdió la costumbre de pasar las
-horas enteras mirando hacia arriba, porque necesitaba á todo trance
-estudiar la ley de organización del poder judicial. Y sucedió que, en
-cierta ocasión en que muy festejado y risueño se tendió como antes para
-verlo, no lo consiguió. Pero allí estaba. Lo sabe porque otras veces
-miró con semblante mucho menos risueño y lo halló fácilmente.
-
-De la misma manera, lo primero que se encuentra en el fondo azul del Sr.
-Aguilera es á Dios. No busquéis en sus composiciones arrebatos místicos,
-ni explosiones de entusiasmo por la fe ni encendidas diatribas contra el
-impío, ni siquiera _gritos del combate_ con la duda amarga. Pero late en
-ellas el amor sincero á lo divino, porque son tiernas, sencillas y
-bellas, y Dios no puede estar lejos de lo que es tierno, sencillo y
-bello. Los cuatro versos de algunos de sus cantares infunden más fe en
-el alma que cien tomos de controversia teológica. Son cuatro versos que
-abren por un instante las diamantinas puertas del cielo y dejan entrever
-lo que hay dentro. ¡Qué más se les puede pedir!
-
-Cuando trata directamente un asunto religioso, como en la _Leyenda de
-Noche-buena_, lo hace con una verdad, con una sencillez, con un
-sentimiento tan vivo y tan fresco de los inefables misterios de la
-Religión, que necesitamos acudir á los recuerdos de la infancia para
-hallar algo parecido en nuestra alma.
-
-El Sr. Aguilera, en este caso, es un hombre que describe y expresa con
-fidelidad asombrosa los frescos y puros conceptos de un niño. Léanse, en
-confirmación de mi aserto, los siguientes versos que tomo de esta
-leyenda:
-
- --Golondrinas que en rápido vuelo,
- Os tendéis por la atmósfera azul:
- ¿Dónde vais, dónde vais, golondrinas?
- A quitar las agudas espinas
- De la angustia que siente Jesús.
- --Si Jesús en Belén ha nacido
- Coronada su frente de luz,
- ¿Qué corona, decid, golondrinas,
- Qué corona de agudas espinas
- Atormenta al divino Jesús?
- --Si los hombres sois ciegos del alma
- Y con ella no veis su dolor,
- Viendo están, viendo están golondrinas,
- Que aunque niño, corona de espinas
- Ya en su espíritu lleva el Señor.
- Hoy nosotras, con pío amoroso,
- Templaremos su interna aflicción;
- Vendrá un día que irán golondrinas
- A quitar en la cruz las espinas
- Que la frente herirán del Señor.
-
-¿Qué más se ve en el fondo azul del señor Aguilera?--El amor á su
-patria; el amor á la tierra española.
-
-¡La patria! ¿Qué es la patria?--La patria es un hombre andrajoso y sucio
-que se estrecha con efusión en una soledad de América ó de Asia; la
-patria es una frase de desprecio que se pronuncia allá muy lejos, donde
-no brilla el sol ni huele el azahar, y hace correr la sangre por el
-suelo; la patria es un canto que suena de noche en una ciudad de
-Inglaterra ó Alemania, haciendo saltar una lágrima á los ojos de un
-hombre que lee en su gabinete; la patria son unos batallones de
-soldados barbilampiños y morenos que llegan de Africa, y entran en
-Madrid con música y banderas desplegadas; la patria es el gentío inmenso
-que se arroja gritando á su paso, ebrio de entusiasmo y orgullo; la
-patria, últimamente, es una cosa que no se puede definir, como acontece
-con otras muchas.
-
-¿Los españoles tenemos patria?--Unas veces se me antoja que sí; otras
-que no. Lo que no ofrece duda es que trabajamos todo lo posible por no
-tenerla. Hace muchos años que los españoles empleamos lo mejor del
-tiempo en zaherir á nuestra patria con la lengua y con la pluma, y en
-desgarrarla con la espada. Sería un milagro que quedase todavía algo de
-ella.
-
-Por otra parte, la patria ha pasado de moda. Los filósofos han
-demostrado recientemente que el sentimiento patriótico no se acuerda con
-las exigencias cada día más amplias y universales del espíritu humano.
-Es un sentimiento primitivo y grosero, que se aloja por lo común y
-arraiga con extremada fuerza en los hombres de inteligencia inculta y de
-carácter bravío.
-
-Lleno mi espíritu de estas ideas cosmopolitas y filosóficas, enderecé
-mis pasos alguna vez al Museo del Prado. Mi objeto ostensible al dar
-este paseo era ver y recrearme con las pinturas que allí hay; mas en el
-fondo de mi corazón latía también el deseo de inculcar á los chisperos y
-manolos que figuran en el célebre cuadro del _Dos de Mayo_, de Goya,
-alguna de las ideas generales y comprensivas de que iba saturado. Es
-imposible imaginarse nada más salvaje que la actitud de aquellos
-chisperos desharrapados, con los brazos en alto, erizados los cabellos,
-los ojos amenazando saltar de las órbitas, frente á las bocas de los
-fusiles franceses, y gritando al parecer con todas sus fuerzas:
-¡¡¡Fuego!!!
-
-No conseguí mi objeto. En vano quise persuadirles de que aquella
-actitud, si bien en otra época tenía razón de ser, mirando al estado del
-progreso, en los momentos actuales era completamente inexplicable, y se
-hallaba en abierta oposición á la doctrina corriente entre los
-tratadistas. En vano les demostré como pude que el concepto de humanidad
-era superior al de patria, y que éste, como más limitado y primitivo,
-debía subordinarse siempre á aquél. No querían escuchar nada; no
-atendían poco ni mucho á mis razones, y quedaron, como es fácil colegir,
-tan ignorantes y bárbaros como antes. De tal modo, que aún podéis verlos
-cuando queráis, firmes en su cuadro y cubiertos de sangre, siempre con
-los brazos en alto y los cabellos erizados, gritando como energúmenos:
-¡¡¡Fuego!!!
-
-Mucho me holgaría de que lo que voy á decir en este instante no lo
-escuchase ninguno de los varones que siguen con ahinco y amor los pasos
-de la ciencia.
-
-Cierta tarde en que me hallaba frente al mencionado cuadro, amonestando
-á aquellos salvajes, como tengo por costumbre siempre que me pongo al
-habla con ellos, me distraje al parecer con un rayo de sol, que vino de
-repente á herir á un manolo en el rostro. Al mismo tiempo una mosca
-grande y azulada empezó á zumbar confusamente algunas cosas á mi oído, y
-perdí el hilo del discurso. Sin saber por qué ni cómo, en aquel momento
-sentí mucho calor en las mejillas, comenzaron á latirme fuertemente las
-sienes, percibí cierto olor á pólvora, y sin saber también por qué ni
-cómo (¡qué vergüenza!), pienso que exclamé, dirigiéndome á los feroces
-chisperos: «¡Oh, amigos míos, quiero ser bárbaro como vosotros!»
-Afortunadamente no había nadie en la sala.
-
-El Sr. Aguilera, al parecer, también quiere ser bárbaro, y escribe sus
-_Ecos nacionales_, inspirados en el amor vivo y ardiente de la madre
-patria. Estas composiciones fueron escritas en los años juveniles del
-autor, y aunque revelan, bastante inexperiencia artística, que en
-ocasiones semeja puerilidad, trasparéntase en ellas un sentimiento tan
-puro, un candor y una energía que cautivan y embriagan. Quizá si
-tuviesen más aliño no produjeran el mismo efecto. Están destinadas al
-pueblo, á ese pueblo español tan noble, tan altivo, tan feliz en otro
-tiempo, cuando el despotismo austriaco no había asentado su maldita
-planta en nuestro suelo. Haga Dios que algún día ese pueblo español
-salga de su letargo y se disipen los malos sueños que oscurecen su
-frente; no para conquistar tierra, que harta tenemos ya, sino para ser
-más dichoso dentro y más respetado fuera.
-
-El pueblo ha pagado bien al Sr. Aguilera el amor que le profesa, dándole
-lo único que podía darle, su poesía. El pueblo expresa siempre su
-poesía en una forma muy breve y concisa. El pobre necesita trabajar, y
-no tiene tiempo á componer grandes trozos de versificación. Por tal
-motivo, se ha acostumbrado á decir mucho en pocas palabras, y acaso
-también por llevar un poco la contraria al Sr. Grilo. El arte supremo de
-iluminar vivamente el espíritu con cuatro versos, haciéndole columbrar
-dilatados y hermosos horizontes, no lo robó el Sr. Aguilera al pueblo,
-como se ha dicho; el pueblo se lo ha regalado, como desquite de una
-deuda de amor y de sacrificios. No es tan insignificante el regalo como
-algunos piensan, incluso quizá el mismo Sr. Aguilera. A mi juicio, son
-los cantares la obra maestra de nuestro poeta y aquella en que no ha
-tenido, ni tiene, ni es probable que tenga rival. Los cantares de
-Aguilera no morirán jamás, porque salen del fondo del corazón, y como él
-mismo dice con admirable delicadeza:
-
- Cantar que del alma sale,
- Es pájaro que no muere;
- Volando de boca en boca
- Dios manda que viva siempre.
-
-Volando de boca en boca, y acompañados de la guitarra, los he visto
-cruzar á menudo, unas veces tristes, otras alegres, pero siempre dulces
-y apasionados.
-
-¿Qué más se ve en fondo azul del Sr. Aguilera?--El amor de la
-naturaleza. No hay que confundir el amor que Aguilera siente hacia la
-naturaleza con esa afición frívola y afectada, hoy tan en boga entre
-viajeros y bañistas, los cuales creen pagar su deuda de admiración á la
-naturaleza gritando sin ton ni son en todas partes: «¡Magnífico!
-¡Delicioso! ¡Sorprendente!» y poniéndose una rama de madreselva en el
-sombrero cuando tornan del paseo. No; el Sr. Aguilera ama la naturaleza
-como ésta pide que se la ame, con sentimiento profundo y verdadero, con
-extática contemplación y fervoroso culto, con cierto misterioso terror
-que contrae el corazón y cierra la boca. Solamente á los que así la aman
-entrega el tesoro infinito de sus gracias. Así la ha amado Fray Luis de
-León, el inmortal autor de la _Vida del campo_, con quien guarda nuestro
-poeta, según creo haber indicado, un estrecho y singular parentesco, y
-así la amaron todos los ingenios que han sabido cantarla.
-
-Mas el amor de la naturaleza para el Sr. Aguilera y para todos los que
-residimos en la corte es un amor platónico, porque no gozamos de sus
-galas y encantos. En Madrid hay unos árboles en el Retiro y unas
-montañas hacia Fuencarral que los miran por encima de las torres y las
-chimeneas. Lo que queda entre estas montañas y estos árboles no merece
-el nombre de naturaleza. En punto á naturaleza, los madrileños no deben
-alzar el gallo á nadie, porque el más zafio y miserable labriego de
-Asturias ó Galicia es mil veces más rico que ellos.
-
-No obstante, sería poco decoroso despreciar lo que hay en casa. A mí me
-gusta mucho el cachito de naturaleza que posee Madrid. Aquellos árboles
-del Retiro son muy hermosos, digan lo que quieran. Son hermosos por la
-mañana cuando, regocijados y alegres con la salida del sol, bendicen la
-tierra sacudiendo sobre ella, como enormes hisopos; el rocío que vino
-por la noche á dormir en sus hojas. Son hermosos al mediodía cuando el
-sol los baña, los inunda con su luz amarilla, vistiéndolos de verde y
-oro, como si fuesen _primeros espadas_. Entonces los últimos vapores del
-rocío se disipan y se pierden en la atmósfera, la luz consigue penetrar
-por mil intersticios en su interior y los hace trasparentes como faroles
-venecianos, los troncos parece que están satinados, el sol dibuja con
-sus ramas negra y tremante red en la arena, y las hojas chiquitas de las
-puntas relucen como monedas de oro acabadas de acuñar. Son hermosos
-sobre todo á la tarde, cuando se destacan sobre el azul pálido del cielo
-con tal limpieza que parecen recortados á tijera por una mano invisible.
-Si os sentaseis debajo de uno de ellos á contemplar la muerte del día,
-veríais al principio regueros de luz que cambian á cada instante de
-cauce, corriendo primero por la parte baja de la copa, después por el
-centro, después por la cima, después por ninguna parte. La sombra lo
-envuelve en su manto protector, y el árbol, inmóvil y silencioso, se
-prepara á dormir, respirando con libertad en el ambiente fresco y
-húmedo. Más he aquí que de aquellas montañas del Guadarrama, un poco
-soñolientas también, llega una brisa áspera y fría, con el exclusivo
-objeto de darle las buenas noches. Una hojita que en el extremo de la
-rama más alta parece servir de vigía se estremece primero débilmente,
-después empieza á moverse con brío tocando á rebato, y todas las demás,
-advertidas de la presencia del emisario, comienzan á bailar alegremente,
-devolviendo su cordial saludo al Guadarrama. Cumplido este deber de
-cortesía, el árbol se abandona al reposo, y duerme á pierna suelta.
-
-¡Qué hermosos están aun durante el sueño estos árboles, dibujando sus
-fantásticas siluetas en el oscuro azul de la noche! Acaso no sea todo
-oscuridad ni duerma todo en el interior de estos árboles. Reparando
-bien, tal vez percibáis el brillo suave é intermitente de una de sus
-hojas. Alzad los ojos al mismo tiempo, y veréis en el cielo un lucero
-tan brillante como presuntuoso. Retiraos, no seáis indiscretos.
-
-Mas hágome cargo, aunque tarde, de que no estoy escribiendo la semblanza
-de los árboles del Retiro, sino del Sr. Aguilera, y paso inmediatamente
-á otro punto.
-
-¿Qué más se ve en el fondo azul del Sr. Aguilera?
-
-En ese espacio diáfano flotan como claras estrellas dos ojos negros,
-grandes, brillantes y serenos que podéis ver retratados en la hoja
-primera de sus _Elegías y Armonías_. Era una niña, era un pedazo del
-alma del poeta, la que en otro tiempo los hacía brillar con su sonrisa,
-los elevaba, los adormía, los ocultaba un instante en la sombra de sus
-pestañas y los hacía lucir de nuevo como dos rayos de sol que hieren el
-cristal de una fuente.
-
-¡Cuántas veces os habréis sentado en las sillas del paseo de Recoletos!
-¿no es cierto? Pues en verdad que no habrá dejado de revolotear en torno
-vuestro casi siempre un enjambre de niños que juegan corriendo unos en
-pos de otros y lanzando chillidos penetrantes, como golondrinas que se
-persiguen por el aire. Á fuerza de contemplar con mirada distraída
-aquella escena bulliciosa, concluís por fijaros en una niña de ojos y
-cabellos negros y vestido blanco. Os interesa su mirar melancólico y la
-suavidad y elegancia de sus movimientos. Al pasar á vuestro lado muy
-descuidada y risueña, la pilláis al vuelo por uno de sus bracitos y la
-atraéis blandamente hacia vosotros, la aprisionáis entre las rodillas,
-tomáis entre las vuestras sus diminutas manos, que parecen dos botones
-de rosa, y la acariciáis de mil maneras, interrogándola al mismo tiempo
-sobre el juego en que se divierte, cuál es su nombre, cuántos años
-tiene, cuántos hermanos, etc., etc. Al principio os mirará con ojos de
-asombro y temor, se negará resueltamente á contestar y tratará de
-arrancarse á vuestras caricias. Mas poco á poco irá perdiendo el miedo,
-y á los cinco minutos sois los mejores amigos del mundo. Á los diez ya
-sabéis que su hermano menor es un insoportable glotón, capaz de comerse
-la parte de dulces de todos los hermanos, y algunos otros gravísimos
-secretos. Al cuarto de hora, cuando su aya viene á llamarla y os
-presenta la mejilla para que la beséis, vuestra amistad está á prueba de
-desavenencias y disgustos. ¡Oh, bien se puede asegurar que durante este
-cuarto de hora no os aburristeis poco ni mucho! Mas cuando la veis
-alejarse dando graciosos brincos, ¿no ha cruzado por vuestra mente la
-idea de que pudierais tener una hija igual, y que podía morirse? Sí; con
-seguridad ha cruzado y habéis sentido todo vuestro cuerpo estremecerse
-de súbito con un movimiento de terror, y habéis medido con los ojos de
-la imaginación los profundos abismos del más fiero dolor, del _dolor de
-los dolores_.
-
-Pues bien, figuraos que el padre de aquella niña es nuestro poeta y que
-la ha perdido. Otro hombre no hubiera podido hacer más que llorarla. Él
-la ha llorado y la ha cantado. Y su canto es el más armonioso, el más
-sentido, el más tierno que ha salido de su pecho. Las elegías que
-Aguilera dedica á la memoria de su hija, por el profundo sentimiento que
-guardan y por la delicadeza con que han brotado de la pluma, serán
-leídas mientras haya poesía. Parecen escritas como fueron sentidas, en
-el mismo instante en que el brillo de un lucero, los ecos lejanos de un
-organillo ó los lirios que crecen en un balcón traen á la memoria del
-poeta su dicha pasada y su desgracia presente. Detrás de aquellas
-páginas se escuchan realmente los sollozos. Voy á coger no más que dos
-perlas del collar, copiando las siguientes bellísimas composiciones:
-
- Debajo de mis balcones
- Parábase el saboyano;
- Ella, la música oyendo,
- danzaba al sonido mágico,
- y yo de gozo temblaba
- como la hoja en el árbol.
- Debajo de mis balcones
- hoy se paró el saboyano;
- levantar le vi los ojos
- una, dos, tres veces, cuatro...
- ¡Y una, dos, tres, cuatro veces
- sin esperanza bajarlos!
-
- * * *
-
- No mires á mis balcones:
- ¿por qué miras, saboyano,
- si ya no ha de salir ella
- á este balcón solitario,
- para echarte la limosna
- bendecida por su labio?...
- No mires á estos balcones,
- y si vuelves, saboyano,
- la voz del órgano apaga,
- y pase por Dios callando,
- pues yo no sé lo que tiene
- ¡ay! que no puedo escucharlo.
-
- * * *
-
- --¡Cómo tardan estos lirios,
- cómo tardan en dar flor!--
- Me decía muchas veces
- al regar los del balcón.
- --Cuando se abran, serán tuyos
- contestábale mi voz;
- y esperando el ángel mío,
- esperando, se murió.
- Vino Mayo ¡ay, no viniera!
- y los lirios del balcón
- su corola azul abrieron
- á los céfiros y al sol.
-
- Y las lágrimas brillaban
- que sobre ellos vertí yo,
- al dejarlos en la tumba
- donde tengo el corazón.
-
-
-III
-
-Y ahora, ¿qué voy á decir de los defectos del señor Aguilera? He pasado
-un rato delicioso escribiendo las anteriores líneas, sin curarme para
-nada de ellos. Ni yo lo he sentido, ni acaso el lector lo sienta
-tampoco. Encadenado al vuelo del poeta, vime suspenso un instante sobre
-la tierra. Pienso (Apolo me perdone la injuria) que fuí poeta el espacio
-de un relámpago. No es maravilla que me pese el salir de un grato sueño
-para dar con verdades frías y amargas. ¡Es tan triste acostarse poeta y
-despertar crítico! Pero Dios lo quiso, y el editor también. ¡Seamos
-críticos!
-
-No satisfecho el Sr. Aguilera con expresar lo que sentía bien,
-verbigracia, los afectos más arriba indicados, quiso también cantar en
-más de una ocasión lo que sentía mal ó no sentía de modo alguno. De aquí
-han nacido todos sus defectos. En el crecido número de sus composiciones
-se encuentran no pocas endebles, fatigosas y descoloridas, sobre todo en
-el _Libro de las sátiras_, no tanto por falta de primor y elegancia en
-la forma (que rara vez acontece), como por falta de verdad y de brío en
-la inspiración. El Sr. Aguilera ha incurrido en un vicio, harto
-frecuente por desgracia en nuestra época; el de acudir á lugares
-comunes, á frases llevadas y traídas por todos los que comercian con las
-Musas. Los lugares comunes en filosofía admiten excusa y hasta prestan
-utilidad, mas en el Parnaso son rechazados y perseguidos como animales
-dañinos. No es posible encarecer bastante el horror con que las Musas
-miran la poesía de estereotipia, tan en boga al presente. Dicen ellas, y
-yo soy de su opinión, que cuando el poeta no tiene nada nuevo que decir
-ó no encuentra nueva forma en que expresarlo, debe callarse.
-
-Puesto ya á censurar, también diré que el señor Aguilera introduce
-alguna vez en sus poesías lecciones de moral que encajarían mejor en una
-plática de Semana Santa. Una cosa es componer poesías, y otra dirigir
-pastorales á los católicos de una diócesis. También diré que acostumbra
-á desleir sobradamente los conceptos, dando esto por resultado el que se
-pierda, ó debilite al menos, el efecto que deben producir, comunicando
-al propio tiempo á sus composiciones cierta languidez, que alguno
-pudiera calificar de inanición. También diré que la afición á poner
-estribillo en una gran parte de sus poesías, produce en ciertos casos el
-efecto apetecido de moverlas y animarlas; mas en otros, quizá por
-rechazarlo la índole del asunto, ó por no acertar á poner el que
-conviene, las hace pueriles unas veces, y otras artificiosas.
-
-Pero no diré más; que ya me voy avergonzando de echar en cara estas
-menudencias á un tan insigne y excelente poeta.
-
-[Illustration]
-
-
-
-
-D. GASPAR NÚÑEZ DE ARCE
-
-
-[Illustration: A]UNQUE parezca descortés y hasta irreverente dar
-comienzo á la semblanza de un poeta con una apología de la prosa, tengo
-razones poderosas para escribirla, y la he de escribir, si en ello
-hubiera de irme la fama de atento y comedido. No la escribo porque tenga
-en aborrecimiento el verso; que el hecho mismo de consagrar mi pobre
-ingenio al estudio de los poetas dice bien claramente lo contrario.
-Tampoco porque juzgue, como algunos, que es el verso un lenguaje propio
-de la infancia de los pueblos y opuesto á la gravedad de nuestra época,
-y que ha de llegar un día en que desaparezca totalmente. Para mí el
-verso es y será eternamente el lenguaje genuino de la poesía. Y cuenta
-que lo dice un hombre tan pudoroso en esta materia, que para él las
-columnas de _La Ilustración Española y Americana_ son selvas vírgenes
-donde nunca ha osado poner el pie: incapaz, por consiguiente, de meterse
-con nadie ni de escribir un mal soneto, á no ser que le hurguen mucho y
-de mala manera: en cuya fe quiere vivir y espera morir. Mas el verso,
-como todas las grandezas de la tierra, no necesita apologistas. Por el
-hecho de existir pregona su excelencia; mientras la prosa, la prosa vil,
-al tenor de las causas malas, necesita campeones que salgan á su
-defensa. No es bizarro el que ahora se presenta, pero sí bastante
-cazurro, y ha de suplir, ciertamente, con zancadillas y trazas de mala
-ley lo que le falta de arrojo. Mucho cuidado con él.
-
-La prosa no es bonita, debo confesarlo, pero no me nieguen ustedes que
-es muy expresiva. Tiene las facciones abultadas é incorrectas, le falta
-majestad y dulzura en los movimientos, es áspera, indómita y arisca,
-todo lo que ustedes quieran; pero no me nieguen ustedes que es muy
-expresiva. ¡Oh, sí, es muy expresiva! El alma se ve muy pronto por sus
-ojos grandes y oscuros. En sus posturas descuidadas y caprichosas, en
-sus movimientos desordenados y bruscos, en sus arrebatos y en sus
-desmayos, hay á veces mucha gracia. Y luego, ¡tiene unas salidas! Nunca
-puede estar tranquila ni caminar con paso mesurado y sereno. Á cada
-instante se siente acometida por la necesidad de alargarlo ó acortarlo.
-Viene un período amplio, terso y sonoro, de esos que piden á todas horas
-los pseudo-clásicos, sin saber lo que piden; en pos de él, otro breve y
-palpitante como el corazón que lo dicta. Aparece uno suave y
-almibarado, como el requiebro de un adolescente, y á toda prisa surge
-detrás otro seco y áspero que le deja cortado. La prosa, en fin, odia de
-muerte la monotonía, y procura demostrárselo en cuantas ocasiones se
-presentan. Quizás por eso se eleva rara vez al cielo. El cielo es
-hermoso, pero es monótono.
-
-Mas si no consigue volar por el cielo sereno y límpido, en cambio
-discurre admirablemente por la tierra. Alguna vez se mancha con sus
-lodos y se pincha con sus abrojos, pero sabe lavarse inmediatamente en
-sus claras fuentes, y curarse con el bálsamo de sus flores. No se
-desdeña de andar á pie por los parajes más escabrosos, ni penetrar en
-los lugares más humildes. A menudo se la ve pararse ante un objeto
-ínfimo y despreciable, iluminándolo y describiéndolo con amor. Á veces
-también, á semejanza del mar, sabe reflejar el azul del cielo.
-
-No se me oculta, sin embargo, que se la mira generalmente con desprecio.
-No se me oculta que al ver á la prosa entrarse por un hospital, por una
-fábrica ó por una taberna con la mayor frescura, y ponerse á referir
-cuanto allí ocurre, por insignificante y hasta despreciable que sea, hay
-muchos que dicen pestes de ella, y se creen humillados al leer lo que
-juzgan indigno de toda atención. Sé de sobra que hay mucha gente para
-quien no existe ni puede existir arte alguno en la descripción del catre
-en que duerme un niño desamparado y pobre, ó en la de la faena de un
-rudo labrador, ó en la del tocado breve y sencillo de una costurera.
-¡Ah! Tal vez se figura esa gente que no se encuentra á Dios más que en
-la sublimidad de la bóveda celeste poblada de astros luminosos, á cuyo
-lado el que habitamos no es más que un leve grano de arena. Si tal se
-figura, es que no ha mirado jamás en una gota de agua por el lente de un
-microscopio. Habiendo mirado, no dejaría de comprender al instante que
-es tan fácil llegar á Dios por lo infinitamente pequeño como por lo
-infinitamente grande.
-
-Tampoco la prosa carece de ritmo en absoluto. Su ritmo es mucho más
-hondo y arcano que el del lenguaje métrico, mas no por eso deja de
-existir. Un oído delicado lo percibe como blanda y recóndita música
-dentro de una selva oscura. ¿Quién osará negar el ritmo, el número y la
-armonía á la prosa de Cervantes, Fenelón ó Manzoni? No seré yo quien
-cargue con semejante responsabilidad. Lo que hay es que el ritmo de la
-prosa no es uniforme y continuo como el de la versificación. Los vientos
-del pensamiento lo agitan á su capricho y le hacen variar á cada
-instante de rumbo, sin darle jamás punto de reposo. La prosa, mejor que
-el verso, obedece á las insinuaciones del espíritu, dejándose llevar
-cual dócil pluma, unas veces por regiones serenas y tranquilas, otras
-por parajes revueltos y oscuros...
-
-Pero basta ya de panegírico; que tal suma de perfecciones voy acumulando
-sobre la prosa, y tan devoto de ella me presento, que temo murmuren las
-malas lenguas.
-
-Llegó el instante, por mí bastante temido, de dar explicaciones sobre
-las causas que engendraron este inoportuno panegírico. Y ála verdad, si
-ustedes pudieran pasarse sin ellas, me alegraría en el alma, porque no
-tengo deseo alguno de manifestarlas. Mas ustedes no pueden pasar sin
-explicaciones, por más que la galantería les mueva á decir otra cosa, y
-aunque me pese, creo hallarme en la obligación de remediar su justa
-curiosidad.
-
-¿Y por qué siento dar explicaciones? Dirélo de una vez: porque temo que
-estas explicaciones no agraden al Sr. Núñez de Arce. Tal temor, si bien
-se nota, es más lisonjero que ofensivo para el Sr. Núñez de Arce, puesto
-que si yo no le respetase y admirase muy de veras, á buen seguro que no
-me turbaría más ni menos. Mas, por desgracia, sé lo peligroso que es
-decir á una mujer hermosa que no es la más hermosa del mundo, ó á un
-poeta inspirado que no es el más inspirado de todos los poetas. Desde
-Homero hasta Revilla, no ha habido jamás poeta alguno que escuchase con
-calma una afirmación parecida. Compadézcanse ustedes de mi situación, y
-por Dios me den algunos alientos, que harto los necesito. Comienzo.
-
-Reconozco, como tendré ocasión de mostrar en el presente artículo,
-muchas y notables dotes de poeta en el Sr. Núñez de Arce, mas he dado en
-imaginar que las tiene aún más notables y sobresalientes de prosista.
-En las cortas páginas que lleva escritas en prosa, he pensado reconocer
-casi todas las cualidades que distinguen á los grandes prosadores;
-flexibilidad, número, concisión, elegancia, naturalidad, energía. Si se
-me apurase, tal vez llegara á decir que en el género histórico es donde
-pudiera alcanzar mayores lauros. Tengo la creencia de que si el señor
-Núñez de Arce hubiese dedicado su pluma á la historia, dejaría
-oscurecidas, por lo que toca al aspecto literario, las glorias de todos
-nuestros historiadores, excepto Mariana. Y aquí me salta al encuentro
-cierta semejanza que hace tiempo he observado entre nuestro poeta y otro
-de la nación portuguesa: Alejandro Herculano. A entrambos los
-caracteriza la austeridad del pensamiento, la virilidad y firmeza del
-tono y la sobriedad de la dicción. Pero Alejandro Herculano, que no pasa
-de notable poeta, fué un eminentísimo prosista, el más eminente quizá de
-cuantos ha producido la Península Ibérica, en este siglo, dejando, como
-es sabido, en la historia y en la novela monumentos perdurables del arte
-literario. ¿Sentirá ahora el Sr. Núñez de Arce que le compare á
-Herculano?--Lo sentirá, estoy seguro de ello; y lo sentirá, porque la
-comparación, como dicen los filósofos, sólo es exacta _en potencia_,
-dado que el Sr. Núñez de Arce no ha querido hasta el presente mantener
-relaciones duraderas con la prosa. Respetando, como me cumple, su
-acuerdo en este punto, permítaseme deplorarlo, en gracia siquiera de la
-desgraciada defensa que de aquélla acabo de hacer. Y ya no necesito
-decir más para explicar el raro modo de dar comienzo á este artículo.
-
-Mas ya que me veo forzado á juzgar en el Sr. Núñez de Arce al poeta y no
-al prosista (como fuera mi gusto), debo empezar declarando que ciertas
-cualidades que el Sr. Núñez de Arce posee en alto grado, esenciales para
-el prosador, no lo son tanto en mi concepto para el poeta, á saber: la
-concisión y la energía. Nada más frecuente, cuando se quiere ensalzar la
-musa del Sr. Núñez de Arce, que apellidarla viril, como si con este
-adjetivo quedase hecha su apología por completo y no hubiese más que
-decir. Es más: hasta he leído juicios críticos en que se considera esta
-cualidad como la más alta y suprema que el poeta puede recibir del
-cielo. No lo entiendo yo así. ¡Medrados estaríamos si no hubiese más que
-virilidad y fuerza en la poesía, si el poeta hubiese de cantar por
-necesidad á todas horas asuntos ó temas viriles! Tanto valdría afirmar
-que en el terreno metafísico, la belleza y la forma se confunden. Por
-fortuna no es esto cierto en ningún terreno. El elemento femenino ha
-jugado, juega y jugará un papel principalísimo dentro del arte. En la
-humanidad, la belleza no está representada por el hombre, sino por la
-mujer. Y la naturaleza, si es sublime en sus aspectos ó momentos
-terribles, bella no lo es más que en los de calma y sosiego, y en los
-lugares apacibles y amenos.
-
-Tampoco hay que confundir la energía de la expresión, que es ingénita á
-todo el que se halla bien penetrado de un sentimiento, sea éste tierno
-ó viril, con la índole de los afectos que animan al poeta. Espronceda es
-más enérgico para mí en su _Canto á Teresa_ que Quintana cantando el
-combate de Trafalgar. Y es porque, á mi entender, le tenían con más
-cuidado á Espronceda las liviandades de su querida, que á Quintana la
-derrota de la escuadra hispano-francesa.
-
-Por lo dicho, y por algo más que me callo, no soy tan gran admirador
-como otros de los poetas viriles (cuando la virilidad reside en la
-naturaleza del asunto ó en el tono, y no en la mayor ó menor energía del
-sentimiento). Así que no doy la estimación que aquéllos á la virilidad
-del Sr. Núñez de Arce. Pudiera muy bien ser más viril que Adán, padre
-del género humano, y no tener pizca de poeta. Si lo es, y excelente, no
-lo debe á los temas viriles que elige para sus composiciones, ni al tono
-elevado que adopta para cantarlos, sino á su ingenio y fantasía.
-
-En cuanto á la concisión, cierto que es una dote que puede cuadrar bien
-á un poeta; pero no le es tan indispensable como al prosista. Conviene
-distinguir además la concisión ó sobriedad de la frase de la precisión y
-fijeza de los conceptos. La primera puede enaltecer las producciones de
-un poeta: la segunda no hace más que confundirle con el prosador. El
-verso es semejante á la música, y como ésta, sirve para expresar lo más
-vago, lo más delicado, lo más inefable de los sentimientos humanos.
-Cuando se le obliga á decir cosas que la prosa puede expresar tan bien
-ó mejor que él, á mi juicio, se le desnaturaliza. Esto hace en ocasiones
-el Sr. Núñez de Arce. Algunas de las composiciones insertas en los
-_Gritos del combate_ parecen escritas en prosa sonora y rimada, y
-semejan manifiestos políticos en verso, más que verdadera y limpia
-poesía.
-
-¿Llevará, por ventura, la musa política el feo vicio del prosaísmo? No
-lo sé; mas cuando echo la vista á los frutos que ha dado en este siglo
-dentro y fuera de España, me siento inclinado á pensarlo. Aunque fijemos
-nuestra atención en lo más selecto, por ejemplo, en Quintana y Beránger,
-yo encuentro el prosaísmo (el prosaísmo del concepto y del sentimiento,
-que es mil veces peor que el de la frase) cebándose sañudamente en un
-gran número de sus composiciones, por más que el primero aspire á
-disfrazarlo con la pompa del estilo, y el segundo con su donaire. Me
-parece que en esto no hago más que seguir la opinión general, porque la
-fama de ambos poetas ha desmedrado notablemente con el tiempo. No quiero
-decir, sin embargo, que la política no pueda inspirar en ocasiones á los
-poetas grandes, bellos y atrevidos pensamientos, aunque sí imagino que
-la política antigua, entregada al acaso ó á los golpes de la fortuna y á
-la espontaneidad de las fuerzas individuales, servía mejor para el caso
-que la moderna, sometida casi por completo á una serie de reglas
-complicadísimas que la convierten en una maquinaria inflexible y
-monótona. Padilla luchando á campo abierto en Villalar con el emperador
-Carlos V, es una figura poética; pero un general que se pronunciara hoy
-con unos cuantos batallones en favor de la _descentralización_, no lo
-sería gran cosa. Y es porque en el instante en que las ideas dejan de
-formar parte de nuestra vida, de nuestra carne, si pudiera hablar así,
-como en el caso de Padilla, para convertirse en abstracciones, se
-deshace su encanto. El poeta no quiere abstracciones, sino figuras
-vivas, imágenes, algo visible y palpable que infunda calor en su corazón
-y en su fantasía. El Sr. Núñez de Arce ha caído en el mismo vicio que su
-maestro Quintana, y como él ha procurado velar lo descarnado y prosaico
-del pensamiento con la magnificencia del estilo. Esto no obstante, debo
-hacer una declaración que va á estremecer profundamente muchas orejas
-clásicas. Para mí, el discípulo posee más cualidades de poeta que el
-maestro. Está muy lejos de superarle, ciertamente, en la profundidad del
-pensamiento, ni en el vigor y armonía de la elocución poética, pero le
-lleva ventaja en el calor y riqueza de la fantasía, que, por más que á
-ello se opongan los pseudo-clásicos, es lo que eternamente caracterizará
-al poeta. No manejará la lengua con tanto imperio y maestría, ni
-escribirá unos versos tan audaces como los de Quintana, pero éste
-tampoco escribiría ni el _Idilio_ ni el _Raimundo Lulio_ de nuestro
-poeta.
-
-No es sólo la política la que inspira al Sr. Núñez de Arce, aunque sí le
-preocupa con exceso. Hay otro orden de pensamientos que le atraen, le
-alteran y le mortifican, como puede verse leyendo sus _Gritos del
-combate_; y son los del orden religioso. No me asombra. Las cosas de
-ultratumba nos traen revueltos á muchos que no tenemos nada de poetas.
-Hasta aquí, por consiguiente, el Sr. Núñez de Arce no es más que uno de
-tantos. Conviene ahora saber si esta preocupación constante de la mayor
-parte de los hombres en el día inflama su espíritu y le presenta nuevas
-y originales bellezas, pues es de lo que se trata.
-
-Nuestro poeta se empeña en hacernos creer que su espíritu vive presa de
-la duda más cruel, que no puede deshacerse de ella, que en todos los
-parajes y ocasiones le acompaña y le persigue, etc., etc. Y á la verdad,
-lo que se vislumbra en las poesías del señor Núñez de Arce no es un alma
-atormentada por la duda, sino un hombre descreído que echa menos sus
-perdidas creencias. Esto, que hasta cierto punto es una falta de
-sinceridad, de la cual tal vez el mismo poeta no se dé cuenta perfecta,
-contribuye poderosamente á que tales poesías no hieran la fantasía ni
-conmuevan el corazón de quien las lee. Otra razón hay para que estas
-composiciones, bien entonadas, correctas y armoniosas, no nos hieran muy
-vivamente; y es que los pensamientos en ellas esparcidos tienen más de
-científicos que de poéticos. Son los pensamientos que se ocurren á un
-hombre de talento, y no á un poeta. El Sr. Núñez de Arce no ha sacado
-partido del estado de incertidumbre ó de incredulidad en que
-necesariamente han de vivir los poetas de esta época. Byron, Schiller,
-Heine, Musset, Leopardi y otros varios, han creído, han dudado, han
-descreído. Todo esto se trasluce con bastante claridad en sus obras,
-aunque ellos muy rara vez nos lo digan concretamente. Y la enfermedad
-que les devora presta á sus poesías diversas tintas ó colores, según los
-estados por que atraviesa; unas veces oscuros y lúgubres, otras vagos y
-desvaídos, otras dulces y melancólicos. Pero siempre, siempre buscando
-la belleza con admirable instinto. Así que, para mí, sus figuras son
-mucho más interesantes y amables que la del Sr. Núñez de Arce, el cual
-se revuelve airadamente contra su siglo y contra Voltaire, Darwin y todo
-el cortejo de filósofos modernos, á quienes achaca la culpa de que él no
-viva feliz y satisfecho. Es muy lamentable; mas para el arte es aún más
-lamentable que la duda ó el esceptismo no hayan logrado descubrir
-tesoros de más valía dentro de su espíritu.
-
-Los defectos que dejo apuntados proceden, si no en todo, en gran parte
-al menos, de que el Sr. Núñez de Arce no está completamente en su cuerda
-en la poesía lírica. La índole de su ingenio y de su inspiración es
-mucho más épica que lírica. Y si fuera permitido á un hombre humilde y
-desautorizado, como yo, invocar el auxilio de dos palabras tan augustas,
-diría que es más objetiva que subjetiva. Lejos de mi la idea de entrarme
-de rondón, por esto, en el dominio de las divisiones literarias. Entre
-todos los españoles que saben leer y escribir, no habrá otro menos
-amigo de clasificaciones. Creo que las divisiones en el arte son como
-las que se hacen en el mar: tan pronto hechas como borradas. Pueden los
-retóricos á su antojo dividir el arte en géneros, á semejanza de los
-astrónomos que dividen el firmamento en zonas para mejor estudiar sus
-estrellas. Dios en el cielo y el poeta en el arte nunca tendrán en
-cuenta para nada tales divisiones. Mas una cosa es trazar
-clasificaciones y otra determinar el carácter y naturaleza de la
-inspiración de un poeta. Á esto únicamente me dirijo cuando digo que el
-Sr. Núñez de Arce es más épico que lírico.
-
-Como poeta lírico, carece de aquella delicadeza y escrupulosidad con que
-los grandes modelos exploran todos los pliegues de su alma y sondean sus
-más profundos misterios; carece de aquella exquisita sensibilidad que
-les mueve de un modo irresistible á exhalar sus afectos. Pero en cambio
-su imaginación viva y osada, su briosa entonación y su maestría para
-describir y narrar, le están pregonando como un gran poeta épico. Así lo
-ha comprendido él mismo al cabo, decidiéndose á escribir algunos poemas
-que son los cimientos más seguros de su gloria. Entre ellos, dos, el
-titulado _Raimundo Lulio_ y el que por un extraño capricho titula
-_Idilio_, compiten con lo más hermoso y selecto que este siglo puede
-ofrecer en poesía á los futuros.
-
-El _Idilio_ es una prueba más de que en la vida lo pequeño es muchas
-veces lo grande. Casi tantas como lo grande es lo pequeño.
-
-¡Lo pequeño y lo grande! ¿Quién se atreverá á decidir sobre uno y otro?
-Cuando niños nos hacen llorar cosas que hacen reir á los hombres. ¿Me
-negaréis que aquellas lágrimas son tan sinceras y tan vivas como todas
-las demás que se vierten en el mundo? Cuando jóvenes nos desesperan ó
-nos arrebatan de alegría ciertas cosas que los viejos desprecian. En
-cambio los jóvenes suelen mirar con soberano desdén otras que preocupan
-á los viejos. Y si esto acontece en un mismo hombre, ¿qué no sucederá
-entre hombres diferentes? Preguntadle al comerciante de enfrente qué es
-lo que opina del ruido que hacen las hojas al caer ahora por otoño.
-Preguntadle á un poeta qué juzga de la subida de los algodones.
-Preguntadle á una madre que ve á su hijo partir á la guerra qué es lo
-que opina de la autonomía de los Estados. Preguntadle á un diplomático
-cuánto le preocupa el dolor de aquella madre. ¡Lo pequeño y lo grande!
-¿Quién se atreverá á decidir sobre uno y otro?
-
-El asunto ó tema del _Idilio_ del Sr. Núñez de Arce quizás será para
-otros muy pequeño; para mí es muy grande. La amistad cándida y pura de
-un niño y una niña que crecen bajo un mismo techo, transformada por
-virtud de la edad y de cierta separación en amor apasionado: el término
-fatal que la muerte viene á dar á este naciente amor. Así es el tema en
-resumen. He dicho que para algunos tal vez será pequeño, porque los
-hombres suelen á menudo burlarse de estos afectos ó pasiones de la
-adolescencia y llamarlos niñerías. Quizá tengan razón; mas antes que yo
-se la dé, precisa que me demuestren que los afectos ó apetitos que
-después cautivan su alma valen más que estas niñerías. Que estos hombres
-pongan la mano en su pecho y me digan ingenuamente si á los cincuenta
-años de edad se sienten más nobles, más desinteresados, más valerosos,
-más compasivos y más prontos al sacrificio que á los diez y ocho. Que me
-digan también si los sustanciosos devaneos de la edad viril les han
-proporcionado más goces y menos remordimientos que los amores tontos y
-platónicos de la adolescencia. Así que me lo digan (y yo los crea),
-renunciaré de buen grado á parar mientes en tales menudencias. Mientras
-tanto, no extrañen ustedes que adore estas niñerías, considerándolas
-como flores que exhalan su fragancia, no sólo por los años en que viven,
-sino aun por toda la existencia cuando se guardan como preciosas
-reliquias dentro del corazón. Sigamos ahora con la niñería del Sr. Núñez
-de Arce.
-
-Aunque no tenga á la vista su precioso _Idilio_, y lo haya leído hace ya
-bastante tiempo, recuerdo muy bien todos sus detalles; prueba
-incontestable de que me ha impresionado fuertemente. Recuerdo aquella
-partida del estudiante novel á la ciudad, aquel caballo overo que
-aguarda á la puerta, aquella tierna despedida de la madre, la reprimida
-aunque no menos tierna del padre, y la triste y candorosa de la huérfana
-que ha sido su compañera; recuerdo su gozosa vuelta, sus inocentes
-recreos, aquel carro del vecino en que tornaba á su casa por la tarde;
-recuerdo aquella esquivez incomprensible para él de su compañera de la
-infancia; recuerdo aquella tarde en que á solas con sus pensamientos
-trepa al castillo derruído, y la magnífica descripción que el autor hace
-entonces de los campos de Castilla, la tempestad que le sorprende en
-aquel sitio y su fatal caída; recuerdo aquel rostro angelical que el
-estudiante ve siempre cerca de su lecho, y que apenas se pone bueno
-desaparece; recuerdo aquella delicada y naturalísima declaración de
-amor, las nobles promesas de la madre, la nueva partida, la nueva
-vuelta... En fin, lo recuerdo todo, y todo me encanta hasta un grado
-indecible. Yo sé dónde está el secreto del hechizo que para todo el
-mundo tiene este poema. Sí, yo lo sé. No hay en él otro secreto que la
-verdad del sentimiento. Créanme ustedes, cuando un autor siente una
-cosa, tiene mucho adelantado para hacer sentir con ella á los demás.
-
-De muy distinto modo, pero no con menos fuerza, me ha impresionado la
-lectura de _Raimundo Lulio_. Trátase de un personaje tan insigne, y al
-mismo tiempo tan misterioso, que cuanto á él se refiera no puede menos
-de tener mucho interés y excitar la imaginación. Raimundo Lulio es el
-faro que desde una isla del Mediterráneo esclarece las tinieblas de la
-Edad Media.
-
-Lo que sirve de argumento al poema es un episodio de su vida terrible
-hasta lo sumo, y tan dramático... Pero antes de pasar más adelante,
-necesito escribir una carta al Sr. Núñez de Arce. Suplico á ustedes el
-favor de entregársela en propia mano y no leerla por el camino.
-
-
-
- Sr. D. Gaspar Núñez de Arce.
-
- Muy señor mío y de mi mayor aprecio: Si algo puede con usted la
- sincera admiración, y aun el cariño que le profeso, acoja con
- indulgencia la respetuosa súplica, con honores de consejo, que voy
- á hacerle.
-
- Por su propio interés y por el de la poesía española, que tiene en
- usted un tan ilustre representante, le ruego que cuando llegue el
- día de dar á la estampa una nueva edición de su RAIMUNDO LULIO, vea
- de modificar, enmendar, ó para mejor hacer, suprimir la
- introducción que le pone, dedicada «á un amigo de la infancia». Las
- razones que para desear tal supresión tengo son las siguientes:
-
- 1.ª La introducción me parece, á más de inoportuna, prosaica, y que
- no corresponde al tono inspirado y majestuoso del poema.
-
- 2.ª Las pestes que usted dice en ella de la ciencia me parecen
- indignas de quien se llama á renglón seguido «hijo de su siglo».
-
- 3.ª El supuesto de que Raimundo Lulio, desengañado de la ciencia,
- cuyo símbolo es Blanca de Castelo, dijo adiós al mundo me parece
- falso. Lo que se saca de la vida de este varón, siendo también lo
- más lógico, es que, desengañado del mundo, buscó abrigo en la
- religión y en la ciencia.
-
- 4.ª Aun concediendo que todo fuese cierto, nunca debió usted
- declarar que Blanca de Castelo es un símbolo. Estas declaraciones
- se dejan para los críticos, retóricos y demás gente menuda. El
- poeta debe amar los hijos de su fantasía como si fuesen de carne y
- hueso; por lo que son, y no por lo que pueden representar.
-
- Perdóneme el atrevimiento, en gracia del afán que siento por no ver
- deslucida una joya de tanto precio. Y considere que convertir una
- figura hermosa y divina, como la de Blanca de Castelo, en una
- abstracción, es un sacrilegio casi tan grande como el de su amante
- al penetrar en el templo á caballo.
-
- Suyo, devoto y afectísimo,
-
- A. PALACIO VALDÉS.
-
-
-
-Calificaba más arriba el episodio que se narra en el _Raimundo Lulio_ de
-terrible y dramático. Así es, en efecto. El amor impuro y fogoso del
-protagonista recibe una lección tremenda, como venida de aquel cielo
-triste y severo de la Edad Media. El sacrílego jinete que penetra en el
-templo haciendo chasquear las herraduras de su caballo contra los
-mármoles sagrados; la airada muchedumbre que le recibe primero con sordo
-rumor y después le acosa por las calles; el lúbrico insomnio que le
-acomete más tarde; la misteriosa cita; la escena viva y exaltada en que
-la pasión del fogoso mancebo se desborda:
-
- «Y estalló con sus cláusulas de fuego,
- con su expresión incoherente y rota
- por el halago y la pasión y el ruego:
-
- con ese dulce cántico que brota
- al fecundo calor de una mirada,
- y lleva una ilusión en cada nota;
-
- con esa breve frase entrecortada
- que, al morir en los labios, adivina
- el corazón de la mujer amada,
-
- música de la almas, peregrina,
- que con suspiros trémulos empieza
- y con vibrantes ósculos termina»;
-
-el horror de que se siente poseído al contemplar el seno de su amada
-_carcomido por repugnante llaga cancerosa_... todo es sombrío y
-patético; todo está pintado con tal brío, con toques tan seguros y
-enérgicos, que nos hiere y nos conmueve profundamente. Causa verdadera
-maravilla la sobriedad de dicción con que está escrito este poema.
-Apenas huelga una sola palabra. Y, sin embargo, por un poderoso y casi
-inconcebible esfuerzo, todo está dicho, y todo está bien dicho. La
-fantasía del poeta es en esta ocasión como una lente, que ata y hace
-pasar los mil rayos del sol por un punto. El tono es grave y solemne,
-como conviene al narrador. Sólo un gran poeta puede hacer hablar á un
-personaje como Raimundo Lulio, grande de por sí y engrandecido además
-por el tiempo y el misterio, sin empañar el brillo que adquirió en
-nuestra imaginación.
-
-Después de leer este poema, ¿quién no se convencerá de que el Sr. Núñez
-de Arce no debe pulsar más cuerda que la épica? El rápido y majestuoso
-desenvolvimiento de la acción, la firmeza y dignidad de los caracteres,
-la verdad de las descripciones, aquel concebir osado y aquel decir grave
-y conciso, no dejan lugar á duda sobre este punto. Por esta vía debe
-marchar, y por ella confieso que ha marchado de algún tiempo á esta
-parte. Los últimos poemas que dió á luz son brillantes y hermosos. No
-obstante, el Sr. Núñez de Arce, estoy seguro de ello, tiene fuerzas para
-hacer mucho más todavía. Quisiera verle acometer una empresa grande y
-digna de su inspiración; una empresa que le inmortalizara, como al
-autor de _Fausto_ ó al de _Manfredo_. Los tiempos no se prestan á ello,
-bien lo conozco. Si tuviese la fortuna de escribir algo semejante, la
-crítica igualitaria que al presente se usa nunca le perdonaría el haber
-rebasado la línea de los Grilo, Blasco, Retes, Herranz, etc., etc. Las
-flores más bellas de su imaginación quizá serían roídas como avena ó
-paja. Y si, por ventura, resultaba que el poema era un sí es no es más
-subjetivo ú objetivo de lo que le correspondiese de derecho, ¡ya le caía
-obra al Sr. Núñez de Arce!
-
-Con todo eso, no dejaré de aconsejarle que emprenda su poema. Demos que
-tenga muchos defectos y que éstos no sean imaginarios, sino verdaderos y
-efectivos; si las bellezas que haya en él son dignas de la inmortalidad,
-inmortal será el poema con todos sus defectos. ¡Los defectos! Moratín
-encontraba el _Hamlet_ atestado de ellos. Y, sin embargo, ¡cuánto más
-vale dormir alguna vez como Shakspeare que andar siempre tan vigilante y
-avispado como Moratín!
-
-[Illustration]
-
-[Illustration]
-
-
-
-
-D. MANUEL DE LA REVILLA[10]
-
-
-[Illustration: R]EVILLA!--He aquí un nombre que hace soñar, como esas
-nubes rojas que se amontonan en el horizonte al declinar a tarde, para
-servir de lecho al sol en su caída. Hay en este nombre algo de vago y
-misterioso que fascina el espíritu y lo inclina á meditar. Cuando lo
-escuchamos, sin saber por qué, viene á nuestra mente el recuerdo
-punzante de una flor que hemos deshojado, ó el de una voz que nos
-cantaba al oído cuando niños para dormirnos, ó el de unos labios
-ardorosos que rozaron nuestra mejilla en otro tiempo, ó las notas
-suaves, tiernas, purísimas de la metafísica neo-kantiana. Si se me
-preguntara dónde está el secreto de tal fascinación, no podría contestar
-satisfactoriamente. Para mí no está en que el señor Revilla sea
-filósofo, y sea poeta, y sea orador, y crítico, y catedrático, y
-revistero de teatros. Cada una de estas cualidades de por sí, estoy
-seguro de que no le haría el blanco de la admiración de sus
-contemporáneos. Mas ha de existir entre ellas una singular y extrañísima
-relación, inextricable para el espíritu, mediante la que el fenómeno
-indicado se realiza. De tal suerte, que si el Sr. Revilla fuese orador y
-poeta, y no fuese filósofo al mismo tiempo, perdería por eso sólo la
-inmortalidad; y si fuese orador, poeta, filósofo y catedrático, y no
-tuviese además la cualidad precisa de revistero de teatros, es como si
-no fuese nada para el efecto de la fascinación. El Sr. Revilla es, pues,
-el resultado feliz de una agregación de elementos diversos, cuyo modo de
-enlazarse ó combinarse sólo Dios conoce. La naturaleza nos está
-ofreciendo á cada paso ejemplos admirables de estas dichosas
-combinaciones. Suprimid á cierto paisaje el mar que se divisa á lo lejos
-ó la montaña que se levanta imponente sobre él, y perderá su carácter y
-no atraerá vuestra atención. El Sr. Revilla es como un paisaje (en este
-respecto nada más): no es posible quitar ni poner en él cosa alguna, sin
-privarle de su efecto.
-
-Desde muy temprano ha reconocido en sí mismo una vocación decidida á
-influir sobre su siglo, y siguiendo los nobles impulsos de su alma, no
-ha querido privarle de ninguno de aquellos medios por los que un hombre
-puede influir sobre un siglo. Bien sabido es de todos que el primero y
-más poderoso es la gravedad. Nada hay tan pernicioso, y por
-consiguiente, nada tan aborrecible, en mi pobre opinión, como las
-expansiones jocosas ó burlescas en todos los puntos de vista que se las
-considere. Porque no sólo han sido y son una rémora para el progreso
-moral y material de las naciones, sino, lo que es aún peor, han servido
-ya en algunas ocasiones para poner en duda el ingenio y la sabiduría del
-Sr. Revilla. ¡Qué tiempos los nuestros! Ya no existe para este siglo
-menguado nada de respetable ni digno de ser mirado seriamente. Escribe,
-pongo por caso, el Sr. Revilla uno de sus artículos guarnecidos y
-bordados de primorosas metafísicas, y sin más ni más, salta un
-cualquiera diciendo, con cierta vaya impertinente, que aquel artículo es
-una colección de lugares comunes, un tejido de frases huecas arrancadas
-al tecnicismo filosófico para imponer respeto á la gente ignorante, al
-modo que se fija en las huertas un muñeco de paja para espantar á las
-aves inocentes. Por eso la gravedad del Sr. Revilla es un dulce y
-apetecible oasis en este vasto arenal de liviandades.
-
-Aunque ya he hablado de ella en otra ocasión, sólo fué por incidencia;
-así que no me considero relevado de la obligación de consagrarle algunas
-palabras. Y la primera cuestión que se presenta es la siguiente: ¿La
-gravedad del Sr. Revilla es de nacimiento, esto es, puede considerarse
-como una dote otorgada graciosamente por el cielo, ó es una cualidad
-adquirida en virtud de un largo y penoso aprendizaje, de prolijos afanes
-y desvelos? No es tan fácil como á primera vista parece la resolución de
-este problema. Mirando el asunto por encima, y teniendo presente nada
-más que lo rara que es hoy esta cualidad, aun entre los hombres más
-favorecidos por la Providencia, es fácil deducir que el Sr. Revilla ha
-llegado á ella por el trabajo y el estudio. Esta facilidad arrastró á
-muchos al error. Cualquiera que se fije un poco, comprenderá que la
-gravedad del Sr. Revilla tiene un no sé qué de agreste, indómito y
-bravío que la distingue perfectamente de las demás gravedades imitadas
-ó contrahechas. Es una de esas gravedades que aparecen muy de tarde en
-tarde en la historia humana, y por lo tanto, considero absurdo el
-suponer que esté en manos del hombre el adquirirla. Para encontrar algo
-parecido, es preciso remontarse á los primeros tiempos de Roma. Aseveran
-los historiadores más fidedignos que Numa Pompilio no conoció la risa,
-aunque sí añaden que, en sus conferencias con la ninfa Egeria,
-acostumbraba sonreir una que otra vez, pero sólo por complacencia. Mi
-profesor de psicología, lógica y ética, también poseía en cierto grado
-esta cualidad; por lo cual, hoy que la edad me ha enseñado á juzgar
-mejor á los hombres, no puedo menos de reconocer que, aunque oscuro, era
-un hombre muy notable. No vaya á creerse, sin embargo, que intento
-comparar la gravedad del catedrático de psicología, lógica y ética con
-la de Numa Pompilio y Revilla. ¡Oh, no! Cuando el Sr. Revilla, después
-de tomar convenientemente las medidas á una obra literaria, la califica
-de _predominantemente subjetiva_, y por ello la condena, como es justo,
-á una eterna execración, es tan serena y tan augusta su frase, palpita
-tanto heroísmo dentro de ella, que el espíritu se engrandece y se
-inflama, y es preciso acudir á los recuerdos de la Ilíada, á Héctor, á
-Diómedes, á Menelao, para observar algo semejante.
-
-Y aunque muy fuera de sazón, no quiero pasar más adelante sin formular
-una pregunta que constantemente se está presentando en mi espíritu. Es
-la siguiente: ¿Cómo el Sr. Revilla, sin imaginación alguna, sin gusto,
-sin ingenio, y con una ilustración tan superficial, juzga con tal
-grandeza las obras de arte que le ponen delante? Repito que muchas veces
-me hice esta pregunta, y siempre concluí pensando que en el Sr. Revilla
-existe algo extraordinario que, aun sin darse acaso él mismo razón de
-ello, le mueve á dictar sus fallos; algo que, después de encenderle,
-como á la pitonisa griega, le inspira y le sostiene sobre el trípode,
-circundando su frente con la aureola del misterio. Este algo, digámoslo
-de una vez, no puede ser otra cosa que el genio[11]. El genio, sólo el
-genio puede volar tan alto sin necesidad de los medios que los humanos
-juzgamos indispensables.
-
-Decía que la pregunta estaba fuera de sazón, y como ustedes han podido
-ver, era muy cierto. Sin embargo, ya se sabe que estas informalidades é
-impertinencias son en mí frecuentes, y no hay que asombrarse. Por algo
-gozo fama entre mis enemigos (porque aquí donde ustedes me ven tan
-jovencito y tierno, ya me permito el lujo de tener enemigos) de crítico
-subjetivo entre los subjetivos. Soy como si dijéramos un crítico lírico,
-pues la subjetividad es lo que caracteriza al género lírico, mientras el
-Sr. Revilla, á juzgar por su inflexible talante y por la opaca
-sublimidad de sus formas, es un crítico épico. De la combinación de lo
-lírico con lo épico, como han demostrado hasta la saciedad Hegel y el
-Sr. Revilla ya saben ustedes que nace lo dramático. Por consiguiente,
-vean ustedes lo que son las cosas: el día que al Sr. Revilla y á mí nos
-dé la gana de reunimos en la mesa de un café, pongo por caso, ya está
-formado un crítico dramático, sin necesidad de más músicas. Concluímos
-de tomar café, nos damos la mano y nos separamos. Cada cual torna á ser
-lo que antes era, yo el crítico lírico y él el épico. ¡Es admirable!
-
-Pero estos temas incidentales me están apartando, á despecho mío, del
-propósito único del presente artículo. Toquemos de una vez en las
-entrañas del asunto, y hablemos del Sr. Revilla como poeta, sin meternos
-en otras honduras.
-
-Yo no he leído los versos del Sr. Revilla; lo declaro con la franqueza
-que me caracteriza. Mas al mismo tiempo quiero hacer constar que no fué
-por mi culpa. He aquí lo que sucedió. Habiendo pensado, como es natural,
-cuando empecé á escribir estas semblanzas, en incluir entre ellas la del
-Sr. Revilla, pedí su tomo de poesías á un amigo (si ustedes quieren que
-diga quién es, lo diré), el cual, como lo tuviese ya leído, me lo
-prometió para el momento oportuno. En esta seguridad descansé
-confiadamente, sin preocuparme más del asunto. Cualquiera creo que haría
-lo mismo. Pues bien, hace cuatro días, tropiezo con mi amigo, y le digo
-al pasar: «Necesito ese tomo de poesías; mañana mandaré por él». Mi
-amigo, entonces, arqueó un poco las cejas, levantó un sí es no es los
-hombros, y por tres veces consecutivas sacudió la cabeza en distintas
-direcciones. No había para qué decir más: era cosa corriente. Envío,
-pues, por él, y en vez de las poesías, veo llegar al emisario con una
-esquela muy fina en que mi amigo me pide mil perdones, porque, sin
-recordar su promesa, había prestado el libro á un canónigo de Granada,
-el cual se había marchado á su destino sin devolvérselo. Este golpe me
-hizo bastante impresión. ¿Qué significaban entonces aquellos movimientos
-de cabeza, hombros y cejas del día anterior? Es lo que no pude averiguar
-hasta la hora en que escribo estas líneas. De resultas de todo ello, me
-quedé sin leer las poesías del señor Revilla. No obstante, mi amigo dice
-en la esquela que escribe con la misma fecha al canónigo de Granada, á
-fin de que remita el libro tan pronto como le sea posible. Lo espero con
-ansiedad, y excuso encarecer á ustedes los nuevos y puros atractivos que
-tendrá para mí después de haber pasado por las manos de un digno y
-respetable capitular.
-
-Entre tanto, para no defraudar completamente la atención del público,
-que pensaría hallar en estas líneas un examen más ó menos sucinto de los
-talentos poéticos del Sr. Revilla, voy á echar mano de alguno de los
-materiales que hace tiempo estoy acumulando para una obra más importante
-que la presente. La obra se titulará _Vida y opiniones de D. Manuel de
-la Revilla_, y pienso dedicar á ella todos los días que de aquí adelante
-me conceda Dios sobre la tierra, pues ya estoy realmente cansado y
-arrepentido de ocupar tan sólo mi espíritu en asuntos frívolos é
-indecorosos. Me ayudará en esta empresa, superior á mis fuerzas (no me
-forjo ilusiones), un distinguido artista conocido y estimado ya del
-público, á cuyo cargo queda la formación de unos magníficos planos en
-que podrán verse, en todo su espesor, las opiniones del Sr. Revilla
-desde su nacimiento hasta su disolución, con exactitud y claridad. Será
-una obra primorosa y exquisita, que ha de facilitar extraordinariamente
-la inteligencia del texto.
-
-Entre estos revueltos materiales, voy á elegir una opinión grandiosa y
-peregrina, como todas las de nuestro poeta, que ha de dar al traste, si
-no me equivoco, con las ideas más propagadas en asuntos de arte. Todo el
-mundo sabe que algunos poetas antiguos más de una vez trataron de
-enseñar distintas ciencias ó artes, valiéndose para ello de las formas
-artísticas, y que los retóricos, apresurándose á dar un nombre á este
-capricho, lo llamaron _género didáctico_ ó _didascálico_. Debemos
-confesar que el género didascálico, á pesar de sus esfuerzos, no logró
-pelechar gran cosa. Pero no es eso lo peor, sino que en los últimos
-tiempos llegó á tal punto su laceria, que algunos autores diéronle por
-muerto, y, so pretexto de que el fin único y esencial del arte debe ser
-la manifestación de la belleza, pretendieron hasta borrar su claro
-nombre. Á tanta vergüenza hubiéramos llegado sin la dichosa aparición
-en nuestro planeta de un hombre extraordinario que, fijando en la vasta
-esfera del arte su mirada de águila, halló medio de cortar á tiempo la
-perniciosa corriente. Este hombre dijo: «El fin del arte no es, como se
-ha creído hasta ahora, la belleza, sino la ciencia; no hay arte donde no
-se enseñe algo útil y provechoso; el artista y el maestro de escuela se
-confunden en una unidad superior; no hay más arte que el didascálico».
-El nombre no convenía, sin embargo, por ser esdrújulo, y lo llamó arte
-_docente_ ó _trascendental_.
-
-Fué una verdadera revelación para los que yacíamos sumidos en los
-groseros errores de la antigüedad. Crear una belleza sólo por crearla me
-pareció entonces cosa indigna de un hombre serio. La naturaleza empezó á
-hablarme con un lenguaje distinto del que antes usara. Antes, por
-ejemplo, al cruzar por un bosque, veía unos árboles cuyos troncos
-blancos y satinados parecían de plata, me gustaban muchísimo, los
-miraba, los remiraba, pero no pasaba de ahí. Ahora sé que esos árboles
-se llaman abedules, que su madera es excelente para hacer canastos, y
-que también se emplea para construir las cajas de las diligencias.
-Cuando los veo, echo inmediatamente la cuenta del número de chaplones
-que de sus troncos podrán sacarse, ¡y encuentro en ello un placer tan
-vivo y tan puro! Antes, al ver amontonarse por el azul del cielo
-ejércitos de nubes oscuras y medrosas anunciando tempestad, me quedaba
-mirando para ellas como un tonto, sin pensar en nada. Á fuerza de
-mirar, llegaba á ver las más raras y monstruosas escenas que nadie puede
-imaginarse; unas veces era una araña inmensa que iba tejiendo su tela
-por el espacio; otras veces era un navío que marchaba con rapidez
-vertiginosa sacudido por la borrasca; otras, era un brazo colosal que
-sostenía una espada no menos disforme, cuya punta enrojecida se estaba
-templando en el sol, quizá para atravesar después á la tierra; otras,
-era la lucha tremenda de un demonio de grandes cuernos con un ángel; el
-ángel caía al fin vencido, y presa del dolor, sacudía sus monstruosas
-alas contra la frente de unas montañas lejanas. Todo esto era
-sencillamente un absurdo, porque en aquellas nubes no había arañas, ni
-navíos, ni ángeles, ni mucho menos demonios. Allí no había más que una
-serie de _cumulus_ que á fuerza de hincharse concluían por reunirse y
-cubrir la tierra, formando después verdaderos y genuinos
-_cumulo-stratus_. Cualquiera comprende que era una insensatez confundir
-un _cumulo-stratus_ con un navío ó una araña. Hoy, gracias al Sr.
-Revilla, no se me ocurren tales disparates, porque veo las cosas desde
-un punto de vista docente. Antes un río claro y límpido era para mí un
-objeto que siempre miraba con deleite. Pues hoy, créanme ustedes, por
-sereno y cristalino que sea un río, como no tenga truchas, lo encuentro
-aborrecible.
-
-Tuve noticia de la teoría del arte docente ó trascendental en un verano,
-residiendo en el campo. La buena nueva llegó á mí por medio de un
-periódico que traía inserto uno de esos artículos que el Sr. Revilla
-viene escribiendo constantemente desde que empezó á arder en su pecho el
-fuego sagrado de la crítica. Aquí debo advertir que con las críticas del
-señor Revilla me sucede lo mismo que con ciertas óperas de mi gusto;
-esto es, que á fin de que me impresionen más fuertemente, sólo las oigo
-ó las leo de raro en raro. Quiso la fortuna que leyera este artículo,
-donde, con motivo de no sé qué novela, desenvolvía nuestro poeta su
-grandiosa y atrevida concepción de la naturaleza y del arte. La luz se
-hizo súbito en mi espíritu, y pude medir con la vista todo el horror de
-una obra artística sin trascendencia.
-
-Ya he dicho que era en un verano, y que estaba pasando una temporada en
-el campo. Por aquel entonces solía yo levantarme temprano (¡qué tiempos
-aquellos! ¡ya no volverán!), y después de levantarme, acostumbraba á
-salir á respirar el aire puro de la mañana sentado debajo de un
-magnífico y corpulento roble. Era un roble que se moría de risa cuando
-le hablaban de los árboles del Retiro. Sin poder decir fijamente si era
-simpatía personal ú otra razón de más peso la que enderezaba su vuelo,
-lo cierto es que todos los días, y á la hora en que yo me sentaba, venía
-un pájaro á posarse sobre el roble. Yo no tenía el honor de conocerle,
-pero no importaba nada, porque él guardaba poca ceremonia en eso de no
-cantar delante de gente. Se conocía á la legua que era un pájaro
-despreocupado y un poco aturdido, gozoso de vivir y viviendo mucho más
-en el mundo exterior que en sí mismo. Era un pájaro predominantemente
-objetivo, como diría el Sr. Revilla, con el estilo mágico que él sólo
-posee. Tenía parda la color, el pico amarillo, el mirar firme y osado,
-los modales francos y desenvueltos, ofreciendo el conjunto de su persona
-un cierto aire de petulancia que no dejaba de sentarle bien. Apenas se
-posaba en una rama, empezaba á columpiarse, y con la cabeza un poco
-entornada y los ojos puestos en el espacio, entregábase á la
-voluptuosidad del movimiento, sin que aparentase pensar absolutamente en
-nada. No tardaba, sin embargo, en proferir varias notas graves y llenas
-como las de las flautas metálicas. Era su preludio.
-
-Sin otra preparación, subíase repentinamente al tono agudo y lanzaba al
-aire una serie interminable de trinos penetrantes y acalorados, como
-quien quiere echar el alma por la boca. Ora atronaba el espacio con una
-cascada de notas fuertes y vibrantes que llegaban á producir mareo, ora
-desfallecía y se dejaba arrastrar al tono más suave y apagado. Tan
-pronto cambiaba á cada instante de inflexión y de ritmo, de modo que los
-trinos salían atropelladamente de su boca persiguiéndose los unos á los
-otros, como insistía una y otra vez, por un largo espacio, sobre una
-misma frase; parecía que trataba de que la aprendiésemos de memoria. De
-todas suertes, siempre terminaba con un arrullo tenue y moribundo, como
-si quisiera indicar que aún le quedaban muchas cosas por decir, aunque
-no esperásemos que salieran jamás de su boca.
-
-En honor de la verdad, debo confesar que el canto de aquel pájaro me
-gustaba. No sé por qué extraña asociación de ideas, cuando cantaba, me
-acudían á la memoria los instantes felices de mi existencia. Veíalos
-pasar leves, dulces, luminosos como ellos fueron, sonriendo tristemente
-y diciéndome adiós para siempre. Aquí podría aprovechar la ocasión para
-contar á ustedes mis primeros amores, sin que ninguno tuviera derecho á
-quejarse; pero soy incapaz por naturaleza de jugar á nadie estas
-pasadas. Tan sólo diré que el canto de aquel pájaro resucitaba en mi
-espíritu sentimientos muy dulces que hacía mucho tiempo había dado por
-muertos. Todo era una pura ilusión, sin embargo, y una flaqueza de mi
-alma, disculpable únicamente por el estado de ignorancia en que me
-hallaba respecto á los eternos principios del arte. Porque, es preciso
-decirlo claro, no podía darse nada más deplorable que el canto de aquel
-pájaro desde el punto de vista docente; nada más desprovisto de
-trascendencia. Después de escucharlo me quedaba tan sabio como antes, no
-puedo negarlo, pero ni la más leve partícula de ciencia venía á acrecer
-el caudal de mi sabiduría. Así lo comprendí con dolor al cabo, por lo
-que me propuse no sufrir más tiempo las impertinencias de un descarado
-partidario del arte por el arte. Si entre tanto trino y gorjeo se
-hubiese deslizado, siquiera fuese de un modo secundario, cualquier
-problemita insignificante de historia ó de metafísica, crean ustedes que
-nunca me resolvería á hacer lo que hice. ¡Pero decidirme á perder de un
-modo necio el tiempo! Francamente, que ya no se espere jamás eso de mí.
-Lo que hice, pues, fue aparejarme con una piedra bastante crecida al
-sentarme un día, como de costumbre, debajo del roble, y así que columbré
-á mi pájaro, encajársela sin otras retóricas con toda mi fuerza. No le
-toqué; mas al sentir tan cerca de sí la primer pedrada de la crítica
-(crítica aunque severa muy justa), desplegó sus alas y no volvió á
-parecer por aquel sitio. ¡Pobre diablo! ¿A dónde habrá ido á parar?
-
-En verdad que la grandiosa teoría del Sr. Revilla está á punto de hacer
-cambiar radicalmente la faz de todas las artes, arquitectura, escultura,
-pintura, música, poesía y baile. Tengo algunos motivos para creerlo. Por
-lo pronto, me han informado de que el único maestro que en España
-cultiva con buen éxito la expresión más pura y genuina de la música,
-esto es, la sinfonía, está escribiendo una en que probará, ó tratará de
-probar al menos, que el problema amenazador de las subsistencias sólo
-puede resolverse rebajando las tarifas del arancel. Este precioso tema,
-que el oboe se encargará de apuntar nada más en el _andante_, se irá
-repitiendo por el _allegro_, el _allegro con motto_ y el _scherzzo_
-entre mil combinaciones armónicas, hasta quedar totalmente dilucidado.
-Por otra parte, un joven escultor amigo mío está á punto de terminar una
-preciosa Venus en cuclillas, que llevará grabada á cincel en la espalda
-la «teoría del valor» de Bastiat, que comienza como todos saben:
-«Disertación, fastidio; disertación sobre el valor, fastidio sobre
-fastidio». De esta suerte, el espectador podrá gozar con la belleza de
-la estatua y al mismo tiempo meditar sobre el asunto más escabroso de la
-economía política. Creo que el público ha de acoger con entusiasmo esta
-Venus trascendental, si no por su mérito, al menos por ser la primera
-que del género docente le presentan.
-
-La teoría va, pues, abriéndose paso al través de la frialdad de los unos
-y de la abierta oposición de los otros. Su glorioso fundador puede estar
-seguro de que no tardará mucho en triunfar por completo. Y como nada es
-despreciable tratándose de contribuir á una obra tan fecunda y generosa,
-yo también quiero llevar un grano de arena al edificio, dedicando mi
-pluma (que no puedo llamar mal cortada, porque es de acero) al cultivo
-del arte trascendental. Al efecto, tengo intención de escribir una
-novela en la que, por medio de una acción no muy complicada, pero
-bastante dramática, trataré de presentar y aun resolver el siguiente
-
-
- PROBLEMA
-
- «Un cosechero recoge de sus fincas en los años ordinarios
- doscientas cincuenta fanegas de trigo candeal, noventa de centeno y
- treinta y siete de mijo. Ahora bien, suponiendo que durante un año
- llueve una tercera parte menos que en los ordinarios, ¿cuánto
- trigo, centeno y mijo recogerá?»
-
-Dicho se está que trataré de desenvolver este problema de tal modo que
-se deduzca del contenido mismo de la fábula, y no sea un miembro
-agregado artificiosamente á la novela. Para ello he de procurar que la
-acción sea rápida, haciendo que dure solamente los tres meses de otoño.
-La descripción de la sequía, que como es natural formará una parte muy
-principal de la obra, será bastante sobria, sin perder de su verdad y
-energía; las escenas, sobre todo desde que el nudo se forma por entero,
-serán vivas y dramáticas. Por último, veré de concentrar en cuanto sea
-posible un gran interés sobre el cosechero, héroe de la acción,
-haciéndole morir trágicamente en el cadalso. Lo difícil en esta obra,
-como en todas las demás del arte docente, es presentar el problema
-aparentando encubrirlo, como hacen los arroyos con las guijas que tienen
-en el fondo.
-
- * * * * *
-
- * * * * *
-
-En este momento llega á mi noticia que el señor Revilla no es el
-inventor del arte docente. Aún más, que el Sr. Revilla lo ha combatido
-personalmente con gran encarnizamiento hace pocos años. Cuando esto
-fuese cierto, no es posible negar que el arte docente era muy digno de
-ser inventado por el señor Revilla. La conversión, según me aseguran, se
-realizó al doblar nuestro poeta la esquina de la calle de la _Montera_ á
-la del _Caballero de Gracia_, donde creyó escuchar una voz misteriosa
-saliendo del fondo de la tierra, que decía: «¡Emanuel! ¡Emanuel! ¿Cur
-persequeris me?» Instantáneamente el poeta sintió iluminarse su alma con
-una luz viva y purísima, y derramando abundantes lágrimas, dió gracias
-al Todopoderoso por no haberle dejado eternamente en el abismo del arte
-por el arte. En el mismo punto levantó en su pecho un altar al culto del
-arte docente, y el sol de la verdad comenzó á teñir de grana y oro los
-bordes de sus revistas de teatros. Sin dar paz á la mano, el Sr. Revilla
-viene trabajando desde entonces tanto y tanto en favor de esta
-nobilísima teoría, que bien puede perdonársele el no haberla inventado.
-
-Mas el Sr. Revilla empieza ya á recorrer ese doloroso calvario que el
-mundo ofrece siempre al genio. El público (¡á reserva de glorificarlo
-después de muerto!), cuando no se ríe de ellas, aparenta no comprender
-sus intrincadas opiniones; en tanto que el Gobierno, cuya obligación de
-alentar al genio debiera ser una verdad, me aseguran que está pensando
-seriamente en prohibir el uso de los vocablos _objetivo_ y _subjetivo_.
-Si por desgracia este rumor tuviese fundamento, ¡triste es decirlo! al
-Sr. Revilla no le queda otro recurso que retirarse á la vida privada.
-
-FIN.
-
-[Illustration]
-
-INDICE
-
-Los oradores del Ateneo.
-
- Páginas.
-
-TREINTA AÑOS DESPUÉS 7
-
-PROEMIO 20
-
-D. Miguel Sánchez 25
-
-» Segismundo Moret y Prendergast 33
-
-» Carlos Mena Perier 41
-
-» Juan Valera 47
-
-» José Moreno Nieto 57
-
-» Manuel de la Revilla 65
-
-» Gabriel Rodríguez 73
-
-» Francisco de Paula Canalejas 81
-
-» Francisco Javier Galvete 90
-
-» Emilio Castelar 100
-
-Los novelistas españoles.
-
-PROEMIO 122
-
-Fernán Caballero 127
-
-D. Pedro Antonio Alarcón 141
-
-» Juan Valera 154
-
-» Manuel Fernández y González 177
-
-» Francisco Navarro Villoslada 189
-
-» Enrique Pérez Escrich 200
-
-» José de Castro y Serrano 215
-
-» José Selgas 232
-
-Nuevo viaje al Parnaso.
-
-PROEMIO 248
-
-D. José Echegaray 260
-
-» José Zorrilla 277
-
-» Ramón Campoamor 296
-
-» Antonio F. Grilo 317
-
-» Adelardo López de Ayala 333
-
-» Ventura Ruiz de Aguilera 356
-
-» Gaspar Núñez de Arce 380
-
-» Manuel de la Revilla 399
-
-[Illustration]
-
-
-NOTAS:
-
-[1] Estas butacas fueron sustituídas al fin por otras, si no tan
-vistosas, un poco más cómodas.
-
-¡Loado sea el señor secretario!
-
-[2] Observen ustedes que escribo Krause con una ese, aun cuando sus
-impugnadores en España lo escriben casi siempre con dos.
-
-[3] La _Academia de la Lengua_ no permite que _se haga_ política, pero
-la haremos á hurtadillas.
-
-[4] _Elia_, cap. X.
-
-[5] Se me figura que ya he dicho algo sobre este señor en otra parte.
-Véase por si acaso _Los oradores del Ateneo_.
-
-[6] Véase Herbert Spencer, _First principles_.
-
-[7] No hago mención de Goethe, porque el Júpiter de la poesía abrazó con
-su poderoso ingenio el romanticismo histórico, el filosófico y el
-realismo de nuestros días.
-
-[8] Darwin.--_La descendencia del hombre y la selección natural_.
-
-Haeckel.--_Historia de la creación de los seres organizados según las
-leyes naturales_.
-
-[9] Hovelacque.--_La lingüística_.
-
-Whitney.--_La vida del lenguaje_.
-
-[10] Al leer esta semblanza, escrita ha más de treinta años, no puede
-menos de parecerme injusta. Revilla fué uno de los hombres de más
-talento que he conocido. Pero al mismo tiempo, siento en mi alma un
-cosquilleo de orgullo al pensar que tal violenta arremetida al crítico
-máximo de aquella época, que daba y quitaba reputaciones á su talante,
-fué obra de un joven literato de 23 años. Era lo que se ha llamado,
-después de la hazaña de Hernán Cortés, quemar las naves.
-
-Cuando se publicó en la _Revista Europea_, mis juveniles compañeros del
-Ateneo me miraban con asombro y lástima, y se decían al oído: «¡Se ha
-perdido! ¡Se ha perdido para siempre!»
-
-Por la noche me hallaba sentado entre ellos en un diván del pasillo de
-dicho centro, cuando acertó á pasar Revilla, que no me saludó, como era
-natural. Pero volvió á cruzar una y otra vez y yo advertí que estaba
-inquieto. Al fin se plantó delante de nosotros, se respaldó contra el
-armario de libros que guarnecía toda la pared del corredor, sacó un
-cigarrillo, lo encendió con calma, y mirándome fijamente me dijo:
-
---Ya he leído _eso_.
-
-Yo me limité á sonreir sin contestar.
-
---No siento el ataque--profirió al cabo de un momento;--lo único que
-deploro es que está escrito sin gracia alguna.
-
---No lo he escrito para que le hiciese gracia á usted--respondí--sino al
-público.
-
---Pues se ha equivocado usted, porque al público tampoco le hace gracia.
-
---Será á sus amigos: á sus enemigos les ha hecho destornillarse de risa.
-
-La conversación siguió en este tono algunos momentos y al cabo el
-insigne crítico se alejó con sonrisa amenazadora, diciendo:
-
---¡Nos encontraremos!
-
-Por desgracia para él y para las letras patrias no pudo saciar su
-venganza. Poco tiempo después le acometió una enfermedad cerebral á la
-cual sucumbió.
-
-[11] «Genio», en la acepción que aquí le damos, es un neologismo que
-debe admitirse, pues en ocasiones como la presente, no hay vocablo
-castellano con que pueda ser sustituído.
-
-
-Las correcciones hecho por el transcriptor del texto electrónico:
-
-titulos de nobleza=> títulos de nobleza {pg 53}
-
-un debilidad=> una debilidad {pg 79}
-
-lucida y primorosa=> lúcida y primorosa {pg 85}
-
-rigorosa dialéctica=> rigurosa dialéctica {pg 102}
-
-La palabra de Casteler=> La palabra de Castelar {pg 115}
-
-el profundo pielago=> el profundo piélago {pg 115}
-
-la candida y mística sonrisa=> la cándida y mística sonrisa {pg 135}
-
-ferrocarrriles=> ferrocarriles {pg 142}
-
-La trama da _El escándalo_=> La trama de _El escándalo_ {pg 149}
-
-casi impercetible=> casi imperceptible {pg 165}
-
-en su almario=> en su armario {pg 175}
-
-a ra los que habitamos=> para los que habitamos {pg 184}
-
-los árboles con angustía=> los árboles con angustia {pg 212}
-
-habia evocado=> había evocado {pg 248}
-
-os poetas españoles=> los poetas españoles {pg 285}
-
-más conmodedor=> más conmovedor {pg 347}
-
-ejmplar=> ejemplar {pg 299}
-
-la opinion=> la opinión {pg 304}
-
-su vída privada=> su vida privada {pg 304}
-
-al sonido arriculado=> al sonido articulado {pg 322}
-
-ó mis ojos=> á mis ojos {pg 335}
-
-uno esos mundos=> uno de esos mundos {pg 339}
-
-gorro de dormír=> gorro de dormir {pg 362}
-
-Vendrá un dia que irán=> Vendrá un día que irán {pg 365}
-
-elegancía=> elegancia {pg 384}
-
-un si es no=> un sí es no {pg 398}
-
-extrañisima relación=> extrañísima relación {pg 400}
-
-Francisco Javier Calvete=> Francisco Javier Galvete {pg 417}
-
-
-
-
-
-
-
-
-
-End of Project Gutenberg's Semblanzas literarias, by Armando Palacio Valdés
-
-*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK SEMBLANZAS LITERARIAS ***
-
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