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-The Project Gutenberg EBook of La voz de la conseja, t.2,
-compiled by Emilio Carrère.
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
-almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or
-re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
-with this eBook or online at www.gutenberg.org/license
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-
-Title: La voz de la conseja, t.2
-
-Authors: Bernardo Morales San Martín
- Diego San José
- Concha Espina
- Wenceslao Fernández-Flórez
- José Ortega Munilla
- Vicente Blasco Ibáñez
- Felipe Trigo.
- José Echegaray
- Alvarez Quintero
- Alvaro Retana
- Gutiérrez Gamero
- Antonio de Hoyos y Vinent
-
-Editor: Emilio Carrère
-
-Release Date: October 18, 2012 [EBook #41106]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: ISO-8859-1
-
-*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA VOZ DE LA CONSEJA, T.2 ***
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-Produced by Chuck Greif and the Online Distributed
-Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This file was
-produced from images available at The Internet Archive)
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-En esta edición se han mantenido las convenciones ortográficas del
-original, incluyendo las variadas normas de acentuación presentes en el
-texto. (nota del transcriptor)
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-
-_La Voz de la Conseja_
-
-[Illustration: LA VOZ DE LA CONSEJA]
-
-
-
-
-_La Voz
-de la Conseja_
-
-_Selección
-de las mejores novelas breves y cuentos de
-los más esclarecidos literatos_.
-
-_Recopilación hecha_
-
-por
-
-Emilio Carrère
-
-_Firmas del tomo segundo_
-
-_Bernardo Morales San Martin.--Diego San José
-Concha Espina.--W. Fernández-Flórez.--J. Ortega
-Munilla.--V. Blasco Ibáñez.--F. Trigo.
-José Echegaray.--Alvarez Quintero (S. y J.).--Alvaro
-Retana.--Gutiérrez Gamero.--Antonio de
-Hoyos y Vinent_.
-
-_V. H. SANZ CALLEJA_
-
-_Editores e Impresores_
-
-C. Central: Montera, 31.--Talleres: R. Atocha, 23
-
-MADRID
-
-Derechos reservados de reproducción
-y traducción en todos los países.
-
-
-
-
-INDICE
-
-
-BERNARDO MORALES SAN MARTÍN
-
-_Olor de santidad_ 17
-
-(Cuento premiado por el Círculo de Bellas Artes.)
-
-DIEGO SAN JOSÉ
-
-_Así murió el conde_ 55
-
-CONCHA ESPINA
-
-_El rabión_ 135
-
-W. FERNÁNDEZ-FLÓREZ
-
-_La fría mano del misterio_ 149
-
-J. ORTEGA MUNILLA
-
-_Tremielga_ 167
-
-V. BLASCO IBÁÑEZ
-
-_Noche servia_ 181
-
-FELIPE TRIGO
-
-_Pruebas de amor_ 193
-
-JOSÉ ECHEGARAY
-
-_Los anteojos de color_ 203
-
-ALVAREZ QUINTERO (S. y J.)
-
-_Vida nueva_ 215
-
-ALVARO RETANA
-
-_El disfraz_ 225
-
-GUTIÉRREZ GAMERO
-
-_El rasgo de Pañizosa_ 249
-
-A. DE HOYOS Y VINENT
-
-_Eucaristía_ 263
-
-
-
-
-OLOR DE SANTIDAD
-
-Cuento premiado por el Círculo de Bellas Artes.
-
-(B. MORALES SAN MARTÍN)
-
-
-I
-
-La del alba sería cuando don Rodrigo Pacheco salió de Tordesillas,
-mustio y cabizbajo, caballero en su mula y camino de Valladolid.
-
-Un buen trozo del camino que de Salamanca a Valladolid conduce llevaba
-recorrido la cabalgadura, cuando el noble caballero, que alegraba sus
-ojos tristes contemplando a la indecisa luz del amanecer la corriente
-del río, de verdor recamada, paró en seco a la mula, tornó la señoril
-testa hacia el altozano sobre el que se levantaba la murada villa, en la
-margen derecha del impetuoso Duero, y quedó un momento pensativo.
-
-La gótica crestería de San Antolín y de Santa Clara; las torres y
-cúpulas de San Miguel, de San Juan, Santiago, San Pedro y Santa María, y
-los torreones de las cuatro puertas de la villa, recortábanse sobre el
-cielo limpio y cárdeno de aquel amanecer estival, evocando en el alma
-del buen Pacheco toda su historia y toda la tragedia de su martirio.
-
-De súbito, irguióse sobre los estribos, abandonó las riendas, y
-tendiendo los brazos hacia la villa, que comenzaba a desperezarse,
-sorprendida en su sueño por los suaves besos de las brisas serranas,
-exclamó el de Pacheco, con voz apocalíptica:
-
---¡Toda mujer propia tiene algo de Xantipa! ¡Leonor de Alderete! ¡Dios
-te perdone como te perdono yo!
-
-Y espoleando a la reflexiva cabalgadura, que quizá sentía como propio el
-dolor de su amo, exclamó airado:
-
---¡Arre, mula!
-
-Dió un salto la sorprendida bestia y tomó un galope ligero que hizo
-afirmarse al caballero en sus estribos.
-
-Alto ya el sol, perdido en el horizonte el caserío tordesillesco y casi
-a la vista de Simancas, aún no se había borrado la expresión de dulce y
-resignada melancolía del rostro del buen caballero, último vástago de la
-ilustre estirpe de los Pachecos...
-
-
-II
-
-Don Rodrigo era un santo.
-
-Desde muy niño mostró su afición a jugar con altarcitos, a predicar
-sermones y a construir campanarios diminutos que eran un encanto por lo
-dulcemente acordado que procuraba el niño tener el son de las diversas
-campanitas.
-
-Conforme iba creciendo el mozo, afirmábase en él más y más su vocación
-religiosa, y contra la voluntad de su padre--que para más altos destinos
-reservaba a su hijo, por la firme amistad que le unía con su deudo don
-Francisco de Sandoval y Rojas, duque de Lerma y valido del Rey,--no hubo
-más remedio que enviar al bienaventurado joven a Salamanca a estudiar
-Teología y Cánones.
-
-Para el precoz hidalguete no había más mundo que el que divisaba yendo
-de Tordesillas a Salamanca, ni más ciencia que la contenida en los
-enfáticos lemas que ostentaban aulas y atrios de la _Ubérriman
-civitatis_, como llamó en una bula el pontífice Alejandro IV a la famosa
-Universidad salmantina. Tras aquellos abstrusos conceptos,
-transparentaba la mística ambición del heredero de los Pachecos y
-Alderetes, toda la majestad de Dios y toda la gloria que a él le
-reservaba el Criador en la tierra.
-
---¡Oh! ¡Cantar misa en Tordesillas, rodeado de las mozas y mozos que le
-oían antaño decir misas de mentirijillas, y ante el retablo de
-Berruguete, en la capilla de la Virgen de la Piedad, patrona de los
-Pachecos! ¡Lograr luego un beneficio, después una canonjía, quizá un
-obispado... y si la magnanimidad divina lo consentía, seguramente el
-capelo cardenalicio! ¡Oh, Dios mío! Perdona mi ambición, que sólo en tu
-santo y ejemplar servicio emplearé los dones que te dignes
-concederme!--gemía el estudioso colegial, hundiendo su pensamiento en
-los libros de los teólogos González de Segovia, Soto, Gallo, Salmerón, y
-de los canonistas Covarrubias y Antonio Agustín, y otras lumbreras del
-Concilio trentino...
-
-Pero Dios, en su infinita sabiduría, lo dispuso de otro modo, y todo el
-castillo de imaginaciones del futuro cardenal se vino abajo. Un
-invierno, cruelísimo para las gentes y los campos tordesillescos, llamó
-el Señor a su seno al achacoso don Gonzalo, y la señora doña María, no
-resignándose a vivir sola en el inmenso caserón de los Pachecos, retuvo
-en él al joven canonista.
-
-Resignóse éste, siempre humilde y obediente a las disposiciones de la
-Providencia y a los mandatos paternos, y forzosamente hubo de
-interrumpir sus estudios para ayudar a doña María en el gobierno de su
-casa y hacienda y en la dirección de cierto litigio en que la testaruda
-dama venía empeñada tiempo ha con sus parientes los Alderetes de
-Tordesillas, sobre su mejor derecho al patronato de la gótica capilla
-de San Antolín y a ciertas donaciones de sus antepasados, que
-usufructuaban indebidamente los nombrados deudos.
-
-La infatigable pleitesía puso en movimiento cúmulo tal de jueces,
-escribanos, letrados y hasta teólogos, que embarullaron a maravilla el
-litigio; y demandante y demandados pidieron a voz en cuello
-misericordia. Cierto teólogo, hombre de seso y recta conciencia, propuso
-una transacción honrosa, que cierta feliz circunstancia ayudó a imponer
-y acatar como tabla salvadora.
-
---¡Lo mío, mío, y lo tuyo de entrambos!--decía doña María a los
-Alderetes.--Y arguyó el teólogo:
-
---_¡Quod homines, tot sententiae! ¡Consensus omnium fecit legem! ¿Cur
-tam varie?_--Y replicaba doña María, sin dar su brazo a torcer, en buen
-castellano:
-
---¡Tres cosas demando si Dios me las diese: la tela, el telar y la que
-la teje!
-
-Pero el teólogo, terco también, tronó en griego, para mayor claridad:
-
---_¡¡Malion apodehon dihalan penian e plouton adihon!!_
-
-Y al traducir en rotundo vallisoletano Rodrigo a su madre y señora la
-máxima del gran Isócrates, ambos humillaron la cabeza.
-
-Poco tiempo después... en la capilla de la Virgen de la Piedad, en San
-Antolín de Tordesillas, uníanse en santa coyunda Leonor de Alderete,
-hija única de los Alderetes, y Rodrigo Pacheco, único vástago de los
-Pachecos.
-
-Solamente Dios, la señora doña María y el culto teólogo casamentero
-supieron lo que costó vencer la voluntad del buen Rodrigo; pero la
-terquedad de la dama pleitista era irresistible, y como rindió a los
-Alderetes, venció la mística resistencia del hijo de su amor, que gemía
-al recibir la santa bendición, unida su diestra a la de la hermosísima
-Leonor de Alderete:
-
---_¡Una salus victis, nullam sperare salutem!_--y fueron las últimas
-palabras con las que se desvaneció el fracasado teólogo, para dar paso
-al flamante marido.
-
-
-III
-
-Pero don Rodrigo no era feliz.
-
-Doña Leonor de Alderete, joven y apasionada, encerrada en su casa de
-Tordesillas como en un convento, al verse frente al apuesto mozo--único
-hombre que se acercó a ella,--sintió por él una avasalladora pasión. La
-llama de amor sin nombre que tantos años contenía en su pecho, de
-doncella casta, pero afectiva, estalló devoradora, porque Rodrigo
-Pacheco, por su figura y por su carácter, era el galán soñado, el
-Amadis de sus ensueños... Boda que comenzó siendo forzado acomodo, fué a
-poco tierno idilio que unió dos almas con la más pura, pero también
-arrebatadora, de las pasiones.
-
-Llevábale cinco años doña Leonor a Rodrigo... y quizás por ello fué
-maestra que inició al joven en los honestos deliquios amorosos de su
-idílica unión. Pero, aunque dama de espléndido cuerpo y hermoso rostro,
-altivo continente y distinguido ademán--conjunto sin par en
-Tordesillas--dió en la flor de ser celosa hasta del aire que rizaba las
-guedejas de su apuesto marido.
-
-Este, que fuera del amor a Dios, no sentía otro afecto que el de su
-esposa, padecía martirio que anonadaba su alma, porque siendo puro y
-honrado, la espléndida dama dudaba de su pureza y ponía en tela de
-juicio su probada honradez.
-
-Veinte años llevaban de matrimonio y de martirio, sin que el cielo
-hubiera bendecido su unión concediéndoles el bien de los hijos, cuando
-un atardecer recibió el apocado señor de Pacheco, por un propio, una
-misiva nada menos que del gran duque de Lerma, invitándole a ir a
-Valladolid el próximo 19 de Julio, día en que haría su entrada en la
-ciudad castellana Su Majestad el Rey don Felipe. Añadía el valido que
-convenía al servicio de la monarquía católica que don Rodrigo Pacheco
-fuese corregidor de Tordesillas, cargo vacante a la sazón, y le esperaba
-en Valladolid para entregarle el real despacho y comunicarle
-instrucciones oportunas sobre la política que convenía al duque se
-observara en Tordesillas y villas comarcanas.
-
-¡Y allí fué Troya!
-
---¿A Valladolid... vuestra merced?--y reía nerviosa e irónica la celosa
-doña Leonor. Y de súbito exclamó, abriendo el torbellino de sus celos:
-
---¡Sí! ¡Te conozco, fementido caballero! ¡Ir a Valladolid es un ultraje
-a la fe jurada a mi amor único!
-
---¡Leonor! _Mulier quæ sola cogitat, male cogitat_--replicó don Rodrigo,
-acordándose en aquel trance de Publio Siro y de sus buenos y añorados
-tiempos de Salamanca.
-
---_¡Nihil impossibile!_--arguyó la dama, que también era, aunque celosa,
-muy leída.--¡Si vuestra merced va a Valladolid... será para caer en el
-pecado!...
-
---¡¡Leonor!!
-
---¡Lo teme mi corazón enamorado! Te estás ya refocilando con la más
-impura de las liviandades!
-
---¡¡Xantipa!!, digo, ¡Leonor, ven conmigo a la ciudad... que Dios
-confunda!
-
---¡Yo! ¿Ir yo a ese antro donde tiene su nido la lujuria? ¡Jamás! ¡Allí
-no pueden ir más que los lascivos y perjuros como tú!
-
---¡Doña Leonor! ¡Por los clavos de Cristo Nuestro Señor!--y don Rodrigo
-alzó los ojos a un crucifijo de Berruguete el joven, que, frente a los
-esposos, mostraba sus carnes flácidas y amarillentas de martirio--y miró
-al Crucificado como los mártires del Coloseo la imagen espantosa de la
-muerte en su trágica agonía... cayendo de rodillas, como si realmente
-fuera culpable de un pecado, cuyas delicias no había gozado aún.
-
-Viéndole humillado, mudo, traspuesto y de hinojos a los pies de la
-divina escultura, salió la dama, cerrando de golpe la puerta de la
-cámara y vociferando descompuesta:
-
---¡Reza y esconde la lascivia que te sale a los ojos! ¡Miserable!
-
-Con un sollozo respondió el caballero, evocando su vida de teólogo «in
-partibus», tendiendo sus manos al impasible Cristo:
-
---¡Perdónala, Señor! ¡No sabe lo que se dice! ¡Los celos han
-transformado a mi señora doña Leonor en... la propia Xantipa, en la
-verdugo de Sócrates, que resucita en Tordesillas!
-
-
-IV
-
-La carta del duque de Lerma era terminante e imposible eludir su
-cumplimiento. Además, ¿había de estar toda su vida supeditado a las
-faldas? Su madre, la inflexible doña María, impidió que fuera clérigo,
-matando en flor su porvenir brillante. Muerta su madre, ¿había de
-impedir su esposa--¡otra tozuda Alderete!--que siguiera una carrera
-política honrosa, comenzada por una corregiduría, y Dios y el duque de
-Lerma sabrían dónde podía acabar?
-
-Y el débil y ocioso caballero mandó ensillar su mejor mula y salió para
-Valladolid, dejando a doña Leonor convulsionada como una demoníaca y
-vomitando por su sensual boca sapos y culebras de todos colores:
-
---¡Se va y le pierdo para siempre al miserable! ¡No subirá más a mi
-tálamo si duerme una sola noche en Valladolid! ¡Toda el agua del Jordán
-no bastará para purificar al impuro!--Y se retorcía como una poseída,
-rodeada de mayordomos, dueñas, doncellas y mozas de cántaro... mientras
-el audaz caballero franqueaba Simancas, contemplaba con ojos amorosos la
-mole del histórico castillo tras cuyos cubos y almenas la invisible
-polilla roía con saña toda nuestra leyenda de oro; y poco después
-columbraba el caserío de la futura corte de las Españas, extendido sobre
-verde prado y recortado sobre una lejanía de suaves lomas y sinuosos
-cerros castellanos.
-
-Y el futuro corregidor de Tordesillas entró, sonriente y magnífico,
-caballero en su mula, en la noble y real «Villa de Ulid».
-
-
-V
-
-Era el día 19 de Julio de 1600.
-
-La ciudad castellana, aguijoneada por Lerma, que deseaba convertirla en
-corte de los Felipes, «nunca desplegó tal aparato y dignidad en las
-ceremonias, tal esplendor en los festejos, tal magnificencia en sus
-calles y plazas, tal lucimiento y gala en sus vecinos». El joven rey
-demoró su estancia en Valladolid dos meses, prometiendo para el año
-siguiente asentar los reales de su corte en la leal ciudad.
-
-Pasados aquellos primeros días de gala regia y festejos populares, don
-Rodrigo pudo ver al poderoso valido.
-
-El duque le recibió y agasajó conforme a los altos merecimientos del
-caballeroso Pacheco, a cuya familia tuvieron siempre en singularísima
-estima los Sandovales, y le entregó el real despacho de corregidor de
-Tordesillas.
-
---Tengo en alta estimación vuestras dotes, que, acrisoladas por el
-ejercicio de vuestro cargo en la villa natal, os harán pasar a la corte
-en breve tiempo. Yo necesito rodearme de consejeros y servidores
-leales...--dijo el duque, abrazando cariñosamente a don Rodrigo.
-
-Antes de despedirse, rogóle el duque al corregidor que visitara en su
-nombre a un deudo de entrambos, vallisoletano ilustre, que por sus
-achaques no pudo asistir a los festejos, y a quien podía consultar don
-Rodrigo en todos aquellos conflictos en que pudiera ponerle la flamante
-corregiduría, aunque, a decir verdad, más que a sus futuros gobernados,
-temía el pobre corregidor a la celosa corregidora.
-
-Y sin esperar a más--porque al día siguiente, y tras ocho de ausencia,
-quería retornar el leal caballero a su villa y casa solariega,--allá se
-fué con su alta misión don Rodrigo Pacheco, el fracasado teólogo,
-convertido por la gracia de Dios y del duque de Lerma en corregidor de
-Tordesillas y de toda la comarca tordesillesca.
-
-
-VI
-
-Dijéranle a don Rodrigo que con los ojos vendados y sin cayado
-recorriera las calles de su querida Salamanca, y a ciegas las correría,
-como su Tordesillas de su alma.
-
-Pero a aquel endiablado Valladolid, el diablo que le hincara el diente
-con su laberinto de calles, callejas y callejones, plazas, placetas y
-plazuelas, que siempre le traían al mesmo lugar, sin dar nunca con el
-caserón de su deudo don Gutierre Pacheco de Sandoval.
-
-Más de tres veces se encontró en la plazuela del Ochavo, evocándole, en
-aquella hora entre misteriosa y poética del atardecer, la tragedia del
-famoso condestable, cuyo libro singular _Claras y virtuosas mujeres_,
-había leído con delectación en Salamanca. Otras dos salió a la Plaza
-Mayor, entenebreciendo su pensamiento la memoria de aquella hecatombe en
-que pereció el hereje doctor Agustín Cazalla y sus secuaces en ejemplar
-auto de fe. No supo cuántas veces pasó junto al caserón de Rivadavia,
-donde nació el rey Felipe II, y cuya plateresca ventana iluminaba ya la
-luna en pálido creciente. Volvió pies atrás y notó que por tercera vez
-pasaba ante la rica y fastuosa fachada de San Pablo...
-
---La calle de Teresa Gil y junto al arco gótico que se levanta en la
-iglesia de religiosas de Portacoeli--habíale dicho el duque...--y, por
-fin, topó con el famoso arco y con «las casas de Diego Sánchez», morada
-de su deudo don Gutierre.
-
-Levantó el pesado aldabón de hierro, que representaba un dragón
-mordiendo maciza anilla, y retumbaron en la soledad de la calle tres
-golpes recios y rotundos.
-
-Tardó a percibir ruido alguno en el interior de la casa. Abrióse, por
-fin, una celosía que sobre la puerta caía, y una voz argentina y juvenil
-preguntó con timidez:
-
---¿Quién va... a estas horas?
-
---¡La paz de Dios!--respondió don Rodrigo con voz entera.--¿Vive aquí
-don Gutierre Pacheco de Sandoval? Su deudo soy y vengo desde Tordesillas
-a visitarle--agregó don Rodrigo, temiendo que le tomaran por un
-aventurero de los que aquellos días de regios festejos pululaban en
-Valladolid. Tras breve cuchicheo de voces femeninas en la celosía,
-preguntó otra voz como arrullo de tórtola:
-
---¿Cómo se nombra el caballero?
-
---Don Rodrigo Pacheco de Alderete soy...
-
---¡Esperad, esperad, caballero... aquí es! Van a franquearos la
-puerta...
-
-Poco después descorríanse cerrojos y cadenas, y una especie de mayordomo
-de faz seráfica franqueaba el pesado portón al caballero. A mitad de la
-amplia escalera, una dueña, envuelta en negras tocas, alumbraba con
-enorme velón.
-
---Pasad, pasad, señor don Rodrigo, y esperad mientras preparamos a don
-Gutierre para darle cuenta de la llegada de vuestra merced. Pero tan
-delicado anda, que no sabemos si podrá recibirle esta noche... Sus
-hijas, mis señoras doña Celia y doña Violante nos lo dirán.
-
-Y tras subir, precedido por la dueña y seguido a respetuosa distancia
-por el beatífico mayordomo, le introdujeron en las habitaciones de don
-Gutierre.
-
-Deslumbrado quedó el tordesillesco corregidor al contemplar la
-magnificencia del decorado, la riqueza de los muebles, la suntuosidad de
-los cortinajes que la mansión de su deudo le mostraba.
-
-Pasaron por una cámara en la que ardía una lamparilla de plata ante un
-crucifijo que a don Rodrigo le pareció excesivamente lívido y chorreado
-de sangre... Persignáronse mayordomo y dueña; imitóles el caballero e
-introdujéronle en el estrado, donde le hicieron esperar, mientras
-avisaban a sus señoras, las hijas de don Gutierre.
-
-No se hicieron aguardar éstas...
-
-Eran dos damas de peregrina hermosura, jóvenes, ataviadas como princesas
-y enjoyadas como reinas. «Acabarían de llegar de algún festejo regio y
-no habrían tenido tiempo de destocarse...»--pensó don Rodrigo.
-
-Con grandes y discretas muestras de regocijo por recibir la visita de
-huésped tan ilustre, las dos niñas sentáronse a ambos lados del
-caballero cuarentón, quedando el mayordomo a respetuosa distancia, como
-si esperara órdenes.
-
-«Don Gutierre estaba muy doliente y descansaba ya, pero si aquella noche
-no podía verle don Rodrigo, sería al siguiente»--dijeron las discretas
-niñas.
-
-El de Pacheco les expuso el objeto de su visita: participóles su
-nombramiento de corregidor y la necesidad que tenía de partir al rayar
-el alba a Tordesillas.
-
---Todo puede concertarse--objetó la mayor de las niñas,--si tan urgente
-es la necesidad de ver a nuestro padre. Aceptáis un puesto en nuestra
-mesa, descansáis en uno de nuestros aposentos, y al salir el sol, que es
-cuando despierta el señor don Gutierre, le saluda vuesa merced y parte
-cuando guste a su querida Tordesillas.
-
---Agradezco las grandes mercedes que quieren dispensarme damas tan
-atentas; pero tengo necesidad imperiosa de retirarme a mi posada...
-
---¡Válgame Dios! ¡Dormir en una posada deudo tan ilustre como vuestra
-señoría, señor corregidor... alternando con arrieros y servido por mozas
-de mesón! ¡No faltaba más!--dijo la más joven de las niñas de don
-Gutierre, la de la voz argentina, cuyas modulaciones ignoraba por qué
-don Rodrigo le llegaban al alma.
-
---Lo que nos duele--arrulló la mayor--es que durante estos días os
-hayáis hospedado allí. Vuestra es esta casa, hoy y siempre que vuestros
-asuntos os traigan a Valladolid.
-
---¡Ya no podéis salir de aquí! ¡Sois nuestro huésped, porque no queremos
-exponernos al enojo de nuestro padre cuando se enterara de que habíamos
-dejado marchar a una posada la dignidad de nuestro más ilustre deudo, el
-señor corregidor de Tordesillas!--exclamó, expansiva y jovial, la que
-parecía más ingenua de las damas, y cuya voz, ademanes distinguidos y
-cándido y claro mirar atraían al señor de Pacheco con electiva afinidad.
-
-Acostumbrado a obedecer siempre, primero a su madre, luego a su esposa;
-tan débil de voluntad como cortés y agradecido por instinto, el
-caballero accedió al galante y sincero ofrecimiento de sus bellas
-parientes y «quedó muy suyo y muy obligado también», según dijo.
-«¡Además de que su estancia en casa de don Gutierre facilitaba su
-entrevista con este señor y su salida a Tordesillas... ¡se estaba tan
-bien en aquella casa y estrado!, ¡experimentaba tan agradable sensación
-de paz y bienestar en aquella casa colgada de damascos antiguos,
-alhajada con vargueños y contadores, cornucopias y espejos, cuadros
-religiosos y viejos retratos de familia... que hubiera querido trasladar
-toda aquella magnificencia a su severo caserón de Tordesillas o quedarse
-en aquel de Valladolid toda la vida!»
-
-Salió el mayordomo de la faz seráfica y entró y salió varias veces la
-dueña con grandes reverencias, hasta que el primero anunció que la cena
-estaba servida.
-
-Pasaron damas y caballero al regio comedor, donde en lujosa mesa, bajo
-manteles de Cambray, centelleaban la plata toledana y el cristal
-italiano y brillaba la loza talavereña. Sirvióles el mayordomo suculenta
-cena, regada prudentemente con «los ilustres vinos de Esquivias», que
-don Gutierre prefería a los vallisoletanos, y aunque don Rodrigo era
-frugal, su cortesía no sabía negarse a los insistentes ofrecimientos de
-sus dos comensales y comió y bebió un poco más de lo que acostumbraba su
-templanza.
-
---«Carne de pluma quita del rostro la arruga», mi señor don
-Rodrigo--decía la mayor de las hijas de don Gutierre, sirviéndole una
-pechuga de capón ricamente aliñada.
-
--«El vino como rey y el agua como buey»--exclamaba riendo la menor de
-las doncellas, llenándole la tallada copa de un vino rojo como el rubí y
-de suave aroma.
-
-Durante la cena, como antes en el palique del estrado, notó don Rodrigo
-que las dos damas exhalaban de sus personas un tan delicado perfume, que
-a gloria trascendía y la misma gloria parecía prometer. Vaho tan suave y
-sutil no lo percibió jamás don Rodrigo. Su esposa, doña Leonor, no usaba
-perfumes ni afeites, que era pecado usar, y decía «que el único perfume
-grato a un marido era el de la limpieza, porque la hermosura debía
-ofrecerse como Dios la dió...» Pero seguía embargando los sentidos del
-caballero aquel perfume delicioso, produciéndole sutilísima e inefable
-embriaguez, y don Rodrigo lo aspiraba con delectación primero, con ansia
-después. No era el olor del ámbar, ni de la algalia, ni tenía nada del
-almizcle, únicos que conocía el señor de Pacheco. Más bien parecía el
-aroma de mil flores levantinas, que juntaron su diversa fragancia para
-embriagar al caballero...
-
-Terminada la cena, rezaron una breve oración de gracias, pasaron al
-estrado un momento, y las damas despidiéronse de su huésped con
-graciosas reverencias, retirándose a sus habitaciones, acompañadas de su
-dueña.
-
-El mayordomo precedió al caballero hasta la cámara que le destinaron,
-despidiéndose de él muy humildemente.
-
---¡Buenas y muy santas noches tenga el señor don Rodrigo!
-
-Rendido por el desacostumbrado trajín de aquellos días, embriagado
-levemente por los vapores de los vinos, la copiosa cena y el sutilísimo
-y sensual perfume de las damas, el señor corregidor de Tordesillas, que
-deseaba recoger y coordinar sus ideas, tendióse en el mullido lecho y
-sopló la luz.
-
-Pero invencible asombro le despabiló en seguida. La cama en que
-descansaba de sus andanzas vallisoletanas exhalaba el mismo perfume
-sutil y embriagador que emanaba del cuerpo de las hijas de don Gutierre.
-Y el malogrado teólogo salmanticense quiso abandonar el lecho...
-
-«Pero... ¿no sería ñoño escrúpulo de monja llamar a la servidumbre y
-alborotar la sosegada mansión con el pretexto de rehusar tan rico lecho,
-que indudablemente le había cedido alguna de las hijas del doliente
-huésped por una delicadísima galantería mujeril que antes debía
-agradecer como cumplido caballero que rechazar groseramente como un
-villano?»
-
-Y quedó entregado a sutiles razonamientos escolásticos, bajo las
-finísimas y bordadas holandas, el caballero de Tordesillas, sin osar
-levantarse ni poder conciliar el sueño...; pero consolándose en su
-martirio si, por dicha, la cama en que yacía pertenecía a la menor de
-las hijas de don Gutierre.
-
-
-VII
-
-En el seno de las tinieblas veía el señor de Pacheco la figura,
-castamente ideal, de doña Celia, la menor de las niñas, en opuesta
-visión a la más espléndida y sensual de doña Violante, la hermana
-mayor... Ni una sola vez acudió a su magín el recuerdo de la figura de
-su esposa, la alta y esbelta matrona tordesillesca... Doña Celia, la
-niña gentil, tornaba a embargar su ánimo y sus sentidos anegados en el
-vaho delicioso del mullido lecho, cuando lejano rumor de voces le
-distrajo de sus deliquios... Pronto las voces fueron gritos, y éstos
-algarabía.
-
-Don Rodrigo incorporóse, tentó sus ropas, empuñó su espada y aguardó.
-
-Las voces se apagaron de pronto; pero el oído del caballero percibió en
-el silencio de la noche crujir de sedas, como si pesado damasco diera
-paso a alguien. Suave rumor de pasos que a él se acercaban, confirmó sus
-sospechas. «No cabía duda, alguien había entrado en la estancia.»
-
-Pronto fué la sospecha certidumbre absoluta; aquel perfume suavísimo y
-enervador, cada vez más penetrante, cada vez más cercano, envolvíale
-como ola de éter, sumiéndole en un mar de confusiones, cuando el tibio
-aliento de una boca rozó su rostro, y la caricia de unos brazos
-desnudos, blandos y mansos, oprimió su cuello robusto, al mismo tiempo
-que una voz argentina, pero angustiada, gemía en su oído:
-
---¡Acorredme, caballero! ¡Protegedme o muerta soy!
-
-Don Rodrigo quedó suspenso...
-
-Soltó la espada, de improviso, y con ambas manos cogió los trémulos
-brazos que, como dulces cadenas, rodeaban su cuello.
-
-Al contacto de la carne joven, tibia y perfumada, sintió estremecerse,
-muy a pesar suyo, todo su cuerpo pecador en lascivo escalofrío. Las
-dulcísimas cadenas no cejaron, y el desvanecido caballero sintió sobre
-su pecho la presión de suavísimas turgencias que excitaban
-dolorosamente su carne flaca y miserable, con impudores que rechazaba
-su alma pura.
-
-La voz argentina arrulló a su oído:
-
---¡No os mováis, caballero! ¡Doña Celia soy, que viene a deciros que no
-salgáis de esta habitación, pues corréis peligro de muerte!
-
---Permitidme, señora, que...--y el sofocado caballero no sabía qué
-decir, en lucha sorda consigo mismo para romper las dulces cadenas que
-le oprimían como dogal de frescas rosas y olorosos jazmines.
-
---¡No os mováis, por Jesús Nazareno! Vengo huyendo de las liviandades de
-mi hermana Violante... y he cerrado la puerta de esta cámara...
-
---¿Qué decís, señora?--interrumpió el cándido corregidor.
-
---Sí, de la hija de don Gutierre, que burla y ultraja las canas y el
-honor de mi buen padre todas las noches... permitiendo que escale su
-galán el balcón de su camarín...
-
---¿Es posible tal infamia?
-
---¡Sí, caballero, sí!--y copioso llanto bañó las acaloradas mejillas del
-caballero. ¡Doña Celia lloraba! Y siguió:--Esta noche, que partió
-conmigo su lecho, pues este en que descansáis es el mío, no respetó mi
-inocencia y tampoco recatóse de recibir al seductor... ¡Qué vergüenza!
-¡Huí al verle y oirle decir al salteador de esta noble casa que quería
-matar al caballero que se hospedaba bajo el mismo techo que su amada, mi
-mal aconsejada hermana!
-
---¡Vive Dios que no será sin que un Pacheco venda cara su vida!
-
--¡Por el Nazareno! ¡No gritéis! Mi inocencia vino a advertiros el
-peligro; pero mi previsión cerró todas las puertas que separan esta
-cámara de la de mi hermana... Esperemos en silencio, y al lucir las
-primeras horas del alba, con el galán salteador de honras se irá todo
-peligroso riesgo para vuestra merced...
-
---¿Pero entretanto... señora...?--y el buen don Rodrigo no sabía cómo
-librarse de los brazos, que más parecían acariciarle que demandar
-amparo.
-
--¡Ah! ¡Mientras tanto... proteged mi castidad y mi inocencia, que quiso
-ultrajar también aquel bárbaro atropellador de doncellas y agraviador de
-ancianos!... ¡Protegedme, señor! ¡Tengo miedo de salir de este
-aposento!...--y con sus desnudos brazos tejía el pavor más apretada
-cadena en torno al cuello del ilustre corregidor, que balbuceó con
-extrañas angustias:
-
--¡Nada temáis... niña, estando aquí yo... junto a vos. Llegarán a
-vuestro precioso cuerpo por encima del cadáver de don Rodrigo Pacheco!
-
---¡Gracias, gracias... mi noble deudo!...--y la medrosa niña se
-estrechaba más y más contra el caballero, besando a obscuras sus manos,
-sus barbazas, sus ojos, sus mejillas y su boca anhelosa y cálida,
-mientras don Rodrigo, arrastrado por aquella mansa ola de confiada
-efusión, abrazaba también a la niña, creyendo proteger con sus nervudos
-brazos a la mesma estatua viviente de la casta Diana.
-
-En un momento, durante el cual la intensa emoción dejó paso a la sutil
-clarividencia, murmuró el caballero paternalmente:
-
---Bien, bien... señora; pero me parece que venís un poco ligera de
-ropa...--al notar que tenía entre sus brazos una escultura que no vestía
-sino la sutilísima veste de holanda. Y aquel trasunto vivo de castidad
-respondió desmadejadamente:
-
---¡Huí del lecho precipitada al asaltar aquel gavilán nuestro camarín...
-y mi pudor no me detuvo para recoger mis vestiduras!
-
--Pues... descansad en mi lecho, que por lo que conjeturo es el vuestro
-propio. Yo me vestiré a tientas... y velaré vuestro sueño...--dijo don
-Rodrigo, intentando flojamente desprenderse de los marfileños brazos que
-le ceñían amorosos.
-
--¡Oh! ¡No, por Dios, caballero! ¡Tendré miedo sin vos! ¡Moriré de
-pavura! ¡No os apartéis de mí! ¡No me dejéis! ¡Venid, caballero... y
-descansad a mi lado! ¡Nada temáis... sosegaos! ¡Vuestra hidalguía y mi
-inocencia nos protegen!--y con suavísima presión dejóse caer blandamente
-la niña, arrastrando en su caída al caballero sobre la regia cama de
-torneadas columnas y de labrada cabecera Renacimiento, que les cobijó
-con su tibio calorcillo como nido de plumas y de amores...
-
-
-VIII
-
-El sol entraba a raudales por el amplio ventanal trebolado, tras cuyos
-emplomados cristales piaban alegremente los pájaros en el cercano y
-umbrío jardín... y don Rodrigo Pacheco despertó del único sueño de su
-vida que había tenido sabrosa realidad.
-
-Y encontróse, a la luz escandalosamente indiscreta del padre Febo, que
-sus brazos robustos cobijaban aún la dormida estatua de doña Celia,
-desceñida su alba veste, y ofreciendo a los besos de la luz del día
-todos los encantos de su pudor y todos los tesoros de sus hermosura a
-los encandilados ojos del ex canonista.
-
-Este quedó lívido y temblando de miedo. Su conciencia implacable le
-acusaba en pleno día del pecado cometido en las negruras de la noche...
-¡La más horrenda de las liviandades era pecado venial comparado con el
-delito en que todo un Pacheco, y corregidor de la muy noble villa
-tordesillesca, por añadidura, había incurrido con aquella preciosa niña
-que, confiada en la hidalguía del caballero, dormía aún sin recelo en
-sus brazos!
-
---_¡Nihil impossibile sub sole!_--gimió aterrado el caballero, y por
-primera vez la imagen de su esposa surgió ante sus ojos como la musa de
-la propia tragedia, arrojándole al rostro la sentencia con que le
-despidió al salir don Rodrigo hacia Valladolid: _¡Nihil impossibile!_
-
---¿Y qué hacer?... ¿Cómo huir?... ¿Cómo dejar a la tímida paloma que
-dormía en sus brazos? ¿Cómo presentarse ante don Gutierre, el caballero
-que acababa de ultrajarle en la divina escultura de su hija? ¿Cómo
-escapar de aquel laberinto en que su inexperiencia del mundo habíale
-hecho caer al cuarentón corregidor? ¡Buena justicia administraría quien
-comenzaba vilipendiándola! ¿Qué dirían su conciencia y su rostro a la
-señora corregidora al llegar a ella?--Y al evocar otra vez en aquel
-trance la arrogante y severa figura de su dueña y señora doña Leonor de
-Alderete, como irritada Themis, desasióse don Rodrigo de los ebúrneos
-brazos que le aprisionaban aún rendidos en sueño de amor; vistióse
-apresuradamente, ciñóse la espada, echó sobre sus hombros la negra capa
-de seda valenciana... y después de dejar caer una última, compasiva y
-desesperada mirada a la dormida paloma del palomar de don Gutierre,
-abrió quedamente la puerta, huyendo de su víctima, de su crimen y de sí
-mismo.
-
-Salió a un pasillo; estaba solitario. Cruzó la habitación donde una
-lamparilla alumbraba los sangrientos chafarrinones de un Cristo
-monstruoso; no había nadie. Vió abierta una puerta fronteriza por la que
-entraba medroso y encogido un rayo de sol, y se dirigió a ella. ¡Era la
-puerta de la escalera!
-
-Bajó por ésta sin ver a nadie ni ser visto. La puerta del zaguán estaba
-entornada... ¿Dueña, mayordomo, y acaso don Gutierre, estarían en misa
-en la vecina iglesia de las religiosas de Portacoeli? Todo parecía
-preparado de intento para su vergonzosa fuga... y pronto se vió en la
-calle don Rodrigo, libre de un peso enorme; pero abrumado por el de un
-remordimiento dolorosísimo.
-
-Sin tornar los ojos al caserón de don Gutierre, y ya orientado por la
-luz del sol en aquel laberinto de callejuelas, llegó presto a su posada,
-mandó ensillar su mula y pidió la cuenta al huésped.
-
-Este sonreía socarrón e inquisidor, y, gorra en mano, fijando su
-escrutadora mirada ratonil en las violadas ojeras del caballero,
-denunciadoras de una noche toledana, o, más legítimamente,
-vallisoletana. Echó mano a la bolsa para satisfacer su hospedaje el
-atolondrado caballero--que ni la mirada acusadora del posadero podía
-resistir,--y quedó sin habla, aterrado.
-
-¡Su bolsa estaba vacía! Le habían robado más de cien ducados de oro que
-metió en ella!... Pero, ¿dónde? Y su pensamiento se tornó
-instintivamente a la casa de don Gutierre, y súbita revelación
-presentóle como humillante farsa la tragicomedia de que acababa de ser
-actor principal. Preguntó al posadero: dióle señas y señales...; sonrió
-el ladino plebeyo y pronto tuvo la certeza don Rodrigo de que donde le
-habían dado posada de amor una noche inolvidable no era ¡ni mucho
-menos!, la casa de don Gutierre Pacheco, aunque sí fronteriza a ella.
-
-Puso en manos del huésped su rica cadena de oro, al encontrarse sin un
-maravedí, y prometiendo rescatarla sigilosamente y en breve, salió al
-galope de su mula de aquel Valladolid, que ya sería siempre el de sus
-pecados...
-
-
-IX
-
-Abstraído por el recuerdo de la vergonzosa aventura, no notó hasta cerca
-de Simancas que aquel embriagador y penetrante perfume que impregnaba
-las ropas y el cuerpo clásicamente modelado de «la cándida paloma
-vallisoletana», le acompañaba como rastro de su pecado, dejando una
-estela de perfumada liviandad por do pasaba el caballero, y que fué lo
-que hizo sonreir indudablemente al ladino posadero. ¡Las ropas, los
-cabellos, las barbas, las manos, todo el cuerpo y el sér todo del buen
-Pacheco estaban saturados de aquel delicioso vaho de la cortesana
-lascivia... y era la penitencia que va siempre con el pecado!
-
-¡Doña Leonor no mintió! ¡Ella era una santa y él un lascivo ruín y
-empecatado! El fatal presentimiento de la dama era ya una realidad
-acusadora... El recuerdo de aquella noche de amor podría olvidarse
-quizá; su pecado ocultarse, negarse, aunque lo purgara en solitarias y
-continuas penitencias... Pero, ¿y aquel maldito y penetrante perfume que
-le acompañaba como una acusación, como la mejor y más terrible prueba de
-su liviandad y de su adulterio? Porque doña Leonor, ¡que no usaba
-perfumes!, preguntaría, inquiriría, no podría explicar por qué aquel
-vaho cortesano le acompañaba y trascendía hasta Tordesillas, y la
-furiosa Xantipa le arrancaría los ojos y las entrañas al señor
-corregidor.
-
-Llegó a Simancas. Apeóse en el mesón del Toledano; pidió un aposento,
-agua y jabón; encerróse; lavóse cuidadosamente manos, rostro, cabellos y
-aquellas barbas con que le retrató su deudo el sevillano Pacheco, y
-salió de allí, donde harto le conocían y estimaban, después de airear un
-buen rato al sol la ropilla y capa ante el abierto balcón del aposento.
-Remozado y contento salió a lomos de su mula, libre, al parecer, de
-graves cuidados.
-
-
-X
-
-Apenas dejó atrás el caserío de Simancas, tornó a percibir, cada vez más
-penetrante, aquel diabólico perfume que debió de haber aliñado maese
-Satanás en sus filtros y redomas demoníacas, y la vil cortesana en cuyos
-brazos durmió el caballero, infiltróle hasta las entretelas de su alma.
-Y ¿cómo entrar en Tordesillas?
-
-Ya columbraba la crestería de San Antolín, la cúpula de Santa María, los
-torreones del palacio donde lloró durante media centuria su viudez la
-triste reina de Aragón y Castilla doña Juana--llamada «la Loca» por
-insensibles historiadores y por el vulgo, que no entiende de locuras de
-amor, como ya entendía don Rodrigo,--cuando éste apeóse en un recodo del
-camino, sombreado por espesos árboles. Ató las riendas de su cabalgadura
-a uno de aquéllos y contempló la ondulante corriente del Duero, en cuyas
-aguas tantas veces se bañó siendo niño.
-
-Un audaz pensamiento asaltó al atribulado Pacheco.
-
-Agazapado entre unos matojos, despojóse de sus ropas, que dejó sobre
-aquéllos, tendidas al sol abrasador de Castilla y Julio, y encueros
-vivos lanzóse el caballero al agua, con la avidez con que un cristiano
-se arrojaría a las ondas purificadoras del Jordán, murmurando en
-remembranza de sus felices tiempos de teólogo: _¡Vestigia nulla
-retrorsum!_
-
-El Duero, algo crecido, traía impetuosa corriente, en la que don Rodrigo
-dió varios chapuzones, restregando con sus manos mojadas barbas y
-cabellos y todo su cuerpo, para purificarle de aquel olorcillo cortesano
-y delatador...
-
-Distraído, perdió pie, la corriente le arrastró; dió una voltereta
-desesperada; logró subir a flote y asirse a una rama en un recodo del
-río. Tiró de ella para subir; cedió la débil rama, y el cuerpo del
-desdichado caballero se lo sorbió el Duero impetuoso... llevándole
-inerte y sin vida hasta el puente de los diez arcos famosos, en uno de
-cuyos tajamares quedó detenido como miserable despojo del pecado.
-
- * * * * *
-
-Doña Leonor recibió el cuerpo exánime de su esposo con grandes e íntimos
-transportes de dolor. En el paroxismo de su locura, gritaba la enamorada
-señora:
-
---¡Me han asesinado a mi dueño y señor! ¡Justicia, justicia!
-
-Las ropas abandonadas en la margen del río, la bolsa vacía y la falta de
-la cadena de oro del caballero, indujeron a jueces y escribanos a
-sospechar que don Rodrigo fué robado y arrojado al río para que no
-pudiera delatar a sus asesinos. Estos no se llevaron la mula, la espada
-y las ropas del caballero por temor de que les delataran, cosa que no
-podía suceder con los escudos y con la cadena, una vez fundida ésta. Y
-entre aquellas y otras conjeturas, nadie se acercó a la verdad.
-
-Una hermosa mujer y un ladino posadero de Valladolid pudieron haber dado
-alguna luz; pero callaron por la cuenta que les traía.
-
-Don Rodrigo recibió cristiana sepultura en San Antolín; doña Leonor
-encerró para siempre su dolor en su caserón, atenazándola el
-remordimiento de haber martirizado con su pasión de celos infundados a
-aquel santo varón que Dios le concedió por marido. Y como ella, toda
-Tordesillas lloró al varón ejemplar, dos veces santo, por su martirio de
-casado y por su muerte trágica.
-
-Ya sexagenaria doña Leonor, hubo de exhumarse el cuerpo de don Rodrigo
-para trasladarle al alabastrino sarcófago que hábiles artífices
-italianos construyeron para guardar los restos mortales del señor de
-Pacheco y de la señora doña Leonor, cuando le fuera llegada su santa
-hora.
-
-Asistió al solemne acto doña Leonor, acompañada del clero, servidumbre y
-mucha gente del pueblo, que aún amaba la memoria del caballero.
-
-Abrióse el ataúd y fué como si se abriesen las puertas de la gloria.
-Suavísimo, embriagador e inefable perfume invadió las bóvedas de San
-Antolín, asombrando a todos los circunstantes.
-
-«¿De dónde venía aquel fragante olor, que por primera vez en su vida
-percibían los viejos cristianos tordesillescos, si no era de los huesos
-del fenecido caballero? ¿Y qué otro olor podía ser aquel si no era el
-«olor de santidad» en que murió indefectiblemente don Rodrigo Pacheco,
-por sus muchas virtudes y su muerte de martirio?» pensaron los buenos
-tordesillescos, y clamó el pueblo a una voz:
-
---¡Don Rodrigo murió en olor de santidad! ¡Don Rodrigo murió en olor de
-santidad! ¡Allí estaba aquel perfume suavísimo que su alma santa dejó en
-sus huesos, proclamándolo! ¡Allí estaba la esposa del buen caballero,
-dando fe de ello con sus lágrimas de sincero arrepentimiento!
-
-Y es fama que cuando alguien afirma todavía que don Rodrigo Pacheco
-murió en «olor de santidad», ¡unos huesos se estremecen en el fondo del
-alabastrino sarcófago, recordando una inmortal noche de amor en
-Valladolid!
-
-
-
-
-ASI MURIÓ EL CONDE
-
-(DIEGO SAN JOSÉ)
-
-BREVE PREÁMBULO
-
-
-Ha más de cinco años que vine a la Corte al olor de un beneficio en la
-catedral de mi provincia, que porque se sepa es la de Zaragoza, y en
-todo este tiempo, con traer muy buenas esperanzas alimentadas por
-contundentes y apretadas cartas de la gente más notable de la metrópoli
-del Ebro, aun no conseguí otra cosa que agotar los recursos, pero no la
-paciencia (que desta necesarísima virtud fué el Señor servido de darme
-muy grande y espesa cantidad), y conocer como la palma de mi mano las
-_Losas_ del Alcázar y aun muchas de las dependencias que están situadas
-en la parte baja, donde tantos anhelos como los míos se estrellan o
-estancan, que no hay humana voluntad que los saque a flote y haga la
-imponderable merced de dejarlas bogar en el tranquilo y azulado mar de
-la ilusión satisfecha.
-
-Son estas dichas _Losas_ la más concurrida plaza del mundo, donde se
-venden favores, se alimentan pretensiones y se manejan intrigas, las
-cuales muy pocas veces van en favor de los necesitados que por su mala
-ventura danzan en ellas, sino de los hartos que las amañan y dan vida.
-
-¡Qué sé yo el cúmulo de cosillas, cosas y cosazas que he visto pasar por
-allí, subir como la espuma y despeñarse como el agua, en estos cinco
-años!
-
-En lo que mi pretensión venía de camino pensé entretenerme escribiendo
-cada día un pliego de las cosas que allí viera u oyera, y vean aquí
-vuesas mercedes cómo al cabo heme encontrado con una croniquilla un
-tanto extensa, la cual tiene por alma uno de los más famosos y
-cortesanos sucedidos que hanse visto en estas vegadas.
-
-En tal manera acostumbraban a suceder allá cada día las nuevas, que si
-todas hubiera de relatarlas tal y como las presencié o llegaron
-hinchadas a mis oídos, habría menester de todo el estanque del Retiro
-trastocado en tinta y toda la pradera de San Isidro hecha pliego de
-papel.
-
-Lo mesmo en invierno que en verano, o al amparo del sol, o la frescura
-de las anchas arcadas, vese aquel recinto, tan poblado de gente, que
-tienen los señores consejeros y ministros que llevar pajes o porteros
-delante a fin de que les abran paso, que si no, no fuérales posible
-echar un pie tras otro.
-
-¡Tanto que pedir hay en España!
-
-¡Y son tan pocos los días en que el Rey puede dar!
-
-¡Ciertamente que cualquier extranjero, mirando cómo está la villa, toda
-de hambrientos y hampones, pudiera creer que esta era la corte del Rey
-carroña!
-
-Pero volviendo a lo mío, que son estos pleguezuelos, fundidos en letra
-un mucho gallarda de la mejor forma española (que aun no se me ha pegado
-esta procesal al uso, la cual entiendo que sólo se emplea para las
-causas sustanciadas en el infierno), de entre todas las cosas quiero
-aquí entresacar no más de una, que es aquella que trajo la muerte de don
-Juan de Tassis Peralta, conde de Villamediana y correo mayor de estos
-reinos y los de Nápoles.
-
-Sea así, pues, y con tu licencia, lector (quienquiera que seas), allá te
-va lo que hasta mí llegó.
-
-
-
-
-PARTE PRIMERA
-
-
-
-
-CAPITULO PRIMERO
-
-EN QUE EL CRONISTA TRAE A CUENTO LAS NUEVAS DE LA CORTE Y RETORNO A ELLA
-DE DON JUAN DE TASSIS
-
-
-Este afán angustioso de las pretensiones, no tendrá fruto muy abundante,
-y bien compréndese que así sea, pues que tantas ramas se chupan la
-savia, que no es mucho que se queden sin florecer.
-
-El pedir y pretender está tan dejado de la mano de Dios, que en verdad
-que va a ser necesario dejar el oficio.
-
-Por otra parte, y si vamos a mirar las cosas tal y como son ellas, no
-como nuestra ansiedad y nuestra fantasía empéñanse en presentárnoslas,
-¿qué va a hacer S. M. si todo anda como él no quisiera y ya es mucho
-milagro que haya faltado para él, y no piensen que esta triste desdicha
-anduvo muy lejos?
-
-No es toda holgona y abundante, como presumen las gentes, la vida de
-palacio, que diz que en las paredes de las reales despensas no cuelgan
-los perniles y los tocinos en tan grande y crecido número que haya
-necesidad de apuntalarlas con gruesas vigas, ante el peligro de que
-vénganse a tierra, sino que telarañas, polvo y hollín tienen por
-colgaduras, y ya los abastecedores dicen que no dan una piltrafa más si
-no se les satisface lo adeudado, que diz que sube a muchos miles de
-reales.
-
-Aun carbón no envían los carboneros de Palencia y ha de guisarse con
-leña, y ésta porque es cortada y traída de las posesiones del Real
-Patrimonio, que si no, recelo que no pudieran comer SS. MM. más de queso
-y fruta.
-
-Díjome ayer un pinche de cocina, con más cara de hambre que la cuaresma,
-que dos meses y medio cúmplense agora de que no se den en palacio las
-raciones que teníase por costumbre, y ansí anda toda la servidumbre,
-esperando con ansia el Juicio Final, por ver de llegar la resurrección
-de la carne; que no hay un cuarto en las arcas, y que el día de San
-Francisco pusieron en la mesa de la Señora Infanta un capón que ella
-tristemente enfurecida mandó levantar porque hedía a perros muertos.
-
-Siguió aqueste plato uno que era un pollo en salsa, sobre unas
-rebanadillas como torrijas, pero no venía solo ni mal acompañado, que
-traía sobre sí, como animal fenecido que era de muchos días, todas las
-moscas palaciegas. La justa indignación de la infelice subió a la
-cumbre, y levantándose fuése a llorar a su aposento, por no dar con todo
-por una ventana.
-
-Su yantar de aquel día no fué más de un mendruguillo de pan remojado en
-negro y espeso vino de Arganda.
-
-En palacio no se comerá, y estarán las personas de la real familia con
-las tripas juntas y los tristes ojos como queriéndose esconder en el
-cogote por vergüenza de ver tantas cosas; pero los arbitrios y los
-impuestos crecen sobremanera, como el jabón en el agua.
-
-Ya hase enviado orden a todas las ciudades y cabezas de partido de
-España, de que dentro de quince días se doblará el importe del papel
-sellado.
-
-No hay otro medio para aliviar la miseria, que dar sobre ella, para que
-muriendo presto, acabe del todo.
-
-Si los señores ministros y consejeros no se cortan las uñas, no ha de
-tardarse mucho el día en que veamos a la Corte, en lugar de ir a la
-Salve los sábados, acudir cada día a la sopa de los conventos.
-
-No siendo para cacerías u otras diversiones, en que sólo el Señor Rey se
-emplea, no se ven los dineros, ni pintados; mas para estas cosas
-dijérase que salen de algún antro subterráneo que custodian los enanos
-guardadores de los tesoros ocultos de que se habla en los romances y en
-las consejas.
-
-Entre las nuevas notables que hoy tienen en ebullición no solamente a
-las palaciegas _Losas_, sino a todos los mentideros de la Corte,
-cuéntase la llegada del conde de Villamediana, el cual, desde el año de
-1611, hallábase en tierra de Italia, no holgándose, sino muy al servicio
-de su patria, y dejando bien asentado en las horas de paz, con aquellos
-ilustres próceres del Parnaso que acompañaran al opulento duque de
-Osuna, la intelectualidad hispana.
-
-Y a fe que su excelencia viene a tiempo de presenciar, y aun digo yo que
-a ser actor, en muy grandes cosas.
-
-Comiénzase ahora precisamente la intriga de zapa para derribar de su
-alta poltrona nada menos que al duque de Lerma, y parece que ella va con
-mucho ahinco y grande fuerza, que como al fin todos se lo propongan, no
-han de tardar en conseguirlo, que en largo transcurso de la historia,
-más sólidas torres habemos visto caer.
-
-Si ello viene como se espera, yo pienso que no es fatalidad del destino,
-sino manifiesto castigo de la mano de Dios, que no puede ver tanta
-codicia y desgobierno en instituciones que son una representación
-terrena de su poder y su grandeza.
-
-Pues, ¿cómo va a presenciar, ni menos consentir con buenos ojos, la
-justicia divina, que el pueblo perezca de hambre, y la familia y
-allegados del favorito naden en oro y argentería?
-
-A cuarenta y cuatro millones de ducados es fama que ascienden los
-derechos y sisas más que cobra su excelencia.
-
-Miren si no hay con ellos para mejorar un poco tanta miseria.
-
-Pero el pueblo parece bobo: gruñe cuando siente los aguijones del
-hambre, y luego que le engañifan un poco, saca de no se sabe dónde y
-regala a sus esquilmadores las minas del Perú.
-
-El oro que suelen traer los galeones de Indias cuando por milagro de
-Dios logran escapar de los corsarios ingleses y holandeses y de los
-piratas tunecinos, no se piense que vaya a parar a las arcas del Erario,
-sino que hinchan como zaques las faltriqueras destas insaciables
-sabandijas del Reino.
-
-Pues, anden con Dios, que no les queda a la zaga el bueno de Rodriguillo
-Calderón; pónganle donde haya, que de tomarlo ya hará cuenta.
-
-Para alguacil, es la mejor simiente que se conoce.
-
-Hasta el codo puede el bueno de Villamediana meter el brazo en el pozo
-de la sátira y a puros golpes dellas, no dejar cosa a vida, que Dios se
-lo aumentará, y ya que no remedios ni satisfacciones, dará a la villa
-que reir.
-
-Al fin, esto es cosa que él hace con notable desenfado, y aunque todo el
-mundo sabe que ello ha de costarle pesadumbres que acaso le traigan que
-perder tanto como la vida, no está de más que estos gatos
-gubernamentales tengan su calderillo de agua hirviente que le escalde
-los lomos de vez en cuando.
-
- * * * * *
-
-Ya comenzaba por el entonces a ponerse el sol en los hispanos dominios,
-que aquella claridad deslumbradora y constante que en tiempos del
-segundo Filipo alcanzara, había empezado a debilitarse merced a las
-negras nubes del favoritismo y la codicia que ensombrecían la España.
-
-El duque de Lerma no atendía a otra cosa más de su enriquecimiento y el
-bienestar de los suyos; que hombre amante del oro, la plata y aun el
-cobre, procuró lo primero acomodar a los parientes que había
-necesitados, para evitarse el tenerles que socorrer después y desta
-manera guardarse de compartir con ellos las pingües rentas de su
-ministerio.
-
-Así, mientras el abúlico, inútil y fanático monarca empleaba el tiempo
-en la molicie o en el recreo de la caza, el astuto favorito
-despilfarraba en su tren y aposentamiento harto más lujo que el nieto de
-Carlos I.
-
-Poca aprensión y menos respeto de su nombre tenía, pues que su
-encumbramiento y riqueza habían por pedestal la codicia y el logro.
-
-Para despistar un tanto la atención del pueblo, que comenzaba a darse
-cuenta destas inmoralidades autorizadas, promulgáronse bandos y
-pragmáticas contra el lujo, lo mismo en el vestir que en el servicio de
-casa, y así cargáronse pesados tributos sobre la indumentaria, la
-vajilla y el mobiliario.
-
-De esto veíanse, naturalmente, libres el Duque y sus satélites.
-
-La pobreza de la nación, con ser ya abundante, vióse más grave en
-apariencia, pues aquellos que podían, ocultaban notablemente su
-bienestar, por verse libres de rellenar los filtramientos que aquellos
-cortesanos ladrones con hábitos honrados hacían en las desvencijadas
-arcas del Tesoro.
-
-
-
-
-CAPITULO II
-
-COMIÉNZANSE DE NUEVO LAS SÁTIRAS DEL CONDE CONTRA LOS MAS ENCUMBRADOS
-PRÓCERES
-
-
-A fe que viene el hombre más maldiciente e ingenioso que se fué. En los
-pocos días que lleva, ha héchose cargo de toda la mala marcha de las
-cosas del reino, y tales saetazos tira, que andan todos escocidos y con
-muy pocas ganas de encontrársele con salud, que todos hacen votos porque
-se muera presto y de carbunclo, que diz que es mala muerte.
-
-De mano en mano corren unas coplillas, que aunque pican que rabian, he
-de dar algunas, porque se vea hasta dónde llegan el desenfado y la
-desaprensión deste hombre.
-
-Apenas supo que el de Lerma, luego que acogióse a capelo, porque vió que
-le falsean notablemente las alfombras del Alcázar y le está la cabeza
-poco segura sobre los hombros, fuése a su casa de Valladolid, desazonóle
-a letras. Frente de las cuales marcha aquesta con ínfulas de señora
-capitana.
-
- _El mayor ladrón del mundo,_
- _por no morir ahorcado,_
- _se vistió de colorado._
-
- * *
-
- «A aquel que todo robaba
- con las armas del favor,
- le han entendido la flor.
- Y aquel que atemorizaba,
- temblando está de temor;
- que como se ve acusar
- y el caso es tan sin segundo,
- teme que le han de ahorcar;
- y en aqueso ha de parar
- _el mayor ladrón del mundo_.
-
- * *
-
- La lisonja que volaba
- derribó al Rey al abismo,
- y aquel que el mundo usurpaba,
- idolatrando en sí mismo,
- en aqueste extremo acaba;
- y viéndose acongojado
- con tan enormes delitos,
- se ha recogido a sagrado,
- pidiendo la Iglesia a gritos
- _por no morir ahorcado_.
-
- Mas no es bueno defender
- quien la Iglesia profanó,
- pues se la vimos vender,
- ni la Iglesia ha de valer
- que durmió como cordero.
- Ni ha de valerle sagrado
- ni el roquete arzobispal,
- que al fin morirá ahorcado
- aunque como cardenal
- _se vistió de colorado_.
-
- * *
-
-Pues ahí va estotra, que quema y trae con el Duque mucha gente al
-retortero:
-
- «Ya ha despertado el León
- que durmió como cordero,
- se asustó todo ladrón.
- El primero es Calderón[1],
- que dicen ha de volar
- con Josefat de Tobar[2]
- Rabí, por las uñas, Caco
- y otro no menos bellaco
- compañero en el hurtar.
-
- * *
-
- También Perico de Tapia,
- que de miedo huele mal,
- con su mujer doña Rapia,
- toda garduña prosapia
- y el Señor doctor Bonal[3]
- recela esposas y grillos;
- de medrosos, amarillos
- andan ladrones a pares;
- que en tan modernos solares
- se menean los ladrillos.
-
- * *
-
- _Salazarillo_[4] sucede
- en oficio a Calderón,
- porque no falte ladrón
- que estas privanzas herede;
- pues el villano no puede
- negarnos que fué primero
- como su padre, pechero,
- y que por mudar de estado
- un sambenito ha borrado
- para hacerse caballero.
-
- * *
-
- El burgalés y el _bulero_[5],
- si lo que ven han creído,
- pueden de lo sucedido
- inferir lo venidero.
-
- Ya no pasa doctor huero,
- basta que en tiempo pasado
- tuvieron tan buen estado
- desde el principio hasta el fin,
- que al que nunca vió latín
- le daban un obispado.»
-
-[1] Don Rodrigo, Marqués de Siete Iglesias.
-
-[2] Don Jorge de Tobar.
-
-[3] Oidor del Real Consejo.
-
-[4] Secretario de Estado que antes lo había sido del Duque de Uceda.
-
-[5] El _burgalés_ don Fernando de Acevedo, presidente del Consejo de
-Castilla y Arzobispo de Burgos. El _bulero_, el Patriarca de las Indias,
-don Diego de Guzmán.
-
-
-
-
-CAPITULO III
-
-TODOS CONTRA EL CONDE
-
-
-Malas nubes previénense para las maledicencias del señor don Juan, que
-como contra todos cierra su pluma, todos están contra él y por ser
-hartos así en el número como en la causa que les aqueja, de temer es que
-le puedan y den con él donde no encuentre manera de salir triunfador.
-
-A la postre esto acontece a los maldicientes por más gracia e ingenio
-que tengan, y es que con su mesmo punzante aguijón terminan por darse la
-muerte a sí propios.
-
-Y más en este hombre, que lleva tanta hiel en sus diatribas y sátiras,
-que de a cien leguas adviértese que no las dicta el noble afán de
-corregir, sino el odio enconado y la terrible enemistad.
-
-Quisiera yo (que no sé por qué téngole buena ley a este Condesillo) que
-hubiera un alma hermana que hiciérale conocer la mala senda porque
-camina y guiárale por otra menos espinosa y estrecha, mas no hállase
-medio para que se corrija S. E., que ya a lo que parece tiénelo por
-condición, y en estas cosas tan hondas no hay mano que pueda gobernar.
-
-Y lo más notable es que, como suele decirse, todos notan la paja en el
-ojo ajeno, pero no advierten la viga en el propio, que de aquesta gentil
-manera acontece ser el mundo; quiero decir, que cada cual apréndese y
-refuta los aguijonazos contra el prójimo y cállase los suyos.
-
-Aunque bien es decir que, como propálanse en guisa de inviolables
-secretos, tardan algunos días en caer en oídos del satirizado.
-
-Pocas veces responden con el ingenio y el desparpajo que el usía emplea,
-sino con dichos que tienen más pesadumbre que pimienta, y con amenazas y
-promesas pendencieras.
-
-No falta quien cree que la mejor respuesta y más clara satisfacción está
-en los filos de un acero, y éste no manejado cara a cara y por una mano
-noble, como es uso entre caballeros, sino por un rufián ajustado, el
-cual reciba su soldada luego de consumado su quehacer.
-
-Y ya parece que habrá pocas noches, volviendo S. E. de casa de don Diego
-de Salazar, hízose la primera intentona, sólo que el señor don Juan,
-aparte de maldiciente, bravo y audaz, parece que es precavido, y como
-llevaba el arma desenvainada bajo la capa, en dos molinetes tuvo a raya
-a los que le querían agujerear el cuero, con tanta saña y seguramente
-que por poco dinero, pues vale el Conde mucho.
-
-Diz también que todos estos enconos no solamente los traen las nubes de
-las sátiras sañudas y de las despiadadas gorjas, sino que no es quien
-menos hace, un amor postergado, que fué en tiempos voraz y terrible
-llama que parecía no dar lugar a consumación en todos los siglos de los
-siglos.
-
-No sé yo, a decir verdad, qué pueda haber de verosímil o no en esto, que
-sé poco de las intrigas palaciegas, como no tengan eco en las _Losas_,
-lugar que desdichadamente y sin esperanza de remedio alguno, es mi
-puesto.
-
-Dicen que hay cierta empingorotada dama, cuyo nombre callo (porque
-pudiera valerme cara la indiscreción), que despechada por las mudanzas
-del señor don Juan, no es quien menos procura su perdición.
-
-Ello parece que viene de antaño, no es cosa que el de la venda amañó
-ahora, que ya antes de partirse el de Tassis para Italia lo tenía bien
-hecho, y diz que la honra de la tal quedóse apuntada en el galante
-libro de las aventuras de S. E.
-
-¡Miren lo que son mujeres y lo que urden y lo que traen!
-
-Quéjase ésta de que quien fué suyo antes, ahora no lo sea, y en cambio
-ella no concede importancia al haber dado tregua a su martelo, por
-embocar en el matrimonio con un maridillo de buena boca, que como ya
-ella había cédula de mal casada, en cualquier tiempo pensaba hacer lo
-que tan mal sabía, y don Juan, por repudia no consintió.
-
-Vean en qué desalmado soneto, pasando el otro día junto a la casa donde
-habitara la pécora, echóla en cara el oficio:
-
- «Aquí vivió la _Chencha_, aquella joya por las hechuras _Caca_;
- este aposento fué túmulo del sexto mandamiento y galera en que Amor
- fué buena boya.
-
- »¡Vive Dios que esta sala que le apoya centellas de lujuria arroja
- al viento! Esta trampa inventó su atrevimiento para jugar al hombre
- con tramoya.
-
- »Desde aquella ventana, la insolencia»de sus cabellos afrentó al
- Oriente,»y en ésta fué su vista una estocada.
-
- »Mas, ¡oh crüel, a entrambos penitencia! hoy la casa es albergue a
- un pretendiente y la célebre _Chencha_ está casada.»
-
-Y claro es que, con tal saetazo, a más de por la ira del condal despego,
-está la tal que arde como yesca.
-
-Y ésta de los celos sí que téngolo yo por la peor causa, que no hay en
-el mundo hierba venenosa que pueda hacer tantos estragos como ella. De
-mí sé decir, que si en la pelleja del Conde me encontrara, anduviera con
-cien ojos, como dicen de Argos, y por lo que tronar pudiera, haría
-examen de conciencia y acto de contrición.
-
-Pero, ¿qué se le da a él destas cosas, si es hombre tan entero y echado
-adelante, por donde viene el peligro, que cuando no tiene persona
-determinada contra quien cerrar, arremete con un pueblo entero?
-
-¿Puede darse más elocuente ni temerario ejemplo de lo que digo, que
-aqueste endemoniado soneto contra la ciudad de Córdoba, el cual es
-chismorrería nueva que hoy salió a la plaza, y esto a pesar de la
-prohibición que diz que tuvo de ir allá?
-
- »Gran plaza, angostas calles, muchos callos, obispo rico, pobres
- mercaderes, buenos caballos para ser mujeres, buenas mujeres para
- ser caballos.
-
- »Casas sin talla, hombres como tallos, aposentos colgados de
- alfileres, Baco descolorido, flaca Ceres, muchos Judas y Pedros,
- pocos gallos.
-
- »Agujas y alfileres infinitos; una puente que no hay quien la
- repare, un vulgo necio y un Góngora discreto.
-
- »Un San Pablo entre muchos _Sambenitos_ esto en Córdoba hallé,
- quien más hallare póngaselo a la cola a este soneto.»
-
-Mucho será que no se salgan con las suyas y vaya S. E. cuando menos lo
-piense a hacerle sátiras y coloquios al mismo Satanás.
-
-Pedro Verger, el alguacil de corte, pónese de todos los colores del arco
-iris en cuanto oye hablar de su difamador, y si en su enjundia estuviese
-como está en su ánima, no viviera el Conde de aquí a una hora.
-
-Mas oye decir que dicen que Tassis tiene razón en aquellas cosas que le
-señalan de su mujer, y calla por no traer más gente con la protesta.
-
-Los hijos de Jorge de Tobar también andan rondando su venganza, y a fe
-que harto me temo que puedan ser aquestos quienes lleguen a conseguirlo,
-que a la verdad que el maldiciente ha puesto a la familia que parece
-moquero de acatarrado.
-
-Yo, en lo que a mí respecta, y aunque muy aficionado soy del Conde, si
-diere con algún procaz y deslenguado que acumulara contra la honra de
-mi padre tantas impertinencias cuando no calumnias, cerrara contra él
-como pudiera, magüer que fuese a puñaladas si el caso apretado no diese
-lugar a las razones.
-
-A fe que para S. E. todo el mundo es contrahecho de los ojos, pues que
-nadie le mira bien.
-
-
-
-
-CAPITULO IV
-
-CUENTOS Y CHISMES DE LA CORTE
-
-
-No hay manera de que medren mis pretensiones y aun menos malo que Dios
-es servido de asistirme consintiendo que me cupiera en suerte un lote de
-ropas de unos bonos que esotrodía repartió en las _Losas_ la marquesa
-del Valle, cuando salió para su destierro condenada por no sé qué
-acerbas injusticias metidas por malas artes en los ánimos de las reales
-personas.
-
-Las ropas eran todas prendas para seglar, y así es que, no valiéndome
-por mi condición de clérigo, las vendí, y como ellas eran harto
-razonables, no me las pagaron mal del todo.
-
-El Rey, por agradar a su augusta esposa, no cesa de darle diversiones, y
-ayer tarde hubo una muy notable comedia en el Retiro, que fué un auto
-sacramental, que dicen _No es humano quien no cree, o el más fiero
-centurión y justicia del cielo_, cuya obra débese a uno de los más
-ilustres ingenios de la Corte.
-
-El concurso del público fué tan asaz y numeroso, que al salir del Corral
-del Príncipe, donde hubo de representarse con notable aplauso, fué
-asfixiado un pobre celador entre las apreturas.
-
-Dicen que esta noche, a mitad della, ha muerto con toda solemnidad una
-menina de la Señora Reina, que llamaban doña María de Velasco, y que
-siendo ayuda de cámara, ha muerto de no hacer las suyas, quiero decir
-que de cólico, aunque más bien puede decirse que por glotona.
-
-Tan ancho era su estómago, y por ende tan bestial la manera que usaba
-para llenarle, que comíase al día cuatro pollos de leche, aderezados de
-diferentes maneras, quedándole aún muy buen lugar para acomodar más
-lastre.
-
-Cenó anoche uno (en un nuevo guiso que ahora ha poco han traído de
-Italia), sin contar los adherentes acostumbrados de conservas y
-substancias, y no dejó otras sobras que los huesos, los cuales por
-demasiado duros no podía hincarles el diente y pasallos a la antecámara
-del estercolero.
-
-A media noche comenzó a sentir el empacho, mas presto fué tan de veras
-la cosa, que no tenía otro alivio que la Extremaunción, y aun ésta, por
-muy presto que se quiso traer, no llegó a tiempo y se fué sin ella, con
-que vino a morir lo mesmo que vivió, como un animal.
-
-Diz que tenía hecho testamento mandando no la enterrasen hasta pasados
-tres días, luego de su muerte.
-
-Y aquesto parece que era por temor a unos desmayos grandes y dilatados
-que solíanle atormentar.
-
-Diz también que deja asentado que la embalsamen y lleven su corazón al
-túmulo donde reposa su marido.
-
-¡Válame Dios, y cómo es cierto que es la señora Muerte la mejor rasera y
-arregladora de desconciertos!
-
-Aquestos dos, que en el mundo andaban a la greña y tirándose a matar,
-ahora, cuando no son nada, andan remedando a los amantes de Teruel.
-
-¡Dios los perdone y el Demonio no los tome a cuenta!
-
-De regreso a mi posada, iba yo taciturno y meditativo por la calle
-Mayor, cuando trajéronme a la realidad dos hienas, encarnadas en cuerpos
-de hombres, que de una tabernilla salíanse acuchillándose.
-
-¡Tan ciegos venían, que de no andar yo listo, cayeran sobre mí, y aun
-me regalaran con algún tajo!
-
-Otros cuantos de su ralea íbanles a la zaga, y los muy descomulgados, en
-lugar de tenerles y recomendarles paz, azuzábanles como a perros,
-apostando por cada uno.
-
-A la postre todo finó con que el uno, más diestro y más fiera que el
-otro, envióle dos palmos de hierro sin receta, con lo que le despachó
-del mundo sin que dijera ¡Dios, valedme!
-
-Dió a correr, mas por pura casualidad, halláronse tres o cuatro
-corchetes (y fué la casualidad dicha que salían de otra taberna) y
-cerrando contra el matador le redujeron y le amarraron.
-
-Llevábanle por la Puerta del Sol a la Cárcel de Corte, cuando al llegar
-esquina de la calle de las Carretas, el duque de Ciudad Real y el conde
-de Luna, que pasaban, reconocieron en el preso al cochero que les
-servía, y poniendo mano a las negras, quitáronle de las garras
-alguacilescas.
-
-Ahora andan a ver de arreglar la osadía, que aun siendo quienes son, no
-pienso que salgan muy bien animados a hacer otra de la mesma marca.
-
-Diz que para el jueves prepárase comedia en el Príncipe para mujeres
-solas, y tiene mandado el Rey que vayan todas sin guardainfante, porque
-quepan más.
-
-Dícese que él acudirá con la Reina desde las celosías, y que tienen
-repletas más de dos docenas de ratoneras para desocuparlas en lo mejor
-de la fiesta por patio y cazuela.
-
-¡Válgame Dios a S. M. por divertido, que tiene humor y tiempo para estas
-niñerías y no le ha para solucionar mi pleito, que, según ayer me dijo
-el secretario del Consejo, no más que de su real firma habrá tres
-mortales años que está dependiendo!
-
-También la querella contra el de Villamediana parece que no va como él
-quisiera, y se está preparando en secreto la mejor forma de desterrarle
-nuevamente.
-
-
-
-
-CAPITULO V
-
-EN DONDE LUEGO DE OTRAS COSILLAS, CUÉNTASE EL DESTIERRO DE VILLAMEDIANA
-
-
-Este día 15 de Noviembre de 1618, he de señalarle en el memorial de mi
-vida, porque he tenido una muy grande satisfacción, y aunque cierto es
-que ella no cae en el logro de mis instancias, es cosa tan al alma, que
-téngola casi en tanto como tornarme a mi tierra con mi beneficio.
-
-Por el amplio y soleado patio de las _Losas_ procuraba yo matar esta
-mañana la crudeza de la estación, haciendo camarada con otro pedigüeño
-cleriguillo de Murcia, y hablábamos de las nuevas corrientes, y
-lamentábamos el mal logro de nuestros empleos, cuando vimos que hacia
-nosotros llegaban otros dos sacerdotes.
-
-El uno alto, erguido, ya de alguna edad y de muy gallarda presencia.
-
-En la siniestra parte del amplio y rico manteo, que burlábase
-despiadadamente de la pobreza de los nuestros, campeaban las gallardas
-aspas de la cruz de San Juan de Jerusalén.
-
-El otro, algo más bajo de estatura, iba más descuidado, así en la
-indumentaria como en el aseo y pulidez de la persona. Los ojos eran
-grandes, negros y un tanto extraviados, defendidos por descomunales
-espejuelos; impetuoso tenía el hablar, nerviosos los ademanes.
-
-Así de como los vi, paramos en nuestro paseo y cuando ante nosotros
-cruzaban, luego de habernos saludado respetuosamente como a colegas,
-fuíme para el más viejo, y parándome delante, habléle en este modo:
-
---Vuesa reverencia, padre mío, me perdone si por acaso le ofendo, pero
-tan aficionado suyo soy, que no querría salir de la Corte, y pienso que
-va para muy largo, sin la bendición del ingenio más grande que tiene
-España.
-
---Hermano--respondióme el tal con faz risueña y noble,--yo no soy más de
-un sacerdote como vuesa merced, y si mi bendición no más se le antoja,
-téngala luego, pero a cambio de la suya.
-
---Venga como quisiéredes--repliquéle,--que la bendición de Lope de Vega
-bien vale cuanto se pida.
-
-Arrodilléme con toda humildad, hizo la señal de la cruz sobre mi nevada
-cabeza, y apenas húbeme signado púsose él en guisa de penitente y dile
-la mía.
-
-A fe que no me tuviera en tanto ni me emocionara como me emocioné, si el
-mismo Felipe III hubiérase arrodillado ante mí en el Santo Tribunal de
-la Penitencia.
-
-Beséle la mano, ofrecióme su casa, que dijo que era en la calle de
-Francos, dijo al otro sacerdote: «Guiad, amigo Solís, a la secretaría de
-don Antonio»; y echando escaleras arriba, desaparecieron por un
-corredor...
-
-Adviertan si no es poco para un español parlotear mano a mano con el
-ilustre autor de la Dorotea.
-
-El cleriguillo huertano, que sacándole de su misa y de su olla no tenía
-entendederas para más, preguntábame después si aquel _compadre_ era
-alguna dignidad de la Iglesia, y díjele el nombre ilustre, viva reliquia
-del Parnaso Español, y quedóse tan llano como si le dijese Juan de las
-Viñas, pero al hacerle ver que era el mayor poeta y más insigne
-componedor de comedias que había en el mundo, comenzó a decir:
-
---¡Ta, ta!, quítese de ahí, hombre de Dios, y no mezcle esa gentecilla
-con las cosas santas, que cuando esa manía bellaca encarna en uno de
-nosotros, no entiendo sino que los demonios metiéronsele en el cuerpo y
-echáronle a perder. En la Iglesia había de haber más severidad y no
-consentirse estas carcomas, que Dios no quiere coplas, sino oraciones,
-que hartas miserias hay por que rogarle, y no andarse los señores curas
-como ciegos, inventando farsas y comedias. Hiciéranme nada más que por
-un día primado de Toledo, y yo le juro por los dolores de la Santísima
-Virgen que arreglara esto.
-
-No dióle tiempo a rodar más por la cuesta de las necedades, porque a
-este tiempo tornaban los señores curas, con el caballero que iban a
-buscar, que hallé no ser otro que el poeta don Antonio Hurtado de
-Mendoza, muy afecto al Príncipe de Asturias.
-
-Todos al paso del Fénix se descubrían, menos el clerizonte murciano, que
-se encasquetó la teja hasta las orejas, por mejor demostrar su encono
-contra los poetas tonsurados...
-
- * * * * *
-
-Anoche, a poco más de las once, hallábase el de Villamediana en su casa
-de la calle Mayor, que no hacía mucho que llegara, cuando fuéle
-anunciada por su ayuda de cámara una visita urgentísima que no admitía
-demora de ningún género.
-
-Vista la premura y recelando alguna pesadumbre, mandó que pasase luego
-quien quisiera que fuese.
-
-Quedó en pie para recibir visita de tanto cumplido.
-
-Hízose esperar un breve espacio, que aunque corto, ya comenzaba a causar
-impaciencia y enfado en el nervioso temperamento del señor don Juan, y
-apareció en la estancia no menos que el Alcalde de Casa y Corte don Luis
-de Paredes, y según cuentan algunos pajes de la casa, diz que tuvo lugar
-el siguiente coloquio:
-
-DON LUIS
-
-Señor don Juan, Dios os guarde.
-
-DON JUAN
-
-Señor don Luis, El venga con vos. Entrad, hacedme la merced de tomar
-asiento, y decidme en qué puedo serviros.
-
-DON LUIS
-
-Harto me pesa, señor y amigo, y bien saben el Santo del día y el ángel
-de mi guarda, que diera años de mi vida por excusar este momento.
-
-DON JUAN
-
-¿Tan apretado es?
-
-DON LUIS
-
-Desagradable nada más, a lo menos por ahora y para mí.
-
-DON JUAN
-
-Venís, pues, a prenderme.
-
-DON LUIS
-
-En nombre de S. M.
-
-DON JUAN
-
-Pues aquí me tenéis; haced de mí como tengáis orden. Pero antes quisiera
-saber la causa que pudo motivar esta resolución.
-
-DON LUIS
-
-Creo que la crudeza de vuestras sátiras; pero, vamos, abajo espera mi
-coche, y quizás en el camino pueda hablaros con más claridad que aquí.
-
-DON JUAN
-
-Pero...
-
-DON LUIS
-
-Cumplo órdenes superiores.
-
-DON JUAN
-
-Permitidme al menos....
-
-DON LUIS
-
-¿Qué...?
-
-DON JUAN
-
-Que me despida de mi mujer y mande que me preparen alguna ropa.
-
-DON LUIS
-
-Con todas las veras de mi alma y como soy cristiano que lo siento, mas
-no puedo daros licencia para otra cosa que para echaros una capa; en lo
-demás, no paséis cuidado, que veréis a vuestra esposa y se os llevará la
-impedimenta que os haga falta y tengáis por costumbre.
-
-DON JUAN
-
-¿Esto es lo que os mandan hacer conmigo?
-
-DON LUIS
-
-En nombre del Rey.
-
-DON JUAN
-
-Pues hágase la Real voluntad.
-
- * * * * *
-
-Tomó don Juan la capa que poco antes al llegar de la calle arrojara
-sobre el respaldo de un sillón, calóse el chapeo, calzóse los ambarinos
-guantes, y
-
---Cuando gustéis--dijo a su aprehensor, disponiéndose a salir; mas éste,
-sin moverse del sitio en que hallábase, como si hubiéranle clavado al
-suelo, preguntóle:
-
---Mas, ¿no lleváis espada?
-
---¡Pesia mí!--replicó el Conde.--¿Os burláis?
-
---Dios me libre.
-
---¿No me lleváis preso?
-
---Sí, mas en lo que llegamos donde habemos de ir, y puesto que como
-amigos vamos, si queréis, podéis llevarla.
-
-Sin replicar más el de Tassis tomó el primoroso estoque que de continuo
-llevaba, y le prendió en el tahalí.
-
-Un viejo criado fué descorriendo tapices y abriendo puertas por donde
-cruzaban rápidos y silenciosos el justicia y el preso.
-
---¿Os aguardo, señor?--preguntó humildemente el fámulo.
-
---No--respondió grave don Luis de Paredes.
-
---Mas si la señora Condesa pregunta que dónde fuísteis, ¿qué le podré
-responder?
-
---Que salió por orden de S. M.
-
---Preguntará que a dónde hubo de ir a tales horas--replicó impertinente
-el criado, más curioso que interesado, y volviéndose brusco S. E., que
-si no se aparta el preguntón hubiera tenido que sentir, respondióle:
-
---¡Al infierno, imbécil!
-
-Llegaron a la calle y en la puerta esperaba un coche de camino, tirado
-por dos troncos de mulas.
-
-Escoltábale un piquete de guardias de la lancilla...
-
-Subieron entrambos, primero Tassis, y el alcalde dió orden de partida.
-
-En la quietud de la noche, los herrajes de la pesada máquina sonaban
-sobre los guijos enlodazados de la calle como un tren de artillería.
-
- * * * * *
-
-Y diz quien presume de haberlo oído, y fué el cochero (que por esto no
-es bien que estén los pescantes donde están, que no se pierde palabra y
-así no puede haber cosa secreta entre los señores), que así como se
-alejaron obra de tres o cuatro leguas, dijo el señor don Luis:
-
---Aquí acaba mi misión con vuecelencia. Como ve, no va preso, sino
-desterrado en veinte leguas enredor de Madrid, Salamanca, Córdoba y
-otras ciudades en donde hubiese audiencia del Rey. Ello va apercibido
-con pena de la vida. Vuecelencia verá si entra en sus cálculos obedecer
-o no. Dos parejas de lanzas déjole por escolta hasta Sigüenza; yo con
-las otras me torno hacia la Corte. Y ahora, que Dios le dé suerte,
-salud y paciencia para sufrir estas cosas.
-
-Muy afectuoso despidióle don Juan, y montando don Luis en uno de los
-caballos que traían los soldados a la mano, partieron el camino...
-
-
-
-
-PARTE SEGUNDA
-
-
-
-
-CAPITULO PRIMERO
-
-EN QUE SE DA NOTICIA DE LA MUERTE DEL REY
-
-
-Agora sí que veo tan perdida mi causa como lo fué aquella armada
-invencible que mandaba el segundo Filipo a pelear contra Inglaterra.
-
-En la madrugada de hoy, 31 de Marzo de 1621, ha tenido el triste fin que
-se esperaba la vida de S. M.
-
-Con esto cambiaron próceres y magnates sus ascendencias y destinos, y mi
-pretensión quedará sin efecto, aunque bien pudiera el Señor disponer un
-milagro haciendo que en este revuelo viniera algún alma justiciera que
-no me dejara de la mano.
-
-De poco han servido procesiones y rogativas por la salud del monarca,
-ni traer y llevar hasta Casarrubios el preciado cuerpo del glorioso San
-Isidro, que bien se ve que a Dios no convenía que se obrara prodigio
-alguno, que viendo en qué descuidadas manos estaba España, sin duda que
-pensó: «Mejor se está sin Rey.»
-
-Y qué bien recelaba su augusto padre cuando, ya al borde del sepulcro y
-hecho una inmunda pestilencia, dijo viéndole tan mozo y tan débil:
-
---«Y como temo que me le han de gobernar...» que así ha sido.
-
-Todo el tiempo que asentó en el trono no fué más que escarnio, juego y
-mofa de sus favoritos los duques de Lerma y de Uceda, y del ambicioso e
-intrigante P. Aliaga.
-
-Por cierto que ahora cuéntanse cosas infamemente peregrinas del
-penúltimo, a quien pienso que Dios ha de acabar de mala muerte, por hijo
-desnaturalizado.
-
-Su padre el Cardenal parece que había pensado en él para descansar de
-las trapacerías de su ministerio, y llevóle a palacio; pero el
-aprovechado vástago entróse de tal manera y tan presto en el ánima del
-monarca, que no tardó en desbancar al padre y hacelle la contra, y se
-dice que más de dos veces y en la misma regia cámara hubieron de
-sostener violentísimas escenas el padre y el hijo, en las que faltó
-poco para que dieran el monstruoso espectáculo de venir a las manos.
-
-Al fin venció el de Uceda por entero en la voluntad del Rey, y salió
-desterrado para sus posesiones de Lerma el favorito en desgracia.
-
-Diz que ayer noche, en un momento de lucidez, quiso el moribundo
-soberano reconciliarse con sus enemigos, para tener en ellos un montón
-más de rogativas por la bienaventuranza de su alma luego de que dejase
-este mundo pecador, y mandó que le llevasen una lista de todos cuantos
-padecían pena de destierro.
-
-Hízose como mandaba, y el mismo Uceda escribió los nombres de todos,
-entre los que, por indicación del P. Aliaga, puso el de su progenitor.
-
-Presentóles al Rey.
-
-Este pidió una pluma, y conforme iba pasando los ojos por ellos, tachaba
-el renglón, dando así a entender que perdonaba al que fuese.
-
-Pero he aquí que no había llegado a la mitad, cuando acometióle un
-desmayo y cayó de sus manos pluma y papel sin haber dado por finalizada
-la piadosa obra. Así es que los que estaban sin tachadura interpretóse
-falsamente que no habían merecido la gracia del monarca; el último
-nombre de todos era el del duque de Lerma.
-
-Nunca creyera que pudiese haber en el mundo tan monstruosa enemiga con
-un padre, que aunque éste hiciere todo género de bellaquerías contra un
-hijo (caso que en esta ocasión dábase muy al contrario) jamás había de
-germinar la semilla del rencor en el pecho del ofendido, porque fuera (y
-así es en esta ocasión), como maldecir de su sangre y por ende no
-tenerse como bien nacido.
-
-Diz que mañana trasladarán el cuerpo del Rey al panteón de El Escorial,
-y ya hoy han comenzado los preparativos, que no hay pie ni mano que
-sosiegue dentro del Alcázar.
-
-Valiéndome de la amistad que hice con un secretario de sala, subí este
-mediodía a ver el cadáver y rogar a Dios porque le dé eterno descanso,
-aunque si tanto da en descansar allá en el cielo como acá en la tierra,
-no pienso que haya justo más reposado en toda la corte celestial.
-
-Tiénenle puesto en la capilla, sobre un rico túmulo, al que bien pudiera
-aplicarse el magnífico soneto de Miguel de Cervantes.
-
-Por la altura en que está no alcanza a verse el cuerpo; unicamente asoma
-un poco el perfil y las manos cruzadas sobre el pecho, en las que
-sustenta un primoroso crucifijo de antiguo marfil.
-
-Todo el templo está cuajado de paños negros, y solamente alumbrado por
-los blandones que rodean el túmulo, los cuales están embutidos en
-maravillosos candelabros de plata labrada, de doce brazos cada uno.
-
-Velan continuamente los monteros de Espinosa.
-
- * * * * *
-
-Fué hoy el entierro de S. M. No hay para qué me canse en asentar aquí
-cómo y en qué manera hubo de llevarse a cabo tan triste acto, pues que
-notables ingenios y celosos cronistas tiene la corte que dejen escrito
-tan importante capítulo para la historia deste reinado.
-
-Diz que el nuevo soberano es más activo y emprendedor que su padre.
-
-Espéranse dél grandes iniciativas que redunden en beneficio y
-prosperidad para la nación.
-
-Dios lo haga y no le deje ni nos deje de su divina tutela e inspiración,
-que bien lo habemos de menester si no es que queremos todos los
-españoles que nos lleve la trampa.
-
-Diez y seis años cuenta el joven príncipe, y desde ha seis está unido en
-matrimonio con la princesa doña Isabel de Borbón, hija del Cuarto
-Enrique de Francia y de su segunda esposa María de Médicis.
-
-Cierto que la nueva reina es la más peregrina hermosura de la Corte
-española.
-
-¡Dios la bendiga!, que bien vale nación tan hidalga, soberana tan
-magnífica.
-
-Dícese que con el cambio de Rey alzaráse mucho la mano con la gente
-patricia que cayó en desgracia durante el otro reinado, y también se
-asegura que muchas de aquellas altas torres que amenazaban con tocar el
-cielo, ya comienzan a resquebrajarse y hay muy serio peligro de que se
-desplomen.
-
-Parece que la gran fuerza que les está minando llámase don Melchor
-Gaspar y Baltasar Núñez de Gusmán, y es Conde Duque de Olivares.
-
-
-
-
-CAPITULO II
-
-COMIENZOS DEL NUEVO REINADO Y PRELIMINARES DEL FIN DE VILLAMEDIANA
-
-
-¡Válame Dios! y cómo viene de perilla a mis tristuras aquel refrancillo
-de donde no hay harina todo es mohina.
-
-Más de dos meses ha tenídome tullido en cama un desalmado reúma, del que
-aún no me encuentro libre, sino que ando como Dios quiere, y no quiere
-bien. Aun menos malo que el posadero fué hombre caritativo y mirando la
-desgracia que tan sañudamente ciérnese sobre mí, no consintió que me
-sacaran de su casa para llevarme a un santo hospital, como yo pedía.
-
---Aquí se estará, padre--me dijo,--y no se desespere y tenga paciencia,
-que con la ayuda de Dios y un poco de buena voluntad de parte nuestra,
-todo se arreglará. Yo sé que su paternidad es hombre de conciencia, y no
-he de abandonarle, que yo también he pasado muy negras jornadas en la
-vida, y me ha sabido muy bien hallar un alma buena que me diese la mano.
-
-Como soy cristiano, que aunque viviese eternamente no he de olvidar esta
-acción.
-
-En lo posible, paguéle enseñándole las letras a un muchachico muy
-despabilado que tenía, y tal interés puso el diablejo del rapaz, que ya
-lee mejor que un escribano.
-
-Parece que en este poco de tiempo han acontecido más cosas que otras
-veces en el transcurso de un siglo.
-
-Como consigné en el papel anterior, abriéronse las puertas del destierro
-para algunos perseguidos, pero no cerráronse de nuevo, sino que
-continuaron de par en par hasta que de acá salieron otros a ocupar los
-puestos que aquéllos dejaban.
-
-Diz que son, entre otros menos notables de los que han venido por la
-amnistía de la coronación, el almirante de Aragón, el marqués de Velada,
-don Pedro de Toledo y el famoso don Juan de Tassis.
-
-Parece que el duque Cardenal, ansí como supo que estaba la puerta franca
-corría hacia aquí con el ansia de entrarse de rondón, y si pudiese a
-tornar a coger la sartén por el mango; pero a lo que se ve no está el de
-Olivares para Cardenales desta especie, que pudieran gangrenársele, y
-apenas se enteró del viaje, ganó la voluntad del Rey y envióle a Su
-Ilustrísima, que ya estaba a más de mitad de camino, al oidor del
-Consejo Real don Alonso de Cabrera, con órdenes de que se retirase a
-Valladolid hasta que S. M. fuese servido de mandarle otra cosa.
-
-Con lo que el olvidado favorito parece que ya perdió toda esperanza de
-volver a ser quien fué, como procuraba.
-
-Todos los demás han entrado con los mismos honores que disfrutaban
-cuando se partieron.
-
-Villamediana, que diz que ha parecido muy bien a madama Isabela, ha sido
-nombrado su gentilhombre y repuesto en su antiguo cargo de Correo mayor.
-
-Su ingenio ático, parece que es muy bien recibido de las augustas
-personas, y entre el monarca y él han cruzádose muy donosas
-composiciones, que es fama que también al nuevo Rey entiéndesele muy
-lozanamente de achaque de rimas. Y antes le parece mejor una academia de
-poetas que un Consejo de Estado.
-
-Ahora que el tal usía vese en alto y tan por los suelos a los que tres
-años atrás estaban por las nubes, dijérase que maneja la enconada sátira
-con más crueldad y acierto de la que había por costumbre. Como no ve ya
-en lontananza el destierro, no hay freno que valga a contenerle.
-
-Cada infelice que sale de los límites de la Corte por la desgracia del
-Rey, lleva como cédula o pasaporte la consiguiente diatriba del señor
-don Juan.
-
-Es de leer la que dicen que asestó al derrumbado duque de Uceda cuando
-salía para el lugar de su patrimonio con orden de no salir de él:
-
- «El Anti-Pablo, a mi ver,
- fundó, si bien no sé cómo,
- en humo lo mayordomo
- y el viento lo sumiller.
- Hoy polvo, Nabuco ayer;
- ¡ved lo que en el mundo pasa!
- pero a ninguno traspasa
- ver en tan mísero paso,
- al que de nadie hizo caso
- y de todos _hizo casa_.»
-
-En esto paréceme que hace harto mal S. E., por delincuentes que fueren
-los zaheridos; al fin y al cabo bastante pena tienen con haber caído en
-desgracia, y arrastrar su humillación ante las mismas gentes que antes
-fueron testigos o víctimas de su despotismo.
-
-Diz que han sido famosas las fiestas de la proclamación del nuevo
-soberano, y que en su panegírico y encumbramiento ha empleado don Juan
-tan diestramente la péñola, cual sabe hacer uso della en los vejámenes.
-
-¿Por qué no le tocará Dios en el corazón y se arrepentirá de tan
-terribles burlas? Demás que entiendo yo (aunque bien se me alcanza que
-es cosa de todo punto imposible, por ser muy humana) que nadie había de
-señalar las faltas y defectos de los otros, sin reconocer y corregir
-antes los suyos.
-
-A la postre, a los 21 de Octubre, inauguróse el capítulo de justicia de
-este reinado con la muerte en patíbulo de don Rodrigo Calderón.
-(Lamentable suceso, que tampoco presencié y dello me huelgo.)
-
-Diz que ha muerto muy distinto de como vivió, y en todo arrepentido de
-su pasado.
-
-No sé por qué me parece que este proceso, más que la primera justicia
-del cuarto Austria, ha sido la primera infamia, pues que a este hombre,
-para hacelle caer dentro de las leyes, hásele achacado la muerte de
-aquel alguacil Francisco Xuara, que a buen seguro que no cometió, pues
-si sólo ahorrárasele el vivir, por abusos de mal gobierno y filtraciones
-de los fondos del Estado, díganme si no había de estar la mayor parte de
-los ministros del mundo, los que no ahorcados, puestos en prisión
-perpetua.
-
-No, sino pongan los ratones donde haya tocino, y esperen a ver si se
-dedican a la vida contemplativa.
-
-¡Cómo acordaríase el infelice marqués de Siete Iglesias, yendo para el
-cadalso, de que ya le profetizó Villamediana tan mal fin aquella tarde
-que tuvo en la Plaza Mayor unas pesadumbres con el teniente de la
-Guardia española, don Fernando Verdugo!
-
- ¿Pendencia con verdugo, y en la plaza?
- Mala señal, por cierto, te amenaza.
-
-
-
-
-CAPITULO III
-
-DONDE SE DA CUENTA DEL SECRETO DIÁLOGO QUE CIERTA MAÑANA TUVIERON DOS
-ALTOS PALACIEGOS, Y EN EL QUE SE VE QUE VILLAMEDIANA CAMINA RÁPIDAMENTE
-HACIA SU LAMENTABLE FIN
-
-
-No habrá dos días que hube necesidad de avistarme con un secretario del
-nuevo privado, del que por medio de una carta que me facilitaron del
-marqués del Carpio, pude conseguir tanta merced, con lo que parece que
-mi pretensión, ya a punto de acabar en el otro reinado, daba en aqueste
-un regular avance.
-
-Para ello hube de aguardarle en una sala de la Secretaría de cámara, y a
-fe que no hube ocasión para aburrirme, pues, sin procurarlo ni apartarme
-del asiento que tomé al entrar, vine a tener conocimiento de muy
-transcendentales sucesos.
-
-La sala es sombría y espaciosa; da a un patio, y como toda ella está
-profusamente colgada de aquellos ricos tapices que el señor duque de
-Alba trajo de Flandes, no puede entrar allí la luz con todo esplendor.
-
-No dijérase sino que las tinieblas que llevamos a aquellas alegres
-campiñas no habían querido tener reflejo en sus lagos y habíanse vuelto
-a España escondidas entre el cordoncillo y nudos de los dichos tapices.
-
-De hacia un ángulo del aposento oíase este coloquio, sostenido por dos
-hombres:
-
---Ello es cosa que por la parte del Conde no deja lugar a duda de ningún
-género. Y créame vuesamerced, que aunque en lo que atañe a la Reina no
-haya peligro alguno, si no aprovechamos esta ocasión para acabar con
-Tassis, jamás lo podremos conseguir. Ahora está muy metido en Palacio...
-
---Naturalmente, para el logro de sus bastardas pretensiones.
-
---Y bien quisto del Rey...
-
--Será por aquello que dicen que el marido es el postrero en enterarse.
-
---Y del mesmo Olivares, a quien otras veces asaetó con tanta saña como
-en el otro reinado hízolo con el duque Cardenal, con Uceda y Osuna.
-
---Pues, conforme en que hay que alimentar mucho esta especie.
-
--Llegado a oídos del Rey, aunque sólo sea por cortar la murmuración, no
-tardará en borrar del mundo de los vivos a don Juan de Tassis, conde de
-Villamediana, y Correo mayor destos reinos y los de Nápoles.
-
---Y Dios haga que ello sea pronto, que a fe que con él no hay vida
-tranquila.
-
---Ni honra segura.
-
---Quien esto cuenta, muy donosamente salpimentado a todos los que
-quieren escuchárselo...
-
---Ya sé, es doña Francisca de Tabora.
-
---Dama de la Reina.
-
---Justamente.
-
---Pero no sé yo hasta qué punto, y en lo que a S. M. atañe, puedan
-tomarse esas afirmaciones.
-
---¿Por qué?
-
---¿Vuesamerced no sabe, por acaso, que antes de partir el Conde para su
-último destierro era la Tabora su amante?
-
---¿Esas tenemos?
-
---Y cuando ahora llegó a la corte nuestro hombre, sin duda que parecióle
-que los años transcurridos habían rescado encantos a la espléndida doña
-Francisca, y desembarazóse un tanto bellacamente de aquel querer, que,
-durante la ausencia, había sostenido la dama con tanto fuero como antes
-de separarse.
-
- * * * * *
-
-He aquí pues, que desprendidos de las explícitas y secretas
-declaraciones de aquellos dos enemigos de Villamediana, pueden
-desprenderse los siguientes sucedidos, contados y llorados por la
-mencionada doña Francisca de Tabora.
-
-Y a lo que parece, la ofendida dama no tenía en contarlo el paño de
-lágrimas y consuelo de su grande dolor y venganza de su agravio.
-
-
-
-
-CAPITULO IV
-
-EN QUE PROSIGUE EL ANTERIOR EN FORMA HISTORIAL Y COMO ES DE PRESUMIR QUE
-HAYA ACONTECIDO
-
-
-En achaques del corazón ya es sabido, porque es como ley fatal de la
-vida, que no intervienen para nada rangos ni edades, y por ello úrdense
-y amañan los más extraños idilios y amancebamientos que es dado
-imaginar.
-
-Y así parece que aconteció en este caso, la gentilísima hermosura de la
-hija de Enrique IV y la notable arrogancia e ingenio de don Juan de
-Tassis se han compenetrado, y a pesar de la distancia de clases. Amor,
-padre de la humanidad, los ha llamado a su reino.
-
-Sin embargo, parece que la soberana, más prudente o más calculadora,
-dándose exacta cuenta de su importante papel en la comedia humana, no
-arriesga su honorabilidad, y sólo parece que compromete su corazón.
-
-Pero don Juan no quiere aquel amor de otra manera que engarzado en todas
-las dulces consecuencias que suele traer tan atrevido infante, y cuando
-los celos del marido le acucian o el despecho le hiere, no muestra
-reparo alguno en ser imprudente y publicarlo mal rebozado en ingenio.
-
-Muchos días ha que doña Isabel anda recelosa, temiendo que las osadías
-del Conde caigan, sino en el Rey (porque éste, muy bien entretenido
-fuera de palacio, permanece ciego, sordo y mudo a todo, y más que a nada
-a los asuntos de Estado) en la maledicencia palaciega, y haya muy graves
-sucesos que lamentar.
-
-Si ella tuviese suficiente entereza para cortar aquel idilio...
-
-Y hubo un día en que, al tornar de una fiesta religiosa, viniendo ella
-sola en el coche, don Juan, que servíala de caballerizo, estuvo tan
-imprudente, que desde luego pensó en poner término a situación tan
-difícil y comprometida.
-
---Apenas lleguemos a palacio--le dijo--habemos de hablar; id haciendo
-cuenta de que he determinado, que quiero, que ordeno que sea la última
-vez. En la galería de la antecámara que da a la Vega, os estaré
-esperando. Haced un poco de tiempo, pero no tardéis mucho...
-
-Asintió el Conde con una ligera inclinación, y parando el caballo en
-firme, al mismo tiempo que hacía lo mismo la carroza, pues habían
-entrado en el zaguán del Alcázar, saltó a tierra y acudió a rendir los
-honores debidos a sus dos veces reina...
-
-Apenas entró la soberana en su cámara, pidió quedarse sola.
-
-Las damas retiráronse extrañadas, pues aquella hora solía S. M.
-emplearla en agradable y casero esparcimiento con todas ellas.
-
-Gustaba de que la contasen las hablillas y murmuraciones cogidas en los
-mentideros de la corte, las galantes historietas de las damas que
-andaban por los platónicos campos de Cupido, y, aún más allá, por los
-verdes v aun escabrosos de su madre Venus.
-
-No era cosa que le asustara ni diérale motivos para ruborizarse como una
-novicia, el saber que tal doña fulana, que pasaba por la virtud más
-incorruptible, andaba en hocicamientos con tal cual pajecillo imberbe, o
-estotro grave consejero.
-
-En la corte del Rey su padre, esta clase de historietas, no ya sólo
-acostumbraban a referirse sin rebozo ni escrúpulo alguno, sino que luego
-de sabidas procurábase presenciarlas, para comparar la distancia que
-había de lo vivo a lo pintado.
-
-Demás que ya el Rey, su esposo, era muy buen introductor en Palacio
-destas cosas.
-
-Y como digo, aquella tarde no quiso sesión de picardía.
-
-Licenció a todas.
-
-Miguelico Soplillo y Agustinica Velasco, sus enanos predilectos,
-llegáronsela haciendo mil bogigangas y zalemas, y a entrambos los
-despachó arrojándoles a los pies no sé que golosinas, con que habíanle
-regalado las señoras monjas.
-
-Y arrimando un taburete junto a una amplia ventana dispúsose a esperar.
-
-Y mientras esperaba contempló la solemne puesta del sol, allá por las
-cumbres del Guadarrama.
-
-Así, mansamente, con aquel plácido sosiego, ansiaba ella que pusiérase
-el sol de su querer, sin pena ni gloria, con mucha paz, con la paz
-geórgica de los valles tranquilos que ven pasar la vida ante ellos sin
-sufrir otra mudanza que la rápida visión de las cosas que se reflejan en
-la mansedumbre de sus fuentes escondidas...
-
-Y don Juan, muy a pesar suyo, hubo de retener el momento de subir a
-escuchar la voz adorada de la dulce enemiga de su alma.
-
-Primeramente hubo de atajarle un secretario de la estafeta para firmar
-la entrega de unos pliegos, que en la posta de aquella mesma noche
-habían de salir para el virrey de Nápoles.
-
-Ello era cosa que, por ser urgencia imprescindible de su alto cargo, no
-había medio de retener un solo instante. Dejaba ya cumplida esta misión
-y ponía el pie en el primer peldaño de la escalera de _Damas_, cuando
-topóse con doña Francisca de Tabora, que venía hecha una fiera encelada.
-
-Paróle en firme, y le llenó de insultos e improperios.
-
-Remitieron su puesto los rencores a los llantos y a las súplicas.
-
-Hubo evocaciones del venturoso pasado, cuando el que suplicaba era él, y
-ella mostrábase esquiva y zahareña; pero al fin cayó, y todo fué ventura
-y alegría y eróticos poemas del Amor.
-
---Sé que vais donde ella está--plañía, entre lágrimas y amenazas la
-infelice dama;--sé que ella os espera, sé que los dos sois infames, que
-los dos sois perjuros. A mí no puedes engañarme, porque os he
-sorprendido, más de una vez, por las frondosidades del Retiro y por los
-laberintos destas galerías, y no tuve valor para acusaros; pero si ahora
-das un paso más hacia donde te aguarda, juro a Dios que al son de
-trompetas y tambores harélo publicar como un edicto.
-
-Disculpábase Villamediana, y esforzábase por convencerla con la mentira,
-y hasta llegó a amenazar y a insultar y aun a escarnecer...
-
-Al fin, con un empellón violento, pudo apartarla; pero la triste sufrió
-tan cruel paroxismo, que hubo don Juan de acudir a sostenerla, que si
-este auxilio no prestase a fe que cayera redonda al suelo.
-
- * * * * *
-
-Doña Isabel continuaba mirando cómo el sol se dormía.
-
-Detrás della sintió el leve rumor de unos pasos que apenas querían tocar
-el suelo.
-
-Doña Isabel sentía sobre su divina nuca el hálito del que llegaba.
-
-No quiso volver la cabeza.
-
-Unas manos juguetonas posáronse amorosamente sobre los ojos.
-
-Doña Isabel exclamó, entre enojosa y adormía:
-
---No es la ocasión a propósito para burlas. Estáos quieto, Conde.
-
-Las manos cedieron.
-
-La reina miró al galán.
-
-Y el galán era el rey.
-
---¿Qué Conde esperábais?--preguntó con una calma terrible, en la que
-agazapábanse todas las violencias.
-
-Y doña Isabel respondió, maestramente, envolviendo su faz en una plácida
-sonrisa:
-
---Al de Barcelona. ¿No sois vos, Conde de Barcelona?
-
-
-
-
-CAPITULO V
-
-LA JORNADA DE ARANJUEZ.--«LA GLORIA DE NIQUEA», COMEDIA QUE DON JUAN DE
-TASSIS COMPUSO «ALEVOSAMENTE» PARA FESTEJAR EL CUMPLEAÑOS DEL REY.--UNA
-PIEDRA MÁS PARA EL MONUMENTO FUNERARIO QUE ÉL MISMO IBA CONSTRUYÉNDOSE
-
-
-Apenas Febo ha visto llegado el tiempo natural de su regencia, y ya
-quiere gobernar con todo el rigor que tiene por costumbre desde su
-estrado del Agosto.
-
-Madrid arde, y aún no entró del todo el mes de Mayo.
-
-¡Vive Cristo!, qué bien supo darnos el pego el mes de Abril, que no
-parecía sino hermano gemelo del helado Diciembre. Tanto que, queriendo
-doña Isabel festejar el santo de su augusto esposo (que por la gracia de
-Dios es el 8 de Abril) con una comedia de circunstancias, compuesta para
-el caso por el Conde, húbose de desistir por la crudeza del tiempo, pues
-la tal pieza alegórica había de representarse en el Retiro.
-
-Pero ahora parece que Mayo dió licencia para todo, y echada para allá la
-Corte, comenzaron los preparativos para tan notable festejo.
-
-La comedia es de grande apariencia y espectáculo, y parece que ha de ser
-la mejor presentada de cuantas van hasta el día, pues ha de hacerse con
-un artificio nuevo, construído exprofeso por el ingenioso capitán Julio
-Fontana, superintendente de las fortificaciones de Nápoles durante el
-tiempo que por aquellas tierras hubo de estar el Conde.
-
-La reina está muy consentida en que este festival llegue a celebrarse
-con toda la grandeza y ceremonia acostumbrada en las cosas de Palacio, y
-ella misma lo dispone y dirige como el más experto y examinado autor de
-comedias.
-
-No han de representarla comediantes de oficio, sino todas personas de la
-más alta nobleza, y no entrará en ella más hombre que el bufón Miguelico
-Soplillo.
-
-La misma doña Isabel tomará parte (aunque su papel no tiene palabra ni
-recitado alguno), representando la diosa de la hermosura.
-
-Las damas están tan gozosas y bien empaquetadas en su nuevo oficio, que
-parecen comediantes formales, según lo mal que hablan las unas de las
-otras y lo desdichadamente que se aprenden los papeles.
-
-Don Juan, que ha encontrado esta ocasión para estar cerca de su
-imposible querer, no sale de Palacio, y todo se vuelve pasar el día
-ensayando la aparición de la hermosa deidad.
-
-Por cierto que con ello da ocasión a mil impertinencias, y todo ha de
-venir a declarar el fuego que, como hombre presuntuoso y pagado de su
-estampa, no sabe hacer si no dice, que es de los que afirman que las
-aventuras no se disfrutan bien sin la salsa picante del escándalo.
-
-Desta comedia, _La gloria de Niquea_, suele decir:
-
---Es la primera y la única que ha salido de mi pluma; pero acaso ella
-sea la que me dé la inmortalidad.
-
-Y una tarde, durante el ensayo, al tiempo de tomar la mano bella de doña
-Isabel para ayudarla a bajar de la carroza en que ha de presentarse,
-alguien ha oído decir a S. M., en tono de amoroso reproche:
-
--¡Que me lastimáis! Por Dios, tened juicio. Estas locuras vuestras han
-de darnos que sentir.
-
-Y el tal dicho ha corrido por todo Aranjuez, pero en secreto. Las damas
-sonríen. Los caballeros tosen. La Tabora rompe abanicos y escribe
-billetes, que rasga sin enviarles a su destino. El Rey juega y corrige
-escenas de unas comedias suyas, que le están escribiendo Villaizán y
-Hurtado de Mendoza. El Conde Duque atúsase el boscaje que luce por
-bigotes, y se ríe.
-
-Vélez de Guevara y el Diablo Cojuelo planean una comedia histórica, en
-que han de moverse todos estos personajes.
-
- * * * * *
-
-Llegó, al fin, la ansiada tarde de la comedia.
-
-Toda la Corte y todo Aranjuez andaban perdidos de emoción, que para otra
-cosa no teníase vida, si no era para conllevar el júbilo.
-
-Aun los negocios de Estado suspéndense hasta que pase la fiebre
-escénica, y no es cosa rara el ver a un amanuense corriendo tras un
-secretario, diciéndole:
-
---Mire, señor, que ponga la firma en esta minuta que ha de substanciarse
-mañana, y es asunto de muy grande urgencia.
-
-Y responder el secretario, como si le pincharan en lo más sensible del
-honor:
-
---Bellaco, dad gracias a que estoy de priesas, que si no ya vos diría
-quién es Calleja. ¿Pensáis que se está un hombre para niñerías de firmas
-con este desasosiego?
-
- * * * * *
-
-Poco más eran de las cuatro de la tarde, cuando en el jardín que dicen
-de la Isla comenzóse, con toda solemnidad, la comedia del Conde.
-
-Bien iba, y con sus primeros pasajes, aunque mal entendíanse por la
-incivilidad del verso culterano; solazábase muy bien el nutrido ateneo.
-
-Las complicadas apariencias y enrevesados artificios (casi tanto como el
-lenguaje), eran cosa que tanto despertaba la admiración, como nunca
-vista, que a todos tenía con el alma en los ojos.
-
-Ya había pisado las tablas doña Francisca Tabora, quien para mayor
-tormento de sus celos tomaba parte simbolizando el mes de Abril, y ya
-doña María de Guzmán, lindísima hija de los condes de Olivares, en faz
-de Diana cazadora, había recitado muy donosamente su parte, y la hermosa
-y etiópica azafata de la Reina había cantado con su prodigiosa voz aquel
-romance, que es el mejor fragmento lírico de toda la obra:
-
- «Yo soy, en opaco bulto
- y en obscura confusión,
- con manto de estrellas, noche
- negra, imagen del temor.
-
- Soy cómplice tenebroso
- de cuantos hurtos Amor
- no fía de las auroras
- y esconde a la luz del sol.
-
- Amadis, duerme seguro;
- duerme, que en sueño no
- puedes temer los peligros
- desta encantada ilusión.»
-
-cuando al aparecer la soberana sobre su carro triunfal comenzó a arder
-toda la escena, y no quedó cosa en pie.
-
-La confusión fué grandísima, y nadie miraba a más que ponerse en salvo,
-sin cuidarse, grandes ni pequeños, de auxiliar a sus reyes.
-
-Del Rey, no parece que se ocupara alguien; de la Reina... apenas
-iniciado el fuego viósela desaparecer en brazos del amoriado Conde, que
-acudió a ponerla en sitio seguro, tanto que no la hallaron hasta mucho
-después, cuando no faltaba quien temiese que hubiese perecido abrasada.
-Y puede que al receloso no dejárale de asistir razón.
-
- * * * * *
-
-Momentos antes de comenzar la fiesta, en un rincón apartado del jardín,
-Villamediana y un paje sostenían este diálogo:
-
---¿Olvidaste la lección?
-
---No, señor.
-
---Bien; ya sé que eres hombre para un caso delicado. Ni un momento antes
-ni otro después, en el preciso instante de aparecer S. M., prendes la
-tela. Ya sabes cómo pago y ya sabes cómo castigo.
-
-Oyéronse hacia aquella parte risas y voces femeniles, y el breve diálogo
-quedó allí.
-
- * * * * *
-
-Y cuando la confusión era más grande, que nadie se veía ni se entendía,
-por los más espesos senderos del jardín corría un caballero con una dama
-en los brazos.
-
---El fuego de mi corazón, que no otro alguno, es quien incendió el
-teatro--decía el galán;--y como pavesa divina vos trajo a mí; dos veces
-reina: de mi vida y de mi patria.
-
---¡Ay, Conde! Que nos habemos perdido--decía ella.--Pobres de nosotros.
-
---Pobres, no; felices, porque nos amamos.
-
-Cerca sonaron voces de
-
---¡Aquí está la Reina!
-
-Y más chillonas que todas, las del bufón Miguelillo, que decía:
-
---¡La salvó Villamediana!
-
-
-
-
-CAPITULO VI
-
-DESPUÉS DE LA QUEMA
-
-
-Desde el punto y hora en que la Corte tornara a Madrid, comenzó a correr
-por toda la villa el olor de la chamusquina de Aranjuez. Y más
-intensidad dijérase que había a raíz de acontecer la desdicha.
-
-La Reina, apenas hallaba hora en que mostrar, diáfana, su belleza
-espléndida, sin sombra alguna de preocupación; y en lo que al Rey hace,
-más taciturno y sombrío solía estar que acostumbraba su devoto abuelo.
-
-No así el de Olivares, a quien la satisfacción parecía salírsele por los
-poros, pues con estas intrigas que su hada la Fortuna preparábale y
-otras que él sabía muñirse muy bien, iba alcanzando el dorado logro de
-sus egoístas aspiraciones.
-
-Dijérase que a don Juan de Tassis habíale embestido el amarillento mal
-de la ictericia, que diz que es la flor de la melancolía.
-
-No se le veían más de los ojos, y a aquella pulidez conque denantes
-solíase peinar bigotes y melenas, ahora ha sustituído el desmayo y
-lacitud del sauce.
-
-No dejaba día sin acudir a su despacho, pero sin detenerse ni bromear
-con los cortesanos, y únicamente acompañábale, alguna que otra mañana,
-el beneficiado de la mezquita cordobesa, don Luis de Góngora.
-
-Viéndoles a entrambos graves y silenciosos, convidaba a pensar que era
-el Conde ánima en pena que hubiere sacado el insigne clérigo, y como
-cosa maravillosa traíala a presentar ante Sus Majestades.
-
-Con mucho calor comentábase en todo el Alcázar, desde los aposentos de
-los mozos hasta las regias antecámaras, que volviera el de Tassis a la
-regia mansión, y no faltó quien recordara que, por harto menos que lo de
-Aranjuez, hase dado otras veces muerte a mucha gente de campanillas.
-
-En fin, que todo Palacio era como revoltillo de personajes, que en el
-meollo de un grande ingenio comenzaban a planear una gran tragedia, a la
-manera de aquellas que inmortalizaron el teatro helénico.
-
-Bajaba una mañana el Rey a tomar el coche que había de conducirle al
-Pardo, donde tenía determinado distraer el mal humor con el noble
-ejercicio de la caza, cuando al cruzar por el salón de reinos salióle al
-paso doña Francisca de Tabora, quien, arrodillándose delante y con voz
-muy alterada, ya por la emoción, ya por el despecho, dicen que le dijo:
-
---Señor, deme Vuestra Majestad las manos para besárselas, y mire que
-quiero que me dé su licencia para apartarme del servicio de la señora
-Reina. Nuestro Señor me niega la salud, y más que para servir, quieren
-mis achaques que esté para que me sirvan.
-
-No hizo aprecio el monarca, y díjola que dejara aquello para tratarlo
-en otra ocasión, porque en aquella no había lugar.
-
-Luego encontráronse frente a frente las dos rivales, y es fama que la
-escena que tuvieron más tiró hacia la calle que hacia los estrados
-cortesanos.
-
-Miguel Soplillo, el bufoncejo, que en todo hacía honor a su apellido, no
-tardó en irle con el cuento al señor don Juan; y el tal, que en este
-asunto, ya de puro insensato raya en loco, anduvo lo más del día
-buscando a doña Francisca para castigarla por el desacato, como a moza
-de rompe y rasga.
-
-Al fin parece que acalláronle los consejos de don Luis de Góngora, y los
-peligros que columbraba, de llegar al escándalo, y sólo con la promesa
-de unas sátiras, que levantaran ronchas, vino a conformarse.
-
-
-
-
-CAPITULO VII
-
-AQUELLA FIESTA DE TOROS...
-
-
-Ya parece que van apoltronándose fijamente en sus empleos los nuevos
-señores que han de aconsejar y despachar los destinos del nuevo reinado.
-
-Algo adelanté en mi pretensión, que hoy estuve en la secretaría de la
-maestranza de Zaragoza, y parece que entre las primeras pretensiones que
-firme Su Majestad, luego de pasadas estas fiestas, será una la de mi
-arcedianato. Si ello es como dánmelo por servido (que achacan el no
-estarme ya disfrutando dél a incuria de los anteriores gobernantes), a
-fe que como dicen de Zamora, no le he ganado en una hora.
-
-Bien va de fiestas este año de 1622, y seguramente que quien más han de
-holgarse con él son los bienaventurados, que por la ejemplaridad de sus
-vidas y alteza de sus virtudes asiéntanse a la diestra de Dios Padre.
-
-Ignacio de Loyola, Francisco Javier, Felipe Neri, Teresa de Jesús, y
-parece que más que todos, por ser nacido y criado en Madrid, aquel Santo
-Isidro, mozo de labor en tierras de vino de Vargas, andan estos días de
-servilleta prendida, pues va a dárseles ya, en definitiva, la cédula de
-Santidad.
-
-Las fiestas de toros celebradas en la Plaza Mayor han sido famosas.
-
-Paréceme que esta clase de divertimiento ha de encontrar de día en día
-más arraigos en España, pues hásela tomado tanto el gusto, que ya más de
-una vez han acaecido lamentables desgracias al procurarse puesto la
-plebe para presenciarlas.
-
-Yo de mí sé decir que es cosa que me agrada sobremanera.
-
-Aquel donosísimo juego de ímpetu y destreza entre el bruto y el hombre,
-¡vive Dios que enciende los ánimos y acucia la sangre adormida!
-
-Es de los más bravos caballeros que yo he visto, don Cristóbal de
-Gaviria; no le va en zaga aquel Pedro Verger, alguacil de Corte, a quien
-en una destas fiestas agravió tan cínicamente el dicho Conde, al verle
-entrar todo galán y enjoyecido:
-
- «Qué galano entra Verger
- con cintillo de diamantes,
- diamantes que fueron antes
- de amantes de su mujer.»
-
-¡Digan si puede insultarse más bellacamente a un cristiano!
-
-Notable, ciertamente, fué la fiesta; y mucho regocijó, tanto a hidalgos
-como a plebeyos, el arrojo y empaque de los caballeros.
-
-Desde muy temprano hubieron de acudir Sus Majestades, que desde los
-amplios balcones de la Panadería presenciaban el lucido festejo.
-
-Comenzaron a desfilar los caballeros en plaza, y cada uno levantaba un
-murmullo de simpatía entre los miles de espectadores.
-
-Todos, al llegar bajo el balcón real, hacían la pleitesía de rigor, e
-iban luego a ocupar su puesto en la liza.
-
-Llegó, en fin, Villamediana, tan galano y gentil, que resumió en sí
-todas las simpatías de la gente.
-
-Hubo una grande curiosidad por descifrar el jeroglífico de su emblema.
-
-Nadie le comprendía.
-
-Traía bordados sobre el pecho, hacia la parte del corazón, unos reales
-de plata.
-
-Sobre ellos, escrita iba esta divisa:
-
- _Son mis amores._
-
-Entre la gente palaciega había muy empeñado interés en descifrar qué
-quiera decir ello.
-
-En el mismo balcón que ocupaban los monarcas abrióse polémica entre doña
-Antonia de Acuña, doña María de Guzmán y el bufón don Miguelico.
-
-Doña Isabel escuchábalos mal de su agrado, y la vida diera porque se
-quedaran mudos.
-
-El Rey no atendía sino el bullicio de fuera.
-
-El Conde Duque le llamó la atención para que atendiera el coloquio, que
-era muy pintoresco.
-
-A la postre, acabóle Soplillo diciendo:
-
---¡Vive Roque, que somos mentecatos! Pues si ello es tan claro y
-transparente como el sol que nos alumbra. ¿No son reales los timbres de
-su emblema?
-
---Sí--respondieron las damas.
-
---Y encima, como abrazándolos--replicó el histrioncillo,--¿no lleva
-escrito «Son mis amores?»
-
-Y las damas tornaron a afirmar.
-
---Pues más cristalino, ni el agua destilada. «Mis amores son reales».--Y
-el muy bellaco lo decía silabeando las palabras, como muchacho que
-comienza a andar por las páginas de la cartilla.
-
-La Reina quedó como muerta.
-
-El Rey atarazó al enano, que todos temieron que fuera aquel su postrero
-día, y rugió más que dijo:
-
---Pues yo se los haré cuartos...
-
- * * * * *
-
-Tan bravamente parece que se portó en la lidia el alcurniado y
-maldiciente poeta, que para él fueron los lauros y vítores de la plebe y
-la nobleza.
-
-El Rey no hizo demostración alguna, ni en favor ni en contra.
-
-Diz que uno de los rejonazos que asestó el Conde fué tan bizarro, que el
-toro cayó redondo sin rastro alguno de vida.
-
-Doña Isabel no fué dueña de sí misma, y advirtiendo que se desarrugara
-el ceño de su augusto esposo, exclamó:
-
---¡Bravo por el Conde! Pica bien Villamediana.
-
-A que respondió Don Felipe, apartándose del balcón (con lo que dióse la
-corrida por terminada):
-
---Pica bien, pero muy alto.
-
-
-
-
-CAPITULO VIII
-
-DE CÓMO HAY GENTE PARA TODO
-
-
-Dejemos aquí nuevamente que la musa de la novela historial hurte unos
-cuantos párrafos en los diarios avisos del clérigo pretendiente (aunque
-más justo fuera decir que pretendió, pues ya su paciencia y necesidad
-tuvieron premio, y logró el arcedianato que tan justamente pedía).
-
-Bien es, por otra parte, que la dicha musa tomara estas breves líneas a
-su cargo, porque como ya su reverencia tiene en qué emplear el tiempo,
-no anota y comenta con el celo que hasta aquí tuvo por norma.
-
- * * * * *
-
-Ha dos o tres días que no viene por las _Losas_, y por ende ni pide ni
-importuna, un individuo astroso, que blasona de haber militado en
-Flandes y en Italia.
-
-A decir verdad, tenía más trazas de rufián que de soldado.
-
-De toda su estampa veíase que era hombre capaz de cualquier hazaña, como
-ésta no tuviere la nobleza por norma.
-
-Traía no sé qué cartas para el almirante don Fadrique Enríquez, y
-siempre que hablaba era su boca un manantial de por vidas y denuestos.
-No logró ser recibido por el dicho magnate, y al fin una mañana (que a
-todo se atreven los ignorantes y desvergonzados), consiguió ver al Conde
-Duque, y de entonces acá no ha vuelto por las _Losas_ en guisa de
-pedigüeño, sino que derecho iba al despacho de S. E. el señor don
-Gaspar.
-
-Ignacio Méndez le decían.
-
-La última vez que se le vió salía a la par de Olivares, y alguien dice
-que al punto de despedir a éste junto al estribo del coche, oyóle estas
-palabras:
-
---Descuide Vuecelencia, que destos días no pasa, y si hasta aquí no pudo
-ser, fué porque no hubo lugar. Ahora yo fío que sí, y todos quedaremos
-algo más que satisfechos. No habrá medio de que hable. Pero miren que yo
-voy bien confiado y hago cuenta de que no hay alcaldes ni alguaciles en
-la Corte...
-
-
-
-
-CAPITULO ULTIMO
-
-Y ASÍ MURIÓ EL CONDE
-
-
-Y al fin plúgole al trágico poder que estas cosas ordena y dispuesto tan
-justamente tiene el principio y cabo de todo lo nacido, que llegara el
-aciago día del eterno crepúsculo del señor don Juan de Tassis Peralta,
-Conde de Villamediana.
-
-Aunque grande era la enemiga que S. E. tenía en la Corte, no dejó un
-solo día de asistir a despachar como Correo y Caballerizo Mayor; pero ya
-su caída era inevitable, aunque a la verdad, nadie pensaba que fuera
-caída de muerte criminal.
-
-Muchos auguraban su desgracia, pero casi todos pensaban que fuese
-destierro, como otras veces aconteciera.
-
-El de Olivares no daba opinión alguna sobre tal asunto si algún
-indiscreto le preguntaba, y lo más que parece que llegó a decir (y no
-era poco), fué que destas tormentas había frecuentemente en los
-palacios, y en algunas caían exhalaciones que llevaban la muerte, pero
-que eran accidentes que nadie podía evitar.
-
-Aquella mañana del 21 de Agosto de 1622 entró el Conde a la hora que
-tenía marcada de costumbre, más agudo y decidor que nunca.
-
-Aún era comidilla de grandes y chicos la desdichada muerte de don
-Fernando Pimentel, hijo del conde de Benavente, a quien por cuestión de
-amores sacó deste valle de lágrimas su deudo don Diego Enríquez la noche
-del 7, junto a la iglesia de San Pedro el Viejo.
-
---De amores dicen que murió--habló Villamediana en el primer corro que
-halló a mano;--buena enfermedad es, y Dios me acabe della.
-
-Prosiguió luego la charla.
-
-Los alfilerazos personales y políticos entretenían notablemente a un
-grupo de caballeros que esperaban audiencia de S. M., y aunque harto
-sangrientas las semblanzas y demasiado atrevidas las reprensiones,
-cautivaban los chispazos de su mal empleado ingenio.
-
-De todo habló; de los negocios de Flandes e Italia, del resello y
-contraste de la moneda, de la flota de Indias recién llegada a Cádiz, de
-la soberbia y favor del Conde-Duque, de la necedad y presunción del de
-Osuna, y de todo hizo tiras.
-
-Pasó don Baltasar de Zúñiga, confesor del Rey y tío del Privado, y
-llamándole a una parte díjole en voz tan queda que dejara de oírse:
-
---Téngase y mire lo que habla y cómo habla, que tiene peligro de la
-vida.
-
-Juiciosa advertencia que fué acogida por don Juan con una nueva y más
-afilada burla, que hirió muy gravemente la suspicacia del prócer
-religioso.
-
-Salió a poco un gentilhombre y dió razón de que Su Majestad hacía punto
-en las audiencias por aquella mañana, con lo que todos abandonamos la
-regia antecámara.
-
- * * * * *
-
-A última hora de la tarde volvió el Conde a Palacio.
-
-Traía inusitada cohorte de criados, aparato que en él no era costumbre,
-pues la más compañía con quien solía vérsele era algún allegado o deudo
-o con el racionero de la catedral de Córdoba don Luis de Góngora.
-
-Sin duda que venía a algún asunto de su alto cargo, pues que estuvo un
-breve rato en la secretaría del Consejo de Castilla y allí dejó unos
-pliegos que portaba.
-
-Cuando salió, era a tiempo de que tornaban los Reyes.
-
-Llegábase para cumplimentarles, pero el Rey cruzó ante él como si no le
-hubiese reparado.
-
-La Reina inclinó ligeramente la cabeza y también pasó sin mirarle.
-
-No fué ajeno el real desvío a los ojos de los demás cortesanos, pero a
-la arrogancia del Conde supo contenerles el gozo que pugnaba por
-saltarles al rostro.
-
-Llegóse a donde estaba su íntimo camarada don Luis de Haro, camarero de
-la Reina, el cual, en manos de un palafrenero, dejaba su brioso alazán,
-y hablaron con esta brevedad:
-
---Don Luis, ¿finásteis por hoy vuestro menester?
-
---Hasta mañana a las once, disponed de mí.
-
---Me place.
-
---¿Me necesitáis?
-
---Habemos de hablar; ello, si es que cosa más urgente no os lo veda.
-
---Si la hubiere, necesitándome vos dejárala para después. Pasemos, si
-gustáis, a mi aposento.
-
---Tengo el coche en la puerta, subamos a él. Y mientras nos lleva hacia
-el Prado, pues la serenidad de la noche que comienza invita al paseo,
-charlaremos.
-
---¿Melancolías?... ¡Ay, señor don Juan! ¿Por qué no olvidáis este asunto
-y atenazáis el corazón? Mirad que porque como a hermano os quiero, os lo
-aconsejo.
-
---Mas desto y de otras cosas que en esto tienen su daño hablaremos en el
-coche. Este caserón se me cae encima, y pluguiera a Dios...
-
---Andad, andad, don Juan, que nos miran.
-
-Y saliendo a buen paso, en el zaguán hallaron el coche del Conde.
-
-Subieron a él y muy despaciosamente echó el cochero hacia la calle
-Mayor.
-
-Sin duda que la conferencia era urgente y grave, como el Conde
-prometiera, porque para no ser interrumpida con el horrible estrépito de
-piedras y herrajes, caminaba el coche a todo el sosiego de las orondas
-mulas que le arrastraban.
-
-Pasada la Platería, un hombre salió de los soportales y haciendo una
-seña al cochero para que detuviera la marcha, acercóse hacia la parte en
-que iba el de Tassis y rogóle que se apeara, pues que tenía que darle un
-recado importante que no consentía testigos.
-
-Sin recelo alguno alzóse don Juan de su asiento, pero no bien había
-puesto el pie en el estribo, cuando aquel bellaco, sin darle tiempo para
-defenderse, sacó una ballestilla y asestóle tal golpe en el pecho, que
-allí mesmo vació la vida del noble y aventurero poeta.
-
-Diz que tan bestial fué la embestida, que «arrebatándole el arma la
-manga y carne del brazo hasta los huesos, penetró el pecho y el corazón
-y fué a salir a las espaldas.
-
-»A la voz triste que dió el Conde, atropellado del dolor, acudió don
-Luis, y conociendo el mal recaudo sucedido, quiso echar tras el
-asesino», entendiendo que primero era éste cuidado que el del moribundo;
-pero con tal prisa y azoramiento iba, que trabucándosele las piernas con
-el cuerpo de don Juan, cayó sobre él.
-
-Consiguió levantarse y dió tras el criminal, pero todo fué inútil; las
-sombras de la noche, que ya había cerrado del todo, y dos embozados que
-resguardábanle, hicieron inútil este cuidado.
-
-Entretanto la vida de Tassis quedaba hecha regueros de sangre.
-
-Lleváronle al zaguán de su casa, que estaba casi frontera de donde vino
-a encontrar fin tan desdichado.
-
-Del asesino nada se supo; por fórmula solamente abrióse una indagatoria,
-pero ya con el premeditado fin de no hallar al traidor...
-
- * * * * *
-
-La historia íntima de aquel reinado conserva el nombre de un guarda
-mayor de la Casa de Campo.
-
-De él decían malas lenguas (y puede que hubieran razón, que pocas veces
-nacen las hablillas sin algún fundamento), que era el brazo siniestro
-del Rey Don Felipe IV de Austria, porque vengábale los agravios
-secretos...
-
- * * * * *
-
-Nadie sabe si fueron o no ciertas las causas a que se atribuyen la mala
-muerte del Conde en lo que atiende al enamoramiento con la reina Isabel,
-pero tanto empeño tuvo él en insinuarlo, que bien pudiera.
-
-Creen los más que la venenosa pluma y el desaprensivo y franco decir,
-fueron quienes trajéronle a este término desastroso.
-
-Yo pienso que unos y otros se juntaron; pero muy a pesar del interés que
-mostró la villa toda y de los epigramas y elegías de los más notables
-ingenios, ninguno prevaleció; sólo quedó como artículo de fe,
-
- que el matador fué Bellido
- y _el impulso soberano_...
-
-
-
-
-EL RABION
-
-(CONCHA ESPINA)
-
-
---¡Martín!
-
---¡Ñoraa!...
-
---¿Habrá crecida?
-
---Habrála, que desnevó en la sierra y bajan las calceras triscando de
-agua, reventonas y desmelenadas como qué...
-
---¿Pasarán las vacas al bosque?
-
---Pasan tan «perenes».
-
---Pero ten cuidado a la vuelta, hijo, que el río es muy traidor.
-
---A mí no me la da el río, madre.
-
-El muchacho acabó de soltar las reses y las arreó, bizarro, por una
-cambera pedregosa que bajaba la ribera.
-
-Había madrugado el sol a encender su hoguera rutilante encima de la
-nieve densa de los montes y deslumbraba la blancura del paisaje, lueñe y
-fantástico, a la luz cegadora de la mañana. Ya la víspera quedó el valle
-limpio de nieve, que, sólo guarecida en oquedades del quebrado terreno,
-ponía algunas blancas pinceladas en los caminos.
-
-El ganado, preso en la _corte_ durante muchos días de recio temporal,
-andaba diligente hacia el vado conocido, instigado por la querencia del
-pasto tierno y fragante, mantillo lozano del «ansar» ribereño.
-
-Martín iba gozoso, ufanándose al lado de sus vacas, resnadas y lucias,
-las más aparentes de la aldea; una, moteada de blanco, con marchamo de
-raza extranjera, se retrasaba lenta, rezagada de las otras. Llegando al
-pedriscal del río, unos pescadores comentaron ponderativos la arrogancia
-del animal, mientras el muchacho, palmoteándola cariñoso, repitió con
-orgullo:
-
---¡Arre, _Pinta!_
-
---¿Cuándo «geda», tú?--preguntaron ellos.
-
---Pronto; en llenando esta luna, porque ya está cumplida...
-
-Las vacas se metieron en el vado, crecido y bullicioso, turbio por el
-deshielo, y los pescadores le dijeron a Martín lo mismo que su madre le
-había dicho:
-
---Cuidado al retorno, que la nieve de allá arriba va por la posta.
-
-El niño sonrió jactancioso:
-
---Ya lo sé, ya.
-
-Y trepó a un ribazo desde cuya punta se tendía un tablón sobre el río,
-comunicando con el «ansar» a guisa de puente. A la mitad del tablón
-oscilante, el muchacho se detuvo a dominar con una mirada avara de
-belleza la majestad del cuadro montañés; la corriente, hinchada y
-soberbia, rugía una trágica canción devastadora, y el bosque,
-verdegueante con los brotes gloriosos de la primavera, daba al paisaje
-una nota serena de confianza y de dulzura tendiendo su césped suave
-hacia las espumas bravas y meciendo sobre el rabión furioso los árboles
-floridos. Lejano, en la opuesta orilla del bosque, el río hacía brillar
-al sol otro de sus brazos que aprisionaba el vergel.
-
-Quiso Martín ocultarse a sí mismo el desvanecimiento que le causaba
-aquella visión maravillosa y terrible de la riada, y burlón, sonriente,
-murmuró cerrando los ojos ante las aguas mareantes:
-
---¡Uf!... ¡cómo «rutien»!...
-
-Luego, de un salto, ganó la otra ribera, en uno de cuyos alisos
-estribaba el colgante puentecillo, conocido por «el puente del alisal».
-Entonces el niño, un poco trémulo, volvió la cara hacia el río, le
-escupió, retador, con aire de mofa, y aun le increpó:
-
---«Rutie», «rutie», ¡fachendoso!...
-
-Después, internóse en el bosque, al encuentro de sus vacas.
-
-Era Martín un lindo zagal, ágil y firme, hacendoso y resuelto;
-pastoreaba con frecuencia los ganados que su padre llevaba en aparcería,
-que eran el ejemplo y la admiración de los ganaderos del contorno. Del
-monte y del llano, Martín conocía como nadie los fáciles caminos; los
-ricos pastos y las fuentes limpias para regalo de sus vacas. El pastor
-sabía que sobre la existencia próspera de aquellos animales constituía
-la familia su bienestar, y viviendo ya el niño con el desasosiego de la
-pobreza encima del tierno corazón, guardaba para sus bestias una
-vigilante solicitud, un interés profundo, en cuyo fondo apuntaban,
-acaso, el orgullo del ganadero en ciernes y la codicia del campesino.
-Pero inseguros estos sentimientos en los once años de Martín,
-aparecíanse en aquella almita sana cubiertos de simpática afición hacia
-los animales, muy propia de una buena índole y de una generosa voluntad.
-
- * * * * *
-
-Aplicadas habían pastado las muy golosas, y en cada cabeceo codicioso
-mecieron las esquilas en la serenidad del bosque una nota musical,
-mientras Martín sonreía, halagado por aquel manso tintineo que era la
-marcha real de su realeza pastoril; sentado en un tronco muerto, iba
-entreteniendo la tarde en la menuda fabricación de unos pitos, que
-obtenía ahuecando, paciente, tallos nuevos de sauce, cortados sin
-nudos. Para conseguir el desprendimiento de la corteza jugosa, era
-necesario,--según código de infantiles juegos montañeses--acompañar el
-metódico golpeteo encima del pito, con la cantinela: _Suda, suda,
-cáscara ruda; tira coces una mula; si más sudara, más chiflara_...
-
-Martín había repetido infinitas veces este conjuro milagrero, y tenía ya
-en la alforjita que fué portadora de su frugal pitanza una buena
-colección de silbatos sonoros. Miró al sol y calculó que serían las
-cinco. Las vacas estaban llenas y refociladas; rumiaban tendidas en
-gustoso abandono, babeando soñolientas sobre las margaritas, gentiles
-heraldos de la primavera en los campos de la montaña.
-
-Al mediar el día, había saltado el Sur, ya iniciado desde el amanecer en
-hálitos tibios, que sólo el ábrego puede levantar en los días primerizos
-de Marzo; iba creciendo el temeroso vocear del río y llegaba al fondo
-del «ansar», apagado en un runruneo solemne. Martín pensó volverse a la
-aldea; al paso perezoso del ganado tardaría una hora lo menos; el tiempo
-justo para no llegar de noche.
-
-Se levantó el muchacho y su vocecilla aguda rompió el sosiego de la
-tarde, arrullada por el río.
-
---¡Vamos... _Princesa_, _Galana_, arre...; arriba, _Pinta_...; _Lora_,
-vamos...!
-
-Hubo un rápido jadear de carne, con sendas sacudidas de collaradas y
-sonoro repique de campanillas; y los seis animales se pusieron en marcha
-delante del zagal.
-
-Al cuarto de hora de camino, Martín empezó a inquietarse; el río bramaba
-como una fiera, mucho más que por la mañana. Y cuando el muchacho se fué
-libertando de la espesura intrincada del «ansar», vió con terror que no
-quedaba en las altas cimas de la cordillera ni un solo cendal blanco de
-la reciente nevisca; la hoguera del sol y los revuelos del ábrego
-realizaron el prodigio.
-
---Irá el río echando pestes--decíase Martín;--habrá llegado punto menos
-que al puentecillo, y tal vez el ganado tema vadear...
-
-Impaciente, arreó vivo y apretó el paso; y a poco, alcanzó a ver el
-desbordamiento de las aguas en los linderos del bosque. Dió una corrida
-para asegurarse de si estaba firme su puente salvador... ¡estaba!
-Respiró tranquilo... Ahora todo consistía en que las reses vadearan tan
-campantes como de costumbre. Las incitó: estaban un poco indecisas;
-volvían hacia el muchacho sus cabezas nobles, en cuyos ojazos mortecinos
-parecía brillar una chispa de incertidumbre... Hubo unos mugidos
-interrogantes.
-
-Ansioso el niño, las excitó más y más, y de pronto, una entró resuelta,
-río adelante; las otras la siguieron, mansas y seguras, menos la _Pinta_
-que, rezagada siempre, no había dado un paso.
-
-Martín la arreó, acariciándola:
-
---¡Anda, tonta, tontona!...
-
-La vaca no se movía.
-
-El zagal, imperioso, la empujó; pero ella mugía, obstinada y resistente,
-hasta que, sacudiendo su corpazo macizo, con brusco soniqueo de
-campanillas, dió media vuelta alrededor del muchacho y se lanzó a correr
-hacia el bosque.
-
-Quedóse Martín consternado y atónito. Pero no tuvo ni un momento de
-vacilación: su deber era salvar a la _Pinta_ de la riada formidable que,
-sin tardar mucho, inundaría por completo el «ansar» mecido entre los dos
-brazos del coloso.
-
-Las otras cinco vacas, dóciles a la costumbre de aquella ruta, acababan
-de vadear el río con denuedo, y Martín, hostigándolas desde la orilla
-con gritos y ademanes, las vió andar lentamente camino de la aldea.
-Entonces corrió en busca de la compañera descarriada, la mejor de su
-rebaño, aquella en que la familia toda se miraba como en un espejo.
-
-Sonaba el tintineo melódico de la esquila, con placidez de égloga, en la
-espesura del bosque soñero; y, guiado por aquel son, el niño halló a la
-bestia jadeante y asombrada delante del segundo torrente que el río
-derramaba en el «ansar». Le amarró el pastor al collar una cuerda que
-desciñó de la cintura y, riñéndola, muy incomodado, la obligó a tornar a
-la senda conveniente.
-
-La _Pinta_ no opuso resistencia: tal vez estaba arrepentida de su
-insubordinación, a juzgar por las miradas de mansedumbre con que
-respondía a las amonestaciones severas de Martín.
-
---¿No ves, bruta--decíale, afligido y razonable,--que estamos, como
-quien dice, en una ínsula?... ¿No ves que todo esto se va a volver un
-mar, mismamente, y que si te ahogas pierde mi padre lo menos cuarenta
-duros?... ¡Pues tendría que ver que no quisieras pasar!... ¡Sería esa
-más gorda que otro tanto!...
-
-La charla afanosa del rapaz y el blando soniquete del esquilón daban una
-nota argentina a la orquesta grave de la riada. Habíase encalmado el
-viento; dormía, sin duda, en algún enorme repliegue de las montañas
-azules, sobre las cuales temblaba puro el lucero vespertino, arrebolado
-de nubes rojas.
-
-El bravo corazoncillo de Martín golpeaba fuerte cada vez que el niño
-pensaba en el puente liviano del alisal.
-
-Había ensanchado el río atrozmente sus márgenes en el tiempo que el
-zagal perdiera con la fuga de la _Pinta_; ahora, el vado espumoso y
-borbollante no remansaba.
-
-Angustiado el niño, viendo crecer la noche en aquel asedio terrible del
-agua, amarró la vaca a un árbol y trepó a cerciorarse del estado del
-puente.
-
-Pero el puente... ¡había desaparecido!
-
-Martín, anonadado, estuvo unos minutos abriendo la boca, en el colmo del
-estupor, delante de aquella catástrofe irremediable y espantosa. Un velo
-de lágrimas cayó sobre sus ojos cándidos: ¿Qué hacer?... Sintió una
-necesidad espantosa de pedir socorro a voces; de llorar a gritos; pero
-la soledad medrosa del paraje y el estruendo de las aguas, le dominaron
-en un pánico mudo, aniquilador. Alzó maquinalmente la mirada al cielo, y
-la súbita esperanza de un milagro acarició su alma con un roce suave,
-como de beso; ¡si viniera un ángel a colocar otra vez el puente en su
-sitio!... Y ensayó el pastor unas vagas oraciones, repartidas,
-confusamente, entre la Virgen del Carmen y San Antonio.
-
-Pero ¡el ángel no venía; el río seguía creciendo, y la noche cayó,
-impávida y serena, encima de aquella desventura!
-
-Asiéndose entonces a la única posibilidad de salvación, Martín se llegó
-hasta la _Pinta_, la desamarró y, acariciándola mucho, mucho, con las
-manitas temblorosas, la echó un delirante discurso, rogándola que
-vadease el río y que le salvara. Despacio, con grandes precauciones,
-según le hablaba, se subió a sus lomos, asiendo siempre la soga con que
-la había apresado.
-
-Martín empezó a creer en la realización del prodigio, porque la bestia,
-sumisa y complaciente, entró sin vacilar en el agua, llevándole encima.
-Y llegó a su apogeo el tremendo lance lleno de temeridad y de horror.
-
-Hundíase el animal en el río espumoso y rugiente, y resbalaba y mugía,
-en el paroxismo del espanto, mientras que el niño, abrazándose a la
-recia carnaza vacilante, la besaba sollozando, gimiendo unas trémulas
-palabras, que tan pronto iban dirigidas a Dios como a la _Pinta_.
-
-La tonante voz del río empapaba aquella humilde vocecilla de cristal,
-cuando el alma candorosa del pastor sintió otra vez el beso del milagro.
-Dominando el estrépito de la riada, unas voces le llamaban con
-insistencia: había gente, sin duda, en la otra orilla; le buscaban sus
-padres, sus vecinos...
-
-Martín se creyó salvado. Alzó la frente en las tinieblas con un
-movimiento de alegría loca, y al soltarse del brazo que daba a la
-_Pinta_, un golpe de agua le echó a rodar en las espumas del rabión.
-
-Todavía, por un instante, tuvo Martín asida una tenue esperanza de
-vivir: conservaba en su mano la cuerda que la vaca tenía atada al
-collar. La corriente, de una bárbara fuerza, tiraba del niño hacia
-abajo; hacia el abismo; hacia la muerte. La vacona, con la elocuencia
-brutal de esfuerzos y berridos, tiraba de él hacia la orilla... Pero,
-¡podía más el rabión, que ya iba arrastrando al animal detrás del niño!
-
-Entonces él, bravo y generoso en aquel instante supremo, soltó la
-cuerda, y dijo con una voz ronca y extraña:
-
---¡Arre, _Pinta!_
-
-Aún gritó: ¡madre! Abrió los brazos, abrió los ojos, abrió la boca,
-creyó que todo el río se le entraba por ella, turbio y amargo; sintió
-cómo el vocerío de la corriente, que todo el día le estuvo persiguiendo,
-le metía ahora por los oídos una estridente carcajada, fría y burlona,
-como una amenaza que se cumple; y vió, por fin, cómo temblaba en el
-cielo, entre nubes rojas, el lucero apacible de la tarde... El rabión se
-le tragó en seguida, inerme y vencido, pobre flor de sacrificio y
-humildad...
-
-La _Pinta_, dueña de la codiciada margen, miraba con ojos atónitos y
-mansos a un grupo de gente que la rodeaba, y a una triste mujer que,
-habiendo recibido en mitad del corazón la postrera palabra de Martín, en
-trágica respuesta, contestaba a grito herido:
-
---¡Allá voy, allá voy!...
-
-Y corría la infeliz, ribera abajo, a la par del río, hundiéndose en los
-yerbazales inundados, perdida en las negruras de la noche, y en la sima
-de su dolor...
-
-
-
-
-LA FRIA MANO DEL MISTERIO
-
-FERNÁNDEZ-FLÓREZ
-
-
-Después del casamiento, mi mujer me arrastró rápidamente hasta el coche.
-A la puerta de la iglesia, de pie sobre las losas que cubrían las tumbas
-de los feligreses, los padres de Osvina lloraban. Mi suegro era alto,
-delgadísimo, de corva nariz; tenía los ojos redondos; su mujer era
-enjuta también, enlutada, triste. No hablaron; sacudían sus manos como
-manojos de raíces. Apenas había amanecido y la lámpara del altar se veía
-en la obscuridad de la iglesia como un ojo de fuego parpadeante. Llovía.
-Cuando arrancaron los caballos, mi mujer alzó las ventanillas y se
-acercó a mí, temblando, con una inquieta mirada de temor.
-
-Puedo jurar que soy un buen creyente; el cura de San Eleuterio puede
-decir cómo todas las tardes, al toque de Angelus, entraba yo a rezar
-largamente en la iglesia. Pero yo tengo el espíritu enfermo, muy
-enfermo... Yo he querido alejarme de supersticiones y de brujerías, y
-ellas me han cercado y perseguido siempre: alguna puertecilla estaba
-abierta en mi alma, por la que ellas venían. Creo estar en pecado
-mortal. Rezaba y rezaba y el Espíritu Malo reía tras de mí. Una vez, en
-la iglesia de San Eleuterio, he visto alzarse la losa del sepulcro del
-conde de Ginzio y, por la abertura, curiosear unas cuencas vacías. Otra
-vez, también después del Angelus, cuando todo el templo estaba solitario
-y tranquilo, vi con mis tristes ojos al difunto abad de Racemil
-atravesar la nave y entrar en el confesonario donde en vida se sentaba
-para oír los pecados de las devotas. Cuando me casé, Osvina me quiso
-explicar estos misterios. Ella sabía hablar con los espíritus; la había
-enseñado su padre. En la sala grande y pobre de su caserón, alguna noche
-había visto yo a mi suegro alzarse de pronto, con los ojos redondos
-brillantes y agrandados, y extender sus manos sarmentosas hacia las
-tinieblas. Entonces pasaban unas tenues sombras por el círculo de luz
-que el quinqué proyectaba en el techo, y yo huía, amedrentado.
-
-Y Osvina me lo había dicho todo. Habían evocado una vez el espíritu de
-su primer novio, aquel que murió una noche de tempestad, en las aguas
-alborotadas de la ría, cuando se obstinó en cruzar él solo de margen a
-margen para ver a la amada. Los marineros no quisieron partir y marchó
-él en la dorna, jurando por Dios que habría de llegar junto a Osvina.
-Murió. Dos días después la corriente arrastró a flor de agua su cadáver.
-Sobre el vientre hinchado y deforme se había posado un cuervo, triste y
-quieto, con el corvo pico oculto entre las negras plumas.
-
-Desde la evocación, Osvina temblaba al recuerdo del novio muerto. A
-veces, en nuestra charla de enamorados, se interrumpía ella bruscamente
-y miraba hacia atrás con sus ojos también redondos y grandes, como si
-hubiese oído pasos a su espalda. En más de una ocasión intentó referirme
-el trance extraño de aquella entrevista de ultratumba, y siempre calló,
-angustiada por un temor agudo... Yo bien sé que no debí casarme con
-ella, pero aquellos ojos verdes y enormes me atraían como una tentación.
-En sueños los veía, solos, separados del rostro, brillando sobre un
-fondo negro... Acaso fuesen, sin embargo, los ojos del padre.
-
- * * * * *
-
-Era de noche ya cuando llegamos al pueblo. El coche se detuvo en una
-calle estrecha, de antiguas casas cuyos muros había ennegrecido la
-lluvia. La dueña de la fonda nos recibió alzando sus cortos brazos. Era
-anciana ya, diminuta, de lento y sordo hablar. Cuando joven, había sido
-criada en casa de Osvina. Nos precedió hasta una habitación; hizo
-acomodar nuestras maletas. Luego, inmóvil en el umbral, con las manos
-cruzadas sobre el vientre, observó:
-
---¡Qué guapa está mi joven señora!... ¡Tantos años pasados sin verla!
-
-Después se dolió de su vejez, se dolió de su suerte:
-
---No hay en la casa más que don Amaro el médico, y su esposa. ¡Son malos
-tiempos, son muy malos tiempos, mi joven señora!...
-
-Avanzó para ayudarla a cambiar sus ropas; nos guió después al comedor.
-Don Amaro y su mujer aguardaban ya, ante la mesa. El tenía abundante
-pelo gris y una frente enorme y unos ojos pequeños, de agudo mirar,
-amparados por unas gafas gigantescas. Su mujer era joven, casi una niña
-aún, hermosa como un bien de Dios; en todo su rostro había una enorme
-serenidad inconmovible, una quietud total, la absoluta ausencia de
-gestos; sus ojos eran como los ojos de una muñeca, que miran sin ver. No
-la he visto jamás reir, ni llorar, ni emocionarse. El velón de tres
-brazos que alumbraba la mesa hacía lucir sus rubios cabellos con el
-mismo tono suave de la miel. Comía con movimientos reposados e iguales,
-como obedeciendo a un oculto aparato de relojería que la rigiese.
-Sentada frente a mí, sentí durante la cena el peso constante de su
-mirada, tan insistente, tan tenaz, que pudo turbarme. El médico parecía
-no advertirlo. Al terminar, se alzó, cogió del brazo a su mujer y
-salieron. La vi marchar erguida, muda, solemne, con cierta rigidez en
-sus movimientos... el doctor hablaba a su oído algunas palabras
-confusas.
-
-Aun le oímos charlar después, ya en nuestra habitación, contigua a la de
-ellos. Al través del tabique, la voz del doctor llegaba sordamente;
-parecía al principio cariñosa, después, semejaba rogar. Se oyó sólo la
-voz de don Amaro. Se hizo el silencio al fin. Entonces, de todos los
-rincones de la casa vetusta pareció brotar la melancolía. Nuestra
-lámpara alumbraba débilmente; el pabellón del lecho arrojaba a la pared
-su sombra como la sombra de una negra Estadea. Callábamos, presa de una
-vaga inquietud. Se sentía un leve zumbar: quizás el de la sangre en los
-oídos; quizás el de los espíritus que vuelan en la noche; quizás era,
-tan sólo, la vida misteriosa de la casa. Las casas tienen también su
-vida. Algo de la substancia espiritual de los que en ellas moran, va
-quedando en los rincones obscuros, en las paredes, entre las vigas del
-techo, hasta en los ocultos agujeros que abre la polilla. Es una vida
-formada de muchas partículas de vida. En las casas antiguas, por las que
-han desfilado las venturas y las tristezas de muchas generaciones, esa
-vida es tan fuerte que influye en la nuestra. Nosotros no la podemos
-ver, en la aparente quietud de las cosas, pero existe: los espíritus de
-los niños, sensibles a todo influjo, cercanos a lo sobrenatural, de
-donde vienen, la advierten con mayor claridad: así sienten en las
-habitaciones obscuras un vago terror. Y a veces, nosotros, al quedar
-solos en una casa en silencio, hemos sentido como la presencia de otro
-sér misterioso que nos acechase; y entonces hemos sufrido un impulso
-vehemente de huir. ¡Oh, sí: podéis creer en el espíritu de las casas,
-que a veces es trágico, que a veces es sonriente y protector!... El que
-supiese leer en esos ligeros rumores de que se llenan los edificios
-durante la noche, conocería muchos secretos tenebrosos.
-
-Y nosotros sentimos despertar la vida del caserón: pasos imperceptibles,
-que se advierten porque cruje la madera del suelo; un suave rumor, como
-de charlas contenidas; una risa ahogada que se confunde con el
-trotecillo de un ratón... Desde el fondo de un espejo nos atisbaba algo
-invisible. Osvina, pálida, fría, miraba hacia los rincones obscuros;
-¿qué adivinaba su alma, hecha al horror?... Yo miré sus grandes ojos
-redondos, dilatados de espanto. Y en los verdes iris vi claramente el
-rostro enjuto y el puntiagudo mentón y la corva nariz de su padre,
-inclinada hacia el pecho, como el pico del cuervo que se posó una vez
-sobre el cadáver del novio muerto en la ría lejana.
-
- * * * * *
-
-Si las palabras llegasen a expresar toda la fuerza de lo sobrenatural,
-yo podría enloqueceros con el relato de aquellos días angustiosos
-pasados en el caserón, mientras fuera caía implacablemente la lluvia. El
-cielo era obscuro como la alcoba de un enfermo; frente a nuestras
-ventanas se alzaban los muros de la catedral, y los monstruos de las
-gárgolas vomitaban incesantemente el agua turbia de los tejados, como en
-una náusea continua. Mi mujer, enovillada en el diván, más pálida que
-nunca, más transparente su piel, callaba y callaba, en un silencio
-desesperante y tenaz. Había sentido vagar por la estancia el espíritu
-del novio muerto, hosco y vengativo, y se advertía sobrecogida por un
-pasmo de horror. Una noche, al saltar al lecho, asombrado por el
-pabellón carmesí, gimieron las tablas con un largo lamento. Entonces
-Osvina huyó, acongojada:
-
---En esta cama alguien murió sin confesión--me dijo.
-
-Y no quiso volver a ella. Todas las horas de la noche las pasó en el
-diván. ¿Dormía? Entre las cortinas de la cama yo la vi con sus manos
-extendidas hacia el espejo, suelto el cabello, entreabierta la boca,
-hipnóticos los verdes ojos enloquecidos. En el cristal azogado brillaban
-otros ojos también; cuando me incorporé para abarcar la escena, volvió a
-oírse el gemido del lecho. Entonces ella dejó caer sus manos, y una
-sombra huyó de prisa por el espejo, con las mismas largas piernas del
-padre... A veces, la oía hablar confusamente, como si soñase. En una
-ocasión me despertó una hora sonando en el reloj de la catedral; abrí
-los ojos. Volaba una mariposa sobre la llama del velón, y las alas
-fingían en el techo una sombra de garra. Bien vi acercarse la sombra
-hasta mi mujer, como unos dedos dispuestos a apresar fuertemente. Gimió
-ella en el diván, como bajo el influjo de una pesadilla. Entonces la
-mariposa ardió en la llama. Hubo una súbita claridad, y todo quedó
-nuevamente encalmado.
-
- * * * * *
-
-¿Quién reía así en el caserón?... ¡Oh! Es seguro que jamás entre
-aquellas paredes hubiese sonado otra vez la risa. Era una carcajada
-aguda que atravesaba los muros como un estilete de acero, fría, sutil,
-inquietante. Una vocecita atiplada gritó:
-
---¡Eh, buena ama, vieja ama, eh!... ¿Aún no os ha pedido posada el
-diablo?
-
-Y la hostelera replicaba con su tono habitual, doliente y mustio.
-
-Aquella tarde conocimos al nuevo huésped. Era un hombre chiquito y
-gordo, ágil como una pelota que fuese de bote en bote, inquieto,
-charlatán. Tenía millares de arrugas junto a los ojos minúsculos y su
-boca se abría, para reir, en toda la extensión de las mejillas. Saltaba,
-más que andar. Habíamos comenzado la cena cuando él salió con estrépito
-de su cuarto y llegó a ocupar su asiento, al otro lado de Elena, la
-mujer del doctor. Pero botó en la silla, apenas sentado, para gritar:
-
---¡Eh, vieja, vieja!... ¿Por qué habéis puesto hoy el velón de tres
-brazos?...
-
-Y se precipitó a incendiar su servilleta, arrollada como para formar una
-antorcha. La posadera acudió con otra luz más. Entonces él suspiró
-satisfecho y arrojó la quemada servilleta.
-
---Es--dijo mirándonos--que los velones de tres brazos atraen los
-espíritus.
-
-Osvina lo miró a su vez, calladamente. El hombrecillo gordo gritó:
-
---A mi vecina no le molestan los espíritus.
-
-Y rompió a reir escandalosamente, echándose hacia atrás en su asiento,
-mirando a Elena con sus ojillos llenos de malicia.
-
-Elena no contestó. Como siempre, tenía fijos en mí sus ojos serenos. Ni
-aun se movió un solo músculo en su rostro. Don Amaro, lívido, más
-encrespados los grises cabellos, arrojó el tenedor sobre la mesa,
-gruñendo:
-
---¡Cada cual vive la vida que tiene!... No puedo tolerarlo a usted...
-
-Cogió a su mujer del brazo y se fueron. El hombrecillo se desmayaba de
-risa. Luego continuó devorando, como si repentinamente se hubiese
-olvidado de todo. Cuando calmó su apetito, me miró fijamente:
-
---¡Oh!--hizo, con un gesto de alegre sorpresa.--¡Samuel, mi admirable
-Samuel! ¿No conoce usted a los amigos?
-
---Señor--protesté--no soy Samuel. Me llamo Héctor; no le he visto a
-usted en toda mi vida.
-
-El rió:
-
---¡Eh! ¿No me ha visto?... ¿Dice que no me ha visto?... El viejo judío
-Samuel, que tenía su tienda en Stettin, no me ha visto nunca. ¡Ji,
-ji!...
-
-Tuvo otro largo acceso de risa, y tosió. Entonces asió la copa de agua y
-la acercó a sus labios; pero el agua se desparramó por el mantel,
-totalmente, como si un émbolo la impeliese. El hombrecillo tornó a posar
-la copa vacía, con un gesto melancólico:
-
---¡Siempre me ocurre así!...
-
-Y apuró el vino, con un ademán resignado.
-
-Después de cenar, nos siguió a nuestra alcoba y se sentó en el diván, a
-mi lado.
-
---Y bien--dijo.--¿Para qué fingir? Cada cual vive la vida que tiene,
-como dijo el doctor. Yo estoy muy contento por haber hallado a un viejo
-amigo.
-
-Encendió su pipa.
-
---Ya hace cien años, ¿eh?...
-
-Fumó unos largos minutos.
-
---Yo hice un buen negocio con Juliano Swart. ¿Recuerda usted a Swart?...
-¡Qué bien bebía la cerveza negra de Stettin!... Decidimos que el
-espíritu del que muriese primero avisase al otro los medios de la
-inmortalidad. Firmamos el pacto con agua bendita, en una hoja de
-pergamino. Desde entonces no puedo probar el agua; el agua huye de mí.
-El pobre Juliano murió un día en que había bebido más cerveza que nunca
-y durmió sobre la nieve. Después vino, obediente al pacto, a traerme el
-secreto. Pero los espíritus se han indignado contra él. Ahora quieren
-matarme.
-
-Volvió a envolverse en humo y volvió a reir.
-
---Pero yo les he burlado bien. Mientras duermo, corren furiosamente por
-la estancia y derriban los muebles. Al principio, el estrépito me
-producía insomnios. Ahora, me he acostumbrado y puedo dormir.
-
-Bajó la voz para contarme:
-
---Pongo una calavera en la puerta de mi alcoba, y los espíritus se
-precipitan en ella. ¿No conoce usted ese amor a su vieja cárcel, que los
-lleva a entrar en los cráneos muertos y vacíos?... En el fondo de una
-calavera hay siempre algunos espíritus detenidos. Por eso infunden a las
-gentes ese temor que ellas no saben explicarse. Con la calavera en la
-puerta, duermo confiado.
-
---¡Es una ratonera!--agregó.--¡Una buena ratonera!...
-
-Y, feliz por habérsele ocurrido la comparación, volvió a reir con su
-risa aguda que atravesaba todos los muros.
-
-Luego dió dos brincos sobre los muelles del diván y marchó a acostarse,
-sin decir adiós.
-
-Yo no le detuve. En aquel instante, como un relámpago vivísimo, advertí
-la visión de una vida anterior. Me vi alto y flaco y amarillento, tras
-un mostrador, en una covacha sombría, en una calleja de Stettin...
-Recordé haber conocido a aquel hombre pequeño y grueso como un barril
-de cerveza. Quise precisar, sujetar mi memoria; pero mi memoria huyó a
-saltitos, como el compañero de Juliano Swart.
-
- * * * * *
-
-Mi mujer languidecía. Aquella tarde había hablado de que era precisa una
-separación. En las sombras de los rincones veía siempre el espectro del
-novio difunto. Cuando me acercaba a consolarla, me rechazaba, poseída de
-un agudo terror. Yo la miraba tristemente, suspiraba y volvía a callar.
-
-Llovía; llovía siempre. Junté mi frente a los cristales y vi cómo los
-monstruos de las gárgolas vomitaban el agua sucia de los tejados. Al
-final de la galería advertí de pronto la blanca figura de Elena, que me
-miraba. Entonces tuve como un enternecimiento súbito, como un ansia de
-amparo cerca de aquella mujer reposada y sana, que no tenía en su
-espíritu ansias atormentadoras ni turbas de fantasmas agitadores. Saludé
-tristemente. Ella siguió mirando, sin contestar. ¡Qué serena paz la de
-sus ojos!... Me acerqué a ella con lentitud. Comencé a hablar:
-
---¡Usted es feliz, señora: usted es feliz!...
-
-No respondió. Yo abrí mi corazón angustiado y narré todas mis cuitas:
-
---Osvina no me quiere.
-
-Me invadía la paz de su mirada; de pronto me asaltó un pensamiento, que
-fué la última llamada de la felicidad en las puertas de mi alma. ¿Me
-amaría Elena? ¡Aquellas sus largas miradas, aquella su quietud!... Yo
-sentí el suave e isócrono susurro de su aliento. Era hermosa como una
-visión de cuento de hadas. Mi ternura creció. Arrojéme a sus plantas y
-rompí en sollozos sobre sus manos blancas y tibias:
-
---¡Oh, Elena, Elena!... ¡Yo soy muy infeliz!...
-
-Ella se dejaba acariciar, inmóvil, quizás petrificada en compasión.
-Sobre mi cabeza abatida, sus ojos estaban clavados en un punto lejano,
-con aquella su fijeza constante. Besé sus dedos afilados. Entonces sonó
-la risa del hombrecillo. El hombrecillo estaba detrás de mí, jubiloso:
-
---¡Ah, ah... el viejo Samuel, que enamora a la mujer de don Amaro! ¡Ah,
-ah!...
-
-Me erguí, entre azorado y colérico. Elena no se alteró. Murmuré con
-saña:
-
---¿Quién le autoriza a usted para insultar a una dama?...
-
-Siguió riendo aun. Uní mis manos en torno a su cuello, en un impulso de
-ira.
-
---¡Eh!--gruñó, desasiéndose--¡eh, viejo Samuel!... Un poco de calma. Yo
-no he insultado a la dama de tus amores. Esta señora no se ofende
-jamás.
-
-Después se empinó para decirme al oído:
-
---Elena no tiene alma.
-
-Vió mi gesto y rió otra vez. Elena, quieta, con su eterna expresión,
-parecía ajena al momento, como sumida en su distracción habitual.
-
---Elena no tiene alma, viejo Samuel. Era pupila del doctor e iba a
-morirse. El doctor logró salvar la materia, restaurar vísceras, ligar
-tendones, poner en marcha otra vez toda la maquinaria del organismo.
-Pero concluyó tarde su faena, y el alma se había escapado ya. ¡Je,
-je!... ¡Tiene un gran talento don Amaro, pero no podrá encontrar el alma
-de su Elena!...
-
-Oyéronse unos golpes secos sobre la madera del piso.
-
---Es la calavera, que salta--explicó.--Está llena de espíritus.
-
-Y continuó:
-
---El doctor se casó con su pupila, pero no pudo conseguir que le amase.
-Elena no siente más que el hambre, la sed, el sueño, la fatiga... ¡Es
-una hermosa muñeca mecánica!...
-
-Los golpes volvieron a oírse en la estancia vecina. El hombrecillo
-suspiró:
-
---Está demasiado llena la calavera. Tendré que vaciarla. ¡Eh! ¿Por qué
-no da usted un abrazo a la bella Elena?... No habrá de contarlo nunca;
-nadie se habrá de enterar, ni aun ella misma.
-
-Y le hizo gracia la idea y tornó a sus explosiones de alegría. Sonó
-entonces un golpe mayor y pasó un instante de silencio.
-
-De mi alcoba vino el grito de espanto de Osvina. Nos miramos; el
-hombrecillo había palidecido también. Hizo girar sus pequeños ojos
-metálicos y se puso lívido:
-
---¡Han escapado, voto a...!
-
-Salió. Yo le seguí. Sobre el diván, Osvina, pendiente la negra
-cabellera, estertoraba; todas las sombras del crepúsculo se habían
-reunido en una sola sombra inclinada hacia ella, como apresándola. Vi
-asomar un instante al espejo el rostro de su padre, invadido de
-desolación... Huí... En el pasillo tropecé con los trozos de la rota
-calavera; salí a la calle... Corría, corría... El hombrecillo gordo
-brincaba tras de mí, moviendo ágilmente sus cortas piernas.
-
-Corría... soplaba... A veces oía su voz angustiosa que suplicaba:
-
---¡Eh, viejo Samuel: espera por mí!... ¡No me abandones, viejo!...
-
-Pero yo sabía que algo invisible avanzaba tras nosotros. Y corría sin
-contestar, seca la boca, erizado el cabello...
-
-
-
-
-TREMIELGA
-
-(ORTEGA MUNILLA)
-
-
-A cincuenta metros sobre el nivel del suelo, en lo más alto del
-cimborrio, junto a una lucerna, sobre un andamio, estábamos el maestro
-Lucio y yo gravemente ocupados en ponerle nimbo de oro a un San Marcos
-Evangelista que el día anterior habían hecho surgir de la pared nuestros
-pinceles. ¡Qué artistas éramos nosotros! El maestro Lucio comparaba mi
-pincel con un rayo de sol, porque, como éste, hacía brotar flores
-dondequiera; y yo, no por corresponder a estos elogios galantemente,
-sino por sentirlo, decía de la paleta de aquel venerable viejo que era
-una sonrisa del arco iris.
-
---Echa más oro ahí--me dijo, mojando su pincel en la cazoleta del
-amarillo rey.
-
---¿Cuándo acabamos nuestra obra?--le pregunté a tiempo que cumplía sus
-órdenes.
-
---Mañana... ¡Cuarenta años encerrado en esta catedral! ¡Qué larga fecha!
-¡Aquí entré de aprendiz con el buen Ansualdo, a quien mataron los
-franceses... Aquí me enamoré de mi Pepilla Alderete... Aquí conocí a
-aquel desventurado Tremielga!...
-
---Aquí me conoció usted a mí, señor mío, que yo soy alguien--exclamé
-festivamente.
-
-Pero esta vez no produjo el ordinario efecto de otras mi humorística
-salida.
-
-No se rió el maestro Lucio con aquella carcajada de honradez y franqueza
-que hacía temblar sus barbas de plata; no me miró afable como solía con
-aquellos ojos castaños pálidos. Quedóse pensativo y mudo, con el pincel
-alzado, la frente contraída por las mil arrugas de su vejez y las
-piernas quietas, colgando del andamio. Entraba el sol por la lucerna, y
-al dar en la noble faz del decrépito artista, tiñendo su blusa azul de
-los colores naranjados rosa de los vidrios, prestábale mucha semejanza
-con uno de aquellos personajes bíblicos que, evocados por nosotros,
-habían venido a habitar las crujías del templo, los dorados camarines,
-el trascoro y la sacristía.
-
---Tú eres un niño y no te fijas aún en las cosas graves; pero aun siendo
-así, como es, he de contarte una historia que puede serte útil--me dijo,
-después de un rato de silencio, sólo interrumpido por el metálico chocar
-de los candeleros que un monacillo, vestido de vieja sotana, ponía en un
-altar.--¿Te acuerdas tú, muchacho, de mi amigo Tremielga?
-
---¡Y cómo si me acuerdo!--contesté, sin dejar de esgrimir el pincel
-sobre la cabeza de San Marcos.
-
-Aun me parece que lo veo con su cara amarillenta como un pergamino, con
-sus ojos de color de la tinta, con sus manos flacas y su desgarbada
-persona, que parecía un aguilucho desplumado...
-
---Pues bien; ese aguilucho desplumado fué grande amigo mío; pero no
-amigo de esos que se unen hoy y se separan mañana, como bolas de billar
-cuando el taco las pone en movimiento, sino amigo de la infancia,
-compañero de escuela, discípulo de Ansualdo, voluntario del mismo
-regimiento cuando lo del año 9, prisionero de la misma jornada...
-pariente del alma, porque también tiene el alma sus primazgos y
-relaciones de afinidad.
-
--Por ejemplo--dije yo--, aquí me tiene usted a mí que soy, por el alma,
-hijo de usted, aun cuando el padre que me ha engendrado es otro.
-
---Dices bien, Leoncillo... Tremielga era un ángel, pero un ángel
-rebelde, con un amor propio más grande que el mundo, con un talento
-enorme y dislocado... Porque un día le reprendió el maestro Ansualdo
-delante de Pepilla, rompió el caballete y tiró los pedazos a la calle...
-Pero ya he mentado dos veces a mi Pepilla, y debo decirte por qué...
-Tenía yo diez y nueve años, y no sé qué tristeza romántica se apoderó
-de mí. Era el mes de Mayo. ¡Qué noches más hermosas las de aquel mes de
-Mayo! ¡Qué reja la de Pepilla! ¡Qué macetas de rosas las que había en
-ella! ¡Y qué ojos los que fulguraban detrás del follaje de las macetas,
-atisbando mi paso y jugando al gracioso escondite del amor!... Prendóme
-la graciosa cara de mi Pepilla; prendóme su cinturita de palma
-valenciana; prendóme la dulce canturía de su voz; prendóme el enano pie
-que asomaba por entre los lamidos pliegues de la falda de cúbica, como
-diciendo: «¡Y que nosotros, que somos tan menuditos, sostengamos todo
-este alcázar de hermosura!...» Y me enamoré locamente de Pepilla... Más
-de cinco veces pinté su retrato, entre rosales una, otra con el traje
-italiano que teníamos en el taller para vestir a la Virgen de la Silla;
-pero jamás acertaba a poner en su palmito retrechero aquella suave
-sombra que había debajo de los ojos, aquella lumbre de la pupila y
-aquellos hoyuelos, fugaces como mariposas, que esparcía la risa en su
-rostro.
-
-Pasaron dos meses, y el amor era un incendio en que los dos nos
-abrasábamos. Una atmósfera de luz y calor nos envolvía. Un aroma que aún
-no han podido extraer los químicos de ninguna materia olorosa,
-embalsamaba nuestras almas!... Un día en que pintaba el décimo retrato
-de mi novia, sentí que me descargaban en la espalda un golpe, y, al
-volverme, vi a Tremielga, a mi amigo querido, que con el tiento en la
-mano y agitándole a guisa de espada, lleno de ira que en oleadas de
-siniestro fuego escapábase por sus ojos, me dijo:
-
---¡Qué miserable eres! ¿Qué sortilegio empleas para arrebatarme los
-asuntos de todos mis cuadros? Apenas los concibo, te pones a pintar lo
-mismo que yo ideé. Diríase que yo pienso por ti y que tú pintas por mí.
-¡Ah, ladrón del arte! ¡Así crece tu nombre!
-
---¿Estás loco, Tremielga?
-
---Motivo había... ¿De dónde sacaste la invención de ese lienzo que
-pintas ahora? ¿Dónde has visto ese rostro?... Mira, no sigas moviendo el
-pincel; tírale o yo seré quien le arranque de tu traidora mano. Esa
-Venus la he sentido yo nacer en mi cerebro. Ese pecho, blanco como ala
-de cisne, ha palpitado al soplo de mi inspiración, y esa mano que
-adelanta hacia nosotros para ocultar misteriosas bellezas, se ha agitado
-bajo los creadores esfuerzos de mi mente. ¡Esa Venus es mía!
-
-No le hice caso. Pensé que, según costumbre adquirida últimamente por
-él, se habría embriagado con cerveza, cosa en aquella edad tan rara en
-España como la afición a la lectura. Dejéle, pues, disputar y me marché
-del estudio. Pero desde entonces pude observar un cambio profundo en su
-conducta, y que a su amistad efusiva y franca sucedían una reserva y una
-indiferencia glaciales. Cuando me hablaba, apenas podía encubrir con
-fórmulas urbanas reticencias de odio que me herían profundamente,
-clavándoseme en el alma como púas de zarza.
-
---¡Tremielga te tiene envidia!--me decían las gentes.
-
-Pero yo me negaba a creerlo. ¡Envidia Tremielga, cuando su talento es
-tan grande! ¡Envidia a mí, que me honraría siendo el autor del más malo
-de sus bocetos! ¡Envidia quien posee aquel lápiz con el que se apodera
-de las líneas de las cosas, hurtándoles las proporciones mismas de la
-realidad! ¡Era imposible!
-
-Otra vez me dijeron:
-
---¡Tremielga trata de soplarte la dama! Pepilla Alderete le gusta, pero
-mucho.
-
-Aquello era otra cosa. Yo no podía dudar del talento de Tremielga, pero
-podía dudar de su lealtad por dura que me fuese esta suposición. Traté
-de convencerme, y adquirí el convencimiento que vino a rasgar mi alma
-con sus uñas horribles. Imagínate, Leoncillo querido, que al ir a
-acariciar el perro que te sirvió de compañía durante tu vida toda,
-hallas que tu mano oprime, en vez de aquella hirsuta cabeza, símbolo de
-la inteligencia y la felicidad, la cabeza escamosa y fría de una víbora.
-Pues eso me sucedió a mí al ver que mi amigo, mi hermano, me engañaba.
-
-Una noche salía yo de la catedral y me encaminaba a la reja de Pepilla.
-Nunca lucieron más aquellas ascuas de oro, que dicen que son mundos
-arrojados por Dios en la inmensidad azul; nunca tuvo murmurio más dulce
-y armonioso aquella fuente que en el patio de la casa habitada por
-Pepilla corría, corría cantándome con su voz monótona mil himnos de
-amor. ¡Oh, noche divina! Fué la primera que en mis labios besaron
-aquellos párpados que parecían hojas de rosa puestas por un hada allí
-para ocultar dos tesoros de diamantes. Aún se estremece dulcemente mi
-alma con tal recuerdo y tiembla mi corazón en su cárcel de huesos como
-pájaro loco que quiere volar... El reloj de la catedral parecía burlarse
-de nosotros adelantando el ir y venir de su batuta con que medía el
-tiempo; las ventanas góticas de este viejo edificio contemplábannos cual
-ojos envidiosos, y a veces yo creía ver dibujarse y palpitar en su
-órbita el espacio negro que cortaba la blancura de las piedras,
-señalando el hueco de las ojivas; e imaginaba--¡necio de mí!--ver en
-aquella pupila el mirar vidrioso de Tremielga... Al fin me despedí de
-Pepilla y era tan tarde, que por llegar a mi casa antes del alba eché a
-correr. ¡Cuál no sería mi asombro al hallarme detrás de la primera
-esquina la desgarbada persona de aquel desgraciado!
-
---¡Anda, miserable!--me dijo apretando ambos puños y acercando su cara a
-la mía con aire de reto.--Me has arrancado el alma. Aquella _Venus_ que
-yo soñé ha pasado a ser tuya ilegítimamente... Oye, Lucio, yo pensaba
-matarte, pero esto no resuelve nada. Pepilla vestiría luto y estaría más
-bonita, más interesante con el traje negro, con la palidez del dolor,
-con la honda fiereza que había de despertar en su espiritillo
-voluntarioso y rebelde tu asesinato... Lo que hago es marcharme, porque
-aquí la envidia de tu bien me consume. Es un fuego que arde dentro de
-mis pulmones, reduciéndolos a pavesas... ¿Crees tú que es sangre lo que
-bulle por estas venas?--y señalaba con su tembloroso dedo índice los
-gruesos cordones azules que resaltaban sobre la amarilla piel, como las
-vetas de óxido, en el jaspe.--Pues no es sangre, sino pólvora líquida...
-Tú pintas mejor que yo, eres más amado que yo; me quitaste los laureles
-de la frente y el anillo nupcial del dedo. ¡Maldigo Dios, tu pincel y tu
-alma!
-
-Y se alejó.
-
-¡Qué cosa más atroz es causar daño al prójimo! ¡Cuando se hace sin
-voluntad experiméntase un dolor semejante al que todo hombre compasivo
-sentiría pisando una hormiga que no se ha visto antes de aplastarla, y
-de cuya hormiga se supiera que tenía razón, esperanza, porvenir! ¡Yo
-había aplastado, sin quererlo, sin quererlo, a aquella pobre hormiga, y
-en su postrer pataleo me daba compasión el mirarla cómo iba echando
-fuera los últimos alientos y las últimas ilusiones!...
-
-Se fué a Alemania. En su cabeza llevaba un mundo muerto como el de la
-luna; en su corazón unas cuantas fibras secas, al modo de pedacillos de
-paja atados en haz de dolor. Allá vivió doce años, y cuando vino de
-nuevo, éramos Pepita y Lucio padres de esos tres mancebos, que son tus
-amigos y casi tus parientes. Venía como tú le conociste. Era, según has
-dicho, un aguilucho desplumado, un conjunto de huesos en fea
-desproporción distribuídos; pero al encontrarme un día en la calle, se
-irguió súbitamente, y durante un minuto volví a ver en Tremielga a aquel
-muchacho animoso y decidido, lleno de fe en lo porvenir, gozoso del
-presente, satisfecho del pasado.
-
---¡Ah, Lucio, Lucio!--exclamó.--Despídete de tu fama, pintorcillo. Esta
-idea no me la quitarás. La tengo encerrada en mi cerebro y es una cosa
-magnífica. ¿Quieres saber dónde la concebí? Pues fué en Pirmansen, junto
-a un río negro como mi humor, de cuyas embetunadas ondas miré salir una
-musa inspiradora. Eres un desdichado emborronador de lienzos. ¡Te
-compadezco!
-
-Aquel mismo día me contaron que Tremielga había ido a ver al obispo,
-Mecenas inteligente y pródigo de los pintores, para pedirle que le
-concediera un salón de su palacio, donde pensaba exhibir cierto cuadro
-famoso que estaba terminando. Supe también que había dicho Tremielga en
-la plaza:
-
---Ese pillo que me ha robado todas mis ideas, va a perder de una sola
-vez su primacía. ¡Qué asunto el de mi cuadro!... Es un combate. Hay allí
-luces que ese torpe no ha visto nunca; humos que salen de la tierra y se
-pasean sobre el campo como gasas fúnebres del ángel de las batallas;
-fieros rostros de soldados en los que brilla el júbilo de la victoria y
-humildes caras de vencidos que piden protección. Se hablará en el mundo
-de mi obra, y dirán al pasar junto a la tumba de Tremielga: «¡Aquí
-duerme el genio!»
-
-El obispo le otorgó lo que pedía. Instalóse el cuadro en un aposento
-espacioso, y cubierto con una cortina aguardaba al concurso. Allí estaba
-el autor, consumido por la fiebre del trabajo, y el interno rescoldo de
-su envidia. Todos llegamos, y cuando el obispo tomó asiento en su
-estadal y nos bendijo, tiró Tremielga del pedazo de sarga que ocultaba
-su obra. Cayó al suelo el telón y miramos todos. Pero, no bien puso sus
-ojos en el lienzo aquel concurso de pintores, un grito de sorpresa saltó
-de todas las bocas que, a un tiempo, como coro de cantares, dijeron:
-
---¡_El cuadro de las lanzas_, de Velázquez!
-
-Sí, Leoncillo. El pobre Tremielga había compuesto como original lo que
-Velázquez hizo tantos años antes, y confundiendo en su alma la memoria y
-la fantasía, lo que aquélla le pintó como recuerdo, reputóla él creación
-de ésta.
-
-Había cegado la envidia a aquel gran genio, como ciega al sol la parda
-nube, y en tal confusión psicológica creeríase hallar una alegoría cruel
-de la negra pasión que levantaba en su alma trombas de fuego y polvo.
-
-¿Has visto nunca, Leoncillo, cosa semejante?... ¿Por qué abres tanto los
-ojos? ¿No me has entendido? Pues este es de aquellos sucesos que no se
-pueden explicar... Han dado las cinco; es ya hora de bajar desde este
-andamio al mundo... En el mundo hallarás espíritus fundidos en el tropel
-de Tremielga, y ellos te enseñarán la moraleja de mi historia. Añadiré,
-para darle punto, que al oir Tremielga aquella exclamación soltó una
-feroz carcajada, y agitando sus brazos como aspas de molino,
-dijo:--¡Otro ladrón de mi pensamiento! ¡Lucio me robó aquella _Venus_!
-¡Ese... Velázquez, me ha robado la _Rendición de Breda_!
-
-
-
-
-NOCHE SERVIA
-
-(BLASCO IBÁÑEZ)
-
-
-Las once de la noche. Es la hora en que cierran sus puertas los teatros
-de París. Media hora antes cafés y restaurantes han echado igualmente su
-público a la calle.
-
-Nuestro grupo queda indeciso en una acera del bulevar, mientras se
-desliza en la penumbra la muchedumbre que sale de los espectáculos. Los
-faroles, escasos y encapuchados, derraman una luz fúnebre, rápidamente
-absorbida por la sombra. El cielo, negro, con parpadeos de fulgor
-sideral, atrae las miradas inquietas. Antes, la noche sólo tenía
-estrellas; ahora, puede ofrecer de pronto teatrales mangas de luz en
-cuyo extremo amarillea el zepelino como un cigarro de ámbar.
-
-Sentimos el deseo de prolongar nuestra velada. Somos cuatro: un escritor
-francés, dos capitanes servios y yo. ¿Adónde ir en este París obscuro,
-que tiene cerradas todas sus puertas?... Uno de los servios nos habla
-del _bar_ de cierto hotel elegante, que continúa abierto para los
-huéspedes del establecimiento. Todos los oficiales que quieren
-trasnochar se deslizan en él como si fuesen de la casa. Es un secreto
-que se comunican los hermanos de armas de diversas naciones cuando pasan
-unos días en París.
-
-Entramos cautelosamente en el salón profusamente iluminado. El tránsito
-es brusco de la calle obscura a este _hall_ que parece el interior de un
-enorme fanal, con sus innumerables espejos reflejando racimos de
-ampollas eléctricas. Creemos haber saltado en el tiempo, cayendo dos
-años atrás. Mujeres elegantes y pintadas, champán, violines que gimen
-las notas de una danza de negros con el temblor sentimental de las
-romanzas desgarradoras. Es un espectáculo de antes de la guerra. Pero en
-la concurrencia masculina no se ve un solo frac. Todos los hombres
-llevan uniformes--oficiales franceses, belgas, ingleses, rusos,
-servios--y estos uniformes son polvorientos y sombríos. Los violines los
-tocan unos militares británicos que contestan con sonrisa de brillante
-marfil a los aplausos y aclamaciones del público. Sustituyen a los
-antiguos zíngaros de casaca roja. Las mujeres señalan a uno de ellos,
-repitiéndose el nombre del padre, lord célebre por su nobleza y sus
-millones. «Gocemos locamente, hermanos, que mañana hemos de morir.» Y
-todos estos hombres, que han colgado su vida como ofrenda en el altar de
-la diosa Pálida, beben la existencia a grandes tragos, ríen, copean,
-cantan y besan con el entusiasmo exasperado de los marinos que pasan una
-noche en tierra y al romper el alba deben volver al encuentro de la
-tempestad.
-
- * * * * *
-
-Los dos servios son jóvenes y parecen satisfechos de que las aventuras
-de su patria los hayan arrastrado hasta París, ciudad de ensueño que
-tantas veces ocupó su pensamiento en la bárbara monotonía de una
-guarnición del interior.
-
-Ambos «saben contar», habilidad no ordinaria en un país donde casi todos
-son poetas. Lamartine, al recorrer hace tres cuartos de siglo la Servia
-feudataria de los turcos, quedó asombrado de la importancia de la poesía
-en este pueblo de pastores y guerreros. Como muy pocos conocían el
-abecedario, emplearon el verso para guardar más estrechamente las ideas
-en su memoria. Los _guzleros_ fueron los historiadores nacionales y
-todos prolongaron la _Iliada_ servia, improvisando nuevos cantos.
-
-Mientras beben champán los dos capitanes, evocan las miserias de su
-retirada hace unos meses; la lucha con el hambre y el frío; las batallas
-en la nieve, uno contra diez; el éxodo de las multitudes, personas y
-animales en pavorosa confusión, al mismo tiempo que a la cola de la
-columna crepitan incesantemente fusiles y ametralladoras; los pueblos
-que arden, los heridos y rezagados, aullando entre llamas; las mujeres
-con el vientre abierto viendo en su agonía una espiral de cuervos que
-ávidos descienden; la marcha del octogenario rey Pedro, sin más apoyo
-que una rama nudosa, agarrotado por el reumatismo, y continuando su
-calvario a través de los blancos desfiladeros, encorvado, silencioso,
-desafiando al destino, como un monarca shakespiriano.
-
-Examino a mis dos servios mientras hablan. Son mocetes carnosos,
-esbeltos, duros, con la nariz extremadamente aguileña, un verdadero pico
-de ave de combate. Llevan erguidos bigotes. Por debajo de la gorra, que
-tiene la forma de una casita con tejado de doble vertiente, se escapa
-una media melena de peluquero heroico. Son el hombre ideal, el
-«artista», tal como lo veían las señoritas sentimentales de hace
-cuarenta años, pero con uniforme color de mostaza y el aire tranquilo y
-audaz de los que viven en continuo roce con la muerte.
-
-Siguen hablando. Relatan cosas ocurridas hace unos meses y parece que
-recitan las remotas hazañas de Marko Kraliovitch, el Cid servio, que
-peleaba con las _Wilas_, vampiros de los bosques, armados de una
-serpiente a guisa de lanza. Estos hombres que evocan sus recuerdos en un
-_bar_ de París han vivido hace unas semanas la existencia bárbara e
-implacable de la humanidad en su más cruel infancia.
-
-El amigo francés se ha marchado. Uno de los capitanes interrumpe su
-relato para lanzar ojeadas a una mesa próxima. Le interesan, sin duda,
-dos pupilas circundadas de negro que se fijan en él, entre el ala de un
-gran sombrero empenachado y la pluma sedosa de una boa blanca. Al fin,
-con irresistible atracción, se traslada de nuestra mesa a la otra. Poco
-después desaparece, y con él se borran el sombrero y la boa.
-
-Me veo a solas con el capitán más joven, que es el que menos ha hablado.
-Bebe; mira el reloj que está sobre el mostrador. Vuelve a beber. Me
-examina un momento con esa mirada que precede siempre a una confidencia
-grave. Adivino su necesidad de comunicar algo penoso que le atormenta la
-memoria con gravitación de suplicio. Mira otra vez el reloj. La una.
-
---Fué a esta misma hora--dice sin preámbulo, saltando del pensamiento a
-la palabra para continuar un monólogo mudo.--Hoy hace cuatro meses.
-
-Y mientras sigue hablando, yo veo la noche obscura, el valle cubierto de
-nieve, las montañas blancas de las que emergen hayas y pinos,
-sacudiendo al viento las vedijas algodonadas de su ramaje. Veo también
-las ruinas de un caserío, y en estas ruinas el extremo de la retaguardia
-de una división servia que se retira hacia la costa del Adriático.
-
-Mi amigo manda el extremo de esta retaguardia, una masa de hombres que
-fué una compañía y ahora es una muchedumbre. A la unidad militar se han
-adherido campesinos embrutecidos por la persecución y la desgracia, que
-se mueven como autómatas y a los que hay que impelir a golpes; mujeres
-que aullan arrastrando rosarios de pequeñuelos; otras mujeres, morenas,
-altas y huesudas, que callan con trágico silencio, e inclinándose sobre
-los muertos les toman el fusil y la cartuchera. La sombra se colora con
-la pincelada roja y fugaz del disparo, surgiendo de las ruinas. De las
-profundidades de la noche contestan otros fulgores mortales. En el
-ambiente negro zumban los proyectiles, invisibles insectos de la noche.
-
-Al amanecer será el ataque arrollador, irresistible. Ignoran quién es el
-enemigo que se va amasando en la sombra. ¿Alemanes, austriacos,
-búlgaros, turcos?... Son tantos contra ellos!
-
---Debíamos retroceder--continúa el servio,--abandonando lo que nos
-estorbase. Necesitábamos ganar la montaña antes de que viniese el día.
-
-Los largos cordones de mujeres, niños y viejos, se habían sumido ya en
-la noche, revueltos con las bestias portadoras de fardos. Sólo quedaban
-en la aldea los hombres útiles que hacían fuego al amparo de los
-escombros. Una parte de ellos emprendió a su vez la retirada. De pronto
-el capitán sufrió la angustia de un mal recuerdo: «¡Los heridos! ¿Qué
-hacer de ellos?...» En un granero de techo agujereado, tendidos en la
-paja, había más de cincuenta cuerpos humanos, sumidos en doloroso sopor
-o revolviéndose entre lamentos. Eran heridos de los días anteriores que
-habían logrado arrastrarse hasta allí; heridos de la misma noche que
-restañaban la sangre fresca con vendajes improvisados; mujeres
-alcanzadas por las salpicaduras del combate. El capitán entró en este
-refugio que olía a carne descompuesta, sangre seca, ropas sucias y
-alientos agrios. A sus primeras palabras, todos los que conservaban
-alguna energía se agitaron bajo la luz humosa del único farol. Cesaron
-los quejidos. Se hizo un silencio de sorpresa, de pavor, como si estos
-moribundos pudiesen temer algo más grave que la muerte.
-
-Al oír que iban a quedar abandonados a la clemencia del enemigo, todos
-intentaron un movimiento para incorporarse; pero los más volvieron a
-caer.
-
-Un coro de súplicas desesperadas, de ruegos dolorosos, fué hasta el
-capitán y los soldados que le seguían...
-
---¡Hermanos, no nos dejéis!... ¡Hermanos, por Jesús!
-
-Luego reconocieron lentamente la necesidad del abandono, aceptando su
-suerte con resignación. ¿Pero caer en manos de los adversarios? ¿Quedar
-a merced del búlgaro o el turco, enemigos de largos siglos?... Los ojos
-completaron lo que las bocas no se atrevían a proferir. Ser servio
-equivale a una maldición cuando se cae prisionero. Muchos que estaban
-próximos a morir temblaban ante la idea de perder su libertad.
-
-La venganza balkánica es algo más temible que la muerte.
-
-«¡Hermano! ¡Hermano!» El capitán, adivinando los deseos ocultos en estas
-súplicas, evitaba el mirarles. «¿Lo queréis?», preguntó varias veces. Y
-todos movían la cabeza afirmativamente. Ya que era preciso su abandono,
-no debía alejarse dejando a sus espaldas un servio con vida.
-
-¿No habría suplicado él lo mismo al verse en igual situación?...
-
-La retirada, con sus dificultades de aprovisionamientos, hacía escasear
-las municiones. Los combatientes guardaban avaramente sus cartuchos.
-
-El capitán desenvainó el sable. Algunos soldados habían empezado ya el
-trabajo empleando las bayonetas, pero su labor era torpe, desmañada,
-ruidosa; cuchilladas a ciegas, agonías interminables, arroyos de sangre.
-Todos los heridos se arrastraban hacia el capitán, atraídos por su
-categoría, que representaba un honor, admirados de su hábil prontitud.
-
---¡A mí, hermano!... ¡A mí!
-
-Teniendo hacia fuera el filo del sable, los hería con la punta en el
-cuello, buscando partir la yugular del primer golpe.
-
---_¡Tac!_... _¡Tac!_...--marcaba el capitán, evocando ante mí esta
-escena de horror.
-
-Acudían arrastrándose sobre manos y pies; surgían como larvas de las
-sombras de los rincones; se apelotonaban contra sus piernas. El había
-intentado volver la cara para no presenciar su obra; los ojos se le
-llenaban de lágrimas; pero este desfallecimiento sólo servía para herir
-torpemente, repitiendo los golpes y prolongando el dolor. ¡Serenidad!
-¡Mano fuerte y corazón duro!... _Tac_..., _tac_...
-
---¡Hermano, a mí!... ¡A mí!
-
-Se disputaban el sitio como si temieran la llegada del enemigo antes de
-que el fraternal sacrificador finalizase su tarea. Habían aprendido
-instintivamente la postura favorable. Ladeaban la cabeza para que el
-cuello en tensión ofreciese la arteria rígida y visible a la picadura
-mortal. «¡Hermano, a mí!» Y expeliendo un caño de sangre se recostaban
-sobre los otros cuerpos que iban vaciándose lo mismo que odres rojos.
-
- * * * * *
-
-El _bar_ empieza a despoblarse. Salen mujeres apoyadas en brazos con
-galones, dejando detrás de ellas una estela de perfumes y polvos de
-arroz. Los violines de los ingleses lanzan sus últimos lamentos entre
-risas de alegría infantil.
-
-El servio tiene en la mano un pequeño cuchillo sucio de crema, y con el
-gesto de un hombre que no puede olvidar, que no olvidará nunca, sigue
-golpeando maquinalmente la mesa... _¡Tac!_... _¡Tac!_...
-
-
-
-
-PRUEBAS DE AMOR
-
-(FELIPE TRIGO)
-
-
-Mi amigo César es un analista insoportable. Pudiera ser feliz, porque
-tiene talento y buena fortuna, y es el más desdichado de los hombres.
-
-Todo lo mide, lo pesa y lo descompone; el placer y el dolor, el llanto y
-la alegría, el amor y la amistad. Su corazón sensible, hasta lo
-infinito, se deja tocar por las más pequeñas cosas; pero el eco
-levantado en el corazón, plácido o triste, grande o fugaz, es entregado
-inmediatamente al pensamiento, que, al profundizarlo por todas partes,
-lo deja destrozado.
-
-Llorando ante el cadáver de su padre, pensaba si en su aflicción extrema
-no habría algo de hipocresía consigo mismo. Y cesó de llorar. Pero en
-seguida le pareció fanfarronada de fortaleza su dolor sin llanto. Y
-lloró, llamándose miserable.
-
-Estrenó una comedia. Y cuando el público lo aclamaba, se encontró a sí
-propio desmedidamente fácil de halagar por los aplausos. Para evitarlos,
-se negó a salir a escena por segunda vez, se largó a su casa, se metió
-en la cama y no pudo dormir, reflexionando que la brusquedad de tal
-determinación tuvo mucho más de vanidosa que el haber seguido recibiendo
-los aplausos.
-
-Cuando saluda a un personaje aléjase meditando si en el saludo no puso
-algún servilismo. Y, por si acaso, cuando le halla otro día, lo esquiva.
-
-Vive solo, huraño, perpetuamente dedicado a vacilar, a destruirse las
-ilusiones.
-
-Es un loco, sin duda.
-
- * * * * *
-
-Recuerdo que hará tres años lo encontré una tarde en el Retiro, sentado
-de espaldas a la gente, con la silla recostada en un árbol y entretenido
-en mirar el desfile de los coches. Me senté con él y no hablamos. De
-pronto, al paso lento de los carruajes enfilados, porque estaba en el
-paseo de la Reina, cruzó junto a nosotros una victoria, en cuyo interior
-iban dos mujeres, saludando a César.
-
-Una, lindísima, elegante, joven.
-
---¿Ves aquélla?--me dijo señalándola, cuando ya no pudo vernos.--La
-adoro. Estoy desesperado. La vi en la Comedia, en un palco. ¿Verdad que
-es divina?... Tiene alma de artista. Después de la presentación, no he
-vuelto más que dos días a su casa. ¡Oh, si yo pudiera llevarla a la mía,
-hacerla mi mujer!... Créeme. El ideal es esa Aurora Rubí; pero es hija
-de un hombre muy rico.
-
-En seguida me contó que Aurora había estado con él atentísima, quizás
-más que con nadie; pero que, sin embargo, y a pesar de que la quería
-cada vez más, teniendo en cuenta la alta posición de aquella familia, no
-se atrevería a intentar nada. Yo hícele notar a mi amigo que teniendo él
-una carrera brillante y un nombre literario conocidísimo en Madrid,
-debían tenerle sin cuidado los miles de duros del _suegro_. Mucho menos
-cuando, a juzgar por el modo de saludar de Aurora, cuyos ojos se habían
-fijado en César con mimosería singular, la niña estaba de su parte.
-Continuamos hablando del asunto mucho rato a la vuelta del paseo, y, ya
-de noche, en la Puerta del Sol, dejé a César con sus vacilaciones
-eternas y eternas dudas y desconfianzas.
-
- * * * * *
-
-En Marzo volví a verle en una platea del Español, con Aurora y su
-familia. En toda la noche cesaron de hablar, cubierta ella la cara con
-el abanico de seda, sin importarles un pito la representación. Y
-después, durante todo el verano siguiente, le encontré siempre
-acompañándola en los teatros, en los paseos, enamoradísimos ambos, según
-las muestras.
-
-Tenía ganas de hablar con César para darle mi enhorabuena, y una tarde
-que yo estaba en la Moncloa, adonde fuí de puro aburrimiento, le hallé
-sentado en un banco, la cara seria, entretenido en golpear las
-piedrecillas del suelo con la contera del bastón.
-
---Te felicito--le dije.
-
---¿Por qué? ¿Por quién?... ¿Por Aurora? No, no; todo lo contrario.
-
---¿No es tu novia?
-
---Sí.
-
---¿No la quieres?
-
---Como un insensato, y su familia me acepta, y ella es adorable, sin
-par; y por lo tanto, me tiene vuelto el juicio. Puedo casarme cuando se
-me antoje; pero...
-
---Pero, ¿qué?
-
---Pero... ¡no me da la gana!
-
-Dijo esto con dureza extraña, como imposición hecha por su voluntad a su
-invencible deseo.
-
---No quiero. No me da la gana de casarme--repitió, enfadado.
-
-Yo me reí. El se calmó luego.
-
---Mira, tú--me dijo,--la quiero tanto, que yo necesito a toda costa
-saber que ella me quiere con delirio; necesito saber que me adora, y que
-me adora como una loca, que me adora por mí mismo, no por la vanidad de
-mi nombre, ni siquiera por la gratitud de mi amor. En una palabra:
-necesito que me sacrifique cuanto es y cuanto vale: su tranquilidad, su
-orgullo, su porvenir y su honra.
-
---Estás chiflado.
-
---Chiflado o no, eso la he dicho: que quiero todos esos sacrificios, que
-si yo soy su dios, como ella repite a cada instante, su dios le pide el
-honor y la vida para hacer de ellos lo que guste: probablemente,
-devolverlos; pero ¡quién sabe si entregarlos hechos jirones a la
-publicidad, para ver si la adoración resiste a todo, hasta al martirio y
-a la deshonra!
-
---Pero, ¿hablas formal?--no pude menos de preguntarle a mi amigo.
-
---Tan formal, que hace cuatro días que no la veo. La he jurado que la
-amaré siempre, aunque probablemente nunca nos casaremos.
-
---¿Y ella?
-
---Lucha la infeliz. Mira; al fin esta tarde me llama. Sí, sí, empiezo a
-creer que me idolatra; que podremos casarnos... después.
-
- * * * * *
-
-Al cabo de medio año, he vuelto ayer a tropezarme con César. Estaba en
-un café y leía, completamente absorto, una carta de renglones cruzados.
-
-Aurora está en Santander.
-
---Oye--me dijo César, tras de contarme muchas cosas.--Es horrible mi
-situación. Yo, que tanto la adoro, no puedo acabar de convencerme de su
-amor, y ya menos que nunca. Yo leo esas cartas llenas de ternura, de
-confianzas dulcísimas, y pienso, a pesar mío, que aunque así deben de
-ser las que dicta el corazón de una mujer enamorada, así pueden ser
-también las que dirige el miedo de una pobre niña a quien le guarda el
-tesoro de su honra.
-
---Que entregó por amor.
-
---¡Y que puede obligarla a mentir en el olvido! ¡Oh, si así fuera, si
-ella me hubiese olvidado, cuánto me estaría ofendiendo al creer que yo
-no sería capaz de devolverle estas cartas, estos recuerdos de nuestra
-escondida felicidad, que no tienen valor para mí de prendas de venganza
-contra la ingratitud, sino de reliquias santas de la única mujer que he
-querido y querré con toda mi alma, aun ante la confesión de su olvido...
-Y si me ama--continuó César, exaltado--, yo quiero saberlo. Pero cómo,
-Dios mío, si me ha dado todas, todas las pruebas de amor que puede dar
-una mujer... ¡y no son bastantes!
-
- * * * * *
-
-Yo dejé a César por no decirle que es cruel, brutal, con la infeliz y
-enamorada niña que así se ha hecho la esclava de un loco.
-
-Porque no me cabe duda que César tiene una locura no estudiada en los
-libros todavía.
-
-
-
-
-LOS ANTEOJOS DE COLOR
-
-(J. ECHEGARAY)
-
-
-I
-
-Don Trinidad de Aguirre ha muerto.
-
-Esta noticia acaso no sorprenda a mis lectores, porque los lectores ya
-no se sorprenden de nada; pero debía sorprenderles.
-
-Debía sorprenderles por varias razones. En primer lugar, porque ninguno
-de ellos habrá conocido al difunto, cuando todavía no era difunto. En
-segundo lugar, porque el suceso ha venido sobre todos nosotros con la
-rapidez del rayo, sin preparación de ningún género, sin un mal aviso de
-los periódicos, sin una papeleta de defunción siquiera: se nos dice que
-don Trinidad ha muerto, y no sabíamos que este don Trinidad existiese. Y
-en tercer lugar, porque la muerte de este señor ha sido de todo punto
-injustificada.
-
-Con las entradas _en_ y salidas _de_ este mundo de lágrimas, sucede como
-con las entradas y salidas de los dramas: las hay que están más o menos
-justificadas, y las hay que no están justificadas de ninguna manera.
-
-El _mutis_, digámoslo así, de don Trinidad, ha sido, pues, inesperado e
-injustificado.
-
-Don Trinidad era joven, era rico, tenía figura simpática, talento
-natural, mucha ilustración, estaba para casarse con una chica preciosa
-y, sobre todo, gozó de una salud perfecta, hasta el momento de morirse,
-que esto no le sucede a todo el mundo.
-
-¿Hay alguien que en estas condiciones se muera? Yo creo que no.
-
-Pues, sin embargo, don Trinidad de Aguirre ha muerto.
-
-Hace dos años viajó por Alemania; allá se estuvo unos meses y volvió del
-viaje como se fué: tan joven, tan rico, tan simpático, tan alegre y tan
-sano.
-
-Pero en el mes de Noviembre del 96 tuvo un pequeño ataque a la vista.
-
-Poca cosa, casi nada, enfermedad que no lo era, y que no tenía de serio
-más que el nombre, que no sé cuál fuese.
-
-Se puso unos _anteojos de color_ para quitar fuerza a la luz, y se curó
-en ocho días, quedándole los ojos tan hermosos, tan brillantes y tan
-malagueños como siempre.
-
-Pero cambió de carácter; cambió por completo.
-
-Era alegre y hasta bromista; resultó triste.
-
-Hablaba, no con exceso, pero sí con amplia medida: resultó silencioso.
-
-Su sonrisa era franca y espontánea: su sonrisa resultó amarga: las dos
-comisuras de la boca se le cayeron con caída trágica, como si huyesen de
-todo regocijo.
-
-En suma, que don Trinidad se transformó.
-
-Para los amigos no tuvo más que frases de desdén o réplicas punzantes,
-y, naturalmente, se fué quedando sin amigos: desde entonces siempre fué
-solo.
-
-Antes se le veía en teatros, paseos y reuniones; después no se le vió ni
-era fácil que se le viese, porque se quedaba en casa. Pero en su casa,
-también solo; porque don Trinidad nunca tuvo parientes, circunstancia
-que hace más inexplicable su muerte repentina.
-
-Durante un mes no vió más que a su novia, y como los anteojos de color
-dan a la fisonomía cierto carácter ridículo, convierten la cara humana
-en cara de lechuza, y él tenía interés en que su amada le viese los ojos
-siempre _al natural_, nunca se puso para mirarla los anteojos de color.
-
-Pero un día, no se sabe por qué razón, se los puso: la chica le encontró
-muy raro y se echó a reir. Pues se ofendió tanto don Trinidad, que,
-después de mirarla fijamente, dió media vuelta, se fué a su casa y
-rompió para siempre con Rosario.
-
-Por cierto que a poco más se muere del disgusto la pobre Rosario.
-
-Algunos días después se encontraron a don Trinidad muerto.
-
-Estaba junto a la mesa de su despacho; había escrito unas cuartillas,
-los anteojos de color estaban rotos, hechos añicos; se sospechó que los
-había roto de un puñetazo, porque tenía ensangrentado el puño.
-
-Una particularidad llamó mucho la atención: todos los espejos de su
-casa, y los había magníficos, se encontraron rotos también.
-
-De estos antecedentes se dedujo que don Trinidad se había vuelto loco.
-
-Y las cuartillas que dejó escritas así lo confirmaron.
-
-No se han encontrado todas; pero algunas que pudieron recogerse decían
-así:
-
-
-II
-
-Le encontré en un coche de primera; yo iba solo, cuando entró el maldito
-viejo. ¡Qué chiquitín, qué arrugado, qué color de tierra el de su cara!
-
-Era como una esponja humana, que se apretó, se apretó, se le sacó todo
-el jugo, y no quedó más que una masa árida a modo de estropajo.
-
-Llevaba puestos unos anteojos de color. No eran verdes, ni azules, ni
-amarillos, ni ahumados. Eran de un color extraño, mezcla turbia de
-todos los colores: como la vida humana.
-
-El viejecillo me miraba mucho y sonreía con sonrisa diabólica. Si no
-hubiera considerado que era un pobre carcamal, le abofeteo.
-
-Como el viaje era largo y siempre fuimos solos, hubo tiempo para que
-hablásemos largamente.
-
-¡No! ¡El viejo antipático era todo un sabio!
-
-Y estaba al tanto de la ciencia moderna y de los últimos
-descubrimientos.
-
-Sobre todo, los rayos X le entusiasmaban. Pero sus entusiasmos concluían
-por unas sonrisas que hacían daño. No sé por qué, pero hacían daño.
-
-Si el viaje dura más, yo le estrangulo. Mejor hubiera sido.
-
-Aquí faltaban algunas cuartillas.
-
-
-III
-
-Para algo han servido el choque y el descarrilamiento.
-
-Ya voy solo. Pobre hombre, murió aplastado. ¡Lo inverosímil!
-
-Ahora que pienso en él, me da lástima; quizás fuese una buena persona.
-
-Al morir me miró con cierta ternura: me alargó los _anteojos_ y me dijo:
-«Tome usted, tome usted; le declaro mi heredero.»
-
-¡Sus anteojos! ¡Sus anteojos de color! ¡Herencia infernal!
-
-¡Bien muerto está el viejo!
-
-Y aquí seguían imprecaciones, gritos de dolor, gritos de desesperación.
-
-Decididamente don Trinidad estaba loco.
-
-Venían después unas cuantas cuartillas escritas en una letra
-ininteligible.
-
-Sólo en las últimas se entendía algo: frases sueltas; párrafos
-descosidos; las ruinas de un cerebro anegadas en un líquido amargo como
-escollera dispersa por los embates del mar salobre.
-
-A continuación copiamos algunos fragmentos.
-
-Decía uno de ellos:
-
-Volví a Madrid: me olvidé por completo de los infernales anteojos.
-
-Hice mi vida de siempre: el arte, la ciencia, mis amigos, mi Rosario.
-
-Días felices los de hoy, como eran felices los de ayer. Estaba
-convencido de que la Naturaleza me había traído al mundo para gozar.
-
-Y yo procuraba complacer a la Naturaleza.
-
-¡Ah! ¡Si no hubiera sido por los endiablados anteojos de color!
-
-Un día ¡día aciago!, me sentí mal de la vista: me acordé de las
-antiparras, me las puse y me fuí a la calle.
-
-¡Horrible! ¡Horrible! ¡Invención admirable, prodigiosa, estupenda, pero
-horrible!
-
-Y decía otro párrafo:
-
-Los cerebros se hacen transparentes, como si fuesen de cristal de roca.
-
-Se ve la substancia gris, sus celdillas, sus misteriosos protoplasmas,
-la red nerviosa que por todas partes se extiende.
-
-Se ven las ideas escritas en maravillosa escritura: jeroglíficos de
-aquellas microscópicas pirámides, que los ahumados cristales de mis
-anteojos traducen al lenguaje vulgar.
-
-Se ven los sentimientos: cómo se agitan, cómo se estremecen, cómo
-circulan a modo de oleaje sutilísimo, hundiéndose unas veces, flotando
-otras, sin encontrar nunca orilla en aquel mar tan pequeño y tan grande.
-
-Se ve a la voluntad ir tropezando como borracha en una y otra celdilla,
-cayendo aquí, mal levantándose allá, enredándose más lejos en no sé qué
-red de conexiones y volviendo a caer otra vez: casi siempre va a
-rastras.
-
-¡Todo, todo se ve! ¡Qué admirable! ¡Qué invención tan prodigiosa!
-
-¡Cuánta miseria, cuánta vanidad, cuánta estupidez humana en ese libro
-blanco y gris con red sanguinolenta!
-
-No: realmente es un espectáculo muy divertido ver un cráneo por dentro.
-Y alguna vez ya suelen verse relámpagos de luz; alguna idea hermosa,
-algún sentimiento noble... ¡pero ay qué pocos!
-
-¡Divertido, muy divertido! ¡Para mí no hay secretos!
-
-Y siguen varias cuartillas, todas tachadas; sólo se leen palabras
-sueltas.
-
-¡Desengaño!... ¡dolor!... ¡buen amigo!... ¿Quién lo pensara?... ¡Y yo
-que creí que ese hombre era un imbécil y un tunante!... ¡Mal día!... ¡Ni
-uno!... ¡Doloroso!... ¡Muy doloroso!... ¡Ay, Dios mío!... ¡Dios mío!...
-
-Al fin el pobre loco coordinaba algo más sus ideas y había párrafos
-seguidos.
-
-Esta observación profunda de la humanidad por dentro, cuando se trata de
-personas indiferentes, es muy interesante, y muy curiosa, y muy
-divertida.
-
-Pero cuando se trata de seres a los cuales algún afecto nos liga, es
-cruel, muy cruel; es desconsoladora; es infernal. ¡Ah! ¡El maldito
-viejo! ¿Por qué el descarrilamiento y el choque no lo aplastaron del
-todo y de una vez, sin darle tiempo para este horrible legado!... ¡Ay!
-¡Los anteojos, los anteojos de color!
-
-Y lo que más me extraña es que nunca veo un cráneo solo: siempre veo
-dos, y son distintos.
-
-Pero uno de ellos es el _mismo siempre_: vago, confuso, indeciso,
-incompleto.
-
-¿Por qué será esto? ¿Por qué serán dos?
-
-Es un fenómeno que me confunde y que no puedo penetrar; ¡pero siento no
-sé qué angustia intolerable!
-
-Y aunque este segundo cráneo no lo veo bien, veo que es muy ruin.
-
-El egoísmo es su nota dominante: ¡yo!... ¡yo!... eternamente ¡yo!
-
-¡No hay una celdilla en todo el campo cerebral que descubro, que no esté
-impregnada del _yo satánico_! ¡Ya me repugna! ¡Ya me da náuseas!
-
-¡No parece sino que ese cerebro es una esponja, que se hundió en un
-líquido en cuyas gotas todas había escrito el egoísmo la palabra _yo_, y
-que la masa blanducha se empapó del miserable y monótono flúido!
-
-¿Pero qué imagen es esa?
-
-¿De dónde viene? ¿A quién pertenece?
-
-Aquí se encuentran muchas líneas tachadas.
-
-Luego algunos borrones; luego algunas manchas como de lágrimas.
-
-Y un párrafo final: claro, distinto, casi solemne, y frío, muy frío.
-
-Ya lo sé; ya sé a quién pertenecía aquel cerebro.
-
-Ayer lo vi por duplicado.
-
-Paseaba por mi sala, llevaba puestos los anteojos de color y me asomé a
-un espejo.
-
-Y me vi en él. Me vi dos veces.
-
-Una, en el espejo directamente: era imagen viva y distinta: el espejo
-era bueno.
-
-Otra, en la imagen indecisa. Es natural; mi cerebro se reflejaba en la
-parte interior de mis anteojos, y del otro lado, proyectada en el
-espacio, aparecía en imagen borrosa e incompleta.
-
-Ya me conozco: no tengo derecho ni curiosidad para ver a los otros
-hombres; y yo no quiero verme ya nunca más.
-
-Y en la última cuartilla había unas gotas de sangre.
-
-Fué la sangre que se hizo en la mano al romper de un puñetazo los
-anteojos de color.
-
-
-
-
-VIDA NUEVA
-
-(ALVAREZ QUINTERO)
-
-
-La señora Manolita, vecina insigne de un pueblo andaluz, había muerto de
-ochenta y siete años, única enfermedad aceptable para morirse. Fué muy
-llorada, no sólo porque desaparecía de entre los vivos, sino porque a su
-paso por este bajo mundo supo dejar quien llorase su muerte: esposo--el
-señor Rafael, carpintero de oficio, por mal nombre _Cuña_;--hijos,
-presentes unos y ausentes otros; nietos, biznietos... y una caterva
-innumerable de sobrinos, primos, nueras, yernos y demás plaga de la
-familia.
-
-Tal se la quería en todo el pueblo, donde también dejó huella imborrable
-de su existencia, merced a dos famosas recetas de su invención, una para
-curar los sabañones y otra para amasar pestiños; tal se la quería, que
-aun después del novenario del fallecimiento, el señor Rafael, el
-afligido _Cuña_ y sus hijos, continuaban recibiendo pruebas inequívocas
-del afecto de sus amigos y parientes, muchos de los cuales iban casi
-todas las noches a su casa a darles compañía. Aseguraba la malicia que a
-lo que iban era a catar un soberbio aguardiente de guindas que tiraba
-de espaldas; pero ¿de qué no se ha de sacar partido y se ha de hablar
-mal en esta tierra de pecadores? Y cuenta que cuando se acabó el
-aguardiente, _Cuña_ se quedó solo con el casco. Lo cual, sin embargo, no
-autoriza a creer a los murmuradores, sino a señalar, lamentándola, la
-pícara casualidad.
-
-Ya se sabe lo que son estas veladas: de todo se habla en ellas menos del
-difunto, porque si el objeto es aliviar la pena de los que le lloran, es
-absolutamente indiscreto ponerse a recordar sus virtudes y buenas
-prendas. Así, pues, en casa del gran _Cuña_ se hablaba de todos los
-vecinos del pueblo que no estaban allí--a excepción de la muerta, que
-tampoco estaba y nadie se acordaba de ella;--se jugaba a la brisca y al
-tute, se empinaba el codo un poquillo y, a última hora, se contaban
-cuentos y chascarrillos verdes, para lo que el propio señor Rafael tenía
-la mejor gracia del mundo.
-
-Sólo en una habitación de la casa rendíase a la señora Manolita callado
-y silencioso culto. En torno a un braserillo cuasi apagado, y a la media
-luz de un quinqué de petróleo, hacían calceta cuatro viejas. Hablar, no
-hablaban jota. De cuando en cuando, alguna tosecilla, algún carraspeo,
-algún suspiro... Pero bien sabe Dios que la señora Manolita no se les
-caía del pensamiento.
-
-¿Y no había nadie más en aquel sosegado cuartito? Sí, por cierto: en un
-rincón, borrados por la sombra, había un hombre y una mujer charlando
-sin tregua; pero con charla tan apagada y misteriosa, tan quedita y
-suave, que no podía ser sino charla de enamorados. El estaba mal
-embozado en su capa; ella, bien envuelta en un mantón de estambre. En
-los ojos de los dos brillaba la alegría, el contento de vivir... Sobre
-la falda de la mocita dormía un gato negro, pequeñín, del que salía un
-rumor continuado y monótono, que por allí se llama «hacer la ollita».
-Otro gato, tal vez habría buscado la falda de una de las viejas por
-hallarse más cerca del brasero; pero éste era un gato de buen gusto, y
-prefirió el calor natural de la juventud. No hay motivo para censurarle.
-
-Oigamos a los enamorados:
-
---¿Pensó usté en aqueyo?
-
---No.
-
---¿Por qué?
-
---Porque eso no se piensa: o sale de adentro o no sale.
-
---Me es iguá. ¿Sale?
-
---Miste: lo que tengo de responderle a usté, lo sé desde er día que
-estrenó usté la capa.
-
---¿Le gusté?
-
---Me gustaron los embosos.
-
---Estos son. Coloraos. Juegan con sus labios de usté.
-
---Con mis labios no juega nadie, amigo.
-
---Pos a vé si me contestan formales: ¿cuándo me saca usté der
-purgatorio?
-
---Así que pase er frío. Ya vé usté si lo apresio.
-
---Es que disen que año nuevo, vida nueva, y Disiembre se va, y yo quiero
-principiá el año que viene en la gloria bendita. Es desí, que de su reja
-de usté no me van a despegá ni con agua caliente.
-
---¡Está usté aviao! En Enero no _pelo yo la pava_.
-
---¿Por qué?
-
---Por mó der relente.
-
---Yo ensenderé un puro, y usté se arrima a la candela.
-
--Me via a quemá.
-
---Güeno; pos lo dejaremos pa Febrero. ¿Le paese a usté bien?
-
--No, señó; ¿en un mes loco vamos a empesá una cosa tan seria?
-
---Según eso... _la vamos a empesá_. Ya está usté cogía.
-
---Ayá veremos.
-
---Quié desí que si no es en Febrero, será en Marso.
-
---¿En Marso, con er viento que hase, y la guasa que trae la Cuaresma, y
-espinacas los viernes?... No pué sé.
-
---¡Caramba, niña, que va un trimestre de dificurtaes!
-
---¿Y qué le hasemos?
-
---Pero ya está entendío: usté a lo que tira es a dí con las flores, pa
-que to sean flores entre nosotros. ¿Verdá? ¡Y que tengo yo unos claveles
-disiplinaos, que ayá por Abrí eyos solitos van a escaparse de la maseta
-pa írsele a usté ar moño!
-
---Si viera usté que he leído en er Saragosano--porque yo sé leé--que en
-er mes de Abrí va a diluviá... ¡Y yo no quiero que usté se moje en la
-ventana!
-
---Pasiencia. ¿Ha leído usté si en Mayo habrá só?
-
---En Mayo, sí.
-
---¡Ole!
-
---No, no; pare usté er cohete. En cuarquier mes entro en relaciones
-menos en Mayo.
-
---Explique usté eso.
-
---Porque en Mayo se arregló mi hermana Esperansa con su novio, y le
-salió vano.
-
---¿Y vi yo a pagá eso?
-
---¿No lo pago yo?
-
---Ea, pos vamos a Junio; pero ya de Junio no me pase usté.
-
---En Junio andaré yo mu ocupá con los esámenes de mi hermaniyo.
-
---¿Ah, sí?
-
---¡Claro!
-
---¡Está bien, hombre, está bien! ¿Es decí que medio año tirao a la caye?
-¿Y qué me cuenta usté de Julio? ¡Un mes tan bonito!
-
---Me horrorisa la copla:
-
- Los amores de Julio
- son chaparrones.
- No hagas caso, muchacha,
- de esos amores.
-
---¡Por vía e la coplita e Dios!
-
---Pos Agosto también tiene la suya. Oiga usté y quéese usté helao:
-
- Los amores de Agosto
- yo no los quiero
- porque pasa er verano,
- viene el invierno.
-
---¡Así no vamos a acabá, niña! ¡Antes que el invierno, yega el otoño!
-¿Le gusta a usté Setiembre pa pelá la pava conmigo?
-
---Sabe usté, que como a mi hermaniyo le van a dá calabasas en Junio, en
-Setiembre se me va a podé ahogá a mí con un pelo, hasta vé si sale o no
-sale.
-
---¡Camará! ¿Y Ortubre?
-
---En Ortubre prinsipian a caerse las hojas, y no hay humó pa ná.
-
---¡Morena, que se nos va el año! ¿Tiene pa usté argún pero Noviembre?
-
---Muchos peros, no uno. Lo dise er refrán: «Noviembre, mes de peros,
-castañas y nueses.» Y los peros, malo; pero las castañas, peó.
-
---¿Entonses, qué?... ¡Disiembre y no hay más!
-
---¡Disiembre! ¡Fin de año! ¿Quién planta una maseta cuando se está
-poniendo er só? Se aguarda a que amanesca otro día. Espere usté un
-poquito... y año nuevo, vida nueva. Usté lo ha dicho antes.
-
---¿Ahora estamos ahí? ¡Pos hágase usté cuenta de que esta conversasión
-la hemos tenío el año pasao, y listos! Dentro de cuatro días le digo yo
-a usté en su ventana esta copla, ya que sé que le gustan:
-
- A la luna de Enero
- te he comparado,
- que es la luna más clara
- de todo el año.
-
-Siguió el palique... Al sonar las once en el reloj de la iglesia
-cercana, se levantó una de las viejas, dió las buenas noches a las
-otras, llamó por señas a la muchacha, y juntas salieron de la
-habitación. Protestó el mozo, acomodándose la capa sobre los hombros, y
-calándose el sombrero de ala ancha, y protestó el gato abriendo dos
-palmos de boca. El gato se arrimó al brasero, y el hombre salió tras la
-mujer.
-
-Ya en la calle, vieja y moza apretaron el paso, porque la noche estaba
-fría. El las seguía de lejos. Tras mucho andar por las calles
-desiertas, en las que sólo hallaron un perro olfateando un montón de
-escombros, y un borracho que las obligó a cambiar de acera, detuviéronse
-ante una casa bajita y pobre. Allí estaba la reja que debía ser testigo,
-durante un año, al menos, de la ventura de dos enamorados. Al llegar
-frente a ella la mocita volvió la cara... Parecía un lucero.
-
-Aquella noche soñaron los amantes. ¿El uno con el otro? No. Soñaron con
-la pobre señora Manolita, la difunta compañera del veterano _Cuña_, que
-desde el otro mundo les decía:
-
---¡Ah, tunantes! ¿Con que se aprovechan ustedes de que yo me he muerto
-para arreglar sus cosas? ¡Bien está, bien está!... No me enfado. Casi me
-alegro de haberles proporcionado la coyuntura. Porque--¡qué
-demonio!--yo, a mis ochenta y tantos, no tenía más que hacer que
-morirme, y ustedes, a sus veinte y pico, no tenían más remedio que
-quererse.
-
-Y el cuento de aquel sueño en que danzaban la muerte y la vida, fué el
-primer tema de la primera _pava_.
-
-
-
-
-EL DISFRAZ
-
-(ALVARO RETANA)
-
-
-I
-
-Realmente es lamentable esta obsesión, amigos míos--dijo el famoso
-novelista Luciano Avril, siguiendo con la vista las espirales grises que
-salían de su cigarro turco--; pero no puedo sustraerme a ella. Desde
-hace dos semanas vivo en perpetuo sobresalto, oprimido por la horrible
-angustia de ese peligro contra el cual todas las precauciones son
-inútiles, y que cada hora siento más cercano. Reconozco la insensatez de
-mi conducta; trato de ridiculizarme ante mis propios ojos y procuro
-ahuyentar de mi cerebro este absurdo temor; mas lucho en vano. Desde la
-noche en que _la vi_, hoy hace quince días, he perdido el reposo.
-¡Parece que fué ayer! Estaba yo solo en mi despacho, corrigiendo las
-pruebas de mi libro próximo a publicarse, cuando un leve rumor como el
-de alguien descorriendo cortinajes y removiendo telas me obligó a volver
-la cabeza. En la estancia no había nadie; pero en la enorme luna que
-ocupa casi todo el testero que yo tenía a mis espaldas, distinguí
-claramente, pálida entre los pliegues de su túnica negra, dejando
-asomar únicamente su calavera de marfil, donde los ojos fosforecían como
-dos luciérnagas, la imagen de la MUERTE, rebuscando con sus manos
-descarnadas y amarillas, ávida y sonriente entre los atavíos de un
-miserable alquilador de trajes, un disfraz con que desfigurarse
-totalmente. ¡Pesadilla arbitraria! ¿No es cierto? ¡LA MUERTE--una muerte
-de cuento de Grim o de dibujo de Beardsley, con su cabeza pelada como un
-huevo, su sonrisa escalofriante y el esqueleto oculto bajo la clásica
-envoltura negra y mate--buscando un nuevo traje entre las percalinas de
-colores de un establecimiento vulgarísimo, donde sólo van horteras y
-criadas a procurarse los disfraces con que bailar frenéticos en los días
-de Carnaval! ¡Casi me avergüenza confesar que he sido víctima de tan
-ridícula alucinación! Sin embargo, aquella visión grotesca e infantil ha
-sacudido mi alma entera como en vendaval siniestro y me ha colmado de
-inquietud; porque yo estoy seguro, segurísimo, de que si la Muerte en
-aquella ocasión recurría a un disfraz, era para venir en mi busca
-disimulada y alevosa, a fin de que yo, desprevenido y confiado, no
-pudiese evitarla ni burlarla.
-
-Y el novelista dejó de hablar, marcándose en su frente la arruga de un
-invencible horror.
-
-Su amigo inseparable, Enrique Fontanar, que le escuchaba atentamente, no
-pudo contener un estremecimiento que le recorrió de pies a cabeza, y el
-famoso doctor americano James Grey, que también le escuchaba interesado,
-puso al alcance de su mano un cenicero de plata para que él depositase
-la ceniza del cigarrillo turco, cambiando unas miradas furtivas con la
-mujer del escritor entre las sombras de aquel crepúsculo de Octubre,
-demasiado sombrío, que iba convirtiendo la estancia en una mancha negra.
-
---Toda mi habilidad de artista descriptivo se estrellaría si intentase
-dar idea de mi espantosa situación--prosiguió el joven novelista,
-contemplando dichoso a su mujer, que causaba la impresión de una
-serpiente roja modelada por una funda de terciopelo grana, con los ojos
-redondos, verdes y brillantes como esmeraldas engarzadas en aquel rostro
-inquietador, que sonreía ambiguo, mostrando una dentadura aguda y
-reluciente como la de un lobo.--Dominado por la convicción de que ELLA
-me acecha disfrazada y traidora, no me atrevo a salir solo a la calle. A
-cada instante me parece que ELLA va a aparecer de improviso dispuesta a
-hacerme su víctima, y tiemblo como un chiquillo a la sola suposición de
-que pueda llevar a cabo su terrible designio. Yo he creado en mis
-libros situaciones macabras, pero ninguna tan angustiosa como la mía. El
-ruido de una hoja desprendiéndose de un árbol, me hace volverme
-rápidamente como un reptil hostigado, temiendo que sea el roce de su
-insospechable vestido; el rumor del viento me aturde y me enloquece,
-porque no sé si es SU voz llamándome atrevida; y si al cruzar de un lado
-a otro de la calle, un transeunte me roza casualmente, tengo que
-contener un grito de terror, creyendo que son los cinco huesos de su
-mano los que intentaron cogerme. Más de una vez, de madrugada, he
-despertado a Cecilia lleno de pánico, porque me ha parecido escuchar que
-ALGUIEN avanzaba sigilosamente por los pasillos arrastrando una guadaña.
-¡Esto es insoportable, amigos míos! ¡La gloria y la fortuna me sonríen;
-amo a Cecilia con locura y soy amado por ella; nada me faltaba para ser
-feliz, y esta obsesión maldita se ha empeñado en martirizarme? Por culpa
-de ella mis nervios de hombre joven que aún no ha mucho rebasó los
-treinta, se hallan aniquilados, mi cerebro se resiste encarnizadamente a
-producir, y mi temperamento, de ordinario apacible y cariñoso, se torna
-en agrio y desabrido...
-
-Enrique Fontanar le dirigió una mirada llena de compasión dolorosa;
-Cecilia levantóse para encender la luz y arreglarse ante el espejo la
-encendida cabellera rojiza que aureolaba su rostro de esfinge
-impenetrable, y el médico, con voz un tanto hueca y funeraria, voz de
-muñeco o de fantasma, que quería ser afectuosa e insinuante, pero hacía
-escalofriarse instintivamente a Fontanar, contestó:
-
---Creo sinceramente, amigo Avril, que el exceso de trabajo que usted se
-ha impuesto es el causante de este desequilibrio que le agobia. Desde
-que le conozco, he reprochado a usted ese modo incesante y entusiasta
-que tiene de laborar. Demasiado comprendo que usted disfruta
-extraordinariamente tejiendo sus novelas y goza lo indecible viviendo la
-vida de sus personajes, por lo cual procura estar con ellos en relación
-continua; pero este esfuerzo de imaginación tenía que resentir su
-cerebro en algún momento, y este momento ha llegado. Es preciso que por
-una larga temporada abandone sus papeles y renuncie usted a escribir ni
-leer. Depure su alimentación, que no ha de ser copiosa, y si no le es
-posible, cambie usted de aires. Un viajecito con Cecilia a su casa de
-Avila le sería muy conveniente.
-
---Allí debe hacer un frío atroz en esta época--interrumpió Enrique.
-
---Eso no le hace--replicó Cecilia con naturalidad, mirando fijamente al
-doctor.--Todo se reduce a encender una buena chimenea y como, además,
-no íbamos a salir de casa... Sitio más reposado que aquel, no
-encontraríamos...
-
---El caso es que tengo tanto trabajo por entregar--afirmó el
-novelista--que no quisiera ausentarme todavía de Madrid.
-
---Mira--dijo Cecilia, decidida--opino, con el doctor, que por encima de
-tus compromisos editoriales está la salud. En la semana próxima nos
-marchamos a Avila para que descanses hasta primero de año, y verás como
-esa neurastenia desaparece.
-
---¡Qué buena eres y cuánto me quieres!--exclamó el joven escritor,
-abandonando su butaca para estrechar las manos de Cecilia, que le
-recibió tiernamente. Y al fijarse en las miradas febriles del americano,
-añadió con aire triunfal:--Vamos, amigo mío, que ya haría usted algo por
-tener una mujercita tan cariñosa como la mía.
-
-James Grey no respondió; pero contemplando aquella escena de bienestar y
-dicha conyugal, aquella envidiable identificación de marido y mujer, sus
-pupilas metálicas relampaguearon con extraño fulgor, que no pasó
-inadvertido para Enrique Fontanar.
-
-¡Cuán desagradablemente impresionaba al amigo inseparable de Luciano
-Avril la mirada implacable de aquel doctor venido de Norteamérica hacía
-un año y al cual rodeaba una aureola de misterio que él mismo parecía
-acentuar con la palidez de su rostro frío y duro, que apenas se contraía
-al hablar, y más que un rostro humano, parecía el de una estatua por su
-hierática inmovilidad!
-
-James Grey era el verdadero tipo de héroe de Conán-Doyle. ¡Aquella
-silueta de lebrel afinada por un traje negro que al ceñirse, remarcaba
-la dureza de sus líneas! ¡Aquel perfil de ave de rapiña, agravado por la
-mirada insultadora de una pupilas negras con reflejos de acero! ¡Aquella
-boca sin labios, que semejaba una cortadura bajo la afilada nariz entre
-dos grandes arrugas en forma de paréntesis! ¡Y luego, aquellas manos
-rígidas, pero que al ser estrechadas resbalaban como la cola de un
-reptil!
-
-De James Grey se sabía que era hijo de padre inglés y madre española,
-que había hecho la carrera de Medicina en Nueva York y que su
-especialidad era el tratamiento de las enfermedades nerviosas. Había
-llegado a España envuelto en el prestigio de curas maravillosas
-realizadas en Francia, y se le atribuían facultades sobrenaturales. En
-sus viajes por la India, había adquirido conocimientos extraordinarios
-que le permitían aparecer como un verdadero taumaturgo, y se decía que
-en su clínica podían encontrarse los remedios a los casos más
-desesperados.
-
-A los seis meses de su entrada en la corte, James Grey era temido y
-admirado por toda la alta sociedad madrileña. Le hacían admirables sus
-curas prodigiosas; pero causaba malestar su silueta enigmática. Detrás
-de aquellos ojos crueles, la gente creía adivinar el secreto de algún
-drama tenebroso, e instintivamente el mundo reconocía en él un ser
-temible. Se admitía su ciencia; pero se sospechaba que _alguna vez_
-podría emplearla mal. Se admiraba al médico; pero se rechazaba al
-hombre.
-
-Hizo más alarmante la silueta de James Grey, la indiscreción de un
-criado despedido, que, en su furor, hizo correr toda clase de fantasías
-y variadas calumnias que, naturalmente, favorecían poco al doctor. Se
-aseguró que James Grey era un profesional del opio y que en su clínica
-guardaba plantas desconocidas y extravagantes que provocaban ojeras
-profundas y palideces macabras, como la que él exhibía, y flores no
-menos peligrosas, que tenían la rara propiedad de nacarar con su perfume
-la piel de las mujeres. Pero estas últimas despedían aromas de muerte y,
-por aspirarlos, varias doncellas del doctor habían perecido, envenenadas
-de languidez.
-
-Todo esto se decía en voz muy baja del médico famoso, sin que nadie se
-atreviera a desmentirlo ni a afirmarlo. Sin embargo, no por eso
-disminuía su clientela. El hombre no acababa de anular al sabio, y ante
-una curación casi milagrosa, la opinión se rendía, concluyendo por
-comprender que James Grey era una víctima de la maledicencia y de la
-envidia.
-
---¡Le calumnian sus enemigos!--exclamaban algunos partidarios
-suyos.--¡James Grey es un hombre de ciencia maravilloso, y el despecho
-de sus rivales es quien intenta perjudicarle! ¡James Grey es incapaz de
-hacer daño a una mosca!...
-
-Uno de sus más grandes defensores era Luciano Avril. Fiaba en su talento
-ciegamente y una irresistible simpatía le acercaba al hombre muy temido
-y admirado. Y aquella mirada que a otras personas causaba malestar,
-diríase que magnetizaba al escritor, esclavizándole con irrompible yugo.
-La amistad entre el médico y el novelista aumentaba de día en día, y
-aquella prevención de su mujer en el primer momento contra James Grey,
-desaparecía, siendo substituida por un afecto que no desagradaba a su
-marido.
-
-Quizás gran parte de la admiración y simpatía que el matrimonio
-profesaba al doctor fuera debido a que no le creyesen del todo inocente.
-Pero una atmósfera de espanto y de interés envuelve a las personas
-culpables y hasta sus ojos parecen centellear con resplandores
-fascinantes que sirven de aureola a su figura. Luciano y su mujer
-estimaban al médico; pero en su estimación influía grandemente la
-equívoca reputación de James Grey. El enigma de su encanto emanaba tal
-vez de su mismo crimen.
-
-A Enrique Fontanar impresionaba bien opuestamente el misterioso
-americano. Su presencia le producía un ligero escalofrío, y nunca se
-dejaba cautivar por aquella diabólica sonrisa. Pero como la única vez
-que manifestó a Luciano Avril el sentimiento de antipatía y repulsión
-que James Grey le inspiraba, el novelista se enojó muy seriamente y su
-mujer le defendió con tenaz bizarría, no volvió a insistir, para evitar
-una escena desagradable.
-
-Cuando sonaron ocho campanadas en el reloj Renacimiento que elevaba su
-esfera sobre la biblioteca, Enrique Fontanar y James Grey se despidieron
-del matrimonio.
-
-El novelista y su mujer los acompañaron hasta la puerta, y mientras
-Fontanar recomendaba a Avril un viaje a su finca de Avila, James Grey,
-complacido, murmuraba al oído de Cecilia:
-
---Afortunadamente, la cosa marcha bien.
-
-
-II
-
-Ocho días después, Luciano Avril y su mujer se encontraron en su finca
-de las afueras de Avila, acompañados de James Grey, que hacía un
-sacrificio para atender a la curación del novelista, cuya neurastenia
-amenazaba destruirle seriamente.
-
-Y, solo en su despacho, el joven escritor descargaba su melancolía
-tomando la pluma para decir a Enrique, su inseparable camarada:
-
-«Hace una hora, mi querido Fontanar, que mi alma piensa en ti
-exclusivamente y que me recrimina por no haberte escrito antes, estando
-tan necesitado de consuelo.
-
-»No acierto a comprender cómo he podido estar una semana sin escribirte,
-para narrarte mi inmensa desventura.
-
-»Tú recordarás que siempre he sido muy débil; desde la infancia se
-advertía en mí esta escasez de bríos físicos que me caracteriza, y aún
-no habrás olvidado aquellos días de colegio en que yo me acercaba a ti
-deslumbrado por tu fuerza y tu benevolencia, para que tu amistad me
-protegiese contra las violencias de mis compañeros. Pues bien: continúo
-siendo el niño pálido y medroso, de exaltada imaginación de entonces;
-solamente que después de mi boda con Cecilia, y no sé si a consecuencia
-de un excesivo desgaste medular, me he hecho infinitamente más nervioso
-e impresionable.
-
-»¡Luego, este amor desordenado y vehemente que siento por Cecilia me
-aniquila! Adoro a mi mujer con frenesí tan insensato, que quizás esto
-contribuya también a debilitar mi naturaleza, enfermiza de por sí. Pero
-no me es posible dominarme. Sus caricias exaltan mi sensibilidad tan
-hondamente y me producen un vértigo tan embriagador, que quisiera
-tenerla todo el día entre mis brazos. Únicamente por ella me impongo
-este trabajo abrumador, a fin de que no carezca de nada. Cecilia ama el
-lujo y la molicie, es voluptuosa y comodona como una gata, y si no
-satisficiera sus caprichos, nuestra vida conyugal sería un infierno.
-
-»Afortunadamente, hasta ahora no puedo quejarme de mi suerte. El público
-hace una demanda tan importante de mis libros y mi colaboración en las
-grandes revistas se paga tan espléndidamente, que me permiten sostener a
-mi mujer con relativa fastuosidad, y aun he ahorrado dinero para
-adquirir esta finca, que ella llama pomposamente «su castillo» y tener
-un fondo de reserva, que me evita el recurrir a los treinta mil duros
-que heredé de mi tío y con los cuales cuento para fundar una gran casa
-editorial dentro de un par de años.
-
-»Podría considerarme feliz en medio de mi debilidad. Sin embargo...
-sospecho que muy pronto sobrevendrá mi ruina corporal y espiritual si no
-logro curarme de esta dolencia que me hiere: el miedo.
-
-»Es una enfermedad vergonzosa y terrible que se infiltra en las venas y
-se propaga como lepra, que se instala en mi espíritu creando absurdas
-desconfianzas, espantosas alucinaciones y bruscos estremecimientos, que
-destrozan la voluntad, la inteligencia y el organismo como un dardo
-envenenado.
-
-»¿De qué tengo miedo? De muchas cosas y de nada. Del cielo gris y
-abrumador, que parece va a caer aplastando mi cabeza, de la nieve que
-nos rodea como un sudario asfixiante, del eco de las risas de Cecilia,
-que resuenan en estas dilatadas estancias como detonaciones formidables.
-Y sobre todo de ELLA, de la MUERTE entrevista en el espejo de mi
-despacho de Madrid, que cada vez está más próxima e implacable, pues ha
-hecho acto de presencia en el castillo.
-
-»Esta mañana ha muerto misteriosamente la doncella de mi mujer, y yo me
-desespero pensando que esto es una advertencia que ELLA me hace para que
-no intente resistirme. ELLA que ha entrado en el castillo disimulada y
-audazmente, alevosa bajo un disfraz que yo no acierto a presentir ni
-conocer y que ha probado la eficacia de su guadaña segando la existencia
-de esta pobre muchacha que yace en una de las habitaciones del piso de
-arriba, vestida con una falda negra y una blusa blanca, toda verduzca,
-rostro y manos, como si se hubiera convertido en bronce repentinamente.
-
-»Desde que he empezado a escribirte, me siento un poco más tranquilo,
-porque me parece ver tus bondadosos y protectores ojos, arrojando
-airados al Miedo, este monstruo negro que me atormenta. Aunque me falta
-el valor para levantar la vista del papel, por miedo a contemplarme, tan
-solo en el silencio macabro de esta enorme estancia.
-
-»No tengo más esperanza que tú, Enrique. ¡Sálvame! ¡Es preciso que
-vengas inmediatamente a Avila para que yo tenga un amigo fiel a quien
-contar mis penas y un compañero leal que en mis ratos de soledad me
-ahuyente el miedo!
-
-»Son las ocho de la noche y mi mujer ha salido con James Grey,
-llevándose al criado y al guarda para ir a prestar declaración ante la
-Policía. Hace dos semanas no me hubiera importado verlos salir reunidos
-para cualquier asunto; pero hace un rato, al verlos marchar juntos, he
-sufrido lo indecible. El Miedo, siempre el Miedo me ha hecho pensar que
-tal vez ellos se entienden, habiéndose puesto de acuerdo para
-desarrollar en mí esta sobreexcitación nerviosa que puede conducirme a
-la locura o al suicidio. Me acuerdo de que en un momento de buen humor
-hice un testamento por el cual dejo a Cecilia en posesión de mi pequeña
-fortuna, y pienso si ellos no estarán urdiendo algún plan siniestro para
-anticiparme a los designios de la MUERTE.
-
-»¿No es verdad que esto es horrible? ¿Desconfiar hasta de mi mujer, que
-a todas horas me manifiesta un cariño sincero, y de James Grey, cuya
-solicitud cordial y cuyo noble interés aparecen visibles en cualquier
-instante? Me subleva verme convertido en mi propio verdugo; pero, ¿qué
-voy a hacer? Juraría que estoy sumido en un sueño sin fin, y que mi vida
-es una eterna pesadilla de la que sólo saldré para entrar en la tumba.
-
-»¡Oh, qué alegría cuando salga el sol de mañana disipando estos terrores
-y aleje definitivamente mi temor de ver aparecer a la muerte, verde de
-pies y manos, con la falda tan negra y la blusa tan blanca...
-
---¿Qué haces, Luciano?--preguntó de improviso la voz argentina de
-Cecilia.--Y luego, abrazándole efusivamente, con la dulce mirada de una
-mujer que adora a su marido, añadió:
-
---Ya sabes que el doctor te ha prohibido que trabajes...
-
---Escribía a Enrique Fontanar--explicó el novelista abrazando con
-ternura a su mujer.--No quisiera que me llamase ingrato--agregó,
-cerrando la carta, después de haberla firmado.
-
-James Grey entró para contar al escritor la entrevista con el juez, y
-Cecilia cogió la carta de su marido para hacerla llevar al correo al día
-siguiente. Durante la cena, el doctor volvió a recomendar a Cecilia:
-
---¡No conviene que Luciano escriba un solo renglón!...
-
-
-III
-
-Cuatro días pasados del entierro de la doncella de Cecilia, que
-falleció, según dictamen del forense, por haber ingerido equivocada una
-de las medicinas que para uso externo le recetó James Grey, Luciano
-Avril, después de la comida, mientras su esposa y el doctor jugaban a
-las damas en el comedor, escribía en su gabinete nuevamente a Fontanar:
-
-«Tu silencio me agobia, queridísimo Enrique. Yo te esperaba aquí en
-seguida, y veo que ni siquiera me haces el honor de una respuesta a mi
-carta. ¿O es que temes encontrarte en Avila con un infeliz loco?»¡Ah,
-ese sí que es el más intenso de mis terrores! El miedo a enloquecer me
-exaspera y tiemblo por mi juicio; porque a veces me parece que mi razón
-es una llama vacilante condenada a apagarse al menor soplo, dejando todo
-negro en mi cabeza.
-
-»No creas que estoy loco todavía. Buena prueba de que aún permanezco
-cuerdo es que me apercibo de cuanto pasa a mi alrededor, y no he dejado
-de amar a Cecilia, que sería prueba evidente de mi falta de razón.
-
-»La sigo queriendo con amor absorbente y frenético, que me hace delirar
-en sus brazos. Su vista me causa extraños desfallecimientos y junto a
-ella no puedo respirar. Cada beso de sus labios me enfurece más y cada
-caricia de sus manos me torna más febril. Mi vida ahora es un éxtasis
-sexual, como si me hubieran dado a beber el filtro del deseo insaciable.
-
-»Ayer deploré ante el doctor nuestra desgracia por carecer de hijos, y
-él contestó que el fuego destruye, pero no crea, recomendándome un poco
-de cordura conyugal, con ese tono de voz suyo tan acariciante y que obra
-sobre mis nervios exaltados el efecto de una lluvia benéfica...
-
-»Me horrorizo acordándome de que te he escrito renglones poco favorables
-para él. ¡Cuán injustos eran! ¡Imposible hallar un amigo más sincero y
-cariñoso, más atento a devolverme la dulce paz perdida y a velar por que
-conserve la poca que me resta! Nadie con más dulzura que él me haría
-reflexionar sobre la sinrazón de esta obsesión maldita. El toma la
-MUERTE a broma y me cuenta en tono humorístico historias macabras para
-familiarizarme con la FRIA; pero su regocijo, lejos de distraerme,
-agudiza mi sufrimiento.
-
-»Porque, triste es reconocerlo: mi mal no retrocede, sino aumenta. Ya no
-es sólo el viento, que parece quejarse con sus ayes lastimeros o las
-sombras nocturnas, lo que me inquieta. Ahora es también el vuelo de los
-pájaros, el maullido de un gato, los cortinajes de una puerta, los
-esqueletos de los árboles, las veletas de la torre de una iglesia lejana
-lo que me sobrecoge y me llena de pavor.
-
-»Si yo me atreviese, ahora mismo abandonaría este castillo tan fúnebre,
-en que aún parece vagar el perfume de la criada muerta, y marcharía por
-el campo sin temor a hundirme en la nieve, huyendo del reloj, que marca
-las doce en punto y está dejando escapar sus sones, que repercuten en mi
-corazón como los de una campana funeral.
-
-»Tengo miedo, Enrique, mucho miedo, y en este instante carezco hasta de
-fuerzas para mirar más allá de la mesa donde se confunden las sombras
-movibles. Siento alrededor de mi frente algo semejante al roce finísimo
-de unas alas, y el corazón me late furiosamente, como si una mano
-invisible pretendiera atenazarlo con sus dedos. Un sudor frío me invade
-todo el cuerpo y te dará una idea de lo mucho que tiemblo la indecisión
-con que mi mano traza estos renglones.
-
-»Todo está en silencio; pero se me antoja que este silencio está lleno
-de murmullos, y que fuera, en el pasillo, resuenan unos pasos
-cautelosos. Pasos de _alguien_ que avanza con sigilo como si temiera
-alarmarme, ¿sabes, Enrique? Y no me atrevo a volver la cabeza, porque sé
-que me he dejado la puerta entreabierta y temo ver un rostro desconocido
-y horroroso atisbándome implacable.
-
-»¡Oh, Dios mío: me parece que _eso_ se acerca, se acerca! Un penetrante
-olor a muerte ha corrompido la estancia y he oído chirriar la puerta...
-
-»¡Piedad, Dios mío, ELLA está aquí!..»
-
-Luciano Avril dejó escapar la pluma de la mano, y lívido, espantado, se
-levantó, haciendo esfuerzos sobrehumanos, con ánimo de cerrar la puerta.
-
-Dotados sus sentidos de una extraordinaria delicadeza, debido a su
-enfermedad nerviosa, el desdichado novelista percibía los más ligeros
-ruidos y sufrió una convulsiva contracción al oír el tenue roce de unos
-pies desnudos que se deslizaban por el pasillo con dirección a su
-alcoba. Luciano Avril sintió un gran frío en el cerebro, donde sus ideas
-se arremolinaron como las hojas muertas de una tempestad, al oír
-claramente aquellos pasos vacilantes que hacían crujir la madera del
-piso y, evidentemente, se encaminaban hacia la puerta.
-
-¿Se engañaban sus sentidos? ¿Sería una alucinación más de las
-innumerables padecidas? Inmóvil y sin respirar apenas, el joven
-escritor, apoyado en la mesa, aguardaba la horrible aparición como un
-condenado espera la cuchilla de la guillotina; pero cuando los pasos se
-aproximaron más y él comprendió que _alguien_, inexorable, iba a
-penetrar en la estancia, se lanzó hacia la puerta tratando de cerrarla
-con llave. Pero le detuvo con enérgico ademán un brazo verde y frío, que
-le hizo retirarse con horror.
-
-El cadáver de la doncella muerta se presentaba, con la cabeza inclinada
-y los brazos caídos como un fantoche a quien hubieran aflojado los
-hilos. Sólo tenían movimiento sus pies--verdes como los brazos y la
-cara--que asomaban desnudos bajo la negra falda y que se detenían frente
-a él para que contemplase la mirada insultadora de unas pupilas negras
-con reflejos de acero y sonrisa diabólica; la de una boca sin labios que
-semejaba una cortadura bajo la afilada nariz, entre dos grandes arrugas
-en forma de paréntesis.
-
-Anonadado por la impresión de un supremo espanto, Luciano Avril
-experimentó una violenta conmoción cerebral, cayendo al suelo como una
-masa, con las pupilas dilatadas y la boca abierta, para agitarse en
-convulsivos espasmos. Al fin llegaba la MUERTE, disfrazada con las ropas
-de la criada difunta, y toda verde como ella de manos y de rostro.
-
-Durante un cuarto de hora, la extraña aparición permaneció inmóvil
-frente al joven escritor, observando su agonía: lividez cadavérica,
-sudor viscoso en todo el cuerpo, pulso apenas sensible y latidos
-intermitentes, cada vez más pausados, en el corazón, alternando
-irregularmente con una respiración anhelante. El acto reflejo había sido
-tan violento, que había provocado una paralización casi total de la
-circulación; el corazón y las arterias se habían vaciado por completo, y
-las venas se resistían a contener la sangre en ellas agolpada; de aquí
-el enfriamiento muscular y la postración mental. Nada de convulsiones;
-nada de estertor. La vida de Luciano se escapaba dulce e
-irremediablemente ante el mudo fantasma, que parecía recrearse en la
-contemplación de su obra monstruosa.
-
-Diez minutos transcurrieron todavía, durante los cuales la extraña
-aparición continuó inmóvil, espiando con ávida mirada los últimos
-esfuerzos de un alma que se resistía a abandonar el cuerpo. Pasado un
-cuarto de hora, el cadáver verduzco habló para decir a la mujer del
-novelista, que penetró en la alcoba, pálida y nerviosa:
-
---¡Luciano Avril ha muerto! Y todo ha sucedido como yo esperaba.
-
-Luego, mientras se despintaba el rostro y las manos con un paño mojado
-en agua, James Grey añadió:
-
---Cuando por una serie de excitaciones diversas se haya provocado el
-aniquilamiento del sistema nervioso de un individuo, podrá matársele con
-más seguridad que con un puñal, proporcionándole una emoción violenta...
-
-
-IV
-
-Aquella misma noche, Cecilia ponía un telegrama a Enrique Fontanar:
-
-«Ruegue usted a Dios por el alma del pobre Luciano. Acaba de fallecer
-repentinamente.»
-
-Y al año siguiente, la viuda del famoso y joven novelista se casaba con
-James Grey y partía para Norteamérica.
-
-
-
-
-EL RASGO DE PAÑIZOSA
-
-(GUTIÉRREZ GAMERO)
-
-
-Oiga usted, contada al menorete, señor don Teótimo, la historia de mis
-desdichas, y por ellas vendrá en conocimiento de la causa de mi
-mal--dijo Pañizosa, y prosiguió de esta suerte:--Vine a la corte con más
-esperanzas que dineros, y pensé que en ella encontraría fácil acomodo,
-pues traía pocos años, grande voluntad y mucho apego al trabajo, con la
-añadidura de una apremiante carta del Alcalde de mi pueblo para un
-señorón de estos que tienen manejo en todas las oficinas del Estado.
-Meses y meses corrieron antes de que pudiera pasear mis ojos por la
-figura de aquel personaje cuya protección me era tan necesaria, porque
-mi hombre no se daba a partido ni mostraba su faz luciente al primer
-hijo de vecino, como a la solicitud de audiencia no fuese aparejada una
-recomendación de empuje. Enviéle la del Alcalde; me recibió entre dos
-luces; díjele mi empeño; me pidió muestra de mi letra; escribí cuatro
-garambainas que me dictó; le cayó en gracia el carácter de mis rasgos y
-salíme de su casa, en Dios y en hora buena, tocando palmas y creyendo
-que a la vuelta de un dado estaba mi fortuna. De allí a poco recibí una
-credencial de las de cinco mil reales, y héteme funcionario público en
-la Dirección de la Deuda, donde me aprendí al dedillo todas las leyes,
-ordenanzas, pragmáticas y decretos que se han promulgado en España desde
-que España debe dinero. Con esto fuí ganando la voluntad de mis jefes,
-que en cuanto conocieron lo bien arreglada que tenía mi memoria para
-colocar en ella, como en una anaquelería se coloca el botamen, las
-infinitas disposiciones gubernativas que a cada paso inventa nuestra
-providente Administración, echaron mano de mis conocimientos _técnicos_,
-y desde aquel punto y hora yo fuí el encargado de las cosas difíciles.
-Mis compañeros, viéndome siempre al yunque del trabajo, me echaron
-encima los suyos, y en adelante no hubo canje de valores, proyecto de
-emisión o pujos de arreglo en que yo no interviniese.
-
---¡A ver! que venga Pañizosa y nos diga qué fecha lleva la ley
-de...--exclamaba el segundo jefe de la Dirección.
-
---Oiga usted, Pañizosa: esta noche, a las nueve en punto, aquí. El
-diputado Hache ha pedido unos datos, y es preciso que usted los reúna
-para que mañana los lleve el Sr. Ministro a las Cortes. El material le
-pagará a usted un café y media tostada; enciende usted la chimenea, y
-con toda calma hace usted la notita--me mandaba el oficial del
-negociado.
-
---¡Señor de Pañizosa! ¿Sería usted tan amable que se sirviera resolverme
-este endiablado expediente que no sé por qué coyuntura meterle la
-pluma?--me suplicaba muy humilde el de la clase de terceros, recién
-salido del aula.
-
-Y así, entre unos y otros, me traían y me llevaban como si fuera un
-zarandillo.
-
-Algo me mortificaban estas interesadas preferencias; pero hube de
-consolarme ante la firme persuasión de que yo era el hombre
-indispensable de la oficina, sin cuyas luces y conocimientos nada podía
-hacerse que saliese a derechas.
-
-¡Cuántas sabias medidas, que luego dieron fama de conspicuos a sus
-autores de pega, se fabricaron en este caletre mío! ¡Cuántas mejoras en
-nuestra maravillosa Administración se vendrían a mi casa, si las tirara
-la sangre, y no a las de los padres putativos que con ellas se ufanaron!
-Todo lo di por bien empleado, con tal de que me sirviera para echar
-fuertes raíces en la Dirección y me procurase algún adelanto en mi
-carrera; y si este segundo extremo de mi legítimo deseo no se realizaba
-nunca, pues ascensos y prebendas caían siempre del lado de los más
-ignaros, consolábame con la creencia de que ningún Ministro se
-atrevería a dejarme en la calle, porque al menor intento se habrían de
-levantar mil voces en mi defensa, siendo la primera la del Director
-general, que me honraba por modo extraordinario y consideraba tan útiles
-mis aptitudes intelectuales como si fueran sus pies y sus manos.
-
-De esta suerte se deslizaron diecisiete años de mi existencia, sin otro
-accidente que aquel tremendo batacazo que pegué por causa de unos
-saeteros ojos que me atravesaron la autonomía. Y fué que en un baile de
-verbena callejera conocí a cierta joven, modista de oficio, que con el
-mirar sólo partía las piedras, y que me llevó blandamente al santo nudo,
-regalándome luego los ocho actuales herederos de mis timbres y blasones.
-
-Referir las penas y amarguras que he pasado y paso para tirar del carro
-que contiene mi prole, con más la señora de Pañizosa, fuera tanto como
-contar las gotas que un invierno llueve. Pensé que con los cinco mil
-reales del empleo y los ágiles dedos de mi cara cónyuge, que se
-despedazaban haciendo vainica y pespunte, no nos moriríamos de hambre
-tan aína; y por yerro de cuenta perdí el sosiego, porque Flora, que tal
-es el nombre de mi mujer, dió en la flor de echar gente al mundo, con
-que se aumentaron nuestras angustias, dado que, a pesar de mis méritos
-y tecnicismo, el inspirado ascenso no llegaba, ni por asomo tenía trazas
-de llegar.
-
-En cambio llegó la terrible catástrofe fraguada por un desalmado
-Ministro, el cual, desconociendo el importante papel que yo desempeñaba
-en la mecánica de la Deuda pública, y para satisfacer aspiraciones de no
-sé qué elector suyo, que Dios confunda y mal poso haya, decretó mi
-cesantía, y con ella la ruina de una familia honrada.
-
-Que al momento me dediqué a buscar recomendaciones capaces de ablandar
-las berroqueñas entrañas del autor de mi duelo, se cae de su peso. En
-semejante tarea ocupé mis forzados ocios, cuando una noche, al entrar en
-mi casa, donde me aguardaban hambrientos y desesperados mi mujer y mis
-pobres hijos, para quienes busqué en vano, pordioseando aquí y pidiendo
-allá, algo con qué comprarles el más sencillo alimento, se enredaron mis
-pies en un bulto que se hallaba medio escondido en el ángulo de la pared
-y las losas. Entre bajarme y cogerlo no medió espacio, y me hallé con
-una cartera de buen tamaño, de esas que usan los cobradores de la Bolsa.
-Tendí entonces la vista por la calle, pues quizás no estuviese lejos el
-que hubiese perdido aquella prenda; y como nadie por allí se parecía,
-púsemela debajo del brazo, subí los ciento quince escalones que
-conducen a mi vivienda, me metí en la alcoba, cerré la puerta, abrí el
-cartapacio, y por poco pierdo el sentido al sacar de sus senos y
-rincones un montón de billetes de Banco que, muy juntitos unos contra
-otros y por paquetes de mil duros, sumaban la enorme cifra de cien mil
-pesetas. ¡Una riqueza!
-
-Lo primero que me vino a las mientes fué dar gracias a la divina
-Providencia, que así premia al justo y limpio de corazón cuando en ella
-confía, y lo segundo llamar a Flora, que en aquel instante libraba una
-batalla con los desconsolados muchachos para persuadirles de cuán sano
-es irse a la cama sin probar bocado, y comunicarle la inesperada
-aventura, término de nuestros quebrantos y principio de la felicidad.
-Pero al ir a poner por obra tan alegre decisión, paralizóse mi cuerpo,
-una llamarada de vergüenza me subió al rostro, el recuerdo de mi
-intachable fama me llamó a la realidad del deber, y la idea de que el
-dueño de la cartera quizás fuese un pobre, encargado de llevar y traer
-valores, fué creciendo, creciendo en mi espíritu, y ya vi en la cárcel
-al descuidado dependiente convicto de ladrón y condenado a presidio, y
-deshonrado su nombre y en la miseria a su familia, porque seguramente
-tendría, como yo, pedazos del alma por quienes gustoso daría la
-existencia.
-
-Júrole a usted, señor D. Teótimo, por la hora de mis postrimerías, que
-aquella bellaca tentación de quedarme con las ajenas pesetas duró muy
-poco, no más que unos cuantos minutos, pero fueron horribles y me
-parecieron siglos, porque mientras cogía el sombrero y me preparaba a
-salir, oí llorar con desgarradora pena al más pequeño de los muchachos,
-a mi pobre Esteban, un serafín del cielo, que protestaba a voces contra
-el forzado ayuno. Lo que entonces sintió esta flaca naturaleza mía no se
-puede expresar con palabras. Figúrese usted que dentro del pecho se le
-meten todos los cariños de la humanidad y luego se le rompen en mil
-pedazos y de golpe quieren escaparse por la garganta, y apenas se dará
-usted ligerísima idea de mi sufrimiento.
-
-Y, sin embargo, tuve el valor de marcharme ahíto de honradez, y, con
-tanto dinero en el bolsillo no quise distraer una sola peseta para que
-mi gente comiese aquel día. Verdad es, que ya en la calle, se fundieron
-mis energías yéndose juntas por la canal de mis ojos, de los cuales
-caían lagrimones como puños.
-
-¿Que dónde fuí? Al gobierno civil, a ver al Gobernador, al Secretario,
-al Jefe de vigilancia, a cualquiera que me quitase pronto aquel peso.
-Cumplí con mi deber y salíme del despacho de Su Excelencia tranquilo
-como un santo, cargado de elogios y lleno de plácemes, pues los
-_repórters_ de los periódicos que van a última hora al Gobierno a
-husmear noticias enteráronse del suceso y lo pusieron en los cuernos de
-la luna.
-
-Hizo la casualidad que, por la época a que me voy refiriendo, hallábase
-la prensa muy exhausta de acontecimientos sensacionales, y en razón, sin
-duda, a tal inopia de emociones, los periódicos de mayor circulación
-relataron el hecho, adornándolo con todo linaje de galas imaginativas,
-gastando en mi pro _la mar_ de tinta, sacando a plaza mi penuria para
-que más resaltase mi hombrada, y hubo aquello de: «Rasgos como el de
-Pañizosa no necesitan comentarios», o bien: «En medio de esta sociedad
-escéptica y egoísta, un acto semejante refresca el alma»; etcétera,
-etcétera.
-
-¡A qué cansarle, querido amigo! Un diario me propuso para la cruz de
-Beneficencia, y otro pidió al Gobierno que, en adelante, se llamase
-_calle de Pañizosa_ la del Tribulete, donde vivo.
-
-De poco me sirvieron los encomios, pues como _mi rasgo_ fué obra que
-hice en pecado de duda, no me aprovechó, y ni siquiera me holgué con el
-premio del hallazgo, reducido a cincuenta miserables pesetas que me
-remitió, con una tarjeta, el dueño de los cuartos, y que devolví
-dignamente. ¡Pues no faltaba más sino que las tomase!
-
-No obstante, abrigaba, que ya es abrigar, la dulce ilusión de que los
-aplausos de la prensa conmovieran al Ministro de Hacienda, y me volviese
-a mi puesto. ¿No tenía sobrados motivos para tal esperanza? Pues he aquí
-que a un diario de los de campanillas se le ocurre escribir lo
-siguiente:
-
-«No sabemos por qué razón se ha hecho tanto ruido para ensalzar un acto
-que no es más que el cumplimiento de un deber. ¿Tan bajo se halla el
-nivel moral de este pueblo, que ya se considera como cosa extraordinaria
-y por fuera de los límites de lo humano aquello que debe estar en la
-conciencia de toda persona decente? ¿Acaso no castiga el Código penal a
-los que se quedan con lo ajeno sin la voluntad de su dueño? El
-_desprendimiento_ (¡y lo subrayaba, Sr. D. Teótimo, lo subrayaba!) de
-Pañizosa no constituye, por fortuna, una excepción de la regla, y como
-éste podríamos citar millones de ejemplos. ¡Quién sabe si la cartera
-contenía, además de los veinte mil duros declarados, algunas pesetas no
-confesadas todavía! Porque ello es que, hasta ahora, conocemos al que
-las encontró, pero no al que las extravió, el cual habrá dado por bien
-hallados los veinte si se había despedido de los treinta...»
-
-¿Concibe usted infamia mayor? ¿Ha visto usted en su vida nada que se
-parezca a tan ruin villanía? No la devoré en silencio, sino que acudí a
-los mismos periódicos mis panegiristas; éstos replicaron, el de la
-embozada calumnia duplicó la sospecha con frasecitas reticentes, y, por
-si fueron más o menos los infaustos billetes tentadores de mi
-conciencia, se armó la gran polémica, a que puso fin aquel famoso crimen
-cuyos detalles soliviantaron la opinión, distrayéndola del _rasgo de
-Pañizosa_.
-
-Quedóse otra vez mi humilde nombre en la inmensidad del olvido, y yo a
-dos jemes de levantarme la tapa de los sesos, cuando se presentó una
-mañana en mi casa Perico Fuenteguinaldo, amigo de la infancia, que,
-sabedor de mis cuitas, acudía piadoso a compadecerlas. Así que se enteró
-de ellas dióme un fuerte abrazo y me prometió remedio inmediato.
-Justamente acababa de recibir su acta de diputado a Cortes; pertenecía
-al grupo del Ministerio de Hacienda, y en cuanto pidiera mi reposición
-tendría la credencial. ¡Como que era coser y cantar!--¡Dios lo haga y
-que su voluntad poderosa me otorgue tal merced!--pensé yo.
-
-¿Creerá usted que la adversa suerte se había cansado de perseguirme?
-Pues oiga, amado don Teótimo, lo más gordo, lo más tremendo, lo que puso
-fin y punto a mi probada paciencia, lo que colmó la medida de mi
-desgracia. Oiga usted, o mejor dicho, lea usted esta carta de Su
-Excelencia que Perico Fuenteguinaldo me remitió con otra suya, llena de
-excusas y perdones.
-
-Y Pañizosa entregó a don Teótimo un papel muy arrugado y mohoso, que, al
-pie de la letra, decía así:
-
-«El Ministro de Hacienda.--Particular. Señor D. Pedro Fuenteguinaldo. Mi
-querido amigo. En el alma siento no poderle complacer en punto a la
-reposición de su recomendado, el Sr. Pañizosa. Realmente los informes
-que en la Dirección me han dado de este antiguo funcionario son
-excelentes; pero parece que anduvo complicado en un asunto donde
-mediaron cien mil pesetas, y aquello _no quedó claro_.
-
-»Y usted comprenderá que, siendo esta situación tan escrupulosa en lo
-que a la moralidad administrativa atañe, no debemos echar mano de gente
-cuya fama tenga el menor tilde.
-
-»Repitiéndole mi sentimiento, queda suyo afectísimo amigo q. s. m.
-b.,--_José Sánchez Pantalla_.»
-
- * * * * *
-
- * * * * *
-
-NOTA IMPORTANTE.--Si entre los lectores de estas líneas se halla alguno
-que tenga metimiento con el Ministro de Hacienda, sírvase recomendarle
-eficazmente a don Leandro Pañizosa, que vive en la calle del Tribulete,
-número 192, piso quinto, donde espera un alma piadosa que le saque de su
-misérrimo estado.
-
-
-
-
-EUCARISTIA
-
-(HOYOS Y VINENT)
-
-
-Genuflexos ante el altar del Santo Gonzaga, oraban en la gloria de la
-mañana de Mayo, bañados en policroma fanfarria de luz con que el sol,
-filtrándose al través de las historiadas vidrieras, inundaba la capilla.
-En la iglesia, de ese risueño gótico todo blanco y oro, típico de la
-moderna devoción francesa, la Santa Virgen María fulguraba envuelta en
-un nimbo de llamas; la cabeza de la Imagen se inclinaba ambigua, sin que
-pudiese saberse si era fatigada por el peso de la corona empedrada de
-diamantes y zafiros, los heráldicos gules, símbolo del amor y de la
-alegría celestiales, o en un gesto amable de gran dama, recibiendo un
-homenaje, y mientras sostenía con una mano a un Jesús mofletudo, recogía
-con la otra su manto de rara magnificencia zodiacal; a sus pies, la
-imagen andrógina del franco príncipe Luis _el Santo_ alzaba hacia la
-bóveda tachonada de luceros los ojos pintados de azul. En búcaros de
-irisado vidrio, azucenas litúrgicas erguían sus tallos y abrían el
-virginal enigma de sus flores, mientras a entrambos lados del altar
-descendía como por la escala de Jacob, angélica procesión de
-concertantes.
-
-Arrodillados en sus reclinatorios Juan y Jesús, oraban en espera de la
-reconciliación con que sus almas puras hallaríanse dignas de recibir la
-visita de Dios hecho Hombre. Cruzados los bracitos lazados de blanco
-sobre el pecho, levantadas hacia la Imagen las cabezas donde aún no
-anidara el ave siniestra de un mal pensamiento, eran las preces que
-aleteaban en sus labios como cándidas palomas que, dejando el nido,
-volaban hacia el trono de Dios.
-
-Rubio, pálido, de doradas crenchas y pupilas de cielo, Jesús; moreno, de
-rasgados ojos de sombra y ensortijados bucles, Juan--Murillo y Rafael--;
-a la endeble elegancia de fin de raza del primero oponía el segundo la
-viril petulancia ingenua de sus doce años. Y sus figuras eran trasunto
-fiel de sus almas, toda ternura, temor y melancolía la de Jesús; toda
-resolución, apasionamiento y valor, la de Juan.
-
-Huérfano, rico, noble, enfermizo, confinado por egoísmo de sus tutores
-en aquel colegio, Jesús había hallado su defensor en las luchas de
-educandos en la adolescente energía de Juan, secundón de noble familia
-provinciana. Eran inseparables los dos amigos; fraternal afecto les
-unía, y la vida deslizábase para ellos feliz, igual, monótona, llena
-por su cariño que les ayudaba a sobrellevar las contrariedades del
-encierro, compartiendo estudios, recreos, devociones, venciendo Jesús la
-hostilidad de sus compañeros, gracias a la victoriosa y audaz simpatía
-de Juan, benévolos a las travesuras de éste los maestros ante la
-intercesión del primero. Así, al volar del tiempo, llegó insensiblemente
-el día deseado con fervor de acercarse a la Sagrada Mesa.
-
-Un débil llamamiento del Padre sacó a Jesús de su devoto rezar y llevóle
-a los pies del confesonario; el negro manteo abrióse como dos alas
-inmensas, aprisionando al Inocente. La mano enjuta, descarnada, dorada
-de tabaco, posóse en la áurea guedeja, y la voz pastosa, tras breve
-musitar de oraciones, comenzó las preguntas de rúbrica:
-
---¿A ver, hijo, si recuerdas algún otro pecadillo?... Piensa que Dios
-Nuestro Señor, que murió por nosotros, te hace hoy la gran merced de
-venir a ti.
-
-Tras un instante, la voz pura negó:
-
---No, Padre.
-
---A ver--insistió el cura--; piensa bien... Alguna mentirilla.... Alguna
-falta de respeto.
-
---No recuerdo, Padre--tornó a replicar.
-
-El confesor se detuvo y miró al niño. La divina claridad que emanaba de
-sus ojos, _ojos color de cielo_, irradiaba sobre el rostro cándido,
-prestándole un aura de luz.
-
---¿Papás no tienes, verdad, hijo mío?
-
---No, Padre.
-
---¿Hermanitos?--interrogó nuevamente.
-
---Tampoco.
-
-Calló el presbítero de nuevo. Vacilaba; aquel candor que lucía en el
-rostro le imponía respeto. Sin embargo, siguió:
-
--¿Amigos?... ¿Algún amigo a quien quieres mucho?
-
-Con espontaneidad entusiasta, y replicó vivaz:
-
---Sí, Padre, uno a quien quiero mucho, John. Es como un hermano.
-
-Los ojos, sagaces, grises, fríos, cortantes como navajas, escudriñaron
-en la carne del penitente como si quisiesen leer hasta el fondo de su
-alma. Reflejaba inocencia tal, que el sacerdote vaciló. ¿Seríale
-permitido sondear abismos que tal vez no existían? La pregunta infame
-detúvose en sus labios un instante, y, al fin, la formuló velada.
-
-El niño, con los ojos muy abiertos, llenos de temor y asombro, denegó
-enérgico con la cabecita de querube, apretando los labios para no
-sollozar e inclinando la frente para recibir el exorcismo de aquella
-cruz que borraría el pecado, pero no retornaría el candor perdido.
-
-Nuevamente arrodillado ante el altar, esperaba el supremo instante. De
-lo alto de la bóveda, el órgano dejaba caer sus notas graves,
-armoniosas: un coro de voces entonaban un hosanna a la gloria del
-Hacedor, y el sol rutilaba en los dorados y espolvoreaba con el iris de
-sus rayos el recinto santo. Ante el eucarístico misterio, hasta una
-docena de niños arrodillados, hacían ofrenda de sus vidas. Eran los
-unos, frescos y rosados como plebeyos frutos; eran los otros, pálidos y
-elegantes como infantes de legendario país de ensueño. El oficiante,
-revestido con fastuosa magnificencia, avanzó hacia ellos, sosteniendo en
-una mano el cáliz de oro incrustado de piedras preciosas, y en la otra
-la Hostia, Cuerpo de un Dios, mientras sus labios murmuraban las preces
-litúrgicas.
-
-Juan y Jesús habían dejado caer su cabeza entre las manos, y, arrobados,
-daban gracias por la alta merced. Pero tal vez la paz había huído de sus
-almas, y algo que no era santo conturbaba su espíritu, porque hay
-revelaciones que, a semejanza de ciertos trágicos males, con su contacto
-mancillan una vida entera.
-
-Acabó la misa y fueron a reunirse todos, alegres, locuaces, risueños,
-con los suyos, que les aguardaban en las grandes salas del colegio.
-
-Había explosiones de maternal cariño que estallaban en besos, mimos y
-caricias. Los niños brincaban alegres en un florecer magnífico de
-ensueños y sonreían confiados en el umbral de la vida. Sólo Juan y Jesús
-yacían abandonados sin los brazos de una madre que les brindasen su
-refugio. Jesús, doliente, contemplaba el espectáculo de la alegría
-ajena. Juan, más resuelto, le brindó, en un gesto afectuosamente
-fraternal, sus brazos.
-
-Pero Jesús, por primera vez, le rechazó, e incapaz de resistir más,
-refugióse a llorar en un rincón.
-
- * * * * *
-
-Typographical errors corrected by the etext transcriber:
-
-Mulier quoe sola cogitat, male cogitat=> Mulier quæ sola cogitat, male
-cogitat {pg 26}
-
-vociferendo descompuesta=> vociferando descompuesta {pg 27}
-
-como si se abriese las puertas de la gloria=> como si se abriesen las
-puertas de la gloria {pg 52}
-
-como tengan eco en las _Losas_=> como no tengan eco en las _Losas_ {pg
-73}
-
-es hombre conciencia=> es hombre de conciencia {pg 97}
-
-de lo que afirman=> de los que afirman {pg 113}
-
-los milles de espectadores=> los miles de espectadores {pg 123}
-
-trazas de rufían que de soldado=> trazas de rufián que de soldado {pg
-126}
-
-canturia de su voz=> canturía de su voz {pg 172}
-
-lo que me inquietan=> lo que me inquieta {pg 244}
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-End of the Project Gutenberg EBook of La voz de la conseja, t.2, by a
-
-*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA VOZ DE LA CONSEJA, T.2 ***
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-paragraph 1.C below. There are a lot of things you can do with Project
-Gutenberg-tm electronic works if you follow the terms of this agreement
-and help preserve free future access to Project Gutenberg-tm electronic
-works. See paragraph 1.E below.
-
-1.C. The Project Gutenberg Literary Archive Foundation ("the Foundation"
-or PGLAF), owns a compilation copyright in the collection of Project
-Gutenberg-tm electronic works. Nearly all the individual works in the
-collection are in the public domain in the United States. If an
-individual work is in the public domain in the United States and you are
-located in the United States, we do not claim a right to prevent you from
-copying, distributing, performing, displaying or creating derivative
-works based on the work as long as all references to Project Gutenberg
-are removed. Of course, we hope that you will support the Project
-Gutenberg-tm mission of promoting free access to electronic works by
-freely sharing Project Gutenberg-tm works in compliance with the terms of
-this agreement for keeping the Project Gutenberg-tm name associated with
-the work. You can easily comply with the terms of this agreement by
-keeping this work in the same format with its attached full Project
-Gutenberg-tm License when you share it without charge with others.
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-1.D. The copyright laws of the place where you are located also govern
-what you can do with this work. Copyright laws in most countries are in
-a constant state of change. If you are outside the United States, check
-the laws of your country in addition to the terms of this agreement
-before downloading, copying, displaying, performing, distributing or
-creating derivative works based on this work or any other Project
-Gutenberg-tm work. The Foundation makes no representations concerning
-the copyright status of any work in any country outside the United
-States.
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-whenever any copy of a Project Gutenberg-tm work (any work on which the
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-Gutenberg" is associated) is accessed, displayed, performed, viewed,
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-with the phrase "Project Gutenberg" associated with or appearing on the
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-through 1.E.7 or obtain permission for the use of the work and the
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-posted on the official Project Gutenberg-tm web site (www.gutenberg.org),
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-request, of the work in its original "Plain Vanilla ASCII" or other
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- returns. Royalty payments should be clearly marked as such and
- sent to the Project Gutenberg Literary Archive Foundation at the
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- money paid for a work or a replacement copy, if a defect in the
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- distribution of Project Gutenberg-tm works.
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-1.E.9. If you wish to charge a fee or distribute a Project Gutenberg-tm
-electronic work or group of works on different terms than are set
-forth in this agreement, you must obtain permission in writing from
-both the Project Gutenberg Literary Archive Foundation and Michael
-Hart, the owner of the Project Gutenberg-tm trademark. Contact the
-Foundation as set forth in Section 3 below.
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-1.F.
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-effort to identify, do copyright research on, transcribe and proofread
-public domain works in creating the Project Gutenberg-tm
-collection. Despite these efforts, Project Gutenberg-tm electronic
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-that arise directly or indirectly from any of the following which you do
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-work, (b) alteration, modification, or additions or deletions to any
-Project Gutenberg-tm work, and (c) any Defect you cause.
-
-
-Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg-tm
-
-Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
-electronic works in formats readable by the widest variety of computers
-including obsolete, old, middle-aged and new computers. It exists
-because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
-people in all walks of life.
-
-Volunteers and financial support to provide volunteers with the
-assistance they need, are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
-goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
-remain freely available for generations to come. In 2001, the Project
-Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
-and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
-To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
-and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
-and the Foundation web page at http://www.pglaf.org.
-
-
-Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive
-Foundation
-
-The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
-501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
-state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
-Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification
-number is 64-6221541. Its 501(c)(3) letter is posted at
-http://pglaf.org/fundraising. Contributions to the Project Gutenberg
-Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
-permitted by U.S. federal laws and your state's laws.
-
-The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
-Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
-throughout numerous locations. Its business office is located at
-809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
-business@pglaf.org. Email contact links and up to date contact
-information can be found at the Foundation's web site and official
-page at http://pglaf.org
-
-For additional contact information:
- Dr. Gregory B. Newby
- Chief Executive and Director
- gbnewby@pglaf.org
-
-
-Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg
-Literary Archive Foundation
-
-Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
-spread public support and donations to carry out its mission of
-increasing the number of public domain and licensed works that can be
-freely distributed in machine readable form accessible by the widest
-array of equipment including outdated equipment. Many small donations
-($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
-status with the IRS.
-
-The Foundation is committed to complying with the laws regulating
-charities and charitable donations in all 50 states of the United
-States. Compliance requirements are not uniform and it takes a
-considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
-with these requirements. We do not solicit donations in locations
-where we have not received written confirmation of compliance. To
-SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
-particular state visit http://pglaf.org
-
-While we cannot and do not solicit contributions from states where we
-have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
-against accepting unsolicited donations from donors in such states who
-approach us with offers to donate.
-
-International donations are gratefully accepted, but we cannot make
-any statements concerning tax treatment of donations received from
-outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff.
-
-Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
-methods and addresses. Donations are accepted in a number of other
-ways including checks, online payments and credit card donations.
-To donate, please visit: http://pglaf.org/donate
-
-
-Section 5. General Information About Project Gutenberg-tm electronic
-works.
-
-Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm
-concept of a library of electronic works that could be freely shared
-with anyone. For thirty years, he produced and distributed Project
-Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.
-
-
-Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
-editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
-unless a copyright notice is included. Thus, we do not necessarily
-keep eBooks in compliance with any particular paper edition.
-
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-Most people start at our Web site which has the main PG search facility:
-
- http://www.gutenberg.org
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-This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
-including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
-Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
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