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You may copy it, give it away or -re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included -with this eBook or online at www.gutenberg.org - - -Title: Semblanzas literarias - -Author: Armando Palacio Valdés - -Release Date: March 20, 2013 [EBook #42376] - -Language: Spanish - -Character set encoding: ISO-8859-1 - -*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK SEMBLANZAS LITERARIAS *** - - - - -Produced by Chuck Greif and the Online Distributed -Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This file was -produced from images available at The Internet Archive) - - - - - - -SEMBLANZAS LITERARIAS - -Obras de Palacio Valdés. - -Pesetas. - -El Señorito Octavio (nueva edición), un tomo. 4 - -Marta y María (nueva edición), un tomo. 4 - -Traducida al inglés por Mr. Haskell Dole. Un tomo. New-York. - -Traducida al ruso por Mr. Pawlosky: publ. en el _Diario de San -Petersburgo_. - -Traducida á la lengua bohemia por O. S. Vetti. Un tomo. Praga. - -Traducida al sueco por A. Hillman. Un tomo. Stockolmo. - -El Idilio de un enfermo (nueva edición), un tomo 4 - -Traducida al francés por Mr. Albert Savine: publicada en _Les -Heures du Salon et de l'Atelier_. - -Traducida á la lengua bohemia por Mr. A. Pikhart. Un tomo. -Praga. - -Traducida al inglés por W. T. Faulkner. - -Aguas fuertes (nueva edición), un tomo. 4 - -Traducidas y publicadas la mayor parte de estas novelitas por -_La Independencia Belga, El Diario de Ginebra, El Correo -de Hannover, Hlas Národa, Lumir_ y otros periódicos y revistas. - -Edición española con introducción y notas en inglés para el -estudio del español en Inglaterra y Estados Unidos, por W. T. -Faulkner. Un tomo. New-York. - -José (nueva edición), un tomo. 4 - -Traducida al francés por Mlle. Sara Oquendo y publicada en la -Revue de la Mode. París. - -Traducida al inglés por M. C. Smith. Un tomo. New-York. - -Traducida al alemán y publicada en _Interhaltungs-Beilage_. - -Traducida al holandés por Mr. Hora Adema y publicada en Het -_Nieuws van den Dag_. Amsterdam. - -Traducida al sueco por A. Hillman. Un tomo. Stockolmo. - -Traducida al portugués por Cunha e Costa. Publicada en _Revista -da Semana_. Río de Janeiro. - -Traducida al tcheque por A. Pikhart. Un tomo. Praga. - -Edición española con prefacio y notas en inglés para el estudio -del castellano en Inglaterra y Estados Unidos, por el profesor -Mr. Davidson. Un tomo. New-York. London. - -Riverita (nueva edición), un tomo 4 - -Traducida al francés por Mr. Julien Lugol: publ. en la _Revue -Internationale_. - -Maximina (nueva edición), un tomo. 4 - -Traducida al inglés por Mr. Haskell Dole. Un tomo. New-York. - -El Cuarto Poder (nueva edición), un tomo. 4 - -Traducida al holandés por Mr. Hora Adema. Un tomo. Amsterdam. - -Traducida al inglés por Miss Rachel Challice. Un tomo. New-York. -Nueva edición inglesa. _Grant and Richards_. Londres. - -La Hermana San Sulpicio (nueva edición), un -tomo. 4 - -Traducida al francés por Mme. Huc con prefacio de Emile -Faguet, de la Academie Française. Un tomo. París. - -Traducida al inglés por Mr. Haskell Dole. Un tomo. New-York. - -Traducida al holandés y publicada en _El Correo de Rotterdam_. - -Traducida al sueco por Mr. A. Hillman. Un tomo. Stockolmo. - -La Espuma (nueva edición), un tomo. 4 - -Traducida al inglés por Clara Bell. Un tomo. London. - -La Fe, un tomo. 4 - -Traducida al inglés por Miss I. Hapgood. Un tomo. New-York. - -Traducida al alemán por Mr. Albert Cronau. Un tomo. Leipzig. - -El Maestrante, un tomo. 4 - -Traducida al francés por Mr. J. Gaure, con un estudio preliminar -de Mr. Bordes. Un tomo. París. - -Traducida al inglés por Miss Challice. Un tomo. London. - -El Origen del Pensamiento, un tomo. 4 - -Traducida al francés por Mr. Dax Delime: publicada en la _Revue -Britannique_. - -Traducida al inglés por I. Hapgood: publicada en _The Cosmopolitan_, -con ilustraciones de Cabrinety. - -Los Majos de Cádiz, un tomo. 4 - -Traducida al holandés por Mary Hora Adema. Un tomo. Amsterdam. - -La Alegría del Capitán Ribot, un tomo. 4 - -Traducida al francés por C. du Val Asselin: publicada en _Le -Gaulois_. - -Traducida al inglés por Minna C. Smith. Un tomo. New-York. - -Traducida al holandés por el Dr. A. Fokker. Un tomo. Amsterdam. - -Edición española con notas en inglés y vocabulario para el estudio -del castellano, por los profesores Morrison y Churchman. -Un tomo. New-York. London. - -La Aldea perdida, un tomo. 4 - -Tristán ó el pesimismo, un tomo. 4 - -Semblanzas literarias (nueva edición), un tomo. 4 - - - - -OBRAS COMPLETAS - -DE - -D. ARMANDO PALACIO VALDÉS - -TOMO XI - -SEMBLANZAS LITERARIAS - -MADRID - -Librería general de Victoriano Suárez. - -PRECIADOS, NÚMERO 48 - -1908 - -ES PROPIEDAD DEL AUTOR. - -MADRID.--Hijos de M. G. Hernández, Libertad, 16 dupº, bajo. - -[Illustration] - - - - -TREINTA AÑOS DESPUÉS - - -[Illustration: L]LEGO á la reimpresión de estas semblanzas, escritas y -publicadas treinta años ha, con la curiosidad burlona y también con el -enternecimiento con que descubrimos en el desván de nuestra casa el -caballo de cartón que hemos montado en la niñez. ¡Oh cielos, cuánto me -he divertido cabalgando sobre mi pluma irresponsable en aquel tiempo -feliz! ¡Cuan dulce poder soltar la carcajada en una reunión prevalidos -de nuestra insignificancia! Después crecemos, adquirimos seriedad, -reputación, pero huye la alegría, y gracias que no sea en compañía del -talento. - -Parece que me estoy viendo discurrir por aquel amplio corredor del -Ateneo, en la calle de la Montera, pobremente esterado, sin más -decoración que los libros encerrados en estantes de pino. Conmigo pasean -otros cuantos seres insignificantes, y juntos todos formamos un grupo de -una insignificancia escandalosa. Por aquel pasillo cruzan á cada -instante enormes personajes, estadistas, oradores, académicos cuyo -rostro se frunce al pasar á nuestro lado. ¿Por qué se frunce? Aquellos -personajes nos detestan porque disputamos «de lo que no entendemos» y -acaparamos las revistas extranjeras. Algunos, sin embargo, son buenos y -cariñosos para nosotros, y el más bueno y cariñoso de todos y el más -sabio al mismo tiempo es aquel varón magnánimo que se llamó D. José -Moreno Nieto. Allí estaba siempre sentado en el rincón de la Biblioteca -como un sacerdote en su confesonario esperando afablemente á todo el que -quisiera molestarle. Con él consultábamos nuestras dudas científicas, -nuestros planes de estudio ó ensayos literarios. No era avaro, no, de su -talento y de su ciencia. ¡Pobre D. José! ¡Qué suma de indulgencia se -necesitaba para sufrir nuestra petulancia y no mandarnos á paseo! - -Pero había otros, como he dicho, no tan pacientes y nos hacían -ostensible su desprecio y nos dirigían miradas furibundas cuando -osábamos entrar en las salas de conversación. Tanto que desesperados un -día resolvimos declararnos independientes y conquistar también nuestro -terruño. - -Había en aquel vetusto caserón de la calle de la Montera una estancia -grande y lóbrega con balcones á un patio que servía de trastera. Allí -decidimos plantar nuestra tienda. Dicho y hecho. Una tarde, á la hora en -que no había llegado todavía ninguno de aquellos odiosos viejos -(llamábamos viejos ¡ay! á los hombres de treinta á cuarenta años), -penetran cautelosamente en el Ateneo una docena escasa de valerosos -jóvenes, se dirigen impetuosamente á la trastera, la limpian en un abrir -y cerrar de ojos de las sillas decrépitas y mesas patizambas que allí -dormían bajo el polvo, ahuyentan también éste con escobas; luego se -lanzan impávidos al asalto de los salones, roban, pillan, escamotean, y -en otro abrir y cerrar de ojos queda amueblada y decorada con relativo -lujo aquella _cacharrería_ que no tardó en hacerse famosa en España. Los -criados contemplaban con espanto el saqueo; el conserje se mesaba los -cabellos exclamando: «¡Dios mío, qué dirá el secretario!» Uno de -aquellos chicos, el de voz más bronca (porque ya había llegado á la -muda), se yergue altivo al oir esto y ahuecándola cuanto pudo y -empinándose sobre la punta de los pies deja caer como gotas de hierro -incandescente estas palabras: «Dígale usted al secretario (pausa), -dígale usted al secretario... ¡que no le conozco! Después de tan -arrogante respuesta que nos hizo recordar la de Leónidas al emisario de -Jerjes, volvió la espalda con infinito desprecio y el conserje quedó -anonadado. - -Nuestra audacia impuso respeto á los _viejos_ ó tal vez les hizo reir. -Lo cierto es que al día siguiente nos enviaron á guisa de burla, como -regalo, el retrato al óleo de D. Julián Sanz del Río, filósofo tan -profundo como feo, importador en España de la filosofía de Krause. Á -estas horas pocos recuerdan en el mundo á Sanz del Río ni á Krause, pero -en aquella fecha eran tan odiados de los hombres de orden como hoy lo -son los anarquistas, y sus preceptos «vive una vida íntegra», «realiza -tu esencia», etc., inspiraban el mismo terror que las bombas de -dinamita. Nosotros acogimos con júbilo al laberíntico filósofo y le -colgamos respetuosamente de la pared, aunque jurando con las manos -extendidas no leer jamás su _Filosofía analítica_. - -Todo aquello se hundió en el abismo del olvido y sólo los cuatro ó cinco -canosos y panzudos _cacharreros_ que paseamos por las aceras de Madrid -nos acordamos con emoción de aquellos días risueños y nos enternecemos -hablando del retrato al óleo de D. Julián. - -Precisamente en aquellos días risueños fueron escritas estas semblanzas -sobre los negros y sobados pupitres de la Biblioteca del Ateneo. -Publicadas primero en la _Revista Europea_ y después en volumen, se -agotaron rápidamente, porque en España siempre hubo público para los -azotados. Desde aquella remota fecha á la presente se me han hecho -algunas proposiciones para reimprimirlas, pero me he negado -obstinadamente á ello y aun al publicar la serie de mis obras completas -prescindí de incluirlas, hasta ahora. ¿Por qué tan severa resolución? -Porque estoy persuadido de que á los veintidós ó veintitrés años se -puede ser un excelente poeta ó tal vez un mediano novelista, pero sólo -un detestable crítico. Además, estas semblanzas están llenas de -alusiones personales de dudoso gusto, están escritas en general con la -arrogancia decisiva que suele caracterizarnos en los primeros años de la -vida. Por tales razones las había condenado á eterna proscripción. - -Pero he aquí que en una noche de insomnio me asaltó la terrible duda que -á todos los escritores acomete más ó menos tarde. ¡Si yo fuese inmortal! -pensé de improviso. ¡Si mis obras fuesen leídas de las generaciones -venideras! Entonces no sólo se reimprimiría cuanto yo he escrito, sino -que se buscarían, se recogerían y se publicarían las cartas que he -dirigido á mis amigos y ¡quién sabe! hasta los billetitos amorosos; hay -eruditos capaces de las mayores infamias. Pensar esto y sentir inundado -mi cuerpo de un frío sudor entre las sábanas fué todo uno. No existe -hombre en el mundo que haya escrito más simplezas á sus amigos, pero -estas simplezas no son comparables con las que he escrito á las amigas. -Mis huesos se ruborizarían dentro de la tumba, estoy seguro de ello. Tan -desazonado me dejó tal pensamiento, que á la mañana siguiente encontré -paseando con sus nietos por el Retiro á una venerable señora á quien en -otro tiempo dirigí por escrito una declaración de amor, y me costó -trabajo no acercarme á ella y suplicarle por el de Dios, ya que no por -el mío, que me devolviese la epístola si es que la conservaba. Por -supuesto, ahora me miro mucho cuando escribo cartas, pensando en que -andando el tiempo han de ser publicadas, y si algún conocido me escribe -una pidiéndome prestadas cien pesetas adopto el estilo más puro y más -clásico, imitado de Hurtado de Mendoza, para responderle que no me es -posible enviárselas. - -Desde esta fecha me di á imaginar que era menester reimprimir las -presentes semblanzas. Para animarme á ello me he dicho á mí mismo -repetidas veces que los pecados de la juventud son letras de cambio que -se pagan indefectiblemente en la vejez. Puesto que yo he cometido -algunos, debo valerosamente sufrir las consecuencias. Al lado de este -motivo generoso, levanta la cabeza su compañero eterno, el motivo -egoísta y sórdido. Si este volumen de semblanzas ha de reportar algunas -ganancias, ¿no es preferible que estas ganancias caigan en mi bolsillo -antes que en el de un editor profano que las desentierre? - -He aquí pues, lector, este libro de semblanzas que te vuelvo á ofrecer -al cabo de tantos años. Si eres viejo sentirás cierta melancolía -hallándote de nuevo frente á los hombres que amabas ó aborrecías en tu -juventud y á quien siempre escuchabas con interés. Si eres joven -sonreirás desdeñosamente al ver la importancia que entonces concedíamos -á ciertos hombres absolutamente desconocidos para ti. No te equivoques, -sin embargo; lo que ahora sucede, sucederá más tarde y sucederá siempre. -¿Cuántos de los personajes que hoy provocan tu admiración ó tu cólera se -salvarán del olvido? En conciencia puedo decirte que aquellos hombres -por mí zaheridos no tenían más talento que los que ahora figuran en las -letras y en la política, pero te afirmo igualmente, con la mano sobre el -corazón, que eran menos pedantes. En cuanto á los por mí ensalzados, -díme, ¿quiénes son actualmente los sustitutos de Zorrilla, de Castelar y -Campoamor? - -Este libro viene á ser un camposanto. De los muchos varones que aquí se -estudian y de los otros á quien se alude, sólo tres ó cuatro pertenecen -todavía al mundo de los vivos. Un sentimiento de vergüenza que semeja -remordimiento me acomete al entregar de nuevo á la publicidad estas -sátiras de oradores y escritores que ya han descendido á la región de -las sombras. Pero todos ellos comprenderán ahora que en mi corazón -juvenil no había ni un grano de odio. Yo no era entonces más que un niño -travieso y poco respetuoso. Por eso cuando en breve me presente delante -de ellos en ese lugar oscuro donde vagan las sombras de los héroes, -estoy seguro de que todos me tenderán la mano. Quizá me pidan con afán -noticias del Ateneo y de los héroes actuales de la literatura. Quizá -suspiren como Aquiles murmurando que vale más una noche pasada -discutiendo _lo predominantemente subjetivo_, aunque haya críticos que -se burlen de sus discursos, que cien años trascurridos más allá de la -laguna Estigia. - -[Illustration] - -[Illustration] - - - - -LOS ORADORES DEL ATENEO - - - - -PROEMIO - - -[Illustration: E]L Ateneo Científico y Literario de Madrid ha -manifestado en los últimos cursos una vida y animación á que no -estábamos acostumbrados los que tristemente discurríamos en años -anteriores por sus desiertos pasillos. Casi diariamente resuenan las -voces de sus oradores por los ámbitos del espacioso, aunque irregular, -salón consagrado á la cátedra, y trasformado ahora en candente arena de -estos palenques científicos. La discusión no queda encerrada tampoco en -el ceremonial de las formas académicas, sino que, desencadenada y movida -por los huracanes de la pasión, sale á los pasillos consiguiendo -arrebatar los cerebros de aquellos que, por carecer de facundia ó por -modestia, no tercian en el público certamen. En privado, así como en -público, líbranse formidables batallas, en las cuales se combate con -todo el entusiasmo de la idea, aunque algunas veces, fuerza es decirlo, -se sustituye éste por otro menos noble, el de los bandos políticos ó el -que origina las heridas del amor propio. Esparcidos aquí y allá por los -divanes y butacas del establecimiento, suele verse á última hora -empolvados, deshechos, aporreados y casi sangrientos á los campeones de -la noche, sorbiendo con ansia el agua fresca, mientras alguno que otro, -de pulmón más robusto, manteniéndose aún en pie frente á estos -desgraciados, descarga sobre ellos con extraña ferocidad los golpes de -remate. No pocas veces demandé gracia para algunos cuya inflamada pupila -nos anunciaba la nube de argumentos que por su cabeza corría, sin que -esta temerosa nube lograse rociar con algunas gotas sus exhaustos -gaznates, y les pusiera en condiciones de revolverse contra su duro -adversario. - -Debátense en esta culta Sociedad los más arduos é interesantes problemas -de la ciencia; pero obsérvase el, á primera vista, extraño fenómeno de -que todas sus discusiones, previamente anunciadas en un tema concreto, -vienen precipitadamente á parar en puro asunto teológico ó político. -Fuertemente impresionado por estas singulares corrientes que en breve -plazo conducen siempre el tema á su disolución, traté de inquirir la -causa, y no cifrando gran confianza en el dictamen de mi pobre razón, -busqué el parecer de los más doctos. La mayoría se inclinó á creer -noblemente que la trascendencia de tales temas, la irresistible -atracción que ejercen sobre el espíritu en estos críticos tiempos y su -actualidad, sobre todo en nuestra España, donde á la hora presente -teología y política andan sobradamente confundidas, son parte bastante á -explicar los extravíos de nuestro pensamiento. Los menos y con peor -intención, quisieron ver en ello pruebas claras de nuestra insuficiencia -para ahondar con profundo y delicado análisis en un determinado punto de -la ciencia. Nuestros lectores optarán entre las dos contrarias teorías, -aunque á mi ver no sería difícil hallar elementos de verdad en ambas. - -Lo cierto de todo es, como digo, que las discusiones marchan en completo -y general desorden. Cada cual, sin preocuparse de nada del tema -discutido, verdadero náufrago en estas borrascosas sesiones, teje como -puede un discurso y encomienda á la Providencia la convicción de sus -oyentes. Dudo que exista país en el mundo donde se hable tanto y tan -bien como en España, pero seguro me encuentro de que en ninguno se -recaba menos de tanta oratoria. Consiste esto en que la forma, el -aspecto artístico de la oratoria española, absorbe y avasalla su fondo -científico, el cual se halla primorosamente velado, pero velado al fin, -por las hermosas galas de una retórica desenfrenada. - -En ningún otro país más que en España, y para encarecer á los -representantes de la Nación la conveniencia de votar un impuesto sobre -el aguardiente, trae el orador á cuento, flotando en un mar de rizadas -ondas, las primitivas construcciones pelásgicas, el monoteísmo de la -raza semítica ó los cuadros del Correggio. Los oradores españoles no -hacen obras de ciencia, sino obras de arte, y como artistas deben ser -juzgados. De este modo nos explicamos el deleite con que hemos asistido -estos cursos á las sesiones del Ateneo, y á la par el insignificante -ardor científico que lograron despertar en nosotros. El público, artista -también como los oradores, aplaude con frenesí los períodos tersos, las -brillantes imágenes, la mímica fogosa; en cambio repugna el argumento -recto y descarnado y el análisis detenido del asunto. Hay una derecha y -hay una izquierda. Sentada la una enfrente de la otra, se miran con -recelosa antipatía, y tienen por costumbre aplaudir tan sólo á sus -respectivos oradores. Excusado será advertir que los años de las -personas que en la derecha se sientan suman bastante más que los de -aquellos que tienen su asiento en la izquierda. Esto no obstante, el -ardor, el entusiasmo y aun la intransigencia es igual por ambas partes. - -Y cuenta que esto no lo decimos á modo de censura, porque estamos bien -convencidos de que estos fuegos y arrebatos salen del fondo mismo del -carácter nacional, de cuyas grandezas participan muchos, de cuyos -defectos y pequeñeces todos participamos. No creemos posible, según lo -expuesto, que la ciencia gane mucho en las sesiones del Ateneo, donde -sus más intrincadas cuestiones se discuten; pero en cambio suponemos -que el arte, ese fantasma divino que logró arrastrar siempre con -predominio los deseos y las fuerzas de nuestra patria, tendrá que -agradecer á este centro literario un culto desinteresado y devotísimo. -En buen hora que se nos hagan ver los peligros sin cuento que la verdad -corre entre tanta magnificencia y suntuosidad; por cima de todo flotarán -siempre las bellezas reales que hemos sabido crear. - -Nuestra oratoria recorre en toda su extensión la colosal escala trazada -para esta manifestación artística. Oradores, cuya sutil ironía asuela y -abrasa, tenemos, y también poseemos esos grandes artistas, verdaderos -magos de la palabra, que en todas ocasiones saben rodearse de hermosas y -nunca pensadas imágenes que encantan y transportan el alma. El -instrumento que exterioriza los vuelos de esta fantasía con su -majestuosa dulzura y sonoridad, realza la obra del orador, y la coloca á -la par ó por encima de los más acabados modelos del arte clásico. - -Fijo en estas consideraciones, pienso mostrar en las páginas siguientes -algunas observaciones sobre varios de los oradores que han terciado -durante los últimos cursos en los debates del Ateneo. No aspiro á hacer -retratos, que harto difícil lo considero para mi humilde pluma. Busco -tan sólo el medio de echar á volar algunos pensamientos que me -ocurrieron al escuchar los discursos pronunciados en las veladas del -Ateneo. Excusado parecerá añadir, después de lo expresado, que mi punto -de vista será principalmente artístico. Esto no obstante, trataré, -hasta donde me sea posible, de hacer ver, á la par que los méritos -artísticos de cada orador, las tendencias más caracterizadas de su -inteligencia, ó sea el rumbo que actualmente sigue en el océano del -pensamiento humano. Bajo uno y bajo otro aspecto, aunque mucho pueda -aplaudir, algo tendré también que censurar; mas haré de modo que estas -censuras, ni tengan su raíz en la pasión, ni se presenten tan agrias que -puedan herir ninguna susceptibilidad. - -[Illustration] - -[Illustration] - - - - -D. MIGUEL SÁNCHEZ - - -[Illustration: C]IERTA noche, y en ocasión que el señor Sánchez pedía la -palabra, oímos decir á nuestro lado: «Este señor cura padece una -equivocación; se dirigía á San Luis y entró distraído en el Ateneo». - -No es exacto, sin embargo, lo que el mordaz interlocutor trataba de -significar. El Sr. Sánchez (ó el Padre Sánchez, que así es como -generalmente se le conoce) nada tiene de orador sagrado, si no es cierta -pastosidad de voz y melifluidad de tono, y el empleo de algunas frases, -como las de mansedumbre por humildad, misericordia por compasión, y -otras tales que trascienden de una legua á púlpito. - -Por lo demás, ¿quién podrá dudar que el Sr. Sánchez abandonó totalmente -las formas arcaicas de la Cátedra Santa para aceptar con amor la nueva -fase de la apologética católica? No se trata ya de hinchadas é -indigestas pláticas, sembradas de místicos ejemplos donde Satanás juega -por lo común papeles de melodrama, de símiles bíblicos y latines -macarrónicos, no; la moda, que todo lo invade, como me propongo -demostrar en ocasión propicia, se ha introducido por la mohosa cancela -de las catedrales y ha sugerido á los defensores de la verdad católica -nuevas y radicales reformas en su piadosa estrategia. La Iglesia había -poseído hasta ahora santos padres, doctores y mártires; pero carecía de -guerrilleros de la palabra, y los tiempos actuales se los han -suministrado. - -Los modernos paladines del Catolicismo no se aperciben á la batalla, -como los antiguos, demandando al cielo fuerzas en medio de fervorosas -oraciones y áspera penitencia, sino que afilan su lengua en las peleas -del _meteeng_, y adiestran su pluma en las turbulencias del periodismo -candente. Los apóstoles é iluminados de otros días, son actualmente -polemistas irascibles y batalladores. Los que fecundaban antes con su -preciosa sangre los campos de la religión, riegan con bilis ahora la -arena del debate. Los apologistas católicos se creen en el deber de -aceptar las condiciones en que hoy se les ofrece la lucha, y mantienen -en tensión constantemente el arco que tiene aparejado el dardo del -sarcasmo ó del ultraje. - -El Sr. Sánchez ha entrado de lleno en los derroteros de la nueva -apologética. No pertenece á la escuela de San Anselmo y San Bernardo; -pero, en cambio, es discípulo aprovechado de Luis Veuillot. Hace -bastantes años que esgrime su palabra, sutil y revoltosa, en el Ateneo -de Madrid, si bien ha padecido un prolongado mutismo, ocasionado, á lo -que parece, por la suspicacia clerical. No merecen los honores de -batallas las luchas en que interviene, porque no entra en sus miras -presentar el pecho al enemigo, pero sabe preparar con destreza una -emboscada y evitar los más certeros golpes. No para mientes jamás en las -doctrinas, sino en la persona que las representa, y á ella asesta luego -sus malignas estocadas. El Padre Sánchez entiende que la discusión es un -pugilato donde el laurel de la victoria debe adjudicarse al que más -aporrea á su adversario. - -Es un polemista escabroso; un defensor audaz del antiguo régimen; tiene -bastante nervio dentro del género especial de su oratoria, y maneja con -éxito ese estilo, ora místico, ora volteriano, que por medio de -intencionadas burlas é incesantes sarcasmos pretende inculcarnos el amor -de Dios y del prójimo. - -Cuando escuchamos las picantes alusiones, las sangrientas diatribas con -que el P. Sánchez maltrata á sus adversarios políticos, nuestro -pensamiento se remonta sin darnos cuenta de ello á los primeros tiempos -del Cristianismo. Y contemplamos la figura apacible del Redentor, y -escuchamos la dulce y persuasiva voz que nos ordena amarnos los unos á -los otros; y vemos también sobre el fuste marmóreo de una columna á -aquellos ejemplares varones que salieron del mundo vivos en fuerza de -mirar al cielo. ¡Oh santos Estilitas! ¡Cuántas veces se hubiera -desplomado el P. Sánchez de vuestra memorable columna; él que tan fijos -tiene sus ojos en la tierra! - -La verdad de todo es que estos detractores irreconciliables de la -revolución, son en el fondo espíritus revolucionarios. Compárese, si no, -la forma en que el Cristianismo se difundía en sus primeros tiempos con -el método que hoy adoptan sus apóstoles para esparcirlo por el orbe, y -se notará con claridad la profunda revolución que en su modo de ser y de -propagarse se ha operado. Bajo este sentido, el Padre Sánchez es un -demagogo del apostolado, un descamisado del Catolicismo. Su temperamento -no le llevará seguramente al desierto á vivir con raíces y frutas y á -gozar de los inefables misterios de la soledad y del éxtasis, antes -bien, le arrastrará constantemente hacia el choque ruidoso y apasionado -de las ideas, hacia la invectiva, hacia la sátira. Es un fanático del -pasado con instintos y lenguaje democráticos. - -Con estos procedimientos irrespetuosos, con esta fecundidad de invectiva -y esta agudeza que le caracterizan, el orador católico logra despertar -en alto grado la curiosidad del auditorio. En España nada hay que nos -regocije tanto como oir en la calle unos tiros ó una desvergüenza: -estamos ávidos de sensaciones fuertes; la monotonía nos causa terror; -queremos, en una palabra, divertirnos. Y hay que convenir en que nada -más divertido que las filípicas con que el P. Sánchez flagela á los -enemigos del absolutismo. No extrañe, pues, que en la sala del Ateneo se -espere un discurso suyo con la risueña impaciencia con que en el teatro -se aguarda en pos de un drama un sainete. - -De este modo, con las armas de la ironía, con las donosuras del gracejo, -con los excesos de la pasión, quiere servir nuestro orador al -Catolicismo sin comprender que lo rebaja al nivel de secta tumultuosa y -alborotada. Esto equivale á servirse de la religión como de un -estandarte bajo cuyos pliegues se lanzan al combate todos los ímpetus -del sectario, todas las genialidades del carácter y los rencores todos -del espíritu. Nuestra conciencia nos dice que servir á la religión con -tales armas es desnaturalizarla; y el imponerle una absurda solidaridad -con el ideal absolutista es comprometerla gravemente. - -No ofrece duda que en los tiempos en que vivimos, cuando las ideas -chocan con estrépito en medio de una incesante discusión, y se ponen en -tela de juicio las bases fundamentales del Catolicismo, es no tan sólo -un derecho sino también un deber de los creyentes el acudir con presteza -á su defensa. Lo que lamentamos no es que los escritores y oradores -católicos intervengan en la controversia, sino que se mezclen en los -ardores y desmanes que la pasión produce siempre, quedando al mismo -tiempo apartados de los altos y serios debates que ha suscitado la -crítica contemporánea. - -El Sr. Sánchez, á pesar de cuanto llevamos dicho, no es un orador -católico á la moderna, en la acepción más completa de la palabra. -Fáltale para esto una condición esencial, la de ser lego, joven y bien -quisto de las damas. No pertenece á esa falange inquieta de fogosos -mancebos que aspiran á ser la policía de la Iglesia, y que, juzgándose -intérpretes únicos de la voluntad divina, vilipendian á cuantos -desconocen su autoridad en materia de fe, de costumbres y de literatura. - -Su carácter sacerdotal le impide afectar ese buen tono y exquisita -cortesanía en la intemperancia misma que tanto brillo comunica á los -apóstoles con bigote y rizada cabellera. - -Se dice que el paso por el seminario imprime un sello de tal modo -indeleble, que ni el cambio más radical en las opiniones y en los -hábitos alcanzan á borrarlo. Calcúlese, pues, qué claro se verá este -sello en el Sr. Sánchez, cuando ningún cambio se ha operado, ni -esperamos que se opere, en sus concepciones mundanas y extramundanas. -Cuando se le ocurre discutir alguna doctrina (lo cual repetimos que rara -vez acontece), saca todo el arsenal de argucias y sofismas con que le -abastecieron en sus juveniles años los maestros de la escolástica. Si se -le cita un hecho que perjudica á la doctrina que sustenta, lo niega; si -se le demuestra, _distingue_; y cuando los distingos no bastan, replica: -«...más eres tú». Manifiesta gran predilección por la historia, pero la -historia del Padre Sánchez no es historia, sino una especie de cámara -oscura, muy oscura, donde todo se ve cabeza abajo. Á tal ínclito varón, -cuya memoria honra la humanidad desde largo tiempo, se le ve, -terriblemente ataviado con cuernos y rabo, comerse los niños crudos. Á -tal otro bellaco que en su vida ha hecho más que picardías y ruindades, -se le contempla por arte de encantamento trasformado en santo. Profesa, -en cambio, una aversión casi sagrada, por lo inmensa, á la poesía. Se -comprende bien. Los poetas son los profetas de nuestra edad, y el Padre -Sánchez es todo lo contrario de un profeta. Tan lejos lleva nuestro -orador esta aversión, que todo cuanto de malo encuentra en los discursos -de sus contrarios no es más que poesía, pura poesía, como él dice -afectando el más profundo desprecio. Los dedos se le tornan poetas. ¡Un -día se le ocurrió llamar poeta al Sr. Figuerola! - -En lo referente á la demostración de las ideas, profesa este orador -ideas muy singulares. La prueba de que una idea es verdadera, no -consiste para él en que sea rigurosamente lógica y se imponga desde -luego al espíritu como cierta. Precisa que vaya acompañada, además, de -un texto donde se apoye, cuyo texto deberá citarse en toda regla, esto -es, con la página, capítulo, libro, edición, archivo, etc. Él así lo -practica; mas oí decir en los pasillos á un sujeto (probablemente aquel -mismo socio mordaz que cierta noche le llamaba señor cura) que el Padre -Sánchez es una verdadera especialidad en la invención de citas. No creo -que esto pase de cuchufleta. - -Sea de esto lo que quiera, con tales maneras y otras parecidas, el Padre -Sánchez no convence á nadie, pero logra excitar la hilaridad del -auditorio, y bien conocidas son las deferencias y respetos que en -nuestro país se guardan á quien se da bastante maña para hacernos pasar -un rato divertido. - -Una observación para terminar. El género agresivo y picante de la -oratoria del Sr. Sánchez, más que á la condición de su carácter, cuya -nobleza y sinceridad reconocemos, responde á las tradiciones constantes -de la escuela en que milita. Sirva esto de alivio y descargo para lo que -se halle de acerbo en nuestra censura. - -[Illustration] - -[Illustration] - - - - -D. SEGISMUNDO MORET Y PRENDERGAST - - -[Illustration: P]ENETRAMOS en el florido vergel de la poesía, en el -recinto deleitable y ameno donde se albergan los genios seductores de la -elocuencia. Llegamos al más suave y armonioso de nuestros oradores. - -No es águila soberbia que lanza su vuelo impetuoso por las regiones del -aire; no es el rayo de sol ardiente que abrasa los tiernos pétalos de la -flor; no es la ola gigantesca que forja el mar en su embravecido seno y -brinca espumosa sobre el inmoble escollo. Es el malvís alirrojo que -entona su cántico dulce y monótono, oculto entre las frondas de un tilo; -es el rayo tenue de la luna que esparce sosiego por el valle; es la onda -cristalina que expira sin estrépito en la playa. - -¿De dónde viene? De la libertad. ¿Quién no recuerda aquel grupo de -jóvenes inteligentes que en los albores de una revolución rodeaba el -estandarte de la libertad? Uno de estos jóvenes, por la distinción de su -figura, singularmente interesante, por el encanto que sabía comunicar á -su palabra, siempre florida y persuasiva, arrastraba hacia sí todas las -miradas y todos los entusiasmos. ¿Quién es entre nosotros el que no le -ha visto subir á la tribuna acompañado de ese murmullo lisonjero con que -la simpatía impone silencio á la atención? Su cabeza, delicadamente -bella, irradiaba inteligencia; su mirada, un poco vaga y soñadora, -buscaba instintivamente la luz que entraba por el medio punto del salón -como para suplicarla que iluminase su pensamiento. Su palabra, confiada -y vibrante, corría sobre los abismos temerosos de la política como un -incauto niño que no percibe el peligro que le cerca. - -Moret no es un orador parlamentario. Fáltale malicia, sóbrale fantasía y -elevación para terciar en esas peleas nobles muchas veces, á veces -también indignas, en que se agitan los intereses políticos. Carece en -absoluto de esa decantada habilidad, que mejor llamaríamos astucia, con -que, á guisa de ganzúa, consiguen abrir hoy nuestros políticos las -puertas del alcázar gubernamental. Si ha entrado en él algún día, fué -deslumbrando con el brillo de su palabra á los astutos enanos que lo -guardaban. Arrojáronle de allí más tarde explotando malignamente su -candidez. Tampoco posee esa energía y firmeza que en el fragor de la -lucha pone en suspensión á los contendientes, ni con fogosos arrestos -tritura y despolvorea las doctrinas de sus contrarios. Es un tribuno -aristocrático que sólo produce efecto entre los espíritus cultos y un -tanto iniciados en los refinamientos del lenguaje. Y en verdad que éste -responde con solicitud tan primorosa á los soplos más leves de su -pensamiento, á sus matices más desvaídos, como las cuerdas del arpa -contestan exhalando dulces notas á la blanca mano que las hiere. - -La oratoria del Sr. Moret no tiene trascendencia en el sentido de que -despierte el pensamiento para nuevas y más profundas concepciones. -Limítase á recoger del suelo una idea generosa para arrojar sobre ella -la luz de su inteligencia y ofrecérnosla adornada con todos los colores -del iris y todas las magias del arte. De este modo, mejor que con -profundas y sabias disquisiciones, sirve á las ideas haciéndolas amables -y simpáticas para todos. Su claro pensamiento tiene la virtud de disipar -las nieblas con que la malicia y el error las cubren. La libertad es la -musa que inspira todas sus oraciones. Esta musa, que por capricho -inescrutable se ofrece las más de las veces á la vista de sus oradores -como deidad sangrienta y vengativa, como ángel exterminador y ministro -de la voluntad del pueblo destinado á dar muerte á los primogénitos del -privilegio y de la fortuna, se presenta á los ojos del joven tribuno y á -los de aquellos que la gala de su elocuencia encadena, como ángel de -ventura que trae en su mano, no la tea del exterminio, sino el olivo de -la paz. - -¡Grande y poderoso influjo el de la elocuencia! Á su poder no se allanan -los peñascos ni se aplacan los irritados mares, pero hay algo que se -mitiga y se aplaca más duro que los peñascos y más irritado que los -mares: el corazón del hombre! - -El Sr. Moret es un gran orador; pero nada más que un orador. Ha tenido -la desgracia de nacer á la vida de la inteligencia en una época en que -las aspiraciones más nobles del espíritu moderno se hallaban -representadas por la escuela que tomó el nombre de economista. Y digo -desgracia, porque no es mucha fortuna ciertamente para nuestra juventud -el que haya de percibir la luz de la ciencia siempre de reflejo y al -través de los cristales que el curso de las circunstancias le -interponen. En los comienzos del siglo los jóvenes que en nuestra patria -amaban la cultura y ocupaban su espíritu con los problemas que arrastra -consigo eran cándidos descreídos y reformadores ilusos. Miraban por el -cristal de la Enciclopedia y no alcanzaban á ver más que negaciones en -el vasto campo de la naturaleza. Más tarde llegó hasta aquí la ola de la -escuela economista y arrastró consigo á la flor de nuestros pensadores -que navegaron incautos sobre su turgente espalda, sin comprender á qué -abismo de anarquía y egoísmo nos conducían sus falaces armonías. -Últimamente la amplitud que de poco á esta parte han tomado los estudios -de medicina introdujeron aquí de soslayo la gallina del positivismo, -que con tal extraña fecundidad va empollando en nuestras tierras, como -se advierte por el número de pollos que en el día hacen profesión de -incrédulos. - -Todas estas direcciones, imposible fuera negarlo, corresponden en la -esfera del conocimiento á otros tantos puntos de la realidad. Pero -tienen la desdichada ocurrencia de aspirar al monopolio de toda ella, -por lo mismo que en España van campeando sucesivamente sin mantener las -luchas incesantes á que otras escuelas rivales las provocan en los demás -países, y consiguen de esta suerte hacerse insoportables y odiosas para -los espíritus que buscan imparcial y seriamente la verdad. - -El Sr. Moret puso al servicio del individualismo las prodigiosas -aptitudes con que la Providencia le dotara, cuando el individualismo era -el único pan que se ofrecía á los hambrientos de la inteligencia. -Sintióse vencido por aquella serie de hermosos sofismas con que el -optimismo individualista nos llevaba á la felicidad sin movernos del -sitio, sin hacer otra cosa que presenciar inmóviles el desenvolvimiento -de las leyes que llamaban naturales. Parodiando á la inversa la frase de -Mahoma, decían: «No vayáis á la felicidad; dejad que la felicidad venga -á vosotros». Y, no obstante, ninguna de las cualidades morales del Sr. -Moret acusa un individualista. Un espíritu como el suyo, generoso y -armónico, más apto parece para la iniciativa de algún noble y -filantrópico proyecto que para la expectación fría y calculada que la -antigua escuela económica imponía á sus afiliados. - -Escuchad á ese orador ameno y elegante, saboread la ambrosía de su -dicción, extasiaos ante ese conjunto de hermosas imágenes que surgen -bullidoras al conjuro de su encantada fantasía, y sabed después que ese -orador tan delicado, ese espíritu tan poético es... un hacendista. - -Sí; el Sr. Moret se ha consagrado á la ciencia financiera, ha sido su -intérprete en la Universidad de Madrid y su ministro en las esferas del -poder. ¡Podrá darse mayor desdicha para la poesía, quiero decir, para la -Hacienda! - -¿Por qué es el Sr. Moret un financiero? Preguntad á la más fragante de -las flores, á la suave madreselva, por qué despide su perfumado aroma -entre las aguzadas espinas de una zarza; preguntad á la perla por qué -oculta sus bellezas en el fondo de un molusco repugnante; preguntad por -qué de un matemático profundo se forma de súbito un poeta dramático. - -Arcanos y paradojas son éstos con que la naturaleza nos quiere -sorprender algunas veces. - -El Sr. Moret nació orador y se hizo financiero ó, lo que es lo mismo, -nació ruiseñor y quiso ser gorrión. Para gorrión es demasiado fino y -atildado. - -Queremos, pues, al Sr. Moret ruiseñor; queremos escuchar su voz -elocuente siempre que no nos hable de deuda flotante ó de emisión de -bonos. Queremos también contemplarle desempeñando en la escena de la -oratoria papeles de víctima, porque su frase, siempre melódica y -regalada, no se hizo para expresar los acentos ásperos y arrebatados del -tribuno batallador, ni mucho menos para engolfarse en el laberíntico -juego de la ironía y la sátira. - -Nada hay que nos disguste tanto como el gracejo del Sr. Moret cuando -graceja. Con aquel rostro afeminado, con aquellos ojos que, aun -queriendo reflejar malicia, siguen expresando la misma amable inocencia, -con aquel aire soñador, con aquella voz conmovida y temblorosa que -frecuentemente se anuda en la garganta, produciendo un movimiento de -simpatía en el auditorio, ¿aspira el Sr. Moret á ser zumbón? ¿No -comprende que el chiste que sale de su boca suena como un suspiro? - -Abandone el ilustre orador esa forma, que se hizo para almas más -revueltas y tempestuosas que la suya; no vuelva á introducirse -incautamente en los matorrales de la hacienda, donde su espíritu dejará -el rico vellón de la poesía y de la elocuencia, y siga el glorioso -camino que su naturaleza le tiene trazado. Es nuestro respetuoso -consejo. - -[Illustration] - -[Illustration] - - - - -D. CARLOS MARÍA PERIER - - -[Illustration: S]UAVES ondas que besáis las playas de la Italia, tibias -auras que mecéis los cedros del Líbano, gentiles corderillos que -triscáis en la pradera, aroma de las flores, perfume de los campos, -venid! Vengan los elementos todos de la bucólica, y mójese mi pluma en -la rica miel de Chío y en los lagos azules de la Helvecia. No tardéis. -Ved que el orador se encuentra en pie, y yo impaciente por dar comienzo -á la semblanza. - -La voz llega ya á nuestros oídos. - -Sentados bajo la frondosa y secular encina, en esas horas ardientes del -mediodía en que el ruido de los humanos se apaga casi por completo y el -de los insectos toma proporciones sofocantes; cuando todo dormita -buscando con anhelo la sombra deleitosa, ¿no escuchasteis los errantes -sonidos de la flauta? Las cadencias se prolongan de un modo indefinido, -la misma frase se repite sin cesar, pero sus notas llegan unas veces -puras y vibrantes, otras, cuando atraviesan por los juncos que crecen á -orillas del arroyo, melancólicas y vagas, estremeciendo el aire con -dulzura y cerrando blandamente vuestros ojos. Os halláis dormidos, y -todavía percibís los mismos sones. Despertáis, y los seguís oyendo. -Después de algún tiempo, la flauta llega á ser uno de tantos insectos y -forma coro con los cantos penetrantes del grillo y la cigarra. - -Trasladaos al Ateneo de Madrid, y, si no os inspira algún temor, sentaos -en una de esas butacas de color de cielo--¡á tal punto es cierto que el -hábito no hace al monje![1].--El Sr. Perier se levanta y da comienzo la -sinfonía. La flauta entona con dulzura una melodía delicada que regalará -vuestros oídos; mas ya se viene repitiendo cinco veces, y el artista no -piensa en buscar un nuevo tema. Después de algún tiempo quedaréis -dormidos. Cuando abráis los ojos, las cosas se encontrarán probablemente -en el mismo ser y estado, esto es, las auras que vienen de la derecha -traerán á vuestros oídos la misma melodía. Acontece que el artista -pretende introducir algunas variaciones en la frase; pero no me engaña, -la percibo tan clara y tan distinta como si por vez primera saliera de -la flauta. - -El Sr. Perier es, pues, un orador, pero orador de una sola cuerda, y -sobre ella nos da luengos conciertos. Orador de exordio interminable, -aunque hemos de advertir que jamás empleará el conocido en la retórica -con el nombre de exabrupto: se lo veda su exquisita cortesía. - -Que en el horizonte de las discusiones del Ateneo se deje ver un tema -por fas ó por nefas relacionado con la religión, la familia ó la -propiedad, y ya tienen ustedes á mi orador con verdadera comezón de -acudir á la muralla de estas instituciones, para que ninguna reforma -clave en ella su bandera. Quizá sea el más constante de los sitiados, -pero es carabina de chispa la que empuña y sus fuegos no son mortíferos. -Avezado el enemigo á contemplarlo derecho sobre el muro, le dispara -saetas sin veneno, porque ni su actitud es arrogante, ni son muchas las -bajas que causa. - -Esfuérzase en pedir respeto y gracia para las sagradas instituciones que -defiende, y no demanda la muerte y el exterminio para las que combate. -Mis plácemes por ello. Poco hay tan destemplado y ponzoñoso como el -lenguaje de los que toman por oficio la defensa incondicional de -nuestras tradiciones. El Sr. Perier, al separarse totalmente de esta -forma, merece con justicia los elogios de todas las personas sensatas é -imparciales, porque en ello revela comprender que las instituciones de -orden y de paz, pacífica y ordenadamente necesitan defenderse, y deja -ver, además de esto, una buena fe que en vano han de alardear los que -adoptan otros modos de polémica. - -Muy lejos, pues, de erizarlo con argumentos de mala ley, sabe envolver -con gran esmero el proyectil entre algodón y seda, barnizándolo después -bonitamente de aceites olorosos antes de enviarlo al enemigo. Es tan -manso y sosegado el juego de su palabra, que ésta fluye de sus labios, -como dice Homero que fluía de los del prudente Nestor, dulce cual la -miel de las abejas. - -Acabáis de entrar en una de nuestras góticas basílicas, y es la hora en -que con toda pompa se oficia ante los fieles. Los cánticos sagrados y -las plegarias fervorosas adquieren resonancia en los ángulos del templo. -Las flores silvestres esparcidas por todo el pavimento «ofrecen mil -olores al sentido». El incienso que arde en los pebeteros del altar -suspende por algunos instantes vuestro pensamiento, y os pone en deseo -de reclinar la cabeza para recibir en plácido desmayo las tristes y -graves melodías del órgano. Todo es paz y sosiego. Los ruidos mundanales -no quieren vibrar en aquella atmósfera seráfica. - -Si oís al orador de que ahora estoy tratando, experimentaréis -sensaciones análogas. Parece que no vive en medio de la lucha de -creencias y doctrinas cuyo fragor conturba nuestros ánimos, y su -oratoria es, pudiéramos decir, extramundana. En los momentos más -críticos de la contienda, cuando el coraje inyecta de sangre los ojos de -los héroes y la muerte cierne sus alas sobre el campo de batalla, -levántase un orador con severo continente, saca del bolsillo una -encíclica romana, y da comienzo á su lectura, que impasible y tranquilo -hace prolongar un buen lapso de tiempo. ¡Quién lo diría! Esta lectura es -la lluvia copiosa y refrescante que apaga los ardores de la tierra. En -adelante, los oradores se levantan á hablar entumecidos, y la sesión -figura padecer de reumatismos. - -Sigamos con el agua. No escucháis los ruidos medrosos y solemnes de -poderosa catarata que se despeña, sino el susurro monótono del arroyo -que serpea entre yerbas aromáticas, y al cual acompaña el no menos -triste y monótono rumor que el viento produce en los árboles. En vano -anheláis nuevas y variadas emociones. El orador, como la Naturaleza, -languidece sin morir jamás. Navegamos por el mar Muerto, sin que un -soplo de la brisa hinche nuestras velas. - -Muchas veces me he preguntado: ¿qué actitud pensaría tomar el Sr. Perier -dentro de la Convención francesa? Después de las enrojecidas palabras de -Marat, ¿cómo sonarían sus discretas disertaciones? De aquella Montaña -partían torrentes espumosos y violentos huracanes. ¡Qué cefirillos tan -suaves llegarían si el Sr. Perier se viera en ella! - -Las distancias que de su homónimo Casimiro Perier le separan son -inmensas. Aquel orador, cuya energía borrascosa tiranizaba á todas las -fracciones de la Cámara, se hubiera visto en grave aprieto ante la -cristiana mansedumbre de su tocayo. ¡Bienaventurados los mansos, porque -ellos poseerán la tierra! - -Para figurarse con cierta exactitud á este orador, es indispensable -haber contemplado mucho tiempo un cielo siempre límpido, que si primero -serena y dulcifica nuestro espíritu, luego empezará á causarnos tedio y -concluirá por abrumarnos. ¡Con qué ansia pedimos entonces á ese cielo -que en sus senos profundos condense los vapores que recibe y un momento -nos cubra al astro del día! ¡Ay! ¡en el cielo del pensamiento del Sr. -Perier jamás ha estallado tempestad alguna! - -La dicción es correcta y el ademán sosegado; pero le falta color y -animación. - -[Illustration] - -[Illustration] - - - - -D. JUAN VALERA - - -[Illustration: N]O es tarea tan fácil como á primera vista parece -trasladar al papel los rasgos salientes de un orador. Unos, como el Sr. -Perier, están siempre traspuestos ó adormecidos, y es fuerza copiar su -semblante con la ausencia de vida que caracteriza al sueño. Otros, de -espíritu agitado y sutil, como el Sr. Valera, se niegan á estarse -quietos, y con sus desordenados movimientos hacen imposible el buen -desempeño de la obra. - -Siento aprensión inusitada al tocar con mis torpes dedos la delicada, la -culta, la espiritual figura del señor Valera. Inútilmente trataré de -imitar, haciendo su semblanza, al acreditado pintor que ha enriquecido -la galería del Ateneo con su retrato. Confieso humildemente que no me -siento con fuerzas para reproducir embellecida la imagen del ilustre -escritor. Harto haré si consigo no empañar su mucho brillo. - -Principio por suponer al Sr. Valera bastante sensato para no abrigar las -pretensiones de orador grandilocuente. Corto es el número de los que ven -ceñidas sus sienes con una corona legítimamente alcanzada; más corto aún -el de los que pueden soportar el peso de dos ó más. Y el renombre que el -Sr. Valera tiene adquirido como escritor brilla con luz demasiado clara -para no eclipsar el de otros astros de segunda magnitud que alguna vez -se dejan ver en el cielo de su gloria. El escritor y el orador se -confunden en el Sr. Valera, y como las condiciones exigidas para uno y -otro son muy distintas, el escritor tiene sofocado bajo su gran -pesadumbre al orador. En el Sr. Castelar encontramos un ejemplo de lo -contrario. El orador puede y debe ser exuberante en la frase, armonioso -hasta con detrimento de la precisión, siempre rico, fácil y sonoro. El -prosista debe proceder con cierto rigor en el empleo de las formas -métricas, y huir con tacto de las asociaciones de palabras que tienen su -verdadero lugar en la oratoria. De aquí la inferioridad del Sr. Valera -como orador. Posee todo el donaire, ingenio y flexibilidad de un -consumado prosista, pero es necesario afirmar que no tiene la afluencia, -ni la armonía, ni la fluidez que deben adornar al orador. Es un hablador -delicioso á quien se escucha con más gusto en conversación familiar que -sobre la tribuna. Es el rey de los pasillos. Discurriendo en aquella -atmósfera más ardiente y menos hipócrita que la de la cátedra, no tiene -rival. Allí vierte el Sr. Valera el manantial inagotable de su gracejo. -Los jóvenes expresan ruidosamente su alborozo; los viejos hacen el -sacrificio de su paseo: todos forman círculo en torno suyo y escuchan -regocijados la palabra breve, incisa y modulada por un acento andaluz -que se escapa como aguda saeta de los labios del ilustre novelista. Las -exigencias de la tribuna le embarazan sobremanera: así que ha optado con -buen acuerdo por no satisfacerlas y convertir el discurso en sabrosa -plática. - -Entro á hablar ahora del espíritu del Sr. Valera, que, como he indicado, -no tiene poco de inextricable y enmarañado. Las puertas de este espíritu -me causan cierto temor supersticioso como las de un alcázar encantado. -Tanto pienso que hay en él de misterioso y laberíntico. Desde fuera se -escuchan ruidos que unas veces semejan risas, otras lamentos. - -Después que oigo hablar al Sr. Valera, no me preocupa tanto lo que ha -dicho como lo que dejó por decir; de suerte que cuando ha expresado un -juicio sobre alguna cuestión, nunca dejo de preguntarme: ¿Qué pensará el -Sr. Valera sobre esta cuestión? ¡Quién puede saberlo! - -El carácter del Sr. Valera no puede reconocerse en su manera de escribir -ó de hablar, porque no pertenece al número de aquellos que siguen la -inspiración del momento, que obedecen á la palabra y no la gobiernan. -Sólo los espíritus superficiales se abren sin inconveniente para que la -mirada del observador penetre en ellos. La multitud los comprende y los -aplaude; pero esta facilidad con que son comprendidos significa, en -último término, que pagan tributo servil á la inspiración del momento, -que carecen de esa plástica necesidad propia de los grandes artistas. La -multitud no puede medir jamás el horizonte en que se mueven los grandes -espíritus. Considérese por qué el Sr. Valera jamás será un escritor -popular. El pueblo jamás verá al través de las nieblas que flotan sobre -su espíritu, jamás llegará á descifrar la charada de su carácter, jamás -entenderá esos refinamientos ó _tiquis miquis_ (como él los llamaría) -psicológicos con que se complace en amasar sus novelas. Son muy pocas -las mujeres que han podido dar fin á la lectura de su _Pepita Jiménez_. -Pesada é incomprensible les parece, ó cuando más, sólo advierten en ella -los rasgos vulgares con que se disfraza el pensamiento. - -Sin que yo trate de escudriñar lo que pasa en el cerebro del Sr. Valera, -pienso que es un espíritu engendrado por la civilización helénica más -que un producto del movimiento cristiano. Tiene una naturaleza demasiado -realista, y se entrega sobradamente á las alegrías y dulzuras de la -vida, para que le seduzcan las tendencias ascéticas, iconoclásticas y -espiritualistas que caracterizan al cristiano. Ama y se penetra de todo -lo que vale la existencia, y goza con esa majestad propia del que tiene -conciencia de su divinidad. Tengo entendido que nuestro orador no se -macera como el padre Sánchez, privándose del tabaco, del café y de -otros productos ultramarinos. En cuanto á aquellos otros que el sol de -Andalucía sazona y torna tan dulces, tampoco juzgo que sienta demasiado -horror por ellos, recordando el último capítulo de _Pepita Jiménez_. Y -no se me enoje el Sr. Valera porque no le tenga por un San Antonio, pues -á tiempo está para serlo si le place seguir sus huellas y desea ver, -como la de aquél, su imagen de madera honestamente vestida con muchos -pliegues adornando bajo un fanal la celda de alguna devota. Nada más -fácil que el Sr. Valera enderece el día menos pensado sus torcidos -pensamientos y los incline hacia el padre Sánchez, y por el padre -Sánchez consiga la bienaventuranza, desde donde tal vez en recuerdo de -estas líneas me dispense la merced de un milagro que estoy necesitando -hace tiempo. ¡Lástima es que el Sr. Valera no crea en los milagros! Pero -¿qué acabo de decir? Advierto que el insigne novelista se ha ruborizado -hasta las orejas y me hace señas para que calle. ¡Si soy más -indiscreto!... ¡Qué necesidad tenía de saber la elevada sociedad donde -el Sr. Valera se agita que no cree en la eficacia del agua de Lourdes! -El comercio con una sociedad distinguida, culta y espiritual, el trato -íntimo con hermosas y aristocráticas damas que nos celebran y nos -aplauden, que nos sonríen al vernos aparecer y nos estrechan dulcemente -la mano al partir, merece bien que alguna vez reservemos y hasta -sacrifiquemos nuestra opinión. «¡París bien vale una misa!» - -Transijo, pues, con que el Sr. Valera sea un hombre de orden entre las -damas, y después de dar á luz á D. Luis de Vargas, vaya á rezar con -ellas novenas á San Luis Gonzaga, porque son cosas éstas que nacen y -mueren con el individuo; pero que tan esclarecido ingenio tenga el mal -gusto de entonar loas á la Inquisición y al fanatismo religioso del -siglo XVI en plena Academia Española, le digo á usted, señor D. Juan, -que esto me ha conturbado penosamente. Usted y el Sr. Núñez de Arce, á -quien muy de veras aprecio, son dos sabios de primera fuerza, como diría -_La Correspondencia_. Son ustedes tan eruditos, tienen tanto talento y -son tan liberales, que cuando de ustedes hablo, no puedo remediarlo, se -me cae la baba como si les hubiera enseñado algo. ¡Imagínese usted ahora -la rabieta que habré tenido al ver la dureza con que atacaba usted al -Sr. Núñez de Arce, que es tan buena persona, para defender al bribón de -Torquemada! ¡Es mucho afán de llevar la contraria! - -He dicho que transigía con la devoción aristocrática del Sr. Valera -porque me parece de todo punto inofensiva. Yo no soy de los que -excomulgan á un demócrata por haberle hallado besando la mano de una -dama encopetada. Goethe suponía que la mano más digna de ser besada el -domingo era la que había cogido la escoba el sábado. Me adhiero con toda -el alma á esta delicada lisonja que el gran poeta dedica á las hijas del -pueblo. Mas para que la verdad quede en su punto, es necesario hacer -constar que la escoba no tiene el privilegio de embellecer las manos, -antes por el contrario las torna duras y acrece sus dimensiones. Por lo -que no es gran maravilla que el Sr. Valera, y con él otros muchos, sean -más dados á adorar manos aristocráticas que plebeyas. - -Pero estos instintos que alejan á ciertos escritores y oradores -demócratas de lo que ha dado en llamarse cuarto estado y los arrastran á -las doradas mansiones de los nobles, responden además á una verdadera y -plausible disposición del espíritu, que detesta lo vulgar y lo -adocenado, que ama lo brillante y lo distinguido. - -Ernesto Renan ha convertido en sistema lo que no pasaba de vergonzante -inclinación, pretendiendo sustituir á la aristocracia de la sangre, que -ya no tiene ninguna significación positiva en nuestra época, otra más -verdadera y respetable: la del talento. - -En efecto, ya estamos cansados de que por un palo más ó menos oportuno y -fecundo en consecuencias, aplicado en tiempo del rey que rabió, llamemos -hoy todavía á un descendiente del ínclito apaleador «Marqués del -Real-Trancazo». ¿Cuánta mayor razón existe para expedir títulos de -nobleza á los que han dado á la humanidad una obra imperecedera? ¿Por -qué no habría de titularse el señor Castelar «Príncipe de la -Elocuencia», el Sr. Valera «Barón de Pepita Jiménez», el Sr. Revilla -«Marqués de las Dudas y Conde de las Tristezas?» - -Lo dicho basta para comprender que, si bien el Sr. Valera es un bravo -campeón de la idea democrática, no se juzga obligado por esto á comer -callos y caracoles. Ama la atmósfera perfumada de los salones y se aleja -del pueblo que no se lava con jabón de olor. Ó lo que es igual, algunos -sienten al pueblo en el corazón; el Sr. Valera lo siente en la nariz. - -Doy de mano al carácter del Sr. Valera, porque me siento sin fuerzas -para llevar adelante mi exploración. Temo llegar á ser indiscreto (si es -que ya no lo he sido) levantando un poco más la punta de la cortina. -Veamos si para terminar logro dar mayor precisión al género de su -oratoria. - -Es una elocuencia original la del Sr. Valera. Procede en sus discursos -con un tan ameno desorden, que nadie echa de menos la ausencia de -proporciones y la excesiva copia de incisos y paréntesis. Es una -conversación que el Sr. Valera sostiene con el público, sin que nadie le -interrumpa. Dice todo cuanto le viene bien; pero por un extraño capricho -quiere hacer pasar por pueriles indiscreciones las más acerbas de sus -diatribas. Es regla general que yo entrego á la delicada observación de -mis lectores; cuando el Sr. Valera hace una salvedad, es que nada deja á -salvo; cuando vacila, es que está muy decidido; cuando su intención era -otra, no lo duden ustedes, era la misma. - -Pero esto es llamarle embustero, me dirá alguno. Distingo, digo yo -siguiendo el ejemplo del padre Sánchez. Cuando Moisés, por encargo -divino, escribió las tablas de la ley, prohibió en absoluto la mentira, -pero lo hizo sin contar con el Sr. Valera. Al lado de la regla debió -establecer, á mi juicio, la excepción y conceder carta blanca á nuestro -orador para decir cuanto se le ocurriese, fuese verdad ó no. Pues qué, -¿no valen más las mentiras del Sr. Valera que las verdades de todos los -demás? ¿Cuánto más chistoso es el Sr. Valera que Pero Grullo, con ser -éste el hombre de más verdad que se ha conocido? Además, nuestro orador -sabe desenterrar con mucha oportunidad verdades que yacen en el polvo -injustamente olvidadas. Cuando alguno de esos señores que pasan la vida -sobando manuscritos, echa sobre los tiempos pasados todo el color rosa -de su paleta, ¡con qué alegría veo al Sr. Valera tomar el pincel y -arrojar sobre el rosado cuadro unas docenas de manchas rojas ó negras! -¿Sale un orador lamentándose de la inmoralidad del teatro moderno? Pues -ahí tienen ustedes al Sr. Valera demostrándole inmediatamente que no -sabe lo que se dice, porque nuestro teatro de los siglos XVI y XVII es -bastante más inmoral que el presente. ¿Quiere algún otro ensalzar el -fervor religioso de otras épocas? Pues el Sr. Valera pone con presteza -de relieve cuanto había de brutal é irrespetuoso en este fervor. Todo -sazonado con tan graciosos y picantes ejemplos, que ordinariamente el -inadvertido reaccionario vuelve á su guarida maltrecho y amoscado para -no salir más de ella. - -Doy fin á estos renglones haciendo presente á mis lectores que cuando -sientan impulsos de ahuyentar por algún tiempo sus pesares sin menoscabo -de la pureza del espíritu, dirijan sus pasos al Ateneo de Madrid, y si -el Sr. Valera está hablando, siéntense para escuchar humildemente la -palabra más culta, más ingeniosa y más chispeante de nuestra patria. - -[Illustration] - -[Illustration] - - - - -D. JOSÉ MORENO NIETO - - -[Illustration: L]ARGOS años hace que el Ateneo de Madrid guarda en su -seno como precioso tesoro un hombre estudioso, modesto y elocuente. - -Cuando este hombre, arrobado por el canto de la sirena política, ha -querido lanzarse en sus revueltas aguas, se le ha visto, como el que -después de un plácido sueño abre los ojos en lúbrica estancia donde el -vicio desentona con procaz algarabía, llevarse á ellos las manos, -vacilar y estremecerse como si le doliera aquel contacto, é inclinando -de nuevo la cabeza, sumergirse en el éter de los gratos sueños. - -¡Silencio! No le despertemos. - -Este hombre, moviéndose con embarazo por las sinuosidades y asperezas de -la política, es el ruiseñor que bate sus alas y mueve su lengua en medio -de los buitres. - -Todo consiste en que no es hábil, según dicen. - -Acaso consista en que no sabe arrastrarse, pensamos nosotros. De todas -suertes, poco nos importa la personalidad política del Sr. Moreno Nieto, -puesto que se halla eclipsada totalmente por la del orador y la del -sabio. Vamos á decir algunas palabras sobre la oratoria del Sr. Moreno -Nieto, en cumplimiento del compromiso formal que con el público hemos -contraído. - -El Sr. Moreno Nieto estudia mucho, acaso más de lo que fuera menester, y -escribe poco, casi nada. Esto produce un doble resultado: primero, una -asombrosa erudición en las ciencias á que predominantemente se consagra, -que son las llamadas morales y políticas; después, cierta vaguedad é -indisciplina en el pensamiento, que le hacen aparecer á los ojos de sus -adversarios como desprovisto de convicción y de firmeza en sus -opiniones. Cualesquiera que sean las mudanzas á que el Sr. Moreno Nieto -haya cedido en el curso de su laboriosa vida, yo sé con toda certeza, -sin embargo, y así lo declaro paladinamente, que no responden ni al -cálculo ni á la ligereza; fruto son del examen y el estudio. - -El Sr. Moreno Nieto no escribe, volvemos á decir; pero habla, y habla -con pasmosa facilidad. Con mayor, jamás hemos oído hablar á nadie. Esos -soplos débiles y fugaces del pensamiento, que en los demás no bastan á -despertar la lengua, en él son chispas que le abrasan y retuercen; esos -inefables sentimientos que en el fondo del corazón duermen, sin -definirse, se hablan y definen por su boca; los vagos y tenues rumores -que se escuchan apenas en los profundos abismos del alma llegan á su -oído distintos y atronadores. Pudiera decirse que el señor Moreno Nieto -cuando habla pone un cristal en su pecho para que todos, grandes y -pequeños, vayamos á contemplar las alegrías y las tristezas, los -triunfos y los desmayos, las luchas y los dolores de un corazón elevado -y generoso. El resultado de esto es que, á pesar del ímpetu y violencia -con que salen las palabras de su boca, verdadera lava que va á caer -derretida sobre las cabezas de sus adversarios, le miren éstos con -particular cariño, contentándose con sonreir maliciosamente mientras -habla, y con exponer alguna de las contradicciones en que incurre, -después que cesa. ¡Maravilloso poder de la ingenuidad! Los mismos que -levantan murmullos de protesta cuando algún orador atusado y relamido -empuña la bandera de la tradición, acogen con salvas de aplausos las -descargas cerradas del señor Moreno Nieto. Y en esto puede reconocerse -con toda precisión la antigüedad que cada cual goza en la casa. Los que -por primera vez acuden al Ateneo para sentarse en los bancos de la -izquierda, véseles alterados é impacientes al escuchar aquella granizada -de denuestos con que el Sr. Moreno Nieto salpica sin cesar las doctrinas -que combate, y es indispensable que los veteranos, para evitar -conflictos, los sujeten por los faldones, diciéndoles al oído al propio -tiempo: «Sosiéguese usted, compañero; ya verá usted cómo no es nada». - -La facundia de este orador es imponderable. Después de hablar dos horas -y media, sale sigilosamente del salón con ánimo de engullir un sorbete, -célebre ya en los fastos del Ateneo. ¡Desdichado! Los sabuesos que dejó -malparados en la contienda le siguen de cerca y le alcanzan en la puerta -de la Biblioteca. Acorralado allí, se defiende siempre hasta quemar el -último cartucho, que es la postrera palabra que expira de sus labios. - -El palenque está abierto. La voz de los ujieres, á guisa de clarín, -acaba de anunciarlo. Todos presurosos acudimos á colocarnos en aquellos -potros, verdadero baldón del ramo de ebanistería que reciben el nombre -inverosímil de butacas. La izquierda ostenta sus ojos brillantes y -negros cabellos. La derecha exhibe su frente venerable y la grave -rigidez de sus modales. El leal caballero se presenta. Pero ¿qué es lo -que acontece? El caballero acaba de lanzar su bridón á la carrera. -¡Virgen de las tormentas, qué acometida! - -Su lanza salta en mil pedazos. Empuña la espada y se revuelve dando -furiosos mandobles. Pero ¿qué es lo que va persiguiendo allá abajo? ¡Ah! -ya lo veo, es la filosofía de Krause. Rechina su armadura y el polvo -enturbia los aires. - -Torna y vuelve á arremeter con creciente denuedo. ¡Quién resiste al -diluvio de estos golpes! Huyamos. ¿Tendrá al menos un tendón vulnerable -como Aquiles? - -Quizá, y á buscarlo se aplican con ahinco varios campeones. - -Muchos años hace que el caballero viene ejercitando su valor y bizarría -en estas contiendas, y la experiencia no le ha enseñado á preparar -traidoras emboscadas ni á tejer insidiosas asechanzas. Lucha con -bravura, pero siempre de frente y alzada la visera. - -Como la pitonisa que asciende sobre el trípode, y al recibir en su -frente los vapores pestilentes de la cisterna, siente el fuego de -misteriosa llama, y se agita y se retuerce presa de fatal impulso, así -el Sr. Moreno Nieto, subiendo á la tribuna y al aspirar los húmedos -vapores de la pelea, se ve poseído de un calor desconocido que forja sin -cesar pensamientos cada vez más luminosos y frases cada vez más -hermosas. El alma sube entonces á los ojos y quiere salir al exterior. - -El orador vive para leer, como la sibila, los secretos inextricables del -porvenir, y llora también con sublime emoción sobre las ruinas poéticas -del pasado. Espíritu generoso, escruta con ansia los lazos invisibles -que unen las aspiraciones del presente con la historia, y los presenta á -nuestros ojos con vigorosa elocuencia. - -Algunas veces se vislumbra que su alma, poseída de espanto ante las -recias y fragosas contiendas del pensamiento filosófico, se aferra con -más ansia que absoluta convicción á una creencia. Esto, no puedo menos -de confesarlo, me inspira hacia él profunda simpatía. Los dolores que -sufre nuestro cuerpo son tan crueles, que nos hacen exhalar agudos -gritos. Pero ¿qué me decís de esas luchas invisibles en que el alma se -tortura y se abrasa día y noche, latiendo sin cesar dentro del pecho -como si albergáramos en él pequeña bestia? ¿No veis con qué ardor lima -ese cautivo las rejas de su cárcel? ¿No le veis caer rendido y jadeante, -con el llanto y la angustia en los ojos? ¡Qué cosas tan tristes volarán -por su pensamiento! Respetemos este dolor y amemos á los hombres que -trabajan por abrirnos las puertas del infinito. - -Dicen que los árabes, forzados en sus largos paseos por el desierto á un -ayuno continuado de palabras, si la ocasión se presenta, saben darse -harturas más que regulares de plática. El Sr. Moreno Nieto, después de -peregrinar largamente de un cabo á otro de la Biblioteca durante varios -días, se dirige á la sección, y con tal apetito entra en el debate, que -no le bastan para saciarlo varias horas. Nos hace recorrer con velocidad -que causa vértigo todo el panorama de las cuestiones vitales, y saltando -de astro en astro, visitamos en corto tiempo todos los puntos luminosos -que brillan en el cielo del pensamiento. ¿Quién se atreverá á censurar -las metamórfosis de sus ideas? ¿Por acaso no hay hermosuras en todos los -parajes del camino recorrido? ¿No hay también en todos ellos -indignidades y torpezas? Son muchas las flores de donde su inteligencia -podrá extraer la miel sabrosa. Mucho también es el cieno donde sus alas -corren peligro de mancharse. Si la humanidad muda diariamente de -creencias y opiniones, ¡qué podrá ser la individual firmeza! - -Jamás emplea la chanza ó la burla para atacar las doctrinas que tiene -enfrente. Cuando es objeto de ellas, su indignación sube de punto y se -irrita y exaspera, pero la rabia de que se siente poseído á nadie -infunde pavor ni miedo. Tiene un dejo de infantil inocencia que la hace -simpática más que repugnante. - -El conocimiento que del auditorio tiene es, si la paradoja valiera, -inconsciente; sabe apreciar en globo los efectos, pero no llega su -penetración á graduar los últimos registros. El período sale terso casi -siempre, pero el ímpetu que trae lo prolonga á menudo más de lo -conveniente, rebajando un poco su belleza. - -Aunque la palabra es fogosa y la entonación acalorada, apenas se vale de -imágenes para expresar su pensamiento. Cuando las emplea, son animadas y -del mejor gusto. - -Resumamos el carácter del Sr. Moreno Nieto. - -Elocuente y un poco más impetuoso de lo que fuera necesario. Carece de -los recursos del orador experto, porque en el Sr. Moreno Nieto nada -pende de la experiencia, y todo de su genio vigoroso y espontáneo. Es en -el ademán arrebatado, pero noble y simpático. Por último, en la -incontestable vacilación que se observa en sus ideas, creemos ver -reflejada esa lucha sorda, pero profunda, en que viven los -entendimientos de este siglo ¡tan grande y tan desgraciado! - -[Illustration] - - - - -D. MANUEL DE LA. REVILLA - - -[Illustration: H]E aquí que el Sr. Revilla surge ante mis ojos y ya -adopta la figura más graciosa para ser retratado. No le hagamos esperar. -Tiene fama de impaciente, y pudiera marcharse dejando á mis lectores -defraudados, y á mí corrido y boquiabierto con la pluma tras la oreja. - -Todo el mundo ha puesto las manos sobre el señor Revilla. Y por si estas -metafóricas manos le hacen cosquillas, me apresuro á explicar el tropo -diciendo que el Sr. Revilla ha dado ya mucho que decir en el curso de su -vida. Yo mismo, que soy una especialidad en no decir nada, sobre todo -cuando no me preguntan, confieso que he murmurado de este orador un -poco, en cierto número de _La Política_, que no recuerdo en qué mes ni -en qué año vió la luz. Algo de lo que entonces dije habré de repetir -ahora. Mas no será poco lo que necesite callar, pues la fisonomía moral, -como la física, sufre por virtud de los años grande y atendible mudanza. - -Al hablar del Sr. Revilla, juzgo necesario despojarme de aquella -simpatía personal que pudiera conducirme á un entusiasmo sobrado -ruidoso, para manifestar, con toda imparcialidad, mi serio y leal -entender sobre su persona. Ninguna prueba más clara de aprecio puede -darse á un grande espíritu que presentar sus defectos al lado de los -méritos que lo realzan. Porque de esta suerte asegura su reputación -contra la malevolencia, y la guarda también de una vil y funesta -lisonja. - -Una de las cualidades que la opinión se empeña en señalar con más -insistencia al carácter de nuestro orador, es la de ser profundamente -escéptico. Sobre tal escepticismo, fuerza es que discurramos brevemente. -El Sr. Revilla no es un escéptico de pura sangre, de aquellos que salen -al mundo haciendo muecas al cura que los bautiza y lo dejan con una -helada sonrisa de desdén; almas provistas de concha como la tortuga, en -las cuales el sol de la religión no consigue hacer entrar sus rayos, ni -el amor humano logra introducir su elixir de vida. No; el Sr. Revilla es -un escéptico de ayer, un escéptico novicio, y por eso incurre en todas -las imprudencias y sinrazones del neófito. Más que escéptico, es un -creyente avergonzado, que perdió su fe en la verdad porque la halló -ridícula. Si la verdad se ostentase siempre bella ó fuese de buen tono, -como ahora se dice, nunca dejaría de contar al Sr. Revilla entre sus -adeptos. Mas aquélla afecta en ocasiones formas rudas y desgraciadas, y -el Sr. Revilla ama demasiado á la estética para consentir en privarse, -ni por un instante, de sus tiernos halagos. De aquí que se preocupe más -por seguir con escrupulosa exactitud los vaivenes de la moda en el mundo -científico que de aquilatar con paciencia la verdad ó el error de cada -nueva teoría. Su inteligencia, un tanto impresionable, le arrastra todos -los días por distintos y peregrinos senderos. Y hago observar que así -como el escepticismo corriente se caracteriza por no creer nada, el del -Sr. Revilla, más original, consiste en creerlo todo por etapas. Su -viajero pensamiento se columpia como una oropéndola y discurre con -increíble agilidad por todos los sistemas religiosos ó sociales haciendo -noche fatigado en los yermos de la duda. ¡La duda! La duda no es para el -Sr. Revilla la llave de la sabiduría, sino una deidad misteriosa é -incitante á quien su confundido entendimiento rinde fervoroso culto. - -No soy de los que creen en la absoluta necesidad de afiliarse á una -secta filosófica ó política; pero sí abrigo la convicción de que urge -para todo pensador el crearse un sistema de verdades, sin el cual -pensamiento y conducta marcharán siempre vacilantes. Por lo mismo no -reprocho al Sr. Revilla sus geniales deserciones, sus transacciones ó -sus intransigencias. Lo que me atrevo á censurar con todas mis fuerzas -es que por mostrar discreción, ó á guisa de solaz, haga frente á cada -escuela con las doctrinas de su contraria, sin que alcance á recabar de -estos conflictos su poderosa inteligencia otra conclusión que la que -deducen los espíritus vulgares del choque de los sistemas, esto es, que -todos por igual son falsos y mentidos. - -Mas dejemos al Sr. Revilla, filósofo, entregado á las enervantes -caricias de la duda, y salgamos del océano amargo de la censura para -entrar en las dulces aguas del aplauso. El Sr. Revilla podrá no ser un -filósofo, y de hecho le falta mucho para serlo, pero es fuerza convenir -en que tiene bastante para ser uno de los entendimientos más -privilegiados que hoy posee nuestra patria. Es uno de esos talentos -insinuantes y serenos á propósito para sortear los escollos de la vida, -porque al modo de ciertos metales, es dúctil y maleable. No quiero decir -con esto que carezca de vigor, pero es más audaz que vigoroso. Se ofrece -como uno de esos hombres que nadie sabe de dónde vienen ni á dónde van, -pero que todo el mundo conoce perfectamente dónde se les encuentra. Vive -en la polémica, en la incesante batalla que tienen trabada las escuelas, -y lucha, ya de un lado, ya de otro, con una ó con otra enseña, porque - - «_sus_ arreos son las armas, - _su_ descanso el pelear», - -esgrimiendo la lengua con aquel denuedo y bizarría con que Orlando daba -vueltas á su espada. - -En la polémica es donde el Sr. Revilla pone de manifiesto lo perspicuo y -lo flexible de su ingenio. Por abstrusa que la cuestión parezca, ó por -lejana que se encuentre de su recto camino (y cuenta que en el Ateneo -las cuestiones son bastante dadas á irse por los cerros de Úbeda), así -que el Sr. Revilla se apodera de ella, se esclarece y depura cual si -entrara en un crisol. Conviene advertir, no obstante, que el Sr. Revilla -ve con asombrosa claridad los aspectos más capitales de todo asunto, -pero acostumbra á dejar en lamentable abandono los detalles. Tratándose -de problemas sociales ó religiosos, este lógico porte antes parece -plausible que vicioso, porque la vaguedad con que las más de las veces -se plantean, lo reclama. Mas en achaques de arte suelen jugar los -detalles un papel principalísimo, alumbrando ú oscureciendo el -pensamiento generador de la obra. De aquí que el Sr. Revilla, como -crítico, no tenga, á mi juicio, aquel puro sentido artístico que en vano -se busca en los tratados de Estética, porque sólo reside en una -naturaleza fina y exquisita socorrida por una larga y atenta -contemplación de obras artísticas. En una palabra, creo que el Sr. -Revilla no tanto posee el sentido como la ciencia del arte. - -Pero es ya tiempo de estudiar sus condiciones de orador. Todos los -reproches y censuras que como pensador pueden dirigirse al Sr. Revilla, -deben cesar al tiempo mismo que como orador se le considera. No le dotó -Dios de aquel sublime calor que enrojece el pensamiento del Sr. Moreno -Nieto, merced al cual se consigue inspirar y apasionar al auditorio; -pero concedióle el don señalado de dominar absoluta é incondicionalmente -la palabra. Ésta responde siempre con escrupulosa exactitud á los más -ligeros choques del pensamiento, y camina con gran desembarazo por sus -pliegues más profundos. La inteligencia es viva, y ejercita las -transiciones repentinas con una facilidad que maravilla. Parece que el -orador jamás se encuentra dominado por un pensamiento único que le -dirija y avasalle, sino que todos los evocados por su mente se le -presentan con la misma pureza en las líneas y la misma intensidad en los -colores. Esto me hace presumir que el Sr. Revilla mantendría con la -misma soltura el pro y el contra en todas las cuestiones. - -Maneja la ironía con buen éxito, y á esta arma debe muchos de sus -triunfos. Tiene gran perspicacia y ve la situación de un solo golpe, -hiriendo con firmeza á su adversario en los sitios vulnerables, pero -haciendo resbalar con sutileza el cuerpo cuando se siente cogido entre -sus brazos. - -Recuerdo que en una ocasión cierto ministro, al entrar en la Cámara, -respondió satisfactoriamente á una compleja interpelación que no había -oído, ganando por esto y otras cosas semejantes fama de diestro. - -Pues bien: el Sr. Revilla, tratándose de ciencia (que es algo más frágil -y delicado que la política), sabe discutir con brillantez las cuestiones -que no ha estudiado ni pensado previamente. Es tan formidable -improvisador de teorías como el P. Sánchez de citas. Solicitado el -pensamiento á la continua por una fantasía inquieta y afilada, trabaja -con brío durante la peroración, y cuando llega el momento de reposo, -presumo que muy quedo le dirá: «También por esta vez te he sacado del -aprieto». - -No es en la entonación ardiente, como el Sr. Moreno Nieto, sino grave é -insinuante. La dicción es correcta, y repito que la maneja por entero á -su talante. El ademán noble y circunspecto, aunque deja traslucir un -poco al pedagogo. - -[Illustration] - -[Illustration] - - - - -D. GABRIEL RODRÍGUEZ - - -[Illustration: S]ENTADO en un rincón de la estancia, y medio oculto -entre un diván y una silla, gozando de la última ráfaga de la luz que se -iba, y entregado á la dulce voluptuosidad de no pensar en nada, he visto -una vez penetrar con sonora planta en la galería de retratos del Ateneo -á uno de los patricios y notables que en ella figuran. Le he visto -dirigirse, sin vacilar, hacia su efigie, y permanecer ante ella en -atenta contemplación, un tiempo que no me fué posible medir. Y, sin -quererlo, algunos pensamientos pérfidos y traviesos, y vestidos de -encarnado, cual pequeños Mefistófeles, acudieron á mi desocupado -cerebro, y entornaron mi vista hacia aquella muda, pero elocuente -escena. El patricio contemplaba el retrato. El retrato contemplaba al -patricio. Y yo, silencioso, muy silencioso, los contemplaba á ambos. -Parecíame asistir á extraña y misteriosa ceremonia de una religión -perdida. El patricio rendía con la mirada un tierno y fervoroso culto al -retrato; lanzábale con los ojos todo el incienso de su alma, y hasta se -me figuró que sus rodillas se doblaban, buscando con ansia el duro -pavimento. - -El retrato, con impasible y frío continente, dejábase adorar sin dar -muestras de que aquel incienso se le subiera á la cabeza; antes bien, -parecía un poco molestado. Yo guardaba silencio, mucho silencio, pero de -mis ojos debía partir un río de ironía, un Mississipí de sarcasmos, -porque el patricio separó, con trabajo, su vista del retrato, la volvió -hacia mí, y ¡oh, pudor santo y adorable! cual tímida doncella, que -imprudente cazador sorprende en el baño, las tintas de un rojo carmín -tiñeron sus mejillas. Giró sobre los talones, y salió con breve, pero -cortado paso de la sala. Y yo quedé á merced de mis pérfidos y traviesos -pensamientos. - -¡Ay! pensé; _¡anch'io son pictore!_ ¡También yo he dibujado con mano -torpe el perfil de muchos de esos señores! ¡Mas á mi pobre galería no -vendrán coronados de pámpanos á celebrar festejos en su propio honor, -como el ilustre patricio que acababa de salir, porque se respira en ella -un ambiente de franqueza y desenfado que los asfixiaría! - -Y sin embargo, y á pesar de cuantas quejas voy recibiendo, estoy bien -convencido de que no he lastimado á nadie. Yo no puedo lastimar á -aquellos á quienes admiro. Tan sólo me he permitido sonreir alguna vez -con el borde de los labios, y volviendo la cara, á fin de que el público -no se diera por enterado. Mas si estas mis sonrisas pudieran -molestarles, protesto una y mil veces de su inmaculada inocencia. ¡Son -cándidas y puras, sí, como la oración de un niño ó un exordio de Perier! - -¿Quién es D. Gabriel Rodríguez? Vamos á verlo. - -Acababa yo de llegar á Madrid de mi insigne cuanto remoto villorrio, y -no hay para qué decir que traía almacenado en el pecho un buen -cargamento de admiración, del cual he derrochado ya bastante, hasta el -punto de que á la hora presente sólo me queda un poco, que procuro -gastar con la mayor prudencia. Pues bien, hallábame cierta noche de -sesión en la cátedra del Ateneo, cuando acertó á entrar por ella una -persona de fisonomía noble y expresiva, que llamó desde luego mi -atención. Y ya me disponía á preguntar su nombre al vecino, cuando sobre -un leve rumor que se produjo en torno mío creí percibir el nombre de -Rodríguez. Y no sólo percibí el nombre, sino también algunas frases -dialogadas que me impresionaron vivamente: - -«Ahí está Rodríguez.--¿Rodríguez?--Sí; Rodríguez, el que no ha querido -ser ministro.--Eso no puede ser, amigo.» Y un eco que se produjo en las -sillas, repitió varias veces: «No puede ser, no puede ser, no puede -ser.--Esas cosas es necesario verlas para creerlas.» El eco volvió á -decir: «para creerlas, para creerlas, para creerlas». ¿Pero ustedes -entienden, señores, que el hombre que no acepta una cartera debe ser -mostrado al público á peseta la entrada como un objeto curioso? Aquí se -me figura que el interlocutor era yo. Toqué la fibra sensible, y -entonces todo se volvió patas arriba. «Nada me parece más natural, dijo -uno.--Si para aceptar hoy una cartera se necesita un valor...--Métase -usted entre esa balumba de expedientes.--Y luego el descrédito... y la -agitación...» En fin, todos convinimos en que no había en el mundo papel -más ridículo y desairado que el de un ministro. - -Desde aquella noche concebí el propósito de trazar el perfil del Sr. -Rodríguez. Es un hombre tan franco, tan sencillo, tan amable, que no -dudo se alegrarán mis lectores de haberle conocido, y hasta llegarán á -ofrecerle cordialmente su casa. - -Rodríguez ha llegado á ser en nuestra sociedad un personaje -aristocrático, pero en el sentido etimológico de la palabra, esto es, -uno de los mejores. Es un digno representante de esa aristocracia -democrática, si fuera lícito expresarme así, que tiene por únicos -blasones, en campo azul--es mi color predilecto, como ya tuve el honor -de advertir,--virtud y talento. En la vida pública ha sido un caballero -sin tacha y sin miedo, una especie de Bayardo político, siempre -dispuesto á romper lanzas con toda suerte de iniquidades. Por eso ha -merecido que debajo de su efigie, repartida á todos los vientos por la -fotografía, se lean sus famosas palabras sobre la esclavitud, las más -bellas que nunca se hayan pronunciado en lengua castellana. En la vida -privada... Pero yo no tengo derecho á entrar en la vida privada, -siquiera sea para dejar afirmado que nuestro orador pasa con justicia -por un modelo de integridad, de modestia y de laboriosidad. En la vida -científica hay de todo y de todo voy á decir, contando con un perdón que -humildemente demando, y que noble y generosamente me otorga el Sr. -Rodríguez. - -La inmovilidad es, á mi entender, la cualidad más hermosa de un -carácter. Después de las pirámides de Egipto, lo que más admiro en este -mundo son esos hombres que, encastillados en sus principios morales, -mantienen el alma intacta en medio de las borrascas de la vida. Nadie -puede dudar de mi amor á la solidez. Y, sin embargo, repugno bastante -los sabios sólidos. La inmovilidad, que tanto me place en los principios -morales, me parece cosa extraña y hasta ridícula tratándose de escuelas -científicas. Flotar á merced de todos los sistemas y señalar exactamente -como alta veleta los vientos que reinan en la región de la ciencia, me -parece pueril; pero dejar pasar en raudo vuelo por delante de los ojos -las escuelas y los sistemas en actitud indiferente, suponiéndolos á -todos descarriados, lo juzgo insensato. - -He aquí por qué siento que el Sr. Rodríguez haya arrojado el áncora -sobre la escuela económico-individualista y aún esté fondeado -tranquilamente en su estrecha bahía. No soy de los que desconocen los -altos merecimientos de esta escuela, ni pretendo de ninguna suerte -menguarlos. Tengo siempre en la memoria el denuedo con que riñó -batallas, combates y escaramuzas contra ese socialismo de baja estofa, -que hoy también ha encontrado intérpretes en los debates del Ateneo, -contra ese socialismo que empieza pidiendo herramientas de trabajo, y -concluye negando á Dios. Sé que la debo muchos y buenos oficios. ¡Oh!, -sí, es mucho lo que debe mi pobre entendimiento á la escuela de los -Smith, Say y Bastiat. Cuando ahora cae de nuevo un libro economista en -mis manos, se me figura que recibo la visita de mi buena y anciana -nodriza. Á ésta la estrecho entre mis brazos, pensando en el amante -esmero con que en otro tiempo puso en mis labios el jugo de la vida. Á -aquél le tiendo una mirada cariñosa, busco y leo con placer algún -capítulo, cuya huella no se haya borrado de mi espíritu, y torno á -colocarlo con el mayor cuidado en su estante, recordando que en otro -tiempo ha provisto mi carcaj de escolar con firmes y aguzadas saetas. - -Conste, pues, que me duele profundamente el ver al Sr. Rodríguez tan -individualista. Sería muy largo el asunto, y no tengo en este instante -tiempo ni oportunidad para dar explicaciones sobre este mi metafísico -dolor. Día y ocasión llegarán tal vez en que sea más pertinente el -hacerlo. - -Mas el Sr. Rodríguez es un individualista que ha puesto siempre su -palabra y su pluma al servicio de todas las grandes causas sociales. Con -esto y con la afición que de poco acá se le ha despertado al estudio del -Derecho, todavía puede esperarse que rectifique y temple algún tanto su -espíritu intransigente. De un hombre de talento se puede esperar mucho; -pero de un hombre de talento y sincero, debe esperarse todo. - -Como no acostumbro á ocultar nada, tampoco quiero ocultar al Sr. -Rodríguez uno de los efectos que me produce. He pensado muchas veces que -el señor Rodríguez es el único que entre nuestros políticos conserva -pura la tradición progresista. Creo ver en él el único ejemplar que hoy -nos queda de aquella insigne raza de hombres fervorosos y resueltos, -exagerados quizá en su odio á las instituciones del pasado, como en su -amor á la libertad, pero firmes y generosos en sus pensamientos y en su -conducta. El señor Rodríguez es, como si dijéramos, el último -Abencerraje del progresismo. Si algún día tienen mis semblanzas el honor -de pasar á la categoría de zarzuelas, pido al ilustre compositor que -lleve á cabo tan meritoria empresa no deje de poner á ésta por música el -himno de Riego. - -No rías, mancebo presuntuoso, tú que apellidas cándidos á los hombres -del progreso y reservas tus frases más ingeniosas y sarcásticas para el -momento en que percibes los acordes del himno de Riego. Recuerda que al -son candencioso de este himno derramaron tus padres mucha sangre por -darte la libertad, que acaso tú no sabrías conquistar. Recuerda que -vibró cual música de esperanza en los oídos de muchos moribundos -mártires de la libertad y sonó aterrador en los alcázares de los -tiranos. Quiero confesarte una debilidad, joven imberbe. Yo, cuando es -cucho el himno de Riego, creo oir entre sus notas agudas y enérgicas los -gritos triunfales de los héroes que lucharon hasta morir por la madre -patria y por la santa libertad, y derramo lágrimas de gratitud y de -alegría. ¡Lloro, joven escéptico, lloro como un cursi! - -La oratoria del Sr. Rodríguez es genial y espontánea. No busca ni -esquiva el efecto; esto es, no se entretiene en limar esmeradamente los -períodos, pero tampoco llega su austeridad científica, y por ello le -felicito, á despojarlos torpemente de sus galas cuando acuden ataviados -á su lengua. Toda idea, por abstrusa que sea, puede expresarse en un -período castizo, sonoro y terso, y no necesita, como algunos suponen, -andar á tajos, barbarismos y mandobles con la gramática para darse á -luz. Es flúido sin dejar de ser sencillo, castizo sin pedantería y -enérgico sin afectación. Tampoco deja de poseer todo el donaire y -gracejo que caben dentro de los límites que le impone la nunca -desmentida y tradicional gravedad de su partido. No echemos en olvido -que, ante todo, es el progresista, es decir, la imagen perfecta de la -aguja imantada que sólo abandona por breves instantes la idea que -señala. Pero es el progresista que guarda en su pecho, como precioso -tesoro de padres á hijos trasmitido, toda la fe, todo el aliento y toda -la inocencia de aquel memorable partido. No sé quién ha dicho que el -partido progresista vivió durante algunos años con una idea y una -cebolla. Yo creo que el Sr. Rodríguez sería capaz hasta de prescindir de -la cebolla. - -[Illustration] - - - - -D. FRANCISCO DE PAULA CANALEJAS - - -[Illustration: C]UANDO oigo decir que en España abunda el talento, mi -pensamiento va á parar sin saber cómo al Sr. Canalejas. Cuando me dicen -que escasean la diligencia y el carácter, sin saber cómo también pienso -en el docto presidente de la sección de Literatura. Por más que no acabe -de convencerme de que el talento busca puerto en nuestra patria con -preferencia á otros puntos del globo, no cabe duda que el Supremo -Hacedor mostróse pródigo y hasta rumbón, como acá decimos, y aun se le -fué la mano con alguno de mis compatriotas. - -¡Excelente cosa es el talento! Que lo diga, si no, el Sr. Perier, que en -esta materia es testigo de mayor excepción. ¡Cuántas cosas buenas se -pueden hacer con talento! Entre ellas, una semblanza de gracioso corte -que agrade á los lectores y no disguste al orador. Lo cual es mucho más -difícil que inflar un perro. - -Para mí, el talento del Sr. Canalejas es materia de dogma. Aparte de que -mi entendimiento así me lo dice, tengo otro motivo para creerlo. Es un -motivo fantástico. Han de saber ustedes que allá en los tenebrosos -laberintos de mi cerebro, he dado en representarme, sin que tenga -fuerzas para huir esta insensata imaginación, las ideas y las cualidades -del espíritu por los colores de la materia. Así que al amor me lo figuro -blanco, á la simpleza rosada, al talento azul, al país rojo y á los -constitucionales verdes. El Sr. Canalejas lleva siempre delante de sus -ojos unos espejuelos azules. No me cabe duda, tiene talento. - -Creo haber dicho ya, y si no lo he dicho lo digo ahora, que el talento -del Sr. Canalejas está contrarrestado por un carácter enteco y -tornadizo. Esto al menos se dice de público, y esto debemos creer -pensando mal, que es la mejor y más fácil manera de acertar. En el -espíritu del Sr. Canalejas han contraído matrimonio un talento macho y -un carácter hembra. Y como este matrimonio no se ha verificado como el -Santo Concilio de Trento lo dispone, para los buenos creyentes es un -nefando concubinato. - -La voz del pueblo (_vox Dei_) acusa, además, al señor Canalejas del feo -pecado de holgazanería. Confesemos que en esta ocasión la voz de Dios ha -dado un gallo. Para mí el Sr. Canalejas es un prodigio de actividad. -Sólo con actividad, y con mucha actividad, se alcanza un nombre -esclarecido en la literatura, en el foro y en la filosofía. Pero nuestro -presidente sostiene lucha desigual, que agotará sus fuerzas, con un -enemigo terrible: el tiempo. El tiempo es la materia primera de todo -sabio, y sin ella no es posible laborar ciencia. Así se explica que el -señor Canalejas aborde con denuedo todos los problemas del pensamiento -humano y los abandone cuando aún no está bastante saturado de ellos. Yo -hubiera deseado más verle ahondar en la ciencia de la estética, que -tanto contribuyó á propagar en nuestra patria, que hallarle cual frívolo -mancebo requebrando de amores, ora á los estudios de erudición -literaria, ora al derecho, ora á la filosofía. Necesito hacer una -salvedad. Si el Sr. Canalejas se ha dedicado al estudio del -Derecho--incompatible, á mi juicio, con otros de distinta índole--por -pura afición ó deseo de saber, merece que le censuremos acremente. Mas -si ha dedicado sus talentos á la jurisprudencia tan sólo para alcanzar -por su intercesión lo que no ha podido recabar por vías más amables, -entonces sólo nos resta lamentarnos amargamente de que en nuestro país -necesite un literato insigne sacrificar su vocación en aras de las -necesidades físicas. - -He dicho que el Sr. Canalejas tenía talento, y no me vuelvo atrás. Sobre -que sería igual que me volviera, pues no dejaría por eso de tenerlo. -Conviene que determine ahora de qué clase es su talento. Acerca de esto -no puede existir duda alguna: el talento del Sr. Canalejas es -esencialmente crítico. Como crítico no tiene rival hoy en España. Vaya -usted á averiguar ahora por qué un hombre que posee dotes -extraordinarias de crítico no piensa en criticar nada. Para la -resolución de este problema recuérdese lo que he dicho en el comienzo de -este artículo. De todos modos, es imperdonable que el Sr. Canalejas -abandone el campo de la crítica, principalmente de la crítica dramática, -á la impotencia petulante é insufrible de los literatos menores que hoy -la tienen monopolizada para baldón de las españolas letras. - -Las cualidades que lo realzan como crítico menoscaban su elocuencia, de -la cual tiempo es ya que hablemos. Un crítico es un hombre que necesita -criterio firme, talento analítico, dicción correcta y juicio sereno. No -diré yo que estas aptitudes sean para el orador cosas superfluas, pero -me atrevo á creer que tampoco son de primera necesidad. Tengo para mí -que el docto lector ha enderezado ya su pensamiento hacia un insigne -orador del Ateneo, y lo está desmenuzando sin piedad para comprobar mi -aserto. Caro lector, ten el afilado escalpelo y observa que vas á cortar -la fibra de la pasión y el hermoso tejido de la fantasía. - -El Sr. Canalejas pasa por orador de muchas tildes. Con efecto, de tal -modo peina y asea su palabra, que las frases que brotan de sus labios, -por lo afeitadas y relamidas, semejan damas del tiempo de Luis XV. Salen -con el cabello empolvado, las mejillas pintarrajadas y hasta lunares -postizos. El señor Canalejas aspira, por lo visto, á hablar lo mismo -que escribe. Supongamos que lo consigue: tendremos un elegante y castizo -escritor que redacta su prosa con la punta de la lengua, pero no un -orador. La oratoria necesita más de calor y oportunidad que de tildes. - -Pero si no es un verdadero orador el Sr. Canalejas, bien puede -considerársele en cambio (un cambio que nadie vacilaría en aceptar) como -el prosista más elegante, más castizo y más flúido que hoy posee el -idioma castellano. Es la prosa del Sr. Canalejas como una de esas -bebidas azucaradas y refrescantes que se toman con delicia en una tarde -calurosa del estío. Si la comparamos con las inmundas pócimas que -diariamente nos hacen gustar las prensas españolas, parece ambrosía de -los dioses. He aquí por qué leo sus discursos con más placer que los -escucho. El Sr. Canalejas no pronuncia discursos, los dicta, ó lo que es -igual, los pronuncia para el día siguiente. Pero al día siguiente son -una obra tan lúcida y primorosa, que merecen llevar á su cabeza el -humeante pebetero de la Academia con la metafórica inscripción: _Limpia, -fija y da esplendor_. - -La palabra de este orador sería flúida y expedita si no cuidara tanto de -su aliño. Pero el público tiene que esperar á que cada una haga su -_toilette_ ó tocado, como decimos en romance, y éste se prolonga alguna -vez en demasía. No sé decir si á esta frialdad que advierto en la -oratoria del ilustre presidente contribuyen aquellos supradichos -espejuelos azules. Creo que sí. Los ojos son un poderoso auxiliar para -la lengua, y los del Sr. Canalejas son unos ojos mudos; mudos al menos -para el auditorio, aunque agoten los giros más expresivos detrás de unas -paredes cristalinas. Los ojos ríen, los ojos lloran, los ojos -interrogan, los ojos amenazan. Nada de esto llega á nosotros cuando -habla el orador que nos ocupa. El Sr. Canalejas habla como hablaban con -su boca de sílice los antiguos oráculos egipcios. Se percibe el -movimiento de los labios, se escucha el ruido de la voz, y nada más. Los -ojos no varían el curso de la palabra, pero lo iluminan. Cicerón no -hubiera confundido á Catilina si gastara anteojos azules. - -En cambio, estos anteojos prestan á su pensamiento un optimismo que -escandaliza al Sr. Revilla. La tierra para él es un segundo cielo. Los -campos y las ciudades son azules para nuestro orador. Hasta al Sr. -Revilla lo ve de color de cielo. - -Se dice que es discípulo de Krause[2]. Distingamos. Si por krausista se -entiende un personaje extravagante y soberbio que, colándose de sopetón -en la morada de la ciencia, pretende dar con la puerta en las narices á -cualquier otra doctrina que no sea la suya; es decir, si el krausista ha -de ser un ultramontano vuelto al revés, el Sr. Canalejas está muy lejos -de recibir con justicia tal denominación. Mas si ésta significa por -ventura la creencia razonada en todas ó en parte de las doctrinas de -aquel filósofo sin constituirse en sectario suyo, bien puede asegurarse -sin temor de calumniarle que es krausista. ¡Que no fueran todos los -krausistas como el Sr. Canalejas, tolerantes, flexibles, y sobre todo -más estéticos en su obrar y decir! - -Merced á su talento y á una base metafísica bien asimilada, nuestro -orador habla con lucidez y discreción sobre todo lo que es asunto de la -ciencia y del arte. Prefiero, no obstante, escucharle cuando diserta -sobre el último punto. Entonces adquiere su frase el más alto grado de -perfección y domina en las palabras como en los pensamientos una armonía -que denota la irresistible vocación de su espíritu. No hay duda que el -Sr. Canalejas está formado para amar la verdad por conducto de la -belleza. - -[Illustration] - -[Illustration] - - - - -D. FRANCISCO JAVIER GALVETE - - -[Illustration: L]A muerte, que todo la quebranta, también ha quebrantado -un propósito que había concebido al inaugurar esta galería de oradores. -Pensé que siendo los jóvenes de suyo sobrado inquietos para hallarse -bien entre personas de tal gravedad y discreción como las que aquí han -venido, era prudente no dar cabida en ella á los oradores noveles. - -Por otra parte, el carácter de éstos ofrece tal vaguedad en los -contornos y están sus tendencias tan borrosas y confusas, que la pluma -nada acierta á definir con claridad en ellos. Al convertirse en hombres, -acaso mostrarían mi semblanza como una de esas fotografías envejecidas y -arrinconadas en álbum añoso que despiertan siempre la risa de los amigos -de la casa. - -Pero la muerte envejece más que los años. El que muere queda en un todo -definido, y sus rasgos fijados por una eternidad. Es un joven muerto de -quien os voy á hablar. - -Poco más de un mes hace todavía que un puñado de yeso cerró para siempre -en tétrica estancia el cadáver de Javier Galvete, y ¡cuántos le han -olvidado ya! Tal vez á alguno le parezca demasiado tarde para hablar de -él. ¿Haré mal en entregar á su indiferencia con este recuerdo el nombre -de un amigo querido? ¡Decídmelo los que escuchasteis por última vez -aquella palabra vigorosa y acerada que hacía vibrar las conciencias! -¡Decídmelo los que visteis aquel rostro, lívido por el dolor y por la -duda, mirando por vez postrera hacia vuestros escaños, con los ojos -opacos y ansiosos del gladiador que muere en la arena! ¡Sí! murió el -atleta del espíritu, y el olvido fué la losa que cerró su tumba. Mas yo -tengo motivos poderosos, motivos del corazón, para no asociarme á tal -olvido, y quiero rendir á Galvete con estas líneas un triste y fraternal -homenaje. - -Javier Galvete había alcanzado una madurez de entendimiento fatalmente -prematura. Como ciertos frutos que ostentan desde muy temprano su dorada -corteza entre las verdes hojas del estío, Galvete ocultaba una -inteligencia de gran alcance, bajo una frente de niño. Pero los frutos -prematuros no pueden resistir el ímpetu del vendaval ni las tempestades -del verano, y caen y se corrompen en el suelo. Así cayó Galvete del -árbol de la vida. - -De aquellos dos grupos de temperamentos que se reparten el linaje -humano, el uno soñador, místico, entusiasta; el otro, práctico, sereno, -impasible, Galvete pertenecía al primero. El mundo indiferente y egoísta -en que vivimos era pobre escenario para un espíritu tan ardiente y -turbulento como el suyo. Mejor le cuadrara aquel otro de tensión -extrema, de fiebre, que recibe el nombre de Edad Media. En sus locas -empresas, en sus férreos dogmas, en sus intensas emociones, conseguiría -tal vez apagar la sed que lo devoraba. Este afán ansioso que sentía de -llenar su alma de ideas para engrandecerla, llevóle harto temprano, sin -auxilio de nadie y sin medios de fortuna, al país donde hoy se forjan -los más altos pensamientos, á la tierra insigne de Alemania. ¡Cómo se -repitió con mi infeliz amigo el viejo cuento germano! La pérfida -Loreley, la virgen de los cabellos de oro, disfrazada ahora con el manto -inmaculado de la filosofía, le atrajo con sus cánticos suaves para -hacerle morir traidoramente. - -Los que hemos conocido á Galvete nunca dudamos de su mérito y sabíamos -bien que no tardaría en hacerse la luz sobre su nombre. Mas él -mostrábase indiferente y hasta esquivo á las seducciones de la gloria, -tal vez porque reclamaba toda su atención la cruel batalla que se reñía -en su conciencia. La idea religiosa llenó completamente su breve -existencia. Al nacer á la vida de la razón sintióse acometido de esa -terrible enfermedad que azota nuestro siglo y que amarga todos nuestros -placeres. La duda impía alojóse en su cerebro. Muchos estudios, muchas -vigilias, muchas torturas consiguieron al cabo lanzarla fuera, pero al -salir dejó atrás un cuerpo marchito y agotado, propio para servir de -presa á la tisis. - -Nada hay más horrible que esos gritos desesperados del pensamiento que á -toda costa quiere ser acción. Galvete los sintió siempre tronar en sus -oídos. Apenas nacidos, ya le atormentaban demandándole una instantánea -realización, y su alma y su cuerpo se esforzaban en vano por -concedérsela. Esta lucha le producía fiebre y la fiebre le mataba lenta, -pero seguramente. - -La enfermedad es antigua. El espíritu del hombre vive en perpetua -agitación como las aguas del Océano, sube como sus olas hasta los cielos -y baja también á los más negros abismos. Y así, entre el dolor, la duda -y la esperanza se mueve eternamente el mundo de los seres humanos. Feliz -el hombre cuya vista no penetra la región de los sueños y de las -ambiciones. Su vida ignorada, apacible, monótona, es mil veces más dulce -que la de aquellos cuyo cerebro pudiera tomarse por guarida de -fantasmas. - -¡Feliz aquel que trata á sus nervios como viles lacayos! ¡Plegue á Dios -que jamás se le rebelen ni promuevan algaradas en su organismo! Porque -si la lucha del hogar doméstico está pintada con tan sombríos colores -por los moralistas, ¿qué debemos pensar de la que existe en el fondo de -la conciencia? Sí, hombres que sufrís los excesos del pensamiento, -¡guerra á muerte por díscolo y traidor al sistema nervioso -cerebro-espinal! ¡Loor eterno al prudente tejido muscular! Él sólo es -fuerte y á la par sensato y honesto. - -El mal se ha recrudecido de un modo alarmante en nuestros días. El -vértigo se ha apoderado de todas las cabezas, quiero decir, de casi -todas. Todo se piensa, todo se medita, todo se proyecta, pero nada se -deja sazonar. El minuto mata al minuto y el pensamiento al pensamiento, -y en esta desenfrenada actividad intelectual se rompe la armonía del -espíritu y se disipa el encanto de la vida. Y es lo peor que cada hombre -no se resigna á ocupar el sitio que le corresponde en la obra de las -generaciones, no quiere limitarse á cultivar con paciencia el suelo que -pisa, sino que aspira, en los breves días que se le otorgan sobre la -tierra, á resolver todos los problemas, á someter los imperios del cielo -y de la tierra á su dominación. - -Yo no sé si Galvete era un hombre religioso ó un impío. Los hombres -religiosos que me han hecho conocer desde muy temprano, respiran sosiego -y alegría por todos los poros de sus mejillas frescas y rosadas por -punto general: su marcha es reposada y firme: están siempre en guardia -contra su pensamiento, y hablan sin escrúpulo de todas las cosas que no -se relacionan directa ni indirectamente con el dogma. La Providencia, -pero una Providencia regocijada y próvida, parece habitar en su alma. -¡Cuán diferente de ellos era Javier Galvete, tan brusco, tan flaco, tan -triste, tan inquieto! - -Yo he oído decir, sin embargo, que la meditación sobre la naturaleza de -Dios es un verdadero culto. Nuestra alma se desprende de lo que es -perecedero y finito, y marcha hacia lo absoluto é infinito en alas de la -razón, penetrándose del amor eterno y de la armonía del universo. Acaso -sean éstas huecas palabras de una filosofía revolucionaria y atea. - -Lo cierto es que nuestro joven orador no iba á la moda en materia de -religiosidad, sin comprender que á todo el que pretende romper con la -moda se le levanta una cruz en este mundo. - -Como escritor tuvo también este ilustre joven la mala ventura de no ver -aprovechadas sus notables aptitudes por la prensa política afín á sus -ideas, necesitando poner su pluma, para subsistir, al servicio de otra -menos liberal. - -De este ultrajante grillete que la necesidad aplicaba á su inteligencia -durante el día, vengábase á la noche lanzando rojas oleadas de una -oratoria vivaz y atrevida sobre las dormilonas cabezas de los -reaccionarios del Ateneo. Nadie como él logró estremecerlos azotando sin -compasión sus invasoras doctrinas, después de arrancar á jirones el -oropel con que se encubren. Aquel rostro pálido y de algún modo -siniestro, aquella palabra audaz, penetrante, fanática, traían á la -memoria las predicaciones de los primeros campeones de la Reforma. Como -en los de ellos, brillaba alternativamente en sus discursos un -entusiasmo ruidoso, un amargo desengaño ó una ansiedad febril. Sin -embargo, aunque exaltado é impetuoso en el debate, era dulce y afable -cuando hacía reposar su espíritu angustiado en el seno de la amistad. Me -complazco en afirmarlo aquí para desvanecer cualquiera duda que acerca -de su carácter pudieran concebir los que no conocieron á Galvete más que -en las discusiones académicas. Se había erigido en apóstol de los -derechos del individuo y del Estado, enfrente de las pretensiones del -tradicionalismo monstruosamente acentuadas en estos últimos años, y -acaso movía su lengua con demasiada sinceridad para la usanza de esta -tierra. Su oratoria era profunda y nerviosa. Hablaba con una facilidad -severa y restringida, como aquel que quiere hacer que prevalezca la idea -sobre la palabra. La acción con que se acompañaba tenía poca variedad; -era monótona, pero se acomodaba bien á ese género de oratoria sin -efectos, serena y clara, donde cada juicio vale una sentencia y cada -palabra un hecho. Era una oratoria interior más que exterior. Los años -hubieran limado las asperezas de su estilo y los arranques de su -misticismo, y entonces pasaría á formar entre los más grandes oradores. - -Pero ¿á qué imaginar lo que pudo ser? Acordémonos más bien de lo que ha -sido: un joven que pensó, que sintió con exceso y que pagó con la muerte -el capricho de pensar y de sentir las cosas que tienen sin cuidado á los -demás; un perseguidor infatigable de fantasmas; uno de esos hombres que -en el jardín de la vida se empeñan en coger tan sólo aquellas flores -tristes y simbólicas que la fantasía del pueblo ha llamado -_pasionarias_. - -La verdad es que el número de éstas va aumentando de tal modo, que -amenazan cubrir con fúnebre manto los vergeles de la tierra. Todos los -antídotos de la filosofía optimista no bastan ya á convencernos de que -esta vida sea más que una serie dolorosa de tristezas y decepciones. La -muerte va adquiriendo de día en día mayor reputación entre los hombres -razonables. Y es que la vida debe parecerse á una de esas mujeres -coquetas y abominables de las que nos cuesta gran trabajo separarnos, -pero que, después de conseguido, nos admiramos de haber amado tanto. Por -el contrario, la muerte es tranquila, serena, inalterable como la virgen -de los últimos amores. ¿Vale tanto por acaso una vida de dolores y -desengaños como el dulce reposo de lo eterno? ¿Y qué otra clase de vidas -ofrece el destino á los que nacen con talento? El talento es ya por sí -una enfermedad, por más que esta enfermedad, como la de las ostras, -produzca hermosas perlas, y el que lo posee lo arrastra por el mundo con -trabajo. Fuera de los carriles ordinarios de la vida, va tropezando con -todo, chocando con los infinitos obstáculos que la preocupación, el -egoísmo y la rutina oponen á su paso, y cuando llega al término de su -carrera, que es la muerte, ha dejado ya en jirones por el camino todos -los deseos y todas las ilusiones de su alma. El hombre que muere sabe -que deja en pos de sí un universo de desdichas cuyo amargo jugo hubiera -él gustado gota á gota, á prolongarse más su estancia en este suelo. Lo -que nos hace amar la vida es la seguridad que tenemos de perderla. Sin -esa seguridad, no me cabe duda que la miraríamos con desdén, y ¡quién -sabe también si con horror! - -He visto morir á algunos de mis amigos cuando habían llegado á la -plenitud de las esperanzas, pero no á la de la razón. Pues bien: creo, -después de considerar atentamente su existencia, que á serles posible, -ninguno volvería de la región de las sombras, ninguno atravesaría de -nuevo la laguna Estigia para mezclarse otra vez con la turba de los -vivos. Galvete menos que todos querría emprender nuevamente su fatigoso -Calvario. Él, que ha descifrado ya el enigma tremendo de lo infinito, -conoce bien lo que vale este mundo finito. Algunos, muy pocos, -atraviesan la tierra de día. Galvete la atravesó en las horas más negras -de la noche. Por eso de los hombres como Galvete no debe decirse que -mueren, sino que hacen dimisión de la vida. - -[Illustration] - -[Illustration] - - - - -D. EMILIO CASTELAR - - -I - - -[Illustration: C]ASTELAR y el P. Sánchez! - -No es posible negar que nuestra patria es incomprensible y caprichosa en -extremo. Unas veces se dedica á lo sublime, y sumergiendo su mano en lo -profundo, arranca del rizado mar de su poesía una figura como Castelar. -Otras se entrega con pasión á lo cómico, y despide de su seno entre -muecas y contorsiones oradores como el P. Sánchez. Castelar y el P. -Sánchez son el alfa y la omega de mi humilde trabajo. He salvado como -pude el paso que media, según dicen, entre lo ridículo y lo sublime. - -Pero abordar el carácter y la fisonomía oratoria del señor Castelar -ofrece un sinnúmero de dificultades. La primera y más principal, en mi -concepto, es la falta de perspectiva. La figura de Castelar, como -orador, diré, empleando una locución técnica, que está tallada en -colosal, y es de todo punto imposible, sin alejarse un tanto, apreciar -con exactitud su valor artístico. Confieso que no puedo darme cuenta -cabal del sitio que ocupa en el horizonte del Arte, y entrego por lo -tanto esta mi semblanza á la enmienda de los futuros. Otra de las más -grandes dificultades que se me ofrecen es el compromiso formal que he -contraído al comenzar mi tarea de eliminar por entero el aspecto -político del orador para ceñirme exclusivamente á su aspecto académico. -¡Oh! si me fuera dado mirar, siquiera fuese con el rabillo del ojo, al -Parlamento, ¡con cuánto grande hombre pondría á mis lectores en -contacto! Les contaría la vida y milagros de aquel insigne orador que al -terminar su discurso se sentó con la mayor dignidad sobre el vaso de -agua. Y los de aquel otro que tratándose de la langosta pidió la palabra -para una alusión personal. Sin olvidarme tampoco de aquel que al llegar -en su discurso cargado de apóstrofes, epifonemas, perífrasis y -concatenaciones á la frase: «pensáis tal vez, hombres ilusos, que -Napoleón...» la repitió tres veces, y murió con Napoleón en la boca, -realizándose en los escaños del Congreso aquel día un Waterloo de risa. -Pero yo no soy cronista del Parlamento, sino del Ateneo, y es fuerza que -guarde en el fondo de mi pupitre las historias que acabo de mencionar y -otras muchas no menos sabrosas y divertidas. De ello me pesa con toda -el alma, porque estos señores académicos tan graves y comedidos que no -son capaces de romper un plato, ni de sentarse sobre un vaso de agua, me -obligan á guardar demasiada ceremonia. Siento que allá, por los -laberintos de mi imaginación, viene, va y torna un espíritu retozón y -travieso que está ganoso de reir á toda costa, y me empuja fuertemente á -ocuparme de otra ralea de oradores menos sabios, menos artistas, pero -más amenos. - -También hoy es necesario que dormite en la más enervante postración. Se -trata de Castelar, del más grande de nuestros oradores, y me veo en la -precisión de ponerme el frac y adoptar un continente grave y respetuoso. -Castelar, como orador, no pertenece solamente al Ateneo, pertenece á -España, pertenece al mundo, pertenece á la libertad. La tiranía ha -tenido á su servicio grandes filósofos, juristas y hasta poetas. Jamás -ha tenido un grande orador. Cicerón, Demóstenes, Mirabeau, Oconnell y -Castelar son hijos de la libertad. Es que el filósofo, el jurista y -hasta el poeta envían sus cuartillas corregidas á la imprenta, mientras -el orador lanza su alma toda entera, sin tachas ni raspaduras, por la -boca y por los ojos á la muchedumbre. La muchedumbre, que no es capaz de -percibir toda la perfidia que puede esconderse entre los renglones de un -libro, ve con admirable instinto la que se oculta bajo los ojos de un -hombre, y sabe matar con el desprecio al que la engaña. - -Castelar, en la ciencia, en el arte y en la vida, representa un -pensamiento amable, pero inverosímil y extraño para nuestra sociedad. -Este amable pensamiento se llama en la ciencia panteísmo, en el arte -realismo y en la vida armonía. - -Castelar es un campeón de la causa de la naturaleza. Es panteísta en el -gran sentido de la palabra, en un sentido fundamental. Esto ha hecho -pensar á muchos que el famoso orador es hegeliano. No puedo creerlo. No -es Hegel el que ha hecho panteísta á Castelar, sino que, siendo el -panteísmo inherente y virtual en su modo de ser, ha permitido que la -filosofía hegeliana influyera poderosamente en su espíritu. Pero -Castelar no es el panteísta especulativo que procede con rigurosa -dialéctica para encerrar el pensamiento en un sistema, no; es el poeta, -es el enamorado de las formas vivas que percibe con la claridad de un -iluminado el lazo invisible que existe entre los dos aspectos, bajo los -cuales el universo siempre idéntico y el mismo se ofrece al espíritu y á -los sentidos. La filosofía de Castelar no permanece inmóvil y como -cristalizada en el abstracto recinto de una fórmula matemática ó -dialéctica, es una filosofía que arranca del fondo mismo de su -naturaleza, es una filosofía puramente individual. - -Esto significa que nuestro orador no siente la imperiosa necesidad de -dar á la vida soluciones concretas, que es á la postre de todo lo que -hace brotar los sistemas. La vida le parece demasiado rica, demasiado -varia para someterla al imperio de una fórmula inflexible y abstracta. -Sin embargo, busca con ansia la generalización, la síntesis que son -leyes del espíritu, huyendo de un particularismo estrecho y falto de -perspectiva con el que no podría acomodarse jamás su elevado -pensamiento. - -Esta filosofía individual no puede menos de engendrar una religión -excesivamente flexible y humana. La inmortalidad se ofrece á su -inteligencia como una trasformación incesante, como un progreso sin fin, -en el cual el espíritu llega á agotar todas las formas de la vida -infinita. Esta religión tiene su catecismo en el gozoso panorama de la -Naturaleza. En todas las páginas de este catecismo se encuentra grabado -el excelso nombre de Dios. Mas el Dios de Castelar no es el Dios -crucificado, no es el Dios transido de dolor, sino el Dios en quien se -expresa todo lo que vive y siente, que incesantemente se trasforma, que -incesantemente se modifica, que muere en la naturaleza para renacer en -el espíritu, y se ofrece, total y absoluto, en una evolución infinita. - -El arte es una de las formas que ese Dios afecta al bajar sobre la -tierra, y nuestro orador le rinde un culto apasionado. Si he dicho que -Castelar era realista, entiéndase que no es el realismo efímero de los -tiempos presentes el que le cautiva, sino el realismo que parte de la -célebre fórmula de la lógica hegeliana, toda idea es realidad, toda -realidad es idea. La idea realizándose bajo forma sensible, ése es el -arte, y artista el que siente palpitar la idea bajo la forma. - -No obstante, aunque Castelar representa en la esfera del arte la -apoteosis de la forma, no se le puede acusar de haber alentado con su -ejemplo ese cúmulo de producciones frívolas, donde la miseria del fondo -aspira á velarse por los artificios de la forma. El fondo y la forma en -el arte no se distinguen perfectamente como á primera vista parece, sino -que mantienen tan estrecho enlace que es imposible separarlos en la obra -bella. ¿Quién sería capaz de distinguir el fondo y la forma en un cuadro -de Velázquez ó en una melodía de Haydn? Castelar expresa bellamente lo -que acude bello á su pensamiento. ¿Será por ventura responsable de que -algunos se empeñen en expresar de un modo bello lo que acude feo y -desgraciado á su imaginación? Lo que es preciso buscar en el arte, y lo -que nuestro orador alcanza en grado superlativo, es la espontaneidad -individual disciplinada y corregida por la regla, que debe presidir á -toda concepción artística para comunicarle las proporciones -convenientes. - -Pero se le censura, á mi juicio, con señalada injusticia por el empleo, -según se dice, abusivo de las formas artísticas. Es opinión demasiado -extendida que Castelar sacrifica la precisión y el rigor, que son los -atributos de la exposición científica, en aras de la fantasía, la cual -quebranta y destruye con sus imágenes el encadenamiento lógico y -necesario con que el entendimiento enlaza, los juicios á los juicios, y -las consecuencias á las consecuencias. Veamos lo que hay de fundado en -esta censura. Indudablemente el empleo de las formas artísticas en el -discurso tiene un límite, y no hay estético que no se apresure á -señalárselo. Pero este límite todos convienen que está determinado, de -un lado por la naturaleza del discurso, y de otro por la naturaleza de -lo bello. La belleza de la expresión contribuye poderosamente á llevar -el convencimiento al ánimo del auditorio; mas según que el discurso se -proponga demostrar lógica y razonadamente una idea ó sólo infundir el -amor á esta idea ó hacerla triunfar en el ánimo del auditorio, así se -habrá de restringir ó extender el uso de la forma artística. Á este -propósito, dice Schiller: «Existen dos clases de conocimientos: un -conocimiento _científico_ que está basado sobre nociones precisas, sobre -principios reconocidos; y un conocimiento _popular_ que no se funda más -que en sentimientos más ó menos desenvueltos. Lo que es ventajoso para -el segundo es con frecuencia contrario al primero». Ahora bien: no -debemos echar en olvido que Castelar es el tribuno, no es el disertante, -es el apóstol de la libertad y la libertad es una verdad _popular_. No -hay duda que fué necesario demostrarla científicamente, pero ésta es la -obra de la filosofía moderna, á partir de Kant. Castelar concibió la -titánica empresa de hacerla amable en este país, cuyo sentido político -hubieran pervertido largos siglos de tiranía y fanatismo. Es el fundador -de la democracia en España, es el propagador de una idea esencialmente -popular y nunca se vió que las ideas populares fuesen difundidas por -maestros y pedagogos, sino por poetas y oradores. El profesor busca en -su discurso un resultado futuro, el desarrollo intelectual de su -discípulo mediante la adquisición de ideas perfectamente deducidas y -probadas. El orador popular aspira á un resultado inmediato y para esto -es indispensable que trabaje sobre la imaginación de sus oyentes, -individualizando, haciendo sensibles las ideas. De aquí nace ese estilo -animado, lleno de vida y colorido con que los escritores y oradores -populares como Castelar difunden sus conceptos, el cual representa una -transacción feliz y armónica entre el entendimiento que busca sobre todo -el encadenamiento, la continuidad, y la imaginación que aspira á tocar y -sentir la realidad y el calor de las ideas. Castelar, por el esfuerzo de -su naturaleza armoniosa y comprensiva, junta y agrega lo que la -abstracción había separado, y en vista de las facultades espirituales y -de las facultades sensibles del hombre, se dirige á él todo entero y lo -atrae por ese encanto irresistible que producen cuando se encuentran -reunidos lo verdadero y lo bello. - -En la vida Castelar tampoco representa un fragmento, sino toda la -humanidad. La moderación y la actividad que se observa en su conducta es -un signo de fuerza. Sólo los débiles son obstinados é impacientes. -Contempla la vida con mirada serena y recoge en conjunto todos sus -elementos sin predominio ni monstruosidades, porque es un espíritu -equilibrado. Se ajusta fácilmente al medio y á las condiciones de su -existencia, pero las modifica mediante la influencia de su genio. -Castelar entiende que la vida es un arte y no una fiebre, que la -continuidad moderada de la acción vale mucho más que una agitación -estéril y morbosa. Por eso no opone diques inútiles á la corriente de -las ideas, sino que busca el medio de encauzarla para que le conduzca al -resultado que se propone. - -Hay muchos hombres que, aun cuando fabricados de barro como todos los -demás, aspiran á tener la consistencia de los peñascos ó creen cumplir -con su conciencia ofreciéndose inermes al torrente devastador de las -preocupaciones, como aquellos indios que se arrojan voluntariamente -entre las ruedas del carro triunfal de sus ídolos para ser aplastados. -Estos hombres merecen respeto por la pureza de los motivos que los -impulsan. Pero es necesario convenir en que no deben ser hombres de -acción en ninguna causa, porque, lejos de contribuir á su triunfo, lo -retardan considerablemente. Tienen un puesto señalado en las esferas de -la pura teoría, porque son impotentes para discurrir por los laberintos -de la realidad. La vida es una continua transacción entre lo ideal y lo -real, y aquel que no sabe transigir no debe acudir á ella. - -Castelar tiene un fin que llenar en nuestra patria y lo persigue con un -celo y al propio tiempo con un sosiego que me traen á la memoria -aquellos hermosos y profundos versos de Goethe: «Como la estrella, sin -prisa, pero sin tregua, que cada uno se mueva dentro de su propia -naturaleza». No puede petrificarse en la defensa obstinada de uno sola -verdad porque pertenece á su obra y su obra es grande y comprende -muchas verdades. No puede retraerse de la lucha porque el retraimiento -enerva y enmohece la inteligencia. Todavía en estos tiempos en que la -vida política arrastra una existencia precaria, cuando se ha hecho un -silencio mortal en todos los locutorios de la opinión, cuando no se -escucha el crujir de una pluma sobre el papel, cuando no se mueve una -hoja en los árboles ni una lengua en la tribuna, sólo el gran orador es -capaz de sostener la contienda, porque él solo habla un lenguaje que no -es el de las parcialidades políticas, un lenguaje que no lastima á nadie -y que á todos seduce. - -Una vez preguntaron á Sieyes: «¿Qué habéis hecho durante el Terror?» -«¡Qué es lo que he hecho! He vivido.» Y había hecho bastante. Cuando -rodando los tiempos le pregunten á Castelar: «¿Qué habéis hecho durante -el período del _Silencio_?» «¡Qué es lo que he hecho!--podrá -contestar.--He hablado.» Y aquellos hombres casi no podrán creerlo. - - -II - -Los que voy á trascribir son datos suministrados por un espíritu, ó si -se quiere trasgo con quien suelo celebrar conferencias de importancia -suma. Es un trasgo verídico, al menos por tal le tengo, pero se ha -dedicado últimamente, con harta asiduidad para lo que corresponde á un -duende de su significación, á las lecturas de Hoffman, Poe, Fernández y -González y otros escritores no menos alcohólicos, y me temo un poco que -su cabeza, como la del ilustre hidalgo manchego, no rija de un modo -cabal. Ustedes decidirán después de haberle escuchado si conserva una -pizca de juicio ó si será preciso oirle como quien oye... á Perier. - -No hace muchas horas vino á mí con afectado misterio, y me dijo: «¿Estás -escribiendo la semblanza de Castelar, no es verdad?» Sí. «Pues yo, que -he vivido con todas las generaciones y en todos los países, te puedo -comunicar datos interesantes para tu trabajo.»--Vengan esos -datos--repuse. Y entonces el fantasma comenzó á silbar con sigilo en mi -oído este inverosímil y descabellado relato: - -«¡Castelar! Castelar tiene una historia mucho más larga de lo que tú te -figuras. Vosotros sabéis admirar y aplaudir á los grandes espíritus, -pero rara vez os detenéis á estudiar su procedencia ó filiación -histórica, ni las fuerzas ideales anteriores que han concurrido á su -generación. Vosotros los humanos...»--Aquí el fantasma se despachó á su -sabor contra nuestra raza y hago gracia á los lectores de su filípica, -que no les habría de complacer gran cosa. - -«Castelar--prosiguió el espíritu--es un regalo que el viejo Oriente -envía al Occidente. Salió de la cabeza de Brama cierta noche en que las -estrellas, con un dulce titilar, llamaban el pensamiento hacia lo -infinito, cuando las oscuras ondas del sagrado Ganges relataban muy -quedo á la flor del lotus, que se inclinaba sobre su corriente, los -misterios inescrutables de la muerte, cuando el piadoso anacoreta, -postrado en tierra, murmuraba tembloroso su enigmática oración, cuando -el ruiseñor turbaba sólo el silencio augusto de la naturaleza con su -grito de amor y de esperanza. - -»El dios luminoso que le diera el ser envióle como fiel mensajero de su -abdicación cerca de su hermano Zeos, y éste le prodigó mil agasajos, -haciendo brillar su Olimpo con todo el esplendor de sus encantos -perdurables. Todo cuanto una imaginación sobrehumana puede apetecer de -dulce y halagüeño derramólo el monarca de los dioses en su feliz morada -para honrar al venturoso embajador. Hasta se pensó en celebrar corridas -de toros, pero el dios Apolo, con su séquito de musas, declaró -rotundamente que en este caso no tomaría parte en las fiestas, y fué -abandonado el proyecto. Aquella serie sin tregua de placeres y delicias -comenzó á cansar á vuestro orador, comenzó á aburrirle la conversación -del dios Júpiter, que no le dejaba ni á sol ni á sombra, y llegó á -empalagarle la ambrosía. Así que un día, tomando de aquél la regia -venia, descendió por los suaves declives del Olimpo á las llanuras del -Ática, y bajo los plátanos del Agora, comenzó á arengar á la multitud de -libres cuanto ociosos ciudadanos que allí rendían á la sombra culto á la -libertad y al arte. - -«Después le vi muchas veces, ya en el taller de Fidias, ora en los -jardines de Academo escuchando atentamente los discursos de Platón, ora -también en los misterios de Eleusis dedicado á interpretar los ruidos de -las hojas del árbol sagrado al ser heridas por el viento. Parecía feliz -y no me preocupé más de él. - -»Largo tiempo después le volví á encontrar en Roma, cuando ésta, -fatigada por las discordias civiles, plegaba sus brazos y bajaba su -orgullosa frente ante la majestad de Octavio Augusto. Fué en una sesión -del Senado. Se hallaba éste reunido en la Curia Hostilia sobre el Foro. -Una docena de lictores que á la puerta vigilaban, anunció la llegada del -cónsul Josefo que debía presidir la Asamblea. Antes de penetrar en el -templo detúvose en el peristilo para consultar los auspicios, siguiendo -la antigua práctica. Parecióme, sin embargo, que al observar las -entrañas de la víctima inmolada, se dibujaba en su rostro angular y -glacial una sonrisa ambigua y poco ortodoxa. Los sacerdotes declararon -que los padres de la patria podían deliberar, y el cónsul entró en el -recinto seguido de su cortejo. Una vez dentro, se aproximó al altar de -Jano (el de las dos caras) y ofrecióle incienso y vino. Después fué á -sentarse en su silla, y como la sesión aún no se había abierto, muchos -senadores rodearon al cónsul departiendo entre sí con grande animación. -Pude notar que aun cuando todos dirigían un diluvio de preguntas al -presidente, éste apenas desplegaba los labios, limitándose á sonreir de -aquella manera equívoca que ya antes me llamara la atención y á sacar de -su esportilla algunos caramelos que ofrecía con agrado á los _padres_. -Estos revolvíanlos en la boca con no poco regocijo comentando al propio -tiempo en detalle todos los matices de la sonrisa que los había -acompañado. Los unos pretendían que aquélla era una sonrisa de -oposición, mientras los otros la juzgaban de todo punto ministerial. Y -entre estas y otras azucaradas razones se abrió la sesión. Uno de los -ediles del Senado se levantó para leer una proposición en la cual se -elevaba al _príncipe del Senado_ Antonio á la categoría de _Eterno_, la -cual hubo de agradar tanto á la Asamblea que prorrumpió en calurosas -muestras de entusiasmo. En vano fué que Antonio rehusara con fuerza esta -pequeña distinción, pues la mayoría en masa, como un solo empleado, -decidió á todo trance votarla. El edil proponente se levantó entonces á -dar las gracias al Senado, y suplicó á los padres se sirviesen decretar -para conmemorar tan fausto acontecimiento se inmolasen en el templo de -la Concordia 150 _ilegales_. En este instante el tribuno Emilio pidió la -palabra desde su _subsellium_ y reconocí en él á Castelar. Pronunció una -brillante arenga combatiendo esta sangrienta proposición, y haciendo la -defensa de las antiguas formas republicanas tan escarnecidas en aquellos -días, por los que volvían su rostro al sol del Imperio, que era el que -más calentaba por entonces. Me fué imposible oir por entero su discurso, -pues las continuas y ruidosas interrupciones de que era objeto impedían -que su voz llegase muchas veces á mi oído. - -»No volví á verle en Roma y perdí su pista durante toda la Edad Media. -En el siglo XV me dijeron que haciendo unas excavaciones en la ciudad de -Agrigento, al levantar la tapa de una urna, maravilloso trabajo de -cincel griego, lo encontraron dormido profundamente sobre el manuscrito -de las obras de Homero. - -»Por último, le vi una vez más en la Universidad Central de Madrid. -Explicaba la historia del universo en una cátedra de diez pies en cuadro -con honores de pasillo. «¡Ay--exclamé para mis adentros,--y cómo echarás -de menos, ilustre heleno, aquellos tapizados jardines del Ática, donde -tantas veces te he visto conversar con Isócrates y Platón!» - -»En aquel momento el profesor fijó en mí su mirada perdida, y cual si -viese mis adentros ó fueran también los suyos, dijo: - - * * * * * - -».....Al posar, señores, nuestra vista sobre los campos resplandecientes -de la Grecia, sobre el Olimpo, ornado de mirtos floridos, de lentiscos, -de laureles, en cuyas hojas brillan eternamente gotas de rocío que -descomponen la luz en mil varios matices; monte coronado de un cielo -siempre etéreo y azul, desde cuya cima se descubren á lo lejos las ondas -del mar, que se rizan en blancas espumas, y el Oriente, la cuna del sol, -la cuna también del paganismo, y al ver aquel templo misterioso -convertido en ruinas, sus dioses en momias, secas las flores que lo -cubrían, perdidos sus cánticos sin que de ellos quede ni un eco en los -aires, desiertas las rientes playas por donde corrían, coronadas de -verbena, sus teorías, una indefinible tristeza se apodera de nosotros y -parece que se despierta en nuestra alma un sentimiento hostil al -cristianismo.» - - -III - -Cuando una idea baja de la _región de las madres_ á tomar carne en un -hombre, agota con habilidad que maravilla, sin distraer uno solo, todos -los recursos que nuestra naturaleza finita la ofrece para mostrarse -admirable; y aparece el genio. Castelar ha encarnado en los tiempos -presentes la idea de la elocuencia. El que desee ver claramente las -pruebas de esa verdad no tiene más que examinar con cuidado su vida y -sus escritos, y podrá observar con cuánta energía se muestra el orador -en todos los rasgos del hombre y en todas las páginas del escritor. Leed -cualquiera de las obras de Castelar y, sin daros cuenta de ello, -vuestros labios empezarán á moverse, pronunciarán al principio -tímidamente aquellos tersos períodos, después los dirán con énfasis, y -al cabo de algún tiempo, si algo no os saca de vuestra distracción, -estaréis declamando en alta voz. Es que por todas las páginas del libro -corre y centellea la idea de la elocuencia. Es que Castelar es siempre -un orador. - -¿Y qué es un orador? El orador es para mí el hombre á quien Dios entrega -la espada del espíritu, la palabra. Unas veces se sirve de ella para -sacar muelas en la plaza pública, y otras para volcar los imperios. Pero -esta espada sale alguna vez de las fábricas cerúleas luciente y afilada -como aquella de fuego que, al decir de la Biblia, un ángel esgrimió -contra nuestros primeros padres á las puertas del Paraíso, y la -Providencia las destina á los seres privilegiados como Castelar. Otras -salen melladas y opacas como la que Bernardo usara en otro tiempo, y son -las que el Padre Eterno regala á los seres que nacen sin privilegios -como Perier. - -La palabra de Castelar es una palabra exuberante, briosa, con todo el -calor de la juventud. Es una palabra destinada á hacer la luz en el -profundo piélago de nuestra política, sublime y aparatosa como la de -Moisés, flexible y gubernamental como la de un lord. - -Su espíritu recibe todos los días nuevos ensanches como las grandes -poblaciones, y la palabra corre con presteza como medio de comunicación -á infundir la vida y el movimiento en la nueva ciudad. Es una fuerza que -sin cesar acrece, llenándose de todo lo sano que flota en el ambiente -que respira, y su palabra recibe en cada transformación un nuevo temple -que la hace esclava, bella y sumisa de un pensamiento grande. - -Mas esta esclava es una esclava india, no hay que dudarlo, y por más que -en ocasiones vista á la europea y siga la moda de París, veo aprisionado -en sus ojos el rayo de sol del Mediodía y en sus cabellos negros y -sedosos contemplo las sagradas selvas del Indostán. - -Castelar trae del Oriente el sentido poético de la naturaleza tan -necesario para templar y vigorizar los vuelos harto descompasados del -ideal en nuestra Europa. Su estilo es un estilo plástico y poblado de -imágenes que giran en caprichosos pasos por delante de vuestros ojos con -la sonrisa en los labios y apuntando al porvenir. - -¿Nunca sumergisteis vuestra mirada en las profundidades del mar durante -una tarde sosegada y dulce del estío, en una de esas tardes en que se -muestra trasparente como una doncella que quisiera abriros su corazón? -¡Cuánto rico tesoro, cuántas espléndidas ciudades olvidadas para siempre -en el seno de las aguas os hace ver la inquieta fantasía! Sumergidlas -también en las profundidades de ese estilo oriental, y alcanzaréis á ver -los prodigiosos tesoros y las maravillas que puede fabricar la palabra -humana. - -Es una felicidad para el Sr. Castelar no haber nacido en los tiempos de -Nerón ó de Calígula, porque su lengua admirable haría nacer -indudablemente en aquellos insensatos la infernal idea de cortársela -para servir de plato en sus festines. - -¿Por qué no se mueve ya esta lengua en la cátedra del Ateneo de Madrid? -¿Por ventura teme la competencia de la hoja de Albacete que esgrime el -P. Sánchez entre sus carrillos? ¿Ó le infunde pavor la brocha de polvos -de arroz que Perier pasea dulcemente por su boca? - -No dejo de comprender que la política es una amiga celosa y exclusiva -que con frecuencia nos priva de cualquiera otra inocente distracción. -Tengo presente, además, que usted, D. Emilio, necesita aprovechar todas -sus fuerzas para llevar á feliz término la patriótica tarea que ha -emprendido; ¿pero se figura usted que en el Ateneo no hacemos política? -Vaya si la hacemos y muy flamante y muy seria[3]. Si usted pensara en -dar una vuelta por aquí, no dejaría de tropezar con algunos jóvenes de -corazón sano y de mente vigorosa, discutiendo en voz un poco más que -alta las más arduas cuestiones de la ciencia del Estado. ¡Si viera usted -qué mustios andan y qué desencantados! Entusiastas siempre de la -libertad, pero aterrados ahora por sus excesos, se encuentran al borde -del escepticismo, del cual sólo usted puede librarlos. Es necesario -hacerles entender que aún hay para la democracia española una bandera, -símbolo de progreso y compatible con la paz y la salud de la patria, y -esta bandera es la que usted ha levantado valerosamente sobre los restos -de un partido ensangrentado y delirante. - -El Ateneo es un país neutral, es la Bélgica de nuestra política, y -aunque no pocas veces se cuela por sus rendijas y ventiladores el -_simoun_ de la pasión, usted sabe muy bien que los árabes llaman al -_simoun_ el hálito de Dios, y lo es en efecto. ¿Qué sería de una idea si -la pasión no la cobijara bajo su manto de grana? Se moriría de frío. Á -este centro debe usted acudir nuevamente, porque este centro con sus -pasiones, con sus indisciplinas, con sus deslices artísticos, hasta con -sus conservadores, y á pesar de sus ultramontanos, sabe mantener vivo el -amor al estudio de los grandes problemas. Tiene una historia gloriosa, -goza de un feliz presente, y si los grandes espíritus como usted no -desertan de su modesto recinto, continuará empuñando en nuestra patria, -con aplauso de todos, el cetro de la ciencia. - -[Illustration] - - - - -LOS NOVELISTAS ESPAÑOLES - -[Illustration] - - - - -PROEMIO - - -[Illustration: T]AL vez convendría, lector, que empezase este prólogo -aseverando que el éxito, y sólo el éxito tan ruidoso como inmerecido, -ganado por mi colección anterior de semblanzas, me ha impulsado á -ofrecerte la presente. De esta suerte llegarías á saber, no tan sólo que -existe un libro de semblanzas que puede ser comprado, sino también que -el autor del que tienes en la mano es un autor aplaudido, cursado y -experto en tales sujetos, lo cual previene admirablemente para que no se -escape ninguna de las agudezas que en él pudieran contenerse, y se -tornen invisibles las muchas tonterías de que está plagado. Pero, -lector, yo no soy un embustero. Conozco perfectamente los mandamientos -de Krause, y sé que el hombre debe buscar la verdad con espíritu atento -y constante, por motivo de la verdad y en forma sistemática. Cuanto -saliese de mi pluma sobre favorables acogidas, compromisos contraídos, -temores del porvenir é inquietudes del presente, sería pura y vulgar -hipocresía. Ni tengo noticia de que mi libro anterior haya logrado éxito -alguno, ni, caso de lograrlo, me creyera obligado á escribir otro -parecido, ni aun al darlo á luz en este instante me propongo llenar el -más pequeño hueco. No; este libro se ha escrito sin motivo, quizá porque -su autor no ha tenido ocupaciones más urgentes que se lo hayan -estorbado. Sobre esto, puedo añadir que no fué mi intento trazar un -estudio serio ó profundo de la novela española, ni menos apuntar los -fundamentos estéticos en que tal género descansa, ni siquiera influir -con mi desautorizado consejo en los acuerdos ó en la marcha de sus -cultivadores. Mi objeto fué, pura y lisamente, escribir semblanzas. - -Bien se me ocurre que el hombre no vino al mundo sólo para escribir -semblanzas; pero debes tener presente, lector, antes de fulminar tu -juicio sobre estas páginas, que ningún trabajo de las criaturas en este -planeta merece total desprecio, ni las telas de las arañas, ni los -agujeros de los grillos, ni los versos de Grilo. Por no despreciar á -nadie, me impuse la obligación de consagrar tiempo y espacio á ciertos -autores que verás con sorpresa en esta galería. He sido un tanto -irrespetuoso con ellos, y me he autorizado más de una chanza al hablar -de sus escritos; pero todos los grandes ingenios han tenido que sufrir -estos desahogos de la envidia y maledicencia coetáneas, y en esta -ocasión, como en todas las demás, la posteridad no dejará de resarcirles -cumplidamente de tales molestias, dejándoles dormir en paz el sueño -eterno. - -En rigor, pues, no son todos los que están. Mas en rigor, tampoco están -todos los que son, y no ha de faltar, lo estoy viendo, quien con gesto -de soberano desdén, suelte mi libro de las manos diciendo: «¡no está -Fulano!»--Contestaré á este gesto y á este cargo.--En primer lugar, es -preciso que el público reconozca mi derecho á fatigarme de escribir -semblanzas. He podido escribirlas y he podido no escribirlas. De la -misma suerte he podido escribir tales ó cuales y no escribir tales ó -cuales otras. Porque el hombre posee la facultad de determinarse á sí -mismo en conciencia, lo cual significa que es causa propia y primera de -su actividad. Unas veces se determina á obrar y otras se determina á no -obrar. En esto se hallan conformes todos los tratadistas. - -Ahora bien, al dar fin á este trabajo, ó si se quiere trabajito, no -quise decir expresa ó tácitamente: «no hay más novelistas en España»: lo -que puramente dije, fué: «yo no escribo más semblanzas de novelistas». - -La novela, en nuestra patria, no es otra cosa, por ahora, que un campo -vasto é inculto donde de trecho en trecho brota alguna flor de pétalos -rojos y lustrosos, y crecen en abundancia las plantas de forraje. Mas el -suelo puede dar novelas, sobre esto no cabe duda. Los últimos trabajos -de la comisión del mapa geológico lo comprueban de un modo terminante. - -Subamos á una de las sierras más elevadas de nuestra Península. ¿No es -bastante? Pues subamos á una sierra ideal y observemos. - -Hacia el Mediodía el sol es más grande y más dorado, el espacio más -diáfano y azul. Sembrados por doquiera, en medio de viñedos y jardines -de naranjos, blanquean centenares de pueblos, nadando en un vapor -trasparente, luminoso, embriagados por los perfumes de una vegetación -vívida y ardiente. En el aire vuelan las mariposas irisadas; en la -tierra hormiguea un pueblo nervioso, exaltado, feliz, que se enamora al -pie de la reja, que inventa caricias y bravatas, que injuria á los -santos y les besa los pies, que llora y ríe sin motivo, que suspira -cuando canta, que tiene los ojos negros, un pueblo hospitalario, franco, -orgulloso, que ha hecho las proezas por millares y las relata por -millones, que ama á Dios y á las mujeres sobre todas las cosas, y se -come la mitad del idioma castellano. - -Por la parte del Norte se descubre un cielo triste, pero de tintas -dulces y delicadas. Hay un toldo de nubes que embaraza y aprisiona los -rayos del sol, y cuida de que lleguen á la tierra lánguidos y mimosos. -Los valles y las colinas y todo lo que abraza la vista es verde. En las -colinas crecen los árboles que detienen las nieblas, en los valles -crecen las yerbas y serpean los arroyos. Las gotas de agua están -suspendidas constantemente en la atmósfera, en los árboles, en las -yerbas, en los techos de las viviendas. La mar es áspera y espumosa, el -cielo caprichoso y melancólico, la tierra dulce y agradecida. Allí vive -un pueblo que trabaja como las acémilas y medita como los filósofos, un -pueblo espiritual y sensible que come pan de maíz, que ve fantasmas y -duendes por las noches, que muere en el campo de batalla por una idea, -que tiembla en presencia del escribano; un pueblo sensato, paciente, -melancólico, que sería muy poeta si estuviese mejor alimentado, que -posee cual ningún otro la virtud de no decir «esta boca es mía». - -Cada uno de estos pueblos guarda en su vida preciosas novelas que no ha -querido mostrar á los viajeros frívolos. Mas, cuando Galdós y Valera -llegaron á demandárselas, todos hemos visto con qué singular cortesía se -ha portado. - -La hora es por demás oportuna y decisiva. El fruto amarillea en el -árbol, y no espera más que una leve sacudida para caer en nuestras -manos. Las antiguas y originalísimas costumbres de nuestra patria van -desapareciendo y ofrecen al morir el interés punzante y melancólico de -todo lo que ha sido y dejará pronto de ser. Si no aprovechamos estos -momentos, la moderna cultura ceñirá á nuestros miembros su estrecho -uniforme que oculta lo singular, lo original, lo característico, y ya no -será tan fácil percibirlo. - -Preparaos, pues, aquellos que sentís latir en vuestra alma la -inspiración artística, poneos la pluma tras la oreja, arreglad vuestras -cuartillas, tomad el tren expreso, diseminaos por la Península. No -tardaréis mucho en volver, yo lo presiento, con salud en las mejillas y -la novela española bajo el brazo. - -[Illustration] - -[Illustration] - - - - -FERNÁN-CABALLERO - - -[Illustration: Y]O he leído muchas novelas; todas cuantas hube á mano en -los felices tiempos en que con la mayor inhumanidad me obligaban á -estudiar humanidades. Mi profesor de latín, una especie de arcaísmo -semoviente que nos traducía con espasmos de regocijo la descripción de -Venus Cyterea en la Eneida, y con lágrimas en los ojos las quejas de -Ariadna abandonada, me tiene sorprendido no pocas veces enfrascado en la -lectura de _Juan Palomo_. Esta lectura, llevada á cabo en los momentos -mismos en que se volvía por activa y por pasiva á la diosa más amable y -despreocupada del paganismo, constituía un verdadero desacato á la -mitología, y como tal era castigado. Pero esto no impedía que yo -siguiera simpatizando con todos los engendros de Ponson du Terrail, Paul -Feval, Sue, Fernández y González, Dumas y tantos otros. Mi cerebro -parecía el salón donde se hubiera dado cita la sociedad más escogida de -París y Sierra Morena. _Juan Palomo_, _Juan Valjean_, _Juan Lanas_, _La -Dama de las Camelias_, _Los Siete Niños de Écija_, _El Caballero del -Águila_, _Candelas_, _Manolito Caparrota_, y muchos otros de igual jaez, -á todos los recibía yo en mis salones con la amabilidad más exquisita, -como diría _La Correspondencia_. - -Estas recepciones, que me hacían trasnochar en demasía, redundaban por -lo mismo en perjuicio de mi humanidad y _humanidades_, porque me tornaba -cada vez más flaco y amarillo, al paso que ignoraba por redondo hasta el -más insignificante supino. Ni siquiera, pues, podía decirse que era -supina mi ignorancia. Mas en cambio de una ciencia que yo miraba con el -más cómico desdén desde el Chimborazo de mi entusiasmo, iba criando una -imaginación encendida y melenuda capaz de dar al traste con el poco -sentido común que me quedaba. Así lo comprendieron mis deudos y amigos, -y así hube también de comprenderlo yo á la postre, por lo cual traté de -ir apartándome paulatinamente de tan brava compañía. Desde luego me -decidí á dedicar sólo un día á la semana, los viernes, á la lectura de -novelas y á ser un poco más cauto en su elección. Acudieron entonces á -mi tertulia una porción de personajes más simpáticos y finos que los -anteriores. Veíanse allí á Werter, Ivanohe, Atala, Eugenia Grandet, -Wilhelm Meister y muchos otros que no recuerdo. Fernán-Caballero surtía -también de amables personajes esta tertulia. - -No cabía duda que _los viernes_ del Sr. Palacio Valdés eran de lo más -ameno que por entonces existía. Así y todo mi profesor seguía -considerándome como un bárbaro escyta indigno de toda relación con los -héroes de la Eneida y hasta con los animales de las Geórgicas. - -Al llegar á la edad en que ya no se le pregunta á uno lo que lee, sino -lo que gana, me he visto obligado, con profundo dolor de mi alma, á -poner de patitas en la calle á todos mis románticos amigos. Y los -momentos en que mis ocupaciones me dan tregua, en vez de leer novelas, -me dedico á escribirlas. Pero las escribo para adentro, porque hoy por -hoy tengo la fantasía al servicio de mi corazón y tejo cada pocas horas, -para mi uso particular, unos cuentos tan fantásticos y patéticos que á -todos parecerían increíbles. Ésta es la costumbre de las cosas -inverosímiles. - -Sin embargo, como siempre fui bastante amigo de pasar con la mía (¿quién -no es amigo de pasar con la suya?) me he empeñado en demostrar á mi -viejo maestro que aquellas lecturas anticlásicas que con tanto ardor -persiguió en otro tiempo no fueron tan inútiles, ¿qué digo inútiles? tan -perniciosas como él suponía, puesto que hoy me permiten cumplir con el -deber que he contraído de escribir para el público. - -Voy á describir, por tanto, cual viajero que se sienta á descansar -después de un largo viaje, las extrañas y rientes comarcas por donde -anduve. Voy á lanzar á los vientos de la publicidad impresiones, -juicios, observaciones sobre mis lecturas atrasadas. Público amigo, no -des la razón á mi viejo maestro. Dígnate recogerlas del suelo, aunque -después las arrojes como frutos desabridos á los que falta la madurez de -la experiencia. - -He dicho que Fernán-Caballero perteneció á mi segunda época. Por cierto -que me eran tan simpáticas sus creaciones y tan amables sus cuadros, que -con ser yo muy devoto de la época presente y muy admirador de sus -progresos, más de una gana me asaltaba de volver casaca y hacerme -servilón, tan sólo por el placer de ocupar un puesto en sus escenas de -familia y tratar personalmente á la mística _Elia_ y á la sensible -_Lágrimas_. Mas pronto reflexionaba que no podía ser tal mi fuerza de -disimulo que no asomara la oreja de _negro_ en la ocasión menos -prevista, y entonces tendría que pasar por el bochorno de ser arrojado -de aquellos santos hogares y despreciado por aquellas lindas mujeres. - -¡Quién me dijera entonces que yo, su admirador, su enamorado, haría, -tiempo andando, el papel de amiga envidiosa, poniéndome á buscarles con -la mayor sangre fría sus más pequeños defectos! El papel de crítico es -en verdad muy desairado, á veces odioso, pero como acontece también con -ciertos otros en las obras dramáticas, es absolutamente necesario para -el buen orden y progreso de la literatura. - -Bien que las novelas de Fernán-Caballero me encantasen siempre, no -dejaba por eso de pensar vagamente aun en los tiempos de mayor -entusiasmo que en ellas sobraba mucho. Ahora entiendo que falta no poco. - -Para comprender bien á Fernán-Caballero, es preciso tener presente, en -primer término, que sus obras no son la expresión pura y sencilla de una -fantasía que gusta de presentar al público la turba de imágenes que en -ella flotan; sino más bien la labor viva y apasionada de un pensamiento -batallador. La novela es para él un arma con que asalta las conciencias -y las somete á su imperio. Y ciertamente no he ser yo quien repruebe tal -uso, cuando responde perfectamente á la naturaleza de este género -literario, y no rompe con sus constantes tradiciones. La novela puede -servir y ha servido siempre para un fin social. Mas debo advertir, para -satisfacción de ciertos escrúpulos literarios, que antes que nada, la -novela es una obra de arte, y que como tal, su fin primero es realizar -belleza. Lo demás se le otorga por añadidura. La novela, como tal obra -de arte, puede, aunque no debe por necesidad, enseñar algo. De hecho -constituye un verdadero poder en nuestra sociedad, ejerce una influencia -legítima en nuestras costumbres, y en ocasiones ha buscado y hallado -arraigo para alguna idea peregrina. La tarea del crítico sobre este -punto consiste en observar de qué modo se ha llevado á cabo todo esto. -Nunca debe olvidarse de que es el defensor del arte contra los excesos -de la pasión ó las invasiones del espíritu didáctico. - -¿Cuál es la idea que agita el corazón femenil de Fernán-Caballero, que -mueve su pluma y se encarna en sus novelas? La idea del pasado. Por él -combate cuerpo á cuerpo, sin que le rinda jamás el sueño ó la fatiga, -manejando con febril entusiasmo una daga tenue y afilada, la sola arma -que puede sostener su delicada mano. Sus novelas, no son más, es decir, -son además de obras muy bellas, un diluvio de alfilerazos á nuestra -filosofía, á nuestras costumbres, á nuestra política. Son pequeños -cuadros de antaño, que por la suavidad del color, por su dibujo -primoroso y por su ambiente diáfano, quiere que contrasten con los -licenciosos cromos de hogaño. - -Espera que el lector, al contemplarlos, eche de menos aquellos -sabihondos frailes, aquellos severos padres, sumisos hijos y servidores -fieles, comprenda la santidad de aquellos respetuosos besos en la mano, -y la solemnidad de aquellos chocolates al amor del brasero. Todo lo cual -gozaron nuestros abuelos dentro de la sana moral y del temor de Dios. - -Y en verdad que el lector no deja de tener por ciertas las proposiciones -de Fernán-Caballero y de extasiarse con las tiernas escenas que nos -representa en sus cuadros. Mas como la funesta manía de pensar se ha -introducido en todas las cabezas y es un mal que no tiene cura, doy en -cavilar y da también el lector, pariente cercano mío, que para mudar de -vida y volver á las usanzas de nuestros progenitores es de toda -necesidad que Fernán-Caballero nos garantice: que los frailes serán -siempre sabihondos y mesurados, y no cicateros intrigantes, amigos de -darse buena vida y de revolver por solaz la ajena; los padres, siempre -comedidos, incapaces de contrariar la legítima vocación de sus hijos ni -de abusar de su poder por ningún concepto; los nobles, protectores -generosos de la debilidad, no insolentes disipadores de sus caudales. Y -después que todo esto nos garantice, es menester también que nos indique -los medios de volver este pícaro mundo al estado que apetece. Aunque -presumo que sólo se podrá dar cima á la empresa convocando una magna -reunión de los humanos y conviniendo entre nosotros, después de haber -estudiado minuciosamente cada una de las épocas históricas, cuál es la -que debemos preferir. Con esto, y con encargar á París que en vez de -sombreros de copa se fabriquen en adelante bonetes y chambergos y que -apaguen á toda prisa sus endiabladas luces eléctricas, podríamos tal vez -inaugurar de nuevo los tiempos de Mari-Castaña. - -¿Pero y el espíritu? ¿Pondríamos también bonete al espíritu? - -Las novelas de Fernán-Caballero son de las que un notario, que vive en -el cuarto segundo de mi casa, llama morales. Debo advertir que, según la -estética singular del infrascrito, las novelas no tienen otra división -que en morales ó inmorales. Y ningunas, con mejores títulos, pueden -incluirse en el primero de los grupos que las de nuestro ortodoxo -escritor. La moral entra por mucho, por casi todo, en sus obras; pero es -justo que haga una observación capital sobre este punto. La moral de -Fernán-Caballero no surge en la escena, engrandecida por el dolor y por -el combate, prestando eficaz respuesta y solución al sombrío -interrogatorio de la conciencia, disipando como un soplo de esperanza -las nubes siniestras que se agrupan en la frente del hombre de este -siglo. Es una moral de cortísimo vuelo destinada á colegialas de quince -años y á jóvenes que no hayan pasado en sus estudios de la segunda -enseñanza. No resuelve más cuestiones que las de la obediencia á los -padres, respeto á los mayores, castidad en las obras, palabras y -pensamientos, dulzura con los inferiores y misericordia con los -menesterosos. Es una moral de primera comunión. - -Mas aunque así sea, sacan ventaja y no poca sus novelas por más de un -concepto á la multitud de bastardas producciones difundidas por la -sociedad francesa de nuestros días. Ya que por su insignificante -trascendencia no dirijan el pensamiento hacia un ideal de perfección y -grandeza, abstiénense de perturbar los corazones y corromper las -costumbres como aquéllas. Pueden caer sin peligro en las manos de una -virgen. Son libros de misa un poco romancescos. En cierta ocasión -tropecé con un amigo mío, joven de gran inteligencia y muy conocido -entre nosotros por sus ideas radicalmente anticatólicas. Llevaba debajo -del brazo algunos libros que yo con poca discreción tomé en la mano sin -pedirle permiso. Eran dos novelas de Fernán-Caballero, y mi querido ateo -me confesó, con un ligero rubor, que iban destinadas á su prometida. - -No tenía por qué ruborizarse mi joven amigo. Á un estado de perfecta -inocencia (entendiendo que es un estado transitorio, imposible de -sostener como definitivo en la vida humana), convienen en un todo estas -novelas escritas con una pluma delicada y sumisa. Predicar la rebelión á -los jóvenes y muy particularmente al sexo femenino, sin justificar -plenamente esta lucha insensata con la sociedad; deslizar entre los -arrebatos de la pasión una multitud de dudas cuyo examen no puede -llevarse á cabo seriamente en los laberintos de una fábula, es, á mi -entender, uno de los caracteres que más afean y hacen peligrosa la -moderna literatura romancesca de Francia. - -Sin embargo, no todos en la sociedad van á la escuela y comulgan por -Pascua florida. Los más de los seres han dejado en los abismos del -tiempo sus quince años, y en los de la nada las puras ilusiones que los -acompañan. Hay muchos en los cuales el sentimiento religioso yace -amortiguado bajo el peso de la sensualidad ó del escepticismo. Las -novelas de Fernán-Caballero y su escuela no tienen poder, no tienen -rasgos bastante enérgicos para despertarlo en estos seres. La duda -amarga y deletérea de _Lelia_ no alcanza á disiparla la cándida y -mística sonrisa de Elia. Jorge Sand ha dado vida á un ser misterioso, -siniestro, imaginario, pero grande, porque expresa con notas desoladoras -la crisis de un alma grande. Fernán-Caballero, quizá con el secreto -intento de oponer la obediencia á la rebelión, la certidumbre á la duda, -el sosiego á la exaltación, ha engendrado un ser inmaculado y tierno, -pero que toca en los confines de la vulgaridad. - -Elia, criatura frágil é inocente, se rinde á la pesadumbre de una -preocupación social. Lelia alza su noble, pero asombrada frente, antes -de morir y exhala una blasfema imprecación. Elia muere, no ya sin -maldecir, pero sin comprender siquiera la injusticia que la mata. Lelia -rompe violentamente los moldes de la naturaleza femenina, y se lanza con -vuelo impetuoso en las regiones de la protesta y de la rebelión. Elia no -sale de estos moldes, pero sucumbe aceptando como santo uno de los más -torpes errores que ha engendrado el orgullo humano. Lelia se revuelve -con acento inspirado, aunque colérico, contra los egoísmos y sinrazones -de la sociedad. En Lelia hay un derroche de genio. En Elia hay un -derroche de moral. - -La trascendencia que nuestro novelista piensa comunicar á sus obras, no -se deriva de su concepción y desenlace, débiles ó insignificantes las -más de las veces, sino más bien de una multitud de ideas esparcidas sin -gran razón y pertinencia por el curso de ellas. Sus personajes más -simpáticos se pronuncian casi siempre por el antiguo régimen, y baten en -brecha por medio de una argumentación poética ó irónica, todo menos -profunda, á los desdichados ó ignorantes que representan la edad -moderna. Así se da el caso en una de sus obras, de que una cocinera -arrolle discutiendo alta filosofía á un sabio doctor enciclopedista. -Cuando no tiene liberales con quien habérselas, Fernán-Caballero la -emprende con los paganos, y se irrita grandemente porque aquellos ciegos -adoradores de Júpiter grababan sobre sus tumbas el _sit tibi terra -levis_[4], en vez del _requiescat in pace_. De los accidentes más nimios -de la vida quiere sacar razones para la apologética católica. Por todas -partes trata de ir á Roma. - -Tiene una sensibilidad religiosa que sabe aspirar lo que de poético hay -en la pompa del culto, y en el ritual de las ceremonias eclesiásticas; -una sensibilidad que algún sacristán llamaría _de rúbrica_. Pero es -intransigente en este punto, como el Breviario, y para no incurrir en -sus iras, es necesario conmoverse á misa mayor. ¡Desgraciados aquellos -que son insensibles al incienso y al órgano! Sobre ellos cae sin piedad -todo el negro de su paleta. - -Mas aparte de estas intransigencias y exageraciones, no puedo negar que -me complace más ver una pluma femenina al servicio de la religión, que -sirviendo de intérprete á las vacilaciones y combates de nuestro siglo. -El espíritu de la mujer es esencialmente receptivo, conservador, se -amolda fácilmente á toda realidad, aun la más dolorosa, y extrae de -ella los elementos de belleza y armonía que contiene. La mujer no debe -participar de nuestras dudas y sufrimientos, porque se quebraría como se -quebró _Gloria_. Esperemos para introducirla en el mundo agitado de -nuestra conciencia religiosa á que hayamos conseguido arrancar á la duda -su cabellera de sierpes para ofrecérsela, al modo de los antiguos -guerreros de la América, como trofeo de nuestro combate. - -La inspiración de Fernán-Caballero es la que más conviene á su sexo; una -inspiración suave y delicada que reposa dulcemente en el seno de la -religión. Es capaz de describirnos con admirables toques la psicología -simplicísima que se encierra en el pecho de una virgen, pero su pincel -diminuto no tiene fuerza para trasladar los surcos terribles que abre la -pasión en el corazón del hombre. Se advierte en este pincel la falta de -firmeza y costumbre que caracteriza al artista femenino, mas en su lugar -se observa la ternura y sagacidad que también le caracterizan. Se -presenta como paladín de la fe católica, de la política monárquica y de -las costumbres añejas, pero siempre expresando amor apasionado á la -causa que defiende, no con esos refinamientos y artificios hipócritas -que hoy despliegan los que se cobijan bajo la bandera de la tradición. -Con su amor y su entusiasmo quiere infundir el alma en el cadáver del -pasado, como uno de esos soplos de aire tibio que en medio del invierno -vienen resueltos á dar vida á la naturaleza muerta. - -La traza y disposición de sus novelas no pueden ser más sencillas. La -sencillez es una hija predilecta de la realidad, aunque la realidad por -sí misma no sea el arte. Para que el arte aparezca, es necesario que en -la realidad penetre la idea, porque lo real sin idea no es más que lo -trivial. Y lo trivial es precisamente el escollo en que tropieza con -frecuencia el esquife de Fernán-Caballero. Sus caracteres no dejan de -tener realidad, pero son casi siempre adocenados y vulgares: no han -recibido el soplo del arte que los trasfigura sin arrancarles su -realidad. Téngase presente, además, que se esfuerza con censurable -empeño en derramar sobre el personaje que encarna las ideas que aborrece -todo el veneno de su pluma, privándole, no sólo de las virtudes más -corrientes, sino hasta de una regular educación. Formar caracteres de -una sola pieza no indica más que ausencia de recursos para obrar con los -que están formados de varias, redunda en grave menoscabo de la verdad y -disminuye en no poco el interés de la novela. - -Las situaciones que describe tienen verdad y sentimiento, pero vuelvo á -repetir que esto no basta. El fin de la novela no es conmover el corazón -y hacer derramar lágrimas, sino despertar la emoción estética, la -admiración que produce lo bello. Nunca se hiere en vano la fibra del -sentimiento; nunca se representan cuadros lastimosos de las desdichas -humanas, ya sean estos cuadros en alto grado dignos de lástima, desde el -punto de vista del Arte, sin afectar nuestra sensibilidad. Además, hay -lágrimas que se derraman por el buen parecer, porque _no digan_, sobre -todo viendo dramas. En la representación de uno titulado..... (suprimiré -el título), al morirse el protagonista de una enfermedad no muy bien -diagnosticada, en lo más patético de su discurso, hube de sufrir un tal -ataque de risa, que desperté en torno mío fuertes murmullos de -desaprobación y aun de amenaza. Los padres fruncieron el entrecejo en -manifiesta señal de desagrado; las madres lanzáronme miradas cargadas de -rencor y de odio; las niñas posaban sobre mí sus ojos velados por las -lágrimas con mezcla de indignación y de asombro. Nunca se viera corazón -más empedernido. Y sin embargo, yo presumo de tenerlo blando en demasía. -Cuando niño he salvado muchos gorriones de las manos de mis -condiscípulos. Lo que hay es que soy un poco romano, y cuando un hombre -muere en escena y no en una alcoba de su casa, exijo, como á los -gladiadores, que muera con gracia. - -El estilo de nuestro autor es sencillo y poético. Su lenguaje, aunque -padece notables incorrecciones, es, por lo general, franco y animado, en -ocasiones lleno de color y armonía, reflejando la vívida luz, los -argentados celajes de la Bética, repercutiendo los mil rumores de sus -bulliciosas ciudades, devolviéndonos todo el perfume de su embalsamado -ambiente. - -¡Triste cosa, por cierto, que un escritor que tan bien siente la -naturaleza, la combata con tal encarnizamiento! - -[Illustration] - - - - -D. PEDRO ANTONIO DE ALARCÓN - - -[Illustration: C]OMO soy un sí es no es escrupuloso, me asaltan ciertos -temores de no ajustar mi crítica á la «constante y perpetua voluntad de -dar á cada uno su derecho». Todo el mundo sabe que el Sr. Alarcón se ha -cortado la coleta, para dedicarse á reaccionario. Y yo, que en punto á -reaccionarios me atengo á Perier y al Padre Sánchez, y no deseo conocer -ni tropezar con otros, me veo ahora en un aprieto al dar con mi pluma -sobre otro de la misma camada. - -Cualquiera creerá, si digo algo malo del Sr. Alarcón, que me impulsa á -ello la pasión política. Pongo por caso: figúrense ustedes que afirmo -que Alarcón es elocuentísimo cuando describe los _arremangados brazos_ y -la _soberana pierna_ de la señá Frasquita, y torpe y descolorido al -pintar la faz pálida y enjuta del Padre Manrique. ¡Qué apasionado! ¡qué -injusto! Y con este anatema sobre la cabeza no hay medio de que un -hombre de bien emita su juicio sobre otro hombre de bien y de orden. - -Y no obstante, yo estoy firmemente convencido, no sólo de las anteriores -afirmaciones, sino de que el Sr. Alarcón, en el santuario de su -conciencia, sigue más aficionado á los brazos y á las piernas de la señá -Frasquita que á la carne de momia del Padre Manrique. - -¿Pero qué tiene que ver esto con la política? - -¡Ay! cuando llegue á Pérez Escrich, verán ustedes cómo no le pregunto si -es cantonal ó retrógrado. - -Fué en un viaje cuando trabé conocimiento con el Sr. Alarcón. Iba desde -Palencia á Valladolid. Por cierto que en este trayecto el paisaje y la -tarifa de ferrocarriles son á cual más despiadados. No concibo cómo -nuestros Alfonsos y Fernandos hicieron verter tanta sangre por adquirir -algunos palmos de esta tierra, mejor dicho de este polvo. - -Así, que huyendo aquella vista aflictiva cerré los ojos y me dispuse á -dormir. En el espacio de media hora tres veces cogí el sueño y tres -veces me lo arrebató de entre las cejas la presencia de un empleado, que -sacudiéndome con delicadeza, eso sí, me demandó el billete para hacerle -unos agujeros cabalísticos. ¿Se quiere usted quedar con él? dije yo al -fin esperando salvar mi cuarto sueño. No, señor. Pues entonces déme -usted cualquier libro, ó haga por que descarrile el tren á ver si logro -no aburrirme tanto. El empleado de la empresa sonrió con benevolencia y -sacó de la faltriquera dos ó tres librillos muy sobados que decían sobre -el forro: «Biblioteca de viaje». Le di las gracias. Contenían varias -novelas de Alarcón, _¿Por qué era rubia? Coro de Ángeles, El final de -Norma_ y algunas otras. - -Las devoré como pan bendito, y el autor que las confeccionara se -introdujo por derecho propio en mi estimación. Son animadas, picarescas, -llenas de color y donaire. En verdad que al recordarlas deploro -amargamente la austeridad que sombrea su última producción romancesca. -Se conoce que el Padre Manrique le tiene aterrado con sus lucubraciones -de ultratumba. - -Me agradaron y contribuyeron en casi todo á hacerme soportable el mundo -gris que se percibía por las ventanillas del carruaje. En efecto, son -frescas, risueñas, campechanas. Bien se echa de ver que no han pasado -todavía por la sacristía. Son pequeñitas, vivarachas, bien torneadas -como las niñas de Guadix, y sobre todo ¡tan poco mojigatas! ¡Oh, Dios! -¡cómo me gustan á mí las niñas de Guadix! Pero no confundamos lo -abstracto con lo concreto. Debo afirmar que sus formas son inmejorables -(las de las novelas, no las de las niñas), que están escritas con -lenguaje castizo y flúido y salpimentadas feliz y largamente. - -Paso por alto un tomo de poesías, que bien mereciera pasarse por bajo, y -hago merced también del _Diario de un testigo de la guerra de África_, -de las _Cosas que fueron_ y de alguna otra producción literaria del -autor, para convertir mi atención y mi crítica al _Sombrero de tres -picos_. - -Si yo le dijese al Sr. Alarcón que el _Sombrero de tres picos_ es lo -mejor que ha hecho en su vida, tal vez mostrase mal talante y se doliese -de que tomara por obra maestra lo que sólo aparece como fruto del -esparcimiento y no de la meditación. Sin embargo, cuando los ocios del -ingenio dan por resultado obras como la ya mencionada y la actividad -exquisita del espíritu engendra producciones como _El escándalo_, yo, á -despecho del Padre Astete, me declaro campeón de la pereza y lucho en -campo abierto contra la diligencia. - -Y es que en las obras de arte juega la espontaneidad un gran papel, y -entiendo que es más cordura en un autor consultar primero al poder que á -los deseos. El que ejecuta aquello para lo que sirve ó se siente -llamado, es mil veces superior al mayor ingenio si éste, desconociendo -su vocación, se empeña en tareas imposibles y absurdas. Mas no -anticipemos los comentarios. - -La historia verdadera ó fingida que se narra en el _Sombrero de tres -picos_ era conocida de todos los españoles. Yo había recibido la -patriótica tradición de los labios autorizados de un sujeto que en otro -tiempo había tenido la debilidad de dar de puñaladas á su legítima -esposa. El hado adverso, en figura de Código penal, quiso que fuera á -pasar una temporada á Ceuta ó al Peñón de la Gomera, no estoy bien -seguro dónde, y de allí nos trajo la historieta cuya relación solía -acompañar con juegos malabares, algunos saltos y no pocas muecas. - -Líbreme Dios de hacer ningún cargo al Sr. Alarcón por haber tomado como -fundamento de su novela el antiguo cuento andaluz. Los asuntos son del -que mejor los trata, y es necesario convenir en que este asunto lo ha -tratado mucho mejor Alarcón que Palicio (así se llamaba el sujeto). - -En esta novela el autor nos hace la señalada merced de no meterse en -filosofías. Dos cosas son las que no he podido digerir en mi vida: los -langostinos y la filosofía de Alarcón. Sí, es preciso hacer constar que -las arenas de la filosofía no han enturbiado todavía su inmaculada -ignorancia. En esta obra todo es propiedad del Sr. Alarcón. No así en -otra más reciente hecha en colaboración en _El Siglo Futuro_. Créame el -Sr. Alarcón; más vale beber el agua en el hueco de la propia mano que -por un vaso sucio. _El sombrero de tres picos_ está escrito con una -pluma retozona. Yo le perdono de buen grado su travesura. ¿Pues para qué -nos ha dado Dios la pluma? En primer lugar, para decir pestes del -Gobierno, después para manifestar lo que exista dentro de nuestro -espíritu. Soy bien pensado y no creo que en la mente del Sr. Alarcón -haya ningún _escándalo_ y sí muchos _sombreros de tres picos_. - -Acerquémonos á los personajes de esta novela. A ninguno de mis lectores -le pesará de que le acerque á la señá Frasquita la molinera. Es todo -una buena moza, según nos asevera el autor. Pero cuidado con ella, que -es arisca cuanto hermosa. Me río yo del ascetismo de la pluma que la -trazó. El tío Lucas, de profesión molinero y por ende consorte de la -escultural molinera, es un hombre, aparte de la joroba, muy recto, muy -firme y muy honrado. La señá Frasquita y él se llevan á las mil -maravillas. Mas hete aquí que estos esposos felices tenían costumbre de -recibir por las tardes en su molino á una porción de conservadores. Uno -de ellos, el corregidor de la ciudad, se enamora de la señá Frasquita; -¡vaya una gracia! Lo que sí tiene gracia y mucha es la escena en que el -corregidor declara su amor á la molinera, mientras el tío Lucas, -cómplice de su mujer en esta broma, la presencia encaramado en una -parra. El jiboso y baboso corregidor prepara, con la ayuda de su -alguacil _Garduña_, una emboscada á la virtud selvática de la señá -Frasquita. Aleja al tío Lucas del molino cierta noche, prevaliéndose de -su autoridad. Esto es muy feo, como ustedes comprenderán. Pero aún más -feo es el papel que el lúbrico gobernador se vió precisado á representar -ante la inexpugnable molinera. Chorreando y tiritando de frío por -haberse caído en la acequia al emprender el asalto del molino, se -presenta el valetudinario galán á la señá Frasquita, que lo recibe con -un trabuco á la cara. El bizarro corregidor se desmaya, no sabemos si de -frío, ó de susto, ó de rabia. La señá Frasquita lo abandona y corre en -busca de su esposo, que debe hallarse aprisionado en el lugar -inmediato. Mas el tío Lucas, que le había dado mucho en que pensar la -extraña detención que sufría, consiguió fugarse y vuelve presuroso á su -molino con la duda y la ansiedad en el corazón. En el camino se cruzan -los dos esposos montados en sendas burras, pero no se reconocen. El tío -Lucas entra en su casa y ve sobre unas sillas las ropas del corregidor -tendidas á secar. Empuña el trabuco que pocos momentos antes había -servido para defender su honra, y sube la escalera que conduce á su -cuarto. Por el agujero de la llave contempla el infeliz esposo la -grotesca figura del corregidor sobre su lecho conyugal. No ve más, pero -da por cierto que su esposa también se encuentra allí y se apercibe á la -venganza. La muerte de los culpables, sin embargo, le parece poco. Mejor -es el sarcasmo, la befa, para castigar tal ofensa. El demonio de la -venganza le sugiere una muy original. El tío Lucas tiene un parecido -notable con el corregidor. Se viste aceleradamente con las ropas de -éste, y balanceándose como él se encamina hacia la ciudad murmurando con -expresión satánica: - -¡También la corregidora es guapa! - -Este capítulo está admirablemente escrito. Lo digo á boca llena. - -En tanto que el tío Lucas se dirige á la ciudad en alas de su venganza, -la señá Frasquita, después de poner en pie á la autoridad municipal del -pueblo donde su esposo debía encontrarse prisionero, y visto que se -había fugado, vuelve con el alcalde á toda prisa hacia el molino -sospechando que el tío Lucas estaría ya en él haciendo lo que su corazón -resentido le dictara. Se encuentran al corregidor disfrazado por -necesidad de molinero, lo cual da lugar á una escena cómica de buen -efecto, y una vez enterados todos de la resolución, puesta ya en vías de -hecho, del tío Lucas, marchan á la ciudad á fin de resolver aquel -conflicto. - -Llegan á deshora á las puertas del corregimiento. Al corregidor vestido -de tío Lucas le cuesta muchos sustos y algunos palos el penetrar en su -casa. Una vez dentro, se presenta su esposa y después el tío Lucas y -tiene lugar una escena en que todo se arregla, todo se conjura, no sin -dar motivo antes á muchos y muy graciosos episodios y á algunas frases -felicísimas del narrador. - -En este incidente romancesco, fruto genuino de la tierra donde se -escribió, resulta demostrado que Alarcón es un escritor nacional, -ingenioso, castizo y picante. - -¡Líbrenos Dios de que se le antoje ser profundo! - -Veamos _El escándalo_. Antes de empezar su examen, signémonos en la -frente, en la boca y en los pechos y digamos: _Yo pecador me -confieso..._ El asunto es una confesión, no la _confession d'un enfant -du siècle_, sino la _d'un enfant gatté_. Dura cuatrocientas treinta y -tres páginas en cuarto. Padre Alarcón, yo pecador os confieso que me -habéis levantado un gran dolor de cabeza y me habéis dejado los pies muy -fríos. Tengo además la franqueza de anunciaros que no he comprendido -gran cosa de vuestro pensamiento filosófico. Pésame, señor, de no -haberos entendido y prometo enmendarme así que escribáis más claro. - -Fabián Conde, joven, rico, disipado y no muy largo de alcances, tiene un -grave caso de conciencia que solventar. Marcha á proponérselo á un -jesuíta nombrado el Padre Manrique, que habita de paso en esta corte. -Debo advertir, para mayor edificación de mis lectores, que el joven -Fabián no va á confesarse como un penitente vulgar, sino guiando por sí -mismo elegante _charrette_. Una vez en la celda del Padre Manrique, -Fabián cuenta á su merced punto por punto toda su vida y milagros, la de -su papá, la de su novia y la de todos sus amigos. Compadezco de todas -veras á su paternidad; y para no verme en el caso de compadecer también -á mis lectores, me abstendré de reproducirla. Es forzoso, no obstante, -que sepan que Fabián, entregado desde su niñez á los placeres del mundo -y á los desenfrenos del vicio, manteniendo relaciones adúlteras y -enamorado de una niña inocente, era todo un filósofo, un filósofo -escandaloso. Vase á confesar y principia por declarar á su confesor á -boca de jarro que no cree en Dios. El confesor, es natural, no le hace -caso, y en vez de convencerle de que sí lo hay, le endilga un manojo de -preguntas de mucho efecto. - -Pero no entremos en teologías. La trama de _El escándalo_ es una madeja -enredada, inverosímil é interesante. Debemos reconocer á este libro el -mérito de mantenerse firme en las manos del lector hasta que se -termina. - -Hoy que son tantos los que se doblan tristes y mustios buscando el santo -suelo, mientras se alza de sus virginales párrafos espeso vapor que -entorna la cabeza y cierra los ojos del que se aventura á leerlos, es -grato encontrar uno tan erguido, tan vivo y tan nervioso. - -Los caracteres... ¿pero dónde están los caracteres? Figuras toscamente -talladas, arlequines cubiertos de oropel, adefesios literarios, eso son -los personajes de _El escándalo_. Causa verdadero asombro el que Alarcón -haya podido dar interés á su novela con semejante personal. - -Fabián Conde es un mancebo de todo punto insignificante, dibujado con -agua fresca para que no se le perciba. En cambio, Diego está pintado con -el rojo más subido de la paleta. El Padre Manrique es un sabio, porque -así lo dice el autor; cualquiera creería otra cosa. Lázaro es la -encarnación más viva de la inopia de Alarcón, de su total ineptitud para -trazar un carácter moral, verdadero y humano. Gabriela y Gregoria son -las figuras más correctas, pero no escapan tampoco á la exageración que -inunda toda la obra. - -Queremos terminar estos apuntes, dirigiendo una súplica al Sr. Alarcón. -Suplicámosle de todas veras, con la conciencia limpia de toda prevención -malsana, y por su propio interés más que por otro alguno, que torne, y -torne cuanto antes, á su _antigua manera_ de componer novelas frescas, -animadas, risueñas, sin caracteres y sin filosofía. - -Esa filosofía es una calumnia que el Sr. Alarcón se ha levantado á sí -mismo. Yo debo protegerle contra su propia injusticia y pregonar muy -alto, _urbi et orbi_, que en punto á filosofía el Sr. Alarcón se halla -_tanquam tabula rasa_, y que si un día se ha atrevido á escribir una -novela trascendental, fué que el diablo le tentó, y que se le perdone -por esta vez, que no lo volverá á hacer. - -[Illustration] - -[Illustration] - - - - -D. JUAN VALERA - - -I - -[Illustration: A]TRÁS, sueños regalados de la edad romántica, visiones -placenteras ó terribles de fantasías enfermas, mundo fulgurante de -bellezas inmarcesibles, de heroínas impalpables, de caballeros -indómitos! Huíd por siempre, forjadores calenturientos de aventuras. Ya -no queremos penetrar por puentes levadizos en castillos encantados, ni -tañer la cítara al pie de ninguna reja, ni darnos de estocadas en ningún -callejón hediondo, ni comerciar con astrólogos fingidos, con rodrigones -ásperos ó con ascetas idiotas. Marchad á sepultaros en vuestras -profundas cavernas, enanos y gigantes, gnomos, grifos y vestiglos. - -Los rayos de luna nos hastían, las ventanas ojivales nos apestan y ya -por nada en el mundo asistiríamos otra vez á una caza de jabalí con el -señor feudal. - -Necesitamos un género romancesco más positivo y más serio. ¿No veis qué -positivos son nuestros paletós? ¿Qué grave y metafísico nuestro sombrero -de copa? Lo que hemos perdido en garbo, lo ganamos en discreción y en -mesura. - -El novelista que hoy nos quiera deleitar, ha de ser observador, sagaz é -inteligente, ha de pintarnos la vida real con acierto y con verdad, nos -ha de presentar en relieve caracteres y tipos morales, ha de ser -novelista y psicólogo, y además un poco metafísico. - -La metafísica es nuestra pasión más decidida. Troya se perdió por -Helena; Cánovas por la Constitución interna; nosotros nos perderemos por -la metafísica. Cuando digo nosotros, quiero decir el Sr. Valera[5]. - -La novela ha sido hasta ahora en España, dejando á salvo los eternos -modelos clásicos, una joven bastante ligera de cascos, muy predispuesta -á marcharse con el primer forastero que sonase en los pies lucientes -espuelas, que arrebujase su rostro con blanco y flotante albornoz, que -hiciese temblar al compás de sus pasos airosa pluma en el sombrero. -Galdós ha hecho de ella una mujer discreta y hermosa. Valera la ha -convertido en profesor de la Institución Libre de Enseñanza. - -No diré yo que no me gusten las obras de Valera. Me encantan -sobremanera. Pero siento que ese barniz metafísico que sobre ellas -extiende las haga impenetrables para la mayoría de los lectores. - -Todo es asunto de dosis en este mundo. La metafísica en las obras de -arte es preciso administrarla con mucho cuidado. Debe ser acción más que -discurso y fruto de la intuición más que del estudio. - -El procedimiento artístico que Valera emplea en sus novelas es el mismo -que han adoptado todos los novelistas psicólogos. Poner frente á frente -la vida ideal y la real, para que de este contraste resulte una -enseñanza, una elegía ó una sátira. En las obras de Valera resulta -siempre una sátira. Mas el pensador hace enmudecer hartas veces al -artista. Se observa esto en el vagar con que escruta y describe los -misteriosos senderos del alma, lo mismo que en la ligereza con que roza -los trillados caminos de la vida real. - -La sátira que resulta de sus novelas, principalmente de _Las ilusiones -del Doctor Faustino_, es el castigo del idealismo, pero aun este castigo -resulta ideal. No parece sino que el autor, en fuerza de estudiar el -espíritu de la víctima en quien va á consumarse el escarmiento, se -enamora de ella. Así que, cuando el castigo se presenta, el lector se -niega á admitirlo como tal, y lo considera como una desgracia fortuita é -inmerecida. A las novelas de Valera, como no son dramáticas no se las -debe pedir un interés vivo, un enredo complicado, ni tampoco esa -brevedad y rapidez que caracterizan al drama. Tal vez por no tener bien -presente esto se han dirigido á Valera reproches inmerecidos que -debieran compartir con él, por hallarse en caso semejante, Cervantes, -Goethe y Juan Pablo. ¿Qué enredo tienen el _Quijote_, el _Wílhelm -Meister_ y el _Maestro de escuela Wutz_? Sólo un enredo moral. El azar -apenas juega papel en estas producciones reflexivas. - -No tiene fundamento, pues, á mi entender, la censura de pobreza en la -acción que se dirige á las obras de Valera. Su acción es más interior -que exterior, y camina en esa lentitud propia de un género tan cercano á -la epopeya. - -Mas si no demandamos á estas obras lo que siendo fieles á su índole no -pueden otorgarnos, sí podemos exigirles ciertas cualidades que les son -propias. El carácter, que expresa el elemento espiritual, tan -preponderante en las obras que examinamos, no será jamás una entidad -abstracta, debe formar en las filas de la humanidad como individuo, por -más que la exprese toda por la grandeza del pensamiento ó la energía de -la voluntad. La descripción ha de ser viva, fiel y acalorada. La -digresión filosófica, lo mismo que la episódica, que son obligado -acompañamiento de este género de novelas, deben ser oportunas y poco -disertas. Sobre todo téngase presente que si el lector las admite y las -goza al principio y al medio de la obra, cuando ésta toca á su fin, le -turban sobremanera. Conviene también que el desenlace no sea, por ningún -concepto, obra del azar, sino efecto y resultado del pensamiento -generador de la obra, manifestándose por un rasgo peculiar del carácter -principal ó por otro medio cualquiera. - -Ahora bien, estas cualidades que Cervantes llevó al más alto grado de -perfección, creo verlas otra vez en _Pepita Jiménez_, la obra más -primorosa del señor Valera. - -Las novelas de Valera son fruto de la inspiración, pero van -poderosamente auxiliadas, como las de Goethe, por el estudio. Hay -quien supone que el estudio perturba la inspiración. Yo no creo que la -cultura del espíritu entorpezca poco ni mucho los vuelos de la fantasía. -Cuando la inspiración es robusta, lleva con facilidad sobre sí el fardo -de la ciencia, y de inspiraciones que no sean robustas ¡líbranos, Señor! - -Figurémonos á un poeta encajonado en su inspiración y aprestándose á -emprender su vuelo por las regiones del arte. ¿Qué podréis añadir á su -equipaje que no le estorbe? Añadidle unos agujeritos al cajón por donde -pueda ver más claramente los parajes que va á recorrer. ¿No es verdad -que no le pesarán cosa? El hombre de ciencia, como el Sr. Valera, puede -pintar más, porque ha visto más. Entiendo yo (como diría un orador del -Ateneo) que para hacerse cargo de lo que es la oscuridad, basta cerrar -los ojos. Pero ¿quién puede comprender la luz sin haberla visto? - -Si hemos de penetrar ahora en el fondo de sus novelas, no dejaré de -gritar antes que está muy turbio. De este modo el lector, si yo no pongo -en claro el asunto, ¡es claro! echará la culpa al autor. - -Pues como iba diciendo, el Sr. Valera es un conservador que hace novelas -de oposición. Una vez he leído en Aristóteles que al hombre se le puede -conocer por sus dioses. ¿Por qué no hemos de conocer al novelista por -sus héroes? Los héroes del Sr. Valera tienen mucho talento, son -espirituales, discretos, hablan correctamente; en fin, no son -conservadores. _No tienen de ellos más, si bien se mira_, que la afición -á la holgura y al regalo. - -Porque, eso sí, los héroes del Sr. Valera discurren mucho y bien, pero -siempre sobre el modo de pasarlo mejor en este pícaro mundo. Confieso -que el hombre, lo mismo que el reaccionario, tiende por su misma -naturaleza á no separar los ojos de la tierra, pero es conveniente que -en las obras de arte se les muestre alguna vez el cielo. En las obras -del señor Valera no hay cielo. Debo establecerlo así, aunque comprometa -la dicha que le espera como ferviente constitucional. Pero esto no -infiere detrimento alguno á su condición de novelista. Si el hombre es -libre, como manda la Santa madre Iglesia, puede pensar lo que mejor le -parezca. Lo único que rogaría á todo hombre es que, si le fuera posible, -pensara con la profundidad y con la gracia que el señor Valera. ¡Pero -quién va á rogar esto á Pérez Escrich! - -Valera concede á la vida un valor absoluto, pero á esta vida terrenal, -porque respecto á la otra parece que ya sabe á qué atenerse. Un -novelista que ama la vida tiene mucho adelantado para hacerse simpático. -Esa literatura de catafalco cultivada por la literatura romántica nos -hace soñar con los difuntos. - -Presentadnos la vida apetitosa ¡oh novelistas!, puesto que no tenemos -más en que escoger. - -¡Cómo sonríen los cuadros de Valera, haciéndonos guiños, invitándonos á -gozar de lo que hoy se llama actual momento histórico! ¿No veis qué -dichoso ha sido D. Luis de Vargas por haber dado en el clavo, y cuán -infeliz el alcaide perpetuo de la fortaleza de Villabermeja por machacar -tanto en la herradura? Acertar ó no acertar: he aquí la cuestión. Se me -figura que estoy plagiando á Shakspeare. Á pesar de eso no teman ustedes -que le injurie. - -Dicho sea entre nosotros, Valera no pinta virtudes, sino pecados; pero -son pecados veniales, de esos que bien sería confesar, aunque no es -necesario, y por los cuales aún vive Campoamor. Escriba usted, Sr. -Valera, que el mundo lee. Esos pecados, que si fuera zagala llamaría de -los hombres, no han perdido nada de su atractivo con el descubrimiento -del vapor y del telégrafo. Aún hay encuentros en el amor y besos en el -bosque, ó al revés si ustedes quieren. Esta generación no es tan -desgraciada como suponen mis amigos los ultramontanos. Le falta fe, pero -todavía hay algún día de fiesta. Todavía se gozan por el mundo fáciles -digestiones, rayos de luna y novelas de Valera. Vean ustedes, yo me -dedico al periodismo, voy sorteando lo mejor que puedo á las patronas, y -no lo paso del todo mal. Pero me alejo del Sr. Valera, por contarles á -ustedes lo que no les importa. - -El molde de sus obras es antiguo. Es el mismo que usaran Cervantes, -Quevedo y Diego Hurtado de Mendoza; esa prosa llena de efectos, de -colores, de imágenes, de reflejos que deslumbran. - -Confesando que tal estilo es buscado y que palpita bajo sus laberintos -el esfuerzo, para mí es el lenguaje del artista. Con este lenguaje los -objetos no se expresan en su desnuda realidad, sino que por sí tienen -una vida propia, superior, sin ser opuesta, á la que anteriormente -poseían. Cierto que alguna vez el refinamiento de la frase llega á tal -punto que nos muestra el objeto indeciso y tembloroso, como si el humo -azulado del cigarro se esparciera sobre él; pero aun así, prefiero los -excesos del color á la anemia del estilo. - -El contenido es moderno. Está constituído por un fondo contradictorio de -filosofía, aspiraciones tradicionales, escepticismo, frivolidad, ironía -y profundidad, caracteres los más extraños y más difíciles de explicar. -Es un ateneo racionalista que discute la existencia del Ser Supremo en -la resonante nave de una catedral gótica. - -El Sr. Valera mantiene enhiesto hoy el estandarte de la fantasía -satírica, que con tanto brío empuñaron en nuestra patria Cervantes, -Quevedo, Mateo Alemán y Larra. Esta fantasía no es otra cosa que el -capricho de un espíritu grande, erigido en fuente de inspiración. -Consiste en la sucesión variada y dramática de los cuadros, en el -contraste de las combinaciones de todos los elementos reales, en una -libertad celosa y prevenida contra toda regla, en una mezcla de -sagacidad y gracia, de frivolidad y fuerza, de crueldad y delicadeza. - -Mas á esta arpa vibrante y sonorosa, henchida de profundas notas, le -falta, como á la de Quevedo, una cuerda más dulce y armoniosa que -ninguna, la cual acompaña el cántico de sus hermanas con triste y -melancólica voz: la cuerda del sentimiento. Valera carece de -sentimiento, carece de emoción. Detrás de su risa, quizá se esconda un -pensamiento noble, un juicio recto y sereno, nunca se encontrarán -lágrimas. - -No se vislumbra un rayo de fe, de esa fe que engendra el heroísmo, el -amor eterno y el desapego de la vida. Sólo se ve una concepción clara y -positiva de la existencia, un buen sentido inalterable, una realidad -perfecta. - -No hallaréis en las obras de Valera expresada la idea de la -trascendencia y de lo absoluto. Todo es relativo, todo es fenomenal, -todo es mundano en sus concepciones. Con cierto menosprecio -aristocrático detesta la vida humilde y popular, la virtud media, las -alegrías y las tristezas de las gentes sencillas. Le cautivan en cambio -los trabajos vivos y apasionados que se realizan en los espíritus más -altos, le preocupan sus vacilaciones, sus luchas y sus desgracias. - -Aquí ya encuentro un poco exclusivo al Sr. Valera. No le aconsejaré que -como Zola vaya de taberna en taberna recogiendo malas palabras y peores -acciones; que no son dignos en verdad esos lugares de que un tan -cumplido caballero los visite. Pero sí me atreveré á indicarle que -Goethe, padre natural y legítimo del género que con tan buena fortuna -ha introducido en nuestra patria, ha derramado siempre los tesoros de su -fantasía en las moradas más humildes y en los corazones más sencillos. -No se olvide el ilustre novelista de ponernos en contacto con seres -semejantes á nosotros. Cuanto más semejantes, más nos inflamarán sus -alegrías, más nos enternecerán sus desdichas. Alambicando los -caracteres, como alguna vez lo hace, y separándolos demasiado del común -de las gentes, empezamos á mirarlos con recelo, sospechamos que no -piensan tales cosas como el autor dice, y llegamos á creer que quieren -darse tono. Esa incesante meditación fatiga y seca el alma. Yo creo que -hay algo en este mundo que se debe derramar de cuando en cuando. Sr. -Valera, ¿por qué no nos hace usted derramar alguna lágrima? ¿Por qué -alumbrará usted tanto y calentará tan poco? - -Mire usted, Sr. Valera, yo he tenido una novia, aunque me esté mal el -decirlo, y me pidió una novela, y yo le di una de las que usted -escribió, y á los pocos días me la volvió diciéndome que no le había -gustado, lo cual me causó mucho disgusto, porque me di á pensar que el -dueño de mi corazón era tonto. Después reflexioné más, y me convencí de -que el tonto era yo, es decir, usted, que no había sabido darle gusto. -Porque á usted, á quien todo se le alcanza, no debió escapársele que mi -novia iba á leer sus novelas. Y entonces, ¿por qué no las ha escrito de -suerte que le gustasen, vamos á ver, por qué? - -No todos me comprenderán, pero usted, que tiene tantísimo talento, -sabrá perfectamente que hay un problema estético detrás de esa pregunta. - -Mas si no logra dar solución á este pavoroso problema (como diría un -orador del Ateneo), si no triunfa de las mujeres, en cambio, á todos los -que ceñimos nuestras sienes con el laurel de un título académico, bien -sea el de abogado, farmacéutico, perito agrimensor, etc., etc., nos -tiene materialmente hechizados. Todos, todos convenimos en que Valera es -un novelista profundo, intencionado, ameno y sabroso cual ningún otro en -nuestra patria. Un ingeniero agrónomo que ha viajado mucho, asegura que -no lo hay tampoco mejor en Europa y en América. Cuando hablamos de su -lenguaje, los abogados, ingenieros y farmacéuticos, no encontramos -calificativos bastante lisonjeros. El lenguaje no es, como se dice, -patrimonio del hombre: es patrimonio de Valera. Yo tornaría á describir -nuevamente este lenguaje clásico y romántico á la vez, si tuviera -seguridad de encontrar quien me oyese. Porque lo que es en este momento, -francamente, no se me ocurre más sobre el Sr. Valera. - - -II - -La religión, cosa muy santa y muy digna de que los hombres la tomen por -lo grave, puede ser trasformada, merced á ilusiones fantásticas y -quiméricas imaginaciones propias de la edad juvenil, en un verdadero -libro de caballerías. Así como en la edad madura el hombre se aplica á -convertir en sustancia cuanto se halla dentro del radio de su horizonte -moral y sensible, solidificando, por decirlo así, el ambiente que le -rodea, del mismo modo el joven cifra su empeño en convertir en flúido -imponderable, en humo, en nada, cuanta sustancia miran sus ojos y tocan -sus manos. - -El mundo gaseoso que todos hemos habitado por mayor ó menor lapso de -tiempo, está impregnado de una pasión omnipotente, pero oscura y arcana -aun para el mismo que padece sus efectos. La naturaleza, la religión, el -arte no nos hablan más que un lenguaje indefinible y dulce. El alma no -toca á la alegría y la tristeza, sino que alternativamente se anega y se -revuelve en ellas con extraña violencia. Un vapor sutil é interno sube -del corazón al rostro movido por una palabra, por un soplo, y lo -enrojece. El sacrificio nos causa dulzuras inexplicables, la soledad nos -arrastra con poder irresistible, la meditación es sueño, el sueño es -alucinación. - -Todo es furtivo y vago en esta edad, pero ardoroso y excéntrico. Los -sentimientos dentro de nuestro ser se dilatan y amenazan romper su -molde. El fuego de nuestra alma va haciendo presa en ellos y -devorándolos todos hasta que llega á uno ante el cual se detiene. ¿Qué -sentimiento es éste cuyo poder reconoce nuestro espíritu al cabo, y al -cual ofrece en holocausto todos sus pretéritos sueños y fantasías? - -Esperad un poco; Valera nos lo va á decir. - -Era D. Luis de Vargas un joven de veintidós años de edad, «muy salado, -con mucho ángel y con unos ojos muy pícaros», aunque seminarista. -Confieso que éste _aunque_ que acabo de estampar tiene cierto sabor -herético. Estoy admirado de lo fácilmente que se cae en la herejía -cuando no está uno prevenido. - -A los veintidós años, como ya tuve el honor de indicar, se tiene siempre -algún romanticismo en la cabeza. Este _siempre_ me parece ahora algo -benévolo, pero lo dejo porque no me gusta andar en distinciones. El -romanticismo de D. Luis era el _amor divino_, con su cortejo de -trasportes místicos, escrúpulos, desprecio de los bienes terrenales, -conversión de infieles, etc., etc. - -Era un niño muy teólogo que rezaba y pensaba mucho y que lloraba en el -silencio de la noche al oir los acordes de la guitarra rasgueada por un -campesino enamorado. - -D. Luis, que había ido por algunos días á su pueblo antes de recibir las -órdenes mayores, á las cuales se avecinaba, escribía luengas cartas á su -tío el deán de la catedral de..... En tales cartas desahogaba el -tonsurado mancebo con gran discreción los profundos y sutiles afectos -que bullían en su alma. Levanta suavemente á vista del lector la cortina -á un mundo de pensamientos vagos y aéreos, á una serie de cavilaciones -laberínticas y exageradas que muestran bien en claro el estado de -confusión de su espíritu. Sin embargo, una frase tenue, casi -imperceptible se añade pronto á esta sinfonía ascética que D. Luis hace -sonar en sus epístolas; el nombre de una mujer. Esta frase se oye más -clara y más distinta en cada nueva carta; va _crescendo, crescendo_, -hasta que se convierte en tema principal. ¡Qué arte tan admirable -despliega aquí Valera! No es posible mayor delicadeza ni un conocimiento -más perfecto del corazón humano. - -El deán advierte la nueva fase que presenta la mística de su sobrino, y -le aconseja que se aparte del peligro si no quiere caer en él, ó lo que -es igual, que pierda de vista cuanto más antes á Pepita Jiménez. Son de -leer entonces los intrincados razonamientos y agudezas del mancebo para -convencer á su tío y convencerse á sí propio de que la corriente de sus -ideas marcha siempre por el cauce del amor divino. Aunque no fuese más -que para aguzar el ingenio, convendría que todos estudiásemos un poco de -teología. Mas ¡ay! que la teología, _fuerte contra Dios_, como Israel, -es débil contra una viuda de veinte años. Toda la teología de D. Luis de -Vargas viene al suelo reducida á cenizas, como una momia que se sacude, -al estrechar la mano de Pepita Jiménez. El sobrino de su tío siente -discurrir por sus venas una idea dulce y heterodoxa. Todavía habla de -áspides y serpientes que es preciso aplastar; todavía cita textos de la -Escritura y se compara á Holofernes y al corzo sediento, y exhala quejas -como el Salmista, pero utiliza la Biblia también para llamar á su amante -fuente sellada, huerto cerrado, flor del valle, lirio de los campos, -paloma mía y hermana. - -Cuando el atribulado joven pide á Dios con acento lastimero que separe -de sus labios el cáliz de la amargura (Pepita Jiménez), los del lector -no pueden menos de contraerse con una sonrisa de asombro, de tristeza y -de burla. - -Concluyen las cartas de D. Luis y con ellas la primera parte de la -novela. - -En la segunda, titulada _Paralipómenos_, se narra con cierto -intencionado ensañamiento la tremenda caída de D. Luis desde la cumbre -de su imaginario ascetismo. Pepita se prenda frenéticamente del -seminarista y le da á entender su amor por todos los medios conocidos -hasta lo presente. D. Luis vacila como un santo llevado sobre andas en -día de procesión. El amor divino y el amor humano riñen encarnizada -batalla dentro de su alma. Toman parte por el amor divino ciertas -consideraciones sociales, á saber: la reputación de santo ganada por D. -Luis, y de la cual, como de todas las reputaciones, cuesta mucho trabajo -desprenderse; la sorpresa dolorosa del deán al saber su repentina caída, -ídem la del obispo que había recomendado con mucho encarecimiento la -solicitud de dispensa, ídem la del Sumo Pontífice, que la había -concedido en gracia de las relevantes cualidades del candidato. -Favorecen al amor humano, su padre D. Pedro, que se hallaba enterado de -todo por su hermano el deán; Antoñona, servidora leal y habilidosa de -Pepita, y la desesperación de ésta, que no comía, ni dormía, ni sosegaba -por culpa del arisco teólogo. Las fuerzas de entrambos contendientes, -como se ve, están equilibradas. - -¡Pero qué desalmado y maquiavélico es el Sr. Valera! - -Sin más ni más se pone de parte del amor humano, y prepara al -infortunado D. Luis una emboscada tan cargada de lazos y peligros que no -hay santo en el Calendario que supiera escapar á ella. Antoñona, -pintando y aun exagerando á D. Luis el estado de tristeza de Pepita, le -arranca la promesa de ir á verla antes de su partida, decretada por él -mismo para el día siguiente. - -Y el Sr. Valera, digo Antoñona, señala para la cita la hora más -comprometida del mundo; las diez de la noche. Era una noche serena y -perfumada de Andalucía. Brillaban en lo alto las estrellas; sonaban en -lo bajo, formando un concierto dulcísimo, las castañuelas, las -guitarras, los ruiseñores y los grillos. Celebrábase en el lugar de D. -Luis la verbena de San Juan. La luna, el aire, los arroyos, las yerbas y -las flores todo lo arregla el Sr. Valera á su gusto, para perder al -mísero D. Luis. Pero lo arregla tan admirablemente, que repito lo que -antes dije: quisiera ver allí á muchos santos del Calendario. - -D. Luis penetra en la casa de Pepita, donde previamente el Sr. Valera, -como Mefistófeles, había evocado á los demonios de la voluptuosidad, -encargándoles mucho celo y discreción. - -La visita comienza _grave y ceremoniosa_ hasta que entran en materia. -Una vez entrados, voy á dirigir al autor una sentida queja. ¿Por qué ha -dado usted tan poco movimiento al diálogo, y hace que Pepita y D. Luis, -en vez de hablar como Dios manda en tales casos, pronuncien esos -discursos tan metafísicos y tan indigestos? - -Afortunadamente D. Luis, con todo aquello de la luna, el aire diáfano, -los ruiseñores, los grillos y las estrellas, venía de buen temple. La -pasión triunfa de la metafísica, y sucede lo que ustedes pueden ver -leyendo á _Pepita Jiménez_. - -Esta escena y todo lo demás que acontece hasta la conclusión de la -novela (que ya no es mucho) lo premiaría yo con la inmortalidad si en mi -mano la tuviera. Al ver la resignación con que D. Luis se acomoda á -beber el cáliz de la amargura por los ojos de Pepita Jiménez y la -filosofía positiva terrenal y tangible que de pronto le acomete, -expresada por un sin fin de reflexiones y silogismos á cual más -graciosos, no hay labios que no sonrían, no hay ojos que no brillen. - -Dicen que el fondo de _Pepita Jiménez_ es _satánico_, pero ya pueden -ustedes suponer quiénes lo dicen. Es más difícil que estos críticos -lleguen á entender ciertas cosas que el que un camello pase por el ojo -de una aguja. - -El fondo de la novela del Sr. Valera es _humano_, y porque es humano nos -interesa. Cierto que algo tiene de Satán D. Luis de Vargas. Se desploma -como él por virtud de fuerza mayor; pero Satán cae trágicamente de los -cielos herido por el rayo y don Luis sólo cae de su asno. Las ansias y -los arrebatos de su ardiente corazón, enderezados merced á -circunstancias de su vida hacia el ideal religioso, eran indicios -seguros de que aquel corazón esperaba, como la noche al día, la visión -de un misterio inefable, la revelación de una mujer. Sus sueños y sus -ilusiones no se disipan, porque son privilegio dichoso de la juventud; -sólo cambian de rumbo y van á libar de la vida real el dulce néctar de -la voluptuosidad. ¡Oh si la realidad nos arrancara siempre de la región -de los sueños con mano tan delicada como á D. Luis de Vargas! - -Por su forma es _Pepita Jiménez_ la obra más perfecta de Valera y una de -las más esmeradas y primorosas de la literatura española. La acción, que -no puede ser más sencilla, está presentada con mucho orden y -originalidad. Los caracteres trazados con más delicadeza que brío, pero -vivos y correctos. Las descripciones de un colorido inimitable y -exornadas por las galas de ese estilo mágico que sólo posee Valera. El -diálogo un tanto oscuro y alambicado. - -¡Lástima de metafísica! - - -III - -Al ocuparme en la crítica de _Las ilusiones del doctor Faustino_, vuelvo -á exclamar: ¡Lástima de metafísica! - -No comparto, sin embargo, la especie de que esta producción constituya -un gran yerro del autor, como muchas veces he oído afirmar. - -_Las ilusiones del doctor Faustino_, aunque en orden á sus proporciones, -desarrollo y aliño de la forma se encuentra muy por bajo de _Pepita -Jiménez_, está á la misma altura, y aun por encima, considerando la -trascendencia y magnitud del asunto, la verdad de los caracteres y la -profunda ironía que envuelve toda la obra. - -En España, donde solemos morirnos algunas veces de seriedad, no da gran -resultado un estilo como el del Sr. Valera. Se supone que para que -salgan bien las cosas es necesario hacerlas con la mayor gravedad -posible, casi sin pestañear. Y mucho menos se comprende que el escritor -descienda de esa prosa campanuda é impasible, sin olor, color ni sabor -ni otros accidentes de pan y vino, á una más familiar y corriente, sin -moldes forjados de antemano, donde se ríe cuando se tiene gana y se -llora si hay algo que lo merece. - -El que tal prosa emplee en sus escritos, créame usted, Sr. Valera, si se -llama Juan no pasará de Juanito. - -Acaso, y sin acaso por ser _Las ilusiones del doctor Faustino_ una de -las novelas más picantes, más sustanciosas y mejor intencionadas que se -hayan producido en España y fuera de ella no ha conseguido á su salida -por el mundo más que desaires y vejámenes. - -Yo voy á estar más fino, aunque no tanto que me pase. Doy por leída la -obra, para evitarme la molestia de narrar el argumento, y paso con la -mayor frescura á decir mi opinión. - -Vuelven á ser las ilusiones y los sueños de un joven el tema en que se -emplea la perspicua inteligencia de Valera. Mas las ilusiones del héroe -de esta novela no toman el rumbo generoso que las de D. Luis de Vargas, -no salen á espaciarse por las luminosas esferas de la religión ni por -los campos inmarcesibles del sacrificio, son ilusiones más caseras y no -trascienden del _yo_ bastante enrevesado del doctor Faustino. - -Cualquiera ha sido joven en este mundo. Este cualquiera que escribe -semblanzas literarias, lo es todavía. No es difícil tampoco tener -ilusiones. Yo las tengo muy grandes de que ustedes no me suelten de la -mano. Pues bien, cuando las ilusiones distan mucho de la realidad, como -en este caso, surge el ridículo, que hábilmente presentado por una pluma -discreta y afilada como la del Sr. Valera, sirve de provechosa lección y -enseñanza saludable. - -La ilusión es el mismo deseo revistiendo forma, tomando vida y -apariencia de verdad en la fantasía. Por eso los hombres de imaginación -son los más propensos á concebir ilusiones y á naufragar en sus pérfidas -aguas. Mas como quiera que la imaginación es la facultad más amable del -alma y la que imprime carácter al hombre, el doctor Faustino, con todas -sus ilusiones, sueños y fantasías, si logra hacerse ridículo, no excita -antipatías ni rencores. Antes me figuro que todos le miran con marcada -benevolencia y hasta presumo que el autor llega á prendarse de él por la -nobleza y originalidad de su espíritu. Siempre los amores traen -inconvenientes, y los del Sr. Valera en esta ocasión han traído para su -novela un desenlace desproporcionado y no muy bello. Con el fin de -preparar el trágico remate de la obra se ve el autor en la necesidad de -vulgarizar al héroe. En efecto, pierde el doctor Faustino su primera -originalidad y se trasforma en un carácter endeble y pasivo cuya muerte -más sorprende que conmueve. El autor deshace con harta precipitación y -torpeza la delicada urdimbre del carácter del héroe. Más que desenlace -parece un corte de cuentas. - -En la fábula no brilla el Sr. Valera como ya tuve el descaro de -manifestar, mas á mí se me advierte que es mejor que no brille. De -intrigas tenebrosas, espantables y absurdas nos tienen hasta el cuello -los novelistas franceses y la más enferma parte de los españoles. Y sin -embargo, ¡quién diría que el Sr. Valera, tan sencillo, tan razonable y -tan sobrio en sus fábulas, ha introducido en la de esta novela un -elemento maravilloso que resulta melodramático! Yo bien sé por qué lo ha -introducido el Sr. Valera. Es que ha oido decir á los críticos que no -tiene imaginación y que no consigue dar un interés palpitante á sus -novelas. Porque los críticos son de esta guisa. Se presenta un hombre -blanco y le llaman pálido; se presenta un moreno y le apellidan negro. -Sale á luz un novelista de mucha intriga y enredo: truena la crítica -contra la intriga y califica al novelista de intrigante y mala persona. -Aparece otro sensato y discreto: entonces la crítica hecha de menos la -intriga y se queja amargamente de que no le interese. - -Valera ha dicho: ¿queréis aventuras estupendas? Pues allá van; y nos -propinó las de _la inmortal amiga_. Yo me permito creer, Sr. Valera, que -no debe usted abandonar jamás por ninguna clase de murmuración, es -decir, de crítica, el género realista del cual tan brillante muestra nos -ha dado en _Pepita Jiménez_, porque opino como su correligionario -Voltaire, que todos los géneros son buenos menos el fastidioso. - -No hay en el género de usted, es verdad, motivo para soltar muchos cabos -con el exclusivo objeto de amarrarlos después como Dios dé á entender, -que á veces lo da á entender pésimamente, y otras ni bien ni mal, pero -en cambio puede comunicarse á la novela un interés más espiritual y de -mejor ley, desarrollando plásticamente un pensamiento luminoso y -fecundo, interpolando descripciones como la de la Nava en el capítulo -titulado _El Paraíso terrenal_, tan fresca, tan viva, tan primorosa y -tan mágica, que puede figurar dignamente al lado de algunas del -_Quijote_, y dibujando en fin con felicidad caracteres y tipos humanos -cuyo estudio se me antoja más digno de un ingenio privilegiado como el -de Valera, que la exposición desatinada de aventuras increíbles, propias -para despertar miedo en los niños. - -_Las ilusiones del doctor Faustino_ es una novela de caracteres, y -sobre los principales, ustedes me dispensarán si digo algunas palabras. - -Yo, que al igual de todos los cándidos, cuando quiero tener malicia me -paso de malicioso y suspicaz, he pensado descubrir que el doctor -Faustino es el mismo Sr. Valera que viste y calza, y que todos los días -vemos por ahí, gozando una tranquilidad de espíritu un tanto positivista -y epicúrea, aficionado á las especulaciones y sistemas metafísicos que -le interesan como pura poesía, amando y respetando la realidad, hecho, -en fin, un D. Juan Fresco. El hombre da mucha vuelta con los años, y -creo que para llegar á la situación de ánimo de D. Juan Fresco, es -necesario haber pasado por la del doctor Faustino ó algo que se le -parezca. - -Este pensar mío es el que ha dado margen al cariño que profeso á la obra -que voy examinando. Eso de conocer el corazón humano cuando es el -corazón humano de otro, no me parece lo más fácil del mundo; mas -tratándose del propio, la tarea se simplifica extraordinariamente. El -Sr. Valera, que tiene su alma en su armario, la saca, la limpia el -polvo, y la ofrece á nuestra vista. - -Por eso me embelesan los tipos del doctor Faustino y D. Juan Fresco, -porque resultan bellos y al mismo tiempo humanos. - -El carácter de D. Juan Fresco, nada más que apuntado ó bosquejado en -esta novela, aparece plenamente desenvuelto en el _Comendador Mendoza_, -última producción romancesca del autor que venimos estudiando. Son -innegables y patentes las afinidades que guardan entre sí el antiguo y -el coetáneo retirado de Villabermeja, y de ambos caracteres tan nobles -como despreocupados, repito que conceptúo propietario al Sr. Valera. - -La obra no tiene, ni con mucho, la trascendencia y significación que -_Las ilusiones del doctor Faustino_ ni la originalidad de _Pepita -Jiménez_. En cambio uno de sus tipos, el de D.ª Blanca, está trazado con -más brío del que Valera acostumbra, y su acción, aunque excesivamente -sencilla, es rápida é interesante. - -Señor Presidente, me siento fatigado y ya no tengo más que decir sobre -el Sr. Valera. - -Se levanta la sesión. - -[Illustration] - -[Illustration] - - - - -D. MANUEL FERNÁNDEZ Y GONZÁLEZ. - - -[Illustration: N]O sé cómo arreglarme para decir algo bueno del Sr. -Fernández y González. Mucho temo no llegar á decirlo. Por más que lo -intento no consigo desechar de mí cierto rencor y mala voluntad hacia su -persona ó personalidad, que es lo más de moda, y como soy tan -impresionable y tengo tan poco peso (cinco arrobas escasas), lo más -probable es que le suelte alguna pulla de mal género, impropia por -entero de mis antecedentes y de mis años. - -Pero, Señor, ¡quién me habrá metido á mí á crítico! - -Hubo un tiempo, sin embargo, en que yo tenía menos años que ahora, _et -in illo tempore_, el Sr. Fernández y González me hizo perder bastante -ídem. Cuando lo pienso, no puedo menos de verter lágrimas, y exclamar -como Augusto: - -«¡Fernández, Fernández; vuélveme mi tiempo!» - -No sólo de esta abundosa fuente mana mi rencor. El Sr. Fernández con sus -narraciones fantásticas, lances maravillosos y combates descomunales, ha -influído de un modo muy pernicioso en mi carácter. Hace ya bastantes -años, era yo lo que se llama una malva, incapaz de romper un plato -adrede. - -Mas hete aquí que leo los _Siete Niños de Écija_, donde se describe á lo -vivo de qué modo siete valientes derrotan y ponen en vergonzosa fuga, en -cuantas batallas libran, á siete mil carabineros; y hubieran derrotado -en la misma forma á siete millones, dada su infinita bravura. Esta -bravura me contagió de tal suerte, que llegué á suponerme dotado de una -fuerza incontrastable y sobrenatural, y empecé á ensayar mis fuerzas y -arrestos, descargando terribles puñetazos sobre las puertas de la -vecindad. Á los pocos días de efectuar estos ensayos, era conocido entre -los granujas del pueblo con el pintoresco mote de _Brazo de hierro_. Y -aconteció que un día oí sonar á mis espaldas el famoso apodo acompañado -de cierta risa que á mí me pareció por muchos conceptos irrespetuosa. Me -vuelvo y veo á tres pilluelos muy risueños que se estaban sin quitarme -ojo. Llegó la ocasión, pensé, y encomendándome al invicto Juan Palomo, -cerré con el mayor coraje y ardimiento sobre aquellos canallas. Mas ¡ay! -que entre nosotros debían existir las mismas relaciones que entre los -antiguos aragoneses y su monarca: cada uno de ellos valía tanto como yo, -y juntos mucho más que yo. - -Me llevaron á casa y me pusieron sobre la frente algunos paños empapados -en árnica. Jamás se lo perdonaré al Sr. Fernández y González. - -Fundada, pues, mi crítica en motivos tan baladíes, es preciso convenir -en que no tendrán fuerza de ninguna clase cuantas censuras dirija al Sr. -Fernández y González. Convengamos en ello y meditemos un rato sobre la -pequeñez de los hombres que por unos mojicones más ó menos llegan hasta -rebajar las glorias de un esclarecido novelista. - -Sin embargo, aunque no otra cosa, espero que se me reconozca cierto -valor para arrostrar la impopularidad. El Sr. Fernández goza de gran -crédito entre las clases más virtuosas de la nación. Conozco algunas -amas de huéspedes que en gracia de sus interesantes novelas serían -capaces de no pedirle el dinero hasta fin de mes. Y yo, escritor -ventajosamente conocido en España, Francia, Inglaterra, Rusia, los -Países Bajos y Carabanchel de Abajo, no vacilo en depositar en el -pedestal de la estatua de la Verdad mis coronas y mis lauros. - -¡Hermosa figura y ejemplo perdurable de heroísmo! - -El Sr. Fernández y González no siempre escribió malas novelas. Hubo un -tiempo en que las escribió buenas. Esto debía decirlo al final del -artículo, bien lo comprendo, para que la última impresión fuese dulce, -pero como el Sr. Fernández y González escribió las novelas buenas antes -que las malas, parece natural que me atenga á su cronología. ¡Especial -cronología la del Sr. Fernández! Todo en el Cosmos progresa, todo se -perfecciona por virtud de la ley de la evolución pasando de lo homogéneo -á lo heterogéneo[6]. Y no obstante, el Sr. Fernández y González rompe de -frente con la ley de la evolución, y después de escribir novelas muy -heterogéneas da á luz las homogéneas. _El Condestable D. Álvaro de Luna, -Men Rodríguez de Sanabria, Martín Gil, El cocinero de Su Majestad y Los -Monfíes_ son novelas históricas en que á más de observarse con algún -cuidado los requisitos del género, revela el autor cualidades -excepcionales para brillar en él. No resucita por medio de un estudio -atento y minucioso el mundo de la Edad Media como Walter Scott, sus -costumbres, sus trajes, su fisonomía exterior; mas quizá debido á una -portentosa imaginación consiga penetrar más adentro que el inmortal -creador de la novela histórica, en sus sentimientos, en sus acciones y -su discurso; en el mundo del espíritu. - -No maneja tan bien el guardarropa feudal, ni el mobiliario de una sala -gótica, ni es capaz de disponer un torneo con tanta propiedad; pero -nuestros abuelos no aparecen con ese tinte suave y melancólico que -inmerecidamente les concede el autor de _Ivanhoe_, sino con el lenguaje -rudo, la sensualidad desenfrenada y la ferocidad bestial que les -conviene. Los acentos ásperos que resuenan en los tiempos medios parecen -vibrar puros y frescos todavía en la briosa fantasía de Fernández y -González. Penetra por la coraza damasquina y la recia cota de malla, y -sorprende los sentimientos de aquellos corazones tan rudos é -independientes. Es más _realista_ de la Edad Media que su maestro Walter -Scott. - -Aún pudiera serlo más, no lo dudo, rebajando un noventa por ciento de -aventuras; mas como, después de todo, ninguno de nosotros ha vivido en -la Edad Media, la narración de las maravillas acaecidas en esta Edad no -nos puede irritar tanto como la de aquellas que suceden en la presente, -donde no sucede ninguna. - -No tengo inconveniente, pues, en admitir que los siglos medios son -poéticos, y que en ellos se efectuaron todos esos lances portentosos que -los novelistas nos cuentan, y otros muchos más que no nos cuentan. Mas -deseo hacer constar que aunque poéticos eran unos siglos bárbaros, y que -en punto á urbanidad y buena crianza, pese á Walter Scott y su escuela, -el nuestro les saca mucha ventaja. - -Á pesar de esto no falta quien apellida á nuestro siglo torpe y -escandaloso, y se siente muy desgraciado por haber nacido en él en vez -de florecer en la época del feudalismo. Hay que convenir en que la -Providencia ha estado muy dura con los que así discurren poniéndoles -sombrero de copa en lugar de casco. Pero una vez que no ha querido -darles ese gusto, no hay más remedio que resignarse y esperar de mala -manera, en cualquier oficina, á que este siglo se hunda en los abismos -del tiempo. Ánimo, pues, que ya falta poco; veintidós años escasos. - -Quede sentado que el Sr. Fernández y González manifestó en otro tiempo, -muy lejano por desgracia, disposiciones felicísimas para la novela -histórica. Pero no hay que atribuirle tampoco con afán hiperbólico -aptitudes que no ha tenido jamás. Si las mostró nada comunes para el -cultivo de este género, nunca dió la más leve señal de poseerlas para la -novela de costumbres, social, realista ó como quiera denominarse. El -género histórico es de todos los romancescos el que más semejanzas y -afinidades guarda con el poema, y Fernández y González es mejor poeta -que novelista. Tal vez dependerá de que el poeta se constituye y -caracteriza por la fantasía, viniendo á ser el entendimiento y el -estudio nada más que auxiliares de su inspiración, mientras el novelista -necesita por partes iguales de una inteligencia superior y de una -imaginación pintoresca. El talento de Fernández y González guarda, á mi -juicio, más parentesco con el de Zorrilla que con el de ningún novelista -de los que figuran ó han figurado en nuestra patria. - -Mas ya que su empeño fuera escribir novelas y no versos, parecía -razonable que siguiera novelando en el género histórico cada día con -mayor discreción y lucimiento. El Sr. Fernández y González toda su vida -profesó mucho horror á lo razonable. Así es que, en vez de continuar -estudiando para corregirse y mejorarse, comenzó á echar por aquella -pluma un diluvio de novelas plagadas de lances y aventuras imposibles -que produjeron grandes disturbios en el ramo de modistas. De la novela -histórica no quedó más que los nombres de los personajes, los cascos, -las lanzas y las cimitarras. Todo lo demás, la pintura de los -caracteres, la descripción de las costumbres, la verosimilitud de la -fábula, naufragó en un mar de tinta. - -Este afán insaciable de aventuras fué causa de su perdición. ¡Lo que es -el corazón humano! como diría Pérez Escrich. Un hombre que había pasado -toda su vida en el alcázar del rey tratado á cuerpo de ídem, dedicado -exclusivamente á vigilar la entrada y la salida de los galanes por las -puertas secretas, los suspiros de la reina y las órdenes del monarca, -marcha de improviso á Sierra Morena y empieza á echar el alto á los -viajeros, en compañía de _Juan Palomo_ y _Diego Corrientes_. - -Estos cambios bruscos é inesperados de la fortuna me conmueven -sobremanera. - -¡Y qué había de suceder! El Sr. Fernández, que era un caballero muy -cumplido y espiritual, consiguió al principio dar cierto barniz -romántico á aquellos secuestradores; mas al cabo y á su pesar tuvo que -sufrir la influencia nefasta de tan grosera compañía, perdiendo las -buenas formas y los refinamientos palaciegos. Descuidó ó abandonó por -entero los estudios literarios, acaudalando en cambio gran copia de -bellaquerías y ruindades que aspiró á presentar como admirables, -redactándolas al mismo tiempo en un lenguaje que por nada en el mundo me -atrevería á llamar cervantesco. - -Si el Sr. Fernández y González hubiera ido á recorrer los desfiladeros y -encrucijadas de Sierra Morena con el objeto de estudiar minuciosamente -las costumbres de sus indígenas y ofrecérnoslas después en cuadros -romancescos vivos y fieles, yo no le diría una sola palabra malsonante; -allá se las arreglara con los enemigos del realismo. Pero eso de ir ni -más ni menos que á buscar con su linterna por aquellas breñas almas -grandes, corazones generosos, honrados padres de familia y ciudadanos -íntegros, se me figura depresivo para los que habitamos en poblado. No -parece sino que escandalizado el Sr. Fernández y González de nuestra -corrupción, como Tácito de la de Roma, desea presentarnos en las -costumbres puras ó inocentes de la bandolería algo que nos edifique y -nos enderece. Pues mire usted, Sr. Fernández, convengo en que por Madrid -hay muchos perdidos y que es peligroso hasta cierto punto atravesar á -las tres de la tarde por delante del café Suizo; pero también hay muchos -caballeros, tan fieles como el oro, que sólo le detienen á usted para -pedirle fuego. No es absolutamente necesario ser ladrón en cuadrilla -para tener un corazón sensible. Conozco muchas personas que, sin haber -desvalijado á nadie en su vida, riegan con sus lágrimas las butacas del -teatro Español cada vez que se pone en escena _Ó locura ó santidad_. - -Repito, pues, Sr. Fernández, que el ideal de la bandolería no es -suficiente para el arte. El ideal cristiano me parece más fecundo y más -conforme con la naturaleza humana. - -Estos trueques de ideales producen unos efectos desastrosos. Las novelas -fueron bajando, bajando, y bajaron yo no sé hasta dónde. Salieron á luz -por entregas, por arrobas y por metros cúbicos. El señor Fernández tenía -un establecimiento en liquidación dentro de la cabeza. - -Y, sin embargo, _¿qué fué de tanta invención?_ Destinadas estas novelas -á entretener los ocios de las clases menos doctas de la sociedad, -perdieron casi en absoluto el carácter de obras literarias y fueron -proscritas con excomunión mayor de toda biblioteca bien nacida. El autor -ya no volvió á preocuparse de la composición, del análisis de los -caracteres, ni de las pasiones, ni de la verosimilitud, ni de la pureza -de la lengua. Lo único á que atendió fué á sorprender, á asustar las -imaginaciones femeniles, á despertar y encadenar la curiosidad, -arrastrándola violentamente por sucesos increíbles y absurdos. - -De este modo logró conquistar una inmensa popularidad, sobre la cual -tampoco debe forjarse grandes ilusiones el Sr. Fernández y González. -Tuvo y aún tiene muchos lectores, pero son de tal jaez estos lectores -que no pueden fundar ninguna reputación duradera. Leen por distraerse, -por _matar el tiempo_, y las más de las veces no se detienen á mirar el -nombre del autor del libro que soportan en la mano. Si lo miran, no son -capaces de tributarle admiración, á la manera que al niño jamás se le -ocurre admirar al inventor del juguete con que se divierte. - -Las obras literarias, ó las que tal nombre merecen, no se presentan como -los arenques en grandes turbas; vienen solas después de haber madurado -por más ó menos tiempo en el cerebro del artista. Aquellas que no sufren -una gestación laboriosa cuando se escriben, es que ya la han sufrido en -el pensamiento. Me refiero, por supuesto, á las obras de mérito -permanente, capaces de resistir á las inclemencias del tiempo y de la -crítica. - -La _entrega_, que Fernández y González ha cultivado con más éxito que -ningún otro en nuestra patria, es la institución más perniciosa que -inventaron los hombres para tormento de las letras. - -Me equivoco, hay todavía otra institución más deletérea: el tomo de á -peseta. En tomos de á peseta ha exprimido el Sr. Fernández las últimas -gotas de su desordenada inspiración. En vano el poder legislativo de la -sociedad se afana por introducir las reformas más convenientes en todos -los ramos de la administración; en vano el poder ejecutivo cumplimenta -con toda fidelidad las disposiciones legales, desenvolviéndolas y -aclarándolas por medio de reglamentos acertados y sabios y concienzudos -preámbulos. Mientras Manini, con su biblioteca _de lujo_, y los -traductores de Barcelona sigan conspirando contra la salud pública, no -tendremos en nuestra patria ni sosiego, ni riqueza, ni vías férreas, ni -administración. - -Torna á la ciudad el Sr. Fernández y quiere describirnos la vida real, -lo que pasa pared en medio de nosotros. No dejan de tener estas sus -novelas contemporáneas cierto interés y movimiento, porque el autor, por -más que se empeña, no puede prescindir completamente de su poderosa -imaginativa; mas allá, por el campo, adquirió unos modales tan -impolíticos y serranos, que por ningún concepto recomiendo la lectura de -tales obras á las niñas de quince abriles. - -Resplandece en sus últimas novelas, á más de un color verde harto -subido, la ausencia absoluta de previsión artística. El autor no medita -ni calcula nada de lo que constituye el fondo y la forma de una obra -romancesca. Prefiere abandonarse á la corriente alborotada de la -improvisación, y allá van escenas y sucesos donde quiere una fantasía -delirante. ¡Yo que juzgaba á la improvisación sólo buena para decir unas -cuantas redondillas después de haber comido fuerte! - -La pintura exagerada y un tanto burda de la vida exterior es lo que se -observa á primera y segunda vista en estas producciones. La vida del -espíritu merece tanto respeto al Sr. Fernández y González que no se -atreve á penetrar en ella. Tal vez el alma humana tendrá que agradecerle -este respeto. Debo manifestar, no obstante, en descargo de mi -conciencia, que el espíritu del hombre tiene derecho á ocupar el lugar -preferente en la novela. Cuando se le condena á comer el pan negro de la -emigración, como en las obras de Fernández y González, la novela se -transforma en cuento de viejas. - -En resolución. No es posible juzgar las producciones del Sr. Fernández y -González, si exceptuamos las primeras, citadas ya en este artículo, con -arreglo á los sanos principios literarios. Tales obras salen del recinto -de la literatura para entrar en el más oscuro y también más lucrativo de -la industria. Una vez convertido el arte en oficio, ya no se trata más -que de mucho papel y mucha tinta. El que hace un cesto hace ciento, y el -que escribió una novela puede escribir un cargamento de ellas. - -¡Cuántos años hace que el Sr. Fernández y González está haciendo cestos -sin darse punto de reposo! - -Sus novelas, como las saetas del ejército de Jerjes, amenazan ya nublar -el sol. - -Así, que me he visto precisado á pelear á la sombra. - -Conste sobre todo, Sr. Fernández, que esta crítica fué inspirada por los -móviles más bajos y más ruines. - -[Illustration] - -[Illustration] - - - - -D. FRANCISCO NAVARRO VILLOSLADA - - -[Illustration: O]ROCEDAMOS con método. El Sr. Villoslada, aunque -novelista vivo, no es un novelista contemporáneo. Pertenece al grupo de -los románticos que pasó felizmente para no volver. El romanticismo dió -muerte al clasicismo: el realismo filosófico acaba de matar al -romanticismo. Éste fué una gloriosa insurrección contra las formas -aristocráticas y convencionales de la tradición literaria encauzada -desde el renacimiento por el seguro pero estrecho álveo de la cultura -clásica, un retorno á la verdad y á la belleza aprisionadas en -inflexibles moldes, un himno entusiasta á la inspiración libre y -sencilla de la Edad Media. En el romanticismo precisa distinguir dos -momentos. Detiénense en el primero los apasionados y devotos de la Edad -Media, los que no sólo demandan á estos siglos naturalidad y sencillez -para la forma, sino ideales, tangibles y completos para la vida, los que -aman sus creencias y sus costumbres, oponiéndolas con decisión al -amaneramiento y á la tibieza de nuestros tiempos. Fueron representantes -más ó menos insignes de estas tendencias, en Alemania los hermanos -Schlegel, Tiek, Ruckert y Huland; en Inglaterra, Walter-Scott y Southey; -en Francia Chateaubriand, Vigny, y en España el duque de Rivas y -Zorrilla. - -Pero esta grandiosa revolución literaria encontró en otros muy notables -ingenios una representación más amplia y humana. Las altas ideas morales -y metafísicas expresadas con exageración, con violencia y con exceso, -vinieron á engendrar otro gran movimiento que podemos denominar -romanticismo filosófico, que ilustraron, en Alemania, principalmente -Schiller, Herder y Heine[7], en Inglaterra Byron, Wordsworth y Shelley, -en Francia Hugo, Lamartine y Musset, y entre nosotros Espronceda. - -No me cumple el ocuparme ahora en esta segunda fase del movimiento -romántico, sino tan sólo decir escasas palabras sobre la primera, por -ser aquella en la cual se fija y encierra el carácter del novelista que -estudiamos. - -Disgustados por la miseria y bajeza de nuestra época, atenta muy -particularmente al desenvolvimiento y progreso de los intereses del -cuerpo, desnuda casi por completo de fervor religioso, los primeros -románticos, á cuyo frente debe colocarse al célebre Walter-Scott, -creyeron ver en la época feudal un dechado para la nuestra. La audaz -imaginación, estimulada por la distancia y el deseo, hízoles trocar la -grosería en caballerosidad, la barbarie en nobleza y la sórdida ambición -en altanera bravura, é iluminaron los ásperos contornos de aquella edad -con los colores de una luz ideal. Así nació la novela arqueológica; no -como descripción más ó menos fiel de las costumbres y sentimientos de un -período histórico, sino como fantástica resurrección de una edad de oro. - -No gusto de exclusiones en literatura, ni fuera tampoco prudencia -desechar un género en el cual ha conseguido su renombre el más insigne -de los novelistas modernos; pero sí apuntaré que la novela histórica en -su misma naturaleza lleva gérmenes de falsedad y de muerte. Veámoslos. - -Para pintar las costumbres de una época histórica no hay nada mejor, -está averiguado, que haber vivido en ella. Todo intento de resucitar -añejas costumbres tiene mucho de fantástico. Insensiblemente, sin que el -artista lo perciba, y á despecho de todos sus escrúpulos y pruritos de -veracidad, se introduce en la obra el acento moderno y se enseñorea de -ella. - -Y si esto podemos decir de las costumbres, ¿qué sucederá con los afectos -y pasiones? Aquí es donde se penetra claramente la miseria de la traza y -todo el artificio de que los novelistas arqueólogos se valen para -deslumbrarnos momentáneamente. Cuando mencionan cualquier usanza antigua -suelen poner debajo la autoridad en que se apoyan; mas yo no veo jamás -ninguna prueba para sus anacronismos cuando se trata de ideas y -sentimientos. - -¡Cuántas veces al penetrar en una sala gótica hallé sentado al pie de la -tosca chimenea, reposando el codo en uno de los brazos del sitial, la -mano en la mejilla, al vecino del cuarto tercero, persona muy honrada, -de continente grave y hasta cierto punto melancólico! - ---¡D. Facundo, usted por aquí! ¿Cómo es eso? - ---Qué quiere usted, amigo mío; fué empeño de Villoslada el ataviarme con -este ridículo disfraz, aunque no estemos en Carnaval, y aquí me tiene -usted escuchando, quiera que no, dejando para ello abandonada la -oficina, á ese trovador errante y cargante. - -Doy la vuelta para mirar al trovador y me veo con largas guedejas, muy -adormecido y tristón con el laúd en la mano, á Pepito Paniagua, el novio -de mi prima, estudiante de segundo año de farmacia, que pasa la vida en -el portal de enfrente. - -Digan ustedes ahora si no tengo motivos para dejar de creer en la -autenticidad de tales guerreros y trovadores. - -Pues por estas y otras razones más prolijas, considero que la novela -arqueológica no es viable como género literario. Esta consideración -tendría mucho mayor mérito si fuese escrita y publicada hace algunos -años, lo reconozco, porque entonces hubiera sido una profecía, mientras -que hoy aparece tan sólo como la explicación de un hecho. Porque es un -hecho que ya no se cultiva la novela histórica ni dentro ni fuera de -España. - -Todas las personas de cierta categoría literaria están conformes en que -las costumbres y los sentimientos que se pinten han de ser las -costumbres y los sentimientos contemporáneos. Cuando queramos conocer -(de un modo muy imperfecto, por supuesto) los de otra época, acudamos á -las crónicas, á las Memorias auténticas, á la literatura de aquel -tiempo, jamás á las novelas de los románticos. - -Un género literario puede ser efímero, no obstante, mientras obtienen la -inmortalidad aquellos que lo cultivan. Buena prueba de esto nos ofrece -el ilustre Walter-Scott, rey y señor de la novela histórica. Su fama no -se merma ni decae con los años; antes se levanta cada día con más brillo -y esplendor. Porque es privilegio dichoso del arte mudar constantemente -de gustos y derroteros, dejando á salvo la gloria de sus intérpretes: -Walter-Scott tiene feudatarios en todas las comarcas de Europa. Le -rindieron pleitohomenaje en su país Horacio Smith, James, el más fecundo -de los novelistas históricos, Grattan y Banim, llamado el Walter-Scott -irlandés; en Francia, Alfredo de Vigny, Víctor Hugo, Alfonso Royer, el -bibliófilo Jacobo y Alejandro Dumas; en Italia, el incomparable Manzoni, -Rosini, Guerrazzi y el marqués de Azeglio. - -En España recibieron de él el espaldarazo y fueron armados novelistas -por su mano Larra, Martínez de la Rosa, Espronceda, Escosura, Enrique -Gil, García de Miranda, Fernández y González, Cánovas del Castillo y -Villoslada. - -No es por cierto este último, ó sea el que ahora nos ocupa, el menos -notable de los que hemos apuntado. Hablemos de él un momento, si ustedes -gustan. - -Se presenta desde luego como discípulo franco y declarado del ilustre -_baronet_ escocés, pero no deja de manifestar al propio tiempo una -tendencia, aún más pronunciada que la de su maestro, hacia la -arqueología. El Sr. Villoslada considera de su deber el restituirnos las -épocas históricas por entero, sin que falte ni sobre un cabello, y -atento como buen hidalgo al cumplimiento de sus deberes, dispone de tal -suerte el enredo de la novela, que va haciendo pasar por delante de -nuestra vista en ordenada procesión todo lo más característico de -aquellas remotas edades. Primero una refriega en un bosque, después un -torneo, más tarde el tormento aplicado á un delincuente, la descripción -del interior de un castillo, una conjuración de villanos, la entrada de -un rey en una población, etc., etc. Todo esto conspira, sin disputa, á -que la novela tenga mayor mérito á los ojos de anticuarios y -arqueólogos, pero disminuye no poco su belleza como obra de arte. -Percíbese en demasía el artificio con que van sujetas entre sí las -escenas y los cuadros. - -Éstos y aquéllas, no obstante, tienen mucho vigor y entonación. En -cuanto al color local, ustedes dirán. Yo, por mi parte, como no he sido -ni pechero ni rico hombre en aquella edad,--lo último me vendría muy -bien en ésta--jamás tuve ocasión de presenciar lo que en ellos se -describe y no puedo, por lo mismo, entrar en comparaciones que, después -de todo, siempre son odiosas. - -Mas dejemos á un lado lo del color y vengamos á la fábula. El Sr. -Villoslada es español y un buen español, sabe armar un lío de todos los -diablos donde quiera que pone la mano. El enredo de sus novelas es -complicadísimo, vivo é interesante. Verdad que los términos entre los -cuales se mueve la fábula de la novela histórica parecen obligados y de -antiguo constituídos. - -Una reina que se enamora de un villano, el cual resulta príncipe ó cosa -por el estilo; un prisionero que por odiosas artes vive sepultado en una -mazmorra largos años hasta que llega el día de su rehabilitación -gloriosa; un matrimonio secreto; un relicario; un lunar en la espalda; -un paje enterado de todo. El Sr. Villoslada maneja á la perfección tales -palillos y mantiene en zozobra hasta el fin la atención del lector. - -Por otra parte, las pasiones, singularmente el amor, no son tan -nebulosas y desvaídas como en los cuadros de su ilustre maestro. Penderá -tal vez de que el Sr. Villoslada, aunque en la región más alta, nació en -tierra de España, país donde al amor se le toma más por lo claro. - -Los caracteres no están mal trazados, por punto general, aunque algunos -los considero algo progresistas para su siglo. Verbi y gracia, en _Doña -Urraca de Castilla_, una de las mejores novelas del autor, dice un noble -á un villano: - ---«¡Maese Sisnando, merecías haber nacido noble! - ---Conde de Lara--contestó el villano,--sois leal y agradecido; merecíais -haber nacido hombre.» - -Esto me recuerda á un amigo de mi niñez. Era un retirado que había -servido á las órdenes de Espartero. ¡Pobre hombre! Parece que le estoy -viendo, con su enorme nariz colorada, su boca cavernosa y su formidable -caña de las Indias. Por espacio de quince meses me describió todas las -semanas la batalla de Ramales. Admiraba mis profundos conocimientos en -aritmética y estimaba en lo que valía mi carácter íntegro é -independiente. Yo tenía nueve años entonces y juntos salíamos de paseo -por un camino solitario hasta llegar á un sitio frondoso donde manaba -una fuente. Allí me describía la batalla de Ramales, me decía lo mal que -le trataba la huéspeda por una peseta diaria, que fielmente le pagaba, y -cuando estaba de humor cantaba con solemne entonación: - - Todo conde ó marqués nace hombre, - el dictado le viene después, etc. - -Yo también cantaba y se me saltaban las lágrimas. Entonces me decía que -yo era un gran hombre, que sabía más que Lepe y que el deán de la -catedral. - -Á pesar de mi ciencia confesaré que no sospechaba que tuviéramos un -correligionario tan avisado como maese Sisnando en pleno siglo XII. - -Esto no pudo menos de herir mi amor propio, pero ya le he perdonado la -ofensa al Sr. Villoslada, y es lo cierto que hoy le tengo por un -novelista de mérito y uno de nuestros escritores más correctos y -elegantes. - -Parece mentira que yo diga tales cosas de un ultramontano. - -Cuéntenselo ustedes á Alarcón, que no lo va á creer. - -[Illustration] - -[Illustration] - - - - -D. ENRIQUE PÉREZ ESCRICH - - -[Illustration: S]IEMPRE está el hombre orgulloso de alguna resolución ó -acto de su vida que le parece digno de loa. Yo, que al parecer nada hice -en la mía de notable, puedo preciarme, sin embargo, de no haber leído á -Pérez Escrich desde los diez años. - -Fué en unas vacaciones. Había ido á cursar mis latines á la capital. -Cuando volví al pueblo, el libro, el libro de Pérez Escrich, el _Cura de -aldea_, en una palabra, estaba sobre la _mesa de pintado pino_, tan -rozagante y tan fresco como si acabase de salir de las manos de su -creador. Quise recordar las emociones dulces que aquel libro me había -hecho experimentar en otro tiempo, poco después de haber salido del -claustro materno. Á las pocas páginas comencé á sentir cierta pesadez en -la cabeza, como si tuviese allá mucho plomo, y á las otras pocas me -quedé deliciosamente dormido. - -Ustedes podrán decir, señores, ¡qué no debe esperarse de un muchacho -que, en tan corta edad, ya se dormía leyendo á Pérez Escrich! - -Han volado desde entonces sobre mi cabeza muchos vientos, ya glaciales, -ya ardorosos, y he oído desde mi balcón, no sé cuántas veces, cantar á -la codorniz en la vega. Y hoy mi bello ideal consiste en no leer á Pérez -Escrich. Pero no puedo menos de tenerlo en el corazón como el _Catecismo -de Fleury_ y el _Amigo de los niños_. - -Por Pérez Escrich supe yo, primero que por nadie, de la existencia de -los puntos suspensivos. Cuando algún héroe de sus novelas iba á perder -el juicio, nunca dejaba primero de lanzar una carcajada histérica, -después de lo cual venían dos ó tres líneas de puntos suspensivos. Por -bajo de ellos decía el señor Escrich: «¡Estaba loco!» ó «¡estaba loca!», -según fuese varón ó hembra el demente. De otras invenciones de los -hombres, no menos peregrinas é ingeniosas, tuve noticia por nuestro -autor, de las cuales pienso hacer, con la ayuda de Dios, el uso que más -prudente me pareciese. - -No sólo por haber acaudalado con preciosos datos mi saber debo estar -reconocido al Sr. Escrich. Aún recuerdo con lágrimas en los ojos -(líquidas perlas que él llamaría) el ruido que hacían sus novelas al -entrar por debajo de la puerta. Yo caía sobre ellas como el gato sobre -el ratón, y con la entrega en la mano marchaba mayando á devorarla á la -soledad de mi cuarto. Pero la primera entrega siempre dejaba levantado -un puñal sobre el pecho de un inocente, ó cuando no, pendiente á alguno -de un clavo sobre un abismo, y eran de ver entonces las ansias que á mí -me entraban por saber cuántas pulgadas había penetrado la navaja ó en -qué forma se había roto la cabeza aquel prójimo. El saberlo costaba -dinero, que no era el Sr. Pérez Escrich de esos que de buenas á primeras -y por afición le vienen á contar á uno todo lo que ocurre, y me veía -precisado á demandar socorros á mi padre. Mas éste, por aquel entonces, -estaba empeñado en que Cervantes era mejor novelista que Pérez Escrich y -solía negarlos, y entonces acudía á mi buena madre, que no profesaba -ideas tan perversas. Ésta descogía con mano piadosa la jareta de su -faltriquera para que todas las semanas se entrasen por la casa dos -reales de _Esposa mártir_ ó de _Mujer adúltera_, que no bastaban, ni con -mucho, para calmar los arrebatos de mi espíritu investigador. Ahora -comprendo por qué he llegado á ser el mejor crítico de España. - -Pérez Escrich en el campo, en el círculo, en el terreno, en el estadio, -en el circuito de la literatura representa una idea, es una idea. La -idea de Hegel es realidad. La de Pérez Escrich es entrega. - -¡Ay, niñita mía, quién se volviera entrega, aunque fuese de Pérez -Escrich, para que tus manos blancas y fragantes como la magnolia le -tomasen, para que tu regazo tan casto como la nieve de las montañas le -diese reposo! - -Esto lo digo por una chica que conocí en Gijón, que se pasaba las horas -muertas leyendo á Escrich. Me enamoré de ella, como era natural, y si no -hubiera sido por un tío que me dijo á tiempo: «¡Pero, hombre, no -comprendes que vas á cortar tu carrera!», me hubiera casado sin -remisión. Pero la carrera ante todo. Ya les diré á ustedes en qué -pararon aquellos amores. - -Decía que Pérez Escrich, como novelista, es una idea. Debo añadir que -Pérez Escrich... - -Mas antes bueno es que advierta que justamente porque Pérez Escrich es -una idea, me siento obligado á hacerle hueco en esta mi galería, ó -pepitoria de novelistas. Muchos hay de los que se quedan fuera, tenidos -por sí y por los otros en más estima. Pero ¿son tan notorios? ¿Ejercen -tanta influencia? En una palabra, ¿son una idea? - -Queda demostrado de un modo concluyente que Pérez Escrich es el -novelista que en este momento debe ocuparme. No se me tilde de crítico -motolito y poco avisado. - -¡Despertad, pues, recuerdos azules, verdes y carmesíes de la edad -primera! ¡Salid de las argentadas y bramantes olas que lloraban noche y -día debajo de mis balcones! ¡Salid de las vegas lujuriantes de maíces -que crujen al viento como la seda! ¡Venid de lo alto de aquellas -montañas donde blandean las nubes como banderas! ¡Venid y decidme cómo -es Pérez Escrich, que ya no me acuerdo! - -Pienso, si no me es infiel la memoria, que hay en las obras del Sr. -Escrich algo de lo que se observa en las de Esquilo. Los caracteres del -Sr. Escrich, á semejanza de los del trágico griego, son inmobles como -los peñascos, representan un sentimiento único, son personajes de un -momento determinado y de una simplicidad absoluta. Pero el autor de _Las -Euménidas_ y del _Prometeo encadenado_, con tales caracteres, no lograba -idear más que una situación casi fija, un cuadro delicioso, pintado con -inspiración sublime, pero siempre el mismo; mientras el Sr. Escrich -consigue tejer una acción complicada, altamente dramática y llena de -peripecias. Sin embargo, el parentesco de ambos ingenios no es menos -visible, por más que la distancia de los tiempos haya establecido entre -ellos diferencias favorables al último. - -Para Escrich, lo mismo que para Esquilo, hay entre el bien y el mal, acá -en la tierra, el mismo irreconciliable dualismo que en el cielo. No es -posible que en un mismo hombre coexistan partículas de bien y de mal. -Sus personajes son siempre Ormuz ó Ahriman, ó lo que es lo mismo, cuando -un personaje de Pérez Escrich sale malo, no hay por dónde cogerle de -pícaro y endemoniado; al paso que cuando es hombre de bien, lo es á -carta cabal. El Sr. Escrich cuida también con particular esmero de unir -la belleza física con la moral, prestando hermosura, fuerza y elegancia -corporales á los dechados más completos de bondad. En efecto, sería -cosa fatal y hasta absurda el que un joven de cabellera rizada, de ojos -expresivos, de nariz recta y modales distinguidos robase unas -cucharillas de plata. ¡Me encantaban á mí sobremanera aquellas tertulias -de sujetos tan lindos y de tan buenas partes! Generalmente llevábanse á -efecto en alguna guardilla ó sotabanco, y los que allí se reunían, más -buenos que el pan candeal, solían festejar su honradez con algún -extraordinario en medio de la mayor cordialidad y buen orden. Las -guardillas de Pérez Escrich exhalan un olor tan fuerte á virtud, que -echa para atrás. - -Casi siempre, en pos de la tertulia de honrados venía la de perdidos, -con el objeto de formar contraste. Allí se veía hasta dónde puede llegar -la malicia humana. Todos eran bandidos de pura raza, con sus ojos -atravesados y sus correspondientes cicatrices. Como era natural, en -aquella sociedad nadie creía en Dios, y así tenían buen cuidado de -manifestarlo á la primera ocasión. - -Los buenos y los malos se distinguen, pues, de un modo cabal en las -novelas de Escrich. No aparecen tan bien determinadas las diferencias -entre los hombres de talento y los majaderos. Nuestro autor no es tan -feliz en la pintura de discretos como en la de tontos. Así es que cuando -pretende hacer pasar á alguno por sabio, debemos creerlo tal con aquella -fe viva que aconseja el P. Astete para los misterios de la religión. - -Por otra parte, sus personajes hablan con un lenguaje adecuado en -cuanto es posible á la situación y modo de ser del héroe. Shakspeare -hacía lo mismo. ¡Cuán envidiable me ha parecido siempre esta facultad de -adaptarse á todos los momentos y estados de la vida! No puedo menos de -recordar á un orador sagrado de mi pueblo, que predicaba siempre al aire -libre el sermón del _Encuentro_ durante la Semana Santa. Cuando para -formalizar de un modo plástico, como era costumbre, las dramáticas -escenas de la Pasión, necesitaba dirigirse á las imágenes soportadas por -robustos marineros, solía decir: «¡Eh! á sotavento San Juan... María -Santísima á barlovento». Hubiera sido un gran novelista aquel cura. - -Y á propósito de la Pasión. Tengo entendido que el Sr. Pérez Escrich, en -competencia con San Lucas, describió muy á lo vivo la pasión y muerte de -Nuestro Señor Jesucristo en una novela titulada _El Mártir del Gólgota_. -No he leído _El Mártir del Gólgota_, y lo que es aún peor, doy á ustedes -palabra redonda de no leerla; mas precisamente por eso debo extenderme -algo sobre esta novela para no romper con la costumbre de la sana -crítica. - -Si yo fuese un crítico desalmado y avieso, nunca perdería la ocasión de -lucir mi donaire escribiendo sobre la obra del Sr. Escrich las frases -más sabrosas y picantes, pues ingenio tengo que me sobra para ello. Con -la intención más perversa podría comparar su novela á la lanzada de -Longinos y con otros pasajes del Nuevo Testamento hacer chacota de ella. -Pero esto desmentiría la gravedad ingénita de mi carácter y me haría -perder no poco en el concepto de las personas serias. Examinaré, pues, -la obra del Sr. Escrich de un modo concienzudo, haciendo resaltar todas -sus bellezas y señalando al propio tiempo sus defectos más capitales. -Examinaréla desde el punto de vista histórico y asimismo desde el -filosófico, económico y administrativo. - -En primer término, debo llamar la atención de los lectores hacia una -singular coincidencia que corrobora el juicio ya emitido acerca de la -afinidad que media entre la inspiración de Esquilo y la de Escrich. -Esquilo solía tomar por asunto de sus tragedias los misterios y símbolos -de la religión, dando forma poética á las tradiciones de la mitología -primitiva, como acontece en la trilogía de los _Prometeos_. Escrich -busca motivo para sus creaciones romancescas en los augustos sucesos de -nuestra religión, novelando la dramática historia de nuestro Redentor. -¡Cuántas bellísimas reflexiones le habrá sugerido la inicua degollación -de los santos inocentes! ¡Con qué vivos colores habrá descrito el -establo donde nació el hijo de María! ¡Qué observaciones no habrá hecho, -todas atinadas y profundas, sobre los tres reyes magos, Melchor, Gaspar -y Baltasar! - -¿Pero quiénes desempeñarán en _El Mártir del Gólgota_ los papeles de -cazador maníaco, de pescador distraído, de costurera angelical, de -criado fiel y de banquero infame? Porque al Sr. Escrich le pasa algo de -lo que á los generales españoles; le caben pocos hombres en la cabeza, y -estoy casi seguro de que no ha cambiado el personal de sus novelas por -hallarse ahora en la Palestina y en siglo tan apartado. He aquí por qué -me estaría muy bien haber leído _El Mártir del Gólgota_. - -Pero si los personajes son siempre los mismos, en cambio la trama de sus -novelas suele ser idéntica, y váyase lo uno por lo otro. Creo haber -dicho que el centro de operaciones del Sr. Escrich es una guardilla. -Allí habita una familia honrada, laboriosa, pacífica, aseada; la -familia, en fin, más excelente y admirable que se puede decir ni pensar. -Mientras esta familia infinitamente buena vive en la mayor estrechez, -procurándose con su trabajo apenas lo indispensable para no morirse de -inanición, en un palacio de la misma calle, sumido hasta el cogote en la -opulencia, y no sabiendo qué hacer del tiempo y los millones, mora el -inicuo despojador de esta familia. Ahora bien: ¿habrá nada más justo que -el que esta familia salga de la miseria, torne á disfrutar sus bienes, y -el malvado que se los arrancó, confuso y despatarrado, vaya á -entendérselas con los esbirros del Saladero? Cierto que no lo hay, y el -Sr. Escrich aplica todo su esfuerzo á una empresa tan meritoria. Una vez -conseguido su propósito, esto es, después de restituídos los cuartos y -puesto el ladrón á buen recaudo, el Sr. Escrich, en conciencia, no -quedaba obligado á más. Sin embargo, la novela no da fin en este punto, -sino que, desplegando un celo nunca bastante agradecido y pagado con el -miserable cuartillo de real en que se estima cada entrega, el autor se -entretiene con afectuoso esmero á contarnos en qué forma y manera gastó -aquella familia su dinero, qué vida se daba, cuánto pagaba de -contribución y qué número de platos se ponían á la mesa. Con esto, la -descolorida costurera que tiene entre sus manos _El pan de los pobres_, -se inflama de curiosidad y de gozo: cierra el libro, apoya en la mano su -mejilla, y fijando los ojos en la luz de petróleo, comienza á soñar. -¡Quién sabe si algún pícaro de los que pasean en coche por el Retiro -estará comiendo una fortuna que pertenezca á sus progenitores! Mira á -sus manos, y sus manos no pueden ser más afiladas, más finas, más -aristocráticas; mira á sus pies, y sus pies no pueden ser más breves, -más estrechos ni más altos de empeine. La costurera se siente con -fuerzas bastantes para ser millonaria. He aquí cómo Pérez Escrich sabe -herir las fibras más delicadas del corazón humano. - -El Sr. Escrich--dicho sea en honor suyo--no es hombre de grandes -conocimientos. Las ciencias y las artes no salen casi nunca de sus -novelas sin algún arañazo. Sea ejemplo uno de los capítulos de _El pan -de los pobres_, novela que me ha prestado la patrona de un amigo mío. - -En este capítulo, titulado «Uno de los dos», dice el Sr. Escrich: - -«Á las once y media, Luis y Antonio firmaron como testigos el -testamento, el notario se despidió y Carlos, etc.» - -Ahora bien, el que esto suscribe, ante el juez competente, como mejor -proceda en derecho parece y dice: - -Que en el testamento de D. Carlos de San Pablo se ha omitido y se falta -á una de las solemnidades necesarias de los testamentos, cual es la -presencia ó la firma de los testigos. En el caso de que el testamento de -D. Carlos de San Pablo fuese abierto ó nuncupativo, debió atenderse para -formalizarlo á la ley 1.ª tít. 19 del Ordenamiento de Alcalá, modificada -por la pragmática de D. Felipe II de 1556, y ambas incluídas, como la -ley 1.ª tít. 18 del libro 10 de la Novísima Recopilación. En esta ley se -previene que en el otorgamiento del testamento abierto deben ser -presentes tres testigos vecinos con escribano, ó cinco testigos vecinos -sin escribano, ó siete testigos si no son vecinos. En el testamento de -don Carlos de San Pablo no aparecen presentes más que dos. - -Asimismo digo, que si el testamento de D. Carlos de San Pablo fuese -cerrado, debió atenderse para formalizarlo á la ley 3 de Toro, incluída -como 2.ª del título 18 del libro 10 de la Novísima Recopilación, la cual -fija en el número de siete los testigos que han de firmar sobre la -carpeta del testamento. En el de D. Carlos de San Pablo no firman más -que dos. - -En uno y otro caso, pues, el testamento de don Carlos de San Pablo no -cumple con las solemnidades exigidas por la ley, y debe ser redargüido -de nulo de toda nulidad, como así espero que se considere, declarando -fallecido abintestato al D. Carlos de San Pablo. - -Otrosí. Pido que se le dé á cada cual lo que más le convenga, aunque -esto sea pedir gollerías. - -¡Ya estaba reventando por lucir mis conocimientos en jurisprudencia! - -En el mismo capítulo el Sr. Escrich se niega á describir las peripecias -de un duelo, so pretexto de que ya lo ha descrito en otros muchos libros -publicados anteriormente. Esa no es razón. Cuanto más se repita una -cosa, mejor impresa quedará en el ánimo de los lectores, y me sorprende -bastante que el señor Escrich rompa en esta ocasión con su constante y -saludable práctica. - -Al observar cómo me detengo en este capítulo, tal vez pensará el lector -que no he leído ningún otro. Pues mucho se engañaría ¡ay! porque todos -los he leído. - -Hablemos ahora de la filosofía del Sr. Escrich. - -La verdad es que este mundo no está bien arreglado. En esto convenimos -todos. ¿Por qué había yo de estar, sin bendita la gana, borroneando la -semblanza del Sr. Escrich, en vez de ocuparme seriamente en pasear por -Recoletos? ¿Por qué cuando salgo de casa con paraguas no llueve, y -llueve precisamente cuando salgo sin él? ¿Por qué es la muerte condición -necesaria de la vida? ¿Por qué los oradores del Congreso dicen á cada -instante «tuvo lugar»? - -Son éstos misterios que no acierta á penetrar el humano discurso y que -nos llevan á pensar en un más allá. Como decía el cura de mi pueblo en -un sermón que predicaba siempre en el día de la Magdalena, «todo es -fugaz sobre la faz de la tierra». Pero á mi ver no debemos lamentarnos -de que todo sea fugaz en la tierra; al contrario, yo he celebrado mucho -que fuese fugaz el tirón que me dieron a una muela cuando me la sacaron. -Lo que de veras siento es que se hayan fugado tan presto otros momentos -que tengo, cual preciosos brillantes, engastados en la memoria. De todos -suertes, ora porque el placer sea fugaz, ora porque el dolor lo es harto -poco, pienso que el mundo pudo haberse arreglado de mejor modo. Por -donde quiera que tendamos la vista, se observan claras señales de que la -Providencia no había leído las novelas de Pérez Escrich. El mundo del -Sr. Escrich, digámoslo de una vez, vale sin comparación más que el del -Padre Eterno. ¡Cómo había de consentir nuestro autor que un tunante -estuviera comiendo tranquilamente hasta su muerte la fortuna adquirida -por el crimen! ¡Ni que un aristócrata deshonrase á una doncella del -pueblo sin recibir el condigno castigo! ¡Ni que dos muchachos que se -quieren dejen de casarse! Pues de todo esto se ve en el mundo á cada -paso, en este pícaro mundo, hecho, á lo que parece, sin conocimiento del -Sr. Pérez Escrich. - -Pasemos al estilo. El estilo del Sr. Escrich no puede ser... - -¿Qué es lo que tenía yo que decirles antes? - -¡Ah! sí, prometí á ustedes la historia de unos amores en que juega -papel importantísimo el autor de quien tratamos, y no quiero pasar más -allá sin cumplir la palabra. - -Ya les he dicho que el amor mío, aquel que conocí en la villa de Gijón, -leía sin duelo á Pérez Escrich. Yo la amaba á pesar de esto. Tenía unos -ojos tan tristes, que al mirarlos huía toda la alegría del corazón y -pensaba uno en la muerte. Pero eran tan hermosos como sombríos. Parecía -que decían: «amadme, que voy á morir». Después que cambié su amor por la -honra de ser el peor jurisconsulto de España, aquellos ojos me -produjeron muchas pesadillas. - -Un día en que desperté más sentimental que de ordinario me decidí á -verlos otra vez, y no sin que se alborotase mi buen juicio, tomé -prosaicamente un asiento en el coche de Gijón. - -Rodaba el carruaje por la blanca carretera con cenefas de césped. Sobre -ella, desde ambas orillas, pendían en apretados piños las manzanas -relucientes y sonrosadas, y aún más reluciente y sonrosado aparecía á lo -mejor entre el follaje el rostro de alguna campesina. Á los viajeros se -les hacía la boca agua. La tarde era de otoño, melancólica y huracanada. -Las nubes pasaban ligeras sobre un cielo lívido, perdiéndose al instante -de vista cual si acudiesen presurosas á un llamamiento lejano. El polvo -cegaba los ojos y blanqueaba los vestidos. Retorcíanse los árboles con -angustia cual si pidiesen compasión. Allá del monte venían mil ruidos -extraños de ejércitos que se pelean, muchedumbres que rugen y olas que -braman. Las amarillentas hojas volaban por los aires de aquí para allá -aturdidas y sin saber dónde refugiarse. En los momentos de calma se oía -bien el ruido de las campanillas, pero muy pronto se confundía con todos -los demás. Los pañuelos rojos y blancos de las muchachas que se paraban -á vernos cruzar parecían gallardetes sujetos á esbeltos mástiles. Les -costaba mucho trabajo refrenar los ímpetus de sus enaguas ansiosas por -saludarnos. La brisa se hizo más húmeda y más acre, y comprendí que -estaba cerca de Gijón con su gruñona mar. En Gijón se toma el peor -chocolate del mundo. - -Estaba sentada junto al balcón toda vestida de blanco: los cabellos tan -negros como el paño de los féretros, caían hechos sortijas por la -espalda. - -Hice parar el coche, y llegué hasta sus pies donde me arrodillé. Quise -pedirla perdón, pero me dijo: «Déjame, ¿no ves que leo _La esposa -mártir?_» - -Efectivamente, leía _La esposa mártir_. «¡Cielo mío, yo también he leído -_La esposa mártir!_» - -Entonces me dijo: «Eres un infame, tú no has leído _La esposa mártir_; -en tus ojos lo estoy viendo, traidor. Ni has leído _La esposa mártir_ ni -tienes en el pecho corazón. ¿Dónde está el amor? ¿Quién lo ha visto? Ya -no hay amor más que aquí, en este libro. Mira á mis ojos. Están rojos de -leer. He leído mucho, mucho. Por eso hoy me río de ti y de tu amor... -¿No ves cómo me río?» - -La hermosa lanzó una carcajada histérica. - - * * * * * - - * * * * * - - * * * * * - - * * * * * - - * * * * * - -¡Estaba tonta! - -[Illustration] - -[Illustration] - - - - -D. JOSÉ DE CASTRO Y SERRANO - - -[Illustration: Y]O no diré que el Sr. Castro y Serrano sea un gran -novelista. No señor, no lo diré. Pero confiesen ustedes que después de -haber hablado del Sr. Pérez Escrich, tendría derecho á decirlo. - -Al llegar á un villorrio de la Mancha ó de Castilla, sobre todo viniendo -directamente de la corte, habrás observado, lector, que las mujeres -parecen zafias desgarbadas y hasta ridículas. Pues yo te juro que á -permanecer algún tiempo en aquel pueblo, llegarías á juzgarlas con menos -severidad y aun presumo que no tardarías en poner los ojos dulces á -alguna, teniéndola por tan airosa y gallarda como la dama más elegante -que pasea sus gemelos de nácar por el ámbito del Teatro Real. Mas -supongamos que te haces carlista y vienes á Madrid con un buen empleo, y -al cabo de algún tiempo te encuentras de manos á boca en la Carrera de -San Jerónimo con tu manchega deidad. ¡Qué horror! Te pones colorado al -pensar solamente que el amigo que va contigo llegue á saber que has -compuesto unas octavas reales á aquel talle. - -Perdona que me suceda algo parecido tratándose de novelistas. Después de -leer á Víctor Hugo, Dickens, Tourguenef, Balzac y Manzoni, soy lo más -impertinente y quisquilloso que jamás se ha visto; pero lo mismo es -andar algunos días entre Fernández y González, Pérez Escrich y Tárrago, -que ya se me ensanchan las tragaderas de un modo inverosímil. - -Ó no sé lo que me digo, ó acabo de prevenirles á ustedes contra los -elogios que voy á tributar al señor Castro y Serrano. - -Lo siento de todas veras, y si no llevase escritas ya cerca de dos -cuartillas, es casi seguro que empezaría de nuevo esta semblanza. - -No hay cosa que más repugnancia y desazón me cause que esa desdichada y -nunca bien entendida división de las obras de arte en _realistas_ é -_idealistas_. No obstante, por espíritu de humildad evangélica y sin -otro pensamiento que el de mortificar la carne, diré que el Sr. Castro y -Serrano es un escritor realista. - -Hay gente--á quien la palabra realismo le huele á hospital, á carbón y á -taberna--que de aquí para adelante no ha de mirar más de buen ojo á -nuestro novelista sólo por esto. Así como los naturalistas dividen el -mundo que habitamos en reino orgánico y reino inorgánico, ellos lo -dividen en verso y prosa. Á la jurisdicción del verso pertenecen las -noches despejadas de luna, el primer beso que se da á la novia, el canto -del ruiseñor, los murmullos del río, las mariposas, el aire cuando no es -muy fuerte, que toma entonces el nombre de céfiro, etc., etc. Entra en -el recinto de la prosa toda la maquinaria industrial, el comercio por -mayor y por menor, los presidios, los hospitales, las grandes ciudades, -las estaciones de ferrocarriles, etc., etc. - -Ahora bien, yo no creo en esta división. Á mí se me figura que el verso -y la prosa andan confundidos en este mundo lo mismo que en el _Almanaque -de la Ilustración Española y Americana_. El distinguirlos entre sí, no -es tan fácil como á primera vista parece. Hay ocasiones en que dentro de -un espacio tan reducido como el de este Almanaque, cuesta trabajo -ímprobo el diferenciarlos, ¡qué no acontecerá tratándose del orbe -entero! Para eso están los poetas; para eso y para hacer disparates -cuando son ministros. - -Quisiera ponerme serio, muy serio, y después de ponerme tan serio como -en España se necesita para ser algo de provecho, diría á esos señores -detractores del realismo como sigue. - -La vida tiene toda ella un aspecto poético. Este aspecto poético, total -ó parcialmente velado y desconocido para el común de los hombres, es -sólo visible en la mayoría de los casos para las almas privilegiadas. El -que no sabe libar de las bajezas y miserias de este mundo la rica miel -de la poesía, no se tenga por poeta, por más que le encanten y deleiten -hasta conmoverle la amenidad de los campos, la serenidad del cielo, los -trinos de los pájaros, y haya escrito en su juventud algún artículo -titulado «Impresiones». - -Introducid á Dante en los talleres de una fábrica, y allí, donde nadie -sospecha que existe elemento alguno poético, es bien seguro que él lo -encontrará. Véase si no cómo nuestro Campoamor lo ha encontrado en un -_tren expreso_, Núñez de Arce en los áridos y monótonos campos de -Castilla _(Idilio)_, Pérez Galdós en la explotación de unas minas de -calamina _(Marianela)_. - -Acercad mucho los ojos al cuadro de las _Meninas_, de Velázquez, y no -percibiréis otra cosa que manchones ó plastas de color. Si queréis -admirar aquellos prodigiosos efectos de luz, es fuerza que os coloquéis -á una distancia conveniente. Así el poeta busca en todos los momentos y -situaciones de la vida la distancia para ver los objetos bajo la -apariencia bella. - -La llamada escuela realista ha padecido lamentable error traduciendo al -arte, sin buscar previamente su punto de vista, muchos momentos de la -vida indiferentes ó indignos. ¡Pero cuánto bien ha merecido por haber -traspuesto la barrera en que los románticos lo tenían encerrado! -Innumerables acciones y sentimientos humanos desdeñados por el -romanticismo vinieron á reclamar el puesto á que tenían derecho, y aun -aquellos otros, perseguidos sin tregua por los románticos, presentáronse -desnudos de todo aparato absurdo y convencional. Derrumbáronse los -blancos albornoces de los hombros de los caballeros y empezaron á sentir -los afectos más tiernos debajo del forrado paletó. Las damas, que hasta -ahora no habían comido ni bebido, sacaron la tripa de mal año en las -novelas ó poemas realistas. Era ya tiempo. Las pastoras y zagales que -tanto tiempo perdieron cogiendo florecitas, sonando el caramillo y -mirándose en los arroyos, empuñaron el arado y la rueca que nunca -debieron haber soltado. Después de tanta holganza, todos vinieron -perezosamente á sus tareas, y tuvimos la satisfacción de verlos en -poemas y novelas como si estuviesen en su casa. - -¿Manchó sus alas el poeta por acercarse á la tierra? ¡Oh, no! Yo he -visto á _Eugenia Grándet_ guardando terrones de azúcar á hurtadillas de -su padre para endulzar el café de su amante, y no me pareció por eso -menos bella. Yo he visto á _Pepita Jiménez_ con su vestido corto de -merino y su pañolito de seda á la cabeza, y no me pareció menos amable é -interesante. He visto sobre todo á _Margarita_, á la inocente niña de -los cabellos rubios, delante del torno de hilar, moviéndolo con el pie -al son melancólico de su canto, y jamás sacudió mi alma la poesía de los -hombres con tal violencia. Antes de verla, grandes poetas que la -humanidad justamente reverencia, me habían puesto delante de las más -espléndidas bellezas, ideales y magníficas señoras ante cuya hermosura -paséme absorto muchas horas. Mas siempre me infundieron tanto respeto, -que aunque vivamente herido de la gloriosa luz que en torno suyo -esparcían, en el fondo del corazón no las amaba. No se ama lo que está -muy bajo ni lo que está muy alto. Cuando cayó en mis manos el libro de -Goethe y conocí á Margarita, no me postré de hinojos confesando mi -bajeza como había hecho con las otras, sino que me adelanté á saludarla -con efusión como si fuese su amigo. ¡Qué temor puede inspirar la -timidez! Entonces caí en la cuenta de que también en la vida de los que -oímos á Perier en el Ateneo y tomamos chocolate á última hora en el -establecimiento de doña Mariquita, puede existir mucha poesía. Margarita -no vive entre las nubes, no es una visión, es nuestra hermana que canta -cerca de nosotros mientras pone en orden los muebles de la habitación; -es la mujer que amamos, cuya aguja cruje sobre el bastidor como si riera -del rubor que la causan nuestras palabras. Margarita es poesía, pero es -verdad. - -Lo acabo de decir. El arte no es otra cosa en resumen que verdad y -poesía. De un puñado de tierra se hace un brillante. Con un puñado de -sentimientos se forma un poema. Todo se reduce á saber tallarlos. El -poeta puede mover la cabeza sobre las flotantes nubes y bañarse en la -radiante luz del sol, cuando para los demás mortales no aparece, pero es -á condición de que pise con un pie á lo menos esta pobre tierra, que con -tanta paciencia nos soporta. - -Mas ahora advierto que con la mayor frescura estoy cortando y rajando en -asuntos estéticos, ni más ni menos que si fuese un orador del Ateneo. -Bien se habrán reído ustedes de mí. Sin embargo, no estoy arrepentido. -El día menos pensado les encajo una defensa del _idealismo_. Hace tiempo -que me llamo discípulo fiel de aquella frase de Voltaire: «Todos los -géneros son buenos menos el fastidioso». - -Una vez afirmado que me despepito y alampo por el género realista, surge -inmediatamente esta formidable pregunta: ¿Es el Sr. Castro y Serrano un -realista como Dios manda? - -Aquí me tienen ustedes rascándome la cabeza por detrás de la oreja, -subiendo y bajando los hombros y ejecutando otra porción de muecas á -cual más ridícula, como si no supiese qué responder ó allá adentro me -tuvieran agarrada la respuesta con tenazas. En último resultado podría -responder como el estudiante de marras: «por mí que lo sea». ¿Pero así -se declina una responsabilidad contraída? ¿De esta manera indecorosa se -zafa uno de un compromiso sagrado por el mezquino interés de quedar bien -con todos? - -No en mis días. Por algo dijo un crítico que la crítica era un -sacerdocio. En este momento late dentro de mí el sacerdote con terrible -pujanza, y si no me van á la mano voy á escribir una que sea sonada. - -El Sr. Castro y Serrano pudiera ser mucho mejor novelista de lo que es. -De esto no me cabe ninguna duda. Todavía más: creo que tampoco le cabe á -él mismo. No sé por qué se me antoja que es el Sr. Castro y Serrano uno -de esos hombres que saben que se debe escribir bien, y que si en su mano -estuviera, aun á costa de cualquier sacrificio, escribiría -admirablemente. Esto ya es algo. Todo hombre debe proponerse hacer bien -aquello que tiene entre manos. - -¡Y qué gusto me daría á mí el Sr. Castro y Serrano si consiguiese -siempre su propósito! Apretar el entendimiento, privarse del paseo y -otros recreos honestos, ganar pocos céntimos, gastar la tinta y la salud -escribiendo cuartilla sobre cuartilla, y al fin de todo, contemplar que -la obra no es un monumento literario! ¡Oh qué cosa tan triste es ésta -para el escritor! Crean ustedes que estuve tentado muchas veces á tirar -la pluma y entrar en algún negocio de ferrocarriles. - -Pero volviendo al tema. ¿Qué mal me resultaría á mí de que el Sr. Castro -y Serrano escribiese tan bien como el Sr. Valera? Si cuando llegué á -Madrid y por primera vez pisé las calles de esta corte - -..........al rico aduladoras - como al pobre severas, desbocadas, - -según reza Tirso, me hubiesen mostrado al Sr. Castro y Serrano -diciéndome: «Ese caballero que va ahí es el Sr. Valera», téngase por -seguro que á la hora presente el Sr. Castro y Serrano sería para mí un -eminente escritor. - -Y para que se vea lo que son las aprensiones humanas; si al pasar el Sr. -Valera por mi lado me hubiesen dicho «ése es el Sr. Castro y Serrano», -es más que probable que no me causara ni la mitad de impresión esa -nobleza que la comunica el culto fervoroso y constante del arte, y esa -firmeza que la experiencia de la vida ha prestado á la fisonomía del Sr. -Valera. - -Mas el Sr. Valera y el turrón de Jijona son dos cosas difíciles de -contrahacer, y ni el mismo Sr. Castro y Serrano, que es hombre docto y -de ingenio, sería capaz de ofrecernos un Valera sin descubrir al momento -la hilaza de la falsificación. Porque si bien puede oponérsenos que la -frialdad es una cualidad en que ambos ingenios parecen ajustarse, yo no -puedo menos de revolverme contra tal especie. No negaré que en Valera -reina de vez en cuando tanto fresco que le obliga á uno á levantar el -cuello de gabán y apretar un poco el paso, pero apenas si llega nunca á -cuajar en él la nieve, mientras que el señor Castro y Serrano es un -escritor de nieves perpetuas. ¡Al diablo quien pare allí! - -Este es el secreto de por qué el Sr. Valera y mucho menos el Sr. Castro -y Serrano no llegarán jamás á ser escritores populares. Pero como es un -secreto, estimaré que no lo comuniquen ustedes á nadie. - -¡Oh cómo ayuda á escribir este musculito hueco que brinca á todas horas -en nuestro pecho! Entiende poco de sintaxis y menos de ortografía, pero, -créame el Sr. Castro y Serrano, es el medio mejor que se ha inventado -hasta el día para entenderse con el pueblo soberano. - -Todas las novelas del autor que nos sirve de tema padecen de lo mismo. -Hay en ellas observación fina, mucho acierto en la exposición y aliño en -el estilo; les falta calor y poesía. Por eso juzgué siempre que el Sr. -Castro y Serrano no debía tomar otro papel que el de escritor de -costumbres, el cual no hace más que describirlas sin darlas vida en la -acción más ó menos complicada de una fábula. No hay que olvidarse de que -el novelista es ante todo un poeta. Copiar fielmente la vida ordinaria -de los humanos podrá ser en ocasiones obra meritoria, pero no una obra -romancesca. Es verdad que deseamos conocer con empeño á veces los actos -más insignificantes ó indiferentes de la vida de un hombre, pero es sólo -cuando este hombre ha cumplido, está cumpliendo ó va á cumplir algo -extraordinario é interesante. ¿Querrá decirme el Sr. Castro y Serrano -qué tiene que partir con el arte la vida del tendero que habita debajo -de su casa desde que abre el establecimiento y limpia el polvo del -escaparate por la mañana, hasta que apaga el gas por la noche? Nada en -mi pobre juicio, mientras no se aparte del vulgo de los tenderos, -mientras no ponga de relieve de un modo genial y característico algún -sentimiento humano ó tome parte activa ó pasiva en el curso de una -acción dramática. No me cabe duda; el realismo del Sr. Castro y Serrano -no es el verdadero realismo. Podrá ser el realismo de la vida, pero no -es el realismo del arte. Aquí vendría muy bien poner una llamada y citar -una docenita de autores alemanes para que al señor Castro y Serrano no -le quedase ninguna duda sobre este punto. ¡No es vergonzoso que no tenga -ni uno disponible! - -He leído con placer en otro tiempo una novelita publicada por nuestro -autor en la _Ilustración Española y Americana_ que llevaba por título -_Juan de Sidonia_. Aunque excesivamente sencilla en su trama, tiene -mucho colorido y gran verdad y delicadeza en los sentimientos. Por _Juan -de Sidonia_ adelante se puede llegar á ser un gran novelista. - -Mas el Sr. Castro y Serrano muestra afición tan decidida á reposar -frecuentemente, que sospecho no ha de llegar jamás al término del viaje. -Esta tendencia al reposo que se observa en el Sr. Castro y Serrano no -acusa una constitución muy sana; es señal de apoplejía. Adviértese con -frecuencia que se detiene ante cualquier objeto, aun el más -insignificante y despreciable, y se queda dormido describiéndolo. ¿Por -qué para este novelista serán iguales un paraguas ó unos guantes á una -mujer hermosa y ha de gastar la misma tinta en describirlos? ¿No -comprende que el tenernos quietos tanto tiempo ante cualquier cachivache -nos ocasiona gran molestia? Yo creo que el Sr. Castro y Serrano lo hará -con la mejor intención del mundo, pero no parece más que lo hace adrede -para aburrirnos. Si á esto se agrega--que se agrega casi siempre--un -laberinto de reflexiones paradójicas brumosas y ensortijadas con que el -autor se cree en el caso de sazonar todas sus descripciones, hay que -convenir en que la brevedad es la primera de las virtudes teologales. - -El Sr. Castro y Serrano es un gran observador. Pero también lo es el Sr. -Valera, y nunca se le ocurrió abusar de este don del cielo, gastando, ó -por mejor decir, malbaratándolo en todos los sitios y en todos los -momentos. - -El Sr. Castro y Serrano es ingenioso. Pero también el Sr. Valera lo es, -y no se obstina en estrujar y retorcer conceptos y vocablos para -extraerles la gracia. - -El Sr. Castro y Serrano es docto. Pero también lo es el Sr. Valera y no -siente comezón por mostrarlo. - -Según la retórica, acabo de cometer nada menos que tres _carientismos_. -¡Dios me los perdone! - -Por todo se podría pasar, no obstante, si el señor Castro y Serrano no -fuese filósofo. Con esto declaro que no puedo transigir. ¿No es bastante -que el señor Alarcón lo sea? Aquí en España la filosofía ya va picando -en historia, y se cuenta demasiado con la paciencia de los naturales. -Por lo demás, justo es decir que el Sr. Castro y Serrano no es de los -filósofos más cerriles, y si con fe se lo propusiera, creo que pronto -conseguiría dejar de serlo. - -He dado á entender hace un instante, por medio de una figura retórica, -que el Sr. Castro y Serrano solía introducir en sus novelas -observaciones triviales, oscuras y desnudas de interés, y que asimismo -no pocas veces alambicaba y retorcía los conceptos y las frases estéril -é inoportunamente. Si no añadiese otra cosa á esta censura, cuando me -fuese á la cama no me dejarían dormir los remordimientos. Apresúrome, -por tanto, á manifestar que siendo muy exacto lo anterior, no lo es -menos que este novelista sabe formular su pensamiento en consideraciones -profundas, discretas é ingeniosas, como lo tiene probado en muchas -páginas de sus libros; y que esparcidas por ellos se encuentran también -frases sumamente felices y agudas. _Suum cuique tribuere_. - -El Sr. Castro y Serrano tiene un estilo completamente propio. Ha -salvado, pues, la barrera que separa al escritor del que no lo es. Sin -embargo, con el estilo acontece lo que con todas las haciendas. Quién la -tiene situada en un valle fértil y ameno, en las márgenes de un río -bullidor y cristalino, regalada por los céfiros, el azahar y los -pájaros; quién se ve precisado á poseerla en Navalcarnero, entre el -cielo y el trigo que se abrazan allá á lo lejos, lo menos á catorce -leguas. Pues bien, si no me engaño, la finca del Sr. Castro y Serrano -debe hallarse hacia Creta, muy cerca del famoso laberinto. Tiene bello y -elegante aspecto como la morada de un opulento, pero no pocas veces -remedando á Teseo he tenido que dejar el ovillo á la puerta y llevar -bien cogido el hilo al internarme en sus crujías á fin de encontrar -salida cuando la hubiese menester. - -Este escritor trata á su estilo como á barra de plomo. Machaca en él -hasta que lo convierte en lámina. No bastándole esto, sigue batiendo -hasta que lo transforma en papel. Y no satisfecho todavía continúa -empuñando el mazo hasta que resulta un gas veintisiete veces más ligero -que el aire. Por donde no pase el estilo del Sr. Castro y Serrano, crean -ustedes que no pasa la punta de una aguja. - -Que estire su estilo hasta romperlo por lo más delgado dentro del radio -de la ciudad, como puede observarse en sus _Cuadros contemporáneos_, no -es pecado tan feo, pues al fin en la corte, desde los novelistas hasta -los garbanzos, todo anda estirado. ¡Pero ponerse á sutilizar, como lo -hace en _La novela del Egipto_, frente á la naturaleza, frente al mar, -lo mismo que si estuviera delante de la sala de lo civil en pleito de -mayor cuantía! Vamos, que esto me parece... Permítaseme que sobre ello -haga pronóstico reservado. - -En el estilo, nuestro novelista se atiene también demasiado á la -simetría, no permitiendo que ningún símil ó parecido marche sin su -correspondiente desemejanza, esforzándose con empeño en rebuscar unos y -otros de suerte que formen siempre una serie. De tal esfuerzo resulta en -el estilo un cierto paralelismo artificioso que nada tiene que ver con -el de la Biblia. - -En fin, creo que por mucho que en ello me fatigase, nunca recomendaría -bastante al Sr. Castro y Serrano la naturalidad. - -Y aquí daría remate á esta semblanza si no fuese que aún me resta por -decir unas palabras. Hélas aquí: - -Aunque el Sr. Castro y Serrano observe en ocasiones más de lo necesario, -aunque reflexione y considere también más de lo justo, aunque sea muchas -veces nebuloso y afectado en el estilo, aunque se dé aires de filósofo -y se entregue sin piedad á las descripciones; por mucho que se esfuerze -en ocultarlas, el Sr. Castro y Serrano tiene bastantes cualidades para -ser novelista estimable y un excelente escritor de costumbres. - -[Illustration] - -[Illustration] - - - - -D. JOSÉ SELGAS - - -I - -[Illustration: Y] HE aquí que vino á mí el editor y me dijo: Es -necesario incluir á Selgas entre los novelistas españoles. - -En verdad te digo, repuse, que eso es más difícil de lo que tú te -figuras, porque no he leído de Selgas ninguna novela, y sí tan sólo una -colección de artículos... Pero TÚ DIXISTI: «todo lo que el hombre puede -osar yo lo oso», como dijo Shakespeare ó Pérez Escrich, no recuerdo bien -cuál de los dos. En el término de cuatro ó cinco días seré con él en la -imprenta. - -Para ello es indispensable adquirir LA MANZANA DE ORO, colección de -novelas del Sr. Selgas. El medio más adecuado de adquirir libros -conocidos hasta el día es pedirlos á un amigo. Ya la he pedido; ya me la -ha concedido; ya está en mi poder _La Manzana de oro_. - -Héteme aquí, pues, sentado frente á la mesa, en silla de gutapercha, -bajo la benéfica sombra de una pantalla de papel verde botella, á la -hora en que combaten las sombras y los espectros de la noche, á la hora -en que las nieblas reposan tranquilamente sobre el casto regazo de los -ríos, á la hora en que voltean por los aires las polkas de las murgas, á -la hora en que los árboles se embozan de un modo siniestro con el manto -de la noche, y pestañean en lo alto dulcemente todos los luceros del -firmamento, á la hora en que el Ateneo discute sobre lo -predominantemente subjetivo, á la hora en que las hermosas damas que -asisten al teatro Real escuchan las melodías de Bellini, hablando con -emoción de las últimas capotas que han llegado de París. - -Lindo por el Norte con _La mujer soñada y La criolla_; al Este con -_Venganza y castigo_ y _Miseria humana_; al Oeste con _Un rayo de -esperanza_ y _El dedo de Dios_. ¿Cuál de estas novelas leeré primero? -Leeré la última; me parece lo más original. - -El caso es que mientras la leo ha de trascurrir algún tiempo, y yo no -puedo, sin faltar á la cortesía, dejarles á ustedes esperando después de -haber comenzado la semblanza. Confío, por lo mismo, en que sabrán -dispensarme algunas impertinencias de que voy á hacer uso, con el -exclusivo objeto de que me quede algún tiempo para leer _El dedo de -Dios_. - -Después que hube leído aquella colección de artículos originales del Sr. -Selgas, más arriba mencionados, si hubiese tropezado con él y yo fuese -montado en borrica, de fijo no me apearía de mi cabalgadura para -arremeter con su persona y llamarle «famoso todo, escritor alegre y -regocijo de las musas», como hizo el estudiante pardal cuando topó con -Cervantes en el camino de Esquivias; antes le hubiese dicho en estilo -bíblico: «¡anda tú, desdichado, que quieres escribir bien y no puedes!» - -Cuando pasaba rozando con algún escaparate de libros y percibía entre -ellos uno nuevo de Selgas, me alejaba batiendo las alas y graznando como -las chovas de mi ciudad... ¿Qué graznaban las chovas de mi ciudad? - -Siempre me causaron envidia. ¡Qué indiferencia tan sublime la suya para -todas las miserias de la tierra! Por las mañanas, al primer esperezo del -día, salía el bullicioso ejército del bosque donde pernoctaba y partía -majestuoso en correcta formación pasando por encima de la ciudad hacia -las altísimas montañas que cierran el horizonte por la parte del Oeste. -En todo el día no se las volvía á ver. ¿Qué hacían allí? Era un secreto, -y ninguna de ellas, «aunque llevan nombre de mujer», tuvo la fragilidad -de revelarlo jamás. - -En otro tiempo, hace más de un siglo, pernoctaban en los huecos de la -torre de la catedral, según documentos que se conservan en el archivo de -la misma. Pero una noche, el campanero, ayudado de una docena de -chiquillos, les jugó una mala partida y no volvieron á posarse otra vez -en sus dominios. - -Por la tarde, á la hora del crepúsculo, cuando los picachos donde -llevan á cabo sus trabajos misteriosos se tiñen de un color violeta, y -los amantes se despiden hasta el día siguiente apretándose dulcemente la -mano, las veía tornar con perezoso vuelo. Al divisar la aguja metálica -de la torre, que parece un florete siempre dispuesto á resistir los -asaltos del rayo, gritaban todas á una voz «¡memento!» y seguían su -carrera hasta el bosque, y allí se dormían sin los temores del porvenir, -sin las congojas del pasado, protegidas por los honrados robles que no -cesan de gruñir en toda la noche quejándose de las libertades del -viento. - -Posteriormente me han dicho que los dueños de aquel bosque se negaron á -darles posada y las arrojaron á tiros, viéndose precisadas á buscar -albergue un poco más lejos, y que al cruzar por encima de aquellos -robles gritan con más tristeza aún: «¡memento! ¡memento!» - -Así graznaban las chovas de mi ciudad. Así graznaba este servidor de -ustedes, huyendo á paso de lobo de aquel escaparate. - - -II - -Ya está leído _El dedo de Dios_. Y en verdad que me ha tocado en el -corazón. Me arrepiento sinceramente de haber graznado de aquel modo tan -impolítico. No había motivo para ello. Le pido, pues, mil perdones al -Sr. Selgas, y en desagravio me apercibo á regalarle por unos instantes -el oído con gorjeos y trinos de filomena. - -En esta novela, última de la serie intitulada _La Manzana de oro_, no se -resuelve ningún problema. _Dignum et justum est_. Todo aquel que en el -día no resuelva ningún problema, merece una estatua. Es decir, todo -aquel de quien se tengan sospechas vehementes de que lo resolverá mal. -Declaro, por tanto, que después de haber hecho un escrupuloso -reconocimiento en la novela del Sr. Selgas, que lleva por título _El -dedo de Dios_, no encuentro motivo de temor ni de alarma para el -público, el cual puede transitar por ella libremente al abrigo de toda -filosofía. Con esto ha dado pruebas el Sr. Selgas de ser un gran -filósofo. - -La trascendencia en las obras de arte no es... (en éste momento quisiera -que mi voz fuese derecha al oído del Sr. Alarcón) una nueva cualidad que -se añade ó se resta á placer de los artistas, sino el fondo ó la esencia -misma del pensamiento creador. Cuando la trascendencia no acompaña al -germen de la obra artística, todo lo que se haga por procurársela será -inútil, y aún más que inútil, ridículo. Pero ¡Dios mío! yo creo que hay -en el mundo muchas cosas hermosas sin pizca de filosofía. Ustedes los -que pasean por esas calles del Municipio, ¿no tropiezan á cada paso con -ellas? ¿No es verdad que gastan en este momento rusos de color gris y -guantes amarillos con vivos negros? ¿No asoman su cabecita por los -palcos del teatro de la Comedia, moviéndola vivamente en todas -direcciones como los pájaros posados sobre las ramas? ¿No ríen con una -cascada de notas aflautadas y alegres, enseñando filas de dientes -inverosímiles, al estallar en la escena algún chiste traducido del -francés? Penetrad en uno de esos palcos, y penetrad todo lo henchido que -queráis de la _Crítica de la razón pura_. Saldréis con la cabeza dada á -pájaros, trastornados, á cien leguas de Kant y de sus categorías, pero -con el semblante risueño y un poco de almíbar en el corazón. - -Habréis oído hablar mucho de Pepito Esteller, el chico más _animado_ que -come pan, del abono de los conciertos, del faetón de Luis, de la última -becerrada de los Campos, del matrimonio de la de Vargas... Ni una -palabra del imperativo categórico. Os lamentáis amargamente de la -frivolidad de los tiempos y de la carencia de ideales para la vida. Mas -alguna vez en el apogeo de vuestras vigilias metafísicas cuando Kant os -ha hecho sudar durante toda la noche y los carruajes que conducen las -gentes del teatro hacen vibrar los cristales de vuestro cuarto, os he -visto echados hacia atrás en la silla, poner los ojos en el vacío y -sonreir dulcemente. ¿De qué os acordabais? Pongo cualquier cosa á que no -es del criterio de la moralidad. Lo cierto es que cerráis el libro sin -dejar señal que os indique dónde habéis quedado, y os acostáis de mal -humor, gruñendo una porción de cosas extrañas. Y aun se dice que, -cuando el sueño os abrocha los párpados, empezáis á figuraros que os -halláis en la sala de un teatro inundado de luz y de alegría. El ruido -de los abanicos de las señoras es muy insinuante, y el vals que toca la -orquesta, lánguido como una noche de Agosto. Y luego hay allí una -atmósfera que oprime dulcemente el corazón y produce desmayos de -felicidad. La variedad de colores deslumbra al principio los ojos y -después los conforta. Las miradas de las bellas van y vienen en todas -direcciones, se cruzan y entrecruzan, haciendo salir mil reflejos que -traen inquietos á los hombres como si estuviesen bajo la influencia de -una próxima tempestad. Sentisteis una conmoción eléctrica. La chispa -había pasado cerca, pero sin tocaros. Mas aún no os habíais repuesto -cuando otra os dió en mitad del corazón. Aquellos ojos que os miraron -desde un palco son más negros que las zarzamoras, y tan dulces. ¿Por qué -no vais allá? Á mí se me figura que os están llamando. También debió -pareceros lo mismo, porque ganasteis precipitadamente la puerta de la -sala y subisteis á grandes trancos la escalera que conduce á los palcos. -Pero he aquí que al cruzar el estrecho pasillo donde se hallan con sus -puertas numeradas, os sale al encuentro un hombre de luenga y blanca -barba, enjuto, huesudo y pálido, con los brazos desmesuradamente largos, -con los cabellos caídos sobre los ojos que brillan como carbones -encendidos dentro de una hornilla. Al veros se contraen sus labios con -una sonrisa feroz. - -«¡Ah! ¿eres tú, villano?... ¿eres tú el que busca el amor en este -palco? No contabas conmigo, imbécil, ¿no es verdad? Pues aquí me tienes, -yo soy Kant... ¿no me reconoces? ¿Dónde has dejado la _Razón pura_, -tunante? Aquí me tienes para cerrarte el paso, tunante. ¡Yo soy Kant, -Kant, Kant!» - -El fantasma os tiene cogidos por la solapa del frac y os sacude con tal -fuerza que estáis á punto de perder el sentido. Entonces despertáis. Y -aquella noche las pesadillas se suceden unas á otras cada vez más -tristes y monstruosas. - -Para no exponerse á sufrirlas todas las noches, creedme, lo mejor es -entregarse de vez en cuando á la frivolidad. Que charléis con niñas -mimosas y encantadoras ó que leáis novelas de Selgas, es igual en mi -concepto. No hay nada menos serio que la frivolidad, pero no hay nada -más necesario en ocasiones. Cuando el encéfalo se turba y el corazón -sangra, el bálsamo más seguro para curarse es la frivolidad. Al menos -por lo que á mi respecta, os puedo decir (¿pero os lo debo decir?) que -cuando me siento inquieto y atormentado por esa opresión particular que -comunica al espíritu la meditación de los grandes asuntos, prefiero mil -veces la conversación petulante, voluble, pueril y graciosa de mi -vecina, sobre la cual reposa el alma con deleite y abandono, al Tratado -de la tribulación del P. Rivadeneira, que nunca me ha divertido gran -cosa. Mas si á vosotros os sucediese lo contrario, estad seguros de que -no os diré una palabra. - -Mi vecina y las novelas del Sr. Selgas están hechas del mismo barro. -Cualquiera sabe más que mi vecina, pero nadie mueve los ojos para arriba -y para abajo y aun para los lados como ella. Todas las novelas son -mejores que las del Sr. Selgas, pero hay pocas que diviertan tanto. Si -las novelas tuviesen una edad como las personas, las de Selgas estarían -en los doce abriles. Por eso son tan frescas, tan bonitas, tan -triviales, tan caprichosas. Unas veces le estremecen á uno de placer con -algún rasgo de ingenio ó alguna chistosa zalamería, otras no hay quien -pueda soportarlas. Al lado de escenas dignas de Valera hay otras que -envidiaría Pérez Escrich. No encierran caracteres sostenidos y -correctos, ni fábula original, ni brillantes descripciones, pero tienen -agudezas y muecas encantadoras. Frecuentemente brota de sus páginas una -escena interesante, atrevida, luminosa y azulada como una bomba de -jabón, y extasiados, llenos de alegría seguís sus giros errantes hasta -que, sin saber por qué, tal vez por pura fantasía, estalla y se deshace -en el aire. - -¿Qué será esto? ¿Será que el Sr. Selgas escribe después de comer? Mucho -me lo temo. Es verdaderamente desastroso el escribir sin tener hecha la -digestión. - -Pero de todas suertes, Selgas es un novelista que se lee. ¡Ay! ¡cuántos -he visto morir en la flor de la sexta página! No puede darse nada más -conmovedor que esos libros inmaculados y silenciosos, que le miran á uno -desde el fondo de un escaparate. El día en que ven la luz, el librero -diligente los coloca en primera fila, casi tocando con el vidrio. Poco -á poco se observa que van perdiendo terreno, defendiéndose mal de los -ataques que les infieren las obras más recientes, hasta que por fin -vuelven grupa y se les ve del revés allá en lo más hondo, medio -sofocados bajo el peso de un diccionario. ¡Qué ojos tan tiernos ponen -los desdichados! Parece que están diciendo á los transeuntes: -«Caballero, escuche usted». - -Una vez me paré á contemplar á uno de estos huérfanos de la prensa. Se -hallaba en una posición insostenible. Un libro de Eusebio Blasco le -oprimía la cabeza y otro de López Bago le sujetaba las piernas. No tenía -libre más que el vientre. Sentí compasión, y ya me disponía á comprarlo, -cuando advertí que el autor de aquel libro era yo; el mismo que tenía -los dedos en el bolsillo para sacar su precio. Sin variar de postura -levanté los ojos al cielo y exclamé: «¡Oh dioses inmortales, qué -amarguras hacéis sufrir á los humanos!» - -Mas ahora caigo en que, después de tanta charla, aún no he clasificado -al Sr. Selgas. Si me descuido un poco se me escapa sin clasificar. ¡Qué -haría por el mundo el Sr. Selgas sin estar clasificado! - -Con la mano puesta sobre el corazón, declaro que el Sr. Selgas no es un -escritor realista. Sin separar la mano del mismo sitio, declaro que -tampoco es idealista. Pues entonces, ¿qué es el Sr. Selgas? - -El Sr. Selgas no es más que lo que se ve. No hay en él trastienda ni -doble fondo de ninguna clase. Si alguna vez aparece superficial é -ignorante, consiste en que lo es. Nada de ficción y disimulo. Me gustan -á mí estos novelistas que tienen el valor de su ignorancia. - -Producir páginas exuberantes de gracia y colorido cuando ocurren; -escribir candorosas necedades cuando buenamente acuden á la pluma. He -aquí la misión que la Providencia asigna á los hombres como Selgas. Y en -mi pobre juicio nadie debe apartarse del camino que la naturaleza misma -le señala. Si el Sr. Selgas siente impulsos de escribir una tontería, -¿por qué no ha de escribirla? La retención de tonterías es muy -perjudicial, pues á menudo se mezclan á la sangre y producen trastornos -en el organismo. Siga, pues, el Sr. Selgas cuidándose, que la salud es -siempre lo primero. - -De esto se deduce--al menos debiera deducirse--que en las novelas de -nuestro autor se encuentra, en ocasiones, una percepción fiel y clara de -la vida, destellos ó relámpagos de realidad que, por desgracia, se -apagan presto. Pero ¿qué es lo que no se apaga en este mundo? Todo se -apaga, hasta ese sol hermoso y lascivo que arranca por la mañana su -blanca túnica á las montañas, se apagará algún día. La misma luz con que -escribo se está apagando por falta de petróleo. - -En tanto que este cataclismo acontece, apresurémonos á decir sobre el -Sr. Selgas unas cuantas tonterías más. - -Hay tonterías y hay tonterías; quiero decir, hay tonterías de distintas -clases. Hay tonterías solemnes ó aristocráticas. Éstas pertenecen, por -derecho propio, á los ministros, embajadores, grandes de España, jefes -superiores de administración, académicos, diputados de la mayoría, -directores de periódicos, etc., etc. Éstas son tonterías de la sangre. -Hay también tonterías del dinero, tonterías centrales y provinciales, -rústicas y urbanas, civiles y militares, eclesiásticas y seglares, -clásicas y románticas, etc. Pues bien, las del Sr. Selgas pertenecen á -la última categoría. No siguen órbita conocida y sobrevienen, como los -cometas, cuando menos se piensa, si bien con alguna más frecuencia. Son -alegres, campechanas, modestas, de buena pasta. Nadie las quiere mal. -Mas téngase presente que debe usarse con cierta prudencia del género -tonto, porque es de suyo muy resbaladizo, y aunque Pérez Escrich y algún -otro hayan conseguido en él muchos lauros, no aconsejo á los jóvenes -escritores que sigan sus huellas. - -El Sr. Selgas es un verdadero poeta. No dudo por un momento que esto le -ocasionará graves disgustos, así en la vida privada, como en la pública. -Al poeta, en este siglo material y positivo, no le caben otras dichas -que la cartera de Ultramar, ó que algún pobre diablo, como el que -emborrona estos renglones, diga á sus lectores: «El Sr. D. Fulano es un -poeta, mucho cuidado con él». Mas el ser poeta no perjudica casi nada -para escribir novelas. Se han dado muchos casos de personas que, sin ser -poetas, han escrito muy malas novelas. Por lo mismo me guardaré bien de -considerar esta cualidad como motivo de censura. Otra cosa sería, no -obstante, si el señor Selgas hubiese escrito algún artículo filosófico. -¡Y quién sabe si lo habrá escrito! Torres más altas he visto -desplomarse, y la vida nos está ofreciendo á cada paso terribles -experiencias... Pero yo no tengo derecho á sondear la conciencia de un -hombre. Y, sobre todo, me ha quedado bastante dulce la boca con la -última novela que he leído del Sr. Selgas, para que vaya á amargarla sin -fundamento con sospechas y presunciones de mal agüero. No obstante, si -el Sr. Selgas ha cometido alguna vez uno de estos actos reprobados por -todas las leyes divinas y humanas, entiéndase que retiro cuanta -insinuación favorable á su persona se hallase en este artículo, y ruego -al Dios de los poetas líricos que le obligue á rimar un millón de veces -hijos con prolijos. - -Su estilo es fino, delicado, trasparente, nervioso. Pero á todos los -estilos nerviosos les falta casi siempre la salud. En ciertos momentos -de exaltación, llegan á donde no pueden llegar los más robustos y -fornidos, tocan con su mano febril los cielos más lejanos y recónditos -de la poesía; mas al día siguiente, desmayados y ojerosos, se arrastran -lánguidamente por la tierra ó rendidos al sueño y la fatiga se dejan -caer en el rincón más infecto de la prosa. Hay un medio de endurecer -tales estilos. Que se acerquen á la naturaleza; que escuchen con -atención y recogimiento su lenguaje augusto; que salgan sin temor á -recibir los rayos del sol del Mediodía, las brisas acres de la mar, las -húmedas y glaciales de la montaña, los punzantes olores de los pinos; -que salgan á contemplar los furores del cielo, los arrebatos de la mar, -las peripecias infinitas de la lucha solemne entre la luz y la sombra; -que salgan á embriagarse con todos los aromas de la creación; que hagan -gimnasia; y al cabo de algún tiempo adquirirán color y fuerza, color y -fuerza que no conseguirán jamás tantos estilos crasos y linfáticos como -hoy vegetan en nuestra literatura. - - - - -NUEVO VIAJE AL PARNASO - - - - -PROEMIO - - -I - -Yo no creo en la crítica. Tengo la inmensa desgracia de no creer en la -crítica. ¡Quién me hubiera dicho que tan presto había de llegar á un tan -fatal escepticismo! Porque ¡ay! ustedes no saben cuánto amarga la -existencia la convicción de que todos esos críticos, tan doctos, tan -serios, tan diestros en averiguar á qué género, especie y familia -pertenece una obra, tan hábiles para caer con la velocidad de un rayo -sobre cualquier inverosimilitud, no sirven para nada. - -Pero lo que más me amarga (con paz sea dicho de mis compañeros) es el -considerar que mis afanes críticos no han de tener recompensa en esta ó -en la otra vida. ¡Es triste, muy triste! Estoy por maldecir la hora en -que por primera vez tomé la pluma para decir en un periódico de -provincia que la señorita C*** «se había excedido á sí misma la noche -del lunes». - -Mi horroroso escepticismo se formó con dos proposiciones, una negativa y -otra positiva. - -Primera proposición.--Nunca hizo falta la crítica para que apareciesen -grandes artistas. - -Segunda proposición.--La crítica ha empequeñecido el arte. - -La crítica, en calidad de alto y poderoso cuerpo que juzga, decide, -corta, raja, truena y relampaguea, es de muy reciente invención, y -habiendo existido desde los tiempos más remotos grandes artistas, no hay -para qué demostrar la verdad de mi primera proposición. - -En cuanto á la segunda, exigiría uno ó más volúmenes para quedar bien -dilucidada; pero sólo dedicaré á ella una ó más cuartillas, porque no -tengo tiempo ni paciencia para otra cosa. - -Así que surgió la crítica como cuerpo jurídico-literario, nació el -sistema. Los unos, extasiándose en la contemplación de las obras del -clasicismo, unas veces con verdad, otras hipócritamente, pensaron que el -arte había tocado á su límite en aquella dichosa edad greco-romana, y -que el destino de los artistas futuros era pasar la vida copiando los -admirables modelos que de ella nos quedaron, como aprendices en una -escuela de dibujo. Advertiré, de paso, que para estos críticos la -cualidad predominante del arte clásico no es el reposo ó la gracia que -en él resplandecen siempre, sino el orden ó la simetría. Porque, dicho -sea de paso también, los críticos suelen fijarse con harta frecuencia en -lo menos importante. ¿Qué hay, pues, aquí? Un atentado contra la -libertad del artista. - -Los otros, porque realmente lo sintieran así, ó por el gusto de llevar -la contraria á los clásicos, no quisieron ver la belleza sino en lo -extraordinario, en lo desordenado, en el absurdo ó en el delirio. Nuevo -atentado contra la libertad del artista. - -Otros más modernos, apartándose de ambas escuelas, condenan todo arte -que no sea un reflejo, mejor dicho, una repetición fiel y minuciosa de -la vida, llevando su teoría hasta los más groseros excesos. ¡Siempre -cadenas para el artista! - -Además de estos tres grandes grupos de críticos, hay otros muchos -esparcidos por el haz de la tierra trabajando con el mayor desinterés -por el triunfo de sus teorías. Citaré únicamente los metafísicos y los -trascendentales, de los cuales no quiero hablar, porque no me gustaría -pasar por desvergonzado. - -Para desvanecer las malévolas sospechas que al llegar aquí pudiera -concebir el lector respecto á mi acrisolada modestia, le diré que no he -citado tanto crítico con el fin de desacreditarlo, sino, muy al -contrario, para darles á todos la razón. Tratándose de arte, soy lo que -llaman vulgarmente un pastelero. Cuando llega á mis manos un clásico -como Esquilo, me deshago en elogios del clasicismo; si es un romántico -como Calderón, no hay un romántico más furioso que yo; y si por ventura -acabo de leer una novela de Balzac, no puedo menos de exclamar: -«¡Admirable, admirable, monsieur Balzac!» Si alguien me moteja por esto, -diré con cierta habanera que oí cantar á una niña muy graciosa: - - «Si yo soy así, - ¿qué he de hacerle yo? - Todos para mí - son á cual mejor.» - -Esta cita, eminentemente clásica, me excusa de alegar nuevas razones. - - -II - -Como otros muchos hombres que andan por el mundo, estoy condenado á -trabajar sobre un objeto que no es de mi gusto. Este libro es un libro -de crítica, mejor dicho, es un cordero que sacrifico en aras de una -deidad en quien no creo. Se halla bastante esparcida la creencia de que -quien toma el oficio de crítico manifiesta por el hecho mismo cierta -arrogancia, presunción ó amor exagerado de sí mismo. No lo creo. De mí -sé decir que cuando voy á juzgar á un artista _verdadero_, lo que me -asalta no es un sentimiento de superioridad respecto á él, sino de -espantosa y amarga inferioridad. Si yo me juzgase superior ó semejante -al artista, me pondría á crear, no á criticar. Por eso los juicios más ó -menos acertados que estampo en este libro, no me enorgullecen. Si de -algo estoy orgulloso, es de haber sabido comprender y gozar las bellezas -creadas por los poetas que en él se estudian. Porque, cuando otra cosa -parezca, créanme ustedes, es mucho más difícil admirar que censurar. He -visto amenudo personas de vulgar inteligencia discurrir con bastante -acierto, y aun señalar con claridad los defectos de una obra de arte; -¡pero á cuán pocos he visto conmovidos al hablar de Víctor Hugo ó de -Byron! ¡Á cuán pocos he visto cautivos por esa idolatría que el genio -inspira á los espíritus sensibles y lúcidos! Voltaire, con ser Voltaire, -nunca pudo admirar á Shakespeare; el mismo Lope de Vega no admiró jamás -á Cervantes. No es maravilla, pues, que yo que no soy Voltaire, ni Lope -de Vega, no consiga admirar á Grilo, á Blasco, á Retes y á otros -insignes poetas de esta era. - -Con todo eso, en mi crítica, como ustedes podrán ver, no deja de haber -algunos trozos admirativos. Repito que son de los que estoy más -satisfecho. Hace mucho tiempo que vivo en la creencia de que la tarea -del crítico (si es que alguna tiene) no consiste precisamente en -escudriñar las manchas ó defectos que toda obra, por ser humana, ha de -llevar forzosamente; tarea, sobre fácil, ingrata; sino, antes bien, -aclarar, difundir, popularizar las bellezas de las obras artísticas, -llamar la perezosa atención del público hacia ellas, colocarlas sobre -las alas del entusiasmo para que lleguen á todos los espíritus, soplar -el polvo que muchos hombres tienen en los ojos, para que puedan verlas y -gozarlas. Esta tarea es noble, hermosa y fecunda, aunque no sea lo que -hoy se entiende por crítica. Los párrafos donde aspiro á desempeñarla -han salido del fondo de mi alma, y así como han salido los he estampado, -sin tener en nada las prácticas de este género de escritos. De su verdad -estoy más convencido que de la de aquellos otros en que acepto ó rechazo -teorías estéticas, señalo defectos ó determino nuevas vías para el arte. -Porque de mis impresiones vivo seguro siempre; de mis opiniones, jamás. -Escribiendo estos párrafos he gozado momentos muy felices, aunque otra -cosa crean los espíritus frívolos que no penetran jamás en lo profundo -del pensamiento del escritor. Cuando censuro, cuando ataco, no puedo -menos de pensar que me parezco al murmurador. Sólo me encuentro grande -cuando tributo mi admiración á los grandes. - -He admirado, pues, hasta donde he podido. Si no pude tanto como hubieran -deseado algunos de los poetas que en este libro figuran, acháquese á -inopia, y no á falta de buen deseo. Mejor que nadie sé que yo no moriré -de un exceso de respeto, pero tengan ustedes presente siempre que -tampoco me he puesto sobre el trípode para definir y juzgar, sino que -les he hablado como si me tropezaran en la Puerta del Sol, y charlando -de literatura, me preguntasen qué opinaba de Campoamor, Núñez de Arce, -Grilo, etc., esto es, con la franqueza, con la osadía, con la -incoherencia propias de la conversación. Aun con eso, es posible que -haya dado por genios á algunos que no lo son. Porque bien mirado, no -creo que en España existan tantos genios como se supone. Las -contribuciones absorben más de la mitad del producto neto de las tierras -y de la industria; las cosechas, de algunos años á esta parte, son muy -malas. Y si á esto se agregan las frecuentes calamidades que padecemos, -como guerras, terremotos, inundaciones, etc., etc., bien se puede -asegurar, sin temor de equivocarse, que una nación á tal punto -enflaquecida y miserable, no puede tener bien alimentados á seis docenas -de genios. Nunca me arrepentiré, sin embargo, de haber echado unas -cucharadas más de miel en el plato de algún poeta. Después de todo, es -inevitable el exagerar un poco el aplauso tratándose de los -contemporáneos con quienes uno se roza y se codea en el comercio de la -vida. Es noble también corresponder, por lo menos con unos granitos de -incienso, á los esfuerzos que nuestros vates hacen diariamente para -proporcionarnos instantes agradables. Si el crítico no recompensa á su -modo estos esfuerzos, ¿quién se encargará de recompensarlos? El pueblo -español, que tiene aparejados siempre honra y dinero para el primer -político gárrulo y corrompido que viene á demandárselos, los niega -siempre, con una entereza y constancia dignas de mejor causa, á los -poetas ilustres. Seamos, pues, agradecidos con los que de vez en cuando -refrescan nuestro espíritu fatigado sumergiéndolo en las cristalinas -aguas del ideal. - -Mas no confundamos por eso el cariño y el respeto que deben inspirar los -verdaderos poetas y la indulgencia con que deben acogerse sus yerros y -descuidos, con esa perniciosa benevolencia que todo lo aplaude, que todo -lo celebra, lo mismo las obras sublimes del genio que las torpezas é -insulseces del último coplero. Cuando veo circular con el mismo aplauso -entre los críticos las perlas y diamantes de Ayala, Núñez de Arce y -Campoamor y las cuentas de vidrio de Blasco, Grilo, Sánchez de Castro, -Retes, etc., etc., no saben ustedes cuánto me entristezco. Estas -confusiones me parecen lastimosas, porque privan al artista de su -genuina recompensa, que es el brillo. ¡Y quién puede brillar habiendo -tanto lucero en el firmamento! - -He huído, pues, con particular empeño de esta feroz _nivelación_ -artística, dando al César lo que es del César, y á Grilo lo que es de -Grilo. Como ustedes podrán ver, he sido muy parco en el empleo del -análisis. Lo tengo por arma peligrosa y que expone al que la usa á -cometer sensibles injusticias. Sólo en casos muy señalados, y con el -objeto más bien de castigar una reputación inmerecida que de probar la -incapacidad del poeta, me parece lícito acudir á ella. - -Si ustedes se deciden á leer este libro, verán que el haber huído del -análisis no es su mérito principal. El más grande de todos es el de ser -corto. Sé que al lado de este mérito se encuentran infinitas manchas que -lo deslucen; pero ya me he resignado de antemano á escribir una obra -con defectos. Siento no ser perfecto como mi Padre que está en los -cielos, pero no puedo remediarlo. - - -III - -Un instante para concluir. - -Después de escritas las ocho semblanzas de poetas que van á -continuación, quedé un poco cabizbajo al observar la clara desemejanza -que existe entre todos ellos. Considerando la distancia que media entre -la fisonomía artística de Zorrilla y la de Campoamor, entre la de Núñez -de Arce y Aguilera, no pude menos de pensar lo siguiente: - -La poesía de nuestro tiempo no tiene un ideal. El poeta, al abrir sus -ojos, ya no ve, como veían los griegos, como veían los cristianos en la -Edad Media, un sol de belleza luciendo sobre el horizonte y una -muchedumbre feliz con adorarle y bendecirle. Ya no puede agregarse -tranquilo á esta muchedumbre para que los rayos de aquel sol caigan -sobre su frente y enciendan su pensamiento. En la actualidad todos los -soles pasados resplandecen sobre nuestras cabezas, y cada cual tiene su -grupo de adoradores. Quién dirige sus ojos al asiático, quién al griego, -quién al cristiano. Pero ¡oh Dios! ¡cuánto han perdido estos soles en -brillo y en calor! Se necesita que nuestros poetas sientan mucho frío -en casa para salir á gozar con sus tibios rayos. Entre la poesía -oriental, cristiana ó helénica de nuestros tiempos y las creaciones de -Valmiky, Píndaro y Dante, existe la misma diferencia que entre esas -salas griegas, árabes y góticas que los opulentos de ahora hacen -construir en sus palacios, y el Partenón, la Alhambra y la catedral de -Burgos. Nuestra época, por su afán incomprensible de lanzarse en pos de -todos los ideales y de beber en todas las fuentes de belleza, no tendrá -jamás fisonomía ni carácter propios, y en vez de monumentos habrá de -contentarse con legar á la posteridad _chalets_. - -Así pensaba con tristeza, cuando dentro de mí escuché una voz elocuente -que me hacía una oposición ruda y violenta. Esta voz interior pedía con -justicia que no fuese tan superficial en mis juicios, que penetrase más -adentro, hasta llegar á las entrañas de nuestra poesía. - -Tenía razón la voz. Di un paso más y pude ver claramente el triste lazo -que une las almas de todos nuestros poetas. ¿Por ventura no hay en la -sed, en la fiebre que empuja á la poesía de este siglo á sumergirse en -todos los ideales pasados, algo que la caracteriza perfectamente? ¿No -hay algo que, como un tósigo fatal, penetra por toda ella y hace que -adolezca?--Miradla. Ha perdido todos sus colores, sus movimientos son -febriles y descompasados, tiene grandes y oscuras ojeras, su voz es -apagada y ronca. ¡Ay! No cabe duda, nuestra pobre poesía está tísica. -¡Cuán interesante la ha puesto, sin embargo, su cruel enfermedad! ¡Qué -grandes son ahora sus ojos y qué vaga su mirada! ¡Qué trasparencia hay -en su rostro! ¡Qué suave melancolía se esparce por toda su figura! ¡Qué -triste es su acento y qué conmovedor! El frío ha penetrado hasta la -médula de sus huesos. Ningún sol pasado puede darle calor; y la poesía -triste, nerviosa y exaltada de nuestro tiempo morirá. - -Allá en lo futuro, de tanta negación, de tanto escepticismo, de tanto -esfuerzo y tantas lágrimas, ¿no surgirá siquiera una verdad que engendre -otra poesía fresca, tranquila y creyente? Y si esto sucede, aquellas -dichosas generaciones, que gozarán de una paz que nosotros nunca hemos -podido gustar, ¿no tributarán un recuerdo de simpatía y admiración á la -pobre tísica del siglo XIX? Esperemos que sí. - -[Illustration] - -[Illustration] - - - - -D. JOSÉ ECHEGARAY. - - -[Illustration: H]ACE ya muy cerca de dos años que permanezco silencioso -como un diputado de la mayoría. No he dicho hasta ahora sino pocas -palabras sobre el ingenio dramático del Sr. Echegaray; y en las batallas -que se han librado en el teatro con motivo de sus dramas quiso la -fortuna que no hubiese perdido los ojos, aunque en más de una ocasión se -hayan visto entre los dedos de algún crítico y la pared. ¡Dios me los -conserve mucho tiempo sanos para no ver los dramas de Sánchez de Castro! - -Mas no por haberlo guardado tanto tiempo me harán ustedes la ofensa de -suponer que no he formado juicio sobre el teatro de Echegaray. Gracias á -Dios, tengo sobre este punto mi correspondiente opinión, como cualquier -farmacéutico. Y ahora que me veo lejos de aquellos dedos frenéticos--¡cuidado -con los dedos que gastan algunos críticos!--respiro fuerte y digo mi -opinión. - -Don José Echegaray era, como todos saben, un notabilísimo ingeniero y -fué ministro de varios ramos. Por consiguiente, ¿qué razón había para -que no fuese autor dramático? Efectivamente, allá por el invierno de -1873 fué representada su primera composición dramática con el título de -_La esposa del vengador_, que era una primorosa leyenda con innumerables -defectos y algunas bellezas. Más que la obra en sí, cautivóme y sedujo -la novedad del intento. El teatro español, merced á los trabajos de los -Eguílaz, Larra, Rubí y otros, había dado grandes pasos hacia el -confesonario; se postraba á los pies del coadjutor de la parroquia, -acusándose de sus pecados románticos, rezaba el rosario todos los días, -asistía á las cuarenta horas, tomaba el sol por las tardes. Era un -teatro chocho. Cuando adoptó otro género de vida, todas las gentes -dijeron: «¡Echegaray es el que lo ha pervertido, el que lo ha sacado de -quicio! Desde que trata con él ha vuelto á fumar, á decir requiebros á -las muchachas y á retirarse á las altas horas de la noche. ¡Esto no se -puede tolerar, es verdaderamente escandaloso!» - -Allá en el fondo yo me alegraba mucho de que se retirase tarde. El -teatro debe gozar independencia y tener su llavín para cualquier evento. -_La esposa del vengador_ me pareció una calaverada de buen género, la -expansión afortunada de un ingenio privilegiado. ¿Nada más? Nada más. - -Tenía toda la frescura y toda la inocencia de una virgen de quince años. -Era suave, delicada, irreflexiva, levantada de inspiración y de cascos. -No hubo más remedio que aplaudirla. - -Empezaba á oscurecerse la estrella del P. Astete. _La esposa del -vengador_ nada nos decía acerca de las _bienaventuranzas_ ni de los -_frutos_ del Espíritu Santo: omitía por entero los sacramentos que se -han de obrar y hasta prescindía de los que se han de recibir. -Conmoviéronse hasta los cimientos los corazones de la clase media. ¿Qué -iba á ser de nosotros? Si en el teatro no se nos enseñaba lo que hemos -de creer, lo que hemos de orar, lo que hemos de obrar y lo que hemos de -recibir, ¿á dónde volver los ojos? Con permiso de estos corazones diré -que, á mi entender, el teatro de Echegaray es más moral que el de -Eguílaz. Tengo mis razones para creer esto, y si ustedes se dignan -prestarme atención se las diré en pocas palabras. - -Todos ustedes sabrán probablemente que apoderarse de lo ajeno contra la -voluntad de su dueño es un pecado, y otro pecado levantar falsos -testimonios, lo mismo que desobedecer á los padres y jurar el santo -nombre de Dios en vano. ¿A qué ir, pues, al teatro cuando se representan -las obras de Eguílaz? ¿Á gozar de sus bellezas? Es inútil, porque no las -hay. ¿Á dormirse? Es muy feo y se expone uno á que le despierte el -acomodador. Sin embargo, esta última solución no me parece del todo -inadmisible, y aparte de sus inconvenientes, porque los tiene, lleva -algunas ventajas á todas las demás. Y si te duermes, lector, que sí te -dormirás, ¿en qué forma te habrás moralizado? ¿Con qué tristeza no -pisarás después la escalera de tu casa, considerando que entras tan -inmoral como has salido? - -En cambio, duérmete si quieres en los dramas de Echegaray. Si por acaso -fueses tan duro de corazón que no te conmovieran las escenas patéticas, -ya se encargaría alguno de esos actores tan bien entonados que sólo -España posee de tenerte despabilado. Pero no; yo sé que no hay necesidad -de que se griten los dramas de Echegaray para que se escuchen con -atención. Sin el auxilio de aquellos inolvidables pulmones, lo mismo -hubieran conmovido al público. El Sr. Echegaray recoge en el teatro, -siempre que se le antoja, una buena cosecha de lágrimas. - -Ahora bien, las lágrimas ¿no son un medio de moralizar al hombre? -¿Cuándo se derraman lágrimas? Cuando el corazón se enternece. Pues -enterneciendo el corazón muchas veces lo haremos más blando y más -sensible, y el hombre será más clemente y generoso. - -Esta afirmación no es sofística. La puedo demostrar con un poco de -metafísica. El dolor de un semejante enternece nuestro corazón, -despierta en nosotros la piedad y también el amor. Porque el dolor para -muchas personas formales y también para mí es una gran injusticia. Si el -dolor recae sobre un malvado, contraría el fin general humano, que es el -pleno goce de la vida; mas si atormenta á un hombre virtuoso, no sólo -contraría este fin general, sino también el particular de la virtud, que -merece recompensa. En uno y otro caso hay una injusticia que nos hace -padecer moralmente. Mas para que una injusticia nos haga padecer es -necesario que en aquel momento la idea de justicia se levante con -extraordinario poder en nuestra alma. Y cuando la idea de justicia se -enseñorea de nuestra alma, ¿no somos más morales que cuando yace -aletargada en algún oscuro rincón del pensamiento? He aquí cómo, á mi -juicio, una obra dramática, por el mero hecho de ser bella, sin -propósito alguno de aleccionar á los espectadores, puede influir más -poderosamente en su moral que aquellas otras cuyo primero y tal vez -único intento sea éste. El arte perfecciona nuestras facultades morales, -no recordándonos el catecismo, sino fortaleciéndonos, elevándonos, -arrastrando nuestro espíritu á la región de las ideas grandes y nobles. -De mí sé decir--y me pongo de ejemplo, porque soy para el caso como -cualquier otro--que cuando presencio la representación de _Hamlet_ me -conmueven tanto los sublimes pensamientos del héroe, que me figuro -participar de su grandeza, se despierta en mi ser lo que hay de más -generoso, siento mi espíritu más grande y ennoblecido, en una palabra, -me reconozco más moral que cuando salgo de ver _Bienaventurados los que -lloran_. - -No obstante, es necesario averiguar de dónde viene la emoción; si llega -á nosotros sostenida por la falsedad y el absurdo, ó la trae en sus -brazos el arte. - -Cuando veo llorar á una persona en el teatro pienso que por lo menos -aquella persona tiene un corazón sensible. Las personas acá en España, -tratándose del teatro, no deben exagerar la cuestión de lágrimas. Me -parece que tienen muchas más ocasiones de reir. Sólo algunos chistes de -Pina y tal vez algún otro de Blasco son los que arrancan con entera -justicia raudales de ellas á los ojos. - -En la última escena de _Ó locura ó santidad_ estuvieron á punto de -soltárseme. Si no hubiese acontecido que una señora se desmayó á mi lado -y no hubo más remedio que socorrerla, seguramente habría despilfarrado -algunas. Pero aquello me dió tiempo á reflexionar, y he aquí lo que -salió de mis reflexiones. - -Efectivamente, en la escena pasaba algo grave. Dos jayanes al servicio -de un manicomio se llevaban maniatado á un caballero, bajo el supuesto -de que estaba loco. No estaba loco, todos lo sabíamos, y padeciamos, -como es natural, presenciando aquel acto de barbarie. Mas aquel acto de -barbarie había sido preparado por el autor con el exclusivo objeto de -conmovernos. Por lo mismo teníamos derecho á exigir que la preparación -fuese discreta y artística. Aquella situación atrevida é interesante no -tenía, por desgracia, raíces muy seguras; se hallaba presa por tan -sutiles hilos al argumento de la obra, que el más leve soplo de la -reflexión bastaba á soltarlos. El entendimiento juega un papel -secundario, pero juega su papel en la contemplación de las obras de -arte, y es gran torpeza llevarle la contraria tan resueltamente como se -hace en esta obra. ¿Será posible convencer á nadie de que, mediando -buena fe, se arrastre á un manicomio á un hombre de talento, estudioso, -sensato y recto, á las pocas horas de haber declarado que la fortuna que -posee no le pertenece, por extraordinarias que sean las circunstancias -que acompañen á esta declaración? Yo pregunto á toda la clase médica -española: ¿Hay en ella dos individuos, sobre todo si han recibido el -grado antes de la revolución, que por los síntomas que ofrece el -espíritu de D. Lorenzo de Avendaño sean capaces de decretar su inmediata -clausura? Yo pregunto á todas las familias honradas de Madrid: ¿Hay -alguna que permita y aun promueva el encierro de su jefe en una casa de -locos por los motivos y con la premura de aquella que Echegaray nos -presenta en su drama? De resultas de no haberme contestado nadie á estas -preguntas que hice mientras socorría á aquella señora, resolví no -conmoverme. Y no obstante, si un espectador ó alabardero tuviese la -desgracia de caer desde el paraíso á las butacas, pueden ustedes creer -que el suceso me impresionaría fuertemente. Me impresionaría mucho, aun -cuando aquella escena no había tenido preparación de ninguna clase. No -sé si el lector comprenderá esto, pero yo lo comprendo perfectamente. - -Á pesar de cuanto he dicho, estoy lejos de aplaudir el espíritu de -crítica, por no decir _intelectualismo_, con que de poco tiempo á esta -parte acude el público al teatro. Pasaron los buenos tiempos en que los -espectadores tomaban parte con lo más hondo del alma en las peripecias -del drama, se apasionaban, se enfurecían, trataban de saltar al -escenario en socorro del héroe, arrojaban comestibles sólidos á la -cabeza del traidor. Sólo en algunos apartados rincones de nuestras -provincias se da el caso ya de que el público obligue al protagonista de -_Carlos II el Hechizado_ á dar muerte cuatro ó cinco veces consecutivas -al odioso fraile, autor de sus desgracias. En el resto de España, el -fraile muere á la hora en que escribimos de una sola puñalada. El -público que acude á los estrenos en Madrid, mujeres, viejos y niños, -todos se constituyen en tribunal y afectan la imperturbabilidad de un -magistrado en vista pública y solemne. En las escenas más interesantes y -patéticas, lo más que se permite el espectador es una helada sonrisa de -satisfacción y el siguiente galicismo: _Está bien hecho_. En tanto que -dura la representación, todos, todos, hasta aquella rubia de la platea -cuyos cabellos parecen dorados á fuego y uno á uno, tienen aspecto de -estar escribiendo en lo más profundo del pensamiento unos _Apuntes -críticos_ con mucha _fibra_ y mucho _calor de humanidad_. - -Permítaseme que eche de menos en el público un poco de sensibilidad, y -después permítaseme proseguir. - -El defecto capital del teatro de Echegaray, aquel que resplandece en -todas sus obras, es la falsedad. En algunas de ellas, como _En el puño -de la espada_, la falsedad puede denominarse absurdo. Un viento -atracado de embustes corre por todos sus dramas, desatando los cabos, -invirtiendo los términos, lacerando la urdimbre y arrojando las escenas -muy lejos unas de otras, de tal modo que sus personajes quedan -gesticulando en la soledad, y el público no ve la razón de sus -desconcertados ademanes. Lo que se echa de menos en las obras dramáticas -de Echegaray son las matemáticas. En estas obras se estampa el resultado -sin haber hecho las operaciones previas, y el público pide que se le -muestre la pizarra. - -Ahondando un poco en la indagación de este asunto, tal vez observemos -que el defecto enunciado, si ataca á la esencia misma de la obra y la -reduce á la categoría de efímera, no es de los que niegan por sí la -aptitud del artista. Lo que sí muestra inmediatamente es que á la -creación de la obra acompañó un algo perturbador y malsano que el autor -debió haber huído con empeño. Es imprudente introducirse en el -laboratorio de un poeta para espiar sus trabajos, y á seguida -noticiarlos á los cuatro vientos. Pero si me fuese dado vencer la -repugnancia que me inspira este espionaje y me pusiera á observar el -crisol donde hierven los dramas de Echegaray, creo que no tardaría en -percibir ese elemento pútrido que causa el daño de la obra. Después, si -se me obligase á darle un nombre y no tuviese á mano otro más poético, -lo llamaría «precipitación». - -La precipitación de que el Sr. Echegaray hace uso en la fabricación de -sus dramas es de la peor ralea, porque es la que acompaña, no tan sólo -á la ejecución, sino también al pensamiento mismo de la obra. - -Estoy pensando en que la idea de haber aproximado el gabinete de un -poeta al laboratorio de un químico por algo debió acudir á mi cerebro -ahora. ¿Por qué habrá sido?... Quizá tenga su raíz en la impresión que -me causó el Sr. Echegaray la vez primera que le vi salir á la escena -solicitado por el clamoreo del público. La figura del Sr. Echegaray no -despertó en mí, ni más ni menos, la idea del poeta, sino la del -astrólogo. Sin que pudiera oponerme al escape de mi fantasía, adornéle -de súbito con una bata sembrada de estrellas, le puse sobre la cabeza -una caperuza y en la mano una varilla de virtudes, aposentéle en una -cámara tétrica toda atestada de libros, de redomas, de animales -disecados. Le vi enfrascado á una luz mortecina en la lectura de una -_Trigonometría rectilínea_. Parecía hallarse inquieto, cerraba los ojos -con frecuencia y lanzaba tristísimos suspiros. - -«¡Ay!--exclamó--¡Aritmética, álgebra, geometría, y por mi desdicha -también la trigonometría, todo lo he profundizado con un trabajo -constante, y heme aquí pobre tonto!... Hace ya algunos años que enseño á -la multitud las matemáticas y no estoy bien seguro de haber enseñado -algo de provecho. Ni aun me lisonjeo de que sirva para nada el reducir -los quebrados á común denominador. Por eso me he dedicado algún tiempo á -la política. Pero todo esto, política y matemáticas, es intrincado, es -oscuro, y además sospecho que no sirve para nada. ¡Oh, si yo pudiese -franquear esta muralla de fórmulas algebraicas y expedientes que me -aprisiona! ¡Si yo pudiese, libre como el humo que se escapa de estos -carbones, recorrer á la dulce claridad del gas los escenarios de los -teatros, aspirar el perfume de los polvos de arroz, salir cogido de las -manos de los artistas, en forma de danza, á embriagarme con el néctar -voluptuoso del aplauso! ¡Oh, qué extraña turbación se apodera de mi ser! -Escucho una voz celeste que me dice: El mundo de las bambalinas y del -albayalde no está cerrado... Ánimo: aún puedes morder donde han mordido -Retes y Echevarría... Sí, creo que el genio de Shakspeare da vueltas en -torno de mi cabeza y me incita á escribir dramas. Siento que mi espíritu -se entrega todo á ti. ¡Oh, espíritu inmortal!... Ven, ven... - -(_El genio de Shakspeare desde dentro_): Huyamos. - -Pero esto es _Fausto_ puro, dirán ustedes. No lo niego, diré yo. - -Volvamos á la precipitación, volvamos aunque no sea sino para afirmar -que la precipitación es una frase inventada por mí para explicar y -atenuar algunos pecados cometidos por el Sr. Echegaray. Por lo demás, yo -no puedo negar á ustedes el derecho de achacar sus yerros á inopia y no -á precipitación. - -El comercio y trato frecuente de los grandes hombres suele dejar en -nuestra inteligencia huellas muy visibles. Por estas huellas es fácil -conjeturar cuál ha sido el grande hombre que más nos ha cautivado. Yo -me atrevo á pensar que el favorito del Sr. Echegaray ha sido Arquímedes. -De él es de quien ha tomado, sin duda, la mala costumbre de pedir -gollerías. Arquímedes decía: «Dadme una palanca y un punto de apoyo, y -removeré la tierra». Mas el pobre Arquímedes se fué al otro mundo sin -tener el gusto de remover la tierra, porque nadie pensó en darle la -palanca ni el punto de apoyo. Echegaray dice: «Dadme un hijo formado por -el rayo de la luna que penetra por un vidrio roto (el arte se encargará -de pagarlo); dadme un puño de espada que sirva de archivo á una -correspondencia que no es posible quemar ni hacer pedazos; dadme una -hoja de puñal donde se escriba con sangre como en la mejor vitela, de -tal suerte que lo que sobre ella se estampe no pueda borrarse sin -habérsela hundido previamente en el pecho el protagonista; dadme la -luna, en fin, y yo os daré un drama». - -Efectivamente, el público dió la luna y el Sr. Echegaray los dramas. Mas -debemos reconocer que éste es un cambio de servicios perfectamente -enclavado en la teoría de la circulación, expuesta con gran lucidez por -Bastiat, y ni el Estado ni yo tenemos derecho á contrariar el libre -desenvolvimiento de las leyes naturales que presiden á la producción, -distribución y consumo de los dramas. Lo único que lamento amargamente -es que el desgraciado Arquímedes se haya ido al otro mundo sin tener el -gusto de remover la tierra. - -Inmediatamente después de esto tenía pensado decir al Sr. Echegaray que -no tiene un gusto muy exquisito para la elección de temas, á los cuales -tampoco sabe dar variedad, ni gran acierto en la pintura de caracteres, -que huelen á bastidor desde muy lejos, ni tampoco una versificación -flúida, castiza y armoniosa que velara púdicamente las liviandades del -fondo. Pero todo esto tenía pensado decírselo de un modo delicado, -ingenioso, como deben decirse estas cosas cuando uno quiere sentar plaza -de escritor ático, intencionado y habilidoso. - -Más de un cuarto de hora he pasado tirándome por la barba y con la vista -fija en un mico de bronce que sirve de remate á la tapa del tintero, y -no acaba de brotar en mi cabeza ni una sola frase irónica. Me voy -convenciendo con verdadero dolor de que no soy tan socarrón como creía. - -Despechado y sin aliento, arrojo una mirada sobre las cuartillas -escritas. Son veintisiete. Por consiguiente, según mi cálculo, falta por -escribir una tercera parte del artículo. - -Ahora bien, esta tercera parte la dedica todo crítico bien educado á -elogiar la obra que juzga cuando es mala. Cuando es buena, lo común es -dedicar dos terceras partes. No seré yo ciertamente quien con mano torpe -pretenda romper el curso de nuestras costumbres venerandas, consagradas -por los siglos y las generaciones. De las dos terceras partes que llevo -escritas, resulta que el Sr. Echegaray es mal poeta dramático. Confío -en que de la que falta ha de resultar que es bueno. - -El Sr. Echegaray no es tan insignificante poeta como pudiera deducir -cualquier adversario suyo de las premisas que he sentado. Yo escribo -para las personas ilustradas é imparciales, para aquellas que saben -conceder á las frases su verdadero sentido y ver al través de las -travesuras del estilo el corazón del escritor. Esas personas que tienen -los ojos puestos sobre el mío saben cuán lastimado está y cuán triste -por las frases que un destino cruel me ha obligado á estampar. Yo admiro -al Sr. Echegaray, le admiro como admiran los gusanos á las estrellas, si -es que las admiran. En materia de admiración, muy pocos serán los que -puedan ponerme el pie delante. Pero yo bien sé por qué admiro al Sr. -Echegaray: las personas que penetran mi corazón, bien lo saben, el señor -Echegaray también lo sabe. Hay muchas cosas inefables para la humana -lengua, y una de ellas es ésta. Asisto á la representación de una obra -de Sánchez de Castro, y quien dice Sánchez de Castro dice Retes. La obra -sale mala, como puede suceder, que esto no me lo negarán ustedes. Pues -bien, este pobre joven que ha sacrificado veinte reales para verla, se -emboza con la mayor dignidad en su capa y sale del teatro murmurando -entre dientes Dios sabe qué cosas. Se estrena un drama de Echegaray, y -el tal drama no satisface ni con mucho mis exigencias. Pues en vez de -salir irritado y feroz á saciar mi cólera en un chocolate, salgo con la -sonrisa más plácida del mundo, una sonrisa que envidiaría el mismo -Perier, enojando á los amigos con mi descarada alegría, y cantando -salmos en honor del Sr. Echegaray. - -«Porque tienes garras como el león y dientes como el chacal, señor, -desgarras y trituras el arte dramático. - -Te glorificaré por tus dramas malos lo mismo que por los buenos y -cantaré tus alabanzas. - -Tú has abierto mi boca, señor, y mi boca cantará tus alabanzas. - -Cuando tú llegaste, los dañinos gorriones, entre los cuales figuraban -Pérez Escrich y Larra, y también Eguílaz, divertían sus ocios en -picotear la escena. - -La picoteaban sin compasión; en su pico no se hallaba palabra de verdad, -ni verso sin ripio, y en su alma de gorrión se albergaban la frivolidad -y la impotencia. - -Llegaste y los desmenuzaste como polvo que el viento esparce, y los -barriste como lodo de las plazas. - -Á tí, ¡oh señor! tributaré gracias con todo mi corazón, y narraré todas -tus maravillas.» - -Las maravillas del Sr. Echegaray son algunas escenas tan bellas como -hacía muchos años no habían resplandecido en el teatro español y un -enjambre de pensamientos graves y luminosos que surcan altaneros el -piélago de sus obras, dejando brillante estela de fuego. - -Las buenas acciones siempre las tengo presentes y no olvidaré mientras -viva de qué modo se ha portado el Sr. Echegaray en una célebre noche. -Tres veces consecutivas había subido el telón, y tres veces consecutivas -había vuelto á bajar. Cuando subía, me quitaba el sombrero y lo colocaba -con delicadeza, que semejaba unción, en la butaca de enfrente hasta que -llegaba un caballero de corbata encarnada que me obligaba á levantarlo -rápidamente y á plancharlo dos ó tres veces con la manga de la levita. -Estas maniobras me hacían perder algunas docenas de versos. Cuando -bajaba, me ponía el sombrero y trataba de lanzarme á los pasillos. -Indudablemente en la vida del hombre hay momentos críticos. Uno de ellos -es salir de una fila de butacas del teatro Español en noche de estreno. -¿Se debe salir dando el rostro ó la espalda á las señoras que ocupan la -fila? Militan razones poderosas en pro de ambos sistemas. No obstante, -mi opinión, y la apunto con las debidas reservas, es que se debe salir -mirando á las señoras. Se deben apretar las piernas hasta donde alcancen -las fuerzas contra la fila contigua, con el fin de hacer patente que -vuestras extremidades son tan inofensivas como hidalgas. Conviene que al -demandar perdón por la molestia, formuléis brevemente una enérgica -protesta contra la empresa del teatro, que sacrifica el pudor al sórdido -interés. No dejéis tampoco de decir, si os ocurre, alguna frase -ingeniosa y moral, sobre todo moral. Si no os ocurre, lo más sensato es -doblar el espinazo, sonreir con modestia y abreviar cuanto se pueda. -Recorría automáticamente los pasillos, el salón de descanso; escuchaba -distraído profundas disquisiciones sobre la verdad de los caracteres y -la verosimilitud de la fábula, y pienso que cuando me aposenté de nuevo -en la butaca y vi sepultarse á los músicos, cual gnomos misteriosos, en -sus tétricos agujeros, ¡Dios me perdone! pero algo semejante á un -bostezo vagó por mis labios. Alzóse la cortina pausadamente, con cierto -chirrido profético, anunciando que en el caso poco probable de que la -obra saliera de la noche limpia de todo silbido, tos ó estornudo, no -reportaría pingües ganancias á la empresa. ¡Lo que es el sino! -¡Partiendo de la garita del apuntador hacia dentro, hasta el telón tiene -derecho á carecer de sentido común! - -Así que vi el escenario, me dió en la nariz un tufillo de belleza que -reanimó mi espíritu soñoliento. ¿Tufillo lo he llamado? Pues no es -verdad; aroma, aroma era, aroma embriagador que llegaba al corazón. Un -hombre que agoniza vertiendo profundos pensamientos en flúido y enérgico -romance. Esto no se ve todos los días. ¡Cuántos se mueren en las tablas -con el ripio entre los labios! Después, una escena verdadera, con vida -terrenal, que en el cerebro delirante del moribundo engendra otra más -grande y fantástica. Sombras que toman carne para ofrecer perdón al -crimen. Seres vivos que la noche y el remordimiento convierte en -sombras. Relámpagos siniestros que alumbran una conciencia cenagosa. El -amor tomando posesión de un corazón dolorido. Un poco de verdad y otro -poco de poesía. Por allí debía de andar el arte. - -Aplaudí como se aplaude cuando no se representa nada de Blasco, y sin -acordarme poco ni mucho de que era un crítico, lloré como un simple -mortal. No hay más remedio que confesarlo: los críticos, salvo honrosas -excepciones, tenemos también corazón como los demás. - -¡Qué noche aquélla! Fué _La última noche_ del señor Echegaray. Después -le aplaudí más de una vez, pero mis palmadas, casi siempre débiles é -indecisas, sonaban á hueco, como las cabezas de algunos sabios. No crea, -sin embargo, el Sr. Echegaray que estoy cansado de aplaudirle ni de -escuchar sus alabanzas, como aquel paisano de Atenas, que se hastiaba de -oir las de Arístides. Aún me restan fuerzas bastantes para sonar las -palmas, y si llega el caso sabré gritar: «¡Bravo, bravo, el autor!» tan -bien como cualquier radical. La Providencia me ha concedido un tesoro de -aplausos; mas yo no tengo facultad para malgastarlo en cuatro días. -Redundaría en menosprecio de las buenas obras dramáticas futuras y -pretéritas, en perjuicio del Sr. Echegaray, que tiene derecho á no ser -empujado por oscuros y peligrosos senderos, y en menoscabo y daño de mi -conciencia, que si no regatea jamás los aplausos al mérito, me exige -estrecha cuenta de los que tributo á la torpeza. - -[Illustration] - - - - -D. JOSÉ ZORRILLA - - -[Illustration: A] las nueve; á las nueve en punto de la noche. Se había -anunciado con la debida anticipación en los periódicos y la tabla de -anuncios del Ateneo lo aseguraba de un modo terminante: - -«El viernes á las nueve de la noche el eminente poeta D. José Zorrilla -dará lectura pública de algunas composiciones inéditas.» - -No podía estar más claro. Y no obstante aún me quedaba un resquicio de -duda. Verdad que el autor del _Tenorio_ estaba vivo, pero había dejado -de pisar muchos años hacía la tierra española. Fatigado de regocijar -nuestras moradas con sus melodiosos cánticos, el misterioso pájaro había -levantado el vuelo y yo no sabía dónde lo había posado; en qué paraje -risueño y frondoso, bajo un cielo azul, había fabricado su nido. ¿No -podría haber otro D. José Zorrilla á quien le hubiese convenido nacer -poeta? Un tanto extraño parecía en este caso que la tabla de anuncios -del Ateneo le apellidase eminente, mas la crítica severa y concienzuda -no ha sido jamás el fuerte de la tabla de anuncios del Ateneo. La duda, -ese fantasma siniestro del siglo XIX que turba las conciencias y las -empuja á los negros abismos de la filosofía alemana, se había apoderado -de mi alma, cuando tropecé con un empleado de la casa. - ---Este D. José Zorrilla que aquí se mienta ¿es verdaderamente D. José -Zorrilla? - -La pregunta no podía ser más directa, más clara, más concreta. - ---Creo que sí, porque el señor presidente ha mandado preparar un -refresco para esta noche. - -La respuesta era precisa y categórica. Ningún artículo de _El Siglo -Futuro_ fué en la vida ni más claro ni más contundente. - -Quedamos en que era D. José Zorrilla el que había de leer aquella noche -varias composiciones inéditas. - -¡Es decir que iba á hallarme frente á frente del prodigioso mago que -había evocado en mi espíritu juvenil sueños infinitos, azules, verdes, -rosados y de otros colores intermedios; con el arpa de oro cuyas dulces -canciones arrullaron las horas melancólicas de mi adolescencia; con el -cometa fulgurante que al promedio del siglo apareció en los cielos del -arte, y cuya cola, formada por miríadas de tomos de poesías, aún no ha -traspuesto por entero el horizonte! - -No faltaré; de ningún modo faltaré. Aunque necesite perder un sermón de -Sánchez de Castro ó un drama del P. Sánchez, no faltaré. - -En tanto que la hora llegaba, empecé á meditar--cosa bastante rara en un -crítico--acerca del romanticismo. - -El romanticismo ha llegado á ser en nuestra época una abstracción, una -idea que la crítica considera, ya funesta, ya dichosa; que para ciertos -historiadores atacados del novísimo sistema de explicarlo todo, fué -simplemente una necesidad de los tiempos. Probablemente no será nada de -esto, y sí tan sólo un grupo de hombres de poderoso ingenio con el cual -nada podía rivalizar más que su arrogancia. Amantes de la libertad, -orgullosos de vivir y respirar, pensando que sus obras no cabían en el -molde clásico ni en ningún otro molde conocido, comenzaron á asestar -furiosos golpes á las formas tradicionales de la poesía. Rompieron la -tupida malla de preceptos que el estudio de los clásicos, unido á la -miseria del ingenio, había formado en los últimos siglos, y lanzaron sus -vuelos por los mundos no explorados de la fantasía. Hoy el viajero -tropieza en el camino con los restos de algún pájaro infeliz víctima del -frío y de la oscuridad, pero tiene presente que otros muchos surcaron -atrevidos las tinieblas y dichosos llegaron á puerto de salvación. - -El cultivo ciego, insensato, de la forma llegara á tal punto en los -tiempos que precedieron al romanticismo, que habían sido proscritas del -arte las ideas por inútiles. Todo estaba inventado. Los asuntos del -poeta se hallaban trazados de antemano, y ¡guay del que osara salirse de -la pauta! Un amante que llora celos, ausencias ó fierezas de su amada; -un natalicio, una muerte, unos días, un matrimonio; en el aniversario de -la entrada del Rey nuestro señor en Madrid á su vuelta de Francia; en el -día del cumpleaños de la Reina nuestra señora; oda al combate de -Trafalgar; soneto á un pajarillo; sátira contra las costumbres del -tiempo; letrilla contra los pantalones cuando empezaron á usarse; en la -proximidad del parto de la Excma. Sra. Marquesa de Villaburrida; á -cierto joven militar de grandes esperanzas con motivo de su temprana y -repentina muerte: á mi señora D.ª Ramona Portillo; epístola á Poncio -quejándose del atraso que sufría el autor en su carrera, etc., etc. - -Tales eran los temas predilectos de aquella musa cumplimentera. Delito -de leso clasicismo se consideraba enamorarse á derechas de Pepita, -Asunción ó Juana. El poeta no podía amar sino á Galatea, Florinda ó Cloe -y eso en el campo y disfrazado de Batilo ó Fileno, porque en la ciudad -ya se guardaría bien de hacerlo. Si le gustaba una niña era -indispensable el decir que _ardía en ansias_ ó que _se hallaba -encadenado por un déspota inhumano_, para que se le creyera. El cuello -de la niña había de ser _albo_ forzosamente y los cabellos _madeja de -oro_, los ojos lanzarían _mortíferos venenos_, dado que no hubiera en -ellos un Cupidillo que disparase _mortales saetas_; los labios serían -_hibleos_, las mejillas de _nácar_ y el seno tomaría la denominación de -_pomas de nieve_ ú _orbes torneados_. La poesía, en resumen, se hallaba -estereotipada. - -En esto, dejáronse oir los rugidos de los románticos, que llegaron cual -rebaño de leones agitando ferozmente sus melenas, y al llegar pusieron -en gran desorden y confusión á la turba de gozques que alastraban contra -el regazo y comían en las blancas manos de las damas aristocráticas. -Traían consigo la idea de libertad, la de naturaleza--á la cual no -siempre han sido fieles--y más arraigada que otra alguna, la de -tristeza. La tristeza fué la musa que inspiró por más tiempo al -romanticismo. Sin que hubiese mayor motivo que antes, todos los poetas -de aquella época convinieron en ponerse muy tristes y en dar claras -señales de hallarse bajo el peso de un gran dolor. Caían sobre el suelo -las lágrimas y formaban pronto regueros, arroyos, ríos caudalosos que se -llevaban los puentes y los corazones; desatábanse en el espacio furiosos -vendavales de suspiros y estallaban tempestades de sollozos. Más grande -desesperación no la habían presenciado los siglos. - -Aun dando por supuesto, como es justo que se dé, que aquella tristeza -tenía no poco de afectada y artificiosa, ¿quién osará negar que -constituye un manantial riquísimo de inspiración poética? Lo pregonan -con elocuencia el _Childe-Harold_ y el _Manfredo_ de Byron, el _René_ de -Chateaubriand, los cantos líricos de Heine, de Víctor Hugo, de -Espronceda y de Zorrilla. Estas obras serán por siempre bellas, aunque -el arte, en sus giros de vagabundo, haya abandonado la región de las -tristezas individuales y parezca sumergirse ahora con deleite en el -océano profundo de la realidad. No queramos juzgar las obras de arte con -el criterio que el gusto de hoy nos señala. Si despreciamos las obras y -los hombres del romanticismo porque las aficiones de nuestra época nos -empujan por opuestos derroteros, cuando otros gustos y otras tendencias -hayan venido á sustituir á las nuestras, ¿con qué derecho pediremos -gracia para nuestros poetas más queridos y para nuestras obras más -predilectas? Pensemos más bien que la belleza es una dama serena y -augusta, pero muy coqueta; el arte un mancebo turbulento y caprichoso -que sin cesar la enamora. Que vista la dalmática griega, ó la toga -romana, ó el jubón de la Edad Media, ó el frac de nuestra época, que -gaste peluca ó melena, que parle en latín ó en sueco, como se muestre -insinuante, rendido y discreto, obtendrá sus favores. - -Aquí llegaba en mi trascendental meditación, cuando rasgó la atmósfera -erudita del Ateneo la voz del ujier: «Cátedra del Sr. Zorrilla». ¡Ay! -Quizá este mismo ujier gritaría impío al día siguiente: «Cátedra del Sr. -Vilanova». - -Acudí con ligereza á sentarme delante de la misma tribuna, y esperé con -recogimiento, con cierto temblor cortesano, la llegada del monarca. - -Y llegó. ¡Pero cómo llegó, cielos! Como oveja á quien privaron de su -vellón; como pájaro desplumado. ¡Llegó sin melena! - -El viejo y trasquilado león subió lentamente los escalones de la -tribuna, y una vez arriba, alzó la cabeza. La juventud había huído de -aquella frente, el fuego de aquellos ojos, el carmín de aquellos labios. -Paseó una mirada por la concurrencia, y saludó. Yo no sé lo que vi en -aquella mirada y en aquel saludo, pero me sentí profundamente conmovido. -Aquella mirada triste, muy triste, aquel saludo humilde y encogido -parecían decir: - -«Estoy en el Ateneo de Madrid; lo sé. Los que aquí os reunís, todos sois -más ó menos sabios; todos sabéis que he cometido muchos anacronismos y -muchas faltas de gramática. Sé que os reís de mis composiciones vacías, -de mi lirismo trasnochado; sé que os gustan otros poetas más filósofos, -sé que ya no tengo ni un admirador ni un amigo entre vosotros. La -generación á la cual el soplo de mi musa revolvía y encrespaba unas -veces, y otras rizaba y adormía blandamente; el público que decía mis -versos en el teatro antes que el actor los profiriese, se ha llevado á -la tumba mi renombre. Los amigos que conmigo lo compartían han caído -también uno á uno en el oscuro misterio de la muerte. Cuanto miro en -torno mío, me es extraño y desconocido. No entiendo vuestra sabiduría, -no entiendo vuestro escepticismo, no entiendo vuestros versos. Me -encuentro solo, triste y pobre, y ni aun fuerzas me quedan para -repetiros la vieja canción. Nada puedo daros digno de vosotros: -perdonadme, señores, perdonadme.» - -Y á mí se me encogía dentro del pecho el corazón y me asaltaban deseos -irresistibles de decir: - -«Procedamos por partes, ilustre vate. En primer lugar, gracias á Dios, -no somos todos sabios los que aquí nos reunimos. Desde mi asiento estoy -viendo á varios que no lo son, puede usted creerlo, no lo son. Algunos -hay que la opinión pública califica de tales, pero ya sabe usted que la -maledicencia en nuestro país no respeta nada, y que no es posible poner -trabas á las lenguas. De los pocos que restan, la mitad son traducidos -del francés y la otra mitad en el pecado llevan la penitencia, pues -nadie cuenta con ellos para nada. Mas supongamos por un instante que -todos lo fuésemos. ¿Piensa usted que habrá sabio alguno, por tonto que -sea, á quien no cautiven y deleiten los hermosos poemas que usted ha -creado? ¿Piensa usted que esta poesía amaneradilla y artificiosa que hoy -está de moda osará chistar mientras se alce en los aires el son de sus -dulces y frescas melodías?» - -Esto diría seguramente si hubiese dicho algo. Me reduje á pensarlo, con -otras muchas cosas que el lector irá conociendo seguramente si no se -queda rezagado en la lectura de este artículo. - -Situémonos en un punto de vista equidistante de todas las escuelas y de -todas las tendencias que han imperado en el arte. Mejor dicho, -situémonos en tal lugar y tan lejano que apenas se divisen esas barreras -que las alternativas y variantes del gusto han levantado en los vergeles -de la poesía. Desde aquí, desde el lugar empingorotado donde plugo á mi -voluntad colocarme, no acierto á ver ningún lindero; el huerto de los -clásicos es una prolongación del de los románticos, ó tal me parece al -menos, y el de los realistas se introduce sin que nadie le vaya á la -mano por el de los idealistas. En unos y otros las flores y las berzas -fraternizan con efusión. Los ingenios que los han cultivado están allí -representados con tamaños muy distintos, sin que pueda asegurar que se -haya atendido para nada ni á la época en que florecieron ni á la escuela -en que militaron. Por ejemplo, allá veo á Calderón que está representado -por un coloso de oro con rica corona de brillantes, mientras Sánchez de -Castro es una hormiguita que en este momento le entra por la ventana de -la nariz y le hace estornudar. - -Mas en realidad mi obligación en este momento es no acordarme para nada -de Sánchez de Castro y no quiero dar un paso más por este terreno -escabroso. Así, pues, convirtiendo mis ojos á Zorrilla, observo que su -talla se eleva majestuosa sobre todos los poetas españoles de este -siglo, y sólo Espronceda y Quintana logran altura parecida. Bien se me -ocurre que esta observación tomada del natural, como ahora se dice, no -enternecerá el corazón de los poetas que hoy figuran; mas ¡ay! consiste -en que el corazón del poeta, blando y sensible para el canto del -ruiseñor, para el beso de la virgen, para las noches de luna, es de -piedra berroqueña para los versos de su vecino. - -La poesía de Zorrilla es una flor de los campos, risueña, fresca, suave, -fragante. Nació sin que una mano diligente hubiese derramado en aquel -sitio algunos granitos de semilla traídos de París. Nació porque Dios -quiso que naciera para solaz del viajero que en el camino angustioso de -la vida se tiende á descansar un instante en los dominios del arte. La -regadera de la ciencia no ha venido á chapuzarla mañana y tarde. En los -días de cierzo no ha tenido cristales que la resguardaran; en las noches -de hielo no ha tenido á su lado estufa que le prestara calor. Alguna vez -se doblaba la pobrecita al peso de la nieve; otras veces se arrugaba por -las quemaduras del sol. Pero tornabais al día siguiente y la -encontrabais de nuevo fresca y erguida derramando aromas y esparciendo -reflejos. - -Porque Zorrilla es un gran poeta, á despecho de la ciencia, á despecho -de la Academia de la Lengua, á despecho de sus torpes imitadores y hasta -á despecho de sí mismo. Infinitamente más poeta que otros que poseen -mucha ciencia, mucha Academia y pocos imitadores. - -Á la flor de la poesía dedicámosle hoy cuidados exquisitos y prolijos. -No los rechazo, que prefiero yo con mucho los refinamientos del espíritu -á las groserías de la letra. Mas déjenme ustedes admirar de buena -voluntad á aquellos árboles gigantes de espeso y oscuro ramaje cuyas -copas se columpian majestuosamente al impulso de los vientos en los -bosques de mi país, y no tanto á aquellos otros del Buen Retiro -cortejados sin cesar por la mano solícita del jardinero y recibiendo el -agua bonitamente por tubos de hoja de lata. No lo puedo remediar. - -Los versos de Zorrilla no han sido forjados penosamente como tantos -otros en las fraguas del pensamiento. Zorrilla no ha tomado jamás las -medidas á la idea para encajarla en el verso. El verso y la idea -nacieron en su mente á un tiempo mismo, como la luz y el color. Si á -Zorrilla le privaseis del lenguaje numeroso, le arrancaríais las alas y -pronto veríais con qué dificultad se movía por la tierra. Si quisierais -enseñarle la prosa, veríais cuán torpemente se expresaba, como esos -pobres mirlos á los cuales sus dueños ¡progresistas! se empeñan en -enseñar el himno de Riego con la flauta. - -La prosa es una cosa muy excelente. Yo se la recomiendo con toda mi alma -al Sr. Grilo. Mas la prosa sólo puede expresar lo que se concibe en -prosa: cuando se concibe en verso, se debe parir en verso. Hay tal -vaguedad en las ideas del poeta y tanta contradicción en sus -sentimientos, que no es fácil empeño introducirlos en la prosa sin -sacarla de quicio. El verso, según dicen, es el lenguaje intermedio -entre la prosa y la música. Zorrilla lo ha hecho acercarse mucho más á -la música que á la prosa. Por eso penetra más fácilmente que ningún otro -poeta en nuestra alma y se guarda más tiempo en la memoria. ¿Quién en -España no sabe versos de Zorrilla? ¿Quién es el que no ha sentido el -aroma de aquella flor silvestre de que antes os hablaba? - -Voy á figurarme que cruzáis por un país extranjero. En una sala -espléndida, muy bien arrebujada con riquísimas alfombras y tapices, -chisporrotea un fuego malicioso haciendo guiños y prometiéndolas muy -felices al aterido contertulio, que descalzándose los chanclos y -sacudiéndose la nieve, alza la cortina diciendo: «Good evening -gentlemen». - -Ya estáis de la parte de adentro, y al compás de vuestros pasos se alza -un repique adulador en el cristal de las arañas y en la porcelana de las -mesas. Y luego los enormes espejos, tan altos como el techo, se -apresuran á reproducir profusamente vuestra imagen, como si fuese la de -un grande hombre. Así que llegáis á las cercanías de la chimenea, os -inclináis con mucha gracia y estrecháis una mano más blanca que el manto -con que en aquel instante se embozan los árboles del jardín, más suave -que la seda que viene de las Indias. No quisiera equivocarme, pero -aquella mano pertenece, á mi entender, á una _lady_ de alabastro con -ojos azules. Habláis del tiempo, por supuesto, habláis del príncipe de -Gales, habláis de _sport_, y hasta, si os parece oportuno, habláis de -los ojos azules de _mylady_. Todo esto á mí no me importa poco ni mucho. -Pero la conversación viene á caer sobre materia de poesía, y entonces ya -pongo el oído para escucharla. _Mylady_ tiene gran pasión por Tennyson, -y se empeña en leeros uno de sus idilios, que vosotros, claro es, -encontráis divino. Á la lectura del idilio sigue un silencio, y al -silencio esta pregunta: «Decidme, _my dear_, ¿qué poetas tenéis en -vuestro país?» - -¡Ah! Yo estoy seguro de que en aquel instante separáis la vista de la -argentada _lady_, y la sacáis por el balcón á pasear por otros espacios. -Una lágrima tiembla en vuestros párpados, que no llega á caer, porque -aquella lágrima pertenece á la patria y no quiere pisar tierra -extranjera. Allá, muy lejos, detrás de la nieve, hay una región feliz -donde calientan los rayos del sol y esparce el azahar sus fragancias. -Las aguas azules del mar y los bosques espesos de lauros, la lengua -melodiosa de las aves y la boca imperceptible de los insectos elevan sin -cesar un coro de bendiciones al firmamento límpido... - -«Señora, el primero de nuestros poetas se llama D. José Zorrilla. Sus -versos son el más preciado regalo de los oídos españoles. Ninguno ha -conseguido tanta popularidad, porque ninguno es tan sencillo, tan -melodioso y tan flúido. Sus versos tienen el color de nuestras flores, -el brillo de nuestro cielo, la frescura de nuestra brisa. Cuando los -escuchamos, nos sucede lo mismo que cuando paseamos al declinar la tarde -por las riberas del Tajo, se olvida uno de que esta tierra es un valle -de lágrimas. Ninguno tampoco más nacional. Su espíritu nos pertenece de -tal modo, sus pensamientos están ligados por tan estrechos lazos á la -tierra española, que en vano querríais formaros idea de su encanto los -que no habéis balbuceado jamás plegarias á la Virgen, los que no habéis -escuchado en esa lengua los consejos de vuestra madre. Su poesía, como -nuestro sol, no se puede traducir.» - -Sí; estoy seguro de que estas ó parecidas palabras saldrían de vuestra -boca, porque en tal instante no querríais semejaros al asno de la -fábula, que dispara furiosas coces sobre la frente del león moribundo. -Quizá en vuestro corazón tendríais ya reservado este papel para algún -amigo de Madrid. Y no diríais mentira. El troquel que acuñó los versos -del _Capitán Montoya_ y _Margarita la tornera_ bajará al sepulcro de -Zorrilla, y tal vez se guarde allí por siempre. Aquellos fantásticos -caballeros de la tradición no tornarán ya á este mundo, tan vivos, tan -altivos, tan resueltos; aquellas doncellas de ojos garzos que beben por -entre una reja el tósigo del amor, no serán tan puras, tan risueñas, tan -ideales. Las noches de Andalucía, diáfanas ó brumosas, los bosques, las -tempestades, las flores, los claustros, el canto de las aves, los -suspiros del amor, ya no tendrán pincel que los retrate y los difunda -por la tierra. ¿Qué jinetes osarán en lo porvenir cruzar de noche un -bosque de este modo? - - Muerta la lumbre solar, - iba la noche cerrando, - y dos jinetes cruzando - á caballo un olivar. - - Crujen sus largas espadas - al trotar de los bridones, - y vense por los arzones - las pistolas asomadas. - - Calados anchos sombreros, - en sendas capas ocultos, - alguien tomara los bultos - lo menos por bandoleros. - - Llevan, por que se presuma - cuál de los dos vale más, - castor con cinta el de atrás, - y el de adelante con pluma. - Etc., etc. - -¿Qué náyade se atreverá en adelante á salir del fondo del agua en esta -forma? - - Tocó en el haz del agua - su cabellera blonda; - quebró la frágil onda - su frente virginal. - - Dejó el agua mil hebras - entre sus rizos rotas, - y á unirse volvió en gotas - al limpio manantial. - -Oigo decir que Zorrilla no ha respetado en más de una ocasión la -gramática. Pero ha respetado la belleza. Y aun sobre su decantada -incorrección pudiera decir unas palabras. Si ustedes me lo permiten, las -voy á decir. - -Es mi creencia arraigada que los idiomas no se perfeccionan en las -Academias, como el estado político de las naciones no progresa por la -labor de las Cámaras altas. La tarea de unas y de otras es de -conservación y resistencia: nada más. Los idiomas progresan por el -impulso que les comunica un gran escritor ó por el nuevo aspecto en que -los ofrece. Sin acudir á países extraños, donde hallaríamos grande copia -de ejemplos, y ateniéndonos solamente al nuestro, consideremos que el -más singular y glorioso de nuestros escritores, Miguel de Cervantes, ha -sido quien abrió más amplios horizontes á la lengua, comunicándole el -mayor grado de flexibilidad á que pudo aspirar jamás idioma alguno. -Observemos de paso que Cervantes no está notado de escritor correcto y -castizo, pues no tuvo inconveniente en aportar al castellano multitud de -italianismos y galicismos. Asimismo es verdad que todos nuestros grandes -escritores han trabajado sobre el patrio idioma, otorgándole cada cual -su propia y peculiar fisonomía. Quevedo, Rivadeneira, Solís, el P. Isla, -etc., han bordado primorosamente en el rico tapiz del habla castellana, -llevando siempre un nuevo color á su exquisita urdimbre. - -En tiempos más cercanos, ¿quién no recibirá deleite leyendo la prosa -tersa y elegante de Jovellanos, ó los versos sonoros de Quintana, ó la -acerada frase de Larra? Y no obstante, éstos, que serán siempre dechados -del buen decir, no lo son de corrección y pureza. - -Zorrilla ha prestado servicios eminentes al idioma. En sus obras -adquirió el más alto grado de dulzura y armonía. Cuando hayan -desaparecido los correctísimos escritores que tan duramente le zahieren -por sus descuidos, y las obras donde han estampado sus relamidas frases -hayan vuelto á la tierra de donde salieron, aún vivirá Zorrilla y sus -canciones andarán en boca de los hombres. - -Mas, á todo esto, todavía no he preguntado al poeta que me ocupa en qué -ideales se inspira. Es extraño, muy extraño; mucho más extraño -tratándose de un sujeto que lleva varios años de socio del Ateneo. - -Iba á remediar mi falta, cuando me interrumpe una salva de bravos y -palmadas. Los sabios aplauden desaforadamente _La siesta_. Mas ahora -corresponde preguntar: ¿Cuál es el ideal de _La siesta_? - -Opino como Zorrilla: dormirla con Rosa. - - EPÍLOGO - -Alguna vez le he vuelto á encontrar en las calles de Madrid, triste, -cabizbajo y acompañado de López Bago. - -El genio, vaya ó no vaya acompañado de López Bago, es digno de respeto. - -Por eso yo, aunque lleve la derecha, me apresuro á dejarle la acera. - -[Illustration] - -[Illustration] - - - - -D. RAMÓN CAMPOAMOR - - -[Illustration: P]ARA comprender bien la fisonomía poética de Campoamor -es necesario pertenecer por entero, con alma, vida y corazón, á la época -presente. El Sr. Campoamor es un poeta de la edad presente. No hay más -que considerar un instante sus patillas para convencerse de ello. Hace -algunas noches le oía leer uno de sus bellísimos poemas, _El amor y el -río Piedra_. Y al escuchar las aventuras de aquellos enamorados -desertores que van dejando en las grutas, en los céspedes y en las -zarzas del río Piedra sus risueñas ilusiones, el autor se me -representaba de improviso bajo una forma semejante. También él es un -desertor, un desertor de la fe, que marcha por la vida río abajo, río -abajo, también dejando entre los zarzales jirones de sus creencias. Y al -dejarlas se detiene un punto para lanzar sobre ellas una mirada triste; -suelta una lágrima, escribe una dolora, se echa á reir y sigue su -camino. Y con él vamos todos, todos, casi todos (como él diría), y -también soltamos lágrimas y carcajadas, pero no soltamos doloras para no -descalabrar á nuestros semejantes. Pero río abajo, río abajo, se va á -parar al escepticismo, dirán ustedes.--Tal vez.--¿Y entonces?--Entonces -¿qué?...--Nada. - -Campoamor no tiene padre. Menos afortunado en esto que D. José Zorrilla, -el cual es hijo legítimo de un ruiseñor, según ha tenido la bondad de -revelarnos últimamente, nuestro poeta es un pobre huérfano dentro de la -literatura patria. Fuera de ella quizá tenga algún pariente cercano, -pero que no merece por ningún concepto el nombre de padre. En el mundo -de la poesía lírica no está mal mirado el que no tiene padre conocido. -Es un mundo democrático, donde cada cual es hijo de sus versos y donde -conviene mucho que éstos se parezcan lo menos posible á los de los -demás, aun cuando no acaben de hacerse cargo por completo de ello el -Marqués de Molíns, el Conde de Cheste, el Marqués de Valmar y otros -próceres del Reino. - -En cambio, vean ustedes; en el mundo de la poesía dramática no acaece ya -lo mismo. El poeta dramático puede y debe tener presente para orientarse -en sus concepciones la tradición del teatro nacional, porque el poeta -aquí no va á expresar exclusivamente sus sentimientos, sino también los -del público. Así es el mundo, ó mejor dicho, así son los mundos. - -Como no tiene padre, nuestro poeta ha gozado de una libertad envidiable -desde sus primeros años, enderezando sus pasos á donde bien le plugo, -unas veces exhalando gemidos y vertiendo lágrimas en compañía de la musa -romántica, otras retozando alegremente con la clásica. Mas no es -hacedero pasar en esta existencia, que no llamaré mísera porque ya lo -han hecho antes algunos ilustres escritores, entre ellos Pérez Escrich, -de la risa á las lágrimas y de las lágrimas á la risa sin llegar á una -conclusión. Justamente á esta conclusión ha llegado nuestro poeta. Y la -conclusión es la siguiente. - -Las lágrimas y la risa no son otra cosa que manifestaciones concretas -del estado particular del pensamiento en cada momento. La risa expresa -la alegría, como el llanto la tristeza. Mas he aquí que el pensamiento -consigue sobreponerse á estos medios de expresión congénitos á nuestra -naturaleza, y se eleva á una región serena y en cierta medida -indiferente, á donde llegan confundidos y revueltos los suspiros y las -risas. Entonces el pensamiento, tal vez sin darse cuenta de ello, si se -ve triste toma para salir á la calle la risa, máscara de la alegría; si -se encuentra alegre, el llanto, vestidura del dolor. - -No es esto lo corriente, debo confesarlo; pero alguna vez acontece, y -cuando acontece, al que de tal modo quebranta el orden establecido para -la emisión del pensamiento, se le llama _humorista_, aunque la palabra -no haya recibido todavía carta de naturaleza en nuestro idioma. -_Humorista_, sin embargo, no es únicamente el que pone en contradicción -su pensamiento con sus palabras, pues esta contradicción se observa en -cualquier escritor satírico, sino más bien el que pone en contradicción -su pensamiento con el pensamiento universal. El escritor que sólo aspire -á producir un efecto cómico, no llegará jamás á este punto. Es necesario -poseer un alma superior y lúcida, que aprecie las cosas de este mundo en -su verdadero tamaño y no en el que se ofrecen á los ojos del vulgo. El -_humorismo_ es un soplo delicado que se esparce por todos los -pensamientos del escritor, suavizando su aspereza, refrenando sus -tendencias á lo absoluto y tiñéndolos todos con el color de lo relativo. -Es algo que nos emancipa y nos liberta de la bajeza de esta vida, -colocándonos en un sitio elevado é inexpugnable. El _humorista_ ríe; -pero bien sabemos todos que su risa no durará mucho, y que sus lágrimas -se encuentran siempre apercibidas á salir. En este mundo no todo inspira -risa. El _humorista_ llora; mas si aplicamos el oído, no tardaremos en -percibir cómo se une al coro de gemidos una nota risueña y bulliciosa. -En este mundo no todo arranca lágrimas. El _humorista_ ridiculiza los -actos y las personas, pero su sátira no lleva veneno, y por eso no mata, -antes vivifica. Cervantes, el más grande de los _humoristas_, -ridiculizando en un personaje la desmedida afición á las aventuras -caballerescas, no ha podido menos de hacerlo amable á todos los -corazones sensibles. El espíritu del verdadero humorista se halla -dotado, en fin, de una tolerancia inagotable para con los defectos de la -humanidad. Los considera como una herencia que no es posible repudiar, -y dirige sus ataques más al defecto en general que á los defectos. - -Pues bien, señores; tengo el honor de presentar á ustedes un poeta -_humorístico_. Mírenlo ustedes bien, porque en España no hay más que -este ejemplar. Y aun éste ha llegado un poco tarde á rendir parias á esa -musa pálida y nerviosa que acarició á Byron, á Heine y á Musset. Después -de malgastar los bríos de su juventud en estériles devaneos con otras -musas y más tarde en licenciosas bacanales filosóficas, es natural que -al entregarse á ésta se hallase un tanto debilitado y maltrecho. No le -dedica como Musset y Heine las primicias de su fantasía, sino los -últimos resplandores. Por eso las poesías de Campoamor no tienen la -frescura y espontaneidad que tanto encarecen y abrillantan las de -aquéllos. Acá para nosotros; yo creo que el Sr. Campoamor tiene -demasiada metafísica entre pecho y espalda. Nada más funesto para los -órganos vocales que la metafísica. Estoy seguro de que los catarros del -señor Campoamor no proceden de otra cosa. Sin embargo, el Sr. Campoamor -lo ha advertido, si no á tiempo, con bastante oportunidad al menos. Yo -le he visto apostrofando á la metafísica cual si tuviese la calavera de -Yorik en la mano; y como Hamlet arrojarla diciendo: «¡qué olor tan -fétido, puf!» - -Efectivamente, Sr. Campoamor, hay muchas cosas en el cielo y en la -tierra que no conocen ni Orti y Lara ni Aristóteles; y ha obrado usted -muy cuerdamente poniendo cada día mayor distancia entre sus poesías y -_Lo absoluto_. Pero aquella sucia calavera dejóle algunas telarañas en -los dedos y fué necesario que usted se bañase en el Jordán cristalino de -los _Pequeños poemas_ para arrojarlas de sí enteramente. - -Vamos á otra cosa. En la poesía del Sr. Campoamor se observa un -desequilibrio notable entre el pensamiento y la forma. Aquél es el -tirano que se impone con maneras tan descorteses, tan despóticas en -ocasiones, que la mísera forma corre á ocultarse por los rincones de la -prosa, reduciéndose de buena voluntad al menor tamaño y apariencia -posibles. Pero de estas y otras cosas no doy culpa ninguna al Sr. -Campoamor. Hemos convenido en que pasaron los tiempos ominosos de las -formas. Los escultores achacan la decadencia de su arte á los excesos -del pensamiento, que favorecen el desarrollo de la cabeza destruyendo al -propio tiempo la armonía corporal que el arte reclama, y yo no estoy muy -lejos de creerlo así. La facultad del alma que hoy alcanza más éxito -entre la buena sociedad es el entendimiento. Sentiría mucho, no -obstante, que se viese en estas palabras una alusión directa ó indirecta -al Sr. Grilo ni tampoco al Sr. Blasco. - -En el cerebro de los hombres de este siglo, las ideas se codean, chocan, -se atropellan, quieren salir todas á un tiempo, cual si estuviesen en el -Ateneo en el momento de pedir la palabra el Sr. Perier, y, es claro, no -hay manera de que salgan con la debida compostura. Fuerza es -confesarlo; el siglo va echando demasiada cabeza, si bien me complazco -en reconocer que dentro del siglo hay algunas cosas que, aunque no -tienen pies, tampoco tienen cabeza. ¿Necesitaré repetir que no hay en -mis palabras ninguna alusión concreta? - -La forma huye, pues, del siglo en que vivimos, y es lo peor de todo, que -en la poesía no puede sustituirse por el algodón y la goma como en otras -esferas de la vida individual. Ya no les queda á los desdichados hijos -de esta época más que fondo, y todavía á muchos de ellos les niega la -suerte este último consuelo. Pero no se lo ha negado al Sr. Campoamor. -El Sr. Campoamor es el poeta más sustancioso que poseemos; tal vez el -único que pudiera sufrir una traducción en prosa á cualquier lengua -extranjera. Y aun cuando no es opinión mía que deba someterse al poeta á -prueba tan terrible, porque hay en la poesía un algo sutil, vagoroso y -tenue que se evapora y desvanece así que se quiebra la estrofa en que se -guarda, debemos confesar que da señales manifiestas de robustez y brío -la que sabe resistir á esa brutal profanación. Si no aconteciese de esta -suerte en otros varios casos, no es del todo seguro que la mayoría de -los españoles leyesen los poemas de Byron y de Goethe. - -Porque ha querido hablar de las cosas del cielo con el lenguaje de la -tierra, los dioses indignados vertieron sobre los poemas de Campoamor el -veneno de la monotonía, de esa monotonía que en los alejandrinos -franceses hace tan desastrosa competencia al opio. El desdén soberano -con que Campoamor arroja á los pies de los dioses la octava sonora, la -quintilla chispeante, la décima coqueta y el romance cadencioso, -quedándose tranquilo con su pobre pero honrada _silva_, es un rasgo de -audacia y estoicismo que me seduce. Sin embargo, guárdense nuestros -vates de imitar un acto de heroísmo semejante, pues si los dioses por -capricho perdonan á uno de estos temerarios, cuando algún otro intenta -repetir el sacrilegio, no dejan de confundirlo con ejemplar castigo. -Verbi y gracia: días atrás he visto los _pequeños poemas_ de un joven -vate, formando un elegante tomo con hermosa cubierta á dos tintas, que -hacinados miserable é irrespetuosamente en un cesto, se vendían en la -Puerta del Sol á medio real. ¡Qué terrible enseñanza para los jóvenes -poetas! - -La sencillez de Campoamor es proverbial, y porque es proverbial puedo -excusarme de hablar de ella. Tan sólo quiero que ustedes me den su -opinión sobre el siguiente caso. - -Más de una vez me ha acontecido el pararme en los pasillos de un teatro -ó en la puerta de un salón de baile á inspeccionar seriamente la entrada -de las bellas. ¡Qué joven no tiene en su vida alguno de estos rasgos de -talento! Otros jóvenes, dando pruebas del mismo ingenio, no tardan en -colocarse á mi lado en alineación derecha, quizá con idéntico objeto, y -presto se forma una apretada fila de cuellos á la marinera y corazones -predispuestos á la admiración. Las bellas pasando por delante de la -noble fila con los ojos bajos y el rubor en las mejillas esperando -humildemente el fallo de aquellos cuellos soberanos. Y á cada nueva -belleza que entra abrochándose los guantes, se alza del seno de la fila -un himno de murmullos y de muecas que va derecho al trono del Altísimo á -felicitarle por sus últimas producciones. Mas, no cabe duda, cuando la -fila se siente verdaderamente alarmada y herida en lo más íntimo, es -cuando pasa Melita. ¡Melita es tan linda!... ¡Tiene unos ojos!... ¡Y -unos labios!... ¡Va siempre tan sencilla!... Y sobre todo, eso de no -pintarse poco ni mucho es un rasgo que la coloca á la altura de Lucrecia -y de la madre de los Gracos en opinión de la muy alta y poderosa fila. -Por eso aquellos esforzados jóvenes se sienten acometidos de la -imperiosa necesidad de producir en su garganta algunos gruñidos muy -lisonjeros, sin duda alguna, para Melita. - -Esto mismo se ha repetido en distintas ocasiones, y cuantas veces se ha -repetido, otras tantas he visto á Melita tan linda y tan risueña, y -otras tantas su acrisolada y nunca desmentida sencillez ha pesado de un -modo decisivo en la opinión. - -Ahora pregunto yo: ¿Tendrá algo que ver la sencillez de Campoamor con la -de Melita? - - - LAS DOLORAS - -_Pregunta._ ¿Qué son doloras? - -_Respuesta._ Unas composiciones breves, ingeniosas y muy desengañadas, -que revolotean sin cesar desde la poesía á la prosa y desde la prosa á -la poesía, donde se expresa un pensamiento que el Sr. Rayón y algunos -otros distinguidos críticos, entre los cuales se cuenta el Sr. Rayón, no -dudan en calificar de filosófico. - -_P._ ¿Es ésta, por ventura, la definición aceptada y seguida en las -escuelas? - -_R._ No señor. En este punto, como en algunos otros, no todos los sabios -estamos de acuerdo. El señor Marqués de Molíns «tiene para sí que tales -poesías, sencillas como la anacreóntica, ligeras como el madrigal, -picantes como el epigrama, no están empapadas en el vino de los -banquetes como la anacreóntica, ni perfumadas de tomillo y mejorana como -el madrigal, ni salpimentadas de mostaza como el epigrama; pero que -conmueven como la oda, describen como el idilio y corrigen como la -sátira». No me es posible, sin embargo, acostarme á la opinión de este -varón eminente. - -_P._ Y el nombre de doloras ¿de dónde lo hubieron? - -_R._ El Sr. Conde de Revillagigedo, con esa perspicacia que caracteriza -á los condes, supone que tuvo origen en algún misterio del corazón. Y -efectivamente, nadie puede dudar de que los corazones son muy capaces de -encerrar misterios. Pero ¿tenemos acaso derecho á introducirnos en su -vida privada? - -P. Mas dejando á un lado al Sr. Conde de Revillagigedo, pues no es bueno -en este instante discutir las grandezas de la tierra, ¿cuál es vuestra -opinión (entendiendo que os pido la mejor que tengáis) sobre las doloras -de Campoamor? - -_R._ No sólo os daré mi opinión, sino también la de mi familia, en el -caso de que os fuese de alguna utilidad. Las doloras, aunque un poco -dadas á la metafísica, son unas composiciones muy bellas, elegantes y -discretas. Predomina en ellas la imaginación sobre el sentimiento, y -esto es precisamente lo que las aparta de los _lieder_ alemanes, con los -cuales guardan más de un parecido. Son picarescas, llenas de gracia y -donaire y nos dicen más á veces con una mueca, que el Sr. Perier con un -discurso. Ríen mucho y lloran alguna que otra vez. La gente ha dado en -decir que tienen poco corazón. - -_P._ ¿Por qué habéis dicho de ellas que son muy desengañadas? - -_R._ Porque no he querido llamarlas escépticas. No se dirá jamás que yo -he sido grosero con las damas. Y si paramos mientes en este asunto, aún -se verá claramente que existen razones para adoptar un adjetivo y -desechar el otro. Cuando leo las doloras, sin poderlo remediar me -acuerdo de ciertas preciosas jóvenes que después de dos ó tres -acometidas infructuosas de matrimonio se deciden á tener ojeras y á -estar distraídas cuando se las habla, plegando sus labios húmedos y -rojos con una sonrisa irónica, y paseando su belleza por teatros y -salones con la misma unción que si mostrasen las tablas de la ley al -pueblo israelita. Aquellas jóvenes no son escépticas; sienten la -belleza, sienten la religión, sienten el arte y sienten el matrimonio. -Pero están desengañadas. - -_P._ ¿Qué tenéis que decir sobre su moralidad? - -_R._ Dirigíos, si tenéis empeño en saberlo, al cura de la parroquia. - -_P._ ¿Y qué opináis del comentario que el Sr. Rayón va poniendo á cada -una de las doloras? - -_R._ Bien echo de ver, por la pregunta, que no habéis visto jamás unas -láminas que suelen traer los libros de cirugía, donde aparece primero el -rostro hechicero y virginal de una niña, y en la página siguiente este -mismo rostro despojado de la piel. - -_P._ ¿Por qué decís que revolotean sin cesar desde la poesía á la prosa -y desde la prosa á la poesía? - -_R._ Porque en algunas de ellas el pensamiento es tan poético, que -merece una expresión más pura y armoniosa que la que el Sr. Campoamor le -presta, y en otras tan prosaico, que no hay razón para lanzarlo á los -espacios de la poesía en alas de la versificación, cuando debiera -discurrir á pie por la tierra como el vulgo de los mortales. Muy lejos -de mí la idea de dividir las palabras en legales é ilegales, cual si -fuesen partidos de oposición. Si hubo un tiempo en que multitud de -vocablos no podían tener acceso á la vida del arte, hoy por fortuna el -cuarto estado del diccionario ha roto sus cadenas, y en la más -encopetada poesía se tropieza sin sorpresa con palabras de un origen muy -humilde. Mas con ser esto tan cierto como justo, no os daréis por -ofendido si opino que, cuando en la mente del escritor se presenta un -pensamiento lúcido y como si dijéramos de sangre azul, el escritor se -encuentra en la imprescindible obligación de procurarle el traje que -conviene á su rango, al paso que cuando llama á su puerta un pobre -diablo lleno de harapos y greñas, la caridad no le ordena más que -alargarle un plato de potaje para remediar su hambre. - -_P._ ¿Y creéis que las doloras llegarán á formar un género literario? - -_R._ No, padre. - -_P._ ¿Y en qué os fundáis? - -_R._ En que el carácter de las doloras no está determinado por su forma, -sino por su fondo. Ahora bien; el fondo de las doloras es el mismo -talento poético del Sr. Campoamor. ¿Creéis que un talento tan original -tendrá muchos hermanos? - -_P._ ¿Cuáles son las mejores á vuestro juicio? - -_R._ Aunque son muchas las que me gustan, en general considero -superiores las comprendidas en la cuarta parte, no sé si por su belleza -intrínseca, ó por la aureola que las presta el no llevar comentario de -Rayón. - - EL DRAMA UNIVERSAL - -No tengo predilección por el poema simbólico ó fantástico. Algo parecido -me pasa con las ostras. Las como cuando se presenta la ocasión, es decir -cuando me las ofrecen; pero yo no las pido jamás. Mas no por eso dejo -de comprender la afición á los poemas simbólicos. Es una afición tan -plausible por lo menos como la de las ostras. Mi espíritu, abierto á -todos los mariscos y á todos los poemas, sabrá, ya que la vez se -presenta, tributar los honores debidos al _Drama universal_. - -Allá en otro tiempo, sin embargo, sentía yo verdadera pasión por las -ostras. Mas he aquí que un amigo escribe un poema simbólico, y lo que es -aún más generoso por su parte, se decide á leérmelo. Bien sabe Dios que -jamás he exigido á ningún amigo que me lea un poema simbólico. Comprendo -que la amistad tiene sus límites, y por eso si él no se ofreciese -espontáneamente á leérmelo, nunca me hubiera aventurado á pedírselo. Me -llevó á su casa, me regaló el paladar con unas ostras y me leyó su poema -simbólico. Por la noche soñé unas cosas espantosas. Un mar embravecido, -negro como la tinta, arrojaba á la orilla donde yo estaba una cantidad -de ostras que iba en aumento de un modo prodigioso. La playa se hallaba -cubierta enteramente por ostras que destilaban fríamente su licor -viscoso y nauseabundo. Yo trataba de huir á toda prisa, pero en vano, -porque á cada paso aquel maldito licor me hacía resbalar. ¡Qué angustia! -El mar seguía rugiendo y arrojando ostras y ostras. Parecía que se -habían dado cita en aquella playa las ostras de las cinco partes del -mundo. Por último desperté, y noté que me dolía la cabeza. Después, creo -que me hicieron tomar algunas limonadas purgantes y un océano de caldo. -Cuando salí de la cama, al cabo de varios días, había perdido casi todas -mis ilusiones sobre las ostras y los poemas simbólicos. - -Mas echo de ver que estoy poniendo una singular introducción al juicio -crítico de El drama universal. ¡En vez de disertar ampliamente sobre los -orígenes y vicisitudes del poema simbólico al través de las edades, me -entretengo en hablar frívolamente de una indigestión de ostras! Me están -hormigueando por el cuerpo unos deseos terribles de mostrar al -respetable público que si me empeño soy capaz de ofrecerle una erudita -introducción fraguada con todas las reglas del arte. Todo parece -invitarme á ello. La hora; el sitio--que es la biblioteca del Ateneo de -Madrid;--el ruido ameno de los pasillos; todo me dice con elocuencia que -puedo escribirla impunemente. Enfrente de mí, detrás de los cristales de -un armario, percibo los lomos verdes, rojos ó grises de los libros -mejores para el caso. Allá veo uno que dice con caracteres de oro: -_Schlegel_.--_Histoire de la litterature ancienne et moderne_; más allá -otro que dice: _Hallam._--_Introduction to the literature of Europe in -the fifteenth sixteenth and seventeenth centuries_; más allá: -_Leveque.--La science du beau_; y á este tenor otras muchas obras -monumentales y sublimes que llevan en sus entrañas ricos veneros de -citas. ¡Cómo me miran las taimadas!--«Anda, ven acá, parecen decirme, -ábrenos y verás cuántos medios hay en el mundo de darse tono. Si tienes -la digestión rápida, como decía Schiller, verás cuán fácilmente te -convertimos en sabio.» - -Es una fuerte tentación, pero sabré resistirla. Para algo me ha dado -Dios esta inflexibilidad de criterio que tanto perjudicaba á mi nodriza -en los primeros meses de mi vida. - -Voy, pues, á expresar sin una sola cita y con las menos palabras -posibles (pues hace demasiado calor en la biblioteca del Ateneo de -Madrid) mi humilde, pero lisa y llana opinión sobre _El drama -universal_. - -No sé, ni me importa saber, lo que se ha propuesto el Sr. Campoamor al -escribir _El drama universal_. Probablemente sería (lo saco por el -título) una cosa enorme y grandiosa. Y antes de pasar más adelante, me -conviene indicar que las obras artísticas más trascendentales conocidas -hasta el día, no son precisamente aquellas en que el artista vió al -escribirlas su trascendencia; antes me figuro que tales obras son -trascendentales sin que el mismo artista lo sospeche. Véanse, por -ejemplo, el _Quijote_ de Cervantes, el _Hamlet_ de Shakspeare, _Edipo en -Colona_ de Sófocles, y tantas otras en que la poderosa intuición, y -todavía pudiera decir el instinto del escritor, ha llegado sin quererlo -á los parajes más recónditos de la filosofía. - -Entrando por el poema del Sr. Campoamor, observo que juegan en él -pasiones humanas. El Sr. Campoamor fué muy dueño de encarnar estas -pasiones humanas en seres fantásticos, pero yo también lo soy de -preferir que las hubiese encarnado en seres humanos. El amor es el -asunto del poema. El señor Campoamor fué muy dueño de dividir el amor en -tres categorías: el amor terrenal, representado por Honorio; el amor -ideal, representado por Soledad, y el amor divino, representado por -Jesús el Mago; pero yo también lo soy de pensar que no existe más que -uno. Y porque no existe más que uno, el personaje que lo encarna, -Honorio, es el único que interesa y conmueve en el poema. Porque el amor -de Honorio no es el amor sensual, sino amor humano, esto es, amor que -participa á la vez del orden físico y del moral, amor que se mueve -dentro de nuestra peculiar esfera. Por eso no hallo bien que el Sr. -Campoamor oponga á este amor, que es el verdadero, el amor de Soledad, -que es una abstracción. Las abstracciones, que generalmente vienen del -Norte, son frías como las escocesas y las rusas, y cuando ponen el pie -en un poema simbólico, casi siempre es para echarlo á perder. Soledad, -como ser abstracto, no consigue interesar á nadie. El amor purísimo y -castísimo que profesa á Palaciano parece copiado de un libro de misa. En -cuanto á Jesús el Mago, á pesar de sus apariciones y desapariciones, á -la hora en que escribo estas líneas no sé todavía á punto fijo qué papel -juega en el poema. - -El problema de la lucha del espíritu y la materia, que es el fondo -metafísico de _El drama universal_, tiene poco de poético planteado en -la forma simbólica que lo ha hecho el Sr. Campoamor. Por regla general, -los problemas se aburren mucho dentro de las obras de arte y están -siempre como forasteros. Parecen á esos ingleses lacios y fatigados que -recorren nuestras ciudades del Mediodía en busca de un rayo de sol para -calentar su helado corazón. ¿Y _Fausto_? me dirán ustedes. En primer -lugar, _Fausto_ es la obra gigantesca de uno de los más grandes poetas -que registra la historia del Arte. Después (dicho sea esto con perdón de -mi muy querido é ilustre amigo Urbano González Serrano), la metafísica -de la segunda parte de _Fausto_ me seduce mucho menos que el drama de la -primera. ¡Ay! á este tenor, ¡cuántas veces me gusta más la criada que me -abre la puerta de alguna casa, que su señorita! - -Mas si dejamos á un lado (al que ustedes quieran; lo mismo me da uno que -otro) la trascendencia del _Drama universal_, y pasamos á considerar lo -que ante todo debe considerarse en un poema, esto es, su poesía, ¡con -cuánto placer echara mi pluma á caza de frases lisonjeras! Aparte de la -monotonía que engendra el cuarteto, aun más monótono que la octava, no -conozco otra obra en la moderna literatura española que la aventaje en -riqueza de imágenes, en brillantez y en colorido. Hay en el fondo de -ella depositado oro bastante para dorar muchos poemas, y todos sus -cuartetos por lo elegantes y sustanciosos semejan estuches diminutos -donde se guarda siempre una joya. Pero ustedes saben muy bien que yo no -puedo seguir á caza de frases lisonjeras, sin inferir una ofensa más ó -menos grave á - - - LOS PEQUEÑOS POEMAS - -Río abajo, río abajo, no se va á parar al escepticismo. Si alguno dijera -lo contrario, aunque fuese el mismo autor de este artículo, mi opinión -es que no se le debe hacer caso. Río abajo, río abajo, podrá ir á parar -al escepticismo el autor de este artículo, que es hombre vulgar, para -quien las cosas se gastan pronto y pronto decaen, cuando lo que se gasta -y decae en realidad es su imaginación. El autor de este artículo podrá -muy bien dentro de algunos años ver el mundo al través de mil prosaicos -desengaños y de su propia fatiga; podrá renegar de las flores, las -mujeres y las lágrimas, declarándose ciego partidario de los -calzoncillos ingleses y de los discursos de Perier. Pero ¿quién puede -tomar como ejemplo en asuntos tan elevados y espirituales al frívolo -cuanto insignificante autor de este artículo? - -Tal vez me haya excedido un poco en los cargos que dirijo al autor de -este artículo. Si es así, declaro que no ha sido mi ánimo, ni lo será -jamás, inferirle el más pequeño agravio. - -El Sr. Campoamor, como todos los hombres de espíritu verdaderamente -poético, no envejece. El espectáculo que le rodea no le agita, pero le -impresiona como en sus mejores años. Yo opino que aún mejor que en sus -primeros años. ¡Oh! ¡quién llegara á su edad con una imaginación viva y -fresca para recibir las bellezas infinitas de lo creado! ¡Pues qué! -dentro de treinta años, la brisa que venga de bosque en bosque á -murmurar á nuestro oído, ¿será por ventura menos tibia y traerá menos -perfumes? La ola lejana del mar, bañada por la luz del mediodía, ¿será -menos brillante y azul? Las aguas de los ríos ¿correrán al través de las -sombras vacilantes de la noche con menos calma y majestad hacia el -Océano? ¿Las flores soltarán, fatigadas de vivir, sus pétalos, allá en -la tarde, con menos dulzura y silencio? Y aquellos picos siempre -nevados, que se columbran desde el balcón de mi casa, ¿serán menos -hermosos cuando el sol les dirija su última mirada? - -¡Ay! mucho lo temo. Por eso siento ya una envidia anticipada hacia el -Sr. Campoamor. _Los pequeños poemas_ son la poesía del ocaso; pero ¡qué -ocaso tan espléndido! Ese sol, como el de su país y el mío, se pone más -hermoso aún que se levanta. ¡Qué luz tan suave, qué ternura y qué -melancolía tienen los últimos poemas de Campoamor! Al hundirse en los -espacios insondables, ese sol no corre ansioso soñando dichas imposibles -allá en otras esferas: baja lentamente, mirando con tristeza hacia la -tierra y acariciando dulcemente sus recuerdos. En su carrera ha habido -nubes que le empañaron y ofuscaron, pero ya no se acuerda. Ya no se -acuerda sino de aquellos pedazos de cielo azul desde donde contemplaba -extasiado las flores que crecen por la tierra. - -La fantasía del poeta llega á comprender, después de haber discurrido -por el mundo de los sueños y de las verdades, que muchas cosas le -calentaron sin razón y otras le enfriaron sin motivo. Los jóvenes se -arrojan ansiosos sobre aquellos objetos que más se destacan y brillan, y -abandonan por insignificantes é indignos otros más pobres y modestos. -Así podemos observarlo en las obras de la escuela romántica. - -_Los pequeños poemas_ han venido á demostrar cuánta sinrazón hay en -ello. Con una ironía dulce, con una sensibilidad tierna, con una -fantasía sana y equilibrada, Campoamor va recogiendo del suelo aquellas -florecitas que no han conseguido fijar nuestra atención ni detener -nuestro paso. Poco á poco forma con ellas un ramo, y al enseñárnoslo nos -estremece de placer y remordimiento. Aquí es una pobre joven que viaja -en un tren expreso, herida mortalmente de un desengaño de amor. Allá es -una novia que enrojece y tiembla y medita á la vista de un nido. Más -allá es una pobre niña que espera á todas horas una carta que no viene. -En todas partes lo humilde, lo pequeño; jamás lo brillante y elevado. -Pero lo humilde surge al reclamo del poeta con proporciones grandiosas, -y llega á fascinarnos como lo más soberbio. Por eso ahora, si veo á una -niña que contempla un nido, me detengo, cual si creyera escuchar la -turba de inefables pensamientos que cruzan aleteando por aquella -cabecita blonda. Cuando miro al cartero penetrar en una casa, me digo -siempre: ¡quién sabe si llevará un nuevo desengaño á Dorotea! Cuando -viajo en tren expreso, vislumbro por el cristal de la ventana mil -negruras y fantasmas que antes no percibía. Y si en el fondo del -carruaje veo reclinada una joven rubia «digna de ser morena y -sevillana», siento punzantes deseos de preguntarle su triste historia, y -de envolver sus lindos pies con mi manta zamorana. - -Así es el Arte. El poeta añade cada día nuevos mundos al que Dios ha -sacado de la nada. - -[Illustration] - -[Illustration] - - - - -D. ANTONIO F. GRILO - - -[Illustration: C]ADA vez que tomo la pluma para escribir la semblanza de -un grande hombre, me asalta el temor, que me turba y desazona, de no ser -bastante respetuoso con él. Hoy, como nunca, esta terrible duda se -presenta negra y honda en mi espíritu. He arrojado una mirada previa al -fondo de mi conciencia, y no he visto en ella depositado bastante -respeto para trazar esta semblanza. En vano acudo á mil oscuros -expedientes para estimularlo y acrecerlo. En vano me represento al Sr. -Grilo con el laúd entre las manos y los ojos puestos en el cielo, -lanzando á los aires su melodioso cántico al pie de las columnas de _La -Ilustración Española y Americana_. En vano recuerdo haber oído de los -autorizados labios de mi prima que Grilo «hace unos versos muy bonitos». -En vano quiero figurármelo en pie, detrás de una mesa, lealmente -acompañado de un vaso de agua azucarada, dirigiendo sus versos á un -senado ilustre, circundado por esa aureola que presta al poeta una -hermosa voz de bajo cantante. Nada; por más que hago no consigo -confiarme en mi respeto, y tiemblo pensando que puede faltarme á lo -mejor. - -Esta duda me incita á mirar hacia atrás en mi vida literaria. Considero -que esta vida se ha deslizado dulcemente hasta ahora escribiendo -despropósitos á propósito de oradores, novelistas y poetas, -ensalzándolos ó despreciándolos al sabor de mi pluma desbocada, y -comienzo á sentir desasosiego en la conciencia. Creo ya que es necesario -corregirme por medio de la pena; que es fuerza atemperar mis ímpetus -procaces con saludable escarmiento. Yo mismo quiero entregar mi cuello -al hacha justiciera para borrar los yerros de mi nefanda crítica. - -Sabed, señores todos, los que visteis vuestros sagrados versos ó -inmaculada prosa en los torpes renglones de este crítico, que este -crítico acaba de cometer un drama. Y no sólo lo ha cometido, sino que, -sin leérselo previamente á nadie, pues se dice partidario del antiguo -precepto de Manú «no leas dramas al prójimo para que el prójimo no te -los lea á ti», ha tenido la perfidia de presentarlo en el teatro Español -sin conocimiento de los Sres. Retes y Echevarría. - -Ha sonado, pues, la hora de la reparación. El crítico quiere daros la -batalla en vuestro propio terreno y debéis acudir á él provistos de -vuestras sonrisas más concluyentes y de vuestras toses más demoledoras. -Como adversario leal, debo, sin embargo, advertiros de las fuerzas con -que cuento para la lucha, puesto que no es mi ánimo armaros asechanzas. -En primer lugar no debo ocultaros que el drama es bueno. Después de esta -sincera y espontánea declaración que acabo de hacer, sin que para ello -se haya ejercido sobre mí presión de ningún género, considero que ya no -dudaréis ni por un instante de mi lealtad. - -Á más de esto, para contrarrestar y resistir el ataque de _los morales_, -esto es, de Pérez Escrich, Sánchez de Castro, Herranz, Frontaura, etc., -cuyas fuerzas no puedo desconocer, os diré que cuento con el apoyo tan -ferviente como valioso de los autores de obras en un acto. Es una -falange de jóvenes llenos de talento y de fe en el empresario. Podrán -causar á mis enemigos mucho daño. - -Paso por alto algún otro detalle de mis fuerzas, porque quiero llegar -cuanto más antes á lo principal. Señores, aquello en que después de Dios -tengo puestas todas mis esperanzas para la salvación y éxito dichoso de -mi drama, son unas veinticuatro décimas de esas llamadas calderonianas, -que el protagonista debe decir al punto de atravesar con su espada al -único tío materno que le resta. No puede darse nada más enmarañado y -perfecto que estas décimas. Mucho dudo que podáis resistir á su ímpetu -salvaje. Si fiáis en vuestro esfuerzo y no os duele una derrota, acudid -á la cita que os demando, pues me propongo confundiros y correros, -dejándoos con las bocas «abiertas al negro espacio», como los grifos de -Echegaray. - -En tanto que la clepsidra tiene en suspenso el instante de mi triunfo, -me permitiréis, señores, que dedique algunas líneas al Sr. Grilo. - -En el Sr. Grilo existen dos naturalezas: una, la del poeta; otra, la del -pensador. La índole y carácter de este artículo no me consienten, como -fuera mi gusto, estudiar por igual estos dos aspectos diversos del mismo -ingenio, sino que necesito separar por abstracción la naturaleza del -poeta de la del pensador y atenerme únicamente á una de ellas, que será -la primera. Por lo cual consideraré, en este mi artículo, las -composiciones del Sr. Grilo como si se hallasen desprovistas enteramente -de pensamiento, aplazando para otra ocasión el estudio minucioso de su -contenido. - -Y empezando el examen del poeta, nos corresponde preguntar: ¿qué nuevos -elementos aporta el señor Grilo á la obra del arte nacional? En la -respuesta á esta pregunta debe ir envuelta sin remedio la definición -breve y precisa del carácter del poeta, porque aquello en que los poetas -discrepan y se apartan de los que les han precedido, esto es, lo que hay -en ellos de nuevo y peregrino, es lo que señala y determina su carácter -artístico. Á mi juicio, la ventaja principal de que nuestra poesía es -deudora al Sr. Grilo consiste en el empleo más amplio y comprensivo que -hasta aquí se ha hecho nunca de las piedras preciosas como elemento -poético. Nadie puede desconocer la importancia que las piedras -preciosas tienen dentro de la literatura, sobre todo como términos de -comparación. En nuestros clásicos se encuentran alguna vez empleadas con -bastante acierto, aunque siempre tímidamente. Las piedras de que se -valen suelen ser por regla general las más comunes y conocidas; el -brillante, el rubí, la esmeralda, el topacio y pocas más. Estábale -reservada al Sr. Grilo la gloria de dar un paso de mucha trascendencia -en esta vía. El Sr. Grilo, no sólo ha manejado siempre con gran novedad -y atrevimiento las de uso más frecuente, sino que puede considerarse -como dichoso introductor de una multitud de ellas que nuestros clásicos -desconocían por completo, tales como el zafiro, el ágata, el granate, la -turquesa, el ópalo y otras muchas que se encuentran á cada paso en las -composiciones del ilustre escritor que nos ocupa. - -Pero si es la mayor, nadie osaría afirmar que es la única ventaja que ha -otorgado al arte patrio. El señor Grilo ha conseguido como ningún otro -escritor español poner al servicio de cada idea el mayor número posible -de palabras. La palabra es sin disputa el más precioso don que la -Providencia concedió á los humanos, y el que á juicio de los -naturalistas nos aparta rigurosamente del bruto. Comprendiéndolo así el -señor Grilo, es quizá de todos los humanos el que mejor ha sabido -aprovecharse de ese inestimable favor, procurando por medio de todas las -voces del diccionario de Domínguez (que es el más completo) alejarse el -mayor trecho posible de los animales inferiores. La palabra no fué dada -al hombre en un solo instante y gratuitamente, sino tras largo y penoso -aprendizaje. El tránsito del sonido inarticulado al sonido articulado -costó á nuestros antepasados muchos siglos[8]. Más tarde el paso de las -lenguas monosilábicas á las aglutinantes y de éstas á las de flexión se -realizó en larguísimo período histórico[9]. El progreso no sólo ha -caminado á la par con el lenguaje, sino que es, en el sentir de varios -eminentes filólogos, una consecuencia de esta noble facultad humana. Y -en efecto, ¡qué distancia tan inmensa no existe entre el hombre -primitivo, que expresa con un sonido inarticulado el más intrincado de -sus razonamientos, y el Sr. Grilo, que emplea un número infinito de -sonidos articulados para decir que le encanta la luna y que de ningún -modo puede pasar sin ella! - -Sin necesidad de acudir á las épocas prehistóricas, ¡cuantos pasos no ha -dado el género humano desde los primeros escritores que surgieron en la -tierra, verbi y gracia desde Moisés, que con dos miserables palabras -quiere relatar la aparición de la luz, hasta nuestro poeta, que hubiera -sabido íntercalar oportunamente más de dos mil, como lo exige la -grandeza del asunto y la propia dignidad del poeta! - -Mucho se engañaría, no obstante, el que juzgase que sólo por la -abundancia y riqueza de voces brillan las composiciones del Sr. Grilo. -En la acertada y oportuna colocación de aquéllas hay también no poco que -admirar. Echemos una mirada á cualquiera de sus más notables poesías, -por ejemplo, á la titulada _Al borde del abismo_, y nos convenceremos de -ello. - -Empieza esta composición: - - A la orilla del mar; casi sin luna, - sin una luz apenas, - un ¡adiós! nuestras almas se decían - en la noche desierta. - Dos infinitos batallaban solos - en la muda ribera; - el de aquella imposible despedida - y el de la mar inmensa. - -Considere el lector cuánta fuerza y majestad comunica á la composición -el adverbio _casi_ interpolado en el verso primero. No es posible decir -de modo más elocuente y peregrino que la luna se hallaba en cuarto -menguante. - -El adverbio _apenas_ del segundo verso presta al _casi_ del primero un -apoyo eficaz y desinteresado, que este último nunca agradecerá lo -bastante. Al mismo tiempo, y penetrando en el asunto de la composición, -declaro que no he visto jamás un cuadro tan desolador. Porque, si para -nadie es cosa agradable encontrarse á la orilla del mar, casi sin luna, -con dos infinitos que batallan solos, para el Sr. Grilo, que nunca se -ha excusado de expresar su fervoroso apego á aquel satélite, debe ser -una situación verdaderamente desesperada. - -Citaré á más de ésta, como es mi deber, la célebre composición titulada -_Las Ermitas de Córdoba_. Sólo de pensar que pudo haberse muerto el Sr. -Grito sin escribir _Las Ermitas de Córdoba_, me estremezco. Yo no -comprendo de qué modo podría pasar la sociedad elegante sin esta -maravillosa poesía, sobre todo por las noches. El oir al Sr. Grilo -recitar, con las manos quietas, _Las Ermitas de Córdoba_, es uno de esos -goces sencillos y honestos que no puede sustituirse con nada. ¡Plegue al -cielo que nuestra aristocracia continúe siempre buscando un refugio para -su hastío en esta milagrosa composición! - -Mas, como no hay nada en el mundo perfecto, en algunas de las poesías -del Sr. Grilo he creído hallar ciertas imperfecciones que, si no dañan -poco ni mucho á su pensamiento (del cual he dicho ya que prescindía por -entero en este artículo), turban y empañan el claro brillo de la forma. -Sea ejemplo este soneto que trascribo fielmente de _La Ilustración -Española y Americana_: - - AL RÍO PIEDRA - - ¡Niágara de Aragón! ¡Del alta cumbre - tus ondas vuelcas de luciente plata, - cuyo raudal sonoro se desata - de saltos en vistosa muchedumbre! - - ¡Rota el agua en su inmensa pesadumbre, - en torrentes de espuma se dilata, - y ruedas de una en otra catarata, - copiando el iris en cristal y lumbre! - - ¡No hay peña que á tu paso no sonría - mientras filtras tus gotas una á una - de la gruta en el ámbito indeciso! - - ¡Ah! ¡la escala eres tú, por donde un día - las hadas, á los rayos de la luna, - bajaron á este nuevo Paraíso! - - Monasterio de Piedra 20 de Agosto de 1876. - -Observo en el soneto anterior algunas exageraciones é injusticias que me -importa rectificar. Deploro en primer término que sin más ni más, y sólo -por capricho, ponga el Sr. Grilo en el mismo nivel al río Piedra y al -Niágara. Prescindiendo de que las comparaciones siempre son odiosas, -creo que en el caso del Niágara me sentiría profundamente humillado de -este parangón; porque al fin y al cabo, si no vale más que el río Piedra -(que esto no puedo decidirlo, pues no tengo el gusto de conocer ni á uno -ni á otro), por lo menos tiene mucha mayor reputación y un nombre más -conocido en las letras. Duéleme en segundo lugar que «el raudal sonoro -de las ondas se desate en una muchedumbre vistosa de saltos», porque -hasta aquí, por regla general, los saltos no eran aficionados á reunirse -en grandes agrupaciones; y me inquieta bastante que eso suceda ahora, -pues siempre estoy temiendo cualquier desmán por parte de las -muchedumbres. - -El segundo cuarteto dice que - - «¡Rota el agua en su inmensa pesadumbre, - en torrentes de espuma se dilata, - y ruedas, etc.» - -No veo aquí tampoco la paz y la concordia que deben reinar siempre entre -el sujeto y el verbo. Ese desfachatado _ruedas_ tiene todo el aire de -sublevarse contra _el agua_. - -En cuanto á las copias del iris que el Piedra ha conseguido sacar en -cristal y lumbre, me veo en la precisión de confesar que aunque me eran -conocidas mucho ha las reproducciones en cristal, por lo que se refiere -á las de lumbre no puedo decir lo mismo. Esto, después de todo, no tiene -mucho de particular, porque nadie ignora que la fotografía está haciendo -en estos últimos tiempos unos progresos increíbles. - -Transijo con que todas las peñas, sin exceptuar una siquiera, sonrían al -pasar el río Piedra, aunque no veo motivo para ello, y hasta con que -dicho río filtre sus gotas con tanta sobriedad y parsimonia en las -grutas. Por lo que no puedo pasar en modo alguno es por que el Sr. Grilo -califique, tan á la ligera, á los ámbitos de indecisos. Ninguno, -absolutamente ningún motivo tiene el Sr. Grilo para arrojar sobre los -ámbitos ese odioso calificativo. ¡Pues á buena parte va con los ámbitos! -No puede darse nada más decidido que ellos así que toman una resolución, -por peligrosa y extremada que sea. - - «¡Ah! ¡la escala eres tú, por donde un día - las hadas, á los rayos de la luna, - bajaron á este nuevo Paraíso!» - -Aún estoy en duda sobre lo que quieren decir estas frases; mas si por -ventura se pretende significar con ellas que el río Piedra es una -escala, no puedo menos de rechazar con todas mis fuerzas tan gratuita -suposición. Tengo razones poderosas para creer que este virtuoso río ni -sirve ni ha servido jamás de escalera á nadie para subir ó bajar á los -rayos de la luna, y mucho menos á las hadas. Cualquiera comprenderá que -eso no está en su carácter. - -Después de observar estas y otras extrañas injusticias del orden físico -y del orden gramatical en las composiciones de nuestro poeta, á nadie -sorprenderá que me haya quedado meditando sobre él unos instantes. En -conciencia, me corresponde declarar que hay pocas cosas en el mundo que -se presten á tantas consideraciones como el Sr. Grilo. Yo quería conocer -la fuente misteriosa de donde manaban estas injusticias, ó la raíz -invisible que las unía al espíritu del poeta, ó el rasgo genial y -característico en que se aposentaban; quería darme cuenta, en suma, y -penetrar en ese mundo de representaciones y sentimientos que los grandes -poetas llevan consigo, dentro del cual todas sus grandezas y -extravagancias hallan cumplida explicación. Varias veces había arrojado -ya la sonda en el espíritu de nuestro poeta sin que jamás hubiese -logrado tocar en firme. No fuí en esta ocasión más afortunado que -anteriormente. Con la frente apoyada sobre la mano, y la mano sobre el -codo, y el codo sobre la mesa, dejaba correr la cuerda por los dedos de -mi pensamiento, y el plomo que la arrastraba seguía marchando con -vertiginosa rapidez por el espíritu del Sr. Grilo, cual si estuviera -ansioso de encontrar el fondo. Pero no lo encontraba. A medida que la -cuerda se iba deslizando, crecía más y más la admiración que siempre he -profesado á este poeta, hasta el punto de no caber ya en los estrechos -límites de mi chaleco, por lo cual tuve la precaución de soltarle unos -botones con el único y exclusivo objeto de dar á aquélla algún respiro. -El cielo de mi pensamiento se iba poblando de refulgentes -consideraciones, y adquiría un parecido notable con la bóveda -estrellada, cuyo centro se halla en todas partes, y cuya circunferencia -en ninguna, según Pascal. De repente el plomo cesó de caminar. Había -concluído la cuerda. - -No sé lo que entonces me ocurrió, aunque algo debió ocurrirme. Lo cierto -es que se abrió la puerta de mi cuarto para dejar paso á un personaje, -que según lo que entonces pude colegir era mi criada, la cual me entregó -una tarjeta. Esta tarjeta decía como sigue: _La Musa del Sr. Grilo_. Y -nada más. - -Al fin y al cabo se trataba de una mujer, y yo que en estos asuntos soy -muy nervioso, no pude evitar un raro estremecimiento en toda mi persona, -del cual estoy en este momento sinceramente arrepentido. - ---Dígale usted que pase adelante. - -Fuése la criada, y se puso á discusión con mucha premura en mi cerebro -la actitud que yo debería adoptar en el instante de abrirse la puerta -nuevamente. Por último se decidió como lo más sensato que me echase un -poco hacia atrás en la silla, dejando descansar el brazo izquierdo con -cierto abandono sobre el respaldo de otra que á mi lado tenía, mientras -la mano derecha jugaba graciosamente con el mico de bronce que corona la -tapa del tintero. Las piernas extendidas con dignidad, y la cabeza -inclinada hacia un lado. Lo que costó más trabajo resolver fué el -problema de la mirada; mas al fin prevaleció la idea de que fuese -abierta, tranquila y un si es no es fría. - -Cualquiera comprenderá que esta noble actitud no impidió que me -levantase apresuradamente, haciendo mil reverentes cortesías así que -penetró en el cuarto la Musa. La Musa era una señora de la cual no -habría muchos que dijesen que era bonita y airosa (aunque alguno habría, -porque nunca falta un caballo de buena boca). En el traje que vestía, -bordado primorosamente con toda clase de piedras preciosas, se hallaban -dignamente representados los siete colores primordiales del iris y todos -los demás intermedios. - ---¿Á qué debo el honor, señora?... Señora, tenga usted la bondad de -tomar asiento. - -Sentóse la Musa, haciendo antes con la cabeza ciertos movimientos que no -me parecieron bastante compatibles con su elevada posición, y fijó en mí -una mirada que decía todo lo que una mirada puede decir en semejantes -casos. - -Sonaba en la parte de afuera un fuerte y extraño rumor, y como la Musa -notara la inquietud que me causaba, dijo: - ---No tenga usted cuidado; es mi séquito de palabras, que he dejado en el -pasillo. - -Tenía la Musa una voz muy dulce, que me reconcilió hasta cierto punto -con sus movimientos de cabeza, los cuales continuaban cada vez más -extraños é inverosímiles. - ---Señora, ¿podría saber?... - ---¿Qué?... ¿el significado de mi visita? No, caballero, no puede usted -saber nada. La explicación de mis actos y de mis palabras sólo -corresponde á Dios. - ---Dado que así sea, no es por eso menos grato y honroso para mí ver en -esta su casa á la persona que mejores ratos ha hecho pasar á la buena -sociedad madrileña... ¿Tendría usted la bondad, señora, de no enredar -con esos papeles? Me va á costar después mucho trabajo arreglarlos. - -La Musa fijó otra vez en mí su mirada comprensiva, y quiso decir algo, -pero no lo dijo. - ---Á propósito, señora; en este momento me hallaba sumido en enojosas -perplejidades y confusiones que usted mejor que nadie, seguramente, -podría desvanecer. Meditaba sobre el dueño actual de su albedrío; -meditaba sobre el Sr. Grilo tratando de investigar, ó mejor dicho, de -medir, el contenido de sus composiciones. Dispénseme usted, graciosa -señora, si faltándome fuerzas para llevar á cabo tal empresa, me atrevo -á suplicarla que me diga dónde está el fondo poético del Sr. Grilo. - -Aquí la Musa se inmutó visiblemente, acudiendo súbita palidez á sus -mejillas. Alzó los brazos al cielo con ademán patético, movió la cabeza -fantásticamente, y muy temblorosa y conmovida, dijo: - ---¡Oh caballero!... por Dios no quiera usted saber eso. No sea usted tan -cruel como otros críticos... ¡Para qué le hace falta á usted saber eso! - -Gruesas lágrimas empezaron á rodar por las descoloridas mejillas de la -Musa. Llevóse las manos á la cara y comenzó á sollozar fuertemente. -Parecía que iba á ahogarse. - -Yo permanecí mudo contemplándola con lástima, y bien sabe Dios que no -cruzó por mi cabeza la idea de insistir en mi deseo. - -Respetemos los grandes dolores. - -[Illustration] - -[Illustration] - - - - -D. ADELARDO LÓPEZ DE AYALA - - -I - -[Illustration: H]E leído en Hegel (cierta vez que tomé la resolución de -leer á Hegel) que la poesía dramática es aquella «que reune á la -objetividad de la epopeya el carácter subjetivo de la poesía lírica». No -estoy bien seguro de haber comprendido todo el alcance de las -reflexiones con que el filósofo germano ilustra este su principio -estético. Mas sí lo estoy plenamente de poderlas repetir al pie de la -letra, como lo ha hecho ya mi esclarecido amigo el Sr. Revilla, ganando, -con justicia, por ésta y otras graves empresas, fama de docto y avisado. -Respetando, como debo respetar, esta fatal delantera, permítaseme, no -obstante, deplorarla amargamente. Nadie puede figurarse hasta qué punto -me conceptuara feliz de que tales flores metafísicas se irguieran -todavía sobre el tallo frescas y olorosas, esperando con resignación la -podadera del sabio. Me cuesta gran trabajo renunciar á ese barniz -filosófico que tanto avalora las producciones de los jóvenes críticos. -Yo había soñado para esta semblanza con un preámbulo sabio y concienzudo -que supiera abrirle mañosamente las puertas de la buena sociedad y de -las doctas corporaciones; un preámbulo que ganase para su autor -inmediatamente una inmensa reputación de hombre serio. ¡Ah! ¡Quedan ya -tan pocos hombres serios! ¡Son tan pocos, por desgracia, los escritores -que saben mantener su pluma limpia de toda farsa ó chanzoneta! Quizás -dentro de poco no quede en el mundo más hombre serio que el Sr. Revilla. -Por mi parte, declaro que hice hasta aquí y seguiré haciendo, Dios -mediante, los mayores esfuerzos para despojarme de esa levadura jocosa -que se desliza como veneno mortal en la mayoría de mis producciones. - -Hace algunas noches me hallaba presenciando una de las brillantes -funciones ecuestres y gimnásticas del circo de Price en la misma sazón -que la embajada china asistía también al espectáculo desde un palco. -Respirábase en aquel recinto una atmósfera frívola, que no podía menos -de disgustar á todo hombre grave. Los _clowns_ agotaban el repertorio de -sus muecas y carocas más ridículas y extravagantes, las cuales producían -en aquel público superficial mucha algazara, escuchándose aquí y allá -extemporáneas y fútiles carcajadas, viéndose en todas partes -desordenados movimientos que turbaban el ánimo y lo dejaban sumido en -tristes meditaciones. Halló el mío, sin embargo, motivo para regocijarse -al percibir los semblantes serenos y rígidos del embajador chino y su -cortejo. ¡Qué majestad y qué calma reinaban en aquellos continentes -mongólicos! Todos se mantenían en una perfecta dignidad, sin -manifestarse en poco ni en mucho impresionados por lo risible del -espectáculo. Yo los contemplaba extasiado, y lágrimas de admiración -acudían sin poderlo remediar á mis ojos. ¡Ay!--pensaba al mismo -tiempo.--Con facultades tan excepcionales de gravedad y circunspección, -¡á dónde no habrían llegado estos chinos si se hubiesen dedicado en -España á la crítica literaria! Tratemos de imitarlos hasta donde -alcancen nuestras fuerzas, y si está de Dios que he de renunciar á Hegel -(como es mi deber, una vez que otros con más méritos han sabido -trasladar á nuestro idioma sus profundos razonamientos), procure al -menos decir algo mesurado y digno sobre el Sr. Ayala. - - -II - -La combinación de lo objetivo con lo subjetivo ha sido siempre el fuerte -de los españoles. Nuestro país, más dado por impulsos naturales á la -acción que á la contemplación, fué toda la vida vasto escenario manchado -con la sangre de innumerables tragedias. El drama se aloja en los -temperamentos exaltados é irreflexivos, como la culebra en su nido de -hierbas. No hay más que hacer un poco ruido para que se despierte. ¡Y en -nuestra patria se ha hecho siempre tanto ruido! Quizás por eso los -españoles hemos convertido en sangrientos dramas los aspectos más nobles -de la vida, el amor, la gloria, el honor, la religión. El español no ha -devorado jamás sus impresiones en el silencio y la soledad, como el -sombrío germano ó el melancólico semita; ha necesitado sacarlas al aire -libre y verlas seguir su camino por la tierra. La lucha consigo mismo -dura para él sólo un instante; la lucha con lo que le rodea dura toda la -vida. Prefirió siempre lo definido y lo enérgico á lo vago y lo -sentimental, y con la misma facilidad que ha hecho salir el pensamiento -de la boca, ha sacado la espada de la vaina. En la historia no existe -ningún pueblo que haya tenido tan cerca el pensamiento de las manos. - -Un pueblo tan objetivo, digámoslo con Hegel, necesariamente ha de poseer -una gran epopeya ó un gran teatro. Nosotros poseemos un gran teatro. -Añadid unos bastidores por los lados, unas bambalinas por arriba, unas -candilejas por abajo y unos deliciosos versos por todas partes, á lo que -ha doscientos años acaecía á la luz del sol en nuestros palacios, en -nuestros caminos, en nuestros templos, á la de la luna, en nuestros -jardines, en nuestras calles y en nuestros mesones, y tendréis un teatro -apasionado, vivo é interesante. Así lo han hecho Lope, Calderón, Tirso -y Moreto. Y como la literatura responde siempre á cualidades ó aficiones -del espíritu, y gusta también de adquirir costumbres pisando hoy el -camino que siguió ayer con preferencia á otro nuevo, de aquí que, á -pesar del transcurso de los tiempos, del cambio radical de vida y de las -notables modificaciones que el carácter ha experimentado, nuestra poesía -se dirija aún hoy con amor al teatro, que ha sido siempre el de su -gloria. Desde Calderón hasta ahora hemos perdido mucha fe, mucho -heroísmo, mucha superstición, mucho entusiasmo, mucha firmeza y muchas -costumbres pintorescas, que todavía nos agrada ver retratadas en la -escena. Sobre todo, hemos perdido á Calderón. Mas aun con eso, no deja -nuestra época de ofrecer aspectos interesantes y poéticos que, si no -engendraron hasta el presente un gran teatro, han motivado por lo menos -algunas obras maestras del arte dramático. Moratín, Bretón de los -Herreros, Ventura de la Vega, García Gutiérrez, Tamayo y Ayala son sus -autores. - -No es Ayala el menos insigne de cuantos acabo de mencionar. De todos los -autores que han intentado representar á la sociedad española de este -siglo en sus obras, si exceptuamos á Bretón, ninguno lo ha realizado, á -mi entender, de un modo más perfecto y acabado que Ayala. Pero ¿es el -destino del artista representar al vivo los sentimientos de la sociedad -en que ha nacido, ó debe, por el contrario, expresar los sentimientos -generales y permanentes del género humano, para que sus obras tengan -consistencia y sepan resistir al esfuerzo de los siglos? No lo sé, ni -lo sabe nadie tampoco; que es imposible resolver asuntos en que -intervienen gustos, opiniones y hasta escuelas filosóficas contrarias. -La inclinación del sentimiento me arrastra, sin embargo, á preferir lo -primero. Yo amo ante todo y sobre todo en el artista lo individual, esto -es, lo que le caracteriza y le distingue de los demás hombres y los -demás artistas. Me deleito en observar la impresión que sobre su -espíritu excepcional causa lo que le rodea, las huellas profundas ó -leves que van dejando en él los sucesos de la vida. Dejémosle que pinte -á su manera sus propios sentimientos y los sentimientos de los que le -acompañan en este viaje terrenal. Humanos sentimientos habrá de -expresar, porque hombre es él y hombres los que le rodean. Lo que hace -amable la poesía, después de todo, no son, en mi entender los -sentimientos generales y permanentes que expresa, sino el cómo se han -sentido estos sentimientos en cada pueblo, en cada individuo; el cómo la -luz interior que á todos nos alumbra se ha descompuesto al atravesar -aquellos prismas, originando tantos y tan hermosos matices. La poesía es -un mundo aparte, donde los sentimientos se fijan con fuerza unas veces, -se desvanecen y se pierden otras, se iluminan, se oscurecen, agítanse -febriles ó reposan blandamente; modifícanse, en fin, de mil extraños -modos, para que el poeta extraiga de ellos ese divino jugo que hace la -vida dulce. Esto es la poesía, y esto es lo que me tomo la libertad de -juzgar que es, no creyendo con ello herir la dignidad de nadie. Todo -hombre lleva, más ó menos grande, uno de esos mundos dentro de su alma. -Yo sé que mis sentimientos son iguales á los de otro hombre cualquiera; -mas en los años que llevo de existencia, han surgido dentro de mi -espíritu algunos risueños ó lúgubres fantasmas que se desvanecieron tan -pronto como los que el humo de mi hogar forma en los aires, algunos -fugitivos y adorados sueños que pasaron para no volver, y que -exclusivamente me pertenecen. Si yo hallase en el fondo de mi -pensamiento la expresión que les conviene, no les quepa á ustedes duda, -sería un poeta. - -Por eso lo es el Sr. Ayala; porque la encuentra. La mayor parte de los -hombres pasamos por el mundo sin percibir apenas más que las apariencias -de las cosas. Actores ó espectadores en los sucesos que en torno nuestro -acaecen, no comprendemos, ni nos imaginamos siquiera su valor poético -hasta que el artista nos lo ofrece en sus producciones. - -Todos los días tropezamos en las tertulias á que asistimos con alguno de -esos hombres cuyo egoísmo les lleva á concebir y pregonar un sistema -moral para la vida, donde se disculpen y hasta se ennoblezcan los vicios -y los crímenes de la suya; con uno de esos distinguidos infames que -aspiran por medio de modales elegantes y correctos á difundir entre los -pueblos un nuevo Evangelio, donde la perfidia y la bajeza sean -consideradas de buen tono, y las más nobles virtudes, patrimonio sólo de -los cursis. Al lado del apóstol también solemos ver al discípulo, que, -rebosando de fe y entusiasmo, marcha con botas de charol por el áspero -sendero del maestro. Pero no se le ha ocurrido sino al Sr. Ayala que el -converso fije sus miradas en la esposa del apóstol, y éste le preste, -sin saberlo, todo su valioso apoyo para la consumación de su propia -deshonra, originándose de aquí un enredo tan sencillo é interesante como -el de _El tejado de vidrio_. - -¿Quién no ha presenciado y aun intervenido en alguna de las contiendas -que el interés del dinero riñe á cada instante con los sentimientos -generosos y los afectos dulces del corazón? El interés--que responde á -uno de los aspectos repugnantes de la naturaleza humana--no es un vicio -peculiar de nuestra época; mas no hay duda que en nuestra época presenta -caracteres singulares y dignos de atención. La codicia ha tomado en el -transcurso de los tiempos formas más sutiles y corteses; se ha acicalado -un poco, y se la conoce hoy con el nombre inofensivo de _negocios_. -Nadie mejor que el Sr. Ayala ha sabido describirla, poniéndola en lucha -con la pasión más divina y humana al mismo tiempo, con el amor, en _El -tanto por ciento_, la más trascendental sin duda, y en concepto de -muchos, la más bella de sus obras. - -Apenas pasa un día sin que necesitemos estrechar la mano de una de esas -niñas angelicales que van á pie por Recoletos, lanzando miradas furtivas -y ardorosas á los carruajes que cruzan. Á veces la vemos acompañada de -un joven de modesto porte y mirada franca. Es su novio, nos dicen; un -muchacho que sigue la carrera de médico y está empleado en una sociedad -de ferrocarriles. Después de escuchar la noticia pasamos á otra -conversación. Más tarde nos dicen que aquella niña se ha casado con -Fulano de Tal, un conocido nuestro y hombre acaudalado. Más tarde la -vemos en un palco del Teatro Real ó en un carruaje de la Castellana, y -le quitamos desde lejos el sombrero. Más tarde vemos á su marido -acompañando á otra mujer, hermosa y cubierta de galas. Más tarde la -encontramos en una casa, nos saluda con afecto, se muestra un poco -expansiva y nos dice que no es dichosa en su matrimonio. Y el joven -estudiante, empleado en ferrocarriles, ¡ay! ni por casualidad vuelve á -parecer por nuestro pensamiento! ¿Dónde está?--Á lo mejor vemos su -nombre en un periódico. Le han nombrado presidente de una comisión -científica. ¡Pluguiera á Dios que le nombrasen también hombre feliz! - -¡Qué historia tan vulgar! Y, sin embargo, con ella se ha formado una de -las obras más admirables del teatro moderno. - -Consuelo era uno de esos ángeles que piensan mucho en su porvenir, «y no -se empalagan nunca de sí mismos cuando se miran al espejo». Fernando la -amaba con toda su alma, como aman los hombres sensibles y honrados, sin -empalagarse jamás de pensar en ella. Fernando llega un día á casa de su -amada después de larga ausencia. Consuelo se desmaya al verlo. ¡Qué -corazón tan puro! Examinad bien ese corazón, no obstante; dadle muchas -vueltas en la mano, y percibiréis en cierto paraje una ligera picadura. -Por allí ha penetrado el gusano de la vanidad. Arrojad, arrojad pronto -ese corazón. Dentro de él ya no hay más que podredumbre. - -¡Pobre Fernando! Acaba de recibir la primera pedrada que el egoísmo -arroja á la inocencia en este mundo! Consuelo, aquella niña que había -visto por vez primera sentada al piano, - - «muy sorprendida y risueña - de que mano tan pequeña - moviese tan grande estruendo», - -aquella niña que se había filtrado en su alma como un rayo de luz, no -era un rayo de luz de los cielos, sino de las hogueras del infierno. El -oro que Fernando despreciara por no manchar su conciencia, lo había -recogido Ricardo, y Ricardo había decidido pedir la mano de Consuelo por -conducto de Fulgencio, el mismo día que llegó Fernando. Consuelo á su -vez había decidido casarse con Ricardo. ¡Qué tiene esto de particular! -¿Acaso es la primera niña que deja un novio y toma otro? Así razonaba -ella con profundidad que encanta y admira á Fulgencio, hombre muy bien -afinado con el sentido moral predominante en nuestra sociedad. - -Hay una escena violenta entre Consuelo, Antonia su madre y Fernando. -Antonia, que amaba ya á éste como á un hijo, se desmaya; pero Consuelo -se había comprometido á salir en carruaje con Fulgencio, la señora de -éste y Ricardo, y no tiene más remedio que marcharse apenas vuelve su -madre á la vida. ¡Ay! ¡Fernando la ha perdido para siempre... y su madre -también! Así terminó el acto primero. - -Ricardo era un hombre frío, imperioso y egoísta. Nada tiene de extraño -que Consuelo se enamorase de él perdidamente. Ricardo, pasada la luna de -miel, considera á su mujer como el mueble más elegante de su casa. Una -vez satisfecha su vanidad por esta parte, era imprescindible -satisfacerla por otras, y al efecto dedica su amor y sus brazaletes á -una renombrada cantante. Consuelo sorprende una carta y paladea todo el -amargor de los celos. Fulgencio, el dulcísimo Fulgencio, tiene la buena -ocurrencia de convidar á comer en su casa (donde comían también Ricardo -y Consuelo) á Fernando. ¡Con qué jovial indiferencia había escuchado -Consuelo esta noticia! Al saber Fernando que va á sentarse á la mesa en -compañía de Ricardo y Consuelo, trata de irse. - -Ya es tarde. Consuelo penetra en la habitación y experimenta una ligera -sorpresa, de la cual bien pronto se repone. Mientras Consuelo habla con -Fulgencio para informarse del concierto donde canta su rival, Fernando, -apoyado en una silla, no despliega los labios. En este silencio tan -natural, tan delicado, tan conmovedor, se revela bien claramente lo -poeta que es el Sr. Ayala. Un autor observador no hubiese dejado nunca -de hacer prorrumpir al desdichado amante en desesperadas exclamaciones, -que destruirían enteramente el efecto de esta interesantísima escena. - -Fernando no quiere quedarse á comer, y Consuelo lo despide diciéndole: - - «Pues, Fernando, que nos veas - antes de irte; no seas - ingrato...» - -Todos nos hemos oído llamar ingratos de esta suerte por alguna hermosa -dama; pero todos conocemos también la trascendencia de la suave y -distraída sonrisa que suele acompañar á este adjetivo. Por eso Fernando -cae desolado en una silla, cubriéndose el rostro con las manos. ¡Cómo la -ama todavía! - -Consuelo, ofuscada por los celos, se arroja á dárselos á su marido con -Fernando, suponiendo que éste, amante suyo en otro tiempo, era el mejor -para el caso. En presencia de Ricardo le escribe una carta invitándole á -que venga á visitarla, y entrega el billete á Ricardo para que lo remita -á su destino (esto es, para que lo lea). Pero Ricardo no lee el billete, -porque ha leído ya todo lo que necesitaba en el alma de Consuelo, y lo -deja intacto sobre la mesa. Llega Fernando, y Fulgencio, que había -recogido el billete, se lo entrega. - -¡Por qué se habrá escrito una carta tan infame! Parece increíble que dos -renglones de una letra menuda y desigual vuelvan el entendimiento y -hasta el corazón del revés. Yo, sin embargo, lo creo á pie juntillas. -Fernando se sorprende, se acalora, se llama infame, delira... y -resuelve acudir á la cita. Da fin el acto segundo. - -Es de noche. Lorenzo, el criado de Ricardo, después de haber acompañado -al Teatro Real á Consuelo, se entretiene en coloquio amoroso con Rita la -doncella. Algunos tildan de larga esta escena. Yo la encuentro tan -extraordinariamente bella, que nunca me he fijado en sus dimensiones. El -suave donaire, el sosiego y la frescura de esta escena son medios -artísticos de gran delicadeza para que la aparición del drama cause -efecto más seguro. El drama aparece con la entrada repentina y violenta -en la escena de Consuelo. Se dirige al armario de sus joyas, y pide con -voz temblorosa la llave á Rita. En el teatro había visto á su rival -luciendo un aderezo muy semejante al suyo, y viene á saber si es el -mismo. El aderezo no está en el armario. En el mismo instante aparece -Fulgencio, que de acuerdo con Ricardo, era portador de otro aderezo -igual y una mentira. El portador recibe en pago de sus buenos oficios -algunas injurias, y Consuelo se queda á solas con su amargura y sus -celos abrasadores. ¡Cuán lejos estaba su pensamiento en aquel instante -de Fernando! Y, sin embargo, en aquel instante Fernando entraba en la -casa, subía la escalera, alzaba la cortina del gabinete. ¿Qué venía á -hacer allí? Consuelo, la misma Consuelo, cuya mano había escrito una -carta llamándolo, se lo pregunta con sorpresa. - -Fernando venía á apurar las heces de aquel cáliz que el destino le -presentó al enamorarse de Consuelo. Venía á saber que no sólo no había -sido amado jamás, sino que su amor había servido en esta ocasión de -señuelo para atraer al precioso é irresistible Ricardo. ¡Y la mujer que -se cebara con tanta saña en su pobre corazón estaba allí, la tenía -delante de sus ojos siempre con su rostro dulce y angelical! Fernando se -para á meditar el estrago que aquel rostro dulce y angelical ha hecho en -su alma, y se sienta con tranquilidad aterradora en una silla. ¿Qué -intenta? ¿No repara que Ricardo vendrá muy pronto? ¡Qué importa! «Hoy -habrá penas para todos», dice con sonrisa feroz el desdichado amante. Y -ni las amenazas ni las súplicas de Consuelo le conmueven. Mas al fin le -disuaden de su propósito las lágrimas de Antonia, de aquella pobre madre -que había protegido su amor en otro tiempo. - - «¡Triunfa el crimen. ¿Quién lo duda, - si hasta le prestan su ayuda - la virtud y la bondad!» - -exclama Fernando al partir. Llega Ricardo, y sin sospechar siquiera, ó -si lo sospecha sin dársele nada de los atroces tormentos que sufre -Consuelo, se despide de ella para París. Se va á París con su querida. -La infeliz esposa se arroja á los pies del marido, y con sus lágrimas y -ruegos quiere retenerlo. Todo es en vano. Las lágrimas pueden mucho con -los hombres que tienen corazón, pero nada con los que no lo tienen. Se -va Ricardo y aparece Fernando, que por haber hallado la puerta cerrada, -tuvo necesidad de presenciar la escena anterior desde la habitación -contigua. A él se dirige la infeliz Consuelo pidiéndole perdón. Pero -Fernando, el humillado y escarnecido Fernando, ¡cómo se ha de compadecer -de sus tormentos, cómo se ha de apiadar de ella! Se va Fernando como se -había ido Ricardo. En aquel amargo trance, ¿á quién acudir? ¿Quién podía -compartir con la desventurada esposa el dolor de aquel fiero abandono? -Tan sólo su madre, su tierna madre, que tanto la amaba. Mas al dirigirse -á su habitación, Rita sale de ella dando gritos y pidiendo socorro... Su -madre se había ido también á otro mundo mejor! - - «¡Dios mío! (exclama Consuelo desplomándose) - ¡Que espantosa soledad!» - -Sí: la soledad espantosa que el egoísta va formando en torno suyo en -esta vida. El desenlace no es artificioso ni violento: es un desenlace -sencillo, natural y lógico. Obsérvase en él sobre todo la austeridad que -debe acompañar á una catástrofe interior más que exterior. Pero esa -misma austeridad lo hace infinitamente más conmovedor. Aquella figura -sola, terriblemente sola enmedio del escenario, que cierra los ojos para -mirar á su alma, y se desploma lúgubremente sobre el pavimento, es una -figura verdaderamente grande y patética. - -He relatado adrede el argumento de _Consuelo_, por ser éste tal vez la -más sencilla y corriente de las historias que el Sr. Ayala ha elegido -para tema de sus obras. El cómo de esta historia tan vulgar se ha hecho -una obra dramática tan primorosa y exquisita, yo no puedo explicarlo. -Vayan ustedes al teatro, y allá verán cómo se ha hecho. El Sr. Ayala nos -trasporta á todos á las tablas con los mismos cuerpos y almas que -tenemos; y sin dejar de ser los mismos pobres diablos que nos empujamos -por las tardes en Recoletos y tomamos el fresco por las noches en los -jardines del Buen Retiro, quedamos por arte de birlibirloque -trasformados en personajes interesantes y poéticos. Casi estoy por -asegurar que el Sr. Ayala sería capaz de presentar en la escena una -discusión del Ateneo, con discurso de Perier y todo, y hacer que todos -estuviésemos embargados y suspensos escuchándola. - -Mas yo, que sé decir todas estas lindas cosas de un poeta, me pinto solo -para decir las feas cuando por desgracia las encuentro. Y si no, van -ustedes á ver. - -Las obras todas del Sr. Ayala dejan percibir, desde el comienzo hasta el -fin, al artista de corazón y al poeta de nacimiento; mas en ninguna de -ellas se revela el ingenio poderoso que señala ó determina, impulsado -por una fantasía viva y espontánea, nuevos é ignotos derroteros para el -arte. Estos ingenios, que aparecen de tarde en tarde, son por regla -general fecundos, desordenados, sublimes muchas veces, monstruosos y -extravagantes otras, pero siempre grandes y admirables. No concurren -estas circunstancias en la inspiración del Sr. Ayala, por lo cual, á mi -entender, no debe ser comprendido entre tales ingenios, sino mejor entre -aquellos otros que arrojándose con criterio más seguro, pero con menos -inventiva y atrevimiento, por las vías trazadas por los primeros, las -asientan y perfeccionan. - -Caracterízanse las obras del Sr. Ayala por una perfecta regularidad y -proporción entre todas sus partes, por un orden acabado en el -desenvolvimiento de la fábula, y principalmente por una discreción nunca -desmentida en todo cuanto dicen y ejecutan sus héroes. Es una discreción -pasmosa. Declaro, no obstante, ingenuamente que tanta discreción me -llega algunas veces á fatigar. Hay ocasiones en las obras de arte en que -el lector desea que el artista le sorprenda por un golpe de mano -atrevido de la imaginación, aunque sea por un disparate estupendo. -Llegan momentos en que realmente siente uno la nostalgia de Grilo. Todo -menos ese compás que el entendimiento--no la fantasía--va marcando -fríamente al través de los parajes de una obra. En las de nuestro poeta -percíbese con harta claridad la mano que escribe y que borra, que torna -á escribir y torna á borrar. El arte es de todo punto necesario, pero -conviene siempre ocultar esa mano entrometida, para que las gentes, en -vez de arte, no den en llamarle artificio. - -Mas si la inspiración del Sr. Ayala no tiene ni el calor ni la fuerza -que la de nuestros grandes dramaturgos del siglo XVII, en cambio hay en -ella tanta dulzura y elegancia que no puede menos de ser amable para -todo el mundo, aun para aquellos que, como yo, prefieren lo grandioso á -lo correcto. Me gustan más, lo confieso, los aromas penetrantes de un -bosque de naranjos y limoneros, de acacias y magnolias, pero también -aspiro con delicia el perfume suave y delicado de las flores que crecen -en los tiestos. Me gustan más las tierras que naturaleza hizo fértiles, -pero me agradan también mucho las que lo son por la diligencia y el -esmero de su dueño. - -Tiene, á más de dulzura y elegancia, la inspiración de nuestro poeta un -no sé qué de buen tono, un cierto dejo aristocrático que al trasmitirse -á sus obras se filtra también en el alma de los espectadores. Cuando -salgo de verlas en el teatro, aunque vista camisa de color y americana, -sin saber por qué, me figuro que estoy vestido de frac y corbata blanca, -y al poner al pie en la calle me extraña grandemente que no me espere -para llevarme a casa un ligero y elegante _landó_ con dos caballos. - -Hasta las sesiones del Congreso de Diputados notan la presencia de -nuestro poeta cuando toma asiento en el sillón presidencial, -reduciéndose á ser más amenas y correctas. Hay algunas, no obstante, que -saben resistir con buen éxito á la influencia artística del presidente. -¡Cuántas veces le he visto al declinar la tarde, con sus dos maceros -detrás, bostezando una de estas rebeldes sesiones! Así que llega á -persuadirse de que ni sus efusivos bostezos ni las miradas distraídas -que pasea por el ámbito de la sala logran enternecer á la empedernida -sesión, el señor Ayala adopta, como es natural, las medidas que la -prudencia y su alta representación aconsejan. Se echa hacia atrás, y -apoyado el codo en el brazo del sillón, deja reposar blandamente la -mejilla sobre la mano. Sus ojos permanecen abiertos, muy abiertos, pero -su abundante cabellera empieza á descender con lentitud por el suave -declive de la frente, y en breve tiempo logra invadir la mayor parte de -aquel rostro literario más que político. Al poco rato, sobre la silla -presidencial ya no se ven más que cabellos. El Congreso está presidido -por una melena. - -La luz que poco antes entraba á torrentes por los medios puntos abiertos -en las alturas del salón, empieza á retraerse disgustada de la -inflexibilidad del reglamento. Lo primero que deja sumido en la sombra -es la cabellera del presidente. Pasa con la mayor indiferencia por -encima de la «orden del día», que se halla extendida sobre la mesa, y -baja culebreando y con mucho cuidado para no hacerse daño por la -charolada madera de la tribuna hasta el redondel, ó como se llame. En el -redondel no están más que los taquígrafos, gente de escasa importancia. -La luz los mira de reojo y con altivez, y marcha hacia el banco azul, -donde se encuentra á la sazón un ministro. La luz se apercibe un -momento, como para poner los papeles en orden, y de repente se encara -con él, interpelándole:--¡Eh! señor ministro, ¿qué noticia tiene S. S. -de los desórdenes ocurridos en Navalcarnero? El ministro, como acontece -siempre en tales casos, frunce las cejas, arruga la nariz y cambia -inmediatamente de postura. La luz marcha poco satisfecha del ministro. -Bien se le conoce en la mirada severa y rápida que lanza de una vez á -toda la derecha. Esta mirada va á extenderse también á la izquierda, mas -la luz allí se encuentra casi sola y se quiebra, y se sume tristemente -en el terciopelo de los bancos. Después se pone á escalar con trabajo -las paredes, deteniéndose en cada relieve y en cada adorno para tomar -aliento. Después se asoma á la boca de las tribunas, y al ver su negrura -renuncia de buen grado á esclarecerlas. Sin embargo, allá enfrente, en -la tribuna de la presidencia, muy cerca de una columna, se ve una -cabecita blonda, una cabeza de mujer. La luz, sin respeto alguno á lo -sagrado y augusto del recinto, se detiene frívolamente á jugar con -aquella cabeza, y ahora se empeña con malicia en herirla en los ojos -para hacerla sonreir, ahora se entretiene en retozar con sus cabellos, -ahora la baña pérfidamente con viva claridad, logrando ruborizarla. ¡Ay! -¡quién no se ha detenido alguna vez en su vida á jugar con una cabecita -blonda, sin pensar en el tiempo que pasa! El tiempo que pasa obliga, no -obstante, á la luz á abandonar aquella cabecita, y se despide de ella -con un prolongado beso, primero en los labios, después en los ojos, -después en la frente, después en el pelo. ¡Adiós! ¡adiós! Sube un poco -más y llega al techo. Allí se para un buen espacio, y medrosa quizá de -los grifos y cariátides, tiembla y se estremece, lanza vivos y -vacilantes reflejos que iluminan por momentos todos los ángulos, todos -los huecos del vasto recinto, arroja con furia oleadas de sombra á todas -partes, y esparce el terror y el misterio por los rostros y las figuras -de los cuadros. Después, sin saber por dónde, se va como si fuera un -duende. - -El Sr. Ayala, bien guarecido detrás de su melena, contempla absorto en -esta hora el viaje interesante de la luz. Nadie diría, al verlo con los -ojos desmesuradamente abiertos é inmóviles, que preside una sesión de -diputados de carne y hueso, sino un congreso de fantasmas y de -espíritus. - -¡Y quién sabe si lo presidirá! ¡Quién sabe si de allá, de los negros -rincones de la estancia, saldrán flotando mil imágenes tristes ó -risueñas, de todos colores y apariencias, que irán á formar en el aire y -delante de nuestro presidente una mágica asamblea! Siendo así (que me -perdone el orador que use á la sazón de la palabra), yo asistiría con -más gusto á esos debates invisibles del espacio que á los que debajo de -ellos se efectúan. - -[Illustration] - -[Illustration] - - - - -D. VENTURA RUIZ AGUILERA - - -I - -[Illustration: L]A ilustre escritora francesa princesa de Ratazzi -afirma, en su último libro sobre España, que el Sr. Ruiz Aguilera es un -joven de muchas esperanzas. Lo mismo se decía de él allá por los años de -1840 ó 1842. De lo cual se deduce muy naturalmente que el Sr. Aguilera, -en punto á juventud, se ha adelantado muchísimo á su siglo, haciendo dar -un salto prodigioso á la vida media del hombre; ó bien que la ilustre -princesa de Ratazzi no está por completo en lo firme al estampar tal -noticia. Después de conocer personalmente al Sr. Aguilera, me siento -inclinado á pensar lo último, á reserva, no obstante, de reformar mi -juicio en el caso de que la egregia escritora alegase nuevos datos ó -probara en cualquier forma su aserción. De todas suertes, quiero hacer -constar que es la primera vez en mi vida, y plegue á Dios sea la última, -que en público ó en privado me separo á sabiendas de la opinión de una -princesa. - -D. Ventura Ruiz Aguilera (á quien interinamente consideraremos como -hombre ya entrado en días) ha tenido la mala ocurrencia de nacer poeta. -Mejor le hubiera sido nacer contratista de obras públicas. - -Como es fácil de comprender, una vez dado este mal paso, no tuvo otro -remedio que atenerse á las consecuencias, trabajando mucho, viviendo -modestamente, y viéndose al fin de su carrera olvidado del bullicioso -mundo, cuyas orejas ha regalado tantas veces con su cántico. Y aún se da -por contento el pobre con que le dejen abrir por las mañanas el balcón -de su cuarto del barrio de Pozas para recibir el sol, que como un niño -inquieto y revoltoso entra sin pedir permiso, y todo cuanto hay dentro -quiere registrar y palpar en un instante; con que le dejen por las -noches sentarse en su butaca, y mirar atentamente los penachos de humo -que forman los carbones encendidos de la chimenea, y tomar alguna que -otra vez la pluma para trasladar al papel lo que aquellos penachos, tan -mudos al parecer, le cuentan. Durante el día está en la oficina. ¡Ay! -¡Qué poeta se escapa en este siglo de la oficina! Podrá revolotear -locamente en los primeros años de su vida, como el pájaro que -incautamente penetra en una sala. Mas no consigue nada con volar de aquí -para allá, lanzándose con ansia una y otra vez al espacio en busca de -aire y libertad. Los dueños de la casa no tardan en cerrar los balcones, -para acosarle después á su sabor en ruidosa zalagarda con toallas, -pañuelos y sombreros por todos los ángulos, hasta que, rendido y -jadeante, cae en poder de una mano brutal que inmediatamente lo encierra -en una jaula. Allí lo podéis ver todo el día informando expedientes del -modo más deplorable que le es dado. - -Dicen que allá en otro tiempo, hace ya muchos siglos, existió una nación -llamada Grecia, donde los poetas, lejos de ser perseguidos, -representaban el papel principal en todas partes, hasta el punto de que -no se promovía empresa ó se preparaba fiesta sin contar con ellos, ni se -realizaba hecho alguno político sin su intervención. Los mismos -contratistas de obras públicas, cuando tropezaban con un poeta en la -calle, se quitaban el sombrero y le hacían un saludo muy reverente, y á -un general famoso que había vertido su sangre en cien combates, no había -que hablarle de sus hazañas y victorias, porque esto era ponerse mal con -él, sino de tales ó cuales coplas que había presentado en un certamen, y -que los jueces con señalada injusticia no habían querido premiar. No -satisfechos aquellos hombres con prodigar á los poetas en vida toda -clase de mercedes y honores, solían después de muertos erigirles -estatuas que colocaban en los templos, ni más ni menos que si fuesen -dioses, y no pocas veces aconteció pasear una de estas estatuas en un -espléndido carro por todo el país, enmedio del entusiasmo y los vítores -fervorosos de la multitud. - -Si alguno de los poetas de ahora, por ejemplo el Sr. Grilo ó el Sr. -Blasco, pensasen que saco todas estas cosas de mi cabeza, yo les juro -por mi vida que son la pura verdad, ó que por tal la dan al menos las -historias más corrientes. En verdad que fué aquélla una época próspera y -dichosa para los poetas. Bien se puede asegurar que no volverán á verse -en otra. - -Los romanos, que sucedieron á los griegos, continuaron honrando y -enalteciendo á los poetas, aunque ya con bastante menos ardor, porque -andaban sumamente atareados con sus guerras y expediciones. - -Vinieron después los bárbaros, incapaces por entero, como su nombre lo -indica, de entender al señor Revilla, ni menos tomar parte en los -debates del Ateneo. - -Pues aun á los bárbaros les gustaba la poesía. En sus fiestas más -ruidosas, en sus orgías más desenfrenadas y brutales, llegaba un momento -de desmayo para el cuerpo y excitación para el espíritu; un momento en -que la imprecación expiraba en los labios, la copa se desprendía -suavemente de las manos, y los ojos buscaban distraídos y arrobados los -postreros rayos de la luz. En aquel momento aparecía entre tanto rostro -fiero un semblante dulce, expresivo y circundado de dorados bucles, -donde brillaban unos ojos tristes y misteriosos. Era el poeta. Todas las -miradas sentían necesidad de posarse sobre él, y todos los corazones se -creían en la obligación de amar á aquel ser débil y extraño, que de -parte de Dios venía á desenterrar los nobles sentimientos que dentro de -ellos se hallaban sepultados. Estos corazones era lo único que se movía, -lo único que sonaba imperceptiblemente en la estancia al comenzar su -canto el trovador. Fuera sonaba el viento y sonaba el mar. La canción -del poeta les hablaba de su Dios, de su patria, de su amor, de todas las -cosas en que el cielo y la tierra parecen confundirse, como allá á lo -lejos en el rojizo horizonte. Y de aquellos ojos, poco antes inyectados -de sangre por la cólera, saltaba á veces una lágrima que podía contar, -si quisiera, muchas cosas de aquel sitio en que el cielo y la tierra se -confunden. - -Cesaba el canto. Las cuerdas del laúd seguían vibrando melancólicamente -un momento, y después también cesaban. Alzábase un murmullo en la -estancia, y muchas manos grandes y velludas alargaban doradas copas al -buen trovador. El vino chispeaba en la copa, y la alegría chispeaba en -los ojos del trovador al beberlo. Pero la luz moría, y aún le quedaba -algún camino que andar. Por eso, enmedio de bendiciones y roncos adioses -desaparece de la sala. Si alguno de los alegres convidados quisiera -asomarse poco después á una de las ventanas del castillo, tal vez podría -verle ocultarse lentamente allá en el rojizo horizonte. - -También en nuestras fiestas y banquetes llegan momentos de fatiga y -tristeza: que es la alegría como un río impetuoso, que no puede menos -de reposar alguna que otra vez en un sombrío remanso. Mas cuando llega -uno de esos remansos, he aquí que entra por la puerta de la sala un -grupo de botellas rebujadas en papel de estaño. Los criados se apresuran -á desembozarlas, suenan algunas detonaciones y se esparce por las copas -un licor muy ruidoso y fanfarrón, pero insípido y embustero. Los -convidados, no obstante, se regocijan y alborozan de nuevo; ríen, -cantan, patean, dicen chistes y se tiran los platos á la cabeza. ¡Oh! No -cabe duda, el _champagne_ ha reemplazado perfectamente al trovador. - -Que la poesía no ha muerto bien lo sé. La poesía es inmortal. Pero que -la estimación concedida al poeta va muriendo, muriendo hasta convertirse -en la sombra de una nada, tampoco puede dudarse. El poeta, en nuestra -sociedad, va siendo cada día más singular y anómalo. Es un ser que, como -el Hijo de María, no encuentra una piedra donde reclinar la cabeza. -Siguen naciendo poetas como antes, pero ya nadie se dedica á poeta, -porque caería en ridículo quien tal hiciese. Un poeta, en la actualidad, -no es un poeta; es un diputado constitucional, un ex-ministro, un -presidente del Congreso, un gobernador civil ó un empleado del Banco que -escribe versos. Lo cual, hasta en concepto de ellos mismos, no pasa de -ser una flaqueza, inofensiva de todo punto. Cuando encontráis á -cualquier poeta amigo en la calle ó en un tranvía, y entabláis -conversación con él, lo que soléis preguntarle es si hay esperanza de -que su partido suba al poder ó de que caiga, si le han ascendido, qué -sueldo tiene ahora, cuántas horas de oficina, etc., etc. Si por -casualidad os ocurre preguntarle por sus versos, veréisle ruborizarse un -poco, mirar al suelo, sonreirse y mover la cabeza á un lado y -otro.--«Phs... Estos días atrás he escrito una cosilla... una -tontería... Ya se la leeré á usted cuando vaya á almorzar conmigo.»--Á -lo mejor esta tontería es _La lira rota_ ó _El Raimundo Lulio_, ó _La -leyenda de Noche-buena_ ó _El nudo gordiano_. - -Este desprecio que de sus mismas obras hacen los poetas, tiene una -explicación. Es que en la época actual, sin saber cómo y á su despecho, -el alma del contratista de obras públicas ha trasmigrado al poeta. El -contratista que entra con un amigo (solo no entra jamás) en la librería -de Fe, al contemplar tanto libro apilado en los estantes se ve -necesariamente acometido por una reflexión que está siempre emboscada -detrás de los libros para caer de improviso sobre todos los -contratistas.--«¡Cuánto se escribe hoy!» medita. Y sumido hasta el -cogote en tan honda consideración, empieza á tomar libros y á soltarlos, -después de darles algunas vueltas en la mano y leer el título en voz -alta, hasta que viene á sacarle de sus cavilaciones y maniobras la -amabilidad del Sr. Fe (que es mucha) mostrándole las novedades del día. - ---Vea usted; aquí tiene _La última lamentación de lord Byron_... - ---Por Gaspar Núñez de Arce (dice el contratista leyendo por encima del -hombro del Sr. Fe). ¡Hombre, sí! Este ha sido secretario de la -Presidencia. Le conocí mucho cuando estuvo de gobernador en Barcelona. -Es hombre despejado... - ---Ha llamado mucho la atención este su último poema. - ---¿Sí?... Pues me lo llevo _(arrollándolo como un plano de carretera)_. - -Si tuvieseis tiempo para ir conmigo aquella misma noche á cierta alcoba -lujosamente decorada, veríais un hombre acostado en una cama, con _La -última lamentación de lord Byron_ en la mano. ¡Qué paz y sosiego reinan -en la fisonomía de aquel hombre! ¡Qué gorro de dormir tan admirable ciñe -sus sienes! ¡Qué luz tan suave esparce el quinqué sobre el vaso de agua, -el azucarillo y las galletas inglesas! ¡Qué aire tan respetuoso y sumiso -tiene el almohadón de plumas que está tendido á sus pies! - -Mas apenas hacéis atropelladamente estas observaciones, cuando se -escucha un fuerte resoplido, y la alcoba queda á oscuras. - -En la alcoba hay todavía un espíritu que dice muy bajo á las -tinieblas:--«Lo más que habrá sacado ese hombre con tanto verso son -cuatro ó cinco mil reales...» - -Poco después no queda más que un cuerpo roncando. - - -II - -Decía más arriba, á vueltas de una digresión con la cual no contaba, que -el Sr. Aguilera había nacido poeta. Añado ahora que nació poeta dulce, -ameno, delicado y tierno. En la resignación y sosiego que se observa en -todas sus composiciones trae al recuerdo al maestro Fray Luis de León y -á San Juan de la Cruz. Los huracanes de la vida no han formado jamás en -su alma medrosas tempestades. Las nubes volaron ligeras por ella, -dejando siempre descubierto un fondo azul. Y en ese fondo azul, -reverberante de luz, nadan como brillante polvo de oro los más gratos -sueños y los más nobles sentimientos del corazón. Y ese fondo azul, esa -eterna y pura alegría del alma es la que se descubre bajo todas las -composiciones de Aguilera, aun bajo aquellas que están inspiradas por un -sentimiento triste. - -Mirad á un cielo azul: ¿qué es lo que veis? Lo primero que se ve en un -cielo azul es á Dios. El autor de estas líneas cree haberlo visto -algunas veces cuando niño, á fuerza de abrir mucho los ojos hasta que le -dolían, y pasando horas enteras tendido con el rostro vuelto al -firmamento. Después, viniendo los años, perdió la costumbre de pasar las -horas enteras mirando hacia arriba, porque necesitaba á todo trance -estudiar la ley de organización del poder judicial. Y sucedió que, en -cierta ocasión en que muy festejado y risueño se tendió como antes para -verlo, no lo consiguió. Pero allí estaba. Lo sabe porque otras veces -miró con semblante mucho menos risueño y lo halló fácilmente. - -De la misma manera, lo primero que se encuentra en el fondo azul del Sr. -Aguilera es á Dios. No busquéis en sus composiciones arrebatos místicos, -ni explosiones de entusiasmo por la fe ni encendidas diatribas contra el -impío, ni siquiera _gritos del combate_ con la duda amarga. Pero late en -ellas el amor sincero á lo divino, porque son tiernas, sencillas y -bellas, y Dios no puede estar lejos de lo que es tierno, sencillo y -bello. Los cuatro versos de algunos de sus cantares infunden más fe en -el alma que cien tomos de controversia teológica. Son cuatro versos que -abren por un instante las diamantinas puertas del cielo y dejan entrever -lo que hay dentro. ¡Qué más se les puede pedir! - -Cuando trata directamente un asunto religioso, como en la _Leyenda de -Noche-buena_, lo hace con una verdad, con una sencillez, con un -sentimiento tan vivo y tan fresco de los inefables misterios de la -Religión, que necesitamos acudir á los recuerdos de la infancia para -hallar algo parecido en nuestra alma. - -El Sr. Aguilera, en este caso, es un hombre que describe y expresa con -fidelidad asombrosa los frescos y puros conceptos de un niño. Léanse, en -confirmación de mi aserto, los siguientes versos que tomo de esta -leyenda: - - --Golondrinas que en rápido vuelo, - Os tendéis por la atmósfera azul: - ¿Dónde vais, dónde vais, golondrinas? - A quitar las agudas espinas - De la angustia que siente Jesús. - --Si Jesús en Belén ha nacido - Coronada su frente de luz, - ¿Qué corona, decid, golondrinas, - Qué corona de agudas espinas - Atormenta al divino Jesús? - --Si los hombres sois ciegos del alma - Y con ella no veis su dolor, - Viendo están, viendo están golondrinas, - Que aunque niño, corona de espinas - Ya en su espíritu lleva el Señor. - Hoy nosotras, con pío amoroso, - Templaremos su interna aflicción; - Vendrá un día que irán golondrinas - A quitar en la cruz las espinas - Que la frente herirán del Señor. - -¿Qué más se ve en el fondo azul del señor Aguilera?--El amor á su -patria; el amor á la tierra española. - -¡La patria! ¿Qué es la patria?--La patria es un hombre andrajoso y sucio -que se estrecha con efusión en una soledad de América ó de Asia; la -patria es una frase de desprecio que se pronuncia allá muy lejos, donde -no brilla el sol ni huele el azahar, y hace correr la sangre por el -suelo; la patria es un canto que suena de noche en una ciudad de -Inglaterra ó Alemania, haciendo saltar una lágrima á los ojos de un -hombre que lee en su gabinete; la patria son unos batallones de -soldados barbilampiños y morenos que llegan de Africa, y entran en -Madrid con música y banderas desplegadas; la patria es el gentío inmenso -que se arroja gritando á su paso, ebrio de entusiasmo y orgullo; la -patria, últimamente, es una cosa que no se puede definir, como acontece -con otras muchas. - -¿Los españoles tenemos patria?--Unas veces se me antoja que sí; otras -que no. Lo que no ofrece duda es que trabajamos todo lo posible por no -tenerla. Hace muchos años que los españoles empleamos lo mejor del -tiempo en zaherir á nuestra patria con la lengua y con la pluma, y en -desgarrarla con la espada. Sería un milagro que quedase todavía algo de -ella. - -Por otra parte, la patria ha pasado de moda. Los filósofos han -demostrado recientemente que el sentimiento patriótico no se acuerda con -las exigencias cada día más amplias y universales del espíritu humano. -Es un sentimiento primitivo y grosero, que se aloja por lo común y -arraiga con extremada fuerza en los hombres de inteligencia inculta y de -carácter bravío. - -Lleno mi espíritu de estas ideas cosmopolitas y filosóficas, enderecé -mis pasos alguna vez al Museo del Prado. Mi objeto ostensible al dar -este paseo era ver y recrearme con las pinturas que allí hay; mas en el -fondo de mi corazón latía también el deseo de inculcar á los chisperos y -manolos que figuran en el célebre cuadro del _Dos de Mayo_, de Goya, -alguna de las ideas generales y comprensivas de que iba saturado. Es -imposible imaginarse nada más salvaje que la actitud de aquellos -chisperos desharrapados, con los brazos en alto, erizados los cabellos, -los ojos amenazando saltar de las órbitas, frente á las bocas de los -fusiles franceses, y gritando al parecer con todas sus fuerzas: -¡¡¡Fuego!!! - -No conseguí mi objeto. En vano quise persuadirles de que aquella -actitud, si bien en otra época tenía razón de ser, mirando al estado del -progreso, en los momentos actuales era completamente inexplicable, y se -hallaba en abierta oposición á la doctrina corriente entre los -tratadistas. En vano les demostré como pude que el concepto de humanidad -era superior al de patria, y que éste, como más limitado y primitivo, -debía subordinarse siempre á aquél. No querían escuchar nada; no -atendían poco ni mucho á mis razones, y quedaron, como es fácil colegir, -tan ignorantes y bárbaros como antes. De tal modo, que aún podéis verlos -cuando queráis, firmes en su cuadro y cubiertos de sangre, siempre con -los brazos en alto y los cabellos erizados, gritando como energúmenos: -¡¡¡Fuego!!! - -Mucho me holgaría de que lo que voy á decir en este instante no lo -escuchase ninguno de los varones que siguen con ahinco y amor los pasos -de la ciencia. - -Cierta tarde en que me hallaba frente al mencionado cuadro, amonestando -á aquellos salvajes, como tengo por costumbre siempre que me pongo al -habla con ellos, me distraje al parecer con un rayo de sol, que vino de -repente á herir á un manolo en el rostro. Al mismo tiempo una mosca -grande y azulada empezó á zumbar confusamente algunas cosas á mi oído, y -perdí el hilo del discurso. Sin saber por qué ni cómo, en aquel momento -sentí mucho calor en las mejillas, comenzaron á latirme fuertemente las -sienes, percibí cierto olor á pólvora, y sin saber también por qué ni -cómo (¡qué vergüenza!), pienso que exclamé, dirigiéndome á los feroces -chisperos: «¡Oh, amigos míos, quiero ser bárbaro como vosotros!» -Afortunadamente no había nadie en la sala. - -El Sr. Aguilera, al parecer, también quiere ser bárbaro, y escribe sus -_Ecos nacionales_, inspirados en el amor vivo y ardiente de la madre -patria. Estas composiciones fueron escritas en los años juveniles del -autor, y aunque revelan, bastante inexperiencia artística, que en -ocasiones semeja puerilidad, trasparéntase en ellas un sentimiento tan -puro, un candor y una energía que cautivan y embriagan. Quizá si -tuviesen más aliño no produjeran el mismo efecto. Están destinadas al -pueblo, á ese pueblo español tan noble, tan altivo, tan feliz en otro -tiempo, cuando el despotismo austriaco no había asentado su maldita -planta en nuestro suelo. Haga Dios que algún día ese pueblo español -salga de su letargo y se disipen los malos sueños que oscurecen su -frente; no para conquistar tierra, que harta tenemos ya, sino para ser -más dichoso dentro y más respetado fuera. - -El pueblo ha pagado bien al Sr. Aguilera el amor que le profesa, dándole -lo único que podía darle, su poesía. El pueblo expresa siempre su -poesía en una forma muy breve y concisa. El pobre necesita trabajar, y -no tiene tiempo á componer grandes trozos de versificación. Por tal -motivo, se ha acostumbrado á decir mucho en pocas palabras, y acaso -también por llevar un poco la contraria al Sr. Grilo. El arte supremo de -iluminar vivamente el espíritu con cuatro versos, haciéndole columbrar -dilatados y hermosos horizontes, no lo robó el Sr. Aguilera al pueblo, -como se ha dicho; el pueblo se lo ha regalado, como desquite de una -deuda de amor y de sacrificios. No es tan insignificante el regalo como -algunos piensan, incluso quizá el mismo Sr. Aguilera. A mi juicio, son -los cantares la obra maestra de nuestro poeta y aquella en que no ha -tenido, ni tiene, ni es probable que tenga rival. Los cantares de -Aguilera no morirán jamás, porque salen del fondo del corazón, y como él -mismo dice con admirable delicadeza: - - Cantar que del alma sale, - Es pájaro que no muere; - Volando de boca en boca - Dios manda que viva siempre. - -Volando de boca en boca, y acompañados de la guitarra, los he visto -cruzar á menudo, unas veces tristes, otras alegres, pero siempre dulces -y apasionados. - -¿Qué más se ve en fondo azul del Sr. Aguilera?--El amor de la -naturaleza. No hay que confundir el amor que Aguilera siente hacia la -naturaleza con esa afición frívola y afectada, hoy tan en boga entre -viajeros y bañistas, los cuales creen pagar su deuda de admiración á la -naturaleza gritando sin ton ni son en todas partes: «¡Magnífico! -¡Delicioso! ¡Sorprendente!» y poniéndose una rama de madreselva en el -sombrero cuando tornan del paseo. No; el Sr. Aguilera ama la naturaleza -como ésta pide que se la ame, con sentimiento profundo y verdadero, con -extática contemplación y fervoroso culto, con cierto misterioso terror -que contrae el corazón y cierra la boca. Solamente á los que así la aman -entrega el tesoro infinito de sus gracias. Así la ha amado Fray Luis de -León, el inmortal autor de la _Vida del campo_, con quien guarda nuestro -poeta, según creo haber indicado, un estrecho y singular parentesco, y -así la amaron todos los ingenios que han sabido cantarla. - -Mas el amor de la naturaleza para el Sr. Aguilera y para todos los que -residimos en la corte es un amor platónico, porque no gozamos de sus -galas y encantos. En Madrid hay unos árboles en el Retiro y unas -montañas hacia Fuencarral que los miran por encima de las torres y las -chimeneas. Lo que queda entre estas montañas y estos árboles no merece -el nombre de naturaleza. En punto á naturaleza, los madrileños no deben -alzar el gallo á nadie, porque el más zafio y miserable labriego de -Asturias ó Galicia es mil veces más rico que ellos. - -No obstante, sería poco decoroso despreciar lo que hay en casa. A mí me -gusta mucho el cachito de naturaleza que posee Madrid. Aquellos árboles -del Retiro son muy hermosos, digan lo que quieran. Son hermosos por la -mañana cuando, regocijados y alegres con la salida del sol, bendicen la -tierra sacudiendo sobre ella, como enormes hisopos; el rocío que vino -por la noche á dormir en sus hojas. Son hermosos al mediodía cuando el -sol los baña, los inunda con su luz amarilla, vistiéndolos de verde y -oro, como si fuesen _primeros espadas_. Entonces los últimos vapores del -rocío se disipan y se pierden en la atmósfera, la luz consigue penetrar -por mil intersticios en su interior y los hace trasparentes como faroles -venecianos, los troncos parece que están satinados, el sol dibuja con -sus ramas negra y tremante red en la arena, y las hojas chiquitas de las -puntas relucen como monedas de oro acabadas de acuñar. Son hermosos -sobre todo á la tarde, cuando se destacan sobre el azul pálido del cielo -con tal limpieza que parecen recortados á tijera por una mano invisible. -Si os sentaseis debajo de uno de ellos á contemplar la muerte del día, -veríais al principio regueros de luz que cambian á cada instante de -cauce, corriendo primero por la parte baja de la copa, después por el -centro, después por la cima, después por ninguna parte. La sombra lo -envuelve en su manto protector, y el árbol, inmóvil y silencioso, se -prepara á dormir, respirando con libertad en el ambiente fresco y -húmedo. Más he aquí que de aquellas montañas del Guadarrama, un poco -soñolientas también, llega una brisa áspera y fría, con el exclusivo -objeto de darle las buenas noches. Una hojita que en el extremo de la -rama más alta parece servir de vigía se estremece primero débilmente, -después empieza á moverse con brío tocando á rebato, y todas las demás, -advertidas de la presencia del emisario, comienzan á bailar alegremente, -devolviendo su cordial saludo al Guadarrama. Cumplido este deber de -cortesía, el árbol se abandona al reposo, y duerme á pierna suelta. - -¡Qué hermosos están aun durante el sueño estos árboles, dibujando sus -fantásticas siluetas en el oscuro azul de la noche! Acaso no sea todo -oscuridad ni duerma todo en el interior de estos árboles. Reparando -bien, tal vez percibáis el brillo suave é intermitente de una de sus -hojas. Alzad los ojos al mismo tiempo, y veréis en el cielo un lucero -tan brillante como presuntuoso. Retiraos, no seáis indiscretos. - -Mas hágome cargo, aunque tarde, de que no estoy escribiendo la semblanza -de los árboles del Retiro, sino del Sr. Aguilera, y paso inmediatamente -á otro punto. - -¿Qué más se ve en el fondo azul del Sr. Aguilera? - -En ese espacio diáfano flotan como claras estrellas dos ojos negros, -grandes, brillantes y serenos que podéis ver retratados en la hoja -primera de sus _Elegías y Armonías_. Era una niña, era un pedazo del -alma del poeta, la que en otro tiempo los hacía brillar con su sonrisa, -los elevaba, los adormía, los ocultaba un instante en la sombra de sus -pestañas y los hacía lucir de nuevo como dos rayos de sol que hieren el -cristal de una fuente. - -¡Cuántas veces os habréis sentado en las sillas del paseo de Recoletos! -¿no es cierto? Pues en verdad que no habrá dejado de revolotear en torno -vuestro casi siempre un enjambre de niños que juegan corriendo unos en -pos de otros y lanzando chillidos penetrantes, como golondrinas que se -persiguen por el aire. Á fuerza de contemplar con mirada distraída -aquella escena bulliciosa, concluís por fijaros en una niña de ojos y -cabellos negros y vestido blanco. Os interesa su mirar melancólico y la -suavidad y elegancia de sus movimientos. Al pasar á vuestro lado muy -descuidada y risueña, la pilláis al vuelo por uno de sus bracitos y la -atraéis blandamente hacia vosotros, la aprisionáis entre las rodillas, -tomáis entre las vuestras sus diminutas manos, que parecen dos botones -de rosa, y la acariciáis de mil maneras, interrogándola al mismo tiempo -sobre el juego en que se divierte, cuál es su nombre, cuántos años -tiene, cuántos hermanos, etc., etc. Al principio os mirará con ojos de -asombro y temor, se negará resueltamente á contestar y tratará de -arrancarse á vuestras caricias. Mas poco á poco irá perdiendo el miedo, -y á los cinco minutos sois los mejores amigos del mundo. Á los diez ya -sabéis que su hermano menor es un insoportable glotón, capaz de comerse -la parte de dulces de todos los hermanos, y algunos otros gravísimos -secretos. Al cuarto de hora, cuando su aya viene á llamarla y os -presenta la mejilla para que la beséis, vuestra amistad está á prueba de -desavenencias y disgustos. ¡Oh, bien se puede asegurar que durante este -cuarto de hora no os aburristeis poco ni mucho! Mas cuando la veis -alejarse dando graciosos brincos, ¿no ha cruzado por vuestra mente la -idea de que pudierais tener una hija igual, y que podía morirse? Sí; con -seguridad ha cruzado y habéis sentido todo vuestro cuerpo estremecerse -de súbito con un movimiento de terror, y habéis medido con los ojos de -la imaginación los profundos abismos del más fiero dolor, del _dolor de -los dolores_. - -Pues bien, figuraos que el padre de aquella niña es nuestro poeta y que -la ha perdido. Otro hombre no hubiera podido hacer más que llorarla. Él -la ha llorado y la ha cantado. Y su canto es el más armonioso, el más -sentido, el más tierno que ha salido de su pecho. Las elegías que -Aguilera dedica á la memoria de su hija, por el profundo sentimiento que -guardan y por la delicadeza con que han brotado de la pluma, serán -leídas mientras haya poesía. Parecen escritas como fueron sentidas, en -el mismo instante en que el brillo de un lucero, los ecos lejanos de un -organillo ó los lirios que crecen en un balcón traen á la memoria del -poeta su dicha pasada y su desgracia presente. Detrás de aquellas -páginas se escuchan realmente los sollozos. Voy á coger no más que dos -perlas del collar, copiando las siguientes bellísimas composiciones: - - Debajo de mis balcones - Parábase el saboyano; - Ella, la música oyendo, - danzaba al sonido mágico, - y yo de gozo temblaba - como la hoja en el árbol. - Debajo de mis balcones - hoy se paró el saboyano; - levantar le vi los ojos - una, dos, tres veces, cuatro... - ¡Y una, dos, tres, cuatro veces - sin esperanza bajarlos! - - * * * - - No mires á mis balcones: - ¿por qué miras, saboyano, - si ya no ha de salir ella - á este balcón solitario, - para echarte la limosna - bendecida por su labio?... - No mires á estos balcones, - y si vuelves, saboyano, - la voz del órgano apaga, - y pase por Dios callando, - pues yo no sé lo que tiene - ¡ay! que no puedo escucharlo. - - * * * - - --¡Cómo tardan estos lirios, - cómo tardan en dar flor!-- - Me decía muchas veces - al regar los del balcón. - --Cuando se abran, serán tuyos - contestábale mi voz; - y esperando el ángel mío, - esperando, se murió. - Vino Mayo ¡ay, no viniera! - y los lirios del balcón - su corola azul abrieron - á los céfiros y al sol. - - Y las lágrimas brillaban - que sobre ellos vertí yo, - al dejarlos en la tumba - donde tengo el corazón. - - -III - -Y ahora, ¿qué voy á decir de los defectos del señor Aguilera? He pasado -un rato delicioso escribiendo las anteriores líneas, sin curarme para -nada de ellos. Ni yo lo he sentido, ni acaso el lector lo sienta -tampoco. Encadenado al vuelo del poeta, vime suspenso un instante sobre -la tierra. Pienso (Apolo me perdone la injuria) que fuí poeta el espacio -de un relámpago. No es maravilla que me pese el salir de un grato sueño -para dar con verdades frías y amargas. ¡Es tan triste acostarse poeta y -despertar crítico! Pero Dios lo quiso, y el editor también. ¡Seamos -críticos! - -No satisfecho el Sr. Aguilera con expresar lo que sentía bien, -verbigracia, los afectos más arriba indicados, quiso también cantar en -más de una ocasión lo que sentía mal ó no sentía de modo alguno. De aquí -han nacido todos sus defectos. En el crecido número de sus composiciones -se encuentran no pocas endebles, fatigosas y descoloridas, sobre todo en -el _Libro de las sátiras_, no tanto por falta de primor y elegancia en -la forma (que rara vez acontece), como por falta de verdad y de brío en -la inspiración. El Sr. Aguilera ha incurrido en un vicio, harto -frecuente por desgracia en nuestra época; el de acudir á lugares -comunes, á frases llevadas y traídas por todos los que comercian con las -Musas. Los lugares comunes en filosofía admiten excusa y hasta prestan -utilidad, mas en el Parnaso son rechazados y perseguidos como animales -dañinos. No es posible encarecer bastante el horror con que las Musas -miran la poesía de estereotipia, tan en boga al presente. Dicen ellas, y -yo soy de su opinión, que cuando el poeta no tiene nada nuevo que decir -ó no encuentra nueva forma en que expresarlo, debe callarse. - -Puesto ya á censurar, también diré que el señor Aguilera introduce -alguna vez en sus poesías lecciones de moral que encajarían mejor en una -plática de Semana Santa. Una cosa es componer poesías, y otra dirigir -pastorales á los católicos de una diócesis. También diré que acostumbra -á desleir sobradamente los conceptos, dando esto por resultado el que se -pierda, ó debilite al menos, el efecto que deben producir, comunicando -al propio tiempo á sus composiciones cierta languidez, que alguno -pudiera calificar de inanición. También diré que la afición á poner -estribillo en una gran parte de sus poesías, produce en ciertos casos el -efecto apetecido de moverlas y animarlas; mas en otros, quizá por -rechazarlo la índole del asunto, ó por no acertar á poner el que -conviene, las hace pueriles unas veces, y otras artificiosas. - -Pero no diré más; que ya me voy avergonzando de echar en cara estas -menudencias á un tan insigne y excelente poeta. - -[Illustration] - - - - -D. GASPAR NÚÑEZ DE ARCE - - -[Illustration: A]UNQUE parezca descortés y hasta irreverente dar -comienzo á la semblanza de un poeta con una apología de la prosa, tengo -razones poderosas para escribirla, y la he de escribir, si en ello -hubiera de irme la fama de atento y comedido. No la escribo porque tenga -en aborrecimiento el verso; que el hecho mismo de consagrar mi pobre -ingenio al estudio de los poetas dice bien claramente lo contrario. -Tampoco porque juzgue, como algunos, que es el verso un lenguaje propio -de la infancia de los pueblos y opuesto á la gravedad de nuestra época, -y que ha de llegar un día en que desaparezca totalmente. Para mí el -verso es y será eternamente el lenguaje genuino de la poesía. Y cuenta -que lo dice un hombre tan pudoroso en esta materia, que para él las -columnas de _La Ilustración Española y Americana_ son selvas vírgenes -donde nunca ha osado poner el pie: incapaz, por consiguiente, de meterse -con nadie ni de escribir un mal soneto, á no ser que le hurguen mucho y -de mala manera: en cuya fe quiere vivir y espera morir. Mas el verso, -como todas las grandezas de la tierra, no necesita apologistas. Por el -hecho de existir pregona su excelencia; mientras la prosa, la prosa vil, -al tenor de las causas malas, necesita campeones que salgan á su -defensa. No es bizarro el que ahora se presenta, pero sí bastante -cazurro, y ha de suplir, ciertamente, con zancadillas y trazas de mala -ley lo que le falta de arrojo. Mucho cuidado con él. - -La prosa no es bonita, debo confesarlo, pero no me nieguen ustedes que -es muy expresiva. Tiene las facciones abultadas é incorrectas, le falta -majestad y dulzura en los movimientos, es áspera, indómita y arisca, -todo lo que ustedes quieran; pero no me nieguen ustedes que es muy -expresiva. ¡Oh, sí, es muy expresiva! El alma se ve muy pronto por sus -ojos grandes y oscuros. En sus posturas descuidadas y caprichosas, en -sus movimientos desordenados y bruscos, en sus arrebatos y en sus -desmayos, hay á veces mucha gracia. Y luego, ¡tiene unas salidas! Nunca -puede estar tranquila ni caminar con paso mesurado y sereno. Á cada -instante se siente acometida por la necesidad de alargarlo ó acortarlo. -Viene un período amplio, terso y sonoro, de esos que piden á todas horas -los pseudo-clásicos, sin saber lo que piden; en pos de él, otro breve y -palpitante como el corazón que lo dicta. Aparece uno suave y -almibarado, como el requiebro de un adolescente, y á toda prisa surge -detrás otro seco y áspero que le deja cortado. La prosa, en fin, odia de -muerte la monotonía, y procura demostrárselo en cuantas ocasiones se -presentan. Quizás por eso se eleva rara vez al cielo. El cielo es -hermoso, pero es monótono. - -Mas si no consigue volar por el cielo sereno y límpido, en cambio -discurre admirablemente por la tierra. Alguna vez se mancha con sus -lodos y se pincha con sus abrojos, pero sabe lavarse inmediatamente en -sus claras fuentes, y curarse con el bálsamo de sus flores. No se -desdeña de andar á pie por los parajes más escabrosos, ni penetrar en -los lugares más humildes. A menudo se la ve pararse ante un objeto -ínfimo y despreciable, iluminándolo y describiéndolo con amor. Á veces -también, á semejanza del mar, sabe reflejar el azul del cielo. - -No se me oculta, sin embargo, que se la mira generalmente con desprecio. -No se me oculta que al ver á la prosa entrarse por un hospital, por una -fábrica ó por una taberna con la mayor frescura, y ponerse á referir -cuanto allí ocurre, por insignificante y hasta despreciable que sea, hay -muchos que dicen pestes de ella, y se creen humillados al leer lo que -juzgan indigno de toda atención. Sé de sobra que hay mucha gente para -quien no existe ni puede existir arte alguno en la descripción del catre -en que duerme un niño desamparado y pobre, ó en la de la faena de un -rudo labrador, ó en la del tocado breve y sencillo de una costurera. -¡Ah! Tal vez se figura esa gente que no se encuentra á Dios más que en -la sublimidad de la bóveda celeste poblada de astros luminosos, á cuyo -lado el que habitamos no es más que un leve grano de arena. Si tal se -figura, es que no ha mirado jamás en una gota de agua por el lente de un -microscopio. Habiendo mirado, no dejaría de comprender al instante que -es tan fácil llegar á Dios por lo infinitamente pequeño como por lo -infinitamente grande. - -Tampoco la prosa carece de ritmo en absoluto. Su ritmo es mucho más -hondo y arcano que el del lenguaje métrico, mas no por eso deja de -existir. Un oído delicado lo percibe como blanda y recóndita música -dentro de una selva oscura. ¿Quién osará negar el ritmo, el número y la -armonía á la prosa de Cervantes, Fenelón ó Manzoni? No seré yo quien -cargue con semejante responsabilidad. Lo que hay es que el ritmo de la -prosa no es uniforme y continuo como el de la versificación. Los vientos -del pensamiento lo agitan á su capricho y le hacen variar á cada -instante de rumbo, sin darle jamás punto de reposo. La prosa, mejor que -el verso, obedece á las insinuaciones del espíritu, dejándose llevar -cual dócil pluma, unas veces por regiones serenas y tranquilas, otras -por parajes revueltos y oscuros... - -Pero basta ya de panegírico; que tal suma de perfecciones voy acumulando -sobre la prosa, y tan devoto de ella me presento, que temo murmuren las -malas lenguas. - -Llegó el instante, por mí bastante temido, de dar explicaciones sobre -las causas que engendraron este inoportuno panegírico. Y ála verdad, si -ustedes pudieran pasarse sin ellas, me alegraría en el alma, porque no -tengo deseo alguno de manifestarlas. Mas ustedes no pueden pasar sin -explicaciones, por más que la galantería les mueva á decir otra cosa, y -aunque me pese, creo hallarme en la obligación de remediar su justa -curiosidad. - -¿Y por qué siento dar explicaciones? Dirélo de una vez: porque temo que -estas explicaciones no agraden al Sr. Núñez de Arce. Tal temor, si bien -se nota, es más lisonjero que ofensivo para el Sr. Núñez de Arce, puesto -que si yo no le respetase y admirase muy de veras, á buen seguro que no -me turbaría más ni menos. Mas, por desgracia, sé lo peligroso que es -decir á una mujer hermosa que no es la más hermosa del mundo, ó á un -poeta inspirado que no es el más inspirado de todos los poetas. Desde -Homero hasta Revilla, no ha habido jamás poeta alguno que escuchase con -calma una afirmación parecida. Compadézcanse ustedes de mi situación, y -por Dios me den algunos alientos, que harto los necesito. Comienzo. - -Reconozco, como tendré ocasión de mostrar en el presente artículo, -muchas y notables dotes de poeta en el Sr. Núñez de Arce, mas he dado en -imaginar que las tiene aún más notables y sobresalientes de prosista. -En las cortas páginas que lleva escritas en prosa, he pensado reconocer -casi todas las cualidades que distinguen á los grandes prosadores; -flexibilidad, número, concisión, elegancia, naturalidad, energía. Si se -me apurase, tal vez llegara á decir que en el género histórico es donde -pudiera alcanzar mayores lauros. Tengo la creencia de que si el señor -Núñez de Arce hubiese dedicado su pluma á la historia, dejaría -oscurecidas, por lo que toca al aspecto literario, las glorias de todos -nuestros historiadores, excepto Mariana. Y aquí me salta al encuentro -cierta semejanza que hace tiempo he observado entre nuestro poeta y otro -de la nación portuguesa: Alejandro Herculano. A entrambos los -caracteriza la austeridad del pensamiento, la virilidad y firmeza del -tono y la sobriedad de la dicción. Pero Alejandro Herculano, que no pasa -de notable poeta, fué un eminentísimo prosista, el más eminente quizá de -cuantos ha producido la Península Ibérica, en este siglo, dejando, como -es sabido, en la historia y en la novela monumentos perdurables del arte -literario. ¿Sentirá ahora el Sr. Núñez de Arce que le compare á -Herculano?--Lo sentirá, estoy seguro de ello; y lo sentirá, porque la -comparación, como dicen los filósofos, sólo es exacta _en potencia_, -dado que el Sr. Núñez de Arce no ha querido hasta el presente mantener -relaciones duraderas con la prosa. Respetando, como me cumple, su -acuerdo en este punto, permítaseme deplorarlo, en gracia siquiera de la -desgraciada defensa que de aquélla acabo de hacer. Y ya no necesito -decir más para explicar el raro modo de dar comienzo á este artículo. - -Mas ya que me veo forzado á juzgar en el Sr. Núñez de Arce al poeta y no -al prosista (como fuera mi gusto), debo empezar declarando que ciertas -cualidades que el Sr. Núñez de Arce posee en alto grado, esenciales para -el prosador, no lo son tanto en mi concepto para el poeta, á saber: la -concisión y la energía. Nada más frecuente, cuando se quiere ensalzar la -musa del Sr. Núñez de Arce, que apellidarla viril, como si con este -adjetivo quedase hecha su apología por completo y no hubiese más que -decir. Es más: hasta he leído juicios críticos en que se considera esta -cualidad como la más alta y suprema que el poeta puede recibir del -cielo. No lo entiendo yo así. ¡Medrados estaríamos si no hubiese más que -virilidad y fuerza en la poesía, si el poeta hubiese de cantar por -necesidad á todas horas asuntos ó temas viriles! Tanto valdría afirmar -que en el terreno metafísico, la belleza y la forma se confunden. Por -fortuna no es esto cierto en ningún terreno. El elemento femenino ha -jugado, juega y jugará un papel principalísimo dentro del arte. En la -humanidad, la belleza no está representada por el hombre, sino por la -mujer. Y la naturaleza, si es sublime en sus aspectos ó momentos -terribles, bella no lo es más que en los de calma y sosiego, y en los -lugares apacibles y amenos. - -Tampoco hay que confundir la energía de la expresión, que es ingénita á -todo el que se halla bien penetrado de un sentimiento, sea éste tierno -ó viril, con la índole de los afectos que animan al poeta. Espronceda es -más enérgico para mí en su _Canto á Teresa_ que Quintana cantando el -combate de Trafalgar. Y es porque, á mi entender, le tenían con más -cuidado á Espronceda las liviandades de su querida, que á Quintana la -derrota de la escuadra hispano-francesa. - -Por lo dicho, y por algo más que me callo, no soy tan gran admirador -como otros de los poetas viriles (cuando la virilidad reside en la -naturaleza del asunto ó en el tono, y no en la mayor ó menor energía del -sentimiento). Así que no doy la estimación que aquéllos á la virilidad -del Sr. Núñez de Arce. Pudiera muy bien ser más viril que Adán, padre -del género humano, y no tener pizca de poeta. Si lo es, y excelente, no -lo debe á los temas viriles que elige para sus composiciones, ni al tono -elevado que adopta para cantarlos, sino á su ingenio y fantasía. - -En cuanto á la concisión, cierto que es una dote que puede cuadrar bien -á un poeta; pero no le es tan indispensable como al prosista. Conviene -distinguir además la concisión ó sobriedad de la frase de la precisión y -fijeza de los conceptos. La primera puede enaltecer las producciones de -un poeta: la segunda no hace más que confundirle con el prosador. El -verso es semejante á la música, y como ésta, sirve para expresar lo más -vago, lo más delicado, lo más inefable de los sentimientos humanos. -Cuando se le obliga á decir cosas que la prosa puede expresar tan bien -ó mejor que él, á mi juicio, se le desnaturaliza. Esto hace en ocasiones -el Sr. Núñez de Arce. Algunas de las composiciones insertas en los -_Gritos del combate_ parecen escritas en prosa sonora y rimada, y -semejan manifiestos políticos en verso, más que verdadera y limpia -poesía. - -¿Llevará, por ventura, la musa política el feo vicio del prosaísmo? No -lo sé; mas cuando echo la vista á los frutos que ha dado en este siglo -dentro y fuera de España, me siento inclinado á pensarlo. Aunque fijemos -nuestra atención en lo más selecto, por ejemplo, en Quintana y Beránger, -yo encuentro el prosaísmo (el prosaísmo del concepto y del sentimiento, -que es mil veces peor que el de la frase) cebándose sañudamente en un -gran número de sus composiciones, por más que el primero aspire á -disfrazarlo con la pompa del estilo, y el segundo con su donaire. Me -parece que en esto no hago más que seguir la opinión general, porque la -fama de ambos poetas ha desmedrado notablemente con el tiempo. No quiero -decir, sin embargo, que la política no pueda inspirar en ocasiones á los -poetas grandes, bellos y atrevidos pensamientos, aunque sí imagino que -la política antigua, entregada al acaso ó á los golpes de la fortuna y á -la espontaneidad de las fuerzas individuales, servía mejor para el caso -que la moderna, sometida casi por completo á una serie de reglas -complicadísimas que la convierten en una maquinaria inflexible y -monótona. Padilla luchando á campo abierto en Villalar con el emperador -Carlos V, es una figura poética; pero un general que se pronunciara hoy -con unos cuantos batallones en favor de la _descentralización_, no lo -sería gran cosa. Y es porque en el instante en que las ideas dejan de -formar parte de nuestra vida, de nuestra carne, si pudiera hablar así, -como en el caso de Padilla, para convertirse en abstracciones, se -deshace su encanto. El poeta no quiere abstracciones, sino figuras -vivas, imágenes, algo visible y palpable que infunda calor en su corazón -y en su fantasía. El Sr. Núñez de Arce ha caído en el mismo vicio que su -maestro Quintana, y como él ha procurado velar lo descarnado y prosaico -del pensamiento con la magnificencia del estilo. Esto no obstante, debo -hacer una declaración que va á estremecer profundamente muchas orejas -clásicas. Para mí, el discípulo posee más cualidades de poeta que el -maestro. Está muy lejos de superarle, ciertamente, en la profundidad del -pensamiento, ni en el vigor y armonía de la elocución poética, pero le -lleva ventaja en el calor y riqueza de la fantasía, que, por más que á -ello se opongan los pseudo-clásicos, es lo que eternamente caracterizará -al poeta. No manejará la lengua con tanto imperio y maestría, ni -escribirá unos versos tan audaces como los de Quintana, pero éste -tampoco escribiría ni el _Idilio_ ni el _Raimundo Lulio_ de nuestro -poeta. - -No es sólo la política la que inspira al Sr. Núñez de Arce, aunque sí le -preocupa con exceso. Hay otro orden de pensamientos que le atraen, le -alteran y le mortifican, como puede verse leyendo sus _Gritos del -combate_; y son los del orden religioso. No me asombra. Las cosas de -ultratumba nos traen revueltos á muchos que no tenemos nada de poetas. -Hasta aquí, por consiguiente, el Sr. Núñez de Arce no es más que uno de -tantos. Conviene ahora saber si esta preocupación constante de la mayor -parte de los hombres en el día inflama su espíritu y le presenta nuevas -y originales bellezas, pues es de lo que se trata. - -Nuestro poeta se empeña en hacernos creer que su espíritu vive presa de -la duda más cruel, que no puede deshacerse de ella, que en todos los -parajes y ocasiones le acompaña y le persigue, etc., etc. Y á la verdad, -lo que se vislumbra en las poesías del señor Núñez de Arce no es un alma -atormentada por la duda, sino un hombre descreído que echa menos sus -perdidas creencias. Esto, que hasta cierto punto es una falta de -sinceridad, de la cual tal vez el mismo poeta no se dé cuenta perfecta, -contribuye poderosamente á que tales poesías no hieran la fantasía ni -conmuevan el corazón de quien las lee. Otra razón hay para que estas -composiciones, bien entonadas, correctas y armoniosas, no nos hieran muy -vivamente; y es que los pensamientos en ellas esparcidos tienen más de -científicos que de poéticos. Son los pensamientos que se ocurren á un -hombre de talento, y no á un poeta. El Sr. Núñez de Arce no ha sacado -partido del estado de incertidumbre ó de incredulidad en que -necesariamente han de vivir los poetas de esta época. Byron, Schiller, -Heine, Musset, Leopardi y otros varios, han creído, han dudado, han -descreído. Todo esto se trasluce con bastante claridad en sus obras, -aunque ellos muy rara vez nos lo digan concretamente. Y la enfermedad -que les devora presta á sus poesías diversas tintas ó colores, según los -estados por que atraviesa; unas veces oscuros y lúgubres, otras vagos y -desvaídos, otras dulces y melancólicos. Pero siempre, siempre buscando -la belleza con admirable instinto. Así que, para mí, sus figuras son -mucho más interesantes y amables que la del Sr. Núñez de Arce, el cual -se revuelve airadamente contra su siglo y contra Voltaire, Darwin y todo -el cortejo de filósofos modernos, á quienes achaca la culpa de que él no -viva feliz y satisfecho. Es muy lamentable; mas para el arte es aún más -lamentable que la duda ó el esceptismo no hayan logrado descubrir -tesoros de más valía dentro de su espíritu. - -Los defectos que dejo apuntados proceden, si no en todo, en gran parte -al menos, de que el Sr. Núñez de Arce no está completamente en su cuerda -en la poesía lírica. La índole de su ingenio y de su inspiración es -mucho más épica que lírica. Y si fuera permitido á un hombre humilde y -desautorizado, como yo, invocar el auxilio de dos palabras tan augustas, -diría que es más objetiva que subjetiva. Lejos de mi la idea de entrarme -de rondón, por esto, en el dominio de las divisiones literarias. Entre -todos los españoles que saben leer y escribir, no habrá otro menos -amigo de clasificaciones. Creo que las divisiones en el arte son como -las que se hacen en el mar: tan pronto hechas como borradas. Pueden los -retóricos á su antojo dividir el arte en géneros, á semejanza de los -astrónomos que dividen el firmamento en zonas para mejor estudiar sus -estrellas. Dios en el cielo y el poeta en el arte nunca tendrán en -cuenta para nada tales divisiones. Mas una cosa es trazar -clasificaciones y otra determinar el carácter y naturaleza de la -inspiración de un poeta. Á esto únicamente me dirijo cuando digo que el -Sr. Núñez de Arce es más épico que lírico. - -Como poeta lírico, carece de aquella delicadeza y escrupulosidad con que -los grandes modelos exploran todos los pliegues de su alma y sondean sus -más profundos misterios; carece de aquella exquisita sensibilidad que -les mueve de un modo irresistible á exhalar sus afectos. Pero en cambio -su imaginación viva y osada, su briosa entonación y su maestría para -describir y narrar, le están pregonando como un gran poeta épico. Así lo -ha comprendido él mismo al cabo, decidiéndose á escribir algunos poemas -que son los cimientos más seguros de su gloria. Entre ellos, dos, el -titulado _Raimundo Lulio_ y el que por un extraño capricho titula -_Idilio_, compiten con lo más hermoso y selecto que este siglo puede -ofrecer en poesía á los futuros. - -El _Idilio_ es una prueba más de que en la vida lo pequeño es muchas -veces lo grande. Casi tantas como lo grande es lo pequeño. - -¡Lo pequeño y lo grande! ¿Quién se atreverá á decidir sobre uno y otro? -Cuando niños nos hacen llorar cosas que hacen reir á los hombres. ¿Me -negaréis que aquellas lágrimas son tan sinceras y tan vivas como todas -las demás que se vierten en el mundo? Cuando jóvenes nos desesperan ó -nos arrebatan de alegría ciertas cosas que los viejos desprecian. En -cambio los jóvenes suelen mirar con soberano desdén otras que preocupan -á los viejos. Y si esto acontece en un mismo hombre, ¿qué no sucederá -entre hombres diferentes? Preguntadle al comerciante de enfrente qué es -lo que opina del ruido que hacen las hojas al caer ahora por otoño. -Preguntadle á un poeta qué juzga de la subida de los algodones. -Preguntadle á una madre que ve á su hijo partir á la guerra qué es lo -que opina de la autonomía de los Estados. Preguntadle á un diplomático -cuánto le preocupa el dolor de aquella madre. ¡Lo pequeño y lo grande! -¿Quién se atreverá á decidir sobre uno y otro? - -El asunto ó tema del _Idilio_ del Sr. Núñez de Arce quizás será para -otros muy pequeño; para mí es muy grande. La amistad cándida y pura de -un niño y una niña que crecen bajo un mismo techo, transformada por -virtud de la edad y de cierta separación en amor apasionado: el término -fatal que la muerte viene á dar á este naciente amor. Así es el tema en -resumen. He dicho que para algunos tal vez será pequeño, porque los -hombres suelen á menudo burlarse de estos afectos ó pasiones de la -adolescencia y llamarlos niñerías. Quizá tengan razón; mas antes que yo -se la dé, precisa que me demuestren que los afectos ó apetitos que -después cautivan su alma valen más que estas niñerías. Que estos hombres -pongan la mano en su pecho y me digan ingenuamente si á los cincuenta -años de edad se sienten más nobles, más desinteresados, más valerosos, -más compasivos y más prontos al sacrificio que á los diez y ocho. Que me -digan también si los sustanciosos devaneos de la edad viril les han -proporcionado más goces y menos remordimientos que los amores tontos y -platónicos de la adolescencia. Así que me lo digan (y yo los crea), -renunciaré de buen grado á parar mientes en tales menudencias. Mientras -tanto, no extrañen ustedes que adore estas niñerías, considerándolas -como flores que exhalan su fragancia, no sólo por los años en que viven, -sino aun por toda la existencia cuando se guardan como preciosas -reliquias dentro del corazón. Sigamos ahora con la niñería del Sr. Núñez -de Arce. - -Aunque no tenga á la vista su precioso _Idilio_, y lo haya leído hace ya -bastante tiempo, recuerdo muy bien todos sus detalles; prueba -incontestable de que me ha impresionado fuertemente. Recuerdo aquella -partida del estudiante novel á la ciudad, aquel caballo overo que -aguarda á la puerta, aquella tierna despedida de la madre, la reprimida -aunque no menos tierna del padre, y la triste y candorosa de la huérfana -que ha sido su compañera; recuerdo su gozosa vuelta, sus inocentes -recreos, aquel carro del vecino en que tornaba á su casa por la tarde; -recuerdo aquella esquivez incomprensible para él de su compañera de la -infancia; recuerdo aquella tarde en que á solas con sus pensamientos -trepa al castillo derruído, y la magnífica descripción que el autor hace -entonces de los campos de Castilla, la tempestad que le sorprende en -aquel sitio y su fatal caída; recuerdo aquel rostro angelical que el -estudiante ve siempre cerca de su lecho, y que apenas se pone bueno -desaparece; recuerdo aquella delicada y naturalísima declaración de -amor, las nobles promesas de la madre, la nueva partida, la nueva -vuelta... En fin, lo recuerdo todo, y todo me encanta hasta un grado -indecible. Yo sé dónde está el secreto del hechizo que para todo el -mundo tiene este poema. Sí, yo lo sé. No hay en él otro secreto que la -verdad del sentimiento. Créanme ustedes, cuando un autor siente una -cosa, tiene mucho adelantado para hacer sentir con ella á los demás. - -De muy distinto modo, pero no con menos fuerza, me ha impresionado la -lectura de _Raimundo Lulio_. Trátase de un personaje tan insigne, y al -mismo tiempo tan misterioso, que cuanto á él se refiera no puede menos -de tener mucho interés y excitar la imaginación. Raimundo Lulio es el -faro que desde una isla del Mediterráneo esclarece las tinieblas de la -Edad Media. - -Lo que sirve de argumento al poema es un episodio de su vida terrible -hasta lo sumo, y tan dramático... Pero antes de pasar más adelante, -necesito escribir una carta al Sr. Núñez de Arce. Suplico á ustedes el -favor de entregársela en propia mano y no leerla por el camino. - - - - Sr. D. Gaspar Núñez de Arce. - - Muy señor mío y de mi mayor aprecio: Si algo puede con usted la - sincera admiración, y aun el cariño que le profeso, acoja con - indulgencia la respetuosa súplica, con honores de consejo, que voy - á hacerle. - - Por su propio interés y por el de la poesía española, que tiene en - usted un tan ilustre representante, le ruego que cuando llegue el - día de dar á la estampa una nueva edición de su RAIMUNDO LULIO, vea - de modificar, enmendar, ó para mejor hacer, suprimir la - introducción que le pone, dedicada «á un amigo de la infancia». Las - razones que para desear tal supresión tengo son las siguientes: - - 1.ª La introducción me parece, á más de inoportuna, prosaica, y que - no corresponde al tono inspirado y majestuoso del poema. - - 2.ª Las pestes que usted dice en ella de la ciencia me parecen - indignas de quien se llama á renglón seguido «hijo de su siglo». - - 3.ª El supuesto de que Raimundo Lulio, desengañado de la ciencia, - cuyo símbolo es Blanca de Castelo, dijo adiós al mundo me parece - falso. Lo que se saca de la vida de este varón, siendo también lo - más lógico, es que, desengañado del mundo, buscó abrigo en la - religión y en la ciencia. - - 4.ª Aun concediendo que todo fuese cierto, nunca debió usted - declarar que Blanca de Castelo es un símbolo. Estas declaraciones - se dejan para los críticos, retóricos y demás gente menuda. El - poeta debe amar los hijos de su fantasía como si fuesen de carne y - hueso; por lo que son, y no por lo que pueden representar. - - Perdóneme el atrevimiento, en gracia del afán que siento por no ver - deslucida una joya de tanto precio. Y considere que convertir una - figura hermosa y divina, como la de Blanca de Castelo, en una - abstracción, es un sacrilegio casi tan grande como el de su amante - al penetrar en el templo á caballo. - - Suyo, devoto y afectísimo, - - A. PALACIO VALDÉS. - - - -Calificaba más arriba el episodio que se narra en el _Raimundo Lulio_ de -terrible y dramático. Así es, en efecto. El amor impuro y fogoso del -protagonista recibe una lección tremenda, como venida de aquel cielo -triste y severo de la Edad Media. El sacrílego jinete que penetra en el -templo haciendo chasquear las herraduras de su caballo contra los -mármoles sagrados; la airada muchedumbre que le recibe primero con sordo -rumor y después le acosa por las calles; el lúbrico insomnio que le -acomete más tarde; la misteriosa cita; la escena viva y exaltada en que -la pasión del fogoso mancebo se desborda: - - «Y estalló con sus cláusulas de fuego, - con su expresión incoherente y rota - por el halago y la pasión y el ruego: - - con ese dulce cántico que brota - al fecundo calor de una mirada, - y lleva una ilusión en cada nota; - - con esa breve frase entrecortada - que, al morir en los labios, adivina - el corazón de la mujer amada, - - música de la almas, peregrina, - que con suspiros trémulos empieza - y con vibrantes ósculos termina»; - -el horror de que se siente poseído al contemplar el seno de su amada -_carcomido por repugnante llaga cancerosa_... todo es sombrío y -patético; todo está pintado con tal brío, con toques tan seguros y -enérgicos, que nos hiere y nos conmueve profundamente. Causa verdadera -maravilla la sobriedad de dicción con que está escrito este poema. -Apenas huelga una sola palabra. Y, sin embargo, por un poderoso y casi -inconcebible esfuerzo, todo está dicho, y todo está bien dicho. La -fantasía del poeta es en esta ocasión como una lente, que ata y hace -pasar los mil rayos del sol por un punto. El tono es grave y solemne, -como conviene al narrador. Sólo un gran poeta puede hacer hablar á un -personaje como Raimundo Lulio, grande de por sí y engrandecido además -por el tiempo y el misterio, sin empañar el brillo que adquirió en -nuestra imaginación. - -Después de leer este poema, ¿quién no se convencerá de que el Sr. Núñez -de Arce no debe pulsar más cuerda que la épica? El rápido y majestuoso -desenvolvimiento de la acción, la firmeza y dignidad de los caracteres, -la verdad de las descripciones, aquel concebir osado y aquel decir grave -y conciso, no dejan lugar á duda sobre este punto. Por esta vía debe -marchar, y por ella confieso que ha marchado de algún tiempo á esta -parte. Los últimos poemas que dió á luz son brillantes y hermosos. No -obstante, el Sr. Núñez de Arce, estoy seguro de ello, tiene fuerzas para -hacer mucho más todavía. Quisiera verle acometer una empresa grande y -digna de su inspiración; una empresa que le inmortalizara, como al -autor de _Fausto_ ó al de _Manfredo_. Los tiempos no se prestan á ello, -bien lo conozco. Si tuviese la fortuna de escribir algo semejante, la -crítica igualitaria que al presente se usa nunca le perdonaría el haber -rebasado la línea de los Grilo, Blasco, Retes, Herranz, etc., etc. Las -flores más bellas de su imaginación quizá serían roídas como avena ó -paja. Y si, por ventura, resultaba que el poema era un sí es no es más -subjetivo ú objetivo de lo que le correspondiese de derecho, ¡ya le caía -obra al Sr. Núñez de Arce! - -Con todo eso, no dejaré de aconsejarle que emprenda su poema. Demos que -tenga muchos defectos y que éstos no sean imaginarios, sino verdaderos y -efectivos; si las bellezas que haya en él son dignas de la inmortalidad, -inmortal será el poema con todos sus defectos. ¡Los defectos! Moratín -encontraba el _Hamlet_ atestado de ellos. Y, sin embargo, ¡cuánto más -vale dormir alguna vez como Shakspeare que andar siempre tan vigilante y -avispado como Moratín! - -[Illustration] - -[Illustration] - - - - -D. MANUEL DE LA REVILLA[10] - - -[Illustration: R]EVILLA!--He aquí un nombre que hace soñar, como esas -nubes rojas que se amontonan en el horizonte al declinar a tarde, para -servir de lecho al sol en su caída. Hay en este nombre algo de vago y -misterioso que fascina el espíritu y lo inclina á meditar. Cuando lo -escuchamos, sin saber por qué, viene á nuestra mente el recuerdo -punzante de una flor que hemos deshojado, ó el de una voz que nos -cantaba al oído cuando niños para dormirnos, ó el de unos labios -ardorosos que rozaron nuestra mejilla en otro tiempo, ó las notas -suaves, tiernas, purísimas de la metafísica neo-kantiana. Si se me -preguntara dónde está el secreto de tal fascinación, no podría contestar -satisfactoriamente. Para mí no está en que el señor Revilla sea -filósofo, y sea poeta, y sea orador, y crítico, y catedrático, y -revistero de teatros. Cada una de estas cualidades de por sí, estoy -seguro de que no le haría el blanco de la admiración de sus -contemporáneos. Mas ha de existir entre ellas una singular y extrañísima -relación, inextricable para el espíritu, mediante la que el fenómeno -indicado se realiza. De tal suerte, que si el Sr. Revilla fuese orador y -poeta, y no fuese filósofo al mismo tiempo, perdería por eso sólo la -inmortalidad; y si fuese orador, poeta, filósofo y catedrático, y no -tuviese además la cualidad precisa de revistero de teatros, es como si -no fuese nada para el efecto de la fascinación. El Sr. Revilla es, pues, -el resultado feliz de una agregación de elementos diversos, cuyo modo de -enlazarse ó combinarse sólo Dios conoce. La naturaleza nos está -ofreciendo á cada paso ejemplos admirables de estas dichosas -combinaciones. Suprimid á cierto paisaje el mar que se divisa á lo lejos -ó la montaña que se levanta imponente sobre él, y perderá su carácter y -no atraerá vuestra atención. El Sr. Revilla es como un paisaje (en este -respecto nada más): no es posible quitar ni poner en él cosa alguna, sin -privarle de su efecto. - -Desde muy temprano ha reconocido en sí mismo una vocación decidida á -influir sobre su siglo, y siguiendo los nobles impulsos de su alma, no -ha querido privarle de ninguno de aquellos medios por los que un hombre -puede influir sobre un siglo. Bien sabido es de todos que el primero y -más poderoso es la gravedad. Nada hay tan pernicioso, y por -consiguiente, nada tan aborrecible, en mi pobre opinión, como las -expansiones jocosas ó burlescas en todos los puntos de vista que se las -considere. Porque no sólo han sido y son una rémora para el progreso -moral y material de las naciones, sino, lo que es aún peor, han servido -ya en algunas ocasiones para poner en duda el ingenio y la sabiduría del -Sr. Revilla. ¡Qué tiempos los nuestros! Ya no existe para este siglo -menguado nada de respetable ni digno de ser mirado seriamente. Escribe, -pongo por caso, el Sr. Revilla uno de sus artículos guarnecidos y -bordados de primorosas metafísicas, y sin más ni más, salta un -cualquiera diciendo, con cierta vaya impertinente, que aquel artículo es -una colección de lugares comunes, un tejido de frases huecas arrancadas -al tecnicismo filosófico para imponer respeto á la gente ignorante, al -modo que se fija en las huertas un muñeco de paja para espantar á las -aves inocentes. Por eso la gravedad del Sr. Revilla es un dulce y -apetecible oasis en este vasto arenal de liviandades. - -Aunque ya he hablado de ella en otra ocasión, sólo fué por incidencia; -así que no me considero relevado de la obligación de consagrarle algunas -palabras. Y la primera cuestión que se presenta es la siguiente: ¿La -gravedad del Sr. Revilla es de nacimiento, esto es, puede considerarse -como una dote otorgada graciosamente por el cielo, ó es una cualidad -adquirida en virtud de un largo y penoso aprendizaje, de prolijos afanes -y desvelos? No es tan fácil como á primera vista parece la resolución de -este problema. Mirando el asunto por encima, y teniendo presente nada -más que lo rara que es hoy esta cualidad, aun entre los hombres más -favorecidos por la Providencia, es fácil deducir que el Sr. Revilla ha -llegado á ella por el trabajo y el estudio. Esta facilidad arrastró á -muchos al error. Cualquiera que se fije un poco, comprenderá que la -gravedad del Sr. Revilla tiene un no sé qué de agreste, indómito y -bravío que la distingue perfectamente de las demás gravedades imitadas -ó contrahechas. Es una de esas gravedades que aparecen muy de tarde en -tarde en la historia humana, y por lo tanto, considero absurdo el -suponer que esté en manos del hombre el adquirirla. Para encontrar algo -parecido, es preciso remontarse á los primeros tiempos de Roma. Aseveran -los historiadores más fidedignos que Numa Pompilio no conoció la risa, -aunque sí añaden que, en sus conferencias con la ninfa Egeria, -acostumbraba sonreir una que otra vez, pero sólo por complacencia. Mi -profesor de psicología, lógica y ética, también poseía en cierto grado -esta cualidad; por lo cual, hoy que la edad me ha enseñado á juzgar -mejor á los hombres, no puedo menos de reconocer que, aunque oscuro, era -un hombre muy notable. No vaya á creerse, sin embargo, que intento -comparar la gravedad del catedrático de psicología, lógica y ética con -la de Numa Pompilio y Revilla. ¡Oh, no! Cuando el Sr. Revilla, después -de tomar convenientemente las medidas á una obra literaria, la califica -de _predominantemente subjetiva_, y por ello la condena, como es justo, -á una eterna execración, es tan serena y tan augusta su frase, palpita -tanto heroísmo dentro de ella, que el espíritu se engrandece y se -inflama, y es preciso acudir á los recuerdos de la Ilíada, á Héctor, á -Diómedes, á Menelao, para observar algo semejante. - -Y aunque muy fuera de sazón, no quiero pasar más adelante sin formular -una pregunta que constantemente se está presentando en mi espíritu. Es -la siguiente: ¿Cómo el Sr. Revilla, sin imaginación alguna, sin gusto, -sin ingenio, y con una ilustración tan superficial, juzga con tal -grandeza las obras de arte que le ponen delante? Repito que muchas veces -me hice esta pregunta, y siempre concluí pensando que en el Sr. Revilla -existe algo extraordinario que, aun sin darse acaso él mismo razón de -ello, le mueve á dictar sus fallos; algo que, después de encenderle, -como á la pitonisa griega, le inspira y le sostiene sobre el trípode, -circundando su frente con la aureola del misterio. Este algo, digámoslo -de una vez, no puede ser otra cosa que el genio[11]. El genio, sólo el -genio puede volar tan alto sin necesidad de los medios que los humanos -juzgamos indispensables. - -Decía que la pregunta estaba fuera de sazón, y como ustedes han podido -ver, era muy cierto. Sin embargo, ya se sabe que estas informalidades é -impertinencias son en mí frecuentes, y no hay que asombrarse. Por algo -gozo fama entre mis enemigos (porque aquí donde ustedes me ven tan -jovencito y tierno, ya me permito el lujo de tener enemigos) de crítico -subjetivo entre los subjetivos. Soy como si dijéramos un crítico lírico, -pues la subjetividad es lo que caracteriza al género lírico, mientras el -Sr. Revilla, á juzgar por su inflexible talante y por la opaca -sublimidad de sus formas, es un crítico épico. De la combinación de lo -lírico con lo épico, como han demostrado hasta la saciedad Hegel y el -Sr. Revilla ya saben ustedes que nace lo dramático. Por consiguiente, -vean ustedes lo que son las cosas: el día que al Sr. Revilla y á mí nos -dé la gana de reunimos en la mesa de un café, pongo por caso, ya está -formado un crítico dramático, sin necesidad de más músicas. Concluímos -de tomar café, nos damos la mano y nos separamos. Cada cual torna á ser -lo que antes era, yo el crítico lírico y él el épico. ¡Es admirable! - -Pero estos temas incidentales me están apartando, á despecho mío, del -propósito único del presente artículo. Toquemos de una vez en las -entrañas del asunto, y hablemos del Sr. Revilla como poeta, sin meternos -en otras honduras. - -Yo no he leído los versos del Sr. Revilla; lo declaro con la franqueza -que me caracteriza. Mas al mismo tiempo quiero hacer constar que no fué -por mi culpa. He aquí lo que sucedió. Habiendo pensado, como es natural, -cuando empecé á escribir estas semblanzas, en incluir entre ellas la del -Sr. Revilla, pedí su tomo de poesías á un amigo (si ustedes quieren que -diga quién es, lo diré), el cual, como lo tuviese ya leído, me lo -prometió para el momento oportuno. En esta seguridad descansé -confiadamente, sin preocuparme más del asunto. Cualquiera creo que haría -lo mismo. Pues bien, hace cuatro días, tropiezo con mi amigo, y le digo -al pasar: «Necesito ese tomo de poesías; mañana mandaré por él». Mi -amigo, entonces, arqueó un poco las cejas, levantó un sí es no es los -hombros, y por tres veces consecutivas sacudió la cabeza en distintas -direcciones. No había para qué decir más: era cosa corriente. Envío, -pues, por él, y en vez de las poesías, veo llegar al emisario con una -esquela muy fina en que mi amigo me pide mil perdones, porque, sin -recordar su promesa, había prestado el libro á un canónigo de Granada, -el cual se había marchado á su destino sin devolvérselo. Este golpe me -hizo bastante impresión. ¿Qué significaban entonces aquellos movimientos -de cabeza, hombros y cejas del día anterior? Es lo que no pude averiguar -hasta la hora en que escribo estas líneas. De resultas de todo ello, me -quedé sin leer las poesías del señor Revilla. No obstante, mi amigo dice -en la esquela que escribe con la misma fecha al canónigo de Granada, á -fin de que remita el libro tan pronto como le sea posible. Lo espero con -ansiedad, y excuso encarecer á ustedes los nuevos y puros atractivos que -tendrá para mí después de haber pasado por las manos de un digno y -respetable capitular. - -Entre tanto, para no defraudar completamente la atención del público, -que pensaría hallar en estas líneas un examen más ó menos sucinto de los -talentos poéticos del Sr. Revilla, voy á echar mano de alguno de los -materiales que hace tiempo estoy acumulando para una obra más importante -que la presente. La obra se titulará _Vida y opiniones de D. Manuel de -la Revilla_, y pienso dedicar á ella todos los días que de aquí adelante -me conceda Dios sobre la tierra, pues ya estoy realmente cansado y -arrepentido de ocupar tan sólo mi espíritu en asuntos frívolos é -indecorosos. Me ayudará en esta empresa, superior á mis fuerzas (no me -forjo ilusiones), un distinguido artista conocido y estimado ya del -público, á cuyo cargo queda la formación de unos magníficos planos en -que podrán verse, en todo su espesor, las opiniones del Sr. Revilla -desde su nacimiento hasta su disolución, con exactitud y claridad. Será -una obra primorosa y exquisita, que ha de facilitar extraordinariamente -la inteligencia del texto. - -Entre estos revueltos materiales, voy á elegir una opinión grandiosa y -peregrina, como todas las de nuestro poeta, que ha de dar al traste, si -no me equivoco, con las ideas más propagadas en asuntos de arte. Todo el -mundo sabe que algunos poetas antiguos más de una vez trataron de -enseñar distintas ciencias ó artes, valiéndose para ello de las formas -artísticas, y que los retóricos, apresurándose á dar un nombre á este -capricho, lo llamaron _género didáctico_ ó _didascálico_. Debemos -confesar que el género didascálico, á pesar de sus esfuerzos, no logró -pelechar gran cosa. Pero no es eso lo peor, sino que en los últimos -tiempos llegó á tal punto su laceria, que algunos autores diéronle por -muerto, y, so pretexto de que el fin único y esencial del arte debe ser -la manifestación de la belleza, pretendieron hasta borrar su claro -nombre. Á tanta vergüenza hubiéramos llegado sin la dichosa aparición -en nuestro planeta de un hombre extraordinario que, fijando en la vasta -esfera del arte su mirada de águila, halló medio de cortar á tiempo la -perniciosa corriente. Este hombre dijo: «El fin del arte no es, como se -ha creído hasta ahora, la belleza, sino la ciencia; no hay arte donde no -se enseñe algo útil y provechoso; el artista y el maestro de escuela se -confunden en una unidad superior; no hay más arte que el didascálico». -El nombre no convenía, sin embargo, por ser esdrújulo, y lo llamó arte -_docente_ ó _trascendental_. - -Fué una verdadera revelación para los que yacíamos sumidos en los -groseros errores de la antigüedad. Crear una belleza sólo por crearla me -pareció entonces cosa indigna de un hombre serio. La naturaleza empezó á -hablarme con un lenguaje distinto del que antes usara. Antes, por -ejemplo, al cruzar por un bosque, veía unos árboles cuyos troncos -blancos y satinados parecían de plata, me gustaban muchísimo, los -miraba, los remiraba, pero no pasaba de ahí. Ahora sé que esos árboles -se llaman abedules, que su madera es excelente para hacer canastos, y -que también se emplea para construir las cajas de las diligencias. -Cuando los veo, echo inmediatamente la cuenta del número de chaplones -que de sus troncos podrán sacarse, ¡y encuentro en ello un placer tan -vivo y tan puro! Antes, al ver amontonarse por el azul del cielo -ejércitos de nubes oscuras y medrosas anunciando tempestad, me quedaba -mirando para ellas como un tonto, sin pensar en nada. Á fuerza de -mirar, llegaba á ver las más raras y monstruosas escenas que nadie puede -imaginarse; unas veces era una araña inmensa que iba tejiendo su tela -por el espacio; otras veces era un navío que marchaba con rapidez -vertiginosa sacudido por la borrasca; otras, era un brazo colosal que -sostenía una espada no menos disforme, cuya punta enrojecida se estaba -templando en el sol, quizá para atravesar después á la tierra; otras, -era la lucha tremenda de un demonio de grandes cuernos con un ángel; el -ángel caía al fin vencido, y presa del dolor, sacudía sus monstruosas -alas contra la frente de unas montañas lejanas. Todo esto era -sencillamente un absurdo, porque en aquellas nubes no había arañas, ni -navíos, ni ángeles, ni mucho menos demonios. Allí no había más que una -serie de _cumulus_ que á fuerza de hincharse concluían por reunirse y -cubrir la tierra, formando después verdaderos y genuinos -_cumulo-stratus_. Cualquiera comprende que era una insensatez confundir -un _cumulo-stratus_ con un navío ó una araña. Hoy, gracias al Sr. -Revilla, no se me ocurren tales disparates, porque veo las cosas desde -un punto de vista docente. Antes un río claro y límpido era para mí un -objeto que siempre miraba con deleite. Pues hoy, créanme ustedes, por -sereno y cristalino que sea un río, como no tenga truchas, lo encuentro -aborrecible. - -Tuve noticia de la teoría del arte docente ó trascendental en un verano, -residiendo en el campo. La buena nueva llegó á mí por medio de un -periódico que traía inserto uno de esos artículos que el Sr. Revilla -viene escribiendo constantemente desde que empezó á arder en su pecho el -fuego sagrado de la crítica. Aquí debo advertir que con las críticas del -señor Revilla me sucede lo mismo que con ciertas óperas de mi gusto; -esto es, que á fin de que me impresionen más fuertemente, sólo las oigo -ó las leo de raro en raro. Quiso la fortuna que leyera este artículo, -donde, con motivo de no sé qué novela, desenvolvía nuestro poeta su -grandiosa y atrevida concepción de la naturaleza y del arte. La luz se -hizo súbito en mi espíritu, y pude medir con la vista todo el horror de -una obra artística sin trascendencia. - -Ya he dicho que era en un verano, y que estaba pasando una temporada en -el campo. Por aquel entonces solía yo levantarme temprano (¡qué tiempos -aquellos! ¡ya no volverán!), y después de levantarme, acostumbraba á -salir á respirar el aire puro de la mañana sentado debajo de un -magnífico y corpulento roble. Era un roble que se moría de risa cuando -le hablaban de los árboles del Retiro. Sin poder decir fijamente si era -simpatía personal ú otra razón de más peso la que enderezaba su vuelo, -lo cierto es que todos los días, y á la hora en que yo me sentaba, venía -un pájaro á posarse sobre el roble. Yo no tenía el honor de conocerle, -pero no importaba nada, porque él guardaba poca ceremonia en eso de no -cantar delante de gente. Se conocía á la legua que era un pájaro -despreocupado y un poco aturdido, gozoso de vivir y viviendo mucho más -en el mundo exterior que en sí mismo. Era un pájaro predominantemente -objetivo, como diría el Sr. Revilla, con el estilo mágico que él sólo -posee. Tenía parda la color, el pico amarillo, el mirar firme y osado, -los modales francos y desenvueltos, ofreciendo el conjunto de su persona -un cierto aire de petulancia que no dejaba de sentarle bien. Apenas se -posaba en una rama, empezaba á columpiarse, y con la cabeza un poco -entornada y los ojos puestos en el espacio, entregábase á la -voluptuosidad del movimiento, sin que aparentase pensar absolutamente en -nada. No tardaba, sin embargo, en proferir varias notas graves y llenas -como las de las flautas metálicas. Era su preludio. - -Sin otra preparación, subíase repentinamente al tono agudo y lanzaba al -aire una serie interminable de trinos penetrantes y acalorados, como -quien quiere echar el alma por la boca. Ora atronaba el espacio con una -cascada de notas fuertes y vibrantes que llegaban á producir mareo, ora -desfallecía y se dejaba arrastrar al tono más suave y apagado. Tan -pronto cambiaba á cada instante de inflexión y de ritmo, de modo que los -trinos salían atropelladamente de su boca persiguiéndose los unos á los -otros, como insistía una y otra vez, por un largo espacio, sobre una -misma frase; parecía que trataba de que la aprendiésemos de memoria. De -todas suertes, siempre terminaba con un arrullo tenue y moribundo, como -si quisiera indicar que aún le quedaban muchas cosas por decir, aunque -no esperásemos que salieran jamás de su boca. - -En honor de la verdad, debo confesar que el canto de aquel pájaro me -gustaba. No sé por qué extraña asociación de ideas, cuando cantaba, me -acudían á la memoria los instantes felices de mi existencia. Veíalos -pasar leves, dulces, luminosos como ellos fueron, sonriendo tristemente -y diciéndome adiós para siempre. Aquí podría aprovechar la ocasión para -contar á ustedes mis primeros amores, sin que ninguno tuviera derecho á -quejarse; pero soy incapaz por naturaleza de jugar á nadie estas -pasadas. Tan sólo diré que el canto de aquel pájaro resucitaba en mi -espíritu sentimientos muy dulces que hacía mucho tiempo había dado por -muertos. Todo era una pura ilusión, sin embargo, y una flaqueza de mi -alma, disculpable únicamente por el estado de ignorancia en que me -hallaba respecto á los eternos principios del arte. Porque, es preciso -decirlo claro, no podía darse nada más deplorable que el canto de aquel -pájaro desde el punto de vista docente; nada más desprovisto de -trascendencia. Después de escucharlo me quedaba tan sabio como antes, no -puedo negarlo, pero ni la más leve partícula de ciencia venía á acrecer -el caudal de mi sabiduría. Así lo comprendí con dolor al cabo, por lo -que me propuse no sufrir más tiempo las impertinencias de un descarado -partidario del arte por el arte. Si entre tanto trino y gorjeo se -hubiese deslizado, siquiera fuese de un modo secundario, cualquier -problemita insignificante de historia ó de metafísica, crean ustedes que -nunca me resolvería á hacer lo que hice. ¡Pero decidirme á perder de un -modo necio el tiempo! Francamente, que ya no se espere jamás eso de mí. -Lo que hice, pues, fue aparejarme con una piedra bastante crecida al -sentarme un día, como de costumbre, debajo del roble, y así que columbré -á mi pájaro, encajársela sin otras retóricas con toda mi fuerza. No le -toqué; mas al sentir tan cerca de sí la primer pedrada de la crítica -(crítica aunque severa muy justa), desplegó sus alas y no volvió á -parecer por aquel sitio. ¡Pobre diablo! ¿A dónde habrá ido á parar? - -En verdad que la grandiosa teoría del Sr. Revilla está á punto de hacer -cambiar radicalmente la faz de todas las artes, arquitectura, escultura, -pintura, música, poesía y baile. Tengo algunos motivos para creerlo. Por -lo pronto, me han informado de que el único maestro que en España -cultiva con buen éxito la expresión más pura y genuina de la música, -esto es, la sinfonía, está escribiendo una en que probará, ó tratará de -probar al menos, que el problema amenazador de las subsistencias sólo -puede resolverse rebajando las tarifas del arancel. Este precioso tema, -que el oboe se encargará de apuntar nada más en el _andante_, se irá -repitiendo por el _allegro_, el _allegro con motto_ y el _scherzzo_ -entre mil combinaciones armónicas, hasta quedar totalmente dilucidado. -Por otra parte, un joven escultor amigo mío está á punto de terminar una -preciosa Venus en cuclillas, que llevará grabada á cincel en la espalda -la «teoría del valor» de Bastiat, que comienza como todos saben: -«Disertación, fastidio; disertación sobre el valor, fastidio sobre -fastidio». De esta suerte, el espectador podrá gozar con la belleza de -la estatua y al mismo tiempo meditar sobre el asunto más escabroso de la -economía política. Creo que el público ha de acoger con entusiasmo esta -Venus trascendental, si no por su mérito, al menos por ser la primera -que del género docente le presentan. - -La teoría va, pues, abriéndose paso al través de la frialdad de los unos -y de la abierta oposición de los otros. Su glorioso fundador puede estar -seguro de que no tardará mucho en triunfar por completo. Y como nada es -despreciable tratándose de contribuir á una obra tan fecunda y generosa, -yo también quiero llevar un grano de arena al edificio, dedicando mi -pluma (que no puedo llamar mal cortada, porque es de acero) al cultivo -del arte trascendental. Al efecto, tengo intención de escribir una -novela en la que, por medio de una acción no muy complicada, pero -bastante dramática, trataré de presentar y aun resolver el siguiente - - - PROBLEMA - - «Un cosechero recoge de sus fincas en los años ordinarios - doscientas cincuenta fanegas de trigo candeal, noventa de centeno y - treinta y siete de mijo. Ahora bien, suponiendo que durante un año - llueve una tercera parte menos que en los ordinarios, ¿cuánto - trigo, centeno y mijo recogerá?» - -Dicho se está que trataré de desenvolver este problema de tal modo que -se deduzca del contenido mismo de la fábula, y no sea un miembro -agregado artificiosamente á la novela. Para ello he de procurar que la -acción sea rápida, haciendo que dure solamente los tres meses de otoño. -La descripción de la sequía, que como es natural formará una parte muy -principal de la obra, será bastante sobria, sin perder de su verdad y -energía; las escenas, sobre todo desde que el nudo se forma por entero, -serán vivas y dramáticas. Por último, veré de concentrar en cuanto sea -posible un gran interés sobre el cosechero, héroe de la acción, -haciéndole morir trágicamente en el cadalso. Lo difícil en esta obra, -como en todas las demás del arte docente, es presentar el problema -aparentando encubrirlo, como hacen los arroyos con las guijas que tienen -en el fondo. - - * * * * * - - * * * * * - -En este momento llega á mi noticia que el señor Revilla no es el -inventor del arte docente. Aún más, que el Sr. Revilla lo ha combatido -personalmente con gran encarnizamiento hace pocos años. Cuando esto -fuese cierto, no es posible negar que el arte docente era muy digno de -ser inventado por el señor Revilla. La conversión, según me aseguran, se -realizó al doblar nuestro poeta la esquina de la calle de la _Montera_ á -la del _Caballero de Gracia_, donde creyó escuchar una voz misteriosa -saliendo del fondo de la tierra, que decía: «¡Emanuel! ¡Emanuel! ¿Cur -persequeris me?» Instantáneamente el poeta sintió iluminarse su alma con -una luz viva y purísima, y derramando abundantes lágrimas, dió gracias -al Todopoderoso por no haberle dejado eternamente en el abismo del arte -por el arte. En el mismo punto levantó en su pecho un altar al culto del -arte docente, y el sol de la verdad comenzó á teñir de grana y oro los -bordes de sus revistas de teatros. Sin dar paz á la mano, el Sr. Revilla -viene trabajando desde entonces tanto y tanto en favor de esta -nobilísima teoría, que bien puede perdonársele el no haberla inventado. - -Mas el Sr. Revilla empieza ya á recorrer ese doloroso calvario que el -mundo ofrece siempre al genio. El público (¡á reserva de glorificarlo -después de muerto!), cuando no se ríe de ellas, aparenta no comprender -sus intrincadas opiniones; en tanto que el Gobierno, cuya obligación de -alentar al genio debiera ser una verdad, me aseguran que está pensando -seriamente en prohibir el uso de los vocablos _objetivo_ y _subjetivo_. -Si por desgracia este rumor tuviese fundamento, ¡triste es decirlo! al -Sr. Revilla no le queda otro recurso que retirarse á la vida privada. - -FIN. - -[Illustration] - -INDICE - -Los oradores del Ateneo. - - Páginas. - -TREINTA AÑOS DESPUÉS 7 - -PROEMIO 20 - -D. Miguel Sánchez 25 - -» Segismundo Moret y Prendergast 33 - -» Carlos Mena Perier 41 - -» Juan Valera 47 - -» José Moreno Nieto 57 - -» Manuel de la Revilla 65 - -» Gabriel Rodríguez 73 - -» Francisco de Paula Canalejas 81 - -» Francisco Javier Galvete 90 - -» Emilio Castelar 100 - -Los novelistas españoles. - -PROEMIO 122 - -Fernán Caballero 127 - -D. Pedro Antonio Alarcón 141 - -» Juan Valera 154 - -» Manuel Fernández y González 177 - -» Francisco Navarro Villoslada 189 - -» Enrique Pérez Escrich 200 - -» José de Castro y Serrano 215 - -» José Selgas 232 - -Nuevo viaje al Parnaso. - -PROEMIO 248 - -D. José Echegaray 260 - -» José Zorrilla 277 - -» Ramón Campoamor 296 - -» Antonio F. Grilo 317 - -» Adelardo López de Ayala 333 - -» Ventura Ruiz de Aguilera 356 - -» Gaspar Núñez de Arce 380 - -» Manuel de la Revilla 399 - -[Illustration] - - -NOTAS: - -[1] Estas butacas fueron sustituídas al fin por otras, si no tan -vistosas, un poco más cómodas. - -¡Loado sea el señor secretario! - -[2] Observen ustedes que escribo Krause con una ese, aun cuando sus -impugnadores en España lo escriben casi siempre con dos. - -[3] La _Academia de la Lengua_ no permite que _se haga_ política, pero -la haremos á hurtadillas. - -[4] _Elia_, cap. X. - -[5] Se me figura que ya he dicho algo sobre este señor en otra parte. -Véase por si acaso _Los oradores del Ateneo_. - -[6] Véase Herbert Spencer, _First principles_. - -[7] No hago mención de Goethe, porque el Júpiter de la poesía abrazó con -su poderoso ingenio el romanticismo histórico, el filosófico y el -realismo de nuestros días. - -[8] Darwin.--_La descendencia del hombre y la selección natural_. - -Haeckel.--_Historia de la creación de los seres organizados según las -leyes naturales_. - -[9] Hovelacque.--_La lingüística_. - -Whitney.--_La vida del lenguaje_. - -[10] Al leer esta semblanza, escrita ha más de treinta años, no puede -menos de parecerme injusta. Revilla fué uno de los hombres de más -talento que he conocido. Pero al mismo tiempo, siento en mi alma un -cosquilleo de orgullo al pensar que tal violenta arremetida al crítico -máximo de aquella época, que daba y quitaba reputaciones á su talante, -fué obra de un joven literato de 23 años. Era lo que se ha llamado, -después de la hazaña de Hernán Cortés, quemar las naves. - -Cuando se publicó en la _Revista Europea_, mis juveniles compañeros del -Ateneo me miraban con asombro y lástima, y se decían al oído: «¡Se ha -perdido! ¡Se ha perdido para siempre!» - -Por la noche me hallaba sentado entre ellos en un diván del pasillo de -dicho centro, cuando acertó á pasar Revilla, que no me saludó, como era -natural. Pero volvió á cruzar una y otra vez y yo advertí que estaba -inquieto. Al fin se plantó delante de nosotros, se respaldó contra el -armario de libros que guarnecía toda la pared del corredor, sacó un -cigarrillo, lo encendió con calma, y mirándome fijamente me dijo: - ---Ya he leído _eso_. - -Yo me limité á sonreir sin contestar. - ---No siento el ataque--profirió al cabo de un momento;--lo único que -deploro es que está escrito sin gracia alguna. - ---No lo he escrito para que le hiciese gracia á usted--respondí--sino al -público. - ---Pues se ha equivocado usted, porque al público tampoco le hace gracia. - ---Será á sus amigos: á sus enemigos les ha hecho destornillarse de risa. - -La conversación siguió en este tono algunos momentos y al cabo el -insigne crítico se alejó con sonrisa amenazadora, diciendo: - ---¡Nos encontraremos! - -Por desgracia para él y para las letras patrias no pudo saciar su -venganza. Poco tiempo después le acometió una enfermedad cerebral á la -cual sucumbió. - -[11] «Genio», en la acepción que aquí le damos, es un neologismo que -debe admitirse, pues en ocasiones como la presente, no hay vocablo -castellano con que pueda ser sustituído. - - -Las correcciones hecho por el transcriptor del texto electrónico: - -titulos de nobleza=> títulos de nobleza {pg 53} - -un debilidad=> una debilidad {pg 79} - -lucida y primorosa=> lúcida y primorosa {pg 85} - -rigorosa dialéctica=> rigurosa dialéctica {pg 102} - -La palabra de Casteler=> La palabra de Castelar {pg 115} - -el profundo pielago=> el profundo piélago {pg 115} - -la candida y mística sonrisa=> la cándida y mística sonrisa {pg 135} - -ferrocarrriles=> ferrocarriles {pg 142} - -La trama da _El escándalo_=> La trama de _El escándalo_ {pg 149} - -casi impercetible=> casi imperceptible {pg 165} - -en su almario=> en su armario {pg 175} - -a ra los que habitamos=> para los que habitamos {pg 184} - -los árboles con angustía=> los árboles con angustia {pg 212} - -habia evocado=> había evocado {pg 248} - -os poetas españoles=> los poetas españoles {pg 285} - -más conmodedor=> más conmovedor {pg 347} - -ejmplar=> ejemplar {pg 299} - -la opinion=> la opinión {pg 304} - -su vída privada=> su vida privada {pg 304} - -al sonido arriculado=> al sonido articulado {pg 322} - -ó mis ojos=> á mis ojos {pg 335} - -uno esos mundos=> uno de esos mundos {pg 339} - -gorro de dormír=> gorro de dormir {pg 362} - -Vendrá un dia que irán=> Vendrá un día que irán {pg 365} - -elegancía=> elegancia {pg 384} - -un si es no=> un sí es no {pg 398} - -extrañisima relación=> extrañísima relación {pg 400} - -Francisco Javier Calvete=> Francisco Javier Galvete {pg 417} - - - - - - - - - -End of Project Gutenberg's Semblanzas literarias, by Armando Palacio Valdés - -*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK SEMBLANZAS LITERARIAS *** - -***** This file should be named 42376-8.txt or 42376-8.zip ***** -This and all associated files of various formats will be found in: - http://www.gutenberg.org/4/2/3/7/42376/ - -Produced by Chuck Greif and the Online Distributed -Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This file was -produced from images available at The Internet Archive) - - -Updated editions will replace the previous one--the old editions -will be renamed. - -Creating the works from public domain print editions means that no -one owns a United States copyright in these works, so the Foundation -(and you!) can copy and distribute it in the United States without -permission and without paying copyright royalties. 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It exists -because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from -people in all walks of life. - -Volunteers and financial support to provide volunteers with the -assistance they need, are critical to reaching Project Gutenberg-tm's -goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will -remain freely available for generations to come. In 2001, the Project -Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure -and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations. -To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation -and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4 -and the Foundation web page at http://www.pglaf.org. - - -Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive -Foundation - -The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit -501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the -state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal -Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification -number is 64-6221541. Its 501(c)(3) letter is posted at -http://pglaf.org/fundraising. Contributions to the Project Gutenberg -Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent -permitted by U.S. federal laws and your state's laws. - -The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S. -Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered -throughout numerous locations. Its business office is located at -809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email -business@pglaf.org. Email contact links and up to date contact -information can be found at the Foundation's web site and official -page at http://pglaf.org - -For additional contact information: - Dr. Gregory B. Newby - Chief Executive and Director - gbnewby@pglaf.org - - -Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg -Literary Archive Foundation - -Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide -spread public support and donations to carry out its mission of -increasing the number of public domain and licensed works that can be -freely distributed in machine readable form accessible by the widest -array of equipment including outdated equipment. Many small donations -($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt -status with the IRS. - -The Foundation is committed to complying with the laws regulating -charities and charitable donations in all 50 states of the United -States. 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