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You may copy it, give it away or -re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included -with this eBook or online at www.gutenberg.org/license - - -Title: La voz de la conseja, t.2 - -Authors: Bernardo Morales San Martín - Diego San José - Concha Espina - Wenceslao Fernández-Flórez - José Ortega Munilla - Vicente Blasco Ibáñez - Felipe Trigo. - José Echegaray - Alvarez Quintero - Alvaro Retana - Gutiérrez Gamero - Antonio de Hoyos y Vinent - -Editor: Emilio Carrère - -Release Date: October 18, 2012 [EBook #41106] - -Language: Spanish - -Character set encoding: ISO-8859-1 - -*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA VOZ DE LA CONSEJA, T.2 *** - - - - -Produced by Chuck Greif and the Online Distributed -Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This file was -produced from images available at The Internet Archive) - - - - - - - -En esta edición se han mantenido las convenciones ortográficas del -original, incluyendo las variadas normas de acentuación presentes en el -texto. (nota del transcriptor) - - - - -_La Voz de la Conseja_ - -[Illustration: LA VOZ DE LA CONSEJA] - - - - -_La Voz -de la Conseja_ - -_Selección -de las mejores novelas breves y cuentos de -los más esclarecidos literatos_. - -_Recopilación hecha_ - -por - -Emilio Carrère - -_Firmas del tomo segundo_ - -_Bernardo Morales San Martin.--Diego San José -Concha Espina.--W. Fernández-Flórez.--J. Ortega -Munilla.--V. Blasco Ibáñez.--F. Trigo. -José Echegaray.--Alvarez Quintero (S. y J.).--Alvaro -Retana.--Gutiérrez Gamero.--Antonio de -Hoyos y Vinent_. - -_V. H. SANZ CALLEJA_ - -_Editores e Impresores_ - -C. Central: Montera, 31.--Talleres: R. Atocha, 23 - -MADRID - -Derechos reservados de reproducción -y traducción en todos los países. - - - - -INDICE - - -BERNARDO MORALES SAN MARTÍN - -_Olor de santidad_ 17 - -(Cuento premiado por el Círculo de Bellas Artes.) - -DIEGO SAN JOSÉ - -_Así murió el conde_ 55 - -CONCHA ESPINA - -_El rabión_ 135 - -W. FERNÁNDEZ-FLÓREZ - -_La fría mano del misterio_ 149 - -J. ORTEGA MUNILLA - -_Tremielga_ 167 - -V. BLASCO IBÁÑEZ - -_Noche servia_ 181 - -FELIPE TRIGO - -_Pruebas de amor_ 193 - -JOSÉ ECHEGARAY - -_Los anteojos de color_ 203 - -ALVAREZ QUINTERO (S. y J.) - -_Vida nueva_ 215 - -ALVARO RETANA - -_El disfraz_ 225 - -GUTIÉRREZ GAMERO - -_El rasgo de Pañizosa_ 249 - -A. DE HOYOS Y VINENT - -_Eucaristía_ 263 - - - - -OLOR DE SANTIDAD - -Cuento premiado por el Círculo de Bellas Artes. - -(B. MORALES SAN MARTÍN) - - -I - -La del alba sería cuando don Rodrigo Pacheco salió de Tordesillas, -mustio y cabizbajo, caballero en su mula y camino de Valladolid. - -Un buen trozo del camino que de Salamanca a Valladolid conduce llevaba -recorrido la cabalgadura, cuando el noble caballero, que alegraba sus -ojos tristes contemplando a la indecisa luz del amanecer la corriente -del río, de verdor recamada, paró en seco a la mula, tornó la señoril -testa hacia el altozano sobre el que se levantaba la murada villa, en la -margen derecha del impetuoso Duero, y quedó un momento pensativo. - -La gótica crestería de San Antolín y de Santa Clara; las torres y -cúpulas de San Miguel, de San Juan, Santiago, San Pedro y Santa María, y -los torreones de las cuatro puertas de la villa, recortábanse sobre el -cielo limpio y cárdeno de aquel amanecer estival, evocando en el alma -del buen Pacheco toda su historia y toda la tragedia de su martirio. - -De súbito, irguióse sobre los estribos, abandonó las riendas, y -tendiendo los brazos hacia la villa, que comenzaba a desperezarse, -sorprendida en su sueño por los suaves besos de las brisas serranas, -exclamó el de Pacheco, con voz apocalíptica: - ---¡Toda mujer propia tiene algo de Xantipa! ¡Leonor de Alderete! ¡Dios -te perdone como te perdono yo! - -Y espoleando a la reflexiva cabalgadura, que quizá sentía como propio el -dolor de su amo, exclamó airado: - ---¡Arre, mula! - -Dió un salto la sorprendida bestia y tomó un galope ligero que hizo -afirmarse al caballero en sus estribos. - -Alto ya el sol, perdido en el horizonte el caserío tordesillesco y casi -a la vista de Simancas, aún no se había borrado la expresión de dulce y -resignada melancolía del rostro del buen caballero, último vástago de la -ilustre estirpe de los Pachecos... - - -II - -Don Rodrigo era un santo. - -Desde muy niño mostró su afición a jugar con altarcitos, a predicar -sermones y a construir campanarios diminutos que eran un encanto por lo -dulcemente acordado que procuraba el niño tener el son de las diversas -campanitas. - -Conforme iba creciendo el mozo, afirmábase en él más y más su vocación -religiosa, y contra la voluntad de su padre--que para más altos destinos -reservaba a su hijo, por la firme amistad que le unía con su deudo don -Francisco de Sandoval y Rojas, duque de Lerma y valido del Rey,--no hubo -más remedio que enviar al bienaventurado joven a Salamanca a estudiar -Teología y Cánones. - -Para el precoz hidalguete no había más mundo que el que divisaba yendo -de Tordesillas a Salamanca, ni más ciencia que la contenida en los -enfáticos lemas que ostentaban aulas y atrios de la _Ubérriman -civitatis_, como llamó en una bula el pontífice Alejandro IV a la famosa -Universidad salmantina. Tras aquellos abstrusos conceptos, -transparentaba la mística ambición del heredero de los Pachecos y -Alderetes, toda la majestad de Dios y toda la gloria que a él le -reservaba el Criador en la tierra. - ---¡Oh! ¡Cantar misa en Tordesillas, rodeado de las mozas y mozos que le -oían antaño decir misas de mentirijillas, y ante el retablo de -Berruguete, en la capilla de la Virgen de la Piedad, patrona de los -Pachecos! ¡Lograr luego un beneficio, después una canonjía, quizá un -obispado... y si la magnanimidad divina lo consentía, seguramente el -capelo cardenalicio! ¡Oh, Dios mío! Perdona mi ambición, que sólo en tu -santo y ejemplar servicio emplearé los dones que te dignes -concederme!--gemía el estudioso colegial, hundiendo su pensamiento en -los libros de los teólogos González de Segovia, Soto, Gallo, Salmerón, y -de los canonistas Covarrubias y Antonio Agustín, y otras lumbreras del -Concilio trentino... - -Pero Dios, en su infinita sabiduría, lo dispuso de otro modo, y todo el -castillo de imaginaciones del futuro cardenal se vino abajo. Un -invierno, cruelísimo para las gentes y los campos tordesillescos, llamó -el Señor a su seno al achacoso don Gonzalo, y la señora doña María, no -resignándose a vivir sola en el inmenso caserón de los Pachecos, retuvo -en él al joven canonista. - -Resignóse éste, siempre humilde y obediente a las disposiciones de la -Providencia y a los mandatos paternos, y forzosamente hubo de -interrumpir sus estudios para ayudar a doña María en el gobierno de su -casa y hacienda y en la dirección de cierto litigio en que la testaruda -dama venía empeñada tiempo ha con sus parientes los Alderetes de -Tordesillas, sobre su mejor derecho al patronato de la gótica capilla -de San Antolín y a ciertas donaciones de sus antepasados, que -usufructuaban indebidamente los nombrados deudos. - -La infatigable pleitesía puso en movimiento cúmulo tal de jueces, -escribanos, letrados y hasta teólogos, que embarullaron a maravilla el -litigio; y demandante y demandados pidieron a voz en cuello -misericordia. Cierto teólogo, hombre de seso y recta conciencia, propuso -una transacción honrosa, que cierta feliz circunstancia ayudó a imponer -y acatar como tabla salvadora. - ---¡Lo mío, mío, y lo tuyo de entrambos!--decía doña María a los -Alderetes.--Y arguyó el teólogo: - ---_¡Quod homines, tot sententiae! ¡Consensus omnium fecit legem! ¿Cur -tam varie?_--Y replicaba doña María, sin dar su brazo a torcer, en buen -castellano: - ---¡Tres cosas demando si Dios me las diese: la tela, el telar y la que -la teje! - -Pero el teólogo, terco también, tronó en griego, para mayor claridad: - ---_¡¡Malion apodehon dihalan penian e plouton adihon!!_ - -Y al traducir en rotundo vallisoletano Rodrigo a su madre y señora la -máxima del gran Isócrates, ambos humillaron la cabeza. - -Poco tiempo después... en la capilla de la Virgen de la Piedad, en San -Antolín de Tordesillas, uníanse en santa coyunda Leonor de Alderete, -hija única de los Alderetes, y Rodrigo Pacheco, único vástago de los -Pachecos. - -Solamente Dios, la señora doña María y el culto teólogo casamentero -supieron lo que costó vencer la voluntad del buen Rodrigo; pero la -terquedad de la dama pleitista era irresistible, y como rindió a los -Alderetes, venció la mística resistencia del hijo de su amor, que gemía -al recibir la santa bendición, unida su diestra a la de la hermosísima -Leonor de Alderete: - ---_¡Una salus victis, nullam sperare salutem!_--y fueron las últimas -palabras con las que se desvaneció el fracasado teólogo, para dar paso -al flamante marido. - - -III - -Pero don Rodrigo no era feliz. - -Doña Leonor de Alderete, joven y apasionada, encerrada en su casa de -Tordesillas como en un convento, al verse frente al apuesto mozo--único -hombre que se acercó a ella,--sintió por él una avasalladora pasión. La -llama de amor sin nombre que tantos años contenía en su pecho, de -doncella casta, pero afectiva, estalló devoradora, porque Rodrigo -Pacheco, por su figura y por su carácter, era el galán soñado, el -Amadis de sus ensueños... Boda que comenzó siendo forzado acomodo, fué a -poco tierno idilio que unió dos almas con la más pura, pero también -arrebatadora, de las pasiones. - -Llevábale cinco años doña Leonor a Rodrigo... y quizás por ello fué -maestra que inició al joven en los honestos deliquios amorosos de su -idílica unión. Pero, aunque dama de espléndido cuerpo y hermoso rostro, -altivo continente y distinguido ademán--conjunto sin par en -Tordesillas--dió en la flor de ser celosa hasta del aire que rizaba las -guedejas de su apuesto marido. - -Este, que fuera del amor a Dios, no sentía otro afecto que el de su -esposa, padecía martirio que anonadaba su alma, porque siendo puro y -honrado, la espléndida dama dudaba de su pureza y ponía en tela de -juicio su probada honradez. - -Veinte años llevaban de matrimonio y de martirio, sin que el cielo -hubiera bendecido su unión concediéndoles el bien de los hijos, cuando -un atardecer recibió el apocado señor de Pacheco, por un propio, una -misiva nada menos que del gran duque de Lerma, invitándole a ir a -Valladolid el próximo 19 de Julio, día en que haría su entrada en la -ciudad castellana Su Majestad el Rey don Felipe. Añadía el valido que -convenía al servicio de la monarquía católica que don Rodrigo Pacheco -fuese corregidor de Tordesillas, cargo vacante a la sazón, y le esperaba -en Valladolid para entregarle el real despacho y comunicarle -instrucciones oportunas sobre la política que convenía al duque se -observara en Tordesillas y villas comarcanas. - -¡Y allí fué Troya! - ---¿A Valladolid... vuestra merced?--y reía nerviosa e irónica la celosa -doña Leonor. Y de súbito exclamó, abriendo el torbellino de sus celos: - ---¡Sí! ¡Te conozco, fementido caballero! ¡Ir a Valladolid es un ultraje -a la fe jurada a mi amor único! - ---¡Leonor! _Mulier quæ sola cogitat, male cogitat_--replicó don Rodrigo, -acordándose en aquel trance de Publio Siro y de sus buenos y añorados -tiempos de Salamanca. - ---_¡Nihil impossibile!_--arguyó la dama, que también era, aunque celosa, -muy leída.--¡Si vuestra merced va a Valladolid... será para caer en el -pecado!... - ---¡¡Leonor!! - ---¡Lo teme mi corazón enamorado! Te estás ya refocilando con la más -impura de las liviandades! - ---¡¡Xantipa!!, digo, ¡Leonor, ven conmigo a la ciudad... que Dios -confunda! - ---¡Yo! ¿Ir yo a ese antro donde tiene su nido la lujuria? ¡Jamás! ¡Allí -no pueden ir más que los lascivos y perjuros como tú! - ---¡Doña Leonor! ¡Por los clavos de Cristo Nuestro Señor!--y don Rodrigo -alzó los ojos a un crucifijo de Berruguete el joven, que, frente a los -esposos, mostraba sus carnes flácidas y amarillentas de martirio--y miró -al Crucificado como los mártires del Coloseo la imagen espantosa de la -muerte en su trágica agonía... cayendo de rodillas, como si realmente -fuera culpable de un pecado, cuyas delicias no había gozado aún. - -Viéndole humillado, mudo, traspuesto y de hinojos a los pies de la -divina escultura, salió la dama, cerrando de golpe la puerta de la -cámara y vociferando descompuesta: - ---¡Reza y esconde la lascivia que te sale a los ojos! ¡Miserable! - -Con un sollozo respondió el caballero, evocando su vida de teólogo «in -partibus», tendiendo sus manos al impasible Cristo: - ---¡Perdónala, Señor! ¡No sabe lo que se dice! ¡Los celos han -transformado a mi señora doña Leonor en... la propia Xantipa, en la -verdugo de Sócrates, que resucita en Tordesillas! - - -IV - -La carta del duque de Lerma era terminante e imposible eludir su -cumplimiento. Además, ¿había de estar toda su vida supeditado a las -faldas? Su madre, la inflexible doña María, impidió que fuera clérigo, -matando en flor su porvenir brillante. Muerta su madre, ¿había de -impedir su esposa--¡otra tozuda Alderete!--que siguiera una carrera -política honrosa, comenzada por una corregiduría, y Dios y el duque de -Lerma sabrían dónde podía acabar? - -Y el débil y ocioso caballero mandó ensillar su mejor mula y salió para -Valladolid, dejando a doña Leonor convulsionada como una demoníaca y -vomitando por su sensual boca sapos y culebras de todos colores: - ---¡Se va y le pierdo para siempre al miserable! ¡No subirá más a mi -tálamo si duerme una sola noche en Valladolid! ¡Toda el agua del Jordán -no bastará para purificar al impuro!--Y se retorcía como una poseída, -rodeada de mayordomos, dueñas, doncellas y mozas de cántaro... mientras -el audaz caballero franqueaba Simancas, contemplaba con ojos amorosos la -mole del histórico castillo tras cuyos cubos y almenas la invisible -polilla roía con saña toda nuestra leyenda de oro; y poco después -columbraba el caserío de la futura corte de las Españas, extendido sobre -verde prado y recortado sobre una lejanía de suaves lomas y sinuosos -cerros castellanos. - -Y el futuro corregidor de Tordesillas entró, sonriente y magnífico, -caballero en su mula, en la noble y real «Villa de Ulid». - - -V - -Era el día 19 de Julio de 1600. - -La ciudad castellana, aguijoneada por Lerma, que deseaba convertirla en -corte de los Felipes, «nunca desplegó tal aparato y dignidad en las -ceremonias, tal esplendor en los festejos, tal magnificencia en sus -calles y plazas, tal lucimiento y gala en sus vecinos». El joven rey -demoró su estancia en Valladolid dos meses, prometiendo para el año -siguiente asentar los reales de su corte en la leal ciudad. - -Pasados aquellos primeros días de gala regia y festejos populares, don -Rodrigo pudo ver al poderoso valido. - -El duque le recibió y agasajó conforme a los altos merecimientos del -caballeroso Pacheco, a cuya familia tuvieron siempre en singularísima -estima los Sandovales, y le entregó el real despacho de corregidor de -Tordesillas. - ---Tengo en alta estimación vuestras dotes, que, acrisoladas por el -ejercicio de vuestro cargo en la villa natal, os harán pasar a la corte -en breve tiempo. Yo necesito rodearme de consejeros y servidores -leales...--dijo el duque, abrazando cariñosamente a don Rodrigo. - -Antes de despedirse, rogóle el duque al corregidor que visitara en su -nombre a un deudo de entrambos, vallisoletano ilustre, que por sus -achaques no pudo asistir a los festejos, y a quien podía consultar don -Rodrigo en todos aquellos conflictos en que pudiera ponerle la flamante -corregiduría, aunque, a decir verdad, más que a sus futuros gobernados, -temía el pobre corregidor a la celosa corregidora. - -Y sin esperar a más--porque al día siguiente, y tras ocho de ausencia, -quería retornar el leal caballero a su villa y casa solariega,--allá se -fué con su alta misión don Rodrigo Pacheco, el fracasado teólogo, -convertido por la gracia de Dios y del duque de Lerma en corregidor de -Tordesillas y de toda la comarca tordesillesca. - - -VI - -Dijéranle a don Rodrigo que con los ojos vendados y sin cayado -recorriera las calles de su querida Salamanca, y a ciegas las correría, -como su Tordesillas de su alma. - -Pero a aquel endiablado Valladolid, el diablo que le hincara el diente -con su laberinto de calles, callejas y callejones, plazas, placetas y -plazuelas, que siempre le traían al mesmo lugar, sin dar nunca con el -caserón de su deudo don Gutierre Pacheco de Sandoval. - -Más de tres veces se encontró en la plazuela del Ochavo, evocándole, en -aquella hora entre misteriosa y poética del atardecer, la tragedia del -famoso condestable, cuyo libro singular _Claras y virtuosas mujeres_, -había leído con delectación en Salamanca. Otras dos salió a la Plaza -Mayor, entenebreciendo su pensamiento la memoria de aquella hecatombe en -que pereció el hereje doctor Agustín Cazalla y sus secuaces en ejemplar -auto de fe. No supo cuántas veces pasó junto al caserón de Rivadavia, -donde nació el rey Felipe II, y cuya plateresca ventana iluminaba ya la -luna en pálido creciente. Volvió pies atrás y notó que por tercera vez -pasaba ante la rica y fastuosa fachada de San Pablo... - ---La calle de Teresa Gil y junto al arco gótico que se levanta en la -iglesia de religiosas de Portacoeli--habíale dicho el duque...--y, por -fin, topó con el famoso arco y con «las casas de Diego Sánchez», morada -de su deudo don Gutierre. - -Levantó el pesado aldabón de hierro, que representaba un dragón -mordiendo maciza anilla, y retumbaron en la soledad de la calle tres -golpes recios y rotundos. - -Tardó a percibir ruido alguno en el interior de la casa. Abrióse, por -fin, una celosía que sobre la puerta caía, y una voz argentina y juvenil -preguntó con timidez: - ---¿Quién va... a estas horas? - ---¡La paz de Dios!--respondió don Rodrigo con voz entera.--¿Vive aquí -don Gutierre Pacheco de Sandoval? Su deudo soy y vengo desde Tordesillas -a visitarle--agregó don Rodrigo, temiendo que le tomaran por un -aventurero de los que aquellos días de regios festejos pululaban en -Valladolid. Tras breve cuchicheo de voces femeninas en la celosía, -preguntó otra voz como arrullo de tórtola: - ---¿Cómo se nombra el caballero? - ---Don Rodrigo Pacheco de Alderete soy... - ---¡Esperad, esperad, caballero... aquí es! Van a franquearos la -puerta... - -Poco después descorríanse cerrojos y cadenas, y una especie de mayordomo -de faz seráfica franqueaba el pesado portón al caballero. A mitad de la -amplia escalera, una dueña, envuelta en negras tocas, alumbraba con -enorme velón. - ---Pasad, pasad, señor don Rodrigo, y esperad mientras preparamos a don -Gutierre para darle cuenta de la llegada de vuestra merced. Pero tan -delicado anda, que no sabemos si podrá recibirle esta noche... Sus -hijas, mis señoras doña Celia y doña Violante nos lo dirán. - -Y tras subir, precedido por la dueña y seguido a respetuosa distancia -por el beatífico mayordomo, le introdujeron en las habitaciones de don -Gutierre. - -Deslumbrado quedó el tordesillesco corregidor al contemplar la -magnificencia del decorado, la riqueza de los muebles, la suntuosidad de -los cortinajes que la mansión de su deudo le mostraba. - -Pasaron por una cámara en la que ardía una lamparilla de plata ante un -crucifijo que a don Rodrigo le pareció excesivamente lívido y chorreado -de sangre... Persignáronse mayordomo y dueña; imitóles el caballero e -introdujéronle en el estrado, donde le hicieron esperar, mientras -avisaban a sus señoras, las hijas de don Gutierre. - -No se hicieron aguardar éstas... - -Eran dos damas de peregrina hermosura, jóvenes, ataviadas como princesas -y enjoyadas como reinas. «Acabarían de llegar de algún festejo regio y -no habrían tenido tiempo de destocarse...»--pensó don Rodrigo. - -Con grandes y discretas muestras de regocijo por recibir la visita de -huésped tan ilustre, las dos niñas sentáronse a ambos lados del -caballero cuarentón, quedando el mayordomo a respetuosa distancia, como -si esperara órdenes. - -«Don Gutierre estaba muy doliente y descansaba ya, pero si aquella noche -no podía verle don Rodrigo, sería al siguiente»--dijeron las discretas -niñas. - -El de Pacheco les expuso el objeto de su visita: participóles su -nombramiento de corregidor y la necesidad que tenía de partir al rayar -el alba a Tordesillas. - ---Todo puede concertarse--objetó la mayor de las niñas,--si tan urgente -es la necesidad de ver a nuestro padre. Aceptáis un puesto en nuestra -mesa, descansáis en uno de nuestros aposentos, y al salir el sol, que es -cuando despierta el señor don Gutierre, le saluda vuesa merced y parte -cuando guste a su querida Tordesillas. - ---Agradezco las grandes mercedes que quieren dispensarme damas tan -atentas; pero tengo necesidad imperiosa de retirarme a mi posada... - ---¡Válgame Dios! ¡Dormir en una posada deudo tan ilustre como vuestra -señoría, señor corregidor... alternando con arrieros y servido por mozas -de mesón! ¡No faltaba más!--dijo la más joven de las niñas de don -Gutierre, la de la voz argentina, cuyas modulaciones ignoraba por qué -don Rodrigo le llegaban al alma. - ---Lo que nos duele--arrulló la mayor--es que durante estos días os -hayáis hospedado allí. Vuestra es esta casa, hoy y siempre que vuestros -asuntos os traigan a Valladolid. - ---¡Ya no podéis salir de aquí! ¡Sois nuestro huésped, porque no queremos -exponernos al enojo de nuestro padre cuando se enterara de que habíamos -dejado marchar a una posada la dignidad de nuestro más ilustre deudo, el -señor corregidor de Tordesillas!--exclamó, expansiva y jovial, la que -parecía más ingenua de las damas, y cuya voz, ademanes distinguidos y -cándido y claro mirar atraían al señor de Pacheco con electiva afinidad. - -Acostumbrado a obedecer siempre, primero a su madre, luego a su esposa; -tan débil de voluntad como cortés y agradecido por instinto, el -caballero accedió al galante y sincero ofrecimiento de sus bellas -parientes y «quedó muy suyo y muy obligado también», según dijo. -«¡Además de que su estancia en casa de don Gutierre facilitaba su -entrevista con este señor y su salida a Tordesillas... ¡se estaba tan -bien en aquella casa y estrado!, ¡experimentaba tan agradable sensación -de paz y bienestar en aquella casa colgada de damascos antiguos, -alhajada con vargueños y contadores, cornucopias y espejos, cuadros -religiosos y viejos retratos de familia... que hubiera querido trasladar -toda aquella magnificencia a su severo caserón de Tordesillas o quedarse -en aquel de Valladolid toda la vida!» - -Salió el mayordomo de la faz seráfica y entró y salió varias veces la -dueña con grandes reverencias, hasta que el primero anunció que la cena -estaba servida. - -Pasaron damas y caballero al regio comedor, donde en lujosa mesa, bajo -manteles de Cambray, centelleaban la plata toledana y el cristal -italiano y brillaba la loza talavereña. Sirvióles el mayordomo suculenta -cena, regada prudentemente con «los ilustres vinos de Esquivias», que -don Gutierre prefería a los vallisoletanos, y aunque don Rodrigo era -frugal, su cortesía no sabía negarse a los insistentes ofrecimientos de -sus dos comensales y comió y bebió un poco más de lo que acostumbraba su -templanza. - ---«Carne de pluma quita del rostro la arruga», mi señor don -Rodrigo--decía la mayor de las hijas de don Gutierre, sirviéndole una -pechuga de capón ricamente aliñada. - --«El vino como rey y el agua como buey»--exclamaba riendo la menor de -las doncellas, llenándole la tallada copa de un vino rojo como el rubí y -de suave aroma. - -Durante la cena, como antes en el palique del estrado, notó don Rodrigo -que las dos damas exhalaban de sus personas un tan delicado perfume, que -a gloria trascendía y la misma gloria parecía prometer. Vaho tan suave y -sutil no lo percibió jamás don Rodrigo. Su esposa, doña Leonor, no usaba -perfumes ni afeites, que era pecado usar, y decía «que el único perfume -grato a un marido era el de la limpieza, porque la hermosura debía -ofrecerse como Dios la dió...» Pero seguía embargando los sentidos del -caballero aquel perfume delicioso, produciéndole sutilísima e inefable -embriaguez, y don Rodrigo lo aspiraba con delectación primero, con ansia -después. No era el olor del ámbar, ni de la algalia, ni tenía nada del -almizcle, únicos que conocía el señor de Pacheco. Más bien parecía el -aroma de mil flores levantinas, que juntaron su diversa fragancia para -embriagar al caballero... - -Terminada la cena, rezaron una breve oración de gracias, pasaron al -estrado un momento, y las damas despidiéronse de su huésped con -graciosas reverencias, retirándose a sus habitaciones, acompañadas de su -dueña. - -El mayordomo precedió al caballero hasta la cámara que le destinaron, -despidiéndose de él muy humildemente. - ---¡Buenas y muy santas noches tenga el señor don Rodrigo! - -Rendido por el desacostumbrado trajín de aquellos días, embriagado -levemente por los vapores de los vinos, la copiosa cena y el sutilísimo -y sensual perfume de las damas, el señor corregidor de Tordesillas, que -deseaba recoger y coordinar sus ideas, tendióse en el mullido lecho y -sopló la luz. - -Pero invencible asombro le despabiló en seguida. La cama en que -descansaba de sus andanzas vallisoletanas exhalaba el mismo perfume -sutil y embriagador que emanaba del cuerpo de las hijas de don Gutierre. -Y el malogrado teólogo salmanticense quiso abandonar el lecho... - -«Pero... ¿no sería ñoño escrúpulo de monja llamar a la servidumbre y -alborotar la sosegada mansión con el pretexto de rehusar tan rico lecho, -que indudablemente le había cedido alguna de las hijas del doliente -huésped por una delicadísima galantería mujeril que antes debía -agradecer como cumplido caballero que rechazar groseramente como un -villano?» - -Y quedó entregado a sutiles razonamientos escolásticos, bajo las -finísimas y bordadas holandas, el caballero de Tordesillas, sin osar -levantarse ni poder conciliar el sueño...; pero consolándose en su -martirio si, por dicha, la cama en que yacía pertenecía a la menor de -las hijas de don Gutierre. - - -VII - -En el seno de las tinieblas veía el señor de Pacheco la figura, -castamente ideal, de doña Celia, la menor de las niñas, en opuesta -visión a la más espléndida y sensual de doña Violante, la hermana -mayor... Ni una sola vez acudió a su magín el recuerdo de la figura de -su esposa, la alta y esbelta matrona tordesillesca... Doña Celia, la -niña gentil, tornaba a embargar su ánimo y sus sentidos anegados en el -vaho delicioso del mullido lecho, cuando lejano rumor de voces le -distrajo de sus deliquios... Pronto las voces fueron gritos, y éstos -algarabía. - -Don Rodrigo incorporóse, tentó sus ropas, empuñó su espada y aguardó. - -Las voces se apagaron de pronto; pero el oído del caballero percibió en -el silencio de la noche crujir de sedas, como si pesado damasco diera -paso a alguien. Suave rumor de pasos que a él se acercaban, confirmó sus -sospechas. «No cabía duda, alguien había entrado en la estancia.» - -Pronto fué la sospecha certidumbre absoluta; aquel perfume suavísimo y -enervador, cada vez más penetrante, cada vez más cercano, envolvíale -como ola de éter, sumiéndole en un mar de confusiones, cuando el tibio -aliento de una boca rozó su rostro, y la caricia de unos brazos -desnudos, blandos y mansos, oprimió su cuello robusto, al mismo tiempo -que una voz argentina, pero angustiada, gemía en su oído: - ---¡Acorredme, caballero! ¡Protegedme o muerta soy! - -Don Rodrigo quedó suspenso... - -Soltó la espada, de improviso, y con ambas manos cogió los trémulos -brazos que, como dulces cadenas, rodeaban su cuello. - -Al contacto de la carne joven, tibia y perfumada, sintió estremecerse, -muy a pesar suyo, todo su cuerpo pecador en lascivo escalofrío. Las -dulcísimas cadenas no cejaron, y el desvanecido caballero sintió sobre -su pecho la presión de suavísimas turgencias que excitaban -dolorosamente su carne flaca y miserable, con impudores que rechazaba -su alma pura. - -La voz argentina arrulló a su oído: - ---¡No os mováis, caballero! ¡Doña Celia soy, que viene a deciros que no -salgáis de esta habitación, pues corréis peligro de muerte! - ---Permitidme, señora, que...--y el sofocado caballero no sabía qué -decir, en lucha sorda consigo mismo para romper las dulces cadenas que -le oprimían como dogal de frescas rosas y olorosos jazmines. - ---¡No os mováis, por Jesús Nazareno! Vengo huyendo de las liviandades de -mi hermana Violante... y he cerrado la puerta de esta cámara... - ---¿Qué decís, señora?--interrumpió el cándido corregidor. - ---Sí, de la hija de don Gutierre, que burla y ultraja las canas y el -honor de mi buen padre todas las noches... permitiendo que escale su -galán el balcón de su camarín... - ---¿Es posible tal infamia? - ---¡Sí, caballero, sí!--y copioso llanto bañó las acaloradas mejillas del -caballero. ¡Doña Celia lloraba! Y siguió:--Esta noche, que partió -conmigo su lecho, pues este en que descansáis es el mío, no respetó mi -inocencia y tampoco recatóse de recibir al seductor... ¡Qué vergüenza! -¡Huí al verle y oirle decir al salteador de esta noble casa que quería -matar al caballero que se hospedaba bajo el mismo techo que su amada, mi -mal aconsejada hermana! - ---¡Vive Dios que no será sin que un Pacheco venda cara su vida! - --¡Por el Nazareno! ¡No gritéis! Mi inocencia vino a advertiros el -peligro; pero mi previsión cerró todas las puertas que separan esta -cámara de la de mi hermana... Esperemos en silencio, y al lucir las -primeras horas del alba, con el galán salteador de honras se irá todo -peligroso riesgo para vuestra merced... - ---¿Pero entretanto... señora...?--y el buen don Rodrigo no sabía cómo -librarse de los brazos, que más parecían acariciarle que demandar -amparo. - --¡Ah! ¡Mientras tanto... proteged mi castidad y mi inocencia, que quiso -ultrajar también aquel bárbaro atropellador de doncellas y agraviador de -ancianos!... ¡Protegedme, señor! ¡Tengo miedo de salir de este -aposento!...--y con sus desnudos brazos tejía el pavor más apretada -cadena en torno al cuello del ilustre corregidor, que balbuceó con -extrañas angustias: - --¡Nada temáis... niña, estando aquí yo... junto a vos. Llegarán a -vuestro precioso cuerpo por encima del cadáver de don Rodrigo Pacheco! - ---¡Gracias, gracias... mi noble deudo!...--y la medrosa niña se -estrechaba más y más contra el caballero, besando a obscuras sus manos, -sus barbazas, sus ojos, sus mejillas y su boca anhelosa y cálida, -mientras don Rodrigo, arrastrado por aquella mansa ola de confiada -efusión, abrazaba también a la niña, creyendo proteger con sus nervudos -brazos a la mesma estatua viviente de la casta Diana. - -En un momento, durante el cual la intensa emoción dejó paso a la sutil -clarividencia, murmuró el caballero paternalmente: - ---Bien, bien... señora; pero me parece que venís un poco ligera de -ropa...--al notar que tenía entre sus brazos una escultura que no vestía -sino la sutilísima veste de holanda. Y aquel trasunto vivo de castidad -respondió desmadejadamente: - ---¡Huí del lecho precipitada al asaltar aquel gavilán nuestro camarín... -y mi pudor no me detuvo para recoger mis vestiduras! - --Pues... descansad en mi lecho, que por lo que conjeturo es el vuestro -propio. Yo me vestiré a tientas... y velaré vuestro sueño...--dijo don -Rodrigo, intentando flojamente desprenderse de los marfileños brazos que -le ceñían amorosos. - --¡Oh! ¡No, por Dios, caballero! ¡Tendré miedo sin vos! ¡Moriré de -pavura! ¡No os apartéis de mí! ¡No me dejéis! ¡Venid, caballero... y -descansad a mi lado! ¡Nada temáis... sosegaos! ¡Vuestra hidalguía y mi -inocencia nos protegen!--y con suavísima presión dejóse caer blandamente -la niña, arrastrando en su caída al caballero sobre la regia cama de -torneadas columnas y de labrada cabecera Renacimiento, que les cobijó -con su tibio calorcillo como nido de plumas y de amores... - - -VIII - -El sol entraba a raudales por el amplio ventanal trebolado, tras cuyos -emplomados cristales piaban alegremente los pájaros en el cercano y -umbrío jardín... y don Rodrigo Pacheco despertó del único sueño de su -vida que había tenido sabrosa realidad. - -Y encontróse, a la luz escandalosamente indiscreta del padre Febo, que -sus brazos robustos cobijaban aún la dormida estatua de doña Celia, -desceñida su alba veste, y ofreciendo a los besos de la luz del día -todos los encantos de su pudor y todos los tesoros de sus hermosura a -los encandilados ojos del ex canonista. - -Este quedó lívido y temblando de miedo. Su conciencia implacable le -acusaba en pleno día del pecado cometido en las negruras de la noche... -¡La más horrenda de las liviandades era pecado venial comparado con el -delito en que todo un Pacheco, y corregidor de la muy noble villa -tordesillesca, por añadidura, había incurrido con aquella preciosa niña -que, confiada en la hidalguía del caballero, dormía aún sin recelo en -sus brazos! - ---_¡Nihil impossibile sub sole!_--gimió aterrado el caballero, y por -primera vez la imagen de su esposa surgió ante sus ojos como la musa de -la propia tragedia, arrojándole al rostro la sentencia con que le -despidió al salir don Rodrigo hacia Valladolid: _¡Nihil impossibile!_ - ---¿Y qué hacer?... ¿Cómo huir?... ¿Cómo dejar a la tímida paloma que -dormía en sus brazos? ¿Cómo presentarse ante don Gutierre, el caballero -que acababa de ultrajarle en la divina escultura de su hija? ¿Cómo -escapar de aquel laberinto en que su inexperiencia del mundo habíale -hecho caer al cuarentón corregidor? ¡Buena justicia administraría quien -comenzaba vilipendiándola! ¿Qué dirían su conciencia y su rostro a la -señora corregidora al llegar a ella?--Y al evocar otra vez en aquel -trance la arrogante y severa figura de su dueña y señora doña Leonor de -Alderete, como irritada Themis, desasióse don Rodrigo de los ebúrneos -brazos que le aprisionaban aún rendidos en sueño de amor; vistióse -apresuradamente, ciñóse la espada, echó sobre sus hombros la negra capa -de seda valenciana... y después de dejar caer una última, compasiva y -desesperada mirada a la dormida paloma del palomar de don Gutierre, -abrió quedamente la puerta, huyendo de su víctima, de su crimen y de sí -mismo. - -Salió a un pasillo; estaba solitario. Cruzó la habitación donde una -lamparilla alumbraba los sangrientos chafarrinones de un Cristo -monstruoso; no había nadie. Vió abierta una puerta fronteriza por la que -entraba medroso y encogido un rayo de sol, y se dirigió a ella. ¡Era la -puerta de la escalera! - -Bajó por ésta sin ver a nadie ni ser visto. La puerta del zaguán estaba -entornada... ¿Dueña, mayordomo, y acaso don Gutierre, estarían en misa -en la vecina iglesia de las religiosas de Portacoeli? Todo parecía -preparado de intento para su vergonzosa fuga... y pronto se vió en la -calle don Rodrigo, libre de un peso enorme; pero abrumado por el de un -remordimiento dolorosísimo. - -Sin tornar los ojos al caserón de don Gutierre, y ya orientado por la -luz del sol en aquel laberinto de callejuelas, llegó presto a su posada, -mandó ensillar su mula y pidió la cuenta al huésped. - -Este sonreía socarrón e inquisidor, y, gorra en mano, fijando su -escrutadora mirada ratonil en las violadas ojeras del caballero, -denunciadoras de una noche toledana, o, más legítimamente, -vallisoletana. Echó mano a la bolsa para satisfacer su hospedaje el -atolondrado caballero--que ni la mirada acusadora del posadero podía -resistir,--y quedó sin habla, aterrado. - -¡Su bolsa estaba vacía! Le habían robado más de cien ducados de oro que -metió en ella!... Pero, ¿dónde? Y su pensamiento se tornó -instintivamente a la casa de don Gutierre, y súbita revelación -presentóle como humillante farsa la tragicomedia de que acababa de ser -actor principal. Preguntó al posadero: dióle señas y señales...; sonrió -el ladino plebeyo y pronto tuvo la certeza don Rodrigo de que donde le -habían dado posada de amor una noche inolvidable no era ¡ni mucho -menos!, la casa de don Gutierre Pacheco, aunque sí fronteriza a ella. - -Puso en manos del huésped su rica cadena de oro, al encontrarse sin un -maravedí, y prometiendo rescatarla sigilosamente y en breve, salió al -galope de su mula de aquel Valladolid, que ya sería siempre el de sus -pecados... - - -IX - -Abstraído por el recuerdo de la vergonzosa aventura, no notó hasta cerca -de Simancas que aquel embriagador y penetrante perfume que impregnaba -las ropas y el cuerpo clásicamente modelado de «la cándida paloma -vallisoletana», le acompañaba como rastro de su pecado, dejando una -estela de perfumada liviandad por do pasaba el caballero, y que fué lo -que hizo sonreir indudablemente al ladino posadero. ¡Las ropas, los -cabellos, las barbas, las manos, todo el cuerpo y el sér todo del buen -Pacheco estaban saturados de aquel delicioso vaho de la cortesana -lascivia... y era la penitencia que va siempre con el pecado! - -¡Doña Leonor no mintió! ¡Ella era una santa y él un lascivo ruín y -empecatado! El fatal presentimiento de la dama era ya una realidad -acusadora... El recuerdo de aquella noche de amor podría olvidarse -quizá; su pecado ocultarse, negarse, aunque lo purgara en solitarias y -continuas penitencias... Pero, ¿y aquel maldito y penetrante perfume que -le acompañaba como una acusación, como la mejor y más terrible prueba de -su liviandad y de su adulterio? Porque doña Leonor, ¡que no usaba -perfumes!, preguntaría, inquiriría, no podría explicar por qué aquel -vaho cortesano le acompañaba y trascendía hasta Tordesillas, y la -furiosa Xantipa le arrancaría los ojos y las entrañas al señor -corregidor. - -Llegó a Simancas. Apeóse en el mesón del Toledano; pidió un aposento, -agua y jabón; encerróse; lavóse cuidadosamente manos, rostro, cabellos y -aquellas barbas con que le retrató su deudo el sevillano Pacheco, y -salió de allí, donde harto le conocían y estimaban, después de airear un -buen rato al sol la ropilla y capa ante el abierto balcón del aposento. -Remozado y contento salió a lomos de su mula, libre, al parecer, de -graves cuidados. - - -X - -Apenas dejó atrás el caserío de Simancas, tornó a percibir, cada vez más -penetrante, aquel diabólico perfume que debió de haber aliñado maese -Satanás en sus filtros y redomas demoníacas, y la vil cortesana en cuyos -brazos durmió el caballero, infiltróle hasta las entretelas de su alma. -Y ¿cómo entrar en Tordesillas? - -Ya columbraba la crestería de San Antolín, la cúpula de Santa María, los -torreones del palacio donde lloró durante media centuria su viudez la -triste reina de Aragón y Castilla doña Juana--llamada «la Loca» por -insensibles historiadores y por el vulgo, que no entiende de locuras de -amor, como ya entendía don Rodrigo,--cuando éste apeóse en un recodo del -camino, sombreado por espesos árboles. Ató las riendas de su cabalgadura -a uno de aquéllos y contempló la ondulante corriente del Duero, en cuyas -aguas tantas veces se bañó siendo niño. - -Un audaz pensamiento asaltó al atribulado Pacheco. - -Agazapado entre unos matojos, despojóse de sus ropas, que dejó sobre -aquéllos, tendidas al sol abrasador de Castilla y Julio, y encueros -vivos lanzóse el caballero al agua, con la avidez con que un cristiano -se arrojaría a las ondas purificadoras del Jordán, murmurando en -remembranza de sus felices tiempos de teólogo: _¡Vestigia nulla -retrorsum!_ - -El Duero, algo crecido, traía impetuosa corriente, en la que don Rodrigo -dió varios chapuzones, restregando con sus manos mojadas barbas y -cabellos y todo su cuerpo, para purificarle de aquel olorcillo cortesano -y delatador... - -Distraído, perdió pie, la corriente le arrastró; dió una voltereta -desesperada; logró subir a flote y asirse a una rama en un recodo del -río. Tiró de ella para subir; cedió la débil rama, y el cuerpo del -desdichado caballero se lo sorbió el Duero impetuoso... llevándole -inerte y sin vida hasta el puente de los diez arcos famosos, en uno de -cuyos tajamares quedó detenido como miserable despojo del pecado. - - * * * * * - -Doña Leonor recibió el cuerpo exánime de su esposo con grandes e íntimos -transportes de dolor. En el paroxismo de su locura, gritaba la enamorada -señora: - ---¡Me han asesinado a mi dueño y señor! ¡Justicia, justicia! - -Las ropas abandonadas en la margen del río, la bolsa vacía y la falta de -la cadena de oro del caballero, indujeron a jueces y escribanos a -sospechar que don Rodrigo fué robado y arrojado al río para que no -pudiera delatar a sus asesinos. Estos no se llevaron la mula, la espada -y las ropas del caballero por temor de que les delataran, cosa que no -podía suceder con los escudos y con la cadena, una vez fundida ésta. Y -entre aquellas y otras conjeturas, nadie se acercó a la verdad. - -Una hermosa mujer y un ladino posadero de Valladolid pudieron haber dado -alguna luz; pero callaron por la cuenta que les traía. - -Don Rodrigo recibió cristiana sepultura en San Antolín; doña Leonor -encerró para siempre su dolor en su caserón, atenazándola el -remordimiento de haber martirizado con su pasión de celos infundados a -aquel santo varón que Dios le concedió por marido. Y como ella, toda -Tordesillas lloró al varón ejemplar, dos veces santo, por su martirio de -casado y por su muerte trágica. - -Ya sexagenaria doña Leonor, hubo de exhumarse el cuerpo de don Rodrigo -para trasladarle al alabastrino sarcófago que hábiles artífices -italianos construyeron para guardar los restos mortales del señor de -Pacheco y de la señora doña Leonor, cuando le fuera llegada su santa -hora. - -Asistió al solemne acto doña Leonor, acompañada del clero, servidumbre y -mucha gente del pueblo, que aún amaba la memoria del caballero. - -Abrióse el ataúd y fué como si se abriesen las puertas de la gloria. -Suavísimo, embriagador e inefable perfume invadió las bóvedas de San -Antolín, asombrando a todos los circunstantes. - -«¿De dónde venía aquel fragante olor, que por primera vez en su vida -percibían los viejos cristianos tordesillescos, si no era de los huesos -del fenecido caballero? ¿Y qué otro olor podía ser aquel si no era el -«olor de santidad» en que murió indefectiblemente don Rodrigo Pacheco, -por sus muchas virtudes y su muerte de martirio?» pensaron los buenos -tordesillescos, y clamó el pueblo a una voz: - ---¡Don Rodrigo murió en olor de santidad! ¡Don Rodrigo murió en olor de -santidad! ¡Allí estaba aquel perfume suavísimo que su alma santa dejó en -sus huesos, proclamándolo! ¡Allí estaba la esposa del buen caballero, -dando fe de ello con sus lágrimas de sincero arrepentimiento! - -Y es fama que cuando alguien afirma todavía que don Rodrigo Pacheco -murió en «olor de santidad», ¡unos huesos se estremecen en el fondo del -alabastrino sarcófago, recordando una inmortal noche de amor en -Valladolid! - - - - -ASI MURIÓ EL CONDE - -(DIEGO SAN JOSÉ) - -BREVE PREÁMBULO - - -Ha más de cinco años que vine a la Corte al olor de un beneficio en la -catedral de mi provincia, que porque se sepa es la de Zaragoza, y en -todo este tiempo, con traer muy buenas esperanzas alimentadas por -contundentes y apretadas cartas de la gente más notable de la metrópoli -del Ebro, aun no conseguí otra cosa que agotar los recursos, pero no la -paciencia (que desta necesarísima virtud fué el Señor servido de darme -muy grande y espesa cantidad), y conocer como la palma de mi mano las -_Losas_ del Alcázar y aun muchas de las dependencias que están situadas -en la parte baja, donde tantos anhelos como los míos se estrellan o -estancan, que no hay humana voluntad que los saque a flote y haga la -imponderable merced de dejarlas bogar en el tranquilo y azulado mar de -la ilusión satisfecha. - -Son estas dichas _Losas_ la más concurrida plaza del mundo, donde se -venden favores, se alimentan pretensiones y se manejan intrigas, las -cuales muy pocas veces van en favor de los necesitados que por su mala -ventura danzan en ellas, sino de los hartos que las amañan y dan vida. - -¡Qué sé yo el cúmulo de cosillas, cosas y cosazas que he visto pasar por -allí, subir como la espuma y despeñarse como el agua, en estos cinco -años! - -En lo que mi pretensión venía de camino pensé entretenerme escribiendo -cada día un pliego de las cosas que allí viera u oyera, y vean aquí -vuesas mercedes cómo al cabo heme encontrado con una croniquilla un -tanto extensa, la cual tiene por alma uno de los más famosos y -cortesanos sucedidos que hanse visto en estas vegadas. - -En tal manera acostumbraban a suceder allá cada día las nuevas, que si -todas hubiera de relatarlas tal y como las presencié o llegaron -hinchadas a mis oídos, habría menester de todo el estanque del Retiro -trastocado en tinta y toda la pradera de San Isidro hecha pliego de -papel. - -Lo mesmo en invierno que en verano, o al amparo del sol, o la frescura -de las anchas arcadas, vese aquel recinto, tan poblado de gente, que -tienen los señores consejeros y ministros que llevar pajes o porteros -delante a fin de que les abran paso, que si no, no fuérales posible -echar un pie tras otro. - -¡Tanto que pedir hay en España! - -¡Y son tan pocos los días en que el Rey puede dar! - -¡Ciertamente que cualquier extranjero, mirando cómo está la villa, toda -de hambrientos y hampones, pudiera creer que esta era la corte del Rey -carroña! - -Pero volviendo a lo mío, que son estos pleguezuelos, fundidos en letra -un mucho gallarda de la mejor forma española (que aun no se me ha pegado -esta procesal al uso, la cual entiendo que sólo se emplea para las -causas sustanciadas en el infierno), de entre todas las cosas quiero -aquí entresacar no más de una, que es aquella que trajo la muerte de don -Juan de Tassis Peralta, conde de Villamediana y correo mayor de estos -reinos y los de Nápoles. - -Sea así, pues, y con tu licencia, lector (quienquiera que seas), allá te -va lo que hasta mí llegó. - - - - -PARTE PRIMERA - - - - -CAPITULO PRIMERO - -EN QUE EL CRONISTA TRAE A CUENTO LAS NUEVAS DE LA CORTE Y RETORNO A ELLA -DE DON JUAN DE TASSIS - - -Este afán angustioso de las pretensiones, no tendrá fruto muy abundante, -y bien compréndese que así sea, pues que tantas ramas se chupan la -savia, que no es mucho que se queden sin florecer. - -El pedir y pretender está tan dejado de la mano de Dios, que en verdad -que va a ser necesario dejar el oficio. - -Por otra parte, y si vamos a mirar las cosas tal y como son ellas, no -como nuestra ansiedad y nuestra fantasía empéñanse en presentárnoslas, -¿qué va a hacer S. M. si todo anda como él no quisiera y ya es mucho -milagro que haya faltado para él, y no piensen que esta triste desdicha -anduvo muy lejos? - -No es toda holgona y abundante, como presumen las gentes, la vida de -palacio, que diz que en las paredes de las reales despensas no cuelgan -los perniles y los tocinos en tan grande y crecido número que haya -necesidad de apuntalarlas con gruesas vigas, ante el peligro de que -vénganse a tierra, sino que telarañas, polvo y hollín tienen por -colgaduras, y ya los abastecedores dicen que no dan una piltrafa más si -no se les satisface lo adeudado, que diz que sube a muchos miles de -reales. - -Aun carbón no envían los carboneros de Palencia y ha de guisarse con -leña, y ésta porque es cortada y traída de las posesiones del Real -Patrimonio, que si no, recelo que no pudieran comer SS. MM. más de queso -y fruta. - -Díjome ayer un pinche de cocina, con más cara de hambre que la cuaresma, -que dos meses y medio cúmplense agora de que no se den en palacio las -raciones que teníase por costumbre, y ansí anda toda la servidumbre, -esperando con ansia el Juicio Final, por ver de llegar la resurrección -de la carne; que no hay un cuarto en las arcas, y que el día de San -Francisco pusieron en la mesa de la Señora Infanta un capón que ella -tristemente enfurecida mandó levantar porque hedía a perros muertos. - -Siguió aqueste plato uno que era un pollo en salsa, sobre unas -rebanadillas como torrijas, pero no venía solo ni mal acompañado, que -traía sobre sí, como animal fenecido que era de muchos días, todas las -moscas palaciegas. La justa indignación de la infelice subió a la -cumbre, y levantándose fuése a llorar a su aposento, por no dar con todo -por una ventana. - -Su yantar de aquel día no fué más de un mendruguillo de pan remojado en -negro y espeso vino de Arganda. - -En palacio no se comerá, y estarán las personas de la real familia con -las tripas juntas y los tristes ojos como queriéndose esconder en el -cogote por vergüenza de ver tantas cosas; pero los arbitrios y los -impuestos crecen sobremanera, como el jabón en el agua. - -Ya hase enviado orden a todas las ciudades y cabezas de partido de -España, de que dentro de quince días se doblará el importe del papel -sellado. - -No hay otro medio para aliviar la miseria, que dar sobre ella, para que -muriendo presto, acabe del todo. - -Si los señores ministros y consejeros no se cortan las uñas, no ha de -tardarse mucho el día en que veamos a la Corte, en lugar de ir a la -Salve los sábados, acudir cada día a la sopa de los conventos. - -No siendo para cacerías u otras diversiones, en que sólo el Señor Rey se -emplea, no se ven los dineros, ni pintados; mas para estas cosas -dijérase que salen de algún antro subterráneo que custodian los enanos -guardadores de los tesoros ocultos de que se habla en los romances y en -las consejas. - -Entre las nuevas notables que hoy tienen en ebullición no solamente a -las palaciegas _Losas_, sino a todos los mentideros de la Corte, -cuéntase la llegada del conde de Villamediana, el cual, desde el año de -1611, hallábase en tierra de Italia, no holgándose, sino muy al servicio -de su patria, y dejando bien asentado en las horas de paz, con aquellos -ilustres próceres del Parnaso que acompañaran al opulento duque de -Osuna, la intelectualidad hispana. - -Y a fe que su excelencia viene a tiempo de presenciar, y aun digo yo que -a ser actor, en muy grandes cosas. - -Comiénzase ahora precisamente la intriga de zapa para derribar de su -alta poltrona nada menos que al duque de Lerma, y parece que ella va con -mucho ahinco y grande fuerza, que como al fin todos se lo propongan, no -han de tardar en conseguirlo, que en largo transcurso de la historia, -más sólidas torres habemos visto caer. - -Si ello viene como se espera, yo pienso que no es fatalidad del destino, -sino manifiesto castigo de la mano de Dios, que no puede ver tanta -codicia y desgobierno en instituciones que son una representación -terrena de su poder y su grandeza. - -Pues, ¿cómo va a presenciar, ni menos consentir con buenos ojos, la -justicia divina, que el pueblo perezca de hambre, y la familia y -allegados del favorito naden en oro y argentería? - -A cuarenta y cuatro millones de ducados es fama que ascienden los -derechos y sisas más que cobra su excelencia. - -Miren si no hay con ellos para mejorar un poco tanta miseria. - -Pero el pueblo parece bobo: gruñe cuando siente los aguijones del -hambre, y luego que le engañifan un poco, saca de no se sabe dónde y -regala a sus esquilmadores las minas del Perú. - -El oro que suelen traer los galeones de Indias cuando por milagro de -Dios logran escapar de los corsarios ingleses y holandeses y de los -piratas tunecinos, no se piense que vaya a parar a las arcas del Erario, -sino que hinchan como zaques las faltriqueras destas insaciables -sabandijas del Reino. - -Pues, anden con Dios, que no les queda a la zaga el bueno de Rodriguillo -Calderón; pónganle donde haya, que de tomarlo ya hará cuenta. - -Para alguacil, es la mejor simiente que se conoce. - -Hasta el codo puede el bueno de Villamediana meter el brazo en el pozo -de la sátira y a puros golpes dellas, no dejar cosa a vida, que Dios se -lo aumentará, y ya que no remedios ni satisfacciones, dará a la villa -que reir. - -Al fin, esto es cosa que él hace con notable desenfado, y aunque todo el -mundo sabe que ello ha de costarle pesadumbres que acaso le traigan que -perder tanto como la vida, no está de más que estos gatos -gubernamentales tengan su calderillo de agua hirviente que le escalde -los lomos de vez en cuando. - - * * * * * - -Ya comenzaba por el entonces a ponerse el sol en los hispanos dominios, -que aquella claridad deslumbradora y constante que en tiempos del -segundo Filipo alcanzara, había empezado a debilitarse merced a las -negras nubes del favoritismo y la codicia que ensombrecían la España. - -El duque de Lerma no atendía a otra cosa más de su enriquecimiento y el -bienestar de los suyos; que hombre amante del oro, la plata y aun el -cobre, procuró lo primero acomodar a los parientes que había -necesitados, para evitarse el tenerles que socorrer después y desta -manera guardarse de compartir con ellos las pingües rentas de su -ministerio. - -Así, mientras el abúlico, inútil y fanático monarca empleaba el tiempo -en la molicie o en el recreo de la caza, el astuto favorito -despilfarraba en su tren y aposentamiento harto más lujo que el nieto de -Carlos I. - -Poca aprensión y menos respeto de su nombre tenía, pues que su -encumbramiento y riqueza habían por pedestal la codicia y el logro. - -Para despistar un tanto la atención del pueblo, que comenzaba a darse -cuenta destas inmoralidades autorizadas, promulgáronse bandos y -pragmáticas contra el lujo, lo mismo en el vestir que en el servicio de -casa, y así cargáronse pesados tributos sobre la indumentaria, la -vajilla y el mobiliario. - -De esto veíanse, naturalmente, libres el Duque y sus satélites. - -La pobreza de la nación, con ser ya abundante, vióse más grave en -apariencia, pues aquellos que podían, ocultaban notablemente su -bienestar, por verse libres de rellenar los filtramientos que aquellos -cortesanos ladrones con hábitos honrados hacían en las desvencijadas -arcas del Tesoro. - - - - -CAPITULO II - -COMIÉNZANSE DE NUEVO LAS SÁTIRAS DEL CONDE CONTRA LOS MAS ENCUMBRADOS -PRÓCERES - - -A fe que viene el hombre más maldiciente e ingenioso que se fué. En los -pocos días que lleva, ha héchose cargo de toda la mala marcha de las -cosas del reino, y tales saetazos tira, que andan todos escocidos y con -muy pocas ganas de encontrársele con salud, que todos hacen votos porque -se muera presto y de carbunclo, que diz que es mala muerte. - -De mano en mano corren unas coplillas, que aunque pican que rabian, he -de dar algunas, porque se vea hasta dónde llegan el desenfado y la -desaprensión deste hombre. - -Apenas supo que el de Lerma, luego que acogióse a capelo, porque vió que -le falsean notablemente las alfombras del Alcázar y le está la cabeza -poco segura sobre los hombros, fuése a su casa de Valladolid, desazonóle -a letras. Frente de las cuales marcha aquesta con ínfulas de señora -capitana. - - _El mayor ladrón del mundo,_ - _por no morir ahorcado,_ - _se vistió de colorado._ - - * * - - «A aquel que todo robaba - con las armas del favor, - le han entendido la flor. - Y aquel que atemorizaba, - temblando está de temor; - que como se ve acusar - y el caso es tan sin segundo, - teme que le han de ahorcar; - y en aqueso ha de parar - _el mayor ladrón del mundo_. - - * * - - La lisonja que volaba - derribó al Rey al abismo, - y aquel que el mundo usurpaba, - idolatrando en sí mismo, - en aqueste extremo acaba; - y viéndose acongojado - con tan enormes delitos, - se ha recogido a sagrado, - pidiendo la Iglesia a gritos - _por no morir ahorcado_. - - Mas no es bueno defender - quien la Iglesia profanó, - pues se la vimos vender, - ni la Iglesia ha de valer - que durmió como cordero. - Ni ha de valerle sagrado - ni el roquete arzobispal, - que al fin morirá ahorcado - aunque como cardenal - _se vistió de colorado_. - - * * - -Pues ahí va estotra, que quema y trae con el Duque mucha gente al -retortero: - - «Ya ha despertado el León - que durmió como cordero, - se asustó todo ladrón. - El primero es Calderón[1], - que dicen ha de volar - con Josefat de Tobar[2] - Rabí, por las uñas, Caco - y otro no menos bellaco - compañero en el hurtar. - - * * - - También Perico de Tapia, - que de miedo huele mal, - con su mujer doña Rapia, - toda garduña prosapia - y el Señor doctor Bonal[3] - recela esposas y grillos; - de medrosos, amarillos - andan ladrones a pares; - que en tan modernos solares - se menean los ladrillos. - - * * - - _Salazarillo_[4] sucede - en oficio a Calderón, - porque no falte ladrón - que estas privanzas herede; - pues el villano no puede - negarnos que fué primero - como su padre, pechero, - y que por mudar de estado - un sambenito ha borrado - para hacerse caballero. - - * * - - El burgalés y el _bulero_[5], - si lo que ven han creído, - pueden de lo sucedido - inferir lo venidero. - - Ya no pasa doctor huero, - basta que en tiempo pasado - tuvieron tan buen estado - desde el principio hasta el fin, - que al que nunca vió latín - le daban un obispado.» - -[1] Don Rodrigo, Marqués de Siete Iglesias. - -[2] Don Jorge de Tobar. - -[3] Oidor del Real Consejo. - -[4] Secretario de Estado que antes lo había sido del Duque de Uceda. - -[5] El _burgalés_ don Fernando de Acevedo, presidente del Consejo de -Castilla y Arzobispo de Burgos. El _bulero_, el Patriarca de las Indias, -don Diego de Guzmán. - - - - -CAPITULO III - -TODOS CONTRA EL CONDE - - -Malas nubes previénense para las maledicencias del señor don Juan, que -como contra todos cierra su pluma, todos están contra él y por ser -hartos así en el número como en la causa que les aqueja, de temer es que -le puedan y den con él donde no encuentre manera de salir triunfador. - -A la postre esto acontece a los maldicientes por más gracia e ingenio -que tengan, y es que con su mesmo punzante aguijón terminan por darse la -muerte a sí propios. - -Y más en este hombre, que lleva tanta hiel en sus diatribas y sátiras, -que de a cien leguas adviértese que no las dicta el noble afán de -corregir, sino el odio enconado y la terrible enemistad. - -Quisiera yo (que no sé por qué téngole buena ley a este Condesillo) que -hubiera un alma hermana que hiciérale conocer la mala senda porque -camina y guiárale por otra menos espinosa y estrecha, mas no hállase -medio para que se corrija S. E., que ya a lo que parece tiénelo por -condición, y en estas cosas tan hondas no hay mano que pueda gobernar. - -Y lo más notable es que, como suele decirse, todos notan la paja en el -ojo ajeno, pero no advierten la viga en el propio, que de aquesta gentil -manera acontece ser el mundo; quiero decir, que cada cual apréndese y -refuta los aguijonazos contra el prójimo y cállase los suyos. - -Aunque bien es decir que, como propálanse en guisa de inviolables -secretos, tardan algunos días en caer en oídos del satirizado. - -Pocas veces responden con el ingenio y el desparpajo que el usía emplea, -sino con dichos que tienen más pesadumbre que pimienta, y con amenazas y -promesas pendencieras. - -No falta quien cree que la mejor respuesta y más clara satisfacción está -en los filos de un acero, y éste no manejado cara a cara y por una mano -noble, como es uso entre caballeros, sino por un rufián ajustado, el -cual reciba su soldada luego de consumado su quehacer. - -Y ya parece que habrá pocas noches, volviendo S. E. de casa de don Diego -de Salazar, hízose la primera intentona, sólo que el señor don Juan, -aparte de maldiciente, bravo y audaz, parece que es precavido, y como -llevaba el arma desenvainada bajo la capa, en dos molinetes tuvo a raya -a los que le querían agujerear el cuero, con tanta saña y seguramente -que por poco dinero, pues vale el Conde mucho. - -Diz también que todos estos enconos no solamente los traen las nubes de -las sátiras sañudas y de las despiadadas gorjas, sino que no es quien -menos hace, un amor postergado, que fué en tiempos voraz y terrible -llama que parecía no dar lugar a consumación en todos los siglos de los -siglos. - -No sé yo, a decir verdad, qué pueda haber de verosímil o no en esto, que -sé poco de las intrigas palaciegas, como no tengan eco en las _Losas_, -lugar que desdichadamente y sin esperanza de remedio alguno, es mi -puesto. - -Dicen que hay cierta empingorotada dama, cuyo nombre callo (porque -pudiera valerme cara la indiscreción), que despechada por las mudanzas -del señor don Juan, no es quien menos procura su perdición. - -Ello parece que viene de antaño, no es cosa que el de la venda amañó -ahora, que ya antes de partirse el de Tassis para Italia lo tenía bien -hecho, y diz que la honra de la tal quedóse apuntada en el galante -libro de las aventuras de S. E. - -¡Miren lo que son mujeres y lo que urden y lo que traen! - -Quéjase ésta de que quien fué suyo antes, ahora no lo sea, y en cambio -ella no concede importancia al haber dado tregua a su martelo, por -embocar en el matrimonio con un maridillo de buena boca, que como ya -ella había cédula de mal casada, en cualquier tiempo pensaba hacer lo -que tan mal sabía, y don Juan, por repudia no consintió. - -Vean en qué desalmado soneto, pasando el otro día junto a la casa donde -habitara la pécora, echóla en cara el oficio: - - «Aquí vivió la _Chencha_, aquella joya por las hechuras _Caca_; - este aposento fué túmulo del sexto mandamiento y galera en que Amor - fué buena boya. - - »¡Vive Dios que esta sala que le apoya centellas de lujuria arroja - al viento! Esta trampa inventó su atrevimiento para jugar al hombre - con tramoya. - - »Desde aquella ventana, la insolencia»de sus cabellos afrentó al - Oriente,»y en ésta fué su vista una estocada. - - »Mas, ¡oh crüel, a entrambos penitencia! hoy la casa es albergue a - un pretendiente y la célebre _Chencha_ está casada.» - -Y claro es que, con tal saetazo, a más de por la ira del condal despego, -está la tal que arde como yesca. - -Y ésta de los celos sí que téngolo yo por la peor causa, que no hay en -el mundo hierba venenosa que pueda hacer tantos estragos como ella. De -mí sé decir, que si en la pelleja del Conde me encontrara, anduviera con -cien ojos, como dicen de Argos, y por lo que tronar pudiera, haría -examen de conciencia y acto de contrición. - -Pero, ¿qué se le da a él destas cosas, si es hombre tan entero y echado -adelante, por donde viene el peligro, que cuando no tiene persona -determinada contra quien cerrar, arremete con un pueblo entero? - -¿Puede darse más elocuente ni temerario ejemplo de lo que digo, que -aqueste endemoniado soneto contra la ciudad de Córdoba, el cual es -chismorrería nueva que hoy salió a la plaza, y esto a pesar de la -prohibición que diz que tuvo de ir allá? - - »Gran plaza, angostas calles, muchos callos, obispo rico, pobres - mercaderes, buenos caballos para ser mujeres, buenas mujeres para - ser caballos. - - »Casas sin talla, hombres como tallos, aposentos colgados de - alfileres, Baco descolorido, flaca Ceres, muchos Judas y Pedros, - pocos gallos. - - »Agujas y alfileres infinitos; una puente que no hay quien la - repare, un vulgo necio y un Góngora discreto. - - »Un San Pablo entre muchos _Sambenitos_ esto en Córdoba hallé, - quien más hallare póngaselo a la cola a este soneto.» - -Mucho será que no se salgan con las suyas y vaya S. E. cuando menos lo -piense a hacerle sátiras y coloquios al mismo Satanás. - -Pedro Verger, el alguacil de corte, pónese de todos los colores del arco -iris en cuanto oye hablar de su difamador, y si en su enjundia estuviese -como está en su ánima, no viviera el Conde de aquí a una hora. - -Mas oye decir que dicen que Tassis tiene razón en aquellas cosas que le -señalan de su mujer, y calla por no traer más gente con la protesta. - -Los hijos de Jorge de Tobar también andan rondando su venganza, y a fe -que harto me temo que puedan ser aquestos quienes lleguen a conseguirlo, -que a la verdad que el maldiciente ha puesto a la familia que parece -moquero de acatarrado. - -Yo, en lo que a mí respecta, y aunque muy aficionado soy del Conde, si -diere con algún procaz y deslenguado que acumulara contra la honra de -mi padre tantas impertinencias cuando no calumnias, cerrara contra él -como pudiera, magüer que fuese a puñaladas si el caso apretado no diese -lugar a las razones. - -A fe que para S. E. todo el mundo es contrahecho de los ojos, pues que -nadie le mira bien. - - - - -CAPITULO IV - -CUENTOS Y CHISMES DE LA CORTE - - -No hay manera de que medren mis pretensiones y aun menos malo que Dios -es servido de asistirme consintiendo que me cupiera en suerte un lote de -ropas de unos bonos que esotrodía repartió en las _Losas_ la marquesa -del Valle, cuando salió para su destierro condenada por no sé qué -acerbas injusticias metidas por malas artes en los ánimos de las reales -personas. - -Las ropas eran todas prendas para seglar, y así es que, no valiéndome -por mi condición de clérigo, las vendí, y como ellas eran harto -razonables, no me las pagaron mal del todo. - -El Rey, por agradar a su augusta esposa, no cesa de darle diversiones, y -ayer tarde hubo una muy notable comedia en el Retiro, que fué un auto -sacramental, que dicen _No es humano quien no cree, o el más fiero -centurión y justicia del cielo_, cuya obra débese a uno de los más -ilustres ingenios de la Corte. - -El concurso del público fué tan asaz y numeroso, que al salir del Corral -del Príncipe, donde hubo de representarse con notable aplauso, fué -asfixiado un pobre celador entre las apreturas. - -Dicen que esta noche, a mitad della, ha muerto con toda solemnidad una -menina de la Señora Reina, que llamaban doña María de Velasco, y que -siendo ayuda de cámara, ha muerto de no hacer las suyas, quiero decir -que de cólico, aunque más bien puede decirse que por glotona. - -Tan ancho era su estómago, y por ende tan bestial la manera que usaba -para llenarle, que comíase al día cuatro pollos de leche, aderezados de -diferentes maneras, quedándole aún muy buen lugar para acomodar más -lastre. - -Cenó anoche uno (en un nuevo guiso que ahora ha poco han traído de -Italia), sin contar los adherentes acostumbrados de conservas y -substancias, y no dejó otras sobras que los huesos, los cuales por -demasiado duros no podía hincarles el diente y pasallos a la antecámara -del estercolero. - -A media noche comenzó a sentir el empacho, mas presto fué tan de veras -la cosa, que no tenía otro alivio que la Extremaunción, y aun ésta, por -muy presto que se quiso traer, no llegó a tiempo y se fué sin ella, con -que vino a morir lo mesmo que vivió, como un animal. - -Diz que tenía hecho testamento mandando no la enterrasen hasta pasados -tres días, luego de su muerte. - -Y aquesto parece que era por temor a unos desmayos grandes y dilatados -que solíanle atormentar. - -Diz también que deja asentado que la embalsamen y lleven su corazón al -túmulo donde reposa su marido. - -¡Válame Dios, y cómo es cierto que es la señora Muerte la mejor rasera y -arregladora de desconciertos! - -Aquestos dos, que en el mundo andaban a la greña y tirándose a matar, -ahora, cuando no son nada, andan remedando a los amantes de Teruel. - -¡Dios los perdone y el Demonio no los tome a cuenta! - -De regreso a mi posada, iba yo taciturno y meditativo por la calle -Mayor, cuando trajéronme a la realidad dos hienas, encarnadas en cuerpos -de hombres, que de una tabernilla salíanse acuchillándose. - -¡Tan ciegos venían, que de no andar yo listo, cayeran sobre mí, y aun -me regalaran con algún tajo! - -Otros cuantos de su ralea íbanles a la zaga, y los muy descomulgados, en -lugar de tenerles y recomendarles paz, azuzábanles como a perros, -apostando por cada uno. - -A la postre todo finó con que el uno, más diestro y más fiera que el -otro, envióle dos palmos de hierro sin receta, con lo que le despachó -del mundo sin que dijera ¡Dios, valedme! - -Dió a correr, mas por pura casualidad, halláronse tres o cuatro -corchetes (y fué la casualidad dicha que salían de otra taberna) y -cerrando contra el matador le redujeron y le amarraron. - -Llevábanle por la Puerta del Sol a la Cárcel de Corte, cuando al llegar -esquina de la calle de las Carretas, el duque de Ciudad Real y el conde -de Luna, que pasaban, reconocieron en el preso al cochero que les -servía, y poniendo mano a las negras, quitáronle de las garras -alguacilescas. - -Ahora andan a ver de arreglar la osadía, que aun siendo quienes son, no -pienso que salgan muy bien animados a hacer otra de la mesma marca. - -Diz que para el jueves prepárase comedia en el Príncipe para mujeres -solas, y tiene mandado el Rey que vayan todas sin guardainfante, porque -quepan más. - -Dícese que él acudirá con la Reina desde las celosías, y que tienen -repletas más de dos docenas de ratoneras para desocuparlas en lo mejor -de la fiesta por patio y cazuela. - -¡Válgame Dios a S. M. por divertido, que tiene humor y tiempo para estas -niñerías y no le ha para solucionar mi pleito, que, según ayer me dijo -el secretario del Consejo, no más que de su real firma habrá tres -mortales años que está dependiendo! - -También la querella contra el de Villamediana parece que no va como él -quisiera, y se está preparando en secreto la mejor forma de desterrarle -nuevamente. - - - - -CAPITULO V - -EN DONDE LUEGO DE OTRAS COSILLAS, CUÉNTASE EL DESTIERRO DE VILLAMEDIANA - - -Este día 15 de Noviembre de 1618, he de señalarle en el memorial de mi -vida, porque he tenido una muy grande satisfacción, y aunque cierto es -que ella no cae en el logro de mis instancias, es cosa tan al alma, que -téngola casi en tanto como tornarme a mi tierra con mi beneficio. - -Por el amplio y soleado patio de las _Losas_ procuraba yo matar esta -mañana la crudeza de la estación, haciendo camarada con otro pedigüeño -cleriguillo de Murcia, y hablábamos de las nuevas corrientes, y -lamentábamos el mal logro de nuestros empleos, cuando vimos que hacia -nosotros llegaban otros dos sacerdotes. - -El uno alto, erguido, ya de alguna edad y de muy gallarda presencia. - -En la siniestra parte del amplio y rico manteo, que burlábase -despiadadamente de la pobreza de los nuestros, campeaban las gallardas -aspas de la cruz de San Juan de Jerusalén. - -El otro, algo más bajo de estatura, iba más descuidado, así en la -indumentaria como en el aseo y pulidez de la persona. Los ojos eran -grandes, negros y un tanto extraviados, defendidos por descomunales -espejuelos; impetuoso tenía el hablar, nerviosos los ademanes. - -Así de como los vi, paramos en nuestro paseo y cuando ante nosotros -cruzaban, luego de habernos saludado respetuosamente como a colegas, -fuíme para el más viejo, y parándome delante, habléle en este modo: - ---Vuesa reverencia, padre mío, me perdone si por acaso le ofendo, pero -tan aficionado suyo soy, que no querría salir de la Corte, y pienso que -va para muy largo, sin la bendición del ingenio más grande que tiene -España. - ---Hermano--respondióme el tal con faz risueña y noble,--yo no soy más de -un sacerdote como vuesa merced, y si mi bendición no más se le antoja, -téngala luego, pero a cambio de la suya. - ---Venga como quisiéredes--repliquéle,--que la bendición de Lope de Vega -bien vale cuanto se pida. - -Arrodilléme con toda humildad, hizo la señal de la cruz sobre mi nevada -cabeza, y apenas húbeme signado púsose él en guisa de penitente y dile -la mía. - -A fe que no me tuviera en tanto ni me emocionara como me emocioné, si el -mismo Felipe III hubiérase arrodillado ante mí en el Santo Tribunal de -la Penitencia. - -Beséle la mano, ofrecióme su casa, que dijo que era en la calle de -Francos, dijo al otro sacerdote: «Guiad, amigo Solís, a la secretaría de -don Antonio»; y echando escaleras arriba, desaparecieron por un -corredor... - -Adviertan si no es poco para un español parlotear mano a mano con el -ilustre autor de la Dorotea. - -El cleriguillo huertano, que sacándole de su misa y de su olla no tenía -entendederas para más, preguntábame después si aquel _compadre_ era -alguna dignidad de la Iglesia, y díjele el nombre ilustre, viva reliquia -del Parnaso Español, y quedóse tan llano como si le dijese Juan de las -Viñas, pero al hacerle ver que era el mayor poeta y más insigne -componedor de comedias que había en el mundo, comenzó a decir: - ---¡Ta, ta!, quítese de ahí, hombre de Dios, y no mezcle esa gentecilla -con las cosas santas, que cuando esa manía bellaca encarna en uno de -nosotros, no entiendo sino que los demonios metiéronsele en el cuerpo y -echáronle a perder. En la Iglesia había de haber más severidad y no -consentirse estas carcomas, que Dios no quiere coplas, sino oraciones, -que hartas miserias hay por que rogarle, y no andarse los señores curas -como ciegos, inventando farsas y comedias. Hiciéranme nada más que por -un día primado de Toledo, y yo le juro por los dolores de la Santísima -Virgen que arreglara esto. - -No dióle tiempo a rodar más por la cuesta de las necedades, porque a -este tiempo tornaban los señores curas, con el caballero que iban a -buscar, que hallé no ser otro que el poeta don Antonio Hurtado de -Mendoza, muy afecto al Príncipe de Asturias. - -Todos al paso del Fénix se descubrían, menos el clerizonte murciano, que -se encasquetó la teja hasta las orejas, por mejor demostrar su encono -contra los poetas tonsurados... - - * * * * * - -Anoche, a poco más de las once, hallábase el de Villamediana en su casa -de la calle Mayor, que no hacía mucho que llegara, cuando fuéle -anunciada por su ayuda de cámara una visita urgentísima que no admitía -demora de ningún género. - -Vista la premura y recelando alguna pesadumbre, mandó que pasase luego -quien quisiera que fuese. - -Quedó en pie para recibir visita de tanto cumplido. - -Hízose esperar un breve espacio, que aunque corto, ya comenzaba a causar -impaciencia y enfado en el nervioso temperamento del señor don Juan, y -apareció en la estancia no menos que el Alcalde de Casa y Corte don Luis -de Paredes, y según cuentan algunos pajes de la casa, diz que tuvo lugar -el siguiente coloquio: - -DON LUIS - -Señor don Juan, Dios os guarde. - -DON JUAN - -Señor don Luis, El venga con vos. Entrad, hacedme la merced de tomar -asiento, y decidme en qué puedo serviros. - -DON LUIS - -Harto me pesa, señor y amigo, y bien saben el Santo del día y el ángel -de mi guarda, que diera años de mi vida por excusar este momento. - -DON JUAN - -¿Tan apretado es? - -DON LUIS - -Desagradable nada más, a lo menos por ahora y para mí. - -DON JUAN - -Venís, pues, a prenderme. - -DON LUIS - -En nombre de S. M. - -DON JUAN - -Pues aquí me tenéis; haced de mí como tengáis orden. Pero antes quisiera -saber la causa que pudo motivar esta resolución. - -DON LUIS - -Creo que la crudeza de vuestras sátiras; pero, vamos, abajo espera mi -coche, y quizás en el camino pueda hablaros con más claridad que aquí. - -DON JUAN - -Pero... - -DON LUIS - -Cumplo órdenes superiores. - -DON JUAN - -Permitidme al menos.... - -DON LUIS - -¿Qué...? - -DON JUAN - -Que me despida de mi mujer y mande que me preparen alguna ropa. - -DON LUIS - -Con todas las veras de mi alma y como soy cristiano que lo siento, mas -no puedo daros licencia para otra cosa que para echaros una capa; en lo -demás, no paséis cuidado, que veréis a vuestra esposa y se os llevará la -impedimenta que os haga falta y tengáis por costumbre. - -DON JUAN - -¿Esto es lo que os mandan hacer conmigo? - -DON LUIS - -En nombre del Rey. - -DON JUAN - -Pues hágase la Real voluntad. - - * * * * * - -Tomó don Juan la capa que poco antes al llegar de la calle arrojara -sobre el respaldo de un sillón, calóse el chapeo, calzóse los ambarinos -guantes, y - ---Cuando gustéis--dijo a su aprehensor, disponiéndose a salir; mas éste, -sin moverse del sitio en que hallábase, como si hubiéranle clavado al -suelo, preguntóle: - ---Mas, ¿no lleváis espada? - ---¡Pesia mí!--replicó el Conde.--¿Os burláis? - ---Dios me libre. - ---¿No me lleváis preso? - ---Sí, mas en lo que llegamos donde habemos de ir, y puesto que como -amigos vamos, si queréis, podéis llevarla. - -Sin replicar más el de Tassis tomó el primoroso estoque que de continuo -llevaba, y le prendió en el tahalí. - -Un viejo criado fué descorriendo tapices y abriendo puertas por donde -cruzaban rápidos y silenciosos el justicia y el preso. - ---¿Os aguardo, señor?--preguntó humildemente el fámulo. - ---No--respondió grave don Luis de Paredes. - ---Mas si la señora Condesa pregunta que dónde fuísteis, ¿qué le podré -responder? - ---Que salió por orden de S. M. - ---Preguntará que a dónde hubo de ir a tales horas--replicó impertinente -el criado, más curioso que interesado, y volviéndose brusco S. E., que -si no se aparta el preguntón hubiera tenido que sentir, respondióle: - ---¡Al infierno, imbécil! - -Llegaron a la calle y en la puerta esperaba un coche de camino, tirado -por dos troncos de mulas. - -Escoltábale un piquete de guardias de la lancilla... - -Subieron entrambos, primero Tassis, y el alcalde dió orden de partida. - -En la quietud de la noche, los herrajes de la pesada máquina sonaban -sobre los guijos enlodazados de la calle como un tren de artillería. - - * * * * * - -Y diz quien presume de haberlo oído, y fué el cochero (que por esto no -es bien que estén los pescantes donde están, que no se pierde palabra y -así no puede haber cosa secreta entre los señores), que así como se -alejaron obra de tres o cuatro leguas, dijo el señor don Luis: - ---Aquí acaba mi misión con vuecelencia. Como ve, no va preso, sino -desterrado en veinte leguas enredor de Madrid, Salamanca, Córdoba y -otras ciudades en donde hubiese audiencia del Rey. Ello va apercibido -con pena de la vida. Vuecelencia verá si entra en sus cálculos obedecer -o no. Dos parejas de lanzas déjole por escolta hasta Sigüenza; yo con -las otras me torno hacia la Corte. Y ahora, que Dios le dé suerte, -salud y paciencia para sufrir estas cosas. - -Muy afectuoso despidióle don Juan, y montando don Luis en uno de los -caballos que traían los soldados a la mano, partieron el camino... - - - - -PARTE SEGUNDA - - - - -CAPITULO PRIMERO - -EN QUE SE DA NOTICIA DE LA MUERTE DEL REY - - -Agora sí que veo tan perdida mi causa como lo fué aquella armada -invencible que mandaba el segundo Filipo a pelear contra Inglaterra. - -En la madrugada de hoy, 31 de Marzo de 1621, ha tenido el triste fin que -se esperaba la vida de S. M. - -Con esto cambiaron próceres y magnates sus ascendencias y destinos, y mi -pretensión quedará sin efecto, aunque bien pudiera el Señor disponer un -milagro haciendo que en este revuelo viniera algún alma justiciera que -no me dejara de la mano. - -De poco han servido procesiones y rogativas por la salud del monarca, -ni traer y llevar hasta Casarrubios el preciado cuerpo del glorioso San -Isidro, que bien se ve que a Dios no convenía que se obrara prodigio -alguno, que viendo en qué descuidadas manos estaba España, sin duda que -pensó: «Mejor se está sin Rey.» - -Y qué bien recelaba su augusto padre cuando, ya al borde del sepulcro y -hecho una inmunda pestilencia, dijo viéndole tan mozo y tan débil: - ---«Y como temo que me le han de gobernar...» que así ha sido. - -Todo el tiempo que asentó en el trono no fué más que escarnio, juego y -mofa de sus favoritos los duques de Lerma y de Uceda, y del ambicioso e -intrigante P. Aliaga. - -Por cierto que ahora cuéntanse cosas infamemente peregrinas del -penúltimo, a quien pienso que Dios ha de acabar de mala muerte, por hijo -desnaturalizado. - -Su padre el Cardenal parece que había pensado en él para descansar de -las trapacerías de su ministerio, y llevóle a palacio; pero el -aprovechado vástago entróse de tal manera y tan presto en el ánima del -monarca, que no tardó en desbancar al padre y hacelle la contra, y se -dice que más de dos veces y en la misma regia cámara hubieron de -sostener violentísimas escenas el padre y el hijo, en las que faltó -poco para que dieran el monstruoso espectáculo de venir a las manos. - -Al fin venció el de Uceda por entero en la voluntad del Rey, y salió -desterrado para sus posesiones de Lerma el favorito en desgracia. - -Diz que ayer noche, en un momento de lucidez, quiso el moribundo -soberano reconciliarse con sus enemigos, para tener en ellos un montón -más de rogativas por la bienaventuranza de su alma luego de que dejase -este mundo pecador, y mandó que le llevasen una lista de todos cuantos -padecían pena de destierro. - -Hízose como mandaba, y el mismo Uceda escribió los nombres de todos, -entre los que, por indicación del P. Aliaga, puso el de su progenitor. - -Presentóles al Rey. - -Este pidió una pluma, y conforme iba pasando los ojos por ellos, tachaba -el renglón, dando así a entender que perdonaba al que fuese. - -Pero he aquí que no había llegado a la mitad, cuando acometióle un -desmayo y cayó de sus manos pluma y papel sin haber dado por finalizada -la piadosa obra. Así es que los que estaban sin tachadura interpretóse -falsamente que no habían merecido la gracia del monarca; el último -nombre de todos era el del duque de Lerma. - -Nunca creyera que pudiese haber en el mundo tan monstruosa enemiga con -un padre, que aunque éste hiciere todo género de bellaquerías contra un -hijo (caso que en esta ocasión dábase muy al contrario) jamás había de -germinar la semilla del rencor en el pecho del ofendido, porque fuera (y -así es en esta ocasión), como maldecir de su sangre y por ende no -tenerse como bien nacido. - -Diz que mañana trasladarán el cuerpo del Rey al panteón de El Escorial, -y ya hoy han comenzado los preparativos, que no hay pie ni mano que -sosiegue dentro del Alcázar. - -Valiéndome de la amistad que hice con un secretario de sala, subí este -mediodía a ver el cadáver y rogar a Dios porque le dé eterno descanso, -aunque si tanto da en descansar allá en el cielo como acá en la tierra, -no pienso que haya justo más reposado en toda la corte celestial. - -Tiénenle puesto en la capilla, sobre un rico túmulo, al que bien pudiera -aplicarse el magnífico soneto de Miguel de Cervantes. - -Por la altura en que está no alcanza a verse el cuerpo; unicamente asoma -un poco el perfil y las manos cruzadas sobre el pecho, en las que -sustenta un primoroso crucifijo de antiguo marfil. - -Todo el templo está cuajado de paños negros, y solamente alumbrado por -los blandones que rodean el túmulo, los cuales están embutidos en -maravillosos candelabros de plata labrada, de doce brazos cada uno. - -Velan continuamente los monteros de Espinosa. - - * * * * * - -Fué hoy el entierro de S. M. No hay para qué me canse en asentar aquí -cómo y en qué manera hubo de llevarse a cabo tan triste acto, pues que -notables ingenios y celosos cronistas tiene la corte que dejen escrito -tan importante capítulo para la historia deste reinado. - -Diz que el nuevo soberano es más activo y emprendedor que su padre. - -Espéranse dél grandes iniciativas que redunden en beneficio y -prosperidad para la nación. - -Dios lo haga y no le deje ni nos deje de su divina tutela e inspiración, -que bien lo habemos de menester si no es que queremos todos los -españoles que nos lleve la trampa. - -Diez y seis años cuenta el joven príncipe, y desde ha seis está unido en -matrimonio con la princesa doña Isabel de Borbón, hija del Cuarto -Enrique de Francia y de su segunda esposa María de Médicis. - -Cierto que la nueva reina es la más peregrina hermosura de la Corte -española. - -¡Dios la bendiga!, que bien vale nación tan hidalga, soberana tan -magnífica. - -Dícese que con el cambio de Rey alzaráse mucho la mano con la gente -patricia que cayó en desgracia durante el otro reinado, y también se -asegura que muchas de aquellas altas torres que amenazaban con tocar el -cielo, ya comienzan a resquebrajarse y hay muy serio peligro de que se -desplomen. - -Parece que la gran fuerza que les está minando llámase don Melchor -Gaspar y Baltasar Núñez de Gusmán, y es Conde Duque de Olivares. - - - - -CAPITULO II - -COMIENZOS DEL NUEVO REINADO Y PRELIMINARES DEL FIN DE VILLAMEDIANA - - -¡Válame Dios! y cómo viene de perilla a mis tristuras aquel refrancillo -de donde no hay harina todo es mohina. - -Más de dos meses ha tenídome tullido en cama un desalmado reúma, del que -aún no me encuentro libre, sino que ando como Dios quiere, y no quiere -bien. Aun menos malo que el posadero fué hombre caritativo y mirando la -desgracia que tan sañudamente ciérnese sobre mí, no consintió que me -sacaran de su casa para llevarme a un santo hospital, como yo pedía. - ---Aquí se estará, padre--me dijo,--y no se desespere y tenga paciencia, -que con la ayuda de Dios y un poco de buena voluntad de parte nuestra, -todo se arreglará. Yo sé que su paternidad es hombre de conciencia, y no -he de abandonarle, que yo también he pasado muy negras jornadas en la -vida, y me ha sabido muy bien hallar un alma buena que me diese la mano. - -Como soy cristiano, que aunque viviese eternamente no he de olvidar esta -acción. - -En lo posible, paguéle enseñándole las letras a un muchachico muy -despabilado que tenía, y tal interés puso el diablejo del rapaz, que ya -lee mejor que un escribano. - -Parece que en este poco de tiempo han acontecido más cosas que otras -veces en el transcurso de un siglo. - -Como consigné en el papel anterior, abriéronse las puertas del destierro -para algunos perseguidos, pero no cerráronse de nuevo, sino que -continuaron de par en par hasta que de acá salieron otros a ocupar los -puestos que aquéllos dejaban. - -Diz que son, entre otros menos notables de los que han venido por la -amnistía de la coronación, el almirante de Aragón, el marqués de Velada, -don Pedro de Toledo y el famoso don Juan de Tassis. - -Parece que el duque Cardenal, ansí como supo que estaba la puerta franca -corría hacia aquí con el ansia de entrarse de rondón, y si pudiese a -tornar a coger la sartén por el mango; pero a lo que se ve no está el de -Olivares para Cardenales desta especie, que pudieran gangrenársele, y -apenas se enteró del viaje, ganó la voluntad del Rey y envióle a Su -Ilustrísima, que ya estaba a más de mitad de camino, al oidor del -Consejo Real don Alonso de Cabrera, con órdenes de que se retirase a -Valladolid hasta que S. M. fuese servido de mandarle otra cosa. - -Con lo que el olvidado favorito parece que ya perdió toda esperanza de -volver a ser quien fué, como procuraba. - -Todos los demás han entrado con los mismos honores que disfrutaban -cuando se partieron. - -Villamediana, que diz que ha parecido muy bien a madama Isabela, ha sido -nombrado su gentilhombre y repuesto en su antiguo cargo de Correo mayor. - -Su ingenio ático, parece que es muy bien recibido de las augustas -personas, y entre el monarca y él han cruzádose muy donosas -composiciones, que es fama que también al nuevo Rey entiéndesele muy -lozanamente de achaque de rimas. Y antes le parece mejor una academia de -poetas que un Consejo de Estado. - -Ahora que el tal usía vese en alto y tan por los suelos a los que tres -años atrás estaban por las nubes, dijérase que maneja la enconada sátira -con más crueldad y acierto de la que había por costumbre. Como no ve ya -en lontananza el destierro, no hay freno que valga a contenerle. - -Cada infelice que sale de los límites de la Corte por la desgracia del -Rey, lleva como cédula o pasaporte la consiguiente diatriba del señor -don Juan. - -Es de leer la que dicen que asestó al derrumbado duque de Uceda cuando -salía para el lugar de su patrimonio con orden de no salir de él: - - «El Anti-Pablo, a mi ver, - fundó, si bien no sé cómo, - en humo lo mayordomo - y el viento lo sumiller. - Hoy polvo, Nabuco ayer; - ¡ved lo que en el mundo pasa! - pero a ninguno traspasa - ver en tan mísero paso, - al que de nadie hizo caso - y de todos _hizo casa_.» - -En esto paréceme que hace harto mal S. E., por delincuentes que fueren -los zaheridos; al fin y al cabo bastante pena tienen con haber caído en -desgracia, y arrastrar su humillación ante las mismas gentes que antes -fueron testigos o víctimas de su despotismo. - -Diz que han sido famosas las fiestas de la proclamación del nuevo -soberano, y que en su panegírico y encumbramiento ha empleado don Juan -tan diestramente la péñola, cual sabe hacer uso della en los vejámenes. - -¿Por qué no le tocará Dios en el corazón y se arrepentirá de tan -terribles burlas? Demás que entiendo yo (aunque bien se me alcanza que -es cosa de todo punto imposible, por ser muy humana) que nadie había de -señalar las faltas y defectos de los otros, sin reconocer y corregir -antes los suyos. - -A la postre, a los 21 de Octubre, inauguróse el capítulo de justicia de -este reinado con la muerte en patíbulo de don Rodrigo Calderón. -(Lamentable suceso, que tampoco presencié y dello me huelgo.) - -Diz que ha muerto muy distinto de como vivió, y en todo arrepentido de -su pasado. - -No sé por qué me parece que este proceso, más que la primera justicia -del cuarto Austria, ha sido la primera infamia, pues que a este hombre, -para hacelle caer dentro de las leyes, hásele achacado la muerte de -aquel alguacil Francisco Xuara, que a buen seguro que no cometió, pues -si sólo ahorrárasele el vivir, por abusos de mal gobierno y filtraciones -de los fondos del Estado, díganme si no había de estar la mayor parte de -los ministros del mundo, los que no ahorcados, puestos en prisión -perpetua. - -No, sino pongan los ratones donde haya tocino, y esperen a ver si se -dedican a la vida contemplativa. - -¡Cómo acordaríase el infelice marqués de Siete Iglesias, yendo para el -cadalso, de que ya le profetizó Villamediana tan mal fin aquella tarde -que tuvo en la Plaza Mayor unas pesadumbres con el teniente de la -Guardia española, don Fernando Verdugo! - - ¿Pendencia con verdugo, y en la plaza? - Mala señal, por cierto, te amenaza. - - - - -CAPITULO III - -DONDE SE DA CUENTA DEL SECRETO DIÁLOGO QUE CIERTA MAÑANA TUVIERON DOS -ALTOS PALACIEGOS, Y EN EL QUE SE VE QUE VILLAMEDIANA CAMINA RÁPIDAMENTE -HACIA SU LAMENTABLE FIN - - -No habrá dos días que hube necesidad de avistarme con un secretario del -nuevo privado, del que por medio de una carta que me facilitaron del -marqués del Carpio, pude conseguir tanta merced, con lo que parece que -mi pretensión, ya a punto de acabar en el otro reinado, daba en aqueste -un regular avance. - -Para ello hube de aguardarle en una sala de la Secretaría de cámara, y a -fe que no hube ocasión para aburrirme, pues, sin procurarlo ni apartarme -del asiento que tomé al entrar, vine a tener conocimiento de muy -transcendentales sucesos. - -La sala es sombría y espaciosa; da a un patio, y como toda ella está -profusamente colgada de aquellos ricos tapices que el señor duque de -Alba trajo de Flandes, no puede entrar allí la luz con todo esplendor. - -No dijérase sino que las tinieblas que llevamos a aquellas alegres -campiñas no habían querido tener reflejo en sus lagos y habíanse vuelto -a España escondidas entre el cordoncillo y nudos de los dichos tapices. - -De hacia un ángulo del aposento oíase este coloquio, sostenido por dos -hombres: - ---Ello es cosa que por la parte del Conde no deja lugar a duda de ningún -género. Y créame vuesamerced, que aunque en lo que atañe a la Reina no -haya peligro alguno, si no aprovechamos esta ocasión para acabar con -Tassis, jamás lo podremos conseguir. Ahora está muy metido en Palacio... - ---Naturalmente, para el logro de sus bastardas pretensiones. - ---Y bien quisto del Rey... - --Será por aquello que dicen que el marido es el postrero en enterarse. - ---Y del mesmo Olivares, a quien otras veces asaetó con tanta saña como -en el otro reinado hízolo con el duque Cardenal, con Uceda y Osuna. - ---Pues, conforme en que hay que alimentar mucho esta especie. - --Llegado a oídos del Rey, aunque sólo sea por cortar la murmuración, no -tardará en borrar del mundo de los vivos a don Juan de Tassis, conde de -Villamediana, y Correo mayor destos reinos y los de Nápoles. - ---Y Dios haga que ello sea pronto, que a fe que con él no hay vida -tranquila. - ---Ni honra segura. - ---Quien esto cuenta, muy donosamente salpimentado a todos los que -quieren escuchárselo... - ---Ya sé, es doña Francisca de Tabora. - ---Dama de la Reina. - ---Justamente. - ---Pero no sé yo hasta qué punto, y en lo que a S. M. atañe, puedan -tomarse esas afirmaciones. - ---¿Por qué? - ---¿Vuesamerced no sabe, por acaso, que antes de partir el Conde para su -último destierro era la Tabora su amante? - ---¿Esas tenemos? - ---Y cuando ahora llegó a la corte nuestro hombre, sin duda que parecióle -que los años transcurridos habían rescado encantos a la espléndida doña -Francisca, y desembarazóse un tanto bellacamente de aquel querer, que, -durante la ausencia, había sostenido la dama con tanto fuero como antes -de separarse. - - * * * * * - -He aquí pues, que desprendidos de las explícitas y secretas -declaraciones de aquellos dos enemigos de Villamediana, pueden -desprenderse los siguientes sucedidos, contados y llorados por la -mencionada doña Francisca de Tabora. - -Y a lo que parece, la ofendida dama no tenía en contarlo el paño de -lágrimas y consuelo de su grande dolor y venganza de su agravio. - - - - -CAPITULO IV - -EN QUE PROSIGUE EL ANTERIOR EN FORMA HISTORIAL Y COMO ES DE PRESUMIR QUE -HAYA ACONTECIDO - - -En achaques del corazón ya es sabido, porque es como ley fatal de la -vida, que no intervienen para nada rangos ni edades, y por ello úrdense -y amañan los más extraños idilios y amancebamientos que es dado -imaginar. - -Y así parece que aconteció en este caso, la gentilísima hermosura de la -hija de Enrique IV y la notable arrogancia e ingenio de don Juan de -Tassis se han compenetrado, y a pesar de la distancia de clases. Amor, -padre de la humanidad, los ha llamado a su reino. - -Sin embargo, parece que la soberana, más prudente o más calculadora, -dándose exacta cuenta de su importante papel en la comedia humana, no -arriesga su honorabilidad, y sólo parece que compromete su corazón. - -Pero don Juan no quiere aquel amor de otra manera que engarzado en todas -las dulces consecuencias que suele traer tan atrevido infante, y cuando -los celos del marido le acucian o el despecho le hiere, no muestra -reparo alguno en ser imprudente y publicarlo mal rebozado en ingenio. - -Muchos días ha que doña Isabel anda recelosa, temiendo que las osadías -del Conde caigan, sino en el Rey (porque éste, muy bien entretenido -fuera de palacio, permanece ciego, sordo y mudo a todo, y más que a nada -a los asuntos de Estado) en la maledicencia palaciega, y haya muy graves -sucesos que lamentar. - -Si ella tuviese suficiente entereza para cortar aquel idilio... - -Y hubo un día en que, al tornar de una fiesta religiosa, viniendo ella -sola en el coche, don Juan, que servíala de caballerizo, estuvo tan -imprudente, que desde luego pensó en poner término a situación tan -difícil y comprometida. - ---Apenas lleguemos a palacio--le dijo--habemos de hablar; id haciendo -cuenta de que he determinado, que quiero, que ordeno que sea la última -vez. En la galería de la antecámara que da a la Vega, os estaré -esperando. Haced un poco de tiempo, pero no tardéis mucho... - -Asintió el Conde con una ligera inclinación, y parando el caballo en -firme, al mismo tiempo que hacía lo mismo la carroza, pues habían -entrado en el zaguán del Alcázar, saltó a tierra y acudió a rendir los -honores debidos a sus dos veces reina... - -Apenas entró la soberana en su cámara, pidió quedarse sola. - -Las damas retiráronse extrañadas, pues aquella hora solía S. M. -emplearla en agradable y casero esparcimiento con todas ellas. - -Gustaba de que la contasen las hablillas y murmuraciones cogidas en los -mentideros de la corte, las galantes historietas de las damas que -andaban por los platónicos campos de Cupido, y, aún más allá, por los -verdes v aun escabrosos de su madre Venus. - -No era cosa que le asustara ni diérale motivos para ruborizarse como una -novicia, el saber que tal doña fulana, que pasaba por la virtud más -incorruptible, andaba en hocicamientos con tal cual pajecillo imberbe, o -estotro grave consejero. - -En la corte del Rey su padre, esta clase de historietas, no ya sólo -acostumbraban a referirse sin rebozo ni escrúpulo alguno, sino que luego -de sabidas procurábase presenciarlas, para comparar la distancia que -había de lo vivo a lo pintado. - -Demás que ya el Rey, su esposo, era muy buen introductor en Palacio -destas cosas. - -Y como digo, aquella tarde no quiso sesión de picardía. - -Licenció a todas. - -Miguelico Soplillo y Agustinica Velasco, sus enanos predilectos, -llegáronsela haciendo mil bogigangas y zalemas, y a entrambos los -despachó arrojándoles a los pies no sé que golosinas, con que habíanle -regalado las señoras monjas. - -Y arrimando un taburete junto a una amplia ventana dispúsose a esperar. - -Y mientras esperaba contempló la solemne puesta del sol, allá por las -cumbres del Guadarrama. - -Así, mansamente, con aquel plácido sosiego, ansiaba ella que pusiérase -el sol de su querer, sin pena ni gloria, con mucha paz, con la paz -geórgica de los valles tranquilos que ven pasar la vida ante ellos sin -sufrir otra mudanza que la rápida visión de las cosas que se reflejan en -la mansedumbre de sus fuentes escondidas... - -Y don Juan, muy a pesar suyo, hubo de retener el momento de subir a -escuchar la voz adorada de la dulce enemiga de su alma. - -Primeramente hubo de atajarle un secretario de la estafeta para firmar -la entrega de unos pliegos, que en la posta de aquella mesma noche -habían de salir para el virrey de Nápoles. - -Ello era cosa que, por ser urgencia imprescindible de su alto cargo, no -había medio de retener un solo instante. Dejaba ya cumplida esta misión -y ponía el pie en el primer peldaño de la escalera de _Damas_, cuando -topóse con doña Francisca de Tabora, que venía hecha una fiera encelada. - -Paróle en firme, y le llenó de insultos e improperios. - -Remitieron su puesto los rencores a los llantos y a las súplicas. - -Hubo evocaciones del venturoso pasado, cuando el que suplicaba era él, y -ella mostrábase esquiva y zahareña; pero al fin cayó, y todo fué ventura -y alegría y eróticos poemas del Amor. - ---Sé que vais donde ella está--plañía, entre lágrimas y amenazas la -infelice dama;--sé que ella os espera, sé que los dos sois infames, que -los dos sois perjuros. A mí no puedes engañarme, porque os he -sorprendido, más de una vez, por las frondosidades del Retiro y por los -laberintos destas galerías, y no tuve valor para acusaros; pero si ahora -das un paso más hacia donde te aguarda, juro a Dios que al son de -trompetas y tambores harélo publicar como un edicto. - -Disculpábase Villamediana, y esforzábase por convencerla con la mentira, -y hasta llegó a amenazar y a insultar y aun a escarnecer... - -Al fin, con un empellón violento, pudo apartarla; pero la triste sufrió -tan cruel paroxismo, que hubo don Juan de acudir a sostenerla, que si -este auxilio no prestase a fe que cayera redonda al suelo. - - * * * * * - -Doña Isabel continuaba mirando cómo el sol se dormía. - -Detrás della sintió el leve rumor de unos pasos que apenas querían tocar -el suelo. - -Doña Isabel sentía sobre su divina nuca el hálito del que llegaba. - -No quiso volver la cabeza. - -Unas manos juguetonas posáronse amorosamente sobre los ojos. - -Doña Isabel exclamó, entre enojosa y adormía: - ---No es la ocasión a propósito para burlas. Estáos quieto, Conde. - -Las manos cedieron. - -La reina miró al galán. - -Y el galán era el rey. - ---¿Qué Conde esperábais?--preguntó con una calma terrible, en la que -agazapábanse todas las violencias. - -Y doña Isabel respondió, maestramente, envolviendo su faz en una plácida -sonrisa: - ---Al de Barcelona. ¿No sois vos, Conde de Barcelona? - - - - -CAPITULO V - -LA JORNADA DE ARANJUEZ.--«LA GLORIA DE NIQUEA», COMEDIA QUE DON JUAN DE -TASSIS COMPUSO «ALEVOSAMENTE» PARA FESTEJAR EL CUMPLEAÑOS DEL REY.--UNA -PIEDRA MÁS PARA EL MONUMENTO FUNERARIO QUE ÉL MISMO IBA CONSTRUYÉNDOSE - - -Apenas Febo ha visto llegado el tiempo natural de su regencia, y ya -quiere gobernar con todo el rigor que tiene por costumbre desde su -estrado del Agosto. - -Madrid arde, y aún no entró del todo el mes de Mayo. - -¡Vive Cristo!, qué bien supo darnos el pego el mes de Abril, que no -parecía sino hermano gemelo del helado Diciembre. Tanto que, queriendo -doña Isabel festejar el santo de su augusto esposo (que por la gracia de -Dios es el 8 de Abril) con una comedia de circunstancias, compuesta para -el caso por el Conde, húbose de desistir por la crudeza del tiempo, pues -la tal pieza alegórica había de representarse en el Retiro. - -Pero ahora parece que Mayo dió licencia para todo, y echada para allá la -Corte, comenzaron los preparativos para tan notable festejo. - -La comedia es de grande apariencia y espectáculo, y parece que ha de ser -la mejor presentada de cuantas van hasta el día, pues ha de hacerse con -un artificio nuevo, construído exprofeso por el ingenioso capitán Julio -Fontana, superintendente de las fortificaciones de Nápoles durante el -tiempo que por aquellas tierras hubo de estar el Conde. - -La reina está muy consentida en que este festival llegue a celebrarse -con toda la grandeza y ceremonia acostumbrada en las cosas de Palacio, y -ella misma lo dispone y dirige como el más experto y examinado autor de -comedias. - -No han de representarla comediantes de oficio, sino todas personas de la -más alta nobleza, y no entrará en ella más hombre que el bufón Miguelico -Soplillo. - -La misma doña Isabel tomará parte (aunque su papel no tiene palabra ni -recitado alguno), representando la diosa de la hermosura. - -Las damas están tan gozosas y bien empaquetadas en su nuevo oficio, que -parecen comediantes formales, según lo mal que hablan las unas de las -otras y lo desdichadamente que se aprenden los papeles. - -Don Juan, que ha encontrado esta ocasión para estar cerca de su -imposible querer, no sale de Palacio, y todo se vuelve pasar el día -ensayando la aparición de la hermosa deidad. - -Por cierto que con ello da ocasión a mil impertinencias, y todo ha de -venir a declarar el fuego que, como hombre presuntuoso y pagado de su -estampa, no sabe hacer si no dice, que es de los que afirman que las -aventuras no se disfrutan bien sin la salsa picante del escándalo. - -Desta comedia, _La gloria de Niquea_, suele decir: - ---Es la primera y la única que ha salido de mi pluma; pero acaso ella -sea la que me dé la inmortalidad. - -Y una tarde, durante el ensayo, al tiempo de tomar la mano bella de doña -Isabel para ayudarla a bajar de la carroza en que ha de presentarse, -alguien ha oído decir a S. M., en tono de amoroso reproche: - --¡Que me lastimáis! Por Dios, tened juicio. Estas locuras vuestras han -de darnos que sentir. - -Y el tal dicho ha corrido por todo Aranjuez, pero en secreto. Las damas -sonríen. Los caballeros tosen. La Tabora rompe abanicos y escribe -billetes, que rasga sin enviarles a su destino. El Rey juega y corrige -escenas de unas comedias suyas, que le están escribiendo Villaizán y -Hurtado de Mendoza. El Conde Duque atúsase el boscaje que luce por -bigotes, y se ríe. - -Vélez de Guevara y el Diablo Cojuelo planean una comedia histórica, en -que han de moverse todos estos personajes. - - * * * * * - -Llegó, al fin, la ansiada tarde de la comedia. - -Toda la Corte y todo Aranjuez andaban perdidos de emoción, que para otra -cosa no teníase vida, si no era para conllevar el júbilo. - -Aun los negocios de Estado suspéndense hasta que pase la fiebre -escénica, y no es cosa rara el ver a un amanuense corriendo tras un -secretario, diciéndole: - ---Mire, señor, que ponga la firma en esta minuta que ha de substanciarse -mañana, y es asunto de muy grande urgencia. - -Y responder el secretario, como si le pincharan en lo más sensible del -honor: - ---Bellaco, dad gracias a que estoy de priesas, que si no ya vos diría -quién es Calleja. ¿Pensáis que se está un hombre para niñerías de firmas -con este desasosiego? - - * * * * * - -Poco más eran de las cuatro de la tarde, cuando en el jardín que dicen -de la Isla comenzóse, con toda solemnidad, la comedia del Conde. - -Bien iba, y con sus primeros pasajes, aunque mal entendíanse por la -incivilidad del verso culterano; solazábase muy bien el nutrido ateneo. - -Las complicadas apariencias y enrevesados artificios (casi tanto como el -lenguaje), eran cosa que tanto despertaba la admiración, como nunca -vista, que a todos tenía con el alma en los ojos. - -Ya había pisado las tablas doña Francisca Tabora, quien para mayor -tormento de sus celos tomaba parte simbolizando el mes de Abril, y ya -doña María de Guzmán, lindísima hija de los condes de Olivares, en faz -de Diana cazadora, había recitado muy donosamente su parte, y la hermosa -y etiópica azafata de la Reina había cantado con su prodigiosa voz aquel -romance, que es el mejor fragmento lírico de toda la obra: - - «Yo soy, en opaco bulto - y en obscura confusión, - con manto de estrellas, noche - negra, imagen del temor. - - Soy cómplice tenebroso - de cuantos hurtos Amor - no fía de las auroras - y esconde a la luz del sol. - - Amadis, duerme seguro; - duerme, que en sueño no - puedes temer los peligros - desta encantada ilusión.» - -cuando al aparecer la soberana sobre su carro triunfal comenzó a arder -toda la escena, y no quedó cosa en pie. - -La confusión fué grandísima, y nadie miraba a más que ponerse en salvo, -sin cuidarse, grandes ni pequeños, de auxiliar a sus reyes. - -Del Rey, no parece que se ocupara alguien; de la Reina... apenas -iniciado el fuego viósela desaparecer en brazos del amoriado Conde, que -acudió a ponerla en sitio seguro, tanto que no la hallaron hasta mucho -después, cuando no faltaba quien temiese que hubiese perecido abrasada. -Y puede que al receloso no dejárale de asistir razón. - - * * * * * - -Momentos antes de comenzar la fiesta, en un rincón apartado del jardín, -Villamediana y un paje sostenían este diálogo: - ---¿Olvidaste la lección? - ---No, señor. - ---Bien; ya sé que eres hombre para un caso delicado. Ni un momento antes -ni otro después, en el preciso instante de aparecer S. M., prendes la -tela. Ya sabes cómo pago y ya sabes cómo castigo. - -Oyéronse hacia aquella parte risas y voces femeniles, y el breve diálogo -quedó allí. - - * * * * * - -Y cuando la confusión era más grande, que nadie se veía ni se entendía, -por los más espesos senderos del jardín corría un caballero con una dama -en los brazos. - ---El fuego de mi corazón, que no otro alguno, es quien incendió el -teatro--decía el galán;--y como pavesa divina vos trajo a mí; dos veces -reina: de mi vida y de mi patria. - ---¡Ay, Conde! Que nos habemos perdido--decía ella.--Pobres de nosotros. - ---Pobres, no; felices, porque nos amamos. - -Cerca sonaron voces de - ---¡Aquí está la Reina! - -Y más chillonas que todas, las del bufón Miguelillo, que decía: - ---¡La salvó Villamediana! - - - - -CAPITULO VI - -DESPUÉS DE LA QUEMA - - -Desde el punto y hora en que la Corte tornara a Madrid, comenzó a correr -por toda la villa el olor de la chamusquina de Aranjuez. Y más -intensidad dijérase que había a raíz de acontecer la desdicha. - -La Reina, apenas hallaba hora en que mostrar, diáfana, su belleza -espléndida, sin sombra alguna de preocupación; y en lo que al Rey hace, -más taciturno y sombrío solía estar que acostumbraba su devoto abuelo. - -No así el de Olivares, a quien la satisfacción parecía salírsele por los -poros, pues con estas intrigas que su hada la Fortuna preparábale y -otras que él sabía muñirse muy bien, iba alcanzando el dorado logro de -sus egoístas aspiraciones. - -Dijérase que a don Juan de Tassis habíale embestido el amarillento mal -de la ictericia, que diz que es la flor de la melancolía. - -No se le veían más de los ojos, y a aquella pulidez conque denantes -solíase peinar bigotes y melenas, ahora ha sustituído el desmayo y -lacitud del sauce. - -No dejaba día sin acudir a su despacho, pero sin detenerse ni bromear -con los cortesanos, y únicamente acompañábale, alguna que otra mañana, -el beneficiado de la mezquita cordobesa, don Luis de Góngora. - -Viéndoles a entrambos graves y silenciosos, convidaba a pensar que era -el Conde ánima en pena que hubiere sacado el insigne clérigo, y como -cosa maravillosa traíala a presentar ante Sus Majestades. - -Con mucho calor comentábase en todo el Alcázar, desde los aposentos de -los mozos hasta las regias antecámaras, que volviera el de Tassis a la -regia mansión, y no faltó quien recordara que, por harto menos que lo de -Aranjuez, hase dado otras veces muerte a mucha gente de campanillas. - -En fin, que todo Palacio era como revoltillo de personajes, que en el -meollo de un grande ingenio comenzaban a planear una gran tragedia, a la -manera de aquellas que inmortalizaron el teatro helénico. - -Bajaba una mañana el Rey a tomar el coche que había de conducirle al -Pardo, donde tenía determinado distraer el mal humor con el noble -ejercicio de la caza, cuando al cruzar por el salón de reinos salióle al -paso doña Francisca de Tabora, quien, arrodillándose delante y con voz -muy alterada, ya por la emoción, ya por el despecho, dicen que le dijo: - ---Señor, deme Vuestra Majestad las manos para besárselas, y mire que -quiero que me dé su licencia para apartarme del servicio de la señora -Reina. Nuestro Señor me niega la salud, y más que para servir, quieren -mis achaques que esté para que me sirvan. - -No hizo aprecio el monarca, y díjola que dejara aquello para tratarlo -en otra ocasión, porque en aquella no había lugar. - -Luego encontráronse frente a frente las dos rivales, y es fama que la -escena que tuvieron más tiró hacia la calle que hacia los estrados -cortesanos. - -Miguel Soplillo, el bufoncejo, que en todo hacía honor a su apellido, no -tardó en irle con el cuento al señor don Juan; y el tal, que en este -asunto, ya de puro insensato raya en loco, anduvo lo más del día -buscando a doña Francisca para castigarla por el desacato, como a moza -de rompe y rasga. - -Al fin parece que acalláronle los consejos de don Luis de Góngora, y los -peligros que columbraba, de llegar al escándalo, y sólo con la promesa -de unas sátiras, que levantaran ronchas, vino a conformarse. - - - - -CAPITULO VII - -AQUELLA FIESTA DE TOROS... - - -Ya parece que van apoltronándose fijamente en sus empleos los nuevos -señores que han de aconsejar y despachar los destinos del nuevo reinado. - -Algo adelanté en mi pretensión, que hoy estuve en la secretaría de la -maestranza de Zaragoza, y parece que entre las primeras pretensiones que -firme Su Majestad, luego de pasadas estas fiestas, será una la de mi -arcedianato. Si ello es como dánmelo por servido (que achacan el no -estarme ya disfrutando dél a incuria de los anteriores gobernantes), a -fe que como dicen de Zamora, no le he ganado en una hora. - -Bien va de fiestas este año de 1622, y seguramente que quien más han de -holgarse con él son los bienaventurados, que por la ejemplaridad de sus -vidas y alteza de sus virtudes asiéntanse a la diestra de Dios Padre. - -Ignacio de Loyola, Francisco Javier, Felipe Neri, Teresa de Jesús, y -parece que más que todos, por ser nacido y criado en Madrid, aquel Santo -Isidro, mozo de labor en tierras de vino de Vargas, andan estos días de -servilleta prendida, pues va a dárseles ya, en definitiva, la cédula de -Santidad. - -Las fiestas de toros celebradas en la Plaza Mayor han sido famosas. - -Paréceme que esta clase de divertimiento ha de encontrar de día en día -más arraigos en España, pues hásela tomado tanto el gusto, que ya más de -una vez han acaecido lamentables desgracias al procurarse puesto la -plebe para presenciarlas. - -Yo de mí sé decir que es cosa que me agrada sobremanera. - -Aquel donosísimo juego de ímpetu y destreza entre el bruto y el hombre, -¡vive Dios que enciende los ánimos y acucia la sangre adormida! - -Es de los más bravos caballeros que yo he visto, don Cristóbal de -Gaviria; no le va en zaga aquel Pedro Verger, alguacil de Corte, a quien -en una destas fiestas agravió tan cínicamente el dicho Conde, al verle -entrar todo galán y enjoyecido: - - «Qué galano entra Verger - con cintillo de diamantes, - diamantes que fueron antes - de amantes de su mujer.» - -¡Digan si puede insultarse más bellacamente a un cristiano! - -Notable, ciertamente, fué la fiesta; y mucho regocijó, tanto a hidalgos -como a plebeyos, el arrojo y empaque de los caballeros. - -Desde muy temprano hubieron de acudir Sus Majestades, que desde los -amplios balcones de la Panadería presenciaban el lucido festejo. - -Comenzaron a desfilar los caballeros en plaza, y cada uno levantaba un -murmullo de simpatía entre los miles de espectadores. - -Todos, al llegar bajo el balcón real, hacían la pleitesía de rigor, e -iban luego a ocupar su puesto en la liza. - -Llegó, en fin, Villamediana, tan galano y gentil, que resumió en sí -todas las simpatías de la gente. - -Hubo una grande curiosidad por descifrar el jeroglífico de su emblema. - -Nadie le comprendía. - -Traía bordados sobre el pecho, hacia la parte del corazón, unos reales -de plata. - -Sobre ellos, escrita iba esta divisa: - - _Son mis amores._ - -Entre la gente palaciega había muy empeñado interés en descifrar qué -quiera decir ello. - -En el mismo balcón que ocupaban los monarcas abrióse polémica entre doña -Antonia de Acuña, doña María de Guzmán y el bufón don Miguelico. - -Doña Isabel escuchábalos mal de su agrado, y la vida diera porque se -quedaran mudos. - -El Rey no atendía sino el bullicio de fuera. - -El Conde Duque le llamó la atención para que atendiera el coloquio, que -era muy pintoresco. - -A la postre, acabóle Soplillo diciendo: - ---¡Vive Roque, que somos mentecatos! Pues si ello es tan claro y -transparente como el sol que nos alumbra. ¿No son reales los timbres de -su emblema? - ---Sí--respondieron las damas. - ---Y encima, como abrazándolos--replicó el histrioncillo,--¿no lleva -escrito «Son mis amores?» - -Y las damas tornaron a afirmar. - ---Pues más cristalino, ni el agua destilada. «Mis amores son reales».--Y -el muy bellaco lo decía silabeando las palabras, como muchacho que -comienza a andar por las páginas de la cartilla. - -La Reina quedó como muerta. - -El Rey atarazó al enano, que todos temieron que fuera aquel su postrero -día, y rugió más que dijo: - ---Pues yo se los haré cuartos... - - * * * * * - -Tan bravamente parece que se portó en la lidia el alcurniado y -maldiciente poeta, que para él fueron los lauros y vítores de la plebe y -la nobleza. - -El Rey no hizo demostración alguna, ni en favor ni en contra. - -Diz que uno de los rejonazos que asestó el Conde fué tan bizarro, que el -toro cayó redondo sin rastro alguno de vida. - -Doña Isabel no fué dueña de sí misma, y advirtiendo que se desarrugara -el ceño de su augusto esposo, exclamó: - ---¡Bravo por el Conde! Pica bien Villamediana. - -A que respondió Don Felipe, apartándose del balcón (con lo que dióse la -corrida por terminada): - ---Pica bien, pero muy alto. - - - - -CAPITULO VIII - -DE CÓMO HAY GENTE PARA TODO - - -Dejemos aquí nuevamente que la musa de la novela historial hurte unos -cuantos párrafos en los diarios avisos del clérigo pretendiente (aunque -más justo fuera decir que pretendió, pues ya su paciencia y necesidad -tuvieron premio, y logró el arcedianato que tan justamente pedía). - -Bien es, por otra parte, que la dicha musa tomara estas breves líneas a -su cargo, porque como ya su reverencia tiene en qué emplear el tiempo, -no anota y comenta con el celo que hasta aquí tuvo por norma. - - * * * * * - -Ha dos o tres días que no viene por las _Losas_, y por ende ni pide ni -importuna, un individuo astroso, que blasona de haber militado en -Flandes y en Italia. - -A decir verdad, tenía más trazas de rufián que de soldado. - -De toda su estampa veíase que era hombre capaz de cualquier hazaña, como -ésta no tuviere la nobleza por norma. - -Traía no sé qué cartas para el almirante don Fadrique Enríquez, y -siempre que hablaba era su boca un manantial de por vidas y denuestos. -No logró ser recibido por el dicho magnate, y al fin una mañana (que a -todo se atreven los ignorantes y desvergonzados), consiguió ver al Conde -Duque, y de entonces acá no ha vuelto por las _Losas_ en guisa de -pedigüeño, sino que derecho iba al despacho de S. E. el señor don -Gaspar. - -Ignacio Méndez le decían. - -La última vez que se le vió salía a la par de Olivares, y alguien dice -que al punto de despedir a éste junto al estribo del coche, oyóle estas -palabras: - ---Descuide Vuecelencia, que destos días no pasa, y si hasta aquí no pudo -ser, fué porque no hubo lugar. Ahora yo fío que sí, y todos quedaremos -algo más que satisfechos. No habrá medio de que hable. Pero miren que yo -voy bien confiado y hago cuenta de que no hay alcaldes ni alguaciles en -la Corte... - - - - -CAPITULO ULTIMO - -Y ASÍ MURIÓ EL CONDE - - -Y al fin plúgole al trágico poder que estas cosas ordena y dispuesto tan -justamente tiene el principio y cabo de todo lo nacido, que llegara el -aciago día del eterno crepúsculo del señor don Juan de Tassis Peralta, -Conde de Villamediana. - -Aunque grande era la enemiga que S. E. tenía en la Corte, no dejó un -solo día de asistir a despachar como Correo y Caballerizo Mayor; pero ya -su caída era inevitable, aunque a la verdad, nadie pensaba que fuera -caída de muerte criminal. - -Muchos auguraban su desgracia, pero casi todos pensaban que fuese -destierro, como otras veces aconteciera. - -El de Olivares no daba opinión alguna sobre tal asunto si algún -indiscreto le preguntaba, y lo más que parece que llegó a decir (y no -era poco), fué que destas tormentas había frecuentemente en los -palacios, y en algunas caían exhalaciones que llevaban la muerte, pero -que eran accidentes que nadie podía evitar. - -Aquella mañana del 21 de Agosto de 1622 entró el Conde a la hora que -tenía marcada de costumbre, más agudo y decidor que nunca. - -Aún era comidilla de grandes y chicos la desdichada muerte de don -Fernando Pimentel, hijo del conde de Benavente, a quien por cuestión de -amores sacó deste valle de lágrimas su deudo don Diego Enríquez la noche -del 7, junto a la iglesia de San Pedro el Viejo. - ---De amores dicen que murió--habló Villamediana en el primer corro que -halló a mano;--buena enfermedad es, y Dios me acabe della. - -Prosiguió luego la charla. - -Los alfilerazos personales y políticos entretenían notablemente a un -grupo de caballeros que esperaban audiencia de S. M., y aunque harto -sangrientas las semblanzas y demasiado atrevidas las reprensiones, -cautivaban los chispazos de su mal empleado ingenio. - -De todo habló; de los negocios de Flandes e Italia, del resello y -contraste de la moneda, de la flota de Indias recién llegada a Cádiz, de -la soberbia y favor del Conde-Duque, de la necedad y presunción del de -Osuna, y de todo hizo tiras. - -Pasó don Baltasar de Zúñiga, confesor del Rey y tío del Privado, y -llamándole a una parte díjole en voz tan queda que dejara de oírse: - ---Téngase y mire lo que habla y cómo habla, que tiene peligro de la -vida. - -Juiciosa advertencia que fué acogida por don Juan con una nueva y más -afilada burla, que hirió muy gravemente la suspicacia del prócer -religioso. - -Salió a poco un gentilhombre y dió razón de que Su Majestad hacía punto -en las audiencias por aquella mañana, con lo que todos abandonamos la -regia antecámara. - - * * * * * - -A última hora de la tarde volvió el Conde a Palacio. - -Traía inusitada cohorte de criados, aparato que en él no era costumbre, -pues la más compañía con quien solía vérsele era algún allegado o deudo -o con el racionero de la catedral de Córdoba don Luis de Góngora. - -Sin duda que venía a algún asunto de su alto cargo, pues que estuvo un -breve rato en la secretaría del Consejo de Castilla y allí dejó unos -pliegos que portaba. - -Cuando salió, era a tiempo de que tornaban los Reyes. - -Llegábase para cumplimentarles, pero el Rey cruzó ante él como si no le -hubiese reparado. - -La Reina inclinó ligeramente la cabeza y también pasó sin mirarle. - -No fué ajeno el real desvío a los ojos de los demás cortesanos, pero a -la arrogancia del Conde supo contenerles el gozo que pugnaba por -saltarles al rostro. - -Llegóse a donde estaba su íntimo camarada don Luis de Haro, camarero de -la Reina, el cual, en manos de un palafrenero, dejaba su brioso alazán, -y hablaron con esta brevedad: - ---Don Luis, ¿finásteis por hoy vuestro menester? - ---Hasta mañana a las once, disponed de mí. - ---Me place. - ---¿Me necesitáis? - ---Habemos de hablar; ello, si es que cosa más urgente no os lo veda. - ---Si la hubiere, necesitándome vos dejárala para después. Pasemos, si -gustáis, a mi aposento. - ---Tengo el coche en la puerta, subamos a él. Y mientras nos lleva hacia -el Prado, pues la serenidad de la noche que comienza invita al paseo, -charlaremos. - ---¿Melancolías?... ¡Ay, señor don Juan! ¿Por qué no olvidáis este asunto -y atenazáis el corazón? Mirad que porque como a hermano os quiero, os lo -aconsejo. - ---Mas desto y de otras cosas que en esto tienen su daño hablaremos en el -coche. Este caserón se me cae encima, y pluguiera a Dios... - ---Andad, andad, don Juan, que nos miran. - -Y saliendo a buen paso, en el zaguán hallaron el coche del Conde. - -Subieron a él y muy despaciosamente echó el cochero hacia la calle -Mayor. - -Sin duda que la conferencia era urgente y grave, como el Conde -prometiera, porque para no ser interrumpida con el horrible estrépito de -piedras y herrajes, caminaba el coche a todo el sosiego de las orondas -mulas que le arrastraban. - -Pasada la Platería, un hombre salió de los soportales y haciendo una -seña al cochero para que detuviera la marcha, acercóse hacia la parte en -que iba el de Tassis y rogóle que se apeara, pues que tenía que darle un -recado importante que no consentía testigos. - -Sin recelo alguno alzóse don Juan de su asiento, pero no bien había -puesto el pie en el estribo, cuando aquel bellaco, sin darle tiempo para -defenderse, sacó una ballestilla y asestóle tal golpe en el pecho, que -allí mesmo vació la vida del noble y aventurero poeta. - -Diz que tan bestial fué la embestida, que «arrebatándole el arma la -manga y carne del brazo hasta los huesos, penetró el pecho y el corazón -y fué a salir a las espaldas. - -»A la voz triste que dió el Conde, atropellado del dolor, acudió don -Luis, y conociendo el mal recaudo sucedido, quiso echar tras el -asesino», entendiendo que primero era éste cuidado que el del moribundo; -pero con tal prisa y azoramiento iba, que trabucándosele las piernas con -el cuerpo de don Juan, cayó sobre él. - -Consiguió levantarse y dió tras el criminal, pero todo fué inútil; las -sombras de la noche, que ya había cerrado del todo, y dos embozados que -resguardábanle, hicieron inútil este cuidado. - -Entretanto la vida de Tassis quedaba hecha regueros de sangre. - -Lleváronle al zaguán de su casa, que estaba casi frontera de donde vino -a encontrar fin tan desdichado. - -Del asesino nada se supo; por fórmula solamente abrióse una indagatoria, -pero ya con el premeditado fin de no hallar al traidor... - - * * * * * - -La historia íntima de aquel reinado conserva el nombre de un guarda -mayor de la Casa de Campo. - -De él decían malas lenguas (y puede que hubieran razón, que pocas veces -nacen las hablillas sin algún fundamento), que era el brazo siniestro -del Rey Don Felipe IV de Austria, porque vengábale los agravios -secretos... - - * * * * * - -Nadie sabe si fueron o no ciertas las causas a que se atribuyen la mala -muerte del Conde en lo que atiende al enamoramiento con la reina Isabel, -pero tanto empeño tuvo él en insinuarlo, que bien pudiera. - -Creen los más que la venenosa pluma y el desaprensivo y franco decir, -fueron quienes trajéronle a este término desastroso. - -Yo pienso que unos y otros se juntaron; pero muy a pesar del interés que -mostró la villa toda y de los epigramas y elegías de los más notables -ingenios, ninguno prevaleció; sólo quedó como artículo de fe, - - que el matador fué Bellido - y _el impulso soberano_... - - - - -EL RABION - -(CONCHA ESPINA) - - ---¡Martín! - ---¡Ñoraa!... - ---¿Habrá crecida? - ---Habrála, que desnevó en la sierra y bajan las calceras triscando de -agua, reventonas y desmelenadas como qué... - ---¿Pasarán las vacas al bosque? - ---Pasan tan «perenes». - ---Pero ten cuidado a la vuelta, hijo, que el río es muy traidor. - ---A mí no me la da el río, madre. - -El muchacho acabó de soltar las reses y las arreó, bizarro, por una -cambera pedregosa que bajaba la ribera. - -Había madrugado el sol a encender su hoguera rutilante encima de la -nieve densa de los montes y deslumbraba la blancura del paisaje, lueñe y -fantástico, a la luz cegadora de la mañana. Ya la víspera quedó el valle -limpio de nieve, que, sólo guarecida en oquedades del quebrado terreno, -ponía algunas blancas pinceladas en los caminos. - -El ganado, preso en la _corte_ durante muchos días de recio temporal, -andaba diligente hacia el vado conocido, instigado por la querencia del -pasto tierno y fragante, mantillo lozano del «ansar» ribereño. - -Martín iba gozoso, ufanándose al lado de sus vacas, resnadas y lucias, -las más aparentes de la aldea; una, moteada de blanco, con marchamo de -raza extranjera, se retrasaba lenta, rezagada de las otras. Llegando al -pedriscal del río, unos pescadores comentaron ponderativos la arrogancia -del animal, mientras el muchacho, palmoteándola cariñoso, repitió con -orgullo: - ---¡Arre, _Pinta!_ - ---¿Cuándo «geda», tú?--preguntaron ellos. - ---Pronto; en llenando esta luna, porque ya está cumplida... - -Las vacas se metieron en el vado, crecido y bullicioso, turbio por el -deshielo, y los pescadores le dijeron a Martín lo mismo que su madre le -había dicho: - ---Cuidado al retorno, que la nieve de allá arriba va por la posta. - -El niño sonrió jactancioso: - ---Ya lo sé, ya. - -Y trepó a un ribazo desde cuya punta se tendía un tablón sobre el río, -comunicando con el «ansar» a guisa de puente. A la mitad del tablón -oscilante, el muchacho se detuvo a dominar con una mirada avara de -belleza la majestad del cuadro montañés; la corriente, hinchada y -soberbia, rugía una trágica canción devastadora, y el bosque, -verdegueante con los brotes gloriosos de la primavera, daba al paisaje -una nota serena de confianza y de dulzura tendiendo su césped suave -hacia las espumas bravas y meciendo sobre el rabión furioso los árboles -floridos. Lejano, en la opuesta orilla del bosque, el río hacía brillar -al sol otro de sus brazos que aprisionaba el vergel. - -Quiso Martín ocultarse a sí mismo el desvanecimiento que le causaba -aquella visión maravillosa y terrible de la riada, y burlón, sonriente, -murmuró cerrando los ojos ante las aguas mareantes: - ---¡Uf!... ¡cómo «rutien»!... - -Luego, de un salto, ganó la otra ribera, en uno de cuyos alisos -estribaba el colgante puentecillo, conocido por «el puente del alisal». -Entonces el niño, un poco trémulo, volvió la cara hacia el río, le -escupió, retador, con aire de mofa, y aun le increpó: - ---«Rutie», «rutie», ¡fachendoso!... - -Después, internóse en el bosque, al encuentro de sus vacas. - -Era Martín un lindo zagal, ágil y firme, hacendoso y resuelto; -pastoreaba con frecuencia los ganados que su padre llevaba en aparcería, -que eran el ejemplo y la admiración de los ganaderos del contorno. Del -monte y del llano, Martín conocía como nadie los fáciles caminos; los -ricos pastos y las fuentes limpias para regalo de sus vacas. El pastor -sabía que sobre la existencia próspera de aquellos animales constituía -la familia su bienestar, y viviendo ya el niño con el desasosiego de la -pobreza encima del tierno corazón, guardaba para sus bestias una -vigilante solicitud, un interés profundo, en cuyo fondo apuntaban, -acaso, el orgullo del ganadero en ciernes y la codicia del campesino. -Pero inseguros estos sentimientos en los once años de Martín, -aparecíanse en aquella almita sana cubiertos de simpática afición hacia -los animales, muy propia de una buena índole y de una generosa voluntad. - - * * * * * - -Aplicadas habían pastado las muy golosas, y en cada cabeceo codicioso -mecieron las esquilas en la serenidad del bosque una nota musical, -mientras Martín sonreía, halagado por aquel manso tintineo que era la -marcha real de su realeza pastoril; sentado en un tronco muerto, iba -entreteniendo la tarde en la menuda fabricación de unos pitos, que -obtenía ahuecando, paciente, tallos nuevos de sauce, cortados sin -nudos. Para conseguir el desprendimiento de la corteza jugosa, era -necesario,--según código de infantiles juegos montañeses--acompañar el -metódico golpeteo encima del pito, con la cantinela: _Suda, suda, -cáscara ruda; tira coces una mula; si más sudara, más chiflara_... - -Martín había repetido infinitas veces este conjuro milagrero, y tenía ya -en la alforjita que fué portadora de su frugal pitanza una buena -colección de silbatos sonoros. Miró al sol y calculó que serían las -cinco. Las vacas estaban llenas y refociladas; rumiaban tendidas en -gustoso abandono, babeando soñolientas sobre las margaritas, gentiles -heraldos de la primavera en los campos de la montaña. - -Al mediar el día, había saltado el Sur, ya iniciado desde el amanecer en -hálitos tibios, que sólo el ábrego puede levantar en los días primerizos -de Marzo; iba creciendo el temeroso vocear del río y llegaba al fondo -del «ansar», apagado en un runruneo solemne. Martín pensó volverse a la -aldea; al paso perezoso del ganado tardaría una hora lo menos; el tiempo -justo para no llegar de noche. - -Se levantó el muchacho y su vocecilla aguda rompió el sosiego de la -tarde, arrullada por el río. - ---¡Vamos... _Princesa_, _Galana_, arre...; arriba, _Pinta_...; _Lora_, -vamos...! - -Hubo un rápido jadear de carne, con sendas sacudidas de collaradas y -sonoro repique de campanillas; y los seis animales se pusieron en marcha -delante del zagal. - -Al cuarto de hora de camino, Martín empezó a inquietarse; el río bramaba -como una fiera, mucho más que por la mañana. Y cuando el muchacho se fué -libertando de la espesura intrincada del «ansar», vió con terror que no -quedaba en las altas cimas de la cordillera ni un solo cendal blanco de -la reciente nevisca; la hoguera del sol y los revuelos del ábrego -realizaron el prodigio. - ---Irá el río echando pestes--decíase Martín;--habrá llegado punto menos -que al puentecillo, y tal vez el ganado tema vadear... - -Impaciente, arreó vivo y apretó el paso; y a poco, alcanzó a ver el -desbordamiento de las aguas en los linderos del bosque. Dió una corrida -para asegurarse de si estaba firme su puente salvador... ¡estaba! -Respiró tranquilo... Ahora todo consistía en que las reses vadearan tan -campantes como de costumbre. Las incitó: estaban un poco indecisas; -volvían hacia el muchacho sus cabezas nobles, en cuyos ojazos mortecinos -parecía brillar una chispa de incertidumbre... Hubo unos mugidos -interrogantes. - -Ansioso el niño, las excitó más y más, y de pronto, una entró resuelta, -río adelante; las otras la siguieron, mansas y seguras, menos la _Pinta_ -que, rezagada siempre, no había dado un paso. - -Martín la arreó, acariciándola: - ---¡Anda, tonta, tontona!... - -La vaca no se movía. - -El zagal, imperioso, la empujó; pero ella mugía, obstinada y resistente, -hasta que, sacudiendo su corpazo macizo, con brusco soniqueo de -campanillas, dió media vuelta alrededor del muchacho y se lanzó a correr -hacia el bosque. - -Quedóse Martín consternado y atónito. Pero no tuvo ni un momento de -vacilación: su deber era salvar a la _Pinta_ de la riada formidable que, -sin tardar mucho, inundaría por completo el «ansar» mecido entre los dos -brazos del coloso. - -Las otras cinco vacas, dóciles a la costumbre de aquella ruta, acababan -de vadear el río con denuedo, y Martín, hostigándolas desde la orilla -con gritos y ademanes, las vió andar lentamente camino de la aldea. -Entonces corrió en busca de la compañera descarriada, la mejor de su -rebaño, aquella en que la familia toda se miraba como en un espejo. - -Sonaba el tintineo melódico de la esquila, con placidez de égloga, en la -espesura del bosque soñero; y, guiado por aquel son, el niño halló a la -bestia jadeante y asombrada delante del segundo torrente que el río -derramaba en el «ansar». Le amarró el pastor al collar una cuerda que -desciñó de la cintura y, riñéndola, muy incomodado, la obligó a tornar a -la senda conveniente. - -La _Pinta_ no opuso resistencia: tal vez estaba arrepentida de su -insubordinación, a juzgar por las miradas de mansedumbre con que -respondía a las amonestaciones severas de Martín. - ---¿No ves, bruta--decíale, afligido y razonable,--que estamos, como -quien dice, en una ínsula?... ¿No ves que todo esto se va a volver un -mar, mismamente, y que si te ahogas pierde mi padre lo menos cuarenta -duros?... ¡Pues tendría que ver que no quisieras pasar!... ¡Sería esa -más gorda que otro tanto!... - -La charla afanosa del rapaz y el blando soniquete del esquilón daban una -nota argentina a la orquesta grave de la riada. Habíase encalmado el -viento; dormía, sin duda, en algún enorme repliegue de las montañas -azules, sobre las cuales temblaba puro el lucero vespertino, arrebolado -de nubes rojas. - -El bravo corazoncillo de Martín golpeaba fuerte cada vez que el niño -pensaba en el puente liviano del alisal. - -Había ensanchado el río atrozmente sus márgenes en el tiempo que el -zagal perdiera con la fuga de la _Pinta_; ahora, el vado espumoso y -borbollante no remansaba. - -Angustiado el niño, viendo crecer la noche en aquel asedio terrible del -agua, amarró la vaca a un árbol y trepó a cerciorarse del estado del -puente. - -Pero el puente... ¡había desaparecido! - -Martín, anonadado, estuvo unos minutos abriendo la boca, en el colmo del -estupor, delante de aquella catástrofe irremediable y espantosa. Un velo -de lágrimas cayó sobre sus ojos cándidos: ¿Qué hacer?... Sintió una -necesidad espantosa de pedir socorro a voces; de llorar a gritos; pero -la soledad medrosa del paraje y el estruendo de las aguas, le dominaron -en un pánico mudo, aniquilador. Alzó maquinalmente la mirada al cielo, y -la súbita esperanza de un milagro acarició su alma con un roce suave, -como de beso; ¡si viniera un ángel a colocar otra vez el puente en su -sitio!... Y ensayó el pastor unas vagas oraciones, repartidas, -confusamente, entre la Virgen del Carmen y San Antonio. - -Pero ¡el ángel no venía; el río seguía creciendo, y la noche cayó, -impávida y serena, encima de aquella desventura! - -Asiéndose entonces a la única posibilidad de salvación, Martín se llegó -hasta la _Pinta_, la desamarró y, acariciándola mucho, mucho, con las -manitas temblorosas, la echó un delirante discurso, rogándola que -vadease el río y que le salvara. Despacio, con grandes precauciones, -según le hablaba, se subió a sus lomos, asiendo siempre la soga con que -la había apresado. - -Martín empezó a creer en la realización del prodigio, porque la bestia, -sumisa y complaciente, entró sin vacilar en el agua, llevándole encima. -Y llegó a su apogeo el tremendo lance lleno de temeridad y de horror. - -Hundíase el animal en el río espumoso y rugiente, y resbalaba y mugía, -en el paroxismo del espanto, mientras que el niño, abrazándose a la -recia carnaza vacilante, la besaba sollozando, gimiendo unas trémulas -palabras, que tan pronto iban dirigidas a Dios como a la _Pinta_. - -La tonante voz del río empapaba aquella humilde vocecilla de cristal, -cuando el alma candorosa del pastor sintió otra vez el beso del milagro. -Dominando el estrépito de la riada, unas voces le llamaban con -insistencia: había gente, sin duda, en la otra orilla; le buscaban sus -padres, sus vecinos... - -Martín se creyó salvado. Alzó la frente en las tinieblas con un -movimiento de alegría loca, y al soltarse del brazo que daba a la -_Pinta_, un golpe de agua le echó a rodar en las espumas del rabión. - -Todavía, por un instante, tuvo Martín asida una tenue esperanza de -vivir: conservaba en su mano la cuerda que la vaca tenía atada al -collar. La corriente, de una bárbara fuerza, tiraba del niño hacia -abajo; hacia el abismo; hacia la muerte. La vacona, con la elocuencia -brutal de esfuerzos y berridos, tiraba de él hacia la orilla... Pero, -¡podía más el rabión, que ya iba arrastrando al animal detrás del niño! - -Entonces él, bravo y generoso en aquel instante supremo, soltó la -cuerda, y dijo con una voz ronca y extraña: - ---¡Arre, _Pinta!_ - -Aún gritó: ¡madre! Abrió los brazos, abrió los ojos, abrió la boca, -creyó que todo el río se le entraba por ella, turbio y amargo; sintió -cómo el vocerío de la corriente, que todo el día le estuvo persiguiendo, -le metía ahora por los oídos una estridente carcajada, fría y burlona, -como una amenaza que se cumple; y vió, por fin, cómo temblaba en el -cielo, entre nubes rojas, el lucero apacible de la tarde... El rabión se -le tragó en seguida, inerme y vencido, pobre flor de sacrificio y -humildad... - -La _Pinta_, dueña de la codiciada margen, miraba con ojos atónitos y -mansos a un grupo de gente que la rodeaba, y a una triste mujer que, -habiendo recibido en mitad del corazón la postrera palabra de Martín, en -trágica respuesta, contestaba a grito herido: - ---¡Allá voy, allá voy!... - -Y corría la infeliz, ribera abajo, a la par del río, hundiéndose en los -yerbazales inundados, perdida en las negruras de la noche, y en la sima -de su dolor... - - - - -LA FRIA MANO DEL MISTERIO - -FERNÁNDEZ-FLÓREZ - - -Después del casamiento, mi mujer me arrastró rápidamente hasta el coche. -A la puerta de la iglesia, de pie sobre las losas que cubrían las tumbas -de los feligreses, los padres de Osvina lloraban. Mi suegro era alto, -delgadísimo, de corva nariz; tenía los ojos redondos; su mujer era -enjuta también, enlutada, triste. No hablaron; sacudían sus manos como -manojos de raíces. Apenas había amanecido y la lámpara del altar se veía -en la obscuridad de la iglesia como un ojo de fuego parpadeante. Llovía. -Cuando arrancaron los caballos, mi mujer alzó las ventanillas y se -acercó a mí, temblando, con una inquieta mirada de temor. - -Puedo jurar que soy un buen creyente; el cura de San Eleuterio puede -decir cómo todas las tardes, al toque de Angelus, entraba yo a rezar -largamente en la iglesia. Pero yo tengo el espíritu enfermo, muy -enfermo... Yo he querido alejarme de supersticiones y de brujerías, y -ellas me han cercado y perseguido siempre: alguna puertecilla estaba -abierta en mi alma, por la que ellas venían. Creo estar en pecado -mortal. Rezaba y rezaba y el Espíritu Malo reía tras de mí. Una vez, en -la iglesia de San Eleuterio, he visto alzarse la losa del sepulcro del -conde de Ginzio y, por la abertura, curiosear unas cuencas vacías. Otra -vez, también después del Angelus, cuando todo el templo estaba solitario -y tranquilo, vi con mis tristes ojos al difunto abad de Racemil -atravesar la nave y entrar en el confesonario donde en vida se sentaba -para oír los pecados de las devotas. Cuando me casé, Osvina me quiso -explicar estos misterios. Ella sabía hablar con los espíritus; la había -enseñado su padre. En la sala grande y pobre de su caserón, alguna noche -había visto yo a mi suegro alzarse de pronto, con los ojos redondos -brillantes y agrandados, y extender sus manos sarmentosas hacia las -tinieblas. Entonces pasaban unas tenues sombras por el círculo de luz -que el quinqué proyectaba en el techo, y yo huía, amedrentado. - -Y Osvina me lo había dicho todo. Habían evocado una vez el espíritu de -su primer novio, aquel que murió una noche de tempestad, en las aguas -alborotadas de la ría, cuando se obstinó en cruzar él solo de margen a -margen para ver a la amada. Los marineros no quisieron partir y marchó -él en la dorna, jurando por Dios que habría de llegar junto a Osvina. -Murió. Dos días después la corriente arrastró a flor de agua su cadáver. -Sobre el vientre hinchado y deforme se había posado un cuervo, triste y -quieto, con el corvo pico oculto entre las negras plumas. - -Desde la evocación, Osvina temblaba al recuerdo del novio muerto. A -veces, en nuestra charla de enamorados, se interrumpía ella bruscamente -y miraba hacia atrás con sus ojos también redondos y grandes, como si -hubiese oído pasos a su espalda. En más de una ocasión intentó referirme -el trance extraño de aquella entrevista de ultratumba, y siempre calló, -angustiada por un temor agudo... Yo bien sé que no debí casarme con -ella, pero aquellos ojos verdes y enormes me atraían como una tentación. -En sueños los veía, solos, separados del rostro, brillando sobre un -fondo negro... Acaso fuesen, sin embargo, los ojos del padre. - - * * * * * - -Era de noche ya cuando llegamos al pueblo. El coche se detuvo en una -calle estrecha, de antiguas casas cuyos muros había ennegrecido la -lluvia. La dueña de la fonda nos recibió alzando sus cortos brazos. Era -anciana ya, diminuta, de lento y sordo hablar. Cuando joven, había sido -criada en casa de Osvina. Nos precedió hasta una habitación; hizo -acomodar nuestras maletas. Luego, inmóvil en el umbral, con las manos -cruzadas sobre el vientre, observó: - ---¡Qué guapa está mi joven señora!... ¡Tantos años pasados sin verla! - -Después se dolió de su vejez, se dolió de su suerte: - ---No hay en la casa más que don Amaro el médico, y su esposa. ¡Son malos -tiempos, son muy malos tiempos, mi joven señora!... - -Avanzó para ayudarla a cambiar sus ropas; nos guió después al comedor. -Don Amaro y su mujer aguardaban ya, ante la mesa. El tenía abundante -pelo gris y una frente enorme y unos ojos pequeños, de agudo mirar, -amparados por unas gafas gigantescas. Su mujer era joven, casi una niña -aún, hermosa como un bien de Dios; en todo su rostro había una enorme -serenidad inconmovible, una quietud total, la absoluta ausencia de -gestos; sus ojos eran como los ojos de una muñeca, que miran sin ver. No -la he visto jamás reir, ni llorar, ni emocionarse. El velón de tres -brazos que alumbraba la mesa hacía lucir sus rubios cabellos con el -mismo tono suave de la miel. Comía con movimientos reposados e iguales, -como obedeciendo a un oculto aparato de relojería que la rigiese. -Sentada frente a mí, sentí durante la cena el peso constante de su -mirada, tan insistente, tan tenaz, que pudo turbarme. El médico parecía -no advertirlo. Al terminar, se alzó, cogió del brazo a su mujer y -salieron. La vi marchar erguida, muda, solemne, con cierta rigidez en -sus movimientos... el doctor hablaba a su oído algunas palabras -confusas. - -Aun le oímos charlar después, ya en nuestra habitación, contigua a la de -ellos. Al través del tabique, la voz del doctor llegaba sordamente; -parecía al principio cariñosa, después, semejaba rogar. Se oyó sólo la -voz de don Amaro. Se hizo el silencio al fin. Entonces, de todos los -rincones de la casa vetusta pareció brotar la melancolía. Nuestra -lámpara alumbraba débilmente; el pabellón del lecho arrojaba a la pared -su sombra como la sombra de una negra Estadea. Callábamos, presa de una -vaga inquietud. Se sentía un leve zumbar: quizás el de la sangre en los -oídos; quizás el de los espíritus que vuelan en la noche; quizás era, -tan sólo, la vida misteriosa de la casa. Las casas tienen también su -vida. Algo de la substancia espiritual de los que en ellas moran, va -quedando en los rincones obscuros, en las paredes, entre las vigas del -techo, hasta en los ocultos agujeros que abre la polilla. Es una vida -formada de muchas partículas de vida. En las casas antiguas, por las que -han desfilado las venturas y las tristezas de muchas generaciones, esa -vida es tan fuerte que influye en la nuestra. Nosotros no la podemos -ver, en la aparente quietud de las cosas, pero existe: los espíritus de -los niños, sensibles a todo influjo, cercanos a lo sobrenatural, de -donde vienen, la advierten con mayor claridad: así sienten en las -habitaciones obscuras un vago terror. Y a veces, nosotros, al quedar -solos en una casa en silencio, hemos sentido como la presencia de otro -sér misterioso que nos acechase; y entonces hemos sufrido un impulso -vehemente de huir. ¡Oh, sí: podéis creer en el espíritu de las casas, -que a veces es trágico, que a veces es sonriente y protector!... El que -supiese leer en esos ligeros rumores de que se llenan los edificios -durante la noche, conocería muchos secretos tenebrosos. - -Y nosotros sentimos despertar la vida del caserón: pasos imperceptibles, -que se advierten porque cruje la madera del suelo; un suave rumor, como -de charlas contenidas; una risa ahogada que se confunde con el -trotecillo de un ratón... Desde el fondo de un espejo nos atisbaba algo -invisible. Osvina, pálida, fría, miraba hacia los rincones obscuros; -¿qué adivinaba su alma, hecha al horror?... Yo miré sus grandes ojos -redondos, dilatados de espanto. Y en los verdes iris vi claramente el -rostro enjuto y el puntiagudo mentón y la corva nariz de su padre, -inclinada hacia el pecho, como el pico del cuervo que se posó una vez -sobre el cadáver del novio muerto en la ría lejana. - - * * * * * - -Si las palabras llegasen a expresar toda la fuerza de lo sobrenatural, -yo podría enloqueceros con el relato de aquellos días angustiosos -pasados en el caserón, mientras fuera caía implacablemente la lluvia. El -cielo era obscuro como la alcoba de un enfermo; frente a nuestras -ventanas se alzaban los muros de la catedral, y los monstruos de las -gárgolas vomitaban incesantemente el agua turbia de los tejados, como en -una náusea continua. Mi mujer, enovillada en el diván, más pálida que -nunca, más transparente su piel, callaba y callaba, en un silencio -desesperante y tenaz. Había sentido vagar por la estancia el espíritu -del novio muerto, hosco y vengativo, y se advertía sobrecogida por un -pasmo de horror. Una noche, al saltar al lecho, asombrado por el -pabellón carmesí, gimieron las tablas con un largo lamento. Entonces -Osvina huyó, acongojada: - ---En esta cama alguien murió sin confesión--me dijo. - -Y no quiso volver a ella. Todas las horas de la noche las pasó en el -diván. ¿Dormía? Entre las cortinas de la cama yo la vi con sus manos -extendidas hacia el espejo, suelto el cabello, entreabierta la boca, -hipnóticos los verdes ojos enloquecidos. En el cristal azogado brillaban -otros ojos también; cuando me incorporé para abarcar la escena, volvió a -oírse el gemido del lecho. Entonces ella dejó caer sus manos, y una -sombra huyó de prisa por el espejo, con las mismas largas piernas del -padre... A veces, la oía hablar confusamente, como si soñase. En una -ocasión me despertó una hora sonando en el reloj de la catedral; abrí -los ojos. Volaba una mariposa sobre la llama del velón, y las alas -fingían en el techo una sombra de garra. Bien vi acercarse la sombra -hasta mi mujer, como unos dedos dispuestos a apresar fuertemente. Gimió -ella en el diván, como bajo el influjo de una pesadilla. Entonces la -mariposa ardió en la llama. Hubo una súbita claridad, y todo quedó -nuevamente encalmado. - - * * * * * - -¿Quién reía así en el caserón?... ¡Oh! Es seguro que jamás entre -aquellas paredes hubiese sonado otra vez la risa. Era una carcajada -aguda que atravesaba los muros como un estilete de acero, fría, sutil, -inquietante. Una vocecita atiplada gritó: - ---¡Eh, buena ama, vieja ama, eh!... ¿Aún no os ha pedido posada el -diablo? - -Y la hostelera replicaba con su tono habitual, doliente y mustio. - -Aquella tarde conocimos al nuevo huésped. Era un hombre chiquito y -gordo, ágil como una pelota que fuese de bote en bote, inquieto, -charlatán. Tenía millares de arrugas junto a los ojos minúsculos y su -boca se abría, para reir, en toda la extensión de las mejillas. Saltaba, -más que andar. Habíamos comenzado la cena cuando él salió con estrépito -de su cuarto y llegó a ocupar su asiento, al otro lado de Elena, la -mujer del doctor. Pero botó en la silla, apenas sentado, para gritar: - ---¡Eh, vieja, vieja!... ¿Por qué habéis puesto hoy el velón de tres -brazos?... - -Y se precipitó a incendiar su servilleta, arrollada como para formar una -antorcha. La posadera acudió con otra luz más. Entonces él suspiró -satisfecho y arrojó la quemada servilleta. - ---Es--dijo mirándonos--que los velones de tres brazos atraen los -espíritus. - -Osvina lo miró a su vez, calladamente. El hombrecillo gordo gritó: - ---A mi vecina no le molestan los espíritus. - -Y rompió a reir escandalosamente, echándose hacia atrás en su asiento, -mirando a Elena con sus ojillos llenos de malicia. - -Elena no contestó. Como siempre, tenía fijos en mí sus ojos serenos. Ni -aun se movió un solo músculo en su rostro. Don Amaro, lívido, más -encrespados los grises cabellos, arrojó el tenedor sobre la mesa, -gruñendo: - ---¡Cada cual vive la vida que tiene!... No puedo tolerarlo a usted... - -Cogió a su mujer del brazo y se fueron. El hombrecillo se desmayaba de -risa. Luego continuó devorando, como si repentinamente se hubiese -olvidado de todo. Cuando calmó su apetito, me miró fijamente: - ---¡Oh!--hizo, con un gesto de alegre sorpresa.--¡Samuel, mi admirable -Samuel! ¿No conoce usted a los amigos? - ---Señor--protesté--no soy Samuel. Me llamo Héctor; no le he visto a -usted en toda mi vida. - -El rió: - ---¡Eh! ¿No me ha visto?... ¿Dice que no me ha visto?... El viejo judío -Samuel, que tenía su tienda en Stettin, no me ha visto nunca. ¡Ji, -ji!... - -Tuvo otro largo acceso de risa, y tosió. Entonces asió la copa de agua y -la acercó a sus labios; pero el agua se desparramó por el mantel, -totalmente, como si un émbolo la impeliese. El hombrecillo tornó a posar -la copa vacía, con un gesto melancólico: - ---¡Siempre me ocurre así!... - -Y apuró el vino, con un ademán resignado. - -Después de cenar, nos siguió a nuestra alcoba y se sentó en el diván, a -mi lado. - ---Y bien--dijo.--¿Para qué fingir? Cada cual vive la vida que tiene, -como dijo el doctor. Yo estoy muy contento por haber hallado a un viejo -amigo. - -Encendió su pipa. - ---Ya hace cien años, ¿eh?... - -Fumó unos largos minutos. - ---Yo hice un buen negocio con Juliano Swart. ¿Recuerda usted a Swart?... -¡Qué bien bebía la cerveza negra de Stettin!... Decidimos que el -espíritu del que muriese primero avisase al otro los medios de la -inmortalidad. Firmamos el pacto con agua bendita, en una hoja de -pergamino. Desde entonces no puedo probar el agua; el agua huye de mí. -El pobre Juliano murió un día en que había bebido más cerveza que nunca -y durmió sobre la nieve. Después vino, obediente al pacto, a traerme el -secreto. Pero los espíritus se han indignado contra él. Ahora quieren -matarme. - -Volvió a envolverse en humo y volvió a reir. - ---Pero yo les he burlado bien. Mientras duermo, corren furiosamente por -la estancia y derriban los muebles. Al principio, el estrépito me -producía insomnios. Ahora, me he acostumbrado y puedo dormir. - -Bajó la voz para contarme: - ---Pongo una calavera en la puerta de mi alcoba, y los espíritus se -precipitan en ella. ¿No conoce usted ese amor a su vieja cárcel, que los -lleva a entrar en los cráneos muertos y vacíos?... En el fondo de una -calavera hay siempre algunos espíritus detenidos. Por eso infunden a las -gentes ese temor que ellas no saben explicarse. Con la calavera en la -puerta, duermo confiado. - ---¡Es una ratonera!--agregó.--¡Una buena ratonera!... - -Y, feliz por habérsele ocurrido la comparación, volvió a reir con su -risa aguda que atravesaba todos los muros. - -Luego dió dos brincos sobre los muelles del diván y marchó a acostarse, -sin decir adiós. - -Yo no le detuve. En aquel instante, como un relámpago vivísimo, advertí -la visión de una vida anterior. Me vi alto y flaco y amarillento, tras -un mostrador, en una covacha sombría, en una calleja de Stettin... -Recordé haber conocido a aquel hombre pequeño y grueso como un barril -de cerveza. Quise precisar, sujetar mi memoria; pero mi memoria huyó a -saltitos, como el compañero de Juliano Swart. - - * * * * * - -Mi mujer languidecía. Aquella tarde había hablado de que era precisa una -separación. En las sombras de los rincones veía siempre el espectro del -novio difunto. Cuando me acercaba a consolarla, me rechazaba, poseída de -un agudo terror. Yo la miraba tristemente, suspiraba y volvía a callar. - -Llovía; llovía siempre. Junté mi frente a los cristales y vi cómo los -monstruos de las gárgolas vomitaban el agua sucia de los tejados. Al -final de la galería advertí de pronto la blanca figura de Elena, que me -miraba. Entonces tuve como un enternecimiento súbito, como un ansia de -amparo cerca de aquella mujer reposada y sana, que no tenía en su -espíritu ansias atormentadoras ni turbas de fantasmas agitadores. Saludé -tristemente. Ella siguió mirando, sin contestar. ¡Qué serena paz la de -sus ojos!... Me acerqué a ella con lentitud. Comencé a hablar: - ---¡Usted es feliz, señora: usted es feliz!... - -No respondió. Yo abrí mi corazón angustiado y narré todas mis cuitas: - ---Osvina no me quiere. - -Me invadía la paz de su mirada; de pronto me asaltó un pensamiento, que -fué la última llamada de la felicidad en las puertas de mi alma. ¿Me -amaría Elena? ¡Aquellas sus largas miradas, aquella su quietud!... Yo -sentí el suave e isócrono susurro de su aliento. Era hermosa como una -visión de cuento de hadas. Mi ternura creció. Arrojéme a sus plantas y -rompí en sollozos sobre sus manos blancas y tibias: - ---¡Oh, Elena, Elena!... ¡Yo soy muy infeliz!... - -Ella se dejaba acariciar, inmóvil, quizás petrificada en compasión. -Sobre mi cabeza abatida, sus ojos estaban clavados en un punto lejano, -con aquella su fijeza constante. Besé sus dedos afilados. Entonces sonó -la risa del hombrecillo. El hombrecillo estaba detrás de mí, jubiloso: - ---¡Ah, ah... el viejo Samuel, que enamora a la mujer de don Amaro! ¡Ah, -ah!... - -Me erguí, entre azorado y colérico. Elena no se alteró. Murmuré con -saña: - ---¿Quién le autoriza a usted para insultar a una dama?... - -Siguió riendo aun. Uní mis manos en torno a su cuello, en un impulso de -ira. - ---¡Eh!--gruñó, desasiéndose--¡eh, viejo Samuel!... Un poco de calma. Yo -no he insultado a la dama de tus amores. Esta señora no se ofende -jamás. - -Después se empinó para decirme al oído: - ---Elena no tiene alma. - -Vió mi gesto y rió otra vez. Elena, quieta, con su eterna expresión, -parecía ajena al momento, como sumida en su distracción habitual. - ---Elena no tiene alma, viejo Samuel. Era pupila del doctor e iba a -morirse. El doctor logró salvar la materia, restaurar vísceras, ligar -tendones, poner en marcha otra vez toda la maquinaria del organismo. -Pero concluyó tarde su faena, y el alma se había escapado ya. ¡Je, -je!... ¡Tiene un gran talento don Amaro, pero no podrá encontrar el alma -de su Elena!... - -Oyéronse unos golpes secos sobre la madera del piso. - ---Es la calavera, que salta--explicó.--Está llena de espíritus. - -Y continuó: - ---El doctor se casó con su pupila, pero no pudo conseguir que le amase. -Elena no siente más que el hambre, la sed, el sueño, la fatiga... ¡Es -una hermosa muñeca mecánica!... - -Los golpes volvieron a oírse en la estancia vecina. El hombrecillo -suspiró: - ---Está demasiado llena la calavera. Tendré que vaciarla. ¡Eh! ¿Por qué -no da usted un abrazo a la bella Elena?... No habrá de contarlo nunca; -nadie se habrá de enterar, ni aun ella misma. - -Y le hizo gracia la idea y tornó a sus explosiones de alegría. Sonó -entonces un golpe mayor y pasó un instante de silencio. - -De mi alcoba vino el grito de espanto de Osvina. Nos miramos; el -hombrecillo había palidecido también. Hizo girar sus pequeños ojos -metálicos y se puso lívido: - ---¡Han escapado, voto a...! - -Salió. Yo le seguí. Sobre el diván, Osvina, pendiente la negra -cabellera, estertoraba; todas las sombras del crepúsculo se habían -reunido en una sola sombra inclinada hacia ella, como apresándola. Vi -asomar un instante al espejo el rostro de su padre, invadido de -desolación... Huí... En el pasillo tropecé con los trozos de la rota -calavera; salí a la calle... Corría, corría... El hombrecillo gordo -brincaba tras de mí, moviendo ágilmente sus cortas piernas. - -Corría... soplaba... A veces oía su voz angustiosa que suplicaba: - ---¡Eh, viejo Samuel: espera por mí!... ¡No me abandones, viejo!... - -Pero yo sabía que algo invisible avanzaba tras nosotros. Y corría sin -contestar, seca la boca, erizado el cabello... - - - - -TREMIELGA - -(ORTEGA MUNILLA) - - -A cincuenta metros sobre el nivel del suelo, en lo más alto del -cimborrio, junto a una lucerna, sobre un andamio, estábamos el maestro -Lucio y yo gravemente ocupados en ponerle nimbo de oro a un San Marcos -Evangelista que el día anterior habían hecho surgir de la pared nuestros -pinceles. ¡Qué artistas éramos nosotros! El maestro Lucio comparaba mi -pincel con un rayo de sol, porque, como éste, hacía brotar flores -dondequiera; y yo, no por corresponder a estos elogios galantemente, -sino por sentirlo, decía de la paleta de aquel venerable viejo que era -una sonrisa del arco iris. - ---Echa más oro ahí--me dijo, mojando su pincel en la cazoleta del -amarillo rey. - ---¿Cuándo acabamos nuestra obra?--le pregunté a tiempo que cumplía sus -órdenes. - ---Mañana... ¡Cuarenta años encerrado en esta catedral! ¡Qué larga fecha! -¡Aquí entré de aprendiz con el buen Ansualdo, a quien mataron los -franceses... Aquí me enamoré de mi Pepilla Alderete... Aquí conocí a -aquel desventurado Tremielga!... - ---Aquí me conoció usted a mí, señor mío, que yo soy alguien--exclamé -festivamente. - -Pero esta vez no produjo el ordinario efecto de otras mi humorística -salida. - -No se rió el maestro Lucio con aquella carcajada de honradez y franqueza -que hacía temblar sus barbas de plata; no me miró afable como solía con -aquellos ojos castaños pálidos. Quedóse pensativo y mudo, con el pincel -alzado, la frente contraída por las mil arrugas de su vejez y las -piernas quietas, colgando del andamio. Entraba el sol por la lucerna, y -al dar en la noble faz del decrépito artista, tiñendo su blusa azul de -los colores naranjados rosa de los vidrios, prestábale mucha semejanza -con uno de aquellos personajes bíblicos que, evocados por nosotros, -habían venido a habitar las crujías del templo, los dorados camarines, -el trascoro y la sacristía. - ---Tú eres un niño y no te fijas aún en las cosas graves; pero aun siendo -así, como es, he de contarte una historia que puede serte útil--me dijo, -después de un rato de silencio, sólo interrumpido por el metálico chocar -de los candeleros que un monacillo, vestido de vieja sotana, ponía en un -altar.--¿Te acuerdas tú, muchacho, de mi amigo Tremielga? - ---¡Y cómo si me acuerdo!--contesté, sin dejar de esgrimir el pincel -sobre la cabeza de San Marcos. - -Aun me parece que lo veo con su cara amarillenta como un pergamino, con -sus ojos de color de la tinta, con sus manos flacas y su desgarbada -persona, que parecía un aguilucho desplumado... - ---Pues bien; ese aguilucho desplumado fué grande amigo mío; pero no -amigo de esos que se unen hoy y se separan mañana, como bolas de billar -cuando el taco las pone en movimiento, sino amigo de la infancia, -compañero de escuela, discípulo de Ansualdo, voluntario del mismo -regimiento cuando lo del año 9, prisionero de la misma jornada... -pariente del alma, porque también tiene el alma sus primazgos y -relaciones de afinidad. - --Por ejemplo--dije yo--, aquí me tiene usted a mí que soy, por el alma, -hijo de usted, aun cuando el padre que me ha engendrado es otro. - ---Dices bien, Leoncillo... Tremielga era un ángel, pero un ángel -rebelde, con un amor propio más grande que el mundo, con un talento -enorme y dislocado... Porque un día le reprendió el maestro Ansualdo -delante de Pepilla, rompió el caballete y tiró los pedazos a la calle... -Pero ya he mentado dos veces a mi Pepilla, y debo decirte por qué... -Tenía yo diez y nueve años, y no sé qué tristeza romántica se apoderó -de mí. Era el mes de Mayo. ¡Qué noches más hermosas las de aquel mes de -Mayo! ¡Qué reja la de Pepilla! ¡Qué macetas de rosas las que había en -ella! ¡Y qué ojos los que fulguraban detrás del follaje de las macetas, -atisbando mi paso y jugando al gracioso escondite del amor!... Prendóme -la graciosa cara de mi Pepilla; prendóme su cinturita de palma -valenciana; prendóme la dulce canturía de su voz; prendóme el enano pie -que asomaba por entre los lamidos pliegues de la falda de cúbica, como -diciendo: «¡Y que nosotros, que somos tan menuditos, sostengamos todo -este alcázar de hermosura!...» Y me enamoré locamente de Pepilla... Más -de cinco veces pinté su retrato, entre rosales una, otra con el traje -italiano que teníamos en el taller para vestir a la Virgen de la Silla; -pero jamás acertaba a poner en su palmito retrechero aquella suave -sombra que había debajo de los ojos, aquella lumbre de la pupila y -aquellos hoyuelos, fugaces como mariposas, que esparcía la risa en su -rostro. - -Pasaron dos meses, y el amor era un incendio en que los dos nos -abrasábamos. Una atmósfera de luz y calor nos envolvía. Un aroma que aún -no han podido extraer los químicos de ninguna materia olorosa, -embalsamaba nuestras almas!... Un día en que pintaba el décimo retrato -de mi novia, sentí que me descargaban en la espalda un golpe, y, al -volverme, vi a Tremielga, a mi amigo querido, que con el tiento en la -mano y agitándole a guisa de espada, lleno de ira que en oleadas de -siniestro fuego escapábase por sus ojos, me dijo: - ---¡Qué miserable eres! ¿Qué sortilegio empleas para arrebatarme los -asuntos de todos mis cuadros? Apenas los concibo, te pones a pintar lo -mismo que yo ideé. Diríase que yo pienso por ti y que tú pintas por mí. -¡Ah, ladrón del arte! ¡Así crece tu nombre! - ---¿Estás loco, Tremielga? - ---Motivo había... ¿De dónde sacaste la invención de ese lienzo que -pintas ahora? ¿Dónde has visto ese rostro?... Mira, no sigas moviendo el -pincel; tírale o yo seré quien le arranque de tu traidora mano. Esa -Venus la he sentido yo nacer en mi cerebro. Ese pecho, blanco como ala -de cisne, ha palpitado al soplo de mi inspiración, y esa mano que -adelanta hacia nosotros para ocultar misteriosas bellezas, se ha agitado -bajo los creadores esfuerzos de mi mente. ¡Esa Venus es mía! - -No le hice caso. Pensé que, según costumbre adquirida últimamente por -él, se habría embriagado con cerveza, cosa en aquella edad tan rara en -España como la afición a la lectura. Dejéle, pues, disputar y me marché -del estudio. Pero desde entonces pude observar un cambio profundo en su -conducta, y que a su amistad efusiva y franca sucedían una reserva y una -indiferencia glaciales. Cuando me hablaba, apenas podía encubrir con -fórmulas urbanas reticencias de odio que me herían profundamente, -clavándoseme en el alma como púas de zarza. - ---¡Tremielga te tiene envidia!--me decían las gentes. - -Pero yo me negaba a creerlo. ¡Envidia Tremielga, cuando su talento es -tan grande! ¡Envidia a mí, que me honraría siendo el autor del más malo -de sus bocetos! ¡Envidia quien posee aquel lápiz con el que se apodera -de las líneas de las cosas, hurtándoles las proporciones mismas de la -realidad! ¡Era imposible! - -Otra vez me dijeron: - ---¡Tremielga trata de soplarte la dama! Pepilla Alderete le gusta, pero -mucho. - -Aquello era otra cosa. Yo no podía dudar del talento de Tremielga, pero -podía dudar de su lealtad por dura que me fuese esta suposición. Traté -de convencerme, y adquirí el convencimiento que vino a rasgar mi alma -con sus uñas horribles. Imagínate, Leoncillo querido, que al ir a -acariciar el perro que te sirvió de compañía durante tu vida toda, -hallas que tu mano oprime, en vez de aquella hirsuta cabeza, símbolo de -la inteligencia y la felicidad, la cabeza escamosa y fría de una víbora. -Pues eso me sucedió a mí al ver que mi amigo, mi hermano, me engañaba. - -Una noche salía yo de la catedral y me encaminaba a la reja de Pepilla. -Nunca lucieron más aquellas ascuas de oro, que dicen que son mundos -arrojados por Dios en la inmensidad azul; nunca tuvo murmurio más dulce -y armonioso aquella fuente que en el patio de la casa habitada por -Pepilla corría, corría cantándome con su voz monótona mil himnos de -amor. ¡Oh, noche divina! Fué la primera que en mis labios besaron -aquellos párpados que parecían hojas de rosa puestas por un hada allí -para ocultar dos tesoros de diamantes. Aún se estremece dulcemente mi -alma con tal recuerdo y tiembla mi corazón en su cárcel de huesos como -pájaro loco que quiere volar... El reloj de la catedral parecía burlarse -de nosotros adelantando el ir y venir de su batuta con que medía el -tiempo; las ventanas góticas de este viejo edificio contemplábannos cual -ojos envidiosos, y a veces yo creía ver dibujarse y palpitar en su -órbita el espacio negro que cortaba la blancura de las piedras, -señalando el hueco de las ojivas; e imaginaba--¡necio de mí!--ver en -aquella pupila el mirar vidrioso de Tremielga... Al fin me despedí de -Pepilla y era tan tarde, que por llegar a mi casa antes del alba eché a -correr. ¡Cuál no sería mi asombro al hallarme detrás de la primera -esquina la desgarbada persona de aquel desgraciado! - ---¡Anda, miserable!--me dijo apretando ambos puños y acercando su cara a -la mía con aire de reto.--Me has arrancado el alma. Aquella _Venus_ que -yo soñé ha pasado a ser tuya ilegítimamente... Oye, Lucio, yo pensaba -matarte, pero esto no resuelve nada. Pepilla vestiría luto y estaría más -bonita, más interesante con el traje negro, con la palidez del dolor, -con la honda fiereza que había de despertar en su espiritillo -voluntarioso y rebelde tu asesinato... Lo que hago es marcharme, porque -aquí la envidia de tu bien me consume. Es un fuego que arde dentro de -mis pulmones, reduciéndolos a pavesas... ¿Crees tú que es sangre lo que -bulle por estas venas?--y señalaba con su tembloroso dedo índice los -gruesos cordones azules que resaltaban sobre la amarilla piel, como las -vetas de óxido, en el jaspe.--Pues no es sangre, sino pólvora líquida... -Tú pintas mejor que yo, eres más amado que yo; me quitaste los laureles -de la frente y el anillo nupcial del dedo. ¡Maldigo Dios, tu pincel y tu -alma! - -Y se alejó. - -¡Qué cosa más atroz es causar daño al prójimo! ¡Cuando se hace sin -voluntad experiméntase un dolor semejante al que todo hombre compasivo -sentiría pisando una hormiga que no se ha visto antes de aplastarla, y -de cuya hormiga se supiera que tenía razón, esperanza, porvenir! ¡Yo -había aplastado, sin quererlo, sin quererlo, a aquella pobre hormiga, y -en su postrer pataleo me daba compasión el mirarla cómo iba echando -fuera los últimos alientos y las últimas ilusiones!... - -Se fué a Alemania. En su cabeza llevaba un mundo muerto como el de la -luna; en su corazón unas cuantas fibras secas, al modo de pedacillos de -paja atados en haz de dolor. Allá vivió doce años, y cuando vino de -nuevo, éramos Pepita y Lucio padres de esos tres mancebos, que son tus -amigos y casi tus parientes. Venía como tú le conociste. Era, según has -dicho, un aguilucho desplumado, un conjunto de huesos en fea -desproporción distribuídos; pero al encontrarme un día en la calle, se -irguió súbitamente, y durante un minuto volví a ver en Tremielga a aquel -muchacho animoso y decidido, lleno de fe en lo porvenir, gozoso del -presente, satisfecho del pasado. - ---¡Ah, Lucio, Lucio!--exclamó.--Despídete de tu fama, pintorcillo. Esta -idea no me la quitarás. La tengo encerrada en mi cerebro y es una cosa -magnífica. ¿Quieres saber dónde la concebí? Pues fué en Pirmansen, junto -a un río negro como mi humor, de cuyas embetunadas ondas miré salir una -musa inspiradora. Eres un desdichado emborronador de lienzos. ¡Te -compadezco! - -Aquel mismo día me contaron que Tremielga había ido a ver al obispo, -Mecenas inteligente y pródigo de los pintores, para pedirle que le -concediera un salón de su palacio, donde pensaba exhibir cierto cuadro -famoso que estaba terminando. Supe también que había dicho Tremielga en -la plaza: - ---Ese pillo que me ha robado todas mis ideas, va a perder de una sola -vez su primacía. ¡Qué asunto el de mi cuadro!... Es un combate. Hay allí -luces que ese torpe no ha visto nunca; humos que salen de la tierra y se -pasean sobre el campo como gasas fúnebres del ángel de las batallas; -fieros rostros de soldados en los que brilla el júbilo de la victoria y -humildes caras de vencidos que piden protección. Se hablará en el mundo -de mi obra, y dirán al pasar junto a la tumba de Tremielga: «¡Aquí -duerme el genio!» - -El obispo le otorgó lo que pedía. Instalóse el cuadro en un aposento -espacioso, y cubierto con una cortina aguardaba al concurso. Allí estaba -el autor, consumido por la fiebre del trabajo, y el interno rescoldo de -su envidia. Todos llegamos, y cuando el obispo tomó asiento en su -estadal y nos bendijo, tiró Tremielga del pedazo de sarga que ocultaba -su obra. Cayó al suelo el telón y miramos todos. Pero, no bien puso sus -ojos en el lienzo aquel concurso de pintores, un grito de sorpresa saltó -de todas las bocas que, a un tiempo, como coro de cantares, dijeron: - ---¡_El cuadro de las lanzas_, de Velázquez! - -Sí, Leoncillo. El pobre Tremielga había compuesto como original lo que -Velázquez hizo tantos años antes, y confundiendo en su alma la memoria y -la fantasía, lo que aquélla le pintó como recuerdo, reputóla él creación -de ésta. - -Había cegado la envidia a aquel gran genio, como ciega al sol la parda -nube, y en tal confusión psicológica creeríase hallar una alegoría cruel -de la negra pasión que levantaba en su alma trombas de fuego y polvo. - -¿Has visto nunca, Leoncillo, cosa semejante?... ¿Por qué abres tanto los -ojos? ¿No me has entendido? Pues este es de aquellos sucesos que no se -pueden explicar... Han dado las cinco; es ya hora de bajar desde este -andamio al mundo... En el mundo hallarás espíritus fundidos en el tropel -de Tremielga, y ellos te enseñarán la moraleja de mi historia. Añadiré, -para darle punto, que al oir Tremielga aquella exclamación soltó una -feroz carcajada, y agitando sus brazos como aspas de molino, -dijo:--¡Otro ladrón de mi pensamiento! ¡Lucio me robó aquella _Venus_! -¡Ese... Velázquez, me ha robado la _Rendición de Breda_! - - - - -NOCHE SERVIA - -(BLASCO IBÁÑEZ) - - -Las once de la noche. Es la hora en que cierran sus puertas los teatros -de París. Media hora antes cafés y restaurantes han echado igualmente su -público a la calle. - -Nuestro grupo queda indeciso en una acera del bulevar, mientras se -desliza en la penumbra la muchedumbre que sale de los espectáculos. Los -faroles, escasos y encapuchados, derraman una luz fúnebre, rápidamente -absorbida por la sombra. El cielo, negro, con parpadeos de fulgor -sideral, atrae las miradas inquietas. Antes, la noche sólo tenía -estrellas; ahora, puede ofrecer de pronto teatrales mangas de luz en -cuyo extremo amarillea el zepelino como un cigarro de ámbar. - -Sentimos el deseo de prolongar nuestra velada. Somos cuatro: un escritor -francés, dos capitanes servios y yo. ¿Adónde ir en este París obscuro, -que tiene cerradas todas sus puertas?... Uno de los servios nos habla -del _bar_ de cierto hotel elegante, que continúa abierto para los -huéspedes del establecimiento. Todos los oficiales que quieren -trasnochar se deslizan en él como si fuesen de la casa. Es un secreto -que se comunican los hermanos de armas de diversas naciones cuando pasan -unos días en París. - -Entramos cautelosamente en el salón profusamente iluminado. El tránsito -es brusco de la calle obscura a este _hall_ que parece el interior de un -enorme fanal, con sus innumerables espejos reflejando racimos de -ampollas eléctricas. Creemos haber saltado en el tiempo, cayendo dos -años atrás. Mujeres elegantes y pintadas, champán, violines que gimen -las notas de una danza de negros con el temblor sentimental de las -romanzas desgarradoras. Es un espectáculo de antes de la guerra. Pero en -la concurrencia masculina no se ve un solo frac. Todos los hombres -llevan uniformes--oficiales franceses, belgas, ingleses, rusos, -servios--y estos uniformes son polvorientos y sombríos. Los violines los -tocan unos militares británicos que contestan con sonrisa de brillante -marfil a los aplausos y aclamaciones del público. Sustituyen a los -antiguos zíngaros de casaca roja. Las mujeres señalan a uno de ellos, -repitiéndose el nombre del padre, lord célebre por su nobleza y sus -millones. «Gocemos locamente, hermanos, que mañana hemos de morir.» Y -todos estos hombres, que han colgado su vida como ofrenda en el altar de -la diosa Pálida, beben la existencia a grandes tragos, ríen, copean, -cantan y besan con el entusiasmo exasperado de los marinos que pasan una -noche en tierra y al romper el alba deben volver al encuentro de la -tempestad. - - * * * * * - -Los dos servios son jóvenes y parecen satisfechos de que las aventuras -de su patria los hayan arrastrado hasta París, ciudad de ensueño que -tantas veces ocupó su pensamiento en la bárbara monotonía de una -guarnición del interior. - -Ambos «saben contar», habilidad no ordinaria en un país donde casi todos -son poetas. Lamartine, al recorrer hace tres cuartos de siglo la Servia -feudataria de los turcos, quedó asombrado de la importancia de la poesía -en este pueblo de pastores y guerreros. Como muy pocos conocían el -abecedario, emplearon el verso para guardar más estrechamente las ideas -en su memoria. Los _guzleros_ fueron los historiadores nacionales y -todos prolongaron la _Iliada_ servia, improvisando nuevos cantos. - -Mientras beben champán los dos capitanes, evocan las miserias de su -retirada hace unos meses; la lucha con el hambre y el frío; las batallas -en la nieve, uno contra diez; el éxodo de las multitudes, personas y -animales en pavorosa confusión, al mismo tiempo que a la cola de la -columna crepitan incesantemente fusiles y ametralladoras; los pueblos -que arden, los heridos y rezagados, aullando entre llamas; las mujeres -con el vientre abierto viendo en su agonía una espiral de cuervos que -ávidos descienden; la marcha del octogenario rey Pedro, sin más apoyo -que una rama nudosa, agarrotado por el reumatismo, y continuando su -calvario a través de los blancos desfiladeros, encorvado, silencioso, -desafiando al destino, como un monarca shakespiriano. - -Examino a mis dos servios mientras hablan. Son mocetes carnosos, -esbeltos, duros, con la nariz extremadamente aguileña, un verdadero pico -de ave de combate. Llevan erguidos bigotes. Por debajo de la gorra, que -tiene la forma de una casita con tejado de doble vertiente, se escapa -una media melena de peluquero heroico. Son el hombre ideal, el -«artista», tal como lo veían las señoritas sentimentales de hace -cuarenta años, pero con uniforme color de mostaza y el aire tranquilo y -audaz de los que viven en continuo roce con la muerte. - -Siguen hablando. Relatan cosas ocurridas hace unos meses y parece que -recitan las remotas hazañas de Marko Kraliovitch, el Cid servio, que -peleaba con las _Wilas_, vampiros de los bosques, armados de una -serpiente a guisa de lanza. Estos hombres que evocan sus recuerdos en un -_bar_ de París han vivido hace unas semanas la existencia bárbara e -implacable de la humanidad en su más cruel infancia. - -El amigo francés se ha marchado. Uno de los capitanes interrumpe su -relato para lanzar ojeadas a una mesa próxima. Le interesan, sin duda, -dos pupilas circundadas de negro que se fijan en él, entre el ala de un -gran sombrero empenachado y la pluma sedosa de una boa blanca. Al fin, -con irresistible atracción, se traslada de nuestra mesa a la otra. Poco -después desaparece, y con él se borran el sombrero y la boa. - -Me veo a solas con el capitán más joven, que es el que menos ha hablado. -Bebe; mira el reloj que está sobre el mostrador. Vuelve a beber. Me -examina un momento con esa mirada que precede siempre a una confidencia -grave. Adivino su necesidad de comunicar algo penoso que le atormenta la -memoria con gravitación de suplicio. Mira otra vez el reloj. La una. - ---Fué a esta misma hora--dice sin preámbulo, saltando del pensamiento a -la palabra para continuar un monólogo mudo.--Hoy hace cuatro meses. - -Y mientras sigue hablando, yo veo la noche obscura, el valle cubierto de -nieve, las montañas blancas de las que emergen hayas y pinos, -sacudiendo al viento las vedijas algodonadas de su ramaje. Veo también -las ruinas de un caserío, y en estas ruinas el extremo de la retaguardia -de una división servia que se retira hacia la costa del Adriático. - -Mi amigo manda el extremo de esta retaguardia, una masa de hombres que -fué una compañía y ahora es una muchedumbre. A la unidad militar se han -adherido campesinos embrutecidos por la persecución y la desgracia, que -se mueven como autómatas y a los que hay que impelir a golpes; mujeres -que aullan arrastrando rosarios de pequeñuelos; otras mujeres, morenas, -altas y huesudas, que callan con trágico silencio, e inclinándose sobre -los muertos les toman el fusil y la cartuchera. La sombra se colora con -la pincelada roja y fugaz del disparo, surgiendo de las ruinas. De las -profundidades de la noche contestan otros fulgores mortales. En el -ambiente negro zumban los proyectiles, invisibles insectos de la noche. - -Al amanecer será el ataque arrollador, irresistible. Ignoran quién es el -enemigo que se va amasando en la sombra. ¿Alemanes, austriacos, -búlgaros, turcos?... Son tantos contra ellos! - ---Debíamos retroceder--continúa el servio,--abandonando lo que nos -estorbase. Necesitábamos ganar la montaña antes de que viniese el día. - -Los largos cordones de mujeres, niños y viejos, se habían sumido ya en -la noche, revueltos con las bestias portadoras de fardos. Sólo quedaban -en la aldea los hombres útiles que hacían fuego al amparo de los -escombros. Una parte de ellos emprendió a su vez la retirada. De pronto -el capitán sufrió la angustia de un mal recuerdo: «¡Los heridos! ¿Qué -hacer de ellos?...» En un granero de techo agujereado, tendidos en la -paja, había más de cincuenta cuerpos humanos, sumidos en doloroso sopor -o revolviéndose entre lamentos. Eran heridos de los días anteriores que -habían logrado arrastrarse hasta allí; heridos de la misma noche que -restañaban la sangre fresca con vendajes improvisados; mujeres -alcanzadas por las salpicaduras del combate. El capitán entró en este -refugio que olía a carne descompuesta, sangre seca, ropas sucias y -alientos agrios. A sus primeras palabras, todos los que conservaban -alguna energía se agitaron bajo la luz humosa del único farol. Cesaron -los quejidos. Se hizo un silencio de sorpresa, de pavor, como si estos -moribundos pudiesen temer algo más grave que la muerte. - -Al oír que iban a quedar abandonados a la clemencia del enemigo, todos -intentaron un movimiento para incorporarse; pero los más volvieron a -caer. - -Un coro de súplicas desesperadas, de ruegos dolorosos, fué hasta el -capitán y los soldados que le seguían... - ---¡Hermanos, no nos dejéis!... ¡Hermanos, por Jesús! - -Luego reconocieron lentamente la necesidad del abandono, aceptando su -suerte con resignación. ¿Pero caer en manos de los adversarios? ¿Quedar -a merced del búlgaro o el turco, enemigos de largos siglos?... Los ojos -completaron lo que las bocas no se atrevían a proferir. Ser servio -equivale a una maldición cuando se cae prisionero. Muchos que estaban -próximos a morir temblaban ante la idea de perder su libertad. - -La venganza balkánica es algo más temible que la muerte. - -«¡Hermano! ¡Hermano!» El capitán, adivinando los deseos ocultos en estas -súplicas, evitaba el mirarles. «¿Lo queréis?», preguntó varias veces. Y -todos movían la cabeza afirmativamente. Ya que era preciso su abandono, -no debía alejarse dejando a sus espaldas un servio con vida. - -¿No habría suplicado él lo mismo al verse en igual situación?... - -La retirada, con sus dificultades de aprovisionamientos, hacía escasear -las municiones. Los combatientes guardaban avaramente sus cartuchos. - -El capitán desenvainó el sable. Algunos soldados habían empezado ya el -trabajo empleando las bayonetas, pero su labor era torpe, desmañada, -ruidosa; cuchilladas a ciegas, agonías interminables, arroyos de sangre. -Todos los heridos se arrastraban hacia el capitán, atraídos por su -categoría, que representaba un honor, admirados de su hábil prontitud. - ---¡A mí, hermano!... ¡A mí! - -Teniendo hacia fuera el filo del sable, los hería con la punta en el -cuello, buscando partir la yugular del primer golpe. - ---_¡Tac!_... _¡Tac!_...--marcaba el capitán, evocando ante mí esta -escena de horror. - -Acudían arrastrándose sobre manos y pies; surgían como larvas de las -sombras de los rincones; se apelotonaban contra sus piernas. El había -intentado volver la cara para no presenciar su obra; los ojos se le -llenaban de lágrimas; pero este desfallecimiento sólo servía para herir -torpemente, repitiendo los golpes y prolongando el dolor. ¡Serenidad! -¡Mano fuerte y corazón duro!... _Tac_..., _tac_... - ---¡Hermano, a mí!... ¡A mí! - -Se disputaban el sitio como si temieran la llegada del enemigo antes de -que el fraternal sacrificador finalizase su tarea. Habían aprendido -instintivamente la postura favorable. Ladeaban la cabeza para que el -cuello en tensión ofreciese la arteria rígida y visible a la picadura -mortal. «¡Hermano, a mí!» Y expeliendo un caño de sangre se recostaban -sobre los otros cuerpos que iban vaciándose lo mismo que odres rojos. - - * * * * * - -El _bar_ empieza a despoblarse. Salen mujeres apoyadas en brazos con -galones, dejando detrás de ellas una estela de perfumes y polvos de -arroz. Los violines de los ingleses lanzan sus últimos lamentos entre -risas de alegría infantil. - -El servio tiene en la mano un pequeño cuchillo sucio de crema, y con el -gesto de un hombre que no puede olvidar, que no olvidará nunca, sigue -golpeando maquinalmente la mesa... _¡Tac!_... _¡Tac!_... - - - - -PRUEBAS DE AMOR - -(FELIPE TRIGO) - - -Mi amigo César es un analista insoportable. Pudiera ser feliz, porque -tiene talento y buena fortuna, y es el más desdichado de los hombres. - -Todo lo mide, lo pesa y lo descompone; el placer y el dolor, el llanto y -la alegría, el amor y la amistad. Su corazón sensible, hasta lo -infinito, se deja tocar por las más pequeñas cosas; pero el eco -levantado en el corazón, plácido o triste, grande o fugaz, es entregado -inmediatamente al pensamiento, que, al profundizarlo por todas partes, -lo deja destrozado. - -Llorando ante el cadáver de su padre, pensaba si en su aflicción extrema -no habría algo de hipocresía consigo mismo. Y cesó de llorar. Pero en -seguida le pareció fanfarronada de fortaleza su dolor sin llanto. Y -lloró, llamándose miserable. - -Estrenó una comedia. Y cuando el público lo aclamaba, se encontró a sí -propio desmedidamente fácil de halagar por los aplausos. Para evitarlos, -se negó a salir a escena por segunda vez, se largó a su casa, se metió -en la cama y no pudo dormir, reflexionando que la brusquedad de tal -determinación tuvo mucho más de vanidosa que el haber seguido recibiendo -los aplausos. - -Cuando saluda a un personaje aléjase meditando si en el saludo no puso -algún servilismo. Y, por si acaso, cuando le halla otro día, lo esquiva. - -Vive solo, huraño, perpetuamente dedicado a vacilar, a destruirse las -ilusiones. - -Es un loco, sin duda. - - * * * * * - -Recuerdo que hará tres años lo encontré una tarde en el Retiro, sentado -de espaldas a la gente, con la silla recostada en un árbol y entretenido -en mirar el desfile de los coches. Me senté con él y no hablamos. De -pronto, al paso lento de los carruajes enfilados, porque estaba en el -paseo de la Reina, cruzó junto a nosotros una victoria, en cuyo interior -iban dos mujeres, saludando a César. - -Una, lindísima, elegante, joven. - ---¿Ves aquélla?--me dijo señalándola, cuando ya no pudo vernos.--La -adoro. Estoy desesperado. La vi en la Comedia, en un palco. ¿Verdad que -es divina?... Tiene alma de artista. Después de la presentación, no he -vuelto más que dos días a su casa. ¡Oh, si yo pudiera llevarla a la mía, -hacerla mi mujer!... Créeme. El ideal es esa Aurora Rubí; pero es hija -de un hombre muy rico. - -En seguida me contó que Aurora había estado con él atentísima, quizás -más que con nadie; pero que, sin embargo, y a pesar de que la quería -cada vez más, teniendo en cuenta la alta posición de aquella familia, no -se atrevería a intentar nada. Yo hícele notar a mi amigo que teniendo él -una carrera brillante y un nombre literario conocidísimo en Madrid, -debían tenerle sin cuidado los miles de duros del _suegro_. Mucho menos -cuando, a juzgar por el modo de saludar de Aurora, cuyos ojos se habían -fijado en César con mimosería singular, la niña estaba de su parte. -Continuamos hablando del asunto mucho rato a la vuelta del paseo, y, ya -de noche, en la Puerta del Sol, dejé a César con sus vacilaciones -eternas y eternas dudas y desconfianzas. - - * * * * * - -En Marzo volví a verle en una platea del Español, con Aurora y su -familia. En toda la noche cesaron de hablar, cubierta ella la cara con -el abanico de seda, sin importarles un pito la representación. Y -después, durante todo el verano siguiente, le encontré siempre -acompañándola en los teatros, en los paseos, enamoradísimos ambos, según -las muestras. - -Tenía ganas de hablar con César para darle mi enhorabuena, y una tarde -que yo estaba en la Moncloa, adonde fuí de puro aburrimiento, le hallé -sentado en un banco, la cara seria, entretenido en golpear las -piedrecillas del suelo con la contera del bastón. - ---Te felicito--le dije. - ---¿Por qué? ¿Por quién?... ¿Por Aurora? No, no; todo lo contrario. - ---¿No es tu novia? - ---Sí. - ---¿No la quieres? - ---Como un insensato, y su familia me acepta, y ella es adorable, sin -par; y por lo tanto, me tiene vuelto el juicio. Puedo casarme cuando se -me antoje; pero... - ---Pero, ¿qué? - ---Pero... ¡no me da la gana! - -Dijo esto con dureza extraña, como imposición hecha por su voluntad a su -invencible deseo. - ---No quiero. No me da la gana de casarme--repitió, enfadado. - -Yo me reí. El se calmó luego. - ---Mira, tú--me dijo,--la quiero tanto, que yo necesito a toda costa -saber que ella me quiere con delirio; necesito saber que me adora, y que -me adora como una loca, que me adora por mí mismo, no por la vanidad de -mi nombre, ni siquiera por la gratitud de mi amor. En una palabra: -necesito que me sacrifique cuanto es y cuanto vale: su tranquilidad, su -orgullo, su porvenir y su honra. - ---Estás chiflado. - ---Chiflado o no, eso la he dicho: que quiero todos esos sacrificios, que -si yo soy su dios, como ella repite a cada instante, su dios le pide el -honor y la vida para hacer de ellos lo que guste: probablemente, -devolverlos; pero ¡quién sabe si entregarlos hechos jirones a la -publicidad, para ver si la adoración resiste a todo, hasta al martirio y -a la deshonra! - ---Pero, ¿hablas formal?--no pude menos de preguntarle a mi amigo. - ---Tan formal, que hace cuatro días que no la veo. La he jurado que la -amaré siempre, aunque probablemente nunca nos casaremos. - ---¿Y ella? - ---Lucha la infeliz. Mira; al fin esta tarde me llama. Sí, sí, empiezo a -creer que me idolatra; que podremos casarnos... después. - - * * * * * - -Al cabo de medio año, he vuelto ayer a tropezarme con César. Estaba en -un café y leía, completamente absorto, una carta de renglones cruzados. - -Aurora está en Santander. - ---Oye--me dijo César, tras de contarme muchas cosas.--Es horrible mi -situación. Yo, que tanto la adoro, no puedo acabar de convencerme de su -amor, y ya menos que nunca. Yo leo esas cartas llenas de ternura, de -confianzas dulcísimas, y pienso, a pesar mío, que aunque así deben de -ser las que dicta el corazón de una mujer enamorada, así pueden ser -también las que dirige el miedo de una pobre niña a quien le guarda el -tesoro de su honra. - ---Que entregó por amor. - ---¡Y que puede obligarla a mentir en el olvido! ¡Oh, si así fuera, si -ella me hubiese olvidado, cuánto me estaría ofendiendo al creer que yo -no sería capaz de devolverle estas cartas, estos recuerdos de nuestra -escondida felicidad, que no tienen valor para mí de prendas de venganza -contra la ingratitud, sino de reliquias santas de la única mujer que he -querido y querré con toda mi alma, aun ante la confesión de su olvido... -Y si me ama--continuó César, exaltado--, yo quiero saberlo. Pero cómo, -Dios mío, si me ha dado todas, todas las pruebas de amor que puede dar -una mujer... ¡y no son bastantes! - - * * * * * - -Yo dejé a César por no decirle que es cruel, brutal, con la infeliz y -enamorada niña que así se ha hecho la esclava de un loco. - -Porque no me cabe duda que César tiene una locura no estudiada en los -libros todavía. - - - - -LOS ANTEOJOS DE COLOR - -(J. ECHEGARAY) - - -I - -Don Trinidad de Aguirre ha muerto. - -Esta noticia acaso no sorprenda a mis lectores, porque los lectores ya -no se sorprenden de nada; pero debía sorprenderles. - -Debía sorprenderles por varias razones. En primer lugar, porque ninguno -de ellos habrá conocido al difunto, cuando todavía no era difunto. En -segundo lugar, porque el suceso ha venido sobre todos nosotros con la -rapidez del rayo, sin preparación de ningún género, sin un mal aviso de -los periódicos, sin una papeleta de defunción siquiera: se nos dice que -don Trinidad ha muerto, y no sabíamos que este don Trinidad existiese. Y -en tercer lugar, porque la muerte de este señor ha sido de todo punto -injustificada. - -Con las entradas _en_ y salidas _de_ este mundo de lágrimas, sucede como -con las entradas y salidas de los dramas: las hay que están más o menos -justificadas, y las hay que no están justificadas de ninguna manera. - -El _mutis_, digámoslo así, de don Trinidad, ha sido, pues, inesperado e -injustificado. - -Don Trinidad era joven, era rico, tenía figura simpática, talento -natural, mucha ilustración, estaba para casarse con una chica preciosa -y, sobre todo, gozó de una salud perfecta, hasta el momento de morirse, -que esto no le sucede a todo el mundo. - -¿Hay alguien que en estas condiciones se muera? Yo creo que no. - -Pues, sin embargo, don Trinidad de Aguirre ha muerto. - -Hace dos años viajó por Alemania; allá se estuvo unos meses y volvió del -viaje como se fué: tan joven, tan rico, tan simpático, tan alegre y tan -sano. - -Pero en el mes de Noviembre del 96 tuvo un pequeño ataque a la vista. - -Poca cosa, casi nada, enfermedad que no lo era, y que no tenía de serio -más que el nombre, que no sé cuál fuese. - -Se puso unos _anteojos de color_ para quitar fuerza a la luz, y se curó -en ocho días, quedándole los ojos tan hermosos, tan brillantes y tan -malagueños como siempre. - -Pero cambió de carácter; cambió por completo. - -Era alegre y hasta bromista; resultó triste. - -Hablaba, no con exceso, pero sí con amplia medida: resultó silencioso. - -Su sonrisa era franca y espontánea: su sonrisa resultó amarga: las dos -comisuras de la boca se le cayeron con caída trágica, como si huyesen de -todo regocijo. - -En suma, que don Trinidad se transformó. - -Para los amigos no tuvo más que frases de desdén o réplicas punzantes, -y, naturalmente, se fué quedando sin amigos: desde entonces siempre fué -solo. - -Antes se le veía en teatros, paseos y reuniones; después no se le vió ni -era fácil que se le viese, porque se quedaba en casa. Pero en su casa, -también solo; porque don Trinidad nunca tuvo parientes, circunstancia -que hace más inexplicable su muerte repentina. - -Durante un mes no vió más que a su novia, y como los anteojos de color -dan a la fisonomía cierto carácter ridículo, convierten la cara humana -en cara de lechuza, y él tenía interés en que su amada le viese los ojos -siempre _al natural_, nunca se puso para mirarla los anteojos de color. - -Pero un día, no se sabe por qué razón, se los puso: la chica le encontró -muy raro y se echó a reir. Pues se ofendió tanto don Trinidad, que, -después de mirarla fijamente, dió media vuelta, se fué a su casa y -rompió para siempre con Rosario. - -Por cierto que a poco más se muere del disgusto la pobre Rosario. - -Algunos días después se encontraron a don Trinidad muerto. - -Estaba junto a la mesa de su despacho; había escrito unas cuartillas, -los anteojos de color estaban rotos, hechos añicos; se sospechó que los -había roto de un puñetazo, porque tenía ensangrentado el puño. - -Una particularidad llamó mucho la atención: todos los espejos de su -casa, y los había magníficos, se encontraron rotos también. - -De estos antecedentes se dedujo que don Trinidad se había vuelto loco. - -Y las cuartillas que dejó escritas así lo confirmaron. - -No se han encontrado todas; pero algunas que pudieron recogerse decían -así: - - -II - -Le encontré en un coche de primera; yo iba solo, cuando entró el maldito -viejo. ¡Qué chiquitín, qué arrugado, qué color de tierra el de su cara! - -Era como una esponja humana, que se apretó, se apretó, se le sacó todo -el jugo, y no quedó más que una masa árida a modo de estropajo. - -Llevaba puestos unos anteojos de color. No eran verdes, ni azules, ni -amarillos, ni ahumados. Eran de un color extraño, mezcla turbia de -todos los colores: como la vida humana. - -El viejecillo me miraba mucho y sonreía con sonrisa diabólica. Si no -hubiera considerado que era un pobre carcamal, le abofeteo. - -Como el viaje era largo y siempre fuimos solos, hubo tiempo para que -hablásemos largamente. - -¡No! ¡El viejo antipático era todo un sabio! - -Y estaba al tanto de la ciencia moderna y de los últimos -descubrimientos. - -Sobre todo, los rayos X le entusiasmaban. Pero sus entusiasmos concluían -por unas sonrisas que hacían daño. No sé por qué, pero hacían daño. - -Si el viaje dura más, yo le estrangulo. Mejor hubiera sido. - -Aquí faltaban algunas cuartillas. - - -III - -Para algo han servido el choque y el descarrilamiento. - -Ya voy solo. Pobre hombre, murió aplastado. ¡Lo inverosímil! - -Ahora que pienso en él, me da lástima; quizás fuese una buena persona. - -Al morir me miró con cierta ternura: me alargó los _anteojos_ y me dijo: -«Tome usted, tome usted; le declaro mi heredero.» - -¡Sus anteojos! ¡Sus anteojos de color! ¡Herencia infernal! - -¡Bien muerto está el viejo! - -Y aquí seguían imprecaciones, gritos de dolor, gritos de desesperación. - -Decididamente don Trinidad estaba loco. - -Venían después unas cuantas cuartillas escritas en una letra -ininteligible. - -Sólo en las últimas se entendía algo: frases sueltas; párrafos -descosidos; las ruinas de un cerebro anegadas en un líquido amargo como -escollera dispersa por los embates del mar salobre. - -A continuación copiamos algunos fragmentos. - -Decía uno de ellos: - -Volví a Madrid: me olvidé por completo de los infernales anteojos. - -Hice mi vida de siempre: el arte, la ciencia, mis amigos, mi Rosario. - -Días felices los de hoy, como eran felices los de ayer. Estaba -convencido de que la Naturaleza me había traído al mundo para gozar. - -Y yo procuraba complacer a la Naturaleza. - -¡Ah! ¡Si no hubiera sido por los endiablados anteojos de color! - -Un día ¡día aciago!, me sentí mal de la vista: me acordé de las -antiparras, me las puse y me fuí a la calle. - -¡Horrible! ¡Horrible! ¡Invención admirable, prodigiosa, estupenda, pero -horrible! - -Y decía otro párrafo: - -Los cerebros se hacen transparentes, como si fuesen de cristal de roca. - -Se ve la substancia gris, sus celdillas, sus misteriosos protoplasmas, -la red nerviosa que por todas partes se extiende. - -Se ven las ideas escritas en maravillosa escritura: jeroglíficos de -aquellas microscópicas pirámides, que los ahumados cristales de mis -anteojos traducen al lenguaje vulgar. - -Se ven los sentimientos: cómo se agitan, cómo se estremecen, cómo -circulan a modo de oleaje sutilísimo, hundiéndose unas veces, flotando -otras, sin encontrar nunca orilla en aquel mar tan pequeño y tan grande. - -Se ve a la voluntad ir tropezando como borracha en una y otra celdilla, -cayendo aquí, mal levantándose allá, enredándose más lejos en no sé qué -red de conexiones y volviendo a caer otra vez: casi siempre va a -rastras. - -¡Todo, todo se ve! ¡Qué admirable! ¡Qué invención tan prodigiosa! - -¡Cuánta miseria, cuánta vanidad, cuánta estupidez humana en ese libro -blanco y gris con red sanguinolenta! - -No: realmente es un espectáculo muy divertido ver un cráneo por dentro. -Y alguna vez ya suelen verse relámpagos de luz; alguna idea hermosa, -algún sentimiento noble... ¡pero ay qué pocos! - -¡Divertido, muy divertido! ¡Para mí no hay secretos! - -Y siguen varias cuartillas, todas tachadas; sólo se leen palabras -sueltas. - -¡Desengaño!... ¡dolor!... ¡buen amigo!... ¿Quién lo pensara?... ¡Y yo -que creí que ese hombre era un imbécil y un tunante!... ¡Mal día!... ¡Ni -uno!... ¡Doloroso!... ¡Muy doloroso!... ¡Ay, Dios mío!... ¡Dios mío!... - -Al fin el pobre loco coordinaba algo más sus ideas y había párrafos -seguidos. - -Esta observación profunda de la humanidad por dentro, cuando se trata de -personas indiferentes, es muy interesante, y muy curiosa, y muy -divertida. - -Pero cuando se trata de seres a los cuales algún afecto nos liga, es -cruel, muy cruel; es desconsoladora; es infernal. ¡Ah! ¡El maldito -viejo! ¿Por qué el descarrilamiento y el choque no lo aplastaron del -todo y de una vez, sin darle tiempo para este horrible legado!... ¡Ay! -¡Los anteojos, los anteojos de color! - -Y lo que más me extraña es que nunca veo un cráneo solo: siempre veo -dos, y son distintos. - -Pero uno de ellos es el _mismo siempre_: vago, confuso, indeciso, -incompleto. - -¿Por qué será esto? ¿Por qué serán dos? - -Es un fenómeno que me confunde y que no puedo penetrar; ¡pero siento no -sé qué angustia intolerable! - -Y aunque este segundo cráneo no lo veo bien, veo que es muy ruin. - -El egoísmo es su nota dominante: ¡yo!... ¡yo!... eternamente ¡yo! - -¡No hay una celdilla en todo el campo cerebral que descubro, que no esté -impregnada del _yo satánico_! ¡Ya me repugna! ¡Ya me da náuseas! - -¡No parece sino que ese cerebro es una esponja, que se hundió en un -líquido en cuyas gotas todas había escrito el egoísmo la palabra _yo_, y -que la masa blanducha se empapó del miserable y monótono flúido! - -¿Pero qué imagen es esa? - -¿De dónde viene? ¿A quién pertenece? - -Aquí se encuentran muchas líneas tachadas. - -Luego algunos borrones; luego algunas manchas como de lágrimas. - -Y un párrafo final: claro, distinto, casi solemne, y frío, muy frío. - -Ya lo sé; ya sé a quién pertenecía aquel cerebro. - -Ayer lo vi por duplicado. - -Paseaba por mi sala, llevaba puestos los anteojos de color y me asomé a -un espejo. - -Y me vi en él. Me vi dos veces. - -Una, en el espejo directamente: era imagen viva y distinta: el espejo -era bueno. - -Otra, en la imagen indecisa. Es natural; mi cerebro se reflejaba en la -parte interior de mis anteojos, y del otro lado, proyectada en el -espacio, aparecía en imagen borrosa e incompleta. - -Ya me conozco: no tengo derecho ni curiosidad para ver a los otros -hombres; y yo no quiero verme ya nunca más. - -Y en la última cuartilla había unas gotas de sangre. - -Fué la sangre que se hizo en la mano al romper de un puñetazo los -anteojos de color. - - - - -VIDA NUEVA - -(ALVAREZ QUINTERO) - - -La señora Manolita, vecina insigne de un pueblo andaluz, había muerto de -ochenta y siete años, única enfermedad aceptable para morirse. Fué muy -llorada, no sólo porque desaparecía de entre los vivos, sino porque a su -paso por este bajo mundo supo dejar quien llorase su muerte: esposo--el -señor Rafael, carpintero de oficio, por mal nombre _Cuña_;--hijos, -presentes unos y ausentes otros; nietos, biznietos... y una caterva -innumerable de sobrinos, primos, nueras, yernos y demás plaga de la -familia. - -Tal se la quería en todo el pueblo, donde también dejó huella imborrable -de su existencia, merced a dos famosas recetas de su invención, una para -curar los sabañones y otra para amasar pestiños; tal se la quería, que -aun después del novenario del fallecimiento, el señor Rafael, el -afligido _Cuña_ y sus hijos, continuaban recibiendo pruebas inequívocas -del afecto de sus amigos y parientes, muchos de los cuales iban casi -todas las noches a su casa a darles compañía. Aseguraba la malicia que a -lo que iban era a catar un soberbio aguardiente de guindas que tiraba -de espaldas; pero ¿de qué no se ha de sacar partido y se ha de hablar -mal en esta tierra de pecadores? Y cuenta que cuando se acabó el -aguardiente, _Cuña_ se quedó solo con el casco. Lo cual, sin embargo, no -autoriza a creer a los murmuradores, sino a señalar, lamentándola, la -pícara casualidad. - -Ya se sabe lo que son estas veladas: de todo se habla en ellas menos del -difunto, porque si el objeto es aliviar la pena de los que le lloran, es -absolutamente indiscreto ponerse a recordar sus virtudes y buenas -prendas. Así, pues, en casa del gran _Cuña_ se hablaba de todos los -vecinos del pueblo que no estaban allí--a excepción de la muerta, que -tampoco estaba y nadie se acordaba de ella;--se jugaba a la brisca y al -tute, se empinaba el codo un poquillo y, a última hora, se contaban -cuentos y chascarrillos verdes, para lo que el propio señor Rafael tenía -la mejor gracia del mundo. - -Sólo en una habitación de la casa rendíase a la señora Manolita callado -y silencioso culto. En torno a un braserillo cuasi apagado, y a la media -luz de un quinqué de petróleo, hacían calceta cuatro viejas. Hablar, no -hablaban jota. De cuando en cuando, alguna tosecilla, algún carraspeo, -algún suspiro... Pero bien sabe Dios que la señora Manolita no se les -caía del pensamiento. - -¿Y no había nadie más en aquel sosegado cuartito? Sí, por cierto: en un -rincón, borrados por la sombra, había un hombre y una mujer charlando -sin tregua; pero con charla tan apagada y misteriosa, tan quedita y -suave, que no podía ser sino charla de enamorados. El estaba mal -embozado en su capa; ella, bien envuelta en un mantón de estambre. En -los ojos de los dos brillaba la alegría, el contento de vivir... Sobre -la falda de la mocita dormía un gato negro, pequeñín, del que salía un -rumor continuado y monótono, que por allí se llama «hacer la ollita». -Otro gato, tal vez habría buscado la falda de una de las viejas por -hallarse más cerca del brasero; pero éste era un gato de buen gusto, y -prefirió el calor natural de la juventud. No hay motivo para censurarle. - -Oigamos a los enamorados: - ---¿Pensó usté en aqueyo? - ---No. - ---¿Por qué? - ---Porque eso no se piensa: o sale de adentro o no sale. - ---Me es iguá. ¿Sale? - ---Miste: lo que tengo de responderle a usté, lo sé desde er día que -estrenó usté la capa. - ---¿Le gusté? - ---Me gustaron los embosos. - ---Estos son. Coloraos. Juegan con sus labios de usté. - ---Con mis labios no juega nadie, amigo. - ---Pos a vé si me contestan formales: ¿cuándo me saca usté der -purgatorio? - ---Así que pase er frío. Ya vé usté si lo apresio. - ---Es que disen que año nuevo, vida nueva, y Disiembre se va, y yo quiero -principiá el año que viene en la gloria bendita. Es desí, que de su reja -de usté no me van a despegá ni con agua caliente. - ---¡Está usté aviao! En Enero no _pelo yo la pava_. - ---¿Por qué? - ---Por mó der relente. - ---Yo ensenderé un puro, y usté se arrima a la candela. - --Me via a quemá. - ---Güeno; pos lo dejaremos pa Febrero. ¿Le paese a usté bien? - --No, señó; ¿en un mes loco vamos a empesá una cosa tan seria? - ---Según eso... _la vamos a empesá_. Ya está usté cogía. - ---Ayá veremos. - ---Quié desí que si no es en Febrero, será en Marso. - ---¿En Marso, con er viento que hase, y la guasa que trae la Cuaresma, y -espinacas los viernes?... No pué sé. - ---¡Caramba, niña, que va un trimestre de dificurtaes! - ---¿Y qué le hasemos? - ---Pero ya está entendío: usté a lo que tira es a dí con las flores, pa -que to sean flores entre nosotros. ¿Verdá? ¡Y que tengo yo unos claveles -disiplinaos, que ayá por Abrí eyos solitos van a escaparse de la maseta -pa írsele a usté ar moño! - ---Si viera usté que he leído en er Saragosano--porque yo sé leé--que en -er mes de Abrí va a diluviá... ¡Y yo no quiero que usté se moje en la -ventana! - ---Pasiencia. ¿Ha leído usté si en Mayo habrá só? - ---En Mayo, sí. - ---¡Ole! - ---No, no; pare usté er cohete. En cuarquier mes entro en relaciones -menos en Mayo. - ---Explique usté eso. - ---Porque en Mayo se arregló mi hermana Esperansa con su novio, y le -salió vano. - ---¿Y vi yo a pagá eso? - ---¿No lo pago yo? - ---Ea, pos vamos a Junio; pero ya de Junio no me pase usté. - ---En Junio andaré yo mu ocupá con los esámenes de mi hermaniyo. - ---¿Ah, sí? - ---¡Claro! - ---¡Está bien, hombre, está bien! ¿Es decí que medio año tirao a la caye? -¿Y qué me cuenta usté de Julio? ¡Un mes tan bonito! - ---Me horrorisa la copla: - - Los amores de Julio - son chaparrones. - No hagas caso, muchacha, - de esos amores. - ---¡Por vía e la coplita e Dios! - ---Pos Agosto también tiene la suya. Oiga usté y quéese usté helao: - - Los amores de Agosto - yo no los quiero - porque pasa er verano, - viene el invierno. - ---¡Así no vamos a acabá, niña! ¡Antes que el invierno, yega el otoño! -¿Le gusta a usté Setiembre pa pelá la pava conmigo? - ---Sabe usté, que como a mi hermaniyo le van a dá calabasas en Junio, en -Setiembre se me va a podé ahogá a mí con un pelo, hasta vé si sale o no -sale. - ---¡Camará! ¿Y Ortubre? - ---En Ortubre prinsipian a caerse las hojas, y no hay humó pa ná. - ---¡Morena, que se nos va el año! ¿Tiene pa usté argún pero Noviembre? - ---Muchos peros, no uno. Lo dise er refrán: «Noviembre, mes de peros, -castañas y nueses.» Y los peros, malo; pero las castañas, peó. - ---¿Entonses, qué?... ¡Disiembre y no hay más! - ---¡Disiembre! ¡Fin de año! ¿Quién planta una maseta cuando se está -poniendo er só? Se aguarda a que amanesca otro día. Espere usté un -poquito... y año nuevo, vida nueva. Usté lo ha dicho antes. - ---¿Ahora estamos ahí? ¡Pos hágase usté cuenta de que esta conversasión -la hemos tenío el año pasao, y listos! Dentro de cuatro días le digo yo -a usté en su ventana esta copla, ya que sé que le gustan: - - A la luna de Enero - te he comparado, - que es la luna más clara - de todo el año. - -Siguió el palique... Al sonar las once en el reloj de la iglesia -cercana, se levantó una de las viejas, dió las buenas noches a las -otras, llamó por señas a la muchacha, y juntas salieron de la -habitación. Protestó el mozo, acomodándose la capa sobre los hombros, y -calándose el sombrero de ala ancha, y protestó el gato abriendo dos -palmos de boca. El gato se arrimó al brasero, y el hombre salió tras la -mujer. - -Ya en la calle, vieja y moza apretaron el paso, porque la noche estaba -fría. El las seguía de lejos. Tras mucho andar por las calles -desiertas, en las que sólo hallaron un perro olfateando un montón de -escombros, y un borracho que las obligó a cambiar de acera, detuviéronse -ante una casa bajita y pobre. Allí estaba la reja que debía ser testigo, -durante un año, al menos, de la ventura de dos enamorados. Al llegar -frente a ella la mocita volvió la cara... Parecía un lucero. - -Aquella noche soñaron los amantes. ¿El uno con el otro? No. Soñaron con -la pobre señora Manolita, la difunta compañera del veterano _Cuña_, que -desde el otro mundo les decía: - ---¡Ah, tunantes! ¿Con que se aprovechan ustedes de que yo me he muerto -para arreglar sus cosas? ¡Bien está, bien está!... No me enfado. Casi me -alegro de haberles proporcionado la coyuntura. Porque--¡qué -demonio!--yo, a mis ochenta y tantos, no tenía más que hacer que -morirme, y ustedes, a sus veinte y pico, no tenían más remedio que -quererse. - -Y el cuento de aquel sueño en que danzaban la muerte y la vida, fué el -primer tema de la primera _pava_. - - - - -EL DISFRAZ - -(ALVARO RETANA) - - -I - -Realmente es lamentable esta obsesión, amigos míos--dijo el famoso -novelista Luciano Avril, siguiendo con la vista las espirales grises que -salían de su cigarro turco--; pero no puedo sustraerme a ella. Desde -hace dos semanas vivo en perpetuo sobresalto, oprimido por la horrible -angustia de ese peligro contra el cual todas las precauciones son -inútiles, y que cada hora siento más cercano. Reconozco la insensatez de -mi conducta; trato de ridiculizarme ante mis propios ojos y procuro -ahuyentar de mi cerebro este absurdo temor; mas lucho en vano. Desde la -noche en que _la vi_, hoy hace quince días, he perdido el reposo. -¡Parece que fué ayer! Estaba yo solo en mi despacho, corrigiendo las -pruebas de mi libro próximo a publicarse, cuando un leve rumor como el -de alguien descorriendo cortinajes y removiendo telas me obligó a volver -la cabeza. En la estancia no había nadie; pero en la enorme luna que -ocupa casi todo el testero que yo tenía a mis espaldas, distinguí -claramente, pálida entre los pliegues de su túnica negra, dejando -asomar únicamente su calavera de marfil, donde los ojos fosforecían como -dos luciérnagas, la imagen de la MUERTE, rebuscando con sus manos -descarnadas y amarillas, ávida y sonriente entre los atavíos de un -miserable alquilador de trajes, un disfraz con que desfigurarse -totalmente. ¡Pesadilla arbitraria! ¿No es cierto? ¡LA MUERTE--una muerte -de cuento de Grim o de dibujo de Beardsley, con su cabeza pelada como un -huevo, su sonrisa escalofriante y el esqueleto oculto bajo la clásica -envoltura negra y mate--buscando un nuevo traje entre las percalinas de -colores de un establecimiento vulgarísimo, donde sólo van horteras y -criadas a procurarse los disfraces con que bailar frenéticos en los días -de Carnaval! ¡Casi me avergüenza confesar que he sido víctima de tan -ridícula alucinación! Sin embargo, aquella visión grotesca e infantil ha -sacudido mi alma entera como en vendaval siniestro y me ha colmado de -inquietud; porque yo estoy seguro, segurísimo, de que si la Muerte en -aquella ocasión recurría a un disfraz, era para venir en mi busca -disimulada y alevosa, a fin de que yo, desprevenido y confiado, no -pudiese evitarla ni burlarla. - -Y el novelista dejó de hablar, marcándose en su frente la arruga de un -invencible horror. - -Su amigo inseparable, Enrique Fontanar, que le escuchaba atentamente, no -pudo contener un estremecimiento que le recorrió de pies a cabeza, y el -famoso doctor americano James Grey, que también le escuchaba interesado, -puso al alcance de su mano un cenicero de plata para que él depositase -la ceniza del cigarrillo turco, cambiando unas miradas furtivas con la -mujer del escritor entre las sombras de aquel crepúsculo de Octubre, -demasiado sombrío, que iba convirtiendo la estancia en una mancha negra. - ---Toda mi habilidad de artista descriptivo se estrellaría si intentase -dar idea de mi espantosa situación--prosiguió el joven novelista, -contemplando dichoso a su mujer, que causaba la impresión de una -serpiente roja modelada por una funda de terciopelo grana, con los ojos -redondos, verdes y brillantes como esmeraldas engarzadas en aquel rostro -inquietador, que sonreía ambiguo, mostrando una dentadura aguda y -reluciente como la de un lobo.--Dominado por la convicción de que ELLA -me acecha disfrazada y traidora, no me atrevo a salir solo a la calle. A -cada instante me parece que ELLA va a aparecer de improviso dispuesta a -hacerme su víctima, y tiemblo como un chiquillo a la sola suposición de -que pueda llevar a cabo su terrible designio. Yo he creado en mis -libros situaciones macabras, pero ninguna tan angustiosa como la mía. El -ruido de una hoja desprendiéndose de un árbol, me hace volverme -rápidamente como un reptil hostigado, temiendo que sea el roce de su -insospechable vestido; el rumor del viento me aturde y me enloquece, -porque no sé si es SU voz llamándome atrevida; y si al cruzar de un lado -a otro de la calle, un transeunte me roza casualmente, tengo que -contener un grito de terror, creyendo que son los cinco huesos de su -mano los que intentaron cogerme. Más de una vez, de madrugada, he -despertado a Cecilia lleno de pánico, porque me ha parecido escuchar que -ALGUIEN avanzaba sigilosamente por los pasillos arrastrando una guadaña. -¡Esto es insoportable, amigos míos! ¡La gloria y la fortuna me sonríen; -amo a Cecilia con locura y soy amado por ella; nada me faltaba para ser -feliz, y esta obsesión maldita se ha empeñado en martirizarme? Por culpa -de ella mis nervios de hombre joven que aún no ha mucho rebasó los -treinta, se hallan aniquilados, mi cerebro se resiste encarnizadamente a -producir, y mi temperamento, de ordinario apacible y cariñoso, se torna -en agrio y desabrido... - -Enrique Fontanar le dirigió una mirada llena de compasión dolorosa; -Cecilia levantóse para encender la luz y arreglarse ante el espejo la -encendida cabellera rojiza que aureolaba su rostro de esfinge -impenetrable, y el médico, con voz un tanto hueca y funeraria, voz de -muñeco o de fantasma, que quería ser afectuosa e insinuante, pero hacía -escalofriarse instintivamente a Fontanar, contestó: - ---Creo sinceramente, amigo Avril, que el exceso de trabajo que usted se -ha impuesto es el causante de este desequilibrio que le agobia. Desde -que le conozco, he reprochado a usted ese modo incesante y entusiasta -que tiene de laborar. Demasiado comprendo que usted disfruta -extraordinariamente tejiendo sus novelas y goza lo indecible viviendo la -vida de sus personajes, por lo cual procura estar con ellos en relación -continua; pero este esfuerzo de imaginación tenía que resentir su -cerebro en algún momento, y este momento ha llegado. Es preciso que por -una larga temporada abandone sus papeles y renuncie usted a escribir ni -leer. Depure su alimentación, que no ha de ser copiosa, y si no le es -posible, cambie usted de aires. Un viajecito con Cecilia a su casa de -Avila le sería muy conveniente. - ---Allí debe hacer un frío atroz en esta época--interrumpió Enrique. - ---Eso no le hace--replicó Cecilia con naturalidad, mirando fijamente al -doctor.--Todo se reduce a encender una buena chimenea y como, además, -no íbamos a salir de casa... Sitio más reposado que aquel, no -encontraríamos... - ---El caso es que tengo tanto trabajo por entregar--afirmó el -novelista--que no quisiera ausentarme todavía de Madrid. - ---Mira--dijo Cecilia, decidida--opino, con el doctor, que por encima de -tus compromisos editoriales está la salud. En la semana próxima nos -marchamos a Avila para que descanses hasta primero de año, y verás como -esa neurastenia desaparece. - ---¡Qué buena eres y cuánto me quieres!--exclamó el joven escritor, -abandonando su butaca para estrechar las manos de Cecilia, que le -recibió tiernamente. Y al fijarse en las miradas febriles del americano, -añadió con aire triunfal:--Vamos, amigo mío, que ya haría usted algo por -tener una mujercita tan cariñosa como la mía. - -James Grey no respondió; pero contemplando aquella escena de bienestar y -dicha conyugal, aquella envidiable identificación de marido y mujer, sus -pupilas metálicas relampaguearon con extraño fulgor, que no pasó -inadvertido para Enrique Fontanar. - -¡Cuán desagradablemente impresionaba al amigo inseparable de Luciano -Avril la mirada implacable de aquel doctor venido de Norteamérica hacía -un año y al cual rodeaba una aureola de misterio que él mismo parecía -acentuar con la palidez de su rostro frío y duro, que apenas se contraía -al hablar, y más que un rostro humano, parecía el de una estatua por su -hierática inmovilidad! - -James Grey era el verdadero tipo de héroe de Conán-Doyle. ¡Aquella -silueta de lebrel afinada por un traje negro que al ceñirse, remarcaba -la dureza de sus líneas! ¡Aquel perfil de ave de rapiña, agravado por la -mirada insultadora de una pupilas negras con reflejos de acero! ¡Aquella -boca sin labios, que semejaba una cortadura bajo la afilada nariz entre -dos grandes arrugas en forma de paréntesis! ¡Y luego, aquellas manos -rígidas, pero que al ser estrechadas resbalaban como la cola de un -reptil! - -De James Grey se sabía que era hijo de padre inglés y madre española, -que había hecho la carrera de Medicina en Nueva York y que su -especialidad era el tratamiento de las enfermedades nerviosas. Había -llegado a España envuelto en el prestigio de curas maravillosas -realizadas en Francia, y se le atribuían facultades sobrenaturales. En -sus viajes por la India, había adquirido conocimientos extraordinarios -que le permitían aparecer como un verdadero taumaturgo, y se decía que -en su clínica podían encontrarse los remedios a los casos más -desesperados. - -A los seis meses de su entrada en la corte, James Grey era temido y -admirado por toda la alta sociedad madrileña. Le hacían admirables sus -curas prodigiosas; pero causaba malestar su silueta enigmática. Detrás -de aquellos ojos crueles, la gente creía adivinar el secreto de algún -drama tenebroso, e instintivamente el mundo reconocía en él un ser -temible. Se admitía su ciencia; pero se sospechaba que _alguna vez_ -podría emplearla mal. Se admiraba al médico; pero se rechazaba al -hombre. - -Hizo más alarmante la silueta de James Grey, la indiscreción de un -criado despedido, que, en su furor, hizo correr toda clase de fantasías -y variadas calumnias que, naturalmente, favorecían poco al doctor. Se -aseguró que James Grey era un profesional del opio y que en su clínica -guardaba plantas desconocidas y extravagantes que provocaban ojeras -profundas y palideces macabras, como la que él exhibía, y flores no -menos peligrosas, que tenían la rara propiedad de nacarar con su perfume -la piel de las mujeres. Pero estas últimas despedían aromas de muerte y, -por aspirarlos, varias doncellas del doctor habían perecido, envenenadas -de languidez. - -Todo esto se decía en voz muy baja del médico famoso, sin que nadie se -atreviera a desmentirlo ni a afirmarlo. Sin embargo, no por eso -disminuía su clientela. El hombre no acababa de anular al sabio, y ante -una curación casi milagrosa, la opinión se rendía, concluyendo por -comprender que James Grey era una víctima de la maledicencia y de la -envidia. - ---¡Le calumnian sus enemigos!--exclamaban algunos partidarios -suyos.--¡James Grey es un hombre de ciencia maravilloso, y el despecho -de sus rivales es quien intenta perjudicarle! ¡James Grey es incapaz de -hacer daño a una mosca!... - -Uno de sus más grandes defensores era Luciano Avril. Fiaba en su talento -ciegamente y una irresistible simpatía le acercaba al hombre muy temido -y admirado. Y aquella mirada que a otras personas causaba malestar, -diríase que magnetizaba al escritor, esclavizándole con irrompible yugo. -La amistad entre el médico y el novelista aumentaba de día en día, y -aquella prevención de su mujer en el primer momento contra James Grey, -desaparecía, siendo substituida por un afecto que no desagradaba a su -marido. - -Quizás gran parte de la admiración y simpatía que el matrimonio -profesaba al doctor fuera debido a que no le creyesen del todo inocente. -Pero una atmósfera de espanto y de interés envuelve a las personas -culpables y hasta sus ojos parecen centellear con resplandores -fascinantes que sirven de aureola a su figura. Luciano y su mujer -estimaban al médico; pero en su estimación influía grandemente la -equívoca reputación de James Grey. El enigma de su encanto emanaba tal -vez de su mismo crimen. - -A Enrique Fontanar impresionaba bien opuestamente el misterioso -americano. Su presencia le producía un ligero escalofrío, y nunca se -dejaba cautivar por aquella diabólica sonrisa. Pero como la única vez -que manifestó a Luciano Avril el sentimiento de antipatía y repulsión -que James Grey le inspiraba, el novelista se enojó muy seriamente y su -mujer le defendió con tenaz bizarría, no volvió a insistir, para evitar -una escena desagradable. - -Cuando sonaron ocho campanadas en el reloj Renacimiento que elevaba su -esfera sobre la biblioteca, Enrique Fontanar y James Grey se despidieron -del matrimonio. - -El novelista y su mujer los acompañaron hasta la puerta, y mientras -Fontanar recomendaba a Avril un viaje a su finca de Avila, James Grey, -complacido, murmuraba al oído de Cecilia: - ---Afortunadamente, la cosa marcha bien. - - -II - -Ocho días después, Luciano Avril y su mujer se encontraron en su finca -de las afueras de Avila, acompañados de James Grey, que hacía un -sacrificio para atender a la curación del novelista, cuya neurastenia -amenazaba destruirle seriamente. - -Y, solo en su despacho, el joven escritor descargaba su melancolía -tomando la pluma para decir a Enrique, su inseparable camarada: - -«Hace una hora, mi querido Fontanar, que mi alma piensa en ti -exclusivamente y que me recrimina por no haberte escrito antes, estando -tan necesitado de consuelo. - -»No acierto a comprender cómo he podido estar una semana sin escribirte, -para narrarte mi inmensa desventura. - -»Tú recordarás que siempre he sido muy débil; desde la infancia se -advertía en mí esta escasez de bríos físicos que me caracteriza, y aún -no habrás olvidado aquellos días de colegio en que yo me acercaba a ti -deslumbrado por tu fuerza y tu benevolencia, para que tu amistad me -protegiese contra las violencias de mis compañeros. Pues bien: continúo -siendo el niño pálido y medroso, de exaltada imaginación de entonces; -solamente que después de mi boda con Cecilia, y no sé si a consecuencia -de un excesivo desgaste medular, me he hecho infinitamente más nervioso -e impresionable. - -»¡Luego, este amor desordenado y vehemente que siento por Cecilia me -aniquila! Adoro a mi mujer con frenesí tan insensato, que quizás esto -contribuya también a debilitar mi naturaleza, enfermiza de por sí. Pero -no me es posible dominarme. Sus caricias exaltan mi sensibilidad tan -hondamente y me producen un vértigo tan embriagador, que quisiera -tenerla todo el día entre mis brazos. Únicamente por ella me impongo -este trabajo abrumador, a fin de que no carezca de nada. Cecilia ama el -lujo y la molicie, es voluptuosa y comodona como una gata, y si no -satisficiera sus caprichos, nuestra vida conyugal sería un infierno. - -»Afortunadamente, hasta ahora no puedo quejarme de mi suerte. El público -hace una demanda tan importante de mis libros y mi colaboración en las -grandes revistas se paga tan espléndidamente, que me permiten sostener a -mi mujer con relativa fastuosidad, y aun he ahorrado dinero para -adquirir esta finca, que ella llama pomposamente «su castillo» y tener -un fondo de reserva, que me evita el recurrir a los treinta mil duros -que heredé de mi tío y con los cuales cuento para fundar una gran casa -editorial dentro de un par de años. - -»Podría considerarme feliz en medio de mi debilidad. Sin embargo... -sospecho que muy pronto sobrevendrá mi ruina corporal y espiritual si no -logro curarme de esta dolencia que me hiere: el miedo. - -»Es una enfermedad vergonzosa y terrible que se infiltra en las venas y -se propaga como lepra, que se instala en mi espíritu creando absurdas -desconfianzas, espantosas alucinaciones y bruscos estremecimientos, que -destrozan la voluntad, la inteligencia y el organismo como un dardo -envenenado. - -»¿De qué tengo miedo? De muchas cosas y de nada. Del cielo gris y -abrumador, que parece va a caer aplastando mi cabeza, de la nieve que -nos rodea como un sudario asfixiante, del eco de las risas de Cecilia, -que resuenan en estas dilatadas estancias como detonaciones formidables. -Y sobre todo de ELLA, de la MUERTE entrevista en el espejo de mi -despacho de Madrid, que cada vez está más próxima e implacable, pues ha -hecho acto de presencia en el castillo. - -»Esta mañana ha muerto misteriosamente la doncella de mi mujer, y yo me -desespero pensando que esto es una advertencia que ELLA me hace para que -no intente resistirme. ELLA que ha entrado en el castillo disimulada y -audazmente, alevosa bajo un disfraz que yo no acierto a presentir ni -conocer y que ha probado la eficacia de su guadaña segando la existencia -de esta pobre muchacha que yace en una de las habitaciones del piso de -arriba, vestida con una falda negra y una blusa blanca, toda verduzca, -rostro y manos, como si se hubiera convertido en bronce repentinamente. - -»Desde que he empezado a escribirte, me siento un poco más tranquilo, -porque me parece ver tus bondadosos y protectores ojos, arrojando -airados al Miedo, este monstruo negro que me atormenta. Aunque me falta -el valor para levantar la vista del papel, por miedo a contemplarme, tan -solo en el silencio macabro de esta enorme estancia. - -»No tengo más esperanza que tú, Enrique. ¡Sálvame! ¡Es preciso que -vengas inmediatamente a Avila para que yo tenga un amigo fiel a quien -contar mis penas y un compañero leal que en mis ratos de soledad me -ahuyente el miedo! - -»Son las ocho de la noche y mi mujer ha salido con James Grey, -llevándose al criado y al guarda para ir a prestar declaración ante la -Policía. Hace dos semanas no me hubiera importado verlos salir reunidos -para cualquier asunto; pero hace un rato, al verlos marchar juntos, he -sufrido lo indecible. El Miedo, siempre el Miedo me ha hecho pensar que -tal vez ellos se entienden, habiéndose puesto de acuerdo para -desarrollar en mí esta sobreexcitación nerviosa que puede conducirme a -la locura o al suicidio. Me acuerdo de que en un momento de buen humor -hice un testamento por el cual dejo a Cecilia en posesión de mi pequeña -fortuna, y pienso si ellos no estarán urdiendo algún plan siniestro para -anticiparme a los designios de la MUERTE. - -»¿No es verdad que esto es horrible? ¿Desconfiar hasta de mi mujer, que -a todas horas me manifiesta un cariño sincero, y de James Grey, cuya -solicitud cordial y cuyo noble interés aparecen visibles en cualquier -instante? Me subleva verme convertido en mi propio verdugo; pero, ¿qué -voy a hacer? Juraría que estoy sumido en un sueño sin fin, y que mi vida -es una eterna pesadilla de la que sólo saldré para entrar en la tumba. - -»¡Oh, qué alegría cuando salga el sol de mañana disipando estos terrores -y aleje definitivamente mi temor de ver aparecer a la muerte, verde de -pies y manos, con la falda tan negra y la blusa tan blanca... - ---¿Qué haces, Luciano?--preguntó de improviso la voz argentina de -Cecilia.--Y luego, abrazándole efusivamente, con la dulce mirada de una -mujer que adora a su marido, añadió: - ---Ya sabes que el doctor te ha prohibido que trabajes... - ---Escribía a Enrique Fontanar--explicó el novelista abrazando con -ternura a su mujer.--No quisiera que me llamase ingrato--agregó, -cerrando la carta, después de haberla firmado. - -James Grey entró para contar al escritor la entrevista con el juez, y -Cecilia cogió la carta de su marido para hacerla llevar al correo al día -siguiente. Durante la cena, el doctor volvió a recomendar a Cecilia: - ---¡No conviene que Luciano escriba un solo renglón!... - - -III - -Cuatro días pasados del entierro de la doncella de Cecilia, que -falleció, según dictamen del forense, por haber ingerido equivocada una -de las medicinas que para uso externo le recetó James Grey, Luciano -Avril, después de la comida, mientras su esposa y el doctor jugaban a -las damas en el comedor, escribía en su gabinete nuevamente a Fontanar: - -«Tu silencio me agobia, queridísimo Enrique. Yo te esperaba aquí en -seguida, y veo que ni siquiera me haces el honor de una respuesta a mi -carta. ¿O es que temes encontrarte en Avila con un infeliz loco?»¡Ah, -ese sí que es el más intenso de mis terrores! El miedo a enloquecer me -exaspera y tiemblo por mi juicio; porque a veces me parece que mi razón -es una llama vacilante condenada a apagarse al menor soplo, dejando todo -negro en mi cabeza. - -»No creas que estoy loco todavía. Buena prueba de que aún permanezco -cuerdo es que me apercibo de cuanto pasa a mi alrededor, y no he dejado -de amar a Cecilia, que sería prueba evidente de mi falta de razón. - -»La sigo queriendo con amor absorbente y frenético, que me hace delirar -en sus brazos. Su vista me causa extraños desfallecimientos y junto a -ella no puedo respirar. Cada beso de sus labios me enfurece más y cada -caricia de sus manos me torna más febril. Mi vida ahora es un éxtasis -sexual, como si me hubieran dado a beber el filtro del deseo insaciable. - -»Ayer deploré ante el doctor nuestra desgracia por carecer de hijos, y -él contestó que el fuego destruye, pero no crea, recomendándome un poco -de cordura conyugal, con ese tono de voz suyo tan acariciante y que obra -sobre mis nervios exaltados el efecto de una lluvia benéfica... - -»Me horrorizo acordándome de que te he escrito renglones poco favorables -para él. ¡Cuán injustos eran! ¡Imposible hallar un amigo más sincero y -cariñoso, más atento a devolverme la dulce paz perdida y a velar por que -conserve la poca que me resta! Nadie con más dulzura que él me haría -reflexionar sobre la sinrazón de esta obsesión maldita. El toma la -MUERTE a broma y me cuenta en tono humorístico historias macabras para -familiarizarme con la FRIA; pero su regocijo, lejos de distraerme, -agudiza mi sufrimiento. - -»Porque, triste es reconocerlo: mi mal no retrocede, sino aumenta. Ya no -es sólo el viento, que parece quejarse con sus ayes lastimeros o las -sombras nocturnas, lo que me inquieta. Ahora es también el vuelo de los -pájaros, el maullido de un gato, los cortinajes de una puerta, los -esqueletos de los árboles, las veletas de la torre de una iglesia lejana -lo que me sobrecoge y me llena de pavor. - -»Si yo me atreviese, ahora mismo abandonaría este castillo tan fúnebre, -en que aún parece vagar el perfume de la criada muerta, y marcharía por -el campo sin temor a hundirme en la nieve, huyendo del reloj, que marca -las doce en punto y está dejando escapar sus sones, que repercuten en mi -corazón como los de una campana funeral. - -»Tengo miedo, Enrique, mucho miedo, y en este instante carezco hasta de -fuerzas para mirar más allá de la mesa donde se confunden las sombras -movibles. Siento alrededor de mi frente algo semejante al roce finísimo -de unas alas, y el corazón me late furiosamente, como si una mano -invisible pretendiera atenazarlo con sus dedos. Un sudor frío me invade -todo el cuerpo y te dará una idea de lo mucho que tiemblo la indecisión -con que mi mano traza estos renglones. - -»Todo está en silencio; pero se me antoja que este silencio está lleno -de murmullos, y que fuera, en el pasillo, resuenan unos pasos -cautelosos. Pasos de _alguien_ que avanza con sigilo como si temiera -alarmarme, ¿sabes, Enrique? Y no me atrevo a volver la cabeza, porque sé -que me he dejado la puerta entreabierta y temo ver un rostro desconocido -y horroroso atisbándome implacable. - -»¡Oh, Dios mío: me parece que _eso_ se acerca, se acerca! Un penetrante -olor a muerte ha corrompido la estancia y he oído chirriar la puerta... - -»¡Piedad, Dios mío, ELLA está aquí!..» - -Luciano Avril dejó escapar la pluma de la mano, y lívido, espantado, se -levantó, haciendo esfuerzos sobrehumanos, con ánimo de cerrar la puerta. - -Dotados sus sentidos de una extraordinaria delicadeza, debido a su -enfermedad nerviosa, el desdichado novelista percibía los más ligeros -ruidos y sufrió una convulsiva contracción al oír el tenue roce de unos -pies desnudos que se deslizaban por el pasillo con dirección a su -alcoba. Luciano Avril sintió un gran frío en el cerebro, donde sus ideas -se arremolinaron como las hojas muertas de una tempestad, al oír -claramente aquellos pasos vacilantes que hacían crujir la madera del -piso y, evidentemente, se encaminaban hacia la puerta. - -¿Se engañaban sus sentidos? ¿Sería una alucinación más de las -innumerables padecidas? Inmóvil y sin respirar apenas, el joven -escritor, apoyado en la mesa, aguardaba la horrible aparición como un -condenado espera la cuchilla de la guillotina; pero cuando los pasos se -aproximaron más y él comprendió que _alguien_, inexorable, iba a -penetrar en la estancia, se lanzó hacia la puerta tratando de cerrarla -con llave. Pero le detuvo con enérgico ademán un brazo verde y frío, que -le hizo retirarse con horror. - -El cadáver de la doncella muerta se presentaba, con la cabeza inclinada -y los brazos caídos como un fantoche a quien hubieran aflojado los -hilos. Sólo tenían movimiento sus pies--verdes como los brazos y la -cara--que asomaban desnudos bajo la negra falda y que se detenían frente -a él para que contemplase la mirada insultadora de unas pupilas negras -con reflejos de acero y sonrisa diabólica; la de una boca sin labios que -semejaba una cortadura bajo la afilada nariz, entre dos grandes arrugas -en forma de paréntesis. - -Anonadado por la impresión de un supremo espanto, Luciano Avril -experimentó una violenta conmoción cerebral, cayendo al suelo como una -masa, con las pupilas dilatadas y la boca abierta, para agitarse en -convulsivos espasmos. Al fin llegaba la MUERTE, disfrazada con las ropas -de la criada difunta, y toda verde como ella de manos y de rostro. - -Durante un cuarto de hora, la extraña aparición permaneció inmóvil -frente al joven escritor, observando su agonía: lividez cadavérica, -sudor viscoso en todo el cuerpo, pulso apenas sensible y latidos -intermitentes, cada vez más pausados, en el corazón, alternando -irregularmente con una respiración anhelante. El acto reflejo había sido -tan violento, que había provocado una paralización casi total de la -circulación; el corazón y las arterias se habían vaciado por completo, y -las venas se resistían a contener la sangre en ellas agolpada; de aquí -el enfriamiento muscular y la postración mental. Nada de convulsiones; -nada de estertor. La vida de Luciano se escapaba dulce e -irremediablemente ante el mudo fantasma, que parecía recrearse en la -contemplación de su obra monstruosa. - -Diez minutos transcurrieron todavía, durante los cuales la extraña -aparición continuó inmóvil, espiando con ávida mirada los últimos -esfuerzos de un alma que se resistía a abandonar el cuerpo. Pasado un -cuarto de hora, el cadáver verduzco habló para decir a la mujer del -novelista, que penetró en la alcoba, pálida y nerviosa: - ---¡Luciano Avril ha muerto! Y todo ha sucedido como yo esperaba. - -Luego, mientras se despintaba el rostro y las manos con un paño mojado -en agua, James Grey añadió: - ---Cuando por una serie de excitaciones diversas se haya provocado el -aniquilamiento del sistema nervioso de un individuo, podrá matársele con -más seguridad que con un puñal, proporcionándole una emoción violenta... - - -IV - -Aquella misma noche, Cecilia ponía un telegrama a Enrique Fontanar: - -«Ruegue usted a Dios por el alma del pobre Luciano. Acaba de fallecer -repentinamente.» - -Y al año siguiente, la viuda del famoso y joven novelista se casaba con -James Grey y partía para Norteamérica. - - - - -EL RASGO DE PAÑIZOSA - -(GUTIÉRREZ GAMERO) - - -Oiga usted, contada al menorete, señor don Teótimo, la historia de mis -desdichas, y por ellas vendrá en conocimiento de la causa de mi -mal--dijo Pañizosa, y prosiguió de esta suerte:--Vine a la corte con más -esperanzas que dineros, y pensé que en ella encontraría fácil acomodo, -pues traía pocos años, grande voluntad y mucho apego al trabajo, con la -añadidura de una apremiante carta del Alcalde de mi pueblo para un -señorón de estos que tienen manejo en todas las oficinas del Estado. -Meses y meses corrieron antes de que pudiera pasear mis ojos por la -figura de aquel personaje cuya protección me era tan necesaria, porque -mi hombre no se daba a partido ni mostraba su faz luciente al primer -hijo de vecino, como a la solicitud de audiencia no fuese aparejada una -recomendación de empuje. Enviéle la del Alcalde; me recibió entre dos -luces; díjele mi empeño; me pidió muestra de mi letra; escribí cuatro -garambainas que me dictó; le cayó en gracia el carácter de mis rasgos y -salíme de su casa, en Dios y en hora buena, tocando palmas y creyendo -que a la vuelta de un dado estaba mi fortuna. De allí a poco recibí una -credencial de las de cinco mil reales, y héteme funcionario público en -la Dirección de la Deuda, donde me aprendí al dedillo todas las leyes, -ordenanzas, pragmáticas y decretos que se han promulgado en España desde -que España debe dinero. Con esto fuí ganando la voluntad de mis jefes, -que en cuanto conocieron lo bien arreglada que tenía mi memoria para -colocar en ella, como en una anaquelería se coloca el botamen, las -infinitas disposiciones gubernativas que a cada paso inventa nuestra -providente Administración, echaron mano de mis conocimientos _técnicos_, -y desde aquel punto y hora yo fuí el encargado de las cosas difíciles. -Mis compañeros, viéndome siempre al yunque del trabajo, me echaron -encima los suyos, y en adelante no hubo canje de valores, proyecto de -emisión o pujos de arreglo en que yo no interviniese. - ---¡A ver! que venga Pañizosa y nos diga qué fecha lleva la ley -de...--exclamaba el segundo jefe de la Dirección. - ---Oiga usted, Pañizosa: esta noche, a las nueve en punto, aquí. El -diputado Hache ha pedido unos datos, y es preciso que usted los reúna -para que mañana los lleve el Sr. Ministro a las Cortes. El material le -pagará a usted un café y media tostada; enciende usted la chimenea, y -con toda calma hace usted la notita--me mandaba el oficial del -negociado. - ---¡Señor de Pañizosa! ¿Sería usted tan amable que se sirviera resolverme -este endiablado expediente que no sé por qué coyuntura meterle la -pluma?--me suplicaba muy humilde el de la clase de terceros, recién -salido del aula. - -Y así, entre unos y otros, me traían y me llevaban como si fuera un -zarandillo. - -Algo me mortificaban estas interesadas preferencias; pero hube de -consolarme ante la firme persuasión de que yo era el hombre -indispensable de la oficina, sin cuyas luces y conocimientos nada podía -hacerse que saliese a derechas. - -¡Cuántas sabias medidas, que luego dieron fama de conspicuos a sus -autores de pega, se fabricaron en este caletre mío! ¡Cuántas mejoras en -nuestra maravillosa Administración se vendrían a mi casa, si las tirara -la sangre, y no a las de los padres putativos que con ellas se ufanaron! -Todo lo di por bien empleado, con tal de que me sirviera para echar -fuertes raíces en la Dirección y me procurase algún adelanto en mi -carrera; y si este segundo extremo de mi legítimo deseo no se realizaba -nunca, pues ascensos y prebendas caían siempre del lado de los más -ignaros, consolábame con la creencia de que ningún Ministro se -atrevería a dejarme en la calle, porque al menor intento se habrían de -levantar mil voces en mi defensa, siendo la primera la del Director -general, que me honraba por modo extraordinario y consideraba tan útiles -mis aptitudes intelectuales como si fueran sus pies y sus manos. - -De esta suerte se deslizaron diecisiete años de mi existencia, sin otro -accidente que aquel tremendo batacazo que pegué por causa de unos -saeteros ojos que me atravesaron la autonomía. Y fué que en un baile de -verbena callejera conocí a cierta joven, modista de oficio, que con el -mirar sólo partía las piedras, y que me llevó blandamente al santo nudo, -regalándome luego los ocho actuales herederos de mis timbres y blasones. - -Referir las penas y amarguras que he pasado y paso para tirar del carro -que contiene mi prole, con más la señora de Pañizosa, fuera tanto como -contar las gotas que un invierno llueve. Pensé que con los cinco mil -reales del empleo y los ágiles dedos de mi cara cónyuge, que se -despedazaban haciendo vainica y pespunte, no nos moriríamos de hambre -tan aína; y por yerro de cuenta perdí el sosiego, porque Flora, que tal -es el nombre de mi mujer, dió en la flor de echar gente al mundo, con -que se aumentaron nuestras angustias, dado que, a pesar de mis méritos -y tecnicismo, el inspirado ascenso no llegaba, ni por asomo tenía trazas -de llegar. - -En cambio llegó la terrible catástrofe fraguada por un desalmado -Ministro, el cual, desconociendo el importante papel que yo desempeñaba -en la mecánica de la Deuda pública, y para satisfacer aspiraciones de no -sé qué elector suyo, que Dios confunda y mal poso haya, decretó mi -cesantía, y con ella la ruina de una familia honrada. - -Que al momento me dediqué a buscar recomendaciones capaces de ablandar -las berroqueñas entrañas del autor de mi duelo, se cae de su peso. En -semejante tarea ocupé mis forzados ocios, cuando una noche, al entrar en -mi casa, donde me aguardaban hambrientos y desesperados mi mujer y mis -pobres hijos, para quienes busqué en vano, pordioseando aquí y pidiendo -allá, algo con qué comprarles el más sencillo alimento, se enredaron mis -pies en un bulto que se hallaba medio escondido en el ángulo de la pared -y las losas. Entre bajarme y cogerlo no medió espacio, y me hallé con -una cartera de buen tamaño, de esas que usan los cobradores de la Bolsa. -Tendí entonces la vista por la calle, pues quizás no estuviese lejos el -que hubiese perdido aquella prenda; y como nadie por allí se parecía, -púsemela debajo del brazo, subí los ciento quince escalones que -conducen a mi vivienda, me metí en la alcoba, cerré la puerta, abrí el -cartapacio, y por poco pierdo el sentido al sacar de sus senos y -rincones un montón de billetes de Banco que, muy juntitos unos contra -otros y por paquetes de mil duros, sumaban la enorme cifra de cien mil -pesetas. ¡Una riqueza! - -Lo primero que me vino a las mientes fué dar gracias a la divina -Providencia, que así premia al justo y limpio de corazón cuando en ella -confía, y lo segundo llamar a Flora, que en aquel instante libraba una -batalla con los desconsolados muchachos para persuadirles de cuán sano -es irse a la cama sin probar bocado, y comunicarle la inesperada -aventura, término de nuestros quebrantos y principio de la felicidad. -Pero al ir a poner por obra tan alegre decisión, paralizóse mi cuerpo, -una llamarada de vergüenza me subió al rostro, el recuerdo de mi -intachable fama me llamó a la realidad del deber, y la idea de que el -dueño de la cartera quizás fuese un pobre, encargado de llevar y traer -valores, fué creciendo, creciendo en mi espíritu, y ya vi en la cárcel -al descuidado dependiente convicto de ladrón y condenado a presidio, y -deshonrado su nombre y en la miseria a su familia, porque seguramente -tendría, como yo, pedazos del alma por quienes gustoso daría la -existencia. - -Júrole a usted, señor D. Teótimo, por la hora de mis postrimerías, que -aquella bellaca tentación de quedarme con las ajenas pesetas duró muy -poco, no más que unos cuantos minutos, pero fueron horribles y me -parecieron siglos, porque mientras cogía el sombrero y me preparaba a -salir, oí llorar con desgarradora pena al más pequeño de los muchachos, -a mi pobre Esteban, un serafín del cielo, que protestaba a voces contra -el forzado ayuno. Lo que entonces sintió esta flaca naturaleza mía no se -puede expresar con palabras. Figúrese usted que dentro del pecho se le -meten todos los cariños de la humanidad y luego se le rompen en mil -pedazos y de golpe quieren escaparse por la garganta, y apenas se dará -usted ligerísima idea de mi sufrimiento. - -Y, sin embargo, tuve el valor de marcharme ahíto de honradez, y, con -tanto dinero en el bolsillo no quise distraer una sola peseta para que -mi gente comiese aquel día. Verdad es, que ya en la calle, se fundieron -mis energías yéndose juntas por la canal de mis ojos, de los cuales -caían lagrimones como puños. - -¿Que dónde fuí? Al gobierno civil, a ver al Gobernador, al Secretario, -al Jefe de vigilancia, a cualquiera que me quitase pronto aquel peso. -Cumplí con mi deber y salíme del despacho de Su Excelencia tranquilo -como un santo, cargado de elogios y lleno de plácemes, pues los -_repórters_ de los periódicos que van a última hora al Gobierno a -husmear noticias enteráronse del suceso y lo pusieron en los cuernos de -la luna. - -Hizo la casualidad que, por la época a que me voy refiriendo, hallábase -la prensa muy exhausta de acontecimientos sensacionales, y en razón, sin -duda, a tal inopia de emociones, los periódicos de mayor circulación -relataron el hecho, adornándolo con todo linaje de galas imaginativas, -gastando en mi pro _la mar_ de tinta, sacando a plaza mi penuria para -que más resaltase mi hombrada, y hubo aquello de: «Rasgos como el de -Pañizosa no necesitan comentarios», o bien: «En medio de esta sociedad -escéptica y egoísta, un acto semejante refresca el alma»; etcétera, -etcétera. - -¡A qué cansarle, querido amigo! Un diario me propuso para la cruz de -Beneficencia, y otro pidió al Gobierno que, en adelante, se llamase -_calle de Pañizosa_ la del Tribulete, donde vivo. - -De poco me sirvieron los encomios, pues como _mi rasgo_ fué obra que -hice en pecado de duda, no me aprovechó, y ni siquiera me holgué con el -premio del hallazgo, reducido a cincuenta miserables pesetas que me -remitió, con una tarjeta, el dueño de los cuartos, y que devolví -dignamente. ¡Pues no faltaba más sino que las tomase! - -No obstante, abrigaba, que ya es abrigar, la dulce ilusión de que los -aplausos de la prensa conmovieran al Ministro de Hacienda, y me volviese -a mi puesto. ¿No tenía sobrados motivos para tal esperanza? Pues he aquí -que a un diario de los de campanillas se le ocurre escribir lo -siguiente: - -«No sabemos por qué razón se ha hecho tanto ruido para ensalzar un acto -que no es más que el cumplimiento de un deber. ¿Tan bajo se halla el -nivel moral de este pueblo, que ya se considera como cosa extraordinaria -y por fuera de los límites de lo humano aquello que debe estar en la -conciencia de toda persona decente? ¿Acaso no castiga el Código penal a -los que se quedan con lo ajeno sin la voluntad de su dueño? El -_desprendimiento_ (¡y lo subrayaba, Sr. D. Teótimo, lo subrayaba!) de -Pañizosa no constituye, por fortuna, una excepción de la regla, y como -éste podríamos citar millones de ejemplos. ¡Quién sabe si la cartera -contenía, además de los veinte mil duros declarados, algunas pesetas no -confesadas todavía! Porque ello es que, hasta ahora, conocemos al que -las encontró, pero no al que las extravió, el cual habrá dado por bien -hallados los veinte si se había despedido de los treinta...» - -¿Concibe usted infamia mayor? ¿Ha visto usted en su vida nada que se -parezca a tan ruin villanía? No la devoré en silencio, sino que acudí a -los mismos periódicos mis panegiristas; éstos replicaron, el de la -embozada calumnia duplicó la sospecha con frasecitas reticentes, y, por -si fueron más o menos los infaustos billetes tentadores de mi -conciencia, se armó la gran polémica, a que puso fin aquel famoso crimen -cuyos detalles soliviantaron la opinión, distrayéndola del _rasgo de -Pañizosa_. - -Quedóse otra vez mi humilde nombre en la inmensidad del olvido, y yo a -dos jemes de levantarme la tapa de los sesos, cuando se presentó una -mañana en mi casa Perico Fuenteguinaldo, amigo de la infancia, que, -sabedor de mis cuitas, acudía piadoso a compadecerlas. Así que se enteró -de ellas dióme un fuerte abrazo y me prometió remedio inmediato. -Justamente acababa de recibir su acta de diputado a Cortes; pertenecía -al grupo del Ministerio de Hacienda, y en cuanto pidiera mi reposición -tendría la credencial. ¡Como que era coser y cantar!--¡Dios lo haga y -que su voluntad poderosa me otorgue tal merced!--pensé yo. - -¿Creerá usted que la adversa suerte se había cansado de perseguirme? -Pues oiga, amado don Teótimo, lo más gordo, lo más tremendo, lo que puso -fin y punto a mi probada paciencia, lo que colmó la medida de mi -desgracia. Oiga usted, o mejor dicho, lea usted esta carta de Su -Excelencia que Perico Fuenteguinaldo me remitió con otra suya, llena de -excusas y perdones. - -Y Pañizosa entregó a don Teótimo un papel muy arrugado y mohoso, que, al -pie de la letra, decía así: - -«El Ministro de Hacienda.--Particular. Señor D. Pedro Fuenteguinaldo. Mi -querido amigo. En el alma siento no poderle complacer en punto a la -reposición de su recomendado, el Sr. Pañizosa. Realmente los informes -que en la Dirección me han dado de este antiguo funcionario son -excelentes; pero parece que anduvo complicado en un asunto donde -mediaron cien mil pesetas, y aquello _no quedó claro_. - -»Y usted comprenderá que, siendo esta situación tan escrupulosa en lo -que a la moralidad administrativa atañe, no debemos echar mano de gente -cuya fama tenga el menor tilde. - -»Repitiéndole mi sentimiento, queda suyo afectísimo amigo q. s. m. -b.,--_José Sánchez Pantalla_.» - - * * * * * - - * * * * * - -NOTA IMPORTANTE.--Si entre los lectores de estas líneas se halla alguno -que tenga metimiento con el Ministro de Hacienda, sírvase recomendarle -eficazmente a don Leandro Pañizosa, que vive en la calle del Tribulete, -número 192, piso quinto, donde espera un alma piadosa que le saque de su -misérrimo estado. - - - - -EUCARISTIA - -(HOYOS Y VINENT) - - -Genuflexos ante el altar del Santo Gonzaga, oraban en la gloria de la -mañana de Mayo, bañados en policroma fanfarria de luz con que el sol, -filtrándose al través de las historiadas vidrieras, inundaba la capilla. -En la iglesia, de ese risueño gótico todo blanco y oro, típico de la -moderna devoción francesa, la Santa Virgen María fulguraba envuelta en -un nimbo de llamas; la cabeza de la Imagen se inclinaba ambigua, sin que -pudiese saberse si era fatigada por el peso de la corona empedrada de -diamantes y zafiros, los heráldicos gules, símbolo del amor y de la -alegría celestiales, o en un gesto amable de gran dama, recibiendo un -homenaje, y mientras sostenía con una mano a un Jesús mofletudo, recogía -con la otra su manto de rara magnificencia zodiacal; a sus pies, la -imagen andrógina del franco príncipe Luis _el Santo_ alzaba hacia la -bóveda tachonada de luceros los ojos pintados de azul. En búcaros de -irisado vidrio, azucenas litúrgicas erguían sus tallos y abrían el -virginal enigma de sus flores, mientras a entrambos lados del altar -descendía como por la escala de Jacob, angélica procesión de -concertantes. - -Arrodillados en sus reclinatorios Juan y Jesús, oraban en espera de la -reconciliación con que sus almas puras hallaríanse dignas de recibir la -visita de Dios hecho Hombre. Cruzados los bracitos lazados de blanco -sobre el pecho, levantadas hacia la Imagen las cabezas donde aún no -anidara el ave siniestra de un mal pensamiento, eran las preces que -aleteaban en sus labios como cándidas palomas que, dejando el nido, -volaban hacia el trono de Dios. - -Rubio, pálido, de doradas crenchas y pupilas de cielo, Jesús; moreno, de -rasgados ojos de sombra y ensortijados bucles, Juan--Murillo y Rafael--; -a la endeble elegancia de fin de raza del primero oponía el segundo la -viril petulancia ingenua de sus doce años. Y sus figuras eran trasunto -fiel de sus almas, toda ternura, temor y melancolía la de Jesús; toda -resolución, apasionamiento y valor, la de Juan. - -Huérfano, rico, noble, enfermizo, confinado por egoísmo de sus tutores -en aquel colegio, Jesús había hallado su defensor en las luchas de -educandos en la adolescente energía de Juan, secundón de noble familia -provinciana. Eran inseparables los dos amigos; fraternal afecto les -unía, y la vida deslizábase para ellos feliz, igual, monótona, llena -por su cariño que les ayudaba a sobrellevar las contrariedades del -encierro, compartiendo estudios, recreos, devociones, venciendo Jesús la -hostilidad de sus compañeros, gracias a la victoriosa y audaz simpatía -de Juan, benévolos a las travesuras de éste los maestros ante la -intercesión del primero. Así, al volar del tiempo, llegó insensiblemente -el día deseado con fervor de acercarse a la Sagrada Mesa. - -Un débil llamamiento del Padre sacó a Jesús de su devoto rezar y llevóle -a los pies del confesonario; el negro manteo abrióse como dos alas -inmensas, aprisionando al Inocente. La mano enjuta, descarnada, dorada -de tabaco, posóse en la áurea guedeja, y la voz pastosa, tras breve -musitar de oraciones, comenzó las preguntas de rúbrica: - ---¿A ver, hijo, si recuerdas algún otro pecadillo?... Piensa que Dios -Nuestro Señor, que murió por nosotros, te hace hoy la gran merced de -venir a ti. - -Tras un instante, la voz pura negó: - ---No, Padre. - ---A ver--insistió el cura--; piensa bien... Alguna mentirilla.... Alguna -falta de respeto. - ---No recuerdo, Padre--tornó a replicar. - -El confesor se detuvo y miró al niño. La divina claridad que emanaba de -sus ojos, _ojos color de cielo_, irradiaba sobre el rostro cándido, -prestándole un aura de luz. - ---¿Papás no tienes, verdad, hijo mío? - ---No, Padre. - ---¿Hermanitos?--interrogó nuevamente. - ---Tampoco. - -Calló el presbítero de nuevo. Vacilaba; aquel candor que lucía en el -rostro le imponía respeto. Sin embargo, siguió: - --¿Amigos?... ¿Algún amigo a quien quieres mucho? - -Con espontaneidad entusiasta, y replicó vivaz: - ---Sí, Padre, uno a quien quiero mucho, John. Es como un hermano. - -Los ojos, sagaces, grises, fríos, cortantes como navajas, escudriñaron -en la carne del penitente como si quisiesen leer hasta el fondo de su -alma. Reflejaba inocencia tal, que el sacerdote vaciló. ¿Seríale -permitido sondear abismos que tal vez no existían? La pregunta infame -detúvose en sus labios un instante, y, al fin, la formuló velada. - -El niño, con los ojos muy abiertos, llenos de temor y asombro, denegó -enérgico con la cabecita de querube, apretando los labios para no -sollozar e inclinando la frente para recibir el exorcismo de aquella -cruz que borraría el pecado, pero no retornaría el candor perdido. - -Nuevamente arrodillado ante el altar, esperaba el supremo instante. De -lo alto de la bóveda, el órgano dejaba caer sus notas graves, -armoniosas: un coro de voces entonaban un hosanna a la gloria del -Hacedor, y el sol rutilaba en los dorados y espolvoreaba con el iris de -sus rayos el recinto santo. Ante el eucarístico misterio, hasta una -docena de niños arrodillados, hacían ofrenda de sus vidas. Eran los -unos, frescos y rosados como plebeyos frutos; eran los otros, pálidos y -elegantes como infantes de legendario país de ensueño. El oficiante, -revestido con fastuosa magnificencia, avanzó hacia ellos, sosteniendo en -una mano el cáliz de oro incrustado de piedras preciosas, y en la otra -la Hostia, Cuerpo de un Dios, mientras sus labios murmuraban las preces -litúrgicas. - -Juan y Jesús habían dejado caer su cabeza entre las manos, y, arrobados, -daban gracias por la alta merced. Pero tal vez la paz había huído de sus -almas, y algo que no era santo conturbaba su espíritu, porque hay -revelaciones que, a semejanza de ciertos trágicos males, con su contacto -mancillan una vida entera. - -Acabó la misa y fueron a reunirse todos, alegres, locuaces, risueños, -con los suyos, que les aguardaban en las grandes salas del colegio. - -Había explosiones de maternal cariño que estallaban en besos, mimos y -caricias. Los niños brincaban alegres en un florecer magnífico de -ensueños y sonreían confiados en el umbral de la vida. Sólo Juan y Jesús -yacían abandonados sin los brazos de una madre que les brindasen su -refugio. Jesús, doliente, contemplaba el espectáculo de la alegría -ajena. Juan, más resuelto, le brindó, en un gesto afectuosamente -fraternal, sus brazos. - -Pero Jesús, por primera vez, le rechazó, e incapaz de resistir más, -refugióse a llorar en un rincón. - - * * * * * - -Typographical errors corrected by the etext transcriber: - -Mulier quoe sola cogitat, male cogitat=> Mulier quæ sola cogitat, male -cogitat {pg 26} - -vociferendo descompuesta=> vociferando descompuesta {pg 27} - -como si se abriese las puertas de la gloria=> como si se abriesen las -puertas de la gloria {pg 52} - -como tengan eco en las _Losas_=> como no tengan eco en las _Losas_ {pg -73} - -es hombre conciencia=> es hombre de conciencia {pg 97} - -de lo que afirman=> de los que afirman {pg 113} - -los milles de espectadores=> los miles de espectadores {pg 123} - -trazas de rufían que de soldado=> trazas de rufián que de soldado {pg -126} - -canturia de su voz=> canturía de su voz {pg 172} - -lo que me inquietan=> lo que me inquieta {pg 244} - - - - - - -End of the Project Gutenberg EBook of La voz de la conseja, t.2, by a - -*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA VOZ DE LA CONSEJA, T.2 *** - -***** This file should be named 41106-8.txt or 41106-8.zip ***** -This and all associated files of various formats will be found in: - http://www.gutenberg.org/4/1/1/0/41106/ - -Produced by Chuck Greif and the Online Distributed -Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This file was -produced from images available at The Internet Archive) - - -Updated editions will replace the previous one--the old editions -will be renamed. - -Creating the works from public domain print editions means that no -one owns a United States copyright in these works, so the Foundation -(and you!) can copy and distribute it in the United States without -permission and without paying copyright royalties. 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